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Elogio Del Elitismo

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Elogio del elitismo.

“- ¿Te parece divertido?


Sí, claro, y estoy harto de fingir que no lo es.”
-Joker-”

Una de las sensaciones más gratificantes que experimento es la de


entender una referencia literaria o cinematográfica. Esa seguridad de
pertenecer a un grupo selecto. The few, the band of brothers que estuvimos
aquel día en San Quintín. Ese orgullo de exclusividad. La de saber que otros
la han leído o visto y no han entendido, como tú, lo que el autor ha querido
decir. O la de captar en una milésima de segundo un detalle mínimo de una
escena o un guiño reservado para iniciados. Saber seguir un verso
empezado por otra persona, tener un dialogo sólo construido de citas de
películas, disfrutar con los diálogos intertextuales cuando los encuentro
convertidos en un personaje más de la trama, entender un doble sentido
nacido de un libro leído hace años, reconocer un homenaje en forma de
escena en una película, a la primera nota una melodía, a la primera frase un
buen libro que fue hace décadas mío por un tiempo, al instante un
fotograma .. pertenecer a la “cofradía de Nantucket” compuesta por
arponeros que somos incapaces de mirar atrás, por lejos que llevemos la
mirada, y vernos sin un libro entre las manos y decenas en los estantes.
Esos que tenemos la certeza de ser los libros que hemos leído. Y sí, claro
que es así. Y estoy harto de fingir que no lo es. Saberse especial por ello es
maravilloso. Cada uno es cada quien y baja las escaleras como puede.
Cualquier persona es especial por algo o buena en algo. Y yo lo soy por eso.

Y por encima de esa sensación hay otra aún mejor. La de compartirla. Igual
que hay almas sensibles para el arte que se conmueven en compañía de sus
semejantes y se potencian mutuamente, a mí me gusta estar entre gente
avisada. Sorprenderme de conocer a “uno de los nuestros”, uno nuevo que
se incorpora al club Dumas por compartir mar de referencias, porque ha
entendido lo que he querido decir realmente a pesar de haberlo escondido
críptico en una referencia o una frase ajena hecha mía sin entrecomillarla
en la conversación. Y me encanta encontrarme por la vida con cofrades de
mi cofradía. Me da la vida tener esos encuentros y esas conversaciones.
Cruzarme con otro barco capaz de sostenerme el florete de esa esgrima,
compartir con Marlow conversaciones crepusculares y carcajadas sin tener
que acabar el chiste.. Es mi mayor placer. Para esos momentos leo y veo
cine.

Lo mío me ha costado y todo el mérito es mío. No tengo por qué negármelo.


De eso sí puedo enorgullecerme sin falsa humildad. Soy uno de esos adultos
que fuimos niños precoces que perdían la noción del tiempo bajo las
sábanas con una linterna y un libro hasta caer dormidos agotados a las tres
de la mañana. Para quienes Gonzaga y Enrique de Lagardere, Lord Jim,
Sheppard, John Silver, Marlow, Rouletaville, Queequeg, Phileas Fogg,
Penélope, Roxanne, Darnay, el abate Faría o Yañez no solo no nos son
ajenos sino que viven en nuestros recuerdos. Para quienes viajamos una vez
en La Hispaniola, estuvimos encerrados en If, compartimos coy con Ismael,
vimos tirar al Támesis el tesoro de Agra, luchamos contra los perros jaros en
Seeonee y supimos desde la primera línea quién había matado a Rogelio
Ackroyd. Pertenezco a la vieja guardia seleccionada a la que le gusta
recrear episodios bélicos sobre una mesa con un buen whisky y la mejor
compañía, leer historia, sentir ese especial latido al tocar con mis pies los
lugares donde sucedieron las cosas sobre las que he leído, acumular inútiles
recuerdos de escenas de miles de películas en mi memoria para nada más
que para revivirlas en mi mente cuando quiero o para usarlas de referente
cuando algo me las recuerda. Soy el lector compulsivo, el memorizador
eidético, al que cada pasaje real le recuerda uno ficticio pueda o no sacar
moraleja de aquel. Constante deja vú de algo leído o vivido en la pantalla
antes. Ese soy yo. Y estoy encantado de ser así.

Yo estuve allí, con Glorfindel al otro lado dl Vado de Bruinen retando a los
nueve, y fui alumno del profesor Kitting, y detuve la marcha al oír la
trompeta de Gunda Din, y reiné, por un tiempo, en Kafiristan, y descargué la
pistola de Tucco antes del duelo a tres, y asalté un banco tras discutir sobre
el significado de Like a Virgin y si teníamos o no que dejar propina. Ese soy
yo.

Y cómo lo dijo mejor que nadie el maestro a sus palabras me remito:

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga
campaña -y lo que te queda todavía- no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando
la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la
aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo
que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida.
Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien
metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien
metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le
ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y
estúpida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos
numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al
niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen
término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las
oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella
chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada
de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y
no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el
centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el
Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones.
Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que
había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que
miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu
forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu
aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad
adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su
estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza
de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser
vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y
no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que
no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que
ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora
sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de
tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los
malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien
aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con
sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la
película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de
aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la
gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos
desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una
masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el
sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la
pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de
Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca.
Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar
al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de
un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles
luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada
miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar
los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de
los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y
viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
-A.P-R.-

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