La familia como imagen de Dios
La familia como imagen de Dios
Rouco-Varela, Cardenal-Arzobispo
de la Archidiócesis de Madrid, y unos días después, en un mensaje a todos los fieles madrileños, nues
tro Cardenal reafirmaba su propuesta de iniciar un plan integral de Pastoral Familiar que sería, según
sus propias palabras, “un compromiso de vida y acción pastorales, vinculante para todos los miem
bros de la Iglesia Diocesana: sus Pastores, sus consagrados, sus fieles laicos y, especialmente y sobre
todo, para nuestros matrimonios y familias cristianas.”
Es por ello que, a partir de este número de “Iglesia y familia”, iremos facilitando los distintos materiales
que desde la Archidiócesis de Madrid se vayan editando.
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Vamos a hablar de la familia.
De esposos, de padres e hijos;
de la convivencia, la comunicación, la educación...
De la felicidad que sentimos cuando sabemos que estamos unidos,
y de dificultades, problemas, luchas, logros y fracasos...
Pero lo primero de todo será hablar del amor.
Es el fundamento de la familia.
Sin el amor, no damos un paso.
► El amor de Dios es fiel, inspira confianza, hace crecer. Ver cómo es el amor que Dios nos tiene
nos hace desear ese amor. Dios, nuestro Padre, que nos ha creado para el amor, mantiene su lla
mada. Nos provoca.
“Y ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel:
No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío.
Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo; los ríos no te anegarán.
Si pasas por el fuego, no te quemarás; la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios; el Santo de Israel, tu
salvador.
He entregado a Egipto, Etiopía y Seiba, como precio de rescate por ti; y es que tú vales
mucho para mí, eres valioso y yo te amo ” (Is 43,1-4).
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Para profundizar
La vocación al amor es la vocación fundamental de todas las personas; la llevamos inscrita en
todo nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma. El matrimonio es respuesta a esta vocación
y se funda en un amor peculiar: el amor conyugal.
► El amor conyugal no es un mero impulso que nos arrastra. Nace de la admiración ante la belle
za del ser del otro. Se puede decir que el amor es una revelación que recibimos. Actúa como una
luz que ilumina toda nuestra vida y hace que nos conozcamos cada vez mejor, una luz que permi
te interpretar la propia vida en las circunstancias más diversas, una “luz que guía toda la vida ha
cia la plenitud”.
► El amor hace crecer nuestro “yo”, y el amor conyugal con más razón... Nuestro “yo” se despier
ta y se encamina hacia la madurez, cuando reconocemos un “tú” que nos sorprende amándo
nos, descubriéndonos, llamándonos por el nombre, haciéndonos distintos de las demás personas.
El “yo” nace siempre de una relación, pues nadie podrá jamás hacerse a sí mismo. Debo mi ori
gen a otro y para realizarme tengo necesidad de otro.
► El amor es además una llamada a la comunión con la otra persona, respetando su total liber
tad y reconociendo el valor absoluto de su dignidad. La persona amada nos aparece con tal va
lor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella.
Como todo amor, el amor conyugal es algo que el hombre descubre en un momento determinado de su vida, no es
algo deducible y planificable. El mismo contenido de este amor es una verdadera revelación; nace de la admira
ción ante la belleza del otro e incluye una llamada a la comunión. Tal llamada implica libertad de ambos y la tota
lidad de la persona. Por eso mismo, es una aceptación implícita del valor absoluto de la persona humana. La per
sona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella. Esta es
la revelación básica del amor conyugal.
No se trata entonces de un mero sentimiento, a merced de la inseguridad que engendra la mutabilidad de los esta
dos de ánimo. Tampoco es un simple impulso natural irracional que parecería irrefrenable. Ambas concepciones
son ajenas a la libertad humana y, por ello, incapaces de formar una verdadera comunión. Aquí nos encontramos
con un amor que es aceptación de una persona en una relación específica cuyo contenido no es arbitrario
(Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 60).
► En esta revelación del amor, que nos fascina, la luz de la Palabra nos hace ver el amor de Dios
que sale a nuestro encuentro, que está de alguna forma presente en el amor que sentimos hacia
la otra persona. Nos vemos introducidos en una historia de amor a la que somos invitados perso
nalmente como protagonistas. Dios cuenta con nosotros y con nuestra familia para desvelar y rea
lizar su Misterio de amor.
► Este encuentro entre el hombre y la mujer también expresa el anuncio de una nueva búsque
da. Hombre y mujer no estamos hechos para nosotros mismos, sino que vivimos en la búsqueda de
algo más. Queremos algo más que la vida, queremos amar y ser amados para siempre. No hemos
recibido el don de la vida para sobrevivir, sino para amar y ser amados, para crecer en ese amor,
para ser transformados por ese amor, para ser liberados y encontrar la felicidad. “Por eso dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2,24). Será un futuro que llenará
nuestras vidas y que ya ahora dirige nuestras acciones para lograr esa plenitud que vislumbramos
como una promesa.
El amor nos hace ver en la persona amada -el hombre en la mujer, la mujer en el hombre- a al
guien que, con su presencia, suscita nuevas promesas y horizontes de vida, alguien con quien
compartir una vida y un proyecto. La persona amada es una invitación constante a la plenitud
que se alcanza formando una comunión de personas. El amor inaugura así un camino en la vida,
muy diferente de una mera sucesión de momentos más o menos intensos; camino hacia la pleni
tud que, sin embargo, sólo se tiene en promesa: se irá recibiendo mientras se avanza guiados por
la luz del amor.
en el cíelo y en la tierra:
blaz que el amor, reforzado por la gracia del (pacramento del Matrimonio,
J [Link] Pág. 7
Nos proponemos
Este amor, don de Dios que nos hace parecidos a Él, nos dirige hacia el cumplimiento de su firme
promesa: la plenitud de nuestro ser, de nuestra felicidad, de nuestro amor. Ahora gozamos sólo de
un anticipo, pero nos basta para mantener vivo el deseo sincero de alcanzarla.
Necesitamos ayudarnos a reconocer los signos del amor de Dios, recordarnos que Dios nos hace sujetos
activos en la historia que Él quiere vivir con la humanidad.¿Cómo ayudarnos a darnos más cuenta de los
signos del amor de Dios?
Con nuestras acciones buscamos siempre colaborar en el cumplimiento de aquella promesa de plenitud.
Cuando vemos que el amor fracasa a nuestro alrededor, y también en nosotros mismos, necesitamos te
ner la certeza de que la llamada de Dios es firme y su amor es fiel. ¿Cómo cultivar la esperanza en nuestro
amor?
Todos necesitamos ser ayudados en el aprendizaje del amor, para poder llegar a la madurez de una en
trega libre y a ser capaces de descubrir la verdad de este amor hermoso. Sólo se puede enseñar a amar
amando y es, precisamente, la familia el lugar ineludible para ello, escuela de humanidad y de amor.
¿Cómo cultivaren el matrimonio, en la familia, el deseo del amor auténtico?
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Fijándonos bien
El amor va guiando el desarrollo de nuestra vida, va construyendo nuestro hogar: primero el amor
que es propio de hijos y hermanos, luego la amistad, el enamoramiento, y, sobre todo, el amor
adulto y maduro de esposos y padres...
Hay un momento en que nos damos más cuenta de lo que verdaderamente queremos en la vida.
No nos basta saber que vivimos; necesitamos sobre todo saber para qué vivimos. Se nos impone
con fuerza la pregunta: ¿quién quiero ser? La respuesta se nos va aclarando mientras avanzamos
en el amor. En nuestro crecimiento personal hacia la madurez y la vida plena, el amor es fuerza
que impulsa, ánimo que sostiene, meta que atrae. Es luz que nos guía. El amor se nos revela en la
relación con otras personas.
El amor conyugal es, sin duda, expresión sublime del amor humano. En la vocación al amor conyu
gal se necesita una “ayuda adecuada”; es imprescindible que exista un(a) co-protagonista espe
cial en nuestra vida, a quien “reconozcamos” y que haga posible una tarea común incompara
ble: construir un hogar.
Nos convertimos en protagonistas porque hemos conocido el amor y hemos creído en él (1 Jn 4,
16). En nuestra historia, ese amor más decisivo siempre tiene un nombre, un rostro, por el que mere
ce la pena entregar la vida. Todo amor verdaderamente humano requiere un nombre para con
servar su dignidad.
Si somos capaces de dar un nombre personal a nuestro amor, nos resultará posible escribir nuestra
historia; habrá una persona con quien buscar una vida en comunión, habrá un camino que reco
rrer hacia esa comunión de personas, y no quedaremos a merced de las circunstancias y de la
volubilidad de los estados de ánimo.
No debemos engañarnos y llamar amor verdadero a lo que no es más que una atracción superfi
cial. Es fácil quedarse con lo que más nos gusta, confeccionar un amor a la carta, que no nos exi
ja demasiado. Pero resultará pasajero, puramente sentimental, y no nos hará felices.
Quien confunde el amor con un mero sentimiento o con un impulso irrefrenable de la pasión, es
que no ha descubierto aún a la persona a la que entregarse, en entera libertad, para un amor fe
cundo. En realidad, está aún inmerso en una angustiosa soledad. Ni ha conocido el amor ni ha
creído en él. Hoy son muchos los que, confundidos, llaman amor a lo que no lo es y se incapacitan
para salir de la soledad. Decir: “Te amo, porque te necesito”, es muy distinto de decir: “Te necesi
to, porque te amo”.
Recordemos cada uno a personas concretas a las que amamos, sobre todo de nuestra familia.
Mi amor hacia ellos, ¿cómo ha enriquecido mi vida? (Si no las amara, ¿sería yo la misma persona?)
El amor que me tienen, ¿cómo me ha hecho crecer?
El testimonio de amor de matrimonios que conozco, ¿me estimula y ayuda?
► La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama
incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace per
sonas consumadas, plenas, perfectas.
En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de
Jesús:
El amor mueve toda la vida de Jesús.
Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.
Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.
Da alegría auténtica y plena.
Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamien
tos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco
en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando ” (Jn 15,9-14).
El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, noso
tros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.
¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?
► El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el
amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del
Evangelio:
“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciar
se de su mujer? El les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole
a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al
principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su
madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola car
ne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre ” (Marcos 10, 1-9).
En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es
nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la
incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y po
bres.
¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al
proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo
egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.
De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.
Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Conci
lio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).
En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?
Vivir una historia de amor, puesto que se vive en libertad, implica responsabilidad. Podemos elegir
unas acciones u otras, con las que nos aproximamos a la meta o malogramos nuestro destino: po
demos construir una vida o fracasar. Para acertar es importante estar atentos a cómo se nos reve
la el amor; esto es, tener la sensibilidad adecuada para descubrir y guardar las distintas “palabras
de amor” que recibimos.
Además, amar de esa manera es una decisión que tomamos libremente, y lleva consigo un ries
go: el riesgo de no ser correspondidos por la persona a la que amamos, a la que nos confiamos,
en cuyas manos nos ponemos. Quien ama, se hace vulnerable.
“El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definiti
vo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -sólo esta persona-, y en el sentido del «para siem
pre ». El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de
otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad” (Benedicto XVI, Deus
caritas est, 6).
► En el amor conyugal, la fascinación que suscita la belleza de la persona amada hace que surja
un deseo: querer compartir la vida por completo y para siempre, construir juntos un hogar. No sólo
compartir cosas, sino el corazón mismo, la intimidad, uno mismo, la propia libertad: “Me entrego a
ti, te pertenezco, me debo a ti”. Y esto, mutuamente.
“Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una
simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, des
tinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se
conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosa
mente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo
por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
Es un amor fiel j exclusivo hasta la muerte. Asi lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente
y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que
siempre es posible, noble y meritoria: nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos
demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y
duradera.
Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolon
garse suscitando nuevas vidas. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la
procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen
sobremanera al bien de los propios padres' (GS 50) ” (Pablo VI, Humanae vitae, 9).
El Directorio de la Pastoral familiar de la Iglesia en España n. 35, resume estos rasgos del amor es
ponsal:
“La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los
esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella
se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la
mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese
signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la per
sona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsa
ble, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y
toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y
concorde de los padres.
El único “lugar” que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elec
ción consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por
Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado ” (Juan Pablo II, Familiaris consortia, 11).
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Nos proponemos
Después de escuchar la Palabra de Dios comprendemos mejor cómo el amor es la gran vocación
de todo hombre, cómo el amor del matrimonio está llamado a ser incondicional, exclusivo, definiti
vo, corpóreo, porque es signo del amor de Cristo y la Iglesia.
Dejemos que crezca en nosotros el deseo de superar las dificultades -¡cada uno las conoce bienl-
que nos impiden amar sinceramente.
► Para purificar el afecto y madurar en el amor tenemos que saber discernir si lo que la sociedad
nos propone, está acorde o no con la voluntad de Dios. Un texto de la carta de san Pablo a los
cristianos de Roma nos avisa de la necesidad de renovar nuestra mente:
“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios:
lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Romanos 12,1-2).
¿Es verdad que a los cristianos, a veces, se nos hace difícil entender y vivir el amor en su plenitud porque
nos “acomodamos al mundo presente"? ¿Se podrían recordar algunos casos?
¿Crees que nuestra manera de vivir el amor tiene que ver con ofrecernos a nosotros mismos "como un sa
crificio vivo, santo, agradable a Dios"?
► En la Fiesta de la Sagrada Familia leemos otro pasaje de la carta de san Pablo a los Colosenses,
donde nos habla del perdón:
“Sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos
mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mis
mo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de
árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo ” (Colosenses 3, 12-15).
Seguro que hemos vivido situaciones de pedir perdón y de perdonar, también, por supuesto, en el matri
monio. ¿Cómo nos hemos sentido al perdonar o ser perdonados? ¿Hemos tenido alguna dificultad?
En el evangelio de Juan encontramos una bellísima imagen que utiliza Jesús para decirnos que
para dar fruto, para que nuestro amor sea de verdad ‘fecundo’, debemos permanecer unidos a
Él, como los sarmientos a la vid.
“Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar
fruto por sí mismo, si no permanece en la vid: así tampoco vosotros si no permane
céis en mí.
Yo soy la vid: vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mu
cho fruto: porque separados de mí no podéis hacer nada ” (Juan 15,4-5).
¿Cómo influye la unión con Cristo en la manera de vivir nuestro amor?
Para profundizar
► En el amor hay siempre un “girarse” hacia el otro, por el que comprendo que hay otro que
“vive para mi” y que yo soy “para” él. Pero es propio de la madurez del amor que no se “gire” sólo
hacia una particularidad del otro, sino que abrace la totalidad de su existencia y todas sus dimen
siones, que incluya a la persona en su integridad.
Al “volvernos” hacia el otro, nuestro amor se hace más valioso según su capacidad de buscar el
auténtico b/en para la persona amada, y no tanto por la intensidad del sentimiento que genera.
“Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embria
guez de la felicidad, sino que ansia más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrifi
cio, más aún, lo busca ” (Deus caritas est, n. 6).
El amor auténtico dirige realmente nuestras acciones y es capaz de construir una vida en común,
sostenida por bienes objetivos. En esto se distingue el amor verdadero, al que somos llamados, de
los amores falsos que tratan de seducirnos.
Un amor que se reduce a una de las dimensiones de la persona, sin tener en cuenta la totalidad y
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la integridad de la persona, está falseado. Origina una peligrosa desviación del camino que nos
habíamos propuesto, ya que puede atentar contra la dignidad del otro, e incluso deshumanizarlo.
► Hoy es muy fuerte la tendencia a reducir el amor a pura excitación sexual. Se diría que vivimos
rodeados de un pansexualismo ambiental, a) La sexualidad se reduce a simple genitalidad. b) Es
ta sexualidad es tratada como objeto de consumo, c) Se reclama la presencia de la genitalidad y
su consumo como un hecho normal e incluso se considera buena la tendencia social que orienta
hacia dicho consumo. Sin embargo, someterse a estos principios materialistas y consumistas, de
jándose llevar por el principio del placer más intenso, engendra un gran vacío y una profunda tris
teza.
“Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre
se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El
eros, degradado a puro ‘sexo se convierte en mercancía, en simple ‘objeto ' que se puede comprar y vender; más
aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su
cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su
ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su liber
tad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontra
mos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra
existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La
aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el con
trario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran
recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos
‘en éxtasis ' hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un
camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (Deus caritas est, n. 5).
► En este camino de maduración y crecimiento siempre estará presente la figura del perdón, un
don nuevo que brota de lo profundo del amor de Dios. En el seno familiar, el perdón arranca del
mismo amor conyugal. Transformado por el Espíritu, el amor conyugal se hace participación del
amor de Cristo que perdona; se convierte en amor de misericordia.
¿Podrán perdonarse los esposos? Sí, si reconocen que la fuente de su amor es un amor de miseri
cordia que está por encima de ellos y los une. Sí, si son sensibles a la debilidad del cónyuge que
necesita un amor renovado para poder alcanzar la plenitud prometida.
La necesidad de perdón -y el perdonar- cabe perfectamente en el crecimiento del amor. El amor
verdadero es capaz de generar una entrega nueva de sí mismo, alcanzando una plenitud nueva.
La palabra perdón, compuesta de per y don, quiere decir don consumado; igual que per-fecto
quiere decir “completamente hecho”, o per-durar quiere decir “prolongar la duración”.
“Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada
evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del
bautismo que los ha hecho ‘santos '. Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de
la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matri
monio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en
la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana.
Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae (n.
25): ‘Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con hu
milde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Peni
tencia '.
La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar.
En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza
con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y
todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios ‘rico en misericor
dia ' (Ef 2,4), el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfec
ciona la alianza conyugal y la comunión familiar” (Familiaris consortio, n. 58).
► Tendríamos que llegar a querer lo mismo que el Señor. La unión con Él ha
ce posible que lleguemos a ver y a sentir como Él mismo. El encuentro con
Cristo llega a transformar el sentimiento, dándole un gusto nuevo. Así nace
Oramos juntos
Recordamos especialmente a nuestra familia y a las familias que conocemos.
Damos gracias a Dios por los bienes que vivimos en la familia, y por los que nos tiene prometidos.
Pedimos la luz del Espíritu Santo para reconocer las tendencias egoístas que tenemos que purifi
car, y la fuerza y generosidad necesarias para hacerlo.
Hacemos nuestra la oración que escribió Juan Pablo II al terminar su Exhortación Apostólica Fami-
liaris consortio:
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Nos proponemos
Comprendemos bien que crecer en el amor no significa ahogar nuestros afectos, sino hacerlos du
raderos, sanos, fuertes.
Teniendo en cuenta nuestras experiencias que hemos recordado al principio, así como los textos
bíblicos que hemos leído y comentado:
¿Qué debemos hacer y que debemos evitar para que nuestro amor madure y vaya hacia su plenitud?
Los cristianos sabemos que para que nuestro amor sea auténtico debemos permanecer unidos a
Cristo.
¿Qué debemos hacer para permanecer unidos a Cristo?
Los cristianos también debemos ser testigos del amor de Dios en este mundo.
¿Qué debemos hacer para que nuestro amor sea verdaderamente fecundo, dando vida a nuestro alre
dedor?