Seducida 1
Seducida 1
tono para hacerme oír. Carlos me miró con cara de fastidio. «¡Qué pesada!» Debió de pensar.
Sin embargo, al igual que mi exmarido, siempre ha sabido disimular su mal humor. —No,
mamá. Saldremos a dar una vuelta y ya comeremos algo por ahí. Hemos quedado con Aitor,
dentro de un rato —respondió sin apartar la vista del videojuego, expresándose casi gritando,
debido a que tenían puestos los auriculares. En cambio, el que si apartó los ojos de la pantalla
al instante de abrir la puerta fue su amigo Iván, que se quedó embobado como siempre,
observándome directamente las piernas. Yo sabía de sobra que los amigos de mi hijo me
miraban de modo libidinoso, cosa que en el fondo me resultaba divertía haciéndome sentir
orgullosa. —Está bien, yo ahora me voy a dar una ducha, Enrique y yo saldremos a cenar y
después iremos a bailar. De todas formas, si os apetece comer algo, recordar hay cosas en el
frigorífico —informé apoyada en el marco de la puerta, sin estar segura de que me estuvieran
escuchando debido al alto volumen que salía de sus auriculares. —¡Mamá! Déjame dinero
antes de marcharte —exclamó sin dejar de jugar al puñetero videojuego nuevo, que le había
regalado su padre —Por cierto, Iván se queda a dormir también esta noche —añadió. —
Estupendo ¿Quieres que te deje un pijama limpio de Carlos? —Pregunté mirando al muchacho.
En ese momento, Iván se vio obligado a levantar un segundo la vista de mis piernas, algo
sonrojado. Dándose cuenta de sobra, que lo había pillado observándome. —Gracias, Olivia.
Pero nunca uso pijama, yo siempre duermo en gayumbos —respondió simulando una voz
mucho más varonil que la tenía en realidad. —Ya me marcho y os dejo que juguéis tranquilos.
Pero no os quedéis hasta muy tarde levantados —manifesté cerrando la puerta. —¡Joder,
macho! ¡Qué buena está tu madre! Es verla y se me pone dura como una piedra —escuché
decir claramente a Iván, desde el otro lado de la puerta. Seguramente debido al fuerte tono
con el que hablaba, a consecuencia de que ambos llevaban puestos los auriculares. —¡No te
pases, cabrón! Te recuerdo, que por mucho que te ponga cachondo, es mi madre —protestó
mi hijo, tratando de poner las cosas en su sitio. —Lo siento tío, pero es que es superior a mis
fuerzas. Tu madre me calienta mucho, y más aún con esa camiseta que se pone como si fuera
un vestido para estar en casa. A poco que se descuide, un día nos enseña las bragas. Está para
comérsela. —Supongo que, al ser mi madre, no la miraré con los mismos ojos que vosotros.
Aunque reconozco que no está nada mal —alegó mi hijo—. Además, yo estoy acostumbrado
desde siempre a verla así vestida por casa. —Pues yo no me acostumbraría. Te aseguro que, si
mi madre estuviera así de buena, por mucho que fuera mi madre, se me pondría dura
igualmente. Una mujer es una mujer. ¿Nunca la oyes cuando folla con su marido? —Preguntó
Iván. —La verdad es que no. Supongo que los quince días que mi hermano y yo estamos aquí,
Enrique y ella tendrán más cuidado. No se van a poner a chillar en mitad de la noche. —¡Pues
que putada! Tiene que ser un espectáculo oírla follar. Aitor siempre dice que tu madre tiene
pinta de ser una buena cachonda. Por cierto, hoy me ha pillado observándole las piernas, me
he quedado algo cortado. Pero creo que a ella le gusta que la mire, pues se ha reído —confesó
Iván. —¡Cómo os pasáis…! —Exclamó riéndose Carlos. —Entre lo buena que está y la forma en
la que se viste… Me pone muy cachondo. Si yo fuera Enrique, no me gustaría que saliera
vestida a la calle con esas minifaldas y esos escotes —comentó Iván en tono machista. —
¡Joder, tío! Ya la conoces... Mi abuela siempre dice, que mi madre ha hecho siempre lo que le
ha dado la gana. No creo que hiciera el menor caso si alguien le impusiera como tiene que
vestirse, incluso aunque se tratara de Enrique —aseguró mi hijo. —¿Tu padre nunca te explicó
por qué se divorciaron? Reconozco, que Elena está buena —comentó haciendo referencia a la
actual esposa de mi exmarido—. Pero tu madre, está aún mucho mejor. —No sé… Elena es
bastante más joven —alegó Carlos, como buscando tantear a su amigo. —¡No compares! —
Exclamó Iván exaltado, saliendo en mi defensa—. Olivia es rubia, tiene ojos claros, es muy alta
y de cara es mucho más guapa. Además, Elena no tiene el culo ni las tetas que tiene tu madre,
es casi un palo de escoba en comparación. La mujer de tu padre, está bien, pero tu madre es
mucha más hembra. —Tampoco te pases, Elena no está nada mal. Quizás esté demasiado
delgada y es cierto que tiene menos curvas. Además, viste de modo más discreto y puede que
por eso resulte menos llamativa. —Tu madre es mucha más mujer en todos los aspectos. No
recuerdo verlos juntos, pero sin duda es más alta que tu padre. Cuando lleva tacones, incluso a
mí me saca algunos centímetros. —La verdad es que nunca he sabido la verdadera razón por la
que se divorciaron. Mi madre siempre me ha dicho que empezaron a salir cuando ella tenía
quince años, y que las relaciones después de tanto tiempo se desgastan. Sin embargo, una vez
que estaba mi padre hablando con un amigo suyo por teléfono, y supuso que yo no podía
oírlo, le escuché decir, que mi madre le había puesto los cuernos en muchas ocasiones. Pero
no lo sé, él nunca me ha hablado de eso. —¡Joder! Me voy a tener que hacer una paja
pensando otra vez en la cachonda de tu madre. Te juro, que me la jodería aquí mismo contra
esta mesa —expresó Iván, de modo soez, mientras mi propio hijo se reía a carcajadas, a
consecuencia de los groseros comentarios de su mejor amigo—. A tu madre se le nota que le
va un montón la marcha, ya le daría yo, toda la caña que ella quisiera... No pude evitar
sentirme herida, por esa manera tan ordinaria y obscena de hablar de mí. Conocía a Iván,
desde antes que diera sus primeros pasos. Su madre y yo nos habíamos hecho muy amigas
desde que Carlos e Iván, coincidieron juntos en la misma guardería. Desde que se conocieron,
ambos se convirtieron en compañeros inseparables, estudiando y jugando siempre juntos.
Además, Iván había pasado largas temporadas en nuestra casa. Incluso, antes de divorciarme
del papá de Carlos, había venido con nosotros en varias ocasiones de vacaciones. Sus padres
vivían alejados en una urbanización en el campo. Por lo tanto, los fines de semana que mis
hijos pasaban conmigo, también se solía quedar a dormir con Carlos. Para mí, el chico era ya
como un miembro más de mi propia familia. Por dichos motivos, sus comentarios me dejaron
completamente perpleja. Percibía la forma en la que de un tiempo a esta parte él me miraba,
reconozco que eso me hacía gracia. Me complace gustar y siempre me ha entusiasmado
despertar el interés en un hombre, es algo que no puedo evitar. Pero jamás hubiera
sospechado, que se expresara de ese modo en presencia de mi propio hijo. —Mi madre es
demasiada hembra para ti —respondió mi hijo riéndose— Seguro que te dejaba seco en el
primer asalto. —No creo que ella tuviera queja de lo que tengo aquí —comentó seguramente
señalando su entrepierna—. Te aseguro que la iba a dejar muy contenta, dándole una buena
ración de rabo. En ese mismo momento me aparté de la puerta. Ya no me sentía cómoda
escuchándolos. Una cosa era que Iván me mirara golosamente, y otra muy diferente ser
testigo de sus vulgares comentarios, estando además en mi propia casa delante de Carlos.
«Son adolescentes con las hormonas revueltas. Es normal de que a esas edades no filtren todo
lo que dicen», intenté reflexionar tratando de quitarle hierro al asunto. Mi hijo y sus dos
mejores amigos: Iván y Aitor. Estaban estudiando el primer año en la universidad. Los tres eran
buenos chicos, buenos estudiantes que además no solían meterse en problemas. Por ese
motivo nunca me había imaginado a Iván y a mi hijo charlando de ese modo. Estaba
totalmente convencida de que sus conversaciones se limitarían a los videos juegos, a la música
que escuchaban, las series que devoraban o, a esos extraños juegos de rol que tanto les
gustaban. Ni siquiera ninguno de los tres había tenido nunca novia, por lo menos que yo
supiera en ese momento. A pesar de todo, que un chico con poco más de dieciocho años me
encontrase tan deseable, a mis cuarenta y cuatro años, en el fondo me halagaba. Capítulo II.
De todos los groseros comentarios que acaba de escuchar detrás de la puerta, únicamente me
preocupaba, realmente lo que mi hijo había contado de su padre. Me apesadumbraba el hecho
de que Carlos, se hubiera tenido que enterar de mis continuas infidelidades durante los casi
dieciséis años que duró nuestro matrimonio, a través de un cometario de su padre a un
tercero. Sin duda, tendría que hablar con mi exmarido. Mi divorcio había sido un verdadero
calvario, ya que Alex, había intentado hacerme pagar todo el daño que yo le había infligido
durante años, siéndole infiel a sus espaldas. Algunas veces mis aventuras habían llegado a los
oídos de mi exmarido. No obstante, yo siempre se las negaba de un modo tan categórico y
convincente que, al final, siempre terminaba por creerme a mí por encima, incluso de su
propio entorno. Llegando a pedirme perdón por su desconfianza. Sin embargo, desde el
instante en el que yo misma le anuncié mi intención de divorciarme, Alex se convirtió en mi
peor enemigo. Justo desde ese momento, todas esas dudas, acusaciones o sospechas de
infidelidad, pasaron a ser ciertas para él. Fueron más de dos años tremendamente duros a
consecuencia de las continuas batallas judiciales. Alex, totalmente influenciado por su madre,
quien me odiaba desde hacía tiempo, no dudaba en interponer cualquier tipo de denuncia, con
la única intención de amargarme la existencia lo máximo posible. Los pleitos fueron
interminables, abarcando todo tipo de cuestiones económicas, hasta intentar quedarse con la
custodia de mis hijos. Tanto es así, que llegué a temer que nunca podríamos tener una relación
civilizada, como la que deben asumir dos padres separados, condenados a entenderse por el
bien de sus propios hijos. Sin embargo, al final decidimos juntarnos y hablar con franqueza.
Para entonces llevábamos casi tres años divorciados. La única intención de ese encuentro, por
lo menos de mi parte, fue la de acercar posturas para poder priorizar el bienestar de nuestros
dos hijos En esos momentos yo ya había rehecho mi vida con mi actual marido, y él, había
comenzado a convivir con Elena, la que a día de hoy es su segunda esposa. El encuentro se
produjo en la actual casa de mi exmarido, estando únicamente ambos presentes en dicha
reunión. Reconozco, que soy una mujer muy echada para adelante y que no suelo achicarme
con facilidad. Sin embargo, ese día me sentía tremendamente incómoda y nerviosa. Ambos
permanecimos durante más de dos horas sentarnos de frente con una copa en la mano. Al
final, tuve que reconocerle algunas de las infidelidades que él sospechaba. Sin duda, a mi
exmarido le ocurrió lo que le pasa a la mayoría de los cornudos cuando se divorcian o se
separan de sus parejas. Mucha gente se prestaba entonces a sacar la lengua a paseo: la típica
vecina cotilla, se aventuró a irle con el cuento a mi ex suegra, de que muchas mañanas
observaba como entraban hombres en nuestra casa, abandonado el hogar familiar bastante
rato después; otros chismosos aseguraban haberme visto salir de un hotel acompañada.
También había numerosos rumores que me acusaban, de haberme avistado montada en
coches, besándome con desconocidos en bares o de ir cogida de la mano, paseando en plena
calle. La lista era larga, y llegué a temer que eso nos enfrentaría aún más. —Matías —comenzó
haciendo alusión a uno de sus mejores amigos—. Me ha asegurado, de que un día te vio salir
de un club de intercambio de parejas, acompañada por dos hombres, uno de ellos bastante
mayor que tú. Por lo visto él, pasaba justo en ese momento por la calle. —¿De verdad Matías
te ha ido con ese cuento? ¿También te ha dicho que intentó liarse conmigo en numerosas
ocasiones, y que yo siempre lo rechacé? Seguramente eso no te lo debe de haber comentado,
se le debe de haber olvidado ya. Le dices a Matías de mi parte, que se vaya a tomar por culo —
comenté irritada. —Según él, eras tú la que ibas detrás. Incluso, cuando nos divorciamos nos
contó a mi madre y a mí, que una vez, en aquel viaje que hicimos juntos a Barcelona, tú
intentaste besarlo en el ascensor del hotel, atreviéndote a tocarle el paquete. Teniéndote que
retirar la mano, dándote un manotazo —respondió Alex algo dubitativo. Yo estallé en una
sonora carcajada. —¡Ya le hubiera gustado a él…! Mira, cielo. Eso que cuentas del ascensor es
cierto, lo que no es verdad, es que fuera precisamente yo, la que intentara besarlo. Eso puedo
asegurártelo. Recuerdo, que tuve que apartarlo de un empujón y amenazarlo que, si volvía
hacer algo así, hablaría contigo y con su esposa. No me hubiera follado al repelente de tu
amigo Matías, aunque fuera la última picha que quedara en este mundo. Antes me hago
lesbiana —alegué riéndome—. Te aseguro que, tu querido amiguito, intentó meterse en tu
cama en varias ocasiones. Puedes decírselo de mi parte, y coméntale también, que si tiene los
santos cojones me llame un día por teléfono y me lo diga a mí directamente. ¿Cómo se puede
ser tan hipócrita y mamarracho? Alex se quedó pensando, como si estuviera intentando
asimilar el duro golpe que le acaba de asestar, vertiendo la realidad del comportamiento de
uno de sus mejores amigos. «Quizá debí callarme», reflexioné «¿Qué más me da una acusación
más?». —¿También fantaseabas con otros hombres cuando jodías conmigo? —Preguntó de
modo soez. —Supongo que alguna vez lo hice —reconocí abiertamente—. ¿Quién no ha hecho
algo así…? Sospecho que todos deseamos a terceras personas, en determinadas ocasiones. —
¿Tan mal te follaba, que tenías que ir a encamarte con otros? —Sabes que no se trata de eso
—negué con rotundidad—. Tú no tienes la culpa absolutamente de nada. —¿Entonces…?
¿Puedo saber por qué lo hacías? —Interpeló con un tono de voz cada vez más elevado—. ¿Es
que acaso eres una ninfómana de esas, que no puede contener su furor uterino? —No era
solamente el sexo lo que buscaba en otros hombres. Tú eras tierno y comprensivo conmigo.
No puedo reprocharte nada. Sin embargo, en la cama yo tengo la necesidad de percibir
sensaciones más intensas. Me gusta el sexo más rudo, más violento, más morboso, más sucio e
imprevisible. Tú me ofrecías todo lo contrario, cielo. —Tenía razón mi madre cuando me decía
que no eras más que una vulgar ramera, una puta, una furcia que se arrastra como una víbora
en busca del olor a macho. Me aseguraba que no mereciste ninguno de los besos que te di —
profirió, con un inmenso halo de tristeza. Intenté aguantar el golpe. Alex sabía de sobra que,
entre su madre y yo, siempre había habido cierto rencor y ojeriza. Ni yo nunca había soportado
a mi ex suegra, ni ella a mí. «También tu padre siempre aseguraba, que tu madre no era más
que una frígida y beata amargada», estuve a punto de soltarse. Sin embargo, elegí guardar
silencio. Lo último que pretendía era un enfrentamiento con Alex, y menos hacerle más daño.
—Debiste hacerle caso a tu madre desde el principio. Las madres siempre tenemos un sexto
sentido para estas cosas —respondí intentando darle la razón— Por cierto, ¿qué tal está?
Supongo que su mal humor y estreñimiento crónico, se habrá apaciguado desde que nos
divorciamos. —¿Cuándo me los pusiste por primera vez? ¿Fue antes o después de que Carlos
naciera? —preguntó sumamente interesado en ese punto. —¡Qué más da! Aquello es
únicamente pasado. Tú has rehecho ya tu vida, y lo único que debe importarnos ahora, es
hacerlo lo mejor posible con nuestros dos hijos. —¡Merezco saberlo, Olivia! —Exclamó
gritando—. Si realmente quieres que sigamos hablando, necesito todas respuestas ¿Desde
cuándo soy un puto cornudo? Yo permanecí callada durante unos segundos pensando de qué
manera mis palabras podrían sonar con algo menos de dureza. —Fue antes —reconocí
agachando la cabeza, sin encontrar el modo de rebajar la tensión del momento. —¿Antes?
Preguntó sorprendido ¿Cuándo? —Interpeló—. ¡Jodida puta…! —musitó para así en voz tan
baja, que casi no pude ni oír. —Cuando aún éramos novios. Alex, ya casi ni me acuerdo. Ha
pasado tanto tiempo… —¡Joder, Olivia…! ¿Con quién fue? —Exclamó fuera de sí con la cara
enrojecida por la ira. —No lo conoces, fue con un desconocido —mentí—. Lo siento… —
Lamenté pidiéndole perdón. —¿Qué lo sientes? —preguntó gritando— ¡Pedazo de golfa…! —
Estás en todo tu derecho a odiarme —respondí mirándolo directamente a los ojos—. Sin
embargo, opino que tenemos que encontrar el punto justo para que nuestros hijos no paguen
por mis pecados. Creo que para eso estamos aquí, y no para saber con quién sí, y con quién no,
te puse los cuernos. —¿Te los traías a follar a casa? ¿Metías hombres en nuestra cama? —
Interpeló totalmente ya fuera de sí, quedándose únicamente con esa parte del discurso. —Sí,
alguna vez los llevé a casa —reconocí—. Cuando te conviertes en una persona infiel, no tienes
en cuenta ese tipo de detalles. ¿Qué más da el lugar? Únicamente me importaba disfrutar el
momento. —¿Con cuántos, Olivia? —No lo sé. No he llevado nunca esa cuenta. Tampoco voy a
darte más nombres. —¿Diez, veinte, treinta…? ¿Con cuántos hombres me pusiste los cuernos?
—Te digo que no puedo responderte a esa pregunta. No tengo una lista —respondí elevando
el tono. —Supongo que entre todos los que te tiraste, habría conocidos ¿Jodías también con
nuestras amistades? Seguro que, con alguno, incluso a día de hoy, sigo manteniendo una
frecuente relación. ¿Sabes lo idiota que llego a sentirme cuando estoy hablando con alguien y
comienzo a preguntarme si a ese también te lo habrás follado? —A los más feos, puedes
eliminarlos directamente de tu extenso catálogo. Siempre he sido bastante selectiva, ya
conoces mis gustos —comenté, intentando ofrecer un toque de humor. —¿Te hace gracia todo
esto? ¿Puedes ponerte en mi lugar por un instante? Por tu culpa no puedo fiarme ya de nadie,
desconfío de todo el mundo. Incluso cuando veo a Elena hablar con un hombre, se me
remueve todo por dentro… No puedo evitarlo —lamentó haciendo una larga pausa para coger
aire— Cuando estoy con mis hijos… —¡Alex, no vayas por ahí! No te lo permito —Lo interrumpí
elevando el tono. —Cuando veo a mis hijos, a los que adoro —apostilló—. No puedo evitar
buscarles algún parecido físico mío. Pero lo peor de todo no es eso, lo más jodido es que no
consigo sacarte de mi puta cabeza. —Lo siento —simplemente me salió decir, en ese tenso
momento. Arqueé las cejas, sorprendida al comprender que la herida que Alex tenía aún
abierta, era mucho más profunda de lo que yo nunca hubiera imaginado. Había estado con
bastantes conocidos de ambos, incluso con alguno de sus mejores amigos; y lo que era aún
peor y esperaba que jamás llegara a enterarse por su propio bien. Con algún familiar directo
suyo. No me sentía para nada orgullosa de todas las traiciones que le había infringido durante
todos los años que estuvimos juntos, pero aún me arrepentía más, de habérselas negado.
Sabía que Alex y yo teníamos muy pocas cosas en común. Él es de esa clase de personas, que
buscan la perfección y la rectitud en todo lo que le rodea, nunca fue para nada el tipo de
hombre que yo necesitaba a mi lado. Incluso ahora, me preguntó a mí misma si de verdad
llegué a estar enamorada de él alguna vez. Cuando comenzamos a salir juntos, todo el mundo
opinaba que éramos la pareja perfecta. Ambos proveníamos de familias acomodadas, de ideas
un tanto conservadoras. Por lo tanto, teníamos un círculo de amistades conjuntas, siendo los
dos buenos estudiantes. Incluso, recuerdo que hasta mi madre me repetía una y otra vez la
suerte que tenía por tener a Alex como novio. «Un chico tan formal y educado; de buena
familia y con un gran porvenir por delante, que además está loco por ti», me repetía siempre
desde el comienzo. Haber cortado con Alex, hubiera sido un tremendo varapalo y disgusto
para ambas familias, que ya hacían planes abiertamente de futuro para nosotros. Todo nuestro
entorno daba por hecho que acabaríamos casándonos y teniendo hijos, compartiendo el resto
de nuestra vida juntos. Nada podía salir mal. ¿Quién era yo para llevarle la contraria a todo el
mundo? Era como si estuviéramos predestinados a estar eternamente en pareja. —¿Supongo
que una mujer tan…? —Comenzó diciendo Alex, deteniéndose intentando buscar la palabra
exacta—. ¿Tan vehemente como tú, no puede reprimirse y ahora también le eres infiel a
Enrique? O, ¿es que él te folla mejor? —Preguntó, tratando de humillarme. —Creo que eso no
te incumbe, Alex. Lo que yo haga con mi vida o tú hagas con la tuya, desde que firmamos la
sentencia del divorcio, pertenece a nuestra más estricta intimidad —respondí serenamente. En
ese instante él se levantó del sillón. Recuerdo que su rostro estaba totalmente transformado,
con una expresión facial muy marcada y enrojecida. Mostrándose encolerizado como nunca
antes lo había visto. Observarlo tan fuera de sí mismo no me trasmitió ningún tipo de miedo,
todo lo contrario, me inspiró una profunda pena. Sin duda, Alex no había superado aún
nuestra ruptura. Entonces recordé todas las veces que había negado haberlo engañado, y en
ese momento me sentí en deuda con él. —¿Te reías del cornudo de tu marido, cuando otros te
montaban como a una vulgar fulana? ¿Os divertíais a mi costa? —No —negué tajantemente—.
Jamás me he reído de ti. Un segundo, después de responderle, me agarró de la mano y tirando
bruscamente de mí, me obligó a levantarme. Con los tacones puestos soy más alta que mi
exmarido, pero en ese instante, la diferencia de estatura todavía me pareció más evidente. —
Mírame a los ojos si tienes ovarios, y reconoce de una vez que eres una puta. Ambos
permanecimos de pies frente a frente, observándonos a los ojos directamente. —¡Soy una
puta! —Reconocí abiertamente sin ningún tipo de pudor ni vergüenza. Para nada me esperaba
una reacción como la que tuvo Alex un instante después de escucharme. Agarrando la solapa
de mi camisa, dio un fuerte tirón hacia abajo, desgarrándomela. Con ese impetuoso gesto, hizo
que irremediablemente saltaran varios botones hasta el suelo. Mis grandes pechos escaparon
de la camisa, saltando hacia afuera, libres y expuestos. No traté de cubrirme, ni hice el menor
amago de hacerlo. Acepté ese incómodo momento, sabiendo que era una deuda que tenía
pendiente, y que yo necesitaba saldar. Era algo que, en lo más profundo de mi ser, sabía que
se lo debía. Lo había humillado tantas veces… que ahora me tocaba a mí afrontar ese rol. Ni
tan siquiera el odio que en esos momentos él sentía hacia mí, le permitieron dejar de
desearme. No sé la razón, pero en esos momentos únicamente pensé en Elena. «¿La desearía
alguna vez a ella como siempre me había ansiado a mí?» Percibí sus ojos cargados de vicio
sobre mis pechos. Sin embargo, no se atrevió ni tan siquiera a tocarlos. Entonces, volvió hacer
algo inesperado para mí. Tirándome del brazo me hizo girar ciento ochenta grados, dándome
la vuelta poniéndome así de espaldas a él. Un instante después me propinó, sin ningún tipo de
miramientos, un fuerte empujón que me hizo caer recostada sobre la gran mesa de madera de
nogal, que presenciaba la estancia. Algunos de los numerosos adornos que estaban ubicados
en dicha mesa, cayeron haciéndose añicos por el suelo. Sabía que iba a follarme. Sin embargo,
no quise moverme. Sentí el frío de la madera de nogal sobre mis erguidos pezones. Podía
haberle gritado y haber parado todo aquello en un solo segundo, estoy segura de ello. Sin
embargo, elegí entregarme a él como el pago de una deuda. Dejaría que me jodiera como
nunca antes había hecho, tratando que sacara toda la rabia que llevaba en esos momentos
dentro. Alex permanecía justo detrás de mí, levantó con una mano mi corta minifalda hacia
arriba. —¡Qué culo de zorra sigues teniendo…! —Expresó, sin poder disimular cierta
admiración hacía esa parte de mi anatomía. ¿Te dejabas joder también el culo por tus
amantes? —Sí, yo misma lo pedía en algunas ocasiones—reconocí intentando contener las
emociones, que comenzaba a surgir dentro de mí. Un momento después, escuché resignada el
crujido de la tela, cuando rasgó de modo violento mis medias y mis bragas, dejándome
grotescamente desnuda y a su entera disposición. Lo siguiente que percibí, fue el implacable
sonido de su bragueta. —¡Ábrete de piernas, pedazo de puta! —me ordenó alzando la voz,
totalmente envalentonado, al mostrarme por primera vez tan sumisa ante él. Obedecí dócil y
disciplinadamente, separé mis muslos justo cuando percibí el contacto de su glande por toda
mi húmeda rajita, como si estuviera buscando con ese roce la entrada de mi vagina. Los pocos
segundos que acontecieron se me hicieron eternos. Por primera vez sentí un morbo amoral e
insano, por volver a recibir aquella verga que ya no me pertenecía. «Métemela. Necesito que
me jodas como nunca has sabido hacérmelo», pensé ansiosa por tenerla dentro de mí. —
¡Ah…! —Exclamé cuando noté como me penetraba. Percibiendo como su polla se abría paso
en el interior de mi sexo. —¡Qué coño de perra tienes! —rugió al notar el calor y la humedad
de mi vagina envolviendo su pene—. No me extraña que tantos hayan terminado follándote.
—¡Vamos, córrete! —Exclamé apremiándolo para intentar terminar con aquello cuanto antes.
Sus movimientos desde el principio fueron frenéticos y desacompasados. Yo sabía de sobra
que mi exmarido, no era precisamente un hombre que aguantara demasiado rato sin correrse,
y más embistiendo de ese modo. Sentí sus dedos como si fueran garras incrustadas con fuerza
en mi culo, agarrándome de las nalgas, mientras no paraba de penetrarme con toda la rabia
que era capaz de desplegar hacia mí. —¿Así te jodían, zorra? —Me preguntó, intentando
denigrarme aún más— ¿Así es como follaban a la golfa de mi esposa? Te gustaba que te
tratasen como la furcia que eres, ¿verdad? —¡Sí! Así me follaban —Grité—. ¡Córrete, cabrón!
Te juro por mis hijos, que no volverás a metérmela en toda tu puta vida —le respondí
chillando. Intentando disimular mi propia excitación, buscando aparentar estar enrabietada y
casi a punto de llegar a las lágrimas. Unos segundos después, sentí como eyaculaba en mi
interior, tal y como tantas veces, durante años, había hecho. —¡Toma Puta! —Gritaba
totalmente exaltado y fuera de sí. Yo no llegué ni de lejos a correrme, la verdad es que él
tampoco lo intentó. Simplemente, mi exmarido se cobró de este modo su pequeña venganza.
Por primera vez en toda su vida, me había usado como a una vulgar ramera, tal y como él
intuía que alguno de sus conocidos, habían hecho conmigo a lo largo de nuestro matrimonio.
Cuando sacó de mi coño su ya flácida picha, me fijé en las medias y en las bragas destrozadas y
abandonadas en el suelo, junto a un montón de cristales de portafotos hechos añicos, y
algunos botones de mi camisa esparcidos. La escena no dejaba de ser plenamente caótica.
Entonces recompuse mi falda, al tiempo que introduje con cierta dificultad mis voluminosos
pechos dentro de la camisa que, por faltarle casi todos los botones y estar desgarrada, me vi
obligada a mantenerla cerrada, sujetándola con ambas manos. —Lo siento, Olivia —dijo
incapaz de mirarme a la cara, al mismo tiempo que introducía azorado su pene dentro de los
pantalones— ¿Quieres que te busque alguna prenda de Elena para que puedas cubrirte? —No,
gracias —respondí simulando estar consternada y abatida— No necesito nada de ti. Vine
únicamente a tu casa a que intentáramos alcanzar un entendimiento por el bien de los chicos,
no para que te abalanzaras sobre mi y me follaras contra la mesa. Siento mucho haber venido.
—¡Pero, Olivia! No puedes salir así a la calle, se te salen las tetas —dijo alarmado, apuntando
directamente a mi desgarrada camisa. Me encontraba tremendamente excitada, como nunca
él antes había conseguido ponerme. No obstante, lejos de darse cuenta de ello, comenzó a
sentirse culpable. —¿Querías comprobar por ti mismo lo zorra que es la madre de tus hijos?
Pues ahora ya lo sabes, espero que estés satisfecho. Ya tienes todas las respuestas que
necesitabas. Puedes contarle también, como me has jodido contra la mesa a la santurrona y
beata de tu madre, seguro que se mostrará satisfecha y orgullosa de tu pequeña venganza. —
Me gustas mucho Olivia, y creo que tú también has sentido algo, corrígeme si me equivoco.
Quizás podríamos volver a quedar. Si a ti te apetece, claro. —¿Estás intentando que seamos
amantes? —Pregunté, riéndome por primera vez en toda la tarde de él—. Nunca más volveré a
quedar contigo a solas. Te debía esto… Quería darte las explicaciones que, en su día, no me
atreví a ofrecerte. Pero a partir de ahora, lo único de lo que hablaremos tú y yo será de
nuestros dos hijos. ¿Me entiendes? Él movió afirmativamente la cabeza. Notándolo algo
avergonzado, seguramente arrepentido, por habérsele ocurrido plantearme semejante
proposición. —¿Se lo contarás a Enrique? —¿Te preocupa si se lo cuento, cielo? ¿Opinas que
debería hacerlo? —pregunté con sorna, pues conocía de sobra sus miedos. —Olivia, yo… —
Comenzó intentando explicarse—. Estoy seguro de que Elena nunca me perdonaría algo así.
Ellos no tienen por qué enterarse de lo que ha ocurrido aquí hoy, son cosas de nuestro pasado.
—¿Me estás insinuando que engañe a mi marido? Te recuerdo, que llevas casi tres años
haciéndome la vida imposible por habértelo hecho a ti. Yo no tengo miedo a nada. Nunca lo he
tenido. Además, Enrique es demasiado comprensivo conmigo, no necesito traicionarlo. ¿Y tú?
¿Vas a contarle a Elena, que te has jodido a la zorra de tu exmujer contra la mesa del salón? —
Olivia, siento mucho como terminó todo ente nosotros. En el fondo fui muy feliz contigo
durante largos años. Te pido perdón por la forma en la que te he tratado desde que nos
divorciamos. La verdad es que me está costando mucho superarlo, sabes de sobra que te he
querido mucho. Pero por favor, Elena no puede enterarse de lo que ha pasado hoy aquí. —
Alex, cariño. Recoge todo este caos antes de que ella regrese a casa. No sé cómo se tomaría
Elena, si viese mis bragas y mis medias hechas girones tiradas en el suelo, junto a todo este
estropicio de adornos y portafotos rotos. La verdad es que no te recordaba así de impetuoso
—alegué sonriendo—. Y no te olvides de fregar bien el suelo, por tu culpa no llevo bragas, y
voy soltando chorretones de lefa por el suelo —comenté sin esperar respuesta, según
avanzaba por el pasillo. Abandoné su casa sin despedirme de él esa tarde. Sin embargo,
reconozco que me marché aliviada, sintiéndome por fin en paz conmigo misma. Como si por
prestarle de esa burda manera mi coño, le hubiera pagado una pesada y maldita deuda. Fue
justo ese día cuando nuestra relación cambió por completo. Desde ese momento pasamos a
mantener un contacto totalmente civilizado, priorizando siempre el bienestar de nuestros dos
hijos. Incluso creímos que lo más justo para todos, sería volver abrir el proceso y solicitar una
custodia compartida, viviendo nuestros hijos, quince días con cada uno al mes. Ignoro si Alex
se atrevió alguna vez a confesarle a su actual esposa la infidelidad que cometió aquella tarde
conmigo. Sin embargo, dudo que realmente llegara hacerlo. No soy una mujer demasiado
desconfiada. Pero tengo que reconocer, que he llegado a considerar que ese pacto civilizado y
necesario que ambos llegamos a alcanzar, se debió únicamente al miedo que Alex
experimentó desde ese momento, a que yo alguna vez le contase a Elena, algo como
venganza. Capítulo III. Puede que mucha gente piense que mi forma de vestir sea demasiado
provocativa. Seguramente eso se deba una filia totalmente exhibicionista, por mi parte, que
disfruto con notable frecuencia. No obstante, en casa siempre he vestido de un modo cómodo
y totalmente desenfadado. Me gusta andar siempre descalza, únicamente con una amplia
camiseta de algodón, como si fuera un vestido. Justo lo bastante larga, para que pueda cubrir
un par de dedos por debajo de mis braguitas. Sabía de sobra el efecto que causaba esa manera
de vestir en un adolescente como Iván. El pobre, siempre se quedaba embobado mirando mis
piernas, contemplando casi con la boca abierta, como mis pezones se dibujaban bajo la fina
tela de la camiseta. Reconozco que me divertía sentirme admirada por los amigos de mi hijo.
La ducha de mi habitación llevaba averiada desde hacía por lo menos un par de semanas. El
desagüé debía de estar atascado y el agua terminaba por salirse del plato de la ducha, dejando
todo el suelo empapado. Habíamos avisado a un fontanero, pero hasta que viniera por fin a
repararla, nos veíamos obligados a compartir la ducha del otro cuarto de baño de la casa.
«¡Me voy a tener que hacer una paja pensando otra vez en la cachonda de tu madre!» Sonaba
su voz de manera incesante dentro de mi cabeza. No pude evitar imaginarme al chico
masturbándose, deseándome fervientemente. Poco a poco esos pensamientos fueron
volviéndose cada vez más libidinosos, y ya comencé a fantasear abiertamente que era yo
misma la que intentaba aliviarlo. Instintivamente, pegué la alcachofa de la ducha directamente
contra mi sexo. La sensación de sentir la caricia del agua caliente sobre mi clítoris, me hizo
alcanzar un punto elevado de excitación. —¡Ah, qué gusto! —Exclamé fundida por un inmenso
escalofrío, que anunciaba un inmenso placer. El estar tan tremendamente cachonda hacía que
mis pensamientos, a cada momento, fueran más atrevidos y obscenos. Me lo imaginaba
metiendo su dura polla entre mis grandes pechos, mientras yo envolvía toda su verga con
ellos, apretándolos y moviéndolos sobre su pene. Pero lo que más caliente me ponía, era
imaginarme su imberbe cara desencajada por el placer. Mis pervertidas fantasías con el
muchacho cada vez eran más fuertes e indecentes. Jamás me había masturbado fantaseando
con los amigos de mi hijo. Simplemente, me había conformado con calentarlos. Pero los
comentarios tan groseros del chico, en lugar de herirme, me habían emputecido
notablemente. «Córrete en mis tetas, Iván», grité en mi interior, cuando por fin sentí la
sacudida de un intenso orgasmo, que me obligó a sujetarme a la mampara de la ducha para no
caerme. Cuando por fin recobré la serenidad, dejé que el agua cayera sobre mi cuerpo
desnudo durante unos interminables minutos. Intentando comprender, porque me había
excitado de ese modo. Tampoco me torturé emocionalmente, ni tan siquiera me sentí mal por
ello. Soy así de morbosa, y con el tiempo lo he terminado aceptando. Reconozco además que
no puedo evitarlo. Durante años, intenté luchar contra mi propia naturaleza, contra mi propia
forma de ver y de sentir, de disfrutar y de vivir mi propia sexualidad. Recuerdo una vez hace ya
mucho tiempo, siendo muy jovencita. El mismo año que abandoné la carrera de derecho y me
saqué la matrícula en la universidad de periodismo. Estaba abatida. Había decepcionado a
todo mi círculo más cercano. Sin duda, ellos esperaban contar con otro abogado en la familia,
pero en lugar de eso… «Olivia siempre hace lo que le da la gana», repetía incesantemente mi
madre. Alex estaba terminando durante esa época un máster de dirección de empresas en los
Estados Unidos. Por lo tanto, me sentía muy sola sin percibir el apoyo de mi novio en esos
momentos. Esa tarde había quedado con mi mejor amiga para tomar un café cerca del
Campus. Necesitaba desahogarme. Sin embargo, ese día descubrí que precisamente yo no me
desahogo llorando, ni mucho menos tomando un café en una charla afable con una buena
amiga. Un desconocido no dejaba de mirarme por el espejo que el bar tenía frente a la barra.
Recuerdo que Sandra y yo estábamos sentadas en una mesa, mientras que el chico,
permanecía sentado en un taburete junto a la barra. Sandra seguía disparando hacia mí su
retahíla de predecibles consejos. Intentando animarme sin comprender que, en esos
momentos, yo ya estaba bastante animada. Sin embargo, sus palabras ya no me llegaban.
Únicamente eran un murmullo que revoloteaban a mí alrededor como moscas, sin conseguir
penetrar dentro de mi cabeza. Separé en ese momento las piernas, intentando así aumentar el
ángulo de visión que el desconocido voyeur, tenía sobre mis muslos. El chico, debía de tener
unos treinta años, olía bien. Me gustó su esencia cuando me levanté a pedir una cerveza para
mí y, otro café para mi amiga, poniéndome a su lado. Estuvimos jugando un rato. El juego solo
tenía una regla y era muy fácil de entender. Los mirones y las exhibicionistas como yo,
tenemos claro el juego. Él miraba y yo le mostraba cada vez más carne. Hasta que llegó un
momento en el que ya no había mucho más para enseñar, por lo menos allí. Mi corto vestido
estaba tan subido que, hasta el propio camarero se estaba poniendo las botas. Reconozco que
me excita enseñar mis bragas a un desconocido, si además está acompañado por su pareja,
eso incrementa aún más la diversión. Con los años he conseguido pulir el arte de la exhibición,
haciendo que todo parezca un sutil descuido, una accidental postura, un fortuito cruce de
piernas. Sé situarme o buscar el lugar adecuado: frente a una puerta, un espejo, la subida de
una escalera, la salida de un baño… Pero ese día me percaté de que el chico no se conformaba
únicamente con mirar. Me gustan los hombres descarados y atrevidos. Inesperadamente, se
giró sobre el taburete, mirándome con absoluto descaro, ya sin ningún tipo de recato ni
disimulo. Entonces me sonrió, hizo un gesto sobre su pierna, como indicándome que levantara
un poco más mi vestido. Yo le devolví la sonrisa, haciéndole entender que poco más podía
subirlo ya. Sin embargo, lo elevé un par de centímetros más y jugando con uno de mis dedos
sobre el elástico del tanga, cerré los ojos como dándole a entender que estaba cachonda. —
Bonitas bragas —le escuché decir a mi amiga Sandra a modo de reproche. En ese momento,
lógicamente, ella ya se había percatado de todo. —¿Te gustan? —pregunté con cierta sorna—
Me las regaló Alex. —¡Preciosas! —respondió con cierto sarcasmo—. Lo mismo debe opinar el
chico que hay justo frente a ti, y también el camarero, que no deja de devorarte con los ojos.
—Voy un momento al baño. No te marches, por favor —dije levantándome al mismo tiempo,
que recomponía y me bajaba el vestido. Recuerdo que volví a mirar a mi amiga Sandra, que se
mostraba totalmente desconcertada. Antes de darme la vuelta la sonreí, agradeciéndole con
ese gesto que no se fuera. Salí de allí con paso decidido, encaminándome hasta donde se
encontraban los servicios. Sin saber muy bien, hasta donde estaba dispuesta llegar a hacer en
caso de que el desconocido se atreviera a seguirme hasta el baño. Mis movimientos eran
lentos y seductores, ya que intentaba atraerlo. Cuando estoy de caza, un hombre solamente es
una víctima más a la que tengo que seducir hasta hacerle perder el control. Pero en aquel
tiempo, únicamente era una mera aprendiz de arpía. Escuché atentamente el ruido de sus
pisadas detrás de mí. Mi corazón se aceleró, estaba ansiosa y podía percibir la adrenalina que
comenzaba a invadir mi cuerpo. Justo cuando llegué al aseo me dispuse a cerrar la puerta,
pero él la sujetó fuertemente, poniendo un pie entre ella y el marco, impidiéndome de ese
modo que pudiese cerrarla. En ese momento supe que las reglas del juego ya no eran tan
simples. Las normas habían cambiado de repente. Ya no éramos un voyeur y una exhibicionista
que se gustan y que coinciden una tarde en un bar. Ahora éramos dos obscenos desconocidos
con ganas de divertirse encerrados en un baño público. Pese a mis miedos iniciales, lo dejé
pasar. No nos dijimos nada. Tengo claro que, en esos casos, si una de las dos partes habla, se
desvanece la magia. Solo nos miramos el uno al otro durante unos segundos, después nuestras
bocas se buscaron y comenzamos a besarnos. El chico besaba bien, pero reconozco que tocaba
aún mejor. Pronto su mano se coló debajo de mi falda. Mi tanga, ese que había exhibido con
total descaro y desvergüenza unos minutos antes, no opuso apenas resistencia para sus
hábiles y decididas manos. Casi al instante, pude sentir sus ágiles dedos ahondándose en el
interior de mi húmeda vagina. Mientras me follaba con ellos, yo bajé su bragueta. Saqué su
polla y comencé a masturbarlo con verdaderas ganas. Me pareció tremendamente dura y
gruesa, aunque la perspectiva puede que no se ajuste a la realidad, ya que en esa época yo aún
era una jovencita demasiado impresionable. Aún recuerdo su copiosa corrida descargando
sobre la blonda de mis medias. Al final, el chico trató de presentarse cortésmente cuando
ambos terminamos de corrernos. Sin embargo, le impedí que me dijera su nombre cuando él
me preguntó el mío. No necesitaba saberlo. —Ha sido algo fantástico, me he sentido como el
protagonista de una película. Siempre pensé que este tipo de cosas no pasaban nunca en la
realidad. ¿Cómo te llamas? —Se interesó, mientras intentaba volver a besarme. —Dejémoslo
en puntos suspensivos. Lo que no se conoce, jamás se puede olvidar —respondí esquivando su
boca, pues en esos momentos el desconocido ya había dejado de interesarme. Es algo que
aprendí con el tiempo y que me pasa con la mayoría de los hombres, justo en el momento en
el que termino de correrme, dejo de sentirme atraída por ellos. Aunque es cierto que, con
alguno, me apetece repetir e incluso llego a mantener una relación de amantes. Sin embargo,
es complicado que dicha atracción perdure durante demasiado tiempo. Cuando salí del baño,
él ya no estaba, cosa que le agradeceré siempre. El camarero me miró de arriba abajo con una
media sonrisa mórbida y desagradable. Hay gente que debería de aprender a sonreír. Incluso,
opino que debería de haber escuelas que enseñaran a ello, me parece tan seductor un hombre
que sabe mantener una bonita sonrisa… Recuerdo su mirada censora, esa expresión
desagradable y envidiosa, que tantas veces he visto en otras personas. Yo lo miré con absoluta
arrogancia, la misma que siempre desprendo en esos casos. —Vámonos, Sandra. El camarero
me mira raro —expresé alzando la voz, riéndome en su cara sin dejar de mirarlo. Sandra
estaba perpleja, pese a ello nunca me lo reprochó. Pero en esos momentos yo aún estaba con
el subidón y, como se suele decir, es un hecho físico que todo lo que sube termina por bajar.
Los siguientes días me los pasé arrepintiéndome. Me reprobaba a mí misma por comportarme
de ese modo. «¿Por qué sentía la necesidad de buscar situaciones morbosas con
desconocidos?». Incluso en aquella época, llegué a pensar que estaba completamente loca.
Como si estarlo, fuera algo negativo. Tiempo después viví muchas situaciones parecidas.
Durante toda mi vida yo misma las he buscado incesantemente. Pero la diferencia, es que llega
un momento en el que terminas aceptándote tal y como eres. Llega un día en el que aprendes
por experiencia, que arrepentirse de algo no sirve absolutamente de nada. Tampoco vivo en
una especie de anarquía en la que todo vale, ya que también tengo mis propios prejuicios
morales y mis reglas. Sin embargo, actualmente, a mis cuarenta y cuatro años, el hecho de
masturbarme pensando en el amigo hijo, no me causaba ningún tipo de pesadumbre. Salí de la
ducha y me envolví en el albornoz para terminar de arreglarme en mi baño, que es en realidad
donde tengo todas mis cosas. Marché tan deprisa, que dejé mi ropa tirada junto a la ducha.
Una camiseta blanca y un tanga negro. «Ya los vendré a recoger más tarde», debí de opinar.
Me asomé al pasillo y comprobé que no venía nadie, entonces atravesé así ataviada corriendo
hasta mi dormitorio. En ese momento me hubiera muerto de vergüenza, si me hubiera cruzado
con Iván o con Carlos. Jamás me habían importado ese tipo de cosas. Mis hijos están
acostumbrados desde pequeños a verme en bragas por casa o, incluso, desnuda saliendo de la
ducha. Pero después de los comentarios que había escuchado salir de la boca de Carlos y de su
amigo, me juré a mí misma tener un poco más de cuidado. «Ya no son tan niños». Llegué al
baño de mi habitación y comencé a secar mi corta melena rubia. «¿Cómo me podía haber
puesto así de cachonda, a consecuencia de unos comentarios tan soeces y vulgares de dos
adolescentes?» No encontraba palabras suficientes para censurar mi comportamiento, aunque
como he comentado antes, hace mucho que dejé de darme golpes de pecho. «Solo ha sido una
fantasía puntual. A veces, las fantasías son únicamente eso. Espejismos e ilusiones. Sueños
absurdos que en realidad no queremos que pasen de ser meras ensoñaciones» Por supuesto,
yo no deseaba tener relaciones sexuales con Iván. Había sido únicamente el morbo por
escucharlo. En realidad, el chico no me atraía físicamente. Más teniendo en cuenta que en mi
caso, la virilidad y masculinidad son un aliciente para que me sienta interesada por un hombre.
Algo más tranquila y relajada, me puse un ajustado y corto vestido negro, con el que saldría a
cenar esa noche con mi esposo. «¡Ya son las ocho! —Exclamé pensando lo rápido que se me
había pasado el tiempo—. En diez minutos Enrique vendrá, y todo volverá a estar como
siempre», reflexioné. Fui hasta el otro baño a recoger la ropa que había dejado tirada. Limpié
el baño, aclarando los restos de espuma de la ducha. Cuando me agaché a recoger la camiseta,
descubrí que el tanga ya no estaba. Primero creí que tal vez me lo habría llevado sin querer
enrollado en el albornoz al otro baño. «No, allí tampoco estaba. ¿Alguien lo tiene que haber
cogido?» Me pregunté un poco azorada. En ese momento volvió a mi cabeza la frase de Iván:
«¡Me voy a tener que hacer una paja pensando otra vez en la cachonda de tu madre!» En ese
instante intuí que mi tanga estaría escondido en uno de los bolsillos del pantalón del
muchacho. No pude evitarlo, estaba indignada con él, con Carlos, conmigo misma y con el
mundo entero. Abrí la habitación sin pensármelo dos veces. Pero al tenerlos frente a mí, no
me atreví ni tan siquiera articular una sola palabra, solamente eran dos chicos jugando a la
consola. Además, no estaba segura del todo. Ambos seguían igual que los había dejado media
hora antes. Ensimismados con la pantalla, con los auriculares con micrófono puestos. Carlos
me miró con hastío, como si mi presencia en su dormitorio fuera un incordio para él. —¿Qué
quieres ahora, mamá? —Preguntó con fastidio, sin molestarse ni tan siquiera a mirarme. —
Nada, es que me pareció que me habías llamado. Te dejo dinero en la entrada. No os quedéis
hasta muy tarde —expresé sin atreverme a mirarlos a la cara. Cuando cerré la puerta, no pude
menos que pegar mi oreja y tratar de escuchar con atención. Sin embargo, esta vez no pude oír
nada. Capítulo IV. Llevaba cinco años casada con Enrique, y ya desde el principio habíamos
mantenido una relación muy poco convencional. Mi marido es un hombre que se excita
sabiendo que mantengo relaciones con otros hombres. Algunas veces, él es testigo de mis
escarceos e incluso participa. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones me gusta disfrutar a
solas. Más tarde, le cuento todo a mi esposo sin omitir ningún tipo de detalle. He comprobado
que lo que más le excita a mi esposo cuando le narro dichos encuentros con alguno de mis
amantes, no son precisamente las escenas de sexo, sino las emociones que siento al estar con
ellos. Todo esto me llevó a comenzar a escribir, al principio únicamente para él, una especie de
relatos sobre algunas de mis relaciones o experiencias con otros hombres. Al poco tiempo de
divorciarme conocí a Enrique una tarde en el gimnasio, y unos días más tarde comenzamos a
salir. Reconozco que me gustó desde el principio, aunque en los inicios, me resistía a mantener
una relación formal con él, ya que me costaba renunciar a esa parcela de libertad que te ofrece
el vivir sin pareja. Sin embargo, el corazón termina siempre imponiéndose. Una de tantas
noches en la que habíamos salido de fiesta, coincidimos ya de madrugada con dos de sus
compañeros de trabajo. Recuerdo que ya era casi de día cuando nos fuimos a tomar la última
copa a mi casa, justo a esa hora en que los bares comienzan a cerrar. Todo se desató en un
instante. Las bromas, las risas, el alcohol… pero sobre todo Enrique, que fue el principal
instigador para que yo terminara haciendo un trío con sus dos compañeros, estando él
presente en todo momento. Ese día Enrique, justo después de follarme a esos dos hombres,
me pidió matrimonio, y yo supe al instante que él era el hombre de mi vida. Esa fue la primera
vez que mantuve relaciones consentidas con otros hombres, delante del que actualmente es
mi esposo. Sin embargo, nuestros morbosos juegos ya habían comenzado un par de meses
antes. A él siempre le gustó mi modo de vestir, incentivando y aprobando siempre mi descaro
y falta de recato. No me gusta pasar desapercibida, ya que me encanta provocar miradas y
llamar la atención de los hombres, por lo que suelo llevar casi siempre ropa bastante atrevida.
Le excitaba observar como otros hombres me deseaban. En esa época también comencé a
sincerarme con Enrique sobre mi sórdido pasado. Empecé a contarle mis continuas
infidelidades hacía mi primer esposo. Al principio, sin darle apenas detalles obscenos. Sin
embargo, poco a poco él mismo me pedía profundizar cada vez más en esos indecentes
episodios. Quedándole, perfectamente claro desde el comienzo de nuestra relación, qué clase
de mujer soy yo realmente y, sobre todo, cuáles son mis gustos y necesidades. Enrique nunca
censuró mi pasado, cuanto más escabroso era lo que le contaba, más conseguía excitarse. «Me
encantaría verte así de puta, con otros hombres», llegó a reconocerme abiertamente. Estaba
claro, que entre los dos habíamos ido creando el caldo de cultivo preciso, para que aquella
madrugada en mi casa, después de haber estado toda la noche de fiesta, yo acabara
dejándome follar por los dos compañeros de Enrique. A partir de ese momento, esa clase de
juegos en la que yo me acostaba con otros hombres, paso a ser algo habitual, totalmente
consentido e incentivado por mi propio esposo, durante todo nuestro matrimonio. No
obstante, pese a toda la confianza que tenía con Enrique. Esa noche no me atreví a contarle lo
cachonda que me había puesto por escuchar hablar de ese modo tan soez, al mejor amigo de
mi hijo. Sabía que ese tipo de juegos lo excitaban enormemente. Sin embargo, esta vez todo
era mucho más sórdido y pernicioso. Que fuera un chico tan joven y amigo Carlos, no era una
cuestión fácil de confesar. —¿Has visto cómo te mira el camarero el escote? —Preguntó mi
marido después de la cena, cuando entramos en aquel Pub a tomar una copa. —No, la verdad
es que no me he dado cuenta —mentí riéndome. —¡Embustera! —Exclamó lanzando una
sonora carcajada—. He visto de sobra como le sonreías. Se te caía la baba —aseguró
mirándome a los ojos. —¿Te pone cachondo que le miren el escote a tu mujer? —Interrogué
sabiendo de sobra la respuesta. —Sabes que me encanta. No sé qué me la pone más dura,
observar cómo te desean, o comprobar lo puta que te pones —comentó al tiempo que me
agarraba por la cintura. Me reí con ganas, me encantaban nuestros juegos en los que me podía
comportar de forma libre, sin filtros ni ataduras. —No puedes evitarlo, ¿verdad? Creí que
habíamos quedado que este fin de semana seriamos buenos —comenté recordándole que, de
vez en cuando, nos gustaba tener un fin de semana solo para nosotros. Alejándonos así del
morbo. —Olivia, es que ser buenos es muy aburrido —respondió mi marido encogiéndose de
hombros, con un gesto bastante infantil—. Además, la culpa ha sido tuya por comportarte
como una golfa delante del camarero —argumentó aguantándose la risa. —¿Cómo una golfa?
¡Ha sido él el que me ha mirado el escote! Yo únicamente le he sonreído —me defendí
apurando la copa de un trago. Entonces me acerqué de nuevo a la barra y llamé la atención del
chico, que al verme se acercó guiñándome un ojo. —¿Nos pones otra copa? —Le pregunté con
la mejor de mis sonrisas dibujada en mis labios. —¡Ahora mismo reina! A ti estaría dispuesto a
ponerte lo que quieras —respondió con gracia, sin dejar de mirarme el escote. —¿Y me lo vas
a poner entre las tetas? —Interpelé de forma descarada. Él pareció quedarse un poco cortado
durante unos segundos, luego se repuso y me miró por fin a los ojos. —Ya me gustaría poner
otra cosa entre ellas —respondió con descaro. Entonces yo tiré de mi vestido un poco hacia
abajo, acentuando y agrandando así, un poco más aún el escote. El chico notó mi gesto,
quedándole claro mi juego. El único punto que lo retenía, era la presencia de mi esposo. —Es
un compañero de trabajo. Se acaba de divorciar y lo está pasando mal. Por lo tanto, necesitaba
un hombro para llorar —mentí, con cierto desparpajo. —¿Y a quién le apetece llorar, teniendo
semejante hembra a su lado? —Ya ves… —respondí encogiéndome de hombros—. Me ha
dicho, que se tomará esta copa y se marchará a su [Link] tanto de menos a su exmujer,
que no tiene ganas de nada. Casi siempre inventaba una excusa similar cuando quería justificar
la presencia del cornudo de mi esposo, ya que muchos hombres se suelen sentir intimidados.
—Supongo que podré escaparme un rato. Si te apetece me gustaría invitarte a tomar una copa
—manifestó totalmente lanzado—. Cuando se marche tu amigo, claro. Automáticamente, le
hice un gesto afirmando con la cabeza. Luego me volví donde estaba Enrique, le ofrecí su copa
y acercándome a su oído, le dije: —Ya es tarde para ti cariño, bébete el cubata y espérame en
casa. Los mayores tenemos que hablar —expresé sonriéndole morbosamente. Sabía que esa
frase, y que estuviera coqueteando con el chico que nos acaba de servir las bebidas, le habría
excitado. —¿Le has dicho lo del amigo que está a punto de separarse? —Me preguntó
sonriendo. —Si, te miraba de forma indecisa. Me ha invitado a tomar algo con él. En caso de
que suceda algo, será rápido. —¿Si quieres puedo esperarte en el pub de aquí al lado? —Me
preguntó —No me gusta que luego vayas sola a casa a estas horas. Me da miedo que te pueda
pasar algo —declaró de modo protector. —No creo que lleguemos a nada, como mucho
tomaremos una copa y ya está. El chico tendrá que trabajar. Sin embargo, me gusta y me
apetece que me caliente un poco. Unos minutos después mi marido abandonaba el pub con la
intención de dejarme la pista despejada. Suponía que Enrique estaría cachondo, ansioso y
anhelante de que llegara el momento en el que le contara, como había sido mi aventura con el
camarero. Por fin el chico salió de la barra y se tomó esa copa conmigo. Era alto, moreno y
bastante guapo. Tenía una barba de varios días bastante cuidada. Siempre me han gustado los
hombres grandes, ya que soy bastante alta y siempre suelo llevar zapatos de tacón. —Vivo con
mi novia. Pero por suerte para mí, esta noche se ha quedado en casa. La pobre tenía que
estudiar porque está con los exámenes —comentó el chico. —La vida del estudiante es
jodidamente sacrificada —respondí sonriendo, recordando por un instante mis años en la
universidad. —¿Y tú? ¿Estás casada? —Preguntó interesado. —Sí, mi esposo está fuera por
trabajo —mentí sin atreverme a reconocer que mi marido, era precisamente el hombre con el
que me había visto unos minutos antes. —Entonces tendremos que celebrar la casualidad de
que nos hayan dejado solos hoy —expresó justo en el mismo momento, en el que me agarraba
por la cintura, atrayéndome hacía él. —¿Y cómo pretendes que lo festejemos? —Interrogué,
con tono meloso. El chico bajó las manos que tenía sobre en mis caderas, agarrándome
atrevidamente por el culo. —Veo que eres mucha hembra —respondió—. Se me ocurren
algunas cosas, para que ambos pasemos un buen rato —comentó pegando mi cuerpo
completamente al suyo, y comenzando a besarme de modo bastante apasionado. Disfruté
como siempre de ese primer contacto con un hombre. Ese maravilloso momento, en el que
sentí como su lengua exploraba ágilmente mi boca, envuelta por sus sedosos y húmedos
labios. Sus manos entraron por fin en juego, y comenzaron a palparme descaradamente los
pechos, por encima del vestido. —¡Joder que tetas tienes! —Expresó sin reparo alguno— Llevó
toda la noche empalmado, mirándote el escote —Ah, ¿sí? No me había dado cuenta de que
me mirabas las tetas —respondí riéndome abiertamente. —Nada más verte entrar por la
puerta, me la pusiste dura. Me gustan las cachondas como tú, que os atrevéis a ir sin sostén.
¿Son operadas? —Se mostró interesado. —¿Las tetas? —Pregunté sonriendo—. No, cielo. Son
naturales, de haberme operado me hubiese quitado un par de tallas —aseguré sonriendo. —
Son perfectas, así —comentó introduciendo sus dedos por debajo de la fina tela del vestido,
rozándome por unos breves segundos sutilmente los pezones. —¡Joder! —Exclamé al sentir el
delicado contacto, sintiendo como mis pezones se endurecían al instante—. Si sigues así, vas a
tener que follarme, y te recuerdo que tienes que entrar a trabajar —expresé mientras tocaba
su entrepierna por encima del pantalón de su uniforme negro. Me encanta manosear el
paquete de un hombre, sentir el volumen sobre su bragueta con la yema de mis dedos. Estaba
muy cachonda. Llevaba toda la noche muy excitada a pesar de haberme masturbado en la
ducha. Las palabras que le había escuchado proferir al amigo de mi hijo, seguían resonando en
mi cabeza, calentándome de un modo desorbitado. —Te follaría aquí mismo —comentó. —No
amenaces, si no piensas llevarlo a cabo —respondí, riéndome a carcajadas. Sin embargo, no
había tiempo para nada más. El chico ya me había anunciado que tenía que volver a entrar a
trabajar. Poco a poco, el pub se había ido llenando de clientes, casi sin habernos dado cuenta
de ello. —Voy un momento al baño —me anunció—. Ya me ha hecho un par de señas el
encargado, para que me ponga a trabajar. Entonces nos dimos un último beso que me hizo
sentir en el paraíso. Agradeciéndole interiormente a su novia, que se hubiera quedado en casa
estudiando esa noche. —Dame tu número de teléfono, podemos quedar en otro momento —
me solicitó. —Lo siento, no he querido aprendérmelo nunca. Los teléfonos móviles los carga el
diablo —le respondí en tono irónico, ya que nunca acostumbro a dar mi número a nadie. —Si
estás por aquí en un par de horas, quizás podamos intimar un poco más —comentó,
intentando convencerme. —Mejor lo dejamos aquí. Es tarde para mí —me excusé. —¿Si te doy
yo mi número de teléfono, me llamarías tú? —Preguntó cómo último intento. Ni siquiera
respondí, solamente negué con la cabeza. Siempre me han cansado los hombres demasiado
reiterativos. Entonces puso cara de resignación, como si por fin aceptase que no habría nada
más entre nosotros. —Voy un momento al servicio. Espérame un momento a que regrese. Por
favor, no te marches todavía —casi me suplicó —Mucha suerte. Espero que tu chica apruebe
ese importante examen. Ha sido un placer conocerte —comenté a modo de despedida Apuré
la copa, observando como se alejaba entre la gente. Estaba tan excitada, que durante unos
segundos me planteé la posibilidad de seguirlo hasta el baño. Sin embargo, no lo hice. Sabía
que la causa de mi excitación no era precisamente ese guapo camarero. Lo único que él había
hecho había sido recalentar, aún más, lo que ya venía caliente de casa. Un segundo después
llamé por teléfono a Enrique, que no tardó en responderme ni medio segundo. Estaba segura
de que llevaría todo el rato con el móvil en la mano, esperando ansioso y excitado mi llamada.
Debido al fuerte volumen de la música no pude entender lo que decía. «Maldito reggaetón»,
pensé antes de verme obligada a colgar y salir a la calle para volver a intentarlo. Sin embargo,
justo cuando llegaba a la puerta vi que él ya me estaba esperando. —Estaba aquí, justo en el
bar de al lado. ¿Cómo te ha ido? —Peguntó mirándome a los ojos nervioso, como intentando
adivinar lo sucedido. —Bien, vayámonos a casa y te lo cuento. Estoy cansada y no me apetece
beber nada más —alegué al mismo tiempo que nos cogíamos de la mano. —Qué raro que
precisamente tú, quieras irte tan pronto… ¿Te lo has pasado bien? Te noto esta noche como si
estuvieras preocupada por algo —interpeló interesándose, acercando sus labios a los míos,
para darme un corto pero cálido beso. —Estoy bien, aunque un poco mareada. Supongo que
las copas no me han sentado demasiado bien hoy. El chico tenía que trabajar, y no nos ha dado
tiempo hacer nada —dije intentando poner fin a su nerviosa espera, pudiendo percibir, cierta
desilusión en su expresivo rostro. Seguimos caminando un rato en silencio, disfrutando del
paseo. Me encanta salir a correr o a caminar de madrugada, cuando la ciudad está en calma.
Pero Enrique quería conocer todos los detalles y, pese a que esa noche no me apetecía hablar
de lo sucedido, sabía que ese era el peaje que debía de pagar para que mi esposo me
permitiera llevar esa doble vida. —Me invitó a tomar una copa y estuvimos hablando un rato
—comenté por fin rompiendo el silencio—. Luego nos enrollamos. Unos besos y poco más. Me
hubiese gustado poder follármelo y ponerte esos cuernos que tanto mereces, pero no ha
podido ser. Lo siento… —Añadí sin saber realmente la razón, por la que le pedía dichas
disculpas. —Olivia, no tienes por qué sentir nada. Según lo dices, parece que follas con otros
hombres, solamente para complacerme a mí —respondió mi esposo con tono calmado. —
Sabes que eso no es cierto. Soy la primera que disfruto con nuestros juegos. Me encanta tener
la posibilidad de tener aventuras, con tu permiso. Sin necesidad de tener que engañarte. Quizá
hoy no era el día idóneo para jugar, perdóname —volví a disculparme mientras apretaba su
mano. —No te preocupes, cariño. Tal vez he sido yo el que esta noche te ha empujado a ello.
Seguramente hoy todo se debió de haber quedado en un simple coqueteo. Por fin llegamos a
casa, estaba deseando dormir y dejar de pensar cuanto antes. Pero antes me pasé por la
habitación de Javi, mi hijo pequeño. Me quedé mirándolo unos segundos, viendo como dormía
plácidamente. Entonces me acerqué hasta él y le di un beso de buenas noches. Cerrando su
puerta al salir, con sumo cuidado. Luego fui hasta el dormitorio de mi hijo mayor. No me
atrevía a entrar. Antes intenté escuchar atentamente detrás de la puerta, pero no me llegó
ningún ruido. Abrí despacio, asomándome con cautela. Carlos e Iván dormían, se habían
dejado encendida la pantalla del monitor del ordenador, por lo tanto, la habitación se
mantenía en una semi penumbra. Entré como un fantasma acercándome hasta Carlos, besé su
mejilla igual que hacía cada noche desde que era un niño. Cuando sus amigos eran seres
inocentes, que no hacían comentarios subidos de tono ni me miraban excitados. Luego me
acerqué hasta el fondo de la habitación muy despacio, no quería despertarlos. Pasé junto a la
cama que ocupaba su amigo Iván, me fijé en él. Estaba completamente destapado. Dormía
boca arriba únicamente con los calzoncillos puestos. Me quedé observándolo de modo
obsceno, nunca me había fijado en él de esa manera. Deseaba poder tocarlo, su cuerpo era
fibroso, tal vez para mi gusto demasiado delgado. Permanecí analizándolo un rato más, como
intentando adivinar si encontraba el cuerpo de un muchacho tan joven deseable. Entonces
mis ojos se fijaron en el bulto de sus calzoncillos, no pude evitarlo. Casi al instante aparté la
mirada avergonzada. Pero en ese momento hubiera dado lo que fuera, por saber que se
ocultaba ahí debajo. Luego me acerqué hasta el monitor con la intención de apagarlo. Pero en
ese momento, por casualidad, vi la ropa del muchacho que estaba puesta encima de una de las
sillas. Una camiseta blanca descansaba encima de sus pantalones vaqueros.
No sé cómo me atreví hacerlo, pero necesitaba estar segura. Me fijé en el bulto delator y
acusica que se marcaba en uno de sus bolsillos. Entonces metí la mano dentro, palpando su
contenido. Efectivamente, tal como había sospechado era el tanga que me había desaparecido
esa misma tarde. En ese momento respiré aliviada, había temido que, en vez de Iván, hubiera
sido mi propio hijo el que me hubiera sustraído las bragas. Volví a meter el pequeño tanga en
su bolsillo, despidiéndome de él para siempre. «¿Lo habrá utilizado ya para masturbarse?» No
pude evitar pensar, justo cuando cerraba la puerta. En el fondo me alegraba que Iván, hubiera
cogido mi tanga usado. Cuando llegué a la habitación, Enrique me estaba esperando sentado
en la cama. —¿Por qué tardas tanto? —Preguntó impaciente. —Estaba asegurándome que mis
hijos estaban dormidos. Voy a desmaquillarme —comenté justificando mi tardanza, justo
cuando entraba en el baño. Poco rato después, por fin me metí en la cama. Enrique se colocó
encima de mí y comenzamos a besarnos. —Déjame que te coma la polla. Sé lo cachondo que
te pones cuando me ves zorrear con otro hombre —le pedí sin necesidad de más preámbulos.
Entonces Enrique se echó a un lado para dejarme salir, luego se puso boca arriba,
ofreciéndome así su cuerpo. Estaba completamente desnudo. Tal y como sospechaba, su verga
estaba ya completamente erecta. «Seguro que lleva así de dura desde que el camarero,
comenzó a mirarme con descaro el escote», pensé sonriendo para mis adentros, feliz por la
suerte que tenía de tener un marido tan cornudo. Cogí su polla, y llevándomela a la boca,
comencé a mamársela. Intenté fantasear en el chico que, escasamente una hora antes, me
había estado besando en el pub. Pero todos esos pensamientos fueron inútiles.
Sorprendentemente, a mi cabeza volvía una y otra vez la escena que había observado en el
dormitorio de mi hijo. La imagen del cuerpo semidesnudo de Iván tumbado en la cama,
únicamente con los calzoncillos negros puestos. En ese momento comencé a imaginarme que
la polla que me estaba comiendo no era la de mi marido, se trataba de la de Iván. En mi
imaginación, el chico me sujetaba la cabeza follándome incesantemente la boca. Intentando al
mismo tiempo silenciar sus gemidos, para que mi hijo, que dormía en la cama de al lado, no se
enterara de lo que estaba pasando. La situación me pareció realmente morbosa. No pude
aguantar más y me puse a horcajadas sobre mi esposo, apuntando con su verga, directamente
sobre la entrada de mi sexo. Entonces, retiré las braguitas hacia un lado, y me dejé caer a
plomo sobre él. —¡Ah… cariño! —Exclamé al sentir como la verga de mi marido dilataba mi
mojado coño. Decidí quedarme quieta durante unos deliciosos segundos, saboreando así ese
maravilloso instante en el que mi vagina, se adaptaba al grosor de la polla de mi esposo. Luego
comencé a follármelo. Enrique empezó a hablarme, tal y como solía hacer cuando habíamos
salido a jugar con otros hombres. —¿Te hubiera gustado cabalgar de esta forma con el chico
del bar? ¿Verdad, puta? —me repetía en voz baja, sin poder estar más equivocado de la insana
fantasía que yo estaba experimentando esa noche. En ese instante, cerré los ojos dejándome
llevar por mis obscenos pensamientos. Estaba tan concentrada en ellos, que me mantenía
aislada sin poner atención a las palabras de mi marido. Entonces comencé a gemir de placer.
Estaba realmente desesperada por poder correrme. Normalmente, siempre tenía mucho
cuidado de que mis hijos no pudieran escucharme cuando hacía el amor con Enrique, ya que
mis jadeos suelen ser bastante expresivos y escandalosos. Pero esa noche todo era distinto.
Siendo una adolescente, había presenciado en una ocasión como mi madre le era infiel a mi
padre, sin duda eso me había marcado para siempre. La quincena que mis hijos pasaban con
nosotros en casa, yo me mostraba mucho menos cercana a mi marido. Recuerdo que yo
estaba esa tarde en el jardín frente a la piscina, junto con mi hermana pequeña al cuidado de
la Tata. Fui un momento a la casa, tenía hambre y sabía que en la cocina había natillas. Pero
nada más entrar, escuché a mi madre reírse desde el piso de arriba. No sé por qué lo hice, pero
el caso es que subí las escaleras de madera casi de puntillas, yendo descalza. Según iba
ascendiendo, hasta mí llegaban palabras sueltas desde el piso superior, que en ese momento
no era capaz de hilar. Pero según me acercaba, sus expresiones comenzaron a cobrar sentido.
Ya en la primera planta me acerqué hasta el pequeño cuarto de estar, que mi madre solía
utilizar únicamente durante los meses de invierno, ya que era mucho más cálido y acogedor,
que el gran salón de abajo. Me asomé con cautela. Ella permanecía de espaldas a la puerta,
como mirando por la ventana hacia la piscina. Seguramente vigilando todos nuestros
movimientos. Intuyo que se debió de despistar un momento, cuando yo me acerqué hasta la
cocina. Debió de pensar que yo seguía allí junto a la piscina, tumbada bajo la sombra del toldo
de lona, oculta del alcance de su vigilante mirada. En ese momento, fue cuando observé unas
elegantes bragas azules adornadas con un precioso encaje, abandonadas sobre el mueble bar.
Ella estaba con su vestido totalmente levantado por la parte de atrás, ofreciendo así sus partes
traseras. Sin embargo, en ese momento la espalda de un hombre no me permitía observar
todos los detalles con claridad —¿Te gusta, golfa? —Escuché una voz masculina que insultaba
de ese modo a mi madre, reconociendo al instante la voz de Alberto, un primo y socio de mi
padre. —Me encanta —respondió ella riéndose—. Estaba deseando que me la metieras. —Me
dejaste muy cachondo el otro día en la cena de la empresa —afirmó Alberto—. Eres una golfa,
Claudia. Pese a mi extrema juventud, yo era una chica muy espabilada que sabía de sobra lo
que estaba ocurriendo allí. Intuía que el pene de Alberto estaba en esos momentos dentro de
la vagina de mi madre. «Están haciendo el amor», recuerdo que pensé aterrada. Yo había
comenzado a masturbarme ese mismo verano, fue casi por accidente. Una noche después de
acostarme toqué mi sexo de forma fortuita. Tal y como siempre ocurre con las cosas más
maravillosas de este mundo, que pasan por casualidad. Casi al instante de hacerlo, percibí con
asombro cierto placer, sintiendo como una especie de electrizante alivio. Pero poco a poco mis
dedos fueron incrementando sus caricias, buscando mis zonas más sensibles a ellas. Recuerdo
como acogí aquel primer orgasmo. Me mordí los labios, casi hasta hacerlos sangrar, cerrando
mis piernas fuertemente con mis dedos encajados en mi juvenil sexo. Por lo tanto, sabía que
mi madre estaba sintiendo algo parecido. Escuchaba sus cortos y seguidos jadeos que me
hicieron recordar a mi gata Lola, ronroneando al calor de la estufa en invierno. —¡Qué bien
cariño! ¡Qué bien me follas! —Exclamaba mamá, mientras no dejaba de vigilar por la ventana.
—¿Para esto me has llamado hoy, pedazo de golfa? —Interpelaba el primo de mi padre,
embistiendo de modo enérgico sobre ella. —Cariño, necesitaba tu polla, no podía esperar al
viernes —respondió mamá con la respiración entrecortada—. Te necesito, Alberto. Te
necesito, cariño. —Ya sé de sobra yo, lo que una furcia como tú necesita. No pude aguantar
mucho más tiempo. No lo soportaba. Creo que era peor oírlos, que verlos. Me fui de allí,
jurándome a mí misma olvidar todo de lo que había sido testigo. Sin embargo… ¿Cómo se
puede olvidar una cosa así? Tardé bastantes años en perdonar a mi madre. Pienso que ella
nunca desconfió que la vi follando con el primo Alberto, como lo llamábamos en casa. Pero
desde ese día dejé incluso de llamarla mamá, comenzando a dirigirme a ella por su nombre
propio. Por esa razón, siempre he sido muy cautelosa para que mis hijos no puedan
escucharme cuando hago el amor con mi esposo. Es algo que me quedó grabado a fuego para
siempre. En cambio, esa noche, gemía como una loca, sin darme cuenta de que ellos estaban
dormidos al lado, en sus habitaciones. Exteriorizando todo el placer que estaba sintiendo.
Quizá, mi morboso subconsciente me estaba jugando una mala pasada. Me excitaba creer que
mis jadeos pudiesen llegar hasta los oídos de Iván. Cuando terminamos, dejé que Enrique se
durmiera como hacía siempre después de eyacular. Llevamos cinco años casados, y yo, jamás
hasta ese momento le había ocultado nada. Tampoco había razón para hacerlo, ya que a él
siempre le ha gustado concederme todos mis caprichos. Capítulo V. Siempre he tenido
necesidad de dormir muy pocas horas, me encanta madrugar. Incluso habiéndome acostado
tarde, cuando un fin de semana he salido de fiesta. Esa mañana me levanté con la intención de
darme una ducha antes de salir a la calle a dar un paseo. Me puse una camiseta por encima
cerrando la puerta de mi dormitorio con sumo cuidado, para no despertar a mi marido. A
continuación, me encaminé con sigilo hasta el cuarto de baño ubicado en el pasillo. Como
siempre, a esas horas todos dormían y la casa permanecía en un absoluto silencio. Sin
embargo, el destino me tenía reservada una sorpresa que quebrantó de algún modo esa
calma. Cuando abrí la puerta del cuarto de baño me topé con Iván, que accidentalmente no
había echado completamente el pestillo de la puerta. No creo que las casualidades, opino que
a veces el universo se confabula para forzar ciertas situaciones. De haberme pasado en otro
momento, la situación me hubiera resultado incluso cómica. No obstante, los comentarios que
le había escuchado decir el día antes, cuando hablaba con mi hijo, habían cambiado
absolutamente mi forma de ver al muchacho. Recuerdo que estaba sentado sobre el retrete,
manteniendo los calzoncillos bajados hasta los tobillos. Pero lo peor no fue eso, lo que me dejó
perpleja fue verlo masturbándose usando el tanga que me había sustraído la tarde antes.
Nuestras miradas se cruzaron un instante, no pude evitar sentir cierta lástima por él. Enseguida
pude percibir que estaba tremendamente avergonzado, ya que el rubor se apoderó de su
imberbe rostro. —¿Qué haces? —Pregunté apoyada en el marco de la puerta, sin dejar de
observarlo. Iván levantó la vista, estaba tan petrificado que ni siquiera intentó esconder el
tanga que sujetaba en la mano. —Lo siento, Olivia. No he podido evitarlo —respondió con un
hilo de voz apenas audible. —¿Qué es lo que no has podido evitar? ¿Tal vez robarme mis
bragas para hacerte una paja? O, ¿levantarte a estas horas tan tempranas para meneártela en
el baño? —Interpelé en tono muy serio, intentando avergonzarlo aún más. —Lo siento —
volvió a incidir. —Entiendo que te masturbes, ya que todos lo hacemos. Te aseguro que yo no
soy ninguna mojigata. Pero que le quites las bragas a la madre de tu mejor amigo… —Le
recriminé seguramente más enfadada conmigo misma, que con el propio chico. —Olivia, no sé
qué decirte… Aunque seas la madre de Carlos, siempre me has gustado. Es algo que no puedo
evitar sentir —respondió mirándome a los ojos por primera vez. —Eso me halaga, Iván. Puedo
entender que te sientas atraído por una mujer mayor que tú. No obstante, creo que eso no te
da derecho a que sustraigas mi ropa interior usada, eso es algo que me parece bastante
grotesco. ¿Cómo piensas que debo tomarme algo así? —Perdona, Olivia. Lo cogí ayer —
reconoció—. No tenía intención de robártelo. Pero al final la tentación me obligó a
guardármelo en el bolsillo. Supuse que no te darías cuenta. —Quiero que comprendas que el
hecho de que me quites un tanga que he llevado puesto todo el día, es algo muy íntimo que
me avergüenza. ¿No entiendo para qué lo quieres? —alegué haciéndome la inocente. —Me
excita su olor —reconoció—. Espero que no te hayas enojado. —No estoy enfadada, Iván —
traté de tranquilizarlo—. La masturbación es algo natural, y que a veces nos sintamos atraídos
por personas cercanas, también lo es. Acaba si quieres de hacértela. Me ducharé cuando
termines, voy mientras a preparar un café. —¿De verdad que no estás enfadada? —Preguntó
un tanto aliviado. —Te lo prometo, en el fondo me siento halagada que te sientas atraída por
mí. Ya ves… Así somos algunas mujeres de tontas —respondí sonriendo. Sin dejar de
observarme ni un solo segundo comenzó a masturbarse de nuevo, sin importarle en absoluto,
que yo estuviera todavía presente. Me sorprendió enormemente el tamaño de su verga. Iván
es un chico bastante delgado, con un aspecto algo frágil y desgarbado. Sin embargo, el
volumen de su polla era verdaderamente notable, sobre todo en grosor. Su falo no era
completamente recto, siendo curvado como en forma de media luna. Sin duda, el chico tenía
una verga de lo más apetecible, para una mujer como yo. Sin duda, el universo se seguía
confabulando, para que yo aumentara el sentimiento morboso que el chico me producía. Miré
de reojo disimulando, me excito comprobar como su mano comenzaba a acelerar el ritmo.
Recuerdo que justo iba a abandonar del cuarto de baño, cuando el chico llamó mi atención: —
Por favor, Olivia. No te marches. ¿No quieres ver cómo me corro por ti? —Preguntó casi en un
susurro, sin dejar de mover su mano sobre ese tieso e hinchado miembro cargado de virilidad.
Permanecí en silencio. «¿Cómo puede tener el descaro de pedir que me quedé a mirarlo?»,
pensé algo aturdida. No obstante, reconozco que me venció el propio deseo por ver como el
chico se hacía una paja. Entré de nuevo al baño y cerré la puerta. Me sentía tremendamente
cachonda por percibir a ese joven tan excitado por mí. Era una mujer casada, madre de dos
hijos y con mucha experiencia para saber de sobra que, encerrarme en el baño con Iván no
estaba bien. No obstante, juro que no pude evitarlo. A veces, cuando estoy muy excitada, la
forma en la que percibo la realidad se ve distorsionada. Seguramente afectada por mi
irrefrenable deseo de experimentar ciertas situaciones morbosas. Sin duda, esa siempre ha
sido mi gran debilidad y talón de Aquiles. Cuando alcanzo un grado de excitación elevado, me
suelo entregar a él sin ser capaz de medir del todo las consecuencias. Me apoyé en el lavabo
mirando al joven de frente. Ver a un hombre masturbándose, siempre me ha excitado mucho.
—Está bien… me quedaré hasta que termines, si es lo que deseas. Voy a concederte ese
capricho, como compensación por el mal rato que acabas de pasar. Pero procura acabar
pronto. Además, te pido por favor que no se lo cuentes a nadie. —Te lo juro, Olivia. Nadie se
enterará de esto. Tienes mi palabra —respondió—¿Has visto como me tienes de cachondo? —
Me preguntó alzando su miembro orgulloso, para que pudiera observarlo con todo lujo de
detalle. —Ya veo, ya… ¿Te habías hecho alguna paja antes, fantaseando conmigo? —Interpelé
deseosa de poder escucharlo, responder afirmativamente. —Todos los días lo hago contigo
cuando me masturbo —respondió con el rostro acalorado—. Pienso en ti, desde que comencé
hacerme pajas ¿Quieres ver cómo me corro? Tuve que tirar de toda mi fuerza de voluntad, por
no imitarlo y tocarme allí mismo delante de él. No sé cómo me contuve, pues podía percibir
continuas contracciones directamente en mi coño. —¡Córrete! —Le pedí sin dejar de mirar su
empalmada verga— Enrique o cualquiera de mis hijos pueden levantarse en cualquier
momento. —¿Qué te parece mi polla? —Preguntó orgulloso de su miembro, mostrándolo en
todo su vigor y esplendor. —Siento desilusionarte, cielo. Pero la verdad, es que no soy una
experta en penes —aseguré bromeando—. Sin embargo, comparando las pocas que he visto,
he de reconocer que no estás para nada mal dotado. No me imaginaba, que tuvieras
semejante aparato entre las piernas. —¿Nunca habías visto una así de grande? —preguntó
henchido, en su estúpida vanidad masculina. —¡Jamás! —Mentí insidiosa, riéndome para mis
adentros— Ya te he dicho que no soy precisamente una experta —añadí, mirándola con
descaro. —¿Quieres tocármela? —Me ofreció. —Iván, no tienes a la suerte y córrete de una
vez. Únicamente quiero marcharme cuanto antes —respondí, interiormente muerta de ganas
de comprobar la dureza de su verga. —Me gustas mucho, Olivia —confesó, seguramente
envalentonado por su enorme excitación. —¿Sí? —pregunté coqueteando con el chico casi sin
darme cuenta— ¿Y qué es lo que más te gusta de mí? ¿Hay alguna cosa en especial? —Me
gustan mucho tus ojos, me llama poderosamente la atención el tono tan verde que
desprenden —respondió sonriendo, intentando piropearme. —¿De verdad? —pregunté,
riéndome— ¿Son mis ojos lo que más desierta tu interés? —añadí juguetona. —Tus cachas —
soltó, atreviéndose algo más—. Además del culo y las tetazas que tienes —añadió, haciendo
un recorrido visual por todo mi cuerpo sin dejar de masturbarse. —¿No piensas que tengo las
tetas demasiado grandes? Las chicas de tu edad no suelen tener un pecho tan voluminoso —
respondí, tirando de la camiseta hacia abajo, intentado que la tela se ajustara más aún, a la
forma de mis pechos. —Son perfectas —respondió ansioso, mirando hacia ellas directamente
—. No puedo ni imaginarme la maravilla que tienes que esconder debajo de esa camiseta. —
No voy a enseñarte las tetas, cielo —le aseguré, riéndome abiertamente— Recuerda, que
además de ser una mujer casada, soy muy amiga de tu madre y la mamá de Carlos. Te tendrás
que conformar con imaginártelas —le advertí, tensando aún más la tela de la camiseta sobre
ellas, para que pudieran intuirse mejor. —¡Vamos! Sé buena… Levántate un poco la camiseta,
por favor… —me rogó. —Estoy siendo mejor de lo que debería, quedándome aquí quieta
viendo cómo te la cascas. ¿Qué diría tu madre, si supiera que te enseño las tetas? —Interpelé,
riéndome con arrogancia. —Ella ni nadie tienen porque enterarse. Te lo pido por favor,
muéstramelas —imploró casi suplicando. —¿No te vale con imaginarte lo que hay debajo de la
camiseta? Iván, estás muy salido —manifesté riéndome— Te recomiendo que te eches novia,
seguro que alguna chica de tu edad, estará encantada de hacer algo más que mostrarte las
tetas. —Para que lo sepas, no me gustan las chicas de mi edad. Siempre me han llamado más
la atención las mujeres maduras. —¿De verdad? —pregunté haciéndome la sorprendida,
exagerando el gesto. —Sí, me excitan las mujeres como tú, con mucha más experiencia. Yo
solté una carcajada. —Cielo, te saco más de veinticinco años. Si no recuerdo mal, tengo la
misma edad que tu madre. —Me da igual los años que me lleves, estás muy buena, Olivia. —
Gracias —respondí complacida— Pero quiero que te corras ya. No puedo permanecer más
tiempo aquí, esto no está bien, Iván —apremié, dándome cuenta de sobra que estaba
comenzando a tontear abiertamente con el chico. Entonces escuché como la respiración del
muchacho comenzó a agitarse más a cada segundo, notando como sus movimientos se
incrementaban, acelerándose casi con una furia desenfrenada. Un segundo después comenzó
a eyacular. —¡Me corro, Olivia! ¡Ah, Olivia…! ¡Sí, Olivia…! ¡Quiero follarte, Olivia! —Exclamaba
todo tipo de soeces comentarios, sin dejar de repetir mi nombre de fondo. Iván intentó, en ese
momento, poner el tanga que tenía en la otra mano para correrse sobre él. No obstante, su
lefa salió disparada con una gran potencia, cayendo sobre uno de mis muslos un fuerte
chorretón de su semen caliente. «¡El muy cabrón se me ha corrido encima!» Pensé más
cachonda de lo que cabría esperar. Sin embargo, fingí no estar para nada alterada,
manteniéndome quieta, examinando todos sus gestos hasta que su polla expulsó, la última
gota de lefa. —¿Te has corrido bien? —le pregunté al mismo que tiempo que cogí un trozo de
papel higiénico, para limpiarme el muslo. —Lo siento Olivia. No quería mancharte —comentó
un tanto apurado. —¡Menuda corrida has echado! —No pude evitar comentarle gratamente
sorprendida. Ya que siempre me han gustado los hombres que finalizan, con una abundante
eyaculación. —Perdóname —volvió a incidir con sus disculpas—. No he pretendido pringarte
de lefa. —No te preocupes. No es la primera vez que tengo que limpiarme de semen —
comenté riéndome. —Ahora voy a la cocina a preparar un café. Quiero que te pongas el
pantalón y hablemos con calma —alegué poniendo ya un tono más serio. Capítulo VI. Mientras
ponía la cafetera italiana a calentar esperando que Iván viniera a la cocina, recordé que la
sensación de excitarme por ver un hombre masturbarse, no era algo nuevo para mí. De
repente vino a mi cabeza el recuerdo de un día, cuando aún era muy jovencita, siendo la novia
de mi exmarido. En mi ciudad, hay un monte cercano donde por la noche suben algunas
parejas en coche, en busca de ese momento de intimidad, que tanto se necesita. Sin embargo,
por la zona también suelen andar al acecho, algunos voyeurs o viciosos mirones.
Normalmente, son hombres maduros que se masturbaban a cierta distancia, escondidos entre
la maleza y amparados por la oscuridad de la noche. Observando, como las parejas tienen
relaciones. Alex y yo estábamos en el asiento trasero de su coche, mientras yo permanecía
subida encima de él, a horcajadas cabalgando sobre mi novio. La noche era clara, estaba
iluminada por una gran luna y un precioso manto de estrellas. Eso me permitió, cuando miré
por la ventanilla de mi izquierda, contemplar a cierta distancia el cuerpo de un hombre.
Recuerdo que me pareció un fantasma allí parado. La escena, lejos de ser erótica, resultaba
soez e incluso grotesca. No obstante, reconozco que en muchas ocasiones ese tipo de
situaciones, un tanto sórdidas y ordinarias, pueden lograr que me excite con mucha más
intensidad y fogosidad, que otras vivencias cargadas de cierta elegancia y erotismo. El señor
debía de superar los cincuenta años. Parece que lo estoy viendo ahora con ese aspecto tan
desaliñado, ya que iba vestido con botas de monte, un pantalón de chándal y una camisa de
franela a cuadros. Aquel pervertido mirón no tardó demasiado tiempo en advertir que me
había dado cuenta de su presencia, pero como permanecí observándolo en silencio, mientras
seguía follándome a mi novio, debió de intuir que me excitaba sentirme observada. Poco a
poco se fue acercando hasta el coche, manteniendo además el pantalón del chándal bajado
hasta medio muslo. Mostrando groseramente una verga, que comparándola con la de mi
novio, a mí me parecía inmensa. Siguió mirándome estando ya a pocos metros de distancia, sin
dejar de contemplar con enorme interés, como yo cabalgaba sobre el que sería años después
el padre de mis hijos. Por suerte, Alex tenía los ojos cerrados, por lo que permanecía hasta el
momento ajeno al intruso. No sé cómo me atreví, pero el caso es que me quité la camiseta
dejando así mis senos al descubierto. Deseaba que contemplara mi desnudez, iluminada por
esa maravillosa luna del mes de agosto. La escena me mantenía fascinada, mis tetas rebotaban
al son de mi cabalgada, mientras el mirón de turno no paraba de masturbarse. Sin darse
demasiada prisa para ello, deslizando su mano por el tronco de su verga, con movimientos
lentos y acompasados. Como si en realidad, no buscara correrse, siendo su único objetivo
alagar el máximo tiempo posible, su grado de excitación. Poco a poco el desconocido fue
ganando más confianza, acercándose cada vez un poco más hasta el coche. Recordándome a
los decididos gorriones del parque, que van poco a poco envalentonándose, aproximándose
con cautela para poder comer las migas de pan caídas en el suelo. Yo giré mi cuerpo para
asegurarme de que mi novio, en caso de que abriera los ojos, no pudiera verlo. Alex no era
precisamente morboso. Desde joven, siempre fue un hombre muy conservador para aceptar
ese tipo de juegos que, en cambio, a mí ya entonces comenzaban a interesarme. Pero el
voyeur se acercó demasiado, llegó un momento que pegó su rostro a la ventanilla tanto, que al
final mi novio se percató de todo. Alex cerró los puños enrojeciendo de ira al instante, cogió
aire para gritar enfurecido al obseso mirón, que se había atrevido a contemplar a su angelical
novia desnuda. —Déjalo, Alex. Déjalo que mire, por favor —rogué elevando el tono, mientras
me seguía moviendo encima de él, sin parar de follármelo. Comencé a besarlo aumentando mi
intensidad, intentando que de algún modo aceptara el juego que le estaba proponiendo. Alex,
por un momento continúo dejándose hacer, cogió mis pechos y comenzó a lamerlos. La escena
me pareció maravillosa. Me sentía como una poderosa valkiria, follándome a mi novio
mientras me comía los pechos, delante de un desconocido que no dejaba de masturbarse. —
Bésame Alex. Me excita mucho saber que él nos está mirando —le reconocí acercando mi boca
a la suya. Empezando a gemir como nunca había hecho antes con mi novio. Entonces, decidí
dar una vuelta de tuerca más, bajé la ventanilla articulando la manivela, buscando que el
intruso, pudiera escuchar con claridad mis gritos de placer. —Acércate —rogué al desconocido,
con la voz rota y entrecortada. Mi novio intentó protestar, pero supe silenciarlo con otro beso
aún más apasionado que el anterior. —Déjalo que nos mire, por favor. Me gusta mucho que
me vea así, cariño —le confesé—. Déjalo que me desee, sabes de sobra que soy solamente
tuya. Él pareció ceder a mi capricho. Su erección continuaba, por lo que pensé que estaba
disfrutando de todo aquello. A pesar de estar convencida de tener la situación bien controlada,
en aquella época todavía no conocía bien a los hombres. —Quiero tocársela. Por favor, déjame
que se la toque un poco —le comenté a mi novio, loca de deseo de que me dejara
experimentar con aquel intruso. Necesitaba sentir en mis dedos, la dureza y la textura de aquel
venoso y oscuro pene. Él no me respondió, me sujetaba por las nalgas, sin dejar de comerme
mis frondosos senos. —¿Puedo tocársela, cariño? —Pregunté indecisa—. Por favor, Alex.
Déjame que le toque la verga, deseo tenerla en mi mano —expresé, mostrándome un tanto
ansiosa. Sin embargo, Alex tampoco se dignó a contestarme. Entonces me incliné decidida
hacia el lado donde estaba el mirón, que en esos momentos estaba envalentonado, pegado
casi al coche. Sin parar de moverme encima de Alex, observé su polla. Efectivamente, era larga
y gruesa. —¿Quieres que se la toque? —Le pregunté por tercera a mi novio muerta de ganas,
pero al mismo tiempo temiendo llegar tan lejos, sin su aprobación. Sin embargo, Alex seguía
sordo a mis preguntas. Por lo tanto, saqué una mano por la ventanilla y la posé sobre aquel
oscuro cipote. Me sentía fascinada, preguntándome: «¿Qué podía llevar a un hombre a sentir
tanta excitación, para subir hasta allí a observar parejas?» Recuerdo que comencé a
masturbarlo muy despacio, recreándome con el contacto y el calor de su polla. —Le estoy
haciendo una paja —confesé morbosamente a mi novio al oído— La tuya es algo menos
gruesa, pero se te pone mucho más dura —no pude evitar informarlo. Pero él siguió sin
responder, aunque sus ojos me indicaban que estaba muy excitado. —¿Quieres verlo, cariño?
Vamos, asómate a la ventanilla, mira como lo masturbo. No hay nada de malo, solamente te
quiero a ti, cielo —lo animé. Mis palabras parecieron convencerlo por fin, y dejándose llevar
por un instante debido a la excitación del momento, accedió y se asomó. Contempló como su
perfecta novia de toda la vida, acariciaba la polla de un obseso desconocido. —¿Quieres que
me deje tocar un poco? —Pregunté muerta de morbo sin dejar de moverme en círculos—.
¿Dejarías que otro hombre me manoseara los pechos? —comenté cada vez más entregada al
momento. Alex no dejaba de observar por la ventanilla, como masturbaba al fisgón. Entonces
aproveché ese instante para soltar la verga del desconocido y abrir la puerta del coche. El
hombre ya totalmente confiado metió medio cuerpo dentro, lo que me permitió masturbarlo
con mayor comodidad y eficacia. —¿Te gustan mis tetas? —Le pregunté directamente. —Son
preciosas, me encanta como se bambolean cuando te mueves —respondió con una voz grave y
cavernosa. ¿Puedo tocarlas? —preguntó deseoso.
—¿Has visto, cariño? Dice que le gusta cómo se mueven mis pechos, cuando te estoy follando
—repetí, dirigiéndome a mi novio, hablando de forma más descarada—. Quiero saber lo que
se siente cuando otro hombre me toca, mientras follo contigo ¿Me dejarías probarlo, cielo? —
Pregunté deseosa de sentir esas manos sobre mis pechos. Él siguió sin decir esta boca es mía.
Entonces tiré de mi cuerpo hacia atrás, sin dejar de moverme sobre Alex. —¿Quieres tocarme
las tetas? —invité al desconocido, ofreciéndoselas. No se lo tuve que repetir dos veces. Un
segundo después, pude notar las ásperas y callosas manazas del hombre, agarrando con
determinación mis grandes senos. Noté la yema de sus dedos, pellizcándome sin ningún tipo
de delicadeza, mis erguidos y duros pezones. A pesar de que sus manos me parecieron
enormes, no conseguían cubrir del todo mis profusos pechos. Me enloquecía percibir el calor
de esas rudas y bastas manos palpándome las tetas, mientras alojaba en el interior de mi
húmedo y dilatado chochito, la polla de mi novio. Estaba al borde de correrme, seguramente a
punto de alcanzar el clímax más intenso y brutal, que había experimentado hasta ese
momento. Por experiencia ahora conozco que la intensidad de un orgasmo siempre es
directamente proporcional, al grado de excitación que sufre mi vagina, y en esos momentos mi
sexo se derretía. Pero mi exmarido siempre fue un aguafiestas y esa noche no iba a ser la
excepción a dicha regla. —¡Tú estás loca! —Exclamó Alex de repente, gritándome y
apartándome de él. Haciendo con ese enfurecido bramido, que el cobarde mirón se asustara y
huyera como alma que lleva al diablo, monte a través. Yo me eché a un lado, buscando mi
camiseta y mis bragas para comenzar a vestirme totalmente avergonzada. —¡No eres más que
una puta, Olivia! —me insultó por primera vez mi novio, usando ese adjetivo en tono
despectivo. —Perdona, perdóname, Alex —repetí con insistencia, como una especie de
plegaria—. Perdóname, cariño. No sé qué me ha sucedido. —¡Eres una cerda! Una guarra que
se ha dejado tocar las tetas por un viejo pervertido —chilló fuera de sí—. ¡Vamos, vístete! Te
voy a llevar a casa, no quiero volver a verte… La discusión de aquella noche con Alex, todavía
ahora cuando la recuerdo me hace acongojar. A día de hoy me avergüenzo de aquello, pero no
por haberme dejado tocar las tetas por aquel desconocido. Lo que de verdad me abochorna,
es haber soportado toda la humillación y las amenazas que mi novio, vertió sobre mí. Poco
tiempo después, me juré a mí misma que nunca volvería a soportar nada parecido. Terminé
llorando como una niña. Llegó amenazarme con contarle el truculento episodio a todo el
mundo, incluida a mi propia familia. Fue la primera vez que un hombre me hizo sentir como
una enferma, por tener morbosos deseos. Desde ese momento tuve claro que, nunca más,
volvería a compartir mis fantasías con Alex. Mi exmarido no llegó a conocer realmente esa
parte de mí, hasta que muchos años más tarde nos divorciamos. La bronca fue tan extrema
que llegamos a dar la relación por terminada durante varias semanas. Pero al final, ambas
familias intercedieron y las aguas volvieron a su cauce. Una vez que nos reconciliamos, jamás
volvimos hablar de aquello. Alex, nunca me reconoció, que todo ese asunto que me reprochó
durante semanas, había llegado a excitarle. Porque al final, a todos nos excita lo prohibido,
simplemente es cuestión de atreverse a experimentar, aparcando ciertos prejuicios. Por
suerte, años después puede vivir situaciones parecidas en algunas playas nudistas, zonas
apartadas exclusivas y en algún club liberal. Sentirme observada por un hombre que se
masturba a mi lado, mientras yo hago el amor con mi pareja, me sigue resultando a día de hoy
muy tentador y excitante. Ahora me encontraba tremendamente cachonda en la cocina
mientras hacía café, tras haber observado como un imberbe joven, se había masturbado en mi
propia casa, a un palmo de distancia. —Cierra la puerta —dije mientras me servía un café
humeante en la taza —¿Quieres? —Le pregunté. —No, gracias. No me gusta el café. —Mira
Iván, lo que ha pasado hoy no se va a volver a repetir. He querido ser comprensiva con tu
actitud. No quiero que te sientas mal. Como te dije antes, la masturbación es algo natural, y sé
que a vuestra edad… —comenté usando el plural, intentando poner un poco de distancia entre
él y yo—. Las hormonas os juegan malas pasadas y os puede costar un poco más, controlar las
demandas naturales del cuerpo. Pero quiero que todo esto quede entre tú y yo. Carlos no
puede enterarse jamás de lo que ha ocurrido hoy. Quiero que me lo prometas —añadí esto
último con tono serio, mirándolo fijamente a la cara. —No te preocupes, Olivia. Te prometo
que no se lo voy a decir a nadie. Además, ninguno de estos… me iba a creer —comentó
sonriendo. —Bueno, pues considero que ha quedado claro. Pienso que los dos somos
suficientemente adultos para entender, que estas cosas es mejor olvidarlas. Yo soy la mamá de
Carlos y tú eres el mejor amigo de mi hijo. —Relájate, Olivia. Confía en mí, por favor —
respondió, mirándome fijamente a los ojos—. Lo que no puedo prometerte es que me vayas a
dejar de gustar y deje de masturbarme fantaseando contigo. Lo que siento por ti, no puedo
evitarlo —expresó con cierto tono de osadía. —Lo entiendo. Únicamente te ruego que no me
robes más bragas —respondí jocosamente, intentando así quitarle un poco de hierro al asunto.
—Anoche te escuché —soltó de repente volviendo a la carga. —¿A qué te refieres? ¿Qué fue lo
que escuchaste? —Pregunté haciéndome la sorprendida. —Te oí cuando hacías el amor con tu
marido. Me levanté y me paré junto a la puerta de tu habitación. Necesitaba escucharte. Si te
digo la verdad, no me sorprendió lo efusiva y ardiente que te pones, cuando lo haces —se
atrevió a decirme. En ese momento sentí como una especie de latido alojado en mi propio
sexo. Me excitó saber, que mientras follaba con Enrique, el chico hubiera estado atento a
todos mis jadeos, y a las soeces y sucias palabras que habían salido de mi boca. —¿Te tocaste
mientras me escuchabas? —Pregunté abiertamente, sin poder disimular mi interés. —Sí —
afirmó categóricamente —¿Te molesta que lo haya hecho? —Quiso saber. —No, no me
molesta. Claro que no. Pero si Enrique llega a enterarse, no quiero suponer la que se hubiera
liado, es extremadamente celoso —lo amenacé mintiendo. —Me encantó escucharte gemir.
Creía que las mujeres solo chillaban de ese modo, en las películas porno. Sin embargo, siempre
he intuido que eras así de fogosa. —¿Tan fuerte grité? —interrogué juguetona sabiendo de
sobra que había sobrepasado los límites del decoro. —Debes de tener a los vecinos ya
acostumbrados —alegó riéndose abiertamente. —¿Y por qué intuías que me expreso tan
desaforadamente cuando alcanzo el clímax, al hacer el amor con mi marido? —Prométeme
que no te enfadaras —respondió mirándome directamente a los ojos. —Miedo me das… —
Expresé divertida—. ¡Venga! Te prometo que no me enfadaré. —Sobre todo por tu forma de
vestir —alegó escuetamente. Yo estallé en una sonora carcajada, que intenté contener al
instante, debido a lo temprano de la hora. —¿Qué le pasa a mi ropa? —interrogué,
exagerando mi sorpresa. —Estás muy buena, Olivia. Pero vistes de un modo muy atrevido,
sobre todo, para una… —¿Para una mujer de mi edad? —interpelé interrumpiéndole—. ¿Te
refieres a eso? —Quería decir, que ninguna de las otras madres de mis amigos, viste así de
provocativa. También es cierto que ninguna de ellas está, ni de lejos, tan buena como tú. —¿Te
corriste escuchándome follar con Enrique? —pregunté deseosa que me dijera que sí. —Me
corrí escuchándote gritar. Os oía hablar, pero desde mi posición no podía llegar a entender lo
que decíais —reconoció—¿Quieres comprobar cómo me he vuelto a empalmar? —Interpeló
acercándose peligrosamente hasta a mí. Yo lo miré sonriendo. —¿Se te ha vuelto a poner
dura? ¿Por qué? —Pregunté como una tonta. —Porque me gustas mucho. Verte así vestida
con esa camiseta… Se te marcan los pezones —añadió, indicando con el dedo, rozándomelos
sobre la camiseta de forma sutil. —¡Joder! —Exclame al sentir el calor de la yema de su dedo
sobre uno de mis pezones—¡No me hagas eso…! Me entran escalofríos. Tengo unos pezones
tremendamente erógenos y sensibles, incluso a través de tela —reconocí, sin atreverme a
retirar su mano. —Los tienes duros —indicó dándome un leve pellizco sobre la camiseta. —
¡Ah…! —Exclamé sobrecogida por la maravillosa sensación— ¡Para, Iván! Puede entrar alguien
—le advertí. El chico apartó por fin la mano de mis pechos, e instintivamente observé como
mis pezones marcaban mi alto grado de excitación. —¿Llevas tanga puesto? —Se interesó. —
¿Tú que crees? —pregunté a la vez que comencé a levantarme unos centímetros mi camiseta,
tirando de ella hacia arriba. Mostrándole así, la parte delantera de un minúsculo tanga de color
blanco. Lo miré a los ojos, mientras los suyos permanecían clavados en mi entrepierna. Estaba
totalmente hipnotizado. —¡Joder, Olivia! Se te nota el bulto de… —Expresó, sin ser capaz de
articular más palabras. —¿Te refieres a que se perciben los carnosos y abultados labios de mi
chochito? El chico movió afirmativamente la cabeza, totalmente alelado. —¿También intuías
por mi forma de vestir, que tenía los labios del coño tan gruesos? —Pregunté bromeando. Iván
sonrió sin apartar la vista de ese punto. —La tela del tanga está mojada —aseguró, sabiendo
de sobra lo que eso significaba. —¿Pensabas que no llevaba bragas? No soy tan puta, cielo —
aseguré sin dejar de observar su mirada, que se mantenía totalmente fija en mi entrepierna—.
Las mujeres casadas y las mamás, siempre llevamos ropa interior. —indiqué bromeando de
modo totalmente libidinoso. —Precisamente me la ponen muy dura, las mamás cachondas
como tú. —¿Las quieres? —interpelé, refiriéndome a mi ropa interior— ¿Te gustaría robarme
también estas braguitas? —Me encantaría que me las dieras tú misma —respondió, sin dejar
de observarme— Nunca he tenido un tanga tuyo de color blanco —aseguró. —¿Qué harías con
ellas? —pregunté morbosamente— Si logras convencerme, tal vez luego las deje olvidadas
sobre el bidé del cuarto de baño. No sé qué me pasa últimamente, a veces pierdo la ropa
interior. —Me encanta oler tus tangas —contestó animado—. Me vuelven loco el aroma que
desprenden. —Ah, ¿sí? ¿Te gusta oler mis braguitas usadas? ¿Puedo saber, a qué dirías que
huelen? —Al chocho de cachonda que tienes —dijo casi relamiéndose. —Ah, ¿sí? Opinas que
estoy cachonda. —Mira como me la has puesto —indicó bajando sus pantalones,
mostrándome su maravillosa verga de nuevo en todo su esplendor. Entonces comencé a
juguetear ante la atenta mirada del chico, pasando la yema de uno de mis dedos, por la rajita
que se intuía debajo de la tela de mis bragas. Sentir ese sutil roce sobre los hinchados y
húmedos labios de mi vagina, me hizo estremecer de gusto. —¡Ah…! —No pude evitar dejar
escapar un leve e inconsciente jadeo, que al escuchar como salía de mi boca, me hizo ponerme
inmediatamente en guardia. «¿Qué estás haciendo Olivia? ¡Para esto, tienes que pararlo…!»
Me gritaba a mí misma en mi interior. «¡Joder! ¿Qué coño, estoy haciendo? Solamente tiene
dieciocho años, y es el mejor amigo de mi hijo. Lo conozco casi desde que nació, soy amiga de
su madre…» —¿Puedo tocar? —Preguntó Iván sonriendo. Estando totalmente ajeno a todos
esos negativos pensamientos, que comenzaban almacenarse en mi cabeza de modo repentino.
—¡No! —Exclamé cambiando el tono—. Por supuesto que no puedes tocarme —respondí
bajándome la camiseta—. Ahora vete. Esto no está bien, Iván —expresé al tiempo que
abandonaba la cocina, huyendo de allí hasta mi dormitorio, donde Enrique comenzaba a
despertarse, ignorando todo lo que había ocurrido con el amigo de mi hijo. Entonces me
acosté a su lado y lo abracé. Sé que en ese momento le debería de haber contado lo que me
estaba pasando. Sabía que podía confiarle absolutamente todo. Pero… ¿Cómo podía explicarle
lo que había ocurrido esa mañana? Poco rato después salí a dar un paseo, necesitaba escapar
de allí y salir a la calle. Pero antes de marcharme, pasé por el cuarto de baño grande que hay al
lado del pasillo, y dejé aquel tanga blanco que había mostrado con total desvergüenza y
descaro, abandonado sobre el bidé. Cuando regresé a casa, un par de hora más tarde,
comprobé que alguien se lo había llevado. Capítulo VII. Los motivos para no atreverme a
confesarle a mi esposo lo que me estaba aconteciendo con Iván, no se debían precisamente a
que el chico tuviera solamente dieciocho años. No hubiera sido la primera vez que, estando
casada con Enrique, nos habíamos divertido con chicos tan jóvenes. La primera vez que me
pasó algo así con un muchacho en presencia de mi esposo, fue durante una de nuestras
habituales escapadas a un club liberal. Aquella noche, mi marido y yo estábamos tomando una
copa junto a la barra, cuando se nos acercó una chica que debía de tener unos veinte años.
Aún la recuerdo perfectamente: rubia, con el pelo largo, bastante gordita, no muy alta y con
una mirada pizpireta y vivaracha. Parece que la estoy viendo ahora mismo, con un ajustado y
corto vestido blanco, en el que se podían intuir unos frondosos y macizos pechos. Al verla
acercarse, pensé que sería una de esas mujeres con una marcada tendencia bisexual, a las que
le gusta montárselo con parejas y que, en el ambiente liberal, se las denomina como
unicornios. —Hola, me llamo Celia —saludó con una voz algo estridente y aguda —¿Os quería
preguntar si os apetecería hacer un trío con mi novio? —Interpeló directamente, manteniendo
al mismo tiempo una forzada sonrisa en los labios. —¿Te gusta mirar? —Pregunté sorprendida,
ya que esa filia, siempre la he visto más propensa en hombres que en mujeres. —Verás… —
Trató de explicarse— Es que su fantasía siempre ha sido tener relaciones con una mujer
madura, y al verte le has gustado mucho. —manifestó. —Verás… —Comencé diciendo.
Intentando burlarme de ella al imitar su agudo tono de voz—. Maduras, son las frutas cuando
se caen de los árboles. ¿Acaso tú me has visto a mí caerme de algún árbol? —Pregunté
manteniéndole la mirada. —Lo siento, no quería ofenderte. Tienes toda la razón —alegó
tratando de disculparse—. No somos para nada una pareja abierta, de hecho, ambos somos
muy celosos, sobre todo él. Pero hoy es su cumpleaños y este iba a ser mi regalo, ayudarlo a
cumplir su mayor fantasía. Hemos dado una vuelta antes por todo el club y con mucha
diferencia, tú eres la mujer que más le has gustado —explicó la muchacha con cierto
desparpajo. —¿Y no has pensado que tal vez sería mejor reglarle una colonia? —Interpelé
bromeando—. Si ambos sois tan celosos, quizás este no sea el lugar adecuado para vosotros.
—Él es mucho más celoso que yo, pero quiero hacer esto por mi novio —respondió
educadamente. —¿Y dónde está? ¿Cómo es que no ha venido contigo? —Preguntó Enrique. —
Está ahí, dijo apuntando a la barra que había justo en frente. Es un poco tímido, pero es muy
mono y tiene mucho aguante —aseguró la chica mirándome a los ojos, como si con esas
particularidades fuera a convencerme. —La verdad es que no es lo que estamos buscando. Lo
siento —intenté desengañarla para que nos dejara tranquilos. —Entiendo… Me imagino que
queréis estar con otra pareja —comentó la chica resignada arqueando las cejas— ¿Tendría que
dejarme follar por él para que tú hicieras algo con mi chico? —Preguntó señalando a Enrique.
—¿Aceptarías follarte a mi marido para que tu novio pudiese vivir la experiencia? —Pregunté
sorprendida por su desenvoltura, pese a su insultante juventud. —No, a tanto no estaría
dispuesta a llegar. Lo siento, no es porque tenga nada en contra tuya —alegó mirando a
Enrique— La idea que tenemos es que sea únicamente mi novio el que tenga sexo. Además, al
contrario que a mi chico, a mí no me gustan para nada los hombres mayores. Encima, él es
muy celoso. —Pues no sé… Busca por ahí. Tal vez encuentres alguna pareja que el marido solo
quiera mirar, y ella esté interesada en tirarse a un jovencito —manifesté. —Si tengo que
hacerle una paja a tu marido, o incluso dejarme tocar un poco para que tú puedas cumplir la
fantasía de mi chico… creo que estaría dispuesta a hacerlo. ¿Te conformarías únicamente con
que te masturbara? —preguntó mirando directamente a Enrique— Mi chico siempre dice que
hago muy bien las pajas —añadió orgullosa de su talento. —No estoy interesado en tocarte ni
en hacer nada contigo. En realidad, buscamos un hombre o dos, solamente para ella. A mí me
apetece mirar. Es a Olivia a la que tienes que convencer. Si a mi esposa le apetece hacerlo con
tu novio, por mí no hay ningún problema. La chica observó a Enrique con cierta extrañeza. Para
nada se había esperado una respuesta parecida. —Celia, no es que no le gustes. En realidad,
eres una chica muy mona. Lo que ocurre, es que mi marido disfruta siendo un cornudo. Le
gusta ver como otros me follan, ¿verdad, cariño? —Así es. A veces participo y en alguna
ocasión, también hemos hecho intercambios con otras parejas. Pero la verdad, es que cuando
más me divierto, es observando como se joden a mi esposa. La chica escuchaba atónita lo que
le estábamos contando, como si no entendiera para nada, que Enrique se regocijara y hablara
de sus cuernos con tanta naturalidad. —Pero a veces nos apetece cambiar un poco los roles —
expresé de repente. —¿A qué te refieres? —preguntó la chica cada vez más perdida. —Si
quieres que me tire a tu novio, me tienes que demostrar de lo que eres capaz. No voy a
engañarte y andarte con rodeos. No me suelo sentir atraída por muchachos tan jóvenes, ni
tampoco precisamente me excitan los chicos tan tímidos. Prefiero hombres decididos y
varoniles; e incluso rudos y dominantes. Reconozco que soy una mala pécora, pero si quieres
que tu chico cumpla su fantasía conmigo, tú tendrás que hacer cosas con él —Indiqué
señalando directamente a mi esposo— Si no aceptas, te pediría por favor, que no siguieras
insistiendo y busques en otro lado. —¿Quieres decir que para que hagas algo con Borja, yo
tengo que enrollarme con tu marido? —preguntó algo nerviosa. —Eso es. Veo que lo has
comprendido —respondí mirando a Enrique, que me observaba sorprendido. —Antes me
gustaría hablar con él, ya que esto no es lo que habíamos acordado. Ahora vengo. Pero ya os
adelanto que no va a haber trato. Mi chico me quiere mucho y es muy celoso, jamás dejará
que otro hombre me ponga un solo dedo encima. Además, a mí no me gustan los hombres
mayores, no podría… —Expresó negando con la cabeza, acercándose hasta su novio. —¿Estás
loca, Olivia? Únicamente es una cría ¿No sé qué es lo que pretendes? —Preguntó Enrique algo
confuso. —Quiero que te la folles, que por una vez dejes de ser un puto cornudo y le des caña.
Estoy segura de que puedes hacerlo —dije mirándolo a los ojos. —Olivia, la chica no quiere
tener nada conmigo, y a mí sabes de sobra que no me gustan esta clase de juegos tan
enrevesados, solamente son dos críos que no saben ni lo que quieren. Busquemos un hombre
o dos que te gusten, y disfrutemos de la noche como siempre. —Cariño, me apetece jugar con
ellos. Hoy me siento tremendamente mala y perversa —reconocí, sonriendo con malicia—. ¿Es
que no vas a concederme ese capricho? —pregunté mimosa, dándole un beso en los labios. En
ese momento se acercó la chica hasta nosotros, mientras el tal Borja, se quedaba aún parado
junto a la barra de modo expectante. Confieso que jamás había visto algo parecido. —¡Vale!
De acuerdo —anunció antes de llegar ante nosotros— Borja me ha reconocido que le gustas
mucho y me ha suplicado que, por favor, me deje toquetear un poco y que le haga una paja a
tu marido —indicó cariacontecida, bajando la vista al suelo. —Tienes que quererlo mucho para
hacer algo que no te apetece. Lo que me hace dudar, es cuánto te debe de querer él a ti, para
incitarte a realizar algo que en el fondo no te apetece. —Eso es cosa mía y de él —respondió
algo dolida por mi comentario— ¿Estarías dispuesta a follar con Borja, si yo hago que tu
esposo se corra? —preguntó directamente. Tranquila —le indiqué—. Cumpliré la fantasía de tu
chico, pero tú antes debes consumar la mía —expliqué mirando a mi esposo. —Podrás
besarme y tocarme solo las tetas, luego te haré una paja con la mano —indicó poniendo sus
límites— Pero quiero dejar una cosa clara, por nada del mundo voy a desnudarme —expresó
convencida. —Vamos a uno de los reservados, os invito a tomar una copa —ofreció Enrique,
intentando así relajar el ambiente que había entre nosotras dos. —Ir yendo vosotros, yo voy
mientras a buscar a Borja —comenté, riéndome. —Ven conmigo, ellos no tardarán en venir.
Así vamos adelantando y me vas calentando un poco, porque de momento, la verdad es que
no has despertado ningún tipo de deseo en mí —Indicó mi esposo a la chica en tono
totalmente despótico, al tiempo que la cogía por la cintura, llevándosela así agarrada hasta la
zona de los reservados. Celia miró hacia atrás nerviosa, como si no se fiara por quedarse a
solas con Enrique. —Tu novia me ha dicho que quieres follarme —Indiqué acercándome al
chico. —Sí —respondió sin ser capaz de mirarme a la cara— ¿Dónde se ha llevado a Celia? —
preguntó un tanto confuso. —Mi marido desea pasar un rato a solas con tu chica —mentí,
intentando tantearlo. —Pensé que estaríamos los cuatro juntos —respondió algo dubitativo.
—Tranquilo, están esperándonos en uno de los reservados. Ellos también tienen derecho a
pasárselo bien ¿Te preocupa que estén ellos dos solos? —dije acercándome hasta él, de forma
totalmente provocativa. —No —respondió categórico. Al tiempo que comenzaba a percibir
como mi mano, comenzaba a manosearle vulgarmente el paquete—. Celia no quería, a ella no
le gusta demasiado el sexo. Casi nunca tiene ganas de hacer el amor. Además, dice que estar
con un hombre mayor, le da un poco de repulsión. Pero mi chica está loca por mí y yo le he
pedido que me haga este favor, para que así tú y yo podamos… Ya me entiendes —terminó
indicando. —¿Follar? ¿Quieres metérmela, cielo? —Pregunté juntando mi boca a la del chico,
besándonos por primera vez. Diez minutos más tarde, Borja y yo entramos en el reservado. Yo
me senté junto al chico que no dejaba de mirarme totalmente embobado, mientras en el otro
sofá, frente a nosotros, Enrique y Celia, ya habían comenzado a besarse. Pude advertir que la
chica se mostraba nerviosa e incómoda, su cuerpo estaba rígido y agarrotado, manteniendo
los muslos completamente juntos, como si quisiera dejar el acceso a su sexo totalmente
clausurado. Mientras mi marido la besaba, ella permanecía con los ojos cerrados, apretando
fuertemente los párpados, dejándose besar y cediendo totalmente la iniciativa a Enrique. Se
notaban que la pobre muchacha no lo estaba pasando nada bien en esos momentos, era como
si intentara aislarse, deseando que el tiempo transcurriera cuanto antes. En el fondo, confieso
que me hizo sentir cierta lástima. No obstante, quería saber hasta donde estaba dispuesta a
llegar para agradar a su novio. Las manos de mi esposo comenzaron a ascender lentamente
por las anchas caderas de la joven. La postura y el estrecho vestido, le marcaba grotescamente
las mollas debido al sobrepeso que padecía. Enrique comenzó a manosear, sin demasiada
delicadeza, sus sólidos y descomunales pechos, que se mantenían milagrosamente contenidos
dentro de la tela de blanco vestido. Celia, instintivamente, hizo el amago de apartarle la mano.
Sin embargo, debió de recordar que ella misma había aceptado esas condiciones. —¿Te
gustan, cariño? —Pregunté morbosa alzando la voz, intentando sacar a Celia de su aislamiento
— Tiene buenas tetas, ¿verdad? —Parece que sí, pero voy a comprobarlo —respondió Enrique
mirándome y siguiéndome totalmente el juego. Introduciendo su mano dentro del escote del
vestido, comenzó a palpárselas directamente—. Son enormes, pero consistentes y más firmes
de lo que parecen —confirmó sin dejar de tocar aquellos grandes y juveniles senos. —Lo siento
—dijo de pronto la joven—. Creí que podía hacerlo, pero no puedo. Es superior a mis fuerzas
—Manifestó haciendo el amago de levantarse, casi a punto de romper a llorar. —No te
preocupes, cariño —respondí mirándola a los ojos—. No estás obligada hacer nada que no
quieras. Lo dejamos, y ya está. Mi marido y yo nos vamos y aquí no ha pasado nada. Estoy
segura de que no nos costará encontrar a otra pareja, que tenga las cosas más claras. Por este
motivo, no me gusta interactuar con chicos tan jóvenes —comenté mirando a mi marido. —
Por favor, Celia —elevó el tono Borja— No seas cría y haz el favor de comportarte, según lo
que habíamos hablado. No pasa nada porque te dejes tocar, tú misma me dijiste ahí fuera, que
me querías y que lo harías por mí. Ella hizo un gesto de fastidio. Dejándose convencer por su
novio, de esa mezquina y manipuladora forma. Cerrando de nuevo los ojos, volvió a sentarse
junto a mi esposo, como quien acepta, con resignación cristiana, entregarse a su suerte.
Enrique no perdió ni un solo segundo, no tratando en ningún momento de hacerla sentir más
cómoda o relajada. Pegó su boca junto a la suya y comenzó a besarla y a tocarla de nuevo, tal y
como un instante antes había estado haciendo. —Me estoy poniendo muy cachonda —
comenté mirando directamente a Borja—. Me gusta ver como mi esposo le mete mano a tu
chica —añadí intentando descifrar, cuáles eran las sensaciones que el chicho estaba
experimentando en esos momentos. Sin embargo, Borja se mostraba totalmente indiferente a
los juegos que mantenía su novia con mi marido. Su única preocupación, era la de seguir
devorando mis pechos con auténtica ansia y devoción. —Veo que tu chico, se lo está pasando
en grande con mi mujer —Le comentó mi marido a Celia, sin dejar de manosearla. Justo al
instante de escuchar a mi esposo hablar así, la chica abrió por fin los ojos, contemplando la
escena. Yo me había quitado el top y exhibía libremente mis pechos, mientras su novio,
sumergido entre ellos no dejaba de comérmelos con glotonería. Miré a la joven directamente a
la cara con cierta insolencia, manteniendo una sonrisa burlesca. Hasta entonces, únicamente
había buscado provocarla y hacerla sentir incómoda. Yo tenía suficiente experiencia, para
saber de sobra que, si quería llevarla al límite, tenía que conseguir crear cierta rivalidad
femenina entre nosotras. —¿Te gustan, cariño? ¿Te gustan mis tetas? —comenté mientras
agarraba la cabeza de Borja. —Me encantan, me vuelven loco —respondía el chico, sin dejar
de besármelas. —¿Has oído? —Le pregunté directamente a ella— Tu novio dice, que le
vuelven loco mis tetitas. Ella me lazó una mirada incendiaria, estaba muerta de celos. La tenía
donde quería. El juego acaba de comenzar. —Si me lo comes todo así de bien, te voy a regalar
el mejor polvo que te han echado en toda tu vida. Vas a comprobar por ti mismo, como folla
una verdadera hembra —seguí provocando. —Me gustas mucho, Olivia. Eres mi mayor
fantasía —respondió. —¿Solamente has estado con crías? ¿Nunca has tenido a tu disposición a
una mujer de verdad? —pregunté, clavando mis ojos en los de Celia, que cada vez desprendían
más odio y animadversión hacia mí. Cuanto más me detestaba ella, más me apetecía a mí
seguir incitándola. —No, jamás he estado con una mujer como tú —negó con torpeza Borja,
sin darse cuenta de que su novia, lo estaba escuchando —Por eso quiero saber lo que de
verdad se siente estando contigo —añadió estropeándolo aún más. —Espera —escuché decir a
Celia— Me vas a romper el vestido, mejor bájame un poco la cremallera de la espalda. Enrique
sonrió, sabía que pocas personas saben manejar ese tipo de situaciones tal y como lo hago yo.
Bajó la cremallera situada en la espalda de la muchacha, y a continuación, le abrió un poco el
vestido por la parte delantera, dejando así, sus frondosos y compactos pechos expuestos.
Además, de su gran tamaño, me sorprendió su aureola de un marrón muy oscuro, de la que
sobresalían unos pezones mucho más gruesos de lo habitual. Mi marido me miró un segundo,
justo antes de lanzarse a comerse ese apetecible bocado, que yo misma le había puesto en
bandeja. Sin embargo, Celia, ya no volvió a cerrar los ojos, permaneciendo más atenta a lo que
su novio hacía conmigo, que a lo que el propio Enrique estaba realizando con ella. —Me estás
poniendo muy perra, cariño —le comenté a Borja en voz alta, para que también pudiera
escucharlo su novia—¿Quieres comerme el conejito? —Pregunté apartándolo un momento. —
Sí —afirmó sin dejar de mirarme completamente hipnotizado—. Estoy deseándolo. Entonces
me puse de pies y comencé a desnudarme muy despacio, exhibiendo mi cuerpo ante la cara
idiotizada de Borja. —¡Qué buena estas! ¡Qué cuerpazo tienes! —Exclamaba casi sin atreverse
a tocarme. —Gracias, cariño. Me alegro de gustarte —respondí bajándome el tanga. A
continuación, me tumbé encima de una pequeña mesita que había entre ambos sofás, de ese
modo estábamos mucho más juntos los cuatro, casi pegados. Abriéndome completamente de
piernas frente al muchacho, le mostré mi sexo con total descaro. —¿Has visto que rajita más
grande y mojada tengo? —Pregunté pasando un dedo por ella. —Estás completamente
depilada —expresó el chico de rodillas sorprendido, ya con su cara totalmente sumergida
entre mis piernas. —¡Ah…! —exclamé deseosa al sentir sus dedos invadiendo mi vagina. —Que
rico está… —se le escuchó decir metido ya entre mis muslos. —¿Sí? ¿Te gusta mi conejito,
cariño? —pregunté sujetándolo por la cabeza. Observando provocadoramente, el rostro
enrabietado de Celia, que no dudó en fulminarme con su mirada, mientras yo le sonreía
intentando violentarla cada vez un poco más —Me voy a follar a tu novio —le comenté en voz
baja. Ella no respondió. Sin dejar de mirarme, cogió una de las manos de mi marido que
permanecían palpando sus tetas, y pasó a colocarla directamente entre sus piernas. Pude
observar como la mano de Enrique, comenzaba en ese momento a manosear los rollizos y
rechonchos muslos de la joven. Entonces ella, manteniendo una fría y dura sonrisa en los
labios, comenzó abrir lentamente sus piernas. Permitiendo que la mano de mi esposo,
ascendiera verticalmente hasta acceder a sus bragas, de color un blanco casi inmaculado.
Ignorando que con su monumental enfado hacía a mí, estaba haciendo precisamente lo que yo
quería. —¿Has visto? —le preguntó a Enrique elevando justo el tono, para que yo también
pudiera escucharlo—. Yo también tengo un conejito. ¿Acaso te pensabas, que solamente ella
tenía uno? —añadió riéndose, llena de rabia. Mientras la lengua de Borja se deleitaba en
estimular mi hinchado y enrojecido clítoris. Yo era consciente de que los hábiles dedos de
Enrique, estarían justo en ese momento, colándose por el interior de las bragas de la joven,
acariciando un coño, que no era el mío. —¡Ah…! ¡Sigue, cariño! ¡Qué bien me lo comes!
¡Sigue…! —Exclamé comenzando a sentirme próxima al orgasmo. —Sácate las bragas —
escuché la autoritaria e imperativa voz de mi esposo. Ella se puso de pies, y para mi sorpresa,
se quitó el vestido, quedándose completamente desnuda. Rompiendo así, una de las reglas
que más había reseñado desde el principio, seguramente por tener cierto complejo con su
cuerpo, debido a cierto sobrepeso. Tal y como ya se intuía, la chica mostró un cuerpo redondo
y rollizo, pero a la vez firme y consistente. Manteniendo, seguramente debido a su juventud,
unas carnes compactas y prietas. Después volvió a sentarse, abriendo con descaro sus piernas,
a tan solo un palmo de distancia de mí. Observé sin ningún tipo de pudor su sexo. No estaba
depilada, a pesar de que tenía los labios del coño completamente rasurados. La joven
conservaba un gran triángulo de bello rubio y rizado, justo a la altura del pubis. —¡Qué
gusto…! —Exclamó Celia, al sentir los dedos de mi esposo invadiendo ya el interior de su
vagina. —¿Cómo tiene el chochito? —le pregunté ansiosa a Enrique. —Húmedo, lo tiene
chorreando. La zorra está muy cachonda —me indicó. —Fóllatela —le pedí— Quiero ver como
te jodes a esta puta. Entonces volví a cruzar la mirada con ella. Sin embargo, esta vez ya no
atisbé odio ni resentimiento en sus expresivos ojos. Estaba tremendamente excitada,
mirándome agradecida, por haberle prestado a mi esposo, siendo mucho amante que su
novio. Observé, como mi marido se bajaba los pantalones mostrando una fuerte erección. Yo
estaba tan cachonda, que tenía que hacer esfuerzos para no correrme todavía. Celia se puso
de rodillas sobre el sofá, mostrando un redondo y enorme culo, con unas nalgas inmensas y
casi desproporcionadas. —¡Métemela por detrás! —Exclamó pidiéndoselo a Enrique
totalmente fuera de sí— ¡Por favor, dile que me folle! —Me rogó, mirándome directamente a
los ojos. —Sabía que detrás de esa cara de niña buena que nunca ha roto un plato, se escondía
toda una puta. Tengo un radar para estas cosas. —le indiqué sonriendo. Mi marido estaba tan
deseoso de penetrar a la joven, que ni siquiera perdió tiempo en ponerse uno de los condones
que había esparcidos sobre la mesa. Se acercó por detrás a Celia, y rozando su glande contra la
humedad que desprendía su coño, se la insertó de una certera estocada. El cuerpo de ella se
contrajo de golpe, al sentirse tan violentamente penetrada. —¡Sí…! —Chilló loca de deseo,
mientras mi esposo comenzaba a follársela, sujetándola y tirando de ella, por su larga y rizada
melena rubia. Las enormes tetas de la joven se movían de tal manera, que me recordaban al
badajo de una campana —¿Te gusta, cielo? Dime como es el coño de esta golfa —Le pregunté
a mi esposo. —Me encanta, cariño. Lo tiene muy estrecho. Me encanta joderme a esta puta,
tiene un coño muy apretado —comentó sin parar de moverse. Ya no pude aguantar más, y en
ese momento estallé en un brutal y salvaje orgasmo, que a punto estuvo de hacerme caer de
la pequeña y dura mesa. —¡Ah…! ¡Me corro! ¡Me corro! ¡Ah, ah, ah…! Me quedé casi muerta
durante unos minutos. Luego me incorporé de la mesa, indicándole a Borja que se pusiera de
pies. —Voy a chupártela —manifesté, mientras le bajaba los pantalones y me ponía de rodillas.
En esa posición, comencé a masturbarlo, mientras besaba y lamía sus duros testículos. —
¡Dios…! —Exclamó el chico al sentir mi lengua acariciando sus genitales. Su verga no era
demasiado grande, por lo tanto, no tuve que esforzarme demasiado para engullirla por entero
dentro de mi boca. Un minuto después de comenzar a chupársela, percibí el amargo sabor de
su lefa, en lo más profundo de mi garganta. Reconozco, que su precoz corrida me pilló
totalmente por sorpresa, y que a punto estuvo de hacerme atragantar. En esos momentos
comprendí que, contrariamente a lo que me había indicado su novia, él chico precisamente
mucho aguante no tenía. Tan solo me había durado un par de minutos. Ni tan siquiera le dio
tiempo a poder follarme. Una vez que el chico terminó, comenzó a vestirse mientras
observaba, ahora sí, como Enrique tenía puesta como a una perrita sobre el sofá a su chica.
Follándosela por detrás, haciendo con cada embestida, que temblasen como flanes sus gordas
y rechonchas nalgas. —¿Te gusta, perra? —le preguntaba mi esposo sin dejar de penetrarla. —
¡Me encanta, me encanta! —Bramaba la chica fuera de sí— ¡Estoy a punto, no pares! ¡Ya me
viene…! ¡Qué bien me follas! —¿Has disfrutado? —interrogué a Borja, que miraba asombrado
y algo asustado, al intuir el enorme placer que estaba sintiendo su chica. —Me ha encantado,
eres una diosa, Olivia. Sin embargo, me hubiera gustado mucho hacerte eso —respondió
apuntando a Enrique y a Celia. —Quizás otro día —mentí, sabiendo de sobra que no habría una
próxima vez con él— ¿Te gusta ver a tu novia disfrutando así con otro? —La verdad es que no.
Incluso, si te digo la verdad ya no sé si es mi novia, no sabía que fuera tan guarra —respondió
inundado por los celos, de modo totalmente peyorativo. Yo arrugué la nariz, en el fondo me
esperaba algo así. Desde el principio el chico no me había trasmitido buenas vibraciones, todo
lo contrario que ella. —Celia es una chica espectacular, que cualquier hombre se sentirá
afortunado por tenerla como pareja. Ella te permitirá vivir momentos únicos —traté de
convencerlo—. Mi esposo, está disfrutando mucho con tu chica, y te aseguro que él, no se folla
precisamente a cualquiera. —Pues Celia por lo que he podido comprobar hoy, está dispuesta a
dejársela meter a todo el que se ponga por delante. La muy puta decía que no quería hacer
nada, que únicamente se dejaría tocar un poco, para que yo pudiera cumplir una fantasía.
Incluso me hizo pedírselo yo por favor… Y ahora ahí la tienes, chillando y pidiendo más. No
quiero tener una novia así, no está a mi altura. —Cielo, opino que el que no está a la altura de
una hembra como ella, eres precisamente tú ¿No la escuchas como disfruta? —¡Me viene, me
viene, me viene…! ¡Qué gusto, por Dios…! ¡Me estoy corriendo…! —Escuché gemir a Celia,
mientras yo trataba de limpiarme con un trozo de papel, la inesperada corrida de su novio en
la boca. —Eres un egoísta, que en vez de estar agradecido porque su novia le haya ayudado a
cumplir una de sus fantasías, en lugar de estar feliz viendo como ella disfruta. Se siente celoso
e inseguro al comprobar que su chica es una verdadera hembra. ¿No tienes huevos para estar
con una mujer así? ¿Temes, no ser capaz de satisfacerla? —Tienes razón —comentó Borja
agachando la cabeza—. Es únicamente que tengo miedo… conmigo Celia no disfruta nunca
tanto. —Explora sus límites y confía en ella —le aconsejé—. ¿Te has parado a pensar alguna
vez que las mujeres también tenemos deseos y fantasías? Sondea los de ella, ayúdale a
cumplirlos igual que Celia, ha hecho contigo hoy. —Sabías desde el principio que tu marido
terminaría follándosela, ¿verdad? —Sí —afirmé, riéndome—. Solamente tenía que chincharla
un poco. Crear cierta rivalidad entre nosotras. Cariño, reconozco a una zorra como yo, en
cuanto la veo. Un segundo después observé como mi esposo sacaba su verga de forma
apresurada del coño de la joven, eyaculando un segundo más tarde, directamente sobre las
rollizas y descomunales nalgas de la chica. Por lo visto, ella le había informado temerosa a
quedarse embarazada, que no tomaba la píldora. —¡Qué gusto da joderse tu estrecho coño! —
expresó mi marido con la cara totalmente desencajada, a consecuencia de un intenso
orgasmo, mientras dejaba el redondo y blanco culo de la chica, lleno de su copiosa corrida. —A
mí también me ha gustado mucho —reconoció Celia, con una enorme sonrisa que yo supe
identificar— Si queréis… Podemos volver a quedar otro día. A pesar de que intercambiamos
nuestros números de teléfono con la intención de establecer un nuevo encuentro, ya que el
muchacho se había quedado con ganas de poder metérmela. Me inventé mi número, a
consecuencia del poco interés que Borja despertaba en mí. Por lo tanto, nunca más volví a
saber nada de ellos. Ignoro si Borja llegó a comprender a tiempo, la suerte que tenía por tener
a su lado a una mujer como Celia. La verdad es que, salvo dos o tres excepciones, los
jovencitos nunca habían sido una de mis prioridades, ya que desde que era poco más que una
adolescente, siempre me habían interesado más, los hombres maduros. Quizá el caso más
extremo, en cuanto a diferencia de edad se refiere, me pasó con un profesor con el que me
acosté cuando estudiaba en la universidad el primer año de periodismo. Él era un respetado
catedrático que sobrepasaba los setenta años, y yo una alocada jovencita que acababa de
cumplir los veinte. Me folló en su propia casa una tarde que su esposa se había marchado a su
pueblo, permitiéndome recuperar, de ese morboso modo, su dura y difícil asignatura. Capítulo
VIII. Por fin era viernes, recuerdo que aquel día salí del trabajo ansiosa por llegar a casa cuanto
antes. Sabía que allí estaría Iván, ya que había hablado con Carlos por teléfono un rato antes.
"Ya estamos en casa mamá, estoy con Iván y con Aitor jugando una partida”, me había
informado mi hijo, y ahora no era capaz de sacarme esa frase de la cabeza. Solo de pensar que
cuando entrara por fin en casa me iba a encontrar con Iván, me hacía estar nerviosa como una
quinceañera. Habían pasado casi dos semanas desde que el chico, se había masturbado
delante de mí y yo le había mostrado la parte delantera de mis bragas. Desde ese momento,
no había pasado ni un día que no hubiera soñado en él. Lo que me estaba sucediendo era una
absurda locura, un tórrido disparate que no podía ni quería evitar. Todas las mañanas, de
modo inexorable, terminaba masturbándome. Abría mis piernas todo lo que podía nada más
entrar en la ducha y comenzaba a tocarme deseosa, mientras mis morbosas fantasías
terminaban día sí, y día también, concentradas en Iván. En cuanto entré en casa fui
directamente hasta la habitación de Carlos, dudé un momento antes de abrir la puerta. Ese día
me había vestido pensando en el chico, sabiendo que era más que probable que por la tarde
estuviera aquí. Aunque en el fondo, no era capaz de reconocérmelo a mí misma. «¿Cómo me
iba a importar tanto un mocoso como Iván, para que me hiciera incluso dudar que vestido
ponerme? ¿Estaba loca o qué?» Esa mañana había estrenado un corto y ajustado vestido rojo,
nada apropiado para llevar al trabajo. Incluso, varios compañeros, se habían mostrado más
atrevidos en sus comentarios que de costumbre a la hora del almuerzo. Los viernes solía ir un
rato al gimnasio, pero ese día había decidido fugármelo por llegar a casa cuanto antes. No
pretendía hacer nada con Iván, lo único que quería era ver la cara que el chico pondría cuando
me viera así vestida. Me gustaba calentarlo y provocarlo. Perseguir que un hombre sienta la
necesidad de tener que hacerse una paja pensando en mí, es uno de los rasgos más
acentuados que forman parte de mi naturaleza. No puedo evitar sentir la necesidad de
calentar a un hombre. Buscaba sentirme deseada por él, notar en sus ojos el brillo lascivo de su
mirada. Me había jurado a mí misma que, lo más lejos que llegaría en este peligroso juego,
sería zorrear un poco de forma inocente, sin ir más lejos que un simple y tórrido calentón.
Quería tenerlo siempre cachondo, notar en sus ojos ese fuego y ese deseo, que yo había
percibido en su expresiva mirada. Estaba segura de no desearlo como hombre, era otra cosa lo
que me atraía de él. Se trataba de seducirlo, de pervertirlo, de corromperlo; de que el chico
quedara totalmente enviciado y embelesado por mi cuerpo. Toqué a la puerta dando dos
suaves golpes, que seguramente ellos, al tener los auriculares no debieron ni tan siquiera
escuchar. —Hola, cariño —saludé sonriendo, dirigiéndome hacia mi hijo que estaba sentado
entre ambos, en medio de los dos monitores. Carlos se giró y se puso de pies un instante, sin
dejar de mirar la pantalla —Hola, mamá. ¿No vas hoy al gimnasio? —Preguntó dándome dos
besos y volviéndose a sentar, para seguir con atención el desarrollo del maldito juego. —No,
salí esta mañana a correr —comenté mirando por el rabillo del ojo a Iván, que no dejaba de
observarme, habiendo abandonado descaradamente el desarrollo de la partida. —Haces bien,
el cuerpo también tiene que descansar —añadió Iván con media sonrisa, que casi me hizo
sonrojar como a una cría. —Me alegro de veros, chicos —manifesté, como si justo en ese
momento me hubiera dado cuenta de que mi hijo no estaba solo. —Yo también me alego de
verte —respondió Aitor, echándome con la mirada un buen repaso de arriba abajo. —Mira,
Olivia —dijo Iván llamando mi atención, mientras abría la tapa de su ordenador portátil—.
Quiero que veas un trabajo que estoy haciendo para clase, se trata de una App que estoy
creando. Yo me acerqué intrigada, sabía que el chico era un genio para esas cosas, se lo había
escuchado decir a mi hijo en innumerables ocasiones. —Sin duda a mi madre podría venirle
muy bien tu App —indicó Carlos, sin que yo supiera realmente a que se estaba refiriendo. —Es
que me interesa conocer tu opinión como mujer. Sería importante para mí, antes de seguir
desarrollando adecuadamente el proyecto —me indicó seriamente. —¿Para qué sirve? —
Pregunté verdaderamente interesada. —Verás… —Comenzó explicándome haciéndose el
interesante—. Muchas veces las mujeres compráis ropa, y al final no sabéis ni lo que tenéis en
el armario. —En mi caso te puedo asegurar que es así, tengo los cuatro armarios del vestidor,
completamente abarrotados de ropa. Soy una yonqui de las compras —reconocí sonriendo.
Eso era cierto, mi gusto por ir de tiendas es otra de mis necesidades incontrolables. Por suerte,
nunca he pasado estrecheces económicas, ya que tanto yo, como los dos hombres con los que
me he casado, hemos disfrutado de muy buenos trabajos, pudiendo mantener siempre una
economía bastante solvente. Sin embargo, el presupuesto que utilizo para comprarme ropa,
zapatos, bolsos, complementos, peluquería, cremas de belleza, gimnasio… Es verdaderamente
escandaloso. Incluso, cuando hicimos la reforma de casa, renuncié a un cuarto dormitorio para
hacerme un gran vestidor, rodeado de grandes armarios empotrados, en los que en la
actualidad ya no cabe ni un alfiler. —Por ejemplo: imagínate que acabas de comprar unos
pantalones. —prosiguió explicándome—. Entonces, le sacas una foto y guardas aquí el archivo
—dijo apuntando con el puntero del ratón—. La aplicación también te da la opción de clasificar
la prenda, y si le das a propiedades puedes añadir: talla, tienda, marca, indicar cuándo las
compraste, cuanto te costó, etc. —Pues me parece muy buena idea. Cuando la tengas
terminada te la compraré sin dudarlo. —Verás, aquí tengo unas imágenes de prueba. Haz
como si fueran tus prendas. Coge el ratón —me indicó. Desde mi posición me resultaba difícil
manejar el dichoso puntero del ratón. Entonces miré a mi alrededor y no vi donde sentarme.
Sé que debí reprimirme, pero el caso, es que decidí sentarme sobre las piernas del muchacho.
Creo que lo hice de forma inconsciente, pero tampoco puedo estar completamente segura.
Reconozco que siempre me ha gustado sentarme sobre las rodillas de un hombre. —Verás —
me indicó—. Pincha en la imagen de esos pantalones e introdúcelos, arrastrándolos al icono de
la derecha que representa tu vestidor. También puedes añadir el coste de cada prenda y,
puedes saber lo que te gastas en ropa a la semana, al mes o incluso al año. En caso de
venderlas en tiendas de segunda mano, te dará el balance final. —Hay cosas que es mejor no
saberlas —comenté bromeando— Enrique me echaría una buena bronca, si llegara a
sospechar tan siquiera, el presupuesto que me gasto. Entonces fue cuando sentí la mano
izquierda de Iván, sobre uno de mis muslos. No dije nada y seguí trasteando con el ordenador.
Me gustó notar sus dedos recorriendo mi pierna. Reconozco que la situación me puso
tremendamente cachonda. Me gustan los hombres así de resueltos y atrevidos, que saben
coger al momento lo que consideran que es suyo. —No será para tanto… Además, hay que
reconocer que sabes lucir y exhibir perfectamente todo lo que te pones —respondió
atrevidamente— Solamente hay que verte —añadió esto último, bajando el tono y acercando
su boca a mi oído. —Gracias, cielo. Pero en mi caso, lo de ir de compras es puro vicio —
respondí, sintiendo un grato cosquilleo sobre mi muslo izquierdo. —¿Qué sería de nosotros sin
tener vicios? Seríamos unos vulgares mamíferos, que seguirían encaramados en los árboles de
la jungla. Yo me reí a carcajadas ante su forma de expresarse, estando totalmente convencida
de que mi hijo y Aitor, permanecían ajenos a todo. Mientras ellos seguían jugando de modo
online, yo me dejaba acariciar la pierna por Iván, cada vez de manera más atrevida. No
obstante, lo que más morbo me producía era poder percibir perfectamente su erecta verga,
debajo mi culo. La situación cada vez era más excitante. Sin embargo, a medida que crecía la
intensidad del momento, aumentaba el peligro. —Tienes una piel, tremendamente suave —
llegó atreverse a susurrarme al oído. —Gracias —respondí en un leve murmullo. Girándome,
para mirarle un segundo a los ojos, con una seductora sonrisa en los labios. Lo dejé disfrutar
un rato tocándome. Fue tremendamente excitante, cuando noté la yema de sus dedos
rozándome sutilmente las bragas. A través de la fina tela de mi ropa interior, pude notar suave
y tenuemente el calor de la punta de sus dedos, recorriendo y explorando los gruesos labios de
mi vulva. Percibiendo al instante, un eléctrico cosquilleo que hizo que se me pusiera el bello de
mis brazos de punta. Con cierto pesar, decidí que había llegado el momento en el que debía de
poner punto y final a todo ese estimulante juego. Tenía que escapar de allí cuanto antes o, por
el contrario, corría el riesgo de que Carlos o Aitor acabaran dándose cuenta de algo. —Me
gusta mucho, Iván —comenté levantándome de golpe y bajándome el vestido con disimulo—.
Me parece una idea muy original —expresé, escapando de él hasta la puerta. Luego fui hasta la
habitación de Javi, mi hijo pequeño. Estuve un rato hablando con él, justo hasta que vinieron a
buscarlo a casa unos amigos. La verdad es que mis dos hijos no podían ser más diferentes.
Carlos era muy inteligente, pero se pasaba el día estudiando o jugando a los videojuegos. Sin
embargo, a Javi le gustaba el deporte o estar en la calle con los amigos. Decidí darme una
ducha, era viernes y pronto llegaría mi marido para marcharnos a tomar algo. Antes fui hasta
la cocina a por una cerveza. Estaba precisamente abriendo el frigorífico, cuando escuché una
voz justo detrás de mí. —¿Me invitas a una? —Preguntó Iván a mi espalda. Yo lo miré
extrañada, se pasaban el fin de semana jugando con Carlos, y jamás los veía tomarse una
cerveza. —¿Te deja tu madre beber? —Pregunté bromeando, al tiempo que le ofrecía una. —
Me gusta cómo te queda ese vestido. Antes, cuando has estado sentada encima de mí, me has
puesto muy cachondo. Me imagino que lo debes haber notado. Tengo la polla a punto de
reventar —comentó al tiempo que tiraba de la anilla para abrir la lata. —Gracias, cielo. Pero no
sé qué intentas hacer, comentándome que te has excitado —alegué secamente —Me senté
encima de ti para que me enseñaras el proyecto de la universidad. Fue un gesto de confianza,
no pretendía para nada alterar el estado de tu sexo —le aseguré. —Siento si te ha molestado
verme aquí, tal vez prefieras que no venga más a tu casa. No te preocupes, lo entiendo. Te
prometo que no le diré nada Carlos, ya se me ocurrirá alguna excusa —Comentó el muchacho
un tanto contrariado, mirando al suelo. —No, no se trata de eso, Iván. Me gusta que vengas y
me siento halagada cuando me miras de esa forma. Pero no quiero que me malinterpretes, lo
que pasó el otro día no puede volver a ocurrir —le aseguré, mirándolo directamente a los ojos.
—No te preocupes, el recuerdo de lo que hicimos, es mucho más de lo que nunca hubiera
soñado hacer contigo. Hacerme una paja delante de ti, ha sido lo más excitante que me ha
pasado en la vida —expresó con ternura. —¿Nunca has estado con una chica? —Pregunté
interesada. —Claro que si ¿Por quién me tomas? —Interpeló haciéndose el ofendido—. Lo que
ocurre, es que ninguna de esas chicas ha significado nada para mí. En cambio, tú… —Manifestó
deteniéndose unos segundos, como si necesitara analizar el modo en el que debía expresarse
—. Has sido siempre la mujer a la que más pajas le he dedicado —añadió con extrema torpeza.
—¡Vaya por Dios! ¡Con lo bien que ibas…! —Exclame bromeando— Pienso que podías haberte
esforzado un poco más. Creí que me ibas a decir algo bonito, o por lo menos mejor elaborado
—expresé soltando una carcajada. —Lo siento, Olivia. Sé que a veces soy demasiado directo
hablando. Sin embargo, es la verdad. Ahora mismo, ya estoy empalmado. —¿De verdad? ¿Por
qué estás cachondo en este momento? —Pregunté sorprendida. —¿Te parece poco el haber
tenido ese culazo que tienes, sentado encima de mí? —Preguntó dando un pequeño trago a la
cerveza. —¿Me estás llamando culona? —reí divertida. —Estoy diciéndote algo, que tú ya
sabes de sobra. Olivia, tienes un culo imponente —dijo bajando su mirada, hasta pararse
precisamente en esa parte de mi anatomía. —¿Me habías robado tangas antes? —Interpelé
tratando de cambiar el tema. —Sí —afirmó algo avergonzado—. No sé lo que me pasa, es
como una especie de droga. Cada vez que lo hago, me juro que no volverá a pasar, pero vuelvo
a recaer una y otra vez. Aitor también me confesó un día que estaba algo bebido, que le ponías
mucho y que se había pajeado con un tanga tuyo que cogió de la lavadora. Pero seguro, que
también lo habrá hecho más veces. —¡Joder! —Exclamé— ¿Qué os pasa a los chicos de hoy en
día? ¿Por qué vais robándoles la ropa interior a las madres de vuestros amigos? La verdad es
que nunca he notado que me falten bragas —comenté desconcertada. —Lo siento, Olivia.
¿Estás enfadada? —No, no me importa que me cojas algún tanga de vez en cuando, para
masturbarte. Pero a cambio, quiero que tengas cuidado y me lo cuentes ¿Qué voy a hacer
contigo? —Pregunté suspirando resignadamente. —Se me ocurren algunas cosas —afirmó
pícaramente. —Ah, ¿sí? ¿Cómo cuáles? —Que te levantes un poco el vestido y me dejes ver lo
que tienes debajo, tal y como hiciste hace dos semanas con la camiseta —respondió sin dejar
de mirarme con una pícara sonrisa en los labios, que me dieron ganas de comerme a besos.
Me moría por levantarme el vestido para poder ver su cara. Sin embargo, intentaba resistirme
interiormente. Sabía que mi excitación estaba llegando a un punto peligroso. Me conocía de
sobra, y ya percibía ciertos síntomas de mi propio cuerpo, sabía que era el momento de parar.
No obstante, algo más fuerte que mi sentido común, me incitaba a seguir jugando un poco
más. —Cielo, vas a tener que conformarte solamente con imaginarlo —respondí cruzando los
brazos. —¿Te excitaste el otro día cuando me viste hacerme la paja? —¿Debería? ¿Crees que
vi algo, que nunca había visto? —No lo sé. Me dijiste que estaba bien dotado. ¿Te gustaría
volver a vérmela? —Interpeló sin darme tiempo a responder. Bajándose la cremallera y
sacando su pene, totalmente erecto. Entonces comenzó a masturbarse a tan solo medio metro
de mí. —Tienes razón, estás muy bien dotado, cielo —afirmé, sin poder apartar la vista de su
hermosa verga. Me moví a un lado, apoyándome de espaldas contra la puerta de la cocina que
permanecía cerrada. Obstaculizando, de esta manera, la entrada a cualquier inoportuno
visitante. Dándole tiempo a Iván, a que escondiera, en caso de precisarlo, su precioso sexo
dentro de los pantalones. —Te gusta… ¿Eh? ¿No puedes remediarlo? —Dijo adivinando mis
más obscenos pensamientos. Lo miré fascinada. Había visto muchas pollas en mi vida de todos
los tamaños y formas. Pero ver así a Iván, era algo muy morboso para mí. —Para, Iván. Esto no
está nada bien —objeté, sin estar convencida de mis palabras. —¿Quieres tocármela? —
Preguntó acercándose nuevamente a mí. Negué con la cabeza, siendo incapaz de responder.
Estaba tremendamente excitada y asustada al mismo tiempo. Mi hijo estaba allí al lado, en su
habitación, totalmente ajeno a lo que su amigo estaba haciéndole a su madre en la cocina. —
¡Vamos, Olivia! —Volvió a tentarme— Sé que te mueres por tocármela, lo veo en tu cara.
Hazme una paja, nadie se enterará nunca. Volví a negar de manera aún más rotunda con la
cabeza. Mi marido podía llegar en cualquier momento. Cada vez estaba más aterrorizada. Sin
embargo, ese nerviosismo acentuaba el morbo, y con él, mi propio grado de excitación.
Entonces Iván movió ficha, agarrándome de forma decidida de la mano, me la puso
directamente sobre su dura polla. Reconozco, que estaba deseando notar toda su excitación y
dureza. —La tienes muy dura —expresé sin darme cuenta. En ese momento pasé la punta de
mis dedos sobre su glande, sintiendo todo su fluido preseminal, palpando toda la humedad
que desprendía. Luego comencé acariciar, de modo sutil, todo el tronco. Envolviendo ese
pene, tieso como un palo, con la palma de mi mano. Sin dejar de mirar a Iván a los ojos, como
si tratara de descifrar todo lo que el chico estaba sintiendo, comencé a masturbarlo. —¿Qué te
parece mi polla? ¿Te gusta? —Volvió a insistir. —¿Acaso te interesa, lo que opino sobre tu
verga? Iván se encogió de hombros dudando, manteniéndose serio durante unos segundos.
Volviendo a recobrar cierta seguridad en sí mismo, un instante después. —Sí, claro que me
importa conocer tu opinión ¿Te gusta? —Cielo, la verdad es que tienes una buena polla. Ya te
lo dije el otro día. —¿Es más grande que la de tu marido? —Se interesó. —¿De verdad quieres
saberlo? —Pregunté divirtiéndome. Él me miró a los ojos y movió la cabeza respondiéndome
afirmativamente. —Nunca en mi vida he tenido una polla tan gruesa en mi mano —Mentí,
aumentando el ritmo de mi muñeca—. Incluso, no puedo evitar pensar que se sentirá con una
polla así de gorda, ensartada en el coño. ¿Entraría bien en mi chochito?, o, ¿tal vez, me haría
daño? Me hacía gracia esa costumbre que tienen muchos hombres, de hablar y comparar su
verga o su potencia sexual con la de otros, sobre todo con la de un cornudo. Reconozco, que
han sido muchos amantes los que han pasado por mi cama a lo largo de mi vida. Algunos de
ellos no han podido evitar preguntarme que, si mi conducta infiel se debía a que mi marido,
primero Alex y más tarde Enrique, eran asexuales, impotentes, eyaculadores precoces o,
incluso, si tenían un pene demasiado pequeño. Si una mujer es infiel, para muchos hombres se
debe principalmente a dos motivos: ninfomanía o marido incapaz de complacerla. «Así es el
universo masculino», reí divertida. —¿Te gustaría probarla? —Preguntó en tono vanidoso—
Me encantaría follarte, Olivia. —¡Córrete! —Exclamé apremiándolo—. Enrique no tardará en
llegar —añadí mirando el reloj que había colgado en la chimenea de acero inoxidable, de la
campana extractora. —Que bien lo haces Olivia. Por favor no pares —suplicaba. —¿Quieres
que te muestre las braguitas? —Pregunté, levantándome un poco el vestido con la mano que
me quedaba libre, enseñándole la parte del encaje de mi tanga rojo. Tratando así de estimular
aún más su excitación. —¿Te gustan cómo me quedan? Me las puse esta mañana pensando en
ti —reconocí. —¡Joder Olivia! —Exclamó fuera de sí—. Te marcan el coño. Qué ganas de
follarte tengo. Quiero metértela, siempre he querido hacerlo. —No, eso, no. No vas a follarme,
mi chochito no es para ti, cariño. ¡Vamos, córrete! Hazlo ya o tendrás que irte al baño a
meneártela tú solo. Enrique está al llegar —le apremié con rudeza. —Prométeme que volverás
a estar conmigo, por lo menos una vez más —me dijo casi jadeando al borde del orgasmo. —
Te lo prometo, pero buscaremos un momento mejor para hacerlo. Esto es muy peligroso. Te
haré otra paja, cuando estemos más tranquilos Entonces sentí su mano que me agarraba con
firmeza del culo, comenzando a manosearme descaradamente. —¡Qué culazo tienes! —Dijo
apretando con fuerza una de mis nalgas— ¿Te importa que te toque el culo? —Ya lo estás
haciendo ¿Para qué me preguntas si ya lo haces? —Siempre había soñado con hacerlo —me
indicó. —¿Y qué te parecen mis nalgas? ¿Son cómo las imaginabas? —Son aún mejor —
respondió con la respiración agitada— Me parece increíble que me dejes sobarte el culo. Voy a
correrme para ti. —Sí, eso es lo que quiero, cariño. Deseo que te corras para mí. Este será
nuestro secreto —indiqué acelerando los movimientos de mi mano sobre su polla. —¡Me
corro, Olivia! ¡Me corro, me corro! Olivia… —Anunció con la voz entrecortada. —Dame toda tu
leche, cielo —dije poniendo la mano que me quedaba libre, tratando de contener con ella su
copiosa corrida, para evitar que eyaculara directamente sobre mi vestido rojo. Tal como intuía,
el chico volvió a descargar una potente y abundante eyaculación. —¡Ahora vete! —Exclamé de
forma enérgica, una vez que su polla soltó la última gota de semen. El chico me miró
complacido, después guardó su verga dentro de sus pantalones y me dio un beso en la mejilla
como agradecimiento, justo antes de marcharse. Vi como entraba de nuevo en la habitación
de Carlos. Estaba segura de que tanto mi hijo como su amigo Aitor, permanecerían tan
concentrados en el dichoso juego, que ni siquiera se habrían dado cuenta de la ausencia de
Iván. Entonces fui al baño, cerré la puerta y me bajé las bragas tirando de ellas hasta los
tobillos, después comencé a masturbarme. Me gustaba sentir mis manos aún pringosas de la
lefa del chico, notando como mis dedos entraban y salían de mi ardiente vagina. No tuve
necesidad de tocarme demasiado rato, el orgasmo fue casi instantáneo. Cuando me estaba
corriendo, cerré las piernas con fuerza, dejando dos de mis dedos en el interior de mi coño. En
ese momento, comencé a sentir como mi cuerpo descargaba toda la excitación que tenía
acumulada, en forma de un maravilloso orgasmo. Nada más acabar de correrme me inundaron
un mar de dudas. En realidad, no se trataba de reproches moralistas hacia mi propia conducta,
más bien, lo que en ese momento sentí fue miedo por todo lo que estaba sintiendo. Pensé en
Enrique, en mi hijo, en mi propia familia si llegara a enterarse, e incluso en la madre del chico.
Entré en la ducha, abrí el agua caliente y me metí dentro, casi sollozando. Conocía ese tipo de
miedo, no era la primera vez que experimentaba algo parecido. Sabía que estos estados de
excitación, siempre son viajes de ida y vuelta. Lo peor de todo, es que el viaje de vuelta
siempre es incómodo y sobre todo inevitable. «¿Qué estoy haciendo? ¿Hasta dónde pienso
llegar?», las preguntas bombardeaban mi cabeza. «Tengo que contárselo todo a mi marido»,
me repetía a mí misma, intentando encontrar una solución. Me avergonzaba contárselo a mi
esposo, no encontraba el momento, las palabras, el modo… Razoné que lo mejor sería
decírselo a Enrique esa misma noche, estando en un ambiente relajado. «Acabo de masturbar
al mejor amigo de mi hijo», No dejé de repetirme de modo incesante. «Se ha corrido en mi
mano, y he usado su lefa para masturbarme» Lo peor de todo, es que cada vez me gustaba
más ese morboso juego con el chico, sintiéndome más atrapada cada día que pasaba. Capítulo
IX. Aproximadamente una hora más tarde volví a entrar a la habitación de Carlos, para
informarle de que me iba. Me había vestido con un pantalón vaquero tan corto y ajustado, que
podían observarse claramente el comienzo de mis nalgas. Arriba llevaba una camisa blanca,
con la que podía abrochar o desabrochar un botón más o menos, dependiendo del momento.
Incrementando o disminuyendo mi escote, según lo considerara oportuno. Como casi siempre,
no llevaba sostén. Sé que muchas mujeres me miran extrañadas cuando me ven así vestida
paseando por la calle, del brazo de mi marido. Pensando con razón, que ya no tengo edad para
llevar ese tipo de pantalones tan extremadamente cortos y ajustados. Sin embargo, siempre
me ha resultado muy divertido ese tipo de provocación. A mi marido le encanta cuando me los
pongo, adora comprobar cómo me observan con deseo muchos hombres, si además son
conocidos, incrementa más su grado de excitación. Recuerdo una tarde que vino con un amigo
a ver un partido de fútbol a casa. Ambos estaban en el salón tomando tranquilamente una
cerveza, mirando atentos a la televisión. Cuando de repente entré yo, así vestida. Enrique no
se lo esperaba, para él fue una grata sorpresa, ya que se excita mucho cuando tengo ese tipo
de iniciativas con sus conocidos. No sé a cuál de los dos, conseguí poner más cachondo esa
tarde. El caso es que nada más quedarnos solos, le comenté: —Es una pena que Jando, no sea
precisamente mi tipo. A ver cuando traes un día a ver un partido a casa, a tu amigo Ander—
comenté sonriendo pícaramente. —¿Te gustaría follarte a Ander, cariño? —me preguntó mi
marido, al tiempo que palpaba una de mis nalgas, las mismas que yo había exhibido con total
descaro e impunidad, esa tarde delante de unos de sus mejores amigos. —Tráetelo un día a
casa, y ya te cuento yo después de que me vea así vestida, si te crecen aún más los cuernos, o
no —le respondí acercándome a él, cachonda como una perra. Tenía muchas ganas por entrar
a la habitación de mi hijo y que Iván pudiese verme de esa manera vestida. Antes de llamar a la
puerta, me asomé al espejo que hay justo a la entrada, quería estar perfecta para él, sin
importarme que estuvieran mi hijo y su amigo Aitor presentes. «Seguramente ambos estarán
tan absortos con el videojuego, que ni se darán cuenta de mi presencia», reflexioné. Tiré de
nuevo todo lo que pude de la cinturilla de los ajustados y cortos shorts hacia arriba. Para
marcar de este modo perfectamente los labios de mi carnosa vagina. Acción que repito
frecuentemente, con todo tipo de leggings y pantalones ajustados. Me encanta que parezca un
accidente, recalcar y destacar los labios de mi coño, haciendo que parezca una acción
totalmente fortuita y descuidada. Me hace mucha gracia, que haya gente siga pensando que
ese tipo de detalles, son meros despistes o fallos. Cuando lo cierto es, que una mujer por poco
coqueta que sea, nos miramos unas diez veces en un espejo, antes de salir de casa. —Carlos,
—lo llamé desde la puerta. Sin embargo, mi hijo estaba como siempre, con los auriculares a
todo volumen y tuve que entrar dentro para que pudiera escucharme —me voy a dar una
vuelta con Enrique —añadí elevando el tono todo lo que pude. —Vale mamá. Iván se queda a
dormir —me anunció lo que ya me imaginaba, porque era costumbre que se quedara casi
todos los fines de semana, que mis hijos pasaban en mi casa.
—Te dejo dinero, por si queréis pedir algo para cenar —informé acercándome hasta la mesilla
que hay al fondo del dormitorio, al lado de una de las camas. Noté perfectamente los ojos de
Iván y de Aitor clavados en mi culo, eso me hizo sentir un placentero escalofrío. Me hubiera
encantado observar el gesto de sus rostros, sin embargo, no me atreví a girarme. Sabía que esa
noche iba vestida de modo más atrevido y escandaloso que de costumbre. En condiciones
normales, puede que nunca me hubiese atrevido a entrar de esa manera en el dormitorio de
mi hijo, estando dos de sus amigos además presentes. Lo cierto era que últimamente buscaba
cualquier excusa para entrar en la habitación de Carlos. Me había puesto esos cortísimos
pantalones vaqueros para calentar al máximo a mi marido, era cierto. No obstante, nada más
verme con ellos, había pensado directamente en Iván. —Gracias mamá. ¿Está Javi aún en
casa? —Preguntó Carlos interesándose por su hermano menor. —No, ya conoces a tu
hermano, se fue hace un rato con sus amigos. Vendrá antes de las doce, cuando llegué a casa
me mandas un mensaje al teléfono para que me quede tranquila, ya sabes que a él siempre se
le olvida hacerlo. —De acuerdo, mamá —respondió Carlos —¿No salís esta noche, chicos? —
Pregunté, girándome frente a Aitor y a Iván. —No creo —respondió Aitor—. Yo me iré pronto a
casa, tengo que estudiar —comentó con sus ojos clavados a la altura de mi entrepierna.
Observando, con la boca abierta, los marcados labios de mi vulva. Reconozco que estaba tan
excitada pensando en Iván, que me encantó sentirme contemplada también por él. —¡Pero
qué muchachos más responsables que sois los tres! Ahora resulta que a mi edad, yo soy la más
pingo y fiestera —exclamé riéndome—. ¡Pasarlo bien, chicos! —Grité, despidiéndome. —
Seguro que vayas donde vayas, esta noche serás la reina de la fiesta —contestó Iván,
mirándome con descaro, siguiéndome con sus ojos en todo momento. Me encantaba cada vez
más el atrevimiento del muchacho. Me excitaba su manera de mirarme, sin importarle que mi
hijo, Enrique o Aitor estuvieran delante. Adoraba su desparpajo y osadía Sin duda, es el tipo de
hombres que siempre me han llamado la atención, decididos y resueltos. Por eso,
inconscientemente, cuando pasé a su lado, comencé a contonearme del modo, que solamente
sabe hacer una mujer cuando quiere llamar la atención de un hombre. «Merezco un par de
buenos azotes en el culo, por ser tan zorra», pensé sonriendo para mis adentros, deseando
fervientemente que se hubiera atrevido a castigarme. Sin embargo, era plenamente
consciente de que, estando presente Aitor y Carlos, eso no era posible. Cuando cerré la puesta
del dormitorio, pegué la oreja intentando escuchar si Iván hacía algún tipo de observación
hacia mí. Hubiera dado lo que fuera en ese momento, por poder oír cualquier comentario soez
y morboso, «cuando más ordinario y subido de tono mejor». Sin embargo, no pude percibir
ningún tipo de sonido. Un rato más tarde, cuando por fin salí a la calle con mi esposo, intenté
relajarme. Tenía que concentrarme, ya que buscaba sincerarme con mi marido. No obstante,
después de tres bares aún no había encontrado el momento de confesarme. La verdad es que
había intentado en dos o tres ocasiones meter el tema con calzador, hablando de Carlos y de
sus amigos. Sin embargo, no lograba encontrar como juntar las palabras adecuadas para iniciar
la conversación. Casualidades del destino, tal y como suele pasar siempre en estos casos, fue el
propio Enrique el que me lo puso en bandeja. —¿Has visto cómo te miran los chicos que están
sentados en la mesa de al lado? —Me preguntó sonriendo. Yo me giré como si no supiera a
qué se estaba refiriendo. Eran dos chicos jóvenes, quizás un par de años mayores que Iván. —
¡Qué guapos! —Exclamé sonriendo—. No me importaría irme de aquí con los dos y montarme
un trío en un hotel. Mientras tú, como un buen esposo, te marcharías a casa. Estoy segura de
que sabrían compensar su falta de experiencia, con una buena potencia viril, tratando como se
merece a una mujer casada. Mi marido soltó una sonora carcajada. —¡Mira que eres puta…!
¿Crees que podrías ligarte a los dos? Ya sabes que, a ciertas edades, suelen asustarse a la hora
de la verdad. —¿Acaso lo dudas, cariño? —Interpelé sonriendo—. Tu mujer tiene mucho éxito
con los chicos —empecé a decir, intentando conducir la conversación hacia donde quería. —
¿Ah sí? ¿Se atreven a intentar ligar contigo a menudo chicos tan jóvenes? —Mucho más de lo
que te imaginas —Aseguré haciéndome la interesante. Estaba soltando sedal, buscando que la
morbosa imaginación de mi esposo, comenzara a elucubrar todo tipo de ideas y fantasías.
Enrique lanzó un pequeño silbido, como dándome a entender que estaba sorprendido por mi
comentario. Sabía de sobra que mis apetencias, salvo en ocasiones muy esporádicas, no eran
precisamente chicos tan jóvenes. —Cuéntame… ¿Acaso se te ha declarado algún becario en el
trabajo? Yo me reí a carcajadas, como dándole a entender que había errado el tiro. —Ya sabes
que en el trabajo soy un hueso duro, aunque alguno hay por ahí, que me mira embobado y a la
hora del almuerzo, aprovecha para tirarme la caña. Pero a pesar de dejarme querer, ya no
suelo mostrarme nunca tan receptiva. —Pues cuéntame que es lo que te ha pasado con algún
jovencito, no me dejes ahora en ascuas. Sabes que me muero por conocer todos los detalles y,
cuanto más sucios y escabrosos sean, más me gustará oírlos —añadió con esa media sonrisa
picarona, que a mí tanto me gustaba de él. Permanecí en silencio unos segundos, intentando
buscar las palabras precisas. —Hace un rato, cuando entré a despedirme de Carlos, Iván no me
quitaba ojo —comencé diciendo como dejándolo caer—. Intuyo, que le gusto bastante. —
Cariño, solamente se te ocurre a ti, entrar vestida como una puta a la habitación de tres chicos
jóvenes. No pude evitar reírme por el acertado comentario de mi esposo. Al tiempo que
recordaba, la cara de atontado del pobre Aitor, mirándome con la boca abierta a la altura de
mi entrepierna. «¿Habría tenido la necesidad de masturbarse?» Me pregunté curiosa. —Tuve
que pasar dentro para dejarle dinero a Carlos, los chicos tendrán que pedir algo para cenar…
—Disimulé, no reconociendo que lo había hecho para excitar al propio Iván. —Pensé que esos
chavales solo tenían ojos para jugar a la consola. Pero estos pantalones… —Comentó dándome
un pequeño azote sobre una de mis nalgas—. Intentando contener este culazo que tienes, son
mágicos. No entiendo como aguantan las pobres costuras sin desgarrarse, ni tampoco
comprendo, como eres capaz de meter tu culo ahí dentro —comentó riéndose, dándome otro
ligero azote que seguramente no pasó desapercibido para los dos muchachos que estaban
justo detrás. —Cielo, solamente puedo meter en los pantalones medio culo, la otra mitad de
mis nalgas, recuerda que se quedan fuera —bromeé girándome—. Pero te equivocas en una
cosa. Te aseguro que además de los videojuegos, Iván también sabe mirar otro tipo de cosas.
El chico me devora con los ojos, no se corta ni un pelo. Seguro que esta noche se ha quedado
empalmado y lo mismo, se ha tenido que ir al baño a cascarse una paja —expresé divertida.
Pensé en detallarle la conversación que le había escuchado mantener con mi hijo, justo un par
de semanas antes. Pero me pareció demasiado fuerte, sobre todo por estar mi hijo en medio.
Yo miré a Enrique, como intentando descifrar si lo que le estaba contando le molestaba o, por
el contrario, se estaba excitando. Pero ese día se mostraba impertérrito, sin atreverse a
demostrar ninguna emoción al respecto. —Entiendo que te miren, Olivia. Recuerdo que yo,
aun siendo más joven que ellos, cuando iba a la casa de mi amigo Antúnez, me quedaba
hipnotizado mirando a su madre —reconoció, como si estuviera intentando darle una pátina
de normalidad al asunto. —¿Y ella? ¿Qué es lo que hacía cuando notaba que la observabas de
ese modo? ¿Intentaba incitarte? —Pregunté verdaderamente interesada en conocer la
respuesta. —Pues la verdad, no creo que la pobre mujer se diera cuenta de nada —Respondió
riéndose y encogiéndose de hombros a la vez— Yo para ella, solamente era un mocoso. —¿Te
hacías pajas pensando en la madre de tu amigo? —Reconozco, que en aquellos tiempos más
de una y de dos pajas le dediqué —admitió riéndose, mientras recordaba los viejos tiempos—.
Si se llega a enterar el pobre Antúnez… —Estoy convencida de que ella lo sabía, las mujeres
somos muy perspicaces para percibir ese tipo de detalles. Además, seguro que estaba
encantada en notarte excitado. —¿Consideras que Iván fantasea contigo cuando se masturba?
—Interpeló bajando un poco el tono de voz, como si se diera cuenta de que estaba variando el
rumbo hacia lugares más escabrosos. —¿Te gustaría que lo hiciera? —Le pregunté sin
responder a su pregunta. —Ya conoces mi repuesta, me encanta que te deseen. Pero yo no sé
aún la tuya —contestó devolviéndome inteligentemente la pelota a mi tejado. —Sí —reconocí
abiertamente—. Estoy segura de que soy la musa de sus pajas —expresé con tono de humor.
—¿Te gusta serlo? —Cariño, me conoces de sobra para saber que adoro llamar la atención de
los hombres, y en el caso de Iván, reconozco que me da un morbo especial —¿Me estás
diciendo que te pones cachonda cuando notas que te está mirando? —Interpeló Enrique sin
cortapisas. —En ocasiones consigue excitarme —volví admitir un poco cortada—. Ya te he
dicho que me pongo algo tontorrona, cuando percibo que me observa de ese modo. —¿Lo
provocas intencionadamente? —Preguntó en un tono que no supe identificar. Esa respuesta
era difícil de admitir para mí, si respondía de manera afirmativa, estaba reconociendo que
mantenía una especie de juego o tonteo con el mejor amigo de mi hijo, a espaldas de mi
esposo. Sin embargo, mi intención era contárselo todo, o por lo menos, aproximarme lo
máximo posible a la verdad. —Cariño, no puedo evitar el intentar llamar su atención. A veces,
cuando sé que está en casa, entro en la habitación de Carlos con cualquier excusa —declaré,
mirando a mi esposo directamente a la cara. En ocasiones las palabras suenan de modo
diferente cuando las pensamos, a cuando las decimos. Reconozco, que cuando yo misma
escuché decir por mi propia voz, el morbo que sentía por excitar al amigo inseparable de mi
propio hijo. Muchacho al que conocía de toda la vida, siendo además buena amiga de su
madre, me sonó tremendamente indecente y escabroso. —Te conozco y sé que me estás
ocultando cosas. Creo que me vas dando algunas pinceladas, según te voy preguntando. Sin
embargo, no te atreves a entrar hasta el fondo de la cuestión. Por favor, te ruego que seas
sincera conmigo —expresó, sujetando una de mis manos entre las suyas, intentando con ese
gesto trasmitirme confianza. —Tienes razón, Enrique. Pero este no es el lugar adecuado.
Salgamos a la calle y demos un paseo, necesito caminar —respondí dando un último trago y
apurando así lo que me quedaba de la cerveza. Poco a poco le fui soltando casi todo, en el
fondo, fue toda una liberación Le expliqué como dos semanas antes se había iniciado el
morboso coqueteo. El comienzo fue una absoluta casualidad, cuando yo accidentalmente pude
escuchar detrás de la puerta, una morbosa conversación entre Iván y mi propio hijo. Donde el
primero, reconocía abiertamente que se sentía muy atraído por mí. Le comenté, como me
había sustraído una de mis bragas, y como lo había pillado por casualidad, masturbándose con
ellas la mañana siguiente, en el baño del pasillo. Pero eso no era todo. Reconozco que fue
complicado para mí detallarle, como me había quedado allí quieta, mirando como se la
meneaba, e incluso como llegó a correrse salpicando directamente sobre uno de mis muslos.
No me atreví en ese momento a reconocerle, que había tenido su pene erecto en la palma de
mi mano, habiéndolo masturbado. Cuando terminé de explicarle casi todo, Enrique
permaneció en un sepulcral silencio, al igual que había hecho durante todo el tiempo que duró
mi exposición, permitiéndome hablar sin interrumpirme en ningún momento. Sin embargo,
ahora necesitaba escuchar su veredicto: culpable o inocente. En el fondo, únicamente quería
percibir cualquier tipo de reacción por su parte, lo que no podía soportar era la frialdad, que
me trasmitía en esos momentos su mutismo. —Enrique, por favor, dime algo —pedí en un
tono de voz suplicante—. Necesito saber en qué estás pensando. —¿Qué puedo decirte,
Olivia? Te aseguro que, si en estos momentos pudieras saber lo que estoy considerando
realmente sobre ti, no te agradaría para nada conocerlo. Sinceramente, creo que todo esto me
supera. Dame algo de tiempo para asimilarlo —respondió sin atreverse a mirarme a la cara. En
ese momento me arrepentí profundamente de todo lo que había pasado. Además de haberme
comportado como una verdadera zorra con el mejor amigo de mi hijo, había engañado por
primera vez a mi esposo, ocultando todo lo que había hecho hasta ese momento. Sin duda,
Enrique se debía de sentir traicionado. No solo había estado jugando con Iván a sus espaldas,
lo peor de todo, era que se lo había ocultado durante demasiado tiempo. Fue en ese momento
cuando comencé a temer, que todo el estúpido e insano juego con Iván, pudiera pasar factura
a mi matrimonio. Pues en el tipo de relación que Enrique y yo habíamos establecido, la
confianza era la base de todo. —Lo siento Enrique —únicamente me atreví a comentar. —
Ojalá pudiera decirte que todo está bien, pero han pasado dos semanas, Olivia. Te he notado
rara, te he preguntado un millón de veces que es lo que te pasaba. Creo que has tenido
diversas oportunidades, además de la confianza suficiente para no habérmelo ocultado —me
reprochó con un tono frío y distante, totalmente desconocido hasta ese día para mí. —Me
siento mal por todo esto, Enrique. La situación me pone tremendamente caliente, pero al
mismo tiempo me avergüenza —confesé sin poder mirarlo a la cara. —¿Vergüenza? ¿Sabes en
realidad que es eso? —Preguntó casi gritando— ¿Eres consciente en la tesitura que me pones
a mí, cuando vea a ese chico con tu hijo por casa? No respondí a su intento de herirme. Esta
vez no lo hice. Sabía que Enrique estaba en todo su derecho a sentirse defraudado y enfadado
conmigo. Me había acostado con muchos hombres delante de mi marido, incluso a veces sin
estar él presente. Pero siempre se lo había contado todo. Esa era la base de nuestra relación,
la confianza incondicional. Por primera vez, yo había roto esa credulidad absoluta que
teníamos el uno en el otro. —¿Hasta dónde piensas llegar con él? ¿Te pone cachonda,
convertirte en la puta de los amigos de tu hijo? —Interpeló, cada vez más enfadado— ¿Has
llegado a imaginarte haciendo un trío con Aitor y con Iván? —preguntó con sarcasmo—. Quizás
podrías jodértelos en la propia cama de Carlos. —¡Ya está bien, Enrique! Déjate de sátiras y
socarronerías. ¿No opinas que ya he llegado demasiado lejos? —Me defendí, como dándole a
entender, que no iba a ir más allá con el chico. —¿Y qué vas a hacer? ¿Cómo vas a cortar ahora
con todo esto? —No lo sé —respondí totalmente abatida, y casi a punto de echarme a llorar —
Olivia, creo que lo mejor sería que hablaras con él, explicarle que has estado confundida. Dile
que te sentiste muy halagada al notar que le gustabas. Coméntale que tu marido ya no te mira
como antes y que tú, necesitabas en ese momento sentirte valorada. ¡Yo qué sé…! Invéntate
algo. Pon la típica excusa que siempre ponéis las mujeres infieles para estas cosas. Que yo
sepa, se os da muy bien echarle la culpa de todo, al infeliz del cornudo. Tú para eso debes de
tener experiencia. —Intentaré aclarar las cosas con Iván cuanto antes. Será un poco
complicado explicárselo tranquilamente, pero encontraré un momento en el que Carlos, esté
jugando en la habitación. —¡No me jodas, Olivia! —exclamó elevando nuevamente el tono—.
¿Cómo vas a hablar estando tus hijos en casa? Sin duda, lo más sensato sería que quedases a
solas con él, cuando Carlos no esté. Me parece imprudente que habléis estando tu hijo en la
habitación de al lado. Podríais acabar teniendo una acalorada discusión y enterarse de todo.
¿Te imaginas lo que opinaría Carlos de ti, si supiera que andas zorreando con su mejor amigo?
—Carlos no puede enterarse de lo que ha pasado —respondí aterrada, solamente con
imaginarlo. —Recuerda que Iván no es más que un muchacho, y a ciertas edades pueden ser
demasiado susceptibles, no encajando bien un rechazo. Debes tener claro como decírselo. —
Quizás tengas razón. No me gustaría que se lo tomara como un desaire o un desprecio por mi
parte. Me aterra pensar que, por culpa de mi estúpida y desmesurada libido, terminé por
dañar a mi hijo —respondí sintiéndome culpable. Aquella noche nos fuimos a casa después del
paseo, ninguno de los dos teníamos ganas de hablar más del asunto, y mucho menos de irnos
de fiesta como si no hubiera pasado nada. Cuando llegamos a casa, pese a no ser demasiado
tarde, mi esposo se fue directamente a la cama. Yo me encaminé hasta la habitación de Javi,
que estaba hablando por teléfono, seguramente con algún amigo. —Buenas noches, mi amor
—lo saludé, dándole un beso. Luego me fui hasta el dormitorio de Carlos, agarré la manilla de
la puerta con la intención de girar el pomo. Sin embargo, algo dentro de mí me obligó a
contenerme. Todas las noches antes de irme a dormir me gustaba pasarme por las
habitaciones de los chicos, comprobando de este modo que todo estaba en orden. Esa noche
fui incapaz de traspasar esa maldita puerta. Reconozco que sentí un profundo miedo de volver
a notar deseos, al ver a Iván de nuevo. Cuando llegué a mi dormitorio, Enrique fingía estar
dormido. Capítulo X. El domingo después de comer, yo estaba sola en la cocina poniendo el
lavavajillas. Iván aprovechó ese momento para acercarse con sigilo por detrás a mí, y sin
pensárselo dos veces pegó su entrepierna directamente contra a mi culo, sujetándome con sus
brazos por la cintura. Por un instante pude sentir el enorme bulto de su pene contra mis
nalgas. Reconozco que la sensación me resultó muy agradable y morbosa. Que el chico se
hubiera atrevido a llegar tan lejos, estando mi hijo en su habitación y mi marido en el salón
viendo la televisión, me resultó excitante. Enrique es un hombre de más de metro un noventa
de estatura, que además de tener un cuerpo muy musculoso, puede resultar muy intimidante
para cualquiera. —¡Iván, estate quieto! —Exclamé de forma enérgica, pero con el tono bajo al
mismo tiempo, para que Enrique no pudiera escuchar nada desde el salón. Reconozco que
tampoco hice demasiada fuerza, para escapar de su abrazo. —Voy a reventar, Olivia —escuché
decir al chico detrás de mí, mientras no dejaba de restregarse contra mi culo, cada vez con
mayor intensidad. Muy a mi pesar, al final me mostré algo más decidida y escapé de su lado.
Me apoyé en la encimera y lo miré de un modo tan severo, que hizo que el chico pusiera un
gesto preocupado. Manteniendo sus manos quietas de una vez. —Esto no puede continuar así,
tenemos que hablar —dije imitando el tono que había ensayado con mi marido, los días
previos. —Lo siento, Olivia —se disculpó—. Al verte ahí agachada con el culo en pompa, no he
podido contenerme. Ya sabes que estoy loco por ti. —O sea que la culpa de que no puedas
dejar tus manos quietas, resulta que es de mi culo. —Se podría decir que precisamente verte
en esa postura, no ayudó precisamente a que me controlara. Más aún, si tenemos en cuenta lo
que vi la otra noche. —Ah, ¿sí? —Pregunté poniendo gesto de asombro—. ¿Puedo saber que
es lo que has visto que te tiene tan desaforado? —El viernes por la noche, antes de irte con
Enrique, cuando entraste vestida por la habitación de Carlos con ese pantalón tan corto, nos
pusiste tremendamente cachondos a todos —comentó usando el plural, tocándose al mismo
tiempo de modo inconsciente y vulgar, el amenazante paquete sobre sus pantalones. Yo me
quedé cortada, consciente de que me tenía merecido que me hablase de esa manera. «¿Cómo
esperaba que me tratase, después de haber entrado así vestida para calentarlo? ¿No era
precisamente eso, lo que había perseguido?». Sin embargo, la conversación que había
mantenido un rato más tarde con mi esposo, había cambiado mi modo de pensar. —Lo siento,
no fue para nada mi intención alborotaros —mentí descaradamente—. A partir de ahora
tendré más cuidado. ——¡Joder, Olivia! Se te veía medio culo… Lo que me hubiera gustado
tocártelo —respondió, volviéndose a magrearse la entrepierna sin ningún tipo de recato. —
¡No exageres, Iván! —reconozco que me quedan algo estrechos, pero tampoco es para tanto…
Eres tú, que te estás obsesionando conmigo. Ese tipo de pantalones lo llevan muchas mujeres
diariamente por la calle, son tendencia. —Pero pocas tienen un culo como el tuyo —respondió
mirándome a los ojos. —Gracias, Iván. Supongo que a pesar de las licencias que te tomas
conmigo, no deja de ser un halago. El chico volvió acercarse tanto a mí, que incluso pude sentir
el calor de su cuerpo. Notarlo tan próximo, hizo que me recorriera un rápido escalofrío por el
cuerpo. Sin duda, la presencia del muchacho no me resultaba para nada indiferente. —¡Que
buena estás! —Exclamó a la vez que agarraba la parte de abajo de mi camiseta, alzándola
hacia arriba con total impunidad por mi parte. Dejando así mis braguitas a la vista. —Te
recuerdo que soy la mamá de Carlos, y que mi hijo está en su cuarto. Muestra algo de respeto
—intenté reprenderlo, sin hacer nada realmente para dejar de exhibir mi ropa interior negra.
—¡Qué bien te queda ese tanga! Olivia, por favor, date la vuelta. Déjame observarte por
detrás. Después de verte con esos pantalones, es lo que más deseo —solicitó con enorme
confianza en sí mismo. Nunca entenderé por qué hice algo así. Pero el caso es que me giré un
momento, concediéndole el capricho. En el fondo mi subconsciente lo estaba deseando. —
¡Joder, Olivia! Por detrás parece que no llevas nada puesto, el tanga está totalmente
incrustado y escondido, en la raja de tu culo. —¡Ya basta! —Exclamé enfadada conmigo
misma, al sentir una de sus manos palpándome el culo, al tiempo que volví a bajar mi camiseta
con un rápido gesto — Sé que eres un buen chico y espero que entiendas que esto tiene que
acabar ya. Por lo tanto, me gustaría que pudiéramos dejar todo esto claro de una vez. ¿Qué
diría tu mamá de mí, si supiera lo que estoy consintiendo que hagas conmigo? No te das
cuenta, pero me tratas igual que a una puta, Iván. —¿Qué quieres dejar claro? Yo no tengo
ningún tipo de dudas —expresó acercándose nuevamente a mí—. Me gustas mucho, Olivia. No
te preocupes, Carlos está tan ensimismado con el juego, que no se va a dar cuenta de nada.
¡Anda, sé buena y hazme una paja! —Exclamó, al tiempo que bajaba sus pantalones y
mostraba su verga bien empalmada. —¡Guárdate eso, Iván! —Exigí de modo contundente—
¿Podrías venir el jueves por la tarde a casa, para que habláramos con calma? —Interpelé
manteniendo toda la firmeza posible en el tono. Sin poder quitarme de la cabeza, la imagen de
su enorme polla tiesa y gruesa como un garrote. —Olivia, te recuerdo que los jueves tu hijo
tiene clases de guitarra. —Por eso mismo. Si puedes, me gustaría que vinieras a las siete de la
tarde. A esa hora Javi y Enrique tampoco están, y así podríamos hablar con mayor tranquilidad.
—Por mi perfecto. Ya estoy deseando de que llegue el jueves. Se me va a hacer muy larga esta
semana —respondió como si realmente no entendiera, que lo que le estaba proponiendo no
era precisamente una cita. —Ahora vete, por favor. Mi marido está en el salón y se merece un
respeto —añadí elevando un poco más el tono. —Carlos me contó que le fuiste infiel a su
padre en más de una ocasión —aseguró con torpeza, como si quisiera darme a entender que,
por haberle sido infiel a mi exmarido, también podría actuar de igual modo con Enrique. —¿Y
puedo saber cómo sabe Carlos eso? —Pregunté inquieta, sabiendo de sobre la respuesta. —Se
lo escuchó decir a su padre un día que hablaba con alguien por teléfono —respondió
arqueando las cejas. Me la puso dura cuando me lo contó. Me gustan las mamás calientes e
infieles como tú. —Pues siento desilusionarte —contesté intentando poner un gesto angelical
y muy convincente—. Nunca había sido infiel a nadie hasta ahora. El padre de Carlos se tomó
muy mal cuando me divorcié de él y me casé con Enrique. Hubiera sido capaz de inventarse
casi cualquier cosa, para echarme por tierra. Iván, te aseguro que no soy una puta —expresé,
finalizando mi persuasivo alegato. Fingiendo que estaba a punto de echarme a llorar. —Lo
siento. Creí que… Perdóname Olivia no debí de haber sacado el tema. Pero Carlos me lo contó
un día, y… —Habló atropelladamente, sin poder terminar ninguna de las frases. —¡Vete, por
favor! —Exclamé indicándole la puerta—. Deseo estar sola. Cinco minutos después llevando
dos cervezas me acerqué hasta el salón. Enrique estaba en el sofá, medio adormilado viendo
una serie. Ofreciéndole un botellín me senté a su lado. —¡Ya está hecho! He quedado con Iván
para el próximo jueves por la tarde para hablar —le informé temerosa de tener que
enfrentarme a ese momento. —¿Qué tal se lo ha tomado? —Se interesó Enrique en el acto. —
Pues no lo sé. Pero me temo que lo percibe más como una cita amorosa, que como una charla
para acabar con esto. No creo que de momento lo haya entendido, y eso que le he hablado
bastante claro. —¿Intentó algo? —Preguntó justo antes de acercarse el botellín de cerveza a la
boca y dar un largo trago. —Si no lo llego a parar, creo que me hubiera follado en la cocina. Ha
intentado meterme mano —expliqué. —Normal, a esa edad cuesta mucho más controlar ese
tipo de impulsos, y tú le has dado demasiadas confianzas, para que deje de intentarlo —
respondió con verdadera calma. —Lo sé, por eso ahora tengo que arreglarlo. Siento haberle
hecho pensar que, entre los dos, podría haber algo más que un simple tonteo. —¿Ha llegado a
tocarte? —Interpeló de forma directa Enrique —No. Bueno… en realidad me agarró por detrás
mientras me abrazaba por la cintura, dándose a la vez, un buen restregón contra mi culo. Yo
estaba agachada cargando el lavavajillas. Te juro que no lo vi llegar —reconocí un tanto
avergonzada. —¿Te molestó que hiciera eso? —Preguntó mi marido. —Sí —afirmé
rotundamente—. Bueno… tal vez no. No lo sé —dudé sin atreverme a reconocerle que me
había excitado. Entonces Enrique levantó la camiseta que yo usaba a modo de vestido,
acercando una de sus manos hasta mis muslos. Sin embargo, estos permanecieron cerrados
para él. —¡Vamos! Abre las piernas —me ordenó de modo tajante. Yo obedecí sin estar segura
del todo, que es lo que mi esposo pretendía, solamente lo sospechaba. No obstante, en esos
momentos las cosas no estaban del todo bien entre nosotros y no podía negarle aquello. Abrí
mis piernas muy lentamente para permitir que la mano de mi esposo pudiera ascender por
ellas. Sentí el calor de sus dedos palpando la tela de mis bragas. Entonces, me miró de modo
circunspecto a los ojos. —¡Serás golfa…! ¡Tienes las bragas mojadas! —indicó en tono seco. —
Lo siento, Enrique. Te juro que no puedo evitarlo —reconocí apurada, casi a punto de ponerme
a llorar. Sintiéndome totalmente humillada por mi esposo. Únicamente entonces, fue cuando
volví a vislumbrar en la mirada de Enrique, cierta ternura. —Una de las cosas que más me
atrajeron de ti, desde el principio, fue precisamente esto… —Dijo volviendo a palpar mi coño
por encima de mis mojadas braguitas—. Lo cachonda y zorra que puedes llegar a ser. —
¡Enrique, para ya! Sabes que no me gusta hacer esto en el salón, estando los niños en casa —le
reprendí apartándole la mano. —¡Cacho puta! ¿Te dejas meter mano por el mocoso de Iván en
la cocina, y no dejas a tu marido tocarte un poco? —Hace mucho tiempo —le comenté
sonriendo pícaramente— Que no llevas a tu mujer en el coche, a follarla donde tú ya sabes…
—añadí refiriéndome a un lugar apartado, donde acudían algunos mirones a ver parejas
follando, que buscan ser observadas. —¡Qué mujer más puta tengo! —dijo mirando el reloj de
su muñeca— Es algo pronto todavía, pero podemos ir a tomar algo antes si te apetece. —Eso
estaría perfecto —respondí guiñándole un ojo— ¿Me ayudas a vestirme? —Pregunté
levantándome y ofreciéndole la mano para que me acompañara—. No sé que ponerme ¿Se te
ocurre algo?
Durante toda la semana estuve bastante nerviosa. Además, la noche anterior ni tan siquiera fui
capaz de pegar ojo, repasando mecánicamente el discurso que tendría que interpretar ante
Iván. Era consciente de que esa misma tarde iba a tener que enfrentarme cara a cara, a mis
propios errores. Tendría que explicarle a un crío de dieciocho años, que todo había sido un
capricho, un absurdo error por mi parte. Llevaba días ensayando un alegato que resultara
creíble y, sobre todo, que no dañara el ego o la autoestima del chico. Además, al mismo
tiempo, intentaría limpiar mi imagen ante él. Inventándome algo, para que me hiciera parecer
esa madre y esposa ejemplar, que para nada era Cuando por fin llegué esa tarde a casa, antes
de nada, lo primero que hice fue entrar directamente al dormitorio de Carlos, deseando que
mi hijo se hubiera marchado ya a sus clases de guitarra. Sin embargo, tal y como me
imaginaba, me lo encontré allí con la misma actitud de siempre. Indiferente a todo,
únicamente pendiente de la dichosa consola. —¡Carlos! ¿Pero no tenías que ir a clases de
guitarra? —Pregunté alzando la voz para que pudiera oírme a través de los auriculares. —¿Qué
haces aquí tan pronto? ¿Hoy no vas al gimnasio? —Interpeló sorprendido por verme a esa
hora en casa. —Me duele un poco la cabeza —justifiqué mi presencia mintiendo— Sin
embargo, no entiendo que haces todavía en casa ¡Son las seis y medida! —Exclamé mirando el
reloj de mi muñeca. —¡Ahora voy, mamá! —Respondió con la cantinela de siempre. Cerré la
puerta de su habitación un tanto irritada y nerviosa. Estaba segura de que Iván, sería puntual.
«¿Qué excusa pondría, si se encontraba con Carlos en el portal? Tendría que haber previsto
algo así», pensé sintiendo una enorme ansiedad. En un primer momento, dudé si sería
conveniente en cambiarme de ropa. Mi abuelo, mis padres y mis hermanos son abogados,
incluso yo misma estuve a punto de serlo. Por lo tanto, soy consciente de la importancia que
tienen ese tipo de detalles, para despertar empatía o credibilidad en una defensa. Incluso,
llegué a coger del armario unos pantalones vaqueros. Pero todos los que tengo son demasiado
ajustados, y estimé que, en lugar de ofrecerme un aire más informal, el chico podría
encontrarme aún más deseable. Al final, me quedé con la misma ropa que traía de la calle. Una
falda corta de color vino, medias oscuras, y una camisa blanca. En ese momento me acerqué
otra vez hasta el dormitorio de mi hijo, pero no escuché el menor ruido. —¡Carlos! —Le
reprendí abriendo la puerta—. ¡Vas a llegar tarde! Ya tendrías que estar de camino Te pasas el
día entero con los dichosos videojuegos. Te juro que, si no cambias, voy a tener que hablar
seriamente con tu padre. —¡Qué pesada eres, mamá…! Ya te he dicho que ahora voy. Espera
que termine una cosa… La excesiva calma y despreocupación que tenía mi hijo para acudir
puntual a los sitios, me desesperaba. Sabía que era un buen chico. Sin embargo, su adición a
los videojuegos era un problema que con la edad no parecía mejorar. En ese momento estaba
tan nerviosa que pensé que me iba a dar un infarto. Diez minutos faltaban para las siete,
cuando por fin Carlos salió cargado con la guitarra eléctrica de casa. Cuando sonó el timbre de
abajo me quería morir. Incluso llegué a temer que podría ser mi hijo, que se hubiera dado la
vuelta porque se le hubiera olvidado algo. Con Carlos, siempre había que ponerse en lo peor.
Descolgué el telefonillo con cierto nerviosismo. —¿Quién es? —Pregunté con incertidumbre.
—Soy yo, Iván —escuché decir al chico desde abajo. Entonces abrí la puerta y permanecí
esperando apoyada en el marco de la entrada. Escuché como el ascensor bajaba hasta el piso
de abajo, y unos segundos después comenzaba a ascender hasta detenerse justo en mi rellano.
Podía incluso percibir los fuertes latidos de mi corazón, golpeando con fuerza dentro de mi
pecho. «¿Cómo podía ser, que una mujer tan experimentada con los hombres como yo,
pudiera estar tan nerviosa por un crío?» Por fin se abrió la puerta del ascensor y vi salir a Iván.
El chico se acercaba sonriendo hasta mi puerta. Se mostraba tranquilo, como si tuviera una cita
como aquella todos los días. Observé que vestía como siempre, con un pantalón vaquero, una
ajustada camiseta oscura y unas deportivas. No obstante, de un tiempo a esta parte cada vez
lo encontraba más atractivo. —Hola, Olivia —Saludó entrando directamente en casa,
momento que yo aproveché para cerrar la puerta. El muchacho se acercó y me saludó
dándome dos besos en las mejillas, prácticamente pegados a la comisura de mis labios, tal y
como hacía algunas veces para saludarme, cuando venía los fines de semana a dormir con mi
hijo. Intenté corresponderle, pero manteniéndome algo más distante y fría que de costumbre.
—¡Qué larga se me ha hecho la semana! — Exclamó, un momento antes de intentar besarme
en la boca —Iván, creo que no lo has entendido —anuncié al mismo tiempo que lo rechazaba,
apartándolo de mí, con mi mano extendida—. Cielo, esto no es una cita. He quedado contigo
para poner fin a todo este embrollo. Por favor, acompáñame al salón y dejémonos de una vez
de tonterías —comenté de modo autoritario. «Estamos en mi casa y yo soy la adulta», pensé
confiada de mí misma, intentado en todo momento llevar la iniciativa del encuentro. Ya con el
rostro más compungido y con cara de circunstancias, el muchacho se sentó en el sofá, yo lo
hice en la silla del ordenador, de cuero blanca, que había justo frente a él. —Olivia, antes de
que me digas nada, te juro que no he hablado con nadie. El fin de semana pasado, una de las
veces que entraste a la habitación de Carlos, al marcharte, estuvimos comentando lo buena
que estás y ese tipo de cosas… Tal y como tenemos costumbre de hacer, pero yo lo hice en el
mismo tono de siempre —comentó intentando tranquilizarme. —Te lo agradezco, Iván. Valoro
de verdad mucho tu discreción en todo esto. Si algo de lo que hemos hecho trascendiera, a mí
me destrozaría la vida. Sobre todo, por mi hijo, al que no podría volver a mirar a la cara, pero
también por Enrique. Mi esposo es un hombre extremadamente celoso, y sé que jamás me
perdonaría una infidelidad o un coqueteo como el que hemos tenido —expresé poniendo cara
de estar afligida. —Por eso te digo que puedes estar tranquila, nadie se va a enterar de nada.
Te prometo que, si me das la oportunidad de conocerte un poco mejor, seré aún mucho más
discreto. No volveré a hacer ninguna imprudencia como la del otro día en la cocina. —Iván,
solo te pido que me dejes explicarme. Si no recuerdo mal, tengo más o menos la misma edad
que tu madre, a la que conozco desde que tú y Carlos ibais juntos a la guardería —comencé
diciendo—. A mi edad, a veces las mujeres nos mostramos algo inseguras. Los años van
pasando y con ellos, se va marchitando nuestra juventud. Además, Enrique lleva un tiempo
que lo noto algo indiferente y distante conmigo. Yo intento estar guapa para él: trato de
cuidarme, voy al gimnasio, me compro ropa sexy… Sin embargo, él llega tan cansado del
trabajo que casi ni me mira. Te explico todo esto porque quiero que comprendas que, en estos
momentos, percibir que un chico tan joven como tú, se sienta atraído por mí, me ha hecho
sentirme muy halagada. Sin embargo, yo no puedo ni quiero seguir jugando a este dañino
juego. Amo a mi marido y a mi hijo, y todo esto, me está destrozando por dentro —finalicé mi
discurso fingiendo un sollozo digno de un Óscar. Por el rabillo del ojo pude observar cómo Iván
se ponía de pies y se acercaba hasta mí, entonces empezó a acariciarme la cabeza como
intentando consolarme, yo la mantenía escondida entre mis manos, simulando estar llorando.
—Olivia, no te preocupes, no puedo verte así… Entiendo por lo que debes estar pasando —dijo
con voz suave y serena. En ese instante me invadió una reconfortante sensación de alivio.
Todo había sido mucho más fácil de lo que yo había previsto. Había ensayado otro discurso
aún más lacrimógeno, pero no creía que ya me hiciera falta. —Gracias Iván, te estoy muy
agradecida. Sabía que ya eres un hombre y que lo entenderías todo —expresé intentando
ensalzar el significado de la palabra hombre—. Además, me siento fatal por tu madre, somos
amigas desde hace muchos años. Precisamente ayer, me llamó y estuvimos hablando casi una
hora por teléfono. ¿Qué pensaría ella de mí, si supiera que me he convertido en una especie
de juguete para su hijo? —Entiendo lo que me quieres decir, pero me gustaría que tú también
me comprendieras a mí. Sabes todo lo que siento desde que era un niño por ti, me había
hecho muchas ilusiones contigo. ¿Y ahora me dices que no quieres volver a estar conmigo? Por
lo menos, me deberías de dar la posibilidad de poder despedirnos. Después, si tú quieres, te
prometo que no volveré a molestarte. Te doy mi palabra —explicó Iván. —¿A qué te refieres
con que quieres que nos despidamos? —Pregunté totalmente sorprendida, pesando que tal
vez no había entendido bien—. ¡Qué yo sepa, no voy a irme a ninguna parte! —Me gustaría
que me regales un último recuerdo tuyo —expresó el chico mirándome directamente entre los
muslos. El gesto del chico me hizo sentir violenta e incómoda. Instintivamente, me bajé la falda
estirándola hacia abajo, como intentando cubrir un centímetro más de mis piernas. —¿Me
estás pidiendo un tanga para poder masturbarte? —Interpelé atónita. —Eso es —afirmó el
chico sonriendo—. No es nada malo. Además, nadie tiene porque enterarse. —¿No crees que
es hora que nos dejemos ya de estas tonterías? ¿Qué pensarías tú, si supieras que Carlos le
pide unas bragas a tu madre? ¿Cómo te sentirías? —pregunté, intentando tocar su fibra
sensible. —No me vengas con esas, Olivia. Si mi madre hubiera estado divirtiéndose,
calentando a Carlos o le hubiera hecho una paja. Que le pidiera un tanga para masturbarse,
sería ya lo de menos. Aunque en el fondo sabía que esas palabras lanzadas contra mí, estaban
cargadas de razón, no dudé en fingir sentirme dolida. —Me decepcionas, Iván. Acabo de
darme cuenta de que eres un caradura y un canalla, al que no le importa absolutamente nada
como me siento en estos momentos. No creo que la pobre Ángela —dije refiriéndome a su
madre—. Se sintiera orgullosa de ti, en estos precisos momentos. —Solo es un tanga, Olivia. Tú
misma te has reído conmigo, cuando te enteraste de que tanto Aitor como yo, te los habíamos
robado en otras ocasiones. No entiendo por qué razón le das ahora tanta importancia. Arqueé
las cejas simulando estar abatida, quería mostrarle que su actitud, me dejaba totalmente
decepcionada. —¡Está bien! —Exclamé—. Ahora te traigo uno, pero luego te marcharás y no
volverás a tratarme como si fuera una fulana, por lo menos en mi casa. Quiero que me lo
prometas —comenté ofendida mirándolo a los ojos. —Olivia, supongo que no me has
entendido. No quiero un tanga cualquiera. Prefiero el que llevas ahora —explicó con
rotundidad. —¡Pero Iván! —Exclamé avergonzada—. Llevo todo el día con él puesto. No me
dio tiempo a cambiármelo cuando llegué a casa hace un rato. Carlos no acababa de marcharse
a clases de música —intenté explicarle—. Te daré dos, tú mismo podrás elegir de la mesilla, los
que más te gusten —le ofrecí. —¡Mejor aún, si lleva todo el día bien pegado a tu chocho! —
Expresó de modo vulgar—. El tanga en sí mismo no es más que un trozo de tela, lo que
verdaderamente me importa, es tu olor. Quiero ver cómo te lo quitas y me lo das. Después, te
prometo que no volveré a molestarte. Me haré una buena paja con él y trataré de olvidarte —
respondió en un tono verdaderamente seguro y convincente. Su petición me hizo sentir
tremendamente abochornada y humillada. Sin embargo, me encontraba en un callejón sin
salida. «¿Qué hago?», me pregunté angustiada. Traté de reflexionar durante unos segundos,
intentando imaginar que consejo me daría el propio Enrique en estos momentos. —¡Está
bien…! Pero luego te marcharás —exclamé, haciendo el gesto de levantarme de la silla. —
Claro, Olivia. Aunque si me dieras a elegir preferiría quedarme a dormir contigo. Bueno, quien
dice dormir… ya me entiendes —respondió riéndose a carcajadas, demostrándome estar
divirtiéndose por verme tan azorada. Sin duda, esa cara del chico tan desvergonzada y
descarada era nueva para mí. Iván siempre se había mostrado dulce, amable y educado
conmigo. Sin embargo, ahora estaba completamente segura de que estaba disfrutando por
tenerme totalmente humillada y sometida ante él. Desconocía, hasta ese instante, ese lado tan
depravado y oscuro del muchacho. Reconozco, que precisamente es el perfil de hombre por el
que siempre me suelo mostrar interesada. No obstante, ese día yo no buscaba ni morbo ni
sexo, solamente quería que se marchara cuanto antes. Todo fue muy rápido, pues quise
eliminar cualquier resquicio de erotismo en mis gestos. Me puse de pies introduciendo las
manos debajo de la falda y tiré de mi pequeño tanga negro, hasta dejarlo caído hasta medio
muslo. Tratando de que la falda se levantara lo menos posible. Pues lo último que pretendía,
era mostrarle mi sexo desnudo a semejante depravado. Luego lo deslicé por mis piernas,
bajándolo hasta los tobillos. Pero al intentar sacarme las bragas, estas quedaron enganchadas
en uno de los altos tacones de mis zapatos. El pequeño incidente me hizo trastabillar y casi me
forzó a caer al suelo, obligándome a sujetarme al chico, que no dejaba de contemplar con
enorme interés la escena. Por fin, sostuve el diminuto tanga negro en mi mano, durante unos
breves segundos No era ni mucho menos la primera vez que un hombre me pedía las bragas
que llevaba puestas, y que yo accedía a dárselas. Estaba habituada a llegar sin ropa interior a
casa muchos fines de semana. Sin embargo, en esos momentos me sentía humillada y
totalmente abochornada. Pero si esa era la única forma que tenía de acabar con ese absurdo y
peligroso juego de una vez por todas, estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa. Iván
permanecía atento a cada uno de mis gestos, manteniendo en todo momento una sátira
sonrisa en sus labios. Me parecía increíble que un chico tan joven como él, pudiera
comportarse ya con semejante aplomo y determinación. —¡Toma, cógelas! —Dije
ofreciéndoselas. Intentando desprenderme de ellas cuanto antes, como si me quemaran en la
mano. Sin ser capaz en esos momentos, de poder mirar al salido muchacho a la cara. No se lo
tuve que repetir, sentí el roce de su mano sobre la mía, cuando se las entregué. —Están
calientes —expresó groseramente al tiempo que se las acercaba a la nariz, olfateándolas sin
ningún tipo de pudor por estar yo presente—. ¡Me encanta el olor de tu chocho! No te
imaginas como envidio a todos los que te lo deben de haber follado —expresó, como dando a
entender que había estado con más hombres, además de Alex y de Enrique. —Espero que las
disfrutes —expresé totalmente ofendida por su grosero proceder. —Ya lo hago —respondió
volviendo a olerlas— ¿Quieres ver por última vez cómo me masturbo con tus braguitas? —me
preguntó tratando de incitarme. En ese preciso momento, fue cuando caí en la cuenta de que
estaba tremendamente excitada. Sin embargo, también estaba muy enfadada y dolida con él.
Quería negarme, gritarle que se fuera de allí, que no volviera a molestarme ni a aparecer por
mi casa; que no se le ocurriera ni tan siquiera mirarme. «Pero… ¿Cómo iba a perderme
aquello?» La sola idea de poder contemplarlo nuevamente masturbándose, recalentaba mi
sexo. Esa imagen del chico haciéndose una paja, oliendo mis bragas, no podía perdérmela.
Llevaba semanas masturbándome fantaseando con Iván. Estaba mucho más atrapada por el
morbo que me producía el chico, de lo que yo quería reconocerme a mí misma. No se trataba
de algo físico, no era el muchacho en sí. Lo que me excitaba era sobre todo la situación.
Entonces busqué en mi interior cualquier excusa, cualquier pretexto o disculpa por mi
comportamiento. Se suponía que había quedado con él para romper de una vez ese vínculo
pernicioso y malsano, que yo había alimentado desde el principio. Había ensayado durante
días cada gesto, cada palabra, cada situación imprevista… Y, sin embargo, ahora me derretía
por dentro. «Será la última vez, Olivia», trataba de convencerme a mí misma. Aunque en el
fondo sabía que, si caía en la tentación, volvería a recaer una y otra vez. «Este es el momento,
es la última oportunidad de volver a recuperar la estabilidad», gritaba en mi interior una parte
de mí, intentando hacerme razonar. La situación me llevó a que en ese momento me acordara
de Enrique, de Carlos, de mi hijo pequeño, de la mamá de Iván e incluso de mi padre. Me
parecían ver sus ojos censurando mi impúdico comportamiento, haciéndome sentir
tremendamente avergonzada. «¿Qué estás haciendo con mi hijo? ¿Cómo puedes ser tan puta,
Olivia?», me parecía poder escuchar incluso los reproches de la propia Ángela, la madre del
chico. Sin embargo, no fui capaz de negarme. Me quedé callada esperando que Iván moviera
ficha, sintiendo como por mis muslos comenzaban a resbalar los primeros fluidos de mi vagina,
a consecuencia de mi incontrolable libido. —¿Quieres ver cómo me hago una paja para ti? —
Reiteró su obscena pregunta, esperando pacientemente una respuesta por mi parte—. Si
quieres me voy, no pretendo importunarte. «Dile que se marche», me aconsejaba la parte
más racional de mi cerebro, intentando inútilmente tomar el control de mis emociones. —
Puedes hacértela, si tantas ganas tienes —respondí por fin—. Pero luego te marcharás —
declaré en un tono frío y cortante. Entonces Iván, tomándose todo el tiempo del mundo, se
quitó las zapatillas, los calcetines, la camiseta, y por último los pantalones. En ese momento
pude vislumbrar como un enorme bulto se percibía debajo de su ropa interior. Intenté mirar
para otro lado, sintiéndome un tanto cortada. Pero estaba como hipnotizada, observando toda
la potencia y la virilidad que permanecían encerradas y contenidas debajo de sus ajustados
calzoncillos. —¿Quieres comprobar lo dura que la tengo? Solamente tienes que pedirlo —
manifestó, sabiendo de sobra que me moría de ganas por verla. —Sé que te encanta mi rabo
—añadió de modo desvergonzado. No respondí, más por miedo a escucharme a mí misma,
que por timidez o recato ante el chico. Solamente me atreví a realizar un sutil gesto afirmativo
con la cabeza. Necesitaba vérsela de nuevo. Entonces el chico, volvió a coger el tanga que yo le
había entregado y, llevándoselo nuevamente a la cara, volvió absorber toda la esencia de mi
sexo. —Están mojadas —comentó, mirándome directamente a los ojos. Queriéndome decir,
que sabía de sobra que estaba cachonda. Pude observar en su rostro una obscena y lasciva
sonrisa, un gesto que hasta esa tarde yo nunca había percibido en la imberbe y casi angelical
cara de Iván, pero que si reconocía en los rostros de otros hombres. Precisamente la clase de
tipos que me suelen dejar fascinada. Morbosos y libidinosos; calientes, soeces y atrevidos. Esa
clase de machos dominantes y sátiros, por lo que me vuelvo completamente loca. Sin
embargo, la diferencia radicaba en que Iván, o por lo menos eso pensaba yo en ese momento,
no era todavía un hombre. Tan solo era un muchacho atraído por la fantasía de seducir a la
madre de su mejor amigo. Seguramente, esa puede ser la fantasía de muchos chicos de su
edad. No obstante, aquello no era ficción, era la vida misma que estaba aconteciendo en el
propio salón de mi casa. No sé por qué, pero en esos momentos recordé a Ismael. Hacía tanto
tiempo de aquello, que ya casi había olvidado sus ojos. Pero ese día juro que volví a recordarlo
con todo lujo de detalles. De jovencita, siempre me fascinaron los hombres casados y
maduros, no sé la razón, supongo que los veía con más experiencia, más hechos y varoniles. En
definitiva, más masculinos que mi novio o los propios chicos de mi edad. Muchas veces siendo
casi una alocada adolescente me había masturbado pensando en él. Imaginando que me
follaba en el coche o que se la chupaba en los vestuarios del pabellón de deportes. Ismael era
el padre de Isa, una de mis mejores amigas. En esa época yo estaba finalizado el instituto.
Ambas éramos compañeras de clase y además las dos jugábamos de forma bastante sería al
voleibol. Su padre, era el encargado de irnos a llevar y a traer a todos los entrenamientos. Le
gustaba vernos entrenar y tampoco se perdía ninguno de nuestros partidos, sin duda él era
uno de los mejores seguidores del equipo. Pero un día Isa no pudo ir a entrenar, no recuerdo
muy bien la razón, supongo que estaría enferma o algo así. Parece que estoy viendo ahora mi
madre, dándome dinero para que cogiera ese día un taxi, que me acercara hasta el
entrenamiento después de salir de clase. Cuando aquella tarde salí del instituto, contemplé a
Ismael dentro de su coche, esperándome como siempre. —¿Creías que no iba a llevarte al
pabellón? Anda, sube —me dijo guiñándome un ojo. A pesar de mi juventud, yo ya era toda
una mujer en esa época. No era la primera vez que había seducido a un hombre maduro. Un
par de meses antes me había acostado en varias ocasiones con un socio de mi padre que,
además, estaba casado con una de las mejores amigas de mi madre. El descaro y la insolencia
que yo ya tenía a esa edad, me hicieron comprender cómo debía de jugar aquella partida. Era
consciente del modo en el que el padre de Isa me miraba, sabiendo de sobra cuánto me
deseaba. Entonces me senté a su lado, de forma un tanto desenfadada, dejando la falda de mi
uniforme escolar atrevidamente subida, pero de modo, que parecía simplemente un descuido
por mi parte. Reconozco, que siempre me ha encantado provocar ese tipo de circunstancias.
Un minuto después, cuando detuvo el coche en el primer semáforo, el padre de Isa ya tenía su
mano derecha posada encima de mi rodilla. Me encantó esa sensación. Qué un hombre tan
atractivo como él, perdiera los papeles por una chiquilla como yo, me hacía sentir
enormemente importante. Al semáforo siguiente su mano ya corría libremente por el interior
de mis muslos. No me asusté, incluso le abrí un poco más mis piernas para que pudiera
tocarme con mayor comodidad. Deseando fervientemente que cada vez se atreviera a llegar
un poco más arriba. Un semáforo más tarde, cuando tuvo que detener el coche esperando que
cambiara de color, comenzó a declararse. Me sentí orgullosa de mí misma. Había tardado
solamente tres semáforos en poner tan cachondo al padre de mi amiga, que no había podido
contenerse en tener que meterme mano. —Olivia —dijo de forma solemne, reclamando así
toda mi atención—. No quiero asustarte, pero la verdad es que me gustas mucho. Pienso en ti
a cada momento del día. En realidad, a mí el puto voleibol me importa un carajo. Si voy a veros
jugar, es en realidad por observarte a ti con esos cortos y ajustados pantalones de deporte —
reconoció abiertamente. No pude evitar reírme, me parecía gracioso que se hubiera tomado
tantas molestias por verme, mientras él, comenzaba acariciar lo que durante tanto tiempo
llevaba deseando en secreto. Tengo que reconocer que aquel día yo tampoco fui a entrenar al
vóleibol. Esa tarde fue el comienzo de mi aventura con el padre de Isa, quien en la actualidad
sigue siendo una de mis mejores amigas. Lógicamente, ella sigue ignorando a día de hoy que
me follé a su padre durante más de dos años. Sin embargo, ahora me tocaba estar a mí al otro
lado del espejo. «Es curioso como pasa el tiempo», Pensé, en parte horrorizada. En ese
instante, sentada en el salón de mi casa, yo era la adulta que permanecía observando
totalmente fascinada el cuerpo de Iván. El chico comenzó a bajarse los calzoncillos
recreándose lentamente. Siendo plenamente consciente de que me estaba haciendo sufrir con
la espera. Por fin, su pene salió rebotado hacia afuera, escapando como si tuviera un muelle
del elástico de sus calzoncillos. Luego colocó su mano sobre su duro tronco y comenzando a
deslizarla. En ese momento me pareció aún más gruesa a como la recordaba. —Solamente
saber que estás aquí mi lado, sin bragas, hace que me entren ganas de correrme encima de ti
—comentó recordándome, que yo en esos momentos también estaba sin ropa interior. El
muchacho tenía un cuerpo fibroso y delgado. Recordándome a esas esculturas de cristos de
Juan de Juni, que yo tanto admiraba. Siendo un cuerpo mucho más frágil que el de los
hombres, a los que yo estaba acostumbrada a ver en ese tipo de situaciones. —¿Quieres
tocarla? —Preguntó. «Claro que deseo tocártela», pensé. Pero logré contenerme. Entonces el
muchacho, adivinando mis libidinosos pensamientos, cogió mi mano y la situó encima de su
pene. —No tengas miedo, ya la conoces y sabes que no muerde —aseguró bromeando—.
¡Vamos! No te hagas la remilgada conmigo, ya sé de sobra como eres. —¿Cómo crees que soy?
—pregunté en voz baja. —Eres una madurita cachonda, una mamá calienta pollas. Esas
palabras en lugar de molestarme me calentaron aún más. Me encanta cuando un hombre en
determinados momentos me habla de esa forma. Por lo tanto, decidí ir a por más. —¿De
verdad opinas eso de mí? —volví a preguntar, pero esta vez elevando el tono y acompañando
mis palabras con una morbosa sonrisa en los labios. —¿Qué quieres que te diga? Pues que eres
una zorra que se aprovecha de lo buena que está, para ponérsela dura a los amigos de su hijo
—expresó con dureza. Envolví su verga con la palma de mi mano. Era suave y dura como una
estaca de hierro. En ese momento comencé a masturbarlo despacio, disfrutando de ese
maravilloso contacto. El chico estaba situado de pie frente a mí, ya que yo me había vuelto a
sentar en la silla de cuero. —¿Te gusta mi cipote, Olivia? —Preguntó sin perder esa sátira
sonrisa que me mantenía totalmente hechizada. —Me encanta, cielo —no pude evitar
responder, al tiempo que con mi otra mano comencé acariciar sus duros testículos. —Deseo
correrme encima de ti ¿No te gustaría volver a sentir mi leche caliente? —expresó
recordándome ese primer día en el que, encerrados en el cuarto de baño, Iván había
eyaculado sobre unos de mis muslos. —¿Dónde te gustaría hacerlo? —interpelé aumentando
un poco más la intensidad de mis caricias sobre su tiesa verga. —Olivia, no dejas de
sorprenderme. Hace un momento darme un tanga, te parecía la cosa más indecente del
mundo, y ahora me preguntas eso. ¿De verdad puedo elegir? —Preguntó riéndose. —¿Dónde
quieres correrte? —Volví a formularle la pregunta, sin dejar de masturbarlo lentamente,
intentando alargar al máximo ese excitante momento. —Aitor y yo—expresó haciendo alusión
al otro amigo de mi hijo— siempre comentamos que tienes el mejor culo. —¿Con qué Aitor
piensa que tengo buen culo? —Pregunté morbosa. Totalmente viciada, por poder despertar
tanto interés entre los dos mejores amigos de mi hijo. —¡Cómo te gusta saber que nos la
pones dura! —exclamó irreverentemente. —¿Os la pongo dura, cariño? —pregunté,
mostrándole orgullosa su propia verga entre mis manos. —Pregúntale a tu hijo… —respondió
riéndose—. Él sabe de sobra cuanto nos gusta la cachonda de su madre. —No seáis malos con
él, no deberíais decirle comentarios obscenos sobre su madre. —Reconozco que al principio le
molestaba oírnos y nos mandaba callar. Pero ahora, le pone escucharnos hablar de ese modo
de ti. —No creo que le agrade oíros. Simplemente se habrá acostumbrado. —El día que
desapareció tu tanga —comentó Iván— fue tu propio hijo el que me lo dio. Él fue el que lo
cogió del baño y me lo llevó. “¿No decías que ibas a hacerte una paja en honor a mi madre?”
Cuando le contesté que sí, me enseño tu tanga, entonces Carlos me preguntó: “¿Te gustaría
saber cómo huele su cachondo chochito?” al tiempo que las olía el mismo, antes de dármelas.
Yo me quedé atónita escuchando el relato del hurto de mi ropa interior. Pareciéndome
imposible que mi propio hijo hubiera sido el impulsor de todo aquello. No entendía para nada
su actitud, queriendo incentivar el deseo de su mejor amigo hacia mí —No quiero saber nada
más. Cállate, por favor —comenté un tanto asustada, debido a al alto grado de excitación que
estaba alcanzando al escuchar toda esa locura. —¿De verdad me dejarás descargar mi leche
sobre tu hermoso culo? —Preguntó ilusionado. —Solamente si te portas bien —lo amenacé—.
Pero vamos mejor a mi habitación, no sea que manches el sofá con tu corrida. Expulsas lefa,
como si fueras un volcán —comenté bromeando al recordar sus abundantes y fuertes
eyaculaciones. —Me portaré bien —comentó tendiéndome la mano para ayudarme a levantar
del sofá, de modo gentil. Sin embargo, su ayuda no era totalmente desinteresada, porque
justo cuando íbamos a salir del salón, el chico me arrinconó contra la puerta de la entrada,
acercándose peligrosamente hasta a mí. Iván intentó juntar sus labios a los míos, pero yo
conseguí esquivarlos en un primer momento. Sin embargo, un segundo más tarde, totalmente
vencida y entregada a él, yo misma volví a girarme buscando con ansia su boca. Consiguiendo
de ese modo, que nuestros labios se encontraran y se fundieran en ese primer y maravilloso
beso. Su lengua entró en contacto con la mía, absorbiendo toda la humedad de nuestras
hambrientas bocas. Estuvimos un buen rato sin parar de besarnos, intentando calmar la sed
provocada por toda la excitación, que el uno sentía por el otro. —Besas muy bien, Iván —le
confesé totalmente entregada a él— Cogiendo un respiro durante un segundo, antes de volver
a devorar con anhelo su boca —Eso es porque me gustas mucho —respondió volviendo a
besarme. En esos momentos, yo estaba tan cachonda ya, que notaba mis muslos mojados y
pegajosos. Al no llevar puestas las bragas, podía percibir claramente como por mis piernas
resbalaba un torrente de humedad, procedente de mi ardiente coño. Estaba totalmente
empapada en mis propios fluidos vaginales. Me mostraba tan ansiosa por entregarme al chico,
que yo misma desabroché mi camisa, con tanta urgencia y vehemencia, que hice que algunos
de los botones saltaran cayendo y rebotando como canicas por el suelo. Dejando así mis
pechos al aire, libres y expuestos a sus ojos. Observé como miraba con auténtica glotonería,
mis grandes tetas, que permanecían impúdicamente fuera de mi camisa. Iván se apoderó de
ellas al momento. Percibí sus manos palpándolas, intentando levantarlas sin poder abarcarlas
por completo. Luego se tiró a besarlas, lamiéndolas con verdadera devoción. —¡Joder, que
tetas más ricas tienes! —Exclamó justo en el momento que volvía a sumergirse en medio de
ellas. —¿Te gustan, cariño? ¿Te gustan mis tetitas? —Le pregunté con la voz casi entrecortada,
sujetándolo por la nuca, y restregándole mis pechos por la cara—. Cómemelas, cielo. Esta
tarde son solamente tuyas. —Me encantan —aseguraba sin dejar de chuparlas—. Que pezones
más duros tienes. —¡Sí, cariño! Están así de sólidos porque me tienes muy cachonda —expresé
sin ningún pudor. Reconozco que no me hubiera importado pasar de ese modo el resto de la
tarde, me enloquecía sentir sus labios succionando mis turgentes y duros pezones. Sin
embargo, le tendí la mano. Recuerdo que casi me lo tuve que arrancar de encima. —¡Vamos,
cielo! —Expresé, intentando que me prestara atención a lo que quería decirle—. En mi cama
estaremos mucho más cómodos. Juntos avanzamos por el pasillo agarrados de la mano sin
dejar de besarnos en ningún momento. Cuando llegamos por fin a mi dormitorio, lo empujé
violentamente contra el colchón. Pocas veces he sentido tanta necesidad por un hombre.
«Estoy loca por él», me reconocí a mí misma por primera vez.
Iván permaneció tumbado boca arriba, esperando ansioso mi próximo movimiento.
Observando, como avanzaba hasta él, gateando a cuatro patas como una gata en celo sobre la
cama. Entonces es cuando agarré por fin su hermosa polla, y comencé a masturbarlo a tan solo
unos centímetros de mi cara. Me gustó tanto el olor a macho que desprendía esa gruesa verga,
que no fui capaz de contenerme durante más tiempo. Justo en ese momento saqué mi lengua
y comencé a recorrer todo su glande. —¡Vamos, chúpamela! Sé que lo estás deseando —me
animó. Hice como si no lo hubiera escuchado y seguí lamiendo su glande, sin decidirme a
meterme su precioso rabo en la boca. Simplemente, recorría su superficie, acariciándolo con la
punta de mi lengua. Ni tan siquiera me atreví a mirarlo a los ojos cuando lo hacía. Reconozco
abiertamente que me encanta comerme una buena polla, nunca he comprendido, cuando
algunas de mis amigas protestan debido a la insistencia de sus maridos, para que les hagan una
mamada. Al contrario que a otras mujeres, a mí me fascina el sexo oral, disfruto dándole
placer a un hombre con mi boca. En múltiples ocasiones, he realizado mamadas a
desconocidos, a los que no tenía intención de follarme. Simplemente se las chupaba por el
placer de sentir un tieso falo dentro de mi boca. El chico me cogió bruscamente por el pelo, y
sin ningún tipo de cortesía ni miramiento me empujó hacía su pelvis. Ese signo de dominación
y de rudeza, terminó de volverme completamente loca. Me encanta que me traten de ese
modo, cuando estoy entregada y cachonda. Estar dominada, me hace sentir muy hembra.
Poco a poco sentí como su verga se iba introduciendo, casi hasta tocar mi garganta. Ese
repentino contacto me hizo sentir una fuerte arcada, a la que Iván no estaba habituado. En ese
momento noté como el muchacho se quedó un poco extrañado, seguramente preguntándose,
si me habría obligado a metérmela demasiado dentro. Estaba acostumbrada a estar con
hombres excelentemente dotados, ya que precisamente ese es uno de los requisitos que
siempre impongo en algunas de mis citas. A lo largo de mi vida había disfrutado de auténticos
cipotes, más grandes y gruesos que el de Iván. Sin embargo, tengo que asegurar que el chico
estaba muy bien dotado, y engullir completamente esa polla resultaba prácticamente
imposible. Comencé a mamársela con verdadera glotonería, como si llevara mucho tiempo sin
catar una buena verga. Por suerte para mí, el chico era bastante despierto y pronto
comprendió que ese tipo de tosquedad, es la forma perfecta de tratar a una mujer como yo,
dentro de una cama. Odio la sutileza, la finura, el romanticismo, la suavidad o la delicadeza, ya
que siempre me ha interesado el sexo más agresivo, intenso, sucio y grosero. —¡Para, Olivia!
¡Me vas a hacer correr! —Gritó alarmado. Entonces no lo dudé, me la saqué de la boca,
dándole un último beso de despedida. A continuación, me coloqué de pies encima de la cama,
al tiempo que me desabrochaba la falda. Mientras el chico, observaba mi coño por primera vez
desde abajo. Yo le sonreí. —¿Es esto lo que querías, cariño? ¿Deseabas verle la rajita, a la
mamá de tu mejor amigo? —Pregunté ya totalmente emputecida por la situación. El chico
parecía que se había quedado sin habla. Dando la sensación incluso de estar algo asustado o
temeroso. «Quizás sea demasiada hembra para tan poco gallo», llegué a pensar temerosa.
Conocía esa sensación, había sido testigo de cómo algunos hombres que me habían deseado
fervientemente, justo cuando llegaba el momento de mantener sexo conmigo, se quedaban
bloqueados, totalmente intimidados. Como si tuvieran miedo de no dar la talla. Pero ya no
había vuelta atrás, estaba demasiado excitada para razonar con claridad. Continuando de pies
sobre el colchón de mi cama, me desprendí de la falda, arrojándola directamente al suelo.
Quedándome por fin ante él, completamente desnuda. —Nunca te había imaginado con el
chocho totalmente depilado —manifestó, sin dejar de observar directamente mi sexo,
hipnotizado. —Cariño, las mamás también nos depilamos el conejito ¿No te gusta así? —le
pregunté abriéndome un poco más de piernas. —Me encanta, Olivia. Ábretelo más —indicó. —
¿Has venido a verme el chochito o prefieres follarme? —Pregunté con cierta brusquedad,
utilizando ya un lenguaje totalmente grosero y ordinario—. Necesito que me eches un buen
polvo, cariño. Mi esposo ya no me folla como es debido y me tiene casi abandonada. Todavía
soy una mujer joven y tengo ciertas necesidades —mentí descaradamente, echándole la culpa
a mi esposo, de mi encendida lívido. No era la primera vez que empleaba un argumento
parecido. —Tranquila, Olivia. Te voy a dar la marcha, que necesites —respondió complacido y
henchido en su vanidad masculina—. Lo único, es que no he traído preservativos, lo siento. No
pensé que tú y yo hoy… Por un momento estuve a punto de levantarme y entregarle uno, pero
me divertía mantenerlo en vilo. —Está bien —admití resignada, aparentando estar temerosa
—. Pero ten cuidado en no dejarme preñada —Le advertí, aprovechando su ingenuidad. Él
respiró aliviado, por un segundo debió de pensar que, por el hecho de no haber traído un
condón, podía peligrar el polvo que me disponía a echarle. Sin dejar de mirarlo a los ojos, me
agaché a horcajadas sobre él, agarré su tiesa polla y comencé a rozar su glande contra la
entrada de mi húmeda vagina. Sin más preámbulo ni dilación, me dejé caer a plomo sobre ella.
Ya estaba hecho, su polla estaba dentro de mí. Me estaba follando a Iván, ese chico al que
conocía desde que tenía un año y que siempre había estado en mi casa como si fuera uno más
de la familia. Ese muchacho que, además, era el mejor amigo de mi hijo. —¡Sí…! ¡Joder, Iván…!
—Grité al sentir como entraba esa dura y deseada estaca en mi coño— ¡Dios, Iván! ¡Qué gusto
más rico! —exclamé notando ese grueso trozo de carne clavado en lo más profundo de mí. Él
seguía casi como en estado shock. No se esperaba aquello. Sin duda, en el mejor de los casos
se hubiera conformado con hacerse una paja y derramar su leche sobre mi culo. Pero ahora
miraba casi babeando el balanceo de mis pechos. Flotando ingrávidos sobre él, mientras
comenzaba a cabalgarlo como una entusiasta valkiria. Por fin se decidió a palparme los senos,
como si quisiera sujetármelos o retenerlos para siempre en la palma de sus manos. —Me
vuelven loco como se te mueven las tetas. Toda tú me vuelves loco, ni en mis mejores sueños
me hubiera imaginado algo así… —¿Te gusta cariño? ¿No es esto lo que tú querías? ¿No
deseabas comprobar lo puta que es la mamá de tu mejor amigo? —Pregunté con tono
morboso, totalmente descontrolada, excitándome a mí misma al escuchar mis obscenas y
vulgares palabras. —Me gustan las mamás cachondas como tú —respondió fuera de sí. Iván no
dejaba de manosearme los pechos, pellizcando sutilmente mis erguidos pezones, mientras yo,
seguía follándomelo en cuclillas, notando como su verga entraba y salía incesantemente del
interior de mi húmedo coño. —Ven, échate aquí —manifestó por fin tomando la iniciativa. Yo
obedecí, tumbándome disciplinadamente boca arriba, abriéndome completamente de piernas,
poniéndome así a su entera disposición. Cuando un hombre consigue excitarme de la manera
en la que lo había hecho Iván, me entrego a él, total e incondicionalmente. No hubiera habido
apenas nada, que le hubiera negado en esos momentos. Me quedé observando como el chico
metía su cabeza entre mis muslos, y como su boca, se pegaba directamente contra mi sexo. La
lengua de Iván me pareció tan exquisita y maravillosa, que no pude contenerme y comencé a
gemir como una auténtica loca, desde el mismo instante que la sentí recorriendo mi vulva. —
¡Ah…! —¡Así, así, así, muy bien! Me has puesto muy puta, Iván —comencé a exclamar de
forma desaforada al tiempo que lo sujetaba por la cabeza—. Por favor, méteme dos dedos al
mismo tiempo que me lo comes. Mi almejita está muy hambrienta por sentirte dentro —le
indiqué poseída por el momento. Dos minutos después de que Iván introdujera sus dedos en
mi vagina, comencé a correrme. —¡Me corro…! ¡Ah…! ¡Ah...! ¡Qué gusto por Dios…! ¡Qué bien
cariño, que puta me pones! ¡Ya me tienes, cariño! ¡Soy tuya, cielo! —Grité y chillé toda clase
de comentarios. Mis piernas comenzaron a temblar y a convulsionar, justo cuando percibí la
llegada de un fuerte orgasmo, que me atravesó fulminantemente recorriendo todo mi cuerpo.
El propio Iván reconocería, posteriormente, que incluso había llegado asustarse al verme en
ese estado. En ocasiones, algunos hombres experimentados, me han confesado haberse
sorprendido por la forma tan desmesurada y escandalosa que manifiesto, cuando alcanzo el
clímax. «¿Cómo iba a impresionarse entonces un simple muchacho?». Después de correrme
conseguí por unos momentos recuperar la compostura, miré la hora un tanto asustada. No
podía dilatar, muy a mi pesar, el encuentro mucho más tiempo. Enrique ya habría terminado el
partido de futbol sala que juega todos los jueves con sus amigos. Estaría tomándose una
cerveza en un bar cercano, aguardando mi llamada nervioso e inquieto. Me lo imaginaba
deseoso de llegar a su casa. Ignorando, que en ese mismo momento, Iván se estaba follando a
su esposa en su propia cama. También me acordé de Carlos, a él tampoco le faltaría mucho
para volver de clases de guitarra. Sin embargo, más sosegada y calmada después de haberme
corrido, pensé en cómo se tomaría mi marido el asunto. «¿Qué me diría cuando supiera que
en vez de haber conseguido hacer razonar al chico, lo había arrastrado a la cama? ¿Sería capaz
de justificarle a Enrique todo lo que había pasado? Tal vez, lo mejor sería mitigar o excluir que
había follado con Iván», comencé a hacerme ese tipo de temerosas preguntas —¡Córrete!
¡Tienes que correrte, cariño! Mi marido y Carlos no tardarán en llegar —grité apremiándolo. —
Quiero hacértelo desde atrás —respondió entusiasmado. No hizo falta que me lo repitiera, yo
misma lo estaba deseando. Seguía excitada, aunque algo más relajada. Obedecí al instante,
poniéndome a cuatro patas sobre el colchón, para permitirle que pudiera metérmela desde
atrás. —¿Quieres follarme como a una perrita? —pregunté girando mi cabeza hacia él. Me
encanta hacerle ese tipo de preguntas a un hombre. Sé lo que esos comentarios incrementan
su excitación, cuando además se los haces mirándolos directamente con cara insaciable. Me
encanta llevar al límite a un hombre. —Nunca pensé que fueras así de… —manifestó sin
atreverse a terminar la frase. Entonces el chico se situó detrás tomándose su tiempo. Antes se
recreó con mis deseadas nalgas. Palpándolas y manoseándolas con verdadero énfasis. —
¿Cariño, opinas lo mismo que Aitor? ¿Tengo buen culo? —Pregunté haciendo referencia al
otro amigo de mi hijo. —Es mejor aún de lo que siempre hemos hablado. Nos pones muy
cachondos, Olivia. Te encanta dejarnos empalmados —respondió justo en el momento en el
que su polla, se colaba de nuevo en el interior de mi caliente vagina. —Ya me vas conociendo
—reconocí, riéndome— ¡Dame un buen azote, cabrón! —Exclamé suplicante, movida de
nuevo por el incremento de mi propia excitación—. ¡Cómo me gusta tenerte dentro de mí! —
¿De verdad? ¿Quieres que te pegue en el culo? —preguntó el chico atónito, sin esperarse que
pudiera pedirle algo así. —Me encanta que me den unos buenos cachetes en el culo cuando
me están follando. Me pone tremendamente cachonda que un hombre me haga sentir tan
perra —respondí con franqueza, moviendo mis caderas para anticiparme a sus fuertes
embestidas. —Pégame, por favor. En ese momento descargó un liviano azote en una de mis
nalgas, dos segundos después volvió a repetir el comedido gesto en la otra. —¡Más fuerte,
coño! No me voy a romper. ¿No vas a ser capaz de domar a la mamá de tu amigo? —Pregunté
retándolo—. ¡Dame sin miedo! Entonces fue cuando pude sentir en mis nalgas, dos enérgicos y
brutales azotes. Castigándome tan fuerte, que me hicieron estremecer de placer. Reconozco
que pocas cosas me pueden llegar a excitar más, que me traten de esa forma. —¡Dios…!
¡Cómo me gusta…! ¡Qué cachonda me pone esto! —Le aseguré, dispuesta de nuevo a buscar
un segundo orgasmo. —Que buena estás, Olivia. Como me gusta verte así de cachonda —
comentó sin dejar de follarme. —¿No sabías que las mamás también podemos ser unas putas?
—Pregunté de modo obsceno. —Eso es… Eres una puta, Olivia. Eres una perra viciosa —repitió
con la voz ya totalmente entrecortada, anunciando que estaba a punto de descargar toda la
excitación que tenía acumulada. —Así es cariño. Eso es lo que soy Estaba al borde de llegar al
clímax de nuevo, iba a comenzar a tocarme el clítoris, cuando de repente noté como sus
rítmicos movimientos comenzaban acelerarse. —¡Me corro…! ¡Me corro! —Gritó
abandonando mi vagina y comenzando a masturbarse con vehemencia. Yo me quedé al límite
del orgasmo sintiéndome un poco desilusionada. Pero el chico era joven y le faltaba aún
experiencia. Sabía que Iván, llegaría a ser con algo más de tiempo un buen amante. Había
aguantado lo suficiente para hacerme disfrutar, había sabido excitarme, y me había hecho
correr con su boca y con sus dedos de forma maravillosa. Entonces noté como su leche
caliente salía disparada directamente contra mis nalgas. Siendo plenamente consciente, de
que en esos momentos estaba cumpliendo la fantasía de un muchacho. Me imaginé que
habría soñado con ese momento, en muchas ocasiones cuando el chico se masturbaba en su
casa. —¿Te ha gustado? —Pregunté tontamente, pues conocía de sobra la respuesta. —¡Ni en
mis mejores sueños podía imaginarme algo así! —Exclamó con una estúpida sonrisa de oreja a
oreja—. Y tú, ¿has disfrutado? —Preguntó interesándose por mí. —Me ha encantado, creo que
necesitaba un buen polvo —respondí, seguramente con los ojos brillantes aún por el deseo—.
Ya te comenté antes, que Enrique ya no me folla como antes. El pobre tiene demasiado trabajo
—volví mentir, insistiendo con los mismos argumentos. —No te preocupes, yo puedo
satisfacerte y darte lo que una hembra como tú necesita —respondió con el ego por las nubes
—. ¿Me darás tu número de teléfono? —interpeló ansiosamente. —Considero que te lo has
ganado, pero debemos hablar —respondí sonriendo. —¿Eso quiere decir que quieres que
sigamos viéndonos? —Eso significa que quiero comprobar primero, si sabes adaptarte a la
situación. —Confía en mí —trató de convencerme. —No solamente se trata de confianza, Iván.
Arriesgo demasiado acostándome contigo. Te recuerdo que soy una mujer casada con dos
hijos, siendo uno de ellos tu mejor amigo. Además, tengo la misma edad que tu madre, con la
que habló por teléfono todas las semanas. Por lo tanto, no quiero que te obsesiones. No te
olvides jamás, que no somos ni seremos nunca una pareja. Si eres capaz de controlar la
situación, por mi parte estaría encantada de volver a quedar contigo. Reconozco que me
gustas y que consigues excitarme muchísimo. Pero ahora márchate, si viene mi marido y te
ve… ¡No quiero ni pensarlo! —Dije intentando amedrentarlo. —Olivia, te prometo que estaré a
la altura —intentó tranquilizarme— Soy consciente del riesgo que corres. Por lo tanto,
intentaré con todas mis fuerzas que te compense estar conmigo. Diez minutos más tarde, Iván
abandonaba por fin mi casa. Me costó dejarlo marchar. Estuvimos besándonos junto a la
puerta de la entrada, durante al menos diez minutos más. Tiempo en el que yo permanecí
totalmente desnuda, solamente con los zapatos de tacón puestos. «Mis hijos deben de estar al
llegar», recapacité aterrada de que abrieran la puerta en cualquier momento, y pudieran
encontrarme sin ropa besándome con Iván. A pesar de mis miedos, creo que, si Iván hubiera
insistido un poco, me hubiera dejado follar allí misma tirada en el suelo de la entrada.
Permanecía con tantas ganas del chico, que me costaba mantener cierta cordura. —Vete ya,
cariño. Carlos y Javi pueden llegar en cualquier momento. Baja por las escaleras —manifesté al
tiempo que palpaba por última vez su entrepierna. «Tiesa y dura de nuevo», pensé sonriendo
justo antes de abrir la puerta para dejarlo marchar. «Ya está hecho, ya tienes un nuevo
amante, Olivia», medité aterrada y feliz al mismo tiempo «Te has convertido en la puta, del
mejor amigo de uno de tus hijos». Reflexioné, encaminándome hasta el dormitorio,
completamente hambrienta y deseosa de sexo. Capítulo XII. Nada más que Iván me dejó sola,
supe que había llegado el momento de llamar a Enrique, eso hizo que mi sonrisa se
desdibujara. Temía ese momento de volver a la realidad. Gozo tanto con el sexo, que a veces
me cuesta despertar de ese maravilloso sueño. Algunas acciones tienen inmediatas
consecuencias, y ahora me tocaba afrontarlas. «No solamente he follado con el mejor amigo
de mi hijo, también me he convertido en su amante», no podía dejar de intentar ver el asunto
con cierta objetividad. Yo misma le había dejado las puertas abiertas, para un próximo
encuentro. Entonces busqué mis bragas para comenzar a vestirme, pero no las encontré por
ningún lado. «Se las ha llevado, Iván», recordé. Me observé en el espejo, mis tetas estaban
hinchadas de haber estado expuestas a un manoseo frenético, mis nalgas se percibían
enrojecidas y en mi cuello, se podían advertir claramente dos chupetones completamente
encarnados. «Mañana tendré que maquillarlos bien, camuflándolos antes de salir a la calle»
reflexioné. Estaba agotada física y emocionalmente. En ese momento me dejé caer a plomo
sobre la cama. Casi en el acto, una de mis manos se posó de forma instintiva sobre mi coño,
como si tuviera la urgente necesidad de masturbarme. Tuve que forzarla para que se
detuviera. —Cariño —dije cuando escuché la voz de Enrique al otro lado de teléfono—. Se
acaba de marchar. Puedes venir ya para casa —le indiqué. Él tardó en responder. Seguramente
alertado por el tiempo que había trascurrido. Creyendo con razón que, para dejarle las cosas
claras al chico, no hubiera necesitado invertir más de diez minutos. —¿Ha ido todo bien? —
Preguntó interesado. —No lo sé. Según como se mire —respondí con una sonrisa en los labios,
que mi esposo no pudo ni tan siquiera intuir. —¿No habrás…? —Interpeló con pavor, aterrado
en conocer la respuesta. —Me temo que si —respondí interrumpiéndolo. Impidiendo así que
me hiciera la temida pregunta. —Pero… ¿Has llegado hasta el final? —interpeló, queriendo
aclarar este punto. —Estoy agotada. Casi no puedo ni hablar —me expresé en un susurro.
Enrique sabía leer entre líneas. Habiendo sido testigo en innumerables ocasiones, de como
suelo quedar de exhausta y extenuada al disfrutar de buen orgasmo, si antes he conseguido
alcanzar un grado de excitación máximo. Conociendo perfectamente la forma, en la que podía
llegar a disfrutar en determinadas situaciones, con otros hombres. —¡Joder, Olivia! Se suponía
que… —En su voz se podía percibir un tono de reproche. Seguramente estaba decepcionado
conmigo. —Te lo contaré todo, cielo. Ahora ven a casa —comenté volviéndolo a interrumpir —
Estoy llegando —anunció algo más calmado y resignado. —¡Qué bien follada me ha dejado! —
Me expresé exagerando, intentando así iniciar o incrementar su excitación. —¡Serás puta! —
Solo fue capaz de articular, justo en el momento en el que pude escuchar a través del teléfono,
como abría la puerta del portal. —¿Ya la tienes dura, cariño? —le interrogué, al tiempo que mi
traviesa mano se posaba nuevamente sobre mi enrojecida vagina. —¿Estás desnuda? —
interpeló sin responderme, sonando de fondo el ruido del ascensor. —No —negué divertida—.
Iván me ha dejado los zapatos puestos, el resto de mi ropa parecía que le sobraba —respondí.
Un segundo más tarde, pude escuchar el sonido cuando abrió la puerta de la entrada. Fue
justo en ese instante, cuando apagué sin despedirme el teléfono móvil. Capítulo XIII. Iván y
Carlos se conocieron con tan solo un año de edad cuando ambos coincidieron en la guardería.
En aquella época, yo tenía veintisiete años y enseguida entablé una buena amistad con su
madre. Durante muchos años, ambas coincidimos en infinidad de cumpleaños, reuniones
escolares y diferentes eventos de los chicos. Ellos siempre han sido inseparables y desde el
momento en el que se hicieron amigos, han estudiado y jugando siempre juntos. Incluso Iván,
ha llegado a pasar largas temporadas con nosotros durante las vacaciones. Una vez que
nuestros hijos fueron creciendo, la mamá de Iván y yo nos hemos ido viendo con menor
regularidad. Sin embargo, seguimos llamándonos de forma bastante habitual por teléfono.
Todo ese contacto que ambas familias hemos mantenido durante casi dos décadas, ha hecho
que tanto Iván para nosotros, como mi hijo para ellos, sean tratados como un miembro más de
la familia. Por ese estrecho acercamiento, mi relación con el chico no era para nada fácil de
encajar. Enrique percibía todo este asunto casi como un vínculo incestuoso, costándole
aceptar que se hubieran despertado en mí deseos sexuales hacia el muchacho. Por lo tanto,
explicarle a mi marido que acababa de follar con el amigo de mi hijo, era una tarea muy
complicada. Conocía de sobra a Enrique, él es un hombre muy morboso que cuando está
cachondo puede transigir casi con todo. No obstante, uno de los rasgos más destacados en la
personalidad de mi esposo, es su pragmatismo. Él estaba totalmente convencido de que mi
relación con Iván nos acabaría trayendo enormes problemas familiares. Precisamente sobre
ese punto, era del que más intentaba advertirme. Aseguro que para mí tampoco era nada fácil
aceptar. Puede parecer morboso para una mujer de más de cuarenta años, el acostarse con un
joven de dieciocho. No obstante, aunque tengo una mente muy liberal y abierta, el haberme
follado al mejor amigo de mi hijo, hacía tambalear en mí ciertos criterios morales. Pues
siempre había sentido por el chico un cariño especial, rozando casi un amor maternal. Por
suerte, tanto mi marido como yo, en ese momento, aún veíamos las cosas del modo en las que
se perciben estando con un alto grado de excitación. Precisamente, ese álgido estado, nos
hacía discernir lo ocurrido con otra pátina mucho más transigente y tolerante. Pero también
era consciente de que cuando me bajara de la nube en la que todavía me encontraba, me
invadirían unos enormes sentimientos de culpa y arrepentimiento. Estaba completamente
segura que más pronto que tarde, llegaría un día en el que me tendría que arrepentir por
haber llegado tan lejos. Durante el breve tiempo que me pasé esperando la llegada Enrique,
sentía miedo a la reacción de mi marido. Mi objetivo, era explicarle todo, intentándolo llevar al
máximo grado de excitación posible, ponerlo cuanto más cachondo mejor. Más tarde, estaba
segura de que vendrían los reproches. Era consciente de que Enrique no vería con los mismos
ojos el que yo hubiera mantenido relaciones con Iván, a cuando lo hacía con algún
desconocido o con alguno de mis amantes. Además, llevaba toda la semana planeando junto a
mi esposo, el modo en la que tenía que hablarle al muchacho para que entendiera de una vez
que, entre él y yo, no podría haber nunca ningún tipo de relación sexual ni afectiva. Y ahora
tenía que confesarle a Enrique, que había sucumbido a la oscura y escabrosa tentación de
haberle entregado mi cuerpo. Decidí dejar la lámpara de mi mesilla encendida, esperando
recibir así a mi marido. Yo permanecí en la cama tumbada, completamente desnuda,
únicamente con unos zapatos negros de tacón puestos. De la misma manera que, tan solo
unos minutos antes, me había dejado Iván antes de marcharse. En ese momento escuché
claramente como mi marido cerraba la puerta de la entrada de casa, segundos después, pude
percibir el sonido de sus pasos avanzando por el pasillo. Mi corazón se aceleró. Intenté
mantenerme tranquila y serena, tal y como esperaba otras veces su llegada después de haber
follado con otros hombres en nuestra cama. Miré a la puerta del dormitorio y me topé
directamente con su mirada. Enrique permanecía apoyado en el marco, contemplando la
escena y el lugar, donde previamente un mocoso de dieciocho años se acaba de follar a su
mujer. La habitación permanecía totalmente revuelta, mostrando un estado completamente
caótico. Mi falda permanecía tirada según había sido arrojada al suelo, la cama estaba
totalmente desecha, las sábanas mojadas de mi propia excitación y de algunos de los restos de
semen del chico. Había follado con muchos hombres en nuestra cama, sin que Enrique hubiera
estado presente. Por lo tanto, sabía por experiencia que ese era el modo en el que le gustaba
encontrarse la casa: lo menos contaminada posible. Siempre me recalcaba que no tocara nada,
que dejara las cosas tal cual habían quedado, esperando su llegada. Yo permanecí en silencio
mirándole, intentando aparentar que estaba feliz y relajada, cuando la realidad era que estaba
nerviosa y temblando como un flan. Sabía que él estaba observando cada detalle, intentando
hacerse una idea exacta de todo lo acontecido unos minutos antes. Enrique es como un astuto
sabueso que sabe leer cada minúsculo detalle. Pocas cosas son capaces de escapar a sus
perspicaces ojos. —¿Dónde están tus bragas? —Preguntó rompiendo al fin el incómodo
silencio. —En uno de los bolsillos del chico, se las he dado como premio. Dice, que le gusta mi
aroma de hembra —contesté con arrogancia, intentando disimular estar tranquila. —¡Eres una
puta! —Exclamó contra mí de forma rotunda y soez. Pero esta vez el tono tan imperativo de mi
esposo, no dejaba percibir el adjetivo como un elogio hacia mí. —Lo sé —respondí retándolo,
sin dejar de mirarlo directamente a los ojos—. Siempre hemos tenido claro ese punto. —Te
has dejado follar por un crío, que además es el mejor amigo de tu hijo. Al que conoces desde
que era pequeño —expresó con extrema dureza. —También lo sé, cielo —volví a repetir—. No
obstante, acabó de comprobar por mí misma, que el muchacho es ya todo un hombrecito. Ya
quisieran muchos ser la mitad de hombres que Iván —Añadí provocando a mi esposo,
haciéndole un obsceno gesto con las manos, como si intentara hacer alarde del tamaño de la
verga del chico—. Cierra la puerta y echa el pestillo. Carlos y Javi deben de estar a punto de
llegar —le advertí preocupada por ese punto. En otro momento nunca hubiera aceptado jugar
con Enrique estando mis hijos a punto de regresar a casa. Sin embargo, esa tarde las cosas
eran diferentes, y yo me tenía que amoldar a dichos cambios, puesto que yo misma los había
provocado. Enrique cerró la puerta y se acercó hasta donde yo estaba, sentándose al borde de
la cama. Entonces se inclinó hacia mi cuerpo, y pude sentir su lengua chupándome los pechos.
—¿Dónde se ha corrido? —Preguntó de modo más escueto y seco, de lo que habitualmente
solía hacer en estos casos. —¡Aquí me tienes! —Exclamé ofreciéndole mi cuerpo—.
Encuéntralo tú mismo. Sé que te encantan este tipo de juegos —expresé riéndome. Entonces
se acostó encima de mí y comenzó a besarme la boca con una pasión casi enloquecida. Sentí
como sus labios fueron recorriendo mi cara, mi cuello, bajando nuevamente hacia mis pechos,
deteniéndose y recreándose sobre mis turgentes y duros pezones. Sentí su cálida lengua
bajando por mi ombligo, acariciando mis caderas. Oliéndome y chupándome. Buscando
cualquier signo o rastro de sexo sobre mi cuerpo. —Hueles como una perra en celo —comentó
sin bajar el tono agresivo de su voz. —¿A qué quieres que huela? —pregunté, riéndome—. Me
acabo de entregar a él, como su perra —le recordé. Noté como sus besos recorrían mis muslos,
forzando con sus manos para que me abriera completamente de piernas. Yo cedí a su presión
abriéndolas, mostrándole sin ningún tipo de pudor ni decoro mi sexo, totalmente entregado;
hinchado y recién usado. Permaneciendo seguramente todavía un poco dilatado. —Tienes el
coño enrojecido —comentó palpando toda mi vulva. —Como te he comentado, Iván tiene un
cipote sobresaliente. Además, con él me pongo cochinísima. Una pena no haber tenido más
tiempo —respondí con media sonrisa. —¿Te folló con condón? —preguntó sabiendo de sobra
que cuando estoy excitada, pierdo tanto la cabeza, que soy demasiado permisiva con los
hombres para ese tipo de detalles. —Ya me conoces, cariño —respondí.
—¿Se ha corrido dentro de tu coño? —quiso saber. —Dímelo tú, cielo. No me acuerdo —
respondí riéndome. Estremeciéndome de placer, solamente de pensar que es lo que sucedería
a continuación—. ¡Anda! Sé un buen cornudo y comprueba si hay lefa del chico, dentro de mi
chochito. Entonces mi marido puso su cabeza entre mis muslos, abriendo con los dedos los
labios de mi vagina, se detuvo unos segundos a contemplarla determinadamente, como si la
estuviera examinando. Un instante después, pude sentir la punta de su lengua recorriendo
cada milímetro de mi sexo. —¡Ah…! ¡Cabrón, como me gusta que me hagas eso! —expresé, al
tiempo que dejaba escapar, un corto suspiro junto a una pequeña sacudida de placer. Se
mantuvo unos minutos deleitándose, comiendo mi rajita con verdadero entusiasmo y
dedicación. Creo que nadie sabe comer el coño de una mujer con tanta pasión y fervor, como
un cornudo consentidor, cuando una polla ajena acaba de follarse a su mujer. Siempre que
otro hombre me acaba de joder, a mi marido le gusta mantenerme casi al borde de un nuevo
orgasmo. Le encanta dejarme así, a las puertas, al filo de llegar al clímax. —Date la vuelta —me
ordenó. No respondí, simplemente obedecí. Ahora le tocaba a él disfrutar por tener una mujer
dispuesta y deseosa, a vivir siempre experiencias morbosas con otros hombres. Lo que pasaba
ahora entre Enrique y yo, no dejaba de ser la segunda parte de un juego, tan excitante o más,
incluso que la primera. Me tumbé boca abajo mostrándole así otra perspectiva de mi cuerpo.
—¡Te ha dado bien! —declaró al mismo tiempo que sobaba mis exuberantes nalgas —Se notan
todavía sus dedos en tu culo —añadió con rudeza. —Tuve que pedirle que me diera fuerte, no
quería castigarme —expliqué recordando en ese momento, los azotes que Iván me había
propinado en los cachetes—. El chico se vuelve loco con el culo de tu esposa. Entonces noté
como abría mis nalgas, como revisando si tenía dilatado el ano, queriendo averiguar si había
mantenido sexo anal con Iván. Al comprobar que no, volvió a soltarlas, perdiendo el interés al
instante por asomarse o disfrutar de mi zona más privada. No obstante, un momento después
sentí el aliento de su boca sobre mi culo. —No es nada nuevo, a todos les gusta tu culo —
manifestó sin dejar de lamer, pasando su ávida lengua por toda la extensión, donde un poco
antes se había corrido Iván. Permanecí callada dejándome lamer por mi marido. En ese
momento decidí cerrar los ojos y comenzar a recordar y a relatar, el tórrido encuentro que
había mantenido con el amigo de mi hijo. —Me encanta como me besa, cariño. No puedes
imaginarte lo ricos que me saben sus labios —dije comenzándole a contar cada instante y cada
detalle, cada sensación, cada mirada y cada gesto; las palabras, y los gemidos; le expliqué el
placer, las sensaciones, el tacto, el olor. Le marré absolutamente todo. Pero por muy clara y
diáfana que presentara mi cita con el chico, Enrique siempre encontraba una pregunta nueva
que hacerme. Intentando continuamente profundizar en cada minúsculo detalle que, para
cualquiera, puede pasar desapercibido, pero en cambio, para mi marido es sumamente
importante. Escuché por fin el sonido de su bragueta, en ese momento recordé que seguía
vestido. Había acudido a rastrear mi cuerpo con tanta necesidad y urgencia, que ni siquiera se
había desprendido aún de la ropa. Abrí mis piernas deseosas de poder recibirlo dentro. Me
encantó notar la punta de su polla rozando la entrada de mi vagina. Un segundo después,
percibí tibiamente como su verga se colaba en el interior de mi sexo. Penetrándome, con una
facilidad pasmosa. Tan húmedo y dilatado seguía mi coño del polvo que me había echado Iván,
que casi ni me enteré cuando me la metió mi esposo. Todavía me parecía sentir las fuertes
embestidas que el muchacho me había profesado esa inolvidable tarde. Por otra parte, los
movimientos alocados y desbocados de mi esposo, me hacían indicar que estaba
tremendamente excitado, casi a punto de correrse. Entonces decidí dar una última vuelta de
tuerca para incrementar aún más la enorme excitación que sentía. Quería llevarlo al límite.
Hacerlo correr como mi querido esposo se merecía. —¿Puedes notar lo abierto que me ha
dejado el chochito? Bien follado y usado. Tal y como a ti te gusta, cabrón. Estoy aún tan
dilatada, que tu pito casi ni lo noto. Sé que me estás follando porque te oigo respirar —expresé
con total desprecio, intentando ponerlo en el punto culminante, tal y como a mi marido le
gustaba. —¡Puta! ¡No eres más que una zorra! —Exclamó aumentando la intensidad de sus
embestidas. —Le he dicho que tú ya no eres capaz de joderme como Dios manda —le confesé
—. Que necesito que supla, lo que tú no estás capacitado de ofrecerme. —¿De verdad le has
dicho eso, zorra? —preguntó interesado en ese punto. —Sí, cariño —afirmé riéndome a
carcajadas— Le pedí que me echara un buen polvo, porque tú me tienes totalmente
abandonada. —¿No te da vergüenza ser tan guarra? —Interpeló, aumentando la intensidad del
choque de su cuerpo contra el mío. Volví a reírme, esta vez lo hice de un modo aún más
descarado e insolente. Me hacía gracia que hubiera empleado ese adjetivo tan soez. Sabía que
cuando me lo llamaban otros hombres, en los momentos más álgidos, a él no le hacía ninguna
gracia. Para mi esposo, ese epíteto era demasiado sucio y peyorativo, me lo había comentado
en varias ocasiones. Por eso, yo era consciente que de haberse expresado de un modo tan
ordinario, significaba que tenía que estar tremendamente excitado. —¿Estás llamando guarra
a tu esposa? —pregunté sin parar de reír. —¿Le pedías que te la metiera más fuerte? —
interpeló, desviando el tema. —No hacía falta, cariño. El chico sabe de sobra como tiene que
follarse a la guarra de tu mujer. —dije con cierto retintín, volviéndome a reír al utilizar ese
término, que a él tanto le desagradaba —. Eres un cornudo, mi vida. Un puto cornudo, mi
amor… Tiene que venir a metérmela un chico a casa, porque tú no eres capaz de joderme
como un hombre. —Expresé demostrando rabia. Mi esposo es un buen amante, pero a él en
esos momentos le gusta que le hable de ese modo. Humillándolo de esa manera consigo
acrecentar mucho su grado de excitación. Soy consciente de que cuanto más cachondo consiga
ponerlo, más disfrutara al final. No obstante, solo es un juego, ya que me encanta hacer el
amor con mi marido y él es totalmente consciente de ello. —¡Toma, zorra! ¡Me corro…!
¡Tómala toda! —Estalló, descargando su semen dentro de mi sexo. Después de eyacular lo
dejé permanecer en mi interior recostado sobre mi espalda unos minutos. —Déjame, cariño.
Necesito una ducha y quiero ir a ver que tal están mis hijos. Se deben de haber extrañado que
no haya salido a saludarlos —comenté de pronto, apremiándolo a que sacara su ya flácida
verga, de dentro de mí. Cuando por fin me dejó libre, me quité los zapatos y me encaminé
hacia el baño. Sintiendo un punzante dolor sobre mis senos. «Iván se ha mostrado demasiado
entusiasmado con ellos» recordé. La sensación del agua caliente sobre mi desnudo cuerpo, me
fue devolviendo poco a poco a la realidad. Odiaba ese fatídico momento, en el que el morbo
se desvanecía y comenzaban aflorar miedos y prejuicios. Sin embargo, un minuto más tarde
escuché como se abría la mampara de la ducha. —Te quiero mucho, Olivia —dijo mi marido
abrazándome desde atrás, mientras el agua caliente caía sobre nosotros. Siempre he pensado
que Enrique es uno de los hombres más inteligentes que he conocido nunca, siendo una de las
razones por las que siempre lo admiré tanto. En ese momento mi esposo era consciente, de
cuanto necesitaba ese cálido y afectuoso abrazo. —No sé qué me ha pasado —intenté
disculparme por haber caído en la tentación—. Te juro que mi intención era cortar con él. No
sé en qué momento mi cuerpo me traicionó. —No te arrepientas de algo que sabes que va a
volver a pasar. Te conozco, Olivia. Sé que no vas a poder evitar volverte a entregarte a él. No te
tortures por ello. Sabes que no me gusta la relación que has iniciado, pero estate segura de
que yo estaré aquí a tu lado, pase lo que pase. Sin embargo, tienes que ser consciente de que
por mucho morbo que te dé, puede pasarte una elevada factura justo cuando menos te lo
esperes. Entonces me di la vuelta, buscando de nuevo esconderme entre sus fuertes brazos.
Necesitando absorber toda la seguridad que me aportaba siempre mi esposo. En ese mágico
momento, nuestras bocas se juntaron y comenzamos a besarnos de una forma más afectuosa
que pasional. Después de ducharme, me puse unas bragas limpias y una camisa a cuadros de
franela de hombre, que a veces usó para estar cómoda por casa. —Hola Carlos —saludé
entrando en el dormitorio de mi hijo mayor— No te he escuchado entrar. ¿Cómo te ha ido en
las clases? —Bien —respondió secamente quitándose un momento los auriculares— ¿Qué tal
estás tú? ¿Se te pasó ya el dolor de cabeza? Me quedé pensativa un momento, no recordando
exactamente a que se refería. —Bien… Sí, me acosté un rato y se me pasó enseguida. Voy a ver
que tal está tu hermano —añadí saliendo de la habitación, sin estar segura de que hubiera
escuchado esto último. Capítulo XIV. Los días que siguieron a mi tórrido encuentro con Iván,
son difíciles de describir para mí. Por un lado, permanecía completamente excitada cada vez
que recordaba algunos de los morbosos momentos que había experimentado con el chico, eso
me hacía desearlo fervientemente. Sin embargo, en otras ocasiones, sobre todo cuando estaba
con mi hijo, todo ese furor se transformaba en un enorme sentimiento de culpa. Jurándome a
mí misma, que no volvería a acostarme con Iván. Mi libido y mis emociones vivían durante
aquellos tortuosos días montados constantemente en una montaña rusa. Subiendo y bajando
a una velocidad vertiginosa. Con mi marido no había vuelto hablar del tema. Era como si
después de salir de la ducha aquel día, todo se hubiera borrado de su memoria. A pesar de su
incómodo silencio, a mí me parecía advertir un semblante de reproche en su mirada. O tal vez,
simplemente era mi propio remordimiento el que me hacía vislumbrarlo. Pocos días después,
no pude aguantar más, y estando trabajando en la oficina decidí llamarlo por teléfono. No se
trataba de que quisiera decirle nada en concreto, simplemente, necesitaba escuchar su voz.
Había estado a punto de llamarlo en infinidad de ocasiones. Numerosas veces había buscado
su número en la agenda, pero al final había conseguido vencer la tentación. Sin embargo, ese
día ya no pude dominarme más. La verdad es que no había vuelto a saber nada de él desde
que lo había despedido, totalmente desnuda en la puerta de mi casa. Notarme tan ansiosa e
inestable, me hacía sentir abochornada y decepcionada conmigo misma. Innumerables veces
me reproché durante aquellos días, el estar comportándome de un modo tan inmaduro y
egoísta Aquella tarde, cuando decidimos intercambiar nuestros números de teléfono, le había
exigido como única condición que nunca me llamara y, que por supuesto, no se atreviera a
enviarme mensajes. Amenacé con bloquearlo para siempre si lo hacía. Le puse la excusa de
Enrique, asegurándole que era muy celoso y que a veces me controlaba el teléfono móvil. En
realidad, no quería que el chico se obsesionara conmigo. ¿Quién me iba a decir a mí, que sería
precisamente yo la que me encapricharía de ese modo por el muchacho? Me había negado a
vivir una relación adolescente. Sin embargo, ahora era yo la que me comportaba casi como
una chiquilla. Con una necesidad alocada de volver a escuchar su voz. —¡Olivia, que alegría! —
Exclamó nada más descolgar el teléfono. —¿Estás solo? —Pregunté cautelosa antes de seguir
hablando. —Estoy tomando algo con Carlos y con Aitor en un bar cercano a la facultad. Pero
tranquila, justo ahora me has pillado en el baño meando —en ese momento me arrepentí de
haberlo llamado, no me hacía ninguna gracia hablar por teléfono con él, estando mi hijo y otro
de sus amigos tan cerca—. ¿Pasa algo? —Se interesó, al notar que tardaba unos segundos en
responder. —No, no te preocupes. Solamente quería saber que tal estabas después de lo que
pasó el jueves —expliqué un poco cortada. —Pues la verdad, es que estoy que ni me lo creo.
Desde ese día vivo como en una nube. ¿Y tú? ¿Qué tal estás, Olivia? —Bien. Bueno… en mi
caso, a ratos. La verdad es que no lo sé. Es todo demasiado complicado, Iván. —¿Te
arrepientes de algo? —Interpeló en un tono preocupado. —Pues depende del momento en el
que me preguntes. De lo que no me cabe duda, es de que más pronto que tarde, terminaré por
lamentarlo. Sé que lo que hicimos estuvo mal. ¿Qué diría tu madre si supiera que tú y yo…? —
Pregunté, sin atreverme, a terminar la frase. —¡Hemos follado! —Recalcó Iván terminando la
frase que yo había dejado inacabada, matizando sus palabras, como si necesitara escucharlas.
—Sí, eso es. Hemos follado —repetí más para mí misma más que para el propio Iván, como si
en mi caso aún me hiciera falta asimilar su significado. —Mi madre no tiene que decir nada. Lo
primero porque no lo sabe, y lo segundo, porque no le incumbe lo que hagamos tú y yo. Por
muy joven que sea para ti, recuerda que soy mayor de edad. —Espero que nunca llegue a
enterarse —expresé dejando escapar un suspiro al final—. Me moría de vergüenza, no podría
mirar a mucha gente a la cara. —¿Qué llevas puesto? —Interrogó cambiando directamente el
tema. —Una minifalda negra, y una camisa blanca. Estoy en la oficina —expliqué. —¿Llevas
ropa interior? —Un tanga de color blanco. Sostén casi nunca llevo, los odio desde que era
adolescente. —¡Ya me la has puesto dura! —Exclamó directamente. —¿De verdad? ¿Ya estás
empalmado? Eso me gusta —reconocí riéndome, comenzando ya a olvidarme de cualquier
tipo de prejuicios morales. —¿Me mandarás una foto, para que te vea como vas vestida? —
solicitó pícaramente. —¿No te fías de mí? Ya te he descrito lo que llevo puesto —respondí,
aparentando un tono más serio. —Necesito verte, por eso te pedía la foto. —Bueno, tal vez
cuando colguemos te la envío. Pero ten cuidado cuando la abras, que no haya nadie cerca.
Después de verla la borrarás. Prométemelo. —Antes me haré al menos una paja con ella —
comentó, aumentando el nivel de la conversación. —¿Has pensado en mí estos días cuando te
masturbabas? —Interrogué interesada. —No voy a decirte en cuantas ocasiones lo he hecho,
estoy seguro de que te asustarías si supieras la cantidad de veces al día. Yo reí divertida, me
encanta que un hombre me comente que se masturba deseándome. —Reserva un poco de
vigor para mí, no lo gastes todo. —No te preocupes, aquí hay suficiente energía. ¿Y tú? ¿Has
fantaseado conmigo? —preguntó directamente —Claro, todas las mañanas, cuando me voy a
dar una ducha. —Me encantaría observar como lo haces —comentó con tono nervioso. —
¿Quieres saber cómo me lo hago? Muy fácil, acerco la alcachofa de la ducha hasta mi sexo, me
alivia sentir la fuerza del agua caliente golpeando mi clítoris. Luego me introduzco un
consolador y comienzo a follarme, sin apartar en ningún momento el chorro de agua
acariciando mi vulva. Te aseguro que no tardo apenas tiempo en correrme. —¡Joder, Oliva! —
Exclamó exaltado. —¿Qué te pasa? —pregunté traviesamente, sabiendo de sobra la respuesta.
—Me has puesto muy cachondo. —¿Por qué? Únicamente he contestado a lo que tú me has
preguntado —respondí riéndome abiertamente— ¿Acaso creías, que las mamás no nos
masturbábamos? —No tenía la menor duda de que tú si lo hacías. ¿Le habías sido infiel a
Enrique alguna vez antes que conmigo? —Cariño, eso nunca se le pregunta a una señora
casada —le reprendí— Al no ser que quieras que no te respondan, o que en el mejor de los
casos te mientan. —Lo siento. No debí hacerlo, perdóname —se disculpó. —No te preocupes.
No quiero que supongas que me acuesto con cualquiera. —Tampoco pretendía decir eso,
¿Cuándo volveremos a vernos? —Desvió el tema, intentando salir del atolladero en el que se
había metido, debido a su inexperiencia. —El viernes, como siempre en mi casa. Cuando
vengas a ver a mi hijo. —Me refería a solas —declaró soltando una pequeña carcajada. —
¿Puedo saber para qué quieres verme a solas? —Pregunté juguetona. —Para follarte otra vez
—declaró de forma tan tajante que, al escucharlo hablar así, comencé a sentirme
tremendamente excitada. Me reí alegremente. Me encanta mantener ese juego con mis
amantes, y con Iván no era una excepción. Sin embargo, en ese momento me di cuenta de que
la mano que no sujetaba el móvil, estaba posicionada inconscientemente en medio de mis
muslos. —¿Tantas ganas tienes de volver a metérmela? —Pregunté cada vez más descarada.
—Olivia, te aseguro que no pienso en otra cosa que en poder follarte ¿Tú no tienes ganas? Me
quedé callada unos segundos, como necesitando coger aire para poder responder a esa
pregunta tan directa. —Si —afirmé sin ambages. —¿Estás cachonda, ahora? —Así es —volví a
reconocer. —Me gustó mucho oírte el otro día hablar de ese modo. —¿A qué te refieres? —
Interrogué sabiendo de sobra a que se refería. —A la manera tan directa y descarada con la
que te expresabas. —Verás, Iván. Cuando estoy tan caliente como la otra tarde, el lenguaje
soez y ordinario, me excita mucho, siempre me ha pasado. Me gusta que me hagan sentir un
poco puta. ¿Dónde te gustaría correrte la próxima vez? —decidí cambiar el tema un poco
cortada, por sincerarme tanto con el muchacho. —En tu chocho —expresó totalmente
convencido. —¿En mi chochito? ¿Dentro o fuera? —Pregunté imaginándome su cara. —Dentro
—confirmó—. ¿Tomas la píldora anticonceptiva? ¿Verdad? —se interesó el chico. —¿Tienes
miedo a dejarme embarazada? —Interpelé riéndome frívolamente, disfrutando enormemente
de ese morboso juego—. Te recuerdo que también existen los preservativos. —La verdad es
que no me importaría. El otro día no pareció molestarte que lo hiciéramos sin condón —
respondió seguro de sí mismo. —¿De verdad que te gustaría dejarme preñada? —Interrogué al
tiempo que retiraba hacia un lado la tela del tanga y comenzaba a tocarme directamente los
carnosos labios de mi vagina. —Me encantaría embarazarte —respondió— Eso haría que aún
te engordarán más las tetas. —¿No crees que mis pechos ya son lo bastante grandes? —
Pregunté introduciendo un par de dedos en el interior de mi húmeda vagina—. ¿Te parece
bonito, querer preñar a la mamá de tu amigo? —¡Vamos Iván! ¿Qué estás haciendo? Te
estamos esperando ahí afuera, vamos a llegar tarde a tercera hora —Escuché perfectamente
exclamar a su lado, el agudo tono de la voz de mi hijo —Un momento, tío —gritó Iván
respondiéndole—. Estoy hablando con mi hermana. Ir yendo para clase que ahora os adelanto
yo por el camino —añadió intentándoselos quitar de encima cuanto antes. Yo me quede
petrificada. Escuchar la voz de mi hijo mientras me estaba masturbando, hablando por
teléfono con su mejor amigo, me hizo aterrizar de golpe y bruscamente sobre la realidad. —
Olivia, te voy a tener que dejar. Es que tenemos que volver a clase de Álgebra Lineal. ¿Puedo
verte luego esta tarde? —Preguntó ansioso. —No, Iván. No tengo tiempo —intenté cortar
cuanto antes, arrepintiéndome en ese momento de haberlo llamado. —Aunque sea solamente
un momento. Si quieres voy a buscarte al trabajo ¿A qué hora sales? —Preguntó casi sin darme
otra opción. —Es que esta tarde cuando termine de trabajar voy a ir al gimnasio. He quedado
con una amiga allí —intenté disuadirlo. —Bueno, pues te acompaño. Así, por lo menos puedo
estar contigo unos minutos. —¿Sabes dónde trabajo? —pregunté ya casi dando por hecho,
que pasaría a recogerme. —Si, me lo dijo hace tiempo Carlos, cuando cambiaste de sitio. —
Verás, un poco más adelante de la puerta principal, hay un Quiosco de prensa. Espérame allí a
las siete. Dejaré que me acompañes, pero te irás antes de que lleguemos al gimnasio.
Prométemelo —le exigí. —Te lo prometo —declaró aceptando mi petición— Así podré
comprobar personalmente lo buena que estás, con esa minifalda que llevas puesta hoy. —¿Sí?
¿Piensas que estoy buena? —De sobra lo sabes tú… Y más aún con esas minifaldas que sueles
llevar, pero te lo confirmaré, cuando te vea a la tarde —expresó. —Vale, cielo. Ahora
aprovecha la clase y luego nos vemos —contesté despidiéndome. —Ciao, Olivia. Un beso y no
te olvides de enviarme la foto —comentó justo antes de colgar. «Estás completamente loca de
remate, Olivia» reflexioné justo cuando dejaba el teléfono móvil sobre la mesa de mi
escritorio. Entonces saqué los dedos de dentro de mi vagina. No pude evitar mirarlos, como
queriendo verificar mi grado de excitación. Estaban totalmente empapados. «¡Cachonda como
una perra en celo!», exclamé interiormente. Sin embargo, haber escuchado la voz de hijo me
impedía de alguna forma seguir masturbándome. No obstante, había quedado con su amigo
para unas horas más tarde. No iba a ser una cita de carácter sexual, pues yo me marcharía al
gimnasio, y él simplemente me acompañaría los quince minutos aproximados del trayecto.
Intenté sacarme una foto sentada en la silla del escritorio. Desestimé la primera «Demasiado
seria», pensé borrándola de inmediato. A continuación, me desabroché la camisa dejando mis
pechos en un primer plano. «Muy explícita» alegué antes de proceder a eliminarla. A la tercera
fue la vencida. Sentada sobre la mesa del escritorio de mi oficina, me abrí lo suficientemente
de piernas para que se vislumbraran y destacara el tono rojo de mi tanga. Mostrando, al
mismo tiempo, una panorámica de cuerpo entero «¡Ya está! Enviada», dije sonriendo,
imaginando la cara de Iván cuando la viera. Un rato más tarde, la humedad de mis bragas me
impedía concentrarme en otra cosa, que no fuera mi próximo encuentro con Iván. Por lo tanto,
decidía quitármelas y guardarlas en la mochila, en la que llevaba mi ropa de deporte. Recuerdo
ese día cuando salí a comer con mis compañeros. Lucía, una chica que trabajaba en la sección
de Estrategia y con la que había cogido bastante confianza, me comentó que llevaba un par de
días que me notaba ausente. —La verdad, es que llevo unas noches que no consigo dormir
bien —intenté excusarme. —Ayer por la tarde —comenzó explicándome—. Me dio por revisar
unas celdas de unos datos que te pedí sobre hábitos de consumo, determinados por la renta
per cápita. Sin embargo, había algo no me cuadraba y enseguida descubrí un par de errores
tuyos de bulto. Viendo de ti, me extraño bastante. No dije nada, los edité y ya está. No
pensaba ni tan siquiera mencionártelo, a todos nos pasan a veces esas cosas. Pero al notarte
tan callada hoy… No has abierto la boca en toda la comida. —Te agradezco que me lo digas,
Lucía. Gracias también por tus correcciones. La verdad es que ayer no tuve un buen día y estoy
algo cansada. Procuraré revisar bien los datos antes de entregarlos a tu sección —intenté
disculparme. Comenzaba a preocuparme que mi obsesión por Iván, afectara de alguna forma
tanto a mi trabajo como a mi vida privada. A pesar de ser consciente de ello, no podía evitarlo.
Me pasé la tarde mirando el reloj, deseando que llegaran las siete, para poder ver al chico.
Capítulo XV. Cuando por fin salí a la calle, respiré aliviada. Necesitaba escapar cuanto antes de
esas cuatro paredes. Estaba tan nerviosa, como una quinceañera en una primera cita. Un poco
antes llegar al quiosco, lo observé de frente. Llevaba un pantalón de chándal y una camiseta
blanca de manga corta muy ajustada, me recordó a mi hijo, él casi siempre acostumbraba a
vestir de una manera parecida. Iván me vio justo en ese instante. Tenía tantas ganas de verme,
que no fue capaz de esperar a que yo llegara hasta donde él estaba. Me saludó de modo
enérgico con la mano, al tiempo que avanzaba corriendo hasta mí. Al llegar a mi altura, como si
fuéramos una pareja de novios, me dio un beso apasionado en los labios. No me esperaba para
nada algo parecido. Sin embargo, reconozco que me dejé besar ilusionada, agradándome
enormemente sentir su boca junto a la mía. Era algo que ya había probado unos días antes en
mi casa, deshaciéndome por dentro cada vez que me besaba. A pesar de estar encantada por
sentir su lengua en mi boca, yo misma me vi obligada a dar el beso por finalizado mucho antes,
de lo que en verdad me hubiera gustado hacer. Estaba casi al lado de mi trabajo y cualquier
compañero que saliera en ese momento del edificio, podría verme en mitad de la calle
comiéndome la boca con un chaval que podría ser mi hijo. —¿Me echabas de menos? —Me
preguntó con una amplia sonrisa. —Sí, la verdad es que tenía muchas ganas de verte —
respondí sinceramente, como hechizada por su bonita sonrisa. —¿Quieres que te lleve la
mochila? —Se ofreció gentilmente. —No, no te preocupes. Casi no pesa. Entonces nos pusimos
a caminar marchando en dirección al gimnasio. Pero Iván no dejaba de sorprenderme, siendo
precisamente esa espontaneidad, una de las cualidades del chico que más me atraían. De
pronto me cogió por la cintura. «¿Es que acaso pretendía que paseáramos por la calle a pleno
día, así agarrados?» Al principio dudé, pero reconozco que al final me dejé llevar divertida,
sintiendo su abrazo por mi talle. Un par de mujeres se me quedaron mirando sin ningún tipo
de disimulo. Seguramente extrañadas, de que una mujer hecha y derecha como yo, pudiera ir
sin tapujos por la Avenida, agarrada a la cintura de un chico tan joven. Sin embargo, esa
situación en lugar de avergonzarme acrecentó mis ganas de pegarme más aún a él. Siempre
me ha gustado llamar la atención, incitando y provocando ese tipo de reacciones. No pude
evitar responder a su asombro, con una descarada sonrisa llena de insolencia. —Parecemos
novios —comentó Iván riéndose, como si me hubiese leído el pensamiento. —Pero no lo
somos. Recuerda que estoy casada—Traté de advertirle. —¿Entonces qué somos? Yo dudé un
segundo, como si no me atreviera a confirmarlo. Siempre, cuando tengo relaciones con un
hombre de forma regular, he empleado el apelativo de amante. Me encanta esa palabra. Pero
me costaba aún ver al chico de ese modo. Lo conocía desde antes que aprendiera a leer o a
caminar, lo había visto perder incluso sus dientes de leche. Por ese motivo, reconocerme a mí
misma que éramos amantes, me resultaba raro. —Considero que, en nuestro caso, la palabra
más adecuada sería la de amantes —dije al fin riéndome de lo extraño que me sonaba llamarlo
de ese modo—. Aunque opino, que tampoco tenemos que etiquetarlo todo —añadí. —
¡Amantes…! —Repitió para sí mismo—. No suena mal. Sin embargo, yo te considero como si
fueras mi novia. —Cielo, si yo fuera tu pareja me tendrías en exclusividad para ti, y recuerda
que no es el caso. Además, quiero que me prometas una cosa —comenté elevando un poco el
tono. —¿Qué tengo que prometerte? —Preguntó un tanto desconfiado. —Quiero que nunca
dejes de estar con una chica por mí y, sobre todo, que no renuncies a echarte novia por estar
conmigo. Lo nuestro apenas tiene recorrido. —¿Me dejarías, si tuviera novia? —Por supuesto
que no, podremos seguir viéndonos igual, aunque tengas novia. Recuerda que no quiero que
dejes de vivir experiencias, simplemente porque tú y yo nos acostemos alguna vez —traté de
hacerle entender. —¿De verdad que no te molestaría saber que estoy con otras chicas? —Te lo
prometo. En ese sentido, no soy nada posesiva. Es más, te animo a que no dejes nunca de vivir
nuevas experiencias. Él hizo un gesto como si no entendiera del todo lo que le estaba diciendo,
como si por el hecho, de que no me incomodara que él estuviera con otras mujeres, nuestra
relación fuera menos importante para mí. —¿Tú estarías dispuesta a estar con otros hombres?
—me preguntó con el ceño fruncido. —Yo soy una mujer casada, cielo. —Alegué, sin querer
reconocerle, que ya tenía relaciones con otros hombres—. Creo que la relación que tú y yo
tenemos puede aportarnos a ambos momentos deliciosos. Pero tiene que ser siempre una
experiencia positiva que sume. Podemos vivir todo esto con intensidad, pero sin obsesiones.
Simplemente disfrutando del momento. Sin dejar de hacer otras cosas, porque si dejáramos de
hacerlas, en realidad esta relación estaría restando. ¿Entiendes lo que quiero decirte? —
Pregunté deteniéndome un momento. —Sí, lo entiendo. Te prometo que follaré con otras
chicas, si es eso lo que quieres oír
—Me pongo demasiado cachonda contigo —rezongué apartándome del muchacho, con todo
el dolor de mi corazón. —Pero eso es bueno, ¿verdad? —Preguntó sonriendo—. Eso significa
que te gusto. —Es bueno, pero también es malo. Sé de sobra que este tipo de atracción, tan
intensa, puede llevar a obsesionarme y a hacerme perder un poco el control de mis propias
emociones —respondí sincerándome. Comenzando a tener verdadero pavor, por lo que estaba
empezando a percibir por él. —Yo también me pongo muy cachondo. Mira cómo me la has
puesto —expresó indicándome el enorme bulto que se dibujaba debajo de sus pantalones. —
¡Vámonos, anda! Ya hemos dado el espectáculo suficientemente aquí. La verdad es que te
follaría ahora mismo si pudiera —manifesté, mientras lo agarraba de la mano y
comenzábamos a caminar de nuevo en dirección al gimnasio. —Me estoy acordando de Aitor
—comentó Iván nombrando a otro de los amigos de mi hijo. —¿Qué pasa con Aitor? —
Pregunté extrañada que me hablara de él, justo en esos momentos. — Por decirlo de un modo
más suave, él siempre nos dice que tienes pinta de ser una cachonda. Sinceramente, por
suerte para mí he comprobado que tenía razón —comentó, mirándome con un fuerte deseo.
Yo lancé una estruendosa carcajada. Lejos de molestarme o de sentirme agraviada, la
sinceridad de Iván me atraía. Además, en el fondo me sentía alagada de que los amigos de mi
hijo tuvieran ese tipo de impresión sobre mí. Desde muy joven siempre he tenido la necesidad
de excitar y llamar la atención de los hombres. Incluso de aquellos, con los que jamás tendría
una relación física. —¿De modo más suave? No quiero ni imaginarme qué tipo de adjetivos
utilizáis, cuando habláis de mí —Comenté aparentando volver a estar seria. —Mejor
dejémoselo en cachonda, no quiero que te enfades conmigo —respondió. —De sobra sabes
que yo no me enfado por ese tipo de detalles. ¡Vamos! Cuéntamelo. Odio que me dejen a
medias de decir las cosas —expresé en tono juguetón y mimoso. —¿Prométeme antes, que no
te enojarás conmigo? —Preguntó en tono preocupado. —Te lo prometo, cielo. Sabes de sobra
que me divierte que me cuentes esas cosas. —afirmé. —Está bien. Aitor siempre comenta que
vistes como una… —manifestó deteniéndose unos segundos, mirándome a los ojos, como si
tratara de leer en ellos cada una de mis reacciones —Dice que vistes como una puta —expresó
al fin, con cierto temor. —Ah, ¿sí? ¿A ti también te lo parece? —respondí dándome una vuelta
alrededor de suya, como si quisiera exhibirme en todos los ángulos. —Estás muy buena y lo
sabes, Olivia. Aunque hay que reconocer que eres algo zorra. No pude evitar soltar una nueva
carcajada ante su osadía. Me fascinaba escuchar de la boca del chico, ese improperio hacia mí.
A consecuencia de ello, las ganas que tenía de follármelo en esos momentos, aumentaron
exponencialmente. —Sois vosotros lo que me miráis como unos pervertidos —manifesté—.
Visto casi como una monja —bromeé. —También comentaba el otro día en tu casa, que te
gusta provocar a los tíos y que vas pidiendo guerra. —¡Joder, con Aitor! Y eso que parece una
mosquita muerta ¿Tú también opinas, que me va la marcha? —Yo tengo la certeza absoluta —
contestó pícaramente—. El jueves pasado, cuando te estaba comiendo el chocho en tu cama y
te corriste, me quedé impresionado. —¿Te asombró que te pidiera que me metieras los
deditos dentro? —Pregunté, creyendo que quizá su impacto se debía, a que yo misma le había
suplicado que me los introdujera dentro de la vagina, al mismo tiempo que estimulaba mi
clítoris con la lengua. —No, no fue eso, Olivia. Lo que de verdad me llamó la atención fue tu
forma de gemir, y más aún, el modo en el que te temblaban las piernas cuando comenzaste a
correrte. Hasta ese día siempre había supuesto que las mujeres solamente se corrían, de ese
modo, en las películas porno. ¿Nunca te han dicho nada los vecinos? Tienen que escucharte
fijo. —Mis vecinos son muy discretos, cielo —aseguré riéndome—. Sé que soy bastante
escandalosa, pero no puedo evitarlo. Cuando alcanzo el orgasmo es como si flotara, como si
me saliera del cuerpo. Supongo que cada persona exteriorizaremos las cosas de un modo
diferente. Hay quien se ríe a carcajadas y, en cambio, otras personas únicamente son capaces
de sonreír levemente. Todos mostramos las sensaciones y los sentimientos de un modo
distinto —intenté explicarle. —Supongo que Enrique, ya debe de estar acostumbrado de
escucharte y verte así de cachonda —preguntó atrevidamente. —¿Quién te dice a ti que mi
marido es capaz de hacerme correr de la misma forma que tú? —pregunté con malicia— Ya te
he comentado que él últimamente no se muestra demasiado interesado en hacer el amor
conmigo. Tal vez por eso, me mostré tan desaforada la otra tarde. Tenía necesidad de que me
echaran un buen polvo —mentí, poniendo como excusa de nuevo a mi esposo. —¿No se
empalma? —Interpeló procazmente. —No se trata de eso —respondí fingiendo que el tema
hería mis sentimientos—. Supongo que ya no le intereso de la misma manera que antes. Sé
que me quiere mucho, Enrique me adora. Pero con el tiempo, las relaciones se van
desgastando y la pasión del principio se desvanece. —Eso es imposible —manifestó
deteniendo sus pasos un instante, como si no terminara de admitir lo que yo le estaba
contando—. No puede haber un solo hombre en el mundo, al que no le gustes. —Gracias, cielo
—respondí besándolo de nuevo—. ¡Vámonos, ya es tarde! Cien metros antes de llegar al
gimnasio me detuve. No quería que me acompañara hasta la puerta. Llevaba años yendo al
mismo centro deportivo y había mucha gente que me conocía. Además, mi marido también es
cliente del local y tiene algunos buenos amigos allí. —Dame otro beso, el último —le pedí,
apoyándolo contra la pared del edificio contiguo —Tenemos que despedirnos aquí —indiqué.
—¿No quieres que te vean tus amigas conmigo? —Preguntó sonriendo. —Has acertado. No
quiero que me acusen de ser una asalta cunas —bromeé. —¿Y me vas a dejar así? —Interpelo
palpándose descaradamente el bulto de su entrepierna. —Yo también estoy cachonda, pero es
lo que toca… —Respondí encogiéndome de hombros —¿Cuándo crees que podremos volver a
estar juntos? —Se interesó. —No lo sé cielo, este jueves no. Aunque Carlos vaya a clases de
guitarra, me da miedo que Javi pueda venir en cualquier momento por casa y nos termine
pillando. El otro día nos la jugamos mucho —comenté poniéndome seria—. Considero que lo
mejor será vernos el siguiente jueves. Durante la quincena en la que mis hijos están con su
padre. Entonces nos fundimos en un último beso. Pese a sentirme incómoda por la situación,
al estar tan cerca del gimnasio y que algún conocido pudiera descubrirnos, abrí un momento
los ojos. Miré de izquierda a derecha comprobando que en ese momento no había nadie cerca
observándonos. Entonces, no pude resistir en meter la mano a través de la goma del chándal
del muchacho. Necesitaba tocársela. Conseguí sortear el elástico de sus calzoncillos, pudiendo
por fin notar el calor de su verga en la punta de mis dedos. Estaba dura y caliente. No hay nada
en este mundo más hermoso para mí, que tener concentrada toda la excitación de un hombre,
en la palma de la mano. Disfrutando de ese alocado instante, lo agarré por los testículos,
tensando mi mano sobre ellos. Apretándole un poco sin llegar hacerle daño —¿De quién es
esto? —Le pregunté, observándolo directamente a los ojos de modo intimidante. Él me miró
extrañado, como si no se esperara para nada ese tipo de reacción por mi parte. Entonces me
sonrió siguiéndome el juego. —Tuya, Olivia. Mi polla es tuya —aseguró volviéndose hacia mí,
en busca de mis labios. Seguimos besándonos sin que yo sacara la mano de su entrepierna.
Estoy segura de que, si él hubiera insistido un poco, yo no hubiera ido esa tarde al gimnasio.
Me hubiera encantado terminar con el chico en cualquier hotel cercano. Seguramente la
inocencia e inexperiencia del joven me salvó, en esos momentos, de hacer algo así. —Me
pones muy puta, Iván —reconocí mirándolo a los ojos— ¿Te gusta verme así de cachonda,
cariño? —Me encanta que seas tan puta, Olivia. —Me excita tanto que me lo digas… —Admití
— ¿Por cierto, no me has dicho si estoy buena con esta minifalda? —pregunté morbosa. —
Estás para comerte. Si yo fuera uno de tus compañeros de trabajo, te aseguro que te follaría
en tu oficina contra la mesa. —No dudes que, si tú fueras mi compañero de trabajo, me dejaría
joder por ti donde tú quisieras. Aunque terminaran por pillarnos y acabaran despidiéndonos —
comenté riéndome. Estaba caliente y deseosa del chico, tremendamente hambrienta de él. Le
hubiera entregado todo lo que en ese momento me hubiera pedido. Media hora después,
mientras calentaba en la elíptica dentro del gimnasio, no dejaba de pensar en él. Ni tan
siquiera la actividad física consiguió calmar mis ganas de joder con él esa tarde.
Verdaderamente, se me estaba yendo la cabeza por el muchacho. Tenía que comportarme de
un modo mucho más racional. Ya no era una cría y estaba jugando con fuego. No podía pedir
que el muchacho se contuviera, si me percibía a mí de una forma tan entregada y desatada. En
ese momento decidí que no le comentaría a Enrique, que había estado con el chico esa tarde.
No quería que él supiera que mi deseo hacia el muchacho era tan incontrolable. Pensé, que
sería mejor disimular delante de mi marido, aparentando estar mucho más calmada y serena.
Capítulo XVI. Enrique consentía que además de encuentros puntuales con hombres
desconocidos, tuviese también amantes fijos. Mi experiencia me indica, que es inevitable que
cuando tienes una relación de forma regular con un hombre, inexorablemente comiencen
aparecer ciertos sentimientos. De todas maneras, ese vínculo que inevitablemente se
establece, como la confianza, la complicidad o la ilusión que te genera cada vez que puedes
estar con él, no eran para nada incompatibles con mi matrimonio. Sin embargo, estaba mucho
más enganchada a Iván, a lo que yo misma me permitía estarlo con otros amantes. Había algo,
que me empujaba a sentirme cada vez más atraída por el chico. Además, que Iván pasara
tantos fines de semana en mi casa jugando a la consola con mi hijo y con algunos de sus
amigos, era una auténtica tortura para mí. «Tan cerca y tan lejos», pensaba deseosa por
besarlo a cada momento. Yo intentaba con todas mis fuerzas mantenerme tranquila y serena,
no quería que la situación se me escapara de las manos. No obstante, una cosa era intentarlo y
otra muy diferente conseguirlo. Pretender mantenerme sosegada sabiendo que estaba en mi
casa, era como intentar apagar el fuego con gasolina. Encontrarme a Iván por el pasillo, de
camino al baño, en la cocina, o cuando yo entraba con cualquier excusa o pretexto a la
habitación de Carlos, hacía aumentar mi desmesurado lívido. Enrique era un hombre muy
complaciente conmigo, que aceptaba siempre todos mis caprichos. Le encantaba verme
contenta, hasta el punto de que siempre había transigido con mis continuos encoñamientos
por algunos hombres. Relaciones que iban a ser de una sola noche, terminaban convirtiéndose
en amantes fijos. Sin embargo, esa costumbre de engancharme por algunos amantes no le
preocupaba lo más mínimo. Él sabía, al igual que yo, que normalmente mi interés por ellos iba
decreciendo según pasaban los días. Hasta disolverse como un copo de nieve sobre una mina
de sal. “Únicamente tienes que conocer a un hombre un poco mejor, para que se desvanezca
el misterio que encierra” Le indicaba cada vez que descendía mi atracción por alguno de mis
amantes. Por el contrario, yo era plenamente consciente de que el deseo que sentía hacia
Iván, era algo mucho más fuerte y real. Todas estas sensaciones, intentaba de alguna forma
disimularlas delante de mi marido. En parte, porque me sentía sumamente avergonzada por
estar tan prendida y enganchada por alguien tan joven. Por otro lado, por miedo a que mi
esposo pudiera sentirse celoso. Una cosa era observarme mientras follaba con un hombre y
otra muy diferente era comprobar que estaba tan necesitada de él. Además, sabía que mi
relación con el chico no era del todo del agrado de Enrique. Lo sentía en su mirada y, sobre
todo, en algunos de sus comentarios hacia mí en los que me censuraba por haberme llegado a
acostar con el amigo de mi hijo. Asimismo, mi esposo también era consciente de que él nunca
iba a poder estar presente en alguno de los futuros encuentros que yo mantuviera con el
muchacho. Lógicamente, ese detalle hacía que menguara su interés por la relación. Enrique
siempre me repetía que los jóvenes eran como bombas de relojería. Advirtiéndome, que algún
día todo este asunto podría estallarme en las manos. Desde siempre había preferido que mis
amantes fueran hombres casados, sin duda se ponían mucho menos pesados y reiterativos,
cuando yo perdía el interés hacia ellos y decidía romper la relación. Además, reconozco que
siempre despertó un insano morbo dentro de mí, cuando después de follar con un hombre
sabía que en su casa lo estaba esperando otra mujer. Pese a todo, el hecho de que Enrique
consintiera mi relación con el chico, me hacía sentirme en deuda con él. Ese fue el principal
motivo por el que me dejé arrastrar por mi esposo, a otros morbosos juegos que sabía que
estimulaban más su excitación. Hacía unas pocas semanas había comenzado una especie de
tonteo con Don Ramón, su jefe. Este hecho ponía tremendamente excitado e ilusionado a mi
marido. Sin embargo, en esos momentos yo aún no sentía ningún tipo de atracción por el
viejo. Pese a ello, comenzaba a dejarme querer, no dudando en seguirle el juego a mi esposo.
«¿Cómo iba yo a saber que ese sería el inicio de una de las historias más morbosas y
truculentas que he vivido en toda mi vida?». Pero durante una buena temporada, únicamente
fue Iván el que captó toda mi atención. No obstante, había ciertos indicios que delataban la
pasión tan desmesurada que yo sentía por él. Cuando sabía que Iván estaba en casa, ya no
buscaba únicamente vestirme de una forma cómoda. Inconscientemente, lo hacía de modo
mucho más sexy. También me daba más pereza salir a la calle, explorando por el domicilio,
fortuitos y rápidos encuentros con él. Este tipo de detalles no pasaban desapercibidos para mi
marido, que, algunas veces, ya comenzaba a reprocharme ese comportamiento tan evidente.
—Zorreas por casa del mismo modo que lo haces un viernes por la noche en un pub —me
comentó una tarde. —No digas idioteces —le reproché dolida— Me comporto del mismo
modo que siempre, creo que eres tú, el que has cambiado. No obstante, quiero que se
entienda que todo esto me superaba. En el momento que sabía que Iván estaba en casa, mi
conducta cambiaba. Permanecía impaciente y ansiosa por verlo, o por tener contacto con el
chico, aunque solo fuera durante unos segundos. Buscaba incesantemente esa mirada, esa
sonrisa cómplice, ese roce de una de sus manos contra mi culo al cruzarnos por el pasillo, esa
palabra susurrada de forma rápida y morbosa. No se podía decir que yo no tuviera experiencia
en relaciones con hombres. Reconozco, que la lista de mis amantes es inconfesable, además
de vergonzosamente larga. Sin embargo, precisamente a mí que nunca me habían llamado
demasiado la atención los chicos tan jóvenes, estaba comenzando a vivir una relación con uno
de ellos con una intensidad tan desmesurada por mi parte, que amenazaba con poner todo mi
organizado mundo patas arriba. Capítulo XVII. Esa tarde de domingo yo permanecía en la
cocina recogiendo, mientras mi marido estaba en el salón adormilad viendo a ratos la
televisión. —Les he dicho que iba a beber un vaso de agua —escuché de pronto manifestar a
Iván, según entraba por la puerta. Yo me di la vuelta y le sonreí, sintiéndome feliz por verlo allí.
Si en un principio yo misma le había exigido ser prudente para que pudiéramos mantener esa
relación. Poco a poco el muchacho, se había ido dando cuenta de la enorme necesidad que yo
sentía hacia él. —Estaba haciendo tiempo esperándote —me sinceré—. ¡Ven y bésame, anda!
No tenemos mucho tiempo —le pedí abriendo mis brazos. Iván se acercó, sus manos me
sujetaron fuertemente por el culo, como si esa parte de mi anatomía tuviera una especie de
imán para él. Atrayéndome de modo enérgico hacia él, pegó completamente su cuerpo al mío,
restregándome con ímpetu su entrepierna contra mi pelvis. Me encantaba mostrarme tan
facilona con el chico. —¿Echabas de menos, esto? —Preguntó riéndose, refiriéndose al bulto
que ya se comenzaba a intuir debajo de sus pantalones. —¡No te imaginas cuánto! Llevo
cachonda todo el fin de semana. Saber que estás ahí al lado y no poder… —Comenté sin
finalizar la frase. —No poder, ¿qué? —Preguntó observándome a los ojos. —Abrirme de
piernas para ti, cariño —respondí aguantándole la mirada. Entonces sentí como sus labios se
posaban sobre los míos. No fue un beso tierno, ni tan siquiera bien ejecutado. Fue un gesto
totalmente precipitado e instintivo, sin apenas delicadeza ni suavidad. Sabíamos que no
teníamos tiempo y era como si nuestras bocas buscaran absorber toda la sexualidad que
nuestros cuerpos desprendían. —¡Olivia, necesito volver a follarte! —Exclamó susurrando en
mi oído, separando sus labios de los míos durante unos breves segundos—. Solamente deseo
follarte —volvió a repetir. —Lo sé, cariño. Te aseguro que yo tengo tantas o más ganas que tú
—respondí Pude notar el calor de su mano cuando comenzó a levantar desde atrás mi corto
vestido. Sabía del peligro al que estábamos expuestos, pero me dejé tocar encantada. Me
gustó notar su deseo incontrolable hacia mi cuerpo, cogiéndome fuertemente una de mis
nalgas. —Me vuelve loco tu culo —declaró en voz muy baja, casi inaudible. Justo en ese
momento me eché hacia atrás, girándome y dándole completamente la espalda. Subiéndome
el vestido lo suficiente, para ponerle esa parte de mi cuerpo que tanto le gustaba a su alcance.
Mostrándoselo con total descaro, le pregunté cachonda como una perrita en celo: —¿Sí? ¿Te
vuelve loco mi culito? —Interpelé girando la cabeza, mirándole directamente a los ojos. Sabía
de sobra el efecto que causaría ese gesto y mis palabras en el muchacho. Sin embargo, no
pude contenerme e intenté hacerle perder un poco el control. Aunque yo era la primera que
me mostraba desbocadamente. —Eres una perra, Olivia —expresó, totalmente enardecido por
mi manera de actuar. Entonces se agachó colocándose en cuclillas detrás de mí. Yo me sentí
totalmente expuesta. En ese instante, noté como sacaba la fina tela de mi minúsculo tanga,
que estaba enterrada entre los dos poderosos cachetes de mi culo y separándolos de forma
decidida, comenzó a besarme en esa zona tan erógena para mí. —¡Ah…! ¡Joder, cariño! ¡Cómo
me gusta que me hagan eso! —Exclamé al notar su lengua escalando por mi culo, hasta llegar a
detenerse sobre mi ano. Ese liviano y delicado roce, casi me hizo desfallecer, a consecuencia
del inmenso placer que inundó mi cuerpo en un solo instante. Sin duda, es un gesto que
cuando me lo hacen me vuelve completamente loca. —¡Quiero follártelo! —Me pareció oírle
exclamar. «Aquello se estaba saliendo de control». Sabía que estaba entrando en un punto,
donde mi cabeza pronto dejaría de ser capaz de vislumbrar la realidad con algo de sensatez.
Entonces, tirando de toda mi fuerza de voluntad que nunca ha sido demasiada para estos
temas, me separé de él. Me coloqué bien el tanga, volviendo a enterrar su estrecha franja de
tela negra entre mis nalgas. Tomándome mi tiempo, bajé a continuación mi vestido,
haciéndole a la vez un gesto para que se marchara. Para que regresara a la habitación junto
Aitor y a mi propio hijo. El sonido de la televisión desde la sala, creo que fue el causante de
hacerme volver a la realidad. —¡Mira cómo me tienes! —Comentó Iván bajándose un poco el
pantalón, para que pudiera verle su erecta y hermosa verga. —¡Por favor…! ¡No me hagas
esto, Iván! —Expresé mientras volvía a salir a su encuentro, agarrando su polla sin dejar de
mirarla un instante. Me sentía totalmente hechizada y maravillada. Sus venas estaban
tremendamente hinchadas a lo largo de todo el tronco de su preciosa verga, debido a la
acumulación de sangre en la zona, dando la sensación de que estaba a punto de reventar. En
ese momento, para mí, esa polla era la cosa más perfecta y deseada de este mundo.
Reconozco, que he tenido a lo largo de mi vida infinidad de penes a mi alcance y disposición.
En muchos de los casos más voluminosos. No obstante, pocas veces he sentido esa
desmesurada necesidad de comerme una verga. La pasión y el deseo que sentía por el amigo
de mi hijo, se escapaba totalmente a mi control. Pasé unos de mis dedos recorriendo su
glande, luego acaricié todo el tronco hasta llegar a la base, percibiendo así su gran excitación y
todo ese alarde de vigor juvenil que derrochaba. Me encantaba su extrema dureza, su textura,
sus venas… Me sentía ansiosa con la única idea en mi cabeza de incrustármela en lo más
profundo mi sexo. No obstante, siendo consciente de la peligrosa situación, estando mi marido
en la sala ajeno a todo y mi hijo con uno de sus amigos en la habitación contigua a la cocina.
Me reproché, el solo hecho de imaginarme llegar tan lejos. «No puedes hacerlo, Olivia», me
repetía incesantemente. Sin duda, mi conciencia, ese Pepito Grillo aguafiestas, no me permitía
follármelo allí mismo. «Está mi hijo al lado», me repetía asustada de mis propias dudas y
ansias, por dejarme joder por Iván en la cocina. Por ese motivo comencé a masturbarlo. Al
notarlo, Iván cerró los ojos dejándose arrastrar por el rítmico movimiento de mi muñeca. —
Córrete, cariño —comenté a la vez que aumentaba el ritmo que mi mano ejercía sobre su polla
—. Córrete para mí, quiero toda tu leche —añadí intentando estimularlo al máximo. —No
pares, por favor, Olivia. No pares —comentó con la respiración agitada— Que bien lo haces.
Has hecho muchas pajas, ¿verdad, zorra? —preguntó interesado. —Me gusta masturbar a un
hombre. Hacerle una buena paja y observar cómo se corre para mí —reconocí abiertamente.
Poco a poco iba aceptando mi relación con el chico, sintiéndolo ya como algo mío, por eso
cada vez me atrevía a sincerarme más con él. Él abrió los ojos y comenzó a mirarme fijamente,
con esa mirada vidriosa y casi carente de expresión, que ponen los hombres morbosos cuando
están a punto de llegar al orgasmo. —¡Date la vuelta! Quiero descargar mi lefa sobre tu
enorme culo. Estoy a punto de correrme —me advirtió. Yo cada vez más nerviosa, pues temía
que en cualquier momento pudieran pillarnos, pero incapaz de negarle nada al muchacho,
obedecí disciplinadamente. Dándome la vuelta, me apoyé contra la puerta de entrada de la
cocina. Entonces levanté de nuevo completamente mi veraniego vestido, bajándome a la vez
el tanga hasta medio muslo. Giré el cuello, y sin dejar de mirarlo le comenté en tono morboso:
—¡Vamos, cariño! Demuéstrale a tu putita lo macho que eres. Dame toda tu leche —le pedí
intentando elevar su grado de excitación al máximo, buscando que se corriera cuanto antes. —
Ábretelo —expresó chabacana y ordinariamente, con tono totalmente imperativo. —Sí, cariño.
Me lo abro para ti, para que puedas échame una buena corrida. Quiero sentir todo tu semen
—le pedí, abriéndome completamente de nalgas, sujetando una en cada mano y mostrándole
de ese modo mi zona más oculta. —¡Qué pedazo de culo tienes, guarra! Te lo voy a llenar de
lefa —indicó acelerando cada vez más el ritmo de su masturbación. —Que ganas tengo de que
me folles —le reconocí, muerta de deseo por él. Iván no pudo aguantar mucho más, deslizando
la mano sobre su polla de manera desenfrenada, su respiración comenzó agitarse. —¡Toma
puta! ¿Quieres leche? —Preguntó elevando el tono más de la cuenta—. ¡Toma toda mi lefa!
¡Eres una puta, Olivia! —Exclamó, soltándome una enorme retahíla improperios hacia mí. Una
vez que recuperó la normalidad, mientras se guardaba la polla dentro de los calzoncillos, con
una cara algo más relajada, me comentó pidiéndome perdón: —Lo siento Olivia, no he querido
insultarte. No sé por qué lo he hecho —expresó inundado de ternura. —No te preocupes,
cielo. Yo misma te he incitado a que lo hicieras. No me lo tomo como algo peyorativo. En
realidad, me pone muy cachonda que lo hayas hecho. Me gusta sentirme así… Me encanta que
un hombre me trate de forma ruda y autoritaria. —¿A qué te refieres? —Preguntó sin llegar a
entenderlo. —Sentirme puta, es lo que busco cuando estoy excitada. —Pero tú no eres una
puta —respondió sin llegar a comprender lo que trataba de explicarle. —Sí, cariño, claro que lo
soy. Si no lo fuera, no sería la amante del mejor amigo de mi hijo. No se puede ser más puta…
¿No crees? —Lo que te pasa a ti es que Enrique, no sabe darte la caña que tú necesitas —
intentó disculpar mi desvergonzado y procaz comportamiento. No pude evitar reírme. Me
encantaba sentirlo tan joven e inexperto con la vida, incapaz de comprender las cosas como en
realidad eran. Culpando al cornudo de mi esposo, de mi modo de vivir el sexo. —Y para eso
estás tú, ¿verdad, cariño? Para darme toda la marcha que yo necesito. —La verdad es que
siempre había soñado de correrme sobre tu culo —reconoció sonriendo— Pero verte así…
agarrándote los cachetes y abriéndotelos, ha sido mucho más fuerte que cualquiera de mis
fantasías. —Me alegro mucho, cielo. Me encanta que me uses así, para poder hacer que se
cumplan muchas de ellas. —Sigo cachondo, Oliva —expresó. Volví a reírme, siempre me han
fascinado los hombres tan fogosos y potentes. Nos quedamos un instante mirándonos, como
sabiendo que ese hermoso momento estaba a punto de terminar. Siendo ambos conscientes
del peligro que habíamos corrido. —Ahora vete, cielo. Cuando estoy contigo, pierdo la noción
del tiempo. En realidad, no tengo ni idea cuanto rato llevas aquí —le indiqué. Entonces el chico
me dio un último beso en los labios, justo antes de marcharse. Volviendo al dormitorio de mi
hijo, al que me lo imaginaba, absorto en algún videojuego. Sin enterarse de lo que su mejor
amigo acaba de hacerle a la golfa de su madre, a pocos metros de distancia. Ya más tranquila,
allí mismo en la cocina me quité las bragas metiéndolas directamente en la lavadora. Después
me acerqué hasta el salón. Mi marido se había quedado dormido, ajeno a lo que acababa de
suceder unos segundos antes. Pensé en despertarlo y contarle todo lo que había pasado en la
cocina con Iván. Él era mi esposo y tenía la obligación de atender mis necesidades como
hembra caliente que soy, tenía el deber de calmar mi sed de sexo. En esos momentos, yo
requería que me follara en nuestra cama. Al final decidí dejarlo dormir y no informarle de
nada. En el fondo, no quería que él me viera tan enganchada y enviciada por el chico. No estoy
orgullosa de ello, pero soy experta en tomar decisiones rápidas y equivocadas. «En realidad no
ha ocurrido prácticamente nada», me excusé para mis adentros. Como intentando eliminar de
raíz, cualquier sentimiento de culpa que intentara aflorar dentro de mí. Mi marido me había
visto en todo tipo de situaciones tan indecentes y extremas, que intenté disculpar de algún
modo, quitándole importancia a todo lo acontecido un rato antes en la cocina. «Solamente se
ha masturbado, ni tan siquiera me la ha metido un poco». Los minutos que transcurrieron a
continuación me moví de un modo tan instintivo, que apenas tengo un vago recuerdo, de
como llegué hasta el baño de mi dormitorio y me senté sobre la tapadera del inodoro. A
continuación, me abrí de piernas y comencé a masturbarme sin más preámbulos ni rodeos,
introduciendo dos dedos dentro de mi vagina. La notaba caliente y tremendamente pringosa,
rebosante de fluidos a causa de la enorme excitación que sentía en esos momentos.
A pesar de que siempre me han gustado los hombres fuertes y musculosos, el cuerpo de Iván
me mantenía fascinada. Delgado, pero completamente fibroso. Su polla erecta y dura como un
cilindro de acero, me anunciaba orgullosa, la gloriosa tarde que me iba a brindar. En ese
momento nuestras miradas se cruzaron, y él supo leer en mis ojos la fascinación con la que
observaba ese grueso falo, que yo tanto deseaba. —¡Qué golosa eres, Olivia! —Comentó
riéndose—. ¿No puedes evitar ser tan puta? ¿La Quieres? —Me preguntó ofreciéndomela,
agarrándola y mostrándomela de modo vulgar. No respondí, me incorporé de la cama,
quedándome sentada sobre el colchón mientras él permanecía de pies y se acercaba hasta
donde yo estaba. Entonces agarré su polla y me dediqué a observarla, a la vez que comenzaba
a masturbarlo lentamente. Recorrí con la yema de mis dedos cada vena que se marcaba por el
hinchado y grueso falo, para luego acariciar su glande de manera suave y circular.
Instintivamente, lo miré a los ojos de nuevo con cara de vicio, exteriorizando cuanto la
deseaba. Acercando por fin mis labios a su glande, comencé a besarlo de modo apasionado. —
¡Te voy a hacer la mejor mamada que te han hecho y que te harán en toda tu puta vida! —
Manifesté comenzando a chupársela. Poco a poco me la fui introduciendo, centímetro a
centímetro dentro. Me encanta esa sensación de sentirme atorada y colmada de polla. Pocas
cosas hay tan hermosas para mí, como poder escuchar el sonido que hace una gruesa verga
cuando choca contra mi garganta. Notar como mi boca comienza a ensalivar de un modo
excesivo, hasta que llega un momento que, mi propio instinto de supervivencia, me obliga a
sacarla de golpe para poder coger un poco de aire. Mientras un auto reflejo totalmente
involuntario, me fuerza a exteriorizar una fuerte arcada. Entonces, la saliva comienza a
resbalar por la comisura de mis labios, cayendo en largas columnas de babas hasta reposar
sobre mis tetas. Al mismo tiempo que se la chupaba, tocaba sus duros testículos,
acariciándolos y notándolos en la palma de mi mano. Estimulándolos, sintiéndolos míos,
sabiendo de sobra que cuanto más los acariciara, más se cargarían de esperma. Nada me
satisface más para finalizar una buena mamada, que sentir una abundante y fuerte corrida. —
¡Sigue puta, sigue comiéndomela así! ¡Qué bien, la comes, zorra! —Exclamó Iván fuera de sí, al
tiempo que me sujetaba por la cabeza y comenzaba a follarme la boca de forma violenta.
Escuchar de ese modo a Iván, un chico al que conocía y llevaba viéndolo por mi casa desde que
era pequeño. Al que le había dado la merienda infinidad de veces, le había atado las zapatillas
o arropado por la noche cuando de niño se quedaba a dormir algún fin de semana con Carlos.
Oírlo como me llamaba puta, mientras su polla me follaba la boca, me volvía completamente
loca de ganas de complacerlo. Me encantaba escuchar como sonaba esas soeces palabras, en
ese tono de voz tan familiar para mí. —Si supiera tu hijo lo puta que eres, Olivia —se atrevió a
decirme, mientras yo no dejaba de mamar su verga «Córrete, cariño», pensé cuando noté su
primer torrente de lefa inundando mi boca. —¡Me corro! ¡Toma, zorra! ¡Toma toda mi leche!
—Gritaba totalmente exaltado, agarrándome y tirándome con fuerza de mi corta melena
rubia. Seguí lamiendo incluso después de sentir el último borbotón de semen dentro de mi
garganta. Manteniendo su picha en mi boca, hasta que comencé a percibir claramente como
iba perdiendo consistencia. Casi nunca me bebo una corrida, ni siquiera soy capaz de hacerlo
para complacer a mi marido, y las veces que lo hago, es más por agradar a los hombres que
por propia apetencia. Pero reconozco que ese día lo hice únicamente por mi misma. —¡Joder
Olivia! Menuda mamada me has hecho —Expresó agradecido, sacándome él mismo su polla de
la boca. —¿Te has corrido bien, cariño? —Le pregunté con el pene ya flácido, rozándome los
labios mientras una mezcla de espesos hilos de lefa y babas, escurrían hacia abajo, cayendo
directamente sobre mis voluminosas tetas. —¡Qué buena corrida he soltado…! Me hubiera
encantado follarte. Pero me ha dado morbo correrme en tu boca —declaró todavía con la
respiración agitada. —No te preocupes, cielo. Todavía tenemos tiempo si te recuperas, para
que me eches un buen polvo. Menuda forma de eyacular… ¿Te habrás quedado vacío? —
Pregunté, riéndome—. Ven, abrázame y acuéstate conmigo un rato —añadí abriendo por fin la
cama. Entonces el chico se acurrucó a mi lado, permaneciendo en silencio durante unos
minutos, hasta que poco a poco nos fuimos calmando. No dejé ni un solo segundo de besar sus
pectorales, manteniéndonos totalmente abrazados. —Eres maravillosa, Olivia —comenzó
diciendo—. La verdad es que nunca pensé que fueras tan cachonda. —Reconozco que siempre
he disfrutado del sexo alocadamente. Desde que era casi una cría sentía una necesidad
incesante por experimentar nuevas sensaciones que estimularan mi ardiente lívido. Durante
mi último año de instituto, comencé a buscar ese tipo de vivencias en hombres casados, era
como si los chicos de mi edad hubieran dejado de interesarme de repente. Y, sin embargo,
ahora pierdo así la cabeza por uno de dieciocho años… —Comenté sincerándome. Con la
complicidad que adquieres con un amante con el que acabas de compartir una buena sesión
de sexo. —¿Te tirabas a hombres casados cuando todavía ibas al instituto? —Tuve relaciones
con varios, con algunos de ellos de manera reiterada y regular —respondí, abrazada al chico.
—¿Te daban más placer que el padre de Carlos? —preguntó, dando ya por hecho mis
tempranas y continuas infidelidades hacia mi exmarido. —Cariño, el placer siempre va
directamente proporcional al grado de excitación que puedas llegar a alcanzar. El modo en el
que ellos me trataban, supongo que era el motivo por el que conseguían acrecentar mis
estímulos. La manera de hablarme, de follarme, de usarme para espolear sus filias conmigo,
me ponía mucho más caliente que echar un polvo de veinte minutos en el coche con mi novio.
Me utilizaban como a una zorrita con la que podían exteriorizar libremente sus más bajos
instintos. Además, el conseguir seducir a un hombre casado, en ocasiones amigos de mi padre
y a los que conocía desde siempre, creo que me hacía sentir más hembra. Es curioso, las cosas
que pueden llegar a sobreexcitarnos —confesé totalmente abierta en canal. Reconociéndole
algunas partes de mi vida, que hasta ese momento únicamente le había confesado a mi
marido. Estuvimos durante unos minutos compartiendo experiencias y secretos. En el fondo,
me gustaba quitarme la máscara delante del chico, estaba encantada que poco a poco me
fuera descubriendo, tal y como era yo realmente. Que alguien tan cercano a mí, pudiera
conocerme de verdad por dentro, era una auténtica liberación. —Te vas a reír —comenzó
diciendo Iván—. ¿A que no sabes en qué parte de tu cuerpo me he imaginado correrme
muchas veces? —Preguntó divertido. —Sorpréndeme —respondí arqueando las cejas. Era
consciente de la capacidad imaginativa de algunos hombres, para elegir una zona en la que
eyacular. Estaba convencida, que había visto y me habían propuesto ya tantas cosas, que nada
me podía extrañar ya. —¡En tus pies! —Comentó aguantándose la risa, algo avergonzado. —¿Y
qué tiene eso de gracioso? Tengo unos pies preciosos —bromeé siguiéndole el juego. —
Recuerdo a comienzos de verano un día que entraste a la habitación de Carlos. Tu hijo y yo
estábamos jugando como siempre a la consola. Venías de dar un paseo con tu marido. Parece
que te estoy viendo ahora: llevabas una de esas minifaldas tan cortas que sueles usar, una
camiseta ajustada en la que se te marcaban tus enormes tetas, y unas sandalias con tacón. Esa
fue la primera vez que me fije en tus pies —manifestó con media sonrisa en la boca, sintiendo
cierta vergüenza por confesarme una cosa así. —¿Qué tenían ese día mis pies para que
llamaran tanto tu atención? —Pregunté divertida. —La verdad es que no lo sé. Tenías los pies
muy cuidados, como siempre, con tus uñas pintadas de granate. El caso es que mientras tú
regañabas a Carlos para que recogiera la habitación, yo comencé ponerme muy cachondo.
Incluso tuve que ponerle una excusa a tu hijo, para ir al baño a cascarme una paja. —¿Te
masturbabas a menudo en mi casa? —interpelé curiosa. —Todos los fines de semana cae
alguna. La diferencia es que ya no pongo disculpas, ahora ya le reconozco directamente a
Carlos, que voy a hacerme una paja—reconoció. —¿De verdad? —Expresé riéndome. —
¿Piensas que soy el único que tiene necesidad de ir al baño a meneársela cuando entras así
vestida, a la habitación de tu hijo? Sin embargo, ese día, cuando me la cascaba, únicamente
tenía en mi mente tus pies. Ambos estallamos en una carcajada. Me encantaba imaginármelo
en el baño de mi propia casa, masturbándose por mi culpa. —¿No me robarías un tanga ese
día? —Pregunté bromeando. —¿Sabes? Resulta que eso de los pies no es una cosa tan
extraña. Después de sentir aquello, busqué por internet. Hay infinidad de videos de ese tipo.
—Lo sé, cielo. Sé que es algo bastante común —comenté intentando darle normalidad. Me
hubiera encantado en ese momento haberle podido explicar, que yo misma me había topado
con infinidad de hombres con sus mismos gustos, y que, en más de una ocasión, había
masturbado a un hombre con ellos. Sin embargo, prefería ir contándole poco a poco algunos
aspectos de mi vida En ese momento comenzamos a besarnos otra vez. Primero lo hicimos
lentamente, sintiendo cada roce de nuestros labios. Pero irremediablemente, ese beso se fue
intensificando de modo gradual, aumentando su fuerza hasta que Iván decidió abandonar mi
boca y comenzar a bajar por mi cuerpo. Besándome y lamiéndome por todo el cuello hasta
llegar a mis pechos, donde se detuvo jugando con la punta de su lengua sobre mis henchidos y
sensibles pezones. —¡Ah…! —Dejé escapar al percibir ese sensitivo y sensual roce. Él me miró
un segundo a los ojos, cuando escuchó salir de mi boca ese instintivo y tenue gemido. Sus
besos siguieron deslizándose hasta llegar a mi abdomen, su lengua comenzó a recorrer
sutilmente el perímetro de mi ombligo, donde depositó un húmedo y cálido beso.
Continuando con su inexorable descenso, hasta posarse suavemente sobre mi sexo, que
esperaba nuevamente esa boca de forma ansiosa. —¡Sí…! —Dejé escapar un gemido al sentir
la suavidad de sus labios besando mi coño. Pero para mi sorpresa no se detuvo precisamente
ahí, su boca siguió en su vertical descenso, como en cámara lenta. Muy despacio, haciéndome
sentir cada roce, cada contacto de sus labios. Entonces subió una de mis piernas hasta su
hombro. La miró fascinado. —Tienes unas piernas preciosas, Olivia. Siempre me he fijado en
ellas —habló por fin. —Gracias, cielo —respondí entrega y concentrada totalmente a sus
caricias. Sus besos llegaron hasta mi pie, chupando primero la punta de mi zapato. Pero
enseguida comenzó a quitármelo, dejándome descalza con suma delicadeza. A continuación,
ascendió de nuevo por mi muslo, sin dejar de acariciarlo. Cuando llegó arriba, agarró la blonda
de mi media y tiró de ella hacia abajo, hasta que logró quitármela, dejando mi pierna
completamente desnuda. Siguió lamiéndome con su lengua, deteniéndose un largo rato a
besarme el tobillo. Me empecé a poner de nuevo tremendamente cachonda, sobre todo
cuando comencé a notar como succionaba los dedos de mi pie, desapareciendo dentro de su
boca, lamiendo cada pliegue, chupándolos con deleite. —Me encantan, Olivia. Me gustan
mucho tus pies —me dijo mirándome tiernamente a los ojos. A continuación, me desnudó la
otra pierna, quitándome primero el zapato y después la media, llevándose el pie también a la
boca. —Chúpalos, cabrón. Bésamelos —expresé, altamente excitada. Entonces fue, cuando
con el pie que me había dejado libre comencé rozar su entrepierna, deslizándolo suavemente
por ella. Frotando, con la punta de mis dedos, desde sus testículos hasta su dura verga. —No
aguanto más —expresó al sentir mi caricia en sus partes—. Tengo que metértela. —¡Túmbate,
ahí! —le pedí— Voy a follarte. Entonces el chico se echó a mi lado. Agarré su polla con la
intención de chupársela para volver a ponérsela a punto. Sin embargo, observé que ya no
hacía falta. La verga del chico estaba ya completamente dura como un rato antes. No obstante,
no pude evitar comenzar a besársela y llevármela de nuevo a la boca. —¡Para, puta! No sigas,
si continúas chupándome así la polla, vas a hacer que me corra otra vez. El sabor de tus pies
me ha puesto muy cachondo —expresó apartándome de él de un manotazo. Yo sonreí, me
gustaba verlo así de excitado por mí. En ese instante me puse en cuclillas sobre él, agarré su
polla y comencé a pasármela por el coño. El roce de su acerada verga contra mi húmeda rajita,
me hizo sentir unas placenteras palpitaciones en lo más profundo de mi sexo. Seguidamente,
la coloqué frente a la entrada de mi vagina, dejándome caer sobre su dura estaca. —¡Ah…! —
No pude evitar gemir al sentir las paredes de mi coño dilatarse, según avanzaba por el interior
de mi ardiente sexo. —¡Me encanta! —¡Vamos! —Me animó— Quiero ver esa cara de guarra
que pones cuando estás cachonda —me indicó. Dándome en el punto exacto, donde él sabía
que más me gustaba. —Soy tuya, cariño. Me gustas, Iván. Me gustas mucho, cielo —respondí
casi gritando. —¿Qué dirían estos, si observaran como te pones de perra follando? —Soltó la
pregunta, como si hablara consigo mismo. —¿Te gustaría contarles lo que haces conmigo?
¿Qué les dirías? —Pregunté siguiéndole el morboso juego. Escucharlo hablar así, acrecentó mi
desmesurada lujuria. —Me encantaría contarle a tu hijo, como me follo a la golfa de su madre
—expresó de manera zafia. —¿Qué más le dirías, carbón? ¡Vamos! Sigue hablando —
manifesté peligrosamente cachonda, alejada de toda cordura y sensatez—¿Cómo se lo dirías a
mi hijo? ¡Vamos, cuéntamelo! —Expresé con dificultad. Con la voz totalmente rota y
entrecortada, acompañando mis palabras con incontenidos gemidos. —Le diría, lo cerda que
es su madre cuando come polla. Le explicaría como se te caen las babas, y como se mueven tus
grandes tetas, cuando follas —indicó mientras comenzaba a besármelas. Sus viles y
chabacanos comentarios produjeron un incendio en mi interior, estaba como loca. Mis
emociones comenzaron a desbocarse, sabía que sus palabras hacia mi hijo, no estaban bien.
Sin embargo, estaba deseando que siguiera hablando. Había descubierto un fuerte y nuevo
estímulo, totalmente desconocido para mí. Era cierto que de joven había mantenido infinidad
de relaciones con hombres maduros. Buscando, inconscientemente en ellos, la figura de mi
padre. Seguramente, llevada por un pertinaz complejo de Electra, que en aquellos momentos
no había sido capaz de comprender. Sin embargo, nunca había cortejado realmente las
relaciones incestuosas. Para mí, siempre había sido un tabú inimaginable y menos aún desde la
posición de madre. Por supuesto que no deseaba ni me planteaba mantener ningún tipo de
contacto sexual con mi hijo. Simplemente, cuando escuchaba a Iván hablándome de él,
incrementaba exponencialmente mi grado de excitación. Me calentaba la sola idea de
imaginarme que él supiera realmente lo puta que era su madre. —¡Ah…! —Exclamé sin poder
aguantarme, cabalgando sobre el chico desenfrenadamente. Sintiendo, como mis grandes
pechos botaban y bailaban libremente, en todas las direcciones, debido a mis desenfrenados
movimientos—. ¿Qué más? ¿Qué más le contarías? ¡Vamos, cacho cabrón…! Sigue hablando.
—Le hablaría de lo grande y caliente que tienes el chocho, de cómo succiono con mi boca, los
enormes labios de tu coño. Que incluso te meas como una guarra, cuando te corres. A tu hijo
se le pondría dura, si me escuchara hablar así. Sin duda estaría orgullo de tener una madre así
de puta ¿Te lo imaginas masturbándose, mirando atentamente como me follo a su madre? ¿Te
gustaría? —¡Sí! —Exclamé sin pensarlo. Iván se echó a reír como si se burlara de mí. Me tenía
increíblemente cogida el punto para saber que, durante esos momentos tan altos de
excitación, me gustaba sentirme humillada. Me parecía increíble que alguien tan joven como
él, además, con tan poca experiencia, supiera leer así de bien mis deseos ocultos. —¿Te
agradaría observar cómo se masturba? ¿Sentir como se corre encima de ti? Imagínatelo
eyaculando sobre tu culo. Me gustaría contarle que te tirabas a los amigos de su abuelo,
cuando eras la novia de su padre. Hacía mucho tiempo que no sentía un impulso sexual tan
desmesurado, aunque en el fondo, me daba pavor todo lo que estaba percibiendo. Sentía
tanto morbo al escuchar hablar de ese modo a Iván, que no podía evitar estar avergonzada
conmigo misma, a pesar de que en momentos estaba caliente como una perra en celo. —
¡Estoy muy puta, Iván! —exclamé haciendo referencia a que me encontraba tremendamente
cachonda, como queriéndole indicar que no quería que tuviera en cuenta mis obscenos
comentarios. —¿No te gustaría que tu hijo supiera que trato a su madre como a una zorra? —
Preguntó al mismo tiempo que me propinaba un par de tremendos azotes sobre mis nalgas. —
¡Ah…! ¡Soy muy perra, cariño! —Expresé al notar el fuerte impacto de su cachetada. —¡Cómo
te gusta que te peguen! —Exclamó, propinándome otro par de ellos— ¿Me dejarías darte por
el culo? —Me preguntó tremendamente interesado. —Claro, cariño. Pero hoy no. El próximo
fin de semana podrás darme todo lo que quieras. Estaré encantada de ofrecértelo. Te mereces
follártelo, cielo —indiqué cabalgando cada vez de forma más rápida sobre el chico. —¿No me
dejas que lo pruebe hoy un poco? —Preguntó intentándolo de nuevo. —Hoy no puedo, cariño.
Me duele, además tampoco tenemos tiempo —le expliqué, dulcemente. —¿Te duele? —
Preguntó extrañado—. ¡Vamos! Prometo ser bueno, solamente te meteré la puntita. —Enrique
se portó como un bruto —reconocí sin filtro, por estar tan excitada. —¿Te dio Enrique por el
culo? Pensaba que casi no te follaba. —Sí, el domingo dejé que me la metiera —afirmé— Pero
tu verga será la próxima. —¿De verdad? ¿Me lo prometes? Quiero oírtelo decir —me pidió
deseoso de poder escucharlo directamente. —Quiero que me des por el culo, Iván —expresé
juntando nuestras bocas y comenzando a besarnos de nuevo. Eso también te gustaría poder
contarlo ¿Verdad? —dije sin darme cuenta de que estaba regresando peligrosamente al mismo
juego. —Carlos, la golfa de tu madre, acaba de decirme que quiere que le dé por el culo —
manifestó, imitando hablar directamente con mi hijo. Ofreciéndome así, lo que yo buscaba
escuchar — Tu madre es una puta. En esos momentos noté una fuerte sacudida, percibiendo
así, la llegada de un incesante orgasmo que me hizo casi llorar y mearme a la vez del gusto. Fue
fulminante, mucho más intenso que los anteriores. Aunque por suerte algo más corto. Estaba
agotada y físicamente no hubiera podido aguantar una serie más larga. —¡Me corro! ¡Cómo
me gusta tu polla, cabrón! ¡Qué bien… que bien me corro contigo, mi amor! —¡Dios…! —
Exclamó—. Eres preciosa, cuando te estás corriendo. Cerré los ojos como no pudiendo
aguantar las enormes sacudidas que mi cuerpo estaba experimentando, quedándome quieta
sobre el muchacho, aguardando que llegara por fin la calma. Reconozco que ese día disfruté
del orgasmo, fantaseando por primera vez en mi vida, con que mi hijo estaba allí junto a la
cama. Observándolo y escuchándolo todo. —¡Joder! Estoy muerta, no puedo más… —Expresé
al tiempo que abría los ojos y comenzaba a moverme lentamente de nuevo sobre Iván,
recuperándome de la fuerte sensación del orgasmo que me había dejado fundida. —¿Estás
bien? —Me preguntó riéndose. —Estoy agotada ¿Cómo quieres correrte tú? —Me ofrecí
complaciente— ¿Prefieres que te la chupe? —Quiero correrme dentro de tu chocho. Ponte a
cuatro patas —me indicó. —Me tiemblan las piernas aún, no sé si podré sostenerme —
comenté con la respiración desbocada. Entonces me incorporé y me puse como una perrita
sobre el colchón. Iván se puso detrás de mí y comenzó a sobarme el culo, dándome de vez en
cuando una sonora cachetada, que yo recibía gustosa. —¡Toma, guarra! —¡Ah…! —Gemí,
mordiéndome los labios de forma golosa, cada vez que sentía el contacto de su mano,
chocando contra una de mis nalgas. —¿Te gusta que te dé fuerte? —Preguntaba conociendo
de sobra la respuesta. —¡Buf…! —Exclamé— Me encanta... Siempre me ha vuelto loca esto. —
¡Qué culazo tienes! La próxima vez te daré una buena follada en él. —Estoy deseando que lo
hagas, cariño. —No sabía que Enrique te la metía en el culo —comentó abriendo mis nalgas de
manera soez, dejando mi ano al descubierto. —Siempre me ha gustado mucho el sexo anal —
reconocí. —¿Te lo estrenó el padre de Carlos, o lo hizo Enrique? —Quiso saber —Ninguno de
los dos —negué riéndome—. Cuando conocí a Enrique yo ya tenía muchos kilómetros —
Expresé, repitiendo una frase que me solía decir y recordar mi esposo bastante a menudo. El
chico acompañó mi risa con otra carcajada más fuerte aún que la mía. —¡Qué zorra eres! —
exclamó, dándome otro violento azote. En ese momento noté uno de sus dedos comenzando a
presionar sobre mi esfínter anal. Me hubiera encantado dejarlo pasar, pero lo tenía dolorido y
no quería forzarlo más. Sabía que, si me metía el dedo, yo misma le terminaría pidiendo la
polla. —No, por favor. Hoy no. Te prometo que te lo entregaré la próxima vez —expresé
suplicando que dejara mi culo en paz —Además, no he traído lubricante. —¿Si no fue tu
marido, ni el padre de Carlos? ¿Quién fue? —Eso ocurrió hace mucho tiempo, cielo. Fue otro
hombre, ya casi ni me acuerdo… —¿Quién fue? —Preguntó, agarrándome violentamente por
el pelo, obligándome con ese gesto a recular hacia atrás. Pudiendo percibir su gruesa polla
rozándome la raja del culo. —El mejor amigo de mi papá —reconocí—. Yo era aún más joven
que tú, cuando me lo jodió la primera vez —me sinceré, entregada totalmente al muchacho. —
¿Follabas muy a menudo con el amigo de tu padre? —Interpeló, rascando así en mi pasado. —
Sí, de joven era un poco putilla —comenté riéndome—. Ya te he dicho antes, que me volvían
loca los hombres casados. ¿Pero sabes qué es lo que más me atraía de estar con ellos? —
Pregunté sonriendo al recordarlo. —Supongo que te follarían mejor que el padre de Carlos, ya
que tendrían más experiencia que él —respondió, sin soltarme del pelo, manteniéndome en
una constante y deliciosa tensión. —Me encantaba descubrir sus filias. Cuantas más veces
follaba con ellos, más confianza adquirían para expresarse de un modo más sucio y obsceno
conmigo. Sacando todos sus secretos, exteriorizando sus zafias fantasías. Me parecía increíble
como hombres tan respetados socialmente, casados y con hijos, con éxito en los negocios, se
comportaban de un modo tan oscuro y morboso conmigo. Me fascinaba hacer realidad todos
sus deseos. Yo conocía mejor a esos hombres, que sus beatas esposas con las que llevaban
compartiendo media vida. —¿Qué hacías con ellos? —Terminaría antes explicándote, que es lo
que no hacían conmigo —comenté riéndome—. El mundo de las filias y las parafilias, es tan
extenso, que nunca acabas por conocerlas todas. Después, se sentían avergonzados por
haberse mostrado de ese modo tan obsceno. Era justo, a partir de ese momento, cuando
comenzaba a sentirme tremendamente poderosa. Casi siempre, intentaban paliar esa zozobra
haciéndome caros regalos, que yo tenía que esconder cuando llegaba a mi casa, para que mi
madre no pudiera encontrarlos. Tenía los mejores bolsos, los más caros perfumes, zapatos de
marca… de todo lo que se te ocurra. Pero lo que más me divertía, eran los suculentos detalles
que me traían cada vez que regresaban de alguno de sus viajes. Yo era la envidia de mis amigas
cuando los fines de semana, observaban perplejas, como extremaba cosas que, para ellas,
estaba totalmente fuera de su alcance. —¿Cumplías sus fantasías a cambio de regalos? —No,
no era un cobro por dejarme follar. Para mí sus espléndidos regalos, únicamente eran una
especie de souvenirs fetichistas que me encantaba coleccionar. Cuanto más caro era el objeto,
con más interés lo añadía a la colección. —¿Nunca te los pillo tu madre? —Sí —afirmé
poniendo una mueca de angustia—. Dejémoslo ahí por hoy, cariño. Fóllame y córrete. —¿Me
lo contarás? Quiero saberlo todo de ti, Olivia —me indicó entusiasmado —¿Crees que soy
capaz de negarte algo? Sabes de sobra que me tienes loca, cabrón. Te prometo que otro día te
lo contaré, eso y todo lo que tú quieras saber, pero hoy no tenemos tiempo. Tenemos que
irnos —lo apremié para que se diera prisa. Entonces Iván acercó su verga a la entrada de mi
coño, introduciéndomela con suma facilidad. Mi sexo estaba tan dilatado aún, que no opuso
demasiada resistencia. Una vez que la tuvo alojada dentro, comenzó a moverse. Haciéndome
sentir toda su virilidad en cada estocada. —Me voy a correr dentro de tu caliente chocho —
manifestó. —Si cariño, lléname el conejito con tu leche —lo incentivé con voz morbosa,
intentando excitarlo para que se corriera cuanto antes. —¡Voy a preñarte, puta! —Exclamó
fuera de sí. —Córrete dentro, cariño. Quiero llegar preñada de ti a mi casa —respondí
intentando estimular sus más bajos instintos. Pues sabía que eso le excitaba. El chico ignoraba
que, lógicamente, yo tomaba la píldora anticonceptiva. —¿De verdad? ¿Quieres que te deje
embarazada? —Preguntaba incrédulo sin dejar de follarme. —Sí, cariño. Deseo sentirme llena
de tu esperma. Córrete dentro de tu puta, vamos —intenté llevarlo al límite— ¿No quieres
correrte en el chochito de la mamá de tu amigo? —¿Me dejarás seguir follándote cuando estés
gorda? —Preguntó fuera de sí, cada vez más excitado. —Me pongo tremendamente puta
cuando estoy preñada. Las hormonas se me disparan. —¿También le ponías los cuernos al
padre de Carlos, estando embarazada? —Sí, incluso estando en cinta de Carlos, llegaron a
hacer un trío conmigo —Le confesé fuera de mí. Arrepintiéndome de contarlo, nada más que
lo escuché salir de mi boca. —¡Me corro Olivia, me corro…! ¡Toma putita, toma toda mi leche!
—Me interrumpió gritando. Mientras Iván descargaba una de sus abundantes corridas dentro
de mí, yo permanecí quieta como una buena perrita, hasta que el chico sacó su polla. Después,
nos dejamos caer sobre la cama muertos de cansancio. Miré el reloj, eran las nueve y media, a
esa hora le había asegurado a Enrique que ya estaría en casa. Iba a comentarle que era hora ya
de irnos, pero justo en ese momento Iván se pegó a mí, rodeándome con sus brazos, buscó mi
boca y comenzó a besarme. Estuvimos así un buen rato. Los besos del chico me trasladaban
casi a la adolescencia. —No creo que seas una puta, Olivia —me indicó de forma tierna. —¿A
no? ¿Entonces qué hago aquí, follando en un hotel con el mejor amigo de mi hijo? —Pregunté
riéndome. —Olivia, tú para mí eres… No le dejé terminar, sabía que estaba poniéndose
peligrosamente romántico y quería evitar esos momentos a toda costa. Temía que el chico se
tomara nuestra relación por el lado sentimental. Sabía que, si perdía demasiado la cabeza por
mí, me vería obligada a tener que dejarlo. —Es hora de irnos, Enrique se estará preguntando
donde estoy —indiqué cambiando el tono. —¿Te sientes mal por él? —Preguntó algo
contrariado, al percibir ese cambio en mi modo de hablar. —Sí —mentí—. Mi marido no se
merece que le haga esto. Quizá deberíamos dejar de vernos, Iván. Me lo paso muy bien
contigo, pero amo a mi esposo. —¿De verdad quieres que lo dejemos? —Me gustaría hacerlo.
Aunque me temo que no será fácil desengancharme de ti —comenté al mismo tiempo que me
levantaba de la cama y comenzaba a recoger mi ropa, que estaba desperdigad por toda la
habitación. —Es tan excitante observar cómo te vistes, a contemplarte cuando te desnudas —
manifestó, permaneciendo tumbado en la cama. Yo lo miré, dándome cuenta de que su polla,
a pesar de estar flácida, no tardaría en volver a crecer. —Vístete, cielo. Si quieres te acerco a tu
casa. Tengo el coche en un parking justo aquí al lado. —Vale —comentó levantándose
animado— Así podemos seguir hablando, me encanta que confíes en mí y me cuentes cosas de
tu pasado. —¿No crees que ya te he contado bastante por hoy? Ya no tengo nada más que
contar, tampoco es que haya tenido una vida demasiado interesante. —Juraría que esta no es
la primera vez que engañas a Enrique —aseguró, ocultándome la mirada. —¿Has visto mis
bragas? —pregunté nerviosa por la hora, cambiando de tema. No me apetecía tener que
mentirle, a esas alturas de la relación. —¿Es cierto? —Interpeló. —Claro que es cierto. No sé
dónde las habré puesto —respondí saliéndome por la tangente. —¿Es verdad, que jodiste a
dos tíos estando preñada de Carlos? —Cariño, opino sinceramente que eso no es asunto tuyo.
Siento haber sido yo misma la que sacó el tema, pero cuando estoy cachonda, a veces me
cuesta mantener la boca cerrada. —¡Me encanta que seas tan golfa! —Exclamó entregándome
las braguitas—. Te lo volveré a preguntar cuando estés caliente y te guste mostrarme lo zorra
que eres. Cuando por fin salimos de la habitación me acerqué hasta la recepción a entregar la
llave. —Aquí tiene —manifesté devolviéndole la tarjeta—. Dejamos ya la habitación. —Espero
que su estancia en nuestro hotel, aunque breve, haya sido de su agrado —indicó sonriendo, al
tiempo que cogía la tarjeta. —¡Gracias! La verdad es que ha sido muy placentera. Mucho más
de lo esperado… —Comenté jocosa guiñándole un ojo a modo de complicidad—. Pasé usted
una buena noche —le deseé, al tiempo que salía de la recepción del hotel, agarrando la mano
del chico. Divirtiéndome enormemente con la situación. La despedida con Iván, justo frente a
su casa, se prolongó por espacio de más de media hora. El chico no quería dejar de besarme y
meterme mano, y yo tuve que tirar de toda mi fuerza de voluntad, para pedirle que se fuera.
Era como volver a ser casi una adolescente. Me recordaba a las interminables despedidas con
Alex, cuando siendo novios, venía acompañarme hasta casa de mis padres. Cuando por fin
cruce esa noche la puerta de casa, eran casi las once de la noche. Entré directamente a la
habitación de Carlos, que estaba estudiando sentado frente a su escritorio mientras escuchaba
música por los auriculares. —Hola, mamá. ¿Dónde has estado hasta estas horas? —Preguntó
un tanto extrañado. —En casa de Ana, una compañera de trabajo que se está separando y
necesitaba hablar —me inventé—. ¿Habéis cenado ya?
—Sí, pedimos un par de pizzas para los tres, ya hace mucho rato. —El próximo fin de semana
me iré con Ana de viaje. La pobre lo está pasando mal y necesita distraerse. Por lo tanto, no
estaré en casa —le expliqué a pesar de que ese fin de semana les tocaba pasarlo con su padre.
—Iván también se va fuera este fin de semana, me lo acaba de explicar por el móvil. Por lo
visto, ha conocido a una mujer mayor que él, a través de una aplicación, y va a conocerla. Ella
está casada y tiene hijos —manifestó Carlos haciéndose el interesante. —¿De verdad? —
Pregunté arqueando las cejas, mostrándome totalmente incrédula por lo que estaba
escuchando. —No entiendo como hay mujeres que puedan hacer ese tipo de cosas —expresé
divertida censurando el comportamiento de la imaginaria amante de Iván. —Según él, pese a
que ella está casada, son novios —escuché decir a mi hijo justo cuando me disponía a
abandonar de la habitación. —¡Vaya con Iván! Entonces se nos ha echado una amante… Ahora
resulta que el chico, es todo un Don Juan. No te acuestes tarde, cariño —manifesté
despidiéndome de Carlos. Reflexionando para mí, sobre como Iván se las había ingeniado para
contarle a mi hijo, de forma indirecta, la aventura que vivía conmigo. A continuación, entré al
dormitorio de Javi. Mi hijo pequeño estaba tumbado hablando por el móvil, como de
costumbre. Haciéndome una seña con la mano, como indicándome que en ese momento no
podía hablar conmigo. Pese a todo, ignoré su gesto y me acerqué hasta su cama. —Buenas
noches, hijo —me despedí dándole un beso en la frente. Antes de ir al salón donde me
esperaba Enrique viendo la televisión, me observé un instante en el espejo de la entrada. Mis
labios estaban totalmente hinchados de tantos besos que nos habíamos dado Iván y yo, a lo
largo de la tarde. Sin embargo, lo peor eran los chupetones encarnados que se reflejaban a lo
largo de mi cuello «Mañana intentaré taparlos con una buena capa de maquillaje», reflexioné,
mientras avanzaba por el pasillo, dirigiéndome hasta el salón, sintiéndome como una
verdadera zorra.