RESUMEN
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Fecha: Curso 2023-2024
DAVID HUME
INTRODUCCIÓN
David Hume (s. XVIII) es el primer autor plenamente moderno pues su filosofía se desvincula por
completo de la metafísica medieval. Sus planteamientos radicalmente empiristas le conducen a
negar, no sólo la posibilidad de la metafísica –en clara oposición a los racionalistas- sino también
la posibilidad de un conocimiento necesario del mundo. Su pensamiento será el punto de partida
de filosofías empiristas como son el positivismo, el neopositivismo y el movimiento analítico que
son hoy preponderantes en la filosofía anglosajona.
Sus obras más importantes son: Investigaciones sobre el entendimiento humano, Investigaciones
sobre los principios de la moral, Diálogos sobre la religión natural y su Historia de Inglaterra.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO Y DE LA REALIDAD
El problema capital de la Filosofía Moderna fue el del conocimiento, es decir, saber cuál es el
alcance y límites del mismo. Para Locke no había nada en la mente que no hayamos percibido
antes por la experiencia. Por lo tanto los contenidos mentales que Hume denominará
percepciones proceden directa o indirectamente de nuestra experiencia.
Las percepciones pueden ser impresiones e ideas. Toda percepción es doble, es decir, es sentida
de forma vivaz como impresión y pensada como idea. Las impresiones son el resultado directo e
inmediato de una experiencia y pueden ser de dos tipos: o bien externas que proceden de
nuestras sensaciones o bien internas o de reflexión que son las que proceden de nuestras propias
ideas (pasiones, deseos o emociones). Las ideas son copias debilitadas de las impresiones en
nuestra imaginación. Este principio de copia implica necesariamente que toda idea no sea más
que una “imagen” y como tal individual y particular.
Tanto las impresiones como las ideas pueden ser simples o compuestas, las primeras son aquellas
que no admiten distinción ni separación y las compuestas serán aquellas que sí admiten distinción
o separación y que dan lugar a ideas complejas.
Así pues, las impresiones son anteriores a las ideas, tienen su origen directo en la experiencia, son
más vivas, son siempre actuales y son algo inmediato. Por el contrario, las ideas son posteriores a
la experiencia, donde tienen su origen indirecto, son más débiles, son siempre pasadas y son algo
mediato.
Para Hume mientras que la memoria reproduce las ideas, la imaginación es capaz de variar y
combinar las ideas entre sí.
La imaginación es, para Hume, la facultad que nos permite asociar ideas y formar ideas abstractas.
Esto es algo natural, una especie de “fuerza suave” que se rige por una serie de leyes de
asociación que son tres: la ley de semejanza por la que la imaginación pasa de una idea a otra
que se le parece (como cuando veo el retrato de alguien por el que pasamos a la idea del hombre
representado en dicho retrato); la ley de contigüidad por la que la imaginación pasa de la idea de
algo a otra idea que habitualmente experimentamos como contigua a la anterior en el espacio y
en el tiempo (por ejemplo si mencionamos la torre Eiffel la idea de París se presenta
naturalmente a la mente) y por último la ley de la causalidad por la que la imaginación pasa de la
idea del efecto a la de causa.
Estas tres leyes venían a demostrar que es el sujeto, y su imaginación, quien asocia diferentes
percepciones. Serían dichas leyes las que explicarían la verdadera naturaleza de nuestras ideas
abstractas que no derivan de la experiencia sino de nuestra imaginación y que serían en
palabras de nuestro autor “el cemento del universo”. Es por ello que habría algunas ideas que
son ilegítimas al no corresponderse con ninguna impresión, y tal es el caso de la idea de sustancia,
la idea de causalidad y hasta la misma idea de existencia.
Una vez que Hume ha resuelto el problema de conocimiento puede abordar el problema de la
ciencia que es, el problema de la inducción ya que es el método propio de las ciencias empíricas y
dentro de ello estará el problema de la causalidad. Las ciencias empíricas utilizan el método de
generalización inductiva para obtener sus leyes lo cual supone que lo que se da en unos casos
observados se dará en todos los demás. Es decir, generalizamos nuestras experiencias pasadas
suponiendo que permanecerán del mismo modo en el futuro. Ahora bien nunca podemos estar
seguros de que estas leyes se vayan a mantener así en el futuro. El razonamiento inductivo,
concluye Hume, se fundamenta en la costumbre y en la creencia de que la conformidad del
pasado con el futuro se va a mantener siempre.
Para Hume no tenemos ninguna impresión de la relación entre la causa y el efecto. Lo que
nosotros experimentaros cuando observamos una relación causal es una prioridad temporal, una
contigüidad espacio-temporal y una conexión constante. Ahora bien si pensamos que la relación
entre la causa y el efecto es necesaria es por el hábito de observar que a un determinado hecho –
que llamamos causa- se sigue otro hecho –al que llamamos efecto-. Es nuestra imaginación la que
inclinada por el hábito deriva el efecto al observar la causa. Esa relación es imperceptible. Lo que
ocurre es que en nosotros surge la creencia de que los hechos sucederán de un modo
determinado en el futuro por el hábito de haberlos observado así en el pasado. De aquí se deriva
que nuestro conocimiento de los hechos de la realidad no es un conocimiento seguro por
completo, sino como mucho probable, fundamentado en la creencia y la costumbre.
Por lo tanto para Hume solamente podemos formar dos tipos de juicios: las relaciones de ideas y
las cuestiones de hecho que son los dos géneros de objetos presentes en la mente humana. Las
primeras establecen relaciones necesarias entre sujeto y predicado y son las propias de la Lógica y
la Matemática porque su fundamento es el principio de no contradicción; por el contrario las
segundas tratan de hechos de la realidad cuya verdad depende de su correspondencia con
nuestras observaciones empíricas y se fundamentan en el principio de causalidad.
Los juicios de las relaciones de ideas nada nos dicen acerca de la realidad empírica, tan sólo
establecen relaciones necesarias entre sujeto y predicado. Los juicios de las cuestiones de hecho
referidas a la realidad empírica y su verdad es siempre probable ya que se fundamentan en la
inferencia causal. Estos son los límites de nuestro conocimiento impuestos por nuestra propia
naturaleza: no podemos pretender ir más lejos.
La base de la causalidad deja su fundamento ontológico-racional para convertirse en emotivo-
arracional o dicho de otro modo, se sale de la esfera de lo objetivo para pasar a la de lo subjetivo.
El problema de la sustancia no es otro que el de establecer qué realidades existen. Vimos cómo
el Racionalismo tanto Dios, como el mundo o el propio sujeto son realidades existentes en sí
mismas. Hume con su empirismo radical va a terminar con estas afirmaciones, para Hume la idea
de sustancia es la idea de una realidad subyacente a las impresiones que recibimos y que
suponemos que provienen de dicha realidad. Según Hume no podemos saber si realmente
existen estas realidades ya que no está a nuestro alcance percibirlas; las forma nuestra
imaginación que lo que hace en realidad es recibir contiguas en el espacio y el tiempo diferentes
impresiones. Es decir la idea de sustancia se formaría aplicando las leyes de la asociación de
ideas. Por lo tanto ignoramos si existen o no Dios, el mundo o el Yo en tanto que algo distinto y
subyacente a nuestras impresiones.
La idea del yo es la idea del propio sujeto como entidad distinta a sus percepciones. Para Hume
esto no es nada, al menos no tenemos impresión de nuestro propio yo. La existencia del yo como
sustancia, a saber, como sustrato permanente de nuestros actos psíquicos, no puede justificarse
apelando a una intuición, ya que sólo podemos tener intuiciones de nuestras ideas e impresiones
y, por lo que respecta a nosotros mismos, éstas se suceden unas a otras sin ser ninguna de ellas
permanente. Sólo la asociación de esas ideas (relacionadas directamente con las impresiones que
constante y sucesivamente tenemos) y su atribución a un solo sujeto es la causante de la idea de
nuestro yo.
Si examinamos la idea del mundo supone la existencia de una realidad subyacente a las
impresiones que recibimos de las que supuestamente proceden. No tenemos impresión de dicha
idea, pero además, si tenemos en cuenta la crítica que se hace a la causalidad no podemos estar
seguros de que esas impresiones, en cuanto que efectos, procedan de una causa subyacente que
sería la sustancia que las origina. De nuevo es la imaginación la que refiere esa supuesta realidad.
En cuanto a la idea de Dios se trata de un Ser por definición imperceptible, lo que hace más claro
para Hume, que no cabe conocimiento empírico de tal entidad. No podemos saber si existe o no.
Es muy fácil entender cuáles son las consecuencias de este empirismo radical de Hume. Por un
lado el fenomenismo que es una postura filosófica que considera que la realidad se reduce a lo
que se nos muestra a través de las impresiones que recibimos. Estas impresiones dan lugar a
ideas que son asociadas por la imaginación sin que podamos afirmar que tales conexiones se
produzcan, además de en nuestra mente, en la realidad. Por otro lado el idealismo que supone
que la única realidad existente es la de las ideas o percepciones recibidas por el sujeto; además
habría que añadir la consecuencia última que sería el escepticismo y el pesimismo gnoseológico
ya que no podemos alcanzar verdades seguras sobre la realidad. Teniendo en cuenta todo esto la
metafísica es imposible como ciencia y las ciencias de la naturaleza sólo nos aportan un
conocimiento probable.
EL PROBLEMA DE LA MORAL (ÉTICA)
La segunda parte de Tratado sobre la naturaleza humana y su Investigación sobre los principios de
la moral constituyen el corpus doctrinal donde aparece el problema de la moral; hay que volver a
señalar que junto el problema del conocimiento constituyen los dos ejes de la filosofía humeana.
Hume se pregunta acerca de los criterios que determinan nuestra valoración de lo que está bien y
de lo que está mal. Parte nuestro autor de la concepción de que tales criterios proceden del
propio sujeto porque ni siquiera es posible que lo bueno y lo malo deriven de nuestro
conocimiento de la realidad, pues los juicios morales no son cuestiones de hecho sino
valoraciones. No podemos pasar del “ser” al “deber ser” puesto que el que algo sea de una
manera no puede implicar que deba ser de esa manera. El conocimiento de los hechos nos
proporciona un conocimiento de lo que sucede, pero éste no es un conocimiento acerca de si lo
que sucede es bueno o malo.
La apreciación moral, la valoración, es la consecuencia más bien del sentimiento de aprobación o
reprobación por el placer o el disgusto que nos causa la experiencia de un determinado hecho. El
sentimiento de aprobación es en sí mismo placentero y el de reprobación no placentero.
Nuestra consideración de lo bueno y lo malo proviene, según Hume, del sentimiento no de la
razón como afirmaban los racionalistas. La razón sólo se ocupa de descubrir verdades, ya sean
estas relativas a hechos o necesarias, pero en ningún caso puede formular “verdades morales”;
pues éstas no son ni afirmaciones necesarias ni tampoco son afirmaciones sobre hechos. Las
valoraciones morales son siempre consecuencia del gusto y del sentimiento.
La razón no es ni puede ser guía de nuestras pasiones. Muy al contrario, son las pasiones la guía
de la razón. Son estas pasiones –fuertes o débiles- las que nos inclinan a actuar siempre con la
expectativa de evitar el displacer y lograr el placer. La razón es empleada simplemente como un
medio para lograr nuestros deseos.
Estas pasiones pueden ser directas o indirectas; las primeras son inmediatamente causadas por el
placer y el dolor; mientras que las segundas –aunque tienen ese mismo origen- no lo hacen
directamente sino por mediación de sus ideas correspondientes.
Estas últimas conforman la doctrina de las pasiones a las que Hume les prestó especial interés.
Para nuestro autor tanto la humildad como el orgullo tienen el mismo objeto que es el propio yo
a pesar de ser opuestas; de modo similar cuando el objeto es otra persona nos encontramos con
el amor y el odio.
Las pasiones son algo cambiante que convierten al criterio moral en algo relativo, ahora bien
para Hume todos los seres humanos poseemos un mismo sentido moral que nos hace apreciar el
placer y huir y reprobar el dolor; este instinto radicaría en la cualidad de la simpatía, que es la que
nos permite compartir y comprender las pasiones de los demás.
No podemos olvidar que para nuestro autor en última instancia se encuentra la utilidad o
inutilidad de las conductas que generan dichas pasiones, de tal modo que entiendo como útil
aquello que puede proporcionar mayor felicidad tanto a la mayoría de los seres humanos como
de uno mismo.
Señala Ferrater Mora que “la teoría moral de Hume es una teoría hedonista o cuanto menos
fuertemente influida por el hedonismo” aspecto que hay que considerar seriamente si tenemos en
cuenta lo dicho anteriormente.
Para Hume, además, nuestras acciones están determinadas por una serie de motivos o por
nuestro propio carácter, obedecen a causas y se derivan de ellas.1 Siendo la acción humana
perfectamente explicable por la ciencia del hombre que Hume pretendía fundar. Ahora bien en
cuanto a la libertad individual nuestro autor la entiende como ausencia de restricciones para
realizar nuestros deseos pero nunca como ausencia de causas o motivos que determinan
nuestras acciones. Dados los motivos y dado un determinado carácter –o manera de ser- se dará
necesariamente una determinada acción y no otra. El problema de la responsabilidad moral es
algo totalmente irresoluble ya que si pensáramos que existe un Dios que lo ha creado todo y que
es el ser responsable último de nuestra naturaleza humana (de nuestro modo de ser) sería
también el responsable de nuestras acciones, de todas nuestras acciones tanto buenas como
malas.
Sin embargo no debemos pensar que esta doctrina determinista de la naturaleza humana
implica la disolución de la responsabilidad moral porque las valoraciones morales así como los
premios o castigos que puedan establecerse tienen como finalidad actuar como elementos
motivadores de buenas acciones y disuasorias de la mala conducta y deben seguir empleándose.
La ética de Hume no es exactamente una ética que pudiera calificarse de “relativista” pues el
filósofo escocés considera que todos los seres humanos tenemos una naturaleza humana común
que hace que, por lo general, tengamos las mismas apreciaciones morales, es decir, los mismos
sentimientos.
1
Hume admite a nivel práctico el principio de causalidad rechazándolo a nivel gnoseológico.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA2
Hume recoge su pensamiento social y político en el Tratado sobre la naturaleza humana y en “Del
origen del gobierno” en sus Ensayos políticos.
Las teorías políticas de su época situaron el origen de la sociedad en el contrato social. Hobbes,
Locke y Rousseau sostenían que lo sociedad nacía por un acuerdo o pacto libro entre individuos,
mediante el cual estos abandonaban un estado de naturaleza primitivo, en el que vivían aislados,
y pasaban a otro estado social más organizado y civilizado. Los motivos por los que se firmaba
dicho pacto variaban de un pensador a otro.
El filósofo escocés refutó que la sociedad nace de un pacto explícito entre personas, por no
haber constancia histórica de él. Además, aseguró que los contactos surgen en el seno de la
sociedad, por lo que no tienen sentido en un supuesto estado previo a la vida social. Por
consiguiente, estimó que las teorías pactistas son puras hipótesis sin fundamento alguno en la
experiencia.
Sin embargo, tampoco admitió las teorías que afirmaban la naturaleza social del hombre, tal y
como habían aseverado Aristóteles y el aquinate. Para Hume, el término naturaleza es una idea
compleja y abstracta, alejada de la experiencia real y concreta.
Consideró que el origen de la sociedad se encuentra en un acuerdo implícito entre individuos,
que viene dado por el sentimiento de utilidad que proporciona la vida en sociedad, puesto que
en ella aumentan la fuerza, la capacidad y la seguridad de sus miembros. Es el caso, escribe
nuestro autor, de dos personas que reman juntas, que lo hacen por acuerdo o pacto, pero sin que
haya mediado ninguna promesa entre ellas. Es, también, la circunstancia de quienes hablan un
mismo idioma: lo hacen de muto acuerdo, pero sin expresarlo explícitamente.
Según Hume, el ser humano nunca ha vivido aislado, en un estado natural como supusieron
Hobbes o Locke. El hombre primitivo siempre vivió en un estado familiar que es un estado
social. Tomó conciencia de la utilidad de la sociedad gracias a la familia que está cimentada en el
deseo natural de la unión entre el varón y la mujer, y la posterior descendencia. A partir de la
familia se fueron estableciendo sociedades más amplias y complejas para garantizar la propiedad
sobre los bienes externos.
Al igual que la sociedad, el gobierno tiene su origen en el sentimiento de utilidad que
proporciona. Es cierto que limita la libertad de los individuos, pero se compensa con mayores
ventajas, como la paz, el orden o la administración de justicia.
2
Trato, ahora, tres problemas que hemos visto en clase aunque de forma somera. Es evidente que dentro
de la doctrina humeana lo mollar es su teoría del conocimiento y su teoría moral. No obstante para la
introducción al autor es aconsejable quedarnos con los títulos que aquí menciono. No se suelen tener
mucho en consideración pero es fundamental que recordemos que tenemos que hacer el mejor examen
posible.
Por lo tanto, rechazó la existencia de un contrato explícito entre individuos para otorgar el poder
a unos gobernantes, pues no hay pruebas ni experiencia de eso. También refutó las teorías que
situaban el origen del poder en Dios como fue el caso de la doctrina de Filmer.
La razón de que existan gobiernos se sitúa en un pacto implícito, en el sentido de que le pueblo
los admite porque toma conciencia de su utilidad e interés. Por tanto, si cesara el beneficio que
aportan, cesaría, a su vez, la obligación de obedecerlos. En casos de auténtica tiranía y abuso
estaría justificada la rebelión, pero siempre que hubiera seguridad de que las ventajas que se
derivasen de ella fueran mayores que las desventajas.
En cuanto a la organización de los asuntos públicos Hume siguió el liberalismo político iniciado
por Locke. En uno de sus ensayos políticos ofreció su visión de la sociedad perfecta que, lejos de
la utopía platónica del Estado ideal, se encontraba muy ligada a las circunstancias reales de la
Gran Bretaña de su tiempo.
Su idea de organización social contempló la división de los poderes públicos en poder legislativo
que se ha de atribuir a un conjunto de representantes y magistrados, poder ejecutivo, que se
debe poner en manos de unos pocos senadores y poder judicial que se queda repartido entre
varios estamentos.
Cada año tendrían que celebrarse elecciones de representantes, magistrados y senadores. Estos
cargos no serían remunerados, con el fin de imposibilitar cualquier clase de abuso por parte de los
gobernantes.
Con estos planteamientos, se puede deducir que Hume sintonizó con las ideas de Locke y de
Montesquieu acerca de la división de poderes en el Estado, pues cada uno de los poderes debería
recaer sobre instituciones totalmente separadas.
Finalmente, abogó por aplicar su modelo a un tamaño de república más bien extensa, pues solo
un Estado grande posee fuerza para defenderse de los ataques del exterior. A la vez, podría gozar
de las ventajas de un Estado pequeño si se estableciesen numerosas divisiones territoriales.
Hume también se ocupó de cuestiones políticas manteniendo en este campo un cierto
pragmatismo de carácter utilitarista. Se desvincula, así, de toda concepción metafísica al uso. Su
pasión por investigar los hechos le llevó a criticar las doctrinas pactistas ya que sostenía que no
había constancia empírica de dicho pacto. Suponer la libertad a la hora de “firmar” dicho pacto
era como suponer que un marinero embarcado en alta mar se le ofreciese seguir en el mismo o
abandonarlo. Por lo tanto, para Hume la sociedad política es inevitable, es necesaria y útil. Su
finalidad es lograr la paz en convivencia con los demás y procurar nuestra supervivencia. Por otro
lado la idea de justicia habría que entenderla como un convenio entre ciudadanos para establecer
reglas que regulen el cumplimiento de obligaciones, promesas y, en general, la adquisición y
mantenimiento de la propiedad.
Cabe señalar que Hume se adelanta a las doctrinas de Keynes al sostener que es el Estado el que
debe tener la capacidad, por ejemplo, de controlar la fabricación y uso del dinero, estableciendo
ese carácter subsidiario que debe tener dicho Estado en algunos aspectos de la vida política.
EL PROBLEMA DE LA RELIGIÓN
Hemos visto como Hume sostiene la imposibilidad de que podamos conocer la existencia de Dios
(entendido como sustancia), este problema lo trata nuestro autor en varias obras pero sobre todo
en su Historia de la religión natural. Para el autor escocés el origen de las religiones es de
carácter psicológico por el miedo que el ser humano tiene ante la muerte y el temor a lo
desconocido. Así desde el politeísmo primitivo –donde se divinizaban diversas fuerzas naturales-
se avanza hacia el monoteísmo que ha conducido, finalmente, a la religión natural.
En su obra Diálogos sobre la religión natural hace dialogar a tres personajes: un teísta (que cree
de una forma tradicional, adscrito a una iglesia y que sostiene que Dios existe), un deísta
(partidario de la religión natural, que no está adscrito a ninguna iglesia y que cree en la existencia
de Dios y la posibilidad de demostrarlo racionalmente) y un agnóstico (que es el que sostiene que
no podemos saber nada en cuestiones religiosas sobre todo en lo que se refiere a la existencia de
Dios).
Este tercer personaje es el que más se adapta a la posición de Hume ya que para él, nada
podemos llegar a establecer acerca de las verdades de las religiones. Por lo tanto sólo caben tres
posturas: la duda (ya que no podemos establecer racionalmente su verdad), la incertidumbre
(porque no podemos salir de esa situación de duda) y la contradicción (porque al intentar
razonar, por ejemplo, la existencia de Dios caeremos en constantes contradicciones)
Hume no escapa a la aparente contradicción que hay entre la existencia de un Dios bueno,
omnipotente y omnisciente y que exista el mal en el mundo. Para Hume lo único que cabe pensar
es en la probabilidad de que Dios exista basándose en el orden del universo, es decir, una
adecuación de medios a fines del mismo modo que las hay en las acciones que el hombre realiza.
En consecuencia –y siguiendo a Ferrater Mora- cabe considera a Hume un agnóstico moderado.