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Historia del Carnaval en Rosario

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N°29

Sucesos Rosarinos
EL RESCATE DEL CARNAVAL
Sucesos Rosarinos
EL RESCATE DEL CARNAVAL

Patrimonio de los rosarinos acaso desde los lejanos días de la Ilustre y Fiel Villa, el ritual
popular de las carnestolendas se fue construyendo –en esta geografía y en todos lados–
encorsetado por diversas premisas establecidas a su alrededor para contenerlo en nombre
de la civilización, pero sin dejar de ser nunca una celebración ruidosa, agresiva, pinto-
resca y colorinche.
De orígenes casi silvestres y espontáneos, con escasa posibilidad de control sobre su
desarrollo, se fue amoldando al deseo de orden emanado por las autoridades desde su
sitio de rigor asignado en los almanaques hasta entrar al siglo XX con circuito establecido
y horarios fijados para el festejo.
Atravesado por un halo existencial acaso sobrevenido después del frenesí de la celebra-
ción sin dique, se hizo recurrente la sensación de su finitud, temiéndose que alguna vez la
celebración no volviese.
Las épocas de oro del Carnaval rosarino –el de los clubes de barrio; el del Poeta Aragón
como Rey Momo vernáculo; el del Parque Independencia y los bailes multitudinarios
en la intendencia de Luis Cándido Carballo– siempre fueron precedidas por ese aire de
desencanto y la necesidad de salir a recuperar la fiesta popular como un tácito mandato
ciudadano.
Tras casi un siglo de vigencia, con altibajos (quizás atados al devenir político y social)
los Corsos se sostuvieron como pudieron hasta ser prohibidos por la dictadura militar en
1976. Poco a poco, cuando fueron quedando un poco atrás aquellos años oscuros, una
caravana imaginaria de carrozas le siguió marchando a los rosarinos en las ganas rumbo
al siglo nuevo: entonces la ciudad vio (y ve) los barrios trabajar para esa fiesta prometida
cuyo único escenario puede ser la calle. Como otra inspiración del ayer vital para ser
futuro, Rosario vive siempre un perpetuo rescate del Carnaval.

3
Staff
TEXTOS EDICIÓN Y PRODUCCIÓN
RAFAEL IELPI CLAUDIO DEMARCHI

TEXTOS Y PRODUCCIÓN DISEÑO E ILUSTRACIÓN


JOAQUÍN D. CASTELLANOS FACUNDO VITIELLO

Antecede a Sucesos Rosarinos —y en cierto modo le da origen— la producción, realizada por este
equipo en un lapso de cinco años, de varias publicaciones periódicas para el diario La Capital:
Barrios con Historia; Los Primeros Cronistas; La Arquitectura en la Historia de Rosario; Hombres y
Mujeres de Rosario, Protagonistas de la Historia. Muchas de ellas, como también la presente, con
la participación, el auspicio, la orientación y el aliento de Rafael Ielpi, una autoridad en la materia
y, además, un gran amigo.

Editor responsable: Papel y Web SRL, Italia 1642, piso 11º B, Rosario, Santa Fe - comercial@[Link]

4
Indice

MOMO SIEMPRE RENACE


MITO Y MANDATO DE TRADICIÓN / CLÁSICOS ESCENARIOS
CARNAVALEROS / LOS CORSOS DE ANTES / UNA FIESTA QUE
RESISTE A TODO / LOS CARNAVALES DE CARBALLO

LA LEYENDA DEL REY


CORONACIÓN DEL POETA ARAGÓN / EL NOBLE HOMBRECITO
QUE GOBERNÓ LOS CORSOS / EL CARNAVAL SIEMPRE ESTÁ POR
APAGARSE / EL POPULAR ARTE DE RENACER

UN DESFILE INTERMINABLE
DE LA PROHIBICIÓN PÚBLICA A LA ORGANIZACIÓN ESTATAL /
1961: ERA DORADA DEL CORSO Y PREHISTORIA DE
COLECTIVIDADES / EL ÚLTIMO NAUFRAGIO
Y EL MÁS RECIENTE REGRESO DE LOS CARNAVALES

5
6
1

MOMO
SIEMPRE
RENACE
MITO Y MANDATO DE TRADICIÓN
/ CLÁSICOS ESCENARIOS
CARNAVALEROS / LOS CORSOS
DE ANTES / UNA FIESTA
QUE RESISTE A TODO /
LOS CARNAVALES DE CARBALLO

PÁGINA 6. Cabezudos entre la multitud, en el Segundo Carnaval Internacional de 1962, durante la


intendencia de Daniel Gorni, sucesor Luis Cándido Carballo, el promotor de la municipalización de los
corsos.
Archivo Fotográfico Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”

PÁGINA 11. Un grupo de disfrazados coronan una carroza en el desfile de los corsos del Carnaval
Internacional de 1961.
Archivo Diario La Capital

PÁGINA 12. Un galeón atraviesa el bulevar Oroño con una temeraria tripulación de pequeños piratas
rosarinos, en febrero de 1961.
Archivo Diario La Capital
La vasta multitud late feliz, sumergida en un mar de serpentinas y más-
caras que la resguardan de la realidad cotidiana; hombres y mujeres de
todos los días disfrazados para que la rutina no los reconozca; un mar de
sonrisas que destellan entre enormes cabezudos al paso de las carrozas:
bailan en esta baldosa festiva del almanaque, aplauden y vivan a reinas y
princesas consagradas para la ocasión. Es febrero de 1961 en el corazón
del parque Independencia, pero puede ser cualquier otro año o época y
en el lugar menos pensado, después de un silencio cíclico en el que el Rey
Momo suele desdibujarse para renacer con nuevas fuerzas, reclamado
siempre por la gente que sin saberlo reedita su eterno rescate.
“El Carnaval es una fiesta tradicional pero siempre es visto como un
mundo que peligra o está en decadencia y que necesita ciertos apunta-
lamientos; muchas veces se lo asocia con un orden social ya extinto, y
justamente esa marca de anacronismo es la que hace que el Carnaval sea
materia de promoción institucional y pública” señala el historiador Diego
Roldán, investigador del Conicet y director del Centro de Estudios Cultura-
les Urbanos de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. (1)
El Primer Carnaval Internacional de 1961 fue de los más recordados
regresos de los corsos populares: una fiesta de características masivas
inéditas en la que los rosarinos invadieron el parque Independencia —se
habló de 400.000 asistentes—, impulsada por el intendente Luis Cándido
Carballo, muy cercano a las asociaciones vecinales de la época. (2)

ESCENARIOS CARNAVALEROS. Al principio del Carnaval de antaño, el día


era el tiempo de los corsos mientras que por la noche era la aristocracia
la que concurría en coches descubiertos al cruce sutil de nardos, serpen-
tinas y pomos con agua o esencias aromáticas. A esos juegos selectos les
sucedían veladas bailables en el Teatro Colón (Corrientes casi Urquiza), el
Politeama (hoy Fundación Astengo, en Mitre entre Santa Fe y Córdoba),
el Cine Real (Bulevar Oroño y Salta), el Estadio Norte (en Alberdi y José
Ingenieros, en Arroyito).
Desde principios del siglo XX y por varias décadas, los Carnavales en
Rosario habían adquirido una consolidación como disciplinada representa-
ción de las antiguas y desenfrenadas manifestaciones de su tipo, iniciadas
en la segunda mitad de la centuria anterior. Con los años se habían vuelto
cada vez más habituales los desfiles incesantes de disfrazados y mascari-
tas, tanto como de niños y niñas ataviados con trajes de pierrot, de dama
antigua, de mosquetero o de Caperucita Roja, en muchos casos contra la
voluntad de los pequeños, que con gesto adusto y tirándose a la retranca
eran llevados de la mano por sus padres rumbo al corso. (3)
Además de las calles destinadas especialmente para el paso de carro-
zas y disfrazados complementaban la propuesta festiva los no pocos bai-
les de Carnaval en ámbitos como el Salón Garibaldi, el Centro Progresista,
la Sociedad Humberto Primo, la Sociedad Andaluza, el Salón Ariosi o los
muchos pertenecientes a distintas colectividades. (3)

9
POSTALES DE LOS CORSOS. Hay una escena que se repite en todos los
festejos de Carnaval: las carrozas atravesando la algarabía general. Desde
las recargadas hasta las más modestas, todas eran en realidad carros
sobre los que se apretujaban algunos gauchos y chinas, o troupes ente-
ras con atuendos de diablo, arlequín o payaso, entre los más elegidos.
También tenían su versión más atemperada en personificaciones de los
más pequeños: era otra de las imágenes recurrentes, habituales en los
Carnavales de la década del 40 al 50, constituída por los concursos de
mascaritas infantiles organizados por el diario La Tribuna, que movilizaban
a un verdadero ejército de disfrazadas y disfrazados, deseosos de ver su
imagen reflejada en las páginas del vespertino, manteniendo una costum-
bre que aún es posible verificar en viejas fotografías de más de un álbum
familiar. Aquellos chicos y chicas, cuyas ropas para la ocasión denunciaban
la hechura casera y en otros su condición de atuendo adquirido en Gath &
Chaves o La Favorita, eran presencia infaltable en los tranvías que viaja-
ban desde los barrios hacia el centro, impecables y maquillados a la ida, y
desaliñados y agotados en el regreso a casa… (4)
Las murgas, sucedáneas de las comparsas iniciales de los desfiles, si
bien habían perdido mucho de la gracia inocente y contagiosa del pasado,
reemplazaban esa insutil carencia por un lenguaje crudo o por chasca-
rrillos cantados a pleno pulmón. En los ‘40, a propósito, comenzaron a
incorporarse los tintes futboleros, con personajes que vestían camisetas
de Newell’s, de Tiro Federal, de Central, de Belgrano (el del barrio homó-
nimo rosarino), de Sparta, entre otros, y desfilaban sumando cánticos.
El mismísimo Newell’s Old Boys, Gimnasia y Esgrima, y Provincial, todos
ubicados en el gran parque, comenzaron a ser los grandes escenarios
nocturnos que congregaban a los rosarinos, pero también los clubes de
barrio organizaban los eventos multitudinarios donde en patios y canchas
de básquet vueltas pistas de baile, al son de “la típica”, el jazz y las llama-
das orquestas “características”, resonaban pasodobles, rancheras, valses,
milongas y fox-trots.
Rosario contó entonces con un amplio abanico de espacios, lo que
marcó un novedoso fervor carnavalero: ya no fueron las familias más
pudientes las únicas organizadoras de la esperada festividad estival;
lejos de las avenidas ahora también los corsos empezaban a tener sus
focos en las calles suburbiales. El centro irá perdiendo la fuerza de los
años anteriores y cederá poco a poco el protagonismo a otros rincones
de la ciudad. (5)

UNA FIESTA QUE RESISTE. Un aporte novedoso en el recorrido irregu-


lar de esa recuperación del Carnaval fue la incorporación de la figura de
Rey Momo a los desfiles (según la mitología griega, el dios de la burla y
el escarnio) a la que Rosario le haría su propia adaptación en 1944 con la
figura del Poeta Aragón, singular Rey del Carnaval famoso por su pequeña

10
figura, que se convirtió en ícono de los corsos locales.
Hacia la segunda mitad de los años 50, acaso eclipsado por nuevas for-
mas de entretenimiento y propuestas culturales, los festejos de Carnaval se
verían palidecer, apagado poco a poco su característico origen colectivo:
murgas dispares y con pocos miembros, menos entusiasmo en los dis-
fraces y cierto desinterés generalizado salían a escena. Pero la tradicional
celebración encontraría resguardo en las sociedades vecinales y las biblio-
tecas populares, en certámenes musicales, además de los mencionados
bailes y espectáculos en los clubes.
Tal panorama sería la antesala de un épico regreso del Rey Momo: orga-
nizado por primera vez por la Municipalidad en 1961 y con el Parque Inde-
pendencia como escenario, aparecerá el Carnaval Internacional de Rosario.
La intervención pública iniciada por el intendente Luis Cándido Carballo fue
la extensión a mayor escala de la exitosa fórmula que habían aplicado antes
los bailes populares en los clubes. Rosario lideró entonces en recaudacio-
nes hasta por encima de Buenos Aires, cuyo Carnaval más importante era
el del Centro Lucense que contaba con la actuación de la orquesta de Juan
D’Arienzo y la reconocida Varela-Varelita. (6)

11
LOS CARNAVALES DE CARBALLO. El Carnaval Internacional de igual concurrencia, en los que se abrían pistas de baile con presencia
Rosario de 1961 fue además una exitosa experiencia para atraer al de populares artistas de renombre. Y el Centro de la Tradición El Hor-
turismo regional a la ciudad, con bailes circundantes en las renom- nero montaría en el Parque Independencia un local para que se luzcan
bradas instituciones deportivas donde los disfrazados se desarmaban conjuntos folklóricos, con zambas y malambos, así como el Centre
al ritmo del tango, del jazz, de la música brasileña y la española o las Catalá agregaría al gran menú del Carnaval una típica taberna cata-
presentaciones de artistas varios de fama nacional e internacional, lana expendiendo bebidas típicas españolas. (7)
testigos privilegiados de la multitudinaria esencia del Carnaval rosa- El Carnaval Internacional de Rosario fue, en efecto, el hito precursor
rino. A los mencionados Provincial, Gimnasia y Esgrima y Newell’s Old de la tradicional Fiesta de las Colectividades que se realiza en la ciu-
Boys —los clubes del Parque—, se sumarían Plaza Jewell, Echesortu, dad desde 1984, además de quedar en el imaginario colectivo como la
Rosario Central, Central Córdoba y otros más pequeños pero con época de oro del regreso de los Carnavales a las calles de la ciudad.

12 13
2

LA LEYENDA
DEL REY
CORONACIÓN DEL POETA ARAGÓN /
EL NOBLE HOMBRECITO QUE GOBERNÓ
LOS CORSOS / EL CARNAVAL SIEMPRE
ESTÁ POR APAGARSE /
EL POPULAR ARTE DE RENACER

PÁGINA 16. Carroza de jóvenes del Centre Catalán, en 1920.


Archivo Diario La Capital

PÁGINA 17. Una pincelada de los corsos en Rosario: en bulevar Oroño y en Alberdi, en 1917, en una crónica
fotográfica en la prensa nacional.
Revista Fray Mocho, N°120. (02.03.1917)

PÁGINA 18. El Poeta Aragón, Rey Momo rosarino por décadas, arriba de un Ford Falcon descapotable,
atravesando el portal de ingreso al corso del parque Independencia.
Archivo Fotográfico del Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”

PÁGINA 19. Una carroza de flores con compuestas señoritas y cochero. Postal de la primera década del
siglo XX, cuyo motivo es el Carnaval.
Archivo Fotográfico del Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”

PÁGINA 20. Alfonso Alonso Aragón en primer plano, encabezando el corso de frac, galera y bastón, posa
con el chofer, alcanzados por la harina y el papel picado de la celebración.
Archivo Diario La Capital

PÁGINA 21. Ataviado con ropas de monarca de baraja española, el Poeta Aragón y una dama danzan y se
dejan llevar por el embrujo carnavalero.
Archivo Fotográfico del Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”
Dicen que un día de febrero de la década de 1940, víctima de una
chanza estudiantil, intencionalmente emborrachado por los jóve-
nes bromistas y ataviado para la ocasión con un mantel a modo
de noble capa, fue subido al trono de una carroza del corso para
ser proclamado Rey del Carnaval rosarino. Y tanto honraría aquel
dudoso título que con su singular estampa reinará esas festivas y
populares reuniones por casi 30 años ininterrumpidos.
Se llamaba Alfonso Alonso Aragón y se lo conoció como El
Poeta Aragón, acaso otro título sin demasiado rigor de verdad
pero que supo llevar también. Su esmirriada figura de manto,
corona y cetro sobre alegórica carroza fue captada por innu-
merables cámaras fotográficas durante muchos años para pasar
a formar parte de una modesta mitología urbana que muchos
rosarinos se empeñan en resguardar de la destrucción del olvido y
que otros califican —acaso con excesivo rigor no exento de cierta
soberbia— de anecdótica chauvinista preocupada por inventariar
sucesos y rescatar personajes, cuyos posibles méritos individuales
son puestos al servicio de una improbable y nostálgica identidad
rosarina. (8)

DEBAJO DEL DISFRAZ. El Poeta Aragón había nacido en Monzón,


Palencia, en enero de 1891 y arribado a Rosario en 1921, luego de
trabajar en Buenos Aires —según indica el historiador Wladimir
Mikielievich— como capataz de un grupo de hombres-sándwiches
desde su llegada a la Argentina en 1910. Alternaría en los ambien-
tes nocturnos con periodistas, escritores y gente de teatro que
lo consideraban dislatado poeta, y fueron los que inventaron la
fábula de su ficticio reinado, al modo de la gobernación de Bara-
taria que Sancho Panza recibiera de los burlones nobles. Aragón,
hombre ingenuo e inocente de las crueldades de que fuera objeto,
trabajó casi toda su vida rosarina como mandadero de una serie
de comercios establecidos en la zona aledaña a la estación Rosa-
rio Norte. Pero algunos días al año se escapaba de ese perso-
naje gris de todos los días para ser el Rey del Carnaval rosarino,
monarca permanente de la fiesta popular por excelencia.
Murió en Rosario el 21 de diciembre de 1974 y fue enterrado en
un nicho donado por las autoridades municipales en el Cemente-
rio El Salvador. (9)

UNA CORONA SIN TIEMPO. Sin embargo, Aragón no había sido


el primero en ser ungido con el ficticio título real. Una nota de
una de las revistas sociales rosarinas del último tercio del siglo
XIX daba cuenta de un ignoto antecesor: “Hablamos todavía del
Carnaval. Es el asunto del día. Aún más, no ha pasado del todo,
puesto que hoy recién se hace el entierro solemne del Rey de la

15
alegría o mejor del angelito o cupido Santos Fernández, que tan
magníficamente ha representado el rol de Rey del Carnaval…” (10)
En los inicios de la década del ‘80 del siglo XIX, la publicación
periódica El Álbum analiza la pobre performance de la festividad
en Rosario, en comparación con Carnavales pasados, y se per-
cibe ese dejo de pesimismo fatal de la clausura, esa inminencia
de golpe final a los festejos. “A decir verdad, este año el corso se
ha jugado regularmente, pero con limitado entusiasmo. El buen
humor y alegría que para este juego se manifestaban en años
anteriores, han decaído notablemente”, asevera. Pero a aquel
presunto fracaso le siguieron innumerables celebraciones memo-
rables, también reflejadas en la prensa vernácula a contramano de
aquel lapidario informe de pronóstico agorero. (11)

DE OCASOS Y DE REINVENCIONES. Los balances negativos y la


duda sobre el futuro de las carnestolendas en la ciudad fueron
sucediéndose casi como los propios festejos. En febrero de 1923,
una nota en el periódico Semana Gráfica señala: “El Carnaval lleva
miras de desaparecer. Tal se desprende de lo que ha ocurrido

16
17
18
entre nosotros, donde el poco brillo de otros años ha venido a
menos para concretarse en una celebración sin ruido, sin atracti-
vos y sin partidarios. Hasta las autoridades han contribuido para
depreciarlo, desfigurando la verdadera significación de esta fecha,
que ha servido para esparcimiento y alegría, confundiendo clases,
estrechándolas en la festividad con el sincero deseo de divertirse
(...); poco a poco, se extingue el entusiasmo y ese poco ánimo,
reducido a las breves horas de un corso sin originalidad ni brillo,
que distancia definitivamente al pueblo, que lo conceptúa, con
razón, un pretexto para especular…” (12)
Aunque el transcurrir de las épocas fue matizando sus formas
y las impresiones de esa sensación de estertores finales de los
tradicionales festejos, lejos de desaparecer el Carnaval conservó
mucho de su esencia y contra todo pronóstico supo permane-
cer incólume: acaso ya como una idea no tan fiel a la celebración
desenfrenada y espontánea de sus orígenes, vuelta al menos
multitudinaria fiesta vecinal: una adaptación obligada a esa nece-
sidad permanente de recuperación de la fundamental expresión
colectiva y múltiple, necesidad de adueñarse por algún tiempo de
las calles. Un silente manifiesto ciudadano que empuja como un
mandato tácito, dispuesto a incomodar (aunque sea un poco) a
los regentes habituales de la sociedad.

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20
3

UN DESFILE
INTERMINABLE
DE LA PROHIBICIÓN PÚBLICA A LA
ORGANIZACIÓN ESTATAL / 1961: ERA
DORADA DEL CORSO Y PREHISTORIA
DE COLECTIVIDADES / EL ÚLTIMO
NAUFRAGIO Y EL MÁS RECIENTE
REGRESO DE LOS CARNAVALES

PÁGINA 24. Ilustración alusiva al carnaval años antes de la Década Infame.


Revista Media Noche, N°198; Buenos Aires (1930)

PÁGINA 26. En febrero de 1961, un caballo tira del carro que avanza con una barra de amigos
caracterizados como señoras y morenos para el carnaval.
Archivo Diario La Capital

PÁGINA 27. La caja de un camioncito se desborda de banderines y disfrazados en un corso municipal de


los años ‘60.
Archivo Diario La Capital

PÁGINA 28. Imágenes del Segundo Carnaval Internacional de Rosario. Arriba, un camión-carroza pasea
a un grupo de vecinos. Abajo, cowboys e indiecitas recorren el corso en una plataforma empujada por un
cabezudo.
Archivo Diario La Capital

PÁGINA 29. Dos fotografías de Joaquín Chiavazza, del diario La Tribuna. Arriba, la murga Los Bohemios
de Refinería posa en pleno festejo. Abajo, pibes arriba y abajo de una carroza en el mítico primer carnaval
organizado por la municipalidad de Rosario en 1961.
Archivo Fotográfico del Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”

22
“Detrás de los Carnavales suele haber rígidas reglamentaciones para
poner límites precisos a fiestas que, históricamente, fueron expresión de la
burla y la transgresión popular. Por tal motivo, todavía en los ‘50 y ‘60, las
disposiciones provinciales eran muy rígidas al respecto. Se prohibían dis-
fraces y máscaras en la vía pública, tanto como mofarse de instituciones
patrióticas, militares y religiosas. Tampoco se autorizaban juegos de agua
en lugares públicos, ni aceptar dinero por cantar o actuar en la calle”. La
definición categórica es del historiador rosarino Ricardo Falcón, un obsti-
nado investigador que, entre otros aspectos del ayer de la ciudad, puso el
foco en el Carnaval local con un interesante estudio. (13)
Con sus bemoles, los antiguos edictos o disposiciones de las fuerzas del
orden acerca de “los disfraces” mantuvieron la disciplinada costumbre de
tener que pedir permiso policial: por mucho tiempo, más allá de media-
dos del siglo XX, se otorgaba a los disfrazados una tarjeta con número
de orden que debían exhibir durante su participación en los festejos del
Carnaval. Las murgas, comparsas y carrozas tampoco dejaban de ser rígi-
damente controladas.
Pero en 1961, aunque existía todavía una reglamentación similar vigente,
se levantaron las prohibiciones dentro del circuito del Corso Municipal,
“siempre que no se ofendiera la moral pública ni las instituciones”. (14)

DETALLES DE LA ERA DORADA. Un día la estampida de cabezudos, múl-


tiples mascaritas, vistosas personificaciones y trabajadas carrozas irrumpió
desde lo más hondo de la historia para recuperar a gran escala el clima de
alegría extraviado en el devenir de los días. La intendencia de Luis Cán-
dido Carballo, en aquel inolvidable 1961, levantó en el Parque Independen-
cia una puerta de acceso al Corso con un magnifico Dios Momo de más
de quince metros de altura; puso góndolas en el Laguito para emular los
Carnavales venecianos, y cerca de La Montañita colocó cantinas agrupa-
das por “sabores del mundo”, representadas por las distintas colectivida-
des rosarina, con trajes, música y danzas típicas, lo que le daba ese rango
de “internacional” a la festividad y que fue, como se dijo, la prehistoria del
tradicional Encuentro y Fiesta Nacional de Colectividades de Rosario.
Con el fondo de una pirámide incaica se ofrecieron espectáculos folcló-
ricos así como se dispuso un “rincón tropical” para los shows más rítmicos,
a la par de los clubes con su menú musical de artistas internacionales.
Se repartió un intimidante arsenal festivo de serpentina, papel picado
y matracas entre los concurrentes y hubo una aguerrida competencia de
carrozas, de máscaras y de comparsas y murgas; concursos de conjun-
tos musicales y la elección de la Reina del Carnaval como sello de oro de
aquel rescate soñado.
También hubo una reivindicación dentro de aquel enorme festejo del
inveterado Rey Momo local, figura monopolizada desde hacía casi un par
de décadas por el pintoresco Poeta Aragón, especialmente vestido para la
ocasión con traje de gala, bastón y sombrero de copa. (15)

23
24
ALEGRÍA EN MASA. La noche rosarina volvió a sonreír ante esa sensa-
ción vital de ganar los adoquines para los pasos errantes y felices de los
ataviados fugitivos de la vida de todos los días, dispuestos a hacer valer
el derecho ciudadano de divertirse aunque sea en ese mínimo recreo de
febrero, mientras durara.
La avenida Pellegrini, el bulevar Oroño y el parque Independencia fue-
ron sitiados por una multitud sedienta de Carnaval, responsable también
de colmar los clubes de la zona y del resto del plano urbano local. Fue uno
de los mayores impulsos para recuperar la tradicional celebración dormida
con un doble mérito: la alegría popular por sí misma y la loable decisión
política de organizar desde el ámbito público un corso anual distinto.
El diario La Capital elaboró y publicó entonces un minucioso informe
de todos y cada uno de los espectáculos ofrecidos, aportando el inédito
dato de que el centro de la ciudad quedó vacío un sábado por la noche.
Lo describía como “un hormiguero de gente. Tanto entrar como salir del
corso; moverse hacia el lago o hacia las calesitas, querer ver las carrozas,
todo resultaba difícil”, reseñaba un asombrado cronista a propósito de la
multitud que colmó el Parque Independencia. (16)
La iniciativa de Carballo, considerada por la prensa posterior como la
belle époque del Carnaval rosarino, fue una clara apuesta a un elemento
vital que había sido marginado poco a poco de la apagada festividad: la
participación de la gente. Como la mismísima celebración de las carnesto-
lendas —la antesala de la Cuaresma camino a las Pascuas—, aquel acon-
tecimiento fue efímero pero contundente, lo suficiente para sacudir a la
ciudad y volverse leyenda.

OTRO NAUFRAGIO CARNAVALERO. Pese al éxito, el Carnaval Internacio-


nal de Rosario duró oficialmente dos años y se diluyó en el devenir político
nacional. Carballo era hombre del desarrollismo en Rosario y pese a haber
sido elegido para gobernar la provincia en 1961 nunca llegó a asumir, por-
que antes fue derrocado el Presidente de la Nación, Arturo Frondizi.
En años posteriores, la organización de este tipo de acontecimien-
tos culturales no tendría continuidad, a excepción de un intento sin eco
popular en 1970. En paralelo, con la consolidación de importantes recitales
y bailes que siguieron eligiendo los grandes clubes de la ciudad como
escenario —Sandro, Palito Ortega, Los Cinco Latinos, Roberto Carlos y
Joan Manuel Serrat eran algunos de los nombres que encabezaron aque-
llos espectáculos—, apenas como apuestas de los grandes empresarios
dueños del negocio de la realización de shows, sin participación de la
órbita pública. Y por si fuera poco, en 1976 por un decreto de la dictadura
cívico-militar se suspendieron definitivamente los festejos de Carnaval.

ILUSIÓN FUGAZ PERO ETERNA. Tras un largo silencio de más de otras


dos décadas —el mismo que alcanzó a otros ámbitos desde “los años de

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26
plomo”—, y tras varios intentos de resurrección de los corsos entre los ‘90
y los primeros años del siglo XXI, otra vez de la mano de la Municipalidad
de Rosario la voz del Carnaval pegaría otro grito: a través de espacios de
participación ciudadana en los barrios reaparecerá la creación de murgas
y comparsas integradas y desarrolladas en su totalidad por los vecinos. En
una búsqueda todavía vigente de la identidad rosarina del nuevo Carna-
val, bajo los inevitables influjos de la cultura carioca y la montevideana,
la fiesta sigue volviendo todos los años con aires místicos, empujada con
mayor vigor desde 2010, cuando se decretó a nivel nacional el restableci-
miento de los feriados de Carnaval que había borrado la dictadura.
“Cada vez que se lo escenifica, el Carnaval muestra que no está tan
muerto como se pensaba y que efectivamente hay algo de la cultura
popular que todavía sigue conectando con ese mundo, más allá de que
ya no estemos ni en una sociedad de sectores populares y élites ni en una
sociedad de masas y que estemos viviendo en una sociedad del enjambre
digital”, sostiene Roldán. (17)
Una pulsión social subyacente que siempre estalla en la calle como una
burla milenaria: una seguidilla de carrozas que nadie puede manejar, que
desandan una y otra vez un desfile interminable.

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28
NOTAS

(1) y (2) La Historia del Carnaval en Rosario: entre la prohibición, el fomento y el festejo. Mila Kobryn.
Diario La Capital, Rosario (08.02.2024)
(3) (4) (5) y (6) Rosario del 900 a la Década Infame. Rafael O. Ielpi. Homo Sapiens Ediciones, Rosario
(2005)
(7) El carnaval y el regreso de una fiesta popular e histórica. Graciana Petrone. Diario El Ciudadano,
Rosario (10.02.2013)
(8) [Link], [Link].
(9) El Poeta Aragón. Portal web de Pichincha, la historia de ayer y hoy de nuestro barrio
(10) Revista La Juventud, Rosario (06.03.1870). Citado por Rafael O. Ielpi
(11) El Álbum, N°5. Rosario (28.02.1881). Prensa Histórica de Rosario -
Hemeroteca de la Biblioteca Argentina “Dr. Juan Álvarez”
(12) Revista Semana Gráfica (febrero 1923). Citado por Rafael O. Ielpi
(13) y (14) La Historia de Rosario, Economía y Sociedad. Ricardo Falcón. Homo Sapiens Ediciones,
Rosario (2001)
(15) Portal web de Pichincha, [Link].
(16) y (17) M. Kobryn, [Link].

EL CONCEJO EN LA HISTORIA

FUENTES: La invención de las masas. Ciudad, corporalidades y cultura. Rosario, 1910-1945. Diego
P. Roldán. Universidad Nacional de La Plata (2015) / Diario La Capital, Rosario (10.03.1930),
(06/02/1932) / Archivo Municipal de Rosario. Expedientes Terminados del Honorable Concejo
Deliberante

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EL CONCEJO
EN LA HISTORIA

ADMINISTRAR LA ALEGRÍA
De todos los quiebres que atravesó el Carnaval en Rosario, en su
camino de lógicas transformaciones en el tiempo, hay uno fun-
damental que tuvo lugar en los alrededores de los años ‘30. Fue
cuando los corsos barriales, con los clubes como eje, movilizaron
cambios rotundos en la concepción de la celebración colectiva, no
solo dándole esa esencia más popular al alejar la fiesta del centro y
los lujosos salones, incluso de los bulevares y avenidas, sino también
al dotar a las reuniones de un carácter masivo, fuera de las escalas
conocibles hasta entonces en sitios ajenos a la organización central
de las autoridades locales.

LAS DOS CARAS DEL CORSO. La puja por universalizar el festejo y


despojarlo de aquella centralidad asomó en una discusión ocurrida
en 1929: “La oscuridad, la distancia y la multiplicidad entorpecían
la vigilancia, pero ese incremento del control se erigió a expensas
de la animación de la fiesta. La prensa abogó por el mantenimiento
de corsos barriales diurnos y uno nocturno en el Parque de la Inde-
pendencia. De esa manera, los suburbios se concentrarían en sus
propios carnavales. La multiplicación de escenarios desalentaba (sin
prohibir) la concurrencia de los habitantes de los barrios al corso
oficial. Se reservó la noche a las familias eminentes, sus integrantes
podrían lucirse en público sin asumir los riesgos de unas interaccio-
nes indeseables. Los barrios fueron dotados de los atractivos de una
ciudad pequeña, aunque mantuvieron su inconfundible carácter de
realidades de segundo orden, se convirtieron en comunidades cre-
cientemente aisladas”, explica el historiador Diego P. Roldán, para
dimensionar las marcadas diferencias.
Aquel ordenamiento libró sin quererlo a las comisiones vecina-
les a dedicarse a pleno a armar sus propios carnavales, finalmente
independizados de los detalles condicionantes de una organización
superior que hasta entonces nadie había podido cuestionar ni mucho
menos modificar.
“Las vecinales querían realzar el barrio, establecerlo como espacio
de encuentro, favorecer la integración y la sociabilidad de los habi-
tantes y reavivar el comercio de distintas zonas, en una época de
crisis económica. El municipio, los barrios y los habitantes del centro
desarrollaron expectativas complementarias, pero ninguno de ellos
mantuvo una actitud de cooperación consciente. Unos deseaban
mantener la exclusividad de los carnavales céntricos, los otros pre-

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ferían promover su propia fiesta y organizarla según sus gustos y sin
dependencias”, completa Roldán.

UNA MARCADA DIVISIÓN. La separación de festejos expuso hondas


diferencias: el renacer de las costumbres populares se desató hasta,
por ejemplo, permitir en los barrios los juegos con agua que la Muni-
cipalidad había prohibido. Varios aspectos de la periferia irritaron a
las máximas autoridades y sus seguidores. La prensa, vocera de la
opinión de los vecinos céntricos, instaba a “reprimir la desvergüenza
insolente de las murgas que ofenden la moral y la cultura con cantu-
rrias ridículas que se ajustan a una letra estúpida e indecente”. Desde
ese lugar, golpe de estado mediante, se intentó iniciar un camino de
restricciones que buscó retrotraer todo con la reducción de los feste-
jos a un solo día y en un solo espacio con el regreso de un único corso
oficial. Carnavales custodiados por la policía, disciplina, orden; pre-
misas que apuntalaban una proscripción encubierta que ahogaba la
celebración. Aunque parcialmente controlado, el germen de los cor-
sos descentralizados no dejaría nunca de existir.

UNA LUZ DE ESPERANZA. Con la llegada al poder del Partido Demó-


crata Progresista en 1932, en la Intendencia y en la Provincia, se res-
tablecieron los carnavales en las calles del barrio Arroyito y hubo una
concurrencia multitudinaria. El gobierno local dejó de lado las severas
restricciones y las vecinales volvieron a organizar y controlar sus pro-
pios corsos.
La prensa, la misma que había hablado antes, ahora sugería ante
“el entusiasmo de las muchedumbres” y la “emoción espontánea del
pueblo” que las autoridades debían reglamentar y organizar “las fies-
tas de acuerdo a los gustos de la población y no al paladar de unas
cuantas personas comisionadas para organizar las carnestolendas”.
El Concejo Deliberante reconoció el carácter masivo de las celebra-
ciones y subrayó la necesidad de disminuir los controles y abaratar
las tarifas. No se podía seguir alimentando la vanidad de la elite. Las
ordenanzas se renovaron y después de muchos años de inmovilidad,
los reglamentos integraron a la diversión popular.
En 1933 el Carnaval se descentralizó definitivamente: Talleres, Refi-
nería, Ludueña, Sarmiento y Empalme Graneros brillaron en el norte;
la Sociedad Progresista de Echesortu y las vecinales de La República
y Belgrano sobresalieron. El renacer de Momo —otro y siempre el
mismo— se acostumbrará a hundirse para volver a emerger, al paso
lerdo pero constante de la procesión carnavalesca.

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AUSPICIOS

Acompañan este proyecto cultural que rescata


la identidad y la memoria de los rosarinos:

diciembre 2024

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Sucesos Rosarinos
Sucesos Rosarinos surge con la intención de traer al presente una
serie de acontecimientos singulares ocurridos en la ciudad a
través del tiempo. Eventos de distinta índole que, sin ser funda-
mentales como para cambiar la historia, sí constituyeron hechos
novedosos que llamaron la atención de los rosarinos en su época.
Apoyados en material fotográfico original –existente en distintos
archivos o rescatados de publicaciones–, el propósito es tratar
de recrear el clima de época a través de un abordaje cercano a lo
periodístico, guiado por la historiografía, y tentados por la imagi-
nación para llenar los inevitables huecos del registro.
El tratamiento digital de las fotografías es una característica
distintiva de esta empresa, enriqueciendo las tomas originales
(captadas y reproducidas en blanco y negro) con la incorporación
de cuatricromía. La búsqueda no pretende en ningún caso una
correspondencia con los colores originales de la época –que sólo
pueden ser imaginados– ni con la paleta “realista” con la que se
coloreaba tradicionalmente los registros fotográficos. Se trata de
una humilde búsqueda artística para celebrar, en todo caso, la
labor de los fotorreporteros de entonces y las historias que nos
cuentan, poniendo de relieve algunos planos y detalles. Aún con
el riesgo de la lógica distorsión que supone la ampliación de
determinadas tomas, a partir de fotografías publicadas original-
mente en formatos muy pequeños, de acuerdo a los cánones
periodísticos y estéticos del momento.

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