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II. Títulos Cristológicos

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II.

TÍTULOS CRISTOLÓGICOS

A. En la Obra terrenal de Jesús

OFICIOS
1. EL PROFETA: Declara la verdad. Manifiesta la voluntad y la sabiduría de
Dios, lo mismo que ahora es la Biblia. 2a. Tim. 3:16
El profetismo del A.T. apuntaba a Cristo (Cristo-télico) y en el N.T. Los
apóstoles miraban al Mesías que había venido. (Cristocéntrico) A Juan el
Bautista le preguntaban si era el Profeta o esperaban a otro? y este el último
de los profetas presenta al Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo. Cristo no trajo un mensaje, Él era el mensaje, era el profeta que
interpretaba al padre.

2. SACERDOTE: Era el mediador entre Dios y el Pueblo. Mientras el profeta


hablaba al Pueblo de parte de Dios, el sacerdote representaba al Pueblo ante
Dios, rogaba e intercedía por Él. Este oficio fue el más representativo del A.T.
Su función era ofrecer sacrificio e interceder por sus pecados y por los del
Pueblo. Jesus se sentó a la diestra del Padre, pues había terminado y
cesado los sacrificios. Aunque se dice en el Talmud que a la misma hora
también se estaban haciendo sacrificios en el templo, hasta que el velo
(cortina) se partió en dos para dar vida.
Hebreos 5: 1-6 Están las diferencias entre los sacerdotes y Cristo.
Jesús no terminó su función sacerdotal en la cruz del calvario y sigue
intercediendo. Rom. 8: 32-34, 1a. Juan 2:1. Por eso, el autor de la Carta a los
hebreos insiste mucho en el hecho de que Jesús, en su calidad de sumo
Sacerdote, ha sido el mediador de una nueva alianza con Dios: «Por eso, él
es el mediador de una alianza nueva» (9, 15). De la misma forma se le llama
en 12,24. De esta forma, el sumo Sacerdote se vincula de nuevo con el Ebed
Yahvé que tiene también como función el restablecimiento de la alianza con
Dios

3. REY. Manifiesta su autoridad, Mateo 28:19 “Toda potestad (autoridad) me es


dada, en el cielo y en la tierra, por tanto…” Dios le habló a David sobre su
descendencia y sobre quién ocuparía su trono. 2a. Sam. 7; Isaías 9:7; Gn.
49:10. Pablo a los Colosenses les habla del gobierno de Cristo. Col. 1:16-17
Cristo como cabeza de la Iglesia.( Ef. 5:23-25, Rom. 3:4, 25-26; 5:8)
Rey de reyes y Señor de señores. Ap. 19. En el apocalipsis se muestra la
revelación de la celebración del Cordero. “Digno eres de abrir el libro…” Ap.
5: 9-14.
Ap. 1: 6 “ y vosotros seréis llamados reino de sacerdotes..” donde Jesús es el
rey.
Ap. 5: 13 “al que está sentado en el trono “. Mar. 16:19; 1a. Pe. [Link] Heb.
8:1
Como Rey habita la Plenitud de la Deidad
Como Profeta proclama el evangelio de la Verdad
Como sacerdote medio la ira de Dios y nos reconcilió y puso paz.
Jesus, el Siervo sufriente: . En el libro “Cristo y el tiempo" ha intentado demostrar
cómo la historia de la salvación se despliega, de comienzo a fin, conforme al
principio de la sustitución, de manera que se va dando una reducción progresiva: de
la creación total se pasa a la humanidad, de la humanidad al pueblo de Israel, del
pueblo de Israel al resto, y del resto a un solo hombre, Jesús. Este despliegue de la
historia de la salvación está prefigurado por el Ebed Yahvé que es, a la vez, pueblo,
resto e individuo. Esta corporatividad constituye un elemento esencial de la idea de
la sustitución expresada en estos cánticos -idea que está, en cierto sentido,
personificada por el Ebed Yahvé-. Así puede verse la importancia extraordinaria de
esta figura para una comprensión bíblica de la historia de la salvación. Conforme a
esos textos, el rasgo esencial de esta sustitución es que se opera a través del
sufrimiento. El Ebed es el siervo sufriente de Dios; es aquel que por su sufrimiento
sustituye a un gran número de humanos que deberían padecer en su lugar. El
segundo rasgo esencial es que la alianza establecida por Dios con su pueblo queda
re-establecida gracias a la obra sustitutoria del Ebed, que aparece así como
mediador de esta alianza. Será necesario que pensemos en estos dos puntos
cuando consideremos a Jesús como Ebed Yahvé.

B. En la Obra futura de Jesús.


1. JESÚS EL MESÍAS: La palabra griega KRISTOS; (de Xp(w, «ungir») no es más que
la traducción de la palabra hebrea Mashiaj, el Ungido. Muy pronto, los cristianos
adquirieron el hábito de asociar el título Cristo al nombre de Jesús. Jesucristo
significa, según eso, Jesús-Mesías. Pero ya en las cartas de Pablo, los escritos
cristianos más antiguos que han llegado hasta nosotros, el término Cristo tiende a
convertirse en nombre propio (aunque Pablo, invirtiendo a veces el orden usual,
escribe el Cristo Jesús, mostrando así que no olvida el verdadero significado de este
título). En la época apostólica, el verdadero sentido del título Mesías sigue siendo,
por tanto, conocido. Leyendo el nuevo testamento, deberíamos siempre recordar
que,
conforme a la intención de sus autores, Jesucristo significa normalmente
Jesús el Mesías.

El gran éxito del título Mesías-Cristo es aún más sorprendente sabiendo que él
mismo manifestó siempre una reserva singular al emplearlo para designar su persona u
obra. Puede parecer una ironía el que precisamente este título (Mesías, en griego
(XPISTOS;), haya sido asociado para siempre al nombre de Jesús. Resulta irónico también
el hecho de que ese título haya dado su nombre a la nueva confesión creyente: los adeptos
de Jesús recibieron por primera vez en Antioquía el nombre de cristianos, es decir,
mesiánicos (Hech 11, 26). Esto significa que no es posible que rechazarán completamente
la imagen tan específicamente judía del Mesías, limitada en sentido nacionalista.

2. JESÚS EL HIJO DEL HOMBRE: ¿Se llamó Jesús a sí mismo Hijo del hombre? ¿En
qué sentido lo hizo? Esta es una de las cuestiones más tratadas y discutidas en el
estudio del nuevo testamento. Hemos citado en el apartado anterior el trabajo de H.
Lietzmann". Esta es su tesis: Jesús no se consideró el Hijo de hombre. Para fundar
esta afirmación, Lietzmann se apoya en el hecho, filológicamente indiscutible, de
que la expresión avtpwpous Tou significa simplemente hombre. Pero hoy sabemos,
en contra de él, que eso no excluye en modo alguno el hecho de que Jesús haya
podido atribuirse, por medio de este título, una función salvadora especial, ya que en
el judaísmo la expresión el hombre supone un título de majestad y evoca de forma
muy precisa un ser celeste.
La función esencial del Hijo de hombre «que viene» (como ya en los antiguos libros judíos
y particularmente en 1 Enoc) es el juicio. En el importante pasaje sobre el juicio final (Mt 25,
31-46), resulta indudable que la sentencia la pronuncia el mismo Hijo de hombre. Igual
ocurre en Mc 8, 38 par, donde, además de presentarse como juez, Jesús realiza, como los
ángeles de algunos escritos del judaísmo tardío, una función de testigo contra aquellos que
se han avergonzado de él o La atribución del juicio a Jesús (que en el nuevo testamento
suele asignarse también a Dios) está directamente relacionada con la noción de Hijo de
hombre. Resulta, por tanto, innecesario un capítulo especial sobre Jesús Juez, pues este
título constituye un elemento de la noción de Hijo de hombre.

Ciertamente, las dos nociones, Hijo de hombre y Ebed Yahvé, existían ya en el judaísmo;
pero lo realmente nuevo es que Jesús las haya reunido vinculando ambos títulos, el primero
de los cuales expresa la majestad más soberana que pueda concebirse, mientras que el
otro expresa la humillación más profunda. Admitiendo, incluso, que el judaísmo hubiera
conocido la idea del Mesías sufriente, es imposible demostrar que ese sufrimiento haya sido
asociado alguna vez a la imagen del hombre celeste que «viene en las nubes del cielo". Ahí
tenemos la obra absolutamente nueva, realizada por Jesús: él ha reunido en su conciencia
estas dos vocaciones aparentemente contradictorias y ha expresado su unidad a través de
su enseñanza y de su vida. Había, sin embargo, un presupuesto importante en el judaísmo.

Según la teología paulina hay una identidad entre Adán y el Hijo del hombre Jesús, reside
no en su persona sino en su misión": ambos tienen en común la tarea de representar la
imagen de Dios. Pero en la forma de realizar esa misión se oponen radicalmente uno al
otro. Adán
fue infiel, pecó; y, por consiguiente, toda la humanidad se tornó pecadora, es decir, dejó de
ser imagen de Dios. Sólo ha habido una excepción: el hombre celeste, que ya existía desde
el comienzo, pero que no estaba en la tierra, sino que vino a ella mucho más tarde, como
hombre encarnado (como el Hijo de hombre Jesús). Su venida a la tierra se encuentra, sin
embargo, bien relacionada con el primer hombre, ya que ese Hijo de hombre viene para
expiar el pecado de Adán. Esta idea se encuentra, sin duda, presupuesta en 1 Cor
15,45-47, aunque no aparece expresada de forma directa. Por consiguiente, el Hijo del
hombre se encuentra relacionado de dos formas con Adán: positivamente, asume con Adán
la tarea de ser imagen de Dios; negativamente, debe reparar la falta de Adán. Uno y otro
aspecto deben ser considerados.

C. En la Obra Presente de Jesus.


1. JESÚS EL SEÑOR: El término Kyrios se ha convertido en título cristológico sobre
todo en el ámbito helenista. Conviene pues investigar el significado de ese término
fuera del cristianismo, en el lenguaje religioso y profano del helenismo. Dentro del
helenismo, el término Kyrios debía estar ligado a concepciones muy precisas y
generalizadas. Podemos, pues, admitir a priori que, en el momento en que la fe
cristiana se ha implantado en ese medio, tales concepciones influyeron en la
conciencia
No olvidemos, sin embargo, que dentro el helenismo, el término
Kyrios no ha tenido un sentido exclusivamente religioso. Como ocurre con su equivalente en
casi todos los idiomas, el término señor (kyrios) se ha empleado también en sentido
general, profano,dueño y propietario. Además, especialmente en vocativo (Kyne), se
emplea como fórmula normal de cortesía, con un sentido equivalente que tiene en francés
monsieur.
Lo mismo ocurre con el emperador romano que, llamándose Kyrios, exige dentro del
Imperio un reconocimiento especial de su poder". Ciertamente, ese título (Kyrios) aplicado al
emperador tenía en principio un sentido político-jurídico y no implicaba la afirmación
de su divinidad" ejemplo “El Cesar Kyrios”.
Antes de examinar la palabra aramea mar, que corresponde al griego kyrios, debemos
aludir al judaísmo de lengua griega de la diáspora. Aquí también, en la traducción griega de
los LXX, encontramos junto al uso profano de la palabra kyrios, su empleo en sentido
absoluto, de forma que llega a convertirse en el nombre de Dios y sirve para traducir los
términos hebreos Adonai y YHWH. Las razones que llevaron a los traductores a emplear la
voz kyrios en este sentido no han sido, hasta ahora, plenamente aclaradas.

Ha sido Pablo quien ha dado su base teológica a la afirmación de la soberanía presente de


Cristo. Debemos estudiar ante todo los tres pasajes que contienen la fórmula de la
confesión de fe (Rom 10, 9; Flp 2, 9 y 1 Cor 12, 3). Pero a fin de situar el tema en toda su
amplitud, recogeremos también aquellos textos que tratan de la glorificación de Jesús, de su
victoria y su dominio sobre todas las potestades.
Comenzamos con los tres pasajes citados. Todos ellos contienen expresamente la
confesión de fe en el Kyrios iesous y muestran, ante todo, que Pablo no ha inventado esta
fórmula, sino que la ha heredado de la comunidad palestina junto con las concepciones
adyacentes. Muestran, además, que la fe en el Kyrios descansa en la experiencia litúrgica
de la presencia del Señor. -Rom 10, 9. Así aparece con singular nitidez en el primero de los
pasajes citados: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que
Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rom 10,9). Esta fórmula vincula
expresamente «confesar con la boca» y «creer con el corazón». Es significativo que,
cuando se trata de «confesar con la boca», la fórmula que le sale espontáneamente a Pablo
es Jesús es el Señor. nos hallamos ante la confesión de fe por excelencia, es decir, todas
las demás, abarcándolas a todas. Es indudable que ha pertenecido al uso litúrgico general
de la Iglesia, antes de ser asumida por Pablo.
-Flp 2, 11. Nos hemos ocupado ya extensamente de este himno en el capítulo consagrado
al Hijo del hombre. Indicamos allí que todo el himno (Flp 2, 6-11) culmina en esta misma
confesión de fe, proclamada por todos los seres en los cielos, en la tierra y en el abismo. La
breve fórmula original se ha expandido en este himno,formando una cristología completa
que abarca desde la acción pretérita de Cristo en el principio (preexistencia), cuando Jesús
Cristo se hallaba «en forma de Dios», hasta su gloria futura y triunfadora. Todo este himno
está centrado en el título Kyrios (aunque hemos visto que incluye también los otros dos
títulos fundamentales Hijo de hombre y Siervo de Dios). El centro del himno está constituido
por la afirmación de que Dios «ha elevado» a Jesús como Kyrios.
El título rey (basileus) es una variante del título Kyrios; por eso no necesitamos dedicarle un
capítulo especial. Hemos dicho ya que la idea del Mesías-Rey no puede aplicarse sino a
esa soberanía que Jesús ejerce desde su resurrección. No se trata, por lo demás, del reino
terrenal del Mesías, esperado por los judíos, sino de un Reino que «no es de este mundo»
(cf. Jn 18, 36).
A Jesús se le llama «rey de los judíos» en Mt 2,2; 27, [Link] 15,[Link].26; Lc 23, 3.37.38;
Jn 18,33.39; 19, 3.14.19ss. Aparece como «rey de Israel» en Mt 27, 42; Mc 15, 32; Jn 1,49;
12, 13. La mayor parte de estos pasajes se refieren a la acusación romana. La inscripción
que ponen en su cruz, el titulus, presenta como causa de su condena haber aspirado a la
realeza, en el sentido político que los zelotes han dado a este título. Por el contrario, los
cristianos le atribuían un sentido no-político, sino que habían emparentado el título
KRISTOS con el título Kyrios. Si quisiéramos establecer una distinción entre Rey (Basileu)
y Kyrios podríamos decir que Rey subraya más vigorosamente la soberanía de Jesús sobre
su Iglesia.
En la Carta a los efesios y a los colosenses el señorío de Cristo sobre la creación visible e
invisible se expresa mediante la imagen de la (cabeza»): «Cristo es cabeza de todo
principado y toda autoridad» (<::01 2, 10). «Cuando se cumplieron los tiempos, DIOS
decidió recapitular todas las cosas en Cristo [= unificarlas bajo una sola autoridad , la que
está en los cielos y las que está sobre la tierra» (Ef 1, 10). Pero al mismo tiempo, Cristo
aparece en estas cartas como «cabeza de la Iglesia» (Col 1, 18; Ef 1, 22), dato Importante
para precisar las relaciones entre el señorío de Cristo sobre la Iglesia y su señorío sobre el
mundo. Cristo reina sobre la creación entera, pero lo hace también de un modo especial
sobre esta pequeña Iglesia terrena.

El evangelio de Juan parece haber comprendido el señorío de Cristo de un modo muy


particular desde el ángulo de la relación individual entre el Cristo glorificado y cada uno de
aquellos que le pertenecen. En este contexto podemos pensar también en las palabras de
María Magdalena: «Se han llevado a mi Señor.;.» (Jn 20, 13). Además de estos textos, hay
otros donde Jn emplea el vocativo (Kyrios, «¡señor!») para dirigirse a Jesús: pero, igual que
en los sinópticos, ese vocativo es simplemente una fórmula de cortesía, sin alcance
teológico particular. Pero aún hallamos otros textos donde, sin emplear el término Kyrios.
Juan afirma que, a partir de su resurrección, Cristo ejerce un señorío en el tiempo presente.
Este es, en particular, el tema de los discursos de despedida. Después de haber dejado la
tierra y haber subido al cielo, Jesús no abandona (no deja huérfanos) a los creyentes en la
tierra. Por el contrario -y ésta es la idea principal de estos discursos- su acción sobre la
tierra será aún más eficaz que durante el tiempo de su encamación. Jesús predice en Jn 14,
12 que los que creen en él realizarán obras mayores que aquellas que él mismo ha
realizado durante su encarnación.

2. JESÚS EL SALVADOR: Hay un hecho significativo: las Cartas pastorales, que llaman a
Jesús con más frecuencia Salvador, suelen conceder espontáneamente y en el mismo
pasaje ese mismo título Soter; Salvador a Dios. Esto hace suponer que tal apelación
cristológica es un título divino del antiguo testamento que ahora viene a aplicarse a Jesús.
Así se confirma que los cristianos han atribuido a Jesús el nombre de Salvador (como los
otros títulos divinos) porque ya le habían confesado como Kyrios. El empleo helenista
(pagano) de Soter ha influido en la utilización cristiana de ese término; sin embargo,
Me parece más apropiado comenzar hablando de Soter en el judaísmo, antes de estudiar
su sentido helenista.
l. El título «Soter» en el judaísmo y en el helenismo En el antiguo testamento se llama a
Dios Salvador. Las palabras hebreas ;;~\ -l"Vi~, ;'~'V~, que provienen todas de la misma
raíz, han sido traducidas por S8ter (oornp) en los LXX• Los Salmos e Isaías son los que han
utilizado con más frecuencia este título; pero aparece también en más escritos, de manera
que podemos encontrarlo en toda la literatura del antiguo testamento! y del judaísmo
La aplicación de este título a Dios parece ser primitiva. Pero también reciben ese título
ciertos hombres de Dios que han salvado, salvan o salvarán al pueblo (de Israel) en nombre
de Dios y por su encargo. Así se dice que Moisés salvó a su pueblo en el pasado e
igualmente otros jefes de Israel fueron llamados más tarde salvadores', Conforme a este
uso, también al Mesías se le considera «el salvador que vendrá» para librar definitivamente
a su pueblo", Este título responde perfectamente a la función que el Mesías debe realizar,
de tal forma que resulta curioso que no se le llame Salvador? con más frecuencia.

Este. título Soter, aunque pueda considerarse con justicia como una variante del título
Kyrios -del cual posiblemente proviene éste, sin embargo, una Idea que aparece con
menos nitidez en Kyrios: la acción expiatoria de Cristo es una condición esencial de su
exaltación al rango de ~oter divino. Recordemos lo que dice Flp 2, 9: «Por lo cual [es decir a
causa de su humillación en la obediencia hasta la cruz] Dios le ha más-que-elevado y le ha
dado el nombre de Kyrios que está sobre todo nombre». Esto es lo que en perspectiva
constante se encuentra implícitamente contenido en el título Soter: Jesús es Soter porque
ha reconciliado a Dios y al mundo por la cruz. Así lo demuestra otro dato: incluso allí donde
conforme al uso del antiguo testamento, se llama a Dios Soter, corno en la doxología de Jds
25, las palabras «por Jesucristo nuestro Señor » remiten a la obra expiatoria de Cristo, pues
esta obra es fundamento de toda salvación divina.

D. La preexistencia de Jesus.
1. EL LOGOS

En referencia al Logos se dice: «En el principio era la Palabra, la Palabra estaba con Dios, y
la Palabra era Dios». Pero, como si temiera una especulación que avanzara más en esa
línea, el prólogo de Juan deja esas afirmaciones ontológicas y habla de la acción
reveladora: «Todas las cosas fueron hechas por ella ...; y la Palabra se hizo carne». De una
forma semejante, pero no ya al comienzo, sino al fin de todas las cosas, Pablo nos conduce
hasta el límite de una asimilación total del Hijo al Padre: «Cuando el Hijo haya sometido al
Padre todas las cosas, él mismo se someterá, a fin de que Dios sea todo en todos» (l Cor
15,28). Sólo puede hablarse del Hijo en el contexto de la revelación de Dios; por el
contrario, al menos en un primer momento, se habla del Padre aún fuera de la revelación.
Por otra parte, el nuevo testamento sólo se ocupa de la revelación. Por eso, puede
formularse esta paradoja: el Padre y el Hijo son uno y, al mismo tiempo, son distintos.

Dado que la idea de Lagos estaba extendida, tanto antes como en tiempo del cristianismo
naciente, debemos estudiar el lugar que ocupa en el helenismo y en el judaísmo. Si el
cuarto evangelio utiliza el término Lagos, retomando así una concepción extra cristiana
muy utilizada, se debe sin duda a que ha visto su cumplimiento en Jesús. Precisamente
emplea esta palabra para expresar el sentido universal de su Cristología. Empecemos
recordando que el Logos aparece ya en la más antigua filosofía griega, la de Heráclito", y
después de un modo especial en el estoicismos donde se concibe como ley suprema del
mundo, que rige el universo y que a la vez está presente en la razón humana. Se trata, por
tanto, de una abstracción y no de una hipóstasis: cuando el estoicismo habla del Lagos, aun
cuando postule que «era desde el principio», lo interpreta como alma impersonal y panteísta
de este mundo, siendo así una cosa muy distinta del Logos de Juan". También el platonismo
conocía esta noción y aquí se acerca
Así sucede de un modo especial en el caso de Filón de Alejandría, cuyos desarrollos sobre
el Lagos ocupan un lugar tan importante en los comentarios del evangelio de Juan. Aunque
pudiéramos hallar en él la idea de un ser intermediario (entre Dios y el mundo), seguiría
siendo evidente la relación de su doctrina con estas doctrinas filosóficas. Se ha discutido
mucho acerca del carácter personal o impersonal de este Lagos de Filón. Pero es falso
partir de semejante disyuntiva, pues la doctrina filosófica del Lagos tiene más de una raíz
y está representada por el pensamiento gnóstico. El Lagos aparece en la gnosis como un
ser mitológico, intermedio entre Dios y el ser humano. No actúa sólo como creador del
mundo sino que aparece, en primer término, como portador de la revelación, mostrándose
así como Salvador. Este Lagos puede revestirse también, transitoriamente, de una forma
humana, pero siempre dentro de un contexto mítico y doceta, nunca en el espacio
histórico de una verdadera encarnación.

La palabra (logos) de Jesús, es decir, la palabra que él ha anunciado, desempeña en todo el


evangelio de Juan un papel tan importante que parece imposible que el evangelista haya
dejado de pensar en esta palabra cuando en el prólogo identifica al Logos con Jesus. Esta
suposición cobra aún más fuerza si tenemos en cuenta esta certeza primordial del evangelio
de Juan: Jesús no se limita a traer la revelación sino que él mismo es la revelación. El trae
la luz y es, a al mismo tiempo, la Luz; trae la vida y es la Vida; anuncia la verdad y es la
Verdad. Podemos decirlo de otro modo: Jesús aporta luz, vida y verdad porque él mismo es
la Luz la Vida y la Verdad. Lo mismo sucede en relación al Lagos: trae la palabra, porque él
mismo es la Palabra. Observando sin más las concordancias del nuevo testamento
Advertimos que el término logos, en el sentido de «palabra pronunciada y anunciada»,
aparece muy frecuentemente en el evangelio de Juan, expresando una de sus ideas
esenciales. Conforme al uso más normal, significa simplemente la palabra concreta en
cuanto percibida por el oído (cf., por ejemplo, Jn 2, 22; 19, S). Pero a ese sentido normal se
le añade un sentido teológico. Este último sentido de lagos está presente allí donde se
habla de «permanecer en la palabra» (S, 31), de «guardar la palabra» (S, 51) Y donde se
añade que «la palabra concede vida a quien la escucha con fe» (5,24). La palabra
anunciada por Jesús se identifica aquí con el kerygma, un concepto tan valorado por la
teología moderna. En el evangelio de Juan se identifica con la «palabra de Dios» (17, 14;
también 5, 37ss), siendo la Verdad por excelencia (17, 17); por eso es más que un simple
sonido. Cuando Juan Bautista afirma en Jn 1, 23, que él es una voz (voz externa, sonido),
el autor piensa sin duda en el prólogo donde dice que Jesús no es voz (<pú)v~) como el
Bautista sino el Lagos (1, S). El evangelio de Juan traza una línea directa que lleva de la
palabra proclamada, que tiene ya un contenido teológico, al Logos encarnado en Jesús. La
intención más profunda del evangelio consiste precisamente en mostrar que la vida humana
de Jesús en su conjunto constituye el centro de la revelación de la verdad divina. La palabra
de Dios, que se identifica con el logos predicado por Jesús, es la verdad Jn 17, 17); pues
bien, Jesús mismo es la verdad en persona (14, 6). La designación de Jesús como Lagos
se deriva, por tanto, directamente del empleo ordinario de «palabra»
(logos) en el cuarto evangelio. Ciertamente esta explicación no basta; pero traza una línea
de pensamiento que no debe en modo alguno descuidarse.

2. EL HIJO DE DIOS debemos estudiar el significado de la expresión Hijo de Dios


parajudíos y paganos en la época del nuevo testamento. Unos y otros la empleaban
con frecuencia. El problema de la influencia que ese empleo ha tenido para los
cristianos es análogo al que hemos visto en referencia al título Kyrios', Por eso
intentaremos estudiar, sin ideas preconcebidas, si, aplicándosea Jesús, el título Hijo
de Dios se relaciona más con ideas judías o helenistas sobre la filiación divina.
R. Bultmann (Teología del nuevo testamento, 94-95) afirma que la comunidad palestina sólo
ha conferido el título Hijo de Dios a Jesús resucitado.
En el helenismo, este título no es monopolio exclusivo de los monarcas. Al contrario, gente
de toda clase, a quienes se atribuían poderes divinos, eran llamados hijos de Dios o se
atribuían ese título a sí mismos: todos los taumaturgos eran hijos de Dios o, como se solía
decir, hombres divinos.. Así aparece, por ejemplo, Apolonio de Tiana, de quien Filóstrato
relata la vida en una forma que, a veces, recuerda ciertas partes de los evangelios. También
podemos citar a Alejandro de Abonuteichos, a quien conocemos
por Luciano". El título hijo de Dios estaba sumamente difundido. En la época del nuevo
testamento podían encontrarse por doquier hombres que, en virtud de su vocación particular
o de sus fuerzas sobrenaturales, se apodaban a sí mismos hijos de Dios. El título carecía
pues del carácter único y singular que tiene en el nuevo testamento. Por la obra de
Orígenes contra Celso (7, 9), sabemos que en Siria y Palestina, podían hallarse personas
que decían de sí mismas: «Yo soy Dios, o hijo de Dios, o espíritu de Dios; yo os salvos",
Bultmann subraya enérgicamente la analogía entre estos hombres divinos y Jesús, Hijo de
Dios. La pretensión de estos hombres (ser hijos de Dios) se debe exclusivamente a su
convencimiento de que estaban dotados de fuerzas divinas. Por lo demás, esta noción
helenista se encontraba tan vigorosamente arraigada en el politeísmo que resulta
difícilmente transferible al terreno del monoteísmo. Estos taumaturgos no tienen conciencia
de estar realizando un plan divino; les falta la conciencia de aquella unión de voluntad con el
Dios único que hallamos en Jesús
Deberíamos incluso afirmar que sólo la tradición transmitida por Mt 16, 16-19 contiene una
verdadera confesión de Pedro. Me 8, 27ss pone el acento en un tema totalmente distinto: no
se centra en la confesión de Pedro sino todo lo contrario, en la reprimenda que Jesús le
dirige a causa de su falsa comprensión del Mesías. Mateo ha reunido aquí, como hace con
frecuencia, dos perícopas entre las cuales ha visto cierta relación desde un punto de vista
teológico. Es muy importante el hecho de que los sinópticos hayan distinguido
cuidadosamente los títulos Hijo de Dios y Mesías. La Iglesia primitiva no ha derivado la
dignidad de Hijo de Dios del mesianismo de Jesús. Por eso debemos preguntarnos por qué
se ha empeñado en presentar a Jesús como Hijo de Dios. La explicación que se impone es
que ha sido el mismo Jesús quien se ha atribuido ese título.

La respuesta de Jesús a Pedro en Mt 16, 17 (<<ni la carne, ni la sangre te lo han


revelado...») debe clasificarse entre declaraciones en que el mismo Jesús afirma su filiación
divina. Volvemos a encontrar aquí la fuerte discreción con que Jesús habla del secreto
escondido en lo más profundo de su ser, de manera que comprendemos mejor por qué se
ha atribuido tan raras veces este nombre de Hijo de Dios. Precisamente, por eso, no
deberíamos apresuramos a declarar inauténticos los escasos pasajes donde Jesús se
aplica este título, máxime teniendo en cuenta la discreción de Mt 16, 17. En primer lugar,
debemos citar un célebre pasaje que ya hemos mencionado: «Nadie conoce al Hijo sino el
Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar»
(Mt 11, 27). Entre los textos de los sinópticos donde el Jesús terreno se presenta a sí mismo
como Hijo 45 (además del texto que nos ocupa podríamos citar Mc 13, 32 YMc 12,6; cf. Mt
21, 37), Mt 11, 27.
Entre los títulos que Jesús se ha dado a sí mismo, el más frecuente es Hijo de hombre, no
Hijo de Dios. Pero, si queremos penetrar en el secreto de la autoconciencia de Jesús,
debemos completar el título Hijo de hombre no sólo con Ebed Yahvé sino también con Hijo
de Dios. Al comienzo de este capítulo hemos dicho que Hijo de hombre e Hijo de Dios
afirman, a la vez, la soberanía y la humillación de Jesús. Ahora debemos añadir que la
conciencia que Jesús tenía de ser Hijo de Dios está relacionada con Hijo de hombre, tanto
en su persona como en su obra. La unidad del Padre y el Hijo se manifiesta en Jesús. la
revelación y la salvación de DIOS. Esta concepción [Link] de DIOS es también el
fundamento de la fe de los primeros cnstianos, que, a la luz del acontecimiento pascual, le
confiesan como el Hijo.
En los sinópticos, lo mismo que en Pablo, el Hijo se encuentra especialmente unido al
Padre por el sufrimiento y por la muerte. Podría suponerse que el evangelio de Juan habría
dejado en penumbra este aspecto. Pues bien, frente a eso, descubrimos que esos temas no
están ausentes. Al contrario, el sufrimiento y la muerte constituyen la obra central de Jesús
.Así lo indica el texto tan famoso de Jn 3 16 donde Jesús se muestra precisamente como el
HIjo único o ";hijo amado de Dios, apareciendo, al mismo tiempo, como ofrecido en
sacrificio: «De tal forma amó DIOS al mundo que le entregó a su Hijo unigénito (querido)».
Hemos indicado en otro lugar'? que el verbo (<<entregó», «di.o»~ tienen este caso el
doble sentido de enviar y ofrecer en sacrificio. SI partimos de la doble acepción de la
palabra (<<único», «unigénito» y «querido») nos parece indudable que aquí existe, como
en Rom 8:32 una alusión al sacrificio de Isaac.'Lo que hemos dicho sobre las obras de
Jesús se aplica también.

JESÚS LLAMADO DIOS. La forma en que el nuevo testamento emplea los títulos Kyrios,
Logos e Hijo de Dios muestra que, partiendo de la cristología en ellos están implicados, a
Jesús se le puede llamar Dios. Cada uno de estos títulos permite llamar a Jesús Dios en un
sentido distinto: Jesús es Dios como soberano presente, que desde su glorificación rige la
Iglesia, el universo y la vida de cada individuo (Kyrios); es Dios como Revelador eterno, que
se comunica a sí mismo desde el principio (Logos); es Dios, en fin, como aquel cuya
voluntad y acción son perfectamente congruentes con las del Padre, del que proviene
y al que vuelve (Hijo de Dios). Incluso la idea del Hijo de hombre nos ha conducido a la
divinidad de Jesús, pues en ella Jesús se presenta como única y verdadera imagen de Dios.

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