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DEFINICIÓN

La doctrina cristiana del perdón significa que Dios


anuló la sentencia de condenación impuesta sobre
los cristianos por sus pecados, por medio de la
muerte de Cristo en favor de ellos, y ya no los
considera culpables.

SUMARIO
La doctrina cristiana del perdón significa que Dios
anuló la sentencia de condenación impuesta sobre
los cristianos por sus pecados, por medio de la
muerte de Cristo en favor de ellos, y ya no los
considera culpables. El perdón es necesario tanto
porque Dios es justo como porque todos los seres
humanos son culpables de pecado. En lugar de
simplemente ignorar la culpa por el pecado, Dios
el Juez se convirtió en la persona juzgada por la
culpabilidad de los seres humanos. El culpable fue
sentenciado al castigo de manera justa, pero
recibió el perdón en lugar del castigo. Dios no
castigó a Su Hijo ni injusta ni abusivamente, sino
que Cristo se sometió con gozo y agrado a la
voluntad de Su Padre. Este perdón constituye el
centro de la proclamación cristiana en el mundo y
debe llevar a quienes lo recibieron a regocijarse y
alabar a Dios por Su gracia y misericordia.
«¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión
es perdonada, cuyo pecado es cubierto! ¡Cuán
bienaventurado es el hombre a quien el Señor no
culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay
engaño!» (Sal 32:1-2). Estas palabras capturan un
tema central de las Escrituras: el perdón de los
pecados es una bendición suprema de Dios para
Su pueblo. El salmista se maravilló de que Dios
«No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos
ha pagado conforme a nuestras iniquidades» (Sal
103:10). Entre las primeras de las bendiciones
espirituales, «en los lugares celestiales en Cristo»,
que Pablo menciona está «el perdón de nuestros
pecados» (Ef 1:3, 7).

Debido a que «perdón» es un término familiar en


español, podemos suponer que todos saben lo que
significa. Pero, de hecho, filósofos y teólogos han
debatido durante mucho tiempo qué es el perdón
en realidad y qué requiere. Cuando consideramos
la idea de que Dios perdona el pecado, surgen
cuestiones teológicas desafiantes que tocan
asuntos en el corazón de la fe y la vida cristiana.

Este artículo abordará tres temas de manera


sucesiva: primero, algunos antecedentes
teológicos importantes para comprender el
perdón; segundo, cómo la Escritura presenta el
don del perdón por medio de la obra de Cristo,
recibido por la fe; finalmente, cómo las buenas
nuevas del perdón moldean el ministerio de la
iglesia y la devoción del cristiano hacia Dios.

Antecedentes teológicos
Al menos dos temas son antecedentes cruciales
para comprender el perdón. Primero, debido a
que Dios es el que perdona, debemos apreciar
quién es Él. Segundo, porque el pecado es lo que
Dios perdona, necesitamos reflexionar sobre la
culpa de la humanidad ante el Señor. Estos dos
temas están íntimamente relacionados.
¿Quién es Dios? Uno de los temas que las
Escrituras más enfatizan sobre Dios es Su justicia.
Dios no es parcial «ni acepta sobornos», sino que
«hace justicia al huérfano y a la viuda» (Dt 10:17-
18). Él pagará al ser humano «conforme a sus
obras» (Sal 62:12). Cuando Abraham le preguntó a
Dios: «El Juez de toda la tierra, ¿no hará
justicia?» (Gn 18:25), la respuesta implícita es
clara: ¡Absolutamente! La Escritura también
enfatiza que Dios es misericordioso. Cuando Dios
hizo pasar toda Su bondad ante Moisés, declaró:
«Tendré misericordia del que tendré misericordia,
y tendré compasión de quien tendré compasión»
(Éx 33:19). Él es «compasivo y clemente… lento
para la ira y grande en misericordia» (Sal 103:8).
Como veremos a continuación, tanto la justicia de
Dios como Su misericordia son fundamentales
para la doctrina del perdón.

La realidad de la culpa humana también es


fundamental. Muchas personas en el mundo
llaman a ciertas acciones «incorrectas» o
«inmorales», pero cuando los cristianos hablan de
«pecado», dan a entender que en última instancia
a quien se ofendió fue a Dios. David agravió de
manera considerable a Betsabé y a Urías (2 S 11),
pero aun así confesó: «Contra ti [Dios], contra ti
solo he pecado» (Sal 51:4). Pecar contra Dios hace
que una persona sea culpable. Esta es una idea
legal o judicial. Ser culpable es estar condenado
bajo el justo juicio de Dios. Debido a que todos son
pecadores, todos son «responsables ante Dios»
(Ro 3:19). El primer pecado de Adán provocó el
«juicio» de Dios que «trajo condenación» para la
raza humana (Ro 5:16). Dado que Dios es justo,
como se consideró anteriormente, tiene sentido
que el pecado nos ponga bajo Su juicio.

El perdón, entonces, también es legal o judicial.


Significa que Dios retira Su sentencia de
condenación por nuestros pecados y ya no nos
considera culpables por ellos. Tenemos necesidad
de perdón porque Dios es justo y tenemos
esperanza de perdón porque Dios es
misericordioso.

Perdón por medio de Cristo, por la fe


Esta última declaración, sin embargo, plantea
asuntos teológicos difíciles que han sido fuente de
debate por años. ¿Puede Dios realmente ser justo
y misericordioso al mismo tiempo? Si perdona el
pecado en lugar de castigarlo, ¿está actuando
injustamente? ¿No dijo Dios: «Yo no absolveré al
culpable» (Éx 23:7)? Las Escrituras dejan muy
claro que Dios es tanto justo como misericordioso,
pero no siempre es obvio cómo puede ser ambas
cosas a la vez.

Muchos arminianos creen que Dios puede


perdonar los pecados a Su discreción. Es el
gobernador moral del universo y, si desea
perdonar, esa es Su prerrogativa. Por supuesto,
dicen, Dios está afligido por el mal y no quiere que
Su misericordia haga que la gente tome el pecado
a la ligera. Así, en la crucifixión de Cristo, Dios
mostró cuán seriamente considera el pecado, pero
Cristo en realidad no tomó la culpa de otros sobre
Sí mismo en la cruz ni soportó su castigo. Eso no
era necesario. Esto se llama el punto de vista
«gubernamental» de la expiación. Hugo Grotius,
un famoso arminiano y jurista holandés, lo
promovió en el siglo XVII y el influyente teólogo
wesleyano estadounidense John Miley lo defendió
en el siglo XIX. Hace poco, el conocido filósofo
cristiano Nicholas Wolterstorff defendió una visión
similar de la justicia y el perdón de Dios.

Los teólogos reformados y muchos otros


pensadores protestantes rechazaron esta posición.
La declaración de Dios de que no absuelve a los
impíos no puede descartarse a la ligera (Éx 23:7).
Normalmente nos horrorizaríamos al saber que un
juez humano, con un criminal notorio ante su
tribunal, anunció que esta persona fue perdonada
y no será castigada. Nos preguntamos por qué
sería diferente para Dios, en especial cuando
declara que el que «justifica [declara justo] al
impío» es una «abominación» para Él (Pr 17:15).
Dios es justo y esto indica que no tratará a los
culpables como trata a los inocentes. Sin embargo,
Dios perdona. Él «justifica al impío» (Ro 4:5). ¡Pero
otros textos bíblicos afirman que Dios no lo hará!
Debe haber una explicación más profunda que el
hecho de apelar a la discreción de Dios.

La Escritura proporciona una explicación: la


expiación de Cristo. A lo largo de Su vida de
obediencia perfecta en la tierra, Cristo llevó
«nuestras enfermedades y cargó con nuestros
dolores», y en la cruz «fue herido por nuestras
transgresiones, molido por nuestras iniquidades»,
porque el Señor «hizo que cayera sobre Él la
iniquidad de todos nosotros» (Is 53:4-6).
Jesús «llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre
la cruz» (1 P 2:24). Justo antes de la afirmación de
que Dios justifica a los impíos (Ro 4:5), Pablo
escribió sobre «la redención que es en Cristo
Jesús, a quien Dios exhibió en público como
propiciación por Su sangre por medio de la fe» (Ro
3:24-25).

En resumen, Dios permanece justo cuando por Su


misericordia perdona nuestro pecado, porque
Cristo ocupó nuestro lugar. Aunque no era
pecador, Cristo tomó nuestra culpa sobre Sí mismo
y sufrió el castigo que merecíamos. Al perdonar a
Su pueblo, Dios no pasa por alto el pecado. Él
administra el castigo justo por el pecado, pero un
sustituto lo lleva en nuestro lugar. La justicia ha
sido servida. El perdón divino tiene Sus raíces en
la expiación «sustitutiva» o «vicaria», como suele
denominarse este punto de vista.

Puede ser útil abordar un par de objeciones que a


veces se plantean contra esta posición. Una de
ellas proviene de los defensores del punto de vista
arminiano descrito anteriormente. Si Dios recibe el
pago completo por nuestros pecados por medio de
la expiación de Cristo como un asunto de justicia,
entonces en realidad no nos perdona ni nos
muestra misericordia. Si Cristo sufrió nuestro
castigo, razonan, no queda nada que perdonar.
Una respuesta breve podría simplemente señalar
esto: Dios mismo proporcionó el sustituto. El Juez
mismo tomó el lugar del condenado. Esta es una
misericordia incomparable. En lugar de decir que
Dios no necesita perdonar porque satisfizo Su
justicia por medio de Cristo, deberíamos verlo al
revés. Es decir, porque Dios quiso perdonarnos,
hizo exactamente lo que era necesario: envió a Su
Hijo a morir por nosotros, para hacerlo de una
manera totalmente consistente con Su justicia.
Otra objeción proviene de los teólogos
«feministas». Afirman que hubiera sido cruel por
parte de Dios infligir el castigo de otra persona a
Su Hijo inocente. La expiación sustitutiva, acusan,
convierte a Dios en un abusador de niños. En
esencia, se oponen a la noción misma de que Dios
encuentre necesario y justo infligir duras penas a
todo pecado. Piensan que un Dios bondadoso
podría encontrar otras formas de responder a las
malas acciones. Tales objeciones plantean muchos
desafíos serios a la enseñanza cristiana clásica,
pero solo hay espacio para dos breves respuestas.
Primero, estas objeciones de manera inevitable
subestiman la santidad de Dios y la atrocidad del
pecado a Sus ojos. Si el pecado realmente no fuera
gran cosa, estos teólogos feministas tendrían
razón. Pero la Escritura enfatiza que Dios es
infinitamente santo y que odia el pecado. ¿Sería
realmente digno de toda gloria y adoración un
Dios que es algo menos que esto? En segundo
lugar, estas objeciones no toman en cuenta el
hecho de que Cristo se sometió a la voluntad de
Su Padre y dio Su vida por Su propia voluntad y
con gozo (Jn 10:17-18; Heb 12:2). En una relación
abusiva, el abusador impone su voluntad sobre el
abusado. Pero en la Santísima Trinidad, el Padre y
el Hijo disfrutaron de un acuerdo perfecto, aunque
el Hijo tuvo que transitar por un camino duro (Lc
22:42-44).

Una última cosa a tener en cuenta sobre la


doctrina del perdón se refiere a cómo obtenemos
esta maravillosa bendición. Las Escrituras enseñan
que recibimos el perdón por la fe. Es decir, Dios no
nos perdona por ninguna buena obra o virtud que
hayamos logrado, sino solo por confiar en Él y
descansar en la obra perfecta de Cristo. Romanos
3–4 es útil de nuevo. Allí, Pablo explica que el
perdón viene «por medio de la fe en Jesucristo
[que] es para todos los que creen» (3:22), es decir,
para el que «cree en Aquel que justifica al impío,
su fe se le cuenta por justicia» (4:5). Esta es «la fe
de Abraham» (4:16), quien «se fortaleció en fe,
dando gloria a Dios, estando plenamente
convencido de lo que Dios había prometido» (Ro
4:20-21). Confesar que somos perdonados solo por
la fe es otra forma de confesar que somos
justificados por la fe sola. La justificación implica
más que simplemente el perdón, pero el perdón es
un aspecto crucial de la justificación: Dios justifica
a las personas al perdonar sus
pecados e imputarles (o acreditarles) la obediencia
perfecta de Cristo.

El perdón, la iglesia y la devoción


cristiana
El perdón de los pecados tiene una serie de
implicaciones prácticas para la vida cristiana, pero
solo comentaremos de manera breve dos asuntos:
cómo la realidad del perdón define el ministerio de
la iglesia y cómo provoca una respuesta
agradecida por parte de los cristianos.

Hay mucho debate sobre la misión de la iglesia y


el alcance apropiado de su ministerio. No podemos
profundizar en ese tema aquí, pero una cosa debe
quedar clara: la predicación del evangelio debe ser
central para el trabajo de la iglesia, y en el corazón
del evangelio está la proclamación del perdón por
medio de Cristo Jesús. Observar cómo los
apóstoles llevaron a cabo su ministerio en Hechos
es un buen lugar para ver esto. Antes de ascender
al cielo, Jesús ordenó a Sus apóstoles que hicieran
discípulos a todas las naciones y que fueran Sus
testigos hasta lo último de la tierra (Hch 1:8; Mt
28:19; cp. Lc 24:46-47). Entonces, nos
preguntamos, ¿cómo hicieron esto? A medida que
continuamos leyendo Hechos después del relato
de la ascensión de Jesús, encontramos que los
apóstoles predicaron y lo que predicaron se centró
en la obra de Cristo y el perdón en Él. El primer
ministerio público de los apóstoles fue en
Pentecostés. Ese día, Pedro proclamó la muerte,
resurrección y exaltación de Cristo (Hch 2:22-36).
Cuando la gente preguntó qué debían hacer en
respuesta, Pedro respondió: «Arrepiéntanse y sean
bautizados cada uno de ustedes en el nombre de
Jesucristo para perdón de sus pecados, y
recibirán el don del Espíritu Santo» (2:38). La
siguiente acción pública de los apóstoles
registrada fue la curación de un mendigo cojo,
seguida de otro sermón de Pedro. Aquí de nuevo
proclamó la muerte y resurrección de Jesús (Hch
3:13-15) y llamó a sus oyentes a responder:
«arrepiéntanse y conviértanse, para que sus
pecados sean borrados» (3:19). Existen muchos
más ejemplos. No hay otra forma de edificar la
iglesia y hacer discípulos en todo el mundo que
predicar el evangelio del perdón por medio de
Cristo.

La experiencia del perdón debe ser también


decisiva para la vida de cada cristiano. No hay
punto de inflexión más importante en la vida de
una persona que cuando pasa de estar bajo la
condenación de Dios a disfrutar de Su favor, de
estar en el camino al infierno a convertirse en
heredera del cielo. El perdón de los pecados por
medio de la justificación por la fe es lo que marca
este punto de inflexión. En consecuencia, las
Escrituras a menudo llaman a los cristianos a
responder con abundante gratitud a este
maravilloso regalo. Menciono solo algunos
ejemplos. Los creyentes deben responder
con alegría. Después de que el Salmo 32 declara
que es bendito aquel cuya transgresión es
perdonada (32:1-5), concluye: «Alégrense en el
SEÑOR y regocíjense, justos; den voces de júbilo
todos ustedes, los rectos de corazón» (v. 11). Los
creyentes también deben responder alabando al
Señor. El Salmo 103 comienza: «Bendice, alma
mía, al SEÑOR, y bendiga todo mi ser Su santo
nombre. Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no
olvides ninguno de Sus beneficios». Nos
preguntamos, ¿por qué? ¿Cuáles son estos
beneficios? El primero que menciona el salmista:
Él «perdona todas tus iniquidades» (103:3).
Finalmente, los cristianos deben responder
con temor al Señor, no con terror a Él, sino con
una reverencia santa ante un Rey tan imponente:
«SEÑOR, si Tú tuvieras en cuenta las iniquidades,
¿Quién, oh Señor, podría permanecer? Pero en Ti
hay perdón, para que seas temido» (Sal 130:3-4).

Publicado originalmente en The Gospel


Coalition. Traducido por Sol Acuña Flores.

Este ensayo es parte de la serie Concise


Theology (Teología concisa). Todas las opiniones
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