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Restauración espiritual y sanidad divina

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Lucia Durón
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Déjate restaurar

Joel 2:19, 23-27

19
El SEÑOR respondió a su pueblo diciendo: “He aquí, yo les envío granos, vino nuevo y aceite; y
serán saciados. Nunca más los entregaré como afrenta en medio de las naciones. Ustedes también,
oh hijos de Sion, alégrense y regocíjense en el SEÑOR su Dios, porque les ha dado la lluvia primera
en su justa medida. También hará descender sobre ustedes la lluvia temprana y la tardía, como
antes. 24 Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino nuevo y de aceite. 25 Yo les
restituiré los años que comieron la oruga, el pulgón, el saltón y la langosta; mi gran ejército que
envié contra ustedes. 26 Comerán hasta saciarse y alabarán el nombre del SEÑOR su Dios, quien ha
hecho maravillas con ustedes. Y nunca más será avergonzado mi pueblo. 27 Así sabrán que estoy en
medio de Israel, que yo soy el SEÑOR su Dios y que no hay otro. Y nunca más será avergonzado mi
pueblo.

Cuando Dios restaura, ya sea una familia, un matrimonio, una persona, lo que Él restaura siempre se mejora, crece, se
multiplica y, sobre todo, supera el estado “anterior”.

En el Nuevo Testamento restaurar se utiliza para dar la idea de algo dañado o roto que puede volver a usarse para lo cual
fue diseñado; pensémoslo en relación con el pasaje de Mateo 4:21 que habla de las redes rotas. 1 Y pasando más
adelante, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo y Juan su hermano, en la barca con su padre
Zebedeo, arreglando sus redes. Los llamó. Una red rota no es útil para pescar, y restaurarlas significa que vuelven a
ser de utilidad para la pesca. Para nosotros, ser restaurados implica que volvemos a ser de utilidad en el cuerpo de Cristo.
Se rompen por el desgaste.

Solemos decir: “úsame, Señor, úsame para tu Reino, úsame para tu Iglesia.” “pero así, roto, sin restaurar, no somos útiles,
debes permitir que te restauren, arreglar esa red, y después volverás a ser útil en el servicio. Cuando llegamos al Señor
siempre lo hacemos llenos de barro, si nos arrepentimos, somos perdonados y comenzamos una vida nueva.

Luego viene el perfeccionamiento, que no es hecho por nosotros… ni es a fuerza de obra humana sino por gracia; la gracia
de Dios. Dice en Filipenses 1:6: “El que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionara hasta el día de Jesucristo”.
Jesús va a perfeccionar esto que inició en nosotros el día que llegamos a Él.

La palabra dice que la perfeccionará, o sea que va a llevar un tiempo. No dice inició la buena obra y ya es perfecto. No es
así; la palabra nos enseña que vamos siendo perfeccionados en un tiempo que, sin duda, es Su tiempo.

Cuando nos convertimos a Jesucristo, vamos renunciando a ciertas cosas que no sabíamos que al Señor no le agradaban;
renunciamos a confiar en cosas que el Señor abomina.

Pero, qué sucede con las conductas o sentimientos que no podemos controlar, que quisiéramos deponer, pero que no
podemos cambiar como: la ira, la agresión, los malos pensamientos, el estancamiento espiritual, el autoritarismo, la
amargura, las respuestas agresivas u ofensivas, el rencor y otros tantos desatinos.

Quisiéramos renunciar a esta clase de actitudes y cambiar, pero no pasa nada; entonces nos preguntamos ¿qué está
pasando conmigo? ¿de dónde provienen estas reacciones? Yo quiero agradar a Dios, quiero, realmente, poder tener una
vida nueva con mi familia, pero sigo enojándome, sigo sintiendo ira, digo palabras que luego lamento haber dicho, y
entonces pregunto: ¿ Señor, qué pasa conmigo?

El Señor nos da una clave en el Salmo 19.12: ¿Quién esta consciente de sus propios errores? Perdóname aquellos de los
que no estoy consciente.

El Espíritu Santo va a alumbra el lugar oscuro donde están escondidas y guardadas las cosas feas, las que quedaron
ocultas, las que están tapadas. Debemos encontrar esas cosas misteriosas a las cuales tememos, y no obstante están en
nuestro corazón. Debemos llegar de la mano del Espíritu Santo, porque es mejor hacer este recorrido con EL que ir solos.
Podemos ver cristianos que intentan no estár en pecado, que son obedientes a Dios y le aman sinceramente, pero se
sienten mal.

Pasan mucho tiempo en estado de angustia o tienen temores, ansiedad, problemas de relación en su familia: con los hijos o
con los esposos; problemas de relación en los trabajos, problemas de relación en la Iglesia y entonces, ¿qué pasa? Sucede
que hay sufrimientos y heridas. Con el primer paso de la conversión no es suficiente; hay heridas profundas, sentimientos
que necesitan una curación especial por parte del Espíritu.

Hay una enorme cantidad de personas que aman al Señor, que conocen las Escrituras y, no obstante, no pueden evitar
aquello que hacen, dicen o piensan, como mentir, tener ataques de ira o ser muy críticos de los demás. Pablo en Romano
7:15 expresa claramente esta situación cuando dice: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que
aborrezco”.

Pero hay Buenas Nuevas. El Espíritu Santo es capaz de develar esta situación, si se le permite llegar al interior, a los
recuerdos, a las emociones sin oponer resistencia.

- Tiene que llegar a su interior, tiene que tocar sus recuerdos, tiene que alcanzar sus emociones. Si las heridas
del alma no reciben tratamiento adecuado, se infectan, se inflaman, provocan más dolor; enferman el espíritu,
contaminan al resto, se dispersan y contagian a otros.
- Una restauración se produce luego de una dolorosa remoción. Hay que estar dispuesto y dejar que Dios
remueva lo que infecta nuestra vida, sin paliativos. En lo espiritual, esos paliativos suelen ser actos de religiosidad o
sobre esfuerzos o “buenas obras” que puedan compensar lo que “hacemos y no entendemos”. Cuando una persona
puede recordar en paz, cualquier cosa que le haya pasado en su vida, aún lo desagradable, es porque ha recibido
sanidad, porque ha podido perdonar, porque está en paz. Y hay que llegar con el Espíritu Santo para que nuestra
vida, nuestra historia sea tal, que podamos asumirla; podamos saber que hemos sido de determinada manera, que
hemos conocido al Señor, que hemos tenido una familia en la que nacimos, que nos ha pasado tal o cual cosa. Si no
podemos dar testimonio de que, aunque hayamos sufrido, el Señor nos permite tener paz en nuestra vida, no le
estamos siendo útil al cuerpo de Cristo.
- Esta clase de curación es la del Espíritu Santo. “Llegaste a mí, con esta herida, empecé a tratarla, deja que siga
tratando, no huyas, no la tapes, con el solo hecho de que yo haya empezado a tratar esta parte de tu vida o este
recuerdo, no quiere decir que ya estés sanado. Vas a iniciar un proceso en el cual yo te voy a ir sanando.” Pero por
lo general, todos actuamos ansiosamente y queremos ¡ya!, ¡rápido!, ¡ahora!, una solución inmediata, una píldora y,
sin más trámite, estar bien. Una oración y me sanaron de las heridas de toda mi vida.
- Muchas personas no dejan que Dios sea Dios. Dejemos que el Espíritu Santo obre en lo que nosotros no
podemos obrar. Cedamos el control. Jairo llamó a Jesús, recurrió a Él, y dejó que Él obrara. Jairo era un padre que
tenía confianza, que tenía fe en el Señor, y no se metió en el medio a decirle a Jesús nada sobre lo que pasaba. En
cambio, dejó obrar a Jesús, y su hija fue restaurada. Esta es la actitud que nos pide el Espíritu Santo. Una vez que
Dios inicia la obra en su vida o en la de un ser querido, debe dejarlo obrar a Él.

Dios quiere restaurar tu vida para restituir tus sueños y aquellas cosas que fueron quitadas de tu vida por
diferentes motivos. si queremos que Dios restaure y restituya todo aquello que perdimos en nuestra vida
debemos poner todo en manos de Dios y poner orden en nuestra vida, hogar y descendencia en todas las
áreas: Espiritual, emocional, económica, física, sexual. Comencemos por restaurar nuestra comunión con Él.

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