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La familia como imagen de Dios

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El pasado 24 de junio se hacía pública la Carta Pastoral del Morís.

Rouco-Varela, Cardenal-Arzobispo
de la Archidiócesis de Madrid, y unos días después, en un mensaje a todos los fieles madrileños, nues­
tro Cardenal reafirmaba su propuesta de iniciar un plan integral de Pastoral Familiar que sería, según
sus propias palabras, “un compromiso de vida y acción pastorales, vinculante para todos los miem­
bros de la Iglesia Diocesana: sus Pastores, sus consagrados, sus fieles laicos y, especialmente y sobre
todo, para nuestros matrimonios y familias cristianas.”
Es por ello que, a partir de este número de “Iglesia y familia”, iremos facilitando los distintos materiales
que desde la Archidiócesis de Madrid se vayan editando.

[Link]
Vamos a hablar de la familia.
De esposos, de padres e hijos;
de la convivencia, la comunicación, la educación...
De la felicidad que sentimos cuando sabemos que estamos unidos,
y de dificultades, problemas, luchas, logros y fracasos...
Pero lo primero de todo será hablar del amor.
Es el fundamento de la familia.
Sin el amor, no damos un paso.

No nos contentamos con intercambiar ideas y opiniones.


Eso nos ayudaría a saber más, pero saber no es suficiente.
Compartiremos criterios, valoraciones, sentimientos... la vida.
Compartiremos nuestra búsqueda.
Y la fe en Jesucristo,
que nos hace ver la vida con más claridad, y nos da fuerza para afrontarla.
Queremos vivir la familia, como Dios nos ha hecho capaces de vivirla.
Lo sabemos:
¡con Cristo es posible!

Pág.2 Asociación Persona y Familia


Tema 1

Despertar al amor: una promesa de Dios


""Todo e(aueama fia nacido de filos" (1 Jn 4, 7]

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humani­


dad nos ayuda a centrar el tema:
“Nuestro amor nace como respuesta a un amor recibido que nos antecede (cf. 1
Jn 4,10.19), y asumirlo en profundidad nos permite comprender de qué modo so­
mos introducidos en la historia de amor de Dios, que es anterior a nosotros. La me­
jor forma de prepararse a ser esposo es siendo buen hijo, consciente de ser hijo de
Dios” (p. 28).
“La revelación del amor ilumina nuestra vida y nos permite interpretar la diversi­
dad de nuestras experiencias en la medida en que conducen a una vida ple­
na” (p. 21).
“Comprendemos la importancia decisiva de la revelación del plan de amor de
Dios que nos hace exclamar: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y he­
mos creído en él» (i Jn 4,16). Se trata de la revelación de un amor capaz de sanar
las heridas de un hombre abatido y sin fuerzas (cf. Le 10,30); y que lo transforma
en lo más profundo al hacerlo hijo de Dios (Jn 1,12; 1 Jn 3,1)” (p. 21).

>o( [Link] Pág. 3


Fijándonos bien
El amor lo hemos experimentado siempre: desde pequeños alguien nos ha querido y hemos queri­
do a alguien. Quizá no lo pensábamos; simplemente lo sabíamos y éramos felices. A medida que
crecíamos y nos hacíamos más independientes, hemos ampliado el círculo de relaciones, y con
algunas personas hemos vivido una amistad más intensa y más consciente; saber que podíamos
contar con las personas amigas nos daba confianza y nos llenaba de alegría. Pero ha habido un
momento en nuestra vida -seguro que lo recordamos bien- en que, al encontrar a otra persona,
hemos sentido el amor como algo nuevo, como si fuera la primera vez que amábamos y nos sa­
bíamos amados. Fue un verdadero descubrimiento, como una luz nueva que nos guía en nuestra
vida por un camino que promete llevarnos a la felicidad plena.
¿Estás de acuerdo con esta descripción de la experiencia del amor? ¿Se parece a lo que tú has vivido?
¿Cómo ha influido en el desarrollo de tu vida sentirte amado? ¿Por qué crees que es importante?
Hay personas que no han conocido el amor. ¿Cómo crees que esto las afecta?
Verdaderamente no podemos forzar el amor para que surja en nuestra vida. Pero el hecho es
que, antes de que hayamos elegido nada en la vida, ya nos sentimos amados y amando. El ser
humano no podría conocer lo que es el amor si no hubiera sido amado. Es más, no podría vivir sin
amor.
“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para si mismo un ser incomprensible, su vida está privada de
sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa
en él vivamente ” (Juan Pablo II, Redemptor hominis 10).
El amor se nos va revelando: en los padres, en los hermanos, en los amigos, en el esposo o la espo­
sa, en los hijos... A medida que lo descubrimos, nos hace vislumbrar la fuente de la que nos llega.
Nuestro amor es siempre respuesta aun amor que hemos recibido antes.
Pero ¿de dónde viene el amor que recibimos a lo largo de nuestra vida? ¿Y adonde nos lleva?

Escuchamos la Palabra de Dios


► Cuando el pueblo de Israel cuenta los orígenes de la humani­
dad, reconoce que el amor existía desde el principio. Dios creó al
hombre por amor, y lo ha llamado también al amor, que es la vo­
cación fundamental que resuena en el corazón de todo ser hu­
mano. Amamos porque hemos conocido el amor. Dios ha querido
que necesitáramos el amor para desarrollarnos, y, creándonos a
su imagen, nos ha hecho capaces de amar.
“El Señor Dios se dijo: -No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle
alguien como él que le ayude.
Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos
los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre para ver qué nombre les
ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Asi el
hombre puso nombre a todos los anímales domésticos, a los pájaros del cíelo
y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que le ayuda­
se.
Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró
el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la pre­
sentó al hombre.
Y el hombre dijo: -¡Esta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido
del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre se unirá a su mujer y serán los dos una sola car­
ne.
Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro ” (Génesis 2,18-25).
El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, no puede vivir solo, sin alguien a

Pág. 4 Asociación Persona y Familia


quien amary por quien ser amado
No encuentra compañía entre todos los animales creados por Dios. Sólo reconoce como “otro yo”
al ser que ha sido tomado de su cuerpo. Algo sorprendente se despierta tras el encuentro entre el
hombre y la mujer. De ahí arranca el primer canto de la humanidad que aparece en la Sagrada
Escritura: "Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2,23). El yo despierta
sorprendido por el tú. Dios saca al hombre de la soledad y le pone en el camino de la vida plena.
En lo más profundo de nosotros estamos marcados por el amor que llega de Dios, nuestro Padre y
nuestro Creador. El amor es como un regalo “caído del cielo”, nos sorprende, irrumpe en nuestra
vida y nos revela su sentido, nos orienta hacia un destino aún mayor que cualquier deseo que po­
damos concebir.

► El amor de Dios es fiel, inspira confianza, hace crecer. Ver cómo es el amor que Dios nos tiene
nos hace desear ese amor. Dios, nuestro Padre, que nos ha creado para el amor, mantiene su lla­
mada. Nos provoca.
“Y ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel:
No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío.
Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo; los ríos no te anegarán.
Si pasas por el fuego, no te quemarás; la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios; el Santo de Israel, tu
salvador.
He entregado a Egipto, Etiopía y Seiba, como precio de rescate por ti; y es que tú vales
mucho para mí, eres valioso y yo te amo ” (Is 43,1-4).

► “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo úni­


co” (Juan 3,16). El designio de Dios que comenzó en la
Creación y los profetas no dejaron de recordar al pueblo
de Israel, se manifestó y se cumplió plenamente en su Hijo
Jesucristo. No sólo nos llama al amor; nos da su Espíritu
que nos hace capaces de amar como verdaderos hijos
suyos.
‘‘Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permane­
ce en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud
con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues
como él es, así somos nosotros en este mundo ” (1 Juan 4,16-17).
Después de leer y tratar de asimilar estos textos, ¿qué pode­
mos decir de Dios y de su relación con nosotros?
¿Qué podemos decir de nosotros mismos, y de la vida a la que
Dios nos llama?

f [Link] Pág. 5
Para profundizar
La vocación al amor es la vocación fundamental de todas las personas; la llevamos inscrita en
todo nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma. El matrimonio es respuesta a esta vocación
y se funda en un amor peculiar: el amor conyugal.

► El amor conyugal no es un mero impulso que nos arrastra. Nace de la admiración ante la belle­
za del ser del otro. Se puede decir que el amor es una revelación que recibimos. Actúa como una
luz que ilumina toda nuestra vida y hace que nos conozcamos cada vez mejor, una luz que permi­
te interpretar la propia vida en las circunstancias más diversas, una “luz que guía toda la vida ha­
cia la plenitud”.

► El amor hace crecer nuestro “yo”, y el amor conyugal con más razón... Nuestro “yo” se despier­
ta y se encamina hacia la madurez, cuando reconocemos un “tú” que nos sorprende amándo­
nos, descubriéndonos, llamándonos por el nombre, haciéndonos distintos de las demás personas.
El “yo” nace siempre de una relación, pues nadie podrá jamás hacerse a sí mismo. Debo mi ori­
gen a otro y para realizarme tengo necesidad de otro.

► El amor es además una llamada a la comunión con la otra persona, respetando su total liber­
tad y reconociendo el valor absoluto de su dignidad. La persona amada nos aparece con tal va­
lor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella.

Como todo amor, el amor conyugal es algo que el hombre descubre en un momento determinado de su vida, no es
algo deducible y planificable. El mismo contenido de este amor es una verdadera revelación; nace de la admira­
ción ante la belleza del otro e incluye una llamada a la comunión. Tal llamada implica libertad de ambos y la tota­
lidad de la persona. Por eso mismo, es una aceptación implícita del valor absoluto de la persona humana. La per­
sona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella. Esta es
la revelación básica del amor conyugal.
No se trata entonces de un mero sentimiento, a merced de la inseguridad que engendra la mutabilidad de los esta­
dos de ánimo. Tampoco es un simple impulso natural irracional que parecería irrefrenable. Ambas concepciones
son ajenas a la libertad humana y, por ello, incapaces de formar una verdadera comunión. Aquí nos encontramos
con un amor que es aceptación de una persona en una relación específica cuyo contenido no es arbitrario
(Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 60).

► En esta revelación del amor, que nos fascina, la luz de la Palabra nos hace ver el amor de Dios
que sale a nuestro encuentro, que está de alguna forma presente en el amor que sentimos hacia
la otra persona. Nos vemos introducidos en una historia de amor a la que somos invitados perso­
nalmente como protagonistas. Dios cuenta con nosotros y con nuestra familia para desvelar y rea­
lizar su Misterio de amor.

► Este encuentro entre el hombre y la mujer también expresa el anuncio de una nueva búsque­
da. Hombre y mujer no estamos hechos para nosotros mismos, sino que vivimos en la búsqueda de
algo más. Queremos algo más que la vida, queremos amar y ser amados para siempre. No hemos
recibido el don de la vida para sobrevivir, sino para amar y ser amados, para crecer en ese amor,
para ser transformados por ese amor, para ser liberados y encontrar la felicidad. “Por eso dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2,24). Será un futuro que llenará
nuestras vidas y que ya ahora dirige nuestras acciones para lograr esa plenitud que vislumbramos
como una promesa.

El amor nos hace ver en la persona amada -el hombre en la mujer, la mujer en el hombre- a al­
guien que, con su presencia, suscita nuevas promesas y horizontes de vida, alguien con quien
compartir una vida y un proyecto. La persona amada es una invitación constante a la plenitud
que se alcanza formando una comunión de personas. El amor inaugura así un camino en la vida,
muy diferente de una mera sucesión de momentos más o menos intensos; camino hacia la pleni­
tud que, sin embargo, sólo se tiene en promesa: se irá recibiendo mientras se avanza guiados por
la luz del amor.

Pág. 6 Asociación Persona y Familia ^2°'


Oramos juntos
Recordando lo que hemos reflexionado y comentado hasta ahora, damos gracias a Dios:
Por las personas que nos han querido y hemos querido a lo largo de nuestra vida: nos han des­
pertado al amor, nos han sacado de la soledad.
Porque la Palabra de Dios nos ha revelado que Dios mismo es la fuente de donde mana el
amor que hemos recibido y que hemos dado. En los caminos
de la vida hemos visto señales de su amor.
Porque saber que Dios nos ha creado por amor y nos llama al
amor, nos hace comprender el sentido y la orientación de
nuestra vida.
“Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído
en él” (1 Juan 4,16).

Oración por la f^amílía

fjíos, de quien proviene toda paternidad

en el cíelo y en la tierra:

Padre, que eres amor y vida,

haz que cada familia humana

que habita en nuestro suelo,

sea, por medio de tu H¡j° Jesucristo, nacido de mujer,

y medíante el Uspírítu ^panto, fuente de (paridad fjívína,

un verdadero santuario de vida y amor para las nuevas generaciones.

blaz que tu gracia guíe I os pensamientos s,

para bien propio y de todas las familias del mundo.

¡paz que lasjóvenes generaciones encuentren en la familia

un fuerte sostén humano,

para que crezcan en la verdad y el amor.

blaz que el amor, reforzado por la gracia del (pacramento del Matrimonio,

se manifieste más fuerte que cualquier debilidad o crisis

que puedan padecer nuestras familias.

~Pe pedímos por intermedio de la pamílía de |\|azareth,

ue la Iglesia pueda cumplir una misión fecunda en nuestra familia,

en medio de todas las naciones de la tierra.

Por (pristo, nuestro (peñor,

(Pamíno, Vefdad y V¡da

or los siglos de los siglos. Amén.

J [Link] Pág. 7
Nos proponemos
Este amor, don de Dios que nos hace parecidos a Él, nos dirige hacia el cumplimiento de su firme
promesa: la plenitud de nuestro ser, de nuestra felicidad, de nuestro amor. Ahora gozamos sólo de
un anticipo, pero nos basta para mantener vivo el deseo sincero de alcanzarla.

Necesitamos ayudarnos a reconocer los signos del amor de Dios, recordarnos que Dios nos hace sujetos
activos en la historia que Él quiere vivir con la humanidad.¿Cómo ayudarnos a darnos más cuenta de los
signos del amor de Dios?
Con nuestras acciones buscamos siempre colaborar en el cumplimiento de aquella promesa de plenitud.
Cuando vemos que el amor fracasa a nuestro alrededor, y también en nosotros mismos, necesitamos te­
ner la certeza de que la llamada de Dios es firme y su amor es fiel. ¿Cómo cultivar la esperanza en nuestro
amor?
Todos necesitamos ser ayudados en el aprendizaje del amor, para poder llegar a la madurez de una en­
trega libre y a ser capaces de descubrir la verdad de este amor hermoso. Sólo se puede enseñar a amar
amando y es, precisamente, la familia el lugar ineludible para ello, escuela de humanidad y de amor.
¿Cómo cultivaren el matrimonio, en la familia, el deseo del amor auténtico?

“Cuando comprendimos que estábamos


hecho el uno para el otro, nos declara­
mos lo que ardía en nuestro corazón:
amarnos para siempre. Sin embargo, te­
níamos muchos interrogantes. ¿Por qué
se separan tantos matrimonios? ¿Cómo
podíamos saber si un día no nos ocurriría
también a nosotros? En la preparación al
matrimonio nos dimos cuenta de la gran­
deza del sacramento del matrimonio y
de cómo el amor conyugal es un reflejo
del amor trinitario. Aunque nuestro amor
parezca el más bello y el más fuerte de
todos, nos damos cuenta de que todo
amor, para durar, debe beber en esta
fuente divina.
Nos hemos casado como respuesta a la
vocación que Dios nos había mostrado.
Desde el principio nos había parecido
importante no encerrarnos en nosotros
mismos, sino procurar permanecer abier­
tos a los demás. Esta apertura al mundo
no quita nada a nuestro amor; al contra­
rio, nos hace ser más delicados el uno
con el otro. A pesar de ser jóvenes e inex­
pertos, Santo Padre, hemos experimenta­
do la gran verdad contenida en su Encí­
clica Deus caritas est, en la que nos dice
que un amor fundado sobre la fe e im­
pregnado de fe, enriquece el eros con el
ágape y lo hace cada vez más semejan­
te al amor divino”.
Testimonio de José Manuel Torralba y Myriam Gar­
cía (España), El amor es para siempre, en el V En­
cuentro Mundial de las Familias, Valencia 2006.

Pág. 8 Asociación Persona y Familia


Tema 2

El amor crece: un camino por recorrer


"Como Cristo amó a [a Oaíesia" CEfj, zj)

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humani­


dad nos ayuda a centrar el tema:
“El eje central de cualquier pastoral familiar no consiste en una sucesión de ac­
tuaciones, ni en una adecuada interrelación entre las mismas, sino en compren­
der realmente el plan de Dios sobre cada hombre, un plan que afecta a la histo­
ria de amor personal que cada uno ha de saber construir. En definitiva, toda pas­
toral familiar debe orientarse a descubrir y realizar la vocación al amor de todo
hombre y de toda mujer” (p. 20).
Sabemos que Dios nos ha creado por amor y para el amor. Dios nos llama siempre al
amor y espera nuestra respuesta: la historia de amor que cada uno de nosotros te­
nemos que escribir. Comenzó con la llamada de Dios y vamos desarrollándola a lo
largo de nuestra existencia. En ello -nunca mejor dicho- nos va la vida. El itinerario
fundamental, que recorremos a lo largo de esa historia, se esconde en el ser hijos
para poder ser esposos y llegar a ser padres. Ahí descubrimos el sentido de nuestra
vida, que podemos acoger... o frustrar.

M [Link] Pág. 9
Fijándonos bien
El amor va guiando el desarrollo de nuestra vida, va construyendo nuestro hogar: primero el amor
que es propio de hijos y hermanos, luego la amistad, el enamoramiento, y, sobre todo, el amor
adulto y maduro de esposos y padres...
Hay un momento en que nos damos más cuenta de lo que verdaderamente queremos en la vida.
No nos basta saber que vivimos; necesitamos sobre todo saber para qué vivimos. Se nos impone
con fuerza la pregunta: ¿quién quiero ser? La respuesta se nos va aclarando mientras avanzamos
en el amor. En nuestro crecimiento personal hacia la madurez y la vida plena, el amor es fuerza
que impulsa, ánimo que sostiene, meta que atrae. Es luz que nos guía. El amor se nos revela en la
relación con otras personas.
El amor conyugal es, sin duda, expresión sublime del amor humano. En la vocación al amor conyu­
gal se necesita una “ayuda adecuada”; es imprescindible que exista un(a) co-protagonista espe­
cial en nuestra vida, a quien “reconozcamos” y que haga posible una tarea común incompara­
ble: construir un hogar.
Nos convertimos en protagonistas porque hemos conocido el amor y hemos creído en él (1 Jn 4,
16). En nuestra historia, ese amor más decisivo siempre tiene un nombre, un rostro, por el que mere­
ce la pena entregar la vida. Todo amor verdaderamente humano requiere un nombre para con­
servar su dignidad.
Si somos capaces de dar un nombre personal a nuestro amor, nos resultará posible escribir nuestra
historia; habrá una persona con quien buscar una vida en comunión, habrá un camino que reco­
rrer hacia esa comunión de personas, y no quedaremos a merced de las circunstancias y de la
volubilidad de los estados de ánimo.
No debemos engañarnos y llamar amor verdadero a lo que no es más que una atracción superfi­
cial. Es fácil quedarse con lo que más nos gusta, confeccionar un amor a la carta, que no nos exi­
ja demasiado. Pero resultará pasajero, puramente sentimental, y no nos hará felices.
Quien confunde el amor con un mero sentimiento o con un impulso irrefrenable de la pasión, es
que no ha descubierto aún a la persona a la que entregarse, en entera libertad, para un amor fe­
cundo. En realidad, está aún inmerso en una angustiosa soledad. Ni ha conocido el amor ni ha
creído en él. Hoy son muchos los que, confundidos, llaman amor a lo que no lo es y se incapacitan
para salir de la soledad. Decir: “Te amo, porque te necesito”, es muy distinto de decir: “Te necesi­
to, porque te amo”.

Recordemos cada uno a personas concretas a las que amamos, sobre todo de nuestra familia.
Mi amor hacia ellos, ¿cómo ha enriquecido mi vida? (Si no las amara, ¿sería yo la misma persona?)
El amor que me tienen, ¿cómo me ha hecho crecer?
El testimonio de amor de matrimonios que conozco, ¿me estimula y ayuda?

Pág. 10 Asociación Persona y Familia


Escuchamos la Palabra de Dios

► La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama
incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace per­
sonas consumadas, plenas, perfectas.
En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de
Jesús:
El amor mueve toda la vida de Jesús.
Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.
Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.
Da alegría auténtica y plena.
Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamien­
tos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco
en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando ” (Jn 15,9-14).
El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, noso­
tros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.
¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?

► El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el
amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del
Evangelio:
“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciar­
se de su mujer? El les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole
a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al
principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su
madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola car­
ne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre ” (Marcos 10, 1-9).
En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es
nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la
incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y po­
bres.
¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al
proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo
egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.
De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.
Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Conci­
lio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).
En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?

>o( [Link] Pág. 11


Para profundizar
► Los primeros posos en este camino -el enamoramiento- se conocen desde el principio: la pro­
mesa de plenitud, la llamada a una entrega, darse cuenta de que es un camino largo... La difi­
cultad está en hacer avanzar bien lo que comenzó bien. Es necesario perseverar con “fidelidad
creadora” ante los acontecimientos nuevos de una historia en la que Dios nos llama y nos espera.
En esta nueva etapa la guía es la vocación al amor, que nos saca de nosotros mismos. Responder
a la llamada será, lógicamente, salir al encuentro de la persona amada para entregarse a ella. El
camino que lleva a la plenitud de vida que buscamos es el amor esponsal.

Vivir una historia de amor, puesto que se vive en libertad, implica responsabilidad. Podemos elegir
unas acciones u otras, con las que nos aproximamos a la meta o malogramos nuestro destino: po­
demos construir una vida o fracasar. Para acertar es importante estar atentos a cómo se nos reve­
la el amor; esto es, tener la sensibilidad adecuada para descubrir y guardar las distintas “palabras
de amor” que recibimos.

Además, amar de esa manera es una decisión que tomamos libremente, y lleva consigo un ries­
go: el riesgo de no ser correspondidos por la persona a la que amamos, a la que nos confiamos,
en cuyas manos nos ponemos. Quien ama, se hace vulnerable.

“El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definiti­
vo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -sólo esta persona-, y en el sentido del «para siem­
pre ». El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de
otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad” (Benedicto XVI, Deus
caritas est, 6).

► En el amor conyugal, la fascinación que suscita la belleza de la persona amada hace que surja
un deseo: querer compartir la vida por completo y para siempre, construir juntos un hogar. No sólo
compartir cosas, sino el corazón mismo, la intimidad, uno mismo, la propia libertad: “Me entrego a
ti, te pertenezco, me debo a ti”. Y esto, mutuamente.

Pablo VI describe los rasgos fundamentales del amor conyugal:

“Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una
simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, des­
tinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se
conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosa­
mente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo
por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
Es un amor fiel j exclusivo hasta la muerte. Asi lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente
y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que
siempre es posible, noble y meritoria: nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos
demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y
duradera.
Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolon­
garse suscitando nuevas vidas. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la
procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen
sobremanera al bien de los propios padres' (GS 50) ” (Pablo VI, Humanae vitae, 9).

El Directorio de la Pastoral familiar de la Iglesia en España n. 35, resume estos rasgos del amor es­
ponsal:

un amor - incondicional (te creo, me fío de ti y me confío a ti);


un amor - exclusivo (para mí no hay otra persona más que tú);
un amor - definitivo (me entrego a ti por completo y para siempre);
un amor - corpóreo (amor abierto, capaz de comunicarse, que se expresa a través del cuerpo generando vida).
► En el lenguaje del amor conyugal hay que tener en cuenta también el lenguaje del cuerpo. La

Pág. 12 Asociación Persona y Familia a».


ofrenda del cuerpo sólo es real y genuino cuando expresa auténticamente el amor de los espo­
sos. No se vive la sexualidad separada del corazón ni de la mente; precisamente el amores lo que
les da unidad. El cuerpo del varón es para el cuerpo de la mujer, y el de la mujer para el del va­
rón, creados ambos para la entrega recíproca. Sólo el amor conyugal tiene la llave que abre el
significado de la sexualidad y revela su aspecto verdaderamente positivo para la persona. Por
eso el matrimonio es la realización plenamente humana del amor sexual, pues en él se da la en­
trega de la sexualidad completa y fecunda, propia y exclusiva del amor entre los esposos, que
excluye los demás amores. Por todo ello, saber interpretar el significado de la experiencia amoro­
sa equivale a saber situarla en el marco de nuestra vida considerada en su globalidad.

“La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los
esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella
se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la
mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese
signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la per­
sona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsa­
ble, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y
toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y
concorde de los padres.
El único “lugar” que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elec­
ción consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por
Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado ” (Juan Pablo II, Familiaris consortia, 11).

f [Link] Pág. 13
Nos proponemos
Después de escuchar la Palabra de Dios comprendemos mejor cómo el amor es la gran vocación
de todo hombre, cómo el amor del matrimonio está llamado a ser incondicional, exclusivo, definiti­
vo, corpóreo, porque es signo del amor de Cristo y la Iglesia.

Dejemos que crezca en nosotros el deseo de superar las dificultades -¡cada uno las conoce bienl-
que nos impiden amar sinceramente.

¿Qué actitudes deben cultivar en la práctica los esposos


cristianos, para que su amor sea un reflejo del amor de
Cristo a la Iglesia?

¿Cómo puede la comunidad cristiana ayudarles a


amarse según el Evangelio?

Los que creemos en un amor total, definitivo y fecundo,


¿cómo podemos difundirlo en la sociedad?

“Venimos de India, un país con diversas


religiones y culturas. He aprendido de mis
padres a ser honesta, leal conmigo mis­
ma y con los otros, y a fiarme del amor
de Dios. Al crecer, me di cuenta de que
la comunidad cristiana era una parte mi­
núscula de nuestro país. Esto me ha esti­
mulado a conocer mejor mi fe y sobre
todo a vivirla, comprometiéndome en la
parroquia. En la Universidad he conocido
a Ted. Él también era católico. Aunque
no siempre podemos hablar con los otros
de nuestras convicciones religiosas, ve­
mos sin embargo que muchos compañe­
ros se han sentido atraídos por nuestro
estilo de vida.

Vivimos en la gran Mumbay. Muchas ve­


ces la influencia de los medios de comu­
nicación ahoga los valores cristianos. En
nuestra familia, junto a nuestros hijos, re­
novamos cada día nuestra fe y nos ayu­
damos a poner en práctica el Evangelio
en las pequeñas cosas cotidianas. Que­
remos que nuestros hijos crezcan en una
familia unida, acogedora. Sabemos que
nuestro amor mutuo atrae la presencia
de Jesús. Como pequeña Iglesia domésti­
ca, queremos ofrecer esta presencia divi­
na a cuantos no han recibido todavía el
anuncio del Evangelio.
Testimonio de Nisha D'Costa y Ted D'Costa [India],
con dos niños. El amor en familia atrae la presen­
cia de Jesús, en el V Encuentro Mundial de las Fa­
milias, Valencia 2006.

Pág. 14 Asociación Persona y Familia /2c


Tema 3

Purificar nuestros afectos. El amor maduro


"y por encima (fe todo esto, e(amor, como ceñidor de ía unidad consumada" (Coíyi^)

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humani­


dad nos ayuda a centrar el tema:
“La construcción de la auténtica «comunidad de vida y amor» que es el matrimo­
nio, requiere siempre la ‘purificación del corazón’. Así nos lo recordaba el Siervo
de Dios Juan Pablo II cuando hablaba de la ‘redención del corazón’ como un
paso imprescindible para la vocación al amor. De nuevo nos lo ha señalado Be­
nedicto XVI al insistir en el ‘corazón que ve’ como una exigencia interna del amor,
que supera el nivel meramente afectivo y permite llegar a conocer la capacidad
propia del amor para construir una vida” (p. 30).
“Ver significa aquí desarrollar una especial sensibilidad hacia el amor humano
dentro de la niebla que extienden las ideologías. Al mismo tiempo, es reconocer
las necesidades de la vocación al amor y ser capaz de encontrar caminos para
vivirla con plenitud (p. 30).
Cuando nuestro amor es sincero, deseamos que el amor dure. Así es el amor de los
amigos, de la familia y, sobre todo, el de los esposos. Cuando el amor se rompe, por
más que las relaciones acaben “educadamente”, es un fracaso. Las personas que
se aman, quieren permanecer en el amor.
Pero este “permanecer” no es algo pasivo, sino que implica una tarea por nuestra
parte: ser fieles al don del amor recibido y a la promesa de plenitud que lo acompa­
ña, para poder ser fecundos en nuestra vida. O sea, caminar más pendientes de la
persona amada que de uno mismo, entregándole todos aquellos bienes que permi­
ten crecer y madurar juntos.
No es posible “permanecer” en un amor estancado. A lo largo de la vida observa­
mos cómo el amor se transforma y se hace maduro; se hace capaz de ver y valorar
a la persona amada en todo lo que ella es, de superar el placer del instante, de su­
perar los meros sentimientos que en nosotros suscita.
Una experiencia fundamental en el amor que “permanece” y busca madurar, es la
del perdón, la de perdonar y ser perdonados. El amor de Dios para con nosotros es
un amor misericordioso; Él “no guarda rencor eterno” (Jeremías 3,12). Así también el
amor humano, en un mundo marcado por el pecado, si quiere ser ‘ser perfecto’, es
un amorque perdona, ‘hasta setenta veces siete’.
Ciertamente, podemos confiaren que nuestro amor, si se purifica, va a crecer.

>o( [Link] Pág. 15


Fijándonos bien
Si la experiencia del amor nos ha abierto un camino y nos
ha mostrado la posibilidad de una plenitud, falta todavía
que cada uno recorra realmente ese camino que lleva a la
plenitud. Esto no lo podremos hacer sin un proceso de ma­
duración de nuestros sentimientos y deseos; es decir, purifi­
cando nuestros afectos. Éste es el único modo de hacer
crecer el amor en la verdad para que alcance su auténtica
grandeza.
El primer paso en la purificación del amor es precisamente el firme deseo de permanecer en el
amor. Puede parecer muy simple, pero es indispensable. El amor es en sí mismo una llamada a la
fidelidad, pero responder a esta llamada exige compromiso y esfuerzo. Ya no se trata sólo de
“estar enamorado”, sino de “permanecer en el amor”, de dejar que este amor sea purificado y
madurado. No es verdadero ni maduro el amorque no es fiel a la promesa que conlleva.
En el amor esponsal, junto a la llamada a la fidelidad, existe otro aspecto indispensable: la llama­
da a la fecundidad. El amor verdadero y maduro no se encierra en sí mismo, sino que sale de sí
mismo, se expande, es fecundo, crea nueva vida. El amor auténtico puede no ser fértil, pero nun­
ca es infecundo: siempre da frutos de vida eterna, produce ‘vida abundante’.
Son dos significados que nutren internamente al amor y que corresponde a los cónyuges saber vi­
vir en su convivencia. La comunión única que es el matrimonio, y que no se confunde con ningu­
na otra, se define por estos dos bienes: la unión personal y definitiva de los cónyuges en la mutua
fidelidad, y la procreación. “La unión de los esposos y la transmisión de la vida implican una sola
realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por ello no son separables, como si se pudiera elegir
una u otra sin que el significado humano del amor conyugal quedase alterado” (CEE, La familia,
santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 66)
Recordamos y compartimos las experiencias de fidelidad, a pesar de las dificultades, en la amistad, en el
amor de esposos, en el amor de padres... Experiencias que hemos vivido nosotros mismos o que, por ser
de personas que nos son cercanas, influyen en nosotros.
Recordamos y compartimos también situaciones en las que resulta difícil “permanecer en el amor" a cau­
sa del egoísmo, o por vivir la sexualidad desligada del amor y la procreación, o por reducir el amor al me­
ro sentimiento, o por no aceptar al otro tal como es sino sólo algunas de sus cualidades, o por no ser ca­
paces de perdonar...
A la luz de nuestra experiencia o de las personas que conocemos, ¿qué acontecimientos han sido impor­
tantes para maduraren el amor? ¿cuáles han sido los obstáculos?

Escuchamos la Palabra de Dios


► En nuestra experiencia de amor vislumbramos que existe una realidad distinta y superior a lo
que somos nosotros mismos. Hay una revelación: la alegría que encontramos en el amor puede ir
a más, puede ser plena. Hay un deseo: queremos esa plenitud. Hay un impulso: estamos dispues­
tos a hacer todo lo necesario para alcanzarla. En el amor está implícita una trascendencia, que
nos permite superar lo puramente material y dirigirnos a la plenitud de vida que anhelamos. Es una
trascendencia que nos anima a salir de nosotros mismos y buscar al otro.
En la Primera Carta de San Juan encontramos afirmaciones sobre ese deseo de plenitud en el
amor y en la alegría, y sobre el camino para alcanzarla. No, no es pretensión indebida, ni locura
sin sentido, ni pura fantasía.
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo,
como propiciación por nuestros pecados. Queridos hermanos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros
debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros. Dios permanece en no­
sotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” (1 Juan 4,10-12).

Pág. 16 Asociación Persona y Familia


Dios nos creo por amor y para el amor; pone en nosotros el deseo de amar y nos hace sentir la alegría de
amar y de ser amados.
En Jesucristo nos muestra Dios el camino del amor más grande y de la perfecta alegría. ¿Podemos decir
algo acerca de cómo lo que nos ha sido revelado en Jesús influye en nuestro amor y en nuestra alegría?

► Para purificar el afecto y madurar en el amor tenemos que saber discernir si lo que la sociedad
nos propone, está acorde o no con la voluntad de Dios. Un texto de la carta de san Pablo a los
cristianos de Roma nos avisa de la necesidad de renovar nuestra mente:
“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios:
lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Romanos 12,1-2).
¿Es verdad que a los cristianos, a veces, se nos hace difícil entender y vivir el amor en su plenitud porque
nos “acomodamos al mundo presente"? ¿Se podrían recordar algunos casos?
¿Crees que nuestra manera de vivir el amor tiene que ver con ofrecernos a nosotros mismos "como un sa­
crificio vivo, santo, agradable a Dios"?

► En la Fiesta de la Sagrada Familia leemos otro pasaje de la carta de san Pablo a los Colosenses,
donde nos habla del perdón:
“Sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos
mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mis­
mo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de
árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo ” (Colosenses 3, 12-15).
Seguro que hemos vivido situaciones de pedir perdón y de perdonar, también, por supuesto, en el matri­
monio. ¿Cómo nos hemos sentido al perdonar o ser perdonados? ¿Hemos tenido alguna dificultad?
En el evangelio de Juan encontramos una bellísima imagen que utiliza Jesús para decirnos que
para dar fruto, para que nuestro amor sea de verdad ‘fecundo’, debemos permanecer unidos a
Él, como los sarmientos a la vid.
“Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar
fruto por sí mismo, si no permanece en la vid: así tampoco vosotros si no permane­
céis en mí.
Yo soy la vid: vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mu­
cho fruto: porque separados de mí no podéis hacer nada ” (Juan 15,4-5).
¿Cómo influye la unión con Cristo en la manera de vivir nuestro amor?

Para profundizar
► En el amor hay siempre un “girarse” hacia el otro, por el que comprendo que hay otro que
“vive para mi” y que yo soy “para” él. Pero es propio de la madurez del amor que no se “gire” sólo
hacia una particularidad del otro, sino que abrace la totalidad de su existencia y todas sus dimen­
siones, que incluya a la persona en su integridad.
Al “volvernos” hacia el otro, nuestro amor se hace más valioso según su capacidad de buscar el
auténtico b/en para la persona amada, y no tanto por la intensidad del sentimiento que genera.
“Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embria­
guez de la felicidad, sino que ansia más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrifi­
cio, más aún, lo busca ” (Deus caritas est, n. 6).
El amor auténtico dirige realmente nuestras acciones y es capaz de construir una vida en común,
sostenida por bienes objetivos. En esto se distingue el amor verdadero, al que somos llamados, de
los amores falsos que tratan de seducirnos.
Un amor que se reduce a una de las dimensiones de la persona, sin tener en cuenta la totalidad y

[Link] Pág. 17
la integridad de la persona, está falseado. Origina una peligrosa desviación del camino que nos
habíamos propuesto, ya que puede atentar contra la dignidad del otro, e incluso deshumanizarlo.

► Hoy es muy fuerte la tendencia a reducir el amor a pura excitación sexual. Se diría que vivimos
rodeados de un pansexualismo ambiental, a) La sexualidad se reduce a simple genitalidad. b) Es­
ta sexualidad es tratada como objeto de consumo, c) Se reclama la presencia de la genitalidad y
su consumo como un hecho normal e incluso se considera buena la tendencia social que orienta
hacia dicho consumo. Sin embargo, someterse a estos principios materialistas y consumistas, de­
jándose llevar por el principio del placer más intenso, engendra un gran vacío y una profunda tris­
teza.
“Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre
se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El
eros, degradado a puro ‘sexo se convierte en mercancía, en simple ‘objeto ' que se puede comprar y vender; más
aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su
cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su
ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su liber­
tad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontra­
mos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra
existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La
aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el con­
trario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran
recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos
‘en éxtasis ' hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un
camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (Deus caritas est, n. 5).

► En este camino de maduración y crecimiento siempre estará presente la figura del perdón, un
don nuevo que brota de lo profundo del amor de Dios. En el seno familiar, el perdón arranca del
mismo amor conyugal. Transformado por el Espíritu, el amor conyugal se hace participación del
amor de Cristo que perdona; se convierte en amor de misericordia.
¿Podrán perdonarse los esposos? Sí, si reconocen que la fuente de su amor es un amor de miseri­
cordia que está por encima de ellos y los une. Sí, si son sensibles a la debilidad del cónyuge que
necesita un amor renovado para poder alcanzar la plenitud prometida.
La necesidad de perdón -y el perdonar- cabe perfectamente en el crecimiento del amor. El amor
verdadero es capaz de generar una entrega nueva de sí mismo, alcanzando una plenitud nueva.
La palabra perdón, compuesta de per y don, quiere decir don consumado; igual que per-fecto
quiere decir “completamente hecho”, o per-durar quiere decir “prolongar la duración”.
“Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada
evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del
bautismo que los ha hecho ‘santos '. Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de
la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matri­
monio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en
la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana.
Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae (n.
25): ‘Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con hu­
milde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Peni­
tencia '.
La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar.
En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza
con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y
todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios ‘rico en misericor­
dia ' (Ef 2,4), el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfec­
ciona la alianza conyugal y la comunión familiar” (Familiaris consortio, n. 58).
► Tendríamos que llegar a querer lo mismo que el Señor. La unión con Él ha­
ce posible que lleguemos a ver y a sentir como Él mismo. El encuentro con
Cristo llega a transformar el sentimiento, dándole un gusto nuevo. Así nace

Pág. 18 Asociación Persona y Familia


en nosotros un corazón nuevo, purificado, capaz de apreciar lo que verdaderamente construye
una amistad, y especialmente, la necesidad de amor que sienten las personas.
“[Dios] nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso,
nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impo­
ne un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. El nos
ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este ‘antes' de Dios
puede nacer también en nosotros el amor como respuesta ” (Deus caritas
est, n. 17).

Oramos juntos
Recordamos especialmente a nuestra familia y a las familias que conocemos.
Damos gracias a Dios por los bienes que vivimos en la familia, y por los que nos tiene prometidos.
Pedimos la luz del Espíritu Santo para reconocer las tendencias egoístas que tenemos que purifi­
car, y la fuerza y generosidad necesarias para hacerlo.
Hacemos nuestra la oración que escribió Juan Pablo II al terminar su Exhortación Apostólica Fami-
liaris consortio:

“/Xyuella (Sagra da] Ra mílía, única en el mundo,

no dejará de ayudar a las familias cristianas,

más aún, a todas las fa mil i as del mundo,

para cjue sean fieles a sus deberes cotidianos,

'ara cine sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida,

abriéndose generosamente a las necesidades de los demás

y cumpliendo gozosamente los planes de Oíos sobre ellas.

Que San José, hombre justo, trabajador incansable,

custodio fidelísimo de los tesoros a él confiados,

las gua rde,


P rote ja e ilumíne siempre.

Que Ia Virgen María, como es Madre de la Iglesia,

sea también Madre de la Iglesia doméstica,

y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana

pueda llegara se r ve rdade ra mente una ‘pecjueña Iglesia’,

en la cjue se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de (Jrísto.

Sea ella, R sclava del ^peñor,

ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de fjíos;

sea ella, Madre fjolorosa a los pies de la (Jruz,

ue alivíe I os su ue las lágrimas


de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

Que (Jrísto ¿enor, Rey del universo, Rey de las familias,

esté presente como en (Janá, en cada hogar cristiano

pa ra da r legría, serenidad y fortaleza”.

J [Link] Pág. 19
Nos proponemos
Comprendemos bien que crecer en el amor no significa ahogar nuestros afectos, sino hacerlos du­
raderos, sanos, fuertes.
Teniendo en cuenta nuestras experiencias que hemos recordado al principio, así como los textos
bíblicos que hemos leído y comentado:
¿Qué debemos hacer y que debemos evitar para que nuestro amor madure y vaya hacia su plenitud?
Los cristianos sabemos que para que nuestro amor sea auténtico debemos permanecer unidos a
Cristo.
¿Qué debemos hacer para permanecer unidos a Cristo?
Los cristianos también debemos ser testigos del amor de Dios en este mundo.
¿Qué debemos hacer para que nuestro amor sea verdaderamente fecundo, dando vida a nuestro alre­
dedor?

“Santo Padre, hace ocho años hemos


atravesado una prueba muy fuerte: la
pérdida de nuestra única hija de 18 años,
María Teresa. Pero Dios se ha ocupado
de nosotros y ha hecho que nuestra fe y
nuestra esperanza no se debilitaran; más
aún, se hicieran más fuertes.

Después de un discernimiento realizado a


la luz de la Palabra de Dios y acompaña­
dos por la oración de tantos amigos en el
Señor, ha florecido en nosotros el deseo
de dar una familia a muchachos que la
hubieran perdido.

Robustecidos con la fuerza del sacra­


mento del matrimonio, nuestra paterni­
dad y nuestra maternidad han sido toda­
vía fecundas, acogiendo como hijos a
cuatro hermanos rumanos, ya mayorci-
tos, huérfanos de padre y madre.

Así, de este don ha nacido una nueva


gran familia. Con confianza y total aban­
dono nos acogemos a la Santa familia
de Nazaret”.
Testimonio de Ina y Salvatore Sammartino [Italia],
La grandeza de la adopción, en el V Encuentro
Mundial de las Familias, Valencia 2006.

Textos e imágenes procedentes de los materiales preparados por la


Archidiócesis de Madrid
Vive la familia. Con Cristo es posible.
[Link]

Pág. 20 Asociación Persona y Familia

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