KEITH LUGER
EL DESTINO DE BILLY EL NIÑO
Colección ASES OESTE n.o 940
Publicación semanal
Aparece los LUNES
Depósito Legal B 11874-1977
Impreso en España – Printed in Spain
1.a edición en esta Colección: 1977
© KEITH LUGER – 1970
Concedidos derechos exclusivos a favor
De EDITORIAL BRUGUERA S. A.
Mora la Nueva 2 -Barcelona (España)
Impreso en los talleres de Editorial Bruguera, S. A.
Carretera Nacional 152, km 21,650. Parets del Valles (Barcelona) – 1977
CAPÍTULO PRIMERO
Frank Kerrigan estaba viajando hacia Sugar City : cuando sintió sueño.
Era la hora del mediodía y caía un sol despiadado sobre la tierra. Vio
un bosquecillo de robles y decidió detenerse y echar una cabezada.
Ató las bridas del caballo a un arbusto y se tendió en la hierba, bajo
un roble.
Poco tiempo después dormía.
Sin embargo, no había pasado mucho tiempo cuando despertó al oír
un crujido.
Frank no se sobresaltó. Sabía que debía evitar las emociones súbitas
en todo momento, incluso al despertar, porque vivía en un país en que
sobresaltarse podía significar la muerte. Tenía que conservar la serenidad.
Abrió un ojo y no del todo, sino un poco entornado, y vio al hombre
que había producido el crujido.
Era un tipo rubio que le estaba registrando la silla. Un ladrón. Y,
probablemente, luego se iba a convertir en asesino matándole mientras
dormía.
El rubio estaba muy cerca, de espaldas a él. Pero tenía el revólver en
la mano y eso lo convertía en peligroso.
Frank se levantó con suavidad y decidió sacar su «Colt». Pero
entonces él también hizo ruido. Ya no pudo tirar del revólver. En el último
segundo cambió de idea porque el rubio había empezado a girar. Se arrojó
sobre él.
Los dos cuerpos chocaron y Frank cogió la muñeca armada del rubio
mientras se derrumbaba.
Rodaron por la hierba, luchando por la posesión del revólver.
—¡Maldito seas! —dijo el rubio.
—¡Maldito seas tú, ladrón del infierno!
—Me querías matar.
—Tú me querías robar.
Frank dobló la muñeca del rubio y éste se vio obligado a soltar el
revólver.
Empezaron a pegarse puñetazos.
—Te voy a arrancar la piel, ladrón —dijo Frank.
—Yo te voy a sacar a ti las muelas.
—No necesito tus servicios, dentista.
—Gracioso, muy gracioso.
Frank le soltó un puñetazo en la barbilla.
—Cuando acabe contigo no te va a reconocer ni tu padre, rubio.
—No tengo padre.
—Probablemente nunca lo conociste.
—No, no lo conocí, pero apuesto a que tú no conociste a tu madre.
—¡Eso no me lo dice a mí nadie!
Continuaron la pelea propinándose puñetazos, pero ninguno de los
dos los daba con eficacia, debido a que los dos estaban trabados.
De pronto oyeron una voz.
—Eh, muchachos, miren qué escena más bonita.
Frank y el rubio se quedaron quietos.
Tres hombres habían aparecido por entre los árboles y los tres tenían
el revólver en la mano. Eran de feo aspecto, con la vestimenta sucia y la
barba crecida.
Frank hizo una mueca.
—¿Tus amigos, rubio?
—No conozco a esos tres sietemesinos.
El tipo más alto del trío arrugó la nariz.
—¿Qué es lo que has dicho, rubio?
—Nada, no dije nada.
—Oí decir sietemesinos.
—Yo no oí nada. ¿Y tú, muchacho? —se estaba dirigiendo a Frank.
—Tampoco oí que les llamases sietemesinos.
Ya se habían separado y habían quedado de rodillas sobre la hierba.
Frank sonrió al terceto.
—Compañeros, no tienen por qué amenazarnos con el revólver.
Somos gente pacífica.
—Nosotros también.
—Lo celebramos, ¿verdad, rubio?
—Propongo que nos vayamos los cinco al pueblo más próximo y que
festejemos este encuentro con un trago de whisky y un par de girls para
todos. Nos sortearemos el tumo.
El alto, que exhibía una cicatriz en la mejilla, soltó una risita.
—Eres muy chistoso, rubio.
—Eso decía mi abuela.
Frank se levantó.
—Lamento mucho tener que dejarlos, pero ya no puedo entretenerme
más. Me están esperando en Unionville, de modo que Frank Kerrigan se
despide de ustedes y que lo pasen muy bien.
Frank echó a andar hacia su caballo.
—Kerrigan, si das un paso más hacia tu caballo te freímos.
Frank se detuvo.
—¿Qué mosca le picó, compañero?
El de la cicatriz le contestó con una sonrisa.
—No vas a ir a ninguna parte, Kerrigan.
—¿Quién dice que no?
—Yo digo que no.
—¿Por qué?
—Porque no vas a tener caballo con que viajar.
—¿Son ladrones de caballos?
—Yo debería rajarte la boca por decir eso.
—Oiga, si me roban el caballo, ¿cómo quiere que los califique?
—Te vamos a quitar el caballo. Te vamos a quitar el dinero.
Uno de los salteadores dijo:
—Y yo le voy a quitar las botas porque son de mi número. —Se echó
a reír sacudiendo los hombros como si lo que hubiese dicho fuese lo más
chistoso del mundo.
El rubio chasqueó la lengua.
—Esto está mal. No se debe robar, ¿verdad, Frank?
Kerrigan se asombró al oír aquello porque, justamente, sorprendió al
rubio cuando trataba de robarle, pero era simpático el muchacho y no
debía tener más de veinte años. No, no pertenecía a la categoría de aquellos
tres que manejaban el revólver, carne de presidio, sujetos con mucha
experiencia en robos y en otra clase de delitos. En cambio, el rubio tenía
un cierto aire ingenuo y sus ojos brillaban con una mezcla de inocencia y
picardía.
—No, rubio, no se debe robar —dijo Frank.
—Ya lo han oído, chicos. El robo es uno de los peores delitos que
puede cometer el hombre. ¿Por qué? Porque atenta contra la propiedad del
prójimo. ¿Y qué es la propiedad? El derecho que tenemos a gozar de los
objetos que la madre Naturaleza pone a nuestra disposición. ¿Y quién es la
madre Naturaleza? La más sabia.
Los tres ladrones lo estaban escuchando embobados.
El tipo que hasta entonces no había hablado y que tenía el rostro
picado por la viruela dijo:
—Oiga, rubio, la más sabia no es la madre Naturaleza. Es Mary, la
Mula.
—¿Quién es Mary, la Mula.
—¿No conoce a Mary, la Mula?
—No, señor, no soy un mulo.
—Eres peor que un mulo por no conocer a Mary. Ella regenta un
saloon en Dodge City y es un pozo de experiencia.
—¿Sabes una cosa, muchacho? Que ya tengo ganas de conocer a Mary,
la Mula. Y ahora mismo me voy a Dodge City para conocerla. ¿Te vienes,
Frank?
—Sí, me iré contigo. Dejaré el viaje a Unionville para otra ocasión.
El rubio había logrado atontar con su diálogo a los ladrones porque
tardaron un poco en reaccionar.
De pronto, el alto soltó un espantoso juramento y gritó:
—¡Fuego contra ellos si se mueven una pulgada!
El rubio se quedó con una pierna en el aire, y Frank también se detuvo.
—Muchachos, ¿por qué se ponen así? —dijo el rubio.
—Esto es un asalto —anunció el alto.
El rubio miró a su alrededor.
—Yo no veo ningún Banco ni ningún vagón postal. ¿Qué inflemos van
a asaltar? Aquí sólo hay bellotas y, que yo sepa, ninguno de ustedes es un
cerdo. Pero, de todas formas, si quieren las bellotas, hala, para ustedes.
El alto apretó los maxilares.
—Oye, rubio, ese chiste huele a podrido.
El del rostro picado por la viruela soltó un salivazo a la tierra y,
levantando el revólver, dijo:
—Te voy a hacer cosquillas en el ombligo, rubiales.
—Que sea con una pajita —contestó su presunta víctima.
—No, rico, de pajita nada. Va a ser con una bala de mi revólver. Y te va
a hacer mucha pupa, nene.
—Hombre, no seas así. Que no me gustan las balas en el ombligo.
Frank intervino:
—Aquí no va a morir nadie.
—¿Quién lo dice? —preguntó el alto.
—Lo digo yo —repuso Frank—. Ahí tienen nuestros caballos y
también les daremos nuestras botas, ¿verdad, rubio?
Quería que el rubio lo mirase y lo consiguió. Le habló con los ojos. Le
quiso transmitir un mensaje, el de que no tenían más remedio que
conservar sus vidas.
Frank continuaba con el revólver en la funda y el rubio había logrado
acercarse a su arma, la cual tenía ahora a un metro de sus pies.
El tipo de la cicatriz chasqueó la lengua.
—De acuerdo, chicos, nos vamos a quedar con sus botas, con su dinero
y con sus caballos. Y para que no se sientan molestos, les quitaremos las
botas cuando estén convertidos en fiambres.
Frank y el rubio ya no dijeron nada.
Había llegado el momento de la acción.
CAPÍTULO II
El rubio se arrojó al suelo en busca de su revólver.
Los tres forajidos apretaron el gatillo.
La situación habría sido muy mala para el rubio si Frank no hubiese
sacado con la velocidad del rayo, y por esto atrajo hacia sí toda la atención
de los tres fulanos.
Frank gatilló ayudándose con la zurda para que el cilindro de su
revólver girase más aprisa.
El tipo de la cicatriz y el del rostro picado por la viruela lanzaron
aullidos de muerte mientras retrocedían manoteando.
El rubio hizo fuego desde el suelo sobre el tercer salteador, y también
éste manoteó mientras aullaba.
Se hizo un silencio.
El rubio continuaba de bruces en la hierba, mirando los tres cuerpos
caídos, el dedo en el gatillo, como si esperase que uno de los fulanos se
moviese para seguir disparando.
—Déjalos ya —dijo Frank.
El rubio se levantó sonriente.
—Hicimos un buen trabajo juntos.
—Deberías estar como ellos.
—¿Por qué dices eso, Frank?
—¿Tú qué crees?
El rubio sacudió la cabeza.
—Entiendo, me comparas con los tres cuervos.
—Qué listo eres.
—Oye, Frank, tus palabras me hacen daño.
—No me digas.
—Yo no soy como ellos.
—Me ibas a robar como ellos.
—De acuerdo, estaba buscando tu dinero.
—Y me lo habrías quitado.
—Sí, te lo habría quitado, pero nunca te habría metido una bala en el
cuerpo. Y óyeme, Frank. Yo estoy necesitado. Se trata de mi madre. Está
muy enferma. La tienen que operar y el doctor me pidió doscientos
dólares. Yo no los tenía. Y soy un buen hijo. Y por eso me dije: «Muchacho,
tienes que ir por esos mundos en busca de los doscientos dólares porque
tienes que salvar a tu madre».
—Oh, sí, madre no hay más que una.
—No seas así, Frank. Ya te lo he dicho. Que me trague la tierra si te
miento.
El rubio señaló la tierra, pero ésta no le tragó.
—¿Lo ves, Frank?
—¿Cuál es tu nombre?
—Ferguson. Rock Ferguson.
—Eres muy joven.
—Tengo ya veintidós años.
—No te creo.
—¿Por qué no me crees?
—Apuesto a que no has cumplido los dieciocho.
—Esa es mi tragedia, Frank. Cuando trato de enamorar a una girl,
¿sabes lo que me hace? Me canta una nana. ¿Por qué? Porque yo inspiro en
ellas el instinto maternal. Sí, Frank, ésa es mi tragedia. Según las girls, yo
soy su bebé.
—Pues debes tener una hermosa colección de chupetes.
Rock se echó a reír, señalando a Frank con el dedo.
—Qué buen chiste, Frank. Sí, señor, ése fue un buen chiste, y no los
que dijeron esos desgraciados.
—Está bien. Lárgate.
—¿Qué?
—Que te largues, Rock.
—No puedes hacer eso conmigo.
—¿Qué es lo que no puedo hacer?
—Aquí tenemos los caballos de esos forajidos y, aunque ninguno me
parece demasiado bueno, se podrá sacar algún dinero por su venta... Tengo
derecho a una parte... Así podré reunir algún dinero para la operación de
mi madre. Naturalmente, no tendré bastante. Pero me ayudará.
Frank se pellizcó una oreja pensativo.
—De acuerdo. Te llevarás los tres caballos.
—Gracias, Frank. Eres un buen amigo.
—No quiero ser un buen amigo tuyo. Lo hago por tu madre.
—Mi madre te lo agradecerá. Palabra. De eso me encargo yo porque
le hablaré de ti.
—No hace falta que le hables de mí. Vamos a registrar a esos hombres
a ver cuánto dinero tienen.
—Oh, sí, Frank.
Registraron los cadáveres, pero sólo encontraron una moneda de
veinticinco centavos en poder del que había sido jefe del grupo.
—Mala suerte —comentó el rubio, observando la moneda, en la palma
de la mano de Frank.
—Toma. Para ti.
El rubio aceptó la moneda.
—Tengo un gran pesar, Frank. Mi madre se morirá antes de que yo
pueda reunir los doscientos dólares.
—Puedes vender los caballos a veinticinco dólares.
—Te he dicho que no habrá bastante.
Frank metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes.
—Tengo cien dólares, Rock. ¿Crees que con cincuenta llegarás a los
doscientos?
—Sí, Frank, pero no los puedo aceptar.
—¿Por qué no, Rock? Mi dinero es tan bueno como el de cualquiera.
—Es que ya has hecho demasiado por mí.
—Por tu madre.
—Oh, sí, por mi madre, Frank. Por eso no debo aceptar tu dinero. A ti
te hará falta.
—Me arreglaré con los cincuenta que me quedan. Lo importante es
que puedas volver al lado de tu madre para que el doctor la opere.
Rock se masajeó el mentón como si estuviese indeciso.
Frank le estaba alargando los billetes que sumaban los cincuenta
dólares.
—Tómalos, Rock. O te rompo la cara.
—Entonces, prefiero conservar la cara como la tengo.
—Así no decepcionarás a las girls y podrán seguir llamándote bebé.
Rock aceptó los billetes y los guardó en su bolsillo.
Frank se dirigió hacia su caballo.
Rock corrió detrás.
—Eh, Frank, ¿es que ni siquiera me vas a dar la mano como
despedida?
Frank cambió un apretón con el rubio.
—Que tengas suerte y que tu madre salga bien de la operación.
—Saldrá adelante. ¿Dónde quieres que te escriba para anunciártelo?
—No hace falta que me escribas. No me dirijo a un punto fijo.
—Dijiste que ibas a Unionville.
—Sólo estaré unos días en Unionville para saludar a un amigo. Y luego
continuaré mi viaje hacia el Oeste.
—Si alguna vez necesitas a Rock Ferguson, búscame y volaré a tu lado,
esté donde esté.
—Gracias.
—Yo soy muy amigo de mis amigos —guiñó un ojo a Frank—. No fallo
nunca.
Frank montó en su caballo.
—Hasta la vista, Rock.
—Hasta la vista, muchacho.
Frank emprendió una cabalgada, alejándose de aquel lugar.
Las emociones de su encuentro con Rock Ferguson y los forajidos le
habían quitado el sueño. De modo que continuó su camino hasta llegar a
Unionville.
Se detuvo ante la comisaría y entró sin llamar.
Un hombre con una estrella estaba sentado ante una mesa.
—Hola, Tom —lo saludó.
El hombre con la estrella se levantó de un salto.
—¡Frank!... ¡Frank Kerrigan!
—En carne y hueso.
Se abrazaron, palmeándose con afecto.
—Frank, ésta sí que es una sorpresa.
—Me dijeron que estabas aquí de Marshall y decidí detenerme para
recordar los viejos tiempos.
—Aquéllos fueron los mejores años de nuestra vida.
—Eh, Tom, no me hagas tan viejo. Acabo de cumplir los veintiocho
años.
—Pero yo ya cumplí los treinta y cinco. Soy un viejo.
—No, hombre. Estás en plena madurez. Anda, te invito a un trago. Y
supongo que tendrás un par de muchachas para divertirnos.
En aquel momento, una voz dijo:
—No, señor Kerrigan, mi marido no necesita divertirse con ninguna
mala mujer.
Frank hizo un gesto de sorpresa. Por una puerta interior había
aparecido una mujer alta, huesuda.
Tom tosió.
—Frank, ella es Ana, mi mujer.
—No sabía que te hubieses casado.
Ana levantó la barbilla.
—Tom no es como usted, señor Kerrigan. Es de los que quieren tener
una familia y un hogar.
Frank se sintió molesto. Toda la alegría que le había embargado al
encontrarse con su viejo amigo desapareció en un instante.
Tom carraspeó nuevamente.
—Me casé el año pasado, Frank. No sabía dónde estabas. De lo
contrario, te habría invitado a mi boda.
—Entiendo.
—Te quedarás con nosotros unos días. Ana y yo tenemos una casa al
final de la calle. Y un jardín muy lindo. Ana lo cuida.
Frank estaba mirando los ojos de Ana y supo que no le era nada
simpático. Pero eso era una cosa natural. Las esposas nunca encontraban
simpáticos a los viejos amigos del marido.
—Lo siento, Tom, pero ya te dije antes que estaba aquí de paso.
Se habría quedado con Tom varios días, pero ahora las cosas habían
cambiado. No, no estaba dispuesto a soportar las punzadas de aquella
mujer. Además, sólo serviría para que los esposos riñesen, ya que estaba
claro que Tom quería a Ana.
—Oye, Frank, tienes que quedarte.
—No, muchacho. Me voy.
—Ana, ¿por qué no le dices que se quede?
—Quédese, señor Kerrigan. Así me podrá contar sus aventuras con
esa clase de mujeres que a usted le gustan. Tom me ha contado ya algunas
cosas, pero me gustaría oírselo a usted, que fue el protagonista de esas
juergas, como ustedes las llaman.
Frank movió la cabeza en sentido negativo.
—No, Ana, no puedo aceptar su invitación. Me están esperando en
otro sitio. Se trata de un negocio importante. Y yo perdería mucho dinero
si permaneciese en Unionville un rato más. Sólo me detuve un instante
para saludar a Tom.
Apretó el brazo de su antiguo amigo.
—Bien, Tom, me alegro de que seas feliz. Si vuelvo por aquí algún día,
podré quedarme algún tiempo.
Pero Frank sabía que nunca más volvería por Unionville.
—Buena suerte, Frank —le dijo Tom.
—Encantado, Ana —dijo Frank.
—Lo mismo digo, señor Kerrigan.
Frank cambió otro apretón con Tom y salió de la comisaría.
Se había llevado una gran decepción. Pero la vida era así. Soltó de
nuevo a su caballo y poco después salía le Unionville.
CAPÍTULO III
Frank Kerrigan había llegado a Sugar City.
Se detuvo ante el saloon Peonía y, después de atar las bridas al poste,
entró en el local.
De pronto oyó una voz conocida.
—No, eso no, Margot.
—Pero si es un chupete.
—Yo no te pedí un chupete.
Era Rock Ferguson. Y estaba en buena compañía. Con tres girls en una
mesa. Las tres estaban volcadas sobre él, acariciándole. En la mesa había
una botella de whisky vacía y otra llena.
Una girl le sacó a Rock un fajo de billetes del bolsillo y dijo:
—Apartaré dos dólares para comprarme un sombrero.
—No, Paula.
—Me prometiste regalarme el sombrero si me portaba bien, y me he
portado muy bien. ¿O es que tienes queja de mí?
—No tengo ninguna queja de ti.
Frank ya había echado a andar y se detuvo ante la mesa.
—Yo tengo una queja.
Rock lo miró y se puso a parpadear.
—¡Frank!... ¡Mi amigo Frank!... ¡A mis brazos, muchacho!
Se levantó de la silla y se fue a abrazar a Frank, pero éste lo recibió
soltándole un trallazo con la derecha.
Rock Ferguson recibió el golpe en la mandíbula y voló, arrollando la
mesa y las tres girls.
Las mujeres se pusieron a dar chillidos.
Rock se levantó masajeándose el mentón.
—Eh, Frank, has estado a punto de romperme la mandíbula.
—Te voy a romper las costillas.
—¿Por qué, Frank?
—¿Qué fue de tu madre?
—Oh, sí, mi pobre mamá. ¿Sabes una cosa? Ya la operaron y salió bien.
—Sinvergüenza, te voy a dejar como una res después de pasar por el
matadero.
—¡No, Frank, detente!
Frank no se detuvo porque le soltó un izquierdazo en el hígado.
El rubio retrocedió boqueando y entonces Frank le cerró la boca con
un gancho.
Ferguson voló otra vez y dio dos vueltas de campana. Quedó casi
inconsciente.
Frank se acercó a él y lo cogió por el cuello de la chaqueta.
—Quieto, pingajo, o te sacudo más.
Le sacó los billetes del bolsillo y los contó. Le quedaban treinta
dólares.
—Eh, Frank, ¿qué vas a hacer con ese dinero?
—Es mío.
—Mi pobre madre lo necesita para la convalecencia.
— No me vuelvas a nombrar a tu madre o te acabo x deslomar!
—Pero, Frank, ¿por qué te pones así conmigo?
—Eres el mayor granuja que me he echado a la cara. A cuántos has
engañado antes que a mí? Pero ya sé por qué lo consigues. Con tu cara de
niño ingenuo te resulta fácil estafar al prójimo.
—No me hables así, Frank.
—¿Te parto el corazón?
—Desde luego que me lo partes.
—Tú no tienes corazón, rubio.
—Pregúntale a Margot, a Paula o a Sonia, si yo tengo corazón. ¿Lo
tengo, muchachas?
Las tres girls se estaban aseando el vestido después de la caída. Y las
tres a una, dijeron:
—Tienes un gran corazón, Rock.
Ferguson sonrió a Kerrigan.
—¿Lo ves, Frank?
—Las engatusas como engatusas a todo el mundo. Pero ya no me
volverás a engatusar a mí.
Frank le soltó del cuello y Rock golpeó la cabeza contra el suelo.
Frank se dirigió hacia el mostrador.
El rubio gritó:
—Frank, ¿es que no me vas a ayudar a levantarme?
—Muérete.
Frank llegó ante el mostrador y pidió un whisky a un tipo de bigote
espeso.
Rock se levantó.
—No deberías decirle eso a un amigo, Frank.
—Tú no eres mi amigo.
El del bigote sirvió el vaso de whisky y Frank lo bebió de una sola vez.
Una de las girls se acercó a Rock.
—¿Te han hecho daño en la cara, bebé mío?
—Sí, Paula, casi me la destrozó.
—Qué brutote es tu amigo.
—¡No soy su amigo! —rezongó Frank.
Otra girl se acercó al rubio y le dio un beso en la mejilla.
—Oh, Rock, deberías tener más cuidado en elegir tus amistades.
La tercera girl rodeó con sus brazos el cuello de Rock y después de
besarlo dijo:
—Cariño, ¿te sientes mejor ahora?
—Sí, Sonia.
—Pobrecito mío.
Frank miró a Rock con un solo ojo porque cerró el otro.
—Rock, ¿qué les das?
—Yo, nada. Es que me ven tan desamparado que les despierto el
instinto maternal.
—Menudo canallita estás tú hecho.
El del bigote dijo:
—Eh, señor Ferguson. Ha quedado debiendo nueve dólares. Quiero
que los pague.
Rock se buscó en los bolsillos y dijo:
—Frank, te quedaste con todo mi dinero.
—¿Tu dinero? ¡Era mi dinero!
—Bueno, pero me pagarás los nueve dólares.
—Que paguen tus mamás.
—Ellas no tienen por qué pagar. Se están ganando la vida.
—Sí, se ganan la vida con los bebés como tú.
—Frank, no está bien que digas eso. Se van a creer que tienes envidia
de mí.
—Oye, granujilla, cuando yo quiero una girl la tengo. ¡ Y no me valgo
de una cara de bebé para eso! ¡Andad, muchachas, llevadle al reservado y
cambiadle los pañales!
Las chicas tiraron de Rock como si fuesen a llevárselo al reservado y
Rock les pegó manotazos mientras protestaba:
—¡Quietas, chicas!... ¡Quietas! ¡Que yo no tengo pañales! ¿Queréis
dejarme un momento para que hable Frank? ¡Esto es cosa de hombres!
Las girls se apartaron y Ferguson se subió los pañalones y puso cara
hosca.
—Frank, quiero nueve dólares.
—No hay nueve dólares.
—Mira que tengo unos puños que son de hierro.
—Zarpitas, nene. Eso es lo que tú tienes. Zarpitas.
—Frank, que te la estás ganando. Debo nueve dólares y quiero pagar
los nueve dólares.
Frank bebió el whisky e hizo una señal al del bigote para que le
sirviese.
Rock había echado a andar hacia Kerrigan.
—Frank, te voy a hacer escupir esos nueve dólares, aunque sea lo
último que haga en esta vida.
—Pues va a ser lo último, chato.
Rock se tocó la nariz.
—No soy chato.
—Es lo que te deben decir las girls. ¿No te dicen chatito mío?
—Sí, pero sólo se lo consiento a ellas.
—Pues lárgate con ellas, chatito.
—¡Ahora sí que te la ganaste!
Rock le tiró el puño a la cara. Frank saltó a un lado y Rock golpeó con
fuerza el mostrador, soltando un chillido.
—¡Ay!... ¡Mis nudillos fracturados!... ¡Socorro!
—Llego mañana. Abrazos mamá. Tu maltratado hijo que no te olvida.
Los ojos de Rock se llenaron de lágrimas.
—¡Mi mano!... ¡Me he quedado sin mano!
Las girls corrieron hacia él gritando:
—Bebé, ¿qué te ha pasado?
—Cariño de mi vida, ¿qué han hecho contigo?
—¡Mi mano!... ¡Me han dejado sin mano!... ¡Ya no tendré mano!
Las girls empezaron a besarle en la mano lesionada, en la cara, en el
cuello.
Frank contemplaba aquella escena sacudiendo la cabeza.
—Y luego dicen que las mujeres son caras.
Las chicas se sacaron billetes del seno.
—Aquí tienes los dos dólares de mi sombrero —dijo Paula.
—Y aquí tienes cuatro dólares que gané hoy —dijo Margot.
—Y el resto lo pongo yo —dijo Sonia.
—Gracias, nenitas. Gracias. Vuestro bebé os lo agradece mucho.
Frank intervino:
—Anda y que te den el biberón, Rock.
—A ti te voy a dar yo el biberón como te coja.
Rock echó los nueve dólares sobre el mostrador.
Frank preguntó lo que debía por sus vasos de whisky y después de
pagar dijo:
—Bueno, Rock, sigue creciendo y a ver si te conviertes en un hombre.
—¿Es una despedida, Frank?
—Es una despedida para los restos.
—¡No tengo dinero!
Hay una forma de que salgas del apuro en que te encuentras.
—¿Y cuál es?
—Trabajar.
—Frank, ¿por qué me quieres tan mal?
—Ya suponía que la palabra trabajo no estaba en tu diccionario.
—Oye, yo soy un tipo duro. He trabajado en los ferrocarriles, en los
ranchos. Y hasta una vez hice un puente.
—¿Tú solito?
—Con ayuda de otros. Pero fue un trabajo criminal. Estoy seguro de
que tú no serías capaz de hacerlo.
—Que te alivies.
En aquel momento entró un hombre en el local.
—Caballeros, soy Dean Lewis, capataz del rancho Connors. He venido
en busca de un par de cow-boys.
CAPÍTULO IV
Seis hombres se levantaron como un rayo.
—¡Aquí nos tiene!
El capataz los miró.
—Está bien, muchachos. Sois demasiados y sólo hay dos plazas. El que
quiera el puesto tendrá que ganárselo.
—¿Cómo hay que ganárselo? —preguntó uno.
—Pasando por una prueba. Todos a la calle.
El capataz se marchó y los seis hombres que querían el puesto lo
siguieron.
Rock dijo:
—Frank, ¿por qué no nos enrolamos?
—¿Tú y yo? Estás chiflado. Yo no quiero ser cow-boy.
—La paga ha de ser buena. Ese capataz es del rancho Connors y dicen
que nadie paga mejor en esta parte del país.
—¿Cuánto?
—Dos dólares diarios, y ya sabes que en todas partes se paga a dólar
por día.
—No me interesa.
—¿Por qué?
—Porque voy a seguir viajando.
—¿A dónde vas, Frank?
—No es asunto tuyo.
—Yo voy a pasar por esa prueba. Y me ganaré un puesto en el rancho
Connors. Ahorraré un poco de dinero y luego me marcharé a California o a
México.
Las girls palmearon.
—¡Sí, quédate, Rock!
—Hasta ahora, muchachas.
Rock salió del local y Frank fue detrás.
El capataz Dean Lewis estaba en la calle, rodeado por los aspirantes a
pertenecer al equipo del rancho Connors.
Y al lado del capataz había un hombre de dos metros de talla y cien
kilos de peso.
—Caballeros —dijo Lewis, con una sonrisa—, aquel de ustedes que
tumbe a Joe La Montaña Humana se habrá ganado el puesto.
Un tipo pelirrojo dijo:
—Yo lo tumbaré.
—¿Cuál es tu nombre?
—Jerry Mayer.
—De acuerdo, Mayer, es tu turno. Tumba a La Montaña Humana, si
puedes.
El pelirrojo se escupió en las manos y caminó hacia el hombre de los
dos metros y los cien kilos de peso.
Echó el brazo atrás para descargarlo sobre Joe La Montaña Humana.
Y de pronto ocurrió algo sensacional.
Joe pegó un sacudón al pelirrojo y éste voló por el aire y cayó en el
abrevadero. Asomó la cabeza chorreando agua y estaba bizco. Y luego se
venció hacia delante y salió del abrevadero convertido en un pingajo. Allí
quedó sin conocimiento.
—¡Otro aspirante! —dijo Lewis.
—Yo mismo —dijo otro de los tipos, y echó a correr hacia La Montaña
Humana, el cual afirmó los pies en el suelo, esperando a que su rival
llegase, y entonces se apartó a un lado y le pegó un zarpazo en el cogote.
El aspirante embistió el abrevadero. No logró derrumbarlo, pero
también cayó despatarrado.
—¿Qué les pasa, forasteros? —dijo el capataz—, ¿Es que no hay
ninguno que quiera el puesto?
—Yo mismo.
El que había hablado era Rock Ferguson. Todos lo miraron con
asombro.
—Eres un chiquillo —le dijo el capataz.
—No, señor Lewis. Ya tengo más de veinte años. Lo que pasa es que
tengo cara de niño.
—Vuelve al colegio.
—Yo soy capaz de acabar con La Montaña Humana.
—¿Ah, sí?
—Lo que le digo, señor Lewis.
—Inténtelo.
Frank cogió a Rock del brazo.
—Rock, yo te tumbé hace un rato. La Montaña Humana te va a
convertir en trozos.
El rubio le sonrió.
—Parece mentira que no tengas confianza en tu amigo Rock
Ferguson.
Dio un tirón, desasiéndose de la mano de Frank, y se marchó hacia La
Montaña Humana, el cual ya lo estaba esperando con los puños cerrados.
Rock levantó la mirada hacia la larga terraza del saloon Peonía, donde
no había nadie, y dijo:
—Hola, Sonia. ¿Por qué te pones ahí en enaguas? Vas a coger un
resfriado.
Instintivamente, La Montaña Humana volvió la cabeza para no
perderse a Sonia en enaguas, y entonces Rock Ferguson le cascó un terrible
derechazo en la sien.
Joe La Montaña Humana se desplomó como un saco de cien kilos de
plomo y quedó como una rana.
Rock se volvió hacia el capataz y los demás testigos, cuyos rostros
mostraban el mayor asombro.
—¿Qué hay, capataz?
—Es tuya la plaza, muchacho.
—Gracias, capataz.
—¿Cómo te llamas?
—Rock Ferguson. Pero también me llaman El Bebé de las Girls.
Todos rieron.
Rock Ferguson se acercó a Frank.
—¿Qué dices ahora de tu amigo Rock Ferguson?
—Que sigues siendo un canallita. Aunque debo agregar algo.
—¿Qué cosa?
—Eres un simpático canallita.
—Frank, cuánto te quiero.
—Eh, que yo soy un hombre. No esperes despertar en mí el instinto
maternal o te rompo la crisma.
—¿Por qué no te quedas?
Frank se frotó la mejilla.
—No sé si me conviene.
—Claro que te conviene. Lo pasaremos en grande. Y además te he
ahorrado la prueba porque me he cargado a La Montaña Humana.
Rock se equivocaba a medias.
—Falta ocupar otro puesto —anunció el capataz—. Pero el que lo
quiera, tendrá que pasar por otra prueba, ya que Rock molió a La Montaña
Humana.
Uno de los aspirantes levantó una mano.
—Aquí me tiene para esa segunda prueba, capataz.
—Tendrás que burlar al cow-boy que tratará de cazarte con el lazo.
—Ya estoy preparado, capataz.
Dean Lewis hizo una señal a un cow-boy que estaba a caballo.
El aspirante se puso en medio de la calle y el cow-boy espoleó su
cabalgadura con un grito, emprendiendo la carrera.
El aspirante se movió de un lado a otro, cuando el cow-boy empezó a
dar vueltas al lazo por encima de su cabeza.
El cow-boy arrojó el lazo justo cuando pasaba al lado del aspirante y
logró cazarlo.
Su víctima cayó en el suelo y fue arrastrado por el jinete, levantando
una gran polvareda.
—¡Alto, me rindo!
El cow-boy detuvo su cabalgadura y, para entonces, el aspirante había
sufrido muchos rasguños.
El capataz gritó:
—¿Hay alguien más que quiera pasar por la prueba?
—Yo —dijo Frank Kerrigan.
—Ya sabe lo que tiene que hacer.
—Lo sé.
El capataz hizo una nueva señal al jinete, el cual recuperó su lazo y se
preparó.
Frank ocupó su lugar en medio de la calle.
El jinete se dirigió hacia Frank. Le tiró el lazo al pasar cerca, pero
Frank dio un salto y logró burlarlo.
El jinete pasó de largo, pero regresó en seguida y recuperó su lazo.
—Ahora no te escaparás —exclamó.
Y otra vez echó a correr su montura sobre Frank, el cual protestó:
—¡Ya lo burlé una vez!
—Tendrás que burlarlo otra vez —repuso el capataz.
Frank sacó el revólver y disparó.
Todos vieron asombrados cómo la bala había partido la soga del cow-
boy, justo a un par de pulgadas de la mano.
El propio jinete se quedó asombrado al ver el lazo en el suelo.
El capataz había arrugado el ceño, pero ahora lo desfrunció,
acercándose a Frank.
—¿Cómo te llamas?
—Frank Kerrigan.
—Tienes una gran puntería, Kerrigan, y eres muy rápido.
—Los que me conocen dicen que no lo hago mal del todo.
—Quedas contratado.
—Gracias, capataz.
—Dile a Ferguson que nos iremos al rancho en una hora.
Frank fue al lado de Rock, el cual le tendió la mano.
Los dos cambiaron un apretón.
—Te invito a un trago, Frank.
—No tienes dinero para pagarlo.
—Me prestas cinco dólares y yo te los pagaré cuando cobremos en el
rancho.
—Aquí tienes los cinco dólares. Vete al saloon. Yo iré después.
—¿A dónde vas?
—Se me acabaron las balas y quiero comprar una caja antes de
largarnos para el rancho.
—Date prisa. Las chicas nos están esperando y hay que celebrarlo.
Frank sacudió la cabeza y se alejó hacia el almacén.
El negocio era atendido por un viejo de unos setenta años.
—Quiero balas para mi «Colt».
—En seguida se las sirvo.
De pronto se oyó una voz femenina.
—No, señor Harris, usted no le va a servir nada a este maldito
pistolero.
Frank se volvió y quedóse perplejo. A tres metros de él se encontraba
la mujer más hermosa que había visto en su vida. Era morena, de ojos
grandes y negros, senos desarrollados, firmes y desafiantes, cintura estre-
cha y anchas caderas, con unas largas piernas.
Y la bella mujer tenía un revólver en la mano.
—Eh, ¿qué hace, señorita?
—Lo voy a matar, pistolero. Sólo eso. Lo voy a matar ahora mismo.
CAPÍTULO V
Frank Kerrigan estaba con la boca abierta, tras escuchar las palabras
de la joven.
—Señorita, ¿puedo hacer una pregunta?
—Hágala, pero que sea corta.
—¿Está usted bien de la cabeza?
—Ya se ganó una bala extra.
—¡Un momento! ¡No dispare!
—Nadie lo va a impedir.
—¿Quiere convertirse en una asesina?
—Matar a un tipejo como usted no es un asesinato.
—Oiga, ¿qué es eso de tipejo? ¡Yo no soy un tipejo!
—Lo es, señor como se llame.
—Frank Kerrigan, y apuesto a que nunca ha oído hablar de mí.
—No, nunca oí hablar de usted.
—Menos mal. Ahora comprenderá que se confunde. Es otro tipo el
que usted quiere matar.
—No me confundo, señor Kerrigan. Es a usted a quien quiero matar.
—¿A mí? ¿Por qué diablos me quiere mandar a la fosa?
—Vi todo lo que pasó en la calle.
—¿En la calle?... Bueno, yo sólo hice que pasar por una prueba para
contratarme con el rancho Connors. Disparé contra un hombre para
romperle el lazo.
—Fue bastante para mí.
—No la entiendo, señorita. Le juro que no la entiendo.
—Pues se va a ir al otro mundo sin entenderme.
—Oiga, almacenista, ¿me quiere decir quién es ella?
—Marion Stiller.
—¿Y sabe por qué la señorita Stiller me quiere matar?
—Me lo estaba diciendo cuando usted llegó.
—¿Qué le decía?
—Que los del rancho Connors habían contratado a un pistolero. La
señorita Stiller vio cómo usted sacaba y disparaba en la calle, y concluyó
que usted debía ser un asesino.
Frank exhaló el aire de sus pulmones. Clavó sus ojos en el bello rostro
de la joven y sonrió.
—Tranquilícese, señorita Stiller. Le repito que no soy un asesino.
—¿Qué va a decir usted?
—Sólo le digo la verdad.
—Usted no sabe lo que es la verdad porque nunca lo ha sabido. ¡Y ya
basta!
Frank vio que Marion iba a apretar el gatillo. Saltó sobre ella.
La joven tuvo una vacilación porque habría podido disparar, aunque
no habría herido nunca a Frank porque éste la estaba sujetando por la
muñeca.
Los dos cuerpos chocaron, cayendo en el suelo.
Marion Stiller dio un grito cuando Frank le torció la mano, obligándola
a soltar el revólver.
Frank había quedado encima de ella y la inmovilizó.
—¡Ya es mía!
—Puerco.
—Dije que era mía porque ya ha dejado de amenazarme.
—Debí dispararle antes de que empezase a hablar.
—Es usted muy linda, señorita Stiller.
—¡No quiero sus requiebros!
—Era gratuito. Y ahora dígame, ¿qué infiernos hay entre usted y el
rancho Connors?
—No se lo pienso decir.
—¿Por qué no?
—Porque usted lo debe saber.
—No lo sé.
—Suélteme.
—Hable, señorita Stiller.
—Sólo hablaré si me deja libre.
—Muy bien. La dejaré libre, pero no intente jugármela o le daré unos
azotes.
Frank se apoderó del revólver de la joven y se puso en pie.
Ella también se levantó, frotándose los brazos.
—Estoy esperando su explicación, señorita Stiller.
—El señor Connors quiere controlar la venta del ganado en toda la
comarca. Se ha asociado con un tipejo llamado Rex Lawson. Según
Connors, todos los rancheros debemos vender a Lawson nuestras reses,
pero da la casualidad de que ellos quieren imponer el precio de compra,
un precio que es la mitad del que conseguiríamos vendiendo a quien nos
diese la gana en el mercado.
Algunos rancheros se han doblegado, pero otros todavía resistimos.
El señor Connors nos amenazó con traer pistoleros de fuera. Ya contrató a
tres y usted es el cuarto.
—Conque es eso.
—Hágase de nuevas.
—Me tengo que hacer de nuevas porque es la primera vez que
escucho un informe de la situación creada entre ustedes. Soy
efectivamente forastero, señorita Stiller, pero no me gano la vida
manejando la pistola.
—Ande, niégueme que se contrató con Connors.
—No, no lo voy a negar. Me contraté con Connors, pero sólo para
trabajar como cow-boy.
—No me convencerá, señor Kerrigan. ¿Me devuelve mi revólver?
Frank vació el cargador.
—Aquí tiene su arma, señorita Stiller, pero debería usarla mejor.
Marion le quitó de un tirón el revólver y luego, con la cabeza levantada
orgullosamente, salió del almacén.
Harris dio un suspiro.
—Menos mal que no lo ha matado, señor Kerrigan.
—No le han faltado ganas.
—Marion Stiller es muy impulsiva.
—¿Es verdad lo que dijo la señorita Stiller con respecto a Connors?
—Bueno, yo no quiero acusar a nadie. Soy almacenista y debo vender
mi mercancía a todos los ciudadanos.
—Deme la caja de halas.
—Oh, sí, señor.
Frank pagó el importe de su munición y abandonó el almacén.
En el camino al saloon se encontró con el capataz Lewis.
—Hola, Kerrigan.
—¿Qué tal van las cosas en el rancho Connors?
—Somos los primeros en la comarca.
—¿Hacen negocio también los demás rancheros?
—No se pueden quejar.
—¿Quién es el Marshall aquí?
—Alan Peppard.
—¿Y qué clase de tipo es?
—Corriente. ¿Por qué hace esas preguntas, Kerrigan?
—Me gusta saber siempre qué clase de autoridad hay en el lugar
donde voy a vivir una temporada.
—No tendrá problemas con el Marshall.. Es de los que dejan hacer...
Bueno, muchacho, voy a comprar unas cosas. Nos veremos dentro de un
rato para marchamos al rancho.
Frank emitió un gruñido de asentimiento y se dirigió a la comisaría.
Llamó a la puerta de la oficina.
—Adelante —dijo una voz desde el interior.
Abrió la puerta y entró.
El Marshall tendría unos cuarenta años y estudiaba un tablero de
ajedrez sobre la mesa.
—¿Con quién juega, Marshall?
—Conmigo mismo —le contestó la autoridad, sin mirarlo.
—¿Y quién gana?
—Yo.
El Marshall se dio cuenta de lo absurdo de su respuesta y se echó a
reír.
—Me pilló, forastero.
—Soy Frank Kerrigan.
—¿Qué puedo hacer por usted, Kerrigan?
—Organicé una pelea en el saloon. Luego, en la calle sonó un tiro. Más
tarde, en el almacén, una mujer intentó matarme. Total, que hubo mucho
jaleo durante la última hora y usted estaba aquí jugando al ajedrez. ¿Me
equivoco?
—Sí, estaba jugando al ajedrez. ¿Tiene eso algo de malo?
—Se supone que usted ha de mantener el orden y la paz en Sugar City.
—Creo que me está criticando.
—Usted es un adivino, Marshall.
—Deje el sarcasmo, muchacho.
—Quizá lo deje si usted me da la explicación que busco.
—Bueno, se la puedo dar.
—Muy amable.
—Estoy cojo de un remo.
El Marshall se levantó y se fue cojeando hacia la ventana.
—¿Qué le pasó, Marshall?
—Me cazaron con una bala perdida cuando traté de evitar una pelea
en el saloon. Tengo la bala en la cadera porque el doctor no me la pudo
sacar.
—¿Quién le metió la bala en la cadera?
—Un forastero. Traté de detenerlo, pero después de herirme, se largó.
—Mala suerte para usted.
—Muy mala...
—Y eso le impide cumplir con su deber.
—¿A dónde quiere ir a parar, Kerrigan?
—La señorita Stiller quiso matarme porque pensó que yo era un
pistolero contratado por Max Connors.
—¿Lo es?
—No. Fue una confusión de la señorita Stiller. Sólo me contraté como
cow-boy.
—Vaya, menos mal.
—La señorita Stiller me dio un informe. Aseguró que Connors ha
establecido un precio para las reses. Está coaccionando a los rancheros
para que vendan a Rex Lawson a un precio muy inferior al precio libre del
mercado.
El Marshall no dijo nada y Frank agregó:
Y resulta que el señor Lawson es un socio de Connors.
El Marshall tampoco dijo nada.
—Corríjame si me equivoco, señor Peppard.
El Marshall miró a la calle a través de los cristales de la ventana.
—Marshall, le estoy hablando.
Peppard se volvió, furioso.
—Sí, me está hablando y lo está haciendo en un tono que no me gusta.
¿Quién es usted para exigirme cuentas? ¡Otro forastero como el que me
hirió en la cadera! ¡Ustedes son la peste! ¡Cuando llegan a un pueblo, se
creen los amos!
—Yo no me creo el amo de Sugar City.
—Pero está exigiendo que conteste a sus preguntas.
—¿Prefiere que se lo ruegue? De acuerdo, Marshall. Le ruego que me
conteste.
Ya está otra vez con los sarcasmos. Suponga que le contesto
afirmativamente. Que las cosas están así. Que Lawson es socio de Connors
y que también es verdad que
está coaccionando a los rancheros para que vendan al precio que
Connors ha señalado.
—Entonces, usted me daría mucha lástima.
—¡No le consiento eso, Kerrigan!
—Estamos hablando de suposiciones. Usted lo dijo.
Peppard echó a andar hacia la mesa y cojeó otra vez. Se sentó en la
silla. Finalmente, levantó la vista.
—Kerrigan, no se meta en líos. Usted dijo antes que se contrató con
Connors como un cow-boy.
—Sí.
—Pues sea un cow-boy para Connors. Y si no le gusta el cargo,
presente su renuncia y lárguese.
—¿Sólo se le ocurre esto?
—Sólo.
—¿Por qué, Marshall?
—Porque, en esta comarca, un hombre que trate de enfrentarse con
Connors, haría el peor negocio de su vida.
—Ya estoy deseando conocer a Max Connors. Hasta pronto, Marshall.
Frank dio media vuelta y salió de la comisaría.
Fue al saloon.
Rock estaba otra vez en una mesa, rodeado por las tres girls, Margot,
Sonia y Paula.
—¿Dónde te metiste, Frank?
—Yo también pasé el rato con una chica.
—¿Y qué tal?
—De maravilla.
—¿Te dio un besito?
—Me quiso dar una bala.
—¿Es posible, Frank? ¿A ti te iba a dar una bala?
—Anda, ven al mostrador y te lo contaré. Pero deja a las chicas por
unos instantes.
—Como tú quieras. Un besito a vuestro bebé, nenas.
Rock se acercó a Frank después de ser besado por las tres girls.
Kerrigan ya había pedido dos whiskys. Mientras bebían, Frank le
contó la historia que había salido por boca de Marion Stiller.
Cuando hubo terminado, Rock seguía en silencio.
—Nos hemos metido en la boca del lobo, Rock.
—Yo no diría eso.
—¿Y qué dirías tú?
—Que nos hemos enrolado con el ranchero más listo. Y ahora
comprendo por qué paga mejor que nadie.
—Nunca me ha gustado trabajar para el ranchero más listo.
—Frank, debes ser práctico. Connors tiene las de ganar.
El capataz entró en el saloon.
—Muchachos, nos vamos al rancho.
Frank pegó una palmada a Rock y dijo:
—Vamos a conocer a nuestro patrón listo.
CAPÍTULO VI
Estaban llegando al rancho Connors cuando oyeron unos estampidos.
—¿Qué es eso, capataz? —preguntó Kerrigan.
—Son unos cow-boys que están haciendo ejercicios de tiro al blanco.
—Creí que era la guerra.
El capataz le sonrió.
—Hay que estar preparados en la paz para cuando haya guerra.
Frank cambió una mirada con Rock, que cabalgaba a su lado.
Vieron la casa a la izquierda, en lo alto de una pequeña colina. Abajo
estaban las empalizadas. Se veían algunos rebaños.
Cuatro hombres estaban disparando con el revólver. Se servían de
latas vacías como dianas. Los cuatro tenían mucha puntería porque no
fallaban un solo disparo.
El más alto entre ellos vestía de luto.
—Un momento, muchachos —dijo.
Los otros tres dejaron de disparar.
Quedaban cinco latas sobre el tablero.
El de luto rellenó de plomo los compartimentos de su cilindro y dejó
el revólver en la funda. Luego dio media vuelta y se puso de espaldas a las
cinco latas.
De pronto, giró de nuevo, al mismo tiempo que sacaba el revólver, y
se puso a disparar una, dos hasta cinco veces, y a cada disparo, una lata
voló por el aire.
Estaba muy serio y sus tres compañeros sonrieron.
—Bravo, Tony —dijo uno.
—Estás en forma, Tony —dijo el segundo.
—Podrías matar al mismísimo Wyatt Earp.
El llamado Tony asintió con la cabeza.
—Quizá un día me llegue a Dodge City y me cargue a Wyatt Earp.
Los cow-boys y el capataz no se habían perdido un detalle de la escena.
—¿Quién es el de luto, capataz? —preguntó Kerrigan.
—Tony Janssen.
—El famoso pistolero.
—¿Tienes alguna duda?
—No.
—Ten cuidado con él, Frank. Está en nuestro equipo y es un hombre
con malas pulgas.
—Tendré cuidado. Pero quisiera hacer una pregunta. ¿Para qué
necesita el señor Connors un pistolero como Tony Janssen?
El capataz Lewis le miró a los ojos.
—Viniste a trabajar como cow-boy, Frank, ¿cierto?
—Sí.
—Pues limítate a eso.
—De acuerdo, capataz.
—Podéis ir al dormitorio. Está al fondo. Tenéis media hora para
descansar. Luego os veré para daros trabajo.
Frank y Rock cabalgaron hacia el dormitorio que Lewis les había
señalado.
—¿Qué opinas ahora, Rock?
—Que aquí se prepara una en grande.
—Lo mismo pienso yo. Tony Janssen debe costarle mucho dinero al
señor Connors. Oí decir que no se contrataba por menos de trescientos al
mes y cobra servicios extras.
—¿Cómo lo sabes, Rock?
El rubio se echó a reír.
—Las girls, ¿eh? —sugirió Frank.
—Sí, las girls lo saben todo. Te las recomiendo, Frank. Ellas saben todo
lo que pasa. Van de un lado a otro y conocen a más gente de la que tú y yo
podamos conocer en cien años.
—Y a ti te abren su corazón.
—Bebé que es uno.
Tras descabalgar, fueron al dormitorio. Dentro, cuatro hombres
jugaban al póquer.
—Hola —saludó Frank—. Soy Frank Kerrigan y éste es Rock
Ferguson.
Ninguno de ellos hizo caso.
—Necesitamos dos camas —habló Kerrigan.
Tampoco le contestaron porque los cuatro fulanos siguieron jugando
al póquer, como si no oyesen a nadie.
—Vamos, Rock. No se debe molestar al prójimo.
Había un corredor, y a un lado y otro estaban los camastros.
—Esta cama me gusta —dijo Rock—. La otra, para ti.
—De eso nada, monada —dijo uno de los jugadores.
Rock enarcó las cejas.
—Frank, ¿no oíste una voz femenina por aquí que me llamaba
monada?
—Creo que sí.
Se había hecho un largo silencio.
El jugador que había hablado dejó las cartas sobre \ mesa.
—Perdonadme, muchachos. Se nos coló un gracioso.
Era un grandullón de uno noventa, con unos brazos largos y unos
puños como melones.
Echó a andar hacia los dos recién llegados. Se detuvo a unos pasos de
Rock.
—Repite eso.
—¿Qué cosa?
—Lo de la voz femenina.
Rock puso las manos sobre el pecho e hizo un gesto de temor.
—¿Cómo se llama usted, señor?
—Peter Carey.
—No quise decir nada de voz femenina —dijo Rock, con voz
temblorosa—. Palabra. Yo no quise meterme con usted.
El grandullón llamado Peter Carey sonrió satisfecho.
—Eso está mucho mejor, mequetrefe.
—Gracias, linda.
Peter Carey se iba a volver para regresar a la mesa de juego, pero otra
vez se enfrentó con el rubio.
—¿Qué es lo que dijiste?
—Oh, qué lío me estoy haciendo. Ya no sé si es usted Peter Carey o
Mary la Mula.
—¿Mary la Mula?
—Verá. Es que Mary la Mula tiene más o menos su estatura y sus
pectorales. No es culpa mía que sea tan parecido a Mary la Mula.
—Muchacho, te has ganado una coz.
—¡Oh, no, Mary la Mula! ¡Digo, señor Carey!
Peter se abalanzó sobre Rock con el evidente deseo de romperle la
cara, pero el rubio dio un salto y se subió al camastro.
—¡Que me matan!... ¡Que me rompen los huesos!
—¡Baja de ahí, cobarde!
—¡Sí, señor! ¡Ahora mismo bajo!
Rock dio un salto elástico, debido al colchón, y pareció como si
hubiese sido disparado por un cañón. Alargó el brazo y su puño chocó
contra la boca de Peter Carey.
El fulano lanzó un aullido y rodó por el suelo hasta estrellarse contra
una de las columnas de madera. Dio la impresión de que la nave se iba a
venir abajo.
La sangre brotaba de la boca de Peter Carey y escupió dos dientes.
—¡Mequetrefe, te voy a hacer pedazos! —aulló.
—¡Dios mío, Mary la Mula me va a hacer pedazos! ¡Oh, perdón, quise
decir la señora monada!... ¡Tampoco quise decir eso!
—¡Yo te voy a enseñar cómo me llamo! ¡Peter Carey!
—¡Sí, señora Peter!
El grandullón corrió como una res enloquecida hacia Rock Ferguson
y éste empezó a bailotear delante de una columna.
—¡Que me atropella!... ¡Que me desloma!... ¡Que me fríe!
Y justamente cuando Peter llegaba a toda velocidad, dio un salto y se
apartó.
Peter embistió la columna. Fue un golpe terrible, pero tenía una fuerte
cabeza y partió la columna. El edificio, de nuevo, amenazó desplomarse,
pero sólo cayó mucho polvo de lo alto.
Peor que el edificio quedó Peter Carey, con los ojos salidos de las
órbitas y rodándole como cuentas mal ajustadas.
Soltó una especie de rebuzno y se derrumbó.
Los otros jugadores de póquer estaban embobados.
Frank había apoyado el codo en la pared y el otro brazo lo tenía en
jarras.
—Rock, no debes confundir el sexo de las personas. Eso siempre trae
desgracias.
Rock se acercó a Frank y, sacudiendo la cabeza, dijo:
—Sí, Frank, tienes razón. He hecho un desgraciado a Peter Carey.
Los tres compañeros de Peter se pusieron en pie.
—Mequetrefe —dijo un pelirrojo—, no está bien eso que has hecho
con nuestro amigo Peter. Y ahora te vamos a dar lo que mereces.
—¿Qué quiere decir, señor?
—Que vas a recibir hule.
Frank levantó una mano.
—Yo también necesito hule.
—Pues nada, lo vais a recibir los dos.
Frank chasqueó la lengua.
—¿Lo ves, Rock? Te lo he dicho muchas veces. Hay que tener
compañerismo con los hombres que han de trabajar contigo. Si sirves una
ración, hay que servirla abundante.
Ya no hubo más que palabras porque los tres amigos de Peter Carey
se lanzaron sobre Frank y Rock.
En el dormitorio se armó la gran pelea.
Frank estaba un poco cansado. Necesitaba reposar los huesos. No
podía fallar los golpes y no los falló. Repartió equitativamente su energía
entre sus dos enemigos y a los dos los tumbó.
Rock también se deshizo de su enemigo con facilidad, mandándole al
suelo.
La puerta se abrió de golpe y la voz del capataz Lewis tronó:
—¿Qué infiernos pasa aquí?
Se quedó perplejo al ver a los cuatro hombres sin conocimiento.
Frank Kerrigan se miró las uñas de la mano derecha.
—Capataz, tiene usted aquí gente muy peleona.
—¿Ah, sí?
—Sólo queríamos una cama y no colaboraron.
—Está bien. Tendréis las dos últimas del fondo, a la izquierda.
—Gracias, capataz.
—¡Y no quiero más peleas o los despido!
—Dígaselo también a ellos cuando se recuperen.
—De acuerdo, Kerrigan. Ahora venid conmigo. Os voy a llevar al lugar
donde debéis empezar el trabajo.
—¿Y qué hacemos con éstos?
—Arrojadles un balde de agua y que os acompañen.
—Con mucho gusto.
Frank y Rock fueron por los baldes de agua y vertieron el líquido
sobre las caras de los cow-boys, los cuales recuperaron el conocimiento. El
más maltrecho era Peter Carey, quien, cuando pudo fijar la mirada en Rock,
le dijo:
—¿Cómo te las arreglaste, muchacho?
—No me gustan las peleas, Peter. No sirvo para eso. Echó a andar y
salió del dormitorio seguido por Frank.
Peter Carey se pasó una mano por la boca y exclamó :
—¡Que me maten! Si a este tipo no le gustan las peleas, ¿qué hará
cuando le gusten?
CAPÍTULO VII
La bella Marion Stiller entró en su casa.
Un viejo estaba gateando, a cuatro patas.
—¿Qué haces, abuelo?
—La medicina. ¿Dónde está mi medicina?
—No encontrarás ninguna botella de whisky.
—Dije mi medicina, Marion. ¿Es que no lo sabes? El doctor me dijo que
tomase un vasito cada tres horas.
—Lo que el doctor dijo es que tomases un baño cada tres horas.
—Pero es que yo me quiero dar el baño por dentro.
—Ha de ser por fuera. Y con agua.
—¿Agua? ¡Tú lo que quieres es que me ahogue!
—Abuelo, si vuelves a las andadas, te llevaré cogido de la mano a
Kansas City.
—¡No se me ha perdido nada en Kansas City!
—Allí hay un sanatorio para los bebedores de whisky como tú. Y ya
sabes lo que les dan.
—Jarabe de palo.
—No, abuelo, no les pegan. Pero los tienen a régimen seco, atados a la
pata de la cama.
—Tú no harás eso conmigo, nieta. No lo harás porque antes soy capaz
de marcharme a pedir limosna.
—Empieza a pedir limosna.
—¿Harás eso conmigo?
—No, abuelo, nunca te llevaré a ese sanatorio. Pero si Max Connors se
sale con la suya, nos va a dejar a los dos para pedir limosna.
—Marion, no podemos luchar contra los pistoleros. Tenemos sólo seis
hombres. Y ya sabes lo que nos dijeron. Que si había tiros, se largaban.
—Y tú quieres darte por vencido. Debemos vender nuestras reses a
ese canalla de Rex Lawson, que está asociado con Max Connors.
Isaías Stiller siguió gateando por el suelo.
—Mi medicina. ¿Dónde está mi medicina?
—¿Me prometes que sólo beberás un trago, abuelo?
—Te lo juro por tu abuela.
Marion se sacó del seno una llavecita que le colgaba del cuello.
Isaías sonrió.
Marion abrió el cajón de un armario y cogió una botella de whisky que
estaba por la mitad.
Isaías se fue a abalanzar sobre su nieta, pero Marion retiró el frasco.
—Un solo trago, abuelo. Recuérdalo.
—¿Por quién quieres que te lo jure?
—Está bien, abuelo.
Isaías empinó el frasco.
En ese momento llegó un cow-boy.
—Señorita, tiene un visitante.
—¿Quién?
—Max Connors.
—Dile que no estoy.
Una voz se oyó por detrás del cow-boy.
—Gracias por recibirme, Marion.
Los hermosos ojos de Marion brillaron encolerizados. Allí estaba Max
Connors, el hombre que quería monopolizar la venta de reses de la
comarca. Tendría unos treinta años y era alto, rubio, de ojos azules, rostro
bien parecido.
—Estás muy linda, Marion.
—Y tú también estás muy guapo —repuso ella, con retintín.
—Debe ser porque me pegaste algo y lo debo a que somos vecinos.
—Es una desgracia como otra cualquiera.
Max se echó a reír.
—Siempre tan punzante, ¿eh, Marion?
El abuelo se estaba aprovechando de aquella interrupción porque
seguía bebiendo, y ya sólo le quedaba un dedo de licor. Pero ahora se
atragantó y tuvo que apartar la botella mientras tosía.
—¡Abuelo, te lo has bebido todo! —gritó Marion.
—Cumplí mi palabra. Sólo fue un trago.
—Tú y tus trucos.
Max seguía sonriendo.
—Isaías —dijo—, en cuanto haya firmado el contrato con Rex Lawson,
le voy a regalar media docena de botellas del mejor whisky.
Isaías se quedó con la boca medio abierta.
—¿Media docena dice?
Marion dio una patadita en el suelo.
—Eres el tipo más indecoroso que existe, Max.
—Sólo trato de hacer feliz a tu abuelo, cariño.
—Mi abuelo no será feliz bebiendo whisky. ¡Y no me llames cariño!
El abuelo intervino:
—Max se pone en razón, Marion.
—Conozco las estratagemas de Max Connors y sé cómo se las
arreglará para que firmes el contrato. Pero yo soy propietaria de la mitad
del rancho y no consentiré que firmes nada sin mi aprobación.
—Sí, nietecita. Bueno, yo me voy.
El abuelo escapó de la habitación con el frasco de whisky, y cuando
Marion se fue a dar cuenta, ya era demasiado tarde.
—Marion —rompió el silencio Max Connors—, ¿por qué estás en mi
contra?
—Porque lo que estás haciendo no es justo.
—Sólo quiero engrandecer esta comarca.
—Quieres engrandecerla para ser el mandamás, y no te importa
arruinar a los demás rancheros.
—Ninguno de los rancheros se arruinará. Admito que algunos
tendrán que marcharse porque no podrán competir, pero eso es lógico que
ocurra. Son gente sin ideas.
—Pero son honrados. Y se conforman con lo que tienen. Y no fueron
ellos los que eligieron este lugar para vivir. Fueron sus padres y sus
abuelos los que decidieron establecerse aquí y criar ganado. ¡Y todos se
respetaron!
Connors se puso a aplaudir.
—Un hermoso discurso, Marion.
—Fuera burlas.
—De acuerdo. Hablemos en serio.
—Yo ya estoy hablando en serio desde que llegaste, Max.
—Entonces, ¿por qué no eres más comprensiva?
—¿Como cuánto de comprensiva debo ser?
—No te das cuenta de algo importante. Marion. Yo no hice el mundo.
—Una gran noticia para todos los hombres.
—¿Quién de los dos se burla ahora?
—Oh, perdón, debemos seguir muy serios esta seria conversación.
Adelante, Max Connors, tú tienes la palabra.
—Eres muy amable. Decía que no he hecho el mundo. Y hay una ley
que rige los destinos de todos los seres humanos.
—La ley de la convivencia y del respeto mutuo.
—No, Marion, es otra ley sobre la que gira el mundo. La del progreso.
Nadie puede detenerlo porque escapa a nuestra voluntad. El ser humano
ansia la perfección. Un día inventó la rueda. ¿Para qué? Para poder trans-
portar sus mercancías. Otro día inventó la forma de conducir el agua para
llevarla a su casa, al lugar en que la necesitaba. No te quiero cansar, pero
la historia de la Humanidad es un continuo progreso.
—¿Y qué has inventado tú, Max?
—Algo muy grande.
—¿La manera de volar?
—Otra vez vuelves a ser chistosa. He inventado la forma de que, el día
de mañana, todos los habitantes de este país paguen lo que tengan que
pagar por la carne que comen.
—Ya suponía eso. No me dices nada nuevo. Quieres imponer el precio
de las reses en el mercado, y para ello necesitas controlar el precio en su
origen.
—Exacto.
—Y quieres conseguir todo eso aunque tengas que lesionar los
derechos de los demás.
—Cuando un hombre tiene una idea grande, los derechos de los
demás no importan.
—¿Cómo que no importan?
—Si el hombre hubiese tenido en cuenta los derechos de los demás,
todavía estaría por inventar la rueda.
—Me das lástima, Max Connors.
—Pues reclina tu cabecita en mi hombro y llora.
—Antes pondría mi cabeza sobre un puma.
—Marion, te he dado explicaciones, y pensé que serían suficientes
porque quiero que compartas conmigo todo lo que voy a conseguir.
—¿Compartirlo contigo?
—Te estoy pidiendo que seas mi mujer.
—¡Eso, nunca!
—Siempre me has tenido estima.
—Te he tenido tanta estima que, las dos veces que has intentado
besarme, te he dejado marcadas mis uñas en tu cara.
Connors se tocó la mejilla, donde tenía una pequeña cicatriz.
—Conservo un pequeño recuerdo tuyo de hace tres años, pero
entonces yo no pensaba casarme contigo.
—Pues no hace falta que lo pienses ahora.
—¿Es que vas a rechazarme?
— Claro que voy a rechazarte. ¿Qué otra cosa has podido pensar?
Max se quedó tan serio que su rostro parecía de piedra.
—No sabes lo que dices ni lo que haces, Marion.
—Sé Jo que digo y lo que hago, Max.
—Entonces, piénsalo.
—No hay nada que pensar.
—Te conviene pensar un poco en la oferta que te hago. Vas a ser la
señora de Max Connors.
—Suena muy feo.
—Ponle música.
—¿Qué clase de música? ¿Violín? ¿Piano?
Max Connors endureció otra vez sus facciones.
—Creí que eras más inteligente.
—No, Max, tú creías que yo era más complaciente.
—Voy a empezar mi trabajo y tú quedas incluido en él, Marion.
—¿Qué clase de trabajo?
—Ya hice todas las advertencias que tenía que hacer.
—Sí, nos dijiste a todos los rancheros que debíamos firmar con tu
socio Rex Lawson como proveedores de reses.
—Así es. Ya han firmado seis. Sólo faltáis cuatro. Pack Milton, Cari
Howard, Pat Mansard y tú, Marion.
—Da la casualidad de que ninguno de los cuatro firmaremos nunca,
porque estamos de acuerdo en ser libres y vender al precio que nos
convenga.
—No haréis tal cosa. Venderéis al precio que yo mande.
—Eso no lo vas a lograr.
Connors sonrió fríamente.
—Estás equivocada porque lo voy a conseguir.
—¿De qué modo?
—Con música de revólver.
Hubo un silencio.
Marion señaló la puerta.
—¡Lárgate, Max!
—Ya me voy. Pero, si cambias de opinión con respecto a mi oferta
matrimonial, puedes venir a mi rancho cuando quieras. Serás bien venida.
—No esperes que vaya.
—Nunca se puede ser tan rotundo cuando uno se juega el futuro.
Connors hizo un saludo con la mano y salió de la estancia.
Marion quedó pensativa. Había estado muy dura con Max Connors,
pero merecía aquel trato. Ella lo había desafiado, pero, realmente, contaba
con muy poco para impedir que Max Connors se adueñase de la comarca.
No supo por qué, pero, de pronto, recordó a aquel forastero, a Frank
Kerrigan, tan hábil con el revólver. Pero Frank Kerrigan formaba parte del
equipo de Max Connors.
CAPÍTULO VIII
Pat Mansard y su hijo Jim estaban cuidando un becerro nacido en los
establos.
—Es un buen ejemplar, padre.
—Sí, lo es. Pero la madre sufrió una caída ayer. Tendrás que darle el
biberón porque ella no podrá alimentarlo en una semana.
—Es cuenta mía, padre. Ya le traje el biberón.
Jim tomó el becerro entre sus brazos y se dispuso a darle la leche de
la botella.
De pronto, oyeron una voz.
—Un cuadro enternecedor.
Padre e hijo miraron hacia la puerta del establo. Vieron a cuatro
hombres. El que estaba delante y que era el que había hablado iba vestido
de luto. Los cuatro llevaban la funda del revólver muy baja, asegurada al
muslo por cintas de cuero para dar más rapidez al saque.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Mansard.
—Yo soy Tony Janssen.
—¿Tony Janssen? —repitió el ranchero.
—Eso dije. Y éstos son Douglas Hamilton, James Benson y Ernest
Hudsón.
—¿Qué quieren, señor Janssen?
Tony sacó un papel del bolsillo superior de la chaqueta.
—Según dice aquí, usted es el dueño de este rancho.
—Sí.
—Le traigo un papelito para firmar.
—¿A qué papelito se refiere?
—Es un contrato.
—No firmaré ningún contrato.
—No me ha dejado terminar, señor Mansard. Es un contrato muy
aceptable. Usted venderá sus reses a Rex Lawson.
—Le dije a Rex Lawson y a Max Connors que no firmaría.
—Pero usted, ahora, ha cambiado de opinión.
—No, no he cambiado.
—Qué lástima.
Janssen abrió los dedos y dejó caer el papel, que revoloteó antes de
llegar al suelo.
—Márchense —dijo Mansard.
—Todavía no, Mansard. Le voy a decir lo que hará usted antes de que
nos marchemos. Recogerá el papel que está en el suelo, lo firmará y
después me lo meterá en el bolsillo.
Jim Mansard dejó el becerro en el suelo y se levantó de un salto.
—¡No amenace a mi padre!
—Conque tú eres el hijo.
—Sí, Jim Mansard. Y están aquí de sobra.
—Saca, hijo.
—¿Cómo?
—Que saques... ¡Ya!
Jim tiró del revólver.
Tony Janssen fue mucho más rápido y más veloz. Sacó y disparó.
Jim se derrumbó junto al becerro que acababa de nacer, el cual mugía
lastimosamente.
Pat miró con los ojos desorbitados a su hijo, que había quedado
tendido sobre el heno, con un boquete en la garganta.
—¡Jim!... ¡Jim!
Jim no se levantó porque estaba muerto.
Pat Mansard dio unos pasos hacia su hijo.
—¡Jim, no puede ser!... ¡No quiero que mueras!
—Está muerto, señor Mansard —dijo el pistolero de luto.
Pat miró a Janssen, que había devuelto el revólver a la funda.
—¡Canalla!... ¡Asesino!
—Señor Mansard, firme o saque.
Pat titubeó. Estaba lleno de dolor. Habían matado a su hijo Jim. Tenía
otra hija, Rose, casada en Kansas City con un abogado. Era horrible y
espantoso lo que acababa de pasar allí. En unos momentos tuvo la
impresión de que envejecía diez años.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Sintió deseos de sacar.
Pero vio el rostro sonriente de Tony Janssen y comprendió que nunca
podría matarlo. No, sería una locura. Tony Janssen lo mataría a él como
había matado a Jim.
—¿Qué decide, señor Mansard?
No contestó.
—Señor Mansard, no podemos estar aquí todo el día. ¡Le he dicho que
firme o saque!
—Firmaré.
Tony Janssen miró a Mansard con una sonrisa de satisfacción.
—Ya lo suponía.
Pat, con paso tambaleante, se dirigió hacia el papel que estaba en el
suelo. Pero en el camino se derrumbó de rodillas.
—Firmaré... Firmaré —gimió.
***
La señora Howard dijo a su marido:
—Cari, ¿por qué no nos vamos de Sugar City?
—¿Irnos?
—Véndele a Max Connors el rancho.
—Es todo lo que tenemos, Sandra.
—Pero no quiero que mueras.
—No voy a morir.
—Tengo miedo, Cari.
Cari abrazó a su esposa.
—Estás temblando, Sandra.
—Sí, estoy temblando porque temo perderte.
Los dos estaban en el porche de la casa. Aquel mismo día se les habían
ido cuatro hombres. Sólo les quedaban otros cuatro para arrear el ganado.
Sandra se tocó el abultado vientre.
—Dentro de cuatro meses nacerá nuestro hijo. Quiero darte un
muchacho.
Cari la besó en el cuello.
—No te reñiré si me traes una hija.
Se besaron en los labios.
De pronto oyeron una cabalgada.
Cari se apartó de su esposa con un sobresalto.
—¡Son ellos, Cari! ¡Los pistoleros de Max Connors!
—Entra en la casa, Sandra.
—No.
—¡Te he dicho que entres, Sandra! ¡Es asunto mío!
—Promete que no pelearás con ellos.
—Haré lo posible.
—No me basta.
—Sandra, ¿quieres obedecerme?
—¡Por lo que más quieras, Cari! ¡No te resistas a lo que te pidan!
Cari empujó a su esposa hacia la casa y ella entró, cerrando la puerta.
Los cuatro jinetes se acercaron al porche.
—¿Cari Howard? —dijo un hombre de luto.
—Sí.
—Soy Tony Janssen y éstos son mis tres colaboradores.
—¿Qué quiere, señor Janssen?
—Vengo a, por una firmita suya.
—No le entiendo.
—Déjese de cuentos, Howard. Usted sabe perfectamente lo que
quiero. Que firme el contrato de aprovisionamiento de reses con Rex
Lawson. Ah, y debo darle una buena noticia. Pat Mansard firmó hace un
rato.
—¿El señor Mansard? No lo puedo creer.
Janssen le arrojó un papel al suelo.
—Ahí tiene. Lea la firma de Mansard.
Cari cogió el papel y, efectivamente, vio la firma de su colega.
—El señor Mansard dijo que no firmaría. No lo comprendo.
—Bueno, el señor Mansard tuvo una desgracia.
—¿A qué se refiere?
—Perdió a su hijo. Lo sintió mucho. Se emocionó tanto que decidió
firmar.
—¿Y cómo perdió a su hijo el señor Mansard?
—Se quiso hacer el valiente conmigo.
Howard apretó los maxilares. Había comprendido. Aquel hombre,
Tony Janssen, había matado a Jim Mansard. Vio sonreír al pistolero y sintió
deseos de abalanzarse sobre él y machacarle la nariz, la boca, los ojos,
convertir aquel rostro en pulpa.
—¿Quiere hacerse usted también el valiente, señor Howard?
Cari sintió que la sangre se calentaba en sus venas.
Tony Janssen habló otra vez:
—No tiene bastantes agallas.
—¡Cállese, Janssen!
—Nadie me ordena callarme a mí.
—¿Quiere que se lo pida por favor?
—Eso está mejor. Firme.
—Deme el papel.
Janssen sonrió a sus compañeros.
—El señor Howard sabe lo que se hace —sacó el papel y lo alargó a
Howard.
Se abrió la puerta y apareció Sandra con una pluma en la mano
cargada de tinta.
—Te dije que te estuvieses en casa, Sandra —dijo su esposo.
Tony sonrió a la mujer.
—Caramba, señor Howard, tiene una esposa muy linda.
—¡No la manche con su sucia boca!
Tony seguía observando a la mujer, cuyo rostro estaba blanco como
el yeso.
—Tiene los ojos verdes como a mí me gusta, el cabello rubio como a
mí me gusta. Sí, ranchero, tiene usted un bombón como a mí me gustan.
Cari tiró del revólver.
—¡No! —gritó Sandra.
Pero ya era demasiado tarde. Tony sacó y disparó con su endiablada
rapidez.
Cari recibió dos impactos en el pecho y se estrelló contra la pared.
—¡Asesino! —dijo y soltó una bocanada de sangre antes de caer de
bruces.
Sandra estaba con las manos en las mejillas, mirando con asombro a
su marido.
—¡Cari!... ¡No, Cari!
Pero Cari ya no le podía responder.
Sandra miró con ojos llenos de odio a Tony Janssen.
—¡Lo ha matado! ¡Ha matado al padre del hijo que llevo en mis
entrañas!
—El lo quiso. Ya lo vio, señora Howard. Su marido quiso matarme.
—¡Usted lo comprometió porque me estaba diciendo cosas sucias!
—Sólo la estaba requebrando porque usted se lo merece, señora
Howard.
—¡Y Cari se lo prohibió, piojoso!
—Le doy mi más sentido pésame, señora Howard. Volveré otro día
para que firme.
—¿Yo firmar?
—Ahora es usted la" heredera de este rancho.
—¡No firmaré su cochino contrato! ¡No lo firmaré! ,Ande, señor
Janssen, máteme también!
Tony se volvió.
—Vámonos, muchachos. Hay momentos en que no se puede hablar
con una mujer.
Los cuatro jinetes se alejaron.
La señora Howard se dejó caer de rodillas junto a su marido.
—¡Oh, Cari! ¿Por qué lo hiciste, Cari?
Se derrumbó sobre el cuerpo sin vida de su marido y lloró
amargamente.
CAPÍTULO IX
Marion Stiller estaba escuchando horrorizada a Jack Milton.
—Ya ves cómo están las cosas, Marion. Jim Mansard y Cari Howard
murieron.
—Dios mío, ¿qué va a ser de esa pobre mujer?
—Max Connors ha decidido ser el dueño de esta comarca y no se
detendrá ante nada.
Marion apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. —¡Yo mataré a
Max Connors!
—No, Marion.
—¡Lo mataré!
La joven entró en su casa y salió poco después.
Jack quiso detenerla y la cogió por un brazo.
—Marion, nunca podrás conseguirlo.
—Ya lo veremos —dio un tirón y se desasió de Jack Milton.
Corrió a los establos donde había un cow-boy.
—Spencer, prepárame un caballo. Date prisa.
—Sí, señorita Stiller.
El cow-boy le preparó el caballo con rapidez.
Marion montó en la silla y lanzó el animal al galope.
Estaba llena de ira y de odio contra Max Connors. Había escondido un
revólver «Derringer» en el bolso. Era de la única manera que podía matar
a Max Connors.
Nadie le interrumpió el camino. Llegó al rancho y descabalgó.
El capataz Lewis le salió a su encuentro.
—Buenas tardes, señorita Stiller.
—¿Está Max Connors?
—Sí.
—Dígale que vengo para firmar el contrato.
—Caramba, se va a llevar una buena sorpresa. La anunciaré en
seguida.
El capataz se marchó hacia la casa.
Marion oyó pasos a su espalda.
—Hola —dijo una voz.
Se volvió y descubrió ante ella a Frank Kerrigan.
—Le felicito, señor Kerrigan.
—¿Por qué me felicita?
—Por lo que hizo usted con los otros pistoleros. Usted me engañó,
señor Kerrigan. Después de nuestra pelea, lo miré a los ojos
detenidamente, y llegué a la conclusión de que era un hombre honesto y
que sólo por un error se había enrolado en el bando donde no debía estar.
—¿Todo eso pensó?
—Sí, pero ahora me doy cuenta de que me equivoqué. Usted es un
asesino como los demás.
—¿Puedo saber a quién he matado, señorita Stiller?
—¿Le resulta divertido el juego, señor Kerrigan?
—Le aseguro que no sé una palabra de lo que me habla.
Marion vaciló unos instantes y él dijo:
—Ande, Marion, míreme otra vez a los ojos.
—Ya los estoy mirando.
—¿Y qué ve en ellos?
—No lo sé.
—¿No cree que vale la pena que me informe?
—Usted mató a Jim Mansard.
—No he matado a nadie.
—Y luego mató a Cari Howard, un hombre que deja una viuda y que
pronto tendrá un hijo.
Frank se pasó la lengua por los labios.
—Hábleme de esas dos muertes.
—Como si usted no lo supiese.
—No lo sé, Marion.
—El que llevaba la voz cantante era un tipo de luto. —Tony Janssen.
—Sí, así dijo llamarse. Pero le acompañaban tres hombres.
—Ninguno de esos hombres era yo.
—¿Su compañero el rubio?
—No, tampoco iba Rock con ellos.
—¿Qué va usted a decir?
—La verdad, Marion. Nada más que la verdad. Entonces Marion se dio
cuenta de que el rubio de que hablaban, Rock Ferguson, estaba un poco
más allá. Y Rock intervino desde donde se encontraba.
—Frank y yo estuvimos con el ganado todo el día, señorita Stiller.
Marion observó el rostro de Rock, después el de Frank y se dirigió a
la casa.
El capataz Lewis le sonrió.
—El patrón se ha alegrado mucho por su visita. Marion estaba muy
seria y no le contestó.
Entró en la casa y se dirigió al salón. Llamó a la puerta.
Le abrió el propio Max, sonriendo.
—Entra, Marion.
La joven pasó al interior y él la cogió por los brazos.
—Sabía que lo pensarías mejor, muñeca.
—Lo pensé.
—No te arrepentirás nunca de este paso.
—No pienso arrepentirme nunca.
—Seremos felices, muy felices. Tendrás conmigo todo lo que has
deseado.
—Sólo deseo una cosa, Max.
—Dilo.
—Te lo diré después de que me hayas besado.
—Sí, querida.
Max la enlazó por la cintura y la atrajo hacia sí.
Sus labios se juntaron.
Max le pasó ahora una mano por la espalda y aumentó la presión de
su boca contra la de Marion.
La diestra de Marion fue en busca del «Derringer» que guardaba en el
bolso. Abrió éste y extrajo el revólver.
De pronto, Max se apoderó de su muñeca y le dio un empellón.
Marion todavía intentó levantar el revólver, pero Max la seguía
sujetando con fuerza.
—¡Traidora! —dijo y le soltó una bofetada.
Marion perdió el equilibrio y cayó en el suelo. Ya no tenía el revólver
porque éste había quedado a los pies de Max.
Marion se lanzó en busca del arma, pero Max pegó un puntapié al
«Derringer» y lo arrojó al otro lado de la estancia. Luego, aprovechando
que Marion estaba a su lado, la cogió por el cabello y le dio otra bofetada.
—¡Miserable!
—Mi dulce Marion.
—¡Asesino!
—Mi adorada Marion.
Max sonreía victoriosamente.
—¡Quítame las manos de encima, asesino!
Max la levantó tirándole enérgicamente del cabello femenino.
Ella trató de pegarle un zarpazo, pero Max se lo impidió haciéndola
girar bruscamente. La rodeó otra vez con sus fuertes brazos. Marion quedó
de espaldas y entonces Max le habló al oído.
—Ya basta, gata.
—Ordenaste la muerte de Jim Mansard y Cari Howard.
—No, yo no ordené ninguna muerte.
—¡Tus pistoleros los mataron!
—No habrían muerto si hubiesen firmado.
—¡No lograrás lo que pretendes!
—Ya estoy a punto de conseguirlo y también te conseguiré a ti.
—A mí no me tendrás nunca.
—Lo verán tus ojos.
—¡Antes me los sacaré con mis propias uñas!
—Eres una heroína de folletín. Pero yo te convertiré en todo un
personaje.
La hizo volver bruscamente.
—Bésame, Marion.
—No.
—¡Te he dicho que me beses!
—Antes besaría a un sapo.
—Me vas a besar y quiero que lo hagas con pasión.
—Me das asco.
—Te volverás loca por mí.
—Entre nosotros dos ya hay uno que está loco y ése eres tú, Max.
—Me besarás —dijo Connors, riendo y trató de besarla en la boca,
pero ella forcejeó.
De repente la puerta se abrió y una voz dijo:
—¿Me llamaba, señorita Stiller?
Connors dejó de luchar con Marion y la joven se apartó de él
tambaleándose. Se quedó con la respiración jadeante, un mechón de
cabello sobre el ojo, mirando al hombre que estaba en la puerta.
El ranchero lo señaló con el dedo.
—¿Quién eres tú?
—Un nuevo cow-boy de su equipo. Frank Kerrigan.
—¿Cómo te atreves a entrar sin llamar?
—No pregunté por usted, sino por ella.
—Eh, un momento, acabas de decir que eres un cow-boy a mi servicio.
—Sí.
—¿Quién te contrató?
—Dean Lewis.
—Quedas despedido.
—¿Ah, sí?
—¡He dicho que quedas despedido! ¡Lárgate!
Frank cerró la puerta y se quedó dentro de la habitación. Luego cargó
el cuerpo sobre la pierna izquierda y, rascándose la mejilla con la mano
derecha dijo:
—A sus órdenes, señor Connors.
—¡Imbécil! ¡Te he dicho que salgas!
—Perdone, pero usted dijo que me quedase.
—¿Por qué iba a pedirte que te quedases?
—Para romperle la cara.
—¿Qué?
—Usted me ha dicho con los ojos: «Rómpeme la cara, Frank». Y como
yo soy un muchacho muy obediente, le voy a romper la cara.
CAPÍTULO X
Se había hecho un silencio tras las últimas palabras de Frank.
El ranchero Max Connors parecía haberse convertido en una estatua
de piedra, tal era su asombro. Pero no menos asombrada estaba Marion
Stiller. Ni siquiera se había apartado el mechón de cabello del ojo y tenía la
boca abierta.
Connors estaba mirando a Frank con la mayor atención y al fin rompió
su inmovilidad.
—Corríjame si me equivoco, Kerrigan. Usted y la señorita Stiller se
conocen.
—Sí.
—Y apuesto a que se conocieron antes de que mí capataz lo
contratase.
—Ahí se equivoca. La conocí después.
—¿Y dónde se conocieron? ¿Puede decírmelo?
—No hay inconveniente. En el almacén del pueblo.
—Imagino lo demás. Fue un encuentro muy tierno.
—Ya metió la pata, señor Connors.
—¡No le consiento que me hable así!
—Metió el remo porque Marion y yo nos conocimos en el almacén,
pero el encuentro no fue nada tierno. Ella quiso matarme.
—¿Matarlo? ¿Por qué?
—Porque une creyó al servicio de un canalla llamado Max Connors.
Max se quedó otra vez sorprendido, pero luego se echó a reír.
—Frank, debe estar chiflado.
—¿Por qué?
—Se ha metido aquí, en mi casa, en mis habitaciones privadas.
—¿En la boca del lobo? —sugirió Frank.
—Sí, Kerrigan. Para usted como si fuera la boca del lobo.
—¿Qué espera para enseñarme los dientecitos, lobo?
—Se cree muy grande, ¿eh?
—Más o menos mido lo mismo que usted, Connors.
—Somos de la misma talla. Pero usted es un enano.
—¿Y usted un gigante?
—Sí, un gigante.
—Entonces, una lucha entre nosotros sería desigual. El gigante contra
el enano.
—Le falta saber algo. No he perdido en toda mi vida una pelea —
Connors levantó los puños—. He machacado caras. No he dejado de
hacerlo desde que cumplí los diez años. Y ahora voy a machacar la suya,
Kerrigan.
—Adelante, machacadora.
—Le voy a dar la mayor paliza de su vida.
—No hable tanto. Se le va a ir la fuerza por la boca.
Marion retrocedió unos pasos con los puños en alto. Y Frank se quedó
quieto.
Connors tiró el puño derecho a la cara de su rival, pero no llegó a
tocarlo porque a Frank le bastó un ligero quiebro para burlarlo. Connors,
al golpear en el vacío, se fue contra la pared.
Frank dejó que se volviese y le zumbó con la izquierda en el pómulo.
Connors dio una extraña voltereta en el aire y se estrelló contra el
suelo.
—Señor Connors, ¿qué hace a gatas? —dijo Frank.
Max se levantó. Frank le había dejado una marca en la mejilla. Miró a
Marion y se sintió humillado. Su corazón bombeó sangre caliente al
cerebro. Soltó un rugido, mezcla de odio y de coraje, y corrió hacia
Kerrigan.
Frank paró la embestida con un golpe seco en el plexo solar e
inmediatamente le castigó el hígado. Cuando Max se inclinaba con la boca
abierta, Frank se la cerró de un trallazo.
Connors emprendió otro vuelo y arrolló un armario donde se
guardaba porcelana cara.
Armó un estrépito de mil diablos.
Cuando se levantó, arrojaba sangre por los dos labios porque los tenía
partidos.
El ranchero perdió el control y se abalanzó sobre Frank sin medir la
distancia.
Frank lo recibió con un terrible mazazo en las narices.
Connors retrocedió manoteando en el aire, pero esta vez Frank lo
siguió y le cascó en la mandíbula.
Connors cayó sobre una silla que convirtió en leña para la chimenea y
luego quedó de bruces, moviéndose débilmente.
Frank se acercó a él.
—Connors, es usted un bicho.
—¡Maldito!
—Quizá me he equivocado al iniciar esta pelea. Debí decir que sacase
y me habría dado el gusto de meterle un par de plomos en su piojoso
cuerpo.
Connors quiso levantarse, pero se derrumbó y quedó sin
conocimiento.
Frank se volvió hacia Marion que lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Salgamos de aquí, señorita Stiller.
—Sí, vámonos. Pero tenga cuidado. Si se enteran de que ha golpeado
a Connors, no le dejarán salir vivo.
No había nadie en el hall y fueron al porche.
El capataz Lewis estaba junto a una empalizada, hablando con unos
cow-boys.
Rock Ferguson no estaba entra ellos. Se encontraba apoyado en la
baranda del porche, sacando punta a un trozo de madera con una navaja
—Rock, me voy —le dijo Frank
El rubio miró a Marion con los ojos entornados y luego a Frank.
—Oí un ruido ahí dentro. Como si un elefante estuviese trompeando
a un mono.
—Yo era el de la trompa.
—¿Cómo quedó el mono?
—Muy mal.
Rock miró otra vez a la joven.
—Ella te pegó el chinazo, ¿verdad, Frank?
—No lo sé.
—Yo sí lo sé. No te marchas de la región. Te vas con ella, Frank.
—De acuerdo, Rock. Me voy con ella y tú te vienes conmigo.
Rock se mojó los labios con la lengua. Miró el trozo de madera que
estaba cortando con la navaja y luego levantó otra vez la vista.
—No, Frank, no voy a ir contigo. Estás en el bando perdedor.
—Y a ti te gusta enrolarte con el patrón más listo.
—Sí.
—De acuerdo, Rock, no voy a porfiar contigo para convencerte.
—Soy mayorcito para tomar una decisión, aunque las girls me llamen
bebé.
—Buena suerte, Rock.
—Lo mismo te deseo. Pero no va a servir de nada. Tu suerte va a ser
perra.
—Ya veremos, rubio. Ya veremos. Hasta la vista.
Marion y Frank bajaron del porche, montaron en los caballos y en
seguida emprendieron un galope.
Cuando ya se habían alejado un poco, Frank volvió la cabeza y vio que
Rock estaba mirándoles, pero ya no se hicieron ninguna señal como
despedida.
Marion y Frank se alejaron del rancho.
Habían cabalgado un rato cuando Marion dijo:
—Quiero lavarme la cara en el río para borrar las huellas que Connors
me dejó.
Frank no dijo nada, pero detuvo su cabalgadura.
Marion saltó de la silla y se puso de rodillas en la orilla del arroyo que
por allí corría y se lavó la cara.
Frank descabalgó también y apoyó las espaldas en un árbol.
Marion se volvió con la cara chorreando agua.
Se acercó a Frank y lo miró a los ojos.
—¿Por qué lo hizo, Frank?
—No lo sé.
—Debe saberlo.
—Quizá sea porque no me gusta que atropellen a una mujer.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Entonces, ¿lo habría hecho por cualquier otra mujer?
—Sí.
—Su amigo Rock dijo otra cosa. Dijo que yo le había pegado el chinazo
y yo sé lo que quiere decir eso.
—¿Ah, sí?
—Su amigo se refirió a que usted podría estar enamorado de mí.
—Ya.
—¿Sólo se le ocurre decir eso? ¿Ya?
—¿Qué quiere que le diga?
—La verdad.
—¿Por qué tiene tanto interés?
—Porque hay cosas que se deben saber cuanto antes. Y ésta es una de
ellas.
—De acuerdo, señorita Stiller. Me pegó el chinazo.
—¿Y cómo fue su herida? ¿Superficial o profunda?
—Señorita Stiller, le está buscando los tres pies al gato. Quiero decir
que me está comprometiendo y esto tiene sólo una salida.
—¿Cuál?
—Esta —dijo Frank y tiró de ella y la besó en la boca.
Ella se dejó besar.
Pasó un minuto y Frank terminó de besarla y ella dijo:
—¡Señor Kerrigan, ha faltado poco para que me ahogase!
—Pues respire porque ahí va otro.
—¡Oh, no, señor Kerrigan!
Pero Frank no le hizo caso y la volvió a besar.
Ahora Marion no se estuvo quieta. Subió la mano derecha y la puso
sobre la nuca de Frank.
El beso también acabó, y ella tuvo que llevar aire & sus pulmones muy
aprisa.
—Señor Kerrigan, tendré que pedirle un favor. No ponga tanto
entusiasmo. Me duelen los huesos.
—Lo siento.
—Pero debo agregar que es un dolor soportable.
—Lo celebro.
—¡Lo siento! ¡Lo celebro! ¿Es que no sabe decir otra cosa?
—¿Qué quiere que le diga?
—Que me quiere y que le gustaría ser el padre de mis hijos.
—De eso nada.
—¿Eh?
—Que no me voy a casar con usted.
—Señor Kerrigan, dice usted cosas inverosímiles. Hemos quedado en
que le pegué el chinazo. Y me ha besado de una forma que es para morirse.
Además, se ha jugado usted la piel por mí. ¿Qué cree que hará Connors? Lo
humilló delante de mí. Le pegó una paliza. Señor Kerrigan, debo decirle que
está usted comprometido conmigo.
—Le echaré una mano.
—Caramba, hace un momento me echaba las dos.
—Sabe a lo que me refiero. Trataré de solucionar sus problemas con
respecto a Connors y sus pistoleros.
—¿Y luego?
—Luego me marcharé.
—Dice usted tonterías, Kerrigan.
—He dicho que me iré y me iré.
—Usted no se podrá marchar de esta comarca y no va a ser porque yo
lo haya atado con lazos indisolubles. Se quedará con nosotros porque
Connors y sus pistoleros acabarán con usted.
—Entiendo, se refiere a que me quedaré en el cementerio.
—Sí, señor Kerrigan. Desgraciadamente será así.
—Quizá pase eso o quizá no.
—No me hable como a su amigo, Rock. Usted no tiene la menor
probabilidad de vencer a Tony Janssen y los buitres que le acompañan.
—Admito que son demasiados.
—Y no voy a consentir que usted muera... Ha dicho que si usted saliese
victorioso no se casaría conmigo porque se largaría de Sugar City. ¿Cierto?
—Cierto.
—Entonces se marchará ahora.
—No, no me voy a marchar.
—¡Es una orden que le doy, señor Kerrigan!
—Usted no me puede dar órdenes porque no soy un empleado suyo,
señorita Stiller.
—Entonces, ¿por qué se vino conmigo?
—¿No lo ha visto? Para besarla unas cuantas veces.
—¡Pues ya no me va a besar más!
—De acuerdo, no la besaré más si usted no quiere.
—No quiero.
—Trato hecho. Fuera besos. Pero seguiré con usted. Después de todo,
será por poco tiempo... Connors pondrá toda la carne en el asador.
Ordenará a sus pistoleros que me busquen.
—¿No tiene miedo, Frank?
—El miedo es algo que nace con uno cuando lo traen al mundo. Unas
veces se siente con más intensidad que otras. Nunca deja de faltar. Pero
uno se sobrepone a esos instantes y, cuando está en juego la vida, sólo
piensa en salvarla.
—Es usted un hombre la mar de extraño. Tanto como su amigo Rock.
¿Qué clase de gente son ustedes? Van por el mundo sin detenerse apenas.
¿Qué es lo que buscan?
—Nunca me lo he preguntado.
—Pues pregúnteselo ahora.
—No, señorita Kerrigan. Ahora no. Ya perdimos demasiado tiempo y
no me gustaría que me sorprendiesen con usted en la orilla del río. Si
vuelve a caer en manos de Connors no escapará tan fácilmente.
Montaron en los caballos de nuevo y se dirigieron al rancho de la
joven.
CAPÍTULO XI
Isaías Stiller se habla escondido en el establo. Había logrado comprar
un frasco de whisky a un buhonero. Estaba acariciando la botella contra su
pecho y canturreaba.
De pronto oyó pasos y se asustó. Podía ser su nieta Marion. Escondió
la botella entre el heno.
Pero no era Marion, sino un ranchero, Jack Milton.
—Hola Isaías.
—¿Qué tal, señor Milton?
—Estoy buscando a Marion.
—Salió y no ha vuelto.
—Entonces le daré un mensaje en mi nombre.
—De acuerdo, Milton.
—Dígale que no puedo seguir luchando contra Max Connors.
—¿Quiere decir que va a firmar el contrato con Rex Lawson?
—Eso mismo.
Isaías soltó una risita y, sin preocuparse de Milton, sacó la botella de
whisky de entre el heno.
—¿Un trago, señor Milton?
—No, gracias.
—Le dará coraje.
Los ojos de Milton se endurecieron.
—¡Tengo ya todo el coraje que necesito!
—Entonces, ¿por qué va a claudicar?
—Mataron a Jim Mansard y a Howard.
—Ya lo sé.
—Para usted resulta fácil encajar esa noticia. Le basta atrapar una
borrachera para olvidarse de todo.
—¿Y qué hace usted, señor Milton?
—Yo sólo bebo whisky los sábados.
—Me refiero a qué hace usted para enfrentarse a los pistoleros. Yo le
daré la respuesta. Decide que debe firmar.
—Tengo mujer y tres hijos.
—Y yo tengo una nieta.
—A usted no le harán daño, Isaías. Es un trasto inútil. Pero
suponiendo que le enseñasen el hocico de un revólver, usted se escondería
en el hoyo más cercano.
Isaías había bebido mucho whisky.
—Maldita sea, yo soy capaz de cargarme a todo el que se me ponga
por delante. Deme ese revólver y le demostraré de lo que soy capaz.
—Es mejor que no se lo deje porque se pegaría un tiro usted mismo.
—Señor Milton, tiene usted delante a Isaías Stiller, que se enfrentó
con pistoleros de la peor clase.
—¿Dónde se enfrentó?
—En Abilene. Y se lo voy a demostrar. Ande, deme el revólver.
—Está bien. Aquí lo tiene.
Milton le entregó el revólver e Isaías estuvo a punto de caer por el
peso del arma. Se lo metió en el cinturón.
—¿Con quién se enfrentó en Abilene, señor Stiller? ¿Con un par de
pulgas?
—Le contestaré para que cierre la boca de una ve* por todas. Me
enfrenté con los hermanos Dalton.
—¿Los forajidos?
—Si, los forajidos.
—¿Cuántos eran?
—Tres.
—¿Y ustedes cuántos eran, señor Stiller? ¿Una docena? ¿Dos docenas?
—Yo estaba solo.
—No me diga.
—Le repito que yo estaba solo, y enfrente de mi estaban los tres
hermanos Dalton.
Isaías miró hacia el fondo del establo, entornando los ojos, y
endureció el rostro, como si efectivamente estuviesen allí los hermanos
Dalton. Abrió las piernas en compás y afirmó los pies sobre el suelo. Dijo
con voz ronca:
—Estoy harto de vosotros, hermanos Dalton. Yo os diré lo que sois
vosotros. Tres malditos y peloteros escarabajos —Isaías soltó un hipido—
. Perdón, quise decir escarabajos peloteros...
—¿Qué le contestaron ellos? —preguntó Milton.
—Budd Dalton me señaló con el dedo y me dijo: «Escúchame, Isaías
Stiller. Nos estás poniendo como basura y eso no se lo permitimos a nadie.
Y si ahora mismo no te pones a cuatro patas y sueltas un rebuzno, te vamos
a emplomar».
—Y usted rebuznó —sugirió Milton.
—No diga eso, insensato. Yo miré fijamente a Budd
Dalton y le contesté: «Budd, aquí el único burro que hay eres tú».
—¿Y qué le dijo él?
—Ya no hubo lugar para seguir hablando. Las manos volaron hacia el
revólver.
Isaías movió la mano hacia el cinturón, pero no encontró el revólver
porque lo tenía un poco más abajo.
Dijo de nuevo:
—¡Las manos volaron al revólver!
Logró atrapar la culata y tiró de ella, pero no lo pudo sacar porque el
cañón se trabó en la hebilla.
Milton dio un suspiro y murmuró:
—Las manos volaron hacia el revólver.
—¡Sí, Milton! ¡Maldita sea y fue sacar y disparar!
Isaías apretó el gatillo y, al primer disparo, se cayó sobre los cuartos
traseros. Siguió disparando, pero el revólver le saltaba en las manos y
empezó a girar hacia la derecha, donde estaba Milton.
El ranchero soltó un alarido y se tiró de cabeza al compartimento de
los caballos.
—¡Párese, señor Stiller! ¡Socorro! ¡Que me matan!
—¡No, Budd Dalton! ¡No voy a parar hasta que te haya volado la
cabeza!
—¡Se la tendría que volar con dinamita!... ¡Señor Stiller! ¡Pare ya!
Isaías dejó de disparar porque se le había acabado la munición del
revólver.
Milton asomó la cabeza.
—¿Ya mató a Budd Dalton?
—Tiene tantos agujeros en el cuerpo como un colador.
—Menos mal.
Marion entró corriendo.
—¿Qué ha pasado, abuelo?
Milton atrapó el revólver que tenia Isaías.
—Marion, tu abuelo pilló una de sus borracheras y se puso a disparar
contra los fantasmas. .
—Abuelo, ¿otra vez?
—Nietecita, no me riñas.
—Te tengo que reñir porque otra vez has olvidado mis
recomendaciones.
—Cariño, yo necesito beber de vez en cuando un trago.
—Tú necesitas un litro todos los días. Y eso es demasiado, abuelo.
Por detrás de Marion apareció Kerrigan.
Milton carraspeó.
—Vine a hablar contigo, Marion. He renunciado a seguir luchando
contra Max Connors.
—¿Qué?
—De nada serviría que nos resistamos a sus deseos Sólo quedamos tú
y yo. Mis hombres no quieren pelear contra Tony Janssen y sus pistoleros.
—Las cosas han cambiado, Jack.
—¿En qué sentido?
—Tenemos a un hombre que está dispuesto a enfrentarse con Max
Connors. Te presento a Frank Kerrigan.
Milton parpadeó observando al forastero.
—Oye, Marion, no sé si es una broma.
—No es una broma.
—Ellos son cuatro. Tony Janssen y otros tres pistoleros profesionales,
y tú sólo tienes a uno.
—Es muy bueno.
—Nunca he oído hablar de Frank Kerrigan.
—Yo le he visto manejar el revólver y los puños, y te digo que es
estupendo.
—No podrá con Tony Janssen y sus compinches.
—Podrá si nosotros le ayudamos.
—Nosotros no podemos hacer nada. No disparamos como ellos.
Frank intervino:
—No necesitas convencer al señor Milton, Marion. Ya supuse que me
tendría que enfrentar solo con Tony Janssen y su pandilla.
—¡No puedes hacer eso sin ayuda!
—Lo haré.
Marion dio un paso hacia Milton.
—Jack, heredaste el rancho de tu padre y a él le costó mucho esfuerzo
y mucho sudor.
—Lo sé. No hace falta que me lo recuerdes.
—Ahora es necesario que te lo recuerde. Si firmas con Max Connors,
serás un criado suyo.
—No.
—Sí, Jack. Nunca podrás sentirte dueño de tu propio hogar. Entre tú y
tu mujer y tus hijos se establecerá un muro. No podrás tocar ese muro
porque será invisible, pero lo palparás con tu mente. ¿Crees que será una
forma de vivir agradable?
—Es preferible a estar muerto.
—Ni tú mismo crees eso. No, Jack, no puedes creerlo. Me
decepcionarías. Has sido un buen ranchero. Te has preocupado de tu
ganado. ¿Te acuerdas de aquella vez que tuviste que luchar contra la
inundación del río? Te jugaste la vida para salvar cien reses. Durante tres
días y tres noches fuistes de un lado a otro, dando ánimos a tus cow-boys.
Tu mujer trató de llevarte a casa porque estabas agotado, pero tú seguiste
allí hasta que lograste salvar la última de tus reses. Y apuesto a que,
después de pasar aquel trance, te sentiste orgulloso viendo tus rebaños
tranquilos, pastando.
Milton inclinó la cabeza sobre el pecho.
—Sí, Marion. Tienes razón. Pero ahora es distinto.
—¿Por qué es distinto?
—Porque enfrentarse con asesinos no es lo mismo que enfrentarse a
las aguas del río.
Se oyó una cabalgada.
Frank Kerrigan miró por el hueco de la puerta y dijo:
—Ahí vienen dos pistoleros de Tony Janssen.
CAPÍTULO XII
Isaías Stiller dio un respingo al oír las últimas palabras de Frank
Kerrigan.
—¿Los pistoleros aquí?
—Me marcho —dijo Milton.
—No se vaya o lo atraparán —repuso Kerrigan—. Déjelo de mi cuenta.
Yo los recibiré.
Frank salió del establo.
Los dos jinetes estaban llegando a la casa. Uno de ellos vio a Frank y
habló a su compañero. Entonces los dos dirigieron sus caballos hacia el
establo. Se detuvieron muy cerca y los dos descabalgaron.
Frank seguía quieto, junto a la puerta.
Uno de los pistoleros dijo:
—Soy Douglas Hamilton y éste es Ernest Hudson... ¿Eres Frank
Kerrigan?
—Yo soy Frank Kerrigan.
Los dos pistoleros guardaron silencio mientras observaban
atentamente a Frank.
Douglas Hamilton continuó hablando.
—Hiciste algo muy feo en el rancho de Connors.
—Oh, sí, lo recuerdo, le rompí la cara a vuestro patrón.
—¿Qué disculpa tienes?
—Se me fue la mano.
—¿Vas a venir con nosotros?
—¿Adónde?
—Al rancho Connors.
—¿Para qué?
—El señor Connors quiere desquitarse.
—¿Y cómo se desquitaría?
—Rompiéndote la cara.
—No tengo otra y no me gustaría que me la hiciesen pedazos.
—El señor Connors te la va a resquebrajar como un ladrillo.
—No, Douglas, no me la va a resquebrajar como un ladrillo porque yo
no voy a ir al rancho Connors.
El otro pistolero, Ernest Hudson, que había permanecido callado
hasta entonces, dijo:
—Hay muchachos que son difíciles de convencer, Douglas.
—Y éste es uno de ellos.
—Seguro.
—¿Y qué se te ocurre para convencerle?
—Plomo.
—Lo mismo digo yo.
—Le llevaremos el cadáver al señor Connors y que luego le rompa la
cara.
Los dos movieron la mano hacia el revólver.
Frank estaba preparado para aquel duelo desde hacía rato y lo
demostró sacando con una velocidad increíble, y disparando a
continuación.
Los dos pistoleros de Tony Janssen manotearon en el aire mientras
recibían plomo.
También ellos dispararon, pero lo hacían sin puntería, contra el cielo
azul.
Se desplomaron y quedaron inertes.
Frank Kerrigan había dejado de apretar el gatillo. —¡Frank! —gritó
Marion, saliendo del establo.
Al verlo en pie se arrojó en sus brazos.
Frank estrechó contra sí a la joven.
—Estás fría como el hielo.
—Creí que el corazón me iba a dejar de latir.
Isaías salió del establo gritando:
—¿Dónde están esos bandidos? ¿Dónde?
Milton apareció por detrás del abuelo y vio los cadáveres de los
pistoleros.
—Es usted muy bueno, Kerrigan —dijo.
Marion sonrió al ranchero.
—¿Has cambiado de opinión?
—Lucharé al lado de Kerrigan.
***
El Marshall Peppard estaba sentado ante la mesa en la comisaría,
jugando consigo mismo una partida de ajedrez.
La puerta fue abierta sin que llamasen.
Alan levantó la vista del tablero.
—Ah, ¿es usted, Kerrigan? ¿Qué quiere?
—Le traigo dos paquetes.
—Déjelos sobre la mesa.
—Son grandes y sería mejor que les echase un vistazo.
—¿De qué me está hablando?
—Venga y lo verá.
—Hombre, que hoy la cojera es más pronunciada... En cuanto cambia
el tiempo, la bala que tengo en la cadera empieza a hacer de las suyas.
Sin embargo, Peppard se levantó y, cojeando, fue hacia la puerta. Miró
fuera y se quedó de muestra viendo los dos cadáveres, uno en cada caballo.
Algunos ciudadanos curiosos se habían acercado y estaban mirando
los muertos.
Peppard se volvió hacia su visitante.
—Son Douglas Hamilton y Ernest Hudson, los amigos de Tony
Janssen.
—Sí, Marshall.
—¿Los mató usted?
—Yo.
—¿Y cuántos más?
—Yo solo.
Peppard miró a Frank con un solo ojo, porque cerró el otro.
—¿Quiere hacer una gracia?
—Hay situaciones que no se prestan al chiste.
—¡Maldita sea, Frank! Le dije que era un cow-boy del rancho Connors
y que se limitase a ser eso.
—No pude satisfacerle, jefe.
—Y yo sé por qué no lo hizo. Por Marion Stiller.
—No he venido aquí a contarle la historia de mi vida, Marshall. Sólo a
traerle dos cadáveres para que los lleve al rancho Connors.
—¿Cómo dice?
—Quiero que lleve los muertos a Max Connors y que le diga algo de
mi parte.
—¿Qué quiere que le diga?
—Que lo voy a matar a él.
—Kerrigan, me está sacando de mis casillas.
—¿Y qué hace cuando le sacan de sus casillas?
—No me desafíe.
—Usted es un pasmarote, jefe.
—¿Un qué?
—Dije un pasmarote. Un tipo al que le tiene sin cuidado lo que pase a
su alrededor.
—¡Kerrigan!
—No sé si tiene la hala del forastero en la cadera. Yo apostaría a que
no.
—¿Qué dice? ¡Todo el mundo vio que el forastero me hería!
—Sí, el forastero le metió esa bala. Pero quizá el doctor se la sacó y a
usted no le convino informar de eso a sus ciudadanos. Usted necesitaba
que ellos le tuviesen compasión. Que dijesen entre ellos: «Tenemos un
Marshall que es un abnegado, casi un héroe. Le metieron una bala en la
cadera y él sigue al frente de la comisaría».
—Se cree muy listo, ¿eh, Kerrigan?
—Soy todo lo listo que me permiten las circunstancias.
—Muy bien, suponga que hago lo que me pide. Llevo los cadáveres a
Max Connors y le digo la verdad, que usted le va a matar. ¿Qué espera que
haga Max Connors?
—Dígale también que quiero a Marion Stiller y que ella me quiere a
mí y que nos vamos a casar.
—¿Todo eso para qué?
—¿No tiene imaginación?
—Sí, creo que la tengo. Usted quiere conseguir que Max Connors se
enfrente a usted cara a cara, sin ningún otro tipo por medio.
—Es lo que pretendo.
—Max Connors no morderá el cebo. Es demasiado poderoso. Tiene
mucho dinero y por eso contrató a Tony Janssen. Yo le diré lo que
conseguirá con su desafío, Kerrigan. Max Connors le mandará a Tony
Janssen. ¿Usted es el listo? No me haga reír, Kerrigan. Y ahora adiós y buen
viaje.
Peppard volvió a la mesa, se sentó ante ella y prestó toda su atención
al tablero de ajedrez. Movió una torre blanca.
—Malo, jefe —dijo Frank.
—¿Por qué?
Frank se acercó al tablero y movió un alfil.
—Jaque mate.
Peppard arrugó el ceño mientras observaba las piezas, tratando de
buscar una solución. Al cabo de un rato, comprendió que el movimiento de
aquel alfil había acabado la partida. Efectivamente era jaque mate.
Levantó los ojos, deteniéndolos en el rostro bronceado de Frank
Kerrigan.
—¿Dónde aprendió a jugar al ajedrez?
—Me enseñó una pelirroja. Ella sabía más que nadie de movimientos
para conseguir algo efectivo.
—Muy gracioso.
—¿Va a ir al rancho de Connors?
—Sí, iré al rancho de Connors.
—Gracias.
—Pero ya le diré qué va a pasar en el próximo juego.
—Dígalo.
—Usted será jaque mate, Kerrigan.
—Es posible.
—No tendrá escapatoria, y no podrá culpar a nadie de su muerte
porque usted mismo se la habrá buscado.
Frank se dirigid hacia la puerta, pero, antes de salir, volvió la cabeza.
—Dígale a Connors que le espero mañana a las doce del mediodía en
el saloon Peonia, y que estaré solo.
CAPÍTULO XIII
Max Connors tenía en la cara dos esparadrapos y a pesar de ello, no
podía disimular la hinchazón.
Tony Janssen estaba apoyado en la pared.
—Ese hombre tiene que morir, Tony.
—Morirá.
—Cuanto antes.
—Un poco de paciencia.
—¿Por qué he de tener paciencia, Tony? ¡Te pago, para que me
obedezcas!
—No me hable así, Connors. Yo no soy un tipo cualquiera.
—Perdona. Estoy nervioso.
—Pues cálmese... Si el jefe pierde el control, todo empezará a ir mal.
—Todo ha de marchar bien, Tony.
—Estoy de acuerdo, Connors. Todo irá bien. Frank Kerrigan ha jugado
y ha perdido porque a estas horas está muerto.
—¿Qué?
—Le mandé a Douglas Hamilton y a Ernest Hudson,
—¿Eso hiciste, Tony? —rió Connors.
Janssen le correspondió con una sonrisa.
—Sabía que le gustaría la sorpresa.
—¿Por qué infiernos no fuiste tú?
—Me encontraba un poco cansado. Hamilton y Hudson se bastan para
liquidar a ese forastero.
Llamaron a la puerta repetidamente.
Tony abrió.
En el hueco estaba James Benson.
—Tony, el Marshall está ahí fuera.
—¿Qué quiere el Marshall?
—Trae a Douglas y a Ernest.
—¿Los detuvo?
—Los trae muertos.
—¿Cómo?
—Muertos.
—¿Frank Kerrigan?
—Sí, Frank Kerrigan se los cargó.
El Marshall apareció detrás de James.
—¿Puedo pasar?
—Entre, Marshall —dijo Tony.
Peppard entró y Tony lo atrapó por el cuello y le soltó dos bofetadas
que sonaron como disparos.
El Marshall exclamó:
—¡No me pegue...! ¡Soy el Marshall!
—¡Lo voy a hacer pedazos!
—¡Yo no disparé contra sus hombres! ¡Dígale que se esté quieto,
Connors!
Max se levantó del diván.
—Tony, dijiste hace un momento que me controlase. Ahora te lo digo
yo a ti.
Janssen llevó aire a sus pulmones y, finalmente, soltó a Peppard,
aunque le dio un empellón.
El Marshall se tambaleó.
Connors se dirigió hacia él.
—¿Qué pasó, Peppard?
—Frank Kerrigan llegó a la comisaría con los dos cadáveres. Me pidió
que se los trajese a usted. Agregó un mensaje.
—¿Cuál es el mensaje?
—Se va a casar con Marion Stiller.
Los ojos de Connors relampaguearon.
—¿Eso es todo?
—No, hay algo más.
—Suéltelo.
—Frank Kerrigan dijo que lo esperaría a usted mañana al mediodía
en el saloon Peonía. Y que estará solo.
Connors apretó los puños hasta que los nudillos se le tornaron
blancos.
—¿Quién se cree que es ese tipo? ¿Quién se cree que es?
—Yo le diré lo que es, Connors —repuso el Marshall—. Un hueso.
—Si dice otra cosa como ésa, le voy a echar los dientes abajo, Marshall.
—¿Qué quiere que le diga?
—Debió detenerlo cuando fue a su comisaría. Mató a dos hombres.
—Frank Kerrigan nunca se habría dejado detener.
—¿Qué infiernos ha hecho por mí, Marshall?
—Mucho, Connors. Le he dejado hacer las cosas a su manera. No me
he metido en sus asuntos.
—Le ha convenido no hacerlo porque de esa forma ha conservado
intacto el pellejo.
Peppard se rascó por detrás de una oreja.
—Lo ha dicho muy claro, señor Connors. Tengo intacto el pellejo.
—¿No es bastante bueno para usted?
—Sí, creo que sí.
—¿Qué le pasa, Marshall? ¿También se dejó ganar por los buenos
instintos de Frank Kerrigan? ¿Va a decirme que Frank Kerrigan es un tipo
íntegro?
El Marshall no dijo nada.
Ese silencio irritó a Connors.
—¿De qué parte está, Marshall?
—Soy neutral.
—No me gusta nada que sea neutral. Está conmigo o está contra mí.
—Soy una autoridad.
—¿Ah, sí?
Connors se acercó a Peppard y le quitó la placa de un tirón. Miró la
insignia, la arrojó contra una escupidera que había en un rincón.
—¡Mire lo que hago yo con su maldita placa, Marshall!
Peppard vio la insignia dentro de la escupidera, donde había puntas
de cigarrillos.
—¿Puedo marcharme? —dijo.
—Sí, hágame ese favor. ¡Quítese de mi vista!
Peppard dio media vuelta y, sin preocuparse de coger su placa, se
dirigió a la puerta, pero Tony Janssen ocupó el hueco impidiéndole la
salida.
—Usted ha dejado de ser el Marshall de Sugar City.
—Sí, Tony.
—No vuelva a la comisaría.
—No volveré.
—Y dígale al señor Kerrigan que Max Connors acepta su reto.
Peppard volvió la cabeza y miró a Max.
—¿Lo acepta, Connors?
El ranchero contestó con una sonrisa que fue una mueca debido al
aspecto de su cara.
—Claro que lo acepto. Dígale a Kerrigan que estaré mañana a la hora
fijada en el saloon Peonía.
—¿Solo?
—Solo. Y usted lárguese del pueblo.
Tony se apartó del hueco y el Marshall salió de la casa.
Iba a montar en el caballo cuando un hombre le gritó:
—¡Espere, Marshall!
Era un muchacho rubio, con cara juvenil.
—Soy Rock Ferguson, Marshall. Le vi llegar con dos muertos. ¿Fue
cosa de Frank Kerrigan?
—Sí.
—¿Ya se marchó él?
—No, no se puede marchar porque mañana tiene una cita importante
con Max Connors en el saloon Peonía.
Rock miró la casa y luego al Marshall, pero no dijo nada. Peppard
montó en el caballo y lo echó a galopar.
A su llegada al rancho de Marion Stiller, le salió al encuentro Frank
Kerrigan.
—¿Dónde está su placa, Marshall?
—En una escupidera.
Peppard le contó lo que le había pasado durante su visita a Max
Connors.
Frank le escuchó en silencio.
—Siento que le pegasen, Marshall.
—No tiene importancia. Además, lo tengo merecido. No supe cumplir
con mi deber. Pude detener a Max Connors antes de que llegase Tony
Janssen, pero me faltó valor.
—No se recrimine. Ya no sirve para nada.
—Usted tenía razón, Kerrigan. No tengo la bala. Me la sacaron. Soy un
maldito cobarde.
Kerrigan le dio una palmada en la espalda.
—Su experiencia le servirá para el futuro cuando sea Marshall de otro
pueblo.
—No, nunca me volveré a poner otra estrella.
—Un hombre puede encontrarse a sí mismo sin necesidad de ser un
Marshall.
—Estaré en el pueblo mañana.
—Le han dicho que se marche.
—No me iré hasta saber cómo acaba lo suyo.
—Correrá el riesgo.
—No creo que me hagan ningún daño. Yo para ellos soy como un
insecto.
—Pueden cambiar de opinión.
—Usted debió aceptar escapar de aquí y no lo hizo. ¿Por qué he de
hacerlo yo...?
Peppard volvió a montar en el caballo.
—¿De verdad irá al saloon, Frank?
—Sí, pero no se meta usted allí.
—Es un duelo que no me pienso perder.
El Marshall espoleó su cabalgadura y se alejó hacia Sugar City.
Marion salió de la casa.
—Lo he escuchado todo, Frank. ¿Por qué desafiaste a Max?
—Porque te quiero.
Ella se quedó asombrada al oír aquello y, de pronto, le echó los brazos
al cuello sonriéndole mientras decía: —Te costó mucho, pero lo dijiste,
granuja.
Unieron sus labios en un ardiente beso.
CAPÍTULO XIV
Faltaban quince minutos para las doce del mediodía.
Frank Kerrigan avanzaba por la calle hacia el saloon Peonia.
Su paso era lento. Tenía los brazos caídos a lo largo de sus costados.
Mientras caminaba, sus ojos observaban los rincones.
Los ciudadanos se habían informado de lo que se avecinaba, porque
no se veía a uno de ellos por la calle.
De pronto una pelota salió por un jardín y golpeó contra las piernas
de Frank.
Un niño de siete años gritó:
—¡Mi pelota!... ¡Mi pelota!
Frank cogió la pelota y se la dio al niño.
—Aquí la tienes.
—Gracias.
—¿Cómo te llamas?
—Johnny.
—¿Te gusta jugar a la pelota?
—Me gusta más los revólveres, pero mi madre no me deja.
—Es mejor que juegues a la pelota.
—Caramba, qué revólver tiene usted. Apuesto a que lo maneja bien.
—Sí.
—Cuando yo sea mayor, pienso manejar muy bien el revólver.
De pronto se oyó un grito femenino.
—¡Johnny!... ¿Qué haces ahí? ¡Ven aquí!
Había aparecido una mujer en una ventana. Tendría unos cuarenta
años. Estaba asustada.
—¡Johnny, te he dicho que vengas!
—Estoy con este señor.
—Es un pistolero, Johnny. No quiero que hables con él.
El chiquillo miró a Frank.
—¿Es usted un pistolero?
—Algo parecido.
—¿Y mata a la gente?
—Sólo a los que hacen daño a los demás.
—¡Johnny! —llamó otra vez la madre.
El niño echó a correr, alejándose de Frank, pero se detuvo unos pasos
más allá y dijo:
—Quiero que gane usted.
—Gracias, Johnny.
El niño siguió corriendo y desapareció en la casa, cuya puerta ya había
sido abierta por la madre y que cerró con un fuerte golpe.
Frank volvió a quedar a solas y continuó su camino hacia el saloon
Peonía.
Llegó ante los batientes del saloon y se detuvo.
Del interior no le llegó ningún ruido. Daba la impresión de que el lugar
estaba solitario. Apoyó la mano derecha en una de las hojas de vaivén y la
empujó, pasando al interior.
Tras la barra estaba el hombre del bigote espeso.
No había nadie más, ni siquiera una girl.
El hombre del bigote espeso tragó saliva y la nuez le bailó en la
garganta.
—¿Qué tal, señor Kerrigan?
—Hola. ¿Ha visto a Max Connors?
—Todavía no llegó.
Frank se fue acercando al mostrador.
—¿Cómo se llama, amigo? —preguntó.
—Dick Bonney.
—Sírvame un buen whisky.
—Sí, señor Kerrigan.
Dick escanció en un vaso y la mano le temblaba.
Frank bebió un trago.
Oyó una cabalgada y Dick tosió.
—Ese debe ser Connors.
Frank no se movió del mostrador.
La cabalgada cesó delante del saloon. Se oyeron pasos en el porche.
Unas manos empujaron las hojas de vaivén.
Frank estaba vuelto hacia allí y vio el rostro de Max Connors, todavía
hinchado.
El ranchero entró en el local y se detuvo.
Los dos hombres que habían de enfrentarse en aquel duelo se miraron
a los ojos.
El silencio era tan impresionante que Dick creyó obligado a intervenir.
—¿Un whisky, señor Connors?
—Sí.
Dick titubeó porque no supo en qué lugar servirle y por último se
marchó al otro extremo, a cinco metros de Kerrigan.
Escanció allí.
Max Connors echó a andar, acercándose a aquella parte del
mostrador. Cogió el vaso y bebió un trago.
Kerrigan también se había vuelto apoyado en la barra.
Los dos hombres se miraron otra vez.
Connors sonrió.
—Con que se va a casar con Marion.
—Sí.
—¿Le dijo ella que lo quiere?
—Me lo dijo.
—Muy romántico. Pero a mí no me engaña ninguna mujer.
—¿Qué quiere decir?
—Que ella es una cualquiera.
Frank sonrió también.
—Lo dice por despecho.
Connors movió la cabeza en sentido negativo.
—No puedo decirlo por despecho porque usted no se va a casar con
ella.
—¿Se casará usted con Marion después de que me mate?
—No, ya no me casaré con Marion. La trataré como es. Como a una
cualquiera.
Frank cogió el vaso y lo levantó. Su mano no tembló una pulgada.
Connors lo estaba observando.
—Parece un hombre muy tranquilo, Kerrigan.
—Lo soy.
—Estoy insultando a la mujer que usted quiere.
—Sí, la está ofendiendo mucho.
—¿No le calienta eso la sangre?
—Ya la tenía caliente antes de entrar. Y entonces usted no había dicho
nada de Marion. Se me empezó a calentar desde que supe la clase de
canalla que era usted.
Connors siguió sonriendo.
—Todavía no sabe la clase de canalla que soy, Kerrigan.
Connors se volvió e hizo chasquear los dedos.
Las puertas de vaivén se abrieron desde fuera dando paso a Tony
Janssen.
El famoso pistolero se detuvo en el umbral, mirando hacia la parte del
mostrador en que se encontraba Frank Kerrigan.
Y ahora tras Tony Janssen entró James Benson y también se quedó
observando a Kerrigan.
Connors dijo con una risita:
—¿Sorprendido, Kerrigan?
—Ni pizca. Me esperaba algo de esto. Sabía que usted no se atrevería
a enfrentarse conmigo porque es un sucio ventajista.
—Yo lo diría de otra forma. No soy un tonto. Eso es lo que diría. Tengo
una misión que cumplir y ni usted ni nadie me apartará de ella. Usted es
un pobre hombre lleno de prejuicios. Se preocupa por sus semejantes.
Usted llega a un lugar y dice: «Esto es injusto y debo luchar por lo que es
justo».
—Sí, algo así me pasa.
—Eso sólo lo hacen los tontos.
—¿Con quién me tengo que enfrentar, Connors? ¿Con Tony Janssen?
¿Con su compinche?
—Contra los tres.
—Vaya, debo ser un hombre muy importante.
—Quiero asegurarme de que usted va a estar muerto dentro de unos
segundos.
Connors retrocedió sin dar la espalda a Frank, y sin cruzarse en la
línea de tiro entre Kerrigan y los dos pistoleros.
Frank vació el contenido de su vaso.
—Dick —dijo—, otro whisky.
A Dick le tembló la mano más que nunca mientras escanciaba.
Connors ya había llegado junto a los dos pistoleros y se puso entre
ambos.
El barman terminó de servir y echó a correr, desapareciendo en el
interior del establecimiento.
Frank preguntó:
—¿Puedo beber un trago antes de empezar, Connors?
—Puede.
De pronto una voz dijo:
—Max, debiste invitarme a esta clase de juerga.
Frank se quedó sorprendido al ver entrar por un costado de la puerta
a Rock Ferguson.
Connors arrugó el ceño.
—¿Qué haces aquí, muchacho?
—Estuve pensando en mi amigo y en la fiesta que ustedes le iban a
organizar, y me dije que ésta es la clase de fiesta que a mí me gusta.
Rock retrocedió sin dar tampoco la espalda a Connors y a sus
pistoleros, acercándose al lugar en que se encontraba Frank Kerrigan.
Tony Janssen sonrió.
—No se preocupe por él, señor Connors. También es un pobre
hombre.
—Billy, el Niño.
El que había dicho aquello era el rubio.
Connors hizo una mueca.
—¿Qué nombre ha dicho?
—Soy Billy, el Niño —repitió el rubio.
CAPÍTULO XV
Frank Kerrigan sonrió.
—Te lo tenías muy callado, Rock.
—Uno no puede ir por el mundo diciendo quién es. Todos quieren
matar a Billy el Niño para ser famosos. Y estaba un poco harto de sacar el
revólver.
Connors dejó oír su voz.
—Billy.
—Le escucho, Connors.
—Su bando está aquí.
—No.
—Sé que vende su pistola.
—Alguna vez lo he hecho.
—Venga a esta parte y tendrá trescientos dólares. —Yo paso, señor
Connors.
—De acuerdo. Serán quinientos.
—Pierde el tiempo, señor Connors.
—Ponga precio, Billy.
—Para usted está cerrada la ventanilla.
El ranchero empalideció.
Tony Janssen esbozó una sonrisa.
—No se preocupe, Connors. Billy el Niño es sólo una leyenda. Hasta
ahora sólo ha matado a desgraciados, a tipos que no sabían tener un
revólver en la mano. Pero ahora se va a enfrentar a auténticos pistoleros,
a James y a mí. ¿Has oído, Billy?
—He oído.
—¿Y qué dices?
—Que eres un bocazas.
Tony se echó a reír.
—Tú has elegido, Billy el Niño... Has querido ser amigo de Frank
Kerrigan hasta el fin.
—Sí.
—Tienes un corazón demasiado blando y eso te va a perder. Pero,
después de todo, ¿qué se puede esperar de un chiquillo?
—¡Ya! —gritó Connors.
El ranchero, Tony Janssen y James Benson movieron la mano hacia los
revólveres.
Frank Kerrigan y Billy el Niño sacaron también.
Se produjo un estruendo.
Connors, Tony Janssen y James Benson estaban recibiendo todo el
plomo.
Connors cayó en seguida con una bala entre los dos ojos que le había
mandado Kerrigan.
Tony Janssen fue alcanzado en la boca por un proyectil de Billy el
Niño, y éste se cargó también a James Benson reventándole la cabeza.
Se hizo un silencio.
Frank Kerrigan miró al rubio.
—Ya terminó.
De pronto se oyó una voz fuera en la calle.
—¡Todo el mundo quieto! ¡Revólveres fuera! ¡Yo soy la ley!
Frank y Billy echaron a andar y salieron del local.
Cinco cow-boys del rancho Connors estaban arrojando los revólveres
al suelo.
Desde la otra parte de la calle, Peppard y el ranchero Milton los
estaban encañonando con el rifle.
Frank les dirigió una sonrisa.
—Buen trabajo, Marshall. Enhorabuena, Milton.
—Después de todo, decidí perderme el duelo porque aquí podía hacer
algo por usted —repuso Peppard.
—Gracias.
—Somos todos los ciudadanos los que le debemos nuestro
agradecimiento, Frank.
—Y a Billy el Niño.
El Marshall y Milton y los cow-boys se quedaron asombrados,
mientras miraban al rubio.
De repente se oyó una voz femenina.
—¡Frank!
Era Marion. Había aparecido por la esquina cercana.
Frank salió a su encuentro y se abrazaron y unieron sus labios.
Así permanecieron un rato hasta que Kerrigan oyó la voz de Billy el
Niño.
—Adiós, Frank.
Se apartó y vio al rubio montado en el caballo.
—¿Por qué te vas, Billy?
—No puedo quedarme.
—Necesitamos un capataz.
—No, Frank, tengo que seguir mi destino.
—¿Tu destino? Está aquí. Con nosotros.
—No, Frank, tengo a demasiada gente detrás de mí. Nadie puede
escapar a su destino y yo sé que moriré joven.
—Puedes empezar una vida nueva con nosotros.
—¿Y abandonar a mis girls? Frank, estás loco —rió Rock—. Soy su
bebé. Yo no puedo darles ese disgusto a las chicas. ¿Qué harían sin mí?
—Eres un testarudo, Billy.
El rubio le guiñó un ojo y señaló a Marion.
—Cásate con ella y ten muchos hijos.
—Al primero le llamaremos Billy.
—Ojalá no tenga mi destino. Hasta la vista, Frank. Adiós, Marion.
Billy espoleó su cabalgadura y ésta emprendió un fulgurante galope.
Marion y Frank vieron cómo se alejaba Billy, hasta que se perdió por
el final de la calle.
—Que tengas buena suerte, Billy —murmuró Frank.
Pero acertó Billy el Niño. Estaba marcado por el destino y se cumplió
su profecía. Murió joven, exactamente un año más tarde, a manos del
sheriff Pat Garret. Y en los saloones de Texas se cantó una canción cuya
parte final decía:
«El día que murió Billy el Niño,
todas las girls llevaron luto por él.»
FIN