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Jesucristo Lavó Los Pies de Los Discípulos

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Jesucristo lavó los pies de los discípulos


En el capítulo anterior, usted recordará que vimos cómo los pies de Jesús fueron
ungidos. Aquí, en nuestro pasaje de hoy, los pies de los discípulos fueron lavados. ¡Qué
diferencia! Durante Su paso por este mundo pecaminoso, el Salvador no contrajo
ninguna contaminación. Fue santo, inocente, y sin mancha. Los pies nos hablan del
caminar de una persona, de su vida, y el ungimiento de los pies de Jesús con perfume de
nardo puro, nos habla del aroma grato del caminar de nuestro Señor. ¡Los pies de los
discípulos necesitaban ser lavados! Jesús lavó sus pies con agua, y no hubo aquí
ninguna referencia a la sangre. Y es importante que veamos esto.
La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado del pasado, del
presente y del futuro, en una sola aplicación. Hay un solo sacrificio. Como dijo el escritor
a los Hebreos capítulo 10, versículo 14: "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para
siempre a los santificados". Cuando usted y yo vinimos como pecadores a Cristo Jesús,
fue Su sangre derramada en la cruz lo que nos limpió una vez y para siempre y la que
nos dio una posición delante de Dios. Pero, estimado oyente, después de la salvación,
todo lo que uno necesita es la confesión de pecados, es decir, la aplicación continua de
la muerte de Jesús para limpiar los pecados diarios que se cometen. Necesitamos ser
limpiados, purificados, al caminar por el mundo, porque nos ensuciamos espiritualmente
y necesitamos ser lavados. Por este motivo concreto, nuestro Señor lavó los pies de Sus
discípulos.
Y hay un motivo triple que se dio para explicar por qué Jesús lavó los pies de Sus
discípulos. Y éste lo veremos ahora, al leer los primeros dos versículos de este capítulo
13 del evangelio de Juan:
"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que
pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el
corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara"
Jesús lavó los pies de los discípulos porque Él sabía que Su hora había llegado para dejar
este mundo. Su ministerio continuaría después de regresar al cielo. Se había identificado
con Su pueblo, y en la actualidad, Él aún lava los pies de Sus discípulos, de los
creyentes. Dijo que dejaría este mundo. Ahora, Él creó el mundo, pero la palabra mundo
significa cosmos, es decir, el sisTema en la cual estamos. Este sisTema es el mundo del
ser humano y es un mundo controlado por el pecado. Es una civilización que se opone a
Dios y a Cristo, y que se encuentra bajo el juicio. Y como Jesús se estaba retirando de
este mundo, lavó los pies de Sus discípulos.
La segunda razón por la cual Jesús hizo esto fue porque amó a los Suyos hasta el fin. Se
iba con el Padre porque amó a los Suyos. Murió para salvar a los Suyos y vive para
mantenerles salvos. Tenemos un maravilloso Salvador que nos seguirá amando hasta el
fin. Dios nos ama con un amor eterno y no podemos impedir que nos ame.
Ahora, el tercer motivo es que otra persona se había introducido en el aposento alto.
Había uno que no había sido invitado y su nombre es Satanás. Hablamos de trece
personas que se hallaban en el aposento alto, pero en realidad había catorce. Satanás
entró en el corazón de Judas Iscariote y puso en su corazón el deseo de entregar al
Señor. El lavamiento era también necesario porque la presencia de Satanás podía surtir
sus efectos sobre los demás discípulos. Dondequiera que el diablo se introduzca en la
obra cristiana, los creyentes se ensucian y el Señor tiene que limpiarlos para que
puedan tener comunión con Él.
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Ahora, tengamos en cuenta que esta reunión tuvo lugar durante la fiesta de la Pascua.
Ésta no era la Cena del Señor. En verdad, Juan ni aún mencionó la Cena del Señor.
Ahora, ¿Por qué omitió Juan algo tan importante? Bueno, creemos que fue porque en el
tiempo en que Juan escribió, ya había creyentes que habían convertido esta Cena en un
rito, en una ceremonia. Y hay un gran peligro en atribuirle mayor importancia a un rito,
que a la persona misma de Jesucristo. Es tan importante conocer la Palabra de Dios
como participar de la comunión. Toda bendición en la comunión, está ligada a un
conocimiento de la Palabra de Dios. Un estudioso de la Biblia afirmó que el pan era sólo
pan en el estómago, pero Cristo en el corazón. El pan en el estómago no permanece allí
por mucho tiempo. De modo que tener a Cristo en el corazón, es esencial. Creemos que
es por esta razón que Juan omitió contarnos acerca de la Cena del Señor. Continuemos
pues, con los versículos 3 hasta el 5 de este capítulo 13 de San Juan:
"sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había
salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una
toalla, se la ciñó. Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los
discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido."
Aquí vemos otra vez que Jesús sabía que el Padre le había dado todas las cosas en las
manos y que, como había salido de Dios, a Dios iba. Llevó a cabo esa limpieza porque
volvía al Padre. Todavía en el día de hoy, Jesús se ocupa en lavar los pies. Éste es aún Su
ministerio. Él es el siervo perfecto y permanente.
Jesús se quitó Su manto exterior. Luego tomó una toalla y se la puso en la cintura.
Ahora, en realidad hizo algo muy extraño. Tomó el lugar de un esclavo. Y ceñido con
aquella toalla de servicio se dispuso a lavar los pies de todos Sus discípulos. Y todavía,
hoy en día, Jesús, en un sentido espiritual, aun lava nuestros pies.
¿Recuerda usted cierta ley que estudiamos en el capítulo 21 del libro de Éxodo? Si un
esclavo hebreo servía bien a su amo, podría quedar libre en el séptimo año. Pero si
durante ese tiempo se había casado y tenía hijos, y el amo le dejaba en libertad a él,
pero no a su familia, el esclavo podía decidir quedarse. Y si amaba a su amo y a su
propia familia podía quedarse con ellos. Entonces el amo le arrimaba a la puerta o al
marco de la puerta y con un punzón le atravesaba la oreja, lo cual le identificaba para
siempre como un esclavo voluntario.
Nuestro Señor Jesucristo vino a esta tierra, y se hizo carne, se encarnó asumiendo
nuestra humanidad y fue hecho semejante a un siervo. Hizo todo esto porque nos amó.
Se identificó con nosotros y murió en la cruz para proveernos la salvación. Y todo ello
para establecer una maravillosa relación con nosotros y abrirnos la puerta para que
pudiésemos una vinculación de compañerismo y comunión con Él. Y así fue que se hizo
un esclavo, porque nos amó. Continuemos ahora con los versículos 6 y 7, de este
capítulo 13 de San Juan:
"Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies? Respondió
Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después."
Algunos dicen que esto es un sacramento y que debemos practicar el lavamiento de los
pies. No vemos ningún inconveniente en practicarlo, si el verdadero sentido espiritual no
se pierde. Otros dicen que ésta fue una lección de humildad y un ejemplo para nosotros.
No hay nada erróneo con esta interpretación, pero no creemos que sea lo
suficientemente profunda. Pedro ciertamente pudo ver que esta acción era un ejemplo
de humildad, y sin embargo, el Señor le dijo: "Lo que yo hago, tú no lo comprendes
ahora; mas lo entenderás después". Y veamos la reacción de Pedro en el versículo 8:
"Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tendrás
parte conmigo."
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Ahora, ¿Qué quiso decir el Señor con estas palabras? Quiso decir que sin este
lavamiento no puede haber ninguna comunión o compañerismo con Él. Recordemos que
ésta era la fiesta de la Pascua, la cual hablaba de Su muerte. Y aquí dice que se levantó
de la cena de la Pascua, lo cual puede simbolizar Su resurrección y Su regreso al cielo. Y
ahora, Cristo está con su toalla de servicio ceñida a la cintura y nos está diciendo: "Si no
te lavo, no tendrás parte conmigo". No podemos disfrutar de la comunión con Él, de un
servicio para Él, sin este lavamiento.
Ahora, ¿Cómo es que Cristo nos lava hoy? Bueno, el Salmo 119:9 dice: "¿Con qué
limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra". Y en el capítulo 15 de este
evangelio de Juan, versículo 3, leemos: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os
he hablado". Y el apóstol Pablo, en su carta a los Efesios 5:25 y 26 dijo: "Así como Cristo
amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado
en el lavamiento del agua por la palabra". Es la Palabra de Dios la que mantiene limpio
al creyente.
Y cuando pecamos, ¿Cómo somos limpios? Recordemos que ya mencionamos
anteriormente la confesión. El apóstol Juan en su primera carta, capítulo 1:9, nos dijo
que: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados,
y limpiarnos de toda maldad". Son demasiadas las personas que tratan el asunto del
pecado con ligereza. Estimado oyente, permítanos recordarle que los pies hablan del
caminar, del vivir y cuando usted y yo somos desobedientes, no estamos caminando en
la senda del Señor. Y eso es pecado y tiene que ser confesado. Leamos ahora los
versículos 9 y 10, de este capítulo 13 de San Juan. Le dijo Simón Pedro:
"Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús
le dijo: El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y
vosotros limpios estáis, aunque no todos."
Las palabras griegas para "lavado" y "lavarse", en el versículo 10, son muy específicas.
Equivalen a 2 palabras griegas cuya traducción específica no ha sido seguida en algunas
versiones. La primera palabra es "louo" que significa "bañar; o aplicar agua al cuerpo
entero". La segunda palabra es "nipto", traducida por "lavar" y por tanto, este versículo
10 podría traducirse así: "el que está recién bañado, no necesita lavarse más que los
pies".
En aquellos días iban al baño público para bañarse, y luego la gente se ponía las
sandalias para llegar a su casa. En cada hogar había un recipiente con agua para lavarse
los pies, porque se los ensuciaban caminando por las calles polvorientas de la ciudad. Y
no sólo había polvo, sino que en aquellos días también tiraban la basura en las calles. Y
las personas usaban sandalias sin calcetines o medias. Así que, aunque alguien acabase
de llegar del baño público, tenía que lavarse los pies al entrar en la casa. Y era una señal
de honor para un anfitrión proveer un siervo para lavar los pies de los invitados; era una
falta de hospitalidad no hacerlo.
Nuestro Señor estaba enseñando que cuando llegamos a la cruz, cuando venimos a
Jesús, fuimos bañados por completo. Aquello fue el baño, "louo" de la regeneración.
Pero, cuando caminamos por este mundo, nos contaminamos y nos ensuciamos. Somos
desobedientes y el pecado entra en nuestras vidas. No creemos que haya algún
creyente que no haya pasado un día sin ensuciarse al menos un poco. Él dijo que no
podíamos estar sucios y a la vez, gozar de la comunión y el compañerismo con Él. Por
tanto, el lavar de los pies, "nipto" es la purificación necesaria para restaurarnos a esa
comunión. Recordemos una vez más el pasaje de 1 Juan 1:6 y 7, que dice: "Si decimos
que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la
verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros,
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y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia (es decir, sigue limpiándonos) de todo
pecado."
Estimado oyente, para poder tener los pies lavados, primero debemos confesar nuestro
pecado. Y confesar significa estar de acuerdo con Dios. Significa decir lo mismo que Dios
dice sobre nuestro pecado. Una de las cosas más difíciles es lograr que un creyente
admita que es pecador. La frialdad, la indiferencia, la falta de amor, todas estas
actitudes se ven por parte de Dios como pecado. Si confesamos, Él es fiel y justo para
perdonar. Pero, eso no es todo, si usted va a tener los pies lavados, debe ponerlos en las
manos del Salvador. Ésta es la obediencia. No podemos decir simplemente, "Dios,
perdóname, hice mal", para luego salir y hacer lo mismo una y otra vez. Eso no es poner
los pies en las manos del Salvador.
En un programa anterior dijimos que las manos del Señor nos protegen, al ser nosotros
como ovejas propensas a extraviarse y a perder el sentido de orientación. Pero las
manos del Señor también tratan nuestros pies, es decir, se ocupan de las impurezas que
contraemos en nuestro paso por esta tierra. El agua de la Palabra de Dios nos limpia, la
mano del Señor controla nuestro caminar, transformándolo en un camino de obediencia
al propósito de Dios. Estimado oyente, eso es lo que deseamos, para disfrutar de una
vida fructífera y limpia, agradable ante Dios y nuestros semejantes.

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