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LA CANCIÓN DE AQUILES

MADELINE MILLER
INTEGRACIÓN CURRICULAR
CAPITULO 2
El rey me hizo llamar. Según recuerdo, me fastidiaba mucho cruzar el gran salón del trono para luego
arrodillarme frente a él sobre el suelo de piedra. Algunos monarcas habían optado por poner al fombras a fin de
aliviar las rodillas de los mensajeros que venían con nuevas y debían estar mucho rato hablando. No era el caso
de mi padre.
- La hija del rey Tindáreo ya tiene edad para desposarse —anunció.
Me sonaba ese nombre. Tindáreo era rey de Laconia, en Esparta, y poseía grandes extensiones en las
riquísimas tierras del sur, objeto de la codicia de mi progenitor. También había oído hablar de su hija, de quien
se rumoreaba que era la mujer más hermosa de toda Hélade. Según se decía, Leda, su madre, había sido violada
por el mismísimo Zeus, rey de todos los dioses, disfrazado de cisne. A los nueve meses nacieron dos grupos de
gemelos: Cástor y Clitemnestra, hijos de su esposo mortal, y Pólux y Helena, deslumbrante prole de un dios;
pero era bien sabido lo malos padres que eran los dioses. Se esperaba que Tindáreo proveyera a todos de su
patrimonio.
Yo no respondí a las noticias de mi padre. Nada significaban para mí.
Se aclaró la garganta de forma muy audible en la silenciosa cámara del trono.
- Haríamos bien en tenerla en nuestra familia. Irás y te ofrecerás como pretendiente.
No había nadie más en la sala, así que solo él pudo oír mi resoplido, pero yo sabía bien que no convenía
verbalizar mi disgusto. Mi progenitor ya conocía todo cuanto yo podía decirle: tenía nueve años, era feo, poco
prometedor y menos interesante.
Partimos a la mañana siguiente con los fardos llenos de regalos y vituallas para el viaje. Nos escoltaban
soldados engalanados con su mejor armadura. No me acuerdo mucho de aquel viaje por tierra, a través de unas
comarcas que dejaron poca huella en mi memoria. Mi padre iba a la cabeza de la comitiva, desde donde dictaba
órdenes a emisarios y secretarios que salían disparados en todas direcciones. Yo mantenía la vista fija en las
riendas de cuero y acariciaba con el pulgar su acabado aterciopelado. No entendía cuál era mi lugar allí; era
incomprensible, como tantas otras cosas que hacía mi padre. Mi burro se bamboleaba y yo con él, feliz de
contar con esa diversión.
No fuimos los primeros pretendientes en llegar a la ciudadela de Tindáreo. Los establos abarrotados de mulas
y caballos eran un hervidero de criados. Mi progenitor parecía bastante descontento con la ceremonia de
recepción que nos habían dispensado. Acariciaba la piedra del hogar de nuestros aposentos con cara de pocos
amigos. Yo había traído de casa un juguete: un caballito de patas móviles. Movía una y luego otra e imaginaba
que viajaba sobre su lomo en vez de hacerlo sobre el burro. Un soldado se compadeció de mí y me prestó sus
dados. Estuve tirándolos en el suelo hasta que me salieron todo seises en una tirada.
Por fin, una mañana, mi padre me ordenó que me lavara y me peinara. Me hizo cambiar de túnica una vez y
después otra. Lo obedecí, aun cuando no vi mucha diferencia entre el color de la primera, púrpura con
bordadura de oro, y el de la segunda, carmesí con bordadu- ra de oro. Ninguna de las dos ocultaba el tembleque
de mis rodillas. Mi padre parecía poderoso y severo con esa barba negra acuchillándole el semblante. Ya
teníamos preparado el regalo que íbamos a ofrecerle a Tindáreo: una crátera de oro con un relieve donde se re-
presentaba la historia de la princesa Dánae, a quien Zeus dejó embarazada después de haberse transformado en
lluvia de oro; ella alumbró a Perseo, que luego mató a la Gorgona y se convirtió en uno de nuestros grandes
héroes, solo superado por Heracles. Mi padre me la entregó con una advertencia: «No nos avergüences».
Oí antes que vi el gran salón, contra cuyas paredes rebotaba el sonido de miles de voces, el tintineo de las
armaduras y el golpeteo de las copas. Los criados habían abierto de par en par las ventanas con el fin de reducir
el volumen del bullicio y colgado en las paredes grandes tapices de indiscutible riqueza. Jamás había visto tan-
tos hombres juntos como había en el interior de aquella estancia. «Hombres no; reyes», me corregí.
Se nos llamó para participar en el consejo, sentados en bancos cubiertos con pieles de vaca. Los criados
retrocedieron hasta desvanecerse entre las sombras. Mi padre me puso una mano encima y me hundió los dedos
en el cuello para avisarme de que no se me ocurriera moverme.
Había mucha violencia contenida en aquella estancia, donde tantos príncipes, héroes y reyes se disputaban
un único trofeo, pero sabíamos remedar la civilización. Todos se fueron presentando uno por uno, mostrando su
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melena refulgente, su espléndido talle y sus carísimas ropas teñidas. Muchos eran hijos o nietos de dioses. Las
hazañas de todos ellos habían merecido una, dos y hasta tres canciones. Tindáreo los saludó, aceptó sus regalos,
los puso en una pila en el centro de la sala e invitó a hablar a todos, a fin de que hicieran la petición de mano.
Mi progenitor era el mayor, a excepción de un hombre que dijo llamarse Filoctetes.
- Es uno de los camaradas de Heracles - susurró el hombre sentado junto a nosotros con un tono de
reverencia en la voz que fui perfectamente capaz de comprender.
Heracles era nuestro mayor héroe y Filoctetes había sido uno de sus más allegados y el único vivo de todos
sus compañeros. Tenía el cabello gris y unos dedos gruesos como tendones que lo delataban como arquero. Un
momento después alzó el mayor arco que yo haya visto en mi vida; era de madera pulida de tejo y empuñadura
de piel de león.
- El arco que Heracles me confió al morir - explicó.
Un arco suscita burlas en nuestras tierras, pues es considerado un arma de cobardes, pero nadie podría
decirlo de ese arco; la fuerza necesaria para tensarlo podía humillarnos a todos.
El siguiente en presentarse fue un hombre con los ojos pintados como una mujer.
- Soy Idomeneo, rey de Creta. - Se trataba de un hombre enjuto y cuando se puso de pie los cabellos le
cayeron hasta la cintura. Ofreció un objeto poco común: un hacha de doble cabeza hecha de hierro -. Es
el símbolo de mi pueblo.
Los movimientos del cretense me recordaron a los de los bailarines que tanto le gustaban a mi madre.
Después le llegó el turno a Menelao, hijo de Atreo, sentado jun to a Agamenón, ese hermano cuyo enorme
corpachón recordaba al de un oso. Menelao tenía el pelo de un rojo muy llamativo. Era un hombre vital, fuerte,
musculoso. Su regalo fue de lo más suntuoso: un hermoso vestido teñido.
- Aunque la dama no necesita adorno alguno - agregó con una sonrisa.
Era un discurso muy lacónico. Me habría gustado tener algo inteligente que decir. Yo era allí el único menor
de veinte años y que no era hijo de un dios. «Quizás el hijo rubio de Peleo esté a la altura de esto», pensé. Pero
su padre lo había dejado en casa.
Los hombres se fueron presentando uno tras otro hasta que me fue imposible recordar los nombres. Mi
atención deambuló por la sala hasta acabar fijándose en la tarima, donde reparé por vez primera en la presencia
de tres mujeres con velo sentadas junto a Tindáreo.
Observé con fijeza la gasa blanca que cubría los rostros, como si fuera capaz de atisbarlos. Mi padre pretendía
que una de ellas fuera mi esposa. Las tres mantenían sobre el regazo unas manos hermosamente adornadas con
brazaletes. Una de ellas era más alta que las otras dos. Me pareció ver un rizo negro tras el velo. Helena tenía
los cabellos de un rubio muy claro, según recordaba, así que esa no era. Entretanto, había dejado de oír a los
reyes y me llevé un susto al ver que Tindáreo nos miraba y pronunciaba en voz alta el nombre de mi padre.
- Sé bienvenido, Menecio. Lamento saber que tu esposa ha fallecido.
- Mi mujer vive, Tindáreo. Es mi heredero quien viene hoy a pedir la mano de tu hija.
Se hizo un silencio durante el cual yo me arrodillé, mareado, al ser objeto de las miradas de todos los
presentes, que se volvieron hacia mí.
- Todavía no es un hombre. - La voz de Tindáreo parecía muy lejana. Percibí en ella una absoluta ausencia
de emoción.
- Y no tiene por qué. Yo soy hombre suficiente por los dos. - Ese era el tipo de bravata que nuestra gente
adoraba, una fanfarronada audaz; pero esta vez nadie rio.
- Ya veo - repuso Tindáreo.
El suelo de piedra se me metía en la piel hasta el punto de que no era capaz de moverme, y eso que estaba
acostumbrado a permanecer de rodillas. Nunca antes de ese momento me había alegrado de la práctica
adquirida en el salón del trono de mi padre, que volvió a hablar otra vez en medio del silencio.
- Otros han traído bronce y vino, aceite y lana. Yo vengo con oro; es una pequeña porción de mis fondos.
Fui consciente de mis manos sobre las figuras de la historia narrada en la hermosa crátera, donde Zeus
aparecía de entre la lluvia de luz ante la princesa sorprendida.
- Mi hija y yo te agradecemos un regalo tan espléndido, aunque tan asequible para ti.
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Un murmullo se desató entre las filas de los reyes. Era una humillación de la que mi padre parecía no
percatarse, pero yo me sonrojé.
- Yo haría de Helena la reina de mi palacio, pues mi esposa, como os consta, no es apta para gobernar. Mis
riquezas superan a las de todos estos jovenzuelos y mis hazañas hablan por sí mismas.
- Pensé que el pretendiente era tu hijo.
Alcé la vista al oír aquella voz nueva. Se trataba de un hombre que aún no había hablado. Era el último en la
fila y estaba sentado a sus anchas en el banco. La luz del fuego le arrancaba destellos a sus cabellos ensortijados
y en la pierna se veía una cicatriz de trazo dentado, un chirlo que iba desde el talón hasta la rodilla y que gi raba
en torno a los músculos de la pantorrilla para perderse debajo de la túnica. Parecía una herida de cuchillo o algo
similar, o esa impresión me causó, que lo había herido hasta arriba, dejando un costurón de perfiles no muy
marcados, pero esa aparente suavidad ocultaba el daño que debía de haberle causado.
Mi padre estaba furioso.
- No recuerdo que nadie te haya invitado a tomar la palabra, hijo de Laertes.
- Nadie - convino el aludido con una sonrisa -. Te he inte rrumpido, pero no debes temer mi intromisión.
No tengo intereses ocultos en este asunto. Hablo como simple observador.
Un movimiento en el estrado atrajo mi mirada. Una de las figuras veladas se había movido.
- ¿Qué pretende decir? - Mi padre torció el gesto -. Si no está aquí por la mano de Helena, ¿a qué ha
venido? Que se vuelva con sus cabras y sus piedras.
El interpelado enarcó las cejas, pero no dijo nada más.
- Si tu hijo es el pretendiente, tal y como tú mismo dices, dejémoslo que se presente él mismo - repuso
Tindáreo con afabilidad.
Incluso yo supe que me había llegado el turno de hablar.
- Soy Patroclo, hijo de Menecio. - Mi voz sonó aguda y áspera por la falta de hábito -. Estoy aquí como
pretendiente de Helena. Mi padre es rey e hijo de reyes.
No tenía nada más que decir. Mi padre no me había aleccionado en modo alguno, pues no se le había pasado
por la imaginación que Tindáreo me pidiera que tomara la palabra. Me incorporé y llevé la crátera hasta el
montón de presentes y elegí un sitio donde no se cayera. Me di la vuelta y caminé de regreso a mi asiento. No
me había puesto en ridículo con temblores ni tropezones y mis palabras no habían sido ninguna estupidez. Aun
así, estaba colorado de pura vergüenza, pues era consciente de la imagen que debía de ofrecer a ojos de aquellos
hombres.
La rueda de presentaciones se mantuvo al margen de todo esto y prosiguió. A renglón seguido se arrodilló un
pretendiente que doblaba a mi padre en estatura y corpulencia. Dos siervos sostenían un enorme escudo que
parecía formar parte de su atuendo de guerra. Le cubría de los pies a la cabeza. Pocos hombres eran capaces de
llevarlo. No tenía adorno alguno, pero las melladuras y los golpes evidenciaban las muchas batallas que había
presenciado. Áyax, hijo de Ayante, se presentó con un discurso breve y directo: su linaje se remontaba a Zeus,
según dijo, y ofreció las dimensiones de su anatomía como prueba evidente de que seguía disfrutando del favor
de su trastatarabuelo. Su regalo era una fina lanza de madera bellamente tallada cuya punta de hierro forjada
destellaba a la luz de las antorchas.
Al final le llegó el turno al invitado de la cicatriz.
- ¿Y bien, hijo de Laertes? - Tindáreo se recolocó en el trono para ver de frente al aludido-. ¿Qué tiene
que decir un observador desinteresado sobre todos estos preliminares?
El interpelado se inclinó hacia delante.
- Me gustaría saber cómo vas a evitar que los perdedores te declaren la guerra... a ti y al afortunado nuevo
esposo de Helena. En esta sala veo a una docena de aspirantes dispuestos a saltar al cuello de los
demás...
- Y lo encuentras divertido.
El hombre se encogió de hombros.
- La estupidez del ser humano me hace gracia.
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-El hijo de Laertes se mofa de nosotros - gritó el pretendiente alto, Áyax, cuyo puño cerrado tenía el tamaño de
mi cabeza.
- Jamás, hijo de Ayante.
- En ese caso, ¿qué dices, Odiseo? Di lo que piensas de una vez.
-Nunca había oído la voz de nuestro anfitrión sonar tan cortante. Odiseo volvió a encogerse de hombros.
-Es una apuesta arriesgada, a pesar de la fortuna y el renombre que te has ganado. Cada uno de estos hombres es
muy respetable y todos ellos lo saben. No van a quedarse al margen tan fácilmente.
-Eso ya me lo has dicho en privado.
Mi padre se envaró junto a mí. «Conspiración.» No fue el único rostro crispado en la sala.
- Cierto, pero ahora te ofrezco una solución. -Alzó las ma nos vacías-. No te he traído ningún regalo y no
voy a cortejar a Helena. El mío es un reino de rocas y cabras, como aquí se ha dicho. En recompensa por
mi solución quiero como premio lo que te he pedido.
-Dame una salida y lo tendrás.
Advertí otro ligero movimiento en la tarima: una mujer había crispado la mano sobre el vestido de una sus
compañeras.
-Entonces, he aquí la solución: creo que deberíamos dejar elegir a Helena. - Odiseo hizo una pausa para dar
espacio a que esta llaran los murmullos de incredulidad; las mujeres jamás tenían opinión en ese tipo de cosas-.
Nadie va a poder culparte en tal caso, pero ella debe efectuar su elección ahora, en este mismo momento, para
que no pueda decirse que ha recibido consejos u órdenes de tu parte. Y una cosa más - añadió, alzando un
dedo- : Antes de que ella elija, todos los aquí presentes deben hacer un juramento: respetar la decisión de la
novia y defender a su esposo contra todos los que intenten arrebatársela.
El malcontento y el malestar se extendieron por el salón. «¿Un juramento?» Eso era tan poco convencional
como permitir que una mujer eligiera a su marido. Los pretendientes empezaron a recelar.
-Muy bien. - El rostro de Tindáreo era inescrutable cuando se volvió hacia las mujeres veladas-. ¿Aceptas esta
propuesta, Helena?
-Sí.
Su voz baja y primorosa llegó hasta el último rincón de la estancia. Solo había dicho una palabra, pero sentí
que se estremecían todos los hombres en mi derredor. Yo mismo experimenté esa sensación, a pesar de mi corta
edad, y me maravilló el poder de esa mujer, capaz de electrizar a todos los allí presentes. De pronto, todos
recordamos haber oído hablar de su piel dorada y sus ojos negros y centelleantes como la obsidiana que
trocábamos por nuestras olivas. En ese momento ella valía todos los presentes apilados en el centro y mucho
más. Valía nuestra propia vida.
Tindáreo asintió.
-En tal caso, decreto que así sea. Todos los que vayan a prestar juramento, que lo hagan ahora.
Se escucharon murmullos y voces de enfado, pero nadie se marchó. La voz de Helena y el velo que se
ondulaba suavemente por el efecto de su respiración nos retuvo a todos allí, cautivos.
Un sacerdote convocado a toda prisa llevó una cabra blanca al altar. Para un sacrificio realizado allí dentro
era una elección mucho más adecuada que un toro, cuya sangre habría puesto perdido el suelo al rebanarle el
cuello. El animal murió enseguida y el hombre mezcló la sangre oscura con las cenizas de ciprés tomadas del
fuego. La urna siseó con fuerza en la silenciosa estancia.
-Tú serás el primero -le dijo Tindáreo a Odiseo.
Hasta un niño de nueve años como yo pudo apreciar lo adecuado de esa medida. Odiseo había demostrado
ser él solo más listo que la mitad de los allí presentes. Nuestras precarias alianzas perduraban únicamente
cuando no se permitía a ningún hombre cobrar más poder que a los demás. Al mirar a mi alrededor vi sonrisitas
de satisfacción entre los reyes; el de Ítaca no iba a poder escapar a su propia soga.
La voz de Odiseo se curvó al esbozar una media sonrisa.
-Por supuesto, será un placer. -Y, sin embargo, intuí que no lo era. Durante el sacrifico lo había visto retroceder
hacia las sombras, como si deseara que nadie reparase en su presencia. Se levantó y se dirigió hacia el altar-.
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Recuerda, Helena, que solo juro por compañerismo, no como pretendiente. Si me eligieras a mí jamás te lo
perdonarías.
La broma arrancó unas cuantas risas entre los reyes. Todos éramos muy conscientes de que era improbable
que alguien tan luminoso como Helena se decantara por el monarca de la yerma Ítaca.
El sacerdote convocó a los pretendientes uno a uno para que acudieran junto al fuego. Nos hizo unas marcas
en las muñecas con sangre y cenizas y nos las ató como si fueran cadenas. Recité las palabras del juramento de
espaldas a él y alcé los brazos para que todos me vieran.
Cuando el último pretendiente hubo pronunciado el compromiso, Tindáreo se puso en pie y habló:
-Elige ahora, hija mía.
-Menelao - contestó ella sin vacilar.
Nos sorprendió mucho a todos, que habíamos esperado suspenso e indecisión. Me volví hacia el hombre de
pelo rojo, que se puso de pie, con una enorme sonrisa presidiéndole el rostro. Estaba alborozado cuando le
palmeó la espalda a su hermano, que permanecía en silencio. Todos los demás eran presa de la ira, la decepción
e incluso la pena, pero ninguno echó mano a la espada, pues la sangre untada en nuestras muñecas se había
espesado y secado.
-Que así sea. -Tindáreo también se puso en pie-. Me congratula acoger en el seno de mi familia a un segundo
hijo de Atreo. Para ti mi Helena, así como tu digno hermano se quedó como mi Clitemnestra. -Y señaló con un
gesto a la mujer de mayor estatura, pensando que se levantaría. La mujer no se movió. Me pregunté si lo habría
oído.
-¿Y qué me dices de la tercera chica, tu sobrina? -gritó un hombre situado junto al gigante Áyax-. ¿Puedo
tenerla?
Los pretendientes rieron, felices de contar con algo que aliviara la tensión.
-Llegas tarde, Teucro - dijo Odiseo con fuerza para hacerse oír por encima del barullo-. Está prometida
conmigo.
No tuve ocasión de escuchar nada más. Noté la manaza de mi padre en el hombro, que me sacó a rastras del
asiento.
-Aquí ya hemos terminado.
Esa misma noche nos marchamos a casa y me subí a lomos de mi burro con la enorme decepción de no haber
tenido la oportunidad de ver el rostro fabuloso de Helena.
Mi progenitor no volvió a mencionar jamás aquel viaje y una vez en casa los detalles de la visita adoptaron
extraños vericuetos en mi memoria. La sangre, el juramento y la sala llena de reyes parecían lejanos y
desvaídos; guardaban más semejanza con las invenciones de un aedo que con algo que yo había vivido. ¿De
veras me arrodillé allí delante de todos? ¿Y era verdad lo del juramento? La simple idea parecía un absurdo;
resultaba tan estúpida e impro- bable como una pesadilla causada por una cena copiosa.

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