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Voodoo

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¿Puede alguien conseguir que las Antillas se conviertan, en bloque, en un Estado libre

y soberano, independiente de cualquier colonialismo o directrices políticas de los


grandes de siempre, de los gigantes mundiales de la política y la economía?
Pues parece ser que sí: un honesto pescador caribeño de raza negra llamado Nando
Zafra ha sido elegido como cabecilla de la revuelta armada que se está preparando,
dirigida por fuerzas ocultas que pretenden servirse del carisma de Zafra para
soliviantar y dirigir a toda la ingenua población negra de las islas caribeñas.

[Link] - Página 2
Lou Carrigan

Voodoo
Brigitte en acción - 071
Archivo Secreto - 196

ePub r1.1
Titivillus 20.05.2019

[Link] - Página 3
Lou Carrigan, 1968
Diseño de cubierta: Benicio

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

[Link] - Página 4
[Link] - Página 5
Capítulo Primero

Estaba desnuda, tendida en el banquillo de masajes, bajo la potente luz de dos


lámparas solares. Se veía por todo el cuerpo el brillo de la crema especial para
broncearse, de un modo tenue, como seda sobre seda. En las bellas manos, una
revista femenina de modas, cuyas hojas pasaba lentamente, sonriendo cada vez que
veía un modelito digno de ser adquirido, como aquel ligero abriguito de fino tweed
con cuello de piel de chinchilla, por ejemplo.
Se hallaba sola en aquella sorprendente habitación, de unas veinte yardas
cuadradas. Lámparas solares, biblioteca, un pequeño armero, aparato de televisión, un
precioso hi-fi, bonitos cuadros, algunas sillas metálicas, rutilantes… Todo nuevo,
limpísimo, impecable. Y en medio de toda aquella aséptica perfección, ella.
Ella. Brigitte Montfort, naturalmente. La más audaz e inteligente espía
internacional que jamás había existido. Y la más bella, la más dulce, la más
maravillosa mujer del orbe entero. La agente Baby, en una palabra.
En el hi-fi rodaba en aquel momento una placa de Ivan Rimsky Korsakov.
Nada más ni nada menos que Scherezade, con su efluvio oriental, su tono de
ardiente amor magníficamente expresado por el gran músico ruso…
Tut-tut-tut-tut…
La rítmica llamada intermitente obligó a Brigitte a alzar la mirada de la revista, al
mismo tiempo que sus oídos se cerraban para la música de Korsakov. Se volvió hacia
la puerta única de aquel recinto perfectamente aislado, y vio en lo alto la lucecita azul
que se encendía y se apagaba rápidamente, al compás de la llamada. Se sentó en el
banquillo, quedó unos segundos pensativa, y, por fin, tras ponerse un corto albornoz
rojo, fue hacia la puerta, apretó el botoncito de la derecha, y la hoja de acero
protegida además con aislante térmico y acústico se metió en la pared, a la izquierda
de la espía.
Un hombre quedó allí unos segundos, pero, como quiera que Brigitte volvió al
banquillo, al parecer dispuesta a seguir tomando el sol artificial, él entró, apretó de
nuevo el botón y se dirigió a una de las sillas metálicas. Se sentó, dejando a sus pies
un maletín de piel, rectangular, del tamaño de una caja de zapatos. Había cojeado un
poco al caminar, y cuando estuvo sentado, una de sus piernas permaneció un tanto
rígida.
—Está usted preciosa tan morena, Brigitte… —dijo de pronto. Ella lo miró,
sonrió y cerró la revista.
—Yo estoy preciosa de todas las maneras, míster Cavanagh.
—Sí… Debo admitir que es cierto. ¿Le parece que la música es adecuada a este
lugar?
Señaló hacia el hi-fi, Brigitte volvió a sonreír.

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—¿Qué tiene de malo la música en uno de los compartimentos especiales del
cuartel general de la CIA en Washington? Si les gusta a los animales… ¿por qué no
nos ha de gustar a los espías?
Míster Cavanagh, jefe directo de la agente Baby en misiones ordenadas en la
Central, casi sonrió. Era un hombre adusto, de fuerte complexión, mirada dura,
cabellos grises, mentón agresivo.
—Me refiero a esa música precisamente. Es rusa, ¿no?
—Rimsky Korsakov, en efecto. Pero ese disco estaba ahí, y yo lo he puesto en el
aparato… Le aseguro que no pienso pasarme a la MVD soviética.
—La creo —sonrió más ampliamente míster Cavanagh—. Bien… ¿le parece que
empecemos a trabajar en serio?
—Lo estoy deseando. Llevo tres días aquí, sin más ocupación que tomar el sol,
con una crema especial que activa asombrosamente el bronceado de la piel. Supongo
que de eso se trata, pero debo decirle que a mí me gusta tener la piel dorada, como los
rayos del sol, y no casi tirando a negra… Parezco una mulata. Si no fuera por el azul
maravilloso de mis ojos…
—Habrá que corregir eso. Usted ya ha utilizado otras veces microlentillas de
contacto, ¿no es así?
—Sí… ¿Debo parecer una mulata?
—Digamos… una criolla, o cuando menos, una cuarterona. Una mujer de
temperamento fuerte… Ejem… ¿Comprende?
—Comprendo —rio la espía—. Y no me costará ningún esfuerzo parecer una
mujer de temperamento ardiente.
—He dicho «fuerte». Es más o menos lo mismo, pero he procurado ser delicado.
—Es de agradecer. Bien… Llevo tres días aquí tomando el sol, durmiendo,
oyendo música… Unas preciosas vacaciones. Supongo que ya han terminado.
—Me temo que sí. Esta —sacó un sobre de un bolsillo—, será su nueva
identidad. Como sé que no le gusta mucho utilizar nombres falsos, lo he arreglado del
mejor modo posible. Se llamará usted Brigitte Lapaix, y será una antillana de la isla
Martinica, nacida en Fort-de-France. La documentación, por supuesto, está en toda
regla.
—Perfecto. ¿Cuántos años dice ahí que tengo?
—Veinticuatro.
—¡Espléndido! A mis veintiocho años, creo que ya va siendo hora de ir
quitándome algunos años… Veinticuatro… ¡Espléndido! Muy bien, ya estoy situada:
soy Brigitte Lapaix, criolla, natural de la Martinica… ¿Y bien?
Míster Cavanagh abrió el maletín y sacó de él un televisor de reducido tamaño,
cuya pantalla debía de medir apenas seis pulgadas. Lo dejó sobre una silla que colocó
delante de Brigitte, apagó el hi-fi y se sentó junto a la espía, en el banquillo, de lado.
Sacó lo que parecía un bolígrafo, lo acercó a su boca y apretó la caperuza.
—Proyección prevista para esta hora en el canal trece —dijo.

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—Sí, señor —brotó una voz del bolígrafo.
Cavanagh lo guardó, y se quedó mirando la pequeña pantalla, en la cual, apenas
cinco segundos después, aparecieron las primeras imágenes, en colores. Unas
imágenes llenas de sugestivo colorido tropical, aguas azules y verdes, con blancas
crestas de espuma…
—La proyección durará relativamente poco, porque se han hecho los cortes
convenientes. Esto es una película tomada desde un avión. El objetivo son todas las
pequeñas Antillas, que irán desfilando rápidamente, para que usted las vaya
conociendo desde el aire, y se haga una perfecta situación de…
—Conozco esas islas. He estado varias veces por ahí.
—Mejor. Están tomadas de norte a sur, de modo que se van viendo las
dependientes más o menos de Estados Unidos, Holanda, Inglaterra y Francia… En
realidad, lo más importante de la proyección viene al final. Y mientras ese final llega,
le iré explicando lo que tendrá que hacer en un plazo cuanto más breve mejor.
—¿El asunto es urgente?
—En efecto.
—¿Y me han hecho perder tres días aquí dentro?
—Así convenía. De todos modos, empieza a ser urgente ahora. Veamos… Todas
estas islas, las Pequeñas Antillas, están bajo la… incierta tutela, pero eficaz
vigilancia, de los países que he mencionado antes. Ya sabe que se formó una
Federación, se disolvió, ha habido nuevos intentos… legales, y ahora, últimamente,
hay otro intento…
—¿Ilegal? —musitó Brigitte.
—Desde luego. Parece ser que el nombre que suena en esas latitudes es el de
Antillas Libres…
—¿Todas? ¿Todas las Pequeñas Antillas…, o solo las que están bajo nuestra…
protección?
—Todas. Absolutamente todas las Pequeñas Antillas. Ese es el intento ilegal que,
según parece, se está fraguando.
—¿De qué modo?
—¿Cómo?
—Pregunto si ese intento se está realizando con maniobras políticas, o
económicas, o…
—Por las armas. Ha habido ya algunos choques de cierta violencia. Esporádicos,
de escasos resultados, casi tímidos… Es como si estuviesen sondeando la posibilidad
de conseguirlo…, de intentarlo en serio. Uno de los hechos ciertos es que un agente
británico, del MI5, claro está, fue eliminado, en un tiroteo al que se vio forzado en
una playa de una de esas islas. La información no nos ha llegado muy completa, pero
esa es la síntesis que nos basta para ir comprendiendo la situación. Es evidente que el
agente secreto británico estaba detrás de algo… interesante.
—¿Quién nos ha facilitado esa información?

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—Uno de nuestros agentes en las Pequeñas Antillas. Luego le diré quién es,
porque quiero que ahora preste atención a la pantalla… Vea: la Martinica. Una
hermosa isla, un tanto… ruda. Enseguida veremos la otra, más pequeña, a pocas
millas de su costa occidental… Ahí la tenemos. Tiene una superficie de apenas
quinientas millas cuadradas, pero es rica en cultivos tropicales: piña, yuca, caña, café,
cacao, etcétera. Se calcula que hay en esta isla unos dos mil habitantes, solamente, y
hay una buena parte de selva poco menos que virgen. El clima es el clásico: lluvioso
de marzo a octubre, y seco de octubre a marzo. En la actualidad, están cayendo las
últimas lluvias, más o menos torrenciales. El clima no es demasiado sano, pero se
puede subsistir ahí perfectamente. Sobre todo, si la estancia es solamente de un día o
dos…
—¿Tengo que ir ahí?
—Sí. El nombre de la isla es Antillanie. Y ahí está nuestro hombre, según
informes dignos de crédito.
—¿Nuestro hombre? ¿Se refiere al agente que tenemos ahí? Cavanagh movió
negativamente la cabeza.
Y casi al mismo tiempo aparecía en la pantalla el rostro de un hombre joven,
desgreñado, sucio; ojos negros, pequeños; boca grande, algo abultada; después se le
vio de cuerpo entero, moviéndose de espaldas a una playa, mirando hacia el objetivo
de la cámara que había tomado la película.
—Él mismo enfocó la cámara y se tomó esa parte de película, para que el agente
que enviásemos pudiera identificarlo sin lugar al menor error. Es un mulato, desde
luego. Inteligente y astuto. Audaz. Su nombre es Teófilo Paván. Ese es nuestro
agente, Brigitte. Su compañero en esta misión. La asesorará en lo que precise, y le
servirá de enlace, si así fuera necesario, con otro agente que tenemos en la Martinica,
precisamente en la misma Fort-de-France… He aquí al otro agente de la CIA, el que
está en Fort-de-France, isla de Martinica.
Apareció el rostro de otro hombre.
Este era blanco, pelirrojo, acribillado de pecas. Ojos verdes, mentón saliente,
nariz recta, expresión simpática.
—Huelga su nombre, ya que conozco las costumbres de usted. Por tanto, este
pelirrojo será su Simón para este trabajo.
—Entiendo. ¿Solo podré comunicarme con él por medio de Paván?
—Hasta que Paván decida lo contrario, hemos creído conveniente que así sea. Las
cosas están un poco revueltas, y no conviene exhibir a nuestros agentes. Quiere esto
decir que a menos que sea necesario el pelirrojo Simón no entrará en acción.
—Okay. Pero todavía no…
Cavanagh señaló hacia la pantalla, que mostraba ahora otro rostro de hombre.
Este era negro, de unos rasgos faciales muy correctos, expresión inteligente y
viva, simpática y casi alegre y divertida como la de un niño. Cabellos muy rizados,
frente amplia, mentón fuerte, boca grande y viril. Casi enseguida se le vio de cuerpo

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entero, paseando por una playa atestada de más hombres negros, algunos mulatos,
unos pocos blancos, barcas de pesca… A pesar de la vivacidad con que el hombre se
movía de un lado a otro, la cámara no dejaba de enfocarle en ningún momento.
Después de un par de minutos de verlo ir de un lado a otro por la playa, volvió a
aparecer su rostro, ocupando toda la pantalla, quedando fija la imagen.
—Este es Nando Zafra. Tiene unos treinta años, es inteligente y simpático, muy
fuerte, atlético…
—Ya veo que es un soberbio ejemplar de hombre —sonrió Baby.
—Así es, en efecto —sonrió también Cavanagh, secamente—. Ese es su hombre.
—¿Mi hombre? ¡No me diga que…!
Cavanagh movió la cabeza en sentido afirmativo, sombríamente.
—Tendrá que matarlo, Brigitte. Eso es todo.
—¿Por qué?
—Esta es la explicación: Nando Zafra es el más popular de los pescadores de las
Pequeñas Antillas. Según los informes de Teófilo Paván, Zafra tiene amigos en todas
las islas, por pequeñas que estas sean… No hay un solo islote habitado en todas las
Antillas donde Nando Zafra no sea conocido y querido por todo el mundo. En
términos políticos diríamos que su prestigio es absoluto, del cien por ciento. O dicho
de otro modo: si Nando Zafra fuese candidato a cualquier cosa en las Pequeñas
Antillas, no dudemos ni un segundo en que sería el elegido.
—Elegido… ¿para qué?
—Para lo que fuese. Si Nando Zafra pidiese a todos los antillanos negros que le
siguieran al infierno, allá irían todos con él.
—Entiendo… Y es mucho más fácil seguirlo a la pelea que al infierno… ¿No es
eso?
—Exacto. Nando Zafra es el hombre que el agente británico eliminado estaba
vigilando; seguramente porque el inglés sabía todo esto. Todas las deducciones nos
indican que Nando Zafra está… agrupando a sus amigos y proporcionándoles armas.
De ahí, la intervención del agente del MI5, que debió de ser sorprendido y fue muerto
a balazos, en una playa. Paralela a esta noticia, Teófilo Paván nos informa que Nando
Zafra apareció en la isla Antillanie, herido en una pierna. ¿Capta la relación?
—Desde luego. Se enfrentaron Zafra y el británico.
—Eso parece lo lógico, ¿no es cierto? Ahora bien…
—Un momento… ¿Cómo debo entender esto? ¿Pretende que admita la
posibilidad de que un simple pescador levante en armas a todos los negros de las islas
Antillas? Vamos a admitir que por su prestigio personal pudiera hacerlo, que todos le
siguieran, le obedecieran, que todos peleasen para conseguir lo que ellos llamarían
independencia absoluta, y formar ese nuevo Estado que se llamaría Antillas Libres,
para ellos solos. Admito esa posibilidad, y en cierto modo estoy de acuerdo con ella,
ya que yo, en el lugar de Nando Zafra, quizás intentaría lo mismo. Pero una cosa es

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tener prestigio y amigos, y otra cosa es tener armas suficientes para atreverse a
enfrentarse a nosotros, a los franceses, a los británicos…
—Ahí está la cuestión —dijo duramente Cavanagh.
La espía internacional mantuvo el ceño fruncido durante algunos segundos; pero,
de pronto, su expresión fue de total comprensión.
—¿Alguien está utilizando a Nando Zafra?
—Evidentemente.
—Bien… Eso cambia el aspecto de la cuestión. Lo están utilizando, le
proporcionan armas, le dan indicaciones u órdenes… Eso implica la intervención de
alguien muy rico y poderoso. O, al menos, de alguien que puede gastar mucho dinero
en armas, y que está preparado para dirigir a Nando Zafra desde la sombra.
—Esa es la idea.
—Bien… Bien, bien… Pero entonces, ¿por qué matar a Nando Zafra? ¿Por qué
no matar al otro u otros, a los que le dirigen y le proporcionan armas? Sin esas armas,
Nando Zafra volvería a su barca de pesca, ¿no cree?
—Es posible. Pero el hecho cierto es que conocemos a Nando Zafra, y a los otros
no. Y puesto que sabemos que si Zafra muere, los demás antillanos desistirán de sus
intentos, hay que eliminarlo.
—Preferiría eliminar a los otros —musitó Brigitte.
—No se trata de complicarnos la vida. Brigitte, sino de vivir tranquilos todos. Y
puesto que Nando Zafra ha aceptado ser la cabeza más o menos visible del monstruo,
se la cortaremos. Lo demás que consigamos, será por añadidura. Pero sin
complicaciones, por favor. Todo lo que tiene que hacer es ir a Antillanie, matar a
Nando Zafra y volver. Ni más ni menos que eso…, y solo eso.
—No veo por qué ha de insistir tanto…
—La conozco a usted, querida —sonrió Cavanagh, irónico—. Irá allá, merodeará
por todos lados, querrá llegar hasta los que están proporcionando armas y órdenes a
Nando Zafra, querrá eliminarlos a ellos… No, no, no, por favor… No importa
quiénes sean esas personas, olvídelas. Sabemos que si muere Zafra, los demás
antillanos volverán a sus trabajos habituales, y eso es lo que queremos. Solamente
eso.
—¿De qué armas dispondré?
—De ninguna. Irá allá desarmada, sin ninguna clase del equipo habitual en usted.
Si precisase algo determinado en el momento oportuno, Teófilo Paván se lo
proporcionaría.
—No me gusta depender de nadie en nada, señor.
Cavanagh sonrió nostálgicamente.
—Lo sé. Como también sé que, en realidad, usted hará lo que le dará la gana,
como siempre. Pero, por favor, no olvide que lo que la CIA le transmite es,
simplemente, una orden de asesinato.

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Capítulo II

Efectivamente, la agente Baby llegó a Antillanie en dos saltos de avión y realizando


luego una pequeña travesía en la fea y sucia lancha que, desde Fort-de-France, en la
Martinica, llegaba a Antillanie, a pocas millas de distancia hacia occidente. Un par de
saltos de avión cómodos, desde Washington a San José de Puerto Rico y luego desde
aquí a Fort-de-France. Muy cómodos viajes. Pero el de la lancha había sido casi
nauseabundo, ya que en esta no solo viajaban personas de todas clases y colores, sino
animales cuyo olor no era precisamente aromático.
Pero todo termina, y la espía se encontró, sin contratiempo alguno, en el
embarcadero de Antillanie, apenas transcurridas veinticuatro horas de su charla, con
míster Cavanagh.
En el embarcadero había pocas personas, casi todos negros, y algún que otro
mulato. Un par de hombres blancos miraron poco menos que atónitos a la sensacional
mujer de grandes ojos negros y cuerpo imperfectible, ataviada con un vestido blanco
de dos piezas que dejaba al descubierto su estómago y parte de las caderas,
mostrándose no menos breve en los hombros y escote. Mas aquellos dos hombres
blancos parecían tener trabajo con la llegada de mercancías en la lancha, y
decidieron, filosóficamente, intentar algo en otra ocasión.
Tendidos sobre las tablas había unos cuantos negros, que miraron mortecinamente
a la espía. Casi con indiferencia en sus adormilados ojos saltones. Bueno, cierto que
era muy bella, pero ellos sabían ya que aquella clase de mujeres, tan hermosas
preferían otra clase de… relaciones. De modo que ni siquiera se molestaron en
ofrecerse para llevar su equipaje. Se estaba demasiado bien tumbado al sol de media
tarde.
De los mulatos, uno se adelantó hacia ella, lentamente. Era, al fin y al cabo, lo
que estaba previsto. Por eso, cuando aquel hombre que Brigitte ya había visto en la
pequeña pantalla del portátil televisor de míster Cavanagh llegó ante ella, la espía
comprendió que todo iba bien, por el momento.
—¿Le llevo el equipaje, madame?
—Sí. Tengo entendido que hay un hotel por aquí.
Teófilo Paván, el agente mulato de la CIA en las Antillas, alzó sus gruesas cejas
polvorientas.
—Lo llaman hotel, sí.
—Pero ¿no es un hotel?
Pareció que el mulato reflexionase profundamente.
—Parece un hotel —sentenció—. Pero no como los de Fort-de-France y otros
sitios bonitos, madame. Yo creo que a usted no va a gustarle ese hotel.
—¿Es sucio?

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—No mucho. A veces lo limpian por dentro, y de cuando en cuando por fuera.
Tiene mosquitos, lagartos, y de noche hace un calor que no deja dormir. Pero el
tejado está en buenas condiciones, y el agua de las lluvias no llega a las habitaciones.
Y no se come mal. Además de todo esto, resulta que es el único hotel de la isla,
madame.
—Pues debe de ser un buen negocio.
—No lo creo. Vienen pocas personas aquí… Algunos hombres vienen de tarde en
tarde, con lanchas, para pescar por las costas de Antillanie… Poca gente. ¿Me dará
cinco dólares si le llevo el equipaje?
—Discutiremos el precio por el camino.
—Bueno.
Teófilo Paván tomó la maleta grande en la mano derecha y la pequeña en la
izquierda. Iba descalzo, sucio, greñudo, tal como Brigitte lo había visto en las escenas
televisivas. En pocos segundos dejaron atrás el embarcadero y su corte de
durmientes. El sol era una bola roja y morada, y estaba bien claro que no tardaría
mucho en producirse una de las torrenciales tormentas propias del trópico. El agente
de la CIA señaló con la barbilla hacia el edificio de dos pisos que se veía a unas
ciento cincuenta yardas del embarcadero, pero no se molestó en mencionar que
aquello era el hotel.
—¿Ha venido armada? —preguntó.
—Me ordenaron que no lo hiciese.
—Bien… ¡Muy bien! Hay por aquí muchos hombres fieles a Nando Zafra. Están
vigilando por todos lados, por si alguien intentase algo contra él…
—De donde deduzco que no va a ser fácil eliminarlo.
—La verdad es que no. Bien cierto es que Zafra está herido en la pierna izquierda,
y que poco campo podría recorrer, pero la vigilancia es demasiada para llegar a él. A
menos que usted sea todo lo eficaz que se rumorea.
—Quizá no haga falta acercarse demasiado. ¿De qué armas disponemos?
—Tengo de todo un poco. Bombas tipo «cóctel Molotov», arco y flechas,
cuchillos, un par de lanzas, una onda, venenos de varias clases… y un hermoso rifle
silencioso, de largo alcance y mira telescópica.
—¡Bien! Con ese rifle…
—Lo dudo. Entienda bien, Baby, que si la cosa resultase tan sencilla, lo habría
hecho yo mismo. Ocurre que solo dos colinas dominan la cabaña de la vieja
Mabanga. Y ambas colinas están vigiladas. Todo es peligroso. Imagino que Nando
Zafra, o quienes subvencionan su rebelión, están escarmentados por la intervención
del agente británico.
—Es lógico. ¿Dónde está exactamente Nando Zafra?
—Ya se lo he dicho: en la cabaña de la vieja Mabanga. Lo cual dificulta aún más
las cosas.
—¿Por qué? ¿Dónde está esa cabaña?

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—En realidad, es una bonita choza de tres habitaciones, con un gran velador lleno
de flores. Está como a un cuarto de milla siguiendo el camino de Antillanie, hacia el
sur. Muy fácil de localizar. Pero yo no me refería a esto al decir que el hecho de que
Zafra esté en esa casa dificulta las cosas.
—¿A qué se refería, entonces?
—A Mabanga. Ella es una bruja.
—¿Una qué…?
—Bueno, una hechicera, ¿entiende? Hace brujerías, invoca a los demonios…
Cosas así.
—Entiendo, entiendo.
Teófilo la miró de reojo, sin dejar de medio arrastrar penosa y lentamente las dos
maletas.
—Supongo que usted no cree en esas cosas, Baby. Pero yo he visto
acontecimientos que me han puesto los pelos de punta… Ah, no… No seré yo quien
se acerque a la vieja Mabanga. Y menos, para hacerle daño a Nando Zafra. Ella lo
ama con todo su corazón de bruja. Como a un hijo, entiéndalo.
—Sí, sí… Ya sé que todo el mundo en las Pequeñas Antillas quiere mucho a
Zafra. ¿Qué clase de brujerías hace la vieja Mabanga?
—¿Para qué contárselas? Sé muy bien que usted se reiría de mí.
—Nunca me río de nada que desconozca, Teófilo. Precisamente no hace mucho
pude comprobar que ciertas posturas del yoga ofrecen resultados auténticos… ¿Por
qué no podía ser cierto y auténtico lo que sea que haga la tal Mabanga?
Teófilo volvió a mirarla de reojo.
—Ella puede conseguir que un sapo le escupa en los ojos y dejarla ciega, Baby. O
que se vuelva loca al estar escuchando toda la noche el ulular de un búho. Cosas así.
—Puesto que llevo lentillas de contacto de color negro, espero que el sapo no me
deje ciega. En cuanto al ulular de un búho, casi me resulta divertido.
—Sabía que se lo tomaría a broma. Pero quiero que sepa esto: cuente conmigo
para todo, menos para molestar a Mabanga. ¿Lo entiende?
—Desde luego. ¿Qué clase de magia practica ella?
—Vudú.
—Ah… He leído bastantes cosas sobre el vudú. O voodoo, como lo llaman
algunos. Y casi todos los trucos tienen una explicación posterior, bastante clara.
—No voy a discutir con usted. Solo le aconsejo que tenga mucho cuidado con el
vudú de Mabanga. Arrégleselas como quiera para matar a Nando Zafra, pero evite
que ella lo sepa, o que la vea tan siquiera. La podría matar solamente con «mal de
ojo». Y otra cosa: no se fíe mucho si consigue llegar cerca de Zafra. Es posible que la
dejen llegar hasta él, pero ya es menos posible que la dejen regresar al hotel… La
verdad es que, si de mí dependiera, yo abandonaría el asunto, o, para matar a Zafra,
lanzaría una bomba en la casa.
Brigitte miró irónicamente a Teófilo Paván.

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—Es una solución muy expeditiva, Teófilo. Y muy escandalosa… No interesa.
Además… ¿qué pasaría si la vieja Mabanga echaba una maldición al avión que había
lanzado la bomba? Seguramente, caería al Caribe, envuelto en llamas.
—No me gusta bromear con el vudú —gruñó Paván.
—Bien… Yo he venido a matar a un hombre, no a bromear con una sarta de
brujerías. Dígame cómo puedo llegar hasta un lugar desde donde meter una bala de
rifle en el corazón de Nando Zafra.
—No existe ese lugar.
—¿No existe? —frunció el ceño Brigitte—. Mire, Teófilo, a mí no me importa la
sorpresa que me ha dado usted al decir que cree en el vudú y cosas de ese estilo. Crea
lo que quiera, ya que son prerrogativas personales. Pero, al mismo tiempo, usted tiene
que cumplir con su trabajo. Yo no conozco la isla, ni el pueblo, ni nada de este lugar.
¿Cómo voy a poder matar a un hombre si ni siquiera me indica cómo llegar hasta él?
—Ya le he dicho dónde está Zafra: en la casa de Mabanga, como a un cuarto de
milla de Antillanie, hacia el Sur. Y también le he dicho que tal como están las cosas,
no podrá disparar contra Zafra. Eso es todo.
—Su postura es muy cómoda, Teófilo.
—Bueno… Yo solo soy un informador, no un agente de acción, como usted. No
me pida imposibles.
—¿No hay ningún camino, o ruta de montaña, o grupo de árboles desde los cuales
poder disparar…?
—Nada. Mire, no quisiera estar en su pellejo, Baby… Y le diré que si yo fuese
usted, volvería a Washington y diría que no se puede matar a Nando Zafra por
métodos… elegantes. Un avión y una bomba, de veras.
—Estudiaré personalmente el terreno y la situación —musitó la espía—. ¿Dónde
están las armas de que dispongo?
—Yo estaré en todo momento cerca de usted. Lo cual justificaremos ahora, al
darme usted una propina excelente. Parecerá que deseo servirla en todo momento,
buscando propinas fabulosas. En cuanto a las armas, solo tendrá que pedírmelas unos
minutos antes de disponerse a… a intentar lo que sea.
—Está bien. Ah, Teófilo, una cosa: si usted ve que yo me toco una oreja, es que
estoy en grave peligro, que he sido descubierta, o que me están amenazando con
armas… Cosas así. En ese caso, usted sabrá lo que tiene que hacer.
—Sí, ya entiendo. Bueno, hemos llegado… Procure refunfuñar bastante por el
estado del hotel, y cosas de ese estilo. Naturalidad ante todo. Y tenga mucho cuidado.
—¿Con la vieja Mabanga? —sonrió Brigitte.
—Con todo… Pero especialmente con la vieja Mabanga.
—Vigilaré a los sapos y a los búhos. Entremos en el hotel.
Era destartalado, no estaba muy limpio, y los muebles del vestíbulo eran viejos, la
mayor parte de cañas atadas. Había dos ventiladores en el techo, zumbando con
fuerza. Pero el húmedo calor era como una fuerza invisible, que llegaba a todos los

[Link] - Página 15
rincones. Por una de las ventanas se veía el cielo, encapotado, negro; el sol había
desaparecido tras las negras nubes enormes en menos de un minuto, y la palidez de la
tarde era espectral, de una lividez de ocaso extraterrestre. Soplaba un suave viento,
que parecía ir tomando fuerza, precediendo a la lluvia torrencial. Quizás en pocos
segundos, del cielo se desprenderían enormes gotas de agua cálida, que empaparían la
tierra una vez más, acelerando el vertiginoso crecimiento de la jungla cercana.
—Brigitte Lapaix —apuntó el conserje, un negro de rostro brillante y expresión
desconfiada—. ¿De dónde viene?
—De Puerto Rico y Martinica. De Fort-de-France, últimamente. Motivo del viaje:
placer. Nacionalidad: antillana. ¿Lo pone ahí?
El negro había alzado la mirada vivamente, porque, en efecto, en el pasaporte
estaba bien clara la nacionalidad de la mujer llamada Brigitte Lapaix. Y en el acto la
expresión del hombre cambió completamente.
—Sí —sonrió—. Lo pone aquí, mademoiselle. Le daré la mejor habitación de
todas. Y no importa que usted solo pueda pagar una mediocre: tendrá la mejor.
—Muchas gracias. Pero podré pagar la mejor, sea cual sea su precio.
—No importa, no importa. La llevaré…
—Un momento.
Brigitte se volvió hacia Teófilo Paván, que permanecía inmóvil y como
amedrentado o avergonzado detrás de ella; Brigitte abrió el bolsito, sacó un fajo de
billetes y separó uno de veinte dólares, que tendió al mulato.
Teófilo movió negativamente la cabeza.
—Oh, madame, lo siento… No puedo cambiarle ese…
—No espero cambio. Es todo para ti.
Teófilo hizo bien su papel. Abrió la boca como si la mandíbula inferior fuese a
desprenderse, los ojos se le desorbitaron. Se quedó unos segundos mirando el
flamante billete norteamericano, antes de alargar la mano como quien teme que se la
golpeen con un látigo. Pero como esto no sucedió, el mulato tomó el billete de un
tirón y salió del hotel a toda velocidad, gritando cosas incomprensibles.
—¿Qué le pasa? —se extrañó Brigitte.
—Es una propina fuera de lo corriente, mademoiselle. Mucho me temo que no
podrá desprenderse fácilmente de ese hombre. Por aquí, si me hace el favor.
El propio conserje tomó las dos maletas y subió la escalera hasta el primer piso.
Cuando entraron en la habitación, Brigitte comprobó que era grande, con dos piezas y
baño privado.
—¿Esto es lo mejor? —preguntó con tono incrédulo.
—Sí, sí…
—Bien… Espero estar poco tiempo aquí, de modo que lo aceptaré, por ahora.
Tenga, para usted.
Le tendió otro billete de veinte dólares, y estuvo a punto de sonreír cuando
comprendió que aquellas habían sido precisamente las esperanzas del conserje, que se

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retiró haciendo grandes inclinaciones de agradecimiento.
Y una vez a solas, la espía internacional se acercó a una de las ventanas que
daban al mar. El embarcadero se veía claramente, a ciento cincuenta yardas. Y el mar,
ahora de un tono negro y gris a la vez, como de brea y plomo. Un relámpago culebreó
en el mar, hacia el oeste. Poco después, se oía el trueno, retumbante. Y casi enseguida
el agua empezó a caer, en una espesa cortina de gruesas gotas cálidas, produciendo un
rumor monótono y triste.
Pero normal, lógico, corriente. Lo que no era corriente en tales circunstancias era
el sonido de aquel tam-tam que le pareció oír, a lo lejos, como venciendo el rumor
potente de la lluvia. Frunció el ceño y aguzó el oído, pero pareció que justo entonces
dejase de oírse el tamtam. Estuvo escuchando durante casi un minuto, pero ya no oyó
nada.
Pensando en las inesperadas dificultades de aquella misión que en principio había
parecido tan simple, entró en el cuarto de baño y se miró en el espejo, críticamente.
Era ella, sin duda, con toda su belleza. Pero de buena gana se habría quitado las
microlentillas de contacto que hacían parecer negros sus ojos. Los prefería azules…
Los pensamientos se iban cruzando en su mente. Desde luego, de un modo u otro,
tenía que llegar hasta Nando Zafra. No sería ella, la agente Baby, quien se diese por
vencida antes de empezar su trabajo. Sería absurdo. Tan absurdo que era por
completo increíble. De manera que, fuese como fuese, ella tenía que llegar hasta
Nando Zafra, y…
Se oyó otro trueno, y seguidamente, como si estuviese dentro de su propia cabeza,
el sonido de un tam-tam, clarísimo, nítido. Tan nítido, que Brigitte salió a la primera
pieza, casi sobresaltada. Pero allí no había nadie. Absolutamente nadie. Y, menos,
tocando el tam-tam. Además, con aquel tiempo fragoroso, sería imposible oír
ninguno de aquellos tambores de piel de cabra.
Debían de ser alucinaciones acústicas, simplemente. Ya no oía el tam-tam.

Dejó de tocar el tam-tam, y se quedó mirando al hombre que estaba sentado bajo el
techo de ramas de palmera. Por el borde, el agua resbalaba copiosamente, y se
deslizaba luego por la tierra, en diminutos riachuelos. Delante del porche al aire libre
se veía parte de la espesa selva tropical, y, en el cielo, algunos relámpagos muy
brillantes. El hombre estaba cómodamente sentado en una mecedora de caña tierna,
con la mirada perdida en el atormentado cielo. Era negro, hermoso, alto y fuerte.
Tenía desnudo el poderoso torso, y estaba descalzo. Por toda prenda, unos viejos
pantalones blancos, deshilachados, que llegaban hasta la mitad de las pantorrillas.
Cuando el hombre volvió la cabeza, se encontró con la mirada de la mujer,
también negra. Gorda, brillante de grasas, de sudor; muy saltones los ojos, enorme la
boca, blanquísimos los dientes. Tenía ya algunos cabellos blancos, que sujetaba con
un pañuelo de lunares de colores anudado en lo alto de la cabeza.

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—¿Ya te has cansado, Mabanga? —sonrió el hombre.
—Ya no toco más, Nando. Ya lo sé.
—¿Lo sabes? ¿Qué es lo que sabes?
Mabanga se puso en pie, dejando a un lado los dos tambores. Se acercó a Nando
Zafra, tambaleándose sobre sus abundancias, como si fuese a caer rodando de un
momento a otro. Se sentó en el suelo, a los pies de Zafra, y se quedó mirándolo
fijamente.
—¿Qué es lo que sabes? —insistió Nando Zafra.
Ella metió la mano en un bolsillo de su bata multicolor, y sacó hojas de tabaco.
Escogió dos y las lio, formando un cigarro perfecto. Luego, confeccionó otro, con la
misma rapidez, y se lo puso en la boca. Lo encendió y lo entregó al hombre. Después,
encendió el otro, que se quedó entre sus gruesos labios. Parecía que sus ojos no
miraban hacia fuera, sino hacia dentro, y el humo del cigarro no les afectaba en
absoluto.
—Ha llegado —dijo.
—¿Quién ha llegado?
—La persona… Una persona que quiere hacerte mal, Nando. Hace muy poco que
ha llegado a la isla.
Nando Zafra sonrió amistosamente.
—¿Y quién es?
—No lo sé… todavía. Es una persona… muy fuerte, se me escapa.
—¿Muy fuerte? Seguramente tienes razón, Mabanga. Pero por fuerte que sea esa
persona no podrá hacerme daño, no podrá llegar hasta mí.
—Yo no digo fuerte de fuerza del cuerpo, sino de la cabeza… ¿Entiendes,
Nando? Esa persona es fuerte de cabeza.
—¿Quieres decir inteligente, de potencia mental?
Mabanga movió afirmativamente la cabeza.
—Sí. Muy fuerte… Su cabeza está cerrada, y no puedo llegar hasta ella. Pero sus
pensamientos son fuertes. Y esos pensamientos vienen hacia ti… Querrá matarte.
—Nadie puede llegar hasta aquí para matarme, Mabanga, lo sabes muy bien.
—No… Nada servirá de nada. Pronto vendrá. Llegará hasta esta casa, hasta aquí
mismo.
—¿Y me matará? —sonrió Zafra.
Mabanga permaneció silenciosa y pensativa, fumando, durante no menos de cinco
minutos larguísimos. Por fin, se levantó, entró en la casa y reapareció muy pronto,
llevando una vasija de barro, que depositó en el suelo, entre los pies de Nando Zafra.
Ella volvió a sentarse, y se quedó mirando el contenido de la vasija: piedras negras y
blancas, huesos y plumas de gallo, delgadas cañitas de bambú.
Alzó la vasija y la agitó durante unos segundos. De pronto, volcó el contenido en
el suelo, entre los pies de Zafra otra vez. Se quedó mirando atentamente la
composición de las piedras, cañas, huesos y plumas…

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—No —musitó—. No te matará. Pero quiere matarte.
—¿Cómo entiendo eso?
Mabanga tocó los huesos y plumas con un dedo gordísimo.
—Nunca me había pasado esto… Quiere matarte, pero no te matará… Verás a esa
persona varias veces, y serás feliz por haberla conocido…
—¿Es una mujer? —rio Nando.
—No sé. No puedo leer nada claro aquí…
—¿Ni siquiera lo que ocurrirá contra mí?
—Parece que no ocurrirá nada… Quieren matarte, pero no te matarán… Serás
feliz… Veo sangre, pero serás feliz… La persona vendrá pronto, muy pronto… En
cuanto deje de llover.
—Pero ¿vendrá a matarme?
—Sí.
—¿Y no me matará?
—No.
—¿Me odia, entonces?
Mabanga se quedó mirando las piedras, los huesos, las plumas y cañas… Por fin,
movió negativamente la cabeza.
—No te odia. Pero vendrá a matarte. No voy a dejar que llegue hasta aquí, Nando.
Mataré a esa persona en el camino.
Se iba a poner en pie, en dirección a los dos tambores, pero Nando Zafra la
contuvo con un gesto.
—Espera, Mabanga… Dices que seré feliz por conocer a esa persona, ¿no es
cierto?
—Sí… Sí, Nando.
—Entonces, déjala llegar.
—Quiere matarte.
—Pero no lo hará. Tú misma lo has dicho… Déjala que llegue.
—No sé… Esto no está claro… Esa persona es muy fuerte, muy fuerte… No me
gusta que lo sea tanto. Y algo ha pasado con el oráculo vudú… No ha quedado claro.
—Estúdialo. Mientras tanto, veamos si cuando deje de llover llega esa persona.

—Mabanga.
La gordísima Mabanga alzó la cabeza, sobresaltada. Cuando miró a Nando, había
en sus ojos una expresión de cierto asombro atónito, de desconcierto.
—Todavía no he comprendido esto…
—Ya ha dejado de llover —sonrió Zafra—. Y nadie llega aquí.
Soplaba ahora un viento refrescante, como henchido de lluvia, de agua más fresca
que la del principio. Se veían las palmeras brillantes, como nuevas, y el cielo

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empezaba a mostrar muchos claros de tono azul. De las palmeras, bananos y helechos
se desprendían gruesas gotas, como en imitación de lluvia.
—Pronto vendrá. Mientras tanto, seguiré mirando esto… Pero no ha salido bien,
no se puede leer nada, Nando. Esa persona quiere matarte, vendrá, no te matará, te
sentirás feliz, y… ya no se ve nada más.
—Entonces, esperaremos. Sigue mirando mi oráculo.
—Sí…
Mabanga no pudo dedicarse a ello por mucho tiempo. Apenas cinco minutos más
tarde, casi delante mismo del porche, unas plantas se apartaron, bajo la mano
izquierda de un hombre negro y el fusil que llevaba en la derecha. Luego, apareció
una mujer. Luego, otro hombre negro…
—Ahí llega —dijo Mabanga.

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Capítulo III

Nando Zafra apenas miró a los dos negros que llegaban con la mujer, porque los
conocía muy bien, y porque, además, estando aquella mujer ya no se podía mirar a
ninguna otra persona en el mundo. Eso lo supo Nando de pronto, al mismo tiempo
que sentía una especie de martillazo en el corazón, como un golpe brutal que lo
paralizó durante un instante.
No… No podía ver nada más que aquella mujer de vestido amarillo, piel
ligeramente oscura, grandes ojos negros, cuerpo armonioso y fino. Un vestido
amarillo, corto de falda, escotado, sin mangas, que parecía pertenecer de siempre y
para siempre a aquel cuerpo. Los negros cabellos de la hermosa visitante estaban
recogidos atrás, dejando bien visibles el cuello, las pequeñas orejas, parte de la airosa
nuca.
Bajo las expectantes miradas de Mabanga y Nando Zafra, los tres personajes se
detuvieron en el borde del porche. Pero enseguida uno de los negros se adelantó, se
inclinó hacia una oreja de Zafra, y cuchicheó unas palabras. Cuando se enderezó,
Zafra se quedó mirando aún más intensamente a la mujer.
—Me dicen que vienes buscándome —musitó.
—Si eres Nando Zafra, sí.
—Yo soy Nando Zafra. ¿Quién eres tú?
—Brigitte Lapaix.
—Eso es no ser nadie… ¿Qué quieres de mí?
—Solo hablar… Que me escuches.
—¿De qué quieres hablarme?
La visitante miró a los dos negros, y, de un modo especial, a la vieja Mabanga,
que parecía absorta, fijos sus negros y saltones ojos en ella.
—De dinero y de armas.
—¿Tienes armas?
—No.
—¿Dinero?
—Mucho.
Zafra estuvo escrutando aquel bello rostro casi increíble, antes de mover la cabeza
afirmativamente, y una mano en señal de llamada.
—Ven —susurró—. Mabanga, dale asiento.
La gordísima negra se puso en pie.
—Ella es la persona, Nando.
—Lo sé. Quiero que se siente. Quiero verla y oírla, Mabanga. Vosotros podéis
marcharos a vuestros puestos. Y gracias por vuestra atención y protección.

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Los dos negros asintieron con la cabeza, y desaparecieron prestamente entre la
vegetación, mientras Brigitte se adelantaba, entrando bajo techado, en el gran porche
con piso de losas desiguales, simples piedras colocadas convenientemente. Se quedó
en pie ante Zafra, soportando su mirada, hasta que Mabanga vino con otra mecedora,
y la colocó ante el negro. La mujer se sentó, abrió el bolso, sacó un paquete de
cigarrillos, y tras ver lo que quedaba del cigarro preparado por Mabanga entre los
dedos de Zafra, encendió un cigarrillo, sin ofrecer al pescador negro. Mabanga se
había sentado ante los dos tambores, y sus gordas manos acariciaban la piel de cabra,
produciendo una especie de susurro sonoro, que parecía capaz de llegar muy lejos.
De pronto, la mirada de Brigitte cayó sobre los huesos y plumas de gallo, las
astillas de bambú, las piedras de colores. Luego, miró a Mabanga, fijamente, y por fin
sus manos, pasando suavemente sobre los parches.
—¿Eras tú quien tocaba el tam-tam hace media hora? —preguntó.
—¿Tú lo oíste?
—Lo oí. Estaba en el hotel, se veían los relámpagos, sonaba la lluvia y los
truenos…, pero lo oí.
Zafra miró a Mabanga.
—¿Es eso posible, Mabanga? ¿Era tu tambor el que ella oyó?
La negra gorda asintió con la cabeza, sin dejar de mirar a la espía, fijamente. Y
Nando Zafra se volvió de nuevo a Brigitte.
—Es extraño que pudieras oírlo… ¿Estabas muy cerca de aquí?
—Estaba en mis habitaciones del hotel.
El pescador quedó pensativo, mientras Brigitte lo estudiaba atentamente. Era
aquel un momento de calma, con el cielo rojo de sol, que pronto se marcharía
definitivamente, dejando una noche clara, despejada. Un buen momento de calma
para penetrar en el cerebro y en el corazón de Nando Zafra, no por medio de brujerías
de ninguna clase, sino por simple conocimiento del ser humano, del cual estaba bien
surtida la espía internacional, cuya clarísima y casi infalible psicología no dejaba de
ser una cierta variedad de brujería. La conclusión final a que llegó Brigitte fue que
Nando Zafra parecía un hombre bueno y justo. Lo cual casi había intuido ya cuando
vio su imagen en la pantalla del televisor de míster Cavanagh.
—¿Por qué has venido a verme? —preguntó de pronto él.
—Porque tengo dinero, y creo que tú lo necesitas.
—¿Para qué?
—Para comprar armas.
Brigitte casi sonrió cuando Zafra contestó, pues la mentira estaba claramente
escrita en los nobles ojos del negro.
—No —musitó él—. No necesito armas. Ni dinero. ¿Para qué podría querer las
armas?
Brigitte parpadeó, siempre cumpliendo su papel. Estaba dispuesta, una vez más, a
desobedecer las tajantes órdenes de la CIA. Lo haría todo a su manera, como siempre.

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Y si no gustaba en la Central, allá ellos. La agente Baby no necesitaba el concurso de
la CIA para hacer lo que creía justo.
—Para las Antillas Libres.
—¿Quién le ha hablado de eso?
—Nadie… Nadie en particular. Son cosas que yo he oído en mi círculo de
amistades, en San José de Puerto Rico. He estado viajando mucho durante algunos
años, Nando: toda América, Europa, Asia… Cuando oí que se estaba intentando
conseguir las Antillas Libres, quise venir inmediatamente para ayudarte.
—No necesito ayuda de nadie. Estás equivocada en todo esto… Solo soy un
pescador, y no me gustan las armas.
—En ese caso —Brigitte se puso en pie—, regresaré a Puerto Rico. Y no diré a
nadie que estás herido y vigilado por hombres con rifles.
—Siéntate —pidió Zafra—. No te vayas todavía.
—No tengo nada que hacer aquí.
—Hablaremos… Por favor, siéntate… —Brigitte obedeció—. ¿Tú quién eres?
—Brig…
—No. Eso ya lo sé.
—Entonces, no te comprendo.
—¿Qué eres, de dónde vienes, qué… qué vida es la tuya?
—La vida de una divorciada rica. Me casé con un yanqui, hace tiempo, pero
ahora estoy divorciada, y recibo mucho dinero cada año.
—¿Ya no estás casada?
—Ya no.
—¿Tienes sangre negra?
Brigitte sonrió amablemente.
—No. Soy criolla, solamente. El color de mi piel es el normal en quien siempre
está en el sol. Viví muchos años en la Martinica, de niña.
—¿Qué más has hecho?
—Nada especial. Me casé muy joven, y ahora, a los veinticuatro años, ya sé
demasiadas cosas para poder ser feliz. Por eso me gustaría hacer algo de lo que
sentirme satisfecha, como ayudarte a conseguir las Antillas Libres. Pero si eso…
¿Qué está haciendo ella? ¿Vudú conmigo?
Se quedaron los dos mirando a Mabanga, que tras acercarse a Brigitte como al
descuido, había vertido el contenido de la vasija de barro cerca de sus pies.
Inmediatamente, Mabanga respingó y se echó hacia atrás, mirando con ojos
desorbitados el dibujo que habían formado las piedras de colores, los huesos y
plumas de gallo y las cañitas de bambú.
—¿Qué sucede, Mabanga? —exclamó Zafra—. ¿Qué ves?
—¡Ella ha matado muchas veces! ¡Muchas! Pero… Hoy es día malo para vudú,
Nando… No entiendo los signos… Aquí dice que ella ha matado muchas, muchas
veces… Pero también dice que es buena. Y luego dice que es mala. Eso… no puede

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ser. Dice también que sí, que ha conocido hombre… No hay hijos ni familia… Pero
la habrá… En el tiempo, ella tendrá cuatro hijos…
—Lo dudo —sonrió cortésmente Brigitte—, porque no pienso casarme otra vez,
Mabanga.
—Cuatro hijos —insistió Mabanga—. La querrán con locura… Y nunca sabrán
que su madre es buena y es mala, y que ha matado a mucha, mucha gente…
—¿Es cierto eso? —preguntó Zafra. Brigitte no se alteró lo más mínimo.
—No. No es cierto.
El negro frunció el ceño.
—Mabanga dice que has venido a matarme.
—Tampoco es cierto. Yo he venido a ayudarte.
—Está mintiendo —susurró Mabanga—. Ella es embustera y traidora como una
serpiente… Miente mucho… Muchas veces. Ella miente, y mata.
—Si soy buena no puedo matar —sonrió Brigitte.
—Eres buena… Pero también eres mala. Y has venido a matar a Nando. Pero no
lo harás… No podrás hacerlo.
—Desde luego que no, Mabanga. Yo creo que tú estás queriendo asustarme, eso
es todo.
Mabanga la miró fijamente. Luego, tras un par de minutos de estudiar más
atentamente las revelaciones de vudú, lo recogió todo y se fue ante los tambores, que
empezó a tañer de nuevo, suave y rítmicamente, Todavía estaban todos guardando
silencio, como alucinados por el sonido del tam-tam, cuando se oyó el motor de un
auto, que apareció casi en el acto por el camino. Se detuvo delante del velador, y un
hombre de unos cincuenta años, cabellos grises y gruesos lentes, se apeó. Era alto,
flaco, cargado de hombros. En su mano izquierda llevaba un maletín negro.
Se detuvo delante de Nando y Brigitte, pero mirando hacia Mabanga.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó, como aburrido.
—Buenas tardes, doctor Demare —saludó Nando—. Es solamente que Mabanga
tiene muchas ganas de trabajar. Ahora, quiere que ella —señaló a Brigitte— esté
varios días y varias noches oyendo los tambores, esté donde esté.
—Bueno… Si la señorita está en el pueblo, los oirá, sin duda alguna. ¿Es amiga
tuya, Nando?
—No lo sé. Se llama Brigitte Lapaix. Ella… No importa. Le presento al doctor
Demare, señorita Lapaix.
Brigitte aceptó la mano del sonriente médico, mirando de reojo, un tanto
sorprendida, a Nando Zafra, que había dejado de tutearla.
—¿Conoce usted a Nando, señorita Lapaix? —preguntó Demare.
—Lo conocía solamente de oídas. Y vine para ofrecerle mi ayuda.
—¿Su ayuda? ¿Para qué?
—Creo que está en dificultades.

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—Mmm… Bien, es cierto. Sufrió un accidente. Pero esa clase de dificultades creo
que podré solucionarlas yo mejor que usted, sin ánimo de molestarla. ¿Cómo está hoy
la pierna, Nando?
—Bien. Casi no duele ya.
—Magnífico. Veamos cómo sigue esa herida… de arpón. Súbete el pantalón.
Brigitte volvió a ponerse en pie.
—Será mejor que regrese al pueblo. No tengo nada que hacer aquí. Encantada,
doctor Demare.
—El placer ha sido mío. Oh, pero no es necesario que se marche; puedo llevarla
al pueblo en mi auto, en cuanto termine de atender a Nando. Este muchacho me ha
complicado la vida. Vine a pescar a Antillanie, dispuesto a pasar unos días de
descanso en mi cabaña, pero él tuvo que herirse con un arpón, para darme trabajo. Mi
residencia la tengo en Fort-de-France, Martinica. La llevaré con mucho gusto. Los
caminos están bastante enfangados ahora.
—He podido comprobarlo —sonrió Brigitte—. Es muy amable su ofrecimiento,
doctor.
Demare hizo un gesto de quitarle importancia a la cosa, y se inclinó hacia el
muslo izquierdo de Nando Zafra, que estaba al descubierto tras haber subido este el
pantalón, hasta la ingle. Se veía un vendaje de auténtico profesional; un vendaje
ligero, pero sólido y bien sujeto con un par de tiras de ancho esparadrapo. Alfonse
Demare lo cortó todo, arrancó cuidadosamente las gasas, y dejó al descubierto el
diminuto y limpio agujero.
—¡Esto va muy bien! —exclamó—. ¡Vaya, aún podré dedicarme a la pesca sin
pensar en nada más!
—No parece gran cosa —comentó Brigitte, en voz queda—. Solo debió de
clavarse la punta del arpón.
—Por fortuna, así fue. Si se hubiese clavado hasta el diente, habríamos tenido que
desgarrar mucha carne para sacarlo. Pero esto no es nada. Unos días más de reposo, y
a pescar otra vez. Veamos si dejo esto arreglado…
Apenas tuvo que limpiar la seca herida, que cicatrizaba rápidamente; luego, ni
siquiera vendó el muslo, limitándose a colocar una amplia gasa con sulfamidas; la
sujetó con una H de esparadrapo y dio una palmadita en la rodilla de Nando Zafra.
—Voilá, mon ami! C’est tout!
Empezó a recoger sus cosas. Mabanga se había puesto en pie, y de un bolso de
paja que colgaba de la pared había sacado un puñado de hojas secas, que ahora
apretaba fuertemente en una mano.
Demare la miró, frunció el ceño y acabó encogiendo los hombros.
—Hasta mañana o pasado, Nando. Y a ver si convences a Mabanga para que me
deje tranquilo. ¿Nos vamos, señorita Lapaix?
—Sí… Sí, desde luego.

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Demare dio un golpecito en uno de los fuertes hombros de Nando Zafra, y se
dirigió hacia el coche. Brigitte todavía estuvo unos segundos mirando fijamente a
Zafra, que musitó:
—Volverás.
—No lo sé, Nando… ¿Para qué?
—Volverás.
Ella parpadeó, como desconcertada. Finalmente, sonrió, y se fue hacia el coche,
que Demare ya estaba poniendo en marcha. Se sentó junto al médico, y miró hacia
Nando, en gesto de despedida. Pero quedó atónita al ver a Mabanga dando vueltas
alrededor del negro, y soltando al aire aquellas hojas secas que había sacado del bolso
de paja. Demare no le dio tiempo a decir nada.
—Esa vieja bruja —refunfuñó quedamente—. Está ahora alejando los malos
espíritus, los demonios que hemos traído a su casa, y protegiendo a Nando. Ella está
convencida de que todos le queremos mal. No se fía ni siquiera de mí.
—Me gustaría conocer algo de las prácticas del vudú.
Demare encogió los hombros.
—Yo he asistido a un par. Pero no crea que fue fácil. Hace falta tener muy buenos
amigos paro conseguir ese permiso. Brujerías… Brujerías estúpidas y crueles. Solo
eso…
El auto arrancó, alejándose de la casa, justo en el momento en que tres negros
fornidos, de grandes bocas abultadas y enormes narices aplastadas aparecían por un
lado del camino, hacia la casa. Demare los señaló con un movimiento de cabeza.
—Hijos de Mabanga —dijo.
—¿Hijos de…? Pero… las brujas de vudú… ¿no han de ser vírgenes?
Alfonse Demare rio amablemente.
—No, no… Además, son apreciaciones, interpretaciones a gusto de cada…
hechicera. Mabanga tiene ocho o diez hijos, creo. Todos tan feos y torvos como los
que usted ha visto.
—A mí me ha predicho que tendré cuatro hijos.
—¿De veras? Bueno… Eso indica que no la quiere demasiado mal, por el
momento.
—Me parece —rio ahora Brigitte— que mi oráculo de las piedrecitas y huesos la
ha desconcertado bastante. ¿Por qué dijo usted que si me quedaba en el pueblo oiría
el tam-tam de Mabanga… sin duda alguna?
—Razones sencillas y lógicas —dijo irónicamente Demare—. Ocurre que en esta
isla, el viento sopla, generalmente, de oeste a este y de sur a norte; en la mayoría de
las ocasiones, se produce una especie de fenómeno acústico, que lleva el sonido de
los tambores de Mabanga mucho más lejos de lo que podría pensarse.
—¿Oyó usted sus tambores hace como una hora, quizá?
—Desde luego.

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—Vaya —suspiró Brigitte—. Eso es tranquilizador. Llegué a creer que algo no
funcionaba bien en mi cabeza.
—No haga caso de esas brujerías. Todos son puros trucos. Como ese lanzamiento
de huesos y piedras, y el toque del tam-tam, la amenaza de un gallo decapitado, la
muerte por fetichismo… Trucos.
—¿Qué es eso de la muerte por fetichismo?
—Estoy seguro de que ha oído hablar de ello. El muñeco al que pinchan con
alfileres o estacas…
—Ah, sí. Creo que la hechicera hace una especie de escultura de barro o arcilla de
la persona a la que quiere matar a distancia. Luego, clava estacas allá donde quiere
que la víctima experimente dolor. Y si quiere matarla, clava la aguja en el corazón.
—Exacto. Por supuesto, son brujerías, mentiras sin fundamento de ninguna clase.
Pero algo hay de asombroso en todo esto: esas hechiceras consiguen unos muñecos
perfectos. He visto un par de ellos, y le aseguro que el rostro del muñeco,
especialmente, era idéntico al de la víctima. Ah, y un detalle: para que la brujería
surta efecto, el muñeco debe llevar algo personal de la víctima real. Cabellos,
generalmente. Si el muñeco lleva colocados unos cuantos cabellos de la víctima, todo
está perfecto.
—Lo había oído, sí… Dice usted que ha visto un par de muñecos de esos… ¿Qué
pasó con las personas afectadas?
—Murieron.
—¿Cómo dice? —exclamó Brigitte.
Demare la miró de lado, sonriendo furioso consigo mismo.
—Es irritante, ¿no le parece? —masculló.
—Pero… Bien… ¿Cómo murieron?
—Igual que los muñecos. Una de las víctimas tenía clavado un gran alfiler en la
garganta. La otra, fue clavada al suelo por medio de una caña de bambú afilada; una
especie de lanza, se entiende. Igual que los muñecos fetiches.
—Pero ¡no es posible!
Demare encogió los hombros.
—Yo lo he visto, señorita Lapaix.
—Entonces… ¿usted cree en estas cosas del vudú, en el fondo? Alfonse Demare
no contestó a esto. Tras unos segundos de hosco silencio, soltó una mano del volante
y señaló hacia delante y a la izquierda.
—¿Me aceptaría una copa, señorita Lapaix? Le agradecería unos minutos de
compañía razonable, sensata. Vengo aquí a descansar, a no ver a nadie… Pero, claro,
en el ambiente profesional, solamente. No veo la razón por la que debo perder la
oportunidad de disfrutar de la compañía de una hermosa muchacha.
—Acepto —rio Brigitte—. ¿Es esa su cabaña?
—Sí.
—Pues no me parece precisamente una cabaña, sino una bonita casa.

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—Me gusta el confort. La verdad es que no hace mucho que la compré. Tuve la
idea de pronto, un día que estaba muy fatigado. Es un buen escondrijo —sonrió—.
Silencio, soledad… Tengo un criado, y eso es todo. Un lugar… sedante, a pesar de
estar casi tocando el pueblo.

—Un excelente vino francés, doctor. Ha sido usted muy amable.


—Bah, bah… He sido yo quien ha pasado una hora de placer, señorita Lapaix. Su
conversación es muy amena. Espero tener ese privilegio en más ocasiones.
—No sé… Quizá me marche de la isla mañana mismo. Lo más tarde, pasado
mañana, espero.
—Eso nos deja la oportunidad para un par de charlas más —se animó Demare.
Estaban los dos en el velador descubierto. Georges, el viejo criado negro, estaba
retirando el servicio, siempre silencioso como una sombra. Había anochecido ya, con
la fulminante rapidez del trópico, y muy cerca se veían las en absoluto abundantes
luces del pueblo.
—Espero que en una de ellas me hable más extensamente del vudú —musitó
Brigitte, con intención—. Ha estado usted esquivando ese tema durante todo el rato.
—No me gusta hablar de eso, créame. Soy una persona civilizada y culta, es
evidente. Creo que incluso bastante inteligente. Por eso, me resisto a conversar sobre
cosas en las que no creo o no entiendo…, pero que las he visto.
—Comprendo. Bien, buenas noches.
—¿De veras no quiere que la acompañe con el coche? Para mí…
—No vale la pena. Hasta mañana doctor.
—Adiós…
Brigitte se alejó de la casa. Cuando llegó al camino que iba al pueblo, se volvió y
alzó una mano, en última despedida. Luego, continuó caminando, bajo las sombras de
los altos cañizales y gigantescos árboles que flanqueaban el camino.
Y a menos de cien yardas de la casa de Alfonse Demare, una de las sombras se
materializó bruscamente delante de Brigitte, que respingó, saltando hacia un lado,
mientras algo crujía metálicamente en su mano derecha.
—Soy yo —se oyó la voz de Teófilo Paván—. No se asuste.
Brigitte se acercó a él, mirándolo hoscamente.
—No haga esto nunca más, Teófilo. He podido matarlo.
Paván la cogió de una mano y la llevó al cañizal. Solo la luz de la luna, en un
cielo parcialmente despejado, se filtraba hasta allí, en finas rayas que parecía cortar
los rostros de los dos espías.
—¿Matarme? Usted me dijo que no había traído armas…
—No de las corrientes. ¿Puede ver este alambre de acero? Alzó la mano,
mostrándolo, brillante.
—¿Qué es? —musitó Teófilo.

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—Lo que parece: un alambre. Con el cual lo mismo puedo estrangularlo, que
cortarle el cuello, dejarlo ciego, o llenarlo de cortes profundos, de arriba abajo. ¿Qué
es lo que quiere? ¿Por qué me aborda?
Mientras hacía las preguntas, Brigitte introducía el alambre en la cintura de su
vestido, de modo que pronto quedó nuevamente oculto.
—Ha llegado un hombre a la isla. Se ha inscrito en el hotel con el nombre de
Joseph Chevreux, francés. Pero yo juraría que es británico.
—Sí… Es posible. A los ingleses ya les han matado un agente, y ellos no son de
los que abandonan un asunto fácilmente. ¿Cree que está armado, Teófilo?
—De cañas de pescar, aparentemente. Ha llegado en una lancha de su propiedad,
según parece, cargado con un formidable equipo de pesca. Ya ha dicho, a quien ha
querido escucharle, que piensa dedicarse a la pesca del tiburón.
—Está bien. Procure no perderlo de vista. ¿Algo más?
—Sí: usted está loca. ¿Cómo se ha atrevido a ir a la casa de la vieja Mabanga?
—Porque Nando Zafra está allí, naturalmente. No hay ninguna otra explicación.
—Escuche, si esa vieja…
—Escuche usted, Teófilo: estamos aquí para hacer algo que corte esa rebelión ya
apuntada por los negros antillanos. Si Zafra no hubiera sido herido, quizá las cosas
estarían mucho peor. Ahora, su herida está poco menos que cicatrizada, de modo que
en menos de una semana podrá volver a las andadas. Pues bien: mucho antes de una
semana, nosotros tenemos que haber liquidado el asunto. ¿Está claro?
—Pero ¡no será fácil matar a Zafra!
—No he dicho nada de matarlo a él. Lo que he dicho ha sido «liquidar el asunto».
¿Capta la diferencia?
—No…
—Pues no se preocupe demasiado. Usted siga haciendo su trabajo: vigile a todo el
mundo, téngame al corriente de todo, esté dispuesto para ayudarme o proporcionarme
armas… Cosas así. Lo demás, lo que requiera tomar determinaciones decisivas,
déjelo de mi cuenta. ¿Sí?
—Por mí, está bien.
—Buenas noches, Teófilo.
Poco después, ya en su habitación tras haberse enterado discretamente de que
había un nuevo huésped en el hotel, que aquella misma noche había salido a pescar
tiburones, Brigitte, dispuesta a continuar con su pape1 de rica divorciada de un
norteamericano, decidió cambiarse de vestido para bajar a cenar. Lo de cambiarse de
vestido para la cena impresiona a mucha gente, la convence de que esa persona está
acostumbrada a detalles en los que interviene el dinero en abundancia.
Abrió el armario…, y dio un paso atrás, conteniendo a duras penas un grito de
espanto, de sobresalto. Sus vestidos habían sido apartados a los extremos de la barra
donde se colgaban las perchas, y allí, colgando de aquella barra, había un enorme
gallo blanco, decapitado… El cuello parecía un estremecedor muñón largo,

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emplumado, y estaba rojo de sangre. La misma sangre que había salpicado
ligeramente un par de vestidos, y que había goteado en el fondo del armario,
formando un pequeño charco rojinegro.
Y, de pronto, se dio cuenta de que estaba oyendo unos tambores. Como muy lejos,
apagados, amortiguados…
Se había llevado una mano al corazón, impresionada, pero la retiró lentamente,
hasta que, por fin, la espía internacional acabó sonriendo, mientras el color volvía a
sus mejillas.
—Es solo un gallo muerto —musitó.
Lo envolvió cuidadosamente en uno de los vestidos, y lo dejó dentro del armario.
Luego limpió la sangre del armario, y la de los dos vestidos ligeramente salpicados.
Se arregló un poco, se puso un vestido negro y corto, muy escotado, y bajó a
cenar, pensando, burlonamente, en la cara que pondría el cocinero del hotel si le
llevaba un gallo blanco decapitado para que se lo preparase con ciruelas.

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Capítulo IV

Poco después de las diez de la mañana del día siguiente, Brigitte llegaba de nuevo a
la casa de Mabanga, llevando un envoltorio bajo un brazo. Después de llover casi
toda la noche, el día era espléndido, radiante sol, con un calor húmedo y abrasador a
la vez. De las hojas de árboles y plantas se desprendía un vapor apenas visible, y todo
brillaba al sol, como nuevo y tierno.
Nando Zafra estaba en el mismo sitio de la noche anterior, muy atractivo,
hermoso, saludable; parecía recién bañado y afeitado. Cuando la espía apareció
delante del velador abierto, Zafra se quedó mirándola atentamente, casi expectante.
No parecía sorprendido en lo más mínimo.
—Has vuelto —musitó.
Ella entró en el velador, bajo techado, y se sentó en una mecedora.
—¿No está Mabanga? —preguntó.
—Sí… Por ahí anda… ¿Has venido a verla a ella o a verme a mí?
—Nando, yo puedo ser una mujer… impetuosa, pero no una imbécil. Ya me
dijiste que no me necesitabas para nada. ¿Para qué volver por ti, entonces?
—No te necesito para nada de lo que tú dijiste —rectificó él.
—¿Para qué otra cosa?
—No lo sé. Pero sí sé que quiero verte muchas veces. Siempre.
—No… No, Nando… Ya te dije que conozco demasiadas cosas para poder ser
feliz. Y una de las cosas que mejor conozco es al hombre, sus… exigencias. Ya tuve
un hombre una vez. No más.
—Todos los hombres no son iguales.
—Oh, no… Los hay blancos, negros, amarillos, cobrizos… Esa es la única
diferencia. Todo lo demás es idéntico en cualquier hombre… ¿No crees que hoy hace
un espléndido día?
Nando Zafra quedó sombríamente pensativo, antes de musitar:
—Mabanga está por ahí… Puedes buscarla.
Brigitte se puso en pie y se acercó a la mecedora donde estaba el herido pescador.
Se inclinó hacia su rostro, sonriendo extrañamente.
—Y, sin embargo —susurró dulcemente—, creo que no siempre se conoce bien al
hombre. Ni a la mujer, ciertamente.
—Yo te conozco bien a ti.
—¿Sí? Dime cómo soy… Me gustaría oírlo, Nando.
—Eres hermosa, buena y generosa. Creo que no sé nada más.
—Es mucho —rio ella—. Es demasiado, Nando.
—Creo que Mabanga tiene razón; tú has venido a matarme… Lo sé. Y a pesar de
saberlo no te tengo miedo.

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—Eres un pescador muy raro. Piensas bien, hablas bien, no tienes complicaciones
con tus propias ideas… ¿Confías en mí?
—No. Pero no te temo, tampoco.
—¿Qué sientes hacia mí, exactamente?
—No lo sé. Deseos de verte en todo momento.
—Eso no podrá ser. Me iré pronto de aquí, y creo que jamás volveré… Pero
puedo… dejarte algo… para siempre.
Brigitte llegó con su boca a la de Nando Zafra, dejando allí su beso y su aliento,
largamente. Cuando iba a separarse, Zafra la retuvo por los hombros, iniciando otro
beso, que duró aún más que el primero. Y mientras duraba, las manos del negro
pescador fueron deslizándose desde los hombros de la espía…
El rumor de una respiración bruscamente agitada los sobresaltó a los dos. Brigitte
se enderezó rápidamente, volviéndose. Mabanga estaba allí, procedente del interior
de la casa. Gorda, brillante, con sus malignos ojillos diminutos vivamente clavados
en Brigitte. Sus manos habían pasado velozmente a su enorme espalda, ocultando
algo.
—Mabanga —llamó Brigitte—, he venido a devolverte una cosa. Un regalo tuyo
que no deseo conservar.
—No te he hecho ningún regalo —aseguró Mabanga.
—Estás mintiendo —sonrió Brigitte—. Pero eso no me extraña, ni me importa.
—Mabanga no miente.
—Yo digo que sí. Solamente tú has podido enviarme el regalo de que estoy
hablando.
—Mabanga es pobre. No envía regalos jamás.
—Te demostraré lo contrario.
Brigitte desenvolvió parcialmente el bulto que llevaba. Cuando supo que ya no
habría trabas para su último movimiento, dio una sacudida al vestido, y el gallo
blanco salió disparado, hacia Mabanga, que dio un grito y retrocedió
apresuradamente varios pasos, para quedar luego mirando aterrada el cadáver del
volátil.
—¿No me lo enviaste tú, seguramente por medio de uno de tus hijos?
—No… No te lo envié yo… ¡Vas a morir!
—Supongo que así será, un día u otro. Pero no en esta ocasión, aquí, en
Antillanie. Y, desde luego, no por medio de brujerías, Mabanga.
—Es vudú… ¡Vudú! El gallo blanco significa que vas morir muy pronto… ¡Tu
fetiche está ya preparado, mor…!
—Sigue.
—No… No, no…
—Mi fetiche está ya preparado; quieres decir mi imagen, ¿no es eso?
La negra empezó a retroceder, de nuevo hacia el interior de la casa.
Pero la voz de Nando Zafra la detuvo en seco:

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—Ven, Mabanga. Quiero que me enseñes eso que tienes escondido detrás de tu
cuerpo. ¡Ven!
La negra vaciló visiblemente. Sus ojos iban de una a otro, rápidamente, como
girando por medio de un mecanismo bien sincronizado. Pero tras la vacilación, se
acercó a Nando Zafra, y tras interponer su mole entre este y Brigitte, mostró algo a
Zafra, en una mano.
—¡No! —gritó Nando—. ¡No quiero eso, te lo dije anoche…! ¡No quiero eso,
Mabanga!
—No he hecho lo del gallo… No he hecho nada… ¡Te digo la verdad, Nando!
—¡No quiero que…!
Brigitte se colocó entre ellos, y quitó con rápido y hábil manotazo lo que Nando
Zafra tenía ahora en la mano. La negra y el pescador se volvieron hacia ella, que
retrocedió unos pasos, notando en sus manos aquel objeto blando y duro a la vez,
alargado… Cuando bajó la mirada, un escalofrío recorrió todo su cuerpo,
estremeciéndolo fuertemente. Allí, en sus manos, tenía su propia imagen. De apenas
diez pulgadas de alta, moldeada en algo que parecía barro o arcilla, pero que no debía
de serlo.
Era ella… Exactamente ella.
El cuerpo no se ceñía a la realidad de sus medidas, de sus proporciones, de su
belleza. Pero el pequeño rostro de la escultura de arcilla era idéntico al suyo. Tanto,
que ni una fotografía habría podido superarlo en fidelidad. La pequeña estatuilla
estaba completamente desnuda, mostrando unos erguidos senos demasiado
voluminosos, y unas caderas de amplitud reducida; los hombros eran quizá
demasiado anchos, las piernas un poco cortas. El cuerpo no era exacto, ni mucho
menos. Pero el rostro de aquella pequeña escultura de barro era el de Brigitte
Montfort, alias Baby.
—¿Qué pretendes? —murmuró roncamente la espía—. ¿Estás intentando
matarme con el vudú, Mabanga?
—No… No, no… Solo quería hacerle un regalo a Nando… Sé que ya no quieres
matarlo, lo sé… No quería hacerte ningún daño…
—¿Es un fetiche benigno, Mabanga? —preguntó Nando.
—Sí… Sí, Nando… ¡De verdad!
—Lo quiero —dijo él, tendiendo su mano hacia Brigitte—. Lo quiero para mí.
Dámelo.
—Lo voy a destruir —replicó Brigitte.
—¡No! —gritó Mabanga—. ¡No hagas eso! ¡Morirías! ¡Nunca se debe destruir un
fetiche benigno! ¡Nunca!
—Tonterías —musitó Brigitte—. Yo no creo en el vudú. De modo que…
Seguramente, habría lanzado el fetiche contra el suelo de no haber intervenido
Nando Zafra, por sorpresa. A pesar de estar herido, el negro saltó hacia Brigitte y le
arrebató el muñeco de barro, cayendo al suelo con él, rodando de tal modo que lo

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último que podía haberse roto era precisamente la estatuilla. Brigitte quiso inclinarse
hacia él, para ayudarlo a ponerse an pie, pero Mabanga interpretó mal su gesto, y la
apartó de un rudo empellón con sus voluminosos senos, casi derribándola.
—No lo toques —chilló—. ¡Tú no lo toques!
Lo levantó casi a peso, y lo llevó de nuevo a la mecedora, Nando Zafra sujetaba
con fuerza la estatuilla. Parecía profundamente asustado, impresionado. Pareció que
iba a decir algo, pero de pronto miró hacia su pierna herida, y se quedó contemplando
la pequeña manchita roja que se iba extendiendo por el blanco y ancho pantalón de
bordes deshilachados.
—No importa —susurró—. No importa, Mabanga. Es solamente un poco de
sangre. No importa. El fetiche no se ha roto, y eso sí que me importa… Me importa a
mí.
—Voy a marcharme —dijo secamente Brigitte—. Regreso al hotel… Estaré allí el
tiempo que me parezca, Nando. Y si algo vuelve a ocurrirme sí vuelvo a encontrar un
gallo, o un sapo, o cualquier tontería de esas, lo denunciaré a las autoridades.
—Mabanga no te envió el gallo, Brigitte.
—¿Por qué tengo que creerlo?
—Porque ella lo dice. Mabanga no habla cuando tiene que decir mentiras.
Permanece en silencio, y ya está. Ella no te envió el gallo…
—De acuerdo —aparentó aceptar la espía—. Entonces, dime quién lo ha hecho.
—No sé.
—¿No? Entonces, dime: ¿quién más practica el vudú en la isla?
—Nadie… Nadie que nosotros sepamos. Solo Mabanga.
—Solo Mabanga, ¿eh? Está bien. ¿No quieres entregarme esa estatuilla?
—Es para mí… Mabanga la ha hecho para mí.
Brigitte se dirigió al borde del porche. Se volvió al llegar allí, y señaló a Mabanga
con un dedo.
—Piénsalo bien, Mabanga, Yo he visto mucho mundo, conozco muchas cosas,
trucos de todas clases… Vine aquí ayer para ofrecer mi ayuda a Nando. No ha sido
aceptada la ayuda. Ahora, yo estaré en Antillanie el tiempo que quiera. Y si durante
ese tiempo intentas algo contra mí, yo te demostraré que no hace falta ser bruja para
matar. Y tú lo sabes.
—No desafíes a Mabanga —musitó Nando—. Ella podría…
Pero Brigitte había dado media vuelta de nuevo, y caminaba ya alejándose de la
casa. Recorrió quizás un centenar de yardas antes de detenerse, mirando a todos
lados. Se oían los agudos, irritantes chirridos de algunas aves tropicales, y el agua
continuaba convirtiéndose en vapor sobre las verdes y grandes hojas de la espesa
vegetación.
De pronto, Brigitte saltó hacia la espesura, quedando escondida entre unos
helechos. No sucedió nada. Nadie vino a conminarla a que siguiese su camino, o a

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amenazarla. Eso, probablemente, quería decir que Nando había dado órdenes en el
sentido de que la dejaran circular libremente cerca de la casa de Mabanga.
Y aprovechando esta posible circunstancia, la espía retrocedió hacia la casa. En
menos de tres minutos llegó a la linde de la espesa jungla, y quedó bien escondida en
un lugar desde el cual veía el velador. Mabanga y Nando estaban discutiendo
acaloradamente, y él mostraba en alto la estatuilla de Brigitte, tan idéntica, tan
asombrosamente perfecta. Finalmente, Mabanga se sentó en el suelo, lió un cigarro
con hojas de tabaco que sacó de un bolsillo y se dedicó a fumar, en silencio.
Brigitte se sentó en el húmedo suelo y se dispuso a esperar. Seguramente, nada
interesante ocurriría, pero ella no tenía nada mejor que hacer, sino vigilar al par de
interesantes personajes.

Casi al mediodía, dos nuevos personajes entraron en escena. Aparecieron muy cerca
de Brigitte, sobresaltándola, acompañados de dos negros que portaban magníficos
rifles de veinte disparos en repetición. Pasaron tan cerca de la espía que solo con que
esta hubiese suspirado o movido apenas la cabeza, la habrían visto. Poro Brigitte no
solo no suspiró ni se movió, sino que contuvo la respiración. A menos de seis yardas,
la pequeña comitiva pasó junto a ella, apareciendo en el claro donde se hallaba la
casa, delante mismo del velador.
Eran dos hombres blancos, barbudos, de expresión maligna. Parecían cansados,
disgustados, irritados. Llevaban pantalón corto, camisa color tierra y unas sucias
gorras para el sol sin distintivos ni señal de ninguna clase.
Hasta Brigitte llegaron unas pocas palabras, en español: mar, tierra, desembarco,
hombres, retraso, importante… Los dos hombres gesticulaban casi airadamente, y sus
voces iban aumentando de tono. Nando Zafra los miraban serenamente, ora a uno, ora
a otro, sin inmutarse. Contestaba pacientemente en un español bastante deficiente. Lo
bastante para que Brigitte no pudiera entender por el movimiento de sus labios lo que
estaba diciendo. Nando señaló hacia el pueblo en tres o cuatro ocasiones. Parecía que
no querían ir al pueblo. Entonces… ¿de dónde venían y dónde estaban alojados o
acampados?
Finalmente, pareció haber un acuerdo forzoso. Nadie quedó contento, pero la
discusión se cortó. Uno de los barbudos señaló amenazadoramente hacia el pueblo, y
luego dio media vuelta y echó a andar hacia la jungla, seguido por el otro y por los
dos negros.
Penetraron en la jungla por el mismo sitio utilizado para llegar a la cabaña de
Mabanga. Apartaban las hierbas a golpes, con la indiferencia de quien no teme nada.
Mala táctica, porque tras ellos, caminando mucho más silenciosamente, iba la
agente Baby, de la CIA, dispuesta a saber dónde estaban aquellos hombres y quiénes
eran.
En pocos minutos llegaron a la playa.

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Metida en un cañaveral, Brigitte veía a lo lejos la difuminada costa de la
Martinica, entre la costa de Antillanie y el fondo de un cielo azul desvaído. En
cambio, el mar tenía un intenso tono casi cobalto, un poco agrisado hacia la costa.
Los dos negros se volvieron y emprendieron el mismo camino a la inversa. Y los dos
barbudos blancos caminaron hacia unas rocas. No había embarcación alguna en la
playa. Nada en lo que ellos hubieran podido llegar…
A la izquierda de Brigitte, quizás a doscientas yardas, algo se movió entonces,
entre otro grupo de cañas. Inmediatamente, la espía se humedeció con la lengua las
puntas de sus dedos índices, que aplicó enseguida a sus ojos. Las microlentillas
quedaron adheridas a las yemas de los dedos, separándose de las auténticas pupilas
azules. Casi nerviosamente, Brigitte juntó las dos lentillas, de modo que las partes
cóncavas quedaron en el centro; luego, manteniéndolas cuidadosamente sujetas de
este modo entre dos dedos, las colocó ante su ojo derecho, vueltos hacia el lugar
donde había visto el movimiento de las cañas.
Tardó tres segundos nada más en ver al hombre, agrandado por el sistema óptico
especial de las microlentillas. Estaba alejándose a toda prisa de la playa. Era moreno,
alto, apuesto… Se volvió en un par de ocasiones, con la expresión de quien teme ser
seguido… Y así, la espía pudo ver un rostro correcto, agradable, adornado el labio
superior por un fino bigote. Todo ello, matizado del color negro de las lentillas de
contacto, y además un poco distorsionado, como si lo estuviese viendo en una bola
mágica de cristal, de pitonisa.
Finalmente, el hombre quedó fuera de su alcance visual, y entonces se volvió
hacia donde se habían dirigido los dos barbudos, hacia las rocas. Ya no pudo ver
nada. Pero, evidentemente, aquellos hombres estaban allí, escondidos, esperando…
Esperando ¿qué?
¿Qué habían hablado con Nando Zafra? ¿Por qué unos y otro parecían irritados,
disgustados?
Pensativa, Brigitte volvió a colocarse las microlentillas teñidas en negro claro,
complementario al azul de sus ojos. Ya no quedaba nadie en la playa, no se veía nada
interesante, todo estaba solitario, desolado, ardiendo bajo el sol tropical.
«Debe de ser el inglés —pensó—. El tipo del bigotito debe de ser el inglés del
MI5 que se ha alojado en el hotel con el nombre francés de Joseph Chevreux. Pero…
¿quiénes son los otros dos?».
Decidida a averiguarlo, no vaciló en dirigirse hacia las rocas por donde habían
desaparecido los hombres barbudos. Tenía tiempo sobrado para ver al inglés, y, en
cambio, quizá dependía de unos segundos llegar a tiempo para descubrir un
escondite, o escuchar una conversación reveladora.
Caminó sigilosamente por entre las cañas, evitando en lo posible el ruido y los
movimientos de los bambúes.
Y de pronto, ya muy cerca de aquel grupo de rocas, lo comprendió todo, al ver la
pequeña lancha que se alejaba de la costa, llevando a bordo a los dos barbudos.

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Habían tenido la lancha escondida allí, y ahora se iban. Pero no parecía que el rumbo
fuese hacia la Martinica, sino hacia el norte.
Decepcionada, la espía se volvió, dispuesta a regresar al hotel, pensando en la
conveniencia de decirle a Teófilo que ordenase a Simón que desde la Martinica, con
una veloz lancha, intentase localizar a los dos barbudos, por el norte. Claro que…
Acababa de apartar las últimas cañas cuando se detuvo, paralizada de espanto y
sorpresa, conteniendo a duras penas el grito en su garganta.
Ante ella, erguido, desnudo completamente, había un negro enorme, brillantes los
ojos, enrojecidas las córneas, húmeda la gruesa boca. En alto, sostenía algo que
parecía una barra de hierro, de unas treinta pulgadas de longitud. Y de pronto la dejó
caer, con toda la fuerza de su prodigiosa musculatura, creando un silbido seco,
terrible.
Brigitte saltó hacia un lado, estremecida ante el pensamiento de cómo habría
quedado su cabeza si aquella barra de hierro la hubiese acertado de lleno, tal como el
negro se había propuesto. Cayó de lado entre los últimos bambúes, enredándose en
ellos, agitándose desesperadamente por conseguir movimientos veloces, útiles.
Se arrastró tan frenéticamente buscando la protección de las cañas, que ganó la
siguiente acción del espantoso negro asesino.
El hierro dio ahora en las cañas, tronchando una de ellas. Su fuerza era tan
enorme que incluso podía conseguir eso: quebrar de un golpe una caña de bambú. Un
golpe que, recibido en la cabeza, era suficiente para partirla en dos.
Los dos, silenciosos, se deslizaron por entre los bambúes, llevando ahora el negro
la barra de hierro como si fuese una espada, pinchando hacia delante, siempre
buscando el cuerpo de la espía. Estaba Brigitte apartando los últimos bambúes un
poco más allá, vuelta hacia el negro, cuando la punta de la barra de hierro, bastante
aguda, llegó a su costado, de atrás hacia delante, rasgando la blusa y la carne. Brigitte
saltó hacia delante, pálida, mordiéndose los labios para no gritar. Fue la primera en
encontrarse en terreno despejado, bajo la sombra de unas altísimas palmeras.
Desechó inmediatamente la idea, de correr. El gigantesco negro la alcanzaría
inmediatamente; era un coloso, un atleta asombroso… Lo que hizo la espía fue
volverse, sacando el alambre de acero de la cinturilla de su falda, y lanzando un veloz
latigazo hacia los ojos del negro en el momento en que este dejaba atrás las últimas
cañas.
El alambre dio de lleno en el negro y sudoroso rostro, crujiendo, cortando la nariz
horizontalmente y arrancando una tira de piel a todo lo ancho del rostro. Brigitte
apenas si llegaba a los hombros del negro, y comprendió que debía alzar más el
golpe, si quería acertarle en los ojos…
Pero el asesino se lanzaba ya contra ella, ensangrentado el rostro, rugiendo
sordamente. Lanzó otro golpe con la barra de hierro, ahora en sentido horizontal,
buscando de nuevo la cabeza de la espía, que lo esquivó encogiendo las piernas… O
quizá fue el miedo lo que las debilitó y se doblaron.

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Lo cierto fue que se encogió, y la terrible arma silbó de nuevo, sobre su cabeza.
El negro se balanceó tras el golpe, quedando ligeramente de costado con respecto a
Brigitte, que le propinó un latigazo de acero en las costillas, arrancando una ancha
tira de piel. Otra vez rugió el negro, revolviéndose hacia aquella víctima tan correosa
que le había tocado en suerte.
Más que dolorido, parecía sorprendido, desconcertado. Seguramente, no estaba
acostumbrado a encontrar una resistencia tan feroz, un planteamiento tan abierto de
lucha de poder a poder.
Lanzó un nuevo golpe que también falló, y como respuesta recibió otro latigazo
de acero, ahora en el estómago. Y a pesar de toda su colosal fuerza, el negro tuvo que
acusar el golpe, encogiéndose, llevándose una mano a la carne cortada, vueltos sus
ojos asesinos hacia la espía, que lanzó a toda prisa un nuevo golpe que, por fin,
alcanzó de lleno los ojos del negro, el cual lanzó un alarido tremolante, soltó la barra
de hierro y se llevó ambas manos a los hendidos globos oculares, gimiendo…
El coloso se vino abajo como un edificio de barro, perdió su gallardía, su fuerza
hercúlea.
Pero solo por un par de segundos.
Justo cuando Brigitte se inclinaba y recogía la barra de hierro, el negro lanzaba un
grito de rabia, de odio, y tendía las manos hacia delante, crispados los dedos, dando
un paso tambaleante… Y Brigitte, al incorporarse, fue a quedar justamente entre
aquellos formidables brazos relucientes, que la apretaron inmediatamente contra el
enorme pecho. Se oyó el seco crujido de las costillas de Baby, y esta comprendió que
si bien el primer abrazo no había sido demasiado fuerte, quizá por vacilación del
negro, el siguiente abrazo le rompería la columna vertebral como si fuese un lápiz.
De modo que atizó un lanzazo al costado del negro, con la barra de hierro
aguzada. La presión se aflojó al instante, pero el peligro existía todavía, y Brigitte
optó por eliminarlo definitivamente. Se apartó todo cuanto le permitió el círculo de
los dos negros brazos, alzó la barra de hierro, y justo cuando el negro iniciaba el
siguiente abrazo, que podría haberla matado, la punta de la barra se clavaba
profundamente en el grueso cuello tenso del negro…
El abrazo fue muy, muy suave.
Durante un par de segundos, el negro, con la barra clavada en su garganta, quedó
abrazando suavemente a la espía. Y, de pronto, la soltó y cayó hacia delante, hacia
Brigitte, que se apartó, dejando que el cadáver rebotase en el blando suelo.
La espía quedó apoyada en una palmera, sudorosa, todavía, desorbitados los ojos
por el espanto que había pasado, contemplando aquella enorme mole negra, desnuda,
brillante.
—Dios mío…
Estuvo unos segundos apoyada en la palmera, hasta serenarse. Luego, metió al
negro entre las cañas, sudando copiosamente bajo el esfuerzo de arrastrar aquella

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mole de casi trescientas libras. Estuvo a punto de dejarlo allí mismo, tal era su fatiga,
su dificultad en mover al colosal negro.
Pero, por fin, lo dejó entre las cañas y salió de nuevo al claro del palmeral.
Guardó el alambre en su sitio y miró la herida que le había inferido su enemigo. No le
gustó su aspecto, pero, sobre todo, pensó en la posibilidad de que aquella punta
aguzada del hierro estuviese impregnada de veneno. De modo que aunque ello
significase ponerse un poco en evidencia, quizá, tenía que atender, ante todo, su
seguridad personal.

El doctor Demare colocó la tercera tira de esparadrapo, que formaba la H de sujeción


de las gasas.
—Bueno… Ya está, señorita Lapaix. Esto no es nada.
—Oh, lo sé, doctor… Pero sé que hay especies venenosas, y tuve miedo de…
—Nada, nada… La rama contra la cual se dio usted no tenía nada de venenosa, ya
se lo he dicho. De todos modos, convendría cortarla, ya que significa un riesgo para
los que pasen por allí.
—No, no… No está en el camino, sino a la izquierda de este. Entré en un
cañaveral, para ver qué había al otro lado…
—¿Y qué había? —sonrió Alfonse Demare.
—Nada —sonrió también Brigitte—. Es decir, sí había un árbol del cual
sobresalía una rama rota, y… me la clavé al retroceder.
—Eso prueba que la curiosidad no es buena.
—Es cierto. Bien, doctor, ¿qué le debo?
—¿Me debe…? Oh, sí, por mi trabajo, se refiere… Veamos si encuentro un precio
razonable… ¿Qué le parece tomar un martini con mucho hielo en mi compañía?
—Si siempre cobra esos precios, se arruinará —rio Brigitte—. Agradezco su
invitación, pero tengo ganas de ir al hotel, a ponerme algo encima.
Demare se quedó mirando el bello torso de la espía, cubierto solamente por unos
brevísimos sujetadores rojos, muy livianos, y poco menos que transparentes.
—Bien… Ciertamente, no puede ir así por el pueblo. De modo que puesto que
esto —alzó la agujereada y ensangrentada blusa de ella— ha quedado inservible, si
me lo permite le prestaré una de mis camisas. Las mujeres como usted están elegantes
y graciosas con cualquier cosa que se pongan. Estoy seguro de que sabrá sacar
partido a mi camisa.
—Lo intentaré —volvió a reír Brigitte—. Pero no quisiera…
—Bah, bah, bah… ¿Georges?
El criado negro alzó vivamente la cabeza.
—Mande, doctor.
—Ve a traerle a la señorita una de mis camisas. La mejor.
—Sí, doctor; enseguida.

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El negro salió de la salita que daba al velador, donde se había efectuado la cura de
emergencia.
—¿De veras no tomaría un aperitivo?
—Ya le he ocasionado demasiadas molestias. Ha venido usted a descansar a la
isla, y se encuentra con dos pacientes.
—Oh, no, lo de usted no tiene la menor importancia…
—Debió de ser penoso arrancarle el arpón a Nando Zafra, ¿no es cierto?
—Sí, desde luego. Pero, aparte de que un médico está acostumbrado a todo, ya le
dije que el diente no entró en la pierna… Entonces sí que habría sido doloroso, y la
cura mucho más larga.
—Yo no serviría para esto… ¿Querrá creer que estuve a punto de desmayarme
cuando vi la sangre en la blusa?
—Eso es corriente. Yo he visto hombres muy fuertes palidecer por cortarse un
poco al querer abrir un coco, y estar poco menos que al borde del desmayo. En
cambio, ese mismo hombre ha matado no menos de una docena de tiburones solo con
un cuchillo, en pleno mar. Son cosas raras que… Aquí tenemos la camisa.
Brigitte se la puso, y, en efecto, se las arregló para estar graciosa con ella, aunque,
ciertamente, no demasiado elegante, con tantos colorines, el cuello grande y algunos
pliegues de más en la cintura.
—Espero no llamar demasiado la atención. Muchas gracias por todo, doctor.
—Nada, nada… Pero no olvide que me debe una consulta: tomar el aperitivo, o el
trago de la tarde… A su gusto.
—No lo olvidaré —sonrió la espía—. Hasta luego.
Se alejó de la casa, sonriendo sañudamente, pensando que en todo momento, en
cualquier lucha, más pronto o más tarde, siempre vence el más inteligente, no el más
fuerte. Cuando llegó al pueblo, y ya cerca del hotel, Teófilo apareció corriendo,
llamándola escandalosamente.
—¡Madame, madame…!
Ni una sola persona dejó de mirarles, pero eso era precisamente lo normal.
Muchos debían de saber ya que la criolla hermosa repartía billetes de veinte dólares,
y era natural que el desharrapado de Teófilo quisiera alguno más.
—¿Qué ocurre, Teófilo?
—Le señalaré diversos puntos de la isla, como proponiéndole excursiones o
salidas de pesca… Pero no hablaremos de eso. Usted solo tiene que sonreír e ir
negando.
—Siempre se aprende algo —sonrió irónicamente la mejor espía del mundo—,
¿qué le pasa?
—Nada, en absoluto. —Teófilo señaló a las montañas lejanas, con gestos
excitados—. El inglés, o francés, aún no lo sabemos, está en sus habitaciones del
hotel. ¿Qué le ha ocurrido a usted?

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—Me atacó un negro enorme, con una barra de hierro. La camisa que llevo es del
doctor Demare, que me ha hecho una formidable cura.
—¿Y el negro?
—Tuve que matarlo.
—¿Tuvo que mat…? ¿Cómo? ¿Con qué lo mató? —se pasmó Paván.
—Con lo mismo que pude matarlo anoche a usted. Pero digamos que la barra de
hierro se le indigestó… Ya le hablaré de eso más detenidamente. De momento, me
alegra que me haya abordado, Teófilo. Tengo precisión de cierta clase de equipo…
¿Puede ir a Fort-de-France?
—Sí… Pero no se me ocurre ahora ninguna excusa… Claro que nadie se fija en
mí, pero…
—Yo le daré una buena excusa. Ahora, subiremos a mis habitaciones, y
charlaremos. Luego, a quien quiera escucharlo, dirá usted que lo he enviado a
comprarme algunas prendas a Fort-de-France, que ha subido para recoger una blusa o
jersey míos, para tener las medidas… Y que le he dado una propina de cincuenta
dólares. ¿De acuerdo?
—Está bien.
Llegaron al hotel, y poco después entraban en las habitaciones de Brigitte, que se
dirigió directamente al dormitorio, seguida de Paván. Ella abrió el armario y sacó una
blusa, mientras hablaba.
—Vaya a ver a Simón, y pídale un equipo especial de grabación por micrófono;
también, una radio de bolsillo, y que permanezca atento a la escucha de una posible
llamada mía. Que tenga preparada una lancha, con armas diversas. ¿Entendido?
—Sí. ¿Qué clase de armas?
—Mmm… Digamos que haya por lo menos una capaz de hundir una lancha. Lo
demás me es indiferente. ¿Ha estado siguiendo a Chevreux?
—Sí… Pero se acercó demasiado a los terrenos de Mabanga, a la playa…
—Lo vi. Y también vi a dos tipos barbudos, que estuvieron hablando con Nando
Zafra. Parecían disgustados. Luego, se fueron a la playa y se alejaron hacia el norte
en un lancha.
—Oh, entiendo… Ejem…
Teófilo estaba un poco turbado, porque Brigitte, tras colocarse de espaldas a él, se
había quitado la camisa de Alfonse Demare, aprovechando para cambiarse los
sujetadores por otros, antes de ponerse una de sus blusas.
La espía volvió a mirar irónicamente a Teófilo, pero acabó por encoger los
hombros.
—Me traerá el equipo de grabación y el par de micrófonos con la ropa que me
compre. Espero que tenga buen gusto, Teófilo.
—Lo intentaré.
Brigitte se volvió, abrochándose la blusa.
—Esos dos barbudos volverán, seguramente. De manera… ¿Qué le ocurre?

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Teófilo había palidecido de pronto, intensamente, y sus ojos parecieron a punto de
salir de la órbitas. Su mandíbula empezó a temblar fuertemente, igual que la mano
con que señaló la cama de Brigitte, incapaz de articular una sola palabra.
Baby miró hacia allí y notó como un vuelco en el corazón y en el estómago, todo
a la vez.
Pero fue solo un instante. Se acercó a la cama, y, de sobre la almohada, recogió el
fetiche de barro que tanto había impresionado a Teófilo… ¿O no era de barro? Lo
parecía, pero tenía tacto casi de… carne. Sí, casi lo parecía: tierno, elástico… El
fetiche representaba una figura de mujer que bien podría ser Brigitte, aunque no muy
bien conseguida. Alrededor del cuello, tenía atado un trozo de tela. Y la cara se veía
como… manchada, destrozada a golpes, por completo irreconocible. En la cabeza,
justo sobre el cráneo, se veía clavada una aguja, que se parecía extraordinariamente a
la barra de hierro que había enarbolado el negro asesino.
Brigitte se quedó mirando el trozo de tela que el muñeco tenía atado en torno al
cuello, y frunció el ceño. Fue al armario, movió sus vestidos, y al fin colocó uno
delante de todos, examinándolo detenidamente, hasta encontrar el trozo que faltaba,
en el borde de la falda, de donde había sido rasgado. El mismo trozo que tenía el
muñeco en el cuello.
—A este paso, me quedaré sin vestuario —comentó la espía.
—Han querido… La… la han querido… Han hecho…
—Usted parece no entender nada de nada, Teófilo.
—¡Lo entiendo perfectamente! —casi gritó Paván.
—¿Sí? Explíquemelo.
—Pu-pues le han enviado esto para darle a entender que usted morirá así, con…
con una barra de hierro clavada en su cabeza…
—Oh… ¿De modo que moriré así?
—Ya… ya es inevitable…
—Por el amor de Dios, Teófilo, no sea estúpido.
—¡Le digo que es inevitable! El vudú ha decidido que usted muera con una barra
de…
—¿Con una barra de hierro clavada en la cabeza? Muy bien: ¿una barra de hierro
como la que tenía el negro que ha querido matarme, quizá?
—Sí. Y… Y…
Teófilo Paván ya ni siquiera pudo parpadear, ni tartamudear. Se quedó mirando
fijamente a Brigitte, atónito, desconcertado y todavía asustado. Brigitte rio
amablemente.
—Ya tiene en qué pensar seriamente durante el viaje, Teófilo. Ahora, tenga esta
blusa —sacó una del armario y se la tiró a las manos— y vaya a Fort-de-France a
cumplir mis encargos. ¿Lo recuerda todo bien?
Paván asintió con la cabeza.

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—Pues en marcha. Tenga… Quinientos dólares. Gástelos todos, menos su
propina. Y no se recate de decir que soy una mujer muy rica, que tengo mucho
dinero… ¿Qué está esperando?
—¿Qué… qué hará con… con el fetiche?
—No sé —reflexionó la espía—. Todavía no lo sé Pero ya pensaré algo. De
momento, puesto que tengo un buen apetito bajaré al comedor y con un poco de
suerte quizá consiga entrar en contacto con el señor Chevreux, nuestro falso francés y
auténtico agente del MI5.
—Tenga cuidado con el vudú…
—Ojalá solamente tuviese como enemigo al vudú, Teófilo. No me matarían
nunca. Oh, vamos, ¡brujerías a mí…!

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Capítulo V

—¿Me invita a tomar café, señor Chevreux?


El apuesto hombre del bigotito alzó vivamente la cabeza, y se quedó mirando a la
hermosa mujer que tanto había admirado durante el almuerzo. De pronto, se puso en
pie, precipitadamente, turbado.
—Perdón… Mmm… No tengo el gusto…
—¿Desde cuándo un francés se expresa en esos términos cuando le habla una
mujer hermosa, señor Chevreux? —la espía se sentó, sonriendo irónicamente; y
cuando Chevreux lo hubo hecho a su vez, preguntó—: ¿O quizá no es usted francés?
—Oh, sí, sí… ¿Cómo sabe…?
—Hay poca gente interesante en este hotel. Y de esas pocas personas interesantes,
usted es la que más me lo parece. Yo estoy sola en la isla, y he pensado… ¿También
está usted solo, señor Chevreux?
—Sí… Sí, también estoy solo.
—Eso es muy peligroso.
—¿Peligroso? No comprendo…
—¿Ha oído hablar del vudú?
—Oh, sí —sonrió de pronto Chevreux—. Desde luego que sí. Son tonterías,
claro.
—¿Eso piensa? ¿De veras?
—¡Naturalmente!
—¿Me permite que le demuestre lo contrario?
—¿Demostrarme…? ¡Me gustaría verlo, desde luego! Oh, sí, la invito a tomar
café, señorita…
—Lapaix. Brigitte Lapaix.
—Encantado. Con su permiso…
Joseph Chevreux miró a un camarero, y le hizo señas que fueron debidamente
interpretadas. Cuando de nuevo prestó su atención a Brigitte, esta había sacado unas
cuantas cerillas del estuche que había en la mesa, y les estaba quitando las cabezas.
Ante la interesada mirada de Chevreux, las agitó luego en el hueco de sus manos, y,
de pronto, las dejó caer sobre el mantel de colores.
—Voilá, monsieur… Examinemos detenidamente su oráculo…
—Esto es divertidísimo —sonrió Chevreux.
—Sssttt… Atienda, por favor. Veamos… Sí… Oh, sí, sí, está muy claro… Veo
aquí la bandera británica, y un hombre con grandes mostachos blancos dándole
órdenes… También veo a un hombre, un inglés, muerto a balazos… Pero eso fue
antes… Ahora le veo a usted, y al hombre de los mostachos blancos. Están en… en…
¡en Nassau, islas Bahamas! ¿Voy bien, señor Chevreux?

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Este entornó los ojos, mirando con un nuevo interés a la bella desconocida.
—Siga —musitó.
—Emmm… Veo… veo muchos antillanos, con armas modernas… Han efectuado
un pequeño ataque a un lugar que no consigo identificar… Veo una playa, y el
hombre inglés disparando con una pistola automática… Le disparan… ¡Le matan!
Luego, le veo a usted, escuchando las órdenes del caballero de los mostachos… Pero
no le llama Chevreux, sino otro apellido que no puedo oír bien… Apellido inglés,
desde luego. Las órdenes son matar a un hombre negro, que está herido en la isla de
Antillanie… ¡En esta isla! Ajá… Y eso es lo que usted está… buscando: el modo de
eliminar a ese hombre negro… Pero está muy bien vigilado. No se puede llegar hasta
él, y menos llevando armas. Sin embargo, usted está buscando un camino… Busca
por la playa… Y ve a dos hombres negros y a dos blancos, barbudos… Usted se aleja,
porque teme que le vean… Y nadie debe saber que usted ha venido con otros
propósitos que los de pescar tiburones… Es peligroso acercarse al hombre negro,
pero usted está dispuesto a intentarlo… Quiere hacerlo. Quiere matarlo, para vengar
al otro inglés e impedir que muchos negros antillanos se alcen en armas… ¿Cierto,
señor Chevreux?
—¿Quién es usted? —susurró este.
—Una divorciada de un rico norteamericano.
—¿Y qué hace en esta isla?
—Estudiar su oráculo —sonrió Baby—. Todavía quedan más cosas. Sobre todo,
una clarísima… Sí… Su oráculo indica que debe usted desistir, por el momento, de
cualquier aproximación al hombre negro. Si quiere hacerlo, que sea con más
fuerzas… Veo aquí unas letras y un número… Oh, sí: MI5… ¿No es esta la sigla del
Ministerio de Inteligencia británico, Sección Cinco?
—Creo que sí —sonrió secamente Chevreux—. ¿Y…?
—Las personas que hay allí son amigas de usted. Pida ayuda o desista…
El camarero llegó con el café, lo sirvió y se retiró. Chevreux ofreció un cigarrillo
a Brigitte y encendió otro para él.
—¿Qué dice el oráculo sobre usted misma? —preguntó.
—Oh… No, no… No es mi oráculo, sino el suyo, señor… Chevreux. Este sonrió,
recogió las cerillas, las agitó en una mano y las dejó caer sobre el mantel.
—Bueno… También su oráculo es interesante, señorita Lapaix. Parece que su
nombre no es exactamente ese, y yo diría que su estancia en Antillanie obedece a
motivos… terribles.
—¿Matar a un hombre? —sonrió Baby.
—Sí… ¡Sí, exactamente! Mmm… Veo aquí a un señor obeso, con lentes, que está
sentado en un despacho… En París, quizá. Y dos palabras, que no consigo entender
muy bien…
—¿Deuxième Bureau? —sugirió la sonriente espía.

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—Exacto… Por cierto, ¿no es ese el Departamento francés de espionaje y
contraespionaje?
—Sí, sí, desde luego… ¡Oh, es fantástico esto de los oráculos, ¿no le parece?!
—Fascinante… ¿Qué es exactamente lo que usted quiere decirme, señorita
Lapaix?
—¿Yo? Nada… Solo hemos jugado al vudú, señor Chevreux. Se nos va a enfriar
el café.
Chevreux bebió un sorbo, y musitó:
—¿Me está… sugiriendo que desista de mi trabajo?
—Sería una buena idea.
—¿Y usted? ¿Qué haría usted?
—No sé. ¿Qué me aconseja?
—Digamos que su seguridad personal es tan valiosa como la mía. Por otra parte,
no he visto muerto a ningún hombre del Deuxième Bureau, y sí a uno del MI5.
—Entiendo… Pero cuando en un trabajo como el suyo interviene la venganza, los
resultados pueden ser muy… desfavorables. Y puesto que lo que se busca son
resultados favorables, sería mejor que el trabajo lo hiciese quien actúa fríamente, sin
deseos de venganza. ¿Entiende?
—Entiendo.
—¿Y bien?
—Creo que me quedaré en la isla.
Brigitte acabó su café y movió pesarosamente la cabeza.
—Iba a proponerle que diésemos juntos un paseo, señor Chevreux. Pero temo que
usted me complicaría la vida. Seguiré… paseando sola por la isla, esperando una
infalible ocasión. La precipitación es mala… Ha sido un placer, señor Chevreux.
Se puso en pie, y Chevreux la imitó rápidamente, musitando:
—El placer ha sido mío… ¿Volveremos a vernos, para jugar al vudú de nuevo?
—Por mí no hay inconveniente; pero temo que usted no podrá asistir a la próxima
sesión.
—Haré lo posible —sonrió el falso francés.
—Oh, claro, eso es natural… Creo que voy a dormir una larga y reparadora siesta.
Yo no tengo prisa por nada. Adiós, señor Chevreux.
—Adiós…

Poco después de las cinco de la tarde, Teófilo Paván regresó de Fort-de-France,


Martinica, cargado de paquetes, sonriendo y comentando con sus conocidos del
embarcadero que aquel fácil y divertido trabajo le había reportado nada menos que
cincuenta dólares yanquis. Y se dirigió alegremente hacia el hotel, seguido por
miradas envidiosas y hoscas.

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Tras llamar a la puerta de la suite de Brigitte, se dedicó a silbar, perfecto en su
papel alegre. Y entró sin dejar de silbar, pero de otro modo ahora, al ver la brevísima
indumentaria de la espía, que bostezaba graciosamente.
—¿Todo bien, Teófilo?
—Sí… Sí, todo bien… Vaya, usted no debería provocarme de este modo…
—No diga tonterías. Somos espías trabajando, ¿no es cierto? A ver qué me ha
traído.
Sin hacer el menor caso a los vestidos, blusas y jerseys, la espía dedicó toda su
atención al material que Teófilo sacó de entre los pliegues de uno de los vestidos: una
radio de bolsillo, dos micrófonos, un receptor grabador para esos micrófonos…
Brigitte tomó la radio y la accionó.
—¿Simón? —susurró.
—Cerca de Antillanie, pescando. Ya tengo…
—Déjese de tonterías.
—Me habían dicho que era usted simpática. ¿Cómo va el vudú?
—Bien… —sonrió Brigitte—. Olvidé que soy simpática… ¿Cómo va la pesca?
—Excelente. Ya tengo dos barracudas de espanto. Son bichos no poco peligrosos,
no crea. Y ya que hablamos de peligros, le diré que opino que usted se está
complicando la vida. Las órdenes fueron…
—Yo doy las órdenes, siempre, sobre la marcha.
—Bueno… Ya me lo advirtieron, de manera que no estoy demasiado sorprendido.
¿Qué tiene que decirme?
—Siga pescando, pero cerca de la costa de Antillanie cara a la Martinica. Hay un
trozo de playa rocosa por ahí. Si lo llamo por la radio, desembarque cerca de esa
playa, entre ella y el pueblo. ¿Qué armas tenemos?
—Diversas. Pero para hundir una lancha tengo un lanzagranadas tipo WF-107.
¿Vale?
—Es perfecto. Bien, Simón, esté atento a mi posible llamada.
—Okay. ¿No puede decirme algo del asunto…? Quiero decir del nuevo giro que
han dado las cosas.
—No estoy segura todavía. Hasta la vista.
Cortó la comunicación y se volvió hacia Teófilo.
—¿Usted también tiene radio?
—Escondida, con las armas…
—Llévela siempre encima. Y también esto —le entregó un micrófono—. Quiero
que, apenas oscurezca, se dedique a pasear, bien escondido, por la playa rocosa que
he mencionado a Simón.
—Eso está cerca de Mabanga…
—Lo sé. Y haga el favor de dejarse de tonterías. Le digo que ha de estar en ese
lugar, y usted estará allá. ¿Está bien claro?
—Bien claro —refunfuñó Teófilo.

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—Okay —sonrió Brigitte—. Ya puede marcharse. Y alegre esa cara, hombre. No
olvide que acaba de recibir cincuenta dólares de propina.
Teófilo Paván enseñó los dientes, de mala gana.
—¿Está bien así? —gruñó.
—No, no… Hay que sonreír con más espontaneidad, con más alegría… Así, ¿ve?
Igual que yo… ¿Se da cuenta? Como un angelito feliz.
—¿Usted se da cuenta de que sus decisiones personales pueden costarnos la vida
a los tres que intervenimos en esto?
—Desde luego, Teófilo. Pero sonría, hombre, sonría…

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Capítulo VI

Mabanga estaba sentada en el suelo, fumando uno de sus fuertes cigarros hechos
directamente a mano. Fue la primera en verla. Alzó una gorda mano, señalando, y se
puso en pie, dificultosamente, estremecidas sus abundantes carnes.
—Ya te dije que la verías varias veces, y que serías feliz por ello —musitó.
Nando Zafra ni siquiera se dio cuenta de que la negra se marchaba. Sus ojos
estaban fijos en Brigitte Lapaix, que una vez más llegaba a la casa de Mabanga, con
la libertad que le confería las órdenes que Zafra había dado a sus amigos.
Se quedó delante del pescador, mirándolo fijamente, intensamente.
—Otra vez he vuelto —susurró.
Él movió afirmativamente la cabeza.
—¿Por qué has vuelto?
—No lo sé bien, Nando. ¿No estás contento por ello?
—Yo, sí… Yo quisiera tenerte siempre ante mis ojos.
—Creo… creo que lo mismo me pasa a mí. ¿Adónde ha ido Mabanga? ¿Al
interior de la casa?
—No. Ella se ha ido a pasear, o a ver sus gallos…
—¿Blancos? —sonrió crispadamente la espía.
—Tiene gallos blancos, sí. Pero ella no te envió aquel… Ni te desea mal alguno.
Insiste en que has matado muchas veces, pero no ve maldad en ti, y asegura que no
me matarás a mí. ¿Querías matarme?
—Sí.
—¿Ya no?
Brigitte miró hacia la casa.
—¿No hay nadie dentro? —preguntó.
—No.
—Entonces, vamos —sonrió dulcemente—. Y te demostraré que lo que deseo es
todo lo contrario de matarte… ¿No quieres?
Nando Zafra se puso en pie.

Estaban los dos sentados en el borde del jergón.


Nando fumaba un cigarrillo de los de Brigitte, igual que ella. Afuera se veía el
tono rojo del crepúsculo.
—El paseo de Mabanga es muy largo —sonrió la espía.
—Ella sabía que no tenía que venir.
—¿Lo adivinó? —preguntó Brigitte, burlonamente.
—Mabanga lo sabe todo.

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—Oh, vamos, Nando… De verdad que además de bueno y noble eres un poco
tonto. Cualquiera puede engañarte, sin que tú te des cuenta.
Él la miró, risueño.
—¿Tú te darías cuenta de que te estaban engañando?
—Claro. Por ejemplo, sé que el doctor Demare es un embustero. Y no es persona
buena, Nando.
—¿Por qué dices eso? ¿Por qué es embustero?
—Yo le pregunté si él te había quitado el arpón de la pierna, y dijo que sí. Por
tanto, mentía. Sabemos todos muy bien que la herida de tu pierna es de bala… ¿Por
qué me mintió el doctor, Nando?
—No lo sé.
Brigitte volvió a sonreír. Estuvo mirando unos segundos al negro, y, por fin, lo
besó lenta, largamente, en los labios.
—Sí lo sabes —musitó luego—. Y vas a decírmelo. A mí vas a decírmelo.
Alfonse Demare es, ciertamente, un médico. Pero no está aquí para descansar, sino
por algún motivo relacionado contigo, con armas, con luchas… ¿No es cierto,
Nando?
—No, no…
—¡No sabes mentir! —rio Brigitte—. Eres guapo, alto, fuerte, amable, bueno…,
y por eso todos te quieren. Precisamente por eso, Nando. No porque los lleves a una
estúpida pelea en la que no conseguirían nada. Si acaso, solo la muerte. ¿Cuántos de
tus amigos han muerto ya?
—Todos tenemos que morir, un día u otro —murmuró Nando.
—Es cierto. Pero no hay por qué morir cuarenta o treinta años antes, y menos por
una causa que no es buena.
—Las Antillas Libres…
—Nando: mi nombre verdadero es Brigitte Montfort, y soy una agente secreto.
Trabajo para la CIA norteamericana, con el nombre de Baby. Todos los espías del
mundo han oído hablar de mí, y saben que jamás fallo. Jamás. Y ahora, escucha esto:
me enviaron a matarte.
—¿Por qué?
—Porque al único hombre que los antillanos seguirían eres tú. Un hombre de su
raza, de su color, un pescador tan bueno que todos lo quieren. Y, sin embargo, varios
de tus amigos han muerto… inútilmente.
—Inútilmente, no.
—¿No? ¿Qué es lo que Alfonse Demare te ha ofrecido a cambio de esas vidas, o
de la tuya propia?
—Él me aseguró que cuando…
Se detuvo en seco y se quedó mirando hoscamente a Baby, que sonreía
dulcemente.

[Link] - Página 50
—¿Te das cuenta? Puedo conseguir que me lo digas todo tan solo engañándote,
tendiéndote pequeñas trampas de conversación. Pero no quiero hacer eso contigo.
Quiero que tú me lo digas todo.
—¿Por eso has…?
—Por eso, y por otras cosas… de índole personal —musitó la espía—. ¿Quién es
Alfonse Demare, Nando?
—No sé. Pero él es quien me da las órdenes.
—¿Y quién más?
—Nadie más. Solo él.
—Está bien. ¿Y las armas? ¿Quién os proporciona las armas?
—No lo sé. Él se encarga de eso.
—Bien… ¿Quiénes eran los dos barbudos que estuvieron esta mañana aquí,
discutiendo contigo en español?
—¿Los viste? —exclamó Nando.
—Yo lo veo todo, amor. Lo de fuera y lo de dentro de las personas. Por eso,
todavía estás vivo.
—No has podido matarme, eso es todo.
Brigitte soltó una suave carcajada amable.
—¡Por el amor de Dios…! —exclamó—. ¡He podido matarte mil veces, a partir
del momento en que tus amigos ya no me prohibieron el paso! He podido hacerlo mil
veces, de mil maneras diferentes. Y en cambio…, en lugar de matarte…
—¿Qué es lo que quieres exactamente?
—La paz en el mundo. Hay sitios en los que no puedo hacer nada, y me resigno,
no sin tristeza. Aquí, podría haberte matado ya, y los antillanos volverían a su vida
tranquila y perezosa, sin esas falsas y contraproducentes esperanzas de las Antillas
Libres. ¿Por qué luchar por algo que ya tenéis? Sois libres y felices. ¿Os han ofrecido
la independencia? Mentira. Puede que os independizaseis de unos, para depender de
otros. El doctor Demare, y quienes lo respaldan, no quieren vuestra independencia, ni
vuestro progreso. Solo quieren ser ellos los que manden en lo que se llamaría Antillas
Libres, y os inculcarían sus ideas políticas, religiosas, económicas… Solo eso,
Nando.
—No… No es cierto.
—¿Eso crees? Bien: ¿tú sabes lo que está pasando en otras partes?
—Es distinto…
—Distinto… ¿en qué? Siempre son guerrilleros que quieren quitar a los que
mandan para ponerse ellos en el poder. ¿Para qué? ¿Para bien del pueblo… o para
bien de ellos mismos? El pueblo siempre pierde, cuando hay guerra. El político
inteligente y bueno es el que lo consigue todo sin guerras, sin muertes. Ese sí quiere a
su pueblo, evitando que vayan a la muerte. El que manda hombres a la muerte cuando
puede evitarse, no interesa. Dime, ¿eran emisarios de Demare los dos hombres
barbudos que estuvieron aquí esta mañana?

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—Tú… tú sabes… hablar muy bien, pero…
—¿Eran sus enviados?
—Sí…
—¿Qué querían?
—Instrucciones.
—¿Respecto a qué?
—Querían saber cuándo debían… debían…
—Sigue… ¡Sigue!
—Querían saber cuándo debían desembarcar las armas. Yo les dije que fueran a
hablar con el doctor, hacia el pueblo, pero ellos dijeron que eso no convenía. Al final,
dijeron que ya se pondrían en contacto con él.
—¿Por qué medio?
—No lo sé.
—¿Esas armas… vienen ya?
—Sí.
—¿Muchas?
—Para más de mil hombres.
—¡Mil hombres…! ¿Estás loco? ¿Cuándo llegarán esas armas?
—¡No lo sé!
—Pero ¿las traerán a esta isla?
—Sí. Aquí… aquí las traerán todas y las iremos… llevando a otros lugares.
—Entiendo… Antillanie está destinada a ser el… arsenal de… las Antillas Libres.
Por eso, Demare vino a esta isla. Y por eso te trajo aquí, con Mabanga… Quiere estar
al corriente de todo, no perder ni una sola rienda de su caballo de guerra… Te diré
otra cosa, ahora: el doctor Demare no hace eso por las Antillas Libres, Nando.
—¿No? ¿Por qué lo hace, entonces?
—Por lucro personal, por provecho propio. Puedo apostarte mi vida a que
Alfonse Demare está obedeciendo órdenes y ayuda de otras personas, igual que los
guerrilleros de otros países. Y a cambio no le entregarán unas Antillas Libres, sino
dinero para él. Solo eso. Lo han escogido después de estüdiarlo: ambicioso, harto de
este clima, de atender a negros pobres, de vivir mediocremente… Le han ofrecido
dinero, él lo cobrará, y se irá a París, o a otro sitio parecido.
—No… No es posible…
—Espero poder demostrártelo. Si aceptas mis…
Brigitte calló bruscamente, porque hasta allí llegó claramente el estampido de un
rifle. Luego, casi enseguida, otro. Y otros dos más… Luego, de nuevo el silencio,
apenas roto por los ahogados estampidos de las armas. Nando había querido ponerse
en pie, pero Brigitte le sujetó por un brazo, sonriendo tristemente.
—Pronto te lo traerán No te muevas aún.
—¿A quién traerán?

[Link] - Página 52
—A un loco. A un hombre que dice ser francés y llamarse Joseph Chevreux…
Pero es inglés, compañero del hombre que matasteis en la playa.
—Yo ni siquiera disparé… No he disparado nunca…
—Él no lo sabe. Y, como yo, recibió la orden de asesinarte…, la cual estaba
dispuesto a cumplir con mucho gusto, fuese como fuese. Vamos al velador.
Cuando llegaron, Mabanga ya estaba allí, asustada la expresión, mirando hacia la
maleza. Tras ella, dos de sus hijos, con sendos enormes machetes de cortar caña en
las manos. Brigitte no hizo el menor comentario. Ayudó a Zafra a sentarse, y esperó.
Todos esperaron en silencio, un tanto inquietos, quizá porque las sombras de la noche
se acercaban rápidamente.
Ni siquiera tardaron un minuto en oír el ruido en la maleza. Enseguida,
aparecieron dos de los negros amigos de Zafra. Detrás, Joseph Chevreux, herido en
un hombro. Y detrás de él tres negros, uno de ellos con la cara llena de sangre, que
brotaba del rasponazo de una bala junto a la sien derecha.
—Nando —dijo uno—, él quería matarte. Estaba cerca de la casa, buscando un
sitio para disparar. Este es su rifle.
—¡Matadlo! —chilló Mabanga—. ¡Matadlo, matadlo!
—No —dijo Nando—. Dadme su rifle.
Brigitte se lo quedó mirando, con cierta expresión de incredulidad. Pero Nando
Zafra, sonriendo, se limitó a examinar el rifle: mira telescópica con luz negra, largo
alcance, precisión máxima, desmontable…
—Encerradlo en el corral —ordenó.
—¿No vas a matarlo? —gritó Mabanga.
—No, Mabanga. No por ahora, al menos.
—Pero ¡él quería matarte a ti!
—Lo sé —señaló a Brigitte—. Y ella también lo sabía. Por eso me llevó al
dormitorio. Sabía que este hombre conseguiría llegar cerca de mí. Y si yo hubiese
estado aquí, él habría tenido tiempo y oportunidad de matarme. Sí… Lo habría
conseguido. Eso quiere decir que le debo la vida a ella, Mabanga.
—¡Pero no a él!
—Encerradlo en el corral. Ya pensaré algo.
Mabanga se quedó refunfuñando furiosamente, y Brigitte se acercó al herido
Chevreux, que la miró inexpresivamente. Ni siquiera había en su rostro un gesto de
dolor, pese a la herida del hombro.
—Tómeselo con calma —susurró Brigitte, en ruso—. Procuraré hacer algo por
usted.
—¿No me recuerda que ya me lo advirtió? —gruñó Chevreux.
—No. Soy demasiado inteligente para esas tonterías. Lo que interesa ahora es
sacarlo de esto. Confíe en mí.
—Está bien… Gracias.

[Link] - Página 53
Dos negros se llevaron a Chevreux, y cuando Brigitte se volvió, su mirada pareció
chocar con la de Nando Zafra.
—¿Qué le decías?
—Que procuraría ayudarle a escapar. A menos que tú des orden de que lo dejen
libre, Nando.
—No daré esa orden. Tengo que pensar.
—Está bien… ¿Puedo marcharme yo, o también quedo prisionera en el corral?
—¿Adónde vas?
—A ver al doctor Demare, para pedirle que venga a atender la herida del inglés, y
la de tu amigo. ¿Puedo pedirte una sola cosa, Nando?
—Quien da, tiene derecho a pedir… ¿Qué pides?
—No menciones nuestra conversación al doctor.
—Está bien… ¿Cuándo volverás?
—No sé… Pero pronto, desde luego. Y no temas nada de mí.
Zafra movió negativamente la cabeza.
—No temo nada de ti. Y por lo que dijiste, ninguno de mis amigos tiene tampoco
nada que temer. Solo espero que me demuestres, a tu manera, que tus palabras
contenían únicamente la verdad.
Brigitte asintió con la cabeza.
—Hasta luego, Nando.

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Capítulo VII

El doctor Demare no estaba en su casa, pero llegó apenas cinco minutos más tarde.
Alzó las cejas, con expresión de grata sorpresa, al ver a Brigitte sentada en el porche.
—Señorita Lapaix… Precisamente vengo del pueblo, de buscarla a usted. Quería
invitarla… No olvide que me debe una consulta.
—Cierto —sonrió Brigitte—. He estado en casa de Mabanga, a ver a Nando. Y de
allí vengo. Georges me ha autorizado para esperarle en el porche, y…
—Sobran explicaciones. —Demare se sentó frente a la espía, sonriendo
amablemente—. ¿Todo va bien por allí?
—Pues no… Precisamente por eso le estaba esperando. Parece ser que alguien ha
querido disparar contra la casa de Mabanga… Contra Nando, se supone. Un hombre
blanco, que ha sido herido y ahora está encerrado en el corral.
—¡En el corral! ¡Qué salvajes…!
Brigitte apenas pudo contener una dura sonrisa irónica.
—He pensado que usted sería más humanitario, y que… Bien, parece que todos
estamos dispuestos a fastidiarle sus vacaciones, doctor.
—Así es —refunfuñó Demare—. Pero no puedo negarme a ir. ¿Va a venir
conmigo, señorita Lapaix?
—Si realmente me necesita…
—No, no… Lo decía solamente porque me ha parecido que usted lo quería así.
—Ah, no… Creo que regresaré al pueblo. Yo soy una de esas personas que se
marea viendo sangre.
Demare sonrió cortésmente.
—A propósito: ¿cómo va su herida de rama?
—Muy bien. Usted tiene unas manos milagrosas, doctor. Ya nos veremos mañana,
quizá… Eso, si no me he marchado.
—¿Sin pagarme la consulta? —sonrió Demare.
—No olvidaré eso. Hasta la vista. Por favor, doctor, no olvide a ese hombre…
—Salgo inmediatamente para allá. ¿Quiere que antes la lleve al pueblo en el
coche?
—No, no… Ya le dije ayer que la distancia es un paseo. Adiós.
—Adiós…
Alfonse Demare quedó en el porche, viendo alejarse a la espía. Georges vino con
el maletín, y también se quedó mirando a Brigitte.
—Esa mujer… —musitó Demare— es demasiado lista y audaz. Parece como si
no temiera nada. Quizás hemos debido aprovechar la ocasión y matarla ahora mismo,
Georges.
—Ella mató a Fernand. Es muy peligrosa.

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—Quizá no fue ella… Seguramente, alguien la está ayudando… No es posible
que esa chica pudiera vencer a Fernand.
—A lo mejor, quien la está ayudando es ese hombre herido.
—Es posible… Me enteraré de eso. Pero, de todos modos, la sentencia de muerte
está dictada contra la señorita Lapaix.
—¿Lo ha conseguido usted?
—Sí… La coloqué en su maleta. Ya no nos molestará más. Será… una víctima
del vudú de Mabanga. Tuve la gran idea al escoger esta isla, donde hay una
hechicera. Así, si alguien muere en circunstancias extrañas, solo cabrá una
explicación: víctima del vudú. Y todos los curiosos o espías, «brujerías», nadie me
molestará a mí, ya que saben que detesto el vudú. Vigila bien, Georges.
—Sí, doctor.
—Y si viniese alguno de ellos, dile que ya estoy en la playa. Iré allá desde la casa
de Mabanga.
Alfonse Demare se alejó, y Georges quedó solo. Se dedicó a ordenar algunas
cosas en la casa, tan absorto en sus pensamientos, que todavía tardó más de un
minuto en darse cuenta de que estaba oyendo un tam-tam lento, apagado…
—Muerte —musitó Georges, estremeciéndose—. El vudú de Mabanga está
llamando a muerte… No será a mí a quien alcance.
En el bochorno de la noche caían algunas gruesas gotas. La estación de las lluvias
tocaba a su fin, pero aún quedaba suficiente agua en el cielo para inundar Antillanie.
Entre eso y el vudú de Mabanga, el impresionado Georges decidió cerrar todas las
ventanas, aunque se ahogase de calor dentro de la casa. Se aseguró de que las de los
dormitorios quedaban bien cerradas. Luego, cerró la gran puerta-ventana del porche,
y una de la sala central. Estaba a punto de cerrar la otra, satisfecho porque las gotas
habían dejado de caer, cuando oyó un ruido afuera. Como una piedra, un rumor…
Sacó la cabeza, mirando hacia la derecha, con ojos muy abiertos, indeciso,
temeroso…
Pero el ataque le vino por la izquierda. Y no tenía nada que ver con el vudú. Fue
solamente una mano pequeña, muy bella, muy tostada por el sol, que golpeó de canto
en un lado del cuello; un golpe seco, corto, que le privó instantáneamente del
conocimiento, dejándolo tendido de bruces en el alféizar, medio cuerpo fuera y medio
dentro de la casa.
La inconfundible silueta de Baby se recortó en la noche, al despegarse de la
pared. Alzó la cabeza del negro, para asegurarse de su desvanecimiento.
—Cada uno tiene su vudú, querido Georges.
Entró en la casa, desechando inmediatamente la sala. Tampoco dedicó la menor
atención a la pequeña cocina. Ni al dormitorio que, evidentemente, era de Georges.
Todo su tiempo, toda su atención, la centró, de buenas a primeras, en el dormitorio de
Alfonse Demare.
—Tiene que estar aquí —musitó.

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Registró el pequeño dormitorio, miró debajo de la cama, se aseguró de que las
paredes tenían el grueso que se veía en el marco… Finalmente, empezó a caminar a
pasitos cortos, pisando con fuerza, haciendo sonar el tacón de sus zapatos sobre el
piso de tierra prensada…, hasta que oyó el golpe hueco.
Retiró la alfombra de paja, y se quedó mirando la trampilla cuadrada, de tablas.
La alzó, sin vacilaciones, y notó inmediatamente el olor a tierra húmeda. Aquel
sótano debía de ser muy reciente. O sea, desde que Alfonse Demare decidió instalar
su base en Antillanie, y compró aquella cabaña, o la hizo construir… Abajo, la
oscuridad era total, de modo que la espía recurrió a las cerillas que encontró sobre la
mesita de noche del dormitorio. Nunca más, se prometió, iría a ninguna parte sin su
equipo.
Descendió unos cuantos escalones de madera, y encendió una cerilla. Enseguida,
vio la radio-emisora, colocada en un rincón del pequeño recinto húmedo. También
vio el interruptor, conectado a la línea eléctrica que bajaba, forrada de plástico
aislante, por la pared, cerca de la emisora. Fue allá, apretó el interruptor, y una
bombilla diminuta se encendió sobre la radio, dando una luz roja, tenue, que proyectó
su sombra, agigantada, en la pared de enfrente.
—Muy bien… Naturalmente, doctor. Usted tenía que disponer de una radio, para
recibir órdenes e informar de los… adelantos guerrilleros.
No tocó la radio. Se volvió, mirando el resto del pequeño sótano, pero no había
nada más. Excepto un cajón de madera, no muy grande, sobre el cual se veían
pequeños bultos… Se acercó allí, encendiendo otra cerilla, porque ella misma tapaba
la ya escasa luz de la bombilla roja. Y retrocedió un paso, instintivamente,
sobresaltada. Lo que había allí eran pequeñas figuras hechas de arcilla… Pero arcilla
mezclada con algo, que le proporcionaba consistencia mayor y flexibilidad. Había
cinco o seis figurillas, todas ellas de mujer… El cuerpo era idéntico al del muñeco
que Teófilo había visto sobre su almohada, en el hotel. La cara quería ser la de ella,
según parecía, pero el parecido era bastante inexacto. Muy inexacto, en realidad.
Entonces, para que el vudú tuviese realismo, bastaba matar a la víctima igual que a
los muñecos: destrozando su cabeza a golpes.
De este modo, nadie se percataría de que el parecido entre el muñeco y la víctima
no existía. En cambio, si se encontraba un muñeco con el rostro desfigurado, y a ella
muerta con la cabeza destrozada, la intervención del vudú sería creída por muchos.
Nadie pensaría que aquella muerte por desfiguración era para ocultar que quien hacía
los muñecos no sabía esculpir bien, no tenía «magia».
La espía se estremeció. Verdaderamente, el doctor Alfonse Demare no era de las
personas que vacilaban ante nada. Había sido bien elegido por sus jefes, por quienes
habían montado aquella rebelión en las Antillas, desde otra isla más grande y lejana,
igual que habían hecho en Venezuela, en Guatemala…
Salió del sótano sin haber tocado nada. Georges continuaba en el mismo sitio,
desvanecido. Vaciló un instante entre matarlo o no, pero le pareció demasiada

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frialdad y crueldad. A fin de cuentas, nada de lo que dijera o hiciese el negro podría
ya detener a la agente Baby.
Se alejó un centenar de yardas de la casa, y de entre unas matas recogió el estuche
de piel que contenía el receptor grabador, y el micrófono y la radio.
Cargada con todo ello, se dirigió, una vez más, a la casa de la bruja Mabanga.
Decididamente, ya nadie podría detener a la agente Baby.

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Capítulo VIII

No era Mabanga quien tocaba los tambores que había estado oyendo todo el tiempo,
sino uno de sus hijos, que permanecía acuclillado en un rincón del velador, como
hipnotizado, como en trance. Mabanga estaba frente a él, sentada, con las piernas
cruzadas, y tenía algo en las manos.
Nando Zafra no se asombró ni se inmutó al verla. Al fin y al cabo, Mabanga le
había asegurado que la vería varias veces, y que sería feliz por ello. Y, hasta el
momento, Mabanga no se había equivocado en nada absolutamente.
—Él se ha ido —dijo, simplemente.
—¿Ha curado al inglés?
—Sí. Muy aprisa. Luego, se fue.
—Hacia la playa, claro. ¿Llegan esta noche las armas?
Nando Zafra desvió la mirada y no contestó. Brigitte no insistió, porque estaba
comprendiendo muy bien las vacilaciones del pescador antillano. De un lado, las
promesas recibidas. De otro, la verdad que ella le había descubierto. ¿Qué debía
hacer…?
—Voy a ver al inglés. No. No lo dejaré en libertad, Nando.
—Está bien. Hay una linterna colgada en la puerta del corral. Puedes usarla.
—Gracias —sonrió la espía.
Se inclinó, besó los labios de Zafra, breve, dulcemente, y volvió a sonreír al notar
el estremecimiento del antillano.
—No vaciles más —musitó—. Yo soy quien te quiere bien, Nando. A ti, a los
tuyos, a todos los que son como tú. Hasta ahora.
Pasó junto a Mabanga, que no le hizo el menor caso, pero solo en apariencia, ya
que al pasar ella se encogió, ocultando lo que tenía en las manos.
El corral estaba como a sesenta yardas de la casa. No se oía nada dentro, pero
salía de allí un desagradable olor de animales sucios y de excrementos. Cogió la
linterna, la encendió y entró, buscando con la luz al falso Joseph Chevreux. Vio
algunos cerdos, separados por una tapia baja de madera. Había dos cabras también. Y
gallos y gallinas, de todos los colores, que abrieron los ojos y quedaron como
atontados al recibir en ellos la luz de la linterna.
—Chevreux.
No recibió respuesta, pero oyó un rumor al fondo del corral. Fue allá, y vio al
británico tendido sobre un montón de paja sucia y húmeda. El hombre del MI5 la
miraba fijamente, y en silencio. Estaba muy pálido, desnudo cl torso y vendado el
hombro herido.
—¿Cómo se siente? ¿Lo atendió el doctor?
—Muy… muy mal…

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—Se llama Alfonse Demare, y a él sí que tendremos que matarlo, sin
vacilaciones. Es un traidor, un vendido. Está recibiendo instrucciones y armas de la
Escuela de Guerrilleros de un país vecino. Nando Zafra no es más que un pobre
muchacho un poco culto, no demasiado inteligente, pero muy querido en todas partes.
Tienen a sueldo a Demare, y este, a su vez, está explotando la popularidad y la
candidez de Nando Zafra… ¿Lo entiende?
—Sí…
—Bien. No sé si volveremos a vernos, Chevreux. Pero el que escape de los dos,
tendrá que notificar esto al MI5 y a la CIA. ¿Me da su palabra?
—¿La CIA? Pero yo creí que…
—Ya sé. Pero no trabajo para el Deuxième Bureau, sino para la CIA. Soy
norteamericana.
—Bien… Creo que no soy demasiado listo, ¿verdad?
—No —rio quedamente Brigitte—. No demasiado. Pero todos hacemos el tonto
alguna vez. Hasta luego.
—¿Adónde va?
—Creo que voy a meter baza en un desembarco de armas. Si va a pedirme que le
lleve conmigo, pierde el tiempo. Todo lo que puedo hacer es pedirle a Nando que lo
deje libre cuando todo haya terminado. Buena suerte, inglés.
—Lo mismo digo, yanqui.
Brigitte salió del corral, sonriendo. Dejó la linterna en su sitio, y frunció el ceño
al darse cuenta de que los tambores seguían sonando en un progresivo pero lentísimo
aumento de tono. Cuando llegó de nuevo al velador, Mabanga se había levantado, y
caminaba de un lado a otro como queriendo matar y musitando extrañas palabras.
Junto a su hijo que tocaba los tambores, había tres más, inmóviles, fijos sus ojos en
su gordísima madre.
La espía se sentó junto a Nando.
—¿Qué está haciendo Mabanga?
—Está matando al inglés, por medio del vudú. Le ha hecho un fetiche.
—Oh, muy bien, muy bien… Escúchame atentamente, Nando: yo voy a ir a la
playa, para…
—¿No te importa que muera el inglés?
—Preferiría que no muriese, pero no me preocupa el vudú, como amenaza de
muerte. ¿Por qué no le pides a Mabanga que se esté quieta y callada? Tenemos que
hablar de cosas muy serias, Nando.
—El vudú es muy serio. El inglés morirá. Ya nadie podrá impedirlo… ¡Mira!
Brigitte se volvió hacia Mabanga, un poco fastidiada. La negra se acercaba a
ellos, agitándose, estremeciéndose. En una mano llevaba un muñeco, que colocó de
pronto ante los ojos de Brigitte, a plena luz de la casa. Y la espía lanzó una
exclamación al ver el rostro de Chevreux. Idéntico, perfecto, exacto sin ninguna

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duda. En la otra mano, Mabanga llevaba una pequeña estaca de bambú, que cernía
sobre el pecho del fetiche de barro, sin dejar de murmurar.
—Escucha, Mabanga, la…
Mabanga dio un grito, de pronto, y los tambores enmudecieron simultáneamente.
La hechicera bajó la mano que sujetaba la estaquita de bambú, que se hundió
profundamente en el pecho de la figura de barro de Joseph Chevreux.
E inmediatamente, en el brusco silencio de la noche, se oyó un grito agudo,
fortísimo, de espanto y agonía. Brigitte se puso en pie de un salto, palidísima, y
durante un par de segundos pareció no saber qué hacer. De pronto, y mientras el hijo
de Mabanga reanudaba el toque de tambores, muy débilmente, la espía echó a correr
hacia el corral. Cogió la linterna, entró, y dirigió la luz hacia el rincón.
—¡Chevreux, Chev…!
La voz se quebró en la garganta de la espía internacional. Desde luego, Joseph
Chevreux, o como quiera que se hubiera llamado en realidad, no se había marchado.
Estaba allí, con los ojos muy abiertos, mirando hacia el techo del corral, hecho de
palmas, como si pudiera ver algo, como si hubiera visto algo extraordinario. Pero,
fuere lo que fuere, Chevreux ya no lo diría jamás. Estaba clavado al suelo de tierra, a
la paja con olor a húmedo y excrementos, por medio de una larga caña de bambú, que
se hundía profundamente en su pecho, convertida en una lanza mortal. No quedaba el
más mínimo aliento de vida en el cuerpo del espía británico.
Brigitte se había arrodillado sin siquiera darse cuenta de ello, y se levantó del
mismo modo. La luz había hecho destacar el lugar de penetración de la lanza de
bambú, la mancha de sangre que se extendía por el pecho.
¿Vudú? ¿O superchería?
No sin cierta aprensión, Brigitte arrancó la caña de bambú del pecho de
Chevreux, y con el extremo manchado de sangre pinchó el techo de palmas. Algunas
de ellas se alzaron casi dos pies, empujadas por la larga caña, dejando ver el cielo
nuboso, con rayos de luna diseminados.
Desalentada, la espía dejó caer la caña y salió del corral. Cuando llegó una vez
más al velador, Nando Zafra estaba inmóvil, como hipnotizado por Mabanga, que se
había arrodillado y se mecía de derecha a izquierda, alzando en alto el muñeco de
Joseph Chevreux, mientras su hijo iba aumentando más y más el tono de los
tambores.
—¡Ya basta! —exclamó Brigitte—. ¡Ya basta!
Los tambores dejaron de sonar. Mabanga y sus tres hijos se quedaron mirando
inexpresivamente a la espía, que se colocó ante ellos, mirándolos fríamente.
—¿Dónde están tus otros hijos, Mabanga?
—Vudú… Vudú…
—¡Nada de vudú! Uno de tus hijos ha sido quien ha clavado una caña de bambú
en el pecho del inglés, desde el techado del corral… Ni vudú, ni nada. Solo asesinato.

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—Venganza… Venganza vudú… El inglés estaba ya maldito por los espíritus…
Los demonios se lo han llevado.
Brigitte perdió, de pronto, las ganas de discutir. Se sentía cansada y decepcionada.
A veces, se preguntaba si algunas personas merecían ser ayudadas de un modo
inteligente. Con toda seguridad, si ella se hubiera presentado a Mabanga diciéndole
que era una bruja aún más poderosa que ella, todo habría ido mejor. Pero no lo había
hecho, y la vieja y gorda hechicera se había vengado del intento de asesinato que hizo
Joseph Chevreux en la persona de su querido Nando. ¿Vudú?
¿Vudú?
—¿Te ha contado Nando lo que hablamos antes, en el dormitorio?
—Sí…
—Bien. Todo lo que yo dije era verdad, Es verdad, Mabanga… Os están
engañando. Tú, tus hijos, vuestros amigos, y sobre todo Nando, estáis sirviendo a una
causa que no favorecerá a los antillanos, sean o no sean negros. No favorecerá la
independencia de vuestras islas, ni vuestro vudú… Tan solo, vendrán aquí hombres
peores que los que hay ahora…
—El vudú no miente. El vudú…
—¡Yo también tengo mi vudú! —se irritó la espía—. ¿Quieres verlo? ¿Quieres
que te lo demuestre?
Mabanga y sus hijos se quedaron mirándola, en silencio, igual que Nando Zafra.
Brigitte abrió el estuche de piel y sacó todo lo que este contenía. Lo primero que hizo
fue accionar la radio de bolsillo.
—¿Simón?
La voz de un hombre, apagada, se oyó, empero, con toda claridad en el velador:
—Adelante, Baby.
—¿Dónde está?
—Cerca de la playa rocosa. Usted tenía razón. No hace ni dos minutos, una gran
lancha ha anclado en la orilla. Estoy viendo a no menos de quince hombres
descargando grandes cajas. Que me parta un rayo si no son armas de varias clases,
municiones, explosivos…
—Simón, atienda: quiero que dentro de cinco minutos esté usted en el lugar que
convinimos. Si no me ve, espere el tiempo que sea necesario, siempre y cuando no se
le presente ningún peligro. ¿Entendido?
—Okay. ¿Qué hago si usted no llega y llegan los otros?
—Solo le deseo buena suerte, Simón.
Hubo una breve pausa antes de oírse otra vez la voz del espía:
—Entiendo. Si puedo, acabaré esto. Qué demonios, Baby, usted tenía razón, así
que cuente conmigo.
—Gracias, Simón… ¿Nos está oyendo, Teófilo?
—Desde luego, Baby —se oyó la voz de otro hombre.

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—Escuche bien… Muy bien, Teófilo, porque si me falla, yo misma lo haré
pedacitos. Olvídese del vudú, de Mabanga y de todas esas cosas, y vaya hacia donde
esos hombres están descargando las armas. Acérquese todo lo que…
—No hable tanto —masculló Paván—: estoy entre unas rocas, a menos de veinte
yardas de esa gente.
—¡Bien! —Aprobó Brigitte—. ¡Espléndido, Teófilo! ¿Tiene el micrófono que le
entregué?
—No sé para qué demonios va a servir, pero lo tengo… ¿Qué hago con él?
—Tírelo cerca de esos hombres… ¿Está viendo a Demare?
—Sí… Está hablando con dos de ellos, pero si me acerco me verán, o me oirán…
No sé de qué están hablando.
—Lo sabremos pronto. Acérquese solo lo suficiente para tirar ese micrófono a
una distancia máxima de cinco yardas del lugar donde están ellos. Luego, escóndase
y espere nuevas instrucciones.
—Usted me está… enviando a la muerte, Baby.
—Bien… Pero no lo olvide, Teófilo: sonría, hombre, sonría…
—Está bien: haré lo que me pide.
—Muchas gracias, Teófilo. Hasta luego.
—Lo dudo… Pero ¡ojalá sea hasta luego!
Brigitte cerró la radio de bolsillo y se la colocó en el escote. Luego, sacó el
receptor grabador de su estuche, colocándolo sobre la mesita de bambú. Mabanga y
sus hijos se habían acercado, murmurando cosas que la espía no entendió, ni le
importó lo más mínimo.
Nando preguntó:
—¿Qué es eso?
—Espera. ¿Quieres oír lo que habla Alfonse Demare y esos dos hombres que ha
mencionado Teófilo?
—Es imposible —exclamó Mabanga—: el viento del vudú no…
—¡Pero qué vudú ni qué…! Escuchad bien. Si Teófilo no falla, espero que
quedéis convencidos de que mi vudú es tan fuerte como el vuestro… Atentos.
Puso en marcha el receptor grabador.

—¿Cuántas cajas quedan? —preguntó Demare, en español.


Uno de sus barbudos interlocutores le contestó en el mismo idioma:
—Un par de docenas. Casi mil rifles, granadas de mano, una docena de
ametralladoras, municiones en abundancia… Como puede ver, Demare, nosotros
estamos cumpliendo nuestra parte.
—Menos la del dinero… —gruñó el médico—. ¿Cuándo tendré mis cien mil
dólares?

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—No corra tanto —dijo el otro barbudo—. El trato fue pagarle cuando todos los
antillanos estuviesen al mando de ese estúpido de Nando Zafra.
—Yo no tengo la culpa de que el agente secreto británico lo hiriera. Por mi
parte…
—Sabemos que lo está haciendo bien. Pero todo tiene que seguir su curso,
compréndalo. Estas armas valen muchos millones de dólares. Tienen que dar un
resultado positivo. En cuanto la rebelión de los antillanos esté en marcha, nosotros
enviaremos a unos cuantos hombres bien preparados para dirigir las guerrillas, y
eliminaremos a Nando Zafra. No nos gustan los idealistas.
—Él no comprende nada de nada —rio ásperamente Demare—: es un pobre
pescador con algo más de inteligencia que los demás, pero no da mucho de sí.
—De todos modos, habrá que matarlo cuando haya puesto en marcha el asunto.
No queremos que en un momento u otro él llegue a comprender que está sirviendo no
los intereses de los antillanos, sino los de otras personas.
—Está bien. ¿Y respecto a mi pasaporte…?
—Unos amigos nuestros de… Europa están acabándolo. Estará listo dentro de
tres o cuatro días. Bajo nuevo nombre, usted podrá circular por el mundo entero, sin
temor alguno.
—Roma… —musitó Demare—. Quiero ir a Roma… ¿Podré?
—Desde luego. Eso es cuenta suya, Demare. Igual que lo es seguir convenciendo
a Nando Zafra de que debe seguir la lucha. También deberá encargarse de distribuir
estas armas entre los antillanos. A la mayor brevedad posible.
—Zafra tiene muchos amigos pescadores. Dentro de un par de días, Antillanie
estará rodeada de pesqueros, que se llevarán las armas para distribuirlas por las
demás islas.
—No olvide que debe empezar por Antigua. Siempre de norte a sur, Demare. Y
esta vez, que no haya fallos.
—Ya le he dicho que fue mala suerte que hirieran a Zafra. De no haber sido así,
les habría pedido antes las armas, por la radio, y todo estaría ya en marcha.
—De acuerdo. ¿Cómo está ese negro?
—Muy bien. En un par de días estará en condiciones de seguir el juego, alentando
a sus amigos.
—Perfecto. Empiecen por Antigua, repito. ¿Ha habido alguna dificultad, o
contrariedad?
—No… No.
—¿No o sí?
—No. Ninguna.
—Estuvimos esta mañana a ver a Zafra, y preguntamos por usted. Él dijo que
fuésemos a verlo a su casa, pero está demasiado cerca del pueblo. Lo habíamos
llamado por radio, pero usted no contestaba…
—La tenía desconectada. Simple precaución.

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—Ah… Eso me gusta. —El barbudo sonrió mostrando unos dientes blanquísimos
—. Su ayuda ha sido muy buena, Demare. La cueva que estamos utilizando como
arsenal está bien escondida. De todos modos, esperamos que saque de ahí esas armas
lo más pronto posible.
—Cuente con ello.
—Ajá. Bueno, parece que queda ya muy poco material por descargar. Vuelva a su
casa, y mañana mismo inicie las gestiones para que todo siga adelante.
—Así lo haré.
Demare estrechó las manos de los dos barbudos y de otros dos sujetos que no lo
eran, pero que, por lo demás, tenían las mismas características de indumentaria que
los primeros.
—En cuanto a Nando Zafra…
—Oh —sonrió Demare—, no se preocupen por él. Yo mismo lo mataré en el
momento oportuno, y con muchísimo gusto. Será… una pequeña satisfacción
personal. Hasta la vista.
—Hasta la vista, Demare…

Brigitte se volvió hacia Nando, cuyo negro rostro parecía ahora de un extraño color
morado. Igual que el de Mabanga. Los tres hijos de esta permanecían impávidos,
porque no entendían español. Pero, indudablemente, Mabanga y Nando sí lo
entendían muy bien, aunque lo hablasen menos que regular.
—¿Y bien? —Sonrió fríamente Baby—. ¿Qué os parece mi vudú?
—Nos han engañado —musitó Mabanga.
—¿Qué otra cosa esperabas, vieja tonta? —se irritó Brigitte—. El doctor Demare
está utilizando tu vudú para hacer cosas que a él le convienen. Además, ya lo habéis
oído, está engañando a Nando, y querrá matarlo él personalmente cuando ya no lo
necesiten. Luego, tendrá pasaporte nuevo y cien mil dólares. Con todo ello, piensa
irse a Roma…, no a París, como yo había pensado. Pero ese es un detalle sin
importancia. ¿Qué dices ahora, Nando?
—¿No habrá Antillas Libres? —tembló la voz de Zafra.
—No… No por ahora. Y menos por medio de Demare y esa gente. Tiempo al
tiempo, Nando. Pero ahora, quizá todavía por diez, o veinte, o treinta años, tendréis
que esperar. Es lo mejor.
—Tú tienes razón, tú no mentiste…
—Nunca miento a mis amigos.
—Yo lo mataré —dijo de pronto Mabanga—. Le haré un muñeco y lo mataré esté
dónde esté…
—Inténtalo —rio Brigitte—. Mientras tanto, yo lo haré todo a mi manera. No
moveros de aquí, no hagáis nada. Si viene Demare, obrad como si nada supieseis,

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pues de otro modo él y esos hombres os matarían a todos. No digáis nada. Atendedlo
como siempre, y esperad.
—¿Y tú? —preguntó Nando.
—Ah… Yo tengo que demostrar una vez más que las cosas no se deben ordenar
como algo indiscutible. Lo menos que merece un espía es que le dejen… jugarse la
vida a su manera. Volveré, Nando.
—Así lo deseo.
Brigitte sonrió, y accionó de nuevo la pequeña radio de bolsillo, mientras se
alejaba hacia la espesura de la jungla.
—¿Teófilo?
—Todavía estoy vivo.
—Enhorabuena. Ahora, vaya a reunirse con Simón y conmigo en el punto
convenido.
—¿Recojo el…?
—¡No diga ya más tonterías! Es solo un juguete electrónico, de modo que no vale
nada. Déjelo donde está y reúnase con Simón y conmigo. Eso es todo.
—A la orden, jefe.
Brigitte sonrió una vez más. Era bueno que un hombre que iba a jugarse la vida
tuviese humor para bromear.
Muy bueno.
Parecía que Teófilo había perdido el miedo al vudú de Mabanga, y se había
acercado a lugares donde antes nunca se atrevió.
Pero ahora ya no se trataba del vudú de Mabanga, sino del suyo, del vudú de la
agente Baby. Y estaba dispuesta a demostrar que era aún más poderoso su vudú que
el de la vieja y gorda hechicera.

La lancha parecía una mancha un poco más clara sobre las negras aguas de la playa.
Brigitte vadeó, aceptó la mano de Simón, y subió a la pequeña embarcación, con un
ágil salto que la dejó sentada en la borda.
—¿La lancha de los otros? —preguntó.
—Hace tres minutos estaba a punto de partir. Parece que se van a quedar dos
hombres en la cueva donde han dejado las armas.
—Primero la lancha —dijo fríamente la espía—. Ya volveremos a por esos dos
desdichados. Vale, Simón.
El espía de la Martinica, afecto a la CIA, puso en marcha la pequeña lancha de
pesca deportiva, mirando de reojo a la fabulosa agente Baby.
—Mmm… Quisiera equivocarme, Baby…, pero entiendo que usted piensa atacar
esa poderosa lancha con este mosquito.
—Los mosquitos, Simón, precisamente por pequeños, pueden triunfar muchas
veces. ¿Oyó hablar de las P. T.?

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Simón soltó un gruñido.
—Sé algo sobre ellas.
—¿Algo? Le explicaré el resto, en pocas palabras: pequeñas lanchas torpederas
que consiguieron hundir no pocos navíos enemigos durante la Segunda Guerra
Mundial. Veloces, pequeñas y por tanto difíciles de acertar con fuego artillero…
—Esto no es una P. T.
—¿No? ¿Dónde tenemos el World Fire 107?
Simón señaló con la barbilla un objeto alargado, enfundado en lona, cerca de sus
pies.
—Que Dios se apiade de nosotros —imploró.
—Amén —sonrió Brigitte—, que quiere decir «así sea». Directos hacia la otra
lancha, Simón. Vamos ver qué tal funciona el vudú de la agente Baby.

—Por allá va —tembló la voz de Teófilo.


—¿Qué hago? —sonó, tensa, la voz de Simón.
—Siga. Acérquese doscientas yardas más.
—¡Pero…!
—Doscientas yardas más, Simón.
—¡Al demonio! ¡Está bien, vamos a que nos maten!
La otra lancha, casi diez veces más grande que la que tripulaba Simón, se veía
claramente sobre las aguas, gracias al cielo despejado, que dejaba libre la luz lunar.
Iba a buena marcha, pero el pequeño «mosquito» de pesca deportiva desarrollaba
todavía más velocidad, acercándose por segundos a la colosal mole… Y, de pronto,
un haz de luz brotó de la borda de la gran lancha enemiga, destellando sobre las
aguas, directa hacia el pequeño «mosquito».
—¡Nos han visto! —chilló Teófilo—. ¡Media vuelta, Simón! ¡Media vuelta…!
—Cállese —espetó Baby secamente.
—Pero ¿qué hago? —pareció suplicar Simón.
La respuesta llegó de la gran lancha, en forma de un cañonazo de arma ligera, que
alzó una tromba de agua y espuma a menos de quince pies del «mosquito», casi
levantándolo, inundando la cubierta, empapando a los tres ocupantes.
—Siga —dijo serenamente Brigitte.
Simón frunció el ceño. De pronto, apretó los labios, y dio toda la potencia a los
motores gemelos de la lancha. Se oyó un rumor más fuerte, y el vehículo anfibio
pareció saltar…, justo cuando otro cañonazo de poco calibre alzaba una nueva tromba
de agua, a estribor, zarandeando furiosamente el «mosquito», casi hasta volcarlo.
Pero Simón se había puesto ya a la altura de las circunstancias, y parecía estar
considerando aquello como cuestión personal, como cuestión de amor propio. Si una
mujer se atrevía a…
—Paralelo a babor de ellos, Simón. Y afloje la marcha.

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—¡Si afloja la marcha nos van a…! —aulló Teófilo.
Solo eso se le oyó, porque el tercer cañonazo dio de nuevo ante la proa, solo que a
menos de diez pies. El «mosquito» se elevó no menos de cinco, y cayó, de lado, sobre
las revueltas y espumeantes aguas.
Y en cuanto las hélices se hundieron en el líquido elemento, la marcha prosiguió
veloz, buscando el lado de babor del enemigo…, y encontrándolo.
—Ahora… Afloje ahora la marcha, Simón.
Dos cañonazos, casi seguidos, hicieron bandear el «mosquito» de babor y de
estribor, consiguiendo un hecho sorprendente en medio de la masa de espuma que se
abatió sobre la pequeña lancha: neutralizar cada disparo el efecto del otro… Brigitte
estaba ya con la mejilla pegada a la culata del «WF 107», completamente empapada,
pero tenaz como la hormiga que quiere llevar un gran insecto veinte veces superior en
peso a su nido de invierno.
¡Fuuu… ummmmm…!
La granada fue disparada, hacia la gran lancha. Y quedó indiscutiblemente
demostrado que la agente Baby no precisaba aprender nada sobre manejo de armas.
Tras el cárdeno fogonazo en la boca del «WF 107», un fogonazo mayor nació, rojizo
y negro, en babor de la otra lancha, ligeramente más abajo de la línea de flotación. En
el acto, la gran lancha se ladeó y perdió parte de su velocidad. Teófilo lanzó un agudo
grito de alegría, y comenzó a saltar sobre la cubierta, agitando los brazos.
—A estribor —dijo Brigitte con una frialdad y serenidad que estremeció a Simón
—. A toda marcha. Teófilo, otra granada.
El «mosquito» se ladeó hasta casi perder la estabilidad, describiendo una gran
curva por la proa de la otra lancha. Mientras tanto, Teófilo servía otra granada al «WF
107», y Brigitte se acomodaba de nuevo el arma…
—Lento… Despacio, Simón…
¡Fuuu… ummmm…!
Esta vez, la cosa fue mucho peor para la otra lancha. La granada dio en los
depósitos de combustible, perforándolo todo. Se alzó una enorme llamarada, todo
explotó, reventó… Miles de astillas saltaron por el aire llevando pequeñas llamas
prendidas. Fue como si estallase un gigantesco globo de fuego. Luego, lentamente
durante unos segundos, y bruscamente después, las llamas decrecieron y protestaron
al ser devoradas por las aguas…
—¡Hemos…! —empezó a gritar Teáfilo.
—A la playa, Simón.
—Okay. Dígame una cosa, Baby: ¿estamos todavía vivos?
—Creo que sí. Pero ellos no. Ahora, quedan dos hombres, en la entrada de la
cueva, supongo. Usted y Teófilo van a encargarse de ellos.
—¿Y usted?
—Tengo que apresurarme. Alfonse Demare habrá visto la explosión, y debe de
estar ya corriendo hacia la casa de Mabanga. No quisiera llegar tarde… Y pido al

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cielo que Nando Zafra sea completamente listo por una vez en su vida. Si no sabe ser
zorro, será un león… Un león muerto, desde luego.
—Es mejor ser zorro vivo. Pero él no lo parece.
—Mabanga, sí. En ella confío. Deprisa. Tienen que dejarme en la playa, y
liquidar a esos dos hombres que quedan. Ya nos veremos en la casa de Mabanga, si
todo sale bien.
—¡Saldrá bien! —exclamó Teófilo—. ¡Después de esto, nadie va a convencerme
de que su vudú no es mejor que el de Mabanga!

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Capítulo IX

Brigitte apareció en el velador, casi corriendo. Mabanga estaba sentada en un rincón,


con tres de sus hijos, haciendo algo en sus manos. Nando Zafra permanecía
inmóvil… Demasiado inmóvil, demasiado tenso.
Pero la agente Baby comprendió tarde a qué se debía aquella tensión. Lo
comprendió cuando, en la mesa de bambúes, vio dos grandes vasos de barro con
refresco, en lugar de uno solo. Y cuando quiso volverse, ya era tarde.
La voz de Alfonse Demare sonó tras ella, en un tono que la espía internacional
conocía muy bien: el tono que se emplea cuando se tiene un arma en la mano, y se
está dispuesto a matar a la menor oportunidad, al menor movimiento…
—No se mueva, señorita Lapaix… Creo que esta será la última de sus numerosas
visitas a la casa de Mabanga.
Brigitte no se movió. Estaba mirando los ojos de Nando Zafra, y comprendió que
este había cumplido su parte, silenciando ante Demare todo lo que sabía respecto a la
única verdad de aquella rebelión de los negros antillanos.
Alfonse Demare apareció ante ella, moviendo la pistola.
—Vaya hacia atrás… ¿Qué lleva en ese estuche de piel?
—Equipo técnico de la CIA, doctor Demare.
—La CIA. ¿De modo que es eso?
—Eso es, sí.
—Bien… Creo que cometí un gran error al no matarla… por medios normales.
Debí hacerlo inmediatamente apenas sospeché de usted. Pero todavía hay tiempo,
espero.
—¿Me enviará más gallos blancos? —Sonrió secamente Baby—. ¿O más
muñecos deficientes, como los que tiene en el sótano? ¿O solo me enviará algún que
otro negro brutal para machacar a una pobre jovencita, doctor Demare?
—Lo sabe… todo, ¿no es cierto?
—Absolutamente todo. El vudú que ha atentado contra mí no era el de Mabanga,
sino el de usted. Un vudú absolutamente falso y absurdo, encaminado a alejar las
sospechas de usted. Doctor Demare, usted no está hablando con una jovencita
divorciada, estúpida y tonta, sino con una agente de primer grado de la CIA.
—¿Y qué? ¿Esa clase de agentes no mueren, señorita Lapaix?
—Siempre quedan otros… mejores.
—¿Mejores que usted? —masculló Demare—. Sepa que estuve en mi casa.
Georges me contó que alguien le había golpeado… Fui al pueblo a buscarla, y usted
no estaba allí… Era todo tan fácil de comprender… Eso, aparte de que sabía que
usted no era persona… conveniente para mis planes.

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—¿Sus planes? —dijo Brigitte, sarcástica—. Usted no es más que un títere que se
ha vendido por cien mil dólares. Usted no tiene planes, doctor Demare. Solo obedece
las canalladas que se le ordenan. Se ha vendido muy barato.
—¿Usted cobra más que yo?
—Menos. Menos, menos —sonrió la espía—. Solamente vengo a ganar algo así
como un millón de dólares anuales. Y es debido a que trabajo mucho, porque soy una
profesional, doctor Demare. ¿Entiende lo que quiere decir esto?
—No muy bien.
—Se lo explicaré. Quiere decir que cuando usted va, yo ya estoy de vuelta.
Cuando usted está pensando en matarme, yo ya tengo pensado el modo de escapar, de
salir con vida.
—¿Sí? Me gustaría saber cómo lo hará esta vez. La escucho.
Demare se sentó cerca de Zafra, sin perder de vista a Brigitte. Para demostrar su
seguridad en sí mismo, cogió uno de los grandes vasos de barro y bebió un sorbo.
Mabanga estaba empezando a mecerse, iniciando un cántico monótono, apenas
audible. Su hijo empezó a golpear suavísimamente los tambores. Demare los miró
brevemente, pero no dio importancia a nada. Ni siquiera al hecho de que Mabanga
estuviese meciendo una figura pequeña, de barro…
—La escucho —insistió Demare—. Pero solo durante un minuto.
—Tengo dos hombres cerca de aquí. Hemos hundido la lancha de los maestros de
guerrillas, y en estos momentos los dos hombres que vigilaban las armas también
deben de haber muerto. Tenemos las armas… y usted está eliminado, Demare.
—Eliminado… Sí, es posible. Pero… ¿antes o después de matarla a usted?
—De un modo u otro, está eliminado.
—Bueno… Hay que saber perder. Espero que usted también sepa, señorita
Lapaix. Gire un poco hacia la derecha… Así… Vea si soy considerado: le meteré la
bala en el corazón sin tocarle el seno. Siempre he admirado la belleza… ¿Por qué
estropear la suya?
—Es usted muy considerado, en efecto.
—Solamente estoy divirtiéndome con la idea de matarla a usted a mi antojo…
Mabanga, ¿quieres callar de una vez?
Mabanga no le hizo el menor caso. Tenía en la mano izquierda la mitad de la
cáscara de un coco, con líquido dentro. Musitó algo y vertió parte del líquido en la
cara del muñeco que tenía en la otra mano. Simultáneamente, su hijo arreció en su
golpeteo de los tambores, cuyo sonido creció y se extendió sonora, fuertemente…
Mabanga adelantó la mano derecha, colocando ante el rostro de Alfonse Demare el
último muñeco que había confeccionado: el muñeco que representaba con absoluta
fidelidad a Alfonse Demare. Este vio su cara allí, fielmente reproducida, y en la
cabeza del muñeco tres de sus grises cabellos. Fue como una visión gigantesca,
brusca, como si una cámara cinematográfica le hubiese acercado a toda velocidad
algo que había estado muy lejos, colocándolo ante sus ojos…

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—¡No! —gritó—. ¡Te voy a…!
Lanzó un alarido, de pronto, y se encogió, llevándose ambas manos al vientre,
pero sin soltar la pistola. Cayó de rodillas, lívido como un muerto. Mabanga se movía
ante él, agitando el muñeco. Vertió un poco más del líquido que contenía el medio
coco en la boca del muñeco, y Demare lanzó otro alarido, y se encogió más. Gruesos
chorros de sudor brotaban de su rostro… Ya no se oía el tam-tam, pero a lo lejos, mar
adentro, restalló un relámpago, y casi enseguida sonó el trueno, cercano,
estremeciéndolo todo. Unas gruesas gotas empezaban a caer, muy lentamente,
espaciadas… La tormenta, quizá la última, se estaba preparando.
—Mal… maldita… bruja, te…
Alzó la pistola y disparó. La bala dio en uno de los enormes pechos de Mabanga,
de lado, y posiblemente lo atravesó. Pero la negra continuó musitando cosas
ininteligibles y vertiendo líquido del medio coco en la boca del muñeco de Alfonse
Demare.
Este volvió a gritar, y sus manos se crisparon, casi clavándose, en el vientre. Cayó
de bruces, gimiendo, llorando, estremecido como por una brutal corriente eléctrica.
Se agitó, miró a Brigitte, con ojos ya vidriados, y una ligera espuma apareció en su
boca… Hubo otro relámpago y otro trueno, y la lluvia arreció. Alfonse Demare quedó
inmóvil, de bruces. Y los hijos de Mabanga empezaron a moverse, de derecha a
izquierda, mientras uno de ellos reanudaba el toque del tam-tam…
—Vudú… —murmuraba Mabanga—. Vudú, vudú, vudú…
Brigitte cerró los párpados de Demare, tras examinar los ojos brevemente. Estaba
bien muerto.
Se acercó a Mabanga, y tuvo que cogerla de un brazo utilizando las dos manos.
—¡Mabanga! —gritó—. ¡Ya está! ¡Ya ha muerto!
—El vudú… Ha sido el vudú de Mabanga.
—Seguro que sí —intentó sonreír Brigitte—. Ahora, vamos a ver qué te ha hecho
esa bala.
La empujó hacia una mecedora y la sentó. La bala, en efecto, había atravesado de
lado el enorme pecho de la negra, y eso era, todo. A buen seguro que Mabanga se
sentía como el hipopótamo al que pinchan con un simple alfiler. Y sus hijos debían de
saberlo, porque continuaban tocando los tambores, como si tal cosa, mientras la
lluvia, en gruesas gotas, arreciaba en una gran tormenta con gran aparato de rayos y
truenos. Brigitte se apoderó del inseparable maletín de Alfonse Demare, rasgó la tela
que cubría el pecho de la negra, se aseguró que la bala había salido, como si
atravesase mantequilla, y, moviendo casi divertida la cabeza, desinfectó la herida
doble, colocando dos parches acto seguido.
—Será mejor que durante unos días te olvides de tu vudú —sonrió—. Tendrás
que descansar, Mabanga.
Se volvió hacia Nando, que contemplaba la espesa lluvia, fijamente, como
ausente. Le tocó en un hombro, y cuando él alzó la cabeza, preguntó, en un susurro:

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—¿Has decidido ya, Nando?
El negro cerró los ojos y movió afirmativamente la cabeza.
—Yo y mis amigos volveremos al mar, a pescar. Y a la tierra, a trabajar. No habrá
rebelión.
—Amén —musitó la agente Baby.
En aquel momento aparecían Simón y Teófilo, pistola en mano, completamente
empapados. Simón cojeaba ligeramente, debido a la herida leve que había recibido
cerca de un tobillo.
—No es nada —aclaró—. ¿Qué ha pasado aquí? —miró el cadáver de Alfonse
Demare—. ¿Lo ha matado usted?
Brigitte frunció el ceño. Miró a la negra, que a su vez la miraba a ella fijamente.
Se acercó a la mesita de bambúes y tomó el vaso de barro donde había bebido
Alfonse Demare. Lo olió, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sonreír
irónicamente.
—No —musitó—. Yo, no. Ha sido el vudú de Mabanga.

—¿No volverás? —musitó Nando.


Estaban en el dormitorio de la espía. Ella estaba recogiendo sus vestidos y
tirándolos sobre la cama. Cogió las maletas y las colocó allí también. Abrió una y la
llenó de ropa. Solo entonces miró a Nando Zafra.
—No creo, Nando. Lo siento.
—No… no importa. Yo te comprendo. Tienes… que ir a otro sitio donde… donde
haya otro estúpido como yo… ¿No es cierto?
—Seguramente, sí. O alguien peor que tú, Nando. Y a ese sí lo mataré.
—Bien… Mabanga tuvo razón: te he visto muchas veces, y he sido feliz por ello.
Nunca lo olvidaré.
—Yo tampoco. Y si alguna vez vuelves…
Abrió la maleta mientras hablaba. Y una serpiente diminuta, de colores, saltó,
silbando furiosamente, hacia su pecho. Brigitte pudo apartarse, por simple instinto,
lanzando un corto grito de miedo. El pequeño reptil cayó al suelo y comenzó a
ondular, con toda rabia, hacia los pies de la espía, sin dejar de silbar… Nando Zafra
dio un par de renqueantes pasos hacia delante, alzó la pierna herida y la dejó caer, con
fuerza… La cabeza del reptil venenoso estalló en amarillo, rojo y negro, y el cuerpo
estuvo todavía agitándose no menos de un minuto. Cuando quedó inmóvil, Brigitte,
un poco pálida, se acercó a la cama y continuó recogiendo sus cosas.
—Y… y si alguna vez vuelves a necesitarme, solo tienes que llamarme, Nando —
musitó—. Agente Baby, CIA, Washington.
Nando señaló la serpiente venenosa.
—No era el vudú de Mabanga, no…

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—Lo sé. Era el vudú de Alfonse Demare. Nando, espero que algún día
comprendas… la verdad, las verdades y mentiras del vudú. Ese día… El día en que tú
y otros como tú comprendáis esas verdades, existirán las Antillas Libres.
—Comprendo.
Teófilo apareció en la puerta, de pronto.
—¿Le llevo las maletas, señorita Lapaix?
—Sí, Teófilo. Gracias.
—La lancha está esperando en… ¡Hey! ¡Esa herida vuelve a sangrar! ¿Se han
dado cuenta?
Brigitte miró la pierna de Nando, que debido al golpe de muerte contra la
serpiente, volvía a sangrar.
—Nos hemos dado cuenta. Pero eso no es nada… ¿Verdad, Nando?
—Nada de nada —sonrió el negro—. Absolutamente nada, agente Baby. Feliz…
viaje.

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Este es el final

Míster Cavanagh movió la cabeza, como desalentado.


—Mucho me temo que la Superioridad apruebe una vez más su trabajo. Ya los
tiene… bien acostumbrados. Por mi parte, la felicito. Y… mmm… la supongo ya
enterada de que se está… estudiando la posibilidad de nombrarla jefe de sector.
—Tío Charlie me habló de eso no hace mucho.
—¿Le gusta la idea?
—Casi diría que no, señor. Pero… la estudiaré cuando se me haga la proposición.
—Es usted un caso único —sonrió Cavanagh abiertamente—. Se le dice que
pueden nombrarla jefe de sector, y dice que «lo estudiará».
—Tengo la impresión de que me aburriría. Y siempre tendría la impresión de que
el mundo iría muy mal sin mi intervención personal.
—Empiezo a creer que así sería —rio Cavanagh—. Mire, hace rato que me muero
de curiosidad: ¿qué demonios lleva en esa caja con agujeros?
Brigitte se acercó a la caja mencionada y la abrió. Inmediatamente, apareció
medio cuerpo de un formidable y hermoso gallo, de colores tornasolados, mirada
insolente y agresiva, cresta enorme, roja como la sangre. Lanzó un feroz golpe de alas
hacia Brigitte, y se quedó mirándola belicosamente, irritado, desafiante.
—¡Un gallo! —exclamó Cavanagh—. ¿Para qué quiere «eso»?
—Bueno… No podía despreciar el regalo de Mabanga, comprenda.
—Pe… pero… ¡usted me ha dicho que cuando le envían un gallo, es una amenaza
de muerte, por medio… ejem… por medio del vudú!
—Así es. ¿Y…?
—Pues… Vaya, desde luego, nosotros no vamos a creer en esas tonterías,
¿verdad?
—No, señor.
—Esto… Es un hermoso gallo.
—De los más queridos por Mabanga. El mejor, el amo del corral. Tenía veinte
esposas.
—Pues se va a ver en un lío para contentarlo ahora —rio Cavanagh.
Brigitte parpadeó, como si aquella idea fuese nueva.
—Caramba, es verdad… Pero no importa, no importa. Saldré con bien del apuro,
porque Mabanga me aseguró que este gallo es de efectos beneficiosos, y trae mucha y
muy buena suerte… Y le aseguro que no seré yo quien discuta o menosprecie el vudú
de Mabanga. ¿Puedo regresar a casa, señor?

FIN

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