Libro (Texto)
Libro (Texto)
Clásicos
Como nunca
Ilustraciones: Alex Herreíras
PORTADA INTERNA
CUENTOS CLÁSICOS COMO NUNCA I
2020 VOCA Editorial
Primera edición: noviembre 2020
www.vocaeditorial.com
Ilustración: Alex Herrerias
Adaptación: Luz Orihuela y Paloma Muiña
Diseño de colección: Elisenda Noguć
Maquetación: Angela Valencia
Supervisión de arte del proyecto: Angela Valencia
Dirección del proyecto: Juan Antonio Corcuera
Edición: Laura Lacosta y Johanna Pérez
Colección:
COLORÍN COLORADO!
ISBN: 978-84-18732-44-7
Depósito legal: DL NA 1727-2020
Atención al cliente: [email protected]
Digitalización: Proyecto 451
Versión 1.0
Reservados todos los derechos. Se prohibe la reproducción de cualquier parte de este
libro, así como su inclusión en sistemas de almacenamiento de datos y su transmisión por
cualquier medio, sea electrónico, mecánico, fotográfico, de grabación o de otro tipo, sin la
previa autorización de los titulares del copyright.
ÍNDICE
CUENTOS ....................................................................................................... 9
El león y el Ratón ........................................................................................ 10
El Ciervo y su Reflejo .................................................................................13
Blancanieves ............................................................................................... 16
La Cenicienta .............................................................................................. 26
El Hombre de Mazapán .......................................................................... 33
El Principe Rana ........................................................................................ 37
El Soldadito de Plomo ............................................................................. 42
Caperucita Roja ......................................................................................... 48
La Lechera .................................................................................................... 55
El Zorro y el Cuervo .................................................................................. 58
CUENTOS
9
EL LEÓN Y
EL RATÓN
E
n una selva muy muy lejana, vivía un pequeño ratón. Cada
mañana salía de su madriguera a dar un paseo y, de paso,
a buscar algo de comer. Pero, un día, en cuanto asomó
la nariz por la puerta... ¡Oh, sorpresa! Una enorme montaña le
impedía salir de casa.
—¡Caramba! ¿De dónde habrá salido esta montaña? ¿Habrá
sido el viento que arrastró hasta aquí toda esta tierra? En fin...
Tendré que saltarla de algún modo.
El ratón tomó impulso y subió velozmente por aquella mon-
taña, con la idea de pasar cuanto antes al otro lado. Pero, cuando
llegó a la cima, comprobó que aquello que pisaban sus patitas no
era ni tierra ni hierba... Se trataba del lomo de... ¡Cielo Santo! ¡Un
León! No tuvo tiempo ni de empezar a descender.De inmediato,
de un zarpazo una garra lo atrapó.
—¡Ajá! ¡Insignificante criatura!— exclamó el león—, ¿Cómo
te atreves a perturbar mi sueño correteando por mi lomo? ¿Es
que no sabes que soy el rey de la selva? Pagarás caro tu atrevi-
miento.
10
el leon y el raton
El león abrió la boca... ¡Santo cielo! Aquella boca era inmensa. Y
¡qué dientes tan afilados! El pobre ratón no paraba de temblar.
—Por favor, ma... majestad... No me coma. Con lo pequeñito
que soy no... no doy para mucho. Se quedará con hambre y no
habrá servido de nada haberme comido. Pero, si... si deja que me
marche, quizá algún día pueda serle útil.
—¿Útil tú a mí? ¡Ja, ja, ja, ja, ja! —se burló el león—No me
hagas reir. ¿Se puede saber para qué podría necesitar yo a un
minúsculo animal como tú?
—¡Oh!, Majestad, eso... la verdad que nunca se sabe.
Pero puede estar seguro de que, si algún día me necesita,
aqui estaré.
—Mmmm, la verdad es que no se me ocurre en qué podrías
ayudarme, chiquitin, pero me hace gracia tu valentia. Al menos,
eres ingenioso. Vete, vete... Vete antes de que me arrepienta.
—Muchísimas gracias, rey de la selva —dijo el ratón aleján-
dose—. No se arrepentirá de esto, estoy seguro...
11
el leon y el raton
En un santiamén, el ratón volvió a su madriguera, de donde no
pensaba salir en unos cuantos días. Pero, de pronto, escuchó
unos fuertes rugidos que parecían lamentos. Sin pensarlo dos
veces, salió disparado.
—¡Cielos! Si antes lo digo... antes ocurre. Creo que ese león
está en apuros -dijo para sí el ratón—. Y así era. El león estaba at-
rapado en una red. Había caído en la trampa de unos cazadores.
Entre bramidos y zarpazos, cada vez se enredaba más. Pedía
ayuda a todo el que pasaba por allí, pero ningún animal se ar-
riesgaba a detenerse, pues sabían que los hombres no tardarían
en llegar con sus armas.
—¿Eh? ¿Qué sucede?—preguntó el ratón— ¡Ah, ya veo...!
Tranquilo, majestad, yo lo ayudaré.
—Pero ¿qué puedes hacer tú? Eres tan pequeño... Será mejor
que te vayas. Pronto vendrán por mi. Estoy perdido.
—De eso nada. Me perdonó la vida y estoy en deuda. Yo siem-
pre cumplo con mis promesas y con mi palabra. Tengo dientes
muy afilados, de algo servirán.
Y, sin perder ni un momento, el pequeño ratón comenzó
a roer los hilos que tejían la red. Y siguió y siguió hasta lograr
romperlos y hacer un agujero lo suficientemente grande como
para que el león pudiera salir. Los cazadores estaban cada vez
más cerca.
—¡Escapemos! ¡Ya están aquí! —gritó el león—. Subido al
lomo del león, el ratón avanzaba a una velocidad impensable
para él en plena selva. Una vez a salvo, el rey sacudió su melena
y, mirando al diminuto ratón, le dio las gracias:
—Pequeño, estuviste a la altura de los grandes. Estoy en deu-
da contigo.
Y aquel fue el comienzo de una hermosa amistad entre el
gran león y el pequeño ratón.
12
el leon y el raton
EL CIERVO Y
SU REFLEJO
H
abía una vez un hermoso ciervo adulto que caminaba por
el bosque buscando una fuente en la que beber. Llegó a
la orilla de un gran lago y se acercó para calmar la sed.
Fue entonces cuando descubrió su reflejo en el agua.
—Caramba! ¡Qué hermoso y esbelto me veo! Y esta corna-
menta ya crecida me hace ver tan majestuoso. Es una lastima
que mis patas sean tan finas. Parecen débiles y quebradizas en
comparación con mi cornamenta.
Todas estas reflexiones se hacía el ciervo mientras bebía,
sin percatarse de que aquella era una zona de leones. Pero tan
embelesado estaba contemplando su bella cornamenta que ni
gritándole al oído se habría dado cuenta de que se estaba ar-
riesgando, y mucho.
—Ciertamente, no sé cómo me gusta más. De frente, resulta
imponente, y de perfil, majestuosa... Pero... estas patas... ¡Ay! ¡Que
triste! La verdad es que estropean mi figura.
Demasiado tiempo pasó el ciervo contemplándose y dándole
vueltas a la cantinela de la cornamenta y de las patas. Y, final-
mente, un hambriento león se acercó al lago.
13
el ciervo y el cuervo
—¡Ajá!—pensó el león. Hermoso ejemplar... Hermoso y sucu-
lento, sobre todo eso. Bien, está distraído. ¡Este es mi momento!
El crujido de una rama hizo saltar la alarma. El ciervo giró la
cabeza a tiempo para ver al león acercarse.
¡Cómo corría el ciervo! Sus delgadas pero ágiles patas pare-
cían las de una gacela. Sorteaba piedras, saltaba rocas; no había
arbusto que se le resistiera. El león le pisaba los talones dando
inmensas zancadas, pero, aun así, no lograba alcanzarlo.
—Eres ágil, si... dijo el león. Pero te atraparé, puedes estar
seguro de eso... No aguantarás tanto...
Pero el ciervo no se cansaba. Aquellas delgadas patas le re-
spondían de maravilla y cada vez dejaba
más atrás al león. Aun así, debía despistarlo lo antes posible.
—¡Árboles! Abi buscaré refugio... El león me perderá la pista
y terminará por cansarse. Seguro que, finalmente, se olvidará
de mí.
Y en esa dirección se fue el ciervo, convencido de que el fiero
león no lograría cazarlo. Pero, al poco
tiempo de haberse escondido entre los árboles...
—¡¿Eh?! ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? —exclamó el ciervo,
agobiado—. ¡Mi cornamenta se engancha! ¡Santo cielo! IEstoy
perdido! ¡El león me alcanzará!
Las ramas de los árboles más jóvenes se habían enredado en-
tre sus astas y le impedían avanzar. ¡Pobre ciervo! Los cabezazos
que se daba... A la izquierda, a la derecha, arriba, abajo... Pero, con
cada movimiento, el enredo se hacía más y más grande...
—¡Ay! ¡Pobre de mi! Yo que despreciaba mis delgadas patas y
fueron capaces de sacarle ventaja al mismísimo rey de la selva...
Y, ahora, la cornamenta que tanto admiro me condena. ¡Cómo
pude ser tan ciego!
Tarde se dio cuenta el ciervo de aquella enorme verdad, pues
el león no tardó mucho en encontrarlo. Y, aunque dicen que na-
die escarmienta en cornamenta ajena», lo cierto es que esto se
cuenta en todos los colegios de ciervos del mundo. Por algo será...
14
el ciervo y el cuervo
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el ciervo y el cuervo
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blancanieves
BLANCANIEVES
U
n día de invierno, los copos de nieve caían del cielo tan
ligeros como plumas. La reina cosía sentada junto a la
ventana de ébano. Mientras contemplaba cómo volaban
los copos de nieve, se pinchó el dedo con la aguja y sobre la nieve
cayeron tres gotas de sangre. La visión del color rojo sobre la
nieve blanca le pareció tan bella que formuló un deseo:
»¡Quisiera que el niño que llevo en mi vientre tuviera la piel
tan blanca como la nieve, los labios tan rojos como la sangre y el
cabello tan negro como el ébano de mi ventana!».
Poco tiempo después, dio a luz a una niña blanca como la
nieve, con una boca tan roja como la sangre y cabellos tan negros
como el ébano. La llamaron Blancanieves. Pero, por desgracia,
la reina murió en el parto.
Un año más tarde, el rey se volvió a casar con una mujer bellí-
sima pero altiva y orgullosa. No podía soportar que hubiera una
mujer más hermosa que ella.
La nueva reina era una bruja envidiosa y presumida. No podía
soportar que nadie fuera más hermosa que ella. Por eso tenía un
espejo mágico al que día y noche le preguntaba:
—Dime, espejo: ¿quién es la mujer más bella del reino?
—Usted es la más hermosa, majestad.
Era la respuesta habitual del espejo y era que siempre esper-
aba la malvada reina. Pero, un día, cuando Blancanieves alcanzó
la juventud...
—Dime, espejo mágico: ¿quién es la más bella del reino?
—Es usted muy hermosa, majestad, pero la joven Blan-
canieves es aún más bella.
—Humm... Asi que Blancanieves... murmuró la reina.
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blancanieves
La envidia de la reina era cada vez mayor. ¿La pequeña Blan-
canieves, la más hermosa? No podía consentirlo, por eso, llamó
a uno de sus criados de confianza.
—Escúchame bien: llevarás a Blancanieves al bosque y una
vez allí, la matarás.
—Pero, majestad...
—No hay peros que valgan! ¡Harás lo que te pido!
Al día siguiente, muy temprano, el criado y Blancanieves sa-
lieron hacia el bosque. Pero, llegado el momento, el hombre no
tuvo el valor de matarla.
—¡Escapa. Blancanieves! La reina me ordenó matarte. No
puedes volver al palacio. Busca ayuda en el bosque y escóndete.
Y el criado volvió a palacio para hacer creer a la reina que
había cumplido su cometido. Al ver cómo un pequeño jabalí
se acercaba correteando, lo degolló, le sacó los pulmones y el
hígado, y se los llevó a la reina como prueba.
Blancanieves, sola y asustada, caminó y caminó sin descanso
por el bosque, hasta que encontró una pequeña casita. Llamó a
la puerta. Nadie contestó y, como estaba abierta, la joven entró y
descubrió que aquella casita tenía algo especial.
Había una mesita cubierta con un mantel blanco en la que
se habían dispuesto siete platitos, siete cucharitas, siete cuchilli-
tos, siete tenedorcitos y siete vasitos. Contra la pared había siete
camitas alineadas, igual de pequeñas que el resto de la casa, y
cubiertas con sábanas blancas como la nieve.
Cuando ya era noche cerrada, los habitantes de la cabaña
regresaron a su casa. Eran siete enanitos de la montaña.
Trabajaban en la mina, cavando y picando todo el día. En-
cendieron sus siete velitas y enseguida notaron que alguien
había entrado mientras no estaban, porque sus cosas no estaban
como ellos las habían dejado.
—¿Quién se ha sentado en mi silla?-, dijo el primero.
—¿Quién ha comido de mi plato?-, pregunto el segundo.
Luego, el primero corrió hacia su cama y gritó:
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blancanieves
—¿Quién se ha tumbado en mi cama?
Los demás fueron corriendo hacia sus camas y exclamaron:
—¡Alguien se ha tumbado también en las nuestras!
Pero cuando el séptimo miró su cama y descubrió a Blan-
canieves dormida, llamó a los demás, que acudieron corriendo
y lanzaron un grito de sorpresa. Con sus velitas, la iluminaron
y exclamaron:
—¡Oh, pero qué niña más bonita!
Se pusieron tan contentos que no la despertaron y la dejaron
dormir en aquella camita. El séptimo enanito se fue acostando
enlas camas de sus compañeros, una hora en cada una, y así
pasó lanoche.
A la mañana siguiente, Blancanieves se despertó y se sor-
prendió mucho al ver a los siete enanitos, pero ellos le pregun-
taron amablemente:
—¿Cómo te llamas?
—Blancanieves —, respondió ella.
—¿Cómo has llegado a nuestra casa?
Entonces les contó que su madrastra había querido que
un cazador la matara, pero que este la había de jado escapar,
y que ella había corrido todo el día hasta que por fin encontró
su cabaña.
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blancanieves
Cada mañana, los siete enanitos se iban a la montaña a trabajar
en la mina. Por la noche, cuando regresaban, Blancanieves les
tenía preparada la cena. Como pasaba todo el día sola, los siete
enanitos le aconsejaban que fuera muy prudente:
—¡Ten mucho cuidado con tu madrastra, pronto descubrirá
que estás aquí! ¡Y, sobre todo, no dejes entrar a nadie!
Pero la reina, que creía que se había comido el hígado y los
pulmones de Blancanieves, estaba convencida de que volvía a
ser la más bella de todas las mujeres, así que se puso delante del
espejo y preguntó:
—Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Entonces, el espejo respondió:
—Majestad, vos sois la más bella de aquí, pero Blancanieves,
que está en las montañas con los siete enanitos, es mil veces
más hermosa.
La reina montó en cólera porque sabía que el espejo nunca
mentía. Comprendió que el cazador la había engañado y que
Blancanieves seguía viva. De nuevo, caviló y caviló para encon-
trar una forma de acabar con la vida de la muchacha, ya que
hasta que no volviera a ser la más bella del reino, los celos no la
dejarían descansar.
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blancanieves
Por fin se le ocurrió una artimaña: se maquillaría y se dis-
frazaría para hacerse pasar por una vieja vendedora ambu-
lante. ¡Nadie podría reconocerla! Así vestida, cruzó las siete
montañas y se presentó en la cabaña de los siete enanitos. Lla-
mó a la puerta y gritó:
—¡Miren lo que traigo! ¡Buena mercancía!
Blancanieves se asomó a la ventana y preguntó:
—Buenos días, buena mujer, ¿qué vendéis?
—Buena mercancía, la mejor: lazos de todos los colores —
respondió la anciana, y de su bolsa sacó una trenza multicolor.
«¿Por qué no voy a dejar entrar a esta buena mujer?», pensó
Blacanieves, y descorrió el cerrojo y se compró un bonito lazo.
—¡Pero niña —le dijo la vieja—, qué mal puesto está ese lazo!
Acércate, que yo te lo colocaré bien.
Blancanieves accedió, confiada, pero la vieja vendedora am-
bulante anudó el lazo tan rápido y apretó tan fuerte que Blan-
canieves se quedó sin aire y se desplomó en el suelo como si
estuviera muerta.
Cuando los siete enanitos volvieron a casa, a la hora de la
cena, quedaron aterrados al ver a su querida Blancanieves ten-
dida en el suelo, inmóvil, ¡como si estuviera muerta! La incor-
poraron y se dieron cuenta de que llevaba un lazo demasiado
apretado. Lo cortaron enseguida y Blancanieves volvió a respirar
con normalidad y, poco a poco, fue recuperando el color.
En cuanto llegó al castillo, la pérfida reina fue corriendo a
preguntar a su espejo mágico:
—Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Y el espejo respondió de nuevo:
—Majestad, vos sois la más bella de aquí, pero Blancanieves,
que está en las montañas con los siete enanitos, es mil veces
más hermosa.
Al oír estas palabras, la reina notó cómo se le helaba el cora-
zón de rabia y estupor, ya que comprendió que, una vez más,
Blancanieves había sobrevivido.
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blancanieves
Entonces, se encerró en una habitación secreta donde jamás
entraba nadie, y fabricó una manzana envenenada. Por fuera
parecía una hermosa fruta, blanca y roja, tan apetecible que
cualquiera querría comérsela. Pero bastaba un pequeño bocado
para morir de inmediato.
Cuando todo estuvo listo, la reina se maquilló y se disfrazó
de campesina, y así vestida, cruzó las siete montañas y se pre-
sentó en la cabaña de los siete enanitos. Llamó a la puerta. Blan-
canieves asomó la cabeza por la ventana y dijo:
—Señora, no puedo dejar entrar a nadie, los siete enanitos
me lo han prohibido.
—Peor para ti —dijo la campesina—, no me va a costar nada
vender estas deliciosas manzanas. Mira, te doy una.
—No —contestó Blancanieves—, no debo aceptar nada de
una persona que no conozco.
—¿Temes que pueda estar envenenada? —preguntó la
anciana—. Mira, voy a partir la manzana en dos: tú te comes la
mitad roja y yo la mitad blanca.
La reina había envenenado la manzana con tal habilidad que
solo la parte roja era mortal. A Blancanieves le apetecía mucho
aquella hermosa manzana, y cuando vio a la campesina comer
de ella, no pudo resistirse mucho tiempo. Tendió la mano y cogió
la mitad envenenada. Pero en cuanto la mordió, cayó muerta. En
ese momento, la reina la contempló con sus malvados ojos y, con
una risa estremecedora, exclamó:
—¡Blanca como la nieve, con los labios tan rojos como la san-
gre y el cabello tan negro como el ébano! ¡Esta vez los enanos ya
no van a poder despertarte!
Entonces, preguntó a su espejo mágico:
—Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Y el espejo respondió:
—Majestad, la más bella del reino sois vos.
Al volver a casa, los siete enanitos encontraron a Blancanieves
tendida en el suelo. No respiraba. Estaba muerta.
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blancanieves
La tendieron en una camilla, se sentaron los siete a su alrededor y
se pasaron tres días llorando. Luego, se dispusieron a enterrarla,
pero Blancanieves parecía tan viva y fresca como siempre, y sus
hermosas mejillas seguían sonrosadas. Los siete enanitos no
tuvieron valor para cubrirla de negra tierra, y construyeron un
ataúd de cristal para poder contemplarla desde cualquier par-
te. Metieron dentro a Blancanieves y en él escribieron su nom-
bre con letras de oro, y también que era hija de un rey. Luego,
trasladaron el ataúd a lo alto de la monta ña y se turnaron para
velar día y noche a Blancanieves. Los animales de la montaña
también acudieron a llorarla; primero una lechuza, luego un
cuervo y, por último, una pequeña paloma.
Pero un buen día, un príncipe que cruzaba el bosque se paró
en la casa de los siete enanitos para pasar la noche. En lo alto
de la montaña, vio el ataúd y a la bellísima Blancanieves en su
interior, y después leyó lo que había escrito en él con letras de
oro. Entonces les dijo a los enanitos:
—Entregadme ese ataúd y os daré a cambio todo lo que queráis.
Pero los siete enanitos respondieron:
—Jamás os lo daríamos, ni por todo el oro del mundo.
—En ese caso, regaládmelo, porque ya no puedo vivir sin ver
a Blancanieves; la honraré y la guardaré como mi mayor tesoro.
Al oírlo hablar así, los buenos enanitos sintieron compasión
de él y le dieron el ataúd.
El príncipe ordenó a sus lacayos que llevaran el ataúd
sobre sus hombros. Cuando acababan de emprender la mar-
cha, uno de ellos tropezó contra unos matorrales y la sacu-
dida hizo que Blancanieves escupiera el trozo de manzana
envenenada que había quedado en su garganta. Enseguida
abrió los ojos, levantó la tapa de su ataúd y se incorporó
preguntando:
—¿Pero dónde estoy?
El príncipe, inmensamente feliz, le respondió:
—Estás conmigo.
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blancanieves
Pero la malvada reina también había sido invitada a la boda
de Blancanieves. Cuando ya se había vestido con sus mejores
galas, se puso ante su espejo y preguntó:
—Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Y el espejo respondió:
—Majestad, vos sois la más bella de aquí, pero la joven reina
es mil veces más hermosa.
Entonces, la vil mujer soltó una horrible blasfemia y tuvo
tanto miedo que perdió la cabeza. Primero no quiso ir a la boda,
pero no pudo vencer la curiosidad y sintió una necesidad impe-
riosa de ir a ver a la joven reina.
Cuando reconoció a Blancanieves, sintió tal angustia y pavor
que quedó petrificada y no pudo moverse. Pero ya le habían pues-
to ante los pies unos zapatos de hierro que habían calentado al
fuego hasta que estuvieron al rojo vivo, así que tuvo que ponerse
aquellos zapatos ardientes y bailar y bailar hasta caer muerta.
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blancanieves
25
blancanieves
LA CENICIENTA
E
rase una vez una pequeña niña que vivía feliz junto a sus
padres. Ellos la adoraban. Pero, un día, su madre murió y
su padre volvió a casarse. Meses después, la mala suerte
hizo que su padre también muriera, y la pequeña tuvo que que-
darse a vivir con su madrastra, una mujer soberbia como ella
sola, y sus dos hijas, tan altivas como la madre.
—Si piensas que vas a vivir como hasta ahora, estás muy
equivocada dijo la madrastra-. A partir de hoy, te encargarás de
todas las tareas de la casa.
Y así fue. La joven se pasaba el día con la escoba, limpiando
aquí y allá... Y, como siempre andaba entre el polvo y la ceniza,
su madrastra y sus hermanastras la llamaron Cenicientas. Un
nombre que sonaba en aquella casa a todas horas.
—Cenicienta, ¿planchaste mi ropa? ¡La necesito!
—Cenicienta!! Trieme un vaso de agua! Estoy muerta de sed.
—Cenicienta, a las dos en punto quiero el almuerzo en la
mesa, así como me gusta.
—Cenicienta! Se puede saber dónde estás?
Aquello era una auténtica locura: Cenicienta iba y venía,
subía y bajaba; no paraba ni un minuto. Por la noche, rendida y
agotada, imaginaba un futuro en el que sería feliz...
—Por orden de su majestad el rey anunció el pregonero
real, se hace saber que su alteza real, el principe, celebrará su
cumpleaños con un gran baile en palacio al que asistirán todas
las damas y caballeros del reino. El baile tendrá lugar dentro
de dos semanas...
Menudo revuelo causó el anuncio. Con solo escucharlo, las
hermanastras, que ya se imaginaban viviendo como auténticas
princesas, comenzaron a pedir y pedir...
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la cenicienta
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la cenicineta
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la cenicienta
—Ay qué emoción, un baile en palacio! suspiró Anastasia.
—Por todos los cielos! ¿Qué nos vamos a poner...?!—dijo Dri-
zella ¿Dónde está mi vestido gasa? ¡Cenicientaaaa!
¡Vamos, vamos!-las apremió su madre. No hay tiempo que
perder. El príncipe está buscando una esposa y hay que impre-
sionarlo cueste lo que cueste. Cenicienta, siguenos! Hay mucho
que hacer.
Y. por fin, llegó el gran día. Vestidas con sus mejores atuendos,
madre e hijas salieron de la casa en dirección al palacio real.
Cenicienta se acercó a despedirlas.
-¿Es una lastima que no puedas venir!—se burló Anastasia—.
Pero entenderás que no es un baile para ti.
—No te preocupes. Mañana te contaremos lo bien que lo
pasamos dijo Drizella.
Cuando Cenicienta por fin las vio alejarse, rompió a llorar.
Estaba cansada, sesentía sola y triste.
—¿Por qué lloras?
—Eh... Qué ¿Quién eres ni? —preguntó Cenicienta.
—Tranquila, no te asustes... Soy tu hada madrina
—Mi hada madrina?
—Si, si... pero no perdamos tiempo en presentaciones. Ve al
huerto y trae una calabaza. ¡Rápido!
No hubo que repetírselo dos veces. Cenicienta corrió al huer-
to y volvió con la calabaza. Un simple movimiento de varita del
hada y, en su lugar, apareció reluciente una maravillosa carroza.
—Bien, ahora necesitamos caballos, y de los rápidos... A ver...
¡Aja! Aquí están...
En un abrir y cerrar de ojos, cuatro ratones que correteaban
por el patio quedaron convertidos en magníficos caballos.
—Y, ahora, el cochero... El hada señaló al gato. Vé con cautela,
tù llevarás a Cenicienta al baile… Nadie mejor que un gato para
hacer correr a los ratones...
Y, tras el movimiento de varita, el gato se transformó en un
elegante cochero.
29
la cenicineta
-Bien, bien.... Cada vez me sale mejor... ¡Bueno, problema resuel-
to! Ya puedes ir al baile...
—Pero.... y cómo voy a ir con esta ropa?
—Caramba! ¿Tienes razón! Veamos... Ponte derecha y no te
muevas... Varita de hada, varita de maga, haz de Cenicienta una
hermosa dama. Y desapareció todo rastro de polvo y ceniza en
Cenicienta. Llevaba por vestido el tul más hermoso que jamás se
había visto, su pelo largo caía por su espalda y ensus pies brilla-
ban unas lindas zapatillas de cristal. Cenicienta dio vueltas sobre
sí misma, admirando el vestido.
—Escúchame bien, Cenicienta. Disfruta del baile, te lo mere-
ces, pero antes de la medianoche deberás estar de vuelta. A las
doce, el hechizo desaparecerá. ¡No lo olvides!
El hada apresuró a Cenicienta. El cochero arreó con fuerza
a los caballos y la carroza se dirigió velozmente al palacio real.
Cuando por fin entró en el salón debaile, Cenicienta estaba tan
bella que se convirtió en el centro de todas las miradas.
—Ohhh...! ¿Quién es aquella joven?
—No la había visto jamás...
—¡Es preciosa!
—¿La viste? ¿Qué hermosa es!
—Es increíble... Preciosa!
En cuanto la vio, el principe se dirigió hacia ella para invitarla
a bailar. Cenicienta y el príncipe no dejaron de bailar en toda
la noche. Y, en cada rincón de palacio, se escuchaba siempre
la misma pregunta: ¿Quién era aquella hermosa joven?, Nadie
sabía la respuesta, ni siquiera sus hermanastras fueron capaces
de reconocerla.
30
la cenicienta
Cenicienta estaba tan feliz que no se dio cuenta de que, muy
pronto, todo terminaría. No habia tiempo para más: o Cenicienta
salía rápidamente de palacio o sería su perdición.
—Son las doce! ¡No puede ser! —se asustóCenicienta al oír
las campanadas - ¿Me tengo que ir! ¡Adiós...!—. Y corrió sin de-
tenerse, dejando al principe completamente desconcertado.
En su veloz huida, escaleras abajo, Cenicienta perdió uno de
sus zapatos. El príncipe intentó alcanzarla, pero fue inútil; en
sulugar, solo encontró el delicado zapato de cristal.
Una vez en el bosque, con la última campanada el hechizo se
rompió y Cenicienta se encontró sentada sobre una triste cal-
abaza y rodeada de animales. No le importó volver a casa a pie.
Jamás olvidaría aquella noche tan especial.
A la mañana siguiente, el príncipe salió con el zapato de
cristal en la mano, en busca de su pareja de baile. No estaba dis-
puesto a rendirse. De casa en casa, fue probando aquel delica-
do zapato a todas las jóvenes que encontraba. Pero a quien no
le quedaba pequeño, le quedaba grande, y para quien no era
ancho, era demasiado estrecho. Al caer la tarde, llegaron a la
última casa que les faltaba por visitar: la de Cenicienta. Sus her-
manastras hicieron verdaderos esfuerzos para simular que el
zapato cra suyo.
31
la cenicineta
—Déjame intentarlo de nuevo... Tenia algo en el pie que no me
dejé probármelo bien...dijo Drizella.
—No digas tonterías... contestó Anastasia. —El zapato es mío,
solo que ahora tengo los pies binchados de tanto bailar...
—Niñas, niñas, de una en una.
Pero de nada sirvieron los intentos de las hermanastras, y el
príncipe perdió toda esperanza de encontrar a la dueña del zap-
ato. Justo cuando salía por la puerta, vio a Cenicienta limpiando
en una esquina. Como la orden era que todas las jóvenes del
reino debían probarse el zapato, el príncipe pidió a Cenicienta
que se acercara.
La reacción de su madrastra no se hizo esperar.
—Cenicienta?! Pierde el tiempo, alteza. Ella no fue al baile.
—Cenicienta.... una princesa? —se burló Drizella. El principe
se volvió loco... -¡Qué horror! ¡Pondrá el zapato perdido!
—Ja, ja, ja... rio Anastasia.
Pero el príncipe no les prestó atención y, ante el asombro de
todos los presentes, el zapato entró como un guante en el pie tan
delicado de Cenicienta.
—No es posible!! negó con sorpresa Drizella.
—Tu?! ¿Eras tú?!—exclamó Anastasia.
—No, no y no!-gritó la madrastra. ¿Tiene que haber un error!
¡Es imposible!
Pero no, no había ningún error. El zapato no mentía. Los ojos
del príncipe y de Cenicienta se encontraron. Y fue entonces, en ese
preciso instante, cuando el principe la reconoció. Era tal la emo-
ción de Cenicienta que ni las voces estridentes de sus hermanas-
tras ni los gritos de su madrastra lograron sacarla de su embeleso.
Ella se alejó con el príncipe en su carruaje, sin mirar atrás. Por fin,
se hacía realidad el final feliz con el que tanto había soñado.
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la cenicienta
EL HOMBRE
DE MAZAPÁN
É
rase una vez unos viejitos que no habían tenido hijos y
se sentían muy nuy solos. Un día cualquiera, la anciana
preparó un hombrecito de mazapán. Lo vistió con una
chaqueta de chocolate y le puso un gorro y unos zapatos de re-
luciente caramelo. Para los botones de la chaqueta, la viejecita
utilizó deliciosas avellanas tostadas. Una vez terminado, el hom-
brecito se levantó.
—¡Gracias! Estoy francamente estupendo. Pero me iré antes
de que me coman. iJa. ja. ja. ja!
El hombrecito salió corriendo hacia la calle. Los viejecitos,
que no salían de su asombro, lo persiguieron hasta el final del
pueblo, pero no lograron alcanzarlo.
— ¡Corran! ¡corran todo lo que puedan! Pero jamás me atra-
parán porque soy el Hombre de Mazapán. ¡Ja, ja, ja, ja!
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el hombre de mazapan
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el hombre de mazapan
Y así fue; los viejecitos no volvieron a saber de el. El hombrecito
siguió corriendo y corriendo. Al cabo de un rato, pasó junto a
una vaca.
—A dónde vas tan rápido, hombrecito? Podrías detenerte un
rato. Me gustaría tanto comerte...
Pero detenerse no estaba en los planes del hombrecito, asi
que siguió corriendo y corriendo.
—¡Ja, ja, ja! Me escapé de un viejecito y de una viejecita, y
escaparme de ti sería aún más fácil, pues eres algo lenta y pe-
sada. Entiende que jamás me atraparas porque soy el Hombre
de Mazapán.
Y, efectivamente, la vaca no pudo alcanzarlo. El hombrecito
corrió y corrió, hasta que llegó a una granja. Cuando los gran-
jeros lo vieron, con la chaqueta de chocolate y aquel gorro tan
apetitoso, dejaron de trabajar y lo llamaron:
—¡Eh, hambrecito! Espera un momento. ¿A dónde vas con
tanto apuro? Nos gusta mucho tu chaqueta ¡Dejanos probarla!
—Me escapé de una viejecita, de un viejecito y de una vaca.
¿Piensan que no escaparé también de ustedes? ¡Corran, corran
lo que puedan! Jamás me atraparán porque soy el Hombre de
Mazapán. ¡Ja, ja, ja, ja!
Después de haber escapado de los ancianos, de la vaca y de
los granjeros, el hombrecito se convenció de que nadie sería
capaz de alcanzarlo. Así pues, cuando una zorra empezó a correr
detrás de él, también se echó a teír.
—¡Ja, ja, ja! Me escapé de una viejecita y de un viejecito, de
una vaca y de una granja llena de granjeros.
¡Y por supuesto, también me escaparé de ti ¡Corre! ! corre
todo lo que puedas! ¡Jamás me alcanzaras porque soy el Hombre
de Mazapán!
—¿Y quién dice que pretendo atraparte? Yo solo quiero ser
tu amiga.....
Y el hombrecito siguió corriendo y corriendo, hasta que llegó
a la orilla de un rio y vio que no podía cruzarlo.
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el hombre de mazapan
Fue entonces cuando la zorra le propuso un plan:
— ¡Sube a mi cola! Yo te ayudare a cruzar.
El hombrecito le hizo caso y, cuando ya se habían alejado de
la orilla, la zorra le dijo:
—Eres muy pesado para mi cola Hombre de Mazapán. Te
hundirás. Sube a mi lomo!
Y, un poco después, la astuta zorra le dijo:
— Creo que ahí te estás mojando, mejor acomodate sobre
mi hombro.
A nado ella y el sobre su hombro, como un capitán pirata al
mando de su nave, continuaron cruzando el río,
— ¡Oh! Mi hombro se esta hundiendo—se lamentó la zorra—.
Ponte en mi nariz o te ahogarás. Ya verás qué bien. Será como ir
en la proa de un barco.
Y el Hombrecito de Mazapán se sentó con mucho cuidado
sobre la nariz de la zorra. Por fin llegaban a la orilla cuando, de
repente, la zorra echó su cabeza hacia atrás y... ¡Zas ¡Le dio un
un mordisco!
—Oh, cielos! ¡No siento las piernas!
Y. un poco después, dijo:
—Pero ¿dónde están las mangas de mi chaqueta? ¿Y mis brazos,
¿dónde están mis brazos?
Y, finalmente, dijo:
—Oh, no...! Ya solo queda mi cabeza!
Y, después de esto, el Hombrecito de Mazapán no volvió a
decir ni pio. Atrás quedaron las risas, las carreras y el creerse
inalcanzable. Pues, colorín colorado, aquella misma tarde, el
Hombre de Mazapán fue merendado.
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el hombre de mazapan
EL PRÍNCIPE
RANA
É
rase una vez, hace mucho tiempo, un rey que tenía tres hi-
jas. Las muchachas eran todas muy bellas, pero la menor,
según se decía, era más hermosa que el sol y todos se
quedaban maravillados al conocerla. La niña, sin embargo, era
timida y un poco solitaria. Su mayor diversión era jugar sola en el
bosque que había junto al palacio, sobre todo, los días calurosos.
—Papá, hace calor. Me voy al bosque, junto al manantial
—Está bien, hija, pero ¡ten cuidado! Las aguas del manantial
caen en un estanque muy profundo.
La princesita fue hasta el manantial y estuvo jugando un rato
con su bola de oro. Le gustaba arrojarla al aire muy alto, cada vez
más alto, y, después, attaparla con sus manos.
Sin embargo, tras uno de los lanzamientos, no llegó a tiem-
po para atraparla y la bola cayó al suelo y comenzó a rodar. La
princesa corrió detrás del juguete, pero la bola rodaha cada vez
más y más rápido, hasta que... ¡cayó al manantial! Y del manantial
fue a parar al estanque... Y se hundió.
—Noooo. Mi bola de oro, mi preciosa bolita de oro...
Tanto lloró la princesa que una rana que se encontraba por
los alrededores se acercó para ver qué le sucedia.
—Qué te pasa, por qué lloras!
La princesa levantó la vista.
—¿Quién me habla? ¡No te veo!
Entonces, la rana, de un salto, se posó delante de ella. La
princesa se asustó al verla tan cerca. Tenía la piel verde y viscosa,
llena de manchas tostadas que parecian verrugas.
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el principe rana
Sus ojos oscuros eran saltones, y su lengua, muy larga y pegajosa. Aún
así, la muchacha hizo un esfuerzo por contestar de forma amable:
—Lloro por mi bola de oro. Se me cayó en el estanque y no
puedo recuperarla.
—No llores más, yo puedo traértela!
— ¿De verdad? Si lo haces, te davé vestidos, joyas, hasta
mi corona!
—¿Para qué querría una rana todo eso? No, yo preferiría ser
tu amigo! Nunca he tenido a nadie con quien jugar... Si me pro-
metes tenerme a tu lado como compañero de juegos, yo bajaré
al fondo del estanque y traeré tu bola de oro. ¿Lo harás?
— ¡Sí, si! ¡Te prometo lo que quieras, pero traeme la bola!
Asi que la rana fue hasta el estanque y se sumergió. Durante
mucho rato, entró y salió del agua, pero no encontraba la bola.
La princesa esperaba a que el animal regresara, pero el fondo
del estanque era oscuro y no lograba ver dónde estaba. ¿Y si la
rana se había ido con su bola de oro? ¿Y si no volvía? Justo en
ese momento, la rana apareció dando un gran salto y arrojó la
bola a la hierba.
—¡Oh, por fin! Crei que no volverías.
—¡Es que me costó mucho encontrarla!
La princesa, sin decir una palabra más, tomó su precioso
juguete y salió corriendo en dirección al palacio, sin mirar
hacia atrás,
—Espera, por favor, no te vayas...! Princesa, princesaaa!
Esa misma noche, cuando la princesa bajó al gran comedor
para cenar, alguien tocó la puerta de palacio.
Princesa, ¡abreme la puerta! Soy la rana del bosque. Vengo a
pedir que cumplas tu promesa.
La princesa simulaba que no escuchaba a la rana, pero el rey
le preguntó:
—¿Quién está tocande la puerta y qué quiere?
—Oh, no es nada. Es una rana que quiere cenar conmigo. Encon-
tró la bola que perdí en el estanque y ahora cree que somos amigas...
38
el principe rana
—¿Y por qué lo cree? ¿Acaso le hiciste alguna promesa?
—Oh, si, papá, le dije que sería su amiga, pero ahora no qui-
ero. Es verde y viscosa. Y me mira con unos ojos que me asustan.
—Las promesas deben cumplirse- le regañó su padre-. Vé a
abrirle la puerta y déjala pasar.
La princesa no tuvo más remedio que obedecer a su padre.
Caminó de mala gana hasta la puerta de palacio, dio un gran
suspiro y, después, abrió.
—¡Oh que bien! ¡Creí que ya no querias ser mi amiga! -ex-
clamó la rana.
El animal fue dando saltos hasta el comedor. No paraba de
hablar y hablar. Se sentía muy feliz de estar de nuevo junto a la
princesa. Ella, en cambio, se mantenía en silencio.
—¿Qué vestido más bonito tienes puesto! ¿Me dejas subirme
a tu falda para ver si es suave?
La princesa aceptó, pero tenía ganas de llorar: no le gustaba
nada que estuviera manchando la preciosa tela de su vestido.
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el principe rana
—¡Oh, cuánta comida! Y todo tiene un aspecto delicioso. Nunca
había visto una mesa tan elegante. Me dejas compartir tu plazo
La muchacha asintió de nuevo, pero sentía repugnancia al ver
la baba de la rana cayendo sobre su plato y su vasco.
—¿Me dejas ver tu habitación? Seguro que es tan bonita
como todo lo demás. podrías, incluso, colocarme en tu almoha-
da para que pudiera descansar?
La princesa no tenía ningunas ganas de que la rana durmiera
en su cama, pero la llevó hasta su habitación, la colocó sobre su
almohada y la tapó con una sábana.
—¿Qué buena eres, princesa! ¿Y, abora, me darías un beso
de buenas noches?
—¿Qué? ¿De ninguna manera, eso si que no! ¡Solo de pen-
sarlo me dan ganas de vomitar!
La rana, sorprendida ante la reacción de la princesa, se puso
a llorar desconsoladamente.
—Creia que éramos buenos amigos, que estabas contenta
de tenerme a tu lado.
La princesa, por primera vez en toda la noche, dejó de pensar
en sí misma y sintió lástima por la rana. Se dio cuenta de lo mal
que se había portado y le dijo:
—Perdóname, no quise decir eso. No llores, por favor.
Y, sin pensarlo, se acercó y le dió un beso.
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el principe rana
En ese instante, la habitación se llenó de una luz resplandeci-
ente, como si el mismo sol hubiera entrado al dormitorio. La
princesa tuvo que taparse los ojos, y, mientras lo hacía, escuchó
una extraña melodía. Cuando volvió a mirar, la rana había de-
saparecido y, en su lugar, había un niño de cabellos tostados y
ojos oscuros.
—¿Quién eres niño?-preguntó la princesa- ¿Dónde estabas?
¿Y qué biciste con mi amiga la rana?
—No te asustes, princesa, yo era la rana! ¡Pero ahora, por fin,
puedo mostrar mi verdadero aspecto! Hace tiempo, una bruja
me transformo, y contigo se rompió el encantamiento.
— ¡Yo! yo no bice nada, no sé hacer magia.
—Eres la primera persona que ha sido generosa conmigo.
Por eso, te doy las gracias, ¡mil veces gracias! ¿Querrás seguir
siendo mi amiga?
La princesa no solo quiso que fueran amigos, sino que,
además, lo invitó a vivir en el palacio, con ella, su padre y sus
hermanas. Ambos se convirtieron en compañeros de juego y los
mejores amigos del mundo. Y, cuando crecieron, se enamoraron,
se casaron y fueron felices para siempre.
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el principe rana
EL SOLDADITO
DE PLOMO
H
abía una vez veinticinco soldados de plomo. Todos eran
idénticos, pues todos habian salido del plomo fundido
de una vieja cuchara. Bueno, todos iguales menos uno,
al que le faltaba una pierna. Fue el último, y no había quedado
suficiente plomo para el. El dueño de la tienda les colocó en una
caja y se los regaló a su sobrino por su cumpleaños.
—Soldaditos de plomo! —exclamó el niño.
El pequeño aplaudia contento al abrir su regalo. Uno a uno
los fue colocando en una mesa junto a otros muchos juguetes. El
soldadito al que le faltaba una pierna se mantenia igual de firme
que el resto. Al niño le gusto especialmente aquel valiente solda-
do y cuando los hacía desfilar, lo colocaba al frente del pelotón.
—¡Maaarchen! Un, dos, un, dos, un, dos...
Entre todos los juguetes, había un maravilloso castillo de
cartón. En lo alto de la torre, bailaba una delicada bailarina que
lucía una estrella dorada en su frente. Tenía una pierna levanta-
da hasta tal punto que el soldadito pensó que, igual que él, solo
tenía una pierna.
—¡Es la chica de mis sueños! Lástima que viva en un castil-
lo. No querra hablar conmigo. Mi casa es solo una caja llena de
soldados... Tengo que hacer lo posible por llamar su atención.
Y el soldadito no dejaba de mirar a la bailarina, hora tras hora
y día tras día. Pretendía, así, que ella se fijara en él.
De noche, cuando todos en la casa se iban a dormir, los jug-
uetes aprovechaban para salir de sux cajas y divertirse. El cas-
canueces daba saltos mortales, los lápices garabateaban dis-
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el soldadito de plomo
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el soldadito de plomo
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el soldadito de plomo
parates en el papel, el tragabolas se reía a carcajadas y el tren
eléctrico comenzaba su recorrido nocturno. Solo permanecian
inmóviles la bailarina, rigida sobre la punta del pie, y nuestro
soldadito. firme y sujetando su fusil.
Aquella noche, cuando dieron las doce, de repente un duen-
de negro salió disparado del interior de una caja de sorpresas.
—Este recién llegado... ¡Soldado! ¡no mires a la bailarina! ¡Yo
la vi primero!
Pero el soldadito no le hizo caso y mantuvo la mirada fija en
aquella joven que lo tenía encandilado, La amenaza del duende
no se hizo esperar.
—Veo que no le tomas importancia a lo que digo. Muy bien. Es-
pera a mañana y verás...
Al día siguiente, los niños pusieron al soldadito en la ventana.
Y, ya fuera cosa del duende o del viento, la ventana se abrió y el
soldadito cayó de cabeza a la calle. Aunque el niño y su niñera
corrieron a buscarlo inmediatamente, no lo encontraron.
— ¡Eh, eh! ¡ Estoy aquí! —grító el soldadito— Mirenme... ¡Ayu-
da! Quiero volver a casa...
—Regresemos adentro. No lo encontraremos y está a punto
de llover.
Pobre soldadito, de nada sirvieron sus gritos. Comenzó a ll-
over, cada vez más y más fuerte, y el agua corria calle abajo. Unos
chicos que iban saltando entre los charcos vieron al soldadito, lo
subieron a un barco de papel y lo hicieron navegar.
— ¡Eh! ¿qué me están haciendo-se asustó el soldadito— ¿Con
esta corriente en un barco de papel? No se nadar... Me envían a
una muerte segura.
El barquito avanzó a toda velocidad con la corriente. El sol-
dadito se mantenia firme como buen soldado, pensando úni-
camente en su linda bailarina. La corriente lo llevó hasta una
akantarilla donde todo estaba oscuro... De repente, una rata de
largos bigotes lo detuvo.-¡Detente, soldadito!¿ A dónde vas? ¡Te
digo que te detengas!
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el soldadito de plomo
—Eso quisiera, pero no puedo paraaaar ¡Lo sientoo!
La rata corrió detrás del barco con la intención de comerse al
soldadito. A esta se le unieron otras dos ratas, todas con hambre.
Pero la corriente era tan fuerte que las ratas terminaron dándolo
por perdido.
El barco continuaba a la deriva, llenandose de agua. Al fondo,
entre tanta oscuridad, un punto de luz se iba haciendo más y más
grande... El soldadito, aterrado, se sujeto con fuerza a un extremo
del barco, mientras se precipitaba por una catarata. Con el agua
al cuello, penso que todo estaba pendido. ¡Se hundía...!
—Adiós, bailarina. No volveremos a vernos, pero nunca te
olvidare. Estabas tan linda en el alto de tu castillo...
Por estar distraido, pensando en su bailarina, el soldadito no
vio venir una enorme merluza que se lo tragó de un bocado. A
su alrededor ya no había agua, pero aquello se ponía de nuevo
negro, muy negro.
—¡Vaya! Qué sitio tan raro y estrecho, apenas puedo mov-
erme... ¿Qué está pasando?
El pez dio un salto brusco; después, frenéticos movimientos,
y de nuevo, la quietud. En el exterior, unos pescadores sostenían
la merluza entre sus manos, orgullosos de su hazaña.
—Mira! Pescamos un buen ejemplar! Seguro que se venderá
muy bien. Y así fue. La merluza que se había tragado al soldadito
pronto tuvo un comprador. Pescado fresco! ¡Fresco pescado!
—¿Que merluza más bermosa! Me la llevo —dijo una mujer.
Y, qué casualidad que quien compró la merluza fue la niñera
de la casa del soldadito.
Una vez en casa, cuando abrió la merluza para limpiarla...
—¡Oh! pero ¿será posible?—se sorprendió la niñera—¡Si es
el soldadito de plomo que hahíamos perdido!
La niñera lavó al soldadito y lo reunió con el resto de sus
compañeros. Y, allí, entre los juguetes, estaba el castillo y, por
supuesto, su bailarina... Sin mover un pelo y en su eterna pirueta,
la bailaría parecía contenta.
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el soldadito de plomo
—¿Me sonrió?—se preguntó el soldadito—. Si, creo que sí...
Diría que se alegra de verme. Si ella me sonrie, merece la pena
toda esta aventura. ¡Ay qué feliz soy!
En aquel momento, el pequeño de la casa tomó al soldadito
entre sus manos.
—¿Dónde estabas, soldadito? ¡Qué bien que estás de vuel-
ta! Como premio, te pondré a hacer guardia en el castillo de la
bailarina
Dicho y hecho. El niño colocó al soldadito junto a la bailarina
de la pierna en alto. Por un instante, pareció que ambos sonreían.
Pero el duende, celoso del soldadito, salió con fuerza de la
caja de sorpresas
—Tù otra vez aquí? Aléjate de ella!
En su violenta sacudida, golpeó el castillo de cartón y el sol-
dadito cayó a la chimenea, donde ardía un pequeño fuego. El
calor era terrible. El soldadito, a punto de derretitse, siguió firme,
fusil al hombro y mirando fijamente a la bailarina del castillo, le
pareció adivinar una lágrima en la mejilla de la muchacha.
—No llores, bailarina —le suplicó el soldadito—. Siempre te
llevavé en mi corazón. No lo olvides...
De pronto, se abrió la puerta de la habitación y la corriente
de aire atrastró a la bailarina. Primero, revoloteó por el aire y,
finalmente, cayó en el fuego, junto al soldadito.
—¡Por fin juntos, mi amada bailarina!
Enseguida una súbita llama rodeó a la bailarina de cartón,
que fue desapareciendo lentamente en el fuego.
A la mañana siguiente, cuando retiraban las cenizas de la
chimenea, encontraron un diminuto corazón de plomo, con la
dorada estrella de la bailarina incrustada en él. El niño tomó
el pequeño corazón entre sus manos y adornó con él la puerta
del castillo. Por fin, el soldadito de plomo y la bailarina estarían
juntos para siempre.
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el soldadito de plomo
CAPERUCITA
ROJA
H
abía una vez una dulce niña, querida por todos, que tenía
una capa con una capucha de color rojo. No se la quitaba
nunca, porque se la había regalado su abuelita adorada,
así que todos la llamaban Caperucita Roja. Un día su mamá le dijo:
—La abuela está enferma y tenemos que ayudarla a recuper-
arse. Te he preparado una cestita con un poco de comida y una
botella de vino para que se la lleves. Pero, escúchame bien, ten
mucho cuidado y no te alejes del camino.
—No te preocupes, mamá -respondió la niña—. Seguiré el
sendero de siempre y estaré atenta. Voy y vuelvo en un momento.
La viejecita vivía en el bosque, a una media hora del pueblo,
y la pequeña salió hacia allí muy contenta, deseando abrazar a
su abuelita querida.
Pero el astuto lobo del bosque en seguida vio a aquella
chiquilla inocente. Pensó que sería un gran manjar y trazó un
plan para comérsela. Así que salió a su paso y le dijo:
—Buenos días, Caperucita. ¿A dónde vas tan solita?
Como la niña no había visto antes a ningún lobo, contestó
sin miedo:
—Buenos días, señor. Voy a ver a mi abuelita, que está enfer-
ma. Le llevo comida y bebida para que se recupere pronto.
»¡Qué suerte he tenido!», pensó el lobo:
—¿Y dónde vive tu abuelita?— preguntó.
—Su casa se encuentra a un cuarto de hora de aquí, bajo los
tres robles- respondió ella.
El lobo se ofreció a acompañarla y comenzó a señalar las
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caperucita roja
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caperucita roja
flores que veían:
—¿Por qué no recoges un ramito y se lo llevas a tu abuela?-.
Caperucita pensó que aquella era una gran idea, que no le lle-
varía mucho tiempo. Así que se puso a mirar las flores de aquí y
de allá para conseguir un regalo bien colorido. El lobo aprovechó
aquella distracción para salir corriendo hasta la casa de la abue-
la y llamar a su puerta.
—¿Quién es? —preguntó la señora.
—Soy yo, Caperucita Roja —dijo el lobo imitando la voz de
la niña—. He venido a traerte algo de comida y un poco de vino.
—Abre la puerta, querida —respondió la abuela—. Estoy en
la cama y no puedo levantarme.
El lobo no se hizo de rogar. Entró y devoró a la anciana... ¡De
un solo bocado! Después se puso su cofia y su camisón, y se metió
bajo las sábanas.
Entretanto, la pequeña se había adentrado en el bosque reco-
giendo flores. De repente, se dio cuenta de que se había desviado
del camino y era tarde. Comenzó a correr y cuando llegó a la casa
de su abuelita, se extrañó de encontrar la puerta abierta. Muy
despacito, entró hasta la habitación de la enferma, que tenía la
cofia metida hasta la nariz y un aspecto muy extraño.
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caperucita roja
—Ay, abuelita —exclamó la niña—, ¡tienes las orejas grandes!
—Son para oírte mejor —respondió el lobo imitando la voz
de la anciana.
—¡Los ojos también son enormes! —añadió ella.
—Son para verte mejor, cariño —dijo el lobo.
—¡Y qué manos tan grandes, abuelita!
—Son para acariciarte mejor —siguió el lobo.
—¡Y qué boca tan grande! —exclamó Caperucita.
—¡Es para comerte mejor! —gritó el lobo mientras se aba-
lanzaba sobre ella y la devoraba de un solo bocado.
Con la panza llena, aquella fiera se durmió y comenzó a ron-
car con una fuerza que hacía temblar las paredes de la casa.
Por allí pasó entonces un cazador, que a menudo cruzaba el
bosque y se acercaba a saludar a la anciana.
»¡Qué extraño!» —pensó al oír aquel estruendo—. »No he
oído nunca a la señora roncar así. Será mejor que vaya a verla».
Muy despacito, entró en la casa y se llegó hasta la habitación
en donde descubrió a... ¡Un lobo profundamente dormido!
—¡Ahora verás, bestia inmunda! —exclamó mientras carga-
ba su gran fusil.
Pero entonces se dio cuenta de que la barriga del animal
estaba hinchadísima y pensó que quizá fuera porque la abue-
la estaba allí dentro. Así que cambió de idea. Tomó un cuchillo
grande, cortó la panza del lobo y un momento después salieron
de allí la niña, pálida del susto, y la pobre viejecita, que apenas
seguía respirando. Las dos se abrazaron muy fuerte a su salvador,
llenas de agradecimiento.
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caperucita roja
Acto seguido, Caperucita recogió muchas piedras enormes,
que colocó dentro del estómago del lobo, de tal manera que
cuando el animal despertó no pudo salir de allí corriendo. Las
piedras le pesaban tanto que tropezó, cayó y murió.
Los tres quedaron felices y contentos: el cazador se marchó
con aquella presa a hombros, la abuela comió y bebió un poquito
de vino para recuperarse del susto, y Caperucita Roja decidió
que nunca más dejaría de hacer caso a los consejos de su madre
y jamás se aventuraría sola en el bosque, lejos del camino.
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caperucita roja
LA LECHERA
H
ace tiempo, en una granja, vivía una niña con su familia.
Cada día ordeñaba las vacas y llevaba la leche al mer-
cado. Una mañana, la vaca más joven le dio una leche
especialmente blanquísima, cremosa y deliciosa. Con gran en-
tusiasmo, pensó:
—¡Qué rica! Esta leche se venderá muy bien. Debo ir más
rápido para llegar a tiempo al mercado.
Con cuidado, se colocó el cántaro en la cabeza, como le
habían enseñado, y comenzó su recorrido hacia el pueblo con
una gran sonrisa. Cantaba alegremente mientras avanzaba:
—La, lará, larí... La, lará, larí...— La niña se dejó llevar por sus
sueños y pensó en el dinero que recibiría por la leche.
—¡Podré comprar una gallina! —se dijo emocionada—. Una
gallina clueca que ponga muchos huevos.
Imaginó a los pollitos corriendo por el corral y escuchaba
sus pequeños piidos en su mente. Los cuidaría con dedicación,
y cuando crecieran, los vendería para comprar algo más grande.
—¡Un cerdito! —se le iluminó la cara—. Sí, un cerdito rosado
y gordito... ¡li, ji, ji, ji!
Rió con alegría solo de pensarlo. Su imaginación la llevó a
visualizar al cerdito corriendo por la granja, haciendo travesuras.
Miraba hacia atrás como si ya lo viera siguiéndola.
—¡Ay, qué cerdito tan bonito! Y qué gordito es... ¡Ji, ji, ji, ji!
—rió la niña. Tanto miraba hacia atrás en su imaginaria conv-
ersación con el cerdito que casi deja caer el cántaro. Por suerte,
tuvo los reflejos necesarios para darse cuenta. Siguió su camino
más concentrada, pero pronto volvió a dar rienda suelta a sus
pensamientos.
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la lechera
—Y, cuando el cerdito crezca y sea un magnífico ejemplar,
volveré de nuevo al mercado. Me lo quitarán de las manos, se-
guro. Y, con el dinero que me den, compraré... jun ternero! Tan
contenta estaba la lechera con el ternerito que se lo imaginó
trotando por los prados y empezó a trotar ella también y a cam-
inar dando saltitos. En eso estaba, cuando, de pronto, jay!, una
piedra en el camino, un tropezón y...
—¡Ay, no! ¡No puede ser! —¿Qué hice! se lamentó —. Tropecé
sin darme cuenta... Iba imaginando cosas y ahora... Oh!!! ¡¡La
leche derramada!! No queda nada...
¡Pobre lecherital ¡Con todo lo que había imaginado! Un sim-
ple tropiezo y, con el cántaro y la leche, se fueron rodando to-
dos: la gallina, los polluelos, el cerdito, el ternero y, por supuesto,
aquella leche tan rica y cremosa.
Volvió entonces la niña a casa con las rodillas raspadas por
la caída y lágrimas en sus mejillas.
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la lechera
EL ZORRO Y
EL CUERVO
C
aminaba un zorro por el bosque buscando algo con que
llenarse el estómago. Llevaba ya varios días sin probar
bocado, cuando descubrió a un cuervo posado en lo alto
de un árbol con un gran trozo de queso en el pico.
—¡Mmmmm!, ¿qué bien me vendría ese queso para desayunar! —
pensó el zorro. Veamos si los cuervos son tan presumidos como dicen...
Entonces, el zorro se sentó bajo el árbol y, mirando aten-
tamente al cuervo, comenzó su perorata. acortalo un tris
—¡No puedo creer lo que ven mis ojos! ¡Oh, qué hermosa criatura
eres, amigo cuervo! Dicen que son bellos, es cierto, pero tú, querido
amigo, eres el más bello ejemplar que he visto nunca. —¡Cielos...!
Nunca me habian dicho algo tan bonito... — contestó el cuervo.
Gratamente sorprendido ante los halagos, el cuervo se puso
algo más tieso, sacó pecho y, como quien no quiere la cosa, ex-
tendió sus alas. La reacción del zorro no se hizo esperar.
—¡Qué plumaje! ¡Qué brillo! ¡Qué color! Verdaderamente
envidiable. Tan lindo es el negro de tus plumas como el azabache
más puro del mundo. Tan luminoso como el más reluciente re-
flejo del sol sobre el agua del mar.
El cuervo no cabía en sí de felicidad. No decía ni mu, pues no
quería soltar el queso, pero en su interior cada vez se sentía más
y más orgulloso.
—¡Oh! Por fin alguien reconoce mis cualidades...—pensó el cu-
ervo. Convencido y encantado, el cuervo se dejó querer y el zorro
siguió lanzando halagos.
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el zorro y el cuervo
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el zorro y el cuervo
—¿Quién fuera ave para poder estar a tu lado sobre esa rama
y para surcar el cielo en tu compañía! Lo que daría yo por que
mis ojos se parecieran en algo a los tuyos: tan deslumbrantes,
tan audaces, tan vivos...
—No sabía que los zorros fueran tan listos... —pensó el cu-
ervo. ¡Cuánta sabiduría hay en sus palabras!
—¿Y tu voz? —continuó el zorro. Esos gorjeos graves a los que
nos tienes acostumbrados van de la mano de tu excelsa belleza.
Ni los gorgoritos del canario ni el trino del ruiseñor son compa-
rables con tu armónico graznido.
—Caramba!—murmuró el cuervo. Eso sí que no lo había es-
cuchado nunca. Mi voz equiparable a la de los reyes del canto.
¡Qué maravilla!
—¿Cantarias algo para mí, hermoso cuervo? preguntó el zor-
ro. Me harías tan feliz...
Difícil era para el cuervo resistirse. El zorro lo sabía bien, y
esperaba pacientemente bajo el árbol que el engreído cuervo
abriera el pico. Este tomó aire, extendió sus plumas dispuesto a
dar el do de pecho y fue entonces cuando lanzó el mayor y más
bello de los graznidos que jamás se haya escuchado. Como era
de esperar, en cuanto abrió el pico y graznó, el cuervo dejó caer
el manjar que tan celosamente había guardado. De inmediato,
el zorro se lanzó sobre el queso y lo cazó al vuelo.
-¡Mmmmm! Gracias, amigo cuervo. Además de hermoso, eres
generoso. Muy bueno este queso... ¡Si, señor! Ja, ja, ja, ja, ja!
Muy satisfecho, el zorro se marchó, dejando al cuervo pen-
sativo, muy pensativo.
-¿Cómo pasó esto? ¿Y mi queso? —¡Pobrecito cuervo! Con
todo lo que había disfrutado y, ahora, ni halagos ni merienda.
Aquel día el cuervo se quedó con hambre, pero, aprendió una
lección. ¿No crees?
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el zorro y el cuervo
blanco
guarda