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Eres Mía, Solo Mía - Sol Devlin Rohan

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Índice

~Prólogo~
~1~
~2~
~3~
~4~
~5~
~6~
~7~
~8~
~9~
~10~
~11~
~12~
~13~
~14~
~15~
~16~
~17~
~18~
~19~
~20~
~21~
~22~
~23~
~24~
~25~
~26~
~27~
~28~
~29~
~30~
~31~
~32~
~33~
~34~
~35~
~36~
~37~
~38~
~39~
~40~
~41~
~42~
~43~
~44~
~45~
~46~
~47~
~48~
~Epílogo~
Eres Mía,
solo mía
Sol Devlin Rohan
Fotos de portada y contratapa: IA DELL-E/Canva
Diseño de portada e interior
eNeSeA ediciones
Buenos Aires, Argentina.
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723.
No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, alquiler, la transmisión o la
transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico,
mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su
infracción está penada por las leyes 11.723 y 25446.
Eres la persona correcta en el momento equivocado,
Pero también eres lo más bonito que me ha pasado.

Vivámoslo, no perdamos más el tiempo.


Acéptalo, también sientes lo que siento.
Escúchame, olvida el mundo, esto es de dos.
Vivámoslo, la vida es solo un momento.
Atrévete, pocas veces pasa esto.
Acuérdate que vida solo hay una, amor.
O nos ponemos cobardes o le hacemos caso al corazón.

Rio Roma
A Soledad por permitirme continuar
con nuestra historia.
~Prólogo~

Un ruido ensordecedor la despertó. Sentía todo su cuerpo dolorido como


si una carreta la hubiese pasado por encima. Cuando pudo, al fin, adaptarse
a la claridad que castigaba sus ojos, los abrió lentamente.
¿Se había caído del carruaje? Estaba tirada sobre la tierra húmeda.
Escuchaba voces, pero no lograba entender qué decían. También sentía
pasos que iban y venían a su alrededor.
Como pudo se incorporó sobre la tierra, mientras se hacía masajes en la
parte trasera del cuello. Más tarde le pediría a Tarah que se encargara de
aliviar su dolor. Por cierto, ¿dónde estaba su dama de compañía?
Levantó la vista para llamarla, pero la voz no salió de su garganta.
¡Por todos los cielos! ¿Dónde se encontraba?
~1~

―¡Ya era hora de que despertaras!


Mía se removió entre las cálidas mantas que la cubrían. ¡Por Dios! La
cabeza parecía estallarle.
¿Doña Susana dejó entrar a Ema a su habitación o ella se quedó a dormir
en la casa de él? No recordaba.
―Ema, se me parte la cabeza ―dijo con un hilo de voz, metiéndose más
debajo de las mantas.
―Disculpa, ¿qué has dicho?
La voz de Ema sonaba más grave de lo habitual. ¿Había estado
bebiendo? ¿Tan temprano? Si él no bebía. ¿Y por qué le hablaba en inglés?
Su cabeza ese día no estaba para mantener una conversación en otro idioma
que no fuera el español.
―Cortala, Ema.
Ema carraspeó antes de endurecer más su tono de voz.
―¿A qué estás jugando, Lauren?
¿Lauren? ¿Me cambió el nombre?
Creo que ese no es Ema…
Mía frunció el entrecejo. Si no era Ema, ¿quién se había metido en su
cuarto?
Con rapidez se incorporó en la cama, asustada. Las mantas cayeron hacia
su regazo dejando ver un fino camisón de lino blanco. Hacía frío, lo que
hizo que, bajo la tela, los pezones de Mía se irguieran, aunque ella no lo
notó en ese momento. Con el rostro desencajado quedó inmóvil mirando al
hombre que se encontraba sentado en una silla cerca de la cama, quien sí
advirtió complacido, el contorno de sus pechos bajo la ropa de dormir, pese
a que su mirada era dura.
Dio un vistazo al entorno. No era su cuarto de pensión…Este era mucho
más amplio, había una… ¿chimenea encendida? Su mirada volvió al
hombre que la contemplaba con unos ojos negros tan profundos que sintió
un escalofrío recorrerle el cuerpo. En ese momento tomó las mantas y se
tapó.
¿Esto qué es? ¿Un sueño?
No sé, pero Argentina seguro que no. A menos que estemos en una fiesta
de disfraces. Mirá el tipo cómo está vestido...
Los ojos de Mía lo recorrieron discretamente de arriba abajo. Sin duda,
ese hombre se había quedado en el tiempo o…
―¿No piensas decir nada?
El hombre volvió a hablarle con voz glacial. Se notaba que estaba
enojado con ella, aunque no entendía sus motivos; mucho menos entendía
por qué le hablaba en inglés.
―Disculpe ―dijo por fin, también en inglés, ya que sentía que no iba a
poder comunicarse con él en otro idioma―. ¿Quién es usted? ¿En dónde
estoy? ¿Cómo llegué aquí?
Te llamó Lauren, no te olvides de eso.
Haciendo caso a esa voz, agregó:
―¿Quién es Lauren?
Los ojos negros del hombre se entrecerraron con recelo. La contempló
unos segundos en silencio, luego apoyó los antebrazos en sus muslos para
acercarse más.
Mía retrocedió el torso manteniendo la distancia entre ambos.
―Lo que dijo el doctor es cierto. Has perdido la memoria.
Su mirada era desconfiada.
¿Qué doctor? ¿Qué memoria?
¿Perdiste la memoria?
No, mi memoria está bien… Creo.
Pero no recordás cómo llegaste hasta acá.
Eso es cierto.
―Creo que hay un malentendido ―dijo―. Mi memoria está
perfectamente. Que no recuerde cómo llegué hasta aquí ni quién es usted,
no quiere decir que mi memoria se vea afectada.
―Tampoco recuerdas quién eres tú…―objetó el hombre―. ¿La
emoción del matrimonio fue tan fuerte que te borró hasta tu nombre?
―preguntó burlón.
―¿Qué matrimonio? Yo no estoy casada, y sé perfectamente quien soy
yo… soy…
Él se puso de pie como impulsado por un resorte.
―Mi esposa ―la interrumpió con un tono rudo―. Te guste o no,
querida.
La miró fulminándola con esos ojos, que con el reflejo de las llamas
parecían diabólicos. Mía notó cómo los músculos del cuello se le tensaban.
La imagen de aquel hombre, molesto como estaba, era bastante
perturbadora. No querría conocerlo enojado.
―Aquí hay un error. Usted me está confundiendo, sin duda, con otra
persona.
―No hay ningún error, Lauren.
―Otra vez Lauren. ―Mía puso los ojos en blanco―. Creo que aquí el
que perdió la memoria es usted, no yo.
Mía se asustó ante la sonora carcajada que emitió el hombre.
Está loco.
Pero un loco lindo.
Mía volvió a recorrerlo con la mirada, esta vez más detenidamente. Tal
como supuso mientras lo observó al verlo sentado, debía medir más de un
metro ochenta. Tenía hombros anchos, manos grandes y se notaba bajo esa
chupa y camisa color azul, que sus pectorales eran firmes. El tono de su piel
era tostado. Tenía una pequeña cicatriz que cortaba el labio superior. El
mentón era rectangular y los pómulos prominentes. El pelo negro, casi del
mismo color intenso que sus ojos. Y si no fuera por esa carcajada sarcástica
y maliciosa que acababa de hacer, se podría suponer que tenía una linda
sonrisa. Sí, debía reconocer que era un hombre lindo. Aunque no debía de
olvidar que no sabía quién era, cómo había hecho para llevarla hasta allí ni
qué quería de ella.
Su presencia la inhibía, tanto que sus pensamientos se le agolpaban en la
cabeza impidiéndole sentir el retumbar de su corazón. Estaba asustada.
―La verdad, Lauren, siempre creí que harías cualquier cosa para evitar
el matrimonio. Pero esto, de la pérdida de memoria… Debo reconocer que
es fascinante ―aplaudió despacio con aire teatral. ―Pero no vas a lograr
nada… prepárate. Hoy vas a desayunar conmigo como flamantes marido y
mujer que somos.
Dicho esto, abrió la puerta para irse. En ese momento, una joven de casi
la misma edad de Mía, ingresó a la habitación.
―¡Que esté lista en media hora! ―ordenó él.
La chica asintió temerosa.
―Sí, milord ―También hablaba en inglés.
¿Sí, milord?
¿Qué mierda está pasando?
Apenas la chica cerró la puerta, Mía saltó de la cama y se dirigió a la
ventana. Corrió las cortinas y pudo divisar una edificación de madera,
caballos, árboles, un amplio parque, el cielo completamente limpio, un sol
resplandeciente, sin un cable que lo invadiera.
¿Qué era eso? ¿Dónde estaba?
Se volvió para mirar a la joven que aguardaba a los pies de la cama.
Mía bajó la vista a su cuerpo. Tenía un camisón. ¿En qué momento se lo
había puesto? ¿De dónde lo había sacado? Su rostro comenzó a
desencajarse tratando de entender qué le estaba sucediendo. La joven lo
notó, porque le preguntó con voz calma:
―¿Se encuentra bien, milady?
¿Milady?
Mía negó con la cabeza.
―¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
―Nord Hall. La residencia del conde de Nordwhit ―respondió serena la
joven.
―Nord… ¿qué?... ¿En qué país?
―Inglaterra.
Los ojos de Mía se abrieron de par en par.
¡Es joda!
Mirá cómo está vestida. Recordá cómo estaba vestido el `milord` que
acaba de salir.
―¿Qué año es? ―preguntó, temerosa por la respuesta que la doncella
podría darle.
―1836, lady.
Mía, perpleja, cayó sobre la cama.
¡No podía ser! Eso era una broma, un mal sueño. Cómo podía ser que
estuviera en el siglo XIX y… ¡en Inglaterra!
La joven se acercó a ella, despacio.
―Lady, el médico que la revisó dijo que estaría aturdida durante los
primeros días.
La voz de la joven se notaba dubitativa. En el fondo, Mía intuyó que ella
era consciente de que estaba tratando con otra mujer y no con esa tal
Lauren.
―¿Cómo llegué aquí?
―Tuvo un accidente mientras viajaba en el carruaje intentando… ―la
joven carraspeó―… escapar del conde.
La doncella presionó ofuscada los párpados, había hablado de más.
Mía se tensó. Por lo que podía deducir el conde era el hombre que
acababa de salir del cuarto, y según había dicho él, era su esposo. Entonces
¿por qué desearía ella huir de él?
―¿Por qué querría escapar del conde?
La joven dudada si contestar o no, pero al fin respondió:
―Pues… al parecer usted no quería casarse con él.
―¡Claro que no! Yo no soy esa tal Lauren ―exclamó―. Necesito hablar
con ese hombre.
Se encaminó hacia la puerta, pero la doncella la frenó.
―¡Señorita, no salga así!
Mía se detuvo antes de abrir la puerta. Estaba en camisón. Era obvio que
no podía presentarse así a hablar con él. Dudaba que la tomara en serio.
―¿Dónde está la ropa que traía puesta?
―La mandé a lavar, señorita, aún no está seca. De todos modos, no es
conveniente vestirse así…
Mía siempre se vestía con un jean y una remera musculosa. Estaba
segura de que esa era la ropa que, junto con una campera liviana, tenía
puesta cuando ellos la encontraron, y según las historias que había leído, las
mujeres en esa época no usaban pantalones. Si era verdad que estaba en esa
época. Algo que le parecía improbable.
―¿Y de dónde saco algo adecuado que ponerme?
―De aquí.
La joven abrió uno de los baúles que se encontraban delante del armario.
Una cantidad enorme de vestidos de diferentes colores llamativos la
encandiló.
Ella no usaba vestidos ni polleras.
Esta vez no te queda otra.
¡Mierda!
Le sonrió a la joven y se acercó para elegir cuál ponerse.

Lían aguardaba junto a la ventana del salón comedor. Habían pasado más
de treinta minutos. Por lo visto, Lauren estaba decidida a poner a prueba
toda su paciencia.
Furioso, estaba por dirigirse a buscarla cuando escuchó unos pasos
lentos por el corredor. Se quedó quieto contemplando la puerta hasta que al
fin la vio pararse en el vano.
Llevaba puesto un vestido violeta, que fue el que Mía encontró más
discreto de todos los que pudo ver en solo cinco minutos. Agatha, como le
dijo que se llamaba “su” doncella personal, estaba asustada por no llegar a
cumplir con tenerla preparada en media hora, tal como el conde le había
pedido. El vestido era discreto solamente en lo referido al color, porque
tenía un escote cuadrado muy pronunciado, dejaba sus pechos al aire.
Mía se sentía incómoda. No le gustaba exhibirse. Desde lo acontecido
con el amante de Haydé, decidió mantenerse lo más tapada posible. Y lo
había logrado con éxito…hasta ese momento.
La mirada deseosa que Lían le propinó no ayudó mucho a que ella se
relajara.
―Pensé que tendría que ir a buscarte.
El tono duro que empleó la hizo salir de súbito de su incomodidad para
darle paso a una actitud más reacia. Mía lo agradeció, si algo la molestaba,
era sentirse vulnerable frente a otras personas.
Su actitud prepotente y malhumorada, sin sentido, según lo veía Mía,
logró que ella perdiera la inhibición de un comienzo. Le sonrió con cortesía
y se dirigió a la mesa.
―¿Este es mi lugar?
Señaló la silla a la derecha de la cabecera. Lían asintió.
―Perdón por la tardanza, pero la verdad es que me entretuve en el
pasillo mirando los cuadros y demás. ¡Es inmenso esto!
El asombro de su comentario era genuino. La habitación en la que ella se
encontraba estaba en el ala derecha del segundo piso, tenía un amplio
pasillo que recorrer hasta llegar a las escaleras. En el trayecto se detuvo a
mirar todos los cuadros que se presentaban a su paso, y también entró a
husmear alguna que otra habitación que encontró sin llave.
Lían no podía dudar de su asombro puesto que Lauren nunca había
estado en Nord Hall. Por lo menos no desde que él se convirtió en conde.
No sabía si con su tío Cyril Tanner, el anterior conde, había estado allí… o
no. Por otro lado, Nord Hall era mucho más pequeña que el castillo de su
padre, el marqués de Crowle. Así que, en ese aspecto, sí podía dudar de su
asombro por las dimensiones de su finca.
¿Sería que en verdad había perdido la memoria?
De golpe, Mía comenzó a descomponerse. Un fuerte olor a grasa y
fritura se escabulló hacia su nariz hasta hacerle revolver el estómago.
―¡Por Dios! ¿Qué es eso? ―exclamó llevando la mano a su boca.
―¿Qué cosa? ―Lían se mostró extrañado―. ¿Te sientes bien?
Notó que la joven había empalidecido de golpe.
Mía negó con la cabeza.
―Voy a vomitar…
Se levantó de un salto de la silla y fue corriendo hacia la ventana más
próxima. La abrió y comenzó a tomar grandes bocanadas de aire hasta que,
al fin, el malestar se fue apagando. Giró el rostro hacia el mueble detrás de
Lían. Vio varias fuentes con tocino, huevos duros y salchichas. Siempre el
olor al huevo duro le había sentado mal, sobre todo a la mañana y con el
estómago vacío.
―¿Cómo pueden desayunar eso? ―Su tono de voz sonó bastante
enojado. Algo que era muy raro en Mía.
Lían se encogió de hombros.
―Es lo habitual, querida… ―su semblante cambió. Entrecerró los ojos
y propinó una maldición en voz baja―. Estás embarazada. Es eso, ¿verdad?
Los ojos de Mía se abrieron por la sorpresa de su acusación.
―Siempre desconfié de tu sumisión ante el anuncio de nuestro
matrimonio. Ahora lo entiendo. Sabías que estabas embarazada y querías
que yo me hiciera cargo del hijo de otro, ¿no es así?
La mirada glacial y furiosa que ese hombre le dedicó, habría hecho
desmayar de miedo a cualquiera, pero Mía ni se inmutó. Estaba enojada con
él por haber deducido semejante atrocidad. ¿Con qué clase de mujer se
había casado?
―No estoy embarazada ―afirmó secamente―, pero de estarlo, ¿no
tendría que ser suyo? ¿No dice que es mi esposo?
Lían la miró de costado elevando sarcásticamente las comisuras de sus
labios.
―Eso sería imposible, querida. Y tú lo sabes.
―No, la verdad no lo sé.
―Tú y yo no hemos tenido intimidad… nunca ―su voz fue dura.
Si en esa época, según lo poco que Mía sabía, lo normal era llegar virgen
al matrimonio, entonces, ¿cómo podía ser que él creyera que su esposa
estaba embarazada si no habían mantenido relaciones?
Al comprenderlo, Mía se sorprendió y a la vez, sintió pena por Lían, a
pesar de ser un prepotente y malhumorado.
―Amantes ―susurró.
Lían esbozó una sonrisa.
―¿Has recobrado la memoria, esposa mía?
Mía lo fulminó con la mirada. Cerró la ventana, puesto que ya se sentía
mejor, además, el frío que entraba la estaba haciendo temblar. Volvió a
sentarse.
Lían, se encontraba sentado y tomaba un café. En un plato se había
servido varias salchichas y un huevo duro. Al contemplar el plato, Mía no
pudo evitar hacer una mueca de asco. Trató de respirar por la boca para que
el olor no la volviera a descomponer.
Carraspeó nerviosa antes de poner su voz más dulce.
―No sé qué es lo que pasó, ni cómo llegué aquí. Ni por qué usted insiste
en que yo soy alguien que no soy. Pero lo que sí le puedo asegurar, es que
no perdí la memoria. Yo no soy su esposa. Tiene que creerme.
Mía levantó la mirada de su regazo para mirarlo. Se encontró con un
rostro sin expresión alguna. No lograba descifrar qué pensaba, pero por lo
que intuía no le creía nada.
―¿Cuánto tiempo más piensas seguir con este jueguito, Lauren?
Mía resopló molesta. Era irritante que no le creyeran.
―No es ningún juego. Lamento no ser quien usted cree que soy.
Lían estiró su mano para tomar la de ella y hacerla parar de la silla. El
contacto, la hizo estremecer. Tenía la piel caliente. Sus dedos eran firmes,
seguros. Mía, temerosa, se paró y quedó expuesta a la mirada de Lían, que
la contemplaba de pies a cabeza. Por instinto ella llevó su mano libre al
escote y comenzó a tironear de él para subirlo. Lían tomó la mano entre la
suya y la alejó de su vestido. Abrió los brazos, guiando los de ella a hacer lo
mismo y se quedó mirándola.
¡Era hermosa! La garganta se le secó al contemplar sus curvas y los dos
pechos que estaban casi totalmente a la vista. La voz sonó ronca cuando
habló:
―No hay modo de confundirte. Eres Lauren Parks… Mi esposa, te guste
o no.
No le dio tiempo a contradecirlo, la atrajo bruscamente hacia él y
envolvió su boca con la suya en un beso duro, deseoso; como si hiciera años
que anhelara ese contacto.
La boca de Mía se abrió a la invasión bruta de su lengua a pesar de que
intentaba con todas sus fuerzas apartarlo de su cuerpo. Lían tenía una
contextura física muy fuerte y los pequeños brazos de Mía no tenían la
fuerza necesaria ni siquiera para lograr moverlo un milímetro.
El conde puso fin al beso con su respiración jadeante por el anhelo que
ese contacto generó en todo su cuerpo. La de Mía también, pero de
disgusto.
No esperó un segundo más y le dio un cachetazo.
―No vuelva a hacerlo ―le ordenó enojada.
Él la contempló con frialdad.
―Eres mi esposa. Tengo todo el derecho del mundo a hacer contigo lo
que me plazca ―a Mía se le secó la garganta, horrorizada. ―Así que hoy
deja la puerta de tu habitación abierta.
Le dedicó, para horror de Mía, una sonrisa socarrona y salió del comedor
dejándola congelada.
―Por Dios, esto no puede estar pasando ―susurró.
Lamento decirte que sí. Está pasando.
―Pero ¿cómo puede ser posible?
¿Magia?
Mía entornó los ojos.
Sí, y hoy aparece mi hada madrina a transformarme en princesa.
Subió a la habitación llevándose una taza de té y un par de tartines. El
malestar había pasado y su estómago comenzaba a crujir.
~2~

Lían sabía muy poco sobre el tema de manejar las tierras y de las
obligaciones que conllevaba ser un conde. Había sido criado prácticamente
por la servidumbre. Su madre, lady Ingrid, nunca lo trató con cariño. Se
limitaba a saludarlo por cortesía y enseguida pedía a algún criado que se lo
llevara lejos de su vista. Lían pasaba más tiempo en la cocina o en la
caballeriza que con gente de la alta sociedad.
Aunque a su madre, le habían otorgado la estancia de Tanner House, y
pese a ser la hermana de Cyril Tanner, no contaba con grandes sumas de
dinero como para llevar una vida que le permitiera excesos. Su hermano le
pasaba por mes lo justo para cubrir los gastos de los criados, que no eran los
suficientes para atender las cincuenta habitaciones que poseía la estancia.
Sin embargo, Lían no necesitaba dinero. Solo pedía, cada noche antes de
dormir, conseguir el afecto de su madre. Eso le faltaba para poder alcanzar
la plenitud en su vida.
El día en que cumplía diecinueve años amaneció con la noticia de que su
madre había muerto. Todos en la casa le quisieron hacer creer que su muerte
se debió a una sobredosis de las drogas que tomaba a diario para calmar su
depresión, debido a lo traumático que fue para ella el haber sido seducida y
engañada por un caballero que la embarazó y luego la dejó sin casarse,
haciéndola objeto de las habladurías y el desprecio de la sociedad.
Lían jamás creyó esa mentira.
Él sabía muy bien que su madre no había sido seducida sino abusada;
producto de esa aberrante situación lo había dado a luz. Ese era el motivo
por el cual no lo quería.
También supo esa noche que la muerte por exceso de medicación era
falsa.
Hasta entrada la tarde nadie le permitió que viese el cadáver de su
madre; le dijeron que no querían que la recordase de otra forma que no
fuera con su naturalidad a flor de piel y su sonrisa elegante.
Sabía que le ocultaban algo. Cuando, por la fuerza, logró entrar al cuarto
donde estaban preparando el cuerpo para el entierro, se acercó a la figura
frágil y pálida que yacía sobre la cama de roble de cuatro postes. Pudo ver
alrededor del cuello las marcas rojas. Alguien la había estrangulado. Lían
sospechó, en ese mismo instante, quién fue el desgraciado que le había
quitado la vida a su madre.
Después del entierro, se acercó hasta Nord Hall y pidió ver a su tío. Tuvo
que contener toda su ira al estar frente a él, porque necesitaba de su ayuda.
Si no fuera por ello, Lían estaba seguro de que hubiera sido capaz de
matarlo.
Cyril Tanner no había asistido al entierro de su hermana. En su lugar,
envió un mensaje a través de su madre, Maxinne, dándole su pésame. Eso
irritó demasiado a Lían. Su madre se merecía que le mostraran respeto,
sobre todo su hermano, el conde de Nordwhit. Después de todo, que ella
hubiera sido desterrada de la casa de la familia para vivir sola como una
condenada, culpable de cometer la peor de las aberraciones, había sido
culpa de él.
Cuando el conde lo recibió, Lían se mantuvo lo más frío posible. Se
limitó a decir el motivo que lo había llevado hasta allí y nada más.
―¿Y para qué quieres esa suma de dinero? ―le preguntó su tío.
Lían le había pedido dinero prestado para irse. No quería, no podía
seguir viviendo en una casa inmensa en la que ya su madre no estaba y el
recuerdo de ella lo torturaría todo el tiempo. Necesitaba escapar y hacerse
de una nueva vida, de una nueva identidad… tal vez.
―Ya no hay nada que me retenga en este lugar, milord ―respondió
Lían―. Me gustaría mudarme a Londres e intentar hacer algunos negocios,
para probar suerte.
El conde miró a Lían de pies a cabeza con un dejo de arrogancia en sus
pequeños ojos café. Él sabía que estaba buscando la manera de negarle el
dinero. Se sorprendió cuando le contestó que al día siguiente enviaría el
dinero, con un lacayo, a Tanner House.
―No es un préstamo. Tómalo como una pequeña herencia de tu madre.
Un regalo de cumpleaños.
La voz del conde sonó como si estuviera haciendo una obra de
beneficencia. Dando caridad a los más necesitados.
¡Qué generosidad!, pensó Lían sarcásticamente. Enseguida, dedujo que
la conciencia, la poca que el conde debía tener, estaba empezando a
torturarlo y prefería tener lejos a quien generaba a esa conciencia. A él.
Antes de que Cyril llegara a retractarse de su decisión, Lían se despidió
agradeciendo su generosidad, al tiempo que para sus adentros le deseaba
que se pudriera en el mismo infierno.
Fue directo a Tanner House a preparar todo para su partida al día
siguiente. No quería quedarse un día más en esa casa.
Su tío cumplió con su palabra y a primera hora del día llegó un carruaje
con el dinero prometido. Lían se despidió de todos los empleados con los
que había pasado prácticamente su vida y, antes de subirse al carruaje que lo
llevaría a Londres, lugar donde nunca antes había estado, se volvió para
contemplar por última vez la inmensa casa donde había nacido y vivido. Se
juró que la próxima vez que volviera a pisar esa casa, si es que lo hacía,
sería un hombre diferente.
Con un golpe de suerte en Londres logró dar con las personas justas y las
circunstancias adecuadas. Dividió el dinero que le había dado su tío en tres
partes. Una la puso en el Banco para generar intereses que, si bien eran
pocos, podían ser una buena forma de asegurarse algo de dinero si el resto
no funcionaba.
Otra parte, la invirtió en comprar algunas acciones de una fábrica textil.
Estando en un bar escuchó a un grupo de hombres que hablaban de un
empresario extranjero que quería invertir en Londres y buscaba inversores.
Interesado en el tema, Lían se acercó a esos caballeros. Dedujo que podría
ser una gran oportunidad y decidió ser parte del grupo inversor. Uno de los
caballeros que se encontraba en el bar era Raphael, quien, a raíz del tiempo
compartido por cuestiones de negocios, terminó convirtiéndose en su mejor
y único amigo.
La tercera parte del dinero la dedicó al juego de azar. Tenía que
multiplicar de forma rápida el escaso capital en mano que le quedaba. Si la
fábrica textil no funcionaba, tenía que ir buscando algo más en qué poder
invertir hasta dar con la fórmula correcta. Además, necesitaba pagarse la
habitación en la que dormía cada noche y comer algo, aunque fuera una
comida al día.
Cuando su suerte en los juegos era adversa, pasaba días sin comer,
durmiendo en la calle, debido a que no quería gastar lo poco que le quedaba
en pagar una habitación.
Algunas noches, Emilie, una prostituta pelirroja de ojos verdes, bajita y
de buen cuerpo, que frecuentaba la casa de juegos, le permitía compartir la
habitación que ella rentaba para que no pasara la noche a la intemperie.
Lían estaba sumamente agradecido por ello. No solo le daba un techo, sino
que también le ofrecía el calor de su cama donde, por unas horas, olvidaba
todo lo que lo perturbaba. Era consciente de que cuando ella hacía eso por
él, estaba resignando el compartir la cama con un hombre que pagara por
sus servicios. Emilie estaba perdiendo el poco dinero que podría llegar a
hacer en una noche y que no le alcanzaba más que para alimentarse y pagar
la habitación.
―Prometo devolverte una a una todas las noches que me diste ―le decía
cada mañana que la joven pelirroja le permitía compartir su cama.
―Sé que lo harás, cariño ―respondía ella depositando su boca de labios
rojos sobre la de él, incitándolo a que le hiciera el amor.
Emilie no quería dinero de él. Y lo que quería, sabía que jamás podría
conseguirlo. Una prostituta no era digna de ser amada por un hombre como
Lían.
La fábrica tardó más de lo esperado en arrancar y ser verdaderamente
productiva. Casi tres años después de invertir en ella, Lían comenzó a verse
favorecido con las ganancias que esta arrojaba. No solo era accionista,
también se ponía la fábrica al hombro y trabajaba a la par del resto de los
empleados, interesado de igual forma en el manejo de los papeles. No era
que desconfiara del resto de los socios, pero le gustaba tener el
conocimiento de todo. Le gustaba aprender. Aprendía de todos y todo lo
que podía.
Pese a que los ingresos que generaba la fábrica eran elevados, Lían
seguía siendo austero en sus gastos, tratando de ahorrar la mayor cantidad
posible de dinero.
Desde hacía tiempo, cuando empezó a rondar las casas de juego, tuvo la
idea de ser parte del negocio. Durante varios meses trató de convencer a
Jeffrey, el dueño de Jeffrey’s Club Nigth, que le permitiera ser socio en el
local, pero el dinero que hasta el momento Lían le ofrecía, no había logrado
seducirlo. No estaba seguro de querer compartir las riendas de su casa de
juegos con alguien más.
―Todo seguirá igual ―le aseguraba Lían―. Las decisiones importantes
seguirán en tus manos. Solo quiero ser parte de las ganancias. Y ayudarte
con mi opinión en ciertas cuestiones mínimas, si es que lo necesitas. Nada
cambiará. Tú seguirás al frente.
Jeffrey era duro de convencer; hasta que Lían dio con la suma justa.
Había logrado juntar unas tres mil quinientas libras. Las puso delante de
Jeffrey y, aunque a regañadientes, este aceptó darle el cuarenta por ciento de
las ganancias.
―Pero el nombre de la entrada seguirá siendo el mío ―fue todo lo que
dijo Jeffrey, mientras guardaba el dinero en la caja fuerte.
―Por supuesto ―respondió Lían victorioso.
Raphael le recomendó el abogado de su familia y, al día siguiente,
Jeffrey y él firmaron el contrato.
A los cinco años de su partida de Tanner House, Lían había logrado
convertirse en uno de los hombres más adinerados de Londres. Cuatro años
más tarde, logró abrir su propia fábrica textil en Bolos, con más de
doscientos empleados, y un taller en Londres, donde se confeccionaban las
prendas más finas y sofisticadas, mejorando la calidad de las telas
importadas de Francia.
Se convirtió, también, en la atracción de todas las miradas de las mujeres
casadas, solteras y viudas de Londres. Pasó de ser un joven de rostro pálido
y mirada triste a un hombre de más de metro ochenta, piel bronceada,
brazos y piernas musculosas y bellos ojos negros donde, según decían las
mujeres, se podían ver las llamas del infierno. Todas buscaban ser
quemadas por esa hoguera.
Lían disfrutaba de esa nueva vida. Había logrado poner en su lugar el
pasado. Tenía decidido viajar por el continente. Irse a Francia, Italia quizá,
cuando de pronto, una carta de su abuela llegó a su casa, en Londres, para
comunicarle que su tío Cyril había muerto y que el título de conde pasaba a
él.
¡Maldijo esa mala jugada de la vida! Cuando creyó que había dejado
atrás la carga de ser el hijo ilegítimo de una persona tan despreciable, el
pasado volvía a darle una bofetada. Pero él no estaba dispuesto a recibirla.
Ignoró esa carta, y todas las que le sucedieron solicitando que se
presentara en Nord Hall lo antes posible. Durante más de un año, logró
esquivar sus obligaciones como el nuevo conde de Nordwhit, hasta que
ciertas circunstancias lo hicieron volver.
Solo una condición le puso a su abuela Maxinne, para ponerse a cargo de
Nord Hall y aceptar el título.
―No puedes rechazar el título… ―le reclamó Maxinne.
―No puedo rechazarlo, pero sí puedo irme como todos estos años,
desligarme de las obligaciones y dejar que todo se siga viniendo abajo.
Lord Nordwhit, había dejado prácticamente a toda la familia en cero.
Había manejado pésimamente las finanzas de la familia. Las arcas estaban
casi vacías. Maxinne lo sabía y era consciente de que solo Lían podía sacar
adelante el apellido de la familia, que durante años había estado en lo más
elevado de la sociedad hasta el incidente de su hija Ingrid. Así que no tuvo
más remedio que aceptar la condición de Lían.
―Bien. Danos una semana y nos iremos a Tanner House. Hoy mismo les
diré a Irenne y a Noelle, que debemos mudarnos.
Irenne Tanner era la viuda de Cyril, y Noelle la hija de ambos; aunque se
decía que Irenne le había sido infiel a su esposo y de dicha infidelidad nació
Noelle. Por suerte para Irenne, la hija tenía algunos rasgos parecidos a
Cyril; no se podía asegurar que los rumores fueran ciertos.
Lían planteó a su abuela que ellas tendrían que vivir en Tanner House si
quería que él tomara las riendas de la hacienda, pues tenía planes para su
futuro que no podría llevar a cabo en la casa donde habría convivido con el
fantasma de su madre atormentándolo todo el tiempo.
Para Lían había sido una bendición que Cyril no engendrara con su
esposa un hijo varón.
Todo vuelve, se dijo con una media sonrisa de satisfacción.
Una tarde, mientras estaba en Jeffrey’s Club Nigth tomando una copa,
escuchó una conversación entre dos caballeros que jugaban a las cartas.
―Así es. El marqués de Crowle le dio el ultimátum a su hija. Si no elige
un marido en la próxima temporada, él le elegirá uno.
El hombre desgarbado de unos veinticinco años le decía a otro, que
estaba atento mirando las cartas que tenía en sus manos.
―Se habrá cansado de los rumores que corren alrededor de la bella
Lauren Parks. Todos sabemos por qué no ha elegido esposo hasta el
momento. Con todos los hombres que andan detrás intentando cortejarla…
―fue la respuesta del otro caballero.
Ambos rieron pensando en los rumores que corrían sobre la bella hija del
marqués.
Lían meció la copa de coñac que tenía en la mano y tomó un trago
pensando en lo que acababa de escuchar. Lady Lauren Parks… ¡cómo
olvidarla!
Dos años atrás la había visto en una fiesta, en Londres. Al momento, la
deseó. Lo obnubiló su belleza, aunque no fuese la más hermosa mujer que
él hubiese conocido. Tenía algo que atraía a todos los hombres y él no fue
indiferente a sus encantos, a sus pechos redondos y firmes, a sus anchas
caderas a pesar de ser bastante delgada. Tenía las curvas más exquisitas que
él hubiese visto.
Lauren Parks fue la única mujer que lo rechazó. Lían conocía los
rumores que corrían sobre ella. Con apenas dieciocho años, ya había
ofrecido sus favores a más de un caballero de noble cuna. Hija de un
marqués, no se rebajaba a estar con cualquiera, y Lían era un cualquiera.
Hijo de una mujer depresiva y venida a menos socialmente. Era un bastardo
y no poseía título. No se encontraba a la altura de Lauren.
Al saber que el padre le buscaría un esposo, Lían pensó que la muerte de
su tío Cyril no podía haber ocurrido en mejor momento. Siendo conde,
Lauren no podría seguir resistiéndose.
Para su sorpresa, el título no cambió la visión de Lauren sobre él.
Después de un par de meses de perseguirla, intentando seducirla sin éxito,
decidió hablar con su padre.
El marqués de Crowle estaba en bancarrota. Tenía a buen resguardo ese
secreto, pero Lían poseía los contactos suficientes para poder averiguar que
el marqués había invertido dinero en negocios que no rindieron los frutos
esperados. Sumado a eso, su vicio por el juego. Jeffrey le mencionó que el
marqués tenía una deuda bastante grande en la casa de juego de elite de
Londres y que el dueño estaba haciendo la vista gorda, por el momento, por
el respeto que le tenía a lord Crowle, pero de seguir así, sin pagarlas, tendría
que prohibirle la entrada al local. Y todos sabían lo que significaba que te
negaran el acceso a White Diamond.
También había averiguado que lord Crowle tenía problemas con los
arrendatarios de sus tierras. La entrada de dinero proveniente del campo,
estaba en rojo. Con todo esto a su favor, Lían pensó que conseguiría lo que
deseaba, como sucedía desde hacía más de diez años.

Y allí estaba, con la mujer que lo obsesionó durante los últimos tres
años, durmiendo en su propia casa, en el piso de arriba y no podía acceder a
ella, por más que estuvieran unidos por los lazos del matrimonio. Él no era
un violador. Jamás se sirvió de la fuerza para meter a una mujer a su cama.
Las mujeres por decisión propia se arrojaban entre sus sábanas. ¿Por qué
justo la que quería no gustaba de él?
Por fin, después de tanto desearlo e imaginarlo, esa tarde pudo saborear
sus labios. Eran tan dulces, tan abrasadores. Sentía que podía permanecer
horas besándolos.
Y su cintura… tan diminuta que casi podía abarcarla por completo con
sus manos. Cuando la acercó hacia su cuerpo y percibió la presión de sus
pechos lozanos sobre él, sintió que no iba a poder contenerse. Habría
querido hacerle el amor allí mismo, pero ella lo rechazaba. A pesar de abrir
la boca en respuesta a su beso, su cuerpo lo rechazaba. Había forcejeado
con todas sus fuerzas para apartarlo.
Después de ese contacto él la deseaba aún más…
¿Cómo podía ser que no lo aceptara? ¡Era su esposa, maldita sea, aunque
se estuviera haciendo pasar por otra! Sonrió al recordar su intento por
hablar en español, esa misma mañana en la biblioteca, para convencerlo de
que ella no era inglesa. Esa mujer tenía siempre un as bajo la manga. El
acento le había salido muy bien, él reconoció un par de palabras, pero no
logró engañarlo.
Quizá le vendría bien ocuparse de los negocios para aclarar su cabeza.
Los últimos días había estado demasiado pendiente de Lauren y no podía
pensar con claridad.
Iría él a Leeds, en lugar de Raphael, como habían acordado antes de que
Lauren se escapara de su casamiento después de dar el “sí”, cancelando la
noche de bodas que Lían tanto había planeado.
Era solo un viaje de un par de días. Tal vez, para cuando volviese,
Lauren se habría dado cuenta de que no tenía adónde ir e intentaría, aunque
sea, darle lo que a tantos otros jamás les negó.
~3~

Mía pasó todo el día en la habitación tratando de evitar la insufrible


presencia del conde.
¡Cómo podía ser que todo aquello que describían los libros que había
leído sobre los nobles de la aristocracia nada tuviera que ver con la
realidad! En los libros los duques, marqueses y condes eran alegres,
cordiales, amables, personas caballerescas, simpáticas y dulces… ¡Todo lo
contrario a lo que el conde mostraba ser!
Luego de ese primer encuentro, Mía fue a buscarlo a la biblioteca para
hablar con él. Tenía que hacerle entrar en razones, ella no era su esposa,
venía de otro país, inclusive de otra época.
―Sí, ya sé que suena loco todo esto ―le dijo después de que él la mirara
con gesto de pocos amigos cuando le explicó que venía de América del Sur,
de un país llamado Argentina y del siglo XXI.
―¿Estás desvariando, Lauren?
Mía bufó.
―No soy Lauren. Me llamo…
―Lauren… ―la interrumpió―. Inventes el nombre que te inventes y
cualquier historia sobre tu procedencia, no hay más prueba fehaciente que
la que tengo ante mis ojos… ¡tú!
―Usted es…
Se contuvo para no decirle algo que lo pudiera alterar, aunque por lo que
él mostraba no existía nada que alterase su calma.
―¿Desde cuándo me tratas con tanto respeto? ―interrogó suspicaz.
Desde que Lían conoció a Lauren, ella siempre se había dirigido a él con
un marcado desprecio y sin nada de amabilidad ni respeto.
―Mi padre siempre me enseñó a respetar a mis mayores.
Le sonrió burlona. Lían le dedicó una mirada glacial.
Creo que te pasaste. No le debe gustar que le digas viejo.
A mí me lleva unos cuantos años. No es ofensa la verdad.
Sí, pero aun así no deja de ser alguien atractivo.
Le insinué que es mayor; eso no quiere decir que sea viejo, ni feo.
¡Claramente no lo es!
―Ahora también soy muy viejo para ti… ―Su voz era calma, pero
inflexible. ―Siempre buscarás una excusa, ¿verdad? ―Se acercó a ella―.
Pero te tengo una noticia, querida…
Mía comenzó a retroceder ante el lento avance de Lían. Era amenazante.
Cuando llegó a escasos centímetros de ella, quien ya no contaba con
espacio para seguir retrocediendo entre la pared y él, acercó su boca a la
suya para hablarle.
―Estás unida a mí y no pienso dejarte libre… jamás…
Mía tragó saliva, algo nerviosa. Su proximidad la aturdía, sentía cómo su
pecho comenzaba a palpitar por el contacto de su aliento tan cerca y su
cuerpo experimentaba una sensación de… ¿excitación?
―Tendrás que acostumbrarte a este viejo de treinta años, esposa mía
―ironizó.
Lían sonrió de costado y bajó la mirada a los labios de Lauren. Los
deseaba. Recordó el beso de esa mañana y no pudo evitar tomar su rostro
con firmeza entre sus manos y besarla de nuevo. Esta vez ella no se resistió,
pero cuando él dio por terminado el beso, con la respiración agitada, volvió
a golpearlo y sin decir nada salió de la biblioteca.
No sabía explicar qué le pasó, pero no pudo emitir palabra después de
ese segundo beso que le pareció… ¡exquisito!
Intentó durante toda la tarde pensar y tratar de comprender cómo era que
había terminado en Inglaterra dos siglos atrás. Por más esfuerzo que hiciera
no encontraba forma de explicarlo. Por lo menos lógica.
Para su pesar, el pensamiento de Mía no estuvo todo el día intentando
dar con el por qué y cómo viajó en el tiempo, sino también en el beso que
esa mañana Lían le dio y que más tarde repitió en la biblioteca. Fue
inesperado y rudo, pero, aun así, despertó en ella sensaciones que nunca
antes había experimentado. La habían besado varias veces, sobre todo antes
de lo sucedido con el amante de su madrastra, pero esos besos, comparados
con el del conde, dejaban mucho que desear.
¿Sería porque Lían era ya un hombre? Se notaba que tenía una vasta
experiencia en besos. Nada que ver con los adolescentes a los que ella besó.
Se preguntaba cómo podía ser posible que una mujer no lo deseara. Si
besaba así siendo tan bruto, no quería ni imaginarse lo que sería un beso
suave, dulce, de esos labios. Y ni hablar de algo un poco más jugado
como…
¡Por Dios! ¿En qué estoy pensando?
¡Te gustó el conde, eh!
¡Nada que ver!
A mí me parece que sí. No te lo niegues a vos misma. No me lo niegues a
mí…
―Lady, ¿no le gusta la comida? ¿Está fea?
Tess, la joven criada, advirtió el ceño fruncido de Mía frente a la comida
servida en su plato. Estaba intacta. Salvo las papas todo lo demás estaba
intacto.
No era que la comida tuviera mal sabor o que ella no tuviera apetito. El
tema era que Mía era vegetariana y el noventa por ciento de lo que había en
el plato era carne.
Mía sonrió.
―Oh, no. Lo que sucede es que yo no como carne.
El rostro rollizo de Tess demostró sorpresa.
―¿Se siente mal, lady?
Mía rio.
―No, no. No tiene nada que ver con mi salud, sino con la de los pobres
animalitos.
―¡Oh!
La criada asintió, aunque por su expresión Mía dedujo que estaría
pensando que ella no era normal.
―Aquí hay pocas cosas que no contengan carne, lady Nordwhit. Pero le
puedo decir a Marriet que le traiga un poco de té y unos bollos.
Marriet era la cocinera de Lían, una mujer menuda, siempre con las
mejillas coloradas por estar cerca del fuego de la cocina y muy alegre. Mía
aceptó gustosa.
―Eso me agradaría.
―Bien. Enseguida se lo traigo, lady. Mañana le diré que le tenga
preparado para el almuerzo algo sin carne. Creo que se asombrará ante esa
petición.
Salió del comedor con una sonrisa, dejando a Mía nuevamente a solas
con sus pensamientos.
No tenía pensado bajar a cenar después de la advertencia o amenaza,
todavía no sabía en qué lugar catalogar lo que Lían le había hecho esa
mañana, pero como Agatha le informó que el conde se había ido y que por
unos días estaría afuera, decidió salir de su encierro. Aunque llegar y
encontrarse sola en esa gran mesa, le recordó la misma soledad que sentía
en la diminuta pieza de la pensión.

Los días allí eran los más largos y aburridos que Mía tuvo jamás. No
tenía nada para hacer ni la dejaban hacer nada, si es que ella intentaba
ayudar a Marriet o Tess con las cosas de la finca.
El primer día recorrió el tercer piso entrando en las habitaciones. No
encontró nada interesante más que tierra, muebles cubiertos con sábanas y
cuadros descolgados. No preguntó, pero intuyó que debían de pertenecer a
la familia de Lían. Intentó buscar un retrato de esa tal Lauren, pero no
encontró nada. De ser así, se habría dado cuenta, ya que supuestamente era
igual a ella, y pese a que estuvo más de medio día recorriendo habitaciones
y descubriendo retratos no se encontró en ninguno.
El segundo día le pidió a Arthur, un hombre agradable que se encargaba
de los caballos, que la acompañara al lugar en donde la habían encontrado.
Algo le decía que ahí hallaría una pista para entender por qué ella estaba en
ese lugar. Situación que, a pesar de los días transcurridos, no lograba creer
que fuese cierta.
Arthur se negó a llevarla. Lo mismo pasó con Ernest, ayudante de
Arthur, a quien encontró en compañía de su hermano menor. Cuando Mía se
enteró de que era el cumpleaños del pequeño, pidió a Marriet que le
preparara un pastel e hiciera chocolate caliente para festejarlo. Ernest le
agradeció el gesto, pero ni aun así logró convencerlo para que la
acompañase. Lo mismo había pasado con Vincent y Simón, otros
empleados del conde. Nadie haría nada que el conde no ordenara. Y como
él no se encontraba, tendría que esperar a que volviera.
Tenía que hallar la manera de convencerlo de que ella no era su esposa.
En esos días, con tanto tiempo libre había pensado demasiado en eso. Para
empezar, tendría que mostrarse un poco más amable. Eso no quería decir
que, si él intentase besarla nuevamente a la fuerza, ella lo dejaría. Pero sí
hacerle ver con toda la tranquilidad y paciencia del mundo, que se estaba
equivocando en creer que ella era quien no era.
Él no podía ser tan terco como para no escucharla y ayudarla por lo
menos a descubrir por qué se encontraba allí ocupando un lugar que no le
correspondía. Tenía que ayudarla, ya sea para convencerse de que ella no
era Lauren o en caso contrario, para desenmascararla, pensaba.
Era agotador no tener nada para hacer. Intentó leer, algo que le vendría
muy bien ya que los libros allí eran todos en inglés, y sería una buena forma
de mejorar su dicción; pero los libros con los que Lían contaba en su
biblioteca, eran más aburridos que estar sin hacer nada. Ni una sola novela
romántica. Todos de derecho, contaduría… En una palabra, aburridos.
El tercer día se entretuvo con la costura. Agatha le llevó la ropa limpia
con la que la habían encontrado, como no podía usarla en esa época le pidió
que se la quedara o tirara, lo único que se guardó fue la vedetina, la ropa
interior que acompañaban a los vestidos le resultaba incomoda. Cuando la
doncella se retiró para deshacerse del jean, la musculosa y el saco de hilo, le
pidió que le llevara hilos, agujas y tijeras. Para matar un poco el tiempo
decidió que sacrificaría algún vestido de Lauren Parks para hacerse algunas
vedetinas más. No sabía cuánto tiempo se quedaría en ese lugar, pero lo que
sí sabía era que estaría lo más cómoda que pudiera.
Al día siguiente, salía de la biblioteca cuando vio pasar a Agatha con una
cesta con un montón de telas. Seguro, pensó, iría junto con Tess a hacer la
colada, y como era de esperar, le dirían que no le correspondía a ella ayudar
en ese tema. De todos modos, se arriesgó a preguntar.
―¿Qué llevas ahí, Agatha?
La doncella se volvió.
―Son sábanas y telas viejas, lady. Las vamos a revisar junto con Tess,
para ver si hay alguna que todavía sirva o si van todas a la basura.
Mía se acercó a la cesta y empezó a revolver las telas. De pronto sonrió.
Se le había ocurrido una excelente idea para matar el aburrimiento.
―Nada de tirar esas telas. Ve Agatha. Lleva esto al fondo del establo y
reúne a Ernest, Arthur, y Vincent. Yo iré por unas medias y vuelvo.
No le dio tiempo a responder. Salió corriendo hacia su habitación, feliz
por haber encontrado una forma de pasar el tiempo, al menos por un día.
~4~

Lían llegó esa tarde a Nord Hall, después de un viaje de más de diez
horas sin detenerse en ningún momento, desde Leeds, más que para
alimentar y para que descansaran los caballos. Después de varios días lejos
de su esposa, no quería demorar más el encuentro; pese a no poder obtener
de ella todo lo que deseaba, necesitaba contemplarla, escuchar su voz,
observarla debatirse entre entregarse a él o continuar con su teatro de no ser
la verdadera Lauren.
Cuando contempló la posibilidad de la unión entre ellos jamás pensó que
el desprecio de ella hacia él sería tanto. Creyó que al tener su título de
conde Lauren cedería. ¡Se había entregado a tantos! En el círculo de la
aristocracia se sabía de los muchos amantes que había tenido a pesar de su
corta edad. Y él, no era alguien desagradable a la vista. No constituía la
imagen común de los aristócratas, rubios de ojos claros y tez blanca, con
manos casi tan delicadas como las de una mujer, pero tenía lo suyo. Todas
las amantes que tuvo en su vida, muchas de ellas señoras de la más alta
alcurnia, casadas, viudas, daban fe de que en la cama no tenía competencia.
Entonces… ¿por qué no podía lograr ahora, con fortuna y título nobiliario,
que Lauren se metiera en su cama?
¡Por todos los demonios! ¡Ella era su esposa! ¡Le pertenecía! Podía, si
quería, obligarla a que se introdujera en su cama, disfrutar de su cuerpo
noches enteras y hacer con ella lo que le apeteciera. Entonces… ¿por qué
no lo hacía? ¿Qué se lo impedía? Por momentos Lían no lograba entenderse
ni él mismo.
―¿Dónde se encuentra? ―preguntó a Hunter apenas entró al hall de la
residencia mientras le entregaba la capa y los guantes.
El mayordomo, con su imagen impoluta, guardó silencio por unos
momentos. Sabía que a lord Nordwhit no le agradaría mucho la respuesta; o
más bien, ver lo que estaba haciendo su esposa.
―¿Y? ―lo apuró Lían.
―La condesa se encuentra en los establos, milord.
La respuesta lo sorprendió. Por alguna extraña razón no se imaginaba a
Lauren como una amante de los caballos. Hasta el momento nunca habían
hablado sobre ello ni recordaba haberla visto cabalgar, pero teniendo en
cuenta que ella desde un principio trataba de evitarlo, era muy probable que
no quisiera compartir con él nada de sus gustos personales ni de lo que le
daba placer.
―¿Intenta dar un paseo a caballo?
―Me temo, milord… que no es precisamente eso lo que… hace.
Lían dirigió al mayordomo una mirada cargada de incertidumbre. Qué
estaría haciendo su esposa para que el mayordomo, que por años asistió al
antiguo conde de Nordwhit y era incapaz de alterar sus facciones por nada
en el mundo, tuviera hoy esa expresión. Tenía que ver de inmediato qué
estaba pasando. ¿Acaso Lauren intentaba huir y por eso se encontraba en
los establos? ¡Maldita sea!
―Hunter, pídele a Ernest que me encuentre en los establos, ¡ya!
―ordenó.
Si ella pensaba dejarlo le iba a costar mucho esa absurda idea.
―Ernest ya se encuentra allí, milord.
Lían se volvió sobre su hombro para mirar al mayordomo a los ojos
antes de llegar a la mitad de la sala de estar y desviarse por el pasillo que
llevaba a la puerta trasera.
¿Qué demonios pasaba? ¿Pensaba escaparse y había logrado que Ernest
la ayudara? ¡Cuando los agarrase los iba a matar, a los dos!
Con grandes zancadas, que casi podían llegar a ser un ligero trote, se
dirigió sin perder más tiempo hasta los establos. Salió al fondo de la
estancia sin poder frenar su mente con todas las ideas que se le ocurrían
para castigar a su esposa si es que estaba intentando huir de él. Comenzó a
sentir que su respiración se aceleraba cuando recordó el rostro de Hunter al
responder: “Ernest ya se encuentra allí, milord”.
No podía ser… ¿Lauren lo estaba engañando con Ernest? ¡En su propia
casa! Iba a matarla. A matarlos. Los despellejaría vivos. Claro, él dejó
dicho que llegaría el martes, pero la necesidad de verla, de sentir su
perfume hizo que adelantara su vuelta.
La muy perra estaba entregando lo que a él le negaba a un simple lacayo.
Era sabido: Alguien con el hambre de sexo que ella demostró en los últimos
años, no podía estar tanto tiempo sin un hombre. Una semana era
demasiado, porque sabía que no se había privado de su actividad favorita
durante los preparativos de la boda. Y como estaba empecinada en
torturarlo por haberla obligado a casarse, se entregaría a cualquiera.
¡Condenado Ernest! Pese a ser un simple lacayo era bien parecido, de
pelo castaño claro, ojos miel, joven. Sabía que levantaba suspiros entre las
doncellas, ¿cómo podía traicionarlo así?
Mientras apuraba su paso podía imaginarlos. Sus cuerpos desnudos sobre
un colchón de heno. Él besando sus duros pechos, entrando en su cuerpo y
ella gimiendo de placer. ¡Malditos sean!
Entró al establo con el rostro desencajado de ira y los puños cerrados,
con los nudillos blancos por la fuerza contenida. Esperaba encontrarlos
desprevenidos y gozar, pese a la furia que reinaba en su ser, de ver sus
rostros atónitos, sorprendidos en su engaño. Pero el establo estaba vacío.
El caballo negro de Lían, Furious, asomó su hocico al escucharlo entrar.
Emitió un leve relincho. El pecho de Lían subía y bajada. La ira en sus ojos
aún continuaba. Oteó todo el establo y no vio movimiento alguno. El resto
de los caballos estaban recostados, tranquilos. ¿Dónde estaban todos?
Se acercó al semental y le acarició el cuello. comenzaba a calmarse.
Quizás estaba equivocado con respecto a sus pensamientos sobre su esposa
y Ernest. Apoyó su frente en la testuz de su caballo, tratando de normalizar
su respiración. Quizá Lauren estaría en su habitación bañándose y Hunter
no la vio entrar.
Estaba por volverse a la casa cuando la oyó. Era la voz de Lauren.
Sonaba como… un gemido débil, y lo siguió una risa. Esa risa que solía
desarmarlo, en ese momento lo enfureció. La muy maldita estaba detrás del
establo con Ernest ¡Lo estaba engañando afuera, a la vista de todos!
Sintió que la furia, que había empezado a desaparecer, ahora se esparcía
por cada milímetro de su cuerpo. Iba a matarla, pero antes la haría suya de
mil formas y luego…
Se quedó en el vano de la puerta corrediza de la parte trasera del establo,
conteniendo la respiración, tratando de detener su ira y de comprender qué
ocurría.
A unos dos metros se encontraban Lauren, Ernest, Agatha, Arthur,
Vincent y Simón. Sobre el suelo, habían distribuido lo que parecían sábanas
dibujando un rectángulo de casi unos seis metros de largo y tres de ancho.
Sobre los lados más angostos, habían puesto a una distancia de un poco
menos de un metro, desde cada punta, unas rocas marcando algo que la
mente nublada de Lían no podía entender qué era. En absoluto sabía qué
estaban haciendo.
Unos pasos adelante de estas marcas, se encontraba Vincent, en el
extremo más cercano al establo, y en el otro extremo Arthur. Ambos con las
piernas flexionadas. Lauren tenía la falda del vestido de terciopelo azul,
subido hasta las rodillas, dejando ver su ropa interior, al igual que Agatha.
En el momento en que Lían cruzaba la puerta en dirección a ellos,
Lauren se incorporaba entre risas, con un bollo hecho de tela de unos veinte
centímetros de diámetro entre sus brazos. ¿Qué demonios hacía con eso?
Lo tranquilizó darse cuenta de que no estaba pensando en escaparse, ni
engañándolo con Ernest, pero verla en esa situación, rodeada por los
empleados, lo molestó. Era una dama. No podía entender qué fue de esa
mujer que lo deslumbró por sus finos modales y cuerpo exuberante, tan
materialista y fría como nadie. Aunque debía admitir que esta nueva versión
de ella, lo atraía aún más. ¡Maldita sea! Quería odiarla por hacer que la
deseara todo el tiempo, por regalarle a los empleados sus sonrisas y no a él.
―¿Qué significa todo esto?
La voz fuerte y ronca sobresaltó a todos.
Los empleados de inmediato hicieron una leve reverencia y se
mantuvieron en silencio. Amagaron con irse, pero Mía los detuvo.
―No se vayan, aún no hemos terminado.
Los ojos de Lían se clavaron en el rostro de Lauren. Tenía mechones de
pelo sueltos y las mejillas sonrojadas. Sintió la necesidad de acomodarle el
pelo en las horquillas y acariciar esa piel tersa y cálida.
―Lo siento, milord ―se escuchó la voz de Vincent, el encargado de la
caballeriza―. Milady, ya hemos desatendido demasiado nuestros
quehaceres…
Mía no lo dejó terminar.
―Vamos Vincent, estoy segura de que el conde nos dejará terminar este
partido. Los caballos no se van a ir por no estar pendientes de ellos unos
cuantos minutos, ni las cortinas se van a ensuciar de más, tampoco, por no
sacudirlas cada media hora… ¿no es así conde?
La mirada de Mía se detuvo expectante en los ojos negros de Lían.
Los ojos de los empleados se dirigieron de soslayo a su amo esperando
ver su reacción. No podían creer el modo en que lady Lauren se había
dirigido a él. Eso no era habitual. Sabían que esa actitud podía derivar en un
castigo para ella.
Lauren lo desafiaba. Tenía la valentía de desafiarlo delante de los
empleados, ¿cómo se atrevía? Y cómo podía encantarle eso, no se lo podía
explicar. La comisura de sus labios se curvó en una débil sonrisa.
Sin apartar la vista de Lauren, preguntó.
―Vincent, ¿qué es todo esto?
Vincent salió de atrás de Arthur para responderle sin levantar la vista.
―Lady Lauren nos estaba enseñando a jugar al fútbol, milord.
―¿Al fútbol? ―preguntó levantando su espesa ceja negra, mientras
paseaba su mirada por el cuerpo de Lauren.
― Sí, milord ―fue la débil respuesta de Vincent.
La mirada de Lían se detuvo en las faldas abultadas sobre las rodillas de
Mía, desviando los ojos a Agatha, quien agachó el rostro avergonzada.
Luego volvió a los ojos de su esposa.
―¿Y es necesario que estés así delante de los empleados?
Mía bajó la vista a sus piernas y volvió la mirada a “su esposo”,
levantando los hombros.
―Es más práctico para correr. Si pudiera usar pantalones sería ideal,
pero no se puede... ―Torció los labios como muestra de desagrado,
extrañando poder estar con sus cómodos jeans gastados y lamentando el
haberle dicho a Agatha que se deshiciera de ellos.
―¿Qué es eso?
Señaló la bola de tela que Mía tenía bajo su brazo.
―¿Esto? Una pelota, con ella se juega al futbol. ¿Quiere intentarlo?
Lían sentía que la ira de un comienzo comenzaba a menguar.
―¿Qué? ¿Jugar a eso? ¿Al fútbol?
―Sí.
―No lo creo.
―¿Acaso tiene miedo de perder… milord?
El tono en que se lo dijo y esa llama de diversión en sus ojos… ¡Seguía
desafiándolo!
¡Dios! ¡Tenía que hacerla suya! Tenía que encontrar la manera de hacer
que ella cediera a sus deseos. Sabía, percibía que ella lo deseaba, pero era
muy testaruda para admitirlo.
Lían miró el rostro de cada uno de los presentes. Todos esperaban
atentos su respuesta.
―Bien. Explícame las reglas.
Mía sonrió satisfecha y se acercó a él mostrándole la pelota que
improvisaron con medias y varias telas de cortinas que estaban destinadas a
ser quemadas junto con otros deshechos de la casa.
Antes de que Mía pudiera empezar a explicarle las reglas, Lían se inclinó
y le susurró al oído:
―No suelo jugar a nada si no hay un buen incentivo… ―Sus ojos se
volvieron a los de ella. Mía comprendía de qué hablaba. Una apuesta.
Quería apostar algo―. Tú dirás cuál es.
Mía tragó saliva.
―¿Qué… quiere en el caso de que sea el ganador?
Clavó sus negros y profundos ojos en los de ella. Mía sintió que todo el
cuerpo le temblaba. Lían era tan imponente, tan… exquisitamente atractivo.
No podía entender cómo Lauren podía no desearlo.
Aproximó la boca a su oído produciéndole un escalofrió al susurrarle:
―Un beso… Ese sería un buen incentivo.
Mía sintió que el pulso se le aceleraba. Asintió con un débil movimiento
de cabeza.
―Muy bien, milord… Si gana… ese será su premio.
―Y si ganas tú, ¿qué quieres?
―Quiero ir al lugar donde me encontraron… ―respondió decidida.
El rostro de Lían se tensó. ¿Por qué quería volver allí? ¿Qué quería
encontrar? Por un momento olvidó que ella decía no ser Lauren. Recordó la
disparatada historia de que pertenecía al futuro, que venía de otra época.
Realmente el golpe le ha afectado, pensó.
―Hecho ―dijo al fin―. Explícame el juego.
Mía comenzó a contarle las reglas básicas del juego. Pensó que, a lo
mejor, debería saber algo relacionado al fútbol, ya que este provenía de la
época media y en definitiva fue en Inglaterra donde se oficializó, aunque
claro, eso había sido en 1863, unos veintisiete años más tarde. De todos
modos, creyó que algún rumor o algo tendría que haber escuchado. Pero no.
El juego era nuevo para todos ellos. Algo que lo hacía más divertido, en
ciertos aspectos, para ella.
―Formaremos dos equipos de tres. La idea es meter la mayor cantidad
de goles. Eso es, que esta pelota movida a lo largo de la cancha con los pies,
traspase la línea del arco. Ese que está allí. ―Señaló la distancia entre
piedra y piedra. Lían asintió―. Se saca del medio. No se puede tocar la
pelota con la mano, salvo el arquero para atajarla. El partido normalmente
se divide en dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, pero aquí vamos a
hacerlo en dos de quince. ¿Le parece? ―preguntó a Lían.
―Muy bien.
―Empecemos.
Mía se dirigió a Arthur.
― Arthur, como sobra uno, ¿le molestaría a usted quedar fuera del juego
y tomar el tiempo?
Arthur se quedó quieto, sorprendido al ver que la condesa le preguntaba
a él, un simple lacayo si no jugar le parecía mal. El hombre observó el
rostro duro del conde, que miraba a la joven con los ojos entrecerrados.
¿Qué fue esa muestra de amabilidad hacia un simple empleado de parte
de Lauren Parks? Empezaba a preguntarse si en verdad era ella.
―Sí, milady.
―Arthur usa esto ―Lían sacó del bolsillo de su casaca el reloj de oro y
se lo entregó.
Arthur se ubicó al costado de la cancha. Los arqueros, Ernest para el
equipo de Mía y Simón para el del conde, ocuparon sus lugares. Agatha, fue
designada para el equipo del conde para estar en igualdad de condiciones.
Como todo caballero, Lían dejó que Mía comenzara el juego. Puso la pelota
en el centro y con una leve patada hacia atrás, se la pasó a Vincent. Lían se
dirigió enseguida hacia él, amenazante, con su cuerpo erguido de metro
ochenta, lo que hizo que Vincent de apenas un metro setenta, se quedara
quieto en el lugar. Sin mayor problema, Lían le quitó la pelota y pateó
directo al arco, donde Ernest no hizo ademán alguno de querer detenerla,
permitiendo así, que cruzara la línea del arco.
Mía miró atónita a los dos, Vincent y Ernest, y preguntó furiosa:
―¿Qué fue eso?
―Creo que gol ―fue la calmada y victoriosa respuesta de Lían.
Mía clavó una mirada furiosa en él, que mostraba sus blancos dientes en
una sonrisa tan sensual que, si no fuera porque ella estaba enojada y porque
necesitaba ganar el juego para que él cumpliera con su apuesta, se hubiese
derretido en ese momento y lanzado a sus brazos.
―Ese no vale ―exclamó enojada―. Fue muy rápido.
―¿Hay que dejar pasar un determinado tiempo antes de convertir el gol?
―Quiso saber con total interés, Lían.
No, no lo había, pero no se lo diría. Esa era una de las ventajas que le
permitía que no conocieran las reglas del juego.
―¡Sí! ―Exclamó mientras se dirigía a Ernest, quien fue a buscar la
pelota de tela que se había alejado bastante del lugar. ―¿Qué es lo que
pasa? ―le preguntó en voz baja.
Antes de que el conde llegara ellos estaban disfrutando del juego,
corrían, trababan; y ahora los dos estaban convertidos en estatuas.
Ernest miró dubitativamente al conde y luego volvió la vista a Mía.
―Lady el conde es nuestro jefe. No podemos arriesgarnos a que nos
eche si pierde.
¡Conque eso era! Lo tenía que haber supuesto. Con lo arrogante que Lían
se mostraba era de suponer que, si perdía, era capaz de despedirlos a todos.
Mía volvió sobre sus pasos y se dirigió a Lían.
―Asegúreles, por favor, que si usted pierde no se enojará con ellos, no
los castigará ni perderán sus empleos. Dígales que solo es un juego. Que
tienen que divertirse sin temor mientras dura… milord.
Agregó con dulzura al final al ver el rostro impasible de Lían. Algo le
decía que no lo haría, que allí se terminaría el juego y sus esperanzas de
intentar encontrar alguna señal de por qué se encontraba allí.
―Ernest, Vincent… nada pasará si pierdo, cosa que no sucederá.
―Dirigió una mirada arrogante a Mía―. Disfruten del juego… Es una
orden.
La sonrisa de Mía se extendió en toda su plenitud, sorprendida y llena de
agradecimiento. Ese era un gran gesto hacia los empleados. Y hacia ella. El
brillo en sus ojos cuando dijo la última frase, mostrando que no era una
orden en realidad, los hacía más profundos y más hermosos. Tenía que dejar
de contemplarlo como una tonta, o iba a perder algo más que el juego.
Sacudió la cabeza para volver a la realidad.
―Volvamos al juego ―dijo, más para ella que para el resto.
―Muy bien, pero ese gol cuenta ―aseguró el conde.
A regañadientes, Mía le concedió el gol.
La pelota se puso en movimiento de nuevo. Esta vez, cuando se la pasó a
Vincent, este con dificultad logró atraparla con el pie y se movió con ella
hacia la otra área, Lían se le plantó enfrente, pero Vincent pudo patear la
pelota en diagonal hacia Mía, que le pedía a gritos que se la pasara.
A Lían le molestó haber perdido esa pelota. Se dio vuelta para perseguir
a Mía, quien pateó hacia el arco pasando la pelota por entre las piernas
abiertas de Agatha. Para su desgracia, Simón, logró parar la pelota con las
manos. Mía maldijo en voz baja, mientras la doncella se reía por la cómica
situación de la que acababa de ser partícipe.
Lían dejó de lado la frustración por no haberle podido sacar la pelota a
Vincent al ver a Lauren tan metida en el juego.
Simón tiró la pelota a los pies de Agatha y esta, nerviosa, dudó tanto en
qué hacer que no vio que Mía se la sacó y pateó directamente al arco. El tiro
tomó por sorpresa a Simón que no llegó a reaccionar y la pelota cruzó la
línea de gol.
Mía se dio vuelta con las manos en alto mostrando su felicidad.
―¡Gool! ―gritó. Y sin apartar la vista de la del conde se dirigió hacia
su lado de la cancha y chocó las palmas a modo de festejo con Vincent y
Ernest.
Antes de que Lían llegara ella les había enseñado, aparte de las reglas del
juego, algunas formas de saludarse y festejar. El saludo consistía en chocar
las palmas, luego el dorso y por último la unión de las manos en puño. Ante
esa expresión Lían los miró asombrado. No le agradaba esa muestra de
relación, más que cordial, entre su esposa y sus empleados. Hizo a un lado
su malestar cuando la pelota volvió al juego. Tenía que ganar. Deseaba
sentir la dulce boca de Lauren.
Esta vez, fue Agatha quien dio comienzo al juego. A un costado, Arthur
controlaba el reloj atento a avisarles cuando hubiesen pasado los quince
minutos.
Con el paso del tiempo a ambos equipos les costaba más llegar al otro
arco. Hacían más pases, trababan el paso y quitaban la pelota al
contrincante con más firmeza a pesar de las risas que surgían, siempre que
alguno iba a parar al piso al perder el equilibrio en la lucha por recuperar la
pelota, que varias veces a lo largo del partido hubo que armar de nuevo.
Un descuido, un tiro de Lían y los reflejos lentos de Ernest hicieron que
el equipo del conde convirtiera otro gol.
Arthur informó el final del primer tiempo y ambos arqueros cambiaron
de lado. La pelota volvió a ponerse en movimiento.
En un momento, Mía se encontró con la pelota en sus pies. A su espalda
Lían intentaba quitársela. Ella lo mantenía apartado, apoyando su mano
sobre el duro pecho del conde. Trataba de concentrarse y no perder de vista
el juego bajo la extraordinaria sensación de sentir esa piel cálida bajo su
mano. Lían, debido al calor, se había sacado la casaca y tenía los primeros
botones de la camisa abierta, mostrando el leve vello que cubría su pecho.
Justo allí, la mano de Mía estaba posada. Si bien no lo hizo a propósito ni lo
estaba mirando, sentir ese suave contacto le estaba generando un
estremecimiento en todo el cuerpo. Le iba a sacar la pelota si no hacía algo.
La maldad afloró en ella. En un segundo se volvió hacia él y le dio un
rápido beso justo en la comisura de la boca. Ese movimiento, dejó perplejo
a Lían. Claramente no se lo esperaba. Sentir en ese fugaz movimiento sus
labios sobre él, fue algo vertiginoso. Su cuerpo se estremeció. ¿Por un
simple contacto? ¡Maltita sea!
Mía no lo dudó y se apartó de él con la pelota, se la pasó a Vincent que
pateó decidido al arco y, por suerte, logró anotar. Simón nada pudo hacer
para detener la pelota que pasó entre sus piernas.
―Maldita criatura ―murmuró Lían sonriendo ante el descaro y la
trampa que le había tendido.
La diversión le duró poco. Mía corrió alegre hasta Ernest y Vincent; los
tres se estrecharon en un abrazo, felicitándose y arengándose entre ellos.
A Lían no le gustó. No le gustó que la abrazaran. No le gustó que Ernest
le sonriera ni que la tocara. No le gustó el clima de familiaridad existente
entre ellos y su esposa. No le gustó que sus empleados recibieran de Lauren
un trato más cálido que él mismo. Ahogando su enfado, fue hacia ellos y
con voz ronca ordenó:
―Cambiamos. Ernest, vete al otro equipo.
El joven empleado asintió y cambió de lado.
―Vincent, tú serás el arquero ahora.
―Sí, milord.
Mía se acercó y lo miró divertida.
―¿No le gusta perder, milord?
El gesto de él era duro. Ella pensaba que cambiaba de equipo porque no
quería perder, pero no. No quería que la tocaran. No quería ver más sus
sonrisas dirigidas a Ernest ni a ningún otro que no fuera él.
―No ―respondió secamente.
―Esto dificulta la apuesta.
La apuesta. La había olvidado. Los celos pudieron más en ese momento.
Si los dos pertenecían al mismo equipo, los dos ganarían o los dos
perderían.
―Lo olvidé por completo ―murmuró frunciendo el ceño, enojado.
Mía lo contempló por un segundo, antes de hablar. Estaban empatados
así que la única solución era…
―Podemos definir el partido por penales.
―¿Penales? ―Lían enarcó las cejas.
―Sí. Cuando son partidos decisivos, al terminar los dos tiempos y el
alargue, en el caso de que lo haya y el tanteador esté igualado, se define por
penales.
Mía le explicó en qué consistían y decidieron terminar el partido de esa
forma. Al final, habría un ganador de la apuesta.
La primera en patear el penal sería Mía. Simón se ubicó en el arco. A esa
altura, las cortinas que usaron para marcar la cancha más que un rectángulo,
parecían una pista de carrera. Acomodaron las telas y marcaron bien dónde
sería el arco.
Simón se paró flexionando levemente las piernas. Mía contó diez pasos y
apoyó la pelota sobre el suelo. Se alejó dos pasos más. Suspiró profundo y
pateó la pelota, o lo que quedaba de la bola de telas. Las medias que
envolvían las cortinas viejas, estaban comenzando a rajarse. Aunque
empleó toda su fuerza, la pelota fue atrapada por el arquero.
Mía se paró con las manos en jarra y fulminó a Simón con la mirada.
―Mi turno ―dijo Lían con una sonrisa.
Al pasar por al lado de Mía, esta le sacó la lengua, disgustada por su
satisfacción. Él deseaba comerle esa lengua. Jugar con ella. Saborearla. Ya
estaba sintiendo su triunfo. Pronto sentiría la exquisitez de su humedad.
Ernest se acomodó en su sitio. Lían no le dio tiempo a nada, sin darse
cuenta siquiera, la pelota fue pateada y traspasó la línea del arco.
Por suerte, cuando le tocó el turno a Vincent, este pudo anotar; eso por el
momento tranquilizaba un poco a Mía. Agatha, por su parte, había
escuchado la apuesta y quería ayudar a la condesa a que fuera al lugar
donde la encontraron después de la boda con el conde, así que, aunque
estaba segura de que no podría meter el gol, de todos modos, se empeñó
para que la pelota, por las dudas, no fuera en dirección al arco. Se inclinó al
momento de patear y la pelota pasó como a treinta centímetros de donde se
encontraba Ernest.
Con un tono de fingida congoja se dirigió al conde.
―Lo siento, milord.
Él le indico con un rápido gesto que todo estaba bien.
Simón se ubicó de nuevo en el arco y Ernest se paró a diez pasos de él.
Era el último tiro de su equipo. Tenía que meterlo. Mía suplicaba para sus
adentros que lo metiera. Cuando estuvo a punto de patear, ella no pudo
resistir y se tapó los ojos. No quería ver.
Pasados unos segundos los abrió y vio como Ernest cabizbajo se dirigía a
ocupar su puesto en el arco. Por su rostro triste y el de Lían sonriente
dedujo que había errado. La única esperanza que le quedaba era que Simón
también errara su penal.
Decidida, desesperada más bien, se dirigió hacia Ernest. Necesitaba
ganar. Necesitaba tratar de encontrar la forma de volver a Argentina, a su
época.
Lían la vio dirigirse seria a Ernest y con un rostro impasible aguardó a
ver qué hacía.
Mía se paró frente a Ernest, lo tomó por los hombros, le pidió que lo
mirara y con seriedad le dijo:
―Ernest… Ten fe. Atajarás esa pelota y nos darás una chance más de
ganar. Hoy… ―lo miró fijo a los ojos. ―hoy te convertís en héroe.
Presionó firme sus hombros para transmitirle fuerzas, como si ese
partido fuera de verdadera relevancia, como si en él se debatiera su vida. El
joven empleado sin entender bien esa actitud, asintió con la cabeza.
―Sí, milady.
Mía dio media vuelta y se alejó a un costado pensando que estaba loca.
Que ellos creerían que estaba loca. Y en verdad, ella empezaba a creérselo.
San Mascherano, dejo todo en tus manos. Suspiró y aguardó a que
Simón pateara. Cruzó los dedos de ambas manos a la altura de sus ojos,
contuvo el aliento y…
Ernest no pudo evitar contener la pelota que Simón le pateó. Esta rebotó
en sus manos y, por desgracia, antes de que pudiera agarrarla, en lugar de
caer hacia adelante, fue hacia atrás, pasando la línea. ¡Gol! Había perdido.
Mía no salía de su asombro ¡Era de tela, la pelota era de tela… cómo
pudo rebotar!
―Suerte de principiante ―murmuró.
Te persignaste al santo equivocado.
Claro, Masche es central. Tendría que haber recurrido a Romero.
Sin duda.
Hubiese sido genial que me lo recordaras antes, ¿no?
¿Y perderme la apuesta? Ni loca.
Loca ya estás, estás hablando con vos misma por si no te diste cuenta.
No, esa sos vos.
Después de esa leve charla consigo misma Mía, cerró los ojos
presionando los puños. Pepa tenía razón, ella quería ganar, pero también
perder. En un intento de disimular su malestar por haber perdido la apuesta,
le sonrió a Ernest. El joven la miraba con gesto de desolación. El resto
estaba riéndose, por lo visto habían disfrutado del juego.
Lían se acercó a Mía sin apartar la vista de sus ojos.
―El juego terminó. Cada uno a sus quehaceres ―Ordenó.
Arthur le devolvió el reloj y luego todos se dispersaron hacia sus
respectivos puestos. Lían y Mía quedaron solos.
―Supongo que querrá cobrar su apuesta.
Frunció los labios sin apartar la vista de los ojos de él.
―Supones bien.
Se acercó más a ella; la tomó suavemente de la cintura y se quedó
contemplándola. ¡Estaba tan linda con el pelo revuelto, desaliñada, con el
vestido sucio! No pudo evitar sonreír al mirar hacia abajo y ver el bulto del
vestido atado a las rodillas. Bajó suavemente la mano, buscó el nudo y lo
desató. La tela arrugada cayó hasta cubrirle los pies.
Acercó su boca al oído de Mía y susurró:
―Estoy esperando, ¿vas a pagar tu apuesta?
Él quería que ella avanzara, que ella lo besara; quería sentir que ella lo
deseaba, que lo buscaba.
Mía tragó saliva. Levantó la vista y lo miró fijo a los ojos. Él bajó su
boca. Sus labios eran finos, tentadores; con una pequeña cicatriz en la
esquina izquierda del labio superior que los hacían sensuales. Sí. Ella tenía
ganas de pagar su apuesta. En ese momento no le importaba no haber
ganado. Ya encontraría la manera de ir a donde quería. Mientras…
Pasó suave la lengua por sus labios secos. Respiró profundo. Con sus
manos tomó las solapas de la camisa, como si tuviera miedo de que él se
escapara, ¡como si él no deseara más que nada en el mundo sentir ese beso!
Se paró en puntas de pies y fue acercando boca entreabierta a la de él.
Sentirla tan cerca hizo que Lían contuviera la respiración. Comenzó a
sentir cómo su pantalón en la parte de la entrepierna, comenzaba a tensarse.
Ella con la punta de la lengua, con un movimiento suave, separó el labio
inferior de la boca de Lían y lo envolvió con sus labios. Hizo lo mismo con
el labio superior. Sus movimientos eran medidos, suaves, sensuales. Sabía a
la perfección lo que estaba haciendo, a pesar de ser la primera vez que lo
hacía; quería provocarlo.
A él esos suaves roces lo volvieron loco, tuvo que contenerse para no
capturar su boca de una, tirarla en el pasto y hacerle el amor. Solo atinó a
abrazarla más fuerte y pegarla más a él. Mía pasó las manos por detrás de
su cuello, al momento que apartaba su boca del labio superior y tomaba
suave, pero decidida, por completo la boca de Lían. Presionó la mano que
tenía en su nuca para obligarlo a que se inclinara más y comenzó a mover la
lengua dentro de su boca subiendo, poco a poco, la voracidad de sus
movimientos.
Lían ya no pudo permanecer ajeno al beso y puso a actuar su lengua ¡Se
sentía tan bien! El beso se intensificó. Los movimientos de él eran audaces.
La estaba aturdiendo y en ese torbellino que los labios de él provocaban en
su boca, en su mente, en su pecho y en su bajo vientre no quería que pasara
el tiempo…
Mía gimió excitada, desesperada. Si no paraba el beso terminaría mal.
Con mucha fuerza de voluntad, apartó bruscamente la boca de la de él y
apoyó la frente sobre el pecho de Lían. Él respiraba con dificultad.
―Por favor… ―susurró.
Lían siguió con la mano la línea de la columna vertebral de Mía. Ella
sintió como su cuerpo cosquilleaba por completo.
―Por favor, ¿qué? …―preguntó suave―: ¿por favor sigue o por favor
para?
Sonrió con una mezcla de diversión y turbación. En verdad la deseaba.
No quería parar. Quería poseerla de mil formas. Si bien la pregunta no fue
formulada en serio, por dentro deseaba que le dijera que continuara.
Por unos largos segundos, ninguno habló. Solo se escuchó las
respiraciones agitadas de ambos…
Cuando sus pulsaciones se normalizaron, Lían la tomó por las manos, le
besó la coronilla y, con cuidado y sin querer, la separó de él.
―Ve a prepararte para la cena.
Ella asintió sin mirarlo y salió corriendo hacia la casa.
~5~

Cruzó la puerta de la habitación todavía con el pulso agitado. La cerró y


se apoyó de espaldas sobre ella. Necesitaba irse. No tenía idea de cómo
llegó, pero no podía seguir allí. Tenía que encontrar la manera de averiguar
qué era lo que había pasado.
―La magia en realidad no existe, ¿no? ―se preguntó en voz alta.
Siempre creíste en ella.
Se sentó frente al espejo y contempló su imagen. Una cosa era imaginar
que algo existía y otra muy distinta, comprobarlo.
Hacía poco más de una semana que había desaparecido de su país y
aparecido siglos atrás en otro continente. ¿Qué era esto? ¿Un mal sueño,
una hermosa realidad? ¿Esa realidad que tanto deseó mientras veía cómo la
sociedad de su país se degeneraba y ella se perdía en la lectura de sus
novelas, con amores eternos, príncipes y princesas?
No lograba entender que eso le estuviera pasando a ella.
Suspiró y comenzó a sacarse las horquillas del pelo.
―Invisibles ―susurró mientras contemplaba una horquilla entre sus
manos. ―Si Ema estuviera acá, sabría decirme cómo salir.
Si Ema estuviera acá, estaría contemplándote como un tonto.
Pero sabría decirme qué hacer de todos modos.
Si vos lo decís… Por ahí no estaríamos acá, si vos lo hubieses mirado a
Ema con otros ojos. Como algo más que un amigo y te hubieses desligado
de tus fantasías con esos libros que leés.
Se retó mirando furiosa el espejo.
―¡Por favor! Nadie puede forzar lo que no siente. Yo quiero mucho a
Ema, pero no siento nada más que una amistad. Si lo hubiese incentivado
para que avanzara conmigo sin sentir nada me estaría convirtiendo en el
común de las demás mujeres y no quiero.
El espejo entornó los ojos ¿o fue su imaginación?
Pero bien que te quedabas embobada cuando el idiota de Víctor pasaba
por tu lado, ¿no?
Eso era distinto.
Sin duda. Víctor solo te quería llevar a la cama y lo decía abiertamente.
En cambio, Ema siente algo real por vos. Tanto como eso que vos estás
esperando.
Mía resopló nerviosa. Ya estaba perdiendo la paciencia consigo misma.
Tenía razón, pero a su vez, su otro yo también tenía razón. Ema era un gran
amigo y lo adoraba, pero no podía verlo como otra cosa más allá de eso.
Con Víctor era consciente de que solo buscaba la sensualidad de su cuerpo,
pero que a ella le gustara no quería decir que era tan tonta como para
entregarse a él sabiendo que no conseguiría nada más.
Se quedó por unos segundos contemplando el espejo.
―Definitivamente, estoy loca. Esto es un sueño… me voy a ir a dormir
y mañana estaré de nuevo en mi triste y sombrío cuarto de pensión.
Terminó la frase apesadumbrada. Mucho no le gustó esa idea. La
habitación que tenía ahora era más grande, linda y acogedora que la
humilde pieza que podía pagarse en la pensión del barrio de La Boca.
Lamento interrumpir tus planes, pero antes de dormir, tenés que cenar
con tu conde... Te está esperando. Ponete un corsé bien ajustado que te
marque las lolas bien arriba y dejalo babeando por vos.
Mía frunció el ceño asustada frente a ese pensamiento. En este lugar su
conciencia se estaba volviendo cada vez más desatada. La perversión que
no logró el siglo XXI la estaba logrando el XIX.
―¡Cerrá el pico, por favor!
Se retó a sí misma sin darse cuenta de que en ese momento Agatha
entraba al cuarto; por la cara de asombro de la doncella, Mía advirtió que la
había escuchado. Por suerte cada vez que Mía se encontraba sola y
hablaba con ella misma en voz alta, lo hacía es español, así que Agatha no
entendía nada de nada.
―Disculpe, lady ―dijo―. Tendría que haber llamado. Lo siento.
Mía se levantó enseguida y apoyó su mano en el antebrazo de la
doncella.
― Todo bien, Agatha. No te preocupes.
Ella percibía cómo los empleados la miraban cada vez que se dirigía a
alguno de ellos solicitándoles algo amablemente o les pedía permiso. Era
una mirada de sorpresa. ¿Tan mal parida había sido antes? Bueno, ella no.
Pero sí Lauren, a quien estaba reemplazando, contra su voluntad, claro.
―Vine a prepararle el baño, milady.
Mía asintió con una sonrisa y se volvió a sentar frente a la cómoda,
dejando a la doncella preparar la tina de agua en el cuarto de al lado.
Cuando volvió, la despidió diciéndole que se arreglaría sola, que, por favor,
le dejara preparado sobre la cama un vestido sencillo que fuera fácil de
ponerse para que ella pudiera vestirse sin ayuda.
Desconcertada, Agatha empezó a buscar entre los tantos vestidos que
había en el armario de lady Lauren un vestido “sencillo”. Lauren no tenía
nada así, le gustaba sobresalir, mostrarse, seducir, entrar a un lugar, así
fuera al comedor para cenar junto a su padre, y que todos sintieran y se
deslumbraran con su presencia. Después de mucho revisar, logró dar con un
vestido de gasa fina, en color crema, sin adornos, que se ajustaba con unos
cordones por la pechera. Suspirando tranquila, por haber podido cumplir
con su tarea, la joven salió de la habitación y dejó a su nueva ama a solas.

Lían se encontraba sentado a la mesa, aguardando que Lauren bajara


para cenar. Se había quedado un rato más afuera cuando ella entró corriendo
después del beso para poder controlar un poco su excitación.
Ese beso lo dejó más alborotado que nunca. Con la sangre caliente. En la
noche de bodas, guiado por la bronca al pensar que su esposa se había
escapado, después de horas de buscarla, fue al pueblo, al burdel que hasta
esa noche nunca había visitado, con la intención de descargarse con la
prostituta más cara y linda que hubiera. Al sentirse abandonado y herido en
su orgullo, una vez más, no pudo resistir la tentación de opacar su
frustración con buen sexo, pero hacía años que ya no recurría a esa clase de
mujeres, así que solo permaneció ahí hasta el amanecer.
Durante la fiesta, Lauren había desaparecido. Llegó el momento de partir
para la noche de bodas y trasladarse a Nord Hall, pero nadie la pudo
encontrar. Su constante menosprecio hacia él y ese casamiento obligado, le
hizo suponer que se había escapado una vez que dio cumplimiento a la
promesa que le hizo a su padre.
A la mañana siguiente, cuando recibió la nota diciéndole que la habían
encontrado y le informaban que había tenido un “accidente” producto del
cual su memoria se veía afectada, en principio sospechó, pero una vez que
la vio y comprobó que en verdad estaba aturdida, terminó bajando un poco
la guardia. Jamás pensó que el deseo que sintió desde el primer momento en
que la vio, hacía tres años, aumentaría día a día a niveles exorbitantes.
Mía se frenó en la puerta del comedor al ver que Lían se encontraba allí.
El corazón le palpitó con más fuerza al encontrarse con su mirada y
recordar el beso. Enseguida Lían se levantó y corrió la silla ubicada a su
derecha, incitándola a que se acercara para sentarse. La observó
detenidamente mientras ella se dirigía a la mesa. Tenía el pelo recogido en
una trenza en la nuca, unos mechones caídos sobre la frente. La fina
delicadeza de la tela del vestido, si bien era simple, caía sobre su cuerpo
marcando sus curvas. Siguiendo el consejo de Pepa, había presionado más
de lo debido los cordones de adelante del vestido, remarcando y haciendo
sobresalir la unión de los pechos por el escote rectangular. En ese lugar se
detuvieron los ojos negros de Lían.
Se sentó en el frente de la mesa y enseguida una doncella se apresuró a
servir la cena. Constaba de cordero con salsa y patatas.
Frente a Mía, la criada puso un plato distinto. Depositó frente a ella un
plato cubierto por una campana de plata. Mía levantó la copa y al ver lo que
había debajo su expresión fue de placer. Los ojos se le iluminaron y dedicó
a Tess una amplia sonrisa.
―Gracias ―gesticuló con los labios.
Tess, feliz al ver que la sorpresa que la cocinera preparó especialmente
para ella la complacía, asintió alegre con la cabeza y se retiró.
Lían miró asombrado el contenido del plato de Mía. Una masa con…
¿salsa y queso era eso? A Mía le divirtió ver el rostro de desconcierto del
conde.
―Pizza.
Levantó una porción de las tres que tenía en el plato y le dio un
mordisco. No era como la que comía en Buenos Aires, pero era a lo
máximo que podía aspirar allí en esa época. El queso no era sedoso y
grasiento como la mozzarella, pero para el hambre, que hasta ese momento
no sabía que tenía, era suficiente.
―¿Quiere probar?
Acercó hacia él la porción que tenía en la mano y de la cual ella había
comido un pedazo. El conde quedó mirando la mano tendida de la joven. Le
estaba ofreciendo compartir su comida, ¡e intentaba darle de comer en la
boca!... ¿O le estaba ofreciendo la porción para que él la tomara con su
mano?
Viendo la expresión de Lían, Mía entendió que eso de convidarle de la
comida que ella estaba comiendo era un gesto de mal gusto, inapropiado
para ser quien se suponía que era ella en ese momento. Volvió la mano
hacia atrás.
―Lo siento. Eso no es debido, ¿verdad?... El compartir la comida que
uno ya probó ―explicó al ver que Lían la miraba desconcertado.
―La verdad no… ―aclaró―. Por lo menos no en la aristocracia. Por
suerte yo vengo de la rama negra.
Le quitó de la mano la porción de pizza y, con un poco de desconfianza,
le dio una mordida a la masa crujiente.
Mía aguardó expectante mientras él masticaba despacio, tratando de
encontrarle el sabor. Al terminar asintió.
―¿Y?
―No está mal ―respondió dándole otra mordida.
Mía rio.
―Eso porque no está hecho con el queso que corresponde.
―Esto es una comida de allá de…. ―Se frenó no solo por no recordar
de dónde ella decía venir, sino porque le parecía imposible estar dando pie a
empezar a creer en eso; pero lo cierto era que Lauren no parecía ser ella.
―¿Argentina?
Lían asintió.
―Sí y no. Allá es muy común. La comemos a menudo los fines de
semana entre amigos, mirando fútbol o viendo una película. Pero en
realidad es de Italia de donde proviene.
―Fútbol… ―recordó el juego de esa tarde―. ¿Ese juego proviene de
Argentina?
Mía sonrió.
―Es un deporte profesional ―aclaró―, y no… no proviene de mi país.
Me resulta raro que no haya escuchado hablar de él. Dicen que tuvo sus
comienzos en la Edad Media y que se oficializó en Inglaterra.
Las cejas de sus hermosos ojos negros se elevaron en un gesto de
asombro.
―¡Inglaterra!... Vaya, eso sí que es una sorpresa. La verdad nunca he
oído hablar del fútbol. Lo cierto es que tampoco tuve ni tengo mucho
tiempo para el ocio.
―Entiendo… Igual no sé cómo será la cuestión ahora porque…
Se calló nerviosa, no sabía si debía decir o no aquello. ¿Alteraría en algo
dar información de esa clase sobre el futuro como había visto en tantas
películas?
―¿Por qué? ―Lían la instó a hablar.
―Porque recién lo oficializaron en 1863.
Mía aguardó la reacción de Lían, pero su rostro no mostró cambio
alguno ante esa noticia futurista.
Por su parte, él no sabía cómo tomar esa “noticia”. No sabía si reír
porque pensaba que ella le estaba montando una broma o…preocuparse
porque de verdad estuviera loca.
―¿Eres vidente? Una bruja... ¿es eso?
―¿Qué? ¡No! ―Exclamó Mía rompiendo en carcajadas.
Su risa, tan fuerte como divertida, logró tirar abajo en Lían toda
estructura destinada a mantenerse firme en sus deseos sobre ella. No podía
mostrarse blando, por las dudas que ella solo estuviera actuando, pero
prácticamente era imposible.
―Si fuera una bruja sabría cómo y porqué llegué aquí, incluso no estaría
pasando por todo esto y, sin más, volvería a mi lugar.
―Cierto… ―se vio obligado a reconocer.
Contempló por unos segundos el rostro triste de Mía, tenía la expresión
de quien añora un lugar. Por un momento sintió el deseo de protegerla. De
ayudarla. ¿Sería verdad todo lo que le estaba contando? La única forma que
veía de descubrirla era seguirle el juego.
―Hablaste de que el fútbol es un deporte profesional.
Lo dijo llevado no solo por la curiosidad sino también para sacarla de
ese estado de melancolía que le hacía querer arroparla entre sus brazos. Y
para ver si podía descubrir algo más sobre si estaba fingiendo o no.
―Sí. Todos los países cuentan con varios clubes de futbol y juegan
torneos locales. Cada cuatro años se juegan mundiales donde participan las
selecciones de cada país. Argentina cuenta con dos copas del mundo.
Lían escuchó atento el entusiasmo con que Mía hablaba de los logros de
su país. Apenas ladeó un poco la cabeza cuando habló de las selecciones.
―¿Inglaterra participa? ¿Tiene una selección también?
―Y teniendo en cuenta que aquí se oficializó ese deporte,
efectivamente.
―¿Tenemos alguno ganado?
―¿Mundiales? ―Lían asintió―. La verdad no le sabría decir, no estoy
al tanto de lo que pasa en este país ―Mía se encogió de hombros―, pero
imagino que sí.
―Alguna vez tu… supuesto país e Inglaterra, ¿se enfrentaron?
―No es mi supuesto país. Es mi país… y sí. Nos enfrentamos.
Se mostró dubitativa al pensar que el único encuentro que recordaba era
el famoso en el que Argentina ganó con trampa. Algo que no le agradaba
mucho, pero le daba algo de placer al recordar la rivalidad existente entre
ambos países por cuestiones políticas.
―Y, ¿cómo salió el encuentro?
―Ganamos ―dijo secamente, orgullosa al ver el gesto, aunque mínimo,
de decepción en Lían.
―¿Por qué noto en tu voz un dejo de burla al respecto?
Mía vaciló antes de contestar. En realidad, no sabía si hacía bien en decir
tantas cosas con respecto a un futuro que Lían jamás llegaría a vivir.
¿En verdad estaba empezando a creerle o solo buscaba demostrar que
estaba loca y así meterla en una institución mental? En ese caso, si es que
existía alguna posibilidad de volver a su época, jamás lo lograría.
Si estuviera Ema, todo sería más fácil.
Dejá de meter a Ema en todo. Él no está. Si te tenés que quedar anclada
en esta época, que así sea, pero la mentira sabés que no te lleva a ningún
lado.
Acá es muy probable que me lleve al loquero.
O por ahí sea la puerta a que él te ayude a buscar la forma de volver.
―No es burla. Es solo que hay una cierta rivalidad entre mi país y este.
La cual de nuestro lado está justificada, claramente.
―Rivalidad, ¿por qué?
―Por unas islas, al sur de nuestro país que ustedes se apropiaron y que
años después desencadenó en una guerra.
El rostro de Mía se volvió sombrío. No le gustaban las guerras, en
especial aquella.
Lían apoyó su pesada mano sobre la que ella tenía encima de la mesa.
No sabía si eran verdad todas esas cosas que decía, pero al verla así, sintió
ganas de decir algo para consolarla.
―Lamento mucho que hayas tenido que vivir eso…
―No… ―se apresuró a decir―. Yo no viví esa época. Por suerte, nací
varios años después, pero los relatos de los supervivientes… algunas cosas
que cuentan… Es doloroso y triste.
―Deduzco que perdieron la guerra, y esas tierras siguen en poder de
Inglaterra. ¿Por eso la rivalidad?
Mía asintió.
―Siempre que se enfrentan en cualquier deporte, el argentino siente que
es su orgullo el que se pone en juego.
―Entiendo.
Lían se quedó observándola. ¿Por qué lo atormentaba que ella pudiera
creerlo su enemigo por algo de lo cual no tenía nada que ver, algo que ni
siquiera tenía certeza de que en verdad hubiera ocurrido?
―Hace un momento dijo que lamentaba que yo haya tenido que vivir
esa guerra… ¿Eso quiere decir que me cree? ¿Qué cree que no soy Lauren?
Lían apartó su mano de la de ella sin dejar de contemplarla. ¿Le creía?
Ella parecía muy convincente y segura en todo lo que decía, pero ¡por
favor! ¿Podía alguien venir del futuro? Todo eso parecía una broma.
―¿Por qué crees que estás aquí?
Mía se mantuvo en silencio mientras miraba por encima del hombro de
Lían, a un punto ciego. Sonrió con tristeza.
―A veces creo… que es un castigo por no valorar la vida que me tocó
vivir. Por no aceptarla y tratar de evitarla cada vez que podía, y otras…
―Sus ojos se iluminaron con una melancolía risueña―. Y otras…siento
que es una bendición. El sueño cumplido de querer vivir las historias que
leo en mis noches de insomnio que me hacen tener la esperanza de vivir un
gran amor… la esperanza de que existe.
El silencio que siguió fue incómodo. Mía sentía que, si decía algo más,
comenzaría a llorar. Jamás en la vida, nada se le cumplió. Por qué justo eso,
el querer vivir en una época donde la tecnología no existía y el amor tenía
más sentido que en la época en donde nació.
Lían no sabía cómo tomar lo que acababa de decirle, pero sintió en el
pecho una presión incómoda, que le cortaba la respiración. No tenía idea de
cómo interpretarlo.
―¿Qué quieres decir con eso?
―En mi país, en mi época, el romanticismo prácticamente ya no existe.
Las mujeres estamos, en la mayoría de las cosas, en igualdad de
condiciones con los hombres. Trabajamos, estudiamos, elegimos si
queremos ser madres o no. Casarnos o no. Estamos en una época de
liberalismo. Es común que la mayoría de las mujeres tenga una amplia
experiencia sexual a temprana edad. No se ve mal que una mujer no llegue
virgen al matrimonio, ni que esté con más de un hombre, a la vez o no.
―Sonrió ante la expresión de Lían―. Si bien hay un grupo reducido que
mantiene el decoro, es muy reducido… Los hombres no se esfuerzan en
conquistar a una mujer, porque como la gran mayoría busca sexo y las
mujeres están tan predispuestas, para qué perder el tiempo en germinar un
sentimiento real, genuino y que perdure en el tiempo… ―Las lágrimas
volvieron a acudir a sus ojos―. Desde que tengo memoria soñé con que me
cortejaran, con que me conquistaran, me dedicaran poemas, cartas,
canciones, salidas al parque. Que en verdad alguien se enamorara de mí sin
necesidad de llevarme a la cama. Vivir ese romanticismo que leo en los
libros. El sentir que existe alguien tan loco como yo, que desea generar un
vínculo que traspase el tiempo… ―Hubo un silencio de unos cuantos
segundos en que Mía divisó en su mente todas esas historias que leyó y de
las veces que deseó dormir y despertar en otro tiempo―. Siempre dije que
nací en la época equivocada…
―Y aquí estás.
―Sí, en otra época, pero no en mi país. Y entiendo que no me crea. Si a
mí me pasara lo mismo, que alguien me dijera que viene de otra época,
pensaría que está completamente loco. Porque es imposible que algo así
pase, ¿no?
Lían negó con la cabeza.
Una lágrima recorrió la mejilla de Mía hasta caer sobre el escote del
vestido. Él siguió el camino de esa lágrima con la mirada. Sacó un pañuelo
del bolsillo de su casaca y se lo ofreció.
―A lo mejor ―trató de reír entre pequeños sollozos―, tenga que
llevarme a una institución mental, milord.
Podría ser, pero en esos momentos al único lugar al que Lían quería
llevarla era a su regazo y abrazarla, consolarla. Secar con sus labios las
lágrimas que salían de sus ojos y decirle palabras suaves al oído para
reconfortarla ¡Qué diablos, si estaba loca, si estaba actuando o estaba
diciendo la verdad! Solo quería arroparla. Se veía tan frágil…
Antes de que pudiera decir algo, fueron interrumpidos por el
mayordomo.
―Lo siento, milord, pero ha venido lord Dowston.
Lían asintió.
―Dígale que me espere en la biblioteca.
Lían aguardó a que Hunter se hubiera ido para volver la vista a Mía. La
joven tenía el semblante un poco mejor.
―No tardaré mucho. Me gustaría seguir hablando. ¿Podrías esperarme?
―Estoy muy cansada, quisiera poder ir a mi habitación.
―Muy bien. Hablaremos mañana.
―Gracias.
Lían se levantó y se dirigió a la puerta. Al llegar allí se volvió.
―Olvidé decirte que mañana asistiremos a un baile. Así que, en efecto,
te conviene descansar.
Dicho esto, se encaminó hacia la biblioteca, sin ver el rostro pálido de
Mía al escuchar la noticia.
―¡Mierda! ―murmuró ella.
~6~

Cuando Lían entró a la biblioteca, se encontró con Raphael Brownind,


lord Dowston, sirviéndose una copa de coñac. Al escucharlo cerrar la
puerta, Raphael se dirigió a él.
―¿Gustas? ―Levantó la copa con el líquido ambarino bailando en su
interior.
―Doble.
―Vaya… ¡qué nos tiene preocupado, milord! ―comentó burlón―. ¿La
vida de casado no es lo que esperabas?
Le dio el vaso y Lían bebió la mitad de un solo trago.
―¿Tan grave es?
―No lo sé.
Lían se sentó detrás del escritorio mientras se masajeaba las sienes con
los pulgares. Parecía que en cualquier momento una jaqueca lo atacaría.
Raphael se ubicó frente a él, en el sillón de un solo cuerpo que se
encontraba al lado de la chimenea.
―Cuéntame que es lo que te tiene así... ¿Es Lauren?
Lían pensó unos minutos antes de hablar.
―Suponiendo que sea ella, sí, se trata de Lauren.
En el rostro de Raphael se reflejó una mueca de incertidumbre.
―¿A qué te refieres con eso?
―Lauren dice no ser Lauren.
Raphael resopló una risa incrédula.
―¡Ja!, el golpe o lo que haya sido que le pasó la noche del casamiento le
afectó de veras. Yo la he visto el día que la trajeron aquí… ¡Por Dios!
―Físicamente es igual, cierto.
Raphael lo miró con los ojos entrecerrados ante el comentario.
―¿Lo dudas?
―No sé. Creo que me estoy volviendo loco.
Bufó mientras terminaba el contenido de su vaso y se levantaba a
servirse más. Raphael lo miró atento. Nunca lo había visto tan nervioso o
descolocado como cuando Lauren se negaba a darle una oportunidad para
que la cortejara.
―¿Todavía no ha recuperado del todo la memoria? El médico dijo que
eso demoraría un tiempo. Debes tranquilizarte Lían. Ahora se viene el
cierre del contrato de la fábrica. Tienes que estar sereno.
Intentó calmar a su amigo, pero Lían negaba mientras Raphael hablaba.
―No perdió la memoria…
―Mejor… ¡No me digas que ha estado mintiendo todo este tiempo para
que tú no puedas poseerla! ―exclamó sorprendido―. Qué astuta la muy
zorra.
―No.
―Entonces explícate porque, la verdad, no te entiendo.
Lían se dirigió al escritorio y se apoyó sobre él, de frente a su amigo.
Tomó un trago de coñac antes de comenzar a explicarle algo que ni siquiera
él comprendía.
―Lauren, o la mujer que en estos momentos se encuentra arriba
durmiendo, no perdió la memoria. No reconoce a nadie porque, según dice,
ella no es Lauren. Se trata de otra mujer que no sabe cómo ni porqué llegó a
este lugar del… ―suspiró sonriendo, le resultaba increíble decir lo que
estaba por decir―, del futuro.
El rostro de Raphael pasó de un gesto adusto y sorprendido a la sonrisa
incrédula.
―Es broma, ¿verdad? ―Decía entre carcajadas―. ¡Eso es ilógico…
―Lo mismo pienso yo..., o pensaba.
La actitud seria de Lían hizo que Raphael dejara de reír. Bebió del vaso
de coñac que, hasta ese momento, sostuvo en su mano intacto.
―¿Qué piensas en verdad, Lían?
Raphael conocía perfectamente a su amigo. Conocía su mirada, y la que
tenía en ese momento estaba llena de especulaciones. Había cosas que no le
cerraban. Duda, incertidumbre. Lían no era fácil de engañar. Que él
reconociera tener sospechas con respecto a la mujer que se encontraba
arriba era una clara señal de que tenía algún plan para desenmascararla.
―¿Qué sabes tú sobre un juego llamado fútbol?
La pregunta descolocó a Raphael.
―¿Fútbol?
―Hoy la sorprendí jugando detrás de los establos a eso con los
empleados.
―¿Lauren relacionándose con la servidumbre? ―preguntó asombrado
Raphael―. Eso sí que es… atípico.
―¡Sí!... Y perdió, pero no despotricó ni culpó a ninguno. Eso es mucho
más atípico, mi querido amigo.
―Es cierto ―reconoció Raphael.
―Pero lo más asombroso de todo es… que pagó la apuesta sin chistar.
―¿Cuál fue la apuesta?
―Besarme.
―Claramente, no es Lauren.
Raphael se echó a reír otra vez al ver el rostro enfurecido de su amigo
ante su afirmación. Tanto Raphael como Lían sabían que Lauren hubiese
hecho una de sus brillantes actuaciones o desplantes, antes de besar a Lían,
y lo que Raphael quería era precisamente molestar a su amigo. Le
encantaba hacerlo. En realidad, le encantaba hacerlo con todo el mundo.
Cuando pudo contener la risa, trató de ponerse serio antes de que Lían le
arrojara con algo.
―¿Sabes qué pasó la noche del casamiento? ¿Por qué desapareció?
Lían negó.
―¿No crees que te está jugando una broma para escaparse otra vez
cuando menos te lo esperes?
―Tuvo oportunidad de escapar durante esta semana que estuve en
Leeds.
―¿Piensas en serio que te está diciendo la verdad? ¿Toda esa cosa
futurista? Sabes que no tiene lógica.
―Lo sé, pero es tan convincente cuando habla. Tan segura de cada cosa
disparatada que cuenta que me hace dudar. O es una gran actriz…
―O una gran embustera ―interrumpió Raphael.
No existía la más mínima chance para ambos amigos de que Mía no
fuera Lauren.
―Tengo que averiguar cuál de las dos es ―dijo Lían.
―Tu deseo por ella no menguó, por lo que percibo.
Lían rio desganado. Claro, no había disminuido, sino que había
aumentado. Tenía que poseerla pronto o la cordura iba a abandonarlo y sería
capaz de convertirse en alguien como ese ser despreciable que siempre
detestó: su padre.
―Para nada.
―Es tu esposa, no entiendo por qué no te metes en su cama de una
buena vez.
―No es así como quiero que sea. Y no es así como será ―aseguró
convencido.
―Sabías que, aunque te casaras con ella, te seguiría rechazando. Creí
que la forzarías una vez que tuvieras todos los derechos como esposo.
―A la otra Lauren sí, pero a esta… no, hasta que sepa bien a qué
atenerme.
Lían tenía que estar seguro de que, aunque pareciera una locura, esa
mujer tan dulce y frágil que se encontraba arriba, que reía y era atenta con
los empleados, realmente era Lauren. No podría soportar hacerle daño a
alguien inocente. Pero… ¡diablos! Era físicamente Lauren y por su modo de
actuar parecía ser otra mujer muy distinta.
―¿Cómo piensas descubrir si está fingiendo o no?
Lían rodeó el escritorio y se sentó.
―Necesito que me averigües por unas islas al sur del continente
americano… Argentina más específicamente.
―¿Argentina?
―De allí dice que viene...
―Nunca lo he oído nombrar.
―Pues por ahí esto sea bueno para saber un poco más del mundo
―sonrió burlón―. Y que me averigües si fueron tomadas por nuestras
tropas. Tienes contactos con algunos del ejército, ¿no?
― Sí, puede que quede alguno con el que no haya discutido.
Sonrió recordando la última disputa en el bar con un soldado. Por suerte
este comprendió que Raphael estaba pasado de copas y decidió dar por
terminada la pelea antes de que el daño llegara a más, solo había quedado
con dos costillas rotas, el labio inferior partido y ambos ojos hinchados.
―Perfecto. Por el momento con eso me ayudarás bastante. Ahora dime,
¿a qué has venido esta noche? Dudo que haya sido para escuchar mis líos
matrimoniales.
Raphael dejó el vaso sobre la mesita que se encontraba delante de él,
cruzó las piernas y se recostó sobre el sillón.
―Así es. Me llegó la invitación para la fiesta de mañana de tu querido
herma… ―Se calló cuando vio el gesto de negación en el rostro de Lían, al
intuir lo que estaba a punto de decir―, abuela. Y como supuse que estarías
algo alterado, como siempre te ponen estas cuestiones con tu familia, e
intuía que la situación en tu cama estaría fría ―Lían levantó las cejas―,
quería invitarte a tomar unas cervezas en el bar del pueblo y disfrutar de
algunas mujeres, las cuales estarían más que felices de gozar de tus
atributos en la cama.
―No tengo ánimos de salir hoy. El viaje de regreso me cansó por demás.
―La bebida puede ayudar a que te relajes ―Insistió Raphael.
―Lo sé, pero no quiero llegar a esa bendita fiesta borracho y menos
siendo la primera presentación de mí esposa después de la boda.
―¿Pensaste lo que va a ser esa fiesta si es verdad que ella no es ella?
Lían asintió.
―Veremos cómo se desenvuelve. Si se acerca más a la Lauren de
siempre o… no.
―Perfecto ―Raphael se levantó del sillón y se dirigió a la puerta.
―Nos veremos mañana, entonces.
―Si llegas sobrio, desde luego.
Lían levantó el vaso de coñac mientras se reía.
―Lo estaré. Ya verás.
―Eso espero. No te olvides de lo que te pedí ―le recordó.
―Tranquilo, mi amigo. Te traeré información, si es que la hay. Capaz
tenga suerte y el hijo del coronel Williams esté hoy en el bar ―sin volverse
levantó la mano para saludar a su amigo y salió de la habitación.
Lían se quedó contemplando la puerta unos segundos, pensando en
Lauren. Se reclinó sobre el respaldo de la silla.
¿Qué haría si al fin descubriera que en verdad solo estaba jugando con él
únicamente para no meterse en su cama?
Al pensar que Lauren le estaba mintiendo, le hirvió la sangre. Cerró los
puños sobre el escritorio. La mataría si estaba jugando con él de esa
manera.
Por un lado, estaba convencido de que esa mujer no podía ser otra que
Lauren. Esos ojos color avellana tan transparentes, su boca de labios tan
finos, pero a la vez, pulposos, suaves…
Pensar en su boca cambió el giro de la sangre. Seguía hirviendo, pero de
deseo. No podía no ser Lauren, pero… su actitud, su amabilidad, su voz
risueña, sus lágrimas… Eso no era de Lauren.
¡Por todos los infiernos! ¡Se estaba volviendo loco! De alguna manera
tendría que descubrir qué era lo que Lauren tramaba.
¿Y si cabía la posibilidad de que ella estuviera diciéndole la verdad?
¿Qué haría con ella? La ayudaría a volver a su lugar. Sí. No podría retenerla
ni someterla a sus deseos.
Ese pensamiento le frenó el pulso por unos segundos.
Si no era Lauren, ¿la dejaría ir? No. No hasta que no apareciera la
verdadera Lauren. Ese sería un buen plan para no dejarla marchar de su
lado pese a que estuviera diciendo la verdad, pero ¡por favor…! Eso era una
locura. No podía ser otra persona que no fuera Lauren y solo estaba jugando
con él.
“Y otras siento que es una bendición”, comenzó a recordar la
conversación que mantuvieron en el comedor unos minutos atrás. “La
esperanza de vivir un gran amor”, “Desde que tengo memoria soñé con que
me cortejaran, me conquistaran”, “Vivir ese romanticismo que leo en los
libros”.
―Bien. Si lo que quieres es romanticismo… ¡eso tendrás! ―murmuró.
Vació el vaso de coñac y se dirigió hacia su habitación.
~7~

Cuando Mía bajó esa mañana a desayunar se enteró de que Lían había
salido temprano para visitar a algunos de los arrendatarios de sus tierras.
Aliviada por no tener que cruzarse con él, se sentó a la mesa. Estaba
nerviosa. No pegó un ojo en casi toda la noche. El tema del baile la torturó
desde el momento en que se enteró que asistirían.
Era de imaginar ―se decía―. En todos los libros leías que esta gente
vive de fiesta en fiesta. ¿Qué te sorprende? Lo raro es que recién ahora,
cuando pasó poco más de una semana desde que llegaste, vayas a una.
Era cierto. Mía siempre leyó que todos los de la aristocracia vivían de
baile en baile. Pero creyó que era un invento literario, no que fuera cierto.
Más en esta época cuando resultaba que las jóvenes de dieciocho años eran
presentadas en sociedad para conseguir marido. La idea le pareció
horrorosa: educar a las mujeres para que a tan temprana edad se casaran, sin
importar si amaban o no a sus futuros esposos. No tener esa presión sobre
sus hombros era una ventaja de su época, pensó.
Algo bueno al final tiene, se dijo mientras tomaba el té que le habían
servido con unas tostadas con dulce.
Antes de que Tess, la criada, se retirara le preguntó por el conde:
―No dijo a qué hora volvería, lady. Pero siempre que va a ver a los
arrendatarios, suele regresar tarde.
Esa respuesta le dio algo de consuelo. Si volvía muy cansado, por ahí
desistiría de querer ir al baile. Pero Tess continuó con su respuesta y tiró
abajo todo vestigio de esperanza.
―Aunque como hoy tiene la fiesta de su abuela, quizá venga más
temprano.
Los hombros de Mía cayeron como si dos enanos le tiraran hacia debajo
de las manos. Al menos tenía un dato más. No era un baile cualquiera, era
un baile familiar. Imaginó que no sería gran cosa. Que sería algo tranquilo.
¿Cuántos podrían ser de familia? ¿Unos diez… veinte, contando parientes
lejanos?
No, seguramente todos tienen más de ocho hijos, que a su vez tienen
otros nueve hijos. No olvides que acá todavía no llegó la tele.
―Gracias ―se dijo en voz baja y conteniendo las ganas de ahuecar las
manos alrededor de su cuello y estrangularse para dejar de pensar en cosas
que no la ayudaban a calmar los nervios.
Tenía que buscar a Agatha. La doncella era la única que sabía que ella no
era Lauren. Agatha la había visto completamente desnuda cuando la
encontraron inconsciente en medio del camino. Ella había visto marcas en
su cuerpo que, claramente, demostraban que ella no era la mujer que todos
creían que era. Por algún motivo no decía nada y la trataba como si en
verdad ella fuese Lauren Parks. Imaginaba que, como Lauren era una arpía
que trataba a todos como si fueran inferiores a ella, Agatha prefería que Mía
fuera la condesa, por eso guardaba silencio.
La encontró en su habitación, acomodando la ropa de dormir y aseando
el cuarto de baño.
―Agatha, ¡aquí estás!
―Lady, ¿me necesitaba? ―respondió la doncella mientras depositaba
sobre la cama el camisón recién doblado que Mía usó esa mañana.
―Sí, sí. Deja eso ―La tomó de las manos y la acercó hacia ella―. Ven
y siéntate aquí.
Le indicó que se sentara junto con ella en la cama. La joven la miró
asombrada. Eso no era habitual y ella lo sabía.
―No, lady. Eso no se debe.
―¡Vamos! ―Insistió Mía― Yo sé muy bien que tú sabes que no soy
Lauren.
El rostro de Agatha se ruborizó, bajó la mirada con vergüenza y asintió.
―Por eso, así que, por favor … ven aquí.
―De todos modos, señorita, aquí para todos es usted lady Lauren. No
puede relacionarse con la servidumbre de esa forma.
―Aquí no hay nadie, Agatha; y en verdad necesito hablar contigo, pero
no puedo si solo me ves como a la condesa de Nordwhit.
La mirada de Agatha se clavó en ella, dubitativa. En verdad le caía bien
Mía. Era diferente por completo a Lauren Parks. Agatha fue empleada por
el conde para que asistiera en la residencia de Nord Hall a la reciente
condesa, ya que no confiaba demasiado en ella ni en la dama de compañía
que su reciente esposa llevaría consigo una vez instalada en su nuevo hogar.
Lo poco que Agatha había tratado con Lauren, fue suficiente para crearse
una imagen poco halagadora de la condesa. Mía, por el contrario, a pesar de
ser la viva imagen de lady Lauren, era más sociable, accesible y agradable,
pero de todos modos no podía permitirse el atrevimiento de relacionarse de
otra forma que no fuese la acostumbrada.
Mía, percibiendo el debate interno que se estaba gestando en Agatha,
insistió:
―Mira, cuando estemos delante del conde o con otras personas te trataré
como a mi doncella, pero estando solas podemos hablar como amigas…
¿Sí?
Le dedicó su mejor sonrisa para inclinar la decisión de Agatha hacia el
“sí”.
―Muy bien, señorita.
―Perfecto.
Mía dio pequeños aplausos entusiastas y golpeó el colchón al lado suyo
para que Agatha se sentara.
―Estás enterada de que esta noche hay un baile, ¿verdad? ―le
preguntó.
―Sí. Es en la antigua casa del conde. La organiza su abuela para
presentar en sociedad a su nieta, la hija del antiguo conde, Cyril Tanner.
―¡Ah! Eso no lo sabía… ―dijo con aire sombrío―. Quiere decir que
no será un simple baile familiar… Chiquitito. ―Levantó la mano separando
por unos centímetros el dedo pulgar del índice.
Agatha negó con la cabeza.
―No. La condesa viuda, Maxinne, es conocida por sus grandes fiestas.
Todo el mundo estará invitado.
―Estoy en el horno ―dijo en español.
―¿Disculpe?
Dándose cuenta de que lo dijo en voz alta y de que Agatha no había
entendido, le sonrió algo nerviosa.
―¿Conoces alguna forma por la cual pueda evitar ir a la fiesta? ¿Algo
que me dé fiebre, que me ponga tan grave como para que el conde decline
llevarme?
―No la entiendo, lady. ¿Por qué no querría ir? Todos saben que después
del casamiento tuvo un accidente y perdió la memoria… ―dijo la doncella
con voz suave.
Comprendía el motivo de la pregunta de Mía y su desesperación por no
querer ir a una fiesta donde habría más de doscientos invitados que estarían
atentos a su comportamiento. Tanto los pretendientes de Lauren como los
más cercanos a Lían, sabían del desprecio que Lauren siempre había
mostrado hacia el conde y todos esperarían ver cómo era la relación entre
ambos luego del matrimonio.
―Vaya ―Mía no se sentía más aliviada pese al intento por tranquilizarla
de Agatha―. No existe el avión, pero las noticias van volando, parece.
― Disculpe, milady, ¿qué ha dicho?
Otra vez habló en español. Mía le sonrió.
―El tema no es solo ese. Aunque sí es grave que se me acerquen
personas y yo no sepa quiénes son ni cómo tengo que tratarlas…
―Podría hablar con el conde. Él sabe…bueno… lo que le dijo el médico
de su memoria… Sería común que no reaccionara hacia personas que no
conozca porque no las recuerda… Él la podría orientar y evitar dejarla sola.
―¿Tú crees que el conde tendrá esa consideración hacia mí? Yo siento
que esto es todo a propósito.
―Por lo poco que he visto de él y hablado con los demás empleados, el
conde no parece ser tan vil como se lo conoce.
Mía suspiró.
―Igual hay otro inconveniente… ¿Crees que cuando una pierde la
memoria también olvida cómo bailar?
La miró con la esperanza de que le daría la respuesta que ella estaba
esperando.
Agatha pensó unos segundos.
―No lo sé, lady. Pero imagino que… ¿no?
Mía se tiró de espaldas en la cama. ¿Qué iba a hacer? No conocía ningún
baile de la época. Sí conocía algunos, de nombre, pero bailarlos no. Aparte,
por lo que había visto en alguna que otra película, eran complicados. Tenían
muchos pasos y eran bastante largos.
¡Maldito demonio que había cambiado tanto su vida de un día para el
otro!
―Lady, el baile más importante siempre es el vals y no es tan
complicado como parece.
Mía giró hacia la doncella sobre la cama y se sentó.
―¿Tú sabes bailarlo?
Agatha asintió.
―¿Podrías enseñarme?
―Sí.
―¡Perfecto! ―exclamó feliz. Algo es algo. Se mantendría firme en no
bailar y bajaría la guardia cuando escuchara que estuvieran pasando un vals.
Esa idea le levantó un poco el ánimo.
―Otra cosa… ¿Tengo algún vestido acorde como para una fiesta así?
Porque si no lo tengo no voy a hacer que el conde muestre a su esposa con
un vestido así nomás y, ahí sí, tendríamos que declinar la invitación, ¿no?
Agatha no pudo evitar reírse de la ocurrencia de Mía para no ir al baile.
Si había algo que a Lauren no le faltaba eran vestidos elegantes para el tipo
de fiesta al que estaba por asistir.
―Le puedo asegurar, lady, que de eso es lo único que no se debe
preocupar.
―¿En serio? Qué bueno ―fue la respuesta resignada de Mía.

Cuando Lían tomó el título de conde nada sabía de la administración de


una hacienda ni de cómo manejar las tierras, pero en poco tiempo y con la
ayuda de Raphael aprendió lo necesario para poder sacar adelante las tierras
heredadas. Era bondadoso y cortés con los campesinos que trabajaban para
él. Ponía siempre a su servicio los adelantos tecnológicos que salían para
aprovechar mejor la producción. Nada que ver con el trato que el antiguo
conde tenía hacia todo el mundo.
Esa mañana acudió al llamado de Nick, uno de los arrendatarios más
jóvenes de las tierras de Nordwhit. El joven tenía un problema con una de
las máquinas que Lían le había entregado hacía unos días. El mecanismo de
engranaje se encontraba trabado e impedía que la máquina pudiera
funcionar. Al momento de comprarlas, Lían, solicitó una demostración
exhaustiva del funcionamiento de la máquina y de los posibles problemas
que estas podrían llegar a tener y cómo solucionarlos.
Cuando descubrió cuál era el problema, Lían se quitó la casaca y se puso
debajo de la máquina de espaldas a la tierra. Pidió algunas herramientas a
Nick, que rápidamente se las alcanzó. Pese a la insistencia de Nick para que
dejara que él se pusiera debajo de la máquina y que el conde lo guiara en lo
que debía hacer, Lían se negó.
―Será más rápido si lo hago yo ―contestó.
El joven se notaba nervioso, pero no le quedaba otro remedio que ser el
ayudante del conde. Media hora más tarde, Lían salió de abajo de la
máquina lleno de tierra y con algunas manchas de grasa en la camisa de lino
blanca. El rostro de Nick se transfiguró al verlo con ese aspecto por su
culpa.
―Milord, lo siento. No debí permitir que usted se tirara al suelo para
arreglarla.
―Tranquilo, Nick. Es solo una camisa.
Esa respuesta no pareció tranquilizar en nada al muchacho, teniendo en
cuenta que las camisas que el conde usaba debían salir una fortuna. Lían se
sacudió un poco la ropa, tomó la casaca que Nick le sostenía mientras él se
quitaba un poco de polvo, y se despidió. Aunque antes de volver a la casa,
decidió visitar a otros arrendatarios.
Cuando se quiso dar cuenta, el sol ya estaba cayendo. Se despidió de la
señora Grant, la última familia que pudo saludar esa tarde y se dirigió
directo a la casa.
Al entrar, la mirada de Hunter lo inspeccionó con total desacuerdo al ver
el aspecto que presentaba, pero como de costumbre, no dijo nada. Era
preferible Lían a Cyril, aunque este poco tuviera de los modales de la
aristocracia que sí poseía el antiguo conde a pesar de ser un patán.
Iba a preguntar dónde se encontraba Lauren, pero al ver el gesto del
mayordomo se adelantó.
―Ya lo sé. Está en el establo, ¿no es así?
La cabeza de Hunter se ladeó por una milésima de segundo y volvió a su
lugar.
―Digamos que sí, milord.
Lían entrecerró los ojos. ¿Qué diablos estaría haciendo ahora?
―¿Y a qué está jugando ahora? ―preguntó al aire mientras se dirigía
hacia el fondo de la casa―. ¡Maldita sea! ―murmuró.

Tanto Arthur como Ernest se miraron incrédulos cuando Agatha les pidió
ayuda para enseñarle a lady Nordwhit cómo bailar un vals. Tuvo que
decirles que la pérdida de memoria por el accidente había bloqueado
también todo recuerdo de cómo eran los pasos de baile. Lo que más repelía
a los hombres de ayudarle a Mía, era que tenían que acercarse demasiado a
ella y tocarla de una forma que no estaba permitido para la servidumbre. Si
el conde se enteraba, los mataría.
―Por favor ―suplicó Mía con una sonrisa angelical y juntando las
palmas de sus manos a modo de rezo por debajo de su barbilla.
Ernest y Arthur se miraron como preguntándose uno al otro qué hacer.
Arthur asintió con la cabeza y Ernest accedió.
―Muy bien, lady. Solo recemos para que el conde no se entere ―dijo
Arthur.
―No se enterará ―le aseguró ella.
―Lady, si no es mucho atrevimiento ―preguntó, temeroso, Ernest―,
¿por qué no le pide al conde que le recuerde cómo bailar? Creo que sería lo
más apropiado.
Antes de que Mía pudiera responder, Agatha se adelantó.
―Claro que es un atrevimiento de tu parte, Ernest ―lo retó―. No debes
cuestionar las decisiones de la condesa. Además, ella quiere sorprender al
conde esta noche en el baile.
Mía enseguida afirmó la repuesta de Agatha.
―Así es, Ernest. Quiero sorprender a mi esposo. Pero si ayudarme te
incomoda, lo entiendo. No estás obligado a aceptar.
Avergonzado, Ernest, bajó la cabeza. Era un joven de unos veinticinco
años de edad, alto, lindo, respetuoso y bastante tímido. Un notable
contraste con su imagen. Cuando uno lo miraba de lejos, trabajando, veía a
un hombre apuesto, seguro de sí mismo. Le hacía recordar a Ema, había
mucha similitud en su pelo rubio y su timidez.
―Disculpe, lady. La ayudaré.
Mía sonrió dulcemente.
―Gracias ―respondió―. Bueno… ¿por dónde empezamos?
Ansiosa miró a Agatha y a Arthur, alternadamente.
―Lady, ¿no recuerda nada de nada?
―Nada…
Agatha se tapó la boca para no reírse al ver la expresión de Arthur. El
hombre cayó en la cuenta de que la tarde sería larga.
―Pero aprendo fácil ―trató de tranquilizarlo.
Pasaron varias horas en la glorieta que se encontraba a unos metros hacia
la derecha de los establos, cerca de un tupido grupo de árboles. Varias veces
Ernest, por los nervios, pisó a Mía y, otras tantas, Mía lo pisó a él.
Para aprender mejor decidieron que Arthur y Agatha harían primero uno
o dos movimientos y Mía, después, los imitaría con Ernest. Ella enseguida
aprendió cómo bailar un vals, tanto los más lentos como los que tenían un
poco más de ritmo. Incluso practicaron algunos pasos de “la cuadrilla”
retomando después nuevamente al vals.
Mía insistió en repetir una y otra vez, para sentirse segura, hasta que la
seriedad dio paso a las risas y comenzaron a relajarse y a disfrutar del
momento. Las clases fueron dejadas de lado solo para divertirse entre los
cuatro.
Cada tanto cambiaban; Ernest bailaba con Agatha y Mía con Arthur.
En un momento, Ernest hizo girar tan rápido a Mía, que esta chocó sus
pies con los de él y perdió el equilibrio. Los rápidos reflejos de Ernest, que
enseguida la tomó de la cintura, impidieron que Mía fuera a dar contra el
piso. La situación provocó risas entre todos.
Cuando Mía giró para mirar a Agatha, que fue la única que, de golpe
dejó de reír, vio el susto pintado en su rostro. Siguió la mirada de la
doncella y observó que en dirección a ellos se dirigía, furioso, Lían. En ese
momento se percató de que Ernest tenía la mano en su cintura y que ella
tenía la mano apoyada en el pecho de él.
Cuando el joven empleado vio que el conde se dirigía hacia ellos con la
mirada fija en él, de inmediato apartó la mano de la cintura de Mía y se
alejó. Mía perdió la estabilidad y hubiese ido a parar al suelo de no haber
sido porque Agatha corrió a sostenerla.
―Gracias ―susurró―. Se ve enojado, ¿no? ―le preguntó en voz baja.
―Enojado es poco. Está furioso. Como si quisiera matarnos a todos.
―Oh, no te preocupes. Solo a mí querrá matar.
―O a Ernest ―susurró la doncella.
Mía se dio vuelta hacia los hombres y les pidió que se fueran junto con
Agatha.
―¿Seguro, lady?
Agatha se notaba preocupada. Mía asintió y, sin dudar, la doncella junto
con Arthur y Ernest se fueron de prisa de la glorieta, tratando de pasar
bastante lejos del conde.
Cuando Lían llegó a la glorieta la mirada siguió atento a Ernest. Quería
matarlo ¿Cómo se atrevía a tomar de esa manera a su esposa? En cuanto
tuviera oportunidad lo despediría, o terminaría matándolo en serio.
La mirada llena de furia pasó del joven empleado a Mía. Lían apretó los
puños tratando de calmar su furia. Respiraba fuerte. Tenía las fosas nasales
dilatadas.
Mía estudió el aspecto desaliñado y sucio de Lían, el pelo revuelto y la
camisa abierta en la parte del cuello. ¡Se veía tan varonil! Si no fuese
porque estaba furioso, quizá le diría lo que esa imagen le generaba.
Pero no es el momento.
No, no lo es. Creo que, si hoy no te mata, ¡zafás de milagro!
Gracias, vos siempre dándome ánimos.
Vos te mandás las cagadas solita.
Vos ayudás bastante, no te quites mérito.
―Tendrías que estar preparándote para el baile de esta noche.
La voz seca de Lían frenó sus pensamientos. Él la miraba con sus ojos
muy abiertos; los sintió como dos abismos fríos, negros y profundos. Seguía
con los puños apretados, conteniendo la ira.
―Aunque no lo crea, es lo que estaba haciendo.
Sonrió algo nerviosa.
―Yo lo único que vi, es que mi esposa se estaba dejando tocar por un
sirviente ―Lían rio secamente―. Y me quieres hacer creer que no eres
Lauren. Sigues siendo la misma zorra.
Mía no podía creerlo. ¿Le estaba diciendo que era una trola? Lauren
podría serlo, pero ella no era Lauren. Ella no estaba haciendo nada fuera de
lugar…
Por lo menos en Argentina y en el siglo XXI. Acá sí es indebido.
Tenía razón, no se había dado cuenta, pero tampoco pensó que él lo
descubriría. En su defensa solo pudo decir:
―No soy Lauren, ¡maldita sea!
Lían sonrió.
―Por lo visto el papel de la pobre mujer futurista se te olvida cuando
estás delante de un hombre joven y atractivo.
Tiene razón, Ernest es lindo.
―Sí ―se reconoció a sí misma. Al instante se dio cuenta de que lo dijo
en voz alta y se retractó―. ¡No!
―¿Sí o no, mi querida? ―Su tono, aunque enojado, era burlón.
―Sí, Ernest es un chicho apuesto ―los puños de Lían se cerraron más,
poniendo los nudillos blancos― pero no estoy haciendo ningún papel y él
no me interesa en lo más mínimo.
―Lo disimulas bien, porque desde que llegué de Leeds lo único que
hago es encontrarte siempre entre sus brazos.
Mía iba a negar eso, pero la verdad era que tenía razón. Desde que Lían
volvió de su viaje, la había encontrado a ella en brazos de Ernest ya dos
veces, aunque involuntarias ambas.
―¡Mierda! ―exclamó impotente. No tenía forma de hacerle ver a Lían
que no tenía dobles intenciones con Ernest y que ella no era Lauren. ¡Era
frustrante!
―De estar en mi época podría demostrar tranquilamente que no soy
Lauren. No puede haber en el mundo dos personas exactamente iguales.
Salvo que sean gemelas y, claramente, no lo somos…
Ahora ella cerró los puños furiosa. No podía ser que algo tan fácil como
demostrar la identidad de una persona, fuera tan difícil en ese momento.
―En tu época ―dijo Lían incrédulo―, ¿cómo demostrarías que no eres
Lauren?
―Existe algo llamado ADN. A través de una muestra de sangre o un
cabello se puede saber el ADN de una persona y constatar así su identidad.
Lo mismo que las huellas dactilares ―extendió frente a él el dedo pulgar
hacia arriba―. Con un mechón de mi pelo, podría demostrarle que no soy
esa zorra de Lauren ―respondió más que molesta.
―Pues aquí, si las cosas no se pueden demostrar es porque son falsas.
―¿Es por eso que no demuestra su inocencia en la muerte de su madre?
La mirada de Lían se transformó al instante en que Mía pronunció la
palabra madre. Si antes sus ojos reflejaban ira, ahora su mirada era
indescifrable. Podía percibir que estaba furioso, aunque presentía que estaba
más molesto porque ella supiera algo de su pasado que él no quería
recordar.
Esa mañana, Agatha le contó los rumores acerca de la muerte de su
madre. Le dijo que, si bien habían dado a conocer que murió por sobredosis
de una fuerte droga que tomaba para la depresión, se decía que, en realidad,
Lían la había asesinado. Cansado de vivir con ella en esa inmensa casa y de
que ella lo ignorara por ser un hijo bastardo, subió la noche anterior a su
cumpleaños diecinueve y la asfixió con sus manos. Dos días después Lían
había desaparecido de Tanner House y los rumores comenzaron a
expandirse.
Al momento en que terminó de decir esas palabras Mía se arrepintió. No
había sido justa y lo sabía. Pero quería herirlo como él la hería al decirle
que era igual que Lauren.
―Lo siento ―dijo llevándose la mano a la boca, como si tratara de
lograr que esas palabras horribles que acababa de pronunciar pudieran
volver a ella y evitar, así, ser dichas.
―Ve a prepararte.
No la miró cuando habló, ni Mía cuestionó su orden. Sin decir nada salió
de la glorieta.
~8~

A pesar de lo nerviosa que estaba, Mía logró estar preparada a tiempo


para evitar que Lían se irritara más de lo que ya estaba después de ese cruce
de palabras en la glorieta.
Agatha le eligió un vestido de gasa color crema alternado con capas de
un rosa pálido, sin mangas. Si bien el vestido era delicado y fino, también
era algo provocativo en lo referente al escote. El corsé resaltaba sus pechos
demasiado para su gusto. Intentó subirse el corpiño, pero resultó imposible.
No podía ocultarlos más. Era evidente que a Lauren le gustaba exhibirse.
Unos guantes rosa suave, cubrían sus manos hasta la altura de los codos.
Eran bastante incómodos, pero cada dos segundos se recordaba que estaba
asumiendo el papel de otra persona. Tal como dijo Lían esa tarde, esa noche
sí, tendría que estar desempañando un papel.
Antes de bajar se miró en el espejo. Agatha le había recogido el pelo
atrás en un moño impecable dejando un mechón libre detrás de cada oreja
acariciando su cuello. Sonrió ante la imagen que el espejo le devolvía.
Parecía una princesa.
Sintió que el corazón le daba un brinco cuando llegó a las escaleras y vio
a Lían esperándola. Él se dio vuelta para encontrarse con ella. Su mirada la
recorrió con lentitud de arriba a abajo, deteniéndose un poco más a la altura
de sus pechos. Lían sintió que la boca se le secaba.
Mientras lo observaba. Mía se preguntó si seguiría enfadado con ella. Se
veía tan apuesto con el traje color azul y camisa blanca.
Suspiró con fuerza, resignada, esperando que la noche no fuera tan larga.
Él se acercó al pie de la escalera para esperarla extendiendo la mano para
tomar la de ella. Sus ojos mantuvieron la mirada por unos segundos. Mía no
tenía idea de qué decir. Sentía unas inmensas ganas de llorar, sin saber el
motivo.
―Estás bellísima ―Lían curvó levemente la comisura de su boca.
No había rastro de enojo en su voz, ni veía ira en su mirada. Eso la
tranquilizó.
―Gracias, milord ―asintió.
Lían tomó su mano, la depositó sobre su brazo y se dirigieron a la puerta
de entrada donde el carruaje los estaba esperando.
El viaje a Tanner House fue silencioso. Mía estaba nerviosa. A medida
que sentía que se acercaban a destino comenzó a notar que su pulso se
aceleraba. En la noche serena, corría una pequeña brisa. Mía podía sentir
sus mejillas calientes. “Ojalá sea fiebre”, pensó.
Cada tanto Lían le dedicaba una mirada inexpresiva. Deseaba que le
dijera algo. Que rompiera ese terrible silencio que los rodeaba. Que la
tranquilizara, pero cómo iba a hacerlo si él estaba convencido de que era
Lauren y que estaba fingiendo para no acostarse con él.
A lo mejor si te acostaras con él, empezaría a creerte.
¡No! No me voy a acostar con nadie y menos con él. Si me quiere creer
que me crea y si no que se vaya a la mierda.
¡Epa! Eso no es algo que una condesa diría.
Qué bueno que no lo soy.
Por esta noche, sí.
Mía suspiró abatida. Esa noche tenía que ser una condesa y no tenía la
más pálida idea de cómo serlo.
Justo en ese momento sintió que el carruaje se detenía. Miró por la
ventana y vislumbró una impresionante casa que se levantaba delante de
ellos. Si bien era mucho más chica que Nord Hall, Tanner House era
imponente y hermosa, con grandes enredaderas sobre sus muros, iluminada
por faroles altos, rodeada por algunos árboles. La típica casa de cuentos de
princesas, reconoció.
De pronto sintió que le faltaba el aire. No, no sería capaz de fingir. No
podría. No conocía a nadie. No sabía nada de las tontas reglas aristocráticas.
Una cosa era fingir en su época, porque no importaba cómo te comportaras,
porque lo anormal, casi siempre, era tomado como normal. Pero en esa
época… ¡Mierda!
La puerta del carruaje se abrió. Mía la volvió a cerrar. Tenía los ojos
brillosos. Las manos le sudaban.
Lían la contempló asombrado.
―¿Qué sucede?
Mía volvió su mirada a él.
―No… no puedo… Por favor, Lían, no me hagas pasar por esto ―le
suplicó.
A Lían le pareció raro escucharla llamarlo por su nombre. Percibía el
temor en su voz, en sus ojos, en su rostro. Estaba nerviosa. ¿Lauren
nerviosa?, pensó. Posó su mano sobre la que Mía tenía sosteniendo la
puertezuela del carruaje.
―Tranquila, ¿de qué tienes miedo? ―preguntó con calma.
Mía solo atinaba a negar con la cabeza.
―Por favor… ―suplicó― solo por hoy… solo por hoy… cree en lo
que te digo… No voy a conocer a nadie allí dentro. No voy a saber cómo
comportarme… Haré lo que quieras, lo que me pidas, pero no me hagas
entrar ahí…
Era la primera vez que veía ese miedo en los ojos de Lauren, lo que le
hacía pensar si en verdad era ella o no. La había llevado allí para ponerla a
prueba. Para ver cómo se desenvolvía entre la situación que ella más
disfrutaba: la exposición, ver como los hombres la rodeaban enalteciendo su
ego. Pensó que esa noche era una buena excusa para, por fin, sacarla de su
actuación. Pero si en verdad estaba actuando, lo estaba haciendo de
maravillas. El miedo en su rostro era muy convincente.
Lían se sintió en ese preciso momento como un bastardo. Cabía la
posibilidad de que, en verdad, el accidente que tuvo lugar en la noche de
bodas, del cual nadie sabía explicar nada con exactitud, ni siquiera ella, le
hubiera afectado la memoria y no estuviera fingiendo en eso. ¡Maldición!
No sabía a qué atenerse con Lauren.
Estaba a punto de ceder, de comunicarle a Robert, que volverían, pero de
golpe la puerta se abrió arrastrando las manos de ambos y la voz familiar
para Lían, pero para nada agradable, de su abuela, Maxinne Tanner, los
sobresaltó.
―Lían, ¿pasa algo? Tu carruaje está obstaculizando la entrada, querido.
Lían dirigió una mirada de compasión a Mía y bajó del carruaje.
―Maxinne… ―dijo―, lo siento. Estábamos entretenidos en una charla
y no nos dimos cuenta ―se excusó al tiempo que se inclinaba para saludar
a su abuela.
―Está bien. No hay problema, pero apúrate a mover el carruaje.
Le dedicó una sonrisa de cortesía y volvió para ayudar a bajar a Mía. Al
tomarle la mano, se la presionó y se acercó para murmurarle al oído:
―Tranquila. Todo estará bien. Confía en mí.
Mía lo miró a los ojos. No notó en ellos burla alguna. Intentó creerle,
pero algo le decía que todo eso era para castigarla… no a ella, sino a
Lauren. Y lo detestaba por eso, aunque él no tuviera la culpa… ni ella
tampoco. Odiaba a Lauren Parks.
Mía asintió débilmente con la cabeza.
―Lauren, ella es mi abuela, Maxinne Tanner.
Mía sonrió tímidamente y realizó una leve reverencia. La mujer, de unos
sesenta y tantos años, era robusta y elegante. Su pelo canoso tenía aún
pequeñas muestras de que en algún momento había sido de un intenso color
castaño. Su boca era ceñida y sus grandes ojos caramelo, eran fríos, pero al
posarse en Mía, mostraron por un momento un rastro de lástima. ¿Sentía
lástima por la esposa de su nieto? Tenía un muy mal concepto de Lían, al
parecer.
―Querida ―estiró los brazos para estrechar los suyos―, Lían me ha
contado del pequeño… ―hizo un silencio buscando la palabra adecuada―
asunto de tu memoria…
Mía miró de reojo a Lían, quien no se molestó en mirarla, atento a su
abuela.
―No tienes por qué preocuparte… Trataré de orientarte con los
invitados más importantes ―trató de tranquilizarla y Mía le sonrió.
―Muchas gracias.
Lo que para Mía fue una muestra de amabilidad, para Lían no resultó
más que una astucia de Maxinne para no quedar en ridículo.
La mujer palmeó la mano enguantada de Mía con una leve sonrisa.
Luego se alejó hacia otros invitados que estaban bajando de su respectivo
carruaje. Lían puso la mano de Mía sobre el brazo de él y la guio hacia
adentro de la sala principal. Notó como los dedos de ella se clavaban en su
casaca. La sintió temblar cuando entraron al salón atestado de gente
caminando, riendo, bebiendo; todos en un ambiente familiar y desconocido
para ella.
Se detuvieron a pocos pasos de la puerta de entrada al salón, donde un
grupo de hombres se encontraban sentados tomando brandy y hablando de
alguna cosa que Mía no lograba entender. Sintió que Lían apretaba la mano
libre de él sobre la que ella tenía en su brazo. No se dio cuenta, hasta ese
momento, que le estaba clavando los dedos.
―Tranquila, Lauren. No te dejaré sola.
Lauren. Lauren. Mía ya estaba cansada de ese nombre, pero no podía
hacer nada. No había forma de que le creyeran, y por más que le pesara,
Lían solo estaba tratando de tranquilizarla, así que le sonrió algo inquieta.
―¿Nos quedaremos mucho?
Lían sonrió.
―Solo un rato. Ven, te presentaré a mi… prima.
Su expresión sonó seca. Algo le decía que la relación con su familia no
era muy estrecha. Mientras se dirigían al otro lado del salón, adornado por
grandes arreglos florales en blanco y lavanda, con finas cortinas haciendo
juego, Mía sentía cómo todas las miradas se clavaban en ellos. Podía ver de
reojo la sonrisa de las mujeres con los ojos entrecerrados, tratando de
dilucidar si eran un matrimonio feliz, o las miradas con lascivia que los
hombres le dedicaban a ella. Se preguntó si todos esos hombres serian
amantes de ella… Es decir, de Lauren.
Sí que la pasaba bien.
Llegaron hasta una chica menuda, apenas unos centímetros más baja que
Mía. Tenía la mirada vivaz y el rostro iluminado por una amplia sonrisa. Su
piel era tersa y rosada. Miró a Lían con sincera alegría cuando él la saludó.
―¡Lían, me alegra verte!
Su voz era cálida. Lían sonrió con ternura. Era la primera vez que Mía
veía esa sonrisa en él. Señal de que sentía cariño por ella, pensó.
―Lauren, ella es… Noelle. La agasajada de esta noche.
Noelle le dedicó a Mía una amplia sonrisa y haciendo a un lado todo tipo
de protocolo, la estrechó en un efusivo abrazo.
―Mucho gusto, Noelle.
―El gusto es mío. Así que tú eres la afortunada que logró atrapar a Lían.
Le sonrió pícara y se acercó como para confesarle algo en voz baja.
―No me dejaron asistir a la boda ―dijo con pesar―. Me hubiese
encantado presenciarla.
Mía no podía dejar de sonreír ante la enérgica joven. Antes de contestar,
dedicó una mirada a Lían, él solo atinó a hacer una mueca con los labios.
¿Qué significaba eso? ¿Qué tenía que responderle? ¿Por qué no la
salvaba él de ese tremendo lío? La estaba poniendo a prueba. ¡Maldito sea!
Muy bien. Trataría de desempeñar el mejor papel de su vida.
Tiembla Norma Aleandro, tiembla…
Mía le sonrió a Noelle, tiernamente.
―A nosotros también nos habría gustado que estuvieras presente.
Lamento que no pudieras asistir.
―Igual no faltarán oportunidades para que volvamos a recomponer los
lazos familiares, ahora que Lían decidió asentarse.
El mencionado se sintió incómodo ante aquel comentario. Mía lo miró
preguntándose qué había en la relación familiar que los distanciaba. ¿Ellos
creerían la versión de que Lían mató a su madre?
―Por supuesto ―dijo, al fin, tomándole de la mano―, Lían y yo
estaremos encantados de recibirte una tarde de estas en Nord Hall para
tomar el té con nosotros. ¿Verdad, querido?
Se dirigió a Lían con una sonrisa. Él la miró tratando de adivinar qué
pasaba por su mente. Parecía que los nervios que embargaban a la joven en
el carruaje habían desaparecido.
―Por supuesto ―respondió sin apartar la vista de su esposa.
―¡Perfecto! ―Noelle se notaba alegre―. Eso me encantaría. ¡Oh!
Lara… ―exclamó mirando hacia la puerta de entrada―. Si me disculpan,
iré a saludar a una amiga que acaba de llegar.
Se despidió de ambos y fue al encuentro de una joven de pelo rubio y
grandes ojos verdes, que en ese momento hacía su entrada al salón.
Mía siguió con la mirada a la joven mientras se alejaba y advirtió
también que Lían no dejaba de mirarla.
―¿Qué te traes?
Oyó que le decía al oído.
―Nada ―respondió dándose vuelta para enfrentarse a él―. Me
expusiste a que interpretara un papel esta noche, ¿no es así? ―suspiró y
sintió que nuevamente las manos comenzaban a temblarle―. Bien, trataré
de hacerlo lo mejor posible. Aunque te puedo garantizar que al terminar la
noche todos pensarán que estás casado con una idiota, o una demente. Y
todos te aconsejarán que me internes de inmediato para salvaguardar tu
salud mental.
Lían no pudo evitar reírse ante la expresión de Mía. Había pasado en un
segundo de la desesperación a la ira y, a su vez, terminaba con la más
exquisita ironía. También se dio cuenta de que lo había tuteado. Algo que
cuando estaba molesta, hacía con frecuencia. Deseó besarla, abrazarla.
Necesitaba sentirla entre sus brazos. Aún tenía en su mente la imagen de
Ernest tomándola de la cintura, su encantadora risa. ¿Por qué no podía ser
así con él?
―Al terminar la noche no creo que le queden ganas de reírse.
Mía se mostró enojada; eso generó que la risa de él se acentuara aún
más.
Pese a los nervios que sintió desde un comienzo, la noche transcurrió
tranquila. Lían no la dejó sola en ningún momento. Maxinne se acercó a
ella durante varias ocasiones a lo largo de la velada, indicándole algunos
datos que ella tenía que saber cada vez que una mujer se acercaba al grupo
en el que Mía se encontraba; aunque todos estaban al tanto de que ella, o
sea Lauren, tenía ciertos inconvenientes con su memoria. Por eso no se
dirigían a ella más que para saludarla y desearle que se recuperase.
Solo en dos oportunidades Mía se sintió verdaderamente incómoda,
cuando dos personas se le acercaron sin haber sido interceptadas por Lían ni
por Maxinne, para ponerla al tanto de quienes se trababa, y le preguntaron
por su padre. Mía no supo qué contestar. Ni siquiera sabía quién era su
supuesto padre, ni la relación que tenía con él. Si debería elogiarlo o no
delante de las personas. En consecuencia, solo atinó a sonreír y a presionar
los dedos que, en todo momento, mantuvo aferrados al brazo de Lían. Tras
ese breve gesto, él se volvía, comprendía la situación y respondía por ella,
haciendo que las personas se alejaran satisfechas. Esa actitud daba a
entender que Lían era un hombre dominante, que no permitía a su esposa
contestar siquiera una simple respuesta sobre su familia. Eso hizo sonreír
irónicamente a Mía. Algo muy común en esta época, pensó. Los hombres
preferían una mujer sumisa que precisara de su esposo hasta para decir
“hola”.
Estos en el siglo XXI se mueren.
Mía sonrió perdida en sus pensamientos sin darse cuenta de que un
hombre se había parado frente a ella y la contemplaba.
―Ahora entiendo ―dijo una voz cálidamente masculina.
Mía se volvió a mirarlo. Raphael Brownind, lord Dowston. Lo
recordaba. Lo había visto un par de veces en Nord Hall, pero no habían
cruzado más que saludos de cortesía.
Mía miró a Lían, él estaba a su lado enfrascado en una conversación con
dos hombres más y la esposa de uno de estos. Volvió la mirada a Raphael.
―Entiende, ¿qué?
―Por qué mi querido amigo está tan embelesado por usted.
Raphael tenía las manos cruzadas a su espalda y la miraba con cálida
simpatía. Su voz era amigable.
Mía sospechó que sería flor de atorrante.
―¿Y por qué motivo piensa que está embelesado por… mí?
―Tiene la sonrisa más angelical que haya visto nunca ―respondió él
sinceramente.
Mía se sintió un poco avergonzada por ese halago.
―Gracias.
Hizo un leve movimiento de cabeza y le sonrió.
―¡No, por favor! No vuelva a sonreírme así, o tendré que batirme a
duelo con su esposo por usted, señora mía.
Es muy descarado, pero encantador.
Sí, pero es el mejor amigo de tu esposo. Olvidate de él.
Lían no es mi esposo. Y no tengo ninguna intención con Raphael.
Mía bajó la mirada algo atormentada por el grado de calor que comenzó
a sentir y que trepaba a sus mejillas. Nunca nadie le dijo que tenía una
sonrisa angelical, ni había insinuado nada acerca de retarse a duelo por ella.
Convengamos que los duelos se extinguieron hace un siglo, mínimo.
Sabía que era solo una mera cortesía, pero era lindo. Se sentía… bien.
Lían se volvió, vio el rubor en el rostro de Mía y a su amigo junto a ella.
―Raphael, no me digas que estás incomodando a mi esposa.
Lo dijo con un falso tono de enojo en su voz. Lían conocía
perfectamente a su amigo. Sabía que le gustaba incomodar con su galantería
a toda mujer hermosa.
―Si la he puesto incómoda, milady, le pido disculpas.
―En absoluto.
Mía sonrió tratando de ocultar su sonrojo. ¡Qué irónico! Tenía que
aparecer en el siglo XIX para que alguien la hiciera ruborizar.
―Ya que veo que se llevan tan bien, podría pedirte que te quedaras con
ella unos minutos. Le he prometido a Noelle un baile y es el momento.
―Será un placer ser la compañía de la condesa por un momento.
Le dedicó una pícara sonrisa a Mía. Lían se acercó a su oído.
―¿Estarás bien si te dejo a solas por unos minutos?
Ella asintió y vio cómo Lían se alejaba hacia el salón de baile.
―¿Usted desea bailar, lady Nordwhit?
―No, gracias, pero no me molestaría ver cómo los demás lo hacen.
―Como guste ―le ofreció el brazo para llevarla hacia el salón de
baile―, aunque se pierde usted de la más grata experiencia en lo que a baile
se refiere.
Mía lo miró divertida.
―No tengo duda de eso.
Se acomodaron a mitad del salón, a unos pocos metros de la mesa donde
estaban los refrescos. Mía pudo localizar enseguida a Lían junto a Noelle.
Él era el más alto de todos los hombres que se encontraban en ese salón, a
excepción de tres o cuatro caballeros más. También era el más apuesto.
―¿Usted está buscando esposa?
Mía recorrió el salón con la vista y oteó que, desde la esquina, junto al
ventanal que se encontraba en el fondo del salón, un hombre rubio de ojos
azules, vestido con un traje celeste, no dejaba de mirarla. No era la primera
vez en la noche que lo notaba con la vista clavada en ella. ¿Sería amante de
Lauren? ¿Un pariente?
La respuesta de Raphael le hizo apartar la vista de aquel hombre.
―¿Qué le hace pensar eso?
Mía se encogió de hombros.
―¿Estas fiestas no son para eso? Las jóvenes de dieciocho años se
presentan en sociedad para buscar marido y los hombres solteros vienen
para buscar esposa.
Mía volvió a mirar en dirección al ventanal, pero el hombre rubio ya no
se encontraba ahí. Volvió su atención a Raphael.
―Sí, eso es cierto ―reconoció él―, pero no todos los hombres solteros
buscamos perder la libertad.
Le sonrió insinuante.
Tiene linda sonrisa.
Sí, pero….
Ya sé, no es como la de Lían.
―Usted estaría encantado en mi…
Se calló de golpe sabiendo que lo que iba a decir provocaría la burla de
Raphael, o que la trataría como a una loca. Y, en ese momento, no sabía
cuál de las dos situaciones era peor.
―En su ¿qué?… ―insistió él― ¿En su época?
Mía lo miró sorprendida.
―¿Lían…?
Raphael asintió
―Lían me contó.
―Y dígame… usted qué piensa… ¿Que estoy loca o que estoy
mintiendo?
―Sigo pensando que es encantadora.
Mía rio.
―¿Le han dicho que es un descarado, señor?
―Todo el tiempo.
Mía volvió la mirada al tumulto de faldas que danzaban delante de ellos.
Buscaba a Lían. Logró encontrar a Noelle, que estaba bailando con un
joven de su edad. Recorrió el salón y vio, más atrás, a Lían rodeado por tres
mujeres. Mía analizó a cada una. La del medio, era una mujer mayor,
encorsetada en un vestido verde manzana. Charlaba alegremente con él. Las
otras dos eran más jóvenes. Supuso Mía que serían las hijas de la mujer
grande. Ambas chicas, que tendrían la edad de Noelle, eran rubias. Una
tenía un vestido color amarillo suave y la otra lucía uno rosa. Eran lindas.
Muy lindas. Y las tres le sonreían a Lían descaradamente; él se notaba
entusiasmado con la conversación. Tenía una sonrisa complaciente,
divertida.
¿Por qué no le sonreía así a ella? Claro, como iba a sonreírle así si
pensaba que ella era su zorra esposa.
Raphael siguió la mirada de Mía. En ese momento Lían tomaba del
brazo a la joven que vestía de amarillo y se dirigían a la pista de baile. Lo
vio poner su mano sobre la espalda de la chica y, para su gusto, la había
acercado demasiado hacia el cuerpo de él. Sintió una leve punzada en el
pecho.
¿Estás celosa?
¡No!… ¿Lo estoy?
Raphael, que la observaba, notó una expresión rara en ella; en Lauren.
Estaba celosa.
―Solo baila por cortesía. No hay nada que temer.
Mía disimuló su sobresalto por la inesperada voz de Raphael
interrumpiendo sus pensamientos y trató de parecer lo más serena posible.
―No estoy temerosa por nada. Por mí se puede quedar con el conde. Me
haría un favor.
Raphael entrecerró los ojos. Esa sí era una típica respuesta de Lauren. Si
no fuera porque su voz tenía un leve temblor y se notaba que su respiración
era algo entrecortada, Raphael podría decir que la mujer que se encontraba
a su lado era Lauren. Por ahí era verdad lo de la pérdida de la memoria,
pensó.
Mía giró el rostro hacia la derecha y vio la mesa con los refrescos.
―Iré por un vaso de… lo que sea que haya ahí ―dijo señalando la mesa
del ponche.
―Yo se lo traigo ―ofreció Raphael.
―No. No se preocupe. Son solo un par de pasos. Volveré enseguida.
Raphael asintió y la vio dirigirse a la mesa del ponche.
Mía llegó a la mesa que estaba situada detrás de unas columnas de
mármol enormes, envueltas en una fina tela con flores. Se sirvió una bebida
roja que había en un cuenco y tomó un par de tragos. La bebida era dulce,
pero no lo suficiente como para opacar la sensación amarga que sintió en la
boca del estómago cuando vio a Lían tomar por la cintura a esa rubia.
Comenzó a reír hasta que se dio cuenta de que estaba sola y una o dos
mujeres que pasaban por allí la miraban como si estuviera desvariando. Y lo
estaba. Así se sentía. No sabía por qué estaba molesta con Lían. Por qué le
había disgustado verlo tan alegre junto a esas mujeres. Era obvio que
estaban interesadas en él y él en ellas. En ninguna época se respeta el
matrimonio, pensó. ¿Qué fue lo que la hizo pensar que en esa época existía
el amor, el romanticismo? Todas las épocas, todos los países eran iguales.
Los hombres eran todos iguales.
No generalices.
Generalizo todo lo que quiero.
¿Por qué estás molesta?
Porque… porque… el muy cretino dijo que no me dejaría sola y apenas
terminó de bailar con Noelle corrió a rodearse de mujeres lindas… muy
lindas.
Reconoció, triste y enojada, que estaba celosa.
No lo digas. Soy una idiota.
Sí. Una idiota por sentir celos por alguien que no sentía nada por ella, ni
siquiera sabía si ella sentía algo por él y qué era lo que sentía. Él estaba
casado. Le molestaban las mentiras y la infidelidad. En cualquier época.
Los compromisos debían respetarse. Sí. Era eso. Ese era el motivo de su
enojo. No había nada más.
Dejó el vaso sobre la mesa, decidida a volver junto a Raphael, cuando
sintió que alguien la tomaba por el brazo y le hablaba al oído:
―Acompáñame.
De golpe se vio empujada hacia la puerta de vidrio doble que había al
final del salón. Miró al hombre que la llevaba hacia afuera y reconoció al
rubio que la estuvo observando durante toda la noche. Trató de mirar atrás,
con la esperanza de que Raphael la estuviera observando, pero el hombre la
zarandeó haciéndole volver la vista adelante.
Por suerte, cuando comenzó a bailar con la joven hija de los Talbot, una
agradable y reconocida familia de Bradford, el vals ya iba por la mitad, así
que no tuvo que fingir por mucho tiempo que disfrutaba del baile. Luego de
un par de minutos de sonrisas y halagos fingidos, Lían dejó a la bella rubia
al lado de la madre y se dirigió hacia donde estaba Raphael. Él sabía, más
que nadie, cómo Lían detestaba esa clase de eventos y que, pese a no
llevarse bien con Maxinne ni con Irenne, la viuda de Cyril Tanner, sentía
empatía por la dulce Noelle. Por ella y solo por ella, había accedido a ir a
esa casa.
Lían llegó junto a Raphael y se paró a su lado, volviéndose para mirar a
todas las parejas de baile. Ya estaba cansado. Raphael lo notó porque la
sonrisa fingida que siempre llevaba en todos esos acontecimientos, no
estaba en su rostro.
―Te lo estás pasando en grande, ¿verdad? ―se burló.
Lían le dedicó una media sonrisa.
―Horriblemente.
La sinceridad de su amigo hizo que Raphael riera a carcajadas.
―¿Dónde está Lauren?
―Tranquilo. Fue hasta la mesa de…
Frenó sus palabras cuando miró en dirección a la mesa de los refrescos y
no la vio.
―Estaba allí hace un momento.
―¡Demonios, Raph! Solo tenías que vigilarla unos minutos ―dijo Lían,
enojado, mientras recorría el salón con la vista.
―Pues no iba a atarla a mí y no fui yo el que quiso jugar al conde
amable y seductor con una joven casadera.
Lían iba a mirarlo de esa forma que hacía que a todos se les congelara la
sangre cuando posó la mirada en el fondo del salón y vio que una pareja
salía, yendo hacia el lado derecho del balcón, alejándose de la luz que se
proyectaba hacia afuera el salón. El color del vestido de la mujer le pareció
que era el mismo que el de Lauren. Tenía que ser ella.
―Te mataré luego. Tú ve a buscarla por los otros salones ―le ordenó
sin apartar la vista de la puerta y se dirigió hacia allí, tratando de disimular
su ansiedad para no atraer las miradas de todos.
Raphael se encaminó hacia el otro lado.
~9~

Una vez afuera, el hombre la llevó hacia un lugar oscuro del amplio
balcón. Este daba a unas escalinatas que bajaban a un parque. Mía logró
divisar a unos pocos metros el césped, una fuente con un ángel en el centro,
un banco de cemento y más allá un camino bordeado de rosas blancas. El
hombre dejó de empujarla cuando lograron estar alejados de la puerta. La
soltó y ella se frotó con la mano el brazo que acababa de sujetarle.
―¿Quién es usted? ―preguntó asustada.
―¿Es una broma, Lauren?
Lauren. Olvidó que todo el mundo creía que ella era otra persona. No
tenía idea de quién era ese hombre; ni Lían ni Maxinne le hablaron de él.
―Chris… ¿Christopher Becher? ―balbuceó.
El rostro del joven se iluminó en una amplia sonrisa. Suspiró aliviado,
por alguna razón que Mía desconocía.
Había escuchado ese nombre momentos después de sentarse a la mesa a
cenar; Lían maldecía por lo bajo que Christopher Becher hubiera sido
invitado esa noche. Al ver la expresión del conde le preguntó de quién
hablaba, pero él solo se limitó a decirle, o más bien a ordenarle, que no
dejara que ese hombre se acercara a ella. Si le hubiese señalado quién era,
por lo menos, ella habría podido cumplir con esa orden, aunque no sabía
bien por qué no podía permitir que se le acercara.
―¡Dios santo! ―exclamó el hombre mientras se aproximaba a ella.
Mía se mantuvo rígida ante el sorpresivo abrazo.
―Te esperé esa noche, como habíamos quedado, Lauren. Cuando no
viniste me desesperé. Después escuché los rumores del accidente y de la
pérdida de memoria. No tenía forma de acercarme a ti. ¡Estaba
enloquecido!
Se separó de ella para contemplarla. Su mirada reflejaba un anhelo triste.
Mía lo miraba atenta, tratando de entender la situación para saber qué decir.
Sin duda Christopher era el amante de Lauren y tendrían pensado escapar
después de la boda, pero algo había salido mal…
―Me recuerdas, ¿verdad? ¿Recuerdas los planes que teníamos?
El tono de voz del joven se notaba desesperado. Mía le sonrió tratando
de ocultar su nerviosismo. Los ojos azules de Christopher reflejaban
ansiedad. Necesitaba que le dijera que sí, que lo recordaba, pero…
―Para serte sincera… vagamente te recuerdo ―algo la incitaba a
tutearlo, ya que supuestamente eran amantes.
―Entonces, ¿es cierto lo del accidente? ―Mía asistió―. ¿Qué te ha
pasado, cariño? He estado loco todo este tiempo.
―No lo sé ―reconoció Mía―. No recuerdo nada.
Mía intentaba seguirle el juego. Por ahí podía descubrir algo que la
ayudara a entender cómo había llegado allí.
―Busqué a Tarah para averiguar sobre ti. Cuando la encontré solo me
dijo que ya no trabajaba para ti. Creí que te habías arrepentido o que el
anillo no había funcionado…
¡De qué habla! ¿El anillo de bodas sería falso? ¿Quién será Tarah?
Por suerte Christopher estaba tan compenetrado en sus propias
conclusiones que no notaba el desconcierto de Mía al no comprender nada
de lo que estaba hablando.
―Eso, eso es… ―continuó―, esa baratija era toda una farsa. Te advertí
que era todo una farsa. No importa, cariño, buscaremos la forma de
continuar con lo planeado.
Christopher estaba entusiasmado en sus pensamientos, preguntas y
conclusiones. No le importaba que Mía no contestase o que no diera
muestra alguna de que tenía intenciones de mantener una relación con él.
Solo se escuchaba a sí mismo. En un momento dejó de hablar y se quedó
mirándola a los ojos. Le sonrió con ternura.
―Algo me recuerdas, verdad. Has dicho mi nombre…
Mía no quiso decirle que lo había escuchado de boca de Lían esa noche y
que le había dicho que no se acercara a él. Tenía que seguirle el juego. Él
sabía algo. Tenía que hacerle creer que algo recordaba sobre ellos y que
deseaba seguir adelante con lo que fuera que tenían planeado.
―Creo que… eres alguien difícil de olvidar ―atinó a decir, nerviosa.
Christopher sonrió satisfecho por esa respuesta.
―Debo irme ―dijo de golpe―, seguramente tu esposo, ese bastardo, se
haya dado cuenta de que no estás dentro.
A Mía le molestó el tono en que se dirigió a Lían, aunque recordando
que la había dejado sola y cómo le sonreía a esa rubia se dijo: Sí, es un
bastardo.
―Trataré de comunicarme contigo de alguna forma para acordar un
encuentro, como antes, y planear todo mejor esta vez. No habrá fallas ―le
aseguró―. Te necesito. ―La abrazó―. Te he extrañado tanto.
De golpe se apartó de ella y la miró fijamente, serio.
―Él no te ha lastimado, ¿verdad? No te ha pegado. Todos saben de su
mal carácter. ¡Si te llega a poner un dedo encima, lo mataré! Dime… ¿te ha
hecho daño?
Mía estaba sorprendida. Lían tenía un pésimo carácter y perdía los
estribos con facilidad, pero se sabía controlar. No lo veía capaz de golpear
a una mujer… no hasta ese momento. ¿Estaba en peligro? ¡Mierda! Ahora
tendría que cuidarse aún más de él.
―¡Dime!
Christopher la tomó suavemente de los hombros y la zarandeó, despacio,
obligándola a responder. Mía negó con la cabeza.
―No. No me ha hecho nada.
El joven sonrió aliviado. La expresión de angustia en su mirada
desapareció para dar paso a una ternura que cautivó a Mía. Christopher
estaba enamorado de Lauren. Pobre, pensó. Él notó lo aturdida que Mía se
encontraba.
―Yo te ayudaré a recordar todo, cariño.
Se inclinó sobre ella para besarla. Mía se quedó dura ante el avance de
su boca sobre la de ella. Christopher intensificó el beso. La recorrió con la
lengua exigiendo algo de ella que Mía no sentía querer darle, que no tenía
para dar. No a él.
Cuando el beso llegó a su fin, sin apartar sus labios de los de ella, él
susurró:
―Tan dulce como siempre… ―sonrió. ―Debo irme, buscaré la forma
de contactarme contigo.
Le dio un último y fugaz beso y salió a toda prisa bajando por la
escalinata hacia donde se encontraban los carruajes, en el lado oeste de la
mansión.
Mía lo vio desaparecer en la oscuridad. Estaba… no sabía cómo estaba.
Cansada. Cansada de toda esa situación. ¿Dónde estaba Lauren? ¿Quién era
Tarah? Dejó escapar el aire que, desde que el beso comenzó, sin darse
cuenta, había retenido. No tenía ganas de volver adentro. Tenía ganas de
llorar. Necesitaba pensar, así que se dirigió hacia las escalinatas; decidió
recorrer el camino de rosas. Cuando llegó al comienzo de las escaleras una
silueta alta y morena salió de la oscuridad. Lían. Era evidente que había
presenciado la conversación con Christopher. ¿Cuánto habría escuchado?
Podía percibir su enojo. Se acercaba a ella despacio, rígido, seguro. ¿Habría
visto el beso?
Él me besó, yo no tuve la culpa.
No lo rechazaste...
Tenía que seguirle el juego. Por ahí sabe algo que me ayude a salir de
acá.
Ah… claro.
―¿Disfrutando la noche?
Su voz era fría. Tenía las manos a ambos lados del cuerpo, tensas. En
esos momentos recordó que Lían la dejó sola por ir a coquetear con esas
dos jóvenes rubias y las ganas de llorar se transformaron en rabia.
―Igual que usted ―le dedicó una irónica sonrisa.
―Recuerdo haberte dicho que no te acercaras a él.
―No. Usted me dijo que no dejara que cierto hombre se acercara a mí,
pero como no me lo señaló, no tenía idea de a quién tenía que evitar y…
además ―dijo tratando de no demostrar los celos que la embargaban―, no
fui yo quien faltó a su palabra de no dejarme sola para ir a… a seducir a
otras mujeres.
Sin esperar alguna respuesta comenzó a bajar con prisa, las escaleras. Él
la siguió bajando los escalones de tres en tres. ¿Estaba enojada porque no
pudo evitar el encuentro con Christopher, o estaba celosa de la joven
Talbot?
Antes de llegar al último escalón la tomó del brazo; Mía tironeó para
zafarse; eso le hizo perder el equilibrio y, al apoyar el pie sobre el césped
justo en una parte desnivelada, terminó aterrizando de cara al suelo.
―¡Ay!
―¡Lauren!
De inmediato Lían se arrodilló junto a ella, al tiempo que Mía intentaba
incorporarse. Quiso tomarla del brazo para ayudarla, pero ella lo alejó.
―Déjeme, bruto. No necesito de su ayuda.
El enojo de Lían desapareció para dar paso a la culpa. Lo que menos
quería en la vida era hacerle daño a Lauren o, por lo menos, a esta nueva
versión de Lauren, así fuera un mínimo raspón. Se paró encogiéndose de
hombros.
―Lo siento ―dijo y sonaba sincero.
Mía se sacudió las palmas de las manos y se levantó. Le dedicó una
mirada asesina. Quería matarlo. No porque la hubiese hecho caer, sino
porque les sonreía a otras mujeres como no le sonreía a ella. Sabía que no
tenía por qué ponerse así, pronto todo volvería a ser como antes, eso
esperaba, y él volvería a su pasado. Es decir, se quedaría adonde estaba,
pero no podía evitar enojarse.
Intentó caminar hasta el banco que se encontraba delante de la fuente, el
que había visto desde lo alto del balcón; apenas apoyó el pie que se había
torcido, un fuerte dolor la inundó. De inmediato Lían la tomó de la cintura.
―Déjame ayudarte.
―No.
―No puedes apoyar el pie.
―Porque es muy reciente la torcedura. En unos minutos pasará y podré
caminar tranquilamente.
Lían bufó.
―No seas terca.
Sin ningún problema pasó la otra mano por debajo de las rodillas y la
alzó. Pese a las quejas de Mía, la llevó hasta el banco que estaba a unos
pocos metros y la sentó.
―Listo. No fue tan desagradable, ¿verdad?
Lían se burló de ella y Mía tuvo que reconocer que le encantó sentir su
cuerpo tan cerca y rodearlo con los brazos por el cuello, aunque de ninguna
manera se lo reconocería a él.
―Si un “sí” asegura que se vaya y me deje sola…
―No ―se apresuró a decir él.
―¿Qué hace?
Lían se sentó a su lado y estaba inclinándose para tomar su tobillo.
―Quiero ver si te has hecho daño.
―No. Estoy bien.
Ignorando sus protestas, él tomó el pie y lo puso sobre su muslo, corrió
la falda del vestido hacia arriba dejando a la vista el fino tobillo.
―No me gusta que me toquen.
Lían la miró inescrutable. ¡Estaba tan linda enojada! Volvió a
concentrarse en el tobillo antes de hacerle caso a sus sentidos y besarla, sin
más, en ese momento.
No estaba hinchado, el dolor debía ser solo producto de la caída.
―No es grave. Mañana podrás pisar sin problema.
―¡Y qué dije yo!
Le reprochó intentando apoyar el pie sobre el suelo. Lían no dejó que
ella lo apartara de su fornido muslo y comenzó a darle suaves masajes
circulares con los dedos. Pese al dolor del comienzo, se sentía bien. Lían
tenía una habilidad asombrosa con sus manos. Se imaginó siendo acariciada
por esas grandes manos. Prácticamente eran el doble de las de ella, y tan
suaves…
Por su parte, Lían estaba hechizado por la tersa piel que se extendía bajo
las yemas de sus dedos. Le gustaba sentirla en sus manos. Sus movimientos
eran lentos. Disfrutaba tocarla. Ojalá pudiera subir sus manos por todo lo
largo de sus piernas, rodear su trasero y presionarlo contra su cuerpo.
Comenzó a sentir de golpe como su pantalón se tensaba justo en la
entrepierna. Tenía el miembro duro. ¡La deseaba demasiado!
Con gran esfuerzo dejó de masajearla, bajó el vestido hasta cubrir por
completo toda la piel y trató de recuperar el aliento, aunque seguía
manteniéndolo sobre su regazo.
―¿Qué has hablado con Christopher? ―Logró decir con voz ronca.
Mía tardó unos segundos en recuperarse y entender lo que él acababa de
preguntarle.
―Primero contésteme por qué no quería que hablara con él. ¿Sabía que
era amante de Lauren? ―Lían asintió. ―Y pensaba que, como estoy
fingiendo no ser Lauren, huiría con él si lo encontraba.
No fue una pregunta y fue la conclusión más acertada a la que Lían había
llegado si ella volvía acercarse a él; que si en verdad era Lauren se fuera
con Christopher y lo dejara o que, si en realidad no era ella, prefiriera estar
con un joven apuesto mucho más dócil y accesible que él. Así, fuera o no
Lauren, podía percibir que él no era del agrado de ella. Que preferiría a
alguien más… Alguien como Ernest.
―Me dijo algo sobre un anillo que no funcionó. Parece que Lauren iba a
huir con él después de la boda. No entiendo por qué esperaría a estar casada
y no se fue antes.
Lían frunció el entrecejo. Él sí entendía por qué Lauren quiso esperar
hasta estar casada. Estaba convencido de que conocía el trato que Lían
había hecho con su padre. La maldijo para sus adentros.
―¿Qué fue eso del anillo?
―No sé. Le habrá dado un anillo de compromiso falso, lo habrá querido
vender y se dio cuenta de que era una baratija…
Ante esa conclusión, Lían cambió el gesto adusto que tenía por una
actitud más amable. Le encantaba la imaginación que esta versión de
Lauren mostraba. Parecía tan inocente.
Mía se encogió de hombros.
―Podría ser… En los libros que suelo leer hay muchos condes y duques
que no tienen nada de dinero, pero ante el resto tratan de disimularlo. Más
si lo que buscan es una joven heredera con quien casarse… ―se excusó
pensando que lo que acababa de decir era una tontería.
Lían atinó a sonreír.
―Eso es ficción… aunque suele ser cierto ―Lían pensó en el marqués
de Crowle, el padre de Lauren―, pero puedo asegurarte que no es mi caso.
Mía lo contempló, por unos segundos, sosteniendo su mirada. Esos ojos
negros que esa noche reflejaban la luz de la luna, eran tan terriblemente
atrapantes y hermosos. Bajó la mirada, avergonzada, antes de que él pudiera
notar cómo su pulso comenzaba a acelerarse. En ese instante notó que Lían
tenía una erección producto solo de tocarle el tobillo. Desvió la vista hacia
el pasto y sonrió pensando qué sería de él si viviera en su época.
―¿Por qué sonríes?
Dubitativa volvió a mirarlo.
―Me preguntaba cómo se sentiría en mi época.
―¿Por qué?
―De donde vengo las mujeres suelen andar muy ligeras de ropa. Usan
vestidos muy cortos, apenas llegan a tapar la mitad de los muslos. Mini
pantalones hasta por aquí ―señaló el comienzo de las piernas―, también
remeras diminutas. Un ochenta por ciento de la piel está al descubierto y…
teniendo en cuenta la reacción que un hombre tiene aquí solo por verle el
tobillo a una mujer… ―Levantó las cejas rápidamente señalándole la
entrepierna―, me pregunto cómo reaccionaría ante tanta exposición de piel.
Lían bajó la cabeza, parecía avergonzado de que Lauren hubiera visto la
terrible erección que le provocó tocarla y que, pese a que habían pasado
varios minutos, no había menguado. Se preguntó si aquello sería cierto o
solo estaba buscando incomodarlo.
―No sé cómo serán los hombres en tu… supuesta época ―se aclaró la
garganta―, pero aquí una reacción así, instantánea, no la tenemos por
cualquier mujer.
Sus ojos negros se centraron en los de ella. Mía sintió cómo sus mejillas
comenzaron a ruborizarse. ¿Le quiso decir lo que ella entendió…? ¿Le
había hecho un cumplido o se estaba burlando?
Sintió que el pie volvía a pisar el suelo y de pronto se encontró con Lían
de pie frente a ella ofreciéndole la mano para ayudarla a parar.
―¿Puedes caminar?
Mía aceptó su mano, se paró. Hizo un paso y, si bien sentía una pequeña
molestia, no creía que eso fuera un impedimento para caminar.
―Sí.
―Perfecto.
―¿Volvemos adentro? ―preguntó con un dejo de cansancio en la voz.
―No. Volvemos a Nord Hall.
―Gracias ―susurró aliviada.
~10~

A la mañana siguiente Mía se encontró con un diminuto ramo de flores


silvestres, atadas con una cinta roja y una nota lacrada arriba de la cómoda.
El sello era el del conde. Abrió la nota y leyó:

“El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces
bendito, bendice al que lo da y al que lo recibe”.

Mía llevó las flores hacia su nariz para olerlas. Su aroma era dulce. Se
preguntó qué significaba todo eso. ¿Sería la forma que tenía el conde de
pedirle disculpas por la terrible noche que le hizo pasar? ¿Por haberla hecho
caer? Sea lo que sea, le encantó.
Terminaba de atarse el cabello en una larga trenza cuando la puerta se
abrió y entró Agatha, tras dar unos pequeños golpes anunciándose.
―Permiso, lady.
―Pasa, Agatha.
―Venía a acomodar la habitación. El conde la está esperando abajo para
desayunar.
Mía miró las flores y sonrió.
―Justo estaba bajando.
Pese a que sabía que no correspondía, la doncella no pudo evitar
preguntar cómo le había ido en el baile la noche anterior.
―Dentro de todo, bastante bien. Por suerte no tuve que bailar.
Mía pasó gran parte de la noche, desde que regresaron del baile,
repasando cada momento. Pese al nerviosismo, no podía hacer a un lado
que todo le había parecido hermoso. Las mujeres con sus vestidos largos, de
seda, muselina. Los diferentes colores, que pasaban de los más cálidos a los
más llamativos. El baile. El gran salón donde se sirvió la cena. Todo le
había parecido como salido de un cuento. Le costaba creer que ella pudiese
haber vivido una noche así. Para que fuera realmente perfecta, solo le había
faltado poder bailar con Lían. Sentirse entre sus brazos, mirándose
cálidamente a los ojos.
Despertá, se dijo y volvió su atención a Agatha.
―Como llegaron temprano creí que había ocurrido algo.
―Creo que al conde no le agradan muchos las fiestas y mucho menos
estar en esa casa, ¿no es así?
Agatha miró hacia la puerta para cerciorarse de que se encontraba
cerrada. Habló en voz baja:
―No ―reconoció―. Por lo que dice Marriet, no siente un gran aprecio
por su abuela ni por la viuda de su tío, el anterior conde. Ellas vivían aquí,
pero cuando el conde heredó el título, solo aceptó hacerse cargo de todo si
ellas aceptaban mudarse a Tanner House.
Mía estaba asombrada.
―¿Lían no quería ser conde?
―No. La situación aquí, según me contaron, era muy mala. Su tío había
despilfarrado casi toda la fortuna. Juegos, mujeres, malas inversiones. No le
quedaba prácticamente nada cuando murió. El amo ya tenía una buena
fortuna, no estaba interesado en volver a Bradford y mucho menos en
hacerse cargo de la familia. A su abuela, Maxinne, le costó más de un año
convencer a su nieto para que asumiera sus obligaciones como conde.
―¿Cómo obtuvo su fortuna?
―Negocios ―respondió Agatha encogiéndose de hombros.
―Y, ¿por qué aceptó el título?
―Eso todavía no pude averiguarlo, lady. Pero no tardaré mucho en
saberlo ―dijo sonriendo.
Mía le devolvió la sonrisa y salió de la habitación.
Era un alivio para ella poder contar con Agatha. Aunque no le creía que
viniera de otro siglo, sí sabía que no era Lauren y eso era bastante.
Lían levantó la vista del periódico que tenía sobre la mesa cuando oyó
los pasos de Lauren que se acercaban al salón del desayuno. La recorrió con
mirada inexpresiva antes de detenerse en su rostro, que mostraba una leve
señal de cansancio, y dedicarle una cálida sonrisa. Esa sonrisa hizo que el
corazón de la joven diera un vuelco.
¡Es tan lindo!... Y esa sonrisa encantadora, tan irresistible…
―Buen día.
―Buen día, milord.
Mía se sentó junto a la mesa y comenzó a servirse una taza de té. Se
aclaró la garganta antes de hablar.
―Debería considerar sonreír más a menudo.
Lían frunció los labios, pensativo.
―¿Lo crees?
Ella agregó azúcar a su taza y mientras revolvía asintió.
―Por supuesto. Lo hace mucho más… ― “irresistible, hermoso, sexy”,
pensó, pero se limitó a decir―: amigable.
Mía lo observó por encima del borde de la taza de té.
―Lo tendré encuentra ―dijo él esbozando una media sonrisa―. ¿Cómo
está tu pie?
―Bien, gracias…―Lían asintió―, y gracias también por… las flores y
el poema. Es un lindo gesto.
―¿Fueron de tu agrado?
―Mucho.
Mía sintió que se ruborizaba ante la atenta mirada de Lían. La miraba
con deseo, pero no era a ella a quien deseaba, sino a Lauren. No tenía que
olvidarse de eso.
―¿Conocías a Shakespeare?
Mía asintió con una sonrisa
―Quién no sueña con un amor como el de Romeo y Julieta…
Lo dijo moviendo la cabeza de un lado al otro y llevando la taza a sus
labios, recordando cuando en el profesorado le tocó hacer un trabajo basado
en esa obra.
―Algún demente quizá, teniendo en cuenta que dura solo un par de días
y por cómo terminan los dos.
―¡Hombres! ―Sonrió―. Hablaba del sentimiento, la intensidad, el
arriesgarse a perder todo por estar con la persona amada.
Mía suspiró perdida en sus pensamientos de anhelo. Esos que albergaba
en su interior desde hacía tiempo. Levantó la vista y miró a Lían que la
contemplaba entusiasmado por la pasión con la que acababa de hablar.
―Lo sé ―agregó defendiéndose―. Para los hombres es todo físico. El
amor no es nada más que un invento, ¿no es así? Usted es del grupo de los
que no cree en él.
―Así es ―dijo Lían en tono seco al tiempo que volvía la vista a su
desayuno.
Frente a él había un plato repleto de salchichas, varias rodajas de pan y
mantequilla y una humeante taza de café. Por el malestar que los huevos
duros causaban en Lauren, los había excluido de sus desayunos.
―Por lo general ―habló Mía vacilante―, cuando alguien es tan
reticente a las cuestiones del amor es porque en su pasado algo lo ha hecho
sufrir… ― buscó su mirada―, ¿qué le ha pasado a usted?
Hubo un largo silencio. La mirada de Lían no se apartó en ningún
momento de la de Mía. Ni ella, a pesar de sentirse nerviosa ante esa
oscuridad, dudó un segundo en dejar de mantenérsela. Quería saber qué le
había pasado para cerrar así su corazón.
Lían no quería hablar. No le iba a revelar, justamente a Lauren, algo que
no le había dicho ni siquiera a su mejor amigo. Ni siquiera a Emilie, la
única mujer que le brindó un amor genuino y que él jamás pudo
corresponder. No. No se abriría a Lauren.
―Algunas personas no nacemos con la capacidad de amar ―contestó al
fin.
Mía le dedicó media sonrisa.
―Eso no es verdad. Todavía no ha dado con la persona que le haga ver
cuánto amor es capaz de dar y recibir.
―Y tú… ¿la has encontrado?
Mía le sonrió divertida.
―No hace falta. Yo soy de las pocas personas que ya nacen con el don
amar.
Lían sonrió sin ganas.
―No me cabe duda.
Ella se dio cuenta de que aludía a la gran cantidad de amantes que
Lauren tenía. En ese momento lamentó haberle hecho esa broma. Rodeó la
taza que estaba sobre la mesa con sus dos manos. El silencio que se hizo fue
bastante incómodo. Ella tenía varias preguntas para hacerle acerca de su
familia, de Christopher, de Lauren, pero sabía que él no se las contestaría.
No aún.
―Tengo que encontrarme con Raphael ―dijo de pronto Lían rompiendo
el espeso silencio―. ¿Te gustaría acompañarme al pueblo?
―Y, ¿qué haría yo allí? Seguramente hablarán de negocios.
―Así es, pero hay una buena modista. Podrías encargarte algunos
vestidos mientras Rapha y yo hablamos.
Mía siguió la mirada de Lían a su propio cuerpo y sonrió. Lauren no
contaba en su amplio armario de ropa con vestidos apropiados para Mía.
Todos eran muy elegantes y sumamente provocativos, ya sea por su color o
por lo amplio del escote. Entre los cincuenta vestidos que Mía revisó días
atrás, solo dos encontró que, a su comodidad y gusto, eran justo para ella.
Así que los alternaba diariamente. Era obvio que Lían se había percatado de
eso, pero la verdad, ella no sentía que fuera necesario. No tenía expectativas
de quedarse mucho tiempo allí. Así como por arte de magia apareció en
Bradford, como por arte de magia podría desaparecer cuando menos lo
esperase. O, por lo menos eso es lo que deseaba y, por más dinero que
tuviera Lían, no lo iba a poner en gasto.
―No es necesario. Espero no quedarme aquí por mucho tiempo.
Lían frunció el ceño enfadado. ¿Qué le quiso decir? ¿Pensaba
abandonarlo? ¿Escaparse con Christopher? Sin duda, el haberse
reencontrado con su apuesto amante la noche anterior había despertado en
ella el deseo de estar con él. Hacía largos días que no alimentaba a su
cuerpo, ¿o simplemente no quería pasar tiempo al lado suyo? ¿Tanta
repulsión sentía hacia él? O, peor aún, ¿prefería ir corriendo a los establos
para saltar a los brazos de Ernest?
¿Qué había en ella que lo hacía seguir humillándose para conseguir algo
que otras mujeres, más bellas, morían por entregarle? No ―se retractó―.
Más bellas no. Lauren no era de la típica belleza exuberante. No. Ella era
aún más hermosa. No tenía nada fuera de lo normal, pero era… única ante
sus ojos, ante su tacto. ¡Común demonio!
―De todas formas, vendrás conmigo.
Se levantó y la tomó del brazo para llevarla hacia la puerta principal.
―Pero no he terminado de desayunar ―se quejó.
―Tomarás un café allá.
―Pero…
Su boca se vio cubierta por la boca de Lían. Pasó la mano libre por su
cintura y la atrajo más hacia él. Era un beso duro. Quería mostrarle que no
debía cuestionar sus órdenes.
A Mía poco le importó lo que quería enseñarle con ese beso. Hasta
estaba pensando en oponerse más a menudo a él para que la “encarrilara” de
ese modo.
De golpe el beso paró y Mía se encontró tomando una bocanada de aire.
Abrió los ojos y se encontró con los de Lían, desafiantes.
―¿Algún, pero más que agregar?
“Mil peros más”, tenía ganas de decirle, pero solo atinó a negar con la
cabeza mientras se mordía el labio inferior, conteniéndose para no besarlo
ella.
~11~

Dos semanas transcurrieron desde que su vida colapsó y seguía sin saber
por qué había pasado; ni cómo. Nadie se preguntaba dónde estaba Lauren,
porque todos daban por sentado que ella era Lauren. Por lo tanto, nadie se
tomaría la molestia de buscarla. Tenía, de alguna forma, que convencer a
Lían de que ella en verdad no era su esposa. Necesitaba con urgencia volver
a la realidad o terminaría volviéndose loca, pero… ¿Qué podía hacer?
Mía caminaba en dirección a la glorieta. Hacía una hora que habían
regresado del pueblo y ahora Lían estaba en la biblioteca junto con Raphael.
Ella, con ayuda de Agatha, subió a su habitación los vestidos que Lían le
obligó a comprar junto con sombreros y guantes haciendo juego.
La situación fue así: Mía protestaba, Lían ordenaba y Raphael se reía.
―Por favor… ―Raphael se sorprendió al escuchar a Lauren pronunciar
esas dos palabras―, no es necesario. Ya le he dicho que no me quedaré
mucho tiempo… o eso espero.
Terminó en voz baja. La modista, la señora Rosalyn Burrel, miraba a
Lían confundida tratando de entender qué le había querido decir Mía.
Lían se enfureció ante lo dicho por su esposa delante de otra persona y
trató de disimular inventando una historia sobre sus palabras.
―Lo sé, querida ―dijo secamente―. Sé que irás a la fiesta de fin de
semana de tus primos. Pero allá necesitarás ropas cómodas para cambiarte.
No pensarás andar desnuda, ¿verdad?
Los ojos de Rosalyn Burrel, se abrieron expectantes. En los años que
llevaba en el pueblo jamás había presenciado un trato de esa índole entre
marido y mujer. Lo cierto era que las mujeres concurrían a su local sin sus
maridos. Lo que le tocaba presenciar en ese momento resultaba ser algo
escandaloso, pero a la vez llamativo. Como toda mujer no podía evitar ser
parte de los cotilleos y tenía conocimiento de que el casamiento entre la
única hija del marqués de Crowle y el reciente conde de Nordwhit, había
sido en contra de la voluntad de la joven.
Lían aguardaba la respuesta de Mía. Ella lo miraba con los ojos
entrecerrados.
¿La estaba desafiando? Bien, le seguiría el juego.
―Si así quieres llamar a mis amantes, pues bien… pero sabes
perfectamente que a ellos no les molesta verme, en absoluto, despojada de
todo tipo de ropa… querido.
Dio un tono sarcástico a la última palabra y lo miró sonriendo.
El rostro de Lían se contrajo. Quería matarla por insinuar delante de
otras personas lo de sus amantes y en su presencia.
Raphael contenía la risa por el atrevimiento de Lauren. Si la dejaba
escapar en ese momento, sabía que le daría a Lían dos cabezas para cortar.
La modista, sorprendida por el tono de la charla, carraspeó incómoda por
la situación. Podía ver el odio en los ojos de Lían, y no era una sensación
agradable. El rostro moreno y su metro ochenta de estatura, infundían
temor.
―Lady… Lord Nordwhit, mientras se ponen de acuerdo los dejaré a
solas… Con su permiso.
Hizo una leve reverencia, dejó los vestidos que tenía entre sus manos
sobre el respaldo de uno de los sillones del salón y se retiró hacia la puerta
trasera que daba al taller.
En ningún momento Lían y Mía dejaron de mirarse mientras la señora
Burrel se retiraba. Raphael tomó asiento en un sillón, detrás de Lían,
expectante por ver cómo continuaba la escena.
―No me provoques, Lauren… Tengo un límite y estás a punto de
pasarlo.
La mirada glacial de Lían se clavó en la de ella, tenía ambas manos
cerradas en puño. Un frío recorrió la espalda de Mía, viendo la rabia
contenida en él. Se había pasado con lo que dijo, pero no podía volver atrás.
No iba a mostrar arrepentimiento.
―Y, ¿qué me sucederá si lo paso? ―le desafió―. No tiene ningún
derecho sobre mí. No puede ponerme ni un dedo encima.
Lían la tomó con fuerza del brazo.
―Puedo hacer mucho más que ponerte un dedo encima, esposa mía.
―¡No soy su esposa, maldita sea! ―masculló entre dientes sin apartar la
vista de él.
La mano de Lían se cerró más sobre su brazo. Que Lauren lo negara aún
después de la boda, era más de lo que podía tolerar. Lo enfurecía. No tener
el derecho a la posesión sobre algo que ya era suyo lo trastornaba
sobremanera. Sentía que no tenía control sobre sí mismo en ese momento.
Raphael también lo notó y se paró detrás de él y apoyó la mano sobre el
hombro de su amigo.
―Lían…
Habló despacio, atrayendo la atención del conde. Él aflojó la mano
empujando el brazo de Mía hacia atrás.
―Hazte cargo de ella ―dijo con la voz turbada, cargada de ira―. Yo iré
a encontrarme con Morrinson.
Salió de la tienda como alma llevada por el diablo. Necesitaba poner
distancia entre ellos.
Raphael se acercó a Mía, que estaba frotándose el brazo por el que Lían
la sujetó. Aún sentía sus dedos presionando sobre ella. Tenía los ojos
brillantes cuando miró a Raphael.
―Está un poco irritable últimamente ―dijo él tratando de disculpar a su
amigo.
―Me alegra saber que no siempre es así ―Mía respondió tratando de
disimular el temblor en su voz.
―No. Solo cuando desea algo que no puede tener… y le aseguro, lady,
que casi no hay nada que él no logre tener.
¿Era una advertencia? ¿Le estaba diciendo que tarde o temprano Lían la
forzaría a acostarse con él? ¿Sería capaz?
―Mi querida, tome esto como una venganza... si así lo prefiere.
Mía lo miró sin entender a qué se refería con “esto”.
―Está claro que ambos se sacan de sus cabales… La mejor venganza de
una mujer hacia su esposo es…
―Tener amantes ―lo interrumpió Mía haciendo que Raphael riera.
―Eso también, pero malgastar el dinero de su esposo en vestidos caros y
cosas que jamás usará también forma parte de una exquisita venganza.
―Claro, vestidos que usará con sus amantes ―reflexionó Mía.
―Lady, tiene una obsesión por los amantes.
La sonrisa pícara de Raphael se extendió en toda su dimensión
resaltando el brillo de sus ojos verdes y unos simpáticos hoyuelos en sus
mejillas. Si Lían pudiera ser así de amable y divertido, pensó Mía.
―Acaso… ¿no es esa mi especialidad? ―Una sonrisa triste afloró a su
rostro―. La de tener amantes por doquier.
―Así dicen las malas lenguas, mi querida.
Mía consideró la idea de vengarse de Lían gastándole todo su dinero,
aunque no tenía idea de cuánto dinero tenía en su poder ni del valor real del
dinero de Inglaterra en esa época. Si estuviera en Argentina sabría la
cantidad de pesos que le significarían cada vestido, guantes, zapatos, pero
de libras y chelines, poca idea tenía.
―Bien… ―dijo finalmente―, pero va a tener que ayudarme con el
precio ya que pretendo hacerle gastar una fortuna y no tengo idea de cuánto
es en realidad aquí esa suma.
Raphael comenzó a reírse a carcajadas y se dirigió a tocar la campanilla
ubicada sobre el escritorio para llamar a la señora Burrel.
―No se preocupe, mi querida, seré su cómplice en esta venganza.
Le guiñó el ojo con descaro, mientras por la puerta aparecía la modista.
Estuvieron poco más de dos horas eligiendo vestidos que la mujer ya
tenía confeccionados. Encontraron pocos simples que a Mía le gustaron.
Cargaron en el carruaje unas diez cajas. Pese a querer hacerle gastar una
cantidad considerable de dinero, los modelos que eligió resultaron ser los
más baratos de la cantidad de sesenta y seis vestidos que le enseñaron.
Luego, esperaron a Lían dentro del carruaje unos veinte minutos más.
Según Raphael acudieron al pueblo a ver al dueño de una edificación que
se encontraba en Londres. Lían tenía planeado comprarla para abrir allí una
fábrica textil. Como el edificio era bastante grande, pretendían acomodarlo
para que fuera habitable y de ese modo sirviera para las familias que
trabajarían en la fábrica y que no contaran con una vivienda propia. Eso
haría que la mano de obra sea más efectiva.
La propiedad estaba abandonada hacía varios años y pertenecía a un
prestigioso y respetable médico que no estaba muy decidido de vender. Al
llegar Lían al carruaje su semblante no se notaba mucho mejor que cuando
abandonó la tienda de la señora Burrel.
No se dirigió a ninguno de ellos, solo dio las órdenes para volver.
―Por lo que veo no hubo avances…
―No ―gruñó Lían―. El muy imbécil deja la decisión en su esposa.
Damon Morrinson, un reconocido médico, descendiente de la cuarta
generación de uno de los médicos más respetados en todo Londres, tenía
una debilidad inusual por su mujer, Rebecca Morrinson. Con frecuencia
solía consultarle sobre ciertas decisiones que debía tomar como, por
ejemplo, dónde comprar una residencia para abrir un nuevo consultorio.
Rebecca había comentado, como al pasar, que Bradford le resultaba
encantador, bien alejado del bullicio de la ciudad; un lugar relajado en
donde podrían descansar después de las largas jornadas de trabajo. Que ella
lo sugiriera resultó motivo suficiente para mudarse allí; de eso hacía ya seis
meses.
Así como puso esa decisión en manos de su esposa, también la tenía en
cuenta para vender la edificación de casi media manzana en Londres. Esa
edificación pertenecía a su familia, pero hacía años que nadie la habitaba y
antes de que siguiera viniéndose abajo, por la falta de mantenimiento, Lían
quería comprarla. Damon Morrinson no estaba todavía seguro de querer
hacerlo. Rebecca había comentado, hacía tiempo, que le encantaría edificar
allí un gran jardín. Algo bellamente verde y de una gran variedad de flores
y colores en medio del gris que inundaba las calles de Londres. Sería un
lugar donde respirar aire puro; abonando una pequeña suma por la entrada,
se disfrutaría de un lugar apacible y maravilloso.
―Ya veo…
Raphael comprendía lo que eso significaba y entendía, a medias, el
malestar de Lían.
Mía, en cambio, no lo entendía por completo. Si bien tenía conocimiento
de que en esa época la opinión de las mujeres era ignorada por sus esposos,
no lograba ver qué tenía de malo que un hombre apreciara a la suya tanto
como para hacerla participar en ese tipo de decisiones.
―¿Y cuál es el problema con que la esposa de este hombre decida
vender o no? ¿Por qué no lo habla con ella y la convence diciéndole para
qué quiere esa propiedad? Las mujeres somos más sensatas que los
hombres, lo entenderá, estoy segura.
Lían no la miró siquiera. Raphael, que estaba sentado al lado de ella, fue
quien le respondió:
―Ya hemos hablado con ella. La señora Morrinson pone una condición
para que su marido le venda a Lían la propiedad.
―¿Tan grave es esa condición?
Raphael sonrió.
―Para mí sería un placer satisfacer esa petición ―hizo énfasis en la
palabra satisfacer―, pero para Lían no hay ningún tipo de concesión al
respecto…
Por primera vez desde que subió al carruaje Lían levantó la vista para
dirigirla a Raphael, advirtiéndole que se callara.
Desconcertada Mía le preguntó:
―¿Por qué no acepta la propuesta, milord? Creo que lo que pretende
hacer con ese lugar vale cualquier…
Fue interrumpida por la fría voz de Lían que aún estaba molesto con ella
por las palabras dichas delante de la señora Burrel.
―Nadie me impone a quién debo meter en mi cama o no.
Mantuvo sus ojos negros fijos en los de ella. Mía iba a decir algo cuando
comprendió lo que Lían acababa de decir. La señora de Damon Morrinson
quería acostarse con él como condición para convencer a su esposo de
venderle el edificio.
Una punzada le atravesó el pecho… ¿Lían solo la rechazaba porque no le
gustaba que lo obligaran a acostarse con alguien o había algo más? Claro,
debía tratarse de una mujer vieja, con arrugas, seguro era por eso.
Al recordar ese momento de la mañana, Mía volvió a sentir que su pecho
se contraía en una rara sensación. Lían no era de ella, apenas lo conocía y él
creía que ella era otra persona. ¡Por qué le molestaba a quién pudiera meter
en su cama! Ella pronto volvería a su lugar, y le daría a Víctor lo que él
quería. Había comprendido que tenía que aprovechar las cosas cuando
estaban a su alcance, porque de un día a otro, de un instante a otro, las cosas
podían cambiar completamente. No quería sentir la sensación de
arrepentimiento por no haber hecho las cosas en su momento.
Tenía que dejar de perder el tiempo en ese lugar y ponerse a averiguar
cómo llegar a Christopher o saber quién era y dónde estaba Tarah, la mujer
que su amante nombró la noche del baile.

―Tengo que reconocer que es verdaderamente encantadora.


Lían estaba concentrado en el contenido del vaso que sujetaba en la
mano, haciendo caso omiso del comentario de Raphael sobre Lauren.
―¿Pudiste averiguar algo?
―Por supuesto, mi querido amigo ―respondió acercándose a la repisa
para servirse otro vaso de coñac. Luego volvió a sentarse en el sillón
ubicado frente al escritorio y cruzó relajadamente las piernas.
―La otra noche tuve la suerte de encontrarme en el club con Roy Coks.
El hijo de unos de los comandantes del ejército. Sobrio por suerte…
El último comentario se refería a él. Raphael era un hombre bueno y
encantador. Trabajaba en los negocios a la par que Lían, pero tenía un
defecto: le gustaba mucho la bebida, a partes iguales que las mujeres. Salía
todas las noches y era poco probable que, alguna de esas noches, no
terminara borracho en la cama de alguna dama.
Se mantenía alejado de la bebida el tiempo necesario para cumplir con
alguna tarea importante, pero cuando esta culminaba no tenía ningún reparo
en beber hasta no dar más. Había perdido a sus padres y a su hermana
menor, de solo doce años, en un incendio hacía diez años, y el único
consuelo que encontró para apaciguar la culpa por no haber podido salvar a
su familia, era el alcohol. Nadie dependía de él. Nadie que lo llorara. No
tenía nada que perder. La vida para él era solo un mero mecanismo de abrir
los ojos cada día, esperando el momento en que el mecanismo tuviera una
falla y le impidiera despertar.
Hizo un silencio, solo para molestar a Lían.
―Habla de una vez, ¡santo Dios! ―exclamó irritado al tiempo que
Raphael estallaba en una carcajada.
―Tranquilo hombre… Efectivamente, me contó que hace tres años
algunos hombres desembarcaron en unas islas al sur del continente
americano. Una reafirmación de dominio, creo que dijo.
Raphael encogió los hombros. No recordaba nada más de esa
conversación. El joven Coks había hecho acto de presencia pasada la
medianoche. Raphael, suponiendo que ya no iría al bar, cerca de las diez
comenzó a beber. Cuando Roy Coks llegó, él ya estaba muy borracho como
para retener más información de la que le dio a su amigo.
Lían apoyó la espalda contra el respaldo y bebió un trago.
―O sea que ella dice la verdad.
―Sí, pero… Así como nosotros no teníamos idea de eso, en el salón se
encontraban varios hombres que nada tenían que ver con el ejército y tenían
conocimiento del tema.
―Estás queriendo decir…
―Que, así como esos caballeros estaban enterados, Lauren también
podría haber escuchado el tema de las islas en una conversación al pasar y
usarla para...
―Engañarme…
―Sé que suena ilógico, Lían… ―dijo Raphael buscando calmarlo―,
pero ¿has considerado que si en verdad Lauren no es Lauren… habría que
estar buscando a la auténtica Lauren?
―No hay chances ―afirmó rotundamente Lían.
―¿Cómo lo sabes?
―Si Lauren se hubiese ido, lo hubiese hecho con su amante. Su padre no
cuenta con dinero para darle y su último amante ayer se acercó a Tanner
House para hablar con ella.
―Así que con él estuvo cuando desapareció ―reflexionó Raphael.
Lían asintió a la par que sentía una fuerte punzada en el pecho al
recordar el beso entre Lauren y Christopher.
―Pero Christopher no tiene nada, prácticamente. Es el tercer hijo de
Lord Becher y su padre no está muy contento con sus excesos. Dudo que
tuviera lo suficiente para mantener los caprichos de Lauren. Puede que haya
decidido irse con otro amante más sustentable. Los dos sabemos que más de
medio Londres quisiera ser el protector de tu querida esposa.
El tono burlón de Raphael logró que Lían le dedicara una mirada gélida.
Él, sin inmutarse, le devolvió su más amplia sonrisa. Le gustaba provocar a
su amigo.
―Nadie duda de que es una puta, ¿verdad? ―vació el contenido del
vaso de un solo trago―. La mayoría de los hombres de sangre azul pasaron
por sus piernas…Debe ser muy buena en verdad…
La mirada de Lían se fijó en la de Raphael. Él leyó la intención de esa
mirada.
―¿Qué pretendes saber?
―¿Tú anduviste por allí?
Raphael lo miró serio. Era vizconde, aunque no usaba su título. Después
de la muerte de su familia se desentendió del tema. A diferencia de Lían, no
tenía familia que lo obligara a asumir responsabilidades. No usaba las
propiedades ni tierras heredadas. Fruto de sus negocios con Lían, había
comprado una pequeña casa en Londres y allí pasaba sus días, cuando no
estaba en Bradford acompañándolo. A pesar de que Lían le ofrecía quedarse
en Nord Hall, Raphael prefería quedarse en el pueblo, en una pensión. La
vida de familia no lo hacía sentir cómodo.
Raphael sentía la ira en la mirada de su amigo.
―No ―respondió finalmente, lo que hizo que Lían se relajara, aunque
no dio muestras en su actitud de ello―. Aunque debo decir que es porque
no lo intenté.
La sonrisa burlona de Raphael se expandió al ver cómo el rostro de Lían
se encendía en cólera.
―¡Eres un bastardo! ―exclamó, sabiendo que solo se lo dijo para
molestarlo.
Raphael rio.
―No más que tú, mi querido.
Esa respuesta logró que Lían curvara apenas sus labios. Si existía alguien
en el mundo en quien confiaba era Raphael. Pese a sus excesos era una
persona leal.
~12~

Esa noche la cena fue sumamente silenciosa. Lían estaba sumido en el


recuerdo de la charla que mantuvo esa tarde con Raphael. Lo que Lauren le
dijo días atrás sobre la toma en mano de los ingleses de las islas al sur de su
país, era cierto. Pero bien, como había manifestado su amigo ella podría
haber escuchado algo al respecto en alguna charla. Lían sabía que el padre
de Lauren estaba muy atento a la situación política y a todo lo referente al
ejército. Su hijo Will Parks, el hermano de Lauren, se alistó en el ejército al
cumplir los dieciocho años, pero una violenta fiebre lo imposibilitó para
continuar y murió pocas semanas después de contraer una grave
enfermedad. La muerte de su hijo fue lo que llevó a la ruina al marqués. Se
sumió en la bebida y en el juego, perdiendo así la mayor parte de su
riqueza.
La perdición del marqués resultó ser un golpe de suerte para Lían.
Representaba la posibilidad de tener de una vez por todas a Lauren. La
había deseado por años y ahora… seguía deseándola.
Tenía que encontrar la manera de llevarla a la cama. Tenía que contener
su cólera y continuar con el plan de conquistarla siendo romántico, tal como
ella le dijo noches atrás. Debía serenarse y hacer que ella deseara entregarse
a él y cuando llegase el momento le haría pagar todas y cada una de las
noches en que su deseo insatisfecho le hizo imposible conciliar el sueño.
Mía, por su parte, estaba concentrada en hallar la manera de acercarse a
Christopher. Ese joven le pareció bastante más sensato que Lían. Estaba
convencida de que, si le decía que continuaba sin recuperar la memoria,
lograría sacarle información, preguntándole sobre Tarah y sobre el anillo.
Ese tema le generaba una gran incertidumbre. ¿Qué tenía que ver ese anillo
con ella? “Lo del anillo no funcionó”, había dicho él. Por más que lo
intentara no podía encontrarle un significado a esas palabras.
La noche del baile, antes de su encuentro con el joven amante de Lauren,
la había disfrutado.
Sus pensamientos la llevaron a revivir ese momento mágico. La pista de
baile, todas esas damas coqueteando y disfrutando del cortejo de los
hombres. Las mujeres mayores, siguiendo con la mirada la actitud de sus
hijas para evitar que bailaran más de lo debido con un mismo caballero.
Mía sintió que estaba metida dentro de un cuento de princesas. Lían y su
abuela, Maxinne, la acompañaron todo el tiempo brindándole información
acerca de las personas que se acercaban a saludarla.
Al momento de sentarse a cenar, ella estaba sumamente ansiosa. Con
atención siguió los mismos movimientos de las mujeres que estaban en la
mesa junto a ella. Con delicadeza tomaba el mismo tenedor, la misma
cuchara. Cuando las damas presentes evitaban algún plato, Mía lo
lamentaba porque quería probar esa comida, sobre todo si veía que contaba
con más vegetales que carne, pero imitando a las mujeres, también lo
evitaba ya que no tenía mucha idea de cuál de todos los cubiertos era
necesario utilizar y no quería pasar vergüenza.
Había sido una gran noche. Lo único que la hizo sentir incómoda fueron
las miradas de la mayoría de los hombres. Fueran jóvenes o no, todo el
tiempo sintió que las miradas de ellos la devoraban con anhelo, como
suplicándole un encuentro fugaz a escondidas de su esposo.
Ahora se encontraban en la sala de estar, después de la silenciosa cena.
Lían leía un diario; Mía un libro que le prestó Tess.
―¿Puedo ser indiscreta?
Lían la miró por encima del diario.
―¿Qué quieres saber?
―¿Por qué… por qué a pesar de conocer la reputación de Lauren
decidió casarse con ella?
Los fríos ojos de Lían se clavaron en los de ella.
Mía pensó que no le iba a contestar. Si pensaba que era la verdadera
Lauren jamás le confiaría algo así.
―¿Por qué me casé… contigo? ―preguntó con los ojos entrecerrados.
Mía negó con un movimiento de cabeza, pero se contuvo de recordarle
por enésima vez que ella no era Lauren.
―La otra noche, en la fiesta, vi cómo todos los hombres me miraban,
cual si conocieran de mí hasta el más mínimo lunar… Todos esos hombres,
¿eran amantes de ella?
Lían hizo un repaso mental de la mayoría de los hombres que se
encontraban esa noche en la fiesta.
―Exceptuando dos o tres… sí ―respondió exagerando.
―¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede amar a una mujer así?
―¿Quién habló de amor? ―Fue la dura respuesta de Lían.
―Claro, es solo deseo ―su voz sonó desilusionada―. De todos
modos… no entiendo por qué esa obsesión. Por qué todos esos hombres la
desean. Christopher… hasta podría jurar que está enamorado.
―No entiendes…―reflexionó Lían en voz baja dejando el diario a un
lado.
―No… es decir… ¿será ella muy buena en la cama? Porque si no, no
me puedo explicar por qué esa atracción… Si Lauren es igual a mí
físicamente, es alguien común. No hay nada para generar… tanto―
reconoció cabizbaja.
Lían sorprendido la tomó del brazo y la llevó al corredor. Estaba furioso
como si lo que ella acababa de decir fuera una feroz ofensa a su virilidad.
La hizo pararse frente al espejo que estaba sobre una pequeña mesa
rectangular.
―Mírate ―ordenó.
―Ya me conozco.
―Pues me parece que no muy bien.
Tomó su mentón entre sus dedos y la obligó a que levantara el rostro
para mirarse en el espejo. Él se encontraba atrás de ella. Con la otra mano,
le desató la trenza haciendo que el pelo castaño cayera a lo largo de su
espalda.
Mía vio sus ojos iluminados por las lágrimas. Jamás se había visto linda.
No encontraba en sus rasgos nada que pudiera hacer que alguien la deseara
o la hiciera sentir especial. Sus ojos eran de un marrón común, su piel
apenas pincelada de un canela claro. Su pelo castaño totalmente lacio, sin
vida. Su boca demasiado grande. No. No existía nada que generara todo eso
que había visto en los ojos de esos hombres. A lo sumo despertaba un tierno
cariño, como el que Ema sentía por ella. Pero pasión… Amor... No.
―¿Cómo puedes decir que eres común? ―susurró Lían a su espalda.
Mirándola a través del espejo soltó su rostro y deslizó los nudillos por el
contorno de su mejilla, bajando por su cuello.
Mía podía sentir el calor que emanaba el cuerpo de Lían a pesar de estar
separados por varios centímetros.
―¡Dios! Eres la criatura más hermosa que he conocido.
Lían abrió la mano sobre la base de su garganta sintiendo como ella
tragaba saliva. Con la otra mano corrió su pelo a un lado dejando al
descubierto su cuello.
―Cómo puedes decir que no hay nada en ti que genere… tanto…
Lían la recorrió con la vista. Sentía como si fuera la primera vez que la
contemplaba.
―Tu boca…
―Muy grande.
Lían negó con la cabeza.
―Es perfecta. Tus labios…
―Muy gruesos.
―Exquisitos, ni finos, ni gruesos… tentadores…Tus ojos…
Mía levantó los hombros dando a entender que no tenían nada fuera de
lo común
―Son extremadamente dulces… como la miel… iluminados como si
miraras siempre todo con optimismo, con ilusión.
Los ojos de Mía se encontraron en el espejo con los de él. A ella le
costaba respirar. Las oscuras profundidades en el rostro de Lían la llevaban
a perderse. La invitaban a saltar al abismo. Mía quería… no, no quería caer
y descubrir sensaciones para las que no estaba preparada… ¿O sí quería?
―Tus hombros…
Prosiguió él con gran esfuerzo para apartar sus ojos de los de ella. Pudo
percibir el debate en la mirada de Lauren. Pero no quería equivocarse. Por
ahí era su deseo por ella lo que le hacía ver que Lauren también lo deseaba.
Lían llevó las manos a sus hombros y los sostuvo. Mía sentía el fuego
que se desprendía de sus manos.
―Muy marcados.
El negó con la cabeza con una pequeña sonrisa. Sabía que a todo ella le
encontraría algo para remarcar fallas.
Bajó por delante la mano derecha y envolvió un pecho por encima de la
tela del vestido.
―Tus pechos… ―dijo casi suspirando.
―Muy chicos ―Mía contuvo la respiración.
Lían miró en el espejo cómo calzaba a la perfección la redondez de aquel
pecho turgente bajo su mano.
―La medida justa, según puedo ver y… sentir.
Le susurró mirándola fijo a los ojos por medio del espejo. El rubor subió
pleno a las mejillas de Mía, no solo por las palabras de Lían sino porque era
la primera vez que permitía que un hombre la tocara de esa manera… y lo
que más la perturbaba, era que le agradaba la sensación de la mano de Lían
sobre su cuerpo.
Manteniendo la mano en su pecho, él bajó la izquierda hasta su cintura.
Mía comenzó a respirar profundo con movimientos lentos.
―Tu cintura…
―Muy recta ―logró decir con dificultad.
―No llevas corsé… ―le recordó Lían―. Cómo puedes decir que no
tienes forma. Es la cintura más diminuta que he visto.
Mía se encogió de hombros. Lían bajó las dos manos recorriendo el
costado de Mía hasta llegar a sus caderas.
―Tus caderas…
Susurró mientras apoyaba el mentón en el hombro izquierdo de Mía.
―Demasiado…anchas. ―Mía sonrió nerviosa.
―No conoces mucho de los gustos de los hombres… amamos las
caderas grandes, aunque no estén de moda.
El pulso de Mía comenzó a latir con fuerza. Sentía fuertes oleadas de
calor entre las piernas. Tenerlo tan cerca… ¡Mierda!
No. No era a ella a quien deseaba. Era a Lauren. Ella no era Lauren, pero
cómo quisiera ser ella. Ahora la odiaba más que nunca. No se merecía a un
hombre como Lían. No.
―Tu olor…
Siguió Lían mientras acariciaba el cuello de ella con la punta de la nariz
absorbiendo el delicado perfume de su piel. No pudo resistirse más y
comenzó a besar el cuello de Mía con movimientos lentos. ¡Cuánto la
deseaba! Deslizó las manos hasta su vientre y la trajo hacia su cuerpo. Mía
apoyó sus caderas sobre la pelvis de Lían y pudo sentir la fuerza de su
erección. Ese movimiento la hizo despertar de la ensoñación en que Lían la
había envuelto. No, no podía.
―¡No! ―Gritó al tiempo que se apartaba de él.
Se volvió hacia Lían y pudo ver el rostro desencajado de deseo. La ira en
sus ojos por no dejarlo continuar.
―Lo siento…―murmuró y salió corriendo hacia su habitación.
¡Común demonio! ¿Tanto desprecio podía sentir por él que no podía
aceptar que lo deseaba, tanto como él a ella?
Clavó la vista en el espejo y recordó sus ojos… “dulces, siempre
iluminados”. Jamás había visto eso en Lauren. Ella desprendía desdén,
seguridad, orgullo, pasión, pero la dulzura no formaba parte de su
naturaleza. Una “mirada risueña”, pensó.
Por primera vez se abrió ante él la posibilidad de que ella estuviera
diciendo la verdad. Esa mujer no era Lauren. Pero si no era su esposa no
podría tomarla, poseerla. Tenía que ser ella. No aceptaba otra posibilidad.
¡Maldito sea el momento en que Lauren Parks se metió en su destino!
¡Maldito el momento en que su negativa lo transformó a él en un perro
faldero!
Tenía que dejarla libre de una vez por todas. Pero, ¿por qué no podía?
Necesitaba un trago. Divertirse.
Ordenó que le prepararan a Furious y se dirigió a la residencia de Lord
Bramson, un viejo libertino que todas las noches organizaba reuniones de
juego para sus amigos. Raphael estaría allí, lo había invitado antes de irse y
él se había negado a acompañarlo. Pero ahora necesitaba olvidarse por un
rato de la perra de su esposa. Mañana vería qué hacer con ella.

Cuando Mía bajaba a desayunar se cruzó con Lían en las escaleras. Lo


vio despeinado, con los ojos inyectados en sangre, caminaba
tambaleándose. Era evidente que estaba borracho.
Al cruzarse, notó que la mirada de Lían estaba ida, pero pudo sentir que
la miraba con odio. Él gruñó algo que ella no pudo entender y siguió
tambaleándose hasta su habitación. Cuando pasó por su lado, Mía sintió el
fuerte olor a alcohol, cigarros y perfume. Un perfume que no era de él.
La noche anterior, a los pocos minutos de entrar con la respiración
agitada a su cuarto, escuchó el galope de un caballo que se alejaba. Después
de cómo Lían había quedado estaba segura de que se iría a buscar alguna
prostituta para apagar su acaloramiento. Pero comprobarlo esa mañana era
algo que no le hacía ninguna gracia.
No sé qué esperabas. Lo hacen en el siglo XXI. Con más razón en este.
Supongo que tienen menos capacidad para contenerse ahora.
No sé por qué pude pensar que en esta época existirían hombres
diferentes a los de mi época, suspiró con triste resignación.
No tenía ganas de sentarse sola en el comedor, junto a la mesa enorme,
así que siguió de largo hasta la cocina. Cuando los empleados la vieron
entrar empezaron a mirarse unos a otros. No era habitual que la señora de la
casa fuera a la cocina y aunque no era la primera vez que Mía lo hacía, para
todos ellos seguía siendo raro.
Marriet dejó enseguida la banqueta en la que estaba sentada pelando
unas patatas para preparar el almuerzo.
―Lady… ¿necesita algo? ¿Falta algo en la sala?
El nerviosismo en su voz era evidente. Mía sonrió para tranquilizarla.
―Oh… no. Está todo bien, Marriet. Es solo que… el conde no va a
desayunar hoy y no quiero hacerlo sola, pensé que si no tienen
inconveniente podría hacerlo aquí, con ustedes…
La mirada de Marriet fue a la de Eliot, el chico que se encargaba de
llevar y traer los cubos de agua a la cocina y a las habitaciones, siempre que
se requerían para bañarse. Eliot miró a Hunter cuyo rostro, como siempre,
era indescifrable. Jamás se podía saber qué estaba pensando o sintiendo. En
ese momento entró Agatha, que venía de la habitación de Mía, con un bulto
de sábanas para lavar.
―Lady, ¿sucede algo?
Mía se volvió hacia ella con una sonrisa.
―No. Solo vine a buscar compañía mientras desayuno.
Agatha, a diferencia de los otros empleados, se mostró menos
sorprendida por esa actitud. Asintió con la cabeza y le devolvió la sonrisa.
―Enseguida le serviré el té, lady. Llevaré esto a la habitación de
lavado…
―Deja, yo lo llevaré ―Se ofreció de inmediato Eliot tomando de las
manos de Agatha el bulto de telas.
―Siéntese, milady. Enseguida calentaré el té para usted ―se apresuró a
decir Marriet mientras se lavaba las manos.
Hunter se acercó y la ayudó a sentarse en una de las banquetas, Agatha
puso sobre la mesa un platito con una taza de fina porcelana y varias
bandejas con pan y budines. Mía se sintió mucho mejor, allí, acompañada, y
se dispuso a disfrutar de su desayuno.
~13~

Lían tampoco bajó para la hora del almuerzo, así que Mía pidió que le
hicieran unos pequeños emparedados para ir a comer a la glorieta. El día
estaba hermoso. El sol no estaba tan fuerte como en los días anteriores y
ella no tenía ganas de estar encerrada. No sabía qué hacer allí todo el
tiempo. Cuando estaba en Argentina, si bien su día era sumamente
monótono, estaba entretenida entre el trabajo, el profesorado y la compañía
de Emanuel. Aquí, en cambio, no tenía nada para hacer. Cada vez que
intentaba ayudar a Agatha o a Marriet con los quehaceres de la casa, ellas se
apresuraban a sacarle lo que fuera que hubiese agarrado: la escoba para
pasar en el piso de la cocina, el cucharón para revolver la olla que estaba en
el fuego, las sábanas para ayudar a estirarlas sobre la cama. Ni hablar de
ayudar a las muchachas con la colada. “Eso le arruinará las manos, lady”, le
dijo Tess cuando intentó hacerlo. Y tenía razón. Mía contempló las manos
de las mujeres, estaban secas y resquebrajadas. Parecían manos de ancianas
más que de jóvenes. Así que subió a su habitación y bajó con todos los
frascos de crema que Lauren tenía para regalárselos. Después trataría de
hablar con Lían para que, a partir de ese día, comprara cremas para las
doncellas. No podía ser que ellas no pudieran cuidar de su piel solo por no
pertenecer a la alta sociedad.
No tenía nada para hacer. Ni siquiera tenía a alguien sensato con quien
hablar de lo que le pasaba o sentía y Pepa, ya no le parecía muy
convincente con sus comentarios y acusaciones.
Se sentó sobre los escalones de la glorieta y desató la pequeña canasta
que Marriet le había preparado. Mientras daba un mordisco al emparedado
de verduras asadas, dio un vistazo al lugar. El bosque a su izquierda. De
pronto, una visión de ella perseguida por… Lían entre los árboles. Ambos
riendo. Ella ansiosa por ser alcanzada.
¿Qué fue eso? ¿Deseos?
―Cerrá el pico ―se retó en voz alta ante aquel pensamiento.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen.
―Yo veo muy bien y lo único que deseo es volver a casa…
¿A cuál casa?
―Eso fue un golpe muy bajo de tu parte.
Tenía razón esa voz molesta que siempre le decía lo que no quería oír.
No tenía casa adonde volver, solo un cuarto de tres por tres, oscuro y
húmedo de una vieja pensión en el barrio de La Boca y, después de tantos
días sin ir, dudaba que todavía doña Susana, se lo hubiese guardado. Seguro
ya lo habría alquilado a otra persona y todas sus pertenencias estarían en el
basurero.
Eso no importaba. De todos modos, ella tenía que volver. Tenía que
encontrar una manera de salir de allí. Si hubiese sabido montar podría robar
un caballo de los del establo e irse, aunque antes tendría que saber dónde
encontrar a Christopher. Estaba segura de que él podría aclararle muchas
cosas.
Volvió la vista hacia la derecha; un camino se extendía y se perdía a lo
largo de un amplio valle. Le habían dicho que por allí se llegaba a un lago.
Quizá al día siguiente podría ir y mojar los pies en sus aguas, mientras leía
algún libro. Visualizó el lugar: un lago cristalino, donde se podían ver las
rocas en el fondo del agua. Escuchaba unos pasos que movían el agua
acercándose a ella y unas manos fuertes le rodeaban la cintura. Ella se daba
vuelta para encontrarse con el rostro moreno y la hermosa sonrisa de Lían;
esa que no solía usar mucho pero que, cuando acudía a su rostro, robaba el
aliento.
―¡Mierda!
Se quejó de pronto cuando se dio cuenta de que nuevamente estaba
imaginando a Lían.
No quiero decir te lo dije, pero…
―¡Callate, Pepa! Por si no te diste cuenta, no me estás ayudando mucho
―comentó enojada.
¿Cómo podía ser que ese hombre arbitrario, terco y prepotente estuviese
ocupando su pensamiento de esa manera? ¿Cómo podían parecerle tan
lindos esos ojos negros y fríos como el mismísimo hielo? ¡Y esa sonrisa,
con la pequeña cicatriz en el labio superior, tan cálida! Necesitaba a su
amigo, necesitaba que la abrazara y la hiciera sentir segura.
―Lady Nordwhit.
La voz grave y agradable de Arthur, la sacó de sus pensamientos.
―Arthur…
―¿Qué le preocupa, lady?
Mía no se dio cuenta, pero, sumergida en sus pensamientos, mantenía el
ceño fruncido.
Sonrió cuando Arthur llevó el dedo índice hacia su propio entrecejo y lo
señaló.
―Solo estaba pensando… ¿Quiere uno?
Le acercó la canastita con los emparedados. Arthur dudaba entre aceptar
o no.
―Agarre uno y siéntese conmigo ―insistió Mía.
―Muy bien. Pero solo unos pocos minutos. Al conde no le agradaría...
Mía hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando algún
insecto.
―No se preocupe. Dudo que el conde se levante hasta mañana. Anoche
salió y volvió recién esta mañana.
El hombre, encargado de cuidar los caballos de la estancia y en especial
el pura sangre del conde, no dijo nada. Solo asintió. Sentado al lado de Mía
se mantuvo con la mirada baja. Sin duda todos en la casa estaban
acostumbrados a que Lían saliera de juerga todas las noches.
―Es un buen hombre el conde… ―dijo al fin.
―Tengo entendido que usted vivía con él en Tanner House.
El hombre cano asintió.
―Cuénteme como era de niño…
Arthur se pasó la mano por la nuca, meditando si debía acceder al pedido
de la condesa o no.
―¡Vamos!… prometo que no le diré nada.
Le sonrió y el hombre se vio hablando de Lían como por arte de magia.
Podía entender por qué el conde se encontraba a merced de la mujer que
tenía a su lado. Era capaz de convencer al mismo diablo para que se
volviera un ángel, pensó mientras contemplaba los ojos risueños de la joven
al escuchar las anécdotas que le contaba del pequeño Lían.
―Era muy atolondrado el muchacho. Tenía unos siete años cuando
trajeron a los establos una yegua muy brava. No dejaba prácticamente que
ninguno la montara. Pero ya desde pequeño el conde era terco y no
aceptaba un no como respuesta, menos de un animal ―sonrió recordando el
episodio―, así que una tarde, aprovechando que la yegua estaba pastando
justo debajo de un árbol, el muchacho no tuvo mejor idea que subirse al
árbol, despacio, evitando que el animal lo escuchara y se alejara del lugar
ante el más mínimo ruido. Cuando estuvo justo en una rama por encima de
ella, se arrojó sobre el lomo. La yegua se sobresaltó, como era de esperar.
Lían no había logrado sujetarse bien de las crinas y tras dar unos pocos
pasos con el animal embravecido fue despedido por los aires y cayó de
frente sobre un montón de rocas. Estuvo casi una semana con la boca
hinchada.
Mía rio. Le agradó la imagen del serio y terco Lían como un risueño y
decidido pequeño realizando una travesura.
―Por suerte el recuerdo de la hazaña es diminuto ―dijo ella y se señaló
el labio.
―Sí ―asintió Arthur―. Algunas cicatrices físicas son pequeñas, pero
hay otras que no.
La voz del hombre bajó varios tonos.
―Arthur… ―dijo Mía con lentitud, sabía que lo que le iba a preguntar
era un tema muy delicado y que quizás él no le quisiera responder―, ¿qué
pasó exactamente con la madre de Lían?
―No, lady…
El hombre negaba con la cabeza. No podía hablar de ese tema.
―Por favor… Necesito saber… él no la mató, ¿verdad?
―No.
Fue la rotunda respuesta de Arthur. No existía ni la más mínima duda.
No lo decía por miedo a perder el empleo. Lo decía con convicción.
―La madre del conde fue asesinada, pero no fue el conde quien la mató.
Sorprendida por la confesión Mía preguntó:
―¿Por qué le dijeron a Lían que ella había muerto por una sobredosis,
entonces?
―Tratamos de protegerlo. La relación entre ellos nunca fue buena. Lady
Íngrid no quería al pequeño. Ella veía en él a quien fue la causa de su caída
moral. Su ruina social. Todos la miraban como si fuera una paria, aunque lo
disimulaban si ella estaba presente. Con el tiempo se fue encerrando. Dejó
de ir a los eventos sociales. Culpaba al pobre chico de su desentierro de
Nord Hall.
―Pero… ¿qué culpa podría tener el pequeño del desliz de su madre?
Ella tenía que saber que…si tuvo relaciones con un hombre, eso podría
llegar a pasar.
Arthur sonrió con amargura por el comentario de Mía.
―Lady Ingrid… ―La respiración de Arthur se volvió turbia, le costaba
expresar lo que estaba a punto de confiarle y, si el conde se enteraba, se
enfadaría mucho con él.
―Lady Ingrid… ¿qué, Arthur?
Mía insistió ante el silencio del hombre.
―Lady Ingrid… nunca tuvo una aventura amorosa con nadie. ―Arthur
giró su rostro para enfrentar los ojos de Mía―. La concepción del conde no
fue producto de un desliz…
El hombre profundizó la expresión de sus ojos y la boca y ojos de Mía se
abrieron de par en par. Ahora entendía.

Cuando más tarde Mía regresó a la casa, se encontró con un carruaje que
esperaba en la puerta de entrada. Al pasar por el salón principal encontró a
Raphael apoyado sobre la pared tomando una copa. Dedujo que a él
pertenecía el carruaje. Se acercó.
―Buenas tardes…
Raphael se dio vuelta con una amplia sonrisa como era su costumbre.
―Milady… ¿cómo está, aparte de hermosa, como siempre?
Se acercó para saludarla besando sutilmente su mano.
―Muy bien, gracias ―respondió sonriendo―. ¿Usted está esperando al
conde? No creo que se haya levantado aún… ―dijo recordando el estado
en que lo había visto subir a su habitación esa misma mañana.
―Estoy esperándolo, en efecto. Pero no a que se levante, sino a que
finalice la reunión que mantiene en la biblioteca.
Mía giró para ver la puerta de la biblioteca cerrada.
―¿El carruaje que está afuera no es suyo?
―No.
―¿Con quién está reunido? ¿Y por qué no está usted con él, o no se trata
de negocios?
Raphael dio un trago a lo último de coñac que le quedaba en el vaso.
Mía reparó en que las pocas veces en que lo vio él siempre tenía una
copa de algo en la mano. Miró por la ventana. El sol aún estaba en lo más
alto. No era hora para un trago. Se preguntó qué lo llevaba a intoxicarse
desde tan temprano. ¿Qué dolor querría ahogar?
―Es una reunión de negocios, pero no es necesaria mi presencia…
―Dudó antes de seguir―. Lían se encuentra con la señora Morrinson.
Raphael contempló el rostro de Mía esperando una reacción. Ella se dio
cuenta de que la estaba analizando después de enterarse de las intenciones
que esa mujer tenía con Lían.
A mí poco me importa lo que él haga.
Mentira, te importa.
¡Basta! No es el momento…
Silenció a su voz interior y le sonrió a Raphael tratando de ocultar el
repentino temblor que le nacía en la boca del estómago.
―Bueno ―dijo con la voz lo más tranquila que pudo―, espero que todo
salga como el conde desea.
Raphael iba a responder justo cuando la puerta de la biblioteca se abrió.
Mía se dio la vuelta y vio salir a Rebecca Morrinson. Para su disgusto no
era como ella se la imaginaba. No era vieja, ni fea, ni gorda; no estaba
arrugada. La mujer que acompañaba a Lían con una amplia y seductora
sonrisa, era apenas unos años mayor que ella, de cabello rubio rojizo
brillante, mirada celeste cristalina, piel blanca con un delicado rubor en sus
mejillas. Tenía puesto un traje verde que remarcaba sus curvas y resaltaba
por encima del escote dos grandes dotes.
Era más que evidente que había ido para mostrarle a Lían algo de lo que
se perdía si no aceptaba sus condiciones para convencer a su marido de que
le vendiera la propiedad. Mía dudaba que Lían siguiera rechazando
acostarse con ella después de esa visita.
Quizá… ¡Eso debieron estar haciendo en la biblioteca!
La mirada de la exuberante rubia se posó en la de Mía sin perder la
sonrisa. La observó de arriba a abajo. Su expresión reflejaba desencanto por
la mujer que Lían tomó como esposa. ¿La consideraba poco para él? Mía
sintió el deseo de estrangularla y… de ser más linda.
―Señora Morrinson, mi esposa, Lauren Tanner, la condesa de Nordwhit.
Mía trató de serenarse, después de todo ella no tenía por qué
comportarse de esa forma. Lían no era de ella. Hizo una pequeña
reverencia.
―Un placer ―mintió simulando una sonrisa.
Rebecca asintió y volvió su atención a Lían, ignorándola por completo.
La sangre a Mía le quemaba por dentro, pero con mucho esfuerzo se
contuvo por la falta de respeto que le demostró la rubia. En el fondo
comprendía el motivo de su desdén.
Claro, qué respeto me puede tener si sabe que ‘mi marido’ me mete los
cuernos.
Vio como Lían la acompañaba hasta el carruaje mientras seguían
hablando de una cena y que no podía faltar porque su marido lo vería como
una ofensa.
Cuando estuvieron lo bastante lejos, Mía se volvió a Raphael que esta
vez no sonreía.
―¿No se supone que una mujer, cuando visita la casa de un hombre,
tiene que ir acompañada para no despertar habladurías?
―Sí, pero… Lían es un hombre casado y su mujer se encontraba en la
casa en el momento de la reunión. De todos modos, la señora Morrinson
trajo un acompañante…
―¿Y dónde está?
―Esperándola en el carruaje, por supuesto.
Claro, la gran señora Morrinson debía ser una zorra experta. No era la
primera vez que intentaba ponerle los cuernos a su esposo y para disimular
sus salidas, siempre debía salir acompañada con alguna doncella que, para
asegurarse su empleo, mantenía silencio sobre las infidelidades de la mujer.
“Las épocas cambian, pero las personas y sus trampas no”, recordó.
Lían volvió a la sala tomándose las sienes con las manos. La cabeza
estaba a punto de estallarle. Ya había tomado varios polvos analgésicos
disueltos en agua, pero el dolor no se le iba del todo. El abuso de alcohol de
la noche anterior le estaba pasando factura. Hacía tiempo que no amanecía
jugando y tomando. En las reuniones privadas de Lord Bramson siempre
había mujeres para satisfacer los instintos primitivos de los hombres, pero
Lían no recurrió a ninguna de ellas. Se paseaban delante de él ligeras de
ropa, lo rozaban, incluso hubo algunas que pasaron su mano por los
genitales para provocarlo, pero ninguna generó en él más que asco. Se
preguntó cómo en alguna época él pudo haber recurrido a esa clase de
mujeres. Pensó en Emilie y agradeció que ella ya no estuviera ejerciendo la
prostitución, o hubiese acabado perdida igual que las mujeres que rondaban
esas fiestas privadas.
Lían se encontró con la sonrisa de su amigo y el rostro serio de Mía.
―¿Cómo fue la reunión? Espero que satisfactoria.
Mía no logró evitar el tono sarcástico en su voz. Raphael contuvo la risa.
Notó los celos que ella intentaba ocultar y que Lían no logró reconocer.
―Ve a prepararte, porque esta noche salimos ―le dedicó una mirada
poco amistosa a Mía, ignorando su pregunta, al tiempo que llamaba a
Hunter y le pedía que prepara un carruaje.
―¡Yo no iré a ningún lado! ―replicó Mía.
La mirada glacial de Lían se posó en ella. Pudo sentir cómo el frío le
recorría toda la espalda. Hoy Lían no se encontraba en uno de sus buenos
días, aunque… ¿cuándo Lían estuvo en un buen día?, pensó.
―Yo te esperaré afuera.
Raphael saludó a Mía con una leve reverencia y se acercó a Lían para
susurrarle al oído:
―Tranquilo. Recuerda lo que hablamos anoche.
Salió. Lían tomó aire.
―No quiero discutir hoy.
―Pues no discutamos entonces.
―Perfecto, prepárate para la cena de esta noche. En cuanto vuelva…
―No voy a ir a ninguna cena ―interrumpió abruptamente.
Lían trató de mantenerse sereno.
―¿Puedo saber por qué? La noche del baile no hubo ningún
inconveniente ―dijo creyendo que no quería ir porque se sentiría incómoda
no recordando los rostros ni datos de las personas que se encontrarían allí ni
el protocolo a la hora de la cena―. Esta reunión es de negocios, no
conocerás a nadie y está bien que así sea…
Entonces Mía entendió. Iría a una reunión en la casa de Rebecca
Morrinson. La muy astuta había ido a invitarlo personalmente para arreglar
el encuentro en su propia casa, estando su marido presente.
Claro, así nadie podría sospechar. La sangre a Mía se le incendió de la
ira.
―¿Si es de negocios por qué tengo que ir yo? Aquí las mujeres no tienen
importancia en esas reuniones.
―Todos asistirán con sus esposas. Después de la cena, los hombres
iremos a beber y hablar de los temas que nos competen y las mujeres se
reunirán a cotillear, como es su costumbre.
Y vos tendrás tu propia reunión privada con la señora Morrinson. Sí.
Claro.
―¿Puedo contar contigo esta noche?… ―La voz de Lían era calmada―
Por favor…
¡Listo! Era lo que necesitaba para convencerla.
¿Desde cuándo Lían pedía algo por favor en lugar de ordenarlo y
enfurecerse hasta obligar a que se cumpla? ¿Qué le murmuró Raphael antes
de irse para que él bajara el tono de su disgusto?
Mía respiró resignada.
―Está bien ―respondió de mala gana―. Pero si en la charla con esas
mujeres te dejo como un pobre conde que se casó con una loca no es mi
culpa.
Lían sonrió con esa sonrisa de lado que reflejaba ternura y hacía que el
corazón de Mía perdiera el ritmo por unos segundos.
―Podré lidiar con eso.
Se acercó a ella. Pasó su mano por la cintura y llevó los labios a su
frente.
Mía no podía moverse. Sentía su pulso acelerarse por la simple presión
de su boca en la piel.
―Gracias ―susurró y se fue dejándola desconcertada, apenas con la
fuerza suficiente para mantenerse en pie.
Estás en el horno, nena.
Callate, por favor.
La estaba manipulando y lo sabía, pero… ¿cómo resistirse cuando se
mostraba tan sereno, tan sensato?
―Es muy bueno para los negocios ―murmuró yendo hacia su
habitación, molesta por no presentarle más batalla.
~14~

Desde que el carruaje se puso en movimiento, ninguno de los dos había


emitido sonido alguno. Pese al tono de tranquilidad empleado por Lían para
terminar la charla con Mía, no estaba nada calmo y Raphael lo conocía lo
suficiente como para darse cuenta de ello.
Abrió la pequeña puerta situada sobre el asiento adonde estaba Lían, y
sacó un vaso y una pequeña botella de Brandy.
―¡Aquí estas! ―dijo sonriéndole a la botella mientras vertía el
líquido en el vaso.
―¿Cómo puedes seguir tomando después de lo que ya has tomado
anoche? ―preguntó Lían.
Raphael se encogió de hombros.
―Me recompongo rápido ―se excusó.
―Pásame la formula.
Lían sostenía la cabeza entre las manos. Aún persistía el dolor.
―¿Ya sabes cómo encarar el tema con el marqués? ―preguntó Raphael
llevando el vaso con el brandy a su boca.
Lían negó con un gesto.
Se dirigían a la casa del marqués de Crowle, el padre de Lauren.
Planeaban averiguar si él tenía alguna idea de dónde se encontraba su hija.
Si la Lauren que él mantenía viviendo en su casa no era la auténtica, el
viejo marqués debía estar al tanto del paradero de la verdadera Lauren. Si
bien no existía una relación tan cercana entre padre e hija, el marqués la
quería y no perdería contacto con ella, pese a estar casada.
Él conocía de sus aventuras con hombres y no se lo prohibía, siempre y
cuando fuera lo bastante discreta y astuta como para no quedar embarazada,
sobre todo si el progenitor no era un noble. Reconocía que Lauren había
heredado su sangre caliente en las cuestiones del amor. Por ese motivo, le
otorgó la libertad de disfrutar del sexo con la condición de que frenara sus
impulsos cuando contrajera matrimonio.
La idea del anciano siempre fue casar a su hija con un noble. Lían no se
encontraba entre los que él tenía en mente; era de público conocimiento que
era un bastardo y su sangre azul no era pura. Pero debido a la urgencia de
las necesidades económicas se vio obligado a entregar a su hija al reciente
conde de Nordwhit. La cantidad de dinero que él había ofrecido por el
matrimonio con Lauren jamás podría ser igualada por ningún otro. Aunque
Lauren no tenía la idea de casarse. Nunca. Y eso, el marqués no lo sabía.
Los planes de Lauren eran que, llegado el momento, se convertiría en la
más hermosa y solicitada cortesana de toda Inglaterra. Su cuerpo había
nacido para el placer.
Llegaron al castillo. Al entrar los condujeron por un pasillo hasta la
biblioteca personal del marqués ubicada en el segundo piso. El ambiente era
amplio y luminoso debido a un gran ventanal que abarcaba más de la mitad
de la pared. Tras el enorme escritorio de caoba estaba el suegro de Lían.
El hombre era de contextura delgada, tenía el pelo corto del mismo color
castaño que Lauren y ojos diminutos de color gris.
Lían lo vio más avejentado que la última vez. Parecía que no había
perdido el tiempo para despilfarrar el dinero que él le había dado a cambio
de su hija. Sintió pena por Lauren.
El marqués les hizo señas para que se sentaran en las sillas que se
encontraban delante del escritorio.
―Caballeros…
―Lord Crowle.
Ambos asintieron antes de tomar asiento.
―¿Qué los trae por aquí? ¿Mi hija se encuentra bien?
Lían cruzó miradas con Raphael. Se tomó su tiempo antes de
responderle.
―Digamos que aún se encuentra algo… perdida.
Remarcó sutilmente la última palabra intentando analizar el semblante
del marqués, tratando de ver una mínima señal que indicara que sabía que la
mujer que él tenía viviendo en su casa no era su hija. El hombre solo atinó a
mirarlo con seriedad.
―Ah, ya entiendo. Todavía no está recuperada del inconveniente que
tuvo en la noche de bodas.
―Así es, milord ―asintió Lían.
― ¿No recuerda aún qué le pasó?
―Aún no. No podemos descubrir qué fue lo que la hizo desaparecer en
medio de la celebración.
El rostro del marqués se volvió serio.
―La verdad, es muy extraño. No me queda otra que pensar que mi hija
esa noche se pasó de copas y perdió totalmente el conocimiento.
Los ojos de Lían se entrecerraron. ¿En verdad el marqués no sabía nada
o solo estaba disimulando? No se lo notaba nervioso, ni percibía nada
extraño en las palabras que pronunciaba. Se lo veía preocupado por el
misterio que envolvía a su hija en la noche de la unión entre ellos.
―De todos modos ―prosiguió antes de que Lían pudiera comentar algo
sobre el supuesto exceso de alcohol en su hija―, que ella todavía esté un
poco aturdida no es motivo necesario para que le niegue vestidos y prendas
de calidad. Sobre todo, teniendo en cuenta que usted se dedica a lo textil.
No es eso lo que hemos acordado, lord Nordwhit.
―Me temo que no sé a qué se refiere, milord…
Lían le dirigió una mirada recelosa.
―¡Vamos hombre! Sé muy bien que no ha querido aumentar el vestuario
de mi hija, por lo que se vio obligada a venir a buscar los vestidos que se ha
dejado aquí.
Lían enderezó la espalda; Raphael se inclinó en su asiento.
―¿Ella estuvo por aquí?
―No… Envió a Tarah a recoger sus pertenencias.
―¿Tarah?
―Sí. Tarah Travis, La mujer que la crio desde que su madre, lady
Crowle, falleció. A mí nunca me gustó, pero ambas están muy apegadas, así
que le permití que permaneciera a su lado. Pensé que esa relación
terminaría cuando Lauren se casara, pero ya veo que no.
Le dirigió a Lían una mirada de desaprobación. Lord Crowle esperaba
que Lían fuese más estricto con su hija de lo que él mismo había sido.
―¿Cuándo fue eso, milord?
El hombre entrecerró los ojos tratando de hacer memoria.
―Hará unos tres o cuatro días, si mal no recuerdo…―El marqués
levantó una ceja a modo de enojo y agregó―: Debo recordarle que, en
nuestro acuerdo, usted me aseguró que trataría a mi hija como a una reina.
Que nada le faltaría… pero negarle unos míseros vestidos, con el dinero que
usted cuenta…
Lían negó con la cabeza.
―Lo siento, milord. Para ser sincero, Lauren no me ha dicho nada con
respecto a la falta de vestuario. Me ocuparé de ello. La llevaré, lo antes
posible, a la más exclusiva modista de Londres.
El marqués asintió satisfecho.
―Eso espero. No quiero arrepentirme de la decisión que tomé en
nombre de mi hija. Una mujer como ella debe contar con finas ropas para
las reuniones sociales…
―No se arrepentirá ―le aseguró―. Su hija se sentirá a partir de ahora
como una reina.
Raphael desvió la conversación hacia temas más triviales y varios
minutos después dieron por terminada la visita al marqués. Antes de cruzar
el umbral lord Crowle lo llamó.
―Sí, milord.
―No me ha dicho, después de todo, a qué ha venido hasta aquí. Dudo
que sea para hablar del clima…
Las espesas cejas castañas de lord Crowle se juntaron. Lían desvió su
mirada a Raphael antes de volverla al marqués.
―Por supuesto ―sonrió―, solo andábamos por aquí y se me ocurrió
que podía invitarlo a que pase una noche por Jeffrey`s Club.
El lord sonrió con satisfacción. Lían tocó una de sus mayores
debilidades.
―¡Vaya! ―exclamó―. Me complace la invitación. Le aseguro que
pronto iré a conocer ese club. He recibido buenos comentarios sobre el
lugar.
―Le agradará, estoy seguro. Dejaré dicho que le den un trato especial
por tratarse de mi suegro. Con su permiso.
Dejando al marqués de Crowle más que satisfecho con la invitación a la
casa de juego que Lían tenía en Londres, emprendieron el camino de
regreso. Había que prepararse para la tortuosa reunión de negocios en lo de
los Morrinson.
Lían miró a Raphael y él no necesitó más para saber en lo que su amigo
estaba pensando.
―Lo sé… necesitamos saber dónde encontrar a Tarah Travis.
Lían asintió.
―Y averiguar qué hizo Lauren hace tres o cuatro días atrás. Yo me
encontraba en Leeds.
Lían suponía que Lauren pudo haberse encontrado con esa mujer y
acordar que fuera a retirar sus vestidos.
―Suena ilógico que haya mandado a buscar sus caros vestidos cuando
ayer mismo no quería que le compraras ninguno y más teniendo en cuenta
que, cuando la convencí ―dijo satisfecho por su logro―, se inclinó por
elegir vestidos sencillos, más propios para una criada que para una reina.
―Sí ―reconoció Lían―. Aunque podría ser una estrategia: teniendo sus
vestidos caros, no necesitaría más.
―Imposible. Para una mujer nunca son suficientes los vestidos y más
para una mujer como Lauren… El tema es averiguar por qué Lauren niega
ser Lauren. ¿Qué gana con eso? Si la dulce y simpática muchacha que está
en estos momentos en tu hogar, es Lauren… ―clavó la mirada en la de su
amigo― ¿Por qué aún no se fugó con alguno de sus amantes? No está
controlada todo el día. Tiene caballos y carruajes a su disposición… ¿qué la
retiene?
―Por allí descubrió que esta locamente enamorada de mí… ―respondió
Lían con sarcasmo apoyando la espalda en el mullido asiento.
Raphael rio.
―No sé si enamorada, pero celosa… sí.
Lían se mostró incrédulo.
―Lauren puede estar cualquier cosa. Incluso loca, pero celosa…
Negó con la cabeza.
―Tendrías que haberla visto hoy, cuando te vio salir de la biblioteca con
la bella Rebecca Morrinson. Tal vez creyó que era una vieja gorda y
arrugada cuando supo que te negabas a acostarte con ella.
Lían sopesó la idea. Lauren celosa. Imposible. Ella estaría molesta
porque le pagaba con la misma moneda. Que un hombre desee a otra mujer
en lugar de elegirla a ella, eso le molestaba.
―¿Esta noche piensas arreglar todo con ella?
La pregunta de Raphael sacó a Lían de sus pensamientos.
―Sí. Tú asegúrate de contar con la residencia de Allerton despejada para
la velada.
Raphael sonrió pícaramente.
―Eso dalo por hecho.
~15~

Tratando de encontrar una habitación en la que pudiera estar un


momento sola, alejada de esas sofisticadas mujeres y sus banales temas de
conversación, Mía se metió en un amplio salón rodeado de cortinas
elegantes. Contaba en el centro con una mesa rectangular y unas ocho sillas
rodeándola. Permaneció allí intentando mantener la mente en blanco hasta
que sintió que se había ausentado demasiado tiempo y era el momento de
regresar. Estaba por salir cuando observó que una de las puertas, en
diagonal a esa habitación, se abría. Vio salir a Rebecca Morrinson, con una
amplia sonrisa, arreglándose la parte delantera del vestido. Tras ella salió
Lían.
Los puños de Mía se cerraron a ambos lados de su cuerpo. El muy
desgraciado estuvo revolcándose con esa mujer mientras ella hacía de
devota esposa junto a aquellas mujeres insufribles. Quería correr hasta él y
darle vuelta el rostro de un sopapo. Se sentía traicionada, pero… ¿por qué?
Al fin y al cabo, ellos no eran nada y él creía que ella era Lauren, la puta.
Le estaba pagando con la misma moneda. No tenía derecho a juzgarlo.
Intentó tranquilizarse. Tenía que irse de ahí. No quería enfrentarse a él.
No podría contenerse sabiendo lo que acababa de hacer.
Lían se quedó en la puerta de la habitación esperando a que Rebecca se
alejara. Claro, no era conveniente que los vieran juntos. ¡Desgraciado!,
pensó Mía.
Cuando él se fue, minutos después, en la misma dirección que la bella
anfitriona, Mía salió de la habitación y se dirigió al lado opuesto. Estaba a
punto de apoyar la mano en el pomo de la puerta de salida, cuando escuchó
su voz.
―Lauren…
¡Mierda! La había visto y ella no se había dado cuenta ansiosa por querer
salir de allí lo antes posible.
―¿Qué haces aquí, Lauren?
Mía se volvió.
―Salía justo a encontrarme con un amante… o ¿creías que solo tú tenías
ese derecho hoy?
Quiso evitarlo. Lo intentó. Intentó serenarse antes de hablar y no
provocarlo, pero ese horrible sentimiento que se apoderó de ella cuando lo
vio salir de esa habitación con Rebecca, y que logró apaciguar segundos
antes, volvió en el preciso momento en que escuchó su voz. No pudo evitar
decir lo que dijo. Ni siquiera se dio cuenta de que lo había tuteado.
Lían se mantuvo impasible. Dedujo que lo había visto salir de la
habitación con la señora Morrinson y recordando lo que Raphael le dijo esa
tarde, intentó analizar el tono de su voz. ¿Cabía la posibilidad de que
estuviera celosa? Muchos podrían decir que Rebecca era, a la vista, más
atractiva que ella. No, no eran celos. Solo estaba herida en su vanidad.
Al final, no eran tan diferentes ellos dos. Él solo la deseaba por haberlo
herido en su orgullo al rechazarlo tiempo atrás. Ella ahora quería castigarlo
solo porque recurría a otras mujeres en lugar de arrodillarse y rogarle que le
concediera sus favores.
De todos modos, no supo por qué, sintió que debía explicarle qué fue lo
sucedido dentro de ese cuarto entre Rebecca y él.
―Lo que acabas de ver…―Intentó explicarle.
―Sé muy bien lo que acabo de ver ―interrumpió ella― y la verdad es
que no entiendo cómo no te da vergüenza acostarte con esa… ―Estaba tan
indignada que no podía encontrar la palabra adecuada para describirla ―…
en la misma casa, en el mismo momento en que su marido está aquí
presente… ¡Estando tu esposa presente!
―Ahora eres mi esposa ―repuso él fríamente.
―No, pero para ti sí lo soy, ¿no es así?
―En los papeles puede ser… y es una hermosa demostración de
principios cuando tú, mi querida esposa, te has acostado con la mitad de los
hombres casados de Londres…
―¡Maldita sea! ¡No soy la zorra de Lauren!
Mía estaba enfurecida. No solo no era Lauren, sino que tampoco tenía
derecho a estar enojada con Lían por sentirse atraído por esa mujer,
realmente era muy hermosa y no había entre ellos nada como para que ella
actuara de esa manera.
―Y ahora no lo eres. Hace un momento eras mi esposa, ahora no…
Como siempre todo es según tu conveniencia.
―¡Sí! ―estalló fastidiosa.
―Ven, volvamos.
Lían la tomó del brazo, pero Mía se zafó.
―No.
―No vas a ir a ningún lado… y la reunión todavía no ha terminado.
―Lo sé. Es solo que no quiero volver allí contigo… no quiero que
piensen, al vernos juntos, que nos escapamos para hacer lo que tú hiciste
con otra…
La sonrisa en el rostro de Lían afloró con una mueca de cinismo.
―Sería algo muy sensato, después de todo somos jóvenes y estamos
recién casados, cariño…
―No del todo… ―Mía levantó la vista hacia a él.
―¿A qué te refieres?
Se mantuvo en silencio. Sabía que lo que estaba por decir no estaba bien,
que sería un golpe bajo, pero realmente estaba demasiado molesta por el
comportamiento de él.
―Por lo que he escuchado hoy, todo el mundo sabe que no estaba muy
feliz de casarme. No sería creíble que me escabullera contigo para pasar un
momento de placer, sino que sería más digno de mí que hubiese
desaparecido, a tal fin, con alguno de los otros caballeros aquí presentes,
¿no es verdad?... Ese tal Smith, no está mal. Tiene unos lindos ojos verdes.
El rostro de Lían se transformó en una roca. Su mirada se volvió más fría
que de costumbre. El desprecio que Lauren sentía por él era de público
conocimiento. Rebecca se lo recordó hacía unos minutos en esa fugaz
reunión que tuvieron: “No tienes el rostro de un hombre complacido en la
cama, yo podría solucionar ese pequeño inconveniente”, le dijo en un tono
bastante meloso.
¿Qué haría con Lauren? ¡Maldición! No deseaba a ninguna otra y la muy
arpía sabía cómo alterar todo su autocontrol con solo unas pocas palabras.
Mía pudo percibir el esfuerzo que él hacía para no estrangularla. Bajó la
vista a las manos de Lían, estaban cerradas, en puño, y tenía los nudillos
blancos. Había sentido su mano alrededor de su cuello la noche anterior,
sabía que sin demasiado esfuerzo podría arrancarle la vida. No lo creía
capaz, pero… recordó las palabras de Christopher la noche del baile. Un
escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio que la mano derecha de Lían se
abría y comenzaba a moverse. Cerró los ojos y por reflejo llevó las manos a
su rostro para cubrirlo de un golpe que jamás llegó. Pasados unos segundos
abrió los ojos y vio que Lían la miraba con asombro.
¡Ella creía que iba a golpearla! Lían no lo podía creer. Él sería capaz de
cualquier cosa, pero jamás golpearía a una mujer. Que ella lo creyera capaz
de semejante acto lo descolocó.
Respiró hondo antes de hablar.
―No te demores demasiado.
Ella asintió rápido con la cabeza y esperó a que él se fuera.
Lían no llegó a doblar por el pasillo que llevaba a la biblioteca, donde
estaban reunidos los hombres, cuando escuchó una puerta que se cerraba.
Se volvió sobre sus pasos y comprobó que Lauren no estaba donde la dejó.
Lanzó una maldición y en un par de zancadas, se encontró abriendo la
puerta de entrada a la residencia de los Morrinson.

Mía volvió la mirada sobre su hombro para ver si Lían la había


escuchado salir y allí estaba, abriendo justo la puerta de entrada y viéndola
alejarse. No sabía a dónde iría. Solo sabía que necesitaba alejarse de él.
Necesitaba aire. Pensar una forma de volver a su vida habitual. ¿¡Por qué
demonios le pasaba eso a ella!?
Cuando uno desea mucho algo se termina cumpliendo.
No recordaba haber deseado dejar su país, su época. Solo había deseado
encontrar un amor verdadero, más allá del tiempo. Sincero. Y este no lo era.
¿Por qué todo le salía al revés?
Perdida en sus pensamientos, volvió la vista al frente intentando analizar
bien para qué lado de las oscuras calles del pueblo podría seguir y
esconderse, pero fue detenida por un cuerpo firme.
En la desesperación por mantener la distancia con Lían, que comenzó a
seguirla, se llevó por delante a alguien.
Intentó recobrar el equilibrio y pedirle disculpas.
Cuando levantó la vista, vio que la persona que la sujetaba era alguien…
conocido.
~16~

―Christopher… ―murmuró.
El joven rubio sonrió.
―¿En apuros, milady?
Mía se volvió para mirar a Lían, quien se detuvo a unos pocos metros al
ver con quién acababa de chocarse. Recordando lo dicho por ella cuando lo
vio salir junto con Rebecca de la habitación, era evidente que pensaría que
ese encuentro estaba programado. Lamentó en ese momento sus palabras,
pero no tenía tiempo para arrepentirse de nada ni para pensar en el orgullo
herido de Lían.
―Así parece. Sácame de aquí ―le pidió a Christopher.
―Será un placer ―sus blancos dientes se iluminaron en la noche―.
Ven… mi carruaje está aquí a la vuelta.
Mía tomó la mano de Christopher y con la mano libre se sujetó el vestido
para poder correr con más libertad. Maldecía no poder usar sus jeans, serían
mucho más prácticos en esa situación.
Escuchó que Lían la llamaba, pero lo ignoró. No podía desaprovechar la
oportunidad que se le presentaba. Llegaron a la esquina, donde esperaba un
carruaje de alquiler. Christopher la ayudó a subir y le indicó al conductor
una dirección que ella no logró escuchar. El carruaje comenzó a andar. Ya
no escuchaba a Lían llamándola. Ni siquiera se paró a mirar, al momento de
subir, si él aún la seguía. Seguramente no, pensó con algo de aflicción.
La mano de Christopher en su mejilla la sacó de sus pensamientos.
Estaba sentado a su lado. La miraba con anhelo, como si hubiese deseado
estar con ella a solas hacía demasiado tiempo.
―Cariño ―susurró con ternura antes de besarla.
Su beso era dulce, pero Mía estaba muy nerviosa para poder disfrutarlo,
si es que, en una situación normal, disfrutaría de un beso así.
―¿Qué hacías afuera de la casa de los Morrinson? ―preguntó tratando
de impedir que él volviera a besarla.
―Escuché rumores, que Lían estaría ahí esta noche. Tuve la leve
esperanza de que tú también estuvieras. Necesitaba verte…―Suspiró y
volvió a besarla. ― ¡Oh! Necesitaba tanto esto.
La boca del joven recorría todo el rostro de Mía. Ella no sabía cómo
hacer para frenarlo. Necesitaba que creyera que era Lauren para poder
sacarle algún tipo de información. No podía rechazarlo.
―Christopher, espera un momento, por favor...
―No puedo, querida. Te he echado de menos estos días. Necesito
sentirte.
Tomó la mano que ella tenía en su pecho intentando poner distancia
entre ellos y la llevó a su entrepierna. Mía pudo sentir la erección que el
joven tenía ¡Mierda! Debía hacer algo. No quería acostarse con él y sentía
que él no tendría el control que Lían mostró con ella hasta ese momento.
―¿Lo sientes?... ¿Sientes cómo me pones?
Mía sonrió intranquila.
―Sí, sí lo siento… y es muy halagador, pero…
―Dime que tú también tienes las mismas ganas.
Jodete, vos solita te metiste en la boca del lobo.
¡Por Dios, no es momento!
―Sí, tengo muchas ganas ―mintió―, pero antes necesito…
La boca de Christopher bajó por su cuello. La sensación era agradable,
pero… no tenía punto de comparación con la boca de Lían. No. No era
momento para pensar en eso.
Se concentró en pensar lo que quería decirle. Ejerció fuerza con sus
brazos y logró separarse un poco de él.
―Por favor, Christopher… Todavía no me he recuperado…
―¿Qué quieres decir?…
En ambos la respiración estaba alterada, aunque por diferentes motivos.
Christopher estaba excitado y Mía, nerviosa. No sabía si podría controlar el
vigoroso temperamento del joven. Conociendo los antecedentes de Lauren
entendía por qué lo había elegido como amante.
―Aún no recuerdo muchas cosas… pero de ti sí, querido.
Se apuró a aclarar cuando vio los ojos de desilusión de Christopher. Esa
confesión lo hizo sentirse mejor y, nuevamente, se le tiró encima besándole
el cuello.
―Esta noche lo recordarás todo de mí ―dijo mientras sus manos
impacientes deambulaban sin ningún tipo de reparo por el cuerpo de Mía.
Entendió que la llevaría al lugar donde solía encontrarse con Lauren para
mantener sus encuentros amorosos. Él intentaba recuperar el tiempo que
estuvo lejos de su amante. Mía necesitaba, con urgencia, ponerle un freno.
―Espera, querido ―trató de sonar lo más melosa que la situación le
permitió―. Al igual que tú, estoy ansiosa por disfrutar de tus… cualidades.
La mano coqueta de Mía bajó desde el cuello de Christopher hasta su
entrepierna. Sintió el miembro del muchacho latir, aunque rápidamente sacó
la mano deseando que él no notara su vergüenza. Jamás hasta esa noche
había tocado de esa forma tan descarada el bulto de un hombre. Sintió cómo
el calor acudía a sus mejillas.
Ese efímero toque despertó, aún más, el acaloramiento de Christopher.
―Cariño, no sabes las cosas que quiero hacerte.
Su boca envolvió la de Mía al tiempo que una mano tomaba el pecho y
se lo apretujaba.
Cariño, vas a tener urgente que buscar cómo frenarlo, sino te va a violar
dentro del carruaje y no creo que sea muy cómodo.
―Espera, Christopher, por favor, necesito…
―Yo sé lo que necesitas y te aseguro que no intento negártelo más
tiempo…
Vio con horror como las manos de él iban a su pantalón y comenzaba a
desabrochárselo.
La desesperación la invadió. ¡Mierda! ¿Cómo haría para calmarlo?
Y el muy bastardo de Lían que no iba en su búsqueda. ¿No era que
siempre el héroe rescataba a la doncella en apuros? ¡Malditas historias
inventadas!
Mía puso sus manos sobre las de él impidiéndole continuar con su tarea.
―Un momento… No quiero que nuestro reencuentro sea aquí… quiero
disfrutarte al completo.
Los ojos azules de Christopher se detuvieron en el rostro de Mía y
bajaron lentamente a las manos que sujetaban un botón en su entrepierna.
Mía ansiaba que esa mentira diera el resultado esperado y pusiera un
poco de paños fríos sobre su acalorado compañero.
―Lo siento ―se excusó algo avergonzado―, lo siento… es que…
¡Dios, te he extrañado tanto!
Se abrochó el pantalón, se sentó al lado de Mía y tomó sus manos.
―Pronto llegaremos y te haré el amor como te mereces ―prometió.
El estómago de Mía daba vueltas.
¿Cómo fue que terminé en una situación así?
Extrañaba su monótona vida: el profesorado, la rutina de sus horas en la
oficina, la sonrisa de Ema, los desplantes de Víctor. Si volvía, jamás
volvería a rechazarlo. Aunque eso fuera lo único que lograra obtener de él.
Quería estar en su vida otra vez. Lejos de la tentación de Lían. Lejos de las
manos largas de Christopher que, otra vez, estaban sobre sus pechos.
―Christopher... espera… ―Intentó, en vano, sacarle las manos de
encima suyo. ―Necesito que me ayudes a recordar más cosas.
―Lo que quieras, cariño.
Su voz fue amortiguada por el cuello de Mía. Se lo estaba besando y era
realmente incómodo que pudiera pensar así. De todos modos, hizo el
esfuerzo para enfocarse en lo que le importaba.
―Chris… la noche pasada, nombraste a una tal Tarah… ¿quién es esa
mujer?
―Es la mujer que te crio desde que tu madre murió, cariño… Siempre
ha estado contigo. Varias veces te ha ayudado para que pudieras reunirte
conmigo.
El muchacho la miraba con picardía recordando esos encuentros.
Mía trató de encontrarle sentido a eso. En Nord Hall, jamás escuchó
hablar de ella, ni entre los empleados se encontraba alguien con ese
nombre. Ella debería saber algo sobre la auténtica Lauren, de lo contrario
tendría que estar en la estancia de Lían creyendo, como todos, que ella era
Lauren. Recordó que también dijo que ya no trabajaba para Lauren.
―¿Sabes dónde la puedo encontrar?... Creo que tiene algo que es mío.
―¿Te ha robado? … ¡Cómo puede ser posible después de tantos años
junto a ti…! ―La voz del joven demostraba indignación.
―Sí. No le agradó mucho cuando Lían la despidió.
Mía tenía que seguirle el juego; todos creían que odiaba a Lían, así que
lo mejor sería ponerlo a él como el malo de la historia.
―¿Él hizo eso?
―Sí. Quiso alejar de mí todo lo que pudiera hacerme recobrar la
memoria.
―El muy desgraciado es capaz de eso con tal de tenerte… pero no ha
podido alejarte de mí.
La boca de Christopher iba directo a la de Mía, ella volvió el rostro
haciendo que sus labios cayeran sobre su mejilla y él, sin importarle,
comenzó a recorrerla con una suave caricia de la lengua.
¡Por todos los santos! ¿No puede quedarse quieto?
―No te ha tocado, ¿no es así?
―No. No dejaría que nadie más que tú me tocase.
La sonrisa iluminó el rostro de Christopher que no veía la hora de llegar
a la posada donde se hospedaba, para poseerla.
―Dime, Christopher, ¿cómo es que terminé casada con Lían si tanto lo
detesto?
Christopher dejó sus manos quietas y miró a Mía a los ojos.
Parece que el tema viene serio. Lo enfrié con mi pregunta.
―Lían es un bastardo. Su madre, una loca que, después de darlo a luz, se
sumió en una depresión que la llevó a matarse. Aunque todos dicen que fue
el mismo Lían quien la mató. No se sabe cómo, él logró hacerse con una
gran fortuna. Hace varios años te conoció en una reunión y, como todos,
quedó cautivado contigo… ―Tomó la mano de Mía y la besó―… Eres
hermosa… Intentó pasar contigo una noche, pero tú no te rebajaste, él no
solo estaba por debajo de tu estatus, sino que era y es― se corrigió― un
desquiciado.
―Eso explica mi desprecio por él… pero ¿¡cómo es que terminé casada
con ese maldito!?…
Intentaba hacerle creer que, a pesar de no tener la memoria en perfecto
estado, la repulsión hacia Lían continuaba.
―Su tío, Cyril Tanner, el conde de Nordwhit, falleció y el único
heredero del título era él. Conocía los problemas financieros que tu familia
tenía y la única forma que encontró para poder poseerte…
―Fue arreglando con mi padre ―Mía terminó la frase.
―Exacto. Pagó una buena fortuna por ti, cariño. Debes saber que yo
habría pagado aún más para que tu padre te entregara a mí, pero debería
matar a mi padre y a mis hermanos para hacerme de la gran fortuna familiar
―dijo avergonzado.
Venganza. Lían se casó con Lauren solo por venganza. Lauren lo había
herido en su orgullo al negarse a él solo por ser un hijo bastardo.
Ahora Mía entendía muchas cosas. Por qué acepto las responsabilidades
pese a no querer el título, por qué aun creyendo que era su mujer no la había
forzado, el abandono de su madre, la única mujer en el mundo que sí o sí
debería amarlo incondicionalmente y nunca lo quiso, veía en él al culpable
de su desgracia. Y la mujer en quien se había interesado, lo rechazaba por
ser hijo ilegitimo. Pobre Lían, pensó.
Sintió que Christopher la tomaba del brazo. No se dio cuenta de que el
carruaje se había detenido. Él abrió la puerta y la hizo bajar. Estaban en la
parte trasera de lo que, suponía, era una posada. De adentro salían voces y
una música bastante alegre. Si entraba allí no tendría forma de evitar lo que
él tenía en mente.
De golpe frenó sus pasos. Él se volvió a mirarla.
―¿Qué sucede, cariño?
―Nada es que… yo… no…
―Tranquila… por aquí nadie nos verá entrar. Estarás a salvo conmigo.
Yo no lo creo...
Por más peros que puso de un momento al otro se encontró dentro de una
pequeña habitación. Christopher hizo caso omiso a los ruegos de ella de no
subir al cuarto sino de ir a pasear por allí, en carruaje.
Idiota, ¿qué pensabas? Que con un simple: ¿Vamos a tomar un té, iba a
hacer a un lado las ganas que te tiene?
A mí no, a Lauren.
Lauren ahora sos vos. ¡Mierda! Sacanos de acá.
No me presiones, sabés que no funciono bajo presión.
En medio de la histeria que la invadía, pudo ver que en la habitación solo
había una cama y una silla junto a una de las paredes. La luz de luna entraba
por la ventana. Christopher se acercó a la lámpara ubicada en una pequeña
repisa al lado de la cama y la prendió. Acto seguido se acercó a Mía y le
rodeó la cintura con las manos, atrayéndola hacia él. Comenzó a besarle el
cuello.
―Creo que tendríamos que esperar un poco…
―Ya hemos esperado suficiente. No me alejes esta noche, te deseo
demasiado.
Llevó las manos a su pelo y comenzó a liberárselo de la presión de las
horquillas. El pelo castaño de Mía cayó sobre sus hombros.
―Esto no está bien, Christopher.
Él la quedó contemplando con una adoración que Mía jamás vio en
nadie. Sintió pena por él. En el fondo veía que Lauren lo había usado. Ella
no deseaba nada más que pasar un buen momento y él estaba
profundamente enamorado de esa mujer. ¿Qué tenía Lauren que generaba
tanto en los hombres?
―Lían podría estar buscándome…
La mano de él bajó por su escote y logró liberar un pecho. Comenzó a
acariciar el pezón, despacio. Mía intentó apartarlo, pero él la sujetó más
fuerte contra su cuerpo.
―Tranquila… Te recordaré lo bien que lo pasábamos.
―No… por favor…
Cuando estaba por bajar su boca para cubrir con ella el pezón un golpe lo
arrancó de encima de ella impidiendo el contacto.
La fuerza del impacto arrastró a Mía contra la pared y la hizo caer.
Cuando logró recuperarse de la caída, vio a Christopher tendido a los pies
de la cama, apenas se movía y murmuraba algo.
Levantó la vista y se encontró con Lían de pie, frente a ella, con los
puños cerrados. Aunque la luz dentro del cuarto no era muy buena, pudo
ver que estaba furioso. El reflejo de luces que entraba por la puerta,
proveniente del pasillo, lo dibujaban como una gran sombra rodeada de
fuego.
Mía tuvo miedo de decir algo. Intuía que cualquier cosa que pudiera salir
de sus labios haría que Lían dejara de reprimir la cólera que lo invadía. Con
las piernas temblando se puso en pie sin dejar de mirarlo a los ojos.
Él bajó la mirada a su torso. Mía siguió el camino de sus ojos, tenía el
pecho descubierto. Enseguida lo tapó con la mano y volvió cubrirlo con el
vestido.
Era obvio que no iba a creerle, pero necesitaba aclararle la situación.
―No es lo que parece… ―se apresuró a decir.
Lían bufó.
En ese momento la voz de Christopher, que se estaba levantando de la
trompada que Lían acababa de darle, interrumpió lo que él estaba por decir.
―No tienes por qué explicarle nada… No irás con ese…
Otra trompada voló hacia su rostro impidiéndole continuar la frase. El
joven, que tenía una contextura física mucho más delgada que la de Lían,
cayó nuevamente al suelo vociferando una lista interminable de insultos.
―¡Lían!… ―gritó Mía mientras, algo indecisa, se acercaba al joven
tendido en el piso.
―¡Mi nariz! ―exclamó tomándosela con la mano―. Me la has roto,
bastardo…
Mía sacó de un pequeño bolsillo que el vestido tenía en el cinto un
pañuelo y se lo sostuvo sobre la nariz, que no paraba de sangrar.
―Y no será lo único que te romperé si no te alejas de mi mujer…―le
advirtió, envolviendo los dedos sobre el brazo de Mía, para que ella se
parara y se alejara de él.
Christopher, la tomó del otro brazo, dejando a Mía a medio camino entre
estar parada y estar en cuclillas junto él.
―Ella no se irá contigo.
―¿Quién lo va impedir?
―¡No! ―gritó Mía.
El puño de Lían se elevó dispuesto a darle otro golpe. Christopher soltó
por reflejo el brazo de Mía y se tiró al suelo. No soportaría otro golpe
similar al anterior.
―¡Santo Dios! ¿No puedes arreglar las cosas de otra forma que no sea a
los golpes? ―exclamó el muchacho contra el suelo.
―¿Quieres que lo arreglemos en un duelo? ―le preguntó Lían.
Mía no podía creer la escena que estaba presenciando. Vio el rostro de
Christopher, rojo por la sangre, que estaba analizando la idea de un duelo y
no pudo evitar echarse a reír.
―¡Por todos los cielos! No estamos en el siglo XIX para recurrir a
semejante acto ―dijo absorbida por lo absurdo de la situación.
Los ojos desconcertados de ambos hombres se centraron en ella.
―Caramba, realmente, el accidente te ha hecho bastante daño ―dijo
desde el suelo Christopher―: estamos en el siglo XIX, mi querida.
Al escuchar cómo el joven rubio se dirigió a su esposa, Lían hizo el
intento de volver a golpearlo, Mía lo frenó.
―¡Para ya, Lían!… ―le ordenó al ver la furia en los oscuros ojos del
conde.
A él no le gustaba que le dieran órdenes y mucho menos delante de otro
hombre, pero ella hizo caso omiso a su reacción y agradeció que él no
intentara golpearlo nuevamente.
Volvió la vista a los acuosos ojos de Christopher.
―No va a haber ningún duelo esta noche, no por mí…
―Estoy de acuerdo. Vámonos ―ordenó Lían y arrastró a Mía del brazo.
―No te vayas…
La voz de Christopher frenó en seco la marcha de Lían. ¡Qué obstinado,
santo cielo! Tenía muchas ganas de matar a alguien y ese muchacho contaba
con todos los números para ser el elegido. Mía intuyó que él volvería a
atacarlo.
―Espera… ―forcejeó para que le liberara el brazo.
Cuando pudo zafar de su prisión fue hasta donde estaba Christopher y se
agachó a su lado. El joven llevó la mano a su mejilla y se la acarició con un
dedo, dejando un rastro de sangre en el rostro de Mía.
―No tienes que irte con él.
―Debo hacerlo, pero tú no sigas buscando que él vuelva a atacarte.
Terminará lastimando muy grave tu bello rostro ―le susurró.
El joven le sonrió agradecido. Jamás Lauren se había preocupado así por
nadie. Jamás hubiese impedido que alguien se batiera a duelo por ella.
―Pero podría hacerte daño.
Mía miró a Lían. Supuso que estaría haciendo un gran esfuerzo por
contenerse al escuchar la charla entre ellos; aunque era en voz baja, las
palabras llegaban nítidas a sus oídos.
―Estaré bien ―le dio un beso en la mejilla.
―¡Ya es suficiente! ―exclamó Lían.
Apartando a Mía del lado de Christopher la levantó hacia su hombro,
llevándola como si fuera una bolsa de papas. Pese a las súplicas de Mía para
que la bajase, la cargó así hasta el carruaje. En el trayecto, ella le pidió que
fueran a buscar a un médico para que viera la nariz de Christopher, pero
Lían, implacable, no accedió. Le molestaba enormemente la preocupación
que ella mostraba por su amante. La ira lo estaba consumiendo, pero por
encima de las ganas que tenía de romper todo lo que se cruzara en su
camino, logró mantener la calma.
El viaje hasta Nord Hall fue en silencio. Un silencio cargado de tensión.
¡Dios! ¿Qué le estaba pasando? Jamás había perdido el control como esa
noche; como cuando ella estaba cerca de otro hombre; como cuando le
sonreía tan dulcemente a un simple empleado; como cuando negaba ser
Lauren.
Sentir que cabía la posibilidad de que ella estuviera diciendo la verdad lo
torturaba más. ¿Dónde estaba la verdadera Lauren? ¿Cómo logró que otra
mujer idéntica a ella la reemplazara?
“Salía justo a encontrarme con un amante… o ¿creías que solo tú tenías
ese derecho hoy?”.
Sí, se trataba de Lauren. La muy zorra lo planeó todo. Actuó su enfado
cuando lo vio salir de la habitación con Rebecca Morrinson. Sonrió al sentir
cómo logró creer en su indignación y en lo tonto que fue al querer
explicarle lo que había sucedido en ese cuarto.
Y, a pesar de toda la ira que ella lograba despertar en él, no podía evitar
desearla. La deseó más en esas últimas semanas que los últimos años
pensando en cómo alcanzar los favores que ella no le negaba a ningún
hombre joven de buena cuna.
Las últimas dos semanas, se había dormido con la sangre hirviendo en su
entrepierna. Cada noche para conciliar el sueño necesitó darse un baño con
agua fría y, cuando lo lograba, soñaba con ella. Sueños tan reales, que la
sensación de estar dentro de Lauren se volvía dolorosa. Necesitaba
poseerla. Poder acabar, de una vez por todas, con esa sed que tenía de ella
para luego liberarla. Su negativa lo hacía estar atado al deseo. Estaba
convencido de que necesitaba tenerla en su cama una sola noche, solo una,
luego volvería todo a la normalidad.
Le compraría una residencia para que ella pudiera recibir a sus amantes,
tranquila, como siempre deseó. Por ahí, ese sería un buen negocio, pensó.
La solución más efectiva para ambos. Cuando estuviera más calmado le
propondría un arreglo: su cuerpo por una noche. A cambio, él le aseguraría
todo lo necesario para convertirse en la cortesana más deseada de
Inglaterra.
Sintiendo que había llegado a la solución más adecuada para lograr su
propósito, sin mediar palabras al llegar escoltó a Lauren del brazo hasta su
habitación y luego, bajó a la biblioteca. Necesitaba un trago y poner en
orden su cabeza. No podía permitir que Lauren dominara todo en su vida.
~17~

El anillo. No le preguntó por el anillo. ¡Maldita tonta! Si Lían no hubiese


intervenido o si ella no hubiese estado tan nerviosa, podría haber disipado
todas las dudas.
Si Lían no hubiese intervenido, vos ahora serías víctima de violación y
en una época en donde nadie te creería. Todos te confunden con esa zorra.
Mía caminaba de un lado al otro de su habitación. Estaba ansiosa. No
podía parar de mover sus piernas. Todo su cuerpo estaba acelerado.
Necesitaba salir de esa casa. Tenía que ubicar a esa tal Tarah. Algo le decía
que esa mujer sabía dónde se encontraba Lauren y por qué ella estaba allí
ocupando su lugar.
¿Sería una bruja? ¿Habría usado algún hechizo poderoso para traerla?
Pero… ¿con qué motivo? ¿Que su amada Lauren escapara de las garras de
su despreciable esposo?… ¿No sería más lógico hacerla desaparecer a
Lauren en lugar de traerla a ella aquí?
¡Iba a volverse loca! Y lo peor era que a la única persona a la que podía
recurrir era la misma que no creía en ella y que, en esos momentos, tenía
ganas de matarla.
Lían salió de la casa temprano. Cuando ella bajó a desayunar, Tess le
dijo que antes de que el sol saliera, le pidió a Arthur que le ensillara el
caballo y se fue. No informó adónde.
Estaba convencida de que no tenía ganas de cruzarse con ella después de
lo sucedido la noche anterior. Ella intentó explicarle que encontró a
Christopher por casualidad, pero él no quiso escucharla. Durante el viaje de
regreso se mostró callado, concentrado tal vez en la manera más simple de
matarla y de deshacerse de su cadáver. Sentía junto a ella el cuerpo tenso de
Lían y pensó que se esforzaba para no estrangularla allí mismo, en el
carruaje.
Un torrente de emociones la embargaba. Se sentía preocupada por
Christopher. Se preguntaba si habría acudido a algún médico para que
curase su nariz. Se sentía molesta por Lían, por no tener la más mínima
moral como para no acostarse con la mujer de otro; a la vez sentía una
profunda pena al saber que estaba obsesionado con una mujer que lo
despreciaba, sin merecerlo. Lían podía ser malhumorado, terco, prepotente,
autoritario, pero detrás de todo eso ella presentía que era un hombre dulce y
amable. Esas sonrisas que a veces, sin querer, se le escapaban no podían ser
tan falsas. Ese era el verdadero Lían, a quien el rechazo de la mujer que le
dio la vida había logrado ocultar, pero no lo hizo desaparecer.
Lían hizo mal en fijarse en una mujer como Lauren. Eso, estaba segura,
había terminado de oscurecer su alma.
Tonto ―pensó―, habiendo tantas mujeres te fijaste en la peor… Las
épocas cambian, pero los hombres no. Estoy segura, más de una quisiera
estar en lugar de Lauren, en tus brazos…
Ese pensamiento le generó un leve escozor en el pecho ¿Por qué le
molestaba imaginar a Lían con otra mujer?
¿Te digo por qué?
―¡No!
Se paró justo delante de la ventana. No podía seguir allí. Había pasado
demasiado tiempo sin hacer nada más que pensar, pensar y eso no la llevaba
a ninguna solución.
La habitación de ella daba al establo. En ese momento vio a Ernest que
entraba llevando unos cubos de agua. De pronto sintió que él sería la
persona que podría ayudarla, pese al miedo que le tenía a Lían.
Bajó corriendo las escaleras. En su camino casi tropezó con Agatha que
se dirigía a su habitación para decirle que se había enterado de que Lían se
encontraba en esos momentos en Leeds.
―¡Excelente! ―exclamó con una mezcla de nerviosismo y alegría.
Seguramente pasaría la noche allí. Así que hoy podría disponer de su
tiempo, sin miedo. Era su oportunidad. Solo esperaba que Ernest no se
pusiera muy terco y accediera a su pedido sin tantas vueltas.
Cuando llegó al establo trató de serenarse y recurrió a su sonrisa más
encantadora. Tomó aire y se aclaró la garganta para informarle a Ernest que
estaba allí.
Sobresaltado, el joven se dio vuelta y enseguida le hizo un leve saludo.
―Lady Nordwhit.
―Hola, Ernest…―saludó sin dejar de lado su acogedora sonrisa.
―¿Puedo ayudarla en algo, lady?
―Pues sí…
Ernest dejó el balde con el que acababa de limpiar uno de los
compartimientos y se irguió para esperar la orden que Mía fuera a darle.
―Usted dirá, lady.
―Me… me gustaría dar un paseo…
Robert no se encontraba para pedirle a él que la llevara en carruaje así
que la única forma que tenía de pasear seria montando ya que, por lo que
percibió el joven empleado, no quería hacerlo a pie.
Con algo de tiento, Ernest le preguntó:
―¿Sabe montar, lady?
Mía sonrió inocente.
―Allí está el problema… no. Pero pensé que tú podrías cabalgar
conmigo…
Ernest entendía lo que ella quería decirle. Compartir el caballo. Eso lo
aterró. Si el conde se enteraba lo mataría, esta vez sí. Ya le había advertido,
la vez anterior, que se mantuviera lejos de su esposa, o se las vería mal.
Después de la tarde en la glorieta, cuando junto con Arthur le enseñaron a
bailar, Lían fue a buscarlo a su cuarto de las pequeñas casas que tenían para
los empleados, a pocos metros de las caballerizas, para decirle que
recogiera sus pocas pertenencias, que no lo quería más allí. Esa vez Arthur
intercedió por el muchacho y el conde no lo echó, pero sí le advirtió que lo
quería lejos de la condesa.
―Arthur le sería mucho más útil para eso, lady. Él tiene más experiencia
que yo…
―Tengo entendido que Arthur está en el pueblo. No sé cuándo volverá y
yo tengo urgencia de pasear ahora, Ernest.
―No quisiera decirle que no, pero...
―Entonces, no me lo digas… ―Le cortó ella con una amplia sonrisa de
súplica.
Él se notaba intranquilo. Percibía que la condesa no quería dar un simple
y vulgar paseo. Había algo más. Pero él no tenía el derecho de preguntarle
qué estaba tramando.
―Por favor, Ernest. El conde no está. No llegará hasta mañana, seguro.
No se enterará. Te lo prometo.
Ernest negó con la cabeza, maldiciendo para sí. No podía creer que
pusiera su cabeza en juego de esa manera. ¿Qué tenía esa mujer que
convencía a todos?
No era como la describían: la gran fría y astuta Lauren Parks. Bueno,
astuta era. Pero fría, calculadora y egoísta… no. Eso no se reflejaba en sus
ojos, ni en su sonrisa, ni en sus acciones.
Mientras comenzaba a bajar de la pared una silla de montar para
ponérsela a la yegua marrón, que estaba delante de ellos, Ernest recordó los
primeros días de ella en la hacienda. Su hermano menor, Phil cumplía siete
años y él le prometió que lo llevaría a ver al potrillo que Drizzle, la yegua
que en esos momentos estaba ensillando, acababa de dar a luz hacía unas
pocas semanas. Recordó, cómo la condesa se acercó a su hermano. La
amabilidad con que lo trató y cómo al enterarse que era su cumpleaños,
pidió enseguida a Marriet que le hiciera un pastel. Había reído y jugado con
Phil como si fuese su propio hermano. Como si ella no fuera la hija del gran
marqués de Crowle ni la esposa del conde de Nordwhit.
Cuando terminó de ensillar la yegua, se volvió a Mía y, aunque
dubitativo, le preguntó:
―Lady… ―Los ojos miel del muchacho se clavaron en los de ella.
Sabía que no debía mirar tan fijamente a la condesa, pero ella demostró de
sobra que poco le interesaban las reglas ridículas de la nobleza―, la
ayudaré, pero debe decirme a qué lugar quiere ir a pasear concretamente.
Mía sonrió. No era nada tonto el muchacho, ¿o ella era muy obvia?
―Conoces cómo llegar al lugar donde me encontraron después del
incidente de mi boda, ¿verdad?
Lo suponía. Ella pudo ver en el rostro de Ernest que él dedujo desde el
principio que allí era adonde quería que la llevara.
El joven asintió y llevó resignado a la yegua hacia afuera. Si el conde lo
descubría, lo mataría. Mía, leyendo su pensamiento, trató de tranquilizarlo.
―Tranquilo, Ernest, te prometo que el conde nada te hará…
Él asintió. Ayudo a Mía a subir al caballo y luego subió detrás.
El lugar donde Mía había aparecido como por arte de magia, ese maldito
día en que descubrió que toda su vida tal como la conocía había
desaparecido, era un valle que quedaba a medio camino entre el pueblo y el
castillo del marqués. No recordaba mucho del paisaje, debido a que cuando
la cargaron en el carruaje que la llevaría a Nord Hall, ella todavía estaba
aturdida, como si hubiese sido drogada y los efectos aún perduraban en su
cuerpo.
Cuando llegaron, Ernest bajó primero y luego la ayudó a apearse del
animal. Ella se quedó parada al lado de Drizzle girando su vista a todo el
entorno. No encontró nada, salvo una inmensa roca a unos metros del
camino de tierra. Fue hasta allí. Recordaba haber estado tendida a los pies
de la roca cuando alguien la tomó en sus brazos y la llevó al carruaje.
Llegó hasta ahí y comenzó a caminar alrededor buscando algo.
Recordaba que ese día en que todo se oscureció de golpe, tenía el morral de
cuero que Ema le regaló. Tenía que estar en algún lado. Adentro tenía cosas
que, sin duda alguna, le podían demostrar a Lían que ella no mentía. Estaba
su celular. Eso tendría que bastarle para que él le creyera. Dudaba que
hubiera visto un aparato de esos. También sus lentes con marcos de acrílico
azul y con los vidrios cromáticos. No creía que en esa época hubiera de esa
clase de lentes. El morral tenía que estar en algún lado.
―¿Qué busca, lady?
Ella levantó los hombros.
―Un bolso.
―Dudo, lady, que de haber perdido aquí el bolso, aún esté… Esta zona,
si bien no es muy transitada, suele ser un escondite de paso para
delincuentes…
Señaló con la mano hacia unas ruinas ubicadas atrás de un pequeño
grupo de árboles.
Hasta ese momento, concentrada en buscar cerca del lugar donde ella fue
encontrada desvanecida, no se dio cuenta de ello.
―Si aquí estaba su bolso, es seguro que alguien lo haya encontrado. Si
tenía algo de valor, lady… dudo que lo recupere.
Valor. Nada de valor para esa época. Pero el morral tenía valor
sentimental para ella y las cosas que tenía adentro eran, en ese momento, la
llave para demostrarle al testarudo e insufrible del conde que ella no era su
maldita Lauren. Así, él se dispondría a ayudarla a salir de allí y volver a
Argentina. Si es que existía alguna forma de volver todo a la normalidad.
―Lady, ¿a dónde va? ―preguntó asustado Ernest―. No es seguro.
¡Vuelva por favor!
Mía se dirigía a la casa en ruinas. El joven empleado estaba alterado. Si
algo le llegara a pasar a la condesa, el castigo sería mucho peor que el
castigo que el conde le aplicaría si se enteraba de que la había llevado hasta
allí, desobedeciendo sus órdenes de mantenerse alejado de ella. Se maldijo
por ser tan débil. Tendría que haberse negado, por más que ella fuera su
ama. Su opinión no tenía relevancia ante la del conde. Él era quien podía
decidir sobre los empleados.
―Volveré enseguida, Ernest. No te preocupes.
Haciendo caso omiso de las suplicas del lacayo, Mía se adentró a lo poco
que quedaba de lo que alguna vez fue una casa. Las paredes que se
encontraban aún en pie estaban negras. Un incendio, pensó Mía y el
corazón se le oprimió al recordar esa noche en que su vida cambió por
primera vez.
Comenzó a recorrer el interior de las ruinas. No encontró más que
escombros, hiedra, maderas tiradas y corroídas por el tiempo. En lo que
quedaba en pie de lo que alguna vez resulto ser una chimenea vio restos de
papeles que sobrevivieron a las llamas.
Tal como dijo Ernest, el lugar resultaba ser un aguantadero. Nada
encontraría allí. Volvió sobre sus pasos para salir y sus pies chocaron con
unas botellas vacías que estaban tiradas sobre el suelo. El ruido, provocó
que unos pájaros que se encontraban escondidos en el techo, huyeran.
Recorrió por última vez el lugar y salió.
Lo que quedaba de la puerta de entrada estaba cubierta por varias ramas
de árboles, cuando corrió con el brazo una para poder salir, notó que de una
de esas ramas colgaba un pedazo de tela. Enseguida se dio cuenta de que se
trataba de una parte de su morral.
Ernest tenía razón, lo más seguro era que alguien lo hubiese encontrado
al poco tiempo de haber llegado ahí. El morral debió haberse enganchado
en la rama cuando quisieron ingresar a la maltrecha estructura. Era probable
que lo usaran para mantener un poco más encendido el fuego en esos restos
de chimenea.
Maldijo a Lían. Si él la hubiese llevado allí antes, seguro podría haber
encontrado el morral, pero no. Él no podía creer en ella.
―¡Maldito terco egoísta! ―musitó furiosa mientras volvía con Ernest.
El joven volvió a respirar luego de verla dirigirse hacia él. Durante todo
ese tiempo permaneció inmóvil al lado de la yegua rezando para que el
lugar estuviera vacío, sin ningún visitante inesperado.
―Ya puedes tranquilizarte, Ernest ―Mía le sonrió al muchacho.
―¿Encontró lo que buscaba?
―Casi ―respondió triste―. Volvamos.
Sin mediar nada más, el joven ayudó a Mía a subir al lomo de Drizzle y
emprendieron el camino de vuelta lo más rápido posible. Tenía miedo de
que a ella se le ocurriera alguna otra locura más. A solo media hora de allí
se encontraba la casa del marqués; presentía que, de recordarlo, le pediría ir
hasta allí. Tenía que alejarse de ese lugar lo antes posible.
El joven, incómodo por tener sus manos a los costados de la condesa,
espoleó al animal y tomaron el camino de regreso.
~18~

El carruaje de alquiler llegó a la residencia Allerton a las veinte, tal


como le informaron en la nota que un muchacho le hizo llegar esa mañana.
Estaba ansiosa, desde la noche de la cena en su casa, por recibir la
concertación de la cita. Hacía tiempo que Rebecca deseaba al conde de
Nordwhit. Por ello convenció a su marido de mudarse a Bradford. Las
veces que lo cruzó en algún que otro evento lo había observado
detenidamente; el rostro duro, sus facciones severas, sus grandes manos. El
hecho de ser un hijo ilegitimo que por años desapareció, haciéndose de la
noche a la mañana con una infernal fortuna y, tiempo después, el título
nobiliario, lo hacía un espécimen ampliamente deseable. Sobre todo, por los
rumores que llegaban a sus oídos de parte de algunas conocidas que
pudieron gozar de sus habilidades en la alcoba.
“Simula ser un gran caballero, pero entre las sábanas no tiene modales.
Exquisito”, le oyó decir a una. Otra alabó la gran verga que poseía: “Nunca
he visto nada igual”, comentó durante una cena lady Ophelia, quien era
palabra “santa” en esas cuestiones. La mujer se había acostado con todo
hombre menor a los cuarenta años que, a simple vista, mostrara ser un gran
semental en la cama.
Ella tenía que probarlo.
Bajó del carruaje seguida de su doncella, una mujer de unos treinta años,
de cabello negro. La doncella llamó a la puerta y un mayordomo, bastante
joven, les abrió. Las hizo pasar mientras observaba a ambos lados,
procurando no ver a nadie indeseable en los alrededores antes de cerrar la
puerta.
La mujer le dio su capa al hombre. Mantenía la mirada concentrada en la
amplia escalera de mármol que se abría delante de ellos.
―Señora ―el hombre le extendió una bandeja de plata que contenía una
nota y un pañuelo de gasa negro.
Ella tomó la nota y el pañuelo con mano temblorosa. La excitación que
comenzó a sentir apenas entró al lugar, la invadía por completo. Antes de
abrir la nota, oyó al mayordomo decirle que la esperaban en el segundo
piso, la habitación tendría una marca visible para que supiera dónde entrar.
Ella agradeció mientras le pedía que llevara a la doncella a la cocina y le
diera algo para comer y beber. Quizá ella también necesite una habitación,
le sugirió. Tenía pensado mantener entretenido al conde toda la noche
después de tantos meses haciéndola desear.
Rebecca Morrinson llegó al segundo piso, miró a ambos lados tratando
de encontrar la marca que el mayordomo le informó. Parecía que no era la
primera vez que Lían utilizaba la residencia de Allerton para una cita
amorosa. “Tramposo”, pensó divertida.
Pasó dos puertas para el lado izquierdo, cuando vio en la tercera una
cinta roja atada al pomo.
―Esta es ―murmuró.
Estaba por abrir la puerta cuando recordó la nota. La leyó:

“Usted puso las reglas para darme lo que yo quiero.


Estas son las mías, para darle a usted, señora mía, lo que tanto desea…
Espero que esté abierta a las más intensas sensaciones.
Antes de entrar, vende sus hermosos ojos con el pañuelo.
Y sea bienvenida al placer”.

―Pervertido ―susurró con una sonrisa de satisfacción y deseo.


Tiró la nota al suelo y se cubrió los ojos con el pañuelo. Dio tres golpes
leves a la puerta y esperó. Al cabo de unos segundos que le parecieron
eternos, escuchó el ruido de la puerta al abrirse; sintió unas manos fuertes
que la tomaban de la cintura y la llevaban hacia adentro.
El corazón comenzó a latirle desbocadamente. La ansiedad la consumía.
Escuchó la puerta al cerrarse y, rápidamente, sintió unos dedos,
desabrochándole el vestido… el corsé. Ambos cayeron al suelo. Solo se
escuchaba la respiración agitada de ella y el crepitar del fuego, en una
chimenea.
Los movimientos de él eran lentos y la estaban volviendo loca.
―¡Oh, esto es una tortura! Déjame tocarte…―pidió al tiempo que se
giraba e intentaba sacarse la venda de los ojos.
Él le tomó las manos impidiéndolo y se acercó a su oído para susurrarle.
―Puedes tocar… todo… menos el pañuelo de tus ojos.
La voz, que era casi imperceptible, dejó en todo su cuerpo un
estremecimiento de placer puro. Él tomó la pequeña mano de ella y la llevó
a sus pectorales. Estaba completamente desnudo. Deslizó pausadamente la
mano en línea recta pasando por el vello debajo de su ombligo hasta dar con
la turgente erección.
Recorrió con sus dedos la sedosa superficie sintiendo las venas que
sobresalían y percibiendo un leve temblor. La deseaba. Eso la llenó de
placer y, por lo que lograba percibir al tacto, ninguno de los comentarios
oídos sobre el conde eran falsos.
¡Cuánto había deseado disfrutar de ese cuerpo!
No iba a echar todo por la borda solo porque no la dejara verlo mientras
la hacía suya y, tenía que reconocerlo, eso de estar a ciegas agregaba un
poco más de adrenalina a la situación. Podía percibir cómo sus sentidos se
volvían más vulnerables a cada roce. Jugaría el juego con sus reglas. Acto
seguido se arrodilló y llevó la prominente dureza a su boca.
Tenía un plan: le iba a generar tanto placer que él pediría volver a tenerla
entre sus piernas.
Y ella… no se lo iba a negar.
~19~

Mía caminaba alrededor de la cama, enfurecida, acongojada, impotente.


No tenía idea cómo, pero Lían se había enterado del “paseo” que, el día
anterior, dio con Ernest y lo despidió. Se sentía culpable. De no haber sido
por ella el muchacho aún tendría su puesto de trabajo.
―No… ¡La culpa es de Lían!
¿Segura?
―Sí, claro. Si él me hubiese llevado hasta allí. Si se hubiese esforzado
por creerme, aunque sea un poquito, yo no tendría que haber recurrido al
pobre de Ernest.
Si vos no fueras tan terca, podrías haber recurrido a otras cuestiones
para lograr la ayuda de Lían.
Mía se paró en seco y entrecerró los ojos, como si así pudiera ver su
cerebro, justo en el lugar donde esa voz insoportable la torturaba con
comentarios que no tenía ganas de escuchar.
Debía hacer algo para que Ernest recuperase su empleo. Si Lían no se
mostrara tan insensible… Intentó hablarle esa tarde, pero no tuvo suerte. Él
solo se dignó a decirle que eso le ocurría a los que desobedecían sus
órdenes.
Se sentó en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. Suspiró
como si ya hubiese encontrado la manera de ayudar a Ernest y, esa solución,
no le agradara demasiado. Le había prometido al joven que nada le pasaría,
pero no pudo cumplirlo… y si había algo que a Mía le molestaba era no
poder cumplir con la palabra dada.
―Tengo que hacerlo.
Resignada se dirigió al armario buscando algo apropiado que ponerse.

Lían estaba en la biblioteca, sentado detrás del escritorio controlando


unos libros de contabilidad de la hacienda. Parecía totalmente concentrado
en ellos, pero en realidad su mente deambulaba por imágenes de ese
maldito empleado encima de Lauren.
Estuvo el último día en Leeds averiguando por residencias que se
encontrasen a la venta y que podrían llegar a ser del gusto de Lauren para
ofrecerle un trato. Uno que, sabía bien, ella no podría rechazar. Una noche
de su cuerpo por su libertad y una casa solo para ella, en Leeds o en
Londres.
De las cuatro que visitó se encontró con dos que podrían ser del agrado
de su esposa. Contaban con un amplio vestíbulo, varias habitaciones
grandes y luminosas y un espléndido salón para dar bailes. Tenía pensado,
una vez que le propusiera el trato, ir con ella a Leeds para que las viera y
decidiera con cuál quería quedarse. O, si al final ninguna era de su agrado,
la llevaría a Londres para buscar una residencia apropiada allí. Pero, al
llegar, se encontró con la noticia de que la muy zorra lo desobedeció y se
ausentó con Ernest.
Tomó una buena decisión al contratar a alguien que la controlase
mientras él no estaba en la estancia. Sabía que todos los empleados de Nord
Hall le tomaron gran estima, así que no servirían para ayudarlo a controlar
cada uno de sus movimientos. No podía confiar en ellos. En las últimas
semanas, Lauren mostró un lado de ella que nadie conocía; era amable,
dulce, divertida, atenta. No podía culparlos porque ella les agradara. Incluso
a él mismo, su terquedad y la forma en que lo enfrentaba le gustaban. No le
tenía miedo. No era la típica mujer sumisa. Aunque eso ya era de público
conocimiento. Le gustaba dominar en los ambientes sociales y ser
dominada entre las sábanas. Ahí radicaba su éxito con los hombres.
La irrupción de alguien en la biblioteca lo sacó de sus pensamientos.
Levantó la vista del libro y contempló a Lauren. Ella cerró la puerta y se
quedó parada a unos pocos metros del escritorio. Se la notaba temerosa.
Él la recorrió con la mirada. Estaba descalza y tenía puesto solo una bata
de seda rosa que apenas le cubría las rodillas. Lían agradeció estar sentado
y que el escritorio pudiera ocultar la erección instantánea que esa imagen le
provocó. ¿Qué intentaba hacer? ¿Por qué se presentaba así ante él?
Sus miradas se encontraron. Él pudo percibir el nerviosismo en los ojos
de ella. Mía, en cambio, veía en él deseo mezclado con incertidumbre. Era
evidente que el verla así lo perturbó.
Lían se levantó de la silla y se dirigió hacia ella. Mía, rápidamente,
caminó hasta la chimenea que estaba encendida por un débil fuego, sin
darle la espalda. Tenía frío y estaba demasiado nerviosa. Cuando Lían
amagó seguirla ella estiró la mano en el aire pidiéndole que se detuviera.
―Un momento…
Él se quedó en el lugar, de espaldas a la puerta. No sabía qué tramaba,
pero si no fue allí para entregarse a él, más le valía que fuera rápido lo que
tenía que decirle porque no sabía cuánto más podía aguantar las ganas de
tirarse encima de ella como un lobo feroz y hambriento.
Trató de serenarse antes de hablar:
―¿A qué has venido aquí así?
Ella se mordió el labio inferior y suspiró hondo.
―Vine a demostrarle que no soy Lauren.
―¿Y… cómo piensas hacerlo?
La respiración de Lían comenzaba a alterarse.
―Primero debe prometerme que le devolverá el empleo a Ernest.
¡Maldita sea! ¿Se entregaría a él solo por ayudar a un simple lacayo?
Contemplar las piernas desnudas debajo de aquella bata lo estaba
enardeciendo. Intentó no mostrarse impaciente. Su rostro, a pesar de estar
ansioso por devorarla, mantuvo en todo momento su impasibilidad. Nadie
podría afirmar que estaba obnubilado por el deseo.
―Muy bien… ―accedió.
―Hay algo más…
―¿Qué?
―Tiene que prometerme que no se me acercará. Que no intentará
hacerme nada.
Lían entrecerró los ojos tratando de adivinar qué era lo que pensaba
hacer. Dedujo que tenía en su cuerpo alguna marca que la identificara como
alguna otra, que no fuera Lauren ¡Diablos! Ya la deseaba así. Si se quitaba
algo más…
Solo esperaba ser lo suficientemente fuerte para aguantar la tentación.
Rezó para que ella solo se subiera unos centímetros el dobladillo de la bata.
―No será la primera vez que vea a una mujer desnuda ―dijo con
frialdad ocultando su deseo por verla despojada de toda clase de tela.
―Imagino… ―murmuró ella desilusionada.
No era momento de pensar en todas las mujeres que habían disfrutado de
sus besos… y algo más.
Suspiró profundo y llevó las manos a las cintas que sujetaban la bata por
la cintura. Los ojos de Lían siguieron el movimiento de sus manos y
comenzó a sentir que su pulso se aceleraba. Mía con cuidado desató los
lazos y la bata se abrió sobre su cuerpo. Los pechos quedaron cubiertos
pero su estómago y pelvis no. Lían recorrió con la mirada el espacio que
separaba sus pechos y la cintura con la garganta sedienta. Deseaba depositar
sus labios en esa piel y recorrerla con la lengua. Bajó la mirada lentamente
siguiendo el camino de piel que la bata dejó al descubierto. Mía tenía la
mano derecha sobre su ombligo, cuando vio que la vista de él se detenía
allí, la sacó dejando a la vista un diminuto piercing en forma de delfín.
Al contemplarlo Lían abrió los ojos consternado por ver un pendiente en
esa parte del cuerpo, pero cuando bajó más la vista se encontró con que el
vello púbico estaba reducido a un diminuto triángulo por encima del sexo
de Mía. Comenzó a sentir que le fallaba la respiración, necesitaba tocarla.
Tuvo el impulso de acercarse, pero ella lo detuvo.
―¡No! ―Mía volvió a taparse dando un paso atrás.
Lían la miró a los ojos. Estaba nublado por el deseo. La deseaba. Fuera
quien fuera. La deseaba, pero prometió no tocarla ¡Maldita sea! Cerró sus
puños y respiró profundo. Cuando habló su voz salió de su garganta ronca.
―¿Qué… es eso?
Señaló el ombligo de Mía con un movimiento de la barbilla. Ella abrió
apenas la bata para mostrarle el piercing.
―Esto se llama piercing. Es un pendiente que se pone en distintas partes
del cuerpo.
Lían asintió.
―Eso de todos modos no es suficiente para demostrarme que no eres
Lauren. Los gitanos suelen ponerse esas cosas también…
―Cabeza dura… ―murmuró ella en español. Volvió a abrir la bata para
mostrarle una cicatriz a un costado, debajo del ombligo.
―¿Qué te pasó? ―Tenía la boca pastosa. Quería besar esa marca.
―Una operación. Cuando era chica. ―Bajó tímida la mano a su
entrepierna cubriendo su parte intima―. En mi época no está bien visto que
las mujeres nos dejemos el vello de esa zona.
Sonrió de lado ante el gesto de Lían, que daba a entender que eso era una
ridiculez. A él le encantaba acariciar el vello íntimo de la mujer.
Mía no podía darse cuenta si al fin Lían le creía, su rostro era serio. No
decía nada. No emitía ninguna otra pregunta. Entonces, se dio vuelta,
respiró profundo y comenzó a bajarse la bata, despacio. Era mejor así que
levantarla y mostrarle todo el trasero, pensó.
―¿Qué haces?
La respiración de Lían comenzaba a agitarse.
―Necesito mostrarle una última cosa ―respondió inocente.
Él tragó saliva. ¡Por Dios! Aquello era una tortura.
Despacio la tela dejó al descubierto la piel suave de la espalda. El
movimiento era lento, sensual, aunque involuntario.
Lían sintió el tirón en su entrepierna. Tenía el miembro tan duro como un
mármol, pero aguantó hasta ver qué era lo que ella quería mostrarle.
Cuando la bata llegó al nacimiento de su espalda, se detuvo. Con el dedo
pulgar derecho, le mostró una mancha negra. Desde donde estaba Lían, no
alcanzaba a verlo y no quería acercarse. No confiaba en esos momentos en
él.
―No logro ver desde aquí.
―Es un tatuaje ―se movió más hacia la luz del fuego para cambiar el
ángulo y que fuera más visible para él.
―¿Allí lo ve mejor? ―preguntó, pero la única respuesta que obtuvo fue
el golpe fuerte de la puerta al cerrarse.
Volvió la vista sobre su hombro. Lían no estaba.
Consternada volvió a cubrirse con la bata. ¿Le habría creído? Sentía las
piernas débiles. Nunca antes había estado así, casi desnuda delante de un
hombre. Solo esperaba que tal humillación sirviera para devolverle, aunque
sea, el empleo a Ernest.

Lían entró a su habitación maldiciendo. Estaba tan caliente que sentía


que ni diez putas podrían apaciguar el ardor que le provocó ver la espalda
desnuda de… quien quiera que fuera esa mujer.
Aunque nunca había visto su cuerpo desnudo, había escuchado la
descripción exacta que de él hicieron alguno de sus amantes en Jeffrey´s
club, el cuerpo de Lauren no tenía ni una sola marca, ni un pequeño lunar.
Su piel era tersa y limpia. Y al parecer, esa joven también los había oído.
Tal vez en la cena en Tanner House, o quizás, se lo recordó Christopher la
pasada noche.
Estaba convencido; ella no era Lauren. Tendría que buscarla. ¿Dónde se
había metido la muy zorra? Aunque no le importaba. Lauren podía morirse
en ese instante. Él solo deseaba a la mujer que en esos momentos estaba
bajo su techo.
¿Quién era? ¿Y qué había hecho para que él la deseara tanto?
―Maldito idiota ―se dijo―. Tendrías que haberte dado cuenta de que
no se trataba de ella antes de…
Comenzó a desabrocharse la casaca y la camisa. La ropa le molestaba.
No quería sentir nada sobre la piel. Nada… excepto la textura suave de esa
joven.
El cuerpo le quemaba. Tenía que hacer algo. Cuando estuvo liberado de
toda la ropa se tiró sobre la cama. Contempló el techo apesadumbrado con
su sexo erguido, latiéndole de dolor. Propinó varios insultos al aire y llevó
la mano a su miembro. Nunca lo hizo. Jamás sintió la necesidad de
proporcionarse placer él mismo, pero esa maldita noche no le quedaba otra.
Tenía que apagar el ardor que ese cuerpo frágil y terso generó en él.
Las constantes imágenes de ella, desnuda; imaginar sus largos dedos
cubriendo sus pechos, su boca mordiendo ese maldito pendiente en su
ombligo. La visión de él hundiéndose en la humedad de ella le hizo llegar
rápidamente al clímax.
Pero aún la seguía deseando…
No quería que su mano le proporcionara placer, quería el cuerpo de ella
dándoselo. ¡Común demonio! Tenía que sacarla de allí. Ella, quien quiera
que fuera, no podía seguir compartiendo su mismo techo.
~20~

Por primera vez, desde que apareció en Inglaterra, el tiempo amanecía


gris. Una fuerte tormenta azotaba Bradford. Mía podía escuchar, desde las
acogedoras cobijas de la cama, el fuerte viento abrazando la estancia y el
chocar de las gruesas gotas de lluvia sobre la ventana.
No pasó una buena noche y que el día hubiera amanecido tan horrible,
no le daba un buen presagio. Era quizá una señal de que Lían no se había
convencido de que ella no era Lauren. Quizás si le hubiese mostrado el jean
podría haberlo convencido, esa estilo de ropa estaba muy lejos de lo
habitual en esa época, pero no había tenido mejor ocurrencia que pedirle a
Agatha que se deshiciera de él. Fue una tonta.
A regañadientes, se levantó. Arrastrando los pies fue hasta la jofaina
ubicada sobre la cómoda, vertió agua de la jarra y se lavó el rostro.
Mientras se secaba clavó la vista en el espejo que le devolvía una imagen
que, hasta ese momento, no había registrado.
Abrió grandes sus ojos por la sorpresa ante ese gran ramo de rosas
blancas a los pies de su cama, con una nota… “Perdón”, era todo lo que
decía.
―¡Me creyó! ¡Al fin, Lían me creyó…!
El pecho le rebosaba de felicidad. Logró dar un gran paso. Ahora Lían la
ayudaría a tratar de averiguar cómo fue que había llegado allí y buscaría a
Lauren. Él podría, al fin, reunirse con su esposa y…
Frunció la frente.
No te gustó mucho eso, ¿no?
Es muy temprano para que empieces a romperme la paciencia, Pepa.
Llamate a silencio.
Con el ánimo cambiado, se vistió y bajó. Optó por ponerse uno de los
vestidos que Lían le hizo comprar en el pueblo. Era de un celeste turquesa
pálido; un lazo azul grueso en la cintura provocaba que se marcaran más las
curvas de su esbelto cuerpo.
Encontró a Lían en la biblioteca. Llamó despacio a la puerta y esperó
paciente. La felicidad que la invadía la obligaba a querer hacer todo
correctamente.
Luego de unos segundos escuchó su voz. Suspiró hondo y entró. Apenas
cerró la puerta, Lían levantó la vista. Al contemplarla, sus músculos se
tensaron. Recordó que la noche anterior, en ese mismo lugar, ella estuvo
casi desnuda para él. Recordó los movimientos suaves para descubrirse la
espalda y enseñarle un tatuaje.
A diferencia del resplandeciente rostro de ella, Lían se notaba cansado.
No pudo dormir en toda la noche. Más de una vez tuvo que recurrir a su
autosatisfacción por el deseo que esa mujer le generó.
¿Qué castigo tan cruel era ese? ¿Qué mal estaría pagando para
padecerlo?
Solo esperaba que ella no se diera cuenta de todo lo que, solo con verla,
le generaba a su cuerpo y a sus sentidos.
Mía se encontró con sus ojos negros y percibió las leves ojeras que
mostraban. De todas formas, le pareció que estaba más lindo que de
costumbre. Le dedicó una amplia y dulce sonrisa y se dirigió hacia el
escritorio. Esa sonrisa, lo desarmó. Era la primera vez que le sonreía de esa
forma.
¡Era tan linda! Y ese sencillo vestido la hacía ver angelical. Sintió ganas
de tomarla en sus brazos y besarla… Se recordó que no podía. Ella no era
su esposa… ¡Su maldita y harpía esposa! Menuda broma le jugó. En cuanto
la encontrara, conocería en verdad quién era Lían Tanner.
―Milord… ―Mía hizo una leve reverencia y señaló la silla delante del
escritorio.
―Por supuesto ―indicó él que se sentara. ― Lían, por favor… ―pidió.
Percibía que descubrir que ella no era Lauren, no era algo que le agradara
demasiado.
―Antes que nada ―dijo él con la voz seca―, quiero comunicarte que
esta mañana he ido a hablar con Ernest y…
Se pasó la mano abierta por la nuca.
―Gracias ―Le sonrió Mía, entendiendo lo mucho que le costaba
reconocer que había actuado mal. Aunque era totalmente entendible.
Otra vez esa sonrisa. ¡Maldita sea! Esperó tanto que le sonriera así, a él,
y ahora que tenía sus sonrisas tenía que dejarla ir, no podía tomarla.
Lían asintió.
―Y gracias también por las rosas. Son bellas…
―Siento no haberte creído antes…―su voz sonaba sincera.
―Me cree ahora, milord… y puedo asegurarle que eso es más que
suficiente.
No podía evitar su alivio y su felicidad. Parecía que le habían clavado la
sonrisa en sus labios. Se sentía una tonta, pero no podía evitarlo.
―Lían… ―le recordó él ―. Quiero que sepas que… ―le costaba decir
lo que iba a decirle― voy a ayudarte a averiguar cómo es que llegaste a
reemplazar a Lauren y buscaré la forma de que vuelvas a… tu vida.
―“Lejos de mí”, concluyó para sus adentros. Un vacío se abría en su
pecho. Contempló la felicidad reflejada en el rostro de Mía y se convenció
de que eso valía el sacrificio.
A Mía toda la rectitud que intentó mantener hasta ese momento, se le
esfumó. La plenitud de satisfacción que sintió al escuchar que Lían estaba
dispuesto a ayudarla la invadió por completo. Saltó de la silla, rodeó el
escritorio y cubrió el cuello de él con sus brazos, mientras le agradecía y le
daba pequeños y efusivos besos en la mejilla y frente.
―Gracias… gracias… gracias…
El entusiasmo de la joven lo tomó por sorpresa. De un segundo al otro,
Lían se encontró rodeado por los brazos y la alegría de Mía. Su risa le
parecía encantadora y, pese a que sabía que ella estaba feliz solo por
alejarse de él, su felicidad lo relajó y su rostro se volvió cálido. No pudo
sino esbozar una sonrisa.
No quería cortar el momento. Le gustaba la sensación de los brazos de la
doble de Lauren en su cuello y la sensual y dulce boca dándole castos y
tiernos besos, pero debía frenarlo. No pensaba pasar otra noche como la
anterior. Con mucho esfuerzo separó sus manos de él.
―De saber que esta sería tu forma de agradecerme lo habría intentado
antes….
En ese momento, Mía se dio cuenta de lo que acababa de hacer. ¿En qué
estaba pensando? ¡Eso no se debía hacer! Rio tímidamente.
―Lo siento ―dijo volviendo a la silla.
―Hay algo que debo pedirte… a cambio.
El rostro de Lían, nuevamente, se volvió serio.
Sonamos. La letra chica.
Mía clavó sus ojos en los de él… esperando.
―Puede que sea… un gran sacrificio para ti…
¿Qué te dije?
―O no… ―prosiguió.
Mía lo observaba con desconfianza. ¿Qué iba a pedirle? ¿Que fuera su
amante mientras aparecía su esposa?
―¿Qué es mi… Lían?
―Lo que quiero pedirte es que, mientras buscamos a Lauren, tú sigas
fingiendo ser ella… Hay algunos eventos sociales a los que tengo que
asistir y…
El rostro de Mía volvió a iluminarse con una sonrisa. No era sexo. Eso la
tranquilizó. Lían quería guardar las apariencias. Todo el mundo sabía que
Lauren no lo apreciaba y daban por sentado que el matrimonio arreglado
entre ellos no funcionaría, que Lauren no accedería a él y seguiría con sus
amantes desperdigados por todos lados. Si se enteraban que huyó y puso a
otra en su lugar, en el caso de que ella tuviera algo que ver con la presencia
de Mía allí, Lían sería protagonista de una nueva humillación a manos de la
bella Lauren Parks.
Él iba a ayudarla, así que ella haría lo mismo por él.
―Por supuesto ―lo interrumpió antes de que terminara―. Seré ante
toda Inglaterra la esposa perfecta. Puedo asegurarte que todos los caballeros
te envidiaran…
Lían pensó que iba a rehusarse, pero no. Estaba decidida a seguir
guardando las apariencias ¡Por Dios! ¿Por qué no podía ser Lauren?
Ahora que la contemplaba con la certeza de que no era su esposa se daba
cuenta de que tenía leves diferencias, imperceptibles, pero para alguien que
la hubiese conocido, serian fáciles de diferenciar.
¿Tan obsesionado estaba con Lauren que no lo pudo percibir antes?
Contemplando su sonrisa, estaba seguro ya de que gran parte de los
caballeros lo envidiaban por ser el esposo de Lauren, pero si la conocieran a
ella, lo envidiarían aún más… Si ella realmente fuera su esposa.
Sacudió la cabeza para centrarse en el presente y le sonrió.
―Gracias…
Lían se dio cuenta de la hora. Todavía era temprano y dudaba de que la
joven hubiese desayunado ansiosa por ir a hablar con él.
―¿Has desayunado? ―le preguntó.
―No… estaba algo impaciente por venir a hablar contigo.
―Lo imaginaba… pues bien ―tocó la campanita de plata que se
encontraba sobre el escritorio―, siempre es mejor pensar con el estómago
lleno…
Minutos más tarde se encontraban sentados en los sillones de la
biblioteca, delante de la chimenea.
Esperaron que la criada terminara de disponer sobre la mesa las cosas del
té y un plato con varios diminutos pasteles. Mía sonrió a Tess y le agradeció
moviendo los labios en un silencioso “gracias” antes que se retirara de la
habitación.
Lían tenía puesto pantalón y casaca gris claro y una camisa celeste.
Sentado delante de ella con la espalda relajada sobre el sillón, se veía tan
correcto, “un auténtico y frío señorito inglés”, pensó.
Una sonrisa en esos apretados labios no le sentaría mal.
Buscó la manera de hacerlo sonreír.
¿Tendrá cosquillas?
Si se tratara de Raphael no hubiese tenido problemas en averiguarlo,
pero Lían no tenía la simpatía de su amigo.
Hacía unos cuantos minutos que se encontraban solos y Lían advirtió
que ella estaba mirándolo fijamente. Mía sintió que sus mejillas se
incendiaban por la vergüenza. Él la observaba serio, como si la estuviese
estudiando.
―Creo que servir el té me corresponde a mí, ¿verdad?
Comenzó a verter el contenido de la pequeña tetera de porcelana en una
de las tazas. Cuando el líquido llenó la tercera cuarta parte del recipiente,
Mía se la extendió a Lían, retrocediendo en el trayecto para introducir dos
cucharadas de azúcar, revolvió lentamente y volvió a extender la taza hacia
él.
―Es así, ¿verdad? Lo tomas con dos cucharadas de azúcar.
Durante esos días en los que compartieron el desayuno, Mía observó su
ritual de cada mañana. Tomaba un plato y se servía dos salchichas y dos
rodajas de pan para untarlas en mantequilla. Se sentaba en la cabecera de la
mesa, servía el té y agregaba dos cucharadas de azúcar o tres si lo que
tomaba era café. Luego abría el diario dispuesto a informarse sobre los
últimos acontecimientos de Inglaterra. Mía observó, también, que se
interesaba en la parte de chismes. Algo que le producía gracia. Hasta los
caballeros ingleses no podían resistirse a los chimentos. No eran muy
diferentes de las mujeres.
Lían tomó la taza que Mía le ofrecía y asintió.
―Así es.
Mía comenzó a servirse el té para ella.
―Yo, como verás ―dijo mientras le ponía azúcar a la taza―, soy más…
―hizo silencio buscando la palabra― golosa… Me gusta mucho lo dulce.
―Eso veo.
Esbozó una sonrisa al ver que Mía le ponía cinco cucharadas de azúcar.
Ella se encogió de hombros.
―De alguna manera tengo que mantener mi natural dulzura ―bromeó
llevándose la taza a la boca.
Lían hacía todo su esfuerzo para no dejarse vencer por lo que esa joven
le generaba. No era su esposa, tenía que sacarla de su casa y… en cuanto
encontrara a la verdadera Lauren, la mataría con sus propias manos por
hacerle vivir esa pesadilla.
―Bien ―dijo Lían dejando la taza de té sobre la mesa―. Tenemos que
ponernos en tema para ayudarte… ―“a alejarte de mí”, terminó en silencio
―. ¿Recuerdas qué pasó el día antes de que… aparecieras aquí?
Mía sostuvo la taza en sus manos sobre su regazo e intento hacer
memoria casi tres semanas atrás.
Era imposible creer que ella se encontraba en otro continente y en otra
época hacía tan poco tiempo. ¡Era una verdadera locura!
―Me levanté como siempre a las…
Hizo una pausa al recordar que la rutina de todos los días, esa mañana
fue interrumpida. Ella solía levantarse a las siete de la mañana, se bañaba,
desayunaba unos mates con dos tostadas y luego salía para ir caminando a
su trabajo, que quedaba en el microcentro porteño. Pero… esa mañana algo
le pasó. No había podido dormir en casi toda la noche y una hora antes de
que el sol saliera comenzó a sentir una terrible sensación de ansiedad. Se
levantó y se dio un baño pensando que el agua tibia la tranquilizaría, pero
no funcionó. Así que se vistió, desayunó y decidió salir antes hacia el
trabajo. Apenas salió de la pensión, sintió un fuerte temblor en todo su
cuerpo y una presión en su mano derecha, como si alguien se la sujetara
fuerte. Segundos después todo se volvió negro y despertó… allí.
―¿Qué recordaste?
Lían contempló el semblante aturdido de Mía.
―Siempre hacía la misma rutina. Me levantaba a las siete, me bañaba,
tomaba mate…
―¿¡Mate!? ―interrumpió Lían.
Mía, que tenía la vista puesta en su taza, levantó los ojos hacia él y
sonrió con melancolía. Extrañaba el mate.
―Sí… es para nosotros como el té para ustedes. Un ritual…
―¿Es otra clase de té?
―Es una infusión, pero no… Se pone en un… recipiente, que podría ser
una taza, yerba, se introduce una bombilla y se le agrega agua caliente… Y
la infusión que se crea con esa mezcla se toma. Luego se vuelve a servir
agua y se lo ofrece a la otra persona.
―Comparten el mismo… ¿mate? ―dijo levantando las cejas.
“¡Qué horror compartir algo con otra persona!”.
―Sí… Ustedes los ingleses son muy fríos y formales, sin ánimo de
ofender ―le dedicó una sonrisa comprensiva―. Nosotros somos más
cálidos…Compartimos el mate, comemos del plato de la otra persona, nos
saludamos con un beso, un abrazo; inclusive entre hombres y entre personas
que recién se conocen.
Eso resultaba difícil de imaginar en una cultura en la cual ni siquiera las
relaciones entre esposos eran de tal magnitud de acercamiento. Aún
casadas, las personas se trataban con frialdad. Eran correctos, todo tenía que
seguir una guía estricta. Mostrar cualquier indicio, por mínimo que fuese,
de afecto era algo indecoroso y fuera de lugar. Había excepciones, pero eran
muy pocas, y rápidamente eran tratados como si tuvieran un grave
problema mental. Era impropio de la cultura inglesa de la alta alcurnia no
acatar las reglas del decoro.
Lían imaginó a Mía entrando a alguna sala y saludando a todos los
hombres con un beso y un abrazo. La punzada de celos que le atravesó el
pecho hizo que su semblante se oscureciera.
―No puedo imaginar algo así…―dijo.
Trató de ocultar su malestar por la impertinencia de su imaginación,
detrás de un tono seco de voz.
―Claro que no ―rio Mía―, no está en ustedes el demostrar sentimiento
alguno. Salvo lo superficial, como el deseo físico. Pero no te preocupes, eso
les pasa a todos los hombres, en todas las épocas ―concluyó triste,
recordando a Víctor. Durante años le gustó, pero él solo buscaba en todas
las mujeres placer físico ¿Sentimientos? ¡Ja! … No sabía lo que era eso.
Cuando salió de sus pensamientos y miró el semblante duro de Lían, se
dio cuenta de que había hablado de más.
―Perdón ―dijo―. No debí decir eso.
Lían no respondió nada. Sabía que ella tenía sus razones para pensar así.
Él mismo le dio a entender que se casó con Lauren solo por deseo, no por
amor: “¿Quién habló de amor?”, le respondió cuando ella le indicó que no
entendía cómo podía amar a Lauren. Tenía razón. El único sentimiento que
los hombres mostraban, incluido él, era el deseo físico hacia una mujer.
―Sigamos con lo importante ―dijo quedamente.
Mía asintió y continuó su relato.
―Después de desayunar solía ir caminando a mi trabajo. Pero esa
mañana estaba rara. Por algún motivo no había podido dormir. Me sentía
ansiosa, como si presintiese que algo iba a pasar. Me levanté más temprano,
aún el sol no había salido. Decidí ir a caminar para ver si así me
tranquilizaba, pero cuando llegué a la calle… todo se volvió confuso. Me
sentí mareada. De un momento al otro vi todo negro y lo próximo que
recuerdo fueron ruidos de caballos, voces que no entendía qué decían, y
alguien que levantaba mi cuerpo… Después me encontré en la habitación
de arriba.
Lían se llevó la mano a la nuca y comenzó a frotarse el pelo.
―Es ilógico, ¿verdad? Todo esto... ―concluyó Mía viendo la expresión
de Lían.
― Suena ilógico, sí…―concedió él―. Pero si algo he aprendido en la
vida es que esta tiene más de ilógico que de lógico. Alguna explicación
habrá y la vamos a encontrar.
Esbozó una sonrisa compasiva al ver la mirada de la joven iluminada por
las lágrimas. Pidió al cielo que no se pusiera a llorar porque no podría evitar
acercarse a ella y sentía que no tenía la fuerza suficiente para contenerse.
Mía le devolvió la sonrisa.
―Eso que acabo de recordar no ayuda mucho en realidad… Creo que
tendríamos que buscar a Lauren.
―Lo mismo pienso yo.
Mía titubeó un poco antes de decirle:
―La otra noche, Christopher me habló de alguien…
La mención de ese nombre le heló la sangre. Recordó cuando entró a la
habitación de la posada y vio a Mía con el pelo suelto en los brazos de él.
Su pecho fuera del vestido. Visualizar el tierno pezón en la boca de otro
hombre, lo enfureció. Sintió que la ira de aquel momento volvía a crecer en
su interior. Creyó que las ganas de golpearlo habían desaparecido, pero
no… aún quería matarlo por poner las manos encima de ella, aun sabiendo
que no tenía derecho a reclamarle nada, porque no era en realidad Lauren.
¡Pero le importaba un carajo! Si lo veía acercarse a ella lo molería a palos.
Lían trató de concentrarse en Mía.
―Creo que habría que buscarla. Ella debe saber algo…
Había perdido el hilo de lo que ella le contaba y no sabía de quién estaba
hablando.
―Ella, ¿quién? ―preguntó algo molesto consigo mismo y avergonzado.
Mía rio, mientras ella hablaba lo notaba perdido en algún pensamiento.
―Tarah… Christopher me dijo que era la mujer que crio a Lauren y…
―Sí ―interrumpió Lían―, lo sé. El otro día fuimos con Raphael a lo
del marqués de Crowle, el padre de Lauren. Nos contó que esa mujer fue a
buscar unos vestidos en su nombre, hace unos días…
El pulso de Mía se aceleró.
―Eso quiere decir que ella está aquí. Hay que encontrarla. Ella debe
saber qué es toda esta locura. Estoy segura…
La enorme ansiedad de la joven por querer irse y volver a su vida
habitual le molestaba. ¿Cómo podía ser que ni Lauren ni su copia más fiel,
por lo menos físicamente, no soportaran estar a su lado? ¿Qué era lo que él
tenía que repelía a la, o, mejor dicho, a las únicas dos mujeres que había
deseado en toda su vida?
―Tranquila. En eso estamos… Con Raphael ya nos hemos puesto a
trabajar para dar con esa mujer. Pero debo advertirte que puede ser que
Tarah haya ido en busca de los vestidos de Lauren para venderlos y no por
pedido de ella, como le hizo creer al padre.
―Según Christopher, cuando la buscó, ella ya no trabajaba más para
Lauren. ―Reconoció triste, comprendiendo que, lo que Lían le decía, podía
ser verdad.
Quizá esa mujer no supiera nada sobre dónde encontrar a Lauren y
aprovechó su ausencia para retirar los caros vestidos que no había mandado
a Nord Hall para hacerse de algún dinero.
Siguieron un rato más hablando, intentando analizar todo
minuciosamente para que no se les escapara algún dato que pudiera ser de
utilidad.
Mía sintió que podría descansar unas horas. Se encontraba tranquila y
recuperar el sueño que no pudo conciliar la noche anterior le haría bien.

Un par de horas más tarde, con energía renovada, bajó y fue directo a la
cocina. Se levantó con un antojo. Si bien no podía disfrutar de unos ricos
mates, sí podría hacerlo de unas exquisitas tortas fritas.
Nadie se asombró cuando Mía hizo su aparición en la cocina. Todos la
recibieron con una afectuosa sonrisa, incluso pudo percibir que Hunter
curvaba apenas las comisuras de sus labios.
Una semana más ―se dijo― y su sonrisa va a ser plena.
―¿Le preparo el té, lady Nordwhit? ―preguntó Marriet.
―Sí y también necesitaría harina, sal, agua y una olla con aceite en el
fuego.
―¿Va a cocinar, lady? ―Eliot se notaba sorprendido al igual que el
resto.
―Así es. Me acabo de levantar con antojo.
Se produjo un silencio; todos se miraban entre sí.
―No esa clase de antojos ―dijo Mía, entre risas.
Habían creído que estaba embarazada y era natural, para ellos era la
esposa de Lían y pensaban que compartía cierta intimidad con él, pese a que
dormían en habitaciones separadas. Eso era lo que se estilaba en esa época.
Marido y mujer dormían en habitaciones separadas y cuando el hombre
tenía ganas de mantener relaciones con su esposa, la visitaba en su
habitación; después del “trabajo” realizado, se volvía a la suya. ¿O
pensaron que estaba embarazada de otro? Eso la horrorizó.
Marriet le acercó un pequeño saco de tela con harina y una jarra con
agua, mientras Agatha disponía en el fuego una olla con aceite.
―¿No quiere que yo cocine y usted me dice lo que tengo que ir
haciendo, lady?
―No, Marriet. Me gusta cocinar. Además, esto es algo típico de mi pa…
de mi familia. ―Se apresuró a corregir―. Es algo muy sencillo, que mi
abuela acostumbraba a hacer los días de lluvia, como hoy, a la hora de la
merienda ―explicó mientras distribuía sobre la mesa, un círculo de harina,
espolvoreaba la sal y vertía en el centro un poco de agua.
―Eliot, ¿podrías traerme un poco de aceite?
Le señaló un cucharon que colgaba de la pared. El joven tomó el
utensilio y le alcanzó a Mía, de la olla que estaba en el fuego, aceite.
―Gracias.
Le sonrió y Eliot satisfecho, le devolvió la sonrisa. Su rostro era pecoso.
Tenía el pelo como una zanahoria. Según le dijeron, era el hijo de una
empleada que murió de una fuerte infección cuando él apenas tenía cinco
años. No tenía a nadie más, así que tomaron la decisión de cuidarlo antes de
dejarlo abandonado a su suerte. Lían, al momento de hacerse cargo de Nord
Hall, brindó su apoyo a la decisión de sus empleados y aceptó que Eliot
también se mudara a la residencia junto con ellos.
A veces Lían parecía ser alguien dulce, lleno de sentimientos, y otras una
estatua de hielo. Mía se sorprendió de lo ambivalente que algunas personas
resultaban.
Cuando terminó de unir todos los ingredientes, pidió un palo de amasar.
Marriet se lo alcanzó. Mía comenzó a cortar la masa en pequeños bollos.
Luego, los aplastó uno a uno con el palo. Le había explicado a Marriet
cómo freírlos, así que se distribuyeron la tarea. Ella estiraba la masa y le
hacía un pequeño orificio en el centro con el dedo. “Una torta frita no es
una verdadera torta frita sin el orificio”, le dijo sonriendo a Eliot. Agatha le
entregaba a Marriet los que estaban listos y ella los freía.
Cuando todas estuvieron hechas, Agatha sirvió el té para todos.
Mía esperó ansiosa la reacción de ellos al probar una de las típicas
costumbres de los días de lluvia de Argentina. Se sentía una embajadora de
su país.
Ridícula.
―Rico ―dijo Eliot con entusiasmo dándole otro mordisco.
―Sí ―agregó dubitativa Agatha. Marriet asintió.
“No saben nada”, se dijo mientras tomaba una torta frita y comenzaba a
disfrutarla. A ella le pareció exquisita. Hacía tanto que no comía algo típico
de su país que sentía estar degustando la más exquisita obra maestra del
mejor chef del mundo.
Les hayan gustado o no, la bandeja donde se encontraban las tortas fritas,
rápidamente bajó de volumen.
Lían, después de la reunión que mantuvieron esa mañana, también
decidió a acostarse. Al parecer tampoco pudo tener una buena noche.
Estaba segura de que pronto bajaría a tomar algo en la biblioteca. Así que,
antes de que se acabaran todas las tortas fritas, Mía le pidió a Hunter si le
podía alcanzar una bandeja con una taza de té y dos tortas fritas. Fue hasta
la biblioteca, escribió una pequeña nota en un papel que encontró en el
primer cajón del escritorio y se la agregó en la bandeja, debajo de la taza de
té. Satisfecha, se acercó a la ventana y vio que la lluvia comenzaba a bajar
su intensidad.
―Lady, ¿a dónde va? ―preguntó Hunter cuando Mía abrió la puerta.
―A caminar.
―Pero está lloviendo.
―Solo daré un paseo corto.
La puerta se cerró amortiguando las voces de Hunter, Agatha y Marriet
pidiéndole que no saliera con el tiempo como estaba.
Las finas gotas de lluvia tomaron contacto con el rostro de Mía. Al
principio sintió la diferencia de temperatura en su cuerpo, pero a los pocos
minutos ya estaba adaptada al frío del agua. Rodeó el lateral oeste de la casa
y se dirigió hacia la parte trasera, donde se encontraba la glorieta.
Le gustaba caminar bajo la lluvia. En Buenos Aires solía hacerlo
seguido, siempre y cuando la intensidad de la lluvia se lo permitiera. Por lo
general, lo hacía cuando la tristeza se apoderaba de ella. Solitaria en su
cuarto de pensión, extrañaba a su padre, añoraba a su madre a quien no
recordaba, puesto que había fallecido cuando ella todavía era una niña.
Nunca se permitía llorar, pero había días en los que le resultaba totalmente
difícil evitar que las lágrimas acudieran a su socorro. Así que, los días de
lluvia, salía a caminar y dejaba que las lágrimas se confundieran con las
gotas de lluvia.
Ese día no se sentía triste, pero de todos modos algunas lágrimas
escaparon de sus ojos.
Al llegar a la glorieta decidió seguir hacia el bosque. Le resultaba una
escena encantadora. El leve viento y la lluvia deshicieron la trenza de su
pelo. Caía mojado por su espalda, mientras que algunos mechones se
pegaban a su mejilla humedecida. El tiempo que tardó en llegar a los
árboles y, pese a que no llovía fuerte, alcanzó para mojarse por completo.
Se adentró entre los árboles sin alejarse demasiado, no sabía con qué se
podía llegar a topar en ese lugar. Cerró los ojos y elevó el rostro al cielo.
Las gotas de lluvia caían directamente en su rostro. Sonrió.
Tenía que reconocer que, pese a lo absurdo de la situación, totalmente
desconcertante e irreal, estaba viviendo un sueño. El lugar donde siempre
quiso estar. Un lugar típico de cuento de hadas.
Miró a su alrededor: los árboles, más allá la glorieta, el cielo limpio sin
ningún cable que lo invadiera, la finca que dada a su estructura antigua
parecía un castillo.
Con mucha imaginación, querida.
Sonrió, tal vez exageraba un poco. Era una hermosa y gran casa de
campo, de tres pisos, amplios salones y cien habitaciones.
Siguió caminando por entre los árboles, sonriendo y cantando en voz
baja, disfrutando de la plenitud de sentirse libre.
Se abrazaba a sí misma, siguiendo la letra de una canción, cuando
escuchó unos pasos detrás de ella. Se dio vuelta asustada.
―¿Qué demonios haces aquí con este día?
El rostro moreno de Lían no parecía muy amigable. Tenía puesto un
sobretodo negro y estaba cubierto por un paraguas gris.
―Salí a dar un paseo ―respondió relajadamente.
―Y no podías esperar a que el tiempo mejorase… o haber salido con un
paraguas.
―No sabía que existían los paraguas en esta época. ―Elevó los
hombros.
Lían la miró receloso.
―Pues ahora lo sabes.
Le tendió otro paragua que llevaba con él, pero Mía se negó a agarrarlo.
―¿Quieres pescar una pulmonía?
No tuvo en cuenta que, en esa época, un simple resfrío podría terminar
en algo realmente grave. Los avances en la ciencia médica no eran como los
que ella conocía. Por un momento eso la perturbo ¿Y si moría allí producto
de un simple resfriado? ¡Qué más daba! Nadie se muere en la víspera, solía
decir su padre.
Al ver cómo esa pregunta la afectó, Lían volvió a ofrecerle el paraguas y
ella volvió rechazarlo.
―¿Por qué?
―Ya estoy mojada.
―Volveremos, entonces, a la casa.
―No.
―¡Por qué, maldita sea!
Pese al insulto no se lo notaba enojado, solo apenas molesto por que no
le obedeciera.
―Me gusta caminar bajo la lluvia.
Lían la contempló con la ceja arqueada.
―¿Se puede saber qué tiene de lindo mojarte?
―Es… romántico.
Sintió que el rubor se apoderaba de ella, al tiempo que se encogía de
hombros, ante la mirada escéptica de Lían.
―¿Romántico?
―Sí.
―¿Sola?
―Bueno, no… todo no se puede. Tengo la lluvia, el bosque y una gran
imaginación… ―Le aseguró con una mirada mordaz.
Los labios de Lían se curvaron. Mía contempló esa sonrisa que
transformaba el rostro de Lían en alguien más afable. Recordó lo que le
escribió en el mensaje que puso en la bandeja con las tortas fritas: “Es más
fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de una
espada”. ¿Intentaba ponerlo en práctica en ese momento con ella?
―Veo que ha seguido mi consejo. Bueno, en realidad, el de
Shakespeare.
―Digamos que pienso ponerlo a prueba… por un tiempo.
Mía asintió satisfecha. Por lo menos intentaría no mostrarse tan
malhumorado. Eso era un gran avance.
―¿Te gustaron las tortas fritas?
Lían asintió meneando la cabeza de un lado al otro buscando las palabras
justas para responderle.
―Ya sé, no me digas nada: “No están mal”.
Recordó lo que le dijo al probar la pizza.
―Exactamente, eso.
Mía rio.
¡Estos ingleses no saben nada de gustos y placeres!
―¿Volverás a la casa?
―Aún no.
―Y no vas a aceptar el paraguas…
Mía negó moviendo lento la cabeza, con una tímida sonrisa.
Lían suspiró a regañadientes y cerró su paraguas. Cerró los ojos y se
encogió de hombros cuando sintió la fría lluvia sobre su pelo y rostro. A
pesar de que los árboles amortiguaban la mayor parte del agua, la lluvia que
se filtraba por entre las ramas y hojas, estaba muy fría. No entendía cómo
Mía podía soportarla. Supuso que su cuerpo ya se había acostumbrado. El
de él en unos minutos más también lo estaría.
Agarró en la mano izquierda los dos paraguas y tendió la mano derecha,
con la palma hacia arriba.
―¿Me permites?
Ella se quedó contemplando la gran palma extendida.
―¿No… no vas a volver a la casa o piensas llevarme a la rastra?
―Pienso incursionar en esto del romanticismo… Quizá deba aprender.
Mía sonrió.
―No les vendría mal a los hombres aprender sobre ello ―reconoció.
―Además, me preocupa que fuerces demasiado tu imaginación.
―Qué considerado, milord.
Mía titubeó antes de aferrar su mano a la de él. Cruzó su palma sobre la
suya y la aferró, pero Lían rápidamente empezó a cambiar de posición.
Que no entrelace los dedos, entrelazados no.
Y, finalmente, Lían intercaló los finos y delicados dedos de Mía con los
largos y firmes dedos de su mano.
¡Mierda!
―¿Sucede algo?
Le preguntó al ver el gesto adusto en el rostro de Mía.
―No, nada.
Comenzaron a caminar. Pero sí pasaba algo. Para Mía, esa forma de
tomarse de las manos correspondía a personas unidas por un sentimiento
especial. Uno no se tomaba así con un amigo o con la madre. Esa
intersección de dedos era una muestra única de amor y acercamiento hacia
una única persona: la amada.
Ahuyentó rápido esos pensamientos de su cabeza, pues claramente él no
podría amarla. La única atracción que sentía hacia ella era su parecido a
Lauren.
Caminaron unos minutos en silencio; ambos notaban la presencia del
otro. Por momentos, el silencio era abrumador, pero ninguno encontraba
qué decir y, a la vez, no querían romperlo.
Lían tenía que reconocer que caminar bajo la lluvia tenía algo especial…
o, tal vez, no era la lluvia sino la mujer que caminaba a su lado la que
volvía agradable aquel momento.
Cuando estaban volviendo a la casa, Lían recordó que cuando se metió al
bosque a buscarla, la escuchó cantar. Ese sonido fue el que le indicó dónde
se encontraba. Aunque pudo escuchar perfectamente su voz, no logró
entender lo que decía porque estaba cantando en español.
―Cuando te di alcance en el bosque me pareció escucharte cantar.
El rostro de Mía se enrojeció. Le avergonzaba que alguien la escuchara
cantar, por eso solo lo hacía en voz baja y cuando se encontraba sola.
―No pensé que lo estaba haciendo en voz tan alta ―respondió
avergonzada.
―¿Qué decía la letra?
Mía se frenó y lo miró de frente.
―No pretenderás que cante, ¿no? ―frunció el ceño.
―No, si no quieres, aunque me agradó mucho tu voz ―sonrió―. Solo
quiero saber qué decía la letra.
Siempre venía a su mente esa canción cuando llovía. Era un tema que
cantaba su padre. Ella se quedó mirándolo a los ojos, buscando en ellos si
pretendía burlarse de su estúpida manía por buscar siempre lo romántico de
las cosas. Pero no halló burla alguna.
De pronto, esos ojos se volvieron como un imán. Contempló su rostro
mojado por la lluvia. Una gota amenazaba caerse por su nariz, mientras
unos mechones de pelo que caían sobre su frente, desprendían más gotas de
lluvia. No podía apartar sus ojos de los de él; sintió que toda esa situación la
envolvía: Estaba en un hermoso paisaje, bajo la lluvia, con un conde que,
por más que fuera testarudo y prepotente a veces, como en ese momento,
podía ser el hombre más tierno que ella hubiera conocido.
Perdida en esos abismos negros comenzó a traducirle el tema:
―“Y cuando llueve te gusta caminar…vas abrazándome sin prisa,
aunque te mojes… Amor mío, lo nuestro es como es… es toda una
aventura… no le hace falta nada”.
Los ojos de Lían no se apartaron de los de ella, como si al pronunciar
esas palabras lo estuviera hipnotizando.
Mía sintió cómo trataba de despejar con los dedos un mechón de pelo
que tenía pegado a la mejilla. El suave contacto de su mano en la piel, le
generó más frío que el agua que hacía ya tiempo empapaba todo su cuerpo.
Advirtió que ese tema describía y encajaba por completo en esa
situación.
―No le hace falta nada…
Repitió él a media voz. Mía negó débilmente con la cabeza.
“Un beso”, pensó.
La mirada de Mía fue hacia la boca de Lían y el deseo de que él la besara
la invadió. Al parecer, él también sintió la misma necesidad porque bajó su
boca a la de ella y unió sus labios en un tierno beso, a pesar de la necesidad
que sentía de devorarla por completo. Entendía que ese momento no se
prestaba para ese tipo de demostración. Mía esperaba romanticismo.
Tiró los paraguas al suelo y aferró sus caderas con ambas manos. Tomó
el labio superior de la boca de Mía entre los suyos y lo succionó con
suavidad utilizando la lengua. Repitió lo mismo con el labio inferior. Mía
con timidez tomó a Lían por los hombros.
La llovizna fina corría por sus rostros mojados y resbalaba en sus labios
sedientos de deseo. Él presionó sus labios sobre los de ella y, de a poco, fue
introduciendo su lengua en la humedad tibia que la boca de Mía le ofrecía.
Era tan suave. Se sentía tan bien.
El beso, cargado de dulzura, se volvía para Lían algo abrasador. No
podía evitar desearla ferozmente y, aun así, mantenía el ritmo sedoso de los
movimientos de la lengua de la joven.
Un estornudo inoportuno hizo que separaran sus bocas.
Mía estornudó otra vez y volvió la mirada, avergonzada, por cortar de
esa manera un momento tan exquisito.
Lían la miró con el entrecejo fruncido. Se lo había advertido, pero ella
había hecho caso omiso a sus palabras.
―Adentro, a quitarte esa ropa mojada y a darte un baño caliente
enseguida. Antes de que eso empeore.
La tomó del brazo y la llevó hacia la casa. Mía no protestó. Hasta ese
momento no se dio cuenta que los dedos de sus pies estaban entumecidos
por el frío. Estuvo bajo la lluvia demasiado tiempo, pero claro que no se lo
reconocería a Lían.
~21~

Tal como Lían supuso, esa noche Mía no bajó a cenar. Temía caer
enferma, producto de la larga caminata bajo la lluvia. Cuando entró a su
habitación tiritaba de frío, los dientes le castañeaban y tuvo que recibir
ayuda de Agatha para poder sacarse la ropa mojada; ella no podía moverse
de lo entumecido que tenía el cuerpo. Soportó el pudor de que alguien la
viera desnuda, su salud lo merecía. Mientras preparaban la bañera, Agatha
la ayudó a ponerse una bata, y la sentó junto al hogar para que su cuerpo
comenzara a calentarse.
Cuando terminó de bañarse se sentía un poco mejor, pero aún seguía
estornudando, así que decidió meterse en la cama. Lían pidió a Tess que le
prepararan un caldo de verduras y se lo llevara al cuarto.
En esos momentos Lían se encontraba en el comedor comiendo solo,
pensando en pasar más tarde por la habitación de Mía para ver cómo se
encontraba. No podía dejar de pensar en el beso que se dieron esa tarde bajo
la lluvia. No tendría que haber cedido a la tentación, se decía. Debía sacarla
de esa casa. El deseo por ella se estaba volviendo cada vez más intenso y
ella no pertenecía a esa época, a ese país… ni a él. Todo era una gran
locura, pero lo cierto era que, vaya a saber cómo o por qué, estaba
ocurriendo.
―Solo… y yo que creí que compartiría una agradable cena familiar.
El tono fingido de decepción venía desde la puerta de entrada al
comedor. Lían levantó la vista de su plato para encontrarse con la típica
sonrisa burlona de su amigo Raphael.
―Creí que te habías perdido.
―En el placer, puede ser ―respondió sentándose a la mesa. Lían tocó la
campana y Tess hizo su entrada al comedor para disponer frente a Raphael
un plato, cubiertos y una copa. Le sirvió un suculento estofado de pescado y
verduras, mientras él se servía el vino.
―Deduzco que te ha ido bien.
Raphael saboreó el vino de calidad que acababa de servirse. Dejó la copa
en la mesa y comenzó a mirar el plato para ver a qué, de todo lo que
contenía, le daría el primer bocado.
―¿Morrinson ya se ha comunicado contigo? ―dijo omitiendo el
comentario de Lían.
―Hoy llegó una nota. Mañana vendrá para firmar los papeles.
Raphael asintió cauteloso, lo que hizo intuir a Lían que algo no había
salido bien.
―¿Qué sucede, Raph?
Él dejó el tenedor sobre el plato y tomó la copa de vino.
―Nada grave, por como terminaron las negociaciones, pero no salió
todo como lo planeamos.
―¿Tengo que preocuparme?
Lían lo miró con los ojos entrecerrados. Rara vez le salían las cosas mal.
Raphael era muy meticuloso en su trabajo, sobre todo en ese que se le
asignó y que él anhelaba desde hacía tiempo.
―No… pero asegúrate de no alargar la reunión y hacerle firmar esos
papeles enseguida.
Sonrió mostrando su blanca dentadura para tranquilizar a su amigo.
―Eso espero…
Lían suspiró y continuó con su comida. Estaba agradecido de haber
llevado a Nord Hall a los empleados que tuvo mientras vivió en Tanner
House, sobre todo a Marriet. Era una gran cocinera. Todo lo que preparaba
era realmente exquisito, y ya sabía sus gustos, así que dos por tres solía
agasajarlo con sus platos favoritos.
―¿Y por qué tan solo? ¿La reciente condesa no nos deleitará con su
compañía?
―Si la encuentras, pregúntaselo.
Raphael lo miró por unos segundos tratando de comprender qué quería
decir. Cuando creyó entenderlo no tuvo dudas, Lauren se había escapado.
―No me dirás que se fugó…
Lían asintió sin mostrar signos de preocupación o enfado.
―Desde hace más o menos… ―simuló calcular mentalmente― tres
semanas.
Raphael no podía entenderlo. ¿Lían le estaba jugando una broma o él esa
noche estaba muy lento?
―¿A qué te refieres?
Lían dejó la copa sobre la mesa y se recostó sobre el respaldo de la silla.
―Esa mujer que encontramos el día después de la boda no es Lauren.
―¿Es una broma, Lían?
El rostro de su amigo mostraba incredulidad. ¿Qué había cambiado? Si
hasta la noche anterior, Lían creía que esa mujer era Lauren.
Él negó silencioso. ¡Ojalá fuera una broma! Ojalá ella fuera su esposa y
así podría obligarla por lo menos a estar bajo su techo hasta que cediera a
compartir la cama con él. Así necesitara diez años, lo prefería a tener que
alejarla de su lado.
―¿Estás seguro?
―No hay dudas ―dijo resignado―. Me ha mostrado pruebas
suficientes, más allá de las que ya hemos visto en estos días ―Lían se
refería a su amabilidad con los empleados, a elegir prendas simples para
vestirse, a su dulzura―, que confirman que no es Lauren.
―No puedo creerlo. Si no es ella, es una copia perfecta.
―Perfecta… ―repitió Lían, pensando más en la persona de esa joven
que en Lauren.
―¿Todo eso que dijo… que viene de otro siglo y otro continente es
cierto?
―Así parece.
―¿Y cómo es que llegó hasta aquí?
―Eso hay que averiguarlo.
―Y, Lauren, ¿dónde está?
Raphael se mostraba cada vez más sorprendido.
―Eso hay que averiguarlo también… y con urgencia.
Lían fijó los ojos en los de Raphael con un brillo nada amistoso. Estaba
enfadado con Lauren. Si ella era la culpable de ponerle a esa joven en su
camino… ¿para qué lo hizo? ¿Para reemplazarla? ¿Para burlarse de él?... Lo
iba a averiguar e iba hacerle pagar una a una las noches en las que no pudo
conciliar el sueño por su culpa.
Perdido en sus pensamientos Lían no se percató de que Raphael lo
contemplaba hacía unos minutos, pensativo. Él sabía leerle bien las
reacciones, gestos y miradas. Se conocían desde hacía años y ambos eran
muy buenos amigos. De haber podido elegir un hermano, ambos se
hubiesen elegido entre sí.
―¿Cómo se llama?
Lían lo contempló pensativo.
―No lo sé. Como acordamos que la ayudaría a entender cómo es que
apareció aquí de la nada y a tratar de encontrar una forma de que vuelva a
su lugar, ella prometió seguir fingiendo ser Lauren, así que seguirá siendo…
Lauren.
―Un buen trato.
―En el fondo no le quedaba otra salida si pretendía que yo la ayudara.
No tiene a nadie más a quien recurrir aquí.
―Podía recurrir a mí. Sabes que soy muy complaciente con las
damiselas en apuros.
Raphael desplegó su encantadora sonrisa. Lían lo miró tratando de
ocultar su malestar por ese comentario. Sabía a qué se refería, y pensar en él
junto a esa joven, no le agradaba. Raphael tenía códigos y jamás se metería
con la mujer de su amigo, pero ahora sabía que ella no lo era; por lo tanto,
podía intentar acercarse para ganar su simpatía, más de la ya se la había
ganado. Raphael era apuesto y simpático, ninguna mujer se resistía a él. A
Lían jamás le importó que mujeres a las que él le había echado el ojo,
siguieran de largo atraídas por Raphael. Él podía conseguir otras, más
lindas incluso. Pero la doble de Lauren era distinto. Eso no podría tolerarlo.
Raphael sonrió de lado.
―Intuyo que te atrae… Incluso más que la misma Lauren.
Arqueó la ceja y curvó más sus labios. Su sonrisa parecía malévola. Le
gustaba descifrar las miradas y gestos de su amigo. Cosa que, a Lían, le
molestaba demasiado.
―No lo voy a negar.
―Por más que lo hicieras, amigo mío, no podrías ocultarlo.
¡Maldición! Solo esperaba que ella no se diera cuenta tan fácil de eso, o
sería difícil que continuara con la idea de ayudarlo fingiendo ser Lauren.
Eso lo pondría en evidencia frente a todos y lo último que quería era
sentirse burlado por Lauren y comenzar a estar en boca de todo Londres por
culpa de esa zorra, por segunda vez. El deseo que alguna vez sintió por ella,
comenzaba a transformarse en desprecio.
―¿Piensas seducirla?
―¿Cuál es, realmente, tu preocupación, Raphael?
Lían se notó molesto por el grado de inquietud que mostraba su amigo.
―Nada… sé que lo harás. Te conozco. Solo que, si es verdad todo lo
que dice, ella se encontraría vulnerable… no es de caballeros aprovecharse
de ello.
―Tú hablando de caballerosidad ―exclamó Lían con enojo.
―Lo sé, pero creo que debemos ser buenos anfitriones durante su
permanencia en Inglaterra. No querrás que vuelva y hable de la descortesía
de los caballeros ingleses.
Su tono era sarcástico. A Raphael le gustaba aprovecharse de damas que
estaban pasando una época de sensibilidad extrema, pero tenía ciertos
límites. No vírgenes, no esposas de sus amigos y, ¿ahora debería sumar, no
mujeres futuristas que viajan solas en el tiempo? ¿Qué le estaba pasando?
¿Sus tiempos de libertino estaban llegando a su fin? Esa idea lo alarmó.
―Preocupado por la reputación de una dama… ¡eso sí que es nuevo!
―exclamó Lían casi en una carcajada―. ¡Por Dios, Raph! No voy a
arrastrarla a mi cama, pero si ella me invita a la suya no la rechazaré ―Era
mentira. No planeaba llevársela a la cama, aunque mucho le tentara la idea.
Solo quería asegurarse de alejar a su amigo de la cama de ella. ―Además,
vive diciendo que de donde viene las mujeres son liberales, disfrutan
abiertamente del sexo… Podría asegurar que tiene más experiencia que la
misma Lauren.
―Interesante ―Raphael levantó una ceja y un brillo de picardía asomó a
sus ojos―. Con razón, me dijo que me sentiría cómodo en su época. Hay
que descubrir ya como hacerla regresar y que me lleve con ella.
Raphael vio el rostro adusto de Lían y la imperceptible mueca de
disgusto que hizo que sus labios se tensaran. Algo le decía que esta vez no
iba a comportarse como siempre lo hacía. A pesar de todo lo que se decía
de él, que era un hombre sin escrúpulos, que su fortuna fue adquirida
aprovechándose de las desgracias ajenas; incluso, que tenía sobre su
conciencia varias muertes, incluida la de su propia madre, Raphael sabía
que no eran ciertas. Lían era el hombre más honrado que conoció jamás.
Podría haber tenido, tiempo atrás, una que otra aventura con alguna mujer
casada, pero nunca se trataba de las mujeres de hombres cercanos a él y a
sus negocios. Raphael podía dar fe, que estaba arrepentido de ese proceder
y no había vuelto a repetirlo en la actualidad.
Podía entender su obsesión por Lauren Parks; que una mujer fácil le
dijera que no a un hombre de su posición, generaba cierto tipo de aspereza y
deseo de venganza, pero lo que percibía de él en cuanto a la doble de
Lauren, no le agradaba demasiado.
Por algún motivo no dijo nada. Decidió esperar a ver qué pasaba con el
correr del tiempo. Tenía la esperanza de estar equivocado.
―Creo que necesitamos algo más fuerte que un vino ―dijo Raphael
para cortar el tenso clima.
―Coincido ―aceptó Lían poniéndose en pie ―. Hoy me llegó una
botella de whisky importado.
El rostro de Raphael se iluminó.
―Tú sí sabes cómo seducirme, querido amigo.
Se puso a andar detrás de Lían hacia la biblioteca.
~22~

Un terrible alboroto proveniente de la entrada, hizo que Lían se levantara


fastidiado de su escritorio y se dirigiera a abrir la puerta de la biblioteca.
―¿Qué es lo que pasa? ―preguntó sobre el vano, sosteniendo la puerta
a medio abrir.
Para su asombro, la histérica voz que estaba generando el desorden, se
dirigió furiosa hacia él, apenas lo vio, señalándolo con un abanico a modo
de amenaza. Cruzó el hall principal llevando consigo a la rastra a una
doncella y detrás, a Hunter.
―¡Con usted, desgraciado, quería hablar!
La joven rubia parecía estar muy enfadada.
―Lo siento, milord, pero no pude frenarla ―se escuchó la voz del
mayordomo por detrás de la mujer.
Lían le hizo un gesto indicándole que no se preocupara. Él se encargaría.
Hunter tomó del brazo a la doncella, le pidió que soltara a la señora
Morrinson y lo siguiera a la cocina.
Lían dio un paso hacia afuera de la biblioteca y arrimó un poco más la
puerta, sosteniéndola aún con la mano.
Pese a la furia que se notaba en el rostro y la voz de la señora Rebecca
Morrinson, Lían habló con voz baja y calma.
―Señora, siempre un placer verla ―le regaló una sonrisa.
―¡Descarado! ―Soltó Rebecca enfurecida―. ¡Nosotros dos teníamos
un acuerdo y usted no lo cumplió!
La voz de ella era elevada y enfurecida. No hablaba a los gritos, pero sí
lo hacía de un modo que todos los que estuvieran en la residencia pudieran
escuchar. No le importaba; conocía la reticencia de Lían a las visitas. Un
lobo solitario. Así que, más allá de la servidumbre, que siempre se
mostraría leal a su amo, no había nadie más en la casa que le pudiera
importar que la escuchara, salvo Lauren. Pero estaba segura de que a ella
poco le importarían las aventuras de su marido en la cama de otras.
―Señora ―dijo Lían tranquilo―, creo que no es el momento...
―Oh, sí. Sí, es el momento ―lo interrumpió la rubia―. No me gusta
que me jueguen sucio, por más conde que sea. Nosotros acordamos algo…
―Por lo que sé, no estuvo tan desconforme con los cambios de planes a
último momento.
Lían ladeó un poco la cabeza y levantó una ceja mostrando una leve
sonrisa socarrona.
A Rebecca se les vinieron los colores a las mejillas. En efecto, no estuvo
desconforme con el cambio cuando a la mañana siguiente, después de pasar
toda la noche a oscuras manteniendo sexo con quien ella creía que era Lían,
se dio cuenta de que el hombre con el que estuvo era Raphael.
Él se despidió y le dijo que se quedara en la residencia hasta bañarse y
arreglarse para poder salir tranquila, pero él tardó más de la cuenta en dejar
Allerton y ambos se encontraron en el pasillo del segundo piso.
Lían y él tenían prácticamente la misma contextura física, los
diferenciaban un par de años. Raphael era dos años menor que Lían; su piel
era más clara y el pelo era de un castaño oscuro. Por eso la idea de vendarle
los ojos y de hablar en susurros.
Cuando Rebecca, enfurecida por la trampa, iba a reclamarle, Raphael la
besó efusivamente y la llevó de nuevo a la habitación, donde sin vendas de
por medio volvieron a tener relaciones… repetidas veces. Antes de
despedirse, acordaron en reiterar más adelante la exquisita velada.
Por eso mismo, la noche anterior, Raphael le dijo a Lían que no creía que
la pequeña alteración en sus planes representara un peligro. Por lo visto,
estaba equivocado.
―Eso no tiene nada que ver ―dijo Rebecca ruborizándose y bajando
apenas un poco la voz―. El acuerdo fue pasar una noche con usted, no con
su socio. Así que, o me resarce por el engaño como es debido o me
encargaré de que mi esposo no le venda esa edificación andrajosa.
Lían desvió la vista hacia adentro de la biblioteca, por unos segundos. Se
preguntó si la voz allí adentro se escucharía perfectamente o llegaría más
apagada de lo que sonaba desde la puerta.
―Me temo que eso no será posible, señora…
Rebecca se veía desbordada por la furia. Jamás un hombre la había
despreciado de esa forma. Era joven, bella, y muy complaciente en la cama.
¿Cómo podía ser que él no quisiera comprobarlo?
Enfurecida, levantó la voz aún más.
―Muy bien. Olvídese de su proyecto porque mi marido jamás le
venderá esa propiedad. Hablaré con él y me encargaré de…
Una tercera voz apareció en escena, algo amortiguada.
―¿Qué ha dicho? ―Quiso saber Rebecca creyendo que quien habló fue
Lían.
―Yo… nada.
Lían empujó la puerta para que se abriera de par en par. La mirada
furiosa de Rebecca se trasladó a la figura del hombre que acababa de
levantarse del sillón ubicado frente al escritorio. Quedó pasmada, muda, al
ver de quién se trataba: Damon Morrinson. De pie y mirándola fijamente a
los ojos.
La ira, que segundos antes invadía el rostro de la joven rubia, fue
reemplazada por una expresión de culpa y bochorno.
Lían se mantenía serio y quieto en el hueco de la puerta, con la mirada
clavada en Rebecca Morrinson. Al final, podría ser que él no se hiciera con
la propiedad de Londres, pero a la muy zorra de Rebecca se le acabaría la
costumbre de saltar de cama en cama teniendo a un marido tan devoto de
ella. Eso lo complacía aún más. Podría encontrar otra propiedad que
reuniera las características de la edificación que pretendía comprarle a
Morrinson para seguir adelante con sus planes.
Lían escuchó que Damon se acercaba despacio hacia la puerta, así que
atinó a hacerse a un costado para que él tuviera una vista más completa de
su hermosa mujer.
Cuando le llegó la confirmación a Rebecca para encontrarse con Lían en
la residencia de Allerton, enseguida le comunicó a su marido que iría a
pasar unos días a lo de su madre, quien le había escrito diciendo que no se
sentía muy bien. Y, como un comentario al pasar, le dijo que había pensado
lo del terreno y esa idea de hacer un enorme “pulmón verde”, como ella
solía decirle al jardín, ya no le parecía tan agradable. Que podía venderle el
lugar al conde de Nordwhit. Lo que Rebecca no pensó, fue que su marido
no esperaría a que ella volviera para ir a cerrar el negocio con Lían.
―Querido…
Se notó nerviosa al ver a su marido, por primera vez, con el rostro adusto
y una mirada gélida dirigida a ella.
―Querida, pensé que te quedarías el resto de la semana en casa de tu
madre… ―dijo él con voz inerte, sin trasmitir sentimiento alguno, pero
Rebecca podía percibir su dolor, por haber sido traicionado, y su
impotencia, por no poder abofetearla allí mismo como ella sentía que quería
hacer.
―Veo que un pequeño error en tus planes te desvió de camino…
Rebecca emitió una leve sonrisa nerviosa. ¡Qué situación más
bochornosa!
Miró furiosa a Lían.
―Esto lo planeó todo usted, ¡basura!
Lían no se inmutó ante la acusación de la mujer.
―Por lo que escuché, la que hace planes aquí eres tú… ―acusó Damon
a su mujer.
―Querido… no puedes… tú… lo que escuchaste…
―Eso lo hablaremos en casa. Ve al carruaje ―ordenó.
Por primera vez, en los cinco años de matrimonio, Damon le ordenaba
algo y de una forma tan autoritaria a Rebecca. Muestra fehaciente de lo
furioso que se encontraba.
Ella asintió sin decir palabra. Dirigió una última mirada iracunda a Lían,
y dio media vuelta para salir de la residencia cuando escuchó unos pasos.
Miró hacia atrás, para donde se desplegaban las escaleras, y vio detenerse a
mitad de los escalones a Mía, quien se detuvo al contemplar a la pulposa
rubia., quien la miró con desprecio y salió casi a las corridas.
―Damon… ―Comenzó a decir Lían cuando este pasó por su lado para
salir de la biblioteca.
―Esto no cambia nada. Mañana mi abogado enviará los papeles
firmados, y arreglará contigo todo para que ese viejo edificio pase a tus
manos.
―Gracias.
―Gracias a ti ―suspiró apenado―, por mantener tus códigos… pero
adviértele a tu socio, que no quiero su presencia donde me encuentre yo o…
mi mujer.
Lían asintió. Damon siguió hacia la salida; al pasar por al lado de Mía la
saludó con una pequeña reverencia y se fue.
Mía dirigió la mirada a Lían. Él estaba recostado sobre la pared, con la
mirada furibunda en el lugar por donde Damon Morrinson acababa de salir.
Pensó que él estaría en esos momentos viviendo lo mismo que ese pobre
hombre, si la mujer que se encontraba delante de él fuese en verdad su
mujer. Quizá la vida le estaba dando una lección. ¿O una segunda
oportunidad?
Cuando se volvió hacia Mía, observó que tenía los brazos cruzados, el
ceño fruncido y movía la cabeza de un lado al otro, con desaprobación.
Intuyó lo que ella debería estar pensando sobre la escena final que acababa
de presenciar y no pudo evitar sonreír. Ese gesto hizo enfurecer a Mía.
¿Cómo podía ser que él disfrutara de quedar en evidencia delante del
marido de la mujer con la que acababa de tener una aventura? Porque estaba
segura, esa noche en que se ausentó fue para acudir al encuentro con
Rebecca Morrinson.
Disgustada como para saludarlo dándole los buenos días, dio media
vuelta para el lado de la cocina.
Lían se apresuró a seguirla.
―Buenos días. ¿A dónde te diriges?
―Es evidente que a la cocina ―respondió cortante.
―Sí, pero no entiendo el motivo. El comedor esta hacia allí. ¿Acaso no
están las cosas preparadas para el desayuno?
Mía se paró en seco al ver sobre un mueble del pasillo de entrada, una
bandeja llena de cartas. Tenía entendido que Lían leía la correspondencia en
la biblioteca, ¿por qué estaban esas allí?
Se volvió para mirarlo.
―Está todo dispuesto en el comedor, pero no tengo intenciones de
desayunar sola, me agrada la compañía de Marriet y…
―Más que la mía… ―aseguró él sin dejarla terminar. Lo dijo en un tono
desafiante, aunque algo abrumado.
¿En realidad se sentiría así de mal porque no le agradara a ella su
compañía? Si ya sabía que no era Lauren, ¿por qué seguía pensando que a
ella le molestaba estar en presencia de él? Por mucho que le costara
admitirlo y entenderlo, le agradaba estar con él. Más cuando no se mostraba
irritable. Pero el tema de ese día, era que no soportaba estar con él después
de descubrir que, al final, sí había accedido a los encantos irresistibles de la
rubia señora Morrinson.
¡Sí, son celos!, gritó para sus adentros antes de que esa voz tediosa
apareciera para decirle lo que ella ya sabía.
―Supuse que ya habías desayunado.
Trató de que su voz sonara lo más calma posible.
―Pues no. Te esperaba a ti para hacerlo cuando llegó Damon Morrinson
para cerrar la venta…
Mía no podía creerlo. ¡Estaba reconociendo que se acostó con la mujer
de otro! Sintió una profunda pena por Damon Morrinson y un gran odio por
Lían y… una envidia tremenda por Rebecca Morrinson.
A Mía le gustaría ser igual de hermosa que Rebecca, para que ningún
hombre pudiera resistirse a ella, sobre todo el hombre del cual ella se
enamorara. Pero, con su suerte, si llegaba a tener esa belleza y se enamorara
de alguien, seguro ese hombre sería gay.
Perdida en el remolino de sensaciones que la confirmación de Lían
generó en ella, casi no se dio cuenta de que él la tomó del brazo con sutileza
y la guio hacia el comedor.
Mía se sentó y comenzó a servirse el té, al tiempo que Lían untaba una
rebanada de pan con mantequilla.
―Seré curiosa… ¿no te dio remordimientos mirar a los ojos al señor
Morrinson?
Mía hablaba mientras revolvía el té, sin mirarlo.
―¿Remordimientos? Ni el más mínimo.
Esa respuesta enfureció más a Mía.
―¿Cómo puede ser posible? ¿No existen la moral, los principios ni el
respeto aquí?
En el siglo XXI tampoco.
―Sí. En escasas personas, pero existen.
―Por lo visto, no en ti. No sé cómo puedo confiar en que vas a
ayudarme a…
Lían dejó el pan a medio comer sobre el plato y se reclinó sobre la silla.
―Te di mi palabra y suelo cumplirla, Lauren… ―Interrumpió Lían y le
pareció raro llamarla con ese nombre, al igual que a Mía―. Por qué no me
dices qué te tiene tan alterada hoy.
Mía dejó la taza sobre el platito.
―Me acabas de decir que el señor Morrinson accedió a venderte el
edificio en Londres.
―Sí.
―Para que eso sucediera, ¿su mujer no había puesto una condición?
― Así es.
―Bueno, por eso… ¿cómo puedes acostarte con la mujer de otro
hombre y después encerrarte a hablar con él como si nada? No hay nada de
principios en eso…
La sonrisa de Lían se extendió en todo su esplendor.
¡Por Dios! ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente lindo con esa
sonrisa y esos ojos cuando lo que ella le estaba reclamando no era para
enorgullecerse, sino para sentirse como la peor basura del mundo?
―No entiendo cómo te puedes divertir con la desgracia ajena ―replicó
Mía.
―No me divierto con la desgracia ajena. Es más, siento una profunda
pena por Damon Morrinson. Desde siempre se supo que se casó plenamente
enamorado de la zorra de su mujer.
―Yo también lo creo ―dijo ella refiriéndose al modo en que Lían
calificó a la mujer de Damon―, pero no es forma de referirse a una mujer.
―No, pero ella dista mucho de ser una verdadera mujer ―sentenció
Lían.
―Se puede decir lo mismo de ti ― retrucó Mía.
Lían disfrutaba cada vez más con la batalla de palabras que se estaba
desatando en ese momento, pensando que cuando supiera que él no se
acostó con esa mujer, su rostro pasaría a encenderse. Y era tan linda cuando
se ruborizaba.
―Hace algún tiempo ―reconoció―, puede que me acostara con una o
dos mujeres casadas, pero ese mal hábito ha quedado atrás.
―Hasta que apareció la beldad de Rebecca, irresistible, ¿no es así?
―inquirió Mía molesta, más molesta de lo que a ella le hubiese gustado
estar.
Lo que era irresistible para Lían, en ese momento, era no sentarla en su
regazo y hacerla callar con un beso, pero disfrutaba de la manera que tenía
de enfrentarlo. Nadie, más que su abuela y Raphael tenían esa osadía.
―Es bonita, pero de ahí a ser irresistible… ―reconoció Lían con la voz
lánguida, como si nada.
―¡Bonita! ―exclamó Mía casi enfurecida, y no sabía por qué le
molestaba que no reconociera la gran belleza que esa mujer representaba―.
Es hermosa. Si lo pienso bien, es totalmente comprensible que hayas
sucumbido a sus encantos… ―reconoció con tristeza―. Hasta si yo fuera
hombre lo habría hecho…― agregó en voz baja.
Lían no aguantó y emitió una sonora carcajada que la desconcertó.
Parecía que se estaba burlando de ella al sentir que envidiaba la belleza de
otra mujer. Tenía ganas de tirarle el té caliente en el rostro.
Lían leyó la expresión de enojo en los ojos de Mía y con todo el esfuerzo
que pudo, intentó detener su risa.
―Me alegra que te diviertas tanto conmigo ―repuso ella tajante.
―Es que eres encantadora.
Mía lo miró con desconcierto.
―Lauren, yo no me acosté con Rebecca.
Mía lo contemplaba en silencio, tratando de descubrir la mentira.
―No lo voy a negar. Es una mujer muy linda ―Bueno, linda está mejor
que bonita―, pero no me atrae y Damon me cae bastante bien, no lo
traicionaría por más que su mujer me provoque. Él la ama.
Ah, mirá vos. Al final parece que tiene códigos.
―¿Entonces… cómo es que te vendió el edificio?
Lían carraspeó.
―Hubo un cambio de… ―hizo una pausa buscando la palabra
adecuada― actor…
A Mía le costó un par de segundos entender qué había querido decirle. Si
él no se acostó con Rebecca, ¿a quién mandó en su lugar? Tenía que ser
alguien que tuviera la misma contextura física y dotes que él para dejar tan
complacida a la rubia como para impulsar a su marido a que realizara la
venta.
“Para mí sería un placer satisfacer esa petición”, recordó las palabras de
Raphael en el carruaje la vez que fueron al pueblo a comprar los vestidos y
a reunirse con el señor Morrinson.
―Raphael…
Lían asintió.
―Así que, señorita, creo que merezco una disculpa.
Tal como él previó, las mejillas de Mía se volvieron enseguida de un
color carmesí.
―Lo siento… ―y antes que Lían pudiera decir algo agregó―: pero de
todos modos el accionar que tuvieron con Raphael no fue el correcto.
―Lo sé.
Continuaron desayunando en silencio. Mía buscando un tema de qué
hablar recordó las cartas.
―¿Qué son todas esas cartas que hay en la entrada?
―Invitaciones
―¿¡Tantas!?
―Sí, parece ser que la huida de Lauren con su amante durante una
reunión acaparó la atención de todo Bradford, aledaños y Londres,
inclusive. Todo el mundo requiere nuestra presencia.
Mía se encogió de hombros.
―Lo siento, no quería generar tanto alboroto, pero si tú me hubieses
escuchado desde un principio nada de eso hubiese pasado.
Lían la miró de reojo.
―Supongo que así es ―reconoció al final.
―Ves, encontramos una hermosa forma de llevarnos bien.
Lían levantó las cejas.
―¿Y cuál es esa forma?
―Darme siempre la razón a mí.
Mía desplegó la más dulce de las sonrisas. Esa que la volvía una niña
crédula y soñadora, y que a Lían le encantaba.

Con permiso de Lían, Mía pasó gran parte de la mañana leyendo las
invitaciones que habían llegado. En su mayoría eran de personas
desconocidas para ella, a otras las recordaba vagamente de la fiesta a la que
asistió en Tanner House. Encontró también varios sobres lacrados que no
tenían remitente ni ningún tipo de distinción en el lacre, dirigidos a Lauren.
Al abrirlos Mía se encontró con que pertenecían a distintos amantes de ella.
Inclusive encontró una carta de Christopher. En ella le contaba que su nariz
estaba mejorando, pero que si tuviera sus cuidados se repondría más rápido
sin duda. Mía se alegró de que los golpes de Lían no lo hubieran afectado
tanto. En el fondo sentía una gran pena y hasta algo de cariño por el joven y
vigoroso rubio, que tuvo la mala suerte de enamorarse de Lauren. Otra, de
un tal Roy Clayton, le decía que no veía la hora de poder encontrarse,
nuevamente, entre sus piernas y disfrutar de sus ardientes gemidos.
Por lo visto a Lauren le gusta que sean vulgares con ella.
Lo que más sorprendió a Mía fue que no tuvieran el más mínimo respeto
hacia el marido de Lauren; eso le daba una idea de la clase de mujer que
era: dejaba mucho que desear. Seguía preguntándose cómo era posible que
alguien como Lían se hubiese fijado en ella. ¿Qué tenía Lauren que
obnubilaba a todos los hombres, o a la gran mayoría?
Esa no era la única carta que hablaba en esos tonos. Otra, de Mathew
Evans, decía que le suministrara a Lían una cierta droga para que se
durmiera profundamente, así ella podría escaparse para hacer el amor, bajo
la luna. Eso es romántico, se dijo mientras leía. No refiriéndose a lo de
suministrarle la droga al conde, obviamente. Pero después cambió de
parecer. La carta continuaba: “…extraño amor, abrir los pliegues de tu carne
y penetrarte hasta dejarte exhausta y gritando mi nombre”.
Al mediodía, cuando se encontraron para almorzar, le contó a Lían sobre
esas cartas. Notó que no le gustaba nada, sobre todo cuando le nombró a
Christopher.
La parte malvada de Mía afloró e intentó incomodarlo aún más,
mencionando algunos fragmentos de las cartas.
―Un tal Terrance… ―hizo una pausa simulando recordar el apellido.
―Coks… ―dijo con sequedad Lían, mientras Mía se esforzaba en
disimular una sonrisa.
―Ese, Terrance Coks. ¿Lo conoces? ―preguntó exageradamente
asombrada.
―Suele frecuentar Jeffrey`s club―reconoció Lían y aclaró, al ver que
Mía lo miraba desconcertada ―: Es el club de juego de Londres, del cual
soy socio.
Así que ese era uno de los negocios que Agatha le mencionó días atrás,
pensó.
Algo me dice que ya no va a frecuentar más el club y no por decisión
propia.
El goce por lo que iba a decir a continuación, se incrementó. Mía estaba
descubriendo que ser mala, en ciertas ocasiones, era divertido.
―¡Ah!... Bueno, Terrance Coks, escribió... ―Mía concentró la vista en
un punto ciego en la pared, tratando de recordar tal cual, las palabras
escritas por el amante de Lauren―: “Amor mío, ansío poder… estrecharte
nuevamente en mis brazos y disfrutar de tus gemidos al introducirme en tu
cuerpo una y otra vez… ―hizo silencio simulando recordar cómo seguía la
carta, al tiempo que dirigía a Lían una rápida mirada de reojo. Su expresión
era inmaculada. Fría. Interesado en la comida como si en verdad no le
molestara lo que ella le contaba―. Recorrerte con mis manos…
―prosiguió―, y escucharte gritar mi nombre extasiada, como la última
vez”.
Al terminar, Mía llevó ambas manos a su boca para amortiguar el sonido
de una carcajada que amenazaba con salir de lo más profundo de su
garganta.
Él llevó la copa de vino a su boca y mientras bebía la contemplaba. Se
notaba tranquilo. Aunque, por dentro, Mía imaginó que hervía de la furia.
Eso por algún motivo que no lograba descifrar, o no quería en realidad, la
regocijaba de placer.
―¿Has recordado algo gracioso que también escribió Coks o quizá
Clayton?
La voz sonó seca. Dejó la copa en la mesa sin dejar de mirarla, lo que
provocó que Mía riera aún más fuerte sin poder amortiguar, esta vez, el
sonido con sus manos. Los ojos se le iluminaron por el desborde de risa.
Al principio, Lían se sintió molesto al entender que ella le relataba lo que
los amantes de su esposa escribieron solo para burlarse de él. Debía pensar
que era un tremendo idiota por haberse casado con alguien como Lauren. Y
no la culpaba, él ahora también lo pensaba. Pero al verla reírse… Era tan
natural, tan linda, alguien lleno de vida, que no ocultaba nada. Era simple.
No podía enojarse con ella. Y no tuvo más remedio que sonreír ante el
ataque de risa que le había dado a su costa.
―Lo siento ―logró decir Mía entre jadeos; se tomó con la mano el
estómago, que comenzó a dolerle―. Es que… tendrías que ver tu rostro…
Trató de serenarse al ver el gesto con que Lían la miró.
―Hay que reconocer que esto tira por la borda, eso de que los ingleses
son fríos. Claramente, todas esas cartas que leí… demuestran lo contrario.
Tomó un poco de agua para calmar la ansiedad.
―Qué los ingleses somos fríos…
―Siempre lo he escuchado ―Mía se encogió de hombros―: “tan frío
como un señorito inglés”, “tan correcto como un lord inglés”. Da a entender
que un inglés no se lleva por la pasión ni por ningún tipo de sentimiento
espontáneo. Aunque quizá se refería a los hombres de la aristocracia y no a
los de la clase media. Quizá…
―Quizá… ―interrumpió Lían lacónico―, convendría cambiar de tema.
Sus profundos ojos negros se fijaron con severidad en los de ella, con un
brillo que Mía no alcanzaba a comprender del todo. Tragó saliva. Algo en
esa forma de hablar la perturbó. Asintió levemente y se dispuso a continuar
con la comida que tenía en el plato.
Lían hizo lo propio, agradeciendo que cambiara de tema, porque estaba a
punto de demostrarle allí mismo, lo frío que podría llegar a ser un lord
inglés.
~23~

Desde que Mía logró convencer a Lían de que ella no era Lauren la
relación entre ellos cambió abruptamente. Él ya no se mostraba tan
autoritario ni dueño de ella, sino que la trataba casi como un amigo. Era un
buen anfitrión. Después de todo ella era una extranjera, que tenía la
peculiaridad de haber venido de un par de siglos por delante. Sonaba raro,
sí. Hasta ellos, varias veces se hacían bromas al respecto.
Casi siempre que volvía a la casa después de hacer sus recorridas por las
tierras o ir al pueblo u otras ciudades cercanas, donde tenía socios, como
ocurrió las veces anteriores, Lían encontraba a Mía en el establo intentando
que Ernest, le enseñara a montar. Pero el muchacho se negaba
rotundamente. Todavía tenía en su rostro las consecuencias de la trompada
que Lían le había dado segundos antes de echarlo. El joven no quería saber
nada con estar cerca de ella.
Mía contempló apenada, la aureola violácea que rodeaba el ojo izquierdo
de Ernest, y, por más que le aseguró y le juró que Lían ya no volvería a
tocarlo, no hubo caso. Él seguía negándose, a pesar de creer aún que ella era
la condesa.
Una tarde Lían se dirigía al establo y se cruzó con ella a medio camino.
Iba furiosa hacia la casa.
―¿Qué sucede? ―le preguntó.
Con el rostro enrojecido y frunciendo los labios lo miró a los ojos.
―Esperaba que Ernest me enseñara a montar.
―¿Y qué pasó?
―Dijo que no… ¿Adivina por culpa de quién no me quiere ver ni a dos
leguas de distancia?
Cruzó los brazos dirigiéndole una mirada acusatoria. Lían se encogió de
hombros y contuvo una sonrisa. Lamentaba el accionar de Ernest y sabía
que todo era por su culpa, pero la expresión de Mía, enojada y
recriminándole como si fuera una niña malcriada le parecía de lo más
exquisito.
―De todos modos, no tenemos sillas de amazonas para que pudiera
enseñarte.
―Pretendía que me enseñara como corresponde. Esa forma me parece
incomodísima. Ya me había preparado para dar una vuelta ―bajó los brazos
con el tono de voz apagada.
Lían frunció el entrecejo invadido por la curiosidad.
―Preparado, ¿cómo?
―Me puse debajo del vestido un pantalón.
Se levantó unos centímetros el ruedo del vestido amarillo que llevaba
puesto, dejando ver las botamangas de un jean azul. Para su sorpresa,
Agatha no se había deshecho de su ropa, sino que la había guardado en su
armario, suponiendo que ella en algún momento se arrepentiría de la
decisión tomada, y no se equivocó.
―¿Qué es eso?
―Un jean…
Mía levantó el vestido hasta por encima de las caderas para que Lían
pudiera apreciar el pantalón más común del siglo XXI. El jean de una tela
fina, se adhería perfectamente a las curvas y formas de sus piernas. Parecía
que estuviera pegado a la piel o, aún más alarmarte, que estuviera pintado
sobre las piernas de la muchacha. Mía dio una ligera vuelta para mostrarle
la parte trasera del ajustado pantalón.
Él sintió la boca reseca y el pulso acelerado. ¡Por todos los demonios!
¿Así pretendía ir con Ernest para que le enseñara a montar? Sabía que no
tenía ningún derecho sobre ella, pero no podía soportar verla cerca de otro
hombre. Cuando Mía terminó de dar la vuelta, el rostro de Lían se
endureció. Miró con disimulo hacia todos lados constatando que nadie más,
aparte de él, la vio levantarse las faldas y mostrarle ese peculiar atuendo.
¡Así andaban las mujeres en su época! Bendito sea por no pertenecer a
ese período. Sería una tortura tener que verla así todos los días caminar por
la calle, en reuniones sociales…
Pasada la impresión que le generó ver el contorno del redondo y firme
trasero de Mía envuelto en esa tela, trató de parecer lo más calmo posible y
le prometió que él mismo le enseñaría a montar, más adelante. Satisfecha
por la promesa, a Mía se le pasó el enojo y entró a la casa con un humor
más alegre.
En otra ocasión, la encontró en el lago. A unos metros de llegar, pudo
ver la silueta de Mía, sentada a la sombra de un árbol. Estaba descalza, con
las piernas flexionadas hacia un costado. Las sandalias descansaban, sobre
las gruesas raíces del árbol.
Estaba inclinada sosteniendo algo en una mano y hablaba voz baja. Por
el entrecejo fruncido, Lían pudo adivinar que estaba maldiciendo en
español. La contempló unos minutos, intentando acercarse a ella sin hacer
demasiado ruido. Carraspeó despacio cuando estuvo lo bastante cerca. Mía
cortó al instante la cadena de insultos que estaba profiriendo y dirigió la
mirada hacia las botas que se encontraban delante de ella. Al llegar al
hermoso rostro moreno, la sonrisa le iluminó el semblante. Le alegraba
verlo, estuvo ausente toda la mañana y no volvió a almorzar. Lo había
extrañado. Tal vez a eso se debía su mal humor.
A Lían, ese recibimiento le aceleró el pulso. Le parecía la criatura más
hermosa que hubiese visto en cien vidas. Entendía que debía mantenerse
alejado de ella, pero le resultaba imposible. Ansiaba todo el día llegar a la
casa y encontrarla ahí. Esa sonrisa, radiante, sincera y dulce que le
brindaba, lo hacía estremecerse.
―¿Cómo estuvo tu día?
Ella suspiró, frustrada.
―Aburrido ―dijo y ladeó la cabeza; mientras, Lían se ponía de cuclillas
delante de ella. ―¿El tuyo?
Habría querido responderle que lejos de ella también le había resultado
aburrido. A pesar de estar ocupado atendiendo los reclamos de los
arrendatarios, su mente no pudo apartarse en ningún momento de ella. Pero
se abstuvo de responder con sinceridad plena. Se limitó a decir solo
“agotador”.
―¿Qué haces? ―Señaló con la mirada las piedras que ella sostenía en la
mano.
―Juego a la payana.
Lían arrugó la frente.
―¿A la qué?
―La payana. Es un juego. Se utilizan cinco piedras chicas, que quepan
en una mano. Consiste en ir atrapándolas de a una.
Mía explicó el juego a Lían, comentándole que cuando él llegó estaba en
la etapa de atrapar lar piedras con el dorso de la mano. Había intentado seis
veces poder atraparlas a todas sin éxito. O las tiraba muy alto y se
dispersaban en el aire haciendo imposible poder atraparlas a todas juntas o
las tiraba con la altura y velocidad necesaria, pero al caer en su mano
alguna rebotaba y se caía. No pudo atraparlas a todas. Tenía los nudillos
doloridos de las veces que las piedras cayeron sobre ellos con fuerza.
―Déjame intentarlo a mí.
Ella lo miró recelosa y con una leve sonrisa. Intuía que no conseguiría
hacerlo. Era alguien bastante… bruto, podría decirse. Sabía que no podría
medir la fuerza con que debían lanzarse las piedras y se esparcirían por los
aires en diferentes sentidos.
―¿Apostamos? ―dijo y le sonrió con picardía.
Lían dedujo que pensaba que no lograría hacerlo. De otro modo, no se
hubiese atrevido a hacerle esa pregunta. La contempló divertido, analizando
la situación. ¿Qué querría apostar? Ya no le iba a pedir que la llevase
adonde la habían encontrado, para averiguar algo más. ¿En qué estaba
interesada ahora?
―Dime que deseas.
A vos. Se sorprendió ante ese pensamiento automático.
No, se contradijo al instante.
Pero es verdad. Lo deseas a él.
Callate
Bueno, entonces dejá de mirarlo como una idiota y contestale rápido.
Mía se quedó contemplando sus ojos y su boca, deseándolos. Le costaba
admitirlo, pero deseaba que la besara como en aquella tarde bajo la lluvia.
Si hubiese sido él quien hubiera sugerido lo de la apuesta… Pero no, fue
ella, y no podía admitir que quería un beso si ganaba. Tenía que pensar
urgente algo que decir.
Apretó los labios, unos segundos, pensativa.
―Que me lleves a Londres contigo la próxima vez que vayas… Si es
que todavía estoy aquí ―agregó en voz baja.
Ese último comentario no le agradó del todo a ella y tampoco a Lían. Por
momentos, él olvidaba que ella podría irse, desaparecer de su vida con la
misma facilidad con la que había entrado. Ya no le veía ningún parecido
con Lauren, estaba más que convencido de que no lo era. Ciertamente, ya ni
pensaba en Lauren, ni se acordaba de su obsesión por ella, ni que se había
casado con esa harpía debido a su orgullo herido. Al ver a Mía, veía a su
mujer, aun sabiendo que nada los unía. Compartían la casa, el desayuno, el
almuerzo, la cena, charlas en el salón, lecturas, risas… Era una amistad
especial la que existía entre ellos. No podía imaginar que de un día a otro ya
no la tendría más.
―De acuerdo.
―Y tú qué…
Mía dejó la pregunta en el aire.
Un beso, un beso, un beso, repitió mentalmente como un mantra,
tratando de evitar mirar su boca y quedar en evidencia.
Lían pensó unos largos segundos. Moría por pedirle un beso si es que
ganaba. Llevaba anhelando la dulce suavidad de su boca hacía días, pero
eso mostraría que sentía algo por ella. Y estaba casado. ¿Qué pensaría ella
de eso? Quizá no se extrañará tanto, si de donde ella venía era algo común
que los hombres engañaran a sus mujeres. Pero no sabía cómo veía ella ese
tema. ¿Por qué no quería desilusionarla? ¿Qué le importaba lo que pudiera
pensar de él?
Recordó la charla en la biblioteca la mañana después de que le
demostrara que no era Lauren: “Ustedes los ingleses son muy fríos y
formales… nosotros somos más cálidos… nos saludamos con un beso, un
abrazo”; encontró la manera de sentirla un poco más… cálida.
―Recuerdo que me dijiste que ustedes suelen saludarse afectuosamente,
con un beso.
Mía asintió con la mirada iluminada y el corazón latiendo a un nivel por
encima de lo normal. Intuía lo que le iba a pedir.
―Bien, si gano… a partir de ahora, nos saludaremos como lo hacen en
tu país… A ver si logro deshacerme de la parte fría de ser un inglés.
Sonrió irónico. A Mía no le molestó en absoluto su tono de burla.
―Muy bien ―asintió, satisfecha. No era el beso que esperaba, pero era
algo.
Lían tomó las piedras del suelo, hizo un leve movimiento hacia arriba y
abajo tratando de calcular el peso de las piedras y la velocidad y fuerza con
las que tendría que arrojarlas para que se mantuvieran juntas para poder
atraparlas todas sobre el dorso de la mano.
―¿Cuántas posibilidades tengo? ―preguntó antes de lanzar las piedras.
―Una ―rio ella divertida.
Aunque, pensándolo mejor, le tendría que haber dicho todas las
necesarias hasta que ganara, pero ya no podía retractarse y darle más
chances. Se lamentó.
Bien. No le daba margen para el error y Lían estaba convencido de que
no lo tendría. Quería recibir todas las mañanas un beso de sus labios, el roce
de su mejilla. Y, así iba a ser. Arrojó las piedras hacia arriba, no lo hizo a
muy alta distancia. Las piedras se mantuvieron unidas en todo el trayecto,
tanto hacia arriba como cuando comenzaron a descender. Tocaron el dorso
de la mano de Lían y allí se quedaron. Ninguna rebotó, ninguna se abrió
camino mientras bajaba y cambió de dirección.
Mía levantó la vista de la mano de Lían. Él estaba quieto con los dedos
juntos y las cinco piedras inmóviles como si estuvieran pegadas a su piel.
Tenía una sonrisa de victoria y un brillo en los ojos que la hizo estremecer.
Él pensaba que estaba molesta por haber perdido, la fingida mueca de la
boca de la joven así se lo demostraba, pero al igual que la otra vez, estaba
más que dispuesta a pagarle la apuesta.
―Suerte de principiante ―bufó levantando la ceja con una sonrisa,
mostrando que su enfado no era tal.
―Si quieres, lo intento de nuevo.
―Si mis manos fueran del mismo tamaño que las tuyas, también podría
lograrlo…presumido ―masculló, pero Lían logró escucharla y echó a reír.
Él miró las manos de Mía y vio los nudillos de su mano derecha todos
colorados.
―¿Has practicado mucho?
Tomó la mano entre la suya y acarició los nudillos con el pulgar. Sentir
ese contacto, le estremeció todo el cuerpo. Sintió una leve electricidad en su
bajo vientre. ¿Cómo podía ese hombre causarle tanto en tan poco tiempo y
con un simple roce?
―Un poco.
Lían estiró su mano, colocando las palmas de ambos en contacto. Los
finos y delicados dedos de Mía parecían los de una niña al lado de los
gruesos y largos dedos de la mano de él. Eran tan frágiles. Si él quisiera con
un leve apretón podría quebrárselos. Un escalofrió corrió por la espalda de
Mía ante esa sensación. ¿Podía ser verdad que él haya matado a su madre?
No. Estaba convencida de que no era así.
Lían entrelazó los dedos con los de ella y tiró hacia arriba de la mano,
para que Mía se pusiera en pie. Con la otra mano tomó las sandalias y se
encaminaron hacia la casa.
Al fin de cuentas había ido a buscarla para algo que olvidó por completo
al verla.
~24~

Lían envió algunos hombres a custodiar los alrededores del castillo del
marqués de Crowle para averiguar si la dama de compañía de su esposa,
Tarah Travis, volvía a ir por allí, o para que intentaran hablar con alguno de
los criados del marqués y obtuvieran alguna información útil sobre su
paradero, si alguno sabía que tenía algún familiar u otro dato que le sirviera
de ayuda. Hasta ahora no tenía noticias de ellos y, para ser sincero, tampoco
le preocupaba demasiado recibirlas. No quería nada que pudiera alejarlo de
su “Lauren”. Detestaba tener que llamarla así. No lo era. Ni se parecía a
ella en nada. Ahora lo veía. Sí, físicamente eran iguales o casi: “Lauren”
tenía un lunar en el labio inferior del lado derecho que la auténtica Lauren
no; el tono de piel de esta “Lauren” era un poco más bronceado que el de su
esposa.
Ya no le agradaba pensar en la locura que cometió solo por despecho.
¿Estaba padeciendo tanto por haber recibido un simple no? ¿Por qué no
tuvo a alguien a su lado que le hiciera entrar en razones cuando empezó a
sopesar esa ridícula idea de venganza? Toda su vida estuvo solo. Si no fuera
por Raphael o Emilie, jamás habría conocido el significado de la palabra
amistad. Pero no les pidió consejo a ellos con respecto a su boda con
Lauren. Se los comunicó después de haber obtenido la palabra del marqués.
Ya nada podían haber hecho para disuadirlo si hubiesen querido, pero cuán
agradecido estaría en esos momentos si lo hubieran intentado.
No estaría ahora maldiciendo por no poder saltarle encima y devorar esa
boca que lo provocaba con la seña de alguna maldita carta. De todo lo que
le explicó del truco, no le quedó nada. Estaba fascinado con su boca
fruncida simulando tirarle un beso. Era una señal que le indicaba que ella
tenía cierta carta, pero no recordaba cuál. ¿Un dos? ¿Una sota? ¡Dios! Era
una terrible tortura contemplar cómo le guiñaba un ojo, su boca fruncida y,
la seña que lo desestabilizó por completo, cuando se mordía el labio
inferior. Eran gestos inocentes, pero que lo excitaban… demasiado. Hacía
tiempo que no estaba con una mujer y sería tan fácil satisfacer sus ganas,
pero no quería a cualquier mujer. Tampoco deseaba ya a Lauren. Quería a
esa dulce, frágil, vivaz y alegre mujer futurista ¡Qué le importaba si venía
de otra época y otro continente! Solo quería mantenerla en este tiempo y
espacio. En su tiempo: ahora; y en su espacio: sus brazos.
Deseaba poder seducirla, conquistarla y que llegase a amarlo hasta el
punto de hacerle olvidar sus deseos de volver a su país y a su época. Pero
era consciente de que nadie podía amarlo. Muchas mujeres lo deseaban por
su poder, su dinero, su virilidad y muchas, recientemente, por su título. Pero
ninguna lo amaba ni llegaría nunca a amarlo. Su madre lo despreció desde
el primer momento. Pensaba que de haber podido morir en el parto, lo
hubiese hecho y, si de paso se lo llevaba a él también, no lo hubiera dudado.
Su abuela, Maxinne, solo se acordó de él en el momento de hacerse cargo
del título; de otra manera, jamás se hubiese dignado a acercársele. Lían
sabía por qué. Sabía lo que él representaba para ella. En él veía los errores
que había cometido con su hija Ingrid, pero sobre todo con Cyril, su amado
hijo a quien nunca pudo decirle que no. ¿Castigarlo? ¡Jamás! Era la luz de
sus ojos.
¡Maldita ciega!, pensó Lían.
―¿Muy complicado?
La voz dulce de Mía lo volvió al presente. Lían estaba con el ceño
fruncido, perdido en sus pensamientos. Centró su atención en ella y la vio
sonreír. Por suerte, ya no le “tiraba besos” y los últimos pensamientos que
lo llevaron a su abuela, lograron bajar un poco la tensión que comenzó a
sentir en su entrepierna. Lo decidió en ese momento: pensaría en su abuela
cada vez que se excitara en su presencia.
Lían miró las cartas que tenía en su mano. Una sota de basto, un as de
espada y un dos de oro. No recordaba el valor de esas cartas ni las señas que
le correspondían a cada una. Por un momento, se sintió un idiota por no
haberle prestado atención, pero su boca lo desvió rápidamente del juego que
intentaba enseñarle. Solo recordaba la explicación de cómo en una de las
habitaciones de arriba, encontró un juego de naipes españoles cuando entró
allí los primeros días tratando de pasar el tiempo y de familiarizarse con el
lugar. Después de cenar le preguntó si quería que le enseñara a jugar al
truco, un juego de naipes muy común en su país y que su padre le enseñó
desde pequeña, y él no pudo negarse. Sentía que ya no podría volver a
decirle que no a nada. Una cosa era negarse a cualquier petición de Lauren,
su esposa, pero de ella… Si le pedía ir a pelear solo por recuperar las islas
de su país que Inglaterra había tomado, iría. Y esa idea… lo aterraba.
Dejó las cartas sobre la mesa y se rastrilló la nuca con los dedos.
―La verdad es que estoy cansado y no he podido prestar mucha
atención ―se encogió de hombros―. Lo siento.
Mía lo contempló comprensiva. Sabía que la mayor parte de ese día
estuvo haciendo trabajo pesado en una de las casas ubicadas al fondo de la
estancia. Iba a tirarla abajo para hacer una edificación mucho más
resistente; almacenaría allí el heno para sus caballos y los fertilizantes que
les daba cada mes a los arrendatarios. Era un trabajo que no le correspondía
hacer a él, pero Lían necesitaba ejercicio. Intentaba así sacarse de encima la
frustración de no poder realizar otra actividad física mucho más placentera.
Mía debió de suponer que preferiría dormir antes que jugar a las cartas,
pero era tanto lo que ansiaba pasar tiempo con él que no interpretó el
cansancio en sus ojos.
―Yo lo siento ―se excusó―. Debí de haberme dado cuenta de que
estarías cansado hoy, después del trabajo que estuviste haciendo
desocupando ese viejo almacén. Pero te compensaré por mi falta de
consideración… milord.
Cada tanto, Mía solía soltar el “milord” como si se burlara de él o más
bien, como si buscara provocarlo. Siempre al “milord” le seguía una sonrisa
insinuante y divertida. Lían no sabía qué quería provocar en él: ¿más
deseo?… Imposible. Sentía que ya estaba desbordado del máximo de deseo
que un hombre podía sentir por una mujer. ¿Diversión?… Todo en ella lo
divertía. Era graciosa, alegre, optimista, hasta ingenua en ciertas ocasiones.
Le encantaba escucharla hablar de su época y las cosas raras que hacían o
vestían. Si ella supiera todo lo que esa sonrisa y esas palabras le
provocaban, saldría corriendo despavorida.
Mía batió sus finos y delicados dedos frente a él dedicándole una
sonrisa, se levantó de la silla y se acercó a él. Lían la miró receloso. ¿Qué se
disponía a hacer?
Se paró detrás de la silla y apoyó sus manos en los hombros, sobre la
casaca. A Lían el pulso se le detuvo por un instante al sentir el delicado
peso de la mano de ella sobre su cuerpo. Aunque sea en el hombro y sobre
la ropa, lograba que la piel se le encendiera.
Mía comenzó despacio a hacer leves movimientos circulares con los
dedos.
―A mi padre… ―comenzó a decir en voz suave ―siempre le gustaba
que le hiciera masajes en el cuello, a la noche, cuando llegaba de trabajar.
Sonrió con melancolía al recordar esos momentos. Había pasado tanto
tiempo…
Era dificultoso realizar esa tarea mediante la ropa y sabía que sería
inadecuado pedirle que se sacara la casaca y la camisa para poder
proporcionarle una mejor relajación de los músculos que, notó a través de la
tela, que estaban agarrotados. Lían necesitaba relajarse, sin duda.
―Lían…
―¿Sí?…
―Sé que es inapropiado, pero… para facilitar mi tarea podrías, al
menos… desabrochar los primeros botones de la camisa.
Mía esperó a que Lían contestara. Él no estaba seguro de hacerlo. No
correspondía, pero más allá de eso, sabía que sería perjudicial para él.
Luego de unos instantes, desabrochó los primeros tres botones de la camisa.
Mía estiró el cuello de la prenda hacia atrás, ampliando así la piel
expuesta de la nuca y parte de los hombros. Apoyó una mano en cada
hombro, sobre la base del cuello y con el dedo pulgar comenzó a presionar,
moviendo con lentitud los dedos a lo largo de la piel firme y caliente.
Lían inclinó la cabeza hacia adelante. Estaba demasiado tenso y ese
contacto con las manos de la joven no lo ayudaba a cambiar su estado.
Su piel era tan suave, tan caliente al tacto, que Mía no pudo evitar desear
bajar una mano por la abertura de la camisa y acariciar su pecho, su
estómago, mientras con la otra mano envolvía su cuello y bajaba la cabeza
hasta rozar su mejilla con la de él. Deseaba besar esa piel, sentir su calor
bajo los labios. Sus pulsaciones comenzaron a acelerarse. Lo deseaba…
Deseaba sentir su cuerpo…
Ese pensamiento la asustó. Jamás deseó ese tipo de acercamiento con
ningún hombre. Tenía que poner freno a ese contacto, pero el gemido de
placer que emitió Lían hizo que siguiera. La complacía saber que él
disfrutaba de sus masajes.
Aunque la mano de Mía era frágil y pequeña, ejercía una fuerte presión
sobre los contracturados músculos de Lían. Al principio, esos movimientos
lo relajaron. Tenía los ojos cerrados en total abandono a los masajes. Había
logrado que él dejara de estar tan tenso, pero con el correr de los minutos,
las caricias que Mía le proporcionaba pasaron a encenderlo. Deseaba
tomarla de la cadera, sentarla sobre su regazo y besarla. Recorrer con las
manos su cuerpo. Sentirla presionada contra él.
Comenzó a notar que su respiración modificaba el ritmo. Pronto
quedaría en evidencia. Tener a la muchacha tan cerca, lo excitaba
demasiado. Con delicadeza, tomó sus manos y las alejó del contacto con su
piel.
―Gracias ―dijo con la voz ronca y baja―, pero creo que… ya es
tarde…
Mía, a su espalda, con las manos sujetas por las de él a cada lado de su
cabeza, en el aire, tragó saliva y asintió con un pequeño gemido
involuntario. No sabía si hizo algo mal. No entendía por qué él tan
repentinamente, interrumpió los masajes.
Lían llevó sus manos hacia adelante y besó las palmas de cada una.
―Manos mágicas ―susurró.
Cuando las soltó, Mía tardó unos segundos en volver las manos hacia
ella. Sentía todavía el cosquilleo que ese beso depositado con tanta dulzura,
generó por todo su cuerpo. Cuando se recuperó de esa extraña y excitante
sensación, se dirigió directo hacia la escalera sin decir nada. Estaba
aturdida. Apenas apoyó el pie derecho sobre el primer escalón, se detuvo al
recordar la apuesta y volvió sobre sus pasos. Lían levantó la cabeza que
tenía sujeta entra las manos, cuando la oyó regresar. Entonces ella apoyó,
como cada mañana y cada noche su mano sobre su hombro, acercó su rostro
al de él y besó su mejilla.
―Buenas noches.
Le sonrió, contemplándolo por unos segundos a los ojos y luego, huyó
corriendo a su habitación. Un segundo más mirándolo y lo besaría, estaba
segura.
Lían suspiró aliviado cuando la figura de Mía desapareció de su vista. Le
deseó buenas noches. Él sabía que esa, justamente, no tendría nada de
buena. Agradeció que fuera ella quien abandonara primero el comedor,
porque él no hubiese podido hacerlo sin quedar en evidencia su erección.
Todo su cuerpo gritaba por poseerla en ese mismo instante. Tuvo que
recurrir a todo su autodominio para hacer caso omiso de su deseo. ¿Cómo
podía ser que con un simple contacto lograra ponerlo tan duro como un
yunque?
Se dirigió, con pasos lentos, hacia las escaleras.
―Buenas noches ―susurró pensando en las últimas palabras que Mía le
regaló y se rio burlándose de sí mismo.
Esa noche dormiría en la bañera. Juró no volver a autosatisfacerse
después de aquella noche y, la verdad, no sabía por cuánto tiempo más
podría cumplir ese juramento.
~25~

La jovial risa de Mía lo recibió, mientras entraba a la estancia por la


puerta trasera. Esa mañana se levantó antes de que saliera el sol y fue a dar
una vuelta con Furious. Necesitada distenderse un poco después de la
pésima noche que pasó, y tomar coraje para enfrentar otro día más al lado
de una mujer que deseaba con todo su cuerpo y, presentía, que comenzaba a
desearla con algo más también, y que no podría tener.
El ejercicio lo ayudó a despejarse, volvía más relajado. También algo
sudado y cansado, con la idea fija de darse un baño y dormir una hora,
aunque sea, antes de que ella se levantara a desayunar. Pero esa mañana, al
parecer, se levantó más temprano que de costumbre. Escucharla reír, apenas
cruzó el umbral, le aceleró el pulso. Le gustaba esa sensación de llegar a la
casa y que ella lo estuviera esperando, aunque no fuera literalmente así.
Con una sonrisa se dirigió al lugar de donde provenía la risa de Mía.
Seguro se encontraba con Agatha, quien le contaba algo gracioso que le
sucedió en el pueblo esa mañana. Al llegar a la puerta del comedor, su
sonrisa se desvaneció. No estaba con la doncella… sino con Raphael.
Sentados a la mesa, uno frente al otro con un mazo de cartas mezclado entre
las tazas y platos del desayuno. Algo no muy apropiado. Y, lo que resultaba
menos apropiado aún, era verlo a Raphael, su amigo, guiñándole el ojo a
Mía y, a ella, devolviéndole el gesto frunciendo los labios.
Comprendía que le estaba enseñando el mismo juego que intentó
enseñarle a él la noche anterior, y ver entre ellos esos gestos, lo llenaba de
celos. Sabía que eran inocentes, por lo menos del lado de ella. Con respecto
a Raphael, tenía sus dudas. Desde que le contó que no era en verdad
Lauren, su trato hacia ella cambió, se mostraba más solidario y más
simpático aún de lo que siempre se mostraba con cualquier mujer. Inclusive,
ella estaba pagando la apuesta que él ganó con Raphael. Cada vez que
llegaba o se iba lo saludada con un beso en la mejilla y apoyaba su mano en
su hombro o antebrazo. Esa imagen lo enfurecía. No entendía por qué tenía
que tratarlo también así a Raphael, pero lo hacía. Ella se mostraba muy a
gusto en su compañía. Podía percibir a lo lejos que Raphael le agradaba.
Sobre todo, cuando días atrás, le estuvo haciendo preguntas sobre él… Si
tenía familia, dónde vivía, si tuvo alguna vez una prometida, si pensaba
alguna vez casarse. Lían contestó a todas sus inquietudes estoicamente, sin
mostrar siquiera el malestar que ese cuestionario le generaban. Tenía la
esperanza de que solo lo preguntara por curiosidad y no por un interés
personal. Pero ese ida y vuelta de gestos, lo estaba enfureciendo.
―¿Interrumpo?
Solo Raphael percibió lo tajante de su voz. Mía enseguida se dio vuelta
hacia él con la misma sonrisa que le estaba dedicando a Raphael. Al verlo
despeinado y con el brillo en su piel debido al ejercicio, la sonrisa se
acentúo aún más. Estaba tan sexy que, como acto reflejo, Mía se mordió el
labio inferior, ya que, por desgracia, no podía morderlo a él.
―¡Eso es un tres!
Mía volvió la vista a Raphael.
―Muy bien. Veo que me has prestado atención.
Lían le dirigió una de sus miradas frías, de desagrado. Raphael, como
siempre, no se dejó intimidar por su amigo y continúo con su humor
habitual.
―Por supuesto. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no perderme en tu
dulce mirada, Bella, pero sí, te he prestado atención.
Mía se ruborizó. Raphael constantemente la halagaba por algo. Sabía que
era así con todas. Estaba en su personalidad, pero a ella siempre le
incomodó ese trato por parte de cualquier hombre.
―Le estaba enseñando a jugar al truco ―explicó a Lían, quien aún
continuaba en la puerta.
―Y al culo sucio ―agregó Raphael.
Lían frunció la frente al escuchar el nombre de ese juego. Mía por su
parte se encogió de hombros, sabía, cómo ya se lo había dicho a Raphael,
que no era un nombre muy apropiado para un juego de cartas.
―Espero que se juegue con naipes ―fue la escueta respuesta de Lían.
Raphael sonrió.
―¿Vas a desayunar? Te estábamos esperando.
―Quisiera darme un baño antes.
―Primero desayuna con nosotros ―insistió Mía― y luego te bañas.
Iba a decirle que prefería bañarse primero, pero no pudo resistirse a la
sonrisa de Mía ni al llamado que le hacía golpeando suavemente con la
palma de la mano, sobre su lugar en la mesa.
―Veo que ya lo tienes domado ―comentó Raphael mientras Lían se
acercaba la mesa.
Él frenó su marcha cuando estuvo a espaldas de la joven, solo para
lanzarle a Raphael una mirada asesina, a la que obviamente, él respondió
riendo.
―Yo no diría eso. Cuando no está en sus días de tozudez es un hombre
muy agradable. Aunque dudo que nunca alguien llegue a domarlo ―Mía lo
miró con dulzura indicándole que lo dicho era una broma.
Cuando Lían se sentó, de inmediato, ella se levantó de su silla con
intenciones de saludarlo, como todas las mañanas. Al inclinar la cabeza
hacia él, Lían se apartó.
―No. Estoy… todo sudado ―se excusó.
Mía lo contempló por unos segundos. La piel de la frente le brillaba. De
tan cerca podía verle los poros de la mejilla dilatados, el pelo húmedo. Le
pareció que no podía haber un hombre más lindo sobre la faz de la tierra.
Levantó la ceja y apoyó de pleno sus labios sobre la mejilla, apenas
húmeda, de Lían. Absorbió en un segundo el olor a transpiración, sol,
viento y jabón que emanaba de su piel y el pulso se le aceleró.
―Buen día ―susurró y volvió a su lugar en la mesa.
Lían, por su parte, quedó por unos instantes reteniendo el aire. Fue
cuando Raphael carraspeó que él volvió a recuperar el aliento y comenzó a
servirse el té.
―Raphael, qué milagro verte a tan tempranas horas de la mañana.
―Y tomando té… ―Agregó el aludido levantando la taza y dándole un
sorbo a la cálida infusión.
―Ciertamente.
―Sucede que tengo noticias importantes y, supuse, que las querrías
saber de inmediato.
―¿Noticias importantes? ¿Sobre qué?
―A última hora de ayer Dixon se comunicó conmigo.
Lían dejó el pan a medio untar sobre el plato.
―Vamos a la biblioteca ―ordenó.
Hizo ademán de levantarse de la silla, pero Raphael no se movió.
―Creo que la señorita Bella debería estar presente.
Como ya sabía que no era Lauren, a Raphael le resultaba imposible
seguir llamándola con ese nombre, así que, pese al disgusto de Lían, y
sabiendo el verdadero nombre de ella, optó por decirle Bella. Un nombre
que, según él, le correspondía por naturaleza. A Lían también le hubiese
gustado llamarla por otro nombre: amor, cariño, por ejemplo… pero ¿cómo
hacerlo sin dejar al descubierto su alma?
Mía dejó la taza sobre la mesa y levantó la vista para mirar a Raphael.
Lían mantenía los dientes apretados conteniendo las ganas de matar a su
amigo.
―¿Por qué tengo que estar presente? ―preguntó ella―. ¿Quién es
Dixon?
Miraba a uno y a otro esperando que alguno le contestase. Al ver que
ninguno lo hacía, comprendió que se trataba del hombre enviado a
investigar al castillo del marqués de Crowle.
―¿Hay alguna novedad sobre Lauren? ―preguntó directamente a
Raphael.
Él miró a Lían, esperando que le dijera que podía hablar. Si bien actuó
sin su consentimiento para darle a entender a Mía que tenía alguna novedad
importante sobre cómo avanzar en su tema, no quería seguir pasando por
alto la autoridad de Lían. Al fin y al cabo, ese asunto le correspondía por
entero. Él solo lo estaba ayudando. Pero había algo más…y, por eso, lo
acorraló obligándolo a contarle lo que sabía delante de ella. Intuía que, de
decírselo solamente a él, Lían no actuaría como era debido.
Quería matarlo. Pese a su enfado, Lían lo miró de soslayo antes de
preguntar:
―¿Qué te ha dicho Dixon?
Mía aguardó, expectante, a que Raphael respondiera.
―Pudo dar con una doncella que trabajó para el marqués desde antes
que Lauren naciera. Con muy buena memoria, a pesar de la edad
―sonrió―. Recordaba la casa adonde la enviaron a buscar a la mujer que
se encargaría de Lauren, Tarah Travis. Cuando se mudó al castillo, le dejó la
casa a su hermana. Cada tanto suele ir a visitarla. Anoche, cuando Dixon
fue a verme, me dijo que estuvo rondando la casa y le pareció ver una mujer
con las características que la doncella le dio sobre la señora Travis. Pero no
se acercó a preguntar nada, vino directo a verme.
―¿Esa mujer está allí? ¡Hay que ir, enseguida! ―exclamó Mía
entusiasmada y desesperada, por miedo a que la mujer se fuera antes de que
ellos pudieran hablar con ella.
―¿Te dio la dirección? ―preguntó Lían. Raphael asintió.
―Bien, iremos cuando me termine de bañar.
―Ahora. No podemos dejar pasar más tiempo ―aseguró Mía.
―Tú no vendrás ―le advirtió Lían.
―Sí, iré. No puedes prohibírmelo.
Lían suspiró molesto.
―No sabemos si esa mujer en realidad sabe algo. Solo sabemos que se
encargó de Lauren desde que la madre de ella falleció. Es posible que no
sepa nada de su desaparición. No quiero que te ilusiones y después…
―Estaré bien. Solo déjame acompañarlos ―lo interrumpió.
Quería decirle que no, pero los ojos suplicantes de Mía lo convencieron.
¡Diablos! ¿Habría algo en lo que ella no pudiera dominarlo a su antojo?
―¿Puedo bañarme al menos?
―¿A la vuelta?―contrapreguntó Mía encogiéndose de hombros y
ensanchando su sonrisa más tierna.
Lían bramó algo y se levantó de la mesa.
―¡Maldita sea! Vamos, antes de que me arrepienta.
Cruzó la puerta del comedor seguido por Mía y escuchando, detrás, las
carcajadas de Raphael. Lían lo maldijo en voz baja.
Una hora después, estaban en el carruaje de alquiler con el que Raphael
llegó a Nord Hall, rumbo a la dirección de la casa que la doncella del
marqués de Crowle, le dio a Dixon. Pese a no conocer la zona, Mía pudo
darse cuenta de que quedaba cerca del lugar donde la encontraron a ella
desvanecida. La casa era una edificación pequeña, de una sola planta, que
contaba en su extremo izquierdo con una especie de torre que debería ser la
habitación de la hermana de Tarah, rodeada de algunos árboles. Estaba
alejada de cualquier zona urbana y no se veía ningún caballo. Algo
complicado si necesitaban ir al pueblo por alguna urgencia.
El carruaje frenó a unos metros de la entrada. El primero en bajar fue
Lían, quien ayudo a apearse a Mía. Por último, lo hizo Raphael.
Los tres se quedaron de pie frente a la pequeña vivienda. Lían contempló
los alrededores. No había nada. Era prácticamente un lugar aislado de todo.
Suponía que detrás de la casa, debería haber algún establo pequeño donde
guardar un caballo con el que se pudieran movilizar, de lo contrario sería
complicado el llegar o salir de allí.
―¿Habrá alguien? ―preguntó Mía mientras se acercaban.
Todo estaba muy silencioso.
―Dixon dijo que ayer observó mucho movimiento. Aparte de la mujer
con las características de Tarah, dijo haber visto una niña y otra mujer más
―comentó Raphael.
―Pues hoy parece que no hay nadie.
―¿Habrán ido al pueblo a comprar? ―La voz de Mía sonó esperanzada.
―Ya lo veremos.
Lían llamó a la puerta.
A Mía comenzaron a sudarle las manos, estaba nerviosa. Presentía que,
por fin, iba a entender de una vez por todas el cómo y el porqué de
encontrarse en ese país y dos siglos antes. Cerró las manos en puño,
mientras aguardaba que los atendieran.
Pasaron un par de minutos y nadie respondió al llamado. Lían se acercó
a la ventana, donde la cortina estaba entreabierta y permitía mirar al interior
de la casa. No vio a nadie. La chimenea pequeña, ubicada al final del
comedor, estaba apagada y sin leños. Alcanzó a ver una mesa bastante vieja
de madera y tres sillas, que contenían ropa de niño. Seguramente, sería de la
pequeña que Dixon le comentó a Raphael.
Todo estaba muy silencioso.
―¡Arriba!
Raphael, se alejó unos pasos de la entrada. Estaba recorriendo con la
vista el lugar cuando advirtió que la cortina del piso superior se movía.
Alguien los estaba observando desde allí. Lían y Mía se alejaron un poco y
siguieron la mano de Raphael que les señalaba la ventana.
―Alguien nos miraba desde esa ventana.
Lían iba a volver a llamar cuando se escuchó el ruido del pestillo. Una
mujer de unos veintiséis años, de ojos claros y pelo castaño, se asomó. Sus
ojos estaban vidriosos y tenía la nariz colorada, como si estuviera enferma.
Se notaba cansada y algo asustada.
―Buenos días ―dijo Lían. La mujer asintió―. Estamos buscando a la
señora Tarah… Tarah Travis, ¿se encuentra aquí?
―¿Por qué la buscan?
Lían pensó un segundo. No podía decirle la verdad, pues no tenía idea si
esa mujer sabía algo de lo ocurrido con su hermana y Lauren.
―Ella trabajó para mi esposa.
Miró a Mía, que se encontraba detrás de él. La mujer ubicó con la mirada
a Mía y su rostro cambió a uno más amable.
―Lady Lauren ―dijo dedicándole una leve reverencia―. Disculpe, no
la había reconocido. ―Se dirigió a Lían con gesto de sorpresa―. ¡Usted
debe ser el conde de Nordwhit!
―Así es.
―Lo siento, milord ―se disculpó y abrió la puerta para que entraran―.
No acostumbro a tener visitas y mucho menos… tan importantes.
Sonrió nerviosa al ver el desorden con el que recibía a un conde y a la
hija de un marqués. Comenzó a juntar la ropa de la niña, que estaba sobre la
silla, para que ellos se sentaran.
―No te preocupes… ―dijo Mía tomándola de la mano y esperando que
le dijera su nombre.
―Alice, Alice Travis.
Mía sonrió.
―No te preocupes, Alice, solo estaremos un momento. Necesitamos
hablar con Tarah…
La mujer iba a responderle cuando un llanto seguido de unos fuertes
estornudos, la llamaron.
Alice miró en dirección a las escaleras, agotada.
―Lo siento, mi hija está enferma. Iré a llevarle la medicación.
Enseguida regreso ―se excusó.
Agarró de la mesada un frasco con una cuchara y se dirigió hacia arriba.
Raphael dio un recorrido por la diminuta casa. Era solo una amplia
habitación que contaba en el fondo con una chimenea y una puerta que
llevaba a la parte trasera de la vivienda. Se asomó y vio una edificación de
madera que no podría albergar más de un caballo, aunque no se veía rastro
de que la mujer tuviera uno. Para el lado derecho, había una vieja cocina
con una mesada, de donde Alice acababa de tomar el remedio para llevarle
a su hija. En el centro estaba la mesa y las sillas que Lían divisó desde
afuera y que decidió ocupar mientras esperaban a la mujer. Sobre la pared
principal descansaba un sillón. Hacía demasiado frío allí adentro. Mía se
abrazó a sí misma para darse un poco de calor mientras echaba un vistazo a
la chimenea.
―¿Tienes frío?
Lían se quitó la casaca y se la colocó sobre los hombros.
―¿Por qué no tendrá la chimenea prendida?
―Al parecer se le terminaron los leños. Tendría que cortar más, pero si
está sola, no creo que pueda hacerlo ―respondió Raphael, mirando hacia el
fondo, por la ventana.
―¿Vivirá sola?
―Con Amanda, mi hija de siete años ―contestó Alice, que justo bajaba
y escuchó la pregunta que Mía acababa de formular.
Mía se encogió de hombros y le sonrió. Alice, le respondió de la misma
manera.
―¿Por qué buscan a mi hermana?
―Necesitamos hacerle unas preguntas ―respondió Lían.
―¿Le ha robado, lady? ―Los ojos de Alice se abrieron de par en par―.
Sabía que no era cierto lo de los vestidos.
Raphael y Lían cruzaron miradas.
―¿Qué vestidos?
―Los suyos, lady Nordwhit. Días atrás vino aquí diciendo que iría a
retirar los vestidos que usted dejó en lo de su padre. Me dijo que usted la
autorizó para que los vendiera, así obtendría algo de dinero. Una forma de
pagarle por los servicios prestados durante todos estos años, ya que ahora
no la necesitaba más.
Mía miró a Lían que no parecía asombrado por lo que Alice estaba
contando.
―Así es ―dijo y sonrió para tratar de tranquilizar a la mujer―. Yo le
dije que vendiera esos vestidos. El tema es que dejé olvidado en uno de los
bolsillos ocultos, algo muy valioso para mí. Una baratija sin valor material,
pero sí sentimental. Y necesitaría recuperarlo. Quería hablar con ella antes
de que los vendiera.
Lían y Raphael volvieron a cruzar las miradas, esta vez sorprendidos por
la rapidez con la que Mía logró inventarse una historia.
El semblante de Alice se mostró aliviado al saber que su hermana no
había robado los caros vestidos de lady Lauren.
―Me alegra saber eso, lady, pero no puedo ayudarla. Tarah ayer estuvo
aquí, pero se ha ido hoy temprano. No sé cuándo volverá a pasar.
El rostro de Mía de golpe se tornó triste… Habían llegado tarde.
¡Mierda! ¿Por qué no existirán los autos y celulares?
―¿Pero sabe dónde podemos encontrarla? ―preguntó Lían.
―Lo siento, milord. Solo sé que ha conseguido un nuevo trabajo como
dama de compañía de una mujer, en Londres. Mi hermana es muy
reservada. No me cuenta mucho.
La mujer se notaba apenada. La conversación se vio interrumpida,
nuevamente, por la fuerte tos de la pequeña Amanda.
Mía contempló el rostro cansado de la mujer.
―¿Cuánto hace que la niña está enferma? ―preguntó, cambiando de
tema, para asombro de todos, en especial de Alice.
―Hará una semana, lady.
―¿La ha visto algún médico?
La mujer negó con la cabeza.
―Hago trabajo de costura, pero desde que Amanda enfermó no pude ir a
buscar las prendas para arreglar. Ayer, Tarah me dejó algo de dinero, pero
estoy sola. No he podido ir al pueblo a buscar un médico.
Mía recorrió con la vista el lugar.
―La chimenea, ¿por qué está apagada? El lugar tiene que estar caliente
para que la niña logre recuperarse más rápido.
―Lo sé ―respondió afligida Alice Travis, mientras Lían y Raphael,
contemplaban el cambio brusco del semblante de Mía―. La leña que tenía
cortada se acabó anoche. Tomás, un señor muy amable del pueblo, suele
enviarme a su hijo para cortar la leña, pero en estos días también ha caído
enfermo. ―Los ojos de la mujer se iluminaron por las lágrimas
contenidas―. Desde que mi marido, Jack, falleció hace tres años, todo se
ha vuelto más difícil para nosotras.
Mía fue a tomarle las manos para contenerla y evitar que se pusiera a
llorar. Su intención no era hacerla sentir mal, sino que buscaba ella misma
salir de la frustración que sentía por haber llegado tarde a encontrar a Tarah
Travis. Con las manos de Alice entre las suyas y a punto de decirle que se
tranquilizara, divisó debajo de la escalera, un armario hecho con ladrillos.
Simulaba ser una pared. Si no hubiese tenido la puerta entreabierta, sería
difícil de reconocerlo a simple vista.
Desde la pequeña abertura, divisó una tela que le resultó familiar. Soltó a
Alice y se dirigió a abrir el armario.
―¿Qué es esto? ―dijo levantando un bolso.
Pero no era cualquier bolso, sino un morral, ¡su morral! El que Emanuel
le regaló. Le faltaba una parte de la cinta con la que se cruzaba por el
cuello. Justo el pedazo que ella encontró la vez que Ernest la llevó a esas
ruinas.
La felicidad que le embargaba el pecho por recuperar algo que
demostraba que no estaba loca, resultaba inexplicable.
―¿De dónde has sacado esto? ―Caminó hacia Alice. ―¡Este morral es
mío!
Miró a Raphael y a Lían con los ojos brillantes de felicidad. ¡Ahora
tendrían que creerle! Abrió el morral y pudo ver que estaba el estuche con
sus lentes, su celular, su billetera. ―¡Todo está aquí!
En su rostro brillaba una sonrisa plena. Lían y Raphael miraron a la
joven que permanecía callada.
―Yo… no… creo que lo trajo Tarah hace unas semanas. Ella suele usar
ese armario para guardar sus cosas. No sabía, lady, que estaba allí, ni que
era suyo.
Alice se notaba nerviosa. Temía que la acusaran a ella de robarle algo a
lady Nordwhit ¡Lo último que le faltaba era ir presa por culpa de su
hermana! Se moriría si la alejaban de Amanda.
―Cálmese ―intentó tranquilizarla, Raphael―. No creemos que usted
sea una ladrona.
Le dedicó esa sonrisa tan amable y radiante con la que Raphael siempre
solía deslumbrar a todas las mujeres. Y Alice no fue una excepción, le
respondió con una sonrisa nerviosa, pero que reflejaba algo de tranquilidad.
―No tiene por qué preocuparse ―le aseguró Lían―. ¿Podemos
llevárnoslo?
―Por supuesto, milord, si es de lady Nordwhit. De haber sabido que
estaba aquí y que le pertenecía, desde un principio se lo hubiese entregado.
Lían asintió. Los tres salieron de la vivienda. A medio camino, entre la
casa y el carruaje que los aguardaba, Mía se volvió para hablar con Alice.
―¿Qué le estará diciendo?
Lían se encogió de hombros, mientras observaba a Mía volver con ellos.
―Le estará agradeciendo… otra vez.
Raphael miró el rostro resplandeciente de Mía y sonrió.
Lían la ayudó a subir al carruaje. Cuando se puso en movimiento los dos
se quedaron mirándola… Expectantes.
Mía sujetaba con ambas manos el morral y no podía parar de sonreír.
―Lían, por cierto ―se aclaró la garganta―, le dije a Alice que le
enviaríamos un médico para que viera a su hijita y que también le
llevaríamos leña para calentar la casa.
Raphael acentuó su sonrisa. Su intuición no le falló. Lo presintió desde
el momento en que Mía comenzó a hacerle todas esas preguntas sobre la
niña.
―Yo me encargaré del médico ―dijo y desvió la mirada de la tierna
sonrisa que Mía le dedicó a Lían. Él suspiró.
―Muy bien. Le diré a Ernest que le lleve leña y que se encargue de
cortarle más.
―Gracias, gracias a los dos. Si no fuera porque es indecoroso, juro que
los abrazaría y besaría para agradecerles los bondadosos que son ambos.
¿A los dos? ¿Por qué, maldita sea, siempre lo tenía que incluir a
Raphael?
Raphael tomó la mano de Mía y la besó.
―Ciertamente, es una lástima, Bella.
Lían tuvo en esos momentos unas inmensas ganas de propinarle una
trompada a su amigo. Actuaba como siempre delante de las mujeres y a él
jamás le molestó ese comportamiento. ¿Por qué con ella sí? ¿Por qué no
podía soportar que ningún otro hombre la mirara siquiera?
No podía enamorarse de ella. No debía… pero lo cierto era que hacía
días que lo estaba. Ya no podía seguir negándoselo a él mismo.
¡Maldita sea!
~26~

Tal como prometieron, Raphael dejó el carruaje cuando pasaron por el


pueblo para ir en busca de un médico y enviarlo a la casa de Alice. Luego,
tomaría otro carruaje de alquiler para volver a Nord Hall. Por su parte, Lían
habló con Ernest y lo envió con alimentos y leños, ordenándole que se
quedara el tiempo necesario para abastecerla con más, por lo menos, para
una semana. Más adelante, lo enviaría a ver cómo seguía la salud de la niña
y si necesitaban algún otro tipo de ayuda.
Antes de que Ernest partiera, y sin que Lían la viera, Mía le dio al joven
un par de vestidos de Lauren para que se los entregara. Le descosió a
propósito los dobladillos y la parte de la sisa para que Alice se los arreglara
y así obtuviera un poco de dinero. Sabía que si ella se lo ofrecía no lo iba a
aceptar. Demasiado le costó convencerla para enviarle un médico, se había
puesto a llorar cuando Mía insistió. Después vería cómo pedirle a Lían que
pagara esos arreglos.
Hacía unos veinte minutos que se encontraban en la biblioteca. Mía,
tomando un té, Raphael y Lían, sendas copas de coñac. Raphael
contemplaba un aparato rectangular que tenía en la mano derecha, mientras
tomaba un trago del licor. Lían estaba sentado frente a su escritorio
contemplando un plano de los ramales de subtes de Capital Federal. Mía
había olvidado que dentro de su billetera llevaba el mapa que el Gobierno
de la Ciudad distribuía en las bocas principales de los subtes, donde se
mostraban todos los ramales del servicio público. Cuando lo descubrió supo
que ese papel sería la clave para que le creyeran. Lían no apartaba la vista
de los datos de impresión. En la esquina del folleto figuraba “año 2017”.
También se encontraban, esparcidos por el escritorio, algunos billetes: uno
de cinco pesos, dos de diez, uno de cien y algunas monedas de veinticinco
centavos.
Mía tomaba el té, tranquila, mientras los observaba. Tenía puestos sus
lentes. No los necesitaba, solo eran para descansar la vista cuando leía o
estaba con la computadora. Además, sabía que no eran muy pintorescos y
que ella no poseía una belleza abrumadora que hiciera que esos lentes
parecieran exóticos y la embellecieran aún más, pero los echó tanto de
menos que no pudo evitar ponérselos.
―Sé que no me hacen más linda, pero me agradan ―le respondió a Lían
cuando le preguntó por qué usaba esa clase de lentes.
Lían pensó que, a pesar de ser extraños y nada lindos, el armazón azul,
inmenso para el contorno del rostro de Mía, le quedaba divino. Resaltaba su
espíritu alegre. Por otro lado, también intuía que trataba de ocultarse de
algo o de alguien. Luego de contemplarla por unos segundos no tuvo dudas.
Los usaba para apagar su belleza, algo que no se le daba bien de todos
modos, pensó. Antes de poder expresarle su pensamiento, Raphael, habló
primero haciendo gala de toda su simpatía.
―Bella, no hay nada que usted se ponga que opaque su don natural.
Esa galantería ganó, aparte de una sonrisa tierna y que Mía se ruborizara,
la cólera de Lían, que otra vez se veía superado por la desfachatez de su
amigo.
¿Se lo estaba haciendo a propósito? ¿Qué quería lograr con ese coqueteo,
delante de él, a “Lauren”?
Lían trató de serenarse y continuó una charla amena entre los tres. Cada
tanto, Mía acariciaba el estuche y sonreía. Era algo tan familiar que tocarlo
hacía que se sintiera un poco en su vida habitual.
―¿Y dices que esto sirve para comunicarte?
Raphael rompió el silencio.
―Así es.
Dio vuelta el aparato en su mano.
―No entiendo cómo...
Mía sonrió.
―Está apagado. Aquí no funciona. Se quedó sin batería y necesitaría de
electricidad para poder cargarlo. De todos modos, en esta época las señales
satelitales todavía no existen, así que ese celular no sirve en este lugar.
―¿Celular? ―preguntó Lían.
―Así se llama. Antes de esto se creó el teléfono. Es muy práctico. Sobre
todo, para las personas de negocios como tú. Desde aquí podrías atender tus
negocios en Londres. Solo con marcar un número, podrías estar hablando
con alguien que se encuentre en otra ciudad. Y no solo en un mismo país,
sino en otros.
―¿Marcar cómo? Si no tiene nada.
―Tiene un teclado digital, pero al estar sin batería es imposible verlo.
―¿¡Un teclado invisible!?
Mía rio ante el asombro de Raphael.
―¿Aquí es donde tú vives?
Lían cambió de tema. Estaba concentrado en el mapa de Capital Federal.
―Así es ―Mía se acercó al escritorio y se paró al lado del conde. Se
inclinó sobre el folleto tratando de encontrar las calles donde quedaba la
pensión en la que ella alquilaba un cuarto. Cuando la encontró, puso el dedo
índice marcando el lugar―. Aquí.
Lían no pudo evitar sentir la exquisita fragancia a perfume que
desprendía el cuerpo de Mía. Cuando sin querer, su mano apoyada en el
respaldo de la silla lo rozó sintió cómo sus sentidos se abrían. Sin darse
cuenta se quedó inmóvil percibiendo el aroma, las sensaciones que ella le
trasmitía. Raphael se acercó también para mirar donde Mía señalaba e hizo
que Lían volviera a centrar su atención en el folleto.
―Y trabajo aquí… o trabajaba ―reflexionó.
Apuntó con el dedo la parte del microcentro porteño. En las calles
Esmeralda y Viamonte.
―¿Hacías ese trayecto caminando?
―Así es. Parece lejos, pero no lo es tanto. Además, caminar me ayudaba
a despejarme.
―¿De qué necesitabas despejarte? ―Quiso saber Lían.
De la vacía y triste vida que llevaba.
Mía miró significativamente a Raphael. No le gustaba hablar de su vida,
de sus sentimientos, de sus miedos. No quería mostrarse vulnerable ante
nadie. Solo Emanuel sabía lo que ella tuvo que pasar, y ahora… Raphael.
Una tarde, sin darse cuenta, se encontró hablando con él de su vida. Los
dos compartían la pérdida de su única familia a consecuencia de las llamas.
Encontrar en ese momento y lugar alguien que la escuchara como lo hacía
Ema, la hizo sentir un poco mejor. Necesitaba desahogarse. Pero no sabía si
Lían la podría entender como lo hacía Raphael.
Él respondió a esa mirada, asintiendo con su gesto. Expresándole que
podía confiar en Lían, pero ella no quería hablar de esos temas.
―Digamos que… mi vida allá era bastante aburrida. Así que caminar o
leer ridículas novelas me despejaba un poco del tedio del día a día.
Volvió a mirar a Raphael, disculpándose en silencio por no abrirse a su
amigo como lo hizo con él.
Lían observó el cruce de mirada entre ellos, pero se abstuvo de comentar
algo al respecto. ¿Qué sabía Raphael de ella? ¿Qué le contó a Raphael que
no podía decírselo también a él? Una punzada de dolor le atravesó el pecho.
Sentir que no confiaba en él le dolía más de lo que podría haber imaginado.
Mía volvió al sillón donde se encontraba antes y prosiguió tomando el té.
―Bien. ¿Ahora estoy libre de culpa y cargo sobre de qué época vengo?
Los amigos cruzaron miradas.
―Estas cosas ―dijo señalando el celular, los billetes, los lentes, el
folleto―, ¡no las pude haber inventado yo! ―Agregó ofuscada al ver la
tardanza de ellos en responderle.
―Ya lo estabas desde antes ―dijo al fin, Lían. Mía se relajó―, pero
necesitábamos pruebas fehacientes.
―¿Y estas no son más que suficientes?
―Por el momento…
Mía lo miró enfurecida ¿¡Qué más pruebas necesitaban!? Iba a
responderle algo cuando Raphael la interrumpió.
―Tranquila, Bella. El conde solo te está jugando una broma ―sonrió
mirando el semblante de Lían. Esa era una actitud rara en él.
Mía se volvió hacia Lían y pudo ver que curvaba los labios en una
sonrisa.
¿Lían jugándole una broma? ¿Qué estaba pasando?
―¿Es eso verdad? ―le preguntó incrédula―. Pues me parece que se va
a venir el mundo abajo…
Raphael soltó una carcajada tras esa ironía que contagió a Mía.
La situación era totalmente inusual. Épocas y continentes se cruzaron, y
no existía forma concreta de explicarlo. Cualquiera que los escuchara
hablar, pensaría que estaban locos. Antes, la loca solo era ella, pero, por
suerte, ahora había sumado dos más a sus desvaríos. Eso la hacía sentir
mejor… mucho mejor.
Al final, Lían también se unió a ellos y comenzó a reírse.

―¿Se estará preguntando dónde estoy? ¿Me estará buscando? ¿Me


extrañará?
Mía salió a caminar después de la charla en la biblioteca. Dentro de su
billetera encontró las fotos que se sacaron con Ema una vez que él la invitó
al cine e insistió en entrar en esas cabinas donde se tomaban tres fotos
instantáneas. En una, él la estaba abrazando de atrás, en la siguiente le
estaba dando un beso en la mejilla y ella sonreía; y en la última era ella
quien lo besaba en la mejilla y Ema ponía cara de sorprendido.
Salió con las fotos a caminar y no paró de mirarlas y preguntarse una y
otra vez por él. Recordando, también, el momento en que les explicó a
Raphael y a Lían qué era eso y cómo se tomaba. ¡Un retrato instantáneo!,
exclamó Raphael, incrédulo.
Tres semanas habían transcurrido y no tenía idea de cuánto tiempo más
pasaría hasta volver a verlo. Logró, por fin, demostrarle a Lían que no
mentía. Que ella no era su esposa y que no era de esa época ni de ese país.
A pesar de eso, se sentía muy lejos de encontrar una respuesta a su
aparición allí. Si no encontraban pronto a Lauren sentía que toda
posibilidad de volver a su vida se esfumaba.
Lo extrañaba. Jamás estuvo lejos de Ema tanto tiempo en los últimos
cuatro años. Él era su único amigo y familia, a pesar de no serlo en verdad.
Ema era la única persona en el mundo que sentía por ella un cariño genuino.
Lamentaba no poder corresponderle en la forma que él hubiese querido,
pero uno no elige de quien enamorarse.
Claramente, no.
No, ¿qué?
Que uno no elige de quien enamorarse.
¿Por qué lo decís?
Por vos. Estás enamorada y no querés admitirlo. Eso es porque no lo
elegiste.
No estoy enamorada de Lían.
Yo no dije nombres...
Pero es obvio que estabas hablando de él. ¡Y no lo estoy!
Si vos lo decís…
Esas conversaciones con Pepa le hacían sentir, en un punto, que en
verdad estaba loca. Antes, siempre aparecía esa voz recordándole o
haciéndole ver cosas que ella a simple vista no veía, pero desde que
apareció en Inglaterra, esas conversaciones empeoraron. Sentía, en verdad,
estar volviéndose una demente. ¡Y no era para menos! De un día a otro,
toda su vida cambió sin más. Y, aunque quisiera, no podía evitarla, esa voz
molesta era lo único que le hacía mantener los pies en la tierra y conservar
la cordura… o por lo menos, la poca que le quedaba. Algo sumamente
ilógico y contradictorio.
Había emprendido el camino de regreso a la hacienda cuando la maldita
voz comenzó el debate.
Ahora entiendo por qué Pinocho jamás le hizo caso a Pepe Grillo.
Y así le fue. Terminó en el estómago de una ballena.
Fue por rescatar a Gepetto que terminó allí…―Miró la foto de
Ema―. Él vendría a rescatarme si una ballena me comiera ―comentó
nostálgica y con una sonrisa ante tal ocurrencia.
Lo dudo. En la vida real no terminás entera y vivita en el estómago de
ningún animal.
Mía frunció el entrecejo enojada consigo misma, pero, rápidamente, la
tediosa voz se retractó.
Aunque sí, es seguro que Ema encontraría la ballena que te comió y la
mataría para vengarte.
Cruzaba el umbral de la puerta de entrada pensando en esa disparatada
conversación consigo misma, pero si ella no se consolaba, nadie más lo
haría. No contaba allí con su amigo incondicional.
―Ema… ―murmuró contemplando la foto con una tierna sonrisa
nostálgica.
Estaba tan inmersa en los recuerdos de su amigo que no reparó en que
Lían la contemplaba subir a su habitación desde la puerta de la biblioteca.
Él la había visto desde la ventana mientras se acercaba a la casa y salió
para hablar con ella de algún tema que se le ocurriera en el momento. La
intención era pasar unos minutos en su compañía. Pero cuando salió, antes
de que pudiera decirle algo, ella nombró a ese “Ema” con una voz risueña y
el alma se le cayó al suelo. Estaba claro por qué quería volver a su vida
habitual con tanta urgencia.
~27~

Esa noche estaban en la sala, en el segundo piso, del lado este de la


finca. El recinto estaba amueblado con dos enormes sillones de brocado
rojo, un canapé cerca del ventanal y grandes almohadones bordados en el
suelo, sobre la alfombra que cubría por completo el piso del cuarto. Las
puertas eran dobles, de vidrio, y en la pared un gran ventanal que daba al
lado este de la hacienda, para el lado por donde se iba al lago. Lían estaba
sentado en el sillón, delante de la chimenea donde crepitaban algunos leños,
con una copa de brandy en la mano; Mía, sentada en el suelo sobre uno de
los almohadones, observaba la foto de Ema con tristeza.
Lían sentía especial inquietud por la foto hallada en el morral y que ella
no dejaba de contemplar. Desde el momento en que la vio intuyó que
“Lauren” sentía un especial cariño por ese hombre y eso le generaba una
fuerte punzada de celos.
―Me pregunto… ―la voz sorpresiva de Lían hizo que Mía dejara sus
recuerdos y lo mirase―, cómo es que hablas tan bien inglés siendo que tu
idioma es el español…
―No es tan perfecto en realidad.
―Pero casi ―reconoció Lían con una leve sonrisa.
―Allá ―dijo ella refiriéndose a Argentina―, en las escuelas enseñan
inglés desde los primeros años, pero aparte… yo estaba haciendo el
profesorado.
Lían enarcó las cejas.
―¿Por qué motivo te decidiste por ese idioma? ¿Algún enamorado
inglés…quizás?
―No ―sonrió Mía―. Con Ema teníamos planeado ir algún día a
Estados Unidos… Además, el inglés es importante a la hora de tener un
buen empleo. Tenía que conseguir otro, aparte del que tenía.
―Ema… ―Lían se aclaró la garganta intentando ocultar los celos, había
llegado al tema que le importaba―, ¿es tu prometido?
Lían se notaba angustiado ante el silencio de Mía. Estaba seguro, le diría
que sí y no podría tolerar escuchar esa silaba.
―No ―dijo finalmente―. Él es… un gran amigo.
La tensión en el pecho de Lían se aflojó y decidió cambiar de tema.
―¿Y por qué querían ir a Estados Unidos?… No creo que haya más que
indios allá.
El tono de su voz demostraba que ese lado del continente americano no
le agradaba demasiado.
―Ahora puede ser ―respondió, entre sonrisas, sin estar muy
convencida de que en esa época hubiera indios―, pero más adelante se va a
crear un parque temático. El más grande y maravilloso de todo el mundo
―su mirada y voz la mostraban entusiasmada al hablar―: el maravilloso
mundo de Disney…
―¿Qué tiene de maravilloso? ―preguntó Lían con los ojos brillosos de
entusiasmo, contagiado por el de ella.
―Es… un mundo mágico. Donde convive la fantasía, la magia,
príncipes, princesas, hadas…Un mundo de ensueño donde por un instante la
magia lo cubre todo y no existe la soledad, el engaño…
La sonrisa de éxtasis que iluminaba el rostro de Mía desapareció para dar
paso a una expresión de tristeza. Recordó que estaba juntando dinero para
realizar, algún día, ese viaje junto a Ema. No era demasiado, pero con
mucho esfuerzo tenía juntado hasta el momento seis mil pesos. Era
probable que necesitara diez años más para poder reunir todo el dinero
necesario… pero cayó en la cuenta de que eso ya no sería posible. Lauren
no aparecía. No sabía cómo hacer para volver a su vida, a sus planes. Todo
lo que conocía hasta el momento ya no existía. Así como ella estaba en
Inglaterra, podría ser que Lauren estuviera en Argentina ocupando su lugar,
al igual que ella ocupaba el suyo.
La desesperación se adueñó de Mía. Sin darse cuenta se encontró de pie
caminando nerviosa de un lado al otro. Su respiración se volvió agitada.
Lían dejó la copa de brandy sobre la alfombra, al lado del sillón, y se
puso de pie.
―Lauren… ¿qué sucede?
―Lauren, Lauren… ―murmuró sin mirarlo ―Esto es una pesadilla.
―¿Qué cosa?
―Esto… esto…. ―Se paró en seco y clavó la mirada vidriosa en los
ojos de Lían―. Esto no es real. Yo… seguro tuve un accidente… sí… estoy
en coma, en un estado profundo de inconciencia. Estoy soñando todo esto…
Estoy inventando esta realidad en mi subconsciente porque él sabe que es lo
que siempre quise vivir... ¡Esas tontas historias de los libros! ―rio
enérgicamente como si hubiese dado con la clave de un complicado
acertijo―. No existes… Tú no existes…
Se acercó a Lían.
―Pégame ―pidió.
―¿Qué? ―preguntó asombrado.
―Que me golpees… Necesito despertarme.
―No estás soñando.
Lían estaba desconcertado. No entendía qué le estaba pasando. Hacía
cinco minutos se encontraba bien y ahora parecía delirar.
―¡Sí! ―gritó ella―. ¡Todo esto es una pesadilla! ¡Tú no eres real!
Mía golpeó su propia mejilla con fuerza. Lían la contemplaba sin poder
reaccionar. ¡Se había vuelto loca!
Otra vez, ella volvió a golpearse en tanto decía:
―Despierta… ¡Despierta de una vez!
―¡Detente!
Pero Mía parecía no escuchar y continuaba. Una y otra vez… Lían tomó
sus manos entre las suyas para evitar que siguiera lastimándose y la aferró
contra su cuerpo. Ella comenzó a retorcerse. Quería despertar. Quería
aparecer en su mundo, aunque no fuera mágico era suyo y se sentía segura.
En cambio, allí, sola… a merced de sentimientos que nunca antes tuvo, no
era seguro ese lugar.
―Deja de moverte ―pidió Lían sin obtener respuesta.
―No eres real ―seguía murmurando Mía.
Mientras él la presionaba más contra su cuerpo ella forcejeaba para
liberarse. Los brazos de Lían eran fuertes, la contenían…pero no eran
reales… Tenía que ser una alucinación… Una hermosa alucinación.
―Soy real, estoy aquí ―le susurró al oído.
Intentaba tranquilizarla deslizando la mano por su espalda. La nariz de
Mía encontró el cuello de Lían; comenzó a sentir su aroma a jabón y una
suave fragancia masculina. Su respiración comenzó a normalizarse. Sentía
bajo la temblorosa palma de su mano el fuerte torso de Lían, su piel
caliente.
―Eres real.
Suspiró sobre su cuello y a Lían se le erizó la piel por el contacto de su
cálido aliento.
―Lo soy…
La mano de Mía fue a la nuca de Lían, posó, suave, los labios en el
comienzo de su cuello, absorbiendo su aroma. Cuando levantó el rostro, se
encontró rozando su boca. El deseo se apoderó de ella y sin pensarlo lo
besó. Al sentir la invasión de su lengua, Lían perdió todo vestigio de
control. Tomó el rostro de Mía entre sus manos profundizando el beso.
Desde aquella tarde, bajo la lluvia, no había vuelto a besarla, aunque más de
una vez lo deseó. Intentó, por todos los medios, mantenerse lejos de ella,
pero era imposible; sobre todo, en ese momento.
Al sentir su boca tan sensual, lo suave de su lengua buscando la suya…
deseaba acercar más su cuerpo al de ella, pero recordando las veces
anteriores, en que al sentir su excitación ella salió huyendo, se contuvo.
Tenía que poner fin al beso, sino sería una noche de pesadillas para él.
Con esfuerzo, separó su boca de la de ella.
―Debemos parar…―alcanzó a decir apenas sosteniendo la voz.
Mía, haciendo caso omiso de su súplica, volvió a tomar posesión de su
boca mientras rodeaba el cuello de Lían con sus manos. Él no tardó en
rodear su cintura con los brazos y repetir ávidamente la invasión de su
lengua en la intimidad de la boca de Mía. A pesar de la fuerza del beso, su
boca era dulce, sus movimientos eran suaves, aunque llenos de deseos.
―Si no paramos ahora… ―comenzó a decir Lían con la respiración
entrecortada.
―Llévame a tu habitación ―se oyó decir Mía.
La mirada llena de deseo y sorpresa de Lían se encontró con la de ella.
¿Le estaba haciendo una broma? No. Vio en sus ojos el mismo deseo que
él sentía. Sin dudarlo, la tomó en sus brazos y, sin ningún tipo de esfuerzo,
la llevó directo a su habitación. En ningún momento dejó de besarla. Mía,
aferrada a su cuello, respondía ardientemente a cada caricia de su lengua.
Al llegar, él cerró la puerta con el pie, y la depositó sobre la alfombra.
Tomó su rostro entre las manos y la besó más profundo, acariciando sus
sonrojadas mejillas con los pulgares.
―Si vas a detenerme, dímelo ahora… porque ya no podré contenerme.
Separó sus bocas y apoyó su frente en la de ella. Abrió los ojos para
encontrarse con los de Mía, anhelantes. Ella lo tomó del cuello de la camisa
y comenzó a recorrer la piel de su cuello con la lengua. El contacto cálido y
húmedo fue la respuesta que necesitaba. Con un gutural gemido envolvió la
boca de Mía con la suya. No creía posible tenerla en sus manos, ¡después de
tanto desearla! Si era un sueño, no quería despertar.
Con delicadeza, comenzó a quitarle las horquillas, dejando caer el lacio
pelo castaño sobre los hombros.
―Lauren...
Susurró mientras desplazaba la boca por su mejilla.
―Mía… ―jadeó ella.
Él la miró con los ojos nublados por el deseo.
―Mía… mi nombre es Mía… ―susurró.
Quería recordarle que a quien estaba a punto de hacerle el amor no era
Lauren, la mujer que él deseaba desde hacía años. ¡Su maldita obsesión!
Lo que Mía no sabía era que él ya era consciente de que no era Lauren a
quien tenía entre sus brazos y besaba con imperiosa devoción. La deseaba a
ella… a la hermosa y dulce mujer argentina, que hasta ese instante no tenía
un nombre en los sueños que lo atormentaron cada noche, al meterse solo
en su infinita cama.
Esa noche, no solo tenía un nombre sino su cuerpo, real, ardiente entre
sus manos. Si el mundo debería caerse abajo, ese era el momento oportuno,
porque nada le importaba más que fundirse en ella… El mundo podía
esperar.
―Mía… ―dijo con voz ronca mientras la besaba― Mía… ―repitió.
Comenzó a desatarle con mano experta las cintas que sujetaban el
vestido desde la espalda. Agradeció que no usara los complicados vestidos
de la mayoría de las mujeres con sus peliagudos corsés. Con la ansiedad
que lo invadía por sentirse dentro de ella, esa tarea le hubiese resultado
odiosa. Tiró del último cordón, dejando libre la tersa piel de la espalda de
Mía. Corrió los breteles del vestido por los hombros y la fina tela de raso
cayó al suelo en un mar de color verde, rodeando los pies descalzos de la
joven.
El aire fresco, a pesar de estar el hogar prendido, hizo erizar todo su
cuerpo. O… tal vez, era la voraz mirada de Lían que la recorría por
completo.
Nunca estuvo desnuda delante de ningún hombre. Se sentía sumamente
avergonzada. Aun así, permaneció quieta, sonrojándose, mientras Lían
acariciaba sus hombros. Él bajó las manos hasta tomar con ellas sus pechos.
Los amoldó y acarició el pezón con los pulgares. Con el primer roce, el
pequeño botón de chocolate, se irguió. Mía escuchó a Lían propinar un
gruñido antes de posar su boca sobre él. El contacto de su lengua húmeda la
hizo gemir. Con total suavidad la boca de Lían recorrió la cima de su pecho.
¡Cuánto había deseado poder saborearlo!
La presión que su sexo estaba ejerciendo dentro de su pantalón era
insostenible. Estaba luchando con todo su autocontrol para no tirarla sobre
la cama y penetrarla de una sola embestida. Esa noche tenía que ser
paciente y mostrarle toda su destreza como hombre. Con la experiencia que
suponía que ella debía tener, por todo lo que le contó de su época,
seguramente lo pondría a prueba. Las comparaciones eran odiosas, pero no
podría evitarlas en ese caso. Tenía que ser para ella el mejor amante que
haya tenido nunca.
Estaba por tomarla entre sus brazos para llevarla a la cama cuando se
percató de la ropa interior. Cuando el vestido cayó al suelo, pensó que no
llevaba, pero se dio cuenta de que tenía una diminuta prenda cubriendo, si
es que eso cubría algo, sus caderas.
―¿Qué es esto?
Preguntó mitad asombrado y mitad, aún más, excitado.
―Una vedetina ―dijo temblorosa―. Ropa interior de mi época… La de
esta época es buena para el invierno, pero bastante incómoda… ¿no te
gusta?
Lo miró insinuante mientras daba una lenta vuelta para mostrarle cómo
se ajustaba a su cola dejando los cachetes de esta al descubierto.
Afortunadamente, Mía no llevaba puesta una de las que ella se confeccionó,
que, aunque le había dedicado tiempo y amor, no habían quedado perfectas.
A Lían se le secó la boca. ¿Así iban las mujeres por la calle? ¿Así estaba
ella cuando se fue con Christopher?
Se arrodilló delante de ella, contempló la minúscula tela blanca que
cubría el sexo de Mía y, despacio, comenzó a deslizarla por sus piernas.
Besó el pequeño triángulo de vello castaño; se apresuró a llevarla a la
cama y comenzó a desvestirse.
Mía se sentía indefensa tendida allí. Tomó las mantas y se tapó mientras
contemplaba cómo Lían, se despojaba de su ropa.
―No te tapes ―pidió él, pero Mía no lo escuchó atenta a su cuerpo.
La casaca y la camisa terminaron sobre una silla, dejando a la vista unos
amplios hombros, pectorales musculosos y un abdomen recto y marcado.
Un leve manto de vello negro cubría su pecho.
Las pulsaciones se le aceleraron cuando Lían se quitó el pantalón
dejando libre su miembro, erguido, duro. Era más grande de lo que ella
pudiera imaginar. Si es que alguna vez hubiese imaginado alguno. La
verdad era que el sexo nunca estuvo en sus pensamientos hasta que se cruzó
con él.
―Mierda ―susurró, mientras él dejaba el pantalón junto con el resto de
la ropa.
Lían contempló el rostro asustado de Mía y temió que se estuviera
arrepintiendo.
―¿Sucede algo? ―preguntó temeroso.
Mía tragó saliva.
―Eh… yo… es…―Su vista pasó de sus ojos negros llenos de pasión a
la dureza de su sexo―. Siento que va a doler… mucho ―dijo al fin, casi en
un susurró tímido.
La sonrisa en el rostro de Lían se acentuó con un visible dejo de
arrogancia. La respuesta de Mía lo complació. Era evidente que su virilidad
resultó ser mucho más grande que la de todos los otros amantes con los que
ella estuvo. Eso era un incentivo más que suficiente para su orgullo.
―Tranquila ―Se metió en la cama con ella―. Me aseguraré de que
estés bien preparada para recibirme.
Mía entendió lo que él le quiso decir, aunque no estaba tan segura de
adquirir la lubricación necesaria para que “eso” no le doliera.
―Relájate ―le susurró al oído al sentir lo tensa que estaba.
Su boca capturó la de ella. Su lengua buscó la suya. La mano de Lían le
recorría los costados del cuerpo en una caricia suave buscando relajarla. Y,
poco a poco, lo consiguió. Sentir el cuerpo caliente de él sobre el de ella era
una sensación nueva y excitante. Le gustaba. Despacio, comenzó a perder la
vergüenza y ella también comenzó a recorrerlo con sus manos. Acarició sus
hombros, su espalda. Sentía cómo los músculos de él se contraían cuando
ella lo tocaba. Perdiendo todo tipo de pudor, llevó la mano hasta la firme
erección. Ante el débil roce de sus dedos Lían se mantuvo quieto,
mirándola a los ojos. Ella se mordió el labio inferior y rodeó el miembro
con sus dedos. El calor penetró la piel de sus manos. Sin apartar su mirada
de la de él, deslizó su mano hacia arriba y abajo, lento, contemplando los
negros ojos de Lían que se entornaban. Su respiración se volvió más fuerte,
dio un rudo gemido y le apartó la mano con rapidez.
―Si sigues, todo habrá terminado antes de empezar… ―Besó la
comisura de sus labios―. ¡Dios! Eres tan hermosa ―Besó la otra comisura
de su boca―. Te deseo tanto…
―Yo también…
Mía llevó las manos a su nuca y empujó la cabeza de él hacia abajo para
besarlo.
Lían bajó por su cuello, recorriéndolo con la lengua, en suaves caricias.
Sujetó sus pechos entre las manos. Rozó con la lengua el pequeño pezón de
chocolate de uno, mientras que, con la otra mano, presionaba despacio el
otro pecho y acariciaba el pezón con el pulgar. La delicada punta se irguió
al recibir la humedad de la boca de Lían. ¡Era tan delicioso ese momento!
Absorto en el cuerpo de Mía chupó, lamió y succionó cada uno de los
pechos hasta que ella emitió gemidos de placer. Sentía todo su cuerpo que
vibraba pidiéndole más. Necesitaba más de Lían.
Él siguió con el camino que su boca emprendió y llegó al ombligo. Tomó
entre sus dientes ese diminuto delfín que lo venía torturando desde la noche
en que Mía se lo mostró. ¡Condenado pendiente! Nunca se sintió más
excitado por una joya como cuando imaginaba el vientre de Mía con ese
piercing. Y ahora, allí estaba… allí lo tenía. Recorriéndolo con su lengua.
Escuchando como ella respiraba excitada por las caricias de su boca.
Continuó su camino. Lamió la cicatriz en el costado de su abdomen,
¿qué había dicho que era? ¿Una operación? Lo que fuera esa marca en su
cuerpo la hacía aún más hermosa. Mía no era como el resto. Su vanidad no
estaba por encima de nada.
Prosiguió en su recorrido. Depositó un beso en el comienzo de sus
piernas antes de separarlas. Contempló el delicado sexo de Mía, rosa,
húmedo… y no pudo evitar un gemido antes de pasar su lengua caliente por
entre sus labios. Con los dedos se ayudó para abrir la delicada cavidad y
buscó con la lengua el punto del deseo. Cuando encontró el clítoris lo besó
con cuidado, con anhelo, hambriento por sentir su sabor. Succionó
despacio, sosteniendo las caderas de Mía con ambas manos. Ella sentía un
cosquilleo insoportable recorriendo su cuerpo. Quería que parara y, a la vez,
deseaba más. Que siguiera tomando de ella todo lo que quisiera.
Las manos de Mía se entrelazaron en el cabello de la cabeza de Lían,
empujándolo para su sexo, instándolo a que siguiera con el contacto de su
lengua allí, donde ella necesitaba más de él. Sus caderas instintivamente se
elevaron a su boca, ofreciéndose al placer que él le brindaba. Lían se
posicionó sobre el cuerpo de Mía. Con ayuda de un muslo mantuvo las
piernas de ella separadas. Besó su frente, brillante por el sudor, mientras
empujaba hacia el interior de su cuerpo. Pese a la humedad que tenía entre
sus piernas, el miembro de Lían se deslizó por encima del pubis de ella. Él
maldijo en voz baja. Entonces, lo tomó con la mano, lo posicionó delante
de la hendidura y lo guio para entrar. La sintió muy estrecha y pensó que
ese fue el motivo por que no pudo entrar en el primer intento. Cuando logró
atravesar el glande, llevó su mano al pecho de Mía y presionó para seguir
entrando.
Una queja aguda lo hizo detenerse. Bajó la vista al rostro de Mía. Ella
estaba asustada, con un gesto horrible que estaba muy lejos de ser
placentero.
―No… no pares… está bien.
Jadeó al ver el rostro asombrado de Lían, temiendo que no prosiguiera.
―¿Cómo puede ser…?
Lían hacía un gran esfuerzo para no empujar más su miembro dentro de
ella. Sentir el calor de su carne tierna, envolviéndolo, era irresistible.
―Te dije que no era Lauren.
Sonrió temblorosa, mientras intentaba moverse del aplastante cuerpo de
Lían para apaciguar la molestia que sentía en su entrepierna.
―¡No te muevas…! ―gritó él.
El leve movimiento le provocó un placer tan fuerte que sintió que
acabaría allí mismo y todavía faltaba para poder brindarle a Mía el
verdadero placer de esa unión.
―Eso ya lo sabía ―dijo Lían, volviendo a la pregunta―, pero con todo
lo que contaste, el liberalismo de la mujer en tu… época… cómo puede ser
que…
―Algunas todavía conservamos un poco de decoro…
―¡Dios! ¿No hubo nunca un hombre al que desearas?
Ella negó, tímidamente, con la cabeza.
―Supongo que estaba esperando a mi príncipe azul…
―¡Príncipe! ―exclamó emitiendo un gemido―. ¡Común demonio!
Espero que un simple conde sea suficiente.
Mía quiso decirle que sí. Que él era más que suficiente para ella. Que él
era todo lo que quería, pero la boca caliente de él envolvió la suya en un
profundo y ardiente beso. Mientras que su mano salía del pecho de la joven
para ir a sujetar su cadera y darle suaves masajes, él se hundía más dentro
de su cuerpo.
Mía gimió al sentir la intromisión de su miembro un poco más adentro.
―Lo siento. Dolerá al principio, pero después ya no ―prometió con
dulzura sobre su frente.
―Lo sé…
Lían volvió a empujar su pelvis hacia adelante.
―Un poco más…
―Bésame… ― pidió ella.
Sin dudarlo, Lían devoró su boca con los labios ¡Se sentía tan bien
besarla y penetrarla, todo al mismo tiempo!
Empujó más, con leves movimientos para ocasionarle el menor dolor
posible. Su carne virginal lo envolvía y Lían sentía todo como una situación
subliminal. Jamás en su vida, hubiese podido imaginar tanto placer.
Cuando logró introducir todo su miembro se mantuvo quieto, esperando
que Mía se acostumbrara a la sensación de tenerlo por completo en su
interior. En ningún momento dejó de besarla. Mía estaba tan perdida en las
suaves caricias de su lengua que no supo en qué momento él comenzó a
moverse dentro de ella con mayor insistencia.
El dolor se transformó en una leve molestia y luego, con cada entrada y
salida, un leve cosquilleo la invadió proyectado desde la unión de sus
cuerpos, al resto de las extremidades. Su espalda se arqueó hacia el cuerpo
de Lían. La boca de él absorbió cada gemido de placer que su garganta,
involuntariamente, emitió.
Ella sentía que, en cualquier momento, moriría invadida por un placer
abrasador, mientras Lían, permanecía absorto en los sonidos y calidez que
el cuerpo de Mía le proporcionaba.
―Lían… ―jadeó sobre su hombro―, acaba afuera…
Lían la embistió profundo buscando sus ojos. Sabía lo que ella quería o,
mejor dicho, lo que no quería: tener un hijo… ¿suyo? No era momento de
pensar en eso, se dijo. Él tampoco lo quería… aún.
Volvió a embestirla más fuerte que la vez anterior. Salió y volvió a entrar
en su cuerpo cada vez con más ritmo hasta que sintió el cuerpo de Mía
estremecerse y contraerse bajo su peso. Ella emitió un agudo gemido de
placer y se pegó al cuerpo caliente de Lían, rodeándolo con los brazos. Él la
embistió, esta vez deteniéndose al final. Presionando su pelvis contra la de
ella. Cuando todo su cuerpo comenzó a sentir la sensación de desahogo,
salió bruscamente del cuerpo de Mía y se relajó sobre ella, derramando
sobre su vientre el caliente producto de su clímax.
Aun jadeando, se estiró hasta la mesa de noche y sacó del primer cajón
un pañuelo con el que limpió el cuerpo de Mía, sin poder evitar ver entre
sus piernas unas leves manchas escarlatas. En lo más profundo de su ser,
esa visión le generó una intensa satisfacción. Era su primer hombre. No le
hubiese importado no ser el primero, como así tampoco le interesó al
momento de obsesionarse con Lauren. Pero ser el primero en conocer
íntimamente a Mía, en escuchar sus gemidos, ver su rostro sonrojado de
placer, resultaba para Lían lo más maravilloso que experimentara en toda su
vida. Sí también pudiera ser el único…
Se recostó sobre la cama y la trajo hacia él. Mía rodeó su pecho con el
brazo y se apoyó sobre su hombro. Oliendo la mezcla exquisita de su piel y
el sudor, no pudo evitar besar su cuello.
―Mía… ―dijo él presionando sus labios en la frente de ella―, al fin sé
tu nombre.
Ella sonrió.
―¿Sabes qué significa? ¿Cuál es su traducción al inglés?
Sintió como Lían negaba con un leve movimiento de cabeza. Ella le dio
el significado en inglés y él sonrió. Le gustó. Le gustó su nombre. Le gustó
la sensación de saber que ella era suya.
La abrazó con más fuerza y se quedaron así un largo tiempo. Luego
Lían, se puso una bata y se dirigió hasta la habitación continua, donde se
lavó y le preparó a Mía la bañera. Sabía que un buen baño de agua caliente
le vendría bien para su cuerpo, después de lo acontecido.
Cuanto estuvo todo preparado, le ofreció una de sus batas, de fina seda
azul, que le quedaba enorme. Lían era el doble o más grande aún de lo que
era ella. Las mangas le sobresalían casi unos veinte centímetros. La imagen
de Mía perdida dentro de la seda azul le produjo una inmensa ternura. Era
tan pequeña, la sentía tan vulnerable. Una sensación de querer protegerla
siempre de todo el mundo se apoderó de él.
Una vez que logró doblarle las mangas hasta las muñecas, Lían la tomó
de la mano y la llevó a la sala contigua. Mía contempló una bañera de
porcelana, el doble en tamaño de la que se encontraba en su habitación.
También observó que, en la cabecera, se desprendía una tubería. Él tenía
agua caliente allí mismo. No hacía falta que Eliot le llevara los baldes desde
afuera.
Mía frunció el ceño y Lían se dio cuenta del motivo.
―Mi tío era algo desconsiderado y egocéntrico. La trajo de unos de sus
viajes a Francia, si mal no me han informado.
―¿Por eso solo puso cañerías de agua caliente en su habitación?
―Sí… Supongo que tendría que pensar en algunas reformas, ¿no?
El hecho era que Lían no pensó en ello porque no tenía planeado tener
invitados en la estancia. Disfrutaba de la soledad y tranquilidad, lejos de los
eventos sociales a los que concurría solo por cortesía y por cuestiones de
negocios. Y pensando que Lauren compartiría con él la habitación, dada a
su gran afición al ejercicio físico, no se le ocurrió disponer de una cañería
en el cuarto que ahora ocupaba Mía.
―Si no te molesta, me gustaría venir aquí a bañarme. La verdad es que
siempre me incomodó que el pobre Eliot acarreara esos baldes por mí…
Prometo venir cuando tú no estés.
―Puedes usarla cuando gustes… ―dijo Lían situándose tras ella y
tirando del cuello de la bata para deslizársela por el cuerpo ―, y te aseguro
que no me molestará si lo haces cuando yo esté aquí.
Susurró sobre su oído, mientras la bata caía al piso. Mía sintió su cuerpo
ruborizarse.
Él le ofreció una mano, que ella aceptó, y la ayudó a introducirse dentro
de la bañera. Lían contempló el perfecto y turgente trasero de Mía y una
oleada de deseo se apodero de él. Sintió a su miembro erguirse bajo la bata
y, como acto reflejo, su mano se dirigió a tocar con sutileza la curva de uno
de los cachetes.
―¡Lían! ―exclamó sorprendida y acalorada.
―Lo siento ―se excusó, aunque ambos sabían que no lo lamentaba―.
Solo quería ver el tatuaje ―Esbozó una pícara sonrisa.
―Seguro… ―susurró escéptica.
Mía se sentó en la bañera dejando que el agua caliente relajara los tensos
músculos de su cuerpo. Sintió una agradable sensación de alivio en su
entrepierna al entrar en contacto con el agua.
Lían se arrodilló y tomó el jabón de una pequeña bandejita de bronce,
dispuesto a bañarla; Mía se apresuró a quitárselo de las manos.
―Yo… yo me encargo.
―Muy bien.
Lían apoyó la espalda sobre la silla que contenía las toallas.
―¿Vas a quedarte?
―Sí. Necesitarás ayuda para salir de ahí dentro.
Mía hundió el jabón en el agua y refregó sus manos sobre él tratando de
producir bastante espuma. Cuando consiguió la cantidad necesaria para que
cubriera por completo su cuerpo, comenzó a deslizar sus manos jabonosas,
por sus brazos. A pesar de que Lían la había visto completamente desnuda,
esa no era una situación cómoda para ella. Jamás le gustó mostrarse sin
ropa delante de nadie. Jamás usaba las comunes minifaldas o shorts. Nada
por encima del ombligo ni de las rodillas.
―¿Por qué te hiciste ese tatuaje? ¿Qué significa lo que dice?
―Es un nombre ―respondió resuelta, sin darse cuenta de que esa
escueta respuesta motivó que la mandíbula de Lían se tensara.
―Una mascota que tenía cuando era niña ―agregó, devolviéndole a él
la respiración, que ya suponía que era el nombre de algún amor. Le
molestaba pensar que el corazón de Mía tuviera un dueño, así se tratara de
un amor platónico―, por eso el tatuaje es una huella ―concluyó.
―¿Un perro?
Mía asintió.
―Gotzi. Un cachorro travieso que tenía cuando era niña. Solía dormir
conmigo, a pesar de que a mi padre no le gustaba mucho.
La imagen de Mía de niña jugando y durmiendo con el pequeño perro le
enterneció. La visualizó corriendo, con su cabello castaño suelto y riendo al
ser perseguida por el cachorro.
―¿Qué le pasó al perro? Dijiste… tenía, no tengo…
Mía sonrió con tristeza y se encogió de hombros.
―Un día desapareció… Estoy segura de que la mujer de mi padre lo
hizo desaparecer. A ella no le agradaba. Supongo que lo regaló a otra
familia, lejos de donde vivíamos para que yo no lo encontrara nunca más.
La mirada de Mía estaba perdida en la espuma que de deslizaba sobre la
pierna que tenía flexionada.
―¿Te llevabas mal con tu madrastra?
―Ella no me quería. No sé por qué, pero no le caía bien.
―Y… ¿tu padre no hizo nada al respecto?
―Él era un hombre bueno, pero ingenuo… le creyó que se había
escapado.
Le resultaba difícil creer que existiera alguien que no quisiera a Mía. Era
tan dulce, tan cálida. Siempre tan alegre. ¿Quién no podría quererla?
Hubiese dado cualquier cosa por estar allí para protegerla de esa mujer.
―¿Y por qué escogiste ese lugar en particular para hacértelo?
―Tenía una mancha horrible de nacimiento ―frunció los labios―. Fue
la mejor manera que encontré de cubrírmela.
Lían sonrió.
―Creo que tendrías que salir ya. El agua debe de estar fría.
Mía asintió. Con ayuda de Lían se levantó y salió de la bañera. Él la
envolvió con un toallón y esperó a que se terminara de secar con la bata
abierta. Cuando se la puso, ató los lazos en la cintura y fueron nuevamente
a la cama. La cubrió con las mantas y, acto seguido, se acostó a su lado.
―Creo… que tendría que volver a mi habitación.
―Yo creo que no.
Lían la abrazó dejando descansar la cabeza de ella sobre su hombro. Mía
lo abrazó por debajo de las mantas. Se sentía tan bien con el firme y
caliente cuerpo del testarudo conde pegado al suyo.
Mientras acariciaba la espalda de Mia por encima de la bata, Lían
recordó el inusual pedido de ella mientras hacían el amor y sintió
curiosidad.
―¿Cómo es que no teniendo experiencia sepas eso?
Vio como ella sonreía.
―En mi época es mucho más fácil adquirir cierta información. Hay algo
llamado Internet que difunde rápidamente un montón de datos. Inclusive, en
los colegios se da la materia educación sexual y… lo más interesante para
ti, es que existe una gran industria referida al sexo. Pornografía se llama.
―¿Una industria?
―Así es. Se producen revistas con fotos muy explicitas, películas…
―¿Películas? ¿Qué es eso?
Mía no logró contener la risa ante todas las preguntas él que le hacía. Era
una risa, también, traducida en impaciencia. Por momentos, se le
complicaba explicar algo que era tan común para ella, que ni ella misma
sabía cómo se producía o qué era lo que generaba eso; como Internet, por
ejemplo. Ella sabía que prendía una computadora y tenía acceso a la red,
pero jamás se preguntó cómo era que eso resultaba posible.
―Pareces un niño con tantas preguntas.
―Bueno, debes reconocer que las cosas que describes generan
curiosidad.
―Sí, pero yo no sé cómo explicártelas. La gran mayoría ni yo sé cómo
funcionan ni por qué las cosas están allí. Solo están. Para mí es algo tan
común eso, que nunca me interesó saber el cómo y el por qué…
Hundió el rostro en el hueco entre el hombro y el cuello de Lían.
―Muy bien. Se acabaron las preguntas, entonces… por hoy.
Mía sonrió y besó la piel caliente de su cuello.
―Debes dormir, seguro estás cansada.
La lengua de Mía antecedió al beso que nuevamente le dio sobre la piel
del hombro. El anterior contacto de su boca, Lían trató de ignorarlo, pero
este último electrificó todas las terminales nerviosas de su cuerpo.
―Mía… ―advirtió―, si sigues con eso, no podré evitar hacerte el amor
de nuevo y es muy rápido para tu…
―¿Eso es una amenaza?
Deslizó una mano dentro de la bata de Lían y comenzó a jugar con el
vello de su pecho.
―No… solo…
―Qué lástima… era muy tentadora.
Sonrió antes de tomar entre sus labios el lóbulo de la oreja y presionarlo
con la lengua sobre el labio superior de la boca.
En un rápido movimiento, Lían tomó las manos de Mía y las llevó por
encima de su cabeza, ubicando su cuerpo sobre el de ella.
―Eres una… ―bufó entre sonrisas, contemplando el rostro radiante de
Mía, por la pequeña travesura que acababa de cometer.
―¿Una qué…?
Lo provocó con una coqueta sonrisa, levantando la cabeza de la
almohada y recorriendo los labios de Lían con la punta de la lengua,
tomándose su tiempo para acariciar la pequeña cicatriz. Mía sintió sobre su
vientre, el sexo de él endurecerse. Sentirlo la excitó. Necesitaba tenerlo de
nuevo dentro de su cuerpo.
―Una pequeña provocadora.
―¿Yo? ―preguntó simulando ingenuidad.
Lían sujetó sus manos con una sola y usó la otra mano para dejar libre
del abrigo de la bata, un pecho.
―Sí… tú. Pero sé cómo poner fin a tus provocaciones, señorita…
―Y cómo…
Un gemido evitó que terminara la pregunta. La boca de Lían capturó el
botón de su pecho llevándolo a endurecerse al instante. Lían liberó sus
manos para atrapar el otro pecho entre las suyas. Provocó con el pulgar el
tierno pezón. Tomó con delicadeza el otro pezón entre sus dientes,
presionándolo suave para no lastimarla. Mía gimió susurrando su nombre.
La boca de Lían subió por el valle de sus pechos dejando a su paso un
ardiente camino de besos, saboreando el perfume de la piel recién bañada
de Mía. Lamió y mordió el trayecto del cuello a su oreja, donde le susurró:
―Ya sabes lo que te pasará si me provocas, pequeña.
Ella quiso contestarle, pero la boca de Lían tomó posesión de la suya e
invadió su interior con los embistes profundos de su lengua. Bajó la mano a
su entre pierna, separó los labios de su sexo con los dedos y comenzó a
acariciarlo, incitándolo a humedecerse con cada roce. Cuando sintió que la
hendidura estaba resbaladiza, se ayudó con los muslos para separarle las
piernas. La embistió despacio. No olvidaba que esa era su segunda vez, y
apenas una hora después de la primera. Pero al sentir la cálida carne
envolviendo su miembro, la sensación de hundirse más y más en ella, se
volvió irresistible. Abrió los ojos para encontrarse con los de ella, que
contenían el mismo placer que los suyos. Mía abrazó las caderas de Lían
con sus piernas y él comprendió lo que le pedía. Profundizó la penetración.
Salió de su cuerpo lentamente y volvió entrar con vehemencia. Podía sentir
el estremecimiento que invadía el cuerpo de Mía en cada embestida. Era tan
hermosa, que no entendía cómo pudo confundir las anteriores experiencias
entre sábanas, con placer. El placer, por primera vez, estaba allí para él…
como también lo estaba para Mía.
Tomó su rostro entre las manos y la besó cuando sintió que llegaba al
orgasmo, tomando de su garganta los gemidos del placer consumado.
Segundos después, sus cuerpos se separaron, envueltos en un profundo
éxtasis.
Apartó enseguida, las mantas y con el pañuelo que usó anteriormente,
limpió su cuerpo. Luego, volvió a taparla y la abrazó contra su pecho. Mía
cruzó una pierna sobre la de él asombrada por la familiaridad con que se
adaptaba al cuerpo próximo y desnudo de Lían. Besó su torso desnudo y
sonrió, cuando él le dijo:
―Aún andas con ganas de seguir provocando.
―No es mi culpa que seas tan tentador.
Lían rio abiertamente ante la descarada respuesta de Mía.
―Es usted una descarada, señorita Mía…
Mía hundió el rostro en su cuello.
―No… ―se defendió―, pero si eso hace que te rías más a menudo…
comenzaré a serlo a partir de ahora.
Lían besó con ternura el pelo de Mía.
―Eres tan linda ―La abrazó más fuerte―. Ahora duerme. Todavía nos
quedan un par de horas antes de que salga el sol… y yo te despierte para
hacer el amor antes de dejar la cama ―añadió divertido.
~28~

En todo el tiempo que Mía llevaba en Bradford, esa fue la primera noche
que durmió plácidamente, sin ver su sueño interrumpido por ningún tipo de
pesadilla. Hubiese sido perfecto amanecer con el cuerpo de Lían abrazado
al suyo, pero cuando a la mañana siguiente se desperezó, su mano izquierda
tocó el vacío en ese lado de la cama.
Al abrir los ojos se encontró con que estaba en su habitación, en su cama
y sola. Por un instante pensó que todo lo había soñado. Cuando separó las
mantas que cubrían su cuerpo, vio que llevaba puesta la bata azul que Lían
le dio para después de bañarse y una exquisita sensación de deleite invadió
su cuerpo. No fue un sueño: había hecho el amor con Lían.
Sexo, interrumpió enseguida esa molesta voz interior. Solo tuviste sexo
con el conde, no amor.
¿Por qué tenías que aparecer?
Porque necesitas que alguien te mantenga con los pies en la tierra.
Mía suspiró hondo.
Tenía razón Pepa. No podía decir que lo compartido con Lían fuera
amor, pero se acercaba bastante. Por lo menos para ella. Para él quizás sí
fuera solo sexo, pero para ella no. Hasta ese momento no conocía lo que era
el deseo. Y si no le había pasado nunca antes eso de desear a nadie, ni
siquiera a Víctor que tanto le gustaba, era porque… No, mejor no pensar en
por qué sentía lo que fuera que sintiese. Lo cierto era que esa mañana se
sentía feliz.
Se sentó en la cama y, al apoyar los pies sobre la alfombra, sintió una
textura suave. Bajó la mirada. Encontró el lecho rodeado de pétalos de rosas
rojas, esparcidas también por todo el piso de la habitación y sobre la
cómoda. En una silla, al lado de la puerta, descansaban el vestido que
llevaba la noche anterior y su vedetina. Se le dibujó una sonrisa radiante, de
plenitud, que no pudo evitar en ningún momento mientras se vestía para
bajar a desayunar.
Antes de salir de su habitación se contempló en el espejo. Eligió un
vestido color lila de muselina. Simple, como todos los que seleccionó para
ella, que se sujetaba con pequeños botones por el frente y llevaba recogido
el pelo en una trenza que caía sobre su hombro derecho.
Segundos antes de salir, recordó frente al espejo el chiste de la monja
que acababa de ser víctima de violación y otra monja le sugería que tomara
jugo de limón para borrar su expresión de felicidad.
¿Necesitaré pedir que me traigan un limón para desayunar?, se
preguntó al ver que no podía borrar la sonrisa de su rostro.
Una plantación entera me parece más adecuado, aunque dudo que haga
efecto en vos.
Radiante de excitación, bajó a desayunar. Le extrañó ver que no estaban
las cosas dispuestas en el comedor como cada mañana. ¿Se habría
levantado más temprano? Fue hasta la cocina, donde encontró a Marriet
revolviendo una olla que estaba sobre el fuego, mientras le pedía a Tess que
le alcanzara algunas especias del pequeño huerto de la casa.
El aroma que escapaba de la olla le generó un enorme vacío en el
estómago. Tenía hambre. Al parecer, el ejercicio de la noche anterior le
abrió el apetito. Le resultaba raro que estuvieran preparando el almuerzo tan
temprano.
Cuando Tess salió, entró Agatha con una canasta con ropa limpia. Al
percatarse de la presencia de Mía en la cocina, la recibió con una sonrisa.
―Lady, se ha levantado…
Marriet dejó de contemplar la comida para dirigirle una mirada de
sorpresa. Su rostro rollizo le sonrió.
―Lady, no la escuché entrar.
Dejó el cucharón sobre la mesa y se acercó a ella.
―¿Quiere comer algo, lady?
―La verdad que sí, Marriet, tengo un hambre terrible.
―Todavía falta un poco para que esté listo ―dijo refiriéndose al
almuerzo―, pero enseguida le prepararé un té y le daré unos pasteles que
quedaron del desayuno de esta mañana.
Mía la miró extrañada.
―¿Cómo el desayuno de esta mañana? ¿Qué hora es?
Marriet y Agatha se miraron.
―Las doce del mediodía, lady.
La boca de Mía se abrió en una gran “O”.
―Pero cómo puede ser…
―El conde nos dijo que anoche se acostó tarde, que no se sentía bien y
que hoy la dejáramos dormir un poco más… ¿Cómo se encuentra ahora,
lady?
Mía tardó un poco en responder. ¿Se sentía mal? Sí. Se sintió mal esa
mañana al despertar sola en su cama y sin los brazos de Lían rodeándola.
―Sí, anoche tuve un fuerte dolor de cabeza. Ya me encuentro mejor.
Las dos mujeres le sonrieron. Minutos después, Mía se encontraba en la
sala de estar sentada sobre la alfombra tomando el té con dos budines de
vainilla, que Marriet logró quitar del alcance de Eliot. No les preguntó si
Lían estaba en la estancia o si había salido.
¿Se habría arrepentido de estar con ella?, seguro. No era para él más que
una amante; y, por lo general, después de tener relaciones, los hombres,
incluidos los caballeros de todas las épocas, ya no toleran la presencia de
esta. Se les llama un taxi y se las manda a su casa. Bueno, un carruaje en
este caso. Pero con ella no podría. El muy tonto no se dio cuenta de que
tendría que verla todos los días hasta que, por algún milagro, desapareciera
de la misma forma en la que apareció. La estaba evitando, no tenía dudas.
Vamos, dejá de hacer conjeturas y preguntáselo a él.
Sintió de golpe un intenso calor detrás, en el cuello. Su respiración se
detuvo por un instante. Volvió la vista sobre el hombro y se encontró con
Lían apoyado contra el marco de la puerta. Sus miradas se mantuvieron por
unos segundos.
Mía no sabía cómo reaccionar. Tal vez venía a decirle que se olvidara de
lo sucedido esa noche. Que había sido un grave error, pero Lían le sonrió
como nunca antes y las imágenes de sus cuerpos desnudos acudieron a su
mente logrando ruborizarla.
Ella le devolvió la sonrisa y volvió la vista a la taza de té que tenía entre
sus manos. Escuchó que él cerraba la puerta y sus pasos amortiguados por
la alfombra acercándose a ella.
¡Por Dios! Que me tome en sus brazos y me bese, suplicó. Pero para
desilusión de Mía, él se sentó en el sillón ubicado delante de ella. Detrás de
la pequeña mesa, donde descansaba el platito con algunas migas que
quedaron de los budines.
―La bella durmiente ha despertado al fin… ―Su voz era suave.
Sí… aunque no por el beso de mi príncipe azul.
Conde, conde azul.
―No entiendo cómo pude dormir tanto. No debiste decirle a Agatha que
me dejara hacerlo.
―¿Por qué no? Te notabas cansada…
―Supongo que lo estaba ―concedió Mía algo avergonzada por la
situación.
¿Pero por qué? No hizo nada que ya miles de personas no hubiesen
hecho antes. Además, ella venía del siglo XXI, donde era común tener
relaciones sexuales con quien una tuviera ganas. No transgredió ninguna
ley. Ni siquiera en esa época. No iba a esperar casarse con algún duque o
marqués o algún hombre respetable de la alta alcurnia, como para tener que
mantener a salvo “su virtud”. Ella venía de otro continente. Uno, donde
corría por las venas sangre caliente a diferencia de la fría de los ingleses, y
de una época en la cual ser virgen a los veintidós años estaba peor visto que
ser precoz en el tema sexual.
Bueno, tuvo relaciones con alguien casado. Algo que no estaba dentro de
lo que ella aceptaba que estuviera bien, pero… ¿acaso ella no se encontraba
allí ocupando el lugar de su esposa?
¡Claro!, si vamos a fingir, finjamos bien, ¿no?
―¿Cómo amaneciste?
Mía se aclaró la garganta sin levantar la vista de su regazo.
―No tan… bien como esperaba.
El rostro de Lían se contrajo. Tenía la sensación de que ella diría que lo
de la noche anterior no había sido como ella imaginó. Que no la había
complacido. O peor aún… ¡que estaba arrepentida! La boca se le resecó.
―¿Ha sucedido algo? ―preguntó temeroso.
Jamás le dijeron que no era complaciente en la cama; que fuera Mía la
primera, le generaba un cierto malestar en el pecho… y en su orgullo.
―Sí ―contestó ella enseguida.
¡Lo estaba torturando! Le daba la información en cuentagotas en lugar
de decírselo todo de una. ¿Lo hacía para no herirlo? De haber sido Lauren,
se lo habría dicho la noche anterior apenas terminaron de hacer el amor.
Pero ella no. Si él no hubiese preguntado, ella se lo hubiese guardado todo.
Hasta para darle la peor de las noticias Mía era tan dulce y considerada.
―¿Qué? ―Lían tragó saliva.
―Pues… la verdad me desilusionó…
El alma se le estaba cayendo al suelo. ¿Estaba por decir que hacer el
amor con él la desilusionó?
―¿Qué te desilusionó, Mía?
La apresuró al ver que ella daba vueltas para decirle que no le agradó
estar con él. Se estaba desesperando y no quería asustarla con su
impaciencia.
Mía… La alegría que recorrió su cuerpo al escucharlo llamarla por su
nombre la invadió por completo.
―¿Yo? ―insistió al ver que no respondía.
Mía afirmó con un leve movimiento del mentón. Lían sintió una punzada
de dolor en el pecho.
―Anoche mencionó que iba a despertarme haciéndome el amor y en
cambio amanecí sola en mi cama… ―dijo al fin para acabar con la
desesperación de Lían. ―No tiene palabra, milord.
Lo miró sonriendo tímidamente con un dejo de picardía en su voz,
devolviéndole así la respiración a Lían.
Esa mañana, antes de llevarla a su habitación para no despertar
habladurías entre los sirvientes, la vio tan dulce envuelta en su bata que
deseó poseerla, sentirse otra vez dentro de ella. Mía estaba tan inmersa en
su sueño, tan tranquila, tan en paz, que no se animó a despertarla. Además,
tenía el amargo sentimiento de que al verlo compartiendo la cama, se
arrepentiría de lo sucedido. La noche anterior pasó todo tan de golpe… Su
reacción fue producto de ese ataque repentino, mientras hablaba de sus
planes en su vida habitual, antes de aparecer en la suya. Estaba convencido
que Mía actuó bajo los efectos de la ansiedad. De un ataque de locura. Y, él
se aprovechó de eso… ¡pero es que la deseaba tanto que tuvo que hacerlo!
Tenía que sentir su cálido cuerpo, aunque fuera una sola vez.
Lían se levantó automáticamente del sillón, le sacó de la mano la taza de
té, dejándola sobre la mesita y la hizo ponerse en pie.
―¡Dios! ―murmuró entre sonrisas, divertido por el mal momento que
le hizo pasar a propósito―. Eso tiene solución ―rodeó su cintura con las
manos―: esta noche.
Su aliento le acarició los labios y un escalofrío recorrió el cuerpo de Mía.
La boca de Lían comenzó a recorrer con pequeños besos su rostro. Primero
la comisura de sus labios, luego la mejilla colorada por el atrevimiento de
sus palabras, por su barbilla, siguiendo por el cuello, esparciendo a todo lo
largo del cuerpo de la joven un acogedor estremecimiento.
―Lían…
Gimió cuando su boca llegó detrás de su oreja y besó la zona.
―No me has dicho si me dejarás compensarte esta noche por mi enorme
error de dejarte seguir durmiendo esta mañana.
Remarcó la palabra “error”, expresando que tendría que haber cedido a
sus impulsos de poseerla. Mía rodeó su cuello con las manos, entrelazando
los dedos con el pelo azabache.
―¿Tanto tengo que esperar?
Lían emitió una pequeña carcajada y mordió delicadamente el cuello de
Mía. Envolvió su rostro con las manos y la contempló con ansiosa
devoción.
¿Qué había en esa pequeña y delirante criatura que lo volvía loco?
Atrajo su boca a la de él y la recorrió con la lengua. La besó
hondamente. Mía buscó la calidez de las caricias de su lengua,
saboreándolo, hasta sentir que las piernas ya no podían sostenerla.
Lían puso fin al beso y la aferró contra su cuerpo sintiendo como ella
perdía el equilibrio.
―Eso quiere decir: ¿sí?
Lían recorría con su mano el brazo de Mía en una tierna caricia.
―Si no queda otro remedio… esperaré ―simuló un suspiro de
resignación―, pero creo que no es muy de caballero hacer esperar a una
dama ―bromeó con coquetería.
¿Dónde quedo la joven tímida?... ¿¡La cambiaron por una descarada!?
―Tienes razón ―concedió Lían.
Mía se separó de él al ver que comenzaba a desprender los botones de la
camisa blanca que llevaba puesta esa mañana. Sonrió.
―¿Qué haces?
Las manos de Lían pasaron de su camisa a los botones del vestido de
Mía.
―No hacerte esperar… por supuesto.
Mía comenzó a dar pasos hacia atrás, seguida por Lían, que intentaba
desabrochar su vestido; ella volvía a abrochárselo entre risas nerviosas sin
apartar la vista de la piel bronceada del torso de él. Un hormigueo le
recorrió el cuerpo al recordar cómo la noche anterior besó y acarició esa
piel.
―Aquí puede entrar alguien…
―Iremos arriba, entonces…
Lían la tomó de la cintura y se dirigió a la puerta.
―No, Lían… espera…
―¿Esperar?... Recién no querías esperar.
Afloró a sus labios una sonrisa cargada de burla y de deseo. Quizá más
de deseo.
Mía comenzó a reír al comprender que él le estaba haciendo una broma
en venganza por la que ella acababa de hacerle.
―La venganza no es buena, milord ―le advirtió divertida, señalándolo
con el dedo.
―Depende de cual…
Su voz era anhelante. La trajo hacia su cuerpo y la besó.
Sí, le jugó una broma al insinuarle que le haría el amor en ese momento,
pero el sentirla tan cerca, el saborear su dulce boca, lo excitó de tal manera
que consideró seriamente lo de llevarla a la habitación o…
Un golpe en la puerta los interrumpió. Lían emitió un gruñido al detener
el beso. Sin soltarle la cintura, abrió con una mano la puerta lo suficiente
como para asomar el rostro.
―¿Qué sucede? ―preguntó visiblemente enojado.
―Milord, lord Dowston se encuentra esperándolo en la sala.
Mía escuchó la voz de Hunter.
―Dile que en un momento iré.
Cerró la puerta. Apoyó la otra mano en la cintura de Mía y la contempló
con los ojos cargados de deseo y resignación. Olvidó que Raphael pasaría a
buscarlo esa mañana. Quería controlar personalmente que el pedido de lana
que debían enviar al día siguiente a Leeds, para ser teñido, estuviera a
tiempo. Los planes por los que reemplazó en su mente esa tediosa tarea, le
agradaban mucho más.
Mía se humedeció los labios.
―Salvada por la campana.
―Así parece ―sonrió.
Antes de salir, Lían recordó el motivo por el cual les pidió a los
sirvientes que le avisaran cuando ella se hubiera levantado, aparte de saber
cómo se encontraba.
―Esta noche necesitaré que me acompañes a una cena como…
Ya no le agradaba que se tuviera que hacer pasar por Lauren. No lo era.
Lo tenía asumido desde el momento en que ella se lo demostró aquella
noche en la biblioteca, pero ahora el hecho de saber su nombre, lo
complicaba más.
―Como Lauren, como tu esposa, como hice hasta ahora…
―Sí, pero eso fue… yo te obligué a eso porque creía que tú eras ella, en
verdad.
Mía sintió que él lamentaba haberla expuesto ante tanta gente solo
porque dudaba en realidad de si era o no su esposa. Y lo entendía, aunque
quizá ella, en su lugar no lo hubiese hecho. Hubiese sido más considerada.
―Está bien… ―sonrió amistosamente―, creo que estabas justificado.
Lían enarcó las cejas indicándole no estar de acuerdo con ella.
―Pero ahora…
―Pero ahora yo te prometí que te ayudaría a continuar con esa…
―frunció los labios buscando la palabra adecuada. Farsa, no le agradaba
demasiado― simulación ―dijo al fin.
Cuando Lían le propuso ayudarla a averiguar cómo y por qué había
desaparecido de su tiempo y espacio habitual, a cambio de fingir ante toda
la aristocracia ser Lauren Parks, no creyó que le atormentaría tanto
exponerla a todas las lenguas afiladas de esa sociedad; lenguas que él
conocía bien. Después de la noche anterior la veía más vulnerable. Sentía
una gran necesidad de protegerla.
Por otro lado, necesitaba asistir a esa cena en lo de lord Fairchild. Él era
un importante inversor en los negocios que Lían tenía y le agradaba que sus
socios participaran de sus reuniones, cenas, bailes y días de caza. Era
necesario asistir debido a que, en la fiesta anterior, Lían no se encontraba en
Bradford para poder participar. No asistir dos veces seguidas sería un
desplante muy mal visto por lord Fairchild y no podía prescindir de sus
inversiones.
~29~

Dispuesta a representar su mejor papel como lady Lauren Tanner,


condesa de Nordwhit, pidió a Agatha que le preparara el mejor vestido de
noche que Lauren tuviese en su guardarropa para la ocasión. Era obvio que
también sería el más escotado.
Después de bañarse en la habitación de Lían, cruzó en bata hasta su
habitación y se encontró con la doncella esperándola para disfrazarla de
Lauren. Agatha le eligió un elegante vestido de fina gasa roja con una
sobrefalda de un rojo más intenso haciendo juego con el corsé que, a simple
vista, Mía percibió que no dejaría nada a la imaginación.
―¿Es normal que las condesas se vistan así?
Agatha sonrió divertida.
―No, pero creo que los planes de lady Lauren no eran los de ser una
condesa sino una… cortesana.
Mía entornó los ojos, tomó la ropa interior que Agatha le alcanzaba y fue
a vestirse a la sala contigua. Realmente no le gustaba mostrarse ante nadie
con poca ropa. No entendía cómo en esa época, tanto hombres como
mujeres, podían permitir que los vieran totalmente desnudos.
Luego de vestirse, se sentó delante del tocador para que Agatha le
recogiera el pelo. Esa noche tenía que estar deslumbrante. Lástima que su
cabello era demasiado fino y muy lacio; y los mechones cortos del flequillo
no quedaban por mucho tiempo retenidos con las horquillas. Por mucho que
lo intentara algunos caían sobre su frente.
Al terminar, Agatha le alcanzó un collar de esmeraldas y los aros
haciendo juego. A Mía no le gustaba llevar joyas, pero esa noche debía
cumplir con el acuerdo que pactó con Lían. Trató de vestirse lo más
parecida a Lauren, aunque, por momentos, dudaba que pudiera mostrarse
tan suelta con casi todos sus pechos a la vista. Por suerte, en el carruaje
estaría un poco más cómoda con la capa puesta.
―¿Estás segura? Podemos volver, si quieres.
Durante el viaje a la residencia de lord Fairchild, Lían cinco veces le
formuló la misma pregunta. Y, Mía, más allá de la incomodidad de la ropa,
estaba convencida, se sentía mucho más segura. Lían le aseveró que
muchos de los invitados que conoció en la fiesta en Tanner House, estarían
allí. También ella, tomó precauciones preguntándole a Agatha sobre cómo
debía comportarse, qué era correcto decir y qué no. Y, como todo se
resumía prácticamente en: “la mujer permanece callada hasta que el marido
la autoriza a hablar, salvo que esté entre mujeres; allí sí, podrá expresarse
un poco más abiertamente”, o, “si le hacen algún comentario inapropiado
solo tiene que limitarse a sonreír y desviar la mirada”, con eso como eje
fundamental, creía que podría superar esa prueba.
―Me siento tranquila. Todo estará bien.
Él tuvo un gesto de duda.
―Habrá momentos en los que tendré que dejarte sola.
Esa idea a Lían no le gustaba en lo más mínimo y eso que todavía no la
había sin la capa.
―Serán breves, espero. ―Le sonrió para tranquilizarlo―. ¿De qué
tienes miedo? ¿De qué me vaya de boca y diga algo inapropiado o que me
fugue con algún amante?
Lían temía que la acorralaran con preguntas o situaciones incómodas.
Conocía a la mayoría de las mujeres. Sabía de sus lenguas afiladas y si bien
Mía podía defenderse, no era lo mismo hacerlo en su época que en esta. No
quería que pasara un mal momento. No quería que ocurriera nada que la
hiciera desear, aún con más anhelo, desaparecer de su vida.
―Supongo, de que digas algo inapropiado.
Lían le sonrió y la tenue luz de la luna, que entraba en esos momentos
por la ventanilla del carruaje, iluminó su sonrisa. Tenía un mechón de su
negro cabello sobre la frente. Ambos tenían el cabello rebelde, no se
quedaba donde debería estar.
Mía lo contempló detenidamente; vestido con pantalón negro, chupa
blanca y casaca azul marino, estaba muy apuesto. Tenía que contenerse para
no sentarse encima de sus rodillas, rodearlo con los brazos y recorrer sus
labios con los suyos.
―Trataré de mostrarme lo más callada posible. Solo abriré la boca para
decir lo feliz que soy en mi matrimonio.
Ese comentario por alguna razón la inquietó. Desvió, veloz, la mirada
hacia afuera. ¿La incomodaba no ser en verdad su esposa?
Cuando entraron a la residencia Fairchild Manor, una doncella se acercó
para llevarse la capa de Mía. Con un poco de vergüenza, ella se la quitó y se
la entregó a la muchacha sin levantar la vista del suelo.
Apenas entraron al vestíbulo, alcanzó a ver que la sala estaba bastante
concurrida. Lían le había dicho que las reuniones en lo de lord Ambrose
Fairchild, eran muy asistidas. Cerca de unas doscientas personas estarían
esa noche. Mía creyó ver que todas ya se encontraban allí cuando llegaron.
Algo acalorada, levantó la vista para ver a Lían. Le pareció raro no
escucharlo decir nada cuando ella dejó al descubierto su exagerado escote.
Tal vez, aún no se había percatado de lo provocativo de su vestido, pensó.
Al levantar la vista, lo encontró tenso y los ojos fijos en su rostro, no en
su escote, como podía ver por el rabillo del ojo, que algunos hombres ya
estaban haciendo.
―¿Qué… qué sucede?
Lían recorrió con la vista los rostros de las personas que se encontraban
en la sala principal, de los pocos hombres que podía ver, debido a que
todavía continuaban en la entrada. Todos estaban prendidos del escote de
Mía. Lían cerró los ojos con fuerza tratando de contenerse.
―¿Por qué te has puesto eso?
―¿Y qué querías que me pusiera? Tu adorada esposa no tiene otros
vestidos que no sean de exhibición ―Hablaban susurrando para que nadie
pudiera oírlos―. Además, ¿no estoy representando a Lauren? Está bien,
tengo que dar a entender que estoy profundamente enamorada de ti, pero
eso no quita que siga prefiriendo vestirme como una… cortesana.
Eligió la misma palabra con la que Agatha la describió porque las que a
ella se le ocurrían no creía que fuera apropiado para decirlas.
Lían suspiró, resignado y molesto.
―Muy bien. Vamos.
No le ofreció su brazo, rodeó sutilmente la cintura de Mía con su mano y
la guio hasta la sala principal. Una clara muestra de propiedad. Su rostro no
era para nada amigable. Lían tenía el presentimiento de que esa noche
tendría que agarrarse a trompadas con varios hombres.
A diferencia de la cena anterior, esta vez Mía no se sentía nerviosa.
Sabía que tenía que actuar con cautela; trataría de pensar bien antes de
responder, si es que le tocaba participar de alguna charla. Esperaba que Lían
no lo permitiera, pero él le advirtió que, en algún momento de la velada, la
tendría que dejar sola para reunirse con los hombres a hablar de negocios.
La sala estaba adornada con grandes espejos ovales en las paredes, de
donde se desprendían arreglos florales en tonos pastel; un amplio ventanal
al fondo con cortinas verdes y una chimenea encendida. Hacia un costado
se encontraba una mesa con bebidas. Sobre la otra pared lateral, se abría
una puerta doble que llevaba a la sala, donde se llevaría a cabo la cena.
Durante el viaje, Lían le contó que después de la cena solían pasar al
salón amarillo, ubicado en el segundo piso, donde se entretendrían con
algún número de canto, piano o juegos.
―Solo espero que la de esta noche afine un poco más que la del año
pasado. ―comentó Lían cuando le mencionó el show de canto.
Los invitados estaban por la sala; divididos en pequeños grupos bebían y
hablaban.
Cuando Lían y Mía cruzaron el umbral del salón principal, fueron el
centro de atención de todas las miradas, tal como lo suponía Lían, debido a
los cotilleos que caían sobre ellos desde el casamiento, sumado al suceso de
la huida de “Lauren” con su amante mientras él estaba reunido con los
Morrinson. Lo que él no esperaba era que la atención de los hombres de
centraran tanto en los pechos de Mía. ¿Por qué, maldita sea, tenía que haber
ido con ese vestido?
Estaba más que seductora así vestida. Podía darse cuenta de que había
apretado en la parte superior el corsé, demasiado, para generar que sus
pechos se expusieran de esa manera ¡Maldita sea por querer fingir tan bien
ser Lauren! ¡Maldita sea por volverlo tan loco de deseo!
Fueron hacia un costado de la sala para no estorbar el paso a los
invitados que iban llegando. Un hombre robusto, unos cuantos centímetros
más bajo que Lían y con un amplio bigote, se acercó a ellos desplegando
una amigable sonrisa.
―Conde Nordwhit…
El hombre le estrechó la mano. Mostraba un gran aprecio por Lían. Era
un hombre de mediana edad con arrugas muy visibles en el contorno de sus
labios y ojos, estos últimos de un color gris ceniza.
―Lord Fairchild, ¿cómo está? Le presento a mi esposa, lady Nordwhit.
El hombre se dirigió a Mía haciendo una reverencia. Pronunciando aún
más su sonrisa y, como todos observaron, en especial Lían, deteniendo por
unos segundos bastantes extensos, la mirada en el escote del vestido.
―Lady Nordwhit.
―Un placer, milord.
―Me alegra que Lían la haya traído. La verdad, era necesario un poco
de juventud en esta reunión ―dijo el hombre haciendo un esfuerzo por
centrarse en el rostro de Mía y no bajar la mirada.
Mía echó un vistazo a la sala antes de contestar.
―Gracias, milord, pero veo que hay bastantes mujeres jóvenes esta
noche.
―Así es… pero ninguna tan bella, milady.
Mía respondió al halago con una sonrisa.
―Es muy amable, lord Fairchild.
El hombre la miró con un brillo en los ojos que Mía pudo percibir que
era algo más que simpatía. Lían carraspeó llamando sutilmente la atención
del hombre.
―¿Cuánto durara esta vez, Ambrose? ―preguntó Lían.
―Calculo que unas dos semanas. Rose está un poco reticente a que se
alargue más la duración de estos eventos. Por eso solo he encargado esta
vez cuarenta presas.
―¿Cómo se encuentra lady Fairchild? ¿No está aquí hoy?
Lían arrastró la mirada por la sala buscando a la esposa de Fairchild. Era
una mujer agradable y simpática. Le caía mucho mejor que su esposo. En
algún momento había intentado emparejarlo con su hija mayor, Charlotte,
claramente, sin éxito. No estaba en los planes de Lían contraer matrimonio.
Por eso fue una gran sorpresa el casamiento, y en esos términos, con Lauren
Parks.
―Sí. Sí… ha invitado a sus hermanas ―dijo el hombre enarcando las
cejas―. Debe estar con ellas chismorreando, como siempre. Trato de
evitarlas. Son de lo más fastidiosas. ―Lían sonrió. ―Estará contenta de
que hayas venido con tu bella esposa. Ahora debo irme. Trato de cambiar
constantemente de ubicación, dándoles la bienvenida a los invitados para
evitar que me encuentren ―les sonrió divertido―. Nos veremos más tarde.
Un placer, lady Nordwhit.
Tomó la mano de Mía y se la besó depositando arduamente los labios
sobre el guante; pesar de la tela, ella pudo sentir lo puntiagudo del bigote.
―Pobre mujer, tener que besar esos bigotes ―le comentó a Lían, una
vez que lord Fairchild se hubo marchado. Él atinó a sonreír.
―Dudo que lady Fairchild tenga mucho contacto con esos bigotes
―respondió―. ¿Dices que no son atractivos?... Y yo que estaba pensando
en dejármelos crecer.
Mía giró la cabeza hacia él con asombro.
―Ni se te ocurra. ¿Qué quieres ocultar con un bigote así? ¿La sonrisa?
Lo dudo, si ni la usas.
―Con que no tengo sonrisa, eh ―enarcó una ceja.
―No ¡tienes! y una muy linda, además ―y agregó en voz baja―, pero
no la usas.
―Me serviría para cubrir la cicatriz ―dijo para seguir provocándola,
mientras se tocaba con el dedo índice la cicatriz del labio superior.
―¡No! Si quieres…―se acercó más a él para hablarle en voz baja pero
firme―, si quieres que yo respete nuestro acuerdo de seguir fingiendo ser
Lauren, tu rostro se queda como está. Sin bigote que oculte la cicatriz y
sonriendo de vez en cuando… de ser posible.
Lían soltó el aire simulando fastidio por tener que acatar esa “orden”.
―De acuerdo ―concedió tratando de contener la risa.
Si Mía se diera cuenta de todo lo que generaba en él, estaría en
problemas. Lo tenía totalmente a su merced, aunque sabía que en cualquier
momento podría desaparecer de su vida. Y, aun así, insistía en estar con ella
la mayor parte del tiempo. Jamás se supo masoquista… hasta este
momento.
―¿A qué se refería lord Fairchild con eso de las presas? ―Mía cambió
de tema, recordando parte de la conversación que mantuvo Ambrose con él.
―Va a llevar a cabo una cacería. Compra en un criadero de Hampshire
todos los años unos setenta zorros para mantener entretenidos a gran parte
de los hombres que asisten aquí.
Mía lo miró incrédula.
―¿Me dices que compró zorros para matarlos solo por diversión?
―Sí. Es un deporte muy común entre la aristocracia.
¡Deporte! ¡Eso no tiene nada de deporte!
―Y tú, ¿vas a participar?
―No. No nos quedaremos más que un par de horas, ¿o quieres quedarte
aquí dos semanas?
―Por supuesto que no ―exclamó entre dientes.
Le parecía aberrante que criaran animales para luego cazarlos. ¡Eran
unas bestias! Tenía ganas de salir de allí. No toleraba el maltrato a los
animales y estar donde eso se celebraba le retorcía el estómago.
La sala de a poco se fue colmando de gente. No hubo uno de los
invitados que no centrara los ojos en la pareja de Mía y Lían. Una tortura
para ella, que trató toda su vida de pasar inadvertida. El mismo ritual que
con el anfitrión, se repetía con todos los hombres que se acercaban a saludar
a Lían. Lo que más le molestaba era que algunos, a pesar de estar con sus
esposas, se quedaban prendado de su escote. Gesto que, como era de
esperar, generaba malestar en las mujeres de esos hombres que le dedicaban
a Mía una mirada de furia contenida.
La culpa no es del pobre hombre. ¿Quién anda con todas las tetas al
aire? ¡Vos!
Eso no tiene nada que ver. Si el hombre en cuestión fuera un hombre en
verdad, que respetara y amara a su mujer, no tendría que andar por allí
mirando a mujeres ajenas, por más que esta estuviera en bolas.
Ahora lo pensás así porque sos vos la que está de este lado. Pero si vos
fueras una de esas esposas, estarías pensando de la misma manera que
ellas piensan de vos. Además, los casamientos en esta época son
arreglados. No se casan por amor. Si no mirá a tu conde y a Lauren...
Mía frunció la frente. Tenía razón.
―Increíble lo que hace un escote lo bastante amplio y un par de senos.
Logra que hasta un mono resulte bello.
Lían la miró con los ojos entrecerrados.
―¿Piensas que no eres bella?
El pulso a Mía se le detuvo. ¿La había escuchado? Pero, ¿cómo?
Hablaste en voz alta, tonta, y en inglés.
Mía sonrió nerviosa.
―Pensé en voz alta, ¿verdad?
―¿Eso piensas? ¿Que no eres linda?
Esa noche, cuando la llevó a contemplarse en el espejo, creyó que se
estaba burlando de él. En ese tiempo creía que ella era Lauren, y pensó que
lo hacía porque necesitaba alimentar su vanidad, pero ahora veía en sus ojos
que en verdad ella no se veía linda. ¿Cómo podía ser?
―Dudo que alguno de todos esos hombres me mirase de la misma forma
si en lugar de este escote tuviera puesto un sobretodo.
Frunció los labios, tratando de evitar el rostro de Lían, que la miraba con
sus ojos negros, penetrantes. Mía sabía que todas aquellas insinuaciones de
deseo eran solo porque mostraba más de lo que debía y, obviamente, Lauren
siendo igual a ella, había conseguido el séquito de amantes solo por
entregar su cuerpo y, en gran parte, por ser la hija de un marqués, no porque
fuera en verdad una belleza. Mía era consciente de que no era linda,
tampoco fea, solo era normal. No tenía nada que la resaltara entre las demás
mujeres.
―Deja ya de mirarme así, Lían.
Él se acercó a su oído.
―Deja tú, entonces, de decir que no eres linda. Todos los hombres que
están aquí, se detienen en ese maldito escote. Pero no es eso lo que atrae, en
verdad. Si tuvieras puesto un vestido de corte recatado, como el resto de las
mujeres que se encuentran aquí o, incluso, uno que te cubriera hasta el
cuello, de igual modo, todas las miradas se centrarían en ti. No sé cómo no
puedes darte cuenta, pero posees una energía que atrae. Se percibe apenas
entras en un lugar. No es tu ropa, ni tu cuerpo. Eres tú… eres hermosa…
Mía.
Susurró su nombre generándole que toda la piel del cuerpo se volviera de
gallina. Mía lo miró a los ojos conteniendo todavía la respiración. El rostro
de Lían, estaba serio, aunque sus ojos… brillaban de deseo. Podía
percibirlo. ¿La deseaba a ella o a Lauren? No. A ella. Acababa de decir su
nombre. Le parecía que ella era hermosa. Ya se lo había dicho la noche
anterior, pero cuando uno está en ese estado de excitación dice muchas
cosas que siente en ese momento y que no suelen ser verdad. Pero ahora se
lo estaba diciendo en una circunstancia totalmente distinta.
¡Demonios! Quería besarlo. Quería que la abrazara. Que le hiciera el
amor, nuevamente. Por favor, rogaba que le pidiera irse de ese lugar para
poder estar a solas. Lían parecía que iba a decirle algo más, o por ahí iba a
besarla porque bajó deseoso la mirada a su boca. Su corazón se agitó. Un
beso allí, delante de todos…
Entonces, se escuchó que estaban llamando a los invitados para que se
reunieran en la sala contigua. Estaban por servir la cena.
Mía maldijo internamente, mientras Lían la tomaba por el codo para ir al
salón comedor.
―¡Maldición! ―exclamó con la voz dura y baja.
―¿Qué sucede?
―Nada.
Mía siguió la mirada de Lían que, aunque fue fugaz, alcanzó a divisar
qué era lo que tanto le molestaba. Del otro lado del salón, dirigiéndose
hacia la mesa donde se serviría la cena, se encontraba un hombre de unos
treinta años, de pelo rubio oscuro y ojos miel, charlando con una dama.
―¿Quién es? ―Ante el silencio de él, prosiguió―: Lían, la última vez
que no me quisiste decir por quién maldecías terminé, exactamente, con ese
hombre afuera. Así que, por favor…
A regañadientes, Lían murmuró algo inentendible.
―¿Quién has dicho?
―Terrance Coks.
Lían apretó los dientes y la miró de reojo, observando su reacción.
Al escuchar el nombre, Mía volvió a mirar al individuo. Era lindo.
Lauren tenía, sin duda, una debilidad por los rubios. Sería por eso que no
encontraba atractivo a Lían, quien, para Mía, era mucho más apuesto que
ese tal Coks o que Christopher. Sonrió y esa sonrisa irritó a Lían.
¿Sonreía porque se acordaba de lo que ese hombre le escribió a Lauren o
acaso lo encontraba atractivo? Odiaba sentir esos celos.
―¿Qué te resulta tan divertido? ―preguntó receloso imaginando el
motivo.
―Pienso que, en este momento, Lauren ―susurró el nombre― se
estaría retorciendo por estar en mi lugar. Creo que sería más que atractivo
para ella encontrarse en un lugar en donde aparte de su marido, estén dos de
sus amantes. Tendría placer multiplicado por tres.
Mientras hablaban, se dirigían a buscar sus lugares en la mesa. Por
suerte, tal como se lo pidió a lord Fairchild, los ubicaron juntos, y como no
podía ser de otra manera, Mía fue situada justo del lado derecho de la
cabecera, donde se sentaba el anfitrión de esa noche.
―¿A qué te refieres con eso de dos amantes?
Una vez sentados, ella le señaló con la mirada, la mesa ubicada justo
enfrente a la de ellos. Sentado a la mitad, se encontraba Christopher. Mía lo
vio apenas él hizo la entrada en la sala principal, no le quiso decir nada a
Lían porque este estaba conversando animadamente con una pareja, dentro
de lo animado que Lían solía ser, así que, prefirió no molestarlo.
―¡Maldición! ―bufó él de nuevo.
Mía tuvo que contenerse para no reír.
―Te parece gracioso, ¿verdad?
―Siendo sincera, sí. Tendrías que pedirle perdón.
Mía contempló la nariz morada de Christopher. Se le notaba todavía la
marca de los puntos que tuvieron que darle después de las trompadas que
Lían le dio aquella noche.
―Ni lo sueñes. Se lo merecía.

La cena constaba de tres platos. La entrada era una sopa de pescado y


verduras que Mía simuló tomar; no quería parecer descortés, pero no
pensaba comer algo que contuviera carne de ningún tipo. Siguió un
estofado de carne roja con papas y una salsa de puerros. En este caso, Mía
solo comió las papas con la salsa. Y el último plato se trataba de pato a la
pimienta, el cual descartó por completo.
Cuando Lord Fairchild le hizo un comentario sobre si encontraba que la
comida no era de su agrado, ella solo atinó a decir que se estaba cuidando la
figura, algo que llamó la atención del hombre, que la veía más que
tentadora, así como estaba. Lady Fairchild se mostró preocupada. A
diferencia del resto de las mujeres no la miraba con mala cara por su ropa,
algo que Mía agradecía enormemente.
―A tu edad no tienes que pensar en eso ―le dijo―. Además, ya has
logrado atrapar a la mayor presa de los solteros ―le dedicó una sonrisa
burlona a Lían―, así que ahora puedes comer todo lo que te apetezca.
Aprovechando que Lían justo estaba conversando con el hombre que
tenía a su derecha, le contestó a la mujer a media voz.
―Con más razón tengo que cuidarme. Dudo que el conde me siga
viendo deseable si me ensancho demasiado las caderas.
―Bobadas.
La mujer hizo un ademán con la mano y le sonrió. En ese momento, Lían
se inclinó sobre su oído para susurrarle:
―Puedo asegurarte que no hay forma alguna en la que no te desee.
Mía no levantó la mirada del plato. Sentía que sus mejillas comenzaban
a tomar temperatura. ¿Cómo podía ser que la hubiera escuchado? ¿Y cómo
se atrevía a decirle eso allí, donde no podía sentársele encima y besarlo
como deseaba hacerlo? ¿Lo hacía apropósito? ¿Se estaba burlando de ella?
Si era así buscaría la forma, pero se lo haría pagar.
Cuando la cena terminó, antes de ir al salón amarillo a disfrutar de los
entretenimientos preparados para la ocasión, los hicieron pasar a todos a la
sala contigua donde sirvieron a las damas un chocolate caliente y pastelitos
de fruta, que Mía agradeció con entusiasmo, ya que en la cena no pudo
comer casi nada; a los hombres, les ofrecían whisky.
Tal como Lían le anticipó, en ese momento tuvo que ir a la biblioteca, a
reunirse con lord Fairchild y un par de caballeros más para hablar de
negocios y de las actividades que se llevarían a cabo durante las dos o tres
semanas que duraría el encuentro.
Mía agradecía que Lían no formara parte de todo el evento. Unas horas
podría fingir ser Lauren, pero dos semanas le resultaría imposible.
Lo que es estar al pedo, ¿eh?
―No me distraigas ―susurró mirando sobre su hombro para ver si
alguien la vio salir de la residencia.
Aprovechó el momento en que lady Fairchild los invitaba a pasar a la
sala del primer piso para ir afuera a tomar un poco de aire. Necesitaba por
un momento dejar de fingir sonrisitas y buen humor. Por lo menos, esa fue
la excusa que ella misma se adjudicó. En el fondo sabía que no salía por
eso. Quería ver dónde el socio de Lían guardaba a los pobres zorros que
compró para la caza.
Encontró la puerta trasera y salió con sigilo, siguiendo un camino de
piedras que se dirigía hacia el lado izquierdo de la casa. Del otro lado se
veía un hermoso jardín con bancos de hierro, varios surcos con diferentes
flores y fuentes de agua. Supuso que por allí no iría a un lugar donde
guardaran jaulas con animales, así que optó por el lado opuesto.
No le agradaba la noche. Le daba una sensación de desprotección que le
estremecía todo el cuerpo; sobre todo en esa época, pero por suerte
Fairchild Manor tenía todos los caminos iluminados con antorchas y faroles
de aceite. Se podía ver bien el camino, a pesar de que algunos faroles se
encontraban apagados. Aun así, eso no impidió que el corazón a Mía se le
acelerara.
Al conde no le va a gustar lo que estás haciendo.
No estoy haciendo nada. Solo quiero ver a esos pobres animalitos.
Sí, claro…
Iba a responderse cuando escuchó pasos aproximándose que la
sobresaltaron. Por un instante, deseó que fuera Lían que se percató de su
ausencia e iba en su búsqueda y no un ladrón… o algo mucho más
desagradable.
Dio la vuelta con el corazón en la boca esperando lo peor, pero se topó
con unos ojos brillantes y una sonrisa luminosa: Coks.
~30~

―¿Me recuerdas o no fue cierto lo de tu falta de memoria?


Apenas lo reconoció, Mía pronunció su nombre por inercia. No se dio
cuenta de ello hasta que él se lo hizo notar.
Ella sonrió tratando de ocultar su nerviosismo. Solo esperaba que no
fuera igual de mano larga que Christopher, de lo contrario estaría en graves
problemas.
―Es verdad lo de mi memoria, pero, al parecer, ciertos rostros me
resultan imposibles de olvidar.
Mintió esperando parecer lo más convincente posible y, sin lugar a
dudas, logró su cometido; al joven rubio la respuesta lo complació pues su
sonrisa se acentuó más formando dos hoyuelos en sus mejillas.
Terrance Coks miró hacia todos lados antes de volver la vista a ella y su
provocativo escote.
―¿Qué hacías saliendo a hurtadillas hacia los establos? ¿Esperando a
alguien a escondidas de tu esposo?
La sonrisa ahora se tornó traviesa y sus ojos brillaron con un dejo de
malicia ante la idea de que ella fuera a encontrarse con un amante.
―Sí, a mí.
Antes de que Mía pudiera contestar, la voz de Christopher apareció por
detrás de Terrance.
¡Lo que faltaba! Poné los fideos que estamos todos.
―Becher, no te he visto. ¿Recién llegas o ya te encontrabas aquí durante
la cena? ―Terrance se dirigió a Christopher con voz indiferente y sin
apartar la mirada de Mía, dejando en claro que no le caía bien el joven.
A este, el desdén con que Terrance se dirigió a él, no pareció molestarle.
―Yo tampoco he reparado en ti durante la cena. No eres alguien que me
tenga pendiente ―respondió Christopher poniéndose a la altura de Terrance
para enfrentarse en lo que parecía una guerra verbal de vanidades.
Mía no quería presenciarla ni iba a hacer nada para detenerla. Mientras
sus atenciones no estuvieran puestas en ella, era su oportunidad para
escapar. Con sigilo, dio media vuelta y continuó con su camino hacia los
establos, esperando llegar antes de que ellos advirtieran su ausencia.
Poco le duraron sus esperanzas. A unos pasos de llegar a una edificación
enorme de madera de dos pisos de alto, escuchó los pasos de los dos
hombres detrás de ella, llamándola, al tiempo que se pedían mutuamente,
que se marcharan.
―Lauren, espera. ¿A dónde vas? ―Christopher la tomó del brazo para
que detuviera la marcha y se diera vuelta hacia él.
Mía lo miró molesta por interrumpir sus pasos, pero al ver su nariz
magullada, la furia se transformó en compasión. Torció los labios antes de
preguntarle, con ternura:
―¿Te duele?
Christopher sonrió al ver la preocupación en los ojos de su Lauren.
―Ya no. No tanto como no tener noticias tuyas, cariño.
Terrance que, permanecía a un lado, entornó los ojos.
―Muy romántico ―exclamó―. Pero sigues sin decir por qué vas al
establo.
Mía le dirigió la mirada.
―No sabía que tenía que darles explicaciones a ustedes. ¿Acaso son mis
esposos?
―No, pero porque tenía entendido que no querías casarte ―dijo Coks.
Mía lo contempló extrañada ante la respuesta.
―¿Querías casarte con La… conmigo?
Terrance la miró incrédulo, como si no creyese que en verdad no supiera
la respuesta.
―Todos los hombres de Inglaterra querían casarse contigo ―exageró―,
pero tú dejaste muy en claro que no lo harías. Solo buscabas un protector…
Pero tardaste mucho en decidirte y tu padre te encadenó al reciente conde
de Nordwhit.
―Eso es cierto, pero, de todas maneras, me hubiese elegido a mí y no a
ti ―le espetó Christopher.
―¿A ti? Si no tienes más que la renta que tu padre te pasa por mes. En
cambio, yo podría tratarla como una reina…
―¡Por Dios! Ya basta ―interrumpió Mía.
Las miradas de los dos rubios se centraron en ella.
―Si van a permanecer aquí, no estorben. No dispongo de mucho tiempo
―pidió mientras abría la puerta del establo intentando no hacer ruido y
rezando para que el mozo de cuadra no se encontrara en esos momentos por
allí.
―¿Podrías decirnos qué hacemos aquí? ―Insistió Christopher.
―¿Ustedes? Seguirme...
Christopher enarcó las cejas.
―Bien, reformulo la pregunta: ¿qué buscas aquí? O, ¿a quién…debo
preguntar?
Un amante que, encima no es mío, celoso. Solo a mí me pasa esto…
Mía hablaba en voz baja, mientras caminaba por entre los cubículos
donde se encontraban los caballos, buscando las jaulas de los zorros.
―Tengo entendido que lord Fairchild mañana realizará una cacería de
zorros. Bien, pues quiero ver a los zorros.
―¿Y para qué?
―Igual no están aquí ―informó Terrance, ignorando por completo a
Christopher.
―Eso veo. ¿Sabes dónde están?
―Siempre los deja en la parte trasera.
La mirada a Mía se le iluminó. Comenzó a caminar hasta la puerta
trasera del establo seguida por los dos amantes de Lauren.
―¿Para qué quieres verlos, Lauren?
Mía se paró en seco y se dirigió a Christopher, irritada. No sabía para
qué quería verlos, solo quería verlos y le molestaba tener que darle
explicaciones, pero cuando se enfrentó de nuevo a la nariz rota no pudo más
que contener su rabia. Suspiró molesta y volvió a caminar hacia la parte
trasera.
―No lo sé ―refunfuñó de mala gana.
Sí, lo sabés.
Un brilló peculiar asomó a los ojos de Terrance.
―Claro que lo sabes, preciosa.
Ella lo miró intentando comprender.
Al salir del establo, hacia su derecha, se topó con un bulto de casi dos
metros cubierto por unas mantas negras. Imaginó que esas serían las jaulas.
Se acercó y levantó la punta de la tela.
Unos ojos luminosos de color avellana, la contemplaron. El animal
estaba, al parecer dormido, pero al escuchar movimiento acabó por
despertarse. Su mirada parecía triste. Percibía que el pobre animal sentiría
miedo. Estaba segura, sabía lo que le esperaba.
Sus hombros se cayeron desesperanzados. ¡Ojalá pudiera hacer algo para
evitarles ese final!
―Bien, dime cómo piensas sacarlos.
La voz de Terrance atrajo su atención.
¿Cómo pienso sacarlos? ¿Qué me quiere decir?
―No entiendo.
―Lauren, si algo te conozco y sé que así es ―recorrió su cuerpo con la
mirada cargada de lascivia―, has venido hasta aquí tramando algo con
estos animalitos ―señaló las jaulas―, en venganza hacia tu esposo por
obligarte a casarte con él. Y yo estoy de acuerdo con tu plan. Sea cual sea.
Su sonrisa se amplificó de oreja a oreja.
¡Te descubrió!
―¿Es eso lo que has venido a hacer aquí? ―preguntó Christopher.
Mía no sabía qué contestar. Solo quiso ir a ver a los zorros. Jamás vio
uno en la vida real y le parecía un animal de lo más hermoso. En ese
momento, quería encontrar la forma de evitar que fueran asesinados de esa
manera. Una cosa era matar a un animal para alimentarse y otra muy
distinta, matarlo por diversión. Era vegetariana, pero solía ser algo tolerante
hacia los que no lo eran.
Mía miró a los dos rubios alternadamente.
―Si es así, yo la ayudaré. No te necesitamos, Terrance.
―Olvídalo. Yo me quedaré con Lauren para…
―¿Tienes cómo sacarlos de aquí?
Mía interrumpió, nuevamente, la disputa entre los dos.
―¿Sacarlos? ―preguntó Terrance―. ¿No quieres soltarlos?
―No. Si los soltamos aquí, no habría ninguna diferencia a que mañana
los dejen en libertad. Seguirían estando en las tierras de lord Fairchild y la
caza se llevaría a cabo de todos modos.
―Tienes razón ―concedió el rubio de ojos miel.
―Son unas veinte jaulas ―acotó Christopher, levantando la tela para
comprobar que, en cada jaula había dos ejemplares.
―¿Entrarán en un carruaje?
―Todas no, pero… si los dividimos, puede que sí. Necesitaríamos
mínimo tres carruajes.
―Yo podría ir a buscar el carruaje de Lían ―propuso Mía con la
esperanza de que Robert no se negara al pedido de llevar jaulas con zorros
en lugar de personas.
―Bien. Yo pongo a disposición el mío ―agrego Christopher―. ¿Pero
adónde piensas llevarlos?
―¿A Nord Hall?
Su voz sonó algo indecisa. La verdad era que no había pensado en la
posibilidad de robarse los zorros hasta que Terrance Coks lo sugirió. Y al
único lugar que se le ocurría llevarlos era a la hacienda de Lían. No conocía
otro lugar y no quería soltarlos cerca de allí.
A Coks la idea pareció caerle de maravilla porque comenzó a reírse.
―Eres un pequeño diablillo, como siempre, mi querida. Me encanta la
idea de que crean que tu amado esposo se robó los zorros.
Mía tampoco pensó en eso. Si lo hacían rápido, cosa de no despertar
sospecha, quizá ni se enterarían hasta el día siguiente de que los animales
no se encontraban donde debían estar, ni que ella tuvo algo que ver con su
desaparición. Ya se encargaría de averiguar dónde podía liberarlos sin que
corrieran peligro. No podría cargar en su conciencia con la idea de que pudo
ayudar a salvar a esos animales y no lo hizo.
Fueron tan lindos esos últimos días en los que Lían no se mostró tan
autoritario con ella. “Adiós, bellos días”, se dijo antes de dirigirse a donde
se encontraban los carruajes. Tenían que apresurarse. Poco más de veinte
minutos había transcurrido desde que salió huyendo de la interpretación de
talentos en la sala amarilla.
Con algo de reticencia Robert cedió al fin a llevar en el carruaje las
jaulas con los zorros. Mía le aseguró que Lían estaba de acuerdo con ello;
algo que no se creyó, por supuesto, pero recurriendo a: “soy la condesa de
Nordwhit, Robert, debes obedecerme. Al conde no le agradará saber que no
has accedido a un pedido mío”, no le quedó otra salida al pobre hombre,
que acceder a la petición de Mía.
Terrance y Christopher fueron a buscar sus respectivos carruajes. Con la
ayuda de los conductores, empezaron a cargar las jaulas. Terrance se quitó
la casaca. El trabajo de llevar las jaulas, que eran bastante pesadas, lo hizo
entrar en calor y Mía aprovechó para ponérsela y cubrirse un poco el escote
del vestido. Además, a diferencia de él, ella tenía frío.
Por suerte, los carruajes eran bastante grandes y pudieron meter seis
jaulas en el interior de cada uno. Tres sobre cada asiento y otras tres en el
piso. Las dos jaulas restantes, las subieron en el techo del carruaje que
pertenecía a Christopher. Taparon estas últimas con una tela negra, para
evitar, si alguien se encontraba fuera de la residencia, que lograra ver a los
animales. Las cortinas de las ventanillas también fueron cerradas para que
no se pudiera ver en el interior.
Le comunicaron a cada chofer que deberían salir de la casa, con cautela,
llevar las jaulas hasta Nord Hall y regresar. En especial Robert, quien debía
estar allí para cuando Lían quisiera ponerle fin a la noche y regresar a la
casa. Entre la residencia Fairchild Manor y Nord Hall, tenían más o menos
una hora y media de viaje. Sí se apresuraban, podría ser que todo saliera a la
perfección.
Mía y los dos rubios, estos dos más que satisfechos por la tarea
desempeñada, emprendieron el camino de regreso a la residencia. Ella
rezaba para que Lían siguiera en la reunión, en la biblioteca, y no se hubiera
dado cuenta de su ausencia. Los tres se separaron al llegar a la casa y pese a
que intentó apurarse para entrar, Mía no logró evitar que cada uno de los
enérgicos rubios, le robara un beso. Con el pulso a mil por hora, se despidió
de sus amantes con la promesa de recuperar el tiempo perdido en otra
ocasión. Exhaló un suspiro antes de entrar en la estancia. Comprobó que no
hubiera nadie en los pasillos y comenzó a dirigirse a la sala principal, donde
encontraría las escaleras que llevaban a la sala amarilla. Estaba por apoyar
el pie en el primer peldaño cuando escuchó la voz de Lían a sus espaldas.
―¿Dónde estabas?
Mía dio vuelta con cautela, tratando de parecer serena. Cuando se
encontró con su rostro adusto, le sonrió buscando disimular sus nervios por
haber sido pescada in fraganti.
―Salí a tomar un poco de aire. Estaba aturdida con eso de ―bajó la
voz― simular, ya sabes…
―¿Sola?
―Claro, con quién pod…
―¿Y esa casaca?
Mía tragó saliva.
¡Mierda! Olvidé devolverle la casaca a Terrance.
―No sé ―respondió enseguida ―. Cuando estaba por salir la vi colgada
y la tomé sin permiso. Afuera está bastante fresco.
Lo estás subestimando...
Lían se acercó despacio a ella.
―¿Por qué será que no te creo?
Porque te está mintiendo.
Mía no tuvo mejor idea que recurrir al fingido enfado.
―Porque piensas que soy igual que Lauren. Será por eso.
Se mostró lo más ofendida posible. Acto que, al parecer, logró el efecto
deseado en Lían, quien cambió, reticente, la expresión de su mirada. Ya no
la contemplaba dudando sino con un dejo de arrepentimiento por haberla
abordado de esa manera.
Lo cierto era que, hacía unos diez minutos que había salido de la reunión
en la biblioteca. Al llegar adonde los demás invitados estaban escuchando a
una joven pelirroja que tocaba el piano, la buscó. Al no encontrarla, se
acercó a lady Fairchild a preguntarle por ella y esta le dijo que desde que
entraron a la sala no la había visto. Como tampoco encontró, en una
recorrida visual, ni a Coks ni a Becher, supuso que Mía estaría con ellos.
Bajó para buscarla en las habitaciones, pero no tuvo suerte. Estaba por
dirigirse afuera justo cuando oyó el ruido de una puerta, pero no se trataba
de Mía sino de un lacayo que buscaba con urgencia al señor de la casa. Se
volvió para salir y, nuevamente, escuchó el ruido de una puerta al cerrarse.
Esta vez sí, era ella que entraba sigilosamente, como evitando ser
descubierta; por eso sospechó. Pero no tenía por qué hacerlo. Ella no era
Lauren.
Iba a pedirle disculpas cuando los invitados comenzaron a aparecer por
los pasillos dirigiéndose a las escaleras.
Mía y Lían retrocedieron unos pasos. El primero en aparecer en lo alto
de la escalera fue Ambrose Fairchild. Detrás el lacayo, que Lían vio entrar
minutos antes, le murmuraba algo al oído. Fairchild miró furioso a Mía,
quien, disimuladamente, se ubicó a las espaldas de Lían. Él la miró por
encima del hombro.
―¿Qué has hecho?
―¿Yo? Nada.
―¡Tú!
El hombre de bigotes la señaló con el dedo mientras emprendía el
descenso de las escaleras.
La sala comenzó a llenarse de personas curiosas.
―No creas nada de lo que te diga ―Mía se puso en puntas de pie para
susurrarle al oído, bastante agitada.
―¿Sucede algo, Ambrose? ―le preguntó Lían a su socio cuando
Fairchild llegó hasta ellos.
En ese momento, por la misma puerta por donde minutos atrás entró
Mía, hizo su aparición Christopher. Todas las miradas fueron hacia él,
incluso, la de Lían. Algo no iba bien.
―Él también formó parte, milord ―informó el lacayo a Fairchild.
¡Buchón!
Mía lo fulminó con la mirada y el pobre muchacho se encogió de
hombros. En el fondo, ella sabía que solo estaba cumpliendo con su trabajo,
pero de todas formas podría haber esperado al día siguiente para mandarla
al frente.
Lían volvió a hablarle por sobre su hombro.
―¿Así que sola?
Mía quería que la tragara la tierra. Las cosas no estaban saliendo como
ella imaginó. Para cerrar el espectáculo, en ese instante, Terrance entró por
la puerta contraria, solamente con la camisa y la chupa. Y, todos advirtieron,
que la casaca que a él le faltaba, a Mía le sobraba.
El lacayo se volvió para señalar a Terrance y Lían giró para enfrentarse
con Mía. ¡Quería matarla! ¿Qué fue lo que estuvo haciendo?
―¿Me vas a explicar qué sucede?
Se lo preguntó en voz baja, entre dientes, pero pese al ruido de los
murmullos que los presentes generaban, Ambrose Fairchild, lo escuchó.
―Yo puedo contestar eso. En realidad…―Terrance comenzó a hablar,
pero Lían lo frenó.
―Tú te callas ―ordenó, visiblemente irritado, fulminándolo con la
mirada.
El hombre tenía la intención de responderle, pero Mía le suplicó con la
mirada que se callara. Lo mismo hizo dirigiéndose a Christopher, antes de
que intentara enfrentar a Lían él también.
Lían se volvió para estar de frente a su socio.
―Ambrose, no sé qué sucede, pero puede ser que se trate de un
malentendido.
―Ningún malentendido ―le respondió furioso―. Tu querida esposa
junto con esos dos ―señaló irritado a Christopher y Terrance―, me han
arruinado la cacería de mañana.
―¿Cómo pudieron hacer eso?
―Muchacho, dile ―ordenó al lacayo.
―Milord, yo he visto cómo lady Nordwhit, junto con los otros dos
caballeros, pusieron las jaulas con los zorros en tres carruajes y los sacaron
de la estancia.
Lían cerró los ojos y apretó los dientes.
―Eso es mentira. ¿Cómo sabe que fui yo? ―le espetó Mía escondida,
aún, detrás de Lían.
El joven lacayo sonrió lascivo.
―Es imposible confundirla, lady, con semejante…
Puso las manos como garras sobre su pecho dando a entender que el
escote del vestido la delató.
Lían tenía ganas de estrangular al lacayo por la libido que veía en sus
ojos mientras se dirigía de ese modo a Mía. Si no fuera porque el problema
era otro, le hubiese dado una trompada allí mismo.
―Yo solo he salido a dar una vuelta ―se defendió Mía―. No he hecho
nada de lo que se me acusa…―terminó diciéndole al oído a Lían, con la
esperanza de que le creyera y agradeciendo que en esa época no existieran
las cámaras de vigilancia sino, ahí sí, estaría en el horno.
Lían trató de serenarse y de serenar a su socio.
―Ambrose, estoy seguro, es un malentendido. Podríamos ir a un lugar
donde estemos más tranquilos…
―Yo lo que quiero es poder cumplir con mis invitados. Quiero a mis
zorros de vuelta.
―Pero ya ha oído a mi esposa. Ella dice que no tuvo nada que ver.
Puede que su empleado ―dedicó al joven lacayo una mirada gélida―, se
haya equivocado.
El lacayo se resguardó detrás de su jefe.
―Y si se equivocó…―Ambrose levantó la vista por encima del hombro
de Lían en dirección a la puerta principal―, me podrías decir, ¿por qué tu
esposa se escapa?
Lían giró sobre sus talones para ver como Mía, se subía a un carruaje
que acaba de llegar a la residencia. El pobre hombre a quien pertenecía el
carruaje, sir Frederic Hawk, entraba a la sala a los gritos preguntando de
quién se trataba esa loca que acababa de “tomar secuestrado” su carruaje.
―¡Maldita sea! ―murmuró Lían enfadado y apretando los puños.
Volvió la mirada a lord Fairchild que aguardaba, impaciente, una
respuesta. El conde recorrió con la vista la cantidad de personas que estaban
en la sala. Todos estaban expectantes y hablaban en murmullos. No vio a
ninguno de los amantes de Lauren.
Pobre de Mía si esos dos se fueron con ella en el carruaje.
―¿Podría ser un whisky?... Doble ―pidió Lían.
~31~

―Lady, ¿ha vuelto sola?


Apenas llegó a Nord Hall, Mía se dirigió a la habitación de Agatha,
situada en la planta baja, cerca de la cocina. Necesitaba ayuda para quitarse
el vestido. Por eso odiaba los corsés. Quedaban muy lindos a la vista, pero
necesitaba de alguien para que la ayudara, tanto a ponérselo como a
quitárselo.
Sin perder tiempo, al bajar del carruaje que por milagro justo llegaba a
Fairchild Manor, fue a despertar a la doncella que, al verla sola a esa hora,
se sorprendió.
―Sí, digamos que Lían tuvo que quedarse a solucionar un pequeño
problemita que surgió a último momento.
―¿Y por qué no se quedó a esperarlo? Es muy peligroso viajar sola de
noche. Fue muy descortés de parte del conde dejarla sola a estas horas. Más
si es como dice usted, por un problema menor.
Vas a ir al infierno.
No es momento. Guardate tus opiniones.
―Sí… No importa eso. Estoy aquí, sana y salva. Necesito con urgencia
sacarme esto ―tiró hacia arriba del escote del vestido― y meterme en la
cama.
―¿Se siente mal? ―preguntó la doncella, preocupada.
Sí, le retuerce la conciencia.
Esa sos vos y hace rato que me producís malestar.
―Solo estoy cansada.
Mía le sonrió para tranquilizarla, cuando la que necesitaba tranquilizarse
era ella.
Estaban saliendo de la cocina cuando escucharon un fuerte ruido de
vidrios y algo cayéndose. Las dos se frenaron en seco, mudas, mirándose
alarmadas.
―¿Qué fue eso?
―Vino de arriba. ¿Ladrones?
Mierda. ¿Qué más va a pasar hoy?
―Hay que llamar a Hunter.
―Aquí estoy, milady.
Las dos mujeres se dieron vuelta para encontrarse con un Hunter vestido
a las apuradas, con las mangas de la camisa desabrochadas y sosteniendo en
la mano un rifle.
―Qué rápido ―murmuró Mía.
No llegaba a hacer coincidir los tiempos entre que se produjo el ruido y
la aparición de Hunter que, aunque estaba descalzo, quince segundos, no
era tiempo suficiente para vestirse, a no ser que durmiera vestido. Cosa que
le pareció poco probable.
―Escuché, milady, el ruido de un caballo por el costado hace unos
minutos.
Aclaró el hombre interpretando las dudas de Mía. Ella asintió.
―Iré a ver. Usted quédese aquí, lady.
Con paso lento, el mayordomo comenzó a dirigirse al piso de arriba. Mía
no pudo quedarse en la sala, tal como el hombre le sugirió. Por un momento
pensó que, quizá, ese ruido no fueran ladrones, sino que podrían ser
Christopher o Terrance, que la siguieron, sabiendo que Lían se quedó en lo
de su socio. Los carruajes estaban en camino de vuelta a Fairchild Manor,
así que todavía no debían de emprender el regreso. Mía calculaba que
recién en esos momentos, Robert estaría a media hora de llegar a recoger a
Lían. Él no tenía cómo volver, salvo que hiciera lo mismo que ella, o
pidiera prestado un carruaje en lugar de “robarlo” por unas horas.
Al llegar al segundo piso, comenzaron a acercarse con cautela a cada
puerta, intentando escuchar al intruso. En ninguna se escuchaba nada, salvo
en la de Mía.
Hunter apoyó la oreja en la puerta y percibió movimientos. Le hizo señas
a Mía para que no hiciera ruido. Tomó el pomo de la puerta con tiento,
contó en silencio hasta tres y la abrió. Adentro un hombre de pelo largo
sujeto en una cola, vestido con una casaca gastada y maloliente, por lo que
Hunter y Mía pudieron percibir, se encontraba reclinado sobre la cómoda
husmeando en unas cajas. En un rápido pantallazo, Mía pudo ver que las
valijas con las pertenencias de Lauren estaban abiertas y parte de su
contenido estaba desperdigado por el lugar.
La mirada vidriosa del hombre se fijó en el arma con la que Hunter lo
estaba apuntando y les sonrió mostrando la falta de algunas piezas dentales.
No se lo veía para nada nervioso por haber sido descubierto en medio de un
acto delictivo.
―¡Quieto! ―ordenó Hunter.
Al parecer el ladrón tenía alguna similitud con Mía; apenas terminó
Hunter de pronunciar esa advertencia, el hombre le arrojó encima la jofaina
cargada de agua que Agatha olvidó de vaciar esa tarde. Hunter atinó a
entrecerrar un poco la puerta para evitar que el recipiente lo golpeara a él o
a Mía. La jofaina chocó contra la madera y luego cayó al suelo. El ladrón
aprovechó ese momento de distracción para escapar.
El mayordomo volvió a abrir del todo la puerta para encontrarse con la
habitación vacía. El malviviente se escabulló por la ventana que minutos
antes rompió con la piedra, que se podía ver en el suelo junto a los pedazos
de vidrios.
Hunter se asomó al hueco de vidrios rotos y vio al hombre que se alejaba
hacia el lado del pueblo, a caballo.
―Quédese a aquí, lady. Iré a buscar a Arthur y Vincent para que lo
sigan.
Mía asintió.
―Tenga cuidado con los vidrios ―le advirtió antes de salir de la
habitación.

Mía no quiso quedarse en su alcoba después de lo ocurrido. Junto con


Agatha lograron juntar las cosas que el ladrón desordenó. Por lo que ella
pudo darse cuenta, solo faltaban algunas joyas. Arthur salió sin mucha
demora a buscar en los alrededores; volvió casi a la hora sin ninguna
novedad. La ventana fue tapada con una gruesa tela para evitar que el
viento entrara y apagara el hogar, pero Mía no se sentía segura allí. Se
cambió el vestido por un camisón, tomó una manta y cerró la puerta de la
habitación con llave; así si el ladrón quisiera volver a entrar no podría
dirigirse a otra parte de la casa. Ella se fue a dormir a la biblioteca.
En la residencia de las cien habitaciones, no contaba con una que
estuviera disponible. Solo mantenían limpias las que se ocupaban. Es decir,
la de ella y la de Lían, la cual no estaba dispuesta a usar para darle fácil
acceso a que la estrangulara mientras dormía.
Pidió que dejaran iluminadas la sala y el pasillo. Se sentía como una niña
con miedo a la oscuridad; la situación la había alterado. No contaba allí con
un botón antipánico o con un teléfono para llamar al 911. Cualquier ayuda
podría tardar horas en llegar.
Se tiró en el sillón de dos cuerpos junto a la chimenea y no hizo más que
dar vueltas y vueltas. Su mente no dejaba de atormentarla con cada sonido
que escuchaba por mínimo que fuera. Cansada de no poder conciliar el
sueño, fue hasta la cocina a tomar un poco de agua. Estaba volviendo
cuando vio pasar, fugaz, una sombra por el piso de entrada. La sombra iba
hacia la sala. No sabía si era producto de los efectos de las luces
provenientes del pasillo, pero le pareció que era igual a la del ladrón.
Seguro que había vuelto por el resto de las joyas. ¿Qué debía hacer? No
podía ir a buscar a Hunter, era probable que mientras ella estuviera tratando
de despertarlo, el ladrón se percatara de ello y huyera de nuevo o la atacara
mientras estaba distraída.
El pulso se le aceleró, recorrió con la mirada la cocina buscando algo
con qué enfrentarse al ladrón. Si era rápida y lo golpeaba fuerte en la
cabeza, podría desmayarlo. En las películas siempre funciona, se dijo
mientras tomaba un cucharon de hierro que colgaba de la pared. Se acercó
sigilosa a la puerta de la cocina; la sombra se dirigía a la sala. Solo se veía
un bulto sin formas, como si se hubiese puesto la casaca por encima de la
cabeza. Mía no lo pensó dos veces. Con las pulsaciones a mil, se lanzó
hacia la sala y levantó el cucharón por encima de su cabeza, para darle
impulso al golpe aprovechando que el ladrón que, ahora que lo tenía cerca
le parecía mucho más grande de lo que le pareció horas atrás en su
habitación, se encontraba de espaldas.
Estaba por bajar la mano sobre la cabeza del hombre cuando este se dio
vuelta en un movimiento veloz y frenó con su antebrazo, el brazo con que
Mía sostenía el cucharón, a pocos centímetros de chocarse el hierro con su
rostro.
El fuerte impacto hizo que Mía soltara la improvisada arma con un grito
de dolor. El brazo del hombre era sumamente musculoso y el contacto
brusco la dejó muy dolorida.
―¿¡Qué demonios haces!?
Mía levantó la vista de su brazo, que masajeaba intentando apaciguar el
dolor que la invadía, para chocarse con los ojos desorbitados y furiosos de
Lían.
¿Cómo no se dio cuenta que era él? Y, ¿por qué tenía que entrar tan
silencioso? ¿Pretendía agarrarla por sorpresa y matarla sin darle tiempo a
reaccionar?
Lían miró el cucharon de hierro tirado en el piso.
―¿Intentas matarme?
―Antes que tú me mates a mí ―respondió Mía, dolorida.
―¿Lady, está bien? La oímos gritar y…
Hunter, Marriet y Agatha estaban en la puerta de la sala. Todos con sus
ropas de dormir; cada uno llevaba en su mano algo para utilizar como
defensa.
―¿Qué significa todo esto? ―preguntó, atónito, Lían al ver a sus
empleados.
Hunter tenía en sus manos el arma, Marriet una escoba y Agatha
apretaba el mango de un cepillo. No sabía qué podría llegar a hacer con eso,
si en verdad hubiese entrado un ladrón, pero Mía a pesar del dolor que
sentía en su brazo logró sonreír al verlos.
―Lo siento, milord, es que hoy ha entrado un ladrón y pensamos que
por ahí había regresado por más cosas que robar ―aclaró Hunter.
―¿Alguien resultó herido? ¿Qué se robaron?
―Nadie, milord. Entraron a la habitación de lady Nordwhit.
La mirada de Lían se dirigió a Mía con preocupación.
―¿Te ha hecho algo?
―Yo no estaba. Solo se llevaron algunas joyas de Lau… mías. Arthur
salió a buscarlo, pero no pudo dar con él.
―Gracias por su preocupación. Ya vieron que todo está bien. Pueden
volver a dormir ―ordenó Lían.
Una vez que los empleados se marcharon, se acercó a Mía, para ver el
brazo, que aún seguía masajeándose.
―¿Pensaste que yo era el ladrón?
―La respuesta es obvia.
Mía se alejó de él, recelosa. No se olvidaba de lo sucedido hacía pocas
horas en lo de su socio. No era conveniente tenerlo cerca.
―No tanto. Dijiste que preferías matarme antes de que yo te matara a ti.
Mía lo miró de costado.
―¿Acaso me vas a decir que no has pensado en eso mientras venías en
camino?
Él entrecerró los ojos y la miró sin decir palabra por unos segundos. En
el camino de regreso a Nord Hall pensó en muchas cosas, pero la de
matarla, por lo menos literalmente, se le había pasado.
En ese momento, se percató de que Mía se encontraba en camisón en
medio de la sala.
―¿Qué haces así vestida aquí?
―Por si no escuchaste, esta noche entraron a robar a mi habitación.
Rompieron el vidrio de la ventana. Hunter la tapó con una manta, pero no
me sentía segura. Y como no hay otra habitación que sea habitable vine a
dormir a la biblioteca.
―Tenías mi habitación.
Mía se echó a reír con sarcasmo.
―Claro, y así facilitarte la tarea de que al llegar me asfixiaras con la
almohada mientras dormía. Gracias, pero paso.
Lían se recostó sobre la puerta de vidrio de la sala y se quedó
contemplándola.
Ese silencio, que no nombrara nada de lo ocurrido esa noche, la estaba
alterando. Ella imaginó que intentaría hacerle algo, que le gritaría, aunque
sea, por cómo actuó dejándolo en ridículo delante de su socio y de todos los
invitados a la reunión. No fue esa su intención y lo lamentaba
profundamente, aunque debía admitir que no se sentía mal por haber
salvado a esos pobres animales, sino por resultar ser peor que Lauren.
―Vamos ―lo apuró―. Larga ya todo lo que tienes que decirme.
―Decirte… ¿con respecto a qué?
Mía resopló molesta. Si él ya sabía todo. ¿Quería que ella misma se
inculpara?
―Lo sabes muy bien. Sobre lo del robo de los zorros.
―¡Ah! Eso… ―dijo relajado―. Así que sí has sido tú. ¿Por voluntad
propia, o tus amiguitos te indujeron?
Mía tragó saliva fastidiada, pese a que no tenía derecho a estarlo y lo
sabía muy bien.
―No son mis amiguitos ni me indujeron a nada. Yo solo quería ver a los
zorros. Nunca contemplé uno de verdad, más allá de fotos y documentales.
Cuando salí, ellos me siguieron y no hubo forma de sacármelos de encima.
―Y aprovechaste eso para robar los zorros de lord Fairchild y
ridiculizarme delante de todos los allí presentes.
―Sí… No ―se apresuró a corregir―. Sí, aproveché a Terrance y
Christopher para que me ayudaran a sacar a los zorros de allí, pero no fue
mi intención ponerte en ridículo ―dijo apenada―. Tenía la esperanza de
que nadie nos viera y recién se percataran de que los animales no estaban al
día siguiente.
―¿A dónde llevaron a los animales?
Mía comenzó a simular que tosía mientras le decía en donde se
encontraban los zorros.
―¿A dónde? ―Lían enarcó las cejas.
―Aquí…
Él comenzó a caminar hacia ella y Mía comenzó a dar pasos hacia atrás,
hasta ubicarse detrás de la mesa, poniéndola en medio de los dos.
―Debí de imaginarlo. Pero por un lado mejor, mañana se los devolveré
y…
―¡No! ―gritó Mía―. No puedes hacer eso. Lo que piensan hacer con
ellos es muy cruel.
―Los zorros le pertenecen a Ambrose. Pagó por ellos.
―Se los compraré yo, entonces.
―Y, ¿de dónde sacarás el dinero?
Anotación: Lían 1 ― Mía 0.
―Bueno… ―Mía se mordió el labio―, eh… yo… ¡ahí está! Me puedes
dar un préstamo.
―Y, ¿con qué piensas pagarme?
La comisura de sus labios se elevó al tiempo que su mirada se volvía
divertida.
―Puedo trabajar.
―¿Trabajar? ―Lían enarcó una ceja.
―Sí. Ayudar a Agatha o Marriet, o en alguna de tus fábricas. Se me da
muy bien la costura.
Lían entrecerró los ojos y trató con todas sus fuerzas evitar reírse.
Aquella situación le estaba pareciendo de lo más divertida. Al principio, se
sintió más que furioso con Mía, pero con el correr de las horas la bronca se
le fue diluyendo. Lo que más le molestó fue que recurriera a Coks y Becher
para lograr su cometido. Él tampoco estaba a favor de la caza, pero era un
hábito común y jamás se le ocurrió cuestionárselo, hasta ese momento.
―Pues te advierto que te llevara varios años de trabajo devolverme cada
maldito chelín por esos zorros.
La mirada de Mía se iluminó.
―¿Vas a comprárselos?
―Tienes la suerte de que Ambrose sea un hombre comprensivo. A pesar
de estar demasiado enfadado porque mi esposa le arruinó sus planes de
entretenimiento, aceptó no hacer nada al respecto después de que ofrecí
devolverle el dinero que pagó por ellos más un plus.
―¿Un plus?
―Sí. Pagué por tu travesura una suma muy elevada. Esos malditos
zorros me costaron tres veces más de lo que él los pagó.
Mía tensó el rostro. Lo bueno era que no iban a devolverle los zorros
para que los mataran sin piedad.
―Lo siento.
Él lo debe sentir más.
La sonrisa de Lían afloró más linda e irónica que nunca.
―No lo sientas, mi querida. Lord Fairchild puso una condición más,
aparte de la elevada suma, para seguir participando en mis negocios.
A Mía no le gustaba para nada la forma en la que Lían la miraba ni como
pronunció esto último.
―¿Qué… qué condición?
―Ambrose notó, al igual que todos los allí presentes, que mi esposa
resultó ser un poco… ―Hizo una pausa buscando la palabra adecuada―,
rebelde. Así que me “aconsejó” que te diera un castigo para que aprendieras
a comportarte y a respetar a tu esposo.
Mía se puso seria de golpe, su postura se irguió tensando cada músculo
de su cuerpo. Podía imaginar lo que en esa época significaba el término
“castigo” y un frío le recorrió el cuerpo.
―¿Castigarme? ¿Cómo?
―Se me ocurren un par de ideas muy apropiadas...
Lían contempló el cucharon de hierro que aún continuaba en el suelo.
Mía se sobresaltó al seguirle la mirada.
¡Perfecto! Mirá lo que conseguiste. Lo que nunca hizo tu papá, te lo va a
hacer este neandertal del siglo XIX.
―No… no pensarás, en verdad, Lían hacer eso, ¿no?
―No lo he decidido todavía... ―simuló cansancio con un fingido
bostezo que tapó con su mano―. Es tarde. Creo que es mejor ir a dormir.
Su mirada era pura diversión. Para que Mía pudiera regresar a la
biblioteca tenía que pasar por donde se encontraba él.
Ella no estaba segura de que Lían no intentara algo en su contra. No lo
creía capaz de golpearla, pero… veía algo en sus ojos que la hacía
estremecerse.
―Magnífica idea… uno piensa mejor cuando esta descansado.
Podrías… Podrías ir yendo tú primero.
Lían negó.
―La apuesta ―Se tocó con el dedo índice la mejilla―, no puedo irme a
dormir sin que pagues tu apuesta.
Se estaba burlando de ella. Vivió treinta años sin un beso de buenas
noches, ¿y ahora no podía ir a dormirse sin uno?
―Vamos, Mía, no estaremos aquí toda la noche. ¿Crees en verdad que
podría hacer caso a lo aconsejado por Fairchild?
Mía intuyó que algo tramaba y por eso tardó en decidirse a acercarse a
él. Pensó en los posibles castigos. ¿La obligaría a vestirse con esos vestidos
encorsetados y la haría andar toda despechugada por la casa? O quizá le
exigiría que en público declarara que estaba arrepentida y le pidiera perdón.
O, tal vez, sí tenía una parte cruel, la encerraría en alguna habitación
lúgubre, sucia y fría donde solo una vez al día le diría a Agatha que le
alcanzara un trozo de pan y una taza de leche, hasta que sintiera que su ira
por haberlo ridiculizado hubiera pasado. Entonces, la dejaría libre para
transformarla después en su esclava y exigirle que lo bañara…
Eso no estaría mal.
Que lo vistiera…
Eso tampoco.
Y que le diera de comer en la boca…
Podría tolerar ese castigo tranquilamente.
Mientras se acercaba a él, lo contemplaba tratando de adivinar qué le
haría. Él la miraba expectante bajo una tranquilidad que a Mía le erizaba el
pelo de la nuca. Cuando estuvo frente a él, con algo de cavilación, se paró
en puntas de pies para acercar los labios a su mejilla. Él no se movió en
ningún momento, continuó con sus ojos clavados en los de ella. Llegando a
centímetros de su piel, Mía dedujo que no corría peligro alguno. Su maldita
imaginación le hizo sentir pavor por nada. Lían no le haría daño. Se relajó y
a milímetros de posar sus labios en la mejilla de Lían cerró los ojos…
Pero no llegó a besarlo.
~32~

Lían la levantó sobre sus hombros de una forma un tanto brusca y rápida
para evitar que huyera, y se encamino a las escaleras. La llevaba tan
reclinada sobre su hombro que Mía tenía la sensación de que se caería de
cabeza, deslizándose por su espalda. Él subía los escalones de dos en dos y
esas zancadas la estaban mareando. Sentía que la sangre se le iba a toda a la
cabeza y que le explotaría en cualquier momento. ¿A dónde la llevaba y qué
pensaba hacer con ella?
Se lo preguntó, pero él solo le dijo que se quedara quieta. Mía no paraba
de mover los pies, dándole pequeñas patadas en el torso.
¿La llevaría a su habitación y la dejaría encerrada, sabiendo que no se
sentía segura allí después de lo ocurrido esa noche?
Lían cerró la puerta con el pie y la depositó sobre la mullida alfombra,
sosteniéndola, con delicadeza, por la cintura, para evitar que el mareo
producido por la forma de llevarla, le hiciera perder el equilibrio. Cuando
vio que podía mantenerse en pie y abría los ojos, la dejó para ir hasta el
hogar a encender el fuego.
La respiración de Mía estaba agitada debido a la incertidumbre por no
saber qué pensaba hacer Lían con ella y al forcejeo que tuvo para que la
soltara. Cuando el fuego comenzó a iluminar un poco el lugar, se dio cuenta
que se encontraban en la habitación de él.
―Piensas ahogarme en la bañera... ―reflexionó cuando vio a Lían
dirigirse al cuarto de baño y escuchó que abría la cañería del agua.
Él no dijo nada ante ese comentario, solo atinó a mirarla fijamente con
expresión severa cuando volvió al cuarto. Fue hasta la chimenea y arrojó un
par de leños para que encendiera más aprisa.
―Qué considerado. Quieres mantener el lugar cálido antes de ahogarme.
Lían sonrió, sin mirarla. No quería demostrarle que se estaba divirtiendo
con la situación.
―Bien, esto tardará en calentar el ambiente así que mejor yo espero en
la biblioteca.
Mía hizo el amague de dirigirse hacia la puerta; en un segundo Lían se
encontró delante de ella impidiéndole el paso.
―Tú te quedas donde estás ―le ordenó con tono neutro pero que
denotaba poder y decisión.
¡Diablos! No hacía falta que gritara para que alguien sintiera miedo de él
y lo obedeciera sin más.
La fina línea de sus labios se curvó en una débil y burlesca sonrisa.
Mía estaba algo asustada. En verdad pensaba castigarla. ¿Cómo?
¿Habría ido a poner en remojo toallas que luego usaría para pegarle?
―Lían…
―Shhh… ―ordenó poniendo el dedo sobre sus labios―. No hagas que
el castigo empeore.
¿Podría empeorar? Mía recorrió con la mirada la habitación, hasta volver
a centrarla en Lían. Él dio un paso hacia adelante haciendo que ella
retrocediera. Volvió a dar otro paso y ella retrocedió otro más. Y, luego
otro… hasta que Mía chocó con el borde de la cama y cayó indefensa con la
mitad del cuerpo sobre el colchón. Intentó levantarse, Lían se lo impidió
poniendo la mano abierta entre sus pechos y ejerciendo una leve presión.
Era allí justo donde él la quería. La mirada de Lían cambió. No era fría.
Era… pasional. La respiración de Mía comenzó a agitarse.
La contemplaba con un deseo que cada vez le costaba más ocultar. Sobre
todo, en ese momento: con medio cuerpo de Mía tendido en la cama,
mientras sus piernas colgaban hacia el suelo cubierta solo con la fina tela
del camisón y sus dulces pechos elevados, rítmicamente, por lo abrupto de
su respiración. Podía distinguir cómo sus pezones se encontraban erguidos,
bajo la tela suave. El pulso de Lían comenzó a igualar al de ella.
¿En verdad pensó que él podría dañar de alguna forma ese cuerpo que lo
volvía loco solo de pensarlo?
Y ahora la tenía ahí… indefensa y sumida a él. Recorrió con sus manos
las piernas desde la rodilla hasta los muslos, levantando a su paso el
camisón. Cuando llegó a las caderas se encontró con la vedetina y sonrió
complacido. Tomó con sus dedos el borde de la diminuta prenda y la
arrastró hasta deshacerse de ella. Acarició con su mano, la parte interna del
muslo llegando al nacimiento de sus piernas. Presionó la mano en su
entrepierna, buscando lentamente la entrada a su cuerpo. Cuando la
encontró, se sorprendió al sentirla ya húmeda. Esa exquisita sensación logró
que su miembro se endureciera dentro de la prisión de tela que lo retenía.
Mía mantenía los ojos cerrados. Su pecho ascendía y descendía de forma
cada vez más rítmica.
Perfecto. Antes de matarme, va a violarme.
Para que sea una violación, una de las partes tendría que resistirse y no
te veo a vos en esa tarea.
¡Dios! ¿Quién puede resistirse a esto?
Lían recorría con la lengua los labios de su sexo, buscando con suma
paciencia llegar al dulce botón de su clítoris. Puso las piernas de Mía sobre
sus hombros para tener un acceso más fácil a su delicada y suave carne.
Sostenía sus caderas mientras invadía su interior con la lengua. Escuchaba
los gemidos que sus caricias producían en ella y eso hacía que él se excitara
cada vez más. Música perfecta para sus sentidos. Mía llevó sus manos a la
cabeza de Lían y entrelazó los dedos en el pelo, incitándolo a profundizar
sus besos. Necesitaba más…
Si ella supiera que él quería darle todo, todo lo que estuviera a su alcance
y más… mucho más.
―¡No! ―exclamó cuando Lían se alejó de ella.
Lo necesitaba y su alejamiento la llenó de frustración. Él se rio ante el
espontáneo deseo de ella, haciéndola sonrojar.
¿Ese sería el castigo? ― pensó―. Dejarla así. ¿Deseando más de él?
Pero Lían solo se apartó para despojarse de su ropa, mientras la miraba
sonriendo y con la mirada llena de deseo por hundirse en ella. Cuando
terminó de sacarse toda la ropa se ocupó de sacarle el camisón y recostarla
de espaldas, a lo largo de la cama.
La mirada de Mía lo recorrió detenidamente. Él se posicionó sobre su
cuerpo. Era tan imponente, tan atractivo, tan varonil. Ninguna mujer en su
sano juicio podría resistirse a él.
Vos sos la excepción. Estás loca.
Sí, loca… por él.
Los ojos de Mía se abrieron llenos de estupor ante su propio
reconocimiento.
Lían bajó su rostro al de ella.
―Mierda… ―murmuró antes de que la boca de él se adueñara de la
suya. Por suerte, lo dijo en español y en voz baja. Él no alcanzó a
escucharla.
La lengua de Lían buscó la de Mía y la introdujo en una danza de
dulzura y pasión que lograron hacer desaparecer esa angustia que afloraba
en su pecho al reconocer, al fin, que se estaba enamorando de Lían. Eso era
terrible, pero mañana pensaría qué hacer al respecto. En ese momento solo
podía pensar en disfrutar de cada caricia y beso de ese frío caballero inglés.
La boca de Lían bajó por su cuello hasta tomar en sus labios el botón de
chocolate de su pecho. Era tan tierno, que le inspiraba unas profundas ganas
de morderlo, pero no confiaba en él. Tenía miedo de lastimarla. La deseaba
demasiado y no encontraba forma de evitar su pasión.
Cuando pensaba que era Lauren, creyó que una noche de sexo con ella
sería suficiente para calmar su sed, pero no. Después de aquella primera
noche, la deseó a cada minuto. Y esa noche, cuando supo que estuvo sola en
el establo de Fairchild junto con Becher y Coks, temió que hubiese estado
con ellos de la misma forma en que ahora la tenía él.
Él le hizo descubrir el placer y ella le demostró que, a pesar de ser una
mujer dulce y tierna, era también apasionada. Tenía la incertidumbre de que
al darse cuenta de lo que el sexo generaba en su cuerpo, quisiera
experimentarlo con otro hombre. Y allí estaban a su merced esos dos. La
sangre se le incendió. La quería solo para él, aunque sabía que no era suya y
que no podía hacer nada para retenerla a su lado. Ni siquiera sabía cuánto
tiempo más estaría allí. ¡Por mil demonios! Todo eso era absurdo. Iba a
volverse loco, pero no podía apartarse de ella.
Las manos de Mía recorrían la musculosa espalda de Lían. Su piel estaba
caliente, una sensación agradable al tacto, y Mía necesitaba más. Rodeó con
sus piernas las caderas de él, susurrando su nombre.
―¿Quieres que pare?
Le preguntó entre jadeos contemplando, divertido, el rostro sonrojado y
agitado de Mía.
―¿Es… ese mi castigo?
Lían negó dedicándole una traviesa sonrisa.
―Si me detengo en este momento sería un castigo para mí.
La boca de Lían cubrió la de ella en el momento justo en que Mía emitía
un pequeño grito al sentir como él se adentraba en su cuerpo.
Allí estaba de nuevo esa agradable sensación de sentirlo en su interior.
Haciéndola suya. Llenándola por completo. Cada embestida de Lían, le
generaba una descarga de electricidad a todo su cuerpo. Necesitaba más.
Quería más.
Arrastró las uñas por todo lo largo de su espalda, sintiendo cómo los
músculos se le contraían y Lían emitía un quejido gutural provocado por el
leve dolor proporcionado por su roce. Llegó hasta sus muslos y los presionó
con las manos abiertas.
Lían se apartó un segundo de ella para contemplarla. Su rostro iba y
venía siguiendo los movimientos de sus embestidas. Tenía las mejillas
coloradas. El cabello, que minutos antes se encontraba recogido en una
trenza, ahora se hallaba esparcido por la almohada, mientras que algunos
mechones caían sobre su frente. El rostro le brillaba por el sudor y se
mordía el labio, amortiguando los gemidos que salían de su garganta. Esos
gemidos que él le proporcionaba.
Lían se arrodilló entre sus piernas sin salir de ella. La tomó de las
caderas para elevarla y presionarla mejor sobre sus muslos flexionados y
comenzó a entrar en ella con más vehemencia. Sus ojos negros, iluminados
por las llamas de la chimenea, estaban fijos en el rostro de Mía, en el vaivén
de sus pechos que cada embestida los llevaba a elevarse. Se inclinó sobre
ella para acariciar con su lengua, desde el comienzo hasta la cúspide del
tierno seno canela, produciendo en ella un desenfreno abrumador de placer.
La escuchó gritar mientras apoyaba las manos en sus hombros y elevaba
las caderas para hacer más profunda la entrada de él en su cuerpo.
Una explosión de electricidad la hizo retorcerse bajo la presión del
cuerpo masculino. Lían se apresuró a besarla para absorber los gritos que
evidenciaban su llegada al clímax. Luego de unos segundos, sintió su
cuerpo relajase y comenzó el suyo a experimentar el mismo frenesí.
Embistió profundamente una vez, dos, tres… y con un gemido feroz, salió
de su cuerpo.
Después de limpiar el abdomen de Mía, la trajo hacia él para abrazarla.
Era inevitable tocarla. Se había vuelto una necesidad el sentirla, el estar
constantemente en contacto con ella.
―Creí que estabas furioso conmigo.
―Lo estaba ―admitió―. Podrías haber recurrido a mí para salvar a esos
benditos zorros sin armar tanto revuelo, ¿lo sabías?
Mía se encogió de hombros.
―Pensé que estabas a favor de ese, mal llamado, deporte.
Lían sonrió.
―No lo estoy. Y aunque jamás lo he cuestionado nunca participé en
ninguna cacería.
―Salvo en la de Lauren ―comentó en voz alta sin querer, sin poder
disimular algo de decepción… y celos.
Él no quería hablar de Lauren. No teniéndola a ella, desnuda y en sus
brazos. Lauren ya no importaba. Ya no buscaba encontrarla más allá de para
averiguar, sí es que ella sabía, cómo tenía que hacer para retener a Mía a su
lado. Detestaba no tener noción de a qué se estaba enfrentando. ¿De cuánto
tiempo disponía?
Hizo de cuenta que no escuchó su comentario, cosa que Mía agradeció, y
cambió de tema a uno que, en verdad, le preocupaba y molestaba de igual
manera.
―¿Te hicieron algo?
Luego de unos segundos, Mía comprendió que se refería a Coks y
Becher y negó con la cabeza.
―Christopher mantuvo sus manos alejadas de mi escote, por suerte. Al
parecer la presencia de Terrance lo cohibió. Y Terrance, por su parte, estaba
muy entusiasmado con la idea de ponerte en ridículo.
No le pareció apropiado mencionar el efusivo beso de despedida que
ambos amantes de Lauren le dieron antes de regresar a la casa.
―Perdón ―dijo sumergiendo su rostro en el hueco del cuello y el
hombro de Lían―. No fue mi intención armar tanto alboroto.
Su voz fue amortiguada por la piel de él, que comenzó a erizarse debido
al cálido aliento de Mía.
―Todo está bien. Ya está todo solucionado ―la tranquilizó.
― Pero mi parte del arreglo era evitar ponerte en boca de todos y ahora
estoy segura de que media Inglaterra está hablando del pobre conde de
Nordwhit y su rebelde esposa.
Lían rio.
―Es muy probable, pero no hablarán toda la vida. En algún momento
aparecerá otra pareja que ocupe nuestro lugar en los cotilleos.
―Te aseguro y, esta vez sí es en serio, que la próxima vez va a salir todo
bien. Voy a cumplir con mi parte del trato a la perfección.
Lían no pudo evitar el nudo que se le produjo en el estómago ante ese
comentario. Sabía que él no estaba cumpliendo con su parte del trato. La
estaba traicionando, pero no podía permitir que la alejaran de su lado.
Llevaba toda una vida buscando dar con ella y ahora que la encontró, que la
vida, la suerte o lo que fuere, se la había puesto en su camino, no iba
permitir que así, sin más, se la arrebataran. No importaba que ella no
llegase a amarlo; mientras compartiera las noches con él, Lían podía
suministrar el amor para cubrir la cuota de ambos.
―¿Qué pasará con los zorros?
―Mañana enviaré una nota a un amigo en Leeds; cuenta con extensas
tierras, donde podría albergarlos. Él tampoco es muy amante de esa clase de
deportes, así que es probable que me diga que sí.
Mía salió del refugio de su cuerpo para dedicarle la más tierna de las
sonrisas.
―Gracias ―lo dijo con la mirada iluminada, haciendo que a Lían el
corazón se le estremeciera y dándole un beso en la mejilla.
―Gracias… ―dijo, nuevamente, dejando otro beso sobre su otra
mejilla― gracias… ―y el beso fue depositado sobre la nariz de Lían. Él
sonrió.
―¿Qué haces?
―Te agradezco por cada uno de los zorros.
Le sonrió, y volvió a decirle gracias y bajó los labios a su frente.
―¿Cuántos zorros son?
―Cuarenta… Gracias ―y su boca se cerró sobre la piel cálida del
cuello.
―¡Ese desgraciado de Ambrose!…
―¿Qué sucede?... Gracias ―y sus labios fueron a su hombro.
―Siempre suele comprar setenta... ―protestó Lían con la voz
entrecortada debido a que la boca de Mía estaba tomando en sus labios su
tetilla izquierda.
―Mía, sabes cómo va a terminar esto si sigues, ¿verdad?
Ella levantó el rostro para mirarlo provocativa. Con una mano le quitó de
encima la manta que cubría la mitad de su cuerpo.
―Lo sé… y sabes tú dónde será depositado el último beso… ¿no?
Volvió a bajar la boca a su abdomen marcado y duro para depositar allí
un beso sensual antecedido por una caricia húmeda de su lengua.
Lían tiró la cabeza hacia atrás entornando los ojos de placer, dejándose
llevar por el momento.
~33~

Nuevamente, Lían dejó que durmiera hasta casi el mediodía. Cuando


Agatha entró a la habitación de él para llevarle un vestido que ponerse y el
agua caliente para que se lavara el rostro, se sintió incómoda porque
supieran que pasó la noche con Lían, pero la vergüenza se fue cuando la
doncella le comentó que sentía pena de que el conde tuviera que dormir en
la biblioteca, debido a lo ocurrido con el ladrón en la noche anterior. Por ese
motivo, ese día, junto con Tess iban a limpiar y a dejar en condiciones, para
utilizarla cuando fuera necesario, otra de las habitaciones del segundo piso.
―Así, si llegara a ocurrir un imprevisto como el de anoche, el conde no
tendrá que dormir en el duro piso de la biblioteca, otra vez ―comentó la
doncella antes de salir de la habitación.
Mía se quedó sola terminando de vestirse. Esa mañana al despertar
encontró descansando sobre la almohada una rosa roja. Su corazón
desbordaba de felicidad. Nunca antes se sintió más feliz en su vida.
“Y pensar que anoche creía que iba a matarme”, pensó. Se sintió una
tonta. ¿Cómo un hombre que la trataba con la dulzura de anoche y que tenía
esos hermosos detalles, podría ser cruel? Estaba más convencida que
nunca, todo lo que se decía de él no era verdad.
Unos ladridos llamaron su atención. Se quedó quieta esperando escuchar
algo más; el silencio le dio a entender que solo fue su imaginación,
producto de la otra noche, cuando le contó a Lían lo de Gotzi. Pero volvió a
escuchar unos débiles ladridos provenientes del pasillo. Estaba segura esta
vez. Entrelazó el tallo de la rosa en la trenza de su cabello y salió al pasillo.
Miró hacia ambos lados, intentado dar con el origen de los ladridos. No vio
nada. Se encaminó para bajar a la sala a desayunar o almorzar quizá,
teniendo en cuenta la hora, y le pareció ver entrando a su habitación un
fugaz rabo peludo moviéndose con rapidez.
Se asomó hasta la puerta, que estaba entreabierta, y pudo escuchar las
voces de Hunter y Arthur. Los hombres intentaban arreglar el vidrio de la
ventana. Abrió la puerta cuando la voz de Hunter se quejó.
―¿Qué haces tú aquí, estorbando? Vamos, fuera.
Mía bajó la mirada y se encontró con un cachorro. El perro tenía el pelo
de color arena claro, con manchas blancas en las patas delanteras y unas
cejas largas tan puntiagudas como sus bigotes que semejaban ser la tanza de
pescar. Sus ojos marrones brillaron al verla y cuando Mía le habló, su colita
comenzó a moverse de un lado al otro a toda velocidad.
―¿Y esta preciosura, de dónde salió?
Mía se agachó para acariciarlo, el pequeño comenzó a lamerle la mano.
―¡Hola, hermoso!
Hunter y Arthur la saludaron, sonriendo al ver que ella le hablaba al
cachorro.
―Lo trajo esta mañana del pueblo el amo ―dijo Hunter.
―No sabía que le gustaran los perros…
Arthur se apresuró a contestar.
―Le gustan todas las clases de animales, lady… de chico quería tener
una granja y trabajar en un circo.
Mía sonrió levantando en brazos al cachorro.
―Creo que se desvió un poco de sus sueños.
―Ya lo creo ―rio Arthur―. Uno puede planificar algo y la vida se
encarga de llevarte para otro lado.
Ya lo creo que es así.
―¿Podrán terminar de arreglarla hoy? ―preguntó señalando la ventana.
―Eso espero, milady. De todos modos, ya se están encargando de
limpiar la habitación de aquí al lado, para que el conde no tenga que dormir
nuevamente en la biblioteca, si es que no llegamos a tiempo con los
arreglos ―respondió Hunter.
―¿A dónde está Lían, ahora?
―Allí mismo. Llegó del pueblo y fue directo a la biblioteca.
Mía se despidió de ambos hombres y se dirigió con el perro en brazos
hasta la biblioteca. Llamó a la puerta y esperó a que Lían le diera la orden
de entrar. Cuando lo hizo, su mirada oscura como la noche, se posó en ella
con un brillo de ansiedad, como si deseara verla desde hacía tiempo.
Mía cerró la puerta y le sonrió.
―Buenos días.
―Buenos días. Otra vez me has dejado dormir hasta tarde. Ahora no sé
si desayunar o almorzar.
Lían se levantó de la silla y se ubicó delante del escritorio. No sabía si
acercarse o no. Ella estaba de muy buen humor, por lo que podía percibir y
él tenía unas inmensas ganas de estrecharla en sus brazos y besarla. Pero no
podía arriesgarse todavía a demostrarle todo lo que sentía. No estaba seguro
de que ella lo quisiera saber o, peor aún, que lo quisiera recibir.
―Puedes hacer ambas.
―Creo que eso haré ―sonrió.
―¿Te gustó el regalo?
Mía se dio vuelta para mostrarle que llevaba la rosa entrelazada en el
pelo.
―Sí. Un gesto hermoso. Gracias.
―No me refería a ese… sino a ese ―señaló al perro.
Mía abrió los ojos.
―¿Es para mí?
―Sí… Y puedes estar segura de que aquí nadie intentará quitártelo.
A Mía el corazón se le arrebató de ternura. ¡Por Dios! Ese hombre la iba
a desarmar de amor si seguía con esos gestos hacia ella. ¿Qué era lo que
pretendía?
Se quedó contemplándolo sin decir una palabra. La mirada vidriosa de la
emoción que no podía trasmitirle. Lían no sería capaz de darse cuenta de lo
que ese gesto significaba para ella. Había estado atento a lo que ella le
contó, tuvo en cuenta sus sentimientos. Nadie más, aparte de su padre, hizo
eso por ella.
―¿Sucede algo, Mía? No te gusta…
―Sí… sí… me encanta. Perdón es que… perdón, me encanta. Muchas
gracias.
El perro ladró, haciendo que ambos sonrieran. Mía se agachó para
dejarlo en el suelo, y siguió acariciándolo, sin levantar la vista; las lágrimas
en cualquier momento se escaparían de sus ojos, y no quería que Lían la
viera llorar, ni quería explicarle el motivo de esas lágrimas.
Él se arrodilló frente a ella y comenzó, también, a acariciar al perro que
se encontraba en una situación de lo más fascinante, rodeado de tantos
mimos.
―¿Pensaste en algún nombre?
Como para salir de ese estado de sensibilidad, Mía buscó provocarlo.
―Pensé en Lían, pero como no es morocho, es más bien rubio, creo que
le quedaría bien llamarse Coks o Chris… ¿Qué te parece?
―Coks me agrada más ―dijo Lían con rigidez, levantándose.
Cuando Mía logró controlar la risa, levantó la mirada para encontrarse
con la figura tensa de Lían, apoyada sobre el escritorio con las manos
cruzadas sobre su pecho y las piernas estiradas, superponiéndose a la altura
de los tobillos.
―Chris me parece un nombre más dulce para esta preciosura.
Mía dio una última caricia en la cabeza al perro, antes de levantarse y
contemplar el rostro duro de Lían. Era evidente que no le gustaba la broma,
si es que se daba cuenta de que bromeaba.
―Veo que no opinas igual.
―El perro es tuyo. Puedes ponerle como quieras.
Llevó las palmas de las manos a su rostro para refregárselas sobre los
ojos. Al terminar vio a Mía parada delante de él, a solo unos escasos diez
centímetros de distancia, apretando sus labios para ocultar una sonrisa.
Lían exhaló aire con fuerza.
―Veo que te diviertes mucho a mi costa.
―Es que eres muy lindo cuando estás molesto o enojado.
Nunca usaron esa palabra para dirigirse a él. El escucharla de la manera
en la que Mía se la dijo, le produjo una agradable molestia. Podía casi
percibir lo que sentía una mujer al ruborizarse ante un halago. Trató de
inmediato de salir de esa situación desconcertante.
―Anoche no pensabas lo mismo.
―Sí, lo pensaba… de todos modos.
El perro ladró llamando la atención de ellos. Quería mostrarles que
estaba subido al sillón. Ambos lo miraron y sonrieron.
―No te agradecí por el regalo.
―Sí, lo has hecho.
―Pero así… ¿Tan fríamente se agradece aquí?; un gracias, una leve
inclinación de cabeza y nada más.
―¿De dónde vienes no se agradece de esa forma?
―Para nada. Ya te dije que nosotros somos más cálidos.
La mirada de Mía se iluminó, atrevida; la de Lían brillaba de
expectación.
―¿Te conformas con ese gracias o quieres que te muestre cómo te
agradecería si estuvieras en mi época?
Lían contempló cómo Mía se humedecía los labios y a él se le secó la
garganta de deseo. ¡Maldición! Esa mujer era un peligro para todos sus
sentidos y en especial para su cordura.
―Siento curiosidad por saber cómo se agradece en tu época.
Respondió casi sin aliento, intentando parecer lo más tranquilo y ajeno al
momento. Mía sonrió gustosa. Se moría de ganas de agradecerle a su
manera y no a la fría forma inglesa.
No lo hagas. No hay retorno… Mía… no.
Mía llevó las manos al cuello de Lían, acercó sus caderas a la pelvis de
él, haciendo que Lían descruzara sus tobillos y susurró un “gracias” antes
de presionar los labios con los suyos, buscando con el roce leve de su
lengua un beso más profundo que no tardó en llegar. Lían rodeó con sus
manos la cintura de Mía, presionándola más contra su cuerpo. Subió su
mano izquierda por la espalda, bajó la otra a su cola, mientras que la lengua
recorría el interior de su boca.
Si así le iba a agradecer, buscaría todos los días algo para obsequiarle.
Mía separó sus labios y presionó la frente sobre el pecho de Lían.
―Conde ―jadeó.
―¿Sí?
―No ―Sonrió―. Conde, el perro se llama Conde.
Lían miró al pequeño peludo, que estaba recostado muy cómodamente
en el sillón.
―¿Conde?
El perro como si supiera que se referían a él, levantó la cabeza para
mirar en dirección a ellos y cuando constató que Lían lo estaba observando
ladró un par de veces y movió la cola enérgicamente.
―Al parecer, es de su agrado.
Mía rio, aún apoyada sobre el pecho de Lían, rodeándolo con las manos
por la cintura.
―Tienes que ir a comer algo. Seguro Marriet ya estará por servir el
almuerzo. Pero si quieres tomar un té o café…
―Está bien. No quiero alterar el orden de cada comida, pero se me
ocurre que…
―¿Qué?
―Teniendo en cuenta que el desayuno es el alimento fundamental y que
recomiendan no saltearlo… podría… podría desayunarte a ti y después
degustar el almuerzo que preparó Marriet.
No levantó el rostro del torso de Lían. No se animaba a mirarlo. No sabía
de dónde salieron esas inmensas ganas de sentirlo todo el tiempo, ni la
desfachatez con la que se lo dijo. ¿Qué había hecho ese hombre con la chica
tímida y sumisa de Buenos Aires del siglo XXI?
Te estás pasando. No están acostumbrados a que las `damas` sean tan
lanzadas.
Pepa tenía razón y el silencio de Lían se lo estaba confirmando. Se
separó rápidamente de él, sin mirarlo, perturbada por la vergüenza y se
alejó, hacia la puerta.
―Lo siento. No debí decir eso…
Al ver que se iba, Conde saltó del sillón y fue tras ella. Mía abrió la
puerta y esperó a que Conde saliera primero para luego hacerlo ella. Pero
cuando el perro se encontró afuera, la mano de Lían se apresuró a cerrar la
puerta y con la otra mano envolvió su cintura, atrayéndola hacia él.
No se quedó mudo porque no le agradó la desfachatez de Mía que, por
supuesto, no era propia de una dama. Por el contrario, le encantó que
demostrara que lo deseaba, ¡que quería sentirlo como él ansiaba sentirla a
ella!
Lían presionó el cuerpo de Mía contra la puerta devorando su boca en un
beso intenso.
Del otro lado, los ladridos de Conde pedían volver a entrar, pero Lían
tenía otros planes para la próxima hora, por lo menos.
Cerró con llave la puerta y se dedicó a ofrecerle a Mía el mejor y más
completo desayuno de su vida.
~34~

Por suerte, la posibilidad de redimirse frente a Lían y a toda la sociedad,


se le presentó rápidamente. Durante el almuerzo, Lían le comunicó que esa
noche asistirían a una cena en la casa de lady Aline Griffin, una baronesa
viuda.
Lady Griffin era la madre de Trevor Griffin, un amigo que Lían tuvo
cuando vivía en Tanner House. El aprecio que Lían tenía a esa adorable
mujer, se debía a que en la época en que la mayoría de los aristócratas le
daban la espalda a su madre y a él, ella permitía que su hijo estuviera en su
compañía. Por infortunios del destino, en el mismo accidente de carruaje en
que su marido, el barón Colim Griffin, perdió la vida también murió Trevor.
Desde ese momento, la baronesa se apegó a Lían y lo trató como si fuese su
propio hijo. Ambos se profesaban mucho cariño. La baronesa era una de las
pocas personas, por no decir la única, que siempre recibió noticias de Lían
cuando este desapareció para todos los demás; cada tanto le enviaba alguna
que otra misiva informándole de su vida.
Apenas hicieron la entrada a la residencia, la mujer se acercó a Lían con
una sonrisa en sus labios y los brazos abiertos para estrecharlo. Su voz era
cálida. Cuando la presentó a ella como su esposa, notó que el semblante de
Lían estaba cambiado. Advirtió que no le gustaba mentirle. La mujer saludó
a Mía con un tierno abrazo y los guio hacia la sala donde se encontraba el
resto de los invitados.
Mía no lo dudaba, tanto la baronesa como el resto de los presentes
estaban al tanto de lo acontecido en lo de lord Fairchild. Ese mediodía había
encontrado en el mostrador de entrada de Nord Hall, la bandeja de
invitaciones repleta. Todas fueron recibidas esa mañana. Lían le aseguró
que se debía a los cotilleos producidos por los sucesos de la noche anterior.
En el pueblo, escuchó algunos comentarios al pasar y Raphael les comentó,
muy divertido, que se jugaban apuestas alrededor de ellos; apostaban con
qué nuevo escándalo Lauren atormentaría a Lían.
En el instante, Mía lamentó su accionar con respecto al robo de los
zorros y, sobre todo, el haberse aliado para llevar a cabo eso nada más ni
nada menos que con los amantes de Lauren. Pero esa noche enmendaría su
error y, hasta lo que iba de la velada, lo estaba logrando.
Durante la cena Mía aprovechó, ya que por desgracia los ubicaron lejos,
para hablar maravillas de su esposo con las mujeres que se encontraban
sentadas a ambos lados de ella en la mesa. Aseguró que, lo sucedido la
noche anterior, había sido producto de un acto de insensatez.
―Esa misma tarde habíamos discutido y aún seguía enojada cuando
asistimos a la cena en lo de lord Fairchild, así que actué de esa manera solo
para castigarlo; pero reconozco que me excedí. Lían es un gran hombre. No
se merece mis ataques de niña caprichosa.
Lo mismo decía y repetía a cada mujer que se acercaba a ella sacando a
colación el tema. Se mostraba de verdad acongojada. Estaba representando
su papel de esposa arrepentida y enamorada de su marido a la perfección.
Observaba que las mujeres, después de escucharla, contemplaban a Lían
con ojos de compasión. Era un verdadero castigo tener que soportar a una
mujer tan insubordinada como ella… ¡Pobre Lían!
Raphael, que también se encontraba en la cena sentado junto a su amigo,
observó desde la otra punta a Mía y le sonrió inclinando la cabeza para
saludarla cuando ella desvió su mirada hacia él. Advirtió que el vestido que
llevaba, a pesar de ser de muy fina tela y elegante, era bastante más
recatado que el que usó para la cena en lo de Fairchild y sabiendo que ella
pretendía seguir al pie de la letra su actuación como Lauren, sintió
curiosidad e intuyó que Lían había tenido algo que ver en la elección de su
atuendo.
―¿Cómo has logrado que no se pusiera uno de los habituales escotes de
tu… esposa? ―le preguntó en voz baja.
Lían le dirigió una mirada a Mía, que se notaba muy entusiasta hablando
con dos mujeres.
―Le gané a piedra, papel o tijera.
―¿A qué? ―Raphael frunció el ceño―. Ya sé, no me digas, ¿otro juego
de su época?
Lían asintió recordando la cómica situación; él se había ofrecido a
buscar entre los vestidos de Lauren uno para que ella luciera esa noche.
Sabía que Mía, intentando fingir a la perfección ser su esposa, elegiría uno
como el de la noche anterior y él no estaba dispuesto a que sus pechos
fueran el centro de atención de todos los hombres, como en la velada
anterior. Así que buscó y encontró uno color turquesa, fino, que tenía,
dentro de las preferencias de Lauren, un escote considerado normal. Mía, a
su vez, había elegido uno amarillo, con un escote un poco más amplio.
Entre este sí y este no, Mía soltó un: “Lo decidiremos al mejor de tres con
piedra, papel o tijera”. Ante la clara mirada de desconcierto de Lían, le
enseñó el juego. Cuando él le ganó por segunda vez consecutiva, enojada,
gruñó: “Suerte de principiante”; tomó el vestido turquesa que Lían le
entregaba con una sonrisa radiante de triunfo, y se dirigió a buscar a Agatha
para que le ayudara a ponérselo.
―Luego te lo enseñaré. Será divertido tomar así, algunas decisiones de
la empresa.
―No estoy muy seguro ―respondió Raphael, riendo.
Pasada la cena, se dirigieron a la sala contigua donde les sirvieron tragos
y algunos bocaditos dulces, mientras en el salón se daba inicio al baile de la
noche. Mía se preguntaba si esa noche Lían la sacaría a bailar. Desde que
llegaron, no permanecieron juntos más que unos pocos minutos. Si no era la
baronesa, eran otros hombres los que alejaban a Lían de ella. Y, cuando no
era así, eran las mujeres chismosas que se acercaban a Mía, para averiguar
más sobre el matrimonio de ellos dos.
En un momento de la noche, una mujer pelirroja de unos treinta y dos
años, que se presentó como lady Margarite, y otra rubia, también de la
misma edad, que dijo ser lady Elizabeth, se acercaron a ella, cuando Mía
estaba en la mesa de los dulces, tratando de elegir cuál probar primero. Las
mujeres, que se mostraban de lo más simpáticas, no querían saber de lo
ocurrido la noche anterior, sus inquietudes eran otras.
―Querida ―dijo la pelirroja―, así que, al fin, se ha adaptado al
matrimonio. Tenía entendido que el conde de Nordwhit no era de su agrado.
Mía quedó pensativa ante tal comentario. Por lo que ella tenía entendido,
las damas no solían ser tan directas ni hablar de esos temas en público ni
con personas que no tuvieran la confianza para hacerlo, pero no se amilanó.
Contestó haciendo caso omiso a las reglas de lo permitido decir o no en voz
alta. Había prometido mejorar la imagen de Lían ante todas esas personas y
así lo haría. Así que le sonrió a la mujer que esperaba atenta sus
comentarios.
―Así es. Al principio sentía cierta resistencia a un casamiento forzado
con él y admito que después, en los primeros días de matrimonio,
continuaba con ese rechazo. Pero debo reconocer que el conde tiene
ciertos… atributos que lograron derribar cualquier tipo de barrera que yo
pudiera poner con respecto a él.
Las dos mujeres no podían ocultar su asombro ante lo que Mía estaba
dando a entender. Ella se alegró de dejarlas boquiabiertas. La rubia, lady
Elizabeth, comenzó a abanicarse con fuerza. Con la fama que tenía Lauren
y su devoción por las artes amatorias, las mujeres sabían perfectamente a
qué se refería cuando hablaba de “atributos”.
―Así que es cierto lo que se comenta de él ―susurró.
―La verdad, no sé qué se comenta sobre mi esposo, pero estoy segura
de que no le hacen justicia en lo más mínimo ―declaró para seguir
alterando a las dos impertinentes damas.
―¡Sin duda! ―exclamó lady Margarite―. Debo admitir que eso se nota
a simple vista.
―Con lo acontecido la noche anterior ―dijo la rubia refiriéndose a la
desaparición de ella junto a sus dos amantes―, es obvio que tienen una
relación bastante… libre.
Mía siguió la mirada de la mujer que se mostraba acalorada. Estaba
mirando a Lían… ¿con deseo? Él se encontraba en la otra esquina de la
sala, rodeado de las dos mujeres con las que ella compartió la mesa. Las
mujeres hermosas, como la gran mayoría esa noche, estaban radiantes,
sonriéndole. Y él, el muy cretino, se mostraba de lo más complacido ante
esa muestra de coquetería de las damas. Mía lamentó haber sido tan
explícita en ciertos comentarios sobre su esposo. Volvió la atención a lady
Elizabeth. ¿La rubia estaba insinuando que el matrimonio de ellos era
“abierto”?
¡Claro! Si la noche anterior ella se fue con dos de sus amantes, Lían
podría esa misma noche, desaparecer también con alguna amante por un par
de horas. Mía estalló de ira. ¿Eso insinuaron? ¿Eso pretendía hacer él?
Mía habría querido aclararle que no, pero sin darle tiempo, las mujeres
se excusaron y la dejaron con la sangre hirviendo, mirando furiosa a Lían.
Él ni por un segundo quitó la vista de sus interlocutoras para observar en su
dirección. ¡La dejó sola toda la noche! Era una venganza por lo de Becher y
Coks. ¿Ese sería su castigo? ¿Irse con alguna mujer esa noche para que
todos vieran que él le pagaba a su esposa con la misma moneda?
Necesitaba estar un momento a solas. Se metió entre la gente, en
dirección al comedor. Encontró un pasillo, no sabía a dónde dirigía ni qué
había ahí, ni le interesaba. Intentó abrir las puertas que encontraba a su paso
hasta que dio con una que se abrió y entró. Estaba iluminada con unas velas
y la débil llama de un hogar encendido. Se trataba de una especie de sala de
lectura. Había un sillón con una mesa, más atrás una amplia biblioteca y un
ventanal. Comenzó a caminar de un lado al otro. Era horrible esa sensación
de abandono, ese fuego que le comía las entrañas.
¡Sí, estaba celosa! ¡Sumamente celosa de que Lían mirara y sonriera a
otra mujer y la ignorara a ella por completo! ¡Siempre pasaría lo mismo,
maldita sea! ¿¡Es que no existían en ese país mujeres normales como ella, o
feas!? ¡No! ¡Todas las que se acercaban a Lían tenían que ser hermosas!
Celosa y envidiosa. Lo que faltaba.
No empieces. Porque hoy voy a matar a alguien y vos tenés varios
números.
Escuchó que alguien entraba. Se dio vuelta sobresaltada, pero más se
sobresaltó cuando vio la mirada férrea de Lían.
―¿Qué haces aquí? ―le preguntó furiosa.
―Te vi entrar y…
¡Oh milagro! Se acordó de que yo existo.
―Viniste a ver si me encontraba con algún amante ―le espetó enojada.
―¿Qué sucede?
Lían percibía la furia en la voz y en la mirada fría de Mía.
¿En verdad lo pregunta? ¿No sabe?
―Sé lo que estas tramando y no lo voy a permitir, Lían.
Los ojos de Lían se abrieron expresando su confusión.
―¿Qué estoy tramando? ¿A qué te refieres?
―¡Por favor, Lían! Te vi afuera con esas dos mujeres, de lo más
complacido ante sus miraditas y sonrisitas tontas.
Lían sonrió, aunque seguía sin entender a qué se refería con eso de que
sabía lo que estaba tramando.
―Al parecer has hablado muy bien de mí. Tanto que has despertado
cierto interés en las féminas de esta noche. Debo agradecértelo ―dijo
jocoso.
Encima se está burlando.
―Sí. Cumplí con mi parte del acuerdo, pero no tiene sentido que yo
hable maravillas de mi esposo, que me muestre más que arrepentida por mi
accionar pasado y sumamente enamorada de él, si mi esposo se la pasa por
ahí coqueteando con otras mujeres, dejándome como una idiota.
Lían contuvo la risa. Mía estaba… ¿celosa? Ese pensamiento le llenó el
corazón de felicidad.
―No estoy coqueteando con nadie, solo estoy siendo caballero. No
puedo ser descortés.
―¡Pero qué maravilla!… No puedes ser descortés con otras mujeres,
pero sí puedes abandonar durante toda la noche a tu esposa.
Lían frunció el ceño. Sí, estuvo alejado de Mía toda la noche, pero contra
su voluntad. Si no fuera por el aprecio que sentía hacia la baronesa, no
habría asistido a esa reunión; se hubiese quedado en su habitación,
disfrutando de la calidez del exquisito cuerpo que tenía delante.
―Lo siento. No me di cuenta ―se excusó.
―¡Vamos, Lían! No vengas ahora con que no te diste cuenta cuando,
claramente, me evitaste toda la noche.
―¿¡Por qué haría eso!?
―Por venganza. Te piensas que no sé lo que estás tramando.
―Otra vez con eso… No tramo nada…
Mía lo miró con desconfianza.
―Mía… ¿estás celosa?
¡Sí, sí, sí!
Ella rio sarcásticamente.
―¡No! ¡Mía no! ¡Lauren! Hoy soy Lauren. Y estoy segura de que a ella
no le agradaría quedar por ahí como una cornuda, mientras declara
abiertamente su amor por su esposo.
―Así que estás así por la reputación de Lauren.
Lían levantó las cejas incrédulo. Tenía unas inmensas ganas de besarla
allí mismo y hacerle el amor como esa mañana.
―Todas esas personas creen que soy Lauren, así que cuando me vean se
van a reír de mí y me van a señalar a mí como la cornuda. Y no lo voy a
permitir… Si este es tu castigo por lo de lord Fairchild, puedes ir dejándolo
de lado.
―No es ningún castigo.
―Entonces, ¿qué es?… Te advierto Lían. Puedo fingir ser una dama
inglesa, pero no lo soy. Tengo cierto límite y no voy a permitir que delante
de mis narices, se metan con lo que es mío.
―¿Eso vendría a ser yo?
Mía lo miró furiosa.
―Por esta noche, sí. Por lo menos hasta que aparezca la verdadera
Lauren, sí… eres mío. Y te advierto Lían, soy latina. Tengo sangre caliente.
No como las frías damas esas por las que estás tan encandilado. No sabes lo
que una argentina es capaz de hacer para defender lo suyo.
Lían quiso besarla en ese instante, con la furia que irradiaba en todo su
cuerpo, pero apenas terminó de amenazarlo ella salió de la habitación
llevándose por delante a Raphael, que estaba deambulando por allí.
―¿Qué le has dicho para que saliera como un rayo de aquí?
―Nada. Ella me amenazó ―dijo él, inocente.
Raphael lo miró sorprendido. ¿La dulce Mía hizo una amenaza? Era
difícil de creer.
―¿Con qué te ha amenazado?
Lían se encogió de hombros.
―¿Sabes tú lo que una argentina es capaz de hacer para defender lo que
es suyo?
Su amigo frunció el entrecejo negando con la cabeza.
―Pues bien, esta noche lo sabremos.
Acto seguido, Lían salió de la sala de lectura con una sonrisa pintada en
su rostro.

―¿Cómo estás pasando la velada?


Mía terminó el segundo vaso seguido de ponche y miró a su
interlocutora. Noelle se encontraba a su lado con una sonrisa radiante como
el día en que la conoció.
Mía la había visto durante la cena, pero no tuvo oportunidad de hablar
con ella. Pensó antes de responder. Decirle que lo estaba pasando pésimo no
sería adecuado. Así que siguió mintiendo.
―Muy bien, ¿y tú?
La joven sonrió y suspiró.
―También.
―¿Has venido sola?
―No, con mi doncella ―dijo señalando hacia un costado, donde una
mujer de unos veinticinco años, de pelo castaño y de expresión seria, se
encontraba observándolas―. Mi madre no es muy afín a estos eventos,
como te habrás dado cuenta la otra noche, en la fiesta que organizó mi
abuela.
Mía asintió. No había tenido la oportunidad, en aquel momento, de
conocer a la madre de Noelle y esa noche, por suerte, tampoco. No tenía
ganas de seguir haciendo sociales.
Buscando algún tema de qué hablar, Mía se volvió hacia la prima de
Lían. La observó con la mirada fija en algo. Siguió la mirada de la joven,
para descubrir que ese algo que contemplaba, era un alguien; más
precisamente, Raphael. Él se encontraba hablando con una señorita joven y
hermosa, ¡como siempre haciendo lujo de su galantería!
―Es muy apuesto.
Noelle se alteró ante la sensación de haber sido pescada mirando al
amigo de su primo.
―¿Quién…? Yo…
Mía sonrió por el nerviosismo de la chica. La joven bajó la mirada,
avergonzada.
―¿Has bailado esta noche con él?
―No… ―Noelle contempló a la chica rubia y voluptuosa que estaba
con él―. No creo que quiera perder su tiempo con una joven como yo
―sonó apenada.
Mía miró a Raphael. Él se mostraba siempre tan alegre y despreocupado
de todo, pero lo hacía para ocultar un gran vacío; necesitaba alguien en su
vida que le diera eso: vida, ganas. No podía ser que un hombre joven y con
dinero pasara todo el día bebiendo y durmiendo en pensiones. Necesitaba
una mujer joven y alegre que le diera realmente sentido a sus días y que
lograra sacar esa oscuridad que la pérdida de su familia le sembró en el
pecho, hacía años. Era tiempo de dar vuelta la página.
―Yo creo que harían una linda pareja.
―¿Lo crees? ―preguntó Noelle con voz risueña.
―Lo creo.
―Pero él jamás se fijaría en mí. Mi primo es su mejor amigo, además él
prefiere a mujeres con más mundo que una simple… novata.
Mía la rodeó con el brazo por los hombros.
―Eso ya lo veremos.
―¿Qué quieres decir con eso? ―preguntó la joven, algo asustada por el
tono en que Mía habló.
―Tú sígueme la corriente. Lo que Rapha necesita es alguien jovial,
simpática y dulce. O sea, alguien como tú. Muéstrate tal cual ―le aconsejó
mientras la asía del brazo en dirección a donde se encontraba el amigo de
Lían.
―No, pero…
―Tú hazme caso.
A mitad de camino se detuvo. Observó que, junto a la puerta de vidrio,
Lían se encontraba rodeado por la rubia y la pelirroja que minutos antes
estuvieron hablando con ella. Las muy sinvergüenzas, se le estaban
insinuando. La rubia, meneaba su abanico mientras le susurraba algo al
oído, que a él pareció encantarle porque se reía gustoso. ¡Iba a matarlo! No
tenía derecho, pero lo iba a hacer de todos modos.
―Noelle, dime… cuando un esposo se comporta de forma inadecuada
en público, dejando en ridículo a su mujer, ¿ella qué debe hacer?
―preguntó sin apartar la vista de Lían.
Noelle se sorprendió ante la pregunta y siguió su mirada. Frunció el
ceño, molesta por el comportamiento de su primo.
―Pues… una dama jamás debe importunar a su esposo en público. Si
este hizo algo inadecuado, la mujer debe guardar silencio y abordarlo
sutilmente, al llegar a su casa.
Guardar silencio. Abordarlo en privado. Sí, cómo no...
Mía se volvió para sonreírle a Noelle y retomó su plan de acercarla a
Raphael; después se encargaría de Lían.
Llegaron hasta Raphael y se pararon a su lado. Mía carraspeó para
llamar su atención y Noelle bajó la mirada, pudorosa.
―¡Bella! ―exclamó él al verla. Mía le sonrió. ―Noelle, un placer como
siempre.
Raphael tomó la mano de la joven para besarla.
―Lamento interrumpir ―se excusó Mía, mirando sonriente a la joven
que lo acompañaba―, pero necesito pedirte un favor. Es de suma urgencia.
Raphael sin dudarlo, se dirigió a la mujer rubia que estaba a su lado.
―Lo siento, señorita Anabelle, pero la esposa de mi amigo me necesita
y no hay nada que ella me pida a lo que yo pueda negarme. Si me
disculpa…
A la joven ese desplante no le gustó nada, pero lo disimuló bastante bien.
Luego que Rafael besara su mano enguantada, se alejó.
―Dígame, lady, en qué son requeridos mis servicios ―bromeó―.
Espero que no sea para matar a mi amigo.
Raphael observó de reojo a Lían; se encontraba muy atareado con dos
mujeres que, a pesar de ser algo mayores, eran bonitas.
Mía sonrió.
―No. De eso me encargaré personalmente, pero no ahora.
Raphael contuvo una carcajada. No querría estar en los zapatos de Lían.
―Verás… aquí Noelle necesita de ayuda masculina y a mí se me ocurrió
que tú eras el indicado para eso.
Noelle miró asustada a Mía, no sabía qué se traía entre manos. Él miró a
la joven prima de su amigo, analizándola. ¿Qué problemas podría tener esa
preciosura de mujer?
Mía percibió el brillo que se reflejaba en la mirada de Raphael. ¡Bien! la
veía linda. Eso, ya era algo a favor. Y, en verdad, Noelle era una joven
hermosa. No tenía duda, Raphael caería a sus pies tarde o temprano.
―¿Qué problema puede tener, lady?
Le formuló la pregunta a Noelle, pero fue Mía quien respondió para
alivio de la joven que no tenía ni la más pálida idea de cuál era su problema.
―El típico ―dijo Mía―: hay un caballero, aquí presente, por el cual
Noelle siente cierta atracción ―los ojos de Noelle se agrandaron,
temerosos. ¿Le iba a decir que ella estaba interesada en él? ¡No podía ser!
―, pero ese hombre no le presta demasiada atención. Se me ocurrió que,
quizá si la veía bailando y pasando un agradable momento con uno de los
hombres más apuestos de la noche, él comenzaría a fijarse en ella.
El corazón de Noelle comenzó a latir con normalidad pasado el susto; la
sonrisa de Raphael se acentuó aún más.
―Gracias por el cumplido, Bella.
―No es más que la verdad.
Los ojos de él se iluminaron con picardía ante las palabras dichas por su
amiga. Noelle percibió algo raro en esa situación. El clima entre la esposa
de su primo y su mejor amigo era demasiado cordial. “Lo que Raphael
necesita es alguien jovial, simpática y dulce”, le acababa de decir y esa era
la descripción perfecta de ella, de Lauren.
―Bien ―la voz de Raphael sacó a la joven de sus conjeturas―.
Indíqueme cuál es el joven a quien sus encantos aún no han logrado
encandilar.
Noelle se ruborizó ante sus palabras, mientras que el corazón le
martillaba con fuerza.
Se dieron vuelta los tres para comenzar a buscar al caballero en cuestión.
Mía rezaba para encontrar a algún hombre joven que pudiera ser la carnada
ideal. Recorrió el salón con la mirada y, nuevamente, se encontró con la
imagen de Lían y esas dos mujeres. No me olvidé de vos, se dijo y siguió en
busca de un caballero para Noelle.
―Allá ―dijo acercándose a los oídos de ambos―. Aquel que está
hablando con esos dos caballeros.
Hacia la entrada del salón donde se llevaba a cabo el baile, se ubicaba un
grupo de tres hombres; uno era un joven apenas unos años mayor que
Noelle, de cabellera rubia, y a la distancia, Mía percibió que tenía unos
bellos ojos claros. El perfil perfecto para que fuera del gusto de Noelle.
―¿El joven Hawk?
Mía miró a Noelle y movió la cabeza para que afirmara.
―Sí… ese, lord Hawk ―respondió algo dubitativa la joven.
―¡Perfecto! Plan celos en marcha.
Raphael ofreció su brazo para llevar a Noelle al salón de baile. La joven
volvió la mirada sobre su hombro y gesticuló un “gracias” hacia Mía, quien
respondió guiñándole el ojo y contempló feliz cómo la pareja se alejaba.
Luego, giró sobre sus talones para enfrentar a Lían. Su semblante cambió
abruptamente. El muy desgraciado continuaba embobado por los coqueteos
de esas mujeres. Ella se lo advirtió, pero era evidente que él no le creía. O
ella le importaba muy poco como para seguir ignorándola y encima
babearse por otras mujeres delante de toda esa gente.
Una dama jamás aborda a su marido en público.
―Qué suerte que no soy una dama ―murmuró en español, entre dientes,
dirigiéndose decidida hacia Lían.
Sin apartar los ojos de su objetivo, se quedó frente a él. Las dos mujeres
se percataron de una presencia y dejaron de hablar al momento que vieron
de quién se trataba. Lían dejó de contemplar el rostro de una de las mujeres
para mirar a Mía. Ella lo miraba fijo.
Era la primera vez que Lían veía esa mirada en ella. Era fría. Oscura. Sus
ojos de color avellana, parecían ahora de un café oscuro. Su rostro no
reflejaba ninguna emoción, pero lo cierto era que Mía hervía por dentro. En
su imaginación se veía arrastrando a esas dos mujerzuelas por el piso y
dándole una trompada a Lían, peor de la que él le había dado a Christopher.
Por desgracia, no contaba con la fuerza suficiente para llevarlo a cabo.
El silencio que se produjo entre los cuatro era pesado. La mirada de las
mujeres era de incertidumbre. Al parecer Lauren solo se había acercado
para hacer acto de presencia.
―Lady Margarite, lady Elizabeth ―dijo, al fin, sin dejar de mirar los
oscuros ojos de Lían―: lamento interrumpir su animada conversación, pero
he notado que mi esposo ha olvidado algo muy importante y me veo en la
necesidad de recordárselo.
Las mujeres sonrieron inquietas. Él la contemplaba preguntándose con
qué saldría esa vez. ¿Qué haría? Seguramente le daría un sopapo y bien
merecido lo tenía. La provocó y ella se lo había advertido, pero el sentir que
estaba celosa, que Mía estaba celosa, lo hizo sentirse exultante.
―Dime, querida, ¿qué es eso que he olvidado? ―Se mostró calmo al
formular la pregunta.
Mía dio un paso hacia adelante haciendo que las dos mujeres que estaban
a ambos lados de Lían, dieran un paso atrás, abriéndole así el camino hacia
él. Lían se irguió ante el avance de Mía. Veía venir el cachetazo y no la
detendría.
Ella dio otro paso y llevó su mano derecha hacia él, pero no lo golpeó
como él supuso. Lo tomó de la solapa de la casaca, lo trajo hacia ella y lo
besó ¡Allí mismo! Delante de todos.
No fue un simple beso. Rodeó con la otra mano la cintura de Lían, al
tiempo que buscaba con ansias las caricias de su lengua. Él, mareado por su
actitud, no hizo más que tomarla de la cintura, acercarla a su cuerpo
excitado y profundizar aún más su beso.
¡Dios! Esa mujer iba a matarlo.
Ambos podían escuchar los murmullos que se gestaban a su alrededor.
Lo que estaban haciendo era algo sumamente escandaloso e indecoroso.
¡Pero al diablo con todos los allí presentes! Nada importaba más que sentir
la cálida suavidad de la boca de Mía.
Jadeante, ella puso fin al beso. Lían miró lleno de deseo sus ojos.
―A casa.
La voz salió de su garganta ronca. Mía sin dudarlo asintió. Él entrelazó
los dedos de sus manos y la llevó cruzando el largo salón casi corriendo,
ante los cometarios y miradas de todos. No podía esperar más tiempo para
hacerle el amor.
~35~

Lían la mandó a llamar. Estaba convencida de que era para reprocharle


su comportamiento la pasada noche en lo de la baronesa Griffin. Si bien esa
noche no se mostró enfadado, sabía que, al igual que las veces anteriores,
ellos estarían ya en boca de todos. Al fin, en vez de ayudarlo, lo estaba
hundiendo cada vez más.
Seguida por Conde hacia la biblioteca; divisó el mueble de entrada. Otra
vez, la bandeja rebasaba de invitaciones, y todo por su impulsividad.
Por tus celos.
Sí, por mi impulsividad movida por mis celos, reconoció.
Antes de llamar a la puerta, recordó parte de la conversación que
mantuvieron la noche anterior, después de hacer el amor. Mientras aún
estaban en la cama, ambos abrazados y acariciándose, Mía le preguntó o
repreguntó en realidad, por qué se casó con Lauren. Christopher se lo había
dicho, pero ella esperaba que estuviera equivocado. Que no fuera solo por
su cuerpo sino porque en verdad la amaba. Sí. Saber eso le haría daño, pero
por lo menos la imagen de Lían sería diferente para ella.
Un hombre que hace todo lo que está a su alcance para poder estar al fin
con la mujer que ama, y convencerla con su amor de que él es el hombre
adecuado para ella… ¡Era algo tan romántico!
Tenés que dejar de leer novelas.
Desde que llegué acá no leí ni una.
Estas mal, muy mal, entonces…
Pero no. Lían le confirmó lo que ya sabía: Un hombre con el orgullo
herido hace cosas que no son muy dignas ni lógicas, fue su respuesta.
Pudo sentir, por el tono de su voz, que se arrepentía de haber tomado esa
decisión, sobre todo por cómo había terminado: con ella ahí, ocupando el
lugar de su verdadera esposa y convirtiendo su vida en un calvario que,
podría jurar, era peor que si fuera la misma Lauren.
Al final tienen razón cuando dicen que es mejor negarse para que
piensen en una.
¡Viste! Y vos andás regalándote todo el tiempo.
Mía frunció el ceño. Decidió, a partir de ese instante, poner distancia
entre ellos.
Conde ladró ansioso por la inmovilidad de Mía. Ella lo acarició y llamó
a la puerta. Entraron ambos a la biblioteca. Conde fue directamente a
subirse al sillón junto a la chimenea encendida. La tarde estaba bastante
fresca.
Los ojos de Lían se posaron en ella, alegres.
―Me buscabas.
Mía no lo había visto en todo el día. Como siempre, la llevó a su
habitación, dejó una rosa sobre la almohada y se fue. Tenía entendido que
estaba en el pueblo. Y no estuvo de vuelta hasta hacía un rato.
―Así es. Toma asiento.
Le indicó la silla delante del escritorio. Su actitud, tan fría, lo tomó por
sorpresa. Esa tarde esperaba, como sucedía en los últimos días, que se
acercara a saludarlo con el dulce beso que le ganó en la apuesta y él
aprovecharía para besarla, pero Mía se mantuvo distante. Tomó asiento,
mientras él tocaba la campanita, llamando al mayordomo.
―¿Cómo te fue hoy en el pueblo?
―Bien. Fui a retirar algunas cosas que había encargado y que ya estaban
listas. ¿Tu día aquí?
Mía frunció el ceño.
―Algo aburrido, como siempre. No tengo nada para hacer. Ni Agatha ni
Tess me dejan que las ayude con las cosas de la casa ―se quejó.
―Esas cosas no te corresponden a ti.
―En realidad, no le corresponderían a tu esposa, pero yo no lo soy…
aunque sea igual físicamente a ella.
Lían tenía ganas de decirle que no era igual a Lauren, ya ni en
apariencia, pero guardó silencio y en su lugar preguntó:
―¿Quieres ser mi esposa?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Sí, quería. Quería ser para él mucho más que el recuerdo de su ego
herido, pero no se lo diría. Él solo se lo preguntó por lo que ella acababa de
decirle. No porque en verdad la quisiera.
Para su tranquilidad, en ese momento hizo su entrada Hunter. Lían le
pidió que trajera el té y antes de que el mayordomo cerrara la puerta para ir
en busca del pedido de su amo, Conde se escabulló. Seguro lo seguiría a la
cocina, esperando que le dieran algo de comer.
Aprovechando la interrupción, Mía cambió de tema.
―¿Para qué querías verme?
Lían aguardó unos segundos antes de contestar. Tenía la esperanza de
que ella le dijera que sí, que quería ser su esposa, entonces, no sabía cómo
lo haría, pero la convertiría en su mujer.
―Quería informarte que he recibido respuesta de mi amigo Marcus;
mañana los zorros estarán camino a Leeds.
Hasta ahí duró el plan de Mía de mantener distancia con Lían. No
terminó de decir la última palabra, que ella ya estaba de pie con una sonrisa
que desbordaba de felicidad, yendo a sentarse en su regazo, rodeó su cuello
con los brazos y comenzó a darle besos por todo el rostro, intermediando
entre beso y beso un:
―¡Gracias!
Lían tomó con sus manos la fina cintura de Mía quien, esa tarde con el
vestido celeste con bordados blancos, estaba más que tentadora. Sonrió.
―¿Vas a darme de nuevo un gracias por cada zorro? ―preguntó alegre.
Mía frenó los besos y apretó los labios mirándolo a los ojos. Era tan
endiabladamente hermoso cuando su rostro no estaba tenso y en su negra
mirada se reflejaba un brillo de diversión.
―Pensándolo bien, tendría que agradecerle a tu amigo por acceder a
recibirlos. Podría ir mañana en un carruaje junto con ellos para
agradecérselo.
Mía intentó ponerse en pie para irse del regazo de Lían; él se lo impidió.
―Ni lo sueñes, pequeña provocadora. Le enviaré tu agradecimiento en
una nota.
El tono de falsa amenaza provocó que Mía riera.
―Provocadora… ¿yo? No sé en qué te basas para suponer eso.
―No es ninguna suposición. Puedo imaginarte en tu época, provocando
las miradas y atenciones de los hombres, como lo haces conmigo.
―Yo no hago eso ―se defendió.
Lían la miró arqueando las cejas.
―Bueno, tal vez un poco para divertirme. Ya sabes que me aburro aquí.
Le dio un beso fugaz en los labios que dejó a Lían con ganas de explorar
su boca.
―¿Allá no? ―preguntó refiriéndose a su época.
―Bueno… Sí, a veces me aburría ―reconoció―, pero no provocaba a
nadie. Era una chica tranquila y sumisa. Mi cambio comenzó aquí. Y solo
hay un culpable.
―¿Quién?
―Tú ―dijo muy seriamente.
―Yo... ¿por qué?
―Por ser tan irresistiblemente tentador.
No se lo dijo a modo de burla. Sí con un dejo de picardía en la voz, pero
era real. Era irresistible para Mía verlo y querer tocarlo, besarlo, sentirlo.
Jamás nadie se refirió de esa forma a él. Esa mujer, realmente era una
provocadora. Tenía las mismas artimañas que los libertinos más
experimentados de esa época. Lo provocaba exquisitamente todo el tiempo
y eso… le encantaba.
Lían sintió, por primera vez, un suave calor que se extendían por sus
mejillas ante el descaro de esas palabras. Mía se dio cuenta de su
incomodidad y sonrió.
―¡No me digas que te has puesto colorado! ―exclamó aumentando la
molestia de Lían.
Él apretó los labios para no insultar y, a la vez, no echarse a reír por lo
ridículo de la situación.
―Aquí estamos acostumbrados a que los hombres halaguemos de esa
manera a las mujeres. No al revés ―explicó.
Mía se mordió el labio inferior, algo avergonzada.
―Supongo que, últimamente ―“por no decir nunca”, pensó―, no me
he comportado como una dama lo haría, ¿verdad? ―Frunció el ceño.
―A decir verdad, no.
Mía suspiró.
―Bien, intentaré a partir de ahora comportarme como una verdadera
dama. Puede que te invite a cenar, te lea poesía y luego me encargue de que
llegues a tu habitación sano y salvo, sin haber puesto en riesgo tu
reputación. ¿Eso qué le parece, milord?
―Suena algo muy prometedor…―sonrió contemplando el rostro
travieso de Mía.
Esa mujer era su perdición. La anhelaba. La deseaba con todo su ser, no
solo físicamente. Quería más de ella. Y de pronto se daba cuenta de que no
le pertenecía, pero no que no le pertenecía solo a él, sino al mundo como él
lo conocía. A su tierra, a su época. En cualquier momento podría
desaparecer de su vida… y eso sería devastador para él.
Tomó su rostro entre las manos y la contempló como si estuviera
hipnotizado. Su respiración comenzó a agitarse. Le faltaba aire. Ese aire
que solo Mía era capaz de brindarle. Envolvió su boca con la suya,
desesperado. Comprendió que se moriría si llegaba el día en que no pudiera
saborear la exquisitez de sus labios, de su lengua. Se levantó de la silla con
ella en brazos y la llevó al sillón. La recostó, mientras seguía disfrutando de
las caricias de su boca. Levantó la falda del vestido y, como supuso, llevaba
la ropa interior de su época. “Bendita vedetina”, pensó deslizando la
diminuta prenda por sus piernas.
Las manos de Mía deambulaban voraces por el pelo, cuello y hombros
de él. No sabía qué le que pasó para que reaccionara así, pero ese ataque de
pasión era imposible de desechar. Adiós fuerza de voluntad para mantenerse
alejada de él. ¡Mierda! ¿Quién podría querer estar lejos de ese hombre?
Lían había comenzado a desabotonar el pantalón. Tocó con sus dedos el
sexo de Mía. Sentir la caricia de los dedos de Lían hizo que ella emitiera un
gemido y su pelvis se contrajera. El dulce sonido de su voz y sentirla
húmeda fue el detonante para que, sin tiempo a nada, Lían se introdujera en
ella. Capturó con su boca el gemido de Mía al sentirlo entrar en su interior y
comenzó a embestirla rítmicamente. Nada en la vida le daba más placer que
sentirse rodeado por la carne y el fuego de aquella joven.
Vinieron a su mente fragmentos de la conversación pasada. Le preguntó,
al fin, algo que lo venía persiguiendo durante los últimos días. Por qué le
había entregado a él su virtud. Mía sonrió al escuchar esa palabra y se tomó
su tiempo para pensarlo: ―En Buenos Aires, hay un hombre: Víctor.
Siempre me gustó, pero él solo buscaba sexo. No siente nada más por mí.
Acá comprendí que, de un día para el otro, tu vida puede cambiar. Que
tengo que vivir el momento, para no lamentarme luego. Decidí que, cuando
vuelva, quiero estar con él, aunque no quiera más de mí que una noche.
Quiero vivir el momento y mi momento ahora eres tú ―respondió.
Él esperaba otra respuesta, que le dijera que lo quería, aunque era
demasiado pronto para ese sentimiento. Por lo menos, le dio a entender que
lo deseaba, pero no era suficiente ¡Estaba esperando regresar para
entregarse a otro hombre! No iba a permitirlo. Ella era suya. Total, y
completamente, suya.
La embistió con fuerza mientras liberaba un pecho del escote del vestido.
Pellizcó con delicadeza el pezón hasta que este se arrugó e irguió de placer.
Mía gimió y antes de tomar el pequeño botón de chocolate en su boca,
decretó:
―Eres mía, solo mía.
Ella no podía pensar, el placer que estaba recibiendo con cada caricia,
roce, movimiento, era más del que ella podía tolerar. Le costaba respirar,
pero no quería que se detuviera.
―Dilo… ―Pidió él mordiendo el costado del cuello y hundiéndose más
en ella. ―Di que eres mía. ¡Dilo! ―exigió.
Pero Mía estaba perdida en el mar de sensaciones que invadían su
cuerpo. No era capaz de razonar qué era lo que Lían le estaba pidiendo.
Pese al momento de éxtasis que lo envolvía, Lían se hallaba atento.
Hunter tendría que llegar de un momento al otro. Su oído estaba tan alerta
como el de un lobo al acecho de su presa. Así fue que escuchó los pasos del
mayordomo al acercarse, las ruedas deslizándose por el suelo del carrito
que transportaba las cosas del té, el sutil ruido del pomo de la puerta
moverse.
―¡Ahora no!
Bramó en voz alta y el leve movimiento de la puerta se retrocedió.
Escuchó los ladridos de Conde enojado por haberle negado la entrada.
En ese momento, Mía se dio cuenta de que casi eran descubiertos
haciendo el amor en la biblioteca. La vergüenza comenzaba a invadirla
cuando Lían con rápidas embestidas y besos profundos, logró volverla a
poner en clima.
―Dilo… ―susurró en su oído ―dilo…― suspiró mordiéndole la oreja
―dilo… ―suplicó sobre sus labios.
―Soy tuya, Lían… Solo tuya… tuya.
Jadeó mientras se aferraba a los fuertes hombros de Lían y sentía como
una corriente le inundaba las extremidades. Él gimió, sintiéndose completo
al escucharla pronunciar esas palabras. Tomó de su boca el último grito de
placer que llegaba a su garganta después de ser embestida en profundidad.
Los dos llegaron al mismo tiempo al clímax.
Lían se sentó sobre la alfombra, apoyó la espalda sobre el sillón y atrajo
el cuerpo de Mía sobre su regazo para abrazarla mientras esperaban que sus
respiraciones se normalizaran. Le acomodó el vestido a lo largo de sus
piernas y volvió a cubrir su pecho.
¡No, no podía perderla! No se lo perdonaría nunca. Tenía que buscar la
forma de que todo siguiera como hasta ahora. Pensó que, lo que fuera que la
había llevado hasta allí, si es que volvía por ella para devolverla a su
tiempo, también iría allí a buscarla. Tenían que irse de Nord Hall. Tenía que
llevársela de allí lo antes posible.
Todavía seguían vigilando la casa de Alice Travis para ver si su hermana
Tarah, volvía. Pusieron gente a investigar en Londres, donde podría estar
trabajando, y también estaban buscando a Lauren. Eso era complicado de
explicar, ya que todos suponían que Lauren estaba con él. Por suerte, las
personas que trabajaban para él y Raphael eran discretas y de confianza. No
les dijeron la verdad, solo que podría ser que Lauren tuviera una hermana
gemela, y era a ella a quien, en realidad, estaban buscando. Pero pasaban
los días y no tenía ninguna novedad. Ni de Lauren ni de su exdama de
compañía.
A Lían, eso lo alteraba. Y perder el autocontrol que siempre tuvo lo
perturbaba aún más.
―Lían, ¿te has dado cuenta? En los últimos días, no hemos dejado de
hacer el… amor ―comentó Mía con vergüenza, pues pensaba que, para él,
eso era solo un intercambio físico. Nada de amor.
Lían sonrió. Claro que se daba cuenta de eso y ya no podría imaginar sus
días de otra forma.
―La culpa es totalmente tuya ―respondió.
Mía se encogió de hombros.
―¿Por qué? ―preguntó con inocencia, pensando que esa era su forma
de castigarla por su comportamiento.
―Por ser tan irresistiblemente tentadora.
Utilizaba las mismas palabras que ella pronunció hacía unos minutos y
eso le causó gracia.
Lían capturó su boca en un beso ardiente.
―¡Dios! Debemos parar, si no comenzaremos de nuevo y se nos hará
tarde.
Mía jadeando y con la mejilla en su hombro, preguntó:
―¿Tarde para qué?
―Para ir a Londres. Salimos en dos horas.
~36~

La intención de Lían era marcharse a la mañana siguiente, pero después


de hacer el amor con ella, la desesperación se adueñó de él. Un mes llevaba
transcurrido desde su casamiento y desde que su esposa fuera suplantada
por Mía. No quería arriesgarse más, aunque no sabía a qué se estaba
enfrentando. Tampoco sabía si sus conclusiones eran acertadas. Quizá Mía
jamás se iría o, tal vez, no importaba el lugar donde estuvieran, llegado el
momento igual desaparecería; se encontraran en Bradford, Londres o en
cualquier otro lugar del continente. Lían no podía arriesgarse. Tenía que
intentar hacer algo. No saber a qué atenerse, con quién o contra qué debía
luchar, lo desesperaba. Y nunca Lían se permitía perder la calma.
Contaban con un par de horas más de sol para poder viajar varias millas
y descansar en el primer pueblo al llegar la noche. Para apresurarse, ordenó
a Agatha que armara un baúl pequeño con las cosas principales de higiene y
algunos vestidos para que Mía llevara con ella en el viaje a Londres. El
resto de las cosas, todos los vestidos, joyas, y demás pertenencias de
Lauren, los llevaría la doncella, en la tarde del día siguiente, junto con
Ernest, a su casa en Hampshire.
Raphael partió esa misma mañana hacia Londres para atender unos
asuntos que no le quiso decir con exactitud a Lían cuáles eran, pero
conociéndolo dedujo que se trataba de alguna mujer. Cuando llegasen a la
ciudad, no dudaba de que lo vería en el Jeffrey`s Club, así que no hacía falta
informarle de su inesperada partida.
La decisión de viajar a Londres tomó a Mía por sorpresa, y enseguida
comenzó a entusiasmarse con el hecho de conocer la ciudad. Imaginaba que
allí estaría más entretenida que en Bradford, que podría encontrar algo que
hacer. Lían le dijo que permanecerían en la ciudad solo unos días,
atendiendo unos asuntos de negocios y que luego se trasladarían a su casa
en las afueras, pero como quedaba más cerca que Nord Hall podría ir a
Londres más seguido. Con tristeza se despidió de Conde, prometiéndole
que pronto volvería para estar con él. Hacia apenas unos días que el
cachorro había cambiado de hábitat, no era conveniente someterlo a tanto
estrés de trasladarlo hacia otro hogar tan pronto. Recomendó a Tess que
tuviera total cuidado con él.
Durante el viaje Lían le habló del parque, que quedaba a pocas cuadras
de su residencia, Hyde Park, el teatro Drury Lane. Prometió llevarla a ver
una obra de teatro antes de irse de Londres. Le mostraría también Jeffrey`s
Club. Las expectativas con relación a todas esas novedades hicieron que
Mía no se diera cuenta de que oscurecía y pronto se encontraban entrando a
la habitación de una posada. Ahí descubrió que ¡compartirían cama! Eso le
generó ansiedad. Jamás anheló tanto estar con un hombre como con Lían.
A los pocos minutos, ingresó una empleada que traía cubos de agua para
que pudieran bañarse. Después comerían también, en la habitación. Cuando
subieron la comida, Mía quedó realmente acongojada por el dulce gesto de
Lían. Pidió a la cocinera que algunos los platos no contuvieran ningún tipo
de carne. Su menú constaba de una sopa de verduras, papas asadas con
vegetales, arroz, pan y cerezas de postre. Mía le sonrió complacida cuando
lo que tenía ganas, en realidad, era de abalanzarse sobre él y besarlo. Pero
ya llegaría el momento a la hora de dormir, pensó.
Para su desilusión, el momento de dormir no fue como ella lo esperaba.
Lían se acostó junto a ella, pero no le hizo el amor. La recostó sobre su
pecho, acarició su pelo, su hombro tiernamente y le deseó buenas noches
con un suave beso en la coronilla.
Ella no podía decir que ese gesto no le gustara. Siempre se quejó de los
hombres que solo pensaban en sexo, pero la desilusionó un poco que, ni
siquiera le hubiera dado un beso en la boca.
¿Sería ella la culpable? Esa misma tarde le hizo notar que no pararon de
hacer el amor desde hacía días. ¿O era que en realidad no quería que ella
pensara que era amor lo que habían estado haciendo y, por eso, prefería
mantener distancia? Fuera lo que fuese, debía admitir que era agradable
dormir sobre el cálido pecho del conde, con su piel pegada a ella.
A las seis horas de viaje del segundo día, Mía estaba más que irritada
con el traqueteo del carruaje. Las primeras horas estuvo entretenida
mirando por la ventana, pero le resultó aburrido ver siempre lo mismo:
árboles, llanura, algunas casas, algún que otro animal y, nuevamente,
árboles, llanuras y… ¡Mierda! Lían le informó que tardarían tres días más
en llegar a Londres. No quería quejarse y parecer quisquillosa, ni que él
sintiera que era una mujer insoportable, por eso no decía nada.
Principalmente, viendo la apacibilidad de él. ¡Pero claro, él estaba
acostumbrado a eso!
Mía extrañaba los autos, los colectivos, los aviones, por más que nunca
hubiese viajado en uno. Pero… ¡cuánto daría por tener, aunque sea, una
bicicleta! Preferiría ir pedaleando hasta la próxima posada, donde pasarían
la noche, que en el vaivén insoportable del carruaje.
¿No te resultaba tan romántico esto de viajar en carruaje?, se burló
Pepa.
Sí, pero un trayecto corto. Esto es realmente insoportable.
Para colmo, tampoco podía recurrir a algún juego. Aunque hubiera en
algún recoveco un juego de naipes, era imposible jugar a nada.
¡Sí tan solo pudiera tener su mp3! El viaje sería distinto con música.
¡Mierda! ¡Maldita tecnología! Una no tendría por qué depender tanto
de ella.
Claro, no sabés cuándo podés amanecer en la época de piedra.
Lían contemplaba el paisaje por la ventanilla y cada tanto fijaba su vista
en Mía. Podía percibir que su semblante no era tan alegre como de
costumbre. Lo que no entendía era por qué no hacía como el común de las
mujeres y manifestaba abiertamente lo tedioso que le resultaba el viaje.
Sabía que no lo estaba pasando bien. Por lo menos no las últimas dos horas,
y todavía faltaban dos más para detenerse a cambiar los caballos y almorzar,
para luego seguir viaje. De todos modos, agradecía que tampoco fuera de
esas mujeres que vivían hablando todo el tiempo de bobadas. Mía no. Ella
era distinta.
―¿Por qué haces así? ¿Te sucede algo?
La voz de Lían le llamó la atención.
―¿Así cómo?
―Es como si te pusieras en blanco de repente. Entornas los ojos,
inmóvil, como si quisieras mirar dentro de tu… cerebro.
―¿Yo hago eso?
Creo que se refiere a mí.
No me distraigas. No es momento.
―Ahí está, lo has hecho de nuevo.
¡Te lo dije!
Mía sonrió, inquieta.
―¿Qué te sucede?
―No sé cómo decirte esto, pero… puede que consideres que esté loca.
―Él arqueó las cejas―. Desde que llegué aquí suelo hablar conmigo
misma. Y, por lo general, cuando estoy así, como tú me describiste…
―¿Estás hablando contigo?
Mía asintió.
―Es una voz tediosa y constante que me perfora el cerebro.
¡Ey!
Lían rio.
―Todos tenemos esa voz. Por lo general, yo no suelo escucharla porque
no es agradable lo que tiene para decir.
―Te entiendo perfectamente ―rio ella―, pero yo hablo con esa voz y la
muy descarada me responde, y no precisamente lo que yo quiero oír.
Puso los ojos en blanco mostrando fastidio y provocando en Lían una
risa aún mayor.
―Pues espero que no sea de mí de quien te hable mal… seguido.
Mía sonrió.
Pararon para comer algo una hora. Cuando retomaron el viaje, por suerte
para Mía, Lían comenzó a ser algo más parlanchín y no le resultó tan
tedioso como en la primera parte del día. Sobre todo, le resultó divertida la
expresión de recelo y asombro que él mostró cuando ella le comentó sobre
los medios de transporte del siglo XXI, donde se ahorraría más de tres días
de viaje.
Lían la convenció de que intentara dormir algo, así se le haría más
llevadera la travesía. Le ofreció su hombro para apoyarse en él. Y si bien al
principio la proximidad de su cuerpo, sentir su olor, su respiración no la
dejaba pegar un ojo, con el correr de las horas se durmió. Sentía que recién
acababa de dormirse cuando Lían la despertó indicándole que ya era de
noche y que deberían bajar; estaban en una nueva posada. Bien, ya queda
un día menos, pensó.
El viaje después de todo no resultó tan largo y, al final, Mía lo disfrutó.
A partir de la segunda noche optaron, casi en un acuerdo tácito, por
hablar la mayor parte de la noche, para luego dormir durante el día. Así, el
viaje no parecería tan pesado. Lían se acostaba cada noche junto a ella, la
abrazaba y conversaban hasta entrada la mañana. Ninguna vez intentó
hacerle el amor o besarla en los labios.
En un principio, esa actitud desconcertó a Mía. Se preguntaba si él ya no
sentía atracción por ella. Sin embargo, se mostraba tan amable y tierno
acostándose a su lado, acariciándola, hablando siempre con cada cocinera
de las posadas donde se hospedaban para que no le sirvieran carne en su
comida; y de día, la recostaba sobre su hombro y velaba por su sueño.
No hacer el amor, después de esos primeros días tan intensos, le
generaba un vacío enorme en su interior, pero ya había abusado demasiado
de su desfachatez del siglo moderno, por lo que prefirió comportarse como
una dama hasta que él decidiera volver a estar íntimamente con ella.
Llegaron a Londres entrada la noche, así que Mía no pudo disfrutar
mucho de la visión de la ciudad. Lían le advirtió que de noche Londres no
era muy agradable y tenía razón, por lo poco que pudo ver desde la ventana
del carruaje. Cuando hicieron su ingreso, pasaron por calles oscuras y
tenebrosas. Esperaba que de día la ciudad se mostrara distinta.
Entraron a la residencia, donde fueron recibidos por un hombre petiso y
remilgado con un diminuto y gracioso bigote. Su rostro era agradable. A
diferencia de Hunter, Evans parecía ser mucho más simpático. Le sonrió
apenas vio a Mía y le dedicó una inclinación de cabeza mientras escuchaba
como Lían le indicaba que le diera el cuarto pegado al suyo y le dijera a
Chloe que preparase algo liviano para comer, que no tuviera carne. El
pedido sorprendió al pequeño mayordomo que, al igual que Hunter, no hizo
comentario alguno. Asintió y le pidió a Mía que lo acompañara.
El cuarto que Lían le asignó era espacioso, contaba con una cama de
dosel con un amplio y alto colchón. Una cómoda, un cuarto de baño privado
con cañería de agua caliente y un amplio armario. El colchón, pudo probar
que era muy suave y cómodo, pero a pesar de eso no pudo dormir bien en
toda la noche. Algo le faltaba. Lían.
Suspiró, intentando no dejarse vencer por su sentimiento de falta. Trató
de poner su mejor rostro y bajó a desayunar. Por suerte, esa casa no era tan
grande como Nord Hall. Contaba con cuatro habitaciones en la planta
superior y abajo se distribuía, hacia la izquierda la cocina y habitaciones de
los empleados, en el centro el recibidor y sala de estar y, hacia la derecha, el
comedor y biblioteca. Por la sala de estar, descubriría más tarde, que se
podía acceder a un pequeño patio trasero.
―¿Cómo pasaste la noche?
Lían se encontraba en el comedor cuando ella, temerosa, hizo su entrada.
Él se puso en pie sosteniéndole la silla para que pudiera sentarse.
Mía reanudó con el pago de su apuesta y lo saludó, antes de sentarse, con
un beso.
―Bien. Gracias.
Mintió. No pudo dormir en casi toda la noche. Se sentía desprotegida sin
los fuertes brazos de él, conteniéndola. Pero claro, a él poco le importaba
eso. No haberle hecho el amor durante esas noches que compartieron cama
desde que salieron de Nord Hall, le dejaron en claro que no quería saber
nada más con ella en ese sentido.
¡Típico de los hombres! Al poco tiempo terminan aburriéndose de la
amante. Porque eso era ella para él y Mía lo sabía. No podía evitar sentirse
dolida por eso. Pero si a él no le importaba a ella tampoco. Así que le
dedicó una radiante sonrisa, antes de comenzar a servirse el té.
―Tú, ¿cómo pasaste la noche?
―Excelente. Creo que tendré que cambiar las camas de Nord Hall por
las mismas de aquí. Son mucho más cómodas. En estos días me encargaré
de eso.
También mentía. Hacía ya cuatro noches que no podía descansar bien. Y
esta última resultó ser la peor de todas. Dormir con el cuerpo de Mía
pegado al suyo, sintiendo debajo de la fina tela del camisón, su piel suave y
caliente, lo había torturado. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad
para no poseerla ninguna de esas noches y se sorprendió de que Mía no se
diera cuenta de cuánto la deseaba; una parte de su anatomía resultó
demasiado evidente. Aunque quizá, sí lo había notado y prefirió ignorarlo.
Y es que ella ya se lo había reclamado. Se lo dijo con su humor habitual,
pero él sabía que era una advertencia. Se pasó de la línea metiéndola cada
noche en su cama y haciéndole el amor sin ser su esposa. Así que decidió
poner distancia, aunque no podía evitar el placer de sentirla cerca; por eso
siempre alquiló una sola habitación en cada posada. Pero una vez llegados a
Londres, no tenía excusa para que compartieran el cuarto. Y esa noche, fue
la peor de las últimas noches. Se sentía vacío sin sostener el cuerpo de Mía
mientras dormía.
―¿Qué hay de entretenido para hacer aquí?
―Pues… para una mujer, no sé ―sonrió―. No se te da bien eso de
bordar, leer, dar un paseo por el parque, ¿verdad?
Lían ahogó una risa cuando vio la expresión de enfado en el rostro de
Mía. Sabía que ella era muy distinta a las mujeres inglesas, que prefería
hacer algo productivo más que algo ocioso. Pero para asombro de Lían, ella
respondió:
―Dar una vuelta al parque estaría bien. ¿Dónde queda?
Esas opciones aburridas, salvo la de leer, le molestaron. ¿Cómo podía ser
que una mujer en esa época solamente se ocupara de cosas sin sentido?
Perder así su tiempo. Algo tan valioso. Y ahora lo comprendía mejor que
nunca. ¡Era algo intolerable!
Supuso que no le quedaba otra cosa que fingir ser una aburrida dama
inglesa, para ver si así Lían volvía a tener un poco más de interés en ella.
Por raro que pareciera, olvidó su deseo de volver a su época. Cabía la
posibilidad de que eso nunca ocurriera y si era así, quería buscar la manera
de que Lían se enamorara de ella y la dejara de ver como a Lauren Parks.
No lo era. Y tenía confianza de que lograría llegar a instalarse en el corazón
de ese terco conde inglés.
―Queda a unas pocas cuadras y te agradará, pero hoy no podremos ir.
Tengo unos asuntos que atender.
―Tú no tienes por qué desatender tus asuntos. Puedo ir sola.
―No, no puedes.
―¿Por qué? Es de día, no creo que sea tan horrible Londres como se vio
anoche.
―No, de día es más afable, pero, de todos modos, no conoces la ciudad,
no estás habituada a ella. Podrías perderte, podrían robarte, podría sucederte
cualquier cosa… estás bajo mi responsabilidad. Así que no saldrás de aquí
sin compañía.
Mía frunció el ceño enojada, aunque la explicación de Lían tenía lógica.
Si conocieras el conurbano de Buenos Aires.
―Y la única compañía aquí es la tuya…
―Así es.
―Raph también está aquí, ¿no? Ya habrá llegado, puesto que salió un
día antes que nosotros. Él no tendrá problemas en acompañarme, estoy
segura.
No, claro que no. Quien tenía problemas en que Raphael la acompañara,
era él. No lo quería tan cerca y a solas con ella.
―Él estará ocupado también. Al igual que yo, vino para atender asuntos
importantes.
Mintió. Doblemente. Porque pensaba que los asuntos de Raphael se
debían a que alguna amante solicitó sus servicios entre las sábanas, y
porque él había ido a Londres huyendo de algo, que no tenía idea de qué.
No tenía ningún asunto importante que tratar, más allá de buscar la forma
de mantenerla a ella junto a él. Bueno, eso sí era importante. Y mucho.
―O sea, que estaré sola y aburrida aquí.
Resopló Mía, desganada. Estaba convencida de que acaba de hacer
“pucherito” con sus labios, pero si lo hizo, fue involuntario.
A Lían las ganas de besarla estaban por dominarlo, así que decidió
enseguida intentar cambiarle el semblante.
―Tengo pensado ir al Anexo. Puedes acompañarme, si gustas.
La idea le agradó mucho más que quedarse encerrada en esa casa.
Además, hacía tiempo que quería ver cómo eran las fábricas en esa época y
cómo se trabajaba.
En ese momento Evans interrumpió trayendo una bandeja pequeña con
una nota.
―Las noticias corren ―comentó Lían, sorprendido, antes de leer la
nota. Nadie sabía que él se encontraba en Londres y dudaba que Chloe
fuera tan chismosa como para contárselo a alguien, cuando horas antes salió
a realizar las compras.
Su rostro se contrajo al terminar de leerla. Mía se percató de ese cambio
abrupto. Aunque fue mínimo, lo percibió, comenzaba a conocerlo.
―¿Sucede algo? ―preguntó preocupada.
Él intentó disimular la tensión que el mensaje le produjo.
―No. Solo que he olvidado que hoy tenía una reunión con… mi
abogado.
Respondió arrugando el papel entre sus manos.
~37~

Poco después de almorzar salieron rumbo al Anexo. La edificación


recibía ese nombre porque estaba pegada a una de las fábricas textiles que
tenía en Londres. Allí se encargaban de la confección de prendas. El lugar
era dirigido por una amiga suya. Cuando Lían mencionó esa amistad, un
desagradable nudo se le produjo a Mía en la boca del estómago. Al llegar al
lugar, ese nudo se acrecentó. Entraron a un establecimiento de dos pisos
que, al lado de la gran fábrica, parecía pequeño, pero una vez dentro Mía
pudo ver que era amplio. Contaba con varias máquinas y mesas. Apenas
cruzaron el hall principal, una mujer unos centímetros más alta que Mía, de
hermosa cabellera roja recogida hacia la nuca y un vestido verde esmeralda
que marcaba su figura, se acercó a ellos con una sonrisa angelical.
A Mía ni la registró. Fue directo a Lían, le dio un fuerte abrazo y lo
saludó con un beso.
Vaya, qué linda amistad.
―¡Lían, tanto tiempo!
―Bella como siempre.
La mujer, de algunos años más que Lían, sonrió fascinada ante el halago.
Era atractiva. La belleza y simpatía que irradiaba, hizo sentir a Mía como
un patito feo. Sobre todo, porque ella tenía un simple vestido beige con
mangas transparentes, sin bordados, sin nada que le diera algún detalle
especial.
―Emilie te presento a… Lauren.
Cuando la mirada de la pelirroja se posó en Mía, pudo notar el cambio
en su semblante. La mujer le dio una rápida recorrida con la mirada. Mía
percibió el gesto de desdén en su rostro. No le gustaba para nada su
presencia allí. La veía a ella muy poca cosa para Lían.
―Mucho gusto.
―Gracias. Igualmente, Emilie ―respondió Mía lo más serena y dulce
que pudo. Algo en esa mujer la incomodaba. Por suerte, o no, Emilie no le
prestó mucha atención y se centró en Lían.
―Cariño, ¿qué te trae hoy por aquí? Tenía entendido que estabas en
Nord Hall. ¿Cuándo has llegado?
¿Cariño? ¿Le dijo cariño? ¿Con qué permiso?
Dudo que necesite tu permiso, cariño. Si es como dijo, su amiga,
seguramente, sabe en las condiciones que se casaron y por qué.
Lían se sintió algo incómodo al notar que Emilie no incluía a Mía en la
conversación. Hablaba como si él hubiese ido solo. Se replanteó si tendría
que haber optado por esa decisión, pero no se le ocurrió otra. No quería
dejar a Mía en la casa, aburrida. Y, en el fondo, tenía la esperanza de que
Emilie supiera comportarse.
―Llegamos anoche ―comentó―. Olvidé que hoy tengo un asunto
importante que tratar con Edward, y Lauren no quería permanecer en la
casa; supuse que sería un buen entretenimiento para ella, y para ti, que
conozca parte de mis negocios.
La pelirroja frunció el ceño, molesta por la osadía de Lían.
Mía también se molestó. Era evidente que no le caía en gracia a Emilie,
y presentía el por qué. Ella estaba interesada en Lían.
―No es necesario ―dijo Mía ante el gesto de Emilie―. Puedo ir
contigo y esperar en el carruaje a que termines tus asuntos. ―Esa idea no le
gustó a Lían en lo más mínimo, adonde iba no podía ir con ella―. O podría
volver a la casa y… leer.
El comentario generó una pequeña sonrisa en el rostro de Lían, que irritó
a Emilie. Él jamás se mostraba de una forma tan relajada frente a otras
personas que no fueran ella o Raphael. Volvió a centrar su atención en la
esposa de Lían. No era nada del otro mundo. ¿Qué podía tener esa diminuta
mujer simple, sin ningún rasgo llamativo ni elegante, para lograr que Lían
se fijara en ella hasta el punto de desposarla? ¡Ella era mucho más bella que
esa Lauren! Pero claro, Lauren no cometió el error que ella sí: haber
demostrado abiertamente que lo quería. A los hombres no les atraen para
algo serio las mujeres que se les entregan tan fácilmente. Esa mujer era
prueba de ello.
―Hoy te quejaste de que no querías aburrirte ―le respondió él, con
dulzura.
Mía lo fulminó con la mirada. ¿Cómo era capaz de decir delante de esa
mujer que ella estuvo quisquillosa esa mañana?
―Sí, bueno… podrías haberme dicho que tú no podías… En fin, puedo
volver a casa. No quiero importunar a la dama.
A Emilie le causó gracia que se refirieran a ella como a una dama.
Seguro, Lían no le dijo lo que era. Una exprostituta. Como tampoco le
habría dicho que durante un largo tiempo compartieron cama. No. Lían era
todo un caballero.
―Estoy seguro de que no la importunarás.
Su mirada fue directo al rostro de su amiga.
―¡Por Dios, mujer! Vamos, te mostraré un poco de qué va la cosa aquí,
mientras Lían se encarga de sus asuntos.
Lían le sonrió agradecido. Mía no lo estaba tanto.
―Será solo poco más de una hora. Acabaré con ese asunto lo más rápido
que pueda.
Acarició su mejilla para tranquilizarla. Ella asintió, sintiendo que una
hora era demasiado tiempo para estar con esa mujer.
―Ve, ve. No pierdas más tiempo.
Emilie hizo ademán para que Lían se fuera y se apartara de Mía. Antes
de irse, volvió y le dio un beso en la mejilla, susurrándole un “gracias”. El
leve contacto, cambió el semblante a la pelirroja. Mía no podía culparla, a
ella le pasaba lo mismo.
Ya no existían dudas. Emilie estaba enamorada de Lían y veía en ella a
una enemiga acérrima. Mía maldijo por lo bajo a Lían. Si tan solo pudiera
decirle que las dos, en realidad, estaban del mismo lado. Enamoradas de un
hombre que estaba empecinado con otra mujer, que lo detestaba.
―Ven… Cambia esa cara. No es la primera vez que me toca hacer de
niñera ―dijo Emilie.

Al salir, Lían miró en ambas direcciones, sigiloso, asegurándose de no


hallar a algún conocido que lo pudiera ver. Luego, en lugar de subir a su
propio carruaje, tomó uno de alquiler que justo pasaba.
Doblando la esquina en dirección al Anexo, giraba otro carruaje, también
de alquiler, en dirección contraria al de Lían. Cuando estos se cruzaron, el
pasajero del segundo carruaje alcanzó a divisar a su ocupante. Era raro que
Lían no se desplazara en su propio vehículo. Más teniendo en cuenta que, al
girar, lo vio estacionado a pocos metros del Anexo. ¿Qué tramaba?
Golpeó el techo y ordenó al chofer que diera la vuelta y siguiera al
carruaje que acababa de pasar, con cuidado de no ser descubierto.

Mostrándose lo más amable que sus celos le permitieron, Emilie condujo


a Mía por los diferentes sectores y habitaciones y le presentó a las mujeres
que trabajaban y vivían allí. Todas eran mujeres que ejercieron la
prostitución en algún momento de su vida porque no les había quedado otra
salida; algunas habían sido seducidas por hombres ricos que, al enterarse
que quedaron embarazadas, las echaron a la calle; otras fueron violadas por
sus amos. Todas ellas, un total de veinte, habían sufrido penurias en su vida.
En la planta baja se encontraban el taller de costura, la cocina y el
comedor; en el primer piso, se hallaban las habitaciones de las mujeres,
donde convivían con sus hijos.
Lían había creado el Anexo para dar trabajo y vivienda, especialmente, a
esas mujeres. Y era lo que tenía pensado hacer con el viejo edificio que le
compró a Damon Morrinson.
Desde que Mía supo lo sucedido con la madre de Lían, se preguntó si él
estaba al tanto de que su gestación fue producto de una violación y, por ese
motivo, su madre no lo quería. Mientras Emilie le contaba la situación de
quienes trabajaban en el Anexo, llegó a la conclusión de que sí, Lían sabía,
o por lo menos intuía, lo sucedido con su madre.
Unos treinta minutos después de que Mía quedara allí con Emilie, hizo
su aparición Raphael, y la sacó de las garras de la pelirroja, para llevarla a
dar un par de vueltas por la ciudad. Él sabía que se encontraban en el Anexo
porque había pasado por la casa de Lían y Evans le informó adónde se
dirigieron.
La llevó a tomar un café con un rico pastel de fruta a una distinguida
confitería y caminaron por Hyde Parks. Raphael era una grata compañía.
Siempre de buen humor y haciendo bromas. Su presencia le hizo olvidar el
malestar que sintió cuando Lían se deshizo de ella llevándola con Emilie.
Estaba segura de que Lían conocía los sentimientos de la pelirroja hacia él y
Raphael confirmó sus sospechas. Le dijo que tuvieron una historia, hacía ya
mucho tiempo; que los dos se querían, pero de diferente manera. Eso no la
dejaba tranquila. Emilie era una mujer hermosa, podría tranquilamente
enamorar a Lían si él no estuviera tan obsesionado con Lauren.
Raphael la llevó a la casa entrada la tarde. Después de despedirse, subió
directo a su habitación. Se quedó sorprendida al abrir la puerta y
encontrarse con Lían.
Él estaba parado junto a la cómoda, hurgando en un alhajero que, como
era de esperar, estaba vacío. Mía no usaba joyas y las de Lauren fueron
enviadas junto con las demás pertenencias, a Farnbor Manor.
―¿Qué haces aquí?
Lían dejó la tapa sobre el alhajero y se centró en ella. Temía que
estuviera enojado porque no lo esperó en el Anexo como le había pedido.
―Buscándote. Emilie me dijo que te fuiste con Raphael.
―Pues allí dentro no me vas a encontrar ―señaló el pequeño
alhajero―. No entro.
Lían sonrió de costado. No parecía tan enfadado. Igual Mía necesitó
disculparse por haberse ido sin esperarlo.
―Sé que debí esperarte como me lo pediste, pero me sentía incómoda en
presencia de tu… ―amante, quería decir amante, pero dijo―: amiga.
―Entiendo. Espero que no te haya molestado demasiado. Suele ser un
poco mordaz a veces.
Mía sonrió. No le iba a decir lo que le pareció su “adorable” amiga.
―¿Has podido solucionar ese tema pendiente con tu abogado?
―Sí.
Algo en su tono denotaba que no estaba tan seguro de haber resuelto ese
asunto. Mía decidió no indagar más y cambió de tema.
―Bien… Emilie me contó lo que haces en el Anexo. Realmente me
parece algo maravilloso, ayudar a todas esas mujeres.
―No soy ningún santo.
―No, pero es bueno que alguien se ocupe de ellas.
Lían se encogió de hombros. No le gustaba que lo vieran como a un
salvador. Solo hacía lo que no hicieron por él y su madre.
―Ven.
Mía tomó la mano que Lían le extendía y se sentaron juntos, en la cama.
Él presentía que ella quería preguntarle algo. Tal vez, si Emilie era su
amante…
―Dime qué quieres saber.
Mía sonrió. Comenzaba a ser alguien muy transparente ante la mirada de
Lían.
―Quisiera saber… qué fue lo que paso con tu madre. Intuyo que fue por
ella que decidiste emplear a esas mujeres en el Anexo, ¿verdad?
El rostro de él se ensombreció. No esperaba que Mia tocara ese tema. La
tenue luz que entraba por la ventana apenas permitía verle parte del rostro.
Todo lo demás estaba en penumbras.
¡Qué rápido oscureció! Quizás fuera por eso: la intimidad de la
oscuridad, el no poder verla nítidamente, lo que lo llevó a hablar de algo de
lo que no hablaba nunca.
―Mi madre, como el resto de las jóvenes, esperaba ansiosa su
presentación en sociedad. Una semana después de cumplir los dieciocho
sería presentada en una fiesta realizada en Nord Hall, antes de venir a
Londres. Ella era realmente hermosa. Tenía varios pretendientes que
esperaban esa presentación para cortejarla. Pero poco antes de cumplir años
algo truncó su felicidad… la violaron. ― No hubo alteración alguna en el
tono de su voz―. No dijo nada, claro, porque era una vergüenza para ella.
Pero había cambiado, ya no se mostraba tan alegre como siempre. No
quería ser presentada en sociedad. Cuando se enteraron de que estaba
embarazada, su madre, Máxime, mi abuela, la trató como a una cualquiera.
Su hermano Cyril, también. ―Rio sardónico― Mi madre no aguantó y dijo
lo que le había sucedido, pero no le creyeron. Le dijeron que era la
deshonra de la familia y la enviaron a Tanner House. La recluyeron allí.
Pocas veces, por no decir ninguna, mi abuela fue a visitarla.
―¿Y su hermano?
―Él sí… el devoto hermano fue varias veces a verla. ―Notó el
sarcasmo en esas palabras―. Pasó el tiempo. Nací y fui para ella el
recordatorio vivo de su desdicha. No me trataba mal, no puedo acusarla de
eso. Simplemente no me trataba. Dejó que la servidumbre me criara. Me dio
la educación de un miembro de la nobleza, pero jamás cariño, ni presencia,
ni importancia. Jamás pudo salir de ese estado de depresión en el que estaba
sumergida.
―Pero ―dijo Mía temerosa― a pesar de estar en ese estado no es como
dicen, que se suicidó.
Lían negó con la cabeza, aunque no se pudo ver ese gesto en la
oscuridad del cuarto.
―No. La asfixiaron.
―¿Sa… saben quién?
―El mismo hijo de puta que la violó ―su tono se volvió frío.
Mía sentía que contar todo eso lo estaba poniendo mal, pero su
curiosidad aumentaba y no podía detenerse allí.
―¿Cómo sabes eso?
Sintió el suspiro.
―Porque fue Cyril Tanner quien lo hizo.
Los ojos de Mía se abrieron de par en par, y se llevó la mano a la boca
para tapar un gesto de asombro que, de todos modos, no se podía distinguir.
―¡Dios! ―exclamó―. Su propio hermano, pero cómo…
―Todos lo sabían ―respondió adelantándose a su pregunta―. Máxime
lo sabía. Cyril era un hombre enfermo. Mostraba cierta lascivia hacia mi
madre hacía varios años, pero se frenaba porque era su hermana. Cuando
llegó el tiempo en que ella estaba por ser preparada para casarse, su
enfermedad no lo dejó pensar y la violó. Reiteradas veces.
―Tu abuela cómo permitió…
―Cyril era la debilidad de Máxime. Sabía que Ingrid no estaba
mintiendo cuando lo dijo, pero no podía acusar ni ensuciar la reputación de
su hijo. Era un conde y uno de los más prestigiosos. No era posible que
fuera a la cárcel. Así que prefirió que todo el mundo creyera que su hija era
la descarriada. Pero a Cyril no le bastó con eso y seguía yendo seguido a
Tanner House para seguir abusando de ella.
Mía entendió por qué notó esa noche en Tanner House que su relación
con la abuela no era buena. Y por qué Arthur se negó a seguir contándole
sobre ello cuando se lo preguntó, aquella tarde en la glorieta.
―¿Cómo… cómo estás seguro, entonces, que fue él quien la mató?
―Esa noche, volvía del establo con Arthur, y vi el carruaje del conde.
Pasé por la habitación de mi madre y escuché que ella le decía que estaba
cansada de él, que le daba asco, que siempre le había tenido asco, que ya no
soportaría que le siguiera arruinando la vida. Ya tenía demasiada desgracia
con tener un hijo producto de su mente enferma… ―Mía se encogió al
escuchar esas palabras―. Que se iría lejos y no volvería a tocarla nunca
más. En ese momento, me enteré de lo que él le había hecho. Yo hubiese
querido entrar y golpearlo a ese hijo de puta, pero escuchar cómo mi madre
se refería a mí, me generó un terrible dolor. Salí de allí, monté mi caballo y
corrí. Sin rumbo. Necesitaba aclarar mi mente antes de enfrentarme a ella, a
él. Volví a casa al amanecer y Arthur me dio la noticia de que mi madre se
había suicidado.
―Obviamente, sabías que no fue así.
―¡Juré que lo mataría a ese mal nacido!
―¿Tú lo…?
Mía dejó la pregunta a medio formular.
―No. Volví varios años después, pero la vida tarde o temprano te hace
pagar. Estaba dispuesto a matarlo, pero él estaba ya muy enfermo. El tifus
avanzaba demasiado rápido y no valía la pena ensuciarse las manos con
alguien a quien solo le quedaban unos meses de vida.
Mía respiró aliviada, cuando de golpe se dio cuenta:
―… ¡Noelle es tu hermana!
― Medio hermana… en el caso de que en verdad sea hija de Cyril.
―¿Qué quieres decir?
―Hay rumores; dicen que Irenne nunca se acostó con el conde. El suyo
fue un matrimonio contra su voluntad, perpetrado por mi abuela, para evitar
todo tipo de habladurías que se pudieran levantar en contra de su hijo. Ella
debía de saber lo que su flamante esposo hizo con su propia hermana.
Seguramente es por eso que evita estar cerca de mí. Debe pensar que soy
igual que su difunto esposo.
¡Vaya familia!
―Ahora que lo pienso, Noelle tiene tus mismos ojos.
―No conoces a Irenne. En realidad, tiene sus mismos ojos. Negros. Así
que puede que sea hija de Cyril como que no.
―Eso a ti no te importa, ¿verdad? He notado que le tienes simpatía.
Mía pudo percibir que Lían sonreía.
―Ella no es culpable de nada.
¿Por qué sintió que así se sentía él? Culpable. Culpable por la mente
enferma de un hombre y por su madre, que lo apañó en todo. Él necesitaba
que alguien le dijera eso y no tenía nadie que lo hiciera. Estaba solo…
como ella.
―Tú tampoco lo eres ―susurró.
Mía estiró la mano en la oscuridad buscando la suya. La encontró
apoyada sobre su muslo y la presionó con ternura, en muestra de apoyo.
―Lo siento, Lían. Perdón por hacerte revivir todo eso. Seguro que no ha
de ser grato para ti hablar de ello... Y gracias por confiar en mí.
Lían giró la mano que ella le tomó, para capturarla y tirar de ella para
acercar a Mía hacia él. Cuando la tuvo frente a frente, cuando pudo sentir su
respiración a escasos milímetros de su piel, la abrazó. Hundió el rostro en
su cuello y permaneció así unos minutos, respirando el aroma de su piel.
Hablar de esa parte de su vida, le había resultado difícil. Solo necesitaba un
poco de cariño y sentía que solo podía recibirlo de ella, aunque en verdad
no sintiera nada por él.
Mía lo abrazó. Se aferró a él con fuerzas. Era eso lo que Lían buscaba y
ella estaba dispuesta a darle su apoyo y su amor… incondicional.
~38~

Jeffrey`s Club era un sitio elegante para sorpresa de Mía, quien se


imaginó un lugar bastante sombrío, lleno de borrachos y buscapleitos.
Al cruzar la puerta de entrada, se encontró con un agradable lugar. Las
paredes revestidas de un cálido color marfil, con espejos de bordes dorados
e incrustaciones de plata, situados en cada una de las cuatro columnas que
se distribuían por la sala principal. El club contaba con un sector para el
juego de cartas, otro para dados, un salón para el billar, una biblioteca y un
comedor. No era el típico y vulgar salón de juegos.
Desde que Lían comenzó a formar parte de la sociedad, sugirió a Jeffrey
elevarlo un poco más en la escala social. Antes sí los clientes asiduos eran
borrachos de baja calaña, pero Lían tenía otros planes al respecto. No logró
convertirlo en el segundo White Diamond, el Club por excelencia de
Londres, adonde asistía la crema de la nobleza, pero sí lo convirtió en algo
un poco más sofisticado. Sus miembros, nobles o no, eran respetables.
Desterró la costumbre de ofrecer servicios íntimos de mujeres. Las
antiguas prostitutas que trabajaban para el local, ahora eran empleadas,
encargadas de la limpieza, mozas o, las que lo prefirieron, fueron
contratadas en el Anexo. Los caballeros que necesitaran servicios de
mujeres, sabían que allí no los encontrarían. A pesar de ello y, pese a la
resistencia de Jeffrey de prescindir de ese servicio, el club consiguió un
buen número de socios. Y cada día iba en aumento.
Apenas entraron, acudió a su encuentro un hombre de unos cuarenta
años de edad, de pelo rubio oscuro y ojos marrones claros. Era apenas unos
centímetros más bajo que Lían y se notaba bastante amable. Las marcas
alrededor de sus labios y ojos eran leves, no aparentaba ser tan mayor.
Lían hizo las presentaciones.
―Debo admitir Lían que, cuando supe que te casaste me sorprendió,
más sabiendo lo reticente que eras a esa idea, pero ahora comprendo
perfectamente por qué el cambio. Realmente es hermosa.
Ese comentario lo molestó, pero en la última parte Lían coincidió
completamente. Si bien ante sus ojos ella siempre estaba hermosa, esa
noche con el vestido melocotón, sin mangas y aferrado a su cintura con un
lazo de seda, estaba realmente bella. Mostraba sus curvas exquisitamente.
El hombre desplegó una sonrisa amplia y sensual. Mía imaginó que, de
ser Lauren, posiblemente lo sumaría a su lista de amantes ya que coincidía
con sus estándares: rubios, lindos y encantadores. Ella se ruborizó, antes de
agradecer el halago al socio de Lían.
―Es muy amable.
―No es más que la verdad ―insistió el hombre.
Y Lían lo ratificó.
―Así es. Verdaderamente, hermosa.
Mía levantó la vista y su pulso se aceleró al ver que él la miraba
fijamente. No podía distinguir qué era eso que notaba en sus ojos. Era como
una mezcla de ternura, deseo, amor… ¿Amor? No. Estaba equivocada. Su
deseo de que Lían la amara la estaba traicionando. Él no veía en ella a nadie
más que a Lauren y eso impedía que la amara.
Lían apoyó la palma abierta en su espalda y la guio hacia adentro,
seguidos por su socio.
―¿Alguna novedad? ―preguntó.
Jeffrey se acercó al oído de Lían y le habló en voz baja.
―Hace unos días estuvo por aquí el marqués de Crowle.
Lían había olvidado avisarle a Jeffrey que cabía la posibilidad de que su
suegro fuera por allí.
―¿Ha habido algún problema?
―Se presentó diciendo que era invitado tuyo. ―Lían asintió―. Se
quedó un par de noches en una de las habitaciones de arriba.
El club también ofrecía alojamiento a algunos de sus miembros que no
quisieran volver a sus casas tan tarde o que solo desearan descansar entre
apuesta y apuesta.
―El primer día perdió una gran suma de dinero. Luego se acercó a mí,
solicitando un préstamo que, según él, tú le ofreciste. No dio señales de
querer devolverlo. Creo que pensó que tú le regalabas el dinero. ¿Fue así?
―No. Solo lo invité a que pasara por aquí para… no importa. ¿Ya se ha
ido?
―Sí, ayer tuvimos casi que obligarlo a salir de aquí. Insistía en querer
aumentar la deuda. Y como empecé a dudar si en verdad tú le habías
autorizado que gastase tanto dinero a cuenta, con ayuda de los muchachos y
mucha amabilidad, lo sacamos. No estaba muy contento, pero al ver que no
recibiría más dinero se largó con la amenazada de que hablaría contigo al
respecto para que me despidieras.
Lían sonrió.
―Yo me haré cargo de esa deuda. Hiciste bien en no permitirle
continuar.
―No creí que el marqués tuviera tanto problema de juego.
―Las apariencias engañan, Jeffrey.
El hombre asintió dándole la razón.
Mientras Lían dialogaba con Jeffrey no advirtió que Mía se había alejado
de ahí, hasta que se volvió para hablarle, creyendo que estaba a su espalda,
y encontró que el lugar estaba vacío. Escuchó un grupo de voces divertidas
exclamar, aplaudir y silbar. La algarabía provenía de la sala que quedaba al
otro lado del sector de cartas, que era en donde él se encontraba. Se acercó
allí seguido por su socio. Los dos se quedaron pasmados en la entrada de la
sala de billar. Lían hosco al ver la escena; Jeffrey riendo y palmeando a su
socio en el hombro.
―Realmente eres un bastardo con suerte. Es hermosa y encima tiene
unas sentaderas más que tentadoras.
Lían apretó la mandíbula y le dedicó una mirada glacial. Jeffrey no era
Raphael, por más confianza que tuvieran, no era tan atrevido como para
incomodar a Lían cuando se mostraba irritado. Así que optó por callar e
irse, dejándolo solo ante aquel espectáculo.
Mía se encontraba recostada sobre la mesa de terciopelo azul, intentando
darle a una bola roja. Según lo que logró descifrar de los comentarios de los
caballeros presentes, estaban apostando a que ella no le daría a la bola, ya
que esos no eran juegos a los que una dama acostumbrara a jugar. De
hecho, se asombraron bastante cuando Mía hizo el ingreso a la sala y
comentó, cuando uno de ellos falló a la bola, que hasta un nene de diez años
podría hacerlo mejor. Y así fue como empezó la escena que ahora Lían
observaba.
La primera bola a la que apostaron que ella le diera en el primer intento,
según decían, resultó ser fácil. Ahora la roja, estaba un poco más
complicada, debido que no era un tiro recto. Entre la blanca y la roja se
encontraban dos bolas más que impedían ir directo a ella.
Mía analizó las probabilidades; podía hacer picar la bola blanca por
sobre las otras dos, pero no se sentía segura de lograrlo. En el pool del
Centro al que solía ir con Ema, varias veces logró hacer ese tiro, pero no
quería abusar allí de su suerte. Así que, prefirió ir a algo más seguro.
Taquearía la bola blanca sobre el lateral de la mesa, dándole una pequeña
inclinación para que, al rebotar, diera de lleno a la bola roja.
Cuando se reclinó sobre la mesa, Lían estaba dispuesto a sacarla de allí.
Una mano en el hombro, se lo impidió.
―Déjala. La vas a poner en ridículo y se está divirtiendo.
Lían giró para encontrarse con el rostro apacible y divertido de Raphael.
Lían no estaba molesto porque ella se estuviera divirtiendo, lo irritaba
ver los rostros de todos esos jóvenes y no tan jóvenes, posados en el cuerpo
de su mujer.
¡Sí! No lo era, pero él la veía así. Mía era su mujer, aunque ella no
supiera nada al respecto. El anillo que esa tarde le dejó sobre la cama,
cuando se marchó de la habitación para que ella se preparara para esa
noche, así lo demostraba. Por lo menos para Lían.
La sangre se le calentó cuando observó a los hombres que se
encontraban a espaldas de Mía, cómo le miraban el trasero; con ese vestido
tan fino, se podían percibir sus redondeados cachetes y, como seguramente
llevaba la vedetina, parecía que no tenía ropa interior. A su vez, los
hombres que estaban frente a ella esperando que hiciera el tiro se notaban
perdidos en sus pechos. Si bien el vestido que llevaba no tenía un escote
amplio, al estar reclinada sobre la mesa, sus turgentes senos sobresalían
dejando ver gran parte de su piel.
Lían cerró los puños y contrajo los músculos del rostro. Esperaría a que
hiciera el tiro para sacarla de allí.
―¿Qué haces aquí? ―le preguntó con frialdad a Raphael.
―Tenía que hablar contigo y, nuevamente, no te encontré en tu casa.
Otra vez el salón estalló en aplausos y risas, a las que se unió Mía
contenta al haber dado a la bola en cuestión. Su felicidad duró poco: sintió
que una mano firme la sujetaba por el brazo.
―Caballeros, lo lamento por ustedes, pero debo llevarme a mi esposa.
La fría mirada de Lían estaba centrada en los ojos de Mía; ella leía en
esa mirada, una amenaza. Claro, una dama no se unía a las mesas de
apuestas ni al billar en público. ¿Sería que nunca podría dejar de meter la
pata?
Los milagros no existen.
Salieron de la sala de billar dejando atrás felicitaciones de los caballeros
por la hermosa mujer con la que se había casado.
―Si yo encontrara una belleza así, también me pondría los grilletes.
Se escuchó una voz clara entre el bullicio que reinaba en la sala,
generando las risas de todos menos la del conde.
―Lo siento ―dijo ella cuando llegaron al comedor, donde había unas
pocas personas tomando un trago―. No me di cuenta de que te estaba
poniendo en ridículo… otra vez.
Ante el silencio y la mirada fría de Lían, prosiguió:
―Creo que deberías dejarme atada para evitar que siga poniéndote en
boca de todos.
Se notaba afligida.
―Creo que eso haré.
Mía se sobresaltó. Lo dijo en broma, pero conociéndolo un poco, era
probable que él en verdad lo hiciera. Iba a decírselo, pero él continuó:
―En mi habitación y en mi cama. Así que piénsatelo mejor la próxima
vez.
¿En verdad cree que eso es una amenaza?
―Me estás tentando a que siga actuando sin pensar ―dijo tímidamente,
sintiendo que las mejillas comenzaban a arderle.
La tensión en Lían comenzó a menguar. ¡Dios! ¡Cómo amaba a esa
mujer!
En un movimiento rápido la atrajo hacia él, llevándola detrás de una
columna para evitar ser vistos.
―Tú no me tientes a mí ―le advirtió antes de darle un profundo beso
que a Mía le hizo temblar las piernas. ¡Extrañaba tanto ese contacto!
Antes de que pudiera rodearlo con los brazos, él dio por terminado el
beso para frustración de Mía.
―¿Podrías ir a encargar la cena sin meterte más en ningún bullicio?
Raphael me está esperando en la oficina.
―¿Raph está aquí? No lo he visto.
―Será porque llegó cuando estabas muy entretenida mostrando tus...
―bajó su vista al escote del vestido― habilidades en la mesa de billar.
Mía se encogió de hombros avergonzada.
―Por cierto, ¿cómo sabes darle tan bien a la bola?
―En Buenos Aires solíamos ir casi todos los viernes a un pool. Es
parecido al billar, solo que tiene hoyos en las puntas y laterales.
Lían arrugó la frente. Después indagaría más al respecto.
―¿Podrás encargarte de lo que te pedí?
―Lo intentaré… ―le respondió con una radiante sonrisa. Lían le dio un
beso fugaz antes de irse.
~39~

La oficina de Lían quedaba en el primer piso, era la primera puerta


apenas abandonaban la escalera. Cuando entró, Raphael lo esperaba con un
vaso de coñac en la mano.
―¿Vienes a disculparte por haberte llevado a Mía hoy del Anexo?
Raphael rio sin ganas.
―Eso sí es gracioso. No entiendo cómo pudiste dejarla allí, sola, con
Emilie. Supongo que tuviste algo muy urgente e importante que hacer para
mandar a la pobre muchacha al matadero.
Remarcó demasiado las palabras urgente e importante, sin dejar de mirar
a su amigo. Intentó leerle los gestos, pero Lían estaba más indescifrable que
nunca. Él chasqueó la lengua.
―No es para tanto.
―Conoces bien a Emilie. Es una mujer encantadora, pero cuando se
trata de ti, se pone como una fiera. Además, presentarle a “tu esposa” ¡Por
Dios, Lían! Si dejaba a Mía un minuto más con ella, era muy probable que
no quisiera estar a menos de una milla de distancia de ti. Ya te ha espantado
otras amantes.
―Mía no es mi amante ―respondió furioso.
―La presentaste como tu esposa, pero no lo es. ¡Es tu amante, maldito
seas! Emilie no puede olvidar lo que siente por ti y tú vas y le entregas a
Mía en bandeja.
―Emilie está confundida. Cree amarme porque fui el único que la trató
siempre como un caballero. Lo que ella siente es gratitud y lo confunde con
amor. Ya encontrará algún hombre que se lo haga ver… Pero ya que no has
venido a disculparte, tú dirás cuál es el motivo de tu presencia.
Raphael se sirvió otra copa y le extendió una a Lían.
―Creo que lo necesitarás. ―Lían se tensó. ―Supongo que te habrás
sentido algo curioso cuando te comuniqué que vendría a Londres por un
asunto importante.
―Deduje que se trataba de alguna mujer que requería tu compañía.
Raphael sonrió y dio un trago al coñac.
―Sí, se trataba de una mujer, aunque no precisamente requería de mi
compañía. Me llegó el dato de uno de los informantes, sabía dónde
encontrar a la exdama de compañía de Lauren.
Raphael comprobó que Lían se removía incómodo en el sillón.
―¿Pudiste hablar con esa mujer? ¿Te dijo algo sobre Lauren?
Raphael asintió con la cabeza sin apartar la mirada desafiante de su
amigo.
―¿Te dijo dónde encontrarla?
― ¿Por qué presiento, Lían, que ya no te interesa saber nada más de
Lauren? ¡Claro…! Cómo puedo ser tan tonto ―exclamó dándose con la
palma de la mano en la frente―. Encontraste a la reemplazante perfecta.
Una copia exacta, ¿no es así?
―¡No digas idioteces! Mía no es igual a Lauren. ¡No se le parece en
nada!
―En eso coincidimos. Por eso no entiendo que le estés jugando sucio.
Lían no se esperaba esa charla con su amigo. Habían discutido varias
veces, siempre fueron de tener sus diferencias, pero Raphael jamás se
mostró con él de esa forma, tan hostil, tan enojado. Hasta creyó sentir que
estaba desilusionado. Y si se lo ponía a pensar, él también lo estaría.
―No entiendo de qué estás hablando, Raphael. Si hablaras más claro...
―¿En serio no entiendes? ―preguntó escéptico―. Bien, te lo diré de
una forma más sencilla. Cuando sabía que tenía datos certeros de dónde
encontrar a Tarah Travis, no te lo dije porque últimamente no eres el
mismo. No actúas como siempre lo has hecho. Por eso primero vine yo a
constatar los datos que me dieron. Cuando los constaté, me dirigí a
comunicárselos a ti y a Mía, aprovechando que se encontraban aquí, pero
llegando al Anexo me cruzo contigo, yendo en un carruaje de alquiler y
solo. Como me llamó bastante la atención, te seguí, y mi instinto no me
falló… por desgracia.
La mirada de Raphael estaba lejos de ser cálida y alegre como era
habitual en él. Su expresión era apagada, mordaz. Lían maldijo
internamente el haber sido tan imbécil de no darse cuenta de que lo estaban
siguiendo esa tarde. Vació de un solo trago el vaso con el coñac que
Raphael le dio minutos atrás.
―¿Cómo supiste dónde encontrarla? ―quiso saber Raphael.
―Ella me lo hizo saber esta mañana.
El silencio que siguió fue verdaderamente tenso. Raphael estaba
desilusionado. Lían estaba molesto con su amigo por acorralarlo de esa
manera y con él mismo por su actitud.
―Dime… ¿qué planeas hacer?
―¡Nada, maldita sea!
Lían se levantó y se rastrilló el pelo con las manos. Raphael desconocía
al Lían que tenía frente a él. Estaba… desesperado.
―Sé lo que intentas. Entiendo cómo te sientes…
―¡Tú no entiendes nada! ―lo interrumpió Lían, colérico.
―Lían, te conozco mejor que nadie. Interpreto a la perfección tus
silencios, tus miradas, tus gestos por más imperceptibles que estos sean.
Jamás te he visto perder el control ante ninguna situación por más difícil o
exasperante que fuera. Pero en este último tiempo ese Lían, el frío y
calculador, el que todos respetan y temen, ya no está. No eres el mismo, si
no ¿cómo me explicas que no hayas actuado ante lo del robo de los zorros
de lord Fairchild? Los dos sabemos que de haber sido Lauren o cualquier
otra mujer que te pusiera en ese ridículo, le hubieses dado un susto que no
se atrevería jamás a contradecirte. O, lo de la otra noche: provocarla para
que te muestre delante de todos su “sangre latina”. ¡Lían, no eres tú! Y no
me malinterpretes, te has vuelto también algo más afable, hasta creo que te
he visto sonreír y divertirte más de dos veces en una noche, lo que ya es
mucho decir. Pero no es eso lo que me molesta, es tu egoísmo.
Lían cayó abatido en el sillón. Raphael tenía razón, estaba siendo
egoísta. Pura y exclusivamente egoísta con una mujer que no lo merecía.
Con una mujer que él mismo no se merecía. Se sentía una basura. Desde esa
tarde se sintió sucio, pero por más que quisiera no podía… No podía
perderla. Y eso, era lo que Raphael no entendía.
―Aunque no lo creas puedo entender cómo te sientes. Es imposible no
enamorarse de ella. Es una mujer divertida, tierna, vivaz, alegre, compasiva.
Cualquier hombre caería rendido a sus pies…
Lían levantó la vista hacia Raphael.
―¿Estás enamorado de Mía?
Él negó con la cabeza, pero tardó tanto en hacer ese gesto que Lían
pensó que no le dijo la verdad.
¡Diablos! Lo último que necesitaba era pelearse con él por el amor de
Mía. Y temía no ser el elegido, si fuera así.
―No puedes hacer lo mismo que con Lauren. No puedes obligarla a
estar a tu lado. Con Lauren fue venganza, porque hirió tu orgullo, ¿pero qué
excusas tienes con Mía?
“Que la amo”, hubiese querido contestar, pero en cambio dijo:
―Si ya terminaste de darme tu sermón, puedes irte.
Raphael lo contempló unos segundos meneando la cabeza. De nada
sirvió todo lo dicho. Él seguiría adelante con su plan, cualquiera que este
fuese. Se puso en pie.
―No hagas algo de lo que después te arrepientas. Ya ves lo que resultó
de obligar a Lauren a casarse contigo.
―¿Qué quieres que haga? ¡Maldita sea, Raphael!
―Que le des la posibilidad a Mía de que te elija.
―No lo hará ―respondió desanimado.
Raphael sonrió de costado.
―A veces me sorprende, Lían que, seas tan inteligente y astuto para los
negocios, hasta para los más complicados… y para lo más simple, seas tan
tonto.
Raphael abrió la puerta.
―¿Se lo dirás? ―Quiso saber Lían.
Él aguardó unos segundos antes de volverse y contestarle.
―No. No te voy a negar que me encantaría decírselo. No me siento
cómodo mintiéndole. A veces mi jodida conciencia aparece. ―Rio con
tristeza―. No me parece justo lo que le estás haciendo. Siempre te tomé
como un ejemplo. ―Negó con la cabeza―. Es cierto lo que dicen: la
desilusión duele.
Salió dejando a Lían perdido en sus pensamientos.
Sí que duele. A Lían le dolieron esas palabras. Sabía que después de esa
noche perdía un amigo. Leal, por sobre todas las cosas. Raphael tomaría
distancia de él y no lo culpaba. Pero… no encontraba otra salida. No iba a
perder a Mía. Se negaba a eso.
Tenía intenciones de aguardar a que se le fuera el mal humor por la
charla con Raphael para ir a encontrarse con ella, pero uno gritos lo
hicieron salir disparado de la oficina.
―¡Fuego! ¡Fuego!
~40~

Lían bajó corriendo las escaleras, mientras su pulso se aceleraba y sus


fosas nasales se impregnaban de un fuerte olor a humo. El club se estaba
incendiando.
Llegando al final de las escaleras, vio pasar a un par de empleados con
cubos de agua dirigiéndose a la biblioteca. De allí venia lo más grueso del
humo, que comenzó a esparcirse por el resto del establecimiento. Por
suerte, estaba lejos de donde Mía se encontraba.
Llegó a la entrada de la sala y se chocó con Jeffrey saliendo del cuarto.
―¡Maldición! ―exclamó.
―¿Qué sucedió?
―Parece que alguien se quedó dormido cerca del hogar. Se le cayó el
libro o el diario que estaba leyendo, se prendió fuego y comenzó a comer
parte de la alfombra.
―¿Eso es todo?
La voz de Lían sonaba molesta por el hecho de que esos gritos le
hicieron creer que todo el club estaba en llamas, cuando en realidad se
trataba solamente de un pequeño fuego que, con un par de cubos de agua,
fue apagado. Era más humo en esos momentos, que otra cosa.
―¿Te parece poco? … hay que cambiar las alfombras, dos sillones y
reemplazar parte de los libros ―comentó Jeffrey indignado ante la
tranquilidad de Lían―. ¡Será un gastadero innecesario de dinero! Esos
muebles estaban prácticamente nuevos. Habría que cobrárselos al que se
quedó dormido.
―¿Sabes quién fue?
Jeffrey se encogió de hombros.
―No ―dijo molesto.
Lían lo palmeó, diciendo:
―No te lamentes. Hay que agradecer que no fue más grave, hombre.
―En eso tienes razón ―contestó de mala gana su socio.
Lían fue en dirección al comedor en busca de Mía. Al no hallarla volvió
al salón para preguntarle a Jeffrey si sabía dónde estaba, pero no hizo falta.
A escasos metros de donde se produjo el incendio, se encontraba Raphael
abrazándola de forma protectora, para nada apropiada. Tenía una mano
sobre su espalda y con la otra le rodeaba los hombros. Mía hundía su rostro
en el pecho de Raphael y le sostenía la solapa de la casaca con ambas
manos.
Lían se acercó enfurecido hacia ellos, en el momento en que Raphael se
inclinaba sobre su oído. Alcanzó a escuchar que le decía con voz calma:
―Tranquila. No ha sido nada.
¿Ella inició el incendio? Conociéndola, cabía la posibilidad. Pero
Raphael la estaba calmando de una manera muy particular. ¿Qué era lo que
pasaba?
―¿Ocurre algo?
Por más que quiso evitar su malestar, no lo logró. Su voz fue fría y dura.
Su mirada glacial se clavó en Raphael.
―Lían… ―suspiró Mía con una clara angustia en su voz dejando los
brazos de Raphael para refugiarse en los de él. Lo abrazó por la cintura, con
fuerza.
Lían percibió que estaba aterrorizada. ¿Solo por un pequeño fuego? No,
había algo más. Algo que Raphael conocía y por eso la consolaba de esa
manera tan fraternal.
Lían la rodeó con los brazos.
―¿Estás así por el fuego? ―Ella asintió sin mover el rostro de su
cuerpo―. Ya pasó, amor mío, tranquila.
Parecía una niña completamente desolada. ¿Qué era lo que la puso en
ese estado?
―Creo que es mejor que la lleves a casa ―sugirió Raphael en forma
lacónica.
Lían no llegó a responderle; al levantar la vista él ya no se encontraba
ahí.
Durante el viaje en el carruaje la mantuvo abrazada. Ninguno de los dos
habló. La llevó directamente a su habitación. Le sacó la capa, que dejó
sobre una silla y la hizo sentarse sobre la cama para comenzar a sacarle los
zapatos.
―No es necesario, yo puedo…
―Sí, pero… ―la interrumpió él―, déjame a mí.
Una vez que le sacó los zapatos y medias, la hizo recostar en la cama y
la tapó con la manta. Mientras la tenía en sus brazos en el carruaje, notó un
leve temblor en su cuerpo, a pesar de que no hacía tanto frío esa noche.
―¿Tienes hambre? ¿Quieres que le digas a Chloe que te prepare algo?
Debido al incendio no habían comido nada. Mía negó con la cabeza.
―Estoy bien, Lían. No hace falta que te preocupes tanto.
Él la contempló unos segundos antes de alejarse de la cama.
―¿Te vas?
No quería que se fuera. No debió haberle dicho que se encontraba bien.
Le agradó la proximidad que demostró en el corto viaje de regreso a la casa.
Lían sonrió ante esa muestra de querer estar en su compañía.
―No, solo voy a prender el fuego.
―Ah…―murmuró algo avergonzada, hundiéndose más en las mantas.
Lían prendió el hogar. Luego se sacó los zapatos y se acomodó al lado de
Mía, por encima de las mantas. Le pasó un brazo por debajo del cuello y la
recostó sobre su pecho. Mía no dudó ni un segundo en sacar un brazo de
debajo de la manta y rodear el abdomen de Lían.
―¿Mejor? ―preguntó con ternura. Ella asintió agregando―: Para tu
tranquilidad, no fui yo quien inició el fuego.
A Lían le resultó inevitable reír.
―No hace falta aclararlo. No lo pensaba.
Ella se alejó un poco de él para mirarlo con los ojos entrecerrados.
―¿Seguro?
Lían nuevamente rio y la obligó a recostarse sobre él.
―Seguro. Ahora sí, no me molestaría saber qué fue lo que te pasó a ti.
Mía se mantuvo en silencio. No le gustaba recordar esa parte de su vida.
―No me gusta hablar de eso.
―¿No te gusta hablar de eso o no te gusta hablarlo conmigo? La
sensación que tuve hoy fue que con Raphael ya lo has hablado.
Mía se encogió de hombros. En efecto, a Raphael se lo había contado
varios días atrás.
―Tienes razón.
―¿No confías en mí?
Mía aguardó unos segundos, contemplando las llamas del hogar.
Esa noche, si hubiese estado allí mismo, en la biblioteca del Club,
seguramente hubiese reaccionado de otra manera. Hubiese sido una de las
que corrieran con los baldes de agua para apagar el incendio. Pero los gritos
la asustaron. Estaba en el comedor esperando a que Lían bajara cuando
escuchó los gritos: ¡Fuego, fuego!, que daban a entender que lo que sucedía
era realmente grande y aterrador. Salió corriendo del comedor, asustada,
con el humo que le dificultaba un poco la visión hasta que se chocó con
Raphael y él la retuvo, inmóvil, en sus brazos. Supo, gracias a sus palabras
que no era grave, pero el susto y la angustia ya se habían apoderado de ella.
―La casa en la que vivíamos mi padre, mi madrastra y mi medio
hermana se incendió ―comenzó a decir―. Una falla en la luz de afuera.
Cuando yo desperté en medio de la humareda, quise salir de mi habitación,
pero no pude abrir la puerta. El pomo estaba muy caliente. Así que rompí el
vidrio de mi ventana, que era la única que no tenía rejas y salí. Fui a la
ventana de la habitación de Ayli para despertarla y ver si ella podía salir de
ahí y despertar a papá, pero tampoco pude. En ese momento, apareció a los
gritos la madre de ella. Me pareció raro verla completamente vestida y sin
rastros de hollín como estaba yo. Ahí me di cuenta, ella no estaba en la casa
al momento en que el incendio se desató, aunque la vi irse a dormir antes de
que yo lo hiciera. No le presté demasiada atención. Corrí al otro extremo,
intentando llamar a mi padre, pero no me respondía. La casa era en gran
parte de madera, una prefabricada. Fue cuestión de segundos. La casa
comenzó a arder. Escuchaba el llanto y gritos de mi hermana y no podía
hacer nada. Tampoco para sacar a mi padre. Cuando llegó la ayuda que los
vecinos llamaron, el fuego había arrasado con todo. Algunos se acercaron
con baldes con agua, pero no sirvió de mucho.
―Ahora entiendo tu reacción… Lo siento.
La estrechó más fuerte contra su cuerpo. Entendía también, el accionar
de Raphael esa noche. Se sentía, de cierta forma, unido a ella.
―No siempre reacciono así ante el fuego; los gritos sorpresivos me
asustaron ―se excusó.
―Sí, a mí también me pasó cuando los escuché estando en la oficina. ¿Y
qué pasó después? ―Lían seguía intrigado por saber más sobre la vida de
Mía―. ¿Te quedaste sola con tu madrastra?
―Para mí desgracia, sí.
Él notó la angustia en su voz.
―Si no quieres seguir hablando está bien. Lo entiendo.
No. No quería seguir hablando, pero sabía que si no lo hacía él se iría y
no quería. La sensación de estar entre sus brazos era demasiado agradable.
―Al poco tiempo descubrí por qué ella no tenía muestras visibles de
haber escapado del incendio como yo. En el momento en que se desató el
fuego ella no se encontraba en la casa. Estaba con su amante. Un vecino, a
unas pocas cuadras de casa.
―¿No está bien visto eso en tu época liberal? ―la interrumpió Lían.
―No ―respondió enojada―. Es común, al igual que en esta época, que
los hombres y mujeres sean adúlteros y no tengan moral ni principios, pero
sigue siendo incorrecto.
―¿Quieres decir que tú no tendrías un amante?
―¡Claro que no! Si estoy con la persona que amo para qué querría un
amante. El problema es ese. La mayoría de las personas no están con
quienes aman, sino con quien les es fácil y agradable estar, porque es lo que
tienen más a mano o porque son lindas. Ven el envase y se olvidan del
contenido.
Eso último fue dicho en clara alusión a su obsesión por Lauren, aunque
Lían no se dio por enterado. Mía le había dado la respuesta que él
esperaba… pero a medias. Aclaró que tenía que amar a una persona para
serle fiel. Y ella no lo amaba. Tendría que convertirse en su sombra para
que no tuviera un séquito de amantes como Lauren.
―De todos modos, una mujer es distinto. No tiene problemas para ser
fiel. En cambio, en los hombres, está en su naturaleza ser infiel.
―¿De dónde sacaste eso? ―preguntó indignado.
―¿Me vas a decir que no? ¿Nunca has tenido una amante?
―No.
―¿No? ¿Por qué me surge el nombre de Emilie, entonces? Una pelirroja
muy bonita. Más que bonita.
―¿Estás celosa de Emilie? ―La sonrisa en Lían afloró gustosa.
―No. Solo traigo un hecho real a la conversación ―respondió
enojada… y celosa.
―¿Por qué nos alejamos tanto del tema?
―Por tu curiosidad.
Lían frunció el entrecejo.
―Bien. Volvamos entonces… ¿Cómo te enteraste del amante de tu
madrastra?
Mía estaba enojada. Ya no quería seguir hablando del tema. Recordar a
Emilie la puso de mal humor. Sobre todo, que él no hubiera negado que fue
su amante, cosa que todavía podría estar sucediendo, y también le molestó
que no le hubiera dicho que podría llegar a ser fiel; pero no quería
comportarse como una caprichosa, así que prosiguió.
―Porque no tardó más de medio día en llevarme a vivir a la casa de él.
Claro, que al principio no se mostraban como tal. Decían ser solo amigos,
pero era obvio que no lo eran.
―¿Cómo terminaste viviendo en la pensión entonces? ¿O eso fue mucho
después?
―Eres demasiado curioso para ser hombre, ¿lo sabías?
Lían rio. Las veces que hablaban, ella al igual que él, nunca lo hacían
sobre ellos mismos. Mía solo hablaba de su época, por lo que ahora que
comenzaba a hacerlo sobre ella, quería aprovechar para saber más acerca de
su vida.
―Bien. Lo siento. Si no quieres seguir hablando no te preguntaré más,
pero me pareció una buena forma de permanecer aquí… abrazándote.
La estaba manipulando. Era evidente… ¡Y le salía muy bien! Por más
que ella no quisiera hablar del tema que estaba a punto de tocar prosiguió.
Era una parte de la historia que no le contó a Raphael. No le gustaba
recordarla.
Antes de que Lían fingiera moverse para irse, Mía continuó:
―El amante de Haydé… ―Lían sonrió complacido. ¡Quería seguir en
su compañía! ―, era varios años menor que ella.
Esa aclaración lo incomodó. Algo le decía que no le iba a gustar lo que
estaba a punto de contarle. Detestó haberle insistido para que lo hiciera.
―A diferencia de mi padre, que le llevaba casi quince años de edad,
Haydé se mantenía muy bien. Era una mujer linda. Juan, su amante, desde
que nos llevó a vivir con él, siempre me trató bien. En presencia de Haydee,
correcto y bastante distante, pero cuando ella no estaba presente se acercaba
demasiado a mí. Era más atento. A veces, rozaba con sus manos partes de
mi cuerpo como los pechos o cola y se disculpaba diciéndome que era sin
querer. Pero yo sabía que lo hacía a propósito ―Lían tensó la mandíbula
ahogando un insulto―. Una tarde, ellos dos habían salido, así que invité a
Ema a terminar unas tareas para el colegio. Los dos cursábamos al mismo
año. Al poco tiempo, llegó Juan y se enojó al ver a Ema a solas conmigo y
lo echó ―“Yo hubiera hecho lo mismo”, pensó Lían―. Me empezó a decir
que esa era una casa decente, que no podía llevar noviecitos, que tenía que
respetar su techo. ¡Pero no estábamos haciendo nada malo! Él lo sabía, vio
que no estábamos haciendo nada. Yo se lo recordé. Y mientras nos
gritábamos, me fue arrinconando contra la pared. Sostuvo mis muñecas con
sus manos y las llevó sobre mi cabeza, mientras que acercaba su pelvis a mi
entrepierna y se frotaba ―Mía aferró la solapa de la casaca de Lían en un
puño―. Comenzó a decirme cosas asquerosas: que había llevado a Ema a
propósito para darle celos; que él me daría lo que yo tanto buscaba. Intenté
liberarme, pero él era más fuerte que yo. Por suerte para mí, en ese
momento llegó Haydé. O yo creí que era para mi suerte. Le conté lo que
pasó llorando, casi histérica. Pero él lo negó todo y me echó la culpa a mí.
Le dijo que yo lo provoqué. Que cada vez que ella nos daba la espalda yo lo
buscaba, y ella le creyó ―Mía comenzó a sollozar―. Pero yo te juro Lían,
que no era cierto. Jamás hice una cosa así. Lo juro.
Lían maldijo haberla puesto en ese estado, obligándola hablar de ese mal
nacido al que, si tuviera la posibilidad, lo molería a palos.
―Mía, está bien. Te creo, te creo. No llores.
Él deslizaba tiernamente la mano a lo largo del brazo que Mía tenía
sobre su pecho para calmarla.
Se quedaron unos segundos en silencio. Luego, cuando ella se sitió
capaz de seguir, continuó:
―Esa tarde me fui. Agarré mis cosas y fui a pedirle ayuda a Ema. Él me
ofreció quedarme en su casa. Sus padres me tenían un gran cariño, pero yo
no quise. No quería convivir con ningún hombre. Los quería bien lejos de
mí. Así que me prestó algo de dinero para alquilar un cuarto de pensión y el
padre me ayudó a conseguir un trabajo de medio tiempo en las oficinas de
un amigo. Y así fue que terminé sola y en una pensión.
―¿Y a partir de allí comenzaste a esconderte?
Mía levantó la mirada confundida. ¿Esconderse de qué?
―No me mires así, amor mío, ¿en qué momento comenzaste a usar esas
gafas tan originales?
Mía sonrió. Era la segunda vez que se refería a ella de esa manera tan
dulce. La sensación era agradable... Extremadamente agradable.
La conclusión a la que Lían llegó era cierta. A partir de ese
acontecimiento, trató de afearse lo más que pudo. Dejó de lado las polleras
cortas, los mini shorts, aunque no usara este tipo de prendas más que para
dormir. Nada que pudiera atraer la vista de ningún hombre.
―Tienes razón. Desde ese momento traté de pasar inadvertida ante
cualquier hombre.
―Conmigo no te habría funcionado.
―No te gustaron mis gafas cuando me las viste puestos ―lo acusó
rápidamente.
―No. Que Raphael se me adelantara en decirte que nada de lo que te
pusieras te podía afear, no quiere decir que no me hayan gustado. Pero sabía
que por algo elegiste esas gafas en particular.
Que hombre astuto.
Luego de un corto silencio, Mía se animó a preguntar:
―¿Lían?
―¿Sí?
―¿Te quedas conmigo esta noche?
Su voz fue casi en un susurro y con bastante miedo a una negativa.
Mientras que, a él, esa invitación lo colmaba de entusiasmo y tranquilidad.
―Es mi habitación, no podría irme.
Mía se separó de él para recorrer el cuarto con la vista y darse cuenta,
recién, que se encontraban en el cuarto de él y no en el de ella, como creyó
desde un comienzo. Lo miró sorprendida. Él se encogió de hombros cuando
le respondió a la pregunta que aún no formulaba:
―Estaba más cerca que el tuyo.
¿Más cerca? A una puerta de distancia.
Callate, tonta. Ni se te ocurra reclamarle.
Mía abrió la boca para decirle algo, pero la cerró enseguida y volvió a
meterse entre sus reconfortantes brazos.
―Por cierto, nunca tuve la necesidad de tener una amante ―aclaró
Lían― porque hasta ahora, nunca estuve casado, ni comprometido. Y
Emilie, sí. Tuvimos una historia, pero fue hace mucho tiempo. Cuando yo
era muy joven. Ahora somos excelentes amigos. No tienes por qué ponerte
celosa de ella.
Esa aclaración, a Mía le encantó. Lo que no le gustó fue que se diera
cuenta de que estaba celosa, ¿o solo lo dijo para provocarla? ¿Tan obvia
era?
¿Te contesto?
No.
―No estoy celosa, ya te lo dije. Fue solo una observación.
Lían sonrió.
―Bien, ahora intenta dormir.
―¿Vestidos? ―Lían arqueó las cejas, había olvidado por completo, que
ambos estaban con las ropas puestas―. Tengo una idea mejor.
Discutir con Lían, era para ella de lo más placentero. La hizo olvidarse
rápidamente de la sensación de angustia que contarle esa parte de su vida le
produjo. Para Mía, esos cuatro días fueron más que suficientes para estar
lejos de él. Sabía que a él no le gustaba que ella se mostrara tan
provocadora, como él le decía. Pero no aguantaba más. Necesitaba sentirlo.
Se liberó de las mantas, subió la falda de su vestido y se sentó a
horcajadas sobre Lían. La primera sensación fue agradable. Él ya estaba
erecto. ¿Era ese su estado natural? No importaba.
―¿Qué haces? ―preguntó él con cierto grado de placer en sus ojos y
voz.
―Prometiste… ―ella comenzó a desabrocharle la camisa― enseñarme
a montar y nunca lo hiciste… ―Se acercó y recorrió sus labios con la
lengua. ―Creo que hoy es un buen momento para la primera clase.
Lían capturó su boca mientras sujetaba con ambas manos su cabeza.
Ansiaba uno de esos ataques de osadía hacía tanto tiempo… Pero el
hervidero que tenía en su mente desde que discutió con Raphael, no lo
ayudó a disfrutar.
Estaba excitado, sí. La deseaba, también, pero venían a su mente las
imágenes de ella reclinada sobre la mesa de billar, divirtiéndose, rodeada de
todos esos hombres que recorrían su cuerpo con mirada libidinosa; abrazada
con extrema confianza y ternura a su amigo y, antes de poder razonar en lo
que decía, mientras con la pelvis hacía movimientos hacia arriba, simulando
embestirla, su boca soltó:
―¿Así querías que Ernest te enseñara a cabalgar aquella tarde?
Se dio cuenta de lo que acababa de decir cuando notó que Mía no
respondía a sus besos ni su cuerpo seguía los movimientos del suyo. Abrió
los ojos para encontrarse con la mirada absorta y dolida de la joven.
Se maldijo para sus adentros. Mía no le dio tiempo a excusarse.
―Siempre vas a verme como a ella, ¿no?
No hacía falta nombrarla para saber a quién se refería. Lían estaba
furioso consigo mismo por la idiotez que le acababa de preguntar.
Mía salió de encima de él y se dirigió a buscar sus zapatos y medias.
―Por más pruebas que tengas de que no lo soy, siempre la vas a ver a
ella y me vas a creer igual…
No se lo preguntaba, lo afirmaba.
―No, Mía…
Él empezó a tratar de explicarle lo estúpido que era, pero ella continuó
hablando como si no lo escuchara. Estaba realmente dolida. Que él no
pudiera verla a ella, a Mía, le dolía, pero ese dolor salía de su boca en forma
de furia.
―Tal vez tienes razón. Soy tan parecida físicamente que puede que en
todo lo demás también…
―No… ―Lían se sentó en la cama.
―… me has hecho comprobar que me encanta hacer el amor contigo.
Podría probar con otros…
―No…
―… Quizá me resulte hasta mucho más excitante…
―No…
―… Puede que lo haga ―Mía continuó hablando sin percibir cómo él la
miraba―. Tal vez descubra que soy adicta al sexo. Podría intentarlo con
Ernest ya que tú insistes tanto con él… ―Lían se puso en pie con los puños
cerrados; intentó hablar, pero no pudo decir nada porque ella prosiguió―:
podría probar también con alguien de más experiencia. Tu socio, Jeffrey, es
agradable…
―No es gracioso, Mía…
―Yo no me estoy riendo.
Sus miradas álgidas se enfrentaron sin vacilar un segundo. Lían ardía en
cólera por esas “amenazas” que salían de la boca de Mía. El solo hecho de
pensarla así…
El tono de Mía se ablandó un poco mientras terminaba de ponerse los
zapatos.
―Dijiste que mañana llegaba Agatha con los baúles a Farnbor Manor.
Bien, mañana también llegaré yo.
―No. Todavía tengo algunas cuestiones que tratar aquí…
― Eso es perfecto. Dije que yo iré. No tú…
Él no la dejó terminar.
―Ni lo sueñes. No irás sola.
―Le pediré a Raphael que me acompañe. Estoy segura de que no se
negará… ―Antes de que Lían pudiera decirle que no, agregó―: Podría
probar con él. Es un hombre atractivo. Me pregunto cómo será hacerlo en
un carruaje.
Le dedicó una sonrisa ladeada y salió de la habitación sin darle tiempo a
reaccionar ante su atrevimiento y antes de que las lágrimas salieran sin
control de sus ojos.
Llegando a su habitación sintió un estruendo proveniente del cuarto de
Lían. Ojalá sus palabras le hubiesen provocado el mismo dolor que a ella le
provocó decirlas.
~41~

Terminó de darse un baño reconfortante. Ya se acercaba la hora. Pronto


los lacayos llegarían con las cosas y ella tendría que ser rápida para buscar
lo que necesitaba y largarse de allí.
En verdad hubiera querido disfrutar un poco más de ese lugar. Después
de un mes viviendo en esa mugrienta pensión, disfrutar de una cama
reconfortante, una cena exquisita y caliente y un baño, era lo menos que
podía pedir.
Su esposo le había asegurado que no llegaría hasta pasado mañana.
Podría seguir disfrutando de esos placeres un poco más, después de todo
eso le pertenecía a ella.
Su esposo… Se rio al pensarlo. Qué lejos estaba de sentirlo así, aunque
en realidad lo fuera.
La joven dama se contempló en el espejo de la alcoba que le designaron
la noche anterior, cuando llegó de improvisto. No la aguardaban. No sola,
claro.
Sus pertenencias aún no llegaban así que tendría que aguardar hasta el
día siguiente. Pero eso no le molestaba. Lo que la irritaba era contemplar su
piel seca en la imagen que el espejo le devolvía. ¡Por Dios! ¿Dónde estaban
sus cremas?
Los empleados deberían ser unos ineptos como para no haber llegado
con sus pertenecías siendo ya casi mediodía.
Disgustada, se dirigía a llamar a su doncella cuando de golpe la puerta de
la habitación se abrió. Para su asombro, un joven de pelo castaño claro y
hermosos ojos color miel, se quedó perplejo contemplándola.
Y no era para menos, ella acababa de bañarse. Tenía solo una fina bata
de seda y hacía un poco de frío, así que se percibían los pezones erguidos
debajo de la tela.
El joven lacayo empujaba un pesado baúl. ¡Por fin habían llegado sus
pertenencias!
Sin el menor rastro de disgusto por su demora, la dama le sonrió. Estaba
complacida por la reacción del muchacho. Después de tanto tiempo fuera de
la vista de todos, esa muestra vivaz de deseo le producía placer. Y el joven,
si bien era un empleado, era bastante apuesto.
―No… no sabía que estaba aquí, lady. Disculpe mi atrevimiento.
El joven hizo ademán de dejar el baúl en el pasillo y retirarse para dejar
que la dama terminara de vestirse, pero ella lo instó a entrar.
―Oh, no te preocupes… pasa… pasa… Y deja el baúl por allí.
Señaló algún lugar de la amplia habitación sin apartar la vista de su
presa. Cuando el joven entró llevando el baúl hacia donde ella le indicó, se
apresuró a cerrar la puerta. El lacayo se volvió dispuesto a irse. No era para
nada apropiado estar encerrado con una dama en su propia habitación.
Mucho menos con esa dama.
El joven tragó saliva y trató de rodearla para dirigirse a la puerta,
evitando todo el tiempo el mirarla.
―Disculpe lady… debo retirarme.
Ella le puso una lánguida mano sobre sus pectorales. Pudo sentir que
eran bastante fuertes. Eso despertó aún más su interés.
―¿Tan pronto? ―le preguntó con la voz melosa―. Tenía pensado algo
de entretenimiento ―dijo mientras empujaba al muchacho logrando que
cayera de espaldas sobre la cama.
Él, algo asustado, intentó levantarse. ¡Eso no era correcto! Si su esposo
lo descubría iba a matarlo. ¿Qué le pasaba esa mañana a…?
Pero sus pensamientos quedaron suspendidos…
Ella dejó caer la bata permitiéndole ver su cuerpo desnudo. Se sentó a
horcajadas sobre el empleado y llevó las manos del joven lacayo a sus
turgentes senos.
¡Adiós autodominio! La tentación era muy grande para evitarla…
Él lo sabía… Ella lo sabía.
Ambos sucumbieron al placer.
~42~

No se hablaban. Llevaban varias horas de viaje y ninguno se dirigía la


palabra.
No era que Lían no quisiera hablarle. Lo intentó la noche anterior,
después de que ella saliera de la habitación y se encerrara en la suya. Pero
Mía no lo dejó pasar. Ni lo insultó ni le pidió que dejara de molestarla con
sus excusas del otro lado de la puerta. Simplemente lo ignoró, tratando de
que no escuchara su llanto.
Y esa mañana, también, cuando descubrió que antes de que el sol saliera,
ella estaba preparándose para irse de Londres a Farnbor Manor.
La intención de Mía era irse sola, sin ningún tipo de compañía. Habló
con Evans para que fuera a avisarle al chofer que apenas el sol asomara un
solo rayo en el cielo, el carruaje estuviera en el frente de la casa para partir.
Como sus pertenencias eran pocas y recién hacía un día de su llegada a
Londres, no tuvo que perder mucho tiempo en prepararse. De todos modos,
había dormido poco.
Lían también durmió poco. No hacía más de dos horas que, por fin,
había logrado acallar su cerebro, cuando volvió a despertarse al oír
movimientos inusuales en el pasillo. Si hubiese tardado cinco minutos más
en despabilarse y salir a ver qué sucedía, no la hubiese frenado a tiempo.
Quiso hablar en ese momento con ella. En la puerta de entrada de la casa,
ella vestida, el carruaje esperando, él en bata a la vista de todos. Aunque era
temprano y no pasaba nadie por la calle, no era un espectáculo propio para
un conde.
No tuvo suerte en ese momento tampoco, ya que Mía, terca, no accedió a
hablar con él. Tuvo que retrasar su partida media hora, hasta que él se
vistiera y adecentara un poco para acompañarla, porque los empleados eran
suyos y respondían a sus órdenes. Y tuvo que ceder en dejarla partir porque
lo amenazó con que, si no le permitía que su chofer la llevara, caminaría
hasta lo de Raphael y le pediría a él que la llevara, si no era a Farnbor
Manor, a cualquier otro lado. Lían entendió que quería estar lejos de él y
eso lo enfureció y entristeció por igual. Después de la discusión o
intercambio de palabras con su amigo la noche pasada, sabía que él
accedería a llevársela lejos. Entendía que ella tenía sus motivos para estar
molesta, equivocados y por culpa de su estupidez, pero equivocados al fin.
Así que allí estaban. En un silencio abrumador, incómodo, viajando a la
residencia que pertenecía a Lían. Farnbor Manor la compró él, hacía unos
cinco años. No pertenecía a las propiedades heredadas al obtener el título.
Él se notaba tenso. Su mirada iba desde el paisaje que corría por la
ventanilla a sus manos, al rostro de Mía, a las manos de ella, luego volvía a
la ventanilla y continuaba con el mismo circuito.
Algo lo perturbaba, Mía podía notarlo, aunque la expresión de ella no
cambió desde que subieron al carruaje. Se acomodó en el asiento, giró su
rostro para mirar el paisaje y así se mantuvo.
Tenían unas ocho horas hasta llegar a destino y no quería retrasar su
llegada. Había pedido a Chloe que le hiciera una vianda con algunos panes
y pasteles para comer, por si le agarraba hambre en el camino. Tenía
pensado realizar sola el viaje y tener tiempo para pensar. La presencia de
Lían, tan impaciente, la alteraba demasiado. Hacía tiempo que se había
hecho a la idea de que no tenía forma de salir de esa época y lugar donde,
sin saber exactamente cómo, se encontraba atrapada. Eso no le generaba
ningún inconveniente porque también había asumido que estaba enamorada
de ese tonto y terco inglés. No le interesaba “volver a la normalidad”, pero
en la noche anterior tuvo la certeza de que no podía continuar cerca de Lían.
Él jamás dejaría de verla como a Lauren y, en parte, ella ayudaba a
fomentar ese pensamiento por ser tan intrépida. Lían no sabía que él mismo
generaba eso en ella. Mía jamás se insinuó, ni provocó, ni coqueteó con
nadie antes que él. De nada valía decírselo. No iba a creerle por su igualdad
física con Lauren. Y eso la derrumbó totalmente.
Tendría que conseguirse un empleo. Raphael podría ayudarla en eso.
También podría casarse con alguno de los amantes de Lauren. Total, ellos
pensaban que Mía era ella. ¿Qué tan malo podría resultar hacer el amor con
otro hombre que no fuera Lían? Además, tampoco era que Christopher o
Terrance, los únicos dos amantes que hasta el momento ella conocía, eran
hombres desagradables. Para nada. Eran demasiado lindos.
Claro que no tienen los ojos profundos y negros…
Como Lían.
Tampoco tienen el pelo azabache y sedoso de unos pocos centímetros de
largo.
Como Lían.
Tampoco tienen esa media sonrisa tan persuasiva con esa pequeña
cicatriz que corta su labio superior, que le da un aire diabólico, seductor,
misterioso y tierno a la vez…
Como la de Lían.
Bien, bien, me rindo. Casarme con otro no. Pero sí, buscar un empleo.
Mía había tenido varios empleos en Buenos Aires. No se le caerían los
anillos por trabajar de doncella o dama de compañía o de limpieza.
Anillo… Pensó en el anillo que se escondía debajo del guante que llevaba
puesto. Lían se lo compró cuando la dejó sola con Emilie. Le dijo que al
verlo pensó, por su delicadeza y simpleza, que era justo para ella. Era de
plata, con una piedra preciosa color salmón simulando una pequeña rosa.
Realmente bello y delicado. Lo cubrió con el guante pues entendía que lo
adecuado sería devolvérselo, pero no quería hacerlo. Si se tenía que alejar
de él, quería conservar algo de recuerdo.
Lían advirtió la mueca de enfado en el rostro de Mía y supuso que se
debía al malestar que le provocaba su compañía. Por el gesto y por lo que
ella le contó, dedujo que estaba manteniendo una conversación con ella
misma.
¡Esa maldita voz!... Seguramente le estaba hablando pésimo de él. Y la
entendía, porque la noche anterior su propia voz no lo dejó dormir haciendo
lo mismo con él.
En el pecho se la abría un torbellino de vacíos. De pronto sintió que el
cuello de la camisa le cortaba la respiración. Rezaba para que no hubiera
ninguna complicación al llegar a la estancia. Y ya estaban próximos a
hacerlo. Intentó persuadirla al pasar por uno o dos pueblos, para detenerse y
comer algo, pero ella se negó. No tenía hambre. Estaba ansiosa por llegar y
escapar de él. Seguro suponía que él solo la acompañaba para cuidar su
conciencia y asegurarse de que nada le pasara durante el viaje, que al
dejarla sana y salva en Farnbor Manor, regresaría a Londres para terminar
esos asuntos pendientes que le nombró la noche anterior. Pero se
equivocaba. No pensaba dejarla sola ni un minuto hasta hacerla entrar en
razones. Algo que le parecía demasiado difícil en ese momento.
El carruaje se detuvo. Ninguno de los dos, inmersos en sus propios
pensamientos, se dio cuenta de que llegaron a destino.
Al percatarse, a Lían se le heló la sangre. Cerró los ojos exhalando con
profundidad. Tenía que mostrarse sereno. No había posibilidad de que ella
estuviera en la casa. Tendría que haberse ido hacía varias horas.
Mía no esperó a Lían para que la ayudara a bajar. Abrió la puerta y salió
por sus propios medios. Se detuvo ante la estructura que se levantaba
delante de ella. Si bien era mucho más chica que Nord Hall, era realmente
impresionante y simulaba ser un pequeño castillo hecho de enormes piedras
y ladrillos a la vista, con un amplio portón doble de roble como puerta de
entrada, a la que llevaban unos amplios escalones. A ambos lados, tenía
ventanales de vidrio en forma de panal, cubiertos por cortinas de color
beige. De los laterales se elevaban dos torres, con altas ventanas, y sus
paredes revestidas por una enredadera que se elevaba hasta la última
ventana. Pequeñas flores blancas se entremezclaban con el verde. ¡Era
realmente hermoso! Parecía el típico castillo, aunque modesto, de los
cuentos de hadas.
Lástima que el cuento llegó a su fin.
Suspiró afligida ante la triste verdad. Tomó coraje y se encaminó hacia la
entrada, donde Lían estaba llegando justo cuando la puerta se abría.
El mayordomo, un hombre de unos cuarenta años de edad, le dio la
bienvenida. El rostro del hombre, que como la mayoría de los mayordomos
no mostraba expresión alguna, cambió cuando detrás de Lían apareció Mía.
La contempló asombrado, con sus ojos grises abiertos de par en par.
―Buenas tardes ―Saludó al hombre que seguía sin apartar la vista de
ella hasta que, haciendo a un lado el sobresalto de un comienzo, le
respondió el saludo.
―Buenas tardes, milady. No la he visto salir. Creí que aún…
El hombre giró el rostro en dirección a las escaleras que comunicaban
con las habitaciones. Se interrumpió cuando, precisamente de esas
escaleras, se oyeron venir unos pasos y la voz de una mujer.
―¡Vamos! Apúrate. Hace horas que tendríamos que habernos id…
La voz se apagó llegando al final de la escalera. Al levantar la vista se
topó con Mía y Lían que se acercaron a la entrada del pasillo principal y se
vieron.
Lían tenía el rostro desencajado y maldecía en voz baja. ¡Todo estaba
saliendo mal!
Mía no podía apartar los ojos de aquella mujer que venía precedida por
otra, un poco más madura.
Como atraídas por la fuerza de un imán, ambas caminaron, con cautela,
una hacia la otra. Sin apartar los penetrantes ojos avellanas de ellas mismas
y encontrándose en medio del camino, entre el pasillo y la sala principal.
Mía se sobresaltó. Era como estar mirándose en un espejo. Aunque el
reflejo que a ella le devolvía era de alguien más sofisticado.
Ninguna de las dos podía creer estar frente a una copia exacta de sí
misma y así lo manifestó Lauren.
―¡Vaya! Sí que somos iguales…
~43~

Pasados unos segundos del asombro causado por el encuentro, la


respuesta de Mía no se hizo esperar. Su palma abierta voló rápida y fuerte
hacia el rostro de Lauren. El asombro fue reemplazado velozmente por una
furia atroz. ¡Esa mujer era la culpable de todo lo que ella estaba viviendo!
Lauren gritó, mientras Tarah Travis la rodeaba con el brazo y la apartaba
de ella. Lían, se acercó y cruzó un brazo sobre el abdomen de Mía para
evitar que siguiera a Lauren y le propinara más golpes. Aunque en el fondo,
a Lían le gustaba esa idea, ya que él no podría hacerlo nunca.
―¡Estás loca mujer! ¿Qué te sucede? ―gritó Lauren tomándose con la
mano la mejilla dolorida, mientras su acompañante trababa de ayudarla a
sentarse en el sillón de la sala.
―¿¡Loca!? ¿¡Loca!? ¡Sí, estoy loca! Tendría que matarte. ¡Maldita seas!
Por tu culpa he vivido un infierno las últimas semanas.
Amagó con volver hacia ella para golpearla, pero Lían hizo fuerza con el
brazo para retenerla.
―¡Suéltame! ―Le ordenó, mirándolo fríamente a los ojos.
Él cedió, pero luego de varios segundos. Se sentía abatido por la forma
en que ella lo miró. Por primera vez, vio odio en esos hermosos ojos. Se
hizo a un lado, aunque se mantuvo cerca por si ella quisiera volver al
ataque.
―¿Un infierno? ―preguntó incrédula, Lauren, algo divertida―. No más
de lo tú le has hecho vivir a él ―señaló a Lían― y no más del que yo he
vivido. Créeme… ―la sonrisa burlona desapareció por un segundo, pero
enseguida volvió a su rostro―. Me he enterado del robo de los zorros de
lord Fairchild.
Mía miró apenada a Lían, encogiéndose de hombros.
―Eso estuvo grandioso, querida. Ni a mí se me hubiese ocurrido una
venganza así.
―No fue una venganza ―murmuró mortificada.
Lauren prosiguió como si no la hubiese escuchado.
―La de huir con Becher en plena reunión, me agradó más. Niégame que
las has pasado de maravillas con Christopher, es un joven muy pasional…
El rostro de Mía se encendió.
―Eso no puedo negarlo ―respondió en un murmullo, refiriéndose a lo
de pasional; en el carruaje le había dado claras muestras de que era un
hombre bastante acalorado.
La expresión de Lían se tensó y, más aún, cuando Lauren esta vez no
obvió el comentario de Mía y se echó a reír.
―¿Qué es lo que estás haciendo aún aquí? ―La pregunta directa fue
hacia Lauren, intentando cortar su diversión. Dándole a entender que lo
acordado no se estaba cumpliendo.
Mía seguía tan molesta que no prestó atención al modo en que la
pregunta fue formulada.
El dardo de Lían dio en el blanco. A Lauren se le borró la sonrisa.
Resultaba algo bochornoso el motivo de su demora, cuando hacía más o
menos dos horas que tendría que haberse ido de allí. Por más que buscó y
buscó, no encontró lo que quería. Y por lo que intuía, Lían, por su parte,
tampoco pudo lograr nada.
―Pues… verás… No sabía que contabas con empleados tan… apuestos.
Uno, en realidad, y teniendo en cuenta que hacía largo tiempo que no
desplegaba mis artes amatorias, me vi tentada…
Sí, que no pierde el tiempo la lady.
Mía comprendió perfectamente y tuvo la plena seguridad de que ese no
era otro más que Ernest. No conocía los empleados con que contaba Lían en
esa residencia, pero sabía que Ernest acompañó a Agatha desde Nord Hall
hasta allí. Y el joven lacayo entraba en los cánones amatorios de Lauren,
aunque no poseyera título.
Sintió pena por Lían. ¡Pobre! ¿Cómo se sentiría al saber que su esposa
no quería saber nada con él, pero sí con un empleado? Le dedicó una
mirada de reojo. Como siempre su rostro no reflejaba emoción alguna.
Aunque por dentro debería estar furioso.
Por otro lado, la compasión le duró poco. Recordó su pregunta de la
noche anterior y, por primera vez, casi se podía decir que ella se transformó
en Lauren Parks.
―¿¡Ernest!? ―exclamó sorpresiva―. Te me has anticipado en esa
jugada, querida. Tenía planeado una larga cabalgata, pero ahora tendré que
esperar. Seguramente debe estar exhausto ―dijo en tono burlón y
dedicándole una sonrisa de “te lo mereces”, a Lían.
Lauren rio ante el comentario de Mía. Era evidente que su doble
tampoco soportaba a su marido. Y eso la regocijaba, aunque no era bueno
para sus planes.
―Que no te quepa la menor duda de eso ―respondió complacida.
Lían estaba furioso. Le importaba poco con quien se acostara Lauren,
pero la sola insinuación de Mía a hacerlo con otro hombre, lo enfurecía. Y
de eso, él tenía la culpa. Era plenamente consciente.
―¡Basta ya! ―Lían le dedicó a Mía una mirada furiosa; luego se dirigió
a Lauren―. Sígueme, tenemos que hablar.
―¡No! ―gritó Mía―. No se va a ningún lado sin antes decirme por qué
estoy aquí. Porque no me vas a negar que esto es obra tuya, ¿verdad?
―No ―fue la suelta respuesta de Lauren.
Se mostraba tranquila, aunque en verdad no lo estaba. El tiempo se
acortaba y nada salía como ella esperaba desde hacía más de un mes. En
realidad, desde que su maldito padre la obligó a casarse con Lían Tanner
para cubrir sus deudas.
―Pues bien, ¿me podrías decir qué hiciste para traerme a este infierno y
cómo vas a hacer para sacarme aquí?
Eso era lo que Lían intentó evitar. Trató de retrasar esa conversación
todo lo que pudo, pero ahí estaba ella de nuevo describiendo los días junto a
él como un infierno. ¡Maldita sea! Le mostró una parte suya que nadie
conocía, ni siquiera él sabía que la tenía hasta conocerla a ella. ¿Por qué
entonces eso no bastaba para que sintiera por él un mínimo de cariño? Pero
qué podía esperar si las mujeres de su vida se lo habían demostrado. Su
abuela, su madre, la mujer de su tío. Ninguna mujer se dignaría jamás a
amarlo.
―Después ―ordenó furioso.
―¡No! Podría huir de nuevo ―dijo Mía.
―No lo hará ―le aseguró.
Tomó bruscamente del brazo a Lauren y la llevó a la rastra hasta el lado
derecho, hacia la primera puerta, que correspondía a su despacho.
~44~

―¡Ay! Eres un bruto.


Lauren le lanzó una mirada de furia apenas la soltó tras cerrar la puerta.
A Lían el insulto ni lo mosqueó. La dejó refregándose el brazo y fue a
servirse una copa. Necesitaba algo fuerte.
―Es evidente que no sabes tratar a una dama.
Lían respondió con sorna:
―Créeme, si estuviera frente a una dama, sabría cómo tratarla.
Lauren lo miró, sobradora. Su comentario no la afectaba. Intentaba
mostrarse reacio e intuía los motivos.
―Parece que mi suplente no está tan a gusto ocupando mi lugar, ¿no es
así?
La mirada de Lían se posó en ella, fría, distante. ¡Cuánto deseaba rodear
ese frágil cuello con sus manos y apretarlo hasta cortarle la respiración!
¡Qué feliz sería!
―Nunca he dicho lo contrario ―respondió lacónico.
―No, pero los últimos rumores que corrían daban a entender que tu
esposa estaba sumamente enamorada de ti. Por lo menos, eso es lo que se
vio en la cena que dio la baronesa.
Ella lo miraba burlona, provocativa.
―Eso no es de tu incumbencia.
―¡Sí, lo es! ―dijo molesta―. Porque no he encontrado ese maldito
anillo aquí, entre las cosas que trajeron de Nord Hall. ¿Tú lo has encontrado
entre las que llevó a Londres? ¿Le has preguntado dónde lo tiene?
Lían negó con la cabeza.
―No tiene ningún maldito anillo. Le pregunté y jamás usó uno.
―Eso no puede ser. Lo tiene que tener en algún lado. ¡Maldición! Y si
ella no siente nada por ti, jamás me lo entregará. ―Lo miró molesta―. ¡Por
Dios, Lían! No eres capaz de seducir a una vulgar mujer.
Lían apretó los dientes. No le gustó como se dirigió a Mía, pero no iba a
demostrarle que estaba en lo cierto. No fue capaz de generar en Mía ningún
sentimiento. Ella solo se entregó a él para asegurarse su ayuda, para a
volver a su vida normal y vivir su momento junto a otro hombre. Tampoco
le daría muestras de que resultó ser él quien, en realidad, terminó
enamorándose de ella.
―Así que ahora eres vulgar.
Lían arqueó las cejas y llevó el vaso de coñac a su boca. Lauren lo
fulminó con la mirada.
―No dije eso; es parecida a mí en fisonomía ―reconoció―, pero entre
esa mujer y yo hay un abismo. Se nota a lo lejos que no tiene clase. Mira si
no su vestido, tan sencillo como el de una doncella. Su pelo, ¡recogido en
una simple trenza! ¡Por Dios!... Definitivamente, hay un abismo.
Comenzó a caminar nerviosa a lo largo de la habitación. Necesitaba
encontrar la forma de dar con ese anillo. El tiempo… ya casi no le quedaba
tiempo.
Lían la contemplaba sin apartar la mente de su último comentario. Sin
duda, existía un abismo entre Lauren y Mía.
La veía pasearse de un lado al otro algo nerviosa, pero aun así no perdía
su elegancia; su espalda recta, su paso seguro. La recorrió de cabeza a pies.
No tenía la imagen de cuando la fue a ver a esa pensión de mala muerte días
atrás. Ahora estaba impecable, con un vestido salmón con ribetes blancos y
bordados rojos sobre el corsé y el escote que apenas cubría los pezones. Se
preguntó, ¿cómo fue que llegó a desearla aquella primera vez cuando la vio
en lo de lord Battle? Ahora la contemplaba y nada pasaba ni por su mente ni
por su cuerpo que no fuera el querer estrangularla por poner entre sus
manos una fruta prohibida, como lo era Mía.
Sí, no negaba que cuando la vio por primera vez la deseó
instantáneamente. Pero comparando ese momento con lo que Mía le hacía
sentir, comprendía que aquello fue puro capricho que aumentó después de
su rechazo. Con Mía no podía pasar un segundo que ya la deseaba de una
manera devastadora y no solo su mente se lo hacía saber, sino su propio
cuerpo se erguía informándoselo. Si no fuera tan inapropiado, se pondría a
reír a carcajadas. ¡Qué idiota fue!
―Estoy segura, ella lo debe tener escondido. Tienes que pedírselo, Lían.
Tienes que lograr que me lo entregue. Así tendrías lo que siempre quisiste.
A mí.
Se paró en medio de la sala y le sonrió. Él apartó sus pensamientos y le
clavó la mirada.
―Ella no eres tú.
―No, pero nadie se daría cuenta. Tú lo sabes, pero al mirarla no ves a
nadie más que a mí. A pesar de sus formas vulgares, que se notan a simple
vista. Así que, si consigues que te dé ese maldito anillo, antes del amanecer
de ser posible, yo seré libre y feliz, y tú me tendrás a mí y también serás
feliz. Es un trato justo.
―¿Y por qué me tendría que quedar con ella si mi mujer eres tú y te
encuentras, justamente, aquí?
El temor se apoderó de Lauren. ¿Pretendía olvidar lo conversado y
retenerla para ejercer sus derechos como esposo? Iba a contestarle cuando
se escuchó un ruido afuera.
Lían se levantó sin demora. Al abrir la puerta no vio a nadie. Dio un
paso hacia afuera para observar mejor a ambos lados del pasillo y sintió
algo bajo la suela de su zapato. Corrió el pie para ver.
Un anillo. Pero no el anillo que Lauren tanto ansiaba, sino el anillo que
él le regaló a Mía.
Estaba convencido de que había estado escuchando la conversación.
Bufó internamente. No sabía cuánto había escuchado, pero de algo sí estaba
seguro, estaba perdido.
Levantó el anillo y volvió a entrar.
―Si tiene ella o no ese condenado anillo del que hablas ―dijo
sentándose tras el escritorio y bebiendo el resto del coñac que quedaba en el
vaso―, tendrás que encargarte tú de pedírselo. Aunque dudo que te lo
quiera dar. Como ya la oíste, quiere salir cuanto antes de este infierno.
―¡Maldita sea, Lían! ―Lauren se dejó caer sobre el sillón frente al
hogar encendido―. Te das cuenta que todo esto es por tu culpa, ¿no?
―Si te sirve de consuelo… Me arrepiento, enormemente, de mi
estupidez.
Era claro que se refería a la obsesión que en algún momento sintió por
ella y que lo llevó a querer vengarse por su negativa, arreglando ese
absurdo casamiento con el marqués. Lauren captó el mensaje y ese
comentario se ganó una mirada llena de odio por su parte. ¡Como podía
decirle que se arrepentía de desearla!
―Tranquila, querida ―rio Lían, irónicamente―. Si no logras que te
entregue el anillo, estarás libre de todos modos. ―Se levantó y dirigió a la
puerta―. Puedes seguir con tu séquito de amantes como hasta ahora. Que
tengas suerte.
―¿Qué quieres decir con eso?
Ignoró por completo su pregunta.
―Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.
―¿A dónde vas?
―Regreso a Londres ―respondió sin mirarla, cerrando la puerta tras él.

Se encontraba en el pasillo del segundo piso mirando cada una de las


puertas cerradas. No tenía idea a cuál entrar. No sabía cuál le correspondía,
aunque pensándolo bien, ninguna de esas habitaciones le pertenecía. La
verdadera condesa había regresado a ocupar su lugar. Por lo menos así lo
vería Lían. Ya no la necesitaba a ella. Se sentía como si le estuvieran
desgarrando la piel. Era un dolor demoledor. Amar sin ser correspondida.
Jamás pensó que pasaría por esa situación. Y allí estaba, perdida sin saber
cómo en un siglo que no era el suyo. En un país que lejos estaba de ser el
suyo. Amando a un hombre empecinado con una mujer que lo detestaba. ¡Y
él solo quería a esa mujer! ¡Cómo la odiaba!
De golpe comenzó a reír como si estuviera loca. ¡Ironías de la vida!, se
dijo. Conoció al mismo tiempo dos sentimientos que nunca antes había
experimentado: Amor y odio.
Todo era tan ilógico que quizás… Unos pasos acallaron su enloquecida
risa y su abrumador pensamiento.
Giró en dirección a los pasos y se encontró con el rostro desencajado de
Agatha. La doncella presenció parte de su muestra de locura. No la culpaba
por mirarla de ese modo. En su lugar ella hubiese actuado igual y, encima,
hubiese dicho algún comentario vergonzoso.
―Agatha ―dijo y le sonrió para tranquilizarla. Algo que no logró
mucho efecto.
―Sí, señorita.
―No sé cuál habitación debo ocupar.
Se encogió de hombros dirigiendo una mirada a lo largo del pasillo.
La doncella asintió y pasó por enfrente de ella.
―Esta ―dijo abriendo dos puertas más adelante de donde Mía se
encontraba parada.
―Gracias.
Agatha le sonrió, se notaba nerviosa. Sin duda sabía que, al regresar
Lauren, ella tendría que volver a atenderla y el recuerdo del mal trato
recibido en el poco tiempo que estuvo a su servicio, la atormentaba. Pero su
expresión era de alguien que debía confesar un delito, más que de mera
preocupación por su empleadora.
―¿Sucede algo, Agatha?
La mujer asintió.
―Ven. Pasa.
Una vez dentro de la habitación, Mía le hizo señas para que se sentara
con ella en la cama.
―Bien… ¿Qué sucede?
―A diferencia del resto, señorita, yo me di cuenta enseguida de que la
condesa que se encontraba aquí, antes de que nosotros llegáramos, no era
usted.
Mía no se equivocó. El miedo de Agatha era otra vez tener que estar bajo
las órdenes de Lauren.
―A decir verdad, es algo fácil de pasar por alto. Somos dos gotas de
agua.
―Puede ser ―concedió Agatha―, pero es fácil de reconocer cuál es
cuál… Aunque para Ernest no haya sido así.
Mía vio el gesto apenado de Agatha. Siempre creyó que a ella le gustaba
Ernest y eso lo confirmaba. Entendía perfectamente cómo se podía sentir en
ese momento. Más tarde hablaría con Ernest, aunque dudaba de poder tener
alguna influencia en él.
―Lo siento ―dijo tomándole la mano. Agatha agradeció con una
sonrisa.
―No es nada… Igual no es de eso que quería hablarle.
Mía la miró atenta, esperando que comenzara a develar el motivo de su
presencia.
―Lauren no se ha ido, ¿no?
Mía se asustó, pensando que eso era lo que quería decirle. Agatha no
tardó en calmarla.
―Oh, no. Todavía está con el señor en la biblioteca.
Mía respiró aliviada, aunque la imagen de Lían haciendo el amor con
Lauren en la biblioteca, en ese mismo momento, no la tranquilizó
demasiado.
Dejá de hacerte la cabeza.
Como si fuera fácil.
La doncella suspiró tratando de cobrar coraje para decir lo que tenía que
decir.
―He escuchado que lady Nordwhit está buscando un anillo. Abrió por
completo los baúles y dio vuelta toda la habitación donde estaban sus
pertenencias, buscándolo.
―Sí, algo he escuchado y la verdad no tengo idea de qué anillo se trata.
Agatha asintió.
―Yo creo saberlo ―bajó la mirada avergonzada―. Cuando fuimos a
buscarla, después de la boda. Después de que Ernest y Vincent la
levantaran, yo vi algo en la tierra que brillaba. Me acerqué y…
―¿Era un anillo? ―Interrumpió impaciente Mía.
―No. Se trataba de un brazalete. Deduje que se le había caído. Lo
levanté con la intención de dárselo, señorita, en serio. Lo guardé en el
pequeño bolsillo del vestido que llevaba ese día. Pero por una cosa u otra
me olvidé por completo de él. Hasta que escuché a la condesa este mediodía
que buscaba una joya parecida a una que ella tenía y que mostró a todos los
empleados. Recordé, cuando me enseñó el anillo, el brazalete que guardé
aquella mañana. La figura me pareció muy similar. Cuando lo saqué para
ver me di cuenta de que la pulsera tenía una parte ensamblada y deduje que
se trataría de ese anillo que busca la condesa.
La joven metió la mano en el cinto del vestido que llevaba puesto, en
donde se escondía un pequeño bolsillo y sacó la pulsera que le entregó a
Mía.
En Buenos Aires al salir de una panadería chocó con una mujer a la que
se le cayó un estuche, Mía lo recogió y persiguió a la señora para
devolvérselo, pero por más que gritó llamándola la mujer siguió su camino.
Al llegar a la pensión abrió el estuche y se encontró con una esclava con
cinco zafiros verdes formando una flor. Mía se había olvidado por completo
de ella hasta ese momento en que Agatha se la entregó. Aunque no estaba
tal cual recodaba. Sus piedras verdes en el momento en que llegó a ella,
ahora estaban todas, prácticamente de un azul noche, salvo por la piedra del
medio, que aún quedaba un cuarto del color verde original. Y, tal como
Agatha acababa de decirle, era evidente que la parte de las piedras preciosas
se trataba de una pieza diferente al resto de la pulsera. ¿Qué tenía que ver
esa esclava con todo ese absurdo?
―Lo siento, señorita. No quise robármelo, en serio.
Mía desvió la vista de los zafiros para centrarse en la doncella. Ese era el
miedo. Que la creyeran una ladrona y no como ella pensó, que Lauren
hubiese vuelto.
―Está bien, Agatha. Jamás hubiese pensado eso.
La doncella suspiró aliviada. Si tenía en su haber la sola sospecha de ser
acusada de ladrona, ya no podría conseguir un nuevo empleo, si era que no
la denunciaban a las autoridades e iba a parar a la cárcel o a la horca.
―¿Tienes idea de por qué busca esto? Si es que se trataba de esa alhaja
la que, en verdad, está buscando.
¿Querría venderlo? Por lo poco que Mía conocía de piedras preciosas,
era incapaz de saber si era de un valor alto o no.
La joven doncella negó.
―Bien. Vamos a averiguarlo.
~45~

Iba decidida a irrumpir en el despacho sin llamar. Su lado morboso


quería encontrarlos a los dos en pleno acto y así poder dar rienda suelta a
toda esa tristeza y ese vacío que se le estaba abriendo en el pecho y
expulsarlo convertido en furia. Esa era la única forma que encontraba para
poder gritar, patalear y romper todo a su alrededor, como en esos momentos
quería hacer, sin que la mirasen como una desquiciada.
Su plan se vio frustrado cuando antes de llegar al final de la escalera
escuchó una voz en el comedor.
¡Mierda! Llegué tarde. Ya han terminado de tener sexo.
Eso no lo sabés.
Estoy segura. Con las ganas que Lían le tenía desde hace rato. Es
imposible que haya perdido el tiempo ahora que, por fin, la tiene a su
alcance.
Mía se quedó en el umbral de la puerta del comedor. Lauren estaba
taciturna tomando un té en compañía de Tarah, quien se encontraba de pie
junto a ella. Los ojos castaños de la mujer se posaron en Mía apenas la vio.
Le murmuró algo al oído a Lauren. Por lo que vio en los ojos de la dama de
compañía, tenía miedo de dejarla a solas con ella después del recibimiento
brindado por parte de Mía.
Lauren levantó la vista hacia ella.
―Retírate ―le ordenó rudamente a su dama de compañía.
La mujer asintió y se retiró, no sin antes dedicarle una mirada dura a
Mía. Le estaba advirtiendo que mantuviera sus manos lejos del rostro de su
querida Lauren.
―Cinco minutos más y estaba por ir a buscarte. Siéntate. Tenemos que
hablar.
Mía arqueó las cejas. Luego de unos segundos, se sentó a dos sillas de
distancia de Lauren. No quería tenerla cerca.
Se asombraba del parecido entre ambas. Eso mismo debió pensar
Lauren, porque luego de unos segundos de contemplarla, dijo:
―La verdad, jamás creí que pudiera buscar a alguien idéntica a mí. ¿De
dónde te trajo?
Mía estaba confundida. ¿De qué hablaba? ¿De dónde la trajo Lían? Eso
no importaba. Ella quería saber cómo fue que llegó allí y cómo se iría. No
quería perder más tiempo.
―Sí. Es raro verse a una misma en otra persona ―reconoció―, pero eso
me importa muy poco en este momento. Quiero saber cómo hiciste para que
yo apareciera aquí, por qué y cómo hago para irme.
Lauren se sobresaltó ante el tono usado por Mía para exigirle que
hablara. Se dio cuenta de que sería más complicado de lo que pensaba hacer
que le entregara el anillo, pero trató de todos modos, de serenarse. Sabía
que si se alteraba no iba a llegar a buen puerto.
―Supongo que debo empezar por el principio ―suspiró.
―Si no lo vas a hacer muy largo, me parece bien. Me urge volver a mi
vida.
Lauren apretó los dientes. No estaba acostumbrada a que le dieran
órdenes, pero en este maldito caso debía hacer una excepción.
―Todo a su tiempo.
―Empecemos por esto ―la apuró Mía mientras abría la palma de la
mano derecha mostrándole la esclava que Agatha le acababa de entregar.
Lauren observó la pulsera. Si bien notó que no era un anillo reconoció la
flor que formaban las piedras. ¡Sabía que ella lo tenía! Maldijo a Lían por
ser tan idiota como para no poder hacerse con él. Aunque comprendió que
Mía le negara la existencia de la joya; al parecer el anillo original había
sufrido algún daño lo que llevó a que incrustaran las piedras en una nueva
base y no tuvieron mejor idea que cambiar de alhaja en lugar de hacerlo en
otro anillo. Eso fue lo que complicó su búsqueda. Le sorprendió saber que
eran las piedras, no el anillo en sí, las que tenían el poder. Intentó
arrebatársela, pero Mía fue más rápida y cerró la mano antes de que ella
pudiera tomarla. Llevó la mano con el puño cerrado a su muslo.
―¿Qué tiene que ver esto con que yo esté aquí? ―preguntó severa.
Lauren no tuvo más remedio que empezar a contarle todo después de
sentirse frustrada por no poder quitárselo.
―Bien. Como sabrás, me obligaron a casarme con Lían Tanner.
―Sí.
―Y, como también sabrás, no es alguien que me genere mucho agrado,
por no decir nada, en absoluto.
―Al grano...
Lauren la miró furiosa.
―¡Cielo santo! Sí que eres intolerable ―bufó antes de continuar―.
Cuando supe que mi padre planeó ese casamiento, me desesperé. No quería
saber nada con casarme y mucho menos con alguien como Lían.
―No entiendo por qué ―interrumpió Mía intrigada.
―¿No lo entiendes? Lían Tanner viene de una familia algo… peculiar.
Su madre una loca suicida, su tío un hombre enfermo. Se dice que era un
violador, incluso que violó a su propia hermana, y que su prima no es hija
del antiguo conde. Se supone que él no está exento de tener algún trastorno.
¿Quién querría tener algo que ver con una familia así? ―preguntó
horrorizada.
Mía tenía ganas de aclararle las cosas. Si bien cierta parte de lo que ella
creía que eran rumores, eran ciertas, nada tenían que ver con Lían. Pero no
sería ella quien le confirmara qué cosas eran ciertas o no. Que una parte de
la familia fuera “algo peculiar”, no significaba que el resto también lo fuera.
―Prosigue…
Lauren suspiró molesta antes de continuar.
―Como estaba diciendo; yo estaba desesperada por ese enlace arreglado
por mi padre. Tan desesperada que empecé a buscar la forma de evitarlo. La
sola idea de pasar toda mi vida junto a alguien como Lían me aterraba.
Hasta que Tarah, un día vino con la solución. En los suburbios de Londres
oyó hablar sobre unos anillos. Decían que tenían ciertos poderes.
Mía la miró incrédula.
Me está cargando.
Podría ser, pero dejá que termine de contar.
―No me mires así ―dijo Lauren interpretando su mirada―. Yo pensé
igual que tú. Le pedí que averiguara más y averiguó que en la época Media,
cuando estaba en auge la caza de brujas, existía una muy poderosa. Andrey
Collingwood. No hacía magia negra, pero los que querían ver muertas a las
brujas no se preocupaban por saber de qué color era la magia que usaban.
Esta bruja, tenía dos hijas. Gemelas. Y la estaban cercando. Intuía que, en
cualquier momento, la matarían. Y si la alcanzaban también matarían a sus
hijas, porque creerían que ellas habían heredado los poderes de hechicería
de su madre.
Todo esto no tiene sentido.
¿Qué cosa desde que estás acá la tiene?
Buen punto.
―¿Y qué tiene que ver eso con un anillo?
Lauren la miró ceñuda.
―En eso estoy… Antes de que le dieran alcance, ella creó dos anillos.
Usó el máximo de su potencial, para lograr que sean efectivos. Le dio uno a
cada una de sus hijas y luego las separó, enviándolas con diferentes
parientes. Si lograban matarla, no podrían hacer lo mismo con ellas. Si las
buscaban, buscarían a dos niñas juntas en lugar de una. Yo no tenía idea de
si esto era verdad o no, pero con probar no perdía nada… La otra solución
era casarme a escondidas con otro. Algo que no tenía planeado hacer de
ningún modo. Así que recurrí al único que estaba a mano en ese momento
para encargarle que los buscara…
―Christopher…
Acertó Mía. Lauren sonrió.
―Así es. Él está realmente enamorado de mí y detestaba la idea de
verme casada con otro. Así que se ofreció sin más a buscarlos. Un día antes
del casamiento, se presentó en mi habitación y me entregó el anillo.
Sacó de entre su escote una cadenita que tenía atorada entre sus pechos,
de donde colgaba un anillo con una flor idéntica a la que Mía tenía en su
pulsera, con la diferencia de que todas las piedras eran verdes, salvo la del
medio, que una cuarta parte era de color azul noche. Esas piedras parecían
ser las que originalmente estaban en la esclava que se le cayó a la mujer con
la que tropezó en la calle, en Buenos Aires, y no las que ella tenía en su
mano.
―Sigo sin entender cómo llegué aquí.
―Estos anillos, fueron diseñados para que esas dos hermanas siguieran
unidas. Cada vez que una se quisiera reunir con la otra, estuvieran en el
lugar del mundo en que estuvieran, una solo tenía que activar la magia.
Entonces, la otra hermana aparecía junto a ella. Al parecer el anillo que tú
tienes se rompió y la pieza fue incrustada en la esclava, por eso, aunque
Lían o yo buscáramos un anillo jamás lo encontraríamos.
Mía analizó la información, algo todavía no le cerraba.
―¿Por qué me hiciste venir a mí si eras tú la que se quería ir?
―Eso fue una falla, en realidad. Uno de los anillos actúa como receptor
y otro como emisor. El receptor recibe. El emisor viaja. Por desgracia, el
anillo que encontró Chris era el receptor.
―Cómo se explica que, justo el supuesto anillo o las piedras, mejor
dicho ―Mía llegó a la misma conclusión que Lauren, las piedras contenían
la magia― lo tuviera yo en ese momento y que nosotras prácticamente
seamos idénticas.
Lauren se encogió de hombros.
―Cuando se activa el anillo, cualquiera de los dos, también se activa el
otro, y este va en busca de quien posea las características de quien lo activó.
Las piedras, seguro te buscaron, e hicieron un gran trabajo, en verdad
parecemos gemelas.
Mía recordó que cuando se probó la esclava le había quedado algo suelta
en la muñeca, pero pasada la medianoche, cuando intentó quitársela, no
pudo hacerlo. La pulsera estaba atorada. También recordó que cuando
intentó devolver el estuche la mujer no la escuchó a pesar de sus gritos
fuertes e insistentes llamándola. ¿Podría ser que todo eso fuera cierto? ¿las
piedras la buscaron a ella?
―Cuando lo activé no creí que hubiese funcionado ―prosiguió
Lauren― porque yo aún continuaba aquí. Así que como no funcionó decidí
escaparme. Al día siguiente, escuché los rumores de que yo había sufrido
un accidente después de la boda y que perdí la memoria. Ahí descubrí que
el anillo que Christopher me entregó era el receptor.
―¡El ladrón! ―recordó Mía―. Lo enviaste tú…
Lauren asintió.
―Efectivamente. Pero no sirvió de mucho.
Mía la fulminó con la mirada recordando el miedo que le hizo dar esa
noche; luego vino a su mente como terminó en los brazos de Lían y una
sensación de angustia le oprimió el pecho. Respiró profundo e hizo a un
lado esa sensación. No era el momento.
―Hay algo que sigo sin entender…por qué quieres este… anillo,
pulsera… ―le mostró la mano cerrada―. ¿Para qué si yo ya estoy aquí
ocupando tu lugar? Podrías seguir con el plan de escaparte.
―Sí ―respondió Lauren largando aire―. Pero lo cierto es que no
pretendo vivir toda mi vida escondida como lo hice hasta ahora. Quiero
libertad. Quiero conocer otros lugares. Y, estoy segura, que de donde sea
que el anillo te haya traído, será mejor que Inglaterra. Dime de donde te
trajo: ¿Francia? ¿Italia?
―América.
Lauren se quedó pensativa. No creía que el anillo tuviera tanto poder
como para atravesar un océano.
―Me agrada. Sería algo fascinante conocer América.
Seguro. Más si supiera el siglo exacto del que vengo.
Mía hizo caso omiso al tono esperanzado que Lauren utilizó para tratar
de convencerla. Sabía que era una manera de manipularla para que le
entregase las piedras, aunque seguía sin saber cómo tenía que utilizarlas
para regresar.
―¿Cómo hago ahora para volver?
Lauren apretó los dientes. ¡Cómo podía ser que no pudiera convencerla!
Tendría que usar la fuerza y para eso, necesitaría la ayuda de Tarah.
―Al momento de hacer los anillos, Collingwood estipuló que el tiempo
de permanencia sería de cinco semanas. El tiempo suficiente para que
ambas hermanas disfrutaran de un tiempo juntas sin ser descubiertas y sin
correr ningún riesgo. Pasado ese tiempo, cada una volvería a su sitio. Cada
piedra representa una semana. A medida que van pasando, la piedra se
vuelve del color del otro anillo. Es por eso, que mi anillo está casi
completamente verde y tu esclava azul. Que es el color que correspondería
al que tengo yo en mi poder.
―Cinco semanas… ―murmuró Mía.
―Así es… “Al terminar el quinto amanecer de la misma luna que te
trajo regresarás al lugar en dónde te encontrabas al momento de activarse la
magia”.
Mía comprendió que, al amanecer, se cumplirían exactamente cinco
semanas desde su llegada a Inglaterra.
―Eso es… mañana… ―susurró.
―Veo que estás despierta ―se burló Lauren.
Mía le dedicó una mirada furiosa antes de preguntar, casi desesperada,
mientras se ponía de pie y se dirigía hacia a la biblioteca.
―Lían, ¿dónde está?
―Se ha ido.
―¿Cómo que se ha ido?
―Sí. Volvió a Londres.
Mia se detuvo en el vano de la puerta sin poder reaccionar. Se fue… sin
despedirse de ella siquiera. Por qué…
Lauren percibió algo que la llenó de esperanzas. Mía sentía algo por
Lían. Al parecer no era tan inepto como ella supuso. Ahora todo dependía
de ella. Tenía que lograr convencerla.
―Te noto algo indecisa con tus sentimientos hacia Lían... ¿puede ser,
querida?
―Eso es mentira. No siento nada por él.
Mentirosa.
―A mí no me engañas. Tu expresión de recién lo dice todo. No sé por
qué te niegas.
Mía se dio vuelta para enfrentarla.
―Lo reconozco. Aunque no lo creas, Lían es un hombre maravilloso
que cometió la enorme estupidez de poner los ojos en ti. Que no lo mereces,
por cierto.
Esas palabras podrían haberla alterado, pero Mía estaba yendo hacia el
lugar adonde Lauren quería llevarla, así que la dejó decir…
―Poco importa lo que yo quiera o sienta. Lían jamás me querrá.
¡Ese era su momento!
―Debo decirte que Lían me dio libertad. Me ha dicho que podía tener
todos los amantes que quisiera. Que él no se interpondría en mi vida. Ya no
tiene interés en mí.
Mía la miraba, entre asombrada e incrédula.
―Eso es mentira. Él te desea demasiado ―reconoció con tristeza.
―Antes puede ser, pero ahora ya no…
―Lo estás haciendo todo para que yo te entregue este brazalete y tú
puedas ir a vivir la vida loca, mientras que yo tengo que cargar aquí con tus
cadenas… ¡No!
Dio media vuelta en dirección a la biblioteca.
―¡Maldita infeliz! ―protestó Lauren al ver que no lograba convencerla.
Se había humillado diciendo que un bastardo como Lían ya no la
deseaba… ¡a ella! ¡Justo a ella! Y por nada. Eso no iba a quedar así.
Sin perder un segundo más fue en busca de Tarah. Debía poner en
práctica otra estrategia para hacerse con esas piedras antes de que fuera
demasiado tarde. No iba a dejar pasar la oportunidad de conocer otras
tierras solo por una doble estúpida.
~46~

Entró en la vacía y fría biblioteca y se sentó junto al escritorio. Estaba el


vaso en el que él tomó coñac hacía poco menos de una hora, mientras decía
que Lauren era su mujer y no ella. ¡Cómo le dolió escucharlo decir eso!
Hubiese dado cualquier cosa porque le dijera lo que Lauren acabada de
decirle. Que ya no la deseaba. Que era a Mía a quien quería a su lado
¡Maldita mentirosa! Todo por ir a vivir su libertinaje con total tranquilidad.
No tenía idea de la clase de hombre que estaba rechazando.
Encima de unas hojas vio su anillo. Ese que él le regaló y ella arrojó al
suelo al escuchar su conversación detrás de la puerta. Lo tomó entre sus
dedos y lo contempló. Recordó la ilusión que sintió cuando lo encontró
sobre la cama junto al vestido que tenía preparado para ponerse esa noche.
Creyó que él le estaba diciendo que la quería. Que era importante para él.
―Tonta ―se dijo y volvió a dejarlo donde estaba.
El reflejo de la luz que entraba por la ventana señaló algo. Tenía una
inscripción en la parte interna. Mía no se había dado cuenta de eso antes.
Volvió a tomarlo para leer:
“You are Mía. Only mine”.
El pulso se le aceleró. Vino a su mente cuando Lían se lo dijo, aquella
tarde en la biblioteca de Nord Hall, en un arrebato inesperado de pasión.
Estaba claro que se refería a ella primero como persona, diferenciándola
de Lauren al reconocer su nombre. Después se refería a ella como
propiedad. Ella le pertenecía… a él.
Sintió escalofríos. ¿Sería posible que lo que dijo Lauren fuera verdad?
¿Sería posible que Lían la sintiera suya? ¿Podía separarla de la imagen de
Lauren?
Había una sola forma de averiguarlo.
Salió decidida de la biblioteca para encontrarse en el hall de entrada con
Raphael, que era acechado por Lauren. ¡Por Dios! Esa mujer no tenía freno
cuando un hombre lindo se le ponía enfrente.
Caminó hacia ellos y alejó a Lauren de Raphael, de un empujón.
―Mantente alejada de él ―le ordenó furiosa.
―¿Lo quieres para ti? No me molesta compartir… ―sonrió burlona.
Mía no le contestó. Se volvió para hablar con Raphael.
―¿Te diste cuenta de que era la verdadera Lauren?
Raphael la miró incrédulo.
―Solo un necio no se habría dado cuenta, Bella.
Mía sonrió. La verdad era que cuando los vio, él sostenía las muñecas de
Lauren intentando apartarla de él. Aunque también podría diferenciarlas por
el vestido. En realidad, por el escote del vestido. Lo mismo daba.
―¿Qué haces aquí?
―Vine a hablar con Lían. No me quedé muy bien después de discutir.
―¿Discutieron? ―preguntó asombrada.
―Así es… nada grave.
―Pues él no está… volvió a Londres ―aclaró Lauren metiéndose en la
conversación.
―¡Mierda! ―masculló Raphael.
―Pero no te preocupes, podrás hablar con él… ―afirmó Mía.
―¿Cómo?
―Iremos a Londres.
Lauren prestó atención.
―¿Ahora? ―dijo Raphael.
No creía poder soportar nuevamente semejante viaje de vuelta cuando
hacía solo unos minutos que acababa de llegar. Pero… quién podía negarle
algo a Mía.
―Sí ―le sonrió ella.
Después giró para dirigirse a Lauren que la observaba expectante.
Caminó hacia ella y cuando estuvieron apenas a unos centímetros, abrió la
palma de la mano extendiéndole las piedras que ella tanto deseaba.
―Aquí tienes.
Lauren sonrió satisfecha. Tomó la esclava y le entregó a Mía el anillo
que ella tenía colgado del cuello. Para que funcionara, ambas tenían que
llevar puestas las piedras al momento en que la magia se activase.
Mía se puso el anillo en la mano derecha y se dirigió hasta donde se
encontraba Tarah, en el pasillo que daba a la cocina.
―Asegúrese de sostenerle la mano en el momento en que “emprenda el
viaje” ―le aconsejó―. A donde va, necesitará de alguien que esté con ella.
La mujer asintió, mientras Mía le entregaba disimuladamente un papel.
Luego tomó del brazo a Raphael y emprendieron camino hacia el carruaje
de alquiler con el que él llegó a Farnbor Manor.
Antes de subirse escuchó que Lauren le preguntaba desde la puerta:
―¿Por qué cambiaste de opinión?
―Porque creo que Lían merece a alguien que le demuestre amor y
porque tú eres ideal para el lugar de donde vengo… Serás muy bien
recibida y te sentirás feliz al llegar.
El rostro de Lauren se iluminó pensando que lo que Mía le acaba de
decir era un cumplido.
―¿En serio? Eso suena prometedor.
―Sí. Allá las putas baratas siempre son bien recibidas.
Con una sonrisa burlona cerró la puerta, mientras Lauren le lanzaba una
serie de insultos.
Mía y Rafa echaron a reír.
―Creo que no le gustó lo de barata.
Raphael se notaba divertido.
―Cierto. Ella pretendía ser cortesana… ―Su voz acusaba fingida
angustia―. Bueno, allá también las hay.
Mía sonrió.
~47~

Llevaba tres largas horas sumergido en un estado de indiferencia total.


Se preguntaba cómo hizo para llegar a eso. Jamás se consideró muy amante
de la vida, pero tampoco la despreciaba como para llegar al extremo de no
importarle ya si vivía o no.
Permanecía tirado sobre el sillón de su habitación, de cara al hogar,
vestido solo con el pantalón; ni camisa ni medias ni botas; sus piernas
abiertas y extendidas, ambos brazos caídos al costado. En la mano derecha
sostenía un vaso de whisky a medio servir. En la otra mano, sostenía la
botella con menos de la mitad del contenido. Su mirada… perdida en el
crepitar del fuego. Cada tanto, guiaba la botella a su boca y bebía,
olvidándose por completo de que en la otra mano tenía el vaso.
En pocas horas más, cuando el sol comenzara a dar los buenos días, ella
se iría. Se esfumaría de su vida del mismo modo en que apareció. ¡Por arte
de magia! Si antes le hubiesen dicho que la magia existía, él se hubiera
reído a carcajadas. Pero lo cierto era que la magia en verdad existía. Magia
negra. Mala, muy mala en esos momentos para él.
Nada podía hacer. Mía no pertenecía a esa época. No tenía forma de
retenerla, ni aunque ella tuviera en su poder ese maldito anillo del que
Lauren le habló aquel día en la pensión. No tenía nada para ofrecerle que
pudiera subsanar el vacío por todo lo que ella dejaría de lado por quedarse
con él.
¡Por todos los demonios! Seguían movilizándose en carruajes cuando en
su época lo hacían a través del aire por medio de aviones. A lo sumo lo más
cerca que estaban de algo así, era la llegada del ferrocarril. ¡Que vaya uno a
saber cuándo llegaría eso a Bradford, Londres! Si es que llegaba a esas
ciudades algún día. Ni siquiera podría concederle el sueño de ser madre.
Aún daba vuelta por su cabeza la vez en que se lo dejó bien claro: ¡En esa
época jamás se expondría a tamaño sufrimiento!
Fue durante el trayecto a Londres. Estaban por ingresar a la última
posada del viaje. Mía se acercó a una mujer que estaba con dos niños de
entre tres y cinco años y un bebé en brazos. El mayor quería atarse los
cordones y no sabía cómo hacerlo. La madre, con el bebé en brazos, no
podía ayudarlo. Mía se arrodilló delante de la criatura y dijo que ella le
ayudaría. Con todo el placer y la paciencia del mundo, le explicó cómo
debía hacerlo. Después, se lo desató para que el niño lo intentara. Al
segundo intento este logró hacerlo; todos, Lían y el posadero incluidos, lo
felicitaron. Mía tomó en sus brazos al bebé. ¡Se veía tan hermosa en esa
imagen maternal! Lían no dudó un segundo en saber que sería una madre
maravillosa.
Cuando se acercó a él para dirigirse al cuarto le preguntó si quería ser
madre. Ella le contestó que, en su época, sí, lo había soñado varias veces.
Cuando quiso saber por qué en esta época no, le contesto:
―¡Ni que estuviera loca! No soporto el dolor físico para nada. Y aquí
los partos pueden durar días con un dolor agudo insoportable. Eso sin
contar las infecciones que una podría contraer si el parto se complica. No
podría sobrevivir.
―¿En tu época no es así? ―preguntó interesado.
―No. En mi época no hay peligro. Es todo más seguro. Hay aparatos
que sirven para realizar diferentes estudios y verificar que la criatura nacerá
sana. Se puede saber con anticipación el sexo del bebé. Inclusive, si se
detecta que él está atorado con el cordón umbilical, se realiza el parto a
través de una cesárea. Te sacan al bebé realizándote un corte aquí ―dijo
señalando el bajo vientre― y en el caso de los partos normales, para evitar
el dolor, existe una inyección que lo anula y no sientes absolutamente nada.
A mí, eso me parece maravilloso.
¡Qué idiota fue al pensar que ella querría ser la madre de sus hijos!
A él poco le importaba no tener descendencia si pudiera tenerla a ella,
pero no podía ser egoísta y privarla de su sueño de ser madre. No podía
obligarla a quedarse donde ella no quería estar.
Su época era maravillosa comparada con la austera y gris Inglaterra del
siglo XIX. Era absurdo que ella prefiriera quedarse allí en lugar de volver.
Esa tarde lo dejó más que claro. Quería huir del infierno lo antes posible.
Huir igual que él. ¡Cobarde! No pudo enfrentarla después de saber que
oyó su conversación con Lauren. Después de que se enterara de que él sabía
cómo hallarla y se lo ocultó. No pudo enfrentarse a ella y decidió huir.
Ya la había perdido. De nada valía seguir allí… ¡Pero como lo
lamentaba!
Hubiese deseado que ella no se fuera con esa imagen egoísta y errada de
él. Hubiese preferido poder decirle lo que sentía, aunque a ella le fuera
indiferente. Lían necesitaba decirle que actuó así porque estaba desesperado
y no quería perderla, porque la amaba. A ella. A Mía.
Robarle un último beso…
La furia por su tonto accionar lo llevó a destruir el vaso contra la pared.
¡Maldito sea! Todo le salía mal.
Mientras los vidrios caían en pedazos al suelo, escuchó que llamaban a
la puerta. Furioso y con la voz algo ronca gritó:
―¡Dije que no me molestaran, común demonio!
Bebió de la botella un trago y dejó caer la cabeza hacia atrás. Estaba
exhausto después del largo viaje de ida y vuelta en el mismo día a Farnbor
Manor.
―Me lo dijeron. Pero sabes lo terca que suelo ser a veces. En algo nos
parecemos…
Sobresaltado irguió la cabeza en dirección a esa voz.
¿Era una alucinación?
Parada en el vano de la puerta, estaba ella. Lo contemplaba con los
labios fruncidos, desaprobando la situación en la que lo encontraba, pero sin
poder obviar, que esa imagen de Lían solo con el pantalón, despeinado y
algo borracho quizá, era bastante sexy.
Lían se puso de pie, intentando adivinar a qué se debía su presencia.
¿Para burlarse? No. Esa sería Lauren, Mía no.
¿Para decirle que se quedaría con él? Tampoco, eso era imposible. Ya lo
había dejado en claro.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó con un tono de voz más duro de lo que
hubiese querido.
―Raphael me trajo. Fue a hablar contigo a Farnbor Manor; como te
fuiste, volvió y yo lo acompañé.
Lían la miró desconfiado. Quería tomarla entre sus brazos y besarla.
―¿Él está aquí?
―No. Le pedí que viniera mañana a hablar contigo, porque primero
quería hacerlo yo…―dijo con voz pausada y a Lían se le cortó el aliento.
¡Demonios! ¿Habría ido a reprocharle por qué no le dijo que ya sabía
dónde estaba Lauren? Se lo tenía merecido. Dejó la botella sobre el suelo.
―¿De qué quieres hablar?
Mía lo notaba molesto. ¿Su presencia lo molestaba o el saber que
durante varias horas estuvo a solas con Raphael? ¿O que no fuera Lauren
quien decidió seguirlo hasta allí?
Sentía que acababa de tomar una decisión errada. Todo lo que Lauren le
dijo sobre que ya no la deseaba, ¿sería mentira? Ya no tenía tiempo de
volverse atrás.
―Te… te fuiste sin despedirte ―fue lo único que se le ocurrió decir.
Lían entrecerró los ojos. ¿Eso fue a decirle? ¿A reprocharle que no se
despidió? ¡Por todos los cielos! ¿Qué pretendía? ¿Qué le dijera que lo
amaba? ¡Idiota! Eso era. Y se sentía más idiota por no poder decirle que él
la amaba. Por dejar que el maldito orgullo no le permitiera abrirse a ella
como lo deseaba.
―¿A eso has venido? ¿A despedirte? ―preguntó con los dientes
apretados―. Bien. Te daré tu despedida.
En dos zancadas se acercó a ella y sin darle tiempo a reaccionar, con una
mano cerró la puerta y con la otra rodeó la frágil cintura de Mía para
acercarla a su cuerpo. La besó de una forma voraz. Desesperada. Quería
castigarla por no amarlo. Por no sentir por él lo mismo que él sentía por
ella.
Le desagarró el vestido con dos simples tirones. No le dio tiempo a nada,
estaba enfurecido con él, con Mía, con Lauren, con todos. La llevó a la
cama. Su lengua succionaba la de ella y sus manos la recorrían sin control,
frenéticamente, con movimientos duros, bruscos hasta que cayó en la
cuenta de que ella le devolvía cada beso, cada caricia. No intentaba
rechazarlo. Ella también quería esa despedida… así, como él. Entonces,
cuando comprendió que, a pesar de irse, ella quería sentirlo dentro por
última vez, sus caricias y movimientos fueron suaves. No dejó rincón de su
cuerpo sin besar, sin acariciar, sin lamer.
Mía se sintió aturdida por la agresividad que mostró en un principio. Él
siempre se mostró con ella tan dulce, que parecía no ser el mismo. Con el
correr de los minutos, su voracidad menguó y pudo disfrutar de sus caricias
con la misma intensidad con la que lo había hecho hasta ahora. Nunca tomó
bebidas alcohólicas y, mucho menos, whisky, pero debía reconocer que el
trago que él le brindaba era sumamente, exquisito. “Whisky on the Lían”,
sería a partir de ese momento su trago preferido. Dulce…, excitante,
embriagador.
Con impaciencia él besó sus pechos. Disfrutó, por última vez, de ese
bendito piercing que tanto lo obsesionó desde el primer momento. Lamió su
cicatriz como quien lame un helado. La penetró lentamente llegando hasta
lo más profundo y dilatando cada salida. Absorbió con sus labios cada
suspiro, cada gemido que su dulce boca emitía hasta que ambos llegaron al
clímax.
¡Fue maravilloso! La sensación de plenitud en ambos desbordaba cada
poro de su piel. Mía a los pocos segundos quedó vencida por el sueño. Lían
a pesar de estar cansado, no quería dormir. Sabía que en poco tiempo más
ella desaparecería y no quería perder ni un minuto contemplándola, hasta
que el anillo se activara, arrancándola para siempre de su lado.
Intentó varias veces sacárselo mientras ella dormía. Pero le resultó
imposible. Estaba como pegado en su dedo y no quiso hacer demasiada
fuerza para no lastimarla.
Con la desilusión de no poder quitárselo, el cansancio se apodero de él.
El peso del viaje, del alcohol ingerido y la tristeza del amor no
correspondido, frustraron su decisión de contemplarla hasta que ella
desapareciera.
~48~

No recordaba en qué momento se quedó dormido, pero al abrir los ojos,


en la habitación que aún se mantenía a oscuras, con apenas un fuego
pequeño que se resistía a apagarse, notó su cama vacía.
Contempló sus brazos. Los que después de hacerle el amor, la
mantuvieron pegada a su cuerpo.
Ella no estaba...
Se había ido…
Para siempre…
Abatido, se incorporó en la cama. Miró cada rincón de la habitación.
¿Con qué propósito? ¿Para encontrarla? Apoyó su rostro entre las manos y
no pudo evitar que las lágrimas, silenciosas, comenzaran a desbordar sus
ojos. La había perdido.
―Lían… ¿sucede algo?
Lentamente como quién escucha la voz de un fantasma levantó la vista.
En el vano de la puerta con su camisa puesta, el pelo revuelto y un vaso con
agua en la mano, estaba ella. ¡Aún no…!
―No te has ido.
Suspiró al tiempo que corrió hacia ella para estrecharla en sus brazos y
llevarla con él a la cama. Con sus brazos abiertos para evitar que el líquido
del vaso se derramara, Mía sonreía.
―No te has ido ―repitió él, sobre su cuello, oliendo su perfume de
jazmín mezclado con el de él.
―Fui a buscar un poco de agua para beber. Aquí solo tenías whisky ―le
respondió mientras él se sentaba en la cama y a ella sobre sus muslos.
No le molestaba que hubiese ido vestida solo con su camisa puesta a la
cocina. Solo le importaba saber que aún estaba ahí.
Le sacó el vaso de las manos, lo dejó sobre la mesa y acunó el rostro de
Mía entre sus manos. Su mirada era de desesperación, mientras ella lo
miraba expectante.
―¿Has llorado?
Contempló asombrada el brillo en los ojos acuosos de Lían.
―Creí que te habías ido, que ya no tendría tiempo de decirte…
Frenó sus palabras ¿Cómo iba a decírselo? ¿Podría llegar a creerle? No
lo sabía, pero tenía que intentarlo.
―¿Decirme qué, Lían?
―Que…te amo.
Esa confesión la tomó por sorpresa. Jamás creyó que él pudiera amarla.
¡Estaba tan feliz! Pero también tenía ciertas dudas. ¿En verdad era a ella a
quien amaba o se conformaba con la copia solo porque no podía tener a la
original?
Estaba por formularle esas dudas en voz alta, cuando Lían prosiguió:
―Déjame terminar. No quiero que llegue el momento en que
desaparezcas sin decir todo lo que quiero decirte.
Mía asintió. Él todavía no se daba cuenta de que ella no se iría.
―Nunca pero nunca fue Lauren. La otra noche, cuando dije lo de Ernest,
no estaba pensando en ella, ni veo a Lauren cuando te veo a ti. Es solo que
estaba muerto de celos por todos esos hombres que te miraban en el club.
He descubierto que soy celoso y posesivo. No quiero que nadie aparte de mí
te toque o mire ―sonrió incrédulo―. Te he amado desde mucho antes de
que me mostraras que no eras ella. Algo en mí me decía que eras una mujer
distinta, y amé a esa mujer, aunque en mi interior siguiera negándolo. Sabía
que, si no eras mi esposa, no podría tenerte. Reconozco que haberme
obsesionado de esa manera con Lauren fue un gran error, pero no me
arrepiento. No puedo arrepentirme porque eso te trajo hasta mí. Si no
hubiese forzado ese casamiento con Lauren jamás te hubiese conocido y
jamás hubiese sabido lo que es amar a una persona ni que se puede amar a
alguien por encima de todo. Porque…
―Escuché cuando le decías que ya no me necesitabas porque ella era tu
esposa y la habías encontrado…―lo interrumpió Mía.
―Está mal escuchar detrás de las puertas ―la retó él con voz dulce,
corriendo un mechón de pelo tras su oreja. Ella se encogió de hombros.
―Lamento que hayas escuchado eso; lo dije para molestarla. Sé que le
horroriza el solo hecho de pensar en que yo la toque.
―No logro entender por qué, tus caricias a mí me encantan.
Lían sonrió complacido.
―Lo he notado ―afirmó ante el rostro algo avergonzado de Mía y antes
de besarla y continuar con sus besos por su mejilla, su cuello…
¡Maldición! El tiempo se agotaba y no quería dejarla ir.
―¡Dios! ¿Dónde has estado toda mi vida? ¿Por qué tardaste tanto en
llegar a mí? ¿Por qué tuviste que llegar a mí de esta forma…?
Suspiró abatido entre su cuello y hombro mientras la abrazaba tan fuerte
que Mía casi no podía respirar. Aunque no se quejaba, estaba feliz al saber
que él la amaba… A ella.
―Perdón ―dijo―. He estado perdida buscándote en otro siglo. Errores
de cálculos. Suelen pasar ―frunció cómicamente los labios―, pero ya
arreglé el GPS. Ahora está en la dirección correcta… Tú.
Lo susurró mirándolo a los ojos, antes de besarlo. Lían la miró
pensativo.
―¿Qué significa eso?
Ella sonrió y levantó la mano derecha para enseñarle el anillo; las
piedras estaban completamente azules.
Ante la mirada asombrada de Lían, que seguía sin entender, le hizo señas
para que mirase para la ventana. Aunque las cortinas estaban cerradas se
podía ver, por una pequeña abertura, que afuera el sol iluminaba casi por
completo el cielo.
Lían, perplejo, volvió la mirada a ella. Tomó con delicadeza el anillo
entre su dedo pulgar y el medio y sin ningún problema lo deslizó a lo largo
del fino dedo de Mía.
―¿No te irás?
Mía sonriente, negó con la cabeza.
―¡Dios! ―suspiró antes de besarla. Ese era el momento más feliz de
toda su vida.
―¿De dónde lo sacaste? ―preguntó finalizado el beso. Recordaba
perfectamente que ella le dijo que no lo tenía.
Mía le contó, entonces, lo que Agatha le dijo y también cómo ese anillo,
trasformado en pulsera, llegó a ella en Buenos Aires, motivo por el cual no
se acordó de él en ningún momento.
―¿Por qué cambiaste los anillos? ―Quiso saber Lían.
―¿Aún no lo sabes?
―Quiero escucharte decirlo. Hasta donde yo sé, estabas ansiosa por irte
de este infierno.
Mía se encogió de hombros. El infierno al que ella se refería no era el
mismo que estaba pensando Lían.
―Mi infierno era saber que estaba perdidamente enamorada de un
hombre que no me amaba, que estaba obsesionado con otra mujer. De ese
infierno hablaba.
―Pero te amo a ti.
―Ahora lo sé ―respondió ella sonriente.
―¿Me amas?
―Te amo… más que a nada en el mundo.
¡Qué lindo se sentía eso! Qué maravilloso saber que lo amaban a uno
cuando toda la vida pensó que eso jamás le podría suceder.
En medio de tanta felicidad la boca de Mía recorría el rostro de Lían con
besos fugaces, hasta que se percató de que tenía el ceño fruncido.
―¿Qué sucede?
―¿Qué es un GPS?
Mía comenzó a reír.
―Es un aparato que te indica la dirección en la que quieres ir.
―Una brújula.
―Es más específico, pero podríamos decir que es como una brújula.
Volvió a besarla. Ahora que nada se lo impedía no podía dejar de
acariciarla, de saborearla constantemente. Podía dejar para más adelante su
curiosidad por los locos inventos del futuro. Un futuro que él no conocería.
Y tampoco le importaba. El presente estaba allí, expectante y feliz, entre sus
brazos. Aunque todavía algo lo perturbaba. Al elegir quedarse en esa época
era consciente de que era Mía quien más ponía en juego. Ella cambiaría por
él costumbres, hábitos y debería dejar atrás personas y lugares queridos.
Lían no quería que más adelante eso se volviera en su contra.
―¿Qué hay de tu trabajo, tu profesorado, los aviones y celulares?
―Me pensé volviendo a vivir en mi época… y no pude imaginarme feliz
sin la tentación constante de tu boca ―le dio un beso fugaz―, tus manos
―otro beso―, tus ojos…―un beso más…
Lían rodeó su cintura con las manos. Le resultaba imposible estar
escuchando las palabras que salían de los labios de Mía. Esos labios que lo
encendían, lo tentaban, lo enamoraban cada día un poco más.
―Eres el hombre más exquisitamente hermoso que he…
Cortó su declaración que lo estaba incomodando como a una joven
inocente recibiendo su primer halago, con un beso profundo y…
nuevamente, la incertidumbre lo atacó.
―¿Y qué hay de tus hombres? ―preguntó serio―. De Ema y ese otro,
Víctor.
Mía sonrió.
―A Ema lo voy a extrañar muchísimo ―confesó―. Es y será siempre
alguien importante para mí. En cuanto a Víctor… ―frunció los labios,
pensativa―. ¿Quién es ese tal Víctor?
Lían comenzó a reír seguido por Mía que adoraba verlo así: feliz.
―Te amo… terco y malhumorado… te amo.
Confirmó seria antes de besarlo para regocijo de él y para que no le
quedasen dudas de que no existía manera alguna ni magia de ningún color
que hiciera que ella se arrepintiera de la decisión que tomó.
―¿Me dirás que sí?
―¿Sí, a qué? ―preguntó intrigada.
―¿Te casarás conmigo, Mía? ¿Serás mi dulce y amada condesa de
Nordwhit?
―¿Eso se puede? ¿Existe el divorcio en esta época?
―Tú dime que sí y deja que yo me encargue de todo.
―Antes hay un tema que aclarar.
―Lo que quieras.
Mía se alejó un poco de él. Sentirlo tan cerca con su piel caliente no la
dejaba concentrarse y el tema del cual quería hablar era muy importante.
―Bien. Tema: amantes…
―No puedes tener ninguno. Ni lo sueñes ―se apresuró a decir él con el
ceño fruncido provocando en Mía una carcajada.
―No me refería a los míos, sino a las tuyas.
―Ya te he dicho que nunca tuve amantes, y no pienso tenerlas ahora…
―Besó el cuello de Mía haciéndola estremecer― que, por fin, después de
tanto buscarte, has decidido salir de mis sueños para volverte mi realidad.
Miralo vos, che, resultó bastante cursi el frío inglés.
Sí, y es todo mío.
Volvió a pegarse a su cuerpo rodeando el cuello con sus brazos. Había
tomado la mejor decisión. Ya no tenía dudas de eso.
―¿Y bien?... ¿Me aceptas como esposo?
Mía pensó un momento, divertida. Argentina contaba en su haber ya, con
un papa, una reina y el mejor futbolista del mundo. Una condesa no le
vendría mal, ¿no?
Rio al ver que Lían la contemplaba con la frente arrugada por el tiempo
que se tomaba para contestar.
―Sí, acepto, mi conde azul.
Lían sonrió feliz antes de capturar su boca en un beso.
~Epílogo~

Dos meses tardaron en casarse. El tiempo que le llevó a Edward, el


abogado de Lían, poder anular su matrimonio anterior. Se le aseguró al
marqués, en el momento que se le entregó una carta de Lauren explicándole
lo sucedido, que el dinero que Lían le entregó por ese, ahora ya inexistente
enlace, no debía ser devuelto.
El anillo fue destruido por completo; de eso, se encargó el mismo Lían,
quien no quería correr el riesgo de que Lauren lo activara nuevamente,
desencantada con el destino adonde su rechazo por él la hubiera llevado.
Durante esos dos meses, Lían se comportó como un auténtico caballero.
Podrían haber partido esa misma mañana hacia Gretna Green, Escocia, para
casarse, pero no se olvidó de lo que Mía le dijo en la primera conversación
seria que mantuvieron, cuando aún él creía que era Lauren: ella quería que
la cortejaran, que la enamoraran. Y a eso se dedicó en esos dos meses
mientras esperaban para realizar la boda.
No dormían juntos, aunque a veces ella se metía a escondidas en su
habitación cuando él ya estaba dormido y se sumaba a su sueño,
abrazándolo. Lían se negaba a hacerle el amor hasta que estuvieran casados.
Así era como siempre tuvo que ser. Que ellos hubieran empezado de otro
modo su relación, no significaba que tenían qué continuar por ese camino.
Tampoco era que no tenían ningún tipo de contacto entre ellos, porque
ciertamente ambos se deseaban de igual manera y, cada tanto, se veían
entrelazados en besos pasionales y abrazos efusivos, y era siempre Lían
quien ponía un freno antes de llegar a más. Quería tratarla como ella se
merecía, como una autentica condesa.
Cada mañana Mía se despertaba con flores sobre su cama, con alguna
nota diciéndole que la amaba o algún poema. No podía estar más feliz.
El vestido que junto con Noelle y Agatha diseñaron para que ella vistiera
ese gran día, fue simple, como todo lo que Mía usaba. Esta vez llevaría un
corsé que marcaba bien sus curvas. La tela era de un color marfil con
bordados beige, muy suaves, sin mangas. Como no podía ser de otra
manera, fue Raphael quien la guio ese día hasta Lían. Era para ella un gran
amigo y Mía, para él, como una hermana.
Ante los evidentes celos de Lían, que insistía en que Raphael estaba
enamorado de ella, le tuvo que aclarar que la veía como a su pequeña
hermana quien, si no hubiese muerto en aquel incendio, tendría ahora la
edad de Mía.
Esa tarde, después de decir los votos, fue la primera vez que Lían y Mía,
al fin bailaron. También, por primera vez, desde que Lían asumió como
conde de Nordwhit, las puertas de Nord Hall fueron abiertas para que todo
el pueblo asistiera a la celebración. Mía fue presentada ante todos, como
una lejana prima de Lauren procedente de América. De allí venía su
parecido con ella. Claro que hubo muchos que no lo creyeron. Sobre todo,
los amantes de Lauren, entre ellos Christopher que asistió a la boda con la
esperanza de que ella lo dejara plantado a Lían en el altar y se escapara con
él.
También había muchas mujeres que tampoco creían que Mía no fuera
Lauren. Comentaban que, en realidad, luego de hablar tan mal de él, le daba
vergüenza asumir que terminó enamorándose de Lían y por eso inventaron
la historia de la prima lejana. Que “Lauren” hubiera terminado enamorada
de Lían, lo ponía a él en un lugar de gran interés frente a las mujeres. Así,
tanto hombres como mujeres, esperaban atentos que la magia del comienzo
del matrimonio se terminar para convertirse en posibles amantes de alguno
de ellos. Algo que, no dudaban, iba a suceder pronto.
Pero había pasado un año y no se veía muestra alguna de que en esa
pareja pudiera entrar un tercero. Eran una pareja sólida, a pesar de que Mía
aún seguía metiendo a su esposo en boca de todos. Le prometió hacer todo
lo posible por comportarse como una verdadera dama y aceptó que le
pusieran una institutriz para que le enseñara las reglas de la aristocracia y
no dejar más mal parado a su marido. Pero pocas veces lo lograba.
A los pocos meses de casados asistieron a una cena organizada por un
socio de Lían. Los ubicaron uno frente del otro. Era una reunión pequeña,
de no más de cincuenta invitados. Mía aún se incomodaba un poco en esos
eventos. Como siempre sucedía en cuanto a todo lo relacionado con Lían,
Mía no pudo evitar acceder a sus impulsos; se sacó el zapato y estiró la
pierna por debajo de la mesa para acariciar con el pie la entrepierna de su
esposo. Lían, asombrado, sin dar muestra alguna de lo que estaba
sucediendo, bajó la mirada a su regazo para encontrarse con el fino pie de
su esposa cubierto por una suave media de seda blanca. Algo que, si se
descubría, sería un escándalo, pero a la vez sumamente tentador.
Levantó la vista hacia ella, pero Mía no lo miraba. Estaba llevándose el
tenedor a la boca y simulando prestar atención a lo que su compañera de al
lado le comentaba. Era un encanto y él, por más que quisiera, no podía con
eso.
La sonrisa afloró a su rostro sin más, pero se vio obligado reprimirla.
Mía comenzó a deslizar su pie despacio por el muslo de él cuando sintió
una mano. Dirigió la vista a su esposo. Él tenía ambas manos sobre la mesa.
La mirada furiosa de Mía se dirigió a la bella mujer que se encontraba
sentada al lado de Lían y a quien este le dirigía una mirada desaprobadora.
¿Cuánto tiempo hacía que lady Marian lo estaba tocando?
Volvió a meter el pie en su zapato y se sentó erguida en la silla. Miró
sonriente a la mujer sentada a la derecha de su marido. Él tensó la
expresión. Un escándalo se venía en puerta.
―Lady Marian, ¿se le cayó la servilleta en el regazo de mi marido o
quería saber qué tan musculosa es su pierna? De ser así no tenía más que
preguntármelo, querida. Le puedo asegurar que conozco a la perfección su
anatomía. Le podría brindar un detalle minucioso de toda su musculatura.
Lady Marian se puso violeta. Todos los presentes se callaron al escuchar
cómo Mía pronunciaba palabras que no era adecuado decir en público. Lían
apretó los dientes para no reírse. La situación era embarazosa, pero a él le
divertía. La mujer se excusó en voz baja, algo inentendible para todos. El
anfitrión trató de derivar la conversación hacia otro asunto y la cena volvió
a la normalidad.
Más tarde, esa noche, Lían logró escabullirse con Mía en una habitación
que encontró vacía. Desde ese tenso momento en la cena ella lo evitó.
Estaba molesta con él, celosa; no quería que se le acercara.
―¿Me puedes decir que fue eso? ―le preguntó él apenas cerró la puerta.
―Eso mismo preguntó yo ¿Disfrutaste de sus caricias, querido?
Lían sonrió. Ver a Mía celosa era uno de sus grandes placeres.
―Me sorprendió al principio ―respondió y para enojo de Mía
prosiguió―: y no negaré que, pese a lo indecoroso del asunto, me encantó
después…―La mirada furiosa de Mía lo fulminó―. Lástima que te
detuviste.
No soportaba las ganas de abrazarla cuando ella lo miró sin entender a
qué se refería. Se acercó, pero ella lo rechazó.
―No te me acerques ―le dijo entre dientes.
―Vamos, Mía. Te juro que ella no me tocó hasta ese momento. Y si tú
no hubieses hecho tu gran actuación allí, delante de todos, yo le hubiese
dado a entender que se estaba equivocando.
―¿Y yo tengo que creerte? ―preguntó recelosa. Aunque en verdad le
creía. Era solo que sus celos la llevaban a actuar así.
―Por Dios. No seas tonta… además, ¿piensas que haría algo con
alguien teniéndote a ti?
―Ah, o sea que si yo no hubiese estado presente sí hubieses accedido a
los encantos de lady Marian ―le espetó molesta.
―Siempre estás, amor mío, presente… siempre ―Le respondió en un
suspiro tocándose el pecho. ―Vamos… ―La tomó de la mano para
acercarla mientras ella, incómoda, luchaba entre seguir con su postura o
ceder a él―. Ahora, dime que pretendías con tu pie en esa parte de mi
anatomía.
Mía se sonrojó y hundió los hombros.
―Tenía frío. Solo buscaba una fuente de calor…
Lían soltó una carcajada.
―Descarada ―murmuró acercando la boca a su mejilla―. ¿Aún tienes
frío?
―No ―respondió enojada.
―¿Segura?
Besó el costado de su cuello mientras tomaba la mano de Mía y la
llevaba a su entrepierna. Mía pudo sentir como su miembro le calentaba la
mano a través de la tela.
―Bueno, quizá un poco ―reconoció ansiosa.
Lían rio. Desde que estaba con ella había aprendido a reír. ¡Estaba feliz!
Esa noche, si antes adoraba a la vedetina, descubriría que era más práctica
de lo que ya suponía. Levantó a Mía, sosteniéndola por los redondos
cachetes de su trasero, la apretó contra la pared y no tuvo que hacer más
que deslizar la tela inferior de la vedetina con un dedo para poder adentrarse
en ella. Mientras la reunión seguía afuera con total normalidad, ellos hacían
el amor a escondidas.
Cada tanto, Lían recordaba esa noche. Sobre todo, cuando escuchaba
comentarios de hombres que lo compadecían por tener una mujer que
siempre lo ponía en aprietos con sus exabruptos verbales. Lo cierto era que
a Lían le encantaba.
Durante mucho tiempo las mujeres importantes, o que deberían haberlo
sido en su vida, lo negaron. Encontrar una mujer que no tenía ningún reparo
en amarlo y demostrárselo abiertamente a todo el mundo, era algo que lo
fascinaba.
Su matrimonio no era normal y él lo aceptaba, pero las típicas
costumbres inglesas se respetaban en los eventos sociales o si ellos tenían
alguna visita en Farnbor Manor, donde residían desde el casamiento.
Mía se puso al frente del Anexo II, la propiedad que Lían le compró a
Morrinson. Y, pese a ciertas diferencias en el comienzo, comenzó a llevarse
mejor con Emilie después de un tiempo. Aunque si podía evitar estar en una
habitación con ella, lo evitaba. En el Anexo II, emplearon a Alice Travis;
ella junto con su hija, Amanda, se mudaron a Londres.
Mía sabía de la falta grave que siempre significó la familia para su
esposo, así que trató de inculcarle un poco de las costumbres argentinas.
Para ello, fue una suerte que Lían intercambiara a los empleados de Farnbor
Manor con los de Nord Hall, que eran los mismos con los que él se crio en
Tanner House.
Un domingo al mes se sentaban a la mesa con Arthur, Vincent, Ernest,
Agatha, Tess, Eliot, Simón y Marriet para disfrutar de una comida “en
familia”, acompañados también por los ladridos de Conde, que vagaba por
debajo de la mesa de un lado al otro, buscando quien le arrojara algo de
comida.
Al principio los empleados se sintieron incómodos, pero con el paso del
tiempo, se acostumbraron y lo tomaron como un ritual. Hacían bromas, se
divertían, más tarde jugaban a las cartas. Luego, todos volvían a sus puestos
de trabajo. Los almuerzos de los domingos eran informales, sin protocolos.
El ambiente en Farnbor Manor no se podía catalogar de otro modo que no
fuera agradable, divertido y familiar.
Aunque para llegar a tener una familia completa faltaba un hijo. Era algo
que Lían siempre deseó y no le importaba no realizar su deseo, mientras
Mía estuviera a su lado. Eso era todo lo que necesitaba. Él vivía por y para
ella.
―Aquí estás…
Lían entró a la sala que unía las habitaciones de ambos.
Si bien, trasgrediendo otra de las reglas de la aristocracia, dormían
juntos, mantenían sus pertenencias cada uno en una habitación. Por lo
general, solían desayunar en la sala que unía ambos dormitorios, ya que los
desayunos entre ellos tendían a alargarse varias horas.
Lían llevaba en sus manos una caja bastante grande de madera, que
depositó a los pies de la silla que ocupó, luego de saludar a Mía con un
largo y dulce beso.
―Saliste temprano hoy ―le recriminó ella con ternura.
―Sí, lo siento. Tenía que ir a encargarme de algo, amor.
Mía le entregó una taza de café.
―Veo que estás de mejor humor que ayer.
El día anterior había sido el primer aniversario de su boda.
Lían encargó un regalo para Mía que no pudo llegar a tiempo y eso lo
puso de mal humor. Aunque después del regalo que Mía le “entregó”, su
humor se vio mejorado. Mía era muy buena con la costura, y diseñó para
esa noche un vestido muy provocativo que cautivó a Lían desde un
comienzo. Sobre todo, cuando él, sentado en el borde de la cama, la
contemplaba a ella moverse con movimientos suaves y sensuales mientras
se despojaba lentamente de la ropa. Sí, ese striptease, le cambió
completamente el humor. Aunque seguía molesto por no haber podido darle
ningún presente en ese día tan especial.
―Disculpen… ―La voz de Noelle desde la puerta los interrumpió.
Estaba tomada de la mano de Raphael.
Como era de esperar, Mía puso todo su empeño en que esa pareja
pudiera formarse y, luego de un arduo trabajo, logró que Raphael dejara de
poner el impedimento de que no podía salir con la prima de su mejor amigo,
alegando también que era muy joven para él.
―Chicos, hola ―saludó Mía con una sonrisa a ambos―, ¿a dónde van?
―Vamos a dar un paseo, por eso interrumpimos ―respondió Raphael―
para informarles.
Lían no hizo ningún comentario. Mía sabía que el rostro adusto no era
porque ellos salieran solos a pasear, sino por la presencia de Raphael
cuando ella estaba solamente con una bata corta, muy corta.
―Bien, pero estén a tiempo para el almuerzo.
―Sí, no te preocupes ―agregó Noelle, antes de despedirse.
―No me mires así. Tú dejaste la puerta abierta ―se defendió Mía, antes
que él le hiciera a algún comentario sobre su poco vestuario delante de otro
hombre.
Lían no dijo nada, pues tenía razón, así que acto seguido, fue directo a
cerrar la puerta.
―Eres una pésima carabina.
Mía sonrió.
―Soy amiga, ante todo. Y ya están prometidos. En menos de tres
semanas van a casarse. No tiene nada de malo que conozca de antemano lo
que le espera en la noche de bodas, ¿o te olvidas de nosotros?
A Lían le molestaba que le recordaran el haberla tenido a ella como
amante antes de casarse. Aunque las circunstancias eran totalmente
distintas.
―Pero desde que te propuse matrimonio he respetado las normas hasta
que diste el sí, como corresponde.
―Sí, lo sé. Los dos meses más eternos de toda mi vida.
Reconoció ante la sonrisa de Lían que recordó las veces que ella lo
provocó para que le hiciera el amor, las veces que se acostaba sin ella y
despertaba a media noche con sus manos rodeándolo. También para él, esos
dos meses resultaron eternos.
―Bien. ¿Qué es lo que te tiene hoy de buen humor? ―cambió ella de
tema―. ¿Llegó lo que tan molesto te tenía?
―Así es… tu obsequio por nuestro primer aniversario.
Él extendió el brazo sosteniendo una maceta que contenía un pequeño
árbol de hojas ovaladas y verdes.
Mía lo miró contenta y extrañada. Era raro que Lían estuviera molesto
por no recibir un árbol. Tomó la maceta en las manos.
―Gracias, amor… ¿Qué lindo?
Farnbor Manor estaba rodeada de árboles. Si algo no le faltaba a ese
lugar eran más árboles.
―No me digas que no lo reconoces ―dijo Lían divertido al ver la
expresión en el rostro de Mía.
―¿Tendría que reconocerlo?
―Comienzo a creer que no eres de donde dices…
Mía lo miró pensativa con los ojos entrecerrados. Volvió a contemplar el
pequeño árbol… hasta que la lamparita se le iluminó.
―¡No me digas que es de donde se obtiene la yerba!
Lían asintió sonriendo.
―Qué lindo amor… en diez años podré tomar un primer mate…
¡encantador! ―Se burló, aunque realmente le encantaba contemplar por
primera vez ese árbol. Ni hablar del hermoso gesto de su esposo de enviar a
buscarlo para regalárselo.
Ese comentario podría haber molestado a cualquier otro, pero a Lían no.
El humor de ella, que pocos entendían, le encantaba.
―¿Te he dicho que amo tu optimismo? ―Bromeó.
―Y yo que no tengo ni idea de cómo sacar de aquí la yerba…
Lían rio ante el gracioso gesto que Mía hizo con los labios.
―Lo suponía. Por eso también tengo esto para ti…
Sacó de la caja un pequeño paquete revestido de arpillera que le entregó.
La expresión de ella al ver lo que contenía ese paquete no tenía precio. Lían
no podría haber estado más complacido con su idea de encargar que le
trajeran desde América ese pedido.
―¿Yerba?... pero ¿cómo?
―Hace un mes contacté a un comerciante que realiza viajes a América y
le encargué que se desviara hacia al sur para poder traerte, para nuestro
aniversario, eso que tú tienes en la mano.
Mía no podía ser más feliz. Lo que más extrañaba de Argentina, además
de Emanuel, era poder tomar mate a la tarde, mientras leía. Ahora, gracias a
Lían, podía recuperar esa costumbre que tanto adoraba.
―Sabes lo que me va a durar este paquete, ¿no?
Le sonrió mientras tocaba la campanita para que alguno de los
empleados se acercara.
―No te preocupes ―la tranquilizó―. El pedido no fue solo de ese
paquete ni este pequeño árbol, que por cierto trajo también todos los datos
para poder mantenerlo aquí y que aprendas a sacar de allí la yerba.
―Sonrió burlón. ―Vincent y Ernest, están acomodando, en el almacén,
unas cinco cajas como esta ―Señaló la que estaba en el suelo― que
contienen más.
¡Dios! Amaba a ese hombre. Estaba a punto de estallar en esos raptos de
amor que él le despertaba cuando Tess hizo su aparición en la habitación.
―Lady, ¿llamó?
―Sí, Tess… ―exclamó feliz―, por favor, pídele a Marriet que ponga
agua a calentar.
―¿Quiere más té, lady?
―No. En realidad, voy a tomar, por fin, mate ―Tess frunció el ceño―.
Dile que no la deje hervir.
―Sí, lady.
La joven empleada salió algo confundida.
―Creo que también necesitarás esto…
Mía volvió la mirada hacia su marido y siguió su mano que señalaba a la
mesa. Sobre ella encontró una pava de aluminio con mango de madera, un
mate hecho de calabaza y una bombilla, que Mía tomó en sus manos.
Observó que tenía grabada las iniciales de ellos dos: “MyL”
El corazón le desbordaba de alegría. ¡Había hecho todo eso por ella! La
felicidad que la embargaba era más de lo que pudo algún día imaginar.
Tendría que estar agradecida de por vida a Lauren.
Pero allí no terminaba todo. Mía no acababa de reaccionar cuando Lían
comenzó a decir:
―He estado pensando en comprar un barco. Al principio contrataría un
capitán, pero podría después aprender a manejarlo. Para el próximo
aniversario estará listo. ¿Te gustaría visitar tu país? Sé que no debe ser
ahora igual que en tu época, pero…
Lían no pudo decir más al contemplar el rostro de su esposa. Mía lo
miraba sin ver. Tenía los ojos empañados de lágrimas. ¡Era más de lo que
ella podía pedir!
Pestañó para que las lágrimas pudieran rodar por su mejilla al tiempo
que se acercaba a él y se acomodaba en su regazo.
―¿Harías todo eso por mí?
Lían rodeó su cintura con las manos y depositó un tierno beso en la
punta de su nariz. Se lo preguntaba como si ello fuera para él un castigo.
¿Embarcarse un mes en altamar teniéndola a ella solo para él?
Definitivamente, sí.
―¿Por quién más? ―preguntó tiernamente, y secó con el dedo pulgar
una lágrima.
―Me amas. En serio me amas…
El comentario lo dejó perplejo. ¡Cómo podía ser que aún dudara de lo
que él sentía por ella! Su rostro se contrajo. Intentó apartarla, pero ella
presionó con su cadera para quedarse donde estaba.
―¡Cómo puedes aún dudar!
―Lo siento. Suelo ser muy tonta a veces.
―Me he dado cuenta ―respondió molesto.
Estaba enojado y tenía todo el derecho a estarlo. Él pensaba solo en ella.
Hacía todo para complacerla, para que no echara en falta su país y ella no
hacía más que negarle lo que él más deseaba… Eso, aparte de no creer que
ya no existía ni la sombra de Lauren. Pero Mía ya no iba a dejar que el
miedo la dominara. Tomó su rostro entre las manos y lamió y besó sus
labios de una manera tan abrasadora que a Lían no le quedó más remedio
que ceder. Dejó a un lado su enojo y se zambulló en la dulce humedad de su
boca.
―Tonta ―murmuró cuando puso fin al beso.
― Sí… ―reconoció Mía―. Ven. Todavía no te he dado tu verdadero
regalo de aniversario ―susurró pegada a sus labios.
La idea lo tentó. Si algo disfrutaba completamente era hacer el amor con
su esposa y lamentaba no poder mantenerla en la cama durante días enteros.
― Y… ¿El mate? ¿No estabas ansiosa por tomarlo?
―Yerba no hay ―Sonrió con expresión traviesa mientras recorría la
cicatriz del labio de Lían con la yema del dedo.
―¿Cómo qué no? ¡Tienes el almacén lleno!
Fue inevitable para Mía no reír.
―Ya lo entenderás, amor… ―Le dio un beso rápido―. Ahora, vamos…
es el momento de llegar hasta el final.
Quedó mirándolo a los ojos con una tierna sonrisa.
Él intentaba dilucidar esa frase: “Llegar hasta el final”. ¿Le iba a regalar
la bendición de ser padre?
Tal como fue desde un comienzo, las veces que hacían el amor, Lían
jamás acababa dentro de ella. Sabía el terror que tenía a quedar
embarazada…Y, ahora, le concedería ese regalo. ¿Por qué?
―¿Qué pasó con el pánico al parto, los dolores…?
Mía se encogió de hombros.
―Tú estarás allí para soportar mis gritos ―sonrió― y eres lo bastante
inteligente como para reconocer que cuando empiece a maldecirte por el
dolor que estaré padeciendo por tu culpa, no será verdad ―Lían rio― y
sostendrás mi mano todo el tiempo y sé que siempre que esté en tu poder,
no dejarás que nada malo me suceda. Quiero que seas feliz.
―Yo ya soy feliz. Desde el momento en que dijiste que me amabas.
―Pero te falta algo más para serlo por completo, y te amo demasiado
como para negártelo. Quiero una familia contigo. Quiero que al fin tengas
una familia. Quiero que les demuestres a todos que, a pesar de todo lo que
se diga, serás el mejor padre del mundo.
Lían capturó la boca de Mía con un hambre atroz, en su impotencia por
no encontrar palabras que le describieran lo feliz que lo hacía.
―¡Dios, Mía! ¿Qué me has hecho? Ya no concibo mi vida sin ti. Si te
perdiera me sentiría devastado.
―No vas a perderme ―le prometió.
―Más te vale, pequeña provocadora ―Mía sonrió cuando él la presionó
contra su pelvis, haciéndole notar que ya estaba listo para poseerla y
comenzar a buscar la familia tan deseada por ambos.
―Siempre me pregunté si este ya es tu estado natural.
Provocativamente acarició el miembro erguido de Lían bajo la tela. Él
rio.
―Desde que tú llegaste a mi vida, sí. No sé qué me has hecho.
Mía sonrió complacida.
―Así somos. Las argentinas tenemos ese no sé qué capaz de derretir al
más frío caballero inglés.
La risa de Mía fue acallada por la boca de Lían, quien prosiguió gustoso
a mostrarle que de inglés tenía mucho, de caballero un tanto menos, pero de
frío… de frío no tenía absolutamente nada.
Quería agradecerte por acompañarnos a Lían a Mía y a mí en este lindo
viaje por el tiempo. Espero que lo hayas disfrutado.
De ser así, me gustaría que me lo hiciera saber. Eso me ayudaría a
continuar.

Besos y hasta la próxima.

Sol Devlin Rohan

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