Plan Supremo de Evangelización - RE Coleman
Plan Supremo de Evangelización - RE Coleman
Robert E. Coleman
Este libro fue publicado originalmente en inglés por Fleming H. Revell Company bajo el
título The Master Plan of Evangelism. © Copyright 1963, 1964 por Robert E. Coleman. Las
primeras dos ediciones en español fueron publicadas por Editorial Caribe y la Casa Bautista
de Publicaciones. Traducido y publicado con permiso. Todos los derechos reservados. No
se podrá reproducir o transmitir todo o parte de este libro en ninguna forma o medio sin el
permiso escrito de los publicadores, con la excepción de porciones breves en revistas y/o
periódicos.
CONTENIDO
PRÓLOGO 2
INTRODUCCIÓN 3
CAPÍTULOS:
1. SELECCIÓN 7
2. ASOCIACIÓN 15
3. CONSAGRACIÓN 21
4. COMÚNICACIÓN 27
5. DEMOSTRACIÓN 33
6. DELEGACIÓN 38
7. SUPERVISIÓN 44
8. REPRODUCCIÓN 47
EPÍLOGO 54
BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA 60
2 Plan Supremo de Evangelización - - Prólogo
PRÓLOGO
Como en los días cuando el Señor Jesús anduvo por la tierra, los sencillos principios
que el doctor Coleman nos ayuda a descubrir en el Nuevo Testamento tienen aplicación
Para las tres décadas finales de nuestro siglo XX.
Toda la América Latina esta viviendo “su hora histórica” en el terreno espiritual.
Millares están recibiendo a Cristo Jesús como Señor y Salvador por medio de la fe. Sin
embargo, aún quedan millones que desconocen “la palabra verdadera del evangelio”
(Colosenses 1:5). La evangelización del mundo entero en esta generación demanda, por
tanto, discípulos del calibre bíblico que nos pinta el autor en esta obra: hombres cuya
misión en principio y método sea la que Cristo mostró con su vida.
Hechos uno con Cristo y actuando como un sólo Cuerpo, nuestro plan supremo
personal deberá ser, entonces, dar a conocer al que es Maestro de evangelización por
excelencia. Esto es lo que la Biblia explica coma la Gran Comisión.
Vaya para la editorial, por tanto, un aplauso caluroso por escoger un libro tan
vitalmente necesario en esta hora decisiva para la iglesia de Jesucristo en los países de
habla hispana.
LUIS PALAU
3 Plan Supremo de Evangelización - - Introducción, El Maestro y Su Plan
YO SOY EL CAMINO
JUAN 14:6
INTRODUCCIÓN
EL MAESTRO Y SU PLAN
Propósito y pertinencia: estos son los problemas cruciales de nuestra labor. Tienen
relación mutua y la significación de toda nuestra actividad dependerá en gran parte de la
medida en que logremos que ambos elementos sean compatibles. El hecho sólo de que
estemos ocupados (o de que seamos hábiles) en alguna actividad no significa
necesariamente que estemos cumpliendo algún propósito. Siempre habrá que
preguntarse: ¿Vale la pena hacerlo? ¿Se cumple la tares establecida?
Estas son las preguntas que debieran plantearse constantemente en relación con la
actividad evangelizadora de la iglesia. En nuestros esfuerzos por llevar adelante las cosas,
¿estamos realmente cumplimentando la gran comisión de Cristo? ¿Vemos como resultado
de nuestro ministerio una comunidad creciente y pujante de hombres consagrados que
comunican al mundo el evangelio? No se puede negar que estemos muy ocupados en la
iglesia, afanados por llevar a cabo un programa tras otro de evangelización. Pero,
¿estamos cumpliendo el propósito deseado?
* [Entre las distintas obras que tratan de varias fases del mensaje y metodología de
evangelización de Jesús, véase, por ejemplo, Así predicó Jesús, de Douglas M. White
(Publicaciones de la Puente)].
Causa sorpresa lo muy poco que se ha publicado acerca de este tema, aunque,
desde luego, la mayoría de los libros que tratan de métodos de evangelización contienen
en forma somera algo acerca de ello. Lo mismo podría decirse de los estudios acerca de los
métodos docentes de Jesucristo, como también de las historias generales que tratan de su
vida y obra.
Sin embargo, el tema de la estrategia básica de Jesús muy pocas veces ha recibido
la atención que merece. Aunque agradecemos los esfuerzos de los que la han estudiado —
y no prescindimos de sus hallazgos—, sigue siendo apremiante la necesidad de más
investigación y aclaración, sobre todo en el estudio de las fuentes primarias.
De ahí que el plan de este estudio es el de seguir las pisadas de Jesús, tal como se
describen en los Evangelios, sin recurrir mayormente a fuentes secundarias. Para ello se
ha examinado con detenimiento —repetidas veces y desde varios puntos de vista— el
relato inspirado de su vida, con el afán de descubrir la razón que lo indujo a llevar a cabo
su misión en la forma en que lo hizo. Sus tácticas se han analizado desde el punto de vista
de su ministerio en conjunto, con la esperanza de entender de este modo el significado
más amplio que revistieron los métodos que siguió con los hombres. Hay que confesar que
la tarea no ha sido fácil, y sería yo el primero en admitir que queda mucho por aprender.
Las dimensiones ilimitadas del Señor de Gloria no pueden en modo alguno encerrarse en
alguna interpretación humana de su perfección, y cuanto más lo contempla uno, tanto más
se da cuenta de que así es.
Los días que Jesús vivió como hombre no fueron sino la manifestación, en el
tiempo, del plan que Dios concibió desde el principio. Siempre lo tenía presente en su
mente. Quería salvar del mundo y reservarse para sí un pueblo y también edificar una
iglesia del Espíritu que nunca pereciera. Tenía puesta la mirada en el día en que su reino
aparecería con toda gloria y poder. Este mundo era suyo por creación, pero no quiso
convertirlo en su morada permanente. Sus mansiones estaban en lo alto. Fue a preparar
para su pueblo un lugar que tenía fundamento eterno en los cielos.
Se propuso triunfar
Toda su vida se encaminó a este propósito. Todo lo que hizo y dijo fue parte del
plan general. Su significado emanaba del hecho de que contribuía al propósito último de su
vida de redimir el mundo para Dios. Esta fue la visión rectora de su conducta. Fue la
norma de todos sus pasos. Démonos bien cuenta de ello. Ni por un momento perdió Jesús
de vista su meta.
Las páginas que siguen pretender aclarar ocho principios rectores del plan del
Maestro. Sin embargo, debe aclararse que no hay que entender los distintos elementos si
se dieran siempre en un mismo orden, como si el último no comenzara hasta tanto que los
otros estuvieran en pleno funcionamiento. De hecho, cada uno de ellos implica todos los
demás y, en cierto modo, todos comenzaron con el primero. El esquema sólo pretende
estructurar el método de Jesús y hacer resaltar la lógica progresiva del plan. Se observará
que a medida que el ministerio de Jesús se desarrolla, los elementos se hacen más
patentes y la secuencia de los mismos se vuelve más perceptible.
7 Plan Supremo de Evangelización - 1 - Selección
1• SELECCIÓN
Todo comenzó cuando Jesús invitó a unos pocos hombres a que lo siguieran. De
inmediato puso así de manifiesto el camino que habría de seguir su estrategia
evangelizadora. No se preocupó por programas con los cuales llegar a las multitudes, sino
por los hombres a quienes las multitudes habrían de seguir. Por extraño que parezca,
Jesús comenzó a reunir a estos hombres aun antes de organizar una campaña de
evangelización o de siquiera predicar un sermón en público. Los hombres constituirían su
método para ganar al mundo para Dios.
El propósito inicial del plan de Jesús fue reclutar a hombres que pudieran dar
testimonio de su vida y completar su obra después de que él regresara al Padre. Los
primeros a los que Jesús invitó, cuando abandonó el escenario del gran avivamiento del
Bautista en Betania, más allá del Jordán, fueron Juan y Andrés (Jn. 1:35-40). Andrés a su
vez trajo a su hermano Pedro (Jn. 1:41, 42). Al día siguiente, Jesús encontró a Felipe
cuando iba hacia Galilea, y Felipe encontró a Natanael (Jn. 1:43-51). No hay indicios de
apresuramiento en la selección de estos discípulos; sólo descubrimos decisión. Jacobo, el
hermano de Juan, no se menciona como parte del grupo sino hasta que los cuatro
pescadores reciben el llamamiento meses más tarde junto al mar de Galilea (Mr. 1:19; Mt.
4:21). Poco después, cuando Jesús pasó por Capernaum, invitó a Mateo para que le
siguiera (Mt. 9:9; Mr. 2:13, 14; Lc. 5:27, 28). Los detalles que rodearon el llamamiento de
los otros discípulos no se mencionan en los Evangelios, pero se cree que todos ellos fueron
llamados en el primer año del ministerio del Señor.1
Como era de esperarse, estos esfuerzos iniciales por ganar almas tuvieron muy
poco o ningún efecto en la vida religiosa de ese tiempo, pero esto no importó mucho. Los
pocos conversos que el Señor hizo, al comienzo, estaban destinados a ser los líderes de la
iglesia que había de ir por todo el mundo con el evangelio; y desde el punto de vista de su
propósito final, el impacto de sus vidas se haría sentir por toda la eternidad. Y esto es lo
único que cuenta.
1
[Un requisito para ser apóstol, que se menciona en Hch. 1:21, 22, es el haber estado
con Jesús “comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue
recibido arriba”. Si bien esto no nos dice desde que punto de la obra bautismal de Juan
debemos de comenzar a contar (desde luego que no desde el principio ni del bautismo del
Señor), sí indica que se trata de una asociación temprana de todos los apóstoles con
Jesús, quizá a partir del encarcelamiento de Juan el Bautista.]
los rudimentos de conocimientos necesarios para su vocación. Quizá unos pocos procedían
de familias de ciertos recursos, tales como los hijos de Zebedeo, aunque ninguno de ellos
pudo haberse considerado rico. No tenían títulos académicos en las artes y la filosofía de la
época. Al igual que su Maestro, su educación formal la consiguieron probablemente en las
escuelas de la sinagoga. La mayoría de ellos creció en la región pobre del país alrededor de
Galilea. Al parecer, el único de los doce oriundo de la región más culto de Judea fue Judas
Iscariote. Cualquiera que sea el criterio cultural que se aplique, tanto de entonces como de
ahora, habría que considerarlos más bien como un grupo de personas toscas. Uno podría
preguntarse cómo iba a poder servirse Jesús de ellos. Eran impulsivos, temperamentales,
susceptibles, y tenían todos los prejuicios del medio ambiente. En resumen, estos hombres
que nuestro Señor seleccionó para que fueran sus ayudantes, representaban bien a la
sociedad de la época. Pero no constituían un grupo del cual se pudiera esperar que fuera a
ganar el mundo para Cristo.
Con todo, Jesús vio en estos hombres sencillos la capacidad de liderazgo para el
reino. Eran realmente “hombres sin letras y del vulgo” según el criterio del mundo (Heb. 4:
13), pero eran moldeables. Aunque a menudo, de juicio errado y lentos para comprender
las cosas espirituales, eran hombres honrados, dispuestos a confesar su necesidad. Sus
modales quizás fueran toscos y sus capacidades limitadas; pero a excepción del traidor,
eran de gran corazón. Quizás lo más significativo de ellos era su anhelo sincero de Dios y
de las realidades de la vida divina. Lo superficial de la vida religiosa que los rodeaba no
había adormecido, sus esperanzas del Mesías (Jn. 1:41, 45, 49; 6:69). Estaban hartos de
la hipocresía de la aristocracia dirigente. Algunos de ellos ya habían entrado a formar parte
del movimiento de avivamiento de Juan el Bautista (Jn. 1:35). Buscaban a alguien que los
guiara por el camino de la salvación. Maleables en las manos del Maestro, podían ser
modelados según una imagen nueva: Jesús puede servirse de todo el que desea ponerse a
su servicio.
Por darle atención a este hecho, sin embargo, no queremos pasar por alto la verdad
práctica de cómo lo hizo Jesús. En ello radica la sabiduría de su método, y al fijarnos en él,
volvemos una vez más al principio, fundamental de la concentración en aquellos que
quería fueran sus instrumentos. No se puede transformar al mundo a menos que se
transforme a los individuos que lo componen; y este cambio individual no se dará sino
únicamente cuando estos sean modelados por las manos del Maestro. Es evidente, pues,
no sólo la necesidad de seleccionar a unos pocos hombres, sino también la de mantener al
grupo lo suficientemente reducido como para poder trabajar con ellos eficazmente.
Por consiguiente, a medida que el grupo de seguidores de Jesús crecía, —hecho que
ocurrió a la mitad de su segundo año ministerial—, se hacía necesario reducir el grupo
escogido a un número más manejable. En consecuencia, Jesús “llamó a sus discípulos, y
escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lc. 6:13-17; cp. Mr. 3:1.3-
19). Aparte del significado simbólico que se le prefiera dar al número doce,2 es evidente
que Jesús quiso que estos hombres tuvieran privilegios y responsabilidades únicas en la
obra del reino.
Esto no quiere decir que la decisión de Jesús de tener doce apóstoles excluyera que
otros lo siguieran, porque, como sabemos, tuvo muchos más asociados, algunos de los
cuales llegaron a ser obreros muy eficaces en la iglesia. Los setenta (Lc. 10:1); Marcos y
Lucas, los evangelistas; Santiago, su propio hermano (1 Cor. 15:7; Gál. 2:9, 12; cp. Jn.
2:12 y 7:2, 10), son ejemplos notables de esto. Con todo, debemos reconocer que la
prioridad otorgada a los que no formaban el grupo de los doce fue cada vez menor.
La misma norma se podría aplicar a la inversa, porque dentro del grupo apostólico,
Pedro, Santiago y Juan parecieron disfrutar de una relación más especial con el maestro
9 Plan Supremo de Evangelización - 1 - Selección
que los otros nueve. Sólo estos pocos privilegiados pudieron entrar en la habitación de la
hija de Jairo, (Mr. 5: 37; Lc. 8:51); sólo ellos ascendieron con el Maestro para contemplar
su gloria en el monte de la Transfiguración (Mr. 9: 2 ; Mt. 17:1; Lc. 9:28); y entre los
olivos de Getsemaní, con sus sombras nefastas a la luz de la luna llena de la Pascua, sólo
estos miembros del grupo íntimo estuvieron más cerca de su Señor en oración (Mr. 14:33;
Mt. 26: 37). Es tan notable la preferencia demostrada hacia estos tres que de no haber
sido por la falta de egoísmo tan evidente en la persona de Cristo, hubiera despertado
resentimiento en los otros apóstoles. El hecho de que no se menciona en ninguna parte
que los otros discípulos se quejaron de la preeminencia de los tres, aunque si murmuraran
de otras cosas, es prueba de que, cuando se demuestra preferencia por la razón adecuada
y en el espíritu junto nadie se siente ofendido.3
2
[Se ha tratado de explicar de diversas maneras por qué sólo doce discípulos fueron
llamados apóstoles, cuando Jesús hubiera podido escoger más o haber preferido menos,
pero probablemente la teoría más admisible sea la de que el número doce indica una
relación espiritual del grupo apostólico con el reino mesiánico de Dios. Tal como lo
expresa, Edwin Schell: “Doce es el número del Israel espiritual. Ya sea que se encuentre en
los doce patriarcas, en las doce tribus, o en los doce fundamentos de las doce puertas de la
Jerusalén celestial, el número doce simboliza siempre que Dios mora en medio de la familia
humana. —la interpenetración de la divinidad con el mundo”, (Schell, Traits of the Twelve,
p. 26; cp. (esta abreviatura se usa en algunos lugares con el sentido de “compárese”). A. B.
Bruce, The Training of the Twelve, p. 32). Es muy posible que los apóstoles vieran en el
número doce un significado más literal, y al principio edificaran en torno al mismo
esperanzas engañadoras de la restauración de Israel en el sentido político. Con toda
certeza estuvieron conscientes del lugar que ocupaba cada uno dentro de los doce y
tuvieron cuidado de llenar la vacante que produjo la pérdida de Judas (Hch. 1:15-26; cp.
Mt. 19:28). Una cosa es cierta, sin embargo; el número doce sirvió para hacer comprender
a esos escogidos lo importante que eran en la obra futura del reino.]
3
[Henry Latham sugiere que la selección de estos tres sirvió para hacer comprender a
todo el grupo la necesidad de la “abnegación propia”. Según su análisis, tuvo como
propósito demostrar a los apóstoles que “Cristo daba la responsabilidad que quería a quien
quería; que en el servicio de Dios es honor suficiente poder servir; y que nadie ha de sentirse
descorazonado porque vea que a otro se le asigna un trabajo que parece más elevado que el
propio”. Latham, Pastor Pastorum, p. 325.]
El principio aplicado
Todo esto ciertamente le deja a uno la impresión de que Jesús tuvo una forma
premeditada de dedicar su vida a los que quería preparar. También ilustra en forma gráfica
un principio fundamental de la enseñanza: que en igualdad de circunstancias, cuanto
menor es el tamaño del grupo al que se le enseña, tanto mayor es la oportunidad para
impartir una instrucción eficaz.4
Jesús dedicó la mayor parte de la vida que le quedaba en la tierra a estos pocos
discípulos. Literalmente consagró todo su ministerio a ellos. El mundo podría mostrarse
indiferente hacia él y, con todo, no hacer fracasar su estrategia. Ni siquiera le preocupó
gran cosa el que sus seguidores marginales lo abandonaran cuando se les propuso el
verdadero significado del reino (Jn. 6:66). Pero no pudo soportar que sus discípulos
íntimos no comprendieran su propósito. Tenían que entender la verdad y ser santificados
por ello (Jn. 17:17) o, de lo contrario, todo se perdería. Por esto oró no “por el mundo”
sino por los selectos que Dios le dio (Jn. 17:6, 9).5 De la fidelidad de ellos dependía todo,
si es que el mundo habría de creer en él “por la palabra de ellos” (Jn. 17:20).
10 Plan Supremo de Evangelización - 1 - Selección
4
[El principio de concentración del que es ejemplo el ministerio de Jesús no lo inició él.
Desde el comienzo ésta había sido la estrategia de Dios. El Antiguo Testamento menciona
cómo Dios escogió a la nación relativamente pequeña de Israel por medio de la que quiso
llevar a cabo su propósito redentor del género humano. Incluso dentro de la misma nación,
el liderazgo estuvo concentrado de ordinario en unos grupos familiares, especialmente la
rama davídica de la tribu de Judá.]
5
[La oración sacerdotal de Cristo en el capítulo 17 de Juan tiene una importancia especial
a este respecto. De los 26 versículos de la oración, 14 se refieren en forma inmediata y
directa a los doce discípulos (Jn. 17:6-19).]
No descuidar al pueblo
Sería erróneo, sin embargo, basarse en lo dicho para afirmar que Jesús se olvidó de
las masas, pues no fue así. Jesús hizo todo lo que se le podía haber pedido a un hombre, y
aun más, para llegar a las multitudes. Lo primero que hizo al comenzar su ministerio fue
identificarse, en forma visible con el gran avivamiento espiritual popular de su tiempo, por
medio del bautismo de manos de Juan (Mt. 3:13-17; Mr. 1:9-11; Lc. 3:21, 22), y
posteriormente proclamó y ensalzó la obra de este gran profeta (Mt. 11:7-15; Lc. 7:24-
28). Predicó sin cesar a las multitudes que seguían su ministerio milagroso. Les enseñó.
Los alimentó cuando tuvieron hambre. Curó a los enfermos y echó de ellos a los demonios.
Bendijo a los niños. A veces pasó días enteros dedicados a servirlos, hasta el extremo de
que “ni aun tenían tiempo para comer” (Mr. 6:31). En todas las formas posibles, Jesús
mostró una preocupación sincera por las multitudes. Ellos eran los que había venido a
salvar: los amaba, lloró por ellos, y por fin murió para salvarlos del pecado. Nadie debería
pensar que Jesús desatendió la evangelización de las masas.
Esta actitud suya a veces molestaba a sus seguidores, los cuales no comprendían
su estrategia. Incluso, sus propios hermanos y hermanas, quienes todavía no creían en él,
lo incitaron a abandonar esta actitud y a manifestarse al mundo, pero no quiso aceptar tal
indicación (Jn. 7:2-9).
6
[Ejemplos de esto los tenemos en el caso del leproso (Mt. 8:4; Mr. 1:44, 45; Lc. 5:14-
16) ; de los librados de espíritus inmundos junto al mar de Galilea (Mr. 3:11, 12); de Jairo
después de ver a su hija resucitada (Mr. 5:42, 43; Lc. 8:55, 56) ; de los dos ciegos que
recuperaron la vista (Mt. 9:30); y del ciego de Betsaida (Mr. 8:25, 26).]
7
[Algunos ejemplos de esto se hallan en Mt. 8:18, 23; 14:22, 23; 15:21, 39; 16:4; Mr.
4:35, 36; 6:1, 45, 46; 7:24-8:30; Lc. 5: 16; 8:22; Jn. 1:29-43; 6:14, 15; y otros.]
Su estrategia
¿Por qué Jesús consagró su vida en forma deliberada a un número tan reducido de
personas? ¿No fue su venida para salvar al mundo? Resonando todavía en los oídos de las
multitudes el glorioso anuncio de Juan el Bautista, el Maestro hubiera podido fácilmente
conseguirse miles de seguidores si lo hubiera querido. ¿Por qué, pues, no trató de
aprovecharse de esas oportunidades para conseguirse un ejército poderoso de creyentes
que conquistara el mundo por asalto? Sin duda el Hijo de Dios hubiera podido adoptar un
12 Plan Supremo de Evangelización - 1 - Selección
programa más atractivo para reclutar a las masas. ¿No resulta acaso descorazonador que
alguien que posea todo el poder del universo viviera y muriera para salvar al mundo y, con
todo, a fin de cuentas, dispusiera sólo de unos pocos discípulos de poco valor como
resultado de sus esfuerzos?
para la iglesia, con poco o ningún interés genuino por fundamentar a estas almas en el
amor y poder de Dios, y mucho menos por la conservación y continuación de la obra.
No cabe duda de que si el ejemplo de Jesús a este respecto significa algo, nos
enseña que el primer deber del pastor y la primera preocupación del evangelizador es
velar por echar el fundamento al comienzo mismo, de modo que sobre él se pueda edificar
un ministerio evangelizador eficaz y continuado entre las multitudes. Esto exigirá más
concentración de tiempo y talentos en unos pocos hombres en la iglesia aunque sin olvidar
la pasión por el mundo. Significará intensificar la preparación de líderes “para la obra del
ministerio” en unión con el pastor (Ef. 4:12).10 Unos cuantos consagrados así, con el
tiempo sacudirán al mundo para Dios. El triunfo nunca lo consiguen las multitudes.
Algunos quizá objeten este principio cuando lo practica el obrero cristiano, por
razón de que con ello se muestra favoritismo hacia un grupo selecto dentro de la iglesia.
Pero sea así o no, es cierto que Jesús así lo hizo, y sigue siendo necesario, si se quiere
disponer de un liderazgo preparado permanentemente. Cuando se practica con un espíritu
genuino de amor hacia toda la iglesia, y se manifiesta la debida preocupación por las
necesidades de todos, por lo menos se pueden armonizar las objeciones con la misión que
se lleva a cabo. Sin embargo, la meta final debe resultar completamente clara para el
obrero, y no ha de haber en él ni aun mínima sospecha de parcialidad en las relaciones con
los demás. Todo lo que se hace con esos pocos es para la salvación de las multitudes.
10
[Esta idea se percibe con claridad en la traducción de Efesios 4:11 y 12 en la Versión
Revisada 1960, la cual dice: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a
otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la
obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Otras versiones modernas
indican el mismo significado básico, por ejemplo, Versión Moderna, Versión Popular,
Versión Hispano-Americana, Biblia de Jerusalén, Versión Nacar-Colunga. Las tres
cláusulas, del versículo 2 dependen cada una de la anterior, siendo la última el punto
culminante. Según esta interpretación, Cristo dio a algunos en la iglesia un don especial
con el fin de perfeccionar a los santos para que realicen un servicio específico personal
dentro del único gran propósito de edificar el cuerpo de Cristo. El ministerio de la iglesia se
considera como obra que comprende a todos los miembros del cuerpo (cp. 1 Cor. 12:18 y
2 Cor. 9:8). Lutero hace resaltar esta misma idea en su comentario de “Efesios”.]
Demostración moderna
Tiempo de acción
Esto, desde luego, indica la prioridad de ganar y preparar a aquellos que ya están
en posiciones responsables de liderazgo. Pero si no podemos comenzar desde arriba, por
lo menos comencemos donde estamos, y preparemos a unos cuantos de los que ahora
están en cierne para que después lleguen a ocupar cargos elevados. Y recordemos también
que no es preciso poseer el prestigio del mundo para ser de gran utilidad en el reino de
Dios. Quienquiera que esté dispuesto a seguir a Cristo puede llegar a poseer una gran
influencia en el mundo, suponiendo, desde luego, que esta persona tenga la preparación
adecuada.
Ahí es donde debemos comenzar, como lo hizo Jesús. Será lento, aburrido,
doloroso, y es probable que al principio los hombres ni le presten atención; pero el
resultado final será brillante, aunque no vivamos para verlo. Sin embargo, si se considera
desde este punto de vista, se hace necesaria una decisión sumamente importante en el
ministerio. Uno debe decidir en qué esfera quiere que tenga valor el ministerio: si en la del
aplauso momentáneo, de la aclamación, popular, o en la de reproducción de su vida en
unos pocos escogidos que proseguirán la obra cuando uno ya no esté. En realidad el
problema se reduce a decidir para qué generación vivimos.
Pero debemos proseguir. Es necesario ver ahora cómo Jesús preparó a sus hombres
para continuar su obra. Toda la pauta es parte del mismo método, y no podemos separar
una fase de la otra sin destruir su eficacia.
15 Plan Supremo de Evangelización - 2 - Asociación
2• ASOCIACIÓN
Una vez que Jesús hubo llamado a sus discípulos, tuvo por costumbre permanecer
con ellos. Esta fue la esencia de su programa de preparación: permitirles que lo siguieran.
Saber y presencia
En virtud de esta intimidad, a los discípulos se les permitió “conocer los misterios
del reino de Dios” (Lc. 8:10). El conocimiento lo adquirieron por asociación antes de que
les fuera explicado. Este hecho nunca se ha expresado mejor que cuando uno del grupo,
frustrado ante el pensamiento de la Trinidad, preguntó: “¿Cómo, pues, podemos saber el
camino?” A lo que Jesús contestó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:5, 6),
lo cual equivalió a decir que el punto en cuestión ya había sido contestado con sólo que los
discípulos abrieran los ojos a la realidad espiritual encarnada en medio de ellos.
“sígueme” cuando se hallaba sentado “al banco de los tributos públicos” (Mt. 9:9; Mr.
2:14; Lc. 5:27).
El principio aplicado
El empeño con que Jesús trató de cumplir esta comisión es evidente cuando uno lee
los relatos evangélicos que siguen. Contrariamente a lo que se podría esperar, en el curso
de su segundo y tercer año de ministerio Jesús cada vez dedicó más tiempo a los
discípulos escogidos, no menos.
A menudo los tomaba consigo a algún lugar montañoso de la región donde apenas
si era conocido, para así evitar lo más posible la publicidad. Fueron juntos hasta Tiro y
Sidón en el noroeste (Mt. 15:21; Mr. 7:24); a la “región de Decápolis” (Mr. 7:31; cp. Mt.
15:29), a la “región de Dalmanuta” en el sureste de Galilea (Mr. 8:10; cp. Mt. 15:39), y a
“Las aldeas de Cesarea de Filipo” en el noroeste (Mr. 8:27; cp. Mt. 16:13). Hizo estos
viajes en parte debido a la oposición de los fariseos y a la hostilidad de Herodes, pero
sobre todo porque Jesús sentía la necesidad de estar a solas con los discípulos. Más
adelante pasó varios meses con los discípulos en Perea, al este del Jordán (Mt. 19:1-
20:34; Mr. 10:1-52; Lc. 13:22-19:28; Jn. 10:40-11: 54). A medida que la oposición
crecía, “Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la
región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos”
(Jn. 11:54). Cuando por fin le llegó el momento de ir a Jerusalén, en forma significativa
“tomó a sus doce discípulos aparte” del resto y se dirigió hacia la ciudad (Mt. 20:17; cp.
Mr. 10:32).
Siendo esto así, no sorprende que durante la semana de la pasión Jesús casi en
ningún momento perdiera de vista a los discípulos. Incluso cuando oró, a solas en
Getsemaní, sus discípulos se quedaron “a distancia como de un tiro de piedra” (Lc. 22:41).
¿No sucede acaso lo mismo, en las familias cuando se acerca la hora de la muerte para
alguno de sus miembros? Cada minuto es precioso porque se percibe que la intimidad
física pronto desaparecerá. Las palabras que se pronuncian en circunstancias así son
siempre más preciosas. En realidad, no fue sino hacia el final de la vida de Jesús que los
17 Plan Supremo de Evangelización - 2 - Asociación
El curso que Jesús siguió a lo largo de su vida se reflejó de una manera clarísima en
los días que siguieron a la resurrección. Es interesante advertir que todas las diez
apariciones de Cristo después de la resurrección fueron a sus seguidores, en especial a los
apóstoles.* Según lo que la Biblia narra, ni a una sola persona no creyente se le permitió
ver al Señor glorificado. Pero no es tan raro. No había que excitar a las multitudes con su
espectacular aparición. ¿Qué hubieran hecho? Pero los discípulos, quienes habían huido
desesperados después de la crucifixión, necesitaban que se les reavivara la fe y que se les
confirmara en su misión al mundo. Todo el ministerio de Jesús giró en torno a ellos.
Y así fue. El tiempo que Jesús dedicó a estos pocos discípulos fue tanto más en
comparación con el que dedicó a otros, que no puede sino considerarse como estrategia
premeditada. De hecho pasó más tiempo con sus discípulos que con todos los demás
juntos. Comió con ellos, durmió con ellos, y habló con ellos durante la mayor parte de todo
su ministerio activo. Anduvieron juntos por los caminos solitarios, fueron juntos a las
ciudades, navegaron y pescaron juntos en el mar de Galilea, oraron juntos en los desiertos
y las montañas, y juntos dieron culto a Dios en las sinagogas y el templo.
* [Este hecho lo advirtieron bien los discípulos, tal como Pedro lo expresó: “A éste levantó
Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios
había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó
de los muertos” (Hch. 10:40, 41).]
No se debe pasar por alto, tampoco, que incluso mientras Jesús se ocupaba de
otros, los discípulos estuvieron siempre cerca para observar y escuchar. De este modo, el
tiempo de Jesús producía dividendos dobles. Sin descuidar su ministerio regular a los
necesitados, mantuvo un ministerio constante para los discípulos al tenerlos siempre
cerca. De este modo fueron adquiriendo los beneficios de todo lo que decía y hacía a otros,
además de las explicaciones y consejos personales que les daba.
Lleva tiempo
Una asociación íntima y constante de esta índole, desde luego, implicó que Jesús
prácticamente no dispusiera nunca de tiempo para él. Como niños que exigen la atención
de su padre, los discípulos estaban siempre a los pies del Maestro. Incluso cuando se
retiraba para sus devociones personales, se veía sujeto a interrupciones de los discípulos
(Mr. 6:46-48; cp. Lc. 11:1). Pero Jesús no hubiera querido otra cosa. Deseaba estar con
ellos. Eran sus hijos espirituales (Mr. 10:24; Jn. 13.33; 21:5), y la única forma en que un
padre puede educar a su familia en forma adecuada es estando con ella.
17 Plan Supremo de Evangelización - 2 - Asociación
El fundamento de la consolidación
Nada es más obvio y, sin embargo, se olvida más, que la aplicación de este
principio. Por su misma naturaleza, no llama la atención, y uno tiende a pasar por alto los
lugares comunes. Pero Jesús no quiso que pasara inadvertido para sus discípulos. Durante
los últimos días de su vida, el Maestro sintió especial necesidad de cristalizar en la mente
de ellos lo que había estado haciendo. Por ejemplo, en una ocasión, dirigiéndose a los que
lo habían seguido por tres años, Jesús dijo: “Y vosotros daréis testimonio también, porque
habéis estado conmigo desde el principio” (Jn. 15:27). Sin jactancia y sin que el mundo se
diera cuenta, Jesús daba a entender que había estado preparando a hombres para que
fueran testigos suyos después de que se hubiera ido, y el método que siguió para ello fue
simplemente el de estar “con ellos”. En realidad, Como dijo en otra ocasión, por haber
“permanecido con” él en las tentaciones, fueron escogidos para ser líderes de su reino
eterno en el que iban a comer y beber a su mesa, y a sentarse en tronos para juzgar a las
doce tribus de Israel (Lc. 22:28-30).
Sería erróneo concluir, sin embargo, que este principio de consolidación personal se
puso en práctica sólo en el caso del grupo apostólico. Jesús se concentró en estos pocos
escogidos, pero en grados distintos manifestó la misma preocupación por otros que lo
siguieron. Por ejemplo, fue a la casa de Zaqueo después de que éste se hubo convertido
en la calle de Jericó (Lc. 19:7), y pasó unas horas con él antes de abandonar la ciudad.
Después de la conversión de la mujer junto al pozo en Samaria, Jesús permaneció por dos
días en Sicar para instruir a los hombres de esa comunidad que “creyeron en él por la
palabra de la mujer”, y como resultado de esa asociación personal con ellos “creyeron
muchos más”, no por el testimonio de la mujer sino por lo que ellos mismos oyeron de los
labios del Maestro (Jn. 4:39-42). A menudo, alguien que recibía alguna ayuda del Maestro
se unía al grupo que seguía a Jesús, como por ejemplo, Bartimeo (Mt. 20:34; Mr. 10:52;
Lc. 18:43). De este modo muchos se unieron al grupo apostólico, como lo demuestran los
setenta que andaban con él en la parte final de su ministerio en Judea (Lc. 10:1, 17).
Todos estos creyentes recibieron atención personal, pero no en la proporción que la
recibieron los apóstoles.
Pero aparte de las normas de decoro, Jesús no tuvo tiempo para dedicar a toda
esta gente, hombres y mujeres, una atención constante. Hizo todo lo que pudo, y esto sin
duda sirvió para dejar grabada en los discípulos la necesidad de dedicar cuidado personal a
los neo conversos, pero personalmente tuvo que dedicarse sobre todo a la tarea de
cultivar a algunos hombres, quienes a su vez pudieran dar esta clase de atención personal
a otros.
Jesús, por el cual un creyente pasaba a asociarse íntimamente con todos los demás, era la
práctica, a escala más amplia, de lo mismo que Jesús había hecho con los doce.1 De
hecho, la iglesia fue el medio para consolidar a todos los que seguían a Jesús. Es decir, el
grupo de creyentes se convirtió en el cuerpo de Cristo y, como tal, se ayudaban unos a
otros individual y colectivamente.
Nuestro problema
Con una consolidación tan incierta de los creyentes, no sorprende que cerca de una
mitad de los que hacer profesión de fe y entran a formar parte de la iglesia lleguen a caer
o a perder el resplandor de la experiencia cristiana, y que sea imposible que crezcan lo
suficiente en conocimiento y gracia para llegar a ser de verdadero servicio para el reino. Si
los servicios dominicales y las clases para nuevos miembros es todo lo que una iglesia
20 Plan Supremo de Evangelización - 2 - Asociación
tiene para ayudar a los nuevos conversos a llegar a ser discípulos maduros, entonces se
echa por tierra ese propósito al contribuir a dar una seguridad falsa, y si la persona sigue
el mismo ejemplo perezoso, en última instancia puede hacer más mal que bien. No hay
sustitutos para el asociarse con las personas, y es ridículo imaginar que alguna otra cosa,
a no ser que sea un milagro, pueda formar líderes cristianos de peso. Después de todo, si
Jesús Hijo de Dios, consideró necesario permanecer casi constantemente durante tres años
con sus pocos discípulos escogidos, y aun así uno de ellos se perdió, ¿cómo puede una
iglesia esperar cumplir su cometido con una serie de actividades unos cuantos días al año?
Es evidente que el ejemplo de Jesús a este respecto nos enseña que cualquiera que
sea el método de consolidación que la iglesia adopte, debe tener por base una
preocupación de custodia personal para con los que se encomiendan a su cuidado. No
hacerlo así es básicamente abandonar a los nuevos creyentes en manos del diablo.
Esto significa que hay que encontrar algún sistema por medio del cual se le dé al
cristiano un amigo, a quien él siga hasta que llegue el tiempo en que él pueda guiar a otro.
El consejero debería estar lo más posible con el nuevo creyente, estudiando la Biblia y
orando juntos, contestando a sus preguntas, aclarando la verdad, tratando juntos de
ayudar a otros. Si una iglesia no dispone de consejeros, así, consagrados y dispuestos a
prestar este servicio, entonces debería preparar a algunos. Y la sola forma de prepararlos
es darles un líder a quien sigan.
3• CONSAGRACIÓN
Exigió obediencia
Jesús contaba con que los hombres que le acompañaban le obedecieran. No les
exigió que fueran inteligentes, pero tenían que ser fieles. Esto se convirtió en la
característica que los distinguía. Se les llamaba sus “discípulos” en el sentido de que eran
“aprendices” o “alumnos” del Maestro. No fue sino hasta mucho más tarde que se les llamó
“cristianos” (Hch. 11:26), aunque fue inevitable, porque con el tiempo los seguidores
obedientes invariablemente adoptan las características del líder.
El Camino de la cruz
Seguir a Jesús pareció bastante fácil al principio, pero fue así porque no lo habían
seguido muy lejos. Pronto se vio claro que ser discípulo de Cristo implicaba más que una
aceptación gozosa de la promesa mesiánica: significaba la entrega de la vida toda al
Maestro en sumisión absoluta a su soberanía. No cabían componendas. “Ningún siervo
puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno
y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lc. 16:13). Tenía que
haber una separación completa del pecado. Las formas de pensar de antes, los hábitos y
placeres del mundo debían conformarse a la nueva disciplina del reino (Mt. 5:1-7:29; Lc.
6:20-49). Ahora la única norma de conducta era el amor perfecto (Mt. 5:48), y este amor
había de manifestarse en obediencia a Cristo (Jn. 14:21, 23), y expresarse en dedicación a
aquellos por cuya salvación él murió (Mt. 25:31-36). Había una cruz en ello: la negación
voluntaria del yo por los demás (Mt. 16:24-26; 20:17-28; Mr. 8:34-38; 10:32-45; Lc.
9:23-25; Jn. 12:25, 26; 13:1-20).
Calcular el costo
Los que no pudieron persistir, con el tiempo se desviaron. Por su propio egoísmo se
separaron del grupo escogido. Judas, al que se le calificó de diablo (Jn. 6:78) se mantuvo
hasta el final, pero en el momento decisivo su codicia lo perdió. (Mt. 26:14-16; 47:50; Mr.
14:10, 11, 43, 44; Lc. 22:3-6; 47-49; Jn. 18:2-9). Nadie podía seguir a Jesús por todo el
curso de su vida a menos que se separara del mundo; los que pretendieron hacerlo sin
llenar esta condición, cargaron su conciencia de angustia y tragedia (Mt. 27:310; Hch.
1:18, 19).
Quizá por esto Jesús habló con tanto rigor al escriba que fue a decirle: “Maestro, te
seguiré adondequiera que vayas.” Jesús le dijo con toda franqueza, a este que se ofrecía
voluntario para servir, que no iba a ser fácil. “Las zorras tienen sus guaridas, y las aves del
cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mt. 8:19, 20; Lc.
9:57, 58). Otro discípulo quiso que Jesús lo dispensara de la obligación inmediata de
obedecer para poder ir a cuidar a su padre enfermo, pero Jesús no aceptó dilaciones.
“Sígueme” le dijo, “deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el
reino de Dios” (Mt. 8:21, 22; Lc. 9:59, 60). Otro hombre indicó que seguiría a Jesús, pero
a su manera. Quería primero ir a decir adiós a su familia, quizá con la idea de que ello le
iba a proporcionar momentos agradables. Pero Jesús le advirtió esto: “Ninguno que
poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62).
Jesús no tenía ni el tiempo ni las ganas de dedicarse a los que querían ser discípulos suyos
a su manera.
De ahí que el que quisiera ser discípulo suyo tenía primero que calcular el costo.
“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los
gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?” (Lc. 14:28). No hacerlo así equivalía
a acabar por hacer el ridículo ante el mundo. Así ocurriría en el caso del rey que se lanzara
a la guerra sin calcular el costo de la victoria antes de comenzar las hostilidades. Para
resumirlo con claridad Jesús dijo: “Así, pues, cualquiera do vosotros que no renuncia a
todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14: 33; cp. Mt. 19:21; Mr. 10:21; Lc.
18:22).
Luego de la afirmación clara de Pedro en Cesarea de Filipo, Jesús comenzó a mostrar con
mayor claridad a los discípulos “que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y
ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto,
y resucitar después de tres días” (Mr. 8:31; Mt. 16:21; Lc. 9:22). En adelante predijo su
muerte y resurrección con detalle al cruzar por Galilea con sus discípulos (Mt. 17:22, 23;
Mr. 9:30-32; Lc. 9:43-45); y de nuevo, en el último viaje a Jerusalén, después del
ministerio en Perea (Mt. 20:18-19; Mr. 10:33, 34; Lc. 18:32, 33). Su muerte fue el tema
de la conversación con Moisés y Elías en el monte de la Transfiguración (Lc. 9:31).
También estuvo implícita en su observación acerca de un profeta que muera fuera de
Jerusalén (Lc. 13:33), así como en la alusión a su sufrimiento y repudio de parte del
pueblo antes de su retorno glorioso (Lc. 17:25). Se comparó al buen pastor que “su vida
da por las ovejas” (Jn. 10:11, 18), y al grano de trigo que ha de caer en la tierra y morir
para, poder dar fruto (Jn. 12:24). Pocos días antes de la Pascua Jesús volvió a recordar a
los discípulos que había de ser “entregado para ser crucificado” (Mt. 26:2), y más tarde, ese
mismo día, explicó, en la casa de Simón el leproso, que el ungüento precioso que María le
derramó en los pies era preparación para su sepultura (Mt. 26:12; Mr. 14:8). Por fin, en la
última cena con los discípulos, Jesús habló de su sufrimiento ya inminente (Lc. 22:15), y
luego estableció el acto recordatorio de su muerte al comer el pan y beber el vino (Mt.
26:26-29; Mr. 14:22-25; Lc. 22:17-20).]
Obedecer es aprender
Esto no quiere decir, sin embargo, que los discípulos entendieran de inmediato todo
lo que el Señor les decía. Lejos estaban de ello. Su habilidad para comprender las
verdades más profundas del ministerio vicario del Señor se veía limitada por la fragilidad
humana. Cuando Jesús dijo a los discípulos después de la gran afirmación en Cesarea de
Filipo, que los líderes religiosos de Jerusalén le iban a dar muerte, Pedro de inmediato lo
contradijo, diciendo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”
(Mt. 16:22; cp. Mr. 8:32). Ante lo cual Jesús tuvo que decirle al buen pescador que
Satanás lo estaba engañando, “porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las
de los hombres” (Mt. 16:23; Mr. 8:33). Ni esto bastó. Una y otra vez Jesús se vio
constreñido a hablar de su muerte y del significado que la misma tenía para los discípulos,
pero estos no lo llegaron a entender de verdad hasta el día en que fue entregado en
manos de sus enemigos.
Con todo, Jesús soportó lleno de paciencia estas fallas humanas de sus discípulos
porque, a pesar de todas sus deficiencias, estaban dispuestos a seguirlo. Por un breve
lapso de tiempo, después del llamamiento inicial, volvieron a su ocupación previa de
pescadores (Mt. 4:18; Mr. 1:16; Lc. 5:2-5; cp. Jn. 1:35-42), pero no parece que ello se
debiera a ningún acto de desobediencia de su parte. Sólo que no habían llegado a darse
cuenta de lo que Jesús esperaba de ellos como líderes futuros, o quizá todavía no se les
había dicho. Sin embargo, desde el momento en que se acercó a ellos para pedirles que lo
siguieran para llegar a ser pescadores de hombres, “dejándolo todo, le siguieron” (Lc. 5:
24 Plan Supremo de Evangelización - 3 - Consagración
11; cp. Mt. 4:22; Mr. 1:20). Más adelante, aunque les quedaba mucho por aprender,
pudieron decir que su entrega a Cristo seguía siendo total (Mt. 19:27; Mar, 10:28; Lc.
18:28). A tales hombres Jesús estuvo dispuesto a pasarles por alto muchas cosas que
hacían de su inmadurez espiritual. Sabía que podían llegar a vencer estos defectos a
medida que fueran creciendo en gracia y conocimiento. Su capacidad para recibir la
revelación iba a crecer con tal de que siguieran practicando cuantas verdades fueran
entendiendo.
La obediencia a Cristo fue, pues, el medio por el cual los que lo acompañaban
fueran aprendiendo más. No pidió a los discípulos que siguieran aquello que todavía no
sabían que fuera verdad, pero nadie lo siguió sin aprender la verdad (Jn. 7:17). Así pues,
Jesús no urgió a sus discípulos a que entregaran la vida a una doctrina, sino a una persona
que era la doctrina, y sólo a medida que prosiguieran en su Palabra podían llegar a
conocer la verdad (Jn. 8:31, 32).
Jesús lo demuestra
hombres. Vino a morir. En ninguna otra forma se hubiera podido satisfacer la inviolable ley
de Dios.
Esta cruz, que ya había sido aceptada de antemano (Ap. 13:8; cp. Hch. 2:32), hizo
de cada paso que Cristo dio en la tierra una aceptación consciente del propósito eterno de
Dios para su vida. Cuando Jesús, por tanto, hablaba de obediencia, era algo que los
discípulos podían ver encarnado en forma humana. Como dijo Jesús: “Porque ejemplo os
he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os
digo: El siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado es mayor que el que le envió” (Jn.
13:15, 16). Nadie pudo hacer caso omiso de esta lección. Al igual que Jesús halló su
bienaventuranza en hacer la voluntad de su Padre, sus seguidores hallarían la suya. Este
es el único deber del siervo. Fue así en el caso de Cristo, y nada que no sea esto, se podrá
aceptar jamás como digno de un discípulo suyo (Lc. 17:6-10, cp. 8:21; Mt. 12:50; Mr.
3:35).
El principio en perspectiva
Desde el punto de vista de estrategia, sin embargo, esta obediencia fue el único
modo como Jesús pudo moldear las vidas de sus discípulos con su Palabra. Sin eso, de
ningún modo podría darse en los discípulos crecimiento en cuanto a vida y propósito. El
padre debe enseñar a sus hijos a obedecer si espera que los hijos sean como él.
Se debe recordar también que Jesús preparaba a hombres para que dirigieran a su
iglesia en la conquista del mundo, y nadie puede ser líder a no ser que antes haya
aprendido a seguir a un líder. Por esta razón escogió a sus futuros dirigentes de entre el
pueblo, enseñándoles sin cesar la necesidad de la disciplina y el respeto a la autoridad.
Junto a él no cabían insubordinaciones. Nadie sabía mejor que Jesús que las fuerzas
satánicas de las tinieblas estaban bien organizadas y pertrechadas en contra de ellos a fin
de volver estéril cualquier esfuerzo de evangelización hecho a medias. De ningún modo
podían superar a los poderes diabólicos de este mundo si no se adherían en forma estricta
al único que conocía la estrategia del triunfo. Esto exigía obediencia absoluta a la voluntad
del Maestro, y al mismo tiempo olvido total de la voluntad propia.
Hoy día debemos aprender de nuevo este principio. Con los mandatos de Cristo no
se puede jugar. Estamos metidos en una guerra, cuyo resultado es la vida o la muerte, y
cada día en que nos mostramos indiferentes a nuestras responsabilidades es un día
perdido para la causa de Cristo. Si hemos aprendido aunque sólo sea la verdad más
elemental acerca del discipulado, debemos saber que hemos sido llamados a ser siervos de
nuestro Señor y a obedecer su Palabra. No es deber nuestro andar averiguando por qué
habla como lo hace, sino sólo cumplir sus órdenes. A no ser que haya esta dedicación a
todo lo que sabemos que desea que hagamos, por inmadura que sea nuestra comprensión,
es dudoso que lleguemos a hacer avanzar su vida y misión. En el reino no hay lugar para
los cobardes, porque una actitud así no sólo impide cualquier crecimiento en gracia y
conocimiento, sino que destruye también cualquier posible utilidad en el campo mundial de
batalla del evangelismo.
La gran tragedia es que se hace muy poco para enmendar la situación, incluso por
parte de quienes se dan cuenta de lo que sucede. Ciertamente que lo que nuestro tiempo
necesita no es desesperar, sino acción. Ya es hora de que los requisitos para formar parte
de la iglesia se interpreten y se exijan en términos del auténtico discipulado cristiano. Pero
esto sólo no bastará. Los seguidores deben disponer de líderes, y esto significa que antes
de que se pueda hacer mucho en cuanto a lo que significa formar parte de la iglesia se
tendrá que hacer algo por los oficiales de la iglesia. Si esta tarea parece demasiado
grande, entonces tendremos que comenzar como lo hizo Jesús: escoger a unos pocos e
imbuir en ellos el significado de la obediencia.
4• COMUNICACIÓN
Se entregó a sí mismo
Jesús quiso que sus seguidores le obedecieran. Pero juntamente con esta verdad, él
hizo realidad el hecho de que sus discípulos descubrieran la experiencia más profunda de
Su Espíritu. Al recibir el Espíritu, ellos conocerían el amor de Dios por un mundo perdido.
Por esto su exigencia de disciplina fue recibida sin discusión. Los discípulos entendieron
que no se limitaban a cumplir una ley, sino que respondían a alguien que los amaba y que
estaba dispuesto a entregarse por ellos.
Su vida fue de entrega: entregar lo que el Padre le había dado (Jn. 15:15; 17:4, 8,
14). Les dio su paz, que los sostenía en medio de la tribulación (Jn. 16:33; cp. Mt. 11:
28). Les dio su gozo en el que vivían en medio de los sufrimientos y penas que los
rodeaban (Jn. 15:11; 17:13). Les dio las llaves de su reino contra el cual los poderes del
infierno nunca prevalecerían (Mt. 16:19; cp. Lc. 12:32). En realidad, les dio su propia
gloria que había poseído desde antes de la creación del mundo, a fin de que pudieran ser
uno como él lo era con el Padre (Jn. 17:22, 24). Les dio todo lo que tenía: nada se guardó,
ni siquiera su propia vida.
El apremio de evangelizar
Y lo vieron puesto en práctica ante sus ojos de muchas maneras todos los días.
Aunque las pruebas de ello fueron a veces duras de aceptar, como cuando les lavó los pies
(Jn. 13:1-30), no pudieron dejar de entender lo que les quería decir. Vieron cómo el
Maestro se negaba a sí mismo muchas de las comodidades y placeres del mundo para
convertirse en siervo en medio de ellos. Vieron cómo las cosas que más querían
28 Plan Supremo de Evangelización - 3 - Comunicación
—satisfacción física, aclamación popular, prestigio— las rechazaba; por el contrario, las
cosas que ellos trataban de eludir —pobreza, humillación, penas, e incluso la muerte— las
aceptaba voluntariamente por amor a ellos. Al contemplarlo ministrar a los enfermos,
consolar a los afligidos, y predicar el evangelio a los pobres, comprendieron con claridad
que el Maestro no consideraba ningún servicio demasiado pequeño, ni ningún sacrificio
demasiado grande, si eran para la gloria de Dios. Quizá no siempre lo entendieron, y sin
duda no podían explicarlo, pero nunca pudieron engañarse en cuanto a ello.
Su santificación
Esta iba a ser la medida que debían aplicar a su propio servicio en nombre de él.
Iban a tener que dar con la misma liberalidad con que habían recibido (Mt. 10:8). Tenían
que amarse unos a otros como él los amaba (Jn. 13: 34, 35). Por este distintivo serían
reconocidos como discípulos suyos (Jn. 15:9, 10). En esto se contenían todos sus
mandamientos (Jn. 15:12, 17; cp. Mt. 22:37-40; Mr. 12: 30, 31; Lc. 10:27). Amor —amor
de calvario— era la norma. Tal como lo habían visto durante tres años, los discípulos
tenían que entregarse en dedicación desinteresada a aquellos a quienes el Padre amaba y
por quienes el Maestro moría (Jn. 17:23).
Tal demostración de amor por medio de ellos iba a ser el conducto para que el
mundo reconociera que el evangelio era verdadero. ¿De qué otro modo se podría
convencer a las multitudes? El amor es el único medio para ganarse la respuesta
voluntaria de los hombres, y esto es posible sólo por la presencia de Cristo en el corazón.
Por esto Jesús oró: “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y
estos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a
conocer aun, para que el amor con que me has amado, este en ellos, y yo en ellos” (Jn.
17:25, 26).
Que nadie imagine, sin embargo, que esta clase de experiencia con Cristo pudiera
ser fruto de la inventiva humana. Jesús dijo con claridad meridiana que su vida nos llegaría
sólo por medio del Espíritu Santo. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada
aprovecha” (Jn. 6:63). Por esto, incluso para comenzar a vivir en Cristo, uno ha de nacer
de nuevo (Jn. 3:3-9). La naturaleza corrupta del hombre tiene que ser regenerada por la
acción del Espíritu de Dios antes de que pueda conformarse a su genuino propósito de
criatura hecha a imagen de Dios. Asimismo, el Espíritu es el que sostiene y alimenta la
vida transformada del discípulo, en su crecimiento en gracia y conocimiento (Jn. 4:14;
7:38, 39). Por la acción del mismo Espíritu uno se purifica por medio de la Palabra y es
puesto aparte para Dios en servicio santo (Jn. 15:3; 17:17; cp. Ef. 5:26). Desde el
principio hasta el fin, el experimentar al Cristo vivo en cualquier forma personal es obra del
Espíritu Santo.
Del mismo modo, es sólo el Espíritu de Dios el que capacita para proseguir la
misión redentora de la evangelización. Jesús subrayó muy pronto esta verdad, en relación
con su propia obra, al afirmar que lo que hacía era en cooperación con “el Espíritu del
Señor”. Por la virtud del mismo predicaba el evangelio al pobre, sanaba al afligido,
proclamaba liberación al cautivo, abría los ojos al ciego, echaba demonios, y liberaba al
oprimido, (Mt. 12:28; Lc. 4:18). Jesús era Dios revelado; pero el Espíritu era Dios
actuando. Era el agente de Dios realizando de hecho, por medio de hombres, el plan
eterno de salvación. Por esto Jesús explicó a sus discípulos que el Espíritu prepararía el
camino para el ministerio de ellos. Les enseñaría cómo hablar (Mt. 10:19, 20; Mr. 13:11;
Lc. 12:12). Convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:9-11).
Iluminaría con la verdad para que los hombres pudieran conocer al Señor (Mt. 22:43; cp.
Mr. 12:36; Jn. 16:14). Con el poder de Jesús los discípulos recibieron la promesa de poder
hacer las mismas obras de su Señor (Jn. 14:12).2 A la luz de todo esto, la evangelización
no se interpretó en absoluto como empresa humana, sino como proyecto divino que había
comenzado desde el principio y proseguiría hasta que se cumpliera el propósito de Dios.
Era por completo la obra del Espíritu. Lo que a los discípulos se les pidió que hicieran fue
dejar que el Espíritu tomara posesión completa de sus vidas.
30 Plan Supremo de Evangelización - 3 - Comunicación
2
[Juan 14:12 tiene una aplicación para la evangelización que abruma nuestro
entendimiento. No sólo dice que los discípulos realizarán las obras de Cristo, sino también
dice que harán obras “mayores” porque Jesús iba al Padre. Tomado tal como está, este
pasaje nos enseñaría que los discípulos, con el poder del Espíritu Santo, iban a hacer todo
lo que su Señor había hecho —y esto supone mucho— y todavía más. Jesús no aclaró
cuáles serían estas obras “mayores”, pero del libro de los Hechos nos daría a entender que
serían en el terreno de la evangelización. Por lo menos, en este sentido, los discípulos de
hecho vieron más resultados que Cristo. Sólo el día de Pentecostés se unió más gente a la
iglesia que durante los tres años del ministerio de Jesús.]
Otro Consolador
Por eso entonces Jesús les habló del Espíritu como de “otro Consolador”,3 como
abogado, como alguien que iba a estar junto a ellos, como persona que iba a ocupar junto
a ellos, en el reino invisible, exactamente el mismo lugar que Jesús había ocupado en la
experiencia visible de la carne (Jn. 14:16). Al igual que Jesús se había dedicado a ellos:
por tres años, ahora el Espíritu los iba a guiar a toda verdad. Les mostraría las cosas por
venir (Jn. 16:13). Les enseñaría lo que necesitaban saber (Jn. 14:26). Los ayudaría a orar
(Jn. 14:13, 14; 16:23, 24). En pocas palabras, glorificaría al Hijo al hacer realidad las
cosas de Cristo para sus seguidores (Jn. 16:14, 15). El mundo no podría recibir esta
verdad, porque no había conocido a Jesús; pero los discípulos sí lo conocieron, porque
estuvo con ellos, y en el Espíritu seguiría estando con ellos para siempre (Jn. 14:17).
Es fácil ver, pues, por qué Jesús esperaba que sus discípulos aguardaran hasta que
esta promesa se les hiciera realidad (Lc. 24:49; Hch. 1:4, 5, 8; 2:33). ¿De qué otra
manera hubieran podido jamás cumplir la comisión de su Señor con gozo y paz interior?
Necesitaban una experiencia tan real de Cristo que sus vidas se llenaran de su presencia.
La evangelización tenía que convertirse en un impulso ardiente dentro de ellos, que
purificara sus deseos y guiara sus pensamientos. Nada que no fuera un bautismo personal
del Espíritu Santo bastaría. La obra sobrehumana a la que fueron llamados exigía ayuda
sobrenatural: una comunicación de poder de lo alto. Esto significaba que los discípulos por
medio de la confesión de su orgullo y desamor tan profundamente arraigados y en la
entrega total de sí mismos a Cristo, tenían que llegar por fe a una experiencia nueva y
purificadora de la plenitud del Espíritu.4
El hecho de que estos hombres fueran seres humanos corrientes no fue obstáculo
en ningún sentido. Sólo sirve para recordarnos el poder avasallador del Espíritu de Dios
quien realiza su propósito en hombres sometidos por completo a su dirección. Después de
todo, el poder está en el Espíritu de Cristo. No es quiénes somos, sino quién es él lo que
constituye la diferencia.
4
[Esta promesa se les cumplió a los discípulos en Pentecostés (Hch. 2:4). Sin embargo, no
se acabó ahí. En muchas ocasiones Lucas nos llama la atención acerca de que la plenitud
del Espíritu Santo era la experiencia permanente y sustentadora de la iglesia primitiva
(Hch. 4:8, 31; 6:3, 5; 7:55; 9:17; 11:24; 13:9, 52). Basados en esto parecería que la
vida llena del Espíritu vino a considerarse como la norma de la experiencia cristiana,
aunque no fue una realidad en el caso de todos. Por esto, por ejemplo, Pablo se vio
constreñido a exhortar a los efesios a que fueran “llenos del Espíritu Santo” (Ef. 5:18). La
terminología utilizada para describir esta experiencia puede variar según la perspectiva
teológica específica del escritor, si bien el estudio de la historia cristiana revela que la
realidad de la experiencia misma, sea como fuere que se defina, es común en todos
aquellos de quienes Dios se ha servido para comunicar el evangelio a otros.]
Con todo, conviene mencionar de nuevo que sólo los que siguieron a Jesús hasta el
final llegaron a conocer la gloria de esta experiencia. Los que siguieron de lejos, como las
multitudes, al igual que los que se empeñaron en no querer andar a la luz de su Palabra,
como los fariseos, ni siquiera oyeron hablar de la obra del bendito Consolador. Como se
dijo antes, Jesús no iba a echar sus perlas a los que no las querían.5
Esto caracterizó su enseñanza durante toda la vida. Jesús a propósito reservó para
sus propios discípulos escogidos, y sobre todo para los doce, las cosas más reveladoras
(Mt. 11:27; cp. 16:17; Lc. 10:22). Realmente, sus ojos y oídos fueron bendecidos. Muchos
profetas y reyes habían deseado ver las cosas que ellos veían, y oír las cosas que ellos
oían, y no pudieron (Mt. 13:16, 17; Lc. 10:23, 24; cp. Mt. 13:10, 11; Mr. 4:10, 11; Lc.
8:9, 10). Esta táctica puede parecer extraña hasta que se vuelve a caer en la cuenta de
que Jesús invirtió voluntariamente todo lo que tenía en estos pocos hombres, a fin de que
estuvieran adecuadamente preparados para realizar la obra.
5
[Un buen ejemplo de esto es el famoso Sermón del Monte (Mt. 5:3-7:27; Lc. 6:20-49).
No fue dirigido primordialmente a la multitud que iba de paso, aunque lo oyeron (Mt. 7:28,
29). Antes bien esta afirmación sublime respecto a la conducta moral y ética del reino fue
dirigida a los pocos seguidores íntimos que podían valorarlo. “Viendo la multitud, subió al
32 Plan Supremo de Evangelización - 3 - Comunicación
monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba” (Mt. 5:1,
2; cp. Lc. 6:17-20). Quizá la ilustración más sorprendente de la forma consciente en que
Jesús negó su enseñanza a los que no la deseaban es la manera cómo ocultó su propia
asociación con la promesa mesiánica. Si bien la declaró a sus amigos al principio del
ministerio (Jn. 4:25, 26, 42), y permitió que sus discípulos la afirmaran desde el comienzo
(Jn. 1:41, 45, 49), no se menciona que Jesús manifestara nunca que era el Mesías a los
dirigentes religiosos de Jerusalén hasta el momento del juicio, y aun entonces sólo
después de que el suma sacerdote le hubo preguntado a quemarropa si era el Cristo (Mt.
26:63, 64; Mr. 14:61, 62).]
Todo gira en torno a la persona del Maestro. Básicamente su camino fue su vida. Y
lo mismo debe ser en el caso de sus seguidores. Debemos tener su vida en nosotros por el
Espíritu si queremos realizar su obra y poner en práctica su enseñanza. Cualquier obra de
evangelización sin esto, carece tanto de vida como de significado. Sólo en cuanto el
Espíritu de Cristo en nosotros exalta al Hijo, es que los hombres son conducidos al Padre.
Desde luego, no podemos dar algo que no poseamos. La capacidad misma de dar la
vida en Cristo es la prueba de la posesión. No podemos negar lo que poseemos en el
Espíritu de Cristo, y seguir conservándolo. El Espíritu de Dios siempre insiste en dar a
conocer a Cristo. Esta es la gran paradoja de la vida: debemos morir a nosotros mismos
para vivir en Cristo, y en esta renuncia a nosotros mismos debemos entregarnos en
servicio y dedicación a nuestro Señor. Este fue el método de Jesús en la evangelización,
que al principio sólo vieron unos cuantos seguidores, pero por medio de ellos iba a
convertirse en el poder de Dios para triunfar sobre el mundo.
Pero no nos podemos detener ahí. Es necesario también que se vea en nosotros
una demostración clara de la forma de vivir de Cristo. Por consiguiente, debemos entender
otro aspecto obvio de la estrategia de Jesús con sus discípulos.
33 Plan Supremo de Evangelización - 5 - Demostración
EJEMPLO OS HE DADO
JUAN 13:15
5• DEMOSTRACIÓN
Jesús se preocupó de que sus discípulos aprendieran su forma de vivir con Dios y
con los hombres. Reconoció que no era suficiente introducir a las personas a la comunión
espiritual con él. Sus discípulos necesitaban saber cómo mantener esta experiencia y cómo
compartirla, y es que era necesario perpetuarla por medio de la evangelización. Desde
luego que, en un sentido técnico, la vida precede a la acción, pero bajo un punto de vista
completamente práctico, vivimos gracias a lo que hacemos. Uno debe respirar, comer,
hacer ejercicio, y proseguir con su trabajo si quiere crecer. Cuando estas funciones
corporales se olvidan, la vida cesa. Por esto el esfuerzo de Jesús por hacer comprender a
sus seguidores los secretos de su influencia espiritual han de considerarse como parte
voluntarias de su estrategia básica. Sabía lo que era importante.
La práctica de orar
Tomemos, por ejemplo, su vida de oración. No fue accidental que Jesús dejara que
sus discípulos muchas veces lo vieran conversar con el Padre.1 Así pudieron comprobar la
fortaleza que esta práctica daba a su vida, y si bien no podían entender completamente de
qué se trataba, tienen que haber caído en la cuenta de que era parte de su secreto de
vida. Adviértase que Jesús no les impuso la lección, sino que más bien siguió orando hasta
que por fin los discípulos se sintieron tan deseosos de imitarle que le pidieron que les
enseñara lo que hacía.
Al hablar con sus discípulos, insistió una y otra vez en la vida de oración,
ahondando constantemente en su significado y aplicación a medida que iban siendo más
capaces de comprender las realidades más profundas de su Espíritu. Fue una parte
indispensable de su preparación, que a su vez habrían de transmitir a otros. Una cosa es
cierta. A no ser que comprendieran el significado de la oración, y aprendieran cómo
practicarla en forma continua, sus vidas nunca iban a producir mucho fruto.
1
[Más de veinte veces los Evangelios hablan de Jesús como practicando la oración. Se
menciona sobre todo en relación con acontecimientos de importancia decisiva para su
vida: el bautismo (Lc. 3:21); la elección de los doce apóstoles (Lc. 6:12); en el monte de
34 Plan Supremo de Evangelización - 5 - Demostración
la Transfiguración (Lc. 9:29); la Última Cena (Mt. 26:27); en Getsemaní (Lc. 22:39-46); y
en la Cruz (Lc. 23:46). Los evangelistas también recibieron inspiración para mencionar la
intercesión del Señor en relación con el ministerio de los discípulos: la confesión de su
condición de Mesías (Lc. 9:18); al oír los informes de ellos en cuanto a evangelismo (Lc.
10:21, 22); al enseñarles a orar (Lc. 11:1); la gran oración sacerdotal antes de morir (Jn.
17:6-19); la preocupación amorosa por Pedro (Lc. 22:32), y en casa de los dos discípulos
en Emaús después de la resurrección (Lc. 24:30). La oración ocupa también un lugar
prominente en el ejercicio de su poder de hacer milagros: curar a las multitudes (Mr.
1:35); alimentar a los 5.000 (Mt. 14:19; Mr. 6:41; Lc. 9:16; Jn. 6:11); alimentar más
adelante a 4.000 (Mt. 15:36; Mr. 8:6); curar al sordomudo (Mr. 7:34); resucitar a Lázaro
de entre los muertos (Jn. 11:41). Además, la oración está en los labios de Jesús al
contemplar las multitudes a las que vino a salvar: antes del conflicto con los líderes
religiosos (Lc. 5:16); en la discusión con los griegos que fueron a verle (Jn. 12:27);
después de despedir a los 5.000 a los que había dado de comer (Mt. 14:23; Mr. 6:46); al
bendecir a los pequeñuelos (Mr. 10:16) y, por fin, por aquellos que lo clavaron a la cruz
(Lc. 23:34).]
Uso de la Escritura
Otro aspecto de la vida de Jesús que les fue presentado en forma gráfica a los
discípulos fue la importancia y el uso de las Sagradas Escrituras.2 Esto resultó evidente
tanto en el mantenimiento de su vida de devoción personal como al ganar a otros para el
reino. A menudo hacía esfuerzos especiales para grabar bien en sus seguidores el
significado de algún pasaje bíblico, y nunca dejó de usar las Escrituras en sus
conversaciones con ellos. En conjunto, hay por lo menos sesenta y seis referencias al
Antiguo Testamento en sus diálogos con los discípulos en los cuatro Evangelios, para no
mencionar más de noventa alusiones al mismo al hablar con otros.3
Todo esto sirvió para mostrar a los discípulos cómo debían conocer y usar las
Escrituras en su propia vida. Los principios de la exhortación bíblica fueron practicados tan
repetidas veces ante ellos, que no pudieron sino asimilar algunas de las reglas básicas de
la interpretación y aplicación escriturales. Además, la capacidad de Jesús para recordar tan
fácilmente pasajes del Antiguo Testamento, debe haber dejado impreso en los discípulos la
necesidad de aprender de memoria las Escrituras, y de que ellas fueran la autoridad en
que se basaran sus pronunciamientos.
En todo se pudo ver con suma claridad que la palabra escrita en las Escrituras y la
palabra que Jesús hablaba no se contradecía, sino que se complementaban. Lo que Jesús
creía también debía ser apreciado por los discípulos. De ahí que las Escrituras, junto con
las propias palabras de él, se convirtieron en la base objetiva de su fe en Cristo. Además,
se les hizo ver con claridad que si querían continuar en intimidad con él por medio del
Espíritu, después de que se hubiera ido, tendrían que permanecer en su Palabra (Jn.
15:17).
2
[Nunca hubo confusión alguna en su mente respecto a su credibilidad y testimonio,
porque sabía que el Espíritu Santo las inspiraba (Mt. 22:43; Mr. 12:36). Las Escrituras
eran para Jesús “la Palabra de Dios” (Mt. 15:6; Mr. 7:13; Lc. 8:12; Jn. 10:35). En realidad,
en un sentido único, eran su propia Palabra que interpretaba y ahondaba (p. ej. Mt. 5:21,
22, 27, 28), como el mismo afirmó: “ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39; cp.
Mt. 5:17, 18). Consciente de esto, se daba plena cuenta de que su vida era el
cumplimiento de las Escrituras, y a menudo se refirió a ello (Mt. 5:18; 8:17; 13:14;
26:54, 56; Mr. 14:49; Lc. 4:21; 21: 22; Jn. 13:18; 15:25; 17:12). Es natural, pues, que
Jesús utilizara en su obra esta fuente disponible de conocimientos seguros. Éste fue el
alimento con que nutría su alma (Mt. 4:4) y fortalecía su corazón contra la tentación (Mt.
35 Plan Supremo de Evangelización - 5 - Demostración
4:4, 7, 10; 12:3; Lc. 4:4, 8, 12). Pero sobre todo, fue su libro de texto para enseñar en
público y en privado la verdad eterna de Dios (p. ej. Lc. 4:17-21; 24:27, 32, 44, 45).]
3
[Estos son ejemplos separados de su Palabra hablada en la que se hace alguna referencia
al Antiguo Testamento, ya sea en cita directa, alusión a algún suceso, o lenguaje parecido
a las palabras empleadas en las Escrituras judías. Si se cuentan las repeticiones en los
pasajes paralelos, referente al mismo suceso, hay en conjunto, en los cuatro Evangelios,
unas 160 referencias en las que Jesús alude a la Biblia de su tiempo. Además, dos tercios
de los libros del Antiguo Testamento se incluyen en estas referencias. En vista de esto, se
puede concluir que la Palabra de Cristo estaba completamente embebida de la enseñanza
de los antiguos patriarcas, reyes, y profetas. Todo su pensamiento estaba moldeado en el
espíritu de los escritos inspirados de su tiempo.]
Prácticamente todo lo que Jesús hizo y dijo tuvo algún significado para su obra de
evangelización, ya fuera por medio de la explicación de una verdad espiritual o ya al
revelarles cómo tratar a los hombres. No se vio urgido de preparar situaciones didácticas,
sino que se limitó a aprovechar las que se iban presentando, y por ello su enseñanza
siempre parecía realista. De hecho, en su mayor parte, los discípulos la iban absorbiendo
sin siquiera saber que estaban recibiendo preparación para ganar, en condiciones
parecidas, a las gentes para Dios.
4
[Los límites de esta exposición no permiten un análisis exhaustivo de todas las prácticas
de Jesús que afectaron su vida. Su forma de enseñar a los discípulos a orar y a utilizar la
Biblia se menciona sólo como ejemplo de lo cuidadoso que fue en preparar a sus
seguidores para el servicio. De querer tratar el tema en forma completa, habría que
estudiar su forma de dar culto, su preocupación por los ritos y leyes de la sociedad, su
actitud respecto a las responsabilidades civiles y sociales, para mencionar sólo unos
cuantos puntos. Pero lo importante es que en todas estas cosas Jesús enseñó a los
discípulos a cómo vivir una vida adecuada y victoriosa en medio de un mundo pagano.]
Todo lo que los discípulos tuvieron que enseñarles fue un Maestro que practicó con
ellos lo que esperaba que aprendieran. La evangelización fue vivida ante ellos en espíritu y
en técnica. Observándolo aprendieron en qué consistía. Los ayudó a reconocer la
necesidad innata en todas las clases de personas, y los mejores métodos para
acercárseles. Observaron cómo atraía a la gente; cómo ganaba su confianza e inspiraba su
fe; cómo les manifestaba el camino de salvación y los invitaba a decidirse. En toda clase
de situaciones y entre toda clase de gente, ricos y pobres, sanos y enfermos, amigos y
enemigos por igual, los discípulos vieron en acción al Maestro ganador de almas. No fue
resumido en el pizarrón de una clase concurrida ni escrito en un manual de “hágalo usted
por sí mismo”. Su método fue tan real y práctico porque era totalmente natural.
5
[Numerosos autores han tratado de analizar las técnicas didácticas de Jesús, y quien
quiera dedicarse a estudiar este tema haría bien en consultar, entre otras, las siguientes
obras: Jesús el Maestro por Florence Nickles (Editorial “La Aurora”) y Jesús el Maestro por
J. R. Price (Casa Bautista de Publicaciones).]
Esto fue así tanto en su trato con las masas como con los individuos. Los discípulos
siempre estaban allí para observar su palabra y sus acciones. Si la forma concreta no
resultaba clara, todo lo que tenían que hacer era pedir al Maestro que se la explicara. Por
ejemplo, después de que Jesús contó la historia del sembrador a “mucha gente” (Mr.
4:1s.; cp. Mt. 13:1-9; Lc. 8:4-8), sus discípulos “le preguntaron, diciendo: „¿Qué significa,
esta parábola?‟” (Lc. 8:9; cp. Mt. 13:10; Mr. 4:10). Ante lo cual Jesús procedió a
explicarles en detalle el significado de las analogías empleadas en la ilustración. De hecho,
a juzgar por el texto escrito, dedicó tres veces más de tiempo a explicar esta historia a los
discípulos que a la lección inicial dada a la multitud (Mt. 13:10-23; Mr. 4:10-25; Lc. 8:9-
18).6
El principio enfocado
El método de Jesús en este caso fue más que un sermón ininterrumpido; fue
también una lección objetiva. Éste fue el secreto de su influencia al enseñar. No pidió a
nadie que hiciera o fuera algo que él no hubiera demostrado, antes en su propia vida, con
lo que no sólo demostró que el principio era aplicable sino también que tenía importancia
37 Plan Supremo de Evangelización - 5 - Demostración
para su misión. Y esto fue así porque estuvo constantemente con sus discípulos. Sus
clases de preparación nunca se interrumpieron. Todo lo que hizo y dijo fue una lección
personal real, y como los discípulos estaban con él para darse cuenta de ello, en la práctica
estuvieron aprendiendo sin cesar, cada minuto.
¿De qué otra manera se podría aprender su camino? Está muy bien explicar a la
gente lo que queremos decir, pero es infinitamente mejor mostrarles cómo hacerlo. La
gente busca demostraciones, no explicaciones.
6• DELEGACIÓN
Jesús realizó siempre su ministerio con miras al momento en que sus discípulos
habrían de asumir la responsabilidad de la obra y salir al mundo con el evangelio redentor.
Este plan se fue aclarando en el transcurso de su vida con Jesús.
La paciencia con que Jesús hizo comprender esto a los discípulos refleja su
consideración para con la capacidad de ellos de aprender. Nunca se adelantó a insistir en
que actuaran. La primera invitación que les hizo para que lo siguieran no incluyó nada en
cuanto a salir a evangelizar al mundo, si bien este fue su plan desde el principio. Su
método fue que los discípulos llegaran a una experiencia vital con Dios, y mostrarles cómo
actuaba él mismo antes de decirles lo que tenían que hacer.
Por otra parte, Jesús no se opuso a los deseos espontáneos de los discípulos de dar
testimonio de su fe; y, de hecho, pareció complacido de que desearan conducir a otros al
conocimiento de lo que ellos habían hallado. Andrés consiguió a Pedro; Felipe encontró a
Natanael; Mateo invitó a sus amigos a una comida en la casa de Jesús; y Jesús respondió
con gozo a estas presentaciones. Conviene también advertir que en varias ocasiones Jesús
pidió en forma específica a aquellos a quienes ayudaba con su ministerio, a que dijeran
algo acerca de ello a otros. Sin embargo, en ninguno de estos casos preliminares la vida
de testimonio fue objeto de un mandato explícito.
Jesús utilizó a sus discípulos en otras formas de ayuda en su obra, tal como
encargarse de conseguir comida y preparar hospedaje para el grupo que lo seguía.
También les dejó bautizar a algunos que aceptaron el mensaje (Jn. 4: 2).1 Aparte de esto,
sin embargo, más bien sorprende observar en los Evangelios que estos primeros discípulos
en realidad no hicieron mucho más que observar a Jesús por un año o más. Su actividad
fue la que mantuvo ante ellos la visión, y en su llamamiento de los cuatro pescadores
recalcó que siguiéndole tenían que ser pescadores de hombres (Mt. 4:19; Mr. 1:17; Lc.
5:10), pero no parece que hicieran mucho a este respecto. Es más, incluso después de
haber sido formalmente ordenados para el ministerio unos meses después (Mr. 3:14-19;
Lc. 6:13-16), siguieron sin dar pruebas de llevar a cabo ninguna iniciativa evangelizadora
propia. Esta observación quizá debería hacernos ser más pacientes con los recién
convertidos que nos siguen.
1
[No puedo abstenerme de observar a este respecto que a los discípulos de Jesús se les
dio el privilegio de administrar el rito del bautismo bastante antes de que recibieran la
misión de predicar. Si fuéramos a deducir de esto una norma de administración
eclesiástica, querría decir que el ministerio de la predicación es ciertamente más
significativo y va acompañado de más peligros y privilegios que el ministerio de las
ordenanzas, por lo menos del bautismo. Quienquiera, pues, a quien se le confía el
ministerio sagrado de la Palabra, tiene una posición mucho más responsable que
simplemente la de administrar el bautismo y, por lo tanto, la responsabilidad mayor
incluiría la menor. La aplicación de esta norma, sin embargo, tendría algunas
consecuencias de gran alcance en muchas congregaciones de la iglesia moderna.]
39 Plan Supremo de Evangelización - 6 - Delegación
Pero al comenzar Jesús el tercer recorrido de Galilea (Mt. 9:35; Mr. 6:6), sin duda
se dio cuenta de que había llegado el momento en que los discípulos podían participar más
directamente en la obra. Ya habían visto lo suficiente, por lo menos para comenzar. Ahora
necesitaban poner en práctica lo que habían visto hacer a su Maestro. Por esto “llama a los
doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos” (Mr. 6:7; cp. Mt. 10:5; Lc. 9:1, 2). Al igual
que el águila madre enseña a sus crías a volar empujándolas fuera del nido, así Jesús
empujó a sus discípulos al mundo para que probaran sus propias alas.
Instrucciones breves
Antes de enviarlos, sin embargo, Jesús les dio algunas instrucciones para su misión.
Lo que les dijo en esa ocasión es muy importante para este estudio porque, en un sentido,
les resumió en forma explícita lo que les había estado enseñando en forma implícita todo
el tiempo.
Primero reafirmó el propósito que había asignado a sus vidas. Tenían que salir a
“predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lc. 9:1, 2; cp. Mt. 10:1; Mr. 6: 7).
En esta comisión nada había de nuevo, pero sirvió para aclarar la tarea. Sin embargo, las
instrucciones nuevas que les dio sí hicieron resaltar lo inminente de la tarea con el anuncio
de que “el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 10:7). También detalló en forma más
completa el objetivo de su autoridad al decirles no sólo que sanaran, sino también “limpiad
leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios” (Mt. 10:8).
Pero Jesús no se limitó a esto. Les indicó también a quiénes debían dirigirse en
primer Lugar. “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,
sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt. 10:5, 6). Fue como si Jesús
les dijera a los discípulos dónde iban a encontrar el auditorio más capaz de oír el mensaje.
Así había procedido Jesús en su ministerio, si bien, a medida que pasaba el tiempo, no se
limitó a ello. Como los compatriotas eran los más parecidos a ellos en formación cultural y
religiosa, es natural que comenzaran con ellos. Es interesante, sin embargo, que unos
meses más tarde, al enviar a los setenta, no repitiera esta recomendación, con lo que
quizá quiso indicar que ya había llegado el momento de ir con el mensaje de Cristo más
allá de las fronteras naturales.
En cuanto a su sostenimiento, tenían que confiar en que Dios les iba a proveer de
todo lo necesario. Se les dijo que sirvieran gratuitamente del mismo modo que su Señor
les había servido a ellos (Mt. 10:8). En consecuencia, Jesús los instruyó para que no
cargaran sin necesidad con bagaje y provisiones (Mt. 10:9, 10; Mr. 6:8, 9; Lc. 9:3). Si
eran fieles a Dios, él procuraría que no les faltara nada. “El obrero es digno de su
alimento” (Mt. 10:10).
Seguir su método
dedicaran la mayor parte del tiempo a los individuos más prometedores de cada ciudad,
quienes con ello podrían proseguir la obra después de la salida de los propios discípulos.
Esto tenía que recibir prioridad absoluta. De hecho, si no podían encontrar a nadie que los
acogiera, se les instruye específicamente a que sacudan el polvo de sus pies como
testimonio en contra de aquellos faltos de hospitalidad. Sería “más tolerable el castigo
para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad” (Mt. 10:14, 15; cp. Mr.
6:11; Lc. 9:5). Este principio de establecer una cabeza de puente en un lugar nuevo de
trabajo, por medio de la obtención de un líder potencialmente clave para la labor de
continuación, no ha de minimizarse. Jesús lo había practicado con sus discípulos, y
esperaba que ellos hicieran lo mismo. Todo su plan de evangelización dependía de ello, y
esos lugares que negaban a los discípulos la oportunidad de practicar este principio, de
hecho se atrajeron sobre sí el juicio de obcecación total.
Esperar inconvenientes
El hecho de que algunos rechazaran el ministerio de los discípulos sólo hizo más
patente la advertencia de Jesús en cuanto al tratamiento que podían esperar recibir.
“Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os
azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para
testimonio a ellos y a los gentiles” (Mt. 10:17, 18). Esto resultaba del todo natural, ya que
“el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mt. 10:24). Los
dirigentes habían llamado a Jesús Belcebú, y los suyos no debían esperar menos (Mt.
10:25). Esto equivalía a decir que su camino se oponía a las pautas aceptadas de la
sabiduría del mundo. Por ello los hombres los odiarían (Mt. 10:22, 23). Sin embargo, Jesús
les dijo que no temieran. Dios nunca los abandonaría. Y aunque su testimonio se viera
acompañado de graves peligros para su vida, el Espíritu Santo los capacitaría para salir al
paso de los problemas (Mt. 10:20, 21). Fuera lo que fuere lo que les sucediera, Jesús les
garantizó que a quienquiera que lo confesare ante los hombres, él lo recordaría delante de
su Padre en los cielos (Mt. 10:32).
No se puede evitar sentirse impresionado por la forma realista como Jesús nunca
permitió que sus discípulos subestimaran la fuerza del enemigo, ni la resistencia natural de
los hombres a su evangelio redentor. No buscaban problemas. De hecho, les advierte que
sean “prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mt. 10:16), lo cual subraya
la necesidad del tacto; pero a pesar de todas sus precauciones, subsistía el hecho de que
el mundo no iba a recibir a los discípulos en forma acogedora cuando predicaran el
evangelio. Se los enviaba “como a ovejas en medio de lobos” (Mt. 10:16).
Lo que Jesús quiso hacer notar en todas estas instrucciones fue que la misión de los
discípulos no era diferente en principio o método de la suya. Comenzó dándoles su propia
autoridad o poder para realizar la obra (Mt. 10:1; Mr. 6: 7: Lc. 9:1), y concluyó
asegurándoles que lo que hicieran sería como si lo hiciera él mismo. “El que a vosotros
recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt. 10:40; cp.
Jn. 13:20). ¡Pensemos en esta identificación! Los discípulos iban a ser los verdaderos
representantes de Cristo cuando salieran. Era tan clara esta asociación, que si alguien
diera aunque sólo fuera un vaso de agua fría a un niño en nombre de un discípulo, ese
acto de misericordia sería recompensado (Mt. 10:42).
De dos en dos
Éstas fueron las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos. Pero antes de que
salieran, formó grupos de dos en dos (Mr. 6:7).2 Sin duda este plan tuvo como intención
que los discípulos tuvieran siempre compañía. Juntos se podían ayudar mutuamente, y
cuando surgieran circunstancias adversas, como sin duda ocurriría, podrían encontrar solaz
entre ellos. También esto refleja la preocupación característica de Jesús por la unión.
“Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por
todas partes” (Lc. 9:6; cp. Mr. 6:12). Y así el pequeño grupo de discípulos comenzó por fin
el ministerio activo propio para Cristo.
Desde luego, esto no fue excusa para que Jesús descuidara su propio trabajo.
Nunca pidió a nadie que hiciera algo que él no estuviera dispuesto a hacer. Por esto
cuando los discípulos salieron, el Maestro igualmente “se fue de allí a enseñar y a predicar
en las ciudades de ellos” (Mt. 11:1).
2
[El plan de salir en parejas parece que fue la práctica seguida a menudo en los
Evangelios. Por ejemplo, dos discípulos fueron enviados a buscar el pollino para que Jesús
lo utilizara para entrar en Jerusalén (Lc. 19:29). Pedro y Juan fueron enviados juntos para
preparar la Pascua (Lc. 22:8). Es probable que Santiago y Juan fueron juntos a Samaria
antes de Jesús, ya que fueron los que se lamentaron indignados de la forma en que habían
sido recibidos (Lc. 9:52, 54).]
No muchos meses después de esto “otros setenta” fueron enviados de dos en dos
para dar testimonio de su Señor (Lc. 10:1). No se sabe con seguridad quiénes fueron estos
otros discípulos, pero hay indicios de que los doce formaban parte de ese grupo. El tamaño
del grupo también indica que se debió en cierto modo a la creciente actividad de los doce
en el testimonio de Cristo.
Las instrucciones dadas a este grupo más numeroso, fueron esencialmente las
mismas que las dadas antes a los doce (Lc. 10:2-16). Una novedad en esta nueva
42 Plan Supremo de Evangelización - 6 - Delegación
comisión fue el recordarles que iban “a toda ciudad y lugar a donde él había de ir” (Lc.
10:1). Es decir, los discípulos eran precursores de su Señor, para preparar su ministerio.
Este detalle les había sido recalcado unas semanas antes durante un viaje a Samaria (Lc.
9:52), de manera que en realidad no fue algo que les resultara nuevo. Simplemente
indicaba de nuevo que todos ellos iban a practicar lo que habían aprendido en cuanto a la
estrategia evangelizadora de su Maestro.
Un poco después, cuando Jesús desayunaba con los discípulos junto al mar de
Tiberías, le dijo a Pedro tres veces que apacentara sus ovejas (Jn. 21:15, 16, 17). Esta
exhortación significó para el gran pescador la prueba de su amor por el Maestro.
En una montaña de Galilea dio la Gran Comisión no sólo a los once discípulos (Mt.
28:16), sino también a toda la iglesia que por entonces contaba unos 500 hermanos (1
Cor. 15:6). Fue una proclamación clara de su estrategia de conquista mundial. “Toda
potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28: 18-20; cp. Mr. 16:15-18).
Finalmente, antes de regresar al Padre, Jesús por última vez se lo volvió a repetir a
los discípulos, mostrándoles cómo había sido necesario que todo se cumpliese mientras
estuvo con ellos (Lc. 24:44, 45). Su sufrimiento y muerte, al igual que su resurrección de
entre los muertos al tercer día, fue según lo previsto (Lc. 24:46). Jesús pasó a mostrarles
a los discípulos que era necesario “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el
perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:47). Y
para el cumplimiento de este propósito divino, los discípulos eran parte tan importante
como el Maestro. Tenían que ser los instrumentos humanos que anunciaran las buenas
nuevas, y el Espíritu Santo iba a ser el poder personal que Dios les daría para su misión.
“Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis
testigos en Jerusalén, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Heb. 1:8; cp. Lc. 24:48,
49).
confusos. Nadie que siguiera de continuo a Jesús podía eludir esta conclusión. Así fue
entonces; así es hoy.
Los discípulos cristianos son hombres enviados: enviados para la misma labor de
evangelización mundial para la que fue enviado el Señor y por la que dio la vida. La
evangelización no es un accesorio optativo de nuestra vida. Es el palpitar de todo lo que
hemos sido llamados a ser y hacer. Es la comisión de la iglesia que da significado a todo lo
demás que se emprende en el nombre de Cristo. Con este propósito bien claro, todo lo que
se dice y hace cumple en forma gloriosa el propósito redentor de Dios —instituciones
educativas, programas sociales, hospitales, reuniones de la iglesia, de la clase que sean—
todo lo que se hace en el nombre de Cristo tiene justificación en el cumplimiento de esta
misión.
Pero no basta convertir esto en ideal. Debe recibir expresión tangible de parte de
los que siguen al Salvador. La mejor forma de estar seguros de que así se hace es asignar
trabajo práctico y esperar que se lleve a cabo. Esto hace que los hombres den los primeros
pasos, y cuando ya han visto la obra demostrada en la vida de su Maestro, no hay razón
para no cumplir con la asignación hecha. Cuando la iglesia tome en serio esta lección, y se
dedique de verdad a la evangelización, entonces los que ocupan los bancos de la iglesia
comenzarán a moverse para Dios.
7• SUPERVISIÓN
Jesús procuró siempre reunirse con los discípulos después de sus recorridos, a fin
de escuchar sus informes y compartir con ellos las bendiciones de su propio ministerio. En
este sentido, se podría decir que su enseñanza alternó entre instruir y asignar. Durante
todo el tiempo que estuvo con ellos, los ayudó a entender la razón de alguna acción previa
o los preparó para alguna experiencia nueva. Sus preguntas, ilustraciones, advertencias y
admoniciones tenían como fin hacerles ver lo que necesitaban saber a fin de llevar a cabo
su obra, la cual consistía en la evangelización del mundo.
En forma semejante, después de que salieron los setenta, Jesús los llamó para que
informaran de su labor. “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios
se nos sujetan en tu nombre” (Lc. 10:17). En la misión previa de los doce, no se menciona
ningún éxito espectacular, pero en esta ocasión habían conseguido triunfos emocionantes.
Quizá la diferencia radicó en la experiencia que los discípulos habían ganado.
Nada hubiera podido alegrar a Jesús más que esto. Frente al triunfo final que la
labor de ellos garantizaba, Jesús dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc.
10:18). “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu” y luego alabó en voz alta
a Dios por lo que había hecho (Lc. 10:2, 22). Por esto, había trabajado Jesús durante
todos esos largos meses, y ahora comenzaba a ver los frutos de su obra. Con todo, para
demostrar cómo Jesús estaba al tanto para que las experiencias sirvieran de muestras de
la verdad, incluso utilizó esta ocasión para llamar la atención de los discípulos a que no
cayeran en el orgullo por lo conseguido. Como él lo dijo: “Pero no os regocijéis de que los
espíritus se os sujeten, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los
cielos” (Lc. 10:20).
45 Plan Supremo de Evangelización - 7 - Supervisión
Lo que se percibe con tanta viveza en estas reuniones de examen que seguían a las
salidas de los discípulos, no hace más que resaltar la estrategia de Jesús a lo largo de su
ministerio. Al examinar alguna experiencia concreta que los discípulos habían tenido
sacaba alguna aplicación práctica de la misma para sus vidas.
O, en otra ocasión, pensemos en la forma en que les recordó la parte que habían
desempeñado, en alimentar a la multitud para grabar en ellos la idea de su poder para
hacer cualquier cosa, en tanto que les enseñaba una lección vital de discernimiento
espiritual (Mt. 14:13-21; 15:29-38; Mr. 6:30-44; 7:31-8:9, 13-21; Lc. 9:10-17; Jn. 6:1-
13). Ocurrió cuando cruzaban el mar de Galilea en una barca, inmediatamente después de
la dura acusación del Maestro contra la actitud crónica que tenían las sectas religiosas de
ese tiempo de buscar señales (Mt. 15:39-16:4; Mr. 8:10-12). Jesús, sin duda muy
agobiado por el incidente ocurrido al otro lado del lago, se volvió a los discípulos y les dijo:
“Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos.” Pero los discípulos, espiritualmente
torpes, todavía hambrientos y sin pan, pensaron que no deberían comprar pan de esa
gente incrédula, y por tanto se preguntaban de dónde sacarían con qué comer. Al darse
cuenta de que no habían entendido para nada la lección espiritual de sus observaciones,
las cuales querían ponerlos sobre aviso contra la incredulidad, Jesús dijo: “¿Qué discutís,
porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aun tenéis endurecido vuestro
corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? Cuando partí
los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis?” Los
discípulos contestaron, “doce” (Mr. 8:19).
Sin duda que esto les hizo recordar claramente ese día cuando sentaron a las
multitudes para comer, y luego vieron a Jesús realizar el milagro de los panes.1
Recordaron, también, cómo los había utilizado para distribuir las provisiones de modo que
todos tuvieran bastante, y luego para recoger el sobrante. En realidad, fue un recuerdo
vivo, porque cada uno de los doce se quedó con una cesta llena de comida cuando la
multitud se dispersó. También recordaron cómo les habían quedado siete cestas después
de dar de comer a los cuatro mil. Con esta prueba del poder milagroso de Jesús no podía
caber la menor duda acerca de su capacidad para darles de comer con el pan que tenían si
fuera necesario. “Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la
levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos” (Mt. 16:12)
1
[Antes de que Jesús diera de comer a los 5.000, pidió primero a los discípulos que dieran
de comer a la gente. Lo hizo expresamente para mostrarles la poca fe que tenían (Jn.
6:6), y también para grabar en ellos el problema que ello implicaba. Sólo después de que
los discípulos se convencieron de su total impotencia frente a esta situación intervino
Jesús, pero incluso entonces se sirvió de los discípulos para solucionar el problema.]
46 Plan Supremo de Evangelización - 7 - Supervisión
Una de las lecciones más penetrantes de carácter correctivo que el Maestro dio
inmediatamente después de la actividad de los discípulos, tuvo relación con la actitud de
ellos respecto a otros que trabajaban pero no eran miembros del grupo apostólico. Parece
que en el curso de sus viajes se habían encontrado con personas que arrojaban demonios
en el nombre de Jesús, pero como dichas personas no eran de su grupo, los discípulos los
habían censurado duramente por ello (Mr. 9:38; Lc. 9:49). Sin duda que los discípulos de
Jesús sintieron que actuaban bien, pero cuando el Maestro se enteró de ello, sintió la
necesidad de explicarles en detalle los peligros de oponerse a cualquier obra sincera hecha
en su nombre (Mt. 18:6-14; Mr. 9:39-50). “No se lo prohibáis”; dijo Jesús, “porque el que
no es contra nosotros, por nosotros es” (Lc. 9:50). Luego, aplicando esta idea en una
forma más general a todas las personas inocentes, sobre todo a los niños, siguió diciendo:
“Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera
si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase al mar” (Mr. 9:42). “No es la
voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños”
(Mt. 18:14).
El principio aplicado
Se podrían citar muchos otros ejemplos para mostrar cómo Jesús vigilaba las
acciones y reacciones de los discípulos a medida que se encontraban con situaciones
difíciles. Estuvo siempre tras ellos, observándolos más de cerca a medida que su ministerio
en la tierra llegaba a su fin. No les permitía descansar ni en los triunfos ni en los fracasos.
Por sobre todo lo que ya hubieran hecho, siempre quedaban cosas por hacer y aprender.
Se alegraba con sus éxitos, pero su meta no era otra que la conquista del mundo, y con
este objetivo supervisaba sin cesar los esfuerzos.2
Ahí tenemos la capacitación práctica más excelente. Jesús dejaba que sus
seguidores experimentaran algo u observaran algo por sí mismos, y luego se servía de
ellos como punto de partida para enseñar una lección de discipulado. El hecho de que ellos
trataran de realizar la labor de él, aunque a veces fracasaran, les daba una conciencia más
aguda de sus deficiencias, y por ello estaban más dispuestos a recibir la corrección del
Maestro. Además, el enfrentarse con situaciones vivas permitía a Jesús orientar su
enseñanza hacia necesidades específicas y detallarlas en términos concretos basados en
experiencias prácticas. Siempre se valora más una enseñanza después de que se ha tenido
oportunidad de aplicar lo que se sabe.
Lo importante en toda esta labor de supervisión de Jesús fue que mantuvo a los
discípulos progresando hacia la meta que les había establecido. No esperaba de los
discípulos más de lo que podían hacer, pero sí esperaba lo mejor de sus esfuerzos, y
esperaba que fueran mejorando a medida que crecían en conocimiento y gracia. Su plan
de enseñanza, por ejemplo, el asignar trabajos, y la vigilancia constante, tuvieron como fin
el que descubrieran todo lo que podían llegar a hacer.
47 Plan Supremo de Evangelización - 7 - Supervisión
2
[Es significativo que tuviera cuidado de enseñarles que el Espíritu Santo iba a seguir
supervisando su labor después de que él hubiera dejado de dirigirlos. El obrero cristiano
nunca se queda sin supervisión personal.]
Sin duda que muchos de nuestros esfuerzos por el reino se disipan por esta razón.
Fracasamos, no por no tratar de hacer algo, sino porque dejamos que nuestros pequeños
esfuerzos se conviertan en excusa para no hacer más. El resultado es que perdemos por
negligencia lo adelantado en años de duro trabajo y sacrificio.
8• REPRODUCCIÓN
Jesús había creado en sus discípulos la estructura de una iglesia que desafiaría y
triunfaría sobre todos los poderes de la muerte y el infierno. Había comenzado en pequeño
como un grano de mostaza, pero crecería en tamaño y fuerza hasta convertirse en “la
mayor de las hortalizas” (Mt. 13:32; cp. Mr. 8:32; Lc. 13:18, 19). Jesús no esperó que
todos se salvaran (se dio cuenta en forma realista de la rebelión de los hombres a pesar de
la gracia), pero también previó el día en que el evangelio de salvación en su nombre sería
proclamado en forma convincente a toda criatura. Por medio de ese testimonio, su iglesia
militante un día sería la iglesia universal y llegaría a ser la iglesia triunfante.
Sin embargo, no debemos dejar de ver la relación directa que existe entre dar
testimonio de Cristo y la victoria final sobre el mundo. Una cosa no llega sin la otra. El
aunar estos dos hechos dinámicos con el poder del Espíritu Santo es la genialidad
culminante de la estrategia evangelizadora de Jesús.
2
[El carácter personal del pasaje no es presentado a veces con claridad por los que tratan
de evitar incluso la sugerencia, de que a Pedro se le dio supremacía en la iglesia. Esta
preocupación es innecesaria porque no hay nada en el pasaje, ni en ninguna otra parte de
la Biblia, que refrende las ideas católicas acerca del papado. Decir incluso que “roca” se
refiere a Pedro, como hacen muchos exégetas simplemente subraya su prominencia y
liderazgo al afirmar la fe en Cristo. Sin embargo, otros estudiosos prefieren no ver a Pedro
en la “roca” sobre la que la iglesia se dice que va a ser edificada. Siguen diferentes líneas
interpretativas, en especial la idea de que “roca” significa la confesión de fe de Pedro. Muy
parecida a este punto de vista, y a menudo asociada con él, es la opinión de que la “roca”
es Cristo mismo. Otros creen que se aplica a Pedro como representante de todos los
creyentes. Algunos de los que así piensan se fijan mucho en el hecho de que en griego la
palabra “Pedro” (petros) está en masculino, mientras que la palabra que se traduce por
“roca” (petra) está en femenino. Esta distinción permite, basados en el empleo de estas
palabras en otros pasajes, ver a Pedro como “una parte de la formación pétrea” en
contraste con “la formación pétrea misma” sobre la que la iglesia se iba a edificar. Sin
embargo, sea cual fuere el punto de vista que se tenga, subsiste el hecho de que Cristo se
dirigió personalmente a Pedro, y que Pedro no hubiera podido ser considerado ni siquiera
como una parte de la roca si no hubiera afirmado personalmente su fe en la divinidad de
Cristo. Esta conclusión me parece que se debe considerar como una verdad obvia aparte
de cualquiera de las interpretaciones que se den a “roca” y que se han citado antes.]
3
[Es digno de advertirse que Pedro mismo emplea esta analogía. Además, la ausencia de
cualquier pretensión de superioridad personal en sus cartas indica, en forma convincente,
que Pedro no entendió que su Señor le hubiera otorgado ninguna autoridad eclesiástica o
espiritual especial.]
El principio aplicado
también al Salvador, que su Espíritu y método los constreñía a hablar a otros. Por sencillo
que parezca, esta era la forma en que el evangelio triunfaría. No tenía otro plan.
La gran comisión
texto griego, y se ve que los verbos “ir”, “bautizar”, y “enseñar” están todos en participio,
y estos participios derivan su fuerza del verbo principal “hacer discípulos”. Esto significa
que la gran comisión no es simplemente ir hasta los confines de la tierra predicando el
evangelio (Mr. 16:15), ni bautizar a muchos convertidos en el nombre del Dios Trino, ni
enseñarles los preceptos de Cristo, sino “hacer discípulos”: preparar a hombres como ellos,
que se sintieran tan constreñidos por la comisión de Cristo que no sólo siguieran, sino
guiaran a otros para que siguieran el camino. Sólo cuando se hicieran discípulos podrían
cumplir su propósito las otras actividades de la comisión.
discípulo verdadero como fruto de nuestra labor. ¿No doblaría esto inmediatamente
nuestra influencia? Y supongamos que formáramos a otro más como nosotros mismos al
mismo tiempo que el primero hiciera lo mismo. ¿Acaso esto no multiplicaría por cuatro
nuestra vida? Teóricamente, por lo menos, con este modo de multiplicarse sólo nuestro
ministerio pronto alcanzaría, a multitudes con el evangelio. Es decir, si esa persona a la
que hemos llamado discípulo de verdad siguiera los pasos del Maestro.
La iglesia lo demuestra
Podemos estar agradecidos de que así fuera en el caso de los primeros discípulos.
Comunicaron el evangelio a las multitudes, pero, mientras tanto iban consolidando a
aquellos que creían. A medida que el Señor iba añadiendo diariamente a la iglesia aquellos
que se salvaban, los apóstoles, como su Maestro, preparaban a hombres que reprodujeran
su ministerio hasta los confines de la tierra. Los Hechos de los Apóstoles no es más que la
manifestación, en la vida de la iglesia creciente, de los principios de evangelización, que
estuvieron sintetizados en la vida de Cristo.
Baste decir que la iglesia primitiva demostró que el plan del Maestro para la
conquista del mundo funcionaba. Fue tan grande el impacto de su testimonio que antes del
final del siglo la sociedad pagana de la época había sido sacudida en sus cimientos e
iglesias en crecimiento se habían establecido en la mayor parte de los centros de
población. Si el impulso en la obra evangelizadora de la iglesia hubiera continuado tal
como al comienzo, en pocos siglos las multitudes del mundo entero habrían conocido el
contacto de la mano del Maestro.
El problema actual
esfuerzos, porque sin ellos la iglesia no podría funcionar como lo hace. Sin embargo, a no
ser que la misión personal del Maestro se incorpore vitalmente al plan de acción y a la
entraña misma de todas estas iniciativas, la iglesia no podrá funcionar como debería
hacerlo.
¿Cuándo nos daremos cuenta de que la evangelización no se lleva a cabo por medio
de algo, sino por medio de alguien? Es una expresión del amor de Dios, y Dios es una
persona. Su naturaleza, siendo personal, se expresa sólo por medio de la personalidad
revelada por primera vez en forma plena en Cristo, y ahora expresada por medio de su
Espíritu en la vida de los que se han entregado a él. Las comisiones pueden ayudar a
organizarlo y dirigirlo, y para este fin sin duda que son necesarias, pero la obra misma la
hacen hombres que buscan a otros hombres para Cristo.
Por esto debemos decir con E. M. Bounds que “los hombres son el método de
Dios”.4 Hasta que no tengamos hombres imbuidos de su Espíritu y entregados a su plan,
ninguno de nuestros métodos servirá.
EPÍLOGO
EL MAESTRO Y SU PLAN
¿Cuál es el plan de su vida? Todo el mundo tiene que vivir de acuerdo con algún
plan. El plan es el principio organizador en torno al cual se persigue el objetivo de la vida.
No podemos estar conscientes del plan en cada una de nuestras acciones, ni siquiera quizá
saber que tenemos un plan, pero, con todo, nuestras acciones no dejan de manifestar una
especie de pauta básica.
Cuando nos ponemos a tratar de descubrir nuestro objetivo y ver qué hacemos
para conseguirlo, lo que descubrimos quizá no sea del todo satisfactorio. Pero una
evaluación sincera debería hacernos preocupar más por el llamamiento recibido, por lo
menos en el caso de la persona que cree que el camino de Jesús es la norma según la cual
todas las acciones deberían examinarse.
Quizá haya que modificar algunos planes propios que queremos mucho, o quizá
haya que abandonarlos por completo. También puede resultar angustiosa la adaptación de
la congregación a la idea del ministerio que el Maestro nos ha dejado. Es más que probable
que todo nuestro, concepto del éxito tendrá que ser reevaluado. Sin embargo, los
principios resumidos en esta obra tienen alguna validez, deberían entenderse como guía
para la acción. Sólo cuando se aplican a la obra diaria de la vida tienen significado.
Considerarlos como genuinos significa que deben ser pertinentes.
Pero cualquiera que sea la forma específica que adopte nuestro método, la vida de
Jesús nos enseña que encontrar y preparar a hombres para que ganen a otros hombres
ocupa el primer puesto. Las multitudes no pueden conocer el evangelio a no ser que
tengan un testigo vivo. Darles sólo una explicación no bastará. Las masas desorientadas
del mundo deben tener una demostración de que creer—deben tener a un hombre que en
medio de ellos les diga, “seguidme, yo conozco el camino”. En esto, pues, deben centrarse
todos nuestros planes. Por espiritual que fuera nuestro enfoque, la importancia duradera
de todo lo que hagamos dependerá de lo bien que se cumpla esta misión.
Con todo, debemos darnos cuenta de que la clase do hombres que Cristo necesita
no se consigue por casualidad. Para ello se necesitan planificación premeditada y esfuerzo
concentrado. Si queremos preparar hombres, debemos trabajar para ellos. Debemos
buscarlos. Debemos ganarlos. Sobre todo, debemos orar por ellos. Algunos ya están
ocupando puestos importantes en la iglesia. Otros todavía están entre aquellos que
esperan recibir la invitación para llegar a Cristo. Pero dondequiera que estén, han de ser
ganados y preparados para que lleguen a ser discípulos eficaces de nuestro Señor.
Permanecer juntos
Darles tiempo
Un plan como este, desde luego, toma tiempo. Todo lo que vale la pena demanda
tiempo. Pero con un poco de previsión podemos planear hacer muchas cosas juntas que,
de todos modos, tendríamos que hacer: visitar, ir a reuniones, tomar recreos, e incluso
compartir el momento devocional. De este modo, el tiempo que tome el estar juntos no
tiene por qué ser abrumador. Asimismo, si estamos al tanto, nuestros discípulos podrían
estar con nosotros la mayor parte del tiempo mientras servimos a otros y, de hecho,
ayudándonos en nuestras obras de mayor alcance.
56 Plan Supremo de Evangelización - - Epílogo, El Maestro y Su Plan
Reuniones de grupo
Sin embargo, a fin de dar algo de estabilidad a este sistema, quizá sea necesario
preparar momentos especiales en que el grupo, o parte del mismo, pueda reunirse con
nosotros. Durante estas reuniones informales podemos estudiar la Biblia, orar, y en
general compartir unos con otros nuestras preocupaciones y deseos más hondos. No es
necesario propalar lo que se hace, ni siquiera al principio decirle al grupo cuál es nuestro
plan, sino hasta dejar que las reuniones vayan tomando forma según la necesidad común
de compartir. El grupo, a su vez, puede elaborar su propia disciplina dentro del cuadro
general de la iglesia.
Esta idea del grupo actualmente se está volviendo a descubrir en muchos lugares.
Como tal, probablemente representa una de las señales más esperanzadoras de
avivamiento en el horizonte actual. En todas las esferas de la vida y en toda clase de
ambiente eclesiástico están surgiendo pequeños organismos espirituales, algunos de ellos
todavía en busca de dirección, algunos fuera de órbita, pero en conjunto, este hecho
manifiesta un anhelo profundo en el corazón del hombre por las realidades de la
experiencia cristiana. Como no están ligados por la tradición, ni hay normas fijas
impuestas desde afuera, es natural que estas células tomen formas y enfoques muy
diferentes; pero el principio de comunicación íntima y de disciplina dentro del grupo es
común a la mayoría. Es este principio básico el que hace que este método lleve al
crecimiento, y por esta razón todos nosotros haríamos bien en utilizarlo en nuestro
ministerio con los hombres.
En relación con esto, es muy significativo que el evangelista más destacado del
mundo actual, Billy Graham, reconozca el tremendo potencial de este plan, cuando se
emplea adecuadamente en la iglesia. En respuesta a la pregunta: “Si fuera pastor de una
iglesia grande en una ciudad, ¿cuál sería su plan de acción?”, Billy Graham respondió:
“Creo que una de las primeras cosas que haría sería conseguirme un pequeño grupo de
ocho, diez, o doce hombres que se reunieran conmigo todas las semanas y pagaran el
precio. Les costaría algo en función de tiempo y esfuerzo. Compartiría con ellos durante
unos años todo lo que tengo. Entonces tendría de hecho doce ministros entre los laicos
quienes a su vez podrían tomar ocho, diez o doce más para enseñarles. Conozco una o dos
iglesias que lo están haciendo, y están experimentando una positiva transformación.
Cristo, me parece, sentó el precedente. Pasó la mayor parte del tiempo con doce hombres.
No dedicó mucho tiempo a las multitudes. De hecho, cada vez que se encontró con una
gran multitud, me parece que los resultados no fueron muchos. Los grandes resultados,
creo, vinieron de sus contactos personales, y del tiempo que dedicó a los doce.” * Billy
Graham con estas palabras no hace más que repetir la sabiduría del método de Jesús.
*
[“Billy Graham speaks: The Evangelical World Prospect” (Billy Graham habla: Perspectivas
para el mundo evangélico), entrevista exclusiva en Christianity Today, Vol. III, No. 1,
October 13, 1958, p. 5. Citada con permiso.]
Pero no basta solamente vincular a ciertas personas a algún grupo del que la iglesia
no es más que su expresión más extensa. Se les debe dar la oportunidad de expresar lo
que han aprendido. De no ser así, el grupo puede estancarse en autocomplacencia, y con
el tiempo fosilizarse en una simple sociedad de admiración mutua. Debemos tener bien
claro nuestro propósito. Los momentos en que nos apartamos del mundo no son para
aislarnos de los conflictos, sino sólo una maniobra estratégica para adquirir más fuerza
para el ataque.
57 Plan Supremo de Evangelización - - Epílogo, El Maestro y Su Plan
Nuestra responsabilidad, pues, es procurar que los que están con nosotros tengan
algo que hacer que les exija utilizar sus mejores recursos. Todo el mundo sabe hacer algo.
Las primeras responsabilidades podrían ser tareas normales, rutinarias, como enviar
cartas, ocuparse de preparar el local para reuniones, hacerse responsables de organizar
una reunión en su casa. Pero poco a poco estas responsabilidades pueden aumentarse a
medida que vayan aprendiendo más. Los que tienen el don de enseñar lo podrían utilizar
en la escuela dominical. Al cabo de un tiempo podríamos muy bien asignarles algún
trabajo pastoral adecuado para su capacidad. Casi la mayoría puede visitar a los enfermos.
A algunos se les podría estimular para que acepten invitaciones para hablar en público o
predicar en iglesias vecinas. Y, desde luego, todos necesitan que se les dé algún trabajo
específico de evangelización personal.
Mantenerlos en movimiento
Lo que quizá resulte más difícil en todo el proceso de preparación es que debemos
prever sus problemas y prepararlos para lo que les espera. Esto es muy difícil de hacer, y
puede llegar a ser exasperante. Significa que muy raras veces podemos dejar de pensar en
ellos. Incluso cuando estemos en meditación y estudio privados, nuestros discípulos
seguirán presentes en nuestras oraciones y sueños. Pero ¿acaso el padre que ama a su
hijo querría que no fuera así? Hemos de aceptar la carga de su inmadurez hasta que sean
capaces de hacer las cosas por sí mismos. Dar por sentado, al menos en las primeras
etapas de su desarrollo, que se pueden valer por completo por sí mismos, sea lo que fuere
58 Plan Supremo de Evangelización - - Epílogo, El Maestro y Su Plan
Todo debería conducir a estos elegidos al día en que asumirán por sí mismos un
ministerio en su propia esfera de influencia. A medida que se acerque ese tiempo, cada
uno de ellos debería estar más y más adelantado en el programa de preparación para
aquellos que ganó para Cristo por medio de su testimonio o que le han sido asignados en
la obra de consolidación. Nuestra estrategia, pues, sin que ellos lo sepan, se habrán ya
infundido en su práctica. Sin embargo, para que no queden confusiones, antes de
suspender nuestra supervisión deberíamos explicarles con claridad cuál ha sido nuestro
plan desde el comienzo. Necesitan tenerlo bien presente a fin de que puedan evaluar sus
vidas según el mismo y también comunicarlo a aquellos a los que tratan de ayudar.
Expectativas tan altas son costosas, claro está. Es probable que muchos de aquellos
con los que comenzamos pensarán que es demasiado y se perderán por el camino. Es
mejor que nos demos cuenta de ello desde ahora. El servicio cristiano es exigente, y si los
hombres le han de servir en algo a Dios, deben aprender a buscar primero el reino. Sí,
habrá desengaños. Pero para aquellos que salgan adelante más allá de todo cálculo, para
proyectar nuestra vida en los campos listos para la cosecha, habrá un gozo cada vez
mayor a medida que el tiempo vaya pasando.
No vivimos sobre todo para el presente. Nuestra satisfacción radica en saber que en
generaciones venideras nuestro testimonio de Cristo todavía dará fruto por medio de ellos
en un ámbito cada vez más amplio de reproducción, hasta los confines de la tierra y hasta
el fin de los tiempos.
59 Plan Supremo de Evangelización - - Epílogo, El Maestro y Su Plan
BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA
La Teología de la Evangelización
Costas, Orlando. Hacia una Teología de la Evangelización. Buenos Aires: Editorial Aurora.
León, Jorge. La Comunicación del Evangelio en el Mundo Actual. Miami: Editorial Caribe.
61 Plan Supremo de Evangelización - - Bibliografía Seleccionada
Libert, Samuel O. Más Allá de lo Imposible: La Iglesia Local Evangelizando. El Paso: Casa
Bautista de Publicaciones.
Serie de Libros de Estudio para la Escuela Evangelística de Laicos en la Iglesia Local (TEA).
El Paso: Casa Bautista de Publicaciones.
La Predicación Evangelizadora
Borrás, José. El Inmenso Amor de Dios y Otros Sermones. El Paso: Casa Bautista de
Publicaciones.
La Consolidación
Crane, J. D. y Diaz, J. E. Lecciones para Nuevos Creyentes (Ediciones para Alumnos y para
Maestros). El Paso: Casa Bautista de Publicaciones.
Cruz, Rodolfo. Instrucciones Prácticas para Nuevos Creyentes. Miami: Editorial Caribe.
Neighbour, Ralph. Sígueme: Una Guía Práctica para Crecer Espiritualmente. El Paso: Casa
Bautista de Publicaciones. (Hay también Guía para Líderes.)
Los Navegantes. Serie "El Discipulado Cristiano". El Paso: Casa Bautista de Publicaciones.
No. 1 La Nueva Vida en Cristo.
No. 2 La Vida Cristocéntrica.
No. 3 Caminando con Cristo.
No. 4 El Carácter del Cristiano.
No. 5 Fundamentos de la Fe.
No. 6 Creciendo en el Discipulado.
Agencias de Distribución
Ediciones: 1972, 1974, 1977, 1978, 1980, 1983, 1984, 1986, 1989, 1991, 1992, 1993,
1994, 1995, 1996, 1997
Decimoséptima edición: 1997