Autora: Angie Sammartino
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Corrección literaria: Verónica Gallardo
Ilustraciones de tapa: Victoria Morete
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Celina González Beltramone.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones Celina González Beltramone.
Sammartino, María de los Ángeles
El arte de negar / María de los Ángeles Sammartino
1a ed. - Córdoba: inkfluencer, 2018.
332 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-4496-01-0
1. Novela. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina — Printed in Argentina
© 2018. Sammartino, María de los Ángeles
© 2018. Inkfluencer Ediciones
Gracias
A Mariano, porque sin él esta novela no existiría.
A mis hermanos, que los amo aunque
a ellos les diga lo contrario.
A mis amigas, que me soportaron
llorando al innombrable.
A mis viejos, que no entienden
en qué momento pasó todo.
A Rebeca y a Desireé, por ser las primeras
en confiar en mi proyecto.
A los lectores, por hacer posible este libro.
PRÓLOGO
¿Quién es el innombrable? ¿Una sombra que nos persigue? ¿Un re-
cuerdo mal archivado? ¿Una historia que no fue? ¿Una mentira que te
creíste? ¿Un amor que no sobrevivió?
El innombrable es ESE que no podés nombrar porque duele. Duele ver
su foto, duele recordar sus besos, duele ese maldito “en línea” del whatsapp
que no podés parar de mirar hasta que lo bloqueás. Pero no te dura mucho
porque no podés vivir sin saber de él, aunque sea a través de ese aparato
telefónico que tantos milagros hizo en la madrugada y tanta angustia te
causó cuando permaneció silencioso por días, sin novedades de Él.
El innombrable es ese que aparece cuando menos lo esperás, porque
no entiende de lógica ni razón. Es ese que espontáneamente un sábado
al atardecer te manda un mensaje, y tu corazón se paraliza como si fuera
la primera vez.
El arte de negar • 7
TEMPORADA I
AÑO 2016
F EB RERO
Martes 2
Querido Diario: pasó lo que pensé que nunca iba a pasar, lo que tanto
temía: EL INNOMBRABLE cortó con la trola de la hermana de Paola y
no puedo estar más confundida. Bah, no está confirmado del todo pero
casi. Supuestamente, se lo contó Paola al hermano de Tati y ella se fijó en
sus redes sociales y hace como una semana que no postean cosas juntos.
¿Será verdad? No tengo forma de comprobarlo porque lo eliminé de las
mías. Ni siquiera puedo mirar en whatsapp, porque lo terminé bloquean-
do para no estar todo el tiempo pendiente de si está conectado o desco-
nectado. Sonará tonto, pero cuando leía “en línea” sentía que lo tenía más
cerca y lo extrañaba menos. Después me acordaba de la cantidad de veces
El arte de negar • 9
que lo tuve ahí nomás sin que pasara nada y me vuelvo a retar preguntán-
dome: “Ana, ¿Cuándo pensás superarlo?”.
¡Yo juro que lo intento! Pero el forro no deja de aparecer en mi cabeza
una y otra vez, sobre todo en esta época, ¿qué querés que haga?
Como si fuera poco se corre el rumor de que se viene para la costa uno
de estos findes. ¿El de carnaval tal vez? Me muero. Si viene para esa fecha
es obvio que viene a Gesell y yo estoy acá. ¿Y si me lo cruzo el sábado en
Pueblo límite? No, es una locura, va a haber demasiada gente, conside-
rando que es la posta del sábado. ¡Uy! ¡Qué recuerdos me trae ese boliche!
Ya fue, no salgo, si me lo llego a cruzar me arruino la noche. Bah, ¿me
la arruino? Si voy a Pueblo y de repente entre la gente aparece él y se me
acerca y bailamos como esa noche que nos conocimos, ¿es coincidencia
o destino? ¿Y si no estoy escuchando lo que la vida quiere que pase? ¿Y
si resulta que todo esto tenía que pasar para que volvamos a estar juntos?
La voz de mi conciencia me retó:
Basta, Ana, dejá de pensar. Dejá que la vida te sorprenda... pero por las
dudas el viernes andá a depilarte.
Miércoles 3
Querido Diario: ya me di cuenta de que lo superé. Lo sé porque hoy,
cuando las chicas se fueron por ahí con los tarjeteros giles del bar que es-
tán en la 5, salí a caminar por la playa y me puse a escuchar a Abel Pintos.
Y ¿sabés qué? Pensé mucho en N y me di cuenta de que estamos bien así.
O sea, soy joven y estoy de vacaciones, lo último que quiero es casarme
ahora con un pibe, pudiendo salir y estar con todos los que quiera.
Es verdad que no estoy teniendo el RElevante en los boliches, pero eso
es porque vine para estar con amigas y si nos estamos riendo y se me acer-
ca un flaco para sacarme a bailar le digo que todo bien, pero que estoy con
10 • angie sammartino
ellas. Y bueno, así no voy a estar con mil pibes. ¡Pero tampoco quiero, eh!
No soy una desesperada que necesita reemplazarlo ya. Además lo nuestro
fue hace mil años, lo tengo superadísimo a Nahuel.
¡Ay! CRISIS, ¿dije su nombre?
Pará Ana, tranquila, está bien. ¡Es un progreso! Es un signo de madurez,
quiere decir que ya estás lista para dejarlo ir, que no te importa. Bah, no sé,
bueno, ponele que sí.
Entonces, supongo que ya estoy lista también para agregarlo de nuevo
a whatsapp y confirmar de una vez por todas si sacó la foto de perfil que
tenía con la trola o no… solo para corroborar la fuente.
A ver, 15 6… menos mal que me sé el número de memoria porque
Tati no me lo pasa ni loca después de lo que le quemé la cabeza. Por
suerte esto no me afec… ¡SACÓ LA FOTO CON LA TROLA! ¡ESTÁ
SOLTERO! ¡ME MUERO!
Listo, Game over, fin del mundo. No lo superé nada, si el sábado lo
veo me le tiro encima y le ruego que volvamos.
Ana, calmate, ¿qué decís?
Sí. Ya fue. Si él puede ir y venir, mi dignidad también.
Jueves 4
Querido Diario: se acerca la fecha que hace dos veranos me pone
tan rara: el carnaval. La celebración en sí no me importa, pero para que
entiendas, en un feriado como este, N y yo nos besamos por primera vez.
Hay mil cosas que no sabés, en esa época no había descubierto que estaba
bueno ir escribiendo lo que te pasa para sacar la angustia y esas cosas.
El tema fue así: hace tres años en carnaval me fui a Villa Gesell con
Tati porque su familia siempre va allá todo el mes y me invitaron, bá-
sicamente, para no bancársela insistiendo con que sola se aburre. Allá
El arte de negar • 11
también estaba Julián, el hermano, pero en otro departamento con su
grupo de amigos recién egresados al cual pertenece N.
Yo los tenía de vista a todos, pero ese día los conocí mejor porque hi-
cieron una previa en el departamento en el que vivían (once pibes en un
departamento, no sabés el olor que había) y Tati le insistió mucho para
que nos dejara ir. No te voy a contar ahora de esa previa porque es otro
capítulo, pero ALGO pasó con N…
Recuerdo que hicimos un par de juegos con alcohol y, cuando llega-
mos a Pueblo, ya estábamos bastante desinhibidos. Mañana te cuento
cómo fue lo del boliche porque ya es tarde, lo único que te voy a decir
es que ese día me sentí como una princesa de cuento de hadas, cosa que
no me había pasado nunca. ¿La tenés a esa imagen en la que la princesa
y el príncipe bailan mirándose a los ojos, olvidando que todo el resto del
mundo existe? Bueno, así.
Evidentemente, el último tequila estuvo demás porque lo siguiente
que recuerdo es que me desperté en la cama con una cacerola al lado por
si quería vomitar. Cuando se me pasó la resaca me di cuenta de que seguía
siendo una princesa: tenía una amiga hada madrina, un príncipe en quien
pensar y, más tarde me enteré, había perdido un zapatito.
12 • angie sammartino
Viernes 5
Querido Diario: ¡no me vas a creer lo que pasó! Resulta que estábamos
en la playa y yo le estaba quemando la cabeza a Tati, consultándole qué
me convenía poner el sábado (si lo llego a ver quiero estar lo más diosa
que me vio en su vida) y, de repente, se nos acercaron unos pibes que
estaban con una guitarra (me morí de amor, no sé por qué garpa tanto
eso). Fue todo de novela, estaban los dos más buenos que churro relleno
y ¿sabés qué? ¡Son CORDOBESES! ¡Por dios! ¡Cómo garpa ese acento!
Me cayeron rebien. En realidad, primero los confundí con tarjeteros y
les metí terrible cara de orto, pero resultó que estaban buscando yerba
porque querían hacer mate y se les había acabado. Resumiendo, se que-
daron con nosotras, nos pusimos a charlar y nos cagamos de risa porque
a medida que pasaba el tiempo se nos empezó a pegar el acento y de
repente estábamos con Tati tentadas porque no podíamos parar de hablar
en cordobés.
—Checuliau, ¿querés un maaaate?
Hice la peor imitación del mundo de un cordobés, pero el de guitarra
se mató de risa y juro que me guiñó el ojo. Morí de amor. Confieso que
cuando vi que todo era tan perfecto pensé: “en cualquier momento viene
un grupo de rubias de Pinamar y nos roba a los pibes”, pero ¿podés creer
que siguió todo como si fuera de película?
Vimos juntos el atardecer, ¿ENTENDÉS? ¡VIMOS EL ATARDECER!
¿Hay situación más romántica que esa? Bueno, sí, hay… pero no quiero
pensar en eso ahora. La cosa es que nos pusimos a jugar a las cartas (¿no
somos muy tiernos?) y charlamos TANTO que se hizo tarde, empezó a
levantar ese viento que te hace comer arena a cada rato y nos fuimos.
Caminamos unas cuadras y antes de separarnos nos dijeron dos cosas:
que se llamaban Juan y Elías (el mío es Juan) y que nos invitaban mañana
El arte de negar • 13
—ESCUCHÁ— a una previa en el departamento donde están viviendo.
¿Mirá si mañana me lo chapo? ¿Mirá si por primera vez en la vida tengo
un amor de verano que no duela? ¿Mirá si de una vez por todas me olvido
del innombrable?
Lunes 8
Querido Diario: no tengo ganas de escribir, pero lo voy a hacer por-
que tengo mucho para contar. El viernes fuimos a la previa de los cordo-
beses y estuvo muy divertido. Después fuimos todos a Bocata y ahí pasó
lo predecible, me chapé a Juan. Lo digo así de canchera porque hay veces
que sabés cómo van a darse las cosas. ¿Viste esos días que te sentís linda,
confiada de vos misma y todo funciona en consecuencia? Bueno, así esta-
ba. Todo salió acorde a la expectativa: yo me agarré a Juan y Tati se quedó
con Elías. Juan es un cago de risa, me habló toda la noche, me invitó
tragos, se quedó conmigo y encima a la vuelta me acompañó a la casa de
Tati para que no volviera sola (sí, Tati volvió más tarde). Incluso la charla
se puso profunda, hasta me contó cosas personales. El único problema
que tengo es que creo que me encanta y, eso, me da mucho miedo. No
solo miedo: pánico, terror, angustia. En ningún momento pude relajarme
porque siempre que me quería entregar a disfrutar, una vocecita en mi
cabeza susurraba:
Mirá que Córdoba es lejos de Buenos Aires, eh... otro más que te va a
romper el corazón...
¡Qué jodido es que tu propia cabeza juegue para el equipo contrario,
eh! La realidad es que mi corazón ya tiene varios agujeritos y no sé si sirve
seguir emparchándolo. Ya sé que no cumplí ni dieciocho años, pero sien-
to que lo vengo gastando demasiado.
Te estarás preguntando qué pasó EL SÁBADO. Bueno, Juan me in-
vitó a salir y le dije que no podía porque teníamos otro plan. Era verdad,
14 • angie sammartino
Tati se las había ingeniado para que el hermano nos invitara otra vez a la
previa con sus amigos. Yo intuía que era una mala decisión, pero no me
importó. ¿La conclusión? Resulta que N no estaba y no apareció en toda
la noche. Lo que es peor, me dijeron que ni había venido a Gesell. Soy
una pelotuda, ¿no? Cambié a un chico real que me gusta y que se interesa
en mí, por un Don Juan que no existe más que en mis pensamientos.
¿Viste esos días que te sentís fea, estúpida y que sabés que todo va a salir
mal? Bueno, así estoy hoy. Mañana sigo escribiendo, ahora tengo cita con
un cuarto de helado y una película que me dé una excusa para llorar.
Martes 9
Querido Diario: ayer me mandé una MUY grosa. ¿Te acordás que
estaba deprimida, sola y aburrida? Bueno, ¿qué hace Ana cuando está así?
EXACTO: se manda cagadas.
En resumen: Tati se durmió temprano porque estaba medio insolada y
yo, que no podía pegar un ojo, arranqué la noche viendo “Diez cosas que
odio de ti”, una de esas pelis cursis que, públicamente me cuesta admitir,
que secretamente amo. Es un clásico, nunca falla si lo que querés es meter
el dedo en la herida y frenar un segundo antes de desangrarte y, sin sangre
ni oxígeno en el cerebro, permitirte hacer la cosa más estúpida que se te
ocurra en el momento.
Esto tiene que ver obviamente con N, efectivamente ayer le man-
dé el famoso “falso mensaje”. ¿Sabés cómo funciona? Es así: le mandás
un mensaje erróneo a la persona correcta con la intención de tener una
excusa para comenzar una conversación porque no tenés los ovarios sufi-
cientes como para escribirle directamente. Me da vergüenza admitir que
me llevó una hora de escribir y borrar, escribir y borrar… hasta que fi-
nalmente le mandé por whatsapp “al final me vuelvo a casa, ¿vos?”. No me
tomes de loca, es una estrategia que otras veces me ha funcionado. Por
El arte de negar • 15
lo general él me contesta “¿?” y yo le digo que me disculpe que le quise
hablar a otro Nahuel (de paso le doy celos) y me las ingenio para seguirle
la charla. Muchas veces él solito me la sigue y terminamos arreglando
cuándo vernos. La cosa es que ayer se lo mandé y no respondió por un
rato importante. En realidad fueron quince minutos, pero para mí cada
segundo fue un eterno “sos una pelotuda, arruinaste la racha sin tentarte”.
Sin embargo, en el momento preciso en que me respondió, supe que
habíamos vuelto. Ayer, como otras veces, él se encargó de comprar mi
excusa y me siguió la conversación hasta tarde. Eso es lo que me confunde
tanto. A veces quisiera que no me respondiera, que me dijera que no le
gusto, que me echara de su vida para siempre. Creo que lo amo tanto que
lo odio. Como en el poema de la película: “but mostly I hate the way I
don’t hate you, not even close, not even a little bit, not even at all.”1
Miércoles 10
Querido Diario: lo que pasó el lunes amerita que lo cuente con lujo de
detalles, aunque me dé fiaca escribir en verano. No sé bien por qué, pero
después de terminar las clases en diciembre se me resetea la mano, a veces
hasta me olvido cómo son algunas letras en cursiva y esas cosas… ¿Por
qué estoy hablando del colegio? Soy tan manija que ni terminé las vaca-
ciones y ya estoy pensando en eso. Igual este año va a ser lo más. Cuarto
año fue heavy y zafé de casualidad, pero quinto ya es otra cosa. Fin de año
fue estresante, le metí como loca a resumir resúmenes de resúmenes de
otros para zafar las materias que me llevé y poder tener estas vacaciones.
Por suerte este año viene Bariloche y no pienso hacer nada en todo el
año. De hecho pretendo dedicar cada segundo de mi vida escolar a hacer
carteles que decoren el aula con la mejor cuenta regresiva de la historia de
los carteles de egresados. Este año sí que va a estar bueno, espero poder
1 “Pero sobre todo odio la forma en que no te odio, ni siquiera cerca, ni siquiera un
poco, ni siquiera en absoluto”.
16 • angie sammartino
disfrutarlo y no vivir amargada por este pelotudo. En fin, ¿te acordás de
que el lunes le mandé el falso-mensaje y me respondió? Bueno, no solo
eso, sino que me siguió la conversación hasta la madrugada:
—Pensé que venías a Gesell este fin de semana, los vi a tus amigos el
sábado…
Ya fue, lo dije.
—Sí, me contaron.
¡Ay! ¡Le hablaron de mí!
—¿Qué onda no tenías ganas de playa?
Qué pregunta estúpida, Ana.
—Sí, pero los de la facu están en Pinamar y me vine primero acá.
Mañana voy para Gesell, ¿cómo viene la movida allá?
Me muero, viene para acá.
—Bien, pura joda como siempre. El clima medio malo, llovió un
poco.
¿Le estás hablando del clima?
—Buena onda…
Clavale el visto, clavale el visto, clavale el vis…
—¿Y ya saben qué hacen mañana a la noche?
—Ni idea, pero si tenés algo para proponer soy todo oídos.
—Se me ocurren un par de bares copados no tan populares, más lejos
y tranquilos… los conocí caminando.
Mentira, los nombró Juan.
—Bueno mañana arreglamos, estoy con el auto, pero tengo que ver si
los chicos no necesitan que los lleve a algún lado.
—Cierto, los chicos...
—Dios nos cría y el carnaval nos amontona... ¿no? —me dijo y me
transportó instantáneamente en el tiempo a dos años atrás.
El arte de negar • 17
AÑO 2014
M ARZ O
Sábado 1
—Basta, Nahuel, cortá el teléfono. Me vine hasta Gualeguaychú para
alejarme y... ¡no puedo creer que estés acá!
—Pero si te estoy llamando es porque me muero por verte...
—Nahuel, estás borracho…
—No es eso, te lo pido… salí del camping, no me dejan entrar.
—Andate con los tarados de tus amigos y no me rompas las pelotas.
No voy a salir.
Pero salí. Y fue la noche más extraña de mi vida. Lo encontré con un
vaso XL de cerveza en la mano jurándome que no estaba borracho. Me
pidió que caminemos y lo seguí con la intención de acompañarlo a la
casa que alquilaba, porque tengo un problema que me hace sobreproteger
pelotudos. Pero me llevó para otro lado y parecía saber dónde iba. De
repente, habíamos pasado el camping Solar del Este y estábamos enfrente
de unos matorrales.
Me llega a querer chapar acá y lo asesino así, ebrio y todo.
Sin embargo, empujó los matorrales y nada me hubiera preparado
para lo que vi. Un muelle hermosísimo, súper prolijo y decorado con
luces, que pertenecía a un restaurant. Me agarró de la mano fuerte, me
derritió con una mirada fugaz y fuimos a sentarnos con los pies colgando
mientras el agua debajo reflejaba la luna llena. Ah bue, me puse poeta. Es
que, posta, nunca más viví un momento tan genuinamente romántico,
18 • angie sammartino
éramos nosotros y NADIE más. Me permití pensar que podía estar co-
menzando algo verdadero, algo real, algo juntos. Lo miré a los ojos y no
podía parar de pensar “¿por qué borracho es más tierno? ¿Será que cuan-
do tiene la guardia baja saca su verdadero yo?” Me miró. No dijo nada. Se
acercó muy de a poco sin dejar de mirarme. Y por un instante sentí algo
que nunca había sentido con él…
Paz.
Lunes 15
Querido Diario: sé que no terminé de contar lo de la semana pasa-
da, pero necesito hablar de lo que pasó este finde. Ni siquiera le conté
a Tati, imaginate. ¿Por dónde empezar? Bueno, al final a N no lo vi.
Después de LA CONVERSACIÓN que tuvimos le robaron el celular
(universo te odio) y no pasó nada grave, pero sufrí mucho la ausencia de
mensajes hasta que me enteré de lo sucedido. Debo aclarar el DETALLE
NO MENOR de que me habló desde el teléfono de un amigo (¡se sigue
sabiendo mi número de memoria!) para avisarme que no íbamos a poder
vernos porque los amigos querían salir con él en su auto y bla bla…
Con Juan nos estuvimos hablando y yo lo venía esquivando, pero el
viernes estaba con bronca porque N no aparecía y le dije que sí a su pro-
puesta de salir. Me llevó a un bar hermoso, medio alejado (tiene auto, Tati
ya lo ama) y después fuimos a caminar por la playa tomando helado. Pero
(¿por qué todo tiene un PERO?) este pibe me genera una contradicción
enorme. Me gusta lo que dice, su forma de ser, su acento, cómo me trata,
su humor, su ternura, su piel y, sobre todo, sus abdominales que parecen
tallados a mano. Hay una sola cosa que no me gusta, pero es demasia-
do clave: cómo chapa. Las primeras veces me hice la boluda, pero ya es
algo que me desespera. Parece una estupidez, pero juro que cuando nos
estamos besando no me puedo concentrar, siento que no nos ponemos
El arte de negar • 19
de acuerdo con la coreografía del beso, como que no terminamos de en-
castrar el uno con el otro. ¿Está mal que eso me la baje? Es loco, ¿no? Una
persona puede tener todas las características de la lista de “pareja perfecta”
y aun así no serlo. Algunos le llaman química, otros piel e incluso magia.
Lo cierto es que ESO, como sea que se llame, no está entre nosotros. Me
di cuenta mientras la perfección de Juan me abrazaba y yo no podía parar
de pensar en lo cerca y lo lejos que estaba N al mismo tiempo. Y lo bien
que chapa. Enseguida reconfirmé que superarlo me iba a costar más de lo
que pensaba. De hecho, cuando quise ser honesta con Juan y soltarlo me
invadió TAL miedo a la soledad que aprendí algo: no existe tal cosa, ni
siquiera el alcohol, que te haga hacer cosas más estúpidas que el miedo.
Y lo que pasó más tarde en el auto lo comprueba.
Martes 16
Querido Diario: la cosa es que en un momento estaba realmente incó-
moda estando con él y pensando en otro. Eso, sumado a lo mal que besa-
ba, me hizo recurrir a la excusa universal por excelencia para salir de citas
incómodas “me está dando frío, ¿vamos volviendo?”, pero, ¿sabés qué?
20 • angie sammartino
¡ME DIO SU BUZO! Es un tierno, me odio por no quererlo. ¿Entendés
lo ilógico de todo esto? A veces es así: lo demasiado bueno, lo demasiado
lindo, lo demasiado tierno nos da REPULSIÓN. No es joda, llegó un
momento en el que me dijo algo así como “somos la luna, el mar vos,
yo, no puedo pedir más, bla bla” y, en mi cabeza, apareció uno de esos
monitos que toca los platillos. ¿Por qué no me conmovió en absoluto?
Cada palabra linda que me decía era un gramo más de bronca que yo
acumulaba y tenía unas ganas de mandarlo a cagar que no te explico.
¿Por qué soy así? ¿Qué le pasa a este pibe que quiere estar con una loca
como yo que no lo valora? En un momento empecé a exagerar el frío en
las piernas rogando que no se le ocurra sacarse el jean y dármelo. Ahí sí
logré que nos levantáramos y emprendiéramos el regreso. Pero, al pare-
cer, canté victoria antes de lo debido porque ni bien se sentó en el auto,
prendió la música y se giró para mirarme intensamente: no parecía tener
intenciones de arrancar el auto. Intenté decir frases como “uf, que can-
sancio” o “mañana Tati quiere madrugar para tomar sol temprano”, pero
o no es buen traductor de indirectas o esas frases en cordobés significan
que quiero que me babosee la cara un rato más. La cosa es que, a mi pesar,
nos empezamos a besar de nuevo y una cosa llevó a la otra, beso va, beso
viene, mano va, mano viene… ¿Viste cuando de repente se descontrola
todo y no sabés cómo llegaste a eso? Bueno, así.
Entonces, cuando estaba con su mano prácticamente desabrochándo-
me el corpiño, pasó lo que tenía que pasar: me largué a llorar como una
nena.
—¡Ey! ¿Estás bien? ¿Me zarpé? ¡Perdón! Pensé que...
—No, soy yo que…
—¿Querés contarme? Podés confiar en mí...
Sigue siendo tierno el muy forro.
—Es que yo nunca… estuve con nadie.
Y así, por segunda vez en la noche, esquivé una situación incómoda.
El arte de negar • 21
Miércoles 17
Querido Diario: la realidad es que sí ESTUVE con alguien y fue mu-
cho antes de conocer a Juan. Si digo “estuve” se entiende, ¿no? Es raro,
todavía no me sale escribir ESA palabra. Con mis amigas pasa lo mismo,
las conversaciones de este estilo en el grupo de whatsapp son algo así:
1° Alguna planta la semilla de la intriga:
—Chicas tengo una BOMBA.
—Contáá.
—Contááá.
—Contáááá.
2° Se revela la noticia:
—Estuve con Nahuel.
—¿Whoot?
—¡¿Posta?!
—¡¡Esssaaa!!
3° Se reconfirma la noticia con la fuente:
—Pará... ¿Estuviste ESTUVISTE?
—Sí, estuvimos ESTUVIMOS.
“Estuve-estuve” significa mucho más que compartir tiempo y espacio
con alguien. Esa palabra, según la Real Academia Femenina significa que
tuviste relaciones íntimas con alguien y que urge convocar a una sesión
22 • angie sammartino
extraordinaria de mates, facturas y amigas. Creo que es el único tipo de
noticia que amerita que nos juntemos un domingo porque no podemos
esperar al lunes para hablarlo en el colegio. Son charlas largas, para de-
batir, googlear y contar en detalle. Me imagino a un hombre leyendo
esto y entrando en pánico, todavía no entendieron que entre chicas nos
contamos TODO (o se hacen los boludos, se ve que a ellos también se les
da bien esto del arte de negar). Volviendo al tema, debo confesar que mi
primera vez no fue tan placentera como esperaba, pero sí tuvo su magia.
Siento el orgullo de poder decir que fue cuando y con quien quise. No es
poco, considerando que conocí varias historias que involucran la suma de
alcohol + un pelotudo = trauma.
Ahora que lo pienso fue hace ya un año prácticamente, en las vaca-
ciones del 2015, unos meses antes de que nos distanciáramos (y que se
pusiera a salir con la trola).
Sí, N fue el primer chico con el que “estuve-estuve”, y el último...
hasta el sábado pasado.
Jueves 18
Querido Diario: esto va a quedar entre nosotros porque me avergüen-
za demasiado. Resulta que el sábado fuimos a la fija de los sábados, Pueblo
límite, y era de esos días en los que no había ninguna motivación par-
ticular, es más, decidimos salir solo porque nos dimos cuenta de que en
pocos días nos íbamos y había que aprovechar al máximo. Sinceramente,
no esperaba nada de esa noche y viste cómo funciona el universo, ¿no?
Cuantas menos expectativas le ponés a algo, más sorpresas te llevás.
Debo admitir que, una parte de lo que sucedió, es responsabilidad del
destino que cuando se aburre juega conmigo. Y la otra parte es mía por
cometer tres graves errores que cambiaron el curso de la noche.
ERROR N° 1: nos encontramos en el boliche al tarjetero que siempre
El arte de negar • 23
que nos veía en la playa se nos acercaba, nos reconoció y nos dio barra
libre. Me cayó bastante bien y llegué a preguntarme si yo creía que era un
nabo solo por prejuiciosa.
ERROR N° 2: me crucé a N —casi me muero— y pensé que lo mejor
sería no acercarme a buscarlo, sino dejar que él viniera a mí. Para condi-
mentar la situación empecé a chamuyarme al tarjetero para darle celos.
ERROR N° 3: como N NI SE DIO POR ENTERADO DE QUE
YO ESTABA MONTANDO ESA ESCENA, me enojé mucho y empecé
a comerme al tarjetero por bronca.
¿Viste que dicen que del error se aprende? A raíz de los errores enu-
merados aprendí una lección muy importante: el despecho, la baja auto-
estima y el alcohol no deben combinarse porque dan como resultado un
cuarto error que se consumó, horas más tarde, en la casa del tarjetero.
Ah, por cierto, está confirmado: no era un prejuicio, es un nabo.
No quiero escribir más, me odio.
24 • angie sammartino
El arte de negar • 25
Lunes 22
Querido Diario: no sé qué hacer, estoy desesperada y no tengo con
quién hablar. Me doy vergüenza, me doy asco. Pensé que ESTAR con
otra persona me iba a servir para sacarme el tatuaje que N me dejó en el
cuerpo, pero no resultó como esperaba. Al parecer un amor así no solo
te penetra la piel, sino que cala más profundo hasta llegar al corazón y te
tatúa una palabra inamovible: su nombre. Y desde ese día ya no te perte-
necés, no sos más tuya, no sos dueña de tus latidos ni de tu vida. Es como
cuando agarrás tu libro favorito y se lo prestás a una persona especial
diciéndole: “te lo doy, pero por favor cuidalo”. El libro raramente vuelve
y, si lo hace, es con las hojas salidas y el lomo despegado.
Con el corazón pareciera que pasa lo mismo. Se lo das a una persona
especial, le pedís que lo cuide, que lo trate con amor y que le dé seguri-
dad, pero no siempre sale bien y, en esos casos, es como haber firmado
tu propia sentencia de muerte. Y ahí te ves, un tiempo más tarde, des-
angrando mientras él lo aprieta fuerte en su puño, echándole esa mirada
intensa que solo significa “no te lo pienso cuidar, pero tampoco te lo voy a
devolver”. Y esto lo digo porque N el sábado no estaba solo en el boliche.
Mientras yo hablaba con el tarjetero para hacerme la interesante me puse
a mirar hacia cualquier lado menos hacia donde ÉL estuviera y, haciendo
ese paneo, la vi. Cerca de la barra, arriba de un parlante se destacaba una
pollera de trola con lentejuelas de trola y un escote de trola que la muy fo-
rra sabe llevar. No era una ilusión óptica, yo huelo el perfume de traidora
a kilómetros de distancia: era ella. Efectivamente ese sábado, en Pueblo
límite de Villa Gesell estaba la hermana de Paola: la supuesta exnovia de
N y... mi examiga.
¿Ya te dije que mi cabeza es auto destructiva, no? Mi hermoso cerebro
procesó esas imágenes y decidió que la forma más inteligente de olvidarse
26 • angie sammartino
del problema era generando uno más grande que lo tapara. ¿Te imaginás
cuál? Sí, estuve con el tarjetero y, pequeño detalle, no nos cuidamos.
Estoy en pánico.
Martes 23
Querido Diario: El tarjetero se llama Esteban y tiene veinte años, casi
tres más que yo. Tiene esa onda de “chico malo en decadencia”, que es
como le llamo a esos que en la secundaria fueron bad-boys, pero crecieron
y la sociedad les dijo que en el mundo real no son ningunos capos. Tengo
la teoría de que los que no se bancan dejar de ser centro de atención,
terminan siendo tarjeteros de boliches o vendedores de viajes de egresa-
dos porque saben que ahí captan la atención de boludas como yo y mis
amigas que nos ENCANTA que vengan pibes más grandes a buscarnos, a
insistirnos y a hablarnos para convencernos de lo que sea. No nos culpo,
las mujeres tendemos a mirar a los más grandes porque sufrimos del sín-
drome de “yo maduré, pero los varones de mi edad NO”. Encima, con el
paso del tiempo la distancia, lejos de acortarse, parece agrandarse: mien-
tras pasábamos al secundario nosotras hablábamos de chicos, los varones
jugaban a las escondidas; en las fiestas de quince nosotras evaluábamos
con quién íbamos a bailar los lentos, ellos hacían experimentos con los
centros de mesa. El año pasado nosotras estábamos investigando con qué
empresa nos convenía viajar a Bariloche, ellos se dedicaban a cortar los
folletos para meter papelitos en la mochila del primero que se distrajera.
En cambio, los mayores nos invitan a tomar algo, a veces tienen plata
propia (¡no tienen que pedirle a la mamá!) y es posible que tengan auto,
pero, sobre todo, son más lanzados para encarar: no es que una tiene que
acercarse y mirarlo fijo intentando que por telepatía interprete que ES LA
SEÑA PARA QUE ME CHAPES. Me fui de tema, ¿no? Obviamente, la
cagada que me mandé con el tarjetero está bajo control, sino no estaría
El arte de negar • 27
tan relajada. Mañana te cuento cómo lo resolví, por ahora te adelanto
que tuve que rebajarme y pedirle ayuda a mi medio hermana. Y no es
poco decir.
Miércoles 24
Querido Diario: no me quedó otra que llamar a Eli.
—Ana, ¿me llamaste? ¿Qué pasó que es domingo al mediodía y no
estás durmiendo?
—Nada, ya fue.
—Ana, no atendí porque no vi el celu, estábamos almorzando en lo
de mis suegr…
—Sí, ya sé no me digas.
—¿Vas a seguir enojada mucho más?
—Hasta que te separes.
—¿Por qué me llamaste?
—Te dije que ya fue, andá que te vas a perder el postre.
—Estoy a dieta, no me jode. ¿Qué pasó?
—¡NO PASÓ NADA!
Y me largué a llorar. Le conté todo a mi medio hermana, a quien casi
no le dirigía la palabra desde septiembre, cuando se casó.
Tendría que aclararte esa historia: en realidad con Eli siempre me llevé
bien. Ella no tiene el mismo papá que yo, pero nos criamos prácticamente
juntas. Está buenísimo tener una hermana mayor porque aprendés todo
antes. Ella tenía amigas y cuando las traía a casa me dejaba sumarme a
sus fiestas, a sus reuniones, incluso a sus salidas. Eli tiene veintisiete años
y siempre nos entendimos bien hasta que… siempre hay un “hasta que”
que caga todo, ¿viste? Mi hermana vivió hace unos años, algo terrible y
28 • angie sammartino
estuvo muy deprimida. Su forma de resolver los problemas fue refugiarse
en un idiota con guita. Se enganchó a un rugbier de treinta años que bus-
caba una esposa que le regara las plantas mientras él saliera de joda. Poco
tiempo después de conocerse, se casaron y desde ahí no le hablé dema-
siado porque me enoja que haya reemplazado tan rápido a mi excuñado.
Siento que ya no es la de antes (sí, ya sé, somos la versión argentina de
Frozen, ¡encima me llamo Ana!) En fin, hay cosas que son simplemente
impredecibles, que se dan y punto. Como con N, ¿quién iba a pensar que
ese pibe me iba a volver tan loca? Ni siquiera sé qué le vi. ¿Estará maldita
mi familia? No lo descarto, ¡mirá lo que le pasó a Eli! Después de todo,
hay que tener mucha mala suerte para perder al amor de tu vida en un
viaje que no tenías planeado hacer.
Jueves 25
Querido Diario: Eli me dijo que tome la pastilla del día después y me
siento más tranquila, aunque ir a comprarla fue horrible: mientras iba
caminando por la calle no paraba de ver embarazadas y bebés por todos
lados. Pero ya pasó. Lo difícil ahora es borrar las imágenes de la cabeza.
Por lo general, cuando tomo tanto alcohol se me hace un blackout y mis
recuerdos saltan directamente del último trago a la mañana siguiente.
Mi cerebro me odia: es como si dijera “este archivo te va a avergonzar a
futuro así que dejémoslo por acá a mano para recordártelo y torturarte”.
Igual sé que debería recordar todo para aprender la lección y no repetirlo
más, porque fue de esas cosas que uno hace estúpidamente a conciencia.
Todavía no puedo creer que me fui con ese pelotudo atómico para sentir
que era lo mismo estar con N que con otro. Resulta que no. Me di cuenta
que estar ESTAR con N no tuvo nada que ver con el acto en sí, sino con
lo que él significaba para mí. Estar desnuda es una metáfora perfecta de
la entrega total a otra persona, es decirle “mirá, esta soy yo sin disfraces,
El arte de negar • 29
sin tacos y con el maquillaje corrido… estos son los hoyuelos que se me
hacen cuando me río y este es el cuerpo con el que lucho todos los días
frente al espejo”. Es el primer beso del día siguiente con sabor a cerveza
de ayer solo por el hecho de no aguantar las ganas de ser cariñoso. No
estoy segura de que haya sido TAN así con N, pero mi cabeza lo recuerda
de esa forma. ¿No te dije ya que mi cerebro es un hijo de puta? Cada vez
que se sube un archivo que dice “esto tiene algo remotamente que ver
con ÉL” se prenden las alarmas, se abre el Instagram cerebral que pone
filtros vistosos, se abre un editor de video que le pone música romántica
de fondo y se guarda en ese cofre donde van a parar muy pocas cosas. Ese
lugar de la memoria donde está la cara de tu sobrinito recién nacido, el
perfume que usó tu papá la última vez que lo viste, el olor a salsa casera
de la abuela y tu primer día de clases en el colegio nuevo. Es un lugar
muy particular porque no guarda cosas de extremo valor, pero sí cosas
IMPOSIBLES de olvidar.
Lunes 29
Querido Diario: falta exactamente una semana para que volvamos al
colegio y no sé qué sentir. Estoy con sentimientos encontrados: me da
miedo terminar el cole porque no me imagino la vida sin ver a mis com-
pañeros todos los días, tengo pánico de que nos alejemos y no nos veamos
más. Por otro lado me entusiasma pensar que al otro lado del muro de la
secundaria está la libertad, la independencia y las aventuras propias. Igual
no sé qué carrera elegir ni qué carajo quiero hacer de mi vida, así que
espero que este año pase lento. Ya tendré tiempo para eso, ahora viene
el momento de disfrutar cada hora de clase, minuto de recreo y fin de
semana. Tenemos que pensar el buzo de egresados, elegir boliche para la
fiesta… ¡el disfraz! Ya te digo que eso va a traer bardo, sobre todo porque
el grupo no está en su mejor momento, el año pasado fuimos los más
30 • angie sammartino
conflictivos del colegio para que te des una idea. El curso está dividido en
dos como todo curso: los que se destacan por algo y los que no. Por suerte
me ubiqué en el grupo correcto. Sé que suena medio nazi decirlo así, pero
lo aprendí a los tropiezos: cuando entrás en un curso nuevo tenés que
tener cuidado con cada paso que das y cada cosa que decís porque estás
siendo evaluado. Si caés bien en el grupo correcto, tu vida escolar va a ser
una fiesta. En cambio, si sos catalogada bajo el rótulo de “boludeable”,
“chivo expiatorio” o “gil”, CAGASTE. En nuestro curso si bien estaban
todos los personajes clichés a lo Glee, solíamos llevarnos bien... hasta que
en septiembre del año pasado pasó algo que puso al grupo patas para arri-
ba. Resulta que dos chicas se pelearon a muerte y hubo que elegir bandos.
Fue una pelea heavy porque eran amigas y la traición de una hundió a la
otra y a varios más. Mañana te cuento bien esta historia que me la sé de
memoria, después de todo, soy una de las protagonistas.
El arte de negar • 31
M ARZ O
Martes 1
Querido Diario: lo que te contaba ayer pasó en septiembre del año
pasado.
2015
Septiembre
—Paola, ¿es verdad lo que se rumorea? ¿Tu hermana se comió a
Nahuel?
—¿Eh? No sé, no escuché nada.
—¿Estás segura?
—Sí, Ana. Deben ser chismes baratos.
—Me llegó una foto.
Paola no dijo nada.
—¿Y sabés qué? Es de una fiesta donde vos estabas.
—Ana, no sé de qué…
—Dejá de mentirme en la cara, yo sé que vos sabés. Sos una falsa,
ustedes son mis amigas, ¿cómo pudieron hacerme esto?
—Ana, es mi hermana, ¿que querías?, ¿que la buchonée? Se la mandó,
pero ya pasó. Tampoco es que estás en algo serio con él.
—AH, BUENO, entonces no solo la cubriste y me mentiste, sino que
¡¿NO TE PARECE que estuvo mal?!
32 • angie sammartino
—Arreglen las cosas entre ustedes y no me metan más a mí.
—Yo sé que pasó en esa fiesta.
—¿De qué hablas?
—Sé que lo cagaste. A tu novio, de nuevo.
—Callate, Ana —bajó la voz—, no entendés. Lo de Rafa es otro tema,
no te metas en el medio si no sabés cómo son las cosas. Y bajá la voz que
estamos en el colegio no en cualquier lado.
—Vamos a ver qué opina él.
—No podés ser tan forra.
—Probame.
—No tenés pruebas.
—Después no me digas que no te lo advertí.
Unos días después...
—Ana, te lo pido por favor, sacá YA esa cadena de mail...
—No sé de qué hablas…
—Ya sé que fuiste vos la que filtró todas esas conversaciones y fotos de
whatsapp, no sé cómo carajo hiciste, pero bajalo ya.
—Ni idea, eh. A ver, dejame chequear mails.
—Ana, ¡no te hagas la pelotuda y sacá eso ya mismo! ¿No ves que le
hacés mal a mucha gente que no tiene nada que ver?
Y tenía razón. En las conversaciones que “se filtraron” cayeron en la
volteada compañeros nuestros, profesores, padres e incluso yo. Se venti-
laron infidelidades, ventas ilegales de trabajos prácticos y miles de care-
teadas más.
Pero esas son historias aparte, mi plan de venganza podría haber fun-
cionado a la perfección si no hubiera sido por un detalle: resulta que la
El arte de negar • 33
trola también tenía novio y, cuando se enteró de que lo cagó, la dejó.
Prácticamente no hice más que generar las condiciones necesarias para
que N y la trola tuvieran vía libre para empezar a salir.
No te preocupes, ya aprendí que hacer maldades no es gratis. Sin em-
bargo, en ese momento, prefería ser la mala de la película antes que la
pelotuda.
Miércoles 2
Querido Diario: hay cosas que tenés que saber para entender lo que te
conté ayer. Cuando me cambié de colegio estaba en una época muy com-
plicada de mi vida, pero por suerte apenas arrancó el año me hice muy
amiga de Paola y de Tati. Nos volvimos inseparables: nos sentábamos
juntas, salíamos juntas y hacíamos los trabajos prácticos juntas.
La sede de las juntadas siempre era la casa de Paola, que tiene una
hermana un poco más grande con la cual pegamos mucha onda y se ter-
minó convirtiendo en una más del grupo. De hecho, como ella era de la
misma camada de N, siempre era la portadora de chismes y novedades,
fue una integrante valiosísima del grupo cuando comenzó toda la histo-
ria. ¿Ya adivinaste quién es, no? EXACTO, es “la trola”. No te confundas,
el nombre ese no tiene nada que ver con que sea puta o no, simplemente
en el diccionario español-femenino, se dice así. (TROLA: Dic. del perso-
naje femenino que es ex o actual de tu amor platónico del momento que
vendría a ser el Innombrable). Por eso, te imaginarás lo que fue para mí
enterarme de que se comió a N una piba que sabía todo lo que yo sufrí y
sufro por él. Fue una vil TRAICIÓN.
Ya es momento de que te hable de Gabi también.
Gabriel es un chico que conozco desde que éramos compañeros de
colonia de verano hace mil años. Es de esos “amiguitos gay” que a todas
las chicas nos encanta tener, pero que con el tiempo nos damos cuenta de
34 • angie sammartino
que, para nuestra “sorpresa”, no son gays ni quieren ser amiguitos. Creo
que Gabi me conoce más que mi vieja y me quiere tanto que hace lo que
sea para verme bien. Es el típico nerd serio, solidario y con síndrome de
“buenudo”.
La cosa es que el año pasado me vio tan mal que se olvidó del resenti-
miento que me tiene por no darle bola en el último tiempo y me ayudó
a resolver un problemita. Me demostró que ser nerd tiene sus ventajas
como, por ejemplo, saber hackear celulares para obtener información y
para filtrarla por mail.
Jueves 3
Querido Diario: te actualicé de algunas amistades y amores así que es
hora de que te hable de mi familia, específicamente de Eli, porque lo que
le pasó a ella nos marcó a todos. Resulta que allá por el 2012 ella tenía
veintitrés años y estaba perdidamente enamorada de Facu, un chico que
había sido vecino de ella y con el que empezó a salir como a los trece
años. Siempre fueron de esas parejas que uno las ve y piensa “ya está, estos
dos no necesitan conocer a nadie más ni probar otras experiencias… son
ellos, contra el mundo, para siempre”.
La cosa es que para los veintipocos años que tenían, ya habían vivido
media vida juntos, hasta convivían y todo. Como si fuera poco estu-
diaban la misma carrera (medicina), por eso yo siempre la jodía con la
redundancia de que salía con “facu el de la facu”. Es la primera pareja
que vi en mi vida que funcionaba como corresponde, sanamente, sin
sentimientos tóxicos que contaminaran el amor que se tenían el uno por
el otro. Me generaban ese tipo de envidia “sana”, un sentimiento raro,
pero esperanzador. Yo los veía a ellos y soñaba con encontrar alguien así.
En enero de ese año Eli y Facu se fueron de vacaciones a Córdoba.
Nunca quise saber los detalles, pero aparentemente en la ruta se largó una
El arte de negar • 35
tormenta zarpada y tuvieron un quilombo con el auto. Lo resumo porque
si no me voy a poner a llorar de nuevo: tuvieron un accidente muy grave
y los dos terminaron en el hospital. Cuando me enteré de que ambos
luchaban por su vida, sentí una sensación de dolor que solo un hermano
conoce, sabía que si le pasaba algo a Eli, yo moría con ella.
Y finalmente pasó lo peor: después de varias horas en coma, Facu se
despidió para siempre de este mundo. Al otro lado de la habitación, mi
hermana se enteraba de la peor noticia de su vida sin sospechar que, a los
pocos días, recibiría la que debiera haber sido la mejor. Resulta ser que el
universo es misterioso en su forma de equilibrar el mundo, pero a fin de
cuentas, lo hace. Esto lo digo porque días más tarde de la tragedia, Eli se
enteraría de que en ese accidente había habido no uno, sino dos sobrevi-
vientes: estaba embarazada de unas semanas y no lo sabía.
Lunes 7
Querido Diario: hoy fue ESE día que sabía que iba a llegar, pero en
el cual nunca me había puesto a pensar porque preferí negarlo, nuestro
último primer día de clases. ¿No es loco? Este año vamos a vivir: “el últi-
mo recreo”, “la última prueba”, el último “trae el uniforme completo o te
pongo veinte amonestaciones.” De repente, siento que no valoré del todo
36 • angie sammartino
cada minuto de adolescencia. Estoy frente a la puerta que dice: “bienve-
nidos al mundo real” y no me gusta estar ahí, no quiero. Al mundo lo
veo desde lejos y creeme, no me tienta ni un poco ser un adulto más en
él. Igual, no me decido si será bueno o malo terminar el colegio. Sé que
tiene cosas buenas: ser mayor de edad, poder entrar a los boliches con tu
propio DNI y no tener que dar explicaciones a nadie.
Pero también es un mundo en el cual todo depende de vos y no podés
culpar a tu vieja de las cagadas que te mandás. Ah, y según cuentan los
expertos (mi hermana), los adultos no duermen siestas eternas durante la
semana, malísimo. Me pienso aferrar a este año lo más que pueda porque
es especial, importante, hay que disfrutar cada segundo. Por supuesto que
LA noticia del día fue, como todo comienzo de año, el mercado de pases:
quién repitió y qué movimiento de alumnos hubo entre colegios. Como
siempre, la atención total se la lleva el nuevo más lindo y esta vez es Gael
(LA ONDA que tiene ese nombre por diooo). En estos días te cuento
más del Dream Team que juega el último partido de su vida escolar en
este 2016, porque estoy segura de que van a ser importantes. ¿Cómo no
serlo? Tus compañeros son tus hermanos de la escuela. Te lleves bien o
mal, convivís con ellos más que con tu familia y son parte de tu historia.
El director técnico te lo debo para cuando nos digan quién nos toca de
tutor. Hoy escuché unos rumores y temblé. Si es la vieja chota de Marisa,
estoy al horno. ¡Ah! ¿No te conté todavía lo de Marisa, no? Mañana te
cuento, es tremendo.
Martes 8
Querido Diario: tengo muchas cosas para contarte. Ya sé, me vas a
retar porque doy vueltas y me voy por las ramas. Qué sé yo, mi cabeza
funciona así, te vas a tener que acostumbrar a que una historia te la em-
piece en marzo y la termine en octubre.
El arte de negar • 37
En fin, hoy pasó algo zarpado en la escuela que sí se relaciona con
lo que te prometí ayer que iba a contar. Resulta ser que al final la “vieja
chota” de Marisa definitivamente es nuestra tutora, pero ya decidí que
no le voy a decir más ni vieja ni chota, fue exagerado y prejuicioso de mi
parte. Para que entiendas el porqué de mi cambio de postura es necesario
que conozcas un poco del pasado y otro poco del presente porque el día
de HOY marcó un antes y un después.
El año pasado la vieja nos daba Lengua y nos hacía analizar películas
del año del culo mientras ella boludeaba con el celular. Siempre le tuvi-
mos una mezcla de respeto/miedo que llevó a que la odiemos. Siempre
está de mal humor y no tiene paciencia para decir las cosas dos veces. El
año pasado cuando “se filtraron” los whatsapp de Paola se colaron conver-
saciones del grupo de whats del curso, en el cual había, obviamente, fotos
que le sacamos a ella burlándonos, y la mayoría eran mías. Desde ese día
me agarró una bronca terrible y me la hizo llevar. Zafé de casualidad por-
que no estuvo en las mesas de examen de diciembre, si no te aseguro que
me quedaba previa hasta el año 2090.
Cuestión, hoy estuvimos buena parte de la mañana debatiendo si nos
tocaría de tutora e imitándola enojada (es graciosa porque se le aflauta la
voz). Nos estábamos matando de risa cuando, de la nada, se hizo un si-
lencio mortal. JAMÁS estamos callados, fue rarísimo. Me di vuelta y la vi,
pero me costó reconocerla. Parada en la puerta de la clase se encontraba
una Marisa cambiada, con más ojeras de lo normal, mirada atemorizante
y, donde solía estar el pelo, había un pañuelo.
Miércoles 9
Querido Diario: ayer me quedé mal con lo de Marisa y con que
NADIE DEL CURSO dijo nada. O sea, ¿tanto nos vamos a hacer los
boludos? ¿Será que todos somos un poco negadores para evitar momentos
38 • angie sammartino
incómodos? No sé. La cosa es que ayer me quedé con angustia y fui a con-
tarle a mi vieja, pero no me dio ni pelota. Estaba viendo House of Cards
con el novio y se hacía la que me escuchaba mientras hacía comentarios
random como “ajá”, “sí”, “bue”. Yo sé cuándo no me está prestando aten-
ción porque cada tanto pruebo diciendo frases como “estás más gorda” y
si no salta enojada es porque no está escuchando.
Me fui al cuarto a buscar a Tati en whatsapp, pero aparentemente ya
estaba dormida. Te imaginás cómo terminó esto, ¿no?
—¿Estás? —Le escribí a N.
—Sí, ¿qué pasó?
Guau, qué rápido te respondió.
—¿Cómo sabés que pasó algo?
—Te conozco, no me hablás tan tarde un martes para ver si estoy.
Me dio taquicardia, estaba esperando que no respondiera. Tiene una
ciclotimia virtual que hace que a veces demore un segundo y otras un
siglo en responder. Lo que sufro cuando tarda es inexplicable, es como
si se congelara el tiempo y quedáramos frente a frente el celular y yo por
horas, mientras mi corazón se frena y mi cabeza me dice “¿En serio? ¿Otra
vez lo mismo? ¿Sos tarada?” Hasta que leo “escribiendo” y mi corazón
vuelve a latir.
“Te conozco”, me escribió, y me mató de amor. A veces una simple
frase golpea más fuerte que un mundo de palabras sin sentido. Me dejó
pensando: hace tres años que sabe de mi vida, me conoce como pocos.
Me pregunto qué pasará cuando termine el colegio, cuando vaya a la
facultad como él y deje de ser “la chiquita” que va al cole. De repente,
crecer no me da tanto miedo. Siempre pasa lo mismo, cada vez que él
aparece en el medio de algo que me asusta, se van los miedos. Es como
si mi corazón se tranquilizara porque puede tomar de la mano al suyo.
Me puse recursi, fuchi. Pero posta que el corazón tiene vida propia, ¡eh!
Si con una simple charla de whatsapp ya estaba latiendo con música ni te
cuento lo que se puso a bailar cuando leí su propuesta:
El arte de negar • 39
—Te paso a buscar y hablamos, ¿querés?
—¿A esta hora? ¿Un martes?
—Si no querés no, te lo decía porque…
—Sí, quiero. Pero, ¿dónde podemos ir ahora?
—Tengo el auto, paso a comprar unas birras y vamos al río. ¿O mate?
—Birra está bien.
—En quince estoy.
—OK.
¡¿EHHHHH?! ¡¿En quince minutos?!
Casi me agarra un ataque. Cada vez que salí con N tenía pensado el
vestuario una semana antes y estaba bañada, depilada, hechas las uñas,
todo. Incluso una vez fui antes a un spa, no sé, me gusta que me vea en
mi mejor versión posible. Pero ahí estaba yo, en pantalones balis (esos
hippies de colores que están medio de moda), con ojeras y el pelo sucio.
Opté por dar prioridad a una ducha rapidísima y al rato estaba en
jeans y buzo GAP, pelo mojado, zapatillas y las llaves en la mano. Por
suerte a mi vieja le chupa todo un huevo, le dije que volvía al rato y me
respondió “algo debe haber en la heladera”.
Me pasó a buscar, salí, subí al auto. Recién ahí caí… estaba con N en
persona sola por primera vez en MESES. Nos saludamos normal, puso
música y fuimos para una zona cerca del río donde nos pusimos a hablar
mucho, fue entre raro y hermoso.
Se hicieron las 5 a. m. y decidimos volver. Antes de irme lo miré fijo
por un instante, quería recordar el momento porque sabía que no iba a
reaparecer pronto, así funciona él. Lo saludé en el cachete y no amagó a
nada más, como siempre. Sé que para pasar a la siguiente etapa tengo que
controlar mi ansiedad porque hay un camino largo, pero que conozco de
memoria. Sin embargo, cuando me estaba bajando del auto, dijo algo que
demostró que sigue siendo el mismo impredecible de siempre.
—¿Nos vemos el finde?
40 • angie sammartino
—Eh, sí, nos ve... nos vemos.
Traté de disimular la excitación que me produjeron esas cuatro pala-
bras, pero dudo que me haya salido bien. Si alguien leyera esto pensaría
“con qué poco se conforma”, pero lo conozco lo suficiente como para
saber que esto, viniendo de su parte, es un gran avance. Porque es de esos
pibes que no toma la iniciativa ni por error. Tiene —o solía tener— un
modus operandi muy específico: sale conmigo una vez, me histeriquea,
pero no me chapa, no me habla por unos días, le termino hablando yo,
me responde al toque, salimos de nuevo, me besa y la pasamos genial, no
me habla por un tiempo, le termino hablando yo, tarda en responderme,
me enojo, no le hablo por un tiempo y —eventualmente— me vuelve a
hablar. Guau, ahora que lo veo por escrito no sé si pensar que soy una
mina muy paciente o una masoquista de mierda. ¿Por qué me dejo ma-
nejar así? ¿Por qué dejo que él siempre tenga la última palabra? Ahora, de
repente, me doy cuenta de que estoy metida en un tremendo lío conmigo
misma. Si acepto su invitación para salir el fin de semana sigo jugando
con las reglas que él propone… Pero ¿qué opción tengo? Me muero de
ganas de verlo, de mimarlo, de besarlo. DIOS, ¡cómo extraño eso! Parece
una locura lo que un beso puede causar. Puede cambiarte el ánimo, el
día, incluso la vida. ESOS son mis preferidos, los que marcan hitos que
tuercen los caminos de dos vidas y los desvían para siempre. Como aquel
beso que nos dimos hace más de tres años que nos metió en este laberinto
oscuro en donde mis besos necesitan de los suyos sin explicar por qué.
El arte de negar • 41
Ahora entiendo el cuento que me contaba papá cuando era chica.
Uno que trata de que se juntaron todos los sentimientos del mundo a
jugar a las escondidas y “la locura” por una cosa u otra empuja sin querer
al “amor” sobre espinas haciéndole perder la vista. La locura siente tanta
culpa que promete al amor acompañarlo donde sea y, desde entonces, el
amor es ciego y la locura lo acompaña.
Ya lo creo que la locura lo acompaña, sino mi viejo no hubiera arrui-
nado la hermosa familia feliz que éramos.
Martes 15
Querido Diario: obviamente desde que me bajé del auto estuve pen-
diente del celular esperando formalmente la propuesta. Traté de no vol-
verme loca y, para no generar más expectativas, no se lo conté a nadie
(además porque Tati ya me odia con este tema). Pero llegó un momento
en que no aguanté más y el viernes en clase le conté:
—Amiga, tengo que confesar algo.
—¿Qué pasó?
—Tal vez me vi con… el innombrable.
—¡¿Eh?! ¿Me estás jodiendo? ¿Y no me contaste?
Pegó tal grito que la bruja de Lengua se avivó.
—Chicas, si tienen mucho más para hablar se van al pasillo y me di-
cen si con una amonestación es suficiente —dijo con tono irónico.
¡Ay! A pesar de todo no puedo parar de detestarla. La odio. A ella
y a todos los adultos. Se creen que pueden decidir que Shakespeare es
más importante que el pibe del cual estoy enamorada. ¿Soy yo la loca o
será que cuanto más adulto sos más te olvidás de lo que es ser chico? No
entiendo si a mi edad ellos estaban como robots haciendo caso a todo o
tenían otras inquietudes, dudo que sea lo primero. Además, NOS HACE
RESPONDER PREGUNTAS DE SU VIDA. No digo que no pueda ser
interesante, pero si en algún momento de mi vida necesito esa data LA
42 • angie sammartino
GOOGLEO Y YA. Wikipedia tiene todo, no me jodan con que nece-
sitan que esa información tenga que estar en mi cabeza “por las dudas”.
¿Por qué no se modernizan?
Seguimos entre susurros.
—La cosa es que me dijo si nos veíamos el finde y le dije que sí, pero
hasta ahora no me volvió a escribir nada y me estoy alterando. Me muero
de ganas de preguntarle qué plan tiene para la cita, pero no quiero cagar
todo. ¿Para vos me habla hoy o espera a mañana más sobre la hora?
—Ah... Uh… Mirá… creo que sé por qué no te habla…
—¿Qué?
—No sé si hay tal cita.
—¿Por qué decís eso? ¿Le dijo algo a tu hermano?
—Creo que entendiste todo mal.
—No entendí mal. Me preguntó Él si nos veíamos el fin de sema…
—Este sábado es el cumple de mi hermano. Me dijo que te invite y
colgué, seguro Nahuel te preguntó si se veían por eso.
Me cayó como un baldazo de agua fría.
—Perdón, amiga, mala mía.
Marisa nos dirigió nuevamente una mirada asesina.
—Listo, me cansé, se van a dirección. Paola, traé a un preceptor.
Miércoles 16
Querido Diario: ¿en qué quedé ayer? Ah sí, la vieja mandó a llamar
al preceptor y, sin saberlo, nos llevó con nuestro ángel de la guarda. Se
llama Santiago, es un gordito copado que nos ama y siempre nos ayuda
a liberarnos de las clases cuando estamos mal o aburridas. Creo que es la
primera vez que lo veo con cara de culo y me sorprendió mucho.
—Ana, ¿ya empezamos?
El arte de negar • 43
—Pero ¡no hicimos nada!, yo sé que está enferma y todo eso, pero no
le da derecho a agarrársela conmigo, solo estábamos hablando…
—Ya tuviste mil quilombos con Marisa, tenés que empezar a ubicarte.
—¿Y a vos qué bicho te picó?
—¿Perdón? Te acabo de pedir que te ubiques. Puedo ser buena onda,
pero soy tu preceptor, no tu amigo.
Eso dolió, yo sí lo veía como un amigo. Con Santi hay una línea muy
fina que divide trabajo de vida social porque es amigo del hermano de
Tati (sí, es de la misma camada que N) y nosotras ya lo vimos en todos
los estados posibles, pero nunca así de enojado.
—Perdón, Santi.
—Perdón nada, empiecen a portarse bien porque, por si no sabían,
cada vez que las cubro a ustedes me ligo una cagada a ped... digo, me
retan a mí.
Nos quedamos en silencio. Santi pareció reflexionar y nos habló mejor:
—Vayan al aula y pórtense bien. Les voy a anotar una observación de
conducta nomás por esta vez.
Más tarde me enteraría que en realidad Santi estaba mal por otra cosa.
—Ah, por cierto, esto no se los digo para que se pongan mal, es para
que entiendan que detrás de lo que ustedes ven de los profes hay mucho
más. Son personas, ¿sí?
—¿Qué nos vas a decir?
—Marisa no está enferma.
—Pero ¿el pelo…?
—Se rapó para acompañar a la sobrina durante el tratamiento.
Jueves 17
Querido Diario: al final di mil vueltas y no te conté lo del cumple del
hermano de Tati del sábado. Era en la casa de ella así que yo ya estaba ahí
44 • angie sammartino
desde la tarde. Empezó a caer la gente y fuimos viendo, emocionadísimas,
que los importantes iban llegando. Por un lado, obvio, N. Por otro lado,
Tati había invitado a varios del curso como una excusa para poder invitar
al único que le importaba que fuera: Gael, el chico nuevo.
Me sorprendió que fuera, al parecer pegó buena onda con otros chicos
y fueron a socializar. La fiesta fue puro baile, birra y hasta hubo algunos
tirados a la pileta. Lo bueno de la casa de Tati es que es hermosa y los pa-
dres son tan copados que los dejan hacer de todo con la única condición
de que después ordenen. Es una familia rara: son todos lindos, buena
onda e inteligentes. Bah, más que raros, son molestamente perfectos.
Entre fernet y birra me sentí relajada como para ir a hablarle a Gael
para tantearle el terreno a Tati.
—A ver, te voy a decir una metáfora —me detuve por unos segun-
dos—, supongamos que tengo una amiga que se llama… España. Yo soy
Argentina y tengo el dato de que España quiere atacar a Inglaterra, que
vendrías a ser vos. ¿Qué dirías? ¿Sale guerra?
Se me cagó de risa por mi comentario bestia y nos quedamos ha-
blando un buen rato. No le saqué una respuesta, pero sí mucha info que
seguro mi amiga sabrá capitalizar en conversaciones futuras.
De pronto me di cuenta de que N me estaba mirando desde cerca de
la pileta y me perdí en sus ojos. Nos miramos unos segundos, me sonrió y
supe que era el momento. Sonaba Rombai de fondo y parecía musicalizar
la escena.
♫ Los dos somos fanáticos de lo prohibido ♫
Me hizo señas para que me acercara.
♫ nos emborrachamos frente al mar ♫
Me acerqué.
♫ tú te pusiste bien de verano ♫
Me señaló el mini short que tenía puesto.
♫ demasiado linda así yo me declaro ♫
Le sonreí.
El arte de negar • 45
♫ yo quiero hacer locuras contigo ♫
Me agarró de la cintura.
♫ que nos llamen locos a los dos ♫
Tres...
♫ que parezca un accidente ♫
Dos...
♫ y terminemos frente a frente ♫
Uno.
Nos dimos ALTO beso.
Mientras tanto me llegó un mensaje de whatsapp que vi recién al día
siguiente:
46 • angie sammartino
Lunes 21
Querido Diario: lo de Gael me dejó helada, pero a vos te puedo con-
fesar que un poco lo disfruté. ¡EY! ¡Se fijó en mí el chico nuevo lindo,
deportista y simpático!
Por más superficial que sea, tener atrás un pibe así te sube la autoes-
tima. Se sintió como una pequeña victoria personal contra Tati que es
siempre la primera opción de todos, pero igual no pienso seguirle la co-
rriente porque tengo códigos: si es el pibe que le gusta a mi mejor amiga,
para mí no existe.
Por otro lado está el detalle, no menor, de que yo estoy hasta las ma-
nos con N y encima ese sábado me dio bola, así que imaginate que se me
podía tirar Brad Pitt que yo lo iba a rebotar. Eso me deja pensando en la
increíble descoordinación que existe entre pensamientos y sentimientos.
Por ejemplo, todos tenemos nuestra lista mental de “atributos que tiene
mi pibe/a perfecto” y cuando hicimos con Tati el ejercicio de escribirlo,
quedó que el mío era morocho, alto, con algunos abdominales —pero
no papoteado— buena onda, cariñoso y de ojos verdes. Sin embargo,
después viene el corazón, agarra la lista y te dice “¿sabés qué? me cago en
todo: te vas a enamorar de uno medio petiso, con algo de panza, feo para
tus estándares estéticos, cero demostrativo y de ojos marrones. Y te va a
romper tanto la cabeza que va a lograr que cualquiera que se te cruce en
el camino te resulte invisible aunque cumpla con cada bendito ítem de
la lista”.
En honor a esto, el domingo cuando volví a casa me lo pasé escu-
chando música cursi y mirando el techo recordando los besos de la noche
anterior. En cuanto a lo de Gael, a Tati no le conté nada porque era desilu-
sionarla al pedo, pero a la noche me acordé de que le había clavado el visto
y que si no le respondía iba a ser incómodo en el colegio, así que le mandé
lo que creí más adecuado: “Argentina ya fue conquistada por otro país, yo
reconsideraría apuntar los cañones a España, es un país interesante”.
El arte de negar • 47
Pensé que se iba a hacer el boludo diciendo que me había mandado
el mensaje borracho (cosa que N haría), pero me sorprendió porque res-
pondió rápido y confiado:
Martes 22
Querido Diario: no creo en las casualidades, pero sí en algo que existe
en el universo que opera para que a veces las cosas salgan coreografiadas
exactamente AL REVÉS de como quisieras. Primero, desde el cumple de
Julián que N no me habla. Ya te conté que es su forma de marcar un lími-
te para que no me ilusione, pero ese límite es frágil, cada vez cede más. Mi
misión ahora es no mandarle nada hasta ver cuál es su próxima recaída.
Van nueve días que vengo luchando contra la tentación, pero me mata la
48 • angie sammartino
ansiedad, así que hoy opté por lo más maduro: desinstalé las aplicaciones
peligrosas y reagendé su contacto en el celu como “NI SE TE OCURRA
ESCRIBIRLE, ESTÚPIDA”, por ahora está funcionando. Pero lo peor
no es eso, sino lo que pasó esta mañana. Tati vino como loca por un
mensaje del grupo de whats del cole que yo obviamente no había visto.
—¿Viste lo de la fiesta? ¡ME QUIERO MATAR!
—Desinstalé whatsapp un rato… explicame.
—Gael mandó que este jueves feriado hace una fiesta, todos los que
fueron dicen que tiene una casa increíble... HAY QUE IR.
—No podemos, vos te vas a Gesell con tu familia por Semana Sant...
—Exacto. Me corrijo: tenés que ir.
—¿Eh? ¿Por qué?
—¡Para vigilarlo! Sacarle información, ver con quienes habla, pero
sobre todo para evitar que la trola de Paola se le acerque. Necesito que me
ganes tiempo, yo sé que me lo voy a terminar levantando.
—Ni en pedo.
—¿Perdón? ¿Cuántas veces me metí en salidas de mi hermano para
vigilar a Nahuel?
—Te odio. Pero ¿qué pretendés?, ¿que vaya sola?
—Ya lo pensé, vas con la nueva. Va a estar contenta porque no le habla
nadie.
—¿La gorda? Ni sé cómo se llama. Dejá, voy sola.
—Tomá —me dio un bolso—, es mi mejor ropa. Elegí lo que quieras
y quedátelo como precio de tu favor.
—Boluda, ¿no te parece que ver House of Cards te está poniendo me-
dio mafiosa?
Me reí. Amo a mi mejor amiga. A veces se toma las cosas tan en serio
que da risa. Salvo que esta vez no me causa ni un poco de gracia ir a la fiesta.
El arte de negar • 49
—Me tomé el atrevimiento de hablar con la gorda y dijo que sí. Se lla-
ma Camila, fijate que se vista decente porque tengo mis dudas. Gracias,
amiga, ¿qué haría sin vos?
Tati se fue sin darme derecho a réplica.
Miércoles 23
Querido Diario: van diez días que N no aparece, estoy empezando a
pensar que le pasó algo. Ya sé, eso es un engaño de mi cabeza para tener
una excusa para mandarle un mensaje que diga: “¿Estás bien? ¿Pasó algo?”
Mientras tanto, siento que Gael se tomó como misión en la vida po-
nerme incómoda porque cada vez que puede se acerca a decirme algo.
Hoy a la mañana, que Tati no estaba porque ya se fue de viaje, casi se
acerca para sentarse al lado mío. ¡Qué bajón cuando falta tu compañera
de banco! Es loco, pero te sentís como sola, desprotegida. La cosa es que
leí sus intenciones, me paré rápido y me fui a sentar con la gorda. Pensé
que se iba a alegrar de que alguien se sentara con ella, pero me miró
con cara de “¿en serio vas a ocupar el banco donde apoyo mi mochila?”.
Escuchate esto: no me habló en toda la fucking clase. Y tampoco trabajó,
eh, se la pasó haciendo dibujos y pintando cosas. En un momento me
aburrí, empecé a mirar con detenimiento y me di cuenta de que tiene un
talento zarpado, en cuatro líneas se mandó un dibujo de un vestido de la
concha de la lora.
—Che, perdón que me meta, pero muy bueno eso…
—Ah, gracias.
—Camila, ¿no?
—Sip. Vos sos Ana, a la que tengo que acompañar a la fiesta, ¿no?
—Tampoco es que me tenés que acomp... Pará, ¿qué te dijo Tati?
—Me dijo que te acompañe a lo de Gael porque te gustaba un chico
y querías ir a ver si te daba bola.
50 • angie sammartino
—¡¿Te dijo eso?! La voy a mat… bueno, eh, sí ponele que vamos a
hacer eso, ¿te copa?
—Normalmente no me prendería en estas cosas, pero dada la situa-
ción, sí, me copa.
—Sí, está bueno para socializar y conocer a los del curso así no estás
sol…
—¿Eh?
—Ah, pensé que con “la situación” te referías a que estás en un colegio
nuevo y eso.
—Na, soy callada porque me da fiaca hacer más amigos de los que
tengo. Total es un año y listo.
—Pero es el año más importante de nuestras vid…
—Sí, sí, ponele. ¿Mañana a las 16 h en mi casa? Nos preparamos, nos
tomamos algo y mi... mi viejo nos lleva.
—Eh… bueno… pará, ¿a qué situación te referías entonces?
—Hace poco corté con mi novio, necesito chonguear.
Volvió la mirada al papel y no me habló más.
Jueves 24
Querido Diario: hoy es jueves feriado, tenemos la fiesta de Gael y
estoy escribiendo esto antes de irme a lo de Camila. Le dije que viniera a
casa porque es más cerca, pero me esquivó todas las veces que lo propuse
y como insistió en que fuera para la suya, dejé todo como estaba. Lo que
me jode es que nos encontremos a las cuatro de la tarde, me resulta muy
temprano. Soy una persona con la que se puede charlar, pero tampoco
puedo remar lo inremable, ella ayer no me habló en toda la clase, o sea, ya
siento la incomodidad de estar mirándonos a la cara con una chocolatada
en la mano siendo apenas las cinco de la tarde. Pero bue, tendr
El arte de negar • 51
***
ACABA DE PASAR ALGO TREMENDO, me chupa un huevo lo
de Camila, ahora tengo tema de conversación si llega a haber un silencio
incómodo. Dejé de escribir de la nada porque me sonó el whatsapp (sí,
obvio que lo instalé de nuevo, no puedo vivir sin eso) y ¿a que no sabés
quién era? No, Gael no, yo pensé que iba a ser él, pero no. Me costó dar-
me cuenta, imaginate mi sorpresa cuando vi que “NI SE TE OCURRA
ESCRIBIRLE, ESTÚPIDA” me mandó un mensaje. Me quedé helada,
me temblaban las manos de solo agarrar el celular. No abrí la conversa-
ción, usé la función esa para mirar los mensajes sin clavar el visto y vi que
me había escrito un simple “¿Estás?”
Me propuse esperar un largo rato porque me hace sentir un poquito
humillada saber que él se toma once días para hablarme y yo le respon-
do al toque. Igual, obvio que me ganó la ansiedad, pero EY, ¡ESPERÉ
COMO SIETE MINUTOS! Aguante yo.
—Estoy.
—¿Cómo andás?
—Joya.
Bien, Ana, no da ser ortiva, pero tampoco la copada que le pregunta cómo
está él, un poco ofendida estás.
—Me alegro. Quería saber si podíamos vernos…
¡¡Vamooo!! Decile que hoy no podés, ¡en tu cara, madafaka!
—Hoy tengo una fiesta.
—¡Buena onda! Igual tenemos todo el finde largo, quería que hable-
mos de algo importante.
Oh, my God, ¿será que quiere por fin algo serio?
—Dale, mañana a la noche puedo.
52 • angie sammartino
—A la tarde mejor, te paso a buscar a las tres, ¿OK?
Otro que me quiere ver desde temprano, pero con este no me joden
los silencios en absoluto.
Viernes 25
Querido Diario: ¡tengo un montón de cosas para contarte de ayer! ¿Te
acordás de que Camila me insistía para que fuera a la casa? Bueno, era
porque me quería blanquear algo que no sabe nadie. La cosa fue así: lle-
gué a un departamento relindo, subí y cuando entré me di cuenta de que
¡tiene todo el piso para ella! Y cuando digo para ella, digo ES DE ELLA.
La flaca se lo tenía guardado, pero es una de las empresarias más jóvenes
del mundo o no sé qué carajo. Vive con una especie de tutora porque los
papás son de otra provincia. ¡Es mucho junto para digerir! Encima, ayer
tuvimos una conversación con ella y Gael que me dejó pensando horas.
Te resumo lo de Cami: la piba es de Bariloche, siempre fue fanática de la
moda y hace unos años empezó a subir unos diseños a no sé qué red social
y se empezó a armar revuelo. Hizo la ropa, la empezó a vender por internet
y ahora tiene una marca muy grosa. Lo que me contó es que cuando la em-
pezó a pegar dejó el colegio de lado y repitió, pero los padres quieren que
termine la secundaria, así que la dejaron venir a Buenos Aires a poder hacer
crecer su empresa (dice que les insistió hasta hartarlos) bajo la condición de
que terminara el colegio. ¿Entendés que la tiene muy clara esta mina? Ni
bien llegué me contó todo y yo estaba con los ojos tipo huevo frito escu-
chando anonadada. Después me empecé a probar todo lo que encontré. ¡Y
yo estaba preocupada por estar mucho tiempo ahí! Con gusto hubiera pa-
sado mil horas más, no sabés la cantidad de ropa copada que había. Hasta
me regaló la que me prestó para la fiesta. Me contó que justamente lo del
novio fue por el viaje, él se quedó allá. En la fiesta estuvimos retranqui, pero
como a las 4 a. m. la perdí un segundo y cuando la encontré ya se estaba
El arte de negar • 53
chapando a un X. Ahí me quedé hablando booocha con Gael, eso te lo
cuento la próxima, ahora me tengo que preparar para verlo a Él
***
Tengo que interrumpir para contarte algo. Son las 14 h y N me acaba
de cancelar porque “se le complicó”. Igual reprogramamos para mañana.
Siempre lo mismo, ¿cambiará cuando seamos algo más serio? Creo que
sí. ¿Lo creo? Da igual, si no fui sincera conmigo misma hasta ahora, no es
momento de empezar a serlo.
Lunes 28
Querido Diario: al final quedamos con N en encontrarnos el sábado a
la tarde en una plaza cerca de casa. Me pasé la mañana haciendo un budín
que quedó para el orto, así que salí antes y pasé por la panadería a com-
prar facturas. Llegué primera —como siempre— y me senté en el pasto
lo más alejada posible de los juegos y de los nenes. Mientras esperaba me
puse a observar cómo pasaban de la calesita a los toboganes, a los árboles.
Había un nene que recién llegaba y me dio ternura porque con él habían
ido tanto la madre como el padre. Se me retorció un poco el estómago
de imaginarme que podría ser Simón —mi sobrinito—, pero traté de no
pensar en eso. El nene abandonó a los padres ni bien llegó y corrió a la
zona de hamacas a reunirse con los otros enanos. Se presentó ante la ma-
nada, lo integraron al toque y me quedé pensando: ni un minuto le tomó
acercarse a completos extraños. Y ellos no le pidieron que les asegure que
quería ser amigo solo por un rato ni le aclararon que además tenían otros
amigos, ni les importó definir si ya tenían el título oficial de “amigo”…
Todo es más simple en el mundo de los niños. ¿En qué momento será
que nos llenamos de prejuicios, dudas y miedos? ¿En qué momento los
54 • angie sammartino
vínculos humanos se vuelven tan tóxicos que estar con alguien depende
de una estrategia, de promesas y de cálculos?
Los vi reírse, caerse, levantarse, pelear, reconciliarse y seguir como si
nada. A veces quisiera volver a tener seis años y quedarme para siempre en
esa época en la que todo era feliz o por lo menos yo pensaba que lo era.
Y de repente, lo vi y me olvidé de todo. Mi corazón empezó a latir
desmedidamente, pero luego recordé todo lo que teníamos por hablar y
me relajé. Me puse feliz de que por una vez en la vida nos juntáramos a
hablar en serio, a la luz del sol y sobrios.
—Perdón se me hizo tarde...
—No pasa nada, sentate agarrá una factu…
—Gracias, paso. Quería que hablemos porque me parece importante.
Ya era hora, flaco.
—Estoy de acuerdo, tenemos mu…
—¿Me dejás que hable primero? Me cuesta un poco.
Le da vergüenza, es un tierno.
—OK.
—No... No podemos estar más juntos.
No escuché una palabra más. Con eso solo se me derrumbó el mundo.
—Te quiero explicar alg… Ey, ¿me estás escuchando?
El arte de negar • 55
Tardé en volver a la conversación. No sé cómo, pero, a favor de lo
que me quedaba de dignidad, aguanté las ganas de llorar, me tomé unos
minutos de silencio para procesar la situación y le respondí.
—Sí, te escucho.
Pero era mentira. En vez de escucharlo a él escuchaba a la voz que salía
de mis entrañas que me hablaba a la par de él:
¿Posta no te la viste venir? ¿De verdad pensabas que Él iba a cambiar?
Qué ingenua, Ana.
—Ana, ¿te acordás que cuando fuimos al río te conté que estaba en
crisis con la carrera y eso?
Es obvio que volvió con la trola. Pero si la prefiere a ella, ¿por qué te buscó
tanto en el cumple de Julián?
—¿Es por la otra chica? Lo entiendo, pero quiero saber…
—¿Eh? No, no... La cosa no viene por ahí.
Te miente.
—¿Entonces?
—Estoy en un momento complicado. Dejé la carrera. Y mi laburo en
el estudio de mi viejo también…
Aguantate las ganas de abrazarlo, te conozco...
—Bueno, ¿viste mi amigo Santiago?
—¿Mi preceptor?
—Sí.
—¿Qué tiene que…?
—Estos últimos meses estuvo peleando para conseguir una beca y por
suerte se la dieron hace poquito. Se va a España en unos días.
Ah, listo, este pibe hizo un master en confusión y vos sos su trabajo práctico.
—Y nada, me ofreció su puesto.
¿Es joda? Buscá las cámaras porque no puede ser verdad. ¿Tu preceptor? ¿Él?
56 • angie sammartino
—Quería hablar con vos porque no quisiera que fuera incómodo…
quería que lo supieras antes y saber qué pensás.
Decile que ni se le ocurra, que ni lo piense, que renuncie antes de firmar el
contrato. Ana, en serio. ¡No puede hacerte esto! Te está boludeando. ¿No se da
cuenta lo mucho que te importa como para poder soportar verlo todos los fuc-
king días sin poder besarlo, abrazarlo ni nada? ANA, HACETE RESPETAR
DE UNA PUTA VEZ.
—Ah, genial. Qué buena noticia.
Si no fuera porque me das pena, te cagaría a trompadas, Ana.
La tortura siguió por una hora más. O eso creo, la realidad es que ya
no era consciente ni del tiempo ni de nada. Cada instante que pasaba
aumentaba la distancia entre nosotros, alejaba las posibilidades de volver
y transformaba el mejor año de mi vida, en el peor.
—¿Todo bien, entonces?
—Sí, o sea… todo bien que trabajes en el cole.
ANA, ¿PODÉS DECIRLE LA VERDAD? NO LO QUERÉS NI VER.
—¿Pero?
—¿Cómo sabés que hay un “pero”?
—Porque te conoz…
—Si me conocieras sabrías que puedo separar las cosas. No es que te
voy a andar cargoseando en el cole o pidiendo trato especial. No entiendo
por qué tenemos que dejar de vernos.
—Es una cuestión de, no sé, ¿ética? ¡No da que el preceptor se coma a
una alumna! Sos menor de edad…
—Nadie tiene que enterarse, soy buena guardando secretos.
—Ana, entiendo que parece exagerado, pero ya vas a entender que
algunas cosas no son tan fáciles.
—Perdón, ¿ahora sos el maduro de la relación de repente?
El arte de negar • 57
NOOOOO, BOLUDA ¿Dijiste RELACIÓN? ¡Te la mandaste! Con ra-
zón sale corriendo. ¡No parás de presionar algo que no existe!
—Perdón, no quise… vos me entendiste.
—Perfectamente. Quedate tranquila, sé que esto es medio choto. De
verdad necesito laburar fuera del estudio de abogados, más que nada por-
que necesito salir del radar de mi viejo, y esto fue todo lo que surgió.
Encima tengo muchas vacaciones, feriados… y como es un colegio de
guita el sueldo es más que bueno, todo me cierra.
—¿Qué pasó con tu viejo?
—Nada, estamos hablando de otra cosa. Te estoy diciendo que…
—Podés contarme si querés.
—No hay nada que contar.
—Ojalá confiaras en mí, te darías cuenta de que no estás solo, no te
puedo ayudar, pero te puedo escu…
—¡ANA, TE DIJE QUE NO PASA NADA!
Me gritó como nunca había hecho. Jamás me había levantado la voz
así. Noté que se arrepintió al toque, pero no se la iba a dejar pasar.
—¿Así vas a reaccionar cuando te diga que no firmé el boletín?
—No seas pelotuda.
—Le voy a decir a la directora que estás insultando a una alumna.
—¿Qué estás haciendo?
—No sé.
Me largué a llorar, odio cuando eso pasa… le muestro debilidad.
Siento que ganó él, que le pruebo que soy la nenita que trata de proteger
en vez de la mujer que quiero que vea: la que puede guardar secretos,
verlo a escondidas, bancarse un amor clandestino.
—No lo aceptes.
—Pero me dijiste que…
58 • angie sammartino
—Me arrepentí. No puedo verte todos los días y recordar que mi
preceptor es un cagón.
Se quedó callado un instante.
—Está bien. Si eso es lo que querés.
¡Obvio que no quiere eso, infeliz! Ana, ¿este pibe es estúpido o se hace? ¿Así
nomás te da la razón? ¿No va a darse cuenta de que le importás más que una
expulsión?
—Quiero eso.
Nahuel respiró profundo, parecía costarle encontrar palabras:
—Perdoname por lo de recién. Estoy nervioso, no es tu culpa, fue sin
querer.
Bueno, cedió un poco, te pidió discul… ¡no! ¡No caigas de nuevo! Es lo
mismo de siempre, seguí con esa postura fría, Ana, estás enojada con él, es un
forro, no para de confundirte, te busca, te deja y hace lo que quiere con vos.
—Ya pasó. Estás nervioso, no sos vos el que me gritó.
Pero le mentí, yo sé que ese grito fue más él que nunca. Fue tal vez lo
más verdadero que alguna vez me mostró. Traté de buscar una respuesta
en sus ojos, pero estaban apagados, esto parecía estar afectándole mu-
cho. No entiendo por qué se complica las cosas así, por qué no me deja
ayudarlo a salir de sí mismo, a escapar de sus miedos, a intentar ser feliz
compartiendo las miserias con alguien. ¡Hay tantas cosas que quisiera
compartir con él! Pero ni siquiera me da la chance, antes de jugar el juego,
lo da por perdido.
—No quiero verte nunca más.
Obvio que no lo dije en serio, simplemente me jugué la carta que me
quedaba. Después de todo ya lo conozco de memoria: es un chico duro
de sentimientos, pero suele sensibilizarse cuando yo me pongo firme.
Le di su tiempo, sabía lo que iba a hacer: él iba a respirar, a acercarse,
abrazarme, poner sus manos en mi cara, correrme el pelo, mirarme a los
ojos y darme un beso apasionado de reconciliación.
El arte de negar • 59
Nada de eso pasó. Simplemente asintió y miró hacia abajo muy
pensativo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas nuevamente, pero esta vez no lo
disimulé. Su coraza estaba más fuerte de lo que pensaba.
Entonces supe lo que tenía que hacer. Lo miré desgarradoramente,
me levanté y me fui a paso bieeeeeen lento. Ahí es cuando él iba a gritar
“¡Ana!”, yo me iba a dar vuelta y saldría corriendo a su encuentro.
Tampoco pasó.
Se me agotaban las estrategias, pero sabía que, si bien la pelota estaba
en su cancha, el partido no había finalizado.
Esa noche de sábado iba a salir con sus amigos, se iba a emborrachar y
me iba a llamar a las 5 a. m. pidiéndome que nos viéramos.
Ese sábado, por supuesto, dormí abrazada al celular semivestida segu-
ra de que nos veríamos de madrugada como tantas otras veces.
Pero no.
Me desperté el domingo sin un puto mensaje y un vacío en el corazón
que mentiría si dijera que no me resultaba conocido.
No quería comer, no quería salir, no quería hacer nada. Lo sentía,
estaba todo perdido.
Solo entonces entendí: se terminó todo para siempre. Se terminó llo-
rar por él, se terminó soñar o ilusionarme con un futuro juntos, se ter-
minaron las ganas de querer ayudar a alguien que me rechaza. Y con él
se termina este Diario. Porque cada letra que hay en este cuaderno que
escribí todos estos meses me hace acordar a él y a partir de hoy lo voy a
empezar a olvidar.
Te escribo esto, querido Diario, porque fuiste una hermosa compañía
y quería que sepas cómo terminó todo. No solo por vos, sino porque sé
que puedo llegar a dudar de esta decisión y necesito leerte para recordar
por qué no quiero saber nada de el innombrable, nunca más.
Ana.
60 • angie sammartino
El arte de negar • 61
***
Querido lector/a: ¡qué revuelo el del capítulo anterior! Es enten-
dible, Ana escribió en el Diario sus palabras finales y uno al leerlas, se
desilusiona.
¿Puede ser cierto? ¿Llegó el fin? ¿Termina así de desesperanzador? ¿Y lo
que quedó sin contar? ¿Qué pasó con el preceptor? ¿De qué fue esa charla
con Gael? ¿Logró Tati conquistarlo? ¿La trola volvió con el innombrable?
¿Qué destino tuvo la sobrina de la tutora? ¿Qué pasó con Nahuel después
de lo sucedido en la plaza? ¿Y con Ana? ¿Cómo terminó el último año de
secundaria?
Son muchas preguntas que merecen una respuesta, ¿no te parece?
Pero antes que nada, querido lector/lectora, dejame decirte que si lo
que esperás es un final feliz de cuento de hadas deberías ir mudándote a
un clásico de Disney princesas. Esta es la historia de un desamor, es la
aventura de una chica que transita el duro camino de sobrevivir un amor,
por el momento, no correspondido. Un amor un tanto particular, es ver-
dad, porque es más fácil de asumir si del otro lado hay un NO rotundo
como respuesta. El problema es cuando al otro lado hay un “quizás”, un
“cada tanto”, un “soy complicado…”
Si están dispuestos a recorrer el camino sinuoso que nos queda por
transitar, entonces, los invito a continuar leyendo.
Ana escribió las últimas líneas de su Diario y está dispuesta a enterrar-
lo para siempre. Pero no se olviden que Ana es una negadora por natu-
raleza. Ella cree que puede escribir un punto final, pero no fue ni más ni
menos que un punto y aparte. Es verdad, por el momento va a aguantar
un tiempo considerable sin abrirlo, pero, eventualmente, caerá de nuevo
ante sus encantos.
El arte de negar • 63
Mientras tanto, me presento, soy la narradora de la historia y me voy
a hacer cargo de narrar hasta que Ana vuelva. Así que ajústense los cintu-
rones porque vamos a viajar a distintas épocas y lugares para conocer los
baches que quedaron en lo narrado.
No se olviden que los humanos —como dijo Galeano— estamos he-
chos de historias… por eso es momento de contarles los secretos de las
personas que rodean a Ana. Recién entonces van a comprenderla mejor.
Saludos,
La narradora.
64 • angie sammartino
NAHUE L
Parte I
Ese lunes de enero Ricardo llegó tarde, agotado y con más olor a al-
cohol de lo usual. El día había sido un infierno —como todos desde el
corralito de diciembre—, pero al menos esa noche no llegaba malhumo-
rado. Por el contrario, lucía el estado de ánimo del campeón que vuelve
al hogar con un trofeo bajo el brazo. ¿A qué se debía tanta excitación? Es
que, después de tanto tiempo de cortejo, por fin había logrado meterse
entre las prendas íntimas de Lola, su secretaria más nueva. Estaba orgu-
lloso pues había apostado consigo mismo una fecha de conquista más
lejana, pero esa noche había intuido que se iba a dar y no se equivocó.
Raramente fallaba, su olfato de abogado era infalible a la hora de saber
qué tan cerca estaba el juez de dar el veredicto deseado. ¿Su estrategia? La
usual, nada extraordinario: regalos, trato especial, cumplidos… él está
convencido de que todas las mujeres tienen un precio y siempre se desafía
a descubrir cuál es (y a regatearlo si es posible). Intentó abrir con su llave,
pero no logró embocarla en la cerradura antes de que Mónica, su mujer,
le abriera la puerta.
—¿Dónde estuviste, Ricardo?
—Trabajando. ¡Opa! Qué bien te queda ese escote.
Abrazó a su mujer, la dio vuelta suavemente y mientras la apoyaba le
susurró al oído:
—No sabés las ganas que tengo de hacerte…
Mónica lo frenó.
—Hoy no, Ricardo.
El arte de negar • 65
Él no hizo caso y la agarró más fuerte.
—Ricardo, pará, el nene sigue despierto, está imposible.
—Ya mismo lo mando a dormir...
—Necesita que le hables de hombre a homb... ¡Ricardo, pará un poco!
—¿Desde cuándo te molestan mis manos ahí?
—Te estoy diciendo que está acá al lado, despierto.
—¿No querías que conozca lo que es ser hombre? Le voy a mostrar…
Se empezó a desabrochar la hebilla del cinturón, pero Mónica lo em-
pujó y se fue ofendida a su habitación.
—¡Mujeres! Después se quejan de que uno no las atiende...
De repente, notó una sombra en pantuflas espiando al fondo del pa-
sillo que conectaba con la cocina.
—Aprendé, pibe, ¡no te cases nunca! ¡Y ANDATE A DORMIR YA
MISMO PORQUE TE FAJO!
El pequeño Nahuel de seis años amagó a seguir con el berrinche, pero
lo pensó dos veces y, como siempre, le obedeció a su papá.
Parte II
—Señora la citamos porque no lo podemos mantener en el aula, nos
excede.
—Señora directora, sinceramente no sé qué le pasa, les pido paciencia,
es un chico inquieto, pero es bueno.
—No dudamos de eso, pero evidentemente hay algo que lo está ha-
ciendo enojar.
—Es un chico muy enérgico.
—Le puedo asegurar que enérgicos son todos, pero no revolean sus
pertenencias cuando un profesor les dice algo que no les gusta.
66 • angie sammartino
—Son cosas de nenes…
—Tiene doce años, ya está grande para eso.
—Es un chico con carácter.
—Habrá que ponerle un límite a ese carácter, entonces. Necesitamos
hacer un trabajo conjunto con los docentes, el gabinete psicopedagógico
y ustedes. Nos gustaría saber si pasó por alguna situación que lo pudiera
estar afectando.
—No, para nada.
—Reacciona con mucha violencia… tenemos que averiguar de dónde
viene la ira que tiene para ayudarlo, ¿recuerda algún suceso que haya vi-
vido que pudo haberlo enojado?
—Bueno, se enoja cuando lo obligamos a hacer la tarea, pero es su
deber.
—Desde luego, ¿recibe castigos cuando no lo hace?
—Por supuesto.
—¿De qué estilo?
—Se queda sin salir, no ve la tele, lo usual.
—Entiendo... nos gustaría hablar con su marido también para traba-
jar en conjun...
—No va a ser posible.
—Pero podemos coordinar algún horario que…
—Me temo que no. Él trabaja todo el día, yo me ocupo de Nahuel. Lo
que tenga que hablar lo charla conmigo y yo se lo transmito.
—Sí, pero…
—Ya terminamos, ¿verdad? Me urge volver a casa. Les agradezco su
preocupación, voy a charlar con mi hijo seriamente.
Mónica se levantó, le extendió la mano a la directora que la miraba
entre sorprendida y resignada. Luego la madre salió al pasillo donde la
esperaba el chico.
El arte de negar • 67
—¿Vos no te cansás de hacerme pasar vergüenza?
—Me quiero cambiar de colegio, mamá.
—No te vamos a cambiar de colegio una mierda, así que empezá a
mejorar las notas y la actitud porque le voy a contar a tu padre de esta
reunión, ¿querés eso?
Nahuel dudó y finalmente respondió.
—No.
—No, ¿qué?
—No, mamá.
—Ah. Vamos para casa que dejé un pollo en el horno y dudo que
Elvira se ilumine y lo saque a tiempo para que quede jugoso como le
gusta a papá.
Parte III
Es el año 2012, Nahuel tiene diecisiete años y se encuentra en su viaje
de egresados, no muy entretenido. Sus compañeros están diseñando un
plan para conseguir alcohol sin tener que pagar en el boliche. Para eso
tienen que enviar a comprar a los que ya cumplieron dieciocho, pero
deben volver sigilosamente, ya que el peligro radica en que no pueden en-
trar botellas con alcohol al hotel o los envían de regreso. El más mínimo
“clin” que se escuche desde una mochila, alertaría al guardia de la puerta
y estarían perdidos.
Nahuel quisiera ofrecerse para ganarse la amistad definitiva del grupo
de Julián, pero todavía es chico. Mientras se dedica a registrar los movi-
mientos de Micaela, la chica que lo vuelve loco, a la que no tiene idea
cómo acercarse. Siempre está rodeada de un grupo de “cotorras” que lo
inhiben.
Llegado el momento bajan todos al hall para hacer bulto cuando los
68 • angie sammartino
kamikazes entren con el botín. Nahuel se sienta al pie de la escalera y se
pone a jugar a la viborita. Inesperadamente, se le acerca Micaela y se le
pone a charlar. Él intuye que, si sigue así, puede que en el boliche de la
noche finalmente se la chape.
De repente, ve entrar a sus compañeros y desvía su atención al guardia
que los mira con sospecha. Cuando está a punto de llamarles la atención,
Nahuel abandona a Micaela, le grita a Julián, le guiña el ojo, Julián en-
tiende y se empiezan a cagar a trompadas ficticiamente. El guardia desvía
su atención a la pelea y los otros, comprendiendo la jugada, se apresuran
a escabullirse y a desaparecer tras la puerta del ascensor.
¿Cómo termina la anécdota? Los dos prometen al guardia no pelearse
más y, aunque reciben un castigo, no es grave. La penalidad es perderse
la salida de la noche, lo cual trae como consecuencia que Julián y Nahuel
pasen muchas horas solos, charlando, cagándose de risa de la aventura y
comiencen una amistad definitiva. ¿Y Micaela? Obviamente su chance
se esfumó tras su decisión de involucrarse en la pelea para salvar al resto.
Pero ese era el precio que Nahuel estaba dispuesto a pagar por lo que valía
para él, un lugar en el grupo de amigos de Julián.
Parte IV
Año 2016. Nahuel está llegando tarde a encontrarse con Ana en la
plaza. Desde que le dijo de verse no puede pensar en otra cosa, ni comer
y menos dormir. Se siente mal por la conversación que tiene por delante,
pero debe hacerlo. Todavía no comprende bien qué siente por ella, pero
sabe que esa chica no es como las otras, Ana no le da lo mismo. Tal vez sea
su mirada, su paciencia, su perseverancia… Tiene algo especial, algo que
lo atrapa. Es de esas personas que uno puede tener lejos durante mucho
tiempo, pero que de un día para el otro necesita desesperadamente.
Pero si algo sabe es que tiene que dejarla ir, no puede seguir
El arte de negar • 69
lastimándola, nunca va a poder darle lo que ella merece. Y la oportunidad
que surgió de trabajar en el colegio no solo es útil para independizarse de
una vez por todas de su padre, sino que también es una buena excusa para
poner un punto final a su historia con ella.
Cuando se acerca, ella lo recibe cariñosamente con una merienda y
una sonrisa, eso lo hace sentir peor. Piensa que debería haberle advertido
el motivo de la charla, pero estaba convencido de que había hecho bien
en tratar el tema en persona. Era lo mínimo que ella merecía. “Va a ser
mejor que lo resuelva rápido”, piensa Nahuel.
Finalmente, le dice que no puede estar más con ella mientras por
dentro sufre sabiendo que se va a poner mal. Pero sabe que Ana es fuerte,
que lo va a superar y va a encontrar al chico que merece; uno sin tantas
vueltas, sin complicaciones, sin tanto por resolver antes de poder entregar
su corazón honestamente.
De repente, empieza a dudar. ¿Y si ella era su salvación? ¿Y si estaba
perdiendo la chance de cambiar la historia?
—Podés contarme si querés —le dijo la chica dulcemente.
—No hay nada que contar.
—Ojalá confiaras en mí, te darías cuenta de que no estás solo, no te
puedo ayudar, pero te puedo escu…
—¡ANA, TE DIJE QUE NO PASA NADA!
“¿Le grité así?”, pensó. Y ahí se dio cuenta de que estaba acertado. No
podía luchar contra su esencia, llevaba el temperamento de su padre en
los huesos y, por más que quisiera escapar, ese era él y Ana estaba mejor
lejos de él.
Voy a tener que detener acá el relato, querido lector, porque veo que
estás creyendo cada palabra de lo que te cuento. Es natural, ¿por qué des-
confiarías de la palabra del narrador? Sin embargo, lamento comunicarte
que caíste en mi detector de negadores. Si lo que leíste recién te resultó
70 • angie sammartino
verosímil, debo confirmarte que sos uno más, como Ana... otro especia-
lista en el arte de negar.
No te aflijas, la buena noticia es que estás leyendo en el lugar correcto
y, esta historia, es definitivamente para vos. Te pido disculpas si te ofendí,
no quise engañarte, pero fue necesario. Simplemente quería demostrarte
que cuando uno quiere creer algo, puede… y esa es la esencia de la nega-
ción. Nosotros mismos nos ponemos los obstáculos sin saberlo.
Lo que te conté estos últimos capítulos no es mentira, pero tampoco
es la realidad. ¿Entonces?
Entonces, es la historia de Nahuel TAL CUAL se la imagina Ana en su
cabeza. Ella fue tomando comentarios, anécdotas e historias que le contó
Nahuel —a medias— y las completó a su favor. ¿Por qué? Porque ella,
como buena negadora, necesita creer que hay una razón poderosa por la
cual Nahuel no está con ella.
La mayor habilidad del negador es esa, encontrar responsables y adju-
dicarles el poder de decisión.
Espero me disculpes por este truco literario, pero lo sentí necesario
para empezar a poner luz en el camino. Las cosas no siempre son como
pensamos, como queremos que sean ni necesariamente tienen un motivo
que nos sea suficiente. Hay una frase que dice “hay tantas verdades como
personas en el mundo”. Y realmente creo que es así: todo depende del
cristal con que se lo mire. En el caso de Ana, desde el de la negación.
El arte de negar • 71
G AE L
Parte I
Gael vive ahora en la ciudad de Buenos Aires, pero fue en el campo,
en Coronel Suárez, donde pasó prácticamente toda su vida. Su infancia
fue entre árboles, animales y muchos amigos. De familia adinerada, con
una facha destacable y una simpatía compradora, siempre fue uno de los
chicos de su edad que más corazones rompía.
Sus vecinos solían definir el lugar como “pueblo chico, infierno gran-
de”, pero para él era todo lo contrario: sentía que vivía en el paraíso. El
papá viajaba seguido a la capital de Buenos Aires y le contaba historias
que escuchaba con horror. Sobre todo cuando le decía que sus primos vi-
vían encerrados en un departamento, dedicando religiosamente su tiem-
po libre a la Play y la tv. Al contrario de sus hermanas mayores, cuanto
más escuchaba de la gran ciudad, más amaba su pueblo y su libertad. Lo
que más feliz lo hacía era salir a jugar al fútbol, siempre había sido bueno
con la pelota. Su padre se cansó de ofrecerle infinita cantidad de veces si
quería irse a la ciudad. Le juraba que si lo llevaba a probarse a los mejores
clubes podría ser el próximo Lionel Messi. Pero Gael se reía y le decía
que no le interesaba. Él soñaba sencillo pero suficiente. Quería una casa
con mucho campo, caballos y casarse con la única chica que existía en su
vida, Bianca, su primer y único amor, con quién estaba desde los once
años. Él sabía que para muchos era otro amor adolescente, pero para él
era la mujer de su vida, la amaba profundamente. Había vivido más cosas
con ella que con cualquier persona, incluidas sus hermanas. No tenía
mala relación con ellas, pero tampoco era la mejor, le resultaban un tanto
engreídas. En cambio, Bianca era lo opuesto. Tenía una dulzura desbor-
dante, era morocha y tenía los ojos más claros que había visto en su vida.
72 • angie sammartino
Él se reía cuando sus amigos le decían que desperdiciaba su suerte
casándose tan pronto, pero él sentía que se había ganado la lotería en el
primer intento. O eso creía hasta finales del año pasado cuando se enteró
de ALGO que lo cambió TODO.
Y sobre eso estuvieron hablando Gael y Ana en aquella fiesta del Jueves
Santo que los unió tanto. Esa charla que sería el comienzo de una linda
amistad… ¿O de algo más?
Parte II
Fines de 2015
—Gael, quiero que hablemos.
—¿Qué pasa, Bian?
—No sé cómo decirlo. —Bianca estaba irreconocible.
—¿Qué cosa?
—Guau, hace casi seis años que estamos juntos, ¿no es un montón?
—Sí. —Gael sonrió—. Pero no es nada comparado con todo lo que
vamos a estar.
Le guiñó el ojo, la abrazó y apoyó la cabeza sobre sus piernas.
Ella continuó:
—Este año yo termino el colegio, a vos te queda un año más… va a
ser raro.
—Sí, qué sé yo... es solo un año. Además, como vas estudiar cerca va
a ser casi igual.
—Estuve pensando, no sé si me copa tanto veterinaria.
Gael se levantó y la miró.
—¿Posta? Pensé que estabas convencidísima.
El arte de negar • 73
—Creo que no quiero eso.
—Está perfecto. Si dudás no lo hagas, pensemos hasta que encuentres
lo que te gusta, yo te banco en lo que elij…
—Me quiero ir a estudiar a otro lado.
—¿A otro pueblo?
—No.
—No entiendo.
—Me voy a ir a capital, Gael. Ya hablé con mis papás, voy a vivir en la
residencia a la que van mis amigas.
Gael no entendía nada. ¿Bianca se iba? ¿Cómo podía ser que le dijera
algo así sin que él fuese parte de la decisión?
Estaba entre molesto, ofendido y decepcionado.
—Me agarraste como muy de sorpresa, ¿por qué no me contaste antes
de esto? Pensé que nos contábamos todo.
Bianca simplemente le quitó la mirada y se alejó.
—No te pongas mal, Bian… es… va a ser complicado, un año a dis-
tancia... pero nuestro amor es más fuerte. Si eso es lo que vos querés te
voy a bancar.
Bianca lo miró, le dio un beso y se largó a llorar.
—No llores, mi amor.
—Es que no entendés… yo no lo quería decir, a ver si se me pasaba,
pero no puedo y vos... te lo tenía que decir... me voy porque necesito
estar lejos.
—Está bien, es comprensi…
—Lejos tuyo.
—¿Y yo qué hice?
—Vos nada.
—¿Entonces?
74 • angie sammartino
—Aunque vos me perdones en el pueblo nadie me va a dejar de mirar
mal cuando se sepa.
—¿Cuándo se sepa qué?
—No te enojes, por favor. Estoy arrepentida.
—¿De qué hablás? Me estás asustando.
—En el viaje de egresados...
—¿Viaje de egres…? Eso fue hace mese... ¿Qué tiene que?
Gael hizo las cuentas y empezó a deducir de qué podía estar hablando
Bianca.
—Estuve con otro. Te cagué, Gael, perdoname.
Parte III
Año 2016. Jueves Santo
—¡Qué garca!
—Por lo menos tuvo el coraje para decirme la verdad. Otra mina tal
vez no me lo hubiera dicho…
—Con ese criterio otra mina tal vez no te hubiera cagado.
—Sí, ya sé. Gracias por recordármelo.
Se rieron.
—Bueno, para que veas que con el pibe este, ¿cómo se llamaba?
—N… Nahuel.
—Ese... para que veas que estás mejor que yo.
Ana sonrió, esta vez por pensar en N y la cita que tenían pendiente.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
Ana lo venía pensando desde que había empezado la fiesta, pero no se
animaba a decirlo.
El arte de negar • 75
—Lo que quieras.
—¿Por qué el otro día me mandaste ese mensaje? Cuando te dije que
mi amiga gustaba de vos…
—Ana te vi y me gustaste, no hay mucha vuelta para darle. Tu amiga
es divina, pero no me llamó. Igual entiendo que ahora estás formalizando
con el pibe este, yo no sabía nada… así que espero que no se entere por-
que merezco que me cague a trompadas.
Ana se ruborizó un poco y sonrió.
—¡Callate, exagerado! ¿Por qué te va a venir a pegar a vos si sos más
bueno?
Se miraron un instante.
—Si me pega está bien, yo haría eso si estuviera con vos y un flaco te
empieza a mandar mensajes chamullando.
El corazón de Ana empezó a latir a mucha velocidad. Para Gael era
una conversación como cualquier otra, pero para ella no. De repente,
se dio cuenta de que nunca había tenido una charla así con un chico.
Tanto tiempo había perdido intentando sacarle alguna palabra de cariño
a Nahuel que nunca se había dado la oportunidad de pensar en otro,
alguien que le dijera cosas lindas así de la nada. Pensó que se sentía lindo
eso.
Pero luego recordó que todos son distintos y que cada uno hace lo que
puede. Bastante que Nahuel le había dicho de verse.
—¿Entonces se ven mañana? —retomó la conversación Gael.
—¿Está bien que hablemos de esto?
—Ana, si no me vas a dejar que te conquiste por lo menos dejame ser
tu amigo, es demasiado grande esta ciudad y yo soy muy nuevo.
—Eso, ¿por qué te viniste para acá si no viniste con ella?
Gael sonrió un poco entristecido, respiró y suspiró.
—Cuando Bianca me cortó me quedé como paralizado. Yo creía que
76 • angie sammartino
era la única persona que amaba en el mundo, pero me di cuenta de que
ella ERA mi mundo. O sea, literal, tenía toda mi vida construida alrede-
dor suyo. Mis amigos, mis anécdotas, mi pasado… todo compartido con
ella. Incluso mis abuelos la quieren como si fuera una nieta más.
—Y te sentiste solo.
El chico asintió levemente.
Pensé que tal vez estaba exagerando en cortar, me di cuenta de que
podía perdonar un engaño de un viaje de egresados. Me tomé un tiempo
para no hacérsela fácil y cuando estaba por perdonarla me enteré de que
ya se había ido de Suárez. Y me volví loco, me quería matar. Armé el
bolso, me tomé un colectivo y me vine a buscarla. Mis primos de acá me
dieron una mano para ubicar la residencia donde estaban las amigas, pero
cuando fui, no había ninguna Bianca. Me quedé horas haciendo guardia
hasta que en un momento vi salir a una de las amigas de ella, pero cuando
me acerqué me dijo que no sabía dónde estaba, que no la buscara, que la
dejara en paz.
—¿Y por qué te quedaste?
—¿Sos del FBI que hacés tantas preguntas?
—Necesito saber bien de quién me hago amiga.
—Bueno, entonces te informo que tu amiga, con la que viniste, no
creo que vuelva con vos. La veo entusiasmada con mi primo.
El arte de negar • 77
—¿Es tu primo el que se está comiendo Camila?
Gael asintió y se cagaron de risa.
—Entonces…
—Me costó decidirlo, pero me di cuenta de que si volvía todo me iba
a recordar a ella. Por suerte mis viejos me bancaron, mi papá me llevó a
un par de clubes y me vino bien distraerme con eso. Qué sé yo, sigo sin
entender nada, pero creo que en algún momento vamos a tener la opor-
tunidad de hablar tranquilos y de aclarar todo.
—Ahora entiendo, estás acá porque tenés más posibilidades de
cruzarla.
Gael sonrió.
—No… no sé. Necesitaba un cambio. A veces son buenos los cambios.
—Te envidio un poco, yo jamás podría poner distancia de todo lo que
me une con Nahuel.
—No te creas que la estoy pasando bomba. Encima me quise hacer el
que me podía chamullar minitas y ¡mirá como me salió! No sirvo para eso.
—¿Por qué lo decís? ¡Ah! —Ana se sonrojó—. Bueno, la propuesta de
mi amiga sigue en pie...
—Sí, tal vez evalúe la oferta ya que mi nueva amiga está casi de novia
con el nabo ese.
—¡Ey!
—Es mi competencia, no esperarás que le tenga aprecio.
—Está bien, me parece justo.
—Contame más de tu amiga...
Y se quedaron charlando hasta altas horas de la madrugada. Como
había predicho Gael, Camila nunca volvió y él la acompañó caminando
a la casa porque estaban cerca.
—¡No nos va a quedar otra que volver juntos del colegio cuando no
tenga que entrenar! No sabía que estábamos tan cerca…
78 • angie sammartino
—Parece que sí, no me va a quedar otra que dejarte que me lleves la
mochila.
—¿Por qué haría eso?
—¡Gustás de mí! ¡Es lo mínimo!
—Mmm, parece que es verdad eso de que las porteñas son muy avi-
vadas, tendría que haber disimulado un poco más. Aunque no sé si a tu
amiga le gustaría.
Ana pensó seriamente en Tati y estuvo segura: Tati era capaz de des-
viarse de su propia casa con tal de estar un rato más con el chico que le
gustaba. Era divina, pero un tanto intensa. Ana se rio por dentro, “inten-
sa” era la palabra que siempre usaba su mamá para describirla, pero ella
sabía que el verdadero significado era “hincha huevos”.
—Mejor lo de la mochila no.
Finalmente se despidieron, Gael le hizo saber cuando llegó a la casa y
Ana se fue a dormir pensando en todo lo que había pasado en una sola
noche.
Ese viernes Ana al final no se juntó con Nahuel y fue su nuevo amigo
Gael quién la entretuvo durante horas por whatsapp mientras la ansiedad
la mataba. Se sentían cómodos hablando y ellos creían que se debía a que
se entendían debido a sus desventuras amorosas. La realidad es que algo
más potente los unía y no era solo la “mala suerte” con sus relaciones. Para
que puedan comprenderlo, hay una historia más que tienen que saber.
Tranquilos, esta vez no los voy a engañar. Prefiero demostrarles que la
realidad supera a la ficción. Siempre.
Parte V
Leandro, el papá de Gael, creció en Suárez con su hermano menor
y cuando cumplieron edad suficiente heredaron los campos y la empre-
sa familiar. Ambos trabajaban ayudando desde chicos y odiaban haber
El arte de negar • 79
nacido ahí. Siempre les había intrigado mucho cómo sería vivir en la
Gran Ciudad, para ellos era un misterio. De adolescentes, habían jurado
dejar el pueblo apenas pudieran e ir a descubrir nuevos lugares. Sin em-
bargo, el papá de Gael, viendo la fortuna que podía amasar si no se iba,
se quedó. El hermano menor vendió todo y se fue a la aventura. El chico
vivió mucho tiempo con lo justo e incluso le costó llegar a muchos fines
de mes, pero con el tiempo se volvió un empresario exitoso, se casó y tuvo
hijos. El papá de Gael formó también su familia con una chica de un pue-
blo cercano y sostuvo su poder adquisitivo a costas de vivir infeliz y celoso
de su hermano. Cuando su único hijo varón nació empezó a pensar que
él podría ser su salvación. Leandro ya no podía escapar de ese condenado
lugar A MENOS QUE tuviera una buena excusa. ¿Y si tuviera que acom-
pañar a su hijo a que cumpliera un sueño en la capital? Pero sus ilusiones
se derrumbaron cuando “el pelotudo” se enganchó con una chica del
barrio y creía tener la vida resuelta. “¡Pobre pibe! —pensaba— tengo que
rescatarlo porque se va a querer matar todo el resto de su vida como yo”.
Dicen que los padres hacen cualquier cosa por sus hijos así que, es-
cudándose en eso, hizo algo terrible. Cuando se dio cuenta de que había
llegado el momento de despejarle el camino, una tarde de diciembre, se
juntó secretamente con Bianca y la conversación pasó de un tono amisto-
so a una amenaza bastante convincente. Le mostró la peor cara que tenía
y la chica, como es lógico, se aterrorizó por ella y por su novio.
Lloró, gritó y lo insultó, pero, finalmente, cumplió su parte.
Y él esperó que Gael fuera solito a Bs. As. y no la encontrase, que le
pidiera quedarse allá y que le dijera que era el mejor papá del mundo por
acompañarlo.
No, Gael nunca vio las segundas intenciones del padre. ¿Adivinan
por qué? Exacto. ¿Ven ahora la similitud entre Ana y Gael? Sí, señores,
bienvenido Gael a la lista de negadores.
80 • angie sammartino
AL EJAND R A
Seguramente habrán notado que no se ha dicho demasiado sobre la
mamá de Ana y eso, en sí mismo, ya es mucho decir. Lo poco que Ana
escribió en su Diario sobre ella les da algunos indicios de cómo es: una
madre relajada, permisiva y liberal (siendo generosa con los adjetivos).
Pero su historia es muy interesante y retorcida. Alejandra fue adopta-
da cuando tenía cuatro años por los abuelos de Ana, Carmen y Héctor,
después de que la pareja hubiera intentado por muchos años tener hijos
sin éxito. Como último recurso, optaron por esa vía, pero hace falta decir
que fue más por insistencia de ella que por deseo de él.
Carmen sentía que estaba preparada para ser madre desde siempre y
vivía como una frustración constante el hecho de que la naturaleza no le
cumpliera su deseo de maternidad. A veces se deprimía tanto que incluso
llegó a estar medicada. En esas épocas sobre todo, Héctor comenzaba
a distanciarse y a preguntarse si ambos querían lo mismo. Finalmente,
adoptaron a la niña y, si bien la llegada de la hija no resolvió sus asuntos
de pareja, sí los distrajo por un tiempo.
Eventualmente, Carmen y Héctor se fueron distanciando cada vez
más. No se divorciaron porque en esa época todavía estaba mal visto
(por lo menos para ellos era inadmisible), pero con el correr de los días
se desgastaba más y más la conexión que supieron tener al comienzo de
la relación. Carmen depositó todo el amor que tenía para dar en su hija,
pero, a su vez, proyectó en ella sus deseos, sus frustraciones y sus miedos.
Héctor, en cambio, se alejó cada vez más de las dos. Por momentos se
preguntaba si vivía la vida que él quería o las circunstancias lo habían ido
llevando a lugares que nunca había deseado.
Alejandra creció en un ambiente estricto, culto y lleno de reglas. La
El arte de negar • 81
madre le hizo aprender piano, idiomas, danza clásica, costura… la chica
siempre tenía una ocupación. Mientras fue una niña cumplió con todo
respetuosamente, pero cuando llegó su adolescencia su actitud dio un
vuelco de ciento ochenta grados. A los trece desató un temperamento
rebelde que empeoró con el correr de los años, transformándola en una
adolescente cada vez más inmanejable.
El papá cada vez le prestaba menos atención y la mamá comenzaba a
cuestionarse seriamente sus habilidades como madre, lo cual, obviamente
la deprimía. Cuando cumplió los dieciocho, Alejandra se volvió definiti-
vamente indomable.
A esa edad se enamoró perdidamente de un chico más grande que ella
y estuvo a punto de dejar todo para escaparse con él. Su forma pasional
de vivir las cosas le jugaba en contra al punto de que le nublaba la razón.
Cuando se dio cuenta de que el muchacho no quería lo mismo que ella,
decidió tomar medidas extremas para retenerlo. Debo decir que no solo
no surtieron el efecto deseado, sino que además trajeron consecuencias
definitivas. Esto es así porque, de esa relación, nació Eli. Ella pensaba en
su mente enamorada que un hijo los iba a unir para siempre, pero no
pudo estar más equivocada. Ni bien el chico se enteró del embarazo entró
en pánico y desapareció como detrás de una bomba de humo. De hecho,
fue recién muchos años más tarde que se reencontrarían, pero esa es otra
historia.
Alejandra se aferró un tiempo a sus padres mientras pasaba por todo
el proceso de embarazo y aprendió a querer a Eli aunque, por momentos,
deseaba no haberla tenido. Carmen la ayudaba, pero secretamente la en-
vidiaba por tener lo que ella nunca había tenido de una forma tan fácil,
gratuita e inconsciente.
Pasaron algunos años y Alejandra volvió a enamorarse. Esta vez en-
contró un hombre maduro, sin vueltas, con un trabajo de sueldo ge-
neroso que le permitía mimarla seguido y que, ciertamente, la quería
82 • angie sammartino
muchísimo. Incluso trataba a Eli como si fuera su padre biológico. Pablo
era un piloto de avión que se pasaba la mitad de la vida viajando. Sin em-
bargo, nada le daba más placer que compartir el poco tiempo que tenía
en Buenos Aires, con su familia.
Cuando Eli cumplió diez llegó Ana y por fin Alejandra sentía que las
piezas de su vida se acomodaban. Tenía lo que siempre había soñado: al-
guien que la amaba y que podía amar a sus hijas como a ella no la habían
logrado amar.
Me gustaría decirles que esta es la historia que se sale de la regla, la his-
toria en la cual el amor triunfa y la negación pierde, pero no. A veces abrir
los ojos duele más que cerrarlos y durante un tiempo uno prefiere no ver
lo que está delante. Sin embargo, eventualmente, se nos hace tan difícil
permanecer en las tinieblas que, por mero instinto de supervivencia, los
abrimos. Y es entonces cuando nos enfrentamos a la verdad, a las certezas,
a la necesidad de tomar decisiones.
La cuestión es que hace unos años Alejandra tuvo que separarse de
Pablo con todo el dolor del alma. Eli ya no vivía con ellos, pero Ana, de
la noche a la mañana, tuvo que cambiar de colegio, de casa, dejar de ver
a su papá...
Claro que su madre tenía una razón para hacer lo que hizo, pero ¿qué
fue lo que pasó?
La cosa es que un buen día —o uno muy malo— Alejandra se enteró
de algo que cambiaría todo: Pablo tenía otra familia.
Y cuando digo “otra familia”, digo otra pareja, otro hijo, otra casa y
otra mascota.
Así es, Pablo había estado viviendo una doble vida y ella nunca se
había percatado.
O no había querido.
El arte de negar • 83
TEMPORADA II
M AYO
Jueves 5
Querido Diario: sí ya sé, te prometí que no iba a escribir nunca más
y que había puesto un punto final. Pero ¿desde cuándo me creés todo lo
que digo? Este mes pasaron muchas cosas y cada vez que sentía ganas de
escribirte me acordaba de esa estúpida promesa que hice de no volver al
Diario. Ya fue, ¿no? Necesito escribir, me di cuenta de que me saca los
nervios, me calma la ansiedad y me ayuda a pensar mejor.
Además me está gustando releer un tiempo después, ver cómo cambió
todo... cómo cambié yo. Recién leí las cosas que puse en enero y no puedo
creer que lo del cordobés pareciera que fue hace siglos. Podría escribirle
a ver en qué anda, ¿no? Total vive lejos y chapa mal, así que ya sé que no
me voy a enganchar. Sí, le voy a hablar en estos días. ¡Ves! Esto necesito.
Poder contarle a alguien todo lo que pasa por mi cabeza sin que una
respuesta me tire todo abajo, alguien como vos que entienda que mis pre-
guntas son retóricas y que mis impulsos no siempre piden interpretación.
84 • angie sammartino
Igual en este tiempo —no te ofendas— tuviste un semireemplazo.
Fue loco, pero después de aquel día en la plaza necesitaba refugiarme en
alguien y en la primera persona en la que pensé para que me contuviera
no fue Tati ni Gael (él fue la segunda), sino mi hermana. Eli me recibió
como si no hubiera pasado nada, como si yo no le hubiera hecho la vida
imposible por casarse de nuevo. Además, las juntadas con ella incluyen
tenerlo a Simón dando vueltas y eso me hace muy bien... los nenes chi-
quitos suelen cansarme después de dos minutos, pero este gordito tiene
algo especial, no sé, no lo puedo soltar. Cuando juego con él es como si
me olvidara de todo: lo único que me importa es que no se caiga, que no
se coma cualquier cosa y que no me haga mierda el celular mientras bus-
camos videos nuevos de Peppa pig (cuando tenés un sobrinito te volvés
un experto en programas infantiles del momento).
En fin, ahora voy a elongar las manos porque tengo bastante que na-
rrar. Desde lo de N y su propuesta para trabajar en el cole hasta lo de
Tati. ¡Ah! Y también la BOMBA que me tiró mi hermana que me hizo
replantear mil cosas.
Lunes 9
Querido Diario: la última vez que te hablé de N fue cuando me des-
trozó el corazón en más pedacitos de lo que creía que se podía. Esa tarde
viene a mi cabeza una y otra vez, de masoquista nomás. ¡Y yo pensando
que quería algo serio conmigo! ¿Cómo se puede ser TAN negadora? ¿Seré
yo la ciega? ¿O será él el que no se da cuenta del daño que me hace cada
vez que se acerca? Siento que mi atracción hacia él es igual a la que tienen
los nenes chiquitos con los enchufes: ellos saben que no deben acercarse
porque les advirtieron que es peligroso, pero hasta que no les da una pata-
da y los hace llorar, no aprenden. Y la mayoría vuelve a intentarlo. En fin,
¿te acordás que le pedí que no aceptara el trabajo en el cole porque no lo
El arte de negar • 85
quería ver nunca más? Obvio que en su momento lo hice de desesperada,
pero sabía que no me iba a hacer caso. Ese mismo fin de semana empecé a
ensayar caras de orto y formas de ignorarlo: si él pensaba que la jodita del
“no podemos estar juntos” le iba a salir gratis, estaba equivocado. En mi
dolor necesitaba lastimarlo un poco a él, necesitaba con todas mis fuerzas
mostrarle el horrible ser que era y cómo le había hecho mal a alguien que
tuvo la simple desdicha de amarlo.
Pasó la primera semana y Santiago siguió siendo mi preceptor hasta
que, un día, se despidió de nosotros y renunció. Me preparé mucho —
incluso hablé horas con Gael, con Tati y con Eli— para enfrentar la cara
de mi antiguo amor devenido en nuevo preceptor, pero, para nuestra sor-
presa, N no apareció. En su lugar tomó el puesto una preceptora medio
jovata, un poco rara y nunca antes vista en el colegio.
Festejé con mis amigos no tener que verle la cara al idiota, pero debo
confesarte que estaba un tanto desilusionada. Creo que no lo tenía tan
superado como creía: todavía tenía la necesidad de saber de él, de verle la
cara, de tenerlo cerca. Obvio que mi enojo con él siguió, pero de una for-
ma muy frustrante. ¿Hay algo más patético que ignorar a alguien que no
sabe que lo estás ignorando? En fin, por suerte estuve entretenida porque
pasó de todo y me sacó la cabeza de N. Mañana te cuento.
Martes 10
Querido Diario: necesito darte detalles porque, lo que se viene, es una
anécdota buenísima. La situación es así, estábamos en el aula hablando
del disfraz de la fiesta de egresados (por cierto, el curso está cada vez más
dividido y no logramos ponernos de acuerdo. Para los que piensan que el
último año es pura joda, no se crean que es tan así, ¡hay mucho estrés!)
Estábamos en eso y cae la preceptora nueva. Imaginate mi cara cuando
dijo que ella era el reemplazo de Santi. Por un breve momento sentí una
86 • angie sammartino
El arte de negar • 87
asfixia terrible de solo pensar que no iba a volver a ver a N nunca más.
Después me alegré un poquito, porque sabía que no tenerlo cerca era el
primer paso para recorrer el largo camino de olvidarlo. Luego, poco a
poco, me empezó a agarrar algo que no había sentido antes: culpa. ¿Y
si por mi culpa tenía que volver a trabajar con el padre? ¿Y si le había
cortado su oportunidad de ser libre? ¿Por qué no habrá aceptado? Si no
le intereso, ¿por qué me hizo caso? ¿Habrá sido por mí que no aceptó el
laburo? Si no va a ser mi preceptor, ¿entonces sí podríamos volver a estar
juntos? Mi cabeza era un quilombo. Y nada peor para una cabeza maqui-
nadora de hipótesis que tantas preguntas sin respuesta.
Salimos del colegio y Gael me preguntó si estaba bien, le conté lo
que pensaba y me dijo que no me quería dejar sola, que iba a faltar al
entrenamiento y que me iba a llevar a distraerme. Extrañamente acepté
sin chistar. Necesitaba compañía, no quería quedarme sola con mis pre-
guntas, mi culpa y mi conciencia. Primero fuimos a la casa y me acordé
de la fiesta que había hecho hace unas semanas atrás y de cómo había
intentado levantarme mientras yo lo quería convencer de que él le diera
a Tati. Me reí por dentro, ¡era todo tan bizarro! ¿Qué hacía yo ahí? Si
Tati se enteraba me mataba. Elegí por una vez en la vida callar las voces
que me hablan dentro de la cabeza todo el tiempo. Elegí ser yo misma y
hacer lo que me naciera. Elegí no ponerme mal por un pelotudo que no
me valora. Elegí pasar la tarde con un amigo con el que había algo, pero
no sabía qué.
Ah, y la noche también.
Miércoles 11
Querido Diario: ese día que estuve en lo de Gael fue muy particular.
No hicimos nada del otro mundo, pero ¿viste cuando algo resulta espe-
cial por lo simple que es? Así fue todo. Primero almorzamos y estuvimos
88 • angie sammartino
charlando un montón. Hablamos de todos los temas y de ninguno en
particular. Nos cagamos de risa porque yo lo jodía con que era recampe-
sino y él me decía que yo era una chetita de Palermo. En un momento
me contó de las peñas a las que iba con su abuelo (son como boliches
de folklore según me dijo) y me enseñó a bailar chacarera. Yo algo sabía
por los actos de la primaria que siempre son iguales, pero nunca pensé
que podía divertirme tanto bailando eso. Después me dijo de ver una
peli y fue reCHAN porque pensé que quería que fuéramos a su cuarto y
entré en pánico. Después vi que encaraba al sillón del living y me relajé.
Empezamos a ver una peli que había en Netflix, pero nos quedamos dor-
midos. Nos despertó el papá cuando llegó de una reunión y nos ofreció
llevarnos a cenar (me dijo “me gusta que Gael empiece a crear vínculos
acá”). Yo pensé que Gael le iba a rechazar la invitación al padre porque ya
habíamos pasado mucho tiempo juntos, pero...
—¡Uy, sí! Hay una parrilla acá cerca que la rompe y las papas no sabés
lo que son, ¿vamos?
—Vos empezá a controlar las comidas porque la pelota te va a correr
a vos, ¿fuiste a entrenar hoy?
—Sí, sí. Ana vino hace un ratito a hacer un trabajo práctic...
—Está bien no hace falta que expliques —interrumpió el padre y vi
que le guiñó un ojo.
—¿Venís, Ana, entonces? ¿O la cheta quería sushi?
Lo miré con odio actuado y le dije que no sabía, que me dejara con-
sultarlo con mi mamá. No sé para qué hice eso, es obvio que por mi vieja
estaba todo bien. Hice de cuenta que me iba a hablar con ella y la llamé
a Cami. Creo que cuando uno sabe lo que quiere, pero no se anima a
hacerlo, busca a ESA persona que sabe que le va a dar la aprobación bus-
cada. Obvio, Cami me cagó a pedos por estar pensando en N o en Tati.
—Boluda, Gael es un bombón, si no vas a esa cena no te regalo más ropa.
No me quedó otra que ir.
El arte de negar • 89
Jueves 12
Querido Diario: como te dije, fuimos los tres a cenar y la pasamos
genial, fue cero incómodo. El papá de Gael es un genio, me contó un
montón de anécdotas y yo no podía más de la risa. Se nota que está orgu-
lloso del hijo porque no para de halagarlo, incluso me dijo que si seguía
poniéndose las pilas iba a ser el próximo Messi. Gael, mientras tanto, me
miraba con cara de “dejalo que diga boludeces” y yo me sentía cada vez
más cómoda en esa tácita complicidad al punto de empezar a lamentar
que el día se estuviera terminando. Lo raro fue que cuando estábamos en
la camioneta volviendo el papá preguntó si me llevaba a casa y Gael me
miró:
—¿No querés terminar de ver la peli?
En mi cabeza fue tipo “¿Eh? ¿Quiere seguir pasando tiempo conmigo?
¿Es joda? ¿Lo pisó un caballo de chico y quedó mal?”
Por suerte me guardé los pensamientos para mí y le dije que me pare-
cía una buena idea (aunque no tenía idea ni qué peli estábamos viendo).
Empecé a ponerme un poco nerviosa porque una cosa era estar juntos de
día, como amigos, pero de noche era distinto. No es que yo no quiera
que pase algo con él, pero sabía que era para quilombo. Además, apenas
unas horas atrás estaba triste porque no iba a ver más a N y ¿de repente
me gusta otro?
¡Y si Tati se enteraba estaba al horno!
Me hice una pregunta repetida: ¿por qué siempre es todo tan
complicado?
Entonces, recordé la conversación que tuve con mi hermana.
Unos días atrás...
—¿Y si no se me da nunca? ¿Y si estoy destinada a sufrir por amor?
90 • angie sammartino
—¿Qué decís, Ana? Hasta las mejores parejas atraviesan los peores
momentos.
—Eli, no te ofendas, pero en este asunto no creo que seas una voz de
autoridad. Yo sé que lo que pasó con Facu fue lo peor del mundo, pero
el amor entre ustedes era tan perfecto que no podés tener idea de lo que
es sufrir por esto.
—El verdadero amor no es el perfecto, es el que sobrevive.
—No sé.
—Mirá, no te lo dije porque no valía la pena, pero tal vez sea hora de
contarte la verdad.
—¿De qué hablás?
—Cuando tuvimos el accidente, ese viaje... Facu y yo… nos estába-
mos dando una última oportunidad. Nos estábamos por separar.
Me acuerdo que lo tiró así de la nada como quien comenta el precio
del tomate. Yo no podía salir de mi asombro.
—¿Cómo que se iban a separar? ¿Es joda? No entiendo nada, siempre
los vi bárbaro.
—Hay cosas que uno se guarda para la intimidad de la pareja, fue una
época muy difícil. Yo sentía que lo quería mucho, pero no seguía enamo-
rada. Sin embargo, con tantos años valía la pena ver si podíamos remarla.
Pero estábamos en las últimas.
—Pero, ¿Simón?
—¡De Facu! Simón es el único accidente que agradezco en mi vida.
—No me lo creo, eran perfectos, Facu era divino, estudiaban lo mis-
mo, ¿por qué no te gustaba más?
—No es que no me gustaba, sino que no me sentía enamorada. Tal
vez el hecho de compartir la infancia, la carrera, la casa… nos saturó muy
pronto. Es difícil crecer a la par de otra persona porque no terminás de
conocerte a vos mismo. No te creas que fue fácil, me la pasaba llorando y
sentía una culpa horrible por querer estar con otro.
El arte de negar • 91
—¿Ya lo estabas viendo a…?
—Ya te di mucha información para procesar en un solo día. No tiene
sentido remover el pasado, pero te lo conté porque creo que estás en un
lugar donde yo no pude estar y es bueno eso. Aprovechá.
Todo lo que me dijo quedó retumbando en mi cabeza y me hizo pen-
sar un montón. Mi hermanastra me confirmaba aquel refrán que dice
que no todo lo que brilla es oro. Su historia me dejó confundida: por
un lado, sentí ese alivio que solo se siente cuando ves que la gente con la
cual te comparás comete errores, tiene miedos y sufre como uno. Por otro
lado, sentí esa decepción que solo se siente cuando la gente que admirás
te muestra que es vulnerable, imperfecta, errática.
Esa charla marcó un antes y un después porque me hizo ver que la
vida se trata de arriesgar. Cuando elegimos jugárnosla por algo no pode-
mos estar seguros de tener éxito, pero si elegimos no hacerlo por miedo,
sí podemos estar seguros del fracaso.
Y pensando en eso acepté la propuesta de Gael sabiendo que, si pasaba
algo, las consecuencias podían ser tan buenas como malas. Después de
todo, el que no arriesga no gana, ¿verdad?
92 • angie sammartino
Martes 17
Querido Diario: por todo lo que te conté habrás deducido que esa no-
che pasó algo con Gael. La realidad es que volvimos a la casa a ver la peli,
pero resulta que le habíamos perdido el hilo y, escuchá esto, empezamos
a ver una serie. ¿Entendés lo que significa? ¡No es un dato menor! Solo se
empieza a ver una serie con alguien con quien se pretende seguir viéndo-
la, con quien se quiere seguir teniendo tema de conversación, motivo de
encuentro, etc. Arrancó el primer capítulo y nos atrapó tanto que dijimos
“uno más”. Así estuvimos toda la noche. Y cuando digo toda la noche
digo TODA LA NOCHE. Me siento una pelotuda emocionándome por
esto, pero para mí estas pequeñas cosas dicen mucho, significa que hay
alguien que quiere compartir tiempo conmigo y no tiene vergüenza de
que me conozca su papá.
¡Y hay más! En un momento nos dimos cuenta de que eran las 5 a.
m. y que al ratito teníamos que levantarnos para ir al cole y dijimos “ter-
mina este capítulo y dormimos”. Y ¿sabés qué? Terminó y nos pusimos a
dormir, aunque faltara una hora. Ya a esa altura estábamos los dos en su
cama tapados con una mantita y no me importaba nada. Nos quedamos
redormidos y, obviamente, nos despertamos muchas horas más tarde de
lo esperado. Ya era pasado el mediodía y, de hecho, hubiéramos seguido
un rato más de no ser por el sonido de mi celular. Era mi vieja que me
estaba llamando después de bombardearme a whatsapps que no vi nun-
ca. Me cagó a pedos por no avisarle que no iba al colegio, me dijo que
se enteró porque Tati había llamado a casa para hablar conmigo (¿Desde
cuándo Tati llama al teléfono de línea?) y ahí se había enterado de que yo
no había ido. Le pedí perdón y le dije que me quedé dormida y lo enten-
dió… lo bueno de tener una madre que hace la suya es que justamente
vos podés hacer la tuya. Lo malo es que es así con todo, le chupa un
huevo mi vida básicamente. Ya sé, estarás pensando “LA CONCHA DE
LA LORA PENSÉ QUE TE HABÍAS CHAPADO A GAEL”. Y debo
El arte de negar • 93
decir que no, esa noche no me lo chapé. Pero fue lo mejor que pudo pasar
porque empezó entre nosotros esa etapa que llamo la de “el histeriqueo
obvio, pero no declarado” que duró hasta el sábado pasado.
Miércoles 18
Querido Diario: ese día que faltamos al colegio cambió todo. Nos des-
pertamos, desayunamos, boludeamos... era como si fuéramos novios que
todavía no chaparon. Raro, ¿no? Te juro que prefiero eso antes que ser dos
seres extraños que compartieron cuerpo pero no alma. Si hay algo que
odiaba de N era despertarme al otro día en su cama, ver que estaba dado
vuelta para el otro lado y tener que escabullirme en silencio cuando se
despertaba para que no me vieran los padres porque “era raro”. Entiendo
que muchos padres no comprenden el concepto “chongos”, pero me hu-
biera gustado que intentara explicarles. Me pasé horas meditando cómo
le diría yo a mi vieja que salía con un chico sin que fuéramos algo serio.
Me reía sola... a esta altura de su vida mi vieja me diría: “¿y qué otras
opciones hay?” Pobre, me da pena. La veo con su nuevo novio y sé que
no lo ama, pero ella necesita creer que sí. Y prefiero que sea así porque lo
de mi viejo la dejó remal, cuando está soltera se pone insoportablemente
absorbente. Cuando se enteró lo de la doble vida de papá yo empezaba
a verme con N y recuerdo algunas charlas memorables sobre el tema...
¿QUÉ HAGO HABLANDO DE N?
Creo que la necesito a Tati para que me rete por estas cosas, extraño
poder contarle todo. Estos días está infumable y eso que no sabe lo de
Gael, creo que le jode ver que entre nosotros haya onda. Igual que no
rompa, todos los pibes del curso están atrás de ella, ¡que me deje uno!
¡Ah! no te conté lo del sábado todavía, cierto. La cosa es que después
de todo lo que te conté empezó un ida y vuelta de buena onda, indirectas
y mensajes a cualquier hora. EL PROBLEMA es que esa etapa tiene un
94 • angie sammartino
vencimiento: si te pasás de “la autopista del histeriqueo”, llegás a “puerto
friendzone” y, no es doble mano, no hay retorno.
Lo que sucedió es que empecé a desconfiar de mí y eso es lo peor que
uno puede hacer. El viernes me agarró un ataque de dudas: ¿y si la buena
onda era amistad? ¿Y si yo me estaba imaginando todo? ¿Y si como yo lo
había rebotado él ya me veía como amiga? Yo para esa altura ciertamente
no quería solo eso. El sábado fue cuando me saqué las dudas. Sí, ya sé,
doy mil vueltas para contar las cosas, pero creo que necesitaba darme
tiempo para superar la parte vergonzosa.
Ese día a la tarde nos habíamos juntamos en el club con varias chicas
y chicos del curso para armar cosas para la fiesta que estamos organizando
para el preferiado (para juntar plata para la fiesta de egres) y yo estaba
remanija pensando en eso de si Gael me veía como amiga o algo más y
me empecé a desesperar. Encima, hace horas que no sabía nada de él y
esperaba que me hiciera una propuesta para la noche antes de que Tati
se le adelantara. Obvio que ganó ella, me llevó aparte y me dijo que hace
mil no íbamos a bailar y que se moría de ganas de hacer una linda salida.
Prácticamente no me dejó opción, le dije que sí, pero contaba con decirle
que me sentía mal cuando Gael me propusiera otra cosa. Pasó la tarde y
no me aguanté, le terminé hablando yo.
—¿En qué andás? ¿Qué tal la tarde?
Traducción: ¿por qué no me hablaste en todo el día?
—Le metí fuerte al entrenamiento y caí desmayado de sueño. Tenía
que compensar los que perdí por ratearme con ALGUIEN, ¿te suena?
—No tengo idea de qué hablás.
—¿Cómo les fue allá?
—Una joda bárbara, tomando órdenes de Paola sobre qué cartulinas
no usar porque con la luz del salón quedaría “grasa”.
—Claro, es importantísimo eso.
El arte de negar • 95
—Y ahora estábamos viendo si salíamos a la noche.
¿Por qué le dijiste eso?
—¡Bien ahí!
—Salvo que tengas otro plan.
Qué ansiosa que sos, ¡Ana, calmate!
—No puedo proponer nada que supere un plan de Camila
seguramente.
—Igual es Tati la que quiere salir.
—¿Van a bailar?
—Sí, pero primero hacemos previa en su casa. Todavía estoy evaluan-
do si salgo después, me da un toque de paja.
Dale flaco, date cuenta de que esta es la señal para que me hagas una
contrapropuesta.
—¡Y sí! Con este frío da fiaca.
—Claro.
¿Siempre son tan lentos los hombres o el frío los empeora? ¿O será que no
quiere verme de noche? ¿O…? ¡Ay! ¡Me muero! ME VE COMO AMIGA.
A la noche finalmente me fui a lo de Tati. Le pedí si podíamos invitar
a Camila, pero me dijo algo como “A mí me copaba hacer una juntada de
nosotras dos como en los viejos tiempos”. Cenamos y después nos hici-
mos unos camparis mientras veíamos videítos en Instagram. Nos reímos
un rato, pero yo miraba el reloj avanzar y no paraba de chequear el celu-
lar. En un momento me reenculé. ¿Por qué Gael no me hablaba? ¿Por qué
no daba señales de vida? ¿Estaría durmiendo o habría hecho algún plan?
Otra vez me tenté. Aproveché que Tati fue al baño para mandarle un
“¿En qué andás?”
Me contestó un rato más tarde diciendo que había ido a cenar con
los primos y que creía que se quedaban jugando a la play, aunque no le
96 • angie sammartino
encantaba la idea. Nos empezamos a mandar algunos mensajitos, le pasé
alguno de los videos y me relajé, pero a la vez me desilusioné un montón.
De verdad pensaba que iba a pasar un rato con él, pero ni siquiera le había
surgido proponerme algo.
Fuimos al boliche y yo tenía toda la paja del universo. Ni bien entra-
mos encaré a la barra y me gasté la consumición, Tati se quedó hablando
con el primer pibe que se le cruzó (estaba buenísimo) y yo me quedé en
la barra porque no tenía ganas de bailar sola. Odio que haga eso. O sea,
fuimos juntas y ¿ni bien entra me deja de garpe?
La cosa es que, uno atrás de otro, me tomé como quince tragos más
intencionalmente para seguir hablándole a Gael sin culpa.
A eso de las 4 a. m. le escribí “ya me querés como amiga nomás, ¿no?”
Desde ese mensaje no recuerdo nada más, mi memoria está totalmen-
te en blanco. La recapitulación la hice al día siguiente después de levan-
tarme en mi cama con LA RESACA repasando el historial del celular.
Aparentemente Tati se fue con el pibe, me preguntó si yo me quedaba
y le dije que sí. En algún momento de la conversación le cuento esto a
Gael y me empiezo a poner insoportable. Después dejo de contestar y no
sé nada más. El resto lo recapitulé con Gael más tarde. Yo pensé que había
arruinado todo, estaba realmente triste y avergonzada. Pero Gael se cagó
de risa y encima, ese domingo, me dio nuestro primer beso. ❤
Lunes 23
Querido Diario: ¿dije “me dio” nuestro primer beso? Bueno, debería
haber dicho “lo apuré” para que me lo diera.
La cosa es que me invitó a meren-cenar y me contó cómo fue todo:
yo le había dicho que estaba sola porque Tati se había ido y le empecé
a mandar audios en donde mi voz sonaba de todo menos sobria. En un
El arte de negar • 97
momento dejé de contestar y se preocupó (¿o se puso celoso?). Como el
primo estaba en auto (el que se chapó a Cami) le ofreció irme a buscar
y así lo hicieron. Me llevaron a casa, abrió la puerta con mi llave y man-
dó whatsapp desde mi celu a mi vieja para que supiera que llegué (¡más
tierno!).
Cuando terminó de narrar le pedí perdón hasta el cansancio.
—Me siento una nena chiquita que necesita que la vengan a buscar.
—Preferible verlo como una princesa en apuros.
—¿Decís?
—No, ni ahí. Se te había ido la planchita y el maquillaje estaba corrido.
Se cagó de risa mientras yo me tapaba la cara con horror.
—En serio, ya pasó, a cualquiera le puede pegar mal el alcohol.
—Es que yo sabía lo que estaba haciendo, ¿nunca te pasó de tomar
sabiendo que vas a lamentar cada vaso? —confesé.
—Mmm, no, con lo único que me puedo zarpar últimamente es con
Gatorade. El entrenador me tiene recagando.
—Voy a empezar a imitarte.
—Y, ¿cuáles eran las penas si se puede preguntar?
—¿Eh?
—Las que querías ahogar.
—¡Ah! Nada.
—¿Es por tu chico? ¿El que al final no vino a trabajar al colegio?
—No, ojalá fuera eso, sería un mal conocido al menos.
—¿Es por otro?
—Puede ser.
—Te gusta y no te da bola.
—Peor, me ve como amiga.
98 • angie sammartino
—No parás de repetir eso, si supieras lo ciega que estás siendo.
—¿Con qué?
—Con todo los esfuerzos que hago para ser un buen amigo.
—Vos querés eso, que seamos amigos, ¿no?
—Yo lo que quiero es respetarte. El primer día me dijiste que con vos
no tengo chance, pero me encanta compartir tiempo juntos, por eso trato
de no desubicarme.
La verdad que me sorprendió mucho su sinceridad y su forma frontal
de responder a mis indirectas. Supe que era momento de hacer mi jugada
o esperar para siempre en el banco de suplentes. Entonces, me acerqué
MUCHO y le dije:
—Desubicate.
Al desenlace ya lo conocés.
Martes 24
Querido Diario: hoy te escribo temprano porque en un rato ya parti-
mos para la bendita fiesta de recaudación de fondos. Aunque me cueste
asumirlo hay que decir que Paola es buena manejando estas cosas. La
última semana estuvo infumable, pero parece que sus esfuerzos dieron
fruto porque hoy en el colegio no se hablaba de otra cosa. Parece que las
entradas están agotadas y la ganancia está garantizada. Es bueno saberlo
porque el boliche sale como cien lucas y ya estoy harta de pedirle plata a
mi vieja y que me haga pedirle al novio que se cree que por darme billetes
se gana mi amor de “hija”.
Gael está hinchado las pelotas mal con todo lo de la fiesta de egres.
Dice que no puede creer que gastemos esa guita en un boliche de mierda
y trato de no escucharlo por miedo a darle la razón. Igual hoy me prome-
tió que venía para ayudarme, seguro Paola me da la peor tarea, tengo el
presentimiento de que voy a ser la encargada de limpiar el salón cuando
termine todo porque hoy me miró demasiado sonriente y me dijo “no veo
El arte de negar • 99
la hora de que estemos en la fiesta”. Conmigo no suele tener ni una pizca
de buena onda a menos que tenga algo entre manos para perjudicarme
que lo justifique.
—¿Y qué esperás, que sean mejores amigas? —me preguntó Camila
irónicamente.
—Nunca dije eso, pero ya podría ir superando todo.
—¡Por tu culpa el novio se enteró que era cornudo! Olvidate, no lo
supera más. ¿Por qué te importa tanto? Andate antes con Gael y listo, a
esa hora nadie va a entender nada. Dejá de preocuparte por una boluda
resentida y pensá qué ropa me vas a robar porque con eso no te dejo ir.
—¿Qué tiene de malo?
—Es de la temporada pasada.
—No necesito estar a la moda para limpiar vómito de borrachos.
—Al contrario. Necesitás estar a la moda más que nunca, ¿sabés cómo
se combaten los envidiosos y resentidos?
—¿Cómo?
—Ignorándolos. Andá a romper la noche, ponete lo que te haga sentir
mejor y bajo ningún punto de vista sigas actuando como que la fiesta es
de ella. Y si lo es, andá y robásela. Tomá, ponete esto.
A veces no entiendo como viví tanto tiempo sin Cami. ❤
100 • angie sammartino
Miércoles 25
Querido Diario: la fiesta de ayer fue tan buena económicamente para
el curso como lo fue de desastrosa para mí. Pasaron muchas cosas y a
todas las manejé mal (y ninguna tuvo nada que ver con el alcohol). Ayer
aprendí que me las puedo ingeniar solita para mandarme un moco atrás
de otro.
Caímos con Cami bastante temprano, casi a la misma hora que Gael
(¡qué coincidencia!) y Tati se nos sumó al rato, quejándose de que no le
dijera de ir juntas.
Paola me ponía nerviosa, a cada rato me miraba y sonreía, me daba
mala espina. Nos pusimos todos a terminar de decorar el salón con los
carteles y con las guirnaldas que habíamos hecho en las semanas pasadas,
la verdad quedó muy lindo.
—Lástima que nadie va a ver nada porque es a oscuras la joda… —
comentó Gael despectivamente.
Tati lo miró con odio, pero no lo contradijo. Me daba cuenta de que
todavía tenía esperanzas de conquistarlo.
—La verdad que opino igual —respondió Tati— es un montón de
plata que podríamos usar para otra cosa.
—¿Y por qué no te bajás de la fiesta como yo?
—Vos no te bajaste, nunca te sumaste que es otra cosa. Por lo menos,
ya que estoy acá le pongo onda, ¿para qué viniste si tanto te jode?
—Para verte.
Tati se sonrojó. Cami y yo nos reíamos por dentro. Me sentí un poco
mala, pero pensé que por otro lado ella se la había buscado.
—Y a las chicas, obvio. ¿Qué querés que haga un pueblerino un sá-
bado a la noche que no puede salir con ninguno de sus compañeros del
curso? Además extraño a mi caballo.
El arte de negar • 101
Me tenté tanto de lo forro que era Gael cuando quería, que me tuve
que escapar con la excusa de que necesitaba ir a al baño. En el camino me
crucé a Paola y me dijo que mi rol iba a ser ocuparme de la caja. Cuando
empezaron a llegar todos fui a mi lugar y Cami se quedó cerca porque le
tocó hacer tragos en mi barra. A Gael y a Tati, misteriosamente, les tocó
salir juntos a vender rifas (¿desde cuándo es un trabajo que requiere de
dos personas?). Fue recién horas más tarde cuando entendí por qué me
puso en la caja y todas sus miraditas anteriores.
Ni bien Gael se enteró de cuál era su rol de la noche me mandó un
mensaje de whatsapp:
—Te das cuenta del quilombo que estamos haciendo solo para que
nadie se entere, ¿no?
—Dame hasta mañana y te prometo que le cuento a Tati lo de noso-
tr… lo nuestr… le cuento todo —le respondí.
—OK, porque si no se lo contás voy a tener que seguir con mi coar-
tada y me la voy a terminar chapando para disimular.
—¿Me estás amenazando?
—¡Mirá que intuitiva que sos!
Por fuera me hacía la superada, pero por dentro mi corazón y mi
autoestima estaban tirando fuegos artificiales. ¿Él me apuraba a mí para
blanquear todo? Era una situación nueva, sentía un poder hermosamente
aliviador. Estaba tan segura con él que ni me preocupaba que se pasara la
mitad de la noche con Tati tirándole onda. Además, debo confesar que
este “amor” en clandestinidad me daba una adrenalina que pocas veces
había experimentado.
—¡Ey! ¡Ni se te ocurra! Mirá que está mal chaparse a dos amigas. —Le
escribí, jugando.
—También está mal mentirle y robarle al pibe que ella cantó pri.
—Sos malo cuando querés, ¿eh?
102 • angie sammartino
—JA, JA, JA, JAA vos me ponés a vender rifas, yo te la hago difícil.
—¡Fue Paola!
—Sí, pero si pudiera decir que me chupa un huevo la fiesta y que
estoy acá para estar con mi chica, no me podría pedir nada.
¿Dijo “mi chica”? Chau, morí de amor.
—Tenés razón, te juro que es un esfuercito nomás. Tati es especial,
tengo que encontrar el momento justo. Ah, dice Cami que le digas a tu
primo que venga.
—Mis primos están en camino, ya les pedí que vengan a rescatarme.
Ya sé, te estarás preguntando dónde está la tragedia. Claro, lo que pasa
es que HASTA ESE MOMENTO todo iba maravillosamente bien. Pero
ya sabés lo que esconde el país de las maravillas, ¿verdad?
La cosa es así. Yo estaba en la caja trabajando a cuatro manos por-
que típica que todos quieren cambiar su consumición al mismo tiempo,
cuando la noche empezó a caer en picada. Le di vuelto a una piba, bus-
qué cambio, le di a otra, entregué una cerveza, tomé de mi vaso de agua,
atendí a otro...
—Sí, dame un segundo que se me enganchó el taco en… ahí está,
hola, ¿qué vas a…?
No terminé la frase. Ni bien levanté la mirada me di cuenta de que
al otro lado de la barra no había una preadolescente más de la fiesta,
sino una cara familiar. La persona que menos me imaginé estaba parada
enfrente de mí, con un ticket en la mano pidiéndome cambiar la entrada
por una cerveza.
¿Eh? ¿Así es nuestro reencuentro?
A pesar de que estaba bien con Gael, debo confesar que alguna que
otra vez me puse a imaginar cómo sería cuando nos volviéramos a ver
N y yo. Pensaba que tal vez sería en una plaza, evocando nuestra última
charla, él pidiéndome perdón por lo que me hizo, yo mirándolo de arriba
El arte de negar • 103
a abajo diciéndole que tenía que ser rápido porque mi novio me estaba
esperando. Pero no así: yo recenicienta laburando para la hermana de su
ex y él así de canchero, como si nada hubiera pasado.
—¿Ana? Esteem, ah, hola.
—¿Qué hacés acá?
—Me… invitaron. No me imaginé que ibas a...
—Esta fiesta la organizó mi curso, obvio que estoy.
—No sab… me puedo ir si te jode.
¿Qué le digo? ¿Qué le digo?
—¿Qué te doy de tomar?
—Una birr… gracias.
Le di la cerveza antes de que me la pidiera. Lo conozco tanto que supe
exactamente qué marca me iba a pedir. Él se quedó dudando.
—Si no te jode te pido que te corras, hay mucha gente en la fila.
—Eh, sí, claro.
Y se fue.
La miré a Cami que estaba en la barra con la misma cara de WTF
que yo. Corrían por mi cabeza mil pensamientos por segundo y empecé
a dudar de todo.
—No le des bola, no lo estés mirando, que se dé cuenta de que lo
ignorás. Está Gael, no seas boluda —me dijo mi amiga.
Yo sabía que eso era lo correcto. Pero ¿viste cuando la cabeza, el cora-
zón y la mano no se ponen de acuerdo? Bueno, eso me pasaba.
Le mandé impulsivamente un whatsapp que decía: “¿No te dije que
no te quería ver nunca más en mi vida?”
Ni bien mandé el mensaje supe que era un error. Cami me sacó el
celular y me lo devolvió bajo la condición de que lo buscara a Gael y me
fuera antes de que arruinara todo.
—Andá, yo te cubro en la caja.
104 • angie sammartino
Le discutí un poco, pero le hice caso, o esa era mi idea. A mitad de
camino frené y fui para al patio a respirar un poco de aire puro. Fue en-
tonces cuando hice la suma y saqué la cuenta: las risitas de Paola, su “no
veo la hora de que sea la fiesta”, mi rol en la caja... el único lugar (además
de la puerta) por donde pasan sí o sí todos los que van a la fiesta. Era EL
lugar para ponerme si quería cruzarme con alguien. La pregunta era, ¿qué
le habrá dicho a Nahuel para convencerlo de que fuera? ¿Estará de nuevo
con la trola de la hermana? No me podía quedar con la duda.
Mientras tanto Gael me preguntaba por dónde andaba y yo demoraba
la respuesta. Al innombrable ni siquiera le había llegado mi whatsapp,
¿o me tendría bloqueada? Justo lo vi a Gabi, mi compañero de curso, y
aproveché:
—Gabi haceme un favor, bloqueame.
—¿Eh?
—¡Dale! Es para ver cómo se ve cuando alguien te bloquea.
—Hubieras empezado por ahí, te hackié un celular y ¿no voy a saber
eso?
—¿Y? ¿Qué estás esperando?
—Siempre tan simpáti… bueno, tranquilizat… okey, no podés ver
la fotito de perfil del otro y cuando le mandás mensajes te queda con un
solo tick.
—Este hijo de puta me bloqueó. Tengo que encontrarlo ya. Gracias,
amigo, te debo una.
—En realidad me debés como siete u ocho.
Entré al salón de nuevo y la vi a Paola chamullándose a un flaco.
—¿Pensás que no me di cuenta de lo que hiciste? Ubicate porque te
voy a ubicar yo.
—Guoo, calma, ¡cuánta violencia! No sé de qué me acusás, pero yo
no fui.
El arte de negar • 105
—Ya sabés de que hablo.
—Sí —admitió— y no voy a discutirte que no disfruté tu cara, pero
no tuve nada que ver.
—No te hagas la boluda, vos manejaste lo de las entradas.
—Por eso sabía. Pero vendí la entrada como tantas otras. No fui yo la
que buscó al comprador.
—¿Quién va a ser si no fuiste vos?
Paola me dedicó su mejor sonrisa de ganadora y miró a su derecha.
Seguí la línea de su mirada y apuntaba en dirección a... mi mejor amiga.
¿Tati me traicionó así?
No entendía nada. No sabía si Paola quería armar bardo o realmente
me estaba diciendo la verdad. Ordené mis prioridades y me di cuenta de
que si quería saber por qué Nahuel me había bloqueado, necesitaba ha-
blarle en persona sí o sí. Para eso tenía que convencer a Gael de que nos
quedáramos, así que hice lo primero que se me vino a la cabeza. Fui a la
barra y la vi a Cami en la caja, el primo de Gael la ayudaba a servir tragos.
Me acerqué a mi amiga y le dije:
—Me tenés que ayudar a ganar tiempo, decile a tu chico que lo llame
a Gael para darte una mano, yo ya vengo, pero necesito que él esté acá.
—¿Vos sabés que esto está mal no?
—Te juro que averiguo algo un toque y me voy, lo prometo.
Y salí a buscar a Nahuel. Por suerte no tardé demasiado en encon-
trarlo, estaba contra una columna charlando con el hermano de Tati. Me
acerqué y le pedí a Julián si me lo prestaba un rato. Por fin lo tuve frente
a frente, después de tanto tiempo. Y solo entonces me di cuenta de que
no tenía idea de cómo arrancar la conversación…
—Pensé que estabas en la caja —me dijo con seriedad—. ¿Te liberó
la jefa?
¿Encima te boludea?
106 • angie sammartino
—Te mandé un mensaje.
—Ah, perdón, no estuve mirando el celu.
Estaba raro, nervioso, como si yo lo intimidara.
—No te va a llegar si me tenés bloqueada.
—Ana, yo… estoy tratando de hacer las cosas bien por una vez.
—¿Apareciendo acá?
—No sabía que era tu fiesta, Juli me pidió que lo acompañe por un
tema de él, pero te juro que no tenía idea dónde estaba yendo.
—¿No vas a madurar nunca?
Eso no sé ni por qué lo dije.
El chico no dijo nada.
—Disfrutá tranquilo, yo me estoy yendo.
—¿Ya?
—Sí.
Nos saludamos con el beso en el cachete más patético de la historia de
los besos y me fui a buscar a Gael. Necesitaba salir urgente de ahí.
—¿Vamos? Me duele la cabeza, Cami me cubre en la caja.
—¿Dónde estabas?
Miré el celular. Explotaba de mensajes y de llamadas perdidas.
—Fui... al... baño y me crucé a Gabi y colgamos hablando.
—¿En serio, Ana?
—Sí, es que...
—Pregunto si en serio me querés seguir mintiendo o preferís frenar.
No dije nada.
—Gabi estuvo por acá. Y no te vi con él.
—Gael, yo…
–Dejá, ya entendí. Sabía que algo así iba a pasar eventualmente.
El arte de negar • 107
—Perdo…
—Me voy a casa.
En ese momento me di cuenta de que me estaba entrando una lla-
mada, no quería ni amagar a mirar la pantalla, pero sabía perfectamente
quién era. Gael también lo notó. No atendí.
—¿Venís o te quedás?
No te voy a mentir, no es que tuviera ganas de quedarme con N, pero
me daba intriga lo que pudiera querer decirme. ¿Querría pasar la noche
conmigo? Daba igual, siempre me buscaba a la noche y a la mañana desa-
parecía. Me di cuenta de que me quedaba una sola oportunidad de hacer
las cosas bien.
—¿Cómo? —le pregunté desconcertada.
—Si venís o no.
—Pensé que no querías que vaya.
—Me quiero ir de acá porque cada minuto que paso dentro de este
salón me siento más boludeado. Vos me conocés, no soy violento, pero
en este momento estoy a un llamado telefónico de ir cagar a trompadas
al pelotudo ese.
—¿No estás enojado conmigo?
—Obvio que estoy enojado, me mentiste en la cara.
—¿Entonces?
—Entonces, prefiero escuchar lo que tengas para decirme en un lugar
donde podamos hablar tranquilos.
Mi teléfono volvió a hacer luces de llamada entrante.
—Salvo que quieras dejar todo como está y quedarte. Lo voy a enten-
der, pero no me pidas que te escuche mañana.
Te juro que no entendía la situación. Estaba acostumbrada a arreglar
las cosas con otro procedimiento.
108 • angie sammartino
Primer paso: alguien se enoja.
Segundo paso: se lo echa en cara al otro.
Tercer paso: se toma distancia del problema hasta que quede escondi-
do en el pasado como un mal recuerdo.
Cuarto paso: un encuentro inesperado revive la relación y todo vuelve
a empezar.
Por eso me sorprendió que Gael me dijera de ir con él, yo pensaba que
estaba ejecutando el tercer paso. Pero no, aprendí que hay tantas formas
de enfrentar un problema como personas y parejas.
—Me voy con vos —le dije finalmente.
—Vamos.
Y me dio la mano. Creo que fue un poco para marcar territorio, pero
me encantó.
Llegamos a su casa, fuimos directo a la cocina y nos sentamos a char-
lar en el desayunador. Gael estaba tan serio que pensé que era el final de
todo. Apagué el celular y me dispuse a escucharlo.
—Ana, yo... te quiero decir dos cosas. A mí me gustás mucho, pero
no me gusta todo esto.
—Entiendo.
—Siento que estamos grandes para este puterío, no estamos en Gossip
Girl.
—¿Veías Gossip? —No pude evitar la pregunta.
—Tengo hermanas, acordate.
—Claro.
—¿Sabés qué? Muchas veces me quedé viendo ese tipo de películas
y series, donde el chismerío es el rey de la historia. Y me acuerdo de ha-
berme quedado analizando cómo era que todo se había transformado en
un quilombo groso. Y siempre era lo mismo, todo había empezado con
El arte de negar • 109
una mentira inocente, con un “no le digas nada a TAL, pero CREO que
TAL VEZ...”
Yo asentía, pero no sabía bien a dónde quería llegar con todo eso.
—La cosa es que no quiero ser el pibe trágico que se enoja con la novia
porque quiso saber de su ex, pero me duele que tengas que mentirme. Si
no podemos confiar el uno en el otro empieza una bola de mentiras que
termina en consecuencias más grandes de lo que deberían.
—Perdón, el pibe que se enoja con la ¿qué?
—Bueno, esa era la segunda cosa que quería decirte.
Creo que, del asombro, dejé la boca abierta un prolongado rato.
—No sirvo para esto, no me sale salir un día sí, otro día no. Tener que
ocultarle a tu amiga, involucrar a otra gente, que aparezca tu ex y yo no
pueda reclamar mi lugar.
—No entiendo si me estás alejando o me estás proponiendo otra cosa.
Yo estoy muy arrepentida de todo lo que pasó, no me di cuenta de cómo
te estaba jodiendo a vos. Me descolocó lo de Nahuel, pero lo tuve que
haber manejado mejor, no le tendría que haberle dado bola.
—Entonces, ¿aceptás o no?
Me hacía la boluda por los nervios y la emoción.
—¿Qué cosa? Ya acepté que me equivo…
Gael me sonrió, se paró, se puso muy cerca y me corrió el pelo de la
cara. Nuestras miradas quedaron a milímetros de distancia.
—Yo te quiero toda o nada, ¿querés ser mi novia?
La respuesta ya la sabés.
***
En cuanto Tati vio a Ana y a Gael yéndose de la mano suspiró y se
110 • angie sammartino
relajó. ¿Qué le había pasado? ¿Podía haber sido tan garca con su mejor
amiga? No se pudo contener y se largó a llorar. Había estado charlando
mucho con Gael y se notaba que él estaba fumándose todo para estar
con Ana. ¡Y ella haciéndose la gata para ver si de una vez por todas lo
conquistaba! Ni siquiera era porque le importase, no. Gael era un chico
muy lindo y parecía buena gente, pero no era de su tipo. Sin embargo, se
le había clavado en la cabeza porque NO LE DABA BOLA. Ella estaba
acostumbrada a que todos lo hicieran y el hecho de que él no fuera como
todos, la asustaba. No solo eso, sino que también le planteaba un desafío,
lo cual le entusiasmaba porque hacía rato que no sentía adrenalina en
una relación. Siempre salía con pibes perfectos que matcheaban con las
expectativas de su hermano, que generaban la envidia de todas las chi-
cas, que estaban a la altura de la relación perfecta que tenían sus padres,
pero siempre le terminaban aburriendo. Recordó con angustia el día que
Julián le confesó que le gustaba una chica conocida de ella y Tati le dijo
que le conseguía una cita si lo llevaba a Nahuel a la fiesta.
—¿A Nahuel? ¿Para? —le preguntó el hermano.
—Es una cosa de Ana. Viste que lo extraña, quiere verlo, pero sin que
sea tan obvio.
—No me parece una buena idea. Yo no me meto en esas cosas, nunca
hablamos de...
—¡No tenés por qué decirle! Pedile que te acompañe a la fiesta, que te
haga la pata porque va una chica que te querés chamullar.
Y así lo hizo.
Tati estaba llorando desconsolada en una esquina del salón cuando se
le acercó Nahuel.
—¡Ey! ¿Qué pasa?
Tati no podía parar de llorar, pero tampoco podía decirle la verdad.
Después de todo Nahuel era amigo de toda la vida de Julián, era como
un hermano mayor raro.
El arte de negar • 111
—Nada.
Nahuel le dio un abrazo fraternal y sacó el celular. Intentó varias veces,
pero nada.
—Ana no me atiende.
—Se fue con Gael.
—Ah... bueno, ¿me dejás al menos que te lleve a tu casa?
La chica se secó las lágrimas y se fueron atravesando el salón sin ad-
vertir que desde la barra, Cami estaba observando toda la situación hacía
rato.
Y no se iba a quedar callada.
Viernes 27
Querido Diario: le dije que sí sin dudar aunque por dentro mi cabeza
era un mar de preguntas.
¿Eh? ¿La novia? ¿Ni siquiera ESTUVIMOS, pero quiere formalizar?
Este pibe es una caja de sorpresas.
Esa noche dormimos abrazados, fue muy loco todo. Al día siguiente
era feriado así que nos levantamos tarde. Me desperté y tardé un buen
rato en darme cuenta de que no había sido un sueño. Cuesta entender
que las cosas salgan bien, no paraba de pensar en que algo malo iba a
pasar que arruinara todo. Pero no.
Gael se despertó y me dijo que me quedara haciendo fiaca mientras él
preparaba el desayunalmuerzo ❤. Yo aproveché para prender el celu para
divulgarle la buena nueva a Eli. Era la única con la que quería hablar.
Necesitaba contarle a alguien de afuera, que me diera FELICITACIONES
y no PEROS. Ya iba a llegar el momento de analizar todo, pero en ese
instante solo quería disfrutar. Eli se puso muy contenta, pero estaba sor-
prendida, casi shockeada. Suena lógico, apenas un par de semanas atrás
112 • angie sammartino
estaba llorando en su casa porque nunca me iba a volver a enamorar. Y,
sin embargo, ahí estaba yo diciéndole que estaba de novia con otro. Ojo,
tampoco es que estoy ENAMORADA. Bah, no sé. ¡Ay! ¡Qué difícil es
definir los sentimientos! Creo que, al cambiar de persona, el corazón se
resetea y reinventa el concepto de amor.
Ese mismo día hablé con mucha gente. Primero con Cami, que estaba
furiosa porque pensaba que ahora Tati estaba queriendo chamullarse a N.
Le dije que se tranquilizara porque no había chance, no es su tipo ni en
pedo (aunque creo que mucha bola no me dio, creo que la odia). Tati
también me escribió: me pidió perdón y me juró que había explicaciones
para todo. Le creí, no me quedaba otra. No pensaba tirar por la borda una
amistad así nomás. Además, estaba tan contenta que ese día perdonaba
todo. De hecho, ¿a qué no sabés quién me escribió? Yo creo que no
adivinás.
El arte de negar • 113
J U NI O
Jueves 9
Querido Diario: ese día recibí un mensaje de nada más y nada menos
que... Paola. Era simple, pero contundente, me pedía una tregua.
—¿Por qué el cambio?
—Me parece que ya estamos a mano, te pagué con la misma moneda.
—Te salió mal.
—Mejor, no quiero arruinar tu relación con Gael como vos arruinaste
la mía con...
—¿Volvemos con lo mismo?
—No. No podíamos ser amigas después de eso, pero de lo que hizo mi
hermana no puedo hacerme cargo.
Era la primera vez en meses que hablábamos de lo que había pasado
cuando le hackié el celular y salió a la luz que Paola estaba cagando al no-
vio. Nunca habíamos hablado del tema, solo intercambiábamos miradas
de odio al entrar y salir del colegio. Viste cómo es esto, ¿no? El odio se va
transformando en gestos que se transforman en rutinas que se transfor-
man en una parte más de tu actividad cotidiana y llega el día en el que
saludás a alguien con mirada de enojo, pero no recordás bien por qué.
Eso me pasaba con Paola. Sentía que todo lo del año pasado estaba tan
lejos que era más difícil seguir arrastrándolo que dejarlo ir. Su mensaje me
pareció arriesgado, pero sincero, le creí que buscaba un poco de paz en
esta guerra tan absurda. Tampoco es que ahora vamos a ser amigas como
éramos antes, pero estamos mejorando el trato. A veces dejar los rencores
de lado no es necesariamente por otros, sino por uno mismo, no podés
114 • angie sammartino
pensar en nuevos temas si no resolviste los viejos. Y ahora se vienen mil
cosas, no quiero enfocarme en boludeces de pendejas. Está cerrando el
trimestre y vengo mal, en unos meses viajo a Bariloche, todavía hay bocha
de cosas para decidir de la fiesta y en el medio tengo que ir eligiendo una
fucking carrera. Por suerte ahora lo tengo a Gael, siento que su presencia
me da energías para afrontar lo que sea.
¡Ah! Me faltó contarte el chisme de MI NOVIO, mirá:
Lunes 13
Querido Diario: estas dos semanas que estuvimos de novios fueron
lindas, pero no tuvimos mucho tiempo para estar juntos. El papá de Gael
se puso la gorra porque fue a buscar el boletín y vio que las notas eran
El arte de negar • 115
bastante bajas. No se enojó, pero sí le explicó preocupado que si no me-
joraba para el próximo trimestre, en el colegio le iban a sacar las conce-
siones que le hacían para que pueda ir a entrenar y faltar para partidos.
Incluso le ofreció ponerle una maestra particular.
A mí me trata de diez, me pregunta por mis cosas, por mi familia… a
veces quisiera que fuera mi papá y no el suyo. Incluso, como a mi vieja le
daba paja ir a buscar el boletín lo terminó retirando Leandro cuando se
llevó el de su hijo. Ni me dejó llevárselo a mamá yo misma, me pidió el
teléfono y se lo alcanzó a casa. No sé si fue lo mejor que me pudo pasar
porque ahora me incluyó en el plan de maestra particular y, por un lado
me dio bronca, pero por otro me dio ternura. Es un tipo bueno, pero
bastante más estricto de lo que yo pensaba. Cuando le planteó a mamá
lo de ir a particular mi vieja hizo la escena que me hace cada vez que ve
las notas: me caga a pedos porque hay otra persona presente, me dice
“Yo que me gasto para que vayas a un colegio bien...” y después cuando
quedamos a solas me dice “igual por mí llevate todo, después la que se
jode rindiendo en febrero sos vos, Ana, podrías ser un poco más viva”. Yo
le digo que sí a todo porque total al día siguiente se olvida. En cambio, el
papá de Gael ahora está más pendiente que nunca, sabe cuándo tenemos
que entregar trabajos, cuándo tenemos prueba y hasta el nombre de los
profesores. Es admirable lo mucho que se preocupa por el futuro del hijo.
De por sí ya tiene un aguante impresionante para estar lejos de su pareja
tanto tiempo. Todavía no entiendo cómo es que la madre se quedó allá.
Según Gael no puede dejar a la abuela, los campos y la empresa familiar,
pero qué sé yo, es raro. Igual ya comprobé que soy la menos indicada
para criticar madres, ¿verdad? Debo confesar que me da miedo conocerla,
¿y si no le caigo bien? ¿Si no le gusto para su hijo? Estoy empezando a
replantearme si ir o no.
116 • angie sammartino
Martes 14
Querido Diario: en el colegio estamos en la semana de la orientación
vocacional, fueron días tranquilos. Hoy, por ejemplo, nos llevaron al sa-
lón de actos y nos hicieron escuchar charlas de algunos profes del cole
sobre cómo eligieron su vocación. Creo que la intención fue buena, pero
dado que la docencia era la única vocación presente en las charlas, daba
más la sensación de que nos estaban tratando de reclutar para cuando se
jubilaran los más viejos que otra cosa. Igual estuvo bien porque me pasé
toda la mañana sentada al lado de Gael, dándonos la mano y jugando.
Cada tanto me acariciaba la mejilla y me daba un beso cariñoso en el ca-
chete. Cada vez que hace eso le sonrío, me fijo que nadie esté mirando y
le encajo un pico. Él se pone colorado, se ríe y me mira con cara de “cuan-
do lleguemos a casa te mato”. Pero cuando llegamos a su casa me cocina,
me hace mate, hacemos la tarea... pero nunca me “mata”. Entendés a qué
me refiero, ¿no? No quiero sonar ninfómana ni nada por el estilo, pero
estoy pensando en ESO todo el tiempo: ¿cuándo pasará? ¿Le gustará? ¿Le
gustaré? ¿La pasaré bien? ¿Dónde será? Son preguntas que dan vueltas en
mi cabeza desde que nos pusimos de novios y no puedo sacármelas. Tati
me dice que tenga paciencia, que ya se va a dar. Cami me dice que deje
de perder tiempo y avance yo.
Encima estuve haciendo cálculos y este fin de semana ya no va a ser
porque nos vamos de viaje, después en la semana va a ser compli… AY,
ANA, PARÁ DE CALCULAR TODO. YA VA A PASAR, CALMATE.
Ah, casi me olvidaba, ¡no sabés lo que pasó hoy! Volvíamos del cole y
fui con Gael a almorzar a su casa como casi siempre. Estábamos ahí, en
la cocina, cuando llegó el papá de Gael con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué pasó viejo? ¿Te ganaste la lotería?
—Mejor.
—¡Contá!
El arte de negar • 117
Leandro respiró profundo con aires de superioridad.
—Costó, pero después de muchas tratativas, lo logré.
Se notaba que disfrutaba del suspenso.
—Dale, viejo, dejá de hacerte el misterioso.
Leandro se acercó, lo palmó en la espalda y finalmente dijo:
—Hijo, te van a probar para jugar en River.
***
El día que Ana se puso de novia con Gael quedó sumida en un limbo
que le duró, al menos, las veinticuatro horas posteriores a la proposición.
Estaba como colgada en nubes y sonreía cada vez que se acordaba. Ese fue
el día en el que decidió perdonar a Tati. Tal vez si Ana se hubiera quedado
con Nahuel este capítulo no existiría y ellas estarían peleadas a muerte,
pero por suerte, o porque el destino lo necesitaba así, eso no sucedió.
Por fortuna, Ana también decidió no seguir el consejo de Cami (quien
básicamente le dijo que la bloquee por traidora) y le dio la oportunidad
de explicarle lo sucedido sabiendo que eso implicaba detener una conver-
sación incómoda y confesarle que estaba saliendo con el pibe que a ella le
había gustado primero.
Hace falta destacar que tuvo que ser Ana la de la iniciativa porque Tati
no se animó a enfrentarla, es de esa gente que prefiere evadir un tema por
años antes que enfrentarlo. Fue Ana entonces quien, después de darle mil
vueltas al asunto en su cabeza, puso fin al silencio de radio.
—¿Estás? —Le escribió.
—Sí.
—Me contaron que te fuiste con N ayer.
Llamada entrante. Era Tati.
118 • angie sammartino
—Ana, yo sé que hice muchas cosas mal, pero no pensarás que soy
capaz de...
—No. Pero solo estoy segura porque sé que para vos es incogible. Sino
creo que desconfiaría.
—Dale, Ana, no seas boluda. Perdón, no le tendría que haber dicho a
Nahuel que fuera, pero pensé que te iba a gustar verlo.
—¿Pasaste meses intentando que me deje de joder con él y ahora que-
rés juntarnos? Ya sabés que me hace mal.
—Ya entendí, no me meto más.
—Te tengo que contar algo.
—Ya sé, vi con quien te fuiste ayer.
—Te juro que yo no lo busqué, se dio así. Quisiera que encontremos
una forma de volver a confiarnos todo como antes, pero no sé, me hace
bien estar con él, no me pidas que lo deje.
—No te pediría eso, ni siquiera me importa tanto el pibe. Me puse
celosa, Ana.
—¿Hay forma de que seamos de nuevo las amigas de siempre?
—No sé.
—Pero recién dijiste que Gael no te importaba tanto…
—Ya sé, es que no estoy celosa por él.
—¿Entonces?
—Tu nueva mejor amiga. Me pone celosa Camila. La odio.
Jueves 16
Querido Diario: cuando Leandro le dijo a su hijo que lo iban a probar
en uno de los clubes de fútbol más grandes de Argentina, se quedó mudo.
Yo di un paso atrás para que disfrutaran de la noticia con un fuerte abrazo
El arte de negar • 119
y miré la escena desde afuera con ternura. Después de eso empecé a ma-
quinar, a flashear mal. Si Gael entraba a las inferiores y la rompía (como
decía el papá) después iba a debutar en primera y yo me iba a transformar
en… una botinera. Me gustó la idea hasta que me di cuenta de que para
ver a mi novio los fines de semana iba a tener que prender la televisión.
Y con la pinta que tiene Gael, si encima es futbolista profesional, se va a
levantar a todas las minas. Pero por qué pensar en lo malo, ¿no? Tal vez la
pega tanto en primera que lo llaman de Europa y soy la novia del nuevo
Messi que vieja por el mundo y es invitada a los mejores hoteles y destinos
mientras el novio juega el mundial.
Juro que pensé todo eso en el minuto y medio que duró el abrazo y me
reí mucho por dentro por lo loca que estoy. ¡Calmate Miss planificación!
Igual, me divierte pensar escenarios así, vidas posibles que antes no
imaginaba… siento que es un gran avance no imaginar mi futuro coci-
nándole a N.
—¡Qué bueno, pa! Sos muy groso.
—Vos sos groso, hijo. Ahora vayan a terminar esa tarea que voy a lla-
mar a mi contacto para arreglar fechas, no quiero perder tiempo.
Y nos fuimos a terminar el Curriculum que teníamos que presentar
de tarea, inventando qué estudios y trabajos íbamos a tener de acá a diez
años.
Hoy, en clase, corregimos ese trabajo y pasó algo increíble. La de
Lengua le preguntó a Gael qué había puesto y cuando respondió “futbo-
lista” la profe le dijo “¿Nada más? ¿Solo eso vas a hacer en 10 años? No
está mal, pero tal vez podrías pensar en formarte más”.
Y pasó lo que nadie pudo prever. Gael se levantó, arrugó la hoja y salió
del aula al grito de “Esta tarea es una mierda”.
Nos quedamos todos en silencio y shockeados. Me quise levantar para
ir a buscarlo, pero Marisa me miró con cara de “vos quedate ahí” y lo
mandó a Gabi. Lo único que pude hacer fue mandarle un whatsapp:
120 • angie sammartino
Lunes 20
Querido Diario: hace mucho frío, está oscuro y Leandro maneja.
Como Gael se quedó dormido aproveché para sacar el celu para escribirte
desde la ruta volviendo de Suárez a Capital, después del viaje más movi-
lizante de mi vida. ¿Pueden pasar TANTAS COSAS trascendentales en
tan pocos días? Qué loca la vida, a veces transcurren meses sin que algo
interesante suceda, pero de repente, se viene toda la acción encima y uno
no está preparado para contraatacar desde tantos frentes. Claro que yo
estoy más entrenada que el resto, mi vida en una época era un sobresalto
tras otro y, justamente por eso, quisiera para mi presente exactamente
lo contrario. Tener una vida tranquila, ser una adolescente normal con
problemas aburridos que se resuelven en el día.
El arte de negar • 121
¿Es mucho pedir? Quiero ser invisible, pasar desapercibida en el mun-
do. Tener una familia tipo, chiquita —pero completa— y con problemas
de clase media. Quiero ir los domingos a almorzar a lo de los abuelos y
festejar los cumpleaños con torta casera de mamá. Ser una alumna ni fu
ni fa, promedio 7, una más en el montón. Quiero ir a un boliche y tener
levante, pero medido, no quiero ser la que descartan, pero tampoco la
primera opción de todos. Quiero chaparme a un pibe, conocerlo, salir,
ponerme de novia, cortar y que siga el ciclo sin que los latidos de mi co-
razón dependan de su presencia. Quiero que llegue el momento de elegir
una carrera y tener la certeza de que quiero ser dentista desde que nací.
Quiero recibirme, ponerme un consultorio y ser una profesional próspe-
ra. Quiero tener hijos cuando tenga mi vida personal resuelta y casarme
con un hombre que me ame, pero que podría vivir sin mí, porque la
dependencia no es amor.
Debe ser mucho lo que pido, porque nada de todo eso es así. Pero este
finde en particular me replanteé, como nunca, mi vida, pareja, familia,
amigos y ya no estoy segura de nada. Hasta hace tres días lo que más me
importaba era tener el mejor disfraz para la fiesta de egresados, pero ahora
eso pasó a un segundo plano. Tengo decisiones importantes para tomar y
varias horas de escritura por delante para contarte día por día lo que pasó
en este viaje que fue, de todo, menos aburrido.
Martes 21
Querido Diario: empieza la crónica.
JUEVES: Ese fue el día que Gael salió como loco y nunca volvió
al aula. Según me dijo después, estuvo hablando con el psicólogo de la
escuela y se tranquilizó, aunque no le dijo la verdad por miedo de que
le contase al padre. En el camino a su casa me pidió que no mencionara
el hecho frente a Leandro y me dijo que seguramente después íbamos a
122 • angie sammartino
tener la oportunidad de hablar tranquilos a solas. Me resultó raro vinien-
do de él porque es un pibe que siempre quiere hablar de todo, pero le hice
caso. Noté que se esforzaba por hacerme ver que ya estaba todo bien, pero
yo vi su reacción con la profesora y puedo decir que estaba lejos de estar
bien. En ese momento empecé a pensar que quizá lo que le pasaba no
tenía tanto que ver con la tarea, sino con el viaje que estábamos a punto
de hacer.
—¿Estás seguro de que querés que viaje con ustedes? —le pregunté
finalmente.
—¡Sí, amor! ¿Por qué me lo preguntás?
—No sé, siento que por ahí tiene que ver con…
—Estoy nervioso por el viaje, por supuesto, pero no hay nada que
quisiera en el mundo más que ir con vos. De hecho si no, no iría.
—¿Por?
—¡Serían cuatro días sin verte!
Nos reímos y quedó todo ahí, pero yo sabía, en el fondo de mi cora-
zón, que no estaba siendo del todo sincero. A la larga tuve razón.
VIERNES: Me pasaron a buscar a la mañana y le metimos como seis
horas de viaje. A medida que nos íbamos alejando de la capital mi cora-
zón empezaba a latir un poquito más fuerte de los nervios y de la ansiedad
por conocer de dónde venía mi novio. Gael estaba peor que yo, lo veía
temblar y me daba miedo que le agarrara otro ataque de nervios, así que
me relajé cuando vi que se quedó dormido y me puse en su hombro a
reposar. Dormir, no podía ni en pedo. Es más, en toda la noche anterior
no había pegado un ojo.
Pensaba en qué loco era todo: yo, visitando la familia de alguien que
no es N, él, volviendo a su hogar, reencontrándose con la familia, tenien-
do contacto no virtual con sus amigos por primera vez desde que la novia
lo... un momento. Recién entonces me di cuenta de algo que se me había
El arte de negar • 123
escapado. No podía creer cómo no me lo había preguntado antes. ¿Y si
la ex de Gael estaba allá? ¿Y si ella también había decidido ir por el finde
largo? ¿Era posible que me la cruzara?
Más pasaba el tiempo, más me arrepentía de haberme metido en ese
viaje tan pronto. Por suerte, cuando llegamos, me distraje un rato con
el recibimiento. La casa era grande y hermosa, pero lo más increíble era
la cantidad de pasto y árboles que la rodeaban. Entendí por fin a qué se
refería Gael cuando me decía que extrañaba tener espacio, en ese lugar se
respiraba libertad.
Apenas estacionamos salió una señora regordeta a recibirnos. Debo
confesar que primero pensé que era la empleada doméstica hasta que se
abalanzó sobre los brazos de Leandro y se dieron un beso interminable.
Fue un momento incomodísimo, tener a mis suegros chapando frente
a nosotros y, tanto Gael como yo, mirándonos al borde de tentarnos de
risa.
—¿A tu hijo no lo pensás saludar? —le reclamó Gael.
La mamá soltó al padre y se percató de que estaba el hijo.
—Mi hijo me abandonó hace unos meses por si no te acordás, ¡venga,
mi chiquito!
Lo abrazó tan fuerte que el chico estaba al borde de las asfixia. Gael se
soltó como pudo, me miró y nos presentó:
—Ella es Roxana, mi mamá. Mamá te quiero presentar a...
—Ana, ¿verdad? Un…
La mujer se frenó, me miró detenidamente y puedo jurar que puso
cara de sorpresa, disgusto o algo así. Me dirigió una mirada tan penetran-
te que prácticamente me sacó una radiografía.
¿Qué mira? ¿Será que no soy tan linda como la ex? ¿Le caerá mal que
sea porteña? Ana pará, relajate un poco.
—Un gusto tenerte acá, decime Roxi.
124 • angie sammartino
Le sonreí y la saludé con un beso en el cachete que respondió con un
abrazo más afectuoso de lo que esperaba.
Ese viernes almorzamos y dormimos siesta. Después me quedé char-
lando un rato con la mamá mientras Gael organizaba para ver a sus ami-
gos. Me dijo que estaban preparando una juntada para recibirlo a la no-
che con una fiesta, se nota que lo extrañaban mucho.
—¿Te copa? Si no, no vamos.
—¡Son tus amigos! Obvio, vamos.
Todavía no sé si fue una buena idea haber ido, pero lo que sí sé es
que el alcohol pega para el lado del sincericidio acá y en Suárez. Esa fue la
razón por la cual me enteré por qué la mamá de Gael me miraba como
me miraba.
VIERNES A LA NOCHE: Nos juntábamos con los amigos de Gael
y yo estaba súper nerviosa. Según me dijo, íbamos a la casa de Lucas, su
mejor amigo.
—Tranquila, no te van a morder. La gente de pueblo es copada, no
como los porteños —me lanzó una risita pícara, pero nerviosa y conti-
nuó—: con Lucas somos como hermanos, nuestros viejos eran amigos y
hacíamos todo juntos: colegio, salidas, vacaciones, año nuevo.
—Para ser como un hermano lo nombraste bastante poco.
—Dejé de nombrar todo lo que tenía vínculo con este lugar, si no me
era imposible, no quería extrañar demás.
Lo frené.
—¿Dudás si querés volver a vivir acá? —le pregunté impulsivamente.
Gael se rio y puso cara de “nada que ver”, pero no respondió.
Y con la sensación de que la charla no había terminado ingresé a un
quincho enorme donde nos esperaban como veinte amigos de Gael. Ni
bien llegamos me hice a un lado porque se le tiraron todos encima, des-
pués se acercaron a saludarme con un poco de sorpresa y timidez. Luego
El arte de negar • 125
empezaron a servir la cena y de a poco fui entrando en confianza. Me
hicieron sentir muy integrada (de hecho prácticamente se turnaban para
hacerme preguntas) y el asado fue el más rico que comí en mi vida. En
un momento se armó baile y nos divertimos todos mirando coreografías
ridículas de los que estaban más ebrios (¡cómo le dan al vino los de cam-
po, eh!) Yo igual rechacé casi todo lo alcohólico que me ofrecían porque
no daba caer en pedo a la casa de mis suegros, menos en la primera noche
de la estadía.
Lo que me sorprendió fue que Gael sí estaba tomando de lo lindo,
nunca lo había visto escabiar así. De hecho, creo que nunca lo había visto
escabiar directamente.
Todo venía bien hasta que Lucas bajó la música y propuso hacer un
juego para divertirnos: “la botellita”. Me sorprendió mucho la propuesta
porque noté que había algunos en pareja, pero todos se coparon. Yo di
un paso atrás.
—Dale, no se ortiben, ¡es un juego nomás! ¿Vas a arrugar Gael? —le
gritó Lucas.
Gael me miró con cara de “Ya fue”.
—Que decida Ana.
Lucas empezó a incentivar a todos para que gritaran a coro “¡Qué
jueguen! ¡Qué jueguen!”
Gael se acercó y me susurró:
—Yo me la banco, ¿vos?
Cuando saca a relucir su lado desafiante simplemente me puede.
—Y bueno, dale…
Empezó el juego. Giraron la botellita y le tocó a una de las chicas con
uno de los chicos. Después le tocó a una chica con la misma chica del
126 • angie sammartino
principio y todos aplaudieron como locos. Se dieron un pico y siguió el
juego. Giró la botella de nuevo y tocó a… mí.
Se escuchó un silencio tan profundo que solo se cortó con el sonido
de la risa ebria de Gael. Por primera vez prefería que me tocara una chica
en la botellita, pero no.
La botella giró y le tocó a Lucas.
Lo miré a Gael buscando su aprobación, él levantó sus hombros y me
guiñó un ojo como toda respuesta. Di un paso tímido y prácticamente
cerré los ojos. Yo esperaba que me diera el pico más rápido de la historia y
siguiera girando la botella, pero Lucas me tomó de la cara con sus manos
y me encajó alto beso. No, no es una exageración, metió lengua y todo,
SE FUE DE TEMA.
Yo al principio no entendía qué pasaba hasta que me di cuenta de que
no terminaba más y empecé a empujarlo sutilmente para que me solta-
ra. Se notó que no tuve éxito porque lo próximo que supe es que Gael
nos separó y le encajó una piña que le dio directo en el ojo derecho. Se
empezaron a cagar a trompadas y nadie sabía qué hacer. Se notaba que
la ebriedad les hacía pifiar más de un golpe porque si no la cosa hubiera
terminado peor. Finalmente, lograron separarlos.
El arte de negar • 127
—¿Qué te pasa gil? Arreglá conmigo si tenés algún problema —le
gritó Gael.
—No puedo arreglar nada con un fantasma.
—¿Todo porque me fui? ¿Es eso, amigo?
—Si fueras mi amigo no te hubieras ido a la mierda como hiciste.
Lucas dijo esto mientras se levantaba del piso. Luego le dedicó una
última mirada de desprecio y se fue. Yo miraba la escena atónita tratando
de entender qué le pasaba a Gael que estaba actuando así de impulsivo y
violento. Entonces se me acercó una de las chicas, Carolina, y me dijo:
—Tranqui, era esperable, al fin dejan de caretear.
—¿Por?
—Pueblo chico, infierno grande, se vienen enfrentando hace rato, en
silencio. Por más hermanos que sean, hay cosas que no se superan.
—No entiendo.
—¿No te contó nada Gael? Lucas estaba atrás de Bianca antes que él.
Fue hace siglos, pero nunca lo perdonó.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—¿Nadie te lo dijo todavía?
—¿Qué cosa?
—Posta que es impresionante. Flaca, sos IDÉNTICA a Bianca.
Me quedé en silencio y empecé a recapitular una serie de situaciones
que de repente cobraban sentido, ¡por eso me había mirado así la mamá
de Gael la primera vez que me vio! Empecé a dudar de todo, ¿estará ena-
morado de mí o de un recuerdo que traigo a la realidad?
Salí del quincho y saqué el celular. Antes de hacerle una escena a Gael
necesitaba asegurarme de que lo que me había dicho Carolina era cierto.
Hice lo primero que se me vino a la cabeza: intentar stalkearla. La
128 • angie sammartino
busqué entre los amigos de Facebook de Gael, entre amigos de amigos,
en fotos viejas, en publicaciones de otros años, pero nada. Encima la señal
era malísima por lo cual todo tardaba mil años en cargar. La espera y la
ansiedad me estaban matando lentamente así que le hablé a Tati y gracias
a Dios estaba despierta. Si alguien podía encontrar una persona en el
mundo de las redes sociales era ella.
—Decime todo lo que sepas —me pidió mi amiga.
—Es que justamente ese es el problema. Gael no habla de ella. Sé
que iban al mismo colegio, pero ella era un año más grande, vivió acá en
Suárez hasta hace poco, se llama Bianca.
—Ana, ¿no barajaste la posibilidad de que tal vez no tenga Facebook?
—¿Quién no tiene en esta época?
—Dejame ver qué consigo.
—Fuck, ahí viene Gael. No le digo nada todavía, ¡averiguame algo,
porfa!
Lo vi a mi novio acercarse lentamente con la cabeza gacha y evitando
mirarme a los ojos.
—Perdón, Ana, yo...
Me di cuenta que seguía ebrio, pero había pasado del pedo violento
al melancólico así que no era un buen momento para hablar de temas
trascendentales. Lo abracé con frialdad y le dije:
—Vamos a dormir, mañana será otro día.
No me llevó la contra. Me agarró la mano y caminamos en silencio
hasta la casa. Yo estaba rara, sentía que mi cabeza estaba en otro lado.
Me costó mucho dormirme, pero finalmente el cansancio me venció.
Cuando me levanté, tenía la respuesta que estaba esperando:
El arte de negar • 129
SÁBADO: Hay una leyenda que dice que hay siete gemelos de cada
uno repartidos por el mundo, pero solo un 10 % de probabilidades de
conocer alguno. Bueno, por lo menos eso es lo que encontré en Google,
¿será verdad? Me acordé porque lo vi en la serie How I met your mother,
en la que cada miembro de un grupo de amigos va encontrando su do-
ppelgänger, es decir, su doble.
Bueno, parece que yo encontré la mía. Bianca es la “Ana de campo” o
yo soy la “Bianca de ciudad”, pero, efectivamente, esa chica tiene casi la
misma cara que yo.
Esperé en silencio en la cama, sin dejar de mirar la foto, hasta que
130 • angie sammartino
Gael, finalmente, se despertó. Como era de esperar, tardó unos instantes
en recapitular todo lo que había pasado. Noté que atravesaba esa segui-
dilla de etapas que todos vivimos cuando empieza la resaca: en el minuto
1 se sostiene con esperanzas la duda “¿Habrá sido todo un sueño?”, hasta
que finalmente en el minuto 2 caen las fichas de que no lo fue y empieza
el minuto 3, la recopilación de cagadas, que deriva en el 4, el pedido
compulsivo de disculpas.
—Ana, perdoname, no sé qué decirte. No entiendo por qué reaccioné
así, encima la primera noche que vos, no quise, yo...
—Está bien Gael, tu amigo se fue a la mierda, pero no era la forma
de resolverlo.
Gael me agarró la cara y se acercó para mirarme a los ojos bien fijo:
—Ana, no me dejes…
Me quedé helada, no estaba en mis planes hacerlo, pero el hecho de
que nombre la posibilidad la hizo real. ¿Será una farsa lo que estamos
viviendo? ¿Hasta cuándo sostener la mentira?
—¿Por qué no te pegás una ducha y hablamos más tranquilos? —le
dije finalmente.
Y se fue a bañar mientras yo pensaba cómo iba a hacer para sacarle
el tema de Bianca sin hacerlo sentir peor. Sabía que no iba a aguantar
mucho sin decirle, me conozco. Por suerte esa tarde fuimos a visitar a la
abuela y ella, sin querer, me dio el empujón que necesitaba.
La abuela Tita nos recibió con pan de campo y mate cocido bien ca-
liente. Era una señora amable, pero de mirada fuerte. Me contó un par
de anécdotas de la familia y, de repente, hizo el comentario que yo no me
animaba a hacer:
—Así que mi nieto de novio, de nuevo. Es un galán este chico, tenés
suerte, nena. Y vos, nene, cómo se nota que tenés el gusto de tu abuelo,
buen gusto. Ahora que me puse los anteojos de ver de cerca veo que es
muy parecida a Bianquita.
El arte de negar • 131
Internamente le agradecí a la vieja que tuviera tan poco tacto y paré la
oreja para escuchar lo que respondía Gael.
—Cualquiera, abuela, no son nada que ver.
Gael se rió, me guiñó el ojo y sacó otro tema.
¿Así va a reaccionar? ¡Se lo tomó en joda!
Todo siguió como antes y no se volvió a hablar del asunto. Y la histo-
ria de esa tarde hubiera cerrado acá de no ser porque, cuando nos íbamos,
la abuela me retuvo y me dijo:
—Tené cuidado, nena, ser conformista es estar muerto en vida. No
cometas el mismo error que mi hija...
Miércoles 29
Querido Diario: creo que ya podés ir entendiendo por qué este viaje
batió records de momentos trascendentales. En tan solo dos días conocí
a mi suegra, a los amigos de mi novio, me quiso tranzar su mejor amigo,
me enteré que soy igual a la ex y, como si fuera poco, su abuela me dejó
un mensaje encriptado retumbando en la cabeza.
No le conté a Gael lo que me dijo la abuela Tita, decidí guardármelo
hasta entender de qué hablaba, pero sus palabras me quemaban cada vez
que me acordaba:
“Ser conformista es estar muerto en vida”.
¿De qué habla la vieja? ¿Sería yo la conformista? ¿O Gael?
“No cometas el mismo error que mi hija”.
¿Qué error? Yo a los papás de Gael los vi bien. ¿Se referirá a la mamá
de Gael o tendrá otra hija? ¿Estará bien de la cabeza? ¿Lo habrá dicho para
alejarme porque no soy lo mejor para el nieto?
Yo sentí que le caí bien, pero a esa altura dudaba de todo.
132 • angie sammartino
El arte de negar • 133
Ese sábado decidimos quedarnos solos porque necesitábamos al me-
nos un momento en privado. Teníamos la casa para nosotros porque los
papás habían aprovechado para salir, así que Gael me cocinó. Nos sirvió
mucho para poder charlar de algunos temas que venían dando vueltas,
que estábamos pateando. Quise retomar el tema de mi parecido con
Bianca, pero Gael me confesó que estaba muy angustiado porque sentía
que lo de River no lo motivaba en lo más mínimo y eso nos llevó a otros
temas. Volver a Suárez le había hecho recordar todo lo que había perdido
por irse a la capital y eso lo confundía.
Le dije que no tomara decisiones impulsivas, pero que si, después de
pensarlo bien, creía que lo que tenía que hacer era volver, que yo lo apo-
yaba. ¿Si intenté retenerlo? No. Con el corazón medio estrujado le dije
que si se iba no podíamos seguir juntos, pero que si se quedaba tenía que
ser porque realmente quería. Yo no quiero a alguien que esté conmigo
porque no se anima a estar en otro lado, no quiero alguien atado a un
lugar y a una profesión que no le pertenece, esas cosas terminan mal. Para
eso tuve la experiencia de mis viejos.
—Ana, sos muy buena conmigo —me dijo luego de un silencio
prolongado.
—Es que me importás.
—Y yo, creo que… te amo.
134 • angie sammartino
Septi em bre del 201 0
La pequeña Ana recién llega del colegio. Entra a la casa orgullosa con
su nueva llave propia que los padres le regalaron por su cumpleaños como
señal de que ya la ven responsable y confiable. La chica está feliz porque
sabe que ese día vuelve su padre. Pablo es piloto de una aerolínea muy
importante y por eso realiza continuamente viajes largos que lo llevan
alrededor del mundo, lejos de ella. Ana espera ansiosa sus regresos por-
que lo extraña, pero también porque siempre vuelve cargado de regalos
y de anécdotas. El piloto cuenta con una amplia variedad de historias de
todo tipo, pero algunas las repite siempre: la de cuando llevó al plantel
de Argentina al mundial, cuando se subió Penélope Cruz al avión y la
vez que aterrizó forzosamente de emergencia para salvar a todos. Ana se
las sabe de memoria, pero aun así le encanta escucharlas con la voz de él
porque las cuenta con tanta pasión que le hace sentir que ella también
estaba cuando sucedieron.
Ese día, Ana sabía que Pablo llegaba a la tardecita así que, para matar
el tiempo, se fue directo para donde estaban Facu y Eli estudiando. Al
parecer estaban muy metidos en sus cuadernos de la facultad porque ni
la registraron, así que decidió buscar algo en la tv. Ni bien lo hizo, Eli la
miró con ojeras y cara de odio, Facu no levantó la cabeza.
—Ana, andá a ver tele al cuarto de mamá y papá porque estamos
estudiando algo muy difícil.
—Pero quiero estar con ustedes.
—Andate, ¡no nos hagas perder tiempo!
—Quiero ver tele acá, ¡es mi casa también!
Eli levantó la voz como nunca.
—¡TE DIJE QUE TE VAYAS!
El arte de negar • 135
Ana se quedó congelada un instante y rompió en llanto.
—¡Le voy a decir a mamá!
Y subió corriendo las escaleras que conducían al piso superior mien-
tras lloraba caprichosamente. Cuando estaba por llegar al cuarto notó que
la puerta estaba cerrada y que dos voces provenían desde adentro, una
femenina y otra masculina: su papá ya había regresado. Estaba a punto de
golpear la puerta cuando oyó que su mamá hablaba entrecortadamente,
interrumpiéndose con su propio llanto.
Decir que Alejandra estaba llorando no era poca cosa ya que su mamá
era de las personas más insensibles que conocía, de hecho Ana dudaba
de haberle conocido las lágrimas alguna vez. Cerró los ojos tratando de
concentrarse en escuchar lo que decían:
—No me podés decir esto, decime que es mentira, ¡o un desliz! Fue
un desliz, ¿verdad?
—Ale, calmate, por favor, necesito explicarte bien.
—Yo no puedo sin vos. No puedo, ¿entendés eso? Me banco mil cosas
porque te amo, pero esto, algo así... prometeme que no lo vas a hacer
más, por favor.
—Hay más, necesito contarte.
—No quiero saber más, ¿no entendés? Quiero que me digas que me
amás y que no lo vas a hacer más porque si no, no respondo de mí.
—No podemos hablar si estás en ese estado. Primero tranquiliz...
—¡DECÍMELO! ¡DECIME QUE ME AMÁS! ¡DECIME ESO,
CARAJO!
—Sí, mi amor, te amo.
***
Volvemos al 2016, Ana está por primera vez en la vida frente a un
chico que le dice “te amo”. Ella imaginó la escena, la soñó y la revivió en
136 • angie sammartino
su cabeza mil veces, pero la realidad no se parecía en nada a lo que ella
había esperado. Algo andaba mal. ¿Y las mariposas en la panza? ¿Cuándo
iban a despertar? ¿Y el corazón explotando de emoción? Pensó que tal
vez su problema era tener expectativas tan altas, quizá el karma de las
primeras veces fallidas tenía que ver con ponerles demasiada presión para
que fueran perfectas y memorables. Como en las relaciones íntimas, que
la primera te da vergüenza (y hasta asquito), pero después va mejorando.
Ana no entendía si ella era inconformista o él había tenido poco timing
pero había algo que no encajaba en el rompecabezas de una declaración
de amor sincero.
“Yo, creo que… te amo”.
Las palabras de Gael hicieron eco en la casa y Ana no lo supo cons-
cientemente, pero lo percibió: ese “te amo” sonaba igual de vacío que el
que escuchó de su papá a su mamá aquella vez.
El arte de negar • 137
JULIO
Lunes 4
Querido Diario: me dijo “te amo” así de la nada, como quien dice
“che, te guardé la última porción de pizza”. ¡ASÍ NOMÁS! ¿Entendés el
shock que fue eso?
Debo confesar que en el momento hasta me enojé un poco. Siendo
sincera, viniendo de Gael, esperaba otra cosa: velitas, un lugar romántico,
música. Ya sé, son las cosas trilladas que veo en las novelas y me quejo
de que son puras grasadas, pero ¿qué más da si te hacen sentir que el
otro pensó cuidadosamente el momento? Mi cabeza pensó mil cosas en
un segundo y noté que tenía enfrente a un chico que estaba exponiendo
sus sentimientos más profundos y yo me estaba enojando solo porque la
forma no me conformaba.
¿Dijo que me ama?
Internamente sonreí un poco.
Ana, analizá esto: se animó a decirte algo así. Valoralo, boluda.
Sin dudas no es algo que le diría a cualquier persona.
Bueno, yo por lo menos no. ¿Y él?
No creo, no lo veo como un pibe que regale “te amos” por la vida.
Mientras conversaba conmigo misma me quedé mirándolo petrifica-
da y, por supuesto, no le respondí.
—Me zarpé, ¿no? —dijo ante mi falta de respuesta.
Me dirigió una risita nerviosa y fue a servir cerveza. Yo aproveché para
pegarme un cachetazo y obligarme a reaccionar. Gael me acercó el vaso
y me dijo:
138 • angie sammartino
—Está bien, no tenés por qué responder. Yo... lo sentí así.
Quería responderle, pero necesitaba tiempo para procesar todo lo que
estaba viviendo. ¿Qué loco, no? Cómo funcionan las cosas, digo. Pensá
esto: si vos me decís que viene un pibe en un boliche y se me acerca, me
tira onda y me da un beso, todo OK, me parece normal. Si me sigue avan-
zando y nos vamos a chapar contra una columna, todo OK, me parece
normal. AHORA viene un chico —que es mi novio—, que veo todos los
días, que conozco a su familia y me dice “te amo”, no está todo OK, es
más, si no tiene cuidado puede pecar de desubicado. ¿Qué onda? ¿Será
que estamos todos locos? ¿O muertos de miedo?
Ahora que lo pienso, hay tantos ejemplos a la vista de las consecuen-
cias nefastas que trajo el amor para muchos adultos que tiene lógica el
escepticismo. Con toda la gente que uno ve sufrir, ¿cómo querés que no
nos de pánico enamorarnos?
Finalmente me di cuenta que ya habían pasado muchos minutos sin
que nadie hablara y me puse realmente incómoda.
—Yo...
—Te dije que no hace falta que digas nada.
—Es que…
—Ana, así como vos no me querés presionar para que me quede allá,
yo no quiero presionarte para que digas algo que no sentís. Recién ahora
puedo ver lo mucho que te necesito, pero no tenemos por qué darnos
cuenta al mismo tiempo. Lo que te aseguro es que voy a hacer todo lo
posible para que veas que te lo digo en serio.
Sus palabras me llegaron y agradecí profundamente no estar obligada
a dar una respuesta. Extrañamente yo, la “señorita planifico todo”, prefe-
ría esperar al momento indicado en que las palabras surgieran de mi boca
espontáneamente.
Gael se acercó al sillón en el que yo estaba sentada y me dio un beso en
El arte de negar • 139
el cachete. Se levantó, puso música en su celular y me extendió la mano
para que lo acompañara.
—Vení, vivamos un momento cursi de novela —me dijo y me guiñó
el ojo.
Me levanté y me sentí medio tonta, pero me gustó la iniciativa. Me
abrazó y empezamos a bailar lentamente, cerca, con random música de
fondo.
De repente, supe que nos habíamos vuelto a conectar. No tengo regis-
tro de cuántas canciones pasamos así, sin hablar, simplemente sintiendo
la música en el cuerpo, pero fueron muchas. Parecíamos dos adolescentes
infantiles jugando a ser protagonistas de una novela de Nicholas Sparks,
dos bobos que se encontraron y que por ese instante no querían pensar
en nada del mundo que no fuera en ellos dos.
Y de repente, sonó una canción más movida que cortó un poco el
clima de romanticismo, pero que colaboró para pasar a otra etapa muy
distinta de la noche.
♫ Vas a volverte atrevida, dejar de ser la inofensiva, parte de la
culpa fue mía, que nos gustemos los dos ♫
Nos miramos fijo y nos comimos con los ojos. Gael me agarró fuerte de
la cara, me empujó contra la pared más cercana y nos empezamos a besar.
140 • angie sammartino
♫ Quiero una noche, de esas locas ♫
Gael empezó a bajar una mano lentamente, yo no lo detuve.
♫ verte en poca ropa ♫
Sentí como levantaba lentamente mi remera, lo dejé.
♫ descontrolarnos, por las ganas que tenemos ♫
Al fin se iba a dar.
Nos estuvimos besando un rato y cuando me quise dar cuenta mi
remera estaba en el piso junto a un par de prendas más. Gael estaba en
cuero y debo admitir que me reproché no haberle sacado antes la remera
porque me en-can-ta-ba verlo con los abdominales al viento. Me había
olvidado lo caño que era. Me reí por el comentario de pajera que hice
para mí misma.
—¿Qué?
—Nada. Me… me da un poco de nervios que puedan llegar tus papás.
—Pero está bueno una dosis de aventura, ¿no?
Se acercó y me empezó a besar el cuello mientras sus manos se dirigían
muy al sur de mi espalda.
—Si nos encuentran así más que aventura es un bochorno, posta, me
muero.
Gael frenó y vio que yo me estaba incomodando en serio.
—Perdón, no me di cuenta de que iba a ser raro para vos, ¿vamos
arriba?
¿Arriba? ¿Qué significa? ¿Vamos arriba a seguir la fiesta o a dormir
porque te di a entender que en la casa de mis suegros no quiero que pase
nada?
Ya no me quería ir a dormir, estaba hipereufórica.
—Dale, sí, mejor.
Le seguí la corriente para ver a dónde nos llevaba. Gael no prendió la
El arte de negar • 141
luz y me empujó amorosamente en su cama, él se tiró al lado mío y me
dio un beso en la frente, luego en el cachete, luego en la comisura de los
labios. Después se transformó en nuestros cuerpos abrazándose al ritmo
de un beso eterno y pasional.
Y de repente me puse pelotuda. ¿Y si no lo hago bien? Me di cuenta
de que con N nunca me había importado, pero ahora sí. ¿Y si soy peor
que Bianca? ¿Cómo voy a competir con una piba igual a mí, pero con la
que ya lo hizo mil veces?
Ey, pará.
Mi cabeza empezó a sacar conclusiones.
Con Bianca lo hizo mil veces. Acá. En esta misma cama. Donde estamos
ahora.
Estoy segura de que tengo un chip antidisfrute en mi cuerpo que
se activa cuando estoy pasando un momento agradable y es “demasiado
bueno para ser verdad”. El dispositivo detecta el exceso de felicidad y
envía señales a mi cerebro para que empiece a buscar motivos para arrui-
narlo todo.
Ana, pensá en otra cosa, concentrate en esto.
—¿Qué pasa, Ana?
—No puedo, permiso.
Me levanté y me fui al baño, a llorar. Me encerré como una pendeja
caprichosa de diez años. Me odié fuerte. Por un momento dudé si habría
caído sobre mí la maldición familiar que condena a todas las mujeres del
árbol genealógico a no poder estar alguna vez con un hombre sin tener
mil mambos. Me puse a maquinar de todo.
Ya fue, le corto. Seguro vuelve a Suárez y no me lo cruzo nunca más y
vuelvo a la vida normal en la que me lamento porque N no me da bola. Y
listo, mejor malo conocido que malo por conocer. Pará, ¿es así el refrán? ¡Ay!
¿Qué importa eso? Focalizá. ¿Es preferible decirle eso o tener que pasar por el
142 • angie sammartino
momento de enfrentar su cara cuando sepa las idioteces por las que te hacés
problema? Ay, no sé. ¡Qué insegura de mierda que soy!
Me obligué a tranquilizarme y a pensar por una vez las cosas sin el
filtro del melodrama. Estoy de novia con un chico que me gusta, que me
dice que me ama y que quiere estar ESTAR conmigo. Y yo estoy por re-
chazar todo eso porque... ¿por qué? ¿Por qué me dijeron que me parezco
a la ex? ¿No lo estaré subestimando? ¿Quién quiere compartir tanto con
una persona que no quiere de verdad?
Entonces me di cuenta, todo ese tiempo que había estado perseguida
con lo de Bianca no había hecho más que romperle el corazón a Gael una
y otra vez. Diciéndole que si se iba lo nuestro no iba más, respondiendo
con un silencio a su declaración de amor, negándome a la intimidad con
él por el fantasma de alguien que ya fue. Él también podría estar celoso
por la forma en la que hablo de N, por todo lo que le conté sobre él y, sin
embargo, nunca usó nada de eso para lastimarme.
Noté que los fantasmas estaban en mi cabeza y que tenía que asustar-
los yo a ellos antes de que ganaran la pelea. Me di cuenta de que estaba
siendo una cagona bárbara porque entregarme a Gael por completo sig-
nificaba que de una vez por todas dejaba al innombrable atrás. Entonces
me sequé las lágrimas, me lavé la cara, me miré al espejo y me dije a mi
misma:
Ana, los ex se llaman así porque son historias pasadas, ¿OK? No los traigas
vos al presente.
Salí del baño y me dirigí nuevamente a la habitación donde me es-
peraba un Gael desconcertado sentado al pie de la cama, con cara de
preocupación.
—¿Ana hice algo que?
—Shh
Puse música en mi celular y apagué la luz. Me senté arriba suyo y lo
abracé fuerte.
—Perdón, necesitaba el baño.
El arte de negar • 143
—Ah, está bien, pensé que…
Puse mi mano en su pierna y empecé a subirla lentamente desde la
rodilla hasta su entrepierna. Se había quedado mudo.
—¿Decías?
—Nada, nada.
Gael suspiró y se dejó llevar por el momento que yo proponía.
Repentinamente, de una sola maniobra, dio un giro que nos dejó acos-
tados, él arriba y yo abajo. Nos empezamos a besar apasionadamente,
nuestros cuerpos estaban muy conectados y nuestras miradas fijas en la
del otro. Respiré profundo y me dije:
Ana, empezá a disfrutar más y a quejarte menos. Dejá de planear y arries-
gá a ver qué pasa.
Le dirigí la mirada más desafiante que pude interpretar y realicé otro
movimiento similar para intercambiar lugares nuevamente. Ahora yo
quedaba arriba dominando.
—¿Así que te gustaban los desafíos?
A Gael se le iluminó la cara con una sonrisa. Y así transformé el fraca-
so que iba a ser la noche, en un sensacional éxito.
Jueves 7
Querido Diario: ¡Uf! Pareciera que fue hace siglos de esa noche en la
que finalmente ESTUVIMOS. Debo decir que a veces saltar a la pileta es
—no solo gratificante—, sino necesario. ¿Cuántas veces habré arruinado
las cosas para siempre por no arriesgar lo suficiente? No es momento de
pensar en eso ahora. Por suerte con Gael estamos bien y eso no me puede
dar más placer, sobre todo con el quilombo que tengo en la cabeza con
lo otro. Nunca pensé que antes de Bariloche iba a tener que planear otro
viaje. ¿Estaré haciendo bien en irme? Ah, pará, todavía no llegué a esa
parte ¿no? ¡Uf! Bueno, ¿a qué no adivinás quién quiso retomar contacto
conmigo en esa misma fucking fecha?
144 • angie sammartino
Fue así: el domingo nos levantamos relativamente temprano porque
habíamos quedado en salir a comer afuera para festejar con Leandro el
día del padre. Teníamos muy pocas horas de descanso encima —espe-
cialmente yo— porque sumado a que habíamos trasnochado, me había
costado horrores pegar un ojo, no paraba de pensar en todo lo que ha-
bía sucedido. No era algo menor: era la primera vez que ESTABA con
alguien que no fuera N, sin contar al pelotudo del tarjetero del verano
que cuando me acuerdo me doy asco de nuevo. La realidad es que lo pasé
bastante bien, diría que mejor que con el innombrable, aunque me cueste
admitirlo.
En fin, estuvimos un rato abrazándonos, luego él se duchó primero
así yo hacía más fiaca y cuando salí ya había bajado. Fui para el comedor
y lo vi a Gael hablándole a la mamá con las manos atrás del cuerpo. Me
pareció rara su postura hasta que me di cuenta de que en una de las ma-
nos tenía MI CORPIÑO. ¡Había quedado tirado!
Casi entro en pánico, pero me di cuenta de que la mamá de Gael to-
davía no lo había descubierto con lo cual tenía que inventar algo para que
Gael pudiese escapar al cuarto a devolverlo.
—¡Buen día! —dije un poco entusiasta.
Le dediqué una mirada cómplice a mi novio y fui a saludar a mi suegra:
—¡Ay!, qué lindas esas flores del jardín, ¿cómo se llaman?
Me fui acercando al ventanal que quedaba en la otra punta y la mamá
me siguió.
—¿Esa? Ah, es una flor muy linda pero dura un solo día y se cae, una
lástima.
—Ah, mirá vos. Qué interesante.
Me di vuelta y vi que Gael no estaba. Me empecé a reír, así que me fui
para el cuarto con la excusa de que me había olvidado algo. En cuanto
subí lo vi con mi corpiño alrededor de su cabeza, tentadísimo. Nos mira-
mos y nos reímos.
En ese momento vi que mi celular hacía luces. Supuse que era la
El arte de negar • 145
respuesta de Tati y de Cami porque ni bien se había dormido Gael les
mandé las novedades. No daba abrir esos mensajes cerca de él, así que
dejé el celu y nos fuimos a almorzar.
Fue recién horas más tarde —cuando volvimos— que descubrí que
la luz era de un mail y, cuando vi el remitente, descubrí que mi felicidad
estaba condenada a durar lo mismo que la flor del jardín de Roxi. El mail
no venía ni de Tati ni de Cami, ni de nadie que pudiera haber imaginado:
era de mi papá.
Se me mezclaron muchas sensaciones en un segundo. Para que entien-
das, no veo a mi papá desde que se separó de mamá y eso fue hace ya va-
rios años. ¿Sabés lo que se siente perder de un día para el otro a una de las
personas que más querés y admirás? Y eso no es lo peor, sino saber que fue
decisión suya hacerlo. Cada tanto aparece. Manda mensajes por nuestros
cumpleaños y sé que le pasa a mamá la plata que corresponde, pero ¿de
qué me sirve? ¿Qué le costaba visitarme? ¿Por qué aparece recién ahora?
Gael me vio seria mirando el teléfono:
—¿Qué pasa que tenés cara de preocupada? ¿No tiene señal?
Yo estaba pálida y no respondía.
—Mi papá. Me… llegó un mail.
Gael sabía poco de esa historia, pero lo suficiente como para entender
mi shock.
—¿Qué dice?
—No sé. No lo quiero leer.
—¿Segura?
—No. No sé qué pensar, no lo vi venir. Mejor lo borro.
Me quedé dudando.
—¿Y si se le mandó sin querer y no es nada para mí? —pregunté
estúpidamente.
—Si no lo abrís no vas a saber.
—Tengo miedo.
146 • angie sammartino
—¿Querés que lo lea yo primero?
Asentí y le alcancé el aparato. Estuvimos en silencio mientras él leía
y yo trataba de leerle las expresiones del rostro a medida que avanzaba.
Terminó y me dijo:
—Tomá, leelo. Vas a tener que tomar una decisión.
—¿Me leés?
Me dio un beso y comenzó a leer:
—”Querida hija...”
El arte de negar • 147
Las palabras de mi papá en la voz de Gael retumbaron en mi cabeza
por un minuto eterno durante el cual, ni él ni yo, dijimos nada.
—Dame.
Prácticamente le arranqué el celular de la mano e impulsivamente
escribí una respuesta escueta y determinante: “Lamentablemente ya es
tarde. Ana.”
Me quedé con el coso en la mano. Solo tenía que apretar “ENVIAR”
y tema solucionado. Estaba segura de que si yo lo rechazaba, él no iba
a volver a insistir. Adentro mío comenzó esa batalla que todos vivimos
alguna vez, entre el orgullo y la compasión. Una pelea que define si existe
la posibilidad de perdonar al otro o no. Fue como si de repente en mi
cuerpo se estuviera dando lugar a un juicio.
Primero, entra el acusado, acongojado y con mirada triste. Tras de
sí viene su abogado, mi memoria. La memoria advierte que todo lo que
hizo el acusado tiene una explicación, pero no es el momento de darla,
y comienza a enumerar todas las cosas que el acusado hizo bien, todos
los momentos felices que generó, todas las alegrías que proporcionó has-
ta el momento del error. Entonces aparece el fiscal, la razón. Saca una
lista, enumera ítem por ítem los errores cometidos por el acusado y con
voz dramática advierte que no pueden quedar impunes. Queda ahora en
manos del juez, el corazón, tomar una decisión. Este ya escuchó ambas
campanas y ahora debe guiarse por su instinto para definir si el acusado
merece, o no, una segunda oportunidad. Para el corazón es difícil: los
recuerdos enumerados por la memoria le hacen sentir que si existe la
posibilidad de revivirlos, vale la pena el intento. Sin embargo, se toma su
tiempo para estudiar el caso y analizar la causa.
En el momento no pude decidir, dejé el mensaje en borrador y pos-
tergué mi respuesta. Le dije a Gael que no quería hablar del tema y lo
respetó.
Había algo que me faltaba para terminar de definirla, pero no supe
148 • angie sammartino
lo que era hasta el viaje de regreso de Suárez: necesitaba la opinión de
alguien con quien hablé del tema, que me vio sufrir porque mi papá no
aparecía, que me contuvo en esa época.
Te advierto que me vas a querer retar, pero JURO que le escribí como
pseudoamigo. Es obvio de quién hablo, ¿no?
Viernes 15
Querido Diario: no, ese día no me junté con N. De hecho me sentí
muy bien de poder decirle que no, sin dudar. Me siento un poco cambia-
da, para bien. En otro momento hubiera empezado a organizar todo en
mi mente para llegar, bañarme y esperarlo, pero, esta vez, le dije que no
hacía falta vernos, ¿entendés la importancia de eso?
El arte de negar • 149
Bien, Ana, vamos de a un paso a la vez.
En fin, le expliqué que necesitaba su opinión en un tema importante
y me siguió hablando. A diferencia de otras tantas veces, la charla fue
fluida y en ningún momento tardó en responderme. Le reenvié el mail y
me dijo que creía que mi papá había sido muy valiente y que tal vez no
darle la oportunidad me iba a hacer sentir peor a mí que a él, porque me
iba a quedar con la intriga de saber si hubiéramos podido recuperar los
años perdidos.
Su opinión me resultó una paradoja porque esa es la misma intriga
que me va a quedar con él. ¿Y si hubiéramos sido una buena pareja? ¿Y si
hubiéramos fallado estrepitosamente? Nunca lo voy a saber porque tiene
esa habilidad increíblemente desesperante de poder dar consejos útiles
sobre los demás, pero de jamás hablar de sí mismo. ¿Ves por qué necesi-
taba hablar con él? Sabe cómo pienso, lo que necesito escuchar, siempre
fue así.
Esa misma semana le respondí el mail a papá diciéndole que me iba
a costar mucho volver a confiar en él, pero que escuchaba (leía) su pro-
puesta. También hablé con mamá y, si bien estaba al tanto de todo, no le
gustó nada. No me pidió que no le hablara, pero la sentí más triste que
nunca. Mamá, por lo general, me da pena o bronca, pero siento que no
es maldad lo que tiene, sino mucha decepción acumulada. Eli fue la más
alentadora de todos. Me confesó que si ella tuviera la mínima chance de
vivir con su papá algo como lo que el mío proponía, no lo dudaría. A ella
le pega fuerte el tema porque Simón no pudo conocer nunca a Facu, así
que si ve la mínima posibilidad de un reencuentro entre un padre y un
hijo, se enamora al instante de la idea. Tati me dijo que el asunto no le
cerraba, que mi papá había elegido y se había portado mal, pero que si a
mí me hacía bien sacarme la duda, ella me bancaba. Digamos que entre
líneas me dijo el tibio “después no digas que no te avisé”, pero en defini-
tiva fue más copada que otra cosa. Camila —para mi sorpresa— fue la
150 • angie sammartino
mayor opositora: según ella quien se manda cagadas una vez se las manda
dos veces y yo estaba a tiempo de ahorrarle la segunda.
Gael estuvo más divino que nunca, me contuvo de una forma increí-
ble y me dedicó todo su tiempo libre a mí. Encima, el papá lo estuvo
presionando bastante para entrenar porque lo prueban en River ahora
en las vacaciones de invierno, entonces quiere que esté en su mejor for-
ma. A veces siento que nos ve juntos y por dentro piensa que es tiempo
valioso que podría aprovechar haciendo abdominales, pero se guarda los
comentarios porque estoy yo. Gael usó la estrategia de “cumplo con lo
mínimo que me piden para que no me rompan las pelotas” y el resto de
sus actividades fueron todas conmigo. Estas semanas estuvimos mejor
que nunca, la verdad es que me alegro de cómo estamos construyendo
esta relación, me da mucha seguridad tenerlo a mi lado, sobre todo, en
este momento de tantos desequilibrios. Por suerte me forcé a olvidarme
todo lo del parecido con Bianca y obligué a mi cabeza a enfocarse en lo
que tenemos ahora, en el presente.
Como verás junté las opiniones de la gente que me importa, pero
antes de pedirlas, ya intuía lo que iban a decir. Es muy loco darse cuenta
de que las respuestas están tan condicionadas por la personalidad y por la
historia de cada uno que resultan, incluso previsibles si uno conoce a la
persona en cuestión (salvo Cami, que siempre es reliberal con todo y se
puso en ortiba mal, para mí es porque extraña a su familia y no lo quiere
admitir).
Y acá estoy: preparando mi valija, chequeando no olvidarme ningún
papel, con la cabeza en ningún lado y en todos a la vez. Hoy a la maña-
na fue el último día de colegio de la primera mitad del año. En parte,
me alegra porque ahora viene lo más divertido, pero por otro lado, me
aterra cuando pienso que cada vez falta menos para terminar el secunda-
rio. Después me consuelo recordando que es mucho tiempo, que todavía
tengo varios meses para disfrutar, para elegir una carrera, una facultad,
El arte de negar • 151
una vida y, antes de eso, todavía queda el viaje de egresados, la fiesta, los
últimos días de clase…
¡Pará de anticiparte a todo, Ana!
Me puse nostálgica de repente, qué pelotuda. Me recordé a mí en-
trando al colegio con cara de “hola, soy nueva, no me dejen de lado que
no me quiere ni mi papá” y pude ver, entre llanto y risa, las caras de cada
uno de mis nuevos compañeros. Me acordé cómo me sentía en aquel en-
tonces. Creo que puedo decir que me las arreglé bastante bien para hacer
vínculos menos tóxicos que los que podrían haber salido con el veneno
que tenía adentro. Bueno, salvo por N, ¿será casualidad que lo conocí
cerca de esa época? Nunca lo había pensado.
En fin, tengo que obligarme a volver al presente porque me quedan
muchas cosas para preparar y el avión sale mañana temprano. Mi papá
me dijo que vamos a viajar a un lugar al que me quiere llevar hace rato
(?) y va a usar las vacaciones que tiene para tomarse unos días conmigo.
Volvemos en una semana, así que por suerte a mi cumple puedo pasarlo
acá con mis amigos y con mi novio.
Acabo de releer todo lo que te estoy escribiendo y empiezo a notar la
locura que es todo esto. Menos mal que casi no tuve tiempo de procesarlo
porque si no creo que me hubiera arrepentido. ¿Qué me esperará en otro
país? ¿Podremos llevarnos bien? ¿Me aburriré? ¿Qué estará planeando mi
papá que habla tan misteriosamente?
Esas son algunas de las miles de preguntas que en este momento inva-
den mi cabeza, pero como bien me dijo N, si no me arriesgo a averiguarlo
me voy a quedar con la duda para siempre.
Preparate porque seguramente a mi regreso tendremos mucho para
ponernos al día.
¡Hasta la vuelta, querido Diario!
Ana.
152 • angie sammartino
TEMPORADA III
JUL I O
Sábado 16
Alejandra nunca lleva a su hija a ningún lado porque dice que ya está
grande para hacerle de remisera, pero esta vez, Ana ni siquiera tuvo que
pedirle que la acompañara a Ezeiza, ya que la madre simplemente lo dio
por hecho.
—Dejame acá, mamá, posta, ya está. Papá me dijo que entre a la sala
de embarque y que me encuentra ahí.
—Ni loca te dejo sola, no pienso volver a buscarte si a tu padre se le
ocurre no aparecer.
—Va a aparecer.
—Ya sé. Estoy hablando con él, dice que si quiero puedo pasar al em-
barque porque sos menor. Vamos a hacer el check-in.
—Pero, ma…
—No me lleves la contra porque con medio escándalo que yo haga
El arte de negar • 153
te quedás en el país, ¿sabías? ¿Agarraste todo? Tomá te compré de esas
pastillas que te hacen dormi…
—Mamá, no me voy a drogar desde ahora, ¿para qué me voy a em-
pastillar? No recuerdo haberme subido a un avión y tener miedo, así que
dejalo así. De última le pido algo a papá, tengo que sacar algún beneficio
de ser la hija del piloto.
—Nombrame un beneficio que hayas tenido en estos años por ser la
hija de un piloto.
—No empecemos, por favor. ¿Estás bien? Te noto muy nerviosa.
—Mi hija viaja a otro continente con el padre que no ve hace años,
¿por qué debería estar nerviosa? —Alejandra respiró profundo—. No sé
qué estamos haciendo acá, ¿sabías que no te podés quedar allá más tiem-
po del que te autoricé? Comprate un chip así estamos en contacto todo el
tiempo, si tu padre hace algo...
—No me va a secuestrar, mamá.
—Ya sé.
—Tranquilizate. Voy a volver porque tengo el viaje de egresados que
no me pierdo por nada, ¿OK?
Ambas fueron a despachar la valija y luego a la sala en la que se en-
contrarían por primera vez en tanto tiempo con Pablo. Ni bien apareció,
Ana no supo bien qué hacer. Había imaginado ese encuentro millones
de veces, pero en su imaginación siempre le reprochaba el abandono y
terminaba gritando, insultando y reclamando una razón para todo lo que
pasó. Sin embargo fue distinto. Ana se quedó petrificada y sin saber cómo
reaccionar, pero Alejandra, por primera vez en siglos, dejó escapar unas
lágrimas y corrió a abrazarlo.
No fue una situación rara, fue RARÍSIMA.
154 • angie sammartino
AG O STO
Lunes 8
Querido Diario: no sabés lo incómodo que fue todo en ese momento.
Mi vieja y mi viejo juntos por primera vez después de años sin verse, abra-
zándose. Por un instante, pareció como si nada hubiera pasado, como si
el tiempo no existiera, como si las heridas hubieran sanado. Mamá se lo
llevó aparte, le dio los papeles y hablaron un rato.
Ahora, hace ya varios días que llegué, pero sigo rara, tengo que decir-
lo. El viaje me dejó —literalmente— en las nubes. No sé si estoy bien,
no sé si estoy mal. Solo sé que estoy mareada con preguntas que flotan en
mi cabeza sin encontrar respuesta, ¿será que todos a esta edad se sienten
en este limbo de incertidumbre o seré solo yo? Siento que no tengo más
certezas de nada: ni de los que me rodean, ni de los que creía conocer y,
mucho menos, de mí misma.
Ya sé que no tenés idea de lo que hablo, ahora te voy a empezar a con-
tar todo. Necesito más que nunca ver mis palabras reflejadas en tus hojas
para entender qué camino tomar, cómo seguir. El problema es que no sé
por dónde empezar: ¿por el viaje a Europa? ¿Por la historia que conocí
El arte de negar • 155
sobre mi pasado? ¿Por el secreto que me enteré de mi familia? ¿Por el pibe
que apareció para romperme todos los esquemas? ¡Y acá también pasaron
cosas! Gael se probó para River, mamá se peleó con su pareja y —escuchá
esto— Tati y Cami se empezaron a hacer amigas. Así es, parece que se
vienen días de que te cuente muchas historias.
Martes 9
Querido Diario: llegamos a Madrid en algún momento del domingo
que no puedo precisar porque entre la escala en San Pablo y el jet lag (es
reloco, parece que viajás en el tiempo), no tengo idea qué hora se hizo. La
cosa es que recién me encontré con mi papá en el aeropuerto de Barajas,
hice los trámites que me dijo y fuimos a buscar mi valija. No sabés lo
grande que es ese aeropuerto, tranquilamente podría ser un país, hasta
tiene un subte interno para que te muevas de un lugar a otro.
Al principio con mi viejo hicimos los comentarios clásicos sobre el
viaje y el clima, exactamente igual que cuando uno busca temas de con-
versación en un ascensor solo para sobrevivir al momento incómodo de
estar con alguien en silencio. Finalmente, cuando estábamos por irnos se
acercó a un grupo de tripulantes de abordo y me presentó.
—Gente, mi hija Ana. Richard, ¿te acordás de ella?
—¡Ah! Pero tía, qué crecida que estáis, ¡casi no te reconozco!
Lo miré desconcertada.
—¿Te acordás cuando íbamos a las reuniones de Fuerza Aérea después
de los desfiles?
De repente recordé, no podía creer cómo no lo había reconocido.
Era un piloto gallego, amigo de papá, que siempre era el alma de la fiesta
cuando íbamos a algún encuentro de aviación o cosas así. De chica mi
papá solía llevarme bastante a esos eventos y a mí me encantaba, incluso
156 • angie sammartino
recordé que jugaba con el hijo de ese piloto y nos escapábamos a los
aviones (que eran piezas de museo) para jugar a que volábamos. Es muy
flashero darte cuenta de que borraste tantas cosas de la memoria. Creo que
la cabeza elige qué recuerdos conservar y cuáles esconder como una forma
de protegerte, aunque a veces termina borrando recuerdos felices porque
la gente que es parte de ellos son personas que en el hoy, duelen.
Me presentó a todos, pero no le presté mucha atención porque esta-
ba cansada del vuelo. Finalmente, llegó una mujer que, supuestamente,
era una azafata amiga que nos iba a llevar hasta el lugar donde íbamos a
hospedarnos.
—Ana, ella es Mirna, nos conocemos hace años, pero vos no la viste
nunca.
En ese momento tuve un presentimiento: esa mina era la forra por la
que nos había abandonado. Cuando la vi sentí tal puntada en el pecho
que sería difícil de traducir en palabras. No era enojo, no era bronca, no
era tristeza. Se podría decir que era algo así como impotencia. Tener en-
frente la imagen viva de la mujer que eligió papá y por la que nos cambió
me hizo pensar que no hice nada para retenerlo. Simplemente acepté, me
resigné. Y eso que de insistencia sé mucho, preguntale a N sino.
Me di cuenta de que cuando mi mundo se cayó a pedazos yo no estuve
ahí para sostenerlo, para juntar los pedacitos, para intentar recomponer-
lo. ¿Qué hubiera pasado si no me daba por vencida tan fácil? ¿Papá se hu-
biera quedado con nosotros o los hubiera elegido a ellos de todas formas?
ELLOS.
Todavía me faltaba por conocer al hijo o hija que tienen. Nunca supe
bien los detalles porque mamá, cuando se enteró de la familia paralela,
cayó en tal depresión que no podíamos preguntarle nada por miedo a que
hiciera una locura. Y con el tiempo dejé de preguntármelo a mí misma, me
dediqué a asumir que ahora mi vida era esa. ¿Por qué hay cosas tan valiosas
por las que no luchamos y cosas insignificantes por las que dejamos la vida?
El arte de negar • 157
Mirna agarró mi valija para ayudarme y le dije que no hacía falta.
Intenté mirarla mal, pero me salió un gesto raro mezcla de susto y des-
confianza. Estaba muy concentrada en mis pensamientos como para
coordinar también las expresiones de mi rostro.
Nos subimos a un auto último modelo, mi papá se subió atrás conmi-
go y Richard fue de copiloto. Pensé que seguramente él se había puesto
ahí para que no me sintiera tan incómoda de ir con la pareja sola en el
auto. Me sentí totalmente extranjera y no por estar en otro país, sino
porque sentía que me estaba metiendo en un mundo que no era el mío.
Durante todo el viaje no paré de pensar, ¿me tocará dormir con mi her-
manastro/a? Juro que dudé si bajarme del auto y salir corriendo o no.
Llegando a Cibeles el auto aminoró la marcha y frenó frente a un
edificio imponente.
—Llegamos.
Se bajaron todos del auto. Mirna me dio mis cosas, saludó a los pilotos
y le dirigió una mirada intensa a mi papá:
—Si necesitan algo me avisan, ¿sí?
—Ya hiciste suficiente, gracias por todo, querida.
Y Mirna se fue.
Ni bien subimos papá me dijo que tenía que hacer una llamada y que
Richard me iba a mostrar dónde iba a dormir.
—Debéis de estar muerta, ¿verdad? Ven por aquí que te enseño dón-
de queda el dormitorio. Tu padre insistía en que vayáis a un hotel, pero
como era por un día le dije que acá ibais a estar más cómoda, ¿estuve
bien?
—Sí, me da lo mismo. ¿Esta es tu casa?
—Claro. Ven. Esta de aquí será tu habitación, no os preocupéis que
el dueño no está en el país. Te pido disculpas si hay algo tirado, la ordené
como pude, pero mi hijo gana en desordenado —se acercó a mi oído y
me susurró—: en eso ha salido a la madre.
158 • angie sammartino
Me reí, pero no sé si por el chiste o por los nervios o por las dos cosas
juntas.
—¿Un día dijiste? No entiendo, mañana vamos a un hotel ¿o a dónde?
Tenía miedo hasta de preguntarlo. Entendí que esa noche me la ha-
cían pasar ahí para que no fuera tan fuerte enfrentarme el primer día a
la otra familia de papá. Seguramente él estaba hablando con la trola de
Mirna en ese mismo momento coordinando el traslado.
—Ya te contará tu padre. ¿Queréis tirarte un rato hasta que se haga la
hora de comer? Podemos salir de tapas si quieres.
—¿Tapas?
—Es una comida típica de aquí, puros manjares. Acuéstate un rato
que más luego la probamos. Por cierto, siéntete como en casa, ve al refri-
gerador cuantas veces gustes. Hay jamón, hay… bueno, no sé qué más,
pero siempre hay una pata de jamón, eso debes saberlo.
Me guiñó el ojo y me sonrió.
—Muchas gracias.
Creo que Richard era el único que me caía más o menos bien hasta el
momento. Me acosté un rato en la cama y me acordé de que mi celular
estaba muerto hacía horas, así que lo puse a cargar para entretenerme con
los mensajes acumulados después de un día entero sin internet.
La verdad, no tenía ganas de hablar con nadie, ni siquiera con Gael.
Sentía que estando al otro lado del mundo había encontrado al menos
la manera de alejarme de todo y de estar conmigo misma, aunque debo
confesar que eso me daba un poco de miedo también. Al cabo de unos
minutos vino papá a ver cómo estaba.
—Bueno, ya está todo arreglado.
—¿Qué cosa?
—¿Lista para conocer Ámsterdam?
El arte de negar • 159
Lunes 15
Querido Diario: esa noche salimos de tapas (me contaron que es algo
típico de allá, es así: vas a muchos bares y picás algo en cada uno, son bo-
cados tipo tostadas con salmón, jamón, queso, bah, con lo que venga, es
muy rico). Antes de salir mi viejo vino a mi cuarto y me pidió una tregua:
—Yo sé que tenemos mucho para hablar, pero me gustaría que nos
tomemos la noche de hoy para estar tranquilos, mañana viajamos y pode-
mos charlar cuando estemos solos y tranquilos, ¿te parece?
—Está bien. Pero ¿por qué Ámsterdam? ¿Qué hay ahí?
—¿Confiás en mí?
¡Obvio que no confío en vos! ¡Sos el chabón que nos ocultó una fa-
milia paralela!
Mi papá descifró perfectamente la mirada que le dediqué y compren-
dió que le iba a costar mucho más que un viaje a Europa recuperar mi
confianza.
—Tenés razón, te estoy pidiendo mucho. Te juro que hay una buena
razón por la que vamos. Mañana lo vas a saber, lo prometo, dame un día,
quisiera que estemos allá para poder explicarte.
—Eh, está bien.
—¿Es un pacto entonces?
—Okey.
—Bueno, entonces somos un padre y una hija que salen a charlar y a
divertirse. Regalame una noche nomás.
Y así lo hicimos. Debo decir que su propuesta en algún punto fue re-
confortante porque me sacó la presión de tener que mantener mi actitud
distante y desconfiada por un rato. Es que, fuera de joda, estar enojada
con alguien es estresante y más cuando encima le tenés cariño. Las perso-
nas pueden cometer errores irreparables, pero eso no borra el vínculo que
te une a ellas ni lo que representaron en tu vida.
160 • angie sammartino
Pasamos una noche linda. Le dije a papá que invitáramos a Richard
porque estaba siendo muy amable con poner la casa y le gustó la idea así
que pasé la noche caminando de bar en bar escuchando anécdotas repe-
tidas, que conocía de memoria, pero que no sabía que extrañaba tanto.
Cuando volvimos me fui a acostar, pero antes miré el celular y des-
cubrí un mensaje que no esperaba. Tiene esa puta habilidad de aparecer
JUSTO cuando no estoy pensando en él.
¿Adivinaste?
Sí, era del innombrable.
Saqué la cuenta y noté que, si los cálculos no me fallaban, en Argentina
eran pasadas las ocho de la noche, ¿estaría ebrio ya a esa hora? Yo estaba de
novia con Gael por lo cual el mensaje me parecía totalmente desubicado
El arte de negar • 161
de su parte. Aunque después me puse a pensar en que fui yo la que le pi-
dió un consejo cuando recibí el mail de papá y tal vez estaba tratando de
ser amable y realmente le importaba saber cómo me estaba yendo. Decidí
no responder (en ese momento).
¡Bien, Ana! ¡Es un avance!
Estando tan lejos me sentí con la libertad de demorar la respuesta para
el día siguiente. Claro que yo no sabía que iba a conocer una persona
que me iba a descolocar tanto como para que me olvidara, incluso, del
innombrable. Le escribí a Gael para desearle buenas noches y me fui a
dormir. Al día siguiente nos tomamos un vuelo a Ámsterdam y debo de-
cir que es la ciudad más hermosa que vi en mi vida. (OK, tampoco es que
conozco muchas, pero ¡no sabés lo que es!) Mirás a cualquier lado y hay
bicicletas, tranvías, canales, puentes y las casas son todas muy angostas y
altas. Es un lugar, sencillamente, de película.
—¿Te gusta? —preguntó mi papá al ver mi asombro.
—Es impresionante, nunca pensé que Ámsterdam era así.
—¿Cómo te la imaginabas?
—Nunca me lo había imaginado en realidad, pero es muy hermosa.
—¡Y esperá a verla de noche! Además de linda, es una ciudad muy
interesante.
162 • angie sammartino
—¿Dónde estamos yendo ahora?
—A un hostel medio adolescentón, pero mi contacto me consiguió
dos cuartos individuales. En esta época ya era imposible reservar algo por
cuenta propia, es temporada alta acá.
—Sí, veo. Me parece muy loco estar en short y musculosa.
—Suele pasar cuando uno cambia de continente y hemisferio, la con-
fusión horaria y climática no es para subestimar.
—¿Cómo hacen los pilotos? Bueno, ya estarán acostumbrados.
—No te creas, en realidad no es que te acostumbrás, es más como vi-
vir en una realidad paralela. Es un mundo diferente el de los aeropuertos
y los aviones, se vive un ambiente de ansiedad y diversidad constante.
Las horas no pasan de la misma forma, no importa cuándo es de día o de
noche, es fácil abstraerse de la realidad.
Hizo una pausa, me miró y siguió:
—Lo difícil es volver.
Entendí lo que quiso decir, de a poco se iba acercando a los temas
que nos incumbían, pero no quiso arruinar el momento. En eso nos pa-
recemos mucho, en tratar de encontrar el timing adecuado para contar
algo importante, en el uso de las pausas dramáticas, en la búsqueda de
las palabras perfectas. Nos parecemos mucho, me había olvidado de eso.
Bajamos del tranvía o como le llamen, caminamos un par de cuadras
y llegamos al hostel. Me dio mucha risa porque ni bien entramos noté
que no solo era “medio adolescentón”, era UNA FIESTA. Las paredes
estaban forradas en papel con hojitas de marihuana y había pedazos de
chancho asomando desde el techo (se llamaba Flying pig), casi me tiento a
carcajadas de lo bizarro que era estar ahí con mi viejo. Él entendió lo que
yo estaba pensando y se empezó a reír también.
—Mejor no le cuentes a tu madre.
Se hizo un silencio medio raro que por suerte se rompió rápidamente
con la llegada del “contacto”.
El arte de negar • 163
Debo decir que me imaginaba que era otro piloto gallego o amsterda-
niano (?) loco que había dejado la vida de aviones para dedicarse a tener
un hostel, pero en ese momento entendí lo errada que estaba.
—Hola, muchachos, ¿Cómo habéis viajado?
Me miró y se detuvo un instante a escanearme con la mirada sin
disimulo.
—¿Ana? Oye, ¡estás muy guapa! Más de lo que ostentaba tu padre,
si eso es posible. Por cierto, Benicio es mi nombre —me dio un beso en
cada cachete y se señaló—. ¿Te acuerdas de mí?
Finalmente supe que “el contacto” de papá en Ámsterdam no era otro
que el hijo de Richard, pero nadie puede juzgarme por no reconocerlo
porque evidentemente cuando pegó el estirón directamente pegó meta-
morfosis, estaba muy distinto. Frente a mí tenía a un chico muy alto, con
pelo revoltoso, atado en una colita, con un morral y con ropa deportiva.
Tenía una remera de color azul chillón que luego supe que pertenecía a la
empresa de turismo para la que trabajaba dando tours. Sus ojos color miel
hacían juego con el bronceado (se notaba que había pasado la temporada
trabajando a pleno sol). El acento era indescifrable, más tarde me conta-
ría que entre madre italiana, padre español y amigos de todo el mundo
era difícil no combinar tonadas. Me pareció una cualidad cautivadora, no
todos tenemos una melodía tan propia al hablar. Ni bien lo conocí pensé
“si estaba soltera hubiera querido que me dé bola”, pero fue mejor que no
fuera así porque lo que tiene de especial va más allá de si es dable o no.
Me di cuenta de lo mucho que habré perdido de conocer de algunos pibes
por estar concentrada en gustarles montando un circo de persona cool y
buena onda que no me mostraba como realmente soy. ¿Será que no confío
lo suficiente en mí misma como para gustarle a alguien y necesito crear un
personaje de ficción? ¿Será que es más fácil enfrentar el rechazo cuando el
que lo recibe es otra versión de vos mismo que creés que no sos vos?
164 • angie sammartino
Siempre hacía lo mismo: conocía un pibe y ya quería gustarle, lograr
que me invitara a salir. Pero nunca era yo del todo. En cambio, como
estaba con Gael, no se me cruzó por la cabeza querer conquistarlo y ahí
empezó la magia. Conocí una parte mía, estando frente a un chico, que
no conocía: relajada, sin pretender ser alguien más, siendo 100 % yo. Y,
¿me creés si te digo que no me caí tan mal?
A veces es necesario encontrarse con ciertas personas para encontrarte
con vos mismo.
Eso aprendí esa noche con Benicio. ¿Que cómo sé tanto de él? Claro,
es que todavía no llegué a la parte en la que le pintó invitarme unos tragos
y me incitó a fugarnos del hostel a la medianoche.
Jueves 18
Querido Diario: el día que llegamos a Ámsterdam no hicimos mucho,
salimos con papá a recorrer un poco la ciudad (Benicio dijo que le hubiera
gustado acompañarnos, pero que trabajaba), fuimos a un parque gigante
rodeado de museos (es muy gracioso porque en esos edificios hay obras de
arte de capos onda Van Gogh, pero la gente estaba más desesperada por
sacarse la foto con unas letras gigantes que dicen “I AMsterdam”, igual
yo también fui a meter selfie ahí, olvidate, eso va a Instagram de una.). La
ciudad me parecía tan atrapante que me tenía hipnotizada. Se me ocu-
rrían mil preguntas, pero ninguna salía de mi boca porque en mi cerebro
se acumulaban a un ritmo que no podía controlar. Entonces, opté por
contemplar y absorber con los ojos toda la información que me rodeaba.
Caminamos un rato, cenamos temprano y nos volvimos al hostel porque
mi viejo ya no daba más.
El arte de negar • 165
166 • angie sammartino
—Me voy a quedar un rato por acá, quiero usar las computadoras que
vi por ahí.
—¿Querés llevarte mi laptop a la habitación?
—No, dejá, uso las de acá.
Secretamente, yo intuía que quedándome en las áreas comunes tenía
más chances de ver a Benicio otra vez. No sabía por qué, pero creía que él
tenía algunas de las respuestas que yo buscaba. Mi papá parecía dudar de
si dejarme sola estaba bien o no.
—Andá a descansar tranquilo, tengo casi dieciocho años, estoy grande
—le recordé.
No lo puedo confirmar, pero creo que cuando dije eso le cayó la ficha
de que la hija ya no era una nena y se emocionó un poco. Miró a su alre-
dedor y notó que estaba todo tranquilo.
—Bueno, pero descansá algo que mañana es un día largo.
—¿Me vas a contar de una vez por todas para qué vinimos?
Me sonrió, me dio un beso en la frente y me aseguró que al día si-
guiente develaba el misterio.
—Hasta mañana, hija.
Me quedé un rato boludeando en la compu y otro rato sentada en un
sillón, observando cómo un grupo de chinos hablaba jugaba a inventar
un diálogo en mi mente. Se ve que estaba muy entretenida porque las
horas pasaron y, no sé de donde salieron, pero, de repente, me di cuenta
de que el lugar estaba repleto de jóvenes de distintos lugares.
—¡Ana! ¡Pero qué bueno encontrarte!
Me di vuelta de un sobresalto.
—Ah, hola. Yo estaba...
—Descansando de tu padre, ¿verdad? Uno los quiere, pero llega un mo-
mento que necesita algo de juventud en su día, ven te invito a tomar algo.
El arte de negar • 167
No me dejó ni responder así que lo seguí hasta la barra (sí, la parte
de abajo del hostel es como un bar). Benicio saludó al barman cómplice-
mente y le dijo:
—¡David! ¿Cómo estás hombre? Dos cañas por aquí, por favor. Ella es
Ana, es una amiga nueva de Argentina. Lo que ella te pida me lo cargas
a mi cuenta, ¿vale?
—No hace falta, en serio, bueno, está bien. —Agarré el vaso de cerve-
za que me daba Benicio—. Acepto esta nomás, gracias.
—Mi placer, eres invitada mía, quiero que se estén como en casa.
—Deberías ignorarme para que me sienta como en casa.
Nos reímos los dos.
—Vives con tu madre, ¿verdad?
—Y su novio. Es como si vivieran en un mundo aparte, pero sí, vivo
con ellos.
—Vale, entiendo. Es bueno si lo ves del lado positivo.
—¿Cuál sería?
—No tienes el problema del apego. En cuanto te quieras ir, coges la
maleta y sales. Ni extrañas, ¿me entiendes?
—Por ahora no estaba planeando ir a ningún lado, pero sí, puede ser.
—¿De verdad?
—Sí, bah, no sé. ¿Por qué te asombra tanto? Tengo diecisiete, ¿dónde
voy a ir?
—Pues, ¡hay todo un mundo por conocer! ¡Podrías empezar por tu
continente!
—¿Qué dices? Digo, ¿qué decís? Ya me estás pegando tu acento.
Nos tentamos, brindamos y seguimos la conversación.
—Ya quisiera estar cerca de América yo, es un continente maravilloso,
¿has visitado algún lugar?
168 • angie sammartino
—Eh, ¿Villa Gesell cuenta?
—No conozco, solo he ido a las provincias del sur y vale, a la capital
de Buenos Aires, ya sabes.
—Sí, igual no me acuerdo tanto.
—Vale, es que yo era más grande que tú, tengo mejores recuerdos de
aquel entonces. Solíamos escapar a…
—...los aviones del museo de aviación, eso lo recuerdo.
—¿No es muy hermoso como los niños pueden viajar sin viajar?
Incluso con desconocidos. Porque nos veíamos muy de vez en cuando,
pero era como si el tiempo no importara.
Le sonreí y me quedé en silencio meditando cada palabra de todo lo
que había dicho.
—Ahora me dio un poco de vergüenza, conocés más mi propio país
que yo.
—Bueno, pero cada viaje es una oportunidad, aprovecha ahora que
estás aquí. A mi entender Ámsterdam es una de las ciudades más ricas en
las que he vivido.
—¿Viviste en muchas ciudades?
—Sí, ya lo creo.
—¿Y qué hay de especial acá?
—Bueno, la gente aquí se siente a gusto, ¿sabes? No lo sé, no hay
tabúes, se respira libertad.
—Mi mamá me dijo que tenga cuidado.
—¿Por qué lo ha dicho?
—Supongo que por todo lo de, bueno, la prostitución, la droga.
—Y eso te lo ha dicho como algo negativo, ¿verdad?
—Tiene miedo de que me lleve la trata.
—¿Trata?
El arte de negar • 169
—Cuando roban chicas para prostituirlas, en Argentina le dicen así.
—Es que eso aquí no es posible porque necesitas tener papeles para
trabajar en ese rubro. Verás, aquí es un empleo más.
—¿Cómo?
—Me parece que es momento de que te haga el tour más pedido de
la empresa.
—¿Qué decís? —le pregunté.
—Ven, salgamos de aquí, tienes que conocer un lugar.
—Pero le dije a mi papá que…
—Serán solo unas horas, ni se enterará.
—No sé.
—No te pasará nada, me conozco la ciudad como la palma de mi
mano, ¿confías en mí?
Extrañamente sí, confiaba.
—¿A dónde vamos?
—A conocer los colores de la noche, vamos al barrio rojo.
No tengo idea por qué le seguí la corriente, pero a los dos minutos
estaba con un casi completo desconocido caminando por calles y puentes
de Ámsterdam en plena noche. Lo bueno era que, como el trabajo de
Benicio era dando tours, me iba explicando cada pedacito de historia con
la que nos íbamos cruzando. Lo malo era que había cosas para contar por
cada baldosa que pisábamos y eso nos hacía frenar en todas las esquinas.
Yo tenía miedo de que hiciéramos un par de cuadras y ya fueran las diez
de la mañana.
—Ya falta poco, te dije que acá está todo súper cerca. Mirá, este co-
mercio de día es muy pintoresco y muy reconocido, ningún turista se lo
pierde.
Leí al pasar el cartel del negocio que me había señalado, se llamaba
Condomerie y era un negocio de...
170 • angie sammartino
—¿Eso son? —pregunté sin dar crédito a lo que veía.
—Sí.
Prácticamente tuve que retroceder a volver a mirar la vidriera para que
mi cerebro entendiera que toda la decoración estaba hecha con... preser-
vativos. Fuera de joda, era una obra de arte digna de maestra jardinera,
había forros de todo tipo, colores y tamaños. Incluso llegué a distinguir
unos que terminaban en forma de Torre Eiffel.
—¿Qué tiene Ámsterdam con el… bueno, todo lo...? Nada, dejá.
De repente, se me trabó la lengua y no me salían las palabras, empecé
a temblar y miraba el suelo constantemente para evitar su mirada. ¿Por
qué me costaba tanto decir la palabra “sexo” y hablar de eso? Aunque con
Benicio me sentía en confianza, también estaba un poco inhibida. A él,
sin embargo, nada parecía darle vergüenza.
—Bien, dos cuadras por aquí y te presentaré a una amiga. ¿Qué de-
cíais? Ah, ¿Por qué Ámsterdam tiene tantas cosas relacionadas al sexo?
Por suerte él me leía la mente.
—En realidad no es que tiene mucho, sino que no lo oculta. Verás,
las chicas que veis en los escaparates trabajan como cualquier ciudadano.
—Gracias por sacar el tema, me estaba poniendo loca que nadie lo
mencionara.
—Noté que te estaba incomodando. Te he dicho que preguntes lo que
quieras, aprovecha que tienes un guía a disposición.
Le sonreí y me sonrojé como una pelotuda.
Voy a explicarte de qué hablo. Ni bien llegué lo noté, pero no daba
crédito a lo que estaba viendo y no me daba hablarlo con papá. La cosa
es así, en algunas cuadras de Ámsterdam hay como unas vidrieras rectan-
gulares donde hay mujeres paradas posando. Vos pasás a plena luz del
día o de noche y están ahí, esperando que llegue algún cliente a pagar
por sus servicios. Están en cualquier lado, onda, quizá hay un bar, un
El arte de negar • 171
jardín de infantes y PUM vidriera con una piba vendiéndose. Al menos
yo interpretaba eso. En realidad al principio pensé “guau, usan maniquíes
vivientes”, pero pronto me di cuenta de que, salvo que todas vendieran
lencería y disfraces, ese no era el motivo por el que estaban ahí. Por lo que
pude observar siempre hay de a tres vidrieras juntas, una cortina que a
veces está cerrada y tienen luces arriba de la puerta.
—Bueno, acá va una pregunta, ¿qué es esa luz que tienen arriba?
—La luz indica dos cosas. Si está prendida es que está disponible,
apagada es que no está o tiene algún cliente. Si es luz roja es mujer, si es
azul es transexual.
Mi boca y mis ojos se abrieron a más no poder por la sorpresa que me
causaba todavía que el chabón hablara de esos temas como quien habla
del precio del tomate.
—O sea que, ¿es legal?
—Tan legal como rentar bicicletas. Verás, para trabajar necesitan un
permiso especial, deben pagar impuestos y cumplir requisitos sanitarios
obligatorios. A mi entender aquí la prostitución es más segura que en
cualquier otra parte del mundo. Ya casi estamos a mitad de cuadra te
presentaré una amiga para que le preguntes lo que quieras.
—¿Eh? No, no, no, no.
Me tildé. No quería conocer a nadie, ya era suficiente que estaba ahí
mientras mi papá pensaba que yo dormía a salvo en el hotel. Me quedé
quieta, casi paralizada, mientras Benicio seguía caminando. Luego se dio
vuelta, me miró y me gritó:
—¿No me digas que estás pensando en vivir la vida cuando sea dema-
siado tarde?
Lo odié, apretó el botón que activaba los sentimientos justos para que
tuviera ganas de golpearlo y no darle la razón a la vez. De cualquier for-
ma funcionó, porque corrí hacia él. Cuando lo alcancé para rogarle que
172 • angie sammartino
pegáramos la vuelta, noté que ya no estaba solo, al lado suyo se encontra-
ba una rubia que me miraba y me sonreía:
—Ana, quiero que conozcas una amiga, ella es Crystal.
—A… Ana un gusto.
No sabía cómo saludar y mi cabeza no se puso de acuerdo a tiempo
así que le di la mano y dos besos. ¿Desde cuándo saludás así, Ana? ¿Qué
te pasa? Noté que mi cerebro suele errar a las coreografías más simples
cuando está en una zona desconocida. A Crystal mi saludo no pareció
extrañarle en lo más mínimo. Seguro pensó que en Argentina se hace así.
¿Qué loco todo, no? Uno piensa que se saluda de una cierta forma hasta
que ve que hay muchas otras y, de repente, se siente un puntito insignifi-
cante en el medio del universo.
—I’m done for today 2. Would you like to go to a coffee shop or so-
mething? —preguntó en un inglés medio pelo.
Agradecí el colegio bilingüe y todas las series en inglés que me vi por-
que pude entender bastante bien lo que dijo. De hecho me pareció una
buena idea ir a tomar un café y refugiarnos en un lugar cerrado antes que
seguir dando vueltas por la calle de noche.
—Yeah, that’d be great, Ana would you… I mean… digo, ¿quieres
que vayamos a un coffee shop? No creo que hayas estado en uno alguna
vez.
—Bueno, en Argentina no seremos del primer mundo, pero tampoco
para no conocer el café.
—¡Oh! She thinks we’re going to a Starbucks, right? 3
—Yeah, this should be fun. 4
Creo que Benicio no se dio cuenta de que yo entendía lo que decían y
me sentí casi boludeada. Ya me estaba dando bronca que hablaran entre
2 | Terminé por hoy, ¿quieren ir a un coffee shop o algo así?
3 | Oh, ella piensa que vamos a un Starbucks, ¿verdad?
4 | Sí, esto va a ser divertido.
El arte de negar • 173
ellos, me agarró como un leve pinchazo de ¿celos? No sé, no es que quería
a Benicio, pero me jodía que ya no fuéramos nosotros dos solos.
—Ana, los coffee shop aquí son algo diferentes, lo último que venden
es café.
—¿Y qué tienen?
—Let’s go find out. Vamos a...
—Sí, te entendí.
Lo miré, se rio y me abrazó.
—No te enojes, guapa, no sabes cómo quisiera estar descubriendo esta
ciudad por primera vez como tú.
No le respondí, no podía, su brazo alrededor de mi cuello me daba
taquicardia, ¿qué me pasaba? No puedo explicar lo que sentí cuando me
abrazó porque no eran ganas de charpármelo, pero sí de retenerlo. Era
raro. Es más, de repente, me dieron ganas de tener wifi para poder con-
tarle a Gael y a las chicas todo lo que estaba viviendo. Pero no estaba esa
posibilidad así que me dirigí con Benicio y Crystal al bendito coffee shop.
Ni bien entré entendí por qué se reían cuando yo flasheé tomar cafecito.
Los coffee shop allá venden MARIHUANA. Sí, la gente cae onda “Hola, sí
que tal, ¿me das un porro?” “Pero ¡cómo no! ¿De qué tamaño? (hay unos
gigantes) ¿Brownie también? ¿Hongos?”
—¿Has fumado alguna vez? —me preguntó Benicio luego de entrar.
—Cigarrillo nomás, pero para probarlo con una amiga un día que
estábamos aburridas en una previa. Igual paso, no quiero.
—Simplemente quería que conozcas estos lugares, no pretendo que
consumas nada que no quieras y menos con tu padre en la ciudad.
Me sonrió.
—¿Es legal todo esto?
Me contaron que sí y, de a poco, empecé a hacer más preguntas. Me
solté tanto que terminé hablando con completos desconocidos de temas
que no hablo ni con mis amigos. A la mesa en donde estábamos caían
guías compañeros de Benicio, turistas que pasaban, conocidos de Crystal,
174 • angie sammartino
siempre había gente nueva con la que charlar. Me relajé un montón, ¡y
eso que no estaba fumada! Creo que el solo hecho de estar en un lugar
donde te sentís libre, te ayuda a ser una versión más verdadera de vos mis-
mo. Me reí como nunca con todos, incluso porque muchas veces yo no
entendía lo que decían o viceversa. Nunca me había puesto a pensar en
cuanta gente interesante hay en el mundo. Cuando amaneció Benicio me
dijo de volver para poder descansar unas horitas y así lo hicimos. Cuando
llegamos al hostel me dijo que lo que tenía preparado papá era después
del mediodía así que tenía tiempo de dormir.
—¿Y perderme el desayuno gratis? —le pregunté desconcertada.
—Vale, entonces te veo aquí antes de las diez.
—Vale.
Nos quedamos en silencio y no sé de dónde me nació, pero le di un
abrazo muy fuerte.
—Gracias.
—No hay por qué. A la cama, niña.
Jueves 25
Querido Diario: creo que la ansiedad era más fuerte que el cansancio
porque me costó mucho dormirme. Finalmente, me encontré con papá
unas horas después en el espacio de desayuno. Él ni sospechaba de mi
El arte de negar • 175
ausencia en el hostel durante la noche así que no dije nada. Benicio se
acercó a saludarnos y se fue a dar el tour de la mañana. Mientras tanto,
aproveché el tiempo muerto (y que en el hostel tenía wifi libre) para darle
señales de vida a mamá, mandar fotos a Eli y ponerme un poco al día con
los grupos de whatsapp.
Gael me contó que había quedado en River y que iba a empezar a
jugar en las inferiores. Por lo que me dijo había conocido pibes copados,
algunos que venían de pueblos como él así que estaba más contento. Me
puse feliz por él, pero en el fondo intuía que le iba a durar poco, los dos
sabemos que ser futbolista no es lo que más quiere en el mundo. Cami me
contó que se le bajó a último momento una modelo que necesitaba para
la campaña de primavera-verano de su marca y Tati terminó haciéndole
el favor de reemplazarla, parece que me tengo que ir yo para que se hagan
amigas. Igual me encantó enterarme de eso, no hay nada más paja que
tener dos mejores amigas que entre sí no se llevan: tenés que repetir tus
chismes dos veces, escuchar escenas de celos, usar dos días distintos para
verlas. En fin, espero que la amistad les dure porque sería muy divertido
ser un grupo de tres. Tati siempre fue súper mala onda con Cami, pero no
me sorprende que se haya copado: ella es perfecta, si hay algo que le sienta
bien es posar y que la estén admirando. Es la típica minita “se mira y no
se toca”, le gusta tener a todo el mundo pendiente de ella, pero le cuesta
un huevo dejar que alguien quiera acercarse más allá de su coraza para
conocerla en profundidad, debajo de la panza chata y de su pelo digno
de publicidad de Pantene. A ella no hay poron… digo, no hay NADA
que le venga bien. O el pibe es muy rubio o muy cheto, o muy cabeza, o
muy futbolero o muy ALGO. Siempre le digo que por pretenciosa va a
terminar siendo la señora solterona de los gatos.
Me fui por las ramas de nuevo, ¿no? Perdón, cuando me cuesta hablar
de algo doy más vueltas. En fin, pasado el mediodía volvió Benicio y al rato
estábamos los tres caminando por las calles de Ámsterdam. Atravesamos
un puente y Benicio seguía contándonos sus curiosidades de guía:
176 • angie sammartino
—Ya casi hemos llegado. Esa casita pequeña que ven al otro lado es la
más estrecha de toda la ciudad.
—¿Eso es una casa? Parece un pasillo o una torre.
—Se hace un poco más ancha hacia el fondo, pero no tiene más que
el tamaño de una cama.
—¿Y por dónde la entran?
—Buena pregunta. Deberías considerar ser periodista, una vez que
sueltas la lengua no paras de preguntar.
Mientras nosotros charlábamos papá estaba en completo silencio,
transpirando y muy nervioso.
—¿Ves esos ganchos que tienen todas las casas arriba? —seguía con-
tándome Benicio—: son para subir los muebles a través de las ventanas,
por la puerta ciertamente no entran.
—Ah, mirá vos.
—Al parecer hemos llegado. Pablo, ¿quieres que vaya a anunciaros?
—Por favor.
Benicio se fue y mi papá empezó a caminar detrás de él, pero a paso
mucho más lento. Cuando Benicio giró en la esquina lo perdí de vista y
mi viejo me miró.
—¿Estás lista?
—No tengo idea para qué, pero supongo que sí.
—Vamos a conocer un lugar muy importante para tu mamá y para mí.
Lo miré extrañada. De todo lo que podía imaginar nunca pensé en
algo que involucrara una historia con mamá.
—¿A dónde vamos?
—Vamos a mi museo preferido en todo el mundo, en algún momento
supo ser la casa de tu tocaya, ¿Ana Frank te suena?
El arte de negar • 177
Lunes 29
Querido Diario: resulta que la casa de Ana Frank, en realidad, no era
su casa. Era el edificio en donde estaba la fábrica que tenía su papá junto
a un socio que le sirvió de guarida a él y a otra familia mientras los judíos
fueron perseguidos para ser llevados a campos de concentración en la
época del nazismo. En un lugar muy chico vivieron ocho personas hasta
que fueron delatadas y capturadas. Claro que todo esto yo no lo sabía, me
lo contó papá mientras recorríamos un edificio tan histórico como escalo-
friante. El solo hecho de pensar que esas paredes escondían recuerdos tan
tristes me ponía la piel de gallina.
Me quedé callada. El lugar ya era de por sí lo suficientemente conmo-
vedor como para agregar encima lo que me contaba mi viejo con tono se-
rio y tembloroso. Escuché con atención sus susurros tartamudos mientras
intentaba contener una lágrima que quería escaparse. No me iba a ganar
la situación, no iba a llorar.
—Siempre amé viajar y las historias de los vuelos son lo mejor que
tengo. Cuando empecé a salir con tu mamá le mandaba cartas contándole
todo lo que vivía, pero cuando me enteré de que estaba embarazada yo
estaba acá, lejos de ella. Nunca lamenté mi vida nómade salvo ese día.
Me dolió mucho no haber estado con ella recibiendo la noticia. Recuerdo
que ese día había visitado este museo y cuando le escribí contándole los
detalles de lo que había conocido no podía parar de llorar porque, bueno,
para mí esta casa representa el fracaso de un padre que no pudo proteger
a su hija. Y me agarró un miedo que no había sentido nunca.
—¿Miedo de qué?
—De no poder ser el padre que necesitabas. Con Eli era distinto,
la quiero mucho, pero era otra la relación con ella. —Hizo una pausa
para meditar sus siguientes palabras—. Recuerdo que cuando volví de ese
viaje abracé muy fuerte a tu mamá y le dije que quería ponerte Ana en
178 • angie sammartino
homenaje a esta historia. Ella quería ser escritora, ¿sabías?, y bueno, no lo
sabe, pero escribió un bestseller que le dio voz a miles de judíos que mu-
rieron en el anonimato en manos del horror. Al parecer, si hay algo que
ni los nazis pudieron exterminar son las historias. Te cuento esto porque,
antes de que sepas la verdad, necesito que estés segura de que te quise
desde el primer día que supe que iba a tener una hija. Si me alejé en este
tiempo fue porque soy un cagón, no porque no me importes.
Asentí con la cabeza. No podía ni mirarlo ni emitir respuesta.
Permanecimos en silencio y, al cabo de unos minutos, me sonrió y dijo:
—Esto lo traté mucho en terapia, no te creas que no me cuesta decir-
lo, así que no espero que lo digieras rápido.
Yo seguía muda. Continuamos caminando hasta llegar a la habita-
ción en donde se exhibe el diario original. ¿Podés creer que ella escribía
como yo te escribo a vos? Poniendo “querido diario” y contando de su
día. Cuando lo vi sentí algo que no puedo explicar, una conexión que
trascendía las diferencias de época, país o religión. Loco, ¿no? De repente
sentí que los problemas de mi Diario eran un puntito al lado de los del de
ella. Y aun así me llamaba poderosamente la atención cómo las dos nos
habíamos refugiado en un pedazo de papel desalmado para poder volcar
nuestras angustias y miedos más grandes. No recuerdo cuánto tiempo
estuve en silencio recorriendo la habitación con las hojas originales del
diario, pero sentí como si hubiera sido un día entero. Luego llegamos a
un espacio donde venden souvenirs del museo y caí en la cuenta de que
mi viejo había dicho algo que me debería haber llamado más la atención:
—¿De qué verdad hablabas cuando dijiste que...?
Papá me miró como no me había mirado nunca: con mucho miedo,
angustia, vergüenza. Uno se imaginaría que ver a sus padres de esa forma
los hace ver más humanos, pero no estoy segura de qué tan mortales los
queremos ver. Empecé a sentir por él el peor sentimiento que, a mi en-
tender, puede existir: pena.
El arte de negar • 179
—Contame, ¿qué verdad?
Se me cruzaron mil pensamientos por la cabeza: ¿no seré su hija?
¿Estará enfermo? ¿Se casa con Mirna? ¿Qué carajo pasa que me mira
como si después de lo que me va a decir no hubiera mañana?
—No, no me animo. Lo ensayé muchas veces, pero yo... —Sacó de su
mochila un diario rojo similar al original de Ana Frank que vendían en
la tienda de regalos del museo, pero con aspecto de usado—. No puedo
decirlo, pero... sabía que esto iba a pasar, por eso te lo escribí. Por favor,
leelo después, a solas. No puedo manejarlo, perdoname, hija.
Me sonrió, dio media vuelta y lo seguí hasta encontrar la salida. Yo,
muda y con el diario que me había entregado papá todavía en la mano,
eché un último vistazo a la casa de mi tocaya y la saludé con mis pensa-
mientos, de adolescente a adolescente, de escritora a escritora, agrade-
ciéndole que me haya hecho dar cuenta de que no soy la única boluda
que necesita escribir para encontrar un poco de paz en el corazón.
Querida hija:
Te escribo estas palabras rezando para que entiendas la letra con la que es-
cribo. Tu abuela solía decir que, por la caligrafía, debería haber sido médico.
En realidad cualquier cosa que me alejara de las nubes y de las turbulencias
estaba bien para ella. No sé si sabías, pero empecé tres carreras que eventual-
mente abandoné: medicina, ingeniería y abogacía (lo único que tenían en
común era que las tres me disgustaban por igual). No fue fácil plantarme en
casa y decir, un buen día, que iba a meterme en la escuela de aviación porque
quería ser piloto. De hecho ese mismo día me echaron de casa y me dijeron
que si quería matarme, ellos no iban a ser cómplices. No te pongas mal con
lo que te cuento, los abuelos tenían una cabeza más cerrada hace unos años,
cuando crecieron descubrieron los beneficios de tener un hijo que trabaja ro-
deado de free shops y de ahí la buena relación que siempre viste.
Cuando era chico no la pasé bien. Siempre era el raro, el distinto, el que
estaba a la sombra de su perfecto hermano mayor. Pobre, él no tiene la culpa
180 • angie sammartino
de hacer todo bien —o todo lo que mis padres esperaban de él—, pero yo
muchas veces lo odié. ¿Cómo explicarte? Él era el que se sacaba excelentes
notas, tenía parejas envidiablemente estables y un futuro hecho a medida de
las expectativas de nuestros padres. Ni bien terminó el colegio estudió para
contador, se recibió y hoy, como ya sabés vive en EE.UU. con su familia de
publicidad y su colección de autos último modelo. En cambio yo, no sé si
por diferenciarme o porque el ADN vino fallado, siempre quería lo opuesto.
Como me medían con la misma vara que a él, siempre era el peor en todo. No
me hallaba en la escuela como no me hallaba luego en la facultad. Tampoco
era un pibe de los deportes o de las artes. Siempre estaba con un cuadernito,
dibujando o escribiendo, en las nubes, imaginando mundos paralelos en los
que era libre de hacer y de decir lo que quisiera sin que me mirasen mal.
No te imaginás el tiempo que estuve para poder escribir estos párrafos.
Siento que con cada palabra que escribo estoy un paso más cerca de perderte.
Sin embargo, es un riesgo que estoy dispuesto a correr, después de haberme
dado cuenta de que por no querer que te alejaras, me terminé alejando yo. Y
no quiero que veas eso de tu padre, que es un cobarde.
Con todo el coraje que pude juntar en estos años te cuento mi historia
más personal. Hace un tiempo toqué fondo. Estaba mal en el trabajo y en
casa, pero no sabía bien por qué. A nivel laboral y de pareja no había tenido
conflictos relevantes, simplemente era yo quien no estaba a gusto en ningún
lado, ni en mi propia casa ni en un avión (que siempre era como mi segunda
casa). Como adulto que soy debo confesar que consideraba que mi vida ya
estaba definida (tenía la profesión de mis sueños y una familia maravillosa,
¿qué más podía pedir?) por lo que me empezó a incomodar a mí mismo ciertos
cambios que estaba necesitando.
El ser humano es impredecible, el cuerpo pide cosas que el cerebro no
entiende, que no puede traducir y, frente a la incertidumbre, las patea, las
patea, las patea... hasta que se arma una bola de asuntos inconclusos que te
golpea en la frente y te obliga a hacerte cargo de lo que te pasa. Hace unos
El arte de negar • 181
años tuve que enfrentarme a una situación así. Durante mucho tiempo había
querido negarlo, pero finalmente la realidad me había exigido enfrentar las
dos opciones que tenía: hacerme cargo de lo que me sucedía o vivir infeliz
para siempre. La decisión que tomé fue en el medio de esas dos opciones: me
hice cargo, pero en secreto. No pude lidiar con mi orgullo y con el “qué dirán”,
por lo que simplemente me entregué a una situación que yo sabía que, even-
tualmente, iba a explotar de la peor forma.
El inconsciente es tan poderoso que te hace creer que hay cosas que pueden
mantenerse ocultas de por vida, cuando lo único que estás haciendo es retrasar
el momento de la verdad. Y cuando el momento llega, no solo es más doloroso,
sino que lastimás a las personas que menos querrías hacer sufrir.
Por ser tan miedoso perdí a aquellos que más genuinamente me quisieron.
Me encontré mirándome en el espejo y viendo a un ser mediocre que expuso
al dolor a quienes más lo bancaron en pos de no quedar mal frente a los que
nunca estuvieron a su lado. Ya te dije, hay horas y horas de terapia detrás
de estas palabras. Me costó mucho darme cuenta, pero ahora veo todo claro.
Estuve mal yéndome como lo hice y no sé si alguna vez me lo vas a perdonar,
pero la distancia me ayudó a resolver en mi cabeza todo lo que te cuento
ahora.
Creo que te estoy mareando más de lo que te estoy explicando, no se en-
tiende por dónde va la cosa, ¿no? El ritmo cardíaco se me acaba de disparar
y la vergüenza me invadió todo el cuerpo, pero lo voy a decir lo más claro
posible: cuando me alejé de tu mamá porque supo que yo, bueno, que había
otra familia... no te lo dijimos porque eran muchas cosas... ella estaba mal...
y yo... ¡ay! ¡Cómo cuesta! ¿Viste Richard? Bueno, como sabés Benicio es hijo
de él y de su exmatrimonio. Y él, bueno, ellos... son la otra familia de la que
te estoy hablando.
***
182 • angie sammartino
Hay innombrables que no tienen nombre porque da igual cómo se
llamen, su esencia es la misma. Son personas que sufrieron, que se equi-
vocaron, que no asumieron a tiempo quiénes eran y hoy pagan las con-
secuencias de dichos actos. Algunos sienten tanto miedo de mirarse al
espejo que optan por darse la espalda a ellos mismos y caminar hacia
adelante para nunca mirar atrás, sin importar el precio. Muchos de ellos
son causas perdidas, pero, de vez en cuando, alguno toma coraje y se mira
en algún reflejo. Es entonces cuando dos cosas pueden suceder: que no
se reconozca y siga caminando o que junte coraje y pegue la vuelta para
recuperar lo que perdió en el camino. Y, por gente como esa, es que vale
la pena que exista el perdón.
El arte de negar • 183
S E PTI E M B RE
Jueves 1
Querido Diario: cerré el diario que me había dado mi viejo y me que-
dé paralizada mirando a la nada. Estaba sentada cerca de un canal y me
quedé en silencio por lo que parecieron horas, mirando el agua. Estaba
atardeciendo y de a poco se iban encendiendo las luces de la ciudad.
Benicio estaba al lado mío, pero en la suya. Cuando habíamos llegado al
hostel papá se había ido a descansar y yo, que no podía más de la intriga,
me fui a caminar y le pedí que me acompañara argumentando que tenía
miedo de perderme, pero, tanto él como yo, sabíamos que no quería leer
eso estando sola. Menos mal. Ni bien salí del minishock del principio
nos miramos y nos dimos un abrazo muy fuerte. Y ahí me quedé, en sus
brazos, pensativa.
—Me siento atrapada en una telenovela.
—La realidad siempre supera la ficción, eso te lo aseguro.
—¿Entonces qué? ¿Somos hermanos ahora?
—No, guapa, seguimos siendo dos extraños que a partir de ahora
están destinados a pasar alguna que otra Navidad juntos.
Nos miramos y nos sonreímos. Era todo tan raro. Empecé a pensar
mil cosas. Primero, pensé en mi mamá y en todo lo que había atravesado
sola, ¿por qué no me lo habían dicho antes? ¿Sabrá ella que papá me dijo
todo? ¿Contaría con que él se iba a animar a decirme la verdad? ¿Por
qué no se opuso al viaje? ¿Cómo reaccionaría yo si me pasara algo así?
¿Con quién me enojaría? ¿Con la otra persona por sentir lo que siente?
¿Conmigo por no verlo? ¿Con el mundo por ser tan retorcido? Mil pre-
guntas y, a diferencia de otras veces, ni una puta respuesta.
—Hay cosas a las que no tienes que darles tanta vuelta —dijo Benicio
viendo mi desconcierto.
—¿Eh?
184 • angie sammartino
—Tienes que dejar de hacerte tantas preguntas, algunas cosas son me-
jores si se las acepta que si se las cuestiona. Si te deja tranquila he vivido
algún tiempo con ellos como para saber que es lo más verdadero que han
tenido. Se los ve felices.
—Es que, no sé, creo que puedo comprender que la gente deje de
quererse o que quieran a alguien de... bueno, un hombre a un hombre.
Es raro, porque es mi papá, pero creo que mi cabeza puede aceptarlo. Lo
que no me entra es por qué tenía que irse y abandonarme, si me hubiera
contado antes hubiera sido raro al principio ¡y nada más! ¿Por qué me iba
a molestar que él fuera feliz? En cambio ahora, ya se fue todo tan al carajo
que no sé si se puede volver atrás.
—Es que la vida no es un camino recto en donde vas hacia adelante o
hacia atrás. —Benicio se sacó un colgante circular que tenía en el cuello y
me mostró con el dedo—: Verás, esto me lo ha dado una turista peruana
y me explicó que en su cultura ven la vida como un espiral. Y me gusta
pensar que es así.
—¿Cómo sería eso?
—Mira, el espiral es como un círculo pequeñito dentro de otro más
grande y de otro, todos conectados por los extremos, como un laberinto
redondo que va desde el interior al exterior. Para poder llegar de uno a
otro tienes que pasar por lugares similares, pero que no son exactamente
el mismo. Así es la vida para ellos, es un camino en el cual uno va incor-
porando experiencias, historias, errores y vuelve a pasar por los mismos
lugares, pero cambiado, con aprendizajes y con cicatrices también. Toma,
quédatelo.
—¡No puedo aceptarlo! Es tuyo.
—Sí, y te lo estoy dando. Ya me lo devolverás cuando nos reencon-
tremos en este mismo lugar, pero dentro de un tiempo, cambiados pero
iguales.
El arte de negar • 185
Lunes 5
Querido Diario: es lunes y empezó septiembre con unos días del orto.
Hace mucho frío en Buenos Aires, llueve y tengo un humor de mierda.
Ya sé, tardé mil años para contar el viaje a Europa y ni terminé (lo valía,
¿no?), pero necesito volver un poco a la realidad de ahora. O sea, estamos
en septiembre, ¿te suena? ¡Helooou! ¡El viaje de egresados is coming! (Se
me pegó hablar mitad en inglés, mitad en idioma Benicio, todavía no me
pude sacar el tic y eso que pasaron varias semanas). Te resumo lo que
queda del viaje: volvimos para Madrid (sin Benicio que se quedaba labu-
rando unas semanas más en Ámsterdam), pero me llevé su colgante y la
promesa de que nos íbamos a reencontrar para que se lo devolviera, así
que la despedida no fue tan trágica porque tenía la certeza de que lo iba a
volver a ver. Con mi viejo el encuentro tras leer su diario fue silencioso
pero significativo. Una mirada, un guiño de ojo, dos sonrisas y un abrazo
muy fuerte. A veces la receta perfecta para decir mucho es no usar ni una
palabra. Él y yo sabemos que no fue un perdón completo, pero sí un “to-
davía me cuesta la situación, pero le voy a poner onda para que volvamos
a construir un vínculo”. Mi vuelo resultó postergado así que terminé pa-
sando mi cumpleaños número dieciocho con Richard y papá cenando en
un lugar muy top de España. Debo decir que extrañé un poco estar con
mis amigas, con Eli, con mi sobrinito y con Gael, pero fue un lindo cum-
ple. Richard es muy gracioso, me hizo reír toda la noche. Además, me
llevó a recorrer sus tiendas de ropa preferidas y, mientras él gastaba, yo
miraba cómo se iba llenando la valija extra que me tuvo que comprar para
poder llevar todo. Creo que me copa esto de que la pareja de mi viejo sea
un experto en ropa y saldos. Todavía no entiendo si soy poco rencorosa o
fácilmente comprable, pero todas las remeras y los vestidos con los que
volví colaboraron muchísimo en mi aceptación de la nueva situación.
¡Ah! Sé lo que te estarás preguntando. Todos los años el innombrable me
escribe para mi cumple, siempre cuando está por terminar el día, ¿qué
186 • angie sammartino
pensás que pasó esta vez? Efectivamente me escribió, como siempre, a
última hora del día para desearme su habitual feliz cumpleaños correcto
y poco afectuoso. Creo que inconscientemente espera a último momento
para hacerse desear, pero conscientemente lo hace para que yo piense que
“se acordó de casualidad”. Igual no me iba a poner mal si no me saludaba,
estaba con mil cosas en la cabeza como para preocuparme por eso. Eso sí,
tuve que respetar mi ritual de recibir el mensaje, sentir un sobresalto y
poner sonrisa de idiota por un rato hasta encontrar el momento para
leerlo sola. Son pequeñas boludeces que se me hicieron costumbre. Como
contar hasta cien antes de responderle o ensayar en las notas del celular
hasta encontrar la respuesta perfecta que me haga sonar “desinteresada
con él, pero interesada en la charla”. De hecho, casi siempre aplico la es-
trategia de cerrar el mensaje con una pregunta que lo obligue a continuar
la conversación, ¿patético, no? En fin, le respondí y charlamos un rato,
pero ahí quedó todo. Tal vez la distancia y saber que verlo era imposible
me ayudó a tomarme su mensaje con más calma. Bueno, eso y el hecho
de que estaba hablando al mismo tiempo con mi novio y con Benicio.
Ahora que ya te conté todo lo importante del viaje, pasemos a lo que
está ocurriendo ahora, ¡me quiero matar con lo de ayer! Ah, cierto que
te dije que tuve un día malo, pero no te dije por qué. ¿Viste cuando te
avergonzás mucho de algo que hiciste, pero lográs olvidarlo y, de repente,
El arte de negar • 187
aparece algo que te recuerda todo en un segundo? Bueno, ese “algo” tiene
nombre propio y apareció ayer en el colegio.
La cosa es así, estábamos saliendo y veníamos charlando con Tati unas
cosas del viaje de egresados. Camila y Gael iban adelante hablando de
lo poco que faltaba para que tuvieran que dejar de fumarse nuestros co-
mentarios sobre el tema. En un momento Cami se frena, se da vuelta y
nos dice:
—Ah, bueno, lo que faltaba, ya tenemos a los giles de los coordinado-
res instalados en la puerta del colegio, ¿no labura esta gente?
—Este es su trabajo, Camila —respondió Tati con malhumor—. No
te la agarres con ellos, no tienen la culpa de que vos seas del sur y hayas
perdido la magia de viajar allá. Están acá para asegurarse de que el viaje
sea como tiene que ser: inolvidable.
—Eso seguro, esas caripelas de looser no me las olvidaría más.
Sobre este tema se habla siempre mitad en joda y mitad en serio. Yo
sabía que Cami lo decía de verdad, pero su forma de expresarlo fue tan
graciosa que terminamos los cuatro riéndonos. Bah, las tres. Gael esbozó
una semisonrisa y los miró con preocupación, está medio sensible con el
tema. Ojo, no es que él quisiera ir, sigue sosteniendo que es una boludez
para sacarnos plata, pero quisiera que yo no fuera. Lo abracé fuerte y le di
un beso en el cachete. Me sonrió, me dio un pico marcador de territorio
y miró con recelo a los coordinadores que estaban canchereando en la
puerta, acomodados en un auto ploteado con la marca de la empresa de
viaje y chamullando a las pibas un año menores a nosotros. No pierden
tiempo, ni pasó nuestro viaje que ya están preparando el terreno para el
del año que viene.
A los flacos los tenía de vista, pero no los conocía mucho porque
como mi vieja no fue a ninguna reunión de padres por el viaje, quedé
medio afuera de la información. La mamá de Tati es la líder del grupo
de madres, así que de ella me llegó siempre la data. Hasta ahí todo venía
188 • angie sammartino
normal, pero lo que no sabíamos era que nos faltaba conocer un integran-
te nuevo que se había sumado al staff hace poco. No lo habíamos notado
porque estaba buscando merchandising en el baúl, pero ni bien lo cerró,
quedó al descubierto su cara con lentes de banana y su sonrisa impuesta
bien de... tarjetero.
Nos quedamos heladas, Tati y yo. Fue como retroceder varios meses
en un minuto y, de repente, estábamos en Villa Gesell, en la noche de
Pueblo en la que vi al innombrable y no me dio bola. Pensé que era algo
que había quedado enterrado, pero no, ahí estaba, ¿Esteban se llamaba?
Sí, definitivamente era él. Me agarró desesperación, necesitaba decir algo,
pero me había quedado muda. Por suerte con Tati nos entendemos con
miradas y una sola bastó para comunicarnos lo que ambas habíamos visto.
—¿Qué pasa que miran así? —preguntó Camila curiosa—. No me
digan que les gustan esos papoteados, Tati esperaba buen gusto de vos.
—¿Y de mí? —pregunté celosa.
—Vos estás con Gael, ya sé que tenés buen gusto. —Me guiñó el
ojo—. Nunca podrías fijarte en esos.
Sé que Cami me la quiso remar con Gael para que esté menos celoso,
pero con su comentario me clavó un puñal de culpa en el estómago, ¿de-
bía decir algo? ¿Daba contarle? No quiero que pase todos los días del viaje
sabiendo que estoy con un flaco con el que ESTUVE. Tati comprendió
que nos teníamos que ir de ahí y actualizar a Cami lo antes posible para
que dejara de meter la pata, así que la abrazó y le empezó a decir algo de
un diseño que se le había ocurrido para una remera. Se la llevó lo más
lejos que pudo y le contó quién era el flaco.
—¿Almorzamos en tu casa? —quise cambiar de tema, pero Gael mi-
raba fijo a los coordinadores.
—Eh, por mí sí, pero acordate que tengo media hora y me voy a
entrenar. ¿Qué onda? ¿Por qué van pibes tan chicos? ¿Esos son los res-
ponsables a cargo?
El arte de negar • 189
—¿Qué sos, mi mamá? ¿O mi papá? ¿O el novio de mi papá? —Me
reí de mi chiste, tomarme el tema en joda era mi forma de asumir la si-
tuación más livianamente, aunque a mamá no le daba risa ni a Gael, en
ese momento, tampoco.
—Te digo en serio, Ana, es peligroso.
—Van otros más adultos, quedate tranquilo, vamos que tenés repoco
tiempo para comer.
—¿Y qué decían de ese flaco?
—¿Eh?
En ese momento apareció Paola y, sin querer, le dio a Gael la respuesta
que yo estaba intentando no darle.
—¡Ana! ¡Tati! ¿Vieron quién es ese? ¡Es el que estaba en Villa Gesell en
el verano! ¡El RR.PP. de Pueblo límite!
La miré a Paola con una cara de odio que yo creía que era fácil de
interpretar, pero no, lejos de entenderla, le generó curiosidad:
—¿Qué? ¡Es él! ¡Posta!
—Sí, nos pareció —le confirmé a desgano.
—¿Lo conocen? —intervino Gael.
—¿Metí la pata? —preguntó inocentemente Paola.
—¿Vamos a almorzar al Mc todos juntos? —interrumpió Camila.
—¡Yo me prendo! —respondió Tati.
—Vos odiás Mc Donald’s —replicó Gael.
—Puede comer ensalada. Yo hoy estaba con antojo de cuarto de libra
—dije.
Paola también dijo que iba para ese lado y que se sumaba. Gabi tam-
poco se quedó afuera:
—¿Me puedo prender con ustedes? Tengo que rendir una materia de
UBA XXI y tengo que hacer tiempo.
190 • angie sammartino
—¿Posta ya estás haciendo materias de la facultad? —Camila lo miró
con cara burlona.
—Más vale, no quiero perder tiempo.
—¿Qué onda eso? ¿Muy difícil? —le preguntó interesada Tati.
Ella y Gabi empezaron a caminar en sentido al Mc que estaba a dos
cuadras y yo hice todos mis esfuerzos por no agotar tema de conversación
con Camila para evitar que Gael siguiera preguntando.
No era mi plan original almorzar con tanta gente, pero terminamos
comiendo juntos los seis y la verdad que no la pasamos mal. Venía es-
tando tan encerrada en mis cosas e intentando encontrar tiempos con
Gael que me había olvidado un poco de lo que era estar con compañeros
de clase afuera del colegio, criticando profesores, recordando anécdotas,
pensando en Bariloche, en el día de la primavera (vamos a hacer una
barra en un boliche para terminar de juntar fondos para la fiesta) y, por
supuesto, en la fiesta de egresados.
Sin embargo, como debería haber aprendido, las cosas que se patean
para adelante en algún momento rebotan y en su regreso te pegan más
fuerte. Esa misma noche Gael me invitó a cenar y a ver una peli e, inevita-
blemente, salió el tema del coordinador. Y yo, de boluda que soy nomás,
le dije lo primero que me nació: una mentira.
Martes 13. 9 días para Bariloche.
Querido Diario: Tati me miró con bronca.
—¿Sos tarada?
—¡Sí! —confesé.
—¿Cómo le vas a decir eso?
—¡Perdón! No sabía qué decirle y fue lo prime…
—¿De qué te reís, Camila? —Tati le dirigió una mirada de odio a ella
también.
El arte de negar • 191
—De todo. No sé si me da risa que Ani se haya movido al papoteado
o que todos piensen que te lo moviste vos.
La cara de Tati se transformó.
—¿Qué es “todos”?
—Esas cosas se saben. Gael accidentalmente se lo dice a alguien y
antes de que te enteres tu amor de cuatro ojos sabe que tu tipo son los
físicoculturistas.
Me reí por lo bajo. Tati había estado hablando muy animada con
Gabriel el día del Mc y, al día siguiente, como llegó tarde y yo estaba sen-
tada con Cami, se le sentó al lado sin quejarse y los retaron varias veces
por estar charlando.
—¿Qué decís? ¡Qué hambre! Mirá si me va a gustar ese pibe, ¡además
siempre estuvo atrás de Ana!
—¡Es mentira!
—La gente cambia de gustos...
—Callate, Camila, ¿querés? —luego me miró a mí—. Y vos no te rías
porque voy corriendo a decirle a Gael que la que se movió al coordinador
de Bariloche fuiste vos.
—Perdón.
Nos quedamos en silencio.
—¿Por qué tanto problema? Es para hacerla zafar hasta que vuelva del
viaje nomás.
—¡Porque soy malísima mintiendo! Si Gael me llega a decir algo voy
a arruinar todo —explicó Tati.
—Bueno, tratemos de que no te saque el tema y listo —dije seriamen-
te—. Yo voy a tratar de pegarme a él estos días y si dice algo te hago zafar.
Además, tengo ganas de compartir tiempo con él, con todos los entrena-
mientos que le agregan no encontramos un puto momento.
—¿Va a debutar en primera en algún momento? —consultó Tati.
192 • angie sammartino
—Dice que por ahora no, pero le está yendo bien, si sigue así puede
que en algún momento sí.
—¡Guau! ¡Qué flashero! Vas a tener un novio deportista y famoso,
¿puedo empezar a vestirlo así después me hace publicidad? —saltó Cami.
—Pero no tenés línea de hombres.
—Puedo tenerla. Gael tampoco es lo más masculino que vi en mi
vida.
—¡Ey!
—El otro día lo enganché escuchando a Selena Gómez...
Nos cagamos de risa las tres y Cami se acercó a mi oído para
preguntarme:
—¿Posta Tati no sabe mentir?
Negué con la cabeza.
—¡Che, Tati! Mirame a los ojos y decime que no te gusta el cerebrito.
Tati se sonrojó hasta las pestañas, nos miró furiosa, se levantó y se fue.
Miércoles 14. 8 días para Bariloche.
Querido Diario: tengo poco tiempo, pero hay algo urgente que quiero
contarte: estoy haciéndole el aguante a Tati, por eso se queda a dormir en
mi casa. Ahora se está duchando y aprovecho para escribirte.
Resulta que ayer llegó a la casa y estaba muy silenciosa, lo cual es raro
considerando que los padres siempre se hacen un hueco en sus respecti-
vos trabajos para almorzar todos juntos. Yo siempre le digo que ellos son
“una especie en extinción” porque son la “familia tipo” que pasó de moda
hace más de una década: los papás que están juntos desde la adolescencia,
el hijo mayor carismático con promedio diez y la hija menor perfecta y
estudiosa.
El arte de negar • 193
Secretamente, siempre envidié un poco eso de Tati: que llegue a la
casa y la estén esperando, que le pregunten cómo le fue en la prueba de
Matemática, que sepan en qué año de colegio está (parece una boludez,
pero mi vieja se acuerda solo este año porque dice “mi hija está con los
más grandes”, ni siquiera sabe si es quinto o sexto).
En fin, ayer la casa no tenía el bullicio necesario para que todo fuera
normal, entonces subió al cuarto de la mamá y la encontró muy pacífica
doblando la ropa de su papá y guardándola en una valija. Simplemente
la sentó y le dijo que él tenía un par de cosas para pensar y que cuando lo
hiciera iba a volver. Se levantó y se fue. ¡No le dijo nada más! ¿Qué habrá
pasado? ¿Se divorciarán? ¿Se separarán por un tiempo? ¿Dejó de amarla?
¿El papá dónde está? Todas estas preguntas me dan vueltas por la cabeza,
pero no puedo hablarlo con Tati porque ni bien menciono el tema se
larga a llorar a mares de nuevo.
Acaba de sonar el timbre, debe ser Cami que le pedí que viniera así
la distraemos. Mi vieja se está portando mejor de lo que esperaba, hasta
nos está cocinando para que comamos las cuatro juntas (tiró un “noche
de chicas, ¡qué bueno!” que me hizo estallar). Parece que la separación de
su último novio le vino bien porque la veo más activa que siempre. Eso o
que lo vio a papá tan bien que no quiso ser menos, no sé.
Jueves 15. 7 días para Bariloche.
Querido Diario: hoy Tati habló por teléfono con sus viejos y ambos
le dijeron que estaban por solucionar todo, recién ahí empezó a calmarse
un poco. Menos mal, porque ya estaba al borde del ataque de pánico.
Yo no quise meterme a investigar demasiado, pero corre un rumor en el
colegio de que hubo tercero/a en discordia. Aunque me cueste creerlo,
tengo miedo de que sea cierto. Encima, la mamá de Tati es la presidente
del Comité de padres, su separación repentina es alto chisme para todos
194 • angie sammartino
los que trabajan en el colegio y, sobre todo, para esos padres y madres con
hambre de puterío. Agradezco que a mi vieja le chupe un huevo codearse
con esa gente, son un montón de extraños careteando de frente que se
llevan bien y sacándose la mierda por las espaldas. ¿Sabés la cantidad de
veces que la mamá de Tati hizo reuniones en su casa con otras madres
y nosotras nos quedábamos escuchando desde la escalera todo lo que
hablaban mal de otros? Y al día siguiente las veíamos saludarlos como si
fueran mejores amigos. El mundo de los adultos cada día me parece más
infantil que el de los niños.
Por suerte le dije a Tati que se quedara durmiendo, así que hoy ese
chusmerío no lo escuchó. Espero que no le llegue nunca porque ya me
veo todo Bariloche consolándola en el hotel. Muy forro de mi parte ese
pensamiento, ¿no? Bancá que me está llamando Gael al celu.
Bueno, evidentemente me llamó sin querer porque atendí y nada, me
pasa siempre, odio llamarme “Ana” porque soy el primer contacto de la
mayoría y cada vez que le pifian al teléfono me llaman a mí sin saberlo.
Igual Gael me tiene agendada como “Amor”.
En fin, me voy a dormir.
***
Unos minutos atrás, al otro lado del teléfono, Gael se preguntaba si
iba a tener los huevos necesarios para contarle a Ana lo que había hecho.
Unos segundos después lo averiguó: no los tenía. Y menos sabiendo que
faltaba una semana para ese viaje en el que iba a tener barra libre de pibes
que se le tiren y alcohol para encontrar las excusas. Cortó el teléfono. No
era el momento. No daba contarle que finalmente había encontrado a
Bianca en Facebook... y le había enviado solicitud de amistad.
El arte de negar • 195
Lunes 19. 3 días para Bariloche
Querido Diario: ya es lunes y en menos de 72 h nos estamos yendo a
Bariloche. Tengo una cantidad de sentimientos mezclados difícil de ex-
plicar. Por un lado, siento la presión de estar ansiosa y alegre porque por
fin llegó el viaje que venimos esperando hace más de un año. Por otro
lado, siento que cae en un momento complicado y me gustaría detener el
tiempo para resolver todo antes de irnos.
¡Cómo pasa el tiempo! ¿No? Parecía una fecha tan lejana allá por mar-
zo cuando empezábamos nuestro último primer día de clases y, acá esta-
mos, en el medio de un septiembre movido, a un día del último evento
de recaudación de fondos para la fiesta (mañana hacemos barra en un
boliche porque el miércoles no hay clases por el día del estudiante).
En cuanto a Tati, este fin de semana las cosas no cambiaron mucho:
los papás insisten en que se va a arreglar todo, pero nunca especifican
cuándo. El finde fue puro pijama party, películas y comida rica para le-
vantarle el ánimo, ya que, sorprendentemente, no quiso salir ni pensar
en otro plan que implicara moverse de mi casa o de la de Cami. Es difícil
a veces encontrar la forma de levantarle el ánimo a alguien que querés
tanto, porque quisieras decirle que ya va a pasar, que esto va a quedar
atrás y que todo va a volver a ser como antes, pero sabemos que no es
así. Por lo menos ni Cami ni yo tenemos un modelo de familia que nos
permita asegurárselo. Más bien lo contrario, ella nos ve e interpreta que
lo que se viene en su vida es crónica de un divorcio anunciado, todo
cada vez peor. El gran problema es que no está triste o bajoneada, sino
desilusionada. Como cuando, ¿viste Toy Story?, bueno, está como cuando
Buzz LightYear descubre que realmente es un juguete y no un guardián
del espacio. Hay cosas que cuando pierden la magia no vuelven a ser las
de antes y ella sabe que, vuelvan o no a estar juntos, ya hay algo que se
rompió para siempre.
196 • angie sammartino
Y hablando de sucesos que marcan un antes y un después, tengo que
contarte algo más. Lo sé, la estoy rebajando, esta debería ser la semana
más alegre del año y somos todas un trapo de piso. Incluso Cami, que
se quiere matar porque nos vamos diez días, pero insiste con que ni loca
viaja para allá (lo cual sería coherente porque plata le sobra y allá está la
familia, pero bueno, de algunos temas no habla y mejor no sacárselos si
no quiere).
Hace un ratito discutí con Gael: hoy fui a almorzar con él antes del
entrenamiento y le dejé el celular cuando fui al baño. No justifico lo que
hizo, pero bueno, según él quiso ver como estaba Tati y leyó la conversa-
ción en nuestro grupo de whatsapp. Y subió, subió y en algún momento
leyó todo lo que hablábamos de cómo no le iba a contar todavía que
estuve con el tarjetero.
Tengo miedo de que se esté yendo todo a la mierda por una idiotez.
Bueno, no es una idiotez, le mentí, ¡pero fue para que él no se sienta mal!
No es que a mí me pase algo con el coordinador ese gil, simplemente
quería esperar a volver y contarle, así no tenía que estar todo el viaje
intranquila de que va a estar desconfiando y pasándola mal. O peor, rom-
piéndome las bolas por whatsapp cuando quiera ir a Grisú o... uh, pará.
Entonces, ¿lo hice por él o por mí? ¡Uf! Odio admitirlo, pero me la man-
dé yo, ¿no? Sí, fue muy egoísta de mi parte jugar así con la persona que
me ama y que quiero tanto. Me parece que por primera vez voy a seguir
el ejemplo de mi viejo. Si algo aprendí de él este año es que, a veces, hay
que dejar de intentar justificarse y limitarse a pedir perdón.
Martes 20. 2 días para Bariloche.
Querido Diario: hoy Gael estuvo toda la mañana callado y eso me
preocupó bastante porque él siempre es de hablar las cosas aunque esté
enojado. Ni bien salimos encaró directo para el lado de la cuadra donde
El arte de negar • 197
estaba instalado el tarjetero con los otros coordinadores y me tuve que
poner en su camino para que no hiciera una locura.
—¿Qué hacés? ¿Estás loco?
—Le quiero explicar cómo son las cosas para que lo recuerde durante
el viaje, quiero hablar nada más...
–Basta, ¿podemos hablar bien de una vez por todas? Fui una tarada,
no quería que pase esto, por eso no te lo dije. Ya no sé qué hacer para que
me perdones.
Gael me miró de una forma que no supe describir, no era enojo del
todo, tampoco que me perdonaba. Algo raro pasaba. Tardé, pero final-
mente lo convencí y nos fuimos a almorzar a su casa.
—Me gustaría que hablemos, aunque tengamos unos minutos —le
dije—, quiero contarte bien qué pasó.
—Explicá tranquila porque no pienso ir al entrenamiento, tengo todo
el tiempo del mundo.
—Bueno, la cosa es que cuando estábamos en Villa Gesell con Tati a
principio de año un día fuimos a Pueblo y estaba Nahuel.
—Ah, cierto que hay otro gil más dando vueltas.
—¿Qué te pasa, boludo? ¿Me dejás que te explique o solo te interesa
hacer comentarios mala onda?
—Dejá, no me cuentes más. No quiero escuchar. Hagamos de cuenta
que no pasó nada y sigamos con nuestras vidas.
—¿Eh?
—Sí, listo. Aprovechemos el tiempo que nos queda. En dos días te vas
y te voy a extrañar mucho, ¿sabías?
—¿Querés que hablemos de eso?
—No.
—Es eso, ¿no? ¿Te tiene mal el viaje?
198 • angie sammartino
Gael miraba fijo al piso y no decía nada.
—Ya te dije que ni me gustaba el nabo ese, estuve con él por borracha
resentida.
—Me quedo más tranquilo, supongo que en Bariloche vas a tomar
chocolatada.
—¡Pero no estoy resentida! Yo te quiero y necesito irme sabiendo que
estamos bien.
Me miró, me dio un beso y un abrazo muy MUY fuerte.
—Voy a dar vuelta las milanesas y vengo.
—Dale.
La cosa caminaba mejor, yo sabía que con paciencia iba a terminar
de entender y me iba a perdonar. No es que estuve con el flaco mientras
estaba con él o lo fui a buscar yo para que sea mi coordinador, se dio así
y punto. Tenía cosas peores por las cuales preocuparme, como que tenía
una mejor amiga deprimida para el viaje supuestamente más divertido
de nuestras vidas o que me quedaban 48 h para empezar a hacer la valija.
Mientras esperaba se me ocurrió agarrarle el celu a Gael para sacarme
una selfie graciosa y ponérsela de fondo de pantalla sin que supiera, para
sorprenderlo y para que se riera un poco. Estaba en eso cuando vi que
caían whatsapp de un número que no estaba agendado, pero que, por el
código de área, era claramente el de Suárez (era el mismo que tenía Gael).
Ni le hubiera prestado atención si no fuera porque en la foto de perfil
había una chica.
Y era MUY parecida a mí.
***
Hasta las personas más angelicales tienen sus momentos de infierno.
Es en esos lugares donde encuentran su versión más oscura y despiadada.
El arte de negar • 199
Algunos huyen aterrados de ellos mismos, pero otros, en cambio, se que-
dan. Un poco por curiosidad, otro poco por error, pero se van instalando.
Solo Dios sabe quién los va a salvar si no se salvan ellos mismos.
Miércoles 21. 1 día para Bariloche.
Querido Diario: mi corazón empezó a latir muy fuerte y se me cruza-
ron mil pensamientos: ¿Y si era una de sus hermanas? ¿O alguien de allá
que tenía de perfil una foto de Bianca? ¿Lucas tal vez? ¿Número equivo-
cado? Finalmente, se me agotaron las posibilidades estúpidas y mi cabe-
za definió recurrir a la lógica: claramente era Bianca. Pero, ¿qué quería?
¿Habrían estado hablando mucho? ¿Por qué no estaba agendada? ¿Gael
estaba mintiéndome?
En ese torbellino de preguntas estaba cuando noté que seguía sola en
el living y tenía el celular a mi disposición para sacarme todas las dudas,
pero no pude leer. Sinceramente no me había jodido que Gael mirara sin
querer en mi conversación de whatsapp con las chicas porque sabía que
no lo había hecho con mala intención, pero no me cabe estar espiando el
de otros. O sea, quería saber qué carajo estaba pasando, pero ¡quería que
él me lo dijera!
Tenía una bomba en la mano a punto de explotar, pero la dejé en
donde estaba. Me quedé callada y cuando volvió Gael me fui al baño. Eso
es lo que hago cuando estoy incómoda en un lugar, me siento sobre la
tapa del inodoro o en el borde de la bañera para mirarme en el espejo y
preguntarme cómo llegué ahí. Respiré profundo un rato, pero salí rápido
porque tenía tal angustia contenida en el pecho que si me quedaba un
segundo más en soledad iba a romper en llanto. Volví al living pensando
en una excusa para irme lo más rápido posible, pero por suerte la excusa
llegó sola, en forma de llamado telefónico.
—Amor, llamó Tati, parecía bastante desesperada, atendí porque no
paraba de sonar. Dijo que la llames urgente.
200 • angie sammartino
—Bueno que espere, estuve todo el fin de semana disponible para
ell...
Volvió a sonar el celular.
—Atendé tranquila.
Atendí.
—¿Qué pasa, amiga? No puedo en este moment...
—Boluda ¡es urgente! Me acaba decir mi vieja que cuando avisó que
ellos dos no van de acompañantes al viaje, la empresa le dijo que tenía
que conseguir dos reemplazos sí o sí para mañana ¡o no vamos nada!
—¿Qué?
—Por la cantidad de adultos a cargo, dice que por ley no sé qué cosa,
¡necesitamos conseguir dos adultos o nos quedamos sin Bariloche!
Cuando Ana escuchó lo que le dijo Tati tenía cosas más importantes
en la cabeza, pero la insistencia de su amiga la sacó de su mundo y la llevó
a la realidad: primero lo primero, necesitaban encontrar dos adultos dis-
puestos a viajar con ellos a Bariloche en menos de 48 horas, ¿era posible?
Ana agradeció que esa tragedia de último momento al menos le sirviera
de excusa para irse de lo de Gael. Todavía no sabía cómo reaccionar a lo
que había visto en su celular, necesitaba pensar, meditarlo con las chicas,
entender por qué estaba pasando eso justo con él. ¿Era posible que no
pudiera confiar en nadie? No paraba de preguntarse si podía haber algu-
na explicación coherente para esos mensajes, pero, aunque la hubiera, le
dolía que se lo estuviera ocultando.
Ese mismo día se juntaron todos los integrantes del curso que iban al
viaje en lo de Ana (porque Tati siempre era sede, pero ella estaba prácti-
camente instalada en lo de su amiga, ya que se negaba a volver a su hogar
hasta que sus padres se reconciliaran). Barajaron mil opciones y se pusie-
ron a llamar, a mandar mensajes y a whatsappear a todos los mayores de
veintiuno que conocían, pero nadie podía.
El arte de negar • 201
Finalmente, se fueron a hacer la barra que tenían acordada para re-
colectar fondos para la fiesta pensando que ese día del estudiante que se
aproximaba iba a ser el más triste que iban a pasar en sus vidas. Pero, cosa
del destino o de la suerte, hubo dos personas que se apiadaron de ellos y
accedieron a último minuto a acompañarlos, ¿adivina quiénes?
Jueves 22. Viaje a Bariloche.
Querido Diario: te escribo esto desde el micro viajando a Bariloche,
por suerte es de madrugada y por primera vez en horas hay algo de si-
lencio, aunque en el fondo hay unos manija del otro colegio que usan de
instrumento todo lo que tienen a mano.
Yo estoy rara y ansiosa a la vez. Por un lado siento que una parte de
mí se quedó en Buenos Aires con Cami, con Gael y con el quilombo que
no resolví. Con todo el lío de conseguir dos adultos a último momento
para viajar, el tiempo se me pasó volando y cuando me di cuenta estaba
armando la valija a contra reloj (y con Tati al lado dictándome noche por
noche lo que tenía que llevar: fiesta bizarra, del estudiante, de disfraces,
blanco y negro... ya no sé por qué estaba contenta de estrenar mi ropa de
Europa si voy a usar disfraces todos los días prácticamente).
Con Gael todo igual, no encontré momento para hablar y cuando nos
vino a despedir al micro claramente no era una opción. A Tati la actualicé
recién y me dijo que no pensara por diez días en el tema, que Bariloche
iba a ser un descanso para mi cabeza y que a la vuelta iba a tener todo más
claro para hablar con él y para plantearle el asunto de que vi su celular y
con quién se escribía. No me convenció demasiado su respuesta, pero no
quise estirar la charla porque todo lo que empieza con una conversación
sobre algo relacionado a un problema de pareja desemboca en ella lamen-
tándose una vez más la separación “temporal” de sus viejos.
Te cuento el panorama de ahora: estamos en un micro de esos de
202 • angie sammartino
doble piso con los coordinadores, los adultos que acompañan y chicos de
otro colegio. Hasta ahora no hablé con ninguno, pero se armó un revuelo
enorme porque parece que uno es un youtuber conocido y todos los del
curso estaban alteraditos sacando fotos y matando a preguntas al famoso.
Sinceramente, no sé quién es, así que no me importa porque no conozco
a ninguno. Además, no hay nada que me llame menos la atención que
un pendejo creído diciendo boludeces con un grupo de nabos aplaudién-
dolo. Vi que había un par de pibes facheros (seguro si estaba soltera eran
todos bagallos), pero ya los conoceré a todos cuando llegue, me da fiaca
hacer sociales en el micro. Además, todavía me siento rara con los acom-
pañantes, hay un cóctel hermosamente bizarro.
Por un lado está el tarjetero, que desde que subí al micro no me diri-
gió la palabra ni me miró de manera especial. Tengo la sospecha de que
ni registra que estuvimos juntos en Villa Gesell, lo cual no sé si me pone
contenta o me indigna. De acompañantes hay algunos del otro colegio y
de nuestro lado son tres “adultos”: el tío de Juan (un compañero que no
te mencioné mucho, pero es el pibe que mejor se lleva con Gael) y, el dúo
fantástico, las dos personas que a último momento nos salvaron las papas,
son como los héroes de todos, justo lo que me faltaba.
¿Dije héroes? Bueno, heroínas en realidad. Mirá si al destino le gusta-
rán las paradojas que, al viaje más esperado de mi vida me acompañan mi
vieja y, nada más ni nada menos, que la hermana de Paola, o sea, la ex de
Nahuel, más conocida por mis amigas y por vos como “la trola”.
Viernes 23. Llegada.
Querido Diario: odio darle la razón a Tati, pero desde que llegué no
pensé ni un segundo en nada de Buenos Aires. Claro que eso no es mérito
propio, el primer día estuvimos de un lado al otro para organizarnos y
acomodarnos. Yo no había ido nunca a Bariloche y la verdad es que me
El arte de negar • 203
quedé sorprendida de lo imponente que es el paisaje. No me había dete-
nido a pensar en ese aspecto del viaje. Siempre que hablábamos del tema
mencionábamos los boliches, las excursiones y las fábricas de chocolate,
pero jamás me había imaginado que cada centímetro de montaña era un
espectáculo en sí mismo.
Hoy, viernes, llegamos y, primero, nos llevaron a un salón del hotel
para explicarnos la logística de todo, después nos dividieron por cuartos.
Con Tati habíamos quedado en hacer grupo con Paola. No me jodía,
pero en el momento en el que accedimos a eso no podíamos prever que
la cama que sobraba (maldita Camila que no viniste) la iba a terminar
usando la trola para no tener que dormir con mi mamá.
Ni bien entramos la trola se puso a acomodar su ropa en el único
placar que había y desde ese minuto me di cuenta de que la convivencia
dependía de mi tolerancia porque si me fastidiaba pronto, la que se iba
a arruinar el viaje era yo. Así que agarré mi valija, la dejé al lado de mi
cama y salí “a tomar aire”. No quería compartir espacio con ella más de lo
necesario. Al cabo de un rato nos llamaron y nos dijeron que nos quedaba
la tarde libre, así que nos fuimos todos a tomar mate frente al lago. Me
obligué a no pensar en problemas y a disfrutar de cada instante de ese
viaje único.
En un momento pintó guitarreada y de a poco se fueron sumando los
de otros colegios, todos a la misma ronda. Sonaron canciones conocidas
y por momentos se escuchaban simplemente acordes lanzados al azar por
guitarristas de mucho oficio. En ese instante me sentí feliz como no me
había sentido en mucho tiempo. Y agradecida de poder estar ahí, experi-
mentando esas pequeñas cosas que tiene la vida, que son las más sencillas,
como la música o la naturaleza, que son las que te devuelven a la realidad
y te conectan con otras personas desde el alma.
Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que Tati se había
movido y su espacio ya había sido ocupado por otra persona. Me enteré
204 • angie sammartino
recién cuando un chico con piercing en la ceja me miró y me dijo: “no
me reconocés, ¿no?”
Lo miré bien, era el youtuber. Tenía el pelo desmechado, chupines
ajustados, remera escote en V y lentes de sol muy llamativos. No, defini-
tivamente si lo conociera lo recordaría.
—Disculpá, no miro mucho de YouTube.
El chico se rio.
—¡No digo si me conocés de los videos!
—¿De dónde tengo que cono...?
El chico se sacó los anteojos y se acomodó el pelo como si fuera a
hacerse una colita. Mis neuronas conectaron por primera vez y lo miré
sorprendida.
—¿Martín?
—¡Ajá! Si no te decía nada te apuesto a que pasabas el viaje sin reco-
nocerme, pero mi hermano ya le buchoneó a tu mamá, así que supongo
que era cuestión de tiempo.
—¿Tu hermano?
—Vino como acompañante, mis viejos dijeron que era eso o guar-
daespaldas. Mi hermano es serio, pero lo prefiero antes que a uno de
seguridad.
—¿Posta estás usando guardaespalda?
—Solo para eventos donde hay pibitos que se vuelven locos.
—No caigo que sos vos… estás muy...
—¿Fachero?
—Distinto, es la palabra que iba a usar, pero bueno, sí, más fachero
estás. ¡Te agujereaste la ceja! ¿No te duele?
—Ya te estás pareciendo a mi hermano, ¿será contagioso?
Nos reímos.
El arte de negar • 205
Martín era un chico del colegio al que fui en la primaria. Cuando me
fui bloqueé todo contacto con esas personas. Creo que en el fondo estaba
imitando lo que hizo mamá cuando pasó todo lo de papá: colegio nuevo,
casa nueva, vida nueva. Fue muy loco darme cuenta de que no había
reconocido a uno de los pibes con el que pasé actos escolares, campamen-
tos y cumpleaños. Martín siempre había sido el rarito del curso. Usaba
religiosamente su pelo largo atado, era medio dark y bastante mala onda
con todo el mundo. Recuerdo que lo boludeaban porque decían que con
el pelo así parecía una nena. Pobre pibe.
—¿Y qué onda todo esto? Desde que me fui del cole cambiaste mucho.
—Es una historia curiosa. Hubo una chica que tuvo mucho que ver.
—¿Con tu popularidad? ¡Contá!
—¿Tenés tiempo? —preguntó con vos misteriosa.
Justo cuando Martín me estaba por contar, cayó uno de los coordina-
dores y nos dijo que teníamos que ir volviendo. Esa noche era la primera
que salíamos, así que con Tati y con Paola (traté de hacer de cuenta que
la trola no estaba por mi salud mental) nos fuimos a bañarnos y a orga-
nizarnos. Después cenamos y subimos a los cuartos a cambiarnos. Yo
quedé en verme con Martín para que me siguiera contando, así que me
preparé rápido con Tati supervisando (“¡Acordate que hoy es todo blanco
y negro!”, “Ana, eso es gris”, “Ana, ponete tacos que parecés un minion”)
más infumable que nunca. En fin, una vez que logré la aprobación de mi
amiga me fui para el hall de entrada y nos sentamos en unos sillones a
charlar con Martín.
—¿Te jode si vamos a otro lado? No me acostumbro a que me estén
mirando todo el tiempo.
Me di vuelta y un par de compañeros míos estaban cerca de la recep-
ción disimulando risitas y haciendo como si se estuvieran sacando fotos
entre ellos cuando claramente estaban pendientes del famoso.
—Sí, dale. Lejos de los fans y lejos de la trola, por favor.
206 • angie sammartino
—¿La trola?
–Otra historia larga…
—¡Contame!
—¡Vos estabas primero!
Nos fuimos al pasillo del tercer piso (por nada en especial, simple-
mente estaba vacío) y nos sentamos a hablar ahí.
—Bueno, la cosa es que el último verano estaba muy deprimido —
comenzó a narrar Martín—: no hablaba con nadie, vivía de mal humor,
no tenía amigos.
Lo miré con mi mejor cara de “siempre fuiste así”, y lo entendió.
—Ya sé, nunca fui EL SOCIABLE, pero ya estaba cansado de hacer
amigos, los tenía en la compu.
—¿Eh?
—Yo nací acá en realidad, pero mi viejo es diplomático y me pasé toda
la infancia de un lado al otro, tengo todos mis amigos en distintas partes
del mundo. No es que son personajes de videojuegos, están en la compu
porque hablamos por Skype.
—Ah.
—¿Ya pensabas que mis amigos eran pokémones?
Nos reímos los dos. (Sí, yo había entendido que venía por ahí la cosa)
—Después caí en el cole donde vos estabas y estuve un par de años.
—¿Y te cambiaste porque tu viejo se tuvo que mudar de nuevo?
—No, esa vez fue porque me di cuenta de que ahí ya tenían en la
cabeza una versión de mí que no era acertada, pero tampoco me dejaban
cambiarla. Si quería ser yo mismo tenía que encontrar un lugar donde
pudiera empezar desde cero.
—¡Guau! Lo tenés súper analizado, ¿mucha terapia?
—Bastante, pero eso vino después. La que me hizo darme cuenta fue la
chica esta. Te digo la verdad, si no me la cruzaba no sé si hoy estaba vivo.
El arte de negar • 207
—¿Para tanto?
—Fue una época oscura...
—Bueno, me alegro de que se dio así porque se te ve muy bien.
Aunque todavía no tengo idea de qué hacés, debería haberte stalkeado
ahora que tenemos wifi gratis, ¿no?
Nos tentamos.
—Na, igual a vos no te va a divertir. Estoy metido en el mundo de
los videojuegos, por eso los que están como locos son los varones y la
mayoría de las chicas ni me registran, ¡tendría que haber hecho otra cosa!
—¡O te tendrían que gustar los chicos!
Martín se rio.
—Es verdad.
—Bueno, ¿qué pasó con la chica? —lo apuré.
—¡Ah! En el verano vine acá a pasar las fiestas y estaba en este pozo
depresivo que te digo, cuando en una de esas se me ocurre salir a caminar
para despejarme y pensar. Le metí durante un buen rato hasta que me di
cuenta de que estaba a la altura del Llao Llao y me mandé para el puerto
que está ahí cerca. De repente la vi, cerca de uno de los muelles había una
piba de nuestra edad, llorando desconsoladamente. Di muchas vueltas al
lugar dudando de si acercarme o no, hasta que finalmente lo hice.
—¡Ana! ¡Acá estás! Te lo pido por favor bajá porque Tati va a colapsar
y me está volviendo loca. —Interrumpió mi vieja a los gritos.
Estaba tan compenetrada con la anécdota que casi me da un infarto
cuando apareció. Atrás venía el hermano de Martín, a quien aparente-
mente también estaban buscando, se nos había pasado el tiempo y no nos
habíamos dado cuenta de que ya era la hora de partir al boliche. Siendo
sincera estaba tan enganchada con la charla que me daban ganas de que-
darme, pero llegaba a hacer eso y, mamá tenía razón, Tati me asesinaba.
—Vamos, después te sigo contando —me dijo levantándose.
208 • angie sammartino
Esa fue nuestra primera noche de boliche y me di cuenta del grave
error que había cometido al no hacer previa. Ojo, no me arrepiento de la
charla con Martín, pero creo que no existe nada más aburrido que estar
sobria en un lugar con todas tus amigas en pedo. Mirar desde afuera es
lo peor, te das cuenta de lo patéticos que se ven los otros. Cuando estás
ebrio te reís de todo, cualquier lugar te viene bien para dormir y no estás
pendiente de si se te corrió el maquillaje o se rompió la media. En cam-
bio, cuando estás del otro lado, no soportás que tu amiga te diga la misma
cosa quince veces, no entendés por qué le parece TAN gracioso el marco
de la puerta del baño (ni por qué pasa una hora entera riéndose como si
hubiera escuchado el mejor chiste del mundo) y te la pasás acomodándo-
le la ropa para que no se pasee por el boliche mostrando la tanga (porque
obvio que en la fiesta blanco y negro ponen la luz esa violeta que hace re-
saltar lo blanco y tu amiga anda con el culo brillando de un lado al otro).
En fin, mi primera noche fue básicamente de niñera. No me puedo
quejar, Tati lo ha hecho por mí también. Sin ir más lejos en el verano
una vez te conté que me desperté al lado de una cacerola que me había
dejado por si quería vomitar. El vínculo con una mejor amiga es casi un
matrimonio, el amor se demuestra en las pequeñas cosas y en las más
cotidianas: siéndole fiel, no chapándose a alguien que ya se chapó ella,
diciéndole cuando tiene un orégano en el diente y cuidándola en la de-
presión y en la ebriedad. Por eso cuando la vi chamullándose al tarjetero
dije “es momento de llevármela.” No porque me jodiera que se comiera
a Esteban, sino porque sabía que al día siguiente se iba a querer matar.
Estaba intentando sacarla del boliche cuando me crucé a Martín que
estaba con una piba contra la pared. Cuando nos pasamos me vio force-
jeando para arrastrar a Tati y largó a la chica para ayudarme:
—¿Está bien tu amiga? —me preguntó preocupado.
—Hoy sí, mañana no porque va a tener alta resaca —le respondí
agotada.
—Dejame a mí que yo la agarro.
El arte de negar • 209
Sábado 24. Día 2.
Menos mal que Martín me ayudó a devolver a Tati al hotel porque
ya estaba en el peor estado de la ebriedad: cuando no puede sostenerse a
sí misma, pero todavía no lo admite e insiste con que “está bien”. Es la
peor fase porque se equilibran los estados de ánimo tanto de la borracha
como de la sobria y ambos se tornan agresivos. La amiga ebria se pone
de malhumor con su cuidadora (“Dale, Ana, sos una egoísta, estás celosa
porque estás de novia y no te podés chapar a nadie y yo sí”) y la que hace
de niñera se empieza a hinchar las bolas (“Tati, si decís una palabra más te
saco los zapatos que son tus favoritos y los dejo por ahí tirados”). Martín,
que la estaba llevando a upa, no podía parar de reírse.
–¿De qué te reís?
–Es que son muy graciosas —confesó tentado.
Martín me ayudó a acomodarla en su cama (la trola no estaba todavía,
reútil tenerla de adulto a cargo, eh) y nos quedamos charlando un rato en
el pasillo hasta que volvieron Paola y la hermana. Nos despedimos y nos
fuimos todos a dormir. Al día siguiente, crónica de una resaca anunciada:
Tati no podía levantarse del dolor de cabeza que tenía.
—¡Decile al coordinador ese del orto que si sigue golpeando las puer-
tas tan fuerte para despertarnos le voy a hacer juicio! ¡PARÁ UN POCO,
CHABÓN! Ah, genial, ahora puso música al palo.
210 • angie sammartino
—Tati, hoy quedate, tenés que descansar.
—¡No! ¡No me voy a perder el día de esquí! Soy buenísima.
—Por eso mismo, no es nada que no hayas hecho mil veces.
—Me quiero divertir mirándo… ¡PARÁ DE GOLPEAR!
—Si venís ahora, a la noche vas a estar muerta.
—Tenés razón. No me importa, no me quiero perder nada. Tampoco
estoy tan mal, fue el vino que me dio dolor de cabeza.
—El vino mezclado con los otros quince tipos de alcohol que me
contaron que te escabiaste.
—Estás exagerando, descanso en la aerosilla y me repongo al toque.
—¿Esa aerosilla que se tambalea de un lado al otro con ese movimiento?
—Callate que me estás dando náuseas de vuelta.
—¿Estarás embarazada?
—¡Dejá de decir estupideces!
—Boluda, se rumorea que ayer estuviste ESTUVISTE con Esteban
en el baño. Si, boluda, no pongas esa cara de sorpresa que cuando te en-
contré estabas muy acaramelada con el tarjetero.
La cara de mi amiga se transformó y se puso más pálida de lo que ya era.
—¡Es joda, boluda! —le confesé al ver su rostro asustado—. Tranquila.
Pero ¿ves que no exagero cuando digo que te fuiste de tema anoche? Ni
te acordás qué hiciste y qué no. Si fuera un poquito más mala te podría
inventar lo que quisiera que me lo creerías.
—¿Sos tarada? ¿Cómo vas a joder con eso? ¡Casi me muero!
—Yo casi me muero arrastrándote.
—¿Para tanto?
—Te tuvimos que sacar entre Martín y yo porque insistías con que
estabas bien y que nosotros te queríamos dejar sin diversión.
—Me quiero matar.
—Ah, me debés una remera, la que te presté está llena de fernet y no
sale más.
El arte de negar • 211
—¿Es otra de tus joditas para probar mi resaca?
—No, eso es verdad, pero no te recomiendo tocarla.
Tati estaba agarrando la prenda para ver qué tan grave era y la soltó ni
bien Ana le advirtió.
—El fernet es lo de menos, después quebraste —le expliqué riéndome
un poco.
—¡QUE ASCO! Qué vergüenza, ¿quién me vio así?
—Nadie, cada uno estaba en la suya.
—Mentira. No voy a salir de acá nunca más.
Y se tapó con las sábanas hasta arriba de la cabeza.
Finalmente, decidió quedarse descansando (no fue la única, varios se
la habían dado en la pera y quedaron a cargo del tío de Juan) y el resto
nos fuimos a hacer la excursión al cerro Catedral. Al principio me quise
matar porque me quedé resola, pero después se me acercó Martín y le
pedí que por favor subiera en las aerosillas conmigo porque si me tocaba
con la trola o con mi mamá me mataba. Por suerte se copó y me pasé todo
el trayecto explicándole quiénes eran Paola, la hermana y todo lo de N.
Arriba nos sacaron la foto grupal que después se hace cuadro (“okey,
ahora sí Tati me va a odiar”) y después fuimos a esquiar un poco. La rea-
lidad es que me reí como nunca. Con Martín aprendimos rápido, pero el
hermano de él no pegaba una. Con decirte que en un momento no pudo
frenar, tuvo que gritar para que la trola se corriera y, para no llevársela
puesta, se la terminó dando contra un árbol. Después lo tuvieron que
desenterrar de la nieve entre tres coordinadores y mi vieja. El resto está-
bamos todos estallados, hace rato no compartíamos algo tan grupal como
eso. Es posta que la risa y las desgracias (ajenas) unen.
Después de un rato fuimos todos a merendar y terminamos la tarde
haciendo guerra de bolas de nieve (en realidad era más barro congelado
que otra cosa, pero fue divertido). Hasta ese momento fue un día perfecto.
Cuando volvimos al hotel Tati estaba con cara seria y mi primer pensa-
miento fue “si todavía está enojada porque le dije que se quede esperá a que
se entere que se perdió de estar en la foto grupal del cuadro y me asesina”.
212 • angie sammartino
—Ana, yo no sé si, porque recién arranca el viaje, pero viste que yo,
no me sale guardar las cosas, si preferís no te lo digo, pero yo quisiera que
me lo dijeran si fueras vos, Cami dice que no, no sé qué hace.... —Tati
tartamudeaba sin terminar de cerrar una idea.
—¿Qué pasa, amiga? No te entendí nada.
—Que yo sé algo que me dijeron que no te cuente, pero estoy con vos
todo el día, no puedo disimular como que no sé nada.
—¿De qué hablás?
—¿Segura que querés saber?
La actitud de mi amiga me ponía muy nerviosa.
—¿Cómo pretendés que sepa si quiero que me cuentes algo que
no tengo la más remota idea sobre qué es? —le pregunté perdiendo la
paciencia.
—Tenés razón, ya estoy mejor igual. Tenía como una angustia en el
pecho, pero ahora que ya sabés se me está pasando.
—Sigo sabiendo lo mismo que hace dos minutos.
Claramente se había dado cuenta de que había metido la pata.
—Mejor vamos a prepararnos que hoy toca fiesta de disfraces y tene-
mos que...
—Tati, vení para acá y largá todo, ahora ya está, decilo.
Justo cayó mi vieja a apurarnos y cada una fue a su cuarto.
—¿Qué pasó? —le pregunté casi enojada.
—Hagamos algo. Hoy disfrutamos la noche tranquilas y mañana ha-
blamos todo.
—¿Te pensás que puedo disfrutar con la intriga que me generaste?
—Pero... yo... llamala a Camila que es la que vio todo.
Empecé a imaginarme por qué lado venía la cosa y no me gustaba nada.
—¿Qué vio?
—Ana, no puedo, necesito que lo diga ella.
El arte de negar • 213
Tati agarró su celular y empezó a mandar una nota de voz por
whatsapp.
—Cami, escuchá, necesito que le hables a Ana y le cuentes. Yo no
quería, pero no pude guardármelo y ella merece saberlo. Sería injusto
que... bueno, eso, explicale vos, porfa.
La miré fijo, pero no dije nada. Entendí que era mejor tener paciencia
y dejar de presionarla. Me quedé sentada en silencio mirando el celular
mientras ella se cambiaba con mirada preocupada. Me empecé a poner
nerviosa y el corazón me latía a mil, tenía miedo. Cuando ya estaba por
obligarla a Tati para que hablara ella, me llegó este mensaje de whatsapp
de Cami:
¿Te pasó alguna vez de tener un vacío tan grande en el pecho que
dudás de si seguís vivo? Primero sentís como si de repente alguien frenara
214 • angie sammartino
el tiempo y todo dejase de importar. Luego, los sentidos se atrofian y no
escuchás, no hablás, no respirás. Paso siguiente, te sumergís en la oscuri-
dad total que llevás dentro y empezás a consultar con vos misma si será
posible dormir hasta que pase el dolor o despertar siendo otra persona. Al
instante, te respondés que eso es imposible y, a continuación, comenzás a
hacerte preguntas existenciales: “¿Por qué me pasa esto a mí?” “¿Qué hice
tan mal para merecerlo?” “¿Estaré destinada a no conocer un amor sin
sufrimiento?” Se hace un silencio tan grande que duele y la ausencia de
respuesta te desarma. Los únicos argumentos que tenés para responderte
los encontrás en tus historias pasadas y solo indican que ser feliz con al-
guien no es para vos. Las preguntas son traídas de vuelta por el eco que
retumba en las paredes huecas de tu pecho amplificándolas, haciéndolas
más punzantes, más hirientes.
Entonces es el cerebro el que toma la iniciativa y te obliga a revivir. Te
dice que, si hay respuestas a tus preguntas, no están adentro, sino afuera,
en el mundo, en las personas.
Y de a poco volvés a la realidad, sintiéndote un zombie que se despierta
como un cuerpo frío que alguna vez tuvo sentimientos, pero ya no los
recuerda.
—¿Ana? Decime algo, por favor, me vas a asustar, ¿querés que hoy nos
quedemos? —preguntó Tati preocupada.
—No.
—¿Segura? Mirá que compro chocolates de La Abuela Goye.
—No.
—¿Querés llorar?
—No.
—¿Querés que le mandemos algo al pelotudo de Gael?
—No.
—Ana, posta decime lo que quieras y lo hacemos.
—Quiero estar sola.
El arte de negar • 215
Le insistí tanto a Tati para que se fuera que al final logré que se termi-
nara de poner el disfraz y fuera al boliche. Me dijo cuarenta mil veces que
no le jodía quedarse conmigo, pero yo le dije que necesitaba estar sola y,
finalmente, lo aceptó. Martín me mandó un mensaje para ver qué había
pasado, pero le clavé el visto y entendió que no era el momento. Me pasé
una hora entera mirando el whatsapp de Gael, con su maldito “en línea”
tentándome para que le hablara, para que lo puteara, para que le pregun-
tara por qué me estaba haciendo eso. No lo hice, no le hablé. Me dolía el
solo hecho de pensar en que me admitiera que estaba con Bianca y que
todo lo nuestro había sido un error. O un entretiempo, entre la primera
y la segunda parte del partido con ella.
Cami también me mandaba audios y llamadas que no respondí. Solo
miraba el celular y pensaba. Debo confesar que mientras lo hacía algu-
na que otra vez busqué el número de N, aunque me costó encontrar el
contacto porque ya no recordaba cómo lo tenía agendado. Lo busqué
como “N”, “ni se te ocurra hablarle” “idiota”, hasta que di con él como
“Innombrable”. Por un instante sentí que era la única persona con la
que quería hablar, pero me di cuenta a tiempo de que en realidad lo que
quería era pagarle a Gael con la misma moneda, por eso decidí apagar el
celular. Sobre todo porque si no me llegaba a responder me iba a sentir
más patética y miserable, si es que eso era posible.
Estaba en mi mundo, sentada en pijama en la cama cuando escuché
que golpeaban la puerta. Las chicas no eran porque tenían la tarjeta para
entrar, ¿quién se habría quedado y me estaba buscando? La respuesta lle-
gó al instante cuando una voz preguntó “¿Se puede?”
Era mi vieja.
—No. Andate, mamá.
—Dale, hija.
—¿Qué hacés acá?
—¿Me dejás pasar?
216 • angie sammartino
—Prefiero estar sola, andá a descansar si no vas al boliche.
—Mirá que tengo la llave para entrar, pero prefiero que me abras vos.
Sentí que no tenía mucha opción así que le abrí la puerta y vi que
estaba un tanto nerviosa, en sus manos sostenía ¿un termo y un mate?
—¿Qué hacés?
—Siempre te veo con esto. Pensé que… ¿podríamos tomar uno juntas?
—¿Y desde cuándo tomás mate vos?
—¿Desde hoy?
—No quiero hablar de Gael, eh.
—OK, de eso no se habla entonces.
—Seguro Tati ya te buchoneó todo igual, ¿no?
—Tal vez.
—¿Pensás que debería hablarle?
—No sé, de ese tema dijiste que no íbamos a hablar.
El solo hecho de recordar me producía tristeza. La miré con un poco
de odio y con una semirisa.
—En serio, mamá, no te preocupes ya se me va a pasar.
La verdad es que me sentía entre incómoda y desconcertada. Para
que entiendas, mi vieja siempre fue de esas mamás que pareciera que
todo “les chupa un huevo”. Sé que me quiere y que tiene su forma MUY
PARTICULAR de demostrarlo, pero a veces es tan liberal que se va al
carajo en desaparecida. Como no quiere influir ni joder ni prohibir, ter-
mina yéndose al extremo de que a veces pareciera que se olvida de que
tiene hijos a cargo. La libertad es traicionera. Es esa golosina que te en-
canta, pero que si te la dan por demás te termina empachando. Porque te
gusta tanto que no podés racionarla y, si la tenés a tu disposición, la mal
usás. Mi mamá es de esas que demuestran su amor “dejándote ser” sin
darse cuenta de que a veces los hijos estamos pidiendo a gritos que nos
El arte de negar • 217
caguen a pedos, que nos frenen, que nos acompañen más. En fin, ¿ahora
entendés por qué me sorprendí tanto al verla caer sola en mi habitación
con ánimos de charla y actitud de confidente?
Como vi que no parecía tener intenciones de irse, decidí seguirle la
corriente y empezar a armar el mate. Al menos me servía para distraerme
y no pensar en los dos cuernos que me estaban decorando la cabeza.
—Ana, ¿te conté alguna vez mi historia con el papá de Eli?
—Maso.
—Cuando lo conocí tenía la edad que tenés vos ahora, era el hijo
mayor de un cliente del abuelo.
—¿Cuántos años tenía?
—Casi diez más que yo.
–¿A qué se dedicaba?
—Él decía que era rockero, que todavía no la había pegado, pero que
algún día iba a ver a su banda tocar en un estadio importante.
—¿Cómo se llamaba la banda?
Mi mamá sonrió, parecía divertida recordando... y un poco
avergonzada.
—No tenía, nunca logró decidirse. Le gustaba mucho hablar y poco
trabajar. Proyectaba cosas increíbles, pero le costaba empezar a concretar-
las. Lo que más me gustaba de él era la confianza que se tenía, al lado suyo
creía que todo era posible.
—Es tierno eso, nunca te escuché hablar de él así. Bah, nunca te es-
cuché hablar de él, creo.
—Yo pensaba que era especial, pero en realidad creo que de cualquier
ser humano hubiera pensado lo mismo. Simplemente necesitaba estar
con gente más desestructurada y bueno, di con él.
—¿Qué decían los abuelos?
218 • angie sammartino
—Que era un sucio aprovechador. Ahora que lo pienso creo que te-
nían razón.
—¿Pero?
—Pero en ese momento no pensaba. De hecho, lo que más me atraía
de él era que representaba exactamente lo opuesto a mis padres. Los abue-
los ya eran grandes cuando llegué a sus vidas y creo que nunca terminaron
de comprender que poner reglas no era todo lo que tenían que hacer.
—¿Entonces vos te dedicaste a romperlas?
—Algo así. Por eso nunca quise que ustedes se sintieran atadas a mis
mandatos.
—Mamá, me tuve que mudar y cambiar de coleg...
—Nadie es perfecto, hija. ¿Sabías que no hay una escuela para ser
madre? Debería...
—Está bien, no te enojes.
—Siempre tuve mucho miedo de que se sintieran forzadas a hacer
conmigo lo que yo hice con mis viejos.
—¿Qué cosa?
—Engañar, mentir y buscar problemas para molestarlos. Tarde enten-
dí que me perjudicaba más a mí que a ellos.
—¿Lo decís por Eli?
—Yo ahora la amo, pero estar embarazada fue duro.
—Yo a esta edad me mato si...
—Lo sé. Yo, en cambio, la busqué, quería con todas mis fuerzas for-
mar una familia y ser feliz con el hombre que amaba. Y cuando pasó
todo, no sucedió como mi cabeza suponía que iba a ser: los dos juntos,
luchando contra la adversidad y contándole al mundo que nos amábamos
a pesar de la diferencia de edad.
—Es horrible todo, pobre Eli.
El arte de negar • 219
—A veces de algunos errores que cometemos salen cosas lindas, pero
no dejan de ser errores.
Me quedé mirándola y me agarró una impotencia enorme. No quería
imaginar un mundo en el que mi media hermana no existiera, pero sí uno
en el que mi mamá no hubiera sufrido tanto. Tal vez hubiéramos sido
más cercanas, como Tati con la suya.
—Igual no te vine a contar eso para deprimirte.
—¿Ah, no? Pensé que era la técnica de contarme una historia peor
para que yo no esté tan mal con la mía. Creeme, está funcionando.
Mi vieja se rio y tomó un mate que le había cebado hacía media hora.
Puso cara de asco y me lo devolvió.
—No sé cómo hacés para tomar esto, Ana, ¡qué asco!
—¡Es que lo dejaste enfriar!
Nos reímos.
—La razón por la que te cuento esto es porque me llevó muchos años
darme cuenta de que me había querido apurar a vivir cosas que tenían
otros tiempos. Cuando me enamoré del papá de Eli pensé que era él o
ninguno y me costó horrores volver a querer a alguien, porque lo seguía
esperando a él.
Me quedé pensando en silencio unos instantes. Sé que mi vieja ha-
blaba por Gael, pero en mi cabeza resonaba la voz del innombrable y me
vinieron flashes de los dos sentados en la plaza, aquel día que me dijo que
no podíamos estar juntos nunca más.
—Sé que lo de Gael es horrible —continuó Alejandra—, pero no te
ciegues con eso. Aprovechá la edad que tenés, ya vas a tener tiempo de
sentar cabeza y de pensar en algo serio. Disfrutá, reíte con tus amigas,
conocé chicos distintos… creeme, llega un momento en que ya es dema-
siado tarde para todo eso.
220 • angie sammartino
Domingo 25. Día 3.
Querido Diario: debo confesar que sentí a mi vieja más cerca que
nunca. La mayoría de las madres quieren mostrarse todo el tiempo como
heroínas superpoderosas que todo lo pueden, pero, a veces, está bueno
ver que se equivocaron, que sufrieron, que tienen reproches. Es necesario
conocer más de su pasado y de la adolescente que supieron ser. No para
verlas fallar, sino para entender por qué son cómo son, por qué hacen lo
que hacen, por qué nos prohíben cosas que parecieran no tener sentido o,
por el contrario, por qué nos dan alas en exceso.
Mamá estuvo tan acertada en la charla que logró que esa noche me
fuera a dormir pensando más en todo lo que me había dicho que en lo
de Gael. Odiaba asumirlo, pero ella tenía razón: tenía que dedicarme a
divertirme porque si no iba a terminar asociando el mejor viaje de mi
vida, con el dolor.
Al día siguiente Tati me dijo que en Cerebro se aburrieron y un poco
me alegré. Es un bajón cuando te perdés una buena noche porque quedás
afuera de las anécdotas épicas, las que resisten el paso del tiempo. Y siem-
pre que las cuenten van a decir “¿Te acordás cuando… ¡Ah! ¡No! ¡Cierto
que vos no estabas!”
En fin, a todos los que me preguntaron les dije que no iba a hablar
del tema hasta volver de Bariloche y que necesitaba despejarme y diver-
tirme. Por suerte, tanto Tati como Martín, su hermano y mi vieja (cada
vez sabía más gente, fuck) se esforzaron en mantenerme entretenida todo
el día. Justo nos tocó la mejor excursión del mundo, culipatín en Piedras
Blancas, así que fue un día de risas y porrazos.
A la noche empecé a sentirlo, muchos me miraban más de lo normal,
era obvio que el chisme había empezado a difundirse. Por momentos
tenía ganas de encerrarme en un tupper con chocolates de la abuela Goye
El arte de negar • 221
a bajonear hasta morir empachada, pero me obligué a no hacer caso de
mi entorno y a tratar de salir a divertirme. Ese día nos tocaba Grisú. Te
imaginarás que me tomé hasta el agua de los floreros (y estás en lo cierto),
pero no pensaba que podía ser una noche TAN BIZARRA.
Resulta que Tati se complotó con Martín para organizar una previa
divertida para mantenerme entretenida sin pensar en Gael, así que ni
bien terminamos de cambiarnos con la ropa que tocaba esa noche (“Ana,
no salís hasta que te pongas la calza flúo”) nos fuimos para el cuarto de
unos amigos de Martín que eran los mayores de edad y, por lo tanto,
los condenados a comprar alcohol y a rebuscárselas para entrarlo al ho-
tel. Nos mostraron una ropa que les quedaba grande que habían traído
especialmente para ir al súper y poder volver con las botellas pegadas al
cuerpo. Ese tipo de cosas me parecen fascinantes, siempre pienso que si
usaran esa misma creatividad para otros propósitos, sus aportes, podrían
ser dignos de un Nobel. Primero, pusimos música y bailamos, pero des-
pués alguien propuso jugar al verdad-consecuencia y nos divertimos un
buen rato haciendo preguntas y prendas. Era todo risas hasta que me tocó
a mí (elegí consecuencia porque tenía miedo de que me preguntaran:
“¿Es verdad que sos cornuda?”) y entre varios pensaron qué prenda me
tocaba hacer. Me dijeron que en el boliche tenía que robar tres picos a
chicos que conociera sin explicarles nada. Era obvio que la idea había sido
de Tati porque quería que me chape a alguien para devolvérsela a Gael,
pero en ese momento no me pareció un mal plan y el alcohol en sangre
ayudó a que no me diera vergüenza aceptar el desafío. Claro que nunca
me imaginé que un beso inocente podía ser tomado, por la persona equi-
vocada, como una declaración de amor.
Lunes 26. Día 4.
¿Tenés idea aproximadamente de cuál es el cupo de cagadas que se
puede mandar alguien en una noche? Lo pregunto en serio, sé que me
222 • angie sammartino
mandé varias, pero solo tengo recuerdo de una. El resto lo fui descubrien-
do con el correr de las horas.
Sé que acepté la prenda y que los que estaban en la previa me seguían
a todos lados para chequear que cumpliera. Éramos una masa de luces
moviéndose de un lado a otro, con nuestro vestuario fosforescente camu-
flándose con las luces del boliche. Grisú es una disco genial, sus paredes
tienen un diseño que dan la sensación de estar en una caverna y una de las
pistas de baile hasta tiene vista al lago que está ahí nom... Bua, ¿a quién
engaño? Me encantaría decir que te cuento lo que vi, pero para recordar
el boliche tuve que googlearlo. Solo tengo algunos flashes de la primera
parte de la noche y, a continuación, un terrible blackout. (Blackout: dícese
de esa sensación de desamparo similar a la que sentís cuando reseteás el celu y
se borran archivos importantes, pero con tu propia cabeza).
Recuerdo que empezaban a pasar los minutos y con el mareo que te-
nía me costaba encontrar gente que conociera para darle un pico, ¡encima
tenían que ser tres!
Entonces lo vi, Gabi, mi amigo más antiguo, sentado en una banque-
ta cerca de la barra disfrazado extrañamente con una corbata en la cabeza
y el calzón fuera del pantalón.
—¿Qué hacés así vestido?
—Me dijeron que era noche bizarra hoy. O entendí mal, no sé.
No pude evitar tentarme. Gabi dio un trago y continuó hablando.
—¿Dónde estaban antes? Las busqué por todo el hotel y no las vi.
—¡Ah! Es que estábamos con los del otro colegio haciendo previa, me
querían levantar el ánimo por lo de… bueno, ya sabés.
—Sí, me enteré, ¿cómo estás con eso?
—Voy a sobrevivir.
De pronto vi al resto de la banda asomándose por detrás de Gabi ha-
ciéndome señas para que me apurara porque estaba muy lenta. Casi me
hacen tentar, pero me contuve.
El arte de negar • 223
—¿Me harías un favor?
—¿Que le hackee el whatsapp a Gael?
—No, te quería pedir que... ¡Ey! ¿Podés hacer eso?
—Si lo hice el año pasado con Paola no veo por qué sería dife… pará,
¿qué me ibas a pedir entonces?
—No, si me dabas un beso, pero volvamos a lo otro que me interesó.
Me venía haciendo la superada, pero tenía recaídas, en más de una
oportunidad había estado a punto de llamar a Gael para gritarle, pero al
toque se me hacía un nudo en la garganta y me arrepentía. Sin embargo,
lo de espiar sus conversaciones con Bianca se me hacía demasiado tenta-
dor. De pronto me di cuenta de que estaba charlando conmigo misma sin
tener registro del exterior y volví a la realidad. Gabi se había puesto raro y
no emitía palabra alguna. Su rostro se había transformado completamen-
te y cuando le agarré la mano, pude sentir que había empezado a temblar
(y eso que en el boliche hacía mil grados de calor).
—¿Estás bie...?
PUM. Me encajó TREMENDO BESO. Me agarró tan desprevenida
que tardé en reaccionar y cuando me di cuenta ya estábamos transando
como locos. ¿Viste cuando no da cortar un beso? Bueno, así. Lengua
va, mano viene... trataba de frenarlo con sutileza, pero no me salía.
Finalmente, nos separamos y nos miramos fijo por un instante eterno.
Por detrás de los hombros de mi amigo veía al resto del grupo festejar,
abrazarse y sacar fotos.
—Nunca pensé que me ibas a dar bola, Ana, pero pensaba que si al-
gún día se daba... yo... te prometo que conmigo jamás vas a sufrir como
con Nahuel o con Gael.
No supe qué hacer y simplemente le sonreí.
—Perdón, no debí...
—Ana, está bien, no tengas vergüenza.
224 • angie sammartino
—Es que... yo...
Le di un abrazo y aproveché para hacer señas a los de la previa para
que rajaran de ahí, si Gabi se enteraba de que era parte de una prenda,
me mataba. Decidí jugarla de callada y ampararme un poco en el estado
etílico del momento.
—El alcohol hace estas cosas.
—Es verdad, desinhibe.
—¡No! Digo, te hace hacer cosas que después quedan como un re-
cuerdo de una noche de ebriedad, ¿no?
—No estás tan ebria para haber analizado todo tan bien.
Me agarró la mano. Se la solté con la excusa de acomodarme el pelo
para hacerme una colita.
—Mejor que esto quede acá. Viste lo que dicen, lo que pasó en
Bariloche...
—...queda en Instagram, en Facebook, en Snapchat.
—¿Eh?
—Era chiste, no creo que alguien nos esté mirando, están todos en la
suya, ¿tenés ganas de ir al vip que está más tranquilo?
—Eh.... necesito ir al baño primero. Ahora te alcanzo.
Y nunca lo alcancé. Di por hecho que se había dado cuenta de que yo
no iba a ir, pero fue un grave error. Como te dije, las cosas me las enteré al
día siguiente y supe que me estuvo esperando hasta que cerró el boliche,
así que no me quedaba otra que ir a buscarlo para aclarar todo, nunca
pensé que iba a estar en una situación así con él. Siempre estuvo la joda de
que Gabi me daba, pero nunca me lo había tomado en serio. Las chicas
me lo decían cada vez que querían molestarme, aunque, por suerte, en el
último tiempo habíamos empezado a ver que tal vez a Tati le pasaba algo
con él (pese a que ella lo negaba rotundamente y hasta veía insultante el
simple hecho de que lo pensáramos). Yo entendía que me jodieran y no
El arte de negar • 225
me molestaba en lo más mínimo. Es más, me daba risa, ¿Gabi y yo? Nada
que ver. Ni siquiera alguna vez dudé de si me gustaba, es un chico dema-
siado bueno para que me guste a mí. Yo pensaba que era el típico chisme
que se autogenera cuando dos personas tienen un pasado en común que
el resto desconoce. Gabi es el único que, cuando me cambié a este cole-
gio, ya me conocía de antes y sabía todo sobre mí. Él siempre fue bueno
escuchándome, consolándome… sin ir más lejos el año pasado me bancó
durante todo lo que pasó con la trola y N. En este último tiempo no
compartimos tanto porque estamos en grupos de amigos diferentes, pero
sé que si lo necesito va a estar y eso es lo importante para una amistad de
verdad. Bah, ¿lo es?
Me quedé pensando mucho en eso. Se supone que “los amigos están
en las buenas y en las malas”, pero ¿si solo acudo a él en las malas? ¿Somos
amigos o soy una forra que lo viene usando cuando no tiene dónde caer
muerta? Hice memoria y no recordé conversaciones que fueran sobre él
o haberle preguntado cómo estaba, si le gustaba alguien o qué carrera
pensaba elegir. Me sentí una desconsiderada, una boluda y una mala per-
sona. Quedé conmigo misma que ese día lo iba a ir a buscar para char-
lar, pero cuando me dispuse a ver si estaba conectado, me sorprendí al
ver que mi celu explotaba de respuestas de varios contactos distintos. Sí,
RESPUESTAS.
Este era mi whatsapp conversación por conversación:
GABI:
✓¿Estás bien?
✓No te veo en ningún lado, pero me acabo de acordar que hay otro vip.
✓Tengo miedo de ir allá y que vengas acá.
✓Esto es un quilombo.
✓Bueno, no te veo.
226 • angie sammartino
✓Me vuelvo al hotel, hablamos mañana.
✓¿Segura que todo bien? Camila me habló preguntando por vos.
CAMILA: (Respondiendo un millón de audios míos semientendibles).
✓Amiga andá al hotel, no hagas boludeces.
✓Mañana lo pensamos bien y le hablás.
✓Disfrutá tu noche.
✓No está bueno que hables con GAEL desde un boliche.
GAEL:
✓Ana, ¿estás bien? No entiendo nada.
✓Te estoy llamando, pero cada vez que atendés escucho solo el ruido
del boliche.
✓¿Por qué no vas afuera y hablamos mejor?
✓Obvio que te extraño, mi amor, si TATI está con vos, pasámela.
TATI:
✓Bueno, Ana, me aburrí de buscarte.
✓Me voy al hotel.
✓Cambio de planes.
✓El tarjetero será medio nabo, pero chapa bien, ¿eh?
✓Te veo mañana.
✓¡Ey! ojo con LA TROLA que anda ebria por ahí diciendo que quiere
volver con N.
LA TROLA (Sí, la tengo agendada así):
✓Anaaaaaaaaaaaa, con Pao te stánbmos buscando…
✓dnde ssstás? V
El arte de negar • 227
✓so no lo xtrañasi?
✓Y jsosocusoLvJlsy fue.
✓omos unas coludas.
✓Noamiga ja JF él.
(Traducción del borracho al castellano: “Ana, con Pao te estábamos
buscando. ¿Dónde estás? ¿Vos no lo extrañás? Yo sí, pero ya fue. Somos unas
boludas. No teníamos que enojarnos entre nosotras. Él es un forro, quiero que
seamos amigas de nuevo. Tenemos que juntarnos a hablar de él”)
Me detuve. Si la lógica del relato continúa quiere decir que el próximo
mensaje debería ser de...
Cuando vi el mensaje del innombrable casi se me cae el alma al piso.
¿Qué clase de magia aplica sobre mí esta persona? No importa dónde esté
228 • angie sammartino
o la cantidad de cosas que tenga por resolver, él siempre se las ingenia para
ubicarse en mi cabeza como una prioridad. Escuché con miedo y aten-
ción el audio que yo le había mandado, la traducción sería algo así como
“¿Qué contás tanto tiempo?” con voz distorsionada y música de boliche
de fondo. (Tengo el presentimiento de que era más largo y tuve la suerte
de que se cortara ahí.)
Me relajé un segundo. OK, no había sido tan grave como pensaba. Lo
malo era que me había respondido tan copado que me tentaba muchísi-
mo seguir charlando con él. Lo pensé durante varios minutos y finalmen-
te le escribí “JA, JA. Perdón, ayer ebria me pintó mandar mensajes a toda
mi lista de contactos”.
Hasta en mi cabeza sonaba estúpido, pero seamos sinceros, no que-
ría que se lo creyera del todo. Quería que supiera que para mí él era un
poquito más especial que mis otros contactos, pero no tanto como para
blanqueárselo.
—Todo bien, me sirvió para recordar la locura de Bariloche. En mi
viaje me hice amigo de Julián, ¿sabías?
¡Me muero! ¡Me sigue la charla!
—¿El hermano de Tati?
—Exacto.
Necesitaba seguir preguntándole cosas para no perder la comunica-
ción, era la única charla del día que deseaba mantener por propia vo-
luntad. Miré la hora y noté que Tati y Paola debían estar en la excursión
junto con Gabi, así que postergué los problemas para cuando volvieran y
me tiré en la cama a hablar con el innombrable. En ese momento me di
cuenta de lo mucho que extrañaba todo eso: los nervios de sentirlo más
cerca, el corazón a mil y la ansiedad de ver su “escribiendo...” en la pantalla
de mi celular. También tengo que admitir que me hacía sentir especial el
hecho de saber que estábamos la trola y yo en el mismo lugar, pero que
él hablaba conmigo.
El arte de negar • 229
230 • angie sammartino
Seguimos hablando por más de una hora, él me contó de su Bariloche,
de cómo se las ingeniaban para pasar el alcohol y de las excursiones que
más le habían divertido. Yo le conté lo que veníamos viviendo y —sin
querer queriendo— le conté que me había reencontrado con un com-
pañero del otro colegio que ahora era famoso y habíamos pegado buena
onda. Ya sé, cuando hablo con él me pongo pelotuda, quiero darle celos
al pedo con cualquiera, pero ¡me nace así! De repente escuché que alguien
se acercaba a la puerta y supuse que era mi vieja que tal vez no había ido
a la excursión porque le había tocado quedarse con los rotos y venía a ver
cómo estaba, pero no, era Tati.
—¿Qué hacés acá, Ta?
—¿Vos qué hacés? Pensé que estabas en la excursión chapando con
Gabriel todavía.
—¿Perdón? ¡Si te jodía que me lo chapara me podías haber avisado! ¡O
no ponerme esa prenda! Me trajo más problemas que otra cosa.
—¡Mirá si me va a joder que te lo chapes! ¡Qué me importa ese cua-
trojos! Lo que me importa es que no me diste bola en toda la noche ¡y
desapareciste!
—Bueno, pará, tranquilicémonos... (yo estaba zen porque quería vol-
ver a mi charla de whatsapp) te pido perdón por desaparecer, pero ni me
di cuenta. Es más, creo que me dormí en el baño de Grisú un buen rato.
—Chicas, ¿qué pasa? ¿Por qué tanto griterío? Se me parte la cabeza en
mil —dijo, de repente, una voz que provenía de otra cama.
Tati y yo nos asustamos. Ella porque no sabía que la trola estaba ahí
durmiendo y yo, porque me había olvidado.
—¿Por qué no me avisaste que estaba ella?
—Recién llegaste y me cagaste a gritos, no me diste tiempo de que te
diga nada.
—¿Ves que sos una egoísta?
El arte de negar • 231
—Boluda, calmate un poco, estás exagerando.
Tati me miró con mucha rabia, pero yo conocía esa mirada. Cuando
algo importante le pasaba lo canalizaba enojándose con otros y con ella
misma. Sin embargo, no me dejó decir nada más y se fue de la habitación
pegando un portazo. Podría haber corrido detrás ella, pero me pareció
más inteligente dejarla tranquila y charlar después, cuando volviera más
calmada (y a pedir disculpas por ser tan sacada). Después de todo dor-
míamos en la misma habitación, tenía que volver. Le conté a N lo que
había pasado y me dijo que hacía bien en no ir a buscarla. Según él, Tati
es una mina de diez, pero bastante caprichosa y a veces necesita aprender
algunas lecciones. Me dijo que no me preocupara, que éramos mejores
amigas y que se notaba lo mucho que nos queríamos, pronto nos íbamos
a arreglar. Seré una boba, pero sus palabras tuvieron un efecto absoluta-
mente tranquilizador en mí. Sentir que podía compartir eso con él me
alivió un poco el peso que sentía en el corazón con todo lo que estaba
pasando. A veces no necesitamos tener menos problemas, sino alguien
con quien compartirlos.
De repente golpearon la puerta del cuarto y fui a abrir pensando que
tal vez era Tati que se había olvidado la tarjeta. Pero no, era nada más ni
nada menos que Esteban, el tarjetero, buscándola a ella (¡cierto que se la
había chapado!) Le dije que no estaba y por dentro me prometí cagarla a
pedos por repetir mis errores.
En eso pensaba cuando mi celular empezó a vibrar y a sonar. Me pe-
gué tal susto que lo tiré y se cayó debajo de la cama. Intenté alcanzarlo lo
más rápido posible para no volver a despertar a la trola (rezando que no
se hubiera roto la pantalla) pero, cuando por fin lo tuve entre mis manos,
la llamada había terminado.
Era de Gael.
Me quedé mirando fijo el celu pensando “ni en pedo lo llamo yo”,
pero me di cuenta al instante de que estaba postergando lo inevitable.
232 • angie sammartino
Desde que me enteré lo de Bianca mi cabeza se debatía entre llamarlo
para cagarlo a gritos hasta quedarme sin garganta o patear el asunto inde-
finidamente hasta tener el coraje de escuchar su voz. Claramente, mi plan
venía siendo lo segundo, pero la situación ya era insostenible, no podía
pasar todo el viaje sin hablar con mi novio... o mi supuesto novio. Ya no
sabía ni qué éramos.
Me vestí así nomás y me fui al pasillo del piso de arriba. No quería
hablar en la habitación (ni cerca): una cosa era que la trola me escuchase
hablando con el innombrable (eso hubiera estado bueno), pero otra muy
distinta era que me escuchara cortando con mi novio.
Primero, me fijé el historial con él para ver qué le había mandado a la
noche. “¿Me extrañás?” era todo lo que había escrito, pero había varios
registros de llamadas de whatsapp perdidas.
Le hablé a Cami para contarle lo que estaba a punto de hacer, aunque
no estuviese en línea. Necesitaba tener con quién comentarlo después, ya
que con Tati enojada era la única asistencia psicológica que me quedaba.
LLamando… Mi corazón estaba a mil millones de latidos por segundo.
—Hola, ¿Ana? —atendió Gael—. Pensé que no te iba a ubicar nunca,
¿estás en excursión? ¿Cómo estás?
Se me desaceleraron las pulsaciones y volví a sentir esa sensación de
protección que me generaba su voz. Ya no quería gritarle, no quería in-
sultarlo, solo quería volver el tiempo atrás y que las cosas fueran distintas.
Recordé con quién estaba hablando. No era solo “el forro que se ve con
Bianca a mis espaldas”, era el pibe que me bancó todo el año, que la remó
para encararme, que me abrió las puertas de su casa y de su familia…
Pará, Ana, ¿qué hacés? ¿No ves que el pibe te cagó?
Otra vez las voces en mi cabeza peleándose.
Bueno, pero el amor no se va de un día para el otro, ¿en qué momento se
fue todo tan al carajo?
El arte de negar • 233
—Hola, ¿cómo estás?
—Me quedé un poco preocupado porque anoche no me respondis-
te más, pero me imaginé que cosas así podían pasar, ¿estuvo bueno el
boliche?
—Más o menos.
—Ah, bueno. Ya va a haber mejores.
Decí algo, hablá de cualquier cosa, pero que él saque EL TEMA, ¡que se
haga cargo!
—A vos te gustaría el lago para tomar mate, el resto lo odiarías.
—Sí, me imagino. Por lo único que iría es para estar con vos.
¿Se está haciendo el boludo? ¡Y yo que pensaba que iba a ser una conver-
sación corta!
—Gael quiero que hablemos de algo.
Era obvio que no te ibas a aguantar.
—Ya sé.
Entonces, ¿por qué das tantas vueltas?
—Si ya sabés no lo estiremos —dije cortante—. No me hace gracia
estar hablando esto a la distancia.
—Es algo que sabíamos que iba a pasar —respondió con calma—,
propongo que no hablemos del tema y que quede atrás.
¿Whaaaaat?
—¿Eh? ¿Estás en pedo? ¿Qué? No. ¿De qué hablás vos?
—¡De Gabi! Me contó Juan que ayer le diste un pico por una prenda,
¡y se te tiró! Era obvio que te tenía ganas, Ana.
Guau, cómo vuelan los chismes.
—¿Sabés eso?
—Sí, al principio me puso raro, no te voy a mentir, pero después me
acordé que en Suárez jugamos a la botellita y bueno, son juegos. Sería un
234 • angie sammartino
negador si pensara que fuiste allá a conocer el paisaje. Divertite, pero no
me cuentes.
Creo que en ese momento hubiera pagado por ver mi propia cara ante
su discurso.
—¿Vos de qué hablabas si no era de eso?
—Eh, eso, lo de Gabi, ¿Qué contás de nuevo?
¿Se va a hacer el boludo?
Empecé a dudar de todo, ¿y si Cami se había equivocado y no era
Bianca?
—Me citaron para estar en el banco del equipo de primera.
—¿En serio? Es bueno, ¿no?
—Sí, supongo —respondió Gael con poco entusiasmo—. Es más
presión, pero igual no entro ni en pedo, bueno, si se lesionan todos los
delanteros tengo chance.
Sonreí, extrañaba su sarcasmo.
—Si llegás a entrar, ¿me vas a dedicar un gol?
La pregunta me sonó pelotuda, incluso antes de terminar de hacerla.
Respiré profundo, tomé coraje e interrumpí su relato de gol.
—Esperá Gael, era otra cosa... te quería decir... que... ¿vos te estuviste
viendo con tu ex?
Se escuchó un silencio devastador.
—Gael, ¿me escuchaste lo que...?
TU - TU - TU
—¿Me cortó?
Empecé a llorar desesperadamente de rabia y de tristeza. Ese silencio
solo podía significar que lo que Camila había visto era verdad. Intenté lla-
marlo nuevamente, pero no hubo caso, su celular estaba apagado. Por suer-
te vi que Cami me había respondido el whatsapp y le hablé desconsolada.
El arte de negar • 235
—Tranqui, Ana, hablemos por Skype —me dijo mi amiga.
Nos conectamos. Era agradable saber que al menos tenía una amiga
cerca.
—Contame todo —pidió Cami—. ¿Qué pasó anoche y recién?
—Es largo, no sé ni por dónde empezar.
—¿Ana? —interrumpió otra voz—. ¿Qué hacés acá? Pensé que esta-
bas en la excursión.
Era Martín que salía de una habitación. Me limpié las lágrimas como
pude, pero se dio cuenta y se acercó a mí. Se sentó a mi lado para abrazar-
me, pero cuando pasaba un brazo alrededor de mi cuello…
—¿Qué pasó que estás lloran...?
Se quedó helado.
—¿Qué?
Miré hacia el punto donde él miraba y no podía entender qué lo es-
taba sorprendiendo tanto. En ese momento a Cami se le cerró el Skype.
—¿Qué pasa que hoy todos me cortan cuando les estoy hablando?
¿Me podés decir qué fantasma viste que tenés esa cara?
—Ana, es ella...
—Ella, ¿quién?
—Tu celular…
—Ah, esa es una amiga de Buenos Aires, bue, es de acá pero repitió y…
De repente, entendí todo. Nos miramos fijo y por un instante me
olvidé de Gael, de Bianca, de Gabi, de la trola, de Tati y del innombrable.
—¿Camila es la chica de la historia que me contaste?
—¿Esa chica es amiga tuya?
Asentí aún sacando cuentas un poco mareada. Martín se paró y se
agarró la cabeza.
—¡Yo sabía que tenía que venir a Bariloche por algo! —dijo casi a los
gritos—. ¡Era para encontrarme con vos! Ahora me cierra todo...
236 • angie sammartino
—¿Eh?
—¡Sí! Yo no me quería ir de viaje de egresados, pero algo me decía que
tenía que venir. Intuición, ¿viste?
—Seguís siendo igual de raro que siempre por lo que veo, ¿podés
terminar de contarme la historia que quedó por la mitad? Estoy cada vez
más mareada.
—Pero ¿de dónde? ¿Hace cuánto que...? ¿Cómo está? Pará, ¿cómo
dijiste que se llama?
—Camila.
—No.
—Eh, ¿hola? Pasé un año con ella, creo que sé cómo se llama mi
amiga.
—Es Lucía. Se llama Lucía, la chica que yo conocí en el verano.
—Y bueno, entonces te estás confundiendo y Camila es parecida.
—¿Qué sabés de su familia?
—Que vive acá.
—¿Y qué más?
—Que... tienen plata, bah, creo, ¡no sé! No habla mucho, no se dio la
conversación, ¿qué pasa con la familia?
—¿Cuándo entró a tu colegio?
—En marzo.
—Ajam, cierra todo.
Martín se paseaba de un lado al otro del pasillo haciéndome preguntas
desconectadas y respondiendo con onomatopeyas mientras se agarraba la
pera con la mano como señal de que estaba razonando algo.
—Escuchame, Sherlock Holmes —dije finalmente—. ¿Me podés ex-
plicar qué está pasando? ¿Por qué tanto alboroto? Ponele que es ella, pero
te dijo que se llamaba Lucía, ¿qué es lo loco? Te encontraste con una piba
que conociste en el verano y ya…
El arte de negar • 237
Creo que Martín ni me escuchaba, estaba demasiado metido en su
mundo de deducciones.
—Debe ser por eso que nunca pude rastrearla, tenía otro nombre.
—Martín, ¿qué pasó con ella ese día que te la encontraste? ¿Por qué
lloraba?
—Ana, me tenés que ayudar, ¿me pasás su número? ¡No! Su dirección,
tengo que verla en persona.
Lo miré fastidiada.
—Primero respondeme, ¿por qué te sorprende tanto ver a Cami?
—Porque el día que me la encontré lloraba porque estaba a punto de
hacer algo terrible.
Bariloche. 31 de diciembre del 2015
Martín se acercó al muelle y dudó si debía acompañar a la chica o
dejarla llorando tranquila, sin embargo, su boca fue más rápida que su
cerebro y le hizo una pregunta antes de que el segundo hubiera tomado
una decisión:
—¿Me puedo sentar?
La chica se asustó un poco, no parecía haberse dado cuenta de que
Martín había estado contemplándola por varios minutos. Lo miró, asin-
tió levemente, se secó las lágrimas y se empezó a levantar.
—Igual yo ya me iba.
—No, pará, me quería sentar con vos, ¿estás bien?
—¿Me veo como una persona que está bien?
—No. perd... perdoná yo... no quise…
La chica hizo un gesto que significaba que aceptaba la disculpa. Martín
pensó en cualquier tema como para retenerla.
238 • angie sammartino
—¿Estás de vacaciones?
—No, soy de acá.
—¡Yo también!
—Nunca te vi...
—Es que mi papá viaja mucho por trabajo, vine a visitar a la familia
por las fiestas nomás.
—Bien por vos.
Y se abrió paso para salir de ahí. Martín se quedó dudando. ¿Por qué
quería insistirle a una chica que no le interesaba que él se preocupara por
ella? No sabía, pero una fuerza más grande que la de su lógica lo hacía ir
detrás de ella.
—¿Te puedo acompañar caminando? —le preguntó a la chica.
—¿Por qué?
—¡No sé!
—Hasta donde sé podrías querer secuestrarme. Te aviso que me da lo
mismo, si querés secuestrame, matame, hacé lo que quieras. Nadie te va
a dar nada.
—¿De qué hablás?
—Nada.
La chica se dio cuenta de que estaba hablando de más y aceleró el
paso, un poco fastidiada. Martín pudo ver que asomaban debajo de la
manga unos moretones en su brazo, no dijo nada al respecto.
—¿Te puedo invitar un café?
—¿Qué tenés cincuenta años?
—No. Pero tengo contactos en el Llao… sería un café acompañado de
la merienda más rica que viste en tu vida.
—¿Te pensás que porque soy gorda me vas a comprar con dulces?
Su respuesta descolocó a Martín, la chica tenía carácter (y habilidad
para confundirlo).
El arte de negar • 239
—¿Eh? ¡No! No quise decir eso, quise decir que a cualquiera lo ponen
feliz los dulces, a mí me levantan el ánimo. A una flaca también le hubiera
dicho lo mismo. Digo, no es que sos gorda. No lo sos. Cuando dije flaca
me refiero a esas que ni respiran por miedo a que el aire las engorde, vos
estás bien, de hecho sos muy linda.
La chica lo miraba con incredulidad, pocas veces había alguien que en
una sola oración se mandara tantas cagadas juntas. La hizo reír un poco.
—Callate porque no parás de embarrarla.
—¡Pero te hice reír! ¿Me aceptás la merienda?
A la chica se le iluminaron un poco los ojos, pero insistió en la negativa.
—De verdad, no tengo tiempo para eso.
—¿Te esperan en tu casa?
Un segundo después de hacer la pregunta Martín se arrepintió pro-
fundamente. La chica volvió a largarse a llorar, pero esta vez más an-
gustiada todavía. Martín sintió la repentina e inexplicable necesidad de
abrazarla y prometerle que todo iba a estar bien.
—Por cierto, me llamo Martín...
—Ca... Lucía, me llamo Lucía.
La chica parecía haber aflojado entre sus brazos, pero al cabo de un
instante fue peor: le agarró un ataque de nervios y le pidió a gritos que
la soltara.
—¡Basta! ¡No necesito a nadie! ¡No gastes tu tiempo conmigo! No voy
a durar mucho.
—Pero te quiero ayudar.
—Si querés ayudarme matame, porque no hay nada en el mundo que
quiera más que morirme.
Martín no la juzgaba. Él mismo se había estado preguntando si tenía
sentido seguir viviendo en ese mundo de gente de mierda que criticaba
cómo era, cómo usaba el pelo y qué cosas le gustaban sin siquiera sentir
240 • angie sammartino
curiosidad por saber cómo era él de verdad. Sin embargo, escuchar en
boca de otra persona la idea del suicidio, le hacía notar que era una te-
rrible locura, ¿por qué pagar uno las consecuencias si los que deberían
hacerlo eran los otros?
Mientras tanto, la chica respiraba con dificultad. Sintió mucha pena
por ella y por sí mismo. Intentó abrazarla de nuevo, pero lo sacó de un
manotazo. Entonces, Martín entendió que la estrategia que estaba usan-
do, lejos de calmarla, lo empeoraba todo. Hizo memoria y recordó que su
hermano (que era psicólogo) le había contado de casos de pacientes con
bajo autoestima que querían dejar de existir porque no se consideraban
valiosos para el mundo. Le había explicado que, a veces, era peor intentar
ayudarlos porque era como decirles “vení que te ayudo yo porque vos sos
un inútil que no sirve para nada.” No, con esa gente lo que había que
hacer era lograr que ellos mismos encontrasen razones para estar vivos,
colaborar para que vieran el gran potencial que le quitaban al mundo si
desaparecían, pero sin que ellos lo supieran. El primer paso fundamental
era ganar su confianza, pero, previo a eso, necesitaba ganar tiempo. Era
un trabajo delicado y debía ser bien pensado. Decir o hacer algo desafor-
tunado podía tener consecuencias de vida o muerte, literal.
—Si no querés mi ayuda no te la doy —dijo finalmente Martín—.
Ahora, si te vas a matar no te jode aceptar primero mi merienda, ¿no?
La chica lo miró atónita. No es que no hubiera pensado mucho en el
tema, pero escuchar la palabra en voz alta resultaba muy fuerte.
—Morirse con el estómago vacío suena deprimente, ¿aceptás?
***
Algunos creen que las cosas suceden por obra del destino y otros pien-
san que la vida es una serie de casualidades encadenadas. Yo me inclino
por pensar que no hay tales extremos absolutos. Me niego a creer en el
El arte de negar • 241
destino porque eso implicaría que, haga lo que haga, no tengo forma
de cambiar lo que me espera. A mí me gusta pensar que sí soy capaz de
cambiar las cosas. Me gusta creer que mis decisiones de hoy, afectan mi
mañana y el de otros. Eso es lo que me da esperanza, siendo que vivo en
un mundo tan injusto. Pero tampoco me gusta imaginar que estoy sola
en este trabajo de forjar el futuro. Creo firmemente que más allá de toda
lógica, hay cosas que tienen que pasar y punto. PERSONAS que tenían
que pasar y punto.
No sé qué o quién lo decide, pero creo que algunos seres son puestos
en nuestro camino con una precisión de relojero. Son esos que aparecen
de la nada y, si nosotros tomamos la decisión de permitirlo, de un día
para el otro, nos dan vuelta la vida para siempre.
***
—¿Camila se quería suicidar? —pregunté descolocada ante el relato
de Martín.
Martín asintió levemente. En seguida notó su error.
—Mirá, si ella no te contó debe tener sus razones, por favor, no le
digas que, ¿me pasás su contacto?
—Pero esperá, no entiendo, siempre la vi como la piba más feliz del
mundo. Es exitosa, canchera, no le importa lo que opinan de ella.
—Sé que sería más útil que la gente anduviera por la calle con un
cartel luminoso que dijera su estado emocional, pero no funciona así.
—No me boludees, no digo eso, pero tampoco el otro extremo.
242 • angie sammartino
El arte de negar • 243
—Pura apariencia, es su forma de protegerse. Cuanto más desenvuelta
y frontal es una persona, más inseguridades oculta. Mirá a Tati.
—¿Qué tiene Tati? ¿También la conocías de vidas pasadas?
Martín se rio.
—Ayer anduvo a los besos con el nabo ese que es coordinador.
—Sí, me enteré. ¿Qué tiene que ver con las inseguridades?
—¿No me contaste que los papás de Tati eran LA PAREJA PERFECTA
y que se separaron hace poco?
Asentí.
—¿Y no me dijiste también que Tati nunca tuvo una pareja que le
dure porque nadie le viene bien?
Asentí otra vez.
—Es claro. Buscaba una pareja que estuviera a la altura de la perfec-
ción que representaban los padres. Ahora que se da cuenta de que eso no
existe, se va al otro extremo, es pura desilusión lo que esconde.
Lo escuché atenta y sin pestañear.
—¿Sabés todo eso por tener un hermano psicólogo?
—Es insoportablemente útil.
—Algo de sentido tiene.
—¿Por qué pensás que Tati te hizo tanto escándalo cuando elegiste a
Gabi para chaparte por la prenda?
—Eh...
—Porque Gabi es el único que la ve como ella es —explicó Martín—:
le charla, le pregunta cómo está, le habla de cosas profundas. Es el único
pibe que ve detrás de “la chica rubia linda”.
—Bueno, pero ¡si me hubiera dicho que le gustaba nos ahorrábamos
un montón de problemas!
Martín se tentó.
244 • angie sammartino
—¡Ella no lo sabe! Es probable que hoy se vuelva a chapar a otro nabo
y nunca admita que le gusta Gabi.
—Pero si le digo esto que me decís...
—Cada uno tiene sus tiempos para ir sacándose la coraza, la separa-
ción de sus papás es muy reciente. Primero tiene que asumirlo y después
superarlo, ahora simplemente lo niega.
Martín puso una voz distinta para hacer énfasis en sus siguientes
palabras:
—A todos alguna armadura nos tiene atrapados. Solo que primero
hay que poder verla.
—¿Me explicás por qué sos youtuber si podés ser el próximo Ralón?
—¿Rolón decís?
—Me entendiste.
—Igual, eso que te dije no es mío —dijo Martín riéndose—. ¿No
leíste El caballero de la armadura oxidada en el colegio?
—¿El de los molinos y el loco?
—No, ese es El Quijote, ¡nada que ver! Ana, ¿qué hacías en sexto grado
cuando la maestra Liliana nos daba la hora de lectura?
—¡Dormía! Como el resto.
Martín se sorprendió un poco.
—¡Jodeme que vos leías!
Nos tentamos. Todo era tan bizarro y dramático que necesitábamos
aflojar tensiones y, por suerte, para eso existe la risa. Después de mucho
insistir Martín logró que le diera el número de Camila y se fue a hablar
al cuarto. Me quedé sola una vez más, con la cabeza llena de información
nueva y nadie con quién procesarla. Camila no se había vuelto a conectar
y Gael seguía sin dar señales de vida. Tati debía estar por algún lado del
hotel a los besos con el tarjetero. Gabi estaría volviendo de la excursión
y, para esa altura, ya debía haberse enterado de que fue víctima de una
El arte de negar • 245
prenda de un juego para escabiar.Es muy loco como uno puede estar tan
rodeado de gente que quiere y, aun así, sentirse solo.
Subí al cuarto. La trola estaba cepillándose los dientes y me vio entrar
con cara de desolación.
—¿Demasiada resaca? Yo recién estoy volviendo a vivir, ¡tengo un do-
lor de cabeza!
—Igual. Me voy a acostar.
—Con respecto a lo de ayer —continuó ella—: te mandé el mensaje
ebria, pero lo venía pensando sobria. No tiene sentido seguir enojadas
por algo que pasó hace mil.
—Lo decís porque no fuiste vos la traicionada.
—No exageres, Ana, ya entendí que estuve mal. Igual, quedate tran-
quila que desde principio de año que no sé nada de él prácticamente.
Bueno, tuvimos algún reencuentro como cualquier ex, pero vos me en-
tendés, ¿no?
Se me retorció el estómago de solo pensar en un encuentro entre ellos.
—Prefiero no saber…
—Vamos, ¿me vas a decir que vos no lo viste en este tiempo? ¿O cuan-
do estaba conmigo?
—¿Eh?
—No sé, siempre tuve la sospecha de que seguía pensando en vos.
—¿De verdad?
No entendía si la trola se hacía la amiga para sacarme información o
me daba información para volver a ser mi amiga. Igual debo confesar que
por un mini segundo mi corazón dio un brinco de felicidad, ¿el innom-
brable pensaba en mí cuando estaba con ella?
—Ya es cosa del pasado y no me importa —dije finalmente—. A esta
altura es lo último en lo que puedo pensar.
246 • angie sammartino
—Mal, además vos estás con Gael y hacen una pareja divina.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que hacer como que estor-
nudaba para tener excusa para ir a buscar un pañuelito. Pero para ella la
conversación no estaba cerrada y me la siguió gritando desde el baño:
—¿Te contó Nahuel las últimas novedades?
—¿Eh?
Me hice la desentendida, pero había escuchado perfectamente. Por un
momento dudé de si quería saber las “novedades”. En realidad mi cabeza
se debatía entre si la trola me estaba diciendo una boludez solo para po-
der alardear de que hablaba con Él o si realmente tenía información que
cotizara. ¿Estaría en pareja otra vez? Por cómo me había hablado yo había
dado por hecho que seguía soltero, no es un chico que le encanten los
compromisos, eso lo sé.
—No sé, ¿vos de qué hablás? Estuvimos hablando, pero no me dijo
nada importante que yo recuerde.
Hice la misma jugada pelotuda que ella. Si su objetivo era alardear,
quería dejarle bien en claro que yo también había hablado con él.
—¡Ah! Habrá colgado en contarte, yo me enteré por el grupo del cur-
so y después me explicó bien todo.
El arte de negar • 247
Ahí estaba de nuevo la muy forra restregándome que compartían ami-
gos y un grupo de whatsapp del que yo no era parte. ¿Qué carajo sabía
ella que yo no? Claro que tenía la posibilidad de no seguirle la corriente
y decirle que no me interesaba nada de él, pero moría de intriga. En otra
situación hubiera esperado a que Tati me averiguase a través de su herma-
no, pero con ella enojada me podía llevar el día entero convencerla y no
aguantaba. Hice mi mayor esfuerzo para sonar casual:
—¿Y de qué novedades hablabas vos?
—¡Ah! ¡Se liberó otro puesto de preceptor y se lo ofrecieron de nuevo!
No sé por qué la última vez no aceptó, pero esta vez dijo que sí.
***
Eli atendió el teléfono sorprendida por la llamada.
—¿Eh? Pará, Ana, vayamos por partes porque me estás mareando.
¡Mamá me dijo que el viaje venía espectacular!
—¡Sí! Es que está lindo todo, pero ¡no paro de enterarme cosas! ¡No
puedo disfrutar así! Gael no me atiende, me reencontré con Martín y
sabe más cosas de mi amiga que yo, Tati no me habla y está con el nabo
del tarjetero y ¡para colmo ahora me vengo a enterar de que voy a pasar
la última parte del último año de mi vida cruzándome en los pasillos a la
persona que me rompió el corazón!
—Ana, ¿te calmás?
—¡Es que así no puedo!
Eli se rió.
—¿De qué te reís? ¡Es grave lo que te cuento! Yo sabía que lo ibas a
minimizar.
—¿Y para qué me llamaste si no es para eso?
—¡Porque no tengo a nadie más con quien hablar en este momento y
se me está por quemar la cabeza de tanto pensar!
248 • angie sammartino
—Tranquila, hermana, vamos a pensarlo fríamente. Una cosa a la vez.
—No, pero...
—¿Me escuchás? En este momento tenés que seguir las instrucciones
que te doy yo. Si no te sirven, después vemos si tu método alarmista es
mejor.
—Está bien.
—Vamos de menor a mayor. Lo de Gabi es solucionable, sabemos que
se le va a pasar el enojo, pero le debés unas buenas disculpas, ¿creés que
podés hacer eso cuando vuelva de la excursión?
—Eso creo.
—Perfecto. Tema Tati, ¿te parece que podés decirle al menos que ha-
gan una tregua para pasar una linda noche de boliche?
—Me va a costar, pero si le prometo que voy a usar la ropa que me
diga es probable que acepte.
—Okey. Pasemos a Cami. Entendé que cada uno tiene su pasado y sus
tiempos, ustedes pueden ser buenas amigas, pero no se conocen ni hace
un año. Yo no le contaría a nadie lo que te dijo Martín hasta que Camila
saque el tema ella misma.
—¡Ufa! No sé si me voy a aguantar de no contarle a Tati.
—Yo creo que si fuera al revés, te gustaría poder contarlo vos y no que
tu amiga le vaya con el cuento a los demás.
—Odio cuando tenés razón.
—Bien, tema Gael. ¿Lo podés resolver desde allá? ¿Sirve de algo que
te amargues el recuerdo del viaje de egresados por algo que no podés
cambiar?
—No, bueno, si no me atiende el teléfono mucho menos.
—Yo sé que es difícil, Ana, pero va a haber muchas situaciones en la
vida postcolegio que no te van a gustar y no podés colapsar frente a cada
una de ellas.
El arte de negar • 249
—Es que yo reconfiaba en él y ¡ahora ya no sé qué pensar!
—¡No pienses entonces! El viaje es para divertirse. Disfrutá de tus
amigos, de tu independencia, de los lugares nuevos. Aprovechá que no
tenés un Simón como yo que no te deja ir sola ni al baño.
—Te está quedando afuera el tema de...
—¿Qué dijimos de la ansiedad? No me olvidé, lo estaba dejando para
el final.
—¿Te parece el más importante?
—Lo es para vos, de todos los problemas es al que más énfasis le
pusiste.
—Es que justo cuando todo se acomodaba... ahora siento que cuando
más vulnerable estoy lo voy a ver todos los días, me voy a morir.
—Y ¿si yo te dijera que va a pasar el día a Bariloche? ¿Te gustaría verlo?
—¡Más vale! ¿Por qué? ¿Piensa viajar?
Eli estalló de la risa.
—¡Ana! ¿Me acabás de decir que no te lo querías cruzar y en el primer
comentario hipotético que tiro das vuelta todo?
Me quedé sin respuesta. A veces (o muchas) mi inconsciente me juega
muy en contra.
—Ana, tenés una debilidad por Nahuel, aceptalo —dijo Eli determi-
nante—. Estés con Gael o no, el pibe ese te mueve cosas igual. ¡No te cas-
tigues por eso! No está mal, es lindo sentir eso por alguien. Tal vez nunca
sean la pareja que a vos te gustaría, pero le tenés cariño. Tal vez volver a
verlo no sea tan mala noticia. Incluso pueden llegar a ser buenos amigos...
tomátelo con calma y no te alarmes tanto antes de que las cosas sucedan.
Hablar con Eli me calmó muchísimo. Por dentro agradecí que, más
allá del quilombo que era mi familia, contaba con la suerte de tener una
hermana. Porque es verdad que los amigos son los hermanos que elegi-
mos, pero a veces necesitamos a alguien que no hayamos elegido, pero
250 • angie sammartino
que nos conozca desde nuestro primer tropiezo. Un hermano es ese es-
pécimen particular que no todos tienen el gusto de tener. Es un ser que
puede pasar de amigo cómplice a criatura despiadada en un minuto, sin
escalas. Es quien un día te presta sus cosas y al otro día te delata con tus
viejos porque te mandaste una cagada. Es esa persona que te vio festejar
victorias y sufrir derrotas. Conoce más de vos que cualquiera, sabe cómo
te criaste, qué cosas te molestan, qué pelis te gustan, qué comida odiás,
por qué ese día te rateaste, con quién chapaste por primera vez y dónde
escondiste los puchos cuando los probaste. A veces necesitamos alguien
que nos conozca a fondo para que sus opiniones no se vean influenciadas
por nuestra propia versión de las historias que contamos. Tener hermanos
es útil por múltiples razones, pero por una en particular: son ellos quienes
tienen esa habilidad única de aparecer en nuestros momentos de mayor
desolación y recordarnos quiénes somos en verdad.
Último día
Querido Diario: Me acabo de levantar y en un rato estamos por ir a
comprar chocolates para ya después almorzar y emprender el regreso a
Buenos Aires (¡no quiero!). La noche de ayer fue inolvidable, pero vamos
por orden, te cuento primero la anterior: finalmente, le hice caso a Eli y le
El arte de negar • 251
pedí disculpas a Tati por haberla colgado la noche de Grisú. Ella me per-
donó, pero me dijo que pensaba seguir viéndose con el tarjetero porque le
gustaba (¿qué carajo le ve además de los abdominales?) y me dio a enten-
der que “a ella le gustaba Gael y me lo quedé yo así que era justo que con
el tarjetero se quedara ella, aunque yo me lo hubiera chapado primero”.
Lo que ella no parecía entender es que a mí no me importaba en lo más
mínimo el chabón, simplemente me parecía demasiado gil para ella. Pero
como yo estaba en plan de hacer las paces, le di la razón en todo y le pedí
que tratemos de disfrutar juntas lo que nos quedaba de viaje. Esa noche
nos divertimos bailando como locas y sobrias (todavía teníamos resaca
de la noche anterior). Yo, personalmente, no me quería mandar ninguna
cagada más (y mucho menos sin recordarla), así que me mantuve lejos de
todo lo que tuviera alcohol. Cuando ya eran las 2 a. m. Tati desapareció
(di por hecho que era su venganza) y yo aproveché para buscar a Gabi.
Lo encontré nuevamente sentado en la barra mirando su celular y, puedo
decir casi con certeza, que estaba jugando al Plantas vs. zombies.
—¿Podemos hablar?
Gabi asintió.
—Sobre lo que pasó la otra noche… —comenzó a decir.
—Te quería pedir perdón —lo interrumpí—. No estuvo bien joderte
con la prenda, pero no fue con mala intención, de verdad, no sabía que...
te lo podías tomar en serio. Pensé que éramos amigos y me ibas a seguir
la joda.
—Nunca había notado como duele la palabra “amigos” en el contexto
equivocado.
—Creeme sería todo mucho más fácil si sintiera distinto, pero...
—Entiendo, en algún momento te lo tenía que decir igual. Pero hoy
me morí de vergüenza todo el día, no soy de los que están acostumbrados
a tirarse a una mina. Y bueno, rebotar duele en el ego. Ahora entiendo
por qué no lo dije antes.
252 • angie sammartino
—¡Pero no está mal que digas lo que te pasa! Solo que, bueno, en eso
nos entendemos. A mí me pasa igual.
—Si Gael te dio bola... ah, ya sé por quién lo decís.
Le sonreí tímidamente.
—No hablemos de eso —dije—, no está bueno que... es raro.
—Ana, no quiero que las cosas se pongan raras entre nosotros. Ya se
me va a pasar, ni siquiera es que me gustás tanto, debe ser porque sos con
la que más hablo.
—¿Sí?
Traté de recordar cuántas conversaciones había tenido con él en el año
y no concordaba con lo que él decía. Pero, pensándolo bien, no era un
chico que tuviera muchas amigas mujeres así que por estadística seguro
había tenido más contacto conmigo que con cualquier otra chica. Me di
cuenta de cuántas cosas hacemos inconscientemente, que dejamos en el
olvido porque para nosotros no son trascendentales, pero que, para otro,
pueden ser hitos a atesorar en la memoria. Sin querer mandarme la parte
debo decir que entendí, por fin, por qué Gabi me tenía más cariño del
que me merecía: yo le hacía sentir que él no era invisible.
Cuando lo fui a buscar para que hackee el celular de Paola el año
El arte de negar • 253
pasado (okey, eso no estuvo bien) lo que hice en realidad fue hacerlo sen-
tir útil, hacerle entender que sus habilidades eran apreciadas, que aunque
no fuera el más fachero del aula o el mejor deportista tenía ALGO único
que lo hacía valioso. Empecé a pensar que por curso, estadísticamente,
hay dos o tres invisibles. Son esos de los cuales probablemente desconoce-
mos hasta su voz, pero que estarían dispuestos a ser buenos compañeros si
les diéramos la oportunidad. ¿Cuántos amigos me habré perdido por no
mirar bien? En fin, con Gabi nos dimos un fuerte abrazo y prometimos
que “lo que pasó en Bariloche, quedaba en Bariloche”.
Al día siguiente, ayer, me desperté con varias llamadas perdidas de
Gael. Dudé mucho de si debía llamarlo o no, pero opté por hacer lo que
me había aconsejado Eli. “Hasta que vuelva y hablemos en persona no
puedo resolver este tema”, pensé e, inmediatamente, desconecté el celu-
lar. Sigue apagado hace un día y no me puedo sentir más libre. A veces
para desconectar la mente de los problemas que queremos postergar es
útil apagar ese aparatito. Es como si los congelaras en el tiempo hasta que
estés listo para enfrentarlos.
Por lo pronto me prometí que iba a disfrutar lo poco que me quedaba
de viaje y, sin el celular, pude hacerlo perfectamente. De hecho ayer a la
noche me vino bien no estar como una boluda —como el resto— filman-
do toda lo que pasaba en la cena de gala. Siento que los otros se llevan
todo grabado con máxima definición de imagen, pero yo lo tengo guar-
dado en mi propia memoria con los sentimientos exactos que me generó
el momento, cosa que ninguna cámara todavía puede hacer.
La cena de gala fue especial en todo sentido: fue en By pass (el mejor
boliche, lejos), tuvimos momentos de comida, baile, charla y hasta de un
show particular que nos hizo saltar las lágrimas a más de uno. Era un co-
mediante de stand up desconocido (que encima estaba recansado porque
después me lo encontré en los pasillos con unas ojeras terribles), pero EL
CONTENIDO del monólogo nos revolvió a todos mil recuerdos. Habló
del jardín de infantes e instantáneamente todos viajamos con la cabeza a
esa época feliz en la cual eras bueno en la escuela si dormías la siesta (¿qué
254 • angie sammartino
tan genial sería que siguiéramos teniendo esa materia?) Después venía la
seño con jugo y galletitas, jugabas en las hamacas y, si eras valiente, te
merendabas algo de arena del arenero. Y listo, fin de la jornada, ir a casa
a seguir con la vida estresante de jugar, comer y dormir.
Después habló de la primaria, los primeros amigos, las mochilas carri-
to que se hacían mierda en la segunda escalera que bajabas ¡y las cartuche-
ras! que claramente marcaban el status económico del chico en cuestión:
si tenía más de tres pisos era un pibe que tenía pileta y casa de fin de
semana, o sea, que era útil tenerlo de amigo. Otro personaje que empe-
zaba a asomar era el “inteligente” o el famoso “traga”. Ese cuyas notas
eran directamente proporcionales a lo mucho que lloraba después de una
prueba diciendo “me fue mal”.
Y después mencionó los históricos juegos para chapar (serían como la
precuela de los juegos para escabiar, ¿no?, al parecer siempre lo lúdico está
presente cuando se trata de encontrar excusas para hacer lo que no nos
animamos). Ahí arranca el viaje para recorrer la secundaria: la botellita,
el semáforo, el verdad-consecuencia, el primer beso, la primera matiné,
empezar a bailar lentos con varones, ir a un boliche hasta tarde, la primera
vez que quebrás, la primera vez que te sacan a bailar, la primer salida sin
que te lleven tus viejos, las vacaciones con amigos, los primeros amores,
los machetes, las siestas en clase, los “¿me pasás el trabajo práctico que yo
le cambio las palabras?” Y muchas cosas más.
Era un show de comedia, pero terminamos todos llorando, más de la
emoción que de la risa. Se terminó el monólogo y mientras el comediante
se retiraba sentíamos que se iba nuestra infancia y la adolescencia por la
misma puerta.
Ya está, se acabó el secundario. Nos miramos entre todos y nos dimos
cuenta de que lo único que nos quedaba, a lo cual sabíamos que nos íba-
mos a aferrar muy fuerte en estos próximos meses, era la fiesta. Y ahí sí,
chau para siempre, se viene la salida al mundo.
Y, recién entonces, me di cuenta del MIEDO que eso me daba.
El arte de negar • 255
Últimos días de septiembre
La noche en la que a Gael se le ocurrió buscar a Bianca en Facebook
con su segundo nombre y el apellido de la mamá, lo hizo por intriga y
aburrimiento, pero nunca pensó que realmente la iba a encontrar. Y me-
nos, que ella iba a aceptar la solicitud.
256 • angie sammartino
Unos días después
Gael estaba más nervioso que cuando se probó para River. Era enten-
dible, Bianca había sido el amor de su vida durante demasiado tiempo
y, de la nada, había tenido que aprender a vivir sin ella. Hacía ya varios
meses que no la lloraba, pero tenía un sueño recurrente en el cual se en-
contraban, de grandes, y ella le pedía perdón por todo el daño causado.
Bianca había accedido para que se encontrasen, pero había preferido acer-
carse ella al barrio de Gael porque, según ella, si él iba para la zona de la
residencia universitaria donde vivía con las amigas, estaba segura de que
alguna los iba a ver y la iban a retar por lo que estaba haciendo.
Gael no puso reparos, él solo quería verla una vez más. No para inten-
tar reconquistarla, él ahora estaba con Ana y estaba bien, pero necesitaba
cerrar la historia con Bianca como se merecía. Sin embargo, ni bien la vio
llegar, se le vino el mundo abajo y su cabeza se transformó en un mar de
confusiones.
Está más linda que antes, si eso es posible.
Se saludaron con una mirada y un beso en el cachete que para ambos
era lo correcto, pero para ninguno era suficiente. Comenzaron a caminar
en dirección al Mc Donald’s de la zona, por ir a algún lugar y, en las pri-
meras cuadras de caminata, ninguno de los dos dijo nada. Fue Bianca,
para sorpresa de Gael, la que rompió el silencio.
—¿Por qué no me buscaste más?
Era una pregunta corta, pero punzante, acompañada de una mirada
que dolía.
—¿Por qué insistís con eso? —preguntó el chico—. ¡Vos me dejaste
muy claro que no querías nada más conmigo! Te busqué una vez, no es-
tabas, entendí el mensaje...
—Pero ¿no te pareció raro? ¡Después de tantos años! Pensé que yo
valía la pena otro intento.
El arte de negar • 257
—¿Es un capricho tuyo o me estoy perdiendo de algo?
—Muchas cosas.
Bianca lo dijo por lo bajo y casi sin querer, aunque queriendo.
—¿Muchas cosas? ¿Podés por favor cortarla con el misterio y
explicarme?
—Tu viejo.
—Mi viejo ¿qué?
—Me obligó. Me obligó a que te deje, ¿no ves que todo este tiempo
estuviste haciendo lo que él quería? ¿Desde cuándo a vos te interesa tra-
bajar de futbolista y vivir en la capital que siempre te pareció detestable?
—¿Y cómo sabés tanto?
—Yo sí sé cómo aparecés en las redes sociales, ¿te olvidás?
Gael pensó que eso tenía lógica. Claramente, si ella quería stalkearlo
lo podía hacer, incluso se dio cuenta de que hasta tenía las contraseñas a
disposición.
—¿Sabés lo de...?
—Sí, sé que estás de novio. Eso igual me enteré por los de Suárez. La
gente comenta, viste. Linda chica.
—Sí, Ana es muy… es… no sé qué decir. Es un poco incómodo.
Nunca pensé que podíamos sentirnos como dos extraños.
—Yo tampoco, si te hace sentir mejor.
—¿También te sentís incómoda?
—También estoy en pareja.
Gael dejó de escucharla un momento. No se sentía para nada cómodo
escuchando todo lo que Bianca decía y menos si le contaba que estaba
con alguien que no era él. Le agarró una ira muy profunda que no podía
controlar.
258 • angie sammartino
—Es el hijo de la dueña de la residencia —continuó ella—, se llama
Rodrigo, es de Capital. ¿Quién lo hubiera dicho? ¿No? ¿Podés creer que
no toma mate? Casi me muero cuando me lo...
El chico le hizo señas con una mano para que frenara de hablar.
—Pará, ¿qué dijiste antes? De mi viejo...
—Ya pasó, no vale la pena. Solo que estoy cansada de ser la mala de
la película.
—Explicame mejor porque no entiendo.
—De verdad, ya quedó en el pasad...
Gael no se pudo contener y le pegó una piña a un árbol que tenía
cerca.
—DALE, CARAJO. ¿ME PODÉS DECIR QUÉ PASA? ¿QUÉ
TIENE QUE VER MI VIEJO?
Bianca se dio cuenta, en ese entonces, que durante todo el año había
estado en lo cierto. Era más fácil empezar de nuevo que intentar explicar-
le a Gael que su padre era un egoísta insensible. Todo ese encuentro era
un grave error, él nunca lo iba a entender.
—No hables con él, no le digas que me viste, no quiero problemas.
—¡Estás exagerando! ¿En serio vas a usar a mi papá para excusarte de
las cosas que hiciste mal? ¡Pensé que me venías a pedir perdón!
—Y yo pensé que me iba a juntar con la persona que fue el amor de
mi vida, pero vos no sos el Gael que yo conocí.
—Lo que soy es por tu culpa.
—No sé en qué estaba pensando cuando acepté que nos veamos. Sos
el mismo cagón de hace un año que no movió un dedo demás para en-
tender qué pasaba.
El arte de negar • 259
—¿Ahora sos la víctima? Te lo repito, ¡vos me dejaste! ¡Vos me rompis-
te el corazón! ¡Vos me dejaste como un pelotudo!
Bianca respiró profundo y lo miró con frialdad.
—Vas a tener que dejar de compadecerte de vos mismo, porque así no
vas a salir adelante nunca… vas a terminar como tu papá.
Dijo esta última frase y atajó una lágrima con su mano.
—¿Cómo?
—Solo. Vas a quedarte solo por miedoso.
Gael se quedó mirando a su exnovia con una mezcla de bronca y con-
fusión. Casi no podía respirar y no entendía cómo se le había ido todo de
las manos. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué reaccionaba así?
—De verdad te deseo que seas muy feliz…
Se acercó, lo miró fijo y le dio un breve, pero significativo beso en la
boca.
Gael estaba tan conmocionado que no pudo decir nada. Y cuando
reaccionó ya era tarde, Bianca se había ido...
Y, una vez más, no corrió detrás de ella.
***
Ese día Gael llegó a su casa y no habló con nadie. Se tiró en su cama
y estuvo mirando el techo por una cantidad de tiempo que no podría
precisar.
Pensaba en tantas cosas al mismo tiempo, que por momentos sentía
que su cabeza iba a explotar. Revivía una y otra vez lo que había pasado
con Bianca y siempre que llegaba a la escena del beso, le dolía el corazón.
¿Por qué todo era tan complicado? ¿Por qué ella le reclamaba a él? ¿Sería
260 • angie sammartino
verdad que su padre buscó alejarla? ¿Por qué haría eso? ¿Y ella por qué le
dijo que era un cagón? ¿Valía la pena luchar por Bianca sabiendo que la
tenía a Ana y que su ex ya había seguido adelante? ¿Estaba preparado para
cambiar el rumbo de su vida otra vez?
Sonó su celular y por un instante se ilusionó con la idea de que fuera
Bianca, pero no, era Leandro.
Gael leyó el mensaje, suspiró y cerró el asunto en su mente. Esa era
su vida ahora y no tenía la energía (o el coraje) para dar vuelta su mundo
una vez más.
El arte de negar • 261
Luego de responderle a su padre buscó el contacto de Bianca, lo
bloqueó y lo mismo hizo con Facebook. Era mejor no ver, era
mejor olvidar, era mejor dejar de sufrir por un recuerdo…
“Ser conformista es estar muerto en vida”, le había dicho
oportunamente la abuela Tita a Ana cuando estuvieron en Suárez
refiriéndose a la mamá de Gael. Todo pareciera indicar que tanto el
conformismo, como la cobardía, pueden ser heredados.
262 • angie sammartino
TEMPORADA IV
O C T UB RE
Domingo 2
Querido Diario: hace unos días volvimos del viaje de egresados y no
puedo creer lo rápido que pasó y la cantidad de cosas que sucedieron en
los días que estuvimos allá. Sin embargo, volver a Buenos Aires no fue
nada diferente, el mundo siguió mientras estábamos de viaje y cuando
regresamos nos tocó enfrentarnos a eso.
Con lo primero que nos chocamos, como grupo, fue con la realidad
de que nos quedaba poco tiempo para definir una carrera (y anotarnos).
Dejame confesarte que estoy muy enojada con ese tema, ¿qué onda? ¿Nos
llevó nueve meses elegir el disfraz para la fiesta de egresados y pretenden
que en una semana decidamos nuestro futuro? Los odio. No sé bien a
quiénes, pero los odio. Bueno, sí sé. Odio a la sociedad por pretender que
a los dieciocho sepa quién quiero ser, odio a los profesores por romper las
bolas para que elijamos una universidad de prestigio y “una carrera como
El arte de negar • 263
la gente” porque pareciera que si no vas a ser una persona poco respetable.
Pero sobre todo odio a mis compañeros que desde principio de año ya
saben qué van a hacer de su vida el año que viene, porque me dan una
envidia terrible. Te juro que no tengo idea qué quiero hacer, tengo miedo
de pifiarle groso y ser una adulta inútil e infeliz. Alguno que otro de mis
compañeros de curso está como yo, pero son pocos, el resto tiene bas-
tante claro qué carrera seguir: Gabi algo con sistemas, Camila diseño de
indumentaria, Tati está entre nutricionista (como la mamá) o contadora
(como el papá), Paola recursos humanos, Juan profesorado de deporte,
Martín va a hacer cursos de edición para perfeccionar su canal de Youtube
y Gael, por ahora, dice que va a ser futbolista (y si lo siguen poniendo en
el banco de la primera lo va a lograr). En fin, todos tienen una idea más
clara que yo, eso seguro.
Estos días estuve hablando mucho con Benicio y por suerte me tiró
un par de ideas: dice que como me gusta escribir y hacer preguntas podría
inclinarme a periodismo o a comunicación social (que todavía no entien-
do qué es, pero también me salió en un test de orientación vocacional
online), aunque sostiene que lo mejor que puedo hacer es largar todo y
tomarme un año sabático para encontrarme conmigo misma y bla bla.
¡Cómo si fuera fácil! Bueno, pensándolo bien, él hizo eso... o algo así.
Pero allá en Europa te tomás un tren y estás en otro país, es distinto, acá
no es lo mismo. Además, ¿de dónde saco la plata? ¿Qué le digo a mi vieja?
¿No veo más a mis amigos por un año? ¿A mi hermana? ¿Y mi sobrino
qué? Cuando vuelva no va a reconocer a la única tía que tiene, es cual-
quiera que me vaya de viaje.
Me tomé un segundo para respirar y pensar en lo que escribí recién.
Todas esas preguntas no tienen ningún sentido salvo que... ¿será que
realmente estoy considerando la posibilidad de irme y busco a qué me
puedo atar para frenarme? ¿O será que quiero escapar para no tomar
decisiones? Ana, ¿no viajaste lo suficiente este año? ¿No es momento de
quedarte y hacerte cargo de tu vida? Aunque, por otro lado, ¿no sería este
264 • angie sammartino
el momento indicado para escapar sin estar aferrado a nada? No sé, ya
estoy mareada.
En estos días otro tema que ocupó mi cabeza fue el de las vacaciones.
Obvio, Tati quiere que vayamos a Villa Gesell con ella y este año más que
nunca porque no sabe si los padres van a estar juntos para ese entonces
(personalmente lo dudo mucho) y va a requerir de nuestro apoyo más
que nunca. Seguramente eso es lo que haga, pero estoy dudando de si es
una buena idea volver al lugar donde siempre caigo en lo mismo, donde
pienso en ÉL y lo busco en cada esquina.
Sí, ya sé, todo esto que estoy escribiendo es para no hacerme cargo
de lo que verdaderamente me inquieta: el tema de Gael. Sí, hablé con él
y nos perdonamos, seguimos juntos, pero no sé, siento que algo no está
bien. ¿O debería dejar de buscar la perfección en todo?
Te cuento, ni bien volví del viaje le escribí para vernos y fui a la casa.
Me recibió con un beso apasionado, pero me molestó más de lo que
me enterneció. No sé, sentía que hasta que no resolviéramos los temas
pendientes no era correcto demostrarnos tanto cariño, se sentía falso. Es
horrible desconfiar de cada palabra que dice una persona que fue tan im-
portante para vos. ¿Puse “fue”? Quise decir “es”, Gael ES importante para
mí. Es el que me devolvió la confianza en mí misma, el que me acompañó
durante el año, el que me contuvo en momentos complicados. ¡Uf! Por
la enumeración que acabo de hacer pareciera que estoy con él más por
gratitud que por amor. Estoy muy confundida, lo peor es que nunca me
nació decirle que lo amo, ni cuando me lo dijo él ni mucho menos ahora
que todo se siente como un volver a empezar.
Te cuento para que saques tus conclusiones.
Ni bien nos vimos me dio ese beso empalagoso que te mencioné y se
lo devolví como pude, pero me escapé rápido a la cocina con la excusa
de hacer mate.
—¡Ah! Pero ¡ya está hecho! —respondió Gael atentamente—. Y com-
pré las galletitas que te gustan.
El arte de negar • 265
—Gracias, igual no estoy con hambre. Tomá, te traje estos chocolates.
—Uy, ¡qué bueno! Me los voy a guardar para cuando el entrenamien-
to sea menos heavy porque no me están dando ni medio permitido.
—Cierto, ¿cómo viene eso?
—Estoy entrenando el doble, papá habló con el colegio y me dejaron
quedarme libre en algunas materias para poder ir a entrenar más…
—Pero ¿te vas a quedar libre faltando tan poco para terminar las clases?
—Y bueno, es lo que hay que hacer para que te pongan en la cancha.
—¿Y vos querés esto? —le pregunté—. ¿Te querés dedicar al fútbol
nomás?
—No me disgusta, qué se yo, voy a ver qué onda. La paso bien entre-
nando, los pibes son copados, los cambios son buenos a veces, ¿no?
—Supongo. Otras veces no.
—¿Estás enojada todavía?
—No, estoy rebien. Mi novio se vio con la ex mientras yo estaba en
Bariloche, me enteré por una amiga mía y cuando le pregunté si eso ha-
bía pasado me cortó el teléfono. Decime vos, ¿por qué tendría que estar
enojada?
—Iba a sacar el tema solo que primero quería saber de vos, cómo les
fue allá, ¿la pasaste bien?
—Ponele.
—¿Por qué “ponele”?
—¿Vos no estás dimensionando lo que pasó?
Gael agachó la cabeza y se quedó en silencio. Su actitud cambió
completamente.
—Tenés razón, me estoy haciendo el boludo.
—¿Por qué?
Estaba tan enojada que unas lágrimas de bronca empezaban a asomar-
se por mis ojos.
266 • angie sammartino
—Porque arruiné todo. No sé cómo me da la cara para hablarte, te
corté el teléfono porque me agarraste desprevenido, todavía no entiendo
cómo supiste, pero te juro que...
—Gael, respondeme algo, ¿vos la buscaste a ella?
—¿Importa?
—¡Por supuesto!
—Me habló ella por Facebook, dijo que quería cerrar la historia, que
quería verme. Y yo como un nabo le seguí la corriente. Pero te juro que
no nos vimos más, es más mirá…
El chico buscó en su celular y me mostró un perfil de Facebook que
no era contacto suyo.
—¿Qué me estás mostrando? ¿Quién es esa?
—Ah, es ella, Bianca, pero usa otro nombre. Lo que quería mostrarte
es que no es más mi contacto, no tengo nada más para ocultar. No te lo
conté porque no daba cagarte el viaje.
—¡Me lo cagaste igual! ¿Sabías?
—Sí. Y no sabés cuánto lo lamento. No pensé que...
Gael se frenó, golpeó con el puño la mesa y el mate voló por los aires.
Yo me quedé mirándolo, sin reconocerlo, estaba desbordado. Me miró
con los ojos llorosos, se arrodilló y me agarró de la mano.
—Ana, perdoname por favor, sos lo mejor que me pasó en el año, te lo
juro, soy un pelotudo, no me merezco que seas mi novia, pero dame una
oportunidad más. Te prometo que ya cerré todo, no va a volver a pasar.
Fui un idiota.
Tengo que confesar que esperaba una reacción así de parte de él, pero
en el momento me dejó helada. Nunca nadie me suplicó para que no
lo dejara, por el contrario, estoy acostumbrada a estar del otro lado del
mostrador, a ser a la que dejan, la que suplica. De hecho, siempre pensé
que sería genial invertir los roles, ser por una vez en la vida la persona que
El arte de negar • 267
le dice que no a alguien, la que tiene el poder de decisión sobre los dos,
la que elige cómo sigue la historia. Pero en ese momento me di cuenta de
que no era el lugar de poder que yo creía que era, o sí, pero lejos de agra-
darme, me ponía en una situación incómoda y dolorosa. Básicamente,
recaía en mí la obligación de decidir si Gael seguía sufriendo y arrastrán-
dose por mi perdón o no. Hubiera querido no tener que elegir: dejar que
se levantara y tomara una decisión él, no tener que hacerme cargo de lo
que pasaba. Si le cortaba en ese momento, iba a sentirme la mala más
mala del mundo. Y si lo perdonaba, me iba a sentir la boluda más boluda.
¿Cómo se toma decisiones cuando ves solo dos posibilidades y ninguna
te favorece? Opté por hacer eso que hacen las personas cuando no saben
qué hacer: pedir tiempo.
—Calmate, dejame pensarlo tranquila —le dije finalmente— dame
un tiemp… levantate, por favor.
Gael se levantó y se me acercó.
—Ana, te amo, no me dejes, estoy muy solo sin vos.
—No te dejo, está bien, pero tranquilizate.
—De verdad, no significó nada, teníamos un encuentro pendiente,
nos vimos y fin del tema. Te juro que nunca más te oculto algo, ¿me
perdonás?
Finalmente, lo hice, ¿cómo podía no perdonar a la persona que me
hizo olvidar al innombrable? Algún crédito tengo que darle por eso.
Además no quiero volver a caer en lo mismo, no ahora que lo veo todos
los días en el fucking colegio.
Domingo 9
Querido Diario: no me aguanté, Gael se distrajo y yo aproveché el
momento para hacer algo que no debía. ¿Estuve mal? Seguramente sí,
¿me arrepiento? Definitivamente no.
268 • angie sammartino
La cosa es que estábamos en su casa y se quedó dormido. Con todo lo
que está entrenando, cuando no está corriendo o haciendo abdominales,
duerme. Entonces a mí, si quiero verlo, no me queda otra que acom-
pañarlo en los momentos libres, que él los transforma casi siempre en
“siestas espontáneas”. Cuestión, él se quedó dormido y su celular quedó
cargando en el escritorio mirándome fijo, llamándome, rogándome que
lo abriera. Me acerqué sin hacer ruido y, lo confieso, disfrutando un poco
la adrenalina del momento. Sentía que me había ganado mandarme una
cagada, él me la debía. En mi mente me dije que lo que estaba haciendo
era un error aceptable con el que podía convivir y le abrí el Facebook.
Efectivamente la chica que me había mostrado seguía sin ser contacto de
él, pero memoricé el apellido y la busqué con mi celular. Selene Gutiérrez,
¿por qué usaba ese nombre si se llamaba Bianca? Habiendo cada raro en
las redes sociales decidí no darle demasiada vuelta al asunto. La agregué y
le hablé desde mi cuenta. Le escribí “Hola, soy Ana, la novia de Gael…
quisiera hablar con vos, ¿puede ser?”
Cerré el inbox y me acosté nuevamente. Mi corazón latía a mil por
hora. Sabía que estaba mal lo que estaba haciendo, pero algo dentro de
mí me decía que esa chica todavía no podía ser borrada de mi memoria.
Mientras Gael seguía durmiendo profundamente, me quedé imaginando
posibles escenarios. Podía ser que nunca me respondiera, que me clavara
el visto, que me respondiera y le contara a Gael… pero lo que ni contem-
plé fue la posibilidad de que me respondiera TAN RÁPIDO. Me escribió
“Sabía que en algún momento me ibas a hablar. Si querés nos vemos”.
¿Eh? ¿Tan rápido y tan copada me va a responder? ¿Qué carajo escon-
de esta piba que sigue pendiente de Gael y de su entorno?
Debo decir que me agarró un pequeño ataque de nervios impulsado
por los celos que Bianca me generaba, pero me contuve de mandarla a
cagar básicamente porque yo le había escrito a ella.
Junté coraje y continué escribiendo haciéndome un poco la canchera.
El arte de negar • 269
—Quería saber por qué le escribiste a mi novio. Entiendo que ustedes
tienen una historia juntos, pero es pasado. Te agradecería que no le escri-
bas más para verse, me pone incómoda... supongo que podés entender
eso.
—Por supuesto.
—Gracias.
—Solo que… fue él quien me escribió primero.
Me sentí una tarada, ¿otra vez me había mentido? ¿En mi cara? A veces
creemos que sabemos quiénes son las personas que nos rodean, pero es
en los momentos donde su palabra está en juego cuando realmente los
conocemos.
Lunes 10
Querido Diario: es tarde y hace un rato largo estoy tirada en la cama
escuchando música con los auriculares mientras me ahogo en un mar de
preguntas. Unas horas atrás me junté con Bianca y cuando volví a casa
le escribí a Gael, apagué el celular y me clavé la lista de reproducción
más bajonera que tenía en Spotify. Ahora suena de fondo “Mientes”, de
Camila:
♪ Tú llegaste a mi vida para enseñarme, tú supiste encenderme y
luego apagarme, tú te hiciste indispensable para mí y... y... ♪
¿Y qué nos pasó? ¿Por qué no pude hacer que las cosas funcionaran
bien con Gael? ¿Qué hice tan mal para que se fuera todo a la mierda?
♪ Y con los ojos cerrados te seguí, si yo busqué dolor lo conseguí, no
eres la persona que pensé, que creí, que pedí... ♪
¿Será que en mi necesidad de buscarle un reemplazo al innombrable lo
idealicé a Gael? ¿Será que le metí demasiada presión? De cualquier forma,
nada de eso justifica que me haya mentido como lo hizo.
270 • angie sammartino
♪ Mientes, me haces daño y luego te arrepientes, ya no tiene caso
que lo intentes... ♪
Me mintió, me pidió disculpas, me volvió a mentir. Siento que no
lo hizo de mala persona, sé que el asunto se le fue de las manos y que lo
último que quería era lastimarme. Pero le salió mal. Y acá estoy, agotada
de llorar una vez más, sintiéndome un trapo de piso, escuchando qué dice
mi corazón por primera vez en tanto tiempo. Está cansado, no quiere
buscar más, no quiere confiar más, no quiere volver a ilusionarse.
♪ …no me quedan ganas de sentir ♪
Este es el mensaje que le mandé recién a Gael: “Lo lamento en el alma,
pero esto no va más. Bianca me contó todo, vos la buscaste a ella y me
mentiste en la cara. Te quiero muchísimo y no quería que esto termine,
pero ya no puedo confiar en tu palabra”.
♪ hoy estoy mejor sin ti ♪
Se terminó todo.
Martes 11
Querido Diario: perdón, ayer necesitaba descargar lo que se me cru-
zaba por la cabeza, pero no tenía fuerzas para contarte exactamente todo,
aunque supongo que es deducible. Verla a Bianca en persona por primera
vez fue rarísimo, se sintió como mirarme en un espejo mal calibrado.
Sinceramente, fue una de las situaciones más incómodas de mi vida, pero
yo sentía que tenía que estar ahí. A ella la noté sincera y eso me relajó un
poco, aunque, siendo honesta, hoy en día desconfío de absolutamente
todos. Al principio me habló súper bien de Gael (demasiado bien, casi os-
tentando que lo conocía más que nadie, ya me empezaba a picar el bicho
de los celos) y me dijo que su separación había sido por culpa del padre.
—¿Sabés qué pasa? —dijo Bianca—. Creo que algún día Gael se va a
El arte de negar • 271
dar cuenta de que no está viviendo su vida, sino la que Leandro hubiera
querido para sí mismo. Pero ¿qué pasa si ese momento nunca llega? Yo
no me pasaría la vida al lado de una persona que prefiere ser infeliz antes
que realista.
—Pero ¿es tan así?
—Estoy segura. La distancia me ayudó a ver todo desde una perspec-
tiva diferente.
—¿Y por qué tanto entusiasmo en ayudarme? Estás hablando con la
actual de tu ex.
—Siendo sincera quería confirmar los rumores de nuestro parecido,
era verdad. No te creas que esta situación me gusta más que a vos, verte es
confirmar que eligió reemplazarme antes que pelear por mí.
El comentario me cayó para el orto. ¿Quién se cree que es esta flaca
para insinuar que yo soy suplente? Odié con toda mi alma saber que tenía
razón.
—Mirá —aclaró Bianca—, yo a Gael le deseo lo mejor y si es con vos,
buenísimo. Pero en mi opinión hasta que no se choque contra una pared
no se va a sacar la venda. ¿Entendés? Si tiene de quién sostenerse no se va
a chocar. Vos fijate si querés ser el sostén de alguien o la pareja.
Sentí mucha ira, pero me la aguanté porque sabía que no me iba a
llevar a nada pelearme con Bianca. De hecho mi enojo se debía a que ella
estaba poniendo en palabras cosas que yo no quise ver durante todo este
tiempo. Tenía tantas ganas de tener una historia de amor que funcionara
que no vi que, en realidad, era otra historia más de negación. Una más
para sumar a mi colección de fracasos. Otro innombrable para la lista,
otro contacto bloqueado, nuevos recuerdos que duelen.
¿Por qué nadie me puede querer a mí? ¿Por qué siempre tengo que ser
el outlet de los demás? ¿Por qué nunca soy la primera opción de nadie?
272 • angie sammartino
Domingo 23
Querido Diario: hace casi dos semanas que corté con Gael y sigo
sintiendo mucha tristeza por haber terminado así nuestra relación, pero
también frustración y bronca. Hace tan solo unos meses era todo perfecto
y ahora… no le puedo ni dirigir la palabra en clase. De su parte casi no
hubo iniciativa para recomponer las cosas, aunque después de la súplica
de la vez anterior, entiendo que dedujo que ya no tenía más chances.
Igual, confieso que me hubiera gustado ver alguna maniobra loca, algún
último acto desesperado pidiendo perdón. Incluso —me da vergüenza
escribirlo— soñé que lo ponían en primera, metía un gol y cuando se
sacaba la camiseta tenía una remera que decía “Perdoname, Ana”. Ya sé,
soy una tarada por pretender más de lo que hizo, pero mi inconsciente
trabaja así.
Cuando le escribí, me llamó muchas veces, pero no lo atendí. Al día
siguiente me mandó un whatsapp y le clave el visto. Al otro día ya no
encontró nada para hacer y entendí que, de la misma forma que se había
resignado con Bianca, lo había hecho conmigo.
Por suerte casi no lo cruzo porque dejó tantas materias libres que es
poco y nada lo que va al colegio. Pero cuando nos cruzamos evitamos el
contacto visual, nos sentamos en extremos distintos del aula y nuestros
El arte de negar • 273
compañeros, cómplices de la incomodidad de la situación, hacen de
cuenta como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros dos. Lo prefie-
ro así, confío en que el tiempo borre las heridas y, con ellas, el recuerdo
de toda la mentira que vivimos.
Lunes 31
Querido Diario: hoy pasó algo muy triste que no vi venir, cuando te
cuente lo que estoy por hacer no me retes. Mañana te escribo.
Ana.
274 • angie sammartino
NOVI E M B RE
Martes 1
Querido Diario: vas a pensar que soy una depresiva crónica, pero te
juro que estos días estaba mejor. No te escribí mucho porque estoy po-
niéndome a full con las integradoras a ver si me llevo menos materias
que el año pasado. No es que me joda estudiar en vacaciones (medio que
me acostumbré a eso), sino que ya quiero dejar el colegio de una vez por
todas. Es raro, por un lado no quiero que termine este año, pero por otro
lado me agarra una ansiedad terrible por conocer qué me depara el que
viene. Por lo pronto, sé que inevitablemente voy a ir en diciembre, pero
si me llevo pocas tal vez zafo de febrero.
Lo que te iba a contar es otra cosa, ayer surgió algo inesperado, nada fe-
liz, que me hace volver a escribirte mientras tengo el libro de Inglés abier-
to en las rodillas para no sentirme tan culpable de no estar estudiando.
Paso a contarte: estábamos en Lengua con Marisa cuando de repente
nuestra preceptora golpeó la puerta y —extrañamente— no entró sola,
sino con el rector del colegio y la directora de secundaria. Para que te
des una idea, el rector entra a un aula solo para dar comunicados im-
portantísimos, por lo cual se hizo un silencio completo. Nos miramos
con nuestros compañeros y, sin decir nada, empezamos a acomodarnos el
uniforme, a sentarnos bien y a esconder celulares (si nos ven usándolos en
clase sin permiso nos lo sacan). Finalmente, la preceptora le susurró algo
en el oído a Marisa y su rostro se transformó. Se levantó del asiento y ca-
minó hacia los otros dos. A mitad de camino se frenó y miró fijamente a
la directora, como sospechando lo que estaba sucediendo. Marta asintió y
se acercó a su colega justo a tiempo para sostenerla porque aparentemente
El arte de negar • 275
le estaba bajando la presión. Carlos también la agarró y salieron los tres
sin decir una palabra.
Nuestra preceptora quería disimular, pero no pudo, unas lágrimas
brotaron de sus ojos de una forma que no pudo controlar. Cuando se dio
vuelta para secarse era tarde, todos habíamos entendido que algo grave
estaba pasando. La primera en hablar fue Tati:
—Carla, ¿qué está pasando?
Nuestra preceptora estaba quebrada y ya no hacía esfuerzos por
ocultarlo.
—¿Qué pasó? —insistió Tati—. ¿La van a echar?
La joven negó con la cabeza.
—¿Entonces?
Carla respiró profundo y mientras sacaba unos pañuelos del bolsillo,
finalmente nos dijo:
—Nos acaban de llamar de la clínica. La situación de la sobrina se
complicó de repente y... no hubo nada que hacer. Falleció hace unos
minutos.
Nunca en la historia del colegio, esa aula permaneció por tanto tiem-
po en silencio. Mientras te escribo lo recuerdo y se me pone la piel de ga-
llina mientras me ataca una angustia en el pecho que no puedo controlar.
Mejor vuelvo a inglés y mañana te cuento el resto.
Miércoles 2
Querido Diario: todos nos habíamos olvidado por completo de que
Marisa tenía a la sobrina enferma. A principio de año nos sorprendimos
cuando la vimos casi pelada, pero al día siguiente se transformó en noticia
vieja y seguimos con nuestras cosas. No digo que eso esté mal, si vivié-
ramos amargados por los problemas ajenos no tendríamos ni un respiro
276 • angie sammartino
de felicidad. Sin embargo, a veces nos olvidamos demasiado rápido del
contexto del otro (y muchas veces ni siquiera nos damos la oportunidad
de conocerlo).
A mí algo que me apasiona es mirar a las personas y preguntarme qué
historia estarán escribiendo en ese momento que desconozco. Otros pre-
fieren ignorarlo. Sin ir más lejos, durante este año más de la mitad de mi
curso NI SE ENTERÓ de que me reencontré con mi viejo y que descubrí
que su nueva pareja era un hombre. Muchos ni siquiera sabían que no
lo veía desde hace años. Tampoco saben que me cruzo todos los días por
los pasillos al que alguna vez fue el amor de mi vida, a una persona que
cuando todos miran ven al “preceptor chistoso de cuarto año”, pero yo
veo más allá de su “yo laboral”.
Siento que todos somos actores de nuestras propias vidas y vamos
eligiendo qué faceta mostrar en cada lugar, pocas veces nos mostramos
íntegramente como somos. Tal vez una de las razones por las cuales nos
protegemos tanto es porque, cuando revelamos algo que para nosotros es
de suma importancia, al resto le conmueve por un rato y después es cosa
del pasado. Y a veces es preferible callar antes que hablar y confirmar que,
lo que nos pasa, les da lo mismo.
Jueves 3
Querido Diario: desde el lunes estoy dando vueltas para contarte algo
y no me animé porque, como siempre, siento que dejar por escrito las co-
sas, las hace reales. Y no quiero que esto se haga real. Ni siquiera sé qué es
“esto”. Bueno, te voy a contar solo los hechos, voy a tratar de no interpre-
tarlos por el momento porque sino me va a aumentar el dolor de cabeza.
Necesito poder sacarme de adentro esta historia para poder concentrarme
en estudiar Matemática para la integradora de mañana.
El lunes, después de que Marisa se retiró del aula, tuvimos hora libre
El arte de negar • 277
hasta que salimos porque claramente estaba el clima muy revolucionado
como para que alguien pensara en dejarnos tarea. De a poco volvió el bu-
llicio al aula y, con el transcurso de los minutos, volvió a su estado natural
de risas y ruido. De ahí me fui a almorzar a lo de Tati que supuestamente
me iba a explicar los cuentos de Inglés para la prueba, pero, como era de
esperar, ni bien me empezó a explicar el primero, nos acordamos algo de
Bariloche, nos colgamos buscando una canción que no recordábamos el
título, después encontramos fotos nuestras que no habíamos visto de las
cuentas de Instagram de los boliches y así, una cosa llevó a la otra, hasta
que se hicieron las ocho de la noche y la mamá de Tati se acercó a donde
estábamos.
—Chicas, les dejo plata en la mesa para que pidan la cena porque no
voy a estar seguramente.
—¿A dónde vas? —preguntó Tati.
—Voy al velorio de la sobrina de Marisa, tengo que hacer acto de
presencia en nombre de los padres del colegio. Pobre chica, tenía la edad
de ustedes.
—¿Qué tenía exactamente?
—Según entendí, Leucemia —explicó—, parece que venía mejoran-
do y, de un momento para el otro empeoró.
—Ya lo creo, tendrías que haber visto la cara de sorpresa de la vieja.
Casi se desmaya, lástima que la agarraron justo...
—¡Tati! —le grité.
—¿Qué? Siempre nos trató mal, esto no cambia nada, la sobrina me
da pena, pero ella no. Todo vuelve...
—A vos te da bronca que no te puso diez en la monografía.
—¡Y tengo razón! ¡Estaba perfecta! Ni siquiera un nueve, ¡un siete
cincuenta me clavó!
La mamá de Tati no dijo nada. Cuando estaba por salir de la habita-
ción la frené:
278 • angie sammartino
—¿Hay… posibilidad de que vaya con vos? —le pregunté.
—¿Al velorio?
—Sí. No sé, me dieron ganas de ir a saludar a Marisa, ¿vamos Ta? Es
un gesto…
—¡Ni loca! ¿Qué te fumaste, Ana? Nos viene haciendo la guerra hace
bocha, la única amonestación que tengo es culpa de ella.
—Pero esto no tiene nada que ver.
—Ana, si querés venir decidí rápido —interrumpió la mamá de
Tati—, porque tengo que pasar a buscar a alguien más y no quiero ir
muy tarde.
—Bueno voy —dije—. Tati mañana me contás en clase lo de Inglés,
¿dale?
—Si no me pinta irme a un velorio sí.
—Dale, naba, ¿posta no querés venir?
—No voy al velorio ni muerta... ops.
Nos tentamos de la frase bizarra que dijo sin querer, junté mis cosas y
me fui con la mamá de Tati.
Ni bien llegamos a la sala velatoria me di cuenta de que todavía tenía
puesto el uniforme del colegio, si me hubiera avivado antes le podría ha-
ber pedido ropa negra a Tati, pero ya era tarde. La mamá de ella entró y
se acercó a saludar a otros padres y a profesores del colegio, yo me quedé
en la puerta mirando la escena por un instante.
Recordé automáticamente la única vez que estuve en un lugar similar:
cuando falleció mi cuñado, ese sí que fue un día triste. Todo era parecido
salvo que el velorio de Facu había sido a cajón cerrado porque el acciden-
te había sido muy terrible. Me acordé lo sola que me había sentido ese
día. Papá ya no vivía en casa, mamá estaba cuidando a Eli en la clínica y
yo fui a despedirlo en representación de ellos. Era todo igual: en el aire
se respiraba tristeza y lo único que se escuchaba eran susurros. La gente
El arte de negar • 279
habla bajito en los velorios, me resulta entre irónico y gracioso que nos
pongamos solemnes justo en el único lugar en el que al agasajado le chu-
pa un huevo si gritamos, lo saludamos o no le prestamos atención. Como
sociedad tenemos una tendencia horrible a ser más respetuosos cuando ya
es demasiado tarde, cuando ya no importa.
Busqué con la mirada a Marisa, pero en vez de eso encontré un grupo
de adolescentes de la misma edad que yo, abrazándose y llorando descon-
soladamente. Lo que para la mamá de Tati y para mí era el escenario de
una “presencia social” para ellas era la locación de la última vez que verían
a su amiga, horrible. Hubo una chica que me llamó la atención, estaba al
fondo sentada en una silla, sola, con la mirada fija en el cajón. La chica se
levantó de repente y salió tan apurada que me empujó sin querer. Cuando
me chocó la miré por un instante y me pareció reconocerla, esa chica ha-
bía estado en Bariloche en la misma fecha que yo. No me preguntes por
qué, pero la vi tan mal que salí a ver si necesitaba algo, tenía la sensación
de que se estaba por desmayar o algo así. La encontré en el baño, mirán-
dose al espejo, pálida.
—¿Estás bien? —le pregunté.
La chica se asustó un poco al verme.
—¿Me ves bien? —respondió cortante.
Sus ojos estaban rojos pero secos, como si se estuviera conteniendo el
llanto hace horas.
—Perdón. Fue una pregunta de mal gusto. Quiero decir, te veo páli-
da, ¿te traigo algo para tomar?
—No. Si me desmayo mejor, me lo merezco. Y ojalá me golpee muy
fuerte y me muera yo también.
Mientras decía esto apretaba los puños bien fuerte y su cara estaba
roja de ira.
—No digas eso... digo, sé que es muy feo todo, pero no sirve de nada
que te castigues así.
280 • angie sammartino
—¿Y vos qué sabés?
—Nada, tenés razón. Mejor me voy.
Estaba abriendo la puerta y me frenó:
—¿Y vos de dónde la conocés a Caro? No te vi nunca.
—No, eh... yo la conozco a Marisa, la tía. Es mi profesora, vine a
saludarla. Ana, es mi nombre.
—Ah, soy Sabrina.
—Lo siento mucho, Sabrina, lo que pasó, solo me puedo imaginar
cómo debés estar. Aunque una vez viví algo así, no era una amiga, pero
era mi cuñado, casi un hermano para mí. En fin, quiero decir… te en-
tiendo un poco lo que debés sentir.
—¿Cómo se supera algo así? —me preguntó.
—Realmente no sé. Creo que es cuestión de darte tiempo para
aceptarlo…
De repente, me encontré dando consejos que no sabía de dónde sa-
lían, pero sentía la necesidad de decirle cualquier cosa que hiciera que esa
chica sintiera un poco de esperanza, ¡me daba tanta pena!
—Yo… ella era mi mejor amiga —me confesó mientras los ojos se le
empañaban nuevamente y trataba de disimularlo—. Hay algo que yo le
tenía que decir, pero fui una cagona y ahora ya es tarde… y...
La chica temblaba.
—Podés llorar, eh —le dije—. No nos conocemos, no sientas ver-
güenza, no me vas a cruzar más.
—¡Es que no puedo! No me merezco llorar, yo hice algo terrible y
ahora ella... es injusto todo.
—Guardándote la angustia y dejando que te coma por dentro no ga-
nás nada, creeme, conozco gente así.
La chica miró hacia abajo, pero vi que empezaban a caer lágrimas por
su rostro, y no las frenaba como antes.
El arte de negar • 281
—Yo hice algo muy feo, le guardé un secreto a mi mejor amiga y aho-
ra es tarde. Quería decirle, pero no me animé, me van a quedar guardadas
las palabras para siempre.
—¿Querés contarme qué pasó?
—No, es injusto que una desconocida se entere antes que ella. Daría
cualquier cosa por volver el tiempo atrás, ahora ya es tarde.
La chica seguía llorando y yo ya no sabía qué decir. No me quería
meter demasiado porque no la conocía y me daba un poco de miedo su
forma fatalista de hablar, no quería ser la causante de otra tragedia en el
mismo grupo de amigas. Entonces se me ocurrió una idea. Agarré mi
mochila, te saqué a vos, querido Diario, te arranqué unas hojas (perdón
por eso), y se las di junto con una lapicera.
—Tomá.
—¿Qué es esto?
—No tenés por qué contarme a mí ni a nadie lo que te está pasando,
pero escribítelo a vos misma. Yo hago eso, este es mi Diario y registro todo
lo que me pasa. Sé que puede sonar cursi, pero sirve para sanar un poco,
no sé cómo explicarlo, cuando escribo algo que me angustia es como que
me lo saco un poco del cuerpo, se aliviana el peso… tal vez te ayude a
sacar esas palabras que eran para tu amiga y te quedaron atragantadas.
Sabrina me miró un poco raro, pero paró de llorar y agarró lo que le di.
—Gracias. No sé si… igual gracias. Me voy con las chicas un rato.
—Sí, por supuesto.
La chica se fue. Yo esperé un instante, respiré profundo y salí del baño.
Estaba tan metida en mis pensamientos reflexionando sobre lo que
acababa de pasar que no registraba nada a mi alrededor. Cuando qui-
se darme cuenta, estaba frente al cajón, al lado de Marisa, dándole un
abrazo tan fuerte que casi nos dejamos sin aire. Ninguna dijo nada. Mi
282 • angie sammartino
profesora hizo un gesto con la cabeza que yo conocía: me agradecía en
silencio porque si lo hacía con palabras iba a llorar y estaba cansada de
eso, lo sé porque viví lo mismo con Facu.
Me conmocionó tanto verla así que cuando nos separamos, di unos
pasos para atrás sin fijarme que había alguien y lo pisé sin querer.
—¡Uy, disculpá! —le dije.
La casualidad o el destino quisieron que el destinatario de mi pisada
fuera nada más y nada menos que… el innombrable.
Claro, cierto que trabaja en el colegio, ¿cómo no se me ocurrió que podía
a estar?
—Todo bien, no fue nada, ¿estás bien? —respondió en un susurro.
—Sí, no, digo, no sé.
—¿Viniste sola?
—Con la mamá de Tati.
—No sabía que te llevabas tanto con Marisa, pensé que más bien
ustedes…
—Sí, nos llevamos mal, pero qué sé yo, esto es distinto. Ahora me da
lo mismo, igual, Tati sí la odia.
—Sí, me enteré porque Julián me preguntó si como preceptor podía
hacer algo por la nota que le puso.
—Son unos exagerados, encima aprobó.
—Lo mismo le dije. Che —se interrumpió—. ¿Vamos a charlar afue-
ra? Porque si hablamos así de bajo cuesta entenderse y si hablamos en
tono normal nos miran todos mal… como si a ella le importara, ¿no?
Me reí por fuera y por dentro. Esto amaba de N, tenía las mismas
reflexiones que yo y se reía de las mismas cosas.
—Dale —respondí—, total ya saludé a Marisa.
El arte de negar • 283
284 • angie sammartino
Mientras salía crucé miradas con Sabrina y un escalofrío me recorrió
el cuerpo. Ella me agradeció también con un gesto de cabeza que le de-
volví. Salimos a la sala y nos pusimos a charlar en el pasillo. Hablamos de
lo incómoda que era la situación para los que no conocíamos a la chica,
hicimos los clásicos chistes de humor negro y le conté lo que me había
pasado con la chica del baño (obvio lo del Diario no se lo dije, si se da
cuenta de que escribo sobre él todo el tiempo, ¡me mato!). La realidad es
que no caía en lo que estaba pasando, era todo tan bizarro. Por un lado ya
me quería ir del lugar, pero, por otro lado, no quería dejar de compartir
tiempo con él.
—Al final nunca me contaste lo que pasó con tu papá, ¿te sirvió mi
consejo o arruiné todo?
—Lo seguí y estuvo muy bien, gracias por haberme ayudado con eso,
estaba desorientada cuando recibí su mail y necesitaba tu… bueno, una
opinión externa.
—Entiendo, ¿y cómo resultó todo?
—¡Uy! Es una larga historia.
—Te invito a cenar y me la contás —propuso—. ¿Te va? Ya me esta-
rían dando ganas de irme de este lugar, pero me interesa la historia.
¿Queeeeeé? ¿Yo escuché bien? ¿Él es el que propone seguir compar-
tiendo tiempo conmigo y no soy yo la que busca excusas para retenerlo?
Debo decir que por fuera me quedé con la boca abierta de la sorpresa,
pero por dentro, sonreí.
—Eh, no sé, porque la mamá de Tati… —dije mientras ganaba tiem-
po para entender lo que estaba pasando.
—A menos que tu novio te esté esperando a cenar o algo así.
Ah bueno, ¿alguien está celoso? ¿O sea que no se enteró que Gael y yo
cortamos? Naaa, es obvio que Julián le contó y quiere corroborarlo. Pero ¿por
qué? No solo ya me demostró que no le intereso de ESA forma, sino que ahora
El arte de negar • 285
que trabaja en el colegio y lo nuestro es un asunto prohibido. Igual le voy a
dejar en claro que a Gael lo dejé yo. No sea cosa que vaya por la vida pensan-
do que a mí me rebotan todos.
—Con Gael no estamos más juntos. Él se la pasa entrenando y no
tiene tiempo, le dije que no podíamos sostener una relación así —expli-
qué—, conmigo es a todo o nada, no me sirven las medias tintas.
Paráááá, ¿qué te hacés la canchera? Recién andabas llorando por las ami-
gas de la chica que se murió y ya estás coqueteando con el preceptor de cuarto
año enfrente de medio colegio. ¿En qué estás pensando, Ana?
Esta vez decidí ignorar a la bendita voz de mi cabeza que me boicotea
y cuestiona todo lo que digo y hago.
—Acepto la cena —dije finalmente—. La verdad es que tengo hambre.
Le avisé a la mamá de Tati que me había encontrado con un amigo
que me llevaba a casa y fui con N hasta su auto casi corriendo porque ha-
bía empezado a llover. Me senté en el asiento del acompañante y recordé
que la última vez que había estado ahí había sido hace mucho tiempo,
¡parecía tan lejano! Luego recordé las otras veces, oportunidades en las
cuales el vehículo había sido escenario de nuestros besos más apasiona-
dos. Traté de borrarme esas imágenes de la cabeza y puse música para que
no hubiera tanto silencio.
N estaba revisando su celular.
—Ana, ¿te jode si vamos a casa? —me preguntó—. Porque mi her-
mana me está pidiendo que le lleve el auto y si no me va a romper las
bolas toda la cena. Podemos pedir delivery y cuando ella vuelva te llevo a
tu casa, ¿te va?
—Eh sí, sí. Ningún problema.
Antes de seguir el relato quiero que sepas que no pasó nada y que
simplemente estuvimos charlando como ¿amigos? que somos. ¡Qué sé
yo! El pibe no querrá nada, pero se nota que conectamos en algún nivel
286 • angie sammartino
porque le gusta compartir tiempo conmigo y filosofar sobre la vida. A mí
también me gusta y me di cuenta de que quería recuperar eso, aunque no
pudiera haber algo más. Por cierto, te dije que me ibas a retar porque pasó
algo más: se hizo tarde y la lluvia se transformó en el diluvio del siglo.
Le propuse tomarme un taxi, pero me dijo que “bajo ningún punto de
vista me iba a mandar en uno sola” y respeté su decisión. Sin embargo, en
algún momento nos quedamos dormidos y sí, pasé la noche en su casa.
Durmiendo en su cama. Con él.
Al día siguiente nos despertamos sin entender demasiado qué había
pasado hasta que recordamos todo y corroboramos que nada raro había
sucedido. Antes de salir del cuarto chequeó que no hubiera nadie despier-
to de su familia para que no me vieran (vive con los papás, la hermana y
el hermano) y flashearan cualquier cosa. Después, efectivamente, fuimos
al colegio juntos.
Ninguno de los dos hizo comentario alguno sobre lo extraña que era
la situación, siendo que se trataba de nosotros, preferimos el silencio y
dejar que las cosas simplemente SEAN. Obvio que ni bien entré al aula
les conté todo a las chicas, imaginate la cara de Tati y de Cami cuando les
dije dónde había dormido. En parte estaban contentas de que no estuvie-
ra sufriendo por Gael y en parte estaban preocupadas de que volviera el
innombrable a la escena.
—¿Estuviste con él? —preguntó Tati casi a los gritos.
—¡No! Shh. —La callé—. No hablemos más acá porque si escucha
alguien va a pensar cualquier cosa.
—Cualquier cosa no… van a deducir que te estás vengando de Gael
acostándote con tu ex… ¡es genial! —saltó Camila.
—Es patético, no genial —respondí—. Además casi nadie sabe que yo
me comía a N. Encima nos quedamos dormidos después de un velorio,
no es que tuve un reencuentro romántico con un amor platónico, era
todo un bajón, ojalá hubiera pasado algo, pero nada que ver.
El arte de negar • 287
—¿Cómo ojalá? —interrumpió Tati—. ¿No era que lo habías supera-
do? Ay, Ana, por favor, no saltemos del problema de Gael al de Nahuel,
danos un respiro.
—Ah, bueno, perdón —le respondí casi enojada—, habla la que se
está comiendo al pibe que me moví en las vacaciones.
La cara de Tati cambió y al instante supe que no debería haber hecho
ese comentario.
—¿Querés que volvamos a debatir ese tema? —preguntó ella—. Te
dije que Esteban a mí me gusta y él ni se acuerda que estuvo con vos.
—¡Ja! Con amigas como vos, para qué tener enemigos, ¿no? —inter-
vino Camila.
—Y vos no saltés que todavía no nos dijiste por qué lo rebotás tanto
a Martín —contraatacó Tati—. ¡Es un amor de pibe y está reatrás tuyo!
¡Aprovechá! Es Youtuber, es fachero y gusta de vos… ¡no sé qué más
querés!
—Quiero que no me jodan más con ese tema, pensé que había que-
dado claro, no me gusta.
Camila se levantó ofendida y se fue a sentar a otro banco.
—¿Qué bicho le picó a esta?
—Ya sabés que es un tema sensible.
—Sí, pero no entiendo por qué. ¿Pensás que es por los kilos demás?
Onda que no le gusta cómo se ve ¿o algo así? Yo podría pasarle tips de
alimentación.
—¿Qué? Dejala en paz, no tiene nada que ver con eso.
—¿Y vos qué sabés? Tenés más información, ¿no?
Me quedé callada un instante y recordé todo lo que me había contado
Martín sobre el pasado de Camila y también la charla con mi hermana en
la que me había sugerido que respetara sus tiempos para contarlo.
—No sé nada —respondí finalmente—. Pero la conocés, ya se le va a
pasar, dejala tranquila.
288 • angie sammartino
Camila no nos habló por el resto de la clase y se fue sin saludar. Según
Tati es una chica demasiado creída y orgullosa; para mí, tiene más secre-
tos de los que podemos imaginar.
Domingo 20
Querido Diario: no hay demasiado para contar salvo que vengo zafan-
do un par de materias. Por suerte en Geografía, que venía floja, me saqué
una nota excelente gracias a Gabi que hizo un trabajo práctico conmigo
y ahora tengo altas probabilidades de aprobarla. En Inglés me fue bien,
pero en Matemática no, creo que con esa ya no tengo esperanzas. Igual
Cami se la lleva también, así que de última sé que en diciembre no voy
sola.
Hace un rato estuve mirando la tele porque medio planeta me escribió
para contarme que a Gael lo habían puesto a jugar los últimos minutos
del partido de River en primera. Por lo que leí, un jugador importante se
lesionó y prefirieron sacarlo rápido para guardarlo para la otra copa que
están jugando. Por un instante fue raro verlo a través de la tv y me dieron
ganas de estar con él para poder charlar después del gran evento y ser
parte de eso. Confieso que me picó el bichito de la duda, ¿y si hice mal
en dejarlo? Por suerte cuando terminó el partido me contuve las ganas
de escribirle mientras en el grupo de whatsapp del curso lo felicitaban y,
cuando pasó la novedad, me olvidé del asunto.
Esta semana que se viene tenemos la última integradora (Lengua) y
listo, irremediablemente se nos termina el año. Según lo que me dijo N
(estuvimos teniendo alguna que otra charla de pasillo, pero lo mismo
que en su casa, tipo amigos), Marisa se tomó unos días, pero esta semana
vuelve y se reincorpora a todas sus horas. Como si fuera poco, el domingo
que viene es el cumple de Tati y eso es un evento que no pasa inadvertido
en mi vida. Por el contrario, en estos días tengo que hacerme tiempo para
El arte de negar • 289
comprarle el regalo y atender a todos sus pedidos de cumpleañera. Ya
aprendí que su cumpleaños comienza por lo menos una semana antes del
día del evento, ya que es lo que le toma organizar la celebración. Siempre
hace fiesta temática y se gasta LA GUITA en boludeces de ambientación
y cotillón. Imagino que este año con el tema de la separación próxima de
los padres, van a querer darle todos los gustos, así que ya me veo yendo de
un lado para el otro porque ¿a que no adivinás quienes son miembros vi-
talicios del comité de planificación, de decoración y de compras? Exacto,
las amigas. Y ser la mejor amiga, en este caso, es mi perdición.
Va a ser un evento importante, van a estar en la misma fiesta Gael,
Nahuel y Esteban. Sigo sin entender por qué Tati sale con ese pibe, pero
ya me cansé de cuestionar y lo terminé asumiendo, así que este domingo
será su presentación en sociedad como novio más o menos oficial.
Sábado 26
Querido Diario: estamos a unas horas del cumple de Tati y ya tene-
mos la primera baja: Gael. Lo sé porque hace un rato subió una foto a
Instagram mostrando que estaba en la concentración para un partido que
hay mañana, así que sin dudas no va a ir a la fiesta. ¿Qué? ¿Te pensabas
que no lo iba a stalkear? ¡Todavía lo extraño, eh! Aunque no sé bien si lo
extraño a él en particular o tener alguien en rol de novio. Por un lado,
me parece que su ausencia de hoy es lo mejor que puede pasar porque
hubiera sido incómodo vernos en un ámbito no escolar. Por otro lado,
sinceramente, tenía ganas de verlo, acercarme con alguna excusa y pre-
guntarle cómo le estaba yendo con todo.
Ahora te dejo porque tengo que ir para lo de Tati que me llamó llo-
rando hace un rato porque se dio cuenta de que es la primera fiesta con
los padres separados, pero lo disfraza diciendo que está angustiada porque
las guirnaldas que compró el padre no combinan con la decoración de la
290 • angie sammartino
torta que eligió la madre. ¡Qué bueno que hablo seguido con Martín y
me ayuda a ver lo que dicen las personas sin hablar! Fuera de joda que con
él entendí que interpretar las palabras del otro y ponerlas en contexto es
clave, si no ya estaría puteando a mi mejor amiga en todos los idiomas.
Mañana te cuento si sobreviví.
Domingo 27
Querido Diario: ni bien llegamos con Cami a lo de Tati, la encontra-
mos en un estado de crisis nerviosa inexplicable. Por suerte Cami le llevó
ropa nueva y logramos distraerla eligiendo vestuario para la noche. Hacía
un calor terrible, así que la convencimos de frenar con los preparativos
y descansar un rato en la pile tomando sol. La verdad es que después de
este último mes tan intenso, entre las pruebas y la organización de los
eventos de egreso me vino bien aflojar un poco y dedicarme a no hacer
absolutamente nada.
Finalmente, se hizo la hora de empezar a ordenar todo y para eso vi-
nieron Julián y ¿adivinás quién más? Sí, N. Ni bien lo vi entrar pensé que
iba a ser incómodo, pero como la última vez había quedado todo bien, no
me jodió para nada. Al contrario, le pusieron la reonda: prendieron mú-
sica movida al palo y empezaron a hacer el fuego en la parrilla mientras
nosotras movíamos sillas, vajilla, velitas, luces y toda esa gilada.
La temática de este año era “ir todos de blanco” (cuando Tati me dijo
la puteé de arriba a abajo, odio el blanco, pero, claro, la flaca diosa ¿qué
sabe de colores que te hacen ver gorda?), así que cuando se hizo la hora
de cambiarnos, agarré uno de los vestidos blancos que había traído Cami
y me puse abajo la malla porque, si seguía el calor, sabía perfectamente
cómo iba a terminar la noche.
A eso de las nueve cayó el tarjetero, digo, Esteban. Cuando entró al
jardín se hizo un silencio prolongado hasta que Tati miró a todos y, mi-
rando especialmente a su hermano, dijo:
El arte de negar • 291
—Juli, él es Esteban, chicas ya lo conocen… sentite como en tu casa,
pichulín.
Dijo eso y el flaco le encajó tal beso que creo que estuvo cerca de
hacerle un lavaje de estómago. Cami y yo nos miramos y nos obligamos,
mentalmente, la una a la otra a no tentarnos. Tati solía tener actitudes de
nena caprichosa, pero siempre había sido cuidadosa y exigente con los
pibes con los que salía. De hecho a veces era exageradamente pretenciosa
y más de una vez mandó a cagar a chicos que podrían haber sido un buen
partido por el simple hecho de que no cumplían con todos los requisitos
de su lista de novio perfecto. Y sin embargo ahí estaba, mandándole len-
gua por doquier a un flaco que, como coordinador, se había levantado a
una piba menor en un viaje egresados y que, puedo decir casi con seguri-
dad, si cumplía con un ítem de la lista en cuestión, era mucho decir. No
me preguntes por qué, pero la imagen me resultaba patética, parecía una
obra de teatro mal actuada. No me podía terminar de creer que estaban
enamorados como ella decía. Me obligué a fingir que no pasaba nada y,
en mi afán por aguantarme la risa, corrí mi mirada y se chocó con la de
N que leyó mi pensamiento y sonrió disimuladamente.
Con el correr del tiempo fueron cayendo nuestros compañeros de cur-
so, los chicos que habíamos conocido en el viaje de egresados y algunos
amigos más de Julián. Se fue generando un clima digno de una gran
fiesta como quería Tati y todo marchaba a la perfección: la música estaba
buena, había alcohol de sobra y la gente se estaba divirtiendo (Tati no se
despegaba ni un segundo de su nueva adquisición masculina).
A la medianoche trajimos la torta y, como era de esperar, tras soplar
las velitas Tati terminó en la pileta. Por suerte yo filmaba así que nadie se
animó a empujarme, aunque otros no tuvieron la misma suerte. Después
de eso me puse a hablar un rato con Martín, que me contó que estuvo
tratando de acercarse a Cami de todas las formas posibles y no lo lograba.
Me pidió que hiciera algo, pero yo ya no sabía cómo explicarle que no
era tan fácil.
292 • angie sammartino
—No sé, encerranos en un cuarto, obligala a responderme los men-
sajes, ¡algo! Te juro que me desespera mucho tenerla cerca y no poder
hablarle.
—¿Y no barajaste la posibilidad de que no quiera hablar con vos? ¿Por
qué no esperás un poco a ver si se le pasa lo que sea que le haya agarrado
con vos?
—¡No! No entendés.
—Obvio que no entiendo, ¡si me contás las cosas por la mitad! Si me
dijeras por qué Camila estaba tan mal cuando se conocieron, tal vez…
—Ya te dije que estoy tratando de respetar su privacidad, nada más.
Me muero por contarte, pero siento que si se entera la pierdo para siempre.
—¡Sos fatalista, eh! Bueno, voy a tratar de hablar con ella, pero no te
prometo nada.
—¡Gracias, Ana! Te voy a deber una.
—Y me la voy a cobrar, quedate tranquilo.
Me levanté, pero antes de que pudiera ir a rastrear a mi amiga, Martín
me frenó y me dio un abrazo muy intenso. Antes de soltarme, me susurró
al oído:
—Parece que el innombrable no sabe que a mí me gusta tu amiga.
—¿Eh?
—Desde que me senté acá con vos que siento el filo de su mirada, no
te saca la vista de encima ni un segundo.
—¡Callate! ¿Qué decís? Eso ya pasó, ahora nos llevamos bien, pero
como amig… ¡ey! ¿Y vos cómo sabés quién es si no lo viste nunca?
—Hay un solo chabón en toda la fiesta que no para de mirarte y, por
lo que me dijiste, tu ex reciente no está acá.
—Mejor me voy a buscar a tu chica antes de que sigas diciendo
boludeces…
Martín me guiñó un ojo y me dio una palmada en el hombro mientras
El arte de negar • 293
yo me levantaba a buscar a Camila. No la vi por ningún lado, así que fui
para adentro, de paso dejaba el celu porque tenía miedo de que terminara
en el fondo de la pile por culpa de algún ebrio chistoso. Efectivamente,
la encontré saliendo del cuarto de Tati y, para mi sorpresa, tenía la cartera
en la mano.
—¡Ey! ¿Te vas? Pensé que nos quedábamos a dormir las dos…
—Eh, sí, pero me olvidé que mañana madrugo.
—¿Un domingo?
—¿Algún problema? Tengo que entregar unos moldes a la que cose la
ropa. Mandale un saludo a Tati por mí, por favor.
—¿Podemos hablar un minuto antes de que te vayas?
—Estoy apurada de verdad.
—¿Por qué estás escapándote tanto de Martín? Te lo digo bien, como
amiga, me gustaría que confíes en mí.
—Mirá Ana, te quiero mucho, pero esto no es un tema que quiera
debatir. Si sos mi amiga, ¿podés confiar en que tengo mis razones?
—Sí, claro.
—Gracias. Nos vemos el lun...
—Respondele los mensajes al menos, ¿puede ser? Hacelo por mí, para
que no me pida más que te hable. Cortale el rostro si querés o decile lo
que le tengas que decir, yo no me voy a meter, pero aunque sea hacé eso.
—Está bien, te prometo que lo voy a desbloquear y le voy a respon-
der UN MENSAJE. No más, no me interesa mantener contacto con él,
¿estamos de acuerdo?
—Estamos de acuerdo.
¿Qué habrá pasado entre estos dos para que Cami reaccione tan
determinante?
Menos mal que, al menos, cumplí con la promesa que le hice a Martín.
Me fui al jardín a contarle y me crucé a Tati que me preguntó por Cami:
294 • angie sammartino
—¿Camila también se fue? —preguntó histérica—. ¿Es una mierda la
fiesta que no se quieren quedar?
—¡Uy! ¿Ya te está pegando el Melón ese? ¡Está buenísima la fiesta!
Camila se fue porque se sentía mal. ¿Quién más se fue?
—Esteban, pero porque tenía que ir al boliche ese donde labura. ¿Para
vos me caga con esas trolas que bailan en los parlantes?
—No, Tati, nada que ver, vení vamos a divertirnos un rato.
Como te habrás dado cuenta, mi regalo de cumple hacia mi amiga es
tenerle paciencia, mucha paciencia. Bailamos un par de temas y por suer-
te Tati parecía haberse olvidado de todo y la estaba pasando bien. Hasta
que, sin previo aviso, se cortó la luz. Quedamos iluminados por las velas
y en silencio. En el momento de desesperación se me ocurrió una única
solución posible. Me acerqué a Martín y le dije:
—¿Te acordás que me debías una?
—Sí.
—Salvá la fiesta, por favor.
—¿Y cómo hago eso? No soy electricista.
—El hermano de Tati tiene una guitarra, tocá las canciones que toca-
bas en Bariloche, por favor te lo pido, remontame esto.
Sigo sorprendida de lo bien que resolví todo. Lejos de arruinarse, se
armó un clima ideal para terminar la noche. Martín tomó protagonismo
con la guitarra y acaparó la atención de todos, que se fueron acercando
rápidamente al fogón que improvisamos con las sobras de las brasas con
las que habían cocinado las hamburguesas. El cielo estaba despejado y lo
único que se escuchaba era a mi amigo que ahora, a pedido del público,
cantaba temas de Las pastillas del abuelo. Yo miraba la escena desde un
poco más lejos, en la oscuridad, sentada al borde de la pileta jugando con
los pies en el agua mientras la música resonaba en mi cabeza. De repente,
lo vi a N entrar a la casa y pensé “¿Se estará yendo? No, no te vayas, no te
vayas”. A los dos minutos salió nuevamente, en cuero y con una cerveza
nueva en la mano.
El arte de negar • 295
Mejor andate, tengo miedo de seguir mirándote como una boba.
♪ Ya estoy bien, ya me ordené en mi desorden, y aquellas voces no
me hablan más... Por favor, mentime y dame la espalda, otra vez no
quiero patinar. ♪
¿Será que siempre me va a generar ALGO verlo? ¿Alguna vez lograré
que su presencia me dé lo mismo?
♪ Pero eres para mí como la luna, que podría contemplarte hasta ser
viejo, radiante y más hermosa que ninguna, pero siempre tan lejos. ♪
Dejá de pensar. Es un tema cerrado. Nunca va a funcionar.
♪ Y aunque sé, que puedo estar sin vos, ¿cómo hacer, que quiera
estar sin vos? ♪
De pronto vi que pasó de largo el fogón y caminó en dirección a don-
de yo estaba. Apoyó la botella en el piso y se tiró de bomba a la pileta.
Unos segundos después emergió cerca de donde estaban mis pies.
—¡Me empapaste! —le dije en un susurro.
—Es que no veía la hora de tirarme, ¿te mojé mucho?
—No, todo bien.
—Ah, entonces en ese caso...
Movió sus brazos de abajo hacia arriba repetidamente tirándome agua
296 • angie sammartino
al mismo tiempo que yo me paraba lo más rápido posible, pero sin lograr
salir ilesa del ataque.
—¿Qué hacés? —le dije con falso enojo—. ¡Te voy a matar!
Agarré un flota flota que había por ahí y le empecé a pegar en la ca-
beza. Nahuel se sumergió una vez más y yo me preparé para un nuevo
ataque de agua. Sin embargo, cambió de estrategia a último momento y
me sorprendió agarrando el otro extremo del flota flota y tirando de él
logró que yo perdiera el equilibrio y me cayera en la pileta.
—¿Así que me ibas a matar?
Mientras yo me secaba los ojos y terminaba de entender que me había
caído, lo sentí acercarse, acariciarme el rostro y finalmente agarrarme de
la nuca.
♪ Porque después de todo he comprobado, que no se goza bien de lo
gozado, sino después de haberlo padecido. Porque después de todo he
comprendido, que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene
sepultado. ♪
Miró sobre su hombro y comprobó que la gente de la fiesta no nos
estaba mirando. Me empujó suavemente contra el borde de la pileta, po-
niendo mis piernas alrededor de su cintura y me dio el beso más lindo
que me dieron en mi vida.
♪ Pero yo les juro fui el testigo de esa magia que ellos seguirán com-
partiendo eternamente entre el tedio y la pasión, el instinto y la razón,
entre la perseverancia y la cruel resignación. ♪
Y, una vez más, es domingo a la noche y estuve todo el puto día tirada
en la cama, con una sonrisa de oreja a oreja, escuchando LPDA, volvien-
do una y otra vez a ese momento.
♪ Esa magia que no los va a dejar ser, nunca los va a dejar ser, dos
amantes del montón. ♪
El arte de negar • 297
DI CI EMB RE
Primeros días de diciembre:
Nahuel terminó de pasar las notas que le quedaban, suspiró y miró
el reloj de la pared: todavía faltaba un tiempo considerable para la hora
de salida. Se levantó para chequear que efectivamente la directora, que
ocupaba la oficina contigua, ya se hubiera ido y, tras confirmarlo, puso
música en la compu. Mientras sonaba de fondo Gustavo Cerati, buscó
inútilmente en los cajones del escritorio algo que le sirviera para engañar
el estómago, pero terminó sirviéndose un café y matando el tiempo con
jueguitos del celular.
♪ Veo las cosas como son, vamos de fuego en fuego, hipnotizándo-
nos... ♪
Eventualmente, le llegó el mensaje de whatsapp que estaba esperando.
Se levantó y salió de la preceptoría en dirección al aula de quinto año con
un papel en la mano. Se frenó, dudó un instante, pero continuó.
♪ Y a cada paso sientes otro Deja Vu... ♪
Golpeó la puerta, pidió permiso para pasar y le habló al profesor de
Matemática:
—Walter, disculpá, ¿me puedo llevar un segundo a... —hizo como
que chequeaba el nombre en la hoja— Ana?
—Sí, claro. Ana, andá con Nahuel.
—Es una cosa del boletí...
—Sí, sí, está bien. Ya le pasé los temas del examen igual.
En esta época del año los profesores están tanto o más hartos del co-
legio que los alumnos mismos. Muchos llegan al período de diciembre
298 • angie sammartino
con más agotamiento que vocación y algunos, como Walter, creen que
los de último año de secundaria tienen que sacarse rápido de encima las
materias que les quedan y concentrarse en empezar la facultad. Nahuel
conoce el colegio como la palma de su mano y a los profesores los tiene
fichados hace rato. Por ejemplo, con Walter tiene buena relación porque
había sido docente suyo y sabía que podía sacar a cualquier alumno del
aula que el profesor, lejos de tener problema, se lo iba a agradecer. De
hecho, la hoja que le mostró no era de boletín, sino el menú del bar de
afuera que había estado chequeando para ver qué almorzaba. Daba igual,
a Walter a esa altura le daba todo lo mismo. Ana primero fingió sorpresa,
esquivó la mirada de Camila y salió del aula para seguir al preceptor a
través de un pasillo, y otro más, y una escalera, y otro pasillo. Finalmente
se encontraron en la zona de los laboratorios de química y entraron al que
estaba más lejos de las escaleras.
♪ Similitudes que soñás, lugares que no existen, pero vuelves a pa-
sar ♪
Nahuel cerró la puerta, corrió las cortinas, ninguno habló.
—¿Podés creer que es la segunda vez en la semana que necesito sacarte
del aula para preguntarte algo y no me puedo acordar qué?
—Mm... la vejez genera amnesia.
—Ah, ¿sí? ¿Te parezco viejo?
—Yo no te quería decir nada, pero algunas canas te veo.
Le sonreí pícaramente.
♪ Vuelve la misma sensación, esta canción ya se escribió, hasta el
mínimo detalle ♪
—¿Y entonces? —continuó el preceptor—. ¿Qué hace un viejo en el
laboratorio de química con una nena que se llevó Matemática a diciem-
bre por paja?
Ana se defendió instintivamente. Los límites entre el histeriqueo y la
agresión, entre ellos, eran muy delgados.
—¡Ey! Primero, que vos la tengas fácil con las cuentas no quiere decir
El arte de negar • 299
que a todos nos resulte igual. Segundo, no soy una nena…
—No está chequeado.
♪ Sacar belleza de este caos es virtud ♪
—Te lo puedo demostrar.
—A ver, ¿cómo?
♪ Cerca del final, solo falta un paso más… ♪
Ana se acercó y el chico no la alejó. Estaba relajado, entregado al mo-
mento. Cuando estaba a unos imperceptibles centímetros de distancia,
ella le agarró las manos y las deslizó desde su cintura hasta su espalda,
Nahuel las mantuvo ahí. Se miraron fijo, sin decir nada y diciendo todo,
como tantas otras veces. Ana lo acarició con ambas manos, respiró entre-
cortadamente y eliminó la poca distancia que quedaba.
No le dio un beso. Le comió la boca.
♪ Siente un déjà vu ♪
Domingo 18
Querido Diario: me acabo de dar cuenta de que no te escribo desde el
cumple de Tati, ¡soy la peor! Claramente sos mi refugio cuando las cosas
están mal porque estos días de diciembre fueron movidos, pero, sorpre-
sivamente, bastante buenos. Y supongo que por eso no sentí la necesidad
de escribir. En realidad, quería dejar que todo fluyera sin hacer tanto
análisis porque parece que cuando me relajo las cosas se acomodan solas.
Confieso que un poco asustada estoy, tengo miedo de que se arruine todo
de un día para el otro, aunque al mismo tiempo estoy percibiendo una
seguridad que antes no sentía, ¿y si finalmente llegó el momento en el que
Nahuel está dispuesto a pensar algo serio conmigo? Ciertamente esta vez
es distinta a las anteriores, ¿tal vez porque egresé?
Ah, ¡eso! El 30 de noviembre fue oficialmente mi último día de clases,
por lo menos con el curso completo (extraoficialmente es mañana, que
rindo la última materia, no sé cómo, pero vengo zafando todo, será que
300 • angie sammartino
tengo una motivación extra). Ya sé, en este momento debería estar estu-
diando Matemática porque si apruebo no me queda nada para febrero y
me puedo ir de vacaciones más tranquila, pero es exactamente de eso de
lo que te quería hablar antes de volver a los resúmenes. Resulta que hace
un rato me llegó este mail de Benicio:
El arte de negar • 301
No hace falta que lo digas, ya sé, es una locura que me vaya de mochi-
lera por ahí con un pibe que, aunque sea mi hermanastro, conozco hace
menos de medio año (en realidad nos conocíamos de chicos, pero eso no
cuenta). Sin embargo, quería contártelo porque me pareció, no sé, un
poco copado. A decir verdad, ¡hasta lo consideré posible! Pero tranqui, ya
hace rato le prometí a Tati que iba a ir con ella a la costa como siempre
y además, justo este año, puede ser el que marque la diferencia porque
con Nahuel viene todo tan bien que si sigue así, el verano promete ser
interesante. Estar juntos en el lugar donde nos besamos por primera vez,
pero años después. Me miré la cadena que me dio Benicio con el dije del
espiral y recordé su significado: volver a pasar por los mismos lugares,
pero cambiados. ¿Y si por fin sí se da todo como quiero? ¿Y si esperar va-
lió la pena? ¡Va a ser todo lo que siempre soñé! ¿Entendés eso? Está bien,
el chico se tomó su tiempo, pero ¿quién no tiene mambos para resolver
antes de estar bien con alguien? Quizás ahora que me ve más grande se
anime a confiar más, a contarme sus problemas, ¿te imaginás? Él, yo y el
cielo estrellado de la playa de Villa Gesell reflejado en el mar como testi-
go de nuestro amor. Me fui a la mierda, ¿no? ODIO ser cursi, pero él es
quien saca mi lado más novelesco. Hace tres horas que estoy escuchando
una lista en Spotify que me hice exclusivamente para pensar en él, ¿estaré
mal de la cabeza? ¡Bueno! ¿Qué tiene de malo ponerle banda de sonido a
la vida? Ahora suena “Tú me estás atrapando otra vez”, a veces siento que
las canciones nos eligen a nosotros y no al revés. Okey, la lista la armé yo,
pero puse en modo aleatorio para que mi cabeza saltara de un pensamien-
to a otro, al compás de lo que se reprodujera.
♪ Me despierto pensando si hoy te voy a ver, pero es inútil negarlo,
tú me estás atrapando otra vez ♪
Para mí la música es más que una compañía, es una consejera. Y como
tal, a veces te dice lo que querés escuchar... y a veces no.
♪ Un arma de doble filo, contigo solo puedo perder ♪
¿Será que esta vez es diferente o mis ganas de que así sea están nublan-
do mi juicio?
302 • angie sammartino
♪ Te extraño cuando llega la noche, pero te odio de día… después
me subo a tu coche y dejo pasar la vida ♪
Bueno, ¿ves?, eso fue un cambio evidente: antes solo nos veíamos de
noche, ahora también tuvimos nuestros encuentros de día. Está bien, no
fueron muy duraderos porque eran en el colegio, pero la adrenalina que
se siente al estar haciendo algo que no sabe nadie más, lo vale.
♪ Y aunque alguien me advirtió, nunca dije que no ♪
¿Y cómo le voy a decir que no si me puede? Es más, ya que se la da de
genio con Matemáticas le voy a decir si podemos vernos en un rato para
que me ayude a repasar y de paso nos damos unos besos y esas cosas…
¿Quién te dice? Tal vez termino dormida de vuelta en su cama. Sí, ya fue,
le voy a escribir. Antes me hubiera dado más vergüenza plantearle algo
así, pero ahora que me está dando otro lugar me siento con la confianza
suficiente como para hacerlo.
El arte de negar • 303
Estaba en línea.
Leyó el mensaje.
Me clavó el visto.
No respondió nunca.
No estudié más.
No dormí.
♪ Y ahora tengo que esconder las heridas ♪
304 • angie sammartino
El arte de negar • 305
Lunes 19
Querido Diario: ¡me fue bien en Matemática! No sé bien qué pasó, ni
yo me hubiera aprobado. ¡Ah! Por cierto, falsa alarma con lo de ayer, no
era que N me quiso clavar el visto, sino que se quedó dormido. Esto lo sé
porque hoy, cuando llegué al cole a la mañana, tuve toda la intención de
ponerle cara de enojada, pero estaba demasiado preocupada por la prue-
ba así que, cuando N se acercó a preguntarme cómo estaba, no me salió
bardearlo, aunque sí lo apuré un poco.
—Che, ayer te escribí porque por ahí me podías ayudar, pero con un
“no puedo” como respuesta, era suficiente.
—Ah, eso te venía a decir también —respondió bajando la voz—.
Me quedé dormido jugando con el celu, te pido perdón, pero no vi tu
mensaje hasta que me levanté hoy y ya no tenía sentido…
¿Ya no tenía sentido? ¿Pueden ser tan ignorantes los hombres? ¿O
solo a él le faltó leer el manual de cómo conversar con una mujer? ¡SE
RESPONDE IGUAL, FLACO! Aunque lo hayas visto a las 3 a. m., LO
RESPONDÉS. Así yo no pienso que me ignoraste a propósito.
Un segundo pensamiento me atacó: ¿y si quería que yo supiera que no
le importo? No, claramente esto último no era porque si no, no hubiera
venido a preguntarme si estaba nerviosa por la prueba y a aclarar lo otro.
—Dejame compensarlo —se acercó y me dijo al oído para que nadie
más que yo pudiera escucharlo—, a la noche te paso a buscar y vamos al
río a festejar que te fue bien.
—¿Y si me va mal?
—Vamos a ahogar penas. Pero te va a ir bien. Ante cualquier duda
preguntá, Walter es capaz de darles la respuesta con tal de sacárselos de
encima.
306 • angie sammartino
Yo no sé si fue que Nahuel tenía razón o que la expectativa de verlo a
la noche me cargó de energías para rendir, pero, efectivamente acá estoy,
de vacaciones, egresada y esperando que me pase a buscar.
Guau, egresada.
Con todo esto de las materias de diciembre y el regreso del innombra-
ble a mi vida, se me pasó de largo el momento que tanto temí durante
todo el año: el fin del colegio. Chau profesores, chau uniforme, chau
compañeros. Creo que todavía no caigo. Nos quedan dos momentos cúl-
mines como alumnos de secundario: la ceremonia de egreso en el colegio
que es mañana (Cami me hizo un vestido DI-VI-NO) y, claro está, la
fiesta que es el miércoles.
Te dejo que acaba de sonar el timbre y le voy a tener que decir a
Nahuel que pase un segundo porque llegó demasiado temprano y como
colgué escribiéndote no me terminé de cambiar (además me copa que se
sienta con la confianza suficiente como para entrar a mi casa y eso).
***
Falsa alarma, era el hermano de Martín. ¿Sabés que acabo de confir-
mar la asquerosa sospecha de que se está viendo con mi vieja? Creo que
igual prefiero negarlo un tiempo más. ¡Encima me saludó como si nada!
Ahora le voy a escribir a Martín a ver qué sabe. Todavía no sé si me da
impresión o risa, pero prefiero tenerla a mi mamá entretenida que depri-
mida. En una de esas salir con un psicólogo la ayuda a dejar el lugar de
autocompasión en el que se pone siempre. No la juzgo, pero no debería-
mos ser los hijos los que carguemos con el peso de los temas no resueltos
de nuestros padres. Bah, no sé ni lo que estoy diciendo. Me voy a preparar
que en cualquier momento cae Nahuel.
El arte de negar • 307
Martes 20
Querido Diario: ayer fue de esas noches que no voy a olvidar jamás.
Nahuel me pasó a buscar tarde, fuimos a comprar helado y de ahí al río.
Nos quedamos en el auto, escuchando música y contemplando el paisaje.
Algo charlamos, pero, para ser sincera, no tengo idea de qué. Es lo de
menos. En mi corta experiencia aprendí que algunos momentos no se re-
cuerdan con la memoria, sino con el cuerpo. ¡Es tan lindo sentir química
con otra persona! No digo que con Gael no la tuviera, pero no sé, con
Nahuel es distinto. Tal vez la historia que arrastramos nos hace vivir con
más pasión cada momento o simplemente tenemos una conexión espe-
cial. Como te imaginarás, beso va, beso viene, terminamos los dos en la
parte de atrás del auto (por suerte tiene vidrios polarizados) matándonos
como hace rato no lo hacíamos. A decir verdad, fueron muy pocas las
veces que estuvimos ESTUVIMOS. Todavía no me puedo relajar com-
pletamente, pero tenía TANTAS ganas de estar con él que de a poco me
olvidé de la vergüenza y, cuando lo hice, la pasé bien. Nos quedamos ahí
hasta que amaneció y me llevó de vuelta a casa. Cuando llegamos tarda-
mos media hora más despidiéndonos a los besos hasta que le propuse si
no quería entrar a desayunar, pero me agradeció y me dijo que mejor no.
Claro, lo entiendo, vamos de a poco… ¡Bajá la ansiedad, Ana!
De todas formas eso no opacó la hermosa velada que vivimos. Cuando
llegué me fui directo a la cama, pero tardé muchísimo en conciliar el sue-
ño, no podía parar de rememorar cada abrazo y cada caricia.
No les conté a las chicas, quería guardarme el momento para mí. Sé
que están medio desconfiadas con el tema de Nahuel y tienen razón, pero
en este momento no quiero escuchar críticas, solo quiero disfrutar el mo-
mento. En parte ni yo misma me creo lo que está sucediendo, pero me
alegra que se haya dado así porque no se me puede ocurrir mejor forma
de arrancar el día del egreso, que junto a él. Todavía me cuesta mucho
aceptar que se termine el colegio, pero al menos ahora puedo ver que, ser
308 • angie sammartino
más grande, tiene sus beneficios. Te dejo que me voy a poner linda para
la celebración, tengo a un preceptor que deslumbrar.
Miércoles 21
Querido Diario: ¿qué bicho le picó a este pibe? ¡Me va a desesperar!
Cuando estamos solos me busca, me juega y me trata de manera espe-
cial, PERO si estamos en presencia de alguien es como si yo no existiera.
YA SÉ, ESTÁBAMOS EN UNA CEREMONIA DEL COLEGIO, NO
TE PIDO QUE ME DES LA MANO, pero ¿no me podés mandar un
whatsapp diciéndome lo lindo que me queda el vestido? ¿O felicitándo-
me? ¿O invitándome a salir más tarde? Por el contrario, ME IGNORÓ
COMPLETAMENTE y, de hecho, me saludó más seco que a cualquier
otra persona. Esto ya me cansa, se vuelve a repetir lo mismo de siempre y
me aburro a mí misma. Yo noto algunos cambios en él, pero ¿serán sufi-
cientes? ¿O tendré que plantarme como con Gael y obligarme a olvidarlo
de una vez por todas? Bueno, por ahí yo me hice la cabeza muy rápido y le
estoy pidiendo más de lo que puede dar. Ya fue, hoy me voy a concentrar
en la fiesta de egresados que por fin llegó después de más de un año de
planearla. Pero antes…
Ana sacó el celular y buscó el contacto de Nahuel.
Agenda >Editar contacto >Renombrar >“El Innombrable” >Ok.
La fiesta
Por fin llegó el tan esperado 21 de diciembre y con él, la fiesta de
egresados.
El curso se reunió en la casa de Juan para hacer la previa a eso de las
cinco de la tarde. Con el calor que hacía ya habían decidido de antemano
El arte de negar • 309
que no iban a llevar el disfraz puesto para no arruinarlo y poder pasar la
tarde en la pileta. Armaron licuados, tragos y jugaron con bombuchas. En
el aire se percibía un clima de ansiedad sin precedentes: todos querían que
llegase el momento de la fiesta, pero a la vez sentían la presión de disfrutar
cada segundo de ella porque, cual Cenicienta, cuando pasara la noche se
transformarían en adultos. Por lo menos así lo vivían.
Por suerte Ana y Tati pudieron no pensar en otros temas y se dedica-
ron a pasarla bien. Lo bueno de que la pre fuera exclusiva para los que
hacían la fiesta era que Gael no estaba, lo malo era que tampoco estaba
Camila.
Seguramente, Nahuel iba a estar en el boliche y Ana lo sabía. No se
podía mentir, ella deseaba que esa noche algo pasara entre los dos, aunque
fuera a escondidas. Sin embargo, no quería que fuera por presión de ella,
sino por ganas de los dos, así que ni bien empezó a sentir el calor del alco-
hol que estaba tomando en su cuerpo, se frenó, sacó el celular y lo apagó.
Si terminamos la noche juntos es una señal.
Cenaron relativamente temprano, se pusieron los disfraces y, mientras
las chicas se maquillaban y peinaban, los hombres jugaban a la play. Eran
las doce de la noche cuando el trencito de la alegría pasó a buscarlos a
todos. La mamá de Juan se sumó como adulta responsable y en el boliche
esperaban la mamá de Tati y la trola para acompañarla.
Ana nunca supo exactamente cuánto duró el viaje porque el alcohol
le bloqueó su capacidad de recordarlo, pero por suerte fue el único cor-
tocircuito mental que tuvo de la noche, el resto lo retuvo bien. Incluso
le quedó grabada para siempre la imagen bizarra de todos los personajes
de Disney en el tren de la alegría escabiados y bailando cumbia. Como
les había costado decidir qué disfraz querían les había parecido gracioso
hacer un tren de la alegría fiestero, así que simplemente se habían pues-
to de acuerdo en quién iba a representar a quién y cada uno se había
encargado de su disfraz. Juan era Tarzán, Gabi era Woody de Toy Story,
310 • angie sammartino
Paola era la sirenita, Tati era la bella durmiente, Ana era Elsa de Frozen
(después de hacerlo se dio cuenta de que hubiera sido más gracioso que
fuera Ana de Frozen, pero el disfraz ya estaba hecho) y había también un
Mike Wazowski, una minnie, un pinocho (por protección al lector no
diremos donde terminó la nariz falsa) y un par más. Claro que todos eran
una versión “ligera de ropa” del personaje en cuestión, pero se distinguían
bien. Cuando bajaron del trencito, Paola y un chico más se sentían tan
mal que se quedaron afuera con la Trola quien les dio agua para ver si
se recomponían. Es típico que haya bajas en las fiestas de egresados y es
algo que nadie olvida. Estadísticamente, siempre hay al menos uno que
va a pasar a la historia como “el gil que pagó un montón de plata por una
fiesta que no llegó a presenciar”.
El resto de los chicos entraron al boliche, en el cual fueron recibidos
con serpentinas, cotillón y papel picado. Camila estaba ahí esperándolas
así que abrazó fuerte a sus amigas y se pusieron a bailar en el medio de la
pista. El lugar estaba lleno de gente del colegio: chicos de cursos más ba-
jos, gente egresada e incluso algunos profesores y preceptores. Ana relojeó
un poco el panorama, pero no vio nada que le interesara, así que se obligó
a no pensar en N y a disfrutar de la noche. La estaban pasando tan bien
que no importaba nada más. Eran pasadas las 4 a. m. cuando se separaron
por primera vez: Tati dijo que iba al baño, Camila aprovechó para ir a la
barra para comprarse agua (hacía un calor terrible) y Ana lo vio a Gabi
sentado y se acercó para sacarlo a bailar. El chico aceptó y se divirtieron
un rato juntos. Ana no paraba de reírse porque Gabi no podía coordinar
ni medio paso de la coreografía y ella lo jodía con que era porque “había
una serpiente en su bota”.
Camila nunca volvió, pero sí Tati y le pidió a Ana que fuera urgente
para la zona de los baños.
—Andá, así no me rompe más.
—¿Quién? Estoy bailando con Ga...
El arte de negar • 311
—¡Andá! Yo me quedo con él.
Ana imaginó que N quería verla en secreto para no levantar sospechas
de la gente del colegio y fue corriendo para donde le indicó su amiga,
pero en lugar del innombrable, estaba nada más ni nada menos que Gael.
—Felicitaciones por el egreso —dijo el chico.
—Gracias.
—Estabas muy linda ayer con el vestido…
Ana asintió y sonrió. De pronto, tuvo un flashback de todo lo que
habían vivido juntos y le dio un abrazo.
—Quería despedirme bien de vos.
—No exageres —respondió Ana—, cuando se me pase la bronca po-
demos volver a tomar mate juntos.
—No creo. Me estoy yendo, me mudo Ana.
—¿Qué? ¿Volvés a Suárez?
—No, ojalá… pero no.
—¿Entonces?
—Me ofrecieron jugar en primera en un equipo de San Juan, no me
pagan demasiado, pero mi viejo dice que sirve para mostrarme y que
después me llamen de clubes más grandes.
—Ah, bueno… Bien, ¿no? Te vi el otro día, en la tele, te va a ir súper
bien.
—Ana, te voy a hacer una sola vez esta pregunta.
—Decime.
—Yo… estuve pensando mucho en nosotros y bueno, si vos me pedís
que me quede, yo me quedo.
Ana no esperaba que Gael le dijera algo así y se quedó un rato en silen-
cio. Por un momento pensó que había escuchado mal por todo el ruido
de fondo o por el alcohol que tenía en sangre, pero no fue así. Entonces
312 • angie sammartino
Ana se dio cuenta: el chico no quería irse, buscaba una excusa para que-
darse. Pero ella no se podía conformar con ser la excusa de alguien, ya
bastante que había vivido un año entero siendo “el reemplazo”, era hora
de estar con alguien que la quisiera a ella, no a lo que representaba.
—Perdón, pero yo no… lo nuestro ya no va a funcionar. No ahora.
Hubo muchas mentiras.
—Esperaba que dijeras eso. Al menos un poco te conozco.
Ana sonrió y no supo qué más decir. Agradeció que a esa hora ya se
le estuviera pasando el efecto del alcohol porque dos horas antes se le
hubiera tirado encima a Gael y hubiera confundido todo.
—Me voy con… las chicas me esperan.
—Sí, claro. Andá, te dejo disfrutar.
Se miraron y no se contuvieron de despedirse con un beso en la boca.
A Ana no le provocó nada. Es decir, el beso de Gael era tan bueno como
siempre, pero no le generaban ganas de quedarse con él ni mucho menos,
así que lo tomó como una señal de que estaba haciendo lo correcto en no
pedirle que se quedara.
Ana volvió al lugar en donde habían estado bailando antes, pero no
vio a sus amigas, así que se fue a la primera escalera que encontró y subió
al vip que estaba en la planta superior para tener una vista panorámica del
boliche. Lo bueno de que todos estuvieran disfrazados diferente era que
los hacía más localizables. Se asomó a la baranda y vio que Camila seguía
en la barra, pero no estaba sola, su compañía era nada más ni nada menos
que Martín. No estaban chapando ni nada por el estilo, pero Ana apostó
consigo misma que no se iban de ahí sin un beso.
En la otra punta del boliche estaba Tati charlando y riéndose mucho
con Gabi y se preguntó cómo serían siendo pareja. Tati no lo aceptaría
nunca, pero Ana creía que funcionarían bien. A lo lejos lo vio a Gael yén-
dose del boliche y cerca de ahí había un grupo de preceptores bailando y
dando vergüenza ajena (claramente no eran conscientes de que estaban
El arte de negar • 313
siendo fotografiados para futuros memes de redes sociales del alumnado).
Ana se quedó contemplando las cabecitas de sus compañeros de co-
legio mientras se preguntaba cuántos de ellos sobrevivirían en su vida y
cuántos estaría viendo por última vez.
Mientras tanto…
—Te dije que no sirvo para bailar —explicó Gabi por décima vez—.
¿Y vos querés que haga ese paso difícil?
Tati estaba tentada.
—¡Es un meneo nomás! Tenés que quebrar la cintura y... ¡No! ¡Así no!
Gabi desistió y se cruzó de brazos.
—Me niego a seguir pasando vergüenza. Me la voy a quebrar en serio.
—¡No seas exagerado! Mirá, seguí mis manos.
Tati colocó sus manos en la cintura de Gabi y empezó a moverlas de
un lado al otro suavemente mientras él levantaba los brazos tratando de
acompañar el ritmo. Cuando sintió a Tati tan cerca empezó a transpirar
el doble.
—¡Eso! ¡Así!
—¿Va mejor?
—No, pero es una pose demasiado graciosa. Agarró el celular y le sacó
una foto.
Gabi la miró sorprendido.
—Tranqui, es Snapchat, se borra en un día.
—¡Ahora te tengo que sacar yo a vos entonces! ¡Uy! Saliste con el
maquillaje corrido…
—¡Dame eso!
Empezaron a forcejear, un poco jugando y otro poco como excusa
314 • angie sammartino
para estar más cerca. En un momento se miraron y Tati asintió. Ella le es-
taba haciendo la seña universal que toda mujer hace cuando quiere que le
den un beso, pero Gabi no la entendió. O no quiso, porque tenía mucho
miedo de que Tati lo rebotara. Siguieron bailando, pero Gabi no paraba
de retarse por ser tan cagón. Hasta que decidió jugársela y que fuera lo
que Dios quisiera: la agarró a Tati del hombro, la acercó y cuando estaba
por chapársela… apareció Esteban.
—¡Ey, cowboy! ¡Gracias por cuidar a mi princesa!
El tarjetero había aparecido entre la multitud, agarró a Tati y le encajó
terrible beso enfrente de Gabi para marcar su territorio.
—De nada. Solo… solo estábamos bailando.
Gabi se atajó y se odió por haber sido tan lento.
—Ya sé, más vale.
Esteban se rio insinuando que Gabi no era competencia en absoluto
y le dijo a Tati:
—¿Vamos al castillo?
—No, me quiero quedar un rato más, ¿por qué viniste tan tarde?
—Estaba trabajando, bombón. Te lo voy a compensar después.
Le guiñó el ojo, pero Tati seguía seria. Lo miró a Gabi y dijo:
—Igual estábamos en el medio de unas clases de baile así que si me
disculp…
—No, ¡andá tranquila! —interrumpió Gabi—. Yo no voy a aprender
ni con quinientas clases.
Tati lo miró frustrada y se fue con el tarjetero.
Mientras tanto en la barra...
—Basta Martín, te dije que no quiero hablar más del tema —suplicó
Camila—. Por favor te lo pido, no me busques más.
El arte de negar • 315
—Le prometiste a Ana que me ibas a responder un mensaje y no lo hi-
ciste, no se me ocurrió otro lugar para encontrarte que acá, no te enojes…
—¡Claro que me enojo! Te respondí un mensaje como le prometí a
ella aclarando que no te quería ver, pero no estás respetando lo que...
¿Qué hacés con gorro en un boliche?
—Para que nadie me joda.
—Cierto.
—¿Qué pasó? ¿Por qué te borraste así? Hablar con vos me cambió la
vida, me quedé con ganas de seguir conociéndote y vos... desapareciste
así como así.
—¿Y no pensaste que tengo mis razones para hacerlo?
—Si es por lo de tu viejo quedate tranquila que tu secreto está a salvo
conmigo.
—¡¡¡Shhhh!!!
—No nos escucha nadie, hay demasiado ruido y están todos ebrios.
—No me importa. No se habla del tema. Te lo conté porque ya
sabés…
—¿Porque no planeabas seguir viviendo?
Camila asintió.
—Si ya sabés todo, ¿para qué me preguntás?
—Porque no lo sé todo. ¿Qué cambió? ¿Por qué decidiste no hacerlo?
—Me di cuenta de que tenías razón. Si me mataba le estaba haciendo
un favor.
—Me gusta que lo hayas entendido, pero ¿por qué no me buscaste?
Te podía ofrecer lugar en mi casa, compañía… ¡No tenés que estar sola
en esto!
—No entendés.
—¿Qué no entiendo?
316 • angie sammartino
Camila empezó a respirar con dificultad y se acercó para poder bajar
el volumen de la voz lo más posible.
—¿De dónde te pensás que sale la plata con la que me mantengo? ¿De
mi negocio? Es todo con la guita de él. Lo enfrenté y le dije que si no me
daba suficiente para irme a hacer mi vida a otro lado, lo iba a delatar.
—¡Muy bien! Estoy orgulloso de vos. Pero ¡pensás como yo! ¿Por qué
me vivís evitando?
—¿No te das cuenta? ¡Hice lo mismo que odio de él! Soy la misma
mierda. Me podría haber ido, buscarte, pedir ayuda. Pero no, quería vivir
bien, tener lo que me merezco.
—De alguna forma podría llamarse justicia.
—No, es una estafa.
Camila bajó la mirada.
—Y cada vez que te miro a los ojos recuerdo lo que soy, un fraude.
—No digas eso…
—Ya sabés todo, dejame ir.
—Pero ¿las chicas?
—Da igual, cuando se enteren que les mentí me van a odiar.
—Yo no voy a decir nada…
Martín y Camila se miraron intensamente por unos segundos. Camila
sintió el impulso de quedarse y pedirle un abrazo, pero le ganó el orgullo
y, finalmente, se fue.
Mientras tanto en el vip…
Ana giró su cabeza para ver quiénes estaban ahí arriba y encontró a la
trola sentada en un sillón con Paola dormida en sus piernas. La chica la
saludó con la mano y señaló a su hermana mientras se mordía el labio.
El arte de negar • 317
Ana leyó los gestos y sonrió falsamente, pero no se acercó. La mamá de
Tati charlaba muy entretenida con el profesor de Matemática (¿por qué
estaba Walter ahí a esa hora?) y había dos pibes de cuarto año en un sillón
chapando como locos. Volvió a apoyarse en la baranda mientras cantaba
las canciones y observaba a sus amigos. Tati ahora estaba con el tarjetero
haciendo un baile asquerosamente hot y Camila seguía con Martín, solo
que ahora estaban más cerca. De pronto empezaron a sonar los temas de
la banda de moda y todo el boliche se puso a saltar y a cantar a los gritos.
De N, ni rastros.
♫ Como quiero que me mandes un mensaje, llevo tus besos en mi
piel como un tatuaje ♫
En ese momento recordó que tenía el celular apagado y lo prendió.
No tenía ningún mensaje importante. No pudo evitar seguir pensando
en ÉL.
♫ me acuerdo de lo que hicimos ayer, sé que te gustó, a mí me gustó
también ♫
La habían pasado tan bien el lunes que no entendía cómo no le había
mandado aunque sea un mensaje de buena suerte en la fiesta.
♫ el teléfono no suena y yo me muero, solo quisiera que discaras
mi número ♫
Se quedó mirando el aparato. Si no tenía noticias de él hasta que
terminara la fiesta, lo iba a tomar como una señal de que debía olvidarlo.
Pero ¿cómo hacerlo? Se había ilusionado mucho con la idea de vivir un
amor de verano juntos.
♫ Llámame más temprano, bebé, las cinco ya es tarde para cual-
quier cosa que quieras hacer... ♫
Cuando se hicieron las 5 a. m. su celular vibró y suspiró: efectivamen-
te, era el innombrable.
♫ Sé que tomaste, se lo que querés ♫
318 • angie sammartino
—¿Cómo anda la reina del hielo?
—¿Dónde estás?
—Me tuve que ir porque Juli se sentía mal y lo llevé con el auto. Lo
acabo de dejar en la casa.
—Ah, qué lástima.
—¿Por?
—Quería verte. Me hubieras saludado al menos...
—No te quería joder en tu día especial, además no quería tentarme.
Ana se sonrojó y su corazón latió fuerte.
—A mí me hubiera gustado que te tentaras.
—La noche no terminó.
♫ Pero no da para que te lo dé… ♫
Ana se contuvo de responder rápido y se quedó pensando, ¿iba a ser
siempre así? ¿Estando ella pendiente de él, frenando su mundo hasta que
a N le pintara aparecer?
Le clavó el visto y guardó el celular.
Jueves 23
Querido Diario: cuando Nahuel se ofreció a pasarme a buscar casi le
digo que sí, pero me di cuenta de que si lo hacía, estábamos volviendo a
ser lo mismo que éramos antes. ¿Para qué negarlo? Ya sé lo que me espera:
conformarme con que nos viéramos de madrugada hasta que, eventual-
mente, quisiera pasar más tiempo con él y le terminara reclamando ver-
nos en otras horas del día, hacer otro tipo de planes y que fuera más cari-
ñoso. Él se va a asustar con el planteo, se va a alejar inesperadamente y va
a volver cuando las cosas se enfríen lo suficiente como para empezar todo
de nuevo. Es un círculo vicioso que él propone y yo acepto ciegamente.
El arte de negar • 319
Y ahora que soy consciente de eso solo me queda obligarme a cerrar los
ojos o hacer algo al respecto.
Entonces, por primera vez, pude verlo con claridad: no se trata de
querer sacar al innombrable de mi memoria cada vez que no me da la
atención que yo quiero, sino de entender que algunas historias son solo
momentos. Y solo yo soy la responsable de poner el punto final antes de
que la trama se torne repetitiva.
“No está mal que terminen las historias mientras haya historias que con-
tar”, dice una canción de Las pastillas, probablemente con razón. Tal vez
en el libro de mi vida, EL INNOMBRABLE sea ese personaje que cum-
ple el rol del primer amor: nada más, nada menos. Quizás su responsa-
bilidad fue enseñarme cosas que desconocía y, viéndolo así, puedo decir
que con él aprendí mucho. Ahora sé que soy tan capaz de enamorarme
como incapaz de definir ese sentimiento, descubrí que el corazón puede
romperse, pero que también puede sanar y entendí que, aun cuando dos
personas se atraen, si el momento no es el indicado, no va a funcionar.
Y sobre todo aprendí que si lo olvido, como tantas veces me propuse,
estoy borrando también una parte de mi historia.
Ahora estoy con los auriculares puestos y está sonando “El equivoca-
do”, de Mano arriba. Muy oportuno considerando que estoy por verme
con Nahuel en un rato. Sí, ¡ya sé! pensás que me estoy contradiciendo a
mí misma, pero no. Te prometo que esta vez algo cambió, ya no espero a
que lleguen las vacaciones para continuar una relación que no va a existir
nunca. Entendí que no puedo escribir historias de amor a mi medida y
que, si quiero salir del círculo vicioso, tengo que hacerlo por mí misma.
Hoy di un paso enorme, tomé una decisión que me costó muchísimo,
pero que creo que es la correcta: le respondí el mail a Benicio y le dije que
no me iba a ir a la costa con Tati, que aceptaba irme de viaje con él. ¿Sabés
lo que significa eso, no? No voy a tener ni la oportunidad de cruzarme
con el innombrable, por decisión propia.
320 • angie sammartino
El arte de negar • 321
En cuanto a Él, ayer le clavé el visto y hoy me mandó un mensaje
preguntando qué había pasado y si quería ir a tomar algo. ¿Ves cómo es?
Cuando no lo presiono aparece. Le dije que sí, pero sabiendo que es la
última vez que nos vemos. ¿Cuánto podés exigirle a alguien que no vas
a ver más? Exacto, solo podés pretender disfrutar el momento. Quiero
cerrar el cuento como corresponde y después, querido Diario, habrá que
salir a escribir nuevas aventuras.
♫ Porque no hay que andarse haciendo la cabeza, mientras no
aparece el indicado, disfrutemos, disfrutemos del equivocado ♫
Te dejo una última reflexión antes de irme. Ayer, en la fiesta, me tomé
un momento para observar detenidamente a cada uno de mis compañe-
ros y fui recordando todo lo que vivimos juntos en estos años de secun-
daria. Me di cuenta de que todos, en su medida, me modificaron en algo.
Y entonces, encontré la respuesta a preguntas que me hice y me atormen-
taron más de una vez: ¿Por qué me vinculo con gente que me hace mal?
¿Por qué pongo expectativas a cosas que no tienen futuro? ¿Por qué soy
tan negadora? ¿Por qué soy así?
Encontrar las respuestas a esas preguntas me ayudó a perdonarme y a
quererme un poquito más. Claro que también me trajo nuevas inquietu-
des, pero ¿qué tan entretenida sería la vida si la tuviéramos resuelta?
Ayer entendí que no es nuestra genética la que nos hace ser quienes
somos y hacer lo que hacemos, sino las historias que nos componen. La
infancia de mi mamá, la decisión que tomó mi viejo, el accidente que
vivió mi hermana, las llegada de Benicio, lo que le pasó a la sobrina de
Marisa, la carrera que eligió Gael, el beso que Gabi no le dio a Tati, los
secretos que guarda Camila, el cambio que hizo Martín, la amistad de
Julián y Nahuel... todas las historias de las personas que por algún motivo
me rodean son las que definen la mía, las que determinan quién soy, mi
verdadera genética.
Y ESE es mi verdadero ADN.
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El arte de negar • 323
E P Í L O GO
#LaHistoriaDetrásDeLaHistoria
Querido lector:
¡Hola! ¿Cómo estás? Si llegaste hasta acá dejame que te diga GRACIAS,
porque nada me da más placer que saber que te atrapé con mi escritura lo
suficiente como para que llegaras hasta el final.
Como tal vez sepas, #ElArteDeNegar está basada en mi historia real
y por eso para mí es una novela tan especial. Hubo una época en la que
todo lo que leíste me dolía de verdad y lo registraba por escrito porque
era mi forma de hacer catarsis. Recuerdo que me prometí a mí misma
que solo iba a contar esta historia si me enamoraba lo suficiente de al-
guien como para hacer que todo lo anterior ya no doliera. No podía
ser cualquier persona, tenía que ser ESA capaz de confirmarme que no
había perdido mi oportunidad de ser feliz en el amor (sí, a esa edad era
un poco trágica, pero ¿quién no vivió con intensidad los problemas de la
adolescencia?)
Creo que todos podemos ser amados, pero algunos nos permitimos
dudarlo, la mayoría de las veces porque todavía no aprendimos a hacer-
lo con nosotros mismos. Y si no nos valoramos, ¿por qué esperar que
lo haga otro? Parece simple, pero no lo es, el amor no es ese combo de
felicidad y saciedad sentimental que nos venden las películas: el amor
incomoda, asusta, trae problemas. Y no siempre amamos con nuestro 100
%. Amamos como podemos y como estamos: a veces a medias, a veces
incompletos, a veces rotos...
Si hay algo que entendí es que ninguno de nosotros escribe su historia
desde el principio, porque arrastramos todas las que nos rodean desde
que nacimos y nos condicionan. Nos habitan en la memoria, en el cuerpo
y en el inconsciente. Muchas veces no podemos reconocerlas a simple
El arte de negar • 325
vista, pero sí manifestándose en cada decisión que tomamos. Y por eso
la idea de amor que tenés vos puede ser radicalmente diferente a la mía,
porque cada uno la va construyendo con los ladrillos que tiene a mano.
¿Nunca pensaste qué es lo que hacés tan mal para chocar siempre con
el mismo tipo de amor no correspondido? ¿Nunca pensaste que debías
conformarte con el que te quiera porque peor es terminar solo? ¿Nunca
pensaste que hay personas que nacen destinadas a conocer el amor y vos
tal vez no sos una de ellas? Dejame que te diga que todas esas preguntas
pasaron alguna vez por mi cabeza y las fui respondiendo con el tiempo,
sobre todo, mirando hacia adentro y hacia atrás.
Hacia adentro porque siempre escribí lo que me pasaba y, leerme un
tiempo después, me ayudó a ver las cosas desde nuevas perspectivas. Me
sirvió para comprenderme, para aceptarme y para perdonarme.
Hacia atrás, porque me di cuenta de que muchas historias que yo vivía
no eran más que réplicas de historias conocidas: de mis padres, de mis
familiares, de mi entorno. Particularmente este libro es sobre mi historia
y las historias que me habitan. Es lo que escribo hoy para releer dentro
de un tiempo y poder seguir pensándome. Ojalá también sea parte de tu
vida y de cualquier lector que se sienta identificado con mis palabras y se
entretenga, emocione o reflexione su vida a partir de ellas.
Me encantaría contarles cuál es el final feliz de mi historia de amor
en la “vida real”, pero sería de negadora pensar que ya está todo escrito.
Por ahora, en este momento, mientras les escribo estas palabras, tengo a
mi lado a ESE hombre que no tiene personaje destacado en esta novela
porque es el protagonista de una historia real que resistió la negación y las
heridas pasadas. Si hoy pudiera opinar, me gustaría que fuera mi pareja
para siempre, pero no puedo asegurar que así será. Sin embargo, si de una
cosa estoy segura es de que se ganó para siempre un lugar en mi corazón
y en mi memoria porque, en definitiva, fue aquel que logró lo que nadie
había logrado: devolverle el nombre al innombrable.
Angie.
326 • angie sammartino
#ADNComunidad
#ElArteDeNegar no es solo una novela... es una experiencia que se
puede vivir a través de muchos medios.
Si querés conocer más del universo de el #ADN te espero en
www.elartedenegar.com
¡Gracias por ser parte de esta historia!
@AngieSammartino
Índice
❤ PRÓLOGO.. ................................ Pág. 7
❤ TEMPORADA I............................. Pág. 9
❤ TEMPORADA II........................... Pág. 84
❤ TEMPORADA III......................... Pág. 153
❤ TEMPORADA IV.......................... Pág. 263
Este libro se terminó de imprimir
en abril de 2018
Córdoba - Argentina
www.tintalibre.com.ar
[email protected]
+54 351 3581899