JULIO GONZALEZ HERRERA
LA GLORIA
LLAMO DOS VECES
Novela histórica basada en la
vida del patriota dominicano
Juan Pablo Duarte y del pirata
puertorriqueño Roberto Cofres!
Portada de TARAZO NA
IMPRENTA LA OPINION
CIUDAD TRUJILLO-1Ö44
WW /?3í'y'/2’
fb-to
I
OBRAS DEL AUTOR
Versos del Carnaval (Poesías).
Trementina, Clerén y Bongó (Novela)
En la Rutd Desolada (Poesías)
En preparación:
Santana (Novela).
Tengo especial placer en de*
dicar esta obra a mis buenos
amigos Licdo. José Ramón
EsteUa, don Mario González
M.. y Licdo. Rafael Rodríguez
Peguero (Puchito)
EL AUTOR.
*3»
PREFACIO
La aparición de una novela dominicana no puede ser
inaiferente para quienes han sentido la inquietud de uta
cultura autóctona. Contemplo con serena emoción la pro
ducción literaria del género con las características que nos
ofrece en estos últimos tiempos: variedad, matices, fondo
paisaje, propiedad, aliento. La novela dominicana va sien
do ya elaborada con elementos de vida. No está desorien
tada, como hasta ayer, ahita de exotismos artificiales, ig
norando cuanto existe en torno, ajena al drama de la vida
que aparece por todas partes en “busca de autores“.
Ningún género literario requiere una estructuración
cultural tan completa como el de la novela. Puede decirse
que la novela es el producto de una sobresaturación cultu
ral. Si nos atenemos a los precedentes, es innegable. Pero la
cultura no es sólo erudición, encasillado de conocimientos.
Es depuración espiritual. Es inquietud de lo que fuimos,
de lo que somos y de lo qua seremos. Es un estado de con
ciencia sensible, la placa receptora en la cual se hace fe
cunda la vida, se perpetúa, se reproduce y se propaga sin
que ningún valladar pueda contener su ímpetu. Tiene, en
definitiva, una morfología compleja, la cual, llegada a su
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plenitud, estalla en la imaginación creadora y sus proyec
ciones llegan a todas las actividades del hombre, a cuanto
es vibración, equilibrio, dinámica sociológica.
La novela francesa aparece cuando hay una cultura
típica que viene a ser su esencia y asume desde entonces una
actitud presente de la cual no Iva podido desplazársele a
pesar de las alternativas por las cuales ha pasado el pueblo
francés. Porque modalidades de la vida francesa han veni
do siendo, precisamente, las raíces mediante los cuales se
han ido nutriendo todas las manifestaciones del arte galo.
Pero Francia ha sentido también el influjo narcotizante de
Les Deracines de Maurice Barrée; y todos los países han
tenido en alguna época su Liceo de Nancy. Cuando esto
ocurre la filosofía propia, la canalización de los impulsos
nativos encuentran la negación y la desorientación de sus
energías. Son los desarraigados, los exprimidos, aquellos a
los cuales una didáctica fría les ha sacado el jugo de la
tierra, la savia natal, según la exacta expresión de Alberto
Insúa.
La literatura rusa es nebulosa y decadente hasta el
siglo XVIII. Una arraigada influencia bizantino-oriental
pesaba sobre ella hasta que apareció bajo las luces de la
civilización occidental con la orientadora voluntad de Pe
dro el Grande. Pero entonces se europeizó de tal modo que
fué perdiendo su individualidad, hasta el advenimiento res
taurador de los grandes escritores del siglo XIX. Fué en
tonces, y sólo entonces, cuando se revelan al mundo los mis
terios de una humanidad rusa. Para semejante conquista
P. Chaadaiev había dicho: “nous ne sommes ni de l’occtdent,
ni de l’orient, et nous n’avons les traditions ni de l’un vide
l’autre. Places comme en de hors des temps, Teducation
universelle du genre humain ne nous a pas attent. Nous
ne vivons que dans le present le plus etruit, sans paseé et
sans avenir, au mileu d’un calme plat”. Y con Vissarión
Biélinkij se sostuvo el criterio de que la literatura debe ser
“la expresión de la sociedad”. La “escuela natural” de Ni-
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colás Gogol era recibida asi con beneplácito en el nuevo
mundo de la literatura eslava.
En la América de habla hispana “La Gloria de Don
Ramiro" es un hito de luz. La novela de Rodríguez Larreta
tiene sabor a tierra. Hay una solera única no encontrada
hasta entonces. La substancia novelar se afinca en un esti
lo puro, y se desenvuelve en una forma precisa que culmina
en la exactitud de los trozos. Empero, las arrestas que cid-
minaron a tales alturas se perdieron bajo la influencia de
la literatura francesa y entre un cosmopolismo que hizo
atípica la 'novela de nuestra América, artificiosa y lángui
da, sin colorido local, sin la vigorosidad de la naturaleza
que encuentra sus expresiones 'máximas en sus selvas, el
Amazonas, Los Andes, la indigenidad, su cielo hecho para
las águilas. No quiero decir por esto que no existen aisla
das menciones que, individualmente, salvan el concepto de
las letras continentales. Esto no basta. El ejemplo de Cho-
cano, cantor de América, no encontró seguidores en la nove
la. Y se perdió por muchos años la obra en la cual- flotaba
un ambiente de reivindicaciones autóctonas. Se lo Uevó la
incuria que aún hasta Rubén Darío cantaba en “Azul a la
bohemia de un París que no había conocido, y que sin em
bargo se olvidaba de las cataratas del Iguazú y del Salto
del Tequendama y del volcán del “Fuego y él Agua“ y del
lago de Managua, de los Aztecas y de los Incas, de todo un
continente por descubrir en su plástica vital y en su plásti
ca lírica.
Bajo el signo de nuestra época, la novela ha nacido en
la América indo-hispana. En ella está al fin la tierra, el
drama, humano, el paisaje propio, expuestos con voces pro
pias y aliento propio. Ha comenzado a desaparecer lo que
era más bien una literatura pignorada para darle paso con
valentía a. un arte que se nutre de savia continental. Se han
ido cerrando bajo las piedras nativas las puertas do nues
tros “Liceos de Nancy” para permitir que se abran las puer
tas de una didáctica propia a los dictados de una filosofía
vitaJisfa en la cual no se ignora cuanto nos rodea y el am
biente le imprime su influjo al hombre para la creación de
su auténtica individualidad. Los postulados realistas de
Chaad<dev y de Vissarión han adquirido entre nosotros
virtualidades propias, porque cinco siglos después del Des
cubrimiento de América, los hombres de hoy han descubier
to su espíritu.
Tres autores ocupan principalmente nuestra atención
en ese movimietno autónomo hacia la integración del alma
americana por el camino de lo americano. Los tres concu
rren- en el momento preciso para dar el grito liberatorio de
la novela. Me refiero a José Eustasio Rivera con “La Vo
rágine“; Rómulo Gallego con “Doña Bárbara“ y “La Tre
padora“ y Ciro Alegría sobre todo con “El Mundo es Gran
de y Ajeno“. La actitud es algo más que un reto. Es la
sobresaturación del estado cultural de la América de habla
Es el surgimiento de la novela como fenómeno
le una civilización. Por eso no ha de ser esporá-
parición de la novela madura, sazonada y jugosa
ser la obra literaria con derecho a la superviven-
gráfica. Hay otras novelas, muchas novelas más
querido mover sus primeros pasos hacia la con-
l género. Muchas han sido sólo un vagido y las más
cido de una fiebre mercantil que ha tenido por ob
jetante las excelencias de las obras que se acaban
onar, estas han venido a ser en cierto sentido de-
oras. Posiblemente se debe este mal, aunque pa
cí, paradoja, el logro global que ideológicamente
n para la pervivencía de la novela propia, que es
vedamos como su valor esencial.
efecto: los novelistas de esta última época no pue-
tar ia influencia que ha- ejercido sobre ellos esas
ay una- sutil similitud en el desarrollo del tema, en
n el viaje hacia el objetivo artístico. Se nota a veces
miniscencia dialéctica y hasta las imágenes y los
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adjetivos emergen de las obras con un vaho que viene de
lejos, repercutiendo para fijarse inconfundiblemente en las
creaciones que no desmerecerían sin estos reflejos. De to
das maneras, hay un despertar que anuncia un porvenir
fecundo. Y los restos del lastre serán lanzados al mar.
En la República Dominicana, la génesis de la novela
ofrece un aspecto curioso. Cronológicamente "Enriquülo”,
de la bien cortada pluma de Manuel de Jesús Galván, es la
primera novela dominicana. Generalmente se le considera
como una novela de carácter histórico y realmente lo es, a
pesar de las incursiones que hace en ella algunas veces la
fantasía del autor, aunque con parquedad.
En el desarrollo natural de la novela como género lite
rario, la obra de carácter histórico sólo llega más tarde. Es
resaltante que en ese proceso lo irreal tiene primogenitura
sobre lo real. Probablemente la obfy de Galván fué un sal
to en nuestra literatura. De ahí dos consecuencias: el silen
cio en que permaneció el género durante tantos años y la
novedad estructural y emocional con la cual llega hasta
nuestros días.
Con “Los Civilizadores” de Horacio Read aparece la
novela no protagonizable, donde la trama pasa a un segundo
plano o viene a estar ausente. Lo mismo ocurre con “Cañas
y Bueyes” de Moscoso Puello.
Esta técnica es con frecuencia la de las mejores obras
de Fedor Mikhailovich Dostoivskij y la de “La Montaña
Mágica” de Thomas Mann, considerada como un océano
por Manuel Bueno. Es la novela en la cual los hechos, los
acontecimientos desplazan a los personajes de primera fila
y donde estos últimos giran en tomo de los primeros, sin
preeminencias, en perfecto equilibrio y estricta formación.
En ellas los sentimientos, las actividades, el paisaje físico y
psíquico adquieren nuevas valoraciones artísticas y avan
zan hacia el primer plano sin que la expresión reciba el
castigo de una urdimbre convencional. En el viaje, el obje
tivo es la idea. En esta especie de novela el autor está siem
pre en la sala anatómica de la vida y mueve con precisión
el bisturí con el cual ha de disecar la vida. Es la novela
analítica. Hay que pagar un caro tributo emocional para
llegar, a dominar su técnica. Porque es la vida misma que
se desborda. En los presidiarios de “El Sepulcro de los Vi
vos” están todas las pasiones de la humanidad y en la
expresión de esas pasiones está todo el drama. Ni Setem-
brini, ni Hans Kanstorp, ni la mujer de los ojos mongólicos
de “La Montaña Mágica”, moviéndose serenamente con las
exaltaciones cósmicas del tiempo y del espacio, los prime»
ros; y con la vaporosidad del genio de la especie la última,
asumen la valoración de vida ni el patetismo doloroso de la
escena aislada, perdido en el dédalo de toda la obra, donde
dos vidas, dos cuerpos con pulmones deshilacliados por el
bacilo de Koch forcejean encadenados en un rito de vida,
mientras la muerte ronda entre cuatro paredes, y la tos
toca en el pecho destemplados tambores. Así es la novela
que surgió de la primera Guerra Mundial. Su contribución
la dieron Henri Barbusse, Eric María Remarque, y les si
guieron preeminentemente Thomas Mann y Knut Hatnpsum,
Stephan Zweig, es más bien ecléctico.
Pero los caminos que abrieron, en la República Domi
nicana, con las dos novelas que me he permitido señalar,
Horacio Read y Moscoso Puello, no han sido trillados. Tai-
vez no fueran culminantes aquellos arrestos. O más bien
esa técnica le está reservada a un estado más avanzado del
género. En cambio, con Marrero Aristy se 'salva el eclecti
cismo característico de Stephan Zweig y con Rafael Da/mi-
rón se reafirma la novela medular, de sintesis, en la cual un
agraz castellano se queda en el fondo de la copa colmada
del vino que ha dorado el trópico, “Over”, podría decir, es
sencillamente una. novela dominicana. Pero es algo más
serio, es la estabilidad del género literario que recibe las
aguas lústrales en una obra lograda, sazonada y adulta.
“Revolución” entro en la bibliografía nacional con pasos
propios y seguros. No se llenará de polvo en los anaqueles
de quienes tienen la inquietud de la nacionalidad y sienten
la emoción purísima de un pasado sangrante. No perecerá
la transparencia de las almas que desfilaban sin saber que
estaban atormentadas ni el paisaje roto por la revolución.
Y si “La Sangre?’ es con Tulio Cestero una verdad al co
mienzo del siglo, “Over“ y “Revolución“ se levantan para
afirmar que nuestro país está presente en el actual movi
miento literario de América.
La novela de carácter histórico no podía estar ausente
en la actividad literaria de los tiempos -que corren. “Don
Cristóbal“ de Enrique A guiar ha merecido los sufragios
de la critica continental. Es un acierto de fondo y de for
ma. La aristocracia de la palabra y el dominio de las imá
genes se equilibran con la serenidad del pensamiento que
va cincelando la temática histórica con propiedad, con fide
lidad de caracteres y de matices hasta culminar, cierta*
mente, en lo que es una novela. Y cuando todavía escucha
mos la voz del Almirante apagándose en el drama de su
vida sobre la tierra que amó y que lo torturó y vemos la
figura de Anacaona desdibujarse entre las llamaradas de
su martirio eon suavidad plástica en la obra de Aguiar, Ju
lio González Herrera nos ofrece otra novela de carácter
histórico: “La Gloria Llamó Dos Veces“.
Lo que caracteriza la personalidad de Julio González
Herrera es su versatilidad. Cuando el “Paladión“ vivía sus
mejores días y a la sombra de esa asociación literaria se
agrupaban las más vigorosas mentalidades jóvenes del país,
editaba libros, patrocinaba conferencias, sostenía polémi
cas, difundía la cultura con apasionante prodigalidad, ya
el autor de esta 'obra publicaba sus versos en todas las re
vistas y conquistaba un sitio distinguido entre las porta*
Hras. Lo mismo demostraba en ocasiones sus preferencias
por el soneto, que cultivaba en otras la poesía madrigalesca
o se desbordaba en el eanto armonioso, derrochando las
imágenes y exaltándose eon el embrujo de la esquiva Be-
Ueza. Podía, en veces asumir la actitud de un artífice, y a
seguidas se ofrecía arbitrario en la expresión poética. En
traba, a ratos, en los intrincados dominios del cuento, y cuan
do se sorprendía desorientado en él, avanzaba para recon
ciliarse con la lira que había colgado por algún tiempo.
Oscilando siempre dentro de una actitud lírica, se le ve
partir para “Buenos Aires” al servicio de la diplomacia o
anclar en Chile con una Encargaduría de Negocios. Aboga
do talentoso, escribe en 1929 para el jurisconsulto Francis
co J. Peynado que a la sazón desempeñaba la cartera de Re
laciones Exteriores, un notable memorándum acerca de las
Marcas de Fábrica en la República Dominicana desde 1844
hasta aquel año. Escribe en la prensa vernácula algunos
artículos relativos al “domicilio” que han merecido el honor
de ser acogidos en “La Jurisprudencia en la República Do
minicana”, del jurisconsulto Carlos Gatón Richiez, obra de
sobresaliente utilidad y trofeo de una paciente y fecunda
consagración jurídica; y, de igual manera, siempre con su
carga lírica, pasea por la Magistratura nacional su imagi
nación vivaz y su talento científico. Y, cuando, abstenido
de toda actividad visible, se creía eclipsada su estrella en
el cielo de las letras vernáculas, reaparece con su agria no
vela “Trementina, Clerén y Bongó”.
Esa novela tiene indiscutibles méritos. No hay en ella el
grillante estilo que caracteriza la primera parte de la “Oc
tava Maravilla”, del consagrado novelista Luis Henríquez
Castillo, pero el estudio analítico de los tipos, la torturante
verdad que exhibe, la exploración que él hace del asilo de la
sin razón, el ácido corrosivo con el cual trabaja está tan
bien docificado en la obra, es tan cruda la vida que él des
corre ante los ojos que se'resisten a creer, a fuer de verídi
cas, en esas miserias, que se piensa, sin quererlo, en el Se
ñor de Phocas, y Loraine hace desde su tumba el panegírico
de González Herrera.
Encuentro en ella, además, él detallismo repulido que
se aprecia también en “El Viaje”, de Manuel A. Amianta, y
que encuentra tanta, acogida en las obras del novelista nor
teamericano Sincleir Leujis.
Que ” Trementina, vrervn y Bongó” no es una obra
perfecta, es cierto. Pero también es cierto que esa novela
cumple una función vital. Y si en ella pueden señalarse
caídas, también superviven a ellas la estremecida verdad
que roza la carne viva; y hay muchos capítulos que valen la
obra. Pero es más cierto todavía, que mietnras otros inte
lectuales dominicanos han ido absteniéndose, han desoído
la llamada del momento de América y se han inhibido ante
el reclamo de la Patria, González Herrera escribe, publica
libros, hace novelas en las cuales pone lo que otros se aho
rran : dolor, emoción, fé en los destinos del país y en la mi
sión que le ha sido encomendada a América por la civili
zación. González Herrera está en la línea, exaltado o no,
arbitrario del arte o artífice de la emoción, iconoclasta o
profeta, desaliñado o vestido de frac, en el grupo de los
contertulios de sus mejores épocas, o solo, nervioso, urgido,
mordiendo el cigarro rebelde por las calles desiertas de la
Ciudad al filo de la media noche. Los otros ahorcaron los
hábitos o desertaron acobardados ante la pregunta que le
hacía la cultura de un Pueblo en la hora de prueba; o se
han fosilizado en la molicie estéril de su impotencia, soñan
do todavía con un pasado de marchitos lauros y resignados
a eso¡ pero eso sí, negando a los que no han sido vencidos,
ignorando qué ha pasado en el mundo de la cultura des»
)ués que enmudecieron acobardados, que es como estar vir
tualmente muertos...
“La Gloria Llamó Dos Veces”, es más que nada, una
ofrenda a Juan Pablo Duarte. Mientras la obra de divulga
ción se ha manifestado para presentar el ideal y la figura
del apóstol en artículos de ocasión o en exigencias de efemé
rides; o cuando más, como integrando una parte del todo,
en los bosquejos históricos, González Herrera le dedica toda
una novela. La figura serenamente apostólica del padre de
la Patria ha encontrado, sin duda, un nuevo canal para
llegar al alma nacional. Es un gran paso en la populariza
ción de la cultura nuestra. Eso sólo salvaría la obra, cuan
do no tuviera los merecimientos legítimos que le reconocerá
siempre un juicio imparcial, dominicano, sin morbosos atis*
bos. Y si alguien preguntara por qué extraño propósito en
duelo con la verdad histórica, el autor ha contrapuesto
dos psicologías tan contrastantes como lo son la del Pirata
Cofresí y la de Juan Pablo Duarte, sería bueno recordarle
que al lado de Jesús estuvo Judas Iscariote matizando la
trayectoria de la grandeza bíblica. Sería bueno recordarle
que “Myortvye Dusi”, la obra maestra de Nicolás Gogol
(1842), exalta la figura de Chichicov, el más grande esta
fador de todos los tiempos. Y se le podrá decir, luego, muy
quedo, que es bien amargo esto a un siglo de la Independen
cia: en la obra de González Herrera, Cofresí, un extranjero,
y además*pirata, tuvo para el apóstol Duarte, lo que no tu
vieron en su época, ni tienen, para él fatalmente, después
de su muerte, muchos de sus hermanos: ¡la bondad'.
I
HAITY BRUJO
En una clara tarde de un día de noviembre del año
1842, una fragata, al parecer española, se acercaba a una
ensenada que estaba a unas millas del puerto de Jacmel,
situado al sur de la isla de Haity. La fragata tenía un por
te airoso y ostentaba una bandera roja con una calavera
en su centro. Las hinchadas velas brillaban a la luz del sol
y en la cubierta del buque se notaba un continuo movi
miento: hombres iban y venían, efectuando rápidamente
las maniobras necesarias, para hacer un pronto y furtivo
desembarco. El buque ostentaba en uno de los costados de
proa el nombre de “Aguila Negra” y tenía todo el aspecto
de una de esas naves corsarias o piratas que con tanta fre
cuencia surcaban los mares en aquella época.
En cubierta, y rodeado de tres o cuatro compañeros,
se veía un hombre ocupado en mirar la cercana costa con
un catalejo. Era de mediana estatura, blanco, de rostro
varonil y enérgico, y con una edad aproximada de treinta
a treinta y cinco años. Vestía con cierta elegancia, a la
usanza marinera española de la época.
Sus compañeros eran casi todos de la misma edad que
él y algunos mostraban aspectos patibularios, con sus bar-
— 21 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
bas crecidas, sus rostros contraídos y sus vestidos sucios y
andrajosos.
—Creo que el lugar es apropiado para desembarcar
—dijo con aíre decidido el joven que parecía ser el capitán.
—¡Ni mandado a hacer! —le contestó con una grotes
ca sonrisa su compañero más cercano, un hombre de ateza
do rostro y músculos ue gigante.
—Pues... ¡ a la obra! —gritó el capitán enérgicamen
te dirigiéndose al grupo.
En un santiamén fué echada el ancla estando el buque a
poca distancia de la costa, y bajado un oote de mediano ta
maño en el que se acomodaron veinte o y veinticinco hom
bres. Cada uno de estos llevaba una abultada mochila al hom
bro, y algunos, además, cargaban bultos de regular tamaño.
Todos estaban armados con rifles y trabucos y portaban
cuchillos y dagas de las formas más disímiles. El capitán,
antes de bajar el bote, conversó durante unos minutos con
el marinero de atezado rostro, que quedaba en el barco, co
mo dándole las últimas instrucciones. Este, al terminar de
hablar su interlocutor le dijo con voz grave y solemne:
—Cofresí, puede Ud. confiar en que seguiré sus instruc
ciones al pié de la letra!
Se estrecharon la mano y el marinero agregó a modo
de despedida:
—¡Que vaya con Dios!
—¡O con el diablo! —le contestó el que respondía al
nombre de Cofresí con una sonrisa arrogante y amarga.
El que examinara bien al jefe de aquella cuadrilla po
dría notar en él, a primera vista, una inteligencia viva y
»na voluntad poderosa. Sus ojos, oscuros y vivaces, mi
gaban a veces con fijeza, otras se movían con rapidez en ta
das direcciones como para captar de un solo golpe todo lo
relativo a la naturaleza y a los hombres que le rodeaban.
Sus manos eran finas y delgadas, y en una de ellas lucía
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
9
un raro anillo con una piedra abacial, tallada en rarísima
forma. En su cinto, ostentaba una daga cuyo mango es
taba cincelado al estilo veneciano. Su rostro lucía bello,
pero con una belleza dura y cruel, como la de un ángel que
hubiera sido transformado, sin perder sus rasgos esencia
les, en la de un diablo mordaz y altanero.
—Don Roberto —le dijo a los pocos momentos su acom
pañante mas cercano, mientras el bote se acercaba a la ori
lla—. ¿Es ésta la tierra de los brujos y los duendes de
que ya hemos hablado?
El que preguntaba era un hombre indio oscuro, de cin
cuenta a cincuenta y cinco años, de movimientos lentos y
sonrisa socarrona.
—Ezequiel —le contestó el aludido—. ¡En esta tierra
corres el peligro de morir frito! ¡Buen manjar debe ser
tu carne para un antropófago!
—¿Pero es cierto que hay antropófagos aquí? —in
quirió un joven de mucho menos edad que Cofresí, de ros
tro que denotaba viveza, inteligencia y decisión.
—Tonterías, amigo Juan, tonterías... —le contestó
al parecer ya en serio, el jefe— Haity, eso sí, es la tierra mas
salvaje de América, propicia para las aventuras que nos
gustan... pero antropófagos... ¡Bah! No creo en esas
historias, como no creo en la de muertos resucitados, ni en
la de espíritus que se posesionan de las personas... En
estas cosas digo como Santo Tomás: ¡ver para creer!
—¡Pues ya lo verá Ud.! —contestó convencido Eze
quiel—. Mi abuela que era jamaiquina vivió en Haity, y
contaba cosas que hacían poner los pelos de punta!... Yo
le digo a Ud. que si no fuera por todo lo que le debo no hu
biera desembarcado aquí, ni amarrado!
Cofresí se echó a reir con gusto. Ezequiel era su cria
do y a veces su bufón, y no lo hubiera apartado de él por
nada del mundo.
— 23 —
JULIO GONZALEZ HEURERA
—¡Cállate, perro viejo! —le dijo dándole palmadas en
el hombro.
En eso llegó el bote a la orilla. Los marineros se lan
zaron con prontitud a tierra y embarrancaron el bote en
la playa. Cofresí se adelantó a todos y contempló un
momento el panorama que se presentaba ante sus ojos en
tierra: un extenso breñal, tan intrincado, que no parecía
posible que planta humana fuera capaz de atravesarlo. Ca
minó durante diez o quince minutos de un lado a otro, y
sus ojos avizores pronto distinguieron un estrecho trillo,
mas propicio para senda de cuadrúpedos que para ruta
humana, y en sus ojos hubo un destello de alegría. Hizo
una seña a uno de sus ayudantes, quien sacó de su mochi
la un pequeño aparato parecido a una brújula. La con
sultó poniéndola frente al sol, y extrajo, poco después, de
su faltriquera, un pliego en el que aparecía dibujado una
especie de mapa. Examinó el pliego con una sonrisa de sa
tisfacción y dijo con tono alegre a sus hombres.
—¡ Escondan la lancha en el monte y dispónganse a se
guirme! ¡Estamos a solo diez millas de Jacmel y pronto
sabrá el Brigadier, General, Capitán o Teniente haitiano
de allí, quien es Roberto Cofresí!
Los hombres obedecieron y a poco el bote quedaba
oculto en la intrincada maleza. Cofresí, con su daga, hizo
una marca en un corpulento árbol cercano, y se internó en
la espesura, seguido de su gente.
El sol iba apresuradamente rumbo al ocaso y la pe
queña tropa adelantaba resueltamente por eL estrecho sen
dero, con decisión y energía. Estaban todos acostumbra
dos a obedecer a su jefe y se sentían orgullosos de él. Nin
guno había revelado cansancio, ni demostrado desaproba
ción, cuando después de cuatro horas de fatigosa marcha,
aquél dió la orden de hacer alto. La larga caminata, al
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
parecer, no había fatigado al jefe en lo más mínimo. Dio
éste la orden de acampar en un pequeño montículo, desde
el cual se dominaba espléndidamente el espectáculo de la
lujuriosa naturaleza tropical: árboles corpulentos, rastre
ras lianas, pequeños arbustos, flexibles enredaderas, ma
yas y cardos, se daban allí un abrazo en una promiscuidad
cordial y efusiva.
—¡Aquí debe haber culebras! —dijo Ezequiel con
rostro preocupado—. ¡Lo que es a mí no me muerde nin
guna. pues prefiero pasar la noche sin dormir!
—Con ese ruido que se oye —le replicó Juan— no vas
a poder dormir de ningún modo si eres tan miedoso. ¿Qué
instrumento producirá ese sonido tan raro? —agregó cu
rioso.
En efecto, de la lejanía venía un sonido sordo y en
trecortado como el que fuera producido por uno o varios
tambores golpeados rápida y sucesivamente. El sonido, a
veces se oía muy claramente, otras veces llegaba más sor
do y lejano, quizás por el efecto de la brisa.
—¡Hum! —volvió a decir Ezequiel— ¡En buen infier
no nos estamos metiendo!
A poco fué encendida una gran fogata utilizando leña
del monte, y sacada carne salada de varios de los bultos.
Los caminantes, momentos después, se dieron un buen har
tazgo del que ya estaban bien necesitados sus estómagos.
Felipe, otro del grupo, descubrió un arroyo cercano, y i
él saciaron la sed.
Se disponían todos a acomodarse en la mejor forma
posible cuando Ezequiel volvió a tomar la palabra, diri
giéndose a Cofresí.
—Mi amo —le dijo— ¡Ud. no me va a creer! ¡Pero
me corto la cabeza si esos tambores que se oyen no son de
algún baile de judú que tienen por ahí los haitianos!
Cofresí no pudo reprimir la risa. Las cosas de su cria-
JUMO GONZALEZ HERRERA
do eran siempre tan desconcertantes y fuera de lo común,
que no podía tomarlas en serio.
—¿Y qué es eso de judú'l —le preguntó para hacerlo
hablar.
—Pues el judú —contestó el aludido tartamudeando—
es una creencia que tienen esa gente en los espíritus... Los
espíritus entran en el cuerpo de uno y tocan los tambo
res... Yo no quiero saber de esas cosas...
—Pero, si no quieres saber de esas cosas, ¿para qué
hablas de ellas?
—Pues... para convencerlo de que debemos alejarnos
de aquí. ¡ Esa gente está cerca y eso puede traernos malas
consecuencias!
Todos rieron a carcajadas. Felipe volteó los párpa
dos hacia arriba, hizo unas muecas terribles, y se puso a
dar brincos como para asustar a Ezequiel.
—¡Á los vivos no le tengo yo miedo! —contestó Eze
quiel— ¡ A los muertos sí!...
A todo esto, el sonido de los tambores se hacía más
intenso y parecía irse acercando. Quizás porque el silen
cio de la noche se había hecho más absoluto, talvez porque
la brisa era más fuerte, o porque los haitianos se aproxi
maban.
Cofresí, momentos después, dejó de reir. Comenzó a
recordar lo que más de una vez había oído decir en sus
afanosas correrías y luchas por los mares antillanos. Qui
zás su criado tenía alguna razón al hablar como lo hacía.
El pueblo haitiano, por lo que ahora le venía a la mente,
debía ser algo raro y misterioso y lo demostraba hasta cier
to punto la primera impresión que habían recibido al in
ternarse en su tierra: aquellos sonidos entrecortados, som
bríos, lúgubres, surgiendo de una selva también lúgubre y
sombría. Pero él reaccionaría contrariamente a su criado.
Si éste le tenía miedo al misterio, él pensaba enfrentarse
LA GLORIA HAMO DOS VECES
con él. Era su sistema no rehuirle a nada en la vida, y ata
car siempre en vez de retroceder.
Contra lo que él esperaba, sus compañeros estaban
como rehacios a descansar, y ninguno se había echado lar
go a largo en la tierra poniendo sus mochilas de almoha
da, como lo hicieron muchas veces en las cercanías de Ca
bo Rojo o de Arecibo en su Puerto Rico querido.
Esto alentó su decisión: si no iban a dormir, lo me
jor sería, con el espíritu aventurero qüe caracterizaba a to
dos, salir al encuentro de aquello, fuera lo que fuera.
Comunicó su idea a los compañeros. Todos estuvie
ron de acuerdo, con excepción de Ezequiel, quien daba gran
des muestras de descontento.
—Yo le digo, mi jefe —decía convencido—, que lo me
jor es largarnos de estos alrededores!
—¡Qué vá! —le replicó orgulloso el joven Juan—. Si
hemos tenido aventuras triunfantes con los vivos, tam
bién las tendremos con los muertos!
A poco, la tropa se ponía en marcha otra vez, orien
tándose en el sentido en que se oía el sonido de los tam
bores. Pronto se encontraron, sin embargo, con un gra
ve inconveniente: el monte era tan tupido, las malezas etan
tan intrincadas, que no era ^posible adelantar mas de una
milla por hora. No obstante, al cabo de cierto tiempo de
este penoso avance, encontraron un riachuelo cuyas orillas
estaban en parte despejadas de malezas y cubiertas de blan
cas y azuladas piedras. Decidieron seguir el curso de lis
aguas las cuales corrían precisamente hacia el presunto lu
gar en que debían encontrarse los haitianos.
Cuando Cofresí calculó que serían las doce de la noche, '
más o menos, ninguno sabía con certeza si estaban más cer
ca o más lejos, del objeto perseguido. Los tambores se
oían a veces a distancia, al parecer de no más de una mi’la
para de repente oirse a una distancia mucho mayor. El
— 27 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
cansancio y la indecisión se iban apoderando del ánim.) de
los aventureros. Ezequiel ya no ocultaba su disgusto y re
zongaba :
—¡Esos haitianos son brujos, mi jefe, y como brujos
pueden más que nosotros! ¡ Vámonos de aquí!
Pero Juan, intrépido £ incansable, se había adelantado
un momento al grupo y había subido, haciendo grandes es
fuerzos, a un empinado promontorio de más de cincuenta
metros de altura. Algo debió ver desde allí a la luz de la
media luna, que como un antifaz de plata, subía por el fir
mamento. Dió gritos a los demás y pronto todos estaban
en la cima del cerro contemplando la lejanía. Allá, en lo
que parecía ser un pequeño valle, se veía una grande y fan
tástica iluminación, producida, según las apariencias, por
grandes hachones encendidos. Figuras borrosas se movían
entre las llamaradas, y el ruido de los tambores subía con
precisa nitidez hasta los oídos de los asombrados aventure
ros.
Con la faz iluminada por la alegría, Cofresí abrió la
marcha nuevamente, y comenzó a bajar el cerro, seguido
por sus compañeros, por la parte opuesta a aquella por la
que habían subido, cuidándose muy bien de no perder de
vista la curiosa escena. A veces, momentáneamente, el es
pectáculo se esfumaba ante sus ojos, pero al poco rato, en
tre los árboles y las enredaderas, se presentaba nuevamen
te la grotesca visión.
A los quince minutos de marcha habían bajado el ce
rro. Formando un compacto grupo y haciendo el menor
ruido posible, adelantaron entonces entre la arboleda hasta
llegar al límite del vallecito. Una vez allí, Cofresí pidió
nerviosamente su catalejo y lo enfocó hacia la dantesca es
cena. Un espectáculo, que excedía a'todo cuanto hubiera
podido concebir la imaginación más exaltada, se presentó
entonces a su vista: en una explanada de regular tama-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
ño, junto a unas chozas, se veían danzando una loca dan
za, diez o quince negros, acompañados de mujeres, casi
desnudos, con los brazos levantados, contoneando los cuer
pos, y lanzando al aire alaridos como de fieras apocalípti
cas. En las cuatro esquinas de la explanada grandes teas,
que lanzaban llamaradas mezcladas con humo, alumbra
ban, a veces intensamente, a veces con menos fuerza, el gro
tesco cuadro. En el centro de la escena^ dos negros, gol
peaban frenéticamente con la palma y el puño de las ma
nos, dos tambores de regular tamaño, haciendo gestos in
verosímiles. En la parte sur del cuadro había una especie
de altar con una tosca cruz y dos grandes velas encendidas.
Frente al altar había una especie de túmulo con cuatro ve
las. una en cada esquina.
—¡Recórcholis! —exclamó el pirata al poco rato—. ¡Es
toy creyendo en Ezequiel! ¡Mira tú, Juan, a ver si ves lo
mismo que yo!
Juan tomó el catalejo y miró a su vez.
—No se distingue bien —dijo éste a los pocos segun
dos— pues estos aparatos me parece que están hecho para
mirar de día, pero si no me engaño ahí están velando un
muerto.
El catalejo fué pasando de mano a mano.
—Mi jefe —dijo Ezequiel cuando ¡e tocó su turno—.
¡ Es un cadáver lo que hay frente a] altar y está rodeado de
flores! ¡Y esos bárbaros están bailando frente a un
muerto!
Cofresí volvió a tomar el instrumento y trató de gra
duarlo en forma de poder distinguir aún más los detalles
del macabro espectáculo. Después se adelantó lo más po
sible en el valle, a despecho de ser descubierto. Distinguió,
entonces, algo que le sorprendió todavía más. De una de
las chozas salía una figura que se le antojó ridicula, seguí-
JUMO GONZALEZ HERRERA
da de tres o cuatro más. Lentamente, y con gran prosopo
peya, la figura principal fué acercándose al túmulo. Los
cantos cesaron como por encanto, y las otras figuras de la
escena adquirieron súbita inmovilidad. La figura central
llevaba en la mano derecha en alto, algo que al observador
se le antojó podría ser un puñal o algún instrumento con
tundente. A poco, dejó caer la mano armada en la parte
inferior del supuesto cadáver, como para golpearlo o herirlo.
El pirata no pudo resistir más. Habló brevemente con
su gente y a poco todos se abalanzaron corriendo hacia la
explanada. Al llegar a ella, hizo con su trabuco varios dis
paros al aire, y el espanto y el terror que se apoderaron de
los actores del drama o comedia no es para describirse.
Todos huyeron despavoridos, ante la violenta e imprevista
irrupción, hacia el monte cercano. Pero en el suelo, aco
metidos de violentas convulsiones, con los ojos brotados, y la
boca espumosa, había cinco personas: dos hombres y tres
mujeres dando chillidos en un inexplicable paroxismo.
—¡No dejen ir a esa gente! —gritó Cofresí a Juan.
Juan hizo cargar a los accidentados, y los puso a un la
do de la explanada bajo la vigilancia de un hombre.
El pirata se dirigió entonces al túmulo, y allí sus ojos
asombrados contemplaron un cuadro que ya mas nunca, por
lo que le quedara de vida, se apartaría de su mente: una
bella joven, con una deslumbrante y plena belleza, de abun
dantes y sedosos cabellos castaños, con una palidez mate
en su tersa y fina piel, toda vestida de blanco, reposaba en
el túmulo, entre rosas, claveles, jazmines, violetas, y azuce
nas que despedían un fragante olor. La blancura y niti
dez del túmulo y sus adornos, y la majestuosa belleza de la
joven, formaban tal contraste con el sucio suelo de la ex
planada, con los mugrientos tambores, que a la mente no
podía venir otra idea que la de que aquella ninfa durmiente
y sus atavíos habían caído del propio cielo. < . . .
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Los aventureros se arremolinaron ante el túmulo, asom
brados y perplejos, y el mismo Cofresí, por primera vez en
su vida, no sabía qué partido tomar. Lo primero que se
le ocurrió fue tratar de ver si la joven estaba realmente
muerta. Tocó las manos y la faz de la durmiente y un frío
mortal se trasmitió a su propia mano. Puso la cabeza so
bre su pecho, cerca del corazón, y después le tomó el pulso.
—¡Está muerta! —dijo con desconsuelo.
Entonces observó que en el talón derecho del cadáver
había una herida que manaba sangre en abundancia.
—Esa herida no puede haberle ocasionado la muerte
—observó Juan.
—¡Esto sí que es misterioso! —se limitó a decir Cofre-
sí—. ¡A la verdad que Ezequiel parece tener razón! Y a
propósito —añadió— ¿dónde está Ezequiel?
Todos giraron la vista en diferentes direcciones, pero
Ezequiel no daba señales de vida.
—¡Se ha quedado en el monte! ¡Miren que viejo mas
cobarde! —exclamó Juan.
Cofresí dió la orden de buscarlo y volvió a acercarse
al túmulo. Sus ojos no se cansaban de mirar a la joven
muerta y los detalles del lugar en que estaba. No se
explicaba cómo, entre tanta suciedad y abandono, podía ha
ber sido preparado y arreglado tan cuidadosamente la es
cena donde la muerte y la belleza se habían dado de la ma
no. Sus compañeros estaban casi mudos del asombro. La
nerviosidad de algunos llegó hasta el extremo de que se ha
bían airodillado frente al túmulo, simulando rezos o ple
garias, como expresión de un miedo que no habían sentido
otras veces frente a la muerte. Cosininga, otro de los aven
tureros, tomó con cuidado la tosca cruz del altar y la pu
so, como pudo, en la parte superior del túmulo, cerca de la
cabecera.
Cofresí se dirigió al altar, seguido de Juan. Frente
JULIO GONZALEZ HERRERA
a él comprendió que no era un altar cristiano, pues además
de la Cruz que había quitado Cosininga, sólo había unas ve
las toscas de cera, encendidas, y unos pequeños paquetes.
El pirata tomó uno de éstos y lo abrió encontrando dentro
de él, los objetos más curiosos y repugnantes: cabellos o cri
nes de caballo hechos pequeñas madejas, uñas al parecer de
manos y piés humanos, y pequeñas piedras terrosas. Tiró
con asco aquellos objetos y se dirigió al grupo donde es
taban los haitianos que habían sido presa de un ataque
convulsivo y no habían podido huir. Pero al llegar al lu
gar donde fueron dejados se quedó atónito. Uno de los
hombres y las mujeres habían desaparecido, y sólo queda
ba en el lugar un haitiano, al parecer dormido, y el hom
bre que había sido puesto de vigilante también dormido.
—¡Miren lo que ha hecho ese imbécil! —vociferó en
el colmo de la ira, mientras daba una tremenda patada al
descuidado guardián.
s?. Como éste, a pesar del rudo golpe, continuaba en la
mas absoluta inmovilidad, dos de -sus compañeros le lanza
ron al cuerpo agua fría y lo zarandearon vigorosamente.
A los diez o quince minutos comenzó a reaccionar débil
mente. En ese momento llegaba Ezequiel acompañado de
los que fueron a buscarlo. Tenía el semblante -demudado y
se limitó a decir:
—Ud., mi jefe, dizque no creía en brujerías... y aho
fe
ra ¿qué va a decir?
El pirata no hizo caso a su sirviente. Se puso, a su
vez, a zarandear al haitiano que parecía víctima de un ata
que cataléptico. Pero el salvaje permanecía en la luna de
Valencia. Impaciente, se dirigió nuevamente al dormido
vigilante que ya habría los ojos y miraba, con el temor
pintado en él semblante, a su jefe.
—Oye, pedazo de animal —le espetó éste— ¿Por qué
te dormiste?
— 32
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Mi jefe —contestó el aludido con nerviosidad—. No
me explico cómo ha podido pasar ésto... Yo no tenía ni piz
ca de sueño, cuando de pronto me entró una pesadez que
no pude resistir, todo a mi alrededor se puso negro y no
supe nada más. Le repito que no me explico como sucedió
éstxW
Ezequiel se decidió a intervenir. El no tenía duda de
que se trataba de una brujería haitiana.
—Oye Nicasio —dijo con voz lenta y medrosa diri
giéndose al que se explicaba—. ¿Ninguno de esos haitia
nos que cuidabas te miró fijamente como para hechizar
te... o te dió a comer algo?
—No, nada de eso —contestó el aludido—. Ellos esta
ban tranquilos en ese rincón —agregó señalando un sitio de
la explanada— aunque las mujeres «lloraban y decían frases
que no entendía... Uno de los hombres... ¡Ah! ¡Ahora
recuerdo! ¡Uno de los hombres que ha desaparecido me
ofreció un cigarrillo y yo, no viendo nada malo en eso, lo
acepté!... ¡ Ahora recuerdo que el tabaco tenía un sabor
muy raro!...
—¡Pedazo de idiota! —le vomitó el jefe pirata— ¡Te
dejaste engañar y narcotizar por un salvaje! ¡Ganas ten
go de mandarte a dar cien azotes!
Nicasio temblaba ante la amenaza, y Ezequiel, tratan
do de evitar el posible castigo, se dirigió a Cofresí para tra
tar de desviarlo de su propósito. Ezequiel era el alma
mas humana en aquella cáfila de aventureros y si seguía
a Cofresí en sus atrevidas correrías, era, según su propia
expresión “porque le debía mucho”.
—¿Qué contendrán esas vasijas? —dijo, como distraí
damente, señalando unos envases de barro que estaban a los
lados del altar.
Cofresí hizo una amenaza como de dar una bofetada
al atribulado Nicasio y lentamente se dirigió a las vasijas.
JULIO GONZALEZ HERRERA
Comprobó que estaban, unas llenas y otras a medio llenar,
de un líquido transparente, semejante al agua. Un fuerte
olor a alcohol se desprendía de ellas.
—Esa bebida debe ser tafia o clerén —dijo el viejo
criado—. ¡Esos haitianos son unos verdaderos alambiques!
—¡Taftál —murmuró el pirata—. ¡Me parece que he
que he oído hablar de ese menjurje!
—Sí, mi jefe —explicó Ezequicl—. Es una bebida
muy fuerte hecha con guarapo de caña de azúcar, a la cual
le agregan pimandé, que es una raiz del diablo que sulfura
todo el organismo... ¡Hasta los viejos bailan y se enamo
ran cuando toman eso!
—¡Y tú lo has tomado? —preguntó Cofresí por decir
algo.
—¡Dios me libre de tomar yo semejante brebaje!—
contestó Ezequiel con énfasis—. ¡Esa es una bebida que
se emplea para celebrar el judú y el que la toma corre pe
ligro de volverse brujo! ¡Ofrézcome!
Cofresí se echó a reír, pero lo hizo con cierta impa
ciencia, como para disimular su honda ansiedad. En su
vida, como hemos dicho, había estado acostumbrado a re
solver los problemas que se le presentaban con rapidez, a
las buenas o a las malas. Pero el intrincado problema de
la muerta, el judú, el vigilante dormido y el haitiano cata-
léptico, no se le ocurría la manera de enfrentarlo. Se puso
a dar paseos de un lado a otro, mientras sus compañeros,
con el asombro pintado en el semblante, permanecían aún
junto al túmulo.
—Se me ocurre una idea —dijo en ese momento Juan.
—¡Di! —le respondió el pirata, ansioso de oir algo
razonable.
Juan era muy avispado y poseía cierta cultura, aun
que era un poco atolondrado.
—Pues me parece —dijo con seguridad— que lo que
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
debemos hacer es no dejar ir al haitiano que tenemos preso
y mañana torturarlo, si es necesario, para que nos diga
todo lo que sabe... ¡Es el único camino, jéfe!
—¡Eres un genio, Juan! —le respondió Cofresí con
ironía— Lo único malo de tu plan es que lo más probable
es que ese hombre no sepa una palabra de español y no
podamos entenderlo. Creo que ellos hablan una especie de
jerga... Y agregó, dirigiéndose a Ezequiel—: Oye, tú,
especialista en cuestiones haitianas... ¿qué lenguaje ha
bla esta gente?
Ezequiel se acercó ufano. Le agradaba infinitamente
la circunstancial subordinación de su jefe a él. Así es que
respondió muy orondo:
—Esta gente habla una especie de jerigonza parecida
al francés... a la que llaman patois o creol... Mi abuela...
—¿Ves? —dijo Cofresí interrumpiéndole, dirigiéndo-
a Juan.
—No había pensado en eso —contestó Juan como ex
cusándose.
Mientras los tres quedaban pensativos, se oyó una rui
dosa algazara, como de hombres discutiendo, en las cerca
nías de la maleza que limitaba el vallecito.
—Ve a ver quiénes hacen ese ruido —dijo Cofresí
dirigiéndose a Juan.
Este se dirigió al lugar de donde provenían las voces
para volver a informar al poco rato que Pedro, Tutulí y
Cosininga —tres de los piratas— estaban al parecer em
briagados y disputando violentamente unos con otros.
—Seguramente han tomado del clerén —dijo Ezequiel
moviendo lentamente la cabeza—. ¡A esa bebida le llaman
“ron busca pleito”!
—¡ Ah! ¡ Conque esos canallas han estado bebiendo sin
mi permiso! —bramó el jefe— ¡Ahora sabrán para qué los
parió su madre!
JULIO GONZALEZ HERRERA
Enseguida ordenó a Juan y tres más que apresaran a
los insubordinados y les hicieran beber a cada uno una
cuartilla de aceite de ricino, a la fuerza.
—¡Así vomitarán el ron y el alma! —comentó con
rudeza.
Entonces con sus propias manos vació el contenido de
las vasijas en el suelo.
—¡Así no se embrujará nadie aquí! —siguió comen
tando.
Después de echar una mirada a la joven muerta, se
dirigió con Ezequiel a las chozas, en ninguna de las cuales
había señales de vida. La miseria y suciedad que había
en el interior de ellas le dió asco. Los lechos eran unos
simples trapos y yaguas tirados en el suelo, el mobiliario
troncos secos de árboles y el ajuar de cocina tres piedras
de regular tamaño, con alguna que otra batata o yuca a
medio asar entre las cenizas.
—¡Esos haitianos son unos salvajes! —comentó Eze
quiel.
—Salvajes, sí! —le respondió Cofresí— ¡Pero unos
saJvajes que saben hipnotizar y embrujar a la gente como
no sabría hacerlo ningún ser civilizado!
Entonces se dirigió con Juan a la selva cercana, pero
no encontró rastro alguno de lo haitianos, ni de su huida.
—¡Se han desaparecido como si se los hubiera traga
do la tierra! —dijo Ezequiel— ¡Yo que digo que no quiero
nada con esa gente!
—¡Bueno! —dijo Cofresí de repente, entre rabioso y
perplejo, dando un fuerte palmetazo— ¡Que se acaben ya
los comentarios! ¡Oigan! —agregó con voz fuerte dirigién
dose a los grupos— ¡ A acostarse todos con excepción de
Nicasio, Felipe, Pedro y Tutulí que se quedarán para vigi
lar, por turno, al haitiano preso, y vamos a ver si mañana
vienen a decirme que les echó una brujería y se huyó!...
86
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Al oir esto, los aludidos se acercaron rápidamente.
—Mi jefe —dijo Nicasio humildemente— ¿Ud. me
permite que amarre al brujo ese para que estemos más se
guros de que no se va a huir?
—¡ Hagan lo que quieran! —respondió el pirata— Pe
ro lo único que les digo es que si mañana me vienen con la
solfa de que se durmieron sin darse cuenta o algo por el
estilo, habrá más en un espanta-pájaros colgado de los
árboles!... ¡Arranquen!... —agregó con voz imperiosa
al ver que sus interlocutores se quedaban inmóviles y como
indecisos.
A la conminación del jefe, Nicasio, Felipe, Tutulí y
Pedro se dirigieron presurosos en busca de unas sogas y a
poco el haitiano estaba más amarrado que una momia egip
cia. Mientras tanto, los demás piratas se iban acomodan
do como podían en las chozas y aún en campo raso. Cofre-
sí, por su parte, simulando tranquilidad y confianza
dirigió una última mirada a la joven muerta, echó su pesa
do gabán al suelo y se tiró sobre él. A las dos horas, sus
ojos, muy abiertos, contemplaban aún el cielo estrellado de
aquel trópico, desconcertante y espléndido.
— 37 —
. . • *
AMALIA
A la mañana siguiente, cuando aún no había asomado
el sol su disco rojizo por ed oriente, llegó Ezequiel todo
excitado al lugar donde reposaba Cofresí. Este había pasa
do una noche inquieta, cosa poco corriente en él, acostum
brado a dominar su mente y a ovidar, cuando así lo desea
ba, los terribles sucesos en que comunmente era protago
nista. Pero nunca, en su agitada vida de aventurero, se
había tropezado con hechos tan imprevistos y desconcer
tantes como los de la noche anterior. No sabía que carác
ter atribuir a tales sucesos y esto lo inquietaba, habituado
como estaba a dominar y a resolver cualquier situación,
por crítica que fuera después de un instante de reflexión.
—¡Mi jefe! —dijo Ezequiel con el rostro tenso y pala
bras entrecortadas, tan pronto llegó donde él—. ¡ La muer Ü
ta ha revivido! ¡La acaban de encontrar sentada en el ■id
túmulo como si tal cosa!
—¿Qué? ¿Cómo? —respondió Cofresí en el colmo de
la sorpresa.
—¡Sí! —explicó Ezequiel con una expresión mezcla
de alegría y de espanto— ¡ Parece que la muerta no estaba
muerta de verdad! ¡Venga Ud. conmigo!
•
. — 39 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
Cofresí y el viejo criado corrieron ansiosos hacia el
túmulo, cerca del cual, a respetuosa distancia, seis o siete
hombres miraban con estupor el lugar donde estaba la
muchacha. Al llegar allí, el pirata no pudo reprimir una
exclamación de asombro. La joven estaba sentada en el
parapeto,' mirando a su alrededor con ojos inexpresivos y
una sonrisa tonta en los labios. Sus ojeras parecían ha
berse hecho más profundas y su pelo, azotado por la brisa,
caía como una cascada tumultuosa sobre su espalda bien
formada.
Cofresí se acercó a ella con ojos espantados. Por un
momento contempló la vivida escena, tan contraria a la de
la noche anterior, que ofrecía el túmulo. Las flores esta
ban desarregladas y algunas habían caído al suelo. La
cruz que había puesto Cosininga a la cabecera se había
inclinado visiblemente como protestando de amparar un
cadáver viviente. La joven miraba ahora, con ojos agran
dados por la sorpresa, a Cofresí y a su gente. El pirata,
reponiéndose un poco se acercó a ella y le dijo con voz
pausada y grave:
—¿Cómo se siente Ud?
Pero la joven no pareció oir y siguió mirando vaga
mente hacia los alrededores. Parecía estar semi-dormida,
o en ese estado de semi-inconsciencia que sigue inmediata
mente a un desmayo o a un sueño largo y profundo.
—Traigan un poco de café —dijo entonces el pirata.
Ezequiel se apresuró a cumplir la orden y a poco el
jefe ofrecía a la joven una pequeña jigüera con el aromoso
líquido. Esta tomó el pequeño envase, lo llevó a los labios
y apuró parte de su contenido.
—¡Gracias! —dijo con suave y argentina voz.
Y con toda tranquilidad inclinó su cuerpo como para
recostarse nuevamente en el túmulo.
L/l GLORIA LLAMO DOS VECES
—¡Va a dormirse otra vez! —exclamó Ezequiel con
intranquilidad.
Cofresí se aproximó a la joven y poniendo una mano
en su espalda, la obligó a permanecer sentada.
—No. no se acueste —le dijo con voz que trató de
dulcificar—. Ya ha dormido Ud. bastante. ¿No quiere con
versar conmigo?
_ ¿Qué desea Ud.? —preguntó la muchacha con voz
que revelaba intranquilidad y tristeza.
—Quiero que me diga —contestó el pirata— quien es
Ud. y como ha venido aquí...
La joven miró a su interlocutor con un poco más de
fijeza, como tratando de comprender. Luego levantó los
ojos al cielo y de ellos salieron lágrimas que humedecieron
sus pálidas mejillas.
—No sé quien soy... —dijo inexpresivamente— ni por
qué estoy aquí... ¡Oh!... ¡Esto es terrible! —agregó
entre convulsivos sollozos.
Pero Ezequiel creía estar en la clave del misterio.
—Mi jefe —dijo rápidamente al oído de éste— ¡Esta
joven está embrujada! ¡Algo le han echado los haitianos
para que pierda la memoria y hacer de ella lo que deseen!
¡Los haitianos que practican el pudú son expertos en estas
cosas! —agregó con convicción.
Cofresí, por su parte, experimentaba el asombro más
grande de su vida. Un abordaje, en el mar tempestuoso y
ent^ raudales de sangre, no hubiera tenido la virtud de
hacer vibrar sus nervios con la intensidad que lo hacía el
espectáculo de aquella misteriosa joven, de belleza sober
bia, que parecía volver nuevamente a la vida en una inex
plicable y desconcertante inconsciencia.
—¡Puede ser que haya enloquecido! —susurró a su
vez Juan al oído de Cofresí.
Este no encontró la opinión desacertada y se decidió
■ ■
JULIO GONZALEZ HERRERA
a hacer nuevas preguntas a la joven para apreciar su esta
do mental. La muchacha continuaba mirando vagamente
y como revelando cierta curiosidad, los rostros de los pira
tas, los detalles del lugar y del túmulo y el panorama del
cercano monte.
—¿Quién es Ud? ¿Quiénes son Uds? —dijo entonces
con trémula voz.
—Después sabrá quienes somos nosotros —le contes
tó Cofresí con urbana sonrisa— Trate Ud. ahora de recor
dar algo sobre su vida y de decirnos cómo y por qué ha
venido aquí —agregó con insinuante voz.
—Eso he tratado de hacer desde que desperté... —res
pondió la joven con seguridad—. Pero ha sido en vano...
Tengo en el cerebro algo así como un vacío, como si hubie
ra salido de una larga y grave enfermedad, como si hubie
ra estado sin sentido durante mucho tiempo! ¡Oh!... ¡Es
terrible, es terrible, no saber quien soy, por qué estoy aquí,
ni quiénes son Uds!... ¡Por Dios! —agregó animándose—
¡ Digan algo, hagan algo, ilumínenme, si no quieren que me
vuelva loca!
Y comenzó a llorar histéricamente cubriendo su ros
tro con las manos.
Cofresí se quedó mirándola, y, como pocas veces, su
faz reveló profunda piedad y conmiseración. Pero creía
que comenzaba a comprender. La joven no estaba loca, y
así lo demostraban la cordura y ansiedad de sus palabras.
Sufría, sin duda, un transitorio o quizás permanente esta
do de pérdida de la memoria. Recordaba haber oído o ha
ber leído que ese estado particular de alteración de las
facultades intelectivas se llamaba amnesia. Venía a su
mente, especialmente, lo que a él le había sucedido después
de haberse embriagado locamente en una de sus frecuen
tes orgías de sangre, alcohol y lujuria: al otro día, no se
acordaba de nada de lo sucedido, y sus propios compañe-
— 42 —
íih
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
ros, que se habían embriagado menos que él, tenían que re
ferirle lo que había dicho y lo que había hecho.
—Amnesia alcohólica —le había diagnosticado un
joven médico, amigo suyo.
La joven, sin duda, —pensó el pirata— sufre esta alte
ración. Una amnesia provocada por algún menjurje que
no distaría mucho de parecerse al tabaco que narcotizó a
Nicasio y al tafia que puso a pelear como locos a Pedro,
Tutulí y Cosininga! ¡No le cabía duda! ¡Estaban frente a
un extraño misterio haitiano!
Entonces tomó rápidamente una resolución: no segui
ría instigando a la joven con preguntas que sólo lograrían
mortificarla. Trataría de hacerla descansar y esperaría,
en aquel lugar, hasta ver cómo se resolvía aquella curiosa
situación. Después de estar un rato al lado de la joven,
que continuaba ensimismada, ordenó que todas las chozas
fueran aseadas y dispuestas para una corta permanencia,
y que se arreglara una de las casuchas en la mejor forma
posible, para hacer de ella lo que más pudiera acercarse a
una cómoda vivienda. Los piratas, a pesar de que el asom
bro los tenía anonadados, se pusieron a trabajar afanosa
mente, mientras, a una orden de Cofresí, Juan y Ezequiel
se trasladaban con sus escopetas al bosque cercano para
tratar de hacer alguna caza entre los cientos de aves que
revoloteaban entre los arbustos y malezas de aquel pedazo
de tierra que no parecía sino un rincón del Congo o de
Abisinia.
Mientras tanto, Cofresí trataba de inspirar confianza
a la muchacha con frases a las cuales casi no estaba acos
tumbrado. La dulzura y la piedad apenas cabían en su
alma y si ahora su corazón las albergaba era, sin duda,
debido a Ja soberbia y al mismo tiempo angelical belleza
de la joven, la cual era capaz de enternecer al mismo dia
blo. Sabía, además, por experiencia, que la única manera
JULIO GONZALEZ HERRERA
de hacerla respetar por sus hombres, era respetándola él
mismo. V ’.
Hasta este rríomento nadie se había vuelto a acordar
de la herida de la joven, y ella misma parecía insensible a
todo dolor. Pero al mover el pié hacia afuera del túmulo.
Cofresí vió el pie ensangrentado. Con mucho cuidado en
tonces se puso a vendar la herida, mientras la muchacha
miraba, con gran asombro, su talón sangrante.
Cuando la choza destinada a la bella huéspeda estuvo
dispuesta, el pirata la condujo hacia ella. Nicasio, segura
mente con la idea de reconciliarse con su jefe, y ayudado
por varios compañeros, había construido, con gran habili
dad, una especie de catre, con ramas del monte y una lona
de las varias que llevaban. Con aditamento de una fra
zada, aquello era un mueble de descanso relativamente có
modo.
—Venga a reposar —dijo entonces Cofresí a la mu
chacha con toda suavidad—. Espero que pronto estará
bien, y que podamos restituirla a su hogar.
La joven dió un suspiro, y por el momento el pirata
pensó qúe iba a desmayarse. Pero la muchacha, con gran
agilidad, tras el momentáneo decaimiento y no obstante
tener el pie herido, bajo con toda prontitud del túmulo y
se dirigió a la casucha. Ya de pie, pudo el pirata contem
plar su cuerpo escultural, que hacía un juego singular con
la belleza de su rostro.
Los aventureros contemplaban ensimismados a la jo
ven. Nunca habían visto, ni en la imaginación, nada que
pudiera parecerse a aquella visión de belleza, dulzura y
gracia.
—¡Ahí si hay! —murmuró Cosininga haciendo un
revoloteo sospechoso con la lengua, entre los labios
carnosos.
Cofresí le lanzó una mirada fulgurante, que hizo en
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
seguida comprender a todos los circunstantes que con aque
lla diosa no podría jugarse.
—¡El que no quiera un castigo —parecía decir aque
lla mirada— que respete a esta joven como si fuera mi
propia hermana!
Una vez en la choza, el pirata observó cómo la mucha- •
cha se ocultaba con presteza entre la frazada. Parecía
haberse dado cuenta, por primera vez, que sólo vestía una
bata vaporosa, rasgada en algunas partes. Cofresí, hizo
traer uno de sus propios vestidos, y con toda delicadeza se
los ofreció a la joven.
Sería mejor —si así lo deseaba— le manifestó— que
vistiera ropas de hombres, en vez de la túnica con que
había sido hallada.
Se disponía el jefe a retirarse, con el cerebro lleno de
confusas ideas, cuando pudo observar que del cuello de la
joven pendía un fino collar al parecer de oro, en uno de
cuyos extremos había un medallón en forma de corazón.
—¡Esto si es novelesco! —pensó el pirata que tenía
cierto sentido del.humor—. ¡En muchas novelas he visto
descubrir la identidad de las heroínas por una misteriosa
joya que pendía de su cuello!
Pidió, entonces, permiso a la joven para ver de cerca
el medallón. Esta, de primera intención, no comprendió
eJ deseo de Cofresí, y pareció tan asombrada como él mis
mo al notar que de su cuello colgaba la fina prenda. Exa
minada por ambos, el pirata leyó en efla una sola palabra:
Amalia.
—¡Ud. se llama Amalia! —dijo sin poder contenerse—
¡ Amalia es un bello nombre digno de ser llevado por quien
es bella de cuerpo y alma! —agregó en una inevitable
explosión de su admiración largo rato contenida.
—¡Amalia!... —murmuró la joven— ¡Ese nombre
me suena! ¡En verdad que ese debe ser mi nombre!
El pirata continuaba mirando a la joven extasiado.
Pensó que aquella expresión era quizás la primera revela
ción de que la memoria volvería a su cerebro. Esto, sin
quererlo, le comenzó a desazonar. En el. egoísmo propio
de quien ya comenzaba a sentir los primeros zarpazos de
la fierecilla amorosa, hubiera deseado que la joven no
recordara nunca más quien era, que hubiera nacido aquel
I»; mismo día a una nueva vida para ella y para él.
—Amalia, descanse —dijo como deseando alejarla de
reminiscencias inoportunas—. Espero que mañana se sien
ta completamente bien.
Y se retiró hacia el lugar en que estaban sus com
i pañeros.
Estos estaban buscando en las chozas, y aún en cam
po raso, el mejor acomodo posible. Tutulí había colgado
su hamaca entre dos árboles.
—Prefiero el monte raso a los bohíos de esos brujos
—dijo con énfasis.
Cosininga, en cambio, había enroscado el cuerpo, co
mo si tal cosa, entre unos trapos sucios, que había en una
de las chozas, como ensayando la manera de dormir en la
noche.
—¡Todo el infierno es candela! —decía mientras se
hacía un ovillo— ¡Entre las culebras y los haitianos de
afuera, prefiero los ciempiés, las cucarachas y los hedores
de adentro!
Y cerraba los ojos con toda placidez. Cosininga era
el pigmeo de la cuadrilla, semejante a un diminuto hurón,
y a ello debía su cómico apodo.
A poco llegaban Juan y Ezequiel. No traían caza al
guna, pero sí una extraña noticia: en varias ocasiones, de
entre la maleza, habían recibido la caricia de piedras, palos
y frutos secos. Cuando se acercaban con toda prontitud
en busca de los presuntos lanzadores de tales objetos, no
— 46 —
͡1
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
encontraban ni rastro de ellos. Con tal motivo Ezequiel
había rehusado continuar en la problemática caza, con el
temor —según decía— de ser él, el cazado. Así, habían
decidido volver al campamento.
—¡Oye viejo mariquita! —le vociferó Cofresí cuando
se enteró de lo sucedido— ¡ O te dejas de sandeces o te ma
to a palos!
—Mi jefe, —le contestó el viejo todo tembloroso— ¡yo
le he dicho que soy capaz de comerme un vivo, crudo, pero
que con muertos, no quiero nd/
—¡ Muerto vas a estar tu pronto si sigues así! —le
contestó el pirata con voz de trueno, pero apenas pudiendo
contener la risa—. Y cambiando de tono agregó:
—¡Vé con Juan, desamarren al haitiano preso, y trái
ganmelo aquí!
En la baraúnda de tantos sucesos imprevistos, todos
se habían olvidado del negro cautivo. Pero ahora, la curio
sidad se apoderaba nuevamente del ánimo de los piratas.
Aquel salvaje era, la única representación palpable que
tenían de los misterios haitianos, el único eslabón —podría
decirse— entre el mundo real y el misterioso mundo que
por primera vez se presentaba ante los ojos asombrados de
ios aventureros.
Juan y Ezequiel, acompañados de unos más, a poco
traían en vilo al negro, quien, ya completamente despier
to, lanzaba al aire sordos gruñidos.
—¡Aquí está el hombre! —dijo Ezequiel ufano de
poder al fin cumplir una orden. Y resoplando fuertemen
te agregó:
—¡Este hombre hiede a berrenchín de culebra!
Todos rieron de la ocurrencia, mientras Juan, con un
cuchillo, desataba las ligaduras del cuerpo del negro. Este,
como una fiera acorralada y aturdida, se puso lentamente
en pié, mientras con los ojos oblicuos y la cabeza hundida
JULIO GONZALEZ HERRERA
/
en los hombros, miraba de soslayo como buscando la ma
nera de escapar.
Cómicamente Ezequiel sacó su trabuco e hizo al hai
tiano una pantomina para explicarse que si huía, le mete
ría un plomo en el casco.
Mientras tanto, Cofresí contemplaba el preso. Este
era un hombre como de cincuenta anos, con la piel negra
como el carbón, orejas pequeñas y encogidas, gran nariz
achatada y ojos oscuros con la córnea rojiza formando un
desagradable contraste, boca con gruesos labios morados y
dientes pequeños y blanquísimos. Descalzo, vestía un sim
ple pantalón de burda tela, amarrado a la cintura por una
delgada soga de pita. Tenía el torso al descubierto, y en
la cabeza llevaba un mugriento trapo de color morado.
—-¡Dime. idiota, cómo se llama tu jefe y qué hacían
aquí Uds.I —vociferó el pirata, acompañando sus pala
bras de gestos como para hacerse entender.
Pero la jerigonza que sqltó el haitiano no era capaz de
entenderla ni el mismo diablo.
—Es inútil —intervino Ezequiel—. Según he oído de
cir esa jerga proviene del francés y aún los que hablan
este idioma apenas la entienden... Quizás si aquí hubiera
alguno que supiera francés...
—¿Nadie habla francés aquí?, —gritó entonces Co
fresí en voz tan alta que dominó los sordos .murmullos con
que los piratas demostraban su curiosidad. No dudaba que
en su cuadrilla, en la que había algunos que habían viajado
por todo el mundo, hubiera quien pudiera entender al mis
terioso negro.
2stó. El pirata hizo algunos tanteos
aba que el salvaje hablara algo inteli-
avanzó su puño hacia su rostro en
’ero el haitiano se limitaba a decir
48 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
nuevas extrañas palabras, aún más enrevesadas que las
primeras.
—Es inútil! —dijo entonces con desaliento— ¡Juan,
haga que le den algo de comer a este hombre y amárrenlo
otra vez! ¡No lo soltaremos, aunque muera, hasta que no
demos con la clave de estos misterios!
Se dirigió, entonces, al lugar donde reposaba la mucha
cha. Esta dormía tranquilamente, y en su rostro se esbo
zaba una cándida sonrisa. ¡Cuán bella era y cómo la ad
miraba! ¡Bien valía ella enfrentarse a todos los misterios
y trabajos que le prometía aquella tierra infernal!
Pasó alrededor de una hora. Al acercarse de nuevo al
lugar donde estaban sus compañeros, un cuadro imprevis
to se presentó ante su vista. Los piratas hacían un corro,
en el centro del cual se veían a Juan, Tutulí y Cosininga,
junto a un hombre montado en un mulo. Juan sostenía con
la mano la brida del animal, mientras Tutulí quitaba una
venda que en los ojos Cenia el hombre que montaba el cua
drúpedo.
—¿Quién es ese hombre? —gritó Cofresí mientras se
acercaba al lugar de la escena—. No le habría extrañado
que le hubieran contestado que había caído del cielo. Pero
Juan, entre alegre y aturdido, se acercó al jefe. Tenía la
faz enrojecida y sudorosa como si hubiera hecho un gran
ejercicio físico. Tras él venían Tutulí y Cosininga, tam
bién sudorosos y excitados.
—Mi jefe —dijo el primero—. Espero que apruebe lo
qufe he hecho, ya que creo que este hombre nos dará todos
los informes que necesitamos.
—¿Pero, quién es ese hombre? —preguntó Cofresí,
quien ya comenzaba a impacientarse.
—Ese hombre, señor, fué capturado por nosotros hace
un momento en las cercanías del cerro en que estuvimos
JULIO GONZALEZ HERRERA
anoche... Es un rayano y habla a perfección el español,
y la jerigonza de esta gente.
—Pero ¿qué es eso de rayano? —interrogó nuevamen-
tee Cofresí, a quien le sonó muy extraño el término.
—Rayano —según nos ha explicado este mismo hom
bre —explicó Juan mientras señalaba al sujeto del mulo—
es el hijo de dominicano y haitiana, o a la inversa. Según
hemos podido comprobar, este señor habla perfectamente
el español y nos ha asegurado que también habla el patois
de los haitianos.
Cofresí se acercó al extraño sujeto. Era un mozo co
mo de veinte y cinco años, de tez parduzca, color de caoba
vieja, pelo duro y ondulado, tez áspera y ojos oscuros.
Miraba con recelo a los piratas, pero no había en su acti
tud la hipocresía y la reticencia que se advertían en los ojos
del haitiano.
—Bon jour, monsieur —dijo al ver que se acercaba
Cofresí, en quien seguramente reconoció al jefe.
—Buen día —contestó éste con tono seco— ¿Quiere
decirme que hacía Ud. por estos alrededores? —agregó con
voz cortante.
—Señor —contestó el mestizo con seguridad y persua
sivamente—. Espero que no me hagan ningún daño, pues
estoy dispuesto a complacerlo en todo lo que esté a mi al
cance. Yo tengo una pequeña bodega en La Vallee y ahora
venía de Jacmel donde fui a una diligencia urgente, cuan
do sus hombres me capturaron, me pusieron una venda y
me trajeron aquí...
—¿Es Ud. haitiano? —preguntó el pirata, deseoso de
que el hombre entrara en explicaciones.
—No señor, yo soy sólo medio haitiano, es decir, de
padre dominicano y madre haitiana.
Cofresí, con gran habilidad, siguió interrogando al
mestizo y así pudo completar los escasos informes que
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
tenía sobre la isla a donde había arribado. Esta, según él
sabía y ahora lo confirmaba su interlocutor, estaba dividi
da en dos partes: la parte llamada española, al este, de
gran extensión, habitada por descendientes de españoles e
indios; y la parte oeste, en donde estaban, de una tercera
parte de la extensión de la primera, habitada, en su mayor
parte, por negros africanos y sus descendientes. Hacía
algunos años que los negros de la parte oeste habían inva
dido la parte este y ahora dominaban en toda la isla.
—Bueno, señor rayano —dijo Cofresí mientras mira
ba frente a frente a su interlocutor, no pudiendo menos
que admirar su aplomo y despejo—. Yo necesito que Ud.
me dé ciertos informes que necesito urgentemente. Des
pués, y siempre que haya procedido con sinceridad, le daré
la libertad y podrá Ud. seguir su camino. ¡ Bájese del mulo
<
y venga conmigo!
Se dirigió, entonces, con su acompañante, a la sombra
de un frondoso árbol cercano. Una vez allí hizo retirar a
los demás, quedando sólo con ellos, Juan y Ezequiel. Cofre-
x
sí, con lujo de detalles, refirió entonces al mestizo la parte
más importante de los sucesos de ese día y del anterior.
Este escuchó con atención el relato y su rostro no reveló
la sorpresa que Cofresí esperaba.
—¡Bueno! ¿Qué me dice Ud. de todo esto? —dijo el
pirata cuando hubo terminado.
—Pues —contestó el mestizo sin vacilaciones—. Estoy
completamente seguro que tropezaron Uds. con una tribu
haitiana dedicada a la práctica del vaudou...
—¿Va... qué? —interrumpió Cofresí a quien extra
ñó el término, un poco distinto del empleado por Ezequiel.
—Si, señor, vaudou, o judú, en el lenguaje vulgar, es
la religión de la mayor parte de los haitianos del campo y
de la clase baja de las ciudades de Haity. Es una religión
extraña en la que se mezclan la brujería y las prácticas
— 51 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
ocultas. En la parte española de la isla son mal vistas
estas prácticas y aún en la parte de Haity son repudiadas
por las personas cultas.
Cofresí salía de un asombro para entrar en otro. Aho
ra le sorprendía grandemente la facilidad y soltura con
que el mestizo se explicaba.
—Necesito ahora —dijo poco después deseando llegar
a una conclusión— que me traduzca al pié de la letra lo
que diga el haitiano que tenemos aquí. Juan —dirigiéndose
a su ayudante— ¡haz traer aquí al idiota ese!
A poco volvía el negro a entrar en escena. \ enía más
espantado que antes y ahora no disimulaba su contrarie
dad al ver al nuevo personaje.
Dígale —dijo Cofresí con voz enérgica al mestizo—
que necesito que me diga quién es la joven que hemos en
contrado aquí, cómo vino aquí, o quién la raptó y condujo
aquí!
El mestizo miró al haitiano con cierto desprecio. Se
acercó a pl, y como para influirlo de antemano puso una
mano en su hombro. Después, con lenguaje rápido y cor
tante, pronunció unas frases muy parecidas a las que el
haitiano había dicho antes.
Este se quedó mirando al mestizo y nada dijo—. Lan
zó tres o cuatro gruñidos y fijó los ojos en tierra.
—Dígale —dijo Cofresí, quien ya esperaba esto— que
elija entre hablar o llevar marcada para siempre la frente
con un hierrito candente, de esos que se utilizan para mar
car los animales... ¡Juan —agregó dirigiéndose a su ayu
dante— pon a calentar el hierro!... ¡Y que se caliente
pronto!
El joven se apresuró a cumplir la orden mientras el
haitiano al oir la traducción de las palabras de Cofresí se
puso a simular sollozos y a decir palabras entrecortadas.
—Dice que él no sabe nada de eso —tradujo el mesti
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
zo—. Por mi parte lo dudo —agregó— ¡ Esta gente es de
lo más hipócrita y taimado que hay sobre la tierra!...
■—Por lo visto tiene Ud. a menos la sangre haitiana
que lleva en las venas —le dijo Cofres! para dar tiempo a
a que el hierro se calentara.
—¡Ya orgullo la dominicana, señor! —contestó el
mestizo—. Solo deploro que mi madre, a quien no conocí,
fuera haitiana... Me gusta el dominicano porque es valien
te y buen amigo... En cambio, el haitiano... bueno....
¡ más vale que no hablemos de eso!...
Cofresí se echó a reir. Le agradaban los ímpetus del
mestizo y sus ideas concordaban casi con las de él. En
Puerto Rico había conocido algunos dominicanos y tenía
de ellos un buen concepto. En cuanto a los haitianos no
iba, hasta el presente, formando una buena opinión sobre
ellos.
—¡El hierro está listo, señor! —exclamó en ese mo
mento Juan que se acercaba.
—Dígale al haitiano —dijo Cofresí al mestizo— ¡Que
no estoy por perder tiempo! ¡ Que mas vale que hable an
tes de ser torturado, a que hable después! ¡Vivo!
El mestizo trasmitió la amenaza con palabras en las
que se advertía la energía y la persuasión.
El haitiano, a la vista del hierro candente oscilando
sobre su cabeza, lanzó un gruñido más fuerte que los ante
riores y dijo unas cuantas palabras ahogadas.
¿A* '
—¡Dice que va a decir lo que sabe! —trasmitió con
alegría el mestizo.
Y poco después se enfrascaba con el haitiano en un
complicado diálogo que duró varios minutos.
Mientras tanto, Juan y Ezequiel, miraban perplejos
la escena: Juan con mal disimulada alegría, Ezequiel con
un destello de superstición en los ojos agrandados.
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡Hum! ¡Yo mejor no me metería con esa gente! —
rezongaba el último.
—Señor, —dijo en ese momento el mestizo— se ha
confirmado lo que le dije. Este haitiano pertenece a una
secta de vaudou que dirije un Papabocó o sacerdote llama
do De3Ín, muy influyente en estas comarcas. Según pa
rece llegaron hace unos días y proyectaban quedarse unas
semanas...
—Pero ¿y la muchacha quién es? —interrumpió el
pirata impaciente.
—Pues la muchacha, según me dice este hombre, fué
traída aquí ayer mismo por dos hombres de la tribu...
—Entonces ¿cree Ud. que ayer o antes de ayer fué
cuando se hizo el rapto? —preguntó ansiosamente el pirata.
—Seguramente.
—Pregúntele —dijo Cofresí, quien comprendió que
era mejor ir poquito a poco— que, qué clase de ceremonia
era la que celebraban la noche que asaltamos el campa
mento.
Tras unas palabras con el preso, el mulato tradujo:
—Dice que esa noche celebraban una fiesta de vaicdou
e iban a resucitar a la joven, que había muerto.
—¿Y Ud. cree que esos haitianos pueden resucitar un
muerto? —interrumpió Cofresí entre sarcástico y rabioso.
—¡Bueno... señor! —contestó el mestizo— ¡Yo no sé
ni qué decirle!... ¡He visto y he oído contar cosas tan ex
trañas de esta gente! ¡Lo que sí yo sé es que hay hai
tianos en las plantaciones de cacao, caña y café que pare
cen verdaderos muertos resucitados... Apenas comen, no
se acuerdan de su pasado y trabajan como animales...
los llaman zombís.,..
—¿Que le decía yo a Ud? —interrumpió en ese mo
mento Ezequiel entre ufano y miedoso— ¿Va o no va a
creer ahora lo que le decía?
— 54
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
El asombro de Cofres! llegó al colmo. ¡ Muertos resu
citados! Hubiera, sin duda, mandado a dar una paliza a
quien en otras circunstancias le hubiera afirmado tal cosa.
Pero ahora se acordaba de lo que había visto: la joven
inerte, sin pulso, fría, con el corazón sin el más leve latido,
y su resurrección a Ta mañana siguiente después de las
absurdas ceremonias haitianas. ¡Maldito si comprendía
nada de aquello!
—Señor —dijo entonces el joven—. Si Ud. me permi
te voy a decirle lo siguiente: la opinión de mucha gente
culta es que las personas que resucitan están sólo en un
estado de muerte aparente, debido a una brujería... o algo
por el estilo. Esto se lo he oído decir a mi padre...
El pirata se dió con la mano en la frente. Sin duda,
se trataba de personas que sólo estaban en un estado de
catalepsia o en un estado parecido. Pero no dejaba de ser
fantástico que unos salvajes tuvieran el poder de matar,
aunque solo fuera aparentemente y de resucitar, después,
efectivamente.
—¿No cree Ud., —dijo el pirata, entonces, dirigién
dose al mestizo y señalando al haitiano— que este hombre
pueda conocer el método que se emplea para lograr la
muerte aparente y las resurrecciones?
—No lo creo —contestó el aludido con seguridad—.
El Papobocó o sacerdote debe precisamente su influencia
al hecho de que hace creer a su gente que tiene poderes so
brenaturales... Seguramente estos sacerdotes se trasmiten
unos a otros el secreto para hacer sus brujerías... He sabido
de médicos eminentes que han tratado de averiguar dicho
secreto y no lo han logrado... Pero, si Ud. lo desea —agre
gó— puedo interrogar al haitiano sobre el particular.
A los pocos momentos su predicción se cumplía. El
haitiano se ponía de rodillas y levantaba brazos y ojos al
cielo, como alabando la grandeza de sus dioses.
— 55
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡Papa Legbá fait mirarte la! —gritó con voz chillona.
Dice que el dios Papa Legbá es el que hace el mila
gro —dijo sonriendo el mestizo.
—Para terminar —dijo Cofres! con impaciente voz—
insista para ver si este hombre conoce el origen de la mu
chacha raptada, donde vive, quién es su familia...
Después de un complicado diálogo en patois entre el
mestizo y el haitiano, el primero dijo:
Dice que él no sabe nada en absoluto de eso. Lo
creo —añadió el mestizo— es muy raro que el Papabocó co
munique a su gente lo que considera asuntos particulares
suyos. Puede Ud. tener la seguridad de que está diciendo
la verdad.
Estaba visto que había de quedar por el momento en
el misterio el origen y la personalidad de Amalia. Cofre-
sí en su egoísmo de hombre y en su desaprensión de pira
ta, pensó que quizás era mejor que sucediera así. Amalia
había sido puesta, recién nacida de espíritu y adulta de
cuerpo, en su vida. El destino, Dios, o lo que fuera, sabía
lo que hacía.
Cofresí hizo un gesto como para indicar que todo aque
llo había terminado. Mandó a Juan a que llevara al preso
a una legua de distancia y lo dejara en libertad. Dió las
gracias al mestizo y lo obligó a aceptar una guinea de lu
ciente oro que sacó de su faltriquera. Después le dió la
mano con gesto efusivo. El mestizo puso al trote su mulo
y se alejó por la estrecha senda calcinada por el sol.
—¡Que le vaya bien! —le gritó el pirata a modo de
despedida.
Y se quedó mirando durante unos segundos a aquel
mozo, en cuyo cuerpo, por una ironía de la suerte, habían
tratado de fundirse, sin lograrlo, dos sangres antagónicas:
la del dominicano, indolente, generoso, audaz y sincero, y
la del haitiano, haragán, hipócrita, supersticioso y avieso.
— 56 —
III
C O F R ES I ,
Aquella noche, mientras los demás aventureros dor
mían, estaba Cofresí sentado al pié del árbol en que lo he
mos visto durante el día. Su rostro denotaba cierto can
sancio, y había en él un sello de insospechada melancolía y
abatimiento.
Pensaba que era necesario dar un nuevo rumbo a sus
ideas, trazar una nueva senda para sus planes, en presen
cia de los imprevistos acontecimientos de los últimos días.
Acostumbrado a tomar sus decisiones con prontitud y ener
gía, trataba ahora de coordinar sus pensamientos para lle
gar a una conclusión lógica y conveniente.
Examinando su vida llegaba a veces al convencimien
to de que era un predestinado, uno de esos hombres que
vienen al mundo a realizar una misión extraordinaria, que
se aparta por completo de la común misión reservada a las
demás hombres.
Se sentía recio de cuerpo y de alma y con ese supremo
desprecio de la vida que es la única cualidad humana que
hace al hombre verdaderamente fuerte e invulnerable.
Vencer.a la sociedad, hacerse poderoso, humillar a sus ene-
— 57
■emijih ■■0
JULIO GONZALEZ HERRERA
migos, y después reirse del mundo y sus absurdas ideas,
eran los fines que siempre había perseguido en sus atrevi
das andanzas y correrías. Pero ahora, no sabía por qué,
sentía en su espíritu como una revulsión, algo así como
un pinchazo invisible que le decía que no todo en la vida
debería ser resentimiento contra el orden establecido y la
realidad inevitable.
Lentamente, fué remontándose a su vida pasada, co
mo para hacer de ella un examen, algo que le permitiera
concebir un fin lógico y humano. Su pensamiento voló a
los días de su infancia, pasada en el barrio de Los Guaya
bos, en la villa de Cabo Rojo, con sus veinte casuchas te
chadas con yaguas de palmas y su murmurante arroyo
donde él lanzaba barquitos de papel.
¡ El recuerdo de aquella infancia, pasada al lado de sus
padres, hizo estremecer su espíritu que tantas veces se hun
dió en los abismos de la codicia y la venganza! Pero des
vió el recuerdo, para posar su pensamiento en los hechos
que él consideraba mas trascendentales en su vid$ y que
habían señalado, como la brújula el polo, el oriente y fin de
su destino.
El era en Cabo Rojo, durante los primeros años de
su juventud, un muchacho sano, sin mas aspiraciones que
hacer una buena pesca, fumar un buen cigarro y llevar un
lindo regalo a la pretendida novia, la bella entre las bellas
entre las muchachas de su encantada villa. Todos eran
amores en su vida; amor por su madre, amor por su tra
bajo, amor por el estudio y la lectura, amor por el futuro
amor de una noviecita buena, amor por el sol de fuego que
cada mañana, como un payaso glotón, asomaba su roja faz
por encima de las montañas de la lejanía.
Pero un día, un mal día, que venía cargado de funes
tas consecuencias, tal como una nube rosada y apacible vie
ne cargada de insospechada electricidad, se atravesó en su
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
vida para señalar el primer jalón de su terrible destino.
Aquel día había hecho una magnífica pesca: los delfines,
carites, sardinas y picúas brincaban en las redes por cien
tos, y él y sus compañeros se dispusieron a ir a proponer
el pescado en venta al capitán de la goleta española Delia,
surta en el puerto de Cabo Rojo. En grandes canastas
transportaron el producto de su trabajo a la goleta, y a po
co él y el capitán Eligió Vásquez, llegaban a un acuerdo
sobre el precio. Sudorosos y alegres iban haciendo la fae
na, cuando uno de los pescadores resbaló en la cubierta de
la nave y el pescado se desparramó en el suelo, casi a las
piés del capitán.
—¡No debe Ud. poner gente tan bruta a trabajar! —
exclamó con arrogante insolencia el capitán Vásquez—. ¿Es
que se ha creído Ud. que ésto es un chiquero?
Ahora recordaba nítidamente cómo la grosera injuria
había corrido como un cordón de fuego por su cuerpo, que
sólo había vibrado con los ardores del trabajo y de la lucha.
—¿Un chiquero? ¡Sí!... ¡Me parece que esto es un
chiquero y en él no veo otro cerdo que Ud., señor!...
No supo cómo se le ocurrió contestar con tanto acierto
el gratuito insulto. La sangre ensoberbecida del español
se desbordó entonces y con la fusta que llevaba en la mano,
lo golpeó rápida y sucesivamente en el rostro. Después
fué sujetado por los marineros y echado del buque.
¡ La brújula de su vida en aquel momento marcó su nor
te de desazones, angustias y emociones violentas! Duran
te toda esa noche sintió en la cara el'ardor de los latiga
zos de los cuales ya no se veían las huellas materiales. En
la madrugada, sus compañeros y él, asaltaron la goleta, die
ron muerte al capitán, echaron a los tripulantes, y se die
ron a la mar en la embarcación, primer trofeo de su fu
nesta gloria.
Una vez realizada, por venganza, la primera hazaña,
— 59 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
no era posible retroceder. Las piraterías se fueron suce
diendo, unas a otras, y así capturaron la goleta “Eva la
“María Cristina”, y una infinidad de embarcaciones pe
queñas. El botín era repartido entre todos, pero él, co
mo capitán y primer responsable de las hazañas, se reser
vaba la mayor parte. Joyas de todas clases, lucientes mo
nedas, y numerosísimos objetos de arte, constituían su ri
queza que él guardaba cuidadosamente en un arca que lle
vaba en su camarote.
Después de algunos meses de esta vida azarosa, y sa
ciada en parte su sed de venganza contra el orden y los
poderes sociales, sintió un vehemente deseo de descansar,
de buscar un rinconcito lejano en el mundo, donde, con su
fortuna, disfrutar de una vida tranquila y honesta, hasta
donde fuera posible. Pero —ahora lo comprendía— no era
posible en un solo momento y por una simple decisión, dar
un puntapié a los hechos cumplidos, a las realidades crea
das por nuestro propio impulso, a todo ese complejo mun
do de hechos que forman nuestro pasado, y que sigue im
pertérrito, como la sombra al cuerpo, a todo mortal que se
aventura a plasmar realidades en este valle de infortunios.
Cuando quiso realizar aquel propósito se dirigió se
cretamente a Cabo Rojo. Allí tenía una hijita, se la lle
varía y buscaría en el ancho mundo el sendero que no debía
ocultársele, del olvido, de la paz y de la nueva conforta
dora esperanza. Una vez en Cabo Rojo, ocultamente, fué
a visitar una vieja amiga para pedirle noticias de su hija,
y allí supo la mala nueva: su hija había muerto atropella
da por los cascos de un caballo que montaba un militar es
pañol! ¡Siempre los españoles! ¡Aquellos que sin moti
vo alguno, y con crueldad y saña injustificadas oprimían su
patria querida!
Lloró aquella noche las lágrimas que no salieron de sus
ojos cuando murió su madre, ni cuando le informaron que
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
la “noviecita buena” a la que enviaba flores, se había ca
sado con otro. Supo, además, que estaba puesta a precio
su cabeza. Decidió, entonces, una vez más, que su desti
no no estaba en aquel hogar que le negó la suerte, junto al
huerto verdeante y la esposa sumisa: ¡sino en el ancho mar,
frente a los españoles, en pugna con la adversidad, en pe
renne connubio con suerte sombría e implacable’.
Buscó a sus compañeros y volvió a la piratería. ¡Su
nombre llegó a ser sinónimo de terror, de venganza, de
odio! Para llegar a un pueblo y disfrutar, por un momen
to, de las felicidades normales, tenía que disfrazarse. Pa
ra no inspirar sospechas tenía 'que hacer un esfuerzo pa
ra borrar de su rostro la amarga y arrogante expresión,
que era como una careta que ocultaba todo lo que pudo ser
y nunca fué!
Meses después, llegó el momento culminante de su vi
da, el terrible trance del cual pudo escapar milagrosamen
te, y cuya feliz solución le decía una vez más que estaba
abocado a un grandioso destino. Perseguido de cerca por
cuatro navios españoles poderosamente armados, y después
de recio combate, fué capturado con sus once compañeros,
encerrado en una lúgubre prisión en San Juan de Puerto
Rico, y condenado a muerte, después de un juicio sumarísi-
mo. Estuvo catorce días incomunicado, y sus guardianes
no se dignaban ni siquiera cambiar una palabra con él. Pe
ro dos días antes de la ejecución tuvo la buena suerte de
que el teniente que comandaba el pelotón que debía fusilar
lo, fuera a visitarlo. Con la audacia y el sentido práctico
que lo caracterizaba, le ofreció al militar veinte y cinco
mil duros si lo salvaba. Al vacilar el oficial, insistió con
tenacidad y le ofreció la prueba de que tenía escondido en
las cercanías de Cabo Rojo una suma mucho mayor que
esa, la que habría de entregarle, baio su palabra, una vez
que estuviera a salvo. Como él había de ser fusilado sólo,
JULIO GONZALEZ HERRERA
y antes que sus compañeros, éste prometió tratar de poner
en los fusiles de los soldados ejecutores, cartuchos que so
lo contuvieran pólvora. El simularía caer bajo la descar
ga, y el oficial simularía también que daba el tiro de gra
cia. Como el mismo militar encargado de la ejecución era
el que debía hacer conducir el cuerpo del ejecutado al ce
menterio, lo demás sería fácil. Trató, por último, de incluir
en el plan a sus compañeros, pero el militar argüyó que
aquello era imposible, ya que serían fusilados todos conjun
tamente.
El arriesgado plan tuvo buen éxito y a los pocos días,
maltrecho y agobiado, pero a salvo, se refugió en la casa de
un viejo amigo, en plena selva. Como todos lo creían muer
to, le fué fácil, meses después, bajo nombre supuesto, tras
ladarse a una finca que compró en las cercanías de Areci
bo. donde pasó varios años en relativa tranquilidad.
Pero su destino azaroso había de perseguirle implaca
blemente. En el año que corría, y no se sabe como, se co
noció la verdad sobre la ejecución, y el oficial cómplice fué
condenado a muerte. Se volvió a poner precio a su cabe
za y las autoridades, como lebreles desencadenados, se lan
zaron por todas las pistas en su persecución.
Otra vez estaba frente a frente a su destino. No va
ciló. Dejó su finca en manos de un amigo, compró una go
leta de regular tamaño, y contrató alrededor de cincuenta
hombres para la tripulación. A los pocos días de hacerse
a la mar avistaron una goleta española que se dirigía apa
rentemente a la península. La atacaron, tomaron su car
gamento, y la abandonaron con los tripulantes amarrados
adentro. La goleta transportaba una gran cantidad de oro,
el cual se apropiaron. Con parte de ese oro compró a las
pocas semanas en Cuba, donde arribó, la fragata en que ha
bía arribado a las costas de Haity. Le puso por nombre el
“Aguila Negra” y con ella pensab a piratear por las costas
62 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
de la isla de Santo Domingo, e internarse a saquear de cuan
do en cuando en su interior. El objeto principal de su des
embarco de Jacmel era llegar, por tierra, a las cercanías
del poblado de Baní, y estudiar la posibilidad de quedar
se en esas tierras, si su identidad no era descubierta. En
Baní trataría de localizar uno de sus tesoros que había sido
enterrado en sus cercanías, siguiendo sus instrucciones,
por su segundo Portalatín. El había tenido siempre por
costumbre enterrar sus tesoros en los puntos más remotos
y ocultos, para evitar que fueran descubiertos. Así, ade
más de éste, tenía otro en la isla La Mona en la parte Es
te de Santo Domingo, y un tercero en las costas de la bahía
de Samaná,, en la misma isla. Esta vez, había ordenado a
su segundo, que quedaba en el barco, que a los cuatro días
justos de su desembarco en las cercanías de Jacmel partie
ra hacia el sur y anclara a cinco millas de la costa sur de
Baní. •
Pero los imprevistos sucesos que le acaecieron, según
hemos visto, al desembarcar en tierra haitiana, habían he
cho tal impresión en él, que, por primera vez, se sentía in
deciso sobre lo que debía hacer, y no advertía en su espí
ritu, con tanto vigor, aquella certera seguridad de que es
taba cumpliendo a cabalidad un justo y noble propósito de
venganza contra la sociedad que tanto odiaba.
¿Ya qué se debía este cambio? ¿Era que se había
vuelto cobarde de repente? ¿La tierra haitiana con sus
misterios le intimidaba? Jamás —se dijo—. Pero en el
fondo de su corazón creyó ver brillar, como una débil lu-
cecita, algo que era como un faro gigante en las tinieblas
de su alma: Amalia. Si. esta muchacha lozana, hermosa,
sana de cuerpo y de espíritu, que lo creía bueno y noble co
mo un hombre cualquiera, que había caído en su ruta co
mo una ofrenda del cielo, estaba, sin saberlo, produciendo
una renovación en su espíritu, infundiendo un nuevo alien
to en su vida.
— 63 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
Se levantó de su improvisado asiento y se puso a dar
paseos alrededor de la explanada. Sus compañeros dor
mían a pierna suelta y aquí y allá se oían de cuando en
cuando, sordos ronquidos. Una espesa nube, en mitad del
firmamento, ocultó momentáneamente la luna, que dejó de
enviar a la tierra su luz clara y tenue. Cinco o seis cocu
yos revoloteaban en las cercanías y semejaban pequeños
fanales de esperanza en la noche oscura.
Una lágrima salió de su pupila y rodó por la mejilla
áspera y tostada del pirata.
—Si —se dijo casi sollozando— ¡el odio nada engen
dra, sólo el amor es fecundo!
—Es necesario —continuó— que se renueve mi vida,
que dé un nuevo impulso a mis viejos anhelos de vida senci
lla y felicidad durable. ¡ Es preciso que arranque del pecho
ese odio infecundo contra mis semejantes! ¡Y, si esto es
posible, hacerlo al amparo de unos bellos ojos de mujer cu
ya divina luz será el fanal que alumbre los senderos de mi
redención!
IV
EN BUSCA DEL TESORO
A la mañana siguiente, los piratas, asombrados, oían
la más extraña orden que esperaran oir salir de los labios
de su jefe. Este, con la faz enérgica y la mirada cente
lleante, los había reunido, y con voz que no admitía réplica
había gritado:
—¡ A recoger cada uno sus tereques! ¡ Regresamos al
barco! ¡En media hora deben estar todos listos!
Y dirigiéndose a Juan:
—¡Haga hacer una litera para que cuatro hombres
conduzcan a la joven!
Y sin ni siquiera mirar el rostro de sus compañeros
encaminó sus pasos a la choza donde había pasado la no
che Amalia. Los aventureros ahogaron en sus labios un
grito de sorpresa. Aquello era lo que menos esperaban.
Pero ante la actitud decidida y resuelta de Cofresí ningu
no se atrevió a expresar su descontento. Sólo Ezcquiel
daba brincos de gozo.
—¡Por fin mi jefe ha vuelto a sus cabales! —decía en
el colmo de la alegría.
El pirata, en tanto, llegaba a la casucha donde estaba
Amalia. Esta, al ver llegar a Cofresí, sonrió, con una son-
£R —
r
br
JULIO GONZALEZ HERRERA
risa en la que había una mezcla de tristeza y agradecimien
to. Parecía una niñita de veinte años, contrastando la
infantil ingenuidad de su sonrisa, con su cuerpo rozagan
te y lleno de vida.
—¿Ha dormido Ud. bien? —le dijo el pirata ten pron
Svr • to llegó a su lado.
% —He dormido muy bien, señor. Y no sabe cómo le
agradezco lo que hace por mí...
—Todo mi anhelo es complacerla, señorita —contestó
el pirata rápidamente— y sólo siento no poder hacer
más... Deseo que confíe en mí, y esté contenta mientras
encontramos la manera de resolver su situación.
—¿No ha averiguado nada... de mi? —preguntó
Amalia tímidamente, como avergonzada de que los demás
tuvieran que saber más de su vida que ella misma.
—No, hasta el momento —respondió evasivamente el
pirata—. Solo sabemos que estaba Ud. hacía solamente po
cas horas con la tribu haitiana, cuando la encontramos...
—¡Dios mío! —exclamó la muchacha con gesto de do
lor—. Si yo no logro recordar mi pasado, ¿qué va a ser
de mí? ¿Qué van Uds. a hacer conmigo? ¿No cree Ud.
que sería mejor que me condujera a alguna ciudad y me
dejara en algún asilo... o algo así?
Y, sin duda, asustada de su propia idea y aterroriza
da ante el inmenso vacío que sentía en su vida, se cubrió el
rostro con las manos y comenzó a llorar desconsoladamente.
Cofres! se quedó mirándola y casi estuvo a punto de en
ternecerse él también.
—Señorita, —dijo— no sé como expresarme... pero
quiero que vea en mi un padre... un hermano... Algo en
su vida que la Providencia ha puesto para que no quede
desamparada... Ud. seguirá con nosotros y será protegi
da por nosotros, hasta que podamos averiguar quién es,
donde vive, quienes son sus familiares...
— 66
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
La muchacha se rehizo un poco y se quedó mirando
al pirata frente a frente. Su mirada revelaba inteligen
cia y comprensión para todo lo presente, y solo parecía
nublarse cuando intentaba sondear los abismos del pa
sado. Ahora miraba las correctas facciones del pirata, sus
ademanes resueltos, su actitud varonil y decidida.
—¡Señor! —contestó con vehemencia—. ¡No sé quien
es Ud.! ¡ Pero el corazón me dice que ha de ser muy bue
no cuando se expresa así! ¡Créame que confiaré en Ud.
hasta que Dios decida lo que ha de hacer de mi!
Y en un movimiento espontáneo alargó su mano, que
el pirata tomó y besó en un galante gesto de admiración y
pleitesía.
Poco después estaban sentados ambos al borde de la
improvisada cama, y el pirata, con gran habilidad, le iba
informando sobre su supuesta vida. El era un comercian
te que había venido a esas tierras a realizar negocios de
pieles y otras mercaderías. No tenía familia. Pensaba ra
dicarse en la parte este de la isla y hacer una vida tranqui
la, disfrutando de su fortuna.
Mientras tanto, los piratas, afanosamente, reunían
sus efectos y al cuarto de hora estaba la mayor parte de
ellos listos para partir. Juan, Ezequiel, y algunos más, ha
bían hecho una litera para ser llevada por cuatro hombres,
la parte superior de la cual trataban ahora de cubrir con
palmas para hacer una especie de toldo que protegiera a
su ocupante de los cálidos rayos del sol tropical.
A la media hora todos se ponían en marcha hacia la
costa. La comitiva era pintoresca: a la cabeza iba Juan
y Ezequiel, apartando con sus machetes las malezas que
estorbaban en el estrecho trillo. Después seguía la litera
cargada por Nicasio, Pedro, Tutulí y Felipe. La muchacha
iba muellemente recostada sobre ella y parecía estarse con
naturalizando con las personas y el ambiente de su nueva
— 67 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
vida. Cofresí iba al lado de la litera y de cuando en cuan
do cambiaba palabras con ella. Detrás iba el resto de los
piratas, marchando con seguridad, con paso casi marcial.
A la cola iba Cosininga que, mas débil que los demás, tenía
a veces que correr para no quedar rezagado.
Después de una marcha de varias horas, intercaladas
por algunas paradas de descanso, en las cuales los carga
dores de la litera eran sustituidos, avistaron al fin el mar
en la lejanía. Cuando alcanzaron la costa, y después de
varios tanteos de orientación, llegaron al lugar donde ha
bían dejado el bote. A poco éste era lanzado al agua y to
dos se acomodaban en él. A lo lejos, a unas millas de dis
tancia, la fragata recortaba su silueta en el horizonte, ga
llarda y majestuosa. Amalia, asombrada, miraba todo, y
sonreía a veces. Cuando el bote se acercó al costado de la
embarcación, se oyó fuerte y tenante la voz del hombre de
atezado rostro y fuertes músculos, que había despedido a
Cofresí:
—¡Echen la escala, rápido!
—¡Mauricio! —gritó el pirata tan pronto el bote se
acercó lo suficientemente como para ser oído—. ¡Saca de
mi camarote todas mis cosas y arréglalo para que sea ocu
pado por esta joven! —agregó señalando a la muchacha.
No quería, naturalmente, que Amalia encontrara en
él los trofeos de su funesta gloria: cuchillos, alfanjes, tur
bantes, pistolas, etc., que colgaban allí, siniestros y acusa
dores.
—¡Válgame Dios! —rezongó Mauricio, sonriendo—.
¡Si el jefe viene acompañado!
Y antes de ir a cumplir el encargo, miró por un segun
do a la muchacha con picardía y curiosidad.
A los pocos minutos dejaba Cofresí a Amalia en su
camarote, hábilmente arreglado para una confortadora aco
gida. Se dirigió, entonces, a donde estaba Mauricio y con
LA GIAJRJA LLAMO I>OS VECES
ferenció con él durante más de media hora. Entre otras
cosas, le instruyó para que hiciera desaparecer de la fra
gata todo vestigio de piratería, a fin de que la muchacha
creyera que se encontraba en el mas pacífico barco mer
cante.
A poco, la fragata se ponía en marcha en dirección al
Este, siempre costeando la isla. Los demás aventureros,
que no tenían algo urgente que hacer, se habían acostado
largo a largo en cubierta, y a la postre, parecían contentos
como chiquillos que regresan a su casa. Los tripulantes
que habían quedado en el buque, mientras tanto, interro
gaban a los que habían llegado, con desenfado y curiosidad.
Después de haber dado las instrucciones necesarias,
Cofresí se acomodó en la proa del barco, cerca del timón.
Mandó a buscar al vigía y le instruyó para que vigilara el
horizonte con mas cuidado que nunca y le avisara a la me
nor señal de la proximidad de una embarcación. Era cu
rioso que, mientras antes todo su anhelo se cifraba en en
contrar naves para atacarlas, ahora, al solo pensamiento de
que pudiera encontrarse con una, se estremecía. ¡Quería
llegar a las costas de Baní sin complicaciones, sin que na
da ni nadie osara turbar el sueño de felicidad que su cora
zón había forjado.
A poco, se dirigió al camarote de Mauricio que éste,
con gran complacencia, le había cedido. De una pequeña
arca sacó unos papeles y se puso a examinarlos. Se detu
vo cuando sus manos tropezaron con un pliego de regular
tamaño, de papel de hilo, que contenía unos extraños y com
plicados dibujos. Lo examinó durante largo rato.
—Si —se dijo al cabo—. El tesoro que Portalatín
enterró por orden mía en las cercanías de Baní, debe estar
a salvo. ¡ Con esta riqueza, más la que yo poseo, seré due
ño del mundo!
Momentos después, y ya de regreso a la cubierta, una
JULIO GONZALEZ HERRERA
radiante visión se presentó ante su vista: Amalia, vesti
da de marinero, venía corriendo hacia donde él, acom
pañada de Ezequiel. Estaba fulgurante de belleza y en sus
labios había una sonrisa juguetona. Cofresí no pudo me
nos que admirar la dócil facilidad con que la muchacha se
iba adaptando a las circunstancias d e su nueva vida.
—Mi jefe —dijo Ezequiel con su acostumbrada jo
vialidad—. He conseguido para la señorita este traje y
ella lo ha usado muy gustosa. Espero que encuentre bien
lo que he hecho.
—¿Cómo me veo? —preguntó infantilmente la mu
chacha con ingenuidad y coquetería, dirigiéndose a Cofresí.
— Maravillosamente bien! —le contestó el pirata.
La joven, entonces, displicentemente, se sentó a su la
do, se arregló los sedosos cabellos que desordenadamente
jugueteaban en su cara al influjo de la brisa marina, y se
puso a charlar animadamente.
El pirata no cabía en sí de gozo. Por primera vez en
su vida se sentía cerca de algo celestial, de algo que le re
cordaba a su madre, que le hacía vislumbrar a Dios.
A los pocos días de navegación, la veloz fragata había
hecho el recorrido entre las costas de Jacmel y la costa sur
de Baní. En la mañana del cuarto día de navegación, muy
temprano, había llegado Mauricio al camarote del capitán.
—Mi jefe —le dijo—, dentro de una hora estaremos
frente a la bahía.
—Muy bien —contestó el pirata—. Eche al ancla a
tres millas de la costa y avise a los compañeros que desem
barcaron conmigo en Haity, que estén listos para desem
barcar allí. Haga que lleven provisiones suficientes pa
ra pasar unos días en tierra y todos los picos y palas que
haya abordo.
¿-i
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Mauricio se retiró y Cofresí se fué en busca de Ama
lia. Esta, estaba aún recostada en la litera del camarote.
Lucía radiante de salud y parecía haber nacido para la
vida del mar. En los pocos días que duró la travesía ha
bía pasado gran parte de su tiempo paseando con Ezequiel
y haciendo a éste mil preguntas sobre el barco y sobre la
navegación y la pesca.
Sobre su vida y personalidad el pirata hacía las más
fantásticas conjeturas. ¿Sería descendiente de españoles?
¿Tendría sus padres vivos? ¿Sería originaria de Haity o
de la parte Este de la isla? Sólo de una cosa creía estar
bien seguro: de que no era casada, ya que la virginidad y
la inocencia tienen un sello distintivo que en la muchacha
se manifestaba por un inefable candor y una infantil cu
riosidad.
Cuando la fragata echó el ancla, el pirata dió la orden
de bajar uno de los botes, y lo mismo que en las costas de
Jacmel, todos se acomodaron en él con prontitud. Amalia
iba al lado de Cofresí, mientras éste, con interés, consulta
ba el pequeño plano que ya hemos visto en sus manos a
bordo de la fragata. A la hora, más o menos, el bote arri
baba a una hermosa playa, de regular extensión, y todos
se apresuraron a desembarcar. El panorama que se pre
sentaba a la vista era muy distinto del que habían contem
plado en las costas de Haití: no había aquí intrincados bre
ñales, sino una amplia planicie arenosa, que se extendía
por muchos kilómetros de distancia hacia el norte, y en la
que se veían grandes y pequeños árboles, cocoteros y pal
meras. La playa y los contornos estaban desiertos y no
había por allí señales de vida humana.
Cofresí volvió a consultar su plano, con aire dubitati
vo. Después dijo dirigiéndose a los demás:
—Vamos a dividimos en grupos de tres y a tratar de
localizar en la parte norte de esta playa, a no más de uno
— 71
JUMO GONZALEZ HERRERA
o dos kilómetros de distancia, un pequeño cerro de alrede
dor de veinte y cinco metros de altura, de tierra caliza,
casi todo cubierto de piedras.
Dió algunas explicaciones más, advirtiendo a todos
que al cabo de una hora, más o menos, debían regresar a
dar cuenta de las pesquisas. A poco, el grupo se desban
daba para cumplir la orden. El pirata, Amalia y Ezequiel,
formaron un grupo. Caminaron unos cuantos metros ha
cia el Oeste, y entonces se internaron hacia la pa^te Norte
de la isla. El terreno, a medida que avanzaban, iba siendo
cada vez más accidentado y a veces tenía Ezequiel que
hacer uso de su machete para abrir paso entre las enreda
deras y las lianas silvestres, que se enroscaban en los pies
de los caminantes.
Afanosamente buscaron el cerro o algo que pudiera
parecerse, pero en vano. Por los lugares que ellos habían
elegido para la búsqueda, nada había que no fueran peque
ños prados cubiertos de yerba, y alguno que otro frondoso
árbol de guayacán o de j avilla. Cuando el pirata calculó
que habrían andado, más o menos, una hora, decidieron
volver a la playa. Allí estaban varios de los grupos de
regreso y en ese momento llegaba el que estaba compuesto
por Tutulí, Felipe y Nicasio.
—Mi jefe —dijo el primero— hemos descubierto un
cerro como el que Ud. nos describió. Está alrededor de
milla y media de aquí, es muy pedregoso y en sus cercanías
hay una pequeña laguna.
—¿Una laguna? —exclamó Cofresí, como extrañado
de esa información. E inmediatamente se puso a consul
tar nuevamente el plano.
—Aquí no figura ninguna laguna —murmuró indeci
so.— Pero puede ser que se haya formado recientemente...
¡En fin, manos a la obra! ¡Vengan todos! —agregó con
voz fuerte.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
El compacto grupo de los aventureros, cargados con
sus mochilas y con palas y picos, se dirigió nuevamente ha
cia el norte de la playa, guiados por Tutulí. Después de
una caminata de cerca de media hora, encontraron la lagu
na mencionada por aquel, tras de la cual se veía un cerrito
casi pelado, que no tendría más de quince o veinte metros
de altura. Las aguas de la laguna eran verdosas y en su
superficie se veían flotar nenúfares y lotos. A la llegada
de los caminantes unos pequeños cuadrúpedos parecidos a
cabras diminutas que en la laguna bebían, huyeron despa
voridos hacia la selva.
—¡Bueno! —exclamó el pirata en voz alta— después
de examinar por tercera vez el plano— ¡Vamos a hacer
aquí una excavación de diez metros de largo por cinco de
ancho!
Y acercándose al terreno aledaño a la parte sur del
cerro, marcó con unas rayas en el suelo, un cuadro del ta
maño mencionado.
—¡Oigan todos! —agregó dirigiéndose a sus compa
ñeros—. Mi propósito es encontrar un tesoro que debe
estar aquí y que fué enterrado hace muchos años.- Es de
una suma considerable. Si lo encontramos, como espero,
cada uno tendrá su parte. ¡Así es que a trabajar con ahin
co, a ver si antes de la tarde ya hemos terminado!
Al oir esto, los aventureros lanzaron gritos de alegría
y sorpresa y se pusieron inmediatamente unos a cavar
mientras otros iban sacando con las palas la tierra remo
vida.
Amalia miraba todo aquello con asombro y no pudien-
do reprimir la curiosidad se acercó a Cofresí con los ojos
muy abiertos.
—Y... ¿íiene Ud. la seguridad de que hay un tesoro
ahí dentro? —preguntó mientras señalaba el lugar donde
trabajaban los piratas.
JULIO GONZALEZ HERRERA
—Como seguridad, no la tenemos de nada en esta vida,
Amalia —contestó Cofres! bromeando—. Pero si este pla
no —señalando el plano que tenía en la mano— no me
engaña, junto a ese cerro debe estar la mayor parte de la
fortuna que un pirata inglés obtuvo de sus correrías por
estos mares...
Cofresí mentía deliberadamente para alejar de la men
te de la muchacha la más leve sospecha de la realidad. Ama
lia lo miró con gravedad y lentamente dijo:
—Pero... y ese precioso plano ¿cómo lo consiguió
Ud.?
—Una vez muerto el pirata —contestó Cofresí muy
seriamente— el plano pasó a un compañero suyo, quien
murió en Inglaterra y lo dejó a su hijo... este a su nie
to... y el nieto me lo vendió a mí.
—¡Parece increíble! —exclamó la muchacha, a quien
las cosas que oía la parecían más bien de novela—. ¡Yo
creía que todas esas historias de tesoros enterrados y pira-
tai eran inventos de la gente! ¡Bueno; ya que Ud. lo dice
debe ser verdad1
Y haciendo un gracioso mohín se acercó a la excava
ción como para no perder de vista un solo instante el pro
ceso de un descubrimiento que ya se le antojaba inminente.
Los aventureros, mientras tanto, sudaban a chorros
bajo el sol de fuego, en la ardorosa tarea. El cuadro se
iba haciendo cada vez más hondo, y las capas vegetales se
iban-marcando en las paredes laterales nítidamente: pri
mero una capa arcillosa, después otra al parecer caliza,
más luego otra de tierra negra y compacta.
A las dos horas de ruda e ininterrumpida tarea, la exca
vación hecha por la veintena de hombres tenía una profun
didad de más de tres metros. Nada indicaba, sin embar
go, la proximidad del hallazgo, pero Cofresí, sin desanimar-
74 —
SI
i
lija
-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
se, ordenó un receso para descansar y comer algo. Ezequiel,
a todas luces, no disfrutaba de la confianza de su jefe.
_ Ese entierro de hace tanto tiempo, seguramente otro
lo sacó... —farfullaba.
Cosininga, no había considerado de acuerdo con sus
posibilidades el agarrar un pico o una pala. Ahora salía
de la espesura trayendo en las manos unas frutas amarillas,
redondas y lucientes. Le alargó una a Amalia y dijo:
—¡Son manzanas de oro!
—¡Qué fruta más bonita! —exclamó la muchacha to
mándola—. Verdad que tienen la forma de una manzana y
son amarillas como el oro. ¿Y se comen?
—Sí —respondió Cosininga—. Yo me las como, aun
que son un poco agrias. Y a grandes mordiscos, en pocos
segundos, devoró una.
La muchacha quiso también comerla, pero al morder
la fruta, escupió y dijo con desagrado:
—¡Si son agrias como limón!
Los aventureros, mientras tanto, habían proseguido
su ruda labor. Sin embargo, ya los picos y palas no se
movían con tanta rapidez como al principio. Al observar
esto el pirata gritó a Cosininga:
—¡Tráeme dos botellas que están en mi maleta!
Cosininga voló a cumplir el encargo y a poco venía
con dos botellas, tapadas con corcho.
—¡A largarse un trago cada uno!— gritó el pirata a
su gente.
Los que trabajaban no se hicieron repetir la invita
ción, y a poco se oían los glu-glu del licor traspasando las
gargantas.
—¡Este ron si es sabroso! —exclamó Tutulí mientras
chasqueaba la lengua—. ¡ No se parece al clerén de los hai
tianos!
Reanudaron la faena. Dos o tres horas pasaron, cuan-
— 75
- -T
JULIO GONZALEZ HEKRERA
do se oyó ia voz de Juan, gritando a Cofresí que charlaba
con Amalia bajo la sombra de un guayacán cercano:
—¡Jefe! ¡Venga Ud. a ver lo que hemos encontrado!
El pirata y Amalia corrieron hacia la excavación y no
pudieron reprimir un grito de sorpresa. Junto al borde
de la fosa, había un montón de huesos intactos y mancha
dos de barro, que Juan trataba de arreglar como para arti
cularlos y formar con ellos el correspondiente esqueleto.
—E^tos huesos parecen de un caballo muy grande
—dijo afanado—. Estoy tratando de ponerlos en la misma
forma en que los encontramos.
Cofresí miraba los huesos, asombrados. Si eran de
un caballo, se trataba, sin duda, de un ejemplar gigante.
—¡Estos huesos no son de un caballo, no! —decía Eze-
quiel moviendo la cabeza de un lado a otro, mientras seña
laba al pirata la cabeza del animal, grande y alargada, con
mandíbulas prominentes y abultadas.
—¡Qué animal más raro! —murmuró Cofresí—. ¡De
be ser de la época de las cavernas! —¡Bueno— agregó en
alta voz— dejen el esqueleto ese y sigan adelante con el
trabajo! ¡Sabe Dios si esto nos trae buena suerte!
Entonces se acercó a la excavación y midió con la vis
ta su profundidad. Debía tener ya más de seis metros de
hondura. Consultó el plano nuevamente y su semblante
se ensombreció:
—**Cavar cuatro metros, frente al cerro, parte sur!”—
murmuró leyendo una parte de lo escrito en el plano.— Y
todo el frente sur del cerro ha sido cavado en más de cinco
metros, para sólo encontrar un animal de la época caverna
ria. —¡Hum! O Portalatín me engañó u otro se birló el te
soro!
—Oigan —dijo entonces con voz alta y malhumorada,
dirigiéndose a sus hombres. ¡Caven un metro más y si
nada se encuentra nos largamos enseguida!
— 76 —
i
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Y con gesto de mal contenida cólera arrugó el plano y
lo introdujo en su faltriquera.
—¡Con que no aparece el tesoro! —exclamó Amalia
entre perezosa y risueña.
—¡Ni rastro de él! —contestó el pirata con desaliento
y sintiéndose como avergonzado de que la joven compro
bara su fracaso. Pero ésta lo miró con una mirada límpida
y dulce y exclamó lentamente:
—Y... ¿le importa a Ud. mucho el dinero?
—¿Que si me importa? ¡Claro que si! —respondió el
pirata impulsivamente—. Por desgracia, en este mundo
el dinero lo es todo, y lo compone todo!...
—Pues... yo creía, por el contrario —agregó la mu
chacha—, que había otras cosas en el mundo que valían
más que el dinero y que el dinero no puede comprar...
El pirata miró vivamente a la joven, y se retiró
de su lado murmurando una excusa. No quería tener con
ella más la leve rencilla, y ya ella comenzaba con la letanía
sobre los inconvenientes y el peligro del dinero, que nunca
había comprendido, y que había oído en labios de su madre,
en las de su maestro, en el eterno sermón del cura de su
pueblo....
—¡Si! —se dijo interiormente—. ¡El dinero no vale
nada, pero cuando llega el momento todos se dan puños
por él!
Volvió a mirar la excavación: tenía ya cerca de siete
metros y no había ni rastro del ansiado tesoro. El desalien-
. to estaba pintado en los rostros de los aventureros. Sólo
Juan estaba afanado acabando de reconstruir el esqueleto
del animal.
—¡Señores! —gritó entonces Cofresí—. ¡Hemos fra
casado! ¡Al barco todos!
Y se dirigió a tomar el brazo de Amalia. En esto se
acercó Juan:
JULIO GONZALEZ herrera
—Mi jefe —dijo— vengo a pedirle permiso para lle
varme el esqueleto al bar'*''... Allí lo acabaré de arreglar
y sabe Dios si nos servirá para algo...
—Llévate el esqueleto y la excavación también, si de
seas Juan —le contestó el pirata con contenida rabia, al
notar que frente a un fracaso tan desconcertante, hubiera
quien estuviera pensando en esqueletos y cosas por el estilo.
—¡Vamos! —dijo a la muchacha.
Y a la cabeza de la comitiva, mudo y con un humor
de todos los diablos, dirigió sus pasos hacia la costa.
V
EN B A N 1
Después de la infructuosa búsqueda del tesoro, el hu
mor de Cofresí había subido noventa grados, y se veía cru •
zar en cubierta su figura, de un lado a otro, con rapidez y
nerviosidad. Amalia veía la tormenta venir, y, sin duda,
pensaba que lo mejor era dejarla pasar. Mientras tanto
paseaba con Ezequiel y sus gritos infantiles a veces tur
baban la relativa tranquilidad de a bordo. Juan, en un rin
cón re cubierta, cerca de proa, con una. habilidad insospe
chada en él, se ocupaba en seguir articulando, con bene
dictina paciencia, los huesos del fósil encontrado el día
anterior junto al cerro. Casi había realizado su propósito
y sólo le faltaba unir al esqueleto del animal el hueso, que.
partiendo de la espina dorsal, debía unirse a la cabeza. Pa
ra facilitar su tarea había hecho un dibujo del fósil pre
viamente, y ahora lo mostraba con orgullo a Cofresí, quien,
dejando por un momento, sus preocupaciones, se había acez
cado.
—Mi jefe —le dijo el joven—. Este es un animal muy
raro, pero muy raro! No es caballo, porque aunque tiene
cuerpo de tal, la cabeza parece más bien de rinoceronte;
— 79 —
i
JULIO GONZALEZ HERRERA
pero no es rinoceronte porque tiene los pies de cabra. ..
En fin, debe ser una especie de animal que ya no existe,
sabe Dios si de miles de años atrás...
Cofresí se esforzó por sonreír, ante lo que él juzgaba
una infantilidad. Tomó el dibujo y lo puso a la altura de
sus ojos. El croquis, en efecto, mostraba un esqueleto rarí
simo que no parecía coordinar con ninguna de las especies
de animales conocidos en aquella época.
—¡Se lo regalaremos a un museo, Juan, y talvez nos
den una medalla! —exclamó por decir algo, devolviendo
el dibujo a su ayudante.
Se dirigió, entonces, a su camarote, abrió su arca, y
después de rebuscar un poco, sacó un papel azulado, en el
que. como en el que hemos visto en sus manos anterior
mente, había dibujos y signos escritos con tinta.
--»H! —murmuró como venciendo sus propias indeci
siones— . ¡Debo arrostrarlo todo para aumentar mis nque
zas hasta hacerlas fabulosas y ser poderoso y respetado en
el mundo!
Había estado durante varias horas luchando con sus
propias ideas encontradas. Su propósito, de haber hallado
el tesoro que buscaba el día anterior, era haberse quedado
en alguna ciudad de Santo Domingo, por algún tiempo:
Una vez conquistado el amor de Amalia, y después de ha
ber averiguado su origen en lo posible, se habría casado,
habría licenciado a su gente, y se habría constituido en un
pacífico ciudadano, dando al olvido sus pasadas aventuras.
Pero el tesoro no había sido encontrado y él no concebía, ni
ese plan, ni ningún otro, sino con sus arcas bien repletas
de lucientes monedas. Podía, sin duda, dirigirse con s;i
barco a la isla de La Mona, entre Santo Domingo y Puerto
Rico, donde debía encontrarse enterrado otro de sus boti
nes ; pero la isla referida estaba en un lugar demasiado cer
cano a Puerto Rico y llegar hasta ella ofrecía evidentes
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
peligros. Vacilaba antes de decidirse a arriesgar la vida
y la tranquilidad de Amalia en una aventura problemática.
Después de hondas reflexiones, se decidió a tomar una
resolución intermedia: iría a la población de Baní con la
muchacha, Ezequiel y Juan, como simples mercaderes, y
allí trataría de buscar alguna familia de confianza, donde,
mediante retribución, la dejaría hasta su regreso. Decidi
do, al fin, comunicó a ésta su idea: él iría a La Mona, en
un corto viaje y ella quedaría por esos días en Baní, al cui
dado de una persona respetable. A su regreso, quizás esta
ría ella ya en buen estado de salud y entonces se resolvería
definitivamente lo que habría de hacerse.
La joven oyó con calma al pirata, y sin duda, vió la
sinceridad y la buena fé reflejada en sus ojos y en sus pa
labras.
—Si— le contestó con tranquila comprensión—. Estoy
de acuerdo con lo que Ud. dice y le rogaré a Dios porque
esté pronto de regreso sano y salvo. r
Enseguida el pirata llamó a Juan y a Ezequiel y les
instruyó para que cambiaran sus vestidos por otros que
le dieran el aspecto de pacíficos mercaderes, y que no lle
varan otra arma que una daga oculta en las ropas. El mis
mo cambió sus vestidos por otros más apropiados, recortó
un poco su largo bigote y peinó su cabello con una raya en
el centro, como podía haberlo hecho un buen y modesto'bur-
gués de la época. Al no tener vestidos de mujer a mano
hizo que Amalia recortara su pelo y vistiera un traje de
hombre joven, hasta cierto punto lujoso que encontró en
su extenso ropero. Apretando bien la chaqueta y poniéndo
se de medio lado el sombrero, parecía la joven un gallardo
mozo, barbilampiño y saludable.
A la hora de comenzar aquellos preparativos, abando
naron el barco, en aquella clara mañana de noviembre.
Mauricio recibió las últimas instrucciones, y a poco las
—. 81 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
cuatro personas caminaban en la playa, rumbo hacia al
Este con la esperanza de encontrar un camino o vereda que
los condujera hacia el Norte, en cuya dirección, a pocas
millas de distancia, estaba situada la población de Baní.
Los cuatro iban alegres y confiados, y el mal humor del
pirata había desaparecido como por encanto. A la media
hora de aquella caminata, divisaron un hombre a caballo
que venía por la playa en dirección a ellos. Cuando se acer
có un poco, Cofresí lo observó detenidamente. Era un
hombre blanco, de mediana edad, que vestía de dril fuerte
azul, y lucía un amplio sombrero de cana. Cuando se acercó
a ellos, el pirata le hizo señas de que se detuviera.
—Tenga la bondad de decirnos, señor —dijo acercán
dose—. ¿No existe por aquí un camino que conduzca direc
tamente al poblado de Baní?
El viajero miró un momento con ojos inquisitivos a
Cofresí y sus compañeros. Entonces respondió con voz
grave y segura:
—Si señor. Sigan Uds. caminando en la dirección que
van y dentro de quince o veinte minutos encontrarán a la
izquierda un camino que los conducirá directamente a Baní,
pasando por Boca Canasta...
—¿Qué es eso de Boca Canasta?
—Boca Canasta es un campo cercano a Baní. Por allí
pasé yo hace un rato. ¿Pero, que, no son Uds. de aquí?
—No señor. Venimos de Haití por tierra, pero nues
tras cabalgaduras se estropearon y hubimos de abandonar
las esta mañana... ¿Cree Ud. que conseguiremos otros
animales en Baní?
—Seguramente señor. Caballos, cabras, cerdos...
abundan en Baní más que la misma gente...
Cofresí dió las gracias al viajero, y nuevamente em
prendieron la marcha. Cuando encontraron la vereda
anunciada apretaron el paso como ansiosos de llegar cuan-
— 82 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
to antes al término de la jornada. El campo en aquel lugar
era cada vez más despejado. .No había por allí malezas y
se veían en profusión guayacanes gigantes y erguidas pal
meras. De cuando en cuando encontraban campesinos que
venían en sus burros. Eran seguramente descendientes de
españoles, blancos y limpiamente vestidos, en contraste
con los habitantes de las tierras haitianas.
—La gente de este lado me gusta más que la de Haití
—comentaba Ezequiel— ¡A que esta gente no hace bruje
rías!
A la hora de una caminata forzada, distinguieron una
amplia sabana, en la que se veían* diseminados a gran dis
tancia unos de otros, rústicos bohíos, con pintorescos techos
de paja. A lo lejos parecía la sabana un pedazo de aquella
Arcadia pintada por los poetas antiguos. Llegaron al bohío
que estaba más cercano. Cabrás y gallinas correteaban pla
centeramente a su alrededor y del corral cercano salía el
sordo gruñido de algunos cerdos. En la puerta del bohío
un muchacho descargaba unos pequeños toneles con agua,
seguramente traída del cercano río. Una anciana ayudaba
a bajar los toneles cuando, al levantar la vista, tropezó con
la presencia de Cofresí y sus acompañantes.
—Buenos días, señora —dijo el pirata con urbani
dad—. ¿Podría Ud. decirnos dónde podríamos encontrar
alojamiento en esta villa por unas cuantas horas?
—Buenos días tengan Uds. señores— ¿Alojamiento
dice Ud.? ¡Válgame Dios! ¿Es un hotel lo que buscan?
Pues mire.. No los hay aquí, ni los hay en Baní. Pero esta
casa es de Uds. y pueden mandar como gusten.... —con
testó con rapidez y volubilidad la anciana.
Cofresí se quedó mirando un momento a la señora que
con tan buenas maneras los recibía. Era muy blanca, con
su pelo blanquísimo recogido en un moño que casi caía
sobre la nuca. Vestía un sencillo traje de calicó, que pare
JULIO GONZALEZ HERRERA
cía acabado de lavar y planchar. Mientras la mujer habla
ba no había dejado de ayudar al muchacho a bajar los to
neles.
—¡ Pasen Uds.! —agregó al ver que los viajeros vaci
laban— y les señaló el interior de la vivienda.
En la pequeña sala había unos rústicos muebles de
madera parda, sin pintar, con espaldares de gruesas fibras
de paja. Un loro, colgado en un aro, parecía saludar a los
visitantes con sus desentonados chillidos.
La anciana, terminada su faena, se acercó solícita y
ocupó un asiento cerca de Amalia.
—Parece que vieneiT Uds. de lejos, pues están sudoro
sos y fatigados —dijo—. Les traeré un poco de café.
Y a poco volvía con varias tazas del humeante líquido.
Cofresí se dirigió nuevamente a la anciana:
—Señora, sólo le pido hospitalidad para mi y mi sobri
na —señalando a Amalia— por unas horas mientras mis
compañeros van a Baní a hacerme unas diligencias...
Espero que esto no será mucha molestia...
—De ningún modo —contestó la mujer, la cual pare
cía entusiasmada de atender a los viajeros—. Sólo siento
que no permanezcan más tiempo...
Cofresí se excusó, hizo una seña a Juan y Ezequiel, y
los tres se dirigieron a la parte afuera de la casa. Mientras
tanto, la anciana y Amalia, charlaban a poco con gran
animación, con esa facilidad que tienen las mujeres de to
dos los tiempos y de todas las latitudes para hacer una
rápida amistad. Amalia, no obstante, hacía todo lo posi
ble para que la buena mujer no descubriera su verdadero
sexo.
—Oiga—dijo Cofresí a Juan y a Ezequiel tan pronto
estuvieron afuera. Uds.— van a ir inmediatamente a Ba
ní. Allí se las averiguarán para ver como consiguen cua
tro buenos caballos, y observen el aspecto general del pue
— 84 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
blo. si hay muchas autoridades... y todo cuanto pueda ser
de interés para nosotros... ¡En fin, actúen con inteligen
cia y habilidad, y regresen pronto! ¡Tengan!
Y puso en las manos de Ezequiel una bolsita llena de
monedas de oro.
A poco, los dos se alejaban por la sabana con paso
rápido mientras Cofresí regresaba al bohío. Allí estaba
Amalia, casi olvidada de su papel de mancebo, charlando
hasta por los codos con la anciana. Al llegar el pirata,
sostenía en una mano un vaso lleno de una pasta blancuzca
y esponjosa que nadaba en un líquido parduzco.
—¡Muy bueno, pero muy bueno! —decía la muchacha
mientras a pequeños sorbos paladeaba el líaro manjar—. Y
al llegar el pirata agregó: ¡Roberto! ¡Es boruga! ¿Quieres
un poco?
El pirata miraba indeciso a la muchacha y al vaso que
de cuando en cuando llevaba a los labios. La anciana, sin
oir más, se levantó y a poco traía otro vaso, semejante al
que tenía Amalia, poniéndolo en las manos del pirata.
—Es nuestro alimento preferido —dijo la anciana—.
Puede tomarla con confianza—. Es, puede decirse, leche
cortada.
El pirata hubiera tomado en aquel momento hasta el
tafia de los haitianos. La misma leche pura le repugnaba
y ahora casi temblaba en presencia de aquella leche cortada
en pequeños coágulos, que nadaba en un líquido viscoso.
Pero hizo un esfuerzo, y, sin respirar, fué apurando el man
jar que a Amalia se le antojaba exquisito.
La anciana, mientras tanto, había desaparecido ctra
vez. Estaba visto que aquella señora tenía más movilidad
que una estrella errante. A poco volvió con un chal echado
al cuello y un gran sombrero de cana en la cabeza. En la
mano traía varios sombreros más.
— 85 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
—Este sol sólo puede aguantarse con estos sombreros
— ó jo.
Y sin más ni más. se acercó al pirata, le hizo quitarse
el sombrero que tenía y le puso uno de los que traía. Lo
mismo hizo con Amalia.
—¡Gracias! —dijo el pirata al comprender que era un
obsequio.
—Y ahora —continuó la anciana sin hacer caso .leí
cumplido de Cofresí—. ¡Me van a perdonar! Tengo que
ir a la estancia a llevar la comida a mi marido... Uds.
quedan aquí como en su propia casa hasta mi regreso.
Y sin decir más, recogió un poco su larga falda que
rozaba el suelo, se acomodó mejor el chal al cuello, tomó una
canasta de la cercana mesa y ligera como una mozuela de
quince años se alejó por la sabana verdeante y risueña.
Amalia comenzó a reir con argentina risa, y mirando
con ingenua picardía al pirata dijo:
—¡Me encanta esta gente! ¡Cuánta sencillez, que espí
ritu tan sano tienen!
El pirata, que a no ser por el incidente de la boruga
hubiera estado en completo acuerdo con ella, se limitó a
asentir con forzada sonrisa.
Pasaron alrededor de tres horas, y ni Ezequiel, ni
«Juan, ni la anciana aparecían.
El pirata comenzaba a impacientarse, cuando Amalia,
seña’ó con gesto alegre el horizonte: en el confín se veían
las figuras borrosas de unos jinetes, que eran, a no dudar
lo, Juan y Ezequiel. Al cuarto de hora llegaban, pero al
verles la joven comenzó a reir otra vez y Cofresí a fruncir
el ceño.
—¡Por todos los diablos! —vociferó cuando los vió
acercarse—. ¿Es que Uds. se han vuelto locos?
En efecto: el lamentable cuadro que se presentó a ¡a
v;tta era digno de tal expresión. Ezequiel venía montado
— 86
«
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
en un mulo y agarraba la brida de otro, que venía detrás.
Tenía la ropa desarreglada y arrugada, al parecer mojada,
el pelo desgreñado, y un ojo cerrado. Por su cara corría
un líquido viscoso y amarillo que despedía un fétido olor.
Juan estaba casi en el mismo lamentable estado y en toda
su cuerpo y cara chorreaba un líquido rojo como la san
gre. No parecía tener, sin embargo, herida alguna y su
rrWo, cjasi con nerviosidad, sostenía, como Ezequiel. la
brida de otra cabalgadura.
—¡Mi jefe! —dijo Ezequiel con voz trémula tan pron
to llegó—. ¡ Ud. me despacha y yo me voy para mi país en
la primera oportunidad!... ¡Yo no sigo en esta tierra de
locos!... ¡ Aquí es peor que en Haití y ya estoy harto de
que me jeringuen!. .. ¡ Mire Ud. como me han puesto! ¡ A
propósito no me he limpiado para que Ud. no dude de lo
que nos ha pasado!
—Pero... ¿quiénes los han puesto a Uds. así? —excla
mó Cofresí en el colmo de la sorpresa y sin acertar a com
prender lo que Ezequiel decía.
—Señor —dijo entonces Juan, interviniendo— déjeme
explicarle. Nosotros, de acuerdo con sus instrucciones nos
dirigimos a Baní. En los alrededores del pueblo, que esta
muy cerca de aquí, encontramos un señor que nos informó
que en una estancia cercana podíamos conseguir los anima
les que Ud. nos encargó. Allí compramos estos que Ud. vé,
con sus aperos y todo. Entonces nos dirigimos al pueblo
para hacer las averiguaciones que nos encomendó. Al en
trar en la primera calle, y sin estar lloviendo, cayó encima
de nosotros un chaparrón como Ud. no puede imaginarse...
Parecía que el agua venía del techo de una casa, pero allí
no pudimos ver persona alguna. Sin comprender nada de
lo sucedido, y chorreando agua, seguimos adelante, pero
a! Legar a la esquina próxima, alguien, que no vimos, dis-
— 87 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
paró sobre Ezequiel unos cuantos objetos que reventaron
en sn cara, despidiendo un insoportable olor...
—¡Eran huevos podridos, señor! —exclamó Ezequiel
interrumpiendo. ¡Yo hubiera querido agarrar al hijo de su
madre que me los tiró!
—Continúa Juan —dijo Cofresí sin hacer caso de las
imprecaciones de Ezequiel.
—Pues... como, a pesar de los esfuerzos que hicimos,
no pudimos localizar a la persona o personas que lanzaron
los huevos, íbamos a dirigirnos al río para que Ezequiel se
lavara. Pero al llegar un poco más adelante, oímos en una
casa cercana, risas de mujeres... Al acercarme yo, una
lluvia de frijoles y un polvo blanco parecido a la cal cayó
sobre mí. Al querer ver el que me atacaba así, me volví
y entonces vi unas manos que desde el tejado sostenían un
cubo, el cual voltearon sobre mí, lleno de un líquido rojo...
Yo llamé repetidas veces a la puerta de la casa de donde
provenía el ataque, pero estaba cerrada con llave y nadie
contestó... Si no hubiéramos estado en tierra extraña,
donde todas las precauciones son pocas en nuestra situa
ción, yo hubiera descerrajado la puerta de cualquier mo
do... Pero comprendí que era mejor ser prudente. Enton
ces noté que Ezequiel había huido a toda velocidad, lo alcan
cé y regresamos aquí...
—Además —agregó Ezequiel— las gentes de ese pue
blo debe ser todas locas o mendigos... Las pocas personas
que vimos en la calle, unas muchachas y unos jóvenes, iban
vestidos con ropas rotas y viejas, como si estuvieran dis
frazados ...
Ccfresí trataba ahora de contener la risa, mientras
Amalia reía con todas sus ganas. Ninguno acertaba a dar
con la clave de todo aquello, pero eran tan ridiculas las
fachas de Ezequiel y Juan que no había más remedio que
tomar la cosa a broma.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
sus ropas y serenar sus espíritus. A los pocos minutos el
pirata y Amalia se acomodaban debajo de un frondoso
guayacán al pie del cual tendieron una frazada. Juan y
Ezequiel se introdujeron en un montecito cercano con el
evidente propósito de ir, poco a poco, lavando sus ropas y
sus cuerpos en el cercano río.
Con el cansancio y las desazones, no bien hubo cerrado
la noche, los tres aventureros y la muchacha dormían a
pierna suelta. A la mañana siguiente, al despuntar el alba,
emprendieron nuevamente la marcha, y a la media hora en
traban en el rústico poblado: Amalia y Cofresí contentos y
optimistas, Juan pensativo y Ezequiel desconfiado.
Por una calle guijarrosa iban lentamente avanzando.
El pirata y la muchacha miraban con agrado las acicaladas
casitas de la villa, blancas como palomas y con pintorescos
techos de paja. Pocas personas transitaban a tan temprana
hora por las callejuelas. En el fondo del paisaje, una ver
de montaña, como un gigante cucurucho, parecía un cen
tinela de avanzada. En el extremo de una de las callejue
las, frente a. una casa de regular tamaño, de tablas de pal
ma y con alegres puertas pintadas de azul, el pirata distin
guió a un hombre de madura edad, sentado en una mece
dora. Al acercarse la comitiva, el hombre levantó un poco
los ojos por encima de sus anteojos/ mientras se echaba
hacia atrás una gorra que casi le cubría la cabeza por com
pleto. Cofresí se dirigió a él.
—Señor —le dijo mientras se descubría—. Dispense
que lo importune, pero como somos forasteros y descono
cemos el lugar, desearíamos que nos diera algunas infor
maciones. ..
El anciano se había puesto en pie, y después de exami
nar con una mirada inquisitiva a los que llegaban alargó
su mano al pirata en un inesperado gesto de cortesía y hos
pitalidad.
— 89
JULIO GONZALEZ HERRERA
—6i la señora regresara —dijo Cofresí— quizás po
dría explicarnos que clase de etiqueta es esa con que han
recibido a mis amigos en Baní.
Olvidando el cómico suceso, el pirata se dirigió enton
ces a examinar de cerca las monturas. Eran dos mulos y
dos caballos de regular alzada, y al parecer bien alimenta
dos. Servirían perfectamente para su propósito.
—Buena compra, Ezequiel —exclamó—. Juan y yo to
maremos los mulos —y agregó, picando un ojo— y los más
débiles o sean tu y Amalia, tomarán los caballos. ¡ Preparé
monos para partir!
Mientras tanto, Juan y Ezequiel trataban afanosa
mente de borrar las huellas del asalto, con agua que toma
ron del bohío.
—Lo malo es que este olor de huevos podridos no se
quita fácilmente, —decía Ezequiel desconsolado—. ¡ Ahora
si me las arreglé yo!
Como la dueña de la casa no regresaba, el pirata se
decidió a dejarle una nota *en la mesita de la sala, debajo
de la cual puso una moneda de regular valor. A poco par
tían los cuatro rumbo a Baní. Iban al trote de sus cabalga
duras, sin apurarlas demasiado, para ir reconociendo el
terreno. Poco después el pirata hubo de reconvenir a Eze
quiel, quien se lanzaba en persecución de un mozuelo, que
al verlo rezagado y en tan deplorable talante, le había gri
tado:
—¡Pollo mojado!
A la hora del crepúsculo llegaron a un riachuelo cuyas
orillas estaban muy arboladas, y cubiertas de fina grama.
En la lejanía, la cúpula de la iglesia de la villa recortaba
su silueta en el azul del cielo. Cofresí pensó que lo mejor
era pasar allí la noche, para, con el nuevo día. comenzar
las diligencias que lo llevaban al pueblo. Así, además, ten
drían tiempo, Juan y Ezequiel para arreglar un poco más
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Quienesquiera que Uds. sean, bienvenidos a Baní—
dijo—. Rosendo Herrera para servirles. ¡Pasen y sién
tense!
Ante la afectuosa acogida, todos bajaron de sus mon
turas y entraron a una salita, rústicamente amueblada y
con el piso de tierra endurecido.
—¡Juana, trae café para estos señores!— voceó el an
ciano a la cocina—. Y dirigiéndose a Cofres!: Estoy a las
órdenes de Uds.
—Gracias —contestó el pirata—. Y sin vacilar añadió:
En primer lugar deseo me indique Ud. donde podríamos
mis compañeros y yo alojarnos por unos días... Nos han
dicho que no hay hotel aquí, pero, sin duda, habrá alguna
casa, donde, por paga, puedan recibirnos...
El anciano carraspeó y dijo con prontitud:
—No tenemos hotel porque no lo necesitamos. En Ba
ní a las buenas gentes extrañas cualquiera les dá hospita
lidad. En cuanto a las personas indeseables, sencillamente
no las recibimos. Ud. y sus compañeros inspiran confian
za a primera vista, así es que yo puedo recomendarlos a
doña Sosota, que con mucho gusto los alojará en su casa.
Es una buena señora ansiosa de complacer a todo el mun
do... No les ofrezco mi casa, porque aunque mi familia
está fuera, debe regresar de un momento a otro, y la casa
es muy pequeña...
—Muy bien —contestó el pirata, encantado del giro
que tomaban los acontecimientos.— Y como deseando infor
mar al anciano cuanto antes sobre $u propia persona y sus
actividades, agregó: —El objeto de mi viaje a Santo Do
mingo, es establecerme allí, y emprender un negocio.. . Ya
más luego hablaremos de ello...
—-Como guste— asintió don Rosendo.
En ese momento entró a la sala una jovenzuela, con el
aspecto de una campesinita, muy blanca, con el rubio cabe-
— 91 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
lio sobre la espalda, y descalza. Llevaba en las manos una
bandeja de madera con unos pozuelos de café. Se dirigió
tímidamente hacia don Rosendo.
—Al señor primero —indicó éste, señalando a Cofres!.
El pirata tomó un pozuelo haciendo una leve reveren
cia y los demás tomaron los suyos.
A poco exclamaba el pirata: ,
—Soberbio café —¡ En mi vida lo había tomado igual!
—Es del Maniel —contestó don Rosendo.— Y es un
orgullo de estas tierras.
—Dígame don Rosendo —agregó entonces Cofresí—
algo que no he podido entender bien todavía. ¿Esta parte
de la isla, en la que hay tanta gente blanca, está gobernada
por los haitianos de la parte oeste?
Don Rosendo se quedó mirando al forastero un mo
mento, con mirada escrutadora, como para alcanzar todo
el sentido y la intención de sus palabras. Después, con gesto
de rebeldía y resolución, contestó:
—La verdad es la verdad y debe decirse. Sí, señor,
por desgracia, estamos gobernados por los haitianos desde
el año 1822...
Y el anciano pasó su rugosa mano por la frente como
para apartar de su mente penosas ideas. Después se quedó
muy serio, y como para variar de tema preguntó:
—¿Y Uds. son españoles?
—No, somos puertorriqueños. Llegamos a Haití hace
unos días y de allí vinimos aquí por tierra —respondió el
pirata.
—Señor —dijo entonces Amalia, que, como mujer, es
taba en su asunto.— ¿Hay en este pueblo tiendas donde
vendan ropa hecha y cualquier otra cosa que uno pueda
necesitar?
—Sí —contestó el anciano—. Si no aspira a mucho
puede conseguir algunas cosas en la tienda de don Juan Me-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
jía, frente a la plaza. Aquí acostumbramos a encargar
nuestras cosas a Santo Domingo. Son mejores y más ba
ratas.
A la mente de Cofresí vino entonces el recuerdo del
grotesco episodio del día anterior en que habían sido vícti
mas Juan y Ezequiel. Pero no sabía como abordar el tema.
—Don Rosendo —dijo al fin, vacilando—. Ayer, mien
tras nosotros —señalando a Amalia— nos quedamos en
Boca Canasta, mis compañeros —señalando a Juan y Eze
quiel— estuvieron aquí, pero tuvieron un recibimiento que
no me explico. Según dicen ellos, de techos y casas, les tira
ban huevos podridos, agua, polvos y un líquido rojizo... *
Una carcajada, sonora y continuada, que casi parecía
no cuadrar en, el rostro adusto y severo de don Rosendo,
salió de su boca. Ezequiel, mientras tanto, agregaba:
-«-Si, don Rosendo, fué algo terrible y que no me expli
co en un pueblo como éste donde hoy hemos sido acogidos
tan bien.
Pero no era posible, por el momento, obtener una res
puesta del anciano. Este reía con tantas ganas que pare
cía que su ajustado chaleco iba a desabrocharse con las
expansiones de su vientre.
—¡ Era que era Día de San Andrés! —dijo al fin entre
una y otra carcajada.— Créanme que es de lamentarse que
atinaran a llegar precisamente ese día!
—Pero ¿y qué tiene que ver el día de San Andrés con
lo sucedido a mis compañeros? —preguntó todavía más cu
rioso, el pirata.
Dejando, al fin, de reir, el anciano contestó:
—Ese día, además de serlo con otras fiestas, es cele
brado entre nosotros con un juego que no creo exista en
otras partes del mundo y que consiste en hacer una especie
de guerra, en la cual se lanzan, en la calle unos a otros, y
desde las casas a los que están en la calle, huevos llenos de
JULIO GONZALEZ HERRERA
agua, a veces perfumada, arroz, polvos, y toda clase de pro
yectiles que no hagan gran daño. Por eso, el que no quiere
jugar no sale ese día de su casa y los que lo hacen van bien
armados, y con sus ropas más viejas...
—¡Pero, señor, lo que a mi me lanzaron fueron huevos
podridos! —se lamentó Ezequiel.
—Naturalmente —contestó rápidamente don Rosen
do—. En esto, como en todo, hay personas incultas que
se extralimitan y lanzan huevos podridos y hasta otras co
sas que no se pueden mencionar...
Los que reían ahora a carcajadas eran la muchacha,
Cofres:, y Juan.
—¡Verdad que debe ser divertido! —exclamó la pri-
, mera.
Después de celebrar y comentar durante más de me
dia hora, el singular juego de San Andrés, don Rosendo
exclamó:
—Y eso que ninguna fiesta ha quedado buena ni que
dará buena este año... Podríamos decir que todavía e)
país entero está de duelo con motivo del terrible terremoto
del pasado mayo.
—¿Hubo aquí un terremoto? —interrumpió compun
gida Amalia.
—Si, y fué general, es decir, en todo el país. Aquí
derribó muchas casas y casi destruyó la Iglesia, que a du
ras penas hemos podido ir reparando. Fué un verdadero
desastre...
—¡Virgen Santísima! —exclamó todo lleno de pavor
Ezequiel, quien ya creía ver comenzar a rajarse la tierra a
sus pies.
El pirata, ratos después, manifestó a don Rosendo, su
deseo de ir enseguida a la casa de la señora donde se aloja
rían. El anciano, sin más ceremonias, arregló un poco el
lazo de su corbata y tomó de un rincón de la sala un grueso
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
bastón. Dió orden a un mozo que curioseaba desde la cocina,
para que atendiera a las monturas de los viajeros, y a poco
todos caminaban por las pintorescas calles de la villa que
ya daban señales de animación: campesinos en sus burros,
otros a pie con grandes canastas en la cabeza, y algunas
personas del pueblo, transitaban con rapidez, afanosas y
alegres. A las puertas de las casas se asomaban discreta
mente rostros de personas que miraban con curiosidad
aquellos señores que iban con don Rosendo.
Al llegar donde doña Sosota, después de haber cami
nado cinco o diez minutos, éste exclamó dirigiéndose al
pirata:
—Espero que la pasen bien en la casa de esta buena
señora. Y si es su deseo conocer algunas personas impor
tantes de este pueblo, lo invito a Ud. y a sus compañeros a
una jira campestre que hay mañana en la finca de don An
drés Gómez, en Paya. Yo mismo pasaré, muy temprano,
por aquí, en busca de Uds., si gustan.
El pirata agradeció la atención y manifestó al anciano
que con mucho placer asistirían. Un momento después,
aparecía en la puerta de la casa la menuda figura de doña
Sosota, una viejecita amable y parlanchina. Enterada por
don Rosendo de lo que se trataba, acogió con toda benevolen
cia a sus nuevos huéspedes y les preparó alojamiento.
—¡En Baní estarán Uds. como en su propio pueblo!
—decía convencida. ••
Una vez acomodados, Cofresí arregló todo lo relativo
a la permanencia de Amalia en Baní. El, Juan y Ezequiel
embarcarían nuevamente en la fragata después de la fiesta
a que tan amablemente habían sido invitados por don Ro
sendo.
Al otro día, aún descansaban los viajeros cuando el
grueso bastón de don Rosendo golpeaba la puerta de la mo
desta vivienda de doña Sosota.
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¿Qué? —gritaba con vigorosa voz desde afuera.—
¿Es que se les han pegado a Uds. las sábanas? „
A poco, el pirata asomaba la cabeza por la ventana
para distinguir la gallarda figura del anciano montado en
una magnífica yegua blanca. A su lado un mozo sostenía
las bridas de las monturas de él, de Ezequiel y Juan, que
don Rosendo se había encargado de hacer cuidar.
A la media hora, y después de un opíparo desayuno,
con plátanos verdes, chicharrones, longanizas y café,
partían a caballo hacia la salida del pueblo. Amalia son
reía alegremente contemplando el panorama de las mon
tañas cercanas que brillaban como esmeraldas al beso del sol
mañanero. Ezequiel parecía haberse olvidado completamen
te del incidente de los huevos podridos, mientras Juan pa
recía un travieso chiquillo haciendo caracolear su caballo.
Poco después, llegaron a un pequeño río con murmurantes
aguas que se deslizaban lentamente en un lecho de blancas
y azuladas piedras.
—¡ Es el Güera! —exclamó don Rosendo con voz acari
ciadora como orgulloso del riachuelo que como una serpen
tina de plata se enroscaba, en el cuello de su amada villa.
—¡Un baño aquí debe ser delicioso! —prorrumpió
Amalia acercando su caballo al de don Rosendo.
La lozana corpulencia y la amable campechanía del
anciano parecían fascinar a la muchacha. Este, a su vez,
parecía no menos admirado de aquel gallardo mozo que
reía con risa infantil e ingenua.
—El baño bueno está en la piedra del Chivo —comentó
don Rosendo con alegre ímpetu.
—¿Y qué significa eso de piedra del Chivo? —inquirió
con curiosidad la muchacha.
—Pues es un baño natural que está a cuatro o cinco
kilómetros de aquí, en un remanso del río. En medio de!
baño hay una gran piedra blanca y pulida de más de diez
LA GLORIA LLAMO DOS VBCES
metros de alto, donde dicen que se salvó hace tiempo un
chivo, en una gran tempestad en que el río se desbordó.
—¡Qué gracioso! —exclamó Amalia riendo— ¿Me pa
rece estar mirando al chivito acurrucado en el tope de la
piedra y berreando como un recién nacido!
El paisaje, una vez que cruzaron el río, se iba haciendo
cada vez más agreste. El suelo que hollaban los pies de las
cabalgaduras estaba tapizado de fina grama en la que lu
cían millares de florecitas amarillas, redondas y vacilantes
al impulso de la brisa. El verde amarillo del inmenso pra
do se interrumpía a veces con un pequeño bosquecillo de
bayahondas, cactus y guayacanes. Don Rosendo señaló
unos cactus grandes que había a un lado de la ruta en el
que se veían unos frutos de regular tamaño y de color rosa.
—¡Son cayucos!— Cuando niños era nuestra diversión
venir a cogerlos para llevarlos a nuestras casas.
—¿Y se comen? —preguntó la muchacha.
—Nosotros los comíamos —repuso don Rosendo, rien
do—. ¿Pero no son exquisitos ni mucho menos!
Después'de una hora de lenta marcha, y tras subir y
bajar algunos cerritos de poca altura, una amplia sabana
se extendió a la vista de los viajeros. Menudas casitas,
blancas y pajizas, como palomas detenidas en su vuelo, se
veían aquí y allá. Cabras, chivos y algunas vacas pacían
en la verde llanura mientras ahora se recortaba más níti
damente en el azul del cielo la figura de la montaña con
forma de cucurucho como un gigante centinela de aauellos
campos ubérrimos inundados de sol.
—Me encantan estas tierras —decía cada más alboro
zada Amalia. ¡Todo, su campo, sus montes, sus ríos, sus
animales, su gente, todo parece resplandecer felicidad!
Don Rosendo enrojeció de orgullo. Sí algo estaba sa
tisfecho en la vida, parecía decir su rostro saludable, era
JULIO GONZALEZ HERRERA
de haber nacido, haberse criado y haberse hecho viejo en
aquella tierra de sol, paz y alegría.
—¡Ya vamos a llegar! —exclamó como para disimular
su justo orgullo. Esta estancia que se ve allí —agregó se
ñalando al lado izquierdo del camino— se llama “Las Ma
rías” y pertenece a la familia Guerrero. Más allá están
“Las Pomarrosas” y del otro lado “La Banileja”.
En los sitios señalados por don Rosendo se veían api
ñados, en confortadora promiscuidad, corpulentos mangos,
cajuiles, jabiUos, flambo yanes, guanábanos y caimiteros.
Los cocoteros salían de entre la baraúnda silvestre como
largas lanzas apuntadas al cielo. Los bohíos techados de
paja, surgían de la maleza en pequeños claros, donde corre
teaban gallinas, patos y chivos. De cuando en cuando un
gato saltaba asustado de un umbral y entraba a todo esca
pe en una de las chozas.
Ninguno de los viajeros daba señales de cansancio en
aquella ruta fácil y placentera, cuando don Rosendo excla
mó:
—¡Ya llegamos!
A la vista de todos se presentó una larga y curiosa
cerca, hecha con pequeños trozos de madera entrelazados
con bejucos, que se extendía dos o tres kilómetros frente a
ellos. En la parte central había un portón a medio abrir,
y allá, en un fondo de verdor y azul, una gran casa de cam
po pintada de amarillo, con un techo de paja a cuatro aguas,
y un amplio corral a su lado izquierdo. Frente a la casa,
un jardín, floreciente de campánulas, amapolas y claveles,
daba un sello de distinción a aquel hogar. Un enorme
perro, que surgió de entre las flores, amenazó ladrar a los
visitantes, pero después de una mirada inteligente bajó las
orejas y se limitó a observar a los que llegaban.
Sin vacilar, don Rosendo se adelantó, entreabrió aún
más el pesado portalón de la entrada, y dijo:
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡ Adelanten!
A los pocos segundos los cinco jinetes estaban en el
jardín y un mozalbete con trazas de criado se acercaba.
—Diga a don Andrés —le dijo el anciano— que aquí
está don Rosendo Herrera con unos amigos.
El mozo no se hizo repetir las palabras y desapareció
hacia la parte de atrás de la casa, de donde venía rumor
de voces y risas.
Momentos después, apareció en el umbral de la vetus
ta casa un hombre como de cincuenta años, cabellos grises
y rostro distinguido. Se acercó al grupo y al distinguir a
don Rosendo rió con jovialidad, mientras decía:
—¡Si es el amigo Tony! Dichosos los ojos que te ven!
—Sabes que salgo poco —respondió don Rosendo mien
tras bajaba de su caballo y se fundía en un estrecho abrazo
con don Andrés—. Hoy he venido no sólo para saludarte
a ti a los tuyos, sino para presentarte a este señor y sus
compañeros, que son extranjeros, y tienen interés en rela
cionarse en Santo Domingo.
Cofresí y los demás habían puesto pie en tierra y uno
a uno fueron dando la mano a don Andrés. Este, lo mismo
que lo hiciera don Rosendo en Baní, recibió con marcada
satisfacción a los visitantes y al terminar de estrecharles
la mano, exclamó con sencilla cordialidad:
—¡ Esta es su casa! ¡ Pasen Uds. a la enramada!
Todos caminaron hacia la parte de atrás de la casa,
donde se veía una amplia y limpia enramada de madera,
con techo de cana. Los lados estaban semicubiertos con
pencas de cocoteros y palmeras, y el piso de tierra endure
cido a golpes de maceta.
Se veían allí sentados en cómodas mecedoras, llevando
en las manos amplios abanicos de hojas de cana, tres per
sonas: una señora de mediana edad, un señor eclesiástico
y otro señor de rostro afinado y cuerpo delgado.
Don Andrés presentó los recien llegados a los que ya
estaban en la enramada y cuyos nombres trató el pirata de
grabar en su mente: la señora era doña Clemencia Báez,
esposa de don Andrés Gómez, dueño de la casa; el eclesiás
tico, el Padre Rosón, cura del poblado de Baní, y el otro
señor el Dr. Matos, el único médico del pueblo.
Todos saludaron urbanamente a Cofresí y sus acompa
ñantes. El primero, después de las palabras de presenta
ción, durante la conversación dió a conocer su origen y los
motivos que lo habían impulsado a visitar esas agrestes
comarcas. , "
Don Rosendo, a poco, se enfrascaba en animada pláti
ca con don Andrés, mientras Cofresí hablaba con el ecle
siástico y el médico. Ezequiel y Juan curioseaban por los
alrededores de la enramada, mientras Amalia ya reía y cha
chareaba alegremente con doña Clemencia.
En un pradito cercano varios niños y niñas juguetea
ban en un columpio y daban brincos de gozo Uno de los
chicos, vivaracho y ágil, lanzaba pequeños pedruscos con
un “tira-piedras” a las aves que picoteaban por los alrede
dores. . Al notarlo don Andrés, fingió fruncir el ceño y
gritó al locuelo:
—¡Ey, Maximito! ¡Estáte quieto! ¿No ves que hay
visitas?
El chicuelo miró con los vivaces ojos a los recién veni
dos, mientras quitaba un mechón de pelo que caía sobre su
frente. No hizo gran caso de la advertencia del padre y
ahora dirigía su puntería a un gallo manilo que lo obser
vaba con la pupila alerta.
.—¡Estos muchachos son tremendos! —comentó doña
Clemencia.
—¿Son hijos suyos? —inquirió Amalia.
—Sí. tengo diez —contestó la señora señalando los mu
chachos—. Los demás son hijos de los vecinos. Este
— 100 —
;i yj ..¿1
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
agregó señalando al precoz cazador— es el más chiquito,
Maximito, que este mes cumplió seis años, en cuyo honor
Andrés ha querido hacer esta reunioncita. Pensamos de
dicarlo a la carrera eclesiástica, así es que pronto lo en
viaremos a Santo Domingo a comenzar sus estudios.
—Pero dígame —añadió con volubilidad dirigiéndose
a Amalia—. ¿Le gusta a Ud. Baní?
—¿Que si me gusta? —contestó con presteza la mu
chacha—. ¡Lo adoro! ¡Me encantaría vivir en un lugar
como éste!
—¡Qué bueno! —contestó doña Clemencia—. ¡Pero Ud
parece muy joven! ¡Y tiene un rostro de niña!
Amalia reía a más no poder, y casi estaba en la segu
ridad de que la amable e inquisidora señora ya se había
dado cuenta de su verdadero sexo. Pero doña Clemencia
parecía tan discreta como amable.
—¡Venga Ud. a la cocina para que vea lo que estamos
preparando! —agregó solícita.
Y las dos mujeres se dirigieron con rápido paso a
una segunda enramada, más pequeña, situada a unos diez
metros de la primera. Allí, dos criadas y dos mozos, tra
bajaban afanosamente, unos desollando un hermoso lechón,
otros frente a un gran caldero en que hervían pedazos de
carne, y tubérculos de diferentes clases, mientras una de
las mujeres batía algo con acelerado vaivén en otro cal
dero.
—José —voceó doña Clemencia a uno de los mozos—
el sancocho debe quedar bueno, mira que hoy tenemos gen
te extranjera aquí. Y tu, Juana, ¿cómo te va quedando el
dulce de leche?
Los aludidos dejaron momentáneamente sus faenas
p|ara asegurar a doña Clemencia l¡ue todo iba a pedir de
boca. Esta explicó a Amalia:
—El sancocho es nuestro plato favorito, y en cuanto
JULIO GONZALEZ HERRERA
al dulce de leche de Baní tiene fama, tanto como el de Azua.
Lo hacemos con leche de cabra, y para que quede en punto
debe ser batido sin cesar un momento hasta que cuaje...
Amalia a todo asentía y sonreía satisfecha mientras
pensaba que aquellos banilejos, sencillos y confiados, era
la gente más buena y hospitalaria del mundo.
Media hora después se sintió ruido de cabalgaduras en
el camino, y risas argentinas y voces.
—¡Ya vienen! —exclamó doña Clemencia mientras se
dirigía a la puerta de la estancia seguida de Amalia.
A corta distancia de la casa se distinguía una alegre
comitiva compuesta de alborozados jinetes en caballos y
burros. A los pocos momentos ponían pie en tierra y un
torrente de luz y alegría inundaba el ambiente de la enra
mada.
—¡Son las muchachas Mota y Echavarría! —dijo do
ña Clemencia— y Manuel de Regla Mota, José Billini, Ja
cinto de Castro, y Pablito Echavarría y tres o cuatro de
sus tarambanas amigos! ¡La crema del pueblo, hija! —dijo
entre irónica y alegre, dirigiendo una mirada de picardía
a Amalia.
Esta comprendió que, desde ese momento sería hom
bre para los demás, pero no para la avisada doña Clemen
cia. /
A poco, todos charlaban animadamente en la enrama
da. Amalia sólo sentía ‘‘ser hombre” entre las que hubieran
sido sus alegres compañeras y ahora deploraba no haber
insistido con Cofresí en que le hubiera buscado de cual
quier modo algunos vestidos femeninos. Por un momento
pensó pedir permiso a éste para revelar a todos su verda
dera identidad. Pero no lo hizo, pensando en el escándalo
que se provocaría entre aquellas buenas gentes, cuyo cora
zón sencillo y convencional se le salía por los ojos,
bían la verdad.
— 102 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—¡Una señorita vestida de hombre, andando sola con
hambres y cabalgando como los hombres! —le parecía oirlas
dícir escandalizadas.
Ezequiel casi no salía de la cocina al acecho de la sucu
lenta comida. Cofresí observaba todo, y cada vez hacía
más eco en su corazón el deseo de quedarse a vivir en aque
lla “parte este de la isla”, donde los hombres eran tan sa
nos y cordiales y las mujeres tan bellas y gentiles.
Doña Clemencia y una criadita iban ahora repartien
do, en pequeñas copitas, ron y licores. Cuando Pablito Echa-
varría apuró su copita dió una palmada a don Andrés en
el hombro y exclamó:
— !E1 más viejo y mejor ron de Baní! —y enseguida
agregó cambiando de tema: ¡Señores, voy a buscar música!
¡Música, mujeres y vino como dijo el poeta!
Las muchachas aplaudieron mientras Pablito, en un
santiamén, se encaramaba en su mulo y salía disparado ha
cía el pueblo.
—¡Este es loco! —dijo doña Clemencia dirigiéndose a
Amalia—. ¡Pero tiene buen corazón y lo quiero muchísimo!
Mientras tanto, el Padre Rosón, sabihondo y letrado,
susurraba al oído de Jacinto de Castro:
—¿Qué poeta dijo eso?
Cuando la música llegó, fué instalada cómodamente en
un rincón de la enramada. Aquella “música de viento”,
con su agudo cornetín, su mesurada flauta y su güiro jara
nero, llegó al alma de Cofresí, que en mucho tiempo no ha
bía disfrutado de un ambiente tan nítido de alegría y feli
cidad.
—Si estas gentes supieran quien soy me echarían co
mo un perro— se decía con pesar.
La “orquesta” preludiaba ahora una mazurka. Pablito
agarró enseguida la más bella de las Mota y apenas toman-
do dos dedos de su mano, iniciaron la danza. Otros le siguie
ron y pronto aquello era una fiesta en regla.
—¡Bailen Uds.! —dijo don Andrés dirigiéndose a'Eze-
quiel y Juan, quienes en un rincón miraban entre asombra
dos y gozosos, la escena.
—Muchas gracias, muchas gracias Don—farfulló Eze-
quiel— pero en mi vida he bailado!
Juan, tampoco había bailado sino en las tabernas de
los muelles de San Juan y de Aguadilla. Le parecía una
profanación tocar con sus manos el terciopelo del cutis de
aquellas damitas encantadas. Pero, al fin, venciendo sus
escrúpulos, se decidió y a poco danzaba con Cachita, una
de las Echavarría, que ya varias veces le había lanzado
miraditas de una fracción infinitesimal de segundo.
Don Andrés se presentaba ahora ceremoniosamente
ante Cofresí, con una bella joven de pelo negro, ojos como
el azabache y cutis de seda.
—¡Señor! —le dijo casi haciendo una inclinación—.
La señorita Andújar tendrá mucho gusto en bailar con Ud.
esta mazurka.
Cofresí asintió a la reverencia, y a poco danzaba con
la bella moza. Esta, tímidamente, bajaba los ojos, mien
tras sus pies se deslizaban ágilmente por el suelo.
En cuanto al pirata, su íntimo deseo hubiera sido ha
ber podido bailar con Amalia, que ahora, en un rincón de
la enramada, estaba; como vulgarmente se dice, “entre dos
aguas*’, sintiéndose mujer y vistiendo de hombre. Cofresí
vió que le dirigía una mirada como de tristeza y reconven
ción que le llegó al corazón. ¡Cómo se sentía quererla!
Al mediodía y cuando la fiesta estaba en su apogeo se
oyó la voz fuerte y convincente de doña Clemencia, quien
dando palmetazos gritó:
—¡Señores! ¡Váyanse acercando, que ya la comida
está lista!
— 104 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Esta fué la señal de desbande. Cada uno se separó
de su pareja y se dirigieron todos a la parte de atrás dt-
la enramada donde tres o cuatro corpulentos árboles de
mango, que parecían centenarios, se erguían airosos como
presidiendo aquel ambiente campesino, vivaz y jocundo.
Una larga y rústica mesa, cubierta por un blanco man
tel, había sido dispuesta debajo de aquellos mangos. El
lugar que no ocupaban los platos estaba materialmente re
pleto de deliciosas frutas, mangos, cajuiles, saonas, poma-
rrosas. hicacos, nísperos, jobos; de dulces, como piñonates,
bienmesabes, alfajores y unas grandes, panelas de dulce de
leche.
Todos se fueron acomodando al gusto de cada uno.
Don Andrés se dirigió parsimoniosamente a la cabecera y
con gesto patriarcal indicó a Manuel de Regla Mota que
ocupara la cabecera. Este argüyó que mas bien le corres
pondía a Jacinto de Castro. Cuando todos creían que éste se
iba a sentar a la cabecera, agarró de un brazo al Padre Ro
són y lo llevó hasta allí. Todos aplaudieron.
—¡ La religión primero! —dijo con grave y sencilla voz.
Los aplausos y la algazara llegaron al colmo. El ros
tro del pirata, que no conocía el rubor ni la palidez, se pu
so rojo como la grana por la primera vez en su vida.
Pero, aquella que parecía ser una justa de cordialidad
y cortesía, no había terminado. El cura se paró pronta
mente de la mesa, tomó del brazo a Cofresí y lo llevó al
puesto de preferencia, mientras decía con voz regocijada:
—¡El huésped, primero, señores!
—¡Es un honor que no me merezco, creánmelo, seño
res, pero que agradezco con toda el alma! —pudo articular.
Amalia aprovechó el alboroto para sentarse al lado de
Cofresí. Muy cerca estaban Jacinto de Castro, Manuel de
Regla Mota, y José Billini, jovenes que ya estaban traspo
niendo los límites de la juventud. Don Rosendo se sentó
JULIO GONZALEZ HERRERA
al lado de don Andrés. La turba de mozos y mozas se ha
bía acomodado desordenadamente, y al gusto de cada uno,
con Juan entre ellos. En cuanto a Ezequiel, sin que nadie
lo hubiese notado, se había zambullido en la cocina, donde
Tomasa, la cocinera, con quien ya había hecho buenas li
gas, le había sacado su "plato aparte”.
La comida transcurrió en un ambiente de placidez y
alegría. Todos alabaron la buena mano de doña Clemen
cia, para el sancocho . En cuanto a ésta, de cuando en
cuando se levantaba de su asiento para ir a la cocina o pa
ra amonestar a los chicos, a los cuales se les había puesto
en una mesita cercana.
Cuando estaban en los postres se oyó nuevamente rui
do de cabalgaduras en el camino. Esta vez no era la ale
gre algazara de cuando llegaron los jóvenes y las mucha
chas. A poco el mozo, que parecía ser el guardián de la
entrada de la casa, se acercó presuroso a don Andrés, y di
jo con voz que pudo ser oída por todos:
—¡Don Andrés, son dos señores que vienen de la ca
pital !
Den Andrés pidió excusas para dirigirse hacia el jar
dín, pero ya los dos señores visitantes avanzaban hacia la
enramada. El primero era un joven delgado, de mediana
estatura, vestido de negro, de no mas de veinte y cinco o
veinte y seis años de edad. El segundo un joven, de edad
evidentemente menor que su compañero, y un poco más
grueso que éste.
Al verlos, don Andrés se abalanzó hacia ellos y para
cada uno tuvo un abrazo aún mas efusivo que el que ha
bía tenido para don Rosendo.
En cuanto a Manuel de Regla Mota, José Billini, Jacin
to de Castro, y Rosendo Herrera, tan pronto reconocieron
a los visitantes cambiaron con ellos abrazos y frases que re-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
\ y
velaban una vieja amistad. Todos parecían sorprendidos
de la liegada de los viajeros.
—Buena jornada hemos hecho —dijo el más grueso
de ellos—. ¡A marcha forzada desde la capital hasta aquí!
Pero es una dicha estar en este querido Baní y con lan
buenos amigos —exclamó el de más >dad.
Luego dirigió una inquisitiva mirada a Cofresí y Ama
lia, y al primero no se le ocultó que inquirían algo sobre él.
El recién llegado, entonces, dijo unas palabras en voz baja
a don Andrés y a poco éste se acercaba al lugar donde es
taba Cofresí.
—Señor— dijo a éste— ya que su deseo es relacionar
se con lo que vale en este país, puedo decirle que ha tenido
suerte. Permítame presentarle estos dos amigos muy que
ridos que acaban de llegar de Santo Domingo...
El mas joven de los recien llegados se acercó. Era un
mozo de mirada serena, de correcto perfil, blanco, de es
caso pelo negro y de ademanes mesurados y suaves.
—Juan Pablo Duarte, para servirle —dijo alargando
su diestra al pirata.
—José María Serra, su servidor —dijo el segundo con
voz menos grave. t
—Humberto Cofres —contestó el pirata desfigurando
su nombre—, un servidor de Uds. Mario, mi sobrino, diri
giéndose a Amalia.
No hubo lugar a la presentación de Juan, pues éste,
con los otros mozos y mozas se habían levantado de la mesa.
—¡Pero deben estar Uds. cansados! —dijo entonces
don Andrés dirigiéndose a los viajeros. Lo mejor será que
les arregle unas hamacas mientras Clemencia les prepara
la comida...
—No tenemos derecho a descansar —respondió Duar
te con una sonrisa—. Tomaremos un poco de café pues ya
comimos en el camino, y después hablaremos.
— 107 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
Doña Clemencia, solícita, voló a la cocina para traer
el café. En cuanto a Cofresí observó que tanto de la Regla
Mota, como Billini, de Castro y Herrera, parecían ansio
sos de que llegara cuanto antes ese momento de conversar
a que se refirió el recién llegado. .
—Señores, —dijo entonces dirigiéndose al grupo— por
nosotros no se preocupen. Yo voy con mi sobrino a dar
una vueltecita por esta bella estancia y creo que no nece
sito guía.
Y sin esperar contestación, sonriente y despreocupado,
corrió con Amalia hacia la frondosa arboleda cercana. Una
fresca brisa comenzaba a soplar y las gallinas cacareaban
alegremente por el prado cercano. Maximito y su grupo de
locuelos, aprovechando la algaraza, gabeaban como cabri
tos en árboles de poco tamaño. Ezequiel apareció enton
ces ante Cofresí con evidentes muestras de satisfacción en
el semblante.
—¡Perro viejo! ¿Dónde estabas metido? —le gritó el
pirata.
—Estaba enamorando a la cocinera Tomasa —bromeó
entonces Juan que en ese momento se acercaba— ¡Este es
un viejo sinvergüenza!
Cofresí se echó a reir.
—Bueno —dijo— quédense por aquí.
Tomó a Amalia del brazo y se internó en la espesura.
La joven lucía esplendorosa con su cabello corto y su tra
je de mozo que revelaba sus bellas formas.
—¡Son cándidos estos banilejos, —pensó el pirata—
que no han caído en cuenta que ésto no puede se»* un
hombre.
Siguieron avanzando poquito a poco entre los árboles
mientras Amalia pegaba su cuerpo al de Cofresí, a quien
la tibieza de éste le hacía estremecer.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Roberto —murmuró la muchacha—. Hoy me Le sen
tido feliz y desgraciada al mismo tiempo...
—¿Y cómo puede ser eso? —preguntó el pirata.
—¡Qué sé yo! ¡Feliz en este ambiente tan puro y tan
alegre! Y desgraciada por mi misma, por no saber nada
sobre mi y por estar en este condenado traje de hombre.
Parezco uno de esos hombres que les llaman... ¿Cómo les
’laman! • a
—¿Afeminados?
—¡Eso es! Aunque —agregó—. ya una de las mu
chachas se estaba enamorando de mi...
Cofresí no pudo evitar lanzar una carcajada.
—Pero dime; locuela, ¿te habría agradado entonces
estar vestida de mujer para que alguno de los jovenes te*
enamorara? *
—¡Eso no!...
—Entonces, ¿por qué ese afán de parecer mujer entre *
estas gentes que después de todo son extrañas para nos
otros? ¿No te bastaría saber —agregó despacito y acer
cando su rostro al de ella— que para mi eres mujer y muy
mujer? ’
La muchacha sonrió-y con una ingenua picardía que el
pirata no hubiera imaginado en ella, contestó:
—¡Pero si yo creía que no te gustaba ni un poquito!
—e. hizo un mohín en que las comisuras de los labios se ple
garon deliciosamente, mientras su nariz respingada se ex
pandía al impulso de la respiración.
El pirata sintió que toda su sangre, esa sangre que ar
día en la pelea como un volcán, corría ardorosamente por
sus venas.
—¡Que no me gustas! —susurró.
Y agarrando suavemente con sus manos que habían
manejado tan bién el mandoble, aquella cabecita de oro, acer
có su boca a la de ella. Amalia no se resistió y un largo
— 109 —
JUUO GONZALEZ HERRERA
beso fundió aquellas dos almas. Cofres! comprendió por
primera vez lo que era la gloria. Ella —así lo creyó— sin
tió por primera vez lo que era amor.
Después de esos sublimes momentos de éxtasis en que
el espíritu rompe las ligaduras de lo puramente terrenal
para remontarse a las divinas regiones del ensueño y las
quimeras, el mundo entero parece cambiar, los sentidos se
capacitan para captar nuevas sensaciones, y el alma toda
se dignifica al conjuro de los más puros y nobles «senti
mientos.
Cuando Amalia y Cofres! comprendieron que se ama
ban, que se habían amado hacía varios días, el mundo en
tero ¡es pareció suyo y sus corazones pequeños para guar
dar el inmenso tesoro de su gran felicidad. Cogidos de la
mano, entonces, corrieron como chiquillos en la espesura,
subieron riscos, tumbaron frutas de los árboles, atravesa
ron, ella en brazos de él, arroyuelos y ríos pequeños cuyo
murmullo era como una canción de amor para sus almas
que hasta entonces parecían huérfanas de todo afecto.
De pronto el pirata se dió cuenta de que la tarde avan
zaba rápidamente y que los amigos de don Andrés segura
mente habían ya terminado su conversación o entrevista, a
la que, según vislumbró, daban gran importancia.
Se dispusieron, pues, a regresar a toda prisa.
Cuando ya se distinguía la enramada por entre la ar
boleda, ambos se detuvieron. Cofresí quiso dar a su adora
da el último beso de aquella tarde memorable. Cuando sus
labios se separaron y el pirata levantó la cabeza casi no pu
do reprimir una exclamación de sorpresa: a poca distan
cia de ellos, a unos diez o quince metros, se veía la figura del
joven Duarte, con las manos entrelazadas a la espalda y co
mo en actitud de darse paseos, en completa meditación.
Ahora miraba con ojos asombrados a la rara pareja para
continuar después imperturbablemente en sus idas y ve
nidas.
—Nos vió —pensó el pirata—. ¡Qué pensará este se
ñor de un hombre que besa a su sobrino!
Entonces el pirata contó a Amalia lo sucedido. Esta
rió de las preocupaciones de Cofresí de que le hubiesen vis
to “besando a un hombre”, y agregó:
—¿Quién será ese señor Duarte? ¡Parece ser muy im
portante, pues todos le saludan y hablan con respeto! ¡Y
que aspecto*más distinguido tiene!
■
A toda prisa volvieron a la enramada donde el buen
don Andrés ya se preocupaba de la suerte de su huésped y
su sobrino.
•J
—Tiene Ud. una estancia encantadora —le dijo Cofre-
sí al llegar, efusivamente—. Casi la hemos recorrido de
punta a punta.
—Y eso que no han visitado Uds. esta parte de aquí
—respondió don Andrés señalando al Norte—. Allí tengo
mis criaderos de cerdos y las principales siembras —agre
gó con orgulío—. Sólo lamento que su estada en ésta sea
tan corta para haberles mostrado todo. Según me dice don
Rosendo Uds. parten mañana para Santo Domingo.
—Ese es mi propósito —respondió el pirata—. Y no
sabe como le agradecemos las atenciones que ha tenido con
nosotros. Pero crea que volveremos por aquí.
—Esta casa es suya— contestó don Andrés.
Se dirigieron todos nuevamente al interior de la enra
mada. Después de la digestión del suculento sancocho, la
fiesta había vuelto a su apogeo. La orquesta tocaba en ese
momento un vals y la enramada parecía una rústica copia
de un salón de la encantada Viena. Los jóvenes, gallarda
mente enlazados a las mozas parecían un torbellino de rit
mos, mientras los largos vestidos de éstas, su pelo graciosa
mente recogido sobre la nuca y los ojos chispeantes como
— 111 —
JULIO GONZALEZ HERKEKA
hogueras, daban plena sensación de un romanticismo cam-
pestie, delicioso e ingenuo..
A la hora ya comenzaba a oscurecer.
—Trae la yesca para encender el quinqué —gritó doña
Clemencia a Tomasa que había dejado momentáneamente
su? labores en la cocina y asomaba ahora su faz curiosa por
uno de los lados de la enramada.
—¡Un momento, señores! —gritó al oir ésto Pablito
Echavarría con estentórea voz—. ¡ No se moleste en bus
car yesca doña Clemencia! ¡Vengan todos a ver la mane
ra moderna, rápida y eficiente de encender un quinqué!
La música paró y todos se arremolinaron alrededor del
larguirucho joven que al parecer siempre tenía algo nuevo
entre manos.
—Señores —agregó— creo en los progresos de la hu
manidad y me adhiero a ellos... ¡Uds. verán!
—Este hombre debe estar borracho —susurró el Pa
dre Rosón al oído del Dr. Matos.
—No hay que dudarlo —contestó éste—. Lo he vis
to tomarse en una hora cuatro o cinco vasos de vino.
—¡Uds. verán —continuó Pablito Echavarría— cómo
se hace la llama que redimió al mundo!...
El mozo, entonces, aparentando sencillez, sacó de sus
bolsillos una cajita parecida a una cigarrera y un peda
zo de papel de lija. De la cajita extrajo una especie de pa
juela de madera y frotó vigorosamente uno de sus extremos
en el papel de lija. Se oyó una pequeña explosión y una
llama ténue y azulada inflamó la pajuela.
Un ¡ah! de admiración, que provenía principalmente
de las muchachas, inundó el ambiente, mientras el Dr. Ma
tos y el Padre Rosón se acercaban con curiosidad a ver más |
de cerca la cajita en que Pablito llevaba fuego en los
bolsillos.
—Este es el último invento europeo —agregó éste triun-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
fante—. De estas cajitas se recibieron varias en Santo
Domingo y un amigo me envió una. Dentro de poco todo
el mundo llevará una en los bolsillos.
—Esto no puede prosperar —dijo el Padre Rosón sen
tenciosamente examinando la cajita—. ¡Es demasiado pe
ligroso!
Pablito Echavarría rió de la ocurrencia del sacerdote.
No podía seguramente comprender sus absurdas y anticua
das ideas.
De modo, padre —le dijo mirándolo provocativamen
te— que Ud no cree que pronto andaremos en un coche
sin caballos...
El buen cura se quedó mirando con severidad al ato
londrado joven para decir compasivamente:
—¿Y qué fuerza movería ese coche, hijo mío?
—Pues... ¡ se movería por medio del vapor!
Ni el Padre Rosón, ni el Dr. Matos, ni los señores He
rrera, de Castro, Billini, y de la Mota, pudieron ya conte
ner la risa.
¡Amalia y Cofresí miraban todo aquello con regocijo.
Entre el grupo estaba el joven Duarte, quien, al parecer,
no había referido a nadie lo que había visto hacía un rato,
ni el mismo parecía darse por enterado.
Muy discreto parece ser este señor Duarte —pensó el
pirata.
A Pablito, mientras tanto, no le había caído muy en gra
cia la chacota de los sabios del pueblo.
—Uds. —les dijo con atrevimiento— no son mas que
unos anticuados que no creen en nada... Si yo les dijera
que dentro de cien años volaremos, si señores, volaremos en
aparatos por el aire...
—De modo —interrumpió el Padre Rosón para calmar
los ímpetus de aquel mozuelo— que Ufl. pretende que den-
JULIO GONZALEZ HERRERA
tro de cien años habrá un aparato que nos lleve por el aire...
pongamos., ¿de aquí al pueblo?
—Sí —contestó el recalcitrante mozo—, habrá un apa
rato que nos lleve por el aire, no solo hasta el pueblo, sino
hasta la misma capital... —y seguramente espantado an
te la enormidad de lo que estaba diciendo rectificó:— Na
turalmente, no hasta la capital porque está demasiado lejos,
pero si hasta San Cristóbal que está como a seis leguas de
aquí.
Todos rieron entonces a carcajadas, mientras uno de
los jóvenes halaba al joven profeta por la parte trasera del
gabán.
—¡Yo creía que este joven estaba algo trastornado—
decía mientras tanto el Padre Rosón al oído del Dr. Ma
tos— pero no sabía que estuviese loco de remate!
En esto se oyeron en la parte de afuera de la enramada
unas detonaciones, no tan fuertes como la de los disparos,
pero si lo suficientemente sonoras como para alarmar a to
dos. La concurrencia se arremolinó para ver lo que suce
día. Era el inefable Maximito, que, rodeado de la infantil
turba, había provocado las explosiones.
—¡Son los triqui-traques que me regalaste esta maña
na, papá! —exclamó.
Pero, —dijo doña Clemencia severamente— ¿no te
dijo tu padre que no debías hacerlos explotar tú. porque
eran demasiado peligrosos?
—Señora, —dijo entonces Tomasa, toda compungi
da— este Maximito es tremendo. Sin decirse nada puso
una silla al lado del fogón, se encaramó en ella y se llevó
una brasa...
Todos aplaudieron al travieso chicuelo, con Pablito
Echavaría a la cabeza.
Al ver Maximito su triunfo se envalentonó. Parece
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
que había oído algo de la conversación en la enramada, pues
preguntó con voz fuerte y chillona:
—Papá, ¿qué son inventos?
—Inventos, hijo mío, son... pues las cosas nuevas que
se descubren en... para bien de todos.
—Entonces, ¿mi caja de música y mi carrito de cuer
das son inventos?
—Pues... ¡sí!
—¿Y los triqui-traques?
—También.
—¿Y qué los hace explotar?
—Pues supongo que tienen dentro una pequeñísima
cantidad de pólvora, que produce la explosión.
—Maximito —excla/mó’ entonces una de las mucha
chas Mota—, déjanos ver tu caja de música. He oído ha
blar de ellas pero nunca he visto una.
—Maximito —dijo a su vez doña Clemencia—, ve y
trae tu caja de música para que Susanita la vea.
El chiquillo, seguido de una rubita aún más chiquita
que él, corrió al interior de la casa y a poco venían am
bos cargados con dos cajas de regular tamaño.
El chicuelo, una vez en el suelo las cajas, abrió la mas
grande. Todos se agruparon alrededor de él. Con seguri
dad no era solamente la joven Susana la que desconocía
aquella prodigiosa invención.
Una vez abierta la caja, un curioso aparato, compues
to de un cilindro de metal erizado de púas metálicas, apa
reció a la vista. El niño, con presteza, introdujo una lla
ve en un agujero que había en la caja, y le dió cuerda, co
mo si fuera un reloj. El extraño aparato dejó escapar, po
co después, durante dos o tres minutos, una dulce melodía
que llegó al alma de todos.
—¡Cómo progresa la humanidad! —comentó el padre
Rosón casi con lágrimas en los ojos—. ¿Cómo diablos pue-
JlAlulU IlUUUUiA
de producirse esa música, sin ninguna persona que haga
la ejecución? ¡En verdad que parecen cosas de hechicería!
Cuando terminó la música, Maximito dió cuerda a un
carrito diminuto. Cuando lo soltó, el carrito corrió dando
tumbos como un borracho, para tropezar con un pedrusco y
volcarse. Todos aplaudieron con entusiasmo.
—Bueno, señores —dijo el Padre Rosón al poco rato—
creo que es hora de que nos retiremos.
—Cofresí, entre tanto, miraba gozoso aquel chiquillo
tan vivaz e inteligente.
—¡Oye Maximito! —no pudo resistir decirle—. ¿Cuál
de tus pequeños inventos, te gusta más?
Todos callaron para oir la respuesta del avisado ra
paz. Don Andrés, ahora del brazo de doña Clemencia, pen
só que el niño preferiría el carrito que era casi una antici
pación de aquel prodigioso coche sin caballos de que ha
blara Pablito Echavarría. La madre, romántica y campe
chana, pensó que su predilección estaría por la caja de mú
sica, cuyas dulces melodías transportaban al cielo.
El chicuelo vaciló antes de contestar. Miró primero la
portentosa caja de música y ya iba a apuntar su dedo ha
cia ella. Miró, después, el carrito y casi estuvo a punto de
hablar. Por último, dirigió su vista a los restos de los tri-
qui-traques que estaban a un lado, y con los cuales había cau
sado hacía poco, tamaño alboroto.
Entonces, levantando un brazo en dirección a ellos, co
mo un diminuto Colón que señalara un nuevo rumbo, con
testó con gesto infantilmente’mesiánico:
—¡La pólvora, señor!
VI ’
RIVALIDAD
Ha transcurrido un mes desde los últimos aconteci
mientos relatados, y si nos trasladamos a la ciudad de San
to Domingo, podemos ver en ella un movimiento poco co
mún. Por sus calles, terrosas y descuidadas, circulan jine
tes en profusión y en sus veredas, algunas de ladrillos y
otras de simple tierra, algunas damitas y mozalbetes se
cruzan y sus saludos ceremoniosos nos trasladan momentá
neamente a la edad caballeresca.
La vieja ciudad colonial luce las pobres galas que le
permite la situación, con motivo de la Navidad. Todos, de
acuerdo con las circunstancias, se preparan a celebrar-la
Noche Buena, en ese ambiente familiar que caracteriza es
ta fiesta del nacimiento del Señor.
En la Plaza de Armas, unos cuantos gendarmes haitia
nos, con estudiada insolencia, contemplan la vieja Catedral
de Santo Domingo. El sol se quiebra en los vidrios verde-
azules de sus ojivas, y su albor es como un reproche al por
te y a la actitud de los negros uniformados.
En una casa de la calle de Las Damas, de dos plantas,
que tiene un porte airoso y romancesco, se nota también un
— 117 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
movimiento extraordinario. Varias damitas se asoman fre
cuentemente a un balcón para volver a entrar precipita
damente. Criados entran y salen por el amplio zaguán.
Alguna vez un jinete se detiene a la puerta para hacer en
trega de algún bulto o canasto y vuelve a seguir su camino.
En la esquina que forma la intersección de la calle de
Las Damas con la calle del Conde, vemos recostado displi
centemente, junto a un edificio, un hombre de edad madu
ra y de aspecto un tanto descuidado. Tan pronto dirige su
mirada hacia la parte Oeste de la calle del Conde, co
mo hacia la vetusta fortaleza, el Homenaje, que en la
propia calle de Las Damas levanta su mole, maciza e im
ponente.
Si nos acercamos a él reconoceremos, a Ezequiel. Su
pensamiento vuela sin cesar hacia su amo, quien hace
un mes lo dejó en la vieja ciudad de Santo Domingo, para
dirigirse en su fragata a la isla La Mona, al Este de La Es
pañola, por segunda vez en busca de un tesoro enterrado.
Le prometió volver a los quince o veinte días, pero ya han
transcurrido treinta y el viejo servidor comenzaba a im
pacientarse. Pero él conocía muy bien a su amo. Sabía
que el día menos pensado aparecería y él se preparaba pa
ra darle cuenta de las gestiones que le había encomendado.
Con una bolsa repleta a mano, había comenzado, según
sus instrucciones por alquilar para él una casa en la calle
de Los Gerónimos (1). Esta reunía las condiciones pedi
das: cinco habitaciones por todo y un amplio patio con va
rios aguacateros, mangos y guayabos. Después, había en
viado a Amalia, a casa de doña Sosota, en Baní, los efectos
que ésta necesitaba: tela para vestidos femeninos, zapatos,
sombreros y otras cuantas chucherías indispensables al be
llo sexo.
(1) Calle Espaillat.
la gloria llamo dos veces
Cumplidos estos encargos sólo le restaba esperar. El
viejo servidor mataba su tiempo deambulando como un so
námbulo por la vetusta ciudad. El Alcázar de Colón, el
Convento de los Jesuítas, los contados establecimientos de
la calle del Conde y del Caño, los fuertes del Conde, la Con
cepción, La Misericordia, los Guatiportes, todos eran luga
res que el viejo aventurero conocía ya como sus propias
manos.
Ahora estaba en la calle de Las Damas que gozaba de
su predilección: por allí cruzaban las mas bellas mujeres,
era tranquila y acogedora y estaba a dos pasos de la ría Oza-
ma, cuyas aguas, serenas y majestuosas, donde siempre se
balanceaban dos o tres veleros, él gustaba de contemplar.
En la tarde se dirigió a la modesta habitación que ha
bía tomado en un hotelucho de la calle de Las Canteras (1),
donde cambió sus ropas por otras más presentables. Dió
un recorrido por la parte Sur de la ciudad, a lo largo de
la costa del mar Caribe y volvió a llegar a la calle de Las
Damas. La ciudad era pequeña para sus inquietudes de
aventurero y con frecuencia llegaba al punto de donde ha
bía partido en poco menos de una hora. Al llegar allí no
pudo menos que fijarse en la casa de la cual ya hemos he
cho mención. ¿Quién viviría en aquel edificio que se dis
tinguía de los demás por su acicalado porte y su extraordi
nario trajín?
Al pasar ahora frente a él, un gallardo joven a caballo,
se había detenido. Una moza salió al balcón y el mozo des
pués de saludar quitándose con amplio ademán el sombre
ro, había gritado:
—¡Oye, Lolita! ¿A qué hora comienza la fiesta?
—A las nueve —respondió la muchacha en alta voz—.
Oye Federico —agregó— no dejes de traer a Hortensia y
(1) Hoy calle Arzobispo Merifio.
JULIO GONZALEZ HERRERA
a tus primas. ¡Mira que el baile va a quedar muy bueno!
Además, un grupo pensamos ir a la Misa del Gallo...
—¡ Te prometo que vendremos todos! ¡ Resérvame una
polka o un vals, a tu gusto! ¡ Hasta luego!
Y el bien plantado jinete puso nuevamente su cabaílo
al troce.
A Ezequiel le daban ganas irresistibles de ser joven
y bien parecido no más que para aspirar siquiera a una mi
rada de una Lolita de éstas: blancas, bellas, hermosas, con
una sonrisa ingenua y picara en los sensuales labios, que
le llegaba al corazón.
En ese momento una sirvienta salía de la casa. Eze
quiel, a falta de mejor cosa que hacer, se dirigió a ella.
—Oye buena moza —le dijo—. ¿Serías tan amable que
me dijeras quién vive en esa casa? —y señalaba la casa de
donde acababa de salir la mujer.
—¿Cómo? ¿Pero no es Ud. de aquí? —contestó con
prontitud la fámula—. ¡Se ve que es extranjero para no
saber que ahí vive don Rafael de la Rocha.
—Y ese señor de la Rocha, y dispense, ¿es algún gran
funcionario?
—¡Más que un funcionario grande, señor! ¡Es qui
zás el hombre más rico de la ciudad!
—¡ Gracias buena moza!
Ya sabía lo que, por simple curiosidad, deseaba saber.
No se había equivocado en su juicio. Aquella casa era de
un grande, según lo revelaban su aspecto y su movimiento.
Como nada tenía que hacer se quedaría rondando por allí
hasta la noche: vería a las muchachas salir al balcón y a la
hora de la fiesta vería llegar a los invitados y oiría los
acordes de la música. ¡Ocupación propia de quien, como
él, amaba lo bueno y estaba horriblemente ocioso!
Pero de pronto se quedó de una pieza. Al balcón aca
baba de salir una joven de radiante belleza, vestida con
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
un traje de claros colores, con una flor roja en la cabeza,
cuya sola presencia casi lo puso a temblar. Se restregó los
oj,os y volvió a mirar. Por más que lo quisiera dudar, no
le quedaba duda: ¡era Amalia! Y aunque ni remotamen
te imaginaba comprender la razón de su presencia allí, co
rrió presuroso debajo del balcón.
—¡Señorita Amalia! —gritó.
Pero la joven se limitó a mirarlo como a ún desconoci
do, con indiferencia y asombro, giró rápidamente sobre sus
talones, en un mohín de desagrado, y se internó nuevamen
te en la casa.
Ezequiel, lentamente, volvió sobre sus pasos, como un
borracho, para recostarse en la esquina.
¡Aquello si era algo tremendo y desconcertante! La
cabeza le daba vueltas al recuerdo de lo que había visto y
que le parecía cosa de magia. ¿Se había acaso, vuelto lo
co, y había visto visiones?
Después de hacer miles conjeturas se decidió, con ma
yor empeño que antes, a seguir vigilando la casa a fin de
poder dar a su amo, cuando llegara, los mas amplios deta
lles de! imprevisto suceso.
Dirigió otra vez la mirada hacia aquella: dentro
se notaba la animación propia de los preparativos de una
gran fiesta, pero nadie había vuelto a asomarse al balcón.
En ese momento en el reloj de la catedral sonaron seis
campanadas. Lentamente, y no sin voltear de cuando en
cuando la cabeza, se encaminó a la plaza de Armas. Cofre-
sí le había instruido para que cada día, a las doce y a las
seis, estuviera en dicha plaza, que sería el primer lugar don
de él se dirigiría a su regreso.
Cuando el viejo criado llegó a la intersección de las ca
lles del Conde y del Caño (1) casi dió un grito de alegría:
(1) Hoy calle Isabel la Católica
— 121 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
en uno de los lados de la plaza estaban de pié dos hombres
que no podían ser sino su amo y Juan. A la pequeña dis
tancia que mediaba reconoció el amplio sombrero del pira
ta y la voz sonora y casi infantil de su compañero.
—¡Don Roberto! —exclamó al llegar donde él—. ¡No
sabe cuanto me alegro de verlo!
—Perro viejo, ¿cómo estás?
—¡Muy bien, señor!
—Me alegro. Por mi parte no lo estoy. El maldito
tesoro de La Mona no ha aparecido y esta mañana en la pla
ya de San Gerónimo por poco somos, aprehendidos —excla
mó el pirata como desahogándose—. ¡Parece que mi bue
na estrella se desvanece!
Ezequiel no sabía si ponerse a temblar o a llorar. ¡ En
buen estado de ánimo venía el jefe para contarle lo que ha
bía visto!
—¿Conseguiste la casa y la amueblaste tal como te
dije? —preguntó Cofresí.
—Si señor, una linda casa en la calle de Los Gerónimos.
—¿Y enviaste los efectos a la señorita a Baní?
—¡ S... si señor!
—Vamos, pues, a la casa —añadió.
Los tres se echaron a andar silenciosamente hacia la
calle mencionada. Al llegar a ésta caminaron en dirección
al norte. Cuando solo faltaba media cuadra para llegar a
la calle Las Mercedes, Ezequiel dió orden de hacer alto fren
te a una casa a la izquierda, con un pequeño frente, una
puerta de entrada y una ventana de gruesos barrotes a un
lado. El viejo criado introdujo la mano en uno de los bolsi
llos de su casaca y sacó una pesada llave de hierro. La in
trodujo en la cerradura y a poco las dos toscas puertas de
madera quedaban abiertas de par en par. Ezequiel sacó
de sus bolsillos el pedernal y la yesca que nunca faltaban
en ellos, y como ya pronto iba a oscurecer, fué a encender
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
dos grandes bujías que en una mesa de la sala estaban.
Cofresí se puso entonces a examinar la casa y los muebles.
En la primera habitación, o sea la sala, se veían cuatro o
cinco sillas y mecedoras con una mesita en su centro. En
el comedor había una simple mesa y varias sillas, y un fil
tro para agua. Por último, cada una de las tres últimas ha
bitaciones estaba amueblada con una cama, tocador, lava
manos, armario y dos sillas. Las camas estaban con sus
correspondientes almohadas, sábanas y mosquiteros, y ha
bía otros detalles en la casa que indicaban que el viejo ser
vidor había puesto su amor propio en cumplir bien las ór
denes de su amo.
—¡ Muy bien! —le dijo éste dándole una fuerte palma
da en la espalda cuando hubo terminado de examinarlo to
do—. ¡ El viejo chocho se ha portado bien!
Pero el viejo chocho no contestó. Su organismo había
tomado el partido de sudar copiosamente ante la inminencia
de la llegada del momento en que tendría que explicarle al
pirata que “su Amalia’’ estaba muy campante en plena ca
pital, en una casa extraña y preparándose para una fiesta.
Cofresí asignó a Ezequiel y Juan las dos habitaciones
interiores, y tomó para él la del frente, es decir, la de la
ventana que daba a la calle. Se dispuso a lavarse y a cam
biarse de ropa y dijo a sus ayudantes que lo esperaran en
la sala.
Poco después estaban Ezequiel y Juan sentados fren
te a la mesita donde ardían las bujías: Ezequiel con el ros
tro tenso y preocupado, Juan, al parecer, cansado.
El primero tom5 una decisión; tan pronto su amo sa
liera le contaría lo sucedido. Ahora se reprochaba haber
perdido media hora sin hacerlo. Mientras tanto, estaba
ansioso por saber todo lo relativo al viaje a La Mona, sobre
el cual su amo no había dado detalles. Interrogó a Juan.
Este le informó que habían arribado sin ninguna novedad
JULIO GONZALEZ HERRERA
a la pequeña isla, y desembarcado en ella. Por ser una is
la desierta les fué fácil localizar el supuesto lugar del en
tierro con la ayuda de un plano que tenía el pirata. Duran
te quince días estuvieron hoyando en diferentes partes sin
ningún resultado.
—¡Casi cavamos la islita entera, —dijo Juan para con
cluir— pero nada encontramos! ¡Lo mismo que en Baní!
—¿Y qué les pasó al llegar a San Gerónimo?, preguntó
Ezequiely
—Pues, al llegar esta mañana frente a la costa —con
tinuó Juan— el amo dió orden de anclar a unas cuantas
millas. Tomamos él y yo un bote, tal como se hizo cuando
desembarcaste tu, y arribamos perfectamente a tierra. Es
condimos el bote en la maleza y nos dispusimos a llegar has
ta esta ciudad a pié. De improviso, nos tropezamos con un
gendarme que parece se había alejado un poco del Fuerte
que hay por allí, y nos mandó a hacer alto. Pero el jefe le
hizo un disparo a boca de jarro y el gendarme con carabi
na y todo huyó como alma que se lleva al diablo! ¡No son
muy guapos estos haitianos! —comentó el joven pirata pa
ra terminar—. ¡Había que ver como huía el negro ese!
A poco, Cofresí salía de la habitación completamente
remozado. Se dirigió a Juan:
—Lo mejor es que esta noche te acuestes temprano —
le dijo—. Acuérdate que mañana en la madrugada debes
dirigirte a San Gerónimo, embarcar en el bote, llegar al
“Aguila Negra” y traer de cualquier modo hasta aquí el
baúl que dejamos listo con nuestros efectos, y mj dinero y
prendas. A Mauricio le confirmas que salga inmediata
mente a alta mar, pues mucho tiempo ha estado ya la fra
gata cerca de la costa. Que recuerde que debe regresar
dentro de un mes. Dale la dirección de la casa que hemos
tomado a fin de que envíe a un compañero a avisarme tan
pronto esté de regreso.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Entendido, mi jefe —contestó con prontitud Juan—.
Solo deseo pedirle ahora un pequeño favor —agregó va
cilante.
Habla!
—Sé que Ud. se va a reir, pero espero que al fin me
complacerá. Simplemente quiero pedirle ípermiso para
traer en el baúl con los demás efectos el esqueleto que en-
l contramos en Baní y que tengo en el barco...
—¿Todavía (el fósil ese, Juan? —preguntó Cofresí en
el colmo de la admiración—. ¿Es que te has vuelto ma
niático? ¿Qué piensas hacer con él?
—Pues nada, señor. Simplemente dedicar mis ratos
de ocio a reconstruirlo. Créame que es algo interesante...
—Muy bien, puedes traer los huesos esos, a condición
de que no te vayas ,a volver loco con ellos. —Y agregó:—
¡ Cuídate bien de no ser descubierto por los gendarmes hai
tianos del Castillo de San Gerónimo!
—Descuide, jefe.
Juan hizo una especie de saludo militar y se metió en
su habitación.
Para Ezequiel comenzaba a correr uno de los momen
tos más amargos de su vida. Conocía el temperamento ve
hemente y arrebatado del pirata y sabía que la desobedien
cia de la muchacha al venir a la capital iba a ocasionar una
catástrofe. Pero había que decidirse.
—Mi jefe —dijo al fin con el rostro intensamente pá
lido— tengo algo muy importante que decirle.
Cofresí miró asombrado a Ezequiel. Nunca lo había
visto tan demudado e intranquilo.
—¿Qué pasa, Ezequiel? ¡Habla con toda confianza!
—Pues señor, es algo tan inesperado para Ud. que no
sé ni por donde empezar. Se trata de la señorita Amalia...
—¡Qué! ¿Cómo? —dijo rápidamente Cofresí, cuyo
JULIO GONZALEZ HERRERA
semblante reveló una súbita inquietud—. ¿Le ha pasado
algo?
—No, no le ha pasado nada... Sólo que la he visto aquí
en una casa de la calle Las Damas...
Los ojos de Cofres! brillaron como dos ascuas mientras
miraba intensamente al viejo criado. Después, lentamen
te. sus ojos fueron iluminados por un fulgor como de tran
quilidad y confianza. Entonces, con estudiada lentitud,
preguntó al viejo sirviente:
—Dime, Ezequiel, ¿tú has bebido?
—No señor. Ud. sabe que no bebo nunca.
—¿Has estado en compañía de algunos haitianos que
te han embrujado?
' —No señor. No he estado con ningunos haitianos...
—i En tu familia ha habido personas que hayan su
frido de enajenación mental o sea de locura?
—No señor, que yo sepa.
—¡ Entonces, maldición! —exclamó para terminar dan
do un terrible manotazo en la mesa—. ¿Qué diablos es lo
que acabas de decir?
Ezequiel ahora comenzó a temblar en regla.
—Señor —dijo sacando fuerzas no sabía de dónde—
cálmese y oiga lo que voy a decirle... Yo estaba esta tarde
en la calle de Las Damas, cuando me detuve, por pura cu
riosidad, frente a una casa de aspecto muy distinguido, en
la cual había todas las señales y movimientos como de pre
parativos para una gran fiesta con motivo de la Noche
Buena. Imagínese Ud. mi sorpresa cuando una joven sale
al balcón y reconozco en ella a la señorita Amalia... En
tonces me acerqué y la llamé por su nombre. Pero ella no
me reconoció o aparentó no reconocerme y con un gesto de
disgusto volvió a entrar a la casa... De eso no hace ni dos
horas.
—Pero, —preguntó el pirata en el colmo de la sorpresa
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
y el desconcierto— ¿cómo estás seguro de que era la seño
rita Amalia?
—Señor —contestó el viejo con seguridad—. Yo estaba
a ura distancia de ella rio mayor de seis o siete metros y
pude verla perfectamente... su mismo rostro... su mismo
pelo... su misma estatura...
Cofresí se dirigió entonces a una silla cercana. Puso
la cabeza entre las manos y apoyó los codos en la mesa.
—Está bien —dijo a los pocos segundos con voz ron
ca—. ¡Vete a tu habitación y espera a que te llame! ¡Alís
tate para salir tan pronto te avise!
Por segunda vez, en pocos días, el cerebro de Cofresí
se había vuelto un volcán. Acostumbrado, como hemos di
cho, a luchar con cosas terribles, pero lógicas, se exaspe
raba profundamente, cada vez que tropezaba, como en esos
días, con hechos que él ni remotamente pudo preveer y que
parecían salirse del marco de las cosas normales para en
trar en el campo irreal de lo absurdo y lo imposible. ¡ Ama
lia, a quien había dejado en Baní, rendida de amor por él,
quien le había jurado amor y obediencia para toda la vida,
pasare lo que pasare, estaba en la capital! ¡ Hubiera sido
necesario, en su concepto, que el sol hubiera dejado de alum
brar y que la tierra hubiera dejado de moverse para que
tal cosa hubiera sido posible!
Haciendo un esfuerzo se fué. sin embargo, serenando,
poquito a poco, y en su cerebro comenzaron a bullir ideas
más de acuerdo con la realidad y las circunstancias. En su
ciega confusión de un momento había olvidado un detalle,
según ahora comprendía: él había conocido a Amalia den
tro de un estado de amnesia total producido, sin duda, por
las hechicerías haitianas. Dentro de ese estado la mucha
cha trabó conocimiento con él y llegó a amarlo. ¿No sería
lo más probable que por una circunstancia cualquiera hu
biera recobrado la integridad de sus facultades mentales,
JULIO GONZALEZ HERRERA
como consecuencia de lo cual estuviere viviendo y actuando
en una forma que no concordara con su transitoria vida de
unos días? ¡Eso era lo mas probable! El destino, irónico
y cruel, una vez más se valía de circunstancias terribles pa
ra hacerle una jugarreta!
—Pero -reflexionó entonces- ¿Debe deducirse del hecho
de que Amalia hubiese vuelto al recuerdo de lo pasado, el
olvido de su inmediato presente hasta el extremo de no re
conocer a Ezequiel? No le parecía posible.
—¡Ezequiel! —gritó entonces con fuerte voz— ¡Ven
acá un momento!
El viejo criado se presentó al instante.
—Oye Ezequiel —dijo el pirata tratando de suavizar
la voz lo más posible—. Oye bien lo que voy a preguntarte
y fíjate bien antes de darme una contestación precisa.
Cuando tu llamaste a la señorita Amalia, ¿te pareció que
ella no te reconocía o más .bien te pareció que te reconocía y
se disgustaba por encontrarse contigo?
Ezequiel reflexionó durante unos segundos. Después
dijo con voz lenta y segura:
—Señor, a mi me dió la impresión de que la señorita
no me reconocía.
—¿Es decir —insistió el pirata— que ella al oirte y al
mirarte lo hizo como lo hubiera hecho precisamente una
|>ersona que te veía por primera vez y se sorprendía de
que tu la llamaras?
—¡Exactamente señor!
Cofresí suspiró profundamente.
—¡Muy bien! —dijo por decir algo— ¡Vamos a la
calle!
El pirata ya había tomado una decisión.
—Oye Ezequiel —dijo con voz mucho mas tranquila
una vez estuvieron afuera— tú, que has pasado nn mes en
esta ciudad, ¿no te has fijado si existe aquí- algún consulto-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
rio médico, o mejor dicho, no te has fijado si en alguna ca
sa hay algún letrero u otra indicación de que allí viva un
médico?
Ezequiel, cuya inquietud era visible pues sabía que la
tranquilidad del pirata era solo aparente, reflexionó duran
te un momento.
—Me parece —respondió— que en la calle que aquí lla
man la calle de Los Mártires, (1), hay un letrero en la puer
ta que dice: Médico de París, o algo así.
—¡Vamos allá! —exclamó el pirata secamente.
Después de caminar un rato, en una esquina de la re
ferida calle, frente a una casa baja, Ezequiel hizo alto.
—Aquí es —dijo.
Cofresí dió con los nudillos tres fuertes goípes en la
puerta. Segundos después repitó la operación, y a poco se
¿bría una especie de ventanilla que en la puerta había. Una
cara invisible, por la oscuridad reinante, asomó por el hueco.
—¿Quién es? —inquirió una voz algo cascada.
—Una persona que viene a consultar al señor médico—
contestó el pirata prontamente.
—Un momento.
Cuando la puerta se abrió, el pirata y Ezequiel pasa
ron a un pequeño saloncito amueblado pobremente. En un
lado se veía un pequeña escritorio y en el fondo de la pie
za un estante con varios libros. A la débil luz que proyec
taban dos bujías, Cofresí pudo examinar la fisonomía y el
talante del médico. Era un viejecito, de aspecto simpático,
con un gorro casi cuadrado cubriéndole la cabeza. Tenía
en el cuello una pañoleta y caminaba casi trabajosamente.
Después de despabilar un poco las velas, se sentó frente a
los visitantes y exclamó:
(1) Hoy caite Duarte.
— 129 —
JULIO GONZALEZ HEJtRERA
—¡Uds. dirán en lo que pueda servirles! ¡Dr. Durós
a sus órdenes!
—Doctor —dijo entonces Cofres!—. Yo soy extran
jero y he llegado hoy a esta ciudad. Esta noche me he vis
to en la necesidad urgente de cónsultar con alguien capa
citado para ello, algo que se refiere, no a mi, sino a otra
persona. Se trata de una cuestión médica en parte, y en
parte algo así como psicológica... en fin no sé como ex
plicarme. ..
El viejo médico miraba ahora a Cofresí con curiosidad
y atención. En sus ojillos vivaces y en sus movimientos,
un tanto nerviosos, se adivinaba una persona amable e in
teligente.
—Señor, explíqueme lo que le pasa —respondió al pi
rata—. En mi encontrará no sólo al médico sino al conse
jero. Soy francés, estudié medicina en París, tengo 75 años
de edad, y 15 en este país. Puede ser que mis pobres cono
cimientos y mi experiencia puedan serle de alguna utili
dad ... •
Ccfresí se decidió a hablar, mientras Ezequiel, con fin
gida curiosidad, examinaba varios cuadros que colgaban
de la pared de la habitación. Sin dar nombres, el pirata,
entonces, refirió al viejo doctor todo lo relativo al encuen
tro con Amalia y los haitianos, sus amores, la permanencia
de la muchacha en Baní, su propia ausencia y regreso a San
to Domingo, y el incidente del encuentro de Ezequiel con la
joven.
—Lo que me interesa profundamente saber —dijo el
pirata para terminar— es lo siguiente: una persona que se
recobra de ese raro mal llamado amnesia o pérdida de la
memoria, al volver a su estado normal, ¿ha de recobrar no
solamente ese pasado que había olvidado, o también ha de
recordar necesariamente el inmediato pasado, es decir.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
aquel que está comprendido en el lapso en que había perdi
do la memoria? No sé si me he explicado bien...
—Se ha explicado Ud. muy bien —interrumpió rápi
damente el médico— y lo he comprendido perfectamente.
Ud., naturalmente, dá por sentado que el proceder de la
muchacha al venir a la capital se debe a haber recobrado la
memoria y actuado dentro de su verdadera personalidad, y
ahora, lógicamente, desea saber si ella realmente no recuer
da su encuentro con Ud.
—¡Perfectamente! —exclamó Cofresí admirado de la
penetración del viejecito.
Este se pasó varias veces la mano por la barbilla don
de apuntaban tenues puntos blancos, y tosió dos o tres ve
ces. Una sonrisa, entre irónica y dulce, que el pirata no
hubiera sospechado en él, se paseó entonces por sus labios.
—La amnesia —dijo como tratando de desviarse mo
mentáneamente de dar una contestación— es una enferme
dad rarísima y hasta médicos eminentes han dudado de su
existencia, y la han considerado mas bien como un recurso
de que se valen criminales y personas astutas para eludir
su pasado... Para mi, no me cabe duda de que existe y en
París fueron presentados varios casos a la consideración de
la Academia de Ciencias...
—Entonces, doctor —exclamó el pirata cuyo genio vi
vo no contemporizaba con las dilaciones— ¿cuál es su opi
nión precisa sobre el caso que le he referido?
El doctor miró fijamente a Cofresí y contestó con voz
grave:
—Mi opinión, de acuerdo con la medicina y con esa *
otra disciplina aplicable a toda ciencia que se llama lógica,
es, .que una persona que recobra sus facultades de recorda
ción perdidas en un accidente o por cualquier otro motivo
lo hace en toda su integridad, es decir, que adquiere de nu^-
JULIO GONZALEZ HERRERA
vo la plenitud de esas facultades mentales, y es apta para
recordar de nuevo todo su pasado.
—De modo —preguntó Cofresí ansiosamente— ¿que
Ud. cree que la actitud de la joven al ver a mi criado fue
simulada? ¿ rv v -
.—¡ Perfectamente!— contestó el doctor—Ud. puede
perfectamente comprender mi razonamiento: el cerebro, que
es una máquina, puede estar bien o estar mal. Si está mal,
tiene fallas en la memoria y en las otras facultades menta
les, pero si está bien —y el cerebro de la señorita a que Ud.
se refiere parece estar bien puesto que ya recuerda su pasa
do lejano— no hay razón para que no funcione de una ma
nera completa y normal, sin fallas, ni lagunas y recuerde
también su pasado inmediato.
Cofresí oyó como un responso cortante y lógica contes
tación del doctor. Volvió a poner la cabeza entre las ma
nos, y pareció reflexionar hondamente durante un corto
tiempo. El doctor lo miraba con una expresión no exenta
de sorpresa. Preguntó con dulzura:
—¿Está Ud. muy enamorado, verdad?
—¡Terriblemente enamorado doctor!
—¡Oh, la femme, la femme! —exclamó el médico sin
poder evitar reirse.
—Dígame doctor —dijo Cofresí entonces— ¿cuál en su
opinión será la actitud de la muchacha cuando se encuen
tre conmigo?
—Seguirá simulando no conocerle, sin duda alguna,
amigo mío —contestó con convicción el médico—. Para ella
no será demasiado difícil pues la astucia y la capacidad de
• fingimiento de la mujer es algo que el hombre casi nunca
puede sospechar, ni llegar a comprender. Ella, seguramen
te, aunque me duele decírselo, probablemente pertenece a
una familia rica y distinguida, y sólo por una fortuita cir
cunstancia, como la de la pérdida de la memoria, fué que
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
pudo entrar en la vida de Ud. y llegar a amarlo. Pero una
vez que volvió a sí misma, es decir, una vez que volvió a ser
lo que era, es muy capaz hasta de avergonzarse de haberle
conocido y de haber viajado sola con Ud. por montes y po
blados. ..
—¡Basta! —explotó el pirata sin poder contenerse.
Y a los pocos segundos, reponiéndose, exclamó:
—Ud. me dispensará doctor, pero sin darse cuenta me
ha herido en lo más profundo... En fin, le ruego que me
perdone.
—De nada tengo que perdonarlo, hijo mío —dijo el
viejecito paternalmente—, lo comprendo a Ud. perfecta
mente. Soy hombre, he vivido mucho y sé lo que es esto. A
todos, alguna vez, nos ha pasado algo parecido. ¡Oh, la
femme, la femme, es la peor calamidad que tiene la huma
nidad !
El pirata se levantó. Con disimulo puso dos monedas
de oro en el escritorio, y se dispuso a irse. Ezequiel, cuya
actual vocación por la pintura nadie hubiera sospechado
examinaba ahora por vigésima vez un cuadrito que repre
sentaba un doctor que hacía una complicada operación
en el vientre de una señora.
—Doctor —dijo Cofresí alargando su mano al médico—
le agradezco profundamente el servicio que me ha prestado.
Si tengo oportunidad volveré por aquí, y entonces continua
remos nuestra plática. Quiero que sepa que tiene en mi
un amigo.
—Lo mismo le digo yo —respondió el Dr. Durós—.
¡Siempre a su órdenes!
En el momento en que salían Cofresí y Ezequiel de la
casa del médico, el reloj de la Catedral marcaba las nueve
y diez minutos.
—Ezequiel —dijo el pirata brevemente y con voz se
ca—. ¡ Llévame a la casa donde viste a Amalia!
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡Muy bien, señor!
Y el viejo criado, sintiendo cañeras, enfiló hacia la ca
lle de Las Damas, en su parte Norte. Cuando llegaron al
edificio que ya conocemos, Ezequiel se detuvo a respetuosa
distancia y dijo al pirata:
—En esa casa de alto fué donde vi a la señorita Ama
lia...
Cofresí se acercó lo más que pudo. Examinó la casa
con mirada escrutadora. Se notaba mas alumbrada que las
demás y de su interior venía rumor de conversaciones y ri
sas. En el zaguán se veían amontonadas en un rincón unas
cajas y bultos como a la espera de que alguien las llevara a
la parte alta. A los pocos minutos varios hombres llevan
do en sus manos instrumentos de música subían las escale
ras. Después llegó un mozo y se dirigió a una de las ca
jas con la intención , de cargarla.
—Joven. —dijo en ese momento Cofresí a quien súbir
tamente se le había ocurrido una idea— ¿trabaja Ud. ha
bitualmente en esta casa, o ha sido contratado para la fies
ta de esta noche?
El mozo miró de momento al pirata y seguramente
viéndole buen talante contestó:
—Yo, señor, trabajo en la bodega de don Juan Paz en
la calle del Caño. Don Juan es el que abastece la despen
sa de don Rafael Rocha, que vive aquí. Como esta noche
tienen una fiesta, Don Juan me ha enviado para que ayude
y así al mismo tiempo me gano algo.
—¿Dónde dice Ud. que queda la bodega de don Juan
Paz?
En la calle del Caño, señor, muy cerca de la Plaza de
Armas, y muy cerca de aquí también. Ud. puede pregun
tar y cualquiera le informa.
—¡Gracias! —Y dirigiéndose a Ezequiel:— ¡Vamos!
Cofresí, seguido de su criado, se dirigió a toda prisa a
la calle indicada, y después de dos o tres tanteos pudo loca
lizar la bodega que buscaba. Estaba en la primera planta
de una casa de alto. La casa estaba cerrada, pero por las
hendijas de las puertas se filtraba alguna luz. Cofresí to
có a una de ellas y a poco un señor grueso, en camiseta, en
treabría la puerta.
—¿Es Ud. el señor don Juan Paz? —preguntó Cofresí
para abreviar— ¡Tenga la bondad de abrir!
El grueso señor accedió y a poco estaban frente a él
Cofresí y Ezequiel. Pero, de momento, el primero no su
po como entrarle. Entonces se fijó en que tenía aspecto de
extranjero, con toda naturalidad preguntó:
—Pero, ¿Ud. no es de aquí?
—No señor. Yo soy italiano.
—¿Cómo se explica, entonces, que tenga Ud. un apelli
do tan español?
El bodeguero se echó a reir.
—Aquí, señor, —dijo entonces entre una carcajada y
otra— lo descomponen todo. Mi apellido es Passi... Pas-
si... de Florencia, pero aquí me han puesto Paz!., . ¡Da
lo mismo!
Cofresí simuló dos o tres carcajadas para estar a tono
con su hombre.
—Bueno, señor Passi —dijo entrando en mater — yo
también soy extranjero y necesito un servicio de Ud.
—En lo que esté a mi alcance, señor...
—El asunto es el siguiente —comenzó Cofresí con jo
vialidad—. Esta noche, como Ud. sabe, dan una fiesta
donde don Rafael de la Rocha y yo tengo mucho empeño en
conocer a ese gran señor aunque sea de lejos. Como he lle
gado hoy no me ha sido posible hacer por conocerlo, por lo
que necesito que Ud. me envíe a la casa de él como si fuern-
un empleado suyo, al igual que el mozo que hace un rato
vi allí... ,
JULIO GONZALEZ HERRERA
El italiano se quedó mirando con sorpresa al pirata.
Después de rascarse la cabeza de una manera significativa
exclamó:
—¡Ah! ¡Oh! Pero... señor, eso es algo arriesga
do... señor, francamente no me atrevo..
—Oigame —interrumpió Cofresí acercándose mas al
bodeguero—. Yo le juro a Ud. por lo que quiera que no es
para nada malo, ni que pueda perjudicarlo. Ud. puede ver,
por mi aspecto, que soy una persona decente. Voy a estar
un tiempo en esta ciudad y necesito ir conociendo, como le
he dicho, aunque sea de vista, a diferentes personas, para
después relacionarme con ellas. Además, como no conozco
a nadie, si Ud. no me complace pasaré la Noche Buena más
aburrida de mi vida... En cambio yendo allí tomaré algún
vinito con los sirvientes... y al otro día tendría que agra
decerle a Ud. un servicio...
Cofresí, entonces, haciéndose el distraído, sacó de sus
bolsillos cuatro o cinco monedas relucientes que puso sobre
el mostrador. La vista del oro fué para el señor Passi co
mo un rayo de pura luz en las tinieblas del antro más te
nebroso. A sus labios vino una sonrisa beatífica y sus ojos
se plegaron como deben hacerlo los de los ángeles.
—Oh!, signore, —dijo von voz melosa— ¡Ud. se ha ti
tulado amigo mío, y no puedo negarle nada!
Y sin ningún miramiento, ni disimulo, empuñó las mo
nedas y las introdujo en su faltriquera. El bodeguero, en
tonces, escribió unas líneas en un papel y le dijo al pirata:
—Entregue Ud. estas líneas a la vieja Inocencia, coci
nera de la casa, y ella quedará agradecidísima de que yo le
envíe dos mozos para ayudarla en vez de uno!
Cofresí y Ezequiel volaron a la casa de la calle de Los
Gerónimos. Allí, el primero, rápidamente, se quitó sus ves
tidos y se puso unos más apropiados a la condición de sir
viente. Después, sacó de una pequeña maleta dos dagas del
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
más templado acero. Guardó una entre sus ropas y entregó
otra a Ezequiel.
—Llévala entre tus vestidos donde nadie pueda verla
—le dijo— ¡Y saca valor de alguna parte, perro viejo!
—Si señor —contestó Ezequiel con voz velada, pues
ios preparativos de su amo le estaban helando la sangre en
las venas.
En* unos minutos llegaron a la casa de la calle de Las
Damas. El pirata ordenó a Ezequiel que se quedara fren
te a ella hasta que él regresara y que no se moviera de allí
bajo ninguna circunstancia. Al llegar al zaguán, el mozo
que hemos visto antes forcejeaba para levantar una de las
cajas con una sirvienta negra y flacucha.
—Vengo de parte de don Juan Paz —dijo Cofresí al
mozo— a acompañarlo a Ud. y a ayudarlo. ¡Permítame!
Y él solo cargó la pesada caja y se dirigió a las escale
ras. El mozo lo siguió para ayudarloj
—Cuanto me alegro —dijo—. ¡Yo sólo no iba a poder
con todo el trabajo que hay aquí hoy!
Después que subieron las cajas y bultos, Cofresí inqui
rió por doña Inocencia. Esta, al cuarto de hora, salió al
rellano de la escalera, y al enterarse de que Cofresí era en
viado por don Juan Paz, lo recibió amablemente y lo llevó
a una habitación contigua a la cocina, en la cual había va
rias mesas llenas de pudines, y otros dulces, así como una
gran cantidad de licores.
Del interior de la casa llegaba un sordo rumor de con
versaciones y el bombardino y el cornetín de la orquesta
comenzaban a hacer esos típicos registros que preceden al
momento en que van a comenzar a tocar. El corazón del
pirata latía vertiginosamente, y casi como un autómata
atendía a las continuas indicaciones de doña Inocencia.
—¡Pásame esas bandejas!... ¡Que baraúnda señor!
¡Atender a mas de cincuenta invitados! ¡Y que don Ra
JUMO GONZALEZ HERRERA
fael quiere que la fiesta sea un triunfo!... ¡Cuando él se
mete en algo es para que salga bien!... ¡Oiga, Ud., vaya
trayendo todas las copas!..
Cuando doña Inocencia no pedía nada, el trabajo de
Cofres! se limitaba a destapar botellas e ir llenando copas,
que ponía en sus correspondientes bandejas. En un mo
mento en que la infatigable cocinera no estaba a la vista, se
escurrió hacia la parte principal de la casa. Después de
atravesar un amplio comedor, fué a husmear en el gran sa
lón del baile. Este estaba profusamente iluminado con
vistosos quinqués, y en las paredes, primorosamente celo
cadas en guirnaldas, había flores de todas clases y colores,
y el piso de madera, recientemente encerado, casi lucía co
mo un espejo. A la entrada de la escalera, en pié, imponen
te con sus blancas patillas, su perfil aguileno y su alta esta
tura, estaba el dueño de la casa, al lado de su esposa, una
señora casi diminuta, enfundada en un rico vestido negro
Cerca de ellos un joven correctamente vestido de etiqueta,
cambiaba frases con los dueños de la casa. Los esposos de
la Rocha recibían con gran cordialidad y cortesanía a los
invitados que iban subiendo en grupos de cuatro o cinco.
El fru-fru de las largas faldas, con su murmullo caracterís
tico, incitaba a la danza, mientras el suave perfume de las
damas y las flores inundaba el salón de una exquisita fra
gancia.
Cofresí se limitó a echar una ojeada y a volver a su
sitio. En un instante lo había visto todo y estaba en la
seguridad de que allí no estaba Amalia.
—¡Si Ezequiel se ha equivocado, lo mato! —se dijo el
pirata— aunque —agregó reflexionando mejor— ¡Ojalá
que se hubiera equivocado!
Después pensó que seguramente la muchacha vendría
más tarde, pues ostensiblemente sólo una pequeña parte
de los invitados había llegado. En cuanto a la presencia
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
de Amalia en la casa durante el día, podría explicarse por
el hecho de que seguramente era íntima amiga de las mu
chachas de la Rocha, y había ido a ayudar y a ver los pre
parativos de la fiesta, como es costumbre en estos casos.
Transcurrió cerca'de media hora. Cofresí iba ahora
cortando pedazos de bizcochos y pudines y poniéndolos en
sus correspondientes platicos. De repente, se oyó un leve
murmullo y la orquesta inició un vals, cadencioso y dulzón.
—¡Tengan listas las bandejas —dijo doña Inocencia
al mozo y a dos o tres sirvientes— para que tan pronto
termine el vals, las lleven!
Cuando el vals terminó, Cofresí se decidió a jugar el
todo por el todo. Dejaría el trabajo, se pondría en un lu
gar cercano a una de las puertas que daban al gran salón
del baile, donde pudiera ser menos visto, y desde allí vería
por sus propios ojos si Amalia estaba o no en la fiesta.
En un momento propicio se escabulló de la pieza y hábil
mente !legó a una puerta lateral que daba a la gran sala,
todavía más cercana a los grupos que en la que había estado
antes. Varios jóvenes se agrupaban frente a ella. Empi
nándose un poco pudo distinguir ahora mejor la escena.
Los hombres, los más vestidos de etiqueta y otros con seve
ros trajes de paño, se inclinaban con reverencia ante las
damas para invitarlas a bailar, mientras otras parejas, ya
en plena danza, daban al salón el aspecto de un jardín don
de revolotearan mariposas multicolores. Cofresí contem
pló todo durante un rato. Ya iba a retirarse cuando se oye
ron pasos en la escalera, y don Rafael de la Rocha, que ya
estaba sentado con otros amigos en un lugar alejado, se
dirigió a toda prisa a recibir a los nuevos invitados que
llegaban. A poco, apareció <*n la entrada, un señor de edad
madura, vestido de frac, acompañado de una señora de su
misma edad, lujosamente ataviada con un vestido color car
melita. Entre ellos, radiante de belleza y gracia, toda ves-
JULIO GONZALEZ HERRERA
tida de blanco, con una sonrisa amable y mundana en los
labios, se veía a Amalia. El pirata apoyó su cuerpo en la
pared, y adivinó que una intensa palidez se extendía por
su rostro. Al acercarse más la muchacha, pudo distinguir
perfectamente su fino vestido de corte parisién. Lucía una
primorosa gargantilla de terciopelo negro, en la cual ful
gía un rubí que irradiaba suaves destellos. En su mano el
gran abanico de plumas, que movía lentamente con gracio
sos movimientos, parecía una blanca y primorosa vela de
algún barco encantado.
Según pudo notar, la llegada de los nuevos invitados
constituía una agradable sorpresa pues los que no bailaban,
y aún parte de los que estaban entregados a la danza, diri
gieron su vista a los esposos y a la joven.
—Es Amalia Dupont que acaba de llegar del extranje
ro —dijo uno de los jóvenes que estaban cerca de Cofresí—.
¡Está soberbia! ¡Y es hija única y heredera del viejo Du
pont!
—Ezequiel no se ha engañado —se dijo Cofresí—.
¡Ahora vamos a ver que haces y cómo te portas, pirata
viejo! —murmuró refiriéndose a sí mismo.
La entrada de la joven al salón, momentos después,
ocasionó un verdadero tumulto. Los jóvenes se atropella
ron para llegar donde ella y apuntar una pieza en su car
net. La muchacha se mostraba complacida con los agasa
jos, y con unos tenía una sonrisa y con otros una frase ama
ble. El señor y la señora Dupont también recibían numero
sos saludos como si hiciera tiempo que no hubieran sido
vistos. Al fin, Amalia salió a bailar con un delgado y rubi
cundo joven que parecía orondo de su bella carga.
Volvieron a oirse pasos en la escalera y ahora subían
dos jóvenes: uno, delgado, pálido, con una mirada serena
en sus ojos claros, el otro corpulento, de gran bigote y ma
neras desenfadadas. Cpfresí reconoció en el primero al
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
joven Duarte a quien había conocido en Baní. A fin de no
ser visto por éste se ocultó lo mejor que pudo detrás del
grupo de jóvenes. Los recién llegados se dirigieron al gru
po que estaba delante del pirata. Este era el lugar más
apropiado para, sin molestar, dominar todo el salón.
El joven Duarte recibía saludos con movimientos de
cabeza de todos los que alcazaban a verlo. Algunos se acer
caban a darle la mano con cierto respeto que contrastaba
con la poca edad del joven. En cambio, su compañero ape
nas atendía a los saludos para mirar a todas partes con
viveza y decir requiebros a las damas.
Al llegar a la puerta donde estaba Cofresí otro joven
se dirigió al último.
¡ Hola Ramón Mella! —le dijo— ¿no te parece que debe
mos acercarnos a la cocina a ver cómo está la cuestión tra
gos?
—¡No es mala idea! ¡Pero no, allí viene un sirviente
con licores! —respondió el aludido.
Al acercarse la fámula con una complicada bandeja en
que había vasitos pequeños y grandes, con líquidos de va
rias clases, Mella vaciló: j
—¿Cuáles son los de ron? —preguntó al fin.
—Estos señores —contestó la muchacha señalando
unas copitas pequeñas.
Mella tomó una de ellas y el joven que le había hablado
lo imitó. En cambio, Duarte, escrupuloso y comedido, tomó,
con aparente timidez, un vaso de vino.
—jDos tipos bien distintos esos dos amigos! no pudo
menos, que comentar en su interior Gofresí, a pesar de su
angustia.
A poco, el joven Duarte hizo algo que puso a vibrar aún
más los nervios del pirata. Con un atrevimiento que no
hubiera sospechado en él, tomó una gran rosa roja que
había en una de las guirnaldas que adornaban la pared.
JUMO GONZALEZ FERRERA
Con paso comedido se dirigió al sitio, donde Amalia, ya
terminada la danza, estaba sentada entre otras jóvenes. Al
llegar a ella se detuvo reverentemente y con galante gesto
ofreció la flor a la muchacha. El pirata creyó notar que
Amalia se ruborizaba y que con todo recato daba las gra
cias al señor Duarte.
Cuando se inició la próxima danza, la muchacha, mu-
más sonriente que cuando bailaba con el joven rubicundo,
luciendo la roja flor en sus cabellos, se lanzó con Duarte
a la ligera aventura de una polka, melodiosa y alegre.
Los nervios de Cofresí no sabían si estallar o retorcerse
en una convulsión de suprema angustia. Las únicas ansias
que sentía era la de sacar su daga y caerle a cuchilladas a
don Rafael de la Rocha, a Duarte, a la muchacha, y a cuan
to títere viviente hubiere en la fiesta. Pero, acostumbrado
a dominarse, hizo un esfuerzo infinito y trató de serenarse.
Ahora ensayaba a reflexionar, y entre las brumas de su
rabia impotente y su corazón herido, surgió esta pregunta:
¿Ha reconocido el joven Duarte en Amalia al muchacho que
vió en Baní? Evidentemente no —se dijo— pues estaba ves
tida de hombre. Pero ella —seguía reflexionando— ¿lo
ha reconocido a él ? Si ha recobrado plenamente la memo
ria —y tal era la opinión del Dr. Durós— ¡sí ha debido
reconocerlo pues la fisonomía y el porte del joven eran de
las que no se olvidan fácilmente!
Pero, al fin, desistió de seguir haciendo elucubraciones
que no le conducirían a ningún fin. ¡Las raras y tremen
das circunstancias del lío sentimental en que estaba metido
no admitían conjeturas sino hechos!
v Hirviente el pecho de rabia contenida, se dirigió a su
puesto de servicio. Al verlo llegar doña Inocencia puso sus
manos en las caderas y con palabras agrias le gritó:
—¿Pero hombre de Dios, dónde estaba Ud. metido?
¡Buena pieza me ha mandado don Juan Paz! ¡Hágame el
— 142 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
favor de seguir llenando las copas! ¡Y no se vaya de aquí!
¿No ve Ud. que se van a llevar las botellas de vino?
Cofresí farfulló una disculpa y se encaminó al inte
rior de la pieza. Antes de hacer un disparate decidió echar
se al coleto algunos tragos de ron.
—La gente critica al que bebe hasta embriagarse —se
dijo—. ¡ Pero cuantas veces un buen trago ha impedido que
uno se pegue un tiro o se lo pegue a otro!
Y fiel a su atrabiliaria idea, siguió libando abundan
temente el candente líquido. Cuando había pasado una
hora, y sentía sus entrañas ardiendo como una caldera,
comenzó a razonar con esa manera de los borrachos, los
cuales hacen razonamientos perfectos pero partiendo de un
punto falso. Su pensamiento, con una insistencia terrible,
seguía fijo en el joven Duarte. Sentía unos celos terribles
de él. En vano se decía a sí mismo que el joven había he
cho lo que cualquiera, sin ulteriores intenciones, puede ha
cer: ofrecer una flor y bailar con una muchacha. Pero él
creyó advertir que ésta había recibido el homenaje con más
entusiasmo del que correspondía a una simple galante
ría. Además, aquel joven Duarte, era correcto sin afecta
ción, galante sin pedantería, y había en todo su porte un
aire de sencilla grandeza que al pirata exasperaba. Para
remachar sus turbulentos pensamientos ahora venía a su
mente la frase de Amalia en Baní, al referirse a él.
—¡Qué joven más distinguido!
Entonces, no obstante doña Inocencia y sus empeños,
se dirigió otra vez al salón. Casualidad o lo que fuera, ¡pero
Amalia estaba ahora graciosamente bailando una mazurka
con el comedido señor Duarte! El pirata esperó a que aca
baran la danza. Cuando terminó, ambos jóvenes se dirigie
ron al balcón de la casa y allí, uno muy junto al otro, con
versaron durante largo rato apartados de los demás. A
Cofresí no le quedó ya ninguna duda: entre Amalia y
JULIO GONZALEZ HERRERA
Duarte, existían relaciones amorosas o estaban a punto de
iniciarse.
Volvió a su sitio, llevando un destello de odio en los
ojos encandilados. Acarició el mango de su daga y se echó
un trago que hubiera atragantado a un gigante. El se
sentía ya como una fuerza, ciega e irresistible, que corre
a su destino sin que obstáculo alguno pueda detenerla. Se
puso en pie y volvió a su lugar de observación. Ahora la
joven, dejaba a su acompañante en el balcón y se dirigía
a un saloncito que había en una parte lateral del salón. El
pirata dedujo que era un cuarto tocador donde las damas
iban a arreglarse pues había visto a otras entrar y salir de
él, con frecuencia.
Tomó rápidamente una resolución. El tenía que ha
blar con Amalia costare lo que costare. Tomó unas copi
tas, las puso en una bandeja, y se encaminó a la única puer
ta de salida del saloncito. Sin separarse mucho de ella
ofreció licores a algunos jóvenes y damitas que por allí
estaban. Dos de estas, casi apartadas de los grupos, soste
nían una animada conversación.
—Amalia debe haber visto muchas cosas en París...
i Imagínate, hija, que allí las bailarinas salen con la falda a
las rodillas!...
—¡Qué desvergüenza!
—A los hombres les interesa mucho las piernas de las
mujeres. Un enamorado que tengo le pagó a mi sirvienta
para que le dijera si yo las tenía gordas o flacas...
—¡Cua! ¡Cua! ¡Cua!...
El pirata, cuya presencia no era percibida por las da-
mitas por estar semi-oculto tras una cortina, no pudo menos
que sonreír. A los pocos minutos salía Amalia. Con deci
sión, el pirata se le acercó y plantándose frente a frente
a ella, dijo con voz que a su pesar, le salió ronca y desapa
cible:
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Señorita —tome una copita de vino...
—No, gracias —dijo la joven sin ni siquiera levantar
la vista.
—Señorita —dijo Cofresí insistiendo nerviosamente—
¡el señor Duarte me ha encargado que le ofrezca esta copi
ta de vino!...
—¡Ah! ¿Sí? —contestó la joven sonriente—. Y con
un mohín de agrado tomó el licor y lo sorbió lentamente.
El pirata estuvo a punto de estrellar la bandeja en el
suelo y lanzar un torrente de maldiciones. Pero cayó en la
cuenta de que la muchacha no lo había mirado siquiera.
—¡Amalia —dijo entonces apasionadamente— es po
sible que sea Ud. tan ingrata e hipócrita para haber olvi
dado todo lo de Baní!...
La muchacha levantó la vista, y al ver la faz lívida y
congestionada del pirata, donde los ojos parecían dos car
bones encendidos y la respiración el jadeo de una bestia
ensoberbecida, hizo un gesto de indecible sorpresa y desa
grado. Luego, dejando la copita precipitadamente en la
bandeja volvió a entrar al cuarto tocador.
La orquesta en ese momento preludiaba una danza que
fue como enviada por Dios para poner un mínimo de sedan
te en el alma furiosa y lacerada del pirata. Con paso rápi
do, sin ver a su alrededor sino unos círculos rojos y blancos
que danzaban ante sus ojos, ebrio de alcohol y de rabia, se
dirigió como un vendaba] a su cuarto de servicio. Apenas
oyó a doña Inocencia, que en su ciática actitud de desagra
do, con las manos en la caderas, le decía:
—¡Ah! ¿Con que se volvió Ud. a ir?...
—¡Mire vieja idiota! —le vociferó— ¡Puede Ud., el
baile y don Rafael de la Rocha irse al diablo!
Y tirando la bandeja al suelo con gran estrépito, tomó
su sombrero, y como un huracán se dirigió a la escalera
de salida. *
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡Ese hombre está borracho! —comentó la más vieja
de las fámulas.
—¡Mañana iré donde Juan Paz —se limitó a decir
doña’ Inocencia— para, que me diga qué clase de loco es que
me ha enviado aquí!
Al llegar a la calle el pirata distinguió a Ezequiel, que
como un soldado al pié de su bandera, estaba en el mismo
sitio en que lo había dejado. El viejo criado al ver a Co
fres! dió un suspiro de satisfacción. Hacía ratos que espe
raba ver que la casa ardía o se desplomaba en un terre
moto.
—Ezequiel —dijo el pirata con ronca voz tan pronto
llegó donde éste—. ¿Conoces alguna taberna en esta ciudad
que pueda estar abierta a esta hora?
—Por los lados del río hay algunas, señor.
La nerviosidad de Ezequiel había disminuido al ver
regresar a su amo. Pero ahora volvía a preocuparse al
conjeturar cuales nuevos planes bullirían en su cerebro
ofuscado.
—Señor —dijo entonces tímidamente—. ¡Son las dos
de la madrugada!
El pirata dió un zapatazo en la dura tierra de la calle
y contestó groseramente:
—¡ No te he preguntado la hora! ¡ Pero sí tienes ganas
de acostarte puedes largarte!
El viejo criado sintió ganas de llorar. Quería profun
damente a su amo y le llegaba al corazón que lo tratara de
aquel modo. Pero comprendía que estaba ebrio y con el peso
de una tremenda angustia en su ánimo. ¿Qué habría pasa
do en la fiesta?
—De ningún modo señor —contestó con voz compun
gida— ¡ Le acompañaré a Ud. hasta el infierno que sea!
Bajaron una gran cuesta y llegaron a las orillas del
río. Tres o cuatro balandros se mecían acompasadamente
LA GLORIA LLAMO OOS VECES
en las turbias aguas, mientras de cuando en cuando se oía
el agudo pito de algún sereno. De los tugurios cercanos al
río. llegaban gritos y discusiones de borrachos. En el que
pareció más tranquilo, entraron los dos hombres. Era una
especie de bodega atendida por un negro de aspecto repul
sivo. En un saloncito de la parte atrás del mostrador se
veían algunas mesitas junto a las cuales había toscas sillas
de maderas y cajones vacíos.
Tomando asiento frente a una de las mesitas el pirata
gritó con voz ronca al bodeguero:
—¡Traiga aguardiente!
Sin hacer un gesto, mudo como la esfinge de la ira,
el pirata fué tomando a cortos intervalos, trago tras trago.
Ezequiel, silencioso y muerto de angustia, miraba fijamen
te a su amo. ¿Cómo es posible —se decía— que un hombre
de su temple pueda ponerse así por una mujer?
Mientras tanto, entre las brumas del cerebro del pira
ta, surgían, como un torbellino siniestro, las ideas y juicios
sobre lo que le estaba sucediendo.
—¿Me reconoció o no Amalia cuando le hablé? —se de
cía—. ¿Su gesto fué de asombro al reconocerme o de sim
ple sorpresa ante un rostro congestionado por el furor y
ante mi actitud? ¡Me reconoció, sin duda, la muy hipó
crita y fingió sorpresa y desconcierto para evitar una con
testación! Y las palabras del doctor Durós martillaban en
sus oídos: “La astucia y la capacidad de fingimiento de la
mujer es algo que el hombre casi nunca puede sospechar
ni llegar a comprender, amigo mío”. ¡Si, la muy maldita,
ahora, en su posición de princesita mimada de la sociedad,
se arrepentía de haberlo conocido y de haberlo querido, a
él que la salvó de los haitianos y le ofreció su amor y su
vida! ¿Y para qué? Para ser admirada por un grupo de
mozalbetes necios y amanerados y para ser amada por el
inefable señor Duarte, con su mirada tierna de manso cor-
JULIO GONZALEZ HERRERA
derito! ¡ Y como se sentía odiar a este impoluto señor Duar-
te con su actitud de apóstol ir reden to ’. ¡ A que no era capaz
ni siquiera de cambiar con él dos buenos pistoletazos en
defensa de su dama!
Al tomar el último trago de la botella, la cabeza del
pirata se dobló, y se apoyó en la mesa. Pero buen conocedor,
aún estando borracho, del proceso de su propia embriaguez,
dijo a Ezequiel, con la lengua estropajosa:
—¡Si a las siete de la mañana aún estoy durmiendo,
despiértame!
El fiel sirviente asintió y se quedó velando el intran
quilo sueño de su amo. El también dió unas cabezadas,
pero cuando, transcurrido el tiempo, se oyeron 6¡ete cam
panadas en el reloj de la catedral, lo despertó. El pirata
se desperezó con prontitud, se restregó los ojos, miró en
derredor, y dándose cuenta de la situación, gritó al bode
guero que seguía impasible tras su mostrador:
—¡Traiga más aguardiente!
Viéndolo más tranquilo, el viejo criado se decidió a
hablarle sobre algo que ya tenía en la mente desde la noche
anterior.
—Mi amo —le dijo con voz que trató de hacer persua
siva—. Dispénseme que me meta en sus asuntos, pero ¿no
cree Ud. que deberíamos ir a Baní a fin de que Ud. inquie
ra las circunstancias en que la señorita se trasladó a la ca
pital? ¡ Después de todo Ud. no sabe nada sobre los motivos
que tuvo para venir, ni cómo sucedió todo! ¿Qué le parece?
—No, Ezequiel —respondió el pirata, a quien el sueño
había sosegado un poco—. No hay necesidad de tal cosa.
Lo que debe haber sucedido me lo sé de memoria: el’.a reco
bró la memoria perdida, decidió dar al olvido su aventura
de unos días, hizo avisar a sus familiares para que fueran
a buscarla, o sin aviso se trasladó a donde ellos. He oído
decir en la fiesta que ella y sus padres estuvieron reciente-
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
mente en el extranjero. Quizás desembarcaron en Haití, en
escala desde Europa, para venir por tierra desde allí, y en
algún momento fué raptada por los hatianos. Su actitud
es muy sencilla y muy lógica para un corazoncito femenino
frágil y veleidoso. Y ensayando bromear. agregó: Ya lo
dijo el poeta, Ezequiel: Fragilidad, tiene hombre de mu
jer !”
• Ezequiel nada respondió. El pirata se quedó pensativo
un momento. Luego llamó al bodeguero y cuando lo tuvo
cerca preguntó:
—¿Puede Ud. decirme donde vive la familia Duarte
en esta ciudad?
—¿Se refiere Ud. al joven Juan Duarte, que se ocupa
de política y que tiene con su padre un negocio de ferrete
ría?
—¡Justamente!
—Pues vive muy cerca de aquí, señor. Camine dos o
tres cuadras en dirección al centro de la ciudad y encontra
rá la casa de ese individuo muy cerca de la subida de la
Atarazana.
—¡ Gracias!
Y el pirata, ante el asombro del bodeguero y de su pro
pio criado, en tres tragos brutales, con muy cortos inter
valos, se tomó la media botella de aguardiente.
Entonces, pagó con largueza el consumo. Luego arre
gló un poco sus ajados vestidos, acomodó mejor su daga
entre camisa y cuerpo, y seguido de Ezequiel, impes’lble y
trágico, se dirigió a la casa de Juan Pablo Duarte.
DE HOMBRE A HOMBRE
Cuando Cofres! y Ezequiel llegaron cerca de la esquina
de la Atarazana distinguieron una casa de alto, de regular
tamaño, en cuya parte baja había un negocio que evidente
mente era de ferretería. Un anciano en ese momento aca
baba de abrir las puertas del establecimiento. El pirata
dedujo que la familia Duarte debía vivir en los altos y se
dirigió, seguido de su criado, al amplio zaguán que estaba
en el lado izquierdo de la casa. Antes de subir las escaleras
dijo a Ezequiel:
—¡Espérame aquí afuera!
En el rostro de Cofresí, aparentemente tranquilo, ha
bía un sello de maldad y ofuscación tal, que sobresaltó una
vez más a su criado. Este conocía muy bien a su amo y
sabía que estaba en el apogeo de una embriaguez tremenda
que le descontrolaba los nervios y le desquiciaba el cerebro.
En ese estado lo había visto otras veces, y sabía que dentro
de él hacía sus mayores disparates y locuras. Pero sabía
también que nada podía hacer para detenerlo, pues enton
ces se despertaba en él una ira tremenda en que era capaz
hasta de matarlo. Por suerte, estas crisis alcohólicas que
JULIO GONZALEZ HERRERA
el mismo pirata tenía gusto de procurarse, en situaciones
críticas, eran poco frecuentes. El criado se recostó junto
a la puerta y se decidió a esperar. Sería lo que Dios qui
siera.
Cofresí, mientras tanto, subía con lentitud la escalera.
Al llegar a la parte alta tocó con rapidez y decisión en la
puerta que estaba al término de aquella. A poco, esta se
abrió y una joven, de buen aspecto, se presentó ante él.
—¿Sería posible ver al señor Juan Pablo Duarte?—
preguntó el pirata con estudiada tranquilidad.
—¿No le sería posible venir un poco más tarde, se
ñor? —dijo amablemente la joven. El estuvo anoche en
una fiesta y se acostó muy tarde...
—Señorita, es para un asunto urgente. Tenga Ud. la
bondad de llamarlo.
—Si es para algo urgente, pase y siéntese. Permítame
su sombrero —dijo la joven.
Esta hizo entrar a Cofresí a una sala. Después se di
rigió al interior de la casa. Mientras tanto Cofresí mira
ba, con torva mirada, los detalles de la habitación en que
estaba. Los muebles eran de mimbre y una pequeña alfom
bra se veía en el centro de ella. En las paredes había cua
dros y retratos, y en un lado un gran candelabro con cuatro
bujías.
Al cabo de un cuarto de hora, se presentó nuevamente
la joven.
—¡Dice Juan Pablo que puede Ud. pasar!
El pirata siguió a la joven a un saloncito que tenía
todo el aspecto de una biblioteca: varios estantes con libros
se veían junto a la pared, así como un gran dibujo hecho
a mano que parecía ser el mapa de una isla, y otros varios
cuadros y pinturas. En el centro de la habitación, sentado
frente a un gran escritorio de cedro, se veía la serena figu
ra del joven Duarte. Este levantó la vista tan pronto entró
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
el pirata, miró un momento inquisitivamente su rostro y
jovialmente exclamó:
—¡Ah! ¡Es un placer! ¡Si no me engaño, es Ud. el
señor extranjero que conocí en Baní!
Pero Cofresí no estaba para expansiones de este género
Simulando no ver la mano que Duarte le tendió, con gesto
ceñudo, se quedó inmóvil frente al escritorio. Al ver que
la joven que lo había conducido allí, aún estaba en la habi
tación, exclamó con gesto de contrariedad, mirándola sig
nificativamente:
—Es mi deseo hablar en privado con Ud. señor!
Duarte. confuso, comprendió, sin embargo, la inten
ción de las palabras de su extraño visitante, y con una son
risa dijo a la joven:
—Rosa, ten la bondad de esperarme afuera. Este
señor tiene que tratar conmigo algo en privado.
La joven, con evidente disgusto, salió de la habitación
sin decir una palabra.
—Puede Ud. sentarse —dijo Duarte a Cofresí, seña
lándole una silla—. ¡Y estoy a sus órdenes!
—¡Señor Duarte —dijo entonces el pirata con un
retintín irónico y quedándose en pie—. Sé que Ud. va a
extrañar mucho el motivo de mi visita y yo mismo me admi
ro de que el destino, Dios, las circunstancias, o lo que fuere
nos hayan puesto frente a frente y en uno de esos trances
en que uno de los dos está evidentemente demás...
Duarte hizo un gesto frunciendo boca y nariz, mien
tras sus ojos se entrecerraban como para captar mejor el
sentido de las palabras inesperadas de su raro visitante.
—Se trata —continuó el pirata, quien sentía en sus en
trañas unas ansias irresistibles de ultrajar y humillar a
aquel hombrecito de cualquier modo— de la señorita Ama
lia Dupont con quien bailó Ud. anoche y a quien Ud. fes
teja públicamente. ¡Pues bien, sin más ambajes le diré
— 153 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
que también pretendo a esa mujer, y que ni Dios que baje
del cielo sería capaz de quitármela!...
La sorpresa que expresó el rostro de Duarte no es pa
ra describirse. Su cara palideció ligeramente y con un
movimiento indeciso se levantó con lentitud. Estuvieron
¡os dos hombres unos segundos contemplándose frente a
frente. Cofresí, con el rostro congestionado por la rabia y
la maldad. Duarte. con una expresión inaudita de asombro
e indignación.
—No sé quién es Ud., ni lo que se propone, señor ex
tranjero —contestó al fin el último con dignidad— pero le
advierto que no tolero que nadie se meta en mis asuntos y
menos en la forma grosera que Ud. lo hace....
—Es que por una rara coincidencia —exclamó Cofre-
sí, interrumpiéndole—algunos de sus asuntos son también
asuntos míos. Por ejemplo, el de la linda y rica señorita
Dupont... ¿O es que se cree que no tengo tanto derecho co
mo Ud. a pretenderla?
—Me causa gran extrañeza que la señorita Dupont ha
ya podido tener relaciones, aunque solo hubieran sido de
amistad, con una persona que se conduce como lo hace Ud.
—No tengo, quizás, señor Duarte —replicó entonces
el pirata lentamente y siempre en su tono mordaz— la gran
distinción y educación de un acicalado señorito como Ud.,
pero tengo otras cualidades que mucho necesitan los verda
deros hombres y que quizás a Ud. le faltan... El valor, por
ejemplo...
El rostro de Duarte ahora enrojeció como la púrpura
e hizo un movimiento como para llevar la mano a su cin
tura. Cofresí, a su vez, acarició la empuñadura de su da
ga. Duarte, disimulando el gesto, se llevó Ja mano a la bar
billa, y entrecerró los ojos nuevamente, en un gesto carac
terístico en él. Como a quien se le ocurre repentinamente
una idea, hizo un movimiento con la mano derecha.
• •
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Le advierto, señor desconocido —dijo entonces— que
si ha sido Ud. enviado por mis enemigos para provocarme
pierde su tiempo. ¡ Sólo me resta hacerle saber que con mu
cho gusto vería que saliera inmediatamente de mi casa!
—¡Ah! —respondió el pirata lanzando una carcajada
atroz—. ¡Tiene Ud. miedo! ¡Ya me lo imaginaba!
Duarte, violentamente, caminó hacia el pirata con los
puños cerrados en actitud de agresión. Cofresí echó un
pié atrás y se dispuso a esperarlo arrogantemente.
Pero entonces la entreabierta puerta del despacho se
abrió completamente y entró en la pieza un joven mesti
zo, fuerte y musculoso. Al parecer había oído todo, pues
dijo a Duarte con decisión:
—¿Me necesita Ud. señor?
Ambos hombres contuvieron sus ímpetus y Duarte
contestó al joven:
—No, Manuel, no te necesito. Puedes retirarte.
El joven salió, pero ostensiblemente, dejó la puerta
entreabierta.
Cofresí, mientras tanto, había sacado una tarjeta de
su faltriquera. Con gesto desdeñoso la tiró en el escrito
rio de Duarte, y dijo con sorna:
—No sé si en su país los caballeros acostumbran a ba
tirse. Pero hoy mismo le enviaré mis padrinos y espero
que no rehuya combatir por su honor y por su dama.
E imitando burlonamente un caballero de la Edad Media,
se cuadró, giró sobre sus talones y dando recios taconazos
se dirigió hacia afuera.
Duarte se desplomó en su silla. . Jamás en su vida
pensó que hubiera podido ser actor en una escena como
aauella. Al instante entró en la habitación la joven Rosa a
quien ya hemos visto anteriormente. Al parecer, también
se había enterado de lo sucedido, pues estaba pálida y an
siosa.
JULIO GONZALEZ UEItKERA
—¿Qué ha pasado Juan Pablo? —preguntó con voz
trémula.
—Nada, hermanita —respondió el aludido—. No te
preocupes. Manda a Manuel —refiriéndose al mestizo— a
casa de Ramón Mella y que le diga de mi parte que si puede,
venga inmediatamente aquí.
La joven, sin disimular su nerviosidad, fué a cumplir
el encargo. Duarte se sentó en su escritorio, y se puso a es
cribir en un gran cuaderno.
Pasó media hora. De pronto lá figura corpulenta y
campechana de Ramón Mella apareció en la biblioteca co
mo caída del cielo. Quitándose un gran cigarro que lleva
ba en la boca preguntó a Duarte, sin siquiera saludarlo.
—¿Hay alguna novedad?
—Siéntate —se limitó a responderle Duarte.
Pero Mella no podía ocultar su impaciencia. Al pare
cer también sabía lo sucedido.
—He sabido —dijo sin poder contenerse— que ha es
tado aquí un loco o un borracho a desafiarte...
Duarte hizo un gesto de impaciencia y contestó con
gravedad:
—Por Dios Ramón, si te he llamado es para informar
te. Así es que escúchame con calma y después me darás tu
opinión.
Y entonces relató a su amigo, hasta el último detalle,
todo lo relativo a la visita de Cofresí.
Durante el relato Mella se revolvía en su asiento, y ai
terminar su interlocutor exclamó:
—Yo hubiera querido estar aquí para haberlo sacado
a patadas a la calle!...
—No —reflexionó Duarte—. Tu sabes que un escán
dalo es lo que menos nos conviene. Debemos alegrarnos
de que las cosas hayan sucedido como han sucedido.^ Lo
LA GLORIA LLAMO DOB VECES
que deseo es que le avises a Francisco Sánchez para que es
tén listos por si el loco ese insiste en el duelo.
—¡No! ¡No! —dijo a su vez Mella con vehemencia—
Creo que nuestros enemigos te están provocando delibera
damente y no debemos darles gusto. No debes batirte. El
tipo ese debe ser un matón de oficio. Yo me encargaré esta
noche de localizarlo y con algunos de los amigos le daremos
una pela de sable que se acordará para toda su vida.
—De ningún modo —interrumpió Duarte—. No es
toy seguro que el hombre sea un loco, y me ha provocado y
desafiado en tal forma que mi dignidad no me permite
rehuir el duelo. Además, ha hablado de Amalia en tal for
ma que no tengo la seguridad de que no sea ella, al fin y
al cabo, la causa de todo.
—¿Y que puede tener que ver la señorita Dupont con
un hombre de esa calaña? —preguntó Mella.
—No sé—respondió Duarte—, pero en todo esto vis
lumbro algo misterioso que no está a mi alcance descifrar.
Sólo deseo que guardes discreción, no vayan los viejos a
enterarse... y que avises a Francisco. Espero, como ami
go. que me complacerás.
—¡Está bien! —se limitó a contestar MelJa, quien
comprendió que la resolución de su compañero era irrevo
cable.
• Los dos amigos se quedaron en silencio. Mella, como
para aligerar un poco la tensa atmósfera, preguntó a Duarte
momentos después:
—¿Y cómo van tus asuntos con la señorita Amalia?
Duarte sonrió con cierta amargura.
- —Nuestras relaciones —contestó— no se han forma
lizado todavía y no pienso formalizarlas hasta que no se re
suelvan todos nuestros asuntos. Me he dado en cuerpo y
alma a mi patria, y ella es para mi primero que todo.
JUUO GONZAAKZ HERRERA .
Mella no pudo menos que estrechar la mano de su ami
go en un gesto de solidaridad y comprensión.
—‘Eres un grande hombre y no lo sabes —murmuró.
A poco rato Mella se despidió quedando en volver con
Francisco Sánchez después del mediodía, a fin de pasar la
tarde juntos en espera de los acontecimientos.
Mientras tanto, si nos trasladamos a una casa baja de
la calle de Los Mártires, veríamos llegar a ella todo agitado
al mestizo Manuel, poco después del momento en que Cofre-
sí se retiraba de la casa de Duarte.
Al llegar a Ja casa referida se detuvo, dió varios gol
pes en la puerta con una anilla que colgaba de ella, y a po
co una sirvientica de color abría la puerta.
—¿Está la señorita Amalia? —preguntó con cierta
premura.
—Sí, señor.
—Pues dígale que Manuel, de la casa de don Juan Pa
blo Duarte, quiere hablar con ella un momento.
El mulato, cuyos ojos denotaban viveza y decisión, mi
raba* de un lado a otro de la calle, como quien tiene el te
mor de ser visto.
A los pocos minutos la sirvienta hizo pasar al joven
a una sala lujosamente amueblada, en uno de cuyos cana
pés estaba sentada muellemente Amalia, luciendo un ligero
vestido de muselina y con su cabello suelto sobre la espalda.
—¿Qué te trae por aquí Manuel? —preguntó con jovia
lidad al mestizo tan pronto éste entró en la sala.
—Señorita Amalia —dijo el joven con ansiosa voz—
no sé si debo hacer lo que estoy haciendo. Pero ha sido Ud.
tan buena conmigo que me he creído en el deber de venir
a informarle de algo que acaba de pasar en la casa de don
Juan Pablo...
—¿Pero qué es lo que ha pasado, hijo? ¡Habla, por
Dios! —exclamó la muchacha con impaciencia.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
E¡ mulato, sin omitir detalle, contó entonces a Amalia
lo que oyó desde su observatorio de la puerta entreabierta.
—Como al parecer todo ha pasado por causa de la se
ñorita, y como sé que don Juan Pablo no va a decirle nada
—concluyó el mestizo con franqueza— he creído que io me
jor era venir a informar a Ud...
Durante todo el relato la joven había escuchado con sos
tenida atención al mestizo. A medida que éste avanzaba
en su -elato su semblante iba revelando un disgusto y un
desconcierto tan inauditos, que hubo un momento en que
puso su linda faz entre las manos y pareció que iba a rom
per a llorar. Pero sólo dos gruesas lágrimas salieron de
sus ojos que ella secó con un fino pañuelo de batista.
En el momento en que Manuel terminó de hablar una
anciana, de color indio, perteneciente al servicio de la ca
sa, se acercó a Amalia.
—Señorita —dijo con voz trémula— Joseph está cada
vez peor. Ya casi no puede hablar. El quiere que Ud. vaya
a verlo pues parece que tiene algo muy importante que de
cirle. ..
La muchacha se puso en pié con presteza y dijo al
mestizo con palabras atropelladas:
—Oye, Manuel, ahora no puedo seguir atendiéndote,
pues Joseph, mi viejo criado, está moribundo y debo estar
a su lado. Lo que deseo es que si ese señor insiste en el
duelo vengas por aquí a todo escape a comunicármelo...
así es que ya sabes...
—Muy bien, señorita. Por mi parte le ruego no diga
a don Juan Pablo que he estado aquí, ni lo que le he con
tado. .. No me lo perdonaría.
—Descuida.
La muchacha se internó en la casa y Manuel corrió a
toda velocidad a la casa de la Atarazana.
Mientras tanto, en la casa de la calle de Los Geróni-
JULIO GONZALEZ HERRERA
mos, Cofresí, aún trémulo de rabia y de celos, estaba fren
te a una mesa en la que se veía una gran damezana de la cual
vaciaba vino en una gran taza de porcelana. Cada vez que
apuraba de un golpe la taza, Ezequiel, sentado cerca de él.
viraba los ojos hacia el cielo como pidiendo misericordia.
—¡ Menos mal que ahora toma vino! —se le oyó mascu
llar entre dientes.
Alrededor de ‘las cinco de la tarde llegó Juan, con dos
hombres, trayendo en una carretilla de mano un gran baúl.
Una vez que fué entrado éste a la casa el joven se presentó
ante su amo.
—Todo ha salido bien —dijo con prontitud— y si he
regresado tan tarde ha sido porque estuve largo tiempo
para poder llegar al barco, por estar el mar muy picado...
Mauricio y los demás están bien y conformes y solo desean
que Ud. regrese pronto.
—Juan —dijo entonces el pirata como si no hubiera
oído nada de lo que le estaban diciendo—. Te trasladarás
inmediatamente con Ezequiel a la casa de un señor llama
do Juan Pablo Duarte, en la Atarazana, Ezequiel sabe don
de es. . Después concertarás con los padrinos que él de
signe todo lo relativo a un duelo que he de tener con él...
Dejo los detalles del asunto a tu buen juicio... ¡Arran
quen ’ —concluyó con voz áspera al ver que el joven se que
daba como alelado frente a él.
Juan sólo pudo articular un “sí señor”, y entre conten
to y perplejo se encaquestó el sombrero, y seguido de Eze
quiel salió a la calle. En el trayecto el viejo criado refirió
al joven todo lo sucedido en aquellas últimas horas memo
rables.
—¡Lo que yo no entiendo —repetía Ezequiel— ni en
tenderé nunca, es como un hombre puede ponerse así por
una mujer!
Juan al enterarse de lo sucedido rió de gozo.
160 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—¡Estas son las aventuras que a mi mas me gustan!
—exclamó dando una tremenda palmada en la espalda del
sufrido Ezequiel.
Cuando la joven Rosa hizo pasar a Ezequiel y a Juan
a la biblioteca de Duarte, estaban allí, además de éste el jo
ven Mella, otro joven de color indio muy oscuro, cara re
donda y gruesos labios. Cuando llegaron los emisarios de
Cofresí, Duarte, que parecía querer abreviar lo más posible
la entrevista, se puso en pié.
—Digan a ese señor —exclamó refiriéndose a Cofre-
sí— que si está de acuerdo el duelo puede ser a pistola, pa
sado mañana, a la entrada del camino de Güibia. Quiero»
que se le aclare que si no pongo la fecha de mañana es por
que tengo importantes asuntos que despachar antes... Es
tos son mis padrinos, Ramón Mella y Francisco del Rosa
rio Sánchez.,.
Estos, sentados, hicieron una ligera inclinación de ca
beza que fué contestada por Juan.
Este entonces asintió con gran prosopopeya.
—Como padrinos del señor Roberto aceptamos las con
diciones —dijo—. Lo único que resta es retiramos... Pa
sen buenos días, señores.
Ninguno contestó el saludo.
Sin embargo, cuando Juan y Ezequiel se hubieron ido,
el joven que respondía al nombre de Francisco Sánchez, de
cía a sus compañeros, entre serio y risueño:
—¡Vivir para ver! ¡Todo lo que está sucediendo pare
cen cosas de novela de A. Dumas.
Mientras todo esto sucedía, el mulato Manuel, como
una bala disparada, se dirigía a la casa de 'Amalia en la ca
lle de Los Mártires. Regresó alrededor de las tres de Ja
tarde y se dirigió inmediatamente a ver a su amo.
—Señor —le dijo tan pronto estuvo frente a él— voy
I
JULIO GONZALEZ HERRERA
a rogarle me dé permiso por dos días pues he recibido no
ticias de que mi mamá está muy grave en Haina...
Después de hacerle dos o tres preguntas, Duarte con
cedió al joven lo que le pedía. El muchacho, que parecía
í; hecho para las grandes velocidades, volvió a salir a toda ca
Ki,
rrera en dirección a la casa de los Dupont. Amalia lo espe
raba en la puerta de su casa en compañía de otro mestizo
1 de más edad que Manuel.
—¡Vámonos ahora que papá y mamá no están aquí!
Gran sorpresa van a recibir cuando vean mi carta — dijo
la muchacha entre pesarosa y decidida.
rú
—¿Cómo ha seguido Joseph? preguntó entonces el
mestizo.
—Ha mejorado algo —contestó la muchacha— y el
médico dice qÜe vivirá unos días más.
Entonces, los tres se dirigieron con gran prisa a una
parte de la ciudad, en el lado Norte, conocida con el nombre
de La Fagina. Allí, en un amplio patio donde se veían va
rios establos, había tres cabalgaduras, ensilladas y con los
aperos necesarios para un largo viaje.
El mulato de mayor edad examinó brevemente las
monturas y dijo a Amalia.
—Tome Ud. la bestia, señorita.
x*- Esta, con una agilidad que nadie hubiera sospechado
!¡£* en ella, montó el animal y lo hizo caracolear como para apre
ciar su paso. Manuel y su compañero subieron a los otros
dos caballos. A poco la pequeña comitiva se dirigía, casi
al galope, hacia la salida de la Ciudad por la parte oeste.
En la prima noche estaban en la casa de Duarte, con •
éste, sus amigos Mella y Sánchez, y los jóvenes Serra, Gon
zález y Pina. Al parecer Duarte daba instrucciones a sus
amigos pára el caso de que perdiera la vida en el duelo.
— 162 —
•»¿i j ■_
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Dos días después, cuando aún no había asomado el sol
su rojiza faz por el oriente, los madrugadores habrían po
dido ver dos grupos de jóvenes que por diferentes calles se
dirigían hacia la parte suroeste de la ciudad. Ambos gru
pos llegaron casi al mismo tiempo a un lugar denominado
Sabana del Estado, a la entrada del camino de Güibia.
Cuando los dos grupos llegaron al lugar mencionado se sa
ludaron ceremoniosamente. Cofresí estaba vestido con una
casaca corta de tejido claro, y calzaba largas botas de cuero.
Duarte, enfundado en un casaquin de paño negro que con
trastaba con la blanca camisa de lino sobre la que se veía
una complicada corbata con'un enorme lazo.
Mientras los padrinos se ponían de acuerdo sobre las
armas, Duarte y Cofresí, a prudente distancia uno de otro,
miraban las azuladas ondas del mar Caribe, con sus blancos
penachos de espuma, donde de cuando en cuando saltaban
sábalos gigantescos. El verde prado, frente al camino de
Güibia. estaba tapizado en parte de campánulas moradas y
aquí y allí pastaba algún cuadrúpedo soñoliento. La con
templación fué interrumpida por la voz de Francisco Sán
chez, quien en tono grave dijo:
—Antes que se efectúe este duelo, es nuestro deber ver
si hay la posibilidad de que los contendientes se reconci
lien. En realidad.;.
—¡No hay reconciliación posible! —rugió el pirata con
voz cavernosa.
—¡ Ni yo he autorizado a que se haga tal petición! —re
plicó Duarte con altanera voz.
Ni Mella, ni Sánchez parecían entendidos en cuestiones
de duelos. Así es que dejaron actuar al joven Juan, quien,
meticulosamente, en la parte más llana del prado, había
contado veinte pasos en línea recta. En uno y otro extre
mo de la imaginaria línea puso dos piedras como para indi
car el lugar en-que debían colocarse los duelistas. Las ar-
JULIO GONZALEZ HERRERA
mas habían sido ya examinadas por cada parte, y Juan po
sesionado de su papel de director, dijo a los contrincantes:
—Como es de uso en estos casos, cada uno de Uds. se
colocará en su respectivo sitio, de espaldas al otro, con el
arma cargada y preparada.. . Yo contaré... uno... dos...
tres. Al decir, dos, Uds. deben girar sobre sus talones y po
nerse uno frente al otro. Al decir tres, deben disparar...
Mella y Sánchez dieron un abrazo a Duarte mientras
Cofresí sonreía cínicamente ante tales demostraciones.
Duarte estaba ligeramente pálido, pero había en todo su
continente una triste majestuosidad que impresionaba.
Cuando iba a dirigirse a su sitio, Mella sacó de su bolsillo
trasero una pequeña botella de licor. >
—¿Quieres animarte con un traguito? —dijo solíci
tamente a su compañero.
—¡No, gracias! —contestó Duarte con entereza. •
Cuando los contrincantes estaban ya en su sitio, de es
paldas uno al otro, el sol comenzaba a asomar por el orien
te y en los arbustos cercanos revoloteaban ciguas y ruiseño
res. Ezequiel, de pié en las cercanías de la costa, se santi
guaba con rostro compungido.
—¡Listos! —gritó Juan con potente voz—. ¡Voy a
comenzar a contar!...
En ese momento se oyó el ruido de dos cabalgaduras
detrás de la arboleda que limitada con el pradito.
—¡ Uno!... —gritó Juan.
—¡ Dos!... —gritó a los pocos segundos.
Los duelistas se pusieron uno frente a otro con las ar-
«A®« de disparar.
los labios del joven iban a pronunciar el
irrumpieron violentamente en la escena,
o escape hacia el lugar donde estaban los
I imprevisto suceso Juan ahogó en sus la-
labra, mientras los demás miraban ansio-
164 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
sámente a los que llegaban. Pero la irrupción había de com
plicarse más con la llegada de otros dos jinetes y los espec
tadores comenzaron a asombrarse al notar que se trataba
de dos mujeres. La que iba delante, miró rápidamente a
los circunstantes y se dirigió resueltamente a Cofresí:
—¡Roberto! —exclamó.
Era Amalia.
El adjetivo necesario para calificar la sorpresa reci
bida por el pirata no existe en lenguaje humano alguno. Su
rostro se contrajo en un violento espasmo de asombro, con
tento. confusión y duda, y su brazo con la cargada pistola,
se bajó lentamente. La faz de Duarte palideció mientras
los demás no sabían que pensar.
La joven vestía traje de montar, tenía su piel sudorosa
y todo su rostro denotaba fatiga y ansiedad.
—¡Roberto! —volvió a decir con voz trémula, mientras
se bajaba de su caballo—. Y sin perder un segundo corrió
hacia el pirata y se colgó de su cuello.
Aquella escena imposible era contemplada por
Duarte con un rostro que había adquirido de momento una
palidez cadavérica y por un Ezequiel que se restregaba los
cjos furiosamente como lo hacía cada vez que se creía víc
tima de una tremenda pesadilla. Los demás no salían de
su asombro.
La escena que Sánchez no hubiera calificado ya de Ale
jandro Dumas, sino de algún novelista irónico, tremendo y
fatalista, vino a adquirir su culminación con la llegada de
la otra jinete: una joven exactamente igual a Amalia, aun
que su rostro parecía estar menos curtido por el sol, la que,
parodiando el gesto de su hermana, como en el acto final de
una tragicomedia, se dirigió lentamente hacia Duarte, y con
gesto de mas dignidad y recato, le dijo lentamente:
—¡Juan Pablo!
Los circunstantes miraban con ojos desorbitados a la
165 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
primera Amalia para dirigirlos después a la segunda Ama
lia, y repetir el mismo gesto hasta el infinito.
Pero la Amalia que había acabado de saludar a Duar-
te, y que parecía ser el único ser que en aquel cuadro con
servaba un mínimum de serenidad y comprensión de lo que
pasaba, con voz argentina y una risueña sonrisa en los be
llos labios dijo:
—¡Acérquense, señores, que voy a explicarles todo!
Cofresí, con su Amalia, se acercó a Duarte y a los
demás.
—Señores —dijo Amalia, la de Duarte, riendo ya a
más no poder—. ¡ Esto si es verdad que es asombroso, y que
nos hará pensar a todos que nuestro gran Dios complica a
veces de una manera tremenda las cosas de esta vida para
después resolverlas a satisfacción de todos! Nosotros —se
ñalando a la otra Amalia— somos hermanas gemelas —agre
gó con risa que repercutió en el verde prado con un tinti
neo de campanitas de plata—. ¡Ni lo sabíamos nosotras
mismas, ni siquiera una conocía la existencia de la otra, pe
ro ahora estamos satisfechas y felices de conocernos y que
rernos !
Y en un gesto efusivo e infantil, corrió a fundirse en
un estrecho abrazo con su hermana.
El pirata miraba de soslayo a Duarte con gesto casi de
pesar. Comprendía que pronto tendría que dar su mano al
hombrecito. Ezequiel estaba casi desmayado recostado en
una de las cabalgaduras. Mella, de pura satisfacción, ha
bía sacado su imprescindible botellita y apurando un tra
go, había vociferado con su voz recia y varonil:
—¡Señores. Dios es grande, y esto merece celebrarse!
¡Señorita, díganos cómo ha sucedido todo!
—Pues, a pesar de que parece muy complicado, todo es
muy sencillo dijo Amalia la de Duarte, ya serena— Yo sa
bía de la existencia de una joven muy parecida a mi, por
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
un viejo señor de Baní que viene a esta ciudad frecuente
mente a vender dulces, quien me dijo que en su pueblo ha
bía una muchacha extranjera que se parecía a mí como una
gota de agua se parece a otra... Creí que eran exageracio
nes del buen viejo. Cuando el señor —señalando a Cofre-
sí— en la fiesta de don Rafael de la Rocha, casi me insul
tó llamándome Amalia y refiriéndose a Baní, comencé a ca
vilar, pero no atinaba a llegar a una conclusión... Esa no
che apenas pude dormir... A la mañana siguiente, este
muchacho —señalando al mestizo Manuel— que trabaja
en la casa de Juan Pablo— fué a contarme lo del desafío a
causa mía por un señor extranjero... Pero no tuve ni si
quiera tiempo de cavilar, porque me vinieron a avisar que
Joseph, un viejo criado mío, estaba moribundo y deseaba
hablarme... Parece como si Dios lo hubiera arreglado to
do para que nada malo sucediera...
Los circunstantes estaban todos ansiosos y se hubiera
podido oir el vuelo de una mosca, cuando la muchacha hizo
una pausa como para coordinar sus ideas.
—Continúa, por Dios, Amalia —dijo Duarte que pare
cía ahora el más impaciente de todos.
—Pues bien... —prosiguió la muchacha cuyo rostro
adquirió súbita gravedad— Joseph antes de morir quería
revelarme el secreto de mi nacimiento... ¡Yo no soy hija
de los Dupont!, y en los ojos de la muchacha brillaron dos
repentinas lágrimas—. ¡Yo fui adoptada por ellos hace
muchos años- Soy hija, con mi hermana, de una familia
dominicana que vivía en Jacmel... Cuando apenas tenía
mos un año, mi hermana gemela fué raptada por un brujo
haitiano que exigió para su rescate una fuerte suma de di
nero... Mis padres no lo tenían, pero el señor Dupont.
francés de origen, que entonces vivía allí ofreció pagarlo,
siejnpre que se le permitiera que me adoptara. ’Ante las
tremendas circunstancias y prefiriendo tener a una de sus
— 167 —
JULIO GONZAlfZ HERRERA
hijas entre una familia rica y distinguida a tener la otra
en manos de un brujo, mi padre aceptó. Así, yo fui a
vivir desde la edad de un año con las Dupont que poco des
pués se trasladaron a Santo Domingo. Conmigo vino el
negro Joseph que nos quería entrañablemente.
—¡Ahora comprendo todo! —interrumpió Cofresí—
¡Al cabo de veinte años su hermana, ya mujer, fué de nue
vo raptada, y en esas circunstancias fué encontrada por mí!
—Si —aprobó la que hacía el relato—. Pero déjeme
continuar... Cuando Joseph me contó todo, comprendí que,
por una circunstancia u otra, mi hermana gemela estaba
en Baní, y que a su existencia se debía el mal entendido,
el desafío, etc. Primero pensé contar a Juan Pablo la re
velación de Joseph. Pero como todo era tan absurdo e
increíble, encontré como mejor solución la de trasladarme
enseguida a Baní, sin informar a nadie, ya que aun falta
ban dos días para el duelo. Soy buena jinete, y así lo hice.
A la media hora de mi llegada a aquel pueblo ya había loca
lizado a mi hermana. Habíamos llegado a Baní tarde en la
noche, y al otro día salimos en la tarde, para llegar *aquí pre
cisamente a la hora del duelo. Me encontré con gran pena que
mi hermana no recordaba nada de su pasado, pero’me re
lató todo lo relativo a su encuentro con este señor —agregó
señalando a Cofresí.
—¡Dios es grande! —murmuró Duarte.
—¡Lo que puede el amor! —decía a su vez Sánchez a
Mella— ¡Estas muchachas han hecho en pocas horas una
jornada a caballo que hubiera fatigado al hombre más
robusto!
Cofresí, entonces, revelando en su rostro una placidez
y dignidad que nadie hubiera sospechado en el rabioso
hombre de hacía unos momentos, se dirigió a Duarte. La
extendió 1a mano y dijo sencillamente:
—Señor, sírvase aceptar mis excusas. En toda esta
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
increíble aventura le ha tocado la mejor parte. Yo, que
creí ser el caballero, fui el villano. Ud., en cambio, se por
tó como un verdadero hombre...
Duarte aceptó la excusa. Apretó la mano del pirata
y respondió:
—¡ No lo crea! Sólo que en el alma de Ud. el ímpetu y
el ardor parecen ser los amos. En la mía campean la sere
nidad, el amor, y la voluntad de ser dueño de mí mismo.
A poco, una alegre comitiva se dirigía a la ciudad. El
sol adelantaba en el espacio y lamía con dorada lengua el
dorso del mar Caribe cuyas aguas de un azul profundo si
mulaban zafiros líquidos y trémulos. Hacia la playa de
Güibia iban muchachos que miraban asombrados al grupo.
Una fresca brisa besaba los rostros y los pájaros se despe
rezaban en los jabiUos y flamboyanes del bosquecillo cer
cano.
Las dos Amalias iban una del brazo de la otra. Mella
y Sánchez charlaban animadamente. Ezequiel, Juan, é\
mestizo y su acompañante eran ya grandes amigos.
Ahora, Duarte y Cofresí iban uno junto al otro. Dos
hombres de aquellos que el destino escoge para las realiza
ciones extraordinarias.
VIII
JUAN PABLO DUARTE
Han pasado quince días desde los sucesos anteriormen
te narrados. Corría, pues, el día 9 de enero de 1843. A
esa fecha el pirata casi se sentía ser el hombre más feliz
de la tierra; era plenamente correspondido por Amalia
Claudina —este era el nombre completo de su amada— y
ambos proyectaban contraer matrimonio pocos días des
pués. La muchacha, que no se había recobrado de su raro
mal, vivía en compañía de su hermana. Después de haber
se enviado un expreso a Haity, se había averiguado que
ella había vivido en Jacmel, en casa de un tío hasta el día
en que fué raptada. Sus padres habían muerto años antes.
El tío enviaba parabienes por la dicha de su sobrina.
En esa clara mañana de Enero, Cofresí, había decidi
do hacer una visita a su ahora amigo Duarte. Se levantó
muy temprano y encontró a Juan y a Ezequiel en la salita
de la casa en que vivían. Discutían acerca del fósil de
Juan, el cual, completamente articulado, y muy orondo,
ostentaba su esquelética elegancia en un pedestal de madera
que el propio Juan había construido.
—Antediluviano quiere decir antes del diluvio —expli
caba Ezequiel con suficiencia.
— 171
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¿Cómo te vá con Mercedes, Juan ? —preguntó en
ese momento Cofresí, con jovialidad.
Se refería a una conquista amorosa del joven pirata.
—Muy bien, señor.
—¿Pero piensas casarte?
—¡ Ah! ¡ Eso no, señor! Yo no cambio mi vida de aven
turero por nada. A menos que Ud. lo hiciera.
—Pues pienso hacerlo pronto, amiguito —y el pirata
dió una afectuosa palmada en la espalda de su ayudante.
—¡Qué cambiado está el jefe desde que conoció a la
señorita Amalia! —decía Ezequiel con satisfacción mien
tras este se dirigía a la calle.— Me alegro de que quiera
dejar esa endiablada vida.
Sin embargo, la felicidad de Cofresí no era completa.
Su sueño de dicha era perturbado por la idea de que pudie
ra ser descubierta su verdadera identidad.
Como su deseo era quedarse a vivir en Santo Domingo,
deseaba hacer algo que lo vinculara firmemente al país,
para en el caso de ser descubierto, recibir la mayor pro
tección posible. Esa mañana había amanecido con una idea
entre ceja y ceja. Por Amalia Claudina, quien a su vez
había recibido las revelaciones de su hermana que mante
nía relaciones amorosas con Duarte, llegó a saber cosas
interesantes del país, aunque no con la precisión que hubie
ra deseado. Los dominicanos, según esas revelaciones, esta
ban, unos con los españoles, otros con los franceses, algunos
con la República de Colombia, y hasta los había —los me
nos— que estaban con los propios haitianos. Además, había
un grupo que propiciaba la independencia absoluta del país.
Estos, que estaban dirigidos por Juan Pablo Duarte. ejer
cían sus actividades por medio de una sociedad secreta de
nominada “La Trinitaria”.
Si él ponía su gran fortuna, y aún su propia persona
al servicio de la causa de la independencia de Santo Do-
— 172 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
mingo, esta tendría mayores probabilidades de triunfar.
Y si triunfaba él habría lógicamente ganado una posición
entre los patriotas dominicanos que lo protegería en el caso
de que fuera nuevamente perseguido por los españoles. Na
turalmente, que no revelaría a su amigo Duarte, su verda
dera identidad. Ya conocía él el temple del jefe de La
Trinitaria, y sabía que no se avendría a recibir ayuda de
un pirata perseguido por la justicia.
Después de estos razonamientos Cofresí sonrió con
satisfacción. Se sentía casi un genio.
Al llegar a la biblioteca de Duarte se encontró con que
estaban allí, además de él, dos jóvenes que le fueron pre
sentados: Benito González y Pedro Alejandrino Pina.
A poco, estos se despidieron. Cofresí decidió abordar
el punto sin más ambajes y hacerlo en forma tal, que
Duarte se viera comprometido a sincerarse con él.
_ ¿Cómo va esa Trinitaria, amigo Duarte? —le voci
feró.
Este dió un respingo en su silla, entrecerró los ojos,
y se quedó mirando con estupor al pirata. A los pocos se
gundos, y seguramente comprendiendo que el que hablaba
de tal modo, ya debía conocer lo que él suponía era un secre
to, contestó con lentitud:
_ Muy bien, según creía hasta ahora. Pero si su exis
tencia es conocida hasta por los extranjeros, supongo que
muy mal.
Cofresí rió con gusto, mientras Duarte hacía una mue
ca de disgusto. El pirata se levantó de su asiento, puso una
mano en el hombro de su amigo, y con toda seriedad le dijo:
—Amigo Duarte, no se preocupe.— Si este extranjero
conoce la exisencia de la sociedad secreta de Uds. es, en
parte por una coincidencia y si ahora lo revela es porque
siente el más vehemente deseo de ayudar a Uds.
JULIO GONZALEZ HERRERA
I
—¿Pero —preguntó Duarte con impaciencia— podría
Ud. decirme, si no tiene inconveniente, cómo pudo obtener
esa información?
—Permítame que me reserve la contestación sobre ese
púa1 o. Pero tenga ia seguridad de que no es una fuenLe
corriente de información y que no hay peligro para Uds.
—¿Pero, en resumen, qué se propone Ud. con lo q e
está haciendo?
—Poseo una gran fortuna y un sincero deseo de ava
dar una noble causa como la de Uds. Eso es todo.
Duarte parecía ahora interesarse. Seguramente pen
saba, que estando ese señor extranjero enterado de la exis
tencia de la sociedad, y no siendo ya ésta un secreto para
él, más valía aprovecharse de su buena disposición, a desai
rarlo.
Viendo 1a actitud vacilante del patriota, Cofresí insis
tió.
—Yo tengo a mi disposición un navio y dinero sufi
ciente para obtener, a la mayor brevedad, las armas y todo
lo que sea necesario para el golpe independentista que Uds.
tienen en'proyecto.
Duarte se levantó ahora de su asiento y se puso a dar
paseos por la habitación. A poco volvió a sentarse. En su
rostro, sereno y altivo, había un resplandor de grandeza y
austeridad que impresionó al pirata.
—Sepa Ud. —dijo con acento enérgico a los pocos mi
nutos— que en esta empresa están comprometidos muchos
hombres y que de ella depende la libertad y la felicidad de
nuestra patria. Sepa Ud. que es un combate a vida o
muerte de un pueblo que lucha por lo que supongo lucharán
los hombres toda la vida: su derecho a vivir de acuerdo con
sus ideas, sus costumbres, y sus creencias. Y sepa Ud., por
ultimo, que el haitiano es despiadado y cruel, insolente y
solapado y que se expone a grandes peligros con su actitud...
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Cofres!, que no se impresionó nunca ante el más teme
rario capitán español, estaba ahora sobrecogido de algo
que era al mismo tiempo, admiración y respeto, frente a
aquel hombre, al parecer débil y frágil, que era como una
encarnación de la verdad y de la justicia.
Impresionado se levantó de su asiento, y sintiendo por
primera vez alentar en su pecho un sentimiento de verda
dera grandeza, contestó emocionado:
—Ahora comprendo por qué la causa de Uds. ha de
triunfar: no sólo porque es la causa de la justicia, sino por
que está sostenida por hombres que son dignos de tal causa.
Le repito que estoy compenetrado con lo que me dice, y que
todo esto me decide aún más.
—¡Bien! —respondió Duarte—. Yo tengo que consul
tar con mis compañeros. Le ruego, pues, venga a verme
dentro de unos días.
Los dos amigos se separaron. Cuando Cofresí se iba
hacia su casa sentía en sí la absurda impresión de que ha
bía sido un eterno equivocado. ¿Había, pues, realmente
hombres que creían sinceramente en esos llamados altos
ideales y que eran incorruptibles y firmes como una roca?
Acababa de comprender que los había
A poco rato entró en la habitación el mulato Manuel.
—Señor —dijo con gran respeto—. Hace un rato estu
ve donde la señorita Amalia y me manifestó que tenía sumo
interés en verlo.
—¡Está bien!
Duarte se puso su casaquín de paño y salió para la casa
de Amalia.
Cuando entró en la sala, fué invitado a sentarse por
la vieja sirvienta de la casa. Esta vestía de negro por la
muerte de Joseph.
A poco, y como para producir confusión en Duarte
— 175
JULIO GONZALEZ HERRERA
aparecieron las dos muchachas con dos sencillos trajes, y
con el. pelo recogido sobre la nuca en idéntica forma.
Como sucede casi siempre en el caso de personas ge
melas, se llega a la conclusión, cuando se les ve juntas, de
que no son completamente iguales. Duarte pudo reconocer
fácilmente a Amalia Margarita. Era un poco más blanca
y más delgada que su hermana, y tenía toda ella un aspecto
más distinguido, derivado sin duda, de la mejor educación
recibida.
Después de cambiar algunas palabras con las jóvenes,
Duarte pudo comprender que algo grave pasaba a su no
via, pues había en su faz un sello de gran melancolía y aba
timiento. A poco, esta decía a Amalia Claudina:
—Hermanita, déjanos solo un momento. Necesito ha
blar a solas con Juan Pablo.
—¡Como no! —contestó Amalia Claudina— y dando
brincos como una gacela se fué al interior de la casa.
—¿Y los señores Dupont? —inquirió Duarte.
—• Bien! —respondió la muchacha evasivamente—. En
este momento no están en casa.
Amalia Margarita y Duarte se sentaron entonces, muy
juntos, en un canapé. La muchacha, con gran mimo y apa
sionamiento, tomó entonces, entre las suyas, las manos de
su amado, y preguntó con voz acariciadora:
—i Juan Pablo, es verdad que me quieres mucho?
—Eso tú lo sabes.
—¿Estás dispuesto a probármelo, aunque se trate de
una prueba muy grande?
Duarte, acostumbrado a no contestar a nada con lige
reza, miró un momento profundamente los ojos de su ado
rada. Entonces respondió:
. —Con la prueba que quieras siempre que no se trate
de algo que los hombres dignos deben anteponer a todo, aún
al amor.
— 176 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
La muchacha bajó los ojos. Parecía aquello el comien
zo de la lucha entre un sentimiento y una idea. Ambos se
quedaron silenciosos y sobrecogidos por unos momentos,
como si sintieran que un hálito siniestro se cerniera sobre
ellos.
—Amor mío —dijo Duarte entonces cariñosamente—
¿quieres decirme qué es lo que pasa?
La muchacha, por toda respuesta, se echó a llorar y
se recostó en su hombro. Duarte dejó que se desahogara y
después secó con su propio pañuelo las lágrimas de sus be
llos ojos. Tuvo el presentimiento de que pronto sería aque
llo lo único que le quedaría de ella. .
Amalia, con visible esfuerzo, trató de reponerse, para
al fin decir, precipitadamente, como si quisiera descargarse
de un solo golpe de la inmensa pena que le abrumaba:
—Se trata Juan Pablo, de que mi familia y yo parti
mos para Europa dentro de dos días, aprovechando un bu
que que ha llegado para zarpar casi seguida. A pesar de
que regresamos hace poco de allí, mi padre adoptivo ha
decidido que vayamos a vivir a Francia, porque piensa que
pronto las cosas se pondrán muy mal en este país y que
será imposible a las personas decentes vivir en Santo Do
mingo. El, naturalmente, no cree en el triunfo de la causa
tuya, y piensa que pronto los haitianos extremarán su rigor.
¡Oh! ¡Qué desgracia tan grande!
Duarte palideció ligeramente. Otra vez el destino lo
ponía frente a un dilema tremendo. Con toda delicadeza
acarició los cabellos de su amada.
—Ten calma —le dijo suavemente— trataremos de
resolver la situación. ¿Qué tu piensas?
—Oyeme, Juan Pablo —dijo la muchacha con entusias
mo alentada por estas palabras. ¡Abandona todo, déjalo
todo, y vámonos juntos para Francia! Allí podríamos for
mar el hogar más dichoso de la tierra! Después de todo,
JULIO GONZALEZ HERRERA
aquí son muchos para seguir trabajando y uno más o uno
menos no importa. Mi padre proyecta establecer un nego
cio en Francia y podría darte allí colocación. Piensas en
nuestro porvenir, en el de nuestra familia, en nuestros fu
turos hijos, en mi inmenso amor por tí! ¿Es que ellos no
tienen tanto derecho como tu patria a que no los abandones?
Y la muchacha, en un gesto ingenuamente trágico, mi
raba a Duarte como pidiéndole misericordia para un cariño
inmenso y desbordado.
Duarte seguía acariciando sus cabellos, pero sus ojos
ahora miraban hacia arriba como si quisieran llegar hasta
Dios.
—¿No crees —continuó la muchacha con angelical ve
hemencia— que la empresa en que te has comprometido es
muy arriesgada y que hay muy pocas probabilidades de
triunfo? Mi padre dice que es una ilusión pensar que los
pocos dominicanos que sostienen tu causa, puedan derrotar
las fuerzas haitianas. ¡Y, además, tantos dominicanos que
no te apoyan, que más bien te odian!... ¿Crees —continuó
con una elocuencia que le salía del corazón— que vale la
pena sacrificar tu seguridad, nuestro amor, nuestro futuro,
por una simple probabilidad de triunfo? ¿Piensas, además,
que si triunfaran van a mejorar con toda seguridad las
cosas aquí? ¡Apenas hay dinero, hay muy poca gente, ya
que la mayor parte se ha ido para el extranjero, y además,
tendrían siempre la amenaza de una nueva invasión espa
ñola, o francesa o inglesa!... ¡Dime, dime, por Dios, qué
piensas?
Duarte se veía en el trance más hondamente amargo de
su vida. Nuevo Cristo, sereno e imperturbable, sentía im
pasible como su propia amada iba clavando en su corazón
las espinas del martirio.
—¡Ah! —dijo entonces la muchacha como si fuera a
volver a llorar— ¡ya yo sé lo que te pasa! ¡Es que tu no
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
me quieres! ¡ O si me quieres es con un amor tan tibio, tan
pequeño, que no eres capaz de sacrificar nada por él! ¡El
amor, según yo lo siento, es más grande que el orgullo, está
por encima de la vanidad y los intereses, se opone a todo
cuanto quiera detenerlo o herirlo! ¡Y tu te detienes por una
idea que es quizás tonta, por una triste ambición de gloria!
¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué desgraciada soy!
Los sollozos de la joven, entrecortados y ansiosos, lle
gaban a lo más íntimo del corazón del patriota. Esta se re
costó en su pecho, enlazando su cuello con los brazos.
Duarte sintió que una lágrima asomaba a su pupila y
que su pulso temblaba al acariciar los sedosos cabellos de
la joven. Dejó a propósito pasar unos minutos para que
la niña se sosegara. Le pidió a Dios fuerzas para no pen
sar durante un rato, durante una hora, para poder gozar
la inmensa dicha de tenerla tiernamente recostada junto a
su corazón.
Amalia, rendida por la emoción, fatigada por varias
noches en vela, al poco rato, se durmió dulcemente como en
el regazo de una madre, en el pecho de aquel hombre puro.
Duarte no quería pensar, pero el pensamiento, ligero y
veloz, se escapaba del cerebro como un torrente desbordado.
Le presentaba frente a si tres caminos, pero uno solo era
el del honor y del deber, aunque fuera también el de la
abnegación suprema y el sacrificio sin límites. ¿Retener a
Amalia a su lado? ¡Jamás! El no sabía cuanto tiempo du
raría la lucha, ni si iba a sobrevivir a ella. Y prefería tódo
a ponerla a ella a sufrir, a exponerla a que algún día'sus
bellos cabellos castaños que ahora acariciaba encanecieran
prematuramente, o que su faz de rosa, semejante a un bo
tón primaveral, se viera surcado por tempranas arrugas. A
¿Abandonar a su patria y a sus amigos?. Ni pensarlo.
El había sido el creador de la idea independentista, la ha
bía incubado en su pocho como una madre incuba en su
— 179 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
vientre el hijo que tendrá carne de su carne y sangre de su
sangre, la había alimentado con las mejores savias de sus
ideales redentores. Y ahora que, bueno o malo, el parto
se aproximaba, él no podía ir como una ramera a echar
anticipadamente el fruto de su vientre en un estercolero.
Había un solo camino: sacrificio.
¡Sacrificio de todo, de su juventud, de su amor, de sus
relaciones de familia, de sus intereses, en holocausto del
bienestar de su patria!
La muchacha dormía, mientras el patricio miraba con
un amor infinito su rostro de niña grande y mimada, su
cuerpo grácil que era una tentación, sus piececitos menudos,
que ahora movía con nerviosidad en su intranquilo sueño.
¡Con que inconmensurable amor se sentía quererla! .
La muchacha, a poco, lanzó un suspiro y suavemente
despertó. De primera intención pareció asombrada de en
contrarse así, tan junto a él; pero levantó los ojos y el
recuerdo con toda la fuerza de su amarga verdad, atenaceó
su mente. Volvió a darse plena cuenta de la situación. Pero
el pequeño descanso parecía haber sosegado algo sus ner
vios excitados. Miró el rostro de su amado y lo vió trans
figurado, tal como debió estar el rostro de Cristo cuando
la torva incomprensión de los hombres lo llevó a la inaudi
ta impiedad del Calvario. Sus ojos se agrandaron en un
como éxtasis de admiración y amor infinitos. Siguió miran
do durante unos minutos aquellos ojos semicerrados que
parecían mirar algo que no debían ver los demás, aquella
nariz aquilina y aquella boca breve, ambos de trazos fir
mes, que contrastaban con la luminosidad de las pupilas.
Aquel cuerpo enjuto, delgado, pero erguido como un peque
ño pino de una sierra quisqueyana, aquellas manos finas
que parecían hechas no para manejar la espada firme de
acero, sino la invisible espada de las ideas grandiosas y
eternas.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Ambos se pusieron en pie.
Ahora eran los ojos de Amalia los que parecían trans
figurados por el fulgor de una luz grandiosa e imperece
dera.
—¡Amado mío! —le dijo con voz firme y serena al
cabo de un momento—. ¡ Perdóname! ¡ Cuán torpe he sido!
¡Cómo he debido hacerte sufrir! Dios me ha iluminado pa
ra que comprenda en un solo instante toda la grandiosidad
de tu alma, toda la infinita pureza de tu corazón! ¡Si, eres
un predestinado! ¡La gloria te ha llamado, y le has respon
dido no como un hombre, sino como un Dios! ¡Sí! ¡Sí!
¡Cómo* te admiro y como te quiero ahora mucho más! ¡Tu
defiendes, no sólo lo que yo te pedía que defendieras, sino
algo todavía más grandioso. Tu defiendes no solamente
nuestro hogar, sino el hogar de todos los dominicanos, no
solamente nuestros futuros hijos, sino los hijos de todos
los vientres de madres dominicanas, no solamente nuestros
ideales de paz, de justicia, de libertad, y de felicidad, sino
los ideales de paz, de justicia, de libertad y de felicidad de
todos los seres de nuestra querida tierra! ¡ Que Dios te ben
diga !
Y en un supremo arranque de idolatría por aquel hom
bre grande a quien ella no había comprendido hasta hacía
unos momentos, fué hacia él y lo besó desenfrenadamente.
Luego, ambos se abrazaron y estuvieron así estrechamente
unidos durante largos minutos.
—¡Muchas gracias, Amalia! —murmuró Duarte—
¡Eres una gran mujer!
Pero la escena no debía prolongarse indefinidamente.
Ahora era cuando se necesitaba verdadero valor para hacer
la separación definitiva, antes de que la tentación de los
labios de aquellos dos seres eternamente unidos no pudieran
separarse jamás.
Duarte así lo comprendió y tras los venturosos instan-
— 181
K'. JULIO GONZALEZ HEEJUERA
L*
E
tes de aquellas sublimas expansiones, retiró dulcemente del
suyo el tibio cuerpo de su amada, que estaba pegado al de
e él como la yedra en el ruinoso muro. La sentó suavemente
Ev.fcv en el sofá, mientras los ojos de ella, arrasados en lágrimas
F;»■ parecían dos soles que irradiaran a la vez, amor y deseo,
abnegación y sacrificio.
£■ Nuevo Quijote. Duarte, con el traje ya algo gastado
por el uso, tomó de una mesita cercana su precario som
brero negro. Se lo puso, y sin decir una palabra, inmuta
ble como el destino, se dirigió a la salida de la casa.
Cuando llegó a la calle, las esquilas de una iglesia cer
cana tocaban a muerto. Sonaban dolientes y sonoras y re
percutieron en el corazón del patricio, como la voz del sacri
ficio para la gloria, como la llamada de la muerte para
la redención suprema de la vida.
*
IX
CLAUDICACION
A los quince días, el escenario y la vida de los prota
gonistas de esta historia habían cambiado por completo:
Amalia Margarita había salido con sus padres rumbo a
Francia, mientras Duarte había pasado varios días ence
rrado en su casa sin salir a parte alguna. Amalia Claudina
y Cofresí habían contraído matrimonio, en una sencilla ce
remonia, y habían embarcado, sin contratiempo en la fra
gata el “Aguila Negra”, que había llegado a las cercanías
de la costa hacía dos días. El pirata había tenido una en
trevista días antes con Juan Pablo Duarte, en la cual éste
le había manifestado que sus amigos y él estaban dispuestos
a recibir la ayuda que tan generosamente les ofreciera, y
que ésta habría de ser sólo de una suma de dinero, ya que
ellos se ocuparían con ella de conseguir las armas necesa
rias para el golpe independentista que preparaban. Cofresí,
a su vez, había manifestado a Duarte que estaba dispuesto
a actuar él personalmente cuando se efectuara el movimien
to, lo cual aceptó muy gustosamente aquel. Como la suma
de dinero no debía ser entregada inmediatamente, Cofresí
resolvió embarcar con Amalia en su fragata y salir, sin
— 183 —
JUMO GONZALEZ HERRERA
pérdida de tiempo, para Samaná, en busca del tesoro que
él mismo había enterrado en aquellas costas. Había dejado
amueblada y tal como la hemos visto anteriormente, su
casa de la calle de Los Gerónimos, de cuyo alquiler había
pagado un año por adelantado.
Unos días después de haber zarpado, podía notarse en
la tripulación del “Aguila Negra” un aire de tristeza y aba
timiento manifiestos. La fragata acaba de salir de la
hermosa bahía de Samaná y aún se veían los bellos acanti
lados de su costa, y el inmenso estuario, como un porten
toso lago de aguas azules y dormidas.
En cubierta estaba Amalia Claudina recostada en la
borda. Lucía un bello traje vaporoso y a su cabeza llevaba
atada una fina pañoleta de batista. Miraba las aguas con
ojos soñolientos y entrecerrados, mientras la brisa marina
acariciaba su rostro y hacía volar la falda de su traje. A po
co se acercó Cofresí a ella. Tenía el rostro un poco huraño,
que trató de dulcificar cuando se acercó a su esposa. Con
el brazo rodeó su talle, mientras exclamaba con aire contra
riado.
—No haber encontrado mis tesoros de Baní y La Mona
no me causa extrañeza alguna. Me vi en el caso de enviar
a otras personas a enterrarlos, y contaba con esa emergen
cia. ¡Pero el tesoro de Samaná lo enterré yo mismo, con
mis propias manos, con la sola ayuda de un sirviente que se
embarcó conmigo y después murió! ¿Cómo se explica que
hayan podido dar con él?
—Seguramente fué descubierto accidentalmente. Creo
que cometiste un error en enterrarlo en una cueva. Alguien,
por cualquier razón, se puso a excavar en ella y lo encontró
—le contestó Amalia con esa clarividencia que tienen a
veces las mujeres para dar con la clave de las cosas.
—¡Es posible que tengas razón! —murmuró Cofresí—
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Ahora voy a acostarme Roberto —dijo la mucha
cha. ¿Sabes que no me siento bien?
—¿Cómo? ¿Te sientes mal?... —preguntó el pirata
con ansiedad.
. —No sé... siento el cuerpo malo, y he perdido repen
tinamente el apetito. Quizás con el reposo mañana me sienta
mejor.
El pirata acompañó a su amada al camarote. Después
subió a cubierta. Su rostro volvió a ensombrecerse. Todo
volvía a salirle mal. Había fracasado en su búsqueda de
Samaná, y ahora Amalia se sentía enferma. ¿No era para
desesperarse? Se consoló algo, sin embargo, pensando que
lo de su esposa no sería nada grave, y que aún tenía una con
siderable riqueza, que le duraría toda la vida, y con la cual,
podría, además, cumplir con su amigo Duarte.
Al otro día, Amalia había agravado notablemente.
Preocupado estaba en cubierta Cofresí, cuando se acercó
Ezequiel.
—Mi jefe —dijo—. Yo no quiero alarmarlo, pero la
señora está mal. ¿No cree Ud. que debemos hacerle unas
sangrías?
—¿Qué crees tu que será esa fiebre Un alta? —pre
guntó el pirata, trémulo, sin hacer caso de la recomenda
ción de Ezequiel.
—iHum!, señor, ya no sé ni qué pensar... pero en
estas costas donde estuviemos hay fiebres malas... Dios
ampare a la señora...
Cofresí se trasladó corriendo al camarote de Amalia
y después de arrodillarse junto a la litera y de tomar sus
manos en las de él, levantó los ojos al cielo como pidiendo
misericordia: la muchacha estaba altamente febril, con la
respiración jadeante, y casi inconsciente. En un momento
la fiebre le había subido muchísimo, y le había hecho casi
perder el conocinliento.
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer? —gemía el pirata,
recordándose de la providencia, cosa que nunca hizo. A
bordo no había médico, ni medicinas, que no fueran las
mas corrientes, y no era posible irfluir en la naturaleza
para que hinchara aún más de lo que lo hacía las velas de
la fragata para llegar cuanto antes a Santo Domingo.
En la noche la fiebre había subido al más alto grado.
Mauricio, que parecía ser el único que a bordo conocía algu
nos rudimentos de medicina, preparó con mostaza, unas
cataplasmas que fueron aplicadas a las plantas de los pies
de la enferma, mientras Cofresí, amorosamente, ponía en su
frente paños con alcohol. Cuando quitaba el paño besaba
trémulamente la frente de la que era para él todo en la
vida.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —imploraba en una tremenda
desesperación—. ¡Quítame a mí la vida, hiéreme, maltrá
tame, a mi que soy malo, pero sálvala a ella, pobrecita ino
cente, buena como un ángel, que a nadie ha hecho daño!
¡Oh! ¡Dios mío, cuan injusto serías si la pusieras en brazos
de la muerte!
Y así, casi blasfemando, increpaba al Supremo Hace
dor por no ser, a su juicio, justo en las cosas de este mundo.
Cuando llegó la noche de.aquel día terrible y ante la
tremenda tribulación de su esposo, Amalia entró en la ago
nía; una agonía tranquila, dentro de una inconsciencia com
pleta.
Cofresí había hecho lo que nunca en su vida había so
ñado hacer: se había arrodillado y rezado frente a una pe
queña imagen de la Virgen María que la muchacha había
puesto en el camarote.
’—¡Virgencita! —exclamaba dentro de una desespera
ción infinita—. Sálvala y te juro que te daré mi vida, ofre
ceré mi fortuna para obras de caridad, me volveré un asce
ta, pero no me la quites, no me la quites! —y sus sollozos
— 186 —
LA GLORIA LLAMO DOS TBCBS
llenaban la estancia como si fueran los estertores de una
fiera herida.
Al amanecer Amalia moría, dulcemente, aparentemen
te sin sufrimiento. Ezequiel, Juan y Mauricio, con noble
fidelidad no se habían separado un momento del camarote
de su capitán y las lágrimas pugnaban por salir de los ojos
de aquellos hombres recios que no hubieran hecho la más
pequeña contracción de su rostro, aún cuando se les hu
biera anunciado su propia muerte.
Cuando Amalia consumó su tránsito terrenal, en bra
zos de Cofresí, éste la recostó blandamente en su lecho.
Entonces se levantó lentamente, pintada en el rostro una
expresión tan inmensa de tristeza, de rabia y de dolor, que
asustó a sus compañeros. Levantó un puño hacia el cielo
y con una voz extraña que no era su propia voz, sino un
estertor ronco, seco y fuerte, exclamó:
—¡Oh tú, bendito Dios! ¡El Supremo HacedorI ¡El
justo, entre los justos, es así como pagas mis ideas de. re
dención, mis ansias de ser bueno, mis anhelos de servir por
primera vez a mi prójimo, de seguir tus enseñanzas’ .Ro
bándome mi amor, mi propio ser, con una maldad infinita!
¡Si Dios, yo te increpo, eres injusto, eres cruel, eres despia
dado T
Y con una mueca terrible, con el brazo en’alto, como e)
de un acusador supremo, apuñaleó hacia los cielos, Cun saña
y repetidas veces, como queriendo herir a aquel ser tan
grande y tan injusto.
Los compañeros del pirata estaban trémulos de miedo
y de pena, ante el espectáculo inenarrable de aquel hombre
fuerte a quien el dolor abatía como al más débil arbusto
de la selva.
Mauricio se atrevió a acercarse a él. Después de sus
horribles blasfemias, el pirata volvió a sollozar con roncos
gemidos, y vencido, como un semi-dios que cayera por ni
JULIO GONZALEZ P£R&ERA
solo golpe y en un solo instante dé su trono, se dejó condu
cir a su camarote.
Más sosegado, luego, rogó que lo dejaran solo. Sus
subordinados accedieron a su petición, aunque muy a su
pesar.
—En el estado de ánimo en que se encuentra mi amo,
es capaz de hacer cualquier disparate—, comentaba triste
mente Ezequiel— pero ¿cómo desobedecerle?
A la hora, Cofres! llamó a Ezequiel y le ordenó le lle
vara una botella de ron. El fiel criado levantó la vista a
los cielos y en sus ojos había una muda imploración tan
ferviente como la que hiciera cuando rogaba por la salud
de la señora Amalia.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Va a empezar otra vez! *
Cuando Ezequiel llevó el licor, Cofresí le rogó que no lo
dejara solo. El fiel criado descorchó la botella y el pirata
se tomó un trago de medio vaso. Como Ezequiel le mirara
con mirada suplicante, elpirata dijo:
—Si, Ezequiel. ¡Esto evita a veces que nos peguemos
un tiro! :
menales tragos, el pirata se sentó en la litera.
—Dime. Ezequiel, ¿qué piensas de la vida y de Dios?
Ezequief^o miró con espanto. ¿Estaría delirando? ¡Qué
diablos iba él a saber de esa^¡.cosas! .♦<
—Pues... yo señor, no sé qué decirle...
—Pues yo te lo vo£ a decir —dijo el pirata lentamente
y en su tono mordaz.— Me imagino que Dios, puesto que
tiene que haberlo, es un gran señor y que tiene untinfinito
sentido del humor. Digo infinito porque, ñaturafmente,
toías las cosas de él han de ser infinitas. Me imagino que
un día, no teniendo nada urgente que hacer, hizo una bolita
de barro y la lanzó al espacio desde su altura paradisíaAi.
Dando vueltas la bolita no atinó a caer en ninguna parte.
■t
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Era la tierra. Dios rió de puro gusto. Entonces tuvo otra
idea, todavía más genial: hizo unas pequeñas figuritas con
las materias más degradadas de los altos cielos y las lanzó
a fin de que cayeran en la tierra. Los muñequitos, una vez
allí, comenzaron a moverse... de miedo, de odio, de dolor,
de envidia, de egoísmo. ..ya hacer disparates de todo gé
nero. ¡Entonces fué que el gran Dios rió'de verdad! ¡Había
dado con su gran diversión! Como un niño grande, desde
entonces, tiene su mejor entretención en ver a sus pobres
fantoches dando brincos, creyéndose seres superiores e ima
ginándose que son iguales a él!
Y la risa infernal del pirata estremeció el camarote
con un estruendo horrísono.
Ezequiel, lleno de espanto,.salió huyendo hacia fuera,
sin poder contenerse. Llegó donde Mauricio con los ojos
llenos de pavor.
—Mau. .. Yo creo... que nuestro jefe... se ha vuel
to loco! —dijo con las quijadas temblándole como dos cas
tañuelas.
—¿Cómo0 3
—Sf, está
Dios !...
—¡ Vamoí
¡ No podemos
Cuando 1
estruendosamc
él, sin saber q
—¿Qué p
—¡Que p¡
testó este en
—¡Ofrézc
Cofresí se
Se volvió.
—¡Ah! <
JULIO GONZALEZ MKlUtLKA
—Si señor —contestó Juan— y siempre dispuestos a
ayudarle en lo que sea necesario.
Contrariamente a lo que Ezequiel creía, una vez que
Cofresí dejó de reir, mostró su rostro contraído, pero hasta
cierto punto normal.
—Vamos a hacer que el buen Dios se divierta un poco
hoy —dijo—. Traigan ron —agregó con voz imperiosa—.
¡Y vamos a beber los cuatro!
Los aventureros se miraron cara a cara con asombro,
pero enseguida fueron Ezequiel y Juan a cumplir la orden.
Momentos después estaban los tres acomodados junto a una
mesita frente a la litera de Cofresí, donde éste continuaba
sentado.
—Da orden de que otro te sustituya en tus funciones
—dijo el pirata a Mauricio— a fin de que no haya novedad
a bordo.
Cuando Mauricio regresó, estaban los vasos llenos.
Cofresí se puso en pie.
—¡Señores, —dijo— voy a hacer el brindis más sin
cero de mi vida! ¡Quiero brindar por el odio, por el mal,
por el desprecio a la vida y a la humanidad! ¡Salud!
Ezequiel, que se creía cristiano, se atrevió a farfullar:
—Pero... mi amo... ¿por qué hace Ud. un brindis
tan terrible?
—Te diré Ezequiel, por qué. Yo he ensayado toda mi
vida, aunque muchos no lo crean, a ser bueno. Cuando joven
—eso lo saben Uds.— era trabajador, honrado, todo mi
amor eran mi madre y mi novia. Pero el mal se me echó
arriba en forma de insulto en boca de un Capitán español.
Y para quedar siendo digno de mi propia estimación tuve
que ser malo también. Uds. saben mi vida. Pero un día yo
creí de nuevo que la vida era buena, que el bien era la su
prema ley de la vida. Este bien, esta creencia, me vino en
forma de una mujer: Amalia...
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
De los ojos del pirata salieron dos lágrimas que él dejó
rodar por su mejilla, áspera y atezada. Ezequiel se sacudió
la nariz.
—Me reconcilié entonces con Dios y con la vida —con
tinuó Cofresí—. Decidí ser bueno. ¡Sí!— me dije— el odio
nada engendra, sólo el amor es fecundo! Pero, ¡no! ¡no!—
me grito la vida— el destino, Dios, o lo que fuere. ¡No!
Tu no vas a ser bueno, yo no te lo voy a permitir, yo te voy
a quitar *1 sostén de tu bondad! ¡ Entonces, con una mal
dad infinita y criminal, me quita a Amalia! ¡Y ahora yo le
digo a la vida, a Dios, al destino, o a lo que fuere; Está
bien, acepto tu reto! ¡Acepto tu suprema ley: seré malo!
¡ Me falta ya valor y fe para ser bueno!
Los tres compañeros del pirata se miraban asombra-
y sin saber que decir o replicar a tan extrañas y sinceras
palabras. Los tres estaban trémulos. Mauricio tomó de un
golpe un vaso lleno de ron.
—Si —continuó el pirata—. Me falta fe y valor para
ser bueno, aunque reconozco que en la tierra hay hombres
tan inmensamente grandes como para ser buenos a pesar
de todas estas terribles realidades. Yo conozco uno en esta
pequeña isla. Se llama Juan Pablo Duarté.
Mauricio, Juan y Ezequiel, se miraron unos a otros.
Ninguno recordaba al señor que mencionaba su amo.
—¿No saben Uds. quién es Juan Pablo Duarte? Pues
yo se les voy a decir. Es un joven dominicano que, cons
cientemente. serenamente, sin que nadie lo haya impulsado
a ello, con muchos de sus propios compatriotas en contra,
expone su vida, da su fortuna, sacrifica su tranquilidad y
la de su familia, por eso que llaman un ideal y que es algo
así como la bondad de creer que debe haber justicia, paz,
libertad y felicidad en la tierra. Ese hombre es lo que yo
llamaría un héroe verdadero: cree en cosas en las que lógi
camente no se puede creer. Yo, y muchos, tenemos más
JULIO GONZALEZ HERRERA
valor personal que él, de eso estoy seguro. Pero el valor
sereno, frío, de todos los minutos y de todas las horas, para
sacrificarse abnegadamente, para sufrir privaciones sin
límites por algo que el mismo comprende que sólo a muy
duras penas puede existir, ese es el verdadero heroísmo,
más grande que el de exponer el cuerpo en la batalla o ante
el pelotón de fusilamiento. Yo, amigos míos, me siento
vencido porque la maldad de la vida me arrancó a Amalia.
Es decir, que yo no tengo a Amalia porque algo superior
a mí me la ha arrebatado. Pues bien, ¡asómbrense Uds.!,
ese joven Duarte, por su propia voluntad, serenamente,
fríamente, sin lamentaciones, ha renunciado al amor de
una mujer que es idéntica a esta Amalia mía, que la quería
idénticamente a como yo la quiero. Ha rehusado irse con
ella al extranjero, la ha dejado ir sola, exponiéndola a que,
joven y bella, caiga en brazos de otro hombre... Todo, ¿por
qué? ¡Pues por el lejano y quimérico ideal de ver su patria
libre! ¿Comprenden Uds. ahora, por qué digo que es un
héroe verdadero?
Todos estaban emocionados. ¡ Cómo será que ese señor
hace esas cosas! —pensaban los tres aventureros.
El pirata calló un momento. Parecía exhausto por el
esfuerzo hecho, y por la emoción.
—Yo —continuó— estaba comprometido con ese joven
Duarte a secundarlo, para que tuviéramos ambos, y aún
muchos de sus compañeros, un sitial en algo así como un
pedestal que lleva por título: GLORIA. Pero, después que
la vida me ha herido como lo ha hecho, no puedo responder
a su llamado. El, tan herido como yo, ha respondido, y
responderá siempre: ¡Sí!
El pirata rió ahora con su risa satánica.
—¡Gloria! ¡Pobre amigo Duarte? —continuó—. ¡Estoy
seguro que ni tus propios compatriotas te agradecerán el
sacrificio que estás haciendo, y que harás! ¡Te maltratarán:
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
¡ Te humillarán! ¡ Te execrarán! No hay duda que en el futu
ro se levantarán estatuas a tu memoria, se escribirán libros,
y se pronunciarán discursos!... ¿Pero qué serás tu enton
ces? ¡Una triste pila de huesos tirados en una fus«'*! ..
El pirata volvió a reir ahora más fuertemente que
antes. Su risa era como un tintineo dantesco, que estreme
cía las almas de los aterrorizados Mauricio, Ezeqüiel y
Juan.
Luego, se sentó, y apoyó su cabeza entre las manos.
Estuvo así largo rato. De pronto, levantó la cabeza, miró
de frente, y se puso en pie, marcialmente. Su mirada ya
no revelaba dolor alguno. Sus mandíbulas volvieron a ce
rrarse enérgicamente como cuando daba voces de mando.
—¡ Mauricio! —gritó con voz recia, como si su subor
dinado no estuviera frente a él— ¡ A aceitar inmediatamen
te las piezas de artillería, a dar a cada uno sus armas, y a
poner proa a las costas de Puerto Rico!
—¡ Ezequiel!... te doy el piadoso encargo de amorta
jar a mi pobre Amalia! ¡Yo no podría hacerlo! ¡Esta noche
se la entregaré al mar, que es, después de ella, mi más
grande amor!
—¡Juan! ¡Al vigía que avise, a la menor señal de que
se aproxima una embarcación!
Al cuarto de hora todo era animación a bordo. Loe
piratas, cansados de tanta inactividad, daban brincos de
gozo.
Y diez horas más tarde, después del lanzamiento del
cadáver de Amalia al océano, tras haberse hecho las manio
bras necesarias para llegar hasta los costados de una corbeta
española que debía dirigirse a Puerto Rico, se oía en la no
che. como un feroz grito de odio, de venganza, de dolor y
de muerte, la voz diabólica del pirata que gritaba:
—¡Al abordaje!
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HACIA EL AMARGO DESTIERRO
A las tres de la madrugada del día 30 de julio del año
1843, cinco meses después de los acontecimientos que h irnos
narrado, un hombre joven corría a toda velocidad púr la
calle del Convento de los Jesuítas. Al llegar a una casa
baja, de modesto aspecto, se detuvo, y después de mirar a
todos lados llamó a la puerta.
Esta, poco después, se entreabrió cautelosamente y
una voz preguntó desde dentro:
—¿Quién es?
—Soy yo, Ramírez —contestó el hombre que llamaba.
¿Es el señor Botello?
—Sí. ¿Qué pasa?
—Vengo a avisar a los señores Duarte y Pina —dijo
en voz muy baja al llamado Botello— que ya su escondite
es conocido y que deben a toda prisa buscar otro lugar don
de ocultarse.
—Pero —replicó Botello con voz vacilante—. ¡Tú, Ra
mírez, no pertenecías a los haitianizados? ¡ Me choca tu ac
titud!
—Señor, créame —dijo el joven con voz ansiosa—. Yo
JULIO GONZALEZ HERRERA
estoy arrepentido de mi actuación en favor de ¡os haitia
nos. Es tal la saña con que persiguen a los independentis-
tas que me desligaré de ellos. Dígale al señor Duarte que
han puesto precio a su cabeza y que debe salir de aquí cuan
to antes.
—Está bien. Les avisaré enseguida. Gracias.
—Adios —dijo Ramírez y salió huyendo nuevamente
a todo escape.
Botello se dirigió a una habitación del interior de la
casa, y llamó a la puerta.
—¡Señor Duarte! ¡Señor Duarte!
—¡Sí! —dijo una voz desde dentro. Un momento.
Pasados unos minutos la puerta se abrió y Juan Pablo
Duarte apareció en el umbral abotonándose la camisa. De
trás de él, otro joven estaba en idénticas circunstancias.
—¿Qué sucede? —preguntó Duarte a Botello.
—¡Señor! —exclamó éste enseguida con voz ansiosa—.
Acaba de venir Ramírez, el joven que estaba con los haitia
nos. Dice que está arrepentido de su actitud y que viene
a avisarle que el escondite de Uds. es conocido ya por los
enemigos, y que deben salir de aquí sin pérdida de tiempo.
—¡Mucho habíamos durado en un mismo sitio! —dijo
Duarte amargamente.
—Pina, ¿qué tu piensas?
Se dirigía al otro joven que estaba en la habitación
acabando de vestirse y a quien ya vimos anteriormente en
casa de Duarte.
—Creo que debemos irnos enseguida para la casa de
Juan Alejandro Acosta. No veo otro lugar donde podamos
ir —contestó el joven.
—Me parece lo mejor —asintió Botello.
—¡Bien! —convino Duarte— ¿hay una salida por el
patio?
—¡Sí! —respondió Botello. ¡Vengan!
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Los tres se dirigieron al patio de la casa. En el fondo
se veía un tablado de madera que daba a un callejón. Pina
llevaba en la mano una maleta en que había puesto ropas
y efectos de ambos.
—Señor Botello —dijo entonces Duarte estrechándole
la mano cuando llegaron frente a la pared—. No sabe Ud.
como le agradecemos el sacrificio que ha hecho por nosotros
al exponer su vida y la de su familia al escondernos en su
casa.
—Es una honra para mi haberlos ayudado —contestó
Botello orgullosamente—. No sólo por Uds. sino porque
sé que^con ello ayudo a mi patria.
—Otra vez, gracias.
—¡Hasta luego!
MU
En un santiamén estuvieron los dos jóvenes al otro
lado del tablado.
Por aquí —dijo Pina, sirviendo de guía.
Al amparo de las sombras de la noche fueron atrave
sando sigilosamente calle tras calle. Así llegaron a una
casa de buen aspecto en una calle en la parte noroeste de
la ciudad. Tocaron quedamente por una de las ventanas.
—¿Quién? —dijo una voz desde dentro, al poco rato.
—Nosotros —Duarte y Pina— contestó el último.
—¡Un momento!
La puerta del frente de la casa fué abierta y los fugiti
vos entraron. El que estaba adentro dió un abrazo a cada
uno de los que llegaban.
—¿Qué? —dijo— ¿tuvieron que salir de donde Bo-
JULIO GONZALEZ HERRERA
El que había recibido a los fugitivos era un hombre
de mediana edad, corpulento y de rostro que denotaba cora
je y decisión.
—¿No ha avisado nada el Coronel Roca? —preguntó
Duarte—. ¡Ya me estoy desesperando, amigo Acosta!
—Creo que ya ha fletado la goleta para Curazao —res
pondió éste. Me parece que a más tarde mañana lo tendre
mos por aquí.
—Lo malo es —dijo Pina dirigiéndose a Acosta— que
tu casa es de las más sopechosas y aquí corremos un peli
gro grandísimo.
—Bueno —pero no hay más remedio... Sé que el Co
ronel Roca ha hecho y hará lo imposible porque salgamos
cuanto antes— contestó Acosta con convicción.
En eso apareció en la habitación una mujer, bastante
joven, trayendo unos pozuelos de café.
—Esto si viene bien ahora —comentó alegremente
Pina.
Todos tomaron con deleite el aromoso líquido.
—Lo que no me explico —dijo entonces Duarte con
tristeza— es como han podido dar con nuestro escondite...
Sólo lo conocían dominicanos...
—Ahí está el peligro —le interrumpió Pina—, en con
fiar demasiado en ciertos dominicanos. Muchos se valen
de esta condición para inspirarnos confianza, cuando en
realidad son unos indecentes haitianizados...
—Del odio que nos tienen los haitianos —dijo Duar
te— no me asombro. Lo que no me cabe en la cabeza, lo
que me llena no ya de indignación, sino de pena y vergüen
za, es que haya dominicanos que ayuden a nuestros opre
sores.
—Que los ayuden —respondió Pina — y que encuen
tren insuficientes la suma de tres mil pesos y la charretera
de Coronel que ofrecen por la captura de Ud. Son simples
LA GLORIA LLAMO DOS VECES \
mercaderes con las cosas de la patria, más villanos que los
sayones que se jugaron la túnica sagrada de Jesús.
—Pero debe consolarnos —dijo Duarte— que estos do
minicanos constituyen una escasísima minoría, y bien vis
to no se les puede ni siquiera llamar dominicanos. Si uno
se fija bien, verá que en cada uno de esos traidores o hay
sangre extranjera, o han estado siempre desvinculados de
las cosas de nuestra patria. Lo cierto es que la inmensa
mayoría de la familia dominicana nos apoya. La prueba
es que hemos estado, día tras día, con los perseguidores en
nuestra pista, y aún no nos han podido capturar. ¿Qué hu
biera sido de nosotros, si, saltando al azar de patio en
patio, como hemos estado en todos estos días, no hubiéramos
contado con dicho apoyo?
—Y con el peligro que corren los que nos ayuden —di
jo Acosta—. Cada uno de ellos se expone a sangrientas
represalias por parte de nuestros opresores. Y si no que
lo diga la familia Ginebra, cuya casa fué allanada en estos
días. Sólo que los Ginebra tienen algo más que agua... o
ginebra en las venas y pusieron en su lugar a esos cerdos!
—¿Y como habrá seguido Francisco Sánchez? —pre
guntó Duarte a Acosta? No saben Uds. lo que me preocupa
que no pueda irse con nosotros... Dejarlo así, solo y enfer
mo. .. ¡Oh! si no fuera porque creo que nuestra salida de
aquí será beneficiosa, ya que así los haitianos creerán fra
casada nuestra causa, no lo dejaría por nada del mundo...
—Ultimamente no he tenido noticias de él— respondió
Acosta—. ¡ Tu sabes que apenas hemos podido movernos en
estos últimos días!
Durante largo rato siguieron charlando los patriotas.
Cuando el sol apuntaba por el oriente, y en el patio de la
casa de Acosta comenzaban a alborotar las gallinas, se oyó
ruido de pasos marciales en la calle. Todos hicieron silencio
y Acosta se dirigió a la pared de enfrente de la casa, donde
— 199 —
JULIO GONZALEZ HERJUfiRA
por una pequeña rendija de la madera podía mirarse al
exterior. Los pasos se aproximaron y todos tuvieron el te
mor de oirlós detenerse en la misma puerta de la casa. Pero
el ruido se fué apagando, poquito a poco. Cuando Acosta
regresó a donde estaban sus compañeros, exclamó:
—¡Son esos perros “mañeses”! —Ocho o diez gendar
mes. Y ni siquiera saben marchar... Y después de todo,
son brutos, porque ¿cómo no se les ha ocurrido registrar
aquí?
—No sólo contamos con nuestra inteligencia —comentó
Duarte— sino con la estupidez de nuestros enemigos...
Todos rieron de la ocurrencia. Pina sacó una pipa
que tenía guardada en su gabán.
—Se la quitamos a un Teniente haitiano —dijo— a
quien Ramón Mella y yo dimos una pela de sable...
—Por lo visto —dijo Duarte— el experto del grupo en
pelas de sable es Ramón Mella. Ya en cierta ocasión me
propuso dar una...
Así; de charla en charla, fué transcurriendo el día.
Pero tras la conversación y los chistes podía notarse la
honda preocupación de los patriotas de que una tardanza
del Coronel Roca en avisarles que todo estaba listo para la
partida, pudiera ocasionar una catástrofe.
Al mediodía les fué servida una suculenta comida por
la familia Acosta. Todos, aunque con poco apetito, por las
desazones y la nerviosidad, comieron con buen ánimo.
—¡ No le vamos a dar el gusto a los “mañeses” de que
nos vean flacos, si nos agarran! —comentaba Pina.
Sin ningún incidente de importancia llegó la noche.
Alrededor de las ocho, llegó a la casa un hombre de edad
madura, alto y fornido. Su aparición en la estancia donde
estaban los patriotas fué como un rayo de sol en las tinie
blas.
—¡Coronel Roca !—exclamó Duarte.
x
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
¡Por fin! —dijo Pina.
—¡Yo sabía que vendría! —comentó Acosta.
—¡Cómo que si vendría! —dijo con aire decidido
Coronel, mientras daba un abrazo a cada uno que por poco
los estrangula.
El Coronel informó a Duarte y sus compañeros que la
partida estaba fijada para dentro de dos días. Pero que esa
misma noche deberían salir para la casa de Pedro Cote, r
Pajarito, a fin de esperar allí el bote que debía llevarlos a
la goleta.
Durante largo rato hablaron los cuatro hombres, y se
notaba en ellos esa decisión, arrojo y valentía que es carac
terística de los hombres que lo han sacrificado todo en aras
de un ideal.
A las nueve cada uno tenía lista una pequeña maleta
de mano, con las cosas más indispensables.
—¡Es hora de que partan! —dijo el Coronel cuando
sonaron las di
—Un moi
ñas recomendé
—¡Diga!
po y alma!
—¡ Gracia
instrucciones 1
firme a Ramó
mi hermano V
velo, Jacinto d
chez... en fii
por nada del r
me comunican
ahora podrán
yo, y enfermo
dados y desmo
conté Celesti n
i
JULIO GONZALEZ HERRERA
cualquier negociación con las propiedades de nuestra fami
lia... Sé que ninguno se opondrá, pues todos están identi
ficados conmigo en que la patria es primero que nada...
¡ Ah! se me olvidaba, no deje de ver a los viejos enseguida,
decirles que nos ha visto y que estamos bien... En fin, Co
ronel, Ud. sabe...
—Amigo Duarte —dijo el Coronel Roca poniendo una
< mano en el hombro de su amigo— cumpliré sus deseos al
pie de la letra y agregaré a sus instrucciones todo lo que
crea conveniente, según mi buen criterio... ¡Puede absolu
tamente confiar en mi!
—¡Que Dios se lo pague. Coronel!
Duarte y Pina dieron un abrazo al Coronel Roca y a
Juan Alejandro Acosta. Se dirigieron entonces al patio de
la casa. Por una escalera saltaron a un patio, tal como
hicieron en la casa de Botello. De ahí a otro, y pronto estu
vieron en una calle larga y estrecha que estaba desierta,
a pesar de no estar avanzada la noche.
—Me parece que lo mejor es que saltemos la muralla
por el Angulo —dijo Pina.
Se encaminaron, entonces,, cautelosamente hacia la
parte del río. Al cuarto de hora estaban frente a una mu
ralla de bastante altura que separaba éste de la ciudad pro
piamente dicha. Pina se dirigió a un vertedero de basura
cercano, y pronto volvía con una larga estaca de madera.
—¡Dios nos ayuda! —murmuró.
Apoyó la estaca en la muralla y pronto los tres estu
vieron del otro lado. Corrieron presurosos hacia el río. La
noche era oscurísima y en el caudaloso Ozama sólo se veían
oscilantes lucecitas rojas y blancas de goletas y balandros.
—Por aquí —dijo Pina— que parecía ser el de espíritu
más práctico. El bote debe estar cerca de La Fuente.
Se dirigieron a1 Norte. Cuando llegaron cerca de La
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Fuente, vieron enseguida un pequeño bote casi embarran
cado en tierra.
—Quédate tu aquí. Voy a cerciorarme —dijo Pina.
Duarte se quedó pegado a la barranca, ansioso e impa
ciente. Pina, pegado también a la barranca fué caminando
hasta llegar frente a la pequeña embarcación. Entonces,
se le vió avanzar con cuidado hasta llegar a ella. A los cinco
minutos estaba de regreso.
—¡ Es el bote! —dijo con entusiasmo— que nos ha de
llevar a la margen oriental!
Los dos patriotas, con premura, entraron en la peque
ña embarcación, y a poco, esta cruzaba lentamente las apa
cibles aguas de la ría Ozama.
Dos días después, alrededor de las ocho de la noche, e’.
crue hubiere estado cerca del paraje que ya hemos mencio
nado, denominado “La Fuente”, en la ribera occidental del
rí< Ozama, hubiera podido ver a un hombre joven que lle
vaba en la mano un grueso bastón, que embarcaba en un
bote en idénticas circunstancias en que lo habían hecho
Duarte y Pina. El bote cruzó el río, derivando un poco ha
cia el sur. Cuando iba a llegar a la margen oriental, se detu
vo un poco y sus dos ocupantes miraron recelosamente ha
cia la parte opuesta.
—Creo que no hay novedad —dijo el que había embar
cado—. ¡Atraca rápidamente!
El botero no se hizo repetir la orden y a poco el bote
pegaba a la orilla, en un lugar solitario y agreste. En el
fondo, un poco a la derecha, se distinguían las luces del pe
queño poblado de Pajarito. No bien hubo el bote atracado,
un hombre salió de entre un pequeño monte. Se acercó con
cuidado.
—¿Eres tú, Pina? —dijo al pasajero del bote.
JÍ’LIO GONZALEZ HERRERA
—¡Si! ¿Quién está en el bote?
—Juan Isidro Pérez. ¿Dónde está Duarte? ¡Vengan
enseguida!
A poco, Duarte y Pina subieron al bote, y cambiaron
un abrazo con Juan Isidro Pérez.
La pequeña embarcación puso inmediatamente proa
río abajo. La noche era estrellada, y en dirección a la ciu
dad se distinguían tenues luces de las casas de la Primada
de América. Los tres patriotas, como si se hubieran puesto
de acuerdo, hicieron silencio. Cuando el bote pasó frente a
la ciudad, Duarte se llevó un pañuelo a los ojos. El bote
siguió velozmente y al llegar a la desembocadura del Ozd-
ma todos miraron hacia La Fuerza, la sombría fortaleza
donde asentaba su poderío opresor el haitiano.
—Avanza lo más que puedas —dijo Pina al yolero—
¡Quiero verme cuanto antes en alta mar!
Por suerte, ésta estaba serena y el oleaje era casi im
perceptible. El botero, un gigante con músculos que hu
biera envidiado Prometeo, arreció sus esfuerzos, y a la hora
el bote estaba al costado de una goleta de regular tamaño.
Toda la tripulación, al parecer, estaba a la espera de los
patriotas. Ocho o diez hombres, con un pantalón por toda
vestimenta, estaban en cubierta. El que parecía ser el ca
pitán gritó:
—¡Vivo! ¡Suban! ¡No hay tiempo que perder!
Duarte. Pina y Pérez fueron izados por los brazos del
capitán y otros tripulantes. La goleta estaba lista para
partir y un viento favorable completó la maniobra. Pronto
enfiló hacia el sur dando cabezazos.
Los patriotas se sentaron en unos cajones que había
en cubierta.
—Tenemos tanto que hablar —dijo Duarte a quien la*
emoción de abandonar la patria apenas le había permitido
LA GLOívIA LLAMO DOS VECES
articular palabra—, dirigiéndose a Juan Isidro Pérez. ¿Has
sabido algo de Francisco Sánchez?
—Nada he sabido —contestó el aludido con aire ape
sadumbrado. —Sólo que está enfermo. He estado escondido
todos estos días y sólo por un milagro he logrado embarcar.
—¿Y los demás?
—Los otros amigos están en menor peligro, pues de
ellos se sospecha menos.
La conversación de los patriotas a cada momento de
caía. Por sobre todas las cosas, pesaba sobre sus almas
el inmenso dolor de abandonar la tierra en que nacieron.
—Lo mejor es que reposen Uds. —se acercó a decir
amablemente el capitán de la goleta.— Les he preparado
sobre cubierta unas frazadas.. . De lo contrario desde que
estemos mar afuera, se marearán...
—Ya estoy yo mareado —comentó. Pina.
—Vamos a acostarnos —dijo Duarte—. Es lo mejor.
Todos se dirigieron hacia la parte central de la em
barcación, donde, de la mejor manera posible, el capitái
había alineado frazadas y sacos de pita.
Momentos después los tres patriotas estaban tendido?
largo a largo en los incómodos e improvisados lechos. En
sayaron dorfhir. Ninguno lo logró. Hablaron hasta más no
poder de los sucesos pasados y de los por venir.
Cuando la aurora alboreaba, los tres, como impulsados
por idéntica idea, se levantaron de sus lechos y se dirigie
ron al costado de la embarcación. Allá, en lontanaza, se
distinguían aún las costas de la isla, que parecía surgir del
mar como una flor de tristeza y de esperanza.)
Los ojos de Duarte se humedecieron. Extendió la ma
no derecha hacia la tierra que ya se perdía entre la bruma
y exclamó con voz en la que había gran fé y valor:
—¡ Patria mía serás libre!
XI
27 DE FEBRERO DE 1844
A las siete de la mañana del día 27 de febrero de 1844,
un hombre bastante joven, andrajosamente vestido y con
un rostro de aspecto respulsivo, estaba de pie en la esquina
que forman la intersección de las calles de Los Nichos (1)
y la calle del Hospital (2) en la ciudad de Santo Domingo
Sus ojos no cesaban de mirar con insistencia la casa que
estaba situada en dicha esquina, exactamente la que está
emplazada en el sureste de ella.
A la media hora de esta continuada observación, vió
salir de dicha casa un muchacho que tenía, por su vesti
menta y porte, el aspecto de ser un sirviente de la misma.
El muchacho caminó a todo lo largo de la calle hasta llegar
a la esquina del Conde. El tipo de andrajoso vestidos, que
le había seguido, se le acercó:
—¡Oye, Pedrito, párate ahí! ¿A dónde vas tan tem-
prano?
<1) Hoy calle Arzobispo Nouel
(2) Hoy calle Host-os
JUMO GONZAJJEZ HERRERA
.—¡Hola Jabao! —contestó el aludido—. Voy a una di
ligencia.
—¿A una diligencia tan temprano? — Yo pensaba que
podríamos desayunarnos juntos... Ayer he conseguido
unas motas.
—No, no puedo —replicó Pedrito.— No debo demorar
me, invítame otro día.
—¡Pero, chico, se puede saber a dónde vas tan de
pronto?.
—¿Y para qué quieres tu saber a dónde voy? —No son
cosas que te importan...
—Está bien. Entonces te acompañaré unas cuadras...
—¡ Bueno!
El Jabao había echado un vistazo al bolsillo exterior
del gabán de Pedrito, y había visto lo que deseaba ver: un
sobre cerrado.
Con esa habilidad propia de malhechores, caminó al
lado de su amigo, en un momento propicio se pegó a él, y
a poco la carta estaba en sus manos, la cual trasladó rápi
damente a uno de sus bolsillos.
Entonces, con estudiada indiferencia, dijo al llegar a
la esquina próxima:
—Chico, yo voy a desayunarme. —Si tu no quieres
acompañarme, que voy a hacer. .. ¡Abur!
—¡ Abur!
El Jabao rápidamente dobló la esquina y cuando ya
su amigo había desaparecido de la vista, echó a correr. Lle
gó a una especie de friquitín que había en la parte norte
de la calle de Las Canteras. Allí pidió permiso para pasar
a! patio. Una vez en el patio se metió en la cocina.
—¡Hola. Juana! —dijo— prepárate un desayuno.
manífú y chicharrones.
—¡Está bien!
La cocinera se dirigió a la carbonera en busca de com-
LA GLORIA LLAMOLOS VECES
bustible para avivar el fogón, momento que aprovechó ti
avisado Jabao para sacar la carta del bolsillo y ponerla por
un momento cerca del fuego. Enseguida abrió el sobre sin
romperlo, pues estaba, al parecer, recién pegado.
Con el sobre abierto, se dirigió a una mesita de las
varias que había en el friqvMn, y -se sentó frente a e’la.
Momentos que aprovechó para sacar papel y lápiz de sus
bolsillos y copiar lo que decía la carta. Con mano rápida
copio:
“Ramón: Todo va bien. Efectos depositados anoche
casa Animal, calle de Los Gerónimos. Asunto será siempre
hoy. Avisa a los que puedas, yo haré lo mismo. Hasta la
vista. F.”
Una vez que copió el contenido de la carta, y la ceiró
de nuevo, el maleante se dirigió otra vez a la cocina. Ya en
el fogón había un caldero con la manteca hirviente. El
Jabao se indignó.
—¿Cómo? —dijo dirigiéndose a la cocinera— ¿Toda
vía no has puesto a freír los chicharrones? ¡Chica, será
otro día! ¡Tengo que irme al trabajo!
La cocinera se cuadró ante tamaña insolencia.
—¿Y qué es lo que Ud. se cree, desgracian, que tengo
ocho manos?
—¡Yo no sé!—¡Lo que yo sé es que no puedo esperar!
¡ Abur!
—¡Desgraciao, habrás tu trabajado en tu vida!...
—¡ Trabajo en casa de tu mamá!...
—¡Insolente!
—¡ Sucia!...
Pero el Jabao tuvo que echarse a huir pues ya Juana
volaba hacia él. sartén en mano.
Cuando llegó a la calle se dirigió rápidamente a las in
mediaciones de la esquina en que le hemos visto antes. A
209 —
JULIO GONZALEZ HERRERA
poco, se dio con Pedrito, quien, pálido como un muerto, mira
ba en el suelo de aquí para allá, como en busca de algo.
—¡ Ya sabía yo que volverías! —le dijo tan pronto lo
vió— ¿Qué te pasa?
—¡Que se’me ha perdido una carta! Y mirando fija
mente al Jabao, agregó: —¡Cuidado si tu la tienes!
—¡Ja! ¡ja! ¡ja! —rió Jabao con gozo—. ¡No debía
dártela! ¡ Se te cayó cuando ibas por la calle del Conde! •
—¡Pásame esa carta!
—¡Si, amor mío!
Y con toda donosura El Jabao entregó la carta a su
amigo. Este le lanzó una mirada fulgurante, pero contento
de haber recobrado lo que juzgaba perdido, se dirigió a
todo lo largo de la calle del Caño, sin decir una palabra.
Cuando llegó a la Atarazana, bajó la cuesta y a poco
subía las escaleras de una casa de alto de las inmediaciones
Momentos después, una joven apareció en el umbral.
—¿Es Ud. la señorita Rosa?
—Para servirle.
El muchacho sacó la carta del bolsillo.
—¡Esto le mandan!
—¡ Está bien!
—Entonces me voy —dijo el muchacho.
—Si, puedes irte. Dile a quien mandó la carta que
está bien.
Cuando el muchacho hubo bajado la escalera, la joven
miró con presteza el sobre. Enseguida se puso a llamar a
grandes voces:
—¡Vicente Celestino! ¡Vicente Celestino!
. A poco, un hombre joven, de bastante parecido a Juan
Pablo Duarte, apareció en la sala en mangas de camisa.
—¿Qué pasa, hija?
—¡Oye, parece que el asunto es siempre hoy! Acaban
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
de traer esta carta para Ramón Mella. Así es que ve a avi
sarle enseguida...
Vicente Celestino paseó un momento la carta por las
manos, y devolviéndosela a su hermana, dijo:
—Déjala aquí. Voy enseguida por Ramón. •
Pasó media hora. Ya la señorita Rosa daba muestras de
impaciencia, cuando se oyeron ruidos de pasos en la escale
ra. Rosa corrió a abrir, y aún no se habían sentado los
que llegaban, cuando toda nerviosa y excitada dijo a Mella:
—Ramón, parece que el asunto es hoy!
—¡Pero, cálmate, hijita! —dijo Vicente Celestino.
Rayón Mella abrió el sobre y leyó el contenido de la
carta. Luego la pasó a los otros dos.
—Vicente -—dijo— no tenemos tiempo que perder. Aví
sale tu a Benito González, Félix Ma. Ruiz, y Juan Raveto.
Yo me encargo de José Ma. Serra y Jacinto de la Concha.
En cuanto a los Puello, Tomás Bobadilla y Manuel Jiménez, $
ya deben estar enterados, pues ellos estaban directamente
relacionados en la compra de las armas. Debemos ver a los
que dije cuanto antes, cosa de que ellos tengan tiempo de
avisar a otros, y estos a otros... y así... así... estaremos
todos esta noche en el punto convenido.
—El punto convenido, naturalmente —aclaró Vicente
Celestino— es la casa de Animal en la calle de Los Geróni
mos. Ahí repartiremos las armas a los que no tienen, que
son, por cierto, la mayoría... y de ahí nos dirigiremos a
los alrededores de la puerta de la Misericordia.
—¡Eso es!
—¿Quién es ese Animal? —preguntó curiosa, la seño
rita Rosa.
• —Es Juanico Perdomo, que nosotros le decimos así.—
El tiene una casa vacía en la calle de Los Gerónimos (1) y
(1) Hoy calle Espaillat
— 211
W JÍ
sifll
en ella Francisco ha hecho depositar las armas. Es el lugar
más a propósito ya que es bastante solitario y está muy
cerca de los fuertes del Conde y de la Concepción.
Los dos amigos se dirigieron precipitadamente a las
escaleras. Cuando ya había bajado tres o cuatro escalones
Vicente Celestino se devolvió. Se acercó a Rosa.
cuidado!
Una hora después de estos sucesos, el inefable Jabao
se encaminó por la calle de Las Damas, hacia La Fuerza.
Al llegar a un lugar cercano a la entrada, con su habitual
atrevimiento, se dirigió a uno de los soldados haitianos que
allí hacían la guardia. Pero el soldado no lo dejó ni siquiera
acercarse y le hizo señas de que se retirara de allí. Ensa
cando el patois, gritó entonces desde lejos:
—¿A qué hora viene el Coronel Herard? ¡Tengo algo
muy importante que comunicarle!...
Pero el soldado no creía que semejante ser pudiera
tener nada que ver con el alto oficial del Ejército haitia
no. Ni siquiera se dignó contestar.
El Jabao se consumía de la rabia.
—¡Haitianos estúpidos! ¡Les traigo una noticia que
vale mil duros y no quieren ni siquiera oírme! —se decía.
Pero él estaba dispuesto a todo. Se acercó, no obstan
te las mil musarañas que hacía el negro uniformado para
advertirle de que no se acercara.
—¡Tengo una noticia muy importante para el Coro
nel Herard¡ —repetía y repetía.
—¡Váyase! ¡Váyase! —le advertía el haitiano.
Al ruido de la discusión, acudió el jefe de la guardia
de servicio: un sargento que parecía un búfalo caído en un
pozo de hollín. Al saber que aquel zarrapastroso deseaba
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
nada menos que ver a todo un Coronel se hechó a reir con
una risa que hubiera desdeñado un gorila de pura sangre
del Senegal o el Congo.
—¡Encierren a este gran señor! —dijo con gracia.
Y a los cinco minutos, conducido por cuatro soldados,
el Jabao era huésped de una de las mazmorras del Home
naje.
Así pasaron las horas lentamente mientras el preso,
en el colmo de la rabia y la impotencia, casi se rompía la
cabeza con ios barrotes de la puerta de su celda.
—¡Idiotas, imbéciles, cochinos! —no cesaba de gritar—
¡Quieren dominar un país, y ni siquiera ponen atención a
quien puede darles una buena información!...
Hacia las cuatro de la tarde tomó una decisión extre
ma. El había notado que de cuando en cuando, algún ofi
cial haitiano cruzaba de una barraca a otra, a una distan
cia de unos metros de la ventana de su celda. Se puso, aho
ra, a acechar esta oportunidad. Como.a la media hora, un
oficial, con trazas de Teniente o Sub-Teniente. fumaba dis
traídamente un cigarrillo en el patio del recinto militar, a
quince o veinte metros de la ventana. Entonces con voz es
tentórea, se puso a gritar en patois:
—4 Esta noche los dominicanos derrocarán a los haitia
nos! ¡Esta noche los dominicanos derrocarán a los haitia
nos! ¡Esta noche los dominicanos derrocarán a los haitia
nos!
Cuando con voz tonante hubo dicho la frase por terce
ra vez, el oficial, sorprendido, volvió la cabeza, y a poco se
acercó curiosamente a ver al sujeto que tan extrañas cosas
decía. El Jabao continuó, imperturbable, en su cantaleta,
e hizo como si no hubiera visto al oficial que se acercaba al
ventanillo. Este, tan pronto estuvo frente a la celda, y con
voz imperiosa y violenta, dijo al preso en el lenguaje cor
tado de los haitianos:.
JULIO GONZALEZ HERRERA
—¡Hei! ¡Mire! ¿Qué es lo que está Ud. diciendo?
—¡Pues eso! —le contestó audazmente el Jabao—
¡ que esta noche los dominicanos darán un golpe contra Uds.!
—¡ Pero está Ud. loco! ¿De dónde ha sacado Ud. eso?
—Vine a decir al Coronel Herard lo que sabía sobre el
particular, pero el sabio que tienen de jefe de guardia en
la puerta, me mandó a trancar...
El oficial haitiano se rascó la barbilla y se dirigió ha
cia la mayor de las barracas. Después de un rato vino con
el llavero.
—¡Saque Ud. a ese hombre! —dijo.
El Jabao respiró de pura satisfacción. Las cosas co
menzaban a arreglarse. Una vez afuera fué conducido, a
través de todo el recinto, hacia una barraca mayor que las
demás, en cuyo techo ondeaba la bandera haitiana, azul y
roja.
Escoltado por el Teniente, fué conducido a un despacho
en el que se veía una gran mesa por escritorio, y tres o cua
tro sillas. De la barraca entraban y salían constantemente
oficiales y soldados.
Un hombre, ridicula y pomposamente uniformado, de
mediana estatura, negro como el carbón y con nariz acha
tada como si hubiera sido golpeada fuertemente, estaba
sentado frente a la mesa. Tenía puesto unos anteojos que
a cada momento se le resbalaban de la nariz y que él vol
vía a colocar en su lugar, meticulosamente. A su lado, dos
negros con fusiles, estaban cuadrados y como en permanen
te custodia. Cuando este señor hizo una imperceptible se
ña, el Teniente se acercó al Jabao.
' —¡Acérquese! —le dijo.
El Jabao, ya no tan confiado como antes, se aproximó.
Al llegar frente al escritorio, el Teniente le gritó:
—¡Cuádrese Ud.! ¿No ve que está en presencia de un
Coronel del Ejército haitiano?
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
El Jabao se cuadró. Su figura ridicula y sus trajes
harapientos le hacían parecer una caricatura de opereta en
la forzada pantomina.
El Coronel carraspeó, se arregló nuevamente sus ante
ojos, se echó hacia atrás en la silla con estudiado gesto, y
dijo al Jabao:
—¿Qué es lo que Ud. dice de los dominicanos y los hai
tianos?
—Señor —contestó el Jabao decidido a aprovecharse
plenamente de la oportunidad que se le daba—. Yo siempre
he sido amigo del gobierno de Uds. y desde hace tiempo me
he puesto a hacer averiguaciones sobre cosas que pasan y
que Uds. no saben... Yo soy muy vivo y conozco aquí a to
do el mundo... Yo...
—¡Al grano! ¡Al grano! —interrumpió el Coronel
con impaciencia— ¿Qué es eso que Ud. dice de que los do
minicanos van a derrocar esta noche a los haitianos? —agre
gó con mal disimulada ira.
—Señor —dijo entonces el Jabao—. Yo sorprendí esta
mañana un muchacho, del cual me he hecho amigo, y que
varias veces ha llevado correspondencia de Francisco Sán
chez a Ramón Mella. ¡Es necesario que Uds. sepan que
Francisco Sánchez no ha muerto, y está en plena activi
dad!...
—¿Y sabe Ud. donde vive o se oculta Francisco Sán
chez?
A veces un rasgo de pudor o de vergüenza, se encuen
tra aún en los seres más depravados. Al Jabao, que no
buscaba otra cosa que obtener una suma de dinero, le re
pugnó denunciar el sitio donde se ocultaba Sánchez, a pe
sar de conocerlo perfectamente.
—No señor, yo no sé.
El militar haitiano hizo un gesto de impaciencia. A
JULIO GONZALEZ HERRERA
todas luces se veía que no creía nada de lo que el Jabao le
decía.
—Pero entonces, en resumen —dijo calmosamente el
oficial—, ¿cuál es la denuncia que Ud. quiere hacer?
—Que. según el papel que vi, los dominicanos tienen
reunidas armas en una casa, cuya situación exacta desco
nozco. dé la calle de Loa Gerónimos, y que piensan repar
tir esas armas esta noche y dar un golpe.
—¿No sabe Ud. nada más?
—¡No, señor!
El Coronel se puso en pié. Dirigió una mirada oblicua
al espía, y le dijo con lentitud:
—Mowneur: Yo voy a hacer investigar lo que me ha
dicho. Y sí Ud. me ha mentido, tendré mucho gusto en ha
cerlo colgar de aquel arbolito que Ud. vé allí.
Y señaló, con gesto trágico, por una ventana abierta,
un árbol, cuyas hojas se movían graciosamente al impulso
de la brisa, detrás de la barraca donde estaban.
Al Jabao no le hizo mucha gracia la advertencia.
—Y si es cierto, señor —dijo con voz ansiosa—. ¿No
tendré mi recompensa?
—Si. seguramente la tendrá, no lo dude —contestó el
Coronel evasivamente.
El Jabao fué encerrado nuevamente, y el Coronel He-
rard salió en su coche a toda prisa de la Fuerza.
Cuando dieron las siete en el reloj de la catedral, el co
che del Coronel entró como una tromba, de nuevo. No bien
hubo llegado a la barraca mayor, el militar se lanzó de él y
se dirigió a la mesa escritorio.
—¡Teniente Agapíte! ¡Teniente Agapíte! —gritó con
voz nerviosa—. ¿Dónde diablos se ha metido el Teniente
Agapíte?
'Un soldado se lanzó a la busca de Agapíte en otra de
las barracas, mientras el Coronel escribía precipitadamen
— 216 —
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
te en un cuaderno. El soldado dió con Agapíte durmiendo
en una hamaca en una de las barracas dormitorios. El sol
dado se vió en la necesidad de tratar de despertarlo.
—¡Mi Teniente! ¡Mi Teniente! —decía entre res¿
tuoso y decidido—. ¡El Coronel quiere verlo!
La garganta de Agapíte lanzó un resuello y entreabrió
los ojos, pero aún continuaba en el limbo.
—¡Teniente Agapíte! ¡Teniente Agapíte! ¡El Coro
nel quiere verlo en seguida! —repitió el soldado, y zaran
deó suavemente al dormido. ,
Agapíte, entonces, amenazó con despertar. Lanzó una
especie de berrido ténue y movió su gordo cuerpo de izquier
da a derecha.
—\Mon Dieul —dijo el soldado temblando ya ante la
posible ira de Monsieur Le Coronel— ¡Teniente Agapíte,
por Dios, no se dá Ud. cuenta de que le digo que el Coronel
Herard lo llama?
Agapíte, al fin. se decidió a despertar, y enderezó su
gordo cuerpo en la hamaca. Miró aún sin comprender lo
que el soldado le decía.
—¿Me habló Ud.?—dijo.
Este se cuadró.
—¡Mi Teniente! —dijo el soldado ya casi agotado—
¡ Lo he despertado porque el Coronel Herard lo llama!
Agapíte lanzó un bostezo tan grande que pareció que
una corriente de aire entraba en la habitación.
—Tenía entendido que me habían concedido el día er
licencia —dijo mal humorado—. ¡Hoy es mi cumpleaños,
y había invitado a comer a una amiguita! ¡En fin, qué se
va a hacer!
Se levantó pausadamente de la hamaca, se acicaló un
poco, y dirigió su pesada humanidad hacia la oficina del
Coronel Herard. Cuando llegó, éste le vociferó:
—¡ Teniente,Agapíte! ¿Es Ud. mi ayudante o no es
JUUO GONZALEZ HEKKL1KA
Ud. mi ayudante? ¿Dónde ha aprendido Ud. el arte de des
aparecerse en el preciso momento en que más lo necesitan?
—Señor, si no estaba en su despacho es porque dis
frutaba del día de licencia que Ud. me concedió ayer —di
jo Agapíte, quien se volvió repentinamente todo sumisión
y humildad.
El Coronel Herard reflexionó.
—¡ Es verdad! —dijo condescendiendo—. ¡ No me acor
daba! Y cavilando un momento agregó: ¡Pero dé por can
celada su licencia, pues hoy tenemos cosas muy importan
tes que atender!
—Si señor.
—Oiga Ud. Teniente Agapíte —dijo entonces el Coro
nel con aire persuasivo—. Yo le voy a encomendar una mi
sión muy importante, en que se pondrá a prueba su inteli
gencia y de cuyo buen éxito depende que se le conceda o no
un ascenso...
—Si, señor.
Se trata de lo siguiente —agregó—. Yo he recibido la
denuncia de que los dominicanos proyectan dar un golpe es
ta noche. No creo mucho en tal cosa, pues esa gente están
sin jefe, y muy desunidos. Pero lo que me preocupa es
que en la denuncia se revela con precisión que esta no
che se reunirán en la casa de un tal Animal, en la calle de
Los Gerónimos, donde serán repartidas armas para el pro
yectado golpe.
—Si, señor.
—Como la calle de Los Gerónimos es una calle muy lar
ga en la que hay familias dominicanas, haitianas y extran
jeras, es muy difícil localizar en cual de ellas han podido
ocultar las armas.
—Si, señor.
—De manera —prosiguió el Coronel— que mi plan
es el siguiente: si es cierto que los dominicanos van a dar
I
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
un golpe esta noche, lo natural es que esta misma noche,
en grupos o por separado, vayan a buscar las armas en la
referida casa...
—Si, señor.
—Así es que su misión se reducirá a vigilar con caute
la y personalmente desde que cierre la noche, toda ¡a calle
de Los Gerónimos... La casa en que Ud. note algo extraor
dinario, como entradas y salidas, ruidos sospechosos, etc., de
be allanarla inmediatamente. Para ello tendrá aquí cin
cuenta soldados, listos para ir con Ud. tan pronto avise...
¿Me ha comprendido Ud. perfectamente?
—Si, señor.
—¿No hay nada que se haya escapado a su inteligencia
de lo que le he dicho?
—No, señor.
—¿No tendría miedo o sentiría vacilaciones en el caso
de que tuviera que actuar con mano fuerte?
—No, señor.
—¿Le gustaría a Ud. obtener pronto su ascenso?
—¡ Oh!... ¡ Si señor!
—Bien —dijo el Coronel Herard, levantándose—. En
caso de que sea cierta la denuncia, tan pronto haya hecho
las actuaciones vaya a mi casa a avisarme.
—Si, señor.
El Coronel se dirigió a su coche y el Teniente Agapíte
hizo el saludo militar. Estaba extenuado. El sudor cho
rreaba por su rostro y sus ojos languidecían. Nunca cre
yó que tendría que poner a funcionar su cerebro en forma
tan inusitada.
Hizo, fein embargo, un esfuerzo y fué a ordenar que es
tuvieran listos los cincuenta soldados. Comenzaba a oscu
recer cuando se dirigió a toda prisa a la calle de Los Ge
rónimos.
Mientras tanto, en un$, casa baja de dicha calle, en el
—’ 219 —
JULIO GONZAUEZ HKRKERA
tramo comprendido entre la del Conde y la de Las Merce
des, estaban reunidos, Ramón Mella, Benito González, Félix
Ma. Ruiz, Juan N. Ravelo, José Ma. Serra, Jacinto de la
Concha, Vicente Celestino Duarte, los hermanos Fuello y
Juanico Perdomo. La casa se componía de sala, comedor, y
dos habitaciones mas. En la última de éstas, los patriotas,
hablando en voz baja y a la débil luz que proyectaban dos
bujías, examinaban un montón de armas, la mayor parte
puestas sobre una larga mesa, otras recostadas en las pa
redes, y otras en el suelo. Fusiles de pistón, fusiles de pie
dra de chispa, fusiles de retrocarga o aguja, pistolas de ma
sa giratoria,, trabucos naranjeros, se veían allí hermana
dos en confortadora promiscuidad. Cada uno de los fusi
les iba provisto de su correspondiente correa para ser cru
zada en el pecho, de modo qué el fusil quedara a la espalda.
—¡ Buen cargamento! —-exclamó Ramón Mella exa
minando un trabuco naranjero—. ¡ Podremos quemarle bien
el trasero a los “mañeses”!
Se levantó su casaca y se colgó el trabuco a la cintura
al lado de otro que ya llevaba.
—Debemos nosotros tomar las armas cortas —dijo Fé
lix Ma. Ruiz— y dejar a los que vengan en busca de armas,
los fusiles. ¿Ya elegiste el tuyo, Jacinto? •
Jacinto de la Concha mostró ufano una pistola de ca
cha reluciente.
—¡Con ésta y mi trabuco me bastan! —dijo jovial
mente.
Mientras tanto, José Ma. Serra y Benito González
arreglaban las correas, mientras José Joaquín Puello se
ocupaba de ir clasificando las armas, de manera* que las de
una misma clase estuviesen juntas.
—Oye, Animal —dijo Mella, dirigiéndose a Juanico
Perdomo—. ¿Cuánto te has ganado en la compra de estas
amias? ¡Tu pareces buen negociante
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
Juanico se indignó.
—¡Oye, Ramón, tu sabes que a mí no me gustan esos
juegos! Si hubiera querido ganar me hubiera cogido las
armas. ¿Se hubieran atrevido Uds. a ir a denunciar el ro
bo a los haitianos?
Mella rió de puro gozo. Le gustaba dar bromas a su
compadre Juanico, precisamente porque éste no “tenía co
rrea” para aguantarlas. *
De pronto se oyeron golpes quedos en la puerta de la
casa. Benito González fué a abrir y a poco entraba con dos
mozalbetes de no mas de diez y ocho a veinte años.
—Son los muchachos Ginebra y González —dijo Be
nito—. Tomen las armas que quieran.
Los barbilampiños mozos-se decidieron por los trabucosJ
—Ahorita —dijo uno de ellos— vienen nuestros pri
mos y otros amigos...
—Si —admitió Serra— pero díganles que no vengan
en grupos, sino uno a uno y con mucho cuidado.
Mientras tanto, el inefable Teniente Agapíte llegaba
a la calle de Los Gerónimos.
—¡Hay que hacer las cosas en regla! —se dijo—. Co
menzaré, pues, a examinar, casa por casa, comenzando des
de la última que queda cerca del mar.
Y fiel a su idea, dejó la calle de Los Gerónimos para di
rigirse por otra hacia la parte sur de la ciudad. Cuando lle
gó casi a la costa del mar Caribe entró, muy ufano, en la
mencionada calle. Caminando despacio y casi en puntillas,
recorrió la primera, la segunda, la tercera cuadra, de sur a
norte. Nada raro notó en ellas. En todas las casas ha
bían luces. —Muchas tenían sus puertas abiertas— En algu
nas jugaban chiquillos. No podían ser aquellas las casas de
unos atrevidos conspiradores. ¿No estaría soñando el Co
ronel Herard? Cuando llegó a la esquina que forman la
JULIO GONZALEZ HEXFERA
calle de Los Nichos (1) y ia de Los Gerónimos, se detuvo.
Su obesa humanidad no estaba hecha para demasiadas an
danzas. Al llegar allí lanzó un suspiro.
—¡ Día de mi cumpleaños —se dijo— cuando debía estar
en parranda con Rosita, la costurería de Pajarito, tener que
estar siguiéndole la pista a unos conspiradores imaginarios!
De pronto sintió la garganta demasiado reseca. Al
mediodía, un compañero le había obsequiado con una bote
lla de Jerez de la Frontera que él había gloriosamente liba
do. Se dirigió a la pulpería de la esquina. No era cosa de
tomar las cosas tan a pecho, y dejar pasar así su cumpleaños.
—¡Deme ahí una botella del mejor vino que tenga! —
dijo al pulpero.
Este se apresuró a cumplir la orden, y a la media ho-
.ra, el litro de vino hacía cabriolas en el estómago del buen
Agapíte. Pero el vino le hizo reaccionar. El era un mili
tar de la gloriosa tierra de Boyer, y debía cumplir las ór
denes, costare lo que costare. Se levantó marcialmente,
pagó el consumo y fué a continuar sus pesquisas.
Llegó ahora a la esquina que forman la calle del Con
de y la de Los Gerónimos. Pegado a la pared trataba en
vano de disimular su opulenta humanidad. La noche no
era oscura y ésto le facilitaba su labor. Al llegar a la men
cionada esquina se ocultó precipitadamente en un zaguán.
Algo sospechoso había visto. En el extremo de la calle, por
la parte norte, había visto una sombra huir sigilosamente
y doblar por la calle de Las Mercedes. Se quedó en obser
vación. A poco, otras dos sombras hacían la misma ma
niobra.
—¡Por aquí es la cosa! —se dijo.
Pasó media hora. Ahora eran dos hombres que, sa
lían al parecer de una de las casas de esa cuadra, y que a paso
(1) Calle Arzobispo NoueJ.
— 222
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
apresurado se dirigían a la calle del Conde. Agapíte se ocul
tó en el zaguán y esperó el paso de los que venían. Cuando
estaban cerca puso el oído alerta. Eran dos jovencitos.
Venían hablando animadamente.
—Los Ginebra no nos quedamos atrás en nada ¡ Esta
noche verás tu si somos guapo§ o nó! —dijo uno.
—Ni los González tampoco —le respondió el otro—
• Papá no sabe nada, pero yo no podía faltar a ésta!
Los mozos doblaron por la calle del Conde y los ojos de
Agapite se abrieron desmesuradamente. En seguida, sin
pensarlo mucho, se dirigió a La Fuerza, casi a escape. Allí
estaban sus cincuenta hombres, firmes y listos para cum
plir con su deber. Los hizo salir a la calle, los aliñe» de
bidamente y con paso marcial se dirigió a la calle de Los
Gerónimos.
—¡Nuestro objeto es capturar a esos vagabundas vi
vos, y tomar las armas! ¡Así es que cuidado con disparar,
si yo no lo ordeno! —explicó el Teniente.
—¡Muy bien, señor!
Las personas que, alrededor de las nueve de esa no
che transitaban por las calles de Santo Domingo, algunas
se sobrecogían, otras se reían, ante el grotesco alarde de
fuerza del poder haitiano. Como estas ostentaciones eran
frecuentes, nadie parecía asombrarse de ellas.
Al llegar a la esquina de la calle del Conde y Los Geró
nimos, el Teniente Agapíte, hizo detener la tropa. Breve
mente explicó al Sargento, señalando el extremo de la calle
de Los Gerónimos, en su parte norte.
—En una de esas casas, a la izquierda, casi al llegar a
a la calle de Las Mercedes, es donde deben estar reunidos.
Explíqueles a todos que vamos a ir corriendo a fin de copar
la casa y que nadie pueda escapar! .
El Sargento instruyó a sus hombres, y a una orden
JULIO GONZALEZ HERRERA
del Teniente, todos salieron huyendo, por el centro de la ca
lle, en la dirección indicada.
Mientras tanto, los patriotas, con gran entusiasmo, ha
bían estado repartiendo las armas a los compañeros que
iban a procurarlas. Serra, a cada momento husmeaba la
calle, por la ventana entreabierta. A su ojo avizor no se le
escapó la llegada de la tropa a la esquina. Corrió a todo es
cape hacia donde estaban sus compañeros.
—¡Estamos a punto de ser atrapados! —dijo con aire
angustiado a sus compañeros—. ¡En la esquina hay una
fuerte tropa haitiana!
Los demás dieron un brinco. Mella corrió a la venta
na a cerciorarse. De regreso dijo a sus compañeros:
—¡Desgraciadamente es cierto! Prepare cada uno su
trabuco y vamos a darle su merecido a esos bandidos!
—¿No será mejor salir y atacarlos en la calle? —pre
guntó José Joaquín Puello.
—Me parece lo mejor —dijo Mella—. ¡Con un ataque
por sorpresa podemos vencerlos!
—Calma, un momento, señores —dijo Serra—. ¡No
echemos a perder la cosa! Si se ha descubierto que esta
mos aquí y que aquí tenemos las armas, todo está perdido.
Nosotros somos solamente nueve, y ellos cincuenta o más.
La mayor parte de las armas aún no han sido repartidas,
de modo que si nos matan o nos hacen presos, el golpe mu
rió en su cuna.
—¿Entonces que crees tu que debemos hacer? —pie-
guntó Mella, impaciente.
—Pues, sencillamente, no precipitar las cosas. Vamos
a cerrar bien la casa y apagar la luz. Esperaremos. Si vie
nen, nos defenderemos.
Todos comprendieron la lógica de este razonamiento.
Mientras tanto, el Teniente Agapíte y su gente llega
ban casi al extremo de la calle de Los Gerónimos.
LA GLORIA ¿LAMO DOS VECES
—La casa es una de las últimas de la izquierda —dijo
al Sargento.
Entonces se fijó en una de ellas, con las puertas her
méticamente cerradas, y sin luz adentro, ni indicio alguno
de vida. Se dirigió resueltamente a ella y dió recios golpes
en la puerta con la culata de su pistola. Nadie respondió.
—Teniente —dijo el Sargento—. ¡ Me parece mejor des
cerrajar la puerta en seguida, no sea que se escapen por el
patio!
—¡ Zs verdad! —asintió Agapíte—. ¡ Rompan esa
puerta!
Tres o cuatro soldados, con la culata de sus carabinas,
la rompieron en un santiamén, y a poco la tropa entraba
como una tromba en la casa.
—¡Haz luz! —dijo Agapíte al Sargento.
Este obedeció y a poco eran encendidas las dos bujías
de un gran candelabro que había en uno de los extremos de
la habitación. La luz se fué avivando, poquito a poco, y a
su débil resplandor, el Teniente y el Sargento iban mirando
la habitación.
De repente, Agapíte dió un grito de asombro y espanto,.
y reculó hasta tropezar con el Sargento.
En el centro de la habitación, erguido y siniestro, con
sus huesos blanquecinos brillando con colores de ultratum
ba, mirándole fijamente con sus redondas cuencas vacías,
había un esqueleto de un animal enorme, cuyos piés coloca
dos en forma singular, parecían querer iniciar el paso de
un minué. Los soldados se habían diseminado por las otras
habitaciones y el patio, en busca de los supuestos conspira
dores y de las armas, y solo estaban en la sala el Teniente
Agapíte y el Sargento.
—¿Qué pasa, mi Teniente? —preguntó el segundo al
primero.
—¡Mira! —contestó Agapíte y señaló con gesto de te
JULIO GONZALEZ HERRERA
rror el monumental fósil, mientras no cesaba de recular.
Cuando el Sargento miró el esqueleto, abrió las ojos y ex-*-
clamó:
—¡Mon Dieu!
Sin embargo, el Sargento era un haitiano valiente y
menos supersticioso que el obeso Teniente Agapíte. Se atre
vió a acercarse al esqueleto, aunque no a más de un metro
de distancia y puso sus manos a la espalda, como para que
no osaran intentar siquiera tocar aquel trofeo de ultratumba.
Después de mirarlo un rato con gran audacia, dijo ai
aterrorizado Agapíte:
—¡ Vamos a la otra habitación! ¡ Es lo mejor!
Tratando de disimular su indecisión, Agapíte se dirigió
con el Sargento al comedor de la casa.
—¡Cierra esa puerta! —dijo al Sargento.
El Sargento cerró la puerta, de modo que el comedor
quedara incomunicado con la sala. Agapíte se desplomó
entonces en una silla. ¡Eran demasiadas emociones para
una sola noche!
Los soldados venían a cada momento a informar que
nada encontraban en la casa sospechosa: ni armas, ni
nada que se les pareciera.
Después de media hora, que necesitó Agapíte para cal
mar sus nervios de tantas imprevistas sensaciones, ensayó
a poner su cerebro a funcionar.
—¡Sargento, venga acá! —dijo.
—Sí, mi Teniente.
—Ahora me acuerdo que el Coronel Herard me dijo que
las armas debían estar en la casa de un Animal. ¿Cree Ud.
que ésta pueda ser la casa?
—No, mi Teniente, yo no veo aquí ningún animal.
—¡Animal! ¿Y el animal ese que está en la sala?
—¡Ah! ¡Es verdad! Pero yo creía que un animal, lo
era cuando tenía sus carnes y todo...
?'
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
'El Teniente en aquella hora de tribulaciones tuvo la
audacia de reirse. Le chocaba la ignorancia de su Sar
gento.
—¿Entonces tu no sabes lo que es lenguaje metafórico?
—No, mi Teniente.
—¡No me explico como con tan poca instrucción hayas
podido llegar al grado de Sargento! Pero no te voy a dar
explicaciones. Me va a bastar con decirte que en lenguaje
metafórico eso que está ahí en la sala es un animal...
—Si, mi Teniente.
—Y que, por lo tanto, esta es la casa del Animal donde
debían estar las armas.
—Si, mi Teniente.
—¿Si en la casa del Animal no están las armas ni las
gentes que debían estar en casa del Animal, qué debemos
hacer?
—¡Pues largarnos a todo escape, mi Teniente!
—Al fin has dicho algo cuerdo —condescendió Agapí- >
te—. ¡ Reune a la gente y vámonos en seguida de aquí! ¿No
habrá otra salida que no sea por la sala? •
Mientras el Teniente Agapíte iba a informar al Coronel
Herard que en la casa del Animal no había ni conspirado
res, ni armas, los patriotas estaban ansiosos husmeando por
la entreabierta ventana. Vieron entrar a los haitianos en
la casa vecina, y vieron como al poco rato salían casi co
rriendo en dirección a la calle del Conde. Cuando los vie
ron irse, por poco palmotean de júbilo.
—¡Vamos a llevarnos cada uno las armas que poda
mos —dijo Mella— y a reunirnos en seguida con los com
pañeros I
Con gran sigilo fueron saliendo de la casa, llevando ca
da uno tres o cuatro armas, y corrieron a toda prisa hacia
las inmediaciones de la puerta de la Misericordia. Ya ha
bían sonado las diez de la noche, todas las casas estaban
227
i
JULIO GONZALEZ HERRERA
í;
cerradas y sus moradores entregados al reposo. Cuando só
lo faltaban tres o cuatro cuadras para llegar a la Misericor
dia, se Encontraron con dos jóvenes que al parecer también
se dirigían al punto de reunión.
Se acercaron a ellos.
—Son Angel Perdomo y Joaquín Llaverías —dijo So
rra a Mella—. Vamos a juntarnos con ellos.
—¡Hola Llaverías! —dijo Serra.
f —¡ Cómo va la cosa Perdomo! —dijo a su vez Mella.
Cuando los aludidos reconocieron a ‘Mella y sus compa
ñeros, hicieron grandes demostraciones de júbilo.
—Teníamos el temor de que no hubiera sido posible
dar el golpe esta noche —dijo Perdomo—. Corrió el ru-
: mor de que no había llegado el'cargamento de armas. ¡Pe
ro, por lo visto, todo va bien!
—Mas bien de la cuenta —asintió Mella—. Y a pro
pósito, creo que por el momento debemos diseminarnos un
poce, a fin de repartir estas armas que traemos aquí.
M%lla se alzó el gaban y mostró una hilera de trabucos
. en su'cintura.
. Llaverías se echó a reir. / ;
—¡Cuidado si con el peso sé te caen los pantalones!
^r-dijo bromeando.
Mella dió a Llaverías y a Perdomo algunas armas y
dijo:
—Señores, vamos a tratar de repartirlas.
Pero no fué necesario que el grupo se disgregara. Por
una de las calles laterales*venían coirtp diez o quince hom-’
. bres. casi pegados a las paredes y como ansiosos de llegar
al lugar de la- reunión cuanto antes.
Cuando llegaron donde estaban Mella y los demás, uno
, de ellos dijo, reconociendo al primero:
—Dígame,* señor Mélla, ¿ dónde es que están repartien
do las armas?
GLORIA LT LLAMO DOS VECES
—¡Aquí teneos suficientes! —respondió el aludido—
¿Cuántos son Uf.?
—Somos aqí once, sin armas, pero otros compañeros
se han quedado a su casa por no tener ni un buen cuchillo
a mano.
—¿Cómo sfllama Ud.? —dijo Mella.
—Ramón, no me reconoce Ud.? Yo soy de la familia
Lamarche, ni£) de José Lamarche, que tenía una le
chería ... I
__¡Ah! ¡fi! —respondió Mella como recordando—
¡Caramba! ¡ ero si estás vuelto un hombre! —Y reflexio
nando agregó-: Vamos a hacer una cosa: nosotros tene
mos aquí alrdedor de treinta armas entre pistolas, trabu
cos y fusile: Te las vamos a entregar a ti y a los de tu
grupo, pan/que tomen las que necesiten y las demás las
repartan ejtre los que no tengan.
_ ¡Encantado! —dijo gozoso Lamarche—. ¡Eso era lo
que necesiábamos’.
Melh llamó a sus compañeros e hizo que entregaran las
armas qíe habían traído. Por todas eran treinta y una.
Llenos £ júbilo, Lamarche y su grupo se las repartieron,
mientra* éste decía alegremente:
—Ahora iremos donde Perecito, Bambán y los demás,
que a /o mejor ya se han acostado...
Oigan! —dijo Mella—. No se demoren mucho. A las
once pensamos dar el golpe y debemos estar todos por estos
alrededores.
—¡ Muy bien! —asintió Lamarche.
Por las calles adyacentes a la puerta de la Misericordia
iba plegando cada vez más gente. Mella miró rápidamente
ha<na diferentes lados, y calculó cuantos podían ser: aire
dedor de ciento cincuenta. •
7 De algunas casas mujeres curiosas asomaban su faz
por las entreabiertas ventanas. La noche, aunque estrella-
JVLdO GONZAUEZ^reka
da, era bastante oscura. Los haitianos r parecían haber
se enterado de nada.
A la media hora, los patriotas eran Irededor de dos
cientos. Llaverías se acercó a Mella.
—Ramón —dijo— ¿cuál es el plan pa» tomar el fuer
te del Conde?
—Pues, el Teniente Martín Girón est comprometí V
con nosotros a no hacer resistencia...
—¿Quién es Martín Girón? —inquirióLlaverías.
—Tu tienes que conocer a la familia Gi5n... Es muy
antigua en Santo Domingo. Martín fué refutado por los
haitianos y obligado a formar parte del Ejércto. Pero, co
mo buen dominicano, no puede estar con ellos
—De modo, —aclaró. Lia verías— que se uenta con la
cooperación absoluta de Girón.
—¡Seguro!
—Entonces el triunfo del golpe en sus coníenzos está
asegurado.
—Si —dijo Mella—, pero cuando hayamos ornado el
fuerte del Conde faltará el rabo por desollar. Har que to
mar entonces la Capitanía del Puerto, La Atarazaba y San
Diego. Y lo más importante: ¡La Fuerza!
En eso se oyó una gran algazara en la calle quedesem-
boca por el norte a la puerta de la Misericordia. Méla mi
ró hacia el lugar donde provenía el ruido y vió a /arios
hombres que abrazaban y casi atropellaban a otro coi ma
nifestaciones de entusiasmo.
Se acercó.
El agasajado vió a Mella. Se zafó de sus jubilosos
amigos y gritó:
—¡ Hei! ¡ Ramón!«
—¡Es Francisco Sánchez! —dijo éste—. ¡Ya sabía yt>
que no demoraría!
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—Pero... —dijo Llaverías— con los ojos muy abier
tos— ¡ Todos lo creíamos muerto!...
—Sí, —contestó Mella— ¡muerto de (¡bulando... W
Ambos patriotas se fundieron en un estrecho abrazo.
Sánchez venía rozagante de salud y entusiasmo. En su ros
tro moreno los ojos brillaban como dos ascuas y todo él res
piraba valor, resolución y osadía.
—¡No hay tiempo que perder! —dijo Sánchez—. De
bemos actuar cuanto antes. •
—Esa es mi opinión —dijo Angel Perdomo.
En eso se acercó un grupo de diez hombres al lugar
donde estaba Mella. Un joven, algo pálido de ]a emoción,
dijo con voz insegura:
I —¿Señor Mella, ya han venido todos?
—Hayan o no venido todos vamos a atacar enseguida.
—Me parece —dijo el joven— que no somos suficien
tes. Así piensan también mis compañeros... Apenas hay
por tono doscientos hombres...
—¡Sería una locura! —dijo un hombre de edad— ¡Yo
no voy a exponer a mis hijos a esto!
—¡Lo que soy yo me voy para mi casa enseguida! —
dijo un joven paliducho vestido pulcramente.
—¡Vete! —le dijo Mella— pues se te va a ensuciar la
ropa!
El patriota reflexionó un momento. Si estos pusilá
nimes hacían cundir su propio desaliento, los demás no se
rían capaces de matar una mosca. Tenía la garganta re
seca y los labios le temblaban de la rabia. *
Se dirigió a una pulpería cercana.
—¡Oiga! —dijo al pulpero— ¡Deme ahí un trago de
ginebra.
El pulpero echó en un vaso un dedo del licor pedido.
(1) Modismo por 4 de a jugando” o “de Juego”.
JUUO GONZAUEZ HERRERA
—¡Un trago de hombre le he pedido! —agregó Mella
con voz recia.
El pulpero, cuyo fusil se veía en un rincón del estable
cimiento exclamó, mientras echaba en un vaso cuatro dedos
de licor:
—¡Yo también me voy a tomar uno! ¡Y este es lo últi
mo que vendo! ¡ Me voy con Uds.!
Mella apuró de un golpe su trago.
En eso entró un borracho, tambaleándose.
—: Ah! —dijo con voz que quiso hacer jocosa— ¿con
que el amigo Mella también ingiere su alcoholito? ¿Eh?
Mella miró despreciativamente al borracho y le con
testó : &
—¡ Para que él sea mi esclavo, no mi amo!
Cuando salió a la calle vino corriendo hacia él Jos!
Ma. Serra.
—¡Hay que actuar enseguida! —dijo precipitadamen
te— ¡ Dos o tres se han puesto a desanimar a los otros y
el desaliento está cundiendo por todas partes!
Mella, con paso marcial, con los ojos chispeantes de
coraje y la boca contraída en un rictus de indomable ener
gía, llegó al centro del grupo.
—¡Qué es lo que pasa, carajo! —dijo con voz tenan
te— ¡Adelante todo el mundo!
Y sacando su fenomenal trabuco hizo un disparo al
aire que sonó en el ámbito como un bofetón de diana, sordo
y rabioso.
Aquello *fué un estimulante prodigioso. "Los patoritas
todos corrieron en dirección a la puerta del Conde.
—¡Viva la República Dominicana! —gritó uno.
—¡Que viva! —gritaron doscientas voces.
Como un torrente desbordado llegaron al Conde. Allí
estaba Martín Girón con tres o cuatro soldados dominica
nos, adictos a la causa.
LA GLORIA LLAMO DOS VECES
—¡Vengan pronto! —dijo Girón— ¡Les entrego el
Fuerte! ¡Que viva la República Dominicana!
En eso, trabuco en mano, se presentó corriendo un
soldado.
—¡A mí no se me ha informado de esto! —dijo alta^
ñero— ¡ Y no estoy dispuesto a rendirme al primero que
llegue....
—¡Oye, Cabo Gros, —dijo Girón acercándose— tu eres
dominicano y no puedes estar con los haitianos!
—(Yo soy militar y debo cumplir mis órdenes! —con
testó cón altivez el cabo.
—¡ No seas idiota! —y de un salto de tigre el Tenien
te Girón brincó sobre él, le agarró violentamente la mano,
y le quitó el trabuco.
Ahora puedes estar con quien quieras! —le dijo,
dándole un violento empellón.
Mientras tanto, Joaquín Liaverías, bayoneta en mano,
había abierto la pesada puerta que cerraba el fuerte. Una
avalancha de gente entró de la parte afuera de la ciudad.,
—¡Eduardo Abreu de San Carlos y su gente! —dijo
Mella— abrazando a un hombre joven, moreno y bien plan
tado.
—¡Ya me estaba desesperando allá afuera! ¿Cómo va
la cosa? —dijo.
—¡Todo bien! —contestó Mella.
En eso llegó Angel Perdomo a decir que había alista
do los cañones del Fuerte, y que estaban listos para disparar.
Francisco Sánchez y un grupo, mientras tanto, habían
sacado todos los pertrechos del polvorín, y se ordenó a otro
grupo que fuera al cercano fuerte de La Concepción, e hi
cieran lo mismo.
Ahora que el golpe inicial había sido dado, el entusias
mo aumentaba como una bola de nieve lanzada en un ventis
JULIO GONZALEZ HEE&EBA
quero. De aquí y de allí venían grupos armados danco reso
nantes vivas a la República.
—Es necesario ocupar cuanto antes la Capitanía del
Puerto, La Atarazana y la Puerta de San Diego —dijo
Sánchez a Mella— ¿A quien podríamos mandar a eso?
—¡Manda a Juan Alejandro Acosta! ¡No cree haya
otro mejor. *
Avisado Juan Alejandro, al cuarto de hora, tenía reu
nido un grupo de cincuenta hombres, y se dirigía a t«xio
escape hacia la parte este de la ciudad.
Al llegar cerca de la Plaza de Armas, sintieron ruidos
de hombres en marcha. Acosta dió a su gente la orden de
detenerse. Quedaron a la expectativa. Un grupo de hom
bres uniformados, a poco atravesaba la Plaza.
—Son el Coronel Herard, y otros oficiales —dijo a
Acosta uno de sus compañeros.
Cuando estuvieron bastante cerca, Acosta con voz es
tentórea gritó:
—¿Quién vive?
—¡Coronel Herard del Ejército haitiano!—respondió
una voz.
Acosta, por toda respuesta, descargó su pistola en di
rección al Coronel y su gente.
Estos recularon y se escondieron detrás de un árbol.
Poco después se veían sus figuras caminando a paso apre
surado hacia La Fuerza.
La noche iba transcurriendo sin ningún otro inciden
te de importancia. Como a las dos de la mañana, llegó un
emisario de Acosta para informar que la Capitanía del
Puerto, La Atarazana y la Puerta de San Diego, habían si
do tomadas sin que hubiera habido resistencia y que había
sido muerto un marino en la Capitanía. También vinieron
informes de que la gente de Pajarito estaba pasando en gran
cantidad a engrosar las filas de los patriotas.
A los haitianos de La Fuerza no les queda otro re-
m.-dio que rendirse! —dijo Sánchez a Mella— ¡La ciudad
es nuestra, y si no salen morirían de hambre, y si salen, ¡ ay
. de ellos!...
En la madrugada Ramón Mella y Francisco Sánchez,
seguidos de otros compañeros, subieron a la cima del Fuer
te Iban con el corazón lleno de orgullo a izar la bandera
dominicana en aquel pétreo Baluarte que fué el escenario y
el mudo testigo de la grandiosa epopeya.
Mientras sus compañeros izaban la enseña tricolor que
se desperezaba a las brisas de la aurora como una gatita
mimada y soñolienta, Ramón Mella se dirigió a la parte sur
• del Fuerte. Desde la altura contempló el mar. Su pensa
miento voló hacia Juan Pablo Duarte, El no había estado
allí. Pero tampoco ha estado nunca Dios presente en la
salida del sol, ni en el furor de las tempestades, ni en. la
inmensidad del océano. El había estado allí en espíritu,
porque sólo su gran espíritu, luminoso y visionario, hecho
carne de abnegación y sacrificio, fué el que hizo posible que
quedara para siempre grabado en el frontón de la historia,
aquel lema inmortal:
DIOS, PATRI. Y LIBERTAD
Página
i REFACIO ..................................................................................................... 9
Capítulo I — HAITY BRUJO ................................................... 21
” n — AMALIA ................................................................ 39
” in — COFRESI .............................................................. 57
” IV — EN BUSCA DEL TESORO .............................. 65
•» V — EN BANI .......................................................... 79
* VI — RIVALIDAD........................................................... 117
” VII — DE HOMBRE A HOMBRE .............................. »1
” VID — JUAN PABLO DUARTE .................................. 171
” IX — CLAUDICACION .................................................. 183
” X — HACIA EL AMARGO DESTIERRO ................ 195
* XI — 27 DE FEBRERO DE 1844 .............................. 207
NOTA.—Esta obra no concurrió al Certamen Literario con motivo dei
Primer Centenario de la República.
OPINION EMITIDA SOBRE LA OBRA “EN LA RUTA
DESOLADA”, DEL MISMO AUTOR:
Artísticamente impreso en la editorial Pol Hermanos,
de esta ciudadr ha comenzado a circular el libro “En la
Ruta Desolada“, primoroso manojo de versos originales del
licenciado Julio' González Herrera, uno de los más laborio
sos, fecundos y auténticos obreros de la alta literatura do
minicana de estos últimos tiempos.
Como todo lo que es producto de su vigorosa inspira
ra ny de su fina sensibilidad artística, los poemas de este
?.vo volumen con que el culto autor de “Trementina, Cle-
i y Bongó“ viene a aumentar el acervo de los buenos
ros nacionales, confirman en González Herrera la exis-
ia de una individualidad literaria potente y brillante,
ipre en función creadora y siempre afortunada en el
azgo de los más originales y elocuentes medios de expre-
Por ello, “En la Ruta Desolada“ es un libro de esos que,
pue no luzcan aparatoso y deslumbrante ropaje externo,
ten comparecer a todas partes sin poner en entredicho
reputación del autor ni el decoro literario del país.
(“La Nación”, Diciembre 21, 1943.
FE DE ERRATAS
La página 90 de esta novela es en realidad
la 89 y ésta la 90.