PARTE I
Capítulo I
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y
valiente hidalgo don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de
lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más
noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes,
algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte,
calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo
mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los
cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo
de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta
años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de
rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que
tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto
hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben,
aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se
llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento:
basta que en la narración dél no se salga un punto de la
verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que
estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer
libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi
de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de
su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto,
que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa
todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le
parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de
Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas
razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a
leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas
partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón
se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me
quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los
altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las
estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza...»
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y
desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que
no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si
resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas
que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por
grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener
el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero,
con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la
promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le
vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como
allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con
ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo
estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su
lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza— sobre
cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o
Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo
pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que
si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de
Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para
todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su
hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le
pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de
turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le
secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele
la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de
encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos,
heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates
imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era
verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones
que leía, que para él no había otra historia más cierta en el
mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen
caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la
Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio
dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo
del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el
encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando
ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía
mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella
generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos,
él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien
con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su
castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel
ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia.
Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al
ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño
pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le
pareció convenible y necesario, así para el aumento de su
honra como para el servicio de su república, hacerse caballero
andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a
buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él
había leído que los caballeros andantes se ejercitaban,
deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones
y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por
lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan
agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en
ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo
primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de
sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho,
luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un
rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que
tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje,
sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de
cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el
morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad
que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una
cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero
y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no
dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de
nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal
manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer
hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada
finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un
real y más tachas que el caballo de Gonela, que «tantum pellis
et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni
Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le
pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque —según
se decía él a sí mesmo— no era razón que caballo de caballero
tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre
conocido; y ansí procuraba acomodársele, de manera que
declarase quién había sido antes que fuese de caballero
andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en
razón que, mudando su señor estado, mudase él también el
nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a
la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así,
después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió,
deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le
vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y
significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo
que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del
mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele
a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al
cabo se vino a llamar «don Quijote»; de donde, como queda
dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia
que sin duda se debía de llamar «Quijada» , y no «Quesada»,
como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso
Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a
secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por
hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como
buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse
«don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba
muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el
sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto
nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a
entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de
quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era
árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me
encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les
acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un
encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le
venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle
presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce
señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el
gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien
venció en singular batalla el jamás como se debe alabado
caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me
presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra
grandeza disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho
este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su
dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo
había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un
tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella
jamás lo supo ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo,
y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus
pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho
del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran
señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era
natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas
había puesto.
Capítulo IV
De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió
de la venta
La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan
contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado
caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.
Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca
de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo,
especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa
y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de
recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos,
pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería.
Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual,
casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a
caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra
mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas
voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas
las hubo oído, cuando dijo:
—Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan
presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con
lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis
buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún
menesteroso o menesterosa que ha menester mi favor y
ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le
pareció que las voces salían, y, a pocos pasos que entró por el
bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a
un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad
de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa,
porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un
labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una
reprehensión y consejo. Porque decía:
—La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no
lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más
cuidado con el hato.
Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
—Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender
no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra
lanza —que también tenía una lanza arrimada a la encina
adonde estaba arrendada la yegua—, que yo os haré conocer
ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas
blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con
buenas palabras respondió:
—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un
mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que
tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada
día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería,
dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le
debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
—¿«Miente» delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—.
Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a
parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por
el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto.
Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su
criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su
amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la
cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales,
y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no
quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el
paso en que estaba y juramento que había hecho —y aún no
había jurado nada—, que no eran tantos, porque se le habían
de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le
había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho
estando enfermo.
—Bien está todo eso —replicó don Quijote—, pero quédense los
zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis
dado, que, si él rompió el cuero de los zapatos que vos
pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo, y si le sacó el
barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis
sacado; ansí que por esta parte no os debe nada.
—El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros:
véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un
real sobre otro.
—¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—. Mas ¡mal año! No,
señor, ni por pienso, porque en viéndose solo me desuelle
como a un San Bartolomé.
—No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande
para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley
de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la
paga.
—Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—,
que este mi amo no es caballero, ni ha recebido orden de
caballería alguna, que es Juan Haldudo el rico, el vecino del
Quintanar.
—Importa poco eso —respondió don Quijote—, que Haldudos
puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de
sus obras.
—Así es verdad —dijo Andrés—, pero este mi amo ¿de qué
obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
—No niego, hermano Andrés —respondió el labrador—, y
hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las
órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como
tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
—Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—: dádselos
en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis
como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro
de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar,
aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber
quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a
cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la
Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios
quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado,
so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante y en breve espacio se
apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos y, cuando vio
que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse
a su criado Andrés y díjole:
—Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo,
como aquel desfacedor de agravios me dejó mandado.
—Eso juro yo —dijo Andrés—, y ¡cómo que andará vuestra
merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen
caballero, que mil años viva, que, según es de valeroso y de
buen juez, vive Roque que si no me paga, que vuelva y ejecute
lo que dijo!
—También lo juro yo —dijo el labrador—, pero, por lo mucho
que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la
paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio
tantos azotes, que le dejó por muerto.
—Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al
desfacedor de agravios: veréis cómo no desface aqueste;
aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene
gana de desollaros vivo, como vos temíades.
Pero al fin le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez,
para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió
algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de
la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y
que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto,
él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el
cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado
felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación
de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media
voz:
—Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la
tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te
cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e
talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es
y será don Quijote de la Mancha; el cual, como todo el mundo
sabe, ayer rescibió la orden de caballería y hoy ha desfecho el
mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la
crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado
enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se
le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros
andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían;
y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo
muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la
voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que
fue el irse camino de su caballeriza. Y, habiendo andado como
dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente,
que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos
que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus
quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de
mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó
ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le
parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le
pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y, así, con
gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos,
apretó la lanza, llegó la adarga al pecho y, puesto en la mitad
del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes
llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando
llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote
la voz y con ademán arrogante dijo:
—Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no
hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz
de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la
estraña figura del que las decía; y por la figura y por las
razones luego echaron de ver la locura de su dueño, mas
quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se
les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho
discreto, le dijo:
—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena
señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta
hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio
alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es
pedida.
—Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades
vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia
está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar
y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente
descomunal y soberbia. Que ahora vengáis uno a uno, como
pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es
costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os
aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
—Señor caballero —replicó el mercader—, suplico a vuestra
merced en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos
que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando
una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en
perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos
algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un
grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo y quedaremos
con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará
contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte,
que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y
que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso,
por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo
que quisiere.
—No le mana, canalla infame —respondió don Quijote
encendido en cólera—, no le mana, digo, eso que decís, sino
ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada,
sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros
pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña
beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo
había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no
hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera
Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante,
y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y,
queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la
lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas
armas. Y, entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía,
estaba diciendo:
—Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended que no
por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser
muy bienintencionado, oyendo decir al pobre caído tantas
arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las
costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza y, después de
haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a
nuestro don Quijote tantos palos, que, a despecho y pesar de
sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que
no le diese tanto y que le dejase; pero estaba ya el mozo
picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de
su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los
acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda
aquella tempestad de palos que sobre él llovía, no cerraba la
boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines,
que tal le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino,
llevando que contar en todo él del pobre apaleado. El cual,
después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse;
pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría
molido y casi deshecho? Y aun se tenía por dichoso,
pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros
andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo; y no era
posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.
Capítulo XI
De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Fue recogido de los cabreros con buen ánimo, y, habiendo
Sancho lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su
jumento, se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos
de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban; y
aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban en
sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó de hacer,
porque los cabreros los quitaron del fuego y, tendiendo por el
suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su
rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy
buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de
las pieles seis dellos, que eran los que en la majada había,
habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don
Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto del revés
le pusieron. Sentóse don Quijote, y quedábase Sancho en pie
para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie
su amo, le dijo:
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante
caballería y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio
della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y
estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía
desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa
conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi
plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería
andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que
todas las cosas iguala.
—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra
merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor
me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un
emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe
lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea
pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea
forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no
estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que
la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío,
estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro
y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo
escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que
me sean de más cómodo y provecho; que estas, aunque las
doy por bien recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del
mundo.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla,
Dios le ensalza.
Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de
caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y
mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana
embaulaban tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne,
tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas
avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro
que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el
cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya
vacío, como arcaduz de noria, que con facilidad vació un zaque
de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote
hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas
en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a
semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos
pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que
en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase
en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces
los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y
mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a
nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento
tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las
robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con
su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos,
en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les
ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los
árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas,
ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil
cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques
despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus
anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las
casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para
defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces,
todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la
pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas
piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada
ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo
que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que
entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y
hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en
trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran
menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere
y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de
los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por
tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas
hojas verdes de lampazos, y yedra entretejidas, con lo que
quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora
nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que
la curiosidad ociosa les ha mostrado.
Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple
y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los
concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia
mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en
sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los
del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban,
turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado
en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué
juzgar ni quién fuese juzgado,. Las doncellas y la honestidad
andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera,
sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le
menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria
voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está
segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto
como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire,
con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa
pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste.
Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más
la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes,
para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los
huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos
cabreros, a quien agradezco el gasaje, y buen acogimiento que
hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están
todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros
andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta
obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la
voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien escusar) dijo
nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron
a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil
razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra,
embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho
asimesmo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el
segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían
colgado de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena, al fin
de la cual uno de los cabreros dijo:
—Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor
caballero andante, que le agasajamos con prompta y buena
voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante
un compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí; el
cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que,
sobre todo, sabe leer y escrebir y es músico de un rabel, que
no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a
sus oídos el son del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía,
que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena
gracia. Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y,
respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le
dijo:
—De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de
cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos
que también por los montes y selvas hay quien sepa de
música. Hémosle dicho tus buenas habilidades y deseamos que
las muestres y nos saques verdaderos; y, así, te ruego por tu
vida que te sientes y cantes el romance de tus amores, que te
compuso el beneficiado tu tío, que en el pueblo ha parecido
muy bien.
—Que me place —respondió el mozo.
Y sin hacerse más de rogar se sentó en el tronco de una
desmochada encina, y, templando su rabel, de allí a poco, con
muy buena gracia, comenzó a cantar, diciendo desta manera:
ANTONIO
—Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo,
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Mas allá entre tus reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo
mi fe, que nunca ha podido
ni menguar por no llamado
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho,
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
«Tal piensa que adora a un ángel
y viene a adorar a un jimio,
merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al Amor mismo».
Desmentíla y enojóse;
volvió por ella su primo,
desafióme, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía,
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;
pon tú el cuello en la gamella:
verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro
por el santo más bendito
de no salir destas sierras
sino para capuchino.
Con esto dio el cabrero fin a su canto; y aunque don Quijote le
rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho Panza,
porque estaba más para dormir que para oír canciones, y, ansí,
dijo a su amo:
—Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde
ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos
hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches
cantando.
—Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—, que bien
se me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa
de sueño que de música.
—A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondió Sancho.
—No lo niego —replicó don Quijote—, pero acomódate tú donde
quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que
durmiendo. Pero, con todo esto, sería bien, Sancho, que me
vuelvas a curar esta oreja, que me va doliendo más de lo que
es menester.
Hizo Sancho lo que se le mandaba, y, viendo uno de los
cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría
remedio con que fácilmente se sanase. Y tomando algunas
hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las
mezcló con un poco de sal, y, aplicándoselas a la oreja, se la
vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra
medicina, y así fue la verdad.
Capítulo XVI
De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta
que él se imaginaba ser castillo
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno,
preguntó a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no
era nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y
que venía algo brumadas las costillas. Tenía el ventero por
mujer a una no de la condición que suelen tener las de
semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía
de las calamidades de sus prójimos; y, así, acudió luego a curar
a don Quijote y hizo que una hija suya doncella, muchacha y
de muy buen parecer, la ayudase a curar a su huésped. Servía
en la venta asimesmo una moza asturiana, ancha de cara, llana
de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy
sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás
faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las
espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo
más de lo que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la
doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote
en un camaranchón que en otros tiempos daba manifiestos
indicios que había servido de pajar muchos años; en la cual
también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco
más allá de la de nuestro don Quijote, y, aunque era de las
enjalmas y mantas de sus machos, hacía mucha ventaja a la
de don Quijote, que solo contenía cuatro mal lisas tablas sobre
dos no muy iguales bancos y un colchón que en lo sutil parecía
colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana
por algunas roturas, al tiento en la dureza semejaban de
guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una
frazada cuyos hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno
solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera
y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles
Maritornes, que así se llamaba la asturiana; y como al bizmalle
viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo
que aquello más parecían golpes que caída.
—No fueron golpes —dijo Sancho—, sino que la peña tenía
muchos picos y tropezones, y que cada uno había hecho su
cardenal.
Y también le dijo:
—Haga vuestra merced, señora, de manera que queden
algunas estopas, que no faltará quien las haya menester, que
también me duelen a mí un poco los lomos.
—Desa manera —respondió la ventera—, también debistes vos
de caer.
—No caí —dijo Sancho Panza—, sino que, del sobresalto que
tomé de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el
cuerpo, que me parece que me han dado mil palos.
—Bien podrá ser eso —dijo la doncella—, que a mí me ha
acontecido muchas veces soñar que caía de una torre abajo y
que nunca acababa de llegar al suelo, y cuando despertaba del
sueño hallarme tan molida y quebrantada como si
verdaderamente hubiera caído.
—Ahí está el toque, señora —respondió Sancho Panza—, que
yo, sin soñar nada, sino estando más despierto que ahora
estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi señor don
Quijote.
—¿Cómo se llama este caballero? —preguntó la asturiana
Maritornes.
—Don Quijote de la Mancha —respondió Sancho Panza—, y es
caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de
luengos tiempos acá se han visto en el mundo.
—¿Qué es caballero aventurero? —replicó la moza.
—¿Tan nueva sois en el mundo, que no lo sabéis vos?
—respondió Sancho Panza—. Pues sabed, hermana mía, que
caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve
apaleado y emperador: hoy está la más desdichada criatura del
mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres
coronas de reinos que dar a su escudero.
—Pues ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor —dijo la
ventera—, no tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?
—Aún es temprano —respondió Sancho—, porque no ha sino
un mes que andamos buscando las aventuras, y hasta ahora no
hemos topado con ninguna que lo sea; y tal vez hay que se
busca una cosa y se halla otra. Verdad es que si mi señor don
Quijote sana desta herida... o caída y yo no quedo contrecho
della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando muy atento don
Quijote, y sentándose en el lecho como pudo, tomando de la
mano a la ventera, le dijo:
—Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa
por haber alojado en este vuestro castillo a mi persona, que es
tal, que si yo no la alabo es por lo que suele decirse que la
alabanza propria envilece; pero mi escudero os dirá quién soy.
Solo os digo que tendré eternamente escrito en mi memoria el
servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no
me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de
aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes: que los
desta fermosa doncella fueran señores de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes
oyendo las razones del andante caballero, que así las entendían
como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas
se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y, como no
usadas a semejante lenguaje, mirábanle y admirábanse, y
parecíales otro hombre de los que se usaban; y, agradeciéndole
con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron, y la
asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había
menester que su amo.
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se
refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, en
estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le
iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y
cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras
que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin
testigo alguno, porque presumía muy de hidalga, y no tenía por
afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta, porque
decía ella que desgracias y malos sucesos la habían traído a
aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote
estaba primero en mitad de aquel estrellado establo, y luego
junto a él hizo el suyo Sancho, que solo contenía una estera de
enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido
que de lana. Sucedía a estos dos lechos el del arriero,
fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y de todo el
adorno de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce,
lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos arrieros
de Arévalo, según lo dice el autor desta historia, que deste
arriero hace particular mención porque le conocía muy bien, y
aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que
Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy
puntual en todas las cosas, y échase bien de ver, pues las que
quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las
quiso pasar en silencio; de donde podrán tomar ejemplo los
historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y
sucintamente, que apenas nos llegan a los labios, dejándose en
el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más
sustancial de la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante
de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los
hechos del conde Tomillas, y con qué puntualidad lo describen
todo!
Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua
y dádole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio
a esperar a su puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho
bizmado y acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo
consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor
de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta
estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que
daba una lámpara que colgada en medio del portal ardía.
Esta maravillosa quietud y los pensamientos que siempre
nuestro caballero traía de los sucesos que a cada paso se
cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo a la
imaginación una de las estrañas locuras que buenamente
imaginarse pueden; y fue que él se imaginó haber llegado a un
famoso castillo (que, como se ha dicho, castillos eran a su
parecer todas las ventas donde alojaba) y que la hija del
ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su
gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella
noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él una buena
pieza; y teniendo toda esta quimera que él se había fabricado
por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el
peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y
propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora
Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su
dama Quintañona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la
hora (que para él fue menguada) de la venida de la asturiana,
la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una
albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el
aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero. Pero
apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y,
sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de
sus costillas, tendió los brazos para recebir a su fermosa
doncella. La asturiana, que toda recogida y callando iba con las
manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de
don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca y
tirándola hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo
sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque ella
era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado
cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él
le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los
cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó
por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del
mesmo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a
ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de
su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en
su imaginación, de la misma traza y modo, lo que había leído
en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido
caballero vencida de sus amores, con todos los adornos que
aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo,
que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena
doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer
vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía
entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y, teniéndola bien
asida, con voz amorosa y baja le comenzó a decir:
—Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de
poder pagar tamaña merced como la que con la vista de
vuestra gran fermosura me habedes fecho; pero ha querido la
fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme
en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que
aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera
imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad otra
mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par
Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos
pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera
yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la
venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando de verse tan
asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las
razones que le decía, procuraba sin hablar palabra desasirse. El
bueno del arriero, a quien tenían despierto sus malos deseos,
desde el punto que entró su coima por la puerta la sintió,
estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote decía,
y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por
otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote y estúvose
quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones que él no
podía entender; pero como vio que la moza forcejaba por
desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal
la burla, enarboló el brazo en alto y descargó tan terrible
puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero,
que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se
le subió encima de las costillas y con los pies más que de trote
se las paseó todas de cabo a cabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos,
no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el
suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero y luego imaginó
que debían de ser pendencias de Maritornes, porque,
habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha
se levantó y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había
sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía y que era
de condición terrible, toda medrosica y alborotada se acogió a
la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acorrucó y
se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo:
—¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.
En esto despertó Sancho y, sintiendo aquel bulto casi encima
de sí, pensó que tenía la pesadilla y comenzó a dar puñadas a
una y otra parte, y, entre otras, alcanzó con no sé cuántas a
Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la
honestidad dio el retorno a Sancho con tantas, que, a su
despecho, le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella
manera, y sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó
con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más reñida y
graciosa escaramuza del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál
andaba su dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el
socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intención
diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda
que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así
como suele decirse «el gato al rato, el rato a la cuerda, la
cuerda al palo», daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la
moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta
priesa, que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al
ventero se le apagó el candil, y, como quedaron ascuras,
dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a doquiera que
ponían la mano no dejaban cosa sana.
Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los
que llaman de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual,
oyendo ansimesmo el estraño estruendo de la pelea, asió de su
media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró ascuras
en el aposento, diciendo:
—¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don
Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba
sin sentido alguno; y, echándole a tiento mano a las barbas, no
cesaba de decir:
—¡Favor a la justicia!
Pero viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se
dio a entender que estaba muerto y que los que allí dentro
estaban eran sus matadores, y, con esta sospecha, reforzó la
voz, diciendo:
—¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que
han muerto aquí a un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el
grado que le tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el
arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho; solos los
desventurados don Quijote y Sancho no se pudieron mover de
donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de don
Quijote y salió a buscar luz para buscar y prender los
delincuentes, mas no la halló, porque el ventero, de industria,
había muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele
forzoso acudir a la chimenea, donde con mucho trabajo y
tiempo encendió el cuadrillero otro candil.
Capítulo XXII
De la libertad que dio don Quijote a muchos
desdichados que mal de su grado los llevaban donde
no quisieran ir
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en
esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada
historia, que después que entre el famoso don Quijote de la
Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas
razones que en el fin del capítulo veinte y uno quedan
referidas, que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino
que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como
cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos
con esposas a las manos; venían ansimismo con ellos dos
hombres de a caballo y dos de a pie: los de a caballo, con
escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y
que así como Sancho Panza los vido, dijo:
—Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a
las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible
que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por
sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras de por
fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello
sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de
su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues, desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución
de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los
miserables.
—Advierta vuestra merced —dijo Sancho— que la justicia, que
es el mesmo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente,
sino que los castiga en pena de sus delitos.
Llegó en esto la cadena de los galeotes y don Quijote con muy
corteses razones pidió a los que iban en su guarda fuesen
servidos de informalle y decille la causa o causas porque
llevaban aquella gente de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes,
gente de Su Majestad, que iba a galeras, y que no había más
que decir, ni él tenía más que saber.
—Con todo eso —replicó don Quijote—, querría saber de cada
uno dellos en particular la causa de su desgracia.
Añadió a estas otras tales y tan comedidas razones para
moverlos a que le dijesen lo que deseaba, que la otra guarda
de a caballo le dijo:
—Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de
cada uno destos malaventurados, no es tiempo este de
detenerles a sacarlas ni a leellas: vuestra merced llegue y se lo
pregunte a ellos mesmos, que ellos lo dirán si quisieren, que sí
querrán, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir
bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la
dieran, se llegó a la cadena y al primero le preguntó que por
qué pecados iba de tan mala guisa. Él le respondió que por
enamorado iba de aquella manera.
—¿Por eso no más? —replicó don Quijote—. Pues si por
enamorados echan a galeras, días ha que pudiera yo estar
bogando en ellas.
—No son los amores como los que vuestra merced piensa
—dijo el galeote—, que los míos fueron que quise tanto a una
canasta de colar atestada de ropa blanca, que la abracé
conmigo tan fuertemente, que a no quitármela la justicia por
fuerza, aún hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad.
Fue en fragante, no hubo lugar de tormento, concluyóse la
causa, acomodáronme las espaldas con ciento, y por añadidura
tres precisos de gurapas, y acabóse la obra.
—¿Qué son gurapas? —preguntó don Quijote.
—Gurapas son galeras —respondió el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y
dijo que era natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don
Quijote al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de
triste y malencónico, mas respondió por él el primero y dijo:
—Este, señor, va por canario, digo, por músico y cantor.
—Pues ¿cómo? —replicó don Quijote—. ¿Por músicos y cantores
van también a galeras?
—Sí, señor —respondió el galeote—, que no hay peor cosa que
cantar en el ansia.
—Antes he yo oído decir —dijo don Quijote— que quien canta
sus males espanta.
—Acá es al revés —dijo el galeote—, que quien canta una vez
llora toda la vida.
—No lo entiendo —dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
—Señor caballero, cantar en el ansia se dice entre esta gente
non santa confesar en el tormento. A este pecador le dieron
tormento y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser
ladrón de bestias, y por haber confesado le condenaron por
seis años a galeras, amén de docientos azotes que ya lleva en
las espaldas; y va siempre pensativo y triste porque los demás
ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan y
escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo
de decir nones. Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no
como un sí y que harta ventura tiene un delincuente que está
en su lengua su vida o su muerte, y no en la de los testigos y
probanzas; y para mí tengo que no van muy fuera de camino.
—Y yo lo entiendo así —respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual
de presto y con mucho desenfado respondió y dijo:
—Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez
ducados.
—Yo daré veinte de muy buena gana —dijo don Quijote— por
libraros desa pesadumbre.
—Eso me parece —respondió el galeote— como quien tiene
dineros en mitad del golfo y se está muriendo de hambre, sin
tener adonde comprar lo que ha menester. Dígolo porque si a
su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que vuestra merced
ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la péndola del
escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que
hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover de Toledo, y
no en este camino, atraillado como galgo; pero Dios es grande:
paciencia, y basta.
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable
rostro, con una barba blanca que le pasaba del pecho; el cual,
oyéndose preguntar la causa por que allí venía, comenzó a
llorar y no respondió palabra; mas el quinto condenado le sirvió
de lengua y dijo:
—Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo
paseado las acostumbradas, vestido, en pompa y a caballo.
—Eso es —dijo Sancho Panza—, a lo que a mí me parece,
haber salido a la vergüenza.
—Así es —replicó el galeote—, y la culpa por que le dieron esta
pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de todo el
cuerpo. En efecto, quiero decir que este caballero va por
alcahuete y por tener asimesmo sus puntas y collar de
hechicero.
—A no haberle añadido esas puntas y collar —dijo don
Quijote—, por solamente el alcahuete limpio no merecía él ir a
bogar en las galeras, sino a mandallas y a ser general dellas.
Porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es
oficio de discretos y necesarísimo en la república bien
ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien
nacida; y aun había de haber veedor y examinador de los tales,
como le hay de los demás oficios, con número deputado y
conocido, como corredores de lonja, y desta manera se
escusarían muchos males que se causan por andar este oficio y
ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como son
mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de
pocos años y de poca experiencia, que, a la más necesaria
ocasión y cuando es menester dar una traza que importe, se
les yelan las migas entre la boca y la mano, y no saben cuál es
su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones por
que convenía hacer elección de los que en la república habían
de tener tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado
para ello: algún día lo diré a quien lo pueda proveer y remediar.
Solo digo ahora que la pena que me ha causado ver estas
blancas canas y este rostro venerable en tanta fatiga por
alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero.
Aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan
mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan, que
es libre nuestro albedrío y no hay yerba ni encanto que le
fuerce: lo que suelen hacer algunas mujercillas simples y
algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos,
con que vuelven locos a los hombres, dando a entender que
tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo, cosa
imposible forzar la voluntad.
—Así es —dijo el buen viejo—, y en verdad, señor, que en lo de
hechicero que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude
negar, pero nunca pensé que hacía mal en ello, que toda mi
intención era que todo el mundo se holgase y viviese en paz y
quietud, sin pendencias ni penas; pero no me aprovechó nada
este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver,
según me cargan los años y un mal de orina que llevo, que no
me deja reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto como de primero; y túvole Sancho
tanta compasión, que sacó un real de a cuatro del seno y se le
dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote y preguntó a otro su delito, el cual
respondió con no menos, sino con mucha más gallardía que el
pasado:
—Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos
primas hermanas mías y con otras dos hermanas que no lo
eran mías; finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó
de la burla crecer la parentela tan intricadamente, que no hay
diablo que la declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve
dineros, víame a pique de perder los tragaderos,
sentenciáronme a galeras por seis años, consentí: castigo es de
mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con ella todo se alcanza.
Si vuestra merced, señor caballero, lleva alguna cosa con que
socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo y
nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en
nuestras oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que
sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.
Este iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas que
era muy grande hablador y muy gentil latino.
Tras todos estos venía un hombre de muy buen parecer, de
edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo en el
otro un poco. Venía diferentemente atado que los demás,
porque traía una cadena al pie, tan grande, que se la liaba por
todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la
cadena y la otra de las que llaman guardaamigo o pie de
amigo, de la cual decendían dos hierros que llegaban a la
cintura, en los cuales se asían dos esposas, donde llevaba las
manos, cerradas con un grueso candado, de manera que ni con
las manos podía llegar a la boca ni podía bajar la cabeza a
llegar a las manos. Preguntó don Quijote que cómo iba aquel
hombre con tantas prisiones más que los otros. Respondióle la
guarda porque tenía aquel solo más delitos que todos los otros
juntos y que era tan atrevido y tan grande bellaco, que,
aunque le llevaban de aquella manera, no iban seguros dél,
sino que temían que se les había de huir.
—¿Qué delitos puede tener —dijo don Quijote—, si no han
merecido más pena que echalle a las galeras?
—Va por diez años —replicó la guarda—, que es como muerte
cevil. No se quiera saber más sino que este buen hombre es el
famoso Ginés de Pasamonte, que por otro nombre llaman
Ginesillo de Parapilla.
—Señor comisario —dijo entonces el galeote—, váyase poco a
poco y no andemos ahora a deslindar nombres y
sobrenombres. Ginés me llamo, y no Ginesillo, y Pasamonte es
mi alcurnia, y no Parapilla, como voacé dice; y cada uno se dé
una vuelta a la redonda, y no hará poco.
—Hable con menos tono —replicó el comisario—, señor ladrón
de más de la marca, si no quiere que le haga callar, mal que le
pese.
—Bien parece —respondió el galeote— que va el hombre como
Dios es servido, pero algún día sabrá alguno si me llamo
Ginesillo de Parapilla o no.
—Pues ¿no te llaman ansí, embustero? —dijo la guarda.
—Sí llaman —respondió Ginés—, mas yo haré que no me lo
llamen, o me las pelaría donde yo digo entre mis dientes.
Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya y vaya
con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas; y
si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,
cuya vida está escrita por estos pulgares.
—Dice verdad —dijo el comisario—, que él mesmo ha escrito su
historia, que no hay más que desear, y deja empeñado el libro
en la cárcel en docientos reales.
—Y le pienso quitar —dijo Ginés—, si quedara en docientos
ducados.
—¿Tan bueno es? —dijo don Quijote.
—Es tan bueno —respondió Ginés—, que mal año para Lazarillo
de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito
o escribieren. Lo que le sé decir a voacé es que trata verdades
y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden
haber mentiras que se le igualen.
—¿Y cómo se intitula el libro? —preguntó don Quijote.
—La vida de Ginés de Pasamonte —respondió el mismo.
—¿Y está acabado? —preguntó don Quijote.
—¿Cómo puede estar acabado —respondió él—, si aún no está
acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento
hasta el punto que esta última vez me han echado en galeras.
—Luego ¿otra vez habéis estado en ellas? —dijo don Quijote.
—Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y
ya sé a qué sabe el bizcocho y el corbacho —respondió
Ginés—; y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré
lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que
decir y en las galeras de España hay más sosiego de aquel que
sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que
yo tengo de escribir, porque me lo sé de coro.
—Hábil pareces —dijo don Quijote.
—Y desdichado —respondió Ginés—, porque siempre las
desdichas persiguen al buen ingenio.
—Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.
—Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—, que
se vaya poco a poco, que aquellos señores no le dieron esa
vara para que maltratase a los pobretes que aquí vamos, sino
para que nos guiase y llevase adonde Su Majestad manda. Si
no, por vida de... Basta, que podría ser que saliesen algún día
en la colada las manchas que se hicieron en la venta, y todo el
mundo calle y viva bien y hable mejor, y caminemos, que ya es
mucho regodeo este.
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte, en
respuesta de sus amenazas, mas don Quijote se puso en medio
y le rogó que no le maltratase, pues no era mucho que quien
llevaba tan atadas las manos tuviese algún tanto suelta la
lengua. Y volviéndose a todos los de la cadena, dijo:
—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he
sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras
culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y
que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra
voluntad, y que podría ser que el poco ánimo que aquel tuvo
en el tormento, la falta de dineros deste, el poco favor del otro
y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de
vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de
vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí
ahora en la memoria, de manera que me está diciendo,
persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros el efeto
para que el cielo me arrojó al mundo y me hizo profesar en él
la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de
favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Pero,
porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que
se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a
estos señores guardianes y comisario sean servidos de
desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan
al rey en mejores ocasiones, porque me parece duro caso
hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto
más, señores guardas —añadió don Quijote—, que estos
pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya
cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se
descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es
bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros
hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta
mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que
agradeceros; y cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta
espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por
fuerza.
—¡Donosa majadería! —respondió el comisario—. ¡Bueno está
el donaire con que ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados del
rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para
soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase vuestra
merced, señor, norabuena su camino adelante y enderécese
ese bacín que trae en la cabeza y no ande buscando tres pies al
gato.
—¡Vois sois el gato y el rato y el bellaco! —respondió don
Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que,
sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en
el suelo malherido de una lanzada; y avínole bien, que este
era el de la escopeta. Las demás guardas quedaron
atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento,
pero, volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los
de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y arremetieron a
don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba y sin
duda lo pasara mal, si los galeotes, viendo la ocasión que
se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraran,
procurando romper la cadena donde venían ensartados.
Fue la revuelta de manera que las guardas, ya por acudir a
los galeotes que se desataban, ya por acometer a don
Quijote que los acometía, no hicieron cosa que fuese de
provecho.
Ayudó Sancho por su parte a la soltura de Ginés de
Pasamonte, que fue el primero que saltó en la campaña
libre y desembarazado, y, arremetiendo al comisario caído,
le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando al
uno y señalando al otro sin disparalla jamás, no quedó
guarda en todo el campo, porque se fueron huyendo, así
de la escopeta de Pasamonte como de las muchas
pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le
representó que los que iban huyendo habían de dar noticia
del caso a la Santa Hermandad, la cual a campana herida
saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo a su amo,
y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en
la sierra, que estaba cerca.
—Bien está eso —dijo don Quijote—, pero yo sé lo que
ahora conviene que se haga.
Y llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados
y habían despojado al comisario hasta dejarle en cueros,
se le pusieron todos a la redonda para ver lo que les
mandaba, y así les dijo:
—De gente bien nacida es agradecer los beneficios que
reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la
ingratitud. Dígolo porque ya habéis visto, señores, con
manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido; en
pago del cual querría y es mi voluntad que, cargados de
esa cadena que quité de vuestros cuellos, luego os pongáis
en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis
ante la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su
caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar,
y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta
famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y,
hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena
ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte y dijo:
—Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador
nuestro, es imposible de toda imposibilidad cumplirlo,
porque no podemos ir juntos por los caminos, sino solos y
divididos, y cada uno por su parte, procurando meterse en
las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la Santa
Hermandad, que sin duda alguna ha de salir en nuestra
busca. Lo que vuestra merced puede hacer y es justo que
haga es mudar ese servicio y montazgo de la señora
Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías y
credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra
merced, y esta es cosa que se podrá cumplir de noche y de
día, huyendo o reposando, en paz o en guerra; pero pensar
que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto, digo, a
tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso,
es pensar que es ahora de noche, que aún no son las diez
del día, y es pedir a nosotros eso como pedir peras al
olmo.
—Pues voto a tal —dijo don Quijote, ya puesto en cólera—,
don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os
llamáis, que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con
toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya
enterado que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal
disparate había acometido como el de querer darles
libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a
los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a
llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba
manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no
hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce.
Sancho se puso tras su asno y con él se defendía de la
nube y pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo
escudar tan bien don Quijote, que no le acertasen no sé
cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza, que
dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue
sobre él el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza y
diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros
tantos en la tierra, con que la hizo pedazos. Quitáronle una
ropilla que traía sobre las armas, y las medias calzas le
querían quitar, si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le
quitaron el gabán y, dejándole en pelota, repartiendo entre
sí los demás despojos de la batalla, se fueron cada uno por
su parte, con más cuidado de escaparse de la Hermandad
que temían que de cargarse de la cadena e ir a presentarse
ante la señora Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don
Quijote: el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de
cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había
cesado la borrasca de las piedras que le perseguían los
oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también
vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y
temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote,
mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a
quien tanto bien había hecho.
Capítulo XXV
Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la
imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote y, subiendo otra vez sobre
Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con
su jumento, de muy mala gana. Íbanse poco a poco entrando
en lo más áspero de la montaña, y Sancho iba muerto por
razonar con su amo y deseaba que él comenzase la plática, por
no contravenir a lo que le tenía mandado; mas no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
—Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y
me dé licencia, que desde aquí me quiero volver a mi casa y a
mi mujer y a mis hijos, con los cuales por lo menos hablaré y
departiré todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced
que vaya con él por estas soledades de día y de noche, y que
no le hable cuando me diere gusto, es enterrarme en vida. Si
ya quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban
en tiempo de Guisopete, fuera menos mal, porque departiera
yo con mi jumento lo que me viniera en gana y con esto pasara
mi mala ventura; que es recia cosa, y que no se puede llevar
en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida, y no
hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y,
con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo
que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo.
—Ya te entiendo, Sancho —respondió don Quijote—: tú mueres
porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua.
Dale por alzado y di lo que quisieres, con condición que no ha
de durar este alzamiento más de en cuanto anduviéremos por
estas sierras.
—Sea ansí —dijo Sancho—, hable yo ahora, que después Dios
sabe lo que será; y comenzando a gozar de ese salvoconduto,
digo que qué le iba a vuestra merced en volver tanto por
aquella reina Magimasa o como se llama. ¿O qué hacía al caso
que aquel abad fuese su amigo o no? Que si vuestra merced
pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco
pasara adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el
golpe del guijarro y las coces y aun más de seis torniscones.
—A fe, Sancho —respondió don Quijote—, que si tú supieras
como yo lo sé cuán honrada y cuán principal señora era la reina
Madasima, yo sé que dijeras que tuve mucha paciencia, pues
no quebré la boca por donde tales blasfemias salieron; porque
es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté
amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que
aquel maestro Elisabat que el loco dijo fue un hombre muy
prudente y de muy sanos consejos y sirvió de ayo y de médico
a la reina; pero pensar que ella era su amiga es disparate
digno de muy gran castigo. Y porque veas que Cardenio no
supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya estaba
sin juicio.
—Eso digo yo —dijo Sancho—, que no había para qué hacer
cuenta de las palabras de un loco; porque si la buena suerte no
ayudara a vuestra merced y encaminara el guijarro a la cabeza
como le encaminó al pecho, buenos quedáramos por haber
vuelto por aquella mi señora que Dios cohonda. Pues ¡montas,
que no se librara Cardenio por loco!
—Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier
caballero andante a volver por la honra de las mujeres,
cualesquiera que sean, cuanto más por las reinas de tan alta
guisa y pro como fue la reina Madasima, a quien yo tengo
particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de
haber sido fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida
en sus calamidades, que las tuvo muchas, y los consejos y
compañía del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho
provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con prudencia y
paciencia. Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y
malintencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y
mienten, digo otra vez, y mentirán otras docientas todos los
que tal pensaren y dijeren.
—Ni yo lo digo ni lo pienso —respondió Sancho—. Allá se lo
hayan, con su pan se lo coman: si fueron amancebados o no, a
Dios habrán dado la cuenta. De mis viñas vengo, no sé nada,
no soy amigo de saber vidas ajenas, que el que compra y
miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací,
desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Mas que lo fuesen, ¿qué
me va a mí? Y muchos piensan que hay tocinos, y no hay
estacas. Mas ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto
más, que de Dios dijeron.
—¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué de necedades vas,
Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes
que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí adelante
entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que
no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo
cuanto yo he hecho, hago e hiciere va muy puesto en razón y
muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que
cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
—Señor —respondió Sancho—, y ¿es buena regla de caballería
que andemos perdidos por estas montañas, sin senda ni
camino, buscando a un loco, el cual, después de hallado, quizá
le vendrá en voluntad de acabar lo que dejó comenzado, no de
su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis
costillas, acabándonoslas de romper de todo punto?
—Calla, te digo otra vez, Sancho —dijo don Quijote—, porque
te hago saber que no solo me trae por estas partes el deseo de
hallar al loco, cuanto el que tengo de hacer en ellas una hazaña
con que he de ganar perpetuo nombre y fama en todo lo
descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar con ella el
sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un
andante caballero.
—¿Y es de muy gran peligro esa hazaña? —preguntó Sancho
Panza.
—No —respondió el de la Triste Figura—, puesto que de tal
manera podía correr el dado, que echásemos azar en lugar de
encuentro; pero todo ha de estar en tu diligencia.
—¿En mi diligencia? —dijo Sancho.
—Sí —dijo don Quijote—, porque si vuelves presto de adonde
pienso enviarte, presto se acabará mi pena y presto comenzará
mi gloria. Y porque no es bien que te tenga más suspenso,
esperando en lo que han de parar mis razones, quiero, Sancho,
que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los más
perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el
solo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su
tiempo en el mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y
para todos aquellos que dijeren que se le igualó en algo,
porque se engañan, juro cierto. Digo asimismo que cuando
algún pintor quiere salir famoso en su arte procura imitar los
originales de los más únicos pintores que sabe, y esta mesma
regla corre por todos los más oficios o ejercicios de cuenta que
sirven para adorno de las repúblicas, y así lo ha de hacer y
hace el que quiere alcanzar nombre de prudente y sufrido,
imitando a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta
Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento, como
también nos mostró Virgilio en persona de Eneas el valor de un
hijo piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán,
no pintándolo ni descubriéndolo como ellos fueron, sino como
habían de ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de
sus virtudes. Desta mesma suerte, Amadís fue el norte, el
lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien
debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de
amor y de la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí,
como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero andante
que más le imitare estará más cerca de alcanzar la perfeción de
la caballería. Y una de las cosas en que más este caballero
mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y
amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a
hacer penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de
Beltenebros, nombre por cierto significativo y proprio para la
vida que él de su voluntad había escogido. Ansí que me es a mí
más fácil imitarle en esto que no en hender gigantes,
descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos,
fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y pues estos
lugares son tan acomodados para semejantes efectos, no hay
para qué se deje pasar la ocasión, que ahora con tanta
comodidad me ofrece sus guedejas.
—En efecto —dijo Sancho—, ¿qué es lo que vuestra merced
quiere hacer en este tan remoto lugar?
—¿Ya no te he dicho —respondió don Quijote— que quiero
imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y
del furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldán,
cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella
había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se
volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las
claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó
chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil
insolencias dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que
yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que
todos estos tres nombres tenía), parte por parte, en todas las
locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo como mejor
pudiere en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá
ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís,
que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos,
alcanzó tanta fama como el que más.
—Paréceme a mí —dijo Sancho— que los caballeros que lo tal
ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas
necedades y penitencias; pero vuestra merced ¿qué causa
tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué
señales ha hallado que le den a entender que la señora
Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o
cristiano?
—Ahí está el punto —respondió don Quijote— y esa es la fineza
de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con
causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin
ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto
¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión tengo
en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía
Dulcinea del Toboso, que, como ya oíste decir a aquel pastor de
marras, Ambrosio, quien está ausente todos los males tiene y
teme. Así que, Sancho amigo, no gastes tiempo en
aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista
imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas
con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi
señora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse
ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, seré loco
de veras y, siéndolo, no sentiré nada. Ansí que de cualquiera
manera que responda, saldré del conflito y trabajo en que me
dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no
sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime,
Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino, que ya vi
que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso
hacer pedazos pero no pudo, donde se puede echar de ver la
fineza de su temple?
A lo cual respondió Sancho:
—Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo
sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced
dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice
de caballerías y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas y
de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de
caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y
mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos.
Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de
barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error
en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar sino que quien tal
dice y afirma debe de tener güero el juicio? La bacía yo la llevo
en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa
y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que
algún día me vea con mi mujer y hijos.
—Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste te juro
—dijo don Quijote— que tienes el más corto entendimiento que
tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Que es posible que en
cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas
las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras,
necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no
porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre
una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan
y truecan, y las vuelven según su gusto y según tienen la gana
de favorecernos o destruirnos; y, así, eso que a ti te parece
bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino y a
otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio que
es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él
de tanta estima, todo el mundo me perseguiría por quitármele,
pero como ven que no es más de un bacín de barbero, no se
curan de procuralle, como se mostró bien en el que quiso
rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle, que a fe que si le
conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por
ahora no le he menester, que antes me tengo de quitar todas
estas armas y quedar desnudo como cuando nací, si es que me
da en voluntad de seguir en mi penitencia más a Roldán que a
Amadís.
Llegaron en estas pláticas al pie de una alta montaña, que casi
como peñón tajado estaba sola entre otras muchas que la
rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase
por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba
contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos
árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el
lugar apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura
para hacer su penitencia, y, así, en viéndole comenzó a decir
en voz alta, como si estuviera sin juicio:
—Este es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la
desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Este es
el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste
pequeño arroyo, y mis continos y profundos sospiros moverán
a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio
y señal de la pena que mi asendereado corazón padece. ¡Oh
vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en este
inhabitable lugar tenéis vuestra morada: oíd las quejas deste
desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos
imaginados celos han traído a lamentarse entre estas
asperezas y a quejarse de la dura condición de aquella ingrata
y bella, término y fin de toda humana hermosura! ¡Oh
vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de
habitar en las espesuras de los montes: así los ligeros y
lascivos sátiros, de quien sois aunque en vano amadas, no
perturben jamás vuestro dulce sosiego, que me ayudéis a
lamentar mi desventura, o a lo menos no os canséis de oílla!
¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena,
norte de mis caminos, estrella de mi ventura: así el cielo te la
dé buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar
y el estado a que tu ausencia me ha conducido, y que con buen
término correspondas al que a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios
árboles, que desde hoy en adelante habéis de hacer compañía
a mi soledad, dad indicio con el blando movimiento de vuestras
ramas que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú, escudero
mío, agradable compañero en mis prósperos y adversos
sucesos, toma bien en la memoria lo que aquí me verás hacer,
para que lo cuentes y recites a la causa total de todo ello!
Y diciendo esto se apeó de Rocinante y en un momento le quitó
el freno y la silla y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:
—Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan
estremado por tus obras cuan desdichado por tu suerte! Vete
por do quisieres, que en la frente llevas escrito que no te igualó
en ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el nombrado Frontino,
que tan caro le costó a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
—Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar
al rucio, que a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas
que decille en su alabanza; pero si él aquí estuviera, no
consintiera yo que nadie le desalbardara, pues no había para
qué, que a él no le tocaban las generales de enamorado ni de
desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo, cuando
Dios quería. Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura,
que si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de
veras, que será bien tornar a ensillar a Rocinante, para que
supla la falta del rucio, porque será ahorrar tiempo a mi ida y
vuelta; que si la hago a pie, no sé cuándo llegaré, ni cuándo
volveré, porque, en resolución, soy mal caminante.
—Digo, Sancho —respondió don Quijote—, que sea como tú
quisieres, que no me parece mal tu designio; y digo que de
aquí a tres días te partirás, porque quiero que en este tiempo
veas lo que por ella hago y digo, para que se lo digas.
—Pues ¿qué más tengo de ver —dijo Sancho— que lo que he
visto?
—¡Bien estás en el cuento! —respondió don Quijote—. Ahora
me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de
calabazadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que
te han de admirar.
—Por amor de Dios —dijo Sancho—, que mire vuestra merced
cómo se da esas calabazadas, que a tal peña podrá llegar y en
tal punto, que con la primera se acabase la máquina desta
penitencia; y sería yo de parecer que, ya que a vuestra merced
le parece que son aquí necesarias calabazadas y que no se
puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto
es fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo,
con dárselas en el agua, o en alguna cosa blanda, como
algodón; y déjeme a mí el cargo, que yo diré a mi señora que
vuestra merced se las daba en una punta de peña, más dura
que la de un diamante.
—Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho —respondió
don Quijote—, mas quiérote hacer sabidor de que todas estas
cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras, porque de
otra manera sería contravenir a las órdenes de caballería, que
nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos,
y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que
mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin
que lleven nada del sofístico ni del fantástico. Y será necesario
que me dejes algunas hilas para curarme, pues que la ventura
quiso que nos faltase el bálsamo que perdimos.
—Más fue perder el asno —respondió Sancho—, pues se
perdieron en él las hilas y todo. Y ruégole a vuestra merced
que no se acuerde más de aquel maldito brebaje, que en solo
oírle mentar se me revuelve el alma, no que el estómago. Y
más le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres
días que me ha dado de término para ver las locuras que hace,
que ya las doy por vistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré
maravillas a mi señora; y escriba la carta y despácheme luego,
porque tengo gran deseo de volver a sacar a vuestra merced
deste purgatorio donde le dejo.
—¿Purgatorio le llamas, Sancho? —dijo don Quijote— Mejor
hicieras de llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo
sea.
—«Quien ha infierno —respondió Sancho—nula es retencio»,
según he oído decir.
—No entiendo qué quiere decir retencio —dijo don Quijote.
—Retencio es —respondió Sancho— que quien está en el
infierno nunca sale dél, ni puede. Lo cual será al revés en
vuestra merced, o a mí me andarán mal los pies, si es que
llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame yo una por
una en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo le
diré tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno,
que vuestra merced ha hecho y queda haciendo, que la venga
a poner más blanda que un guante, aunque la halle más dura
que un alcornoque; con cuya respuesta dulce y melificada
volveré por los aires como brujo y sacaré a vuestra merced
deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay
esperanza de salir dél, la cual, como tengo dicho, no la tienen
de salir los que están en el infierno, ni creo que vuestra merced
dirá otra cosa.
—Así es la verdad —dijo el de la Triste Figura—, pero ¿qué
haremos para escribir la carta?
—Y la libranza pollinesca también —añadió Sancho.
—Todo irá inserto —dijo don Quijote—; y sería bueno, ya que
no hay papel, que la escribiésemos, como hacían los antiguos,
en hojas de árboles o en unas tablitas de cera, aunque tan
dificultoso será hallarse eso ahora como el papel. Mas ya me ha
venido a la memoria dónde será bien, y aun más que bien,
escribilla, que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio,
y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena
letra, en el primer lugar que hallares donde haya maestro de
escuela de muchachos, o, si no, cualquiera sacristán te la
trasladará; y no se la des a trasladar a ningún escribano, que
hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.
—Pues ¿qué se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.
—Nunca las cartas de Amadís se firman —respondió don
Quijote.
—Está bien —respondió Sancho—, pero la libranza
forzosamente se ha de firmar, y esa, si se traslada, dirán que la
firma es falsa y quedaréme sin pollinos.
—La libranza irá en el mesmo librillo firmada, que en viéndola
mi sobrina no pondrá dificultad en cumplilla. Y en lo que toca a
la carta de amores, pondrás por firma: «Vuestro hasta la
muerte, el Caballero de la Triste Figura». Y hará poco al caso
que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me sé acordar,
Dulcinea no sabe escribir ni leer y en toda su vida ha visto letra
mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido
siempre platónicos, sin estenderse a más que a un honesto
mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con
verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la
lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto
cuatro veces, y aun podrá ser que destas cuatro veces no
hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el
recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo
y su madre Aldonza Nogales, la han criado.
—¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es
la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre
Aldonza Lorenzo?
—Esa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de
todo el universo.
—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien
una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el
Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en
pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier
caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh
hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso
un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales
suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque
estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si
estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es
nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos
se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor
Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe
vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título
puede desesperarse y ahorcarse, que nadie habrá que lo sepa
que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el
diablo. Y querría ya verme en camino, solo por vella, que ha
muchos días que no la veo y debe de estar ya trocada, porque
gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al
sol y al aire. Y confieso a vuestra merced una verdad, señor
don Quijote: que hasta aquí he estado en una grande
ignorancia, que pensaba bien y fielmente que la señora
Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced
estaba enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los
ricos presentes que vuestra merced le ha enviado, así el del
vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que deben
ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra
merced ha ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su
escudero. Pero, bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la
señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso,
de que se le vayan a hincar de rodillas delante della los
vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque
podría ser que al tiempo que ellos llegasen estuviese ella
rastrillando lino o trillando en las eras, y ellos se corriesen de
verla, y ella se riese y enfadase del presente.
—Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho
—dijo don Quijote—, que eres muy grande hablador y que,
aunque de ingenio boto, muchas veces despuntas de agudo;
mas para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto soy yo,
quiero que me oyas un breve cuento. Has de saber que una
viuda hermosa, moza, libre y rica, y sobre todo desenfadada,
se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo;
alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por
vía de fraternal reprehensión: «Maravillado estoy, señora, y no
sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa
y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un
hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo
en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos
teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre
peras, y decir: Este quiero, aqueste no quiero». Mas ella le
respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra
merced, señor mío, está muy engañado y piensa muy a lo
antiguo, si piensa que yo he escogido mal en fulano por idiota
que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía
sabe y más que Aristóteles». Así que, Sancho, por lo que yo
quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta
princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban
damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen,
es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis,
las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de
que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los
teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente
damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y
celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por
dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y
por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí
pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y
honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a
hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago
cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de
saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a
amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena
fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en
Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la
buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo
imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte
nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la
belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la
alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las
edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo
que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los
ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.
—Digo que en todo tiene vuestra merced razón —respondió
Sancho— y que yo soy un asno. Mas no sé yo para qué nombro
asno en mi boca, pues no se ha de mentar la soga en casa del
ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me mudo.
Sacó el libro de memoria don Quijote y, apartándose a una
parte, con mucho sosiego comenzó a escribir la carta, y en
acabándola llamó a Sancho y le dijo que se la quería leer
porque la tomase de memoria, si acaso se le perdiese por el
camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A lo cual
respondió Sancho:
—Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro, y
démele, que yo le llevaré bien guardado; porque pensar que yo
la he de tomar en la memoria es disparate, que la tengo tan
mala, que muchas veces se me olvida cómo me llamo. Pero,
con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho
de oílla, que debe de ir como de molde.
—Escucha, que así dice —dijo don Quijote.
CARTA DE DON QUIJOTE A
DULCINEA DEL TOBOSO
Soberana y alta señora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del
corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él
no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi
pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo
sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que,
además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero
Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada
enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares
de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto,
que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi
deseo. Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura
—Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que
es la más alta cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que
le dice vuestra merced ahí todo cuanto quiere, y qué bien que
encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura! Digo de
verdad que es vuestra merced el mesmo diablo y que no hay
cosa que no sepa.
—Todo es menester —respondió don Quijote— para el oficio
que trayo.
—Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra
vuelta la cédula de los tres pollinos, y fírmela con mucha
claridad, porque la conozcan en viéndola.
—Que me place —dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito, se la leyó, que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora
sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que
dejé en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales
tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aquí
recebidos de contado, que con esta y con su carta de pago
serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a
veinte y dos de agosto deste presente año.
—Buena está —dijo Sancho—, fírmela vuestra merced.
—No es menester firmarla —dijo don Quijote—, sino solamente
poner mi rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres
asnos, y aun para trecientos, fuera bastante.
—Yo me confío de vuestra merced —respondió Sancho—.
Déjeme, iré a ensillar a Rocinante, y aparéjese vuestra merced
a echarme su bendición, que luego pienso partirme, sin ver las
sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi
hacer tantas, que no quiera más.
—Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí,
quiero, digo, que me veas en cueros y hacer una o dos docenas
de locuras, que las haré en menos de media hora, porque,
habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las
demás que quisieres añadir; y asegúrote que no dirás tú tantas
cuantas yo pienso hacer.
—Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a
vuestra merced, que me dará mucha lástima y no podré dejar
de llorar, y tengo tal la cabeza, del llanto que anoche hice por
el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros; y si es
que vuestra merced gusta de que yo vea algunas locuras,
hágalas vestido, breves y las que le vinieren más a cuento.
Cuanto más, que para mí no era menester nada deso, y, como
ya tengo dicho, fuera ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de
ser con las nuevas que vuestra merced desea y merece. Y, si
no, aparéjese la señora Dulcinea, que, si no responde como es
razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de sacar la
buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque
¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante tan famoso
como vuestra merced se vuelva loco, sin qué ni para qué, por
una...? No me lo haga decir la señora, porque por Dios que
despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca se venda.
¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues a fe que si me
conociese, que me ayunase!
—A fe, Sancho —dijo don Quijote—, que, a lo que parece, que
no estás tú más cuerdo que yo.
—No estoy tan loco —respondió Sancho—, mas estoy más
colérico. Pero, dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer
vuestra merced en tanto que yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino,
como Cardenio, a quitárselo a los pastores?
—No te dé pena ese cuidado —respondió don Quijote—,
porque, aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y
frutos que este prado y estos árboles me dieren, que la fineza
de mi negocio está en no comer y en hacer otras asperezas
equivalentes.
—Adiós, pues. Pero ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no
tengo de acertar a volver a este lugar donde agora le dejo,
según está de escondido.
—Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos
contornos —dijo don Quijote— y aun tendré cuidado de
subirme por estos más altos riscos, por ver si te descubro
cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado será, para
que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de
las muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a
trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y
señales para que me halles cuando vuelvas, a imitación del hilo
del laberinto de Perseo.
—Así lo haré —respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor y, no sin
muchas lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y subiendo
sobre Rocinante, a quien don Quijote encomendó mucho y que
mirase por él como por su propria persona, se puso en camino
del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la
retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así se fue,
aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese
siquiera hacer dos locuras. Mas no hubo andado cien pasos,
cuando volvió y dijo:
—Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que para
que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer
locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la
he visto en la quedada de vuestra merced.
—¿No te lo decía yo? —dijo don Quijote—. Espérate, Sancho,
que en un credo las haré.
Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes
y en pañales y luego sin más ni más dio dos zapatetas en el
aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto,
descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho
la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que
podía jurar que su amo quedaba loco. Y así le dejaremos ir su
camino, hasta la vuelta, que fue breve.
Capítulo LI
Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que
llevaban al valiente don Quijote
—Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña,
es de las más ricas que hay en todos estos contornos, en la
cual había un labrador muy honrado, y tanto, que, aunque es
anejo al ser rico el ser honrado, más lo era él por la virtud que
tenía que por la riqueza que alcanzaba; mas lo que le hacía
más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan
estremada hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el
que la conocía y la miraba se admiraba de ver las estremadas
partes con que el cielo y la naturaleza la habían enriquecido.
Siendo niña fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y
en la edad de diez y seis años fue hermosísima. La fama de su
belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas
aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más, si se
estendió a las apartadas ciudades y aun se entró por las salas
de los reyes y por los oídos de todo género de gente, que como
a cosa rara o como a imagen de milagros de todas partes a
verla venían? Guardábala su padre y guardábase ella, que no
hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.
»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a
muchos, así del pueblo como forasteros, a que por mujer se la
pidiesen; mas él, como a quien tocaba disponer de tan rica
joya, andaba confuso, sin saber determinarse a quién la
entregaría de los infinitos que le importunaban. Y entre los
muchos que tan buen deseo tenían fui yo uno, a quien dieron
muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el
padre conocía quién yo era, el ser natural del mismo pueblo,
limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy
rico y en el ingenio no menos acabado. Con todas estas
mismas partes la pidió también otro del mismo pueblo, que fue
causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a
quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija
bien empleada; y, por salir desta confusión, determinó
decírselo a Leandra, que así se llama la rica que en miseria me
tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos iguales, era
bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto, cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos
quieren poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en
cosas ruines y malas, sino que se las propongan buenas, y de
las buenas, que escojan a su gusto. No sé yo el que tuvo
Leandra, solo sé que el padre nos entretuvo a entrambos con la
poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le
obligaban ni nos desobligaban tampoco. Llámase mi
competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de
los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen,
cuyo fin aún está pendiente, pero bien se deja entender que ha
de ser desastrado.
»En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Roca,
hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía
de las Italias y de otras diversas partes de ser soldado. Llevóle
de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un
capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el
mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca, pintado con
mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de
acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra, pero todas
sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La gente
labradora, que de suyo es maliciosa y dándole el ocio lugar es
la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto sus galas y
preseas, y halló que los vestidos eran tres, de diferentes
colores, con sus ligas y medias, pero él hacía tantos guisados e
invenciones dellas, que si no se los contaran hubiera quien
jurara que había hecho muestra de más de diez pares de
vestidos y de más de veinte plumajes. Y no parezca
impertinencia y demasía esto que de los vestidos voy contando,
porque ellos hacen una buena parte en esta historia. Sentábase
en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza
y allí nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las
hazañas que nos iba contando. No había tierra en todo el orbe
que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado;
había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y
entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante
y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba, y
de todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen
derramado una sola gota de sangre. Por otra parte, mostraba
señales de heridas que, aunque no se divisaban, nos hacía
entender que eran arcabuzazos dados en diferentes
rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista
arrogancia llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le
conocían, y decía que su padre era su brazo, su linaje sus
obras, y que, debajo de ser soldado, al mismo rey no debía
nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y
tocar una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos
que la hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que
también la tenía de poeta, y, así, de cada niñería que pasaba
en el pueblo componía un romance de legua y media de
escritura. Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente
de la Roca, este bravo, este galán, este músico, este poeta fue
visto y mirado muchas veces de Leandra desde una ventana de
su casa que tenía la vista a la plaza. Enamoróla el oropel de
sus vistosos trajes; encantáronla sus romances, que de cada
uno que componía daba veinte traslados; llegaron a sus oídos
las hazañas que él de sí mismo había referido: y, finalmente,
que así el diablo lo debía de tener ordenado, ella se vino a
enamorar dél, antes que en él naciese presunción de solicitalla;
y como en los casos de amor no hay ninguno que con más
facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de
la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente, y
primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la
cuenta de su deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado
la casa de su querido y amado padre, que madre no la tiene, y
ausentádose de la aldea con el soldado, que salió con más
triunfo desta empresa que de todas las muchas que él se
aplicaba. Admiró el suceso a toda el aldea y aun a todos los
que dél noticia tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo atónito,
el padre triste, sus parientes afrentados, solícita la justicia, los
cuadrilleros listos; tomáronse los caminos, escudriñáronse los
bosques y cuanto había, y al cabo de tres días hallaron a la
antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en
camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de su
casa había sacado. Volviéronla a la presencia del lastimado
padre, preguntáronle su desgracia: confesó sin apremio que
Vicente de la Roca la había engañado y debajo de su palabra de
ser su esposo la persuadió que dejase la casa de su padre, que
él la llevaría a la más rica y más viciosa ciudad que había en
todo el universo mundo, que era Nápoles; y que ella, mal
advertida y peor engañada, le había creído y, robando a su
padre, se le entregó la misma noche que había faltado, y que él
la llevó a un áspero monte y la encerró en aquella cueva donde
la habían hallado. Contó también cómo el soldado, sin quitalle
su honor, le robó cuanto tenía y la dejó en aquella cueva y se
fue, suceso que de nuevo puso en admiración a todos. Duro se
nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó
con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado
padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le
llevaban, pues le habían dejado a su hija con la joya que, si
una vez se pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre. El
mismo día que pareció Leandra, la despareció su padre de
nuestros ojos y la llevó a encerrar en un monesterio de una
villa que está aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna
parte de la mala opinión en que su hija se puso. Los pocos
años de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos
con aquellos que no les iba algún interés en que ella fuese
mala o buena; pero los que conocían su discreción y mucho
entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su
desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que por
la mayor parte suele ser desatinada y mal compuesta.
Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo
menos sin tener cosa que mirar que contento le diese; los
míos, en tinieblas, sin luz que a ninguna cosa de gusto les
encaminase. Con la ausencia de Leandra crecía nuestra
tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas
del soldado y abominábamos del poco recato del padre de
Leandra. Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar
el aldea y venirnos a este valle, donde él apacentando una gran
cantidad de ovejas suyas proprias y yo un numeroso rebaño de
cabras, también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando
vado a nuestras pasiones o cantando juntos alabanzas o
vituperios de la hermosa Leandra o suspirando solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas. A imitación
nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han
venido a estos ásperos montes usando el mismo ejercicio
nuestro, y son tantos, que parece que este sitio se ha
convertido en la pastoral Arcadia, según está colmo de
pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no se oiga
el nombre de la hermosa Leandra. Este la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquel la condena por fácil y
ligera; tal la absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera;
uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición, y, en
fin, todos la deshonran y todos la adoran, y de todos se
estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de desdén
sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie,
porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su
deseo. No hay hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra
de árbol que no esté ocupada de algún pastor que sus
desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de
Leandra dondequiera que pueda formarse: “Leandra” resuenan
los montes, “Leandra” murmuran los arroyos, y Leandra nos
tiene a todos suspensos y encantados, esperando sin
esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es
mi competidor Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de
que quejarse, solo se queja de ausencia; y al son de un rabel
que admirablemente toca, con versos donde muestra su buen
entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro camino más
fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato,
de sus promesas muertas, de su fe rompida y, finalmente, del
poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e
intenciones que tienen. Y esta fue la ocasión, señores, de las
palabras y razones que dije a esta cabra cuando aquí llegué,
que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de
todo mi apero. Esta es la historia que prometí contaros. Si he
sido en el contarla prolijo, no seré en serviros corto: cerca de
aquí tengo mi majada y en ella tengo fresca leche y muy
sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas, no
menos a la vista que al gusto agradables.
PARTE II
Capítulo LXXIV
De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que
hizo y su muerte
Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en
declinación de sus principios hasta llegar a su último fin,
especialmente las vidas de los hombres, y como la de don
Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de
la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo
pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el
verse vencido o ya por la disposición del cielo, que así lo
ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en
la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del
bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la
cabecera Sancho Panza, su buen escudero.
Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no
ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea
le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles
procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y
levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual
tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas
Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su
propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el
uno llamado Barcino y el otro Butrón, que se los había vendido
un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don
Quijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le
contentó mucho y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud
de su alma, porque la del cuerpo corría peligro. Oyólo don
Quijote con ánimo sosegado, pero no lo oyeron así su ama, su
sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar
tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el
parecer del médico que melancolías y desabrimientos le
acababan. Rogó don Quijote que le dejasen solo, porque quería
dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como
dicen, más de seis horas: tanto, que pensaron el ama y la
sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo
del tiempo dicho y, dando una gran voz, dijo:
—¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho!
En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni
impiden los pecados de los hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío y pareciéronle
más concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella
enfermedad, y preguntóle:
—¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo
de nuevo? ¿Qué misericordias son estas, o qué pecados de los
hombres?
—Las misericordias —respondió don Quijote—, sobrina, son las
que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como
dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y
claro, sin las sombras caliginosas, de la ignorancia que sobre él
me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables
libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado
tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna
recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento,
sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que
diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que
dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no
querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga,
a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a
maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi
testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los
tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don
Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis
costumbres me dieron renombre de «bueno». Ya soy enemigo
de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje;
ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante
caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me
pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios
escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que
alguna nueva locura le había tomado, y Sansón le dijo:
—¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está
desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso?
¿Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar
cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced
hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de
cuentos.
—Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido
verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda
del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy
muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un
confesor que me confiese y un escribano que haga mi
testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar
el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor
cura me confiesa vayan por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don
Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las
señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto
con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas
razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y
con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a
creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él y confesóle.
El bachiller fue por el escribano y de allí a poco volvió con él y
con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del
bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a
la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar
lágrimas. Acabóse la confesión y salió el cura diciendo:
—Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo
Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga
su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de
ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal
manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil
profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como
alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso
Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la
Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable
trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa,
sino de todos cuantos le conocían.
Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la
cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con
todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren,
llegando a las mandas, dijo:
—Iten, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho
Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que
porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y
tomares, quiero que no se le haga cargo dellos ni se le pida
cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse
pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien
poco, y buen provecho le haga; y si, como estando yo loco fui
parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora,
estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la
sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer
loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído
de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
—¡Ay! —respondió Sancho llorando—. No se muera vuestra
merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años,
porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta
vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni
otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea
perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo
vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de
alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea
desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere
de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que
por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto
más que vuestra merced habrá visto en sus libros de
caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros
y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.
—Así es —dijo Sansón—, y el buen Sancho Panza está muy en
la verdad destos casos.
—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya
en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya
soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he
dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes
mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que
de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.
»Iten, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia
Quijana mi sobrina, que está presente, habiendo sacado
primero de lo más bien parado della lo que fuere menester para
cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfación
que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del
tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para
un vestido. Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor
bachiller Sansón Carrasco, que están presentes.
»Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina
quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya
hecho información que no sabe qué cosas sean libros de
caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y, con
todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda
todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas
distribuir en obras pías a su voluntad.
»Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena
suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso
una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de
las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan,
cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin
yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes
disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con
escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.
Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se
tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y
acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste
donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo.
Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina,
brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del
heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la
pena que es razón que deje el muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos
todos los sacramentos y después de haber abominado con
muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse
el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún
libro de caballerías que algún caballero andante hubiese
muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como
don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que
allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio
como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente «don
Quijote de la Mancha», había pasado desta presente vida y
muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar
la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli
le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus
hazañas.
Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no
quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas
las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por
ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete
ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de
don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque
Sansón Carrasco le puso este:
Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí
quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé
si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos
siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te
descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les
puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:
—¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada,
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo
escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar
del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de
atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada
las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de
sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien
advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la
sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y
no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a
Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y
verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado
de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla
de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las
dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya
noticia llegaron, así en estos como en los estraños reinos. Y con
esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a
quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber
sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente,
como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en
aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas
historias de los libros de caballerías, que por las de mi
verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del
todo sin duda alguna». Vale.
FIN