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Módulo 2 - Género

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MÓDULO II

CONSTRUCCIÓN Y RECONSTRUCCIÓN DEL GÉNERO


1. La construcción del género en los ámbitos primarios de socialización: Discursos sociales,
interacciones y subjetividad.

● ¿Qué implicaciones tiene el sistema sexo-género para las personas?¿Cómo/dónde actúa?

Su puesta en marcha implica una segmentación de la población, una organización social jerárquica
en el que no todas las personas tienen las mismas posibilidades de decidir y actuar.

Mary Crawford lo conceptualiza como “un sistema de clasificación que influye sobre el acceso al
poder y a los recursos y moldea las relaciones entre hombres y mujeres”

Crawford enfatiza el proceso de construcción de significados entre mujeres y hombres y el contexto


social, la práctica social en que se producen, señalando que:

- no es un atributo de las personas (desnaturalización, sacarlo de dentro), es más bien una


forma de dar sentido a los intercambios, a las relaciones (Crawford, 1995).
- tiene que ver con un “hacer” -doing gender- en interacción, más que un ser-tener (en lo que
hacemos, más que en lo que somos).

● ¿Cómo llega a organizar tanto nuestro comportamiento y nuestra subjetividad?

Ese sistema de significados no “está” en la cabeza,pero nos “impregna”.

El sistema sexo-género, en tanto estructura inherente al orden social, incide en la formación de la


subjetividad, que incorpora como parte del self el sistema de valores en torno a la diferencia sexual.

- Moldea las actuaciones humanas en interacciones y escenarios concretos.


- No podemos entender el género fuera de la práctica (Crawford, 2006) y de un contexto de la
misma manera en todos los contextos ante todas las personas.

Su puesta en marcha se desarrolla en varios niveles en los que debemos centrar análisis:
sociocultural (macro), interpersonal (micro), individual (subjetividad).

Distintos niveles a los que este “doing gender” se lleva a cabo:


● Nivel sociocultural. ideología de género basada en desigualdades, se propaga a través de
discursos políticos, religiosos, científicos, medios de comunicación,... haciendo hincapié en
diferencias y naturalizándolas.

● Nivel interpersonal. Normas y claves de género guían trato diferencial en las relaciones
interpersonales (familias, amistades, relaciones laborales,...). Distintos modos de
socialización y diferentes expectativas respecto de mujeres y hombres que pueden llegar a
producir comportamientos diferentes: Profecía autocumplida (ej. ideas padres desarrollo
niñas/niños.)

● Nivel individual. Modos en que las personas acabamos apropiándonos del discurso
construido socialmente sobre las diferencias, adoptando comportamientos y actitudes
“adecuados” culturalmente a nuestro sexo, comportándonos de acuerdo con la forma
esperada y aceptando distinción de género como parte de nuestro autoconcepto, o
resistiendo las presiones y expectativas y re-creando otras formas de ser y estar.

Estudios comparativos entre hombres y mujeres se sitúan con frecuencia a este nivel, pero
no podemos obviar los otros para entender el funcionamiento y alcance del sistema; de otra
manera, reducimos a rasgos psíquicos.

Doing gender: Todo aquello que se puede modificar


(existe posibilidad de cambio)
2. Sexismos: definición y tipos.

El sexismo es la actitud (se aprende) dirigida hacia las personas en virtud de su pertenencia a los
grupos basados en el sexo biológico, hombres o mujeres. Conceptualmente, toda evaluación (en las
dimensiones cognitiva afectiva y conductual) que se haga de una persona atendiendo a la categoría
sexual biológica a la que pertenece puede ser etiquetada como “sexista”, tanto si es negativa como
positiva y tanto si se refiere al hombre como a la mujer.

Tradicionalmente se han estudiado las actitudes negativas y, en especial, hacia las mujeres
(actitudes o conductas de privilegiación de un sexo sobre otro, que implican la infravaloración y la
opresión hacia las personas de otro sexo).

Los sexismos van más allá del individuo, forman parte de un entramado social, son ideologías, que
buscan mantener estatus de subordinación del otro sexo (habitualmente de las mujeres).

Engloba desde roles asignados hasta pautas de relación.

● ¿Es siempre una valoración o prejuicio negativo? No, pueden ser “positivos”, de aclamación
o valoración de cualidades. Ej: “Las mujeres tienen más destrezas para ocuparse del cuidado
de niñas y niños”.

● ¿Se da sólo de hombres hacia mujeres o pueden ser mujeres sexistas? No, también
podemos encontrar mujeres sexistas (que infravaloran y favorecen la opresión de las
mujeres), y sexismo de mujer hacia hombres.

Los sexismos están en discursos, prácticas, actitudes,...


Distintos niveles para el algunos
Sexismos, análisis de “doing en discursos y prácticas
ejemplos
gender”
(Crawford, 1995) LENGUAJE
Invisibilización (o eliminación) ADMINISTRATIVO
Omisió de mujeres en artes, ciencias,... Ej de omisión:
Falta de derechos: No derecho
al voto

Prestación social a mujeres por quedarse


Acción en casa en lugar de llevar a los niños/as a la
guardería.
Trato denigrante o infravaloración.

Tipos de sexismos:

● Sexismo hostil. Actitud o conducta hostil basadas en supuesta inferioridad de mujeres, que
legitima el control ejercido por hombres y el tratamiento desigual y perjudicial hacia las
mujeres, “EXPLÍCITO” (visible y observables) o “VIEJO” (se apega al mantenimiento de roles
tradicionales).

Este tipo de sexismo se basa en 3 ideas:

1. el paternalismo dominador (las mujeres son más débiles e inferiores a los hombres
legitimando la necesidad de la figura dominante masculina);
2. la diferenciación de género competitiva (las mujeres son diferentes y no poseen las
características necesarias para gobernar las instituciones sociales, siendo su ámbito
la familia y el hogar);
3. la hostilidad heterosexual (las mujeres, debido a su “poder sexual”, son peligrosas y
manipuladoras de los hombres).

Se traduce por ejemplo en dificultades de acceso a enseñanza, títulos, cargos; la falta de


derecho al voto; la visión maligna de las mujeres sensuales, brujas,etc.

● Sexismo benévolo. Destaca características positivas de las mujeres, pero las que las reducen
al rol tradicional. Tienen su correlato histórico en ideas religiosas cristianas, que han
promovido una visión de las mujeres como criaturas débiles que tienen que ser protegidas y
adoradas (respetadas por su papel “natural” en el cuidado de la familia, papel del que no
debe salirse).

Conjunto de actitudes interrelacionadas hacia las mujeres que son sexistas en cuanto las
considera de forma estereotipada y limitadas a ciertos roles, pero que tiene un tono afectivo
(para el perceptor) y tiende a suscitar en éste conductas típicamente catergorizadas como
prosociales (ej: ayuda) o de búsqueda de intimidad (ej: revelación de uno mismo). Se basa en
tres ideas:

1. el paternalismo protector (el hombre cuida y protege a la mujer como un padre


cuida a sus hijos).
2. la diferenciación de género complementaria (la visión de que las mujeres tienen
muchas características positivas, que complementan a las características que tienen
los hombres).
3. la intimidad heterosexual (la dependencia diádica de los hombres respecto a las
mujeres crea una situación bastante inusual en la que los miembros del grupo
dominante son dependientes de los miembros del grupo subordinado).

Estas actitudes sexistas benevolentes son más difíciles de identificar como tales y eso las
hace especialmente dañinas para lograr una igualdad real.

● Sexismo ambivalente. Formas de sexismo que combina las formas hostiles y benevolentes y
mantienen a las mujeres en posiciones jerárquicamente inferiores a las de los varones.

Las propias mujeres interiorizamos actitudes sexistas, hostiles y/o benevolentes hacia
nosotras y otras; lo que, sin duda, se pone de relieve en las actitudes sexistas benevolentes
debido a su tono afectivo positivo y a su naturaleza sutil y encubierta.

● Sexismo de nueva “cara”. En muchas sociedades, supuestamente igualitarias (en normativa


por ejemplo) las manifestaciones sexistas más explícitas retroceden para reformularse con
formas más encubiertas, más sútiles, pero aún caracterizadas por un tratamiento desigual y
perjudicial hacia las mujeres.

Las actitudes y valoraciones negativas directas hacia mujeres son rechazables en muchas
sociedades (deseabilidad social, políticamente inadecuado), pero las demandas políticas
feministas y la presencia de mayor número de mujeres en distintos ámbitos se percibe como
amenazadora; medidas de acción positiva se perciben como discriminatorias para varones.

➢ Sexismo moderno. Se fundamenta en:


1) negación de la discriminación,
2) antagonismo ante las demandas que hacen las mujeres,
3) resentimiento acerca de las políticas de apoyo que consiguen.

➢ Neosexismo. Resultado del choque entre los valores (supuestamente) igualitarios y


sentimientos-cogniciones residuales negativos hacia las mujeres. “Este sexismo,
aunque está en contra de la discriminación abierta contra ellas, considera que ya
han alcanzado la igualdad, por tanto no necesitan ninguna medida política de
protección, con lo que se impide la igualdad real”

3. Micromachismos.

Son pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder casi normalizados que algunos
hombres ejecutan en sus relaciones de pareja. Son hábiles maniobras de dominio, que sin ser muy
notables restringen y violentan insidiosa y reiteradamente el poder personal, la autonomía y el
equilibrio psíquico de las mujeres, atentando además contra la democratización de las relaciones.
Dada su bajo grado de conciencia y visibilidad y paulatina normalización, suelen incorporarse a las
relaciones de pareja como elementos sustanciales que van desplazando poco a poco del umbral de
lo tolerable.

Se utilizan para:

● imponer y mantener el dominio y su supuesta superioridad sobre la mujer, objeto de la


maniobra;
● reafirmar o recuperar dicho dominio ante la mujer que se “rebela” de “su” lugar en el
vínculo;
● resistirse al aumento de poder personal o interpersonal de la mujer con la que se vincula, o
aprovecharse de dichos poderes;
● aprovecharse del “trabajo cuidador” de la mujer.
Según Bonino (1990) hay cuatro tipos principales de micromachismos:

1. Utilitarios. Son comportamientos autoexcluyentes de deresponsabilización que permiten


ganar poder, es decir, no asumir la responsabilidad y dejar de hacer.
● De índole utilitaria, su eficacia radica no en lo que se hace, sino en lo que se deja de
hacer.
● Son estrategias globales, no maniobras puntuales.
● Se nutren de atribuciones de género a las mujeres: seres para otros y subordinación.

Ejemplos:
a) No responsabilización ni participación en cuestiones domésticas: total, seudo
implicación o implicación ventajosa.
b) Aprovechamiento y abuso de la capacidad femenina de cuidado (expertas)
c) Evitación de la reciprocidad en el cuidado

2. Encubiertos. Son conductas insidiosas, sútiles y encubiertas que deslegitiman o hacen sentir
inadecuados, perder confianza, dudar de sí misma o culparse a la pareja.
● De índole insidiosa, encubierta y sútil (muy efectivos)
● Utilizan “verdades masculinas”, la confiabilidad afectiva y la credibilidad de la mujer.
● Muy dañinos especialmente en mujeres muy dependientes de la aprobación
masculina.

Ejemplos:
3.
Creación falta intimidad: maniobras activas de alejamiento:

Imponer silencio tras un conflicto

Aislamiento físico o mental que frustra la


necesidad de la mujer de comunicarse.

Malhumor manipulativo

Bajo reforzamiento positivo y nulo


reconocimiento: generan sobrevaloración del poco

Coercitivos. Usan alternativas de presión a la violencia física, como la fuerza moral, psíquica
o económica para controlar y anular la capacidad de decisión y autodeterminación de la
mujer.
Ejemplos:
a) Control del dinero (no información sobre usos del dinero común, control de gastos
y exigencia de detalles, retención)
b) Coacciones e intimidaciones
c) Uso expansivo-abusivo del espacio y del tiempo para sí
d) Insistencia abusiva (“ganar por agotamiento”)
e) Imposición de intimidad (“quiero sexo y lo quiero ahora”)
f) Apelación a la superioridad de lógica varonil (“tengo razón porque soy un hombre”)
g) Toma o abandono repentina del mando (decidir sin consultar, anular o no tener en
cuenta las decisiones de la mujer)

4. De crisis. Oportunistas a situaciones de desequilibrio de poder en las relaciones de pareja


por empoderamiento de ella o vulnerabilidad de él. Se busca recuperar el “estatus quo” de
poder.

Ejemplos:
a) Hipercontrol (aumentar el control sobre las actividades, tiempos o espacios
de la mujer, frente al temor que el aumento real o relativo de poder de ella
pueda dejarlo a él en un segundo lugar e inferiorizado)
b) Pseudoapoyo (“ok, voy a empezar a ayudarte en casa; ok, voy a empezar a
hablar mejor o ir a terapia”)
c) Resistencia pasiva y distanciamiento (amenzar con buscarse a otra más
comprensiva y menos feminista)
d) Rehuir la crítica y la negociación
e) Prometer y hacer méritos
f) Victimismo, dar lástima
g) Darse tiempo (manipular el tiempo de respuesta o de tomar decisiones que
son importantes para la mujer)

4. Estereotipos de género.

Los estereotipos son creencias compartidas sobre las características de una determinada realidad,
categoría o grupo social.

● Valor funcional y adaptativo (“economía cognitiva”): simplifican, ordenan y facilitan el


procesamiento de nuestro complejo mundo estimular social, buscando uniformidades.

● Facilitan la identidad social con el endogrupo: aceptar e identificarse con el contenido del
estereotipo del grupo ayuda a permanecer e integrarse en él.

● No se basan en evidencias ni análisis sistemáticos, por lo que suelen ser simplistas, sesgados
y erróneos al aplicarse de forma generalizada. Sirven para etiquetar, agrupar en tipos,
asignar características uniformes a personas y grupos sociales que acaban creyéndose y
aceptándose.

● Potencialmente, no solo intentan describir una realidad, sino también explicarla e indicar
cómo se espera-debe comportarse (prescribir).
● Son muy resistentes a la contrastación empírica puesto que se intenta cumplir las
expectativas aparejadas a los mismos (efecto de autocumplimiento): Los individuos buscan
la evidencia que confirme la exactitud de sus creencias sobre los demás y tienden a percibir
en las actuaciones de los otros aquello que confirme las expectativas previas.

● Los estereotipos son aprendidos, situados en el tiempo y el espacio, y por tanto susceptibles
de modificación y cambio.

● Pueden ser negativos o positivos.

Aunque existe una íntima conexión entre estereotipos negativos y prejuicios, existen multitud de
estereotipos que no van asociados a prejuicios. Por ejemplo, los estereotipos positivos de multitud
de grupos (se pueden citar la dulzura y sensibilidad atribuidas a las mujeres o la abnegación que se
supone a padres y madres al cuidar a sus hijos e hijas). Sin embargo, también es preciso señalar que
en ocasiones un estereotipo positivo sobre una categoría social va a conllevar un reconocimiento
prejuicioso y dañino; acabamos de citar el caso de las mujeres, consideradas delicadas, sensibles,
débiles... a causa de lo cual la sociedad reacciona negándoles derechos y oportunidades, como el de
acceder a trabajos considerados rudos tradicionalmente. Ello en el fondo encierra un trato
discriminatorio y un intento de mantener y dar justificación a los sentimientos de superioridad y
autoafirmación de un grupo sexual (varones) frente a otro (mujeres)” (González Gabaldón, 1999).

Los estereotipos de género son un constructo que hace referencia a las características psicosociales
(rasgos, roles, motivaciones y conductas) asignados diferencialmente a hombres y mujeres dentro de
cada cultura. Son creencias culturales compartidas sobre lo que una persona es, debe ser y se espera
por el hecho de ser hombre o mujer.

Según Williams y Best (1990) existen 3 dimensiones relacionadas con los estereotipos de género que
contribuyen a mantener las diferencias hombre - mujer:

1. Roles sexuales: actividades en las que hay diferencias cuantitativas entre hombres y
mujeres.

2. Estereotipos de rol de género (o prescriptivos): creencias sobre qué actividades son más
apropiadas para hombres y cuáles para mujeres.

3. Estereotipos de rasgo de género (o descriptivos): características psicológicas y de


personalidad atribuidas diferencialmente a uno u otro sexo. Esta es la dimensión que más
contribuye al mantenimiento en las diferencias de roles sexuales en nuestra sociedad:
pensar que la psicología de los hombres y de las mujeres es distinta (emocionalidad,
empatía, estilo de afrontamiento, etc.), determinaría (y naturalizaría) que ciertas tareas,
profesiones, estudios fueran más adecuadas para mujeres y otras para hombres.

¿Cómo surgen los estereotipos de género?

Los discursos sexistas crean y recrean estereotipos “de género” sobre habilidades, carencias,
deberes, roles y rasgos diversos en función de la diferencia sexual.
● No solo recrean realidad, también la crean de forma interesada, para producir-mantener
desigualdades, con interés socioeconómico y político.

● A través de discursos masivos, legitimadores, con poder amplificador y reconocido para


propagar creencias como verdades (político, legal, cultural, científico)

● Creencias y discursos que se consumen y reproducen en prácticas sociales cotidianas,


educativas, laborales, afectivas,...

Como personas, adquirimos y desarrollamos estas creencias en nuestras prácticas, a través de


aprendizaje, por observación y en interacción social, indicada o negociada.

● Niñas y niños van asumiendo que hombre y mujeres, como categorías sociales, difieren en
rasgos de personalidad, de carácter, de formas de ser, y que esas diferencias son
“naturales”, biológicas.

● llegan a formar parte de nuestras representaciones individuales

● las reproducimos con frecuencia en nuestras prácticas, interacciones y discursos particulares

● Tendemos a actuar de forma “apropiada” según se espera

TEXTO 1. EVOLUCIÓN DE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO EN PSICOLOGÍA. APARTADO DE HACER: EL


SISTEMA SEXO/GÉNERO COMO ACTIVIDAD INTERACTIVA.

El sistema sexo/género se concibe como algo que las personas hacen en lugar de como una
propiedad que poseen los individuos, de ahí su categorización como acción verbal y no como sujeto
nominal. Este hacer género se produce de manera situada y se concibe como una actuación social
con uno mismo y teniendo a otras personas como audiencia así cada cual crea y construye su
género.
Esta “actuación” de género ocurre a distintos niveles: sociocultural, interactivo e individual.

- A nivel sociocultural el género se desarrolla a través de una ideología que se extiende


mediante los estereotipos presentes en los medios de comunicación, así como en las
estructuras familiares y laborales. El conocimiento científico también podría situarse a este
nivel. La psicología contribuye generando conocimiento al poner énfasis en las diferencias
entre hombres y mujeres, lo que acaba teniendo su repercusión en los medios de
comunicación.

- A nivel interactivo, las claves de género orientan comportamientos diferenciados en las


interacciones sociales con hombres o con mujeres, proceso que no siempre actúa de forma
consciente. Además, la interpretación y evaluación que suele hacerse del comportamiento
depende de si éste es llevado a cabo por un hombre o una mujer. Este tratamiento
diferencial actúa como la profecía autocumplida. No obstante, el papel de los “actores
sociales” no es pasivo ya que pueden modificar su realidad social de ahí que se considere
que la actividad de hacer género está en continua negociación y recreación.
- Por último, a nivel individual, mujeres y hombres aceptan la distinción de género como parte
del autoconcepto y adoptan actitudes y comportamientos adecuados a su sexo según las
normas establecidas en cada cultura. Además, al localizar la causa de la conducta en el
individuo se olvida el contexto social en el que ésta se produce y se oscurecen las relaciones
de poder entre los sexos.

TEXTO 2. APROXIMACIÓN CONCEPTUAL AL SEXISMO AMBIVALENTE: ESTADO DE LA CUESTIÓN.

Las conceptualizaciones más tradicionales del sexismo basadas en las diferencias biológicas entre
hombres y mujeres, han ido involucionando al mismo tiempo que emerge otra cara más moderna
del sexismo, que se nutre de los nuevos postulados surgidos en torno al racismo moderno.
Postulados que se inician de la mano de Tougas, Brown, Beaton, y Joly (1995) y Swim, Aikin, HaII y
Hunter (1995) parten de la idea que junto a los sentimientos negativos hacia las mujeres, el sexismo
moderno convive la aceptación de valores igualitarios, socialmente deseables en aquellas sociedades
que han evolucionado hacia posicionamientos más liberales. Planteando el estudio del sexismo
desde la dimensión social y estableciendo como señas de identidad las barreras al avance de la
mujer en el mundo público, y considerada excesiva condescendencia que se supone a las acciones
positivas.

Glick y Fiske (1996, 1999) defienden, desde una propuesta más reciente y en un intento de avanzar
en una mejor comprensión del sexismo moderno, que para el estudio de este es necesario
incorporar parámetros explicativos que surgen de la dimensión relacional. Lo que implica que las
relaciones entre los sexos no pueden ser articuladas exclusivamente desde una perspectiva
intergrupal, y supone reconocer que frente a la visión de los sexos como grupos en un contexto
social sometidos a fuerzas divergentes de independencia y autonomía, estos están necesariamente
vinculados en un mundo relacional de fuerzas convergentes de dependencia y heteronomía. La
combinación de estas fuerzas centrífugas y centrípetas son las que articulan la constelación de
actitudes hacia los sexos.

Este nuevo sexismo lo denominan Glick y Fiske (1996) Sexismo Ambivalente, que se define como el
resultado de la combinación de dos elementos con cargas afectivas antagónicas, que son
consecuencia de las complejas relaciones de aproximación/evitación que caracteriza a los sexos. En
este sentido, los autores desarrollaron inicialmente un instrumento para evaluar el sexismo de los
hombres hacia las mujeres que denominaron Escala de Sexismo Ambivalente (ASI). Posteriormente,
Glick y Fiske (1999) elaboraron la Escala de Ambivalencia hacia hombres (AMI). Ambas herramientas
reflejan las actitudes ambivalentes hacia los sexos que son resultado del poder estructural de los
hombres y del poder diádico de las mujeres.

Por lo tanto, a lo largo de este artículo abordaremos los fundamentos de la teoría ambivalente, junto
con el estudio de estas escalas y su relación con otras escalas de sexismo; así como las repercusiones
de la manifestación de este nuevo sexismo en las investigaciones nacionales e internacionales.

Actitudes ambivalentes hacia mujeres


En 1996, Glick y Fiske introducen el concepto de Sexismo Ambivalente como resultado de la
coexistencia de afectos y actitudes positivas y negativas hacia las mujeres. Este tipo de sexismo hace
referencia a la combinación de dos elementos con cargas afectivas antagónicas, que son
consecuencia de las complejas relaciones que caracterizan a los sexos.

Glick y Fiske (1996) argumentan que la tradición literaria sobre sexismo lo ha conceptualizado como
un reflejo de la hostilidad hacia las mujeres pero omite un aspecto significativo del sexismo que son
los sentimientos subjetivamente positivos hacia las mujeres que suelen ir relacionados con una
visión negativa hacia las mujeres. Glick y Fiske (1996) contemplan el sexismo como un constructo
multidimensional que abarca dos tipos de actitudes sexistas: Sexismo Hostil y Sexismo Benevolente.

El Sexismo Hostil coincide básicamente con el viejo sexismo, al que aludía Allport (1954) en su clásica
definición de prejuicio, entendido como una antipatía. Mientras que el Sexismo Benevolente se
define como un conjunto de actitudes interrelacionadas hacia las mujeres que son sexistas en
cuanto las considera de forma estereotipada y limitadas a ciertos roles, pero que tiene un tono
afectivo positivo para el preceptor y tiende a suscitar en éste conductas típicamente categorizadas
como prosociales (de ayuda) o de búsqueda de intimidad (como la revelación de uno mismo) (Glick y
Fiske, 1996). Este Sexismo Benevolente no es bueno debido a que enmascara actitudes prejuiciosas
hacia las mujeres, y puede despistar a las mujeres con su tono afectivo y positivo.

Para entender esta teoría del sexismo ambivalente es necesario partir de la posición teórica de la
ambivalencia propuesta por Katz (1981) y por Katz y Hass (1988). Estos autores analizan un supuesto
conflicto entre las dos orientaciones axiológicas de los norteamericanos que son el igualitarismo y el
individualismo. Estas dos orientaciones pueden producir un conflicto y generar ambivalencia de
sentimientos y actitudes dentro de las personas.

Siguiendo esta misma línea argumental, Glick y Fiske (1996) parten de que la ambivalencia sexista se
origina en la influencia simultánea de dos tipos de creencias sexistas porque son dos constructos
subjetivamente vinculados a sentimientos opuestos hacia las mujeres. El hombre sexista puede ser
ambivalente en el sentido de que sus actitudes indican una tendencia a responder de forma muy
favorable o totalmente desfavorable hacia las mujeres. Aunque los hombres no experimentan
conflictos según Glick, Diebold, Bailey-Werner, y Zhu (1997) porque el sexismo ambivalente es capaz
de reconciliar las creencias sexistas hostiles y las benevolentes sin sentimientos conflictivos y esto lo
sugiere la alta correlación entre el Sexismo Hostil y Sexismo Benevolente (Glick y Fiske, 1996).

Los hombres sexistas evitan conflictos entre sus actitudes positivas y negativas hacia las mujeres,
clasificando a las mujeres en subgrupos, uno bueno y otro malo, en los que se incluyen aspectos
positivos y negativos del sexismo ambivalente. Glick et al. (1997) sugieren que si cada mujer puede
categorizarse rápidamente dentro de un subgrupo, favorable o desfavorable, los hombres no
tendrían sentimientos confusos o conflictivos hacia ellas y que el sexismo ambivalente estaría
constituido por ideas claras y consistentes. Porque para los hombres sexistas existen grupos de
mujeres que merecen un tratamiento hostil, mientras que otros grupos de mujeres merecen ser
tratadas con benevolencia.
Por tanto, el sexismo ambivalente crea visiones polarizadas de subtipos de mujeres. El Sexismo
Hostil se aplica como un castigo a las mujeres no tradicionales como mujeres profesionales y
feministas porque estas mujeres no asumen los roles de género tradicionales e intentan alterar las
relaciones de poder entre hombres y mujeres. Mientras que el Sexismo Benevolente es una
recompensa a las mujeres que cumplen los roles tradicionales porque estas mujeres aceptan la
supremacía masculina. Por consiguiente, el Sexismo Hostil y el Sexismo Benevolente actúan como un
sistema articulado de recompensas y castigos con la finalidad de que las mujeres sepan cual es su
posición en la sociedad.

De esta manera, Glick y Fiske (1996, 1999) sugieren que, tanto el Sexismo Hostil como el
Benevolente, giran alrededor del poder social, la identidad de género y la sexualidad. Así, los autores
proponen estos dos tipos se articulan entorno a tres componentes comunes: el Paternalismo, la
Diferenciación de Género y la Heterosexualidad. Cada componente refleja una serie de creencias en
las que la ambivalencia a las mujeres es inherente, ya que cada componente tiene un aspecto hostil
y otro benévolo; y sirve para justificar las condiciones sociales y biológicas que caracterizan las
relaciones entre sexos.

1.- El Paternalismo: lo definen como la forma en que un padre se comporta con sus hijos/as, por un
lado les aporta afecto y protección y por el otro el padre es el que manda sobre sus hijos/as. Esta
concepción está íntimamente relacionada con la visión ambivalente del sexismo, porque incluye dos
dimensiones: el paternalismo protector y el paternalismo dominador.
El sexismo se materializa en paternalismo dominador que se asienta en la estructura del patriarcado
que legitima la superioridad de la figura masculina. Por otro lado, el sexismo también se materializa
en un paternalismo protector, que los hombres aplican a las mujeres que desempeñan roles
tradicionales, ya que las consideran como criaturas débiles y frágiles a las que hay que colocar en un
pedestal y proteger.

2.- La Diferenciación de Género: en este componente también nos encontramos con las dos caras
del sexismo: por un lado está la diferenciación de género competitiva que se presenta como una
justificación sobre el poder estructural masculino y por el otro la diferenciación de género
complementaria. Por otro lado, los hombres son conscientes del poder diádico de las mujeres que
les hace depender de ellas. Este poder hace que los hombres reconozcan que las mujeres tienen
características positivas (Eagly y Mladinic, 1993) que complementan a las suyas. Esto es lo que
constituye la diferenciación de género complementaria.

3.- La Heterosexualidad: constituye uno de los más poderosos orígenes de la ambivalencia de las
actitudes de los hombres hacia las mujeres. Al igual que los anteriores componentes, la
heterosexualidad tiene dos vertientes: la intimidad heterosexual y la hostilidad heterosexual. Glick y
Fiske (1996) establecen que la motivación sexual de los hombres hacia las mujeres puede estar unida
a un deseo de proximidad (intimidad heterosexual). La dependencia diádica de los hombres respecto
a las mujeres crea una situación bastante inusual en la que los miembros del grupo dominante son
dependientes de los miembros del grupo subordinado (Glick y Fiske, 1996). Las mujeres por medio
de la sexualidad tienen el poder para satisfacer el deseo de los hombres, en su intimidad
heterosexual.
Por consiguiente, Glick y Fiske afirman que la combinación del Sexismo Hostil con el Sexismo
Benevolente constituyen ideologías sexistas complementarias, que son comunes a todas las culturas
(Glick et al., 2000) y sirven para mantener las desigualdades entre hombres y mujeres.
Es la fuerte correlación entre el Sexismo Hostil y el Sexismo Benevolente la que refuerza la idea de
que ambos sexismos son complementarios. Ambas escalas suelen correlacionar habitualmente en un
rango mayor a .40, siendo las mujeres las que obtienen correlaciones mayores. Esto puede ser
debido a que las actitudes hostiles y las benevolentes de los hombres se diferencian más que las de
las mujeres porque ellos obtienen puntuaciones mayores en sexismo; es decir, las personas más
sexistas suelen conseguir correlaciones más débiles entre el Sexismo Hostil y el Sexismo
Benevolente. Otra implicación de la débil correlación entre el Sexismo Hostil y el Sexismo
Benevolente entre los participantes más sexistas es que muchos de ellos son más puramente
hostiles o benévolos en lugar de ambivalentes (Glick et al., 2000).

La escala ASI

La Escala de Sexismo Ambivalente fue creada para medir las actitudes ambivalentes de los hombres
hacia las mujeres. Esta escala consta de 22 ítems que se agrupan en un único factor de Sexismo
Hostil (ítems: 2, 4, 5, 7, 10, 11, 14, 15, 16, 18 y 21) y en tres subfactores de Sexismo Benevolente
denominados: Paternalismo protector (ítems: 3, 9, 17, 20); Diferenciación de Género
Complementaria (ítems: 8, 19, 22); e Intimidad Heterosexual (ítems: 1, 6, 12, 13). Las fiabilidades
obtenidas en las subescalas de Sexismo Hostil y de Sexismo Benevolente son altas, están entre .75
y .90. Actualmente también existe una versión reducida de 12 ítems. Posteriormente Glick y su
equipo de investigación validaron la escala ASI en un estudio transcultural en el que contaban con
15.000 participantes de 19 naciones (Glick et al., 2000). Se confirma el modelo factorial completo en
16 de los 19 países, en España. Holanda, Corea del Sur, Chile, EE.UU., Nigeria, Alemania, Brasil,
Inglaterra, Turkía, Bélgica, Sudáfrica, Australia, Botswana, Italia y Portugal. Mientras que el modelo
de Sexismo Hostil con tres subfactores independientes, igual que en el Sexismo Benevolente, se
confirma en Colombia. El modelo de dos factores, se confirma en Japón y Cuba.

Estos resultados apoyaron la hipótesis de que el Sexismo Hostil y el benevolente no son específicos
de los EE.UU. sino que son ideologías coherentes que se evidencian a través de las culturas y que el
ASI es una medida válida para evaluar estas dimensiones en los distintos países.

Escala ASI y otras medidas de sexismo

Diversos estudios sobre el Sexismo Ambivalente han confirmado que entre la escala de Sexismo
Hostil y la Escala de Sexismo Benevolente, existe una fuerte relación, que sugiere que evalúan
ideologías que son complementarias. El Sexismo Hostil refleja una visión negativa de las mujeres
como deseosas de obtener el poder sobre los hombres, y el Sexismo Benevolente refleja una visión
positiva de las mujeres, que las concibe como criaturas débiles a las que hay que proteger.

Todo esto les lleva a Glick y Fiske a afirmar que la escala ASI es la única escala que conjuga el sexismo
tradicional, que considera a las mujeres subordinadas con un nuevo Sexismo Benévolo, que está
constituido por un componente afectivo y conductual positivo pero que sigue considerando a la
mujer de forma estereotipada y limitada a desempeñar determinados roles tradicionales. Estos
autores apuntan que las demás medidas de sexismo moderno como la escala de Neosexismo o la
escala de Sexismo Moderno, no miden las actitudes subjetivamente positivas hacia las mujeres que
las sigue limitando a roles tradicionales.
Ya que, aunque estas medidas de sexismo moderno pueden correlacionar con la puntuación total
del ASI, o incluso con la subescala de Sexismo Benevolente pero que sería explicada por la fuerte
correlación que existe entre Sexismo Hostil y Sexismo Benevolente. No obstante, cuando se realizan
las correlaciones parciales entre estas escalas y las de Sexismo Benevolente, controlando los efectos
de la escala de Sexismo Hostil, no deberían ser significativas.

Glick y Fiske (1996) afirman que la escala de Sexismo Moderno y la de Neosexismo tenían una mayor
utilidad predictiva para explorar las actitudes políticas (Medidas de Acción Positiva) relacionadas con
el género.

McHugh y Frieze (1997) en su estudio examinan las propiedades psicométricas de seis escalas de
sexismo tradicional y de sexismo moderno, entre estas últimas se encuentran la escala de Sexismo
Moderno (Swim et al., 1995) y la escala de Sexismo Ambivalente (Glick y Fiske, 1996) junto a la
fundamentación teórica. Afirman que las escalas de AWS (Spence y Helmreich, 1972) junto con la de
Sexismo Moderno (Swim et al., 1995) se centran en los roles tradicionales de las mujeres en la esfera
pública incluyendo trabajo, educación y política; mientras que la escala ASI (Glick y Fiske, 1996)
incluye aspectos referidos a la dominancia interpersonal, así como a la heterosexualidad y a las
relaciones de intimidad.

Masser y Abrams (1999) a través de tres estudios, confirman que la escala ASI (Glick y Fiske, 1996) y
la de Neosexismo (Tougas et al., 1995) son medidas de sexismo moderno, pero que sólo la escala de
Sexismo Benevolente permite evaluar el lado subjetivamente positivo del sexismo contemporáneo.
De hecho, la subescala de Sexismo Hostil y la escala de Neosexismo miden constructos similares, ya
que ambas están significativamente asociadas con actitudes hacia los derechos de las mujeres.

Otro estudio que confirma la hipótesis de Glick y Fiske (1996) es el de Lameiras, Rodríguez, Calado y
Carrera (2006) con docentes universitarios gallegos en los que se estudia la relación entre la escala
de Neosexismo (Tougas et al., 1995) con la Escala de Sexismo Ambivalente (Glick y Fiske, 1996). A
este respecto, los resultados encontrados demuestran nuevamente que el Neosexismo sólo
correlaciona con el Sexismo Hostil y no con el Sexismo Benevolente, y solo se produce una pequeña
correlación en el grupo de las profesoras. Esto nos puede indicar que la escala de Sexismo Hostil y la
de Neosexismo comparten la carga negativa del prejuicio, aunque el Neosexismo se centra en la
dimensión social-laboral; en ningún caso esta escala detectaría el sexismo encubierto con un tono
afectivo positivo como es el Sexismo Benevolente.

Por su parte, Buhl, Hanges, Sipe y Salvaggio (1999) refutan la hipótesis de Glick y Fiske (1996) de que
las escalas de sexismo moderno sólo miden el Sexismo Hostil, ya que en su estudio encontraron que
la escala de Swim et al. (1995) correlacionaba tanto con la escala de Sexismo Hostil como con la de
Sexismo Benevolente.

En esta misma línea se sitúan los resultados de Expósito et al. (1998) con población adulta, cuando
compara la escala de Ideología de Género (Moya, Navas, y Gómez Berrocal, 1991) que es una
medida de sexismo tradicional, con la de ASI. Los resultados de esta investigación no respaldan
totalmente la hipótesis de Glick y Fiske (1996), ya que encontraron que el Sexismo Benevolente
continuaba relacionado con la otra medida de sexismo tradicional, incluso controlando la influencia
del Sexismo Hostil, aunque la correlación era menor.

Otros estudios con estudiantes de Educación Secundaria Obligatoria (Lameiras y Rodríguez, 2002) y
con estudiantes de Educación Secundaria y Universitarios (Lameiras y Rodríguez, 2003; Frese, Moya
y Megías, 2000) constatan los mismos resultados aunque la tendencia es que tanto la escala de de
Swim et al. (1995) como la de Tougas et al. (1995) se relacionan con mayor fuerza con la escala de
Sexismo Hostil que con la escala de Sexismo Benevolente.

No obstante lo que se evidencia en estas investigaciones es que las escalas de sexismo moderno,
como la de Swim et al. (1995) y la de Tougas et al. (1995), miden un sexismo centrado en las
relaciones laborales y políticas (medidas de acción positivas) mientras que la escala de Sexismo
Ambivalente se sitúa en una dimensión relacional y es la única que conjuga el componente positivo
del Sexismo Benevolente con el tradicional. Y son Glick y Fiske (1996) los únicos que fundamentan
teóricamente este Sexismo Benevolente que unido al Hostil conforman su teoría del Sexismo
Ambivalente.

Actitudes ambivalentes hacia hombres

Siguiendo la misma lógica argumental, si las complejas relaciones de dependencia/independencia


que caracterizan a los sexos determinan la presencia de un sexismo ambivalente hacia las mujeres,
también este sexismo ambivalente podría reflejarse hacia los hombres (Glick y Fiske, 1999).

Tradicionalmente, los hombres han ejercido el poder en las instituciones sociales, políticas y
económicas, mientras que las mujeres, aunque poseen poder en las relaciones personales, siempre
han estado subordinadas. Esto genera en ellas actitudes ambivalentes hacia los hombres, ya que,
por un lado, sienten resentimiento por el poder masculino, pero, por otro, su dependencia puede
llevarlas a adularlos. Glick y Fiske (1999) sostienen que las mujeres, al igual que los hombres,
responden al poder estructural masculino y al poder relacional femenino, manteniendo creencias
tanto hostiles como benevolentes hacia los hombres.

Las creencias hostiles hacia los hombres surgen cuando las mujeres, como grupo subordinado, se
resienten del poder y estatus de los hombres, quienes son percibidos como poseedores de
características que los ubican en posiciones de dominancia. Estas actitudes reflejan la jerarquía de
género y la creencia de que las diferencias entre hombres y mujeres son naturales e inevitables
(Glick et al., 2004). A pesar de ser grupos diferentes, hombres y mujeres interactúan
constantemente, lo que genera fricción y hostilidad hacia los hombres en las mujeres. En un estudio
de Swim et al. (2001), se encontró que las mujeres con visiones tradicionales sobre el género
experimentaron más incidentes sexistas que aquellas con posturas más igualitarias. Glick et al.
(2004) sugieren que las mujeres que adoptan roles tradicionales enfrentan más frustraciones y
resentimientos en sus interacciones con los hombres, lo que incrementa su hostilidad hacia ellos.
Pero Glick y Fiske (1999) sostienen que las mujeres no tienen actitudes puramente hostiles hacia los
hombres, ya que existe una dependencia mutua entre ambos géneros. Muchas mujeres justifican la
dominación masculina y adoptan actitudes benevolentes hacia los hombres, especialmente porque
los hombres tienden a recompensar a las mujeres que siguen roles tradicionales (sexismo
benevolente) y castigar a las que no lo hacen (sexismo hostil). Las mujeres que desempeñan roles
tradicionales, como esposas y madres, suelen depender económicamente de los hombres, lo que
genera en ellas tanto resentimiento como respeto por el poder masculino.

Por consiguiente las mujeres que tienen visiones más tradicionales de los hombres son
probablemente las que mantienen actitudes ambivalentes hacia éstos. Estas mujeres atribuyen a los
hombres ambos estereotipos: los subjetivamente positivos (actitudes benevolentes) que perciben a
los hombres como competitivos, ambiciosos y fuertes; y los estereotipos negativos (actitudes
hostiles) que los definen como dominadores, arrogantes y hostiles.

Las mujeres no tradicionales, como las feministas o profesionales, tienden a manifestar actitudes
más hostiles hacia los hombres, debido a que perciben su poder y la amenaza que representan para
ellas (Glick y Fiske, 1999). La hostilidad hacia los hombres no justifica relaciones de género
tradicionales, por lo que no se correlaciona directamente con el sexismo hostil y benevolente. Sin
embargo, el sexismo hostil hacia las mujeres está vinculado al sexismo benevolente hacia los
hombres, ya que los más sexistas hacia las mujeres tienden a ser benevolentes hacia los hombres.
Un estudio transcultural posterior de Glick et al. (2004) sugiere que la relación entre estas escalas
refleja la jerarquía de género: en países con mayor sexismo hostil hacia las mujeres, las mujeres
muestran más hostilidad hacia los hombres. Esto coincide con la idea de que la hostilidad hacia los
hombres refleja el resentimiento de las mujeres hacia la dominancia masculina.

Ambas escalas, la de hostilidad y benevolencia hacia hombres, correlacionan fuertemente, porque


en ambas actitudes se presume que los hombres y las mujeres son la mitad que complementan el
todo (Glick y Fiske, 1999). Esta correlación positiva es la que indica la existencia de las actitudes
ambivalentes hacia los hombres.

La escala AMI

La Escala de Ambivalencia hacia los Hombres (AMI) fue creada por Glick y Fiske (1999) para medir los
prejuicios hostiles y benevolentes que las mujeres tienen hacia los hombres. Glick y Fiske (1999) la
definieron como la escala hermana del ASI porque ambas comparten la misma base teórica. Esta
escala está formada por 20 ítems que se agrupan en dos factores: el primero fue denominado
Hostilidad hacia los hombres y el segundo Benevolencia hacia los hombres. Cada una de estas
dimensiones se divide a su vez en tres subfactores que están relacionados con el poder estructural
masculino, la diferenciación de género y la sexualidad al igual que en la escala ASI. La Hostilidad
hacia hombres se divide en tres subfactores: el Resentimiento Paternalista que implica que los
miembros del grupo subordinado, en este caso las mujeres, pueden tener resentimiento hacia el
poder y el alto estatus del grupo dominante, los hombres; la Diferenciación de Género
Compensatoria que permite a las mujeres diferenciarse positivamente de los hombres; y la
Hostilidad Heterosexual que supone asumir que el hombre ejerce un papel dominante en las
distintas situaciones, hasta el punto de poder incluso agredir sexualmente a una mujer. El
conocimiento por parte de las mujeres de esta amenaza ha mostrado tener efectos importantes
como tener un resentimiento considerable hacia los hombres (Glick y Fiske, 1999). La escala de
Benevolencia hacia hombres se subdivide en otros tres factores: el Maternalismo que parte de la
dependencia entre sexos para la reproducción y las relaciones románticas; la Diferenciación de
Género Complementaria que implica que el grupo de bajo poder, en este caso el de las mujeres,
debe creer que ellas son menos ambiciosas, dominantes, inteligentes que el grupo dominante, que
son los hombres. Esta benevolencia hacia los hombres proviene de la admiración que las mujeres
tienen hacia el alto estatus de los hombres; y la Intimidad Heterosexual que es entendida como la
“necesidad” que una mujer tiene de un hombre.

Posteriormente Glick y su equipo de investigación validaron la escala AMI en un estudio transcultural


en el que contaron con 8.360 participantes de 16 naciones (Glick et al., 2004). En la mayoría de los
países se confirma el modelo factorial completo (Hostilidad con sus tres subfactores y Benevolencia
con sus tres subfactores), exceptuando a Perú. No obstante, diversos estudios nacionales solo
confirman la existencia de dos factores de Hostilidad y de Benevolencia hacia hombres (Lameiras et
al. 2001; Lameiras y Rodríguez, 2002; 2003; Lameiras et al., 2004 y Rodríguez, 2006).
Las fiabilidades obtenidas en las subescalas de Hostilidad y Benevolencia hacia hombres son altas,
están entre .75 y .90 (Glick y Fiske, 1999, Glick et al., 2004).

Analizando las diferencias de género dentro de cada nación, se encontró que las mujeres en la
mayoría de los países, excepto en Inglaterra, eran más hostiles hacia los hombres; mientras que los
hombres por su parte tenían actitudes más benevolentes hacia los hombres.

En cuanto a las relaciones entre la escala ASI y AMI en este estudio transcultural señalar que las
diferencias de género en las puntuaciones de hostilidad hacia hombres fueron relacionadas de forma
significativa y negativa. Esto quiere decir que las naciones donde los hombres apoyan más el
Sexismo Hostil las mujeres, por su parte, muestran actitudes más hostiles hacia hombres. Tal y como
predecía Glick y Fiske (1999), la hostilidad hacia los hombres refleja una parte del resentimiento de
las mujeres hacia la hostilidad que los hombres demuestran hacia las mujeres. De esta forma, la
hostilidad hacia los hombres de las mujeres se incrementa de tal modo que su tendencia a apoyar
las actitudes hostiles se da con mayor fuerza que en los hombres.

Solamente una correlación significativa implica las diferencias de género en la escala de Sexismo
Benevolente. Este resultado ya se había confirmado en el estudio transcultural anterior (Glick et al.,
2000) que el mayor apoyo de los hombres al Sexismo Hostil o al Sexismo Benevolente provoca el
mayor apoyo de las mujeres a las actitudes Benevolentes hacia hombres. Cuando la mayoría de la
gente de una nación tienen actitudes más tradicionales hacia los roles de los géneros, la mayoría de
las mujeres optaban por apoyar las actitudes Benevolentes hacia los hombres, aunque también
actitudes más hostiles hacia hombres. De esta forma las mujeres de naciones más tradicionales
pueden tener un mayor resentimiento hacia los hombres, porque posiblemente son vistos como
abusadores del poder que tienen, pero este resentimiento no implica necesariamente un cambio de
la jerarquía establecida socialmente entre los géneros.

Está claro que en los hombres apoyar las actitudes benevolentes hacia ellos tiene beneficios,
mientras que en las mujeres apoyar el Sexismo Benevolente les ocasiona tanto costes como
beneficios. Los costes implican que la mujer siempre estaría subordinada a los hombres y los
beneficios conllevan la protección, la provisión y el afecto a causa de las pocas oportunidades que
tienen las mujeres para conseguir la independencia económica y social (Glick et al., 2004).

Escala AMI y otras medidas de sexismo

Glick y Fiske (1999) afirman que la escala AMI es el único instrumento de medida útil para evaluar las
actitudes ambivalentes que las mujeres tienen hacia los hombres. Ya que las demás escalas de
actitudes hacia hombres como la escala de Actitudes hacia los hombres de Downs y Engleson (1982),
y la escala de Actitudes hacia los hombres de Iazzo (1983) son escalas que miden visiones
tradicionales de los hombres en distintos ámbitos como el trabajo, la familia y la sexualidad.

Glick y Fiske (1999) apuntan que existe una fuerte correlación entre las escalas de Iazzo (1983) y de
Downs y Engleson (1982) y su escala AMI (y también con las subescalas de hostilidad y benevolencia
hacia hombres), pero correlacionan en el mismo sentido. Es decir, si la escala de Iazzo mide actitudes
en sentido positivo y negativo hacia hombres, entonces las subescalas de hostilidad y de
benevolencia deberían mostrar correlaciones opuestas con esta escala; con la subescala de
hostilidad en sentido positivo y con la subescala de benevolencia en sentido negativo. Pero esto no
es así, lo que le sugiere a los autores que a pesar de que estas escalas tienen determinada similitud
con la escala AMI (Glick y Fiske, 1999), en ellas no se distingue simultáneamente entre actitudes
tradicionales de los hombres que son subjetivamente positivas (actitudes benevolentes) y aquellas
que son negativas (actitudes hostiles).

Es importante matizar los giros teóricos sobre la relación de las escalas de Sexismo Ambivalente (ASI)
y de Ambivalencia hacia hombres (AMI). Hay que recordar que en el estudio en el que se elaboró la
escala AMI, Glick y Fiske (1999) apoyaban que no existía relación entre las escalas del Sexismo
Ambivalente (ASI) con la escala de Hostilidad hacia hombres del AMI, y era explicado debido a que la
hostilidad hacia hombres no justificaba la actitudes tradicionales hacia los géneros.
Los resultados del estudio transcultural (Glick et al., 2004), a la vista de que en todos los países se
establecía la relación de las escalas del ASI con la Hostilidad hacia hombres (incluso llevando a cabo
las correlaciones parciales), llevan a Glick y su equipo de investigación a justificarlo argumentando
que esa relación expresa la jerarquía que se da entre los géneros. Diversos estudios constatan la
existencia de la relación entre ambas escalas, y en concreto en la relación entre la Hostilidad hacia
hombres y las escalas del ASI (Lameiras et al. 2001; Lameiras y Rodríguez, 2002; 2003; y Lameiras et
al., 2004).

En conclusión, la teoría del Sexismo Ambivalente tanto hacia mujeres como hacia hombres supone
un avance importante para conseguir la “igualdad real” entre hombres y mujeres, ya que por medio
de sus escalas se pueden identificar las actitudes sexistas benevolentes tan perjudiciales para las
mujeres, para poder combatirlas. Y así conseguir una realidad más igualitaria y simétrica entre los
géneros.

TEXTO 3. MICROMACHISMOS: LA VIOLENCIA INVISIBLE EN LA PAREJA.


Los mM son prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana, del orden de lo
"micro", al decir de Foucault, de lo capilar, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la
evidencia. El prefijo "micro" alude a esto.

El "machismo" a pesar de ser una palabra de significado ambiguo (en tanto designa tanto la
ideología de la dominación masculina como los comportamientos exagerados de dicha posición),
alude en el lenguaje popular, a una connotación negativa de los comportamientos de inferiorización
hacia la mujer, que era lo que quería destacar en el término.

Los mM comprenden un amplio abanico de maniobras interpersonales que impregnan los


comportamientos masculinos en lo cotidiano. En la pareja, que será el ámbito del que me ocuparé,
se manifiestan como formas de presión de baja intensidad más o menos sutil, con las que los
varones intentan, en todos o en algunos ámbitos de la relación (y como en todas las violencias de
género):
- imponer y mantener el dominio y su supuesta superioridad sobre la mujer, objeto de la
maniobra;
- reafirmar o recuperar dicho dominio ante la mujer que se "rebela" de "su" lugar en el
vínculo;
- resistirse al aumento de poder personal o interpersonal de la mujer con la que se vincula, o
aprovecharse de dichos poderes;
- aprovecharse del "trabajo cuidador" de la mujer.

Es decir, los mM son micro abusos y microviolencias que procuran que el varón mantenga su propia
posición de género creando una red que sutilmente atrapa a la mujer, atentando contra su
autonomía personal si ella no las descubre, y sabe contra maniobrar eficazmente. Están la base y son
el caldo de cultivo de las demás formas de la violencia de género y son las "armas" masculinas más
utilizadas con las que se intenta imponer sin consensuar el propio punto de vista o razón. Comienzan
a utilizarse desde el principio de la relación y van moldeando lentamente la libertad femenina
posible. Su objetivo es anular a la mujer como sujeto, forzándola a una mayor disponibilidad e
imponiéndose una identidad "al servicio del varón", con modos que se alejan mucho de la violencia
tradicional, pero que tienen a la larga sus mismos objetivos y efectos: perpetuar la distribución
injusta para las mujeres de los derechos y oportunidades.

Los varones son expertos en estas maniobras por efecto de su socialización de género que les
inocula la creencia en la superioridad y disponibilidad sobre la mujer. Ellos tienen, para utilizarlas
válidamente, un aliado poderoso: el orden social, que otorga al varón, por serlo, el "monopolio de la
razón" y, derivado de ello, un poder moral por el que se crea un contexto inquisitorio en el que la
mujer está en principio en falta o como acusada: "exageras' y "estas loca".

Algunos mM son conscientes y otros se realizan con la "inocencia" del hábito inconsciente. Con ellos
los varones no solo intentan instalarse en una situación favorable de poder, sino que internamente
buscan la reafirmación de su identidad y satisfacer deseos de dominio y de ser objeto de atención
exclusivo de la mujer. Además, mantener bajo dominio a la mujer permite también mantener
controlados diversos sentimientos que la mujer provoca, tales como temor, envidia, agresión o
dependencia. (Bonino, 1990).
Dos mecanismos psicológicos favorecen el sostenimiento de estas prácticas como de otras que
conducen al racismo, la xenofobia o la homofobia: uno, la objetificación (la creencia de que solo
algunos varones -blancos- heterosexuales tienen status de persona permite percibir, en este caso, a
las mujeres como "menos" persona, negándose reconocimiento y justificando el propio accionar
abusivo -Britann, 1989), y otro, la identificación proyectiva (la inoculación psicológica de actitudes,
invadiendo el espacio mental ajeno).

Puntualmente, los mM pueden no parecer muy dañinos, incluso pueden resultar normales o
intrascendentes en las interacciones, pero su poder, devastador a veces, se ejerce por la reiteración
a través del tiempo, y puede detectarse por la acumulación de poderes de los varones de la familia a
lo largo de los años. Un poder importante en este sentido es el de crear y disponer de tiempo libre a
costa de la sobreutilización del tiempo de la mujer. Por ello, suelen producir, sobre todo en las
relaciones de larga duración, diversos efectos de malestar psicofísico que frecuentemente son
motivo de consulta a los dispositivos de Salud, y que al invisibilizar su producción intersubjetiva
suelen atribuirse a "ciertas" características femeninas.

Su ejecución brinda "ventajas", algunas a corto y otras a largo plazo para los varones, pero ejercen
efectos dañinos en las mujeres, las relaciones familiares y ellos mismos, en tanto quedan atrapados
en modos de relación que convierten a la mujer en adversaria, impiden el vínculo con una
compañera y no aseguran el afecto.

Para las mujeres, pensar estas cuestiones y reconocer estas prácticas que atañen a los modos en que
los varones las colocan en lugares subordinados, puede ser fácil, iluminador y enriquecedor. No
tanto para los varones, ya que hacerlo pone al descubierto las ventajas masculinas en relación con
las mujeres y obligan por ello al consiguiente dilema ético de cómo posicionarse frente a esta injusta
situación. Sería más fácil hablar de la violencia y dominaciones de los "otros " varones, los que
realizan las violencias muy visibles, pero hablar de los mM, que son parte habitual de (nuestro)
comportamiento masculino es más difícil pues ello supone reconocer también en nosotros (varones)
los hábitos de dominación y tener que decidir qué hacer con ello. Y también difícil intentar como
varón estar atento a visibilizar los mM y a exponerlos públicamente, ya que supone mostrar las
trampas masculinas y, arriesgarse a ser tomado por el "club" varonil como un "traidor" que critica y
muestra las "armas secretas" que usamos habitualmente con las mujeres. Difícil además porque
supone cuestionar nuestra identidad, fuertemente asociada a la creencia de tener poder sobre las
mujeres.

Pero, si uno se posiciona contra la violencia de género y a favor de la igualdad debe aceptar el la
dificultad y enfrentar el desafío de realizar una autocrítica de la propia posición y prácticas de
dominio, y no solo apoyar a las mujeres desde un paternalismo que se pone por fuera del problema,
ni trabajar sólo para transformar a los otros varones como si uno pudiera estuviera exento de los
hábitos patriarcales.

Los mM son innumerables, a veces son considerados comportamientos normales y se realizan en


combinaciones complejas. Sin embargo, una vez alertados sobre su existencia y atentos a los
comportamientos masculinos se pueden ir descubriendo diferentes agrupaciones de mM con
características particulares que pueden ser descritas y evidenciadas con mayor precisión.

Dichas categorías son: los mM coercitivos (o directos), los encubiertos (de control oculto o indirecto)
y los de crisis. Cada una de ellas comprende un repertorio de maniobras, a las que he ido designando
y definiendo, en el intento siempre difícil de su visibilización.

MICROMACHISMOS COERCITIVOS

En estos mM, el varón usa la fuerza (moral, psíquica, económica o de la propia personalidad), para
intentar doblegar a la mujer, limitar su libertad y expoliar el pensamiento, el tiempo o el espacio, y
restringir su capacidad de decisión. La hacen sentir sin la razón de su parte y ejercen su acción
porque provocan un acrecentado sentimiento de derrota cuando comprueba la pérdida, ineficacia o
falta de fuerza y capacidad para defender las propias decisiones o razones. Todo ello suele promover
inhibición, desconfianza en sí misma y disminución de la autoestima, lo que genera más desbalance
de poder.

● Intimidación: Este es un mM que está en el límite entre la violencia psicológica y los mM


propiamente dichos. Maniobra atemorizante que se ejerce cuando el varón ya tiene fama
(real o fantaseada) de abusivo o agresivo. Da indicios de que si no se le obedece, 'algo' podrá
pasar. Implica un arte en el que la mirada, el tono de voz, la postura y cualquier otro
indicador verbal o gestual pueden servir para atemorizar. Para hacerla creíble, es necesario,
cada tanto, ejercer alguna muestra de poder abusivo físico, sexual o económico, para
recordarle a la mujer que le puede pasar si no se somete. A largo plazo se crea generalmente
una situación en la que el varón logra no ser molestado en lo que a él no le gusta, y no estar
disponible para nadie, salvo para sí mismo.

● Control del dinero: Gran cantidad de maniobras son utilizadas por el varón para
monopolizar el uso o las decisiones sobre el dinero, limitándose su acceso a la mujer. Basado
este mM en la creencia que el dinero es patrimonio masculino, sus modos de presentación
son muy variados: no información sobre usos del dinero común, control de gastos y
exigencia de detalles, retención lo que obliga a la mujer a pedir- (Coria, 1992), etc. Se incluye
también en este apartado la negación del valor económico que supone el trabajo doméstico
y la crianza y el cuidado de los niños.

● No participación en lo doméstico: Basada en la creencia que lo doméstico es femenino y lo


público masculino, por este grupo de maniobra se impone a la mujer hacerse cargo del
cuidado de algo común: el hogar y las personas que en ella habitan. Es una práctica de
sobrecarga por omisión, que el varón justifica apelando a su rol de "proveedor" al que no se
puede agobiar más de lo que soporta en su trabajo.

● Uso expansivo-abusivo del espacio físico y del tiempo para sí: Este grupo de mM se apoyan
en la idea de que el espacio y el tiempo son posesión masculina, y que por tanto la mujer
tiene poco derecho a ellos. Por tanto su apoderamiento es natural y no se piensa en la
negociación de espacios y ni de tareas comunes que llevan tiempo. Así, en cuanto al espacio
en el ámbito hogareño, el varón invade con su ropa toda la casa, utiliza para su siesta el
sillón del salón impidiendo el uso de ese espacio común, monopoliza el televisor u ocupa con
las piernas todo el espacio inferior de la mesa cuando se sientan alrededor de ella, entre
otras maniobras (Guillaumin, 1992). Y en cuanto al tiempo: el varón crea tiempo de
descanso o diversión a costa de la sobrecarga laboral de la mujer (por ejemplo utilizar el fin
de semana para "sus" aficiones, o postergar su llegada a casa luego del trabajo), evita donar
tiempo para otros, o define como "impostergables" cierta actividades que en realidad no lo
son y que lo alejan del hogar. Como decía previamente, esto tiene como efecto que, en
promedio, los varones tengan más tiempo libre que las mujeres (y a costa de ellas).

● Insistencia abusiva: Conocido popularmente como "ganar por cansancio", este mM consiste
en obtener lo que se quiere por insistencia inagotable, con agotamiento de la mujer que se
cansa de mantener su propia opinión, y al final acepta lo impuesto a cambio de un poco de
paz.

● Imposición de intimidad: Este mM consiste en una acción unidireccional de acercamiento


cuando el varón desea, es una práctica coactiva en cuanto el varón no se molesta en
negociar movimientos hacia la intimidad. Muy típico ejemplo de esto es la seducción forzada
cuando él quiere sexo.

● Apelación a la "superioridad" de la "lógica" varonil: En este grupo se recurre a la "razón"


(varonil) para imponer ideas, conductas o elecciones desfavorables a la mujer. Utilizada por
varones que suponen que tienen la 'única" razón o que la suya es la mejor. No tienen en
cuenta los sentimientos ni las alternativas y suponen que exponer su argumento les da
derecho a salirse con la suya. No se cesa de utilizar hasta que la mujer dé lógicas razones (las
del varón, por supuesto), y obligan a que ella tenga muy en claro su propia posición si no
quiere someterse. Provoca un intenso agobio. Ejemplo frecuente es en el momento de
decidir la elección del lugar de vacaciones, si a la mujer no le gusta el lugar elegido por el
varón de la pareja. Es muy eficaz con mujeres que tienen un modo perceptivo o intuitivo de
abordaje de la realidad. Una maniobra especial en este grupo es la monopolización de la
definición de la "seriedad" o no de los temas de discusión por parte del varón: ¡yo no hablo
de tonterías!, es una frase que la sintetiza.

● Toma o abandono repentinos del mando de la situación: Estas son maniobras más o menos
sorpresivas de decidir sin consultar, anular o no tener en cuenta las decisiones de la mujer,
basados en la creencia del varón de que él es el único que tiene poder de decisión. Ejemplo
prototípico de esta maniobra es la monopolización del zapping con el mando a distancia del
televisor. El cortocircuito es un tipo especial de maniobra de este grupo: consiste en tomar
decisiones sin contar con la mujer en situaciones que la involucran, y en las que es difícil
negarse, por ejemplo: invitaciones a último momento de personas importantes: jefes.
parientes, etcétera (Piaget, 1993).

MICROMACHISMOS ENCUBIERTOS
Estos mM son los que atentan de modo más eficaz contra la simetría relacional y la autonomía
femenina, por su índole insidiosa y sutil que los torna especialmente invisibles en cuanto a su
intencionalidad. En ellos, el varón oculta su objetivo de dominio y forzamiento de disponibilidad de
la mujer. En algunas de estas maniobras esos objetivos son tan encubiertos y su ejercicio es tan sutil
que pasan especialmente desapercibidas, razón por la que son muy efectivas. Utilizan, no la fuerza
como los mM coercitivos, sino el afecto y la inducción de actitudes para disminuir el pensamiento y
la acción eficaz de la mujer, llevándola a hacer lo que no quiere y conduciéndola en la dirección
elegida por el varón.

Aprovechan su confiabilidad afectiva y provocan en ella sentimientos de desvalimiento o impotencia,


acompañadas de confusión, zozobra, culpa, dudas de si, que favorecen el descenso de la autoestima
y la auto credibilidad. Por no ser evidentes, no se perciben en el momento, pero se sienten sus
efectos coaccionantes, por lo que conducen habitualmente a una reacción retardada (y "exagerada"
dicen los varones) por parte de la mujer, con mal humor, frialdad y estallido de rabia "sin motivo".
Muchos de ellos son considerados comportamientos masculinos "normales" y son muy efectivos
para que el varón acreciente su poder de llevar adelante "sus" razones y sus deseos, y son
especialmente devastadores con las mujeres muy dependientes de la aprobación masculina. En
general se utilizan en una sutil y compleja mezcla:

● Abuso de la capacidad femenina de cuidado: Este es el grupo de mM probablemente más


silenciado por la cultura. Por ellos el varón utiliza y explota la capacidad de las mujeres de
cuidado hacia otras personas. Esta capacidad está muy desarrollada en ellas por efectos de
su socialización que las impele a "ser para otros". Alentadas por la cultura patriarcal, estas
maniobras fuerzan disponibilidad incondicional a través de la imposición de diferentes roles
de servicio: madre, esposa, asistenta, secretaria, gestora, etc. Las obligan a un sobreesfuerzo
físico y emocional que les resta autonomía vital. Con ellas, los varones aprovechan
abusivamente los beneficios del cuidado femenino ya que la imposición de disponibilidad
femenina hacia el varón, acrecienta la calidad de vida de él a expensas de la mujer, sin que
éste habitualmente lo reconozca. Sin embargo, las estadísticas corroboran que los varones
incrementan su salud psicofísica durante el matrimonio, y las mujeres la empeoran. Y ellos
disponen de más tiempo de ocio. Algunas mujeres, conocedoras de este grupo de mM lo
llaman "vampirismo", es decir un comportamiento de extracción y vaciamiento de energía
vital que el varón aprovecha para sí. Entre estos mM tenemos:

- Maternalización de la mujer. La inducción a que la mujer sea como una madre tradicional:
cuidadosa y comprensiva, es una práctica que impregna el comportamiento masculino. De
las múltiples caras de esta maniobra, algunas son: pedir, fomentar o crear condiciones para
que la mujer priorice sus conductas de cuidado incondicional (sobre todo hacia el mismo
varón) promoviendo que ella no tenga en cuenta su propio desarrollo laboral, acoplarse al
deseo de ella de un hijo prometiendo ser un "buen padre" y desentenderse luego del
cuidado de la criatura, manipularla para que sea el "complemento" del varón o el "reposo
del guerrero, etc.

- Delegación del trabajo de cuidado de los vínculos y las personas . Maniobras basadas en la
creencia que lo doméstico y el cultivo de la conexión son patrimonio de la mujer. Se impone
aquí de diversos modos que la mujer crea que es la encargada de cuidar la vitalidad de la
pareja, el desarrollo de la cría y de los vínculos con ellos/as, con la familia de él e incluso con
sus amigos. La imposición del cuidado de los suegros y suegras de la mujer es muy frecuente
y una de las más comunes fuentes de desgaste emocional femenino. Limitan la autonomía
de la mujer en tanto el varón no se hace cargo de este enorme trabajo que no se puede
dejar de hacer.

- Requerimientos abusivos solapados: son pedidos sin pedir explícitamente, que apelan a
activar automáticamente los aspectos "cuidadores" del rol femenino tradicional y hacer que
la mujer cumpla ese pedido sin percatarse que lo está haciendo por coacción. Ejemplos
comunes de estos requerimientos son los comportamientos de "niño tirano" que utilizan los
varones cuando enferman, la exigencia no verbal de ocuparse de la familia de él, sus amigos,
y los animales que usualmente él promueve que los hijos tengan en casa, o los "antojos "
masculinos. También corresponde a este grupo el victimismo, por el que requiere que no le
pidan nada, porque su rol lo agobia y "ya hace bastante". Un mM muy frecuente en las
parejas donde el varón tiene hijos/as de una primera pareja, es que él requiera silenciosa y
abusivamente que ella se haga cargo de la crianza y atención de dichos hijos/as.

● Creación de falta de intimidad: Suele decirse que los varones tienen dificultades para la
intimidad. Esto es cierto, pero también es cierto que la evitación de la intimidad es un
recurso de dominación que ellos utilizan cotidianamente. Así lo muestran los mM de este
grupo, que son maniobras activas de alejamiento, que impiden la conexión y evitan el riesgo
de perder poder y quedar a merced de la mujer, más experta habitualmente en el manejo de
las relaciones de cercanía (Weingarten, 1991). Intentan controlar las reglas del diálogo a
través de la distancia y están sostenidas en la creencia varonil de su derecho a apartarse sin
negociar y a disponer de sí sin limitaciones (sin permitir ese derecho a la mujer). Con ellas el
varón logra que la mujer se acomode a sus deseos: cuánta intimidad tener, cuánta tarea
doméstica realizar, cuándo estar disponible y qué merece compartirse. Así, predomina el
deseo masculino de ocuparse sobre todo de sí mismo, y quedan coartados los deseos
femeninos de relación. Estas maniobras transmiten el mensaje que para el varón lo
importante es él, y el vínculo y la conexión son secundarios. Aquí podemos considerar
diferentes grupos:

- Silencio: La renuencia a hablar o hablar de sí es una actitud habitual en los varones desde
tiempo inmemorial y que recientemente se vuelve problemática al ponerse en entredicho la
autoridad masculina y las mujeres exigir conexión... Esta actitud es una maniobra de
dominación en tanto implica la imposición de silencio a la relación con la mujer. Permanecer
en silencio no es sólo no poder hablar, sino no sentirse obligado a hablar ni a dar
explicaciones (recurso que solo pueden permitirse quienes tienen poder) y por tanto
imponer el no diálogo y el enmascaramiento. Se controlan así las reglas del juego de modo
opuesto a la apertura, confianza y desenmascaramiento y se tiene así una autoridad
silenciosa. Y además, se monopoliza un recurso que se niega a los demás: información sobre
sí no aceptando que la mujer haga lo mismo y forzándola a tener que adivinar lo que a él le
pasa y a girar a su alrededor para captar cuándo estará accesible.
Algunas de sus formas de presentación son: encerrarse en sí mismo, no contestar, contestar
con monosílabos, no preguntar, no escuchar, hablar por hablar sin comprometerse, etcétera
(Durrant y White, 1990; Wieck 1987; Sabo 1995). Algunas veces, esta maniobra suele dar al
varón cierto aire de misteriosidad, que es muy seductor para muchas mujeres. Es frecuente
que esté mM se acompañe de la frase" no sé expresarme" (aunque la realidad muestra que
no tiene deseos de aprender a hacerlo). Esta frase es un buen ejemplo de la maniobra de
encubrimiento que el silencio supone: lo encubierto es el deseo de evitar decir cosas que se
piensan (por ejemplo: para qué cambiar si yo estoy bien), o tener que reconocer que no se
tienen argumentos para oponerse a cambios solicitados o que punto de vista de ella puede
ser válido, o que no sabe cómo hacer para ganar la partida.

- Aislamiento y puesta de límites. Estas son maniobras de puesta de distancia e imposición de


no acercamiento que suelen utilizarse cuando la mujer quiere intimidad, respuestas o
conexión y no se inhibe con el silencio. Imponen las reglas de vinculación. El aislamiento
puede ser físico, encerrándose en algún espacio de la casa o en alguna actividad, o mental,
encerrándose en sus pensamientos. Si este falla, la puesta de límites a veces con enojo ante
cualquier pedido de información o de conexión. Si esto también falla, el enunciado de frases
defensivas acompañadas de ira explosiva, tiene un eficaz efecto paralizante de la "invasión"
femenina. Las frases generalmente están centradas en el comentario de sentirse invadido y
acusado, y permiten evitar el posicionarse sobre la validez del reclamo de intimidad. Algunas
de estas frases son: ¡déjame en paz!, ¡estoy ocupado!, ¡no me vengas con problemas!, ¡no
me presiones!, ¡nunca estás conforme!, ¡no me organices!, ¡lo hago a mi modo!, ¡estoy todo
el día trabajando y quiero paz! Muchas de estas expresiones suelen finalizar con un ¡me
tienes harto! La secuencia: aislamiento-frases con ira-más aislamiento, suele ser muy
frecuente.

- Avaricia de reconocimiento y disponibilidad . Estas son maniobras múltiples de retaceo de


reconocimiento hacia la mujer como persona y de sus necesidades, valores, aportes y
derechos. Se retacea también el apoyo y el cuidado (además de imponer el rol de
cuidadora). Conducen al hambre de afecto (el que, en mujeres dependientes, aumenta su
dependencia). Provocan además la sobrevaloración de lo poco que brinda el varón. Una
frase ejemplificadora de este mM es: Si sabes que te quiero (o que aprecio lo que haces),
¿para qué quieres que te lo diga?

- Inclusión invasiva de terceros: (amigos, reuniones y actividades) Se limita al mínimo o se


hace dejar de existir los espacios de intimidad. A veces está acompañada de la acusación a la
mujer de ser "poco sociable".

● Pseudointimidad: el varón dialoga, pero manipulando el diálogo, de modo de favorecer el


control y el ocultamiento, dejando a la mujer con menos poder al retacear sinceridad.

- Comunicación defensiva-ofensiva. El objetivo de la comunicación no es aquí la apertura sino


que se habla para imponer y convencer. Existen defensas y ataques para imponer las propias
razones, y no hay apertura ni negociación.
- Engaños y mentiras. Aquí el varón oculta u omite información para desfigurar la realidad y
seguir aprovechando ventajas que si fuera sincero perdería. Oculta lo que no conviene que
la mujer sepa, para no ser perjudicado en lo que no quiere perder, fundamentalmente poder
de decisión. Entre los engaños más frecuentes se encuentran: incumplir promesas, adular,
negar lo evidente, negar descubrimientos femeninos de infidelidades, etc. Y entre las
mentiras: aquellas centradas en el uso del dinero, el tiempo realmente ocupado, el no
reconocer errores sabiendo que se cometieron, el ofrecer aquello que no se está dispuesto a
dar (sobre todo comprensión y colaboración). Dan poder al varón en tanto impiden un
acceso igualitario a la información.

● Desautorización: basadas en la creencia que el varón tiene el monopolio de la razón, lo


correcto y el derecho a juzgar las actitudes ajenas desde un lugar superior. Presuponen el
derecho a menospreciar. Conducen a inferiorizar a la mujer a través de un sinnúmero de
desvalorizaciones, que en general son consonantes con las desvalorizaciones que la cultura
patriarcal realiza, y que hacen mella en la autoestima femenina. Un gesto desautorizar y
despreciativo muy utilizado para acompañar este tipo de mM es 'la cara de perro", que
difícilmente es aceptado como propio por el varón Entre las desautorizaciones tenemos
diferentes subgrupos:

- Descalificaciones. Suponen el derecho a valorar negativamente las actitudes de la mujer,


denigrándola y no dándole el derecho a ser valorada y apreciada a menos que obedezca las
"razones" del varón y haga lo que según él es "correcto". Para ello sirven todo tipo de
expresiones y etiquetaciones descalificatorias. Algunos ejemplos de estos mM son: la
ridiculización, el restar importancia y quitar seriedad a las opiniones femeninas, redefinir
como negativos cambios positivos o cualidades de la mujer y desvalorizar cualquier
transgresión al rol femenino tradicional. Muchas veces, la descalificación apunta
directamente a la inteligencia: ¡no tienes ni idea!, ¡no sabes razonar!, o a la capacidad de
percepción: ¡tu exageras! o peor aún ¡tu estas loca!

- Negación de lo positivo. No se reconoce a la mujer sus cualidades ni los aportes positivos


que hace en la vida cotidiana, especialmente el valor del trabajo doméstico.

- Colusión con terceros. Aquí, el varón intenta establecer alianzas con las personas con las que
la mujer tiene vínculos afectivos (parientes, amistades) a través del relato de historias
sesgadas, secretos, etc., con el objetivo de desautorizar y dejarla sola y a su merced.

- Terrorismo misógino. Se trata aquí de comentarios descalificadores repentinos y sorpresivos,


tipo 'bomba", realizados generalmente en el ámbito público, que dejan indefensa a la mujer
por su carácter abrupto. Producen confusión, desorientación y parálisis. Utilizan la
ridiculización, la sospecha, la agresión y la culpabilidad. Así tenemos por ejemplo: realizar en
contextos no pertinentes comentarios recordatorios de las "tareas femeninas" no realizadas,
los sorpresivos comentarios descalificadores del éxito femenino, o resaltar las cualidades de
mujer-objeto cuando ella se muestra como mujer-persona.
- Autoalabanzas y autoadjudicaciones. En estas maniobras, se desautoriza a la mujer a través
de la hipervaloración que hace el varón de sus propias cualidades o aportes, así como
autoadjudicándose espacios, objetos o tiempos que se niegan a mujer. Pertenecen a este
grupo la actitud de no dejarse enseñar por la mujer (sobre todo las tareas domésticas)
porque, según dice el varón: ¡ya lo sé! o ¡¡tú no sabes enseñar!, la exclusión de la mujer de
alguna actividad: ¡deja, yo lo hago mejor!, la auto adjudicación del coche más grande de los
existentes en casa porque ¡tú no lo cuidas y es muy complicado para ti!, etc.

● Paternalismo: En este tipo de maniobra se enmascara la posesividad y a veces el


autoritarismo del varón, haciendo "por" y no "con" la mujer e intentando aniñarla. Se
detecta sobre todo cuando ella se opone al aniñamiento, y él no puede tolerar que ella sea
autónoma y no controlarla.

● Manipulación emocional: el varón utiliza el afecto no para el intercambio emocional sino


como instrumento para lograr el control de la relación. Se emiten mensajes que se
aprovechan de la confianza y la afectividad de la mujer para promover en ella dudas sobre sí
misma y sentimientos negativos, generando inseguridad y dependencia. Se usan para ello
dobles mensajes, insinuaciones, acusaciones veladas, etcétera. De entre su amplia variedad
podemos destacar:

- Culpabilización-Inocentización. Este mM presenta dos caras. Por una, se hace sentir a la


mujer en falta de los modos más variados, generalmente apelando a su "no saber hacer", o a
no desempeñar "correctamente" su rol de esposa o madre. Basada en que la creencia que lo
que la mujer "debe hacer" está definido por el varón y que ella es culpable por naturaleza.
Por la otra cara de esta maniobra, el varón nunca se siente responsable de nada, es decir, es
inocente en cuanto a la producción de disfunciones en lo cotidiano. De entre sus infinitos
ejemplos podemos nombrar: culpar a la mujer de cualquier disfunción familiar (con la
consiguiente inocentización del varón), culparla del placer que la mujer siente con otras
personas o situaciones donde él no esté ( la mujer sólo puede disfrutar con su compañero
afectivo) culparla de lo que a él le pasa, e incluso culpabilizarla de la irritación que a ella
siente cuando él se abusa, etc.

- Dobles mensajes afectivos: En este tipo de maniobras el varón emite mensajes de afecto con
un fin manipulativo oculto y que dejan a la mujer sin posibilidad de reacción: si los acepta, es
manipulada, si no los acepta es culpabilizada por no ser afectuosa. Tenemos aquí a la
seducción manipulativa (acercamiento interesado para lograr otros fines diferentes al
afecto) y la elección forzosa (maniobra del tipo de "Si no haces esto por mi es que no me
quieres").

- Enfurruñamiento: Acusación culposa no verbal frente a acciones que no le gustan al varón,


pero a las cuales no se puede oponerse con argumentos "racionales". Ejemplo típico de esta
maniobra es la frase: "A mi no me importa que salgas sola", dicho con cara de enfado, la
hace sentirse abandonante y culpable.
● Autoindulgencia y autojustificación: En estas maniobras el varón se autojustifica o es muy
indulgente consigo mismo frente a la no realización de tareas o actividades que hacen al
cultivo de un vínculo igualitario. Procuran bloquear la respuesta de la mujer ante acciones e
inacciones del varón que la desfavorecen puesto que al no hacerlas él, la obligan a hacerlas a
ella (fundamentalmente cuidado de las personas y de lo doméstico) Hacen callar apelando a
"otras razones", y eludiendo la responsabilidad por lo que se hace o deja de hacer: "esas no
son mis responsabilidades, lo que hago ya es bastante. Entre ellas podemos nombrar:

- Hacerse el tonto. el varón elude responsabilizarse por sus actitudes injustas, su desinterés
en el cambio o el no tener en cuenta a la mujer apelando a diversas razones que, según él,
son inmodificables: la inconsciencia ("No me di cuenta"), las dificultades de los varones
("Quiero cambiar, pero me cuesta, los hombres somos así"), las obligaciones laborales ("No
tengo tiempo para ocuparme de los niños"), la torpeza, la parálisis de la voluntad u otros
defectos personales ("No pude controlarme", "es imposible para mí"), o el propio bienestar
("¿para qué quieres que cambie si así me siento bien?").

- Impericias y olvidos selectivos. Esta maniobra consiste en evitar responsabilidades (e


imponérselas a la mujer) a partir de declararse inexperto para determinadas tareas o
manejo de aparatos (lavadora, lavavajillas), ocultando su nula predisposición para el
aprendizaje. En este grupo se incluyen también los olvidos selectivos, aquellos que no son
producto de la desmemoria, sino de la desmemoria parcial sobre actividades que en realidad
siente que no le corresponden y que acepta por imposición. Ejemplos de estos olvidos es no
recordar cita del médico para los niños, no comprar alimentos, no comprar regalos, etc.

- Comparaciones ventajosas. Con esta maniobra el varón intenta acallar los reclamos de la
mujer apelando a que hay varones peores que él, y que entonces no debería quejarse.

- Pseudoimplicación doméstica. Es frecuente entre los varones progresistas, que demuestra


que no existe un deseo de real corresponsabilidad en lo doméstico. En él, el varón actúa sólo
como "ayudante" de la mujer, sobrecargándola y asumiendo además las tareas menos
engorrosas.

- Minusvaloración de los propios errores . Los propios errores, descuidos, desintereses y


equivocaciones en lo que hace al trabajo doméstico y de conexión son poco tenidos en
cuenta y fácilmente disculpados. Inversamente, se está poco dispuesto a aceptar los errores
de la mujer, tachándola frecuentemente de inadecuada o exagerada en sus preocupaciones
por las cosas y personas.

MICROMACHISMOS DE CRISIS

Estos mM suelen utilizarse en momentos de desequilibrio en el estable disbalance de poder en las


relaciones, tales como aumento del poder personal de la mujer por cambios en su vida o pérdida del
poder del varón por razones de pérdida laboral o de limitación física. Generalmente estos cambios
se acompañan de reclamos por parte de la mujer de mayor igualdad en la relación. Suelen ser útiles
no sólo para impedir que la mujer sea más autónoma o para no sentirse dependiente de ella, sino
también para impedir los reclamos de ella respecto a la necesidad de que él también cambie
modificando sus hábitos de superioridad. El varón, al sentirse perjudicado, puede aumentar su
cantidad o su intensidad con el fin de restablecer el status. Los grupos que describiré a continuación
suelen utilizarse frecuentemente en una secuencia del primero al último. Pertenecen a esta
categoría:

● Hipercontrol. Consiste en aumentar el control sobre las actividades, tiempos o espacios de


la mujer, frente al temor que el aumento real o relativo de poder de ella pueda dejarlo a él
en un segundo lugar e inferiorizado.

● Pseudoapoyo. Apoyos que se enuncian sin ir acompañados de acciones cooperativas,


realizados con mujeres que acrecientan su ingreso al espacio público. Se evita con ello la
oposición frontal, y no se ayuda a la mujer a repartir su carga doméstica y tener más tiempo.

- Resistencia pasiva y distanciamiento. Este mM consiste en utilizar diversas formas de


oposición pasiva y abandono: falta de apoyo o colaboración, desconexión, conducta al
acecho (no toma la iniciativa, espera y luego critica. "Yo lo hubiera hecho mejor"),
distanciamiento, amenazas de abandono o abandono real (refugiándose en el trabajo o en
otra mujer "más comprensiva"), etc.

- Rehuir la crítica y la negociación. Se intenta acallar los reclamos de la mujer respecto a las
actitudes dominantes del varón. Se acompañan generalmente de culpabilización hacia el
cambio femenino. Algunas frases que reflejan esta maniobra son: ¿por qué debería cambiar
si tú cambias?, ¡Es tu problema! ¿De qué te quejas si me conociste así? ¡Si no hubieras
cambiado todo estaría bien!

- Promesas y hacer méritos. Maniobras en las que frente a reclamos de la mujer el varón
realiza modificaciones puntuales que implican ceder posiciones provisoriamente por
conveniencia, sin cuestionar la creencia errónea de la "naturalidad" de la tenencia de dicha
posición. Estos cambios suelen dejar de realizarse cuando la mujer deja de enfadarse y
acepta darle "otra oportunidad”. Algunos ejemplos: hacer regalos, prometer ser un buen
hombre, ponerse seductor y atento, hacer cambios superficiales, reconocer errores frente a
amenazas de abandono.

- Victimismo. El varón se declara víctima inocente de los cambios y "locuras" de la mujer, con
culpabilización acompañante para intentar doblegarla. Si finalmente él se decide a algún
cambio, lo vive como un gran sacrificio, por lo que no se le puede pedir mucho, esperando
ser aplaudido por pequeños cambios y frustrándose si no lo hacen. ¡A ti nada te conforma!
Es una frase manipulativa habitual.

- Darse tiempo. Este mM consiste en alargar el tiempo de decidirse a darle importancia a los
cambios y reclamos femeninos o a cambiar, hasta que haya algo que obligue (en general un
ultimátum de separación). Se manipula el tiempo de la respuesta al pedido de cambio
intentando dilatar la situación de injusticia relacional. Es una clara maniobra de poder en
tanto obliga a la mujer a someterse a los tiempos y deseos del varón, que es quien conserva
el poder de decisión del momento de comenzar un cambio: ¡ya hablaremos!, ¡ya veremos!,
¡lo pensaré! Otro modo frecuente es a través de la negativa a acceder a una ayuda
terapéutica, y si se lo hace, postergar frecuentemente la consulta antes de decidirse
realmente a hacerla.

- Dar lástima. procura que se apenen de él para lograr que la mujer ceda. Para ello, puede,
desde buscar aliados que comprueben lo "bueno" que él es (y lo "mala" que es ella), hasta
comportamientos autolesivos tales como accidentes, aumento de adicciones,
enfermedades, amenazas de suicidio, que apelan a la predisposición femenina al cuidado y
le inducen a pensar que sin ella él podría terminar muy mal. El varón exhibe en estos últimos
comportamientos, manipulativamente, su invalidez para el autocuidado.

TEXTO 4. CÓMO SE APRENDE A SER NIÑA, A SER NIÑO.

Bien sabemos que los rasgos que caracterizan a mujeres y hombres se aprenden desde la infancia,
en el proceso de socialización y se mantienen y refuerzan a lo largo de la vida en los diferentes
entornos relacionales. Así, niñas y niños van adquiriendo una imagen de ellas mismas como
resultado de una construcción que hacen a partir de las interacciones que establecen con otras
personas, especialmente con las más significativas para las criaturas. Ahora veremos las diferentes
formas que tenemos de aprender y por qué las personas realizamos aprendizajes diferentes.

1. La personalidad de la niña y del niño.

Cada criatura nace con algo propio y único: dotación genética, un cuerpo, unas capacidades, unas
necesidades… Cada criatura al nacer es diferente del resto. Todo lo que una criatura lleva (y que se
ha construido ya desde la barriga de su madre) en el momento de nacer interacciona con las
personas que la rodean y con el entorno en el que se encuentran: unas personas que la atienden de
formas diversas y particulares (la cogen en brazos, la dejan en la cuna,...) y un entorno que le
permite ir desarrollando sus capacidades (estímulos sonoros, posibilidades de movimiento,...). A
partir de lo que lleva y de las interacciones que establece, cada criatura irá construyendo una
manera de ser determinada, es decir, irá construyendo su personalidad. Es por eso que la
personalidad de cada uno, la manera de ser y de hacer, no está definida desde el nacimiento, sino
que es un proceso de construcción y estructuración que tiene lugar a partir de lo que se trae consigo
al nacer, de las experiencias y relaciones con las personas y el entorno donde se crece, así como de
la forma como cada persona las vive e incorpora.

La interacción entre lo que trae consigo la criatura y lo que se le ofrece conduce a la construcción de
personalidades diversas, por lo que diversos son los factores que intervienen y además tienen
diferentes grados de incidencia. Así, dos personas nacidas en una misma familia pueden tener
personalidades muy distintas, intereses diferentes,... aunque la familia haya potenciado las mismas
cosas en las dos personas. Las personas no tienen los mismos ritmos madurativos, necesidades de
moverse, capacidades psicomotrices, necesidades fisiológicas…

Además, las familias potencian cosas diferentes aunque su intención sea hacerlo todo por igual con
cada persona, incluso en una misma familia las relaciones que se establecen con cada persona no
pueden ser iguales puesto que influyen las circunstancias. Así, no se atiende del mismo modo a un
primer hijo que al segundo (la experiencia de crianza es diferente, las condiciones laborales o
personales pueden no ser las mismas, el tiempo de dedicación al primer hijo se tiene que
compartir,...), las atenciones que se dan a un hijo que tiene unas necesidades específicas, como
puede ser una enfermedad, no tienen las mismas características que las que se proporcionan a su
hermano, por lo que lo que experimente o viva un hijo puede ser diferente a lo que se propuso a su
hermano mayor porque las posibilidades han cambiado. Además, desde la familia no se controlan las
influencias de los otros agentes que también repercuten en las personas: televisión, amistades,
vecindario,... Todos ellos ofrecen a la criatura maneras de entender sus necesidades, intereses y
capacidades, así como proponen aprendizajes sobre cómo se tiene que entender la vida, las otras
personas, la vida,...

El entorno, el espacio donde va creciendo la criatura y lo que allí se encuentra también tiene su
papel en la construcción de la personalidad. El entorno, según sea más o menos rico en estímulos y
en posibilidades de llevar a cabo aprendizajes, facilitará o entorpecerá el desarrollo de las
capacidades que toda persona posee.

Las características que lleva una criatura al nacer se desarrollan y se definen de una manera y otra
según cómo las acepte y las trate el entorno y las interacciones con las personas. Así, a una persona
nerviosa se le puede agudizar el nerviosismo, canalizarlo o disminuirlo según cómo la traten las
personas adultas. Puesto que las grandes capacidades que pueda tener una criatura quizás no se
desarrollan con todas las posibilidades que tiene si no se aceptan y se potencian por parte de las
personas que la rodean, o las habilidades que tiene pueden desarrollarse en gran medida si el
ambiente y las interacciones son favorables. Aun así, no sólo caracteriza la relación la manera como
la enfoca la persona adulta, sino que también influye cómo se posiciona la criatura en esa relación.

Cada persona es única y diferente de las otras, y lo que funciona para una puede no funcionar para
otra. Como también son únicas las interacciones que se producen entre la persona adulta y la
criatura o las situaciones en las que se encuentran todas ellas. Cada relación es única y particular y
no se tiene que repetir necesariamente del mismo modo en situaciones parecidas. Y las influencias
que recibe una criatura y el grado de influencia que tienen proceden de fuentes diversas, que
pueden ser contrapuestas en intenciones y valores. La interrelación de todos estos factores hace que
a veces cueste averiguar por qué una criatura es de una determinada manera o que nos
encontremos en situaciones difíciles de entender (un niño que quiere jugar a juegos de guerra
cuando en su casa siempre se han promovido relaciones de paz y juegos de cooperación).

2. ¿Cómo se aprende?

La infancia es una etapa fundamental para el aprendizaje de la persona. Los aprendizajes realizados
en los primeros años de vida son la base desde donde cada persona irá construyendo su
personalidad, desarrollará sus capacidades, construirá su comportamiento social o elaborará la
imagen propia. La neurociencia también avala esta afirmación cuando indica que en los primeros
años de vida es cuando se producen más conexiones neuronales en el cerebro y que se hace a
grandes velocidades, puesto que el cerebro está en un potencial máximo de maduración.

Desde el momento en que nacemos, las personas aprendemos. Y continuamos aprendiendo a lo


largo de nuestra vida hasta que nos morimos. De pequeños, cómo se ha dicho, se tiene una gran
capacidad para aprender, y de mayores se continúa aprendiendo, pero más lentamente. Cualquier
espacio sirve para aprender, se utilizan dinámicas diversas, por lo que el aprendizaje no es un todo o
un nada, sino que tiene diferentes grados (se aprende un poco, después se puede enriquecer lo que
se ha aprendido,...) y se aprende de todo: habilidades, pensamientos, valores, estrategias, maneras
de pensar, de analizar, de resolver conflictos, de clasificar lo que es correcto y lo que no,...

Se aprende de diversas maneras. Se aprende de la experiencia propia, de probar, experimentar,


investigar, equivocarse y volver a probar. Se aprende porque otras personas nos los enseñan, nos
dicen cómo tenemos que hacer las cosas, qué sentimientos tenemos que tener, cómo tenemos que
expresarlos, cómo tenemos que pensar, lo que está bien o mal,.. Se aprende porque se imita, de
forma consciente o no, a aquellas personas que se consideran modelos relevantes de algo, personas
que nos gustan, nos importan o a las que queremos.

Se aprende porque lo que tenemos delante no nos acaba de encajar con lo que ya sabemos, la
realidad con la que nos encontramos nos plantea dudas, hay algo que nos suscita interés y no
tenemos respuesta. Las dudas nos llevan a buscar información, respuestas, a buscar los porqués
para volver a comprender aquello con lo que convivimos, y así se aprenden cosas nuevas. Se llevan a
cabo aprendizajes como consecuencia de razonamientos; se investiga, se analiza, se relaciona o se
contrasta aquello que se ha observado con lo que ya se sabe o con las nuevas informaciones y se
llegan a conclusiones.

Se aprende también a partir de la cotidianidad, de lo que vivimos día a día, por las normas que nos
rodean, las rutinas que seguimos, por lo que nos ofrecen los entornos y las personas que están a
nuestro alrededor, por lo que hacemos y lo que no hacemos,... Las rutinas establecidas, la
normalización de los actos y de los pensamientos que rodean a una persona en su día a día
incorporan una manera de entender la vida, y esta manera es la que se ofrece como un aprendizaje
a realizar y que la persona incorpora y aprende de forma poco consciente: las rutinas y la normalidad
no se cuestionan.

Todo aprendizaje debe estar relacionado con lo que cada persona tiene; es preciso que se
reconstruya lo que se sabía junto con lo que se incorpora. Para llevar a cabo esta reconstrucción en
diversos aprendizajes se necesita tiempo y práctica para establecer las relaciones más adecuadas o
para que la reconstrucción se consolide. Y, cómo se aprende de forma continuada, también se está
constantemente reestructurando. Por ejemplo, si nos fijamos en la motricidad de una criatura
pequeña, en cómo va adquiriendo el desplazamiento en el espacio, en cómo pasa de estar sentada a
reptar, a gatear, a incorporarse, a mantener el equilibrio,... vemos que constantemente está
reestructurando su habilidad de desplazamiento, lo que la lleva a ser cada vez más hábil en el
dominio de su cuerpo en un espacio determinado.

Sobre todo aprendizaje encontramos la afectividad, que incluye de maneras diversas y en grados
diferentes en todo lo que se aprende. Los sentimientos que se tienen hacia una persona o hacia
nosotras mismas son los que intervienen para decidir si se lleva a cabo o no un aprendizaje o la
manera en que se vivirá: estamos contentas con lo que se consigue con el aprendizaje, se quiere a la
persona a la que imitamos,...

Cada persona es un mundo y cada persona aprende de una manera distinta. Los aprendizajes se
llevan a cabo de una manera y otra en función del lugar donde se realizan, de la persona con la que
se interactúa,... y van acompañados de factores diversos. No obstante, lo que se aprende es siempre
personal y responde a las necesidades y características de cada persona, se capta y se interrelaciona
de manera particular y propia con lo que ya se sabe, con lo que ya se ha experimentado, con lo que
se necesita,... en formas y en grados muy diversos.

Es complicado concretar por qué se aprende de una manera u otra. Es cierto que el crecimiento
madurativo de la criatura le posibilita unas maneras de aprender más que otras y que hay
habilidades desarrolladas en las criaturas que le facilitan unos aprendizajes más que otros. Pero las
personas pueden tener diferentes motivaciones para realizar aprendizajes, por lo que vemos que
detrás del aprendizaje hay motivos diferentes, algunos conscientes por parte de la persona que los
tiene y otros pocos conscientes. No obstante, los elementos que están en torno al aprendizaje
influyen en grados diferentes y también son los responsables de la motivación que tendrá una
persona para aprender.

El porque se aprende una cosa y otra no también es complicado de entender, puesto que influyen
las habilidades de la persona, motivaciones e intereses hacia lo que se ofrece, así como la persona
que proporciona el aprendizaje. Además, cuando una persona quiere llevar a cabo un aprendizaje,
selecciona la situación, elige los datos que son significativos para ella o son relevantes por algún
motivo y se dejan otros, por lo que es una selección totalmente subjetiva. No todos los elementos
que se toman en consideración son extraídos de la situación en que se encuentra la persona, sino
que se puedan añadir otros elementos, y que se presupone que forman parte de ella: se tiene la
experiencia de que en otras situaciones estaban, se tiene la necesidad de que aparezcan o se hacen
interpretaciones de la situación antes de tiempo. Así, se puede decir que en la habitación
desordenada de Rubén hay calcetines en el sulo (porque siempre los hay). Todo ello hace que, ante
una misma realidad, no todo el mundo aprenda lo mismo ni con las mismas características. Se
seleccionan unos datos e incorporamos otros.

Cada aprendizaje es único y diferente de los otros y, a pesar de que hay pautas que se repiten o
predicciones que normalmente se cumplen, nunca se puede afirmar con contundencia que algo que
se presente de una manera determinada provocará el aprendizaje en la criatura y en las condiciones
o la intensidad que se piensa. También se constata que un aprendizaje hecho por dos personas en
un mismo momento y en la misma situación no se incorpora del mismo modo en cada una de las
personas. Por lo que conocer por qué se produce un aprendizaje concreto y la manera como se
incorpora es complejo, puesto que se relacionan entre sí factores bien diversos que nunca se acaba
de saber cuáles son, de qué manera interactúan o la relevancia que tendrán.

El aprendizaje del género se lleva a cabo del mismo modo que los otros aprendizajes, a pesar de que
en él la normalización, la cotidianidad y la invisibilización de los rasgos que incluye hace que se
incorporen de modo más inconsciente y menos perceptible. La influencia de la sociedad
androcéntrica y las herramientas que utiliza para transmitir sus normas también provoca que la
influencia social sea más uerte y persistente en la adquisición de los aprendizajes, una influencia de
la cual es difícil escaparse. Es también un factor importante la necesidad que tenemos de pertenecer
a un grupo, de sentirnos vinculadas y aceptadas, en este caso, por el grupo social predominante.

En el aprendizaje de género influye un elemento que es transversal a cualquier aprendizaje: los


esquemas de género. Los esquemas de género, definidos como estructuras cognitivas que se
encargan de filtrar, codificar y procesar la información relacionada con el género, son los que se
ponen en funcionamiento ante una información a codificar o un aprendizaje a realizar y están en la
base de las expectativas sobre lo que se espera o no de cada sexo. Todo ellos hace que la
información obtenida y cómo se trata se deforme. Así, se hacen asociaciones entre conductas
esperadas o tareas que hay que cumplir y el sexo concreto. También son lo que provocan que
acciones o conductas no cumplidas por una persona en concreto se presuponga que sí se han
llevado a cabo. Los contenidos de los esquemas de género no son iguales para todo el mundo,
puesto que su construcción depende de factores diversos, entre ellos las características de los
esquemas de género que tengan las personas con quienes se interacciona.

Recordemos por tanto hasta qué punto es estructurador el género en las personas, cómo los
aprendizajes que se realizan conforman una manera de ser y de hacer de las personas o establecen
el lugar que se tiene asignado en el mundo y la manera como se tiene que vivir. Y recordemos el
papel y la influencia que tenemos en todo ello las personas adultas que nos relacionamos con las
criaturas.

3. La atribución de significados.

En las criaturas pequeñas, es importante conocer una de las principales formas de aprender que
tiene lugar durante el primer año de vida: a partir que las otras personas dan nombre a las cosas y
significado a las acciones que realizan con ellas.

Cuando la criatura va creciendo, las personas adultas realizamos una enseñanza: dar nombre a las
cosas. Una criatura pequeña, por ejemplo, no sabe el nombre que se da a una cuchara hasta que
alguien, normalmente una persona adulta, da el nombre de cuchara al objeto. Pero la criatura no
solo aprende el nombre del objeto sino también su utilidad dentro del mundo de las personas
adultas: la que le dará la persona adulta. Por ejemplo, Carol puede experimentar con la cuchara y
descubrir su función, pero será la persona adulta la que le dictará la función adecuada que debe
tener la cuchara: “Muy bien Carol, comes muy bien con la cuchara”. Aquí vemos que no solo se
enseña el nombre de los objetos, sino también la función que tienen y la adecuación al mundo
adulto de esta función.

Pero se puede realizar aprendizaje de más cosas: sobre el significado que deben tener las acciones o
las expresiones y los sentimientos que las acompañan. Una criatura pequeña realiza una acción
determinada y si una persona adulta da significado a aquella acción (el motivo por el cual ella cree
que la ha realizado) la criatura puede incorporar como suyo el significado que la persona adulta le ha
dado.

Veamos un ejemplo: Raquel tiene 16 meses y juega en el suelo con diverso sobjetos que tiene ante
sí: piezas de madera, muñecas, botes de plástico, un collar,... En un momento dado se pone el collar
en el cuello. La madre, que está ahí también, la mira y le dice: “Raquel, qué presumida eres, ¡ya
poniendote collares!” Raquel por la expresión de alegría de su madre y por la conformidad que da a
su acción, aprende cosas diferentes: aprende que el collar está colocado en el lugar adecuado, o , al
menos, que no pasa nada si se coloca allí, que la acción que ha realizado es correcta, puesto que le
ha gustado a su madre, que ponerse el collar quiere decir se presumida y que serlo está bien, puesto
que su madre está contenta. Vemos cómo Raquel aprende a dar significado a su acción a partir del
significado que le ha atribuido su madre, además de aprender que su acción es correcta.

Imaginamos ahora, que quién juega es David. Si la madre le comenta “No, David, el collar no va en tu
cuello sino en el de la muñeca”, David aprende que la acción que ha realizado no es adecuada, que
su cuello no es el lugar adecuado y el de la muñeca sí. La madre no ha dado a la acción de David el
significado de que era presumido sino el significado de que se ha equivocado. En ambos casos lo que
ha aprendido la criatura está condicionado por lo que la madre, seguramente de manera poco
consciente, ha trasladado: el significado que tiene la acción y su corrección o no, imbuida por los
mandatos de los modelos de género, que, de forma más o menos consciente, tiene incorporados la
madre.

4. La identidad de género.

Cuando nacemos somos seres inmaduros, sin conciencia de cómo es el mundo que nos acoge, sin
conocer el funcionamiento ni los papeles y funciones que hay que desarrollar, sin autonomía que
permita tomar decisiones, sin saber lo que es adecuado o no… Con el tiempo y el cuidado de otras
personas se irá adquiriendo aquello que se necesita para poder crecer, descubrir, actuar, incidir,
tomar decisiones,... La identidad personal es uno de los elementos necesarios para este crecimiento.
Y la identidad de género se conforma como básica para entender qué quiere decir ser niña y ser
niño.

La identidad personal es una percepción subjetiva de la persona que hace referencia a la imagen que
tiene de ella misma y de los rasgos que considera que la definen: rasgos de personalidad,
características interrelación, creencias,... Esta se va configurando desde el nacimiento mediante la
interacción con otras personas. Así, lo que el resto les dicen a las criaturas pequeñas sobre cómo son
es lo que incorporan. Con el tiempo, para construir la identidad personal, la criatura irá
incorporando percepciones propias sobre cómo es o necesidades que tiene de ser de alguna manera
que interaccionarán con las imágenes que dan otras personas de ella.

La identidad personal también se relaciona con el sentimiento de pertenencia a diferentes grupos.


Las personas necesitan identificarse con algún grupo, sentirse parte, pertenecer a algún sistema que
las acoja, que las proteja, en el cual se establezcan vínculos afectivos y de seguridad. Durante la
infancia, el grupo referente del que tienen que sentir que forman parte, que les acoge,... es la
familia. A medida qu ecrecen, se amplían los grupos de pertenencia y las personas se vinculan a
grupos con los cuales se considera que se comparten características, finalidades o principios
parecidos. A pesar de todo, la necesidad de pertenecer a algún grupo persiste a lo largo de toda la
vida.

Si la identidad de la criatura se va conformando en interrelación, a partir de la imagen que otras


personas ofrecen de ella y de lo que la criatura descubre sobre ella misma o necesita incorporar, y
esto se produce básicamente en los grupos de los cuales la criatura se siente miembro,
entenderemos la importancia que tiene la imagen que sobre la criatura transmiten las personas
adultas referentes. Estas personas aultas tienen que conocer y tener presente que aquello que
manifiestan, que indican como adecuado o no, como positivo o como negativo de cada criatura,
tendrá impacto en ella e irá construyendo su identidad.

Así, es necesario plantearse qué imagen se tiene cad acriatura y, lo que es todavía más importante,
qué imagen se le transmite. Esta tiene que contribuir a hacer que cada criatura construya un
concepto positivo de ella misma, que valore todo aquello que es; por lo tanto, hay que centrarse en
los aspectos positivos de las criaturas, los que las ayudan a crecer, ideas positivas sobre ellas mismas
pero adecuadas a sus características. Las representaciones negativas que se puedan transmitir sobre
una criatura no son la mejor manera de fomentar una autoestima adecuada y no ayudan a gestionar
los aspectos que hay que reconstruir o cambiar.

Como vemos, cada persona va construyendo, mediante las interacciones con otras personas y sus
propias percepciones su identidad personal. Al ser una construcción, es dinámica y evoluciona:
necesidades de adaptarse a un contexto concreto, nuevas maneras de mirar o de experimentar algo,
interacciones con personas diferentes,... Es por ello que las identidades personales se van
reconstruyendo y varían con el tiempo.

Si nos centramos ahora en el género, y partiendo de lo que se ha indicado sobre la identidad,


encontraremos que la identidad de género es la percepción subjetiva, la imagen propia que una
persona se hace de ella misma con relación al género y la forma personal que tiene de vivirlo: cómo
se reconoce con relación a los sentimientos que tiene, los rasgos de personalidad, las funciones que
ejerce, cómo vive su cuerpo,... aspectos todo ellos en los que el constructo género define cómo
deben ser para una mujer y para un hombre.

En la identidad de género no solo intervienen las presiones sociales respectos a las características,
rasgos y funciones que tiene que contener cada modelo de género establecido, sino que es esencial
la relación que socialmente se establece entre sexo, género y orientación afectivo-sexual.
Recordemos lo que decíamos sobre el binarismo, las dos opciones que socialmente se atribuyen a las
personas: se determina que, si se nace con un sexo atribuido como macho, la personas se tiene que
incluir en el género masculino y tener la orientación heterosexual, mientras que si a la persona se le
asigna el sexo de hembra, el género a desarrollar es el femenino y la orientación afectivo-sexual
tiene que ser heterosexual. Esto complica la identidad de género, ya no solo por las presiones hacia
la incorporación de las características fijadas por el género, sino por la concordancia que se tiene
que establecer entre un sexo concreto y una orientación afectivo-sexual también determinada.

La manera como la persona vive y entiende el género puede recoger o no los mandatos sociales que
están estipulados. Así, la identificación no comporta que cada persona incorpore tal cual los rasgos
atribuidos a su género en la sociedad donde está. Cada persona incorpora unos rasgos u otros, un
número diferente y también en grado de permanencia o incidencia diferente, readapta o redefine
otros rasgos en función de sus necesidades. Aún así, una persona puede identificarse con un género
determinado que no esté en relación con el sexo o con la orientación sexual que se le otorga. Gloria
puede vivir y sentirse identificada con un género que no tenga rasgos fundamentales estipulados
por el género femenino hegemónico y Andrés sentirse identificado con el modelo de género
masculino hegemónico pero tener tendencias sexoafectivas hacia los hombres.

5. La construcción de la identidad de género.

A cada criatura se le normaliza que el género con el que se tiene que identificar debe estar en
concordancia con el sexo asignado, por lo tanto, la criatura construirá su identidad de género en
función de esta relación establecida.

La construcción de la identidad de sexo está basado, como en la identidad personal, en los


aprendizajes que realiza la persona a lo largo de su vida, en los que el papel de las interacciones con
otras personas es fundamental. Al igual que se aprende de diversas maneras, también se construye
la identidad de género de diversas maneras. Por ejemplo se construye a partir de la imitación y la
identificación con los modelos que se tienen del mismo sexo, a Eva le gustan los jerséis azules como
los que lleva su madre y a Daniel le gusta llevar pantalones porque los hombres de la casa los llevan.
Pero las criaturas también pueden imitar acciones y rasgos de figuras que no sean del mismo sexo
que ellas, por ejemplo, Julen toca la guitarra com su madre y a Samantha le gusta salir a correr como
a su padre. Serán las indicaciones y comentarios de las personas adultas sobre la adecuación de la
imitación establecida en el rol de género, o la conciencia de la propia criatura, que ve que está fuera
de los mandatos de género, los que dirigirán el aprendizaje para que se adecue a los cánones
establecidos y por tanto, se construya una identidad de género que concuerde con lo que está
estipulado, o esta identidad de género se apartará de los mandatos de género hegemónicos.

También los agentes de socialización provocan aprendizajes que indican qué se tiene que hacer y
cómo se debe ser y que refuerzan o cuestionan las acciones que la persona realiza. A Pepe le
felicitan porque ha ayudado a llevar paquetes y se le dice que es muy fuerte, y a Geno la felicitación
que se le da es que es una niña muy buena y ayuda mucho. Los refuerzos, las alabanzas, los
cuestionamientos o las reprobaciones son diferentes según si van dirigidos a niñas o a niños. Las
imágenes que las personas adultas transmiten a las criaturas son diferentes, y estas son las que las
criaturas incorporan para construir su identidad de género.

La cotidianidad de las acciones, la normalidad de lo que se considera masculino y femenino, es una


de las grandes fuentes de aprendizaje para construir la identidad de género. Hemos visto cómo la
cotidianidad, lo que se hace o se deja de hacer, la normalidad del día a día, está atravesada por las
maneras como nos dicen que debemos ser mujeres y hombres, niños y niñas. A Carlos le gusta llevar
pantalones y no faldas, porque siempre los ha llevado y es con lo que lo han vestido en su casa, y a
Desiré le gusta llevar lazos en el pelo porque los ha llevado desde pequeña. Hacer lo que se pide en
la cotidianidad, expresarse como se ha hecho siempre, establece vínculos afectivos con maneras de
hacer y de ser de la persona y aporta seguridad personal. Los gustos, los deseos, lo que se hace, la
imagen personal, las expresiones que se llevan a cabo sobre el propio cuerpo… conforman la
identidad de la criatura, y están muy relacionados con la cotidianidad, con lo que se vive y se ha
vivido en el día a día.

Recordemos que las personas no solo aprenden a partir de lo que se les dice o se les ofrece, sino que
también pueden buscar los aprendizajes y elegirlos. Se puede ir a buscar algo que aclare la
incertidumbre, se puede tratar de comprender algo que no se entiende o que no se adecua a las
necesidades propias, se puede escoger, si hubiera, entre diferentes opciones… Se irá, así, creando
una imagen de una misma que incorporará reflexiones, sentimientos y miradas personales surgidas
no sólo de aquello que las otras personas o el entorno traslada. Pero para poder llevar a cabo este
proceso de modo consciente se necesita una maduración cognitiva y unas habilidades de percepción
e investigación que es difícil que posean las criaturas pequeñas. Este es el motivo por el cual las
reestructuraciones conscientes de la propia identidad de género se van incorporando cuando van
creciendo. Otro elemento se añade: aunque la criatura tenga libertad de elección para analizar lo
que está estipulado por la sociedad y lo que no, puede ya considerar como normales los parámetros
en los cuales se mueve y sentirse afectivamente vinculada, o puede necesitar, sin ser muy
consciente, sentir que forma parte del grupo mayoritario, hechos que provocan que parta con
desventaja en la hora de hacer análisis, elecciones o percepciones de cuáles son sus necesidades y
características.
Por lo que vemos que en la construcción de la identidad de género intervienen las personas, las
circunstancias que las rodean y la interpretación que cada persona hace de todo lo que incorpora. Es
una construcción subjetiva a partir de factores diversos, interrelacionales y personales, en la que
estos se valoran e influyen de manera diferente en cada persona. Además, como se ha visto, la
identidad de género es dinámica; se va construyendo y reconstruyendo. Todo esto nos lleva a
constatar que las identidades de género son personales, no son iguales para todo el mundo, cada
persona vive el género de una manera personal y subjetiva y las características del género que
incorpora la persona están personalizadas.

6. Las disconformidades.

Los mandatos del género, lo que socialmente se indica que tiene que ser y hacer una persona según
el sexo atribuido, se van introduciendo en las personas, como hemos visto, a través de la
socialización, y se conforman la base sobre la cual construirán su identidad personal. Pero, ¿qué pasa
cuando una persona es disidente de estos mandatos, cuando plantea disconformidades con lo que
está establecido?

Las disconformidades se pueden producir por situaciones diversas: se pueden tener necesidades o
intereses que el género estipulado no recoja y la persona puede verse obligadada a ir en contra de lo
que choca con sus necesidades y que, desde el entorno social donde se encuentra, se pide que
asuma. O también puede aparecer la conciencia de las desigualdades que se están sufrinedo por el
hecho de pertenecer a un género o a otro y comprobar la carencia de libertad y el determinismo que
establecen los modelos de género. Estas situaciones pueden llevar a la persona a replantearse
aquello que no tiene o no puede hacer, o aquello que tiene inculcado y que le impide ser como
quiere ser, o a luchar e ir en contra de las desigualdades que se instauran dentro de los propios
modelos de género.

Las disconformidades pueden aparecer dentro del mismo modelo de género que está fijado para
hombres y mujeres, es decir, la persona puede no estar de acuerdo en cumplir los rasgos de
personalidad o las funciones estipuladas en el género que se le ha atribuido: a Rosalía no le gustan
las faldas ni el pelo largo, y a Gabriel le gustan las muñecas.

Así, las disconformidades también pueden hacer referencia al sistema establecido que a todo sexo le
corresponde un género y una orientación afectivo-sexual: Aina ha nacido con órganos genitales
femeninos, pero se siente chico y quiere llamarse Francisco. Y también encontramos
disconformidades que rechazan el propio constructo de género y la persona no se siente incluida en
ningún género ni quiere que la clasifiquen en ningún sistema establecido en relación con el sexo, el
género o la orientación afectivo-sexual: Arán no se siente ni mujer ni hombre y sexualmente le
atraen personas de género y sexo diverso.

Según cuáles sean las disconformidades y el grupo de referencia donde se manifiesten, las
consecuencias para la persona serán diferentes. Recordemos que las personas recibimos
socialización en grupos diversos, en los que el género puede concebirse con características
diferentes, y en los que incluso se puede romper con lo que establecen los géneros hegemónicos.
Así, no se entenderá ni se vivirá igual el rol que desarrolla un hombre dentro de la familia si la pareja
progenitora la conforman dos hombres que si lo hacen una mujer y un hombre.
Hay disconformidades que no plantean muchos problemas porque en el grupo más próximo donde
está socializada la persona no se da mucha importancia al hecho de salir de la norma de género
establecida, más aún si en el grupo esta norma no es relevante. Así, a Conrado le gustan las
camisetas de todos los colores, incluido el rosa, y Delia de mayor quiere ser piloto de motocross. El
problema se puede producir si el grupo social más amplio no ve con buenos ojos esta
disconformidad: Ignacio puede pintarse las uñas y ponerse las faldas de su hermana y toda su familia
puede estar muy contenta con lo que haga, pero si sale a la calle alguna persona puede confundirlo
con una niña, o incluso, en la escuela sus compañeros pueden reírse de él.

También hay disconformidades con los mandatos de género que están más o menos aceptadas
socialmente y no conllevan penalizaciones a las personas que las ejercen. Así, actualmente, se
acepta con buenos ojos que las niñas y las chicas manifiesten algunos rasgos de personalidad que se
atribuyen a modelos de género masculinos: la niña que es líder, la chica que quiere jugar al fútbol…
son rasgos cada vez más aceptados y que rompen con el modelo de género más tradicional atribuido
a niñas y chicas. Lo que se considera que permite emancipar la persona, lo que la persona hace o es
que está valorado socialmente, cada vez tiene más eco y socialmente se ve con buenos ojos. Son
disidencias necesarias que ya se plantean desde ámbitos reivindicativos para romper con modelos
de género que esclavizan a las personas. Pero adentrándonos más en estas situaciones nos podemos
plantear por qué las disidencias no están tan aceptadas socialmente si quienes las realizan son
chicos u hombres que quieren atribuirse rasgos o funciones consideradas socialmente como
femeninas. Así, no se ve emancipador que un niño quiera hacer natación sincronizada, que quiera
llevar faldas o que quiera cuidar de otras personas.

Nos queda en el aire la pregunta de si emanciparse, conseguir ejercer los derechos, es incorporar
rasgos considerados masculinos (los que socialmente están más valorados) y no los que socialmente
son considerados femeninos (menos valorados y de segunda categoría).

7. Las reacciones ante las disconformidades.

Sin embargo, socialmente hay disconformidades que son penadas y que provocan exclusión.
Decíamos, cuando hablábamos de las normalidades, que las personas que no pertenecen al grupo
establecido como normal podían sufrir la adjudicación de estigmas, discriminaciones, invisibilización,
rechazo social, exclusión social o desigualdades en el ejercicio de sus derechos. Esto mismo es lo que
puede suceder con personas disidentes.

No obstante, es necesario que los rasgos de disidencia y disconformidad se contemplen de forma


negativa y comporten una rotura del orden social. Nuestras leyes han avanzado mucho en este
terreno y han promulgado igualdades de derechos y oportunidades para todo el mundo y
penalizaciones hacia quienes van en contra.

La normativa legislativa o en su puesta en práctica no impide, que socialmente continúe habiendo


grupos o personas que no aceptan ciertas disidencias y que dicten rasgos inadecuados para mostrar
o vivir, incluso para identificarse. Hay Leyes contra la homofobia pero se continúa insultando a dos
chicos que se besan en público; cada cual puede ser libre para vestirse como quiera, pero los chicos
que se visten de chica tienen que aguantar que les llamen mariquitas…
La normativa legislativa no impide que socialmente continúe habiendo grupos o personas
que no aceptan ciertas disidencias.

Y recordemos la que se ha comentado sobre las expectativas que lanzan las personas sobre cómo
tienen que ser niñas y niños, hombres y mujeres: son, junto con las creencias que las sustentan, las
que, una vez depositadas en la persona, hacen que se sienta disidente, diferente, o las que provocan
que no se pueda ejercer libremente la manera como una persona, mujer u hombre, quiere
expresarse, sentir o vivir; es decir, vulnera de alguna manera los derechos y la libertad de expresión
que toda persona tiene.

¿Qué implica sentir que no se está incluida en lo establecido?. Pueden aparecer problemas de
autoestima, de pertenencia, de identificación, a pesar de que no provoca lo mismo ni con la misma
intensidad a todo el mundo. La normalización de la expresión de los rasgos propios, lo que se ha
vivido en el día a día y, las reacciones y los posicionamientos de las personas próximas -a las que se
quiere, que proporcionan apoyo, que les acogen y que les hacen sentir miembros del grupo, la
familia principalmente y los otros grupos sociales referentes con los que se tiene relación son
fundamentales en la manera como cada persona vive su disconformidad.

Hay quien de su disidencia hace bandera: personas orgullosas de ser como son, de mostrar y
reivindicar su orientación sexual, por ejemplo. Otras tienen necesidades de hacer y ser diferentes de
lo establecido, pero no se sienten capaces de ir en contra. Algunas personas ni se plantean que
tienen que hacer las cosas de forma diferente a como quieren hacerlas y hacen lo que quieren.
Si las criaturas muestran discrepancias hacia el modelo de género adjudicado, el posicionamiento de
las personas que tienen a su alrededor es fundamental para la manera como lo vivirán, lo cual
repercutirá en el propio reconocimiento e identificación de sexo y de género, en la imagen personal
y en el equilibrio emocional y personal.

Como hemos dicho anteriormente, las creencias y expectativas que tengan las personas adultas
sobre cómo tienen que ser niñas y niños y lo que es valioso que hagan unas y otros condicionan las
respuestas o el posicionamiento que se toma ante las disconformidades infantiles hacia el modelo
de género adjudicado, pero haríamos bien en revisar si aquello que consideramos adecuado para un
sexo también lo puede ser para otro o, al contrario, si es mejor que no se lleve a cabo lo que tiene
adjudicado un sexo porque atenta contra una misma (le hace vulnerable, dependiente, sin criterio...)
o contra otras personas (las ve como objetos, sin habilidades...); o, simplemente, pensando que todo
el mundo tiene derecho, niñas y niños incluidos, a poder elegir lo que quieren hacer o ser, aunque
no nos guste. Todo el mundo tiene derecho a manifestar discrepancias ante el modelo de género
que tiene asignado y, yendo más lejos, todo el mundo tiene derecho a no querer ser incluido en
ningún modelo de género. Y también hay que tener presente que las discrepancias ante algo
establecido no se arreglan prohibiendo hacerlo a las criaturas.

Pero no debemos olvidar que la influencia sobre las criaturas no sólo la ejercen las personas que las
cuidan y quieren, sino que las criaturas interactúan con más personas que las de su entorno
personal. Es necesario, en estas situaciones, hacer un trabajo con la criatura que implique hacerle
ver que otras personas no lo ven o entienden del mismo modo como se hace en casa, pero que lo
que hace es correcto, valioso y reconocido por aquellas personas que la quieren.
8. ¿Qué hacemos las personas adultas?

Las personas reaccionamos de manera diferente según si tenemos delante a un niño o a una niña, a
una chica o a un chico. Nuestras acciones ante una criatura no dependen solo de lo que conocemos,
de las relaciones que hemos tenido antes o de las intenciones educativas que tenemos sobre cómo
queremos que sea: los mandatos del género marcan, sin que lo tengamos presente, la mayor parte
de las veces, las interpretaciones de la situación, las reacciones que se tienen o las acciones que se
llevan a cabo.

9. Cómo interpretamos los hechos, las realidades.

Podemos recordar las investigaciones ya clásicas de Nicholson (1987) en este sentido: una persona
adulta era informada del sexo del bebé que tenía delante; si se le decía que era niño, lo trataba más
bruscamente y elogiaba la vivacidad, la robustez...; si creía que era niña, era más tierna con ella.
Estos estudios han sido replicados y ampliados en situaciones diversas y los resultados han sido los
mismos: las personas actúan ante un bebé de una manera u otra en función del sexo que creen que
tiene.

Pero no solo se elogian unos supuestos rasgos que tiene el bebé, sino que el trato es diferente: a las
niñas se les habla más y con voz más dulce…

Si una criatura pequeña cae al suelo mientras corre, ¿se actúa del mismo modo si es un niño o una
niña? Si es una niña, ¿se va más deprisa a ver qué le ha pasado, se piensa que se ha hecho daño y
que esto la hace sufrir, se la consuela más...? Y, si es un niño, ¿acaso no preocupa tanto que se haya
caído, incluso no se va a recogerlo, se cree que así aprenderá y que se hará fuerte? ¿Se deja igual
que se encaramen niñas que niños a los árboles, o a lo más alto de las construcciones de los juegos
infantiles?...

Las personas adultas también hacemos otro proceso que es fundamental en la relación con las
criaturas: interpretamos lo que hacen, lo que quieren, lo que manifiestan, etc. a partir de los
mandatos de género establecidos. Así, se puede interpretar que si un bebé niña llora es que quiere
que la cojan en brazos, pero si el que llora es un niño es que tiene hambre o tiene alguna
incomodidad física. La interpretación que se hace de lo que manifiestan los bebés -sesgada por el
género atribuido- también continúa cuando las criaturas van creciendo. Las interpretaciones se
llevan a cabo más allá de lo que manifiestan las criaturas: están basadas en las concepciones propias
de cómo se cree que tienen que ser niñas y niños y esto es lo que provoca que se interprete cómo
es, qué quiere una criatura o por qué hace lo que hace a partir de estas concepciones, cosa que
provoca que se busque en la criatura aquello que se cree que tiene que ser y no se mide realmente
aquello que se tiene delante.

Si recordamos que la imagen que transmiten las personas adultas que tienen influencia en las
criaturas sobre cómo son estas o lo que tienen que hacer va conformando la personalidad de la
criatura y va dando forma a cómo ella misma se ve, o cómo el significado que la persona adulta
atribuye a las acciones que se llevan a cabo es lo que la criatura incorpora, constatamos la
importancia que tiene lo que se le transmite. Si a una niña se le dice constantemente que es muy
guapa, se le hacen cumplidos por los vestidos bonitos que lleva, y esto la criatura ve que es
importante para la otra persona y que es lo que ella tiene de bueno, no es extraño que considere
que estar guapa es muy importante y que tener vestidos y que sean bonitos es algo necesario.

10. Las expectativas, las generalizaciones, las experiencias, las necesidades, los deseos,...

Acabamos de ver cómo se interpreta lo que hacen otras personas en función del género que se les
atribuye. Este factor marca las interrelaciones que se tienen con ellas. Nos podemos preguntar,
ahora, qué procesos se utilizan para interpretar los hechos, las situaciones o las acciones de otras
personas.

Centrémonos ahora en las expectativas. Las expectativas son predicciones subjetivas basadas en
evidencias, intereses personales y esquemas de conocimiento, que afectan los procesos psicológicos,
afectivos y conductuales de una persona. Estas influyen en la selección de estímulos del entorno, ya
que filtran e interpretan la realidad según lo que se espera, lo que puede distorsionar la percepción y
reflejar creencias y pensamientos propios.

¿Revisamos las expectativas basadas en esquemas de género? Cuando vemos un coche que conduce
rápido por la carretera, ¿quién creemos que conduce, un hombre o una mujer?, ¿quién conduce un
camión articulado?, ¿quién es la persona que dirige un banco?, ¿de quién es la chaqueta rosa que se
han dejado en casa, de Arturo o de Sofía? No conocemos a Carla, pero le regalamos una falda de
princesa porque estamos convencidas que le gustará; tampoco conocemos a la pareja de Álex, pero
le regalamos unos pendientes por el mismo motivo. Si jugamos con las criaturas al aire libre en
juegos que requieren demostrar fuerza, ¿quiénes pensamos que los harán mejor?

Un aspecto importante de las expectativas que se generan hacia una persona es que pueden
provocar que adecue su conducta a lo que se espera de ella (el llamado efecto Pigmalión o profecía
autocumplida). Las personas, especialmente los niños y niñas, tienden a comportarse según las
expectativas de sus referentes. Por ejemplo, si se les dice que no son capaces de hacer algo, es
probable que dejen de intentarlo, incluso si tienen las habilidades necesarias. Este condicionamiento
refleja cómo las expectativas de otros moldean las acciones y percepciones de una persona.

Aunque las personas pueden adecuarse a las expectativas de otros, no siempre lo hacen. Factores
como el autoconcepto, la autoestima, las habilidades personales y la capacidad de análisis pueden
reducir esta influencia. Además, el grado de valoración o afecto hacia quien emite las expectativas
juega un papel crucial: cuanto mayor es, más probable es la adecuación. En los niños, el efecto
Pigmalión es más frecuente cuando las expectativas provienen de figuras cercanas y admiradas,
como padres, maestros o familiares, quienes les ofrecen cuidado, seguridad y pertenencia.

En la creación de expectativas, así como en otros procesos cognitivos, influye un proceso que se
utiliza en muchas ocasiones: la generalización. Es un proceso cognitivo común que consiste en
extrapolar características de situaciones particulares a otras similares. Esto ocurre por ahorro
cognitivo, permitiendo simplificar análisis y tomar decisiones más rápidamente sin evaluar cada
situación desde cero. Aunque es útil para ahorrar tiempo y energía, las generalizaciones son
simplificaciones que no reflejan la complejidad de la realidad, ya que no todos los elementos
incluidos comparten las mismas características, lo que puede llevar a conclusiones imprecisas.

La generalización tiende a ignorar excepciones y reforzar estereotipos, especialmente los


relacionados con el género. Al basarse en esquemas preconcebidos, se desestima lo que contradice
la generalización, confirmando sólo aquello que la respalda. En casos extremos, esta práctica puede
reflejar una visión sesgada que toma las propias creencias como únicas y válidas, excluyendo
derechos y realidades de quienes no encajan en dichas generalizaciones.

Otro elemento que entra en juego en todo lo que se espera son las experiencias propias, qué se ha
vivido y cómo se ha vivido. Las experiencias personales influyen en las expectativas que se tienen
sobre uno mismo y los demás, ya que moldean pensamientos, sentimientos y acciones. Sin embargo,
cuando se generalizan o se convierten en dogmas, estas experiencias pueden generar expectativas
limitantes, como asumir que todas las niñas son presumidas o que todos los hombres priorizan el
sexo. Además, las necesidades y deseos personales también afectan las expectativas, guiando las
acciones o deseos hacia lo que uno mismo ha vivido o desea para los demás. Estas influencias
pueden distorsionar la interpretación de situaciones, ya que las expectativas se basan en
experiencias y deseos propios, sin considerar que otras personas tienen vivencias diferentes.

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