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La Luna Del Alfa

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La Luna Del Alfa

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INTRODUCCION

¿Por qué siempre atacan a los débiles? Será para poder demostrar que son ellos los
fuertes y aquellos que no pueden defenderse son los objetos de burla y desprecio.
¿Qué pasa cuando la persona que supuestamente tiene de protegerte es la primera en
lastimarte? Como por culpa de la gente que creías que son tus protectores, causen un
terrible daño a todo los que amas.
Cada vez que trato ser feliz porque siempre me lo arrebatan, que debería hacer como
seguir permaneciendo en un lugar donde solo tengo sufrimientos y miserias; pero he
decidido no seguir sufriendo, voy a forjar mi propio destino y dejar atrás aquellos días
de dolor voy a renacer como otra persona.
_ ¿Eres tú? _ lo escuché decir con una voz de asombro y ¿esperanza?, él estaba ahí
parado mirándome como si fuera verdad.
“Ya no estoy segura aquí como escapo”
_ No vas a escapar_ dijo con una sonrisa ladina, como si hubiera leído mis
pensamientos.
_ Al fin te encontré “MI LUNA” _ sentí como una corriente recorría todo mi cuerpo, mi
cuerpo reaccionaba a su voz, la voz de mi mate.
CAPITULO 1
IRENE
Desperté sudando y con un agudo dolor, salí corriendo lo necesitaba al saltar por mi
ventana, corrí, corrí como si escapara de alguien cuando me di cuenta había un arroyo el
cual sus aguas era tan claras y transparentes. Qué bello lugar, se podía observar la luna
en su gran esplendor. Otra vez el dolor sentí como mis huesos se rompían, como cada
extremidad se va largando, no sé en qué momento empecé a gritar, pero esto duele
mucho. Era obvio como no me di cuenta estoy teniendo mi primera transformación, mis
dientes empezaron a crecer, mis huesos se estaban acomodando en forma de un lobo, al
tratar de levantarme mi cuerpo dolía, no aguante este dolor, mis ojos se iban cerrando
como si me estuviera durmiendo hasta que ya no pude mantenerlos abiertos y caí a la
oscuridad.
_Irene..._ escuché que alguien me llamaba será mi loba _ Abre los ojos _ al abrir mis
ojos, vi como la luna está brillando, al tratar de levantarme, el cuerpo dolía, estaba
apoyada en las que serían ¿mis patas? Al pararme todo mi cuerpo empezó a crujir.
_Hola…_ dije titubeante, nadie me contesto parece como si simplemente hubiera sido
un sueño
Sentí el peso de mi propio aliento resonar en el aire frío y limpio de la noche, cada
inhalación profunda llenaba mis pulmones y mis sentidos con una nitidez desconocida.
El paisaje que me rodeaba, ese arroyo tan cristalino bajo la luna llena, parecía vivo de
una manera que jamás había experimentado. El aroma a tierra húmeda y a pino fresco
era embriagador, y podía oír el murmullo del agua deslizándose entre las piedras como
si estuviera a mi lado, susurrando palabras que no lograba descifrar.
Confusa, di un paso hacia adelante, sintiendo la tierra húmeda bajo las garras que habían
reemplazado mis manos. Moví mis patas, observando cómo se hundían ligeramente en
el suelo. Era mi cuerpo, pero también parecía pertenecerle a otra. El nombre Irene
resonó en mi mente de nuevo, como un eco lejano, y comprendí que aquella voz interior
no era un sueño. Era real, viva, y… parte de mí.
Tenías miedo, murmuró la voz dentro de mí, calmada y profunda, como el murmullo del
arroyo.
_ ¿Quién... quién eres? _ pregunté, sintiendo la extraña vibración de mi propia voz
resonando en mi garganta, un tono bajo y gruesa que apenas reconocía.
_ Soy Lea, tu loba_ respondió, y había algo tranquilizador en su tono, algo que me
envolvía como un abrazo silencioso. Era cuestión de tiempo para que despertaras.
Miré a la luna, sintiéndome extrañamente atraída hacia su luz, como si fuera la única
que comprendiera este cambio en mí. Con cada segundo, sentía que el dolor iba
cediendo, y en su lugar, surgía una energía latente, un poder que comenzaba a
familiarizarse con mis venas y músculos. Sin pensarlo, levanté el hocico hacia el cielo y
solté un aullido que resonó por todo el bosque, llenándome de una sensación de libertad
absoluta.
Era increíble y aterrador a la vez. Jamás imaginé que este despertar estuviera en mi
destino. Pero, aun así, muchas preguntas seguían retumbando en mi mente: ¿Por qué
había sucedido ahora?
En ese instante, un crujido en el bosque captó mi atención. Me giré, observando las
sombras que se movían entre los árboles. El aroma de otro ser invadió mis sentidos, uno
que no reconocía. Me tensé, y mi loba pareció hacer lo mismo, alerta.
_Cuidado_ murmuró, y por alguna razón, su advertencia despertó en mí un instinto que
no sabía que poseía.
Sin esperar un segundo más, me adentré en la penumbra del bosque, dejándome guiar
por aquel instinto salvaje.
Yo nunca llegué a imaginar que ese extraño olor sería de una niña pequeña. Tenía el
cabello revuelto y oscuro, y sus grandes ojos brillaban con un miedo que me detuvo en
seco. A pesar de mi transformación, sentí un tirón en el pecho, algo profundo que me
obligaba a acercarme, a protegerla, aunque no entendía bien por qué. ¿una niña pequeña
estaba en el bosque sola? Ella estaba temblando y sus mejillas estaban enrojecidas por el
frío.
Ella retrocedió un paso, sus pies descalzos se hundieron en la tierra húmeda mientras
me observaba con una mezcla de curiosidad y espanto. Yo quería hablar, decirle que no
debía temerme, pero solo un gruñido bajo salió de mi garganta. La niña se sobresaltó y
apretó una pequeña muñeca de trapo que sostenía entre sus brazos.
_ ¿Quién eres? _ quise preguntar, pero el sonido que emití fue un susurro ronco que
parecía más un gemido. Algo en ella me recordaba a un sueño, un recuerdo olvidado,
como si ya la conociera de algún lado.
Entonces, la voz en mi mente, la de mi loba, volvió a surgir, cálida y reconfortante. _No
temas, ella también está perdida, igual que tú. _
Intenté acercarme más despacio, bajando mi cabeza para no parecer amenazante. Aún
tambaleante, extendí una pata hacia ella en un gesto que ni yo misma comprendía del
todo. La niña me observó, indecisa, pero poco a poco dejó de retroceder. Sus ojos,
enormes y oscuros como la noche, me miraron fijamente, y por un instante sentí que
podía entender sus pensamientos.
_ ¿Estás sola? _ mi pregunta resonó en mi mente, aunque no estaba segura de que la
hubiera dicho en voz alta. La niña asintió con un ligero movimiento de cabeza, como si
pudiera oírme. Su mirada se suavizó, y lentamente estiró su manita hacia mi pelaje.
Cuando me tocó, una calidez inesperada se extendió por mi cuerpo.
De repente, la pequeña murmuró con voz suave, casi inaudible, _ No estoy sola... ahora
que estás aquí. _
Fue en ese momento cuando comprendí que nuestro encuentro no era una simple
coincidencia. Había algo en ella, algo familiar y misterioso, como si nuestros destinos
estuvieran entrelazados de algún modo que aún no alcanzaba a comprender.
No podía explicar este sentimiento que tenía. Era una mezcla de protección y
curiosidad, me agaché suavemente, intentando que ella entendiera que no tenía nada que
temer. La pequeña me miró, sus ojos reflejaban una confusión inocente, y entrelazaba
los dedos en su muñeca de trapo, apretándola con fuerza.
Me senté a su lado y, despacio, bajé mi lomo, dándole a entender que podía subirse. La
niña me miró por un instante, su confusión se desvaneció para dar paso a una expresión
de asombro y ternura. Con pasos pequeños, se acercó más, tocando con delicadeza mi
pelaje antes de subirse con cuidado. Sentí su peso ligero sobre mi espalda, y algo en su
contacto hacía que mi respiración se calmara, como si en ese momento el mundo
estuviera en paz.
Ella se aferró a mi pelaje con sus pequeñas manos, y yo esperé a que estuviera bien
acomodada antes de ponerme de pie, despacio. Una mezcla de emoción y protección me
invadió mientras comenzaba a caminar entre los árboles, sintiendo cómo sus pequeños
dedos se entrelazaban en mi pelaje para sostenerse. La noche era profunda, pero la luna
iluminaba nuestro camino. No permitiría que esta pequeña niña para todo el sufrimiento
que viví y que me llevo a escapar del lugar que consideraba mi hogar.
CAPITULO 2
IRENE
El trayecto fue silencioso. A cada paso, sentía su respiración calmada contra mi lomo, y
por un momento me preocupé de que estuviera enferma o herida. Pero luego, un suave
ronquido me hizo sonreír; la pequeña se había quedado dormida, en paz, completamente
confiada en mí. Algo dentro de mí se removió ante esa confianza. ¿Cómo podía alguien
tan frágil y vulnerable, alguien que ni siquiera me conocía, sentirse segura a mi lado?
Después de caminar una buena distancia, las sombras de los árboles comenzaron a
disiparse, y mi cabaña apareció a lo lejos. Era una construcción pequeña y sencilla,
escondida entre los árboles y cubierta de musgo en algunas partes, como si la naturaleza
la hubiera reclamado para sí. Las paredes de madera oscura y el tejado inclinado la
hacían parecer parte del paisaje, un refugio escondido que muy pocos sabían dónde
encontrarla. Para mi había sido un lugar de paz desde que escape de aquel lugar.
Con la niña aún dormida, abrí la puerta de la cabaña empujándola suavemente con una
pata. La calidez y el olor a madera y hojas secas me envolvieron al entrar, y la luz de la
luna se colaba a través de una pequeña ventana, iluminando el interior de la cabaña con
un resplandor suave y acogedor. Bajé con cuidado mi lomo, permitiendo que la niña se
deslizara suavemente hasta el suelo, acurrucada aún en su muñeca de trapo, en un sueño
profundo y tranquilo.
La observé unos instantes y luego me aparté. Algo en mí sabía que debía regresar a mi
forma humana, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Mi primera transformación había
sido abrupta, dolorosa, y fuera de mi control. No entendía cómo regresaría ahora a mi
cuerpo, cómo dejaría atrás esta forma que, de algún modo, se sentía tan natural.
Respiré hondo, cerrando los ojos, tratando de recordar cómo era mi cuerpo, cómo se
sentía mi piel y mis manos. Me concentré en mi respiración, en el ritmo pausado de mi
corazón. Mi loba, en mi interior, se mantuvo tranquila, dándome una sensación de paz,
como si intentara guiarme_ Respira, Irene. Déjate llevar_ su voz era un susurro sereno
en mi mente.
Con cada exhalación, sentí un cosquilleo recorrerme. Al principio, fue sutil, un cambio
apenas perceptible, pero poco a poco los huesos comenzaron a crujir, esta vez con una
intensidad menor. Era un proceso lento, controlado. Sentí cómo mis patas comenzaban a
tomar forma de nuevo, cómo mis garras regresaban a ser dedos, cómo mi columna y mi
piel parecían ceder al llamado de mi mente, de mi deseo por ser humana otra vez.
Cuando el proceso terminó, me encontré de rodillas, temblando y agotada, pero humana.
Observé mis manos, sintiendo el frío de la noche en mi piel desnuda. Aún respiraba con
dificultad, pero lo había logrado. Me transformé.
Con un último suspiro de alivio, tomé una manta de un rincón de la cabaña y me la
envolví, luego volví mi atención a la pequeña, que dormía profundamente junto al
fuego. La luz de las llamas iluminaba su rostro, y su expresión tranquila parecía
esconder un misterio profundo, algo que estaba segura que solo el tiempo nos revelaría.
Me quedé observándola por un momento. Había algo especial en ella, algo que no
lograba comprender, pero que sentía profundamente. La voz de mi loba resonó en mi
mente, cálida y sabia como siempre_ No eres la única que guarda secretos, Irene.
Quizás ella también tiene su propia historia que aún no conocemos _ me estremecí
ante sus palabras. ¿Quién era realmente esta niña?
La tomé en mis brazos con cuidado, sintiendo lo ligera y frágil que era. Su respiración
era pausada y tranquila, y su pequeña mano aún sujetaba con fuerza la muñeca de trapo.
Traté de moverme con la mayor suavidad posible, intentando que No se despertaría,
estaba profundamente dormida, y con pasos suaves la llevé hacia mi cuarto. Era una
pequeña habitación sencilla, no era muy grande, pero sí lo suficiente para mí. La cama
de madera estaba cubierta con una manta gruesa y cálida que había tejido en el primer
invierno que pasé en la cabaña. Las paredes de madera oscura estaban decoradas con
algunas plantas que me gustaba poner en marcos, plantas que recogía durante mis
caminatas por el bosque. Había algo en esas ramas secas, flores marchitas y hojas
doradas que me transmitían una sensación de calma.
En un rincón, junto a la mesa, había una lámpara de aceite que encendí para iluminar el
cuarto con una luz tenue. La lámpara parpadeaba suavemente, proyectando sombras
danzantes sobre las paredes, y el ambiente se llenaba con ese aroma a aceite quemado y
madera, algo que ya conocía tan bien. La mesa, donde solía pasar horas leyendo o
escribiendo, estaba cubierta con algunos libros que traía de la ciudad cuando las visitas
eran posibles, así como pequeños objetos que había recogido en el camino: piedras,
plumas, trozos de madera tallados a mano.
Coloqué a la pequeña con cuidado en la cama, cubriéndola con la manta gruesa que
había tejido a mano, ajustándola suavemente para que se acurrucara en su calor. Ella
parecía tan tranquila, tan vulnerable bajo la luz suave de la lámpara de aceite, cuyos
reflejos danzaban sobre las paredes, creando sombras que se movían como figuras
fantasmales. El aroma a madera quemada y a hojas secas llenaba el aire, mientras el
crujir de la chimenea proporcionaba una compañía constante, casi reconfortante.
Con un suspiro silencioso, me levanté con cautela de la cama para no perturbar el sueño
profundo de la niña. Al salir de la habitación, el pasillo estrecho de madera se extendía
ante mí, adornado con plantas secas que colgaban de las paredes y unos pocos cuadros
que recordaban momentos de otro tiempo. El suelo crujía bajo mis pies al caminar, pero
la casa, con su calma acogedora, no me parecía fría. Era como un refugio escondido
entre los árboles, un refugio que me había dado paz después de tanto sufrimiento.
Llegué a la sala, un espacio pequeño y cálido. La chimenea en la esquina echaba llamas
suaves que iluminaban de manera tenue el entorno. El fuego crepitaba tranquilamente,
lanzando destellos dorados sobre las paredes de madera envejecida. Frente a él, una
alfombra de lana tejida a mano cubría el suelo, y unos sillones de aspecto rústico
completaban la decoración. Me senté en uno de ellos, el calor de las llamas
rodeándome, mientras mis ojos se perdían en el fuego.
La luz de la chimenea acariciaba las sombras del cuarto, creando un ambiente tan íntimo
como sereno. Afuera, el viento movía las ramas de los árboles, pero dentro de la cabaña
todo era calma, como si el tiempo se hubiera detenido, respetando el refugio que había
logrado construir a pesar de todo lo que había dejado atrás. La pequeña dormía, ajena a
la oscuridad que se cernía fuera, y yo, sentada junto al fuego, sentía el peso de la
transformación, pero también el calor de algo nuevo, algo que comenzaba a formarse en
mi corazón.
En ese momento, una voz suave, pero clara, resonó en mi mente, como una presencia
familiar que siempre estuvo ahí, esperando.
_ ¿Cómo te sientes? _ la voz de Lea, mi loba, me envolvió con la misma calma que la
chimenea.
_ Cansada, pero... _ respondí, mirando el fuego. _ Es raro. Todo ha cambiado tan
rápido, y aun no entiendo muchas cosas...
_ Lo sé, lo sé. La primera vez siempre es difícil. Pero recuerda, no estás sola. Yo
estoy contigo, siempre. Y cada paso que das es un paso más cerca de ser quien
realmente eres. _ Mis ojos se cerraron por un momento, absorbiendo sus palabras
como si fueran una corriente de energía en mi interior.
_ ¿Qué hago ahora, Lea? ¿Cómo poder afrontar mis miedos? _ La incertidumbre me
envolvía, como una niebla densa que me impedía ver el camino con claridad.
_ Irene, te hicieron mucho daño, pero eso no te impide ser feliz. Ahora tienes más
fuerza de la que alguna vez imaginaste. No temas, aprenderás a dominar tu nueva
forma, a confiar en ti misma y sanar. La luna te guiará, y yo te protegeré. _ la
seguridad de su voz me trajo un poco de paz, pero algo seguía inquietándome.
_ Y el resto del mundo... los demás... ¿Cómo los enfrentaré? _ Lea río suavemente, un
sonido suave como el viento entre las hojas.
_ Uno a la vez, Irene. Uno a la vez. Primero, aprende a dominar tu nueva forma.
Después, todo lo demás encajará en su lugar. _ Permanecí en silencio, escuchando el
crujir del fuego y el susurro del viento en las ramas de los árboles. Por un momento,
pude sentir su presencia como si estuviera ahí, a mi lado, vigilante y tranquila. Tal vez
no lo sabía todo, pero en su voz había una sabiduría que me daba la fuerza para seguir
adelante.
_ Gracias, Lea. _ susurré al fin.
_ Siempre. _ Su respuesta resonó en mi mente, un eco profundo que me dio la sensación
de que, pase lo que pase, no estaría sola.
Me dejé envolver por el sueño, agotada por los eventos de la noche, la fatiga física y
emocional me arrastraba mientras la calma me tomaba de la mano. La imagen de la niña
dormida y la voz de Lea me daban consuelo, guiándome hacia el descanso que tanto
necesitaba. Todo lo que había pasado, el sufrimiento, el miedo, la confusión, parecían
quedar atrás, como un suspiro lejano. Era como si la noche misma me hubiera abrazado,
dándome un reposo, un espacio para descansar antes de enfrentar el nuevo destino que
ahora me aguardaba. Morfeo me recibió en sus brazos, y por un momento, el dolor
desapareció. Solo quedaba el susurro de la luna, la tranquilidad del hogar que me
rodeaba, y la promesa de un nuevo despertar, de un nuevo día, cuando todo sería
diferente.
Me encontraba en aquel bosque donde tuve muchos recuerdos de mi infancia, estaba
envuelto en una niebla espesa que parecía cerrarse más a cada paso, enredándome en
un laberinto invisible. Caminaba sin rumbo, sintiéndome atrapada, como si el bosque
quisiera retenerme en su complicada red de sombras. Después de un rato de estar
dando vueltas sin fin, agotada, decidi sentarme en un tronco caído, intentando calmar
mi respiración y aclarar mi mente.
_ ¿Como salgo de este bosque ahora?, parece como si hubiera estado caminando en
círculos_ pensé, estaba tan absorta en mi pensamiento que un ruido de ramas
rompiéndose.
Me puso en alerta y como instinto me puse de pie de inmediato, y dirigí mi vista hacia
el origen del sonido. En medio de la niebla, una sombra se acercaba lentamente. Su
figura era alta y masculina, y aunque el rostro aún permanecía en penumbras, cada
paso lo volvía más nítido, más real. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
A medida que él se acercaba, algo en mi luchaba entre el miedo y una extraña alegría,
esa emoción contenida de quien se reencuentra con algo irremediablemente amado y
perdido. Cuando al fin lo tuve frente a frente, contuve el aliento. Mi mirada se perdió
en aquellos ojos azul tan profundos como el mar, que me miraban con una ternura que
ya casi había olvidado. En esos ojos, tan intensos y familiares, volví a sentir todos los
momentos que compartimos, todas las promesas que hicimos antes de que él, las
matara con su propia mano, mientras yo le suplicaba que me creyera.
Él me observaba en silencio, como si quisiera grabar cada detalle de mi rostro, como si
el tiempo mismo no fuera suficiente para recuperar lo que se había roto entre nosotros.
_ ¿Por qué me dejaste? _ murmuró él, con una voz suave, como un susurro que
atravesaba la niebla.
El peso de sus palabras me golpeó con fuerza. Sentía una mezcla de rabia y dolor; una
parte de mí quería gritarle, decirle cuánto había sufrido por su falta de confianza, y
otra parte quería rendirse, abrazarlo y dejar que todo desapareciera. Mi pecho latía
con una intensidad dolorosa, como si mis propios sentimientos se debatieran entre el
deseo de confrontarlo y el anhelo de olvidar.
_ ¿Por qué? _ alcancé a susurrar, y mi voz sonaba rota, casi irreconocible _ ¿Por qué
no pudiste confiar en mí? ¿Por qué preferiste creer en todo lo que ellos te dijeron?
¿Acaso nunca confiaste en mi? _
Él cerró los ojos por un momento, como si mis palabras lo hirieran profundamente. Al
abrirlos de nuevo, su expresión se había tornado sombría, cargada de un
arrepentimiento que parecía demasiado tarde para reparar. Él permanecía quieto, con
la mano a medio camino, debatiéndose entre el deseo de acercarse y la comprensión de
que no tenía derecho a hacerlo. En sus ojos podía ver la lucha interna, el
remordimiento por haberse dejado arrastrar por los rumores, por haber antepuesto su
imagen como alfa antes que nuestra relación.
_ No fue lo que quise… no era lo que imaginé, _ murmuró, y su voz era apenas un eco,
una sombra de lo que alguna vez fue. _ Pero en ese momento… que todos decían que
habías cometido esa traición… me cegó. Pensé que estaba haciendo lo correcto. _
Finalmente, bajó la mano y suspiró profundamente, una mezcla de cansancio y
arrepentimiento que parecía consumirlo por completo_ Me equivoqué, _ murmuró, y su
voz era apenas un susurro. _ Fui un completo idiota, Irene. Me deje cegar por los celos
y lo que decían de ti, yo… era joven y débil en formas que no entendía.
Mis labios se fruncieron en una línea dura, tratando de contener el torrente de
emociones que sus palabras desencadenaban. La confesión que tanto había esperado,
ahora solo intensificaba el dolor, porque escuchar esas palabras solo hacía más
evidente que ya no había vuelta atrás.
_ Elegiste escuchar a todos menos a mí, _ dije, y mis palabras fueron como un látigo,
lacerantes. _ Dejaste que tu manada me señalara, me humillara, y en lugar de
protegerme, fuiste tú quien me condenó. _
Él asintió lentamente, aceptando cada una de mis palabras como si fueran golpes que
sabía que merecía. Había dejado de ser aquel alfa seguro e implacable; frente a mí
solo quedaba un hombre lleno de arrepentimiento, con los hombros caídos y los ojos
oscuros de dolor.
_ No supe ver… Lo peor es que tenía miedo de que estuvieran en lo cierto, de que
fueras tú la que había cometido esa traición… _ Se detuvo, y parecía costarle
encontrar las palabras. _ Pero ahora entiendo lo idiota que fui. La traición que sentía
no me dejaba ver la verdad porque estaba demasiado ocupado en mis propias
inseguridades.”
Me quedé en silencio, sintiendo cómo sus palabras tocaban cada herida que había
intentado sanar. Una parte de mí quería gritarle, recordarle todos los momentos de
soledad, de desprecio, de sufrimiento. Pero al mismo tiempo, no podía ignorar la
honestidad en su mirada, la carga de los errores que finalmente parecía comprender.
_ A veces el perdón llega demasiado tarde, _ susurré, más para mí misma que para él.
_ No se trata solo de aceptar que te equivocaste, sino de entender que hay cosas que se
rompen y no pueden repararse. _
Él bajó la cabeza, y en ese gesto pude ver a alguien que finalmente había perdido la
batalla contra sí mismo. Su mano volvió a temblar, y por un momento pensé que
volvería a intentar tocarme. Pero en lugar de eso, dio un paso hacia atrás, como si
aceptara que esa distancia entre nosotros era lo único que le quedaba.
_ ¿Alguna vez podré enmendar lo que hice? _ Su voz sonaba rota, vulnerable, tan
distinta a la del alfa fuerte que había conocido.
Negué lentamente, sintiendo un nudo en la garganta.
_ No es algo que puedas reparar solo con palabras, _ respondí, y mi voz se quebró. _La
confianza que rompiste, el amor que dejaste atrás, son heridas que yo misma aún no sé
si puedan sanar. _
Por un momento, pensé en extender mi mano, en tocarlo y decirle que quizás un día
podría perdonarlo, pero sabía que mentiría si lo hiciera. Había amado con todo mi ser
a ese hombre, y había sido él quien me dejó sola frente a la tormenta.
Entonces, sin más palabras, él volvió a retroceder, desdibujándose poco a poco en la
niebla. Pero antes de desaparecer, sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, como
si grabara ese último momento en su memoria.
_ Si algún día llegas a perdonarme, Irene… no importa dónde estés, sabrás que te
pertenezco a ti y solo a ti. Siempre. _
Una lágrima rodó por mi mejilla, y las palabras que tanto había esperado escuchar
ahora solo me llenaban de tristeza. Lo que alguna vez habíamos tenido ya no podía ser
rescatado; era un amor roto, desgarrado por la desconfianza y el juicio. El dolor había
sido más fuerte que las promesas, y ya no había vuelta atrás.
Sin decir nada más, me giré y comencé a caminar hacia el bosque, dejando atrás a la
figura de aquel hombre que una vez fue mi todo. La niebla se cerró a mi alrededor,
ocultando su figura hasta que fue solo una sombra en la distancia, un eco de un amor
perdido en el tiempo.
Quizás el amor que nos unió alguna vez siempre existiría en algún rincón de mi
corazón, pero ahora era solo un recuerdo, una promesa rota que debía dejar atrás
para poder encontrar mi propio camino.
Al despertar, las lágrimas cubrían mi rostro. Sabía que, aunque estuviera lejos de él,
aunque hubiera decidido marcharme, sabía que había huido para protegerme, para
escapar del dolor que todos me habían causado, pero también comprendía que, por más
lejos que estuviera, aún llevaba consigo las heridas de aquel amor roto.
CAPITULO 3
IRENE
Ese sueño se sentía extrañamente real. Ya habían pasado siete años desde que huí, y
aquí estaba, en el comedor, sentada frente a una taza de café. La tranquilidad del
momento no era suficiente para calmar la tormenta que se desataba en mi mente. Ese
sueño no me había dejado en paz, como una sombra que se alzaba en cada rincón de mis
pensamientos, interrumpiendo mis noches, robándome la calma. Mucho tiempo había
pasado desde que volví a ver su rostro, y creí haberlo olvidado, pero de alguna manera,
ese sueño lo había traído de vuelta con una fuerza que no podía comprender.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que no escuché el crujido de la madera en el
pasillo hasta que fue demasiado tarde. Le di un pequeño sorbo a mi café, tratando de
despejar la mente, pero al levantar la mirada, vi a la pequeña.
Con su pequeño rostro iluminado por la luz suave que entraba por la ventana, la niña se
acercaba, dando pasos cautelosos. Sus ojos brillaban con curiosidad, pero había algo en
su expresión que me hizo sentir una punzada de preocupación. Ella se acercó
lentamente, casi como si pudiera percibir que algo no estaba bien.
— ¿Hola? — Su voz, suave y preocupada, me arrancó de mis pensamientos.
La niña me miraba con esos ojos enormes y oscuros que parecían ver a través de mí. En
su rostro había algo más que curiosidad, algo que la hacía parecer… ¿preocupada? Sentí
cómo mi pecho se apretaba, como si intuyera que aquel sueño, aquel recuerdo amargo
de mi pasado, había dejado una huella en el ambiente de la cabaña.
—¿Estás bien? —preguntó con voz suave, su manita aferrando todavía la muñeca de
trapo que había traído consigo desde el bosque.
Me quedé en silencio un momento, sorprendida de que una niña tan pequeña pudiera
percibir mi inquietud. Le sonreí, intentando aliviar el peso de mis pensamientos y no
preocuparla.

—Sí, pequeña —respondí al fin, acariciando su cabello oscuro—. Solo… recordaba


algunas cosas. A veces los sueños pueden traer de vuelta memorias que preferiríamos
olvidar.
Ella asintió, sus ojos aún atentos, como si comprendiera más de lo que me atrevía a
decir en voz alta. Nos quedamos en silencio por unos segundos, el crepitar de la
chimenea llenando la cabaña con su suave murmullo.
—¿Tienes pesadillas también? —preguntó, y en su mirada vi algo que no era común en
una niña de su edad, una tristeza velada que me preocupó.
Me arrodillé frente a ella, tomando su pequeña mano en la mía. Sentí su fragilidad, pero
también su fuerza oculta, como si ella también tuviera una historia que aún no había
revelado.
—¿Tú también sueñas con cosas tristes? —le pregunté, mi voz apenas un susurro.
Ella asintió lentamente, y en su expresión pude ver una mezcla de dolor y confusión.
Sentí una necesidad creciente de protegerla, de asegurarme de que no volviera a sufrir el
tipo de daño que había marcado mi vida.
—¿Quieres contármelo? —le ofrecí, tratando de hacerla sentir segura.
Por un momento, la niña pareció dudar, apretando su muñeca con más fuerza antes de
que su mirada se deslizara hacia la ventana, donde la luna llena aún brillaba con
intensidad.
—A veces sueño con alguien que me busca —dijo finalmente, en un susurro. Sus
palabras parecían frágiles, como si estuvieran cargadas de secretos que todavía temía
revelar—. Y también sueño contigo… —sus ojos se posaron en los míos con una
mezcla de vulnerabilidad y confianza—, como si siempre supiera que ibas a estar aquí
para protegerme.
Sentí un nudo en la garganta, y la voz de Lea resonó en mi mente, tranquilizándome
como siempre.
—Esa niña es más fuerte de lo que parece, Irene. No te equivoques.
El instinto de Lea estaba en sintonía con el mío, y supe en ese instante que proteger a la
niña era ahora parte de mi destino.
—No te preocupes, pequeña —le dije, acariciando su cabello con ternura—. Nadie
podrá lastimarte aquí. Prometo que cuidaré de ti, pase lo que pase.
La niña me miró con una mezcla de curiosidad y timidez, sus ojos brillando bajo la luz
tenue que se filtraba por la ventana.
Algo me llenaba de curiosidad no sabia el nombre de la pequeña con una voz tranquila
le dije _ ¿Cómo te llamas, pequeña? _, con una sonrisa tierna
—Me llamo Luna —respondió en un susurro, como si temiera que el decir su nombre
en voz alta rompiera la paz que acabábamos de encontrar.
Luna. Sentí un escalofrío al escucharla. La coincidencia no era menor, y Lea murmuró
en mi mente, como si ella también entendiera el significado oculto en ese nombre.
—Esa pequeña no está aquí por casualidad, Irene —dijo Lea en voz baja, casi como
si estuviera hablando para sí misma—. La luna siempre trae consigo algo más.

Acaricié el cabello de Luna, intentando procesar las palabras de Lea y el eco de ese
nombre que me hacía sentir tan unida a la niña.
—Es un nombre hermoso —le dije con una sonrisa—. ¿Cómo llegaste hasta aquí, Luna?
Ella miró hacia el suelo, sus dedos aferrándose a su muñeca de trapo mientras
susurraba:
—Estaba en el bosque… sola. No recuerdo mucho, solo que sentí miedo y… luego te vi
a ti. Sabía que estaría segura contigo.
Mis dedos se tensaron en su cabello sin querer, mientras mis pensamientos se
arremolinaban. No pude evitar sentir que este encuentro era parte de algo más grande,
una señal que aún no comprendía, pero que sentía profundamente. Lea también parecía
consciente de ello; su silencio en mi mente era como una pausa respetuosa, una especie
de reconocimiento.
—Entonces aquí te quedarás, hasta que tú quieras —le respondí suavemente, sintiendo
una ola de calidez al ver su pequeña sonrisa.
De repente, una idea cruzó por mi mente. Si Luna había llegado hasta aquí sola, eso solo
podía significar una de dos cosas: o alguien la había dejado en el bosque a propósito, o
había huido de algún lugar. Ambas opciones me inquietaban profundamente.
—Luna —le dije con voz suave—, ¿recuerdas algo más? ¿De dónde venías antes de
llegar aquí?
La niña se quedó en silencio, como si estuviera buscando algo en su mente. Finalmente,
negó con la cabeza.
—No recuerdo… Pero sé que contigo me siento más segura —susurró, su voz tan
segura que me estremeció.
En ese momento, Lea habló nuevamente en mi mente, su tono cargado de sabiduría.
—Confía en ella, Irene. La pequeña tiene un propósito, y quizá tú también
necesites descubrirlo.
Asentí para mis adentros, aceptando que la presencia de Luna en mi vida podría ser un
misterio que el tiempo se encargaría de desvelar. En el fondo, una parte de mí sentía que
la niña era ahora parte de mi destino, como si nuestras vidas estuvieran tejidas por la
misma luna que cada noche brillaba sobre nuestras cabezas.
—Vamos, Luna —le dije, tomándola de la mano—. Es hora de arreglarte.
Luna me siguió dócilmente, y mientras la llevaba de regreso a la habitación, sentí una
extraña paz. Su presencia era reconfortante, como un recordatorio de que, a pesar de
todo, aún había esperanza.
Pero justo cuando estaba a punto de ir a preparar el baño y sacar unas prendas, Luna se
giró hacia mí, sus ojos brillando con una sabiduría extraña para alguien tan pequeña.
—Gracias por protegerme, Irene —susurró, sus palabras colmadas de una sinceridad
que casi me hizo flaquear—. Prometo que algún día… yo también te cuidaré.
Una ola de emociones me atravesó ante esas palabras, tan sencillas y profundas al
mismo tiempo. Sentí cómo Lea, en mi interior, murmuraba algo incomprensible, como
si también estuviera afectada por el momento.
Acaricié suavemente el rostro de Luna y le sonreí, sin poder responder a su promesa.
CAPITULO 4
IRENE
Apenas nos separamos, un extraño crujido sonó afuera, en el bosque. Mis sentidos se
agudizaron, y mis músculos se tensaron de inmediato. Mis ojos buscaron el origen del
ruido, y en el límite del bosque, entre las sombras de los árboles, pude distinguir una
figura inmóvil, observándonos.
El aire frío de la noche se hizo más pesado, y pude percibir un aroma peculiar, una
mezcla de madera, musgo y a césped recién cortado, con una presencia que me resultaba
inquietantemente familiar. El corazón me latía con fuerza, y la niña pareció percibir mi
cambio de ánimo, escondiéndose detrás de mí, mientras yo continuaba observando la
figura en el límite del bosque.
La voz de Lea resonaba en mi mente, insistente y ansiosa, repitiendo esa palabra que
hacía que mi pulso se acelerara: "Mate, mate." Sentí un escalofrío recorrerme al
escucharla, mientras intentaba mantener la compostura frente a la pequeña que se
escondía detrás de mí.
El aire parecía volverse más denso, y el aroma que percibía se hacía más intenso con
cada segundo que pasaba, como si fuera incapaz de ignorar la presencia que se acercaba.
Aquellos ojos azules, que brillaban a la distancia entre las sombras de los árboles,
parecían atravesar el oscuro bosque hasta encontrarse con los míos.
“No es posible,” pensé, mientras sentía a Lea cada vez más agitada dentro de mí. La
conexión que había entre nosotros vibraba como si siempre hubiera estado ahí,
esperando este momento. Mi lobo interior reaccionaba de una manera que no podía
controlar, como si todos mis instintos me empujaran a acercarme a él.
Respiré hondo y apreté las manos en puños, tratando de dominar mis emociones. Había
pasado tanto tiempo huyendo de mi pasado, reconstruyendo las partes rotas de mí
misma… y ahora, en un instante, él estaba aquí, invadiendo mi vida nuevamente.
La pequeña me miró con ojos asustados, jalando suavemente mi ropa como si quisiera
detenerme. La miré y le acaricié el cabello, intentando darle calma.
—No temas, pequeña. Solo… quédate aquí. No te pasará nada, te lo prometo —susurré,
más para tranquilizarla a ella que a mí misma.
La niña asintió, pero sus ojos no se apartaban de mí, y pude sentir el peso de su mirada
cuando finalmente di un paso adelante, acercándome lentamente a la figura en el límite
del bosque.
Apreté los puños, tratando de calmar mi respiración, de controlar la tormenta de
emociones que se arremolinaban en mi interior.
La figura se adelantó un paso, saliendo parcialmente de las sombras. La luz del día
iluminó su rostro y, de inmediato, mis ojos se encontraron con los suyos, aquellos ojos
azul profundo que nunca había podido olvidar. Mis rodillas casi cedieron al
reconocerlo: era él, Enzo, el hombre al que una vez había entregado todo y que, a
cambio, me había abandonado en la oscuridad.
—Irene… —murmuró con voz suave, casi reverente, como si pronunciara mi nombre
después de siglos de haberlo guardado en silencio.
—¿Eres tú? —lo escuché decir, con una mezcla de asombro y… ¿esperanza? Estaba
ahí, parado, mirándome como si temiera que fuera solo una ilusión, como si, al
parpadear, pudiera desvanecerme.
“No estoy segura aquí… ¿cómo puedo escapar?”, pensé, sintiendo un impulso de huir
que no podía controlar
—No vas a escapar —dijo él, con una sonrisa ladina, como si hubiera leído mis
pensamientos.
Su mirada penetrante me mantenía en mi sitio, y en su voz percibí una firmeza que
despertó en mí un recuerdo, un eco lejano de la confianza y la fuerza que alguna vez
compartimos. Dio un paso adelante, y el simple hecho de estar cerca me envolvió en
una sensación que era tan antigua como mi propio ser, como si siempre hubiera
pertenecido a él, y él a mí.
—Al fin te encontré, mi luna —murmuró, y al escuchar esas palabras, una corriente
recorrió todo mi cuerpo, erizándome la piel. Sentí cómo cada parte de mí reaccionaba a
su voz, reconociéndola, como si la voz de mi mate fuera una melodía familiar, una
canción olvidada que por fin recordaba.
La voz de Lea resonó en mi mente, tranquila y fuerte, como un susurro que me instaba a
aceptarlo, a rendirme ante aquello que siempre había sido nuestro destino. Pero una
parte de mí se resistía, temerosa de lo que eso significaba, de lo que podría implicar
revivir todo lo que él había roto.
—¿Por qué…? —comencé, mi voz temblorosa, llena de todas las preguntas que me
habían atormentado desde el día que me dejó—. ¿Por qué volviste? ¿Por qué me
buscaste después de todo este tiempo?
Él dio un paso más hacia mí, y pude ver el dolor en sus ojos, un dolor que me reflejaba
y que me hería de una forma que no esperaba. Parecía buscar las palabras, como si cada
una de ellas le costara tanto como a mí me costaba escucharlas.
—Nunca dejé de buscarte, Irene —dijo finalmente, su voz cargada de remordimiento—.
Te busqué en cada luna llena, en cada rincón de mi vida. Pero no sabía si podrías
perdonarme, si alguna vez podría enmendar el daño que te hice. Sé que es tarde… sé
que nada cambiará lo que pasó.
La intensidad de sus palabras me dejó inmóvil. Quise responder, exigir respuestas y al
mismo tiempo alejarme de todo lo que me recordaba el dolor del pasado. Sin embargo,
la voz de Lea volvió a sonar en mi mente, firme y calmada.
“Escúchalo, Irene. Quizás haya una verdad que aún no conoces.”
Inspiré profundamente, permitiendo que el aire helado de la noche me ayudara a
recuperar el control. Levanté la vista y lo miré fijamente, sintiendo cómo se agitaban en
mí emociones que pensé que había enterrado
—Quiero escuchar esa verdad —dije, cruzándome de brazos en un intento de
protegerme, de mantener una distancia que sentía cada vez más frágil.
Él asintió, y por un instante, me pareció ver el atisbo de una sonrisa, una mezcla de
gratitud y alivio que hizo que mis barreras comenzaran a resquebrajarse.
—Cuando te fuiste —comenzó, su voz baja y cargada de arrepentimiento—, entendí que
había cometido el peor error de mi vida. Dejé que las dudas y las mentiras me
envenenaran. Permití que la manada te culpara sin darte una oportunidad de defenderte.
Y, en el fondo… tenía miedo de que el rumor de que habías planeado matarme junto a
mi primo fuera verdad. Me negué a ver la verdad, a enfrentarla, y permití que la idea de
que mi luna, la persona a la que amaba, hubiera tenido un amorío con él… —su voz se
quebró, apenas logrando terminar la frase.
Permanecí en silencio, procesando cada palabra. Sentí un nudo en el pecho al recordar
las veces que traté de explicarle la verdad y cómo él, cegado por los rumores y los celos,
se había apartado de mí, dejándome sola frente a la furia de la manada. No había sido
solo una traición; había sido una condena, y su falta de confianza me había marcado
profundamente.
—¿Y ahora? —susurré, con una mezcla de incredulidad y tristeza—. ¿Por qué vienes
ahora, después de todo lo que has hecho?
Él suspiró y desvió la mirada hacia la luna, como buscando una respuesta en su
resplandor. Al girar de nuevo su mirada hacia mí, sus ojos reflejaban dolor y
arrepentimiento.
—Porque comprendí que mi peor error no fue solo dejarte ir, sino no luchar por la
verdad. Todo este tiempo he tratado de encontrar una forma de corregirlo, pero… —
hizo una pausa, su mirada cayendo— no hay manera de retroceder. Sé que te fallé y que
mi decisión dejó cicatrices que quizás no puedan sanar. Pero aún así, estoy aquí,
dispuesto a enfrentar las consecuencias de mis actos.
Enzo dio un paso más hacia mí, su mirada fija en la mía. Pude ver cómo sus manos
temblaban, y su expresión, aquella que alguna vez había sido tan imponente y
dominante, ahora solo reflejaba vulnerabilidad. Su voz se quebró mientras me hablaba,
casi en un susurro:
—Irene, sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero… —sus ojos se llenaron de dolor,
y por primera vez, vi en él un arrepentimiento tan profundo que casi me hizo retroceder
—. Si pudiera regresar el tiempo, si pudiera cambiar cada decisión, cada duda que me
alejó de ti… lo haría. He vivido cada día deseando haber actuado de otra manera,
deseando no haberte condenado al dolor y al destierro.
Quise apartar la mirada, no permitir que sus palabras rompieran la coraza que había
construido para protegerme, pero sus ojos, tan oscuros y llenos de súplica, no me
dejaban escapar. Él dio otro paso hacia mí y, sin importarle el orgullo que alguna vez lo
había definido, cayó de rodillas, inclinando la cabeza ante mí.
—Por favor, Irene —murmuró, y en su voz había un temblor que nunca le había
escuchado antes—. Perdóname. No quiero que me ames ni que volvamos a ser lo que
éramos… solo quiero que me perdones. No puedo vivir sabiendo que te herí de la
manera en que lo hice, que fui yo quien te traicionó cuando necesitabas de mí.
Mi corazón latía con fuerza. La figura de aquel alfa imponente que una vez conocí se
había desmoronado ante mí, y lo que tenía frente a mí era solo un hombre roto,
suplicando por redención. Las palabras se me atoraron en la garganta. Por tanto, tiempo
había soñado con este momento, con verlo arrepentido, con verlo entender el dolor que
me había causado. Pero ahora, al tenerlo arrodillado frente a mí, la satisfacción que
esperaba no llegaba. En su lugar, solo sentía una tristeza profunda y el peso de los
recuerdos que aún me ataban a él.
—¿Sabes cuántas noches pasé sola? —pregunté finalmente, mi voz fría, cargada con
todos los años de dolor y abandono—. ¿Sabes cuánto me dolió que fueras tú,
precisamente tú, quien me acusara sin escucharme?
Él levantó la mirada, y pude ver cómo sus ojos reflejaban un abismo de arrepentimiento.
—Lo sé, Irene. Lo sé, y si pudiera tomar cada uno de esos días y sufrimientos, lo haría.
He llevado ese peso todos estos años, y es un castigo que sé que merezco. Pero por
favor, dame una oportunidad, cualquier oportunidad para redimirme. Haré lo que sea
necesario. —Sus palabras salían entrecortadas, y en su rostro vi una desesperación que
jamás habría imaginado en él—. Dime qué debo hacer para demostrarte que he
cambiado, para demostrarte que el hombre que te lastimó ya no existe.
Me quedé en silencio, contemplando al hombre frente a mí. Lea, mi loba, se mantenía
tranquila, como si comprendiera que este era un momento que solo yo podía decidir.
—Dime, Enzo… —mi voz sonó más firme esta vez—, ¿qué me garantiza que no me
volverás a traicionar? ¿Cómo puedo creer que has cambiado?
Sus ojos se encontraron con los míos, y vi en ellos una mezcla de culpa y
determinación.
—Porque vivir sin ti ha sido el peor castigo que he podido recibir. Porque cada noche,
cada luna llena, he sentido tu ausencia como una herida en mi alma. He perdido mi
honor, mi orgullo, y mi fuerza desde que te fuiste, porque en el fondo, tú eras mi fuerza,
Irene. Sin ti… no soy nada. —Sus palabras me golpearon como una verdad cruda, y
pude ver en su mirada que lo decía con cada fibra de su ser—. No pido que vuelvas a
amarme, pero permíteme estar a tu lado, protegerte, redimirme contigo. Déjame
demostrarte que mi lealtad te pertenece solo a ti, y que esta vez jamás dudaré de ti.
Sentí que una lágrima rodaba por mi mejilla, y me apresuré a limpiarla. Quería
mantenerme firme, mostrarle que ya no podía herirme, pero el peso de sus palabras
despertaba viejos sentimientos, recuerdos de la confianza y el amor que alguna vez
compartimos.
—No puedo prometerte nada —dije al fin, sintiendo cómo mi voz vacilaba—. No puedo
garantizar que mis heridas sanarán de inmediato, o que puedo confiar en ti de nuevo.
Pero… —hice una pausa, inhalando profundamente— si realmente estás dispuesto a
demostrarme que has cambiado, tendrás que hacerlo con hechos, no con palabras.
Él asintió, y en sus ojos pude ver una chispa de esperanza, una promesa de que haría lo
que fuera necesario para probarme su lealtad.
—Lo haré, Irene. Lo haré hasta mi último aliento. Porque ahora entiendo que mi mayor
error fue no creer en ti, y esta vez, daré todo de mí para recuperarte, aunque eso me
lleve el resto de mi vida.
Lo miré en silencio, y aunque no le respondí, algo en mi interior se liberó. Tal vez,
después de todo, el perdón era posible, y en el fondo de mi corazón, una pequeña
esperanza comenzaba a renacer.
Cuando me estaba dando la vuelta para irme, sentí un golpe suave detrás de mí. Me giré
rápidamente y vi a Enzo desplomado en el suelo. Había caído desmayado.
Al verlo allí, vulnerable y sin la fuerza que solía caracterizarlo, noté el cambio en su
aspecto. Enzo había perdido mucho peso, y unas profundas ojeras se extendían bajo sus
ojos, dándole una apariencia casi espectral. Las sombras marcadas en su rostro hablaban
de noches sin descanso, de días llenos de arrepentimiento. No era el alfa que recordaba;
era un hombre roto, un reflejo de quien solía ser.
Me incliné hacia él, dudando por un momento. Una parte de mí aún se resistía a
ayudarlo, a olvidar el sufrimiento que me había causado. Pero otra parte, una que no
podía ignorar, me recordó que él había sido mi mate, mi compañero, y que, aunque me
había traicionado, ahora necesitaba de mí.
—Enzo —susurré, tocando suavemente su hombro.
Él no reaccionó. Parecía completamente inconsciente. Tomé aire y lo cargué con
cuidado, haciendo acopio de la fuerza que había aprendido a desarrollar sola. Lo llevé a
la cabaña y lo recosté en el sofá cerca del fuego. La calidez de la chimenea iluminaba su
rostro, y por un instante, lo observé en silencio, intentando comprender los años de
sufrimiento que parecían haberse acumulado en su piel, en su mirada perdida.
La pequeña, que había estado observando desde la puerta, se acercó tímidamente.
—¿Está bien? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—Sí, solo necesita descansar —le respondí con una pequeña sonrisa, tratando de
tranquilizarla.
La niña asintió y me ayudó a traer una manta, que coloqué cuidadosamente sobre Enzo.
Mientras lo cubría, él murmuró algo en sueños, un susurro apenas audible, pero que me
dejó inmóvil.
—Irene… perdóname…
Sentí un nudo en la garganta, y la voz de Lea resonó en mi mente, suave y sabia.
“Incluso los más fuertes pueden quebrarse, Irene. No olvides que él también está
pagando un precio.”
La pequeña me miró con curiosidad, y acarició mi brazo como intentando darme
consuelo.
—¿Es tu amigo? —preguntó, con la inocencia de quien aún no conoce el dolor de las
traiciones.
No pude evitar sonreír, aunque la tristeza se asomaba en mis labios.
—Él… él fue alguien importante para mí —respondí con cautela, sin querer entrar en
detalles. No era el momento para confundirla con mis heridas.
La niña asintió y me sonrió suavemente, como si comprendiera mucho más de lo que yo
podía ver. Sentí una paz extraña al estar con ella, como si su presencia me recordara
que, pese a todo, podía ser fuerte para aquellos que dependían de mí.
No pude evitar sonreír, aunque la tristeza asomaba en mis labios. Todo esto me había
hecho olvidar que le estaba preparando un baño a la niña, Luna, ya que no había podido
hacerlo anoche. Aún llevaba puesta esa pequeña ropita sucia.
"Tendré que darle algunas de mis ropas", pensé mientras la observaba.
Luna me miraba con sus grandes ojos oscuros, curiosa e inocente, como si todo a su
alrededor fuera digno de asombro. Su cabello estaba algo enmarañado, y sus mejillas,
aunque sucias, brillaban con esa vitalidad que me recordaba la pureza de su corta edad.
—Ven, pequeña —le dije suavemente, tomándola de la mano—. Vamos a darte un
baño.
Luna asintió, apretando mi mano con fuerza mientras la guiaba al baño. Llené la tina
con agua tibia y agregué algunas gotas de aceite de lavanda que guardaba para
ocasiones especiales. Su aroma llenó el aire, y una sensación de calma se apoderó del
espacio.
La niña observaba el agua con curiosidad, y mientras la ayudaba a quitarse la ropa
sucia, noté que sus brazos y piernas tenían algunas pequeñas marcas y moretones, como
si hubiera pasado mucho tiempo al aire libre, expuesta a las dificultades del bosque. Me
pregunté de nuevo cómo había llegado hasta mí, quién era y de dónde venía realmente.
Cuando la coloqué en la tina, Luna cerró los ojos y suspiró profundamente, relajándose
al contacto con el agua. Acaricié su cabello con suavidad, desenredando los nudos poco
a poco mientras ella se quedaba quieta, disfrutando del momento. Noté que la niña tenía
una pequeña cicatriz en la base del cuello, una marca que parecía antigua, y me
pregunté qué historia guardaría detrás de esa piel tan frágil.
—¿Te gusta el baño, Luna? —le pregunté, intentando que se sintiera cómoda.
—Sí… —murmuró ella, abriendo los ojos para mirarme—. Es como un sueño. Nunca
había tenido un baño tan bonito.
Sentí una punzada de ternura y lástima al escuchar sus palabras. ¿Cuánto tiempo habría
pasado sola o en situaciones difíciles? Me prometí que, mientras estuviera conmigo,
haría lo posible por darle un hogar seguro, un lugar donde pudiera sentirse querida.
Después de bañarla, envolví a Luna en una toalla suave y esponjosa y la llevé a mi
habitación. Abrí mi armario en busca de alguna prenda que pudiera quedarle, aunque
sabía que todo le resultaría grande. Tomé una camisa de lana de manga larga, bastante
suave, y se la puse con cuidado, remangándole las mangas y ajustándola con una
pequeña cinta alrededor de su cintura para que no le quedara demasiado holgada.
—Te queda muy bien, Luna —le dije, sonriendo mientras le acomodaba el cabello.
Ella se miró en el espejo, sorprendida y algo emocionada.
—¡Gracias, Irene! —exclamó, abrazándome con fuerza.
Ese pequeño gesto me llenó de calidez, una sensación de satisfacción que no había
experimentado en mucho tiempo. Abrazarla era como reconectar con una parte de mí
que había olvidado, una parte que todavía era capaz de amar y proteger.
Cuando terminamos, llevé a Luna de regreso a la sala, donde Enzo seguía descansando
en el sofá. Se veía algo más recuperado, aunque su semblante seguía pálido y débil.
Luna se acercó a él con pasos cautelosos, y me sorprendió la ternura con la que lo
miraba.
—¿Va a quedarse aquí? —preguntó en voz baja, como si no quisiera despertarlo.
—Eso depende de él, pequeña —le respondí, observando el rostro sereno de Enzo
mientras dormía—. Tiene que demostrar que podemos confiar en él.
Luna asintió, como si comprendiera perfectamente, y en ese momento se acurrucó a mi
lado, tomando mi mano.
Mientras miraba a Enzo descansar, me pregunté si realmente lograría redimirse. Había
decidido darle una oportunidad, pero sabía que la desconfianza y el dolor aún habitaban
en mi corazón. De todas formas, el tiempo y sus acciones serían la única prueba de si
esta vez sus palabras y arrepentimiento eran sinceros.
El fuego crepitaba suavemente, llenando la habitación de una luz cálida. Por primera
vez en mucho tiempo, sentí que quizás era posible empezar de nuevo, crear algo
diferente, algo más fuerte.
CAPITULO 5
ENZO
Me desperté, sudando y con el corazón latiendo a mil por hora. Había vuelto a soñar con
Irene. Me sentía como la peor basura del mundo. Cada día, las pesadillas me
atormentaban, y en ellas escuchaba las súplicas de Irene pidiéndome que le creyera. En
cada sueño, veo su rostro, veo el dolor en sus ojos mientras me reprocha una y otra vez:
¿Por qué no confiaste en mí?
Siempre intento pedirle perdón, pero ella solo me lanza una mirada de odio, un odio que
yo mismo provoqué. A veces, desearía no volver a dormir. Ver su sufrimiento, saber
que fui el responsable de su dolor, me lastima más de lo que puedo soportar.
Me removí, sintiendo la suavidad de una manta sobre mí y el calor de una chimenea
cercana. Mis ojos recorrieron el lugar con desconcierto; este no era mi cuarto. Las
paredes de madera y el aroma a lavanda en el ambiente me resultaban desconocidos y,
sin embargo, también familiares.
Intenté incorporarme, sintiendo un dolor punzante en el pecho, como si mi propio
cuerpo no fuera más que una sombra de lo que solía ser. Entonces recordé el dia
anterior, el momento en el que me había encontrado con Irene, la desesperación y el
arrepentimiento que me hicieron caer de rodillas ante ella. Mis manos temblaron al
recordar cómo ella me había mirado, su mirada una mezcla de desconfianza y dolor,
pero también, quizá, una pequeña chispa de compasión.
“Irene… ¿dónde estoy?”, pensé, mirando a mi alrededor.
De pronto, escuché pasos acercándose. Irene apareció en la sala, y a su lado caminaba
una pequeña niña de cabello oscuro y ojos enormes, que se aferraba a su mano. La niña
me observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza, pero sin miedo. Yo, en
cambio, me quedé mirándola, tratando de entender quién era esta pequeña y por qué
estaba con Irene.
¿Será…? No… no puede ser…, pensé, sintiendo que un sudor frío me recorría la
espalda. Pero mientras las veía juntas, algo en mí se encendió.
Mis pensamientos se dispararon. ¿Irene tuvo una hija? ¿Tanto tiempo pasó desde que
nos separamos? ¿Es esta niña mi hija? La idea era tan impactante que apenas pude
respirar. Mi mente se llenó de preguntas. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Por qué nunca
me lo dijo? ¿Cuándo pasó esto?
La niña se acercó, mirándome con esos ojos enormes y oscuros, y de pronto sentí una
punzada en el corazón. ¡Esos ojos! ¡Esos son los ojos de Irene! Era inconfundible. La
niña debía ser su hija… nuestra hija.
—¿Estás mejor? —me preguntó la pequeña con voz suave, y aunque no había un rastro
de parecido conmigo, ya estaba completamente convencido de que esta pequeña criatura
era mi hija perdida.
—Sí… eh… gracias, pequeña —murmuré, intentando no sonar tan afectado.
Miré a Irene, que parecía completamente tranquila. ¿Acaso había ocultado todo esto
para proteger a nuestra hija de mí? Mi corazón latía con fuerza, y la culpabilidad volvió
a invadirme. ¿Hasta dónde había llegado el daño que le hice? ¿Cuántos años de su vida
había pasado sola, criando a nuestra hija mientras yo la abandonaba a su suerte?
—Irene… —empecé, tragando saliva y mirando a la niña con una mezcla de confusión
y emoción—. ¿Por qué no me dijiste…?
Ella me miró, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿No te dije qué?
—Que… que tenía una hija —dije, señalando a la niña con una expresión entre
incrédula y emocionada.
Por un segundo, Irene parpadeó, sin comprender. Luego sus ojos se agrandaron, y su
expresión pasó de la sorpresa a algo que casi parecía diversión. Se llevó una mano a la
boca, intentando no reírse, y me miró con una mezcla de incredulidad y lástima.
—¿Perdón? —preguntó, con una ceja levantada.
—¡La niña! —exclamé, sin poder contenerme—. Tiene tus ojos, Irene. Yo… yo sé que
me fui y que te fallé, pero si me hubieras dicho… —Intenté ponerme de pie, pero el
cansancio me venció y volví a caer en el sofá.
La pequeña me miró, completamente confundida, mientras Irene soltaba una risita que
no se molestó en ocultar.
—¿De qué estás hablando, Enzo? —preguntó ella, ahora divertida.
—Que… que nuestra hija… —insistí, mirando a la pequeña.
Irene soltó una carcajada y negó con la cabeza, llevándose una mano a la frente.
—¿Nuestra hija? Enzo, ¿en serio crees que…? —se detuvo, observándome con una
mezcla de sorpresa y diversión—. Oh, por la luna… no, Enzo. Ella no es nuestra hija.
Mis ojos se abrieron de par en par, y sentí que el color me volvía al rostro.
—¿No… no es…?
—No, claro que no. —Irene rió suavemente, dándome una palmadita en el hombro—.
Aunque debo admitir que la idea es… interesante. Pero no, Enzo. Luna es solo una
pequeña a la que estoy cuidando.
Sentí una mezcla de vergüenza y alivio. Me llevé una mano a la cara, intentando
recuperar la dignidad que me quedaba.
—Lo siento, es que… cuando las vi juntas pensé… —me quedé en silencio, sin saber
cómo explicar mi absurda conclusión.
—¿Pensaste que después de todo este tiempo había tenido una hija tuya y te la oculté?
—preguntó ella, aún divertida.
—Bueno… sí. Algo así —murmuré, mirando a la pequeña Luna, quien seguía
observándonos sin entender.
Irene negó con la cabeza y suspiró, con una sonrisa en los labios.
—No tienes remedio, Enzo. Pero tranquilo. Si llegas a recuperarte, tal vez puedas
conocerla mejor. Mientras tanto, descansa. Has tenido una noche larga.
Avergonzado, me recosté de nuevo en el sofá, aceptando el hecho de que había hecho el
ridículo. Aún así, no pude evitar sonreír un poco. Por primera vez en mucho tiempo,
había algo de ligereza en nuestra conversación, algo que me recordó la cercanía que
alguna vez tuvimos.
Cuando el mareo finalmente pasó, me levanté del sofá y observé el lugar con más
detenimiento. Era un sitio muy tranquilo, alejado de la civilización, y rodeado de un aire
de paz que nunca imaginé que Irene encontraría. Había buscado por todos lados, por
cada rincón del país y fuera de él, y resulta que siempre estuvo aquí, en este mismo
territorio. Claro, su refugio estaba bastante alejado de la civilización, pero seguía siendo
el mismo país.
Mientras echaba un vistazo a mi alrededor, vi a la pequeña ayudando a poner la mesa,
llevando cuidadosamente los cubiertos con manos diminutas pero diligentes. Al
observarla con más atención, me di cuenta de que debía tener unos cinco o seis años…
y, de pronto, me sentí aún más ridículo por haber pensado que era mi hija. Irene y yo
nos separamos hace siete años. ¿En qué estaba pensando?
Sacudí la cabeza, tratando de despejar la vergüenza, y me acerqué lentamente a la
cocina, donde Irene movía las ollas con total naturalidad. La calidez del ambiente, el
aroma del guiso que preparaba, y el brillo de la chimenea me hicieron sentir como un
intruso en un hogar que ya no era mío, pero también despertaron una nostalgia que no
pude ignorar.
—Veo que te has recuperado un poco —dijo Irene al verme, lanzándome una mirada
breve antes de volver su atención a la olla.
—Sí, gracias —respondí, un poco incómodo—. Y… siento lo de antes. No sé en qué
estaba pensando.
Ella soltó una risita y negó con la cabeza, mientras la pequeña Luna me lanzaba una
sonrisa tímida, como si también recordara mi torpe confusión.
—No te preocupes —dijo Irene, sin poder ocultar una sonrisa burlona—. Fue…
divertido verte tan confundido.
—Sí, bueno… —murmuré, rascándome la nuca—. Supongo que el cansancio me hizo
pensar cosas absurdas.
La niña terminó de poner la mesa y miró a Irene con ojos expectantes.
—¿Puedo ayudar en algo más? —preguntó Luna.
—No, pequeña, ya has hecho suficiente. Siéntate y espera a que la comida esté lista —
respondió Irene con suavidad, dándole una palmadita en la cabeza.
Luna asintió y se sentó en una de las sillas, balanceando los pies mientras me observaba
con una mezcla de curiosidad y diversión. Yo me senté frente a ella, tratando de
recuperar algo de mi dignidad.
Irene trajo los platos a la mesa, sirviendo una generosa porción a cada uno de nosotros.
Mientras comíamos, sentí una paz inusual en el ambiente. Luna conversaba con Irene,
contándole historias de cosas simples pero encantadoras, y aunque apenas conocía a la
niña, su inocencia y alegría parecían contagiosas.
De pronto, Luna me miró con sus enormes ojos oscuros y preguntó:
—¿Te vas a quedar aquí con nosotras?
Casi me atraganto con mi bocado y miré rápidamente a Irene, quien me observaba en
silencio, esperando mi respuesta. Por un momento, pensé en lo que significaría
quedarme aquí, ayudar y ganarme su confianza de nuevo, pero sabía que esa decisión no
dependía solo de mí.
—Bueno, eso… depende de Irene —respondí con una leve sonrisa.
La niña asintió, como si entendiera perfectamente, y volvió su atención a su plato. Irene
me lanzó una mirada intensa, una que me decía que, aunque estaba dispuesta a darme
una oportunidad, no se fiaría de mí tan fácilmente.
Terminamos de comer en un silencio cómodo, y mientras Irene y yo recogíamos los
platos, sentí que algo en mí comenzaba a asentarse, como si este hogar, este pequeño
refugio, despertara en mí una paz que había olvidado.
—Gracias por la comida —dije cuando terminamos, mirándola a los ojos con sinceridad
—. Y… gracias por darme esta oportunidad.
Irene asintió, y en su mirada vi una chispa de esperanza, aunque también percibí la
desconfianza de alguien que había sido herido profundamente.
—Espero que no la desperdicies, Enzo. Estar aquí es solo el primer paso —dijo con
firmeza—. Ahora tienes que demostrar que realmente mereces mi perdón.
Sus palabras me golpearon con fuerza, pero también me llenaron de determinación.
Sabía que la confianza de Irene no sería fácil de recuperar, pero por primera vez en
mucho tiempo, sentí que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para
demostrarle que había cambiado.
Con un último vistazo a Irene y a la pequeña Luna, me prometí que esta vez no la
decepcionaría.
CAPITULO 6
ENZO
7 años antes
Me preparaba para asumir el cargo de Alfa de la manada Red Moon. Tras mi primera
transformación, había sentido que mi vida cambiaría, y no solo porque estaba destinado
a liderar la manada. Ya había encontrado a mi luna: Irene. Ella era dos años menor que
yo y, desde la primera vez que la vi caminando hacia la biblioteca de la manada, todo en
mí cambió.
Aquel encuentro fue… mágico. Cada rasgo de ella me atrapaba: sus ojos almendrados,
su nariz pequeña, las pecas que adornaban su rostro. Era como si cada detalle suyo
despertara algo profundo en mí. Mi lobo, Ian, estaba tan fascinado como yo, y no dejaba
de recordármelo, insistiendo en que me acercara a ella.
Reuní el valor y me acerqué, decidido a hablarle. Sentía que tenía que hacerlo, que algo
en nuestro destino nos unía irremediablemente.
—Eres… mi mate —le dije, sin poder evitar que mi voz sonara un poco temblorosa.
Irene me miró con una mezcla de sorpresa y espanto. Supongo que el hecho de que yo
fuera el hijo del Alfa la intimidaba; de inmediato se inclinó con respeto, como era
costumbre en la manada. Pero yo no quería eso. No quería que me viera solo como el
futuro Alfa. Quería que me mirara como algo más, como su igual, como alguien con
quien pudiera construir una vida.
—Irene, no tienes que hacer eso —le dije, con suavidad. Mi lobo gruñó en mi mente,
molesto porque se inclinará ante mí en lugar de reconocerme como su compañero.
Ella levantó la mirada con timidez, sus ojos llenos de curiosidad e incertidumbre.
Parecía no saber cómo reaccionar ante mi confesión, y eso solo me hizo desear ganarme
su confianza más rápido.
—Perdón, Alfa… no sabía que… —balbuceó, visiblemente nerviosa.
—No me llames así. Llámame Enzo —respondí, sonriendo para tranquilizarla. No
quería que sintiera que debía seguir las normas conmigo.
Los días pasaron, y poco a poco, logré ganarme su confianza. Nos veíamos en la
biblioteca, en el bosque, en cada rincón donde podíamos estar a solas. La conexión entre
nosotros se hizo cada vez más fuerte, y era como si cada momento juntos confirmara
que estábamos destinados el uno para el otro. Mi lobo, Ian, se mostraba tan emocionado
como yo, y siempre que la veía sentía una paz y una seguridad que jamás había
experimentado.
Recuerdo el día en que ella finalmente me sonrió de forma genuina, sin miedo, sin
dudas. Su risa llenó el aire, y en ese momento supe que haría cualquier cosa por
protegerla, por verla feliz. Y así fue durante un tiempo, hasta que… los rumores
empezaron.
Estaba tan ansioso por que llegara el día de su cumpleaños número 17, el día en que
Irene finalmente pasaría por su primera transformación. Pero cuando el día llegó, nada
sucedió. No hubo señal alguna de cambio, ningún indicio de que la transformación fuera
a manifestarse en ella. Traté de no preocuparme; tal vez, simplemente, no era el
momento. Siempre le decía que no me importaba cuándo sucediera, que, mientras ella
estuviera a mi lado, yo sería feliz. Me imaginaba el día en que finalmente pudiera ser mi
luna oficialmente, mi compañera en la manada, compartiendo el liderazgo conmigo.
Sin embargo, con el paso de los años, la transformación nunca llegó.
Durante ese tiempo, la vida me puso a prueba en formas que jamás imaginé. En una
batalla contra los lobos desterrados —aquellos que habían cometido traición contra sus
propias manadas y habían sido expulsados, condenados a la peor de las deshonras—, mi
padre cayó. Perdí al Alfa de la manada y, poco después, a mi madre, quien, al no
soportar la pérdida de su compañero, sucumbió al dolor. No pudo seguir viviendo sin su
alma gemela.
Quedé devastado, roto, y sin embargo, como único hijo del Alfa, tuve que asumir el
liderazgo de la manada. Irene se mantuvo a mi lado todo ese tiempo. No me dejó solo ni
un momento, apoyándome con cada paso mientras tomaba las riendas de la manada y
me convertía en Alfa a los 23 años.
Como había asumido el rol de Alfa, era natural que Irene, como mi pareja, asumiera el
rol de Luna. Yo lo daba por hecho, pero otros en la manada no compartían mi visión. Se
atrevieron a decir que ella no era más que una simple humana, que no tenía la fortaleza
para ser la Luna de la manada y que ese lugar le pertenecía a una loba digna y fuerte, no
a una huérfana humana. Cada comentario que escuchaba me llenaba de coraje, y Ian, mi
lobo, rugía con furia en mi mente, deseando destrozar a cada miembro del consejo que
osara hablar mal de Irene.
Pero yo veía algo diferente en ella. Sabía que Irene era fuerte, más fuerte de lo que
cualquiera podía imaginar, y también era sabia. Tenía la capacidad de ver más allá de lo
evidente, de entender las necesidades de la manada de una manera que otros no podían.
Empecé a planificar la forma en que haría que todos la aceptaran, que comprendieran
que ella era digna de ser mi Luna, la compañera que necesitaba y merecía.
Sin embargo, las tensiones aumentaron. El consejo no dejaba de presionar, sugiriendo
que tomara a otra loba, alguien con poder y rango, alguien que estuviera a la altura de
un Alfa. No dejaban de recordarme que el puesto de Luna no era para cualquiera, y a
cada insinuación que hacían sobre reemplazar a Irene, sentía que perdía la calma
Fue entonces cuando los rumores empezaron a extenderse, y algunos de los miembros
del consejo insinuaron que Irene no solo era débil, sino que podría estar conspirando
contra mí, buscando aliarse con otros para obtener una posición que, según ellos, no
merecía. Al principio, ignoré esas habladurías, pero con el tiempo, las dudas que el
consejo sembraba comenzaron a hacer eco en mi mente. Ian también comenzó a
inquietarse, y nuestras dudas se mezclaban con el miedo de haber cometido un error.
Pero lo que no sabía era que esas dudas me llevarían a perder a la única persona que
siempre había estado a mi lado, que siempre me había apoyado. Porque una noche, en la
peor de mis debilidades, enfrenté a Irene, acusándola de lo que jamás hubiera imaginado
en mis días más oscuros.
Era una mañana lluviosa, y tenía que reunirme nuevamente con el consejo para hablar,
una vez más, sobre el puesto de Luna. Estaba completamente agotado de esta situación.
Caminaba hacia el despacho cuando me encontré con mi primo, Adrián. Se le veía
extrañamente contento, casi como si supiera algo que yo no.
—Adrián, buenos días. ¿Cómo amaneciste? —pregunté, mirándolo con curiosidad.
—Bien, primo, muy bien —respondió, con un tono que me pareció algo… ¿cómplice?
—Perfecto. Luego hablamos, estoy algo ocupado.
—Yo igual —dijo él, sonriendo misteriosamente—. Y creo que hoy algo va a cambiar.
Fruncí el ceño, extrañado por sus palabras, pero no le di demasiada importancia.
Mientras me dirigía a la sala de juntas en la mansión, mi mente comenzó a divagar.
Pensé en Irene y me pregunté si habría dormido bien. La extraño, me dije, aunque solo
habían pasado unas horas desde la última vez que hablamos.
"¿Por qué no vas a verla de una vez?" gruñó Ian, mi lobo, en mi mente, impaciente.
"Sabes que tengo que lidiar con el consejo primero," respondí con frustración. "Esto del
puesto de Luna me está volviendo loco."
"No entiendo por qué pierdes el tiempo con ellos," replicó Ian, molesto. "Sabes que
Irene es nuestra compañera, nuestra Luna."
"Lo sé, Ian. Pero el consejo sigue insistiendo, y necesito que al menos la acepten."
"¿Desde cuándo necesitas su aprobación? Tú eres el Alfa, Enzo."
Suspiré internamente. Sabía que tenía razón, pero estaba buscando una forma de que
Irene fuera aceptada por la manada sin que esto generara conflictos.
Las horas pasaron rápidamente. La reunión fue como siempre: el consejo seguía
insistiendo en que Irene no era lo suficientemente fuerte para el puesto de Luna. Y
aunque algunos días parecía que estaban dispuestos a considerarla, otras veces parecía
que habíamos vuelto al inicio, en el mismo callejón sin salida. Salí de la reunión
agotado, deseando ver a Irene para despejar mi mente.
Estaba a punto de salir de la mansión para ir a la casa de Irene cuando me informaron
que había llegado un paquete extraño para mí. El sobre era oscuro, sin remitente, y al
abrirlo, varios papeles y fotografías cayeron al suelo.
Cuando recogí las fotos, sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. En ellas, se veía
claramente a Irene y a mi primo Adrián entrando juntos a un hotel. Mi corazón se
detuvo por un instante. ¿Qué… qué significa esto?
En las fotos, Adrián y ella parecían demasiado cercanos, compartiendo miradas que me
resultaban incomprensibles. Mis manos temblaron mientras seguía mirando cada
imagen, mi mente luchando por encontrar una explicación lógica. Recordé la sonrisa de
complicidad de Adrián esa mañana, su extraño comentario sobre que algo cambiaría.
La furia y la desconfianza comenzaron a crecer dentro de mí, al igual que las dudas que
el consejo había sembrado poco a poco. ¿Acaso era cierto? ¿Irene estaba
traicionándome?
"Espera," gruñó Ian en mi mente, tratando de calmarme, "¿No confías en ella?"
"No lo sé, Ian. Estas fotos… ¿qué más puedo pensar?" Mis pensamientos se
arremolinaban, y la rabia me nublaba el juicio. Mi lobo trataba de contenerse, pero la
confusión y el resentimiento lo hicieron tambalear.
Mi corazón latía desbocado, pero lo peor estaba por venir. Entre los papeles que habían
caído al suelo, vi documentos que hablaban de un supuesto plan, una conspiración para
traicionarme y debilitar a la manada. Había informes detallados de reuniones secretas
entre Irene y miembros de manadas enemigas. Al parecer, en esas reuniones, Irene había
discutido información confidencial sobre nuestras defensas, horarios de patrullas y
puntos vulnerables de nuestro territorio.
No puede ser… Mis pensamientos se arremolinaban, intentando darle sentido a lo que
veía. Estas “pruebas” señalaban a Irene como una traidora, alguien que estaba
colaborando en un complot para derrocarme. Las palabras del consejo sobre lo
inapropiada que era Irene para el puesto de Luna resonaron en mi mente, así como cada
insinuación de que una humana era incapaz de entender la lealtad y el honor que se
exigía en una manada.
Ian, mi lobo, se retorcía en mi mente, luchando entre la rabia y el dolor.
"No tiene sentido, Enzo," gruñó, pero su tono sonaba confundido. "¿De verdad crees
que nos traicionaría?"
"Las pruebas están aquí, Ian. ¿Qué más puedo pensar?" respondí, la amargura y el
resentimiento filtrándose en cada palabra.
Sin perder más tiempo, salí de la mansión y me dirigí a la casa de Irene. La furia y la
desesperación ardían en mi pecho, nublando mi juicio. Si todo lo que había leído era
cierto… no solo había perdido a la mujer que amaba, sino que esa mujer había sido mi
enemiga en secreto.
Llegué a su casa y toqué la puerta, casi rompiéndola con la fuerza de mis golpes. Irene
abrió, su rostro iluminado con una sonrisa que se desvaneció al instante al ver mi
expresión oscura y amenazante.
—Enzo… ¿qué pasa? —preguntó, alarmada.
Sin decir una palabra, le lancé las fotos y los documentos al suelo. Los papeles se
dispersaron, y ella miró las fotos con una mezcla de sorpresa y horror. Luego, tomó los
documentos y los leyó con manos temblorosas. Al levantar la vista hacia mí, sus ojos
estaban llenos de incredulidad.
—Enzo, yo… no sé qué es esto. Esto es un error, una mentira. ¡Yo jamás te traicionaría!
—exclamó, su voz temblando.
—¿Una mentira? —gruñí, sintiendo cómo mi lobo lloriqueaba dentro de mí, deseando
liberarse—. Las fotos, los documentos… Todo apunta a ti, Irene. Incluso Adrián, ¡mi
propio primo! ¿Y todavía te atreves a negar lo que es obvio?
Ella negó con la cabeza, las lágrimas comenzando a deslizarse por sus mejillas.
—Por favor, Enzo, tienes que escucharme. Esto es una trampa… no sé quién haría algo
así, pero tienes que creerme. Yo… yo te amo. Jamás te traicionaría.
Su voz estaba llena de súplica, y por un momento, sentí que el hielo en mi pecho
comenzaba a derretirse. Pero entonces recordé cada palabra de los documentos, cada
imagen de las fotos, y el veneno de la traición que el consejo había sembrado en mi
mente se apoderó de mí.
—No tienes nada que explicar, Irene. Está claro que me utilizaste, que engañaste a toda
la manada. Lo peor es que realmente creí que podías ser mi Luna… —dije, cada palabra
llena de amargura.
Ella me miró, el dolor en sus ojos evidente.
—Por favor, Enzo, no me hagas esto. No tienes idea de cuánto te amo, de cuánto he
hecho por ti y por esta manada. Esto es una mentira… una cruel mentira. Tienes que
confiar en mí.
Pero la desconfianza y la furia ya me habían cegado. Le di la espalda sin escuchar más,
alejándome de ella mientras sentía cómo cada paso se hacía más pesado, cómo cada
palabra no dicha me hundía más en un vacío de culpa que, en ese momento, me negaba
a reconocer.
Nunca supe que esa sería la última vez que vería a Irene… o que el daño de mis
decisiones no solo la apartaría de mi vida, sino que también destrozaría mi corazón y me
perseguiría para siempre.
Toda la furia que sentía, junto con los celos, me cegaron completamente. Me dejé llevar
por el odio y el dolor, ignorando cualquier duda, cualquier rastro de lógica. Ordené que
la encarcelaran por traición, sin darle la oportunidad de explicarse. También ordené la
detención de mi primo, aunque una parte de mí se resistía a creer que ambos pudieran
haber conspirado en mi contra.
Mi corazón se rompía mientras daba las órdenes, pero en mi mente justificaba cada
decisión. Es una traidora, me repetía, intentando convencerme. Nunca fue digna de ser
mi Luna.
Al ver cómo se la llevaban, su mirada se cruzó con la mía, llena de dolor y desconcierto.
En sus ojos vi súplica, vi amor… y, finalmente, una tristeza desgarradora, una traición
que ella misma no podía entender.
Por dentro, sentí que algo en mí se rompía, pero en ese momento estaba demasiado
cegado por la ira y la decepción para detenerme.
Para cuando se iba a llevar a cabo el destierro de Irene, después de haberla sometido a
días de tortura para obtener "confesiones" que jamás llegaron, recibí una noticia que me
dejó helado: Irene había desaparecido. Nadie sabía cómo ni cuándo había escapado,
pero ya no estaba en la celda. Su rastro se había desvanecido, y no logré saber si había
huido o si alguien la había ayudado.
Mi primo, Adrián, por otro lado, había tenido un destino diferente. Al no haber pruebas
suficientes de su supuesta participación directa en una traición de alto grado, lo condené
a permanecer en prisión, pero su castigo no fue tan severo como el de Irene. Estaba
convencido de que había perdido al amor de mi vida y me resigné a seguir adelante, a
cumplir con mis deberes de Alfa sin ella, aunque algo dentro de mí se sentía vacío,
incompleto.
Meses después, cuando ya había aceptado el dolor de mi pérdida, algo comenzó a
inquietarme. Recordé cada detalle de las fotografías y los documentos que me habían
mostrado la “prueba” de la traición de Irene. Empecé a analizarlos en profundidad,
buscando algo que justificara el vacío y la culpa que sentía. Fue entonces cuando noté
las primeras inconsistencias: las marcas de fecha en algunas de las fotos no coincidían;
el lugar donde supuestamente habían sido tomadas estaba en una zona que Irene rara
vez visitaba, y algunos de los documentos parecían demasiado detallados, como si
alguien hubiera forzado la evidencia para hacerla encajar.
Un escalofrío me recorrió al darme cuenta de lo que probablemente había sucedido.
Poco a poco, la verdad se hizo evidente. Todo había sido un complot, y el responsable
principal había sido mi propio primo, Adrián.
Las piezas comenzaron a encajar con claridad. Adrián, sabiendo que Irene era mi punto
débil, había manipulado la situación para separarme de mi alma gemela. Las fotos y
documentos falsificados, el consejo insistiendo en que Irene no era apta para el puesto
de Luna… todo era una estrategia para debilitarme emocionalmente y, de paso, alejar a
Irene de mi lado. El objetivo final era obvio: él quería ocupar mi lugar como Alfa, y
había calculado que, sin Irene a mi lado, sería más vulnerable.
Pero eso no era todo. Mientras seguía indagando, descubrí algo aún más oscuro: Adrián,
en colaboración con ciertos miembros del consejo que también desaprobaban a Irene,
había recurrido a una bruja para lanzar un hechizo sobre ella. Este hechizo había
bloqueado la transformación de Irene, impidiéndole manifestar su verdadera naturaleza
como loba. De esta manera, Adrián se aseguraba de que Irene siempre pareciera una
“simple humana”, alguien indigna de ocupar el lugar de Luna en mi manada.
La furia que sentí en ese momento fue como una llama incontrolable en mi pecho. Ian,
mi lobo, rugió en mi mente, exigiendo venganza, exigiendo justicia para Irene y para
nosotros mismos. Habíamos perdido a nuestra alma gemela por culpa de una traición tan
profunda que, de no haber sido por la evidencia, me habría resultado imposible de creer.
"Tenemos que encontrarla," gruñó Ian, más determinado que nunca.
"Pero ¿dónde estará?" pensé, mi mente llena de arrepentimiento. Había sido yo quien
la había traicionado al creer en aquellas mentiras. Me había dejado cegar por el odio y la
envidia de otros, y el precio había sido perder a Irene, la única que siempre había estado
a mi lado.
Sin perder más tiempo, ordené la inmediata liberación de Adrián de su celda, solo para
enfrentarlo directamente. Estaba decidido a escuchar de sus propios labios la confesión
de todo lo que había hecho, cada mentira y manipulación. Y, esta vez, no habría
compasión. Mi primo y todos los involucrados en esta traición pagarían el precio por
haber destrozado mi vida y la de Irene.
Ordené que trajeran a Adrián de su celda y lo escoltaran a mi despacho. Esperé de pie,
con los puños apretados y el corazón ardiendo de furia, mientras los guardias lo traían.
Cada segundo que pasaba aumentaba mi rabia y el desprecio que sentía por él, el
hombre en quien alguna vez confié como un hermano. Los recuerdos de Irene, de su
sufrimiento y del dolor que le causé al creer en sus mentiras, eran como cuchillos en mi
mente.
Cuando Adrián entró al despacho, se detuvo en seco al ver mi expresión. Noté cómo su
sonrisa de siempre se desvanecía, y algo en sus ojos me indicó que ya intuía lo que
estaba a punto de suceder. Hice una señal a los guardias para que nos dejaran solos, y
cuando la puerta se cerró, clavé mis ojos en él.
—¿Así que fue todo un juego para ti, Adrián? —espeté, con la voz contenida de rabia
—. ¿Separarme de Irene, hacer que la condenara… destruir mi vida? ¿Eso es lo que
querías?
Adrián intentó mantener la calma, pero noté cómo sus manos temblaban ligeramente.
—No sé de qué estás hablando, Enzo —dijo con una voz cuidadosamente neutral—.
Irene era una traidora, y todo lo que hice fue ayudarte a abrir los ojos.
La rabia explotó dentro de mí. Di un paso hacia él, sin apartar la mirada, y lancé las
fotos y documentos falsificados sobre la mesa.
—¿Abrir los ojos? —gruñí, la voz cada vez más amenazante—. ¡Estas fotos, estos
documentos, son todo un montaje! No solo separaste a Irene de mí; destruiste cualquier
posibilidad de que ella asumiera su lugar como mi Luna. La condenaste. Y lo hiciste
solo para apoderarte de mi puesto, para debilitarme.
Adrián guardó silencio por un segundo, pero pude ver el brillo de sus ojos cambiar,
pasando de la sorpresa a una expresión desafiante.
—Irene era solo una humana, Enzo. Era una debilidad, un obstáculo. La manada no
necesita a alguien que la haga débil. Necesita a un Alfa que pueda ver las cosas como
son, sin sentimentalismos absurdos.
—¿Sentimentalismos absurdos? —repetí, sintiendo cómo mi lobo, Ian, rugía dentro de
mí, ansioso por destrozarlo—. ¿Me estás diciendo que engañar, manipular, y traicionar a
tu propia familia te parece razonable?
Adrián me miró, su tono ahora tan frío como su mirada.
—Hice lo que era necesario. Esta manada necesita un líder fuerte, y mientras tú seguías
obsesionado con tu “alma gemela”, no veías el peligro en el que ponías a todos. A Irene
no le correspondía el rol de Luna, y yo me aseguré de que lo entendieras.
Mis manos temblaban de furia, y me acerqué a él hasta quedar frente a frente.
—¿Y qué hay del hechizo, Adrián? —le susurré, cada palabra cargada de rabia
contenida—. El hechizo que lanzaste para impedir su transformación. ¿Qué tienes que
decir sobre eso?
Por primera vez, vi un destello de sorpresa y miedo en su rostro. Adrián dio un paso
atrás, pero lo tomé del cuello de la camisa, obligándolo a mantenerme la mirada.
—¿Cómo…? ¿Cómo te enteraste de eso? —balbuceó, sus ojos llenos de incertidumbre.
—¡Porque descubrí tus mentiras! —grité, zarandeándolo con fuerza—. Me hiciste creer
que Irene no era digna, que no era suficiente. La torturaste, la desterraste de la única
vida que conocía, ¡y todo por tus ambiciones! Fui un tonto al confiar en ti, Adrián. Me
hiciste dudar de la única persona que siempre fue leal.
El miedo en sus ojos desapareció, y en su lugar, una sonrisa sarcástica surgió en su
rostro.
—Bueno, al menos logré algo. Te quedaste sin Luna, Enzo. La manada ya no te respeta
como antes, y ¿sabes qué? No eres tan fuerte como crees. Pero si quieres la verdad… —
dijo Adrián, con una sonrisa cínica—, yo no fui quien ordenó que torturaran a Irene.
Sus palabras me hicieron detenerme en seco. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo
mientras lo miraba, intentando procesar lo que acababa de decir.
—¿Qué estás diciendo, Adrián? —le pregunté, mi voz llena de incredulidad y rabia.
Adrián soltó una carcajada amarga y se encogió de hombros.
—Lo que oíste, primo. Yo me aseguré de que desconfiaras de ella, de que creyeras que
Irene era una traidora, pero… —me miró, disfrutando del desconcierto en mi rostro—.
Nunca ordené que la torturaran. Eso fue cosa tuya, Enzo. Eres el Alfa, y tú decidiste qué
hacer con ella. Si alguien la destruyó, fuiste tú mismo.
La paciencia que me quedaba se rompió. El golpe fue inevitable. Mi puño se estrelló
contra su rostro, y él cayó al suelo, escupiendo sangre. Respiré hondo, intentando
calmar a Ian, que rugía dentro de mí, exigiendo venganza.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Adrián? —le dije, mirándolo desde arriba,
con la voz gélida y cargada de desprecio—. Tú manipulas y destruyes a otros para
sentirte fuerte. Yo no necesito aplastar a nadie para ser un Alfa. Y, por más que hayas
intentado destruirme, te aseguro que no vas a lograrlo.
Adrián escupió al suelo y me miró de nuevo, ahora con una mezcla de desprecio y burla.
—Tal vez, Enzo, pero nunca vas a recuperar a Irene. Ella está perdida. Y si no pudiste
salvarla antes, dudo que puedas hacerlo ahora.
Esas palabras fueron la última provocación. Lo levanté del suelo de un tirón y lo llevé a
la puerta, llamando a los guardias.
—Llévenselo. Lo quiero en una celda hasta que decida qué hacer con él —ordené con
voz firme, sin apartar la mirada de mi primo, que se debatía entre el odio y el miedo.
Antes de que los guardias se lo llevaran, me acerqué a él una última vez, asegurándome
de que entendiera cada palabra.
—Voy a encontrar a Irene. Y cuando la encuentre, será la Luna que siempre mereció
ser. Tus traiciones no destruirán la manada, Adrián, ni me destruirán a mí.
Él soltó una risa amarga mientras los guardias lo arrastraban fuera de la sala.
—Buena suerte con eso, primo. Si es que sigue viva…
La puerta se cerró, y un silencio gélido llenó el despacho. Las palabras de Adrián
resonaban en mi mente como un eco: "Nunca ordené que la torturaran. Eso fue cosa
tuya." Me quedé mirando el vacío, con una mezcla de furia y arrepentimiento en el
pecho. Me di cuenta de que, en mi ceguera y dolor, había causado un sufrimiento que tal
vez nunca podría reparar.
Pero ahora tenía claro cuál era mi objetivo: encontrar a Irene y hacer lo que fuera
necesario para enmendar el dolor que le había causado, para que pudiera retomar el
lugar que siempre debió ser suyo. Aunque tuviera que mover el cielo y la tierra para
hallarla y ganarme su perdón, no me detendría hasta lograrlo.

CAPIULO 7
ENZO
El aire frío de la noche parecía calar hasta mis huesos mientras atravesaba el bosque.
Cada paso era un recordatorio de cuánto la había perdido, de cuán lejos estaba de
redimirme. Ian, mi lobo, rugía en mi mente, lleno de frustración e impaciencia.
—No debimos haberla dejado escapar. —Ian gruñó, su voz resonando en mi cabeza
con una mezcla de culpa y reproche—. Debiste haberla escuchado, Enzo. Esto es
culpa nuestra.
La culpa era un peso insoportable, uno que me aplastaba desde el día en que me
informaron de su desaparición. El recuerdo de ese momento seguía grabado en mi
mente, tan vívido que podía sentir el aire gélido de aquel día, el crujir de la madera bajo
mis pies mientras caminaba por el despacho.
Estaba repasando informes rutinarios, intentando mantenerme enfocado en los asuntos
de la manada. La pluma que sostenía temblaba ligeramente; por más que trataba de
ignorarlo, mi mente siempre volvía a ella. A Irene.
De repente, un golpe apresurado en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Adelante —dije con tono firme, pero al mirar al guardia que entró apresuradamente,
su expresión me hizo tensarme al instante.
—Alfa, debo hablar con usted de inmediato —dijo, su voz cargada de urgencia.
Dejé la pluma a un lado, sintiendo cómo un mal presentimiento se apoderaba de mí. Me
levanté de la silla y lo enfrenté, tratando de mantener la calma.
—Habla —ordené, aunque mi pecho ya se sentía como un tambor, listo para estallar.
El guardia tragó saliva antes de soltar la noticia que cambiaría todo.
—Es Irene, señor. Ha desaparecido.
Por un momento, las palabras no tuvieron sentido. Mi mente tardó en procesarlas, como
si se resistiera a aceptar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido? —pregunté, mi voz baja pero llena de
peligro.
—No está en su celda, Alfa. Esta mañana la encontramos vacía. No hay señales de
lucha, y nadie sabe cómo pudo escapar.
El mundo pareció detenerse. Mis pensamientos se agolparon, cada uno más desesperado
que el anterior.
—¡Nos fallaste, Enzo! —rugió Ian en mi mente, su voz cargada de rabia y
desesperación—. La encarcelaste, la dejaste sola. ¿Qué esperabas que pasara? ¡No
estábamos para protegerla!
Respiré hondo, intentando calmarme, pero era imposible. La ira y la culpa me
consumían por dentro, un torbellino que amenazaba con desbordarse.
—Quiero un equipo de búsqueda listo en una hora —gruñí, mi tono gélido—. Revisen
cada rincón del territorio, cada bosque, cada sendero. No importa cuánto tiempo tome,
pero encuentren su rastro.
El guardia asintió apresuradamente y salió de la habitación. En cuanto me quedé solo,
golpeé la mesa con todas mis fuerzas, sintiendo cómo el dolor y la frustración
explotaban dentro de mí.
—¿Cómo dejamos que esto sucediera? —susurré, con la voz rota. Pero sabía la
respuesta: había sido mi propia ceguera, mi propia desconfianza, lo que nos había
llevado a este punto.
—Fallamos… —gruñó Ian, pero esta vez su tono no era de reproche, sino de dolor—.
Y ahora está sola en el mundo por nuestra culpa.
Cerré los ojos, recordando el momento en que la vi por última vez, su rostro marcado
por la incredulidad y el dolor, sus súplicas de que le creyera. Me había alejado de ella,
incapaz de escuchar, incapaz de ver la verdad en sus ojos.
¿Dónde estarás ahora, Irene? pensé, mientras la culpa se apoderaba de mí. Pero incluso
en mi desesperación, hice una promesa silenciosa: la encontraría, sin importar lo que me
costara. Y, cuando lo hiciera, encontraría la forma de reparar el daño que le había
causado.
Desde ese día, no había dejado de buscarla. Había seguido cada rastro, cada susurro que
mencionaba su nombre, pero cada esfuerzo terminaba en un callejón sin salida. La
frustración me carcomía, y la culpa era un recordatorio constante de mi fracaso, una
sombra que se negaba a abandonarme.
—La dejamos ir… La dejamos sola. —Ian gruñía en mi mente, su voz resonando como
un eco interminable, un mantra que no podía ignorar.
—Cállate, Ian. Estoy haciendo todo lo que puedo —respondí entre dientes, apretando
los puños. Pero sabía que mis palabras no eran suficientes, ni para él ni para mí. Nada
que hiciera parecía ser suficiente.
El sonido de las hojas crujientes bajo mis botas era el único ruido que acompañaba mis
pensamientos. El bosque estaba envuelto en un silencio casi opresivo, como si el mundo
mismo se burlara de mi búsqueda. Cada paso que daba era un reflejo de mi
determinación, pero también del tormento que me consumía. Había fallado como su
compañero, como su protector, y el peso de esa traición era una carga que no sabía si
alguna vez podría aliviar.
Había seguido el rastro hasta una pequeña aldea en el límite de las montañas del norte.
El lugar parecía congelado en el tiempo, cubierto por una niebla espesa que se
arrastraba entre las casas, envolviendo todo en un aire de misterio. Las ventanas
cerradas y las puertas apenas entreabiertas me hacían sentir que los habitantes preferían
mantenerse lejos de los forasteros.
Un mensajero de una manada vecina me esperaba en el centro de la aldea. Estaba
erguido, inmóvil, con una expresión seria que no dejaba lugar a dudas: traía algo
importante. En sus manos sostenía un pequeño objeto que reconocí al instante.
—Un viajero lo encontró cerca del paso de las montañas del norte —dijo el mensajero,
extendiéndome el objeto.
Era un colgante. El colgante de Irene.
Lo tomé entre mis manos con cuidado, como si fuera un pedazo de ella, y el frío metal
pareció arder en mi piel. Lo conocía demasiado bien; era el que yo mismo le había dado
cuando nos unimos, un símbolo de nuestra conexión. Ahora, el colgante era algo más:
una prueba de que había estado allí. Una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
Mi pecho se contrajo mientras lo sujetaba con fuerza. Irene… todavía puedo
encontrarte.
—¿Hay algo más? ¿Alguna otra pista? —pregunté con urgencia, mi voz apenas un
susurro.
El mensajero negó con la cabeza, pero su expresión no cambió.
—Nada más, Alfa. Pero el viajero mencionó que vio a una mujer de cabello oscuro,
caminando sola hacia las montañas. Se movía rápido, como si quisiera alejarse de
algo… o de alguien.
Mis manos temblaron ligeramente mientras guardaba el colgante en mi bolsillo. Mi
corazón latía con fuerza, una mezcla de alivio y ansiedad. Si Irene estaba en las
montañas, entonces aún había tiempo. Podía encontrarla. Podía enmendar el daño que le
había hecho, darle la vida que siempre debió tener.
Ian, que había permanecido en silencio hasta ahora, rugió en mi mente con una fuerza
renovada.
—No podemos perder tiempo, Enzo. Cada segunda cuenta. Si ella sigue sola, no
estará a salvo.
—Lo sé —respondí en voz baja, con una determinación que no sentía desde hacía meses
—. La encontraremos, Ian. Y cuando lo hagamos… haré todo lo necesario para que
vuelva a confiar en mí.
El viento frío golpeaba mi rostro cuando me adentré en el sendero que conducía a las
montañas. Las sombras de los árboles se alargaban a medida que el sol desaparecía tras
el horizonte, pero no me detuve. Cada paso era una promesa silenciosa: no me detendría
hasta encontrarla, sin importar lo que costara.
El sendero se retorcía entre los árboles como un laberinto, cada vez más estrecho y
cubierto por la nieve que comenzaba a caer con más intensidad. El aire se hacía más frío
a medida que ascendía, mordiendo mis pulmones con cada respiración, pero nada de eso
importaba. La determinación ardía en mi interior, impulsándome a seguir adelante. Ian
estaba inquieto, casi salvaje, su frustración latente en cada pensamiento que compartía.
—Puedo sentir su rastro, pero se está desvaneciendo… —gruñó Ian, su voz resonando
con urgencia en mi mente.
—Entonces nos moveremos más rápido —respondí con los dientes apretados, mientras
mi aliento se condensaba frente a mí en nubes visibles.
El terreno se volvía más traicionero con cada paso. Rocas cubiertas de hielo y raíces
sobresalientes me obligaban a mantenerme alerta, pero ni siquiera el peligro podía
detenerme. Cada vez que mis pensamientos vacilaban, una imagen de Irene, sola en este
frío y hostil entorno, me empujaba a avanzar. Había fallado antes. No podía hacerlo de
nuevo.
El bosque comenzó a abrirse lentamente, dejando al descubierto un paisaje aún más
inhóspito. Las ramas desnudas de los árboles se alzaban hacia el cielo como manos
implorantes, y una enorme roca bloqueaba parcialmente el sendero. Me detuve,
inclinándome para recuperar el aliento, cuando algo llamó mi atención.
Un trozo de tela oscura, rasgado, colgaba de una rama baja. Lo tomé con cuidado,
sintiendo un nudo en la garganta. Era pequeño y estaba desgastado, pero el instinto me
decía que pertenecía a Irene.
—Está cerca… o al menos pasó por aquí, —dijo Ian, su tono lleno de urgencia y
esperanza.
Me enderecé de golpe, el corazón martilleándome en el pecho. Seguí adelante, buscando
más señales, y pronto noté marcas en el suelo, casi imperceptibles. Eran huellas
recientes, dirigidas hacia una cueva oculta por la vegetación. La entrada era estrecha,
apenas visible entre las sombras.
—¿Irene? —llamé, mi voz resonando en el aire frío.
El eco fue mi única respuesta.
Entré con cautela, permitiendo que mis ojos se ajustaran a la penumbra. El aire dentro
de la cueva era húmedo y helado, cargado con un olor a piedra y moho. Mientras
avanzaba, noté un pequeño refugio improvisado al fondo: una manta vieja y
deshilachada, un cuenco vacío y un montón de ramas carbonizadas que alguna vez
fueron una fogata. Mi pecho se apretó.
Había estado aquí.
—Llegaste demasiado tarde, —gruñó Ian, su tono lleno de frustración contenida—. Se
fue.
—No, Ian —le respondí, escaneando el lugar con más atención—. Esto significa que
estamos cerca. Si estuvo aquí, dejó un rastro reciente. No vamos a rendirnos ahora.
De repente, un ruido detrás de mí me hizo girar rápidamente. Mi cuerpo se tensó, cada
músculo listo para atacar, mientras mis ojos buscaban en la oscuridad. Piedras sueltas
rodaron hacia la entrada de la cueva, y el viento arrastró un débil sonido de pisadas. Mi
corazón latió desbocado.
—¿Irene? —llamé de nuevo, mi voz quebrada entre la esperanza y el temor.
Nada.
Salí de la cueva, con los sentidos aguzados. El bosque se había sumido en una
penumbra inquietante, y las sombras alargadas de los árboles se movían con el viento.
El aire pareció cambiar, denso y pesado, acompañado de un olor que reconocí al
instante: sangre.
Ian gruñó con fuerza dentro de mí, alertándome.
—No estamos solos, —dijo, su voz baja y amenazante.
Mis sentidos se afinaron mientras miraba a mi alrededor. Entonces los vi. Entre los
árboles, un grupo de lobos se movía con precisión depredadora, sus ojos brillando con
un tono antinatural bajo la tenue luz. Lobos desterrados.
—Maldita sea… —murmuré, mientras evaluaba rápidamente la situación.
Eran cinco, tal vez seis. Sus posturas no dejaban lugar a dudas: estaban cazando, y yo
era su objetivo. Mi mano se deslizó hacia la daga que llevaba en el cinturón, mientras
sentía cómo Ian comenzaba a tomar el control, listo para la batalla.
—No podemos permitir que nos retrasen, Enzo, —gruñó Ian con urgencia—. Si
queremos encontrarla, debemos acabar con ellos rápido.
—Lo sé —respondí en voz baja, con la mirada fija en los lobos que se acercaban en
formación.
Uno de ellos dejó escapar un gruñido bajo y avanzó un paso, marcando el inicio del
enfrentamiento. No había lugar para el diálogo, ni tiempo para vacilar. Si estos
desterrados querían enfrentarse al Alfa, estaban a punto de aprender lo que significaba
desafiarme.
—No tengo tiempo para esto —murmuré, dejando que la furia y la determinación
llenaran cada fibra de mi ser.
El primer lobo saltó hacia mí, y el mundo se volvió un torbellino de garras y colmillos.
La batalla había comenzado.
El primer lobo saltó hacia mí con las fauces abiertas, apuntando a mi garganta. Giré
rápidamente, sintiendo el aire desplazarse por el filo de sus colmillos, y deslicé la daga
en un arco preciso, cortando su costado. Su aullido de dolor llenó el aire, una mezcla de
furia y agonía, mientras caía rodando sobre la nieve manchada de rojo.
No había tiempo para recuperar el aliento. Otros dos lobos se lanzaron al ataque
simultáneamente, uno directo hacia mi flanco y el otro intentando derribarme.
Ian rugía en mi interior, exigiendo libertad, su instinto salvaje queriendo tomar el
control.
—Déjame salir, Enzo. Esto terminará en un instante si me dejas a mí.
—Aún no —gruñí entre dientes, bloqueando el salto del primer lobo con la hoja de mi
daga, desviándolo lo suficiente para evitar que me alcanzara.
El otro chocó contra mi costado, derribándome al suelo. Sus colmillos se clavaron en mi
brazo izquierdo, un dolor punzante que me recorrió como fuego. Gruñí de rabia,
dejando que Ian compartiera mi furia, y rodé sobre mi espalda, llevándome al lobo
conmigo. Con un movimiento rápido y decidido, clavé la daga en su cuello y lo aparté
de un empujón. Su cuerpo cayó inerte a mi lado, la sangre empapando la nieve bajo él.
Me levanté de un salto, jadeando, mientras los tres lobos restantes se detenían. Podía ver
la indecisión en sus ojos brillantes, mezclada con rabia y cautela. Era evidente que no
esperaban que su presa fuera tan resistente, ni que yo tuviera la capacidad de acabar con
dos de ellos tan rápido.
—No juegues más con ellos. Estás perdiendo tiempo, —gruñó Ian con un tono cortante
—. Libérame y esto terminará antes de que puedan respirar.
Sabía que tenía razón. Mi respiración era pesada, mi brazo herido ardía, y aunque me
mantenía firme, cada segundo perdido era un segundo más lejos de Irene.
—Hazlo —murmuré.
Dejé que Ian tomara el control, sintiendo cómo mi cuerpo cambiaba al instante. Mi
visión se agudizó, los colores del bosque se intensificaron, y una fuerza abrumadora
llenó cada fibra de mi ser. Un rugido profundo escapó de mi garganta, resonando por
todo el claro, haciendo eco entre los árboles.
Los lobos desterrados retrocedieron instintivamente, el miedo evidente en sus
movimientos. Ahora sabían que no estaban frente a un simple Alfa.
No les di oportunidad de reaccionar. Me lancé hacia el más cercano con una velocidad
que ninguno de ellos pudo anticipar, derribándolo al suelo con un golpe certero. Mis
garras atravesaron su costado, y sus gruñidos cesaron antes de que pudiera contraatacar.
Los dos restantes intentaron coordinarse, saltando hacia mí desde lados opuestos, pero
mis reflejos mejorados estaban listos. Esquivé al primero con un giro rápido,
agarrándolo del cuello en pleno salto, y lo aplasté contra el suelo con un crujido seco. El
último, al ver el destino de sus compañeros, titubeó por un segundo demasiado largo.
—Corre —gruñí, dejando que mi voz animal resonara con amenaza.
El lobo retrocedió con un gemido tembloroso, dándose la vuelta y huyendo entre los
árboles, dejando tras de sí un rastro de sangre y miedo.
Cuando todo terminó, me quedé inmóvil, respirando con dificultad mientras la nieve
seguía cayendo silenciosamente a mi alrededor. El dolor en mi brazo y costado
comenzaba a hacerse presente, pero lo ignoré.
—Buen trabajo, —dijo Ian con tono satisfecho—. Pero no podemos detenernos ahora.
—Lo sé —respondí, limpiando la sangre de mi daga antes de guardarla.
Miré hacia el bosque frente a mí. La penumbra y el frío eran implacables, pero nada de
eso importaba. Irene estaba cerca, más cerca de lo que había estado en semanas.
El olor a sangre aún flotaba en el aire cuando algo cambió. Un aroma extraño llegó a mi
nariz: flores secas mezcladas con cenizas. Era sutil pero inconfundible, y me puso en
alerta inmediata.
—Brujería, —gruñó Ian, su tono lleno de desprecio y precaución.
El aire se volvió más denso, y un escalofrío recorrió mi columna mientras avanzaba con
cautela. El rastro me llevó a un claro entre los árboles, donde el paisaje era inquietante.
Un círculo de símbolos extraños brillaba tenuemente sobre la nieve, emanando una luz
azul espectral.
En el centro del círculo, una figura encapuchada se inclinaba sobre los símbolos,
murmurando palabras en un idioma que no reconocí.
—¿Quién eres? —pregunté con firmeza, mi voz resonando en el silencio opresivo del
claro.
La figura levantó la cabeza lentamente, revelando a una mujer de cabello blanco y ojos
oscuros que me miró con una sonrisa burlona.
—Alfa… —dijo, su tono lleno de burla—. Llegas tarde.
Mis ojos se estrecharon.
—¿Dónde está Irene? —gruñí, avanzando un paso hacia ella, listo para atacar si era
necesario.
La mujer río suavemente, un sonido que me puso los pelos de punta, y señaló hacia las
montañas.
—Ella está más cerca de lo que crees… pero eso no significa que puedas alcanzarla. La
oscuridad siempre camina más rápido que la luz.
Ian rugió dentro de mí, exigiendo acción, pero algo en los símbolos que rodeaban a la
mujer me detuvo. No era una simple enemiga; su presencia era más peligrosa de lo que
parecía.
—Quítate del camino o te haré a un lado —advertí, dejando que mi voz se llenara de la
intensidad de mi lobo.
La mujer inclinó la cabeza, como si evaluara mi determinación.
—¿Qué estás dispuesto a sacrificar, Alfa, ¿para encontrarla? —preguntó suavemente.
Apreté los puños, sintiendo cómo mi furia y desesperación se mezclaban.
—Todo —respondí con un rugido que hizo temblar los árboles.
La mujer sonrió de nuevo, pero sus ojos brillaron con un destello siniestro.
—Entonces, que así sea.
Con un movimiento de su mano, los símbolos en la nieve se desvanecieron, y la figura
desapareció como si nunca hubiera estado allí. El olor a cenizas y flores secas se disipó
con el viento, dejándome solo en el claro.
Sin perder más tiempo, me giré hacia el camino que la bruja había señalado. Las
palabras resonaban en mi mente: Más cerca de lo que crees.
Apretando los dientes, ignoré el frío y el dolor en mi cuerpo. Irene estaba ahí afuera, y
no me detendría hasta encontrarla.

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