Contexto histórico y filosófico
René Descartes desarrolló su pensamiento en un momento crucial de la historia, marcado por
transformaciones profundas en la cultura, la ciencia y la filosofía. Durante el Renacimiento, los
ideales humanistas promovieron un redescubrimiento de los clásicos grecolatinos, acompañado
de un giro hacia el individuo y la razón. Este período sentó las bases para la Revolución
Científica, que cuestionó las explicaciones tradicionales del cosmos, impulsando una visión del
universo como un sistema ordenado y matemático.
La Revolución Científica, liderada por figuras como Copérnico, Galileo y Newton, rompió con la
visión geocéntrica de la Edad Media. Copérnico propuso el heliocentrismo, desplazando la
Tierra del centro del cosmos, mientras que Galileo aportó pruebas observacionales con el
telescopio y formuló principios físicos como el de inercia. Newton, por su parte, unificó estas
ideas bajo leyes matemáticas que regían tanto los cuerpos celestes como los terrestres. Este
panorama sentó las bases para la filosofía cartesiana, que buscó alinearse con la ciencia
moderna y renovar el pensamiento filosófico mediante la autonomía de la razón.
Descartes rechazó la filosofía escolástica medieval, basada en Aristóteles, y propuso un
sistema filosófico fundamentado en la razón como criterio universal. Su racionalismo enfatizó la
capacidad del pensamiento humano para alcanzar verdades absolutas, guiándose por un
método riguroso inspirado en las matemáticas.
Conocimiento
El núcleo del proyecto de Descartes es su método, que busca garantizar un conocimiento cierto
y universal. Este método está diseñado para superar los errores del pensamiento común y la
falta de consenso entre los filósofos. Descartes se inspiró en las matemáticas, cuyo rigor
produce resultados indudables, y planteó un conjunto de reglas para el pensamiento racional.
Primero, estableció la regla de la evidencia, que consiste en aceptar como verdadero
únicamente aquello que sea claro y distinto, es decir, aquello que la razón perciba con absoluta
certeza. Esto implica rechazar cualquier idea que pueda ser objeto de la menor duda.
Luego, propuso la regla del análisis, que consiste en dividir los problemas en partes más simples
para facilitar su resolución. Una vez descompuesto el problema, se debe aplicar la regla de la
síntesis, que implica reconstruir el conocimiento, ascendiendo desde lo más sencillo hasta lo
más complejo de forma ordenada. Finalmente, la regla de la enumeración asegura que cada
paso del proceso sea revisado cuidadosamente para evitar errores o lagunas.
Estas reglas no sólo pretenden ofrecer un camino para descubrir nuevas verdades, sino
también construir un sistema unificado del saber, en el que las distintas ciencias y disciplinas se
relacionen de manera coherente. Según Descartes, este método permitiría a la filosofía
alcanzar el nivel de certeza de las matemáticas.
Para aplicar su método, Descartes introdujo la "duda metódica", un proceso radical que
cuestiona todo conocimiento que no sea absolutamente evidente. Esta duda no pretende negar
el conocimiento, como lo hacían los escépticos, sino identificar una base sólida e indudable
sobre la que construir todo el saber.
La duda cartesiana se desarrolla en tres niveles. Primero, Descartes cuestiona los sentidos, ya
que estos pueden engañarnos. Por ejemplo, percibimos objetos lejanos o reflejos de manera
errónea, lo que muestra que no son completamente fiables. En segundo lugar, plantea que no
existe un criterio seguro para distinguir entre el sueño y la vigilia, ya que muchas veces
soñamos con situaciones que parecen reales. Por último, incluso las verdades matemáticas,
aparentemente incuestionables, son puestas en duda mediante la hipótesis del "genio maligno",
un ser que podría engañarnos haciéndonos creer en falsedades.
Sin embargo, en medio de esta duda radical, Descartes encuentra una verdad absoluta: el
hecho de que duda implica que piensa, y si piensa, entonces existe. Esta conclusión se resume
en su célebre frase "Pienso, luego existo" (cogito, ergo sum), que se convierte en el primer
principio indudable de su filosofía. Además, esta verdad le proporciona un criterio para
distinguir lo verdadero: aquello que la razón percibe de manera clara y distinta.
Realidad- Metafísica
Descartes, al aplicar su método de la duda, pone en cuestión la validez de los sentidos, las
ciencias empíricas e incluso las matemáticas, al no ofrecer estas un fundamento absolutamente
seguro para el conocimiento. Sin embargo, hay algo indudable: aunque pueda dudar de todo, no
puede dudar de que está dudando y, por tanto, pensando. Y si piensa, necesariamente existe.
De esta reflexión surge su primera verdad indudable: “Pienso, luego existo” (Cogito, ergo sum).
El yo que piensa, para Descartes, no sólo razona, sino que también duda, afirma, niega, quiere,
siente e imagina. Por ello, define al ser humano como una sustancia pensante (res cogitans),
cuya esencia es el pensamiento. Mientras que el cuerpo y el mundo exterior son percibidos por
los sentidos y, por tanto, pueden ser puestos en duda, el yo pensante es una verdad clara,
distinta e intuitiva que se impone a la mente y sirve como criterio de certeza para cualquier
conocimiento posterior.
En este proceso, Descartes descubre que el pensamiento no solo se limita a existir, sino que
también piensa ideas. Esto plantea un nuevo problema: cómo salir del solipsismo, es decir, del
aislamiento del yo en sus propias ideas. Para abordar esta cuestión, Descartes distingue:
1. El sujeto que piensa las ideas.
2. Las ideas mismas, que son los objetos del pensamiento.
3. El objeto externo al que las ideas parecen referirse.
Sin embargo, no todas las ideas son iguales. Descartes las clasifica en:
● Adventicias: Parecen proceder de la experiencia externa (por ejemplo, la idea de un
árbol).
● Facticias: Son construidas por la imaginación al combinar otras ideas (como la idea de
un centauro).
● Innatas: No provienen de la experiencia ni son creadas por la imaginación; simplemente
están presentes en la mente (como las ideas de infinito, Dios o existencia).
A diferencia de la filosofía griega y medieval, donde el conocimiento se centraba en las cosas
externas, la filosofía moderna pone el foco en las ideas. El desafío reside en determinar si
estas ideas corresponden realmente a algo fuera de la mente.
Para superar este subjetivismo, Descartes analiza el origen de las ideas. Las facticias son
producto de la imaginación, las adventicias parecen venir de los sentidos y las innatas, como la
idea de Dios (un ser perfecto e infinito), simplemente existen en la mente de forma natural.
La idea de un ser perfecto e infinito no puede haber sido creada por una mente finita e
imperfecta como la humana. Por ello, su origen debe estar en un ser que realmente posea esas
características: Dios. Así, Descartes establece su segunda verdad indudable: la existencia de
Dios, lo que le permitirá más adelante salir del aislamiento del yo y reconstruir el puente entre
el pensamiento y la realidad externa.
Dios
Tras descubrir el cogito ("pienso, luego existo"), Descartes afirma que solo se puede estar
seguro de la existencia del yo y sus ideas. Estas ideas tienen una realidad formal (su existencia
como actos mentales) y una realidad objetiva (lo que representan). Aunque la realidad formal
de las ideas es indudable, la existencia real de lo que representan no lo es. El problema central
es determinar si lo representado por las ideas existe fuera de la conciencia.
Entre estas ideas destaca la idea de Dios, concebido como un ser infinito y perfecto.
1. Argumento de la infinitud: La idea de un ser infinito (Dios) no puede provenir de un ser
finito como nosotros, ya que una causa no puede ser inferior a su efecto. Por lo tanto,
esta idea debe haber sido causada por un ser infinito, es decir, Dios.
2. Argumento de la causalidad: Siguiendo la lógica de Tomás de Aquino, la idea de infinito
no puede tener como causa a un ser finito, ya que debe haber proporción entre causa y
efecto. Así, la causa de esta idea debe ser un ser infinito, que es Dios.
3. Argumento ontológico: La idea de un ser perfecto, como Dios, implica necesariamente su
existencia. Un ser perfecto no puede carecer de la perfección de la existencia, ya que la
no existencia sería una imperfección.
Estas demostraciones concluyen que la idea de Dios es una "huella" dejada en el ser humano por
su creador.
Dualismo cuerpo-alma
Descartes plantea un dualismo antropológico, según el cual el ser humano está compuesto por
dos sustancias distintas: el cuerpo (res extensa) y el alma (res cogitans). El cuerpo,
caracterizado por la extensión, funciona como una máquina regida por leyes mecánicas y
carece de libertad. En cambio, el alma, definida por el pensamiento, es inmortal, libre y tiene la
función de gobernar al cuerpo.
Para Descartes, la felicidad se alcanza a través del desarrollo de la perfección del alma, lo
cual equivale al desarrollo de la libertad. Esta libertad consiste en el dominio y guía de los
deseos y pasiones que provienen del cuerpo. Solo cuando el alma gobierna estas pasiones, el
individuo puede considerarse realmente libre, ya que la voluntad actúa conforme a lo que el
entendimiento propone como bueno y verdadero.
A pesar de ser sustancias distintas, cuerpo y alma interactúan entre sí. El alma influye en el
cuerpo a través de la voluntad, mientras que el cuerpo transmite al alma sensaciones e
información obtenida por los sentidos. Descartes sitúa esta conexión en la glándula pineal, que
actúa como punto de unión entre ambas sustancias.
Mientras que el cuerpo, está sujeto a las leyes naturales y actúa de manera mecánica, el alma,
como res cogitans, posee libre albedrío. En cuanto a la relación entre libertad humana y Dios,
Descartes sostiene que, aunque Dios es omnisciente y conoce nuestras acciones futuras, no
determina nuestra voluntad. De este modo, la libertad humana permanece intacta y genuina.
Mecanicismo
El pensamiento cartesiano refleja el ideal mecanicista de la ciencia moderna, según el cual el
mundo físico funciona como un mecanismo regido por leyes matemáticas. En este esquema,
todos los fenómenos naturales pueden explicarse mediante causas físicas y mecánicas, sin
necesidad de recurrir a explicaciones sobrenaturales o finalistas. Incluso los animales, para
Descartes, son autómatas, sin alma ni voluntad.
Sin embargo, el ser humano se distingue del resto de la naturaleza por su alma racional, que le
otorga libertad y capacidad para trascender las leyes mecánicas del mundo material.
Ética
Según Descartes, las pasiones, aunque por naturaleza son buenas, pueden fácilmente subyugar
al ser humano. Por ello, es fundamental que la razón guíe nuestra conducta y que la voluntad
libre controle las pasiones. La persona que es capaz de dominar sus pasiones, actuando según
ideas claras y distintas, es la que se considera prudente.
Descartes también buscaba fundamentar racionalmente los principios morales. Sin embargo,
antes de hacerlo, debía construir una base sólida de conocimiento, cuya culminación sería la
ética. Mientras tanto, proponía una moral provisional, ya que el conocimiento moral no puede
exigirse con la misma certeza que el conocimiento teórico. En la moral, se acepta la
verosimilitud, mientras que en el conocimiento teórico se requiere evidencia. Las máximas de
esta moral provisional incluyen: obedecer las leyes y costumbres de la sociedad, evitar los
excesos, ser firme y decidido al tomar decisiones, y actuar conforme a lo que la razón
aconseje, sin que las pasiones desvíen nuestra conducta.
Por otro lado, Descartes también planteó que nuestro conocimiento está compuesto
únicamente por ideas, lo que da lugar a su teoría idealista. Así, cuando conocemos algo, como
el tamaño o color de un objeto, no conocemos el objeto en sí, sino sólo la idea que tenemos de
él en nuestra conciencia.
Finalmente, Descartes tocó el tema del solipsismo, la creencia de que la única certeza que
tenemos es la existencia de nuestra propia mente. Según esta teoría, todo lo que percibimos
podría ser sólo una emanación de nuestra mente. Sin embargo, Descartes lo plantea como un
solipsismo metodológico, una herramienta para dudar de todo lo externo hasta llegar a la
certeza del pensamiento y la existencia.