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Cuentos Realistas, Segunda Parte

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Monólogo de la Gringa, de Abel Pohulanik

Soy la "Gringa Loca" y mañana todo el pueblo hablará de mí. Como cuando era "La gringa" a secas y
empezaron a llamarme así porque no me vieron llorar en el velorio del Basilio. Era el único hijo varón que en
mala hora tuve con el Gervasio; me lo mataron como a un pato de estero, con perdigones...
Y yo pregunto si no es como para volverse loca si una dejó que se le seque el alma durante veinte años
cuidando un hijo para que al final... Me había salido demasiado rubio y hermoso como para que durase.
La hija no: negra y mala como su padre, sólo nos parecíamos en el odio.
Cuando mi hijo murió sangrando por diez mil agujeros yo ya estaba seca desde siempre, Se me había ido la
vida de a poco gambeteándole a la muerte desde que él nació. El resto fue sólo para exprimirme lo que
quedaba.
El Basilio nació cuando Gervasio ya se había mandado a mudar a tentar suerte a la capital; esperé mucho la
plata para seguirlo. Un día apareció para hacerme la otra hija y contarme que todavía no era tiempo para que
yo también me vaya.
Nunca más lo vi. Cuando la chica quiso ir con el padre me alegré. Cada uno con lo suyo, pensé, ambos eran
iguales, que me dejen con lo mío.
Y yo pregunto si una es loca si sabe que la muerte está en todas partes queriéndose llevar un pedazo de carne
rosada y tibia y toda mía. Había una muerte silenciosa ondulando entre los yuyos; había otra en los oscuros
remolinos de la correntada; otra en esta maldita resolana que no perdona, y otras mil en las noches que no
acaban, en las madrugadas en las que mi hijo ya no vuelve...
Había peligro en todo: en los aljibes, en las zanjas, en las ventanas abiertas, en la escuela. en la hamaca y las
hondas, en los cuchillos y las tormentas. Para que no sufra, yo misma enseñé a mi Basilio a leer, sola lavé,
cociné y corté la leña. Lo tenía en cajoncitos cuando tuve que trabajar afuera y cuando caminó no dejé que
llegue más allá del portoncito.
Iba conmigo a la iglesia, al almacén y a los velorios. En las visitas me sobaba todo el tiempo la cartera sentado
al lado mío y por suerte nunca lo invitaron a una fiesta.
Yo misma le cortaba el pelo y las camisas; le mostré cómo hay que afeitarse y ponerse talco para evitar las
paspaduras. Quemé la citación del regimiento y cuando me preguntó por qué no lo llamaban le mentí que a
los sin padre no los necesita nadie.
Recién cuando me enfermé de la pierna dejé que fuera solo a comprarme la provista y a entregar la ropa lavada.
Le indicaba el camino más corto pero empezó a demorar siglos en volver. Esas veces me volvía más loca que
nunca. No hubo caso, al principio se demoraba un rato para escucharlos, luego ya se sentó de amigo con los
del Bar.
Tantos años de sufrimientos para que termine en la mesa de un boliche con media docena de atorrantes,
escuchando porquerías. Por lo menos, decía yo, si ninguno de ellos trabaja, ni juega al fútbol, ni sale de caza,
no hay peligro. Eran seis o siete inútiles, jugando al dominó en la vereda para poder sacar mejor el cuero a la
gente.
Terminé por darle para el café con tal que se quedase allí sin moverse y venga a comer y dormir a la casa.
Pero no, el más inútil de todos, el hijo de Pereda, tuvo que llevar una escopeta para hacerse ver. Él, el hijo del
más rico del pueblo, tenía que ser al que se le escape la perdigonada que me dejó sin alma...
Después del entierro escribí a la hija, seguí lavando ropa afuera y comencé a criar cuanto perro guacho y
abandonado encontraba por ahí. Por tan poco me llamaron la "Gringa Loca".
Pero mañana todos hablarán de mí.
En el mismo jeep en el que lo llevaron preso al hijo de Pereda lo trajeron hace unos meses, en "libertad
condicional", o suelto "por falta de pruebas", o algo así; lo único seguro son los millones que había aflojado
el padre para que lo larguen. ¿Cuánto haría falta para que me devuelvan el mío?
Sé también que el cretino volvió más porquería que nunca, y que persigue hace rato a una pobre sirvientita
que tomaron. No para mucho le ha de dar el amor porque se sabe que la cacheteó un día porque se le quemaron
unas ropas con lavandina. No le servirán ésas pero se compra otras... pero yo, ¿qué hago con dos cajas con las
de mi hijo? Ahí están sobre el ropero, mejor lavadas y planchadas que nunca, ropas que para siempre no usará
el Basilio; como las mías, ya que quemé todas las que no pude teñir de negro.
También dicen que el Pereda armó un escándalo porque a Ia chica se le rompió un frasco de colonia. , . Y yo
que dejé a mano uno que era del Basilio, para olerlo de vez en cuando si me amenaza el olvido o se me quiere
espantar la rabia que siempre tuve... Entonces, en vez de llorar como el mundo quiere, salgo al patio y les
destrozo el espinazo a palos a los perros que junto, que para eso están, para que me aguanten la bronca. Y
gracias a ellos mañana todo el pueblo hablará de mí.
Hace tres meses que todas las noches les rompo el alma a esos veinte perros, vistiéndome con las ropas que
tiró el hijo de Pereda porque se le "quemaron" con lavandina. Veinte perros alimentados a carne cruda, que
cuando olfatean una colonia que se le rompió a la sirvienta de los Pereda, se retuercen de dolor y espanto,
queriendo morder a quien desde las sombras los castiga sin piedad, mientras silba como un tordo.
Y esta noche vendrá el hijo de Pereda, caliente y perfumado, buscando el cuerpo de una sirvientita con la que
hace tiempo afila en el portoncito de un rancho, en las afueras del pueblo; una negrita que sale a mañerearle
la boca apenas siente que él le silba como un tordo desde la oscuridad.
Digo yo si será estúpida la gente, que habiendo otras atorrantas en el pueblo, justo tuvo que gustarle ésta, una
pobre muchachita con modales de porteña, en mala hora hija mía y del Gervasio, que se me parece sólo en el
odio que tenemos, desde que le escribí a Buenos Aires, contándole lo de su hermano.
La misma sirvientita que cuando sienta el ya pactado silbidito "como de tordo" llamándola por última vez
desde el portoncito abierto, me ayudará a soltar veinte perros famélicos, para que mañana y siempre todo el
pueblo hable de mí.
MALENA (Juan Solá)
Yo ya sé que en mi caso, estudiar no tiene mucho sentido. Da lo mismo si me recibo o no, me dijo la piba,
que se llamaba Malena y tenía un lunar abajo del ojo que parecía una lagrimita.
Esa tarde, había revuelto los estantes para ver qué había y vi que tenía harina y que quedaba aceite, y en
dos patadas apronté la masa para las tortas fritas.
Salvador había dicho que llamaría después del almuerzo del domingo para avisarme a qué hora volvía el
lunes, pero ya era martes y a mí no me quedaba más que algún cambio del dinero que me había dejado
para pasar el fin de semana que viajaba a visitar a sus padres en Cañadón Perdido. Con el tiempo, aprendí
a esconderle plata, pero eso pasó después.
En eso de pasar el agua caliente de la pava al termo estaba yo, cuando golpearon a la puerta. Abrí y me
encontré con una piba de ojitos negros y naricita de conejo. Hacía tanto frío, que alrededor del cuello flaco
se había entreverado dos bufandas y tenía puestos unos guantes de andar en moto, aunque de la moto, ni
rastros.
Lo primero que me dijo fue que se llamaba Malena. Malena López.
Soy vecina suya, yo vivo allá por el Marechal, dijo, señalando con el dedo el final de la calle de asfalto y un
poco más al fondo, donde comenzaba el rancherío y no entraban ni los patrulleros.
Yo me hice la que miraba hacia donde apuntaba, pero no tenía ni idea de lo que sucedía después del asfalto.
No llevaba mucho tiempo viviendo allá y Salvador poco y nada había podido mostrarme la ciudad. Confieso
que fueron días de leer mucho y hacer tortas fritas y mirar por la ventana.
Disculpe que la moleste, continuó Malena, buscándome los ojos. Me da mucha vergüenza, me confesó,
precipitando las pupilas al piso, porque se ve que la vergüenza era cierta.
Yo le dije pasá, pasá, porque hacía semanas que no charlaba con nadie. Había vuelto a encontrarme un par
de veces con doña Nori en el almacén de enfrente, pero ella insistía en elucubrar teorías cada vez más
rebuscadas sobre los modos de subsistir de la Fabiana, mi vecina de al lado. Llegó a decir que el hijo de la
señora tiraba preservativos para nuestro patio, y no mucho tiempo después me enteré que el hijo de la
Fabiana tiene nueve años.
Cuestión que la hago pasar a la chica esta, Malena, y ella me mira como sorprendida, o más bien como
desconfiada, como cuando tocan el timbre un domingo y antes de abrir la puerta, una espía a ver si no serán
testigos de Jehová o parientes de esos que adoran el factor sorpresa en las visitas inesperadas.
Amargos, dijo, cuando le pregunté cómo prefería los mates, mientras arrastraba una silla para sentarse junto
a la mesa de la cocina. Guardé el azúcar en la alacena y llevé todo lo demás.
Vos te vas a morir de risa, le avisé, pero esto es todo lo que tengo para ofrecerte. Esto y un par de tortas
fritas.
Le pido mil perdones, señora, me dijo Malena, y yo no entendí por qué.
No pasa nada, Malena. Es que mi marido se fue a ver a los padres el viernes y me dejó justa de plata. Pero
decime, qué se te ofrece.
Malena volvió a enterrar los ojos en el piso. Cuando habló, sus palabras eran gris clarito y quedaron todas
amontonadas en las baldosas bajo sus pies.
Yo venía a pedirle plata prestada para el colectivo.
La verdad que me morí de vergüenza. Pobre Malena, pensé. La humillación que le hice pasar, pensando
que venía a venderme cosméticos o a preguntarme si quería firmar para alguna buena causa.
Fue cuando le dije que no tenía un peso que me contestó eso de que estudiar no tiene sentido.
Igual, no se preocupe, doña, me dijo. Yo ya sé que en mi caso, estudiar no tiene mucho sentido. Da lo mismo
si me recibo o no.
Largó eso y después masticó un rato largo la torta frita. La pasó con un mate y volvió a morder, y con la boca
llena me dijo qué rica le salió la torta frita, doña.
No supe qué hacer: me sentí una imbécil ante la revelación repentina del hambre de Malena, que andá a
saber hace cuánto no comía y lo único que quería era tres con cincuenta para ir a la facultad, porque al otro
día tenía examen, porque había llegado hasta el asfalto pidiendo casa por casa.
Una señora me dio sesenta centavos, pero creo que a la vuelta me cruzo al almacén y compro pan y huevo.
No creo que junte lo que me falta.
Hicimos silencio un rato largo.
Yo miraba la nada, pensando en mamá y en los tiempos de menor abundancia, cuando la casa era una sola
pieza y ella caminaba ida y vuelta hasta la escuela donde daba clases. El Hornero la esperaba al mediodía
con una palangana azul llena de agua tibia y sal gruesa debajo de su lugar en la mesa y después dormíamos
todos juntos, si hacía frío, o mirábamos la siesta, si hacía calor.
Me puse de pie de un salto y fui hasta la mesada.
Vení, Malena, le dije. Lavate las manos.
Malena me miró con la curiosidad de una nena que sabe que empieza un cuento, y yo ya no pude más que
entregarle mi corazón, que un poquito roto estaba, pero alcanzaba para las dos.
Amasamos lo que había de harina y alcanzó para diez tortas fritas, que pusimos en un tupper forrado con
papel de rollo de cocina y cubrimos con un repasador.
Nuestra primera clienta fue la almacenera, que nos peleó el precio porque quería cuatro y nos terminó dando
setenta y cinco centavos del peso que le pedíamos por cada una, pero aceptamos porque para nosotras ya
era un montón. Nos dijo que si otro día llovía, que hiciéramos más, que estaban ricas, mien tras las untaba
con un dulce de leche empezado que tenía guardado ahí nomás, en la heladera de exhibición, donde también
guardaba la gaseosa y los sachet de leche.
Saliendo del almacén, enfilamos para la casa de mi vecina, la Fabiana. Malena me dijo que la había sentido
nombrar y que en el Marechal se decían cosas feas de ella, y ahí fue que la agarré del brazo con suavidad
y le sonreí y le dije:
Si le vendemos las que nos quedan, hacés tiempo para volver a tu casa a repasar para mañana.
Sonrió.
Usted es muy buena, me dijo.
¿Por qué seguís tratándome de usted?, le pregunté, ofendida. Yo pensaba que nos habíamos hecho
hermanas.
A Malena se le pusieron los cachetes colorados.
Una vez un Hornero me dijo que los hermanos nacen de la semilla de una lágrima que brota en el ojo ajeno.
Me miró con aprehensión.
¿Qué significa eso?, quiso saber.
Significa que sos un bosque en mis pupilas, hermana.
Justo pasó el viento sur y la abracé con el brazo que no cargaba el tupper de tortas fritas y ella se sacó una
de las dos bufandas y me la ató al cuello.
Tenés que ir a rendir mañana, le dije. La calle te va a enseñar un montón de cosas, te va a mostrar cuántos
corazones rotos deambulan por la ciudad. Pero la universidad es el lugar donde nos encontramos para
decidir qué hacer con el desamor y la injusticia."
Los ojos de Celina. BERNARDO KORDON

En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua fresca. No me retiré de su lado, como
si en medio del algodonal quemado por el sol hubiese encontrado la sombra de un sauce. Pero mi madre opinó lo
contrario: "Ella te buscó, la sinvergüenza. “Estas fueron sus palabras. Como siempre no me atreví a contradecirle, pero
si mal no recuerdo fui yo quien se quedó al lado de Celina con ganas de mirarla a cada rato. Desde ese día la ayudé en
la cosecha, y tampoco esto le pareció bien a mi madre, acostumbrada como estaba a los modos que nos enseñó en la
familia. Es decir, trabajar duro y seguido, sin pensar en otra cosa. Y lo que ganábamos era para mamá, sin quedarnos
con un solo peso. Siempre fue la vieja quien resolvió todos los gastos de la casa y de nosotros.
Mi hermano se casó antes que yo, porque era el mayor y también porque la Roberta parecía trabajadora y callada como
una mula. No se metió en las cosas de la familia y todo siguió como antes. Al poco tiempo ni nos acordábamos que
había una extraña en la casa. En cambio con Celina fue diferente. Parecía delicada y no resultó muy buena para el
trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los trabajos más pesados del campo, para ver si aprendía de una vez.
Para peor a Celina se le ocurrió que como ya estábamos casados, podíamos hacer rancho aparte y quedarme con mi
plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría eso a mamá. Quiso la mala suerte que la vieja supiera la idea de Celina.
La trató de loca y nunca la perdonó. A mí me dio mucha vergüenza que mi mujer pensara en forma distinta que todos
nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi madre. Me reprochó que yo mismo ya no trabajaba como antes, y era la pura
verdad. Lo cierto es que pasaba mucho tiempo al lado de Celina. La pobre adelgazaba día a día, pero en cambio se le
agrandaban los ojos. Y eso justamente me gustaba: sus ojos grandes. Nunca me cansé de mirárselos.
Paso otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en el campo como una burra y tuvo su segundo hijo. Mamá parecía
contenta, porque igual que ella, la Roberta paría machitos para el trabajo. En cambio con Celina no tuvimos hijos, ni
siquiera una nena. No me hacían falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me atreví a contradecirle, y menos cuando
estaba enojada, como ocurrió esa vez que nos reunió a los dos hijos para decirnos que Celina debía dejar de joder en la
casa y que de eso se encargaría ella. Después se quedó hablando con mi hermano y esto me dio mucha pena, porque ya
no era como antes, cuando todo lo resolvíamos juntos. Ahora solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al
atardecer los vi partir en el sulky con una olla y una arpillera. Pensé que iban a buscar un yuyo o un gualicho en el monte
para arreglar a Celina. No me atreví a preguntarle nada. Siempre me dio miedo ver enojada a mamá.
Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de paseo al río. Jamás se mostró amiga de pasear los
domingos o cualquier otro día, porque nunca faltó trabajo en casa o en el campo. Pero lo que más me extranó fue que
ordenó a Celina que viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la casa y los chicos.
Ese domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos muchachitos. Mi madre parecía alegre y más joven.
Preparó la comida para el paseo y enganchó el caballo al sulky. Después nos llevó hasta el recodo del río.
Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a Celina que fuese a enterrar la damajuana de vino en la arena
húmeda. Le dio también la olla envuelta en arpillera:
—Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro para la ensalada.
Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De repente sentí un grito de Celina que me puso los pelos de
punta. Después me llamó con un grito largo de animal perdido. Quise correr hacia allí, pero pensé en brujerías y me
entró un gran miedo. Además mi madre me dijo que no me moviera de allí.
Celina llegó tambaleándose como si ella sola hubiese chupado todo el vino que llevó a refrescar al río. No hizo otra cosa
que mirarme muy adentro con esos ojos que tenía y cayó al suelo. Mi madre se agachó y miró cuidadosamente el cuerpo
de Celina. Señaló:
—Ahí abajo del codo.
—Mismito allí picó la yarará —dijo mi hermano.
Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió a mirarme.
—Una víbora —tartamudeó—. Había una víbora en la olla.
Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en la frente para dar a entender que Celina estaba loca. Lo cierto es
que no parecía en su sano juicio: le temblaba la voz y no terminaba las palabras, como un borracho de lengua de trapo.
Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi madre dijo que ya era demasiado tarde y no me atreví
a contradecirle. Entonces dije que debíamos llevarla al pueblo en el sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios
y comprendí que se estaba enojando. Celina volvió a abrir los ojos y buscó mi mirada. Trató de incorporarse. A todos
se nos ocurrió que el veneno no era suficientemente fuerte. Entonces mi madre me agarró del brazo.
—Eso se arregla de un solo modo —me dijo—. Vamos a hacerla correr.
Mi hermano me ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía correr para sanarse. En verdad es difícil que alguien
se cure en esta forma: al correr, el veneno resulta peor y más rápido. Pero no me atreví a discutirle a mamá y Celina no
parecía comprender gran cosa. Solamente tenía ojos —¡qué ojos!— para mirarme, y me hacía sí con la cabeza porque
ya no podía mover la lengua.
Entonces subimos al sulky y comenzamos a andar de vuelta a casa. Celina apenas si podía mover las piernas, no sé si
por el veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban más los ojos y no me quitaba la mirada, como si fuera de mí no
existiese otra cosa en el mundo. Yo iba en el sulky y le abría los brazos como cuando se enseña a andar a una criatura,
y ella también me abría los brazos, tambaleándose como un borracho. De repente el veneno le llegó al corazón y cayó
en la tierra como un pajarito.
La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo. Mi madre fue al pueblo para informar sobre el accidente.
La vida continuó parecida a siempre, hasta que una tarde llegó el comisario de Chañaral con dos milicos y nos llevaron
al pueblo, y después a la cárcel de Resistencia.
Dicen que fue la Roberta quien contó en el pueblo la historia de la víbora en la olla. ¡Y la creímos tan callada como una
mula! Siempre se hizo la mosquita muerta y al final se quedó con la casa, el sulky y lo demás.
Lo que sentimos de veras con mi hermano fue separamos de la vieja, cuando la llevaron para siempre a la cárcel de
mujeres. Pero la verdad es que no me siento tan mal. En la penitenciaría se trabaja menos y se come mejor que en el
campo. Solamente que quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina cuando corría detrás del sulky
Las zapatillas de Marita (Juan Solá)
La tarjetita decía que a las cinco, pero Sarita llegó a las cuatro porque su mamá la dejó de pasada cuando se fue a
tomar el colectivo, así que nos sentamos abajo del gomero para ver lo que hacía mi mamá, que iba y venía por el patio,
con el vestido de flores hecho una campana, inflado de tanto viento norte.
La tarjetita decía que a las cinco, pero mi mamá había salido en la bicicleta bien temprano, a las ocho, para ir a lo del
Gringo a comprar las cosas para la tarde, para que esté todo listo antes de que mis amigos y mis primos llegaran.
Con Sarita mirábamos a mamá poner la mesa, que en realidad no era una mesa, sino una tabla larga que mi papá pintó
de blanco para salir del paso. Mirábamos a mamá y mirábamos la mesa blanca, que se fue llenando de platitos de
plástico rojo y chizitos y gaseosa de pomelo y, cada tanto, también se llenaba de las flores que se caían de los lapachos
porque se habían quedado dormidas.
Sarita me hizo reír porque trajo la tarjetita que decía que la invitaba a mi cumpleaños de cinco a ocho por si en la
puerta no la dejaban pasar, pero ¡cómo no la iban a dejar pasar, si era mi mejor amiga! Yo sé que Sarita es mi mejor
amiga porque cuando se dio cuenta de que la tarjetita en realidad era una fotocopia, no se rió como se habían reído…
¡Los primos! avisó mi papá cuando escuchó el auto de la tía Nora. El auto o sus gritos, no sé. La tía Nora habla más
fuerte que los motores y enseguida se puso a gritar que ¡cuidado con la zanja, Lucrecia! ¡cuidado que hay barro,
Augusto! ¡se van a ensuciar las zapatillas nuevas!
Augusto y Lucrecia aparecieron en el frente de casa, saltando con cara de asco los charquitos, que eran como espejos
para yuyos, acostados sobre la tierra húmeda.
¿No te podías ir a vivir un poquito más lejos?, le dijo la tía Nora a mi mamá cuando ella salió a recibirla, secándose las
manos con un repasador. La tía tenía cara de enojada y mi mamá le dijo hola, Nora, pasá, pasá, te sirvo un poco de
gaseosa con hielo.
Cuando vienen los primos, mamá se pone nerviosa porque nuestra casa es chiquita y ellos miran para todos lados y
preguntan por qué las paredes están mojadas y por qué el techo es de chapas y por qué la puerta de mi cuarto es una
sábana del Hombre Araña, pero nunca se fijan en cómo crecen los tomates de la huerta, ni les importan ni un poco las
flores, como globos brillantes, que cuelgan de los árboles. Jamás preguntan qué significan las canciones de los pajaritos
ni saludan al Tom y a la Negrita cuando les mueven la cola para darles la bienvenida. Al rato, se ponen chinchudos
porque en mi casa no hay cable, ni videojuegos, ni computadora, y dicen que leer y dibujar es aburrido y enseguida
empiezan a preguntar cuánto falta para volver.
Pero mi mamá dijo que igual tenía que invitarlos.
Para las cinco y media ya habían llegado todos y nos paramos alrededor de la tabla para tomar una gaseosa de pomelo
y comer lo que había en los platitos.
Lucrecia le dijo a mi mamá que quería una chocolatada y Augusto se metía los chizitos en la boca y los escupía y como
no había chocolate para la chocolatada, Lucrecia agarró su vaso de pomelo y lo vació en el pasto.
Este cumpleaños es una mierda, dijo.
A mí me dieron muchas ganas de empujarla y tirarla al barro, pero escuché la voz de Sarita y se me fueron las ganas
de pelear, porque me mostró cómo hacer un caballo con palitos y chizitos y al final hicimos muchos porque los otros
chicos se pusieron a jugar con nosotros y después Sarita nos contó que cuando los búhos se juntan en grupo, eso se
llama “parlamento”.
¿Cuánto falta para irnos, mami? dijo Augusto a los gritos, pero la tía Nora ni le respondió. No le hagas caso, me dijo
Sarita. Te está buscando roña.
En eso llegó la Negrita. Venía de la calle, de jugar con los perros de la cuadra. Cuando me vio, movió la cola y paró las
orejas, como diciéndome feliz cumpleaños, y enseguida se me vino encima, con tanta mala suerte que en el camino le
pisó las zapatillas a Lucrecia.
Nunca la había escuchado gritar con tanta rabia. Lloró y pataleó y dijo malas palabras y después corrió hasta donde
estaba la tía y le dijo que la perra le había embarrado las zapatillas nuevas. Yo corrí atrás de ella. ¡Fue sin querer,
prima!, le dije, asustado. Tenía miedo de que mi papá la castigara a la Negrita.
Lucrecia me miró con los ojos llenos de odio. Creo que del otro lado de sus pupilas había un monstruo que quería
comerme.
Vos porque no tenés ni zapatillas, me dijo, y la tía le gritó que si no se callaba la boca le iba a dar una cachetada. Yo sé
que a la tía le daba vergüenza que a los primos se les escapara en voz alta lo que ella pensaba en silencio.
Mi papá, que no sabía pedir disculpas, no supo hacer otra cosa que agarrarla a manguerazos a la Negrita. Pobre Negra.
Aulló finito, finito, como suplicando que la perdonen. ¡Pegale más fuerte, tío!, le pidió Lucrecia y mi papá le hizo caso
porque no quería que nadie supiera que a él le daba mucha vergüenza no haber podido comprar las zapatillas que le
había pedido.
Después de eso, la Negrita no vino a casa por varios días.
Mi mamá apareció con la torta en una bandeja y la canción del feliz cumpleaños en la boca y papá y la tía y todos los
demás (menos los primos) cantaron con ella.
Me hicieron pararme en la punta de la tabla con todos los chicos y pedir tres deseos y soplar las velas y papá nos sacó
fotos (después las mandaron a revelar y quedaron re lindas porque eran más o menos las seis y media y a esa hora los
árboles del fondo de casa se veían mitad verdes y mitad anaranjados.)
La tía Nora vino con un paquete y mi mamá le dijo que muchas gracias, que no se hubiera molestado, y ella dijo que
feliz cumpleaños, sobrino, que no era nada. Que era ropa que Augusto no quería usar, pero que estaba nuevita.
Mi papá me sacó una foto con la tía Nora, pero esa no salió tan linda.
Mi mamá agarró el cuchillo para cortar la torta y Sarita dijo ¡paren, que falta mi regalo! y sacó de abajo de la mesa una
bolsita de plástico negro.
¡Sorpresa!, me dijo, cuando saqué las zapatillas. Estaban buenísimas. Eran rojas, con cordones blancos y unas tiritas
de cuero marrón oscuro cosidas a los costados. Probátelas, me dijo mi mamá, que estaba re contenta. Cuando me las
puse, me di cuenta de que me quedaban un poquito chicas, pero eran tan cómodas que no me importó. Me paré y era
como estar parado arriba de la cama de mis papás.
La tía aprovechó que mi papá me sacaba una foto con las zapatillas nuevas para decir que gracias por todo, que muy
ricos los chizitos, que se les hacía tarde para la misa. Nos tuvieron que obligar a darnos un beso con mis primos, que
después se fueron saltando atrás de la tía Nora, que gritaba ¡cuidado con el barro! ¡cuidado con la zanja!
No se dieron cuenta, me dijo Sarita, muerta de risa, mostrándome los pies descalzos, escondidos debajo de la tabla.
Hoy nos vimos en la escuela y le conté que apareció la Negrita y ella me contó que le dijo a la mamá que se había
olvidado las zapatillas en la puerta de su casa porque volvió caminando y había pisado barro y me dijo que su mamá
le creyó y yo le conté que mi mamá dijo que ella era como mi ángel de la guarda y ella me contó que el domingo había
visto un documental sobre animales y yo le conté que me quería comprar un cuaderno para hacer historietas y ella
me contó que si le sostenés la cola a los canguros, no pueden saltar y yo le conté que hay una mariposa en África que
es tan venenosa que puede matar seis gatos y ella me contó que los pingüinos se quedan con un solo compañero por
el resto de su vida y yo pensé que ojalá Sarita y yo fuéramos pingüinos.
PRIMER AMOR (Antonio Dal Masetto)
En aquellos tiempos todavía no odiaba nada ni a nadie. Tenía doce años y estaba enamorado. Meses atrás, no
muchos, había cruzado el océano en un barco de emigrantes, había visto llorar a hombres rudos, había llorado a mi vez
y me había escapado de popa a proa para ponerme a soñar con América.
Miraba el horizonte y fantaseaba acerca de llanuras, caballos impetuosos, espuelas de plata y sombreros de alas
anchas.
Lo que me esperaba al cabo de la travesía fue un puerto como todos, hierro y óxido, anchas avenidas empedradas,
bandadas de palomas y más allá una ciudad como un muro. Después vino el tren lento a través de los campos invernales,
estaciones vacías, campanazos que anunciaban las partidas y estremecían el silencio y, finalmente, el pueblo. Nada de
sombreros de ala ancha.
Lo primero fue cambiar los pantalones cortos por unos mamelucos, los zapatos por alpargatas. Me enseñaron el
recorrido de la clientela, me dieron una bicicleta y me pusieron a repartir carne. Tuve que enfrentar el desconocimiento
del idioma y soportar las burlas de los pibes en las que, por lo menos al principio, no alcanzaba a distinguir más que la
palabra gringo. De todos modos no me quedaba quieto y cuando tenía uno a mano me le tiraba encima. Pero no había
demasiada convicción en esas peleas. Y en los baldíos, en las calles de tierra, lo único que dejamos fueron algunos
botones de nuestra ropa.
Lo cierto es que ahora pedaleaba de mañana, pedaleaba de tarde y estaba enamorado. Ella se llamaba Renata, usaba
trenzas, tenía los ojos pardos y vivía en una gran casa, con una chapa de bronce en la puerta, donde yo tocaba timbre
cada día para entregar el pedido. La amaba porque era hermosa, porque era la hija del doctor y porque era malvada. Por
lo menos eso comentaban entre ellas algunas clientas, cuyas hijas eran compañeras de Renata en el colegio de monjas.
Nunca me pregunté qué clase de perversidades pudieron haberle ganado ese calificativo. Pero en esos meses, para mí,
la idea de la maldad se convirtió en un atributo de la perfección.
El domingo en que la vi por primera vez, Renata cruzaba la plaza con unas amigas: venían de misa. Ella caminaba
en el centro, lideraba el grupo, hablaba muy seria, la cabeza erguida, y las demás alborotaban alrededor.
Vaya a saber lo que sentí realmente, quedé turbado y esa noche tardé en dormirme. De algún modo debí intuir que con
aquel encuentro se abría una etapa nueva. Hasta ese momento me había estado asomando al pueblo y sus calles como
sobre un pozo sin fondo, donde no había respuestas, ni siquiera preguntas, sólo estupor y una calma de agua estancada.
Recuerdo los amaneceres escarchados, la quietud del río, las noches sin vida, los dos caballos tristes y pacientes bajo la
lluvia en el terreno cercado por alambres de púas, frente a nuestra casa. Vivía como aletargado por todo eso, sumergido
en un asombro quieto y distante. No sabía si algo en mí estaba exigiendo un cambio. Era un adolescente inquieto, aunque
la prueba a la que estaba sometido casi no me permitía rebeldías, no pedía aceptación ni rechazo, simplemente me
rodeaba con su abandono, me enquistaba y me anulaba.
Después de encontrarme con Renata, en los días siguientes, cuando averigüé que vivía en aquella casa y me puse
a soñar con ella, aprendí, entre otras cosas, que había en mí una capacidad de sufrimiento hasta entonces insospechada.
Y me lo repetía a cada rato: “Sufro, estoy sufriendo, nunca sanaré de este dolor”. Estaba realmente convencido. Pero
también era cierto que todo ese desgarramiento no me debilitaba, al contrario, comenzaba a instalar señales reconocibles
y familiares en esos días vacíos. A medida que aceptaba ese mundo como mío, percibía que se iba desintegrando la
rigidez que me separaba de todo. La esperanza que cada mañana respiraba en el aire frío, el sobresalto renovado cada
vez que veía a Renata salir del colegio entre sus compañeras (un delantal blanco siguió representando para mí, durante
mucho tiempo, el símbolo del amor y la aristocracia pueblerina), eran cosas reales, que me devolvían una identidad. De
este modo, sin saberlo ella, la presencia de Renata iba introduciendo cierto orden en mi desconcierto. Me hundía en la
impotencia y al mismo tiempo me salvaba del desarraigo. Seguramente, por lo menos al principio, ni siquiera debió
darse cuenta de mi existencia. Y aun más tarde, después del encuentro en el jardín, es probable que no haya vuelto a
fijarse ni a acordarse de mí. Sin embargo, desde esas distancias, ella me marcaba una dirección. Yo me sometía, sufría
y me sentía vivo.
Y así, aquellas calles se llenaron de actividad, de cálculos, de horarios, de estrategias. Siempre estaba yéndome o
llegando, partía en mi bicicleta con cualquier excusa, me ofrecía para todos los mandados. Pasaba por su casa, por la de
alguna amiga, por la iglesia, por el club, por cada sitio donde suponía que podía estar. Corría permanentemente. En
realidad, era ella la dueña del movimiento. Se desplazaba y yo respondía girando a su alrededor, a una cuadra de
distancia, a cinco, a diez, como si estuviese atado con un hilo, ensayando vastos rodeos, encarando finalmente por una
calle donde ella venía avanzando, para cruzarla de frente y pasar a un par de metros, pedaleando fuerte, la mayoría de
las veces sin atreverme siquiera a mirarla. Llevaba en el bolsillo una libreta en la que anotaba:
“Martes 17, la vi; miércoles 18, la vi; jueves 19, la vi dos veces; viernes 20, la vi, me parece que me miró”.
Una mañana toqué timbre y salió ella a atenderme. Había delirado con esa ocasión, pero no supe qué hacer y todos
mis planes se diluyeron. Me quedé mirándola, inmovilizado, con mis mamelucos color ladrillo y mis alpargatas
deshilachadas.
—Traigo la carne —murmuré, con un tono y una torpeza que me hicieron sentir avergonzado.
No se dignó tomar el paquete. Se hizo a un lado y me señaló una puerta:
—Dejalo ahí, sobre la mesa.
Obedecí. Cuando ya me iba oí que decía:
—Esperá.
Me detuve.
—¿Por qué siempre me andás mirando? —preguntó.
Sentí que me temblaban las rodillas y aparté la vista. Me dije que no habría otra oportunidad como ésa y me esforcé
por construir una respuesta en un castellano decente, aunque cuando la tuve lista ya era tarde.
—Vení —dijo Renata.
La seguí. Recorrimos el pasillo y salimos, por la puerta del fondo, al jardín que tantas veces había vislumbrado
desde la calle. Aquello era como estar en un mundo prohibido. Renata me guió entre una doble hilera de naranjos, hasta
la pared que separaba el terreno de la casa vecina.
—¿Sabés qué es? —preguntó señalando con el dedo.
—Un rosal —contesté.
—Eso es lo que parece —dijo.
Se mantuvo en silencio, pensativa, durante unos minutos, y advertí que era más alta que yo. Después se acercó más
al rosal y me contó una historia:
—Mi bisabuela se llamaba Renata, igual que yo. Mi bisabuelo viajaba y la dejaba mucho tiempo sola. Era una
mujer bellísima. Se enamoró de un sobrino, quince años menor que ella. Pero él la rechazó. Entonces lo mató y lo enterró
acá, junto al muro. A la semana notó que en este lugar había nacido un rosal. Tomó una tijera y lo cortó. El rosal volvió
a crecer. Lo cortó. Y así muchas veces. Hasta que un día, mientras trataba de arrancarlo, se pinchó un dedo con una
espina y quedó embarazada. Cuando dio a luz vio que el chico era el sobrino al que había asesinado. Pensó matarlo otra
vez, pero finalmente decidió criarlo. El chico no paraba nunca de mamar, jamás estaba satisfecho. Acabó con su leche
y comenzó a chuparle la sangre. Mi bisabuela se fue debilitando y al tiempo murió.
Mientras hablaba, Renata no había dejado de mirarme. Calló y oí el chillido de los pájaros.
—Dame la mano —dijo ella.
Estiré el brazo. Me arrastró suavemente, acercó mi mano al rosal para que me pinchara con una espina. Soporté
sin chistar, sin moverme. Retuvo mi dedo para ver brotar la sangre. Entonces busqué en sus ojos el placer perverso del
que había oído hablar. Lo que vi fue gravedad y, me pareció, un velo de tristeza.
—Ahora —sentenció—, vas a quedar embarazado, como mi bisabuela.
Me soltó. Un golpe de viento trajo el olor de la primavera próxima. Sentí que ese jardín no se encontraba en el
pueblo, sino en otra parte, lejos, y que tal vez nunca tuviese que marcharme. Por un momento pude pensar que entre
Renata y yo no había diferencias, que éramos iguales y lo seguiríamos siendo mientras permaneciésemos ahí.
Ella volvió a hablar.
—Andate —dijo.
No había prepotencia en su voz, ni siquiera era una orden, sino la manifestación simple y clara de algo que debía
ser hecho.
Crucé el jardín, salí a la vereda y caminé hasta doblar la esquina. Apoyé la bicicleta contra un árbol, saqué mi
libreta, la abrí y aplasté la gota de sangre sobre una hoja en blanco. Volví a guardarla en el bolsillo de la camisa, contra
el corazón. Después me llevé el dedo a los labios y lo mantuve ahí. Monté y pedaleé calle abajo, hacia el horizonte
quieto y abierto que se divisaba más allá de las casas.
SOLEDAD (WALTER LEZCANO)

–¿Que pasó el jueves pasado a la salida? –le pregunto a un alumno de octavo.


–Nada, ¿por qué?
–Porque cuando todos salieron y yo me iba para la parada del colectivo, ustedes se estaban yendo
para el descampado de la esquina–. El ustedes hace referencia a todos los estudiantes de la escuela.
–Ah, sí, ya me acuerdo –esboza una sonrisa, el muchacho, como quien evoca algo inolvidable.
–Íbamos todos para allá porque se iban a agarrar a las trompadas.
–¿Quiénes? –pregunto.
–Mariano y Calamardo, son dos alumnos míos de este curso, que hoy no vinieron a clase.
–¿Quién es Calamardo? –pregunto, aunque sepa quién es. Detesto los sobrenombres.
–El narigón. No me acuerdo cómo se llama.
–Pedraza –grita desde el fondo otro pibe.
–¿Y se puede saber por qué se iban a pelear?

Cómo hago para que los pibes de barrios olvidados de las migajas del poder entiendan que la
violencia no es el único camino para arreglar los infinitos problemas que nos joden la vida a cada
momento. Piedras en los zapatos del alma, carencias de todo tipo y la certeza de que la vida es una
acumulación eterna de golpes bajos. Lo que veo es que, en estas zonas, la pobreza –esa palabra
vapuleada, vaciada a fuerza de repetirla sin nombrarla en toda su dolorosa significación– se
manifiesta como la imposibilidad de ver alguna salida a esa situación. Los chicos no alcanzan a
formar en su cabeza una idea respecto de esa abstracción llamada futuro, la imaginación cotiza en
baja en estos mercados. Ellos no toman conciencia del paso del tiempo, ya que no perciben en sus
hogares cambio alguno. Papá nunca tuvo trabajo fijo: vive de changas. Mamá cobra el plan y trabaja
por hora limpiando casas. Y ninguno de los dos está demasiado tiempo en el hogar, hay que salir a
conseguir la comida y ningún lujo. Entonces los nenes, muchos: dos, tres, cuatro por vivienda,
números que alarman, se las arreglan como pueden. Por supuesto, las paredes no los detienen, se
aburren, se sienten asfixiados, y salen a ver qué pasa en el barrio, a estar con pares de la misma
estatura; concentrado en las esquinas. Se van corriendo a ver qué escriben en la pared la tribu de su
calle.

–Mariano estaba sentado con Marcos, ¿no? Y Calamardo…


–Tiene nombre tu compañero. Llamalo por el nombre.
–Bueno, Pedraza estaba sentado adelante, ¿no? Y Marcos lo pateaba por abajo del banco a Pedraza,
lo jodía nomás. Entonces Pedraza, caliente, se da vuelta y cree que es Mariano el que lo molesta y
le dice algo.
–Le dice ¿Qué hacés gil? –completa otro chico.
–Entonces Mariano se levanta del banco de una, recaliente, y le da un soplamocos en la nuca a
Pedraza –todos los alumnos se ríen.
–¿Pero eso pasó en mi hora? Porque no me acuerdo.
–No, fue en la hora anterior –aporta una alumna.
–Ah, ¿y qué le dijo el profesor entonces?
–El profesor no estaba.
–¿Cómo que no estaba?
–Se había ido a la sala de profesores a tomar un té.
–¿Y con quién se quedaron?
–Solos. Siempre hace eso, el profesor. En un momento dice: Bueno, chicos, hagan de la página tanto
a la tanto. Y se va a tomar algo. Vuelve después de quince o veinte minutos.
–A veces tarda hasta media hora –remata otro alumno.

Cuando entré a este colegio, lo primero que me dijo la directora era que estos eran chicos con
muchas carencias. Pero sobre todo de afecto. Es una zona, decía ella, en donde se criaban
prácticamente solos y luego llegaban al colegio con un montón de problemas para relacionarse. No
solo entre compañeros, sino también para con los docentes. Ellos muchas veces no registran sus
modos o actitudes. Así que usted, trate, me aconsejaba la directora, de establecer un vínculo con
los chicos. Eso es muy importante para que sus clases puedan desarrollarse de la mejor manera. No
sé, preguntarles cómo están, preocuparse por ellos. Esas cosas. Cuando los chicos ven que uno se
preocupa por ellos, responden.

–La cuestión es que cuando Pedraza se levanta para responderle a Mariano, justo llega el profesor.
–¿Y qué les dijo?
–Que se sienten. Pero él no había visto lo anterior. No podía saber lo que estaba pasando.
–¿Y qué estaba pasando?
–Cachengue.

Los discursos que bregan por soluciones desquiciadas inundan todo. Los medios trabajan
incansablemente para propagar la idea de que lo civilizado es una actitud demodé y anticuada. Un
anacronismo más frente a los impiadosos y veloces tiempos que corren. Y es difícil que estos
alumnos puedan zafar intelectualmente de la atmósfera de tensión que se vive día a día en los cursos
del suburbio profundo. Allí, lugares donde las palabras se resignifican constantemente o pierden su
referencia inmediata, el cuerpo adquiere una importancia vital. Yo los vi moverse: si hay algo que
estos nenes pierden muy rápidamente es el miedo. Entonces se exponen a la primera oportunidad
sin dudarlo. No hay nada que pensar, hay que darle para adelante y con todas las ganas. Aparte, se
presenta como lente Big Brother la mirada de los demás, los compañeritos. Hay que demostrar a
todo momento cuánto vale cada uno.

–Después salimos al recreo y vino su hora.


–Sí, yo no me di cuenta de nada –digo con culpa. Pienso que hay cosas que un buen docente debería
notar. Sin embargo, yo no lo hice.
–Pasa que ellos en el recreo ya habían arreglado que se iban a dar.
–¿Qué pasó después? –aunque no quiera, esto parece un interrogatorio policial. De todas maneras
a los alumnos les gusta hablar de estas cosas. Lo noto por el interés que presta todo el curso al
relato.
–Salimos y fuimos al campito y ahí los pibes se dieron con todo.

Imagino a mis dos alumnos lastimados, sangrando, con los chicos alrededor arengando, pidiendo
más y más.
–Mariano le dio un par de trompadas a Pedraza –cuenta excitado, reviviendo la pelea– y lo tiró al
piso y después le entró a dar en la jeta. Le dejó la cara toda sangrada hecha mierda. Le salía sangre
por la nariz y por…
–Está bien, ya entendí –lo corto–, ¿y qué hacían ustedes? –pregunto al grupo en general. Nadie me
contesta nada. No porque sientan que hayan hecho algo malo, me doy cuenta, sino porque saben
que es una pregunta retórica.
–Ah, en eso –interviene un alumno– vino el de plástica y los separó y se los llevó para dentro del
colegio.
–¿Y, les pregunto a todos, qué les pareció la reacción de Mariano?
–A mí me pareció bien –dice una piba–. Porque acá te tenés que hacer respetar. Es así.
–¿Qué querés decir con acá? Esto no es una cárcel.
–No, más vale, pero si no te parás de mano después te agarran de punto o sos mulo de algún gil.
Marianito estuvo rebien.

Seguimos conversando un rato. Todos los chicos aseguraban que las piñas son una manera eficaz, la
única, de arreglar los problemas en esa escuela.

En el recreo, el profesor de plástica me contó que estuvo hablando con los chicos que se enfrentaron
y defendían lo que habían hecho. Y me dijo también que no iba a permitir ese tipo de
comportamientos. Le conté que había hablado con los pibes y parecía que no conocían otra manera
de resolver problemas que la confrontación violenta. Me contó de otros casos con finales peores:
una hermosa nena que terminó con la cara tajeada; un pibe aplicado al que le dieron una feroz
golpiza por traga y le dijeron: acá no somos así.

Esto es lo que pienso en el colectivo, un día común y corriente, casi como todos lo demás, antes de
entrar a otra escuela. Nada extraño en la vida docente.

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