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Valiente Caballero Arlette Geneve

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VALIENTE

CABALLERO
Arlette Geneve
PRÓLOGO
CAPITULO 1
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire,
Inglaterra.
CAPÍTULO 6
Bahía de San Julián, Santa Cruz, Nueva España.
CAPÍTULO 7
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire
CAPÍTULO 8
Santa Cruz de Graciosa, Las Azores, reino de
Portugal.
CAPÍTULO 9
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire.
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPITULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
EPÍLOGO
Rutvencastle, Escocia
PRÓLOGO
En Bromley Hall se había recibido un mensaje urgente
que no presagiaba nada bueno.
Eulalia era una mujer animosa por naturaleza, pero
desde que había descubierto que su hijo vivía y para quién
trabajaba, sus días se habían vuelto sombríos.
Cuando Harry Tyler estacionó la calesa, Eulalia bajó de
un salto sin esperar su ayuda. Algo le decía que el mensaje
tenía que ver son su hijo que había zarpado meses atrás hacia
La Habana por encargo de la Corona. Sentía un nudo en las
tripas, y un sudor frío que le recorría la espalda.
—¡Espera, Laly! —exclamó el esposo que entendía el
apremio de ella por entrar—. Sea lo que sea no cambiará por
mucho que corras.
Eulalia lo miró directa.
—Me siento llena de angustia pensando que algo malo
le ha sucedido a Martín.
—Pues permíteme que entre contigo y pueda sostenerte
para soportar juntos la noticia, sea buena o mala.
Eulalia contuvo su impulso, y esperó a que Harry se
colocara a su lado. Juntos entraron por la parte trasera de la
cocina hacia el salón de Bromley Hall. Una monja esperaba
sentada, al lado de ella había una novicia joven que no debía
de tener más catorce años. Emily también los esperaba con
semblante serio.
—Hemos llegado tan pronto como nos ha sido posible
—les explicó la gitana que no sabía contener su agitación.
—¿Qué sucede? —preguntó Harry que se negaba a
soltar a su esposa.
—Mi nombre es sor Piedad García, y me envía el
hermano de doña Catalina de Almonte y Odiel, la madre de
esta muchacha.
Eulalia conocía a esa familia.
—¿Y por qué motivo la envía el hermano de esa señora?
—quiso saber, pero sin apartar la mirada de la muchacha que
seguía complemente quieta, y atenta a todo.
Harry le apretaba los hombros a Eulalia tratando de
infundirle confianza. La religiosa tomó la mano de la
muchacha antes de anunciar.
—Su madre murió hace algunos años en un trágico
accidente.
Eulalia lo sintió de veras por la mujer, pero ignoraba qué
tenía que ver ese asunto con ella. La mujer sujetó la mano de
la muchacha, y la obligó a dar un paso al frente.
—Esta señorita es la hija de Martín, y es su nieta —soltó
de pronto la monja. Eulalia sufrió un shock que la dejó clavada
al suelo—. La hemos cuidado en el convento de Santa Clara
desde la muerte de su madre.
—¿Cómo… como dice? —fue lo único que pudo
esbozar la gitana porque sentía la garganta apretada hasta el
punto de no controlar las cuerdas vocales.
La mujer sacó un sobre lacrado del pequeño bolso de
viaje, y se lo tendió. Eulalia no pudo cogerlo, pero lo hizo
Harry por ella.
—Por favor, tome asiento, y explíquenos qué significa
todo esto —le pidió calmado.
La religiosa hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pero
Eulalia no pudo escuchar nada desde que había puesto sus ojos
negros en esa chiquilla tan guapa.
—Martín mantuvo un romance con doña Catalina, y el
resultado de aquella relación está aquí presente —continuó la
monja—. Pero su tío Federico ya no puede hacerse cargo de
ella, y teme por su vida, por eso se la envía a usted, su abuela.
La muchacha giró el rostro hacia la derecha como si no
soportara el escrutinio de la gitana.
Eulalia no comprendía nada. ¿Cómo sabía el tal
Federico que ella era la madre de Martín si nadie en el reino de
España conocía ese secreto? ¿Por qué peligraba la vida de la
muchacha?
—Lea la carta, y lo entenderá todo —le aseguró la
monja.
Harry la abrió por ella, y descubrió varios documentos,
uno de ellos era el registro de nacimiento de la muchacha. En
el documento se reconocía la paternidad de Martín.
Eulalia necesitó un momento largo para controlar su
inquietud, y poder articular palabra.
—¿Cómo sabe ese hombre que Martín es mi hijo?
—Lea la carta —insistió la religiosa.
Eulalia así lo hizo, y al leerla descubrió que Federico de
Almonte y Odiel era amigo de Martin, y también servía como
espía de la corona. La hija que había alumbrado su hermana
era la hija ilegítima de Martín. Eulalia tuvo que sentarse
porque las piernas no la sostenían. Harry se preocupó de veras
porque era muy raro verla así de afectada.
—El tío de su nieta ha tenido que huir del reino, y por
eso no puede ocuparse de ella.
Eulalia pudo respirar al fin, y retomar el control sobre su
persona.
—¿Por qué se ha marchado el señor Almonte del reino?
La religiosa se lamió el labio inferior.
—Porque los opositores de la corona han descubierto su
trabajo como espía, y han puesto precio a su cabeza. El señor
Almonte zarpó del reino al mismo tiempo que nosotras.
Eulalia cerró los ojos ante el mareo que sintió porque su
hijo también era un espía.
—¿Mi hijo sabe todo esto? —preguntó Eulalia.
La monja negó con la cabeza.
—Su hijo ignora que es padre porque Catalina se lo
ocultó, después sufrió el accidente, y el tío de ella nos la
confió a nosotras.
Estaba claro que la mujer se había encariñado con la
muchacha.
—Mi hijo, ¿estaba enamorado de Catalina? —quiso
saber Eulalia.
La mujer hizo un encogimiento de hombros. La
muchacha carraspeó molesta e incómoda. Estaba claro que no
le gustaba en absoluto que hablaran como si ella no estuviera
presente.
—Conozco que fue su relación más larga —se atrevió a
decir la religiosa—. Pero Catalina es una muchacha dulce,
obediente, y sabe que su lugar ahora está aquí, con usted.
Eulalia dejó de mirar a la monja, y centró su atención en
la muchacha vestida de novicia. Ni uno sólo de sus rasgos era
gitano, todo lo contrario: nariz pequeña, pómulos cincelados, y
una bien dibujada boca mostraban la aristocracia de su sangre,
algo lógico cuando su padre era hijo ilegítimo del duque de
Alcázar, y su difunta madre era la hija del conde de Tejeda, un
fiel defensor del infante Carlos, firme candidato a la corona de
España, y que había animado la guerra entre carlistas e
isabelinos.
—Por si lo ignora —comenzó a decirle la religiosa—,
debo decirle que el abuelo de Catalina, el conde de Tejeda,
murió en batalla contra los isabelinos. Su abuela, meses
después por culpa de una neumonía, y su madre en un
accidente, como ya le he mencionado anteriormente. A
Catalina sólo queda su tío Federico, que ya no puede ocuparse
de ella —a la muchacha le brillaron los ojos por las lágrimas
—. Gracias a Dios la tiene a usted, su abuela.
—Pareces asustada —dijo Eulalia en un susurro, y sin
poder dejar de mirarla.
—¡No estoy asustada! —exclamó la muchacha arisca—.
Sucede que no deseo estar aquí —revelo enfadada—. Pero he
prometido obediencia.
La religiosa se giró hacia ella y la miró con reprobación.
—Catalina está cansada pues el viaje ha sido largo y
penoso para las dos.
Eulalia se moría por acercarse a ella. Era carne de su
carne, y la observaba como una desconocida.
—Debo regresar al convento —dijo la religiosa—. Mi
cometido termina aquí.
Emily seguía en silencio escuchando todo, pero en un
rincón apartado.
—¿Tienes apetito, Catalina? —le preguntó Eulalia—.
Imagino que no habrás cenado nada.
La muchacha clavó la mirada en la monja que le hizo un
gesto afirmativo con la cabeza.
—No deseo quedarme aquí —le suplicó a la religiosa.
—Ya hablamos sobre esto, Catalina. Es lo correcto pues
ya no estás segura con nosotras desde que ha trascendido lo de
tu tío —le recordó la religiosa—. Y lo aceptaste.
—He cambiado de opinión —alegó la muchacha.
La religiosa le acarició la mejilla.
—Ya he cumplido mi cometido, Catalina —respondió la
monja sin dejar de mirarla—. Ahora debes cumplir el tuyo.
El rostro de la muchacha mostró la desolación que
sentía, y el corazón de Eulalia se encogió de pena.
—¿Por qué se marcha tan rápido? —preguntó Harry
tratando de ganar tiempo.
Sor Piedad soltó un suspiro largo.
—Mi barco sale de Dover mañana a medio día. Mi
carruaje se encuentra fuera esperándome.
Ellos no lo habían visto porque habían entrado a la casa
por detrás.
—Podría quedarse en Bromley Hall esta noche, y yo la
acercaría en mi carruaje a Dover bien pronto en la mañana.
La monja hizo un gesto con la cabeza.
—No puedo arriesgarme a perder el barco, lo siento.
La monja se colocó la capa, y salió de Bromley Hall tan
rápido que Eulalia no pudo ni lanzar una protesta. La
muchacha, al verse sola en una casa con extraños, comenzó a
llorar, y a Eulalia se le rompió el corazón. Quiso cogerla de la
mano, pero la muchacha no se lo permitió. De pronto se lanzó
a la carrera para alcanzar a sor Piedad, salvo que la mujer
había salido de la casa y había cerrado la puerta tras ella.
Catalina salió a la desesperada, y al no poder alcanzar el
carruaje, comenzó a gritar desolada.
En Bromley Hall se desató el caos porque ni Harry ni
Eulalia fueron capaces de calmarla. La muchacha pataleó,
gritó, y arañó cuando trataron de sujetarla para meterla en la
casa, y aunque lo lograron, mucho se temían los dos que no
iba a perdonarlos.
—¡No pienso quedarme aquí! —gritó angustiada.
Eulalia sentía deseos de llorar al ver su congoja, pero no
podía permitir que la muchacha se marchara porque no
conocía nada de Inglaterra. Habló con ella, trató de calmarla,
pero todo su esfuerzo resultó en vano. Catalina seguía llorando
y protestando porque deseaba marcharse. Entonces, Emily
decidió intervenir porque se vio reflejada en Catalina. Ella
sabía muy bien lo que se sentía al quedarse huérfana.
Afortunadamente, había aprendido un poco de español gracias
a su tío que se había esforzado mucho por conocer la lengua
de Eulalia, y, aunque no tenía una buena pronunciación, pensó
que serviría con la chica.
—Dejadme un momento a solas con Catalina —le pidió
a los dos—. Me gustaría hablar con ella.
Por primera vez en su vida, la gitana no cuestionó la
intención de Emily porque se sentía superada por el
descubrimiento. Harry hizo un gesto afirmativo, y sujetó a su
esposa por los hombros para animarla a salir del salón. Juntos
se dirigieron hacia la cocina.
—No estoy preparada para ser abuela —confesó Eulalia
cuando su esposo le colocó una taza de té en las manos—.
Pienso en Martín, y me lleno de angustia porque ignoro dónde
se encuentra, y si está bien.
—Todo se arreglará, ya lo verás —Harry se sentó al lado
de ella, y tomó una de sus manos entre las suyas.
Así estuvieron durante un buen rato.
—Ya no se escucha nada —dijo de pronto Eulalia.
Los dos ignoraban el tiempo que había transcurrido
desde que dejaron solas a Catalina y a Emily en el salón, pero
no se escuchaban gritos ni llantos.
—Iré a ver que todo esté bien —pero antes de que Harry
pudiera levantarse, la puerta de la cocina se abrió, y Emily
cruzó el umbral: predecía a Catalina que la seguía con la
cabeza baja.
—Catalina y yo estamos muertas de hambre.
A Eulalia se le saltaron las lágrimas porque la sobrina de
su esposo había obrado el milagro. Catalina estaba muy seria,
pero no ya no lloraba ni protestaba.
—Y le he prometido quedarme aquí con ella hasta que
se acostumbre a su nueva casa —les informó Emily—. Y le he
dicho que estoy tan contenta de tenerla aquí con nosotros, que
le permitiré que duerma en mi alcoba, y le prestaré todos los
vestidos que conservo de cuando tenía su edad.
Harry miró a su sobrina tan asombrado como
agradecido. Emily con ellos hablaba en inglés, pero con
Catalina lo hacía en un español simple, pero parecía que a ella
no le importaba. Como Emily quería mantener y ganar
discusiones con Eulalia, había decidido aprender español para
poder ponerla en su sitio en su propia lengua.
Debía de ser cosa del destino, pero Harry dio gracias a
Dios por su decisión.
—Entonces, tenemos mucho trabajo por hacer —dijo
Harry con ánimo.
Emily le sonrió a Catalina que ya no parecía tan
asustada. La muchacha se había resignado, pues había
prometido ser obediente, respetuosa, y aceptar su destino.
—Le he hablado a Catalina de mi yegua, y le he
prometido que la llevaré a cabalgar mañana por la mañana
después del desayuno.
Eulalia no podía decir nada porque tenía un nudo en la
garganta que le impedía respirar con normalidad. Emily no
parecía la misma arpía de siempre, había sufrido esa noche una
transformación completa. ¿Y desde cuándo hablaba español?
Se preguntó sorprendida porque era la primera vez que la
escuchaba.
—Estoy deseando comenzar el arreglo de todos esos
bonitos vestidos que ya no le vienen a Emily —aceptó la
gitana que se había recuperado de la impresión recibida, y
había comenzado a preparar la cena.
Eulalia estaba feliz, asustada, llena de incertidumbre,
pero muy orgullosa de conocer que su nieta iba a estar
protegida por ella y por Harry. La iban a cuidar muy bien, y
ambos iban a poner en ello todo su esfuerzo. ¡Tenía una nieta!
Y pensaba aprender rápido a ser una abuela decente.
***
Meses después de la llegada de Catalina, llegaron más
sorpresas a Bromley Hall. Martín había dejado en el reino de
España varios hijos ilegítimos que fueron llegando a Inglaterra
de forma continua. Tras Catalina de Valiente y Almonte, que
era la que peor llevaba estar alejada de todo lo que conocía,
llegó Paloma de Valiente y Vega de diez años. Su madre había
sido sirvienta en una casa de huéspedes de Salamanca, pero
había muerto durante el parto. Paloma se había criado en el
Orfanato del Niño Jesús hasta que trascendió la noticia gracias
a sor Piedad, que había hecho correr la voz que la abuela de la
niña vivía en Inglaterra. La enviaron con lo puesto, con el
registro de nacimiento, y la deuda que la manutención la niña
había generado en el orfanato.
Su llegada le supuso a Eulalia un maremoto emocional.
Poco tiempo después llegó María de Valiente y Suárez
de siete años, su madre había sido doncella de la marquesa de
Corberó en la ciudad de Toledo. Dejó a la niña en un hospicio,
y nunca más se supo de ella. En el hospicio supieron de
Eulalia gracias al Orfanato del Niño Jesús, y no dudaron en
enviar a la pequeña con la abuela, pero solicitando también los
gastos que había generado la manutención de la niña.
La última en llegar había sido Victoria de Valiente y
Pedraza de cuatro años. Era la nieta bastarda del conde de
Montaner que vivía en la ciudad de Zaragoza. El conde, ante el
escándalo que se desató, entregó la niña a las Canonesas del
Santo Sepulcro en el Monasterio de la Resurrección. La madre
de la pequeña había seguido con su vida, e incluso se prometió
con un barón de vasta fortuna, pero poco antes de contraer
nupcias, la hija al fin le reveló al conde quién había
engendrado a la pequeña que él había entregado a las
Canonesas. El conde no dudó en hacer indagaciones hasta que
encontró información sobre el agente espía de la corona, y a
punto estuvo de provocar un conflicto real, pero amigos
influyentes lo hicieron desistir. En su búsqueda del libertino
para ajustar cuentas, se encontró con un nombre: Eulalia. No
dudó en recuperar a la niña de las monjas para enviarla a
Inglaterra, afortunadamente, el noble no le pidió ningún gasto,
pero sí le ofreció una amenaza: Martín era hombre muerto si
regresaba al reino de España.
Eulalia lloró a mares, y juró que castraría a su hijo
cuando lo viera, sobre todo porque su esposo Harry tuvo que
vender las tierras colindantes a Bromley Hall para poder pagar
las deudas que había contraído Eulalia gracias a las hijas
ilegítimas de Martín. Que no hubiera trascendido que era
hermano del duque de Alcázar, había sido gracias a la condesa
viuda de Velasco que lo había atado todo muy bien en el
pasado.
Pero las cuatro niñas estaban en casa con la abuela, y
después de poco más de un año de convivencia, todo parecía
encauzarse. Los duques de Arun les ofrecieron dinero para
ayudarla con la manutención de las niñas, pero Harry se
ofendió por ello, y desde entonces las relaciones con los
Penword se habían enfriado.
Cuando parecía que todo empeoraba, llegó la luz.
Eulalia jamás habría podido imaginar la enorme ayuda
que supondría para ella la sobrina de Harry. Emily Allergan
resultó ser un ángel para las niñas que estaban desubicadas y
asustadas. Estaba claro que Emily detestaba a Eulalia y que
jamás llegarían a ser amigas, pero las niñas le removían algo
muy dentro de ella que ni Harry podía explicarse.
Si no hubiera sido por la intervención de Emily, Eulalia
se habría vuelto loca, sobre todo porque las niñas no hablaban
inglés, y vivían precisamente en Inglaterra.
CAPITULO 1
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire
La primavera había llegado a Inglaterra, y los campos se
habían vestido de flores. Eulalia Montoya, ahora llamada Laly
Tyler, vigilaba la cocción de las hierbas mientras observaba a
la pequeña Paloma que leía tranquilamente a su lado. Por la
puerta de la cocina que daba al jardín trasero, entraron
Catalina, María, y tras ellas la pequeña Victoria que lloraba.
—¿Te has vuelto a caer? —le preguntó Eulalia a la
pequeña.
—Es imposible hacer nada con ella, es una patosa —
protesto Catalina que miraba a la pequeña con acritud.
Eulalia soltó un suspiro. Catalina se había llevado la
peor parte pues de pronto se encontraba en un reino diferente
al suyo, y con tres hermanas bastardas y abandonadas como
ella.
—¡No le hables así! —le increpó Paloma que acudió
presta a consolar a la más pequeña de todas.
—Tengo hambre —protestó María que siempre tenía un
apetito voraz.
Eulalia ya tenía la merienda de las niñas preparada.
—Me voy a mi habitación —dijo Catalina sin esperar
una respuesta.
Eulalia se quedó mirando la marcha de su nieta mayor.
Entonces Harry hizo su entrada en la cocina desde el jardín
posterior.
—¡Abuelo! —exclamó Victoria.
La niña corrió veloz hacia los brazos de su abuelo que la
recibió con una gran sonrisa. Era la más zalamera de las
hermanas, y la más risueña.
Paloma y María eran las niñas que mejor se habían
adaptado a su nueva vida. Habían aceptado a Eulalia y a Harry
desde el mismo principio. Eulalia creía que el motivo radicaba
en que las dos habían sido entregadas a hospicios, y desde
muy niñas habían probado la miseria, la necesidad, y la falta
de cariño. Victoria, al ser tan pequeña, no había tenido ningún
tipo de problema en integrarse en ese nuevo círculo familiar.
Quería mucho a sus hermanas mayores, pero adoraba a su
abuelo.
—Hoy llegas tarde —le dijo Eulalia que ya había
colocado sobre la mesa de la cocina una bandeja con dulces.
Preparó leche, y le puso un vaso a cada niña.
—Ahhh, Laly, alimentar a una familia tan grande como
la nuestra tiene sus inconvenientes aunque me cueste admitirlo
—explicó Harry al mismo tiempo que aceptaba una taza de té.
Eulalia sintió un dolor inesperado. Su esposo era un
hombre maravilloso, de buena familia, y con un gran corazón,
pero se había endeudado para poder pagar los años de hospicio
de Paloma y María. Como si leyera el pensamiento de Eulalia,
Harry la miró de forma tierna.
—Estoy muy orgulloso de nuestra familia —le dijo a la
gitana que tragó con fuerza, como si contuviera un sollozo.
Desde la llegada de las niñas, ni Harry ni ella habían
tenido un minuto de descanso.
—Pero es tan injusto que no sepamos nada de Martín —
se quejó la mujer—. Me gustaría pedirle cuentas, y decirle
verdades.
—Y lo harás a su debido tiempo —contestó Harry que
le tendió la taza para que le sirviera otro té.
—Me acongoja todo este sobreesfuerzo que haces —le
dijo Eulalia muy seria.
Harry hizo un encogimiento de hombros.
—Son nuestras nietas, Eulalia, ¿dónde iban a estar
mejor que con sus abuelos?
Fue escucharlo y romper a llorar.
—¡Abuela! —también lloró Victoria que era la más
emotiva de las cuatro hermanas.
—No pasa nada, cielo, es que la abuela se ha
emocionado al escuchar las cosas bonitas que me dice vuestro
abuelo.
Paloma y María la miraron con atención, como si
dudaran de sus palabras.
—¿Vendrá Emily mañana? —preguntó Harry.
Como había tantas bocas que alimentar, y muchachas
que vestir, Eulalia había prescindido de la ayuda de Julia. Ella
se ocupaba de la casa, de las niñas, y de ayudar los fines de
semana a Harry en sus consultas rurales, Emily se quedaba en
Bromley Hall los sábados para cuidarlas.
—Se enfadó terriblemente conmigo —confesó Eulalia.
—La abuela le dijo que su prometido era un des.. des…
—María no pudo continuar porque la palabra era muy difícil.
Harry alzó las cejas y miró a Eulalia con una sonrisa.
—Un destripaterrones —terminó por la niña.
María se terminó el contenido de su vaso.
—Eso, abuelo, destripa… destrrripa…
Eulalia resopló. No tenía nietas sino loros que repetían a
diario cada una de sus palabras.
—El futuro prometido de Emily no es un
destripaterrones —dijo Harry mirando a las niñas, pero sus
palabras iban para la abuela.
—Vendrá cuando se le pase el enfado —apuntó Eulalia
como si no tuviera importancia.
—Yo tampoco deseo que se case con el tal Smith, pero
ya me he rendido a lo inevitable —apuntó Harry serio.
—Emily cree que es lo que se espera de ella —afirmó
Eulalia—, pero está equivocada.
Entre Harry y Eulalia se suscitó un silencio de varios
minutos.
—Le he dicho a Julia que se pase el próximo viernes —
informó Harry.
Eulalia dejó de remover la cocción de hierbas, se giró
hacia su esposo, y lo taladró con la mirada.
—Yo puedo ocuparme de Bromley Hall —afirmó sin un
parpadeo.
Harry tomó un dulce hojaldrado, y lo mordió con
suavidad. Cuidar de cuatro niñas con edades tan dispares
requería gran esfuerzo y tenacidad. Por eso Harry había
decidido que Julia la ayudara con la limpieza de la ropa de
cama y las ventanas. Eulalia ya no era una jovencita.
—Si no fuera por lo excelente cocinera que eres, hace
tiempo que te habría devuelto a Redtower —le dijo el esposo.
Eulalia bufó de esa forma tan característica en ella.
Tanto Paloma, como María, y Victoria, rieron de forma
cantarina, y para Eulalia ese fue un sonido casi celestial. Criar
y educar a sus nietas requería un esfuerzo titánico, pero
merecía la pena.
—¿Y has pensado con qué dinero le vas a pagar a Julia?
—le preguntó Eulalia de forma áspera.
Harry bajó la mira al suelo.
—Estoy pensando en aceptar el puesto de doctor en
Bedlam —dijo en un tono bajo—. Me lo han vuelto a ofrecer.
Eulalia lo miró afectada. Bedlam era un hospital
psiquiátrico. El último lugar donde querría trabajar un hombre
tan sensible como Harry.
—Pero Bedlam está muy lejos de Great Marlow —casi
susurró.
Las niñas habían terminado y pidieron permiso para
retirarse a jugar. En Bromley se había habilitado la buhardilla
como zona de juegos y de esparcimiento.
—Pero no molestéis a Catalina —les pidió la abuela.
Las tres niñas salieron corriendo hacia las escaleras.
Eulalia tomó asiento frente a su esposo.
—No pienso permitir que trabajes en un lugar tan
horrible.
Harry apoyó la espalda en la silla.
—Entonces podríamos vender Bromley Hall y
marcharnos a una casa más pequeña.
Eulalia se mordió ligeramente el labio inferior.
Sí, esa solución la había puesto Harry sobre la mesa
meses atrás, pero ella amaba demasiado esa casa donde había
encontrado un hogar como para aceptar venderla. Además, con
cuatro niñas que crecerían y se harían adultas, necesitarían
mucho más espacio.
—Antes de vender Bromley Hall le robaría reales al
infame duque de Alcázar que al fin y al cabo es un noble
pudiente..
Fue escucharla, y soltar una carcajada.
—¿A tu mayor enemigo? Antes tragarías brea que
rebajarte a eso.
Harry la conocía demasiado bien. Ella le había dicho
esas mismas palabras en una discusión anterior.
—Tenemos mis joyas para vender —le ofreció Eulalia.
—Pero son tus recuerdos, Laly, no puedes deshacerte de
ellos.
Eulalia se quedó callada, y sin compartir sus
pensamientos durante un rato. Minutos después alzó la mirada
y la clavó en su esposo.
—Bromley Hall significa demasiado para ti, para
nosotros —afirmó sin un parpadeo—. Jamás aceptaré
deshacernos de ella.
A Harry le emocionaron esas palabras.
—Sabes que tendremos que apartar dinero como dote
para las niñas.
Sí, ella lo sabía.
—Su padre se encargará de eso —contestó en voz baja.
Harry la tomó de la mano. Cuando llegaban a ese punto,
él tenía que recordarle algo muy importante.
—Laly, sabes que es posible que su padre no pueda
hacerse cargo de ellas, lo hemos hablado en incontables
ocasiones.
La mujer no quería ni sopesar esa posibilidad: que su
hijo muriera lejos de ella y de todo.
—Deberíamos aceptar la ayuda de los duques de Arun
—volvió a insistir la gitana—. Nos la han ofreció de buena fe.
Pero Harry se negaba en redondo. Prefería vender
Bromley Hall que pedir limosna.
—Saldremos de esta, Laly, lo prometo.
Eulalia se levantó, se acercó a su esposo, y se sentó en
su regazo. Harry la abrazó con ternura.
—Contigo, no necesito nada más.
CAPÍTULO 2
Nuevamente Eulalia discutía con Emily en la cocina, el
lugar donde más tiempo pasaba la mujer.
La muchacha no quiso responderle, y se marchó hacia el
salón. Eulalia la siguió de cerca. Una vez en la sala la enfrentó.
—No me dejes con la palabra en la boca, insolente, pues
todo lo que te digo es por tu bien.
La mujer joven alzó la barbilla en un gesto arrogante.
—No te he dado permiso para que me hables así —
respondió al mismo tiempo que tensaba los hombros.
Pero a Eulalia le sobraban tanto los motivos como las
palabras.
—Te lo digo porque te aprecio.
—¡Ja! Ninguna de las dos sentimos aprecio la una por la
otra —la corrigió Emily que ya se había cansado de que la
mujer de su tío quisiera actuar como si fuera su madre—. Te
tolero porque eres la esposa de mi tío, pero nada más.
Eulalia maldijo por lo bajo.
—Aunque te cueste creerlo, Emily, te tengo cariño —
volvió a insistir la gitana sosteniéndole la mirada—. Porque
gracias a ti no me he rendido con las niñas. Porque has sido de
una ayuda inestimable.
La mirada de Emily se dulcificó. A ella se le daba bien
controlar a las niñas porque lo único que buscaban y querían
era atención y cariño. Como ella había perdido a sus padres
siendo muy pequeña, sabía perfectamente lo que se sentía al
tener que dejar todo lo que una conocía para ir a un lugar
nuevo y diferente. Simpatizó primero con Catalina, y después,
sus hermanastras le fueron a la par.
Pero las quería, a pesar de que fueran nietas de una
deslenguada como la gitana, y de tener un padre despreciable y
vil como el tal Martín, les tenía afecto.
—Mis asuntos personales no te conciernen, así que
cuídate de darme consejos que no te he pedido.
Las palabras de Emily quemaban más que las palabras
de una suegra, pero Eulalia no se dio por aludida.
—Ese hombre sólo busca tu dinero —repitió como
tantas otras veces.
Emily recogió su ridículo con la intención de marcharse.
Y pensaba hacerlo a pesar de haber aceptado quedarse ese
sábado con las niñas, pero la entrada de su tío rompió la
tensión entre ambas mujeres.
—Gracias, Emily, por quedarte en Bromley Hall —le
dijo el tío.
La muchacha soltó un suspiro largo.
—Si Eulalia no ceja de inmiscuirse en mis asuntos, no
aceptaré quedarme ni un día más aquí.
La gitana tuvo que morderse la lengua para no
replicarle. Emily era una muchacha hermosa, rubia, de ojos
azules, y de figura agraciada, pero tenía un carácter de mil
demonios. Como su otro tío, conde para más inri, quería que
aceptara al tal Smith, ella lo aceptaba, a pesar de que eran tan
opuestos como el aceite y el vinagre.
—Laly ya no te molestará más al respecto —le dijo
Harry al mismo tiempo que clavaba la mirada en ella—.
¿Verdad, querida?
Eulalia se dio cuenta de que tenía la batalla perdida.
—No volveré a sacar el tema —aceptó la gitana.
Catalina apareció en ese momento y le sonrió a Emily.
Entre ambas muchachas había nacido una relación de amistad
verdadera a pesar de la diferencia de edad. Y tras ella llegaron
en tromba María y Victoria. Paloma se había quedado en su
habitación leyendo.
—¡Mily, Mily! —exclamaron al unísono antes de
abalanzarse sobre las faldas de ella y abrazarla por las piernas.
La sonrisa que les dedicó Emily fue muy tierna.
—He traído algunos juegos que os divertirán mucho —
les dijo cómplice.
—Son demasiado pequeñas para estar con nosotras —
apuntó Catalina que no le gustaba nada compartir a Emily con
las dos pequeñajas.
—Nosotros nos marchamos ya —les dijo Harry—.
Tenemos que hacer varias visitas al norte del condado.
—No os preocupéis —les dijo Emily—. Estaremos bien.
—Tenéis la cena lista en la cocina: puchero de caza,
asado de cerdo, pan recién horneado, y besos de novia.
Harry no le permitió perder más tiempo. Llegar hasta
Buckinghamshire les iba a llevar dos horas, más el tiempo que
tuvieran que estar con los enfermos, y luego el regreso a
Bromley Hall.
Ayudó a Eulalia a montar en la calesa, después sujetó las
bridas y azuzó a los dos caballos. Eulalia dejó la cesta con los
ungüentos y tónicos bajo sus pies.
—No es bueno que discutas tanto con Emily, Laly, ya
sabes que le agobia mucho toda esta situación —le dijo Harry
mientras iban a un paso constante.
—Le tengo cariño por todo lo que ha hecho por las
niñas, y me duele ver cómo la manipula su otro tío, el
impresentable ese.
Harry sonrió al escucharla. Eulalia no se andaba por las
ramas a la hora de llamar a las cosas por su nombre, pero
debía moderar el tono, también la impulsividad.
—Su otro tío es Elliot Allergan, conde de Hambleden.
Eulalia ya conocía al individuo en cuestión, y le había
parecido estirado, snob, y petulante.
—Si quisiera a Emily no le impondría ese compromiso
que tanto la perjudica.
—Jason Smith es un pariente lejano del conde, y creo
que en ese compromiso hay por medio unas tierras.
Eulalia lo suponía. Siempre los matrimonios pactados
tenían que ver con herencias y propiedades.
—Es estirado, antipático, y está enfermo —Harry la
miró de pronto con atención—. Su dolencia está relacionada
con la vida depravada que ha llevado, y que lleva todavía.
Eulalia se refería al futuro prometido de Emily. Lo había
conocido en Great Marlow, cuando Harry la llevó de cena al
mejor restaurante de la comarca. Para ella fue una sorpresa que
también hubiera invitado a su sobrina y a su futuro prometido,
menos mal que no había invitado también al estirado conde. A
Eulalia le bastó una sola mirada al hombre para saber que
estaba muy enfermo.
—Ni yo me atrevería a hacer un diagnóstico tan
exhaustivo sin examinarlo previamente a conciencia.
Eulalia alzó la barbilla.
—Padece del mal francés —afirmó rotunda—. Y yo le
daría una buena cura de mercurio —Harry hizo un gesto con la
cabeza—. ¿No conoces la frase una noche con Venus y una
vida con Mercurio? —le preguntó Eulalia
Harry se dijo que Eulalia tenía dichos para todo.
—Ese tratamiento es más tóxico que beneficioso —
respondió—, y aunque tengo mis sospechas, tengo que
madurar la forma de abordar a mi sobrina para no perjudicarla
al comentarle mis temores.
—Por eso mismo —recalcó la gitana—. Me preocupa
Emily, y no se merece un esposo enfermo por muchas tierras
que posea, y que desee el conde de Hambleden.
—El conde no tiene descendencia, por eso ha puesto
todo su empeño en lograr que su única sobrina se case con un
pariente lejano para que su herencia y título se mantengan en
la familia.
—Es ilógico que las mujeres no puedan heredar los
títulos y las fortunas cuando está demostrado que sabemos
cuidarlas mejor que muchos hombres —susurró ella al mismo
tiempo que se colocaba el chal sobre las piernas.
—Eso no está demostrado —la corrigió el esposo con
paciencia—. Ni creo que pueda demostrarse en un futuro.
Eulalia se quedó pensativa.
—Y si el conde de Hambleden deseara que su título y
fortuna pasaran a su única sobrina sin mediar un marido, ¿lo
aceptaría la corona?
Harry negó con la cabeza en un gesto elocuente.
—Esas consideraciones las guarda la corona para usarlas
muy remotamente, y siempre en beneficio propio.
Esa respuesta no satisfizo lo suficiente a Eulalia.
—¿Y si Emily eligiera a otro hombre que no fuera el tal
Smith? —estaba claro que Eulalia no pensaba mostrar ninguna
consideración por el futuro prometido y por eso atacaba sin
piedad—. Podríamos organizar una fiesta en Bromley Hall, y
yo me encargaría de enviar invitaciones a jóvenes nobles
muchos más apropiados para Emily.
Esa discusión era nueva para Harry.
—¿Y a qué jóvenes nobles invitarías? —le preguntó,
pero sin interés.
Eulalia bufó al escuchar su tono.
—Aunque te cueste creerlo, he criado a varios niños
nobles que me adoran, y que aceptarían encantados una velada
en Bromley Hall.
Harry no lo ponía en duda, y ya sabía a qué niños se
refería su esposa.
—Te recuerdo que esos niños han crecido, madurado, y
están, con respecto a la sociedad, varios escalones por encima
de Emily.
Eulalia soltó un suspiro largo.
—A mis muchachos no les importa esa nimiedad —
soltó resuelta. Harry no podía creérselo—. ¿Has olvidado los
hijos varones de mi niña Aurora? —le preguntó de pronto—.
Porque tanto Devlin como Hayden son mucho más apropiados
para Emily que ese pazguato y enfermo de Smith.
Harry cabeceó.
—¿Tengo que recordarte que esos muchachos son hijos
de duque?
—Pero también tenemos a Christopher Beresford
junior…
Harry la interrumpió.
—Que es el heredero de un marquesado.
—También tenemos a Diego Miguel…
Volvió a interrumpirla.
—Heredero de la baronía de Bidasoa.
Eulalia hizo un encogimiento de hombros. Ella le había
contado a Harry todo sobre todas las personas que quería.
—Un barón es más accesible —replicó.
Eulalia no se iba a dar por vencida.
—¿Y no has sido tú la que has jurado y perjurado que el
barón de Bidasoa odia a los ingleses con toda su alma? —ella
le había contado las vicisitudes entre el oficial español y la
escocesa prima de Justin—. Y sin olvidar que es un barón que
reside en el reino de España.
A Eulalia se le habían terminado los argumentos, porque
el resto de hijos eran demasiado jóvenes todavía para el
compromiso.
—Sigo manteniendo que Hayden sería un pretendiente
muy apropiado para Emily.
Harry maniobró las bridas para que las monturas giraran
hacia la derecha.
—Me llevaría las manos a la cabeza si no estuviera
sujetando las bridas, pensando en esos supuestos pretendientes
que te llenan la cabeza de cantos de pájaros.
Eulalia sonrió complaciente.
—Para mis nietas, espero como mínimo príncipes.
—Son bastardas, Laly —le recordó Harry
apesadumbrado—. Y no están reconocidas legalmente por el
padre.
—La casa Lara no necesita reconocimiento, ya te lo
digo yo.
Harry chasqueó la lengua.
—No tienes remedio, Laly.
El doctor detuvo la carreta junto a la primera casa.

***

A las once de la noche, Harry guardó la calesa en los


establos. Eulalia lo esperó para entrar juntos a la casa, y los
dos se sorprendieron al encontrar las luces encendidas porque
era muy tarde. Cruzaron el vestíbulo y se dirigieron al salón
donde Emily los esperaba junto a una desconocida. Por las
prendas que vestía, y por el tono de piel, los dos supieron que
no era ni inglesa ni española.
—Buenas noches —las saludó Harry.
La desconocida hizo un gesto con la cabeza.
—Las niñas están dormidas —se adelantó Emily antes
de que Eulalia les preguntara por ellas.
Tras un silencio largo, la desconocida dio un paso al
frente y se presentó:
—Mi nombre es Petrona Goyeneche, y vengo de Santa
Cruz, Nueva España.
Eulalia tuvo un mal presentimiento al verla, pero mucho
más al escucharla.
—Nueva España está muy lejos. ¿Me busca a mí? —le
preguntó.
La muchacha indígena hizo un gesto con la cabeza.
—Conozco a Martín de Valiente y Caballero —comenzó
a decir de forma pausada—. Gracias a él he podido viajar a
Inglaterra.
A Eulalia le temblaron los pies porque se esperaba lo
peor.
—¿Dónde se encuentra Martín? —logró preguntar con
un hilo de voz.
—Está muy enfermo.
Eulalia fue hasta ella con el alma en vilo.
—¿Cómo de enfermo? —inquirió llena de angustia.
Harry la abrazó por los hombros y la separó de la
muchacha.
—Tengo la misión de entregarle este sobre al conde
Ayllón —la indígena le tendió un sobre cerrado—. Pero
desconozco cómo encontrarlo. En las pertenencias de Martín
sólo encontré esta dirección.
Eulalia lo cogió rápida, rasgó el sobre, sacó el
contenido, y leyó la carta.
—¡Laly! —exclamó el esposo—. Esa carta no va
dirigida a ti.
Pero Eulalia estaba superada, un segundo después de
leer el contenido, se llevó la mano a la boca. Emily lo miraba
todo con atención.
—Tiene la enfermedad del vómito negro —reveló la
desconocida.
Eulalia giró el rostro y clavó la mirada en Harry.
—Así llaman en Nueva España a la fiebre amarilla.
La gitana no sabía si asustarse todavía más tras escuchar
a Harry.
—Martín sufrió una emboscada y cayó herido en unos
grandes pantanales —continuó explicando la muchacha—. Y
no se ha recuperado desde entonces. Sigue teniendo fiebre,
vómitos, y puede perder la pierna, por ese motivo no pudo
decirme cómo encontrar a ese conde que puede rescatarlo.
Harry se quedó pensativo.
—¡Mi hijo enfermo! —exclamó Eulalia rota por la
angustia.
El esposo se hizo cargo de la situación, y le demandó
información a la muchacha.
—No pude esperar más tiempo a Martín para que me
explicara dónde buscar al conde aquí en Inglaterra, por eso,
antes de tomar el barco, me dirigí a la pensión donde se
hospedaba, y entre sus pertenencias encontré esta dirección,
por eso estoy aquí.
La muchacha llevaba varias semanas de viaje y se la
veía agotada.
—Yo soy su madre —afirmó Eulalia—. Tengo el
derecho de saber lo que le sucede en primer lugar.
Eulalia se veía dolida porque su hijo había escrito una
carta para Rodrigo de Velasco informándole de su paradero, y
reclamándole ayuda.
—Saben que está vivo, y lo buscan para matarlo. Hay
que sacarlo de Bahía de San Julián en Santa Cruz.
Eulalia pensaba a toda velocidad. ¿Dónde diablos estaba
ese lugar?
—¿Y por qué no ha venido contigo? —le preguntó
elevando la voz.
Harry le apretó los hombros para que se contuviera.
—Porque no puede embarcar en un navío de línea —
respondió la muchacha con la miradas baja—. Hay que sacarlo
de Bahía de San Julián —repitió, pero al ver que la mujer
mantenía silencio, siguió informándole—. Su hijo la necesita.
La indígena no le explicó que ella había llegado a
Inglaterra como doncella de unos ricos hacendados del sur que
regresaban a Cornualles, y que sus amos habían aceptado de
buen grado que ella cumpliera su promesa de entregar una
carta.
Eulalia comenzó a llorar. Se imaginaba a Martín solo,
enfermo, y el alma se le contrajo por el dolor.
—Entonces no puedo perder más tiempo —afirmó
Eulalia que dio media vuelta para salir del salón.
Harry la miró sorprendido.
—¿Hacia dónde vas? —le preguntó.
Eulalia se quedó pensativa unos momentos. Harry vio
que sopesaba y descartaba opciones a toda velocidad.
—Sólo existe un hombre en el mundo capaz de salvar a
mi hijo.
—¡Laly! —exclamó el esposo porque ignoraba a quién
se refería.
—No poseo reales, apenas tengo tiempo —masculló la
gitana.
—¿Qué estás maquinado?
Eulalia se mesó el cabello a pesar de que lo llevaba
recogido en un apretado moño, y sujeto por una redecilla.
—Debo ir a Whitam Hall —reveló angustiada—.
Necesito hablar con el marqués.
—Pero es muy tarde —apuntó el marido.
Como si eso a ella le importara. Martín estaba en
peligro, y ella tenía que actuar.
—John Beresford tiene un barco, un capitán, y yo
necesito ir en busca de la única persona que puede ayudar a mi
hijo.
Harry la veía angustiada, nerviosa, porque la situación
era muy grave.
—Te llevaré en la calesa a Whitam Hall —se ofreció
Harry.
Eulalia lloró en silencio mientras murmuraba.
—¿Qué rezas, Laly? —le preguntó el marido cuando ya
estaban sentados en el pequeño carruaje.
El rostro de Eulalia estaba desencajado.
—Que debo romper un juramento.
Eulalia ya no dijo nada más. Pero Harry la conocía lo
suficiente para saber que movería montañas para lograr su
propósito de ayudar a su hijo.
Martín vivía una vida peligrosa, y el destino se había
encargado de hacérselo saber. Si realmente tenía la
enfermedad del vómito negro, posiblemente no podrían
ayudarlo.
CAPÍTULO 3
Palacio de los Silencios, Sevilla, Reino de España
—Doña Eulalia de Montoya y Cortés, Su Excelencia —
anunció el mayordomo de elegante librea.
Alonso de Lara, duque de Alcázar, creyó que no había
oído bien, pero antes de poder decir nada, Eulalia se plantó
frente a él sin esperar a ser invitada.
—Dejemos las formalidades, soy de la familia.
Alonso le hizo un gesto al mayordomo.
—Compruebo que sigues siendo la misma impertinente
de siempre, y que tu estancia en Inglaterra no ha suavizado ni
uno sólo de tus muchos defectos —le replicó.
—¿No soy bienvenida en Silencios? —quiso saber la
gitana.
—¡No! —exclamó el duque—. Pero imagino que vienes
a ver a Aracena.
Eulalia se quedó callada, con los ojos brillantes, y, por
primera vez, Alonso la vio vencida.
—He venido a verte a ti —afirmó la otra.
Alonso alzó las cejas en un arco perfecto.
—Pues lamento decirte que no me alegra esa nueva.
—Imaginaba que dirías algo así —respondió ella—,
pero no me importa.
Alonso se giró indeciso porque Eulalia no parecía la
misma.
—Necesito tu ayuda —le pidió la gitana.
Alonso soltó una carcajada.
—Ignoraba que tuvieses sentido del humor —contestó
con los ojos entrecerrados.
—Todavía me odias por aquello, ¿verdad?
Alonso miró a la mujer que había hecho a su madre una
desgraciada. Mirarla lo llenaba de inquina porque tenía
enfrente a la amante de su padre.
—¡Que te odie es un resultado obvio ante tus actos! —
respondió vengativo.
—El diablo acusándome —contestó herida.
Alonso soltó una risa sardónica que le hizo chasquear la
lengua a Eulalia ante el latigazo que sintió. Enfrentar al duque
de Alcázar era lo más duro que había hecho en la vida, más
que su intento de suicidio.
—Traigo unas cartas importantes —Eulalia se puso
frente a él y lo miró de arriba abajo—. Ha llegado la hora de
que conozcas algo que he mantenido en secreto toda mi vida.
Alonso puso las manos en jarras, y la miró con una
advertencia.
—¿Y por qué supones que me importan tus secretos? —
respondió mordaz.
Eulalia sentía ganas de llorar, y no le importaba hacerlo
delante del hombre que más la odiaba en el mundo.
—Tu madre, era amiga de Inés de Velasco, y debe de
estar revolviéndose en su tumba contemplando lo que eres
ahora —Alonso hizo ademán de alcanzar la puerta pues tenían
intención de obligarla a marcharse de una vez por todas—.
Sólo los cobardes dan la espalda a una mujer.
Alonso se giró de golpe hacia ella. Eulalia sabía que no
estaba encarando el asunto bien, pero llevaban tantos años
odiándose mutuamente, que ya no podían mostrarse ni un
resquicio de respeto o simpatía.
—¡Juro que te echaré de Silencios sin contemplaciones!
—le advirtió.
Eulalia no se resintió por sus palabras, y se preparó para
disparar a bocajarro.
—Tienes un hermano —le anunció de pronto.
Pero Alonso no había procesado la información todavía,
y se tomó unos momentos para hacerlo.
—¿Qué blasfemas? —preguntó en un susurro.
—Me quedé encinta de tu padre, y alumbré un hijo.
El rostro de Alonso se puso blanco como la cera.
—¡Mientes! —la acusó gritando.
Eulalia le tendió las cartas que Martín le había enviado a
la condesa viuda de Ayllón, quien fue su madrina.
—Tienes un hermano, se llama Martín, y se está
muriendo.
Alonso se quedó por unos momentos petrificado.
—Eres una ramera mentirosa —la insultó sin
contemplaciones.
—Tienes un hermano —insistió la otra—. Y te necesita.
El duque de Alcázar sentía que la sangre se le helaba en
las venas porque parecía que la gitana hablaba enserio.
—Has perdido el juicio, y no te permito que sigas
ensuciando el nombre de esta familia.
—¡Eres un desgraciado sin corazón! —vociferó Eulalia
—. Pero tienes que ayudar a tu hermano.
Los insultos y gritos se escuchaban por todas partes.
—Antes ardería en el infierno.
Eulalia apretó los labios al escucharlo.
—Ahí te enviaría con gusto, aunque tuviera que
sostenerte la puerta.
Alonso tensó los hombros y gritó llamando al
mayordomo.
—¿Qué sucede aquí? —era la voz de la duquesa que al
ver a la gitana se quedó parada—. ¡Eulalia! No me han
anunciado tu visita.
La gitana llevaba tanto tiempo agobiada, que finalmente
cedió al llanto. Aracena corrió hacia ella para consolarla.
—Esta desgraciada se marcha de inmediato —afirmó el
duque.
Aracena miró a su marido sin comprender.
—No puedo irme… —sollozó la mujer—. Martín se me
muere…
La duquesa gimió al escucharla.
—¿Qué le ha pasado a Martín? ¿Se encuentra en el
reino?
Aracena la fue llevando hacia el sofá, la obligó a tomar
asiento, y le sostuvo las manos entre las suyas. Alonso se
percató de que su esposa no parecía asombrada por el anuncio
de la gitana.
Y Eulalia contó delante del duque de Alcázar el secreto
que llevaba toda la vida guardando. Habló alto y claro sobre
Martín, sobre la condesa viuda, y sus maniobras para
mantenerlo oculto. Relató que tiempo después se hizo agente
de la corona, y vivió escondido de todo y de todos, incluso de
ella. Eulalia no se dejó nada. Alonso la escuchaba muy atento
porque no sabía qué postura adoptar al respecto de las
informaciones que desgranaba Eulalia. Descubrir que tenía un
hermano vivo le supuso una hecatombe emocional.
—¿Tú, conocías esto? —le preguntó a la esposa.
Aracena hizo un gesto afirmativo, y entonces relató
cómo Martín le salvó la vida cuando guerrilleaba en la Sierra
de Neila en Burgos. Aracena le habló del bandolero Kiko
Peña, y que cuando llegó al campamento con una comitiva de
guerrilleros y bandoleros de diferentes partes del reino, uno de
entre todos le llamó poderosamente la atención porque era una
copia casi exacta de él. Aracena le reveló a Alonso que ambos
compartían la misma estatura y complexión. Los dos poseían
marcados rasgos aristocráticos, pero Martín tenía los ojos muy
grandes y el cabello negro rizado.
—¿Tú, sabías? —la pregunta del duque sonó
estrangulada—. ¿Tú sabías esto, y durante tantos años no me
has revelado la verdad?
Aracena se mostró avergonzada. Eulalia decidió
intervenir.
—Nunca quise hacerle daño a nadie, ¡lo juro! —
argumentó la gitana sin parar de llorar—. Amé mucho a tu
padre, Alonso —le confesó Eulalia—, y amarlo casi me cuesta
la vida.
El duque endureció el mentón al escucharla. De todas
las revelaciones que se habían desgranado, que Aracena
supiera que tenía un hermano era la más dolorosa, porque
había mantenido silencio.
—Mi madre casi se volvió loca cuando descubrió que
una gitana le calentaba el lecho a su esposo —mencionó
Alonso. Eulalia entrecerró los ojos—. Ni te imaginas el daño
que le hiciste.
Eulalia pudo casi palpar el rencor que salía por la boca
masculina.
—Ya te expliqué en su día que tus sospechas sobre lo
ocurrido estaban distorsionadas. Pero eres tan obtuso que no
eres capaz de ver la verdad delante de tus narices.
Él, no soportaba mirarla, pues veía en la gitana la raíz de
todos los problemas que había soportado de niño.
—Tu madre amaba al conde Ayllón, quién amaba a su
vez a otra que no quiso casarse con él, pero tu madre… tu
madre.
—¡Cállate! —la cortó Alonso.
Creía en verdad que Eulalia iba a sacar a la luz la verdad
sobre su hermana Rosa.
—¿Rodrigo sabe la verdad sobre tu hijo? —le pregunto.
Estaba claro por el tono del duque que se sentía
profundamente decepcionado—. Debo ser el hazmerreír de la
casa Velasco —susurró para sí mismo.
Aracena tomó las cartas que sostenía Eulalia entre las
manos.
—Deberías leerlas —le suplicó al esposo—. Porque ya
iba siendo hora de que conocieras la verdad.
Alonso no se movía, y Aracena decidió por él. Le puso
las cartas en las manos, y lo miró amorosa.
—Lamento mi silencio —se disculpó sincera—. Pero
hice una promesa en el pasado que me he visto obligada a
cumplir. —Alonso la miró decepcionado—. Le pediré al
mayordomo que te prepare un jerez —le dijo la esposa—.
Mientras lees las cartas, Eulalia y yo esperaremos en el jardín.
—Siento alivio de que la verdad haya visto por fin la luz
—afirmó Eulalia.
Aracena se giró hacia ella, y le sonrió con ternura.
—Has hecho un viaje muy largo, y tienes que contarme
cómo está mi padre, mi hermana Isabel, y cómo te va la vida
en Bromley Hall.
Eulalia aceptó, se giró, y comenzó a caminar sin mirar
ni una sola vez al duque que se quedó sosteniendo entres sus
manos un manojo de cartas dirigidas a María, la fallecida
condesa viuda de Ayllón.
Cuando leyó la primera, ya no pudo parar, y así fue
descubriendo quién era Martín, el hijo bastardo de su padre.
Un hombre que vivía siempre al borde del precipicio: un
agente de la corona que aceptaba las misiones más peligrosas,
y de las que obtenía a cambio los peores enemigos.
Alonso maldijo a Eulalia, a Rodrigo, e incluso a su
esposa que por tantos años había callado una verdad
demoledora. Tenía un hermano que se estaba muriendo, y la
adúltera impía le pedía ayuda para salvarlo.
Alonso, por primera vez en su vida, no supo qué hacer al
respecto.
CAPÍTULO 4
Esa noche durante la cena, Alonso se mantuvo en un
mutismo que no presagiaba nada bueno, sobre todo porque
seguía digiriendo la aparición de un hermano en su ordenada
existencia.
Como si su tribulación fuera poca, Eulalia le informó
que era tío de cuatro chiquillas adorables. Le habló de
Catalina, de Paloma, de María, y de la pequeña Victoria. Le
informó de que se habían convertido en la luz de su vida,
aunque admitía que ya no tenía la edad ni las fuerzas para
ocuparse de cuatro niñas muy activas y curiosas.
Aracena sonreía porque el duque estaba sobrepasado.
—¿Así que tu hijo es un vicioso pervertido? —preguntó
Alonso sarcástico, pero era una pregunta retórica que no
requería una respuesta, aún así Eulalia se la dio.
—Cuando logre enfrentarlo, créeme, que le haré las
oportunas reclamaciones, te lo aseguro —contestó—. Admito
que fue difícil con Catalina, y cuando llegaron las otras tres,
mi capacidad de aceptación estaba sobrepasada, pero son mis
nietas, hijas de Martín, y es mi deber cuidarlas.
—¿Quiénes son sus madres? —se interesó el duque.
Eulalia las enumeró por edad. Catalina iba camino de
los dieciséis, su difunta madre había sido la hija del conde de
Tejeda. Alonso sabía que el noble había sido un fiel defensor
del infante Carlos. La mujer le explicó que toda la familia de
Catalina había muerto, pero no dijo nada del huido tío.
Después le habló de Paloma, de María y de Victoria. El duque
anotó en su memoria el interesante dato de que dos de las hijas
de Martín pertenecían a la nobleza partidaria del infante
Carlos, firme candidato al trono y que había llevado el reino a
la guerra.
—Se han convertido en la alegría de mi vida —concluyó
la gitana.
Y Alonso se preguntó cuándo Eulalia había pasado de
ser la mujer más malvada del mundo, a la madre de su único
hermano varón, y que cenaba en su mesa, bajo su techo, y sin
una protesta por su parte. Pensó en Rosa, y el estómago se le
encogió: dos hermanos, y los dos bastardos.
«¡Malditos seas, Rodrigo!», se dijo en silencio.
—Mi hijo Martín se encuentra escondido en algún lugar
de Bahía de San Julián en Nueva España —informó de pronto
Eulalia—. Está herido, enfermo, y necesita nuestra ayuda
urgente.
La gitana le había pedido al duque de Alcázar el navío
Santa Rosa para ir en su busca, también unas credenciales
ducales para sacarlo de Santa Cruz sin problemas, pero Alonso
tenía otros planes. El Santa Rosa era un barco muy bueno pero
demasiado pesado. Si querían llegar a tiempo de salvar a
Martín necesitaban uno más ligero. Alonso se dijo que tendría
que pedir varios favores, y no se sentía muy cómodo al tener
que hacerlo, pero era tanta su necesidad de enfrentar a su
recién descubierto hermano, que iría hasta las mismas puertas
del infierno de ser necesario.
Alonso había aceptado ir en busca del bastardo.
Cuando Eulalia se enteró de que Alonso no pensaba
llevarla a Santa Cruz, montó en cólera. Su hijo la necesitaba.
La duquesa hizo apoyó común con el esposo para convencerla
de que regresara a Inglaterra en un navío de línea. Eulalia se
negó, y un segundo después reveló que había llegado al reino
en un barco pequeño propiedad de un capitán amigo de John
Beresford. Alonso le preguntó por qué motivo no la había
llevado entonces a Santa Cruz, y ella le respondió que sólo un
hombre con el poder del duque de Alcázar podría emprender
una gesta así y salir victorioso. Alonso no le agradeció el
cumplido. La gitana también le aclaró que ese capitán iba de
camino a las Azores.
Alonso no se dejó manipular por la gitana.
Había decidido hacer un viaje peligroso para rescatar a
un condenado enfermo y traerlo al reino de España. Eulalia
volvió a enfadarse cuando lo escuchó. Martín no podía pisar el
reino porque tenía incontables enemigos que no dudarían en
acabar con su vida. Martín debía viajar a Bromley Hall donde
ella lo cuidaría junto a su esposo, el mejor doctor del mundo.
Alonso le preguntó por qué motivo no había ido el
esposo en busca del bastardo, y Eulalia amenazó con
abandonar el comedor si el duque seguía con esa postura
hiriente hacia ella.
—Mi esposo tiene unas obligaciones como doctor que le
impiden viajar lejos del reino de Inglaterra —contestó con voz
fría—. Además, tenemos allí a nuestras nietas pequeñas,
¿quién las cuidaría si los dos hubiésemos emprendido un viaje
tan largo y peligroso?
—¿Tu adorado conde Ayllón? —se burló el duque—.
Todavía no entiendo por qué motivo no le has pedido ayuda —
susurró en voz baja, pero Eulalia lo había escuchado.
—Porque Martín es tu hermano, ¡tu sangre! —le recordó
con acritud—. Y aquí estamos perdiendo un tiempo valioso
cenando y compartiendo banalidades.
El duque alzo el rostro y la miró serio.
—Preparar un barco para emprender semejante viaje no
es baladí.
—Es cierto, Eulalia —intervino la duquesa—. Hay que
elegir el mejor navío, una adecuada tripulación, y llenarlo de
provisiones.
Eulalia inclinó el rostro y miró la servilleta. Para ella el
tiempo era oro porque Martín estaba enfermo, herido, y no
sabía cuánto tiempo más podría resistir.
—Quizás todo este esfuerzo sea en vano —afirmó el
duque en un tono seco que le provocó a Eulalia un escalofrío.
—Te aseguro que tu hermano no está muerto, ni va a
estarlo —aseveró la madre contra toda lógica.
—Deja de llamarlo mi hermano —le ordenó el duque.
Eulalia no se amedrentó.
—¡Lo es! —afirmó rotunda—. Que te guste o no, no
cambia el hecho de que es hijo de tu padre.
Alonso se encontró masticando la impotencia. Ya había
dado órdenes de que prepararan el Serafín, una corbeta que
había servido de escolta de mercantes Oceánicos y
guardacostas en Nueva España. La había comprado en los
astilleros de Cádiz cuando la reparaban por un precio acorde a
su eslora. El barco tenía un total de dieciocho cañones, y con
una dotación de ochenta hombres e incluso más. Su intención
había sido regalársela a su primogénito, pero antes de hacerlo
haría un primer viaje.
—Verás que todo sale bien, Eulalia —la animó la
duquesa.
—¿Cuándo tienes previsto partir? —le preguntó Eulalia
al duque.
Alonso no le contestó de inmediato.
—Cuando la tripulación esté lista —respondió
pensativo.
Eulalia sabía que Alonso había hecho un gran esfuerzo.
Tras conocer la asombrosa noticia, había enviado varios
mensajes, recibido a diferentes personajes, y dado
instrucciones a su guardia personal para que lo tuvieran todo
preparado.
—Gracias —le dijo Eulalia en un tono neutro.
Alonso la miró sin un parpadeo y de forma tan intensa,
que Eulalia se puso nerviosa. Muchas veces en el pasado, el
duque la había mirado con desprecio, incluso con odio, pero
en ese momento su mirada era clara, limpia, y contenía una
desolación que la preocupó.
—Mi padre, ¿lo supo? —inquirió de pronto.
Eulalia sabía que se refería a su embarazo, y le hizo un
gesto negativo con la cabeza. Por primera vez le habló de su
padre, de sus encuentros secretos en la taberna Tarantos.
Alonso apretó los labios porque sabía que ese lugar había sido
utilizado para concretar conspiraciones y cambios políticos.
—Allí se reunían nobles, y también escritores y poetas
—apuntó Aracena—. No sólo detractores políticos —le dijo a
su esposo que había interpretado muy bien su mirada.
—Mi padre era bonapartista —admitió el duque—. Y la
taberna Tarantos era el lugar más indicado para reunirse los
conspiradores de la corona.
Eulalia siguió narrándole sus infortunios al enamorarse
de Alonso Miguel que solía visitar la taberna los viernes por la
noche.
—Mi padre estaba casado —le recordó el duque
crujiendo los dientes.
Eulalia sabía que tenía que hablar con sinceridad y
desde el corazón.
—Tu padre no era feliz sino desgraciado, y el destino se
encargó tanto de unirnos como de separarnos poco después.
La gitana le recordó que el conde Ayllón había roto con
Ana de Guzmán mientras era capitán de navío en Nueva
España, y que la noble, humillada y despechada, aceptó la
propuesta de matrimonio que el viejo duque le hizo a su
familia en nombre de su hijo. Cuando años después el conde
Ayllón regresó al reino, Ana lo buscó porque seguía amándolo,
y lo sucedido después sólo lo conocían el propio Rodrigo y
ella.
Eulalia vio perfectamente cómo se dilataban las aletas
de la nariz de Alonso al escuchar esas verdades sobre sus
padres, y algo más que se le escapaba.
—Si te parece terrible todo lo que te estoy contando,
deja que te confiese lo mejor —comenzó la gitana—. Mi hijo
sabía que estaba viva, y jamás me buscó por su propia
iniciativa, sino gracias al conde Ayllón.
—Un castigo justo —apuntó el duque.
—Inmerecido —lo corrigió la Eulalia.
—¿Por qué se llama Martín de Valiente y Caballero? —
le preguntó.
—Lo criaron los primos maternos de la condesa viuda
de Ayllón. María era su madrina.
—¿Y por qué no te lo quedaste? ¿Por qué lo entregase a
otros? —las preguntas de Alonso quemaban.
Eulalia tragó con fuerza.
—María me salvó la vida, y protegió a mi hijo de mi
propia gente que lo quería muerto, como me quisieron muerta
a mí. Gracias a Dios que Inés de Velasco me encontró y se
apiado de mi alma.
No hizo falta que Eulalia le explicara la paliza que le
dieron hasta casi provocarle la muerte, porque era la forma que
tenían los gitanos de limpiar la honra perdida.
—Cuando desperté, no podía moverme ni respirar —
narró Eulalia con voz emocionada—. Tenía dos costillas rotas,
una de ellas me había perforado un pulmón. La pierna derecha
la tenía quebrada en tres partes diferentes —continuó diciendo
con rostro serio—. No pude moverme ni caminar durante
meses.
—¡Dios mío! —exclamó Aracena completamente
horrorizada.
—Sin los cuidados de María, no habría sobrevivido, ni
tu hermano tampoco. Martín no habría sobrevivido sin un ama
de cría…
Alonso bajó la mirada. En modo alguno podía
imaginarse el alto precio que había pagado Eulalia por amar a
su padre. Aunque lo que sentía hacia ella no había cambiado ni
un ápice.
—¿Por qué se ha mantenido tu hijo oculto de todos? —
quiso saber el duque.
Eulalia soltó un suspiro largo.
—Como ya he mencionado antes, Martín decidió
trabajar como agente para la corona —reveló Eulalia con voz
firme, y sosteniéndole la mirada—. Aceptó encargos muy
peligrosos, y por eso no podía relacionarse contigo. —Sí,
Alonso podía entenderlo muy bien—. Pero ha salido a la luz
su identidad, lo que ha hecho, y por eso han intentado
matarlo… imagina, han ido hasta Nueva España para hacerlo.
Había nobles muy poderosos contrarios a la política del
reino, por eso entendía el peligro al que estaba expuesto el hijo
de Eulalia. Alonso no pudo responder porque un desconocido
entró tras el mayordomo.
—Su Excelencia, el Serafín está listo.
El duque se levantó, se disculpó con las mujeres, y se
marchó. Aracena y Eulalia se quedaron en el comedor
mirándose la una a la otra.
—¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer mientras tanto? —se le
quebró la voz.
—Regresar a Inglaterra, y ocuparte de tus nietas —le
aconsejó la duquesa.
CAPÍTULO 5
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire, Inglaterra.
Las semanas pasaban con una lentitud desquiciante. Tras
la marcha de Eulalia al reino de España para buscar la ayuda
de Alonso de Lara, muchas cosas habían sucedido en la casa,
sobre todo con la actitud de las cuatro hijas de Martín que
veían en el regreso del padre un peligro en su apacible
existencia. Catalina, la mayor, se había encerrado en sí misma,
Paloma lloraba por las noches, y María no quería jugar. Sólo la
pequeña Victoria se mantenía ajena a todo, salvo cuando sus
hermanas discutían y se peleaban.
Eulalia se sentía tan nerviosa y angustiada, que muchas
veces no controlaba el tono de voz, por eso Harry había
decidido hablar con ella. Cuando entró directamente a la
cocina por el patio trasero, la encontró llorando. Su esposa
estaba de espaldas, y sostenía un mensaje en las manos.
—¿Son malas noticias? —le preguntó el marido
mientras la abrazaba.
Eulalia se giró y apoyó la cabeza en el amplio pecho.
—Es un mensaje que me envía Aracena, todavía no hay
noticias del duque de Alcázar ni del Serafín.
Eulalia no ignoraba que Santa Cruz estaba demasiado
lejos.
—Últimamente te veo muy agitada —le dijo Harry al
mismo tiempo que la llevaba hacia una silla—. No duermes
por las noches.
—Necesito sacar la angustia que siento en mi interior, y
sólo puedo hacerlo cuando las niñas no están en casa.
—¿Y dónde están? —preguntó el doctor.
—Emily las ha llevado de compras.
—¿A las cuatro?
—Se ha traído de Hambleden una doncella para que la
ayude.
Harry soltó un suspiro largo. Las semanas que Eulalia
había estado fuera de Bromley Hall, Emily había sido de una
ayuda inestimable. Si no fuera por ella, habría perdido el
juicio. Para suplir la ausencia de la abuela, había organizado
diferentes eventos para entretenerlas: picnic, clases de
equitación, incluso las había llevado a varios cumpleaños,
aunque eran cumpleaños de sirvientes, pero a las niñas no les
importó. Disfrutaron mucho de la visita a Hambleden cuando
el otro tío, Elliot Allergan, se encontraba de viaje.
Harry y Eulalia le debían mucho a Emily.
Los dos estaban sentados en la mesa frente a frente,
Harry tomó las manos de Eulalia entre las suyas, y la miró a
los ojos.
—He pensado que podríamos internar a Catalina y a
Paloma en la escuela de señoritas Hijas del Clero —Eulalia
clavó la mirada en el rostro de su esposo sorprendida—. La
escuela se encuentra en Cowan Bridge.
—¿Que dices, Harry?
—Es una forma de suavizarte el trabajo.
Eulalia tragó con fuerza.
—No podemos permitírnoslo.
—Ya me he informado, y pagaríamos solo cien libras al
año por cada una…
Eulalia lo cortó con un bufido.
—Son mi obligación —afirmó rotunda—. Y no suelo
darle la espalda a mis responsabilidades por difíciles que sean.
—Todo este asunto te está minando la salud —replicó el
marido.
La esposa giró el rostro para que él no viera cuánto le
había dolido esa sugerencia.
—¿Te molestan las niñas, Harry? —le preguntó de
pronto.
—Sabes que no —respondió rápido.
—Mi hijo llegará, se recuperará, y se ocupará de sus
hijas, de las cuatro.
Harry no sabía cómo hacerle entender que la
enfermedad provocada por la fiebre amarilla solía ser mortal,
que muy pocos pacientes la superaban, y si Martín había
fallecido, ellos tendrían que tomar decisiones.
—¿Y cómo se ganará la vida Martín? —le preguntó
atento—. Un hombre como él acostumbrado al peligro, no
desempeñará tareas de labriego —terminó diciéndole.
Eulalia se levantó deprisa, y se limpió el rostro con la
esquina de su delantal blanco.
—Se te olvida que su hermano es el duque de Alcázar,
seguro que se le ocurre una ocupación para Martín.
Sí, Harry había pensado en todo eso de noche y de día,
pero mucho se temía que el hijo de Eulalia había fallecido por
la enfermedad, salvo que no le confiaba sus temores para no
angustiarla más.
—Sé que piensas que Martín está muerto —le dijo de
pronto ella.
Por el brillo en los ojos de su esposo, Eulalia supo que
no se había equivocado.
—Pero siento aquí… —se puso la palma de la mano en
el corazón y lo golpeó varias veces—, que mi hijo está vivo, y
que Alonso me lo traerá de regreso.
—¿Y si no sucede como esperas? —se atrevió a
preguntarle.
Eulalia se quedó pensativa durante un momento largo.
Ella también había escogido y descartado opciones. Se había
enfrentado a sus propios demonios del pasado, había sujetado
su ira actual, y había hecho una promesa al futuro.
—Le pediremos ayuda al duque de Alcázar.
Harry sabía cuánto le había costado a Eulalia esa
aceptación.
—¿Querrá ayudarnos con las niñas?
Eulalia no tenía ninguna duda.
—Al menos nos ayudará con dos —Harry alzó las cejas
en un interrogante porque no había comprendido sus palabras
—. Catalina y Victoria son nietas de conde, y no dudo que el
duque de Alcázar se ocupará de las dos.
—¿Y qué pasara con las otras dos, con Paloma y María?
No sería justo para ellas que las separaran. —Eulalia se
debatía en un mar de dudas.
—Me agobia no saber lo que nos deparará el futuro —
confesó Eulalia, y esa admisión para una gitana que leía las
cartas, resultaba muy preocupante.
—Al menos, Alonso ya conoce la historia —susurró el
esposo aliviado.
Tantos años guardando secretos, tantas mentiras
ofrecidas, pero al fin la verdad se había abierto paso para
poner claro sobre oscuro.
—Pero es un hecho indiscutible que Paloma y María son
hijas de sirvientas —expresó la gitana—, puede que incluso la
madre de Paloma fuera una prostituta.
Al fin Eulalia había expuesto y reconocido su temor con
respecto a Paloma.
Harry decidió consolarla.
—Pienso que te preocupas demasiado cuando tienes la
solución al alcance de tu mano —admitió Harry.
La gitana lo miró con verdadero interés.
—Explícate —le pidió Eulalia.
—Los dos estamos aterrados porque pensamos que no
podremos ocuparnos de las niñas cuando alcance la edad
adulta, y tienes a tu lado a personas muy importantes que
pueden abrirles cada una de las puertas que otros les cierren.
Eulalia lo observó atenta.
—¿Qué piensas, Harry?
El hombre tomó aire, y lo expulsó lentamente.
—Podrías pedirle al duque de Arun que apadrine a
Paloma —le sugirió Harry con voz suave—. Podrías pedirle
también al marqués de Whitam que apadrine a María.
Eulalia se llevó la mano a la boca para contener un
gemido. ¿Cómo no se le había ocurrido a ella? Sentía ganas de
llorar de puro alivio.
—¿Y cuándo se te ha ocurrido esa brillante idea? —
inquirió muy interesada.
Harry ladeó la cabeza con aire culpable.
—En realidad se le ocurrió a Emily —confesó azorado
—. Durante tu ausencia conversamos mucho —continuó
explicándole—. He llegado a conocerla mucho mejor, y ahora
comprendo muchas de las decisiones que tomó en su día y que
tanto me disgustaron.
—¡Harry! —exclamó Eulalia conmovida—. Tengo que
tragarme todos los sapos que le dediqué a tu sobrina en su día.
El doctor sonrió.
—Realmente fuiste dura con ella al principio.
—Pero he llegado a respetarla y a quererla, sobre todo
porque me ha ayudado mucho con las niñas.
—¿Te ayudo con la cena? —se ofreció Harry—.
Nuestras nietas vendrán famélicas.
Eulalia le sonrió de tala forma, que Harry sintió que los
huesos se le convertían en gelatina. Quería a esa gitana con
toda su alma, quería a sus nietas como si fueran también las
suyas, y juró hacer todo lo que estuviera en sus manos para
que la familia Tyler fuera la más feliz de todas.
CAPÍTULO 6
Bahía de San Julián, Santa Cruz, Nueva España.
Al fin Alonso, duque de Alcázar, tenía un nombre y la
dirección de un lugar. El Serafín había llegado a puerto dos
días atrás, pero buscar a Martín se había convertido en una
odisea. Previendo que encontraría dificultades, había llevado
consigo a dos de sus mejores hombres, también a uno de sus
mejores amigos: el doctor Juan de Dios y Arceo. Un hombre
muy inteligente que había nacido en Vergara y estudiado
Medicina en el Colegio de San Carlos en la villa de Madrid.
Juan de Dios le había salvado la vida en Zaragoza cuando
Alonso lideraba los Húsares de la Princesa, el regimiento de
caballería del reino de España. Desde entonces se habían
convertido en amigos. Actualmente era médico y cirujano en
la corte, pero cuando Alonso le pidió ayuda para hacer el viaje,
el hombre ni lo dudó.
Antes de partir de Sevilla, Alonso había hecho
indagaciones sobre su medio hermano, y lo había hecho de
forma muy discreta. Sabía dónde preguntar, a quién interrogar,
y cómo obtener respuestas, sobre todo de la corona que
conocía las andanzas de Martín.
Había dado pasos de forma cuidadosa, porque sabía que
aquellos que habían atentado contra la vida de Martín, lo
volverían a hacer si conocían que seguía vivo.
Había concertado una entrevista con el futuro
gobernador de Santa Cruz, don Carlos María Moyano, para
conocer la política del lugar y obtener información. El duque
de Alcázar había sido previsor, y traía despachos del reino.
Mientras conversaba con Carlos, Alonso envió a varios de sus
hombres a buscar a Martin, les advirtió que no hicieran
preguntas, que no se hicieran notar, y que hicieran
indagaciones sobre los barcos anclados en Bahía de San
Julián.
Cuando tuvo enfrente la choza a la que llamaban
Taberna Cañadon, supo que era un buen escondite para un
hombre como Martín. Un real de plata le costó que el dueño
les abriera paso al infesto lugar donde se consumía el hijo de
Eulalia: un sótano cavado en la tierra sin ventilación. Martín
no estaba muerto, pero lo parecía.
Lo llevaron al Serafín con todas las precauciones, y
Alonso se encargó de cortar cualquier intento de chantaje
futuro al advertirle al dueño de la taberna que si sentía la
tentación de irse de la lengua, Alonso se la cortaría junto con
las manos.
En la corbeta, Martín fue bañado, vestido, y atendido
por el médico que no se explicaba cómo podía estar todavía
vivo. Cuando horas después se reunió con el duque, no tenía
palabras para explicar el milagro.
—Sufre una fuerte desnutrición, pero su dolencia no era
la fiebre amarilla como me informaste sino la malaria —le
explicó el médico.
Alonso no sabía si sentir alivio o pesadumbre.
—¿La malaria provoca ese tono amarillo en la piel? —le
preguntó al doctor.
—Precisamente la ictericia es una de las
manifestaciones más comunes de malaria complicada —le
explicó el doctor—. Si hubiese padecido fiebre amarilla,
posiblemente estaría muerto.
—Entonces, ¿se recuperará? —Alonso tenía verdadero
interés en conocer la opinión del doctor.
—Me temo que sufrirá en el futuro episodios
relacionados con la malaria pues nunca se supera del todo la
enfermedad.
Y durante las siguientes horas, el doctor tuvo a bien
explicarle de qué forma tendría que cuidarse el enfermo en el
futuro. Los graves episodios que soportaría, y la fortaleza para
superarlos.
El Serafín continuó rumbo a San Juan para
reabastecerse, y después continuaría hasta Sevilla.

***
Martín abrió los párpados y se encontró con el techo de
un barco, además percibía con claridad el balanceó. Respiró
profundamente porque se sentía mareado. Parpadeó en un
intento de que no le picaran tanto los ojos. No tenía fuerzas ni
para alzar la mano, pero era un hombre acostumbrado al
peligro, y por eso percibió la amenaza en el camarote. Giró la
cabeza con cierta dificultad, y clavó la mirada en el hombre
que se mantenía apoyado en la puerta cerrada. Supo quién era,
y sintió deseos de maldecir. El hombre alto y de complexión
musculada, lo miraba con tal intensidad, que Martín sintió un
escalofrío que lo recorrió de la cabeza a los pies, pero ninguno
de los dos dijo nada.
Era como si se midieran mutuamente.
Tras un momento largo, el hombre se giró, abrió la
puerta, y se marchó dejándolo solo. Entonces Martín pudo
respirar aliviado. Lo último que recordaba era estar en un
agujero oscuro, sufriendo episodios de fiebre que lo dejaban
temblando y sin fuerzas. Además, la herida de la pierna se le
había infectado, lo que aumentaba la fiebre y la sensación de
abatimiento. Martín había creído sinceramente que moriría allí
escondido acompañado por sus demonios, pero en momentos
de lucidez, ansiaba la muerte, aunque fuera pecado.
No supo cuántas horas transcurrieron pensando en el
hombre silencioso que no le había dirigido ni una palabra, pero
era consciente del enorme esfuerzo que había realizado al
rescatarlo, aunque no se alegró, porque ahora le debía la vida
al duque de Alcázar, su hermanastro: el hombre más influyente
de la corte, el que más tenía que perder si trascendía que lo
había ayudado.
La puerta del camarote se abrió de nuevo, y por el hueco
abierto cruzó un hombre de cabellos plateados.
—Al fin despierto —le dijo mientras dejaba su maletín a
los pies de la litera.
Durante los siguientes treinta minutos se dedicó a
explorarlo de forma concienzuda.
—Ya puede comenzar a ingerir alimentos sólidos —le
dijo el doctor mientras guardaba el estetoscopio en el interior
del maletín—. No podíamos darle nada más que sopas y purés
porque ha tenido episodios de fiebre muy alta debido a la
malaria, pero a partir de hoy ya podrá tomar alimentos sólidos.
Y el doctor comenzó una larga explicación sobre lo
enfermo que había estado, y que la infección de la pierna había
sido muy grave con lo que no volvería a caminar sin la ayuda
de un bastón.
—¿Qué barco es este? —le preguntó cuándo el doctor le
puso un almohadón tras la espalda para reincorporarlo un
poco.
Un marinero traía una bandeja con alimentos. El olor del
pollo frito le hizo rugir el estómago con fuerza.
—El Serafín, una corbeta ligera.
—¿Pertenece al duque de Alcázar?
Martín no sabía cómo preguntar si lo había rescatado
otra persona que no fuera Alonso de Lara.
—Si se alimenta bien hoy, es posible que mañana pueda
asistir al camarote de oficiales donde Su Excelencia le
demandará explicaciones.
El doctor ya no dijo nada más. Salió del estrecho
camarote sin mirar atrás. El marinero le fue dando cucharadas
de estofado que Martín devoraba como el muerto de hambre
que se sentía. Cuando llegó el turno del pollo, lo disfrutó a
conciencia.
—Su Excelencia le ha dejado algo de su propia ropa
para que se vista cuando se sienta con fuerzas —le fue
diciendo el marinero—. Ya tenemos ganas de verlo por
cubierta.
Martín no podía comer más trozos de pollo, por eso
ladeó la cabeza. Que un hombre lo alimentara le provocaba un
malestar infinito, pero apenas tenía fuerzas para mantenerse
erguido con el apoyo del almohadón.
—¿Dónde estamos? —preguntó ansioso.
El marinero dejó los cubiertos en la bandeja.
—Estamos arribando a San Juan, el Serafín necesita
avituallamiento.
Martín trató de sentarse.
—Estas son aguas peligrosas —susurró para sí mismo.
—Nada es lo suficientemente peligroso para el duque de
Alcázar.
Martín sonrió sin humor. La fama de su hermanastro
siempre le precedía.
—¿Salimos de Bahía de San Julián sin problemas? —no
pudo evitar hacerle la pregunta.
El marinero lo miró atónito.
—No hay pirata ni brabucón que se atreva con el
estandarte de la Casa Lara.
Martín giró el rostro porque cada palabra que le decía el
marinero era para ensalzar a su hermanastro, y se molestó. Le
debía la vida, estaba en deuda, y no le gustaba en absoluto
porque siempre había sido un hombre libre, sin ataduras, sin
preocupaciones, salvo mantenerse con vida y disfrutar del
momento.
—Me daré un baño —le dijo al marinero—. ¿Me
pueden traer agua caliente y utensilios de baño?
Marín había visto el barreño de madera en la esquina del
camarote.
El marinero hizo un gesto con la cabeza, y se marchó
llevándose la bandeja casi vacía. Martín comenzó a sentir una
molestia de estómago, pero era algo natural porque llevaba
demasiado tiempo sin masticar sólido. Respiró profundamente,
y se sentó en el borde de la cama. El mareo lo mantuvo en
jaque varios minutos, pero finalmente lo controló, se levantó
apoyándose en la litera. Comenzó a dar pasos pequeños,
aunque sin soltarse. Tenía que recuperar fuerzas porque le
quedaba una batalla que librar.
CAPÍTULO 7
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire
Eulalia le dio las últimas indicaciones a Julia. Miro todo
lo que se había preparado para la cena, y asintió. Del pequeño
pueblo de Great Marlow habían llegado dos sirvientes que
ayudarían con las bandejas. Eulalia y Julia habían estado
trabajando todo el día anterior, pero la gitana se sentía muy
satisfecha.
—Te he dicho que está todo bien —le repitió Harry por
undécima vez.
—Los invitados son muy especiales —respondió la
mujer un poco agobiada.
—Tú misma has dicho que son de la familia —le
recordó Harry.
Era la primera vez que los Penword cenaban en Bromley
Hall, y ella deseaba que todo resultara impecable, y se
sucediera a las mil maravillas.
—Con los Beresford todo resultó tranquilo —le trajo a
colación el esposo que trataba de animarla—. El marqués se
mostró relajado y nos deleitó con su fino sentido del humor.
Eulalia sonrió. Había sentido un pálpito, y se dejó llevar.
—Emily está tardando mucho —dijo Eulalia mientras
miraba el reloj que estaba colgado de la pared de la cocina—.
Me dijo que me ayudaría con las pequeñas.
—Yo puedo encargarme del resto, Laly —le dijo Julia
—. Ve con las niñas, y adelanta faena.
Julia era una modista muy creativa, y había
confeccionado los vestidos de Catalina, Paloma, María, y
Victoria.
—Se escuchó un carruaje, y a Eulalia casi se le sale el
corazón del pecho.
—No pueden ser los Penword —susurró llevándose la
mano a la garganta.
—Será Emily —respondió Harry—. Saldré a recibirla.
—Voy contigo.
Uno de los sirvientes ya había abierto la puerta, junto a
Emily estaba plantado Elliot Allergan, conde de Hambleden.
Harry y Eulalia se sorprendieron al verlo en Bromley Hall.
Tenía el rostro demasiado severo, pero iba elegantemente
vestido.
—Lord Allergan —lo saludó Harry.
—Me he tomado la libertad de invitar a mi tío —le
explicó Emily a Eulalia, y sin dejarle opción a que
respondiera.
La gitana se quedó pensativa. Ella pretendía que Emily
conociera a otros jóvenes tan atractivos e interesantes como
Devlin y Hayden, y si el ogro estaba pendiente de la sobrina,
podría cortar de raíz cualquier incipiente interés que pudieran
mostrar.
—Ve con las niñas, Laly, yo atenderé al conde.
Emily ya le había dado la capa y los guantes al sirviente.
—Te acompaño —se ofreció—. Estoy deseando ver los
vestidos.
Harry y Elliot pasaron al salón mientras Eulalia y Emily
subían a la planta superior. Las niñas ya estaban bañadas, con
el cabello limpio y perfumadas. La abuela les había elaborado
un jabón de lilas y miel que olía especialmente bien. Cuando
Emily vio los vestidos bien colocados sobre la cama de
Catalina, soltó una exclamación. Julia tenía mucha mejor
mano para la costura que para la cocina.
Vestir a las niñas no supuso ningún problema porque
estaban emocionadas. Emily ayudó a Catalina que iba vestida
en un tono azul. También a Paloma que iba en un tono coral.
Eulalia se encargó de María que iba de rosa, y de la pequeña
victoria que iba de blanco.
—Parecéis princesas de cuentos de hadas —les dijo
Emily sincera.
Catalina llevaba un recogido muy elaborado, pero que
parecía sencillo, Eulalia tenía buena mano porque cada
mechón de sus nietas había sido peinado con mimo, gusto, y
ya podían moverse que no se les escaparía ni un solo cabello.
—Os he traído un regalo.
Emily buscó en el interior de su pequeño bolso de mano,
y sacó prendedores para todas. El de Catalina tenía perlas, y
los otros eran de topacio en diferentes colores. Se los prendió a
cada una con suavidad.
Fuera se escuchó un carruaje pesado, y Eulalia supuso
que eran los duques de Arun que llegaban a la casa. Les dio las
últimas indicaciones a sus nietas, y juntas bajaron por la
escalera. Emily y Catalina lo hicieron en último lugar, y ambas
compartían confidencias.
Los duques de Arun ya le habían entregado al servicio
las capas y los guantes. Harry salió a recibirlos y les dio la
bienvenida de forma calurosa. Eulalia se abrazó a su niña
Aurora, y seguidamente les ordenó a sus nietas que saludaran.
Lo hizo por rango de edad. La duquesa les sonrió a todas con
cariño.
—¡Pero qué guapas son, Eulalia! —exclamó la duquesa.
Las cuatro hicieron sendas reverencias de forma muy
graciosa frente a los duques. Aurora se quedó maravillada
porque no habían dudado al hacerlo. Estaba claro que Eulalia
las había obligado a practicar.
La gitana no podía estar más orgullosa.
Devlin Alexander Penword no podía apartar la mirada
de Catalina. En sus ojos se podía apreciar que le parecía una
muchacha muy atractiva.
Harry los invitó a pasar al salón antes de hacerlo al
comedor para poder degustar unos licores, y Emily y Catalina
se vieron rodeadas por los cuatro atractivos Penword que las
hicieron sentir especiales.
Justin saludó de forma amistosa al conde de Hambleden,
y comenzaron una conversación sobre la política del reino que
logró que los músculos de Eulalia se relajaran. Había esperado
ese momento con ansia, y ahora tenía que lograr que todo
resultara como lo había planeado.
—Qué bien las estás educando, aya.
La duquesa llevaba parte de la noche observando a las
nietas de Eulalia con suma atención. Le había llamado
especialmente la atención la callada Paloma porque le recordó
a la menor de sus hijas.
La gitana interpretó perfectamente la mirada de la
duquesa sobre su hija.
—Primrose está muy alta —le susurró Eulalia al oído.
Así llamaba el anterior duque de Arun a la más pequeña
de los Penword.
—Está creciendo demasiado rápido —admitió Aurora
con un cierto pesar que no disimuló—. Ya casi es una
adolescente.
Eulalia miró a su pupila con entendimiento. La pequeña
Beatrice estaba prometida al primogénito y heredero de Roger
Eden Wilson, y cuando fuera presentada en sociedad, se haría
efectivo el compromiso.
—¿Recuerdas nuestra conversación? —le preguntó
Eulalia con cierta impaciencia.
La duquesa afirmó. Eulalia le había transmitido su deseo
de que Justin y ella apadrinaran a una de sus cuatro nietas. Le
había deslizado un nombre: María, pero aurora quería observar
a las niñas mejor antes de tomar una decisión.
La cena fue anunciada, y Eulalia y Harry precedieron a
los invitados. Catalina se encontró con la dificultad de no
poder elegir compañero de mesa porque se lo disputaban tanto
Devlin como Hayden, y le crearon cierta incomodidad que
solventó Emily sentándose a su lado. El resto de la velada
transcurrió sin incidentes, y todos pudieron disfrutar de un
manjar de dioses. Eulalia era única cocinando porque parecía
que tenía magia en las manos. Harry estaba muy orgulloso de
ella, también de las niñas que amenizaron la velada con risas y
miradas de ángel.
El conde de Hambleden hizo buenas migas con el duque
de Arun que se comportó como un hombre sencillo, así como
su esposa que bailó con las pequeñas mientras Emily tocaba
una melodía al piano. Si el estirado conde había albergado
alguna duda sobre la valía de Eulalia, esa noche cambió su
opinión por completo.
Cuando los Penword se marcharon, los dos hombres se
tomaron un brandy mientras Eulalia acostaba a las pequeñas.
Como se había hecho muy tarde, ya no bajó a la biblioteca.
Justo una hora después, Harry despidió al último invitado: el
conde de Hambleden. Su sobrina Emily se marchó con él.
Minutos después, cuando Harry entró a la alcoba que
compartían, la encontró llorando.
—¡Laly! —exclamó el esposo preocupado.
Corrió para encerrarla entre sus brazos y consolarla.
—No puedo creer que estés llorando cuando todo ha
salido a la perfección.
Eulalia lloró más fuerte, pero lo hacía de alegría por sus
nietas, de tristeza por su hijo, y porque los jóvenes canallas
Penword no le habían prestado atención a Emily como ella
había previsto sino a Catalina.
—He quedado con el duque, que el bautizo de Paloma
se hará la segunda semana de mayo para formalizar su
apadrinamiento —le informó Harry.
Eulalia se sonó la nariz y se limpió las lágrimas.
—¿Te has dado cuenta de que ninguno de mis
muchachos Penword se ha fijado en Emily?
Harry soltó un suspiro cansado.
—Catalina es muy hermosa —le recordó el esposo—. Y
mi sobrina parece mayor de lo que es.
Eulalia seguía dándole vueltas a la situación. Y
continuaba pensando en todos los hombres que conocía para
que trataran de enamorar a Emily para que desistiera de su
compromiso con el tal Smith.
—Pues si no lo he conseguido con Devlin y Hayden lo
haré con… —Harry la interrumpió.
—Victor desea que lo llamemos por su segundo nombre,
Gabriel, igual que Andrew, que desea que lo llamemos
Cameron.
Eulalia bufó. Sí, para darse importancia delante de las
chicas, los dos se habían presentado con sus segundos
nombres.
—Yo he ayudado a traer a esos niños al mundo, y los
llamaré por su primer nombre como siempre. —Harry decidió
no contradecirla—. Si no he conseguido que se interesen por
Emily, lo lograré con Christopher junior.
—Vamos a la cama, Laly —le dijo Harry que no
pensaba darle munición para que siguiera hablando y
especulando.
Eulalia siguió murmurando para ella misma mientras
aceptaba la sugerencia de su esposo, pero una vez en el lecho
continuó con sus maquinaciones para lograr que Emily se
interesara por otro.
CAPÍTULO 8
Santa Cruz de Graciosa, Las Azores, reino de Portugal.
Martín seguía mirando el puerto. Estaban subiendo
provisiones al Serafín. Quedaba muy poco para llegar a
destino, y él se había repuesto bastante bien durante esas
semanas de viaje, pero ni una sola vez había podido conversar
con su hermanastro. Cada vez que él entraba en el camarote de
oficiales, Alonso salía sin pronunciar palabra, y en el tercer
intento fallido, desistió.
Llevaba bastón para ayudarse a caminar porque la
pierna izquierda todavía necesitaba recuperación y mucho
tiempo de reposo. Tomaba por las noches polvos calmantes
porque el dolor resultaba intolerable, sobre todo porque
algunas noches la fiebre lo atacaba, y lo dejaba sudoroso y
tembloroso. La malaria lo iba a acompañar el resto de su vida,
así como sus pecados.
—Pensábamos hacer un alto en la ciudad de Sevilla,
pero el duque ha cambiado de opinión —le informó el doctor
amigo de Alonso—. Por eso nos estamos avituallando en Las
Azores.
Martín lo había sospechado. El doctor miró el rostro del
enfermo que se apoyaba en la barandilla de estribor. Gracias a
los paseos en cubierta que realizaba a diario, su rostro ya no
parecía el de un cadáver.
—Tendrá que comenzar una nueva vida fuera del reino
—le dijo de pronto.
Martín supuso que su hermanastro le habría informado
de todo, pero se equivocaba. No había un hombre más
hermético que el duque de Alcázar, pero las noticias corrían
entre los marineros y oficiales como pólvora prendida. Estaba
claro que sabían mucho más de lo que largaban.
—Ya lo tenía asumido —respondió en voz baja.
—El duque ha hecho un esfuerzo para salvarle la vida
—continuó el doctor sin un parpadeo—. Confío que sea
recíproco.
Martín escuchó al doctor y alzó las cejas.
—¿Tendré que salvarle la vida al duque como
retribución? —bromeó.
El hombre no se lo tomó a risa.
—Tendrá que hacer honor a ese esfuerzo que ha
realizado no metiéndose más en conspiraciones políticas ni en
intrigas palaciegas.
Martín tragó con fuerza.
—¿Le envía el duque a informarme sobre ello?
—Yo no soy tan prudente como Alonso, un hombre al
que admiro mucho y aprecio de corazón.
Estaba claro que el doctor había decidido por cuenta
propia hacer de valedor del duque, pero no hacía falta porque
Martín iba a salir de su vida tan rápido como había aparecido.
—¿Tiene familia en Inglaterra? —le preguntó el doctor.
Martín iba a negar porque pensó en María, la condesa
viuda de Ayllón, sin embargo, sí tenía una madre casada con
un inglés: la misma que había roto su promesa de guardar
silencio con respecto a él.
—La tengo —afirmó con desgana.
—Gracias a las políticas de Inglaterra con nuestro reino,
no tendrá que temer que la corona se pronuncie y ordene su
regreso a España, si acaso descubriera que se esconde allí.
—Puedo asegurar que el reino no tiene potestad para
pedir ni ordenar nada ni a mí ni a Inglaterra —respondió
Martín.
El hombre asintió.
—Entonces, un problema menos.
Martín se dijo que así sería su vida en el futuro: vivir
escondido, salvo que él se encargara de cambiar los
acontecimientos. Sabía quién estaba detrás de su intento de
asesinato, y se había jurado que la felonía no quedaría impune.
Iba a contestarle al doctor cuando percibió al duque tras
su espalda. Había dejado su puesto en el alcázar para hablar
con él por primera vez desde que lo salvara. El doctor se
disculpó y se marchó con paso rápido.
—Señor Valiente…
Su apellido en boca del duque sonaba cuanto menos
gracioso.
—Su Excelencia —lo saludo él.
—Pronto llegarás a Inglaterra —comenzó con voz fría
como el hielo, y con mirada caliente como el infierno—. Y
confío que no salgas de allí.
Martín tuvo que carraspear y contener una réplica
merecida.
—Gracias por salvarme la vida.
—De seguro que no lo volvería a hacer —respondió
seco.
Alonso miraba a Martín con ira no disimulada. Su
concepción la sentía como un hierro candente que se retorcía
en el interior de sus entrañas. Era la prueba viva de la
infelicidad de su madre. De su infancia infeliz, de su absoluta
soledad.
—A pesar de ello, gracias —reiteró el otro.
—No podrás volver al reino, o seré yo quién termine
con la miserable vida que acabo de salvar.
Esa era una amenaza en toda regla.
—Lamento que te hayas enterado de mi existencia —le
dijo de pronto.
Las aletas de la nariz de Alonso se dilataron en claro
disgusto.
—No tanto como yo, pero reitero, no podrás volver
jamás al reino.
Jamás era demasiado tiempo, se dijo Martín.
—No se le dan órdenes a un hombre como yo —le
advirtió Martín.
Alonso apretó el mentón y crujió los dientes.
—Te daré un incentivo —comenzó—. Conozco que Los
progresistas y los moderados se han aliado para presionar a la
Unión Liberal y provocar la dimisión de O’Donnell —le dijo
el duque.
Martín apretó los labios.
—Veo que estás bien informado.
—Sin embargo, la sustitución del gobierno no será fácil,
puesto que los partidos están inmersos en graves disensiones
internas —continuó el duque.
—Eso es porque la reina se sigue negando a convocar
elecciones como se le pide desde la oposición —le informó
Martín.
Alonso tenía que cortar la raíz del problema de cuajo,
sobre todo con el hijo de Eulalia.
—No volverás a aceptar encargos del marqués de
Miraflores, ni de Lorenzo Arrazola, ni de Alejando Mon estés
donde estés.
Martín tensó la espalda.
—¿Me acusas de conspirar contra la corona cuando he
trabajado para ella durante tantos años?
Alonso no era estúpido, y le enfadó que Martín creyera
lo contrario.
—Sé mucho más de lo que piensas, y mi advertencia es
firme y resolutoria.
Martín se quedó un momento callado. Tomando y
descartando opciones. Alonso lo veía debatirse, y no lo
compadeció. Sin embargo, las siguientes palabras de Martín lo
pusieron alerta por lo inesperadas.
—Háblame sobre nuestro padre —le pidió Martín de
pronto.
La mano del duque asió la barandilla de madera del
buque y la apretó con tanta fuerza que se le quedaron los
nudillos blancos.
—¡Era un maldito bonapartista! —exclamó con los ojos
reducidos a una línea negra—, y, su bastardo, un traidor que ha
luchado junto a los carlistas.
A Martín no le tembló el pulso al responderle.
—Como Aracena de Velasco.
Alonso sentía ganas de golpearlo, pero no iba a caer tan
bajo de ceder a sus provocaciones.
—Deja a mi esposa fuera de esta conversación.
—¿Eso le ordenarás a Rosa?
Martín pudo escuchar el crujido de dientes del duque.
—Rosa no tiene nada que ver contigo —le aclaró.
—Nuestra hermana —lo corrigió Martín—, tiene mucho
que ver conmigo.
Alonso lo miró con fuego en los ojos.
—Ni te acerques a ella —lo amenazó.
Martín soltó un suspiro largo.
—Nuestra hermana tiene que saberlo —contestó suave
—, sobre todo ahora que residiré en Inglaterra desterrado
como ella.
Alonso sujetó a Martín por el cuello en una clara
amenaza.
—No llevo bien las provocaciones de pendencieros.
Martín no se iba a dar por vencido.
—¿No estás cansado de tantos secretos? —le preguntó
sosteniéndole la mirada.
—¿Tú, sí? —le preguntó colérico—. Porque si no es por
la gitana que tienes por madre, yo seguiría sin conocer tu
patética existencia.
—Puedo ser todo menos patético —lo corrigió—. Si la
corona no ha caído, es porque me he mantenido al margen.
Martín sabía que Alonso era un fiel defensor de la
corona de España, y por eso lo atacó. El duque lo taladró con
la mirada durante un tiempo largo.
—Dicen que me parezco a nuestro padre —presumió
Martín.
Alonso estaba a punto de soltar una blasfemia.
—Esa es tu mayor desgracia —sentenció el duque.
Alonso ya se giraba para darse la vuelta, pero Martín lo
sujetó del brazo para impedírselo.
—Seamos amigos, Alonso, seamos amigos si no
podemos ser hermanos.
El duque respiraba con dificultad. Martín vio que se
tomaba un tiempo antes de responder. Después de unos
minutos, se giró de nuevo hacia él.
—Siempre serás el bastardo de una gitana —lo insultó.
—Lo sé —Martín no era de esos hombres que solía
responder a las provocaciones—, pero seguiré siendo tu
hermano a pesar de que sea un inconveniente para ti.
En esas solas palabras Martín le revelaba la incómoda
posición que tendría el duque en la corte sí él comenzaba a
crearle problemas: como revelar secretos. ¿El primero? Que
trascendiera que Martín era el bastardo del anterior duque de
Alcázar, además de partidario en la reclamación al trono del
infante Carlos Isidro.
—Mi influencia en la corte no se moverá ni un
milímetro, aunque confieses que eres el bastardo mismo del
demonio —le vaticinó el duque.
Martín, inexplicablemente, necesitaba acercar posturas
con su medio hermano a pesar de la antipatía que se
profesaban.
—Tuviste suerte de conocer a nuestro padre, aunque no
seas capaz de valorarlo.
Alonso resopló y separó las piernas en la cubierta como
hacían los hombres de mar.
—Te informo que me ha llevado toda una vida limpiar
la palabra traidor de nuestro apellido —le explicó el duque—,
y con tus actuaciones y las de Rosa, siento que no importa
nada lo que haga o lo que logre —calló un momento para
tomar aire antes de continuar—. Alonso de Lara y Arenas era
un traidor al reino. ¡Un maldito bonapartista! —el duque tomó
aire—. Que Rosa apoyara las reclamaciones de Carlos Isidro
fue una soberana estupidez, y que pagué muy caro.
Sí, todo eso lo sabía Martín.
—Yo nunca he apoyado esas reclamaciones —le
informó Martín con el rostro muy serio—. Mi aportación a la
lucha fue como espía de la corona, y, por si Aracena no te lo
ha revelado todavía, le salvé la vida en la Sierra de Neila en
Burgos —le recordó—. Y a ti en Villar de los Navarros en
Zaragoza.
Alonso seguía en silencio. Ambos hermanos se
sostenían la mirada con intensidad, y manteniendo los
músculos de sus cuerpos alerta.
—¿Qué embustes dices?
Y entonces Martín le relató que él seguía en la sombra
gestionando la información que le preparaba la corona, y que
seguía muy de cerca sus andanzas. Que su herida en la pierna
fue debido a una emboscada preparada por el conde de Vargas.
Alonso se quedó anonadado. Y le contó que también había
interferido por él en Mendaza. Alonso no podía decir nada
porque se sentía desangelado. Pero Martín decidió no
mantenerse callado, y seguir informándole de cada paso que
había dado en su vida pasada para proteger el ducado de
Alcázar de los numerosos enemigos que tenía.
—Aún me debes dos vidas, hermano…
CAPÍTULO 9
Bromley Hall, condado de Buckinghamshire.
Tras el apadrinamiento, Harry y Eulalia habían
preparado un refrigerio para los duques de Arun en la casa.
Justin Clayton Penword y su esposa ya eran los padrinos
oficiales de Paloma. Ellos se harían cargo de su educación,
además de velar por sus intereses. Eulalia se sentía en verdad
emocionada porque John Beresford había formalizado también
el apadrinamiento de María. De esa forma el futuro y destino
de ambas niñas quedaba protegido por las dos casas nobles
inglesas.
Emily miraba la escena familiar con gran interés.
Catalina no rehuía al joven Devlin Penword que no se
separaba de ella, y Catalina sonreía porque veía florecer el
amor entre los dos jóvenes. ¿Nadie se daba cuenta de las
miradas que compartían? ¿De los sonrojos y nerviosismos que
se suscitaban cuando estaban cerca el uno del otro? Claro que
no. Estaban todos tan pendientes de Paloma y María que no
tenían ojos para nada más.
Emily desvió la vista de Catalina y la clavó en la más
pequeña de las hermanas. Victoria era tan zalamera, que
despertaba la simpatía de todos, sobre todo de su tío Harry que
parecía que bebía los vientos por ella. Pero era algo lógico
porque Victoria era la que mejor se había adaptado a su nueva
vida.
—¿Te diviertes? —le preguntó su tío al mismo tiempo
que le tendía un vaso de limonada.
La mirada de Emily se oscureció. Su tío Elliot Allergan
había preparado una fiesta donde se anunciaría su compromiso
con Paul Smith, y se celebraría en seis semanas.
—Me siento feliz por ti —le susurró la sobrina.
Harry se quedó mirándola sin comprender.
—Tienes la familia que siempre has deseado —
argumentó Emily con verdadero cariño—. Y debo admitir que
es mejor de lo que esperaba.
—Observo serenidad y madurez en tus palabras —
contestó el tío.
Emily bebió de su vaso en un ademán elegante.
—Me preocupaba mi futuro compromiso con Smith
porque no deseaba dejarte solo —le confesó de pronto—. Pero
ahora estás tan ocupado, que ya no veo sombras oscuras bajo
tus ojos.
Harry parpadeó al escucharla, y entonces la luz penetro
en su cerebro.
—Por eso has ayudado a Laly con las niñas —contestó
pensativo—. Siempre busqué el motivo, o la razón para tu
ayuda desinteresada y oportuna.
La sobrina no lo corrigió.
—Ahora puedo marcharme tranquila —reconoció la
muchacha.
—Y sin remordimientos —apostilló el tío.
Emily se sorprendió de su respuesta seca.
—No quise anunciar antes mi compromiso por ti, pero
cuando llegó Catalina, esa niña asustada, pensé que el cielo
había respondido a mi plegaria, y luego llegaron más razones
para mantenerte activo, ocupado, y para llenar tus días de
risas, felicidad y preocupaciones. —Harry chasqueó la lengua
al escucharla—. Ellas serán las niñas que yo no fui para ti
porque me he sentido siempre dividida —concluyó la sobrina.
Harry pensó que si el conde de Hambleden no se
hubiera interpuesto en la relación de él y de Emily, todo podría
haber sido muy diferente entre ambos.
—El cielo no respondió a tu plegaria sino el hijo de Laly
y su prole —la corrigió el tío con mirada serena.
El rostro de Emily se demudó al escucharlo.
—Ese es un hombre despreciable, ruin, y falto de moral
—lo acusó sin un atisbo de compasión—. Se merece la
muerte, y no me entristecerá que haya sucedido.
—¡Emily! —exclamó Harry atónito por su confesión
poco cristiana.
Pero la sobrina no se retractó.
—Esas pobres desgraciadas serán feliz a tu lado, porque
velarás por ellas, no como ese infame canalla que va
sembrando semillas sin importarle nada salvo su placer.
—¡Emily! —volvió a exclamar el tío.
La sobrina lo miró sin un parpadeo.
—Dime que estoy equivocada —lo alentó.
Pero Harry no podía porque pensaba igual que su
sobrina. ¿Qué hombre decente y responsable iba dejando niños
por el mundo sin preocuparse, salvo por el disfrute de sí
mismo?
—No se lo digas a Laly, por favor.
Ella entendió el ruego de su tío. Eulalia tenía lengua de
víbora y un carácter de mil demonios, pero era dispuesta y
quería a su tío. Solamente por eso, había llegado a tolerarla.
—Había pensado ayudarte con la manutención de las
niñas una vez que estuviera casada ya que dispondré de mi
propio dinero —le confesó la sobrina—. Pero veo que habéis
resuelto el problema de una forma admirable.
El tío soltó un suspiro largo.
—Debo informarte que el apadrinamiento de Paloma y
María no ha sido por falta de manutención —respondió el tío
—. Soy perfectamente capaz de proveer para mi familia.
—Lo sé —aceptó la sobrina—. Pero es una carga
demasiado grande, incluso para un hombre tan dispuesto como
tú, sobre todo porque esas niñas necesitarán una dote el día de
mañana.
—A Laly le preocupaba el futuro de Paloma y María
porque sus madres eran sirvientas, y temía que ese baldón
marcara su futuro.
Emily ignoraba que el padre de las niñas era hijo
bastardo de un duque. Eulalia no le había contado nada, y él
tampoco. Por eso Harry valoraba tanto el tiempo y el esfuerzo
que Emily les había dedicado a las niñas de forma altruista.
Los duques anunciaban que se marchaban, y ella no
pudo responder a su tío. Se armó un pequeño alboroto, sobre
todo porque los Penword eran bastantes y llevaban demasiado
séquito allí donde iban, pero las niñas se lo pasaban bien, y eso
era lo único que importaba.
Cuando se marcharon, en el salón se suscitó un silencio
largo, pero duró poco porque se escuchó poco después las
ruedas de un carruaje que se detenía justo en la puerta de la
casa.
—Debe ser Aurora que se ha olvidado de algo —dijo
Eulalia algo cansada porque el día había sido largo.
—Abriré yo —se ofreció Harry—. Siéntate, y descansa
un poco.
Acababa de tomar asiento cuando Harry apareció con la
visita, y en modo alguno era la duquesa de Arun sino el hijo de
Eulalia acompañado de un hombre que vestía impecable, y que
mantenía una actitud implacable.
—¡Martín, Alonso! —Eulalia se había emocionado tanto
que no pudo decir nada más.
Martín estaba delgado, y caminaba apoyado en un
bastón. La mirada del duque de Alcázar era inescrutable. Sus
ojos de halcón se fijaron en las niñas que se mantenían
sentadas y en silencio. Las examinó una a una sin pronunciar
palabra. Victoria le sonrió, pero Alonso no le correspondió.
Después de mirarlas a todas, sus ojos se posaron de nuevo en
la mayor, en Catalina.
—Quiero hablar un momento contigo —le dijo a
Eulalia.
La gitana puso las manos en jarra.
—¿Puedo saludar antes a mi hijo? —respondió con
acritud.
Alonso hizo un gesto con la cabeza, se despidió con un
siseo, y salió al exterior de la casa donde lo esperaba el
carruaje de alquiler.
—En un momento te daré el saludo que mereces —le
dijo Eulalia a Martín tan emocionada que no pudo reprimir las
lágrimas—. Ahora voy a despedir a tu verdugo que no ha
tenido ni el detalle de saludar a mi esposo.
Eulalia salió a la calle sin decir nada más. Harry le
ofreció a Martín una copa de brandy que el otro rechazó, pero
aceptó a cambio una copa de limonada. De repente, clavó la
mirada en las niñas que lo observaban muy atentas, y sobre
todo se fijó en la sobrina del esposo de su madre que lo miraba
con un desdén que rayaba el desaire. Lo hacía de tal forma,
que si sostuviera un arma entre las manos, Martín no dudaba
de que le dispararía, casi temía por su vida en su presencia.
—Veo que estáis de celebración —dijo antes de tomar
asiento.
Catalina se llevó la mano a la boca, y salió del salón
como alma que lleva el diablo, Emily decidió ir tras ella
porque sabía lo que esa llegada representaba para la
muchacha.
Harry no sabía dónde posar la mirada porque estaba
realmente incómodo. Paloma, María, y Victoria, seguían
mirando al forastero con verdadero interés.

***

Eulalia aceptó subir al carruaje de alquiler, y se sentó


frente al duque.
—Habría sido todo un detalle que saludaras a mi esposo
—le reprochó.
—En verdad tengo mucha prisa.
Eulalia no se fue por la tangente.
—Gracias, por traer a mi hijo de vuelta sano y salvo.
—Traerlo tiene un precio —le anunció en un tono bajo
—. Y deseo cobrarlo.
La confusión en la gitana era palpable.
—No tengo reales para pagarte —le confesó muy seria
—. Nuestra economía se ha resentido porque hemos tenido
que pagar la deuda contraída con los hospicios de Paloma y de
María.
Alonso tomó una bolsa de piel, y se la lanzó al regazo de
Eulalia. La bolsa estaba llena de reales de plata.
—No deseo saber nada más sobre tu bastardo —afirmó
el duque sin un parpadeo—. Pero me haré cargo de la pequeña
Victoria.
Eulalia se quedó pensativa.
—¿Piensas apadrinarla? —le preguntó Eulalia.
—Haré algo más que eso, pienso llevármela a Silencios.
La gitana lanzó una maldición en Caló.
—Por encima de mi cadáver —exclamó un minuto
después.
Alonso se inclinó hacia adelante, y entrecerró los ojos.
Dentro del carruaje estaba todo oscuro, pero Eulalia vio
perfectamente el brillo peligroso de sus ojos.
—Tengo la potestad de salvar la vida de tu hijo —le dijo
de forma muy lenta, como remarcando cada sílaba—. Pero
también tengo la potestad de quitársela —le advirtió.
Eulalia había entendido perfectamente la amenaza.
—¿Por qué la pequeña Victoria? —le preguntó. Alonso
apretó los labios en un gesto de ira—. ¿Tiene algo que ver que
su abuelo sea el conde de Montaner?
No hizo falta que el duque contestara. La ira burbujeó en
el interior de Eulalia como si fuera una tetera puesta en el
fuego. ¿Pensaba utilizar a la pequeña por culpa de ese infame
y abyecto ser que la entregó a unos comerciantes?
—¡Eres un desgraciado!
—Ese es mi precio por salvarle la vida a tu bastardo.
De repente, en el interior del carruaje se escuchó el
sonido de una bofetada, la que Eulalia le propino al duque de
Alcázar, pero el rostro de piedra del duque siguió
imperturbable.
—Martín no lo consentirá —le escupió colérica.
Alonso tocó el techo del carruaje, y un sirviente abrió la
puerta.
—Confío que sabrás convencerlo, o me aseguraré de
que pase el resto de sus días en la cárcel del Pópulo de Sevilla.
—Eulalia se sintió desfallecer porque el duque hablaba en
serio—. Volveré en dos semanas.
—¿No regresas al reino?
Alonso soltó un suspiro largo.
—Debo ir a ese infesto lugar que es Escocia para
recordarle a mi primogénito sus deberes como heredero del
ducado —reveló.
Eulalia bajó del carruaje, y se quedó mirando a Alonso
mortificada porque no se creía capaz de perpetrar tal infamia
con su nieta más pequeña.
—Recuerda, en dos semanas…
Eulalia entró como una tromba en el salón, se dirigió
directamente hacia Martín que se levantó. La madre le propinó
la misma bofetada que momentos antes le había dado a su
hermano el duque.
—¡Laly! —exclamó Harry que estaba superado tanto
por los acontecimientos del día como por las acciones de la
gitana.
—Eres un vicioso, un impúdico, y un hijo despreciable
—le dijo tan enfadada que apenas le salía la voz.
—¡Abuela! —exclamó Paloma asustada al verla tan
enfadada.
María comenzó a hipar, y Victoria la siguió. La pequeña
tenía la capacidad de contagiarse del estado de ánimo de
cualquiera.
—¡Niñas! Saludad a vuestro infame padre…
Harry decidió actuar al ver que Eulalia no controlaba los
insultos ni las demostraciones. La sujetó por los hombros y la
sacó del salón para que no asustará todavía más a las niñas.
—¿Te has vuelto loca? —le preguntó en el vestíbulo.
No, no se había vuelto loca, pero no había otro modo de
darle la noticia al crápula de su hijo.
Emily bajaba por las escaleras, pero había escuchado la
discusión.
—Yo me ocupo de las niñas —se ofreció al ver que la
gitana se enzarzaba en una discusión con su tío.
Cuando entro al salón, vio a un hombre con la mirada
brillante, y completamente petrificado.
—Vamos niñas, os leeré un cuento esta noche para
dormir.
Las pequeñas estaban deseosas de marcharse: como si
intuyeran que venían problemas. Una a una fueron saliendo
del salón, y, antes de girarse, Emily clavó la mirada en el
disoluto hombre.
—Es una verdadera pena que no haya muerto…
CAPÍTULO 10
Martín oía discutir a su madre con su esposo, y decidió
cortar por lo sano. Caminó varios pasos, y se plantó delante de
ellos.
—Necesito las oportunas explicaciones —les demando.
Eulalia tomó aire porque jamás se había sentido tan
enfadada con una persona: su hijo, y tan descorazonada con
otro: el duque de Alcázar.
—A buenas horas demandando explicaciones.
Martín clavó la vista en su madre, que entendió
perfectamente el poder de persuasión que tenía su hijo. Una
vez dentro del salón, Eulalia tomó asiento, y comenzó a
narrarle todo lo acontecido desde que se marchó por orden de
la corona.
Cuando le explicó la llegada de Catalina, el rostro de
Martín se contrajo en una mueca. La madre de Catalina había
sido alguien especial en su vida. Eulalia continuó relatando la
llegada del resto de hijas. Sus dificultades para pagar las
deudas contraídas, y la necesidad de buscar protección para
ellas.
—¿Y has aceptado a unas niñas que puede que no sean
mías? —le preguntó el hijo en un tono que hizo a Eulalia
preguntarse si se habría equivocado.
—¿Por qué tendría que desconfiar? —se defendió.
Martín no era tan mezquino para hacerle sentir mal. Su
madre había actuado bien, pero se había inmiscuido demasiado
en sus asuntos.
—Además tengo sus registros de nacimiento.
Martín ladeó la cabeza pensativo, un segundo después
comenzó a hablar.
—La madre de Paloma se llamaba Flora, y solía
ayudarme con algunas informaciones relativamente sensibles.
—¿Y por eso te la llevaste a la cama y la abandonaste
sin mirar atrás, desgraciado? —le espetó Eulalia.
Sí, eso era exactamente como había sucedido. Al
trabajar de mesonera en una taberna del puerto, solía escuchar
conversaciones interesantes, y que luego cobraba por repetirlas
al mejor postor.
—La madre de María se llamaba Esperanza, y recuerdo
que era muy dulce.
—Y por eso se dejó embaucar por un canalla —le
espetó Eulalia que se enfadaba por momentos al escuchar a su
hijo— ¿Y qué hay de las otras madres, las de Catalina y
Victoria? —quiso saber, pero Martín guardó silencio durante
unos momentos.
—Os devolveré todo el dinero que habéis gastado en
ellas —afirmó sosteniéndole la mirada a Harry.
—¡Eres despreciable! —lo insultó la madre—. ¿Piensas
que puedes pagar con reales todos tus pecados?
—¡Laly! —exclamó el marido que no deseaba que su
esposa atacara de esa forma al hijo.
Martín, desde que había descubierto a las niñas, seguía
en un sin vivir de emociones contradictorias. Tenía que hacer
indagaciones para asegurarse de que las niñas fueran
realmente suyas, porque él no era tan confiado como la madre,
sobre todo por los círculos en los que se había movido años
atrás.
—Estoy en mi derecho de demandarle explicaciones, y
de insultarlo, incluso abofetearlo, como he abofeteado a su
intolerante hermano.
El hijo escuchó a la madre, y entornó los ojos.
—¿Has abofeteado al duque de Alcázar? ¿Por qué?
—Porque es tan miserable como tú —respondió la
madre.
Y durante las siguientes dos horas Martín escuchó las
quejas de su madre sin una protesta. Nadie, en el aciago
mundo en el que vivía, podía hacerse una idea de lo que sentía
él en ese momento al saber que era padre de cuatro criaturas
que ahora dependían de su persona. ¿Acaso nadie se percataba
de lo aterrado que estaba? Él, que había luchado en cruentas
batallas, que se había expuesto al peligro en innumerables
ocasiones, se sentía asustado y perdido en ese preciso
momento en el que su madre lo reprendía como si fuera un
niño pequeño.
Martín no había amado a la madre de Paloma, ni a la
madre de María ni a la madre de Victoria. Las había utilizado
en su propio provecho, pero la venganza de ellas superaba
cualquier ultraje cometido por él, porque lo dejaban a cargo de
sus vidas inocentes.
Si pudiera, Martín echaría a correr y volvería a meterse
en ese agujero negro y oscuro en el que había vivido en Bahía
de San Julián.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó la madre—.
Porque no tienes ni oficio ni beneficio para ocuparte de esos
cuatro angelitos.
El hijo apretó la mandíbula al escucharla.
—Si se parecen a su abuela serán cuatro arpías.
—¡Martín! —exclamó Harry—. Cuida tu lengua cuando
te dirijas a tu madre, o me veré en la necesidad de cortártela.
La amenaza del padrastro logró controlarlo.
—Mis disculpas, Harry —le ofreció sincero—. Es que
estoy superado por todo esto.
Harry podía entenderlo. Un hombre de su bagaje, que
siempre se había regido por la libertad y la oportunidad,
acababa de descubrir que le habían atado cuatro cadenas
pesadas a los pies. Ya no tenía libertad de movimiento ni de
actuación, y eso era una situación de lo más compleja. Desde
luego que Harry no deseaba estar en su pellejo por nada en el
mundo.
—Nosotros te ayudaremos con las niñas —le ofreció
Harry.
Martín terminó soltando un suspiro de verdadera
angustia.
—¿Son buenas niñas? —se atrevió a preguntar.
—La que tiene el carácter más difícil es Catalina —le
informó Eulalia que había alzado la barbilla en un gesto
altanero—. Y la más dulce es Victoria.
—¿Qué edad tienen? —preguntó.
Eulalia volvió a maldecir en caló.
—¿Tan poco te importo retozar con esas mujeres que ya
ni te acuerdas de cuándo o dónde te amancebaste con ellas y
concebiste a tus hijas?
Martín, por respeto a su madre, no le replicó.
—Necesito que me ayudes a encontrar una casa
apropiada —le pidió Martín a Harry.
Eulalia se mostró espantada.
—¿Piensas quitarme a mis niñas? —gritó Eulalia, y
entonces escuchó el llanto de María en la planta superior.
Estaba claro que Emily no podía tranquilizarlas. Se
levantó deprisa y caminó hacia el vestíbulo.
—¡Púdrete en el infierno!
Harry estaba atónito por el comportamiento de Eulalia.
Ni siquiera le había preguntado a su hijo si se encontraba bien,
o cómo había resultado el agotador viaje. Se había dedicado a
insultarlo, increparlo, y restarle autoridad delante de las chicas.
—Discúlpala, Martín, porque está bastante enfadada.
El hombre se calló unos segundos.
—Soy consciente de lo duro que ha tenido que resultarle
—aceptó bastante sereno en vista de las circunstancias—, pero
eso no la exculpa de su comportamiento intolerante, sea mi
madre o no.
Harry se quedó pensativo durante un momento.
—Tienes que conocer algunos detalles —le dijo de
pronto—. Porque a la luz de todos pareces un auténtico
miserable —terminó el doctor que comenzó a narrarle todas
las dificultades que habían sufrido los dos por la llegada de las
pequeñas.
Harry no había tenido hijos, pero sabía cómo actuar con
Martín porque su comportamiento se parecía bastante al de
esos enfermos conscientes que no permitían ningún tipo de
ayuda, y que sólo sabían exigir. Cuando terminó, el rostro de
Martín se había sonrojado.
—Confío que mañana te disculpes con tu madre y con
mi sobrina.
Esa inesperada información lo pilló por sorpresa.
—¿Su sobrina?
Y Harry aprovechó la pregunta para contarle lo bien que
se había portado Emily con sus hijas, sobre todo con Catalina.
—He ordenado que te preparen la habitación de la
planta baja —le informó con rostro cansado—. Mañana
comenzaré a ayudarte a encontrar una vivienda apropiada para
Catalina, Paloma, María y Victoria. Buenas noches.
Harry lo dejó solo. Martín deseó cerrar los ojos, y que al
abrirlos todo hubiera sido un mal sueño. Él no estaba
preparado para ejercer de padre, ¡maldita sea! No había
aprendido a ser ni un buen hijo.
«Madrina, voy a volverme loco», se dijo lleno de
angustia.
Y Martín se pasó toda la noche pensando cómo iba a
controlar a cuatro niñas de edades tan dispares. Cómo iba a
ganarse su cariño cuando no se había ganado ni el de su propia
madre. Varias horas después, cuando todo en la casa era paz y
silencio, Martín dejó la silla que había ocupado hasta ese
momento en Bromley Hall, y trató de buscar la alcoba que le
habían asignado. Había tomado muchas decisiones, entre ellas,
ser el hombre que siempre había querido su madrina, la
condesa viuda de Ayllón. No podía regresar al reino. Ya no
podría trabajar como espía de la corona. En Inglaterra era un
don nadie, sin trabajo ni beneficio como le había echado en
cara su propia madre, pero lo que todos ignoraban con
respecto a él, era que Martín había resurgido de sus cenizas en
incontables ocasiones, y en esta ocasión no iba a ser diferente.
CAPÍTULO 11
Las risas de niñas lo despertaron. Su habitación era
continua a la cocina, y por eso podía escuchar cada palabra
con nitidez. Martín ignoraba que esa habitación la había
ocupado tiempo atrás el secretario de Harry cuando trabajaba
para él, pero se había casado y se había marchado a otra
ciudad en el norte.
Eulalia las llamaba al orden, y no tuvo más remedio que
sonreír. ¿De verdad creía su madre que sus amenazas sin
fundamento las haría comportarse? El olor de los bollos
calientes y del café, despertó al dragón famélico que habitaba
en el interior de su estómago.
Como en la habitación no había baño, tuvo que
conformarse con ponerse la misma ropa del día anterior. Su
adorable hermano lo había sacado de Santa Cruz con lo
puesto, y por eso sólo tenía una muda. Quizás su madre había
tenido un sueño reparador durante la noche, y ahora en la
mañana le tenía ropa preparada y no sólo insultos.
De ilusión también se vivía.
Abrió la puerta, y el olor de la comida fue mucho más
intenso. Sin una sola duda caminó hacia le mesa llena de
alimentos, y se sentó en el único lugar que quedaba libre. La
pequeña Victoria le sonrió, sin embargo, el rostro de Paloma y
de María se habían contraído. Martín se preguntó dónde
estaría su primogénita… Catalina. Al menos las madres habían
sabido elegir nombres apropiados.
—¡Buenos días! —las saludó.
Eulalia se giró hacia la mesa con el cejo fruncido.
—Veo que a algunos no les afecta el sueño la vida
disoluta ni los pecados cometidos —le devolvió el saludo.
—Abuela, que es disolus… diso… —la pequeña
victoria no podía pronunciar la palabra.
Padre y abuela la ignoraron.
—Voy a tener que flagelarme cada día a partir de ayer,
¿no es cierto?
Le preguntó a su madre.
—Hasta el día del juicio final —le soltó sin
remordimientos.
La entrada de Catalina y Emily en la cocina evitó que
Martín le ofreciera una respuesta. Ver a la sobrina de su
padrastro le provocó un cosquilleó en el vientre.
—Buenos días, Catalina —la saludó el padre.
—¿Por qué llevas la misma ropa de anoche? —le
pregunto María que lo miraba fijamente.
—Porque llegué de un viaje muy largo y sin equipaje —
respondió sincero.
—¿Eres nuestro padre? —preguntó la pequeña Victoria.
—¡Calla, estúpida! —le ordenó Catalina.
Martín miró a su hija mayor muy serio.
—Veo que tienes la lengua tan suelta como tu madre —
le dijo.
Paloma soltó una risilla.
—¡Mi madre está muerta! —exclamó la hija mayor—.
Mis abuelos están muertos, y muerto debería estar usted en
lugar de ellos.
—¡Catalina! —exclamó la abuela asombrada por su
estallido.
Durante días y semanas había tenido conversaciones con
sus nietas sobre la futura llegada del padre de ellas. ¿Por qué
Catalina se mostraba tan rebelde?
—Desee estarlo en innumerables ocasiones —reveló
Martín—. Pero Dios debe de tener otros planes para nuestra
familia.
Harry llegó a la cocina por la parte de atrás, y se sentó al
lado de su sobrina. Había terminado de alimentar y cepillar las
monturas. Los saludó a todos, y aceptó la taza de té que
Eulalia le entregó.
—Te llevaré cuando me termine el té —le dijo Harry a
su sobrina.
—¿A dónde llevas a Mily, abuelo! —le preguntó María
con los labios manchados de chocolate.
—Debo llevarla a Hambleden —respondió Harry—.
Anoche se quedó por vosotras, pero debe regresar.
Y Martín se dedicó a observar a la quisquillosa, altiva, y
atractiva sobrina de Harry. La misma que le había ofrecido
dinero para que se deshiciera de su propia madre. La mujer lo
miraba con tal desprecio, que Martín se preocupó. No la había
ofendido, bueno, sí, cuando la amenazó con encerrarla si
seguía en el empeño de hacerle la vida imposible a su madre,
pero desde aquellas palabras habían pasado varias lluvias.
Estaba tan inmerso en sus propios pensamientos, que no
se dio cuenta de cuándo Eulalia se sentó sobre el regazo de su
esposo para tomarse su propio café. El gesto lo pilló tan
desprevenido que tuvo que contenerse para no soltar un jadeo.
Harry la miraba como si fuera la piedra más preciosa de todas.
Como si no existiera un mañana sin ella, y desvió la mirada
turbado. Pero fue un error porque al girar la vista se encontró
con la helada mirada de la sobrina. ¿Cómo podían unos ojos
tan bonitos mostrar tanta acusación? Estaba claro que lo había
juzgado, condenado, y que esperaba verlo ahorcado sin
dilación y sujetando ella la soga.
—Emily me ha ofrecido la hospitalidad en Hambleden
—anunció Catalina en un tono controlado—. Dice que puedo
quedarme unos días con ella.
El rostro de Martín cambió de color. Ahora no estaba
sorprendido sino enfadado. Él no había querido esto, pero ya
no había remedio. Era un padre inexperto, pero entendía de
provocaciones y de huidas.
—Hasta ayer desconocía que tenía cuatro hijas —
comenzó a decir mirando a cada una de ellas—. Y confío que
me ayudéis a prepararme para ser el mejor padre de todos.
—¡What a player! —exclamó Emily en inglés, y, por la
expresión que puso un segundo después, Martín supo que no
había sido intencionado.
—Tenemos que buscar una casa —les anunció a todas
—. Dejarla bien acogedora y bonita —continuó con una
sonrisa—. Y necesito la opinión de todas y cada una de
vosotras.
Catalina había entendido que ahora no podía actuar con
la libertad de la que disfrutaba antes de la llegada de él, y se
descorazonó porque su padre era un completo desconocido
que no le inspiraba confianza.
—Yo no quiero irme de Bromley Hall —afirmó Catalina
con la mirada baja.
—No es necesario que os marchéis tan rápido —apuntó
Eulalia encogida por la pena—. Bromley Hall es grande y
cabemos todos.
Harry dejó la taza sobre la mesa, y le sonrió a su esposa.
—He quedado con el boticario para que nos enseñe la
casa de sus padres, dice que puede arrendarla de momento,
hasta que Martín encuentre algo mejor.
—No deseo quedarme en Great Marlow —anunció
Martín—. Mi deseo es comprar una vivienda en Londres, y
establecerme allí.
Eulalia entrecerró los ojos.
—¿Con qué reales piensas pagar la casa cuando no has
podido ni pagarte el pasaje de regreso aquí?
Harry pensó que no le gustaría estar en ese momento en
el pellejo de Martín. Eulalia no estaba dispuesta a perder a sus
nietas tan pronto, sobre todo porque su hijo no había creado
ningún vínculo con ellas. Se necesitaba tiempo, constancia,
sobre todo con una hija tan enfadada como Catalina.
Martín no había aprendido a ser padre, pero era sin lugar
a dudas el mejor estratega. Si pretendía la aceptación de sus
hijas, tenía que comenzar por ganarse la aceptación de la
sobrina del esposo de su madre. Desde su llegada a Bromley
Hall se había percatado de cuanto la querían las niñas, las
cuatro siempre estaban dispuestas a complacerla, y él registró
todo eso en su cerebro para usarlo en beneficio propio.
—Poseo algo de dinero —reveló de pronto.
—Dinero manchado con la sangre de inocentes —
apuntó Emily sin pensar.
—¡Emily! —exclamó el tío ante la acusación de su
sobrina.
—¿Lo he dicho en voz alta? —preguntó con falsa
ingenuidad.
Martín entrecerró los ojos ante la provocación.
—Soy un fiel súbdito que ha trabajado toda su vida para
mi adorado reino, señorita —explicó en un tono de voz que
emulaba al de su hermano el duque.
Victoria soltó una risilla.
—Un espía de la corona —lo rectificó Catalina muy
seria.
—¿Qué es un espía? —inquirió María mirando a su
hermana mayor.
—Un traficante de información —respondió Emily
sosteniéndole la mirada a Martín, y mostrando en ella lo que
pensaba de él.
—¿Traficante? —preguntó Paloma con los ojos abiertos
de par en par.
Martín soltó una carcajada que los descolocó a todos. Le
parecía rarísimo que mantuvieran esa conversación tan inusual
delante de niñas pequeñas, pero eso era algo habitual en
Bromley Hall.
—Podéis pensar lo que queráis —les dijo a todos—.
Porque puedo ser desde el más infame pirata hasta el más
valiente de los conquistadores —les dijo sin dejar de sonreír
—. Y todo ello será cierto.
Los ojos de Paloma brillaron expectantes.
—Es vuestro padre, y se ocupará de vosotras —dijo la
abuela tratando de sofocar con su afirmación cualquier
incendio imaginario de ideas en las mentes de las niñas.
Harry seguía preocupado porque salvo Catalina, las
otras niñas habían aceptado la situación con naturalidad.
Entonces le propuso ir a ver la vivienda del boticario.
Harry y Martín salieron hacia los establos, y en la cocina
reinó el silencio.
CAPÍTULO 12
Había pasado una semana desde la llegada de Martín a
Bromley Hall, y todavía no había encontrado una vivienda
decente. Necesitaban al menos una con tres dormitorios, y
bastante servicio, pero el pueblo era demasiado pequeño, y las
viviendas no le iban a la zaga.
Londres estaba a sólo dieciocho millas de distancia, y
Martín creía que podría adquirir una vivienda digna en
Fulham. Harry lo acompañó al banco de Inglaterra donde pudo
hacer transacciones complicadas gracias a la pericia de uno de
sus directores. Ya había hecho los trámites para abrir una
cuenta, y trasladar el dinero que tenía depositado en un banco
del reino. También había enviado varios mensajes a puntos
diferentes de Nueva España, y sobre todo uno muy importante
a Burgos. Necesitaba la ayuda de un hombre que se había
hecho imprescindible en su trabajo, el que podía recabar toda
la información que necesitaba para ordenar su vida.
Los cinco seguían disfrutando de la hospitalidad de
Harry y de Eulalia, aunque tras la conversación distendida en
la cocina, Martín no había vuelto a ver a la arpía sobrina de
Harry.
Gracias a Julia, Martín había podido adquirir varias
prendas de caballero que le quedaban algo holgadas, pero ya
había avisado a un sastre de la ciudad de Slough para que le
tomara medidas. Con las comidas de su madre y sus constantes
reproches, estaba cogiendo peso de forma constante, y ya no
parecía tan enfermo. También, gracias a un tónico que tomaba
caliente cada noche por indicación de Harry, su salud había
mejorado considerablemente.
En ese momento se encontraba en el salón mirado a
través de la ventana. Era sábado por la tarde, y Harry y Eulalia
se habían marchado por la mañana a la zona más alejada de
Great Marlow donde su padrastro ejercía de médico rural. En
la sala también se encontraban Paloma, María, y la pequeña
Victoria. Catalina llevaba tres días en Hambleden, y Martín
había decidido hablar seriamente con ella porque algunas de
sus decisiones y actuaciones tenían que cambiar de forma
drástica. Si él no era el mejor padre del mundo, ella tampoco
se comportaba como la mejor hija, y los dos tenían que poner
de su parte para la convivencia futura, sobre todo por el bien
de las pequeñas.
—Si no desea nada más señor Valiente, me marcho ya
—le dijo Julia que había aceptado trabajar dos días a la
semana en Bromley Hall porque la familia había aumentado
considerablemente.
Martín se giró hacia la puerta.
—Gracias, Julia, nos vemos el martes.
Las niñas se despidieron de la sirvienta y modista con
gran entusiasmo.
—Me gusta mi apellido, Valiente —dijo de pronto
Paloma que leía un libro de aventuras—. Que tiene valor,
además de un superlativo: valentísimo.
Martín la escuchó, y se giró hacia ella, pero la niña no lo
miraba a él, sino al libro que sostenía entre las manos. ¿Cómo
podía ser tan inteligente con solo diez años?
—Hecho de menos a Mily —se quejó María—. Todo es
más divertido con ella.
Martín supo que esa era una reclamación en toda regla.
—Nos lee cuentos —apuntó la pequeña Victoria—. Nos
arropa, y nos llama princesas —continuó.
—Tú eres un molesto grano —la corrigió María.
—No le digas cosas feas a tu hermana —le ordenó
Martín—. No está bien que entre hermanos se digan insultos.
Al momento se mordió el labio inferior. Alonso y él se
habían dicho verdades que escocían, incluso se habían
insultado de forma sangrante.
—No eres princesa —la corrigió Paloma de forma dulce
pero sin mirarla, porque seguía muy atenta la lectura de su
libro—. Pero tienes una tía que es noble, y eso es muy
importante.
—No la conocemos, y no hablamos de los que no
conocemos —la cortó María que se había cansado de vestir y
desvestir a la muñeca—. Eso dice la abuela.
Martín las observó muy atento.
—¿Quién os ha hablado de vuestra tía? —quiso saber.
Paloma dejó de mirar su libro, y observó a su padre.
—Sólo hay que escuchar a los mayores —le explicó—.
Normalmente hablan delante de nosotras creyendo que no
escuchamos, pero están equivocados.
Si Martín hubiera sido una mujer, se habría sofocado.
—¿Sabes? Tenemos un tío que es un ogro —repitió
María como si nada—. Pero vive en un palacio con una dama
que lo controla.
Ahora sonrió por la aclaración. En verdad Aracena sabía
controlar al ogro del Palacio de los Silencios.
—No es un ogro, es un duque que tiene mal carácter
porque perdió a su madre muy joven, como nosotras—lo
suavizó Paloma que a la vista estaba de que era la más
inteligente de las hermanas.
Él habría esperado que lo fuera Catalina, por edad, pero
de las cuatro niñas, Paloma resaltaba sobre las tres. Martín
estaba comenzando a conocerlas, y se arrepentía de corazón de
no haber hecho lo mismo con las madres.
—Vino y se fue sin saludarnos —se quejó María.
Martín se dijo que en verdad Alonso se había portado de
forma grosera delante de las niñas, aunque él tampoco sabía
quiénes eran hasta que su madre tuvo a bien anunciárselo con
una bofetada.
—Y Catalina lloró —recordó Victoria que había cogido
un cuento, y se había sentado muy cerca de Paloma.
—Pero ya no llorará más porque ahora tiene un novio —
apuntó María como si tal cosa.
El corazón de Martín sufrió un sobresalto. ¿Pero si
Catalina era una niña? ¿Tendría algo que ver sus escapadas de
Bromley Hall?
—¿Qué es un movio? —preguntó la pequeña Victoria.
Martín carraspeó porque Paloma estuvo a punto de
contestarle.
—Mily les habla de caballeros que salvan princesas —
dijo Paloma para desviar la conversación.
—Me gusta Mily —exclamó Victoria con candidez y
olvidando su pregunta inicial.
—Es que Mily es especial —la alabó María—. Nos
quiere, nos cuida…
—Se preocupa por nosotras —afirmó Paloma.
Martín tensó los hombros y volvió a carraspear con
cierta incomodidad.
—Igual tendría que proponerle matrimonio a Mily y
convertirla así en vuestra madre —dijo con sarcasmo.
Y se rio de su propia broma hasta que vio las caras de
las tres niñas. Ahí se dio cuenta de que había errado el tiro.
—No lo decía en serio —se disculpó.
—¿No te gusta Mily? —quiso saber la pequeña Victoria.
Martín acababa de meterse en un campo de batalla
inesperado. No podía decir lo que pensaba realmente, pero
tampoco mentir. De las tres, la que esperaba su respuesta con
más atención era Paloma, que había perdido el interés en el
libro.
—Es muy guapa —aceptó decirles por si acaso repetían
sus palabras delante de ella—. Una arpía, pero guapa…
—¿Qué es una pía? —preguntó Victoria.
Martin sintió ganas de pasarse la mano por la cabeza
porque había comenzado a dolerle. La pequeña Victoria se
pasaba el día preguntando, Catalina quejándose, y María a lo
suyo. La única que lo miraba intensamente, y de forma
amistosa era Paloma, cuando no estaba enfrascada en lecturas.
Martín iba a decir algo cuando se escuchó un carruaje
que se paraba en la puerta. Después se escucharon voces, y
Paloma se levantó para abrir.
—Yo lo haré —se ofreció Martín.
Caminó arrastrando un poco la pierna porque trataba de
fortalecerla no usando el bastón, abrió la pesada hoja de
madera justo cuando Emily se giraba para subir al carruaje.
—Llegas tarde.
—Disculpe, señor Valiente, ha sido por mi culpa —se
excusó Emily que seguía teniendo en el rostro una mirada de
desaire que no se molestaba en ocultar.
El vello de Martín se erizó.
—Me dirigía a mi hija —le respondió—. Y confío que
sea ella quien me de las oportunas explicaciones.
—¡Mily, Mily! —exclamaron María y Victoria que
venían corriendo por el pasillo.
Salieron a la calle y se abrazaron a las piernas de Emily.
Martín la vio sonreír de verdad y tratarlas con cariño, y se
encontró arrugando el cejo sin percatarse. ¿Por qué motivo se
le removía algo en el interior de su cuerpo cuando veía esos
gestos cariñosos?
—¡Quédate un rato! —le pidió María.
—Juguemos a princesas! —le pidió Victoria.
—No puede quedarse —les replicó Catalina—. Y ya
sabéis por qué.
A Martín no le gustaron las palabras de su hija mayor
porque sentía que lo implicaban a él.
—Por favor, señorita Allergan, quédese un rato con las
niñas, podrán tomarse juntas un té mientras yo salgo a pasear.
Martín pretendía quitarse de en medio para que ella
pudiera disfrutar de las niñas, pero Emily se tomó muy mal su
sugerencia.
—¿Tanto le molestan sus hijas que está deseando
endilgárselas a quien sea? —le pregunto, y su implicación
quemaba.
Los hombros de Martín se tensaron. ¿Cómo se atrevía a
hablarle así de moralista delante de las pequeñas?
—No se lo he pedido a cualquiera —contestó con esa
voz engañosamente suave que solía usar frente a un enemigo.
Emily le dijo algo al cochero, y caminó varios pasos
hasta ponerse a la altura de Martín, y él pudo ver el azul
oscuro de sus ojos, y la piel blanca de su rostro. ¿Por qué
motivo le provocaba esa inquietud interior?
—Está bien, dese ese paseo, yo cuidaré de sus hijas
mientras tanto.
Martín se preguntó por qué esa mujer tenía la facultad
de sacarlo de sus casillas.
—¿Existe alguna forma de hacerle cambiar de opinión
sobre mí, señorita Allergan? —inquirió de pronto—. Porque
hasta la fecha, siempre ha pensado lo peor sin nada que lo
justifique.
Entre ambos se suscitó un silencio incómodo.
Los bonitos ojos de Emily se clavaron en las niñas, y su
acción resultó muy elocuente.
—Niñas, id dentro —les ordenó, y las tres obedecieron
como corderitos.
Martín no podía creérselo. A él le llevaba horas
convencerlas, y doña tiquismiquis lo lograba con una sonrisa.
—Decidí ayudar a las niñas por mi tío —comenzó a
decirle en un tono desabrido—. Admito que me sentía
culpable porque no podía vivir con él ni podía darle el
consuelo y el compañerismo que sabía que necesitaba un
hombre de su edad, aunque no trato de que lo entienda —
continuó—. No estuve de acuerdo con la boda de su madre y
de mi tío, pero ya sabe que no pude hacer nada al respecto,
pero entonces llegó Catalina, y mi tío se transformó en otra
persona. Ya no estaba siempre serio y malhumorado —siguió
diciéndole sin apartar la miradas—, y después llegaron las
otras tres niñas, y Bromley Hall ya nunca más fue la casa
sobria y triste que yo recordaba del pasado —casi susurró—.
Por eso, y sólo por eso, acepté a las niñas en la vida de mi tío
—le aclaró—. Y gracias a que no se parecen al padre, he
podido tomarles cariño.
Martín era muy bueno en no responder a provocaciones,
pero la mujer se había extralimitado. La examinó con
insolencia de arriba abajo, y sonrió cínico.
—No pienso tolerarle ni un insulto más —le advirtió.
Emily se estremeció de la cabeza hasta los pies por su
escrutinio tan descarnado. Algo en ese hombre le provocaba
rechazo, pero también interés. Era el hombre más desgraciado
de todos, pero también el más atrayente.
—¿Y cómo piensa impedirlo? —se burló la mujer.
Martín se inclinó hacia ella, y le susurró algo al oído que
la dejó completamente estupefacta.
—Y no pronuncio amenazas en vano —remarcó.
—¡Será desgraciado! —lo insultó.
Martín sonrió de oreja a oreja.
—Eso me dice mi madre a menudo.
Bajó los tres escalones hacia la calle, y comenzó a silbar
una melodía como si el mundo le importara un bledo. Cuando
perdió de vista la casa, se apoyó en el muro y soltó una
blasfemia. No se había llevado el bastón, y la pierna le dolía
horrores. Lo consideró un justo castigo a su arrogancia.
Perdería la pierna con tal de no parecerle a ella un
inválido. No quería que lo mirase con lástima o compasión.
Prefería su desprecio, pero ya se estaba cansando un poquito
de su actitud moralista.
¡Maldita inglesa metomentodo!
CAPITULO 13
Harry miraba a Eulalia con pesar en sus ojos azules.
Emily le había contado la discusión que había mantenido con
el hijo de Eulalia, y por eso había decidido no pisar Bromley
Hall mientras él estuviera en la casa.
—Su conducta fue censurable —afirmó Harry mientras
Eulalia se secaba los ojos con un pañuelo.
Vivía tensa y angustiada la próxima visita del duque de
Alcázar, porque ella no había podido hablar con Martín sobre
Victoria ni las pretensiones de su hermano. Alonso le había
dicho dos semanas, y ya habían pasado tres.
—Mi chico es un caballero, de verdad, Harry, y sólo le
gastó una broma de mal gusto —lo excusó la gitana.
Desde la llegada de Martín, todo había empeorado.
Catalina siempre estaba encerrada en su habitación, y María y
Victoria repetían como loros cada palabra que cruzaban Emily
y Martín en las contadas ocasiones en las que coincidían.
Estaba claro que los dos se habían declarado la guerra, y que
se atacaban abiertamente para desconsuelo de los abuelos.
—Mi sobrina es una dama —le recordó el esposo—, por
eso debo hablar con Martín sobre su conducta.
La pequeña Victoria estaba sentada en la mesa, donde
siempre la vigilaba la abuela, y decidió participar en la
conversación sin saber el desastre que iba a desatar.
—Mi padre va a ser el movio de Mily —dijo mirándose
las manos llenas de harina—. Mily va a ser nuestra madre.
Eulalia la había escuchado, y Harry también.
—¿Quién te ha dicho eso, preciosa? —le preguntó la
abuela.
—¡Mi padre! —exclamó la niña—. Se lo dijo también a
Paloma y a María.
Harry miró a la niña tan sorprendido que había perdido
el habla.
—Es que nos gusta mucho Mily, la queremos.
Harry había recuperado el control.
—Victoria, no puedes repetir eso delante de Mily —le
dijo el abuelo.
La pequeña alzó los hombros, y volvió a la masa de
harina con la que simulaba que amasaba, como la abuela
momentos antes.
—Yo quiero que sea mi madre… —insistió probando la
masa pegajosa, y poniendo cara de asco porque no le había
gustado nada.
—¡Dios del cielo! —exclamó Eulalia—. Sería la
solución perfecta.
A Harry no le hizo ni pizca de gracia lo que estaba
tramando su esposa.
—Claro, por eso se detestan —susurró para sí misma,
pero Harry la había escuchado—. Lo percibí el mismo día que
Martín se fue, ¿cómo no me di cuenta?
—No hay dos personas que se desprecien tanto como
esos dos —le recordó Harry que le quitó a Victoria el cuenco
con la masa.
Eulalia se limpió las manos en el delantal, y comenzó a
salir de la cocina presurosa.
—¿A dónde vas? —le preguntó el esposo.
—A leer las cartas…
Harry maldijo por lo bajo. Él no creía en profecías ni
premoniciones gitanas, pero su esposa sí.
—Ven, Victoria, te lavaré las manos.
Después de hacerlo, abuelo y nieta se dirigieron al salón
donde se encontraban Paloma y María. Catalina seguía
encerrada en su alcoba.
—Tengo que hablar con vosotras —les dijo a las tres.
Y Harry pasó a decirles lo mismo que le había dicho a
Victoria momentos antes en la cocina.
—Pero mi padre lo dijo de broma —le aclaró Paloma.
—Por favor —les pidió suave—. No podéis repetir esa
frase a Emily, ¿de acuerdo? Ni aunque haya sido una broma.
Esa noche, en el comedor de Bromley Hall se suscitó
una discusión violenta entre madre e hijo. Harry se dijo que
los dos eran tan iguales que chocaban abiertamente.
Él había hablado anteriormente con Martín, y lo había
hecho entrar en razón, pero Eulalia no fue tan educada ni
diplomática, y soltó la artillería sin compasión. Si las cosas no
cambiaban, la convivencia en la casa resultaría insoportable.
Cuando Martín subió para darles las buenas noches a sus
hijas, se encontró a María llorando.
—Es porque extraña a Mily —le informó Paloma.
Las tres niñas compartían habitación porque él también
residía en Bromley Hall. La compra de la casa le estaba
llevando más tiempo del necesario.
—Todas la extrañamos —afirmó Paloma.
Martín supo que tenía que disculparse con Emily, y
pensaba hacerlo al día siguiente.
—Descansad. Mañana será otro día.
Martín cerró la puerta con suavidad, y se dirigió hacia la
habitación que ocupaba Catalina, la mayor y más difícil de sus
hijas. Tocó la puerta, pero no recibió respuesta. Soltó un
suspiro largo, y se giró para bajar. Lidiar con cuatro niñas era
más complicado que ejercer de espía en un conflicto político.
Eulalia seguía esperando a su hijo frente a las escaleras,
Harry ya se había marchado a dormir.
—Pensé que estarías acostada —le dijo Martín que
también se veía cansado.
—Ven, tomaremos un té en la cocina, y podremos hablar
tranquilamente.
Martín siguió a su madre, y se sentó donde le indicó.
Unos minutos después le puso en las manos una taza
humeante, y cortó un trozo de bizcocho que había horneado
para la mañana siguiente. Un recuerdo del pasado le llenó los
ojos de lágrimas a Eulalia: el de Aurora y su suegro
comiéndose en las cocinas de Crimson Hill, y durante la
madrugada, lo que ella había cocinado para el día siguiente.
—Tu hermano Alonso vendrá en breve —le informó
Eulalia tras tomar asiento.
Martín parpadeo al escucharla.
—¿Viene a darte las gracias por haber delatado mi
existencia? —se burló.
Pero los ojos de Eulalia no se veían chistosos. Y la
gitana disparó a matar como era su costumbre.
—Tiene pensado llevarse a Victoria a Silencios.
Martín tuvo que dejar la taza sobre la mesa porque le
había temblado en las manos. Miró a su madre, sondeó en sus
ojos negros, y supo que no lo había encarado nada bien.
—Puede llevarse a las cuatro si le place —dijo de
pronto.
Eulalia soltó una blasfemia.
—¡Son tus hijas, carne de tu carne! —exclamó dolida.
—Si el todopoderoso duque de Alcázar ha decidido
algo, poco podemos hacer el resto de los mortales.
—¿Qué me ocultas, Martín? —le preguntó la madre.
Martín se tomó un tiempo en responder, y cuando se
decidió, lo hizo suave y melancólico.
—En tres semanas he tenido que aprender a ser un padre
responsable, cariñoso y paciente —comenzó—. No se me ha
dado la oportunidad de aprender sobre la marcha.
Eulalia respondió tan severa como siempre.
—Los hijos son consecuencias lógicas de los vicios y el
libertinaje.
Martín sopló con fuerza.
—Sí, imagino que esa es la opinión que tenéis todos de
mi persona, pero en modo alguno he sido un irresponsable —
afirmó cansado—. He tenido aventuras con mujeres, más o
menos igual que el resto de hombres, no he sido una
excepción.
Eulalia advirtió su tono desconsolado, y sintió pena por
él.
—Hay modos de proteger a una mujer cuando se yace
con ella, pero no estamos aquí para hablar sobre tus aventuras
pasadas, eso ya lo he aceptado, estamos aquí para que me
hables por qué motivo desea llevarse Alonso a Victoria.
—Porque es la nieta ilegítima del conde de Montaner.
Eulalia lo miró como si le hubiera salido un ojo en la
frente. Eso ya lo sabía ella.
—¿Y…? —lo animó la madre a que continuara.
—Su hija está casada con el marqués de Rosaleda, fiel
detractor de la corona, y Victoria puede convertirse en el
instrumento necesario e imprescindible que utilice Su
Excelencia para controlar al yerno.
—¿Cómo? —quiso saber la madre.
—Es lo que tienes que preguntarle al duque —contestó
el hijo.
Eulalia se hacía toda clase de cábalas sin llegar a
ninguna solución.
—Tienes que impedir que se la lleve —le ordenó la
madre.
Martín se mesó el cabello y volvió a tomar la taza para
beberse el contenido de un trago.
—El duque lo habrá atado todo muy bien incluso antes
de embarcar en el Serafín para ir a rescatarme —contestó el
hijo.
Eulalia se quedó en silencio digiriendo esa información.
—¿A qué te refieres?
—Pongo la mano en el fuego, que esas cuatro niñas han
sido registradas como Laras en el reino para que yo no pueda
reclamar ni hacer nada al respecto —susurró cabizbajo.
Eulalia se persignó.
—Alonso no sería capaz de semejante bajeza.
—Podría apostarme el cuello, y no lo perdería —
respondió. Eulalia procesaba la información—. Controlando el
destino de mis hijas, piensa que me controla a mí.
Eulalia hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Entonces tienes que hablar con el marqués de Whitam
—sugirió la madre pensativa—. Y también con el duque de
Arun pues ambos son los padrinos de Paloma y de María —le
explicó Eulalia de forma apresurada—. Para que pudieran ser
sus padrinos, tuvieron que ser bautizadas en la iglesia
anglicana. Si tú no se lo permites, Alonso no podrá hacer nada.
Martín tomó aire y lo soltó un segundo después muy
lentamente.
—¿Tomaste todas esas decisiones sin consultarme?
Eulalia alzó la barbilla con altivez.
—Haré lo que esté en mi mano para proteger el futuro
de mis nietas.
Esa afirmación tajante no tenía contrapunto.
—¿Por encima de mí? —preguntó Martín atónito.
—Por encima de la misma corona —respondió.
Martín respiró profundamente.
—Debes dejar de tomar decisiones en mi nombre —le
indicó el hijo en un tono suave.
—¿Dónde te encontrabas tú para hacerlo en mi lugar?
—le espetó tan dura como siempre—. Me las dejaron casi en
la puerta de la casa sin más explicaciones que sus registros.
Dime, ¿qué podía hacer? —Martín apretó los labios, y tensó el
mentón porque no podía responder—. Yo te lo diré,
protegerlas —confesó firme.
Y Eulalia continuó enumerando las vicisitudes que había
pasado desde entonces. Martín la escuchó en silencio, y muy
preocupado.
CAPÍTULO 14
Martín esperaba resignado en el gran salón de
Hambleden.
La decisión de pedirle disculpas a una mujer como
Emily, le provocaba cuanto menos dolor de cabeza, pero tenía
que limar asperezas con ella por el bien de sus hijas, pero la
mujer se retrasaba en recibirlo para molestarlo, porque llevaba
esperando en la mansión más de cincuenta minutos.
—Lady Allergan —la anunció el mayordomo con
pompa y boato.
Martín tuvo que contener una exclamación de tedio.
Había tomado una decisión, y debía ser consecuente.
Cuando la mujer apareció por la puerta, Martín le
ofreció una reverencia tan exagerada, que rozó con la mano
derecha las brillantes losetas de mármol.
—Su Excelentísima Excelencia…
Emily tenía que haberlo sospechado. Nada bueno podía
salir del acuerdo entre ese miserable y los buenos modales.
—¡Pero qué tenemos aquí! ¡El más canalla, rastrero y
ruin de todos los hombres!
Bien era cierto que la dama le divertía. Martín se alzó de
su posición genuflexa, y le sonrió.
—En verdad merezco todos esos insultos.
Con la sonrisa, el rostro de Martín se transformó. Ya no
era el de un canalla seductor, sino el de un hombre que sabe lo
que quiere y cómo conseguirlo, y, por algún motivo, ella se
sintió la presa en esa mirada.
—Se merece muchos más —afirmó ella.
—Lo que está dispuesto a hacer un progenitor por su
prole —apostilló con sarcasmo.
—¡Ah! ¿pero hay un padre en este salón?
Fue escucharla, y soltar una carcajada. Martín nunca se
había encontrado con una mujer tan franca y belicosa.
—Le debo una disculpa —aceptó con una mirada
desolada que no la engañó en absoluto.
—¿Una? ¡Cientos diría yo!
¿Estaba más hermosa? ¿O era su imaginación? Se
preguntó Martín.
—Las niñas la extrañan —le confesó sin turbación
alguna.
Estaba aprendiendo a ser padre a marchas forzadas, así
que había decidido usar todos los atajos disponibles para
lograrlo.
—Mis oídos me engañan —respondió suave—. ¡Dios
Todopoderoso acaba de admitir que necesita mi ayuda!
Martín parpadeó algo confuso. ¿Cuándo le había pedido
ayuda?
—¡No blasfeme! Aunque en verdad me halaga que me
considere un dios.
Ella se tuvo que tragar un improperio. Martín era
insufrible, mezquino, granuja… pero exudaba un magnetismo
peligroso. Emily entendía por qué las mujeres se prendaban de
él. Cuatro bastardas eran la viva muestra de lo que pensaba al
respecto.
—Si no quisiera a esas niñas, tenga por seguro, que ya le
habría puesto de patitas en la calle.
Él, no lo dudaba, pero estaba en la casa por un motivo
importante.
—¿Podemos ser amigos, Emily?
Los ojos de ella refulgieron. Si le hablaba en ese tono,
su muro de defensa caía.
—No le permito que use mi nombre de pila —le ordenó.
Martín estaba cansado. Llevaba semanas lidiando con
cuatro mujeres que se habían empeñado en hacer de su vida un
infierno, cinco, si contaba a su madre. Y a esa ecuación no
pretendía sumar una sexta.
—¿Por qué me tiene tanta antipatía? —le preguntó
extrañado.
La mujer entrecerró los ojos.
—¿Necesita que le enumere los cientos de defectos que
tiene?
Martín dio un paso hacia ella.
—¿Es porque no acepté su encargo de separar a mi
madre de su tío?
Las mejillas de Emily se sonrojaron al recordar ese
hecho del pasado.
—Quería protegerlo —se excusó.
—Y yo trato de aprender a ser padre, y por eso me
encuentro aquí en Hambleden rogando para que me escuche
—Emily vio sinceridad en su afirmación—. Mis hijas están
enfadadas porque ya no visita Bromley Hall, y les he
prometido hacer algo al respecto.
La mujer tensó la espalda.
—¿Y no ha considerado la opción de no mentirle a las
niñas?
Él no sucumbió a su provocación.
—Regrese a Bromley Hall —le suplicó.
Emily parpadeó confusa porque no se esperaba ese
ruego.
—Frente a mí se encuentra el motivo para no hacerlo.
Esa declaración le había dolido de verdad.
—¿Y qué puedo hacer para cambiar esa circunstancia?
—le preguntó muy serio—. ¿Morirme?
Ella hizo como si sopesara esa sugerencia.
—Parece en verdad arrepentido —se atrevió a decir.
Martín soltó un suspiro de verdadero alivio.
—Contaría la arena del mar grano a grano si lograra con
ello que volviera a Bromley Hall.
La vida con las cuatro señoritas Valientes debía de ser
toda una prueba para el padre, se dijo Emily.
—Me desagrada su actitud —le informó.
Martín alzó la mirada al techo porque esa afirmación le
pareció irrisoria. La dama se lo había dejado muy claro desde
el principio.
—El sentimiento es recíproco, créame, pero estoy
dispuesto a cambiar por el bien de mis hijas. Hacer lo
imposible, lo inaudito.
Esa afirmación desgarrada le atravesó el alma y le abrió
huecos que ella quería mantener firmemente cerrados. Ese
hombre era un peligro, pero quería a sus bastardas.
—De verdad que quiero a sus niñas y me preocupo por
ellas. —Fue escucharla, y algo se rompió en el pecho de
Martín—. Pero no estoy dispuesta a tolerar una insolencia más
por su parte.
—Puedo ser un caballero si las circunstancias lo
requieren. —Emily lo escuchó, y soltó una carcajada—.
¡Touche! —aceptó Martín—. Merezco sus burlas.
Emily entrecerró los ojos y comenzó a hablarle en
francés. Martín le respondió con fluidez y casi sin acento.
—Puedo repetir esta conversación en varios idiomas —
le reveló sincero y sin un atisbo de presunción.
A continuación, le habló en inglés, alemán, y portugués.
El rostro de Emily parecía sorprendido.
—Mis niñas creen que soy un traficante —confesó
fingiendo desolación absoluta—. Bueno, en palabras de
Victoria, trauficante —Martín había imitado perfectamente el
tono de la pequeña.
Emily volvió a sonreír, y era la primera vez que lo hacía
de verdad con un hombre de su talla. El hijo de Eulalia era un
excelente imitador.
—En verdad lo parece —afirmó sonriendo.
Martín tuvo que desviar la mirada porque algo en la
actitud de ella lo había destemplado por completo. Comenzaba
a sentirse nervioso, a incomodarle que le sostuviera la mirada.
¿Qué diantres le ocurría?
—Las niñas necesitan mucha atención —continuó la
dama.
Martín se dijo que ya no le quedaban horas al día para
atenderlas.
—Necesitan una madre —dijo sin pensar, y se arrepintió
de inmediato, pero Emily aceptó esa queja como algo natural.
—Todas las niñas necesitan una madre…
En esa afirmación, Emily le había contado todo sobre
ella que se había quedado huérfana demasiado pronto. Martín
comenzó a mirarla con nuevos ojos.
—Tengo la obligación de invitarla a una cena el
próximo viernes en Bromley Hall, ese es el verdadero motivo
de mi visita a Hambleden.
Los ojos de Emily sonreían para sorpresa de Martín.
—Y yo que pensaba que era para disculparse por su
insolente actitud.
Martín volvió a sonreír.
—Por eso, también.
Emily se paseó por el salón pensativa. Finalmente
detuvo sus pasos frente al visitante, y aceptó.
—Estaré encantada de asistir a la próxima cena del
viernes. —Martín soltó un suspiro de verdadero alivio—, y
llevaré a un acompañante.
CAPÍTULO 15
Martín había recibido en el Banco de Inglaterra el dinero
que había acumulado durante su vida, y había podido comprar
la casa que necesitaba para su numerosa familia. Finalmente,
no la había conseguido en Fulham, pero sí en Belgravia.
Cuando Eulalia lo supo, puso el grito en el cielo porque esa
zona de Londres era demasiado cara y exclusiva. Ella prefería
que su hijo hubiera elegido una casa en el campo en una zona
tranquila como Northamptonshire, o Bedfordshire, pero
Catalina estaba encantada. La hermosa propiedad estaba muy
cerca de Hyde Park y los Jardines del Palacio de Buckingham.
Las exclusivas calles de Belgravia eran reconocibles por sus
elegantes casas adosadas, y lujosas mansiones. La aristocracia
londinense frecuentaba las tiendas de lujo de las colindantes
Knightsbridge y Sloane Square, en el barrio de Chelsea.
La casa que Martín había comprado, era el sueño de
cualquier muchacha de la edad de Catalina: grande, elegante, y
ostentosa.
Ya sentados madre e hijo en el salón de Bromley Hall, y
tomando una taza de té, Eulalia le habló sobre un internado, el
School Abbey, que estaba situado en plena campiña inglesa,
muy cerca de Buckinghamshire. Había sido fundado por
Emma Sting, y solía acoger a unas trescientas alumnas de
entre 11 y 18 años. La instrucción que se les daba a las niñas
era de las mejores del reino, y Eulalia trató de tentarlo para
que ingresara a las dos mayores, y para las más pequeñas le
sugirió una institutriz hasta que alcanzaran la edad idónea para
ingresar. Martín prometió pensarlo y comunicarle la decisión
que tomara.
Segundos después, Eulalia le preguntó por su interés en
la sobrina de Harry, porque ella se había dado cuenta del
tiempo que pasaban juntos, y de cómo había cambiado la
opinión que tenían el uno del otro. Martín vio segundas
intenciones en su madre, y entonces le ofreció humo. Pero le
dijo una parte de la verdad, que Emily le había ayudado a
escoger los muebles más apropiados para la nueva casa. Le
reveló que también lo acompañó a la mejor modista que
vestiría a la niñas acorde a su edad y posición.
Eulalia seguía mirándolo con ojos entrecerrados. Y
entonces le recordó el paseo por Hyde Park.
—¿Esos loros que tienes por nietas ya te han informado?
—le preguntó Martín a su madre que seguía esperando
respuestas?
—Algo me han contado.
—Después de visitar a madame Collins, la modista,
llevé a las niñas a un puesto de helados muy cerca de la
entrada —contestó—. Emily aceptó acompañarnos, y
disfrutamos todos de un helado paseando por el parque.
La ceja de Eulalia se alzó interrogante.
—¿Cómo has conseguido que te tolere? —claramente su
madre se refería a la sobrina.
—Disculpándome por mi atroz comportamiento
anterior.
Eulalia no sabía si creerlo o no.
—En unos días, Emily anunciará su compromiso —le
informó la madre.
—Lo sé —admitió Martín—. Esos cuatro loros se
encargan de mantenerme informado de todo.
Eulalia decidió cambiar de conversación.
—¿Has podido hablar con el conde Ayllón?
Martín hizo un gesto afirmativo.
—Me ha revelado que piensa marcharse al reino, y lo
hará durante un periodo largo —contestó—. Y me ha dado su
palabra que yo podré hacerlo en breve.
—¡Martín! —exclamó la madre—. Ahora tienes tu vida
aquí donde estás a salvo de aquellos que te desean el mal.
Martín recordaba perfectamente la advertencia del
duque de Alcázar si regresaba al reino. Le había cortado de
raíz cualquier intención de hacerlo.
—Debo resolver unos asuntos que quedaron
inconclusos, y después regresaré a Inglaterra.
—¡No puedes regresar al reino! Si lo haces te quitará a
tus hijas.
Martín soltó un suspiro largo.
—Alonso no tiene influencia en Inglaterra —respondió
tranquilo—. Mis hijas han sido apadrinadas siguiendo las
normas y las reglas de las leyes de Inglaterra, y con dos
padrinos influyentes y nobles.
Eulalia se veía preocupada.
—No duermo desde hace días debido a la angustia —
reconoció la madre.
Martín podía imaginarlo.
—Las niñas están a salvo aquí, y yo me encargaré de
que no cambie esa circunstancia.
Como la madre se había quedado algo más tranquila con
respecto a ese asunto, decidió atajar otro.
—¿Cómo has podido pagar tantas libras por la casa?
Los labios de Martín se curvaron en una mueca.
—Jugarse la vida por la corona suele tener buena
recompensa, y yo me la he jugado demasiadas veces —
confesó sincero.
—Estaba preocupada.
Martín la comprendió.
—No es dinero sucio, sino ganado de forma honrada.
Ahora la madre bufó.
—¿Desde cuándo la corona hace las cosas de forma
honrada? —le preguntó de forma retórica.
De pronto, Martín miró el reloj de la pared.
—Las niñas tardan demasiado —el padre se veía
intranquilo.
Las niñas habían acompañado a Harry que llevaba de
regreso a Emily.
—Hambleden no está tan lejos de Bromley Hall, pero
cuatro criaturas llenas de entusiasmo y energía, pueden alargar
el viaje más corto.
Se escuchó un carruaje pesado que se detenía en la
puerta.
—No es la calesa de Harry —apuntó Martín que ya se
había levantado para abrir la puerta, pero Eulalia se le
adelantó.
—Esta es mi casa, y yo recibo a las visitas.
Martín decidió obedecer y volvió a tomar asiento,
Eulalia ya salía por la puerta del salón antes de que sonara la
aldaba de la puerta. Minutos después llegó acompañada de una
mujer muy guapa. Tenía el cabello negro y los ojos dorados.
Eulalia hizo las oportunas presentaciones.
—Martín, te presento a Rosa de Lara —le dijo algo
preocupada porque los dos se miraban sin un pestañeo—.
Ahora lady Beresford.
Martín caminó un par de pasos, y le hizo la venia al
mismo tiempo que le besaba la mano.
—Milady —la saludó.
—Si no fuera por Aracena de Velasco, seguiría en la
ignorancia —se quejó Rosa mirando a Eulalia.
La gitana carraspeó.
—Hasta hace poco nadie sabía sobre mi existencia —
reveló Martín.
La mujer seguía escudriñándolo de forma intensa.
Después se llevó la mano a la boca, y contuvo un sollozo.
—¡Eres la viva imagen de Alonso! —exclamó
emocionada—. ¿Por qué no me habéis dicho nada? —les
demandó a los dos.
—Ni mi propia madre sabía de mi existencia —afirmó
Martín.
Eulalia se mostró dolida, pero decidió restar tensión al
momento.
—Puedo ofrecerte un té y unas empandillas de boniato.
Rosa miró a Eulalia con los ojos llenos de lágrimas.
—Acabo de descubrir que tengo un hermano —contestó
conmovida—. Y me siento incapaz de tragar nada.
—Un té le vendría muy bien, milady —le ofreció
Martín.
Rosa optó por dar unos pasos y sentarse en el sofá.
Seguía con la mirada perdida en un punto indeterminado de la
estancia.
—¿Cómo se lo ha tomado Alonso? —le preguntó a
Eulalia.
—Bastante bien —mintió la gitana, y Martín hizo una
mueca al escucharla.
Rosa se tomó unos instantes en recomponerse de la
sorpresa, después miró a la gitana con los ojos entrecerrados.
—Debo parecerte la boba más grande del reino cuando
me mientes de forma tan despreciable —le reprochó la noble.
—Nadie sabía nada de Martín salvo la condesa viuda de
Ayllón, y su hijo Rodrigo —Rosa volvió a mirar a Martín tras
escuchar a Eulalia.
El hombre poseía una mirada inteligente. Era muy
atractivo, pero a Rosa le pareció peligroso.
Eulalia, desoyendo las palabras anteriores de ella, le
puso en las manos una taza de té que Rosa bebió sin ser
consciente.
—¿Sabías de mi existencia? —le preguntó al recién
descubierto hermano.
Martín hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Tenía una profesión peligrosa, y era mejor que nadie
supiera de mí.
Eulalia se enfadó por esa respuesta.
—La vida es muy corta para sostener mentiras tan largas
—expresó Eulalia en un tono enfadado que sorprendió a Rosa.
—Tenía derecho a saberlo —afirmó la noble.
Pero no obtuvo respuesta porque Harry llegó con las
niñas por la puerta trasera de la casa. Las chiquillas entraron
en tromba y se quedaron paradas al ver a la desconocida
sentada en el salón de Bromley Hall. La elegante mujer
llevaba un vestido de seda en color azul, y los puños iban
bordados con perlas nacaradas. Ninguna de las cuatro pudo
decir nada, pero la más impresionada fue Catalina. La mujer
del salón representaba todo lo que a ella le gustaría ser en el
futuro.
—Lady Beresford, permítame que les presente a mis
hijas: Catalina, Paloma, María y Victoria —las presentó
Martín en un tono de voz muy bajo—. Hijas, vuestra tía Rosa.
Harry no supo quién estaba más sorprendido, si la noble
visita, o las niñas que no acertaron a decir nada.
CAPÍTULO 16
Martín se sentía hastiado. Era un hombre de acción, de
guerra, curtido en innumerables batallas, y estaba cansado de
escuchar protestas, quejidos, y lloros. Antaño había provocado
respeto sólo con la mirada, pero desde su enfermedad, parecía
que no volvería a retomar el rumbo sobre su existencia nunca
más. El enfrentamiento diario con Catalina le arrancaba de
cuajo la poca paciencia que tenía, menos mal que sus otras tres
hermanas se mostraban más prudentes, pero tenía que hacer
algo con Catalina, o iba a volverse loco.
Emily lo observaba desde el rincón apartado donde se
encontraba. El hijo de Eulalia era gallardo e incisivo, y en sus
hombros se podía apreciar el peso de las batallas libradas.
Había recuperado peso y decisión. Y se notaba en sus gestos
que había sido un hombre acostumbrado a disfrutar, a seducir,
y a divertirse por encima de todo.
—No ha sido prudente que trajeras a lord Penword —le
dijo el tío al mismo tiempo que le colocaba en la mano un vaso
de limonada—. Catalina se comporta frente a él como una niña
tonta.
Emily bajó los párpados porque su tío tenía parte de
razón. Catalina era la mayor, y le mantenía el pulso a su padre
de una forma desleal y caprichosa. No había querido participar
en la elección de muebles para la casa, ni en la decoración.
Había escogido la mejor habitación de la casa sin importarle
sus hermanas pequeñas y sus necesidades. Demostraba un
egoísmo preocupante.
—Es muy joven para darse cuenta del ridículo que hace.
—¿Le atrae el joven Penword? —le preguntó el tío,
porque a la vista de los desplantes que le provocaba, no
parecía que le atrajera.
—Bebe los vientos por él —afirmó Emily.
—Pues al padre no se le ve muy contento —aseguró el
tío señalando con la cabeza el lugar donde se encontraba
Martín pensativo.
—Catalina es muy joven, tiene que buscar su sitio.
Harry meneó la cabeza.
—Tiene casi dieciséis años —le recordó—. Y demuestra
demasiado despotismo y arrogancia.
Sí, Emily se había dado cuenta, y al principio lo achacó
al cambio tan drástico que había sufrido en su vida.
—Pasará un tiempo hasta que lo acepte todo.
Harry soltó un suspiro largo.
—La que nace necia, lo es toda la vida —afirmó muy
serio.
Bromley Hall resplandecía esa noche. Eulalia tenía la
ayuda de Julia, y de una doncella más joven que las asistía.
Pero lo seguía supervisando todo con una minuciosidad digna
de un científico.
—Mi tío Elliot desea que anuncie el compromiso con
Jason Smith el próximo sábado —la anunció al tío—. Dará
una recepción en Hambleden y espera vuestra asistencia.
Harry la miró con las cejas alzadas.
—¿De todos los Tyler? —preguntó en un tono de risa
que trataba de contener.
Hasta una momia como Elliot Allergan podría sufrir un
colapso con la energía de las nietas de Eulalia.
—Será un evento formal —le informó Emily.
Harry la vio preocupada.
—Dile a ese estirado snob que tienes por tío paterno,
que estoy acostumbrado a tratar con duques, marqueses y
condes —le recordó—, pero sigo siendo el mismo Tyler de
siempre.
La sobrina lo miró con ojos brillantes.
—No pretendía ofenderte —le dijo de pronto.
Harry apretó los labios.
—Pues lo has hecho —le mostró resentido—. En
nuestra familia no hay aristocráticos rancios como Elliot, pero
tenemos el corazón que a él le falta.
—Mi tío no es malo —afirmó Emily.
Harry desvió la mirada.
—Solamente te apartó de mi lado…
La velada transcurrió sin incidentes, y las niñas se lo
pasaron muy bien. Esa noche fue el comienzo del
acercamiento de Emily a Martín que habían pactado una
tregua. Eulalia seguía haciendo cábalas, pero no compartía sus
pensamientos con nadie.

***

Alonso de Lara llegó tres días después a Bromley Hall.


Y lo hizo sin avisar y con prisas. Se le veía demacrado,
cansado, y colérico. Eulalia intuyó que se debía a su
primogénito que no deseaba abandonar Escocia. Llevaba
batallando con esa circunstancia años, pero no lograba hacerle
entender al heredero sus responsabilidades.
—Imagino que tu viaje a las Tierras Altas no ha salido
como esperaba.
Alonso seguía de pie. No se había quitado la capa ni los
guantes de viaje. El carruaje seguía fuera esperando.
—¿Dónde está Martín? —le preguntó impaciente.
Eulalia se dijo que iban avanzando porque al menos no
se había referido a él como su bastardo.
—En Belgravia Manor —le informó.
Alonso puso cara de no entenderla.
—Ha comprado una vivienda en el elegante barrio de
Belgravia, y ha decidido llamar así a la casa.
—¿No está en Bromley Hall?
Eulalia hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Pero no tardará —contestó mirando el reloj de
carrillón—. Suele llegar a casa siempre a esta hora.
Los hombros de Alonso se relajaron.
—¿Has preparado a la niña? —le preguntó esta vez.
Los ojos de Eulalia se entrecerraron y dejó la taza de té
sobre la bandeja.
—Te puedo preparar a las cuatro —repitió las mismas
palabras de Martín semanas atrás.
Un pequeño tic en el ojo derecho de Alonso le mostró a
Eulalia que lo había sorprendido con esa respuesta.
—Sólo me interesa la pequeña Victoria.
A Eulalia se le retorcieron las entrañas.
—¿Para utilizarla en tus políticas? —le preguntó directa.
Alonso se aflojó el nudo que ataba su capa de viaje al
cuello, y se quitó los guantes. Dejó las dos prendas en la silla.
Él estaba acostumbrado a los sirvientes pues tenía una legión
de ellos, pero sabía cuidarse solo, y cuando los criados no
estaban para asistirle, tampoco los echaba en falta, así de
seguro se manejaba por la vida.
Tomó asiento de una forma elegante, y Eulalia apretó
los labios. Martín no se parecía tanto a Alonso Miguel como el
primogénito, y en parte se alegró.
—¿El feliz esposo no se encuentra en la casa? —
preguntó, pero sin verdadero interés.
—Harry tiene muchos pacientes, y hay un contagio de
gripe en el pueblo.
—Pensaba ofrecerle mis respetos.
Esa frase la enojó
—¿Los mismos respetos que le mostraste cuando trajiste
a tu hermano a Bromley Hall? —inquirió con voz aguda.
—A veces olvido tratar con la plebe —respondió sin
pensar.
Eulalia no podía creérselo, y, tan impulsiva como era,
cogió un dulce envuelto en nata y se lo lanzó al rostro. Tenía
una puntería de mil demonios porque el dulce le dio de pleno,
se escurrió por su barbilla hasta manchar el pañuelo de su
cuello. La mitad inferior del rostro de Alonso quedó manchado
de nata.
La gitana pensó que debía de tener hielo en las venas
porque se desató el pañuelo, se limpió el rostro, y después lo
dobló como si tal cosa.
—Yo te habría disparado —le soltó el duque.
Eulalia infló el pecho.
—Yo también, agradece que tenga cerca pasteles y no
un arma.
Se escuchó la puerta de la casa, y pasos apresurados.
—Lamento llegar tarde —dijo Martín, y se sorprendió
de ver a su hermano sentado en el salón de Bromley Hall. Si
hubiera llegado unos segundos antes, lo habría visto con el
rostro manchado de nata.
—Bienvenido —le dijo en un tono neutro.
—No me quedaré mucho rato —respondió.
—A Dios gracias —farfulló Eulalia.
—Le hice un encargo a tu madre, y confío que esté
arreglado.
Martín carraspeó. Ni un saludo al verlo, ni un interés por
su recuperación, nada.
—Yo también me alegro de verte —respondió de todas
formas.
Las cejas de Alonso se alzaron en un interrogante. ¿Se
pensaban esos dos que iban a comportarse como si fueran
familia? ¿La gitana adúltera y el hijo bastardo? Antes
preferiría que lo despellejaran en salmuera.
—Mis hijas se encuentran en Hambleden —le informó
Martín de pronto sosteniéndole la mirada—, y no vas a llevarte
a ninguna.
Alonso inspiró varias veces, se levantó, tomó su capa,
sus guantes, y se dirigió hacia la puerta.
—¡Espera, Alonso! —exclamó Eulalia de pronto.
El duque se giró hacia ellos con los ojos reducidos a una
línea.
—Para vosotros, Su Excelencia, no lo olvidéis jamás.
—Tenemos que hablar sobre tu interés en la pequeña
Victoria, y por qué no debes llevártela al reino.
Alonso bajó la mirada como aceptando y descartando
opciones.
—Pronto tendréis noticias —les dijo dándose la vuelta.
—Esto es Inglaterra —le recordó Martín—, aquí la reina
no tiene ningún poder de decisión —remarcó.
Alonso parpadeó incrédulo.
—¿Y pensáis que eso me detendrá? —preguntó
incrédulo.
Martín tensó el mentón y lo miró con una advertencia.
—No voy a permitirte que utilices a mis hijas en tu
provecho político.
Alonso dio varios pasos hacia su medio hermano, y se
plantó frente a él. Martín era un par de centímetros más bajo,
pero en sus ojos podía apreciarse de lo que era capaz de hacer.
—Tendrás noticias mías y de la corona…
Se marchó dejando tras de sí un rastro de tensión que
podía cortarse con un cuchillo. Martín se giró unos segundos
después.
—Ha ido mejor de lo que esperaba —le dijo a su madre.
Eulalia se sentía petrificada. ¿Quizás su hijo no había
visto la mirada de Alonso? Pasaron varios segundos hasta que
pudo reaccionar.
—Hay algo más, Martín —le dijo con la voz en
suspenso—. Hay algo que se nos escapa, y que Alonso no
desea informarnos.
Martín lo sabía.
—Lo estoy averiguando, madre —le informó.
Y Eulalia se dijo que era la primera vez que le decía
algo así.
—Tengo un mal pálpito —contestó Eulalia.
—Me marcho a Hambleden a recoger a las niñas.
Eulalia se quedó sola inmersa en tramas, peligros, y
desazón.
CAPÍTULO 17
Cuando el carruaje se detuvo en la entrada principal de
la mansión, Martín sufría un acceso de fiebre. Salió mareado
del interior, pero le dijo al cochero que no tardaría.
La espera en el salón se le hizo insufrible porque tenía
escalofríos, calores, traspiraba, y temblaba como una hoja.
Tragó con fuerza, y cerró los ojos tratando de no vomitar. En
la mañana se sentía bien, y en la tarde caía enfermo, y se dijo
que la culpa la podría tener la visita de su hermano el duque.
—¡Señor Valiente! —exclamó Emily al verlo tan
descompuesto.
Corrió hacia él porque lo veía a punto de caerse al suelo.
—Vengo a recoger a las niñas —dijo de forma
entrecortada.
—Se las ha llevado mi tío hace media hora —le informó
la mujer.
Martín veía doble.
—¿Cómo que se las ha llevado?
—¿Está enfermo? —le preguntó, pero era obvio.
—El cuerpo no me responde —le dijo al mismo tiempo
que caía hacia delante.
Si Emily no lo hubiera sujetado, habría caído al duelo.
—¡Ayuda! —gritó la dama.
—Martín cerró los ojos, y se sumió en la inconsciencia.
La recaída por la malaria le duró a Martín tres días y tres
noches. Emily había escrito un mensaje para su tío, se lo dio al
cochero para que lo llevara con urgencia a Bromley Hall.
Escogió la habitación donde colocaron a Martín, le dieron un
baño frío, y unos polvos para la fiebre. Harry Tyler llegó
varias horas después pues no se encontraba en la casa sino
atendiendo a unos pacientes al este de Great Marlow.
Y mientras Emily esperaba la llegada de su tío, ayudaba
a la sirvienta limpiando el sudor caliente de la fiebre en
Martín, que habló inconsciente, y en esas horas Emily fue la
receptora de todo lo que dijo. Cuando Harry llegó, Emily tenía
un delantal puesto sobre el vestido, las mangas subidas, y
estaba completamente desgreñada.
Harry supo que algo muy importante había cambiado.
—Está sufriendo una recaída —le informó a la sobrina.
—¿No te acompaña Eulalia? —le preguntó, pero no era
una queja.
—No hemos encontrado a nadie para que se ocupe de
las niñas —le reveló el tío—. Y le he jurado y perjurado a la
madre que la vida de Martín no corre peligro.
—¿Se recuperará? —le preguntó Emily.
Harry ya se encontraba examinando al enfermo, y
comprobó que lo habían desvestido, y que sólo llevaba puestos
unos calzones.
—Empapa todo lo que le ponemos —contestó la sobrina
turbada por la mirada de su tío.
El cuerpo de Martín era puro músculo y de piel
bronceada. Si no fuera por los rasgos aristocráticos de su
rostro, pasaría por un auténtico cíngaro.
Harry le dio un tónico que le bajó la fiebre a las tres
horas, pero seguía inconsciente y hablando sin parar.
—Dice cosas sin sentido —lo disculpó la sobrina.
Pero no era cierto. Martín hablaba de su padre, de su
hermanastro, de Eulalia, y de María de Velasco. Habló de su
niñez, de los errores que había cometido, de lo que realmente
le apasionaba.
Cuando Julia se quedó con las niñas, en la casa apareció
Eulalia, y Martín empeoró. La madre no fue capaz de
alimentarlo, porque la escuchaba hablar, y giraba la cabeza.
Harry habló con ella, y le pidió que regresara con las niñas,
que él se encargaría de todo.
En esos tres días, Emily decidió no separarse del lecho
del enfermo. Le dio las cucharadas de sopa y de tónico, y pudo
hacerlo porque adoptó el papel de la condesa viuda dándole
órdenes que Martín obedecía. Para Harry quedó claro lo que
ese hombre quería a la tal María, y se preguntó qué papel
desempeñaba Eulalia en todo ese turbio asunto.
Emily tuvo una fuerte discusión con su tío Elliot
Allergan, que no veía con buenos ojos la decisión de ella de
ayudar a su otro tío con el enfermo. Lo consideró una
molestia, y quiso encargar un carruaje ambulancia para que lo
llevaran de regreso a Bromley Hall. Fue la primera vez en su
vida que Emily se plantó y tomó decisiones por ella misma, y
a Elliot no le quedó más remedio que aceptarlo.
Pospusieron la pedida de mano, y Harry lo vivió como
un presentimiento. Emily nunca le había plantado cara al
estirado conde de Hambleden, y se preguntó si acaso Martín
habría obrado el milagro.

***

Abrió los ojos y se sintió cansado. Le dolía hasta


respirar. Quiso volverse, pero sintió un latigazo en la cabeza, y
lanzó un quejido.
—¡Joder! —exclamó llevándose la mano a la frente.
—Toma un poco de agua —le dijo Harry que le acercó a
los labios un vaso.
Bebió con fruición.
—¿Me ha atropellado un carruaje? —preguntó Martín
con la voz ronca.
Harry sonrió porque la ronquera era debido a la cantidad
de horas que había hablado sin parar.
—Has tenido una recaída —le informó serio—. Una
recaída severa de Malaria.
—Comencé a sentirme mal a primera hora de la tarde.
—De hace tres tardes —lo corrigió el doctor.
Martín parpadeó, y entonces se percató de que no estaba
en Bromley Hall, y entonces recordó su llegada a Hambleden.
—Vine a por las niñas —susurró.
—Están con su abuela, que está deseando verte.
—Siento ser una molestia —contestó ronco.
Martín carraspeó.
—A nadie le gusta estar enfermo, Martín, e imagino que
la visita de tu hermano propició tu recaída.
El hombre hizo ademán de levantarse, y se mareó.
—¡Mierda! —exclamó con fastidio—. Me siento un
bebé indefenso.
—Ordenaré que te preparen un baño, y ya tienes lista
una muda de ropa.
Martín lo miró agradecido.
—Eres un buen hombre Harry Tyler, y mi madre tiene
mucha suerte contigo. Me siento en deuda.
El hombre sonrió, y le dio una palmadita en la espalda.
—Podrás pagarme esa deuda muy pronto, Martín, muy
pronto.
Cuando dos horas después bajó al salón de Hambleden,
Martín se sentía un hombre nuevo. Persistía una pequeña
molestia de dolor en la cabeza, y una cierta confusión en sus
movimientos, pero seguía siendo el hombre peligroso de
siempre.
En el salón se encontraba Harry, Emily, y el conde de
Hambleden que se veía tan estirado como su hermanastro el
duque. Por algún motivo, la casa le provocaba malestar, y se
dijo que podría ser debido a la fiebre que había pasado porque
Hambleden era majestuosa.
—Martín y yo nos marchamos.
Los ojos de Martín se clavaron en los de Emily que lo
miraba de una forma especial. Era la primera vez que veía ese
brillo en sus ojos, y se preguntó el motivo. Martín le dio las
gracias al conde, a Emily, y les prometió una velada en
Belgravia Manor en compensación.
Emily decidió acompañarlos a los establos donde tenían
preparada la calesa de su tío. Martín necesitó un poco de
ayuda para subir, y maldijo por lo bajo porque debía de
parecerle un inválido.
«¿Y por qué me importa tanto lo que piense?», se
preguntó extrañado.
—Salude a las niñas de mi parte, señor Valiente —le
dijo Emily con una sonrisa—, y cuídese.
De repente, su apellido le sonó ridículo en la voz de ella.
—Muchas gracias, señorita Allergan.
Martín desconocía que Emily lo había cuidado, que
había escuchado sus quejas, sus inquietudes y sus esperanzas.
Casi lo conocía mejor que él mismo. Si lo hubiera sospechado,
habría salido corriendo en dirección contraria a la de ella.
Emily tenía ahora un poder enorme sobre Martín de
Valiente y Caballero, y estaba encantada.
CAPÍTULO 18
Martín miró al hombre de su absoluta confianza. Había
llegado del reino para traerle la información que le había
demandado, y no era mejor de lo que había esperado.
—No podrás regresar al reino —le informó Eduardo
González.
—Ya contaba con ello —respondió cabizbajo.
—No podrás volver nunca —reiteró.
Y cada explicación la sintió Martín como una pesada
cadena que ataban a sus tobillos. Él era un hombre
acostumbrado a viajar, a tomar sus propias decisiones, pero
ahora debía quedarse en un mismo lugar sin que pudiera hacer
nada. Al menos tendría a su madre cerca y a su medio hermana
Rosa.
—¿Y el otro encargo que te hice?
Eduardo había recabado información sobre las madres
de Catalina, Paloma, María y Victoria, y la verdad no podía ser
más demoledora. Sólo Catalina y Victoria eran hijas suyas, las
otras dos, no lo eran.
—Ya lo sospechaba —reconoció Martín—, pero
esperaba equivocarme.
—He localizado a la madre de María —le dijo el
hombre—. Se encuentra en la villa de Ciudad Real bajo un
nombre falso.
Martín se preguntó por qué motivo había registrado a
María como su hija cuando no lo era.
—¿Y la madre de Paloma? —preguntó suave.
—Dicen que murió en el parto, pero no es cierto —
reveló el hombre sin dejar de mirarlo—. Ahora vive en
Portugal.
Esa noticia no lo sorprendía.
—Una mujer que maneja información delicada y que la
vende al mejor postor, no suele llegar a la vejez —susurró
Martín—. Comprendo que se haya marchado del reino.
El hombre decidió continuar relatando las pesquisas que
había hecho.
—Se veía con un capitán estadounidense que
comandaba la fragata Tritón de cuarenta cañones.
Martín hizo memoria. Recordaba ese barco, pero, no, al
capitán.
—Demasiada información durante demasiado tiempo —
contestó Martín pensativo—. Es casi imposible que pueda
recordar los pequeños detalles.
—Todavía me asombra que lo recuerdes todo.
—Por eso mi memoria privilegiada… —como Paloma,
salvo que no era su hija porque el tiempo de su concepción no
concordaba con su estancia en el reino, aunque por poco.
—¿Se lo dirás a ellas? —le preguntó Eduardo.
Martín negó con la cabeza.
—Ahora son mías —razonó Martín—. Ellas creen que
son hermanas, y lo seguirán siendo.
El amigo no podía entender esa postura, pero Martín era
un hombre que jamás se retractaba de una palabra o de una
decisión.
—El duque de Alcázar ha registrado a Catalina y a
Victoria. Las ha reconocido como miembros de la familia con
el beneplácito de la corona que se ha mostrado a favor del
tutelaje de las niñas, sobre todo de la pequeña por su corta
edad.
Martín sonrió. Su hermano había ido por delante de él
varios pasos. Ser un fiel súbdito de la reina tenía sus
privilegios.
—Imagino que ha recabado la misma información que
tú, salvo que más pronto.
Y Martín pensó que tenía un problema porque Catalina
y Victoria no tenían padrinos ingleses como Paloma y María.
Si la corona apoyaba la reclamación de los familiares maternos
de ellas, él no tendría más remedio que ceder y permitir su
regreso.
—Debo informarte que el duque de Alcázar ha mostrado
una disposición más cercana hacia Victoria —dijo Martín
evaluando los detalles.
Eduardo González asintió con la cabeza.
—Las cuatro grandes casas nobles del reino atraviesan
momentos de cambio, de transición, y buscan posicionarse con
la corona.
—Lo sé, he estado toda mi vida moviéndome entre
intrigas y conspiraciones.
—Pero quizás ignoras que el conde de Montaner era el
mayor instigador en la corte contra los Lara. Fue el que
sostuvo con mayor ahínco la palabra traidor. Le hizo la vida
imposible a al duque de Alcázar.
Sí, su padre se había granjeado varios enemigos
importantes, pero el mayor hostigador había sido el conde de
Montaner, y por eso Victoria le parecía tan importante a
Alonso.
—¿Por qué la entregaría el abuelo a un hospicio? —se
preguntó Martín pensativo—. Ilegítima o no sigue siendo su
nieta.
Eduardo caminó un paso hacia él.
—Porque su hija tenía que casarse con el marqués de
Rosaleda, y te cruzaste en su camino —Martín alzó la cabeza.
—Pero el conde no sabía quién era yo, ni quién era mi
padre.
—Afortunadamente —respondió el amigo—. Porque de
haberlo sabido, habría removido Roma con Santiago para
hacerle a los Lara la vida más imposible todavía.
Por eso el movimiento de Alonso, se dijo Martín. Se
había adelantado al conde de Montaner, y ahora tenía la sartén
por el mango.
—¿Quién me delató en el reino? —le preguntó a
Eduardo.
—El conde de Vargas —respondió Eduardo—. Gran
aliado del marqués de Rosaleda.
—Eso complica mi posible regreso al reino —murmuró
Martín.
Eduardo González lo miró asombrado.
—¡Pero es que no puedes regresar? —exclamó el otro
—. Te creen muerto en Santa Cruz, y deben de seguir
pensándolo.
Martín se quedó pensativo unos instantes.
—¿Y así será mi vida a partir de ahora? ¿Escondido en
este agujero llamado Inglaterra?
Eduardo echó la cabeza ligeramente hacia atrás.
—Puedo entender que la falta de acción te ofusque las
ideas y el ánimo, pero recuerda que eres un muerto para el
reino, y que puedes disfrutar de una vida tranquila en el campo
rodeado de tus hijas, y de tu madre aquí en Inglaterra.
—¿Me ves como un hijo abnegado y un padre tierno? —
le preguntó con sarcasmo.
El amigo hizo un gesto con los hombros.
—Te veo como un hijo leal, y un padre protector —lo
corrigió—. Deberías aceptarlo.
—¿Cuándo regresas a Burgos?
—En el Liberty, que saldrá en dos días de Dover.
—Tengo que hacerte algunos encargos más. —Eduardo
González alzó las cejas con un interrogante—. Puedes
quedarte mientras tanto en mi casa de Belgravia, allí nadie te
molestará.
—¿No te has mudado todavía? —le preguntó.
Martín sonrió de medio lado.
—Estoy ampliando la cocina, y, mientras tanto, mis
hijas y yo seguimos en Bromley Hall con mi madre y su
esposo.
—Gracias —le agradeció Eduardo.
Y los dos hombres siguieron conversando de temas del
pasado, y que todavía no estaban resueltos.

***

Martín miró a su madre estupefacto. No podía hablar en


serio.
—¿Qué me estás pidiendo?
—Un pequeño favor —respondió Eulalia.
—Me estás pidiendo que le arruine la reputación a una
persona.
La gitana se molestó.
—He hecho mis averiguaciones —le dijo al hijo—. Y
me preocupa descubrir que tenía razón.
—¿Sobre qué?
Eulalia se encontraba en una situación difícil porque
deseaba ayudar de corazón a una persona, pero no encontraba
el modo de hacerlo, y sólo se le había ocurrido uno.
—Ya te he mencionado que el futuro prometido de
Emily padece del mal francés.
—¿Te lo ha dicho Harry?
Eulalia miró a su hijo muy seria.
—¿Piensas que le permitiría que lo examinara, y lo
descubriera? Es el tío de Emily.
Martín soltó aire.
—¿Y si se lo mencionas a la dama? —le preguntó—.
Podría exigirle ese dato médico para su tranquilidad.
Eulalia apretó los labios ofendida.
—¿Y qué podría decirle? Ohhh, mi querido futuro
prometido, necesito que te examine un médico para comprobar
que no estás enfermo, porque si lo estás, no podré casarme
contigo.
Dicho así sonaba ridículo, se dijo Martín.
—Pero no está bien lo que me pides —trató de
excusarse—. Sobre todo ahora que nos llevamos bien.
—Sólo te pido que me ayudes —insistió la madre.
Martín se mesó el cabello.
—¿Has hablado con Harry sobre este asunto?
Eulalia mantuvo silencio. Unos minutos después volvió
a insistir.
—Eres un seductor nato, un sinvergüenza sin parangón.
—¡Vaya, gracias! —protestó el hijo de forma cansada—.
Resulta de lo más estimulador que mi propia madre me suelte
esos insultos a la cara.
Eulalia hizo un encogimiento de hombros.
—Si me ayudas, ganaremos un poco de tiempo.
—No cuentes con ello —le dijo finalmente
abandonando la cocina.
En la noche, cuando su madre y sus hijas dormían,
Harry lo llamó para conversar en su despacho, tenía
preparadas dos copas de coñac, y le ofreció una. Se sentó
frente a él, y lo probó. El coñac era excelente.
—Tengo que pedirte un favor —le dijo de pronto. Algo
en la postura de Harry desató las alarmas en Martín—. Sabes
que mañana es la fiesta donde se anunciará el compromiso de
mi sobrina Emily.
Martín tensó la espalda.
—Sí —respondió quedo.
Harry estaba nervioso, como si no se atreviera a pedirle
el favor que le había solicitado.
—He hecho averiguaciones —acababa de decir las
mismas palabras de su madre por la mañana—. Y Jason Smith
está enfermo.
Martín cerró los ojos.
—¿Padece del mal francés? —le preguntó.
Harry lo miró extrañado. ¿Cómo se había enterado?
—Y de la cabeza —respondió—. Por eso necesito un
pequeño favor.
Martín suspiró.
—¿Qué deseas que haga?
A Harry le costaba pronunciar las palabras.
—Nada importante —comenzó—. Simplemente que
durante la cena, o el baile, crees una situación a solas con mi
sobrina que se presté a equívocos.
Martín no podía creérselo, era exactamente lo mismo
que le había pedido su madre.
—Hablaré con tu sobrina, y le expresaré tu
preocupación —aceptó al fin.
Harry se sentía avergonzado por lo que le había pedido,
pero ya no había marcha atrás.
—He hablado de esto con mi sobrina en innumerables
ocasiones, pero se siente demasiado en deuda con su otro tío
como para propiciar una ruptura con la familia Smith —le
explicó Harry—. Elliot Allergan lleva demasiados años
arreglando ese enlace.
—Y ahí es donde entro yo en la ecuación —susurró
Martín.
—El conde de Hambleden jamás permitiría la más
mínima sombra sobre el futuro compromiso, y mi sobrina
quedaría liberada.
Martín se quedó pensando.
—¿Y si le expresas la sospecha sobre esa enfermedad al
propio Allergan? —le preguntó Martín.
Harry soltó un suspiro.
—¿Piensas que si cupiese esa posibilidad me habría
rebajado a pedirte algo así? Porque tengo principios, aunque
no los creas.
—¿Le has contado algo a mi madre sobre esto? —a
Harry le extrañó esa pregunta.
—¿Debería? —inquirió el otro.
Martín se quedó callado un momento, y Harry pasó a
contarle los encuentros depravados que mantenía el futuro
prometido de Emily con jovencitas vírgenes creyendo que de
esa forma podría curar su dolencia. A Martín no hacía falta
que le explicara nada porque él conocía esa enfermedad.
—Haría lo impensable por salvar de ese depravado a mi
única sobrina.
Esa era una razón muy sólida.
—Pero si propicio un escándalo sobre su reputación,
Emily no me lo perdonará jamás —protestó Martín.
El tío lo miró directo.
—Pero no te estoy pidiendo que arruines su reputación
—le explicó mortalmente serio—. Porque si lo hicieras te
cortaría la cabeza.
—Entiendo —respondió Martín—. Debo poner la
mejilla y esperar la bofetada.
—Olvídalo —dijo de pronto Harry—. Esto ha sido un
tremendo error.
Martín así lo pensaba.
Estaba claro que el futuro prometido de Emily era un ser
despreciable, y tanto el tío como su madre buscaban la forma
de que no se formalizara el compromiso. Pero él no podía
prestarse a desatar un escándalo que la perseguiría de por vida.
—¿Habéis sopesado, mi madre y tú, que es posible que
Emily esté realmente enamorada de él? —se atrevió Martín a
sugerir.
Harry parpadeó asombrado.
—Emily es muy reservada y no me ha referido nada al
respecto —respondió el tío—. Pero dudo mucho que sienta
afecto o cualquier otro sentimiento por ese individuo.
—Pero me sigue pareciendo un error —apuntó Martín
—. Porque existen otros medios para hacerla desistir de
cometer una equivocación.
Harry se quedó pensativo durante unos minutos.
—Estamos de acuerdo, buenas noches, Martín.
Harry ya se levantaba, y Martín lo sujetó del brazo.
—Lo siento, de verdad —se disculpó.
Pero Harry ya no dijo nada más.
Martín se quedó sólo con su copa de coñac pensando en
la conversación tan extraña que había mantenido con el esposo
de su madre. Era indudable que quería a su sobrina, y se
preguntó cómo de desesperado tenía que sentirse para tratar de
trazar un plan tan nefasto, y que tan claramente lo perjudicaría
si la sobrina llegara a descubrirlo.
Pensó en Emily, y, sin percatarse, su rostro se suavizó.
Desde que cayó enfermo, la mujer había cambiado con
respecto a él. Ahora conversaban como amigos, reían
intercambiando bromas, y disfrutaban de momentos de
tranquilidad viendo jugar a las niñas, por eso se sentía reacio a
causarle voluntariamente algún daño, por leve que fuera. Se
dijo que hablaría con ella, que la persuadiría para que se
sincerara con su tío, y para que juntos alcanzaran un acuerdo
satisfactorio.
Con esa resolución, Martín se marchó hacia su alcoba,
aunque no pudo dormir en toda la noche.
CAPÍTULO 19
El futuro prometido de Emily era en verdad despreciable
porque lo había tratado como si fuera un mendigo que
disfrutara de la caridad de Harry Tyler. Era primo lejano de
Elliot Allergan, y ahora entendía que el tío paterno de ella
quisiera a toda costa ese compromiso e inmediata boda por
unas tierras en disputa que mantenían ambas familias. El
hombre era demasiado delgado, quizás por la enfermedad que
había mencionado tanto Harry como su madre, y le desagradó
que llevara peluca gris, y polvos de arroz en el rostro para
disimular el color amarillo de su piel. Jason Smith era de la
misma estatura que Emily, pero la miraba con un brillo
depravado en los ojos que le provocó una opresión en el
pecho.
Jason Smith no era una opción para Emily, no era una
opción para ninguna otra mujer.
Cuando la invitó a bailar, ella no se opuso, y sus hijas
aplaudieron y vitorearon provocándole a Elliot Allergan un
profundo desagrado. La familia Tyler estaba en Hambleden
como invitados de Emily, pero estaba claro que no eran
bienvenidos.
—¿De verdad piensas casarte con ese adefesio? —le
preguntó mirándola a los ojos.
—¿Se ha acabado la tregua que manteníamos? —le
preguntó ella a su vez.
—Te mereces algo mejor —le susurró al oído cuando
hicieron un giro.
—Estoy de acuerdo —contestó ella—. Pero soy una
mujer que cumple sus promesas.
—¿Aunque esa promesa te haga muy desgraciada?
—He crecido con este compromiso sobre la cabeza —le
explicó—. Y me he resignado a cumplirlo para hacer feliz a mi
tío.
Martín la hizo girar de nuevo.
—Tu tío Harry está preocupado —le transmitió—.
Todos los estamos.
Emily sonrió al escucharlo, y sus ojos se dirigieron
hacia el lugar donde estaban las tres niñas. Catalina
conversaba con un joven que se veía bastante nervioso.
—Quería pedirte un favor —le dijo Emily.
Martín se la bebía con los ojos porque estaba guapa a
rabiar. El vestido de color champán con sobrefalda de flores le
quedaba realmente bien. Llevaba el cabello medio recogido, y
llevaba prendidos en el cabello pequeños capullos de rosas en
color coral. Los guantes de encaje de sus manos le llegaban
hasta el codo, y no le permitían acariciar la piel sedosa de sus
manos, aunque sí le transmitía su calor. Y Martín sentía que se
abrasaba. Era la primera vez que la tenía entre sus brazos, y
encajaba en ellos a la perfección. Podía aspirar el suave
perfume de las rosas sobre su cabeza porque no tenía ni que
inclinar la cabeza para hacerlo.
—Me encantaría que Victoria y María fueran mis damas
de honor.
Martín no la estaba escuchando porque estaba perdido
en sensaciones que le provocaban emociones desconocidas.
—¿Me estás escuchando, Martín? —le preguntó ella.
Habían comenzado a tutearse días atrás.
Y él regreso del lugar oscuro donde se encontraba,
cuando la pequeña Victoria se hizo un hueco entre los dos para
bailar con ellos. Emily sonreía porque le había hecho gracia la
petición de la pequeña, y la complació. La sujetó de la mano, y
le pidió a Martín que hiciera lo mismo. Los tres bailaron
desacompasados, con tropiezos, pero se podía escuchar la
contagiosa risa de Emily y la de Victoria.
Eulalia y Harry los miraban arrobados desde el otro
extremo del salón, y Elliot Allergan mostró un rictus de
desagrado al ver la escena tan tierna.
—Míralos, parecen una pareja de verdad —le susurró
Eulalia a Harry.
El tío estaba pensativo porque veía realmente feliz a
Emily, y el remordimiento que llegó a sentir por pedirle a
Martín algo tan deshonesto, remitió bastante.
—Hacen una bonita pareja —admitió franco.
Él era moreno y alto, ella rubia y angelical, y Harry
presintió que los dos estaban acercándose al desastre porque la
mirada que compartían Martín y su sobrina, resultaba muy
elocuente para todos los que observaban.
La música cesó, y el prometido decidió acaparar a Emily
de una forma completa y posesiva. Le había molestado la
complicidad que había observado entre la sobrina y el hijastro
del médico del pueblo de Great Marlow, y lo último que
pretendía era que levantaran murmuraciones.
Martín caminaba directamente hacia Eulalia y Harry.
—¿Habéis visto a Catalina? —les preguntó.
Eulalia le señaló el jardín trasero. El salón de baile de
Hambleden daba directamente a los jardines de la mansión. Y,
por el rostro sombrío de Eulalia, Martín supo que no se había
marchado sola.
—Pensaba que la estabais vigilando mientras bailaba
con Emily —les reprochó a los dos.
—Esa es prerrogativa exclusiva del padre —le soltó
Eulalia con voz arrogante y sin un parpadeo—. Cuando está
presente.
—Iré en su busca —aceptó resignado.
Dejó a la pequeña Victoria con Eulalia, y caminó directo
a los jardines. Como estaban levemente iluminados, sería fácil
camuflarse entre los arbustos.
—¡Catalina! —la llamó conteniendo la voz.
Cruzó los rosales, los frutales, y cuando llegó al rincón
más apartado, Martín se llevó la sorpresa de su vida porque
vio a su primogénita besándose con un joven que le acariciaba
la espalda y bajaba la mano hacia su culo.
—Imagino que interrumpo algo…
El susto que se llevaron los dos jóvenes le habría
arrancado una sonrisa si el asunto no fuera tan serio.
El muchacho comenzó a disculparse en inglés de forma
atropellada, pero vio la mirada de Martín, y salió corriendo
hacia la mansión sin mirar atrás. No debía de tener más de
quince o dieciséis años. Catalina se arregló la falda de su
bonito vestido de fiesta sin ofrecerle una disculpa, ni mostrar
arrepentimiento.
—Estoy profundamente decepcionado contigo —
expresó con toda la calma que pudo.
Catalina alzó la barbilla, y lo miró con insolencia.
—Imagino que lo mismo sintió mi madre por usted.
Martín tenía que haberlo sospechado. Catalina lo
detestaba de verdad, y con tal de vengarse de él, sería capaz de
arruinar su futuro.
—Despídete de los abuelos, te llevaré a casa.
La hija se plantó delante del padre, y lo desafió con la
mirada.
—No deseo irme, lo bueno de la fiesta acaba de
comenzar.
Martín respiró profundo.
—¿Piensas que tienes opción en este asunto? —le
preguntó—. ¿Crees que puedes hacer y deshacer a tu antojo
sin sufrir las consecuencias?
—¿Cómo usted, señor padre, que va dejando bastardos
de uno a otro confín del reino? —respondió la hija vengativa.
Martín alzó la mano para abofetearla por el insulto, pero
no pudo hacerlo. El culpable de la rebeldía de Catalina era él,
y sólo él, y por eso se merecía su desprecio.
—¡Martín! —se escuchó la voz de Emily—. ¡Detente!
No, él no iba a golpear a su hija, aunque lo mereciera.
Había soportado sus insultos, sus desplantes, y ahora su
desvergüenza, pero pondría remedio.
Catalina vio en la llegada de Emily una salida. Comenzó
a fingir que lloraba, y comenzó a correr en dirección a la casa.
Martín estaba plantado sin poder moverse debido a la
impresión que había recibido.
—Me merezco esta conducta por su parte.
Emily no había salido corriendo tras Catalina porque le
había preocupado seriamente la mirada perdida de Martín.
—Está en una edad complicada —la justificó.
Los hombros de Martín temblaron, y Emily supo los
demonios que lo atosigaban porque conocía muchos de sus
secretos. Se acercó muy lentamente a él.
—Eulalia me contó que habías salido en busca de
Catalina, y decidí echarte una mano con ella.
Martín seguía con la cabeza inclinada hacia el suelo, y
sin poder hacer nada que mitigara la decepción que sentía.
—La que nace necia, necia muere… —repitió una frase
de su madre.
Catalina había decidido hacer todo por detestarlo, y él
no podía cambiar esa circunstancia salvo aceptarlo.
—¡Martín! —Emily lo había sujetado del brazo para
traerlo de sus pensamientos oscuros—. Es una niña —le
recordó—. No tomes decisiones en caliente que claramente os
perjudicarán después.
—No sirvo para ser padre —aceptó derrotado.
Emily se acercó un paso más. La falda de su vestido le
tapó las botas.
—Se aprende a ser padre —le dijo para consolarlo.
Entonces Martín se percató de que seguía sujetándolo
del brazo, y un latigazo le subió por el brazo hasta su corazón
donde sintió una sacudida severa.
—¡Emily! —exclamó.
Un segundo después la sujetaba y la besaba con una
intensidad demoledora. Había seducido a decenas de mujeres,
pero ninguna le había hecho sentir esa ternura y cariño tan
especial como ella. Emily al principio no respondió al beso,
pero cuando Martín le abrió la boca e introdujo su lengua
caliente en su interior, algo se abrió paso en el interior de ella,
burbujeó en sus entrañas, subió como la espuma por su
estómago hasta llegar a su corazón donde estalló con fuerza. Si
Martín no la hubiera sujetado, se habría caído al suelo.
Él, profundizó el beso que lo tornó más posesivo. Ella,
alzó el rostro y se pegó a su torso para disfrutarlo más
plenamente. Había enredado sus dedos en el recogido de su
coronilla, y atrajo su nuca más hacia él porque sentía el deseo
de devorarla entera.
—¡Emily! —exclamó Elliot Allergan conmocionado.
Martín y Emily necesitaron unos segundos para romper
la magia que los envolvía en una burbuja de deseo. Y entonces
la realidad los golpeó con furia desatada, sobre todo a ella.
Estaba abrazada a Martín, dejándose besar por él. Cuando se
giró hacia su tío, había varias personas observando la escena,
pero sólo una tenía un brillo de satisfacción en los ojos:
Catalina.
—Eres despreciable —le dijo Elliot Allergan—. Y me
siento muy decepcionado contigo.
—¡Tío… puedo explicar esto! —exclamó Emily
recomponiéndose el cabello.
Pero no se podía explicar lo obvio.
—Daré la fiesta por concluida de inmediato —el
informó el tío con profunda cólera—. Afortunadamente no
hemos anunciado el compromiso, porque vergüenza,
vergüenza me provoca mirarte.
Harry estaba plantado junto a Catalina. Martín supo que
su hija le había tendido una trampa. La miró con tal decepción,
que Catalina tuvo que apartar la mirada consternada.
—Bueno, el desastre se ha completado —confesó
comenzando a caminar hacia la casa.
Harry lo sujetó del brazo como su sobrina momentos
antes.
—No te tortures tanto, hijo —le susurró.
Martín cerró los ojos.
—Esto no lo he planeado, lo juro, Harry.
Harry hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Sí —y le señaló a Catalina—. Se puso de acuerdo con
tu madre para tenderos una trampa —confesó turbado—.
Eulalia no fue capaz de convencerte, ni yo tampoco.
Martín miraba a Catalina que le mostró una sonrisa
cómplice.
—¿Tú, has planeado esto? —le preguntó, pero
conociendo la respuesta.
—La abuela me pidió ayuda, y no pude negarme.
Martín estaba desangelado.
—Sabéis lo que esto significa, ¿verdad?
Catalina y Harry hicieron sendos gestos afirmativos con
la cabeza.
—Que tendremos boda —afirmó Catalina abrazada a su
abuelo.
CAPÍTULO 20
Martín había seducido a muchas mujeres. Martín había
dirigido su vida a su placer y antojo. Martín acababa de caer
en una trampa tejida por una chica de dieciséis años…
Seguía esperando en el salón de Hambleden. Harry se
había llevado a Eulalia y las niñas a Bromley Hall, y la espera
se le estaba antojando eterna.
Después de dos horas esperando, Elliot Allergan se
dignó a recibirle, y lo hizo acompañado de un arma de fuego
en la mano. Martín entendió la amenaza a la perfección, pero
él se había visto en situaciones mucho más peligrosas.
—Ha desgraciado a mi sobrina —le recriminó con
verdadero desprecio.
Martín tuvo la decencia de avergonzarse.
—Estoy de acuerdo —admitió franco—. Y cumpliré con
mi deber.
—¿Piensa que le permitiré a Emily casarse con un don
nadie?
—He comprometido su reputación —afirmó en un tono
neutro para no desairar más al conde—. Y debo repararla.
—¿Piensa que le permitiré casarse con el hijo bastardo
de una gitana?
Gritó Elliot Allergan fuera de sí.
—Eso lo tendrá que decidir Emily —respondió en un
tono engañosamente suave.
El conde de Hambleden entrecerró los ojos.
—¿Piensa por un momento que obtendrá la fortuna de
Emily? Porque si esa desgraciada lo acepta, la desheredaré, ¡lo
juro! —lo amenazó—. Lo haré de todos modos —afirmó el
noble.
Martín soltó un suspiro largo, cansado, caliente.
—A pesar de lo que piense sobre mí, soy un caballero, y
mi honor me impele a reparar el daño causado a la reputación
de su sobrina.
—Juro que no obtendrá ni una sola libra de mi dinero.
Martín entrecerró los ojos y alzó la barbilla en un gesto
de suma arrogancia propio de su linaje.
—A Emily no le importará —afirmó sin un parpadeó—.
Nos ganaremos la vida como nómadas en circos ambulantes…
—¡Martín! —exclamó Emily que llevaba en la mano
una pequeña valija.
No se había cambiado el vestido, y tenía los bonitos ojos
enrojecidos. Para él quedó muy claro que el pomposo tío la
había echado de la casa, y sintió una cólera desconocida. Se
habían dado beso, bueno, casi le había hecho el amor en el
jardín, pero eso no era motivo para echarla como si fuera un
perro, sobre todo porque él estaba ahí en el salón de
Hambleden para reparar su honor.
—¿A dónde vas? —le preguntó en un susurro.
Ella hizo un ligero encogimiento de hombros.
—A Bromley Hall, con mi tío Harry —respondió en un
tono que parecía arrepentido.
—Esta es una casa decente —les informó Elliot
Allergan—. Y las vividoras licenciosas no tienen cabida.
Martín dio un paso al frente en actitud amenazadora,
pero Emily lo sujetó del brazo, y nuevamente sintió ese
latigazo que le llegó al corazón. Cada vez que lo tocaba, su
cuerpo se llenaba de energía que no sabía cómo controlar.
—Necesito que me acompañes a Bromley Hall —le
pidió con ojos brillantes y llenos de lágrimas.
—Le he dicho a tu tío que repararé el daño causado a tu
reputación.
Ella le sonrió como si hubiera dicho una sandez. Giró la
cabeza hacia el conde de Hambleden, y le sonrió.
—De nuevo te pido que me perdones —le dijo—. Te
quiero, tío, confío en verte pronto.
—Lo dudo —respondió el otro con desdén—. No suelo
visitar ferias ambulantes.
Martín iba a protestar, pero Emily lo sujetó más fuerte.
—No lo empeores —le aconsejó—. El tiempo da y quita
razones.
Martín la miró intensamente, y aceptó. Salieron juntos
de Hambleden sin más equipaje que una pequeña valija donde
Emily llevaba sus artículos personales más valiosos.
—Tengo que pedirte perdón —le ofreció Martín
mientras la ayudaba a subir al carruaje que esperaba.
Martín se acomodó frente a ella que desviaba la vista
para no mirarlo.
—No fue intencionado —afirmó.
—Lo sé —aceptó ella que lo miró sin un parpadeo.
—Todo ha sido una conspiración para que no anunciaras
tu compromiso con Jason Smith.
Y Martín comenzó a explicarle todo lo que sabía sobre
el asunto. Concluyó cuando llegaron a Bromley Hall, por eso
Emily no pudo ofrecerle una respuesta a sus explicaciones. La
ayudó a descender del carruaje del conde que regresó a la
mansión de su otro tío.
Harry y Eulalia los esperaban en el salón con una tetera
ardiendo y bizcochos rellenos de crema.
—Estoy muerta de hambre —admitió Emily con una
sonrisa.
Martín sujetaba la pequeña maleta de ella, y la dejó
sobre una silla.
—¿Ha resultado muy duro? —le preguntó Harry a su
sobrina con rostro preocupado.
Eulalia ya le había preparado una taza de té, y la
acompañó con un dulce.
A Martín le pareció una conspiración. No le hacían
ninguna pregunta, ni le demandaban explicaciones. Tomó
asiento cuando se percató de que su madre estaba más
pendiente de Emily que de su propio hijo.
—¿Me he perdido algo? —preguntó con un
presentimiento.
Harry lo miró y le sonrió.
Martín era un hombre acostumbrado a negociar. A
interpretar silencios, miradas, y a contrastar información, por
ese motivo, lo que veía delante de sus ojos le pareció un
complot en toda regla, y mucho se temía que contra él.
—Parecéis los apóstoles conspirando en la última cena.
Emily se giró hacia él, y los ojos le brillaron.
—Disculpa, Martín, pero no encontramos otro modo —
le dijo muy suave.
Por alguna extraña razón, el estómago se le contrajo con
una duda.
—¿A qué te refieres? —le preguntó entrecerrando los
ojos.
—Al escándalo del jardín —respondió franca.
Martín cerró los ojos porque sentía una cierta vergüenza,
pero se le pasó rápido.
—No querías ayudar, y tuvimos que improvisar —
reveló su madre.
—Así que he sido el tonto más tonto de toda la
cristiandad —afirmó sin mirarlos.
—Hablé con mi tío Elliot para que no se anunciara el
compromiso con Smith atendiendo a las razones de mi tío
Harry —comenzó a explicarle Emily—. Pero desconocía que
había un acuerdo en firme pactado años atrás donde se
especifica que las partes no podían renunciar, salvo en caso de
fallecimiento. —Ese era un acuerdo pésimo para una mujer, se
dijo Martín mirándola con atención—. Mi tío Elliot nunca me
explicó los términos de ese acuerdo alcanzado por él, y cuando
le mostré las pruebas sobre la enfermedad de Jason Smith, no
escuchó mis razones.
—¿Cómo obtuviste las pruebas médicas sobre Smith?
—le preguntó Martín a Harry.
—Tengo amigos de profesión que me echaron una mano
para hacerme con los informes —reveló el doctor algo turbado
—. Aunque me llevó bastante tiempo.
—Me negué a creerlo —confesó Emily—, sobre todo,
que mi tío Elliot estuviese enterado, y que me mantuviera en la
ignorancia.
—Yo le expliqué todo y le mostré las pruebas —alegó
Harry—, y entonces me di cuenta de que ya lo sabía, y que no
le importaba.
Emily tragó con fuerza.
—Ha sido muy duro descubrir que le importan más unas
tierras que mi propia seguridad y salud —susurró apenada.
—Y te pedimos ayuda —le recordó la madre.
El semblante de Martín se ensombreció.
—Podríais haberme informado de que Emily estaba
enterada.
—Entonces no habría sido creíble —contestó Harry.
A Martín le mortificaba que el beso que le había
correspondido Emily fuese debido a un plan para librarse de
un compromiso, y no porque realmente lo sintiera.
—Debo de estar perdiendo facultades porque me siento
ridiculizado por una banda de titiriteros.
—Fue una actuación brillante, sobre todo de Catalina —
mencionó Emily con una sonrisa.
Martín se sofocó porque se había tragado el embuste.
Ahora entendía la huida del chico sin una explicación. Debía
de estar aterrado.
—¿Quién era el pobre infeliz que se prestó al juego? —
preguntó sin querer saber en realidad la respuesta.
—El sobrino de Thomas Kirk, el boticario —respondió
Harry.
Él, no conocía al hombre en cuestión, y eso que Great
Marlow no era muy grande.
—Veo que os lo habéis pasado en grande a mi costa —
replicó molesto porque había quedado como un tonto—. Al
menos no hay honor que reparar.
Martín se dijo que ese cambio de circunstancia lo
molestaba, porque había aceptado reparar la reputación de
Emily. Como si se hubiera hecho a la idea, y ahora se
estrellara de bruces en el duro suelo.
—Pero fue muy bonito que trataras de hacerlo —
respondió ella muy sonriente.
Martín no era un hombre fácil de manipular, aunque
comenzaba a tener dudas, no obstante, algo en la actitud de
Emily había cambiado desde que estuvo enfermo en
Hambleden. ¿Qué diantres se le escapaba?
—Te recuerdo que tu tío te ha desheredado, y que no
podrás regresar a Hambleden —respondió Martín sin
compasión—. Y que a la vista del resto de asistentes e
invitados, tienes la reputación destrozada.
Se arrepintió de decírselo al ver el rostro compungido de
ella, pero decidió batirse en retirada. Ya había hecho bastante
el ridículo por esa noche. Se despidió de todos en un tono
grave, y salió del salón con pasos rápidos.
CAPÍTULO 21
Martín había decidido marcharse a Belgravia Manor
muy pronto, porque Bromley Hall se había quedado bastante
pequeña para todos. No le importaba que la ampliación de la
cocina no estuviera terminada, pero Harry y Eulalia trataban
de convencerlo de que esa parte de la casa era la más
importante, y debía de estar a punto antes de la mudanza.
Además, todavía no había contratado al servicio porque seguía
haciendo entrevistas. Al no residir en Londres sino en Great
Marlow, tenía que desplazarse a diario, y ya se estaba
cansando de las idas y venidas.
Su madre mantenía una lucha constante con él. Le
parecía innecesario que se hubiese gastado una pequeña
fortuna en una vivienda cuando podría haber utilizado ese
dinero en comprar una propiedad en el campo. Pero él tenía
sus motivos personales para hacerlo. Además, Martín no se lo
había comunicado a su madre y a su esposo, pero les estaba
habilitando la primera planta para ellos. Era consciente de que
el tiempo pasaba, y ni Eulalia ni Harry podrían vivir solos en
una casa como Bromley Hall, y él estaba dispuesto a ocuparse
de los dos.
Pensar en Harry equivalía a tener en cuenta a la sobrina,
que después del descalabro de la fiesta de compromiso, se veía
más relajada y sonriente que nunca. No heredaría Hambleden,
pero tendría Bromley Hall. En ese momento se encontraba en
el jardín trasero enseñándole a Paloma a lanzar dardos. La
pequeña Victoria jugaban con varios muñecos, mientras María
se daba un atracón a almendras.
Las veía a través de los cristales de la ventana, y el
cuadro no le podía parecer más bonito y entrañable. ¿Por qué
tenía que removerle tanto por dentro?
—Puedes tenerlas a las cinco…
La voz de Eulalia lo sobresaltó porque no la había oído
llegar a la cocina.
—Se acabaron las conspiraciones a mis espaldas —le
ordenó a su madre para que contuviera su imaginación
desbocada.
Eulalia se anudó el lazo trasero del delantal blanco
mientras hacía un mohín con sus labios rojos.
—Sería la solución perfecta a tus problemas —continuó
la madre.
—No tengo problemas —afirmó el hijo—, salvo los que
tan amablemente me ocasionas.
Eulalia no se dio por enterada.
—Emily quiere a esas niñas, y sería una madrastra
idónea para ellas.
Martín dejó la taza de café, y se giró hacia su madre que
le dio la espalda con claras intenciones.
—¿Has hablado ya con Catalina? —le preguntó la
madre mientras sacaba un cuenco de la alacena para continuar
la elaboración que había pospuesto a mitad de la mañana.
—Y ya ha recibido las oportunas correcciones —
respondió el hijo.
—Catalina tiene un carácter difícil —aceptó la abuela
—, pero como todos los Almonte —afirmó—. Es una pena
que no haya sacado ni uno sólo de nuestros rasgos.
Martín terminó aceptando que su madre tenía razón.
Catalina no tenía ni una sola peculiaridad gitana, todo lo
contrario: su nariz pequeña, sus pómulos cincelados, y su bien
dibujada boca, mostraban la aristocracia de su sangre, algo
lógico cuando su difunta madre había sido la hija del conde de
Tejeda, un fiel defensor del infante Carlos.
—Las cuatro son muy guapas —aceptó la abuela—.
Pero indudablemente será Victoria la más hermosa de todas.
Martín asintió. Jimena, la madre de Victoria, era
realmente hermosa. De cabellos claros y piel de alabastro. No
era muy alta, pero tenía una graciosa figura, sin embargo, lo
más atractivo de su persona, era su sentido del humor, y su
curiosidad innata. Juntos habían pasado veladas muy
agradables, y por eso la recordaba con cariño.
—Pero no podrás verlo porque tu hermano se la llevará
a Silencios y la separará de ti —afirmó Eulalia mezclando los
ingredientes en el cuenco.
Martín se dijo que a su madre le debía de gustar mucho
andar metiendo los dedos en ojos ajenos porque lo hacía cada
vez que se le presentaba la ocasión.
—Alonso no se la llevará —susurró poniendo de nuevo
su atención en sus hijas.
Eulalia dejó el cuenco sobre la mesa, y clavó la mirada
en su hijo.
—¿Por qué? —preguntó a bocajarro.
Martín se giró un tercio hacia Eulalia.
—Porque poseo información delicada que Alonso estará
encantado de poseer.
Eulalia le sostuvo la mirada.
—Has estado a punto de perder la vida precisamente por
esas informaciones delicadas que conoces y manejas.
—En la vida tienen que existir hombres como yo para
mantener el equilibrio de poder —afirmó muy serio—. Somos
muy necesarios.
Eulalia no podía rebatir esa verdad aplastante.
—Pero ya no eres ese hombre del pasado, no lo olvides.
Desde luego que su madre sabía cómo devolverlo al
presente con una sola frase.
—Es una pena que no haya heredado tus arrojos y tus
arrestos —dijo Martín de forma sarcástica—, porque habría
sido el mejor agente de la historia.
Eulalia apretó los labios porque su hijo hablaba de
forma desenfadada.
—¿Las quisiste, Martín? —estaba claro que su madre se
refería a las madres de sus cuatro hijas—. ¿O fueron meros
instrumentos en tus ambiciones?
Martín decidió sincerarse en parte.
—Era muy joven cuando conocí a la madre de Catalina,
y puedo asegurarte que me deslumbró —reveló el hijo—.
Incluso llegué a sopesar casarme con ella, pero Catalina era la
hija de un conde con mucho poder en la corte, y yo el hijo
bastardo de una gitana y un traidor al reino.
A Eulalia le dolió su comentario, pero era cierto.
—¿Y Paloma y María? —inquirió.
Eulalia le había puesto en bandeja la oportunidad de
revelarle la verdad sobre las dos, pero hacerlo no resolvería
nada porque las niñas se habían adaptado muy bien a la
familia, y querían mucho a los que consideraban sus abuelos.
Martín se dijo que ser padre era mucho más que la sangre, él,
lo sabía muy bien. Lo había engendrado un hombre, pero sus
padres habían sido otros, y había recibido mucho amor por
parte de ellos.
—Fueron relaciones efímeras que duraron muy poco —
contestó a la pregunta de su madre.
Al menos no había faltado a la verdad.
—¿Y Victoria?
Martín bajó la mirada.
—Su madre se llamaba Jimena, y me hizo pasar
momentos inolvidables, si bien por aquel entonces jamás me
quedaba más tiempo del necesario en un lugar.
—¿Nunca se pusieron en contacto contigo? ¿No te
informaron de que eras padre? —Martín negó con la cabeza.
—Mi profesión no me permitía establecer lazos
duraderos, ni podía echar raíces en un lugar determinado.
—Pues me alegro mucho de que esa vida de peligro y de
riesgos haya terminado para ti —Martín podía suponerlo— ¿Y
no crees que ha llegado el momento para cambiar esa forma de
vida? —le preguntó la madre—. Ahora tienes una familia, una
casa, un porvenir que presumo tranquilo.
«Menuda habilidad tiene para llevarme justo al lugar
que quiere», se dijo Martín que no pudo evitar sonreír de
medio lado.
—Emily es un dechado de virtudes, es perfecta…
Martín decidió apagar el incendio que Eulalia había
provocado con sus palabras.
—Me ofreció dinero para que te separara de Harry —le
confesó en voz baja.
Los ojos de Eulalia se abrieron de par en par.
—Eso sería antes, cuando era una arpía malcriada —
Martín alzó los hombros en un gesto desenfadado—. Pero ha
cambiado, te lo aseguro.
—Si has terminado…
Martín salió al jardín y dejó a su madre con la palabra
en la boca.
CAPÍTULO 23
Era sábado, y las niñas estaban disfrutando mucho del
picnic que había organizado Emily. Desde que estaba en
Bromley Hall, todo eran risas, actividades, y mucha ternura
entre ellas. Ese día, como Harry y Eulalia se habían marchado
para tratar pacientes en los lugares más lejanos de
Buckinghamshire, ella había sugerido irse los seis de picnic
pues conocía un lugar muy bonito cerca del río.
Martín no tuvo valor para negarse, y a las niñas les hizo
especial ilusión. En ese momento, viéndola con los pies
metidos en el río y mojando a las niñas con el agua, se
preguntó por qué se le aceleraba el pulso y se le entrecortaba
la respiración.
«Porque se me ha metido en el corazón», admitió al fin.
«Ya no puedo negar lo inevitable».
Emily lo llamó, y lo invitó a meterse en el río con ellas.
Martín hizo un gesto negativo con la cabeza, y se dedicó a
observarlas sin poder evitar sonreír y devorarla con la mirada.
Poco después salió con los pies descalzos y se sentó a su lado.
Martín le ofreció un vaso de limonada.
—¿Echas en falta estar constantemente en situaciones
peligrosas? —le preguntó.
Martín inspiró y soltó el aire muy lentamente.
—Esas cuatro niñas me mantienen constantemente en
peligro, créeme.
Emily se bebió la limonada de un trago.
—Formáis una bonita familia —casi susurró ella.
«Contigo sería mucho más bonita todavía». Le dijo con
el pensamiento.
—Esto es obra de mi madre y de tu tío que han
conseguido unirlas. Han logrado que se integren, y se acepten
a pesar de lo diferentes que son.
Emily dejó de mirar a las niñas que seguían jugando, y
clavó la vista en Martín. Y de repente, el hombre sintió que
penetraba en su alma, que la desgarraba en dos para hacerse un
hueco e iluminar con su luz los rincones oscuros que
albergaba. Los dos mantuvieron la mirada durante largo
tiempo, y fue como si compartieran detalles importantes sobre
la niñez solitaria de ambos, sobre las decisiones tomadas y
erradas.
Martín entró en pánico, sintió deseos de echar a correr,
pero se quedó allí sentado sosteniéndole la mirada a la mujer
que le estremecía hasta la última fibra de su ser.
—¿Por qué siento que me conoces casi mejor que yo
mismo?
Martín se dio cuenta demasiado tarde que había
expresado su pensamiento en voz alta. Emily sonrió, y fue
como si el día se iluminase todavía más.
—Porque me has contado tus más íntimos secretos,
Martín —susurró con voz melodiosa, él la miró sin
comprender—. Hablabas en voz alta cuando estuviste
enfermo.
¿Podía un hombre enrojecer hasta la raíz el cabello y
sentir que comenzaba a arder por la vergüenza? Porque Martín
sentía eso precisamente.
—Y te escuchaba, y me veía a mí misma reconociendo
por primera vez las mismas inquietudes que tú —le confesó
ella—. Hablabas, y era como si lo hicieras sobre mí, sobre mis
miedos, mis interrogantes —Martín se estaba poniendo
bastante nervioso—. Nunca me sentí tan cerca de alguien
como contigo en aquellas horas.
Ahora entendía su cambio de actitud. Su disposición a
mantenerse cercana, a ser una amiga…
—He llevado una vida muy dura, y muy peligrosa —
admitió el hombre con voz grave.
—Ahora lo sé —respondió ella—. Acercarme a tu
abismo me mostró el mío, y lo injusta que fui demasiadas
veces con las personas que no lo merecían.
—Tu tío Harry —apuntó Martín.
Emily hizo un gesto afirmativo.
—Hasta que no te escuché durante aquellas horas, me
mantenía tercamente posicionada en una decisión que me haría
inmensamente desgraciada, y lo hacía creyendo que era mi
obligación anular mi voluntad para complacer la de otro.
—¿Y qué escuchaste para qué cambiaras de idea?
Emily se tomó unos minutos antes de responderle.
—La decisión que tomaste cuando apenas eras un niño
de no mantener contacto con tu verdadera madre, y entendí
que lo hacías para protegerla a pesar de lo desgraciado que
aquello te hacía sentir. —Martín la miró fijamente y con el
rostro muy serio—. ¡Desmiéntelo si puedes!
Esa era una de las frases favoritas de su madre.
—Tomé muchas decisiones equivocadas —reconoció
serio.
Emily sonrió de oreja a oreja a pesar de la seriedad de la
conversación.
—Yo, también, y por eso escucharte aquellas largas
horas supuso una catarsis que no pude negar por más tiempo.
—Ahora tendré que matarte —afirmó muy serio.
Emily ladeó la cabeza.
—¿Porque conozco tus secretos?
«¡Porque estoy deseando besarte de nuevo!», exclamó
con el pensamiento.
—Por tres motivos.
Los ojos de Emily brillaron.
—¿A qué motivos te refieres?
—El primero, porque me has hecho hacer un ridículo
espantoso. Segundo, porque has involucrado a mi hija mayor
en esta trama de conspiración romancera.
Martín guardó silencio.
—¿Y el tercero? —quiso saber ella.
El hombre decidió callarse porque había estado a punto
de decir una sandez. Emily sondeó el rostro masculino
tratando de averiguar sus razones.
—Es por el beso, ¿verdad?
Martín saltó como si lo hubieran pinchado con un alfiler,
¿cómo podía saber lo que pensaba? Y decidió ser franco como
ella.
—Sí, porque aceptaste mi beso, no porque quisieras,
sino porque estabas representando una actuación —admitió—.
Y me sentí ofendido.
Ahora fue Emily la que insufló aire a sus pulmones y
después lo soltó muy lentamente. Los dos se observaban de
forma tan intensa, que podrían provocar chispas con el calor
que desprendían ambas miradas.
—¿Mi padre es tu movio, Mily?
Ninguno escuchó la pregunta de la pequeña Victoria,
seguían mirándose mutuamente sin un parpadeo.
—Aquí hay tensión que cortar —dijo Catalina que
llevaba a sus dos hermanas menores de la mano.
Y los dos regresaron al presente cuando Victoria se
apoyó en el regazo de Emily soltando una carcajada.
—¡Son movios! —cantó aplaudiendo la chiquilla.
Martín se rindió a lo inevitable.
—Me temo, señorita Allergan, que tendrás que aceptar
mi reparación.
Los labios de Emily se separaron en un intento de
responderle, salvo que ningún sonido salió por ellos.
—¿Eso es… eso es…? —Catalina no pudo continuar la
pregunta.
Las cuatro niñas estaban tan pendientes de la respuesta
de ella, que se mantenían en absoluto silencio.
—Arruinaste mi reputación, señor Valiente —le recordó
ella fingiendo enojo.
—Lo hice —afirmó él que la devoraba con la mirada—.
Pero soy un caballero, y por eso te ofrezco de nuevo mi
reparación.
Emily desvió la vista hacia las niñas, y observó con
atención el rostro de cada una de ellas. Los ojos de Catalina se
veían expectantes, los de Paloma satisfechos. María tenía en la
mirada un interrogante, y la pequeña Victoria, la pequeña
Victoria se veía tan feliz que no pudo pensar en nada más que
en esas niñas que tanto la necesitaban, como ella había
necesitado a su madre.
—Acepto tu reparación, Martín.
Los dos escucharon los aplausos, las risas, y se
contagiaron de la alegría de cuatro niñas que disfrutaban de
ese momento con inmensa dicha.
CAPÍTULO 24
Esa noche, Martín y Emily anunciaron su decisión de
casarse. Harry y Eulalia se alegraron mucho, y lo celebraron
con la mejor botella de champán que había en la bodega de
Bromley Hall.
Dar un anuncio de la tal magnitud con cuatro niñas
exaltadas, resultó toda una proeza, pero el ambiente festivo
duró hasta altas horas de la madrugada.
Después, cuando todos se fueron a dormir, Martín y
Emily se quedaron conversando en la biblioteca, y fue en esa
hora tan crucial cuando Martín le dio un beso a su prometida
de los que se escribían en las historias de amor. Conversaron
muy quedos, se gastaron bromas y se abrazaron compartiendo
inquietudes y metas. Emily resplandecía con cada mirada de
Martín, y ella a él le hacía sentir el hombre más especial de
todos.
Se casaron tres semanas después.
Se dieron el sí quiero en la pequeña iglesia de Great
Marlow, y todo el pueblo estuvo invitado a la ceremonia,
también Elliot Allergan, conde de Hambleden, que no asistió
ni se dignó enviarles un mensaje con su negativa. En el
banquete intervinieron todas las mujeres del pueblo, y se
montaron las mesas en el prado de la iglesia. La ceremonia fue
sencilla, íntima, pero bonita de verdad.
Emily sentía un dolor en el corazón por el
distanciamiento que su decisión había propiciado con su tío el
conde, pero se sentía de verdad feliz porque sentía muy dentro
de su corazón que había tomado la decisión correcta.
Martín era único en el mundo, y ella había tenido la
enorme fortuna de haberlo encontrado.
El conde de Hambleden no asistió a la ceremonia, pero
lo hicieron el resto de personas que amaban a Eulalia. Los
Penword y los Beresford. Rosa de Lara, hermana de Martín,
fue la elegida para actuar de madrina, y Eulalia le cedió su
puesto encantada. Si Emily en algún momento creyó que su
interacción con la nobleza se había interrumpido porque su tío
el conde de Hambleden le había dado la espalda, se equivocó
de pleno.
El mismo día de su boda, Emily supo que su esposo era
hijo de un duque, que tenía un hermano duque, que su madrina
había sido condesa, y lo miró con una recriminación en sus
ojos azules. Si se lo hubiera mencionado no habría tenido la
descortesía de tratar a un duque como un plebeyo. Martín
estuvo todo el día riéndose por la torpeza cometida, pero
finalmente ella no le dio mayor importancia.
Ahora, como marido y mujer, y absolutamente solos en
la alcoba principal de Belgravia Manor, se sentían extraños,
sobre todo porque las niñas se habían quedado en Bromley
Hall al cuidado de los abuelos. Ellos tenían unos días para
disfrutarlos en soledad, y Martín le prometió un viaje de
novios a Nueva España, cuando las niñas se hubieran casado e
independizado de ellos. Emily estalló en carcajadas al
escucharlo, y se dejó abrazar por él porque era lo que más
deseaba en el mundo.
Martín fue paciente con ella. La llenó de mimos, de
cariños, y cuando ella estaba más que dispuesta para él, la hizo
suya de forma completa. Se bebían el uno al otro. No quedó
centímetro de piel femenino que Martín no hubiera acariciado
ni besado. Emily agradecía que al menos uno de los dos
tuviera la suficiente experiencia como para lograr el disfrute
de ambos, porque en Belgravia Manor pasaron las horas más
maravillosas de su vida.
A la mañana siguiente, Martín volvió a amarla a pesar
de que ella no estaba muy dispuesta, pero sabía qué lugares de
su cuerpo tocar para despertarla de nuevo a la vida.
No regresaron a Bromley Hall hasta cuatro días después,
y no tenían prisa porque la casa seguía llena con Rosa, su
esposo Andrew, y su pequeño. Ocupaban la habitación de
Martín, y la mujer, que era hija y hermana de duque, que tenía
un suegro marqués, no le importó en absoluto. Quería conocer
a sus sobrinas, y quedarse unos días en la casa era el mejor
modo de lograrlo.
Emily y Martín compartían un desayuno frugal en el
lecho. Como estaban los dos solos en la casa, no tenían mucho
donde escoger, pero a ninguno de los dos le importó.
—Ahora podrás ayudarme a elegir al servicio —le dijo
Martín mientras le ponía un bollo en la boca para que lo
mordiera.
—Ummm, ¿cómo dice Eulalia? —susurró Emily—.
Ahhh, soy un verdadero chollo para ti. —Martín soltó una
carcajada—. Ganga, bicota, beneficio.
La mujer se lamió el labio inferior para quitarse el
azúcar.
—Esposa, madre, enfermera, ama de llaves… realmente
he conseguido un chollo —afirmó Martín—. Y veo que
dominas mi lengua casi mejor que yo.
Emily se terminó el bollo.
—¿Sabes que decidí a aprenderla para poder insultar a
tu madre en su propia lengua?
Martín la miró perplejo.
—No lo dices en serio.
—Y tu madre me enseñó algunos insultos muy buenos:
—¡Piojo de albañal! ¡Rata de cloaca! ¡Jincalé!
Martín sonrió.
—Ese último es caló.
Emily lo observó atenta.
—Me costó mucho aprender a pronunciar la letra jota, y
por eso se ha convertido en uno de mis insultos preferidos.
—Jarana, jauría, jugoso… —recitó Martín.
—¿Por qué motivo a ti te salen tan suaves las palabras
con jota?
—Porque es mi lengua materna —le explicó.
Emily se limpió el escote porque le habían caído algunas
migas del bollo mientras lo comía.
—¿Sabes? Algunos de los sonidos de vuestra lengua me
provocan dolor de cabeza —afirmó rotunda— Forjarlo… por
ejemplo. Tiene un sonido horrible.
—Imagino que sí —respondió Martín distraído mientras
veía las pasadas de ella en su escote. Se preguntó si lo
provocaba de forma inconsciente.
—Me cayó muy bien tu hermana Rosa.
—Lady Beresford —le recordó Martín imitando el tono
de su hermano el duque.
Emily soltó una carcajada cantarina.
—Me alegro por las niñas —confesó sincera—. Se le
abrirán muchas puertas gracias a tu familia.
Martín puso cara de circunstancia.
—Ahora compruebo que te has casado conmigo por mi
familia —le susurró en el oído.
Ella se giró y lo devoró con sus bonitos ojos azules.
—Ahhh, ¿pero lo dudabas? —bromeó.
—Esa respuesta insolente se ha ganado un castigo.
Martín la tumbó de espaldas y sitió su boca. Pretendía
darle sólo un beso, pero le dio docenas.
Cuando terminaron de amarse, el reloj marcaba las ocho
de la tarde.
CAPÍTULO 25
Belgravia Manor no tenía establos ni caballeriza, por
tanto, Harry y Eulalia habían contratado un carruaje de
alquiler. Habían recibido una invitación formal para una cena.
—Estoy nerviosa —confesó Eulalia que volvió a
recolocarse el cabello.
Harry la miró, y le sonrió. Estaba muy guapa. Julia le
había confeccionado un bonito vestido que le quedaba como
un guante.
—¿No te parece un color atrevido para una mujer de tu
edad?
Eulalia se horrorizó por el comentario de su es poso
porque creyó que el vestido no le quedaba bien, hasta que
procesó el comentario en su cerebro.
—¿Me estás llamando vieja? —le preguntó atónita por
su anterior comentario.
—Claro que no, amor, pero siempre he creído que el
rosa es el color de las debutantes —insistió Harry pensativo.
Eulalia se miró la tela de su vestido.
—Es rosa coral —lo corrigió—. Y Julia dice que es el
color de moda en París.
—Bien es cierto que resalta el color negro de tus
cabellos.
Eulalia sonrió de oreja a oreja.
—Ya te vas pareciendo al mismo Harry de siempre —
apuntó ella con buen humor.
—Estoy deseando ver a las niñas —afirmó Harry
mientras abría la puerta del carruaje, y la ayudaba a bajar.
—Dos semanas sin verlas es demasiado tiempo —
respondió la abuela que no llevaba bien el chal sobre los
hombros.
Harry se lo colocó de forma tierna. Eulalia miró a su
alrededor con verdadero interés. El corazón de Belgravia
estaba lleno de grandes casas de estuco blanco. La casa de
Emily y Martín estaba situada frente a una zona ajardinada, y
tenía el número 33.
—Esta zona es muy bonita —admitió la mujer que
comenzó a caminar en dirección a la casa.
—Es una zona muy exclusiva —respondió Harry.
La mansión de Emily y Martín tenía más de seiscientos
metros cuadrados. Contaba con cuatro salones, ocho
habitaciones, cinco baños, y un amplio jardín.
—Una casa así necesita mucho servicio —protestó la
mujer al mismo tiempo que se abría la puerta de entrada.
Las niñas salieron en tromba a darles la bienvenida, y
Eulalia se dejó querer por ellas. Dentro del salón principal se
escuchaba el sonido de la música. Unos segundos después,
Martín salió a recibirlos con una gran sonrisa.
—Bienvenidos a Belgravia Manor —los invitó a entrar
—. Estáis en vuestra casa.
Emily venía acompañada de Rosa.
—Disculpad que me haya retrasado, pero hay muchos
invitados.
Eulalia entrecerró los ojos.
—¿No era una cena de familia? —preguntó un poco
decepcionada.
—¡Y lo es! —exclamó Martín.
Emily se colgó del brazo de su tío y lo fue llevando al
gran salón. Martín hizo lo propio con su madre, y cuando
ambos traspasaron el umbral, se quedaron con la boca abierta.
En la casa estaban los Penword, los Beresford, y muchos
rostros que Eulalia no conocía.
—Aya, estás guapísima —la saludo la duquesa de Arun.
Eulalia se ruborizó porque comenzó a recibir cumplidos
tanto de los Penword como de los Beresford, y por un
momento se entristeció porque en la reunión familiar faltaba el
conde Ayllón que había regresado al reino de España junto con
su esposa Elina y sus dos mellizos.
Y así se enteró que Redtower había quedado a cargo de
su sobrina Aurora y de su esposo Justin mientras el conde
estuviera ausente, y lo haría por un largo periodo de tiempo.
Eulalia quería inspeccionar la cena para que todo
resultara un éxito, pero Harry la sujetó del brazo y le hizo un
gesto negativo con al cabeza, pero con mirada tierna.
—Hoy eres la invitada especial, hoy debes ocuparte sólo
de tu familia.
Para Eulalia eso era prácticamente imposible, pero
Harry le hizo un gesto con la cabeza hacia el lugar donde se
encontraba Catalina junto a Devlin Penword, y encauzó los
pasos directamente hacia allí.
Poco después Emily se acercó a su tío.
—Todavía me asombra la forma en la que consigues
controlar su carácter y arrojo —le susurró la sobrina mientras
le ponía en la mano una copa de champán.
—¡Mírala! —le dijo Harry a Emily—. Es la única mujer
de su edad que puede llevar un color tan inapropiado como el
rosa, y que no la haga parecer un payaso o fuera de lugar.
Era cierto, se dijo Emily. Eulalia no podía ocultar su
origen gitano, pero era hermosa, atrevida, pasional, y había
vuelto loco a su tío.
—¿No ha venido el conde de Hambleden? —le preguntó
Harry.
Emily negó con la cabeza.
—Confío que en el futuro recapacitará, porque Martín
ha sido la mejor elección que he podido hacer en mi vida —
admitió la sobrina.
—Te veo muy feliz —advirtió el tío.
Su sobrina tenía los ojos brillantes, las mejillas
sonrojadas.
—Lo soy —contestó feliz.
Y entonces Emily se alzó de puntillas y le susurró algo
al oído de su tío que lo puso también feliz.
—Es una noticia maravillosa —se alegró Harry—. ¿Lo
anunciaréis esta noche después de la cena?
—Martín no lo sabe todavía —reveló la sobrina algo
turbada—. Me gusta disfrutar de este secreto que por ahora es
sólo mío.
—Pero me lo has confesado a mí —le recordó el tío.
—Tú eres el doctor de la familia, y mi confidente
durante tantos años.
A Harry le gustaron las palabras de su sobrina.
—¿Cómo se lo tomarán las niñas? —se preguntó así
mismo—. Confío que les alegrará.
Emily hizo un alzamiento de hombros.
—Pues yo confío que en esta ocasión sea un varón —
afirmó en un tono rotundo—. Cuatro señoritas es un número
muy bueno, pero esta casa necesita más varones para
equilibrar la balanza.
Harry soltó una carcajada. Ya imaginaba a las niñas
posicionadas a favor del padre, y dejándola a ella en clara
desventaja. Emily leyó el pensamiento de su tío.
—De alguna forma Martín se las apaña para
manipularlas y lograr que hagamos en familia las cosas que
más le gustan a él —confesó sonriendo.
—Te recuerdo que era un agente espía de la corona.
Eulalia les hacía señas con las manos a los dos para que
fueran hasta ella. Estaba claro que no iba a dejarles a Catalina
y Devlin un mínimo de espacio y tiempo para estar a solas.
—Te quiero, tío, y soy muy feliz…
Pero la cena se ensombreció porque se recibió un
mensaje dirigido al duque de Arun que lo recibió extrañado.
Tras leer la nota, caminó hacia Martín y Emily y se disculpó
con ellos porque debía ausentarse de la celebración. Cuando
Eulalia le preguntó qué sucedía, Justin Penword le informó
que el mensaje lo había enviado Roger Eden Wilson, y el
motivo era que su hijo y prometido de Beatrice había muerto
en un accidente de caza.
Aurora habló con sus hijos mayores, y les dio órdenes
de que se ocuparan del resto de sus hermanos hasta el regreso
de ellos a Crimson Hill. Los duques de Arun se marcharon, y
la celebración continuó.
Palacio de los Silencios, Parque de los Príncipes, Sevilla
Alonso de Lara miraba la cartera de piel que Eduardo
González le había dejado en las manos. El hombre se había
presentado como un amigo de Martín, y le hizo entrega del
enigmático paquete. No se quedó a que lo abriera, se marchó
con la misma celeridad con la que se había presentado en el
palacio.
Decidido a conocer su contenido, Alonso caminó hacia
el sillón de su escritorio, una vez que estuvo sentado, deshizo
el lazo y abrió la cartera. Dentro estaba llena de documentos.
Sacó uno, y lo leyó, un segundo después su rostro se demudó.
Siguió sacando documentos y poniéndolos sobre la mesa.
Tuvieron que pasar varios minutos para que el corazón
de Alonso retomara sus pulsaciones normales. Entonces sacó
un sobre que contenía una carta. Era de su hermano Martín.
Leyó ávido el contenido, y entonces echó el cuerpo hacia atrás
y dejó caer el peso de su cuerpo en el respaldo del sillón.
Martín le hacía entrega del trabajo de toda una vida. Con
esa información en las manos, el duque de Alcázar se
convertía en el hombre más poderoso y peligroso del reino.
Era un regalo único, y de incalculable valor.
En la carta le informaba que de las cuatro niñas, sólo
dos habían sido concebidas por él, y que con la información
que le entregaba, Victoria resultaba innecesaria en sus luchas
de poder en el reino. Le revelaba además que se había casado
con la sobrina del esposo de su madre, y que había decidido
pasar su vida en Inglaterra. Le aseguró que jamás regresaría al
reino, y que daba por saldada cualquier deuda entre ambos.
Alonso todavía no podía creerse el regalo que Martín le
había dado.
—¿¡Te has vuelto loco!? —la voz de Aracena lo
sobresaltó de tan abstraído que estaba.
Alonso volvió a introducir todos los documentos en la
cartera de piel. Tendría que poner a buen recaudo esa valiosa
información porque muchos matarían por hacerse con ella.
—Me ha escrito nuestro primogénito y me ha informado
de que lo has desheredado —Aracena estaba visiblemente
nerviosa—. ¡No puedes hacer algo así!
Alonso se tomó un tiempo en responderle.
—Te dije que esa sería la última vez que viajaría a ese
lugar infesto de Escocia, ¿lo has olvidado? —Aracena terminó
por sentarse frente a su esposo—. Traté de hacerle razonar, y
que entendiera que no puede pasarse la mayor parte del año
allí, y venir a Silencios sólo unas semanas en verano.
—Todavía puede disfrutar de su juventud pues quedan
muchos años para ocuparse del ducado —lo defendió la
madre.
Alonso bajó la mirada completamente decepcionado.
—No tiene el más mínimo interés en conocer su legado,
sus tierras, las gentes que dependerán de él cuando yo no esté.
¡Su herencia, maldita sea!
Aracena advirtió el pesar en la voz de su marido.
—Permíteme que hable con él —le pidió Aracena.
Alonso tensó los hombros, y redujo los ojos a una línea.
—Ya está decidido —afirmó con voz grave—. He
hablado con la corona, y Carlos Daniel me sucederá como
próximo duque de Alcázar.
Aracena se tapó la boca para contener un gemido.
—¡Eso es contrario a ley!
Los ojos de Alonso la taladraron.
—¿Y de quién es la culpa, Aracena? —la mujer se
sonrojó—. Porque te recuerdo tu intromisión en esa legalidad
que tan poco te importó.
Sí, ese era un pecado que iba a purgar toda la vida.
—¿Y cómo se lo tomó nuestro hijo? —quiso saber.
El duque alzó la barbilla y la miró con insolencia.
—Me dijo que se alegraba, que él quería vivir en
Escocia porque se sentía escocés y no español —reveló con
amargura—. Que su hermano Daniel sería mucho mejor duque
que él, ¿y sabes qué? ¡Que tiene razón!
Aracena sabía el inmenso dolor que había sufrido
Alonso por su primogénito, y lo lamentó de verdad porque ella
era la única culpable.
—Ordenaré que preparen mi equipaje e iré a verlo.
El duque parpadeó estupefacto.
—¿Acaso no has escuchado una sola palabra de lo que
te he dicho?
—Quiero que mi hijo me diga a la cara que no desea ser
el próximo duque de Alcázar —contestó la madre—. Quiero
que me mire a los ojos y me diga que no siente nada en su
corazón por Silencios, por Sevilla, por el reino.
—¿Piensas que voy a permitírtelo?
Aracena lo miró con la arrogancia propia de su carácter.
—Además, quiero conocer a mi cuñada Emily, a mis
cuatro sobrinas, y a mi nuevo sobrino —el duque parpadeó al
escucharla—. ¿No sabías que Martín ha sido padre de un hijo
varón? —por el rostro del duque pasaron varias emociones, y
ninguna era la que esperaba Aracena—. Alonso Martín de
Valiente y Allergan —le reveló.
Ahora el rostro del duque se veía turbado.
—Al menos no es bastardo como su otra progenie —
farfulló entre dientes.
—Vente conmigo —lo invitó la duquesa—. Deja el
ducado a cargo de Daniel, y dale una nueva oportunidad a
nuestro primogénito —lo animó Aracena—. Si finalmente
decide quedarse para siempre en Escocia, le calentaré las
orejas a cachetadas, y lo repudiaré como hijo —soltó la
duquesa triunfante.
Alonso finalmente sonrió.
—Puedes ir dónde te plazca, yo no me muevo de
Silencios…
EPÍLOGO
Ruthvencastle, Escocia
Violet Casandra terminó de arreglar las flores del jarrón.
La primavera era muy bonita en Escocia, y ella se
alegraba de poder disfrutarla como antaño. Habían pasado
demasiados años fuera de esos viejos muros que ya no lo eran
tanto, pues el castillo había sido restaurado y acondicionado de
una forma muy práctica gracias a su sobrina Serena y su
esposo inglés. Y se dijo que era un milagro que el amor de su
vida, Diego, hubiese accedido a pasar un tiempo en las Tierras
Altas. La causa principal había sido la muerte de la condesa
viuda de Ayllón, pero quería creer que por primera vez
disfrutaba de las tierras que ella tanto amaba.
Su hermano Brandon y su esposa Marina pasaban
mucho tiempo en Lumsdale Falls, junto a Serena y su esposo,
por eso Diego y ella podían disfrutar mientras tanto de los
muros de Ruthvencastle.
Unos días atrás había visitado a Ian y a Mary que se
había adaptado muy bien a la rutina de vivir en un clan como
el McGiver. Pero era una mujer con determinación y valentía
para controlar a los escoceses que se mostraban zafios y
obtusos.
Escuchó cantar a su hija, y su rostro mostró la emoción
que la embargaba. Violet María tenía una voz preciosa, y le
gustaba mostrarla con canciones complicadas, en muchas de
las que interpretaba, la acompañaba Diego con la guitarra.
Ella había sido una mujer feliz, enamorada, y
correspondida. Sus primeros años en el reino de España no
habían sido fáciles, pero la muerte de su pequeño Miguel los
había unido a Diego y a ella con una cadena de comprensión y
de afecto que jamás nadie podría romper.
Miró el reloj de la pared, y vio que ya eran las tres y
cuarto. Le extrañó que su esposo, y los hijos de ambos, Diego
Miguel y Brandon, no asomaran la cabeza pidiendo el
almuerzo.
Disfrutaban de una corta estancia en Escocia, pero
seguían manteniendo las costumbres del reino de España.
Fuera se escucharon cascos de caballos, y Violet sonrió.
Tenía la comida lista, y un postre delicioso que había
preparado Emy. A ella le extrañó que Ralph y Emy siguieran
trabajando en Ruthvencastle porque eran muy mayores, pero
Marina le había contado que para los dos ancianos, ellos eran
la única familia que tenían, y por eso habían decidido contratar
a dos criadas más jóvenes para que ayudaran a Emy cuando
venían invitados al castillo.
—Tiene visita, milady —le dijo Ralph que ya no se veía
tan ágil.
Tras Ralph entraron cuatro hombres de aspecto duro.
—Soy Cuddle McQueen, laird de Beinncastle —le dijo
uno de los hombres.
Al escuchar el apellido, el rostro de Violet se demudó.
—Este es mi hijo Kendrick —señaló a uno de los
hombres que lo acompañaban.
El mencionado tenía el cabello rubio largo hasta los
hombros, y sus ojos del color del añil la taladraron.
—Les puedo ofrecer una cerveza —les dijo tratando de
recuperar los latidos de su corazón que se habían desbocado.
—Venimos a retomar un asunto importante —le dijo el
laird.
Violet Casandra comenzaba a ponerse nerviosa.
—Mi hermano Brandon, laird de Ruthvencastle, no se
encuentra aquí sino en Inglaterra.
En una de las alcobas de la planta alta se volvió a
escuchar la bonita y melodiosa voz de Violeta María.
—Sabes quién soy, ¿verdad, Cassey? —le preguntó el
laird.
A la mujer le entró el pánico. Cuando se desposó con
Diego, ella dejó de ser la Cassey de Escocia para ser Violeta
de Bidasoa, y ese escocés venía a recordarle lo infeliz que
había sido en el pasado, y lo incierto que podía ser el futuro.
—Soy el hombre con el que tenías que desposarte —le
recordó en un tono duro.
—Aquel asunto quedó resuelto —respondió Violet—.
Mi sobrino Ian os pagó el dowry por el compromiso que había
pactado mi padre.
El laird de Beinncastle caminó hacia la mesa. Violet
Casandra retrocedió un paso. El escocés sacó de su morral una
bolsa de piel y la lanzó a la mesa. Ella pudo escuchar
perfectamente el sonido de las monedas.
—Nuestras familias hicieron un pacto: un compromiso
entre los dos clanes para que cesaran los enfrentamientos.
Violet María se puso firme, y lo miró directa, sin
achantarse.
—Los enfrentamientos ocurrieron hace más de un siglo
—le recordó sosteniéndole la mirada—. Ahora los clanes
viven en paz.
El hombre se mantuvo en silencio durante un instante
largo.
—El acuerdo debe cumplirse —afirmó el laird.
Violet Casandra sentía deseos de gritar de impotencia.
—Os informo de que ya estoy casada —eso estaba claro
para los McQueen—. Cumplir el acuerdo es del todo
imposible.
—Tu hija cumplirá el acuerdo con mi hijo Kendrick —
afirmó el escocés.
El rostro de Violet Casandra se descompuso.
—¡Mi hija sólo tiene diecisiete años! —exclamó la
madre completamente espantada—. Y no es escocesa, es
nacida en otro reino.
—Es nieta de Jack Cameron Penword y Liana
McGregor, es lo único que nos interesa.
Violet comenzaba a desesperarse. Se encontraba sola en
Ruthvencastle, y no podría enfrentarse a esas cuatro moles.
De nuevo se escuchó la voz de Violeta María en la
planta alta, y el laird de Beinncastle les hizo un gesto
afirmativo a sus hombres.
—¡No! ¡No! ¡Ayuda! —gritó la madre con todas sus
fuerzas.
Al salón acudieron Ralph y Emy con paso apresurado, y
vieron a Violet que echaba a correr, pero los fuertes brazos del
laird la detuvieron.
—No vamos a hacerle daño a tu pequeña —le dijo el
laird en voz baja.
—¡Tocadle un solo cabello de la cabeza y juro que os
mataré a todos! —los amenazó con voz aguda—. ¡Suéltame de
una maldita vez!
Violet Casandra se debatía tratando de soltarse de la
sujeción. Por la puerta venían dos de los hombres del clan
llevando a Violeta María de ambos brazos. La muchacha
estaba nerviosa. Trataba de soltarse de la sujeción pero no
podía.
—Madre, ¿qué sucede?
—¡Soltadla, soltadla!
Ralph y Emy trataron de quitarle a la muchacha a las
dos torres, y entonces Kendrick se la echó al hombro apenas
sin esfuerzo y salió de Ruthvencastle con la chica.
¡No! ¡No! —volvió a exclamar la madre que no podía
alcanzar a su hija para rescatarla.
Desde la puerta vio que Kendrick montaba en su caballo
con su hija cruzada en el lomo como si fuera un saco de avena,
y el terror se apoderó de ella.
—Dile al laird de los McGiver que si desea ver a la
muchacha sana y salva, retomaremos el acuerdo de
compromiso que pactaron nuestros padres.
El laird la había soltado, y Violet Casandra aprovechó
para abofetearlo.
—¡Eres hombre muerto, McQueen! ¡Lo juro!
Los escoceses se marcharon a todo galope, uno de ellos
lo había hecho momentos antes llevándose a su hija, y ella
corrió a los establos para ensillar un caballo.
—Cuando venga Diego, explicadle lo que ha pasado —
le ordenó a los sirvientes.
Ralph apenas se sostenía en pie, y Emy temblaba como
una hoja.
—¿A dónde le decimos que has ido? —le preguntó
Ralph.
Pero la madre ya había azuzado a la montura.
—A tierras de los McGiver. A buscar a mi sobrino Ian…

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