ROBERT MENASSE (Viena, Austria, 21 de Junio de 1954) es un escritor, ensayista y traductor muy repu-
tado y premiado. Miembro de la Academia Alemana de Lengua y Literatura y con variaos galardones esta-
tales y académicos, ha recibió entre otros premios nacionales e internacionales: en 1990 el Premio Heimi-
to von Doderer, en 1992 el Premio Hans Erich Nossack, en 1994 el Premio de literatura de Marburgo, en
1996 el Premio Hugo Ball, en 1998 el Premio Nacional de Austria de periodismo cultural, en 2002 el Pre-
mio Friedrich Hölderlin de poesía y el Premio Lion Feuchtwanger de novela histórica, en 2013 el Premio
Heinrich Mann, en 2014 el Premio Max Frisch del Ayuntamiento de Zúrich, en 2015 el Premio del Libro
europeo y en 2020 el Premio chino para novelas extranjeras traducidas.
Nació en el seno de una familia judía, en la que su padre y su tío tuvieron que huir del régimen nacionalso-
cialista y se fueron a Inglaterra, de donde regresaron a Viena acabada la guerra. Estudió filología alemana,
filosofía y ciencias políticas en Viena, Salzburgo y Mesina y escribió su tesis doctoral en 1980. De 1981 a
1986 enseñó en la Universidad de São Paolo en Brasil literatura austríaca y teoría estética, haciendo hinca-
pié en sus clases en las teorías estéticas de los filósofos Georg Hegel, Georg Lukács, Walter Benjamin y
Theodor Adorno. Desde que volvió de Brasil, viene trabajando como escritor autónomo y ejerciendo labo-
res de intelectual, siendo poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, crítico y traductor del portugués.
Sinnliche Gewissheit (1988, “Certeza sensual”) fue la primera novela que publicó, seguida en 1991 por Seli-
ge Zeiten, brüchige Welt (“Tiempos felices, mundo frágil”) y en 1995 por Schubumkehr (aproximadamen-
te: “inversión de la fuerza de empuje”), las cuales componen la Trilogie der Entgeisterung (Trilogía de la
desgracia): la primera, que se desarrolla en São Paulo y tiene por protagonista al austriaco Roman Gila-
nian, explora explora la falta de implicación del personaje en su propia vida, constituyendo una historia
filosófica donde el personaje se pierde cada vez más en un estado de autorreflexión; la segunda, ambien -
tada entre Brasil y Viena y que es a la vez una novela policíaca y filosófica, tiene por protagonista a Leo
Singer, un aspirante a filósofo que es capaz de impresionar a su público, pero no alcanza los objetivos que
se ha fijado en la vida; finalmente, en la tercera volvemos a encontrar al protagonista de la primera, que
reside en un pequeño pueblo de Austria justo en el momento de los grandes cambios políticos de la Euro -
pa central y del este en 1989 y 1990. La narrativa de Menasse, ideológicamente de la izquierda socialde-
mócra, desmantela la idea de Heimat (patria) tanto de un punto de vista social como personal.
En su frecuente recurrencia a la estructura narrativa de una historia de aprendizaje inserta en un marco
histórico más o menos amplio, Menasse se muestra un novelista típicamente centroeuropeo por su ambi-
ción y su punto de vista filosófico, sociohistórico y psicológico, que despliega en varias grandes novelas, de
Tiempos felices, frágil mundo (1991) a La expulsión del infierno (2001) o Don Juan de la Mancha o la edu-
cación del placer (2007).
Tiempos felices, frágil mundo (1991), inteligente y llena de guiños culturales y referencias a Sterne, Goe-
the y Hegel, es una novela exigente, a la vez sarcástica y amena, que ha sido calificada de novela filosófica,
de intriga, de amor, negra, de saga familiar judía... Es una obra inquietante que parece una historia de
aprendizaje (bildungsroman) que la ironía de Robert Menasse convierte en lo opuesto: en historia de
“desaprendizaje”. Cuenta cómo, en Viena en los años sesenta, década de revoluciones sociales y revuel-
tas estudiantiles y aun resurrección de cierto neonazismo; Leo Singer, hijo de padres judíos emigrados a
Brasil en la época nacionalsocialista, trabaja en su tesis universitaria sobre la Fenomenología del espíritu
de Hegel cuando conoce a Judith, cuya familia vivió una experiencia similar: Leo, de vida desahogada gra-
cias a sus padres, es un erudito investigador, con ciertas notas de autismo socioafectivo, que se pasa el día
leyendo, tomando apuntes y planteando en bares y tertulias de amigos sus tesis de cómo abarcar el mun-
do por última vez dentro de un sistema filosófico, pero es un ser incapaz de hacer nada de provecho y
tampoco sabe cómo fijar por escrito sus teorías en una obra que debería conmocionar nuestras existen-
cias; Judith se convierte en su musa y su refugio y, aunque no es igualitariamente correspondida, ambos
vivirán una tormentosa relación a caballo entre Viena, Venecia y Sao Paulo, de sorprendente desenlace
para el futuro intelectual y vital de Leo.
1
En la intensa y cautivadora novela La expulsión del infierno (2001), dramática y apasionante, y con buenas
dosis de humor, narra otra iniciación a la vida en la que la Historia se repite aunque pretendamos olvidarlo
y que versa sobre las identidades, voluntarias e impuestas, sobre el desarraigo y el rechazo, sobre la capa -
cidad camaleónica del ser humano para sobrevivir en los momentos más aciagos: la Inquisición y el nazis -
mo son esos infiernos de los que es difícil escapar, y que se proyectan en el lejano tiempo del Portugal del
siglo XVI para volver a la Península Ibérica en los últimos años del franquismo, pasando por la Alemania y
la Austria ante/post II Guerra Mundial.
La historia que se cuenta principia contando cómo Viktor Abravanel, profesor de historia en la Universidad
de Viena, descendiente de un consejero de los Reyes Católicos y de una ilustre familia sefardí cuyos miem -
bros fueron alternando las persecuciones con cargos relevantes a lo largo de los siglos, aprovecha una
cena con sus antiguos compañeros para enfrentarles al pasado nazi de sus viejos profesores allí presentes.
La fiesta resulta un fiasco: Viktor explica el porqué de su actuación a su amiga Hildegund, mientras reme -
mora su infancia, los años de despertar al mundo, la represión y las persecuciones, la ocultación de las
creencias, el rechazo por parte de la sociedad; este relato se entrelaza con la vida de Mané Soares, el niño
que jugaba a «cazar marranos» en el Portugal del siglo XVI mientras sus padres practicaban en clandestini-
dad los ritos del judaísmo: tras huir de la Inquisición y encontrar refugio en Amsterdam, aquel niño que
«antes de ser rabino fue antisemita» se convertirá en Samuel Manasseh, quien convencerá a Cromwell
para que acepte judíos en Gran Bretaña, y será maestro del joven Spinoza, personaje que precisamente
anda estudiando Abravanel.
Don Juan de la Mancha o la educación del placer (2007), que recoge las aventuras de un seductor en el
espacio-tiempo de la Europa del último medio siglo, es una novela de madurez, sin dejar una vez más de
ser un “bildungsroman” inteligente y muy entretenido sobre la vida y las relaciones de pareja en nuestros
días: mediante un dominio perfecto de los saltos en el tiempo, el autor trufa la trama central con excursos
que, a modo de pequeños ensayos, ilustran la novela de forma irónica sobre temas tan variopintos como
el amor, la infancia, y la publicidad o la moda, retratando con fino humor a aquella generación sesentaio -
chista que pretendió hacer las cosas de forma diferente a la de sus padres y que quizá en gran medida no
lo consiguió.
En cambio, su traslación al presente, en su ambiciosa novela política La capital (2018), que pareciera se-
guir la estela de series televisivas como House of Cards o El ala oeste de la Casa Blanca para narrar los
entresijos de la vida política en el bruselense corazón de la UE no ha tenido unanimidad crítica: en este
viaje a las interioridades de la vida política europea a través de cinco historias conectadas que corren pa -
ralelas, cada una con un protagonista diferente, y que se centran en la vida diaria de la capital europea
desde diversas perspectivas, seguimos el destino de sus personajes en sus entrecruzamientos, visionando
tanto sus vidas profesionales como sus coloridas vidas privadas fuera de las oficinas y congresos. Quizá el
problema sea que los burócratas resulten personajes menos interesantes que otros del autor.
RELATOS: Cosas de niños (p.2) y Ungenach (p.5).
COSAS DE NIÑOS (versión del alemán de Gonzalo Vélez para la FIL de Guadalajara;
suplemento Confabulario de EL UNIVERSAL, México, 23 de Noviembre de 2013)
Sin contar los funerales, nuestra familia sólo se reunía entera, con la totalidad de sus integrantes,
para la noche de Año Nuevo. Lo que para otros, la “gente normal”, como decía tía Sigrid no sin
cierto resentimiento, era la Navidad, refiriéndose a la congregación de toda la familia en torno de
una mesa ornamentada para la ocasión, nosotros lo celebrábamos la última noche del año: básica-
mente, mi familia era un propósito de año nuevo que con toda regularidad nunca se cumple. Va-
2
mos a dejar de fumar. Vamos a ser más conscientes de nuestra alimentación. Vamos a vivir de
manera más saludable. Nos reuniremos más seguido. Seremos una familia.
Tras la muerte de mi padre, mi madre se puso sentimental, pues ella siempre había querido fundar
una familia y ahora no podía resignarse a ser el único sustento de la casa, a tener que vivir, a final
de cuentas, como viuda. Los orígenes de los que se había fugado tiempo atrás se le figuraban ahora
como un Paraíso en donde ella había renegado de su destino, y con desesperación buscaba ahora
alguna puerta trasera de ese Jardín del Edén en el cual, en realidad, nunca había estado.
La Navidad, de eso ni duda cabía, no representaba nada para nuestra familia. El hermano menor de
mi madre, Ferdinand, se había casado con una judía, hija “de una dinastía de mercaderes de pie -
les”. Dinastías era siempre algo que sólo tenían otros. A nadie de nuestra familia, quinta genera-
ción de viticultores, se le ocurriría describirnos como dinastía de viñateros. De tía Ruth se decía
que “había traído dinero”. Siendo niño, me figuraba que se había mudado con tío Ferdinand con
algunas maletas grandes llenas de dinero — y así como otros, la “gente normal”, tenían libros en
los estantes y copas de cristal emplomado en la vitrina, ellos tendrían dinero por todos lados, al
cual habrían contemplado cada noche al tomarse una copa de vino. La única manera, por mucho,
en que de niño podía figurarme la vida de los adultos era ésta: uno está sentado ahí, toma vino, y
aprecia, en el mobiliario y los objetos de valor de la habitación, qué tan lejos se ha llegado en la
vida. La estima de tía Sigrid por tía Ruth era tan abstracta como una suma de dinero; concretamen -
te, su desconfianza era similar a la que se tiene frente a una moneda extranjera cuando no está muy
claro cuál es el tipo de cambio. “Distinta” era una palabra que tía Sigrid empleaba a menudo para
referirse a tía Ruth: “distinta”, y lo decía con esa expresión en el rostro denotando tristeza y forza -
da resignación que las personas mayores adoptan siempre que hablan del destino — son cosas que
no se pueden cambiar. En realidad, lo “distinta” de Ruth consistía únicamente en que no sentía
ninguna necesidad de sentarse en Navidad con la familia de su esposo ante un árbol para cantar
canciones cristianas. Y sus dos hijas, mis primas, sabían menos de las tradiciones judías que yo,
católico bautizado.
Mi prima Bárbara se casó después en Viena con un estudiante de medicina egipcio de nombre
Mustafá. “¿Se casa con él?”, dijo con su mirada de fatalidad tía Sigrid. “¿Significa que a mi avan-
zada edad tendré que ir ahora todavía a una mezquita?”
Se casaron por lo civil. Sin música y sin discursos. Sigrid llegó diez minutos tarde, y el evento ya
había concluido. Ella es “mala para caminar”, y demasiado tacaña para un taxi.
La hija de Bárbara y Mustafá se llama Alina. En 1999 tenía cinco años. Con un grito suyo, un mi-
lenio concluyó.
Para los anhelos de mi madre por la familia y sus empeños por unirla, como usando soldadura,
para fundirse en ella, debido a la parentela judía y musulmana en la familia la Navidad era, como
puede entenderse, inadecuada. Pero la noche de Año Nuevo, la celebración de pasar juntos al si-
guiente año del calendario, se le volvió una idea fija. Qué sensatez: en ningún otro día se tenía un
evento capaz de conjuntarlos a todos, independientemente de ritos y tradiciones de la religión, para
hablar sobre las cosas que pasaron y dirigir, al mismo tiempo, la mirada hacia el futuro. Con perse-
verancia, y con dosis adecuadas de terror psicológico, ella logró establecer esa fecha como día de
la reunión familiar. Nadie se divierte las horas previas al Año Nuevo. Al mismo tiempo nadie pue-
de comportarse como si fuera una noche igual a cualquier otra. Cada quien buscaba cada año cual-
quier lugar, cualquier entorno, donde poder franquear con vino espumoso el rato hasta que por fin
se puede brindar y las campanas repican y retumba el Vals del Danubio en millones de televisores
y aparatos de radio mientras estallan petardos por doquier. Donde fuera y del modo que fuera que
3
se celebrara, al día siguiente los dolores de cabeza eran inevitables. O sea que del mismo modo se
podía acudir a casa de mi madre, dejarse alimentar amorosamente por ella, beber el “vino de la
casa”, no suscitar, de ser posible, sus lágrimas, y contribuir a crear todas las condiciones necesa-
rias para un escándalo, el cual, al final, con unificadas fuerzas, se conseguía evitar, o por lo menos
minimizar. Esto funcionó dos o tres veces, luego ya fue tradición. Voy a dejar de fumar. Pero a
partir de mañana. Somos una familia. Pero sólo hoy.
Me pesqué a mí mismo empezando a sentir, con creciente sentimentalismo, mucho aprecio por
estas fiestas de Año Nuevo con mi madre. En esas fechas tenía yo propensión hacia gente a la que
rehuía, y sentía cariño por personas que detesto. Cómo envejecían. Cómo sus manías se iban vol-
viendo cada vez más agudas. Cómo después de un litro de vino me invadía un sentimiento hogare -
ño con el olor a bolitas de naftalina del tío Franz. Cómo la muerte miraba desde sus ojos. Como si
le hubiera pintado a sus ojos un contorno de color lila. Pero al año siguiente estaba ahí otra vez.
Por favor no vayas a decir ahora mismo: ¡Mala hierba nunca muere! Pero efectivamente ya lo dijo:
“¡Mala hierba nunca muere!”, y se echó a reír hasta que le dio tos.
Año Nuevo de 1999. La pequeña Alina quería experimentar por primera vez lo que es no tener que
irse a dormir. Quería quedarse despierta, igual que los mayores, “hasta el día de mañana”. El año
anterior aún se había quedado dormida en la cama de mi madre a las diez, pero en esta ocasión
quería lograrlo. Excitada, se puso a brincar por todos lados y a poner de nervios a los mayores,
jalando las mangas de Mamá, tíos, tías, y al hacerlo interrumpía conversaciones preguntando: ¿Ya
es mañana? ¿Ya es mañana? ¿Ya es mañana?
Cada vez se iba cansando más, apenas y podía mantener los ojos abiertos, caminaba tambaleándo-
se entre los adultos, jalándoles de la manga para preguntar: ¿Ya es mañana?
Hasta que tía Sigrid la prendió de un antebrazo y punzantemente le dijo: “¡Escucha, pequeña!
¡Basta ya! ¡Entiéndelo de una vez! Hoy es siempre hoy. ¡Y mañana es siempre mañana!”
La niña la miró con los ojos abiertos de espanto y comenzó a gritar. Yo nunca había oído un grito
como ese. Un tremendo grito penetrante e interminable, sin pausas para respirar. No había en el
mundo ruido más estridente que ese grito.
Entonces Bárbara empezó a vociferar. Abrazó a Alina y le gritó a tía Sigrid: “¡Tú no le vuelves a
decir bastarda a mi hija! ¡Pero qué te has creído! ¡Bastarda! ¿Pero cómo se te ocurre llamarla bas-
tarda?”
Sigrid gritó: “¡Basta ya! Yo dije: ¡Basta ya! ¡Basta ya!”
“¡Ella dijo basta ya!”
“¡Ella dijo bastarda!”
“¡Yo lo que oí fue bastarda!”
“¡Basta ya! ¡Detengan esto! ¡Lo que ella dijo fue sólo basta ya!”
Mi madre: “Ella dijo: ¡Hoy es siempre hoy y mañana es siempre mañana!” Eso fue lo peor. Pero
en ese momento todavía nadie se había percatado.
En el cielo nocturno que se veía por la ventana bailaban ya los fuegos artificiales.
4
UNGENACH (versión del alemán de Gonzalo Vélez para la FIL de Guadalajara;
supl. Confabulario de EL UNIVERSAL, México, 23 de Noviembre de 2013)
Ungenach, en Alta Austria, es una de esas pequeñas localidades cuyo número de habitantes suele
proporcionarse en “almas”. La homepage de Ungenach (“powered by Raiffeisen Bank”) registró
“miltrescientastreintún almas” el 22 de abril de 2000. La madrugada del 23 de abril falleció la vie -
ja María Klimek — y pronto tuvo lugar una discusión en el concejo municipal sobre si después del
deceso de una persona, o sea tras la liberación de su alma, se pudiera corregir en consecuencia la
homepage para indicar que Ungenach contaba ahora con un alma menos. Este debate (de extraor-
dinaria profundidad teológico-filosófica) desembocó en la determinación pragmática de en lo futu-
ro señalar en la homepage a los vivos como “habitantes” y a los difuntos como “almas”. El motivo
fue algo que contó el hijo de María Klimek, Peter, quien había llegado de Londres para organizar
el sepelio de su madre y para poner en orden los asuntos de la herencia.
De niño, Peter Klimek iba de casa en casa con un carrito de mano recolectando botellas vacías
para cobrar el importe en la tienda del pueblo. El párroco de Ungenach se había fijado en el dócil y
talentoso muchacho, que a sus nueve años no sólo dominaba la misa en latín, sino también las ple-
garias “in hora mortis”, y colocó su recomendación en manos de los hermanos del seminario de
Admont, quienes se preocuparon de que pudiera cursar la preparatoria en el gimnasio en Salzburgo
como pupilo del internado de los misioneros del Corazón de Jesús, y después, mediante una beca
de la diócesis, ir a la universidad. Con un doctorado en economía entró al banco Raiffeisen, fue
promovido a Londres, el sitio financiero más peligroso del mundo, donde él, al principio sin llamar
la atención, luego bajo los reflectores del Financial Times, incrementó parsimoniosamente las ope-
raciones del Raiffeisen Bank (de Peter Klimek es la famosa frase: “¡Las acciones son básicamente
botellas vacías!”). Luego fue incitado por un puesto en otra parte, y finalmente llegó a CEO, presi-
dente del consejo de administración, del banco de inversiones Freeman & Saxon Financials.
Cuando fue hecho partícipe de la muerte de su madre, voló de inmediato a Austria, llegó de noche
a Ungenach, se bebió en la cocina de la casa de su madre una botella de vino, y esperó paciente-
mente a que le llegara un —como él lo llamaba para sí mismo— “sentimiento verdadero”. Luto.
No podía acordarse de alguna vez haber guardado luto. Cuando la chica Wiesmaier, Elfi, después
del primer beso, lo había mandado a volar — básicamente una suerte. De no haber sido así, se hu-
biera quedado de algún modo enganchado en Ungenach. Salzburgo, la separación del hogar: nunca
tuvo nostalgia de casa, nunca vertió una lágrima. Básicamente una suerte: fue la separación de un
padre brutal, alcohólico enfermo —y de una madre a la que despreciaba, porque siempre soportó
con mansedumbre la mano dura del padre, que la golpeaba a cada rato. La muerte del padre — un
alivio. La muerte de su mejor amigo, Thomas — no hubo luto. La enfermedad había durado mu-
cho. ¡La absurda lucha por la vida! ¡Él, Peter, hubiera depurado el problema más rápido!
Y sin embargo — de pronto sintió tristeza, él lo llamaba así: sentimiento de la vergüenza, ya que
desde hace tanto tiempo había dejado de ver por su madre, y cada vez que ella lo había llamado
por teléfono él se había mostrado impaciente, y al final agresivo, puesto que le estaba robando
tiempo, que era dinero, justo cuando él estaba haciendo peripecias con millones. Él y su madre
tenían un común denominador. Los anhelos. Pero medidores muy distintos. El suyo: el éxito. El de
ella: el amor — amor que había hecho posible su éxito. Solamente existe una contradicción más
grande: la que hay entre la vida y la muerte.
Se fue a la cama. Despertó cuando su madre se estaba inclinando sobre él. Sonreía. Él vio al prin -
cipio nada más eso: su sonrisa. Estaba hecha de luz. Es algo difícil de explicar. Básicamente no se
podía ver otra cosa, sólo luz. Pero las partículas de luz estaban unidas para formar una sonrisa. Él
5
sabía que esa sonrisa era su madre. Hilos de luz: sus cabellos. Su pecho: un resplandor. No se tra-
taba de una mujer vieja, era un cuerpo de luz que igualmente podía haber sido el de una muchacha
joven. Pero él sabía: era su madre. Sin edad. Era evidente que se trataba de lo que se debía enten-
der por espiritualización. Él miraba — y se preguntaba si de verdad tenía los ojos abiertos. Estaban
abiertos. Nada cambió cuando se propuso abrir los ojos. Había ahí un cuerpo de luz que se inclina -
ba sobre él, y en el cual él reconocía el rostro de su madre. Rostro que mostraba el orgullo y el
amor que él nunca le quiso conceder a su madre mientras estuvo viva. Su sonrisa. Lo ponía suma-
mente inquieto. Ella sabía algo que él ignoraba, pero eso lo podía entender: no debería tener mie -
do. No ahora, ni nunca más.
Él quería tocar a su madre. No se puede tocar la luz. Brincó de la cama, queriendo demostrarse a sí
mismo que no estaba soñando. Encendió todas las luces de la casa. Se paró frente al espejo del
vestíbulo. Éste soy yo. Sí. Estoy despierto. Sí.
Regresó a la cama. La luz del techo, la lámpara de pie, la lamparita sobre el buró, todas encendi-
das. Ven otra vez, por favor, ven, pensó ahora. Pero sólo era la luz que él había encendido — y
que apagó al día siguiente, en la madrugada.
Le contó esta historia a la Schachinger, Elfi, de soltera Wiesmaier, una mujerona que había engor-
dado, y que llegó a darle sus condolencias. Luego, hosco, le pidió que se marchara. Él no acudió al
entierro de su madre. Ella está aquí y no en el ataúd, dijo. No renunció, simplemente no voló de
vuelta a Londres. Todavía vivió en casa de su madre ocho años. Dormía en la cama de ella. Coci-
naba en la estufa de ella y comía en la vajilla de ella. Se envolvía en la cobija de ella cuando se
sentaba en el sofá de ella a tomar la infusión de ortigas que ella tomaba. Esperó. Un día volvió a
ver la luz.
La homepage de la comunidad de Ungenach no contó después de eso un habitante menos, ya que
Peter Klimek no estaba registrado en Ungenach. Pero sí un alma más.
FIN