El impostor en la familia Ashby
El impostor en la familia Ashby
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Josephine Tey
Brat Farrar
*
El séptimo círculo - 103
ePub r1.0
Piolin 10.07.2021
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Título original: Brat Farrar
Josephine Tey, 1949
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EL SÉPTIMO CÍRCULO
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Noticia
Este libro es de ficción, y todos los caracteres e incidentes que hay en él son
enteramente imaginarios.
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I
—TÍA BEE —dijo Jane, respirando con fuerza en su plato de sopa—, ¿fué Noé
un hombre más inteligente que Ulises, o fué Ulises un hombre más inteligente
que Noé?
—No uses la cuchara de punta, Jane.
—No puedo sacar los fideos por el costado.
—Ruth lo hace.
Jane miró a su melliza, quien manejaba los fideos con relamida prolijidad.
—Ella puede sorber con más fuerza que yo.
—La cara de tía Bee es como la de un gato muy caro —dijo Ruth,
mirando de reojo a su tía.
Bee reconoció que ésta era una descripción muy buena, pero hubiera
preferido que Ruth no fuese tan original.
—No, pero, ¿quién de los dos fué el más inteligentísimo? —preguntó
Jane, quien nunca abandonaba un tema una vez que lo comenzaba.
—El más inteligente —corrigió Ruth.
—¿Fué Noé o Ulises? ¿Quién de los dos crees tú, Simon?
—Ulises —contestó su hermano, sin quitar los ojos del periódico.
Bee pensó que era tan típico de Simon leer la lista de corredores en
Newmarket, echar pimienta a la sopa y escuchar la conversación al mismo
tiempo.
—¿Por qué, Simon? ¿Por qué Ulises?
—Porque no tenía un buen servicio de meteorología como el de Noé. ¿No
recuerdas en qué lugar llegó Firelight en el Handicap Libre?
—Oh, uno de los últimos —respondió Bee.
—La celebración de la mayoría de edad es algo así como una boda, ¿no es
así, Simon? —Ahora era Ruth quien hablaba.
—En general, mejor.
—¿Sí?
—Uno puede quedarse y bailar en la fiesta de su mayoría de edad, cosa
que no puede hacer en su boda.
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—Yo me quedaré y bailaré en mi boda.
—No me sorprendería.
“Oh, Dios”, pensó Bee, “supongo que existen familias que conversan
durante las comidas, pero no sé cómo se arreglan. Quizá no he sido bastante
severa.”
Contempló las tres cabezas inclinadas alrededor de la mesa y el sitio aún
vacío de Eleanor, y se preguntó si había hecho un buen trabajo con ellos.
¿Estarían Bill y Nora satisfechos de lo que logró con sus hijos? Si por un
milagro pudieran entrar en ese momento, jóvenes, hermosos y alegres como
en la época de su muerte, dirían: “¡Ah, sí, son tales como los habíamos
imaginado; hasta el aspecto de pelagatos de Jane!”
Los ojos de Bee sonrieron al posarse en Jane.
Las mellizas tenían nueve años, casi diez, y eran idénticas. Es decir,
idénticas en un sentido técnico. A pesar de su semejanza física, no cabía duda
alguna sobre cuál era Jane y cuál Ruth. Tenían el mismo cabello lacio y rubio,
la misma cara de huesos pequeños y la piel blanca; la misma mirada directa
con un desafío en ella; pero la identidad no iba más allá de esto. Jane tenía
puesto un astroso par de breeches y una amorfa tricota a rayas, con flecos de
lana en los bordes. Llevaba el cabello tirado hacia atrás, sin la ayuda de un
espejo, y lo sujetaba con el firme apretón de un imperdible tan viejo que había
recobrado su antiguo color acero, como suele ocurrir con las horquillas viejas.
Era levemente astigmática y tenía la costumbre de usar, cuando se encontraba
en presencia de la Autoridad, anteojos con armazón de carey; los llevaba
normalmente en el bolsillo de atrás de sus breeches, y se había acostado,
apoyado y sentado sobre ellos tantas veces, que vivía en permanente estado de
bancarrota, y los vacíos de su asignación anual tenían que cubrirse con dinero
de su alcancía. Iba y volvía de las lecciones en la Rectoría montando a
Fourposter, el viejo pony blanco, con sus corta piernas paradas como pajas a
los costados del animal. Fourposter era, desde mucho tiempo atrás, más un
medio de transporte que una cabalgadura, de modo que no importaba que su
enorme cuerpo fuese tan dócil y casi tan amplio como un colchón de plumas.
Ruth, por su parte, llevaba puesto un vestido rosado, de algodón, tan
flamante como cuando había partido en su bicicleta esa mañana hacia la
Rectoría. Tenía las manos limpias y las uñas sanas, y en alguna parte encontró
una cinta rosada con la que sujetaba las dos porciones laterales del cabello
sobre la coronilla, con un moño.
“Ocho años”, pensaba Bee. “Ocho años ingeniándose, cuidando,
planeando. Y dentro de seis semanas pondría fin a su tutoría. En poco más de
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un mes, Simon tendría veintiún años y heredaría la fortuna de su madre, y los
años flacos se habrían acabado.” Los Ashby nunca habían sido ricos, pero
cuando su hermano vivía, siempre tuvieron más de lo necesario para mantener
Latchetts —la casa y las tres granjas de la propiedad— como correspondía.
Su súbita muerte había sido la causa de las dificultades económicas de esos
ocho años. Y sólo la determinación de Bee explicaba el hecho de que, al mes
siguiente, la fortuna de su cuñada llegaría intacta a su hijo. No se habían
solicitado préstamos con la garantía de la futura herencia. Ni siquiera cuando
Mr. Sandal, de Cosset, Thring y Noble, estuvo dispuesto a favorecerlos. Y
Latchetts, después de ocho años, era todavía solvente y se mantenía a sí
misma.
Más allá de la cabeza rubia de su sobrino, a través de la ventana, Bee
podía ver la barrera blanca de la dehesa sur, y los rápidos movimientos de la
cola de Regina a la luz del sol. Los caballos fueron su salvación. Los caballos,
que habían sido el hobby de su hermano, resultaron ser la salvación del hogar.
Año tras año, a pesar de todas las enfermedades, accidentes y mañas que los
aquejan, los caballos significaron un gran beneficio. Habían comenzado como
un pasatiempo y se habían convertido en el sustento de la familia. Cuando
pareció posible que la pequeña caballeriza originaria, que fuera la delicia de
su hermano, resultase un apoyo inseguro, Bee hizo que los pequeños y
resistentes ponies de los chicos ocuparan los pastos más frescos, en la mitad
de la ladera de la colina. Eleanor había convertido dudosos rocines en
“seguras cabalgaduras para una dama”, y los había vendido con una buena
ganancia. Y ahora que la casa solariega era una escuela de adiestramiento,
enseñaba a otros a montar, por un precio muy respetable por hora.
—Eleanor se demora mucho, ¿no?
—¿Salió con la Parslow? —preguntó Simon.
—Sí, con la chica Parslow.
—Probablemente el infeliz caballo se ha caído muerto.
Simon se puso de pie para retirar los platos de sopa y alcanzar la fuente de
carne que estaba sobre el aparador, y Bee lo observó con crítica aprobación.
Por lo menos se había arreglado para no echar a perder a Simon; y esto,
teniendo en cuenta su naturaleza egoísta, era toda una hazaña. Simon tenía un
aire de suplicante dependencia que era completamente falaz, pero que había
engañado a todo el mundo desde la cuna. Bee había seguido divertida el
proceso de engaño y lo había admirado de mala gana; sentía que si ella misma
estuviera dotada de la particular clase de encanto que poseía Simon, con toda
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probabilidad lo habría utilizado en su beneficio, tal como él lo hacía. Pero
siempre cuidó muy bien que no influyese sobre ella.
—Sería muy lindo si la celebración de la mayoría de edad tuviera algo así
como damas de honor —observó Ruth, dando vuelta el trozo de carne con un
desdeñoso tenedor.
Su observación cayó en el vacío.
—El Rector dice que Ulises fué, probablemente, una tremenda molestia
en su casa —dijo Jane, tenazmente.
—¡Oh! —exclamó Bee, interesada en este nuevo aspecto de los clásicos
—. ¿Por qué?
—Dijo que era “sin duda, demasiado comedido, y que probablemente
Penélope se alegraba de librarse de él por un tiempo”. Quisiera que el hígado
no fuera tan suave.
Eleanor entró y se sirvió directamente de la fuente que estaba sobre el
aparador, con su acostumbrada manera silenciosa.
—¡Hum! —comentó Ruth—. ¡Qué olor a caballeriza!
—Llegas tarde, Nell —dijo Bee, inquisidoramente.
—Nunca aprenderá a montar —explicó Eleanor—. Ni siquiera sabe
sentarse en la montura.
—Quizá las personas lunáticas sean incapaces de montar —sugirió Ruth.
—Ruth —dijo Bee, con vigor—. Los alumnos de la finca no son
lunáticos. Ni siquiera son mentalmente deficientes. Son simplemente difíciles.
—Inadaptados, es la clasificación técnica —dijo Simon.
—Bueno, se comportan como lunáticos. Si alguien se porta como un
lunático, ¿cómo puede uno saber que no lo es?
Como nadie podía responderle, el silencio cayó sobre la mesa de los
Ashby. Eleanor comía con la rápida determinación de un escolar hambriento,
sin levantar los ojos de su plato. Simon sacó un lápiz y calculó los porcentajes
sobre el margen de su periódico. Ruth, que había robado tres bizcochos de un
tarro de la alacena de la Rectoría y los había comido en el lavatorio, hizo con
la comida un castillo, con un foso de salsa alrededor. Jane terminó de comer
con laborioso placer. Y Bee estaba sentada con los ojos fijos en el paisaje,
más allá de la ventana.
Por encima del lejano cerro, la tierra descendía formando cuadros hacia el
mar y los tejados amontonados de Westover. Pero allí, en ese alto valle,
inaccesible a los vientos del Canal y abierto al sol, los árboles se alzaban en el
aire claro con una serenidad mediterránea: casi con un aire de encantamiento.
El paisaje tenía la luminosa perfección y la quietud de una aparición.
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Una espléndida herencia, una rica y espléndida herencia. Bee confiaba
que Simon sabría cuidarla. Hubo momentos en que había… no, no había
tenido miedo. Momentos, quizás, en que dudaba. Simon tenía demasiadas
facetas; una cualidad mercurial que no estaba de acuerdo con el patrimonio de
un hacendado. De todas las propiedades circundantes, sólo Latchetts
albergaba aún a una familia local y Bee esperaba que seguiría haciéndolo por
muchos siglos. Ashbys rubios, de huesos pequeños y cabezas alargadas, como
los que se hallaban alrededor de la mesa.
—Jane, ¿tienes que salpicar con el jugo de ese modo?
—No me gusta el ruibarbo en pedacitos, tía Bee, me gusta aplastado.
—Bueno, aplástalo con más cuidado.
Cuando tenía la edad de Jane, ella también había aplastado el ruibarbo, y
en esa misma mesa. En esa misma mesa habían comido Ashbys que luego
murieron de fiebre en la India, de heridas en Crimea, de hambre en
Queensland, de tifus en El Cabo, y de cirrosis hepática en Malaca. Pero
siempre hubo un Ashby en Latchetts capaz de hacer prosperar la tierra. Una
que otra vez hubo una oveja negra en la familia, como su primo Walter, pero
la providencia había cuidado de limitar las cualidades despreciables a los
hijos menores, quienes podían poner en práctica su desobediencia en lugares
alejados de Latchetts.
A Latchetts no habían ido reinas a comer ni caballeros a esconderse.
Durante trescientos años se había erigido en sus praderas como lo que era
ahora: la residencia de un hacendado. Y casi durante las dos terceras partes de
ese período, habitada por Ashbys.
—Simon, querido, fíjate si está listo el café.
Quizá la había salvado su simplicidad. Nunca pretendió nada, ni aspiró a
nada. Su virtud se había nutrido en la tierra; su savia había vuelto a sus raíces.
A través del valle, la gran casa blanca de Clare se levantaba en su parque,
graciosa como una virreina, pero ahora no quedaba ningún Ledingham allí.
Los Ledingham habían sido pródigos con sus talentos y sus riquezas,
utilizando a Clare como un fondo, como una riqueza, como una decoración,
como un refugio, pero no como un hogar. Durante siglos se habían pavoneado
por todo el mundo: como procónsules, exploradores, bufones de corte,
calaveras y revolucionarios; y Clare había pagado sus extravagancias. Ahora
sólo quedaban sus retratos. Y la gran casa en el parque era una escuela de
pupilaje para los hijos difíciles de padres con ideas progresistas y espléndidas
cuentas bancarias.
Pero los Ashby permanecían en Latchetts.
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II
MIENTRAS Bee servía el café, las mellizas desaparecieron para ocuparse de sus
propios asuntos, aprovechando que ésa era su tarde libre; y Eleanor bebió el
café rápidamente y regresó a los establos.
—¿Necesitas el auto, esta tarde? —preguntó Simon—. Prácticamente le
prometí al viejo Gates que le traería un ternero de Westover en uno de
nuestros remolques. El suyo está descompuesto.
—No, no lo necesito —dijo Bee, preguntándose qué habría impulsado a
Simon a realizar una tarea tan desagradable. Confiaba en que no fuese la hija
de los Gates, quien era muy bonita, muy tonta y muy vulgar. Gates era el
arrendatario de Wigsell, la más pequeña de las tres granjas; y Simon no
toleraba, por lo general, su oportunismo.
—Si realmente quieres saberlo —dijo Simon, mientras se ponía de pie—,
quiero ver la última película de June Kaye. La dan en el Empire.
Esta desarmadora franqueza hubiera deleitado a cualquiera menos a
Beatrice Ashby, quien conocía muy bien el hábito de su sobrino de arrojar al
aire dos pelotas para desviar la atención de la tercera.
—¿Puedo traerte algo?
—Si tienes tiempo, podrías conseguir en las oficinas de Westover y del
Distrito uno de los nuevos horarios de ómnibus. Dice Eleanor que hay un
nuevo servicio a Clare que da la vuelta por Guessgate.
—Bee —dijo una voz en el vestíbulo—. ¿Estás ahí?
—Es Mrs. Peck —exclamó Simon, mientras salía a recibirla.
—Entra, Nancy —gritó Bee—. Ven y toma un café conmigo. Los otros
han terminado.
Y la esposa del Rector entró en la habitación, depositó su canasta vacía
sobre el aparador y se sentó con un suspiro de placer.
—Me vendría muy bien una taza —dijo.
Cuando la gente nombraba a Mrs. Peck, todavía agregaba: “Usted sabe, es
Nancy Ledingham”; aunque habían pasado diez años desde que ella sacudiera
el mundo social casándose con George Peck y enterrándose en una rectoría
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rural. Nancy Ledingham había sido algo más que la debutante de su año; fué
una propiedad nacional. Las revistas sociales habían hecho por ella lo que las
tarjetas postales por Lily Langtry; su belleza era propiedad común. Si bien el
público no se subía a las sillas para verla pasar, detenían el tránsito,
ciertamente; las autoridades tenían palpitaciones con una semana de
anticipación cuando aparecía como dama de honor en una boda. Poseía la
serena e indiscutible belleza capaz de derrotar a un decidido detractor.
Indudablemente, el único problema consistía en saber si alguna vez adornaría
su cabeza con una corona ducal o no. Más de una vez la prensa popular le
había pronosticado una corona real, pero esto era generalmente considerado
como la expresión de vanas esperanzas; su público estaba dispuesto a
conformarse con el rango ducal.
Pero entonces, y en forma completamente sorpresiva —entre un Tatler y
otro, por así decirlo— se había casado con George Peck. La prensa, deshecha,
haciendo todo lo posible por un público igualmente deshecho, y ya rotos los
diques de la discreción, no pudo sino volcar sus comentarios sobre el aspecto
romántico del asunto, pero George la había derrotado. Era un individuo alto y
delgado, y su rostro de simio era muy inteligente y bastante agradable.
Además, como lo señaló el redactor social del Clarion: “¡Un clérigo! ¡Qué me
dicen! ¡Podría tejer un romance mejor acerca de una mezcladora de
cemento!”
De modo que el público la dejó marchar hacia su voluntario olvido. La tía,
responsable de su presentación en sociedad, la desheredó. Su padre murió
envuelto en disgustos y deudas. Y su antiguo hogar, la gran casa blanca en el
parque, se había convertido en un colegio.
Pero al cabo de trece años de vida en la Rectoría, Nancy Peck seguía
siendo serena e indiscutiblemente hermosa; y la gente aun decía: “Usted sabe,
es Nancy Ledingham.”
—Vine a buscar los huevos —dijo—, pero no hay ningún apuro, ¿no? Es
maravilloso sentarse y no hacer nada.
Bee la miró de soslayo, con una sonrisa.
—¡Qué agradable es tu rostro, Bee!
—Gracias. Ruth dice que es como el de un gato muy caro.
—¡Tonterías! Al menos no como esos de pelambre espesa. ¡Ah, ya
entiendo! Se refiere a esos de cuello largo y pelo corto que muestran las
pequeñas mandíbulas. Gatos heráldicos. Sí, querida Bee, tu cara es como la de
un gato heráldico. Especialmente cuando tienes la cabeza quieta y miras de
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reojo. —Depositó la taza sobre la mesa y suspiró nuevamente, con placer—.
No entiendo por qué los anglicanos disidentes no han descubierto el café.
—¿Descubierto?
—Sí. Para utilizarlo como una celada. Hace mucho más por uno que la
bebida. Y sin embargo, nadie predica ni hace promesas respecto a ello. Con
cinco tragos, el mundo parece color de rosa.
—¿Acaso lo veías muy gris antes de tomarlo?
—De un color barro. Esta semana me sentí feliz porque por primera vez
en el año no tuvimos necesidad de encender el fuego en la sala, y no tuve que
atenderlo ni limpiar el hogar. Pero no hay nada, lo repito, nada que le impida
a George arrojar los fósforos usados en el hogar. ¡Y como necesita quince
para encender una pipa!… La habitación está plagada de cestos de papeles y
ceniceros, pero no hay nada que hacerle, tiene que usar el hogar,
sencillamente. Y ni siquiera trata de hacer puntería, ¡maldito sea! Un elegante
y descuidado giro de la muñeca y el fósforo aterriza en cualquier parte entre
el guardafuegos y las brasas más distantes. ¡Y tengo que sacarlos todos! Y
George me dice: “¿Por qué no los dejas ahí?” Él lo hace. Pero después de
haber bebido el café de Latchetts he decidido no acuchillarlo.
—Pobre Nan. Realmente, estos cristianos…
—¿Qué tal andan los preparativos para la celebración?
—Las invitaciones están listas para enviarlas a la imprenta; lo que
significa que hemos llegado a una agradable y definitiva etapa. Habrá una
cena para los íntimos, aquí, y un baile para todo el mundo, en el granero. De
paso, ¿cuál es la dirección de Alec?
—En este momento no la recuerdo. Te la buscaré. Tiene una distinta casi
todas las veces que me escribe. Supongo que lo echan cuando no puede pagar
el alquiler. Por supuesto, no quiero decir que tengo noticias suyas con mucha
frecuencia. Nunca me perdonó que no me haya casado bien, para que mi
único hermano pudiera mantener el tren de vida a que estaba acostumbrado.
—¿Está actuando ahora?
—No sé. Tenía un papel en esa comedia tonta que daban en el Savoy,
pero sólo se mantuvo unas pocas semanas en cartel. Es un tipo tan
característico que sus papeles son necesariamente limitados.
—Sí, supongo que así es.
—Alec sólo puede representarse a sí mismo. No sabes lo afortunada que
eres al tener que tratar con Ashbys. El número de calaveras en la familia
Ashby es singularmente bajo.
—Está Walter.
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—Un lobo solitario aullando en el desierto. ¿Qué se hizo del primo
Walter?
—¡Oh! Murió.
—¿En olor de santidad?
—No, de formol. En una sala de hospital, según creo.
—Ni siquiera Walter era realmente malo. Sólo le gustaba la bebida y no
tenía cabeza para eso. Pero cuando un Ledingham es un calavera, lo es
enteramente.
Permanecieron sentadas, envueltas en un confortable silencio,
considerando sus respectivas familias. Bee era varios años mayor que su
amiga; casi una generación mayor. Pero ninguna de ellas podía recordar una
época en que la otra no hubiese estado allí; y los chicos de los Ledingham
habían entrado y salido de Latchetts como si fuera su hogar, con la misma
confianza con que lo hacían los Ashby en Clare.
—Últimamente he estado pensando mucho en Bill y Nora —dijo Nancy
—. Éste hubiera sido un momento muy feliz para ellos.
—Sí —dijo Bee, reflexivamente, con los ojos fijos en la ventana. Estaba
contemplando ese mismo paisaje cuando ocurrió. Un día muy semejante a ése
y en la misma época del año. Estaba de pie junto a la ventana de la sala,
gozando de la belleza que la rodeaba y preguntándose si ellos pensarían que
nada de lo que habían visto en Europa era tan hermoso. Deseaba que Nora
hubiese recobrado su buen aspecto; había estado muy decaída después del
nacimiento de las mellizas. Confiaba haber actuado acertadamente durante su
ausencia y, sin embargo, se sentía un poco contenta de reanudar su propia
vida en Londres al día siguiente.
Las mellizas dormían y los chicos mayores estaban arriba, acicalándose
para recibir a sus padres y para cenar con ellos, con permiso especial. En
media hora, poco más o menos, el auto saldría de la avenida de tilos y se
detendría frente a la puerta, y ellos estarían allí, en una confusión de risas y
abrazos, regalos y bienestar.
Estaba tan distraída cuando encendió la radio, que no sabía por qué lo
había hecho. “El avión de las dos, de París a Londres”, dijo la fría voz, “con
nueve pasajeros y tres tripulantes, se estrelló esta tarde, momentos después de
sobrevolar la costa de Kent. No hay sobrevivientes.”
No. No había sobrevivientes.
—Tenían tanta locura por los chicos —dijo Nancy—. He pensado tanto en
ellos, últimamente, ahora que Simon va a cumplir veintiún años.
—Y yo he pensado en Patrick.
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—¿Patrick? —La voz de Nancy sonaba perpleja—. Ah, sí, por supuesto.
¡Pobre Patrick!
Bee la miró con curiosidad:
—Casi lo habías olvidado, ¿no es así?
—Bueno, hace ya mucho tiempo, Bee. Y… bueno, supongo que nuestra
mente hace a un lado los recuerdos insoportables. Bill y Nora…, eso fué
espantoso, pero fué algo que suele ocurrir a la gente. Quiero decir que
formaba parte de los riesgos comunes de la vida. Pero Pat…, eso fué
diferente. —Permaneció silenciosa un momento—. Lo he enterrado tan hondo
en mi mente que ya ni siquiera puedo recordar cómo era. ¿Él y Simon eran
tan parecidos como Ruth y Jane?
—¡Oh, no! No eran mellizos idénticos. No más parecidos de lo que son
por lo común dos hermanos.
—Simon parece haberse repuesto. ¿Crees que lo recuerda con frecuencia?
—Debe haber pensado mucho en él, últimamente.
—Sí. Pero hay mucha distancia entre los trece y los veintiuno. Supongo
que aun la imagen de un hermano mellizo se desvanece después de tanto
tiempo.
Bee vaciló. ¿Qué imagen conservaba ella? ¿La de un chiquillo bueno y
solemne que habría entrado en posesión de su herencia el mes siguiente?
Trató de evocar su rostro pero sólo distinguió una mancha borrosa delante de
los ojos. Había sido pequeño e inmaturo para su edad, pero en otros aspectos
era un Ashby típico. No tanto un individuo como un aire de familia. En
realidad, sólo recordaba, ahora que pensaba en ello, que era bueno y solemne.
La bondad no es un rasgo común en las criaturas.
Simon era descuidadamente generoso, cuando ello no le traía
inconvenientes; pero Patrick poseía esa bondad interior que no sólo sabe dar,
sino también renunciar.
—Todavía me pregunto —dijo Bee, desdichadamente—, si hicimos bien
en permitir que el cuerpo que encontraron en la playa de Castleton fuera
enterrado allí mismo. Fué el entierro de un pobre, en realidad.
—¡Pero, Bee! Había estado meses en el agua, ¿no es así? Ni siquiera
pudieron decir de qué sexo era, ¿no es así? Y todos los cadáveres de los
naufragios en el Atlántico van a parar allí, de cualquier manera. Quiero decir,
los cercanos. No tiene sentido preocuparse por… por identificarlo con… —Su
consternada voz se perdió en el silencio.
—¡No, por supuesto que no! —dijo Bee vivamente—. Es que me estoy
poniendo morbosa. Toma otro poco de café.
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Y mientras servía el café decidió que en cuanto Nancy se fuera abriría la
cerradura del cajón privado de su escritorio y quemaría la enternecedora nota
de Patrick. Era un rasgo de morbosidad conservarla, aran cuando no la había
leído durante años. Nunca prado decidirse a hacerla pedazos porque le parecía
que formaba parte de Patrick. Pero eso era absurdo, por supuesto. No era más
que la desesperación lo que lo inspiraba cuando escribió: “Lo siento mucho,
pero no puedo soportarlo más. No se enojen conmigo. Patrick.” La sacaría del
cajón y la quemaría. Claro que quemándola no la borraría de su mente, pero
eso no podía remediarlo. Las letras redondas de colegial estaban impresas allí
para siempre. Rasgos redondeados y cuidadosos, escritos con la estilográfica
que tanto le gustaba. Era típico de Patrick pedir disculpas por disponer de su
propia vida.
Nancy, observando el rostro de su amiga, le brindó lo que consideraba un
consuelo.
—Tú sabes, dicen que cuando uno se arroja desde un lugar elevado,
pierde el sentido casi inmediatamente.
—No creo que lo haya hecho así, Nancy.
—¡No! —Nancy parecía perpleja—. Pero ahí es donde encontraron la
nota. Quiero decir, la chaqueta con la nota en el bolsillo. En la cima del risco.
—Sí, pero en el sendero. En el sendero que baja por la hondonada hasta la
costa.
—Entonces, ¿qué crees que…?
—Creo que se alejó nadando.
—¿Hasta que no pudo regresar, quieres decir?
—Sí. Cuando estuve in loco parentis en esa época, mientras Bill y Nora
estaban de vacaciones, fuimos varias veces a la hondonada, los chicos y yo, a
nadar y tomar la merienda. Y una de esas veces Patrick dijo que el mejor
modo de morir —creo que él lo llamó hermoso— era nadar mar afuera hasta
que uno estuviese demasiado cansado para seguir adelante. Lo dijo muy
naturalmente, por supuesto. En aquellos días era… una cuestión puramente
académica. Cuando le señalé que ahogarse era siempre ahogarse, me
respondió: “Pero estarías demasiado cansada, ¿sabes?; ya no te importaría. El
agua se apoderaría de ti, sencillamente.” Amaba el agua.
Permaneció en silencio durante un instante y luego se refirió
abruptamente a lo que había constituido su secreto tormento durante años.
—Siempre he tenido miedo de que se hubiera arrepentido cuando ya era
demasiado tarde.
—¡Oh, no, Bee!
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Bee miró de soslayo el hermoso rostro de Nancy, que reflejaba una
protesta.
—Morboso. Ya lo sé. Olvida que lo dije.
—No entiendo cómo pude olvidarme de él —dijo Nancy, extrañada—. Lo
peor de enterrar las cosas horribles en el subconsciente es que cuando
aparecen de nuevo están tan vivas como si hubiesen estado en la heladera. No
hay tiempo para atacarlas y… moldearlas un poco.
—Creo que la gran mayoría casi no recuerda que Simon tenía un hermano
mellizo —dijo Bee, disculpándola—. O que no siempre fué el heredero. Por
cierto que nadie ha nombrado a Patrick desde que se comenzó a hablar de la
celebración de la mayoría de edad.
—¿Por qué no pudo consolarse de la muerte de sus padres?
—Yo ni siquiera sabía que sentía de ese modo. Ninguno de nosotros. Para
comenzar, todos los chicos estaban locos de dolor, naturalmente.
Desesperados. Pero ninguno más que otro. Patrick parecía aturdido más que
inconsolable. “¿Quieres decir que Latchetts me pertenece ahora?” Recuerdo
habérselo oído decir, como si fuese una idea extraña, difícil de entender.
Simon no tenía paciencia con él. Simon siempre fué el más brillante. Pienso
que fué demasiado para Patrick; demasiado extraño. El sentimiento de andar a
la deriva, de no tener ya padre ni madre, y el peso de Latchetts sobre sus
hombros. Fué demasiado para él, y se sintió tan desgraciado que… buscó una
salida.
—Pobre Pat. Pobre tesoro. Estuvo mal que lo olvidara.
—Ven; vamos a buscar los huevos. No te olvidarás de darme la dirección
de Alec, ¿no es verdad? Un Ledingham debe tener una invitación.
—No, la buscaré cuando regrese y te llamaré por teléfono. ¿Tu última
adquisición puede recibir un mensaje telefónico?
—Su capacidad llega exactamente hasta ahí.
—Bien, me limitaré a lo indispensable. No olvides que en cuestiones
teatrales figura como Alec Loding. —Recogió su canasta—. No sé si vendrá.
No ha estado en Clare desde hace mucho tiempo. Para Alec, vivir en el campo
no es, por cierto, nada entretenido. Pero la mayoría de edad de un Ashby le
interesará, seguramente.
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III
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—Muy bien, le estoy proposicionando, para usar su bárbara jerga. ¿Qué
tiene de malo mi proposición?
—Es descabellada.
—¿Qué es lo que tiene de descabellada, teniendo en cuenta la ventaja
inicial de que usted existe?
—Nadie podría ponerla en práctica.
—No hace mucho que un famoso general, cuyo nombre era un término
casero —si me perdona la metáfora—, fué personificado por un actor, en
pleno día y ante una multitud.
—Esto es completamente diferente.
—De acuerdo. No le pido que personifique a nadie. Tan sólo que sea
usted mismo. Una tarea mucho más fácil.
—No —dijo el joven.
Loding mantuvo la calma gracias a un visible esfuerzo. Tenía un rostro
rosado y blando que recordaba la cara inferior de un hongo. La carne colgaba
de sus buenos huesos Ledingham con una desalentada flojedad, y las
incipientes bolsas bajo los ojos le restaban parte de su indiscutible
inteligencia. Directores que en otra época le habían dado el papel de joven y
despreocupado calavera, ahora sólo le ofrecían el de libertino desacreditado.
—¡Dios! —dijo de improviso—. ¡Los dientes!
Ni siquiera esto produjo en el rostro del joven una expresión de
sobresalto. Levantó por primera vez los ojos y los fijó sin curiosidad en
Loding.
—¿Qué pasa con mis dientes?
—Es el método que se sigue hoy en día para identificar a una persona. Un
dentista conserva un archivo de sus trabajos, usted sabe. Me gustaría saber
quién atendía a esos chicos. Habrá que hacer algo al respecto. ¿Son postizos
los dientes de adelante?
—Los del medio son dientes de pivot. Me los sacaron de una patada.
—Se atendían con alguien aquí en la ciudad, eso es todo lo que recuerdo.
Hacían dos viajes anuales a Londres para ver al dentista; uno antes de
Navidad y uno en el verano. Por la mañana iban al consultorio del dentista y
por la tarde a una función: una pantomima en invierno y en el Tournament en
Olympia en verano. De paso, ésta es la clase de cosas que usted tendría que
aprender.
—¿Sí?
El suave monosílabo enloqueció a Loding.
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—Mire, Farrar, ¿de qué tiene miedo? ¿De una marca de nacimiento? Me
he bañado con ese chiquillo en cueros más de una vez y ni siquiera tenía un
lunar. Era tan común que se podría pedirlo por docenas a cualquier escuela
preparatoria de Inglaterra. En este momento, usted es más parecido a su
hermano de lo que ese chico lo fué nunca, a pesar de ser mellizos. Por un
momento pensé que usted era el joven Ashby. ¿No le basta eso? Viva
conmigo durante quince días y al cabo de ese tiempo no habrá nada que no
sepa acerca de la aldea de Clare y sus habitantes. O acerca de Latchetts.
Conozco hasta la última despensa. O acerca de los Ashby. Ahora que me
acuerdo, ¿sabe nadar?
El joven asintió. Había retornado a su vaso de cerveza.
—¿Nada bien?
—Sí.
—¿Nunca es más explícito en sus afirmaciones?
—Sólo cuando es necesario.
—El chiquilín nadaba como una anguila. También está el problema de las
orejas. Las suyas parecen bastante comunes, y si las de él no lo hubieran sido,
lo recordaría. Todo el que ha trabajado con modelos vivos tiene en cuenta las
orejas. Tengo que ver qué fotografías hay de él. Las tomadas de frente no
importarían, pero un buen primer plano de una oreja podría delatarnos. Creo
que haré un viaje a Clare para explorar el terreno.
—Por mí no se moleste.
Loding permaneció en silencio durante un momento. Luego dijo,
razonablemente:
—Dígame. ¿Cree en la veracidad de lo que le conté?
—¿Lo que me contó?
—¿Cree que soy realmente quien le digo y que nací en una aldea llamada
Clare donde vive alguien que es prácticamente su doble? ¿Cree eso? ¿O
piensa que he hecho esto tan sólo para conseguir que venga a mi casa?
—No, no es así. Creo que me dice la verdad.
—Bueno, gracias al cielo aunque sea por eso —dijo Loding con un rápido
movimiento de sus cejas—. Sé que mis encantos no son los de antes, pero me
destrozaría descubrir que hacen pensar en un ave de rapiña. Bien, entonces.
Arreglado eso, ¿está convencido de que es tan parecido al joven Ashby como
le digo?
La respuesta no llegó hasta que el vaso hubo dado una vuelta completa:
—Lo dudo.
—¿Por qué?
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—Usted mismo me ha dicho que hace mucho que no lo ve.
—Pero usted no tiene que ser el joven Ashby, sino solamente parecido. ¡Y
créame que lo es! ¡Mi Dios, y cómo! No lo habría creído si no lo hubiera visto
con mis propios ojos; suponía que sólo ocurría en las novelas. Y para usted
vale una fortuna. Sólo tiene que extender la mano y tomarla.
—¡Oh, no! No sólo eso.
—Metafóricamente hablando. ¿Se da cuenta de que, excepto por el primer
año, su historia sería cierta? Sería su propia historia; capaz de soportar
cualquier investigación. —Su voz adquirió una nota de comedia—. O… ¿no
lo sería?
—Oh, sí, podría.
—Muy bien, entonces. Lo único que tiene que hacer es salir de Westover
como polizonte en el Ira Jones, en lugar de hacer un viaje por un día a
Dieppe, et voilà!
—¿Cómo sabe que un barco llamado Ira Jones estaba por ese entonces en
Westover?
—¡Por ese entonces! No me hace justicia, amigo. Un barco con ese
nombre repelente estaba en Westover el día que el muchacho desapareció: Lo
sé porque me pasé casi todo el día pintándolo. En un lienzo, quiero decir, no
sus planchas. Y el viejo lanchón partió antes de que hubiese terminado;
rumbo a las Islas del Canal. Todos mis barcos se van antes de que termine de
pintarlos.
Hubo un silencio.
—La tiene en su falda, Farrar.
—También la servilleta.
—Una fortuna. Una pequeña propiedad encantadora. Seguridad. Un…
—¿Seguridad, dijo?
Los ojos claros que lo miraron durante un instante, parecían levemente
divertidos.
—¿No se le había ocurrido para nada, Mr. Loding, que el que se arriesga
es usted?
—¿Yo?
—Me está ofreciendo la mejor oportunidad de mi vida para una traición.
Me entrena, paso el examen y me olvido de usted. Y usted no podría hacer
nada para evitarlo. ¿Cómo se imaginó que podría vigilarme?
—No lo hice. Nadie con la apariencia de un Ashby puede ser un traidor.
Los Ashby son monstruos de rectitud.
El joven empujó el vaso.
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—Y ése debe ser el motivo por el cual no considero favorablemente la
idea de ser un impostor. Gracias por el almuerzo, Mr. Loding. Si hubiera
sabido de qué quería hablarme cuando me invitó, no hubiera…
—Está bien, está bien. No se disculpe. Y no se vaya; nos iremos juntos.
No le gusta mi propuesta: muy bien, dejémoslo así. Pero, por otro lado, usted
me fascina. Apenas si puedo sacarle los ojos de encima o creer que algo tan
raro existe. Y puesto que está seguro de que en mi indecorosa proposición no
hay nada personal, nada se opone a que caminemos juntos hasta la entrada del
subterráneo.
Loding pagó la cuenta y mientras salían del Hombre Verde, dijo:
—No le preguntaré dónde vive para que no piense que quiero seguirle la
pista. Pero le daré mi dirección con la esperanza de que venga a visitarme.
Oh, no; no para discutir la proposición. Si no le gusta, no hay nada que
hacerle; y con esa disposición no hubiera podido llevarla a cabo. No, no
hablaremos de mi proposición. Tengo en mis habitaciones algo que creo le
interesará.
Hizo una artística pausa mientras trataban de cruzar una calle.
—Cuando mi viejo hogar, Clare, se vendió —después de la muerte de mi
padre—, Nancy empaquetó todos los objetos personales que había en mi
habitación y me los envió. Todo un baúl de basura, del que nunca tuve la
energía necesaria para deshacerme y que consta, en su mayor parte, de
instantáneas y fotografías de mis compañeros de infancia. Creo que lo
encontrará muy interesante.
Echó una mirada de reojo al poco comunicativo perfil de su acompañante.
—Dígame —dijo, cuando se detuvieron a la entrada del subterráneo—,
¿juega a los naipes?
—No con desconocidos —dijo el joven placenteramente.
—Sólo quería saber. Nunca hasta ahora había encontrado la cara perfecta
para el póker y hubiera sentido saber que su poseedor es algún no-conformista
abstinente que la desperdicia. Ah, bien. Aquí tiene mi dirección. Si por alguna
casualidad no me encuentra allí, el Spotlight me encontrará. Siento
muchísimo no haber podido venderle la idea de ser un Ashby. Hubiera sido
un excelente amo de Latchetts, lo presiento. Alguien que entendiese de
caballos y que estuviera habituado a la vida al aire libre.
El joven, que había iniciado un gesto de despedida y estaba a punto de
girar sobre sus talones, se detuvo.
—¿Caballos? —preguntó.
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—Sí —dijo Loding, vagamente sorprendido—. Es una caballeriza. Muy
bien planeada, según tengo entendido.
—Oh. —Se quedó todavía un momento y luego se marchó.
Loding lo observó alejarse. “Hay algo que he pasado por alto”, pensó.
“Algo que le hubiera hecho morder el anzuelo y lo pasé por alto. ¿Por qué
habrá saltado al escuchar la palabra caballo? Debe estar harto de ellos.”
“Y bien, quizá venga a ver qué aspecto tenía su doble.”
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IV
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bendiga, ha dispuesto una tarifa mínima por mis tareas, de modo que el
salario, me alegra decirlo, es considerablemente mejor que el papel. ¿Tendría
inconveniente en decirme su nombre?
—Farrar.
—¿Farrell?
—No, Farrar.
—Oh. —Sus ojos tenían aún una expresión divertida y reflexiva—. ¿Hace
mucho que regresó a Inglaterra?
—¿Cómo sabe que he estado afuera?
—Por sus ropas, mi amigo. Las ropas son mi oficio. Me he vestido para
representar demasiados papeles, como para no reconocer la confección
norteamericana cuando la veo. Aun del tipo admirablemente conservador
como la que lleva usted tan bien.
—¿Qué le hace pensar, entonces, que no soy norteamericano?
El individuo sonrió ampliamente ante estas palabras.
—Ah, eso —dijo— es el eterno misterio de los ingleses. Usted presencia
una procesión de monjes en Italia, y sus ojos reparan inmediatamente en uno
de ellos y dice: “¡Ah! Un inglés.” Tropieza con cinco vagabundos envueltos
en sacos de cáñamo para protegerse de la lluvia, en Wisconsin, se fija en el
quinto y piensa: "Mi Dios, ese tipo es inglés." Ve diez hombres desnudos, en
el momento de someterse a examen médico de la Legión Extranjera y dice…
Pero venga a almorzar conmigo y podremos examinar el asunto con calma.
De modo que fué a almorzar, y el individuo había charlado y se había
mostrado encantador. Pero esa mirada burlona, divertida, casi de incredulidad,
estaba siempre detrás de sus vivaces ojos hinchados. Esa mirada fué más
elocuente que cualquiera de sus razonamientos subsiguientes. En verdad él,
Brat Farrar, tenía que ser idéntico a ese otro individuo, para producir esa
expresión divertida y casi incrédula en los ojos de una persona.
Yacía en su lecho, pensando en ello, en esa súbita identificación en su
vida solitaria. Sentía enormes deseos de ver a este hermano mellizo, este
joven Ashby. Era un lindo apellido: un verdadero apellido inglés. También
deseaba conocer la propiedad. Latchetts, donde su hermano mellizo había
crecido en una hogareña quietud, mientras él rodaba por el mundo desde su
partida del orfanato hasta ese encuentro en una calle de Londres, sin hallar su
hogar en ninguna parte.
El orfanato. No era por culpa del orfanato que él se había sentido un
extraño. Era un excelente asilo, mucho más feliz que muchos hogares que
conoció después. Los chicos amaban aquel lugar. Lloraban al partir y volvían
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a visitarlo; enviaban contribuciones, invitaban al personal a sus bodas y
sometían a sus hijos a la aprobación de la directora. No había día en que algún
antiguo asilado no tirase abajo, a golpes, la puerta de calle. Entonces, ¿por
qué él nunca sintió lo mismo?
¿Porque era un niño expósito? ¿Era por eso? ¿Porque nunca había nada
para él, visitas, paquetes, cartas o invitaciones? Pero ellos habían actuado
muy inteligentemente con respecto a eso, haciendo todo lo posible por
sustentar su confianza en sí mismo. En realidad, su condición de niño
expósito le había proporcionado una situación de privilegio con respecto a los
demás chicos. Recordaba que el regalo de navidad que le hacía la directora
era objeto de la envidia de sus compañeros, quienes sólo recibían un presente
de un tío o una tía; nada más que un pariente, en su concepto. La directora fué
quien lo recogió del umbral de la puerta, quien tuvo buen cuidado de que se
enterase de lo bien que lo vestían y lo cuidaban. (Había escuchado estos
comentarios a intervalos prudentes durante quince años, pero nunca pudo
sentir satisfacción alguna a causa de ello.) La directora era quien había
elegido su nombre con la ayuda de un alfiler y una guía de teléfonos. El alfiler
señaló la palabra Farrell. Y ella se mostró considerablemente complacida. El
alfiler había indicado, hacía muchos, muchos años, la palabra Coffin[1], y tuvo
que hacer trampas y probar nuevamente.
Sobre su nombre de pila no cabía duda alguna, puesto que apareció en el
umbral el día de San Bartolomé. Lo llamaron Bart desde el principio. Pero los
chicos mayores lo cambiaron por Brat, y hasta el personal docente no tardó en
adoptar este nombre más familiar (¿otro recurso de la directora para impedir
que se sintiera diferente, quizá?) y con ese nombre también lo conocían en la
escuela secundaria.
La escuela secundaria… ¿Por qué no se había encontrado allí tampoco?
¿Porque sus ropas eran sutilmente distintas? Por cierto que no. No era una
criatura de sensibilidad enfermiza, sino, simplemente apocado. ¿Porque
estaba becado? Por supuesto que no: la mitad de sus compañeros estaban en
las mismas condiciones. ¿Por qué había decidido que la escuela no era para él,
entonces? Y con una determinación tan poco infantil que la directora renunció
a disuadirlo, y apoyó su intención de encontrar un empleo.
Naturalmente, no era ningún misterio que no le gustaba el empleo
conseguido. La oficina quedaba a cincuenta millas, y, puesto que el sueldo no
le alcanzaba para pagar una habitación corriente, tuvo que permanecer en el
hogar para niños de la localidad. Sólo al vivir allí se dió cuenta de lo
excelente que era el asilo. Hubiera podido aguantar el trabajo o el hogar, pero
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no los dos al mismo tiempo. Y de los dos, la oficina era lo peor. Como
empleo, era cómodo, tranquilo y favorecido por ciertas perspectivas, si bien
remotas; pero fué una prisión para él. Tenía la permanente sensación del
tiempo que dejaba atrás, del tiempo que estaba desperdiciando. Esto no era lo
que quería.
Había dicho adiós a su vida de oficina casi accidentalmente; por cierto
que sin premeditación. “IDA Y VUELTA EN EL DÍA A DIEPPE”, decía un aviso
pegado contra el cristal de la vidriera de un representante de periódicos; y el
precio, en grandes cifras rojas, era exactamente el total de sus ahorros.
Aun así, no habría hecho nada al respecto si no hubiera sido por el funeral
del viejo Mr. Hendren. Mr. Hendren era el socio retirado y el día de su
funeral la oficina cerró por respeto. Y de este modo, con la paga de una
semana en el bolsillo y todo un día libre, gastó sus ahorros y se fué a ver el
continente. Lo pasó magníficamente bien en Dieppe, donde su francés de
primer año no le impidió disfrutar, pero ni siquiera se le había ocurrido
quedarse allí, hasta que fué el momento de regresar. Llegó al puerto antes de
que la sorprendente idea se apoderase de él.
“¿Era su natural honestidad”, pensó, contemplando el cielo raso en
Pimlico, “o la buena educación recibida en el asilo, la causa de que la factura
de la lavandería, aun no pagada, pesase tanto en el conflicto mental
subsiguiente?” Apenas si podía esperarse que el aspecto ético de una estafa de
dos chelines y tres peniques le importase mucho a un muchacho sin dinero y
sin una cama para pasar la noche.
El camión que subía desde el puerto fué su salvación. Levantó el pulgar, y
el moreno y sudoroso conductor sonrió burlonamente ante ese gesto
internacional, y disminuyó la velocidad al pasar a su lado. Corrió hacia la
escarpada ladera en movimiento, se agarró y quedó colgado hasta que lo
arrastraron hacia adentro. Toda su vida anterior quedaba atrás.
Había planeado quedarse y trabajar en Francia. Deliberó consigo mismo
durante el largo viaje a El Havre (cuando los gestos se hubieron agotado y
quedó demostrado que el patois del conductor era completamente
incomprensible) sobre cuál sería la mejor manera de ganar lo necesario para
comer. Su vecino en un bistro de El Havre le había aclarado la situación. “Mi
joven amigo”, dijo el individuo, fijando en él sus melancólicos ojos de perro
de aguas, “en Francia no es suficiente ser un hombre, para poder trabajar.
También hay que tener documentos.”
“¿Y dónde”, había preguntado, “no hacen falta documentos? Quiero decir,
¿en qué país? Puedo ir a cualquier parte.” De improviso tuvo conciencia del
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mundo, y de que era libre en él. “Dios sabrá”, respondió el individuo. “La
humanidad se parece cada vez más a las ovejas. Vaya al puerto y tome un
barco.”
“¿Cuál?”
“Da lo mismo. ¿Tienen ustedes un juego para…?” Hizo unos gestos
descriptivos.
“¿Para decidir quiénes se ocultan y quién cuenta en la escondida, por
ejemplo? Oh, sí. La naranja se pasea de la sala al comedor, no me tires con
cuchillo, tírame con te-ne-dor.”
“Eso. Vaya al puerto y hágalo. Y cuando suba a bordo de dor tenga
cuidado de que nadie lo vea. En los barcos tienen tal pasión por los
documentos, que es casi una locura.”
Dor era el Barfleur y no tuvo necesidad de documentos, después de todo.
Fué el regalo del cielo que el cocinero había estado buscando durante años.
Buen viejo Barfleur, con su inmunda cocina pintada de verde claro y
oliendo a aceite de oliva demasiado usado; y las olas grises, altas como
montañas, que se encrespaban y rompían, y el continuo milagro de que no
mandaran el barco a pique, y la borrachera semanal del cocinero, que lo
obligaba a ocupar su puesto, aunque sin su paga, y aprender a tocar la flauta,
y las curiosas lecturas en el castillo de proa. ¡Buen viejo Barfleur!
Dejó el barco habiendo aprendido mucho, pero lo más importante era que
tenía un nombre nuevo. Al escribir su apellido para el capitán, el viejo
Bourdet había tomado la ll final por una r, y copió Farrar. Y así quedó. Farrell
surgió de una guía de teléfonos, y Farrar del error del capitán de un barco
volandero. Era lo mismo.
Y entonces, ¿qué?
Tampico y el olor a sebo. Y el corredor que había dicho:
“¿Usted es inglés? ¿Quiere un trabajo en tierra?”
Había ido a inspeccionar el trabajo, esperando que consistiese en lavar
platos.
Era extraño pensar que aun podría estar viviendo en la casa grande y
silenciosa, con el patio de tejas, y las brillantes flores sin perfume, y las
habitaciones sencillas y sombreadas, con hermosos muebles. Viviendo
lujosamente, en lugar de yacer sobre un estropeado lecho en Pimlico. El
anciano había simpatizado con él, había querido adoptarlo; pero él no se había
encontrado. Le gustaba leerle el periódico inglés dos veces por día, mientras
el anciano seguía las palabras en su propia copia, con su flaco y amarillo dedo
índice, pero no era ésa la vida que buscaba. (“¿Qué sentido tiene leerle en
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inglés, si no lo entiende?”, preguntó, cuando le explicaron en qué consistía el
trabajo; y le explicaron que el anciano había aprendido inglés escrito con la
ayuda del diccionario, pero no sabía cómo pronunciarlo. Quería oírlo hablado
por un inglés.)
No, no era para él. Era como vivir en un estudio cinematográfico.
De modo que se fué como cocinero con un grupo de botánicos. Y
mientras empacaba, el mucamo le dijo, para consolarlo: “Es mejor que se
vaya, después de todo. Si se queda, su querida terminará por envenenarlo.”
Era la primera vez que oía hablar de una querida.
Había cocinado sin descanso todo el camino hasta la frontera de Nueva
Méjico. Ésa era la manera más fácil de entrar en los Estados Unidos: sin
ningún río que lo detuviera. Había disfrutado de ese país absurdo, brillante y
angular, pero, como en el caso del viejo aristócrata cerca de Tampico, no era
eso lo que buscaba.
Después su satisfacción creció lentamente.
Fué ayudante del cocinero de un equipo, en Las Cruces. La intolerancia
ante cualquier variación en la comida que conocían, y el deleite que les
proporcionaba su acento. (“Dilo otra vez, Limey[2]” Y luego reían y decían,
deleitados: “¡Qué me dice!”)
Después, cocinero en el rodeo de Snake River. Cuando descubrió los
caballos, sintió que había llegado a su hogar.
Condujo ganado para el Santa Clara, y comprobó que los caballos
comunes no lo eran tanto cuando los montaba “el inglesito”.
Una temporada con el herrero, en el rancho Wilson. Allí tuvo su primera
novia, pero eso era nada comparado con lo excitante que resultaba ver qué
podía hacer con los casos perdidos, en el corral. “Lo único que queda por
hacer es pegarles un tiro”, había dicho el patrón. Y cuando sugirió que podía
intentar algo al respecto, el patrón había dicho, sin entusiasmo: “Adelante;
pero no espere que le pague la cuenta del hospital. Usted está aquí para
ayudar al herrero.”
De ese grupo salió Smoky, su hermoso Smoky. El patrón se lo dió como
recompensa por lo que había logrado con los casos difíciles. Y cuando partió
para el Lazy Y, se llevó a Smoky consigo.
Domar potros para el Lazy Y. Eso era felicidad. Felicidad plena y
rebosante, que duró casi dos años.
Y entonces… Su momentánea lentitud; adormecido por el calor o
deslumbrado por el sol. El lomo oscuro que se retorcía y caía sobre él, el
crujido de su cadera.
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El hospital, en Edgemont. Completamente distinto de los hospitales de las
películas. No había enfermeras bonitas ni internos guapos. Las paredes de la
sala eran verde salvia, los instrumentos viejos y manchados, y las enfermeras
estaban recargadas de trabajo. Lo malcriaban y lo ignoraban,
alternativamente.
Las cartas de los muchachos, que se interrumpieron de un día para otro.
La tremenda tarea de aprender a caminar de nuevo, y la lenta comprensión
de que la pierna había quedado más corta que la otra; de que sería rengo para
siempre.
La carta del patrón que puso fin a su trabajo en el Lazy Y.
Petróleo. Habían encontrado petróleo. La primera grúa funcionaba ya a
menos de doscientas yardas de los dormitorios. El cheque adjunto proveería
para sus necesidades hasta que estuviera bien. Y mientras tanto, ¿qué había
que hacer con Smoky?
¿Qué podía hacer un rengo, con un caballo, en un yacimiento de petróleo?
Había llorado por Smoky, yaciendo en la oscuridad de la sala. Era la
primera vez que lloraba por alguien.
Bien, quizá fuera demasiado lento para seguir domando potros, pero no se
convertiría en un esclavo del petróleo. Había otros modos de ganarse la vida
con caballos.
La estancia para turistas. Eso tampoco había sido como en las películas.
Mujeres desmañadas, con ropas absurdas, castigando los abatidos caballos
hasta que él se preguntaba cómo era que no se partían en dos.
La mujer que había querido casarse con él.
No respondía en absoluto al tipo de mujer que quiere mantener a un
hombre. Ni obesa, ni tonta, ni apasionada. Era delgada, con una expresión de
cansancio, y bastante agradable; poseía una propiedad sobre la colina. Decía
que le haría arreglar la pierna. Ése era el anzuelo que le ofrecía.
Lo bueno de su empleo consistía en que ganaba mucho dinero. Nunca
tuvo tanto como cuando lo dejó. Planeaba ir hacia el Este y gastarlo allí. Pero
algo le había ocurrido entonces. Las llanuras menos extensas y más verdes del
Este, el olor de los jardines en primavera, le despertaron una nostalgia por
Inglaterra, que lo aterró. No tenía la menor intención de regresar tan pronto.
Durante varias semanas inquietas luchó contra su anhelo —su deseo de
volver era infantil— y luego cedió, en forma completamente súbita. Después
de todo, no conocía Londres. Ir a conocer Londres era una razón muy legítima
para ir a Inglaterra.
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Y de este modo había llegado a su habitación en Pimlico y al encuentro en
la calle.
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V
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cortésmente —había olvidado cuán corteses eran sus compatriotas, hasta que
regresó— pero dedujeron de un modo o de otro que los métodos de curar o
matar del Oeste no les convenían. Como no lo dijeron abiertamente, no pudo
explicarles que a él tampoco. Y de cualquier manera, no hubiera servido de
nada. En este país, todos querían saber algo acerca de uno, antes de darle
trabajo. En América, donde un hombre se mueve de un lugar a otro con tanta
frecuencia, resulta distinto; pero aquí un empleo resulta cosa para toda la
vida, y lo que uno es, importa tanto como lo que uno puede hacer.
La solución, por supuesto, era salir del país. Pero la dificultad real e
insuperable consistía en que no deseaba irse. Ahora que estaba de regreso se
daba cuenta de que lo que había considerado como un libre vagabundeo, sin
propósito fijo, no era sino un largo rodeo hacia Inglaterra. Había regresado,
no vía Dieppe, sino vía Las Cruces y otros puntos en el Este. Encontró lo que
quería cuando descubrió los caballos; pero en Nueva Méjico no se había
encontrado más que en la escuela secundaria. Nueva Méjico le había gustado
más, eso era todo.
E Inglaterra, ahora que lo pensaba, le gustaba más aún. Quería trabajar
con caballos ingleses sobre el verdor inglés del césped inglés.
De cualquier modo, era mucho más difícil salir del país que entrar en él,
cuando no se tenía dinero. En una ocasión había compartido una mesa en el
Coventry Street Lyons con un hombre que durante dieciocho meses trató de
conseguir un pasaje para cualquier parte. “¡Tarjetas!”, había gruñido el
diminuto individuo. “Eso es todo lo que dicen. ¿Dónde está su tarjeta? Si
usted no tiene la suerte de pertenecer a la Unión Amalgamada de Dobladores
de Servilletas, ni siquiera puede ayudar a un mozo a poner la mesa. Estoy
esperando que algún día dejen hundir un barco porque nadie a bordo tiene la
tarjeta correspondiente para armar una bomba para extraer el agua.”
Observando los furiosos ojos azules del inglés, se había acordado del
individuo en el bistro de El Havre. “También hay que tener documentos.” Sí,
el mundo era una confusión de documentos.
Era una pena que la proposición de Loding fuese tan criminal.
¿La habría escuchado con más interés si Loding hubiese mencionado
antes los caballos?
No, claro que no; sería absurdo. El asunto era criminal y no pensaba
intervenir en él.
“No corres ningún riesgo, ¿sabes?”, dijo una voz en su interior. “No te
acusarían aunque te descubrieran, por temor al escándalo. Loding lo dijo.”
“Cállate”, contestó. “El asunto es criminal.”
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Iba a ser interesante ver a Loding actuando, una noche. Nunca se había
encontrado con un actor. Sería una sensación nueva observar la actuación de
alguien conocido. ¿Qué clase de socio resultaría Loding?
“Muy inteligente, créeme”, respondió la voz.
“Rematadamente malo”, dijo. “No quiero tener nada que ver con él.”
“No te hace falta”, siguió la voz. “Lo único que tienes que hacer es ir a
Latchetts y decir: ‘Écheme un vistazo. ¿No le recuerdo a alguien? Me dejaron
en un umbral tal y tal día y ahora quiero un empleo.’” “Extorsión, ¿eh? ¿Y
crees que podría disfrutar de un trabajo conseguido en esa forma? No seas
tonto.” “Algo te deben, ¿no es así?”
“No, no es así. Ni un centavo.”
“¡Oh, acábala con eso! Eres un Ashby y lo sabes.” “No lo sé. Siempre han
existido dobles. Hitler tenía varios. Muchísima gente famosa tiene dobles. Los
periódicos siempre sacan fotografías de los dobles desconocidos de grandes
hombres. Son idénticos, pero sin su personalidad.”
“Tonterías. Eres un Ashby. ¿De dónde sacaste tu habilidad para conseguir
lo que quieres de un caballo?” “Mucha gente tiene esa habilidad.”
“Había sesenta y dos chicos en el asilo, ¿y alguno de ellos desdeñó buenos
empleos y ricos matrimonios que querían adoptarlo, para poder vivir donde
hubiera caballos?”
“Yo ignoraba que iba buscando caballos.” “Naturalmente. Pero tu estirpe
de Ashby lo sabía.”
“Oh, cállate.”
Al día siguiente, en Lewes, trataría de conseguir algo en la caballeriza de
caballos de salto. Si bien era rengo, aun estaba en condiciones de montar
cualquier cosa con cuatro patas. Quizá tuvieran interés en alguien que podía
correr con exceso de peso y no le importaba arriesgar el pescuezo.
“¿Arriesgar tu vida, pudiendo vivir en la abundancia?”
“Si hubiera querido eso, habría podido tenerlo hace mucho.”
“Ah, pero sin caballos.”
“Cállate. Estás perdiendo el tiempo.”
Comenzó a desvestirse, como si moviéndose pudiera hacer callar la voz.
Sí, iría a Lewes. Quedaba demasiado cerca del escenario de su infancia, pero
nadie lo reconocería después de seis años. No importaba demasiado, por
supuesto, aunque ello ocurriera; pero le disgustaba volver atrás.
“Siempre podrías decir: ‘Disculpen, me llamo Ashby’”, se burló la voz.
“¡Te callarás!”
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Mientras colgaba la chaqueta en el respaldo de la silla, pensó en el joven
Ashby que había salido de la escena. Teniendo todo lo que quería en la vida,
se había arrojado desde lo alto de un risco. No tenía sentido. ¿Importaban
tanto los padres?
“No, no valía nada, y tú harías mucho más por Latchetts en su lugar.”
Echó agua fría en la palangana y se lavó vigorosamente; la educación de
un asilo es casi tan duradera como la del servicio militar. Y mientras se
secaba, de pie sobre la delgada alfombra —tan delgada que se convertía en un
pingajo empapado antes de que estuviera seco—, pensó: “No me gustaría, de
todas maneras. Mucamos, y todo eso.” Sus ideas sobre la clase media inglesa
provenían directamente de las películas norteamericanas.
De cualquier modo, ni siquiera se podía pensar en ello.
Y era mejor que dejase de pensarlo.
Alguien había dicho que si uno medita acerca de algo absurdo, durante el
tiempo necesario, se hace completamente razonable.
Alguna vez iría a ver las fotografías que guardaba Loding. Eso no
implicaba nada malo.
Tenía que ver el aspecto de su hermano mellizo.
Loding no le gustaba mucho, pero no había nada de malo en ir a visitarlo,
y quería ver las fotografías de Latchetts.
Sí, iría a visitar a Loding.
Dentro de un par de días, posiblemente; después de ir a Lewes.
O quizás al día siguiente.
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VI
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—Pero… Usted es un Ashby.
—Si eso es lo que piensa, me facilita mucho las cosas.
—¿Sí? Perdóneme, pero estoy un poco confundido. No sabía que los
Ashby tenían primos.
—No tienen, por lo que sé.
—¿No? Entonces, discúlpeme, ¿cuál de los Ashby es usted?
—Patrick.
La boca bien delineada de Mr. Sandal se abrió y se cerró como la de una
carpa.
Dejó de ser un pensamiento verde en una sombra verde y se convirtió en
un diminuto abogado, muy preocupado y perplejo.
Durante un largo rato contempló los ojos claros, comunes a todos los
Ashby, tan cerca de los suyos, sin encontrar palabras adecuadas para la
ocasión.
—Será mejor que ambos nos sentemos —dijo, por fin. Señaló la silla para
los clientes y se hundió en la suya con aire de satisfacción por haber
encontrado un refugio en un mundo súbitamente confuso.
“Bien, veamos si podemos aclarar la situación —dijo—. El único Patrick
Ashby murió a la edad de trece años, hace…, déjeme pensar…, ocho años, si
no me equivoco.
—¿Qué le hace pensar que murió?
—Se suicidó, y dejó una nota de despedida.
—¿La nota hablaba de suicidio?
—Temo no recordar las palabras.
—Yo tampoco, exactamente. Pero puedo darle el sentido. Decía: “No
puedo soportarlo más. No se enojen conmigo.”
—Sí. Sí, ése era el tono del mensaje.
—¿Y dónde está la mención del suicidio?
—Seguramente la sugestión es…, Se deduce naturalmente… La carta se
encontró en la cima del risco con la chaqueta del muchacho.
—El sendero del risco es un atajo hacia el puerto.
—¿El puerto? ¿Quiere decir…?
—Era la nota de alguien que huye, no de alguien que se suicida.
—Pero…, pero, ¿y la chaqueta?
—No se puede dejar una nota en plena meseta. El único modo es dejarla
en el bolsillo de algo.
—¿Está sugiriendo seriamente que… que… que usted es Patrick Ashby, y
que nunca se suicidó?
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El joven lo miró con ojos que no revelaban nada.
—Cuando entré —dijo—, me tomó por mi hermano.
—Sí. Ustedes eran mellizos. No idénticos, pero, por supuesto, muy… —
Se dió cuenta de todo lo que implicaban sus palabras—. Dios mío, eso es lo
que hice. Eso es lo que hice.
Permaneció uno o dos minutos mirándolo fijamente, con un aire
indefenso. Y mientras lo miraba, entró Mercer con el té.
—¿Una taza de té? —preguntó Mr. Sandal, como si su voz fuese un acto
reflejo, condicionado por la presencia de la bandeja del té.
—Gracias —dijo el joven—. Sin azúcar.
—Usted se da cuenta, ¿no es así? —dijo Mr. Sandal, casi suplicante—, de
que una pretensión tan sorprendente y… y tan seria tiene que ser investigada.
No podemos, comprende, aceptar sencillamente su afirmación.
—No espero que lo haga.
—Bien. Eso está muy bien. Es muy sensato de su parte. Quizá más tarde
será posible —el ternero cebado— pero ahora tenemos que ser sensatos.
¿Comprende? ¿Leche?
—Gracias.
—Por ejemplo: usted dice que huyó. Hacia el mar, supongo.
—Sí.
—¿En qué barco?
—El Ira Jones. Estaba anclado en el puerto de Westover.
—Fué como polizón, por supuesto.
—Sí.
—¿Y a dónde lo llevó el barco? —preguntó Mr. Sandal, tomando notas y
comenzando a sentir que no lo estaba haciendo tan mal, después de todo.
Nunca había estado en peor situación y ya no quedaba ninguna esperanza de
tomar el tren de las 5.15.
—A las Islas del Canal. San Helier.
—¿Lo descubrieron a bordo?
—No.
—¿Desembarcó en San Helier, sin que lo descubrieran?
—Sí.
—¿Y allí?
—Tomé el barco para Saint-Malo.
—¿Otra vez como polizón?
—No, pagué el pasaje.
—¿Recuerda el nombre del barco?
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—No; era el servicio regular de vapores.
—Ya veo. ¿Y luego?
—Viajé en ómnibus. Los ómnibus siempre me parecieron más excitantes
que la vieja camioneta rural de Latchetts, pero nunca había tenido
oportunidad de viajar en ellos.
—La camioneta rural… Ah, sí —dijo Mr. Sandal; y escribió: “Recuerda el
coche”—. ¿Y luego?
—Déjeme pensar. Trabajé en el garage de un hotel en un lugar llamado
Villedieu.
—¿Recuerda el nombre del hotel, por casualidad?
—El Delfín, creo. Después atravesé el país y me quedé en El Havre. Allí
conseguí un empleo como ayudante de cocina en un vapor volandero.
—¿Recuerda el nombre?
—¡Nunca lo olvidaré! Se llamaba Barfleur. Me uní a la tripulación con el
nombre de Farrar. F-a-r-r-a-r. Seguí hasta que llegamos a Tampico. Luego
continué hacia el Norte, siempre trabajando, hacia los Estados Unidos.
¿Prefiere que le escriba los nombres de los establecimientos en que trabajé
allí?
—Muy amable. Aquí hay… ah, tiene lapicera. Si me hiciera el favor de
escribirlos aquí, en una lista. Gracias. ¿Y regresó a Inglaterra…?
—El dos del mes pasado. En el Philadelphia. Como pasajero. Alquilé una
habitación en Londres y he vivido en ella desde entonces. Le daré la
dirección; también querrá verificar eso.
—Sí, gracias. Sí. —Mr. Sandal tenía la extraña sensación de que el joven
— que después de todo estaba a prueba, por así decirlo— era quien dominaba
la situación, y no él, como habría correspondido. Trató de darse ánimos.
—¿Ha tratado de comunicarse con su… quiero decir, con Miss Ashby?
—No, ¿es difícil? —preguntó el joven, tranquilamente.
—Lo que quiero decir es…
—No he hecho nada con respecto a mi familia, si a eso se refiere. Pensé
que era mejor así.
—Muy prudente, muy prudente. —Otra vez se veía forzado a adoptar la
actitud de coro—. Me comunicaré inmediatamente con Miss Ashby y la
informaré de su visita.
—Sí, dígale que estoy vivo.
—Sí. Exactamente. —¿Se estaría burlando de él? Seguramente que no—.
¿Seguirá viviendo en el mismo lugar, mientras tanto?
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—Sí, estaré allí. —El joven se puso de pie, privándole otra vez de tomar
la iniciativa.
—Si sus credenciales son buenas —dijo Mr. Sandal, tratando de mostrarse
severo—, seré el primero en darle la bienvenida a Inglaterra y a su hogar. A
pesar de que al abandonarlo sumió a todos en un profundo dolor. No puedo
explicarme por qué no se comunicó con su familia hasta ahora.
—Quizá me gustaba estar muerto.
—¡Estar muerto!
—De cualquier manera, siempre le resulté inexplicable, ¿no es así?
—¿A mí?
—Pensó que lloraba porque tenía miedo, aquel día, en Olympia, ¿no es
así?
—¿Olympia?
—No era por eso ¿sabe? Sino porque los caballos eran tan hermosos.
—¡Olympia! Quiere decir… Pero eso fué… ¿Entonces, recuerda…?
—Espero que me avise, Mr. Sandal, cuando haya verificado mi
declaración.
—¿Qué? Oh, sí, sí, seguramente. —¡Dios!, él mismo se había olvidado de
la fiesta infantil en el Tournament. Quizá había sido demasiado cauteloso. Si
este joven —el dueño de Latchetts—, ¡qué espanto! Quizá no debería haberse
mostrado tan…
—Espero que no piense… —comenzó.
Pero el joven había partido, con la misma fría decisión y un breve
movimiento de cabeza en dirección a Mercer.
Mr. Sandal se sentó en la oficina interna y se secó la frente.
Y Brat se sorprendió, mientras se alejaba por la calle, de sentirse
alborozado. Había esperado estar nervioso y un poco avergonzado. Pero no
ocurrió nada por el estilo. Era una de las cosas más excitantes que había
hecho en su vida. Una experiencia maravillosa, como bailar en la cuerda floja.
Se había sentado allí, en la oficina, y mintió, y todo fué tan emocionante que
ni siquiera tuvo conciencia de que mentía. Era como montar un animal ladino;
la misma sensación de cautela y tensión; la misma satisfacción al evitar que
un movimiento inesperado lo destruyera. Pero ninguna de esas experiencias le
había proporcionado la misma excitación mental, aquel resplandor de la
hazaña realizada. Estaba embriagado.
Y enormemente sorprendido.
“De modo que esto”, pensó, “es lo que hace que los criminales continúen
su antigua vida cuando no tienen ya necesidad material de hacerlo. Esa
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emoción extraña y fascinadora, y la gloria subsiguiente de la proeza lograda.”
Fué a tomar el té, de acuerdo con las instrucciones de Loding; pero no
pudo probar bocado. Se sentía como si ya hubiera comido y bebido. Ninguna
de sus experiencias anteriores había tenido ese efecto extrañamente
satisfactorio. Normalmente, después de una de las cosas excitantes que
ofrecía la vida —montar, hacer el amor, rescatar, salvar un peligro— se sentía
vorazmente hambriento. Pero ahora, todo lo que podía hacer era sentarse y
contemplar la comida frente a él, deslumbrado por su propia felicidad. El
resplandor interno no dejaba lugar para la comida.
Nadie lo había seguido al restaurante, y nadie parecía interesarse por él.
Pagó la cuenta y salió. Ningún ser humano holgazaneaba por los
alrededores; la calle era un largo arroyo de gente apurada. Se dirigió hacia un
teléfono, en Victoria.
—Y bien —dijo Loding—, ¿cómo le fué?
—Maravillosamente.
—¿Ha estado bebiendo?
—No. ¿Por qué?
—Es la primera vez que le oigo usar un superlativo.
—Sencillamente, estoy contento.
—Mi Dios, debe estarlo. ¿Se le nota?
—¿Se me nota?
—¿Hay algún débil cambio en su cara imperturbable?
—¿Cómo puedo saberlo? ¿No quiere que le cuente qué pasó?
—Ya sé lo más importante.
—¿Qué es?
—Que no lo arrestaron.
—¿Esperaba eso?
—Siempre existía la probabilidad. Pero no creí que lo detuvieran. No, si
tenemos en cuenta nuestras inteligencias combinadas.
—Gracias.
—¿El viejo se cayó de espaldas?
—No. Casi se cae de nariz. Se está portando muy correctamente.
—Todo tendrá que ser investigado.
—Sí.
—¿Cómo lo recibió?
—Creyó que era Simon.
Oyó la risa divertida de Loding.
—¿Se arregló para utilizar la fiesta en el Tournament?
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—Sí.
—Por Dios, no se ponga monosilábico conmigo. ¿Tuvo que forzar la
situación?
—No, encajó perfectamente.
—¿Lo impresionó?
—Se quedó sin habla.
—¿Pero no se convenció a pesar de todo?
—No me quedé para verlo. Ya estaba camino a la puerta.
—¿Quiere decir que ésas fueron sus últimas palabras? Amigo, me saco el
sombrero. Es usted una maravilla perecedera. Pensé que después de convivir
con usted durante una quincena estaba empezando a conocerlo. Pero todavía
me sorprende.
—Me sorprendo a mí mismo, si eso le sirve de consuelo.
—Me parece que percibo un matiz de amargura en esas palabras.
—No. Simplemente sorpresa. Eso es todo.
—Ah, bien; no nos veremos por algún tiempo. Ha sido un privilegio
conocerlo. Nunca oiré hablar de Kew Gardens sin pensar tiernamente en
usted. Y confío, claro, en que nuestra relación me proporcionará otros
privilegios en el futuro. Mientras tanto, no me llame por teléfono, a menos
que no tenga otra alternativa. Usted sabe todo lo que puedo enseñarle. Desde
ahora en adelante depende de sí mismo.
Loding tenía razón; lo había instruido extraordinariamente bien. Durante
toda una quincena, desde las primeras horas de la mañana hasta las siete de la
tarde, lloviera o brillase el sol, se habían instalado en Kew Gardens,
repasando las costumbres de Latchetts y Clare, las historias de los Ashby y
los Ledingham, la posición de una propiedad que nunca había visto. Y todo
eso también había sido excitante. Siempre fué lo que se llama bueno en los
exámenes; y siempre se enfrentó a un examen con el mismo débil placer con
que un adicto llega a una audición de preguntas y respuestas. Y esos días en
Kew Gardens habían sido una gloriosa audición de preguntas y respuestas.
Sin duda, los últimos días tuvieron algo de esa misma excitación de bailar en
la cuerda floja que sintió esa tarde. “¿Con qué brazo arrojaba la bola?” “Vaya
a los establos por la puerta lateral.” “¿Le gustaba cantar?” “¿Sabía tocar el
piano?” “¿Quién vivía en el pabellón de Clare?” “¿De qué color era el cabello
de su madre?” “¿Cómo hizo su fortuna su padre, además de la propiedad?”
“¿Cuál era el nombre de la firma?” “¿Cuál era su plato favorito?” “¿Cómo se
llamaba el dueño de la tienda de comestibles de la aldea?” “¿Dónde está el
banco de los Ashby, en la iglesia?” “Vaya de la sala grande a la despensa, en
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Clare.” “¿Cómo se llamaba el ama de llaves?” “¿Sabía andar en bicicleta?”
“¿Qué se ve desde la ventana sur de la buhardilla?” Loding le disparaba las
preguntas a lo largo de los días, y al principio había sido entretenido, y luego
excitante, evitar los errores.
Kew Gardens era idea de Loding. “Desde el momento en que llegó a
Londres, su vida será sometida a una severísima investigación, si me perdona
el clisé. De modo que no puede venir a vivir conmigo, como le sugerí. Ni
puedo ir a verlo a su habitación en Pimlico. Debe continuar como hasta ahora,
sin recibir visitas.”
Y así surgió la idea de Kew Gardens. Loding le explicó que Kew Gardens
era un refugio perfecto y un magnífico campo de tiro. En ninguna otra parte
de Londres se podía distinguir una figura que se aproximara desde tanta
distancia, y sin que uno mismo fuera visto. Ningún otro sitio de Londres
ofrecía una variedad tal de lugares donde citarse, ni la misma serena quietud.
Todas las mañanas llegaban separadamente, por diferentes entradas; se
encontraban cada vez en un sitio nuevo y se dirigían hacia zonas siempre
distintas; y allí, durante dos semanas, Loding lo había preparado con
fotografías, mapas, planos, dibujos y diagramas hechos a lápiz. Comenzó con
un mapa geodésico de una pulgada de Clare y sus alrededores, pasó luego a
uno de mayor tamaño, y, finalmente, a los planos de la casa; de modo que fué
como descender en un avión. Primero, la distribución del terreno; luego, los
detalles de los cultivos y los jardines; y, por último, el primer plano de la
casa, de manera que el conjunto estaba ya en su mente desde el comienzo y
sólo restaba grabar los detalles. Fué una enseñanza metódica y cuidadosa, y
Brat la apreciaba en todo su valor.
Pero, claro está, las fotografías proporcionaron la mejor información. Y,
aunque parezca extraño, no fué la fotografía de su hermano mellizo la que
atrajo su atención, después de examinarlas todas. Simon era
extraordinariamente parecido a él, por supuesto; y le produjo una sensación
rara, casi de incomodidad, contemplar ese rostro tan similar al suyo. Pero no
fué Simon quien despertó su interés, sino el niño desaparecido; el muchachito
cuyo lugar iba a ocupar. Se sentía extrañamente identificado con Patrick.
Esto le sorprendió. Tendría que haberse sentido culpable al pensar en
Patrick. Pero sólo tenía hacia él un sentimiento de adhesión, casi de alianza.
Mientras cruzaba el patio, en Victoria, después de hablar por teléfono, se
preguntó qué le habría impulsado a atribuir las lágrimas de Patrick a esa
causa. Loding sólo le contó que nadie sabía por qué había llorado Patrick
(tenía siete años en esa época) y que el viejo Sandal se disgustó y jamás
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volvió a salir con los chicos. Loding se lo había contado para que lo utilizase
cuando le pareciera conveniente. ¿Qué le impulsó a decir que Patrick había
llorado porque los caballos eran tan hermosos? ¿Era ésa, quizá, la razón?
Bien, ya no podía echarse atrás, aunque quisiese. La insistente voz que en la
oscuridad de su habitación hizo lo posible por tentarlo, ya lo había
conseguido. Todo lo que podía hacer era afirmarse en la montura y confiar en
que todo saldría bien. Pero por lo menos sería una de esas cabalgatas que
quitan el aliento, violenta y sin igual. Estaba acostumbrado a arriesgar su vida
y sus miembros, pero este nuevo peligro mental, esta lucha de ingenios, era
mucho más excitante.
Un peligro para su alma inmortal, como dirían en el asilo. Pero nunca
creyó en su alma inmortal.
No podía llegar a Latchetts como un chantajista, ni iría a suplicar nada,
sino que iría, ¡maldito sea!, como un conquistador.
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VII
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no nombrar a Patrick en esas circunstancias. Y un día, Bee lo sorprendió
preparando una fogata en el sitio donde los chicos jugaban a los indios y
hacían sus campamentos, detrás de los matorrales, y sobre el fuego estaban
los juguetes y otros objetos que habían pertenecido a Patrick. Notó que hasta
sus cuadernos alimentarían las llamas. Libros, y dibujos infantiles, y el tonto
caballito que colgaba en el extremo de su cama; Simon lo estaba quemando
todo.
Se enfureció al verla. Se interpuso entre ella y el fuego, como acorralado,
y la miró con ferocidad.
“No quiero verlos por aquí”, dijo casi a gritos.
“Comprendo, Simon.” Y Bee se alejó.
De modo que no quedaba nada de Patrick en el antiguo cuarto de los
niños, bajo el alero; y de los otros chicos no había mucho, después de todo.
En la época en que Bee lo ocupaba, el cuarto era feo e individual, y estaba
amueblado, en su mayor parte, con piezas rechazadas en otras habitaciones de
la casa. Tenía un linóleo con diseños, y una raída alfombrilla y un reloj de
cucú, y desvencijados silloncitos y un caballo para colgar ropa mojada, y una
mesa de pino cubierta por una carpeta roja, acordonada, con flores bordadas y
manchada de tinta; y huellas coloreadas de Bubbles, y otras obras maestras
por el estilo, colgadas sobre el empapelado con grandes rosas rojas. Pero Nora
lo había vuelto a decorar, y se convirtió en la ilustración de una revista de
decoración de interiores, en azul marino y blanco, con las paredes cubiertas
por un papel con personajes de rondas infantiles. Sólo quedaba el reloj de
cucú.
Los chicos fueron felices allí, pero no dejaron señales de su paso. Ahora
que estaba vacía y arreglada, parecía algo expuesto en el escaparate de una
mueblería.
Había regresado a su habitación, decepcionada y dolorida, dispuesta a
preparar una pequeña valija para la mañana siguiente. Debía viajar a la ciudad
y enfrentarse con esa emergencia, nueva en la historia de los Ashby.
“¿Usted cree que es Patrick?”, había preguntado.
Pero Mr. Sandal no podía asegurarle nada.
“No tiene el aire de un impostor”, admitió. “Y si no es Patrick, ¿quién es,
entonces? El aire de familia de los Ashby ha sido siempre anormalmente
fuerte. Y no hay ningún otro hijo de esta generación.”
“Pero Patrick habría escrito”, dijo Bee.
Éste era el pensamiento que siempre rondaba su mente. Patrick nunca la
hubiera dejado sufrir y dudar todos esos años. Habría escrito. No podía ser
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Patrick.
Pero si no era Patrick, ¿quién era?
Su mente daba vueltas y vueltas, descendiendo y girando.
“Usted podrá juzgar mejor”, había dicho Mr. Sandal. “Usted es quien
mejor lo conocía.”
“También Simon”, respondió.
“Pero Simon era una criatura entonces, y los niños olvidan, ¿no es así?
Usted era mayor.”
De modo que tenía que asumir la responsabilidad. ¿Pero cómo podía ella
saber? Ella, que lo había querido tanto, pero que apenas podía recordar qué
aspecto tenía a los trece años. ¿Qué prueba habría?
¿O se advertiría en cuanto lo viera, de que era Patrick? ¿O de que… no lo
era?
¿Y qué ocurriría si no era Patrick e insistía en afirmar lo contrarío? ¿Haría
una demanda? ¿Iniciaría una acción legal? ¿Los arrastraría a la publicidad de
los diarios?
Y si era Patrick, ¿cómo reaccionaría Simon? ¿Cómo tomaría la
resurrección de un hermano a quien no veía desde ocho años atrás? La
pérdida de una fortuna. ¿Se alegraría, a pesar de ello, u odiaría a su hermano?
Era evidente que tendrían que postergar la celebración de la mayoría de
edad. No resultaba posible decidir algo antes de esa fecha. ¿Qué excusa
darían?
Pero, ¡oh!, si por algún milagro fuera Patrick, se libraría del obsesionante
horror de pensar en la criatura que se había arrepentido demasiado tarde.
Su mente descendía y giraba aún, cuando ascendió las escaleras de las
oficinas de Cosset, Thring y Noble.
—Ah, Miss Ashby —dijo Mr. Sandal—. ¡Qué terrible dilema! Sin
precedentes en… Tome asiento, por favor. Debe de estar agotada. Una prueba
espantosa para usted. Siéntese, siéntese. Mercer, un poco de té para Miss
Ashby.
—¿Dijo por qué no escribió durante estos años? —preguntó; era todo lo
que la preocupaba.
—Dijo algo así como que “quizá prefería estar muerto”.
—Oh.
—Un problema psicológico, sin duda alguna —dijo Mr. Sandal, tratando
de consolarla.
—¿Entonces, cree que es Patrick?
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—Quiero decir, si es efectivamente Patrick, que su preferencia por estar
muerto y su huida habrán surgido, sin duda, de la misma dificultad
psicológica.
—Sí. Ya veo. Supongo que es así. Sólo que… no es propio de Patrick. Me
refiero a no escribir.
—Su huida tampoco fué propia de él.
—Sí, eso es. Huir no estaba en su naturaleza, por cierto. Era una criatura
sensible, pero muy valiente. Algo muy grave debió ocurrirle. —Permaneció
silenciosa un instante—. Y ahora ha vuelto.
—Así esperamos; así esperamos.
—¿Le pareció completamente normal?
—Excesivamente —respondió Mr. Sandal, con un asomo de aspereza en
su tono.
—Traté de encontrar fotografías de Patrick, pero ésta es la más reciente
que pude hallar. —Sacó la fotografía de conjunto—. Los chicos se sacaban
regularmente estas fotos cada tres años, desde que nacieron. Ésta es la última.
La próxima se la hubieran sacado en el verano en que Bill y Nora murieron el
año en que Patrick… desapareció. Patrick tiene diez años, aquí.
Observó a Mr. Sandal mientras éste estudiaba la carita inmatura.
—No —dijo por fin—. Es imposible decidir nada por una fotografía tan
antigua. Como le dije antes, el aire de familia es muy marcado. A esa edad no
son nada más que pequeños Ashby, ¿no es así? Sin mayor individualidad. —
Levantó los ojos de la fotografía, y continuó—: Confío en que cuando vea al
muchacho no le quedará ya la menor duda. Después de todo, no es sólo una
cuestión de parecido, ¿no es verdad? Hay una cuestión de… de personalidad.
—¿Pero… pero y si no estoy segura? ¿Qué ocurrirá entonces?
—Creo tener una solución para eso. Anoche cené con mi joven amigo
Kevin Macdermott.
—¿El K. C.[4]?
—Sí. Yo estaba muy preocupado, como podrá imaginar, y le expliqué en
qué consistía el problema. Me alivió mucho al asegurarme que la
identificación sería un asunto muy sencillo. Es cuestión de dientes,
simplemente.
—¿De dientes? Pero Patrick tenía dientes comunes.
—Sí, sí. Pero lo atendería algún dentista, y los dentistas tienen archivos.
Además, casi todos ellos tienen una especie de memoria visual, según tengo
entendido, de las dentaduras que han tratado —un pensamiento muy
desagradable— y prácticamente pueden reconocerlas de un vistazo. Pero los
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archivos demostrarán sin duda… —captó la expresión de los ojos de Bee y se
detuvo—. ¿Qué ocurre?
—Hadmond atendía a los chicos.
—¿Hadmond? ¿Y bien? Es bastante simple, ¿no es así? Si no puede
identificar positivamente al joven como Patrick, todo lo que tenemos que
hacer es… —Se interrumpió—. ¡Hadmond! —dijo despacio—. ¡Oh!
—Sí —agregó Bee, en el mismo tono.
—Dios mío, ¡qué desgracia! ¡Qué tremenda desgracia!
En el silencio que siguió, Mr. Sandal dijo, sintiéndose muy poco
satisfecho consigo mismo:
—Es mi obligación decirle que Kevin Macdermott piensa que el joven
miente.
—¿Y qué puede saber Mr. Macdermott sobre el asunto? —exclamó Bee,
enojada—. ¡Ni siquiera lo ha visto! —Y como Mr. Sandal seguía aplastado en
silencio, en su silla, agregó—: ¿Y bien?
—No es nada más que la opinión de Kevin sobre el asunto.
—Lo sé, pero, ¿por qué lo pensaba?
—Dijo que era… era “ridículo ir directamente a ver al abogado”.
—¡Qué estupidez! Fué lo más sensato que podía hacer.
—Sí. Ésa es la cuestión. Demasiado sensato. Demasiado conveniente.
Kevin cree que todo era demasiado conveniente para su gusto. Dijo que un
muchacho que regresa después de tantos años hubiera ido directamente a su
casa.
—Entonces no conoce a Patrick. Esto es exactamente lo que él hubiera
hecho: preparamos suavemente, yendo primero a visitar al abogado de la
familia. Siempre fué la más considerada y generosa de las criaturas. El
análisis del inteligente Mr. Macdermott no me merece demasiado respeto.
—Pensé que era mi deber contarle todo —dijo Mr. Sandal, sintiéndose
cada vez peor.
—Sí, por supuesto —dijo Bee, amablemente, recobrando el control—.
¿Le contó a Mr. Macdermott que Patrick…, que el muchacho se acordaba de
haber llorado en Olympia? Me refiero a que proporcionó la información
espontáneamente.
—Sí, lo hice.
—¿Y aun así pensó que el muchacho mentía?
—Dijo que era una parte de ese exceso de perfección la que no le gustaba.
Bee emitió un bufido.
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—¡Qué mente! —exclamó—. Supongo que es el resultado de la práctica
judicial.
—Es objetivo, eso es todo. No tiene ningún interés de orden afectivo en el
asunto, como nosotros. A nosotros nos corresponde tratar de ser objetivos.
—Sí, claro —dijo Bee, apaciguada—. Bien, ahora el pobre Hadmond no
puede ayudarnos. Nunca lo encontraron, ¿sabía? Todo quedó reducido a
polvo.
—Sí. Sí, eso había oído, pobre tipo.
—Como no hay ninguna evidencia física, creo que tendremos que
basarnos en su relato. En lo que resulte de la investigación, quiero decir.
Supongo que eso puede hacerse.
—Oh, muy fácilmente. Ha sido muy honesto; me proporcionó fechas y
nombres. Eso es lo que a Kevin le parece tan… Sí, sí. Claro está que puede
verificarse. Y estoy seguro de que la investigación confirmará su relato. No
nos habría proporcionado informaciones cuya falsedad pudiera descubrirse.
—De modo que no hay nada que esperar por ese lado.
—No, yo… No.
Bee se hizo valiente.
—¿Para cuándo puede arreglar el encuentro?
—Bien… he estado pensando sobre eso y no creo que convenga arreglar
nada.
—¿Cómo?
—Lo que me gustaría hacer, con su permiso y su cooperación, es
sorprenderlo, por así decir. Ir a verlo sin avisarle. De modo que usted pueda
verlo tal como es, y no como él quiere que lo vea. Si lo citamos aquí en la
oficina, él…
—Comprendo. Estoy de acuerdo. ¿Podemos ir ahora?
—No veo ningún inconveniente. En realidad no hay ninguna razón para
no hacerlo —dijo Mr. Sandal con el tono pesaroso que usan los abogados
cuando no pueden encontrar ninguna razón en contra—. Existe la posibilidad
de que haya salido. Pero por lo menos podemos intentarlo. ¡Ah, aquí está el
té! Tómelo mientras Mercer le pide a Simpson que Willet nos consiga un taxi.
—¿No tendría algo más fuerte? —preguntó Bee.
—Temo que no; temo que no. Nunca he sucumbido a la costumbre
transatlántica de tener bebidas en la oficina. Pero Willet puede conseguir lo
que…
—Oh, no, gracias; está bien. Tomaré el té. Dicen que tiene un efecto
duradero, de todos modos.
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La expresión de Mr. Sandal revelaba que le hubiera gustado palmearla
alentadoramente, pero no podía decidirse a hacerlo. “Era realmente un
hombrecito muy bueno”, pensó Bee, “sólo que no constituía un gran apoyo.”
—¿Le explicó por qué eligió el apellido Farrar? —preguntó, cuando
estuvieron instalados en el taxi.
—No explicó nada —dijo Mr. Sandal, nuevamente con aspereza.
—¿Le pareció que andaba escaso de dinero?
—No habló de dinero, pero estaba muy bien vestido, aunque no
demasiado de acuerdo con nuestra moda.
—¿No insinuó nada sobre un préstamo?
—Oh, no. Dios mío, no.
—Entonces no es por eso que ha vuelto —dijo Bee, algo aliviada. Se
reclinó contra el asiento y se aflojó un poco. Quizá todo iba a salir bien.
—Nunca he podido entender por qué Pimlico descendió tan rápidamente
en la escala social —dijo Mr. Sandal, rompiendo el silencio mientras viajaban
a lo largo de avenidas con presuntuosas entradas—. Tiene calles hermosas y
anchas, poco tránsito y su reputación no es peor que la de sus vecinos. ¿Por
qué lo habrán abandonado las familias acomodadas que permanecieron, sin
embargo, en Belgravia? Muy intrigante.
—Hay una especie de contagio en lo que se refiere a estos abandonos —
dijo Bee, tratando de seguirlo en esa charla insustancial—. La Dama
Todopoderosa local origina la corriente al partir, y el resto, en orden
decreciente de importancia, sigue su estela. Y la gente pobre afluye por todos
lados para llenar el vacío. ¿Es aquí?
La consternación volvió a apoderarse de ella mientras contemplaba el
lúgubre frente de la casa; la pintura descascarada y el estuco cubierto de
manchas, la variedad de cortinas parduscas en las ventanas, los escalones sin
barrer que conducían a la puerta de calle y el borroneado número de la casa
sobre el espantoso pilar.
La puerta de calle estaba abierta, y entraron.
En el vestíbulo, una tarjeta distinta en cada puerta proclamaba el hecho de
que cada habitación se alquilaba separadamente.
—La dirección dice 59 K —comentó Mr. Sandal—. Supongo que K se
refiere a la habitación.
—Comienzan en la planta baja y aumentan hacia arriba —dijo Bee—. La
de mi lado es B. —De modo que subieron—. H —agregó Bee, escudriñando
una puerta en el primer piso—. Es en el próximo.
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El segundo piso era también el último. Se detuvieron en el oscuro
descanso, notando el silencio. “Ha salido”, pensó Bee, “ha salido, y tendré
que pasar por todo esto otra vez.”
—¿Tiene un fósforo? —dijo.
—I y J —leyó en las dos puertas del frente.
Entonces era la del fondo.
Se quedaron quietos en la oscuridad, por un instante, mirándola fijamente.
Luego Mr. Sandal se adelantó con decisión y golpeó.
—¡Adelante! —dijo una voz. Era una voz profunda y joven,
completamente distinta de los tonos ligeros y sofisticados de Simon.
Bee, que era media cabeza más alta que Mr. Sandal, podía ver por encima
de su hombro; y su primera sensación fué de sorpresa al darse cuenta de que
era mucho más parecido a Simon de lo que Patrick había sido nunca. Su
mente estaba llena de imágenes de Patrick, imágenes vagas y borrosas que
trataba de aclarar para poder compararlas con la realidad adulta. Todo su ser
estuvo obsesionado con Patrick durante las últimas veinticuatro horas.
Y ahora se encontraba con alguien idéntico a Simon.
El muchacho abandonó su asiento en el borde de la cama y sin apuro o
turbación sacó la mano izquierda de la media que había estado zurciendo. No
podía imaginarse a Simon zurciendo una media.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió Mr. Sandal—. Espero que no le moleste: le he
traído una visita. —Se hizo a un lado para dejar entrar a Bee—. ¿La conoce?
El corazón de Bee martilló contra las costillas mientras sus ojos
enfrentaban la mirada clara, y calmosa del joven, y esperaba que la
identificara.
—Se peina de otro modo —dijo.
Sí, la moda en el peinado había cambiado completamente en esos ocho
años; tenía que notar la diferencia.
—¿La reconoce, entonces? —dijo Mr. Sandal.
—Por supuesto. Es tía Bee.
Esperó que se acercara a saludarla, pero él no hizo movimiento alguno.
Después de un momento se volvió para encontrarle un asiento.
—Temo que haya solamente una silla. Servirá si no se apoya demasiado
—dijo, acercando una de esas sillas duras con un negro respaldo curvo y el
asiento color tostado con pequeños orificios. Bee se alegró de poder sentarse.
—¿Le importa ubicarse en la cama? —preguntó a Mr. Sandal.
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—Gracias, me quedaré de pie, gracias —se apresuró a responder Mr.
Sandal.
Bee pensó que los detalles de su rostro no eran como los del de Simon,
mientras observaba al joven clavar cuidadosamente la aguja en la media. Su
aspecto general era el mismo; pero cuando se lo estudiaba con cuidado, la
sorprendente semejanza se desvanecía y sólo quedaba el aire de familia.
—Miss Ashby no podía esperar hasta que arregláramos un encuentro en la
oficina, de modo que la traje —dijo Mr. Sandal—. Usted no parece
especialmente… —Dejó que la frase hablara por sí misma.
El joven dirigió a Bee una mirada seria, pero amistosa y dijo:
—No estoy muy seguro del recibimiento.
Era un rostro curiosamente inmóvil. Como los que dibujan los chicos,
ahora que pensaba en ello. Todo en el lugar correspondiente y con las
proporciones apropiadas, pero sin animación. Hasta sus labios tenían esa línea
recta y firme que constituye la versión infantil de una boca.
Cruzó la habitación para dejar las medias sobre la mesa de luz y Bee se
dió cuenta de que rengueaba.
—¿Se lastimó la pierna? —preguntó.
—Me la rompí. En los Estados Unidos.
—¿Y no le hace mal caminar si aun no está sana del todo?
—Oh, no me duele —dijo—. Tan sólo es más corta.
—¡Corta! ¿Para siempre?
—Así parece.
Notó que sus labios eran sensibles a pesar de su delgadez, y lo habían
vendido al decir eso.
—Pero algo habrá que se pueda hacer —dijo—. Quiere decir que se la
arreglaron mal. Supongo que el cirujano no era muy bueno.
—No me acuerdo del cirujano. Quizá perdí el conocimiento. Hicieron
todo lo necesario: colgaron pesos en el extremo y todas esas cosas.
—Pero, Pat… —comenzó, y no pudo completar el nombre.
—No tiene que darme ningún nombre hasta que esté segura —dijo él,
rompiendo el silencio embarazoso.
—La cirugía hace milagros hoy en día —dijo Bee, recuperándose—.
¿Cuánto hace que ocurrió?
—No estoy seguro. Supongo que un par de años.
Con la excepción de la a abierta estadounidense, su acento no tenía
ninguna particularidad.
—Bien, veremos qué se puede hacer. Fué un caballo, ¿no es así?
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—Sí. No fuí bastante rápido. ¿Cómo supo que fué un caballo?
—Usted le dijo a Mr. Sandal que había trabajado con caballos. ¿Le
gustaba? “La misma charla insustancial que en el tren”, pensó Bee.
—Es la única vida que me gusta.
Bee olvidó la charla insustancial.
—¿En serio? —dijo, complacida—. ¿Qué clase de caballos eran los del
Oeste?
—Eran mestizos, en su mayoría. Excelentes para su trabajo, lo cual,
después de todo, es ser un buen caballo, supongo. Pero cada tanto aparecía
uno de raza. Algunos eran maravillosos. Más… más individuales que los
caballos ingleses, si mal no recuerdo.
—Quizás en Inglaterra les hacemos perder la individualidad. No había
pensado en eso. ¿Tenía un caballo propio?
—Sí. Smoky.
Percibió un cambio en su voz al decirlo. Tan audible como la nota
desafinada de una campana rajada, en un repique.
—¿Un tordillo?
—Sí, un tordillo oscuro con puntos blancos. No un hierro oscuro, sino un
color suave, ahumado. Cuando tenía un berrinche parecía una nube de humo
girando.
Una nube de humo girando. Bee podía imaginárselo. Tenía que haberlos
amado mucho para poder verlos así. Tenía que haber amado particularmente a
su Smoky.
—¿Qué fué de Smoky?
—Lo vendí.
No quería intrusos. Muy bien, no se entrometería. Probablemente había
tenido que venderlo cuando se rompió la pierna.
Comenzó a desear con toda su alma que fuera Patrick.
Este pensamiento la hizo volver a esa situación real que había comenzado
a perder de vista. Dirigió una irresoluta mirada a Mr. Sandal. Él, captando su
súplica, dijo:
—Miss Ashby está dispuesta a responder por usted, sin duda, pero tiene
que comprender que el asunto requiere una mayor clarificación. Si se tratara
simplemente del retorno del hijo pródigo, bastaría la aceptación de su tía para
devolverlo al seno de su familia. Pero en este caso hay también una cuestión
de propiedad. De saber quién será el definitivo poseedor de una fortuna. Y la
ley exigirá pruebas incontrovertibles de su identidad, antes de permitir que
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usted entre en posesión de algo que haya pertenecido a Patrick Ashby. Espero
que comprenda nuestra posición.
—Entiendo perfectamente. Me quedaré aquí hasta que hayan llevado a
cabo las investigaciones y estén satisfechos.
—Pero no puede quedarse aquí —dijo Bee, contemplando con aversión la
habitación y la selva de chimeneas más allá de la ventana.
—He vivido en sitios mucho peores.
—Quizá. Ése no es un motivo para quedarse aquí. Si necesita algún dinero
podemos adelantárselo.
—Me quedaré aquí, gracias.
—¿Está tratando de mostrarse independiente?
—No. Es un sitio muy tranquilo. Y cómodo. Y maravillosamente aislado.
La soledad se convierte en algo muy valioso cuando se ha vivido en
dormitorios comunes.
—Muy bien, quédese aquí. ¿Podemos proporcionarle alguna otra cosa?
—Un traje me vendría muy bien.
—Muy bien. Mr. Sandal le adelantará lo que necesite para eso. —
Súbitamente se dió cuenta de que causaría una complicación si iba al sastre de
los Ashby. De modo que agregó—: Y le dará la dirección de su sastre.
—¿Por qué no Walters? —preguntó el joven.
Por un momento no pudo hablar.
—¿No trabaja más?
—Oh, sí; pero habría que dar demasiadas explicaciones si fuera a Walters.
—Tenía que controlarse. Cualquiera podía averiguar quién había sido el sastre
de los Ashby.
—Ah, sí. Ya entiendo.
Bee siguió hablando de cosas sin importancia y se dispuso a partir.
—No hemos dicho nada a la familia acerca de esto —dijo mientras se
preparaba para irse—. Pensamos que sería mejor así hasta que las cosas se…
se clarifiquen, como dice Mr. Sandal.
Un destello divertido brilló en los ojos del joven. Durante un instante se
aliaron en una secreta risa.
—Comprendo.
Bee se dirigió a la puerta. El joven estaba de pie en medio de la
habitación, observándola partir y dejando que Mr. Sandal la acompañara hasta
la puerta. Parecía distante y solitario. Y Bee pensó: “Si fuera Patrick, Patrick
que vuelve a su hogar, y yo me separara de él así, como de un conocido
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casual…” La idea de la soledad del muchacho fué más de lo que podía
soportar.
Se acercó a él, le tomó suavemente el rostro con su mano enguantada y lo
besó en la mejilla.
—Bienvenido, querido muchacho —le dijo.
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VIII
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razonables; y los de Navidad no eran más que la respuesta de las jugueterías a
los pedidos que se les enviaban.
Pero los regalos del tío abuelo Charles no tenían nada que ver con la razón
o con los límites. En una ocasión envió un juego de palillos chinos que
perturbaron la disciplina del cuarto de los niños durante una semana. Otra vez
mandó una piel de serpiente; la gloria de ser su poseedor había tenido
mareado a Simon muchos días. Y Eleanor aun entraba y salía del cuarto de
baño con un par de pantuflas de cuero que tenían un olor muy extraño y que
había recibido para su duodécimo aniversario. Por lo menos cuatro veces por
año, el tío abuelo Charles se convertía en el factor más importante en la
familia Ashby; y cuando alguien ha sido tan importante cuatro veces por año
durante veinte años, su importancia es bastante considerable. Simon podría
rezongar, y los demás protestar un poco, pero esperarían a que llegara el tío
abuelo Charles, sin ninguna duda.
Además, Bee tenía una fuerte sensación de que Simon prefería no ofender
al último sobreviviente Ashby de su generación. Charles no era rico —había
sido demasiado generoso toda su vida—, pero gozaba de una buena situación
económica; y Simon, a pesar de su descuidada generosidad y de su fácil
encanto, era una persona excesivamente práctica.
De modo que la familia aceptaría resignadamente la postergación, y Clare
con ecuanimidad. Se consideraba correcto que los Ashby esperaran hasta que
el viejo pudiera estar presente. Bee dedicó sus ratos libres después de la
comida a cambiar la fecha de las invitaciones y a agradecer al cielo por la
clemencia del azar.
Bee no estaba bien esos días. Deseaba que el muchacho fuera Patrick;
pero sentía que sería mucho mejor para todos si se probaba que no lo era. Las
dos terceras partes de su ser deseaban que Patrick volviese; cálido, vivo y
querido; lo deseaban apasionadamente. El tercio restante tenía miedo del
cataclismo que su retorno provocaría en el mundo feliz de los Ashby. Cuando
descubría los manejos de este tercio renegado, lo condenaba y se sentía
convenientemente avergonzada de sí misma; pero no podía evitarlo. Todo eso
la distraía y malhumoraba, y Ruth, comentando el asunto con Jane, le dijo:
—¿Crees que tiene una pena secreta?
—Supongo que es algún error en las cuentas —respondió Jane—. Nunca
supo sumar.
Mr. Sandal informaba cada tanto sobre los progresos de la investigación, y
los informes eran todos iguales y monótonos. Todo parecía confirmar el relato
del joven.
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“Lo más alentador, utilizando el término en el sentido de que aumenta
nuestra confianza”, decía Mr. Sandal, “es que el joven no parece haberse
comunicado con nadie desde su arribo a Inglaterra. Ha vivido en esa dirección
desde la llegada del Philadelphia y no ha recibido cartas ni visitas. La
propietaria de la casa ocupa una de las habitaciones del frente, en la planta
baja. Es una de esas mujeres cuya única ocupación es sentarse y vigilar a sus
vecinos. Las vidas de sus inquilinos son un libro abierto para la buena señora.
Tiene también la costumbre de esperar al cartero y recibir la correspondencia
personalmente. No se le escapa nada. La descripción que hizo de mí mismo
no fué, según tengo entendido, nada halagadora, pero sí muy conmovedora
por su absoluta fidelidad. Por consiguiente, el joven no habría podido recibir a
nadie sin que ella lo supiera. Está afuera todo el día, como ocurriría con
cualquier joven en Londres. Pero no hay indicio de alguna intimidad que haga
pensar en un cómplice. No tiene amigos.”
El joven acudió de buena gana a la oficina y contestó las preguntas sin
reservas. Con el consentimiento de Bee, Kevin Macdermott asistió a una de
estas conferencias en las oficinas, y hasta él se sorprendió. “Lo que me tiene
perplejo”, dijo, “no es el conocimiento que tiene del asunto —todos los
estafadores son muy sueltos de lengua—, sino su aspecto. Francamente, no es
como esperaba. Después de un tiempo de ejercer mi profesión, uno desarrolla
un olfato especial para los impostores. Este tipo me desconcierta. No huele a
estafador, y, sin embargo, toda la situación apesta.”
Y así llegó el día en que Mr. Sandal le anunció a Bee que Cosset, Thring y
Noble estaban preparados para aceptar al demandante como Patrick Ashby,
hijo mayor de William Ashby de Latchetts, y entregarle todo lo que le
pertenecía. Sin duda habría algunas formalidades legales, puesto que su
muerte ocho años antes nunca fué confirmada, pero éstas serían de orden. En
lo que a ellos —Cosset, Thring y Noble— se refería, Patrick Ashby podía
regresar a su hogar ruando quisiera.
De modo que había llegado el momento y Bee se enfrentaba con el
problema de dar la noticia a la familia.
Su instinto la inclinaba a hablar primero con Simon, en privado; pero era
necesario evitar todo aquello que lo apartase de los demás en lo referente a la
bienvenida a su hermano. Sería mejor dar por supuesto que la noticia
proporcionaría a Simon, y a los demás, una ilimitada felicidad.
Así que un domingo después de almorzar, Bee les contó todo.
—Tengo que decirles algo que los va a sorprender mucho. Pero será una
linda sorpresa —dijo. Y procedió a relatarles la historia. Patrick no se había
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suicidado, como suponían. Había huido solamente. Y ahora estaba de regreso.
Vivió una temporada en Londres porque tenía que demostrar a los abogados
que era Patrick. Pero no tuvo ninguna dificultad en probarlo. Y ahora se
aprestaba a volver al hogar.
Evitó mirarlos mientras hablaba; era más fácil dirigirse al espacio,
impersonalmente. Pero en el sorprendido silencio que siguió a sus palabras,
miró a Simon a través de la mesa, y por un momento no lo reconoció. Ese
blanco rostro contraído, con ojos feroces, no tenía parecido alguno con el
Simon que conocía. Apartó rápidamente la mirada.
—¿Quiere decir que este nuevo hermano recibirá todo el dinero de
Simon? —preguntó Jane, con su característica falta de tacto.
—Bueno, supongo que fué algo horrible —dijo Eleanor, bruscamente.
—¿Qué?
—Huir y dejar que pensáramos que estaba muerto.
—Él no sabía que tomaríamos la nota como una prueba de que iba a
suicidarse.
—Aun así. No supimos una palabra de él por… por…, ¿cuántos años?
¿Siete? Casi ocho años. Y un buen día regresa sin avisarnos y pretende que lo
recibamos con los brazos abiertos.
—¿Es agradable?
—¿En qué sentido? —preguntó Bee, alegrándose esta vez del interés de
Ruth por algo personal.
—¿Es guapo? ¿Y habla bien? ¿O tiene un acento espantoso?
—Es sumamente guapo y no tiene ninguna clase de acento.
—¿Dónde ha estado durante este tiempo? —quiso saber Eleanor.
—En Méjico y Estados Unidos, la mayor parte de todos estos años.
—¡Méjico! —exclamó Ruth—. ¡Qué romántico! ¿Tiene un sombrero
negro de marinero?
—¿Un qué? Claro que no. Lleva un sombrero como el de todo el mundo.
—¿Cuántas veces lo viste, tía Bee? —preguntó Eleanor.
—Una solamente. Hace unas pocas semanas.
—¿Por qué no nos contaste en seguida?
—Me pareció mejor esperar hasta que los abogados terminaran con él y
estuviera listo para venir. No podían correr todos a Londres para verlo.
—No, supongo que no. Pero creo que a Simon le hubiera gustado ir a
conocerlo, ¿no es así, Simon?, y a nosotros no nos hubiese molestado.
Después de todo, Patrick era su mellizo.
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—No creo que sea Patrick —dijo Simon, con una voz apretada y
cuidadosa que era peor que un grito.
—¡Pero, Simon! —exclamó Eleanor.
Bee se hundió en un consternado silencio. Esto era peor que lo que había
imaginado.
—¡Pero, Simon! Tía Bee lo vió. Ella debe saber.
—Tía Bee parece haberlo aceptado.
Mucho peor que lo que había esperado.
—Quienes lo han aceptado, Simon, son Cosset, Thring y Noble. Espero
que estarás de acuerdo con que no es una firma muy sentimental. De haber
tenido la menor duda con respecto a su identidad, Cosset, Thring y Noble lo
hubieran descubierto en estas semanas. No han dejado de investigar un solo
día de su vida desde que dejó Inglaterra.
—¡Por supuesto que quienquiera que sea, ha llevado una vida que puede
ser investigada! ¿Qué otra cosa esperaban? ¿Pero qué motivo pueden tener
para creer que es Patrick?
—Bueno, para empezar, es tu doble.
Esto no lo esperaba, evidentemente.
—¿Mi doble? —murmuró.
—Sí. Es más parecido a ti que cuando se fué.
El rostro de Simon había recobrado el color, y la substancia que cubría sus
huesos, la apariencia de carne; pero ahora tenía una expresión estúpida, como
la de un luchador que recibe un castigo demasiado severo.
—Créeme, querido Simon —dijo—, ¡es Patrick!
—No es. Sé que no es. ¡Los está engañando!
—¡Pero, Simon! —protestó Eleanor—. ¿Por qué piensas eso? Ya sé que
no te será fácil recibir a Patrick (no lo será para nosotros tampoco), pero no
tiene sentido hacer un alboroto. Las cosas son así y tenemos que aceptarlas.
Sólo empeorarás la situación si lo rechazas.
—¿Cómo hizo este… este individuo que dice que es Patrick para llegar a
Méjico? ¿Cómo salió de Inglaterra? ¿Cuándo? ¿Y dónde?
—Salió de Westover en un barco llamado Ira Jones.
—¡Westover! ¿Quién lo dice?
—Él mismo. Y de acuerdo con lo que afirma el capitán del puerto, un
barco de ese nombre partió de Westover la noche que desapareció Patrick.
Puesto que Simon parecía haber quedado sin habla, continuó:
—Y hemos verificado todo lo que hizo desde ese momento. El hotel
donde trabajó en Normandía no existe ya, pero han encontrado el barco en
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que viajó desde El Havre: es un vapor volandero, pero pertenece a una firma
de Brest y aquellos que vieron las fotografías lo identificaron. Y lo mismo
ocurrió en todas partes hasta su regreso a Inglaterra, hasta el día en que entró
a la oficina de Mr. Sandal.
—¿Eso es lo que hizo? —preguntó Eleanor—. ¿Fué a ver al viejo Mr.
Sandal?
—Sí.
—Entonces eso prueba que es Patrick, si alguien tiene todavía alguna
duda. Aunque no me explico por qué habrían de tenerla. Después de todo,
sería muy fácil sorprenderlo si no es Patrick, ¿no es así? Con todos los
detalles familiares que no conocería…
—No es Patrick.
—Para ti es un golpe, querido Simon —dijo Bee—, y, como dice Eleanor,
no te resultará fácil. Pero creo que podrás aceptarlo cuando lo veas. Es tan
innegablemente un Ashby, y tan parecido a ti…
—Patrick no era parecido a mí.
Eleanor la salvó de tener que contestar.
—Sí se parecía, Simon. Claro que sí. Era tu hermano mellizo.
—Si yo desapareciera durante años y años, ¿creerías que yo soy yo, Jane?
—preguntó Ruth.
—Tú no te alejarías por años y años, de cualquier modo —dijo Jane.
—¿Qué te hace pensar que no?
—Volverías muy pronto.
—¿Por qué?
—Para ver qué efecto nos producía tu huida.
—¿Cuándo viene, tía Bee? —preguntó Eleanor.
—El martes. Por lo menos eso es lo que arreglamos. Pero si ustedes
prefieren postergarlo unos días…, quiero decir, hasta que se acostumbren a la
idea…
Echó una mirada en dirección a Simon, quien parecía cansado y
desconcertado. Ni en sus momentos de máximo temor pudo imaginar que la
reacción sería tan seria.
—Te equivocas si crees que me acostumbraré a la idea —dijo Simon—.
Me da exactamente lo mismo que venga el martes o cualquier otro día. En lo
que a mí respecta, no es Patrick ni lo será jamás.
Y salió de la habitación. Bee notó que se tambaleaba como si estuviera
borracho.
—Nunca he visto así a Simon —comentó Eleanor, intrigada.
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—Tendría que habérselo dicho de otro modo. Temo que sea culpa mía.
Sólo que… no quise hacer ninguna diferencia con él.
—Pero quería a Patrick, ¿no es así? ¿Por qué no se alegró? ¡Un poco,
aunque más no fuera!
—Creo que es espantoso que alguien pueda venir y ocupar el lugar de
Simon, así, de improviso —dijo Jane—. Simplemente espantoso. Y no me
extraña que Simon se haya enojado.
—Tía Bee —dijo Ruth—, ¿me puedo poner el vestido azul cuando venga
Patrick el martes?
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IX
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perfumado con una pipa que olía como una fogata apagada. “Tendría que
haber un decreto contra pipas como las de George”, había dicho su mujer, y el
presente ejemplar no constituía una excepción, por cierto. Se convirtió en otro
motivo de depresión para Bee.
Levantó la vista mientras Bee se aproximaba por el sendero y volvió a
fijar sus ojos en las lilas.
—Es un color maravilloso, ¿no es verdad? —dijo—. Es increíble que no
sea más que una ilusión óptica. Me gustaría saber de qué color es una lila
cuando nadie la mira.
Bee recordó que el Rector había explicado a las mellizas, en cierta
ocasión, que un reloj no hace tictac si no hay nadie en la habitación. Al poco
tiempo, Bee sorprendió a Ruth deslizándose subrepticiamente por el
vestíbulo, y al preguntarle a qué se debía su silencioso avance, respondió que
estaba “tratando de sorprender al reloj de la sala”. Quería pescarlo cuando no
hacía tictac.
Bee permaneció en silencio junto al Rector, contemplando el brillo del
paisaje y tratando de ordenar sus pensamientos. Pero éstos rechazaban todo
intento de orden.
—George —dijo por fin—, ¿se acuerda de Patrick?
—¿Pat Ashby? Claro que sí. —Se dió vuelta y la miró.
—Bueno, no ha muerto. Tan sólo huyó. Ése era el significado de su
mensaje. Y Simon no está alegre. —Una enorme lágrima redonda y
descamada escapó de sus ojos y rodó por la mejilla. La enjugó cuando le
llegaba ya al mentón y continuó contemplando las lilas.
George extendió un huesudo dedo índice y se lo clavó delicadamente en el
hombro.
—Siéntese —dijo.
Bee se sentó sobre el banco que estaba detrás de ella, bajo el arco de las
tiernas madreselvas verdes, y el Rector tomó asiento a su lado.
—Ahora, cuéntemelo —dijo; y ella se explayó. Le contó toda la
sorprendente historia, en el orden correspondiente y con profusión de detalles,
la llamada telefónica de Mr. Sandal, el viaje a la ciudad, la habitación del
último piso en Pimlico, las investigaciones de Cosset, Thring y Noble, el
telegrama del tío abuelo Charles que la había salvado, su confrontación final
de los hechos, su anuncio a la familia, y la reacción de ésta.
—Eleanor se muestra un poco indiferente, pero tan razonable como
siempre. Las cosas son así, y ella hará lo que pueda para que todo salga bien.
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Jane es muy parcial, claro, y siente pena por Simon, pero se le pasará cuando
conozca personalmente a su hermano. Es bondadosa por naturaleza.
—¿Y Ruth?
—Ruth está preparando sus galas para el martes —dijo Bee, con acritud.
El Rector sonrió levemente.
—Los afortunados de esta tierra, los que son como Ruth…
—Pero Simon… ¿Cómo puede explicarse la actitud de Simon?
—No creo que sea muy difícil, en realidad. Simon tendría que ser un santo
para recibir con los brazos abiertos a un hermano que va a suplantarlo, y a
quien ha dado por muerto desde los trece años.
—¡Pero, George, su hermano mellizo! Eran inseparables.
—Creo que los trece años están más alejados de los veintiuno que otros
momentos equidistantes de la vida. Los separa toda una existencia. Una
amistad que terminó a los trece años no tiene más que un pequeño valor
sentimental para un joven de veintiuno. Latchetts ha pertenecido a Simon
durante ocho años, si no me equivoco; durante ocho años ha sabido que
heredaría el dinero de su madre al llegar a la mayoría de edad; un carácter
más fuerte que el de Simon se desequilibraría ante la perspectiva de que
alguien lo despojara de todo eso.
—Temo no haber hecho bien las cosas —dijo Bee—. Me refiero a la
forma en que se lo dije. Primero debía haber hablado con Simon, sin que
estuvieran los demás. Pero no quise establecer diferencia alguna entre ellos.
Necesitaba convencerme de que la noticia los alegraría por igual. Decírselo a
Simon antes que a los demás hubiera sido… hubiera sido…
—Anticipar el problema.
—Sí. Algo por el estilo. Supongo que siempre supe que no reaccionaría
como los demás. Sólo traté de empequeñecer la diferencia. En realidad, no
imaginé ni por un instante que su reacción sería tan violenta. Que llegaría al
extremo de negar que Patrick vive.
—Eso es tan sólo un medio para rechazar un hecho que le es
desagradable.
—Desagradable —murmuró Bee.
—Sí, desagradable. Y es natural que sea así. Hace las cosas más difíciles
para usted misma si no acepta ese hecho fundamental. Se acuerda de Patrick
con su mente de adulta y la regocija saber que está vivo. —Se volvió para
mirarla—. ¿O… no es así?
—¡Por supuesto que sí! —dijo Bee, quizá con demasiado énfasis. Pero el
Rector lo pasó por alto.
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—Simon no lo recuerda ni con la mente ni con las emociones de una
persona mayor. Para él es un sentimiento recordado, no actual. En la
actualidad no hay en él el amor necesario para contrarrestar su odio.
—Oh, George.
—Sí; es mejor enfrentarlo. Se necesitaría un amor casi divino para
combatir el resentimiento que debe sentir ahora Simon, y nunca ha habido
nada divino en él. Pobre Simon. Es una desgracia que le haya ocurrido esto.
—Y en las peores circunstancias. Justo cuando nos disponíamos a celebrar
su mayoría de edad.
—Por lo menos aclara algo que me ha intrigado durante ocho años.
—¿Qué?
—El suicidio de Patrick. Nunca pude conciliarlo con el Patrick que
conocí. Pat era una criatura sensible, pero poseía un enorme fondo de sentido
común; tenía equilibrio. Un equilibrio mucho mejor, por ejemplo, que el de
Simon; menos sensible, pero más brillante. Además, tenía un tremendo
sentido del deber. Si Latchetts era súbita e inexplicablemente de él podía
sentirse abrumado hasta el punto de huir, pero nunca hasta el extremo de
quitarse la vida.
—¿Por qué aceptamos todos la teoría del suicidio con tanta facilidad?
—La chaqueta estaba en la cima del risco. Su nota parecía la de un
suicida, sin duda alguna. La absoluta falta de alguien que lo hubiera visto
después que el viejo Abel lo encontró entre Tanbitches y el risco. La
frecuencia con que los suicidas utilizan esa parte de la costa para terminar con
su vida. Era la conclusión lógica. Pero siempre constituyó algo inexplicable
para mí. No la forma en que lo hizo, sino el hecho de que Patrick se quitara la
vida. No tenía conexión alguna con lo que sabía de él. Y ahora descubrimos
que no lo hizo, después de todo.
“Cierro los ojos, y las lilas no tienen color alguno; los abro, y son
púrpura”, se decía Bee, poniendo en práctica su sistema para contener el
llanto. Del mismo modo que lo hacía cuando una obra teatral la ponía al borde
de las lágrimas, pero en ese caso contaba los asientos.
—Dígame una cosa, Bee, ¿le agrada este Patrick adulto que ha regresado?
—Sí. Sí, me agrada. En ciertos aspectos es muy parecido al Patrick que
huyó. Muy calmo y contenido, muy considerado. ¿Recuerda la forma en que
Pat solía darse vuelta y decir: “¿Estás bien?”, antes de poner en práctica
alguno de sus planes? Todavía piensa en los demás. No trató de… apurarme,
o de dar por sentado que nos alegraríamos de su regreso. Y no le gusta confiar
sus problemas a nadie, según su costumbre. Simon siempre recurría a los
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mayores cuando se sentía triste o agraviado, pero Patrick se arreglaba solo. Y
aun parece capaz de hacerlo.
—¿Cree, entonces, que no lo ha pasado muy bien?
—Supongo que no ha estado en un lecho de rosas. Me olvidé de decirle
que es rengo.
—¡Rengo!
—Sí, Renguea levemente. Un accidente con un caballo. Todavía tiene
locura por los caballos.
—Supongo que eso la hace feliz —dijo George, un poco irónicamente—
puesto que era un mal jinete.
—Sí —dijo Bee, sonriendo débilmente ante la ironía—. Es bueno que al
dueño de Latchetts le gusten los caballos.
—¿Cree que a Simon le disgustan?
—No tanto como eso. Le son indiferentes, quizás. Para él son una fuente
de excitación. El medio para acrecentar su prestigio. Un instrumento de
trabajo; un negocio provechoso. Dudo que signifiquen algo más. Los caballos
como… personas. Espero que entienda qué quiero decir con ello; no le
interesan demasiado. Sus enfermedades lo fastidian. Eleanor es capaz de
pasarse noches enteras sin dormir por cuidar un caballo enfermo, haciendo el
trabajo a medias con el viejo Gregg. La única ocasión en que Simon pierde
horas de sueño es cuando un animal que quiere montar, o con el que quiere
saltar o cazar, afloja de una pata.
—Pobre Simon —dijo pensativamente el Rector—. No posee un
temperamento que pueda luchar con éxito contra los celos. Éstos constituyen
sin duda alguna un sentimiento muy destructivo.
Antes de que Bee pudiera responder, apareció Nancy.
—¡Bee! Cuánto me alegro —dijo—. ¿Asististe al oficio religioso y viste
el último contingente de nuestra escuela local para fabricantes de escándalos?
Dos adolescentes que están “estudiando las supersticiones inglesas
predominantes”, o sea, la Iglesia Anglicana. Un muchacho, demasiado
velludo para tener catorce años, según me pareció, y una joven que sostenía
sus no muy abundantes mechones con once peinetas. ¿Qué crees que
evidencia esa pasión por las peinetas? ¿Un sentimiento de inseguridad?
—Beatrice nos ha traído muy buenas noticias —interrumpió el Rector.
—No me digas que Simon se comprometió.
—No. No se refiere a Simon. Es acerca de Patrick.
—¿Patrick? —dijo Nancy inciertamente.
—Está vivo. —Y procedió a relatarle el resto de la historia.
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—Querida Bee —exclamó Nancy, abrazando a su amiga—, qué alegría
para ti. Ahora no tendrás que torturarte más.
El hecho de que la primera reacción de Nancy fuera recordar su secreta
pesadilla terminó de abatir a Bee.
—Lo que necesitas es un trago —dijo Nancy, vivamente—. Vayamos
adentro y terminemos lo que queda de la botella de jerez.
—Es un motivo muy lamentable para beber jerez —dijo el Rector.
—¿Cuál?
—Que uno “necesita un trago”.
—Y un motivo aun más lamentable es que si no lo terminamos, Mrs.
Godkin lo hará. Se ha tomado casi toda la botella. Entremos.
De modo que Bee bebió el jerez de la Rectoría y escuchó cómo el Rector
proporcionaba a su mujer los detalles referentes al regreso de Patrick. Ahora
que los compartía con personas de su generación, sus problemas no le
pesaban tanto. Cualesquiera fuesen las dificultades futuras, George y Nancy
estarían allí para ayudarla y consolarla.
—¿Cuándo viene Patrick? —preguntó Nancy, y el Rector volvió la cabeza
y la miró.
—El martes —contestó Bee—. Lo que no sé es cuál será la mejor manera
de que la noticia se difunda.
—Eso es fácil —dijo Nancy—. Basta con decírselo a Mrs. Gloom.
Mrs. Gloom era la propietaria del quiosco de caramelos, cigarrillos y
revistas de la aldea. Su verdadero apellido era Bloom, pero su deleite en las
desgracias hizo que los chicos Ledingham y Ashby, primero, y luego todo el
mundo la conociera como Mrs. Gloom[5].
—O podrías enviarte una tarjeta a ti misma. La oficina de correos es casi
tan eficiente como Mrs. Gloom. Eso es lo que hizo Jim Bowden cuando
plantó a la joven Heywood. Envió un telegrama a su madre anunciándole su
boda. Y cuando regresó, el alboroto había terminado.
—Temo que seremos el centro del alboroto hasta que no les quede ya
nada por decir sobre el asunto —dijo Bee—. No tendremos más remedio que
soportarlo.
—Después de todo, querida, será un agradable alboroto —dijo Nancy
para consolarla.
—Sí. Pero la situación es tan… tan poco común. Es como… como…
—Ya lo sé —terminó Nancy—. Como caminar sobre gelatina.
—Estaba por decir que era como atravesar un pantano, pero creo que tu
descripción es mejor.
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—O como uno de esos pisos con distintos niveles que hay en las ferias de
diversiones —dijo inesperadamente el Rector, mientras se despedía de Bee.
—¿Qué sabes tú de ferias de diversiones, George? —preguntó su mujer.
—Me parece recordar que hace uno o dos años hubo una para carnaval, en
Westover. Un estudio muy interesante sobre el masoquismo.
—Ahora sabes por qué no me he separado de George —dijo Nancy,
mientras acompañaba a Bee hasta la entrada del jardín—. Después de trece
años sigo descubriendo cosas nuevas acerca de él. Nunca hubiera creído que
siquiera supiese qué es una feria de diversiones. ¿Te lo imaginas perdido en la
contemplación del Caballo Gigante?
Pero Bee no pensaba en el marido de Nancy, mientras caminaba a través
del cementerio de la parroquia, sino en el piso de las ferias de diversiones
sobre el que estaba condenada a caminar en el futuro. Dobló en dirección a la
iglesia, cuando llegó a la entrada sur, y encontró abierta la gran puerta de
roble. La luz del sol poniente llenaba de calor la bóveda gris, y todo el
edificio contenía paz como una taza contiene agua. Se sentó en un banco
cerca de la puerta y se quedó escuchando el silencio. Un silencio amistoso
que compartía con las estatuas de las tumbas, con los raídos estandartes, con
los nombres sobre la pared, con el llameante pabellón de Gran Bretaña e
Irlanda de la Legion[6], y con el lento tictac de un reloj. Todas las tumbas
pertenecían a los Ledingham: desde la simple dignidad de un cruzado hasta la
familia en mármol que lloraba con ostentosa opulencia la muerte de un
político del siglo dieciocho. Los Ashby no tenían ni cruzados ni opulencia.
Sus monumentos funerarios consistían en lápidas sobre la pared. Bee
permaneció sentada allí, leyéndolas por milésima vez. “De Latchetts” era el
estribillo. “De Latchetts en esta parroquia.” Ni mariscales de campo, ni
consejeros, ni poetas, ni reformadores. Sólo la simplicidad campesina de
Latchetts; sólo la suficiencia de pequeño hacendado de Latchetts.
Y ahora Latchetts pertenecía a un joven desconocido que venía del otro
extremo del mundo.
“Un tremendo sentido del deber”, había dicho el Rector al hablar del
Patrick que recordaba. El mismo que ella recordaba. Y ese Patrick les hubiera
escrito.
Todas sus reflexiones iban a parar allí. El Patrick que ellos conocieron no
los hubiera dejado sufrir y dudar durante ocho años.
“Algún problema psicológico”, había dicho Mr. Sandal. Y, después de
todo, Pat había huido. Algo muy inverosímil en Patrick. Quizá lo dominaron
los remordimientos al darse cuenta de lo que había hecho.
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Y sin embargo. Y sin embargo…
¿La criatura bondadosa que automáticamente preguntaba: “¿Estás bien?”?
¿La criatura con un “tremendo sentido del deber”?
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X
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“Puede que sí, alguna vez. Puede que sí.”
“Puede que las ranas críen cola.”
“Cállate.”
Le escribiría a Loding diciéndole que no le interesaban sus planes
criminales.
“¿Y desperdiciarás todo el conocimiento que adquiriste? ¿Todo el
entrenamiento?”
“Jamás debí iniciarlo.”
“Pero lo hiciste. Y lo terminaste. Estás hasta el tope de conocimientos que
valen una fortuna. ¡No puedes desperdiciarlos!”
Loding podía esperar su cincuenta por ciento. ¡Cómo se le pudo ocurrir
convertirse en un instrumento en manos de un estafador como Loding!
“Un estafador muy entretenido e inteligente. De lo mejorcito en su
especie. No tienes por qué avergonzarte de él, créeme.”
A la mañana siguiente iría a una agencia de turismo a comprar un pasaje
para salir del país. Cualquier parte fuera del país.
“Yo creí que te gustaba quedarte en Inglaterra.” Pondría el océano entre él
y la tentación. “¿Tentación, dijiste? ¡No me digas que aun vacilas!” Su dinero
no alcanzaba para un pasaje a América, pero era suficiente para alejarse a una
respetable distancia. Las agencias de turismo siempre ofrecen varios lugares
para elegir. Era posible estar fuera de Inglaterra antes del martes por la
mañana, y no regresar más. “¿Y te quedarás sin conocer Latchetts?”
Encontraría algún…
“¿Qué dijiste?”
“Dije: ¿Y te quedarás sin conocer Latchetts?” Trató de encontrar una
respuesta.
“Te acerté esta vez, ¿no es así?”
Tenía que haber una respuesta.
“Dinero, caballos, diversión y aventura son cosas comunes. Podrás
encontrarlas en cualquier parte del mundo. Pero si renuncias a Latchetts, lo
haces para siempre. Jamás podrás echarte atrás.”
“¿Pero qué tiene que ver Latchetts conmigo?” “¿Tú lo preguntas? Tú, que
tienes la cara, los huesos, los gustos, el color de la piel y la sangre de un
Ashby.”
“No tengo prueba alguna de que…”
“Y la sangre de un Ashby, dije. ¡Caramba, pedazo de bruto, Latchetts es
tu hogar y tienes el notable tupé de intentar hacerme creer que no te importa
un bledo!”
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“No dije eso. Claro que me importa.”
“¿Pero te irás mañana de Inglaterra, abandonando Latchetts? ¿Para
siempre? Porque eso es lo que significa tu partida. Ésa es la elección que
tienes que hacer. Elige el camino de la aventura y el martes por la mañana
conocerás Latchetts. Échate atrás y nunca lo verás.”
“¡Pero no soy un estafador! No puedo hacer algo criminal.”
“¿Ah, no? Sin embargo has hecho una imitación muy buena durante las
últimas semanas. Y además te gustó. ¿Recuerdas cómo disfrutaste con esa
sensación de estar bailando en la cuerda floja, cuando visitaste al viejo Sandal
por primera vez? ¿Y cómo gozaste con todas las visitas posteriores? Aun con
un K. C., sentado al otro lado de la mesa, que te examinaba con una especie
de rayos X mentales. Te encantaba. Lo que te pasa ahora es que tienes miedo.
Nervios. Nunca deseaste tanto algo como conocer Latchetts. Quieres vivir en
Latchetts como un Ashby. Quieres caballos. Quieres aventura. Quieres vivir
en Inglaterra. Ve a Latchetts el martes y todo eso será tuyo.”
“Pero…”
“Llegaste desde el otro extremo del mundo para que te ocurriera ese
encuentro en la calle. ¿Fué una casualidad? Claro que no. Estaba escrito. Tu
destino está en Latchetts. Tu destino. Para eso naciste. Tu destino. En
Latchetts. Eres un Ashby. Desde el otro extremo del mundo hasta un lugar del
que nunca habías oído hablar. Destino. No puedes rechazar el destino…”
Brat se quitó lentamente el traje flamante y lo colgó con prolijidad de
asilado en su hermosa percha nueva. Luego se sentó en el borde de la cama y
escondió la cara entre las manos.
Aun estaba allí cuando lo envolvió la oscuridad.
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XI
EL DÍA en que Brat Farrar llegó a Latchetts era hermoso, pero un inquieto
vientecillo sacudía las hojas de los árboles, y todo el ambiente, a pesar de la
luz del sol y la brillantez del aire, estaba cargado de una vaga intranquilidad y
la promesa de una tormenta.
“¡Demasiado brillante!”, pensó Bee después del desayuno, contemplando
el paisaje desde la ventana de su dormitorio. “¡Habrá lágrimas antes de la
noche!, era la frase de su antigua niñera, refiriéndose a criaturas demasiado
inquietas. Por lo menos llegará con buen tiempo.”
La llegada de Patrick la preocupaba mucho. Todos estaban de acuerdo en
que la recepción debía ser tan informal como fuese posible. Ir a buscarlo a la
estación, y luego almorzar estrictamente en familia. El problema era decidir
quién iría a esperarlo. Las mellizas ya imaginaban a toda la familia en el
andén, pero eso era absurdo. La bienvenida al hijo pródigo no podía tener
lugar públicamente en la plataforma de Guessgate, para entretenimiento del
personal de la estación y de los pasajeros ocasionales entre Westover y Bures.
Para Bee era necesario evitar a toda costa que se creyese que Patrick contaba
con su protección, y por eso no pensaba ir. Recordó la sonrisa burlona con
que Simon supo insinuar esa protección. A Simon —el más indicado para
representar a la familia— no lo encontraban por ninguna parte; desde el
domingo, cuando le comunicaron la noticia, había dormido en la casa, pero
sin tomar parte en las otras actividades de Latchetts, y Bee fracasó en su
intento de hablar con él en su habitación, el lunes por la noche.
Pero el ofrecimiento de Eleanor de ir con el coche hasta la estación a
buscar a Patrick solucionó el problema.
Lo que la preocupaba ahora era la comida en familia, después de su
arribo. ¿Cómo explicar la ausencia de Simon si éste no se presentaba? Y si
estuviese, ¿qué ocurriría durante el almuerzo?
Se apartó de la ventana para bajar a la cocina y repetir las instrucciones a
la cocinera —la tercera en los últimos doce meses— pero Lana, su ayudante,
la detuvo en su camino. Lana era de la aldea, usaba el cabello dorado y las
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uñas barnizadas, y la versión local del maquillaje del día. Les hacía el favor
tan sólo porque su novio trabajaba en los establos. Cuando llegó, explicó a
Bee que estaba dispuesta a barrer y quitar el polvo, porque eso estaba bien,
pero no a servir la mesa porqué eso era de sirvienta. Bee ansiaba decirle que a
nadie con sus manos, su aliento, su olor y sus modales le estuvo permitido
jamás colocar un plato a un Ashby; pero había aprendido a ser diplomática.
Contestó, en cambio, que eso no era ningún problema, pues los Ashby
siempre supieron servirse solos.
Lana venía a comunicarle que “la aspiradora estaba vomitando en lugar de
tragar” y las preocupaciones domésticas absorbieron a Bee y ahogaron el
drama familiar. Volvió a la superficie a tiempo para ver a Eleanor meterse en
su pequeño coche de dos asientos.
—¿No llevas el auto? —preguntó Bee. El auto era el vehículo de la
familia, mientras que el de Eleanor, diminuto y desacreditado, era conocido
como la pulga.
—No. Tendrá que aceptarnos tales como somos —dijo Eleanor.
Bee notó que llevaba puestos los mismos breeches y polainas que tenía
durante el desayuno.
—¡Oh, llévame, llévame! —gritó Ruth, precipitándose por los escalones
hacia el coche, pero teniendo buen cuidado, según percibió Bee, de mantener
el azul lejos de la polvorienta carrocería de la pulga.
—No —contestó firmemente Eleanor.
—Estoy segura de que le alegrará verme allí. A alguien de mi generación,
quiero decir. Después de todo, a ti te conoce. Verte a ti no lo emocionará
tanto como ver…
—No. Y no te acerques, si no quieres que tus deslumbrantes galas se
llenen de barro.
—¡Qué egoísta es Eleanor! —protestó Ruth, golpeándose las manos para
quitarles el polvo, mientras observaba cómo el auto se hacía más pequeño
entre los tilos—. No quiere compartir con nadie ese momento.
—Tonterías. Habíamos decidido que tú y Jane esperarían aquí. Hablando
de Jane, ¿dónde está?
—En las caballerizas, creo. Patrick no le interesa.
—Espero que llegue a tiempo para el almuerzo.
—Oh, sí, seguro. Puede que Patrick no le importe, pero nunca se pierde
una comida. ¿Simon almorzará con nosotros?
—Espero que sí.
—¿Qué crees que le dirá a Patrick?
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Si la paz y la felicidad de Latchetts iban a hundirse en un pozo de
discordia, habría que enviar a las mellizas a la escuela. Que se marcharan uno
o dos años antes, era mejor que vivir en una atmósfera de tensión y odio.
—¿Crees que habrá una escena? —preguntó Ruth, esperanzada.
—Claro que no, Ruth. Es bueno que no dramatices tanto las cosas.
Pero le hubiera gustado estar segura de que no habría una escena. Y
Eleanor, camino de la estación, deseaba lo mismo. El encuentro con su nuevo
hermano la ponía un poco nerviosa, y eso la disgustaba consigo misma. Sus
ropas comunes eran su protesta contra su propia excitación; un modo de
convencerse de que lo que iba a ocurrir no era demasiado importante.
Guessgate, que estaba al servicio de tres aldeas, pero de ninguna ciudad,
era una pequeña estación al borde del camino, con un importante movimiento
de trenes de carga y poco tránsito de pasajeros, de modo que cuando Brat bajó
del tren, en la plataforma sólo estaba una obesa campesina, un sudoroso mozo
de cordel, el guarda y Eleanor.
—Hola. Eres muy parecido a Simon —dijo, estrechándole la mano. Brat
notó que no usaba pintura. Unas cuantas pecas salpicaban el puente de la
nariz.
—Eleanor —contestó él, identificándola.
—Sí. ¿Dónde está tu equipaje? Vine en el coche más chico, pero en el
baúl entra de todo.
—Esto es todo lo que traigo —explicó Brat, indicando su maletín.
—¿El resto llegará después?
—No, esto es todo lo que tengo.
—Oh. —Sonrió levemente—. Nada de moho.
—No, nada de moho —repitió Brat, sintiendo que ella comenzaba a
gustarle mucho.
—El auto está afuera. Salgamos por aquí.
—¿Ha estado de viaje, Mr. Ashby? —preguntó el guarda mientras recibía
el trocito de cartón.
—Efectivamente.
Al sonido de su voz, el empleado levantó los ojos, desconcertado.
—Te confundió con Simon —dijo Eleanor, con una sonrisa formal,
mientras se acomodaban en el auto. Sus dos dientes delanteros se cruzaban
levemente, lo que daba a su rostro un encanto infantil. Cuando no sonreía, su
carita era fría y decidida—. Llegaste en la mejor época del año —le dijo
mientras se alejaban haciendo crujir la grava de la estación.
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“Mi hogar”, pensó Brat. El cabello de Eleanor era del color del trigo tan
maduro que parecía blanco. Claro, sedoso, muy fino. Lo peinaba hacia atrás y
lo sujetaba con un lazo, como si no quisiera tomarse la molestia de hacer algo
más complicado.
—Recién están apareciendo los primeros brotes. Y ya tenemos algunos
potrillos.
Sus rodillas, bajo el corderoy, eran como las de un muchacho. Pero los
brazos desnudos, sobresaliendo de la chaqueta que colgaba de sus hombros,
estaban delicadamente torneados.
—Honey tuvo una potranca que hará historia. Ya la verás. Claro que tú no
conoces a Honey. Eso fué después de que te fuiste. Su verdadero nombre es
Greek Honey. Por Hymettus y una yegua llamada Money For Jam. Confío en
que nuestros caballos te impresionen.
—Yo también —respondió Brat.
—Tía Bee dice que todavía te interesan.
—No he hecho mucho en lo que a la cría se refiere. Tan sólo he preparado
caballos para el trabajo.
Llegaron a la aldea.
Así que ésta era Clare. Esta entidad cálida, viva y sonriente era lo que
representaban los cuadraditos chatos de los mapas. Allí estaba el White Hart,
allí el Bell. Y allá atrás, sobre la loma, estaba la iglesia con las lápidas de los
Ashby.
—Tiene un lindo aspecto, ¿no es así? —dijo Eleanor—. No ha sufrido
cambio alguno desde que la conozco. O desde el Diluvio, quizá. Los nombres
de los habitantes de las casas siguen el mismo orden, a lo largo de las calles,
que en los tiempos de Ricardo II. ¡Pero eso ya lo sabes, por supuesto! No
puedo dejar de considerarte como una visita.
Brat sabía que pasando la aldea estaban los grandes portones del Clare
Park. Aguardó, con una tranquila curiosidad, a ver la entrada del que había
sido el hogar de Alec Loding. Resultó ser un arco de hierro forjado,
flanqueado por dos enormes columnas, cada una de las cuales sostenía un
león rampante. A horcajadas sobre el león más alejado, se hallaba un chiquillo
envuelto con una alfombrilla de piel de leopardo, adornado con un tapete
verde, con un balde de playa que le servía de yelmo, y ninguna otra cosa
visible. Un largo atizador de bronce que descansaba sobre su pie descalzo,
hacía las veces de lanza.
—No son alucinaciones —dijo Eleanor—. Lo viste realmente.
—Eso me alivia mucho.
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—¿Sabes que Clare es ahora una escuela?
Brat estuvo a punto de contestar afirmativamente, pero recordó que ésa
era sólo una de las cosas que Loding le había dicho, no una de las que debía
saber.
—¿Qué clase de escuela?
—Una escuela para vagos.
—¿Para vagos?
—Sí. Todo aquel que desprecia el trabajo pesado, y cuyos padres tienen
suficiente dinero como para pagar las cuotas, se dirige sin dudar un minuto a
Clare. Nadie está obligado a aprender nada en Clare. Ni siquiera las tablas de
multiplicar. La idea es que, algún día, alguno sentirá la necesidad de las tablas
y entonces se apoderará de él un loco deseo de aprenderlas todas.
Naturalmente, las cosas no resultan, así.
—¿No?
—Claro que no. A nadie que pudiera librarse de las nueve tablas se le
ocurriría aprenderlas voluntariamente.
—¿Y qué hacen todo el día si no estudian?
—Manifiestan su personalidad. Dibujan cosas, o las hacen, o blanquean la
cochera, o se disfrazan, como Antony Toselli. Era Tony el que viste sobre el
león. A algunos de ellos les enseñó a montar. Les gusta. Creo que están tan
hartos de hacer cosas fáciles, que las que son un poco más difíciles los
fascinan, sencillamente. Pero tiene que ser algo fuera de lo común. Las cosas
difíciles, quiero decir. Las dificultades que cualquiera puede vencer, no les
interesan. Eso los haría descender al nivel común de gente como tú o como
yo. Ya no serían diferentes.
—Agradables, ¿verdad?
—Resultan muy ventajosos para Latchetts. Y aquí está Latchetts.
Brat sintió en la garganta los latidos de su corazón. Eleanor entró
lentamente por el blanco portón entre los tilos.
Fué una suerte que entrara a poca velocidad en el túnel verde, porque algo
parecido a una gigantesca mariposa azul salió disparada de entre los troncos y
comenzó a bailar estrafalariamente delante del coche.
Eleanor frenó y maldijo, simultáneamente.
—¡Hola! ¡Hola! —gritó la mariposa, bailando hacia el costado del auto en
que se hallaba Brat.
—Pequeña idiota —dijo Eleanor—. Hubieras merecido que te atropellara.
¿Acaso no sabes que un conductor no ve bien cuando sale de la luz y entra en
la avenida?
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—¡Hola! ¡Hola, Patrick! ¡Soy yo! Ruth. ¿Cómo estás? Vine para volver
contigo en el auto hasta la casa. ¿Puedo sentarme en tus rodillas? No hay
mucho espacio en este horrible vejestorio y no quiero arrugarme el vestido.
Espero que te guste mi vestido. Me lo puse especialmente para recibirte. ¡Qué
guapo eres! ¿Soy yo como tú esperabas?
Como aguardaba una respuesta, Brat contestó que no había pensado
mucho en eso.
—Oh —dijo Ruth, muy abatida y agregó, en tono reprobatorio—:
Nosotros pensamos en ti.
—Bueno —aclaró Brat—, cuando uno ha estado ausente durante muchos
años, la gente habla acerca de uno.
—Ni siquiera se me ocurriría hacer algo tan outré —dijo Ruth, sin
perdonarlo.
—¿De dónde sacaste esa palabra? —preguntó Eleanor.
—Es una excelente palabra. Mrs. Peck la usa.
Brat pensó que debía contribuir con un poco de color local.
—Hablando de los Peck, ¿cómo están? —Pero no podía distraer su
atención con estratagemas. Esperaba el momento en que los tilos dejaran de
obstruir su visión, para encontrarse con Latchetts.
El momento de enfrentarse cara a cara con su hermano mellizo.
—Simon no llegó todavía —oyó a Ruth, y vió cómo miraba de reojo a
Eleanor. La mirada, aun más que la información, lo sacudió.
De modo que Simon no se había quedado a esperarlo. Simon estaba en
alguna parte y la familia se intranquilizaba por eso.
Alec Loding le había sacado de la cabeza la idea de que una recepción de
tipo feudal lo esperaba en Latchetts, de que habría una fila de sirvientes,
encabezada por el mayordomo y descendiendo en estricto orden hasta el
último pinche de cocina, dispuestos a dar la bienvenida al joven amo que
regresaba al hogar de sus antepasados. Loding agregó que todo eso había
desaparecido junto con los polizones, y que, de todos modos, en Latchetts
nunca hubo mayordomo. Tampoco ignoraba que no habría una parada de
parientes. Tía Bee y el padre de los chicos fueron hijos únicos. La madre de
los chicos era la única hija y sus dos hermanos murieron en Alemania antes
de los veinte años. El único pariente cercano de los Ashby era el tío abuelo
Charles, quien, según Loding, debía estar por llegar a Singapur en esos
momentos.
Pero no se le ocurrió que todos los Ashby disponibles podían no estar
presentes. Que hubiese disidentes. La facilidad de su encuentro con Eleanor lo
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había engañado. Metafóricamente hablando, recogió las riendas sueltas sobre
el pescuezo.
El coche salió del verdor primaveral de la avenida y tomó la amplia curva
frente a la casa, y allí, bajo la luz del sol de ese día ventoso y demasiado
brillante, se levantaba Latchetts; muy quieta, muy acogedora, muy segura de
sí misma. El alero del frente de la construcción original había sido alterado
por algún Ashby del siglo dieciocho para adaptarla a los nuevos tiempos, de
manera que tan sólo el techo de tejas indicaba su antigüedad y su origen.
Construida en los últimos años del reinado de Elizabeth, ahora era nada más
que Reina Ana. Se levantaba allí rodeada por sus prados; amplia y sin
adornos. El verdor del pequeño parque florecía en su corazón y en la casa
misma, y cualquier otro florecimiento hubiese sido redundante.
Cuando Eleanor tomaba la curva hacia la casa, Brat vió a Beatrice Ashby
en la puerta y un súbito terror se apoderó de él; un enloquecedor deseo de
contarle toda la verdad y desaparecer en ese mismo momento, antes de poner
un pie en el umbral, antes de aparecer definitivamente en escena. Iba a ser una
escena espantosamente difícil y delicada, y no tenía la menor idea de cómo
actuar.
Fué Ruth quien lo salvó en el momento más difícil. Antes de que el coche
se detuviera, estaba proclamando su triunfo a voz en cuello, y el arribo de
Brat, al lado de su hazaña, quedó relegado al segundo lugar.
¡A pesar de todo fuí a esperarlo, tía Bee! A pesar de todo fuí a esperarlo.
Vine con ellos desde el portón. No te molesta, ¿verdad? No hice más que
pasear hasta el portón y cuando llegué los vi venir, y ellos se detuvieron y me
alzaron y ahora estamos aquí, y fuí a esperarlo a pesar de todo…
Pasó su brazo por el de Brat y bajó con él del coche, arrastrándolo como si
fuera un descubrimiento propio. De modo que el encuentro entre Bee y Brat
consistió en un mutuo encogimiento de hombros ante tal despliegue de
personalidad. Por un instante se unieron en una divertida lamentación y el
momento pasó.
Un segundo incidente evitó la torpeza que lo dominara otra vez. Doblando
la esquina de la casa apareció Jane, quien se dirigía a las caballerizas sobre
Fourposter. Su instintivo movimiento para frenar el animal a la vista del
grupo formado frente a la puerta, hizo evidente que no había planeado
encontrarse con ellos. Pero ahora era demasiado tarde para retroceder,
suponiendo que eso hubiera sido posible. Nunca logró alejarse de algo en que
Fourposter estuviese interesado; no tenía boca, pero sí, en cambio, una
insaciable curiosidad. De resultas, Jane tuvo que adelantarse de mala gana
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sobre un pony muy interesado. Cuando Fourposter se detuvo, se deslizó
cortésmente a tierra y permaneció allí, tímida y a la defensiva. Cuando Bee la
presentó, depositó una mano floja en la de Brat y después de un instante la
retiró.
—¿Cómo se llama tu pony? —preguntó Brat, consciente de su
antagonismo.
—Éste es Fourposter —dijo Ruth, apropiándose de la cabalgadura de su
hermana—. El Rector lo llama el equino ómnibus.
Brat alargó la mano hacia el caballo, el cual rechazó el requerimiento,
retrocediendo un paso y mirándolo con desprecio por encima de su nariz
aguileña. Como gesto era una parodia perfecta; un gesto Victoriano de
repudio en un drama Victoriano.
—Un actor —observó Brat; y Bee rió, deleitada con su rápida percepción.
—No le gusta la gente —dijo Jane, un poco censurando, y otro poco
defendiendo a su amigo.
Pero Brat siguió con la mano extendida y pronto la curiosidad de
Fourposter se impuso a su aparente reserva, y agachó la cabeza hacia la mano
que le aguardaba. Brat le hizo muchas caricias hasta que Fourposter se rindió
completamente y le restregó la nariz, juguetón como un elefante.
—¡Bueno! —exclamó Ruth al verlo—. ¡Nunca hace eso con nadie!
Brat contempló la carita tensa que le llegaba al codo y las manecitas
sucias que apretaban con fuerza las riendas.
—Supongo que lo hace con Jane cuando nadie lo ve —dijo.
—Jane, ya tendrías que estar lavada para el almuerzo —dijo Bee, y abrió
la marcha hacia la casa.
Y Brat, cruzando el umbral, la siguió.
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—Tienes el cuarto de baño al lado para ti solo, pero no uses demasiado el
agua caliente, por favor. El combustible es un problema espantoso. Ahora ve
a lavarte y baja en seguida. Los Peck enviaron unas botellas de jerez de la
Rectoría.
—¿Vienen a almorzar?
—No, comerán con nosotros esta noche. El almuerzo es para la familia
solamente.
Lo observó dirigirse hacia la cuarta puerta, que correspondía al cuarto de
baño de esa ala de la casa, y se alejó con una expresión de alivio. Brat
entendió por qué se sentía aliviada: porque él demostraba conocer la casa. Y
se sintió culpable y molesto. Engañar a Mr. Sandal —con un K. C. que lo
atravesaba con sus cínicos ojos irlandeses, sentado frente a él— era una cosa;
engañar a Mr. Sandal resultó divertido. Pero engañar a Bee Ashby era algo
completamente distinto.
Se lavó distraídamente, dando vueltas al jabón entre las manos y con los
ojos fijos en el contorno de la colina. Ahí estaba el césped sobre el que deseó
galopar; el césped por el que había vendido su alma. Pronto, en un caballo,
podría subir y pasear rodeado de quietud, lejos de las relaciones humanas y de
esa fantástica partida de póker humano, y allí arriba quizá pensara que todo
estaba bien y había valido la pena.
Regresó a su cuarto y se encontró con una rubia descarada que vestía un
ajustado vestido de seda artificial floreada, y que se hallaba dedicada a la
tarea de pellizcar los alelíes de la maceta que descansaba sobre el antepecho
de la ventana.
—Hola —dijo la rubia—. Bienvenido al hogar y todo lo demás.
—Gracias —dijo Brat. ¿Era alguien que debía recordar? ¡Ojalá que no!
—Se parece mucho a su hermano, ¿no es verdad?
—Supongo que sí. —Sacó sus cepillos del maletín y los depositó sobre el
tocador; era una simbólica toma de posesión.
—Usted no me conoce, claro. Soy Lana Adams, de la aldea. Adams el
ebanista fué mi abuelo. Vengo a ayudarlos porque mi novio trabaja en los
establos.
De modo que era la sirvienta. Brat la miró y se compadeció del novio.
—Usted parece mucho mayor que su hermano, ¿no es así? Pienso que ése
es el resultado de andar dando vueltas por el mundo. Tener que cuidar de uno
mismo y todo eso. Sin que nadie lo malcríe como a su hermano. Espero que
me disculpe por decirlo, pero es muy malcriado. Es por eso que hizo todo el
escándalo acerca de su regreso. Muy estúpido, me parece. Basta mirarlo para
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saber que usted es un Ashby. No tiene sentido negarlo. Pero siga mi consejo y
hágale frente.
No puede soportar que nadie lo haga. Me parece que siempre lo han
consentido. No se deje abatir por eso.
Como Brat seguía desempacando en silencio, la joven hizo una pausa; y
antes de que pudiera seguir hablando, la fría voz de Eleanor dijo desde la
puerta:
—¿Necesita algo?
La rubia se apresuró a responder:
—Sólo le estaba dando la bienvenida a Mr. Patrick —y después de arrojar
a Brat una radiante sonrisa, salió del cuarto balanceando las caderas.
Brat se preguntó cuánto habría oído Eleanor.
—Ésta es una linda habitación —dijo Eleanor—, salvo que no le da el sol
de mañana. Esa cama es de Clare Park. Tía Bee vendió las camitas y compró
ésta en el remate de Clare. Es muy linda, ¿no es verdad? Estaba en el cuarto
de Alec Loding. Aparte de eso, la habitación está igual.
—Sí; vi que el papel de las paredes es el mismo.
—Claro está. Ven a ver.
Brat la siguió, pero mientras ella repetía las historias que representaban
los dibujos, su mente estaba ocupada con la revelación que la joven de la
aldea le había hecho respecto a Simon, y con el irónico hecho de que iba a
dormir en la cama de Alec Loding.
Así que Simon se había negado a aceptar que él fuera Patrick. “No tiene
sentido negarlo”. Eso sólo podía significar que Simon, a pesar de todas las
pruebas, no estaba dispuesto a aceptarlo.
¿Por qué?
Seguía pensando en eso cuando bajó con Eleanor.
La muchacha lo condujo a una enorme estancia llena de sol, donde Bee se
hallaba sirviendo jerez, mientras Ruth trataba de tocar una melodía en el
piano.
—¿Te gustaría oírme tocar? —preguntó Ruth, inevitablemente.
—No —respondió Eleanor—, no le gustaría. Hemos estado mirando el
viejo empapelado —agregó, dirigiéndose a Bee—. Había olvidado cuán
enamorada estaba de Hereward. Ha sido una suerte que se me pararan de él a
tiempo, porque se hubiera convertido en una fijación o algo por el estilo.
—Nunca me gustaron esos dibujos infantiles en la pared —dijo Ruth.
—Nunca leíste nada, de modo que nada puedes saber acerca de ellos —
contestó Eleanor.
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—No usamos el ala del cuarto de los niños desde que las mellizas dejaron
de tener niñera —dijo Bee—. Queda demasiado apartada del resto de la casa.
—Había que caminar kilómetros para despertarlas por la mañana —aclaró
Eleanor—, y como a Ruth hay que llamarla varias veces, tuvimos que
trasladarlas dentro de la órbita normal de la familia.
—Las personas débiles necesitan más horas de sueño —dijo Ruth.
—¿Y desde cuándo eres débil? —preguntó Eleanor.
—No es que sea débil, pero Jane es más robusta, ¿no es así, Jane? —
preguntó, apelando a Jane, quien entraba en ese momento, con el cabello
sobre las sienes, todavía húmedo por sus apresuradas abluciones.
Los ojos de Jane fueron hacia Bee.
—Llegó Simon —dijo con su vocecita; cruzó la habitación y se detuvo
junto a Bee, como si se sintiera más segura a su lado.
Hubo un instante de completo silencio. Todos se quedaron inmóviles,
salvo Ruth. Se enderezó en el asiento y su rostro se iluminó ante la
perspectiva.
En seguida la mano de Bee volvió a moverse y continuó llenando los
vasos.
—Me parece muy bien —dijo—. Ya no tendremos que demorar el
almuerzo.
Estuvo tan oportuna que Brat, sabiendo lo que sabía, sintió deseos de
aplaudir.
—¿Dónde está Simon? —preguntó Eleanor casualmente.
—Estaba por bajar —respondió Jane, y sus ojos volvieron a fijarse en
Bee.
Se abrió la puerta y entró Simon Ashby.
Se detuvo un momento, con los ojos fijos en Brat, antes de cerrar la
puerta.
—De modo que estás aquí —dijo. No se advertía énfasis en sus palabras
ni emoción aparente en su tono de voz.
Cruzó lentamente el cuarto y se detuvo frente a Brat, al lado de la ventana.
Tenía ojos grises anormalmente claros, con un borde más oscuro cerca del
iris, pero sin expresión alguna en ellos. Ni tampoco en sus pálidas facciones.
Estaba tan tenso, que Brat pensó que si lo tocaba, vibraría como una cuerda.
Y entonces la tensión desapareció súbitamente.
Permaneció un momento escudriñando el rostro de Brat; y el suyo se
aflojó de improviso con alivio.
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—Supongo que no te lo dijeron —dijo, arrastrando un poco las palabras
—, pero estaba dispuesto a negar con toda mi alma que fueras Patrick. Ahora
que te he visto retiro lo dicho. Por supuesto que eres Patrick. —Extendió la
mano—. Bienvenido al hogar.
El silencio que los rodeaba se convirtió en una confusión de movimiento y
de voces que trataban de sobrepasarse. Hubo un alboroto de mutuas
felicitaciones, de vasos que se entrechocaban y de risas. Hasta Ruth parecía
haberse recobrado de la desilusión de no tomar parte en el melodrama, y
dedicaba todo su talento a conseguir, por medio de zalamerías, un poco más
de jerez que el sorbo concedido a las mellizas para brindar.
Pero Brat, mientras bebía el dorado líquido y agradecía al cielo porque el
momento hubiera pasado, estaba intrigado. “¿Por qué alivio?”, pensaba.
¿Qué había esperado Ashby? ¿Qué pudo temer?
Negando la posibilidad de que Brat fuera Patrick, se defendía contra la
esperanza. ¿Trataba de evitarse una desilusión? ¿Se había dicho: “No creeré
que Patrick está vivo, y así cuando se pruebe que ha muerto, no sufriré”? ¿Y
había sentido ese tremendo alivio un momento antes, al comprender que
Patrick estaba vivo, después de todo?
No encajaba.
Le desconcertó ver que Simon era el alma de la fiesta. Unos minutos
antes, Ashby se había acorazado para enfrentar algo, y ahora parecía como si
le hubieran conmutado una sentencia. Eso era. En eso consistía ese súbito
alivio. Era la reacción de alguien preparado para enfrentar lo peor, y que
descubre inesperadamente que lo peor no ocurrirá.
¿Pero por qué se sentía aliviado?
El pequeño rompecabezas aun le preocupaba cuando se sentó a almorzar,
y permaneció en el fondo de su mente mientras trataba de resolver los
problemas que le planteaba la conversación con los Ashby y respondía a sus
innumerables preguntas.
“¡Lo conseguiste!”, se regocijó una perversa voz en su interior. “¡Lo
conseguiste! Estás sentado por derecho propio a la mesa de los Ashby y todos
están encantados contigo.”
Bueno, no todos, quizá. Jane, leal a Simon, era un pequeño oasis
silencioso en la brillante charla. Y no podía esperarse que Simon, a pesar de
su capitulación, estuviera demasiado encantado. Pero Bee, incapaz de analizar
esa rendición, estaba radiante; y Eleanor abandonaba gradualmente la cortés
conversación para pasar a un franco interés.
—Pero un freno comanche es como un torzal, ¿no es así?
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—No, es simplemente un acial. La cuerda se coloca en la boca como el
bocado. Es mejor cuando se trae un caballo de tiro. Obedece para disminuir el
tirón.
Ruth, quien había olvidado su falta de especulación en lo relativo a su
aspecto, le hacía asiduamente la corte y era la única que le llamaba Patrick.
Esto se hizo más notable a medida que avanzaba el almuerzo y su
continuo “¡Patrick!”, para llamar su atención, contrastaba con la forma
semiinconsciente en que los demás evitaban el nombre. Brat deseó que su
única adicta fuera Jane y no Ruth. De haber tenido una hermana menor, le
hubiera gustado que fuera exactamente como Jane. Le molestaba comprobar
que le era difícil sostener la mirada de Jane. Le costaba el mismo esfuerzo
mantener la serenidad cuando sus ojos se encontraban, que fijar los suyos en
los del retrato que colgaba detrás de Jane. El comedor estaba prácticamente
cubierto de retratos y el que estaba detrás de Jane era el de William Ashby
VII, luciendo el uniforme de los Westover Fencibles, con los que se
propusiera resistir la invasión de Napoleón I. Brat había aprendido de
memoria todo lo relacionado con esos retratos, sentado bajo la pagoda en
Kew Gardens, y cada vez que levantaba los ojos y se encontraba con los de
William Ashby VII, lo atormentaba la ridícula sensación de que William
sabía todo lo referente a la pagoda.
Una circunstancia, sin embargo, le ayudó enormemente en su primer y
difícil encuentro con los Ashby. La historia que tenía que relatarles, como lo
había señalado Loding durante el almuerzo en el Green Man, era cierta,
excepto en sus comienzos; era la historia de su propia vida. Y puesto que toda
la familia, de común acuerdo, evitaba toda referencia a los hechos que lo
habían arrojado a esa vida, se podía mover con comodidad en el terreno de la
conversación. No tenía necesidad de mentir ni de inventar nada.
Tampoco era necesario que “cuidase sus modales”; y eso también había
causado a Loding un enorme alivio. Parecía que a falta de una estricta niñera
de primera clase, no existía una educación más rigurosa para adiestrar en la
consumición civilizada de alimentos, que la que se recibía en un asilo de
primera categoría. “Dios”, había dicho Loding, “si alguna vez me sobra algo
después de pagar unas vueltas, lo enviaré a ese asilo suyo como prueba de mi
agradecimiento por no haberse criado en algún suburbio elegante. La buena
educación es algo que no se pierde nunca, mi amigo. Y es inconcebible
suponer que entre todas las cosas que hacía Pat Ashby, figurara levantar el
meñique cuando bebía.”
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De modo que Brat no tenía que librarse de ninguno de sus hábitos
sociales. Su ortodoxia desilusionó levemente a Ruth, siempre a la mira de lo
extravagante.
—Tú no comes con el tenedor —dijo; y cuando Brat la miró
desconcertado, agregó—: como en las películas norteamericanas; cortan los
alimentos con el cuchillo y el tenedor y luego pasan el tenedor a la otra mano
y comen con él.
—Tampoco masco goma —señaló Brat.
—Me gustaría saber de dónde salió ese sistema tan complicado de
manejar los cubiertos —dijo Bee.
—Quizá los cuchillos eran escasos en los primeros tiempos —sugirió
Eleanor.
—Los cuchillos son demasiado útiles para escasear en una sociedad de
pioneros —dijo Simon—. Es mucho más probable que hayan estado tan
acostumbrados a comer los alimentos desmenuzados, que cuando
consiguieron cosas en tajadas, su instinto les impulsó a convertirlas en
picadillo sin tardanza.
Escuchándolos hablar, Brat pensó cuán típicamente inglés era todo. Allí
estaba él, de regreso de entre los muertos, y ellos analizaban con toda calma
los modales norteamericanos en lo que a comer se refería. Nadie lo palmeaba
en la espalda, ni lo felicitaba insistentemente, como hubiera ocurrido en una
familia del otro lado del océano. Evitaban el tema del ¿Te acuerdas? con
tanta determinación como la que hubieran puesto los norteamericanos en
abusar de él. Acordándose de sus amigos del Lazy, pensó que ésa sería una
hermosa exhibición de hipocresía inglesa, desde el punto de vista de Pete, y
Hank, y Lefty.
Pero quizá la felicidad reflejada en el rostro de Bee hubiera impresionado
aún a Lefty.
—¿Fumas? —preguntó Bee, después de servir el café; y empujó la caja de
cigarrillos hacia él. Pero Brat, quien prefería su propia marca, sacó su
cigarrera y le ofreció uno a Bee.
—He dejado de fumar —dije Bee—. En cambio tengo un saldo en el
banco.
De modo que Brat le ofreció la cigarrera a Eleanor.
Eleanor se detuvo con los dedos casi tocando los cigarrillos y se inclinó
para leer algo grabado en la parte interior de la cigarrera.
—Brat Farrar —leyó—. ¿Quién es?
—Yo —respondió Brat.
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—¿Tú? Ah, claro, Farrar. Pero, ¿por qué Brat?
—No sé.
—¿Te llamaban así? ¿Brat?
—Sí.
—¿Y por qué Brat? [7]
—No sé. Porque era pequeño, supongo.
—¡Brat! —exclamó Ruth con deleite—. ¿Te molesta si te llamo Brat?
Dime, ¿te molesta?
—No. Me han llamado así la mayor parte de mi vida.
Se abrió la puerta y apareció Lana para informar que un joven deseaba
hablar con Miss Ashby y que ella lo había hecho pasar a la biblioteca.
—Oh, qué fastidio —dijo Bee—. ¿Sabe qué quiere?
—Dice que es un reportero —contestó Lana—, pero yo no le veo aspecto
de tal. Demasiado pulcro, limpio y cortés. —Las experiencias de Lana con la
prensa, como el conocimiento que poseía Brat sobre la vida de la clase media,
se derivaban únicamente de las películas.
—¡Oh, no! —exclamó Bee—. Nada de periodistas. No tan pronto.
—Dice que representa al Westover Times.
—¿Dijo para qué había venido?
—Por el asunto de Mr. Patrick, por supuesto —dijo Lana, señalando al
joven con el pulgar.
—Oh, Dios —gruñó Simon—, ¡y todavía no hemos terminado de comer
el “ternero cebado”! ¡Supongo que tenía que ocurrir alguna vez!
Bee bebió el resto del café.
—¡Ven, Patrick! —dijo, extendiendo la mano para ayudarlo a levantarse
—. Cuanto antes terminemos con todo esto, mejor será. Tú también, Simon.
—Condujo a Brat fuera de la habitación, riéndose de él y conservando su
mano en la de ella. Su cálido y amistoso apretón lo llenó de una emoción
inefable. No se parecía a nada de lo que había sentido en toda su vida. Y
estaba demasiado ocupado pensando en el reportero, para detenerse a
analizarlo.
La biblioteca era una oscura habitación en el fondo de la casa, donde Bee
tenía su escritorio de tapa corrediza, sus libros de contabilidad y los de
consulta. Un hombre joven, de baja estatura, con un prolijo traje azul, hojeaba
intrigado un stud book. Al verlos entrar, dejó el libro y dijo, con rico acento
de Glasgow:
—¿Miss Ashby? Mi nombre es Macallan. Trabajo en el Westover Times.
Siento muchísimo entrometerme de este modo, pero pensé que ya habían
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terminado de almorzar.
—En realidad, comenzamos bastante tarde y supongo que nos demoramos
charlando —dijo Bee.
—Claro, claro —dijo Mr. Macallan comprensivamente—. Es una ocasión
muy especial. No tengo ningún derecho a arruinársela, pero “ser el primero en
lo más reciente” es mi lema y, en este momento, ustedes son lo más reciente.
—Supongo que se refiere al regreso de mi sobrino.
—Exactamente.
—¿Y cómo se enteró tan pronto, Mr. Macallan?
—Uno de mis informantes oyó hablar del asunto en una de las tabernas de
Clare.
—Una palabra lamentable —dijo Bee.
—¿Taberna? —dijo Macallan, desconcertado.
—No. Informante.
—Ah, bueno, uno de mis soplones, si lo prefiere —dijo Mr. Macallan,
agradablemente—. ¿Cuál de estos jóvenes es el hijo pródigo, si me permite
preguntarlo?
Bee presentó a Brat y a Simon. Algo de la fría tensión anterior reapareció
en el rostro de Simon; pero Brat, que estuvo por los alrededores cuando Nat
Zueco se degolló en la cocina de la casa de comida de su ex esposa, y fué
testigo de las actividades de la prensa norteamericana en esa ocasión, estaba
fascinado por el presente ejemplo del sistema periodístico inglés. Respondió a
las consabidas preguntas que le formuló Mr. Macallan y pensó en la
posibilidad de que solicitara una fotografía. Si esto ocurría, tendría que
evitarlo a toda costa.
Pero fué Bee quien lo salvó. “Nada de fotografías”, dijo. Se negó
terminantemente, afirmando que le proporcionaría toda la información que
quisiera, pero nada más.
Mr. Macallan aceptó su negativa, aunque de mala gana.
—La historia del mellizo desaparecido no será ni la mitad de buena sin
una fotografía —se quejó.
—Espero que no la titulará “El mellizo desaparecido” —dijo Bee.
—No; la llamará “De regreso de la muerte” —dijo Simon, hablando por
primera vez. Sus palabras frías y lentas cayeron como una sombra sobre la
habitación.
Los pálidos ojos azules de Mr. Macallan se dirigieron hacia él, lo
estudiaron reflexivamente un instante y luego contemplaron a Bee.
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—Había pensado en “Sensación en Clare” —dijo—, aunque dudo que el
Westover Times lo apruebe. Es un órgano muy conservador. Tal vez el
Clarion lo aproveche.
—¡El Clarion! —dijo Bee—. ¡Un periódico londinense! Pero… pero
supongo que eso no ocurrirá. Esta es una cuestión puramente local…,
puramente de familia.
—También lo fué el asunto en Hilldrop Grescent —dijo Mr. Macallan.
—¿Qué asunto?
—El nombre era Grippen. La prensa mundial se compone de asuntos de
familia, Miss Ashby.
—Pero éste sólo puede interesamos a nosotros. Cuando mi sobrino…
desapareció, hace ocho años, el Westover Times habló del asunto en forma
completamente… incidental.
—Sí, ya sé. Lo busqué. Un parrafito al final de la tercera página.
—No alcanzo a ver por qué tienen más interés por el retorno de mi
sobrino que por su desaparición.
—Es la vieja cuestión del hombre que muerde al perro. La gente se muere
todos los días, pero el número de personas que regresan de la muerte es sin
duda muy pequeño, Miss Ashby. A pesar de los adelantos de la ciencia,
regresar de la muerte es todavía una sensación. Y es por eso que pienso que el
Clarion se interesará.
—¿Pero cómo se enteraron?
—¡Enterarse! —dijo Mr. Macallan, genuinamente horrorizado—. Miss
Ashby, ésta es mi propia primicia.
—¿Quiere decir que mandará la noticia al Clarion?
—Con toda seguridad.
—No debe hacerlo, Mr. Macallan; realmente, no debe hacerlo.
—Escúcheme, Miss Ashby —explicó Mr. Macallan, pacientemente—.
Acepté su prohibición con respecto a las fotografías, y respeto el acuerdo. No
voy a andar a hurtadillas por el campo tratando de pescar desprevenido al
joven para sacarle una instantánea o algo por el estilo. Pero no puede pedirme
que renuncie a una primicia como ésta. Una primicia de las proporciones de
un diario londinense. —Y como Bee, atrapada en los afanes de su natural
deseo de ser justa, dudase, agregó—: Aun cuando yo no enviase la historia,
nada impedirá que un subredactor se entere del asunto por el Westover Times
y lo convierta en una noticia de primera plana. Su situación no sería mejor y
yo perdería la oportunidad de hacer algo bueno por mi cuenta.
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—Bueno —dijo Bee, reconociendo tácitamente que tenía razón—,
supongo que eso significa un enjambre de periodistas de Londres.
—Oh, no. Tan sólo del Clarion. Si esto se convierte en un reportaje del
Clarion, ninguno de los otros se molestará en venir. Y aunque manden a
alguien, no tienen que preocuparse. Son todos procedentes de Balliol, según
tengo entendido.
Con esta estocada a la prensa inglesa, Mr. Macallan comenzó a buscar su
sombrero para despedirse.
—Le estoy muy agradecido, y a usted también, Mr. Ashby, por haber
tenido la amabilidad de facilitarme esta información. No los detendré más.
Permítanme felicitarlos por este feliz acontecimiento —sus pálidos ojos
azules se posaron con afable benevolencia en Simon por un instante— y
agradecerles su bondad.
—Está muy lejos de su tierra natal, ¿no es así, Mr. Macallan? —dijo Bee
para mantener la conversación mientras lo acompañaba hasta la puerta.
—¿Mi tierra natal?
—Escocia.
—Ah, sí. ¿Cómo supo que soy escocés? Oh, mi nombre, es claro. Ay, sí,
estoy muy lejos de Glasgow; pero esto es tan sólo un rodeo hacia Londres,
por así decirlo. Si voy a trabajar en un periódico inglés, me vendrá bien saber
algo de los… los…
—¿Aborígenes? —sugirió Bee.
—De las condiciones locales, eso es lo que quería decir —dijo Mr.
Macallan, solemnemente.
—¿No vino en auto? —preguntó Bee al observar que la curva frente a la
casa estaba vacía.
—Lo dejé estacionado a la entrada de la avenida. Nunca he podido
acostumbrarme a entrar con el coche hasta el frente de las casas ajenas, como
si fuese el dueño.
Con esta sorprendente demostración de modestia, el hombrecito hizo una
reverencia, se puso el sombrero y se alejó.
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XIII
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—Ah, bueno. Cuanto antes se entere todo el mundo, antes se terminará el
alboroto. —Bee sonrió a Brat para que sus palabras no le resultaran hirientes
—. Vamos a ver los caballos, ¿quieren? ¿Trajiste ropa de montar, Brat?
—No la que se considera ropa de montar en Latchetts —explicó Brat,
notando qué agradecida se sentía Bee por tener una excusa para no llamarlo
Patrick.
—Sube conmigo —sugirió Simon—, y buscaré algo para ti.
—Me parece bien —dijo Bee, mirándolo complacida—. Yo iré a buscar a
Eleanor.
—¿Te alegró que te dieran el antiguo cuarto de dormir de los chicos? —
preguntó Simon mientras subían la escalera.
—Mucho.
—Supongo que te diste cuenta de que tienen el mismo viejo papel.
—Sí.
—¿Recuerdas la noche que sostuvimos una batalla en la que
representábamos a Ivanhoe y Hereward?
—No, no me acuerdo de eso.
—No. No puedes acordarte, por supuesto.
Otra vez las palabras flotaban en el silencio, atormentando los oídos de
Brat con el eco de su tono.
Siguió al joven Ashby a la habitación que había compartido con su
hermano y notó que nada en el cuarto sugería que alguien más hubiese vivido
alguna vez allí. Por el contrario, era casi exclusivamente el cuarto de Simon;
estaba amueblado con los objetos de su pertenencia, hasta tal punto, que era
tanto cuarto de estar como dormitorio. Estantes con libros, hileras de copas de
plata, cuadros con bocetos de caballos en las paredes, butacas y un pequeño
escritorio con una extensión telefónica.
Brat se acercó a la ventana mientras Simon buscaba algo para él entre sus
ropas. La ventana, tal como sabía, daba a las caballerizas, pero un floreciente
seto de lilas y laburno ocultaba los edificios. Por encima de éstos, en la
distancia, se elevaba la torre de la iglesia de Clare. Era seguro que el domingo
lo llevarían al oficio religioso. Otra trampa. El joven Ashby había elegido una
palabra muy extraña, indudablemente.
Simon emergió del armario con un par de breeches y una chaqueta de
tweed.
—Creo que esto te irá bien —dijo mientras arrojaba la ropa sobre la cama
—. Voy a ver si encuentro una camisa.
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Abrió un cajón de la cómoda sobre la que se hallaba el espejo y el juego
de tocador. La cómoda quedaba junto a la ventana, y Brat, todavía incómodo
con la vecindad de Ashby, se dirigió hacia el hogar y comenzó a examinar las
copas de plata colocadas sobre la repisa. Todas eran premios de equitación,
desde una carrera de obstáculos en la pista local hasta Olympia. Salvo una,
todas las demás eran demasiado recientes para que Patrick Ashby supiera algo
acerca de ellas; la excepción consistía en una pequeña y humilde copa en
forma de cáliz que Simon Ashby se adjudicó con Patiante por ser el ganador
del concurso de salto para menores en la Exposición Ganadera de Bures, un
año antes de que Patrick Ashby se suicidara.
Simon se dió vuelta y, al ver la pequeña copa en las manos de Brat, sonrió
y dijo:
—Te la quité a ti, ¿recuerdas?
—¿A mí? —preguntó Brat, sorprendido con la guardia baja.
—Habrías ganado con Old Harry si no te hubiera superado al hacer una
segunda vuelta perfecta.
—Ah, sí —dijo Brat. Y para cambiar de tema agregó—: Parece que te ha
ido muy bien desde entonces.
—Sí. No me ha ido del todo mal —admitió Simon, y volvió a
concentrarse en el cajón de las camisas—. Pero me irá mejor todavía.
Ballsbridge y todas las paradas hasta Olympia.
Lo dijo distraídamente pero con seguridad, como si el dinero para
comprar buenos caballos estuviera automáticamente en sus manos. Brat dudó
un instante pero luego decidió que ese no era el momento adecuado para
discutir el futuro económico.
—¿Recuerdas el objeto que colgaba a los pies de tu cama? —preguntó
Simon casualmente, mientras cerraba el cajón de las camisas.
—¿El caballito? —dijo Brat—. Sí, por supuesto. Travesty —agregó,
dando el nombre y el pedigree ficticio—: Por Irish Peasant y Gog Oak.
Se alejó del hogar con la intención de recoger las ropas que Ashby le
había preparado; pero al darse vuelta vió el rostro de Simon en el espejo, y el
mudo horror que expresaba le hizo detenerse de golpe. Simon estaba por
cerrar el cajón, pero la acción no llegó a completarse. Brat pensó que era
exactamente como la reacción de alguien que ha oído sonar el timbre del
teléfono; la pausa involuntaria y luego la reanudación del movimiento.
Simon se dió vuelta lentamente para enfrentarlo, con la camisa colgando
de su brazo izquierdo.
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—Creo que ésta te vendrá bien —dijo, tomando la camisa con la mano
derecha y alcanzándosela a Brat, pero sin apartar los ojos de su rostro. Ya no
parecía sorprendido, sino remoto, pensando en otra cosa. Brat pensó que era
como si estuviera haciendo cálculos mentales.
Brat tomó la camisa, recogió el resto de la ropa, y, dándole las gracias, se
encaminó hacia la puerta.
—Baja cuando estés listo —dijo Simon aun con la vista fija en él, con la
misma expresión ausente—. Te estaremos esperando.
Y a Brat, mientras cruzaba el descanso en dirección a su habitación en el
ala opuesta, le tocó el turno de sorprenderse. Ashby no esperó que supiera
eso. Ashby estaba tan seguro de que no sabría nada acerca del caballito, que
casi se cayó de espaldas cuando comprobó que sí sabía.
¿Y qué significaba eso?
Seguramente, sólo una cosa. Que el joven Ashby nunca creyó que él fuera
Patrick.
Brat cerró la puerta del tranquilo cuarto de los niños y se apoyó contra
ella, mientras aflojaba el brazo y las ropas se deslizaban lentamente hacia el
piso.
Simon no se había dejado engañar. La emocionante escenita con los vasos
de jerez no fué más que una simulación.
El pensamiento lo hizo tambalearse.
¿Por qué se había tomado Simon la molestia de fingir?
¿Por qué no había dicho en seguida: “Usted no es Patrick, y nada me
convencerá de lo contrario”?
Ésa era su posición original, según se infería por la información de Lana y
la atmósfera familiar. Hasta último momento, no habían estado seguros de la
reacción de Simon ante la llegada de Brat, y él les había dado el gusto con una
franca y encantadora capitulación.
¿Por qué esa rendición gratuita?
¿Era… era alguna trampa? ¿Fueron la bienvenida y la amabilidad tan sólo
el pasto y las hojas para cubrir el pozo que le había preparado?
Pero no podía saber que él, Brat, no era Patrick hasta que se encontraron
frente a frente. Y, aparentemente, se dió cuenta en forma instantánea de que la
persona que estaba mirando no era su hermano. Entonces, ¿por qué había…?
Brat se agachó para recoger la ropa del piso y se enderezó bruscamente.
Recordaba algo. Recordaba el singular relajamiento de Simon después del
primer encuentro. Esa sensación de alivio. De librarse de un peso.
¡Eso era!
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Simon había temido que fuera Patrick.
Debió haber hecho un esfuerzo para no abrazarlo cuando descubrió que se
hallaba frente a un mero impostor.
Pero eso no explicaba su capitulación.
Quizá no era más que una postergación. Quizá planease un dénouement,
más espectacular, un oprobio más público.
Brat pensó que si era así, al joven Mr. Ashby le esperaban unas cuantas
sorpresas. Cuando más pensaba en las sorpresas, mejor se sentía. Mientras se
ponía la ropa de montar evocó con un cierto placer el horrorizado rostro
reflejado en el espejo. Simon no sabía que él, Brat, se había sometido con
éxito a toda clase de exámenes de familia. No estuvo presente cuando Brat
supo pasar por la difícil prueba de demostrar su conocimiento de la casa; y no
se presentó ninguna oportunidad para que alguien se lo contara. Todo lo que
sabía era que los abogados estaban convencidos respecto a su identidad. Al
enfrentarse con quien, para él, era un evidente impostor, debió de sentirse
malignamente ansioso de atormentarlo.
Sí; el joven Mr. Ashby pertenecía al tipo que se deleita arrancando las alas
de las mariposas.
El primer tirón fué su referencia a la batalla Ivanhoe-Hereward. Algo que
sólo Patrick podía saber. Pero también algo que Patrick pudo haber olvidado
fácilmente.
El caballito de madera era algo que sólo Patrick podía conocer y algo que
Patrick no olvidaría en ninguna circunstancia.
Y Brat demostró su conocimiento de todo lo referente a él.
No era de extrañar que Ashby estuviera sorprendido. Sorprendido y
desorientado. No era de extrañar que tuviese el aspecto de alguien que está
haciendo cálculos mentales.
Brat dedicó un pensamiento amable a Alec Loding, su experto preceptor.
Loding había errado su vocación; como entrenador era extraordinario. Alguna
vez, en alguna parte, quizá surgiera algo que Loding olvidó enseñarle, o que
él mismo no supo nunca; sería un instante muy difícil. Pero hasta ese
momento su parte le pareció muy bien recitada. Había estado perfecto.
Aun en el asunto de Travesty.
Había sido un pequeño objeto negro de lignito de encina. “Rudimentario y
surrealista”, le dijo, “pero identificable como caballo.” Originariamente
estuvo uncido a un carro, y el conjunto era uno de esos recuerdos de lignito
que los turistas solían traer de Irlanda antes de que resultara más conveniente
traer tocino. El carruaje, que estaba hecho de pequeños fragmentos, pronto
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siguió el camino de todos los objetos del cuarto de los niños; pero el caballito,
sólido y de una pieza, pudo sobrevivir, convirtiéndose en el sagrado fetiche de
Patrick. Alec Loding lo había bautizado una tarde de invierno mientras
tomaban el té en el cuarto de los chicos. Él y Nancy se detuvieron en
Latchetts de regreso de una carrera de ponies, con la esperanza de que les
ofrecieran algo de beber; pero sólo encontraron a Nora, que estaba tomando el
té con sus hijos en el primer piso, y su sumaron a la pequeña fiesta en el
cuarto de los chicos. Y allí, mientras hacían tostadas, trataron de encontrar un
nombre para el talismán de Patrick. Pat, quien siempre se refería a su fetiche
como “mi caballito irlandés”, y no sentía la menor necesidad de una
descripción más particular, rechazó todas las sugestiones.
—¿Qué nombre le pondrías, Alec? —preguntó Nora a Loding, que estaba
demasiado ocupado devorando tostadas con manteca para preocuparse por el
nombre de un juguete.
—Travesty[8] —respondió Alec, contemplando el caballito—. Por Irish
Peasant y Bog Oak.
Los mayores rieron, pero Patrick, demasiado joven como para conocer el
significado de la palabra, pensó que Travesty era un nombre excelente y
altivo. Un nombre que evocaba las cabriolas, los corcovos y las fuertes
pisadas de los caballos de guerra, y digno, por lo tanto, del pequeño y negro
objeto de su amor.
“Lo llevaba siempre en el bolsillo”, le había dicho Loding en el salón de
estar de Queen Adelaide (era una mañana lluviosa), “pero cuando Pat fué
demasiado grande para eso, lo colgó a los pies de su cama, mediante una cinta
deshilachada, con los colores del clan Stewart, que sacó de una caja de
bombones.”
Sí; no era de extrañar que Simon hubiese recibido un golpe tan fuerte.
Ningún desconocido hubiera sabido algo de Travesty.
Mientras se abotonaba las ropas de Ashby y observaba que la ropa bien
cortada se adapta a cualquier figura, Brat se preguntaba cómo resolvería
Simon el problema. Ahora ya sabía, sin duda alguna, que el impostor no sólo
conocía la existencia de Travesty sino que transitaba por la casa con la
confianza que da una antigua familiaridad. Un destello de excitación se
despertó en Brat. La misma excitación que hizo tan agradables sus entrevistas
con el viejo Mr. Sandal. Durante el último par de horas, desde su arribo a la
estación de Guessgate, sólo encontró bondad y expresiones de bienvenida, y
el resultado fué una vaga sensación de náusea, una especie de indigestión
espiritual. Lo que había sido una partida de dados riesgosa, se iba
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convirtiendo en algo así como quitarle caramelos a una criatura. Ahora que
Simon era su contrincante, todo el asunto se parecía más a una lucha.
Mientras se contemplaba en el espejo, Brat pensó que no se trataba de una
partida de dados, sino, más bien, de damas. Era un juego para moverse con
cautela, anticipar los ataques, obstruir los avances inesperados. Sí; una partida
de damas.
Brat descendió la escalera, animado por una nueva expectativa. Ya no era
necesario darle la espalda al joven Ashby. Ahora podía mirarlo de frente. Las
piezas estaban dispuestas en el tablero y los dos se enfrentaban por encima de
éste.
A través de la ventana abierta del vestíbulo vió a los Ashby agrupados en
los escalones, a la luz del sol, y se adelantó para reunirse con ellos. Ruth,
siempre alerta, fué la primera en verlo.
—Oh, qué bien luces —dijo Ruth, tratando todavía de congraciarse.
Brat era consciente de que lucía bien, pero hubiera preferido que Ruth no
llamase la atención sobre su atavío prestado. Se preguntó si alguien le habría
dado alguna vez un beso a Ruth Ashby.
—En cuanto se pueda, tendrás que encargar ropa de montar a Walters —
dijo Bee—. Ésta te queda lo suficientemente bien como para servir de
modelo. Así no tendrás que ir a la ciudad especialmente para que te tomen las
medidas.
—Estos breeches no son de Walters —explicó Simon, mirando
perezosamente el atuendo de Brat—. Son de Gore y Bowen. Walters no hizo
un buen par de breeches en toda su vida.
Estaba apoyado contra la pared, cerca de la puerta, relajado y
aparentemente en paz con el mundo. Sus ojos recorrieron lentamente la figura
de Brat, desde las botas hasta la camisa, y se posaron, con el mismo lejano
interés, en su rostro.
—Bien —dijo amablemente, mientras se separaba de la pared con un
envión—, vamos a ver los caballos.
“No es una partida de damas”, pensó Brat. “No, no es de damas, es de
póker.”
—Te mostraremos las caballerizas esta tarde —dijo Bee— y dejaremos
las yeguas para después del té.
Bee pasó un brazo por el de Brat y acercó a Simon con el otro, de modo
que los tres marcharon del brazo hacia las caballerizas, como viejos amigos;
Eleanor y las mellizas los seguían.
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—Gregg está loco por verte —dijo Bee—. Tú no lo notarás, por supuesto.
Su cara no le permite nada por el estilo. Te tendrás que contentar con mi
afirmación de que interiormente está ansioso.
—¿Qué pasó con el viejo Malpas? —preguntó Brat, aunque se había
enterado de todo lo concerniente al viejo Malpas una tarde en el Orangery.
—Su astigmatismo empeoraba día a día —dijo Bee—. Figuradamente
hablando, no podía ver más allá de sus narices. En realidad, no le gustaba
recibir órdenes de una mujer. De modo que se retiró unos dieciocho meses
después de que me hice cargo y Gregg ha estado desde entonces. Es un
misántropo, un misógino y tiene sus berrinches, claro; pero no deja que nadie
intervenga en el cuidado de las caballerizas. Hubo una notable disminución en
las facturas del forraje, después de irse el viejo Malpas. La gente de la aldea
prefiere a Gregg porque compra el heno directamente a los granjeros, y no por
medio de un contratista. Es más capaz para poner en condiciones un caballo
débil. Y es un genio para curar a los que están enfermos.
“¿Por qué no se afloja?”, pensaba Bee al sentir la rigidez del brazo de Brat
bajo sus dedos. “Ya pasó el peor momento. ¿Por qué está tan tenso?”
Y Brat, por su parte, sentía los dedos que ceñían su brazo con más
intensidad que la que había experimentado ante la mano de otra mujer en toda
su vida. Lo inundaba una oleada de la misma emoción desconocida que sintió
cuando Bee lo tomó de la mano para conducirlo a la entrevista con Mr.
Macallan.
Pero la cercanía de las caballerizas distrajo su atención, tanto de los
problemas afectivos como de los éticos.
Su reacción fué muy similar a la de un marino mercante cuando conoce
por primera vez un barco de la flota real. Una suerte de diversión desdeñosa
pero benevolente. Era un milagro que no estuvieran adornadas con cintas.
Sólo el hecho de que las cabezas de algunos caballos se asomaban
inquisidoramente fuera de los boxes, lo convenció de que el lugar se utilizaba
seriamente como caballeriza. En realidad, se parecía más a uno de esos
modelos de juguete que venden en las jugueterías de lujo. Siempre imaginó
que esos pequeños objetos llamativos, con sus pinturas brillantes y sus flores
en pequeños toneles, se fabricaban de acuerdo con el gusto infantil. Pero
aparentemente eran copias auténticas de un objeto real. En ese momento
contemplaba uno de esos objetos y estaba muy sorprendido.
Ni siquiera la estancia para turistas le había preparado para lo que estaba
viendo. Había pintura de sobra en la estancia para turistas, pero también una
tradición de rudeza. Allí nunca se les hubiera ocurrido segar el césped en la
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parte central de modo que pareciera un tapete verde de forma cuadrada, tan
cuidado y con un borde tan nítido que daba la impresión de que uno podía
enrollarlo y llevárselo. Allí quedaba un rastro del barro, el estiércol, el sudor y
las moscas, que la cercanía de los caballos siempre ocasiona.
El pequeño edificio a la izquierda de la entrada del patio era el cuarto de
las monturas, y en la puerta del mismo estaba Gregg, el mozo de cuadra.
Gregg evidenciaba en un alto grado, ese aire desilusionado común a todos los
que se ganan la vida con los caballos. Estaba dotado, además, de otra de las
características del jinete: no tenía edad. Probablemente era un hombre de
cincuenta años, pero a nadie hubiera sorprendido enterarse de que tenía treinta
y cinco.
Se adelantó dos pasos y esperó que se acercaran. Los dos pasos
constituían su concesión a las buenas costumbres, y la espera acentuaba el
hecho de que el encuentro se realizaba en su propio terreno. Sus claros ojos
azules estudiaron a Brat mientras Bee los presentaba, pero su expresión siguió
siendo cortés e inescrutable. Le dió a Brat una convencional bienvenida y un
triturante apretón de manos.
—He oído decir que montó caballos en los Estados Unidos —dijo.
—Sólo en el Oeste —respondió Brat—. Caballos para el trabajo.
—Oh, éstos trabajan —dijo Gregg, señalando los boxes con la cabeza.
“No le quepa la menor duda”, eso era lo que significaba el tono de sus
palabras. Era como si se hubiese dado cuenta de la desconfianza que sentía
Brat hacia lo excesivamente acicalado y pulido. Miró a Eleanor por encima
del hombro de Brat y dijo:
—¿Ha visto quién está ahí adentro, Miss Eleanor?
Como en respuesta a su pregunta, la figura de un chiquillo surgió de la
oscuridad del cuarto de las monturas. Lo hizo de mala gana, como si no
estuviera seguro de ser bien recibido. A pesar del cambio en su indumentaria,
Brat reconoció en él al jinete del león de piedra en los portones de Clare. El
traje que llevaba en ese momento, si bien no era tan espantoso, tampoco
resultaba más ortodoxo que su disfraz de piel de leopardo. Vestía una
camiseta de fútbol a rayas, adherida a su cuerpo de renacuajo, un par de
jodhpurs tan amplios que caían en un pliegue por encima de sus huesudas
rodillas, un casco como los que usan los jinetes en las carreras de obstáculos,
con el acero asomando en la parte posterior, y un par de sucios mocasines
rojos.
—¡Tony! —exclamó Eleanor—. Tony, ¿qué estás haciendo aquí?
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—Vine para salir a caballo —respondió Tony, y sus ojos recorrieron
rápidamente el grupo, como los de un basilisco.
—Pero hoy no te toca salir.
—¿No, Eleanor? Yo creí que sí.
—Sabes perfectamente bien que no sales los martes.
—Pensé que era miércoles.
—Eres un mentiroso incorregible —dijo Eleanor, sin enojarse—. Sabes
muy bien que hoy no es miércoles. Lo que pasa es que me viste en el auto con
un desconocido y viniste para averiguar quién era.
—¡Eleanor! —murmuró Bee, implorante.
—Tú no lo conoces —dijo Eleanor, como si el objeto de la discusión no
estuviera allí—. Su curiosidad es casi una manía. Prácticamente es su único
atributo humano.
—Si sales con él hoy, no tendrás que hacerlo mañana —intervino Simon,
mirando a Tony con disgusto.
—¡No es posible que salgamos cuando a él se le ocurra! —respondió
Eleanor—. Además, ya le dije que no volvería a salir con él mientras usara
esa ropa. Te pedí que consiguieras un par de botas, Tony.
Los ojos negros dejaron de parecer los de un basilisco para convertirse en
dos lagos rebosantes de dolor.
—Mi padre no tiene dinero para comprarme botas —balbuceó Tony, con
un tono capaz de hacer llorar a una piedra.
—Tu padre percibe una renta de 12.000 libras anuales, libres del impuesto
a los réditos —exclamó vivamente Eleanor.
—Si lo sacas hoy, Nell —dijo Bee—, podrás ayudarme mañana cuando la
mitad de la población aparezca para echarle un vistazo a Brat. —Y, viendo
que Eleanor dudaba, agregó—: Te conviene hacerlo ahora, ya que está aquí.
—Y mañana seguirá con los mismos mocasines —dijo Simon,
lentamente.
—Los jinetes indios llevan mocasines —observó Tony, tranquilamente y
son muy buenos jinetes.
—Supongo que a tu desvalido padre no le gustaría que te pasearas por una
calle de Londres con mocasines. Consigue un par de botas. Y aunque salga
contigo esta tarde, espero que entiendas que no ocurrirá otra vez.
—Oh, no, Eleanor.
—Si vuelves a venir el día que no te corresponde, tendrás que irte sin el
paseo.
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—Sí, Eleanor. —Sus ojos eran nuevamente los de un basilisco,
moviéndose sin cesar de un lado al otro.
—Muy bien. Ve y pídele a Arthur que ensille a Spuds.
—Sí, Eleanor.
—No da las gracias, como ven —dijo Eleanor, mientras lo miraba
alejarse.
—¿Para qué sirve el yelmo de acero? —preguntó Simon.
—Sostiene que su cráneo es tan fino como papel celofán y que tiene que
protegerlo. No sé cómo hizo para conseguir uno de ese tamaño. Supongo que
en un circo. En vista de su admiración por los indios, tenemos que estar
agradecidos de que no se aparezca con una vincha y una sola pluma.
—Lo hará algún día, cuando se le ocurra —dijo Simon.
—Bueno, supongo que será mejor que vaya a ensillar a Buster. Lo siento,
Brat —dijo, sonriéndole levemente—, pero en realidad es mejor así. El pony
que monta se hubiera portado mucho peor mañana, después de un día en el
establo. Y, en realidad, no hacen falta tres personas para enseñarte el lugar.
Iremos juntos a ver las dehesas, después del té.
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XIV
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temperamento o perspectivas, observaba su frío y apacible perfil y se
maravillaba. “Un poco flojo de manos”, decía la tranquila voz, y sus ojos
serenos recorrían el cuerpo del animal, como si ninguna nube empañara su
horizonte, “pero a pesar de eso es un lindo animal, ¿no te parece?” y otras
veces: “A éste, realmente, habría que echarlo al campo; durante todo el
invierno lo hemos usado para cazar; pero este verano tendré que sacarlo a la
caza de comida. Y Bee es terriblemente tacaña con sus pasturajes, de todos
modos.”
Entonces Bee hacía alguna observación intrascendente y se apartaba otra
vez.
Bee era quien administraba Latchetts, pero la atención de los diversos
intereses que involucraba se dividía entre los tres Ashby. Eleanor se ocupaba
principalmente de los animales de tiro y los de caza. Simon de éstos y de los
que se preparaban para carreras de obstáculos, y Bee de las yeguas y los
ponies de Shetland. Cuando Bill Ashby vivía, cuando Latchetts era
exclusivamente un haras, los animales de tiro y los de caza se conservaban
para uso y entretenimiento de la familia. Ocasionalmente, cuando había en las
caballerizas algún animal excepcionalmente bueno, Bee, que montaba mejor
que su hermano, venía de Londres por una o dos semanas para adiestrarlo y
presentarlo luego en las exposiciones. Era una buena propaganda para
Latchetts; no porque Latchetts trabajase con caballos adiestrados, sino porque
la simple repetición de un nombre tiene mucho valor en el mundo comercial,
como lo han descubierto los agentes de propaganda. En el presente, los Ashby
más jóvenes, bajo la supervisión de Bee, habían convertido las caballerizas en
un ventajoso rival de las yeguas para cría.
—Señor, Mr. Gates pregunta si puede hablar con usted —dijo el
caballerizo a Gregg. Y Gregg pidió permiso y volvió al cuarto de las
monturas.
Fourposter se asomó a la puerta de su box, miró a Brat con indiferencia,
un momento, y luego lo golpeó jovialmente con su nariz aguileña.
—¿Fué siempre de Jane? —preguntó Brat.
—No —respondió Bee—, lo compraron para Simon cuando cumplió
catorce años. Pero Simon creció tan rápidamente que pronto le quedó chico, y
Jane, que tenía cuatro años, clamaba ya por un caballo de verdad en lugar de
un Shetland. De modo que lo heredó. Si alguna vez tuvo buenos modales, los
ha olvidado, pero parece que Jane y él se entienden perfectamente.
Gregg regresó para decir que era a Miss Ashby a quien Gates deseaba ver,
por algo relacionado con el cerco.
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—Bien, ya voy —dijo Bee. Y cuando Gregg se alejó, añadió—: A quien
realmente quiere ver es a Brat, pero tendrá que esperar hasta mañana como el
resto del mundo. Es típico de Gates tratar de sacar alguna ventaja. Su segundo
nombre es oportunismo. Si llegan a salir a probar alguno de los caballos,
vuelvan para el té, por favor. Quiero dar una vuelta con Brat por las dehesas,
antes de que oscurezca.
—¿Te acuerdas de Gates? —preguntó Simon, mientras abría la puerta de
otro box.
—No, no freo.
—Es el arrendatario de Wigsell.
—Entonces, ¿qué pasó con Vidler?
—Murió. Gates estaba casado con su hija y tenía una pequeña hacienda
del otro lado de Bures.
Bueno, esta vez Simon le había dado las cartas que necesitaba. Lo miró
para ver cómo lo tomaba, pero, aparentemente, todo el interés de Simon se
concentraba en el animal que estaba sacando del box.
—Los animales de los tres últimos boxes son adquisiciones recientes, que
hicimos pensando en las exposiciones futuras. Pero éste es lo mejor del grupo.
Tiene cuatro años, por High Wood y una yegua llamada Shout Aloud. Su
nombre es Timber.
Timber era todo negro, sin un pelo más claro. Tenía una rudimentaria
estrella blanca y un anillo blanco en la corona de cada casco; y era el caballo
más hermoso que Brat había visto en su vida. Salió de su box con un aire de
benevolente condescendencia, como si tuviera conciencia de su belleza y le
gustara que la admirasen. Observándolo, Brat pensó que parecía
singularmente recatado. Quizá se debiera a la forma en que se paraba, con las
patas delanteras muy juntas. De cualquier modo, no armonizaba con su
mirada altiva que reflejaba confianza en sí mismo.
—Cuesta encontrarle un defecto, ¿no es verdad? —dijo Simon.
Brat, perdido en la contemplación de su conformación física, aun estaba
intrigado por lo que le parecía un aire de falsa inocencia.
—Tiene una de las mejores cabezas que he visto en un caballo —dijo
Simon—. Mírale el lomo. —Hizo que el animal diese una vuelta—. Y se
mueve maravillosamente —agregó.
Brat continuó mirándolo en silencio, admirado y desconcertado.
—Bueno —dijo Simon, esperando algún comentario de Brat.
—¡Vaya que es engreído! —exclamó Brat.
Simon rió.
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—Sí, supongo que lo es. Pero no sin motivo.
—No. Realmente es una belleza.
—Es algo más que eso. Tiene un galope perfecto. Y puede saltar cualquier
cosa que se le ponga delante.
Brat se adelantó hacia el caballo e hizo algunas insinuaciones amistosas.
Timber aceptó el gesto sin responder. Parecía satisfecho, pero levemente
aburrido.
—Debió haber sido tenor —dijo Brat.
—¿Tenor? —preguntó Simon—. Ah, ya veo. Por su vanidad. —Volvió a
considerar al animal—: Supongo que está muy satisfecho de sí mismo. No se
me había ocurrido antes. De paso, ¿te gustaría probarlo?
—Por supuesto.
—Hoy le tocaba hacer un poco de ejercicio y aun no lo ha hecho. —
Llamó a un mozo—: Arthur, traiga una montura para Timber.
—Sí, señor. ¿Con doble brida, señor?
—No; un bridón. —Y cuando el mozo se alejó, dijo—: Es demasiado
blando de boca.
Brat se preguntó si lo que evitaba era exponer esa boca tierna en las
manos torpes de un vaquero con un freno con barbada a su disposición.
Mientras el mozo ensillaba a Timber, examinaron las dos adquisiciones
restantes. Una de ellas era una yegua baya con el lomo un poco largo, pero
con muy linda cabeza y excelentes cuartos posteriores (“dos buenas
extremidades compensan lo que está en el medio”, como dijo Simon), llamada
Scapa; y la otra era Chevron, una yegua baya de pelo brillante, de excelente
calidad y mirada nerviosa.
—¿Cuál vas a montar? —preguntó Brat, mientras Simon guardaba a
Chevron en su box.
Simon cerró el pestillo de la puerta y se dió vuelta para mirarlo.
—Pensé que te gustaría salir solo —dijo. Y como Brat, sorprendido por su
buena suerte, se quedara momentáneamente mudo, agregó—: No dejes que se
excite demasiado, porque volverá a sudar después que lo hayan secado.
—No, lo traeré fresco —dijo Brat; y subió por primera vez a un caballo
inglés.
Eligió uno de los dos látigos que Arthur le ofrecía, e hizo girar el animal
hacia el rincón interno del patio.
—¿A dónde vas? —preguntó Simon, con aparente sorpresa.
—A la loma, supongo —respondió Brat, como si la pregunta de Simon se
refiriese al lugar por donde pensaba cabalgar.
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Si el portón de la esquina Noroeste del patio no conducía ya al atajo que
llevaba a las colinas, Simon tendría que decírselo. Pero, en caso contrario,
Simon iba a hallar otro motivo para preocuparse.
—El látigo que has elegido no es muy bueno para cerrar portones —dijo
Simon, afablemente—. ¿O piensas saltar todo lo que encuentres en el camino?
—Su tono significaba: “eres un artista de rodeo”.
—Cerraré los portones —contestó Brat, con la misma afabilidad.
Comenzó a alejarse hacia la esquina del patio.
—Tiene sus mañas, de modo que vigílalo —agregó Simon.
—Lo haré. —Y Brat fué hacia el portón, donde Arthur lo estaba
aguardando para abrir.
Arthur le sonrió amistosamente y dijo con admiración:
—Es un verdadero pícaro.
Mientras doblaba hacia la callejuela de la derecha, Brat consideró el
significado de ese adjetivo inglés. Hacía mucho tiempo que no lo había oído.
En la acepción inglesa, y no en la que se conocía en los Estados Unidos,
pícaro significaba ingenioso, agudo. Pero era algo más que eso. Algo taimado
con un matiz de inteligencia.
Eso es lo que era Timber.
El animal avanzó serenamente por la senda bordeada de violetas, con las
orejas paradas por la proximidad del césped. Al divisar el portón al final de la
senda hizo algunas cabriolas. Pero las manos de Brat le ordenaron que dejara
de hacerlas y desistió de inmediato. Alguien había dejado abierto el portón,
pero como en el medio de éste se leía: cierre el portón, por favor, Brat
maniobró con Timber para cerrarlo. Timber parecía tan familiarizado con los
portones y su manejo como un caballo acostumbrado a perseguir una vaca
con el lazo, pero Brat nunca había montado antes un mecanismo tan delicado
y bien aceitado como Timber. Obedecía la menor indicación de la mano o del
talón sin objeción alguna y con una confianza desconocida para Brat.
Sorprendido y encantado, el jinete hizo experimentos con esa docilidad,
nueva para él. Y Timber, aun con el césped por delante, con el césped
prácticamente bajo sus cascos, se movía serena y obedientemente bajo sus
manos.
—¡Eres una maravilla! —dijo Brat, suavemente.
Timber paró las orejas.
—Una verdadera maravilla. —Y apretó las rodillas mientras doblaba
hacia la colina. Timber avanzó con un medio galope hacia los grupos de
arbustos de aulaga y enebro que dibujaban el contorno de la loma.
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“De modo que esto es lo que se siente montando un buen caballo inglés”,
pensó Brat. “Esta comunión, esta sensación de ser parte de un todo. Esta
ausencia de esfuerzo. Esta magia.”
El tupido césped se deslizaba a sus pies, y le resultaba extraño que los
cascos no levantasen ni una partícula de polvo al golpear el suelo. Inglaterra,
Inglaterra, Inglaterra, decían los cascos al chocar con la tierra. Era un suave
redoble sobre el césped inglés.
“No me importa”, pensó. “No me importa. Soy un criminal y un canalla,
pero ahora tengo lo que siempre quise, y realmente vale la pena. Por Dios que
vale la pena. Aunque muriese mañana, valió la pena.”
Llegaron a la cima de la colina y se enfrentaron con una doble hilera de
arbustos que formaba una tosca avenida natural, de unas cincuenta yardas de
longitud, a lo largo de la cresta. Esto era algo que Alec Loding olvidó
mencionarle y que tampoco figuraba en el mapa. Ni siquiera la Oficina de
Geodesia habría tenido en cuenta ese grupo de arbustos. Detuvo su
cabalgadura para examinar el lugar. Pero Timber no estaba de humor para
examinar nada. Timber conocía perfectamente esa extensión plana de la
colina entre las hileras de arbustos.
—Está bien —dijo Brat—, veamos qué sabes hacer —y le aflojó las
riendas.
Brat ya había montado caballos veloces. Muchas veces. Había montado
caballos de carrera y ganado dinero con ellos. Había sido lanzado con la
velocidad de un proyectil. La mera velocidad ya no lo sorprendía. Lo que lo
asombraba ahora era la suavidad del avance. Era como si volase por el aire en
un caballo suspendido de una calesita.
El aire suave acariciaba su rostro, le hacía cosquillas en las orejas y huía
detrás de él dejándole el olor de la hierba entibiada por el sol, el olor del cuero
y del enebro. “¡A quién le importa, a quién le importa!”, decían los cascos.
“¡A quién le importa, a quién le importa!”, decía la sangre en sus venas.
Ahora ya no le importaba morirse.
Al aproximarse al final de la avenida, Timber comenzó a disminuir la
marcha por su propia cuenta, pero como iba contra los instintos de Brat
permitir que un caballo tomara sus propias decisiones, lo hizo seguir, dobló al
llegar al extremo sur del verde corredor, disminuyó la velocidad hasta
alcanzar un medio galope, y así, suavemente, hasta que el animal marchó al
paso y respondió sin objeciones.
—Hermano —dijo Brat, mientras pasaba los dedos por la oscura cresta—,
¿hay otros como tú en Inglaterra, o eres algo especial?
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Timber dobló la cabeza al sentir la caricia, pero conservando el aire de
quien recibe lo que merece.
Pero mientras regresaban por el lado sur del irregular cerco verde, la
atención y el interés de Brat se dirigieron hacia la campiña extendida a sus
pies. Salvo por el hecho de que la estaba mirando al revés —desde el Norte,
en lugar de hacerlo desde el Sur, como ocurre normalmente con un mapa—,
ésta era Clare tal como la había visto por primera vez. Extendida bajo sus ojos
con la claridad y precisión de una carta topográfica.
Debajo de él, un poco a la izquierda, se veían los tejados rojos de
Latchetts, engarzados en los prolijos cuadrados de césped. Un poco más allá,
siempre hacia la izquierda, se hallaba la iglesia, sobre su propia elevación; y,
por último, en la misma dirección la aldea de Clare, una confusión de tejados
y árboles verde claro. Donde el terreno comenzaba a ascender para formar la
ladera sur del pequeño valle, se levantaba Clare Park, una larga casa blanca
protegida de los vientos del Sudoeste que soplaban desde el Canal por esa
misma ladera.
Frente a Brat, esa ascensión del terreno se convertía en una versión más
pequeña y menos empinada de la colina en la que estaba sentado; una loma
baja y verde llamada Tanbitches. Era un terreno abierto, cubierto de pasto,
marcado en la mitad de la ladera por la verde cicatriz de una antigua cantera y
coronado en la cima por las hayas que le habían dado el nombre. De las diez
hayas originales sólo quedaban siete, pero el pequeño grupo bastaba para dar
un satisfactorio toque decorativo al lado sur del valle.
La otra ladera de la colina de Tanbitches, tal como la había visto en el
mapa, descendía suavemente en una extensión de una milla y media, hacia los
riscos. Los riscos donde Patrick Ashby se suicidara. Del otro lado del valle,
en la ladera opuesta a la de Clare Park, había granjas que se confundían
imperceptiblemente, durante una o dos millas, con los suburbios de Westover.
En la pequeña depresión que separaba la ladera de Clare Park de la colina de
Tanbitches, un sendero llevaba a la costa. El sendero que un día siguió Patrick
Ashby, hacía ocho años.
Esa tragedia que estaba utilizando para su propio beneficio, se convirtió
de pronto en algo más real que lo que había sido anteriormente para él. Ni
siquiera en las habitaciones donde Patrick vivió, pudo parecerle tan real. En la
casa había otros recuerdos, además de Patrick; más presentes y más vivos.
Estaban las distracciones de las relaciones humanas y su propia necesidad de
estar constantemente alerta. Pero allí, en el espacio abierto y solo, apreciaba
una realidad que no poseyó antes. Por ese sendero perdido del otro lado del
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valle había marchado un chiquillo, oprimido por un dolor tan tremendo, que
su pulcro mundo inglés no significó nada para él. Tuvo caballos como
Timber, y amigos y parientes y un hogar, pero nada llegó a significar algo
para Pat.
Por primera vez en su solitaria existencia, Brat tuvo viva conciencia de la
tragedia de otro ser humano. Cuando Loding le contó la historia, en la taberna
de Londres, sólo había sentido desprecio por la criatura que tuvo tanto y no
pudo soportar esa pequeña pérdida. Entonces pensaba que Patrick era muy
poca cosa. Luego Loding había llevado las fotografías a Kew, y al contemplar
la imagen de Patrick, Brat sintió una rara sensación de identificación, de
alianza.
“Éste es Pat Ashby. Cuando tenía once años, poco más o menos”, había
dicho Loding, con los pies cómodamente apoyados en la verja del parque,
mientras le pasaba el trozo de papel. Era una instantánea tomada con una
Brownie 2A, y Brat la recibió con una curiosidad que no era, sin embargo,
imperiosa.
Pero Pat Ashby no había sido esa pobre cosa anónima que imaginaba
hasta ese momento. Fué algo real. Un ser humano real y del que uno hubiera
gustado fácilmente. Brat sintió que ambos tenían mucho en común. Y pasó de
una postura vagamente anti-Patrick, a convertirse en su paladín.
Pero no fué hasta ese momento de quietud, en que contemplaba Latchetts
desde lo alto, que sintió pena por Patrick.
Clinc…, clinc… El débil sonido llegaba desde el valle; y los ojos de Brat
recorrieron la ladera de Tanbitches hasta llegar a la casucha que se hallaba a
sus pies. Era la herrería. Un cuarto de milla al Oeste de la aldea. Había sido
un diminuto cuadrado negro al borde del camino, en el mapa; ahora era un
pequeño edificio con una chimenea negra y un ocupante que producía sonidos
musicales con un martillo.
Toda la escena le recordaba la estampa de su libro de primer año de
francés. Voilà le forgeron. Sólo faltaba el cura viniendo de la iglesia. Y un
cartero en bicicleta entre la fragua y la aldea.
Brat se deslizó al suelo, aflojó por costumbre la cincha como si hubiese
ensillado el animal muchas horas antes y se sentó con la espalda contra los
arbustos, para recrear sus ojos por primera vez con la campiña inglesa.
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XV
LAS GRANDES nubes avanzaban por el cielo, la luz del sol vacilaba y huía, una
brisa inconstante movía las hojas de los enebros y desordenaba la hierba.
Timber hacía ruidos con el bocado y mordisqueaba altiva y cautelosamente el
césped. Brat se hundió en una bruma de placer y se apartó de todo
pensamiento consciente.
Un rápido movimiento de la cabeza de Timber lo volvió a la realidad, y
casi simultáneamente, a su espalda, una voz femenina dijo como si se tratase
de un sonsonete rimado:
—No mires,
no te des vuelta,
cierra los ojos,
y adivina quién.
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—Hasta lleva la misma clase de ropa.
Él le explicó que las ropas eran de Simon.
—¿Lo conoce?
—Claro que lo conozco. Soy Sheila Parslow. Estoy pupila en Clare Park.
—Ah. —La escuela para vagos, como la llamaba Eleanor. El lugar donde
no era obligatorio aprender las tablas de multiplicar.
—Estoy haciendo lo posible por tener un affaire con Simon, pero es una
empresa muy difícil.
Brat no supo qué responder, pero la muchacha no necesitaba que la
alentaran para seguir hablando.
—Tengo que conseguir algo para poner un poco de pimienta en la vida
que se lleva en Clare Park. No se puede imaginar lo espantosamente aburrida
que es. No nos prohíben hacer nada, absolutamente nada. Una vez me sentí
tan desesperada que me quité toda la ropa y entré en el despacho de Cedric
(Cedric es nuestro guía, no le gusta que le llamen director, aunque eso es lo
que es, por supuesto) sin nada encima, ni siquiera una horquilla, y todo lo que
dijo fué: “¿Alguna vez has pensado en ponerte a régimen, querida Sheila?”
Simplemente me miró y dijo: “¿Alguna vez has pensado en ponerte a
régimen?”, y siguió leyendo el Quién es quien. Uno no tiene muchas
probabilidades de educarse en Clare Park si su padre no figura en el Quién es
quien. El mío no figura, pero tiene muchos millones y eso constituye un buen
sustituto. Tener millones es una buena carta de presentación, ¿no es verdad?
Brat contestó que suponía que sí.
—Agité los millones de mi padre bajo las narices de Simon; Simon siente
un enorme respeto por una buena inversión y confié en que aumentarían mis
encantos, por así decirlo; pero Simon es tremendamente esnob, ¿no es
verdad?
—¿Lo es?
—¿No lo sabe?
—Llegué esta mañana.
—Ah, claro. Acaba de regresar. Qué emocionante debe ser para usted.
Entiendo que Simon no esté loco de alegría, pero para usted tiene que ser un
placer verlo irritado.
Brat se preguntó si también ella se dedicaría a arrancarles las alas a las
mariposas.
—Quizá tenga más éxito con Simon ahora que usted lo ha despojado de su
fortuna. Trataré de sorprenderlo en alguna parte y veré. En realidad, pensé
que eso es lo que estaba haciendo ahora, cuando vi a Timber. Viene aquí con
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frecuencia porque es su lugar preferido para que los caballos hagan ejercicio.
Odia Tanbitches. —Señaló con la barbilla el lado opuesto del valle—. Y aquí
es fácil encontrarlo solo. De modo que vine aquí por las dudas y cuando
divisé ese monstruo negro pensé que lo había pescado. Pero era usted, en
cambio.
—Lo siento mucho —dijo Brat, humildemente.
La joven lo examinó.
—¿Supongo que no resultará si trato de seducirlo a usted, en cambio? —
preguntó.
—Temo que no.
—¿No soy su tipo, o no le intereso en general?
—Temo que no me interese en general.
—No, supongo que no —dijo la joven, de acuerdo con él—. Tiene cara de
monje. Es extraño que sea tan parecido a Simon y a la vez tan diferente.
Simon no es ningún monje, como la hija de los Gates, en Wigsell, se lo puede
asegurar. He fabricado imágenes de esa chica y les he clavado alfileres, pero
sin ningún resultado. Sigue hermosa como una maldita peonía y ejerciendo
sobre él la misma fascinación que un papel para cazar moscas.
Brat pensó que ella también parecía una enorme peonía, mientras
contemplaba su boca roja y húmeda y la tirantez de la blusa sobre su amplio
busto. En ese momento parecía una peonía bastante mustia y desilusionada.
—¿Sabe Simon que le tiene cariño?
—¿Cariño? Yo no quiero a Simon. No pienso en él en esa forma. Tan sólo
deseo tener un affaire con él para animar un poco el período escolar. Hasta
que pueda irme de este aburrido lugar.
—¿Por qué no se va ahora, ya que puede hacer lo que quiera? —preguntó
lógicamente Brat.
—Bueno, no quiero que piensen que soy una idiota. Primero me
mandaron al colegio de Ling Abbey y convertí el lugar en un infierno para
que mis padres me sacaran de allí y me enviaran aquí. Creía que lo iba a pasar
muy bien aquí, sin lecciones, ni horarios ni reglamentos ni nada por el estilo.
No me imaginé que era tan aburrido. Podría llorar de aburrimiento.
—¿No hay nadie en Clare Park que pueda substituir a Simon? Alguien
que sea más… complaciente, quiero decir.
—No, ya pensé en eso. Pero son todos huesudos, velludos e intelectuales.
¿Se fijó alguna vez en que el intelecto se manifiesta en forma de pelos?
Algunas mujeres se enamoran de lo horrible, pero yo no. A mí me gustan
guapos. Y tiene que admitir que Simon es muy guapo. El ayudante del
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jardinero, en Ling Abbey, era casi tan buen mozo, pero no tenía esa
maravillosa mirada, maldita sea, que tiene Simon.
—¿Y por qué no se quedó en Ling Abbey, junto al ayudante?
—Porque lo despidieron. Era más fácil que expulsarme a mí y aguantar el
escándalo. Pero podían haberse quedado con el pobre Albert porque tuvieron
que expulsarme de cualquier manera. Era mucho más amable con sus lobelias
que con las jóvenes. Pero no podía esperarse que en el colegio lo supieran,
por supuesto. Supongo que usted no querrá interceder por mí ante Simon.
Sería una pena que toda la agonía por la que he pasado, tratando de despertar
su interés, resultase inútil.
—¿La agonía?
—No pensará que aguanté horas arriba de esos horribles cuadrúpedos
porque me divierte. Con esa heladera que tiene por hermana, mirándome con
desprecio. Oh, me olvidé; también es su hermana, ¿no es así? Aunque ha
estado ausente tanto tiempo que quizá no la sienta como hermana.
—No, no es así —dijo Brat; pero la muchacha no lo escuchaba.
—Supongo que usted ha andado a caballo desde que empezó a gatear, de
modo que no se puede imaginar lo que es sentirse sacudido sobre una enorme
y amorfa montaña que está demasiado lejos del suelo, y que no tiene de donde
agarrarse. ¡Parece tan fácil cuando lo hace Simon! El caballo resulta tan
tranquilo y tan angosto cuando se lo mira desde el suelo. Uno cree que podría
andar en él como en una bicicleta. Pero cuando sube descubre que el lomo
tiene kilómetros de ancho y que el caballo no se siente impresionado en lo
más mínimo. Y uno se queda sentado dejando que lo sacudan, y las piernas se
resbalan hacia atrás y hacia delante en lugar de quedarse quietas como las de
Simon, y uno se llena de enormes ampollas y no puede sentarse en el baño
por varias semanas. Usted no se parece tanto a un monje cuando sonríe un
poquito.
Brat sugirió que debería de haber mejores medios para atraer el interés,
que ser un bisoño en algo que el objeto perseguido hacía a la perfección.
—Oh, yo no pensé atraerlo de ese modo. Es sólo una excusa para rondar
las caballerizas. Esa hermana…, su hermana no permite que nadie ande por
allí sin motivo.
“Su hermana”, pensó Brat, y le gustó cómo sonaba.
Ahora tenía tres hermanas y por lo menos dos de ellas eran tales como él
las hubiera elegido. Al regresar, trataría de conocerlas un poco más.
—Temo que es hora de que me vaya —dijo, mientras se ponía de pie y
pasaba las riendas por la cabeza de Timber.
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—Me gustaría que pudiera quedarse —dijo la muchacha, observando a
Brat ajustar la cincha—. Es usted la persona más agradable que he conocido
desde que llegué a Clare. Es una pena que no le interesen las mujeres. Si usted
conquistara a la Gates yo tendría más probabilidades con Simon. ¿Conoce a la
joven Gates?
—No —dijo Brat, mientras subía al caballo.
—Bueno, échele una mirada. Es muy bonita.
—Lo haré —contestó Brat.
—Ahora que está aquí supongo que nos encontraremos alguna vez en las
caballerizas.
—Así lo espero.
—No le gustaría darme lecciones en lugar de su hermana, ¿no es así?
—Temo que eso sería invadir jurisdicción ajena.
—¡Oh, bueno! —Su voz sonaba resignada—. Luce muy bien sobre ese
bruto. Supongo que su lomo también tiene kilómetros de ancho. Todos son
iguales. Es una conspiración.
—Adiós —dijo Brat.
—Aun no sé su nombre. Alguien me lo dijo, claro, pero lo olvidé. ¿Cuál
es?
—Patrick.
Y al decirlo, su mente retrocedió al sendero que cruzaba el valle y se
olvidó instantáneamente de Miss Parslow. Recorrió al galope la cima de la
colina hasta que llegó a la altura de Latchetts y luego comenzó a descender, al
paso. Debajo de él un sendero verde conducía, a través de las dehesas, al
costado occidental de la casa y luego a la curva de grava del frente. Por allí
había llegado Jane esa mañana, cuando se encontró sorpresivamente con el
grupo que se formó en la puerta del frente, luego de su arribo. El portón del
sendero estaba completamente abierto contra la gruesa cerca de la dehesa que
bordeaba el sendero. Brat siguió avanzando hasta que la pendiente de la
ladera se convirtió en un suave declive y entró a medio galope. El verde túnel
del camino, con su blando suelo, se abría delante de ellos, y él no pensaba
desperdiciarlo deteniéndose a cerrar un portón que alguien había dejado
abierto.
No se debió a su habilidad como jinete que su pierna izquierda se
demorase cinco segundos. Se debió enteramente a los años de rudo
aprendizaje que hicieron que sus reacciones físicas fueran más rápidas que su
pensamiento. El movimiento fué tan súbito y tan perfecto que la blanca
baranda raspó la montura en el sitio donde debió estar la pierna, antes de que
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Brat se diera cuenta de que ésta ya no estaba allí, de que la había sacado antes
de que tuviera tiempo para pensarlo.
Cuando Timber se apartó de la cerca, se acomodó nuevamente en la
montura y frenó la cabalgadura. Timber se detuvo obedientemente.
—Puf —dijo Brat, respirando con fuerza. Sus ojos estudiaron a Timber,
parado exactamente en el medio del camino y con aire inocente y recatado.
—¡Ladino! —exclamó, divertido.
Timber mantuvo su expresión de recato, pero sus orejas lo escuchaban
atentamente. A Brat le pareció que con un poco de aprensión.
—Conozco individuos que te hubieran molido a palos por una cosa así —
le dijo, y lo hizo girar en dirección a la colina. Timber volvió obedientemente
sobre sus pasos, pero era evidente que estaba preocupado. Cuando se hubo
alejado lo suficiente, Brat lo hizo galopar en dirección al portón. No tenía
espuelas ni freno con barbada, pero ansiaba saber qué haría Timber esa vez.
Timber, tal como esperaba, atravesó el portón haciendo un despliegue de
buenos modales y dividiendo la distancia entre ambos extremos con una
precisión matemática.
“¿Yo?”, parecía decir. “¿Hacer una cosa así a propósito? ¿Yo, con mis
perfectos modales? Claro que no. Lo que pasó es que perdí el equilibrio por
un momento, al entrar al camino. Le puede ocurrir al mejor.”
“Bueno, bueno”, pensó Brat, disminuyendo la marcha. “Te crees muy
vivo, ¿no es así?”, dijo en voz alta, mientras avanzaban por el camino.
“Caballos mucho más astutos que tú han tratado de tirarme, créeme. Y los que
lo han conseguido te harían quedar a la altura de un poroto.”
Las negras orejas se pusieron rígidas; lo escuchaban, analizaban el sonido
de su voz, el tono de sus palabras; parecían desconcertadas.
Las yeguas se aproximaron a la cerca para verlos pasar, contentas ante
este pequeño acontecimiento en sus plácidas vidas; y las potrancas corrían
describiendo círculos, movidas por una excitación interior. Pero Timber no
les prestó atención. Había perdido desde muy joven todo interés por las
yeguas, y toda su atención se concentraba en ese momento en el hecho de que
alguien fué más listo que él, y ese alguien estaba haciendo unos ruidos que no
lograba comprender. Sus orejas, que debían estar erguidas ante la proximidad
de la caballeriza, estaban inquietas e intrigadas.
Brat dobló hacia el frente de la casa, como había hecho Jane esa mañana,
pero no vió a nadie. Siguió en dirección hacia las caballerizas y se encontró
con Eleanor, quien regresaba en ese momento, trayendo un caballo de tiro,
después de haberle dado la lección a Tony, el que quedó en Clare Park.
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—¡Hola! —dijo Eleanor—, ¿saliste con Timber? —Parecía un poco
sorprendida—. Espero que Simon te haya prevenido.
—Sí, gracias, me avisó.
—Una de mis malas adquisiciones —dijo lastimosamente mientras
contemplaba a Timber que marchaba a su lado hacia el patio.
—¿Tú lo compraste? —preguntó Brat.
—Sí. ¿No te lo contó Simon?
—No.
—¡Qué amable! Supongo que no quería que te enteraras demasiado
pronto de que tu hermana es una tonta. —Le sonrió, como si le resultara
agradable ser su hermana—. Lo compré en la venta de Lerridge Hunt. Fué
Timber quien mató al viejo Felix. El viejo Felix Hunstanton, el capataz. ¿No
te lo dijo Simon?
—No. Sólo me habló de sus mañas.
—Algunos de los caballos del viejo Felix eran buenos, así que cuando
supe que se vendían fuí a ver qué podía conseguir. Ninguno de los clientes
habituales de Lerridge Hunt ofreció nada por Timber, pero yo pensé que era
por sentimiento que no lo hacían. Pensé que probablemente no deseaban
poseer el caballo con el que se había matado el capataz. ¡Como si los
sentimientos tuvieran algo que ver con la compra y venta de caballos! No
habría que dejarme tomar decisiones por mi cuenta. Pero, aun así, debí
preguntarme por qué lo estaba consiguiendo tan barato, a pesar de su aspecto,
su pedigree y sus antecedentes. Sólo más tarde descubrí que poco después
había hecho lo mismo con el montero, pero esa vez las ramas eran pequeñas y
se rompieron en lugar de destrozarle el cráneo o hacerlo volar de la silla.
—Ya veo —dijo Brat, que efectivamente comenzaba a ver.
—Aparentemente nadie necesitaba convencerse. Ninguno de los que
estuvieron allí, cuando Felix se mató, pudo creer que fuera un accidente. Fué
en una reunión de cazadores en el Lerridge Castle, la presa estaba en uno de
los bosques de Lerridge, y se habían dirigido hacia allí, a través del parque. Es
un buen espacio abierto para galopar, con los árboles muy aislados. Y, a pesar
de eso, Timber llevó a Felix por debajo de un roble a una velocidad tremenda
y Felix murió antes de tocar el suelo. Todo esto lo supimos más tarde,
naturalmente. Todo lo que sabía antes de comprarlo era que Felix se golpeó la
cabeza contra una rama, durante una cacería. Y eso es algo que le viene
ocurriendo a la gente desde los tiempos de William Rufus.
—¿Alguien presenció el accidente?
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—No, no creo. Lo que todo el mundo sabía era que Felix no pudo haberse
dirigido a propósito hacia el roble, teniendo todo el parque a su disposición. Y
cuando trató de hacer lo mismo con Samms, el montero, a nadie le cupo ya la
menor duda. De modo que lo ponen a la venta con el resto del lote y todos los
clientes regulares de Lerridge se sientan en silencio a observar cómo Eleanor
Ashby, de Clare, compra un cachorro.
—No se puede negar que es un cachorro muy elegante —dijo Brat,
mientras acariciaba el pescuezo de Timber.
—Es hermoso —agregó Eleanor—. Y salta perfectamente. ¿Lo hiciste
saltar hoy? ¿No? Tienes que hacerlo la próxima vez. Es mucho más seguro
cuando salta, porque entonces está distraído. No tiene tiempo para maquinar
nada. Es raro, ¿no es verdad? No parece indigno de confianza —y contempló
con desconcierto su mala adquisición.
—No.
—No pareces demasiado seguro.
—Bueno, tengo que admitir que es el animal más engreído que he visto en
mi vida.
Eleanor pareció tan sorprendida, ante esas palabras, como Simon.
—Vanidoso, ¿no es así? Sí, supongo que lo es. Creo que yo sería vanidosa
si fuera un caballo y hubiese matado a un hombre. ¿Intentó algo hoy?
—Se desvió al entrar en el camino; pero eso fué todo. —Pero no dijo: “Se
aprovechó del primer pedazo sólido de madera que encontró para tratar de
triturarme la pierna.” Eso era algo entre Timber y él. Los dos tenían una larga
amistad por delante y mucho que decirse.
—La mayor parte del tiempo se porta como un ángel —dijo Eleanor—.
Eso es lo que tiene de peligroso. Todos lo hemos montado: Simon, Gregg,
Arthur y yo, y sólo dos veces intentó algo. Una vez con Simon y otra con
Arthur. Pero, por supuesto —agregó sonriendo—, siempre hemos tenido
cuidado de no acercarnos a los árboles.
—Sería un éxito en el desierto. Sin una cerca o una rama en muchos
kilómetros a la redonda.
Eleanor miró con tristeza el negro animal, mientras Brat frenaba para
dejarla pasar al patio.
—Supongo que encontraría otra cosa que hacer.
Y Brat, reflexionando sobre el asunto, estuvo de acuerdo con ella. Timber
era algo difícil de encontrar entre los caballos: un canalla deliberado e
inteligente. Privado de su diversión habitual, inventaría algo nuevo. Timber
no hacía nada en pequeña escala.
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Tampoco lo hacía Simon exactamente. Él lo había dejado salir con un
animal reconocidamente ladino, con una leve observación referente a que el
caballo “tenía sus mañas”. Un inmejorable sistema para cometer un homicidio
casual por delegación.
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por lo tanto la potranca debía llamarse poppet, y Eleanor afirmaba que ningún
caballo de raza tan bueno como la potranca de Honey debía ser condenado
con un nombre como Poppet. Eleanor se había negado a vestirse
especialmente para el arribo de Patrick, pero esa noche ocurría todo lo
contrario. Hacía mucho tiempo que Bee no la veía tan animada o tan bonita.
Eleanor era de esas personas que no brillan fácilmente.
—Brat está enamorado de Honey —dijo Eleanor.
—Supongo que Bee te arrastró a las dehesas antes de que cruzaras el
umbral —intervino Nancy—. ¿Cómo le resultó todo, Brat?
También ella usaba el sobrenombre. Sólo el Rector lo llamaba Patrick.
—Estoy enamorado de todos —dijo Brat—. Y encontré a una vieja amiga.
—¿Ah sí? ¿Quién?
—Regina.
—Ah, sí, claro. Pobre y vieja Regina. ¡Debe tener como veinte años!
—No tan pobre —dijo Simon—. Regina nos ha mantenido calzados y
vestidos durante toda una generación. Tendríamos que pagarle dividendos.
—Se cobra los dividendos en las dehesas —explicó Eleanor—. Siempre
fué muy comilona.
—Cuando una yegua tiene potrillos año tras año, sin interrupción, tiene
derecho a tener apetito —dijo Simon.
Simon estaba tomando mucho más que de costumbre, pero parecía que la
bebida no le hacía mayor efecto. Bee notó que el Rector lo miraba cada tanto
con pena en los ojos.
Y también Brat, sentado al otro extremo de la mesa, observaba a Simon,
pero sin pena. No era éste un sentimiento que Brat se permitiera con mucha
frecuencia: como todos los que desprecian la compasión por sí mismos, no se
sentía inclinado a compadecer a otros, pero no era por eso que Simon Ashby
no le inspiraba pena alguna. Ni siquiera porque Simon era su enemigo
declarado; Brat sabía admirar a un enemigo. Era porque algo en Simon Ashby
le repelía. Había algo inexplicable en Simon. Allí estaba sentado, alegre y
encantador, y allí estaban sus parientes y amigos aplaudiendo silenciosamente
su nobleza y su valor. Estaban aplaudiendo una representación, pero todos se
hubieran quedado mudos de asombro al saber qué era exactamente lo que
Simon estaba representando para su exclusivo beneficio.
Observándolo desplegar sus encantos, Brat sintió que Simon le recordaba
a alguien que había conocido hacía muy poco. Alguien con su mismo aire de
buena crianza, sus excelentes modales, su buena apariencia y esa… esa cosa
inexplicable. ¿Quién podía ser?
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Lo enloquecía la sensación de tener el nombre en la punta de la lengua.
Un segundo más y se acordaría. ¿Loding? No. ¿Alguien en el barco que lo
trajo de regreso? No era probable. ¿Ese abogado: el K. C., Macdermott? No.
Entonces ¿quién…?
—¿No estás de acuerdo, Patrick?
Era el Rector otra vez. Debía tener cuidado con él. Con excepción de
Simon, nada lo atemorizó tanto como el encuentro con el Rector. Después de
un hermano mellizo, nadie tiene tantas probabilidades de recordar tanto y tan
bien acerca de uno como el hombre que fué su maestro. El Rector debía saber
una infinidad de pequeños detalles acerca de Patrick Ashby, que ni siquiera su
madre pudo conocer. Pero el encuentro resultó perfectamente bien. Nancy
Peck lo había besado en ambas mejillas, diciéndole: “¡Oh, querido, qué
maduro y serio te has hecho!”
“Patrick siempre lo fué”, agregó el Rector, al estrecharle la mano.
El Rector había examinado cuidadosamente a Brat, pero no con más
cuidado del que puede esperarse en un hombre que se encuentra con un
antiguo alumno después de una ausencia de diez años. Y Brat, que no
simpatizaba con el clero, descubrió que el Rector le gustaba. Brat se mantenía
alerta con respecto a él, pero su cautela no era por su investidura, sino por su
conocimiento de Pat Ashby y la inteligencia y penetración de los ojos en su
rostro simiesco.
En vista de esa inteligencia, Brat se alegró de que sus conocimientos
referentes a la educación de Pat Ashby fueran particularmente completos. El
Rector era cuñado de Alec Loding, y éste había tenido lo que él llamaba una
visión de primera fila de la educación de los mellizos Ashby.
En cuanto a la hermana de Alec Loding, era la mujer más hermosa que
Brat conoció en su vida. Nunca había oído hablar de la famosa Nancy
Ledingham, pero su hermano fué muy elocuente al respecto. “Se hubiera
podido casar con quien le diera la gana; cualquier hombre hubiese estado
encantado de tenerla tan sólo para mirarla; pero tuvo que elegir a George
Peck.” Había visto fotos de Nancy en toda clase de vestimenta, desde un traje
de baño hasta el vestido de su presentación en la corte, pero ninguna de las
fotografías hacía justicia a su serena belleza, a su alegría, a su general
encanto. Sintió que George Peck debía valer mucho si Nancy se había casado
con él.
—¿Era el chico Toselli el que estaba hoy contigo? —le estaba diciendo a
Eleanor—. ¿Ese objeto con quien te encontré esta tarde?
—Ése era Tony —respondió Eleanor.
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—¡Cómo me hizo retroceder a la época de mi juventud!
—¿Tony? ¿Cómo?
—Tú no lo recordarás, pero en una época existieron regimientos de
caballería. Y en cada regimiento, una pareja de jinetes realizaba pruebas de
destreza. Y cada pareja tenía un cómico. Y cada cómico era igual a Tony.
—¡Cierto! —exclamó Bee, deleitada—. Esta tarde me hizo recordar algo,
pero no supe qué, y era eso. Esa magistral falta de conexión. Esa vestimenta
absurda.
—Seguramente te asombrará que haya salido con él a pesar de eso —dijo
Eleanor—. Pero después de Sheila Parslow, Tony es realmente una maravilla.
Tony montará bastante bien algún día.
—A un futuro jinete se le puede perdonar todo, ¿no es así? —dijo el
Rector, suavemente burlón.
—¿No progresa La Parslow? —preguntó Simon.
—Nunca progresará. Patina sobre la montura como un trozo de hielo en
un plato. Cada vez que salimos, siento ganas de llorar por el caballo. Por
suerte, Cherrypicker es indestructible y prácticamente carece de sentimientos.
Pasaron a la sala y eso produjo cierto enfriamiento. La conversación cesó
de fluir y se tornó desvaída. Brat se sintió súbitamente tan cansado que apenas
podía tenerse de pie. Confiaba en que nadie lo sorprendería con una pregunta
en ese momento; sentía la cabeza, normalmente firme, mareada por la
cantidad desacostumbrada de vino, y sus pensamientos eran torpes y
confusos. Las mellizas habían subido después de despedirse. Bee sirvió el
café que estaba preparado en una mesa baja, cerca del fuego, y no tan caliente
como era necesario. Bee hizo algunas muecas desesperadas a Nancy.
—¿Nuestra Lana, supongo? —preguntó Nancy, con agrado.
—Sí. Supongo que tenía una cita con Arthur y no pudo esperar otros diez
minutos.
También Simon permaneció silencioso, como si de pronto le pareciera
inútil el esfuerzo hecho hasta entonces. Sólo Eleanor parecía seguir con el
entusiasmo y la felicidad que hicieron un éxito de la cena. En los intervalos de
silencio entre los lentos momentos de charla, se oía caer la lluvia sobre las
altas ventanas, con un suave susurro.
—Tuviste razón acerca del tiempo, tía Bee —dijo Eleanor—. Bee dijo
esta mañana que la brillantez del día denotaba ese matiz que anuncia lluvia
antes de la noche.
—Bee siempre tiene razón —dijo el Rector, dirigiéndole una mirada que
era mitad sonrisa, mitad bendición.
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—Eso suena espantosamente —dijo Bee.
Nancy esperó hasta que se hubieron demorado convenientemente con el
café y luego dijo:
—Ha sido un día muy activo para Brat, y supongo que todos están
cansados. Nos vamos ya, pero espero que vengan a vernos en cuanto puedan
librarse del alud, ¿no es así, Bee?
Simon le trajo el abrigo y todos fueron hasta la puerta de calle para
despedirlos. En el umbral, Nancy se quitó sus zapatos de noche, se los colocó
bajo el brazo y se puso un par de botas altas que había dejado detrás de la
puerta. Luego pasó el otro brazo por el de su esposo, se apretó contra él, bajo
el paraguas, y ambos se perdieron en la oscuridad.
—¡Siempre la misma Nancy! —dijo Simon—. Nunca dejará de ser una
Ledingham. —Parecía levemente beodo.
—Querida Nan —dijo Bee, bajito. Pasó a la sala y la examinó
distraídamente—. Creo que Nan tiene razón. Es hora de que todos nos
vayamos a la cama. Ha sido un día muy excitante para todos.
—Pero no queremos que termine tan pronto, ¿no es cierto? —dijo
Eleanor.
—Tienes a La Parslow a las nueve y media de la mañana —le recordó
Simon—, lo vi en el libro.
—¿Y qué tienes que hacer tú con el libro?
—Me gusta estar seguro de que no defraudas al fisco acerca del impuesto
a las rentas.
—Oh, sí, vamos a dormir —dijo Eleanor, bostezando ampliamente y feliz
—. Ha sido un día maravilloso.
Se dirigió a Brat para darle las buenas noches, la asaltó la timidez, le dió
la mano y dijo:
—Buenas noches entonces, Brat. Que duermas bien —y subió.
Brat se volvió hacia Bee, pero ésta lo detuvo:
—Entraré a verte cuando suba.
—Buenas noches, Simon —dijo Brat. Sus ojos estaban al mismo nivel que
los ojos claros y fríos de Simon.
—Buenas noches… Patrick —le contestó Simon, que parecía levemente
divertido. Se ingenió para que el nombre sonara como una provocación.
—¿Subes ahora? —oyó que Bee le preguntaba a Simon mientras él subía
la escalera.
—Dentro de un momento.
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—Entonces no te olvides de apagar las luces, ¿quieres? Y fíjate si las
puertas están con llave.
—Sí, cómo no, lo haré. Buenas noches, querida Bee.
Al llegar al descanso, Brat vió que Bee pasaba los brazos por el cuello de
Simon. Y se sintió aguijoneado por los celos con tal violencia y desesperación
que se sorprendió. ¿Qué tenía él que ver con eso?
Pocos momentos después Bee entró en su cuarto. Examinó la cama con
ojo experto y dijo:
—Esa idiota prometió ponerte una botella de agua caliente, pero se olvidó.
—No te aflijas —respondió Brat—. La hubiera sacado. No uso esas cosas.
—Debes de pensar que somos gente demasiado mimada.
—Pienso que sois encantadores —respondió Brat.
Bee lo miró y sonrió.
—¿Cansado? —preguntó.
—Sí.
—¿Demasiado cansado para tomar el desayuno a las ocho y media?
—Me parece un lujo tomarlo tan tarde.
—¿Te gustaba esa vida dura…, Brat?
—Seguro.
—Creo que tú también eres encantador —dijo Bee y lo besó ligeramente
—. Desearía que no hubieras estado tanto tiempo alejado, pero todos nos
alegramos de tenerte de vuelta. Buenas noches, querido. —Y mientras salía
agregó—: Es inútil tocar el timbre, por supuesto, porque nadie vendrá. Pero si
sientes un enloquecedor deseo de comer camarones fritos, de tomar agua
helada y de leer Pilgrim’s Progress o algo por el estilo, ven a mi cuarto. Es el
mismo de antes, en frente y a la derecha.
—Buenas noches —dijo Brat.
Bee se detuvo un momento fuera de la habitación, todavía con la mano en
el tirador de la puerta, y luego se alejó en dirección al cuarto de Eleanor.
Golpeó y entró. Desde hacía más o menos un año Eleanor era una gran ayuda
para Bee. Estuvo tanto tiempo sola en su necesidad de discernimiento y
resolución, que era refrescante contar con la compañía de alguien con quien
tenía tanto en común; contar con la objetividad y el buen sentido de Eleanor
para cuando lo necesitara.
—Hola, Bee —saludó Eleanor, mirándola a través del cabello que se
estaba cepillando. Se había habituada a no llamarla tía, tal cual Simon.
Bee se hundió en una silla y dijo:
—Bueno, ya pasó.
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—Resultó todo un éxito, ¿no es verdad? —comentó Eleanor—. Simon se
portó maravillosamente bien. Pobre Simon.
—Sí. Pobre Simon.
—Quizá Brat (Patrick) le ofrezca convertirlo en su socio, o algo así. ¿No
crees? Después de todo, Simon ayudó a organizar las caballerizas. No sería
justo aparecer así y despojarlo de todo después de haberse despreocupado
durante tantos años.
—No. No sé. Espero que sí.
—Pareces cansada.
—¿No lo estamos todos?
—¿Sabes, Bee? Tengo que confesar que me es muy difícil relacionar a los
dos.
—¿Qué dos? ¿Simon y Patrick?
—No. Patrick y Brat.
Hubo un momento de silencio, en el que sólo se oyó el suave ruido de la
lluvia y los golpes del cepillo de Eleanor.
—¿Quieres decir que tú… no crees que sea Patrick?
Eleanor dejó de cepillarse y levantó los ojos abiertos de sorpresa.
—Claro que es Patrick —dijo, asombrada—. ¿Quién podría ser? —Dejó
el cepillo y comenzó a atarse el cabello con una cinta azul—. Sólo que siento
que nunca lo he visto antes. Extraño, ¿no es verdad?, habiendo pasado juntos
casi doce años de nuestra vida. Me gusta, ¿y a ti?
—Sí —dijo Bee—. Me gusta. —Ella también tenía esa sensación de no
haberlo visto antes y tampoco sabía “quién podría ser”.
—¿Patrick no sonreía con frecuencia?
—No; era una criatura seria.
—Cuando Brat sonríe me dan ganas de llorar.
—Por Dios, Eleanor.
—Puedes decir “por Dios” todas las veces que desees, pero espero que
entiendas lo que quiero decir.
Bee pensó que así era, efectivamente.
—¿Te dijo por qué no escribió todos estos años?
—No. No hubo oportunidad para confidencias.
—Pensé que se lo preguntaste esta tarde, cuando fuiste con él a ver las
dehesas.
—No. Estaba demasiado interesado en los caballos.
—¿Y por qué crees tú que no se interesó por nosotros, después de irse?
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—Quizá sentía hacia nosotros lo que la vieja niñera solía llamar ojeriza.
No es tan sorprendente, en cierto modo, como el hecho de que haya huido. La
necesidad de dejar Latchetts detrás debe haber sido abrumadora.
—Sí. Posiblemente fué así. ¡Pero Pat era tan bueno! Y nos tuvo siempre
tanto cariño. Podía no querer regresar, pero uno se inclina a creer que habría
querido comunicarnos que estaba bien.
Puesto que éste era su propio rompedero de cabeza, Bee no pudo
ayudarla.
—Tiene que haber sido difícil regresar —dijo Eleanor, mientras pasaba el
peine por el cepillo—. Tenía un aspecto tan cansado esta noche, que parecía
muerto. Aun en sus mejores momentos no es un rostro muy animado, ¿no? Si
uno se lo rebanara por debajo de las orejas y lo colgara en la pared, nadie
notaría la diferencia.
Bee conocía a Eleanor y concordaba con ella lo suficiente como para
interpretar sus palabras satisfactoriamente.
—¿Crees que querrá alejarse otra vez cuando pase la excitación del
regreso?
—Oh, no, estoy segura de que no lo hará.
—¿Crees que se quedará para siempre?
—Claro que sí.
Pero Brat, de pie junto a la ventana abierta en la oscuridad de su cuarto,
contemplaba la curva de la colina bajo el húmedo destello de las estrellas, y
analizaba el mismo problema. Sus planes tuvieron un éxito que ni siquiera
Loding imaginaba, ¿y ahora, qué?
—¿Qué hacer? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Simon lo hiciera caer
en la trampa? Y si Simon fracasaba, ¿hasta cuándo continuar esa vida en la
que en cualquier momento alguien podía hacer estallar una mina?
Eso era lo que se había propuesto hacer, por supuesto. Pero sólo consideró
realmente las primeras etapas. En el fondo nunca creyó que podría lograrlo.
Ahora que el éxito era suyo, estaba como alguien que ha ascendido hasta la
cumbre y no sabe cómo descender. Triunfante, pero atemorizado.
Se alejó de la ventana y encendió la luz. Su casera en Pimlico solía decir
que “estaba tan cansada que se sentía como si la hubieran pasado por una
máquina de planchar”; ahora se daba cuenta de lo buena que era la
descripción. Se sentía exactamente así. Exprimido y vacío. Tan débil que le
resultaba un esfuerzo levantar una mano para desvestirse. Se arrancó el
hermoso traje nuevo —el traje que lo había hecho sentirse tan culpable en su
otra vida en Londres— y se obligó a colgarlo. Se despojó de la ropa interior y
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se puso torpemente su viejo y descolorido pijama. Por un momento se
preguntó si les importaría que la lluvia entrase y mojara la alfombra, pero
decidió correr el riesgo. De modo que dejó la ventana completamente abierta
y se metió en la cama.
Permaneció largo rato escuchando el suave sonido de la lluvia y
contemplando la habitación. Ése era el momento para que el fantasma de Pat
Ashby entrase al cuarto y lo helara. Esperó que apareciera, pero no ocurrió tal
cosa. El aposento estaba cálido y acogedor. Las figuras del papel que cubría
las paredes, las figuras que vieron crecer a los chicos, parecían amistosas y
vivas. Dió vuelta la cabeza para mirar el grupo cercano a la cama. Para buscar
el personaje de quien Eleanor estuvo enamorada. El tipo con un perfil
encantador. Se preguntó si ella estaría enamorada de alguien en ese momento.
Sus ojos se posaron en la madera del respaldo de la cama y recordó que
era el lecho de Alec Loding, y una vez más lo deleitó la ironía de la situación.
Era fantásticamente razonable que hubiera llegado a Latchetts tan sólo para
dormir en la cama de Alec Loding. Tendría que contárselo alguna vez. Estaba
seguro de que sabría apreciarlo.
Se preguntó si había sido Eleanor o Bee quien había colocado las flores en
la escudilla. Flores para darle la bienvenida… al hogar.
“Latchetts”, dijo para sí, recorriendo el cuarto con la mirada. “Esto es
Latchetts. Estoy aquí. Esto es Latchetts.”
El sonido de las palabras era como un soporífero; como el balanceo de
una hamaca. Estiró el brazo y apagó la luz. En la oscuridad, el sonido de la
lluvia parecía más fuerte.
Esa mañana se había levantado y vestido en aquella habitación bajo el
tejado, con una multitud de chimeneas más allá de la ventana. Y ahora se
encontraba allí, a punto de dormirse en Latchetts, mientras el aire húmedo
entraba por la ventana, trayendo el olor dulce y fresco de la colina.
Un instante antes de que el sueño le venciera, volvió a sentir una extraña
sensación de confianza. La sensación de que a Pat Ashby no le molestaba que
él estuviera allí; de que, por el contrario, estaba complacido.
Lo absurdo de este sentimiento lo despabiló un poco, y sus pensamientos,
concernientes a la aceptación o al rechazo, pasaron a ocuparse de Bee. ¿Qué
era lo que sintió esa tarde cuando Bee lo tomó de la mano para conducirlo a la
entrevista con el reportero? ¿Qué lo hacía distinto de todos los otros apretones
de mano que había experimentado antes? ¿A qué se debía esa oleada de calor
en su corazón y qué clase de emoción era, en cualquier caso? Sintió el mismo
oscuro deleite cuando Bee le agarró el brazo para dirigirse a las caballerizas.
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¿Qué tenía de notable que una mujer lo tomara del brazo? Especialmente
cuando se trataba de una mujer de la cual no estaba enamorado, ni era muy
probable que se enamorase.
Se debía a que era una mujer, naturalmente, pero lo que hizo de ese gesto
algo notable no era eso. Tenía algo que ver con el hecho de que ella daba por
supuesto que a él no le molestaría. Nadie le había tomado la mano en esa
forma. Casual, pero… no, no posesiva. Muchas mujeres se mostraron
posesivas con él, pero eso no lo había complacido en absoluto. Casual, pero…
¿qué? Como si en cierto modo le perteneciera. Tenía algo que ver con eso.
Bee dió por supuesto que a él no le molestaría porque era una parte de la
familia. Era la espontánea expresión de cariño de una mujer hacia un
miembro de su familia. ¿Era porque antes nunca sintió que pertenecía, que el
gesto común había sido como una bendición para él?
Siguió pensando en Bee, mientras se iba durmiendo. Su mirada de reojo
cuando examinaba algo; su coraje; cómo se había hecho fuerte para
enfrentarse con él en la habitación en Pimlico; la forma en que lo besó antes
de estar segura, tan sólo por si era Patrick; la manera con que supo disimular
la ausencia de Simon después de su arribo.
Beatrice Ashby era una mujer adorable, y él la amaba.
Estaba a punto de sumirse en las profundidades del sueño cuando algo lo
despejó totalmente con un sobresalto.
Había recordado algo.
Ahora sabía a quién le recordaba Simon Ashby.
A Timber.
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XVII
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—Oh, claro. Siempre me olvido de que tu generación no tiene necesidad
de leer.
—¿Cómo nos hemos salvado?
—Nos hemos librado gracias a tres personas de las que nunca hemos oído
hablar y a quienes no tenemos muchas probabilidades de conocer. La cuarta
esposa de un dentista de Manchester, el marido de la directora de un colegio y
el dueño de un baúl de cuero negro. —Hizo sonar la bocina y salió lentamente
de la avenida, doblando hacia la derecha—. El propietario del baúl lo dejó en
Charing Cross con los brazos y las piernas de alguien adentro. Claro que
también pueden haber sido los brazos y las piernas del dueño. Es un asunto
que mantendrá ocupado al Clarion por bastante tiempo, espero. El esposo de
la directora ha entablado juicio por enajenación de afectos, y parece que
ninguna de las tres personas complicadas se ha sentido alguna vez afectada
por una inhibición, cosa muy conveniente para el Clarion. Desde que se
expurgaron los reportajes de casos de divorcio, el Clarion se ha frustrado, y
un juicio por enajenación de afectos es un regalo del cielo. Especialmente
cuando los afectos que están en juego son los de Catite Thacker. —
Contempló la mañana con placer—. Me encantan las mañanas después de una
lluvia.
—Todavía falta uno.
—¿Qué?
—La cuarta esposa del dentista de Manchester.
—Ah. Sí. La pobre desgraciada acaba de ser exhumada de una costosa y
ornamentada tumba y se ha descubierto que está cargada de arsénico. Parece
que el marido ha desaparecido.
—¿Y crees que el Clarion estará demasiado ocupado para interesarse
por… nosotros?
—Estoy segura. No tienen lugar para todo lo que quieren hacer con Tattie.
Esta mañana le dedicaron toda una página. Si alguna vez se ocupan de los
Ashby, el reportaje aparecerá en un diminuto párrafo al final de una página, y
cinco millones de personas lo olvidarán cinco minutos después de haberlo
leído. Creo que estamos a salvo. El Westover Times sacará uno de sus
habituales párrafos discretos esta mañana, y ahí terminará todo.
Bueno, otro peligro superado. Mientras tanto tenía que mantenerse alerta
durante las visitas a Frenchland y Upacres. Se descontaba que conocía a sus
habitantes.
Los arrendatarios de Frenchland eran un individuo alto y rosado, y su
hermana, una mujer alta y cetrina. “Todos le teníamos terror a Miss Hassell”,
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había dicho Loding. “Su cara era de bruja y su lengua, aguda como un
cuchillo. No hablaba; simplemente, hacía una observación y uno se sentía
despellejado.”
—Bueno, esto es un verdadero honor —dijo Mr. Hassell al aproximarse a
la puerta del jardín y ver quién acompañaba a Bee—. Me alegro de verle, Mr.
Patrick. Me alegro espantosamente. —Estrechó la mano de Brat entre las
suyas, viejas y nudosas. No cabía duda de que se alegraba de volver a ver a
Patrick Ashby.
Era difícil saber si a Miss Hassell le ocurría lo mismo. Examinó a Brat
mientras le daba la mano y dijo:
—Éste es un placer inesperado. —La sequedad y la irónica corrección con
que pronunció la frase convencional divirtieron a Brat.
—Parece que la vida en el extranjero no lo ha cambiado mucho —dijo
Miss Hassell, mientras preparaba las copas en la salita atestada.
—He cambiado en algo —contestó Brat.
—¿Ah sí? —No pensaba darle el gusto de preguntar en qué.
—Ya no le tengo miedo.
El viejo Mr. Hassell rió.
—Ahí me lleva una ventaja, hijo. A mí todavía me aterroriza. Cuando
regreso del mercado, con media hora de atraso, me arrastro por el camino con
el rabo entre las piernas como si fuera un ladrón de ovejas.
Miss Hassell no dijo nada, pero Brat pensó que su mirada reflejaba un
nuevo interés; casi como si estuviera complacida con él. Fué hasta la cocina y
regresó trayendo una torta con la que evidentemente no había tenido
intenciones de convidarlos antes.
Bebieron un líquido llamado Vino Oporto Tipo Blanco y hablaron de las
Rhode Island Reds.
En Upacres sólo se hallaba la rolliza Mrs. Docket, ocupada, en ese
momento, en hacer manteca en la habitación de la parte posterior de la casa.
—¡Adelante, quienquiera que sea! —gritó, y como la puerta del frente
estaba abierta, atravesaron el fresco corredor embaldosado y penetraron en el
frío ambiente del local en que se fabricaba queso y manteca.
—No puedo interrumpir —dijo Mrs. Docket, dándose vuelta para mirarlos
—. La manteca está… ¡Mi Dios, no sabía! Pensé que era alguien que pasaba.
Los chicos están en la escuela y Carrie se fué al granero y… ¡Mi Dios! ¡Jamás
se me hubiera ocurrido!
Bee la reemplazó automáticamente en la batidora mientras ella le
estrechaba la mano a Brat.
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—Bueno, bueno —dijo la dulce y rolliza señora—, se ha convertido en un
Ashby guapo y gallardo. Está más parecido a Simon que nunca.
Brat pensó que Bee elevaba los ojos interesada, al oír esto.
—Es un día muy feliz para todos nosotros, Miss Ashby, ¿no es así?
Apenas si puedo creerlo. Tal como le dije a Joe, no puedo creerlo. Es como
las cosas que suceden en las novelas. Y en las películas y en las obras de
teatro. No el tipo de cosa que puede ocurrirle a gente apacible como nosotros
en un lugar tranquilo como Clare, eso es lo que le dije. Y a pesar de eso, usted
está aquí y todo esto ha sucedido realmente. Por Dios, Mr. Patrick, es un
placer verle otra vez, tan guapo y con tan buen aspecto.
—¿Puedo darle unas vueltas? —preguntó Brat, señalando la batidora—.
Nunca he manejado una.
—¡Cómo que no! —exclamó Mrs. Docket, asombrada—. Acostumbrabas
venir especialmente los sábados a la mañana para manejarla.
El corazón de Brat dejó de latir.
—¿Sí? —dijo—. No me acuerdo.
Loding le había aconsejado que siempre reconociese francamente que no
recordaba algo. “Nadie puede negar que no se acuerda, pero lo descubrirán en
seguida si trata de engañarlos con respecto a algo.”
—Pensé que ahora usaban una batidora eléctrica —oyó que decía Bee,
mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar.
—Oh, todo lo demás funciona con electricidad, por supuesto —replicó
Mrs. Docket—. Pero no puedo creer que haga buena manteca. No parece más
casera que la que se consigue en el International, en Westover. Algunas veces,
cuando estoy muy apurada, la hago funcionar, pero después siempre me
arrepiento. Es espantosamente mecánico. No hay nada de habilidad en ello.
Bebieron té hirviendo, muy cargado, y comieron unos scones muy
livianos y hablaron de la educación de los chicos.
—Mrs. Docket es un encanto —dijo Bee, mientras se alejaban en el auto
—. Creo que en el fondo de su alma piensa que la electricidad es un invento
del demonio.
Pero Brat estaba pensativo. Tenía que dejar de hacer observaciones por su
propia cuenta. Lo de la batidora no era importante, pero pudo haber sido algo
vital. No debía adelantarse a decir nada.
—Con respecto al viernes, Brat… —dijo Bee, cuando se acercaban a
Wigsell.
—¿Qué pasa el viernes? —preguntó Brat, saliendo de su abstracción.
Bee dió vuelta la cabeza y le sonrió.
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—Es tu cumpleaños —dijo.
Por supuesto. Ahora era el poseedor de un cumpleaños.
—¿Habías olvidado que cumples veintiún años el viernes? —preguntó
Bee.
—Casi.
Vió que lo miraba de reojo. Después de un momento, Bee dijo:
—Hace mucho tiempo que eres mayor de edad. —Lo dijo sin sonreír y no
era una pregunta—. Con respecto al viernes pensé que ya que hemos
postergado la celebración en beneficio de tío Charles, será mejor que no
hagamos ninguna fiesta el viernes. Mr. Sandal vendrá con los documentos que
quiere que firmes, de modo que almorzará con nosotros y eso será todo.
Documentos para firmar. Sabía que tarde o temprano habría documentos
que firmar, naturalmente. Hasta aprendió a hacer las letras mayúsculas como
Patrick, gracias a un viejo cuaderno que Loding había desenterrado y hurtado
de la Rectoría. Y después de todo, por firmar un papel no sería más canalla
que en ese momento. Simplemente, le aseguraría el amparo de la ley y haría
que todo el asunto fuese irrevocable.
—¿Es eso lo que quieres? —preguntó Bee.
—¿Qué? Ah, el cumpleaños. Sí, claro. No quiero una fiesta. No quiero
celebraciones tampoco. ¿No puedes hacer que mi mayoría de edad pase
inadvertida?
—Creo que los vecinos se disgustarían si hiciéramos eso. Están ansiosos
de que haya una fiesta. Creo que tendremos que proporcionársela. Hasta las
invitaciones están listas. Postergué la fecha para una quincena después del
arribo de tío Charles. Debe de llegar dentro de unos veinte días. De modo que
tendremos que aguantarlo, como solía decir tu niñera.
Sí, tendría que aguantarlo. De todas maneras, ahora podía aflojarse. No
era necesario hacer creer que conocía a la familia Gates.
Estaban volviendo a la aldea en ese momento, y la blanca cerca de las
dehesas del lado sur quedaba a su izquierda. Era una mañana límpida y
esplendorosa, pero con un brillo intranquilizador. El cielo tenía color metálico
y la luz reflejos plateados.
Mientras pasaban por la entrada de la Rectoría, Bee dijo:
—Alec Loding estuvo aquí no hace mucho, pasando un fin de semana.
—¿Ah, sí? ¿Qué hace ahora?
—Sigue interpretando papeles de libertino en espantosas e insignificantes
comedias y farsas. Ya sabes: cuatro personajes, cinco puertas y una cama. Yo
no lo he visto, pero Nancy dice que ha progresado.
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—¿En qué sentido?
—Oh, se interesa más por la gente. Es más bondadoso. Hasta hace
esfuerzos por entenderse con George. Nancy piensa que el paso de los años ha
empezado a hacerse sentir. Se alegra de poder instalarse con un libro, durante
horas, en el escritorio de George, cuando éste no está. Y cuando está, charlan
amistosamente. Nancy se muestra encantada. Siempre le tuvo mucho cariño a
Alec, pero antes temía sus visitas. El campo lo aburría y George, más aún, y
nunca se molestó en disimularlo. De modo que fué un cambio muy agradable.
Después de atravesar la mitad de la aldea, doblaron por un camino que
conducía a Wigsell.
—No te acuerdas de Emmy Vidler, ¿verdad? —preguntó Bee—. Se crió
en Wigsell y contrajo matrimonio con Gates cuando éste tenía una granja del
otro lado de Bures. Al morir el padre de su esposa, Gates dejó a un
mayordomo en su granja y se hizo cargo de Wigsell. Y de la carnicería, por
supuesto. Ahora viven muy holgadamente. El hijo no pudo aguantar a su
padre y consiguió un empleo relacionado con ingeniería, en alguna parte de
los Midlands. Pero la hija vive en Wigsell y el padre tiene chochera con ella.
Se educó como pupila en un colegio muy caro, donde, según tengo entendido,
se la conocía como Margot. Su nombre es Peggy.
Doblaron al entrar en la granja, y se detuvieron sobre los viejos guijarros
del patio. Dos perros acudieron corriendo, y dándose mucha importancia, y
aullando ensordecedoramente para anunciar la llegada de ellos.
—Me gustaría que Gates educara mejor a sus perros —dijo Bee, cuyos
perros estaban tan bien adiestrados como sus caballos.
La algazara atrajo a Mrs. Gates a la puerta del frente. Era una mujercita
marchita y sumisa que debió de ser muy bonita en otra época.
—¡Glen! ¡Joy! —gritó, sin mayor efecto, y se acercó para saludarlos. Pero
antes de que pudiera hacerlo, Gates apareció en una esquina de la casa y con
unos pocos pasos se le adelantó. Su pomposa bienvenida ahogó el placer más
genuino de su mujer, quien permaneció sonriendo amablemente a Brat,
mientras su esposo pregonaba en alta voz la satisfacción que les
proporcionaba ver de nuevo a Patrick Ashby en su casa.
Gates era un individuo grande y tosco, pero Brat supuso que en otra época
había poseído el vigor juvenil y la audacia capaces de conquistar a la
mujercita bonita y frágil que fué Emmy Vidler.
—He oído decir que has ganado mucho dinero con los caballos, en el
extranjero —le dijo a Brat.
—Me he ganado la vida con ellos —respondió Brat.
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—Vengan a ver lo que tengo en mi caballeriza. —Inició la marcha hacia
la parte posterior de la casa.
—Pero Harry, es mejor que antes entren y descansen un rato —protestó su
mujer.
—Lo harán en seguida. Estoy seguro de que prefieren contemplar un
excelente ejemplar de la raza equina antes que tus chucherías. Vamos, Mr.
Patrick. Vamos, Miss Ashby. ¡Alfred! —rugió mientras atravesaban el patio
—. Saca el caballo nuevo para que lo vea Miss Ashby.
Mrs. Gates, que trotaba detrás de su marido, se encontró al lado de Brat.
—Me alegro tanto —dijo suavemente—. Me hace tan feliz su regreso. Lo
recuerdo cuando era muy pequeño; cuando yo vivía aquí antes de que muriera
mi padre. Con la excepción de mi propio hijo, nunca quise tanto a una criatura
como a usted.
—¡Bueno, Mr. Patrick, péguele un vistazo a esto, péguele un vistazo a
esto! Dígame si no es una maravilla.
Gates señaló con un brazo, que más parecía una pierna, la puerta de la
caballeriza por donde apareció Alfred, en ese momento, conduciendo un
alazán que parecía extrañamente fuera de lugar en esa granja pequeña, aun en
una región donde todo pequeño granjero tenía una cabalgadura con la que
cruzaba los campos en invierno. No se podía negar que el alazán era algo
excepcional.
—¡Ahí lo tienen! ¿Qué me dicen? ¿Qué piensan de esto?
Bee, después de mirarlo, dijo:
—Pero ése es el caballo con que Dick Pope ganó el concurso de salto el
año pasado, en la exposición de Bath.
—El mismo —dijo Gates, complacido—. Y no sólo el de salto. Ganó la
copa para el mejor caballo de silla de la exposición. Me costó mis buenos
pesos, pero puedo darme el lujo, y nada es demasiado bueno para mi hija.
¡Ah, sí! Lo compré para Peggy. No es un animal para mí. —Repentinamente
soltó una carcajada; por lo menos Brat supuso que era una carcajada—. Pero
mi hija es una pluma en la montura. No tengo que decírselo, Miss Ashby;
usted la ha visto. No hay nadie en toda la región que tenga tanto derecho a un
buen caballo como mi Peggy y no me arrepiento de haber gastado el dinero.
—Por cierto que ha comprado un excelente animal, Mr. Gates —dijo Bee
con un entusiasmo en la voz que sorprendió a Brat. La miró y se preguntó qué
la haría aparecer tan complacida. Después de todo, este alazán era un rival
potencial de Timber, y de todos los otros animales de Latchetts.
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—No necesito decir que lo compré con un certificado del veterinario. No
compro nada sin antes examinarlo cuidadosamente.
—¿Lo va a exhibir Peggy este año?
—Por supuesto, por supuesto. Si lo compré para eso.
El rostro de Bee estaba positivamente arrobado.
—¡Qué bien! —exclamó, y su voz sonaba embelesada.
—¿Le gusta, Miss Ashby? —preguntó Peggy Gates, apareciendo al lado
de Brat.
Peggy era una hermosa criatura. En rosa, blanco y oro. Brat pensó que si
fuera posible cruzar a Miss Parslow con Eleanor, el resultado sería,
probablemente, Peggy Gates. Se mostró tranquila cuando le presentaron a
Brat, pero se ingenió para dar la impresión de que su regreso la alegraba
personalmente. Su manecita estrechó la de él con una suave presión que
hablaba más de intimidad que de amistad. Brat la estrechó calurosamente y
resistió la tentación de frotarse la palma en la cadera.
Peggy aceptó las felicitaciones de Bee por la posesión del caballo, les
concedió un intervalo apropiado para que pudieran contemplarlo, y luego, con
admirable despliegue de tacto, condujo a toda la familia hacia la sala. La
llamaban la sala, y estaba amueblada como tal, pero Bee, que la recordaba
como el cuarto de estar de la vieja Mrs. Vidler, pensó que se había perdido
mucho al cambiar los brillantes cacharros, y los cuadros con grabados de la
época de Mrs. Vidler, por acuarelas y el empapelado con grandes flores de
color púrpura claro.
Bebieron un buen vino de Madeira y hablaron de la Exposición Ganadera
de Bures.
Mientras regresaban a Latchetts, Bee conservaba el aspecto de alguien que
ha heredado una fortuna. Captó la mirada intrigada de Brat, y dijo:
—¿Y bien?
—Pareces un gato frente a un plato de crema —comentó Brat.
Bee lo miró de reojo, divertida.
—Crema, pescado e hígado —pero no le dió ninguna otra explicación.
”Cuando pase el alboroto del viernes, Brat, tienes que ir a la ciudad y
encargarte ropa. Walters tardará semanas para hacerte la ropa de etiqueta y tú
la necesitarás para la fiesta cuando llegue tío Charles.
—¿Qué encargaré? —preguntó Brat, perplejo por primera vez.
—En tu lugar, yo dejaría eso a criterio de Walters.
—Equipo para un joven caballero inglés.
Y Bee volvió a mirarlo de reojo, sorprendida por el tono de sus palabras.
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—¿Para que Peggy lo exhiba?
—Sí.
—¡Bueno, bueno! —dijo Eleanor, lentamente; y continuó pensativa y
divertida. Sus ojos se dirigieron hacia Bee, se encontraron con su mirada y
luego se desviaron otra vez—. ¡Bueno, bueno! —repitió, y siguió tomando el
jerez a sorbitos. Después de un intervalo en el que sólo se oyó el ruido
producido por Bee al rasgar los sobres, Eleanor agregó—: No creo que sea
una jugada muy hábil.
—No —dijo Bee sin levantar los ojos.
—Me voy a lavar. ¿Qué hay de comer?
—Goulash.
—Tal como lo hace Mrs. Betts, es simplemente estofado.
Las mellizas regresaron de sus clases en la Rectoría y Simon volvió de las
caballerizas. Se sentaron a la mesa.
Simon había bajado tan tarde para el desayuno que Brat no pudo hablar
con él más que para darle los buenos días. Parecía afable y sereno, y preguntó
con un interés aparentemente genuino sobre los sucesos de la mañana. Bee
proporcionó el informe con periódicas confirmaciones por parte de Brat.
Cuando habló de Wigsell, Eleanor la interrumpió para decir:
—¿Sabes que Gates le compró un caballo a Peggy?
—No —dijo Simon sin mayor interés.
—Le compró ese alazán que tenía Dick Pope.
—¿Riding Light?
—Sí. Riding Light. Peggy va a exhibirlo este año.
Por primera vez desde que se conocieron, Brat vió que Simon se
sonrojaba. Se detuvo un instante, y luego continuó comiendo. El rubor
desapareció lentamente y su perfil frío y pálido recobró su calma habitual.
Tanto Eleanor como Bee evitaron mirarlo mientras recibía la noticia, pero
Ruth lo estudiaba con interés.
Y Brat, mientras comían el goulash de Mrs. Betts, también lo estudiaba,
pero mentalmente. Era notorio que Simon Ashby estaba loco por la hija de los
Gates. ¿Pero se alegraba de que a la joven le hubieran regalado un buen
caballo? No. Estaba furioso. Y lo más notable era que las mujeres de su
familia esperaban que se pusiese furioso. Supieron, de antemano, que no le
iba a perdonar a Peggy que fuese su rival. Según se notaba, no querían que el
romance durase o se convirtiese en algo serio; y ambas se dieron cuenta,
instantáneamente, de que el hecho de que Peggy poseyese a Riding Light las
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había salvado. ¿Qué clase de individuo era este Simon Ashby que no podía
soportar que la mujer que amaba lo derrotase?
Recordó el desproporcionado placer con que Bee examinó el alazán.
Volvió a ver la expresión divertida con que Eleanor había recibido la noticia.
Comprendieron en seguida que eso significaba el fin del romance con Peggy.
Gates había comprado el caballo para ponerse a la par de Latchetts; para
proporcionar a su hija una cabalgadura tan buena como cualquiera de las del
hombre con quien esperaba casarla. Y lo que había hecho, en realidad, era
destruir toda posibilidad de que Peggy fuese alguna vez el ama de Latchetts.
Bueno, Simon ya no era el amo de Latchetts, de modo que a la familia
Gates no le importaría que Simon se molestase porque Peggy era dueña de un
caballo. ¿Pero qué clase de canalla era Simon, que no podía amar a un rival?
—¿Qué va a montar Brat en la Exposición de Bures? —oyó que
preguntaba Eleanor, y su atención volvió a concentrarse en la mesa del
almuerzo.
—Todos —dijo Simon. Y como Eleanor lo mirase intrigada, agregó—:
Todos los caballos son de él.
Ésta era una de las cosas que un inglés no dice jamás. Simon tenía que
estar muy enojado para faltar a una norma de toda su vida.
—No voy a exhibir ningún caballo, si a eso se refieren —expresó Brat—.
Eso requiere habilidad, y yo no la tengo.
—Pero eras muy bueno —dijo Bee.
—¿Sí? Hace ya mucho tiempo de eso. Por cierto que no quiero exhibir
ningún caballo en la pista de Bures.
—Aún faltan tres semanas para la Exposición —dijo Eleanor—. Bee
puede entrenarte en un par de días, y serás tan hábil como antes.
Pero Brat no pensaba cejar. Hubiera sido divertido ver qué podía hacer
contra jinetes ingleses; hubiese sido aun más lindo saltar con caballos de
Latchetts y quizá ganar con ellos; pero, si podía evitarlo, no haría ninguna
aparición en público como Patrick Ashby de Latchetts.
—Brat podría intervenir en las carreras —dijo Ruth—. Las carreras con
que clausuran la exposición. Puede ganarle a cualquiera con Timber, ¿no es
así?
—Timber no va a intervenir en una carrera para patanes de aldea, si es que
todavía tengo voz en el asunto —intervino Simon, hablando dentro del plato
—. Irá a Olympia, que es el lugar que le corresponde.
—De acuerdo —dijo Brat. Y la tensión del ambiente desapareció. Jane
quiso saber cuándo las fracciones son comunes y Ruth manifestó que su
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bicicleta necesitaba una nueva llanta, y la conversación se convirtió en la
conversación normal de una familia, a la hora de la comida, en cualquier
hogar.
Antes de que terminaran de almorzar llegó el primero de los visitantes; y
el ininterrumpido torrente siguió fluyendo, desde el café después del
almuerzo, pasando por el té, hasta los copetines de las seis de la tarde. Todos
venían a examinarlo, pero Brat notó que los que conocieron a Patrick Ashby,
le daban la bienvenida con genuino placer. Cada uno de ellos conservaba
algún recuerdo que evocar, y todos ellos mantenían fresco ese recuerdo
porque habían sentido cariño por Patrick y sufrieron cuando su desaparición.
Y Brat descubrió que se sentía complacido de un modo absurdo y posesivo,
como si estuvieran alabando a algún protegido suyo. Lo que había descubierto
esa mañana, con respecto a Simon, lo afirmaba más en su papel de paladín de
Patrick. Estaba mal que Latchetts hubiera pertenecido a Simon todos esos
años. Era la herencia de Patrick y no estaba bien que éste no estuviese allí
para heredarla. Patrick era un gran tipo. Patrick no se habría enfermado de
rabia porque su novia poseyera un caballo mejor que el de él. Patrick era un
gran tipo.
De modo que aceptó los pequeños regalos verbales, en nombre de Patrick,
y se sintió halagado y complacido.
Cuando las tazas de té comenzaban a mezclarse con los copetines, hizo su
aparición el médico de la aldea, y Brat cesó de sentirse complacido y se
dedicó a estudiar las reacciones de Eleanor con respecto al médico. Daba la
impresión de que Eleanor gustaba mucho de él, y Brat, que no sabía nada
acerca del joven, se convenció de inmediato de que valía mucho menos que
ella. Los únicos huéspedes que quedaban eran el coronel Smollett, Alguacil
Mayor del condado; las dos Misses Byrne, quienes ocupaban la casa de estilo
jacobino en el extremo más alejado de la aldea, y cuyas paredes, según Bee,
estaban cubiertas de “platos, planchas para calentar la cama y otros utensilios
de cocina”; y el doctor Spence, lleno de pecas y con aire amistoso. Este
último era un joven pelirrojo y huesudo, sucesor del viejo médico de la aldea
que atendió a toda la familia Ashby, y, según le manifestó Bee, en un
momento en que no tenía ninguna taza de té que llenar, “demasiado brillante
para un consultorio rural”. Brat se preguntó si permanecía en la aldea por
Eleanor; aparentemente, la joven le gustaba mucho.
—Nos ha causado muchas preocupaciones, jovencito —le dijo el coronel
Smollett al saludarlo, y su franqueza, después de todas las corteses evasivas
que había escuchado hasta entonces, agradó a Brat. Así como su
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conocimiento de la vida de la clase media inglesa se derivaba de las películas
norteamericanas, su concepto de los coroneles se basaba en la prensa inglesa,
y resultaba igualmente erróneo. El coronel Smollett era un individuo pequeño
y delgado, con una nariz picuda y una tendencia a pasar inadvertido. Lo que
se destacaba en él eran su extraordinaria pulcritud y sus alegres ojos azules.
El coronel llevó a las dos Misses Byrne de regreso en su automóvil, pero
el médico permaneció allí, y sólo cuando Bee le invitó a comer se decidió a
partir.
—Pobre doctor Spence —comentó Bee, durante la comida—. Siento que
no haya podido quedarse. Estoy segura de que su casera lo mata de hambre.
—Tonterías —dijo Simon, quien había recobrado su buen humor y se
mostró muy animado esa tarde—; todos los individuos delgados y pelirrojos
parecen mal alimentados. Además, no hubiera comido, de todos modos. Todo
lo que quiere es sentarse y mirar a Eleanor.
Con lo que los peores temores de Brat quedaron confirmados.
Pero todo lo que expresó Eleanor, fué:
—No seas absurdo —y lo dijo sin calor y sin interés.
Todos estaban muy cansados antes de sentarse a la mesa, de manera que
la comida transcurrió casi en silencio. La excitación producida por la
presencia de Brat se había convertido en aceptación y ya no lo trataban como
a un recién llegado. Hasta la reticente Jane dejó de acusarlo con la mirada.
Era parte del paisaje. Era maravillosamente sedante ser otra vez parte del
paisaje. Por primera vez, desde su llegada a Latchetts, tenía apetito.
Pero mientras se preparaba para ir a dormir siguió pensando en el
problema que constituía Simon. Simon, que estaba enterado, positivamente,
de que él no era Patrick, pero que no tenía intenciones de decirlo. ¿Por qué?
¿Porque nadie le creería y sus afirmaciones serían atribuidas a su
resentimiento por el regreso de su hermano? ¿Porque planeaba una revelación
más dramática? ¿Porque tenía un sistema mejor para tratar a un impostor
difícil de desenmascarar? Simon, que era un simulador tan consumado como
para engañar a su propia familia sobre sus sentimientos más profundos.
Simon, que era tan ególatra, tan vanidoso, que interponerse entre él y el sol
era insultarlo. Simon, que poseía el encanto de diez hombres juntos y un
cautivante aire de vulnerabilidad. Simon, que era como Timber.
Esa noche también se quedó en la oscuridad, junto a la ventana,
contemplando la curva de la colina contra el cielo. Quizá porque estaba
menos cansado que la noche anterior, ya no sentía tanto miedo; pero Simon
continuaba siendo el factor incalculable en la vida que había elegido.
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Recordando el resentimiento de Simon ante el hecho de que Peggy Gates
tuviera un caballo mejor que el suyo, Brat se preguntó cuál habría sido su
reacción al enterarse de que Patrick era el nuevo amo de Latchetts.
Reflexionó un largo rato sobre esto, con los ojos fijos en la oscuridad.
Y cuando por fin se dió vuelta para encender la luz, una voz en su mente
dijo: “Me pregunto dónde estaba Simon cuando Patrick se arrojó al mar.”
Pero en seguida comprendió la atrocidad de ese pensamiento, por
supuesto. ¿Qué estaba sugiriendo? ¿Asesinato? ¿En Latchetts? ¿En Clare?
¿Cometido por un muchacho de trece años? Estaba dejando que su antipatía
hacia Simon lo privara de sentido común.
El suicidio de Patrick Ashby fué un asunto policial. Se llevó a cabo una
indagación y se encontraron pruebas. El caso había sido investigado y la
policía pudo llegar a la conclusión de que era efectivamente un suicidio.
¿Era así? ¿O simplemente no habían encontrado pruebas de lo contrario?
¿Dónde estaría el informe del coronel? Posiblemente en los archivos de la
policía. Y para un paisano resultaba muy difícil conseguir que la policía se
decidiese a satisfacer una simple curiosidad; era gente muy ocupada.
Pero el informe tenía que haber aparecido en los periódicos locales. Tenía
que haber sido la sensación de la aldea. En alguno de los archivos debía haber
un informe de la indagación, y él, Brat Farrar, pensaba buscarlo en la primera
oportunidad.
Fuera antipatía o no, fuera sentido común o no, ansiaba saber dónde se
encontraba Simon Ashby cuando su hermano se arrojó desde los riscos de
Westover.
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—Sí; mucho menos aterrador que los comunes. Es una lástima que hayan
permitido que eso suceda. —Indicó con la barbilla la hilera de tiendas baratas
en el lado opuesto del camino; algunas no eran mucho mejores que chozas;
oscuros cafés, un zapatero remendón, un depósito de bicicletas, un vendedor
de cruces y coronas; su rival, un florista, una verdulería y otros negocios
anónimos con las vidrieras pintadas en la mitad inferior y extraños avisos y
carteles pegados sobre los vidrios.
El coche descendía por la pendiente hacia la ciudad y la miscelánea hilera
de comercios, al costado del camino, señalaba el comienzo de los suburbios
más pobres. Más allá estaba Westover propiamente dicha: limpia y pulida, y
brillando en la luz que reflejaba el mar.
Mientras entraba en la playa de estacionamiento, Bee dijo:
—Para ti no será muy divertido trotar detrás de mí, buscando pescado para
Mr. Sandal. Ve por tu cuenta y diviértete, y nos encontraremos para almorzar
en el Ángel a eso de la una menos cuarto.
Comenzaba a alejarse cuando Bee lo llamó.
—Olvidé preguntarte si te hace falta dinero. Puedo prestarte un poco si…
—Oh, no, gracias; aún me queda algo de lo que Cosset, Thring y no
recuerdo quién más, me adelantaron.
Se dirigió primero al puerto para ver el lugar de donde se suponía que
había partido ocho años atrás. Estaba atestado de barcos costeros y pesqueros,
muy alegres en la luz saltarina. Brat se recostó contra las piedras tibias del
malecón y se dedicó a contemplarlo. Allí se había sentado Alec Loding para
pintar su viejo lanchón, el último día en la vida de Patrick Ashby. En los
riscos que quedaban a su derecha, Pat Ashby encontró la muerte.
Se apartó del malecón y fué en busca de las oficinas del Westover Times.
Le llevó un buen rato encontrarlas, porque aunque todos los ciudadanos de
Westover leían el periódico local, muy pocos tenían oportunidad de
conseguirlo en su lugar de origen. Éste se encontraba a poca distancia del
puerto, en una vieja casita de una antigua callejuela que conservaba aún los
guijarros originales. La entrada era tan baja que Brat agachó instintivamente
la cabeza al entrar. Después de la brillante luz del sol, le fué imposible
distinguir nada en el interior de la casa. Pero de la oscuridad surgió la
inconfundible voz adolescente de un cadete:
—¿Qué desea?
Brat respondió que deseaba ver a Mr. Macallan. Y la voz anunció que Mr.
Macallan había salido.
—¿No tiene idea de dónde podría encontrarlo?
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—La cuarta mesa a la izquierda, en el primer piso del Blue Bird.
—Eso es bastante explícito.
—No puedo evitarlo; ahí es donde está. Siempre está allí a esta hora.
Aparentemente, el Blue Bird era un café situado frente al puerto, a la
vuelta de la esquina. Y en la cuarta mesa a la izquierda, ubicada junto a la
ventana más alejada, se hallaba, efectivamente, Mr. Macallan. Frente a él
había una taza de café medio vacía, que Mr. Macallan contemplaba ceñudo. A
pesar de eso saludó cordialmente a Brat y arrimó una silla para que se sentase.
—Temo no haber sido una gran ayuda para usted —dijo Brat.
—Si no es en un baúl, jamás figuraré en la primera página del Clarion —
contestó Mr. Macallan.
—¿En un baúl?
—En pedazos. Y no puedo menos que sentir que eso sería un poco
drástico. —Desplegó el Clarion matutino sobre la mesa, de modo que las
negras letras impresas se destacaron claramente. Después de tres días el
asesinato del baúl ocupaba aún la primera plana, habiéndose descubierto que
las piernas pertenecían a dos personas; esta complicación puso al presente
caso hors concurs en la categoría de asesinatos en baúles.
—Lo que el asesinato tiene de espantoso —dijo reflexivamente Mr.
Macallan—, no es que suceda, sino que le puede ocurrir a su tía Agnes, si
entiende a qué me refiero. ¡Eh! ¡Señorita! Una taza de café para mi amigo. A
su hermano Johnny lo matan en la guerra y eso es algo muy triste, pero nadie
se escandaliza, teniendo en cuenta qué es lo que llamamos civilización. Pero
si una noche alguien despacha a la tía Agnes cuando ésta regresa a su casa,
eso es un choque. Porque es algo que no le ocurre a la gente que uno conoce.
—Debe ser peor cuando algún conocido despacha a la tía Agnes de
alguien.
—Ay, sí —dijo Mr. Macallan, mientras agregaba una cucharada de azúcar
al café casi frío y lo revolvía vigorosamente—. He visto casos como ése. Ya
sabe, familias. Siempre pasa lo mismo: sencillamente, no pueden creerlo. Su
Johnny. En eso consiste el horror del asesinato. En lo que tiene de doméstico.
—Extrajo su cigarrera y se la ofreció a Brat—. ¿Y qué tal le resulta ser el niño
mimado de Clare? ¿Se alegra de haber vuelto?
—No puede imaginarse cuánto me alegro.
—¿Después de esa maravillosa vida libre en Arizona, o Texas, o
dondequiera que haya sido? ¿Quiere decir que realmente prefiere esto? —Mr.
Macallan indicó con la cabeza a los plácidos comerciantes que podían verse
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en la acera dé enfrente. Y, como Brat asintiera, agregó—: ¡El Señor se apiade
de nosotros! Apenas si puedo creerlo.
—¿Por qué? ¿No le gusta?
Mr. Macallan miró con desprecio a los ingleses del sur, moviéndose a la
luz de su sol inglés sureño y escupió metafóricamente.
—Están tan satisfechos consigo mismos que no puedo sacarles los ojos de
encima.
—¿Quiere decir: satisfechos de su suerte? ¿Y por qué no?
—Nada en este mundo ha surgido de la satisfacción.
—Excepto la raza humana —dijo Brat.
Mr. Macallan sonrió.
—En eso estoy de acuerdo. —Pero continuó observando ceñudamente la
brillante escena del puerto—. Los miro y pienso: “Esta gente tuvo a Escocia
en guerra durante cuatrocientos años”, y no puedo encontrar la explicación.
—La explicación, naturalmente, es que no lo hicieron.
—¿No? Permítame decirle que mi país…
—En los últimos mil años han estado demasiado ocupados defendiendo
las costas de Inglaterra. Si no hubiera sido por ellos, su Escocia formaría parte
de España, ahora.
Aparentemente, esta idea era nueva para Mr. Macallan. Decidió pasarla
por alto.
—¿No era a mí a quien buscaba, verdad, cuando vino al Blue Bird?
—Sí. Fuí a la oficina, primero, y me dijeron que lo encontraría aquí. Hay
algo que quiero hacer y pensé que usted podría ayudarme.
—Supongo que no será publicidad —dijo Mr. Macallan, secamente.
—No, quiero leer mi necrología.
—¡Hombre, quién no! Es usted un individuo privilegiado, Mr. Ashby,
muy privilegiado.
—Supongo que el Westover Times conserva los números atrasados.
—Sí, desde el dieciocho de junio de 1827. ¿O es desde el veintiocho? No
me acuerdo. De modo que quiere revisar los archivos. Bueno, no hay mucho,
pero para usted resultará interesante, por supuesto. Debe de ser fascinante leer
la noticia de la propia muerte.
—¿Entonces, usted la leyó?
—Sí. La leí antes de ir a Latchetts el martes, naturalmente.
Después de descender las oscuras escaleras que conducían a los sótanos
de las oficinas del Westover Times, Mr. Macallan no tuvo dificultad alguna en
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encontrar la copia requerida, sin necesidad de sacudir el polvo de ciento
cincuenta años.
—Se la dejo —dijo Mr. Macallan, mientras depositaba el volumen abierto
bajo la cruda luz de la lámpara colocada sobre un antiguo escritorio de tapa
inclinada—. Que se divierta. Si hay alguna otra cosa que pueda hacer por
usted, no vacile en hacérmelo saber. Y venga a verme cuando tenga ganas.
Ascendió los escalones de piedra y el confuso sonido de sus pasos se
perdió en el mundo de los hombres. Brat se quedó solo con el pasado.
El Westover Times aparecía dos veces por semana, miércoles y sábados.
La muerte de Patrick Ashby ocurrió un sábado, de modo que el ejemplar del
miércoles siguiente publicaba la noticia de su muerte y el informe de la
indagación. Además del acostumbrado anuncio publicado por la familia en las
noticias necrológicas, había un artículo pequeño en la página central. Una
familia de Westover era dueña del periódico, y lo dirigía desde su fundación,
y el Westover Times conservaba algo de la dignidad, los buenos modales y la
reticencia de un médico de la época de los Eduardos, visitando a sus pacientes
entre Harley Street y Knightsbridge, en un carruaje cerrado. El periódico
anunciaba el triste suceso y ofrecía su pésame a la familia en esa hora de
prueba que le tocaba vivir tan poco tiempo después de la trágica muerte de
Mr. y Mrs Ashby en un accidente de aviación. La única información que
proporcionaba era que en la tarde o la noche del sábado, Patrick Ashby había
muerto al precipitarse desde los riscos situados al oeste de la ciudad. El
informe de la indagación figuraba en la página cinco.
En esa página había una columna entera dedicada a la indagación. Claro
que una columna no era suficiente para proporcionar todos los detalles, pero
todos los hechos salientes estaban allí, y algunos testimonios eran citados al
pie de la letra.
Los chicos Ashby se hallaban libres de ocupaciones los sábados por la
tarde, y en el verano tenían por costumbre alejarse de la casa llevando un
bocado para atender a sus asuntos privados, y no regresaban hasta la hora de
la comida. El hecho de que Patrick no apareciera al atardecer no alarmó a
nadie hasta que pasaron varias horas. Se dió por supuesto que su último
hobby, la observación de las costumbres de los pájaros, lo hizo alejarse más
de lo que pensaba, y que se le había hecho tarde, sencillamente. Cuando cayó
la noche, comenzaron las averiguaciones telefónicas, con el propósito de
encontrar a alguien que lo hubiese visto, y poder socorrerlo en caso de
accidente. Como todo resultó inútil, se organizó una partida para recorrer los
lugares donde era probable que se encontrase la criatura desaparecida. La
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búsqueda se realizó a caballo y a pie, y en automóvil, a lo largo de los
caminos; pero sin ningún resultado.
En las primeras horas de la mañana siguiente, una patrulla guardacostas
encontró la chaqueta del muchacho cerca de los riscos. Albert Potticary, el
patrullero en cuestión, declaró que la chaqueta estaba a unas cincuenta yardas
del borde de los riscos, exactamente donde el sendero que nace en Tanbitches
comienza a descender por la hondonada hacia el puerto de Westover. Se
encontraba al costado del sendero del lado de los riscos y sujeta por una
piedra. El rocío la había humedecido, cuando la encontraron, y el único
contenido de los bolsillos era una nota escrita con tinta aguada. La misma que
le acababan de mostrar. El patrullero llamó por teléfono a la policía, para
comunicar la noticia y organizó la búsqueda del cadáver a lo largo de la playa.
No se encontró ningún cadáver. La marea alta de la noche anterior tuvo lugar
a las siete y veintinueve, y si el cuerpo había caído entonces al agua, o antes
de la pleamar, de modo que la marea lo arrastrara mar afuera, no volvería a
aparecer en Westover. Nadie que se hubiera ahogado en el distrito de
Westover apareció nunca más acá de Castleton, hacia el Oeste; y la mayor
parte salían a flote aun más al Oeste. Por lo tanto, no hubo ninguna esperanza
de hallar el cadáver, cuando se organizó la búsqueda. Era una cuestión de
rutina, simplemente.
La última persona que había visto a Patrick Ashby con vida resultó ser
Abel Tusk, el pastor. Encontró al muchacho en las primeras horas de la tarde,
a mitad de camino entre Tanbitches y los riscos.
P. ¿Qué estaba haciendo?
R. Estaba tirado boca abajo sobre la hierba.
P. ¿Qué hacía?
R. Esperaba una alondra.
P. ¿Qué clase de alondra?
R. Una alondra inglesa.
P. Ah, quiere decir que quería observarla. ¿Notó algo raro en él?
Abel respondió que él, por lo menos, no notó nada particular. Nunca había
sido muy locuaz. ¿Era un muchacho tranquilo? Sí, una criatura callada y
simpática. Hablaron sobre pájaros y luego se separaron. Él, Abel Tusk, se
dirigía a Westover por el sendero del risco, aprovechando su tarde libre. No
regresó hasta muy entrada la noche y no se enteró de la desaparición del
muchacho hasta el domingo a la mañana.
Se le preguntó si mucha gente utilizaba el sendero del risco y respondió
negativamente. Había ómnibus que llegaban a Westover en la mitad del
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tiempo, pero a él no le gustaban los ómnibus. Era una tarea pesada recorrer el
sendero, en particular en la zona de los riscos, y especialmente con los
zapatos que lleva puestos la gente que se dirige a la ciudad. De manera que
sólo alguien que como él estuviera del lado del mar de la colina de
Tanbitches, pensaría en elegir ese camino.
Bee declaró que la muerte de sus padres había significado un gran golpe
para el muchacho, pero que lo había soportado bien y pareció recobrarse
lentamente. No tenía ninguna razón para pensar que contemplaba la
posibilidad de quitarse la vida. Los chicos se separaban los sábados a la tarde
porque sus actividades eran distintas, y no era desacostumbrado que Patrick
estuviese solo.
P. ¿No lo acompaña su hermano mellizo?
R. No. A Patrick lo fascinaban los pájaros, pero a Simon le interesaba la
mecánica.
P. ¿Ha visto la nota que fué encontrada en la chaqueta del muchacho y
reconoce le letra como la de su sobrino Patrick?
R. Oh, sí. Patrick hacía las letras mayúsculas de un modo muy particular.
Y de las personas que conozco, era la única que escribía con una estilográfica.
Bee explicó qué era una estilográfica. La de Patrick era de vulcanita negra
con una delgada espiral amarilla en el cañón. Sí, había desaparecido. Patrick
la llevaba siempre con él; era una de sus posesiones favoritas.
P. ¿Se le ocurre algún motivo por el que se haya apoderado de él ese
súbito deseo de poner fin a su vida, a pesar de que su amigo, el pastor, lo
encontró normalmente alegre esa tarde?
R. Lo único que puedo sugerir es que estuvo alegre durante la tarde, pero
quizá cuando se hizo la hora de volver, el pensamiento de regresar a una casa
donde faltaba lo que había contribuido tanto a su felicidad fué demasiado para
él, y lo dominó un impulso nacido en un momento de desesperación.
Y ése fué el veredicto del tribunal. Que el muchacho había sucumbido a
un impulso pasajero en un momento en que su mente se hallaba
desequilibrada.
Ése era el fin de la columna y el fin de Patrick Ashby. Brat revisó el
número siguiente, en el que se proporcionaban noticias veraniegas sin mayor
importancia: exposiciones, competencias de bolos, campeonatos de tenis,
reuniones del Concejo, jiras comerciales; pero no se mencionaba a Pat Ashby.
Pat Ashby pertenecía ya al pasado.
Brat permaneció sentado, envuelto en el silencio del sótano, pensando en
todo el asunto. En el muchacho, tirado sobre la hierba tierna, que esperaba
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que sus amadas alondras aparecieran en el cielo. En la caída de la noche. En
la colina de Tanbitches, por la que ningún muchacho había regresado a su
hogar.
Bee dijo que a Simon le interesaba la mecánica, refiriéndose a la forma en
que éste pasaba sus tardes libres. Brat supuso que eso significaba el motor de
combustión interna. A los trece años es cuando uno comienza a interesarse
por los automóviles. Probablemente, Simon había estado chafallando
inocentemente en el garage de Latchetts. Por cierto que tal como se informaba
en el periódico, el lugar en que se encontraba Simon no tuvo mayor
importancia en la indagación.
Cuando se encontró con Bee, para almorzar, anheló preguntarle
directamente dónde había estado Simon aquella tarde. Pero, por supuesto, no
era lógico decir: “¿Dónde se encontraba Simon el día de mi huida?” Hubiese
resultado una pregunta sin sentido. Necesitaba encontrar alguna otra forma de
introducir el tema en la conversación. Pero tuvo que concentrar su atención en
el viejo maître del Ángel, quien había conocido a todos los chicos Ashby y
estaba profundamente conmovido, aparentemente, por el inesperado regreso
de Patrick. Sirvió los distintos platos con manos temblorosas y cada plato era
acompañado por un vacilante “Mr. Patrick, señor”, como si se alegrase de
usar su nombre. Pero el postre constituyó el momento culminante. Ya había
servido la tarta de fruta, tanto a Bee como a Brat, pero regresó
inmediatamente y con gran pompa depositó un enorme merengue en un plato
de plata frente a Brat. Brat contempló el postre con sorpresa y luego levantó
la mirada, y vió que el viejo esperaba su comentario con una sonrisa de
orgullo en el semblante y lágrimas en los ojos. Estaba tan ocupado, pensando
en Simon, que no reaccionó a tiempo y fué Bee quien lo salvó.
—¡Qué amable ha sido Daniel al recordar que éste era tu postre favorito!
—exclamó Bee, y Brat se hizo cargo de la situación y el anciano se alejó
satisfecho y emocionado, secándose los ojos con un pañuelo de deslumbrante
blancura, grande como una sábana.
—Gracias —dijo Brat—. Me había olvidado de esto.
—El bueno de Daniel. Creo que es como si su propio hijo hubiera
regresado. Tenía tres. Todos murieron en la misma guerra y sus nietos
murieron en la siguiente. A ustedes les tenía mucho cariño, y supongo que
será una gran felicidad para él que regrese de entre los muertos alguien a
quien amó. ¿Qué hiciste durante la mañana?
—Leí mi necrología.
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—Qué morboso. Aunque no, en realidad, no lo es. Es algo que todos
quisiéramos hacer. ¿Viste al diminuto Mr. Macallan?
—Sí. Te manda sus más respetuosos saludos. Tía Bee…
—Eres demasiado grande para empezar a llamarme tía.
—Bee, ¿por qué cosas mecánicas se interesaba Simon?
—Que yo sepa, a Simon nunca le interesó la mecánica.
—En la indagación dijiste lo contrario.
—¿Yo? No sé a qué pude haberme referido. ¿A propósito de qué lo dije?
—Para explicar por qué no estábamos juntos el sábado por la tarde. ¿Qué
hacía Simon cuando yo me dedicaba a observar los pájaros? —Hizo lo
posible para dar a sus palabras el tono de alguien que trata de recordar viejos
tiempos.
—Supongo que andaría vagando por ahí. Simon siempre fué holgazán.
Sus hobbies le duraban una quincena, como máximo.
—¿Así que no recuerdas a qué hobby se hallaba dedicado el día de mi
huida?
—Es muy absurdo, pero no me acuerdo. Ni siquiera recuerdo dónde
estaba esa tarde. Cuando sucede algo espantoso, uno trata de enterrarlo en la
mente y no lo deja salir a la superficie mientras pueda evitarlo. Recuerdo
perfectamente que se pasó la noche a caballo, buscándote desesperadamente.
Pobre Simon. Le jugaste una mala pasada, Brat. No sé si te das cuenta de ello.
Simon cambió después de tu partida. No sé si fué por tu huida o por la falta
del compañero sensato que eras tú, pero es otra persona desde entonces.
Como Brat no sabía qué responder, continuó comiendo en silencio, y Bee
añadió:
—Y me jugaste una mala pasada a mí, dejándome sin noticias tuyas. ¿Por
qué lo hiciste, Brat?
Éste era el punto débil en toda la estructura, tal como lo señaló Loding en
varias ocasiones.
—¡No sé! —dijo Brat—. ¡Honestamente, no lo sé!
Brat no previo que el tono de su voz tendría una exasperación y una
desesperación tan apropiadas.
—No importa —contestó Bee—. No quiero preocuparte, querido. No fué
mi intención hacerlo. Sencillamente, es algo que me intrigaba. ¡Te tenía tanto
cariño cuando eras chico, y éramos tan buenos amigos! Jamás pensé que
quisieses hacer tu vida sin arrojar una mirada atrás.
Brat trató de encontrar una explicación en el cúmulo de sus experiencias.
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—Es más fácil de lo que crees dejar atrás el pasado, cuando se tienen
catorce años. Quiero decir, cuando continuamente se encuentran experiencias
nuevas. El pasado no parece más real que algo visto en una película. No tiene
una realidad personal.
—Probaré escaparme algún día —dijo Bee, con tono ligero—. Hay
muchas cosas en el pasado que me gustaría olvidar.
Y Daniel llegó con el queso y cambiaron de tema.
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—¡Exactamente un chelín, la miserable máquina de sumar! Y pensar que
la convidé con un almuerzo suculento la última vez que estuve en la ciudad…
¿Qué podrá estar haciendo Bobby en Skye? Aborrece las montañas y no
puede soportar las moscas… Gore y Bowen. Supongo que es para recordarme
que tengo que pagar una factura… Estoy seguro de que no conozco a nadie
llamado Bert Burt. ¿Crees que puede ser un apostador profesional?
Cuando Brat no pudo ya postergar por más tiempo el momento de abrir
los paquetes, el hecho de que la mayoría de sus regalos eran réplica de los de
Simon, hizo su tarea menos penosa. El azucarero de estilo Hanover, de Mr.
Sandal; la botella de plata para bolsillo, de Bee; el látigo, de Eleanor; y el
libro, de las mellizas; todos estaban duplicados. Sólo el regalo de la Rectoría
era individual. Consistía en una cajita de madera que tocaba una canción al
abrirse la tapa. Brat nunca había visto u oído una cosa igual, y el presente lo
encantó y lo absorbió en tal forma, que se olvidó de sí mismo.
—Eso vino de Clare Park —dijo Bee.
Loding lo obligaba a recordarlo. Eso lo hizo volver a la realidad y cerró la
tapa, interrumpiendo la dulce y tenue melodía.
Esa mañana iba a vender su alma. No era el momento oportuno para
entretenerse con cancioncillas.
La venta de su alma también le deparó muchas sorpresas. En su
ignorancia, imaginaba que le pondrían delante diversos documentos para que
él los firmase, y eso sería todo. Una cuestión de veinte minutos, a lo sumo.
Pero resultó ser un asunto de varias horas. Él y Mr. Sandal se sentaron a la
gran mesa de la biblioteca, uno al lado del otro, y el abogado sometió toda la
historia económica de Latchetts a su inspección. Cosset, Thring y Noble
rendían cuentas, a su joven cliente, de los años correspondientes a su minoría
de edad.
Brat, desconcertado, pero con interés, siguió a Mr. Sandal en su marcha a
través de los años y admiró la forma en que el anciano manejaba esa
exploración legal y matemática.
—Claro que la fortuna de su querida madre no es ya la que fué en los
prósperos días en que ella la heredó; pero será suficiente para que en el futuro
usted pueda vivir en Latchetts, sin ansiedades. Como habrá observado, el
margen de seguridad ha sido con frecuencia muy pequeño en los años de su
minoría de edad, pero Miss Ashby no permitió que se obtuvieran préstamos
con la garantía de su herencia materna. Estaba decidida a que llegase intacta a
sus manos cuando usted cumpliera veintiún años.
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Mr. Sandal continuó hablando y, por primera vez, Brat tuvo conciencia de
la lucha y la inseguridad que se escondían detrás del aspecto de confiada
satisfacción que presentaba Latchetts.
—¿Qué ocurrió en ese año? —preguntó Brat, indicando con el dedo un
informe particularmente funesto.
Mr. Sandal sacudió algunos papeles.
—Ah, sí. Lo recuerdo. Fué un mal año. Un año muy malo. Una de las
yeguas murió y otras dos quedaron estériles, y un excelente potrillo se quebró
una pata. Un año descorazonador. Es una manera muy precaria de ganarse la
vida. Este año, por ejemplo —su dedo seco y delgado señaló otro informe
poco satisfactorio—, todo anduvo bien en Latchetts, pero fué un año en que
nadie compraba y ninguno de los potrillos alcanzó los precios acostumbrados
en las ventas. Es una cuestión de suerte. Nada más que suerte. Notará que
algunos de los años fueron extremadamente afortunados, de modo que las
pérdidas se recuperaron.
Terminó con las caballerizas y pasó a las granjas: las condiciones del
arriendo, las mejoras, la situación de los arrendatarios, la naturaleza de los
cultivos. Eventualmente llegó a la cuestión de la renta personal.
”Su padre percibía una renta considerable en su profesión de ingeniero
consultivo, y nada indicaba que las cosas no seguirían así toda su vida. Por
consiguiente gastó mucho dinero en Latchetts y en los caballos, que
constituían su hobby. Compró yeguas caras y de excelente calidad, entre otras
cosas, y, cuando murió, sus inversiones no eran muy amplias. Hubo que pagar
el impuesto a la herencia, de modo que el dinero de las inversiones
desapareció.
Agitó otra hoja ante los ojos de Brat, en la que se demostraba que el
impuesto fué pagado sin hipotecar Latchetts.
”Miss Ashby tiene una renta propia y nunca ha retirado dinero del
patrimonio de Latchetts, salvo lo que percibe para el cuidado de la casa. Las
asignaciones de los dos hijos mayores han ido en aumento con el correr de los
años. Con la excepción de algunas posesiones personales —los ponies, por
ejemplo— los caballos de las caballerizas forman parte del patrimonio.
Cuando los chicos asistían a las ventas para comprar caballos y revenderlos,
obtenían el dinero en préstamo de Miss Ashby, y cualquier beneficio que se
lograba era dedicado a cubrir los gastos de Latchetts. Creo, sin embargo, que
últimamente Simon ha comprado uno o dos animales con, el producto de
algunas apuestas afortunadas, y Eleanor con el resultado de sus esfuerzos
como instructora en el arte de montar. Sin duda, Miss Ashby le indicará
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cuáles son estos animales. No figuran en los documentos correspondientes.
Los ponies Shetland son el resultado de una arriesgada empresa de Miss
Ashby y son de su propiedad. Espero que todo haya quedado aclarado.
Brat dijo que así era efectivamente.
”En lo que respecta al futuro, el Banco aconseja que el dinero de la
herencia siga siendo invertido como hasta ahora. ¿Está de acuerdo?
“No quiero una suma grande”, le dijo Loding. “En primer lugar porque la
gastaría en seguida. Y en segundo lugar provocaría una investigación por
parte del Banco. Y una vez que usted esté adentro, preferimos que no haya
investigaciones. Todo lo que quiero es una pequeña y cómoda asignación
semanal durante el resto de mi vida, para poder sacarle la lengua a la equidad,
a los administradores y productores que dicen que siempre llego tarde a los
ensayos. Y a las caseras. La riqueza, mi amigo, no consiste en tener cosas,
sino en no tener que hacer lo que uno no quiere. Y no lo olvide. La riqueza
consiste en poder sacar la lengua.”
—¿Qué renta me produciría tal como está? —preguntó Brat, y Mr. Sandal
le informó.
Con eso alcanzaba. Podía darle a Loding su parte y aun le quedaría lo
suficiente para cumplir con sus obligaciones en Latchetts.
—Éstas son las asignaciones actuales de sus hermanos. Las mellizas irán
pronto a la escuela, por supuesto, y eso significará un gasto extra durante unos
pocos años.
La exigüidad de las asignaciones le sorprendió. “Pero”, pensó, “yo ganaba
más dinero en tres meses.” El hecho de que Simon hubiera estado tan por
debajo de él, en lo que se refería a dinero para gastar, alteró sutilmente su
actitud hacia Simon.
—No es demasiado, ¿no es así? —le dijo a Mr. Sandal, y el abogado lo
miró asombrado.
—Están de acuerdo con el patrimonio —replicó secamente.
—Bueno, creo que habría que aumentarlas un poco ahora.
—Sí; eso estaría bien. Pero usted no puede mantener dos adultos a costa
del patrimonio. No sería justo para con Latchetts. Ambos son capaces de
ganarse la vida.
—¿Qué sugiere entonces?
—Yo sugiero que a Eleanor se le aumente un poco la asignación mientras
viva en Latchetts, o hasta que se case.
—¿Piensa casarse?
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—Mi querido amigo, todas las jóvenes piensan en casarse, especialmente
cuando son tan bonitas como su hermana. Sin embargo, que yo sepa, no ha
demostrado ningún interés particular con respecto a ese asunto.
—Ah. ¿Y Simon?
—El caso de Simon es difícil. Hasta hace unas pocas semanas, consideró
Latchetts como algo suyo. No es probable que permanezca aquí mucho más
tiempo, pero podría pagársele la asignación con el aumento que sugiere,
mientras le preste sus servicios aquí.
—No creo que eso sea bastante —dijo Brat, sorprendido por la suposición
de Mr. Sandal de que Simon se iría. No había dado señales de querer alejarse
—. Creo que parte de los bienes le pertenece.
—¿Moralmente, quiere decir?
—Sí, supongo que sí.
—Usted tiene razón, sin duda, pero es una posición muy peligrosa que
usted no puede esperar que yo apoye. No es posible andar repartiendo parte
de los bienes y mantener, al mismo tiempo, el control de ese patrimonio. La
asignación es una cosa: se saca de la renta. Pero renunciar a una parte del
edificio es dañar toda la estructura.
—Bueno, sugiero entonces que si Simon desea establecerse por su cuenta,
se le conceda un préstamo para iniciarse, a una proporción nominal de interés
Supongo que si digo que sin interés, usted me va a saltar al cuello.
El anciano le sonrió bondadosamente.
—Creo que no hay nada que se oponga a eso. Preveo un período de gran
prosperidad para Latchetts, ahora que los años flacos han terminado. No creo
que un préstamo a Simon signifique un perjuicio para el patrimonio. Se
equilibraría con el ahorro de su asignación. En lo que respecta al aumento que
usted sugiere…
Se pusieron de acuerdo con respecto a la cantidad.
—Por último —dijo Mr. Sandal—, están los pensionados.
—¿Pensionados?
—Sí. Las personas que han servido en Latchetts y que ahora son
demasiado viejas para trabajar.
Por cuarta vez en la mañana, Brat se sorprendió. Miró la larga lista y se
preguntó si todas las familias inglesas tendrían esa sangría en la renta. Mr.
Sandal lo tomaba como algo muy natural; una práctica tan honorable y común
como pagar el impuesto a los réditos. Mr. Sandal había protestado contra
cualquier gasto concerniente a la familia; los Ashby jóvenes y fuertes debían
ganarse la vida. Pero daba por supuesta la obligación de mantener a los
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ancianos y débiles servidores de la familia. La niñera, quien contaba noventa
y dos años de edad y habitaba en un lugar llamado New Deer, en Escocia; un
viejo mozo de cuadra de ochenta y nueve años que vivía en la aldea, y otro en
Guessgate; una cocinera que había trabajado para ellos hasta los sesenta y
ocho años y que ahora estaba en Horsham con una hija de sesenta y nueve; y
así sucesivamente.
Brat pensó en la rubia descarada, con el vestido floreado, que le dió la
bienvenida a Latchetts. ¿Quién le pasaría a ella una pensión? Toda la aldea,
probablemente. ¿Por largos y honorables servicios?
Brat manifestó su conformidad con las pensiones y luego llamaron a
Simon para que firmara. Brat, que tuvo una mañana deprimente, se sintió
complacido al notar que los ojos de Simon se abrían desmesuradamente al
contemplar su firma. Hacía casi una década que Simon no contemplaba las
letras mayúsculas de Patrick, y ahora estaban allí, enfrentándolo fríamente
desde la mesa de la biblioteca. Eso le enseñaría a no mostrarse sardónico ante
los esfuerzos de Brat por celebrar un cumpleaños que no era suyo.
Luego entró Bee, y Mr. Sandal le explicó los aumentos en las
asignaciones y el plan referente al futuro de Simon. Cuando Simon oyó el
plan, sus ojos se posaron pensativamente en Brat; y éste pudo leer con toda
claridad lo que decía su mirada: “¿Soborno, eh? Bueno, es inútil. Maldito sea
si no me quedo aquí y maldito sea si no me pagas la asignación.”
Cualesquiera fuesen los planes de Simon, era indudable que se referían a
Latchetts.
Sin embargo, Bee parecía complacida. Pasó su brazo por el de Brat para
conducirlo al comedor y se lo apretó diciendo:
—¡Querido Brat!
—Los felicité a ambos y les expresé mis mejores deseos de felicidad,
durante el desayuno —dijo Mr. Sandal, mientras levantaba su vaso con clarete
—, pero ahora me gustaría proponer un brindis. —Movió el vaso en dirección
a Brat—. Por Patrick, quien no sólo ha entrado en posesión de su herencia
sino que ha aceptado sus obligaciones.
—¡Por Patrick! —exclamaron todos—. ¡Por Patrick!
—¡Por Patrick! —dijo Jane, al final.
Brat la miró, y vió que le sonreía.
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toda la ladera hasta los riscos; toda la pradera que Pat Ashby había
compartido con las alondras.
Al llegar al nivel del verde grupo de arbustos y árboles jóvenes que
señalaban la vieja cantera, se encontró con un anciano sentado al amparo de
los árboles, comiendo grandes rebanadas de pan con jamón y que lo saludó al
pasar.
—Orgulloso, ¿eh? —dijo el anciano agriamente.
Brat giró sobre los talones y lo miró con fijeza.
—Eso es lo que le hace el extranjero a la gente.
Disminuyó considerablemente el tamaño del sandwich con otro mordisco
y examinó a Brat por debajo de su gastado sombrero de fieltro.
—Cuántos nidos no habrías encontrado si no hubiera sido por mí.
—¡Abel! —exclamó Brat.
—Bueno, eso ya es algo —refunfuñó el anciano.
—¡Abel! —repitió Brat, y se sentó a su lado—. ¡Cuánto me alegro de
verte!
—¡Quieto! —dijo Abel, dirigiéndose a su perro que había salido de bajo
de la chaqueta extendida sobre la hierba, para olfatear al recién llegado.
—¡Abel! —Apenas si podía creer que el personaje que encontró el día
anterior en la noticia necrológica de un periódico, estuviera allí en carne y
hueso.
Abel comenzó a dar signos de complacencia ante este indudable
entusiasmo por su presencia y admitió que lo había reconocido desde lejos.
—¿Rengo, eh?
—Un poco.
—¿Se rompió?
—Sí.
—Nunca fuiste llorón —dijo Abel, aprobando la lacónica aceptación de su
mala suerte.
Brat se apoyó contra la sólida cerca de madera que impedía que las ovejas
se acercaran a la cantera, sacó la cigarrera y se dispuso a pasar la tarde allí.
En la hora siguiente aprendió muchas cosas acerca de Patrick Ashby, pero
ninguna le ayudó a explicarse su suicidio. Como todos los demás, el viejo
Abel se sintió sacudido y sorprendido por la muerte del muchacho, y ahora
quedaba plenamente justificado su escepticismo, con respecto al suicidio de
Pat.
“Patrick nunca fué un llorón”, por “insoportablemente malas” que fueran
las cosas.
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El viejo pastor caminó con el joven hasta el grupo de hayas, y desde allí
Brat observó al hombre y al perro hacerse pequeños en la distancia. Brat
permaneció allí hasta mucho después que ambos desaparecieron de la vista,
gozando de la soledad y del susurro del viento en los árboles. Luego
descendió hacia la verde llanura hasta que llegó al sendero que lo condujo a
Clare a través de la colina.
Mientras bajaba por la ladera norte, en dirección al camino, el viento le
trajo un clinc clinc familiar. Por un momento estuvo de vuelta en la estancia
de Wilson, con la forja resplandeciendo en el puro aire de las montañas y —
¿cómo se llamaba?— Cora esperándole detrás del granero cuando él se ponía
sus mejores galas después de la comida. Luego recordó dónde estaba la forja:
en esa choza al pie de la colina. Aun tenía tiempo. Podía acercarse y conocer
una herrería inglesa.
Cuando por fin se detuvo en la puerta, descubrió que era muy parecida a
la de la estancia, salvo que el techo era bastante más bajo. El herrero estaba
solo, pues sin duda su compañero era un empleado sujeto a horario, y en ese
momento se hallaba moldeando una herradura. Al notar la presencia de
alguien en la puerta, levantó la mirada y saludó a Brat sin interrumpir su
trabajo. Brat lo observó un momento, envuelto en el agradable silencio, y
luego se acercó para manejar el fuelle. El herrero sonrió. Al terminar lo que
estaba haciendo, dijo:
—La luz de afuera no me dejó reconocerlo. Me alegro infinitamente de
verlo aquí otra vez, Mr. Patrick.
—Gracias, Mr. Pilbeam.
—Lo maneja con mucha más habilidad que antes.
—Me he ganado la vida con esto desde la última vez que lo vi.
—¿Ah sí? ¡Bueno, que me…! —Sacó del horno una herradura al rojo y se
disponía a continuar trabajando cuando cambió de idea y se la ofreció a Brat,
con una sonrisa. Brat aceptó el desafío e hizo un buen trabajo, mientras Mr.
Pilbeam accionaba el fuelle con crítica aprobación.
—Es extraño —dijo Mr. Pilbeam, mientras Brat sumergía la herradura en
el agua—; si hubo un Ashby capaz de ganarse la vida con este trabajo, ése era
su hermano.
—¿Por qué?
—Usted nunca demostró mayor interés.
—¿Y Simon?
—Hubo una época en que no podía sacármelo de encima. No había nada
que no quisiera hacer, desde un candelabro hasta un portón para la avenida de
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Latchetts. Pero, si no me equivoco, lo único que hizo fué un cayado, y no
demasiado bien. Siempre andaba dando vueltas por aquí. Fué su pasión
durante todo el verano.
—¿Qué verano?
—El verano en que usted se fué. Me acuerdo perfectamente porque estaba
aquí, viendo cómo colocábamos una llanta en la rueda de un carro, el día que
usted huyó. Tuve que echarlo para que se fuera a comer.
Brat examinó la herradura que acababa de hacer, mientras Mr. Pilbeam se
preparaba para cerrar.
—Tendría que colgarla en la pared —dijo el herrero, señalando la obra de
Brat— con una inscripción: Hecha por Patrick Ashby de Latchetts. Yo mismo
no la hubiera hecho mejor —agregó generosamente.
—Désela al viejo Abel para que la clave en su puerta.
—Dios me libre, el viejo Abel jamás tendría nada de hierro sobre el
umbral. Alejaría a los visitantes.
—Oh. Es amigo de ellos, ¿no es así?
—Le lavan la ropa y le limpian la casa, de acuerdo con lo que se cuenta.
—No me sorprendería que así fuera —dijo Brat. Y partió en dirección a
Latchetts.
De modo que Simon tenía una coartada. No estuvo cerca de los riscos
aquella tarde. No había salido del valle de Clare.
Y eso era todo.
En la senda que separaba las dehesas, se encontró con Jane. Tenía toda la
apariencia de andar rondando por ahí y Brat se preguntó si lo hacía para
encontrarse con él. Estaba hablando con Honey y su potranca, y no hizo
ningún esfuerzo por pasar inadvertida, como había hecho hasta entonces,
siempre que él se acercaba.
—Hola, Jane —dijo Brat, y se unió a la charla con Honey, para darle
tiempo. Su carita pálida enrojeció, y, evidentemente, luchaba contra una
emoción poco común.
—Es hora de que vayamos a casa a lavarnos un poco, antes de comer —
sugirió Brat, viendo que Jane no parecía dispuesta a hablar.
Jane dejó de acariciar la cabeza de Honey y se dió vuelta para enfrentarlo,
tratando de reunir valor.
—Quería decirte algo. ¿No te molesta?
—¿Algo que puedo hacer por ti?
—Oh, no. Nada de eso. Es que no fuí muy amable contigo cuando llegaste
y quiero pedirte disculpas.
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—Oh, Jane —dijo Brat, deseando poder tomar a la pequeña figura
valerosa en sus brazos.
—No fué porque quería portarme mal contigo —dijo Jane, ansiosa de que
él la entendiera—. Fué porque… porque…
—Sé por qué fué.
—¿Lo sabes?
—Claro. Era muy natural que te sintieras así.
—¿Sí?
—En realidad, considerando las circunstancias, es un sentimiento que te
honra.
—¿Entonces aceptas mis disculpas?
—Las acepto —dijo Brat con gravedad, y le estrechó la mano.
Jane no lo tomó inmediatamente del brazo como hubiera hecho Ruth.
Caminó junto a él, como una persona mayor, hablando cortésmente de las
posibilidades que tenía en el mercado la potranca de Honey, y discutiendo el
nombre que se le pondría. La cuestión del nombre era tan absorbente y
excitante, que pronto se olvidó de sí misma y, antes de que llegaran a la casa,
parloteaba sin reservas.
Mientras atravesaban la amplia curva de grava, Bee salió a la puerta y se
quedó allí, observándolos.
—Van a llegar tarde para cenar —les dijo.
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XXII
ASÍ FUÉ como Brat tomó posesión de Latchetts y de todos los de la casa, con
excepción de Simon.
El domingo asistió a la iglesia y se sometió a un examen de hora y media;
aparte del tiempo dedicado a las plegarias. Los únicos que esa mañana no
estaban en la iglesia de Clare eran los no conformistas y tres criaturas con
sarampión. Tal como lo señaló Bee, había varios miembros de la
congregación cuyo lugar habitual para celebrar el culto dominical era el
granero de ladrillos azules, situado en el otro extremo de la aldea, y que
decidieron soportar el ritual y la prelacía para poder presenciar el momento de
la aparición de Brat. En cuanto a los feligreses ortodoxos, Bee afirmó que
entre ellos había individuos que no pisaban la iglesia desde el bautismo del
último hijo. También estaba allí Lana Adams, quien, como todo el mundo
sabía, no visitaba iglesia alguna desde su propio bautizo, ocurrido unos veinte
años antes en el granero de ladrillos azules.
Brat se sentó entre Bee y Eleanor, y Simon al otro lado de Bee. Las
mellizas se ubicaron junto a Eleanor; Ruth gozando con el drama y cantando
los himnos a voz en cuello, extasiada, y Jane contemplando a los asistentes
con dura desaprobación. Brat leyó una y otra vez los epitafios de los Ashby, y
escuchó la voz monótona del Rector que proporcionaba a los habitantes de
Clare su ración semanal de metafísica. El Rector no predicaba, en el sentido
corriente del término. Su voz sonaba como si estuviese discutiendo un asunto
consigo mismo; si uno cerraba los ojos, era lo mismo que estar sentado frente
al hogar de la Rectoría, escuchándolo hablar. Brat pensó en la sutil variedad
de predicadores que iban al asilo para el servicio de los domingos: los
gritones, los íntimos, los teatrales, que cambiaban de tono y bajaban la voz
como recitadores improvisados, los entusiastas, los afectados estetas; y pensó
que la comparación favorecía a George Peck. Parecía como si en realidad no
pensase en sí mismo para nada; como si fuera posible concebir que las
apariciones públicas en un pulpito no fueran lo que le indujo a convertirse en
un clérigo.
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Después del servicio, Brat se dirigió hacia la Rectoría para almorzar, pero
no sin haber pasado antes por toda la gama de felicitaciones de la aldea. Bee
salió de la iglesia con él, para conducirlo a través de la ardua prueba, pero fué
acaparada por Mrs. Gloom, y Brat quedó indefenso. Aterrorizado, vió
aproximarse al primero de los desconocidos: una enorme mujer con mejillas
como manzanas y un sombrero de crinolina con rosas rojas. ¿Qué podía hacer
para aparentar que la recordaba? ¿Ya todos los demás que, evidentemente,
esperaban su turno?
—Te acordarás de Sara Godwin, que iba a ayudarnos los días de lavado
—dijo una voz, la de Eleanor, de pie junto a él. Lo hizo pasar de un grupo a
otro, con la habilidad de una secretaria social, murmurando una rápida frase
cada vez que aparecía una cara nueva—. Harry Watts: solía componer
nuestras bicicletas. Miss Marchant: de la escuela de la aldea. Mrs. Stapley: la
partera. Tommy Fitt: ayudaba al jardinero. Mrs. Stack: se dedica a
fabricaciones rurales.
Lo condujo sin mayores tropiezos hasta el portoncito de hierro que daba al
jardín de la Rectoría, lo abrió, empujó a Brat hacia adentro y dijo:
—Ahora estás a salvo. Esto es un “valle”.
—¿Es qué?
—No me digas que te has olvidado. Cuando jugábamos a las escondidas,
un lugar seguro era siempre un “valle”.
“Algún día, Brat Ferrar”, pensó, mientras recorría el sendero hacia la
Rectoría, “te encontrarás con algo que es imposible que hayas olvidado.”
Durante el almuerzo, él y su anfitrión permanecieron en un cómodo
silencio, mientras Nancy los entretenía, y luego Brat caminó con el Rector por
el jardín y respondió a las preguntas relativas a su vida durante los últimos
ocho años. Uno de los encantos de George Peck, era que sabía escuchar.
El lunes fué a Londres y permaneció sentado en una silla mientras le
mostraban piezas de tela, primero a varias yardas de distancia, y luego de
cerca, para que pudiera apreciar el peso, la textura y las cualidades de
duración del material. Gore y Bowen lo equiparon y Walters le tomó las
medidas, y todos le aseguraron que poseería un guardarropa del que ningún
inglés se avergonzaría. Se alegraba de poder presentarse a los sastres de los
Ashby con un traje tan digno de respeto como el que le hizo el sastre de Mr.
Sandal, y le sorprendió comprobar que la limpia camisa azul norteamericana
que llevaba puesta fuera objeto de miradas de conmiseración. Fué todo una
revelación para él enterarse de que las camisas se hacían de medida. Sin
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embargo, cuando fueres a Roma, vive como romano… De modo que también
encargó camisas.
Almorzó con Mr. Sandal, quien lo llevó a conocer al gerente de su banco.
Brat canjeó un cheque y envió a Alec Loding una carta certificada con un
grueso fajo de billetes de banco. Ése había sido el arreglo: “billetes y ningún
mensaje”, le dijo Loding. Ni tampoco llamadas telefónicas. La única
comunicación que debía existir entre ellos eran esos billetes anónimos en un
sobre certificado.
El primer pago a su socio en el crimen le dejó en la boca un gusto que no
era, precisamente, el de la goma del sobre. Tomó una cerveza para sacárselo,
pero no lo consiguió. De modo que tomó el ómnibus 24 y fué a echarle un
vistazo a su alojamiento en Pimlico, e inmediatamente se sintió mejor.
Alcanzó el tren de las cuatro y diez, y al llegar a Guessgate se encontró
con Eleanor que había venido a buscarlo con la pulga. Pero esta vez no sentía
el corazón en la garganta, y Eleanor ya no era una abstracción y un enemigo.
—Me pareció una picardía que tuvieras que esperar el ómnibus cuando yo
podía venir a buscarte —dijo Eleanor, mientras Brat se instalaba a su lado y
marchaban rumbo a Latchetts—. Ahora no tendrás que volver a irte por
mucho tiempo —agregó.
—No. Excepto para probarme la ropa y visitar al dentista.
—Sí; pero eso te llevará un día. Y quizá tío Charles prefiera que alguien
vaya a la ciudad a esperarlo. Pero, hasta entonces, a instalarnos y quedarnos
tranquilos.
Y así lo hizo Brat.
Por la mañana ejercitaba los caballos, o les enseñaba a saltar en las
dehesas. Salía a caballo con Eleanor y los chicos de Clare Park; y a tal punto
satisfizo el alma romántica de Antony Toselli que éste se presentó una
mañana vistiendo un “equipo infantil de montar” completo, obtenido gracias a
numerosos telegramas de una extensión y fluidez que hicieron historia en la
oficina de correos de Clare. Ayudó a Eleanor a domar el potro bayo y la
observó mientras enseñaba a un joven animal de pura raza, proveniente de
una caballeriza de animales de carrera, a caminar con compostura y a llevar la
cabeza como un caballero. Pasaba casi todos los días con Eleanor y, de
regreso a la casa, se dedicaban a planear las tareas del día siguiente.
Bee veía con placer esta camaradería, pero deseando al mismo tiempo que
Simon la compartiera. Simon encontraba cada vez más excusas para
ausentarse desde el desayuno hasta la hora de comer. Por la mañana
adiestraba a Timber o a Scapa, y siempre tenía algún motivo para ir a
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almorzar a Westover. Cuando ocasionalmente regresaba a comer, después de
estar afuera todo el día, Bee se preguntaba si estaría completamente sobrio.
Pero, aparte de tomar dos copetines en lugar de uno, bebía poco en la casa, y
Bee decidió que se había equivocado. Sus alternados ataques de depresión y
alegría no eran nada nuevo: Simon siempre había tenido un carácter inestable.
Bee supuso que su ausencia era una forma de disminuir la nerviosidad que le
provocaba una situación difícil, y confió en que, en poco tiempo, compartiría
la amistad que florecía entre Eleanor y Patrick.
—Tendrás que hacer algo en la Exposición de Bures —dijo Eleanor, un
día, cuando regresaban cansados de las caballerizas—. Si no la gente pensará
que ocurre algo raro.
—Podría intervenir en una carrera, como sugirió Ruth.
—Pero es tan sólo para divertirse. Quiero decir que nadie lo toma en serio.
Tienes que exhibir uno de los caballos. Tu ropa de montar estará lista a
tiempo, de modo que no hay motivo para que no lo hagas.
—No.
—Estoy aprendiendo a conocer ese monosílabo tuyo.
—No es mi exclusividad.
—No. Es tu especialidad, simplemente.
—¿Con cuál podría correr?
—Bueno, después de Timber, Chevron es lo más rápido que tenemos.
—Pero Chevron es de Simon.
—Oh, no. Bee la compró con dinero producido por las caballerizas. ¿Has
corrido alguna vez?
—Oh, sí. Claro que carreras locales. Por apuestas pequeñas.
—Creo que Bee pensaba exhibirla como animal de tiro, pero no hay
ninguna razón para que no intervenga en las carreras del final. Es muy
nerviosa y excitable, pero salta muy bien y es muy rápida.
Durante la comida le expusieron el plan a Bee, y ésta se mostró conforme.
—¿Con qué peso corres, Brat?
—Casi 57 kilos.
Bee lo miró reflexivamente mientras comían. Estaba demasiado delgado.
Ninguno de los Ashby de las dos últimas generaciones había tenido tendencia
a engordar, pero el muchacho parecía agotado; especialmente al final del día.
Cuando pasara el alboroto de la celebración tendrían que hacer algo con
respecto a su pierna. Quizás ésa era la causa de la tensión que caracterizaba
sus magras facciones. Posiblemente le pesara tanto física como
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psíquicamente. Tendría que preguntarle a Peter Spence por un buen cirujano
para consultar.
Bee se sintió encantada al encontrar en Brat algo de que evidentemente
Simon carecía: un interés por el género equino en abstracto. El conocimiento
de Simon, con respecto a la cruza, se limitaba a aquello que convenía a sus
intereses privados, pero teóricamente no sabía más que lo que leía en Las
Carreras al día. En cambio, Brat se dedicaba a leer libros sobre caballos, con
la misma absorción con que algunas personas leen novelas policiales. Una
noche, al entrar Bee en la biblioteca para apagar una luz que alguien había
dejado encendida, se encontró con Brat, quien examinaba un stud book. El
muchacho le había dicho que estaba tratando de investigar el pedigree de
Honey.
—Elegiste mal el libro —le dijo Bee, y le entregó el que necesitaba. Bee
estaba ocupada con algunos asuntos del W. R. I.[9], de modo que se fué y
olvidó que estaba allí. Pero casi dos horas después, notó que la luz seguía
encendida y, al entrar en el cuarto, encontró a Brat rodeado de toda clase de
volúmenes y tan absorto que no la oyó llegar.
—Es fascinador, Bee —dijo Brat. Estaba embobado contemplando una
foto de Bend Or; y varios libros abiertos mostraban fotografías que le
producían especial placer, de modo que la enorme mesa semejaba un
escaparate para libros, exhibiendo sus láminas para tentación de los
compradores.
—Mi favorito no figura en tu selección —dijo Bee, después de ver los
elegidos por Brat, y sacó otro tomo de los estantes. Y, al descubrir la
ignorancia de Brat, lo llevó a los comienzos y le mostró el origen —Arab,
Barb y Turk— de los productos actuales. Antes de la medianoche había más
libros en el suelo que en los estantes, pero ambos pasaron un momento
maravilloso.
Después de esa vez, cuando Brat desaparecía, todos iban a buscarlo a la
biblioteca, donde estudiaba algo en un stud book o revisaba lentamente las
fotografías de caballos famosos.
No tuvo inconveniente en que Gregg fuera su maestro, y el resultado fué
que Gregg lo respetaba a él como nunca a Simon. Bee notó que se dirigía a
Simon diciendo “Mr. Simon”, mientras que Brat era “Mr. Patrick, señor”. Ya
no quedaba indicio alguno de la actitud defensiva de un mozo de cuadra que
se enfrenta con un recién llegado que es a la vez su patrón. Gregg reconocía
en Brat al entusiasta que no cree saberlo todo, de modo que Brat era “Mr.
Patrick, señor”. Bee sonreía cuando pasaba junto al cuarto de las monturas y
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oía las largas y monótonas parrafadas de Gregg, matizadas por los
monosílabos de Brat.
—Le dije: “¿Matarlo? No haré nada por el estilo. Ese caballo saldrá de
aquí caminando antes de un mes; sus malditos sabuesos pueden morir de
hambre, pero no se darán el gusto de hincar las quijadas en la carne de un
animal tan bueno como el mejor.” ¿Y a que no sabe qué hice?
—¿Qué?
Bee se sentía humildemente agradecida al destino, no sólo por el regreso
de su sobrino, sino por la forma en que había regresado. Repasando
mentalmente todas las actitudes que pudo haber asumido Patrick, la
maravillaba pensar que el Pat real correspondiera tanto a las necesidades de
Latchetts y a sus propios deseos. De haber podido elegir, se hubiera inclinado,
sin dudar, en favor de Brat. Claro que era demasiado callado; demasiado
reticente. Uno se encontraba tranquilo en su compañía, aun cuando sintiera
que no lo conocía. Pero era más fácil tratar con ese rostro imperturbable, que
con la cara siempre cambiante de Simon.
Bee le escribió una larga carta al tío Charles, dirigida a Marsella,
describiéndole a su nuevo sobrino, y le contaba todo lo que no pudo decir en
los primeros cablegramas. Naturalmente Charles no se sentiría impresionado
por el hecho de que Brat fuera tan hábil con los caballos, puesto que Charles
los odiaba y los consideraba animales de una estupidez invencible,
imaginación incontrolada y razonamiento erróneo. Para Charles, cualquier
criatura de tres meses de edad, que no sufriera de encefalitis o alguna otra
incapacidad congénita, era más capaz de hacer una deducción correcta que el
más inteligente y mejor adiestrado caballo de pura sangre. A Charles le
gustaban los gatos; y si alguna vez era arrastrado contra su voluntad, hasta
una caballeriza, se hacía amigo del gato y se retiraba con él a un rincón
tranquilo, hasta que el proceso de examinar los caballos hubiera terminado. Él
mismo se parecía a un gato: era un individuo grande y delicado, con un rostro
suave y redondo que se arrugaba sólo lo suficiente como para sostener un
monóculo en cualquiera de los ojos, según la mano que tuviera libre en ese
momento. Y aunque medía más de un metro ochenta, se deslizaba sobre los
grandes pies como si estuviera lleno de aire.
Charles vivía consagrado a su viejo hogar y a su familia, pero le
encantaba afirmar que prefería la época más viril en que un caballo era un
simple medio de transporte capaz de soportar un peso respetable, y no se
necesitaba que un hombre se dedicara a desarrollar huesos que avergonzarían
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a una gallina, para que débiles caballos de raza pudieran sobrepasar
injustificables obstáculos.
Un gato muerto de hambre podía saltar más alto, de cualquier manera, y
sin que nadie le enseñara.
Pero los nietos de su hermano eran las niñas de sus ojos y amaba cada uno
de sus frágiles huesos. Y a ese Charles Bee le hablaba de su nuevo sobrino.
“En las dos cortas semanas que lleva aquí, ha dejado de ser un
desconocido para convertirse hasta tal punto en una parte de Latchetts que
uno ni siquiera nota su presencia. Claro que tiene un modo muy peculiar de
convertirse en parte del paisaje, pero no porque pase inadvertido. Es porque
encaja aquí. He notado que hasta la gente de la aldea, para quien aun tendría
que ser un extraño y un objeto de miradas de reojo, lo trata como si hubiera
estado siempre aquí. Es muy callado, y rara vez dice algo voluntariamente,
pero es de modo extraordinario despierto, y sus comentarios, cuando los hace,
serían hirientes si no los hiciese tan amablemente. Habla un norteamericano
muy correcto —el cual, querido Charles, es un inglés muy correcto con la a
más abierta— y con cierta lentitud. Pero es una lentitud muy distinta de la de
Simon, me refiero a cuando Simon habla lentamente. No es un comentario, es
un método de producción.
”Su mayor conquista fué Jane, quien se mostró amargamente resentida
ante su regreso, en defensa de Simon. Se mantuvo alejada de él durante varios
días y por fin se rindió. Ruth se manifestó alborozada, pero Patrick no la
alentó mucho —creo que lo interpretó como una deslealtad para con Simon—
y ahora está un poco alejada de él.
”George Peck parece complacido con Pat, pero creo que no puede
perdonarle el silencio de todos estos años. A mí me ocurre lo mismo, por
supuesto. Lo encuentro inexplicable. Lo único que uno puede hacer es tratar
de comprender el cataclismo que le hizo alejarse.
”Todo elogio es poco para Simon. Ha aceptado pasar a segundo plano,
con una fortaleza y una gracia verdaderamente conmovedoras. Creo que es
muy desgraciado y que le resulta difícil asociar a este Patrick con el de antes.
Simon ha sido el más perjudicado por el silencio de Patrick. Sólo puedo
suponer que no pensaba regresar jamás. He tratado de sondearlo respecto a
esto, pero no es fácil hacerle hablar. Fué una criatura reservada y ahora lo es
aun más. Quizá hable contigo cuando vengas.
”Estamos muy ocupados con los preparativos para la exposición de Bures
—la cual, te alegrarás de saberlo, tendrá lugar por lo menos tres días antes de
tu llegada— y esperamos que resulte una buena publicidad para Latchetts.
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Tenemos tres nuevos y excelentes caballos, y confiamos en que por lo menos
dos de ellos estén a la altura de Olympia. Tendremos oportunidad de ver
cómo se comportan en la pista cuando los llevemos a Bures. Patrick se ha
negado a tomar parte en las exhibiciones, dejando toda la gloria para Simon y
Eleanor, a quienes, naturalmente, pertenece. Creo que esto, más que otra cosa,
describe a este Patrick que ha vuelto al hogar.”
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XXIII
COMO ERA Simon quien exhibiría a Timber y saltaría con él, Brat no intervino
en su adiestramiento, y dedicó toda su atención a los demás caballos. Pero
algunos días, especialmente ahora que Simon se ausentaba cada vez con más
frecuencia, algún otro se encargaba de ejercitar a Timber, y esperaba esos días
con más ansiedad de la que admitía ante sí mismo. Le gustaban casi todos los
caballos de Latchetts; despreciaba a unos pocos, y sentía cariño por la briosa
Chevron, por la buena y sensata Scapa y por el viejo caballo de tiro de
Eleanor: Buster, un anciano caballero desilusionado, pero adorable. Pero
Timber era algo distinto. Timber era un desafío, una emoción, una
satisfacción: Timber significaba lucha y gloria.
Brat planeaba quitarle la costumbre de arrojar al jinete de la silla, pero no
pensaba hacer nada por el momento. Puesto que iba a saltar en Bures, era
importante que nada disminuyera su confianza en sí mismo. Algún día, si Brat
continuaba teniendo algo que ver en el asunto, Timber iba a sentirse muy
insignificante; pero, mientras tanto, dejaría que Simon se arreglara con su
soberana audacia. De modo que Brat lo adiestraba con indulgencia y, mientras
cabalgaba por la pradera, solía buscar un lugar propicio para curarlo de su
costumbre cuando llegara el momento. Las ramas de las hayas de Tanbitches
no eran suficientemente bajas para su propósito y la cima era demasiado
pequeña para desarrollar la velocidad necesaria. Era menester un espacio
abierto, con árboles aislados o en grupos, con las ramas a una determinada
distancia del suelo, para llevar a Timber a su ruina. Recordó que la proeza
más espectacular de Timber tuvo lugar en Lerridge Park, y allí cerca estaba
Clare Park, rodeada de una extensión de césped y árboles.
—¿Se opone la gente de Clare Park a que cabalguemos por el parque? —
preguntó Brat a Eleanor, cuando aun faltaban siete días para la exposición de
Bures.
Eleanor respondió que no, siempre que no se acercaran a los campos de
juego.
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—Nunca juegan porque los juegos organizados son espantosos, a menos
que los organicen los rusos en Rusia, pero mantienen los campos de deportes
porque quedan bien en los folletos de propaganda.
Y Brat condujo a Timber al otro lado del valle, y lo hizo galopar
suavemente sobre el antiquísimo césped de Clare Park, teniendo buen cuidado
de no acercarse a los árboles. Luego lo hizo ir al paso, alrededor de los grupos
de árboles, calculando la distancia que separaba las ramas más bajas del
suelo. Timber recibió la maniobra con un interés intrigado pero ferviente.
Casi podía notarse cómo trataba de resolver el enigma. ¿Para qué era eso?
¿Para qué venía ese individuo a mirar los árboles? Con la memoria anormal
de todos los caballos, tenía conciencia de que los árboles grandes estaban
asociados a sus placeres privados, pero, por ser un caballo, era incapaz de
deducir algo razonable del interés que su jinete demostraba por esos mismos
árboles.
Recorrió con urbanidad y gracia los distintos grupos de árboles hasta que
se aproximaron al enorme roble que era el orgullo de Clare Park desde hacía
quinientos años. Mientras se acercaban a la sombra que proyectaba el roble,
Timber clavó repentinamente las patas delanteras y bufó aterrorizado. Brat no
salía de su asombro. ¿Qué pudo recordar, acerca del roble, para sufrir una
reacción tan violenta? Se fijó en las orejas, rígidas como cuernos. Quizá no
fuera un recuerdo. Quizá hubiese algo en la hierba.
—¿Siempre se dedica a sorprender muchachas bajo los árboles? —
preguntó una voz desde las sombras, y la figura de foca de Miss Parslow
emergió de la hierba. Se apoyó sobre un codo, mientras examinaba a la
pareja. Brat se sorprendió de encontrarla sola—. ¿Nunca monta otra cosa que
no sea esa bestia negra?
Brat respondió que lo hacía con mucha frecuencia.
—Supongo que será demasiado creer que ha venido a cabalgar por el
parque para verme.
Brat dijo que estaba buscando un lugar para mejorar los modales de
Timber.
—¿Qué tienen de malo sus modales?
—Tiene la costumbre de zambullirse repentinamente bajo un árbol y
estrellar al jinete.
Miss Parslow se enderezó un poco y contempló al caballo con renovado
interés.
—¡No me diga! Nunca pensé que estas bestias fueran demasiado
inteligentes. ¿Piensa curarlo?
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—Voy a hacer que el paso por debajo de un árbol le resulte una
experiencia muy dolorosa.
—¿Quiere decir que lo va a castigar cuando trate de hacerlo?
—Oh, no. Eso no daría mayor resultado.
—¿Después de que lo haya hecho, entonces?
—No. Quizá no asociara el castigo y el árbol. —Pasó el látigo por la
oscura crin y Timber dobló la cabeza—. A usted le sorprendería saber las
cosas raras que asocian.
—Nada relacionado con caballos puede sorprenderme. ¿Qué va a hacer,
entonces?
—Voy a dejar que se acerque a todo galope a un árbol tentador y, cuando
se desvíe, le haré en el vientre una herida que nunca podrá olvidar.
—Ah, no, eso es demasiado. Pobre bestia.
—Yo no lo pasaré mejor si no me hago a un lado con suficiente rapidez,
—dijo Brat, con sequedad.
—¿Y eso lo curará?
—Espero que sí. La próxima vez que vea un árbol propicio, recordará
cuánto le dolió la última travesura.
—Pero lo odiará.
Brat sonrió.
—Me sorprendería mucho si me asociara con todo esto. Los caballos no
piensan como seres humanos.
—¿Y a qué atribuirá el dolor?
—Al árbol, probablemente.
—Siempre pensé que eran animales espantosamente estúpidos.
Brat recordó que ella no había participado de ninguna de sus cabalgatas
con Eleanor. Tampoco la vió por los establos, últimamente. Le preguntó
cómo marchaba su aprendizaje.
—Abandoné.
—¿Definitivamente?
—Ajá.
—Pero estaba haciendo grandes progresos, ¿no es así? Eleanor dijo que ya
conseguía mantenerse en la silla.
—De una manera muy precaria, y lastimándome yo más que el caballo. —
Arrancó un largo tallo de hierba y comenzó a masticarlo mientras miraba a
Brat, tratando de disimular que se estaba divirtiendo—. Ya no tengo que
andar dando vueltas por las caballerizas. Si quiero ver a Simon, sé dónde
encontrarlo ahora.
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—¿Dónde? —pregunté Brat sin poder contenerse.
—En el primer piso del Ángel.
—¿En Westover? Pero, ¿usted tiene permiso para ir a Westover cuando
quiera?
—Me atiende una dentista de Westover. —Soltó una risita—. En realidad,
me atendía. En la escuela me reservaron el primer turno, por supuesto, pero
después sólo tuve que decirles cuándo tenía que ir otra vez. He calculado que
tengo unos treinta dientes, que me pueden bastar perfectamente hasta que
terminen las clases. —Abrió la roja boca y se rió abiertamente. Sus dientes
eran perfectos—. Eso es lo que hago ahora. Espero que pase el ómnibus para
Westover. Podría haber ido con el anterior, pero el conductor de éste es muy
buen mozo. Ha llegado a invitarme para ir a ver una película una noche de la
semana que viene. Si Simon hubiese seguido como hasta hace un tiempo,
sencillamente ignorándome, habría podido hacer algo con este conductor
(tiene pestañas de una pulgada de largo), pero ahora que Simon ha cambiado,
tendré que dejarlo plantado. —Siguió mascando el tallo, provocativamente—.
Simon está muy cariñoso.
—Oh.
—¿Trató de seducir a la hija de los Gates, como le sugerí?
—No.
—Es raro. Simon la ha abandonado completamente. Y no está enamorado
de usted precisamente. Así que yo pensé que usted le había robado la novia.
Pero supongo que es Latchetts lo que le quitó.
—Va a perder el ómnibus.
—Usted, a su modo, puede ser tan desalentador como Simon.
—Simplemente quiero señalarle que el ómnibus está llegando a la
herrería. Estará en el portón en…
—¿Qué? —gritó ella, poniéndose de pie de un salto y causando tal
conmoción que Timber giró alarmado—. ¡Oh, Dios! ¡Por el amor de…! ¡Oh!
¡Oh!
Se alejó corriendo a través del parque, en dirección a los portones de la
avenida, expresando su desesperación con alaridos. Brat observó cómo el
ómnibus se deslizaba por el camino, dejando atrás los blancos portones de
Latchetts, y detenía la marcha al llegar a los de Clare Park. Después de todo,
la muchacha iba a alcanzarlo y no perdería la jornada. Se encontraría con
Simon. En el Ángel. En el bar del primer piso.
Era penoso que Simon desperdiciase el tiempo en el bar de Westover,
pero no era sorprendente, dadas las circunstancias. Lo asombroso era el
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descubrimiento de un Simon que se estaba poniendo cariñoso con Sheila
Parslow. A los ojos de Simon, la joven Parslow siempre fué algo que ni
siquiera merecía desprecio; una manifestación inferior de vida. Cuando se la
mencionaba, se burlaba abiertamente de ella y, en su presencia, la ignoraba,
como decía ella misma. ¿Qué le ocurría a Simon, que no sólo se había
resignado a su compañía sino que estaba cariñoso? Si la radiante satisfacción
de Sheila no era prueba suficiente, estaba el hecho evidente de que Simon
pudo evitarla cambiando de bar. En Westover los había en abundancia; la
mayoría de ellos eran más para hombres que el Ángel, punto de reuniones
sociales y plagado de mujeres.
Brat trató de imaginarse a Simon con Sheila Parslow, pero no pudo.
¿Qué le había ocurrido a Simon —el desdeñoso y criticón Simon— para
que le fuera posible soportarla y pasar horas en su compañía?
¿Era una forma de castigar a su familia por la desilusión sufrida? ¿Acaso
pensó: “a ustedes no les gusto, por lo tanto me dedicaré a Sheila Parslow”?
¿O algo así como: “Se arrepentirán cuando me muera”? Simon tenía actitudes
muy infantiles.
Pero Simon también era dueño de un gran sentido práctico, y Sheila
Parslow tenía mucho dinero, y Simon lo necesitaba. A pesar de todo, Brat no
podía creer que Simon, aun en sus peores momentos, pensara dejarse comprar
por una cretina ninfomaníaca.
Mientras regresaba a la casa, reflexionó una vez más sobre las rarezas de
Simon, pero, como de costumbre, no pudo llegar a ninguna conclusión.
Dejó a Timber en manos de Arthur para que lo secara y fué con Eleanor a
ver el nuevo potrillo de Regina.
—Es una maravilla, ¿no es verdad? —dijo Eleanor, observando cómo el
recién llegado se tambaleaba sobre las desproporcionadas patas—. Éste
también es bueno. No es extraño que Regina parezca complacida. La gente ha
venido a admirar sus potrillos durante muchos años. Creo que para ella los
potrillos son sólo un medio de obtener su homenaje anual. Sus descendientes
le importan un bledo.
—No es mejor que la potranca de Honey —comentó Brat, contemplando
el potrillo sin mayor entusiasmo.
—Tu pasión por Honey es casi indecente.
—Eso se lo oíste decir a Bee.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo también la oí.
Rieron juntos y luego Eleanor dijo:
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—Es tan agradable tenerte aquí, Brat. —Brat notó que ella no decía: “Es
tan agradable que estés otra vez aquí, Patrick”; pero comprendió que ella
misma no se había dado cuenta de eso.
—¿Vendrá el médico a la exposición de Bures?
—No creo. Está demasiado ocupado. ¿Por qué lo preguntas?
Brat no supo qué contestar.
Dieron vueltas por las dehesas, y cuando regresaron era ya tan tarde que
todos habían tomado el té, de manera que ellos se sentaron solos a la mesa.
Jane estaba aporreando el piano con un vals de Chopin, concienzudamente
correcto y se interrumpió con evidente alivio cuando entraron.
—¿Puedo decir que veinticinco minutos son media hora, Eleanor? —
preguntó Jane—. En realidad, son veinticinco minutos y medio.
—Puedes decir lo que quieras, siempre que no tengamos que oír ese vals
mientras comemos.
Así que Jane se deslizó del taburete, se quitó los anteojos que la hacían
parecer una lechuza, se los metió en el bolsillo de los breeches y se alejó,
agradecida, en dirección al jardín.
—Ruth toca trozos escogidos con la expresión correspondiente, aunque no
le importa cuántos errores hace; pero Jane es corrección o nada. No sé a cuál
de las dos habría odiado más Chopin —dijo Eleanor, mientras se preparaba
una rebanada de pan con manteca, en cantidad proporcional a su apetito.
Brat la observó, deleitado, mientras ella servía el té con movimientos
cuidadosos y pausados. Alguna vez, la vida que llevaba allí iba a terminar;
Simon completaría el plan que estaba elaborando para descubrirlo, o alguna
imprudencia suya haría que todo el edificio se viniera abajo; y entonces
Eleanor desaparecería.
Era una de las cosas que más temor le inspiraban con respecto al futuro.
Tomaron el té en un cálido silencio, haciendo observaciones sin mayor
conexión a medida que se les ocurrían.
Después de un rato, Eleanor dijo:
—¿Le preguntaste a Bee con qué colores correrás la semana que viene?
Brat respondió que se había olvidado.
—Vamos ahora a buscarlos. Están en un armario en el cuarto de las
monturas —y regresaron a las caballerizas. El cuarto de las monturas estaba
vacío; Gregg se había ido a cenar a su casa, pero Eleanor sabía dónde estaba
la llave.
—Son tan viejos que están prácticamente destrozados —dijo, mientras
extendía los colores sobre la mesa—. Los hicieron para papá y luego los
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achicaron un poco para que Simon pudiera usarlos cuando no era tan ancho de
hombros como ahora. Y luego tuvieron que agrandarlos otra vez cuando
creció. Por eso están hechos pedazos. Quizá ahora podamos darnos el lujo
de…
—Sí. Compraremos un equipo nuevo.
—Creo que violado y amarillo verdoso combinan bien, ¿no te parece?
Pero no caen muy bien a la cara. Simon se pone azul de frío en el invierno y
dice que los colores fueron diseñados para estar a tono con su rostro.
Revolvieron una vieja arca y encontraron recuerdos de antiguas carreras.
Recorrieron el cuarto de las monturas, estudiando la larga hilera de
escarapelas, cada una con una tarjeta que indicaba dónde y cómo fué ganada.
Por último, Eleanor cerró el arca, diciendo:
—Es hora de que nos vayamos a preparar para la comida. —Echó llave al
armario y la colgó en su sitio—. Nos llevaremos los colores. Espero que te
queden bien, puesto que el último en usarlos fué Simon. Pero habrá que
plancharlos.
Cogió la chaquetilla y salió con Brat. Apenas habían cruzado el umbral, se
encontraron cara a cara con Simon.
—Oh, estás de vuelta, Simon —comenzó a decir Eleanor, pero se detuvo
al verle la cara.
—¿Quién salió con Timber? —preguntó Simon, furioso.
—Yo —dijo Brat.
—Timber es asunto mío y no tienes derecho a sacarlo en cuanto te doy la
espalda.
—Alguien tenía que ejercitarlo hoy —respondió Brat, suavemente.
—Nadie tiene que adiestrar a Timber sino yo. Nadie. Yo soy el
responsable de su actuación y por lo tanto yo decido cuándo hay que
ejercitarlo y yo me encargo de hacerlo.
—Pero Simon —intervino Eleanor—, esto es absurdo.
Hay…
—¡Cállate! —dijo Simon, con los dientes apretados.
—¡No pienso callarme! Los caballos son de Brat y si alguien puede decir
quién hace algo y cuándo es…
—Te digo que te calles. No permitiré que un patán torpe arruine un
caballo tan bueno como Timber.
—¡Realmente, Simon!
—¡Un don nadie que se entremete en las caballerizas como si hubiera
vivido aquí toda su vida!
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—Tienes que estar bebido, Simon, para poder hablar así de tu hermano.
—¡Mi hermano! ¡Eso! Pedazo de tonta, ni siquiera es un Ashby. Dios
sabe quién será. El mozo de cuadra de alguien, sin duda alguna. Y eso es lo
que tendría que estar haciendo. Barriendo las caballerizas. Y no andar
haciéndose el déspota por toda la aldea, con mis mejores caballos. Y desde
ahora en adelante, maldito advenedizo presuntuoso, dejarás tranquilos a los
caballos que yo voy a montar, a menos que yo diga que hay que sacarlos, y
aun en ese caso no es para que tú los montes. Tenemos caballerizos de sobra.
Su barbilla estaba tan cerca del rostro de Brat, que éste habría podido
darle un puñetazo que lo hubiera enviado al centro del cuarto de las monturas.
Brat ansió hacerlo, pero no mientras Eleanor estuviera allí. Y quizá fuese
mejor que no ocurriera ahora. Era mejor abstenerse de hacer algo cuyas
consecuencias no podía prever.
—¿Y bien? ¿Entendiste? —gritó Simon, enardecido por su silencio.
—Te entendí —repuso Brat.
—Bueno, a ver si no olvidas lo que he dicho. Timber es asunto mío, y será
mejor que no lo montes hasta que yo te diga.
Y se separó bruscamente de ellos para dirigirse a la casa.
Eleanor parecía agobiada.
—Oh, Brat. Lo siento. Lo siento muchísimo. Antes de verte tenía la
absurda idea de que no eras Patrick, y ahora que ha estado bebiendo ha vuelto
a ocurrírsele y te lo dijo porque estaba enojado. Cuando está furioso, dice
cosas que no piensa.
Brat sabía por experiencia que cuando una persona está furiosa dice
exactamente lo que piensa. Pero no la contradijo.
—Y ha estado bebiendo —prosiguió Eleanor—. Sé que no tiene aspecto
de estar marcado, pero se lo noto en los ojos. Y nunca se hubiera portado así,
estando sobrio, ni siquiera en un ataque de furia. Te pido disculpas por él.
Brat respondió que todo el mundo se pone muy tonto cuando bebe un
poco más de la cuenta y que no debía preocuparse por eso.
Se encaminaron tranquilamente hacia la casa, pero la felicidad de la larga
tarde que habían pasado juntos se desvaneció como si no hubiera existido.
Mientras se ponía el traje —que aun consideraba como el traje bueno—,
Brat pensó que si Simon seguía cometiendo errores como el de esa tarde,
quizá fuera posible descubrir cuáles eran sus planes. Se preguntó si Simon
estaría lo suficientemente sobrio como para portarse normalmente durante la
comida.
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Pero Simon no comió con ellos, y cuando Eleanor quiso saber dónde
estaba, Bee dijo que había ido a visitar a un amigo que se alojaba en una
taberna de Guessgate. Aparentemente, alguien lo había llamado por teléfono
antes de sentarse a la mesa.
Bee se mostraba tranquila, y Brat llegó a la conclusión de que no notaba
ningún cambio en Simon y que creía en la historia del amigo que se alojaba
en la taberna de Guessgate.
Y a la mañana siguiente Simon bajó a desayunar con su buen humor
habitual.
—Temo haber estado un poco embriagado anoche —dijo—. Y creo que
me porté bastante mal. Pido ilimitadas disculpas.
Miró a Brat y a Eleanor, los únicos que lo acompañaban, con amistosa
confianza.
—No tendría que tomar ginebra. Nubla la mente y destruye el alma.
—Estuviste espantoso —comentó Eleanor, fríamente.
Pero el ambiente se aclaró y pasaron un día como todos los demás. Bee
apareció para tomar su segunda taza de café; llegó Jane, apretando contra su
pecho la escudilla de sopa de cereales que había ido a buscar a la cocina para
sí misma, de acuerdo con la costumbre de Latchetts; Ruth entró corriendo
para no llegar aun más tarde, con un broche de diamantes en el cabello y fué
obligada a sacárselo.
—¿De dónde sacó esa cosa espantosa? —preguntó Bee, cuando Ruth se
alejó anunciando a alaridos que llegaría tarde a las clases por culpa de Bee.
—Lo compró en Woolworth la última vez que estuvimos en Westover —
dijo Jane—. No son realmente diamantes, pero costaba nada más que un
chelín y seis peniques.
—¿Entonces, por qué no te compraste uno, Jane? —preguntó Bee,
mirando el viejo broche que impedía que el cabello le tapara la cara.
—Oh, no creo que yo tenga tipo para usar diamantes —dijo Jane.
Y la familia Ashby recobró su placidez normal y se dedicó a los
preparativos para el día en Bures que iba a alterar sus vidas.
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XXIV
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Al principio, cuando el transporte era lento y se utilizaba aún el caballo,
existía la costumbre de quedarse a pasar la noche en Bures; y las distintas
hosterías, Chequers, Rose y Crown, Wellington y Kenley Arms, acomodaban
a sus huéspedes de a tres en cada cama. Pero todo cambió con la aparición del
automóvil. Era más divertido regresar al hogar en el crepúsculo estival, de a
nueve en un coche, que dormir de a tres en una cama del Wellington. Claro
que no siempre resultaba un método muy eficaz para regresar, y más de un
joven granjero tuvo que pasar el verano en un hospital, después de la
Exposición de Bures; pero para la generación más joven era inconcebible
dormir en una hostería cuando su casa distaba menos de cuarenta millas. De
modo que sólo los mayores, aferrados a la tradición, o aquellos que vivían
demasiado lejos, o que no podían, debido a las malas comunicaciones,
llevarse los animales la tarde misma de la exposición, se quedaban a pasar la
noche en Bures. Y la mayoría se hospedaba en Chequers.
Los Ashby ocupaban los mismos cuartos en Chequers desde la época de
William Ashby VII, el mismo que organizó los Westover Fencibles para
resistir la supuesta invasión de Napoleón I. No eran los mejores cuartos,
porque éstos estaban ocupados por los Ledingham de Clare, quienes, por
supuesto, tenían también dormitorios permanentemente reservados para la
noche después de la exposición. En orden de importancia seguían después los
Shirleys de Penbury y los Hallands de Hallands House. Los Hallands, en
cuyas tierras en las afueras de la ciudad se celebraba la exposición, sólo
utilizaban los dormitorios para los huéspedes que no podían alojar en la
mansión, pero aun un huésped de los Hallands tenía más importancia que un
Ashby.
Penbury era ahora propiedad nacional bajo la forma del National Trust.
Hallands House también era propiedad nacional, dedicada a alojar oficinas
gubernamentales.
Nadie sabía a ciencia cierta a qué se dedicaban los forasteros. Mrs. Thrale,
la dueña de los salones de té conocidos con el nombre de Singing Kettle, se
atrevió una vez a preguntarle a una joven empleada que entró a tomar una
taza de café, cuál era su tarea en ese momento, y le respondieron que consistía
en “preparar la traducción de Torn Jones al turco”. Pero todos supusieron que
Mrs. Thrale no había entendido bien y nadie tuvo valor para volver a
interrogar a los forasteros. Éstos se mantenían decididamente apartados, y los
habitantes de Bures ya no pudieron caminar por Hallands Park.
Los Ashby hubieran podido ocupar cuartos mejores durante su visita
anual a Bures, pero semejante idea jamás había cruzado la mente de ningún
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Ashby. La diferencia entre el número 3 y el número 17 no radicaba en que
uno era un cuarto excelente, con una hermosa vista y buenos muebles, y el
otro un cuarto posterior que daba sobre el tejado del gran salón del primer
piso, sino en que uno no era su cuarto y el otro sí. De modo que conservaban
los tres dormitorios pequeños en el ala antigua, y como se había agregado un
cuarto de baño al extremo del corredor, gozaban prácticamente de un
departamento privado.
El martes por la tarde, Gregg llevó los caballos a Bures, y Arthur lo siguió
el miércoles a la mañana con los ponies y Buster, el caballo de tiro de
Eleanor, que no podía soportar un box que no fuera el suyo y era capaz de
tirar abajo, a coces, una caballeriza desconocida. Simon y las mellizas fueron
con Bee en el coche; y Brat compartió la pulga con Eleanor y Tony Toselli,
quien había pedido con insistencia que se le permitiera participar en la
competencia para seleccionar el mejor jinete infantil. (“Mi padre se suicidará
si no me dejan.”)
Brat hubiera preferido que el pequeño renacuajo no estuviera sentado
entre él y Eleanor. La sensación de que su amistad con Eleanor no iba a durar
mucho, le perseguía constantemente y cada momento que pasaba a su lado le
resultaba precioso. Pero Eleanor era tan feliz como para mostrarse amable aun
con Tony Toselli.
—Va a ser día perfecto —dijo la joven, contemplando la bóveda del cielo
sin una sola nube—. Creo que sólo una vez llovió realmente el día de la
exposición, y eso fué hace muchos años. Siempre han tenido mucha suerte.
¿Puse los guantes en el baúl?
—Sí.
—¿Qué vas a hacer por la mañana? ¿Vas a visitar la exposición de
jamones de Mrs. Godwin?
—Voy a recorrer la pista.
—Me parece muy acertado —aprobó Eleanor—. Haces muy bien.
—Probablemente los otros competidores la conocen palmo a palmo.
—Por supuesto. La recorren todos los años. En realidad, si dejaran sueltos
los caballos, harían el mismo recorrido, tan acostumbrados están. ¿Te dió Bee
la entrada para la tribuna?
—Sí.
—¿Y la trajiste?
—Sí.
—Supongo que esta mañana estoy alborotada, ¿no es así? Pero tú ejerces
una influencia tranquilizadora. ¿Nunca te pones nervioso, Brat?
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—Oh, sí.
—¿Por dentro?
—Tiemblo por dentro.
—¡Qué interesante! Lo que ocurre es que no se te nota, supongo.
—Debe de ser así.
—Tienes una cara extraordinariamente útil. La mía adquiere un horrible y
enfermizo color rosado, como podrás ver.
Brat pensó que el cálido e infantil rubor que cubría sus facciones,
normalmente pálidas, era conmovedor y adorable.
—Oí decir que Peggy Gates tiene un nuevo equipo para la ocasión. ¿La
viste alguna vez a caballo? No puedo recordarlo.
—No.
—Queda muy bien —dijo Eleanor con aprobación—. Monta
maravillosamente. Creo que estará a la altura del caballo de Dick Pope.
Era típico de Eleanor que sus juicios fueran independientes de sus
sentimientos.
High Street centelleaba bajo el temprano sol matutino. Grandes carteles de
la Asociación de Automotores alentaban al viajero, y anuncios agitados por el
viento trataban de engatusarlo. “Alimentos Carr para Terneros”, decía un
estandarte. “Saffo, el Desinfectante Seguro”, proclamaba un cartel ubicado
entre dos chimeneas. “Antisámico Dip”, anunciaba escuetamente un letrero,
dando por supuesto que el antisámico era demasiado famoso para necesitar
explicaciones.
Bee los esperaba en el oscuro vestíbulo de Chequers. Simon se había ido a
las caballerizas, según les dijo ella.
—Los cuartos son los números 17, 18 y 19, Brat. Tú compartes el 17 con
Simon. Nell y yo tenemos el 18; y las mellizas, el de al lado.
Brat no previo que tendría que compartir la habitación con Simon, pero ya
no había nada que hacer. Como el vestíbulo era una confusión de huéspedes
que llegaban, todos subieron y Brat los siguió con su maleta y la de Eleanor.
La muchacha lo esperó para mostrarle dónde quedaban las habitaciones.
—La primera vez que vine y me dieron permiso para quedarme a pasar la
noche pensé que la vida ya no podía ofrecerme nada más —dijo Eleanor—.
Gracias, Brat, déjala aquí, si no saco la ropa en seguida, se me arruinará el
vestido.
En el número 17 las cosas de Simon estaban diseminadas por toda la
habitación, incluyendo la otra cama. Era notable que esas cosas inanimadas
tuvieran, aun en ausencia de Simon, una especie de arrogancia.
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Brat despejó su cama y vació su maleta, colgando cuidadosamente su ropa
de etiqueta en el guardarropa vacío. Esa noche, por primera vez en su vida,
vestiría de etiqueta.
—En caso de que te pierdas, Brat —le dijo Bee, cuando bajó—, el
almuerzo se sirve a las doce y treinta en el pabellón que hace las veces de
restaurante. Entretanto, la última mesa a la izquierda. ¿Qué piensas hacer esta
mañana?
—Va a recorrer la pista —dijo Eleanor.
—Me parece bien. Pero trata de que no te arresten por meterte en alguno
de los lugares gubernamentales sagrados.
Tony quedó en manos de Mrs. Stack, quien, interesada únicamente por las
industrias rurales, representaba un punto fijo en el flujo de la exposición.
—Si le dice que su padre está muriendo y su presencia es necesaria en su
casa, no le crea —dijo Eleanor.
—¿Su padre está enfermo?
—No, pero puede ser que Tony se aburra antes de las doce y media.
Vendré a buscarlo a la hora del almuerzo.
Brat recorrió High Street con una sensación de alivio. Hacía casi un mes
que no era dueño de sí mismo, libre para hacer lo que quisiera. No recordaba
lo que era caminar despreocupadamente. Tenía casi tres horas para hacer lo
que quisiera, preguntar lo que se le diera la gana y contestar sin temor.
“Hallands Park”, decía el cartel de un ómnibus, de modo que lo tomó y
descendió allí. Era la primera vez que veía una exposición rural, y recorrió los
distintos pabellones, interesado, pero sin perder su capacidad de crítica,
comparando todo con los objetos similares que había visto en otra parte. Telas
caseras en Arizona, enseres de labranza en Normandía, cameros en Zacatecas,
Herefords en los Estados Unidos, alfarería en Nueva Méjico. Cada tanto
encontraba a alguna persona que lo miraba con curiosidad, y más de una vez
alguien inició un saludo que no llegó a completarse. Se parecía demasiado a
un Ashby para poder sentirse completamente libre en Bures. Pero en general
la gente estaba demasiado absorta examinando los productos exhibidos y
atendiendo sus propios asuntos a esa hora de la mañana como para interesarse
demasiado por un transeúnte.
Cuando no le quedó nada por ver en la exposición, salió al parque, donde
las banderas rojas señalaban la improvisada pista. La primera media milla a
través del parque era una recta con obstáculos que permitía desarrollar mucha
velocidad, luego salía a la pradera con una amplia curva de casi una milla y
regresaba al parque una media milla antes de las tribunas, y allí comenzaba
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otra serie de obstáculos hasta la línea de llegada frente a las tribunas.
Exceptuando unas pocas curvas cerradas y unos cuantos obstáculos difíciles,
la pista no presentaba mayores dificultades. Los obstáculos eran como los de
las carreras regulares y el césped magnífico. Brat se sintió feliz.
El campo estaba lleno de paz y Brat volvió de mala gana a la exposición.
Pero se sorprendió al descubrir cuánto lo alegraba ver los rostros familiares
alrededor de la mesa del almuerzo; qué feliz lo hacía ocupar el sitio que le
habían reservado y sentirse otra vez parte de la familia.
Mucha gente se acercó a la mesa para darle la bienvenida a la Exposición
de Bures y a Inglaterra. Gente que había conocido a Bill y a Nora, y aun al
padre de Bill. Ninguno de ellos esperaba que Brat los recordase, de modo que
sólo tuvo que mostrarse cortés.
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—Sería muy bueno que se casara con él. Tiene muchísimo dinero y una
hermosa casa y docenas de caballos.
Contra su voluntad, Brat le preguntó si Eleanor pensaba casarse con él.
Ruth sopesó el pro y el contra de introducir esto en su estructura
dramática.
—Le está haciendo cumplir los siete años. Tú sabes, como Jacobo. Él está
desesperado, pobre Roger, pero ella es La Belle Dame Sans Merci.
La Belle Dame Sans Merci se despidió momentáneamente de Mr. Clint y
se reunió con ellos en la tribuna, mientras los menores de diez años se
alineaban en el redondel.
—Tony consiguió intervenir a duras penas —dijo Eleanor, sentándose
junto a Brat—. Cumple diez años pasado mañana.
Había once niños, el menor de los cuales era una rolliza chiquilla de
cuatro años con una gorra de terciopelo negro, que rebotaba sobre un robusto
pony al que no controlaba en absoluto.
—Bueno, Tony por lo menos nunca tuvo ese aspecto, ni siquiera en los
peores días —dijo Eleanor.
—Tony está maravilloso —exclamó Ruth. Y realmente lo estaba. Como
tantas veces dijo Eleanor, Tony tenía pasta.
Los menores marcharon al paso, trotaron y galoparon bajo la mirada
indulgente de los jueces y luego comenzó la eliminación. Aun desde la
tribuna se distinguía la luz de fanática determinación que brillaba en los ojos
oscuros de Tony. Iba a triunfar o morir en la empresa. De los seis candidatos
se eliminaron dos, pero los cuatro restantes desconcertaron al jurado. Una y
otra vez los jueces ordenaron a los cuatro participantes que galoparan y luego
los hicieron volver para inspeccionarlos, y otra vez a galopar. Había sólo tres
premios, de modo que uno tenía que ser eliminado.
Fué en este momento cuando Tony jugó lo que evidentemente
consideraba el as de triunfo. Mientras pasaba galopando frente a la tribuna, se
puso en cuclillas sobre la montura y con un leve tambaleo se puso de pie,
totalmente derecho y orgulloso.
—Oh, Dios —murmuró Eleanor, con respeto y pena.
Una oleada de risa recorrió la tribuna. Pero a Tony le quedaba otra carta.
Se deslizó sobre las rodillas, se agarró del borde anterior de la silla y
apoyando la cabeza levantó sus delgadas piernas que quedaron agitándose en
el aire con cierta inseguridad.
La multitud estalló en risas y aplausos, y Tony, muy complacido, retornó
a sentarse y obligó a su desconcertado pony, que había disminuido la marcha,
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a galopar.
Esto resolvió el problema para los jueces, y Tony soportó la mortificación
de ver a sus tres rivales recibir las escarapelas. Pero la suya no fué nada
comparada con la que había infligido a su preceptora.
—Espero que ese chico no se me acerque hasta que esté más tranquila —
dijo Eleanor—, porque soy capaz de matarlo.
Pero Tony, después de dejar su pony en manos de Arthur, se dirigió lleno
de júbilo a la tribuna.
—Tony, pedazo de idiota —dijo la joven—, ¿qué te impulsó a hacer
semejante cosa?
—Quise demostrarles que sé montar, Eleanor.
—¿Y dónde aprendiste a hacer esas payasadas?
—Practiqué con el pony que usan para cortar el césped en la escuela.
Tiene un lomo mucho más ancho que el de Muffet; por eso no me pude
mantener muy firme hace un rato. No creo que esta gente sepa apreciar a un
buen jinete —agregó, señalando con la cabeza a los ultrajantes jueces.
Eleanor había perdido el habla. Brat le regaló unas monedas y le dijo que
se fuera a comprar un helado.
—Si no fuese porque quiero ver a Jane —dijo Eleanor—, me iría a
esconder mi vergüenza en el tocador de señoras. Estoy descompuesta de
humillación.
Jane, con su mejor traje de montar, sobre el lomo de Rajah, estaba
deliciosa. Brat sólo la había visto con los astrosos breeches y la amorfa tricota
que llevaba puestos en la casa, y la elegante figurita lo sorprendió
agradablemente.
—De todos los Ashby, Jane es la que mejor se sienta —dijo Eleanor,
cariñosamente, mientras observaba cómo su seria y eficiente hermana hacía
que Rajah caminara a contramano—. Aquélla es su única rival: esa chica alta
que monta el pardo.
La chica alta tenía quince años y su caballo era muy elegante, pero el
jurado se inclinó en favor de Jane y Rajah. Jane no parecía más emocionada
que si hubiera perdido, pero Ruth estaba alborozada.
—Jane es una maravilla —dijo Simon, que aparecía en ese momento—.
Una veterana de nueve años.
—¡Oh, Simon, lo viste! —exclamó Eleanor, a quien el recuerdo hacía
sufrir nuevamente.
—Ánimo, Nell —contestó Simon, palmeándole compasivamente el
hombro—. Pudo haber sido peor.
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—¿Qué más podía hacer?
—No cantó en falsete.
Esto la hizo reír, y siguió riendo un buen rato.
—Oh, debe de ser muy divertido —dijo, secándose los ojos—, y
probablemente me reiré de todo esto en el futuro, pero ahora lo único que
desearía es estar en Australia por el resto de la tarde.
—Vamos, Nell —dijo Simon—, es hora de que vayamos a buscar los
caballos. —Y se alejaron juntos en el momento en que Jane llegaba a la
tribuna.
—Ahora viene lo mejor. No tiene mucha importancia ganar la categoría
para quince años y menores —respondió, cuando Brat la hubo felicitado—.
Algún día estaré allí con ellos, con tía Bee, y Eleanor, y Simon, y Peggy, y
Roger Clint, y todos ellos.
Sí, estaba Roger Clint. Eleanor montaba a Scapa, su yegua baya y Roger
Clint se encontraba a su lado con un castaño que tenía las cuatro patas más
blancas que Brat había visto en su vida. Mientras los jueces recorrían la fila,
él y Eleanor charlaban amigablemente.
—¿Quién crees que ganará? —preguntó Jane.
Brat se obligó a separar los ojos de Eleanor y Clint y a analizar a los
competidores. El juez había indicado a Bee que hiciera galopar a Chevron, la
yegua castaña que iba a montar esa tarde en las carreras, y en ese momento
pasaba frente a la tribuna. Nunca había visto a Bee con ropas formales de
montar, y volvió a sentirse sorprendido, como antes con Jane. Era una Bee
desconocida, seria y un poco intimidadora.
—¿Quién crees que ganará, Brat? —volvió a preguntar Jane.
—Timber, por supuesto.
—¿No el caballo de Peggy? ¿El que tenía Dick Pope?
—¿Riding Light? No. Puede resultar vencedor en los saltos, pero no en
esto.
Y tenía razón. Ésta era la primera vez que los jueces contemplaban a
Timber y quedaron demasiado impresionados para dejarse seducir por el
aspecto y la reputación de Riding Light.
Y fué un veredicto popular. Mientras Simon pasaba galopando frente a las
tribunas, después de recibir el premio, los aplausos se convirtieron en una
salva atronadora.
—¿No es ése el bruto que mató al viejo Felix? —preguntó una voz detrás
de ellos—. Tendrían que pegarle un tiro en lugar de darle premios.
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Segunda resultó Peggy con Riding Light, y recibió su escarapela
sonrojada y complacida; el desembolso de su padre quedaba justificado. Y en
forma inesperada Bee salió tercera con Chevron.
—Los Ashby arrasan con todos los premios, como de costumbre —dijo la
misma voz, pero fué instantáneamente acallada ante la proximidad de los
Ashby.
Pero el momento culminante del día consistió en el concurso abierto de
saltos, y Bee regresó a la tribuna para compartirlo con su familia.
—Número uno, por favor —dijo una voz por el altoparlante, y Eleanor
entró en el redondel con Scapa. Scapa era una saltadora cuidadosa y poco
impresionable, pero era difícil persuadirla de que no se acercara demasiado a
las vallas. A fuerza de pacientes enseñanzas con un contracarril, Eleanor
había obtenido algunos progresos. Y durante la primera media vuelta pareció
que se había curado, hasta que Scapa advirtió que no había ningún enojoso
obstáculo al pie de las vallas y comenzó a acercarse demasiado, con el
resultado inevitable. Eleanor no pudo hacer nada para que Scapa despegara a
tiempo. Saltaba “como para alcanzar la luna”, pero descendía demasiado
cerca de la valla y las delgadas tablillas de madera blanca caían bajo sus
cascos.
—Pobre Nell —dijo Bee—. ¡Después de todo el adiestramiento!
Daba la impresión de que el número dos y el número tres no habían sido
adiestrados en absoluto.
—Número cuatro, por favor —dijeron por el altoparlante, y Riding Light
apareció. El nuevo equipo de Peggy estaba compuesto por una chaqueta de
color habano oscuro, quizá demasiado ajustada en la cintura, y unos breeches
con adornos en gamuza, por demás claros, pero quedaba muy bien en el bayo
y lo manejaba a las mil maravillas. O, más bien, se sentaba muy quieta y
dejaba que Riding Light hiciera su trabajo. Era un saltador consumado, que
tomaba los saltos en pleno galope, describiendo en el aire una larga y perfecta
curva y recogiendo las patas posteriores como un gato. Hizo una vuelta
perfecta.
—Número cinco, por favor —dijo el altoparlante.
El número cinco era la cabalgadura de Roger Clint, con las patas tan
blancas.
—¿Sabes cómo lo llama? —dijo Bee—. Manos Blancas.
—Es horrible —comentó Brat—. Parece que se hubiera metido en una
artesa con lechada.
—Pero sabe saltar.
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Ciertamente, sabía saltar, pero le tenía fobia al agua.
—Pobre Roger —rió Bee, viendo que Manos Blancas se negaba a
acercarse al agua—. Le ha hecho saltar una y otra vez la charca de los patos
en su granja, con la esperanza de curarlo, ¡y ahora hace esto!
Pero todo fué inútil y Clint tuvo que salir del redondel envuelto en una
lluvia de comprensivos aplausos.
Los números seis y siete tuvieron una falta cada uno.
El número ocho era Simon con Timber.
El negro animal salió al redondel con el mismo aire con que Brat le había
visto salir por primera vez de su box, complacido y listo para que se le
admirara. Sus nerviosas orejas se pusieron rígidas al divisar los obstáculos.
Simon lo hizo galopar en dirección a la primera valla. Desde su asiento, Brat
pudo percibir la suavidad de sus movimientos. La misma suavidad que lo
había desconcertado el día en que subió con Timber hasta la cima de la colina.
Timber se elevó serenamente y descendió a mucha distancia de la valla, y un
murmullo de admiración se levantó de las tribunas ante la belleza casi felina
del salto. Brat, con profundo respeto, contempló el cuerpo de Simon elevarse
y caer con el animal como si formara parte de él. Simon tenía derecho a
montarlo. Aunque viviera cien años, Brat jamás alcanzaría semejante
perfección. La multitud permaneció en silencio mientras Timber salvaba
todos los obstáculos. Habría sido una monstruosidad que esa belleza fallara o
cometiera una falta. Cuando se dirigió hacia el agua, el silencio era tal que la
voz de un vendedor de diarios en la entrada principal fué lo único que se oyó.
Y cuando Timber aterrizó serena y limpiamente más allá de la orilla, todos
exhalaron un suspiro. Habían visto algo perfecto. No estaban defraudados.
La multitud se sintió tan emocionada que Simon ya prácticamente salía
del redondel cuando se oyeron los primeros aplausos.
Los últimos tres participantes no se presentaron, de modo que Simon fué
el último de la primera vuelta, y la segunda comenzó en cuanto él hubo
salido.
Eleanor regresó con Scapa y a fuerza de zalamerías y espuelas consiguió
que la testaruda yegua despegara en el lugar adecuado y recobró así parte de
la confianza en sí misma. La multitud, al darse cuenta de qué era lo que había
andado mal la primera vez, le hizo sentir que apreciaba su esfuerzo.
El número dos realizó una vuelta extravagante pero afortunada, y el
número tres, también extravagante pero con muy poca suerte, y luego entró
Peggy, aún arrebatada por el placer de haber hecho una primera vuelta
perfecta.
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Continuaba dando la impresión de quedarse quieta y dejar que Riding
Light la levantara en el aire con el poderoso impulso de sus cuartos
posteriores, atravesara la valla y se dirigiera al próximo obstáculo con las
orejas erguidas y confiadas. Parecía que el alazán podía seguir haciendo lo
mismo todo el día. Su aire de estar haciendo algo rutinario, en cierto modo
restaba brillo a su actuación; era como si le resultara demasiado fácil. Nadie
dudaba de que daría otra vuelta perfecta. Jamás se equivocaba al calcular las
distancias. Nunca necesitaba detenerse para poder despegar desde el lugar
adecuado; seguramente tenía un sistema propio para calcularlo y salvaba los
obstáculos sin detener la marcha, como si fueran vallas en una carrera. En ese
momento se acercaba al muro, y todos esperaban para ver si a eso también lo
trataría como una simple valla.
—¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!, resonó el tambor de la Banda Municipal de Bures,
como introducción al Colonel Bogey, antes de su aparición en los portones de
la exposición para su actuación de la tarde. Las orejas de Riding Light se
agitaron inquisitivas y llenas de duda. Su atención se apartó del obstáculo que
se le acercaba rápidamente. Cuando lo vió frente a él, las orejas volvieron a
agitarse alarmadas. Acortó el paso, tratando de arreglarse con el corto espacio
que restaba, pero calculó mal. Saltó con determinación y aterrizó del otro
lado, elevando los cuartos posteriores para no golpear la valla. Pero uno de
sus cascos delanteros había tocado la pared al saltar y un trozo de madera se
desprendió, se balanceó en el borde y luego cayó al suelo.
—¡A-a-ah! —exclamó la multitud, condolida, y Peggy se dió vuelta para
averiguar qué había pasado. Vió la rajadura en la pared pero no se dejó
aturdir. Tranquilizó al animal, palmeándolo alentadoramente, y se dirigió
hacia el obstáculo siguiente.
—¡Bravo, Peggy! —murmuró Bee.
La banda tocaba ahora Colonel Bogey, pero Riding Light no le presto
atención; ya no le interesaban las bandas. Algunas de sus mejores actuaciones
habían estado acompañadas por música. Retornó a su rutina y terminó la
vuelta salvando el obstáculo con agua con un margen que dejó boquiabierta a
la multitud.
—Simon no podrá superar eso —dijo Bee—. Además, fué un milagro que
Timber hiciera una primera vuelta perfecta.
La cabalgadura de Roger Clint recorrió el redondel alegre y
voluntariosamente hasta que se acercó al agua. Manos Blancas se detuvo a
una respetable distancia del obstáculo y meditó. Clint discutió amablemente
con él, pero el caballo no quería saber de nada. “Sé muy bien qué es lo que
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hay detrás de ese seto, y no me gusta”, parecía decir. Y luego, con el eterno
despropósito de los caballos, decidió intentarlo. Espontáneamente enfrentó el
obstáculo y comenzó a galopar. Roger lo guió y Manos Blancas avanzó a toda
velocidad con una firme determinación pintada en cada uno de sus
movimientos. Y en el último segundo cambió de idea tan repentinamente
como antes, clavó los cascos y consiguió detenerse a pocos centímetros del
obstáculo.
El público rió, y Roger Clint también. Abandonó su posición en el cuello
del caballo y retomó a la silla. Llevó a Manos Blancas al otro lado de la valla
y le mostró el agua. Lo acercó y dejó que la inspeccionara a sus anchas.
Luego lo hizo dar la vuelta por el borde y dejó que lo examinara todo. Y por
fin lo condujo de vuelta al otro extremo del redondel, virando hacia el
obstáculo. Con el aire de quien está ansioso por sacarse algo de encima, hizo
temblar el redondel bajo los cascos y voló por sobre el agua con un margen de
casi dos yardas.
El público rió con deleite, y los blancos dientes relucieron en la cara
morena de Clint. Levantó su sombrero sin darse vuelta, como hace un jugador
de cricket con su gorra, y salió del redondel, contento por no haberse dado por
aludido de la mirada descalificadora del juez, hasta conseguir que Manos
Blancas salvara el odiado obstáculo.
El número seis cometió dos faltas. El número siete dos faltas y media.
—El número ocho, por favor —se oyó por el altoparlante, y Jane comenzó
a temblar y apretó la mano de Bee. Por primera vez Ruth no tuvo necesidad
de fabricarse un drama; el suspenso hizo que se olvidara de cerrar la boca y de
pensar en Ruth Ashby.
Timber no poseía la experiencia ni la habilidad de Riding Light. Había
que guiarlo. Dependía tanto de la habilidad de Simon como de la capacidad
de Timber que ambos pudieran superar la actuación casi perfecta del caballo
de Peggy. Brat pensó que Simon estaba muy pálido. Para Simon, eso
significaba algo más que ganar una copa en una pequeña exposición rural.
Tenía que quitarle ese premio a la mujer que había tratado de ponerse a su
altura, presentando un caballo famoso para derrotar a sus animales novatos.
Timber entró intrigado al redondel. Como si dijera: “Esto ya lo he hecho
antes”. Sus orejas se pusieron rígidas a la vista de los obstáculos y luego se
agitaron interrogativamente. No se mostraba ansioso de salvarlos, como en la
primera vuelta. Pero se aproximó de buena gana al primero y lo saltó con su
acostumbrada manera serena y fluida. Brat pensó que era posible oír los
corazones de los Ashby que estaban a su lado. Por cierto que escuchaba el
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suyo; hacía más ruido que el tambor de la Banda Municipal de Bures. Simon
ya había hecho media vuelta. Ruth, con la boca y los ojos cerrados, parecía
estar orando. Abrió los ojos a tiempo para ver a Timber salvando limpiamente
el portón, un sereno río negro deslizándose sobre la barrera blanca.
—Oh, gracias, Dios mío —dijo Ruth. Sólo restaban la pared y el foso.
Mientras Timber daba la vuelta en el extremo más alejado del redondel,
para enfrentar la pared, una ráfaga de viento hizo volar el sombrero de Simon
y lo arrojó rodando detrás de él. Brat creyó que Simon ni siquiera se había
dado cuenta de eso. Ni siquiera Tony Toselli estuvo tan concentrado como
Simon. Evidentemente, para éste no existía nada en el mundo salvo él mismo,
Timber y los obstáculos. Nadie, nadie podría interponerse con éxito entre
Simon Ashby y el sol.
Todo lo que Simon sabía sobre caballos, todo lo que fué aprendiendo
desde la primera vez que se sentó sobre un pony, a los dos años, estaba
consagrado a que Timber saltara limpiamente la pared. A Timber no le
gustaban los obstáculos desnudos.
Había comenzado a galopar hacia la pared, cuando un terrier blanco se
precipitó ladrando desde la tribuna, en persecución del sombrero. Cruzó por
delante de Timber a toda velocidad y aullando como sólo un terrier puede
hacerlo.
Timber se desvió bruscamente del objeto que lo aterrorizaba y comenzó a
sudar.
Ruth volvió a cerrar los ojos y reanudó su plegaria. Simon tranquilizó
pacientemente a Timber, haciéndolo dar varias vueltas y acariciándolo,
mientras alguien rescataba al perro y lo devolvía a su dueño. (Quien dijo:
“Pobrecito Scottie, podrían haberte matado”.) Pacientemente, mientras los
segundos pasaban inexorablemente, Simon se esforzó por devolver la calma a
Timber. No ignoraba que el tiempo corría, que el incidente del perro ya había
sido descontado y que cada segundo perdido lo perjudicaba.
El poder de control de Simon siempre maravilló a Brat, pero nunca había
visto un ejemplo tan notable como ése. La tentación de hacer saltar a Timber
en seguida, tenía que ser enorme. Pero Simon no quería correr riesgos. Y
estaba empeñando tiempo para que Timber tuviese mayores probabilidades.
Y luego, habiendo calculado, según parecía, su tiempo hasta el último
segundo, condujo nuevamente a Timber, sudoroso pero tranquilizado, hacia la
pared. Unos metros antes del obstáculo, Timber dudó un instante.
Y Simon se quedó inmóvil.
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Si alguna vez Brat pudo simpatizar con Simon Ashby, fué en ese
momento.
El caballo, atento sólo a la tarea que le esperaba, tomó fuerzas y saltó
como impulsado por una catapulta sobre el odiado obstáculo. Y luego, feliz
de haberlo dejado atrás, corrió jubilosamente hacia el agua y voló sobre ella
como un mirlo.
Simon lo había logrado.
Jane separó su mano de la de Bee y se secó las palmas con una pelota
arrugada que fué un pañuelo.
Bee pasó su brazo por el de Brat y se lo estrujó. El estallido de vítores y
aplausos fué ensordecedor. En el silencio siguiente, Ruth dijo, como alguien
que recuerda un compromiso molesto:
—¡Dios mío! He dado en prenda mi asignación mensual.
—¿A quién? —preguntó Bee.
—A Dios.
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Brat le agradeció y se disponía a alejarse cuando ella dijo:
—Mr. Ashby, ¿no sabe si he hecho algo que pueda haber ofendido a
Simon?
Brat contestó que él creía que no.
—Ah. Simplemente se me ocurrió porque parece que últimamente trata de
evitarme, y yo no recuerdo haber hecho algo…, algo que pudiera…
Era indudable que ahora había lágrimas en sus ojos.
—Oh, usted me entiende —dijo por fin, tratando de sonreír, sin mayor
éxito, y se alejó agitando una mano.
Así que lo que había impulsado a la hermosa Peggy no era su deseo de ser
la dueña de Latchetts, sino su amor por Simon. ¡Pobre Peggy! Simon nunca le
perdonaría lo de Riding Light.
Eleanor aguardaba con Buster bajo los árboles, y pegado a ella estaba
Roger Clint, quien también había encontrado un pony para la carrera. Roger
estaba relatando una larga historia y Eleanor escuchaba atentamente; Brat se
apartó de ellos y se encaminó hacia las caballerizas. Allí se encontró con Bee
y Gregg. Gregg lo pesó y ensilló a Chevron, que estaba nerviosa y se sentía
desdichada.
—Lo que le preocupa es el ruido de la multitud —dijo Gregg—. Algo que
oye y que no puede entender. Si quiere un consejo, Mr. Patrick, señor, sáquela
un poco. Hágale dar una vuelta y muéstrele la multitud y estará tan interesado,
mirando, que se olvidará de sus nervios.
De modo que Brat condujo la temblorosa yegua al parque, y el animal
recobró lentamente la calma, tal como había dicho Gregg. Al rato se encontró
con Simon, quien le sugirió que era hora de dirigirse hacia la línea de largada.
—¿Te acordaste de firmar el libro? —preguntó Simon.
—¿El libro? ¿Firmar qué?
—Tienes que dar tu consentimiento para que el caballo intervenga en la
carrera.
—Nunca oí hablar de semejante cosa. El caballo fué inscripto, ¿no es así?
—Sí, pero hace algunos años tuvieron dificultades con unos intrusos.
Algunos petimetres corrieron con caballos que sus dueños no pensaban hacer
intervenir en las carreras. Se dieron el gusto de correr con ellos y en uno de
los casos, el caballo, ya cansado, se vino abajo.
—Muy bien. ¿Dónde está el libro?
—En el cuarto donde te pesaron. Cuidaré de Chevron hasta que vuelvas.
Es mejor que no se meta entre el gentío.
En la oficinita estaba el coronel Smollett sentado detrás del escritorio.
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—Bueno, amigo Ashby, a su familia le ha ido muy bien hoy, ¿no es así?
Nada menos que tres primeros premios. ¿Piensa conseguir el cuarto? ¿Libro?
¿Qué libro? Ah, el papel. Sí, sí. Aquí está.
Mientras firmaba la hoja de papel, Brat dijo que nunca había oído hablar
de ese método.
—Probablemente no. A mí me pasa lo mismo. Pero asegura a la
Exposición contra una parte de las pérdidas. El dueño del caballo que corrió
sin su autorización el año pasado, demandó a la Exposición por daños y
perjuicios. Y estuvo a punto de salirse con la suya. De modo que su hermano
sugirió este método para prevenir esas dificultades.
—¿Mi hermano? ¿Simon lo propuso?
—Sí. Simon tiene muy buena cabeza. Nadie podrá decir que su caballo
fué corrido sin su permiso.
—Ya veo.
Regresó y encontró a Chevron custodiada por Arthur.
—Mr. Simon dijo que no podía esperarlo, Mr. Patrick, pero me pidió que
le deseara buena suerte en su nombre. Se reunió con su familia en la tribuna
para ver el final.
—Muy bien, Arthur; gracias.
—¿Prefiere que lo acompañe hasta la largada, señor?
—Oh, no, gracias.
—Entonces voy a ver si encuentro una buena ubicación para mí. Buena
suerte, señor. Todos apostamos por usted.
Y se perdió entre el gentío.
Brat pasó las riendas por la cabeza de Chevron, y estaba a punto de
montar cuando decidió echarle otro vistazo a la cincha. Quizás estuviese
demasiado apretada.
Pero alguien la había aflojado.
Brat se quedó con la correa en la mano, contemplándola fijamente.
Alguien había aflojado la cincha desde que dejó la yegua al cuidado de
Simon. Pasó la mano por debajo de la cincha para comprobar hasta qué punto
estaba floja. Llegó a la conclusión de que hubiera podido llegar hasta la
pradera y quizá salvar otras dos vallas. Y después la cincha hubiera
comenzado a deslizarse y la excitable Chevron se hubiese vuelto loca.
¿Arthur? No, no podía ser. Simon, casi seguro.
Ajustó la cincha y se dirigió hacia la línea de largada. En el camino se
encontró con Roger Clint, con una chaqueta blanca y grana, montando a
Manos Blancas.
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—Usted es Patrick Ashby, ¿no es así? Mi nombre es Roger Clint. —Se
inclinó y le estrechó la mano—. Me alegro de verlo otra vez en Bures.
—¿Quién ganó la carrera? —preguntó Brat.
—Yo. Le gané a Nell por una cabeza.
¡La llamaba “Nell”!
—Ella ganó el año pasado con Buster, así que era justo que yo resultara
vencedor en ésta. Y además quería una copa de plata.
Brat no tuvo tiempo para preguntar por qué anhelaba una copa de plata.
Los demás ya se estaban alineando y él era el número cinco, y Roger Clint
estaba en el extremo de afuera. Había catorce corredores y un considerable
número de empellones. La largada se hacía simplemente con una bandera.
Brat no se apuró al principio. Dejó que los otros se le adelantaran para
poder apreciar a sus rivales. En seguida notó que por lo menos cinco estaban
tan cansados que no significaban mayor peligro y se limitaban a recorrer
desordenadamente la pista, molestando a los mejores corredores. De los
restantes, había visto a tres intervenir en un concurso de salto para menores y
no creía que pudieran terminar la carrera. Eso dejaba cinco posibilidades y, de
éstas, tres eran peligrosas: uno era un corcel bayo montado por su propio
oficial; otro un impetuoso alazán conducido por un joven granjero; y el
tercero era el caballo de Roger Clint.
Salvaron las vallas a toda velocidad y dos de los animales agotados,
luchando por mejorar su posición, chocaron entre sí e hicieron rodar a un
tercero. Uno de los que habían intervenido en el concurso de salto arremetió
contra la primera valla y arrastró a los otros dos animales cansados. Con lo
que la pista se aclaró considerablemente.
A Chevron le gustaba correr detrás de los otros caballos y evidentemente
disfrutaba con la carrera. Le encantaba saltar y salvaba las vallas con
despreocupada confianza. Casi podía oírsela tararear. Vió que los otros dos
caballos del concurso para menores fracasaban en su intento de saltar un seto
y les agitó los cascos bajo las narices.
La carrera se estaba poniendo realmente interesante.
Brat comenzó a apurar el paso.
Pasó al quinto de los posibles rivales, sin esforzarse. El cuarto resoplaba
como una gaita, pero aparentaba poder aguantar aún. Frente a él, del otro lado
de la pista, corría el oficial con el corcel bayo, el granjero en su gran alazán y
Roger Clint en el castaño de manos blancas. Aparte de Chevron, el de Clint
era probablemente el mejor caballo en carrera, pero el oficial corría como un
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veterano; y el granjero, como alguien que careciese de respeto por su propio
pescuezo.
La pista doblaba siempre hacia la derecha, y el joven alazán del granjero
saltaba siempre en esa dirección, de modo que era imposible tratar de pasarlo
sin peligro por ese lado, mientras siguiera tomando las curvas tan cerradas. Y
como nadie deseaba hacer una vuelta más abierta de lo necesario, todos
esperaban, detrás del alazán, a entrar en la recta para poder pasarlo sin
perjuicios. Cuando llegasen a la última media milla a través del parque, eso
iba a ser realmente una carrera.
La gaita que se había oído todo el tiempo a su izquierda, se fué quedando
gradualmente atrás, y cuando entraron nuevamente en el parque sólo
quedaban cuatro en carrera: el oficial, el granjero, Clint y Brat. Los otros dos
no le preocupaban, pero por nada del mundo quería que Clint lo derrotara.
Al dejar atrás la pradera, Clint se dió vuelta y le sonrió amistosamente.
Después ya no hubo tiempo para cortesías. Los cuatro aumentaron
súbitamente la velocidad y se precipitaron por la verde avenida, entre las
tremolantes banderas rojas, como si en ello les fuera la vida. El joven alazán
comenzó a desorganizarse y el corcel bayo, aunque continuaba fuerte como
una roca y aparentemente incansable, parecía incapaz de mantener esa
velocidad hasta el fin de la carrera. Brat decidió mantener la nariz de Chevron
al nivel de los cuartos traseros del castaño y ver qué sucedía. Juntos se
adelantaron al bayo y al alazán. El granjero ya utilizaba el látigo, y el caballo
se abría bajo cada golpe. El oficial no se movía en la silla y confiaba
evidentemente en que al final triunfase la fibra.
Brat estudió detenidamente a Manos Blancas y comprendió que se estaba
cansando rápidamente y que Clint lo sabía, por la forma cuidadosa en que lo
gobernaba. Faltaban aún dos vallas. No tenía la menor idea de cuánta fuerza o
fibra le quedaban a Chevron, así que pensó que el método más seguro era
hacer caer a Clint en una trampa. Espoleó a Chevron hasta alcanzar a Manos
Blancas, como si estuviera haciendo el último esfuerzo. Clint aumentó la
velocidad para conservar la ventaja y cruzaron juntos las dos últimas vallas.
Brat siempre un poco atrás por propia voluntad y, por consiguiente, fuera de
la vista de Clint. Entonces Brat disminuyó momentáneamente la marcha y
Clint, suponiendo que a tan poca distancia de la meta eso significaba que las
fuerzas de Chevron se habían acabado, se alegró de no tener que seguir
exigiendo a su cabalgadura y aflojó un poco la marcha. Brat obligó a Chevron
a reunir todas las fuerzas que le restaban y se adelantó desde atrás como un
meteoro. Clint levantó la vista, sorprendido, y trató de adelantarse, pero era
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tarde. Ya estaban demasiado cerca de la meta, tal como Brat calculara. Había
robado la carrera.
—¡Mire que venir a perder con una artimaña tan vieja! —rió Clint,
mientras regresaban con los caballos a las caballerizas—. Tendría que
hacerme examinar la cabeza.
Y Brat sintió que Roger Clint le gustaba mucho, se casase o no con
Eleanor.
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Brat pensó que era muy natural. Inglaterra y Eleanor debían constituir un
paraíso.
—No lo he visto por aquí esta noche.
—No, no se quedó para el baile.
—¿No? —dijo Brat, sorprendido.
—Vino nada más que a conseguir una copa de plata para llevársela a su
mujer.
—¿Su mujer?
—Sí, hace una semana tuvo el primer hijo y mandó a su marido a la
exposición para conseguir un pichel para el bautismo. ¿Qué pasa? —
preguntó.
—Hazme recordar que le retuerza el cuello a Ruth —dijo Brat, y reanudó
el baile.
Eleanor parecía divertida cuando dijo:
—¿Ha estado tejiendo romances?
—Me contó que Clint quería casarse contigo.
—Oh, bueno, una vez se le ocurrió algo por el estilo, pero hace ya mucho
tiempo. Y el año pasado era aún soltero, así que Ruth probablemente no sabía
nada de su casamiento. ¿Vas a ponerte patriarcal y a supervisar mis planes
matrimoniales?
—¿Tienes alguno?
—Ninguno.
A medida que avanzaba la noche, Brat bailó cada vez más con Eleanor y
ésta le dijo:
—Realmente, tendrías que cambiar de pareja, Brat.
—Ya lo he hecho.
—Sólo bailaste un poco con Peggy Gates.
—Así que me has estado espiando. ¿O eres tú la que quiere bailar con
otro?
—No, me encanta hacerlo contigo.
—Muy bien, entonces.
Posiblemente ésta era la primera y la última vez que bailaba con Eleanor.
Un poco antes de medianoche marcharon juntos al buffet, llenaron sus platos
y se instalaron en una de las mesitas situadas en el balcón. El buffet formaba
parte del edificio del hotel, y el balcón, con una balaustrada de hierro estilo
Regencia, daba sobre el jardín del costado del hotel. Farolitos chinos colgaban
en el jardín y sobre las mesas del balcón.
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—Soy demasiado feliz para comer —dijo Eleanor, y bebió el champaña
ensoñadoramente—. Te queda muy bien la ropa de etiqueta.
—Gracias.
—¿Te gusta mi vestido?
—Es el vestido más hermoso que he visto en mi vida.
—Quería que te gustara.
—¿Has cenado antes de bajar?
—No. Tomé dos copetines con un sandwich.
—Entonces será mejor que comas.
Eleanor comió con una falta de interés nueva en ella.
—La Septuagésima Exposición Anual de Ganadería de Bures ha
constituido todo un triunfo para los Ashby, ¿no es así?… No te muevas, tienes
un bichito en el cuello de la camisa.
Eleanor se inclinó y le golpeó levemente en la nuca.
—¡Oh, está bajando! —Con la confianza de una hermana le apartó la
cabeza con una mano, mientras rescataba el insecto con la otra.
—¿Lo agarraste? —dijo Brat.
Pero ella no respondió y Brat levantó los ojos.
—¡Tú no eres mi hermano! —dijo Eleanor—. Si lo fueras no me sentiría
como… —se detuvo, horrorizada.
En el silencio, el toque de los tambores llegaba desde el salón.
—¡Oh, Brat, lo siento! ¡No quise decir eso! Creo que he bebido
demasiado. —Comenzó a sollozar—. ¡Oh, Brat, lo siento! —Recogió su
bolso de la mesa y salió del oscuro balcón en dirección al buffet—. Me
acostaré un rato a ver si se me pasa.
Brat la dejó ir y buscó consuelo en el bar. En el salón de baile se
realizaban algunos juegos, cerca de medianoche, y el bar estaba desierto. Sólo
quedaba Simon, en una mesa en un rincón, con una botella de champaña.
—¡Ah! Mi hermano mayor —dijo Simon—. ¿No te interesan las rifas?
Sírvete champaña.
—Gracias. Prefiero otra cosa.
Pidió un copetín en el bar y regresó a la mesa de Simon.
—Supongo que la lotería es demasiado arriesgada para ti —dijo Simon—.
Quieres estar seguro antes de hacer una apuesta.
Brat ignoró sus palabras.
—No tuve oportunidad de felicitarte por tu triunfo con Timber.
—No necesito tus alabanzas.
Simon estaba realmente borracho.
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—Estuvo muy mal que dijera eso, ¿no es verdad? —dijo como una
criatura complacida—. Pero me gusta ser grosero. Me estoy portando muy
mal esta noche, ¿no es verdad? Parece que estoy cometiendo muchos deslices.
Sírvete algo.
—Ya tengo.
—Yo no te gusto, ¿no es así? —Parecía que eso lo halagaba.
—No mucho.
—¿Por qué?
—Porque eres el único que no cree que yo soy Patrick, supongo.
—Quieres decir que soy el único que sabe que no eres Patrick, ¿no es así?
Hubo un largo silencio, mientras Brat escudriñaba los brillantes ojos de
Simon, con su singular borde oscuro.
—Tú lo mataste —dijo Brat por fin, súbitamente seguro de lo que decía.
—Claro que sí. —Se inclinó hacia Brat y lo miró deleitado—. Pero tú
nunca podrás decirlo, ¿no es así? Porque Patrick no está muerto, por supuesto.
Está vivo, y yo estoy hablando con él.
—¿Cómo lo hiciste?
—Te gustaría saberlo, ¿eh? Bueno, te lo diré. Es muy sencillo. —Se
inclinó aun más y murmuró en un tono burlonamente confidencial—:
¿Sabes?, soy un brujo, puedo estar en dos sitios al mismo tiempo.
Se reclinó contra el respaldo de su silla y gozó con el desconcierto de
Brat.
—Tú piensas que estoy más borracho de lo que estoy en realidad, mi
amigo —dijo—. Te he contado lo de Patrick porque tú eres mi cómplice
póstumo. Es un excelente epíteto, y te sienta muy bien. Pero si crees que te
voy a dar todos los detalles, te equivocas.
—¿Entonces, por qué lo hiciste?
—Era una criatura muy estúpida —dijo con el trivial tono Simon— y no
merecía Latchetts. —Luego agregó, quitándose la máscara—: Lo odiaba, si te
interesa saberlo.
Se sirvió nuevamente champaña y lo bebió. Rió por lo bajo y dijo:
—Somos unos mellizos espiritualmente unidos, ¿no es así? ¡Tú no puedes
denunciarme y yo no puedo decir lo que sé acerca de tu identidad!
—Con todo me llevas una ventaja.
—¿Sí? ¿Cuál?
—Tú no tienes escrúpulos.
—Sí; supongo que es una ventaja.
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—Yo tengo que aguantarte, pero tú no tienes intenciones de soportarme,
¿no es verdad? Hiciste todo lo posible por matarme, esta tarde.
—No todo lo posible.
—¿Eso quiere decir que otra vez lo harás mejor?
—Lo haré mejor.
—Creo que sí. Una persona que puede estar en dos sitios al mismo
tiempo, puede hacer algo mejor que aflojar una cincha.
—Oh, algo mucho mejor. Pero uno tiene que utilizar los elementos que
tiene a mano.
—Ya veo.
—Supongo que no querrás retribuir mis confidencias, contándome algo a
mí.
—¿Contarte qué?
—¿Quién eres?
Brat lo miró un largo rato, en silencio.
—¿No me reconoces? —preguntó.
—No. ¿Quién eres?
—El castigo —dijo Brat y terminó la bebida.
Salió del bar y se detuvo junto a la baranda hasta que se sintió mejor y
pudo respirar con más facilidad. Trató de imaginar algún lugar donde pudiera
estar solo para pensar en lo que acababa de oír. No había nadie en el hotel;
aun en su cuarto podía encontrarse con Simon; tendría que salir.
Fué a su cuarto a buscar el sobretodo y al regresar se encontró con Bee.
—¿Os habéis vuelto todos locos? —dijo Bee, con enojo—. Eleanor está
arriba, llorando. Simon se está emborrachando en el bar, y ahora apareces tú
con cara de haber visto un fantasma. ¿Qué os pasa a todos? ¿Habéis peleado?
—¿Pelearnos? No. Eleanor y Simon han tenido un día agotador.
—¿Y por qué estás tú tan pálido?
—El ambiente del salón de baile. Yo vengo de los espacios abiertos,
¿recuerdas?
—Siempre pensé que los espacios abiertos estaban plagados de salones de
baile.
—¿No te importa si me llevo el coche, Bee?
—¿A dónde?
—Quiero ver la salida del sol sobre Kenley Vale.
—¿Solo?
—Absolutamente solo.
—Ponte el abrigo —dijo Bee—. Afuera hace frío.
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En la cima de la elevación que dominaba Kenley Vale, Brat detuvo el
coche y cerró el motor. La oscuridad duraría aún un buen rato. Bajó del auto y
se quedó de pie sobre el borde de hierba, apoyado contra el capot, escuchando
el silencio. La tierra y la hierba emanaban un olor fuerte, en el frío aire
húmedo, después del día de sol. No corría ni la más ligera brisa. A lo lejos, a
través del valle, silbó un tren.
Prendió un cigarrillo y sintió que se calmaba el malestar en su estómago.
Pero no fué así; en realidad, no hizo más que subir. Ahora lo tenía en la
cabeza.
No le faltaba razón con respecto a Simon. Había tenido razón al
encontrarlo parecido a Timber: el individuo bien educado, con encantadores
modales, era también un canalla. Simon acababa de decirle la verdad en el
bar. Se dice que a todos los asesinos les gusta vanagloriarse de sus asesinatos;
Simon, probablemente estaba ansioso de que alguien supiera lo inteligente
que había sido. Pero nunca pudo hacerlo hasta entonces, al encontrar un
oyente leal.
Él, Brat Farrar, era el oyente leal.
Él, Brat Farrar, era el dueño de Latchetts, y Simon daba por supuesto que
no quería perder lo que había conseguido. Que lo conservaría con la
complicidad de Simon.
Pero era imposible, naturalmente. La criminal alianza con Loding era una
cosa; pero la que Simon daba por supuesta, no era posible. Era monstruosa.
Impensable.
Y entonces, ¿qué iba a hacer?
¿Ir a la policía y decir: “Miren, yo no soy Patrick Ashby. Patrick Ashby
fué asesinado por su hermano hace ocho años. Lo sé porque él mismo me lo
dijo cuando estaba un poquito embriagado”?
Y entonces, quizá le señalaran que durante el curso de la investigación de
la muerte de Patrick Ashby, quedó demostrado que Simon Ashby había
pasado la tarde en Clare, en compañía del herrero.
Aunque les dijese la verdad con respecto a sí mismo, sólo su vida
cambiaría. Patrick Ashby seguiría siendo un suicida.
¿Cómo lo habría hecho Simon?
“Uno tiene que utilizar los elementos que tiene a mano”, dijo Simon,
refiriéndose a la cincha floja.
¿Qué elementos pudo tener a mano aquel día, ocho años atrás?
Aflojar la cincha había sido el resultado de la premeditación y la
improvisación. La sugestión de que firmara el libro fué un tiro al aire. Si
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lograba alejarlo con eso, Simon quedaba en libertad para llevar a cabo el resto
de su plan. Si no lo conseguía, nadie se perjudicaba. Sería algo
completamente inocente a los ojos de un observador.
Ésa era la forma en que trabajaba la mente de Simon, e indudablemente
era la misma que ocho años antes. Una situación inocente e indiscutible. El
uso de los elementos que estuvieran a mano.
Brat seguía tratando de resolver el problema, cuando las primeras ráfagas
de aire le anunciaron que iba a amanecer. Pronto el viento se hizo más fuerte
y comenzó a levantar las hojas y a desordenar la hierba. El Este estaba gris.
Contempló la aparición del sol. Los primeros cantos de los pájaros rompieron
el silencio.
Después de tantas horas allí, no estaba más cerca de la solución del
problema que tenía entre manos.
Un policía se acercó lentamente, empujando su bicicleta, y se detuvo para
preguntarle si le pasaba algo. Brat respondió que estaba gozando del aire
fresco después de un baile.
El policía contempló la camisa almidonada y aceptó la explicación, sin
comentarios. Miró el interior del auto y dijo:
—Es la primera vez que veo a un joven caballero tomando fresco solo,
después de una fiesta. ¿No se habrá deshecho de ella, por casualidad?
Brat se preguntó qué diría si respondiera: “No, pero soy cómplice de otro
asesinato.”
—Me dejó plantado —dijo.
—Ah. Ya veo. Se tiene lástima. Créame, señor, dentro de una semana se
sentirá tan agradecido que querrá ponerse a bailar en la calle.
Y se alejó empujando su bicicleta a lo largo del camino.
Brat comenzó a temblar.
Se metió en el coche y se alejó en la misma dirección que el policía. Al
llegar junto a él le preguntó dónde podía tomar algo caliente.
El policía le informó que dos millas más adelante, en la encrucijada, había
un café abierto toda la noche.
En el café, que le pareció cálido, brillante y mundano, después de la
soledad del amanecer, bebió una taza de café hirviente. Una rolliza mujer
freía salchichas para dos camioneros, mientras el tercero probaba su suerte
con una máquina automática en un rincón. Los tres examinaron sin curiosidad
sus ropas de etiqueta, pero aparte de intercambiar saludos, lo dejaron
tranquilo.
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Regresó a Bures a tiempo para el desayuno y dejó el coche en el garage.
El vestíbulo de Chequers estaba cubierto de lechos improvisados; eran recién
las siete y media y, naturalmente, para los visitantes de la exposición aun no
había amanecido. Subió a su habitación y encontró a Simon profundamente
dormido, y todas sus ropas amontonadas en el piso, tales como se las había
quitado. Se cambió de ropa, tratando al principio de no hacer ruido, pero
luego descuidadamente, cuando se dió cuenta de que Simon no estaba en
condiciones de despertarse, a menos que lo sacudieran. Lo miró y se
maravilló. Dormía serenamente, como una criatura. ¿Se había acostumbrado
tanto al asesinato, que después de ocho años ya no perturbaba su sueño, o
nunca le había parecido algo monstruoso?
Su rostro era encantador, salvo, quizá, la boca mezquina. Un rostro muy
agradable; delicado y proporcionado. No había en él más signos de maldad
que en la belleza de Timber.
Brat bajó y se lavó, lamentando no haber pensado a tiempo en darse un
baño. El deseo de cambiarse de traje sin despertar a Simon no le dejó pensar
en otra cosa.
Al entrar en el comedor, se encontró con Bee y las mellizas que estaban
desayunando y se unió a ellas.
—Nell y Simon duermen todavía —dijo Bee—. Será mejor que vuelvas
con nosotros en el coche, y dejes que Eleanor regrese con Simon cuando se
despierten.
—¿Y Tony?
—Tony regresó ayer con Mrs. Stack.
Era un alivio saber que volvería en paz a Latchetts con Bee.
Las mellizas comenzaron a hablar de la hazaña de Tony, la que
evidentemente iba a entrar a formar parte de la historia de Latchetts, y Brat no
tuvo que esforzarse por hablar. Bee le preguntó si el amanecer había resultado
como él esperaba y comentó que parecía sentirse mejor.
Se dirigieron a Clare, a través de la verde campiña iluminada por los
primeros rayos del sol, y Brat se descubrió contemplándola con la sensación
de alguien a quien le queda poco tiempo de vida. Miraba todo como diciendo:
“Esto seguirá así cuando yo no esté.”
Nunca regresaría a Bures. Quizá nunca volviera a estar en un auto con
Bee.
Cualquiera fuese el resultado de la confesión de Simon, significaba el fin
de su vida en Latchetts.
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XXVIII
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De todos modos tenía un punto de referencia. Un punto de referencia que
no podía alterarse. Simon Ashby estuvo en Clare aquel día. Lo afirmaba un
hombre que no tenía motivos para mentir y que desconocía la importancia de
su afirmación. Simon nunca se separó de Mr. Pilbeam lo suficiente como para
que éste notara su ausencia.
Pat Ashby debió haber sido asesinado entre el momento en que el viejo
Abel lo encontró en las primeras horas de la tarde, y el momento en que Mr.
Pilbeam echó a Simon, a las seis de la tarde.
Bueno, había un viejo refrán acerca de Mahoma y la montaña.
Analizó cuidadosamente la teoría de Mahoma, pero tropezó con la
chaqueta encontrada en los riscos. Simon escribió la nota, pero Simon no
había salido de Clare.
Eran las dos de la tarde cuando volvió a la realidad y fué a almorzar a una
pequeña taberna en el puerto. No quedaba mucho de comer, pero eso no tenía
mayor importancia, ya que se quedó mirando fijamente su plato hasta que le
trajeron la adición.
Regresó a Latchetts y se dirigió directamente a las caballerizas, y sacó uno
de los caballos que no había ido a Bures. No estaba más que Arthur, quien le
informó que todos los caballos habían regresado sanos y salvos, excepto
Buster, que se lastimó la pata trasera con la delantera.
—¿Va a salir así, señor? —preguntó Arthur, indicando el traje de tweed.
Y Brat respondió afirmativamente.
Subió por la ladera de la colina, como aquella otra mañana con Timber, y
volvió a hacer todo lo que hizo entonces sobre el lomo de Timber. Pero el
placer no era el mismo. Todo el mundo parecía gris. La vida misma tenía un
sabor amargo.
Desmontó y se sentó en el mismo lugar en que lo había hecho un mes
atrás, contemplando el pequeño y verde valle. Entonces le pareció un paraíso.
Ni siquiera la tonta muchacha que había hablado con él pudo arruinarle el
momento. Evocó sus ojos saliéndose de las órbitas al descubrir que no era
Simon. Ella fué allí segura de encontrar a Simon, porque ése era su lugar
favorito para adiestrar los caballos. Porque él…
El caballo levantó bruscamente la cabeza, pues con su súbito movimiento
Brat había tirado del bocado.
¿Porque él…?
Oyó mentalmente la voz de la muchacha. Luego se puso lentamente de pie
y se quedó un largo rato mirando fijamente a través del valle.
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Ya sabía cómo lo había hecho Simon. Y también acababa de encontrar la
respuesta a un enigma. Sabía por qué Simon sintió tanto miedo de que, por un
milagro, el verdadero Patrick hubiera vuelto.
Volvió a montar y regresó a las caballerizas. Las grandes nubes huían del
viento sudoeste y estaba comenzando a llover. En el escritorio del cuarto de
las monturas encontró una hoja de papel y escribió: “Salí a comer afuera.
Dejen la puerta del frente abierta, y no se preocupen si regreso tarde.” La
puso en un sobre que dirigió a Bee y le pidió a Arthur que la llevara a la casa
cuando pasara por allí. Su capote colgaba en la parte de atrás de la puerta del
cuarto de las monturas; se lo puso y comenzó a alejarse de Latchetts, en
medio de la lluvia. Ahora ya sabía. ¿Y para qué?
Caminó sin rumbo consciente, atento sólo al problema que tenía que
resolver. Se detuvo en la herrería, donde Mr. Pilbeam se hallaba aún
trabajando; lo saludó e intercambió comentarios sobre la tarea que realizaba el
herrero y el tiempo probable del día siguiente, sin dejar ni por un momento de
pensar en él.
Siguió el sendero que conducía a Tanbitches y que trepaba por la ladera, y
caminó ida y vuelta sobre la hierba mojada de la cima, entre los enormes
troncos, aturdido y agobiado.
¿Cómo podía hacerle una cosa así a Bee?
¿Y a Eleanor? ¿Y a Latchetts?
¿No le había hecho ya bastante daño a Latchetts?
¿Importaba tanto que Simon fuera su dueño, como durante ocho años?
¿Quién se perjudicaría en ese caso? Sólo una persona: Patrick.
Si la justicia reclamaba a Simon por la muerte de Patrick, eso significaría
el más espantoso de los horrores para Bee y los demás.
No era necesario que lo hiciese. Podía irse; aparentar un suicidio. Después
de todo, Simon había fraguado el suicidio de Patrick y pudo resistir la
investigación policial. Si un muchacho de trece años fué capaz de hacerlo,
con más razón él. Podía desaparecer, y dejar las cosas como antes de su
aparición.
¿Y… Pat Ashby?
Pero Pat, de haber podido elegir, no hubiera querido que se hiciera justicia
con Simon a expensas de la ruina de la familia. No Pat, que había sido tan
bueno y siempre pensaba primero en los demás.
¿Y Simon?
¿Iba a verificar la monstruosa suposición de Simon de que él no haría
nada? ¿Iba a dejar que Simon viviera muchos años como el dueño de
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Latchetts? ¿Que los hijos de Simon heredaran Latchetts?
Pero serían Ashby. Si denunciaba a Simon no habría más Ashby en
Latchetts.
¿Y sería ventajoso para Latchetts asegurar la permanencia de los Ashby,
ocultando un crimen?
¿No era, quizá, para descubrir ese asesinato, que él había llegado a
Latchetts por medios tan extraños?
Recorrió medio mundo para encontrarse con Loding en la calle, y se dijo a
sí mismo que no podía ser una casualidad, que era el destino. Pero no se
imaginó que era un destino importante. En ese momento le pareció que era de
importancia fundamental.
¿Qué hacer? ¿Quién podía aconsejarlo? ¿Decidir por él? No era justo que
toda la responsabilidad descansara sobre sus hombros. No tenía los
conocimientos y la experiencia necesarios para encarar un problema de esa
magnitud.
“Soy el castigo”, le había dicho a Simon, y lo sentía así. Pero eso fué
antes de tener en sus manos las armas para castigarlo.
¿Qué hacer?
¿Acudir a la policía esa noche? ¿Al día siguiente?
¿No hacer nada, y dejar que comenzasen las celebraciones cuando llegara
el tío Charles?
¿Qué hacer?
Era ya muy tarde, esa noche, cuando George Peck, instalado en su
escritorio y percibiendo de tanto en tanto, aun desde su distante y ventajosa
posición en Tebas, los azotes de la lluvia contra la ventana de la Rectoría de
Clare, oyó unos ligeros golpes en esa misma ventana, y salió a la puerta del
frente. No era la primera vez que alguien golpeaba en la ventana a horas
avanzadas de la noche.
La luz del vestíbulo le permitió distinguir a un Ashby, pero no podía decir
cuál de ellos porque el empapado sombrero le cubría prácticamente la cara.
—Rector, ¿puedo entrar un momento, para hablarle?
—Por supuesto, Patrick. Entra.
Brat se detuvo en el umbral, mientras el agua chorreaba de su capote.
—Temo estar muy mojado —dijo vagamente.
El Rector bajó la vista y vió que el tweed gris de los pantalones estaba
negro, y que los zapatos eran una pulpa cubierta de fango. Sus ojos
escudriñaron el rostro del joven. Brat se había quitado el fláccido sombrero y
el agua que caía de su cabello empapado le cubría la cara.
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—Sácate el capote y déjalo aquí —dijo el Rector—. Te daré otro cuando
te vayas. —Se dirigió hacia el guardarropas del vestíbulo y regresó con una
toalla—. Sécate el cabello con esto.
Brat hizo lo que le indicaron, con el aire obediente y los movimientos
torpes de una criatura. El Rector desapareció en la cocina desierta y trajo una
pava llena de agua.
—Ven —dijo el Rector—. Deja la toalla junto al capote. —Lo condujo a
su escritorio y puso la pava sobre un calentador eléctrico—. Hervirá en
seguida. Casi siempre hago té para mí cuando me quedo levantado hasta
tarde. ¿De qué querías hablarme?
—De un precipicio en Dothan.
—¿Qué?
—Lo siento. No sé dónde tengo la cabeza. ¿Tiene algo de beber?
El Rector había pensado poner el whisky en el té, como un ponche, pero
lo sirvió puro y Brat lo tomó.
—Gracias. Siento mucho venir a molestarlo a esta hora, pero tenía que
hablar con usted. Espero que no le importe.
—Estoy aquí para eso. ¿Más whisky?
—No, gracias.
—Entonces te daré zapatos secos.
—Oh, no, gracias. Estoy acostumbrado. Rector, necesito su consejo
acerca de algo muy importante, pero ¿puedo hablar como si…, como si
estuviera en el confesionario? ¿Sin que usted sienta que tiene que hacer algo
al respecto?
—Cualquier cosa que digas será considerada como una confesión, por
supuesto.
—Bien. Primero tengo que decirle algo. Yo no soy Patrick Ashby.
—No —concordó el Rector. Y Brat lo miró sorprendido.
—¿Quiere decir…, quiere decir que usted sabía que yo no era Patrick?
—Estaba casi seguro.
—¿Por qué?
—Una persona es algo más que una presencia física; tiene una aureola,
una personalidad, un ser. Y la primera vez que te vi tuve casi la seguridad de
que nunca te había visto antes. No reconocí nada en ti, aunque tienes muchas
cosas en común con Patrick, además de la apariencia.
—¡Y no dijo nada!
—¿Qué hubiera podido hacer? Tu abogado, tu familia y tus amigos te
aceptaron y te dieron la bienvenida. Yo no podía demostrar que no eras
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Patrick. No tenía más que mi creencia de que no lo eras. ¿Qué hubiera ganado
expresando mi opinión? Me pareció que la situación se resolvería por sí
misma, sin mi intervención.
—Quiere decir, que me descubrirían.
—No. Quise decir que no creí que pudieras vivir feliz así. Y a juzgar por
esta visita, parece que tuve razón.
—Pero yo no he venido tan sólo a confesar que no soy Patrick.
—¿No?
—No es eso sólo. Tenía que decírselo porque era la única forma de
hacerle entender lo que ha… No tengo la mente muy clara. He estado dando
vueltas para poner las cosas en su lugar.
—Si me contaras primero cómo llegaste a Latchetts, yo por lo menos vería
las cosas más claramente.
—Yo… conocí a alguien en los Estados Unidos que había vivido en
Clare. Ellos…, ella pensó que yo parecía un Ashby, y sugirió que me hiciera
pasar por Patrick.
—Y tú tendrías que pasarle una parte de los beneficios obtenidos
mediante ese engaño.
—Sí.
—Lo único que puedo decir es que se ganó su porcentaje, cualquiera que
fuese. Es una instructora notable. Nunca he visto una cosa igual. ¿Eres
norteamericano, entonces?
—No —replicó Brat, y el Rector sonrió levemente ante la fuerza del
monosílabo—. Me crié en un asilo. Me dejaron en el umbral.
Y relató esquemáticamente la historia de su vida.
—He oído hablar de tu asilo —dijo el Rector, cuando Brat hubo acabado
—. Eso explica una cosa que me tenía intrigado: tu buena educación. —Sirvió
el té y le agregó whisky—. ¿Preferirías algo más sólido que galletitas? ¿No?
Entonces come las de harina de avena; son más substanciosas.
—Tenía que contarle todo esto porque he descubierto algo. Patrick no se
suicidó. Lo asesinaron.
El Rector depositó la taza que sujetaba su mano. Por primera vez pareció
sorprendido.
—¿Asesinado? ¿Por quién?
—Por su hermano.
—¿Simon?
—Sí.
—¡Pero, Patrick! Eso… De paso, ¿cómo te llamas?
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—Usted se olvida. No tengo nombre. Siempre me llamaron Brat. Es una
deformación de Bartholomew.
—Pero mi querido amigo, eso es absurdo. ¿Qué pruebas tienes de algo tan
increíble?
—Simon lo afirma.
—¿Simon te lo dijo?
—Se vanaglorió de ello. Dijo que yo no podría hacer nada al respecto
porque me perjudicaría a mí mismo. Usted no lo sabía, pero tan pronto como
me vió supo que yo no era Patrick.
—¿Cuándo tuvo lugar esta extraordinaria conversación?
—Anoche, en el baile de Bures. No ocurrió tan de repente como parece.
Hacía mucho que dudaba de Simon y lo desafié a que hablara por algo que
dijo acerca de que yo no era Patrick, y él rió y se vanaglorió de lo que había
hecho.
—Creo que el lugar donde ocurrió la escena lo explica todo.
—¿Quiere decir que estábamos borrachos?
—No exactamente. Un poco exaltados, digamos. Y tú desafiaste a Simon,
y éste, con su perverso sentido de travesura te dijo lo que esperabas.
—¿Realmente cree que soy tan poco inteligente? —preguntó Brat,
suavemente.
—Debo admitir que me sorprende. Siempre pensé que eras muy
inteligente.
—Entonces créame; no estoy aquí porque me he dejado engañar por
Simon. Patrick no se suicidó. Simon lo mató. Deliberadamente. Y, además, sé
cómo lo hizo.
Y le contó.
—Pero, Brat, no tienes ninguna prueba. Todo eso es en teoría. Admito que
es una teoría ingeniosa y lógica. Tiene el mérito de ser simple. Pero no
presentas ninguna clase de pruebas.
—Podemos conseguirlas, con la ayuda de la policía. Pero eso no es lo que
quiero saber. Lo que necesito es que me diga…, bueno, si no será mejor dejar
las cosas como están.
Y le explicó su problema.
Pero el Rector no tenía la menor duda sobre el asunto, cosa bastante
sorprendente teniendo en cuenta su silencio con respecto a sus dudas sobre la
identidad de Brat. Afirmó que si se había cometido un asesinato, era necesario
recurrir a la ley. Cualquier otra cosa era anarquía.
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Su crítica era que Brat no tenía pruebas. Estaba sugestionado con la idea
de un crimen, había acusado directamente a Simon, y éste, en uno de sus
conocidos arranques de picardía, había confesado; y Brat, después de muchas
cavilaciones, era dueño de una teoría que encajaba con la falsa confesión.
—¿Y cree que he estado caminando bajo la lluvia desde las cuatro de la
tarde por una bromita de Simon? ¿Cree que he venido aquí a confesarle que
no soy Patrick a causa de una bromita de Simon? —El Rector permaneció en
silencio—. Dígame, Rector, ¿se sorprendió cuando se enteró del suicidio de
Patrick?
—Muchísimo.
—¿Conoce a alguien que no se haya sorprendido?
—No. Pero el suicidio es algo sorprendente.
—Me rindo —dijo Brat.
En el expectante silencio que siguió, el Rector dijo:
—Ahora ya veo qué quiso decir eso del precipicio de Dothan. Es muy
buena la educación de ese asilo.
—Sí, si se refiera al estudio de la Biblia. De paso, también Simon conoce
la historia.
—Es de esperar, pero, ¿cómo llegaste a saberlo?
—Cuando oyó decir que Patrick había regresado no pudo evitar, a pesar
de sus negativas, un sentimiento de temor de que pudiera ser cierto. Ya había
otro caso. Esa vez la víctima sobrevivió por un milagro. Y Simon temía que
lo mismo hubiese sucedido con Patrick. Estoy seguro, porque cuando entró en
la habitación donde yo me encontraba, el día de mi llegada, venía preparado
para enfrentarse con algo espantoso. Y el alivio que sintió al verme fué casi
ridículo.
Terminó el té y miró burlonamente al Rector. A pesar de él mismo,
comenzaba a sentirse mejor.
—Otra de las bromitas de Simon consistió en dejar que saliera por
primera vez con Timber sin decirme que era un animal de cuidado. Pero
supongo que eso se debió sencillamente a su “perverso sentido de travesura”.
Y otra de sus bromitas fué aflojarme la cincha antes de comenzar una carrera
con Chevron. Pero supongo que ése fué simplemente “uno de sus conocidos
arranques de picardía”.
Los profundos ojos del Rector estudiaron a Brat.
—No estoy defendiendo a Simon (nunca fué una persona admirable), pero
las bromas que se le gastan a un intruso, a un impostor, aun bromas
peligrosas, son una cosa, y el asesinato de un hermano a quien amaba, es otra
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muy distinta. De paso, ¿por qué no te denunció Simon en seguida, si no creía
que eras su hermano?
—Por el mismo motivo que tuvo usted para no hacerlo.
—Ya veo. Todos pensarían que se estaba poniendo… difícil.
—Y además, habiéndose librado ya una vez de Patrick, impunemente,
estaba seguro de poder hacerlo otra vez.
—Brat, quisiera poder convencerte de que esto es un producto de tu
imaginación.
—Debe tener un gran respeto por mi capacidad imaginativa.
—Si analizas los hechos, honesta y objetivamente, verás cómo de una
serie de detalles insignificantes hiciste algo aparentemente lógico. Es algo que
tú mismo has construido.
Y cuando Brat se despidió de él a las dos de la mañana, ésa seguía siendo
la opinión del Rector.
Ofreció a Brat una cama, pero Brat sólo aceptó el impermeable y una
linterna, y regresó a Latchetts por el fangoso sendero que atravesaba el
campo, mientras la lluvia caía sin cesar.
“Ven a verme antes de tomar una decisión”, le dijo el Rector; pero por lo
menos supo ayudarlo en un aspecto. Había resuelto su problema fundamental.
Si era una elección entre amor y justicia, tenía que elegir la justicia.
La puerta del frente de Latchetts estaba sin cerrojo, y en la mesa del
vestíbulo encontró una nota de Bee que decía: “Hay sopa en la despensa”, y
una copa de plata sobre un pie de ébano con una tarjeta de Eleanor donde se
leía: “Te olvidaste esto. En realidad, ¿qué es una copa de plata para ti?”
Apagó las luces y se deslizó silenciosamente por la casa hasta la cama en
el cuarto de los chicos. Alguien había puesto una botella de agua caliente
entre las sábanas. Se quedó dormido antes de que su cabeza tocara la
almohada.
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Cuando hubieron decidido el tipo de letra de los nombres que se grabarían
en las copas, Eleanor y Simon propusieron ir a tomar el té, pero Brat dijo que
necesitaba hacer algunas compras. Brat ya había tomado una decisión. Si
acudía ahora a la policía, sin tener pruebas, no le creerían, como ocurrió con
el Rector. Si el Rector, que conocía los defectos de Simon, se negaba a creer
por falta de pruebas concretas, mucho más incrédula iba a mostrarse la
policía, que no conocía a Simon como un joven sin escrúpulos, sino como Mr.
Ashby de Latchetts.
Por consiguiente, Brat estaba decidido a obtener las pruebas por su cuenta.
Caminó hasta el puerto y buscó una abacería, y una vez allí, después de
muchas consultas y una cuidadosa selección, compró doscientos pies de soga.
La soga era tan delgada como un cordel grueso, pero no mucho menos
resistente que el acero. Pidió que la pusieran en una caja de cartón y la
enviaran al garage del Ángel, donde se hallaba la pulga. La recibió en el
garage y la puso en un rincón del compartimiento para el equipaje.
Cuando Eleanor y Simon regresaron, los estaba esperando en el auto,
leyendo inocentemente un periódico vespertino.
Se habían acomodado en la pulga y se preparaban para partir, cuando
Simon dijo:
—¡Alto! Nos olvidamos de dejarles la cubierta vieja —y se bajó para abrir
el compartimiento posterior y sacar la cubierta.
—¿Qué hay en esa caja, Nell?
—Yo no puse ninguna caja allí —contestó Eleanor, sin moverse—. Debe
ser un error.
—Es mía —dijo Brat.
—¿Qué es?
—Un secreto.
—James Fryer e Hijo, Abastecedores de Buques —leyó Simon.
¡Dios! No se había dado cuenta de que la caja tenía una etiqueta.
Simon cerró estruendosamente el compartimiento y regresó al auto.
—¿Qué compraste, Brat? ¿Uno de esos barcos dentro de una botella? No,
es demasiado grande. Un barco sin la botella. Uno de esos enormes galeones
que descansan sobre los aparadores, en los suburbios, deleitando el corazón
de nuestra raza insular y dándole consuelo por haber estado enfermo en el
viaje a Margate.
—No seas tonto, Simon. ¿Qué es, Brat? ¿Es realmente un secreto?
Si Simon se empeñaba en descubrir qué encerraba la caja, probablemente
lo conseguiría, de un modo o de otro. Y hacer un misterio del asunto sólo
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haría que todos le prestasen atención. Era mucho mejor ser aparentemente
franco.
—Bueno, temo estar perdiendo mi habilidad para manejar el lazo, y
compré un poco de soga para practicar.
Eleanor estaba encantada. Esa misma tarde, Brat tenía que hacerles una
demostración.
—No. Por lo menos hasta que haya ensayado un poco.
—Me enseñarás, ¿verdad?
Sí, le enseñaría a arrojar el lazo. Si la soga lo ayudaba a conseguir lo que
buscaba, Eleanor iba a odiarlo uno de esos días.
Cuando llegaron a Latchetts, sacó la soga y la dejó ostensiblemente en el
vestíbulo. Bee le preguntó para qué era, aceptó su explicación, y nadie le
prestó más atención. Brat hubiera preferido no tener que mentir en los pocos
días de vida que le quedaban en Latchetts. Era extraño que habiendo mentido
desde que llegó allí, le importara tanto ese pequeño engaño.
Aun podía echarse atrás y dejar la soga allí, sin utilizarla para lo que la
había comprado. No era apta para enlazar, pero podía cambiarla por la
adecuada.
Sin embargo, cuando llegó la noche, y se encontró solo en su cuarto,
comprendió que era imposible elegir. Había venido desde el fin del mundo
para hacer eso, e iba a hacerlo.
La familia se retiró muy temprano, cansada del excitante día pasado en
Bures, y Brat esperó hasta las doce y media para poner en práctica su plan. No
se veía ninguna luz. El silencio era total. Bajó la escalera y recogió la soga.
Quitó el pestillo de la ventana del comedor, se deslizó sobre el antepecho y
arrimó suavemente las dos hojas. Esperó alguna reacción, pero no hubo
ninguna.
Caminó silenciosamente sobre la grava hasta que se encontró sobre la
hierba, se sentó en el refugio de los primeros árboles de la dehesa, fuera del
alcance de las ventanas y, con enorme destreza y sin necesidad de luz,
comenzó a hacer nudos que le servirían para hacer pie a intervalos regulares,
a lo largo de la soga. La aspereza familiar de la cuerda, que hacía tanto tiempo
no sentía, lo reconfortó agradablemente. Era una soga muy buena, y respondía
exactamente a sus necesidades. Se sintió muy agradecido a James Fryer e
Hijo.
Enrolló la soga y se colgó el rollo del hombro. En media hora la luna
estaría alta. Estaba en cuarto creciente y no alumbraba demasiado, pero Brat
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tenía dos buenas linternas en el bolsillo y no le convenía que una luna llena
iluminara la escena.
Cada cinco minutos detenía la marcha para ver si lo seguían. Pero nada se
movía en la oscuridad. Ni siquiera un gato.
Al llegar al pie de Tanbitches aparecieron los primeros rayos de la luna, y
no tuvo que encender una linterna para encontrar el sendero hacia Westover.
Lo siguió hasta que pudo ver el grupo de hayas de la cima recortado contra el
cielo y entonces se apartó del sendero hasta que llegó al matorral del borde
superior de la antigua cantera. Allí se sentó y esperó. Lo único que perturbó el
silencio de la campiña dormida fué el repentino balido de una oveja en la
colina.
Ató la soga al tronco de la más grande de las jóvenes hayas que habían
crecido allí sin intervención del hombre, y la desenrolló hasta que estuvo al
nivel de los matorrales en el borde de la cantera. Ése era el lado más
escarpado de la cantera. El borde inferior había tenido una angosta entrada,
pero estaba obstruida hacía mucho tiempo y cubierta por un tupido e
impenetrable zarzal. El viejo Abel le contó todo eso la tarde que estuvieron
hablando de Patrick. Abel conocía muy bien la cantera porque una vez tuvo
que rescatar una oveja de allí. Era mucho más fácil, según Abel, descender
por la parte escarpada que tratar de llegar por abajo. En realidad era imposible
llegar desde abajo o desde cualquier otro lado. No, no había agua allí; por lo
menos desde veinte años atrás, cuando bajó por última vez en busca de una
oveja; el agua, filtrándose por debajo de la colina, había salido al mar.
Brat probó varias veces la soga y consideró las posibilidades de que se
deshilachara. Pero la superficie del tronco era lisa, y había forrado el pedazo
que colgaba sobre el borde de la cantera. Se deslizó sobre el borde y tanteó en
busca del primer nudo. Ahora que su cabeza estaba al nivel del suelo, percibió
la claridad del cielo. Podía ver la oscura sombra del matorral recortada contra
el cielo, y la sombra aun más grande del árbol encima de su cabeza.
Había encontrado ya el primer apoyo, pero sus manos aun estaban
agarradas al trozo de soga que yacía tenso sobre la hierba.
—Me molestaría profundamente —dijo la voz de Simon con su tono más
característico— dejarte partir sin una despedida adecuada. Quiero decir que
podría simplemente cortar la soga y dejar que pensaras, si te queda tiempo
para pensar, que se rompió. Pero así no sería divertido, ¿no es verdad?
Brat podía ver el bulto contra el cielo. Por su forma, dedujo que estaba
casi en cuclillas cerca del borde, junto a la soga. Brat hubiera podido tocarlo,
extendiendo la mano.
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¡Qué tonto fué al juzgar a Simon! Simon no corría riesgos. Ni siquiera el
riesgo de seguirlo. Tomó la delantera y lo había esperado.
—Cortar la soga no te será muy útil —dijo Brat—. Aterrizaré en las ramas
de algún árbol allí abajo, y me desgañitaré hasta que alguien me oiga.
—Yo conozco esto mejor que tú. Esta cantera es casi una amiga íntima.
Casi un pariente, diría. —Rió por lo bajo—. Caerás directamente al suelo,
más allá de la mitad de la ladera.
Brat se preguntó si tendría tiempo de deslizarse rápidamente por la soga
antes de que Simon la cortara. Los nudos también estaban hechos para poder
subir. Pero podía ignorarlos y largarse. ¿Podría acercarse lo suficiente al
fondo antes de que Simon se diera cuenta de lo que había hecho?
¿O sería mejor…? Sí. Cerró las manos sobre la soga, se apoyó en el nudo
y se izó hasta que prácticamente tuvo una rodilla sobre la hierba. Pero Simon
debía tener la mano sobre la soga, y sintió el movimiento.
—¡Oh, no, no lo harás! —dijo, y apretó la mano de Brat con el taco. Brat
se aferró al zapato con la otra mano, y quedó colgado, con los dedos
agarrados al borde del zapato. Simon le lastimó la muñeca con el cuchillo y
Brat dió un alarido, pero no lo soltó. Consiguió librar la otra mano del apretón
del zapato de Simon y lo agarró por detrás del tobillo. El trozo de soga que
yacía delante de Simon quedaba cubierto por el cuerpo de Brat, y mientras
continuase aferrado a Simon, éste no podría darse vuelta para cortarla. Es
muy molesto que alguien se nos cuelgue de un pie cuando estamos parados en
el borde de un precipicio.
—¡Suelta! —gritó Simon, tratando desesperadamente de herirlo con el
cuchillo.
—Si no te quedas quieto con ese cuchillo —jadeó Brat—, te arrastraré
conmigo.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —exclamó Simon, golpeándolo salvajemente
con ciego terror y sin oírlo.
Brat sacó la mano del zapato y consiguió agarrarle la mano en que
sostenía el cuchillo. Ahora tenía la mano derecha en el tobillo izquierdo de
Simon, y la izquierda aferrada a la muñeca izquierda de éste.
Simon gritó, tratando de llevar el brazo atrás, y Brat cargó todo su peso de
la muñeca. El único apoyo era el nudo, pero Simon no tenía de dónde
agarrarse. Simon bajó el cuchillo hacia la mano que le sujetaba la muñeca, y
Brat, con un gran esfuerzo, soltó el tobillo de Simon y le agarró la mano
izquierda. Ahora tenía a Simon por las dos muñecas, y Simon se doblaba
sobre él como un arco.
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—¡Suelta el cuchillo! —dijo.
Al decirlo, sintió que la hierba del borde de la cantera cedía un poco y
comenzaba a deslizarse. Para él no tenía mayor importancia, salvo que lo
alejaba un poco de la ladera del risco. Pero para Simon, a quien el peso de
Brat hizo inclinar sobre el borde, fué fatal.
Horrorizado, Brat vió que la masa oscura se le precipitaba encima. Le
hizo perder el apoyo y cayó con él en el vacío.
Una luz deslumbrante le estalló en la cabeza y perdió el conocimiento.
Página 229
XXX
BEE estaba sentada en el oscuro salón, con una taza de café flojo frente a ella,
leyendo por milésima vez en las últimas cuarenta y ocho horas un cartel que
se levantaba del otro lado del camino: AUTOMOVILISTAS: POR FAVOR,
ABSTÉNGANSE DE UTILIZAR LA BOCINA, HOSPITAL. Eran recién las siete de la
mañana, pero el café estaba abierto desde las seis, y siempre había por lo
menos otro cliente tomando el desayuno cuando ella entraba. Bee no les
prestaba atención. Simplemente se sentaba frente a su taza de café y miraba
fijamente la pared del hospital del otro lado del camino. Ya era una antigua
cliente del café. “Será mejor que salga un poco y coma algo”, le decían
bondadosamente, en el hospital, y ella cruzaba el camino y se quedaba un rato
frente a la taza de café y luego regresaba.
Su vida se limitaba a este vaivén entre el hospital y el café. Le resultaba
difícil recordar el pasado, y completamente imposible imaginar el futuro. Sólo
existía el presente, un lúgubre mundo de espantosa desdicha. La noche
anterior le habían proporcionado un catre en el dormitorio de las monjas, y la
anterior a ésa se quedó en la sala de espera. Sólo dos cosas le decían, y le
resultaban tan dolorosamente familiares como el cartel de la pared: “No, no
hay novedades”, o si no, “Será mejor que salga un poco y coma algo.”
Una muchacha desaliñada se acercó con otra taza de café y retiró la
anterior.
—Está frío, y ni siquiera lo ha probado —dijo la muchacha.
La nueva taza también estaba chorreada. Se sentía agradecida hacia la
mujer, pero su compasión le sonaba como un insulto. Disfrutaba con el drama
que la presencia de Bee traía al café, y con sus complicaciones.
AUTOMOVILISTAS: POR FAVOR, ABSTÉNGANSE DE UTILIZAR… Tenía que dejar
de leer ese cartel. Tenía que mirar a otra parte. Los cuadros azules del mantel
de material plástico, quizá. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Oh, no. No
quería contarlos.
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Se abrió la puerta y entró el doctor Spence, con el rojo cabello
desordenado y una barba de varios días. Le pidió café a la empleada y se
sentó junto a Bee.
—¿Y? —preguntó Bee.
—Todavía vive.
—¿Recobró el conocimiento?
—No. Pero hay algunos signos de mejoría. Es decir, de que quizás recobre
el conocimiento, no necesariamente de que… viva.
—Ya entiendo.
—Sabemos que tiene el cráneo fracturado, pero no podemos saber si tiene
otras lesiones internas.
—No.
—Tendría que tomar algo más que café. Porque es lo único que ha
tomado, ¿no es así?
—Ni siquiera eso —intervino la mujer, depositando la taza—. Se sienta
aquí y las mira.
La interferencia de la muchacha en sus propias preocupaciones, hizo
surgir en Bee una ola de fatigado enojo.
—Será mejor que venga a comer algo conmigo.
—No. No, gracias.
—Él Ángel está a menos de media milla, y allí podrá descansar y…
—No. No, no puedo alejarme tanto. Beberé el café. Está rico y caliente.
Spence tomó el suyo de un trago y lo pagó. Dudó un momento, como si
no quisiera dejarla sola.
—Ahora tengo que volver a Clare. Usted sabe que si me voy es porque
queda en buenas manos, ¿verdad? Pueden hacer por él mucho más que yo.
—Se ha portado maravillosamente con todos nosotros —dijo Bee—.
Nunca lo olvidaré.
Ya que había empezado a tomar el café decidió terminarlo, y no levantó la
vista cuando la puerta volvió a abrirse. No podía ser otro mensaje del hospital,
y nada que no fuera eso tenía la menor importancia para ella. Se sorprendió
cuando George Peck se sentó a su lado.
—Spence me dijo que la encontraría aquí.
—¡George! —exclamó Bee—. ¿Qué hace en Westover tan temprano?
—Vine para que tuviera el consuelo de saber que Simon ha muerto.
—¿El consuelo?
—Sí.
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Sacó algo de un sobre y lo puso sobre la mesa, frente a ella. Estaba
desgastada pero se la podía reconocer. Era una delgada estilográfica negra
adornada con una fina espiral amarilla.
La miró largo rato, sin tocarla, y luego sus ojos se posaron en el Rector.
—¿Entonces… lo han encontrado?
—Sí. Estaba allí. ¿Quiere que hablemos de eso aquí? ¿O prefiere volver al
hospital?
—¿Dónde está la diferencia? Los dos son lugares donde uno espera.
—¿Café? —preguntó la muchacha desaliñada, junto al hombro de George.
—No; no, gracias.
—Bueno.
—¿Qué… qué encontraron? Quiero decir, ¿qué… que queda? ¿Qué
encontraron?
—Solamente huesos, querida Bee. Un esqueleto tapado por tres pies de
tierra vegetal. Y algunos jirones de tela.
—¿Y la lapicera?
—Estaba aparte —dijo el Rector, cuidadosamente.
—¿Quiere decir, que… que fué arrojada después?
—No necesariamente, pero… es probable que así haya sido.
—Ya veo.
—No sé si esto te servirá de consuelo —creo que sí—, pero el cirujano de
la policía cree que no estaba vivo —o quizá sería más exacto decir que no
estaba consciente— cuando él…
—Cuando lo arrojaron al precipicio —terminó Bee.
—Sí. Según tengo entendido, la naturaleza de la fractura del cráneo lleva
a esa conclusión.
—Sí. Sí, me alegro, por supuesto. Probablemente no supo qué ocurrió.
Simplemente terminó su vida en una tarde de verano.
—Había algunos objetos entre los jirones. Supongo que los llevaba en los
bolsillos del pantalón. Pero los tiene la policía. El coronel Smollett me dió
esto —alzó la estilográfica y la volvió a poner en el sobre—, y me pidió que
te la mostrara para que pudieras identificarla. ¿Qué novedades hay en el
hospital? Spence se iba ya cuando lo encontré.
—Ninguna. Está inconsciente.
—En gran parte, yo soy el culpable de todo esto —dijo el Rector—. Si lo
hubiera escuchado mejor, no se habría visto obligado a esa conducta sub rosa,
a emprender esa absurda búsqueda durante la noche.
—George, tenemos que hacer algo para averiguar quién es.
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—Pero tengo entendido que el asilo…
—Sí, ya sé. Hicieron las averiguaciones de costumbre. Pero no creo que
hayan sido muy perseverantes. Seguramente nosotros podremos hacer algo
más positivo.
—¿Partiendo del supuesto de que tiene sangre Ashby en las venas?
—Sí. No puedo creer que su parecido con la familia sea casual. Sería una
coincidencia demasiado grande.
—Muy bien, querida Bee. ¿Quiere hacerlo… ahora?
—Sí, especialmente ahora. El tiempo puede ser precioso.
—Hablaré del asunto con el coronel Smollett. Él nos dirá qué podemos
hacer. Ayer hablé con él sobre la indagación, y cree que podrán arreglarse sin
su presencia. Nancy me pidió que le preguntara si quiere que ella venga a
Westover a estar con usted o si prefiere estar sola.
—Querida Nan. Dígale que es más fácil estando sola, por favor. Pero déle
las gracias. Dígale que es mejor que le haga compañía a Eleanor. Para ella
debe ser terrible tener que ocuparse de cosas sin importancia en las
caballerizas.
—A lo mejor es un alivio poder dedicarse a satisfacer las exigencias
rutinarias del mundo animal.
—¿Le dió usted la noticia, como me prometió? ¿Le dijo que Brat no es
Patrick?
—Sí. Confieso francamente que tenía miedo, Bee. Usted me encargó una
de las tareas más penosas de mi vida. Aun no se había recobrado del golpe
que significó la muerte de Simon. Tenía miedo. Pero la reacción fué
sorprendente.
—¿Qué hizo?
—Me besó.
Se abrió la puerta y una practicanta, sonrojada, joven y bonita, y
resplandeciente con su estampado color lila, e irradiando blancura como si
fuera un visitante de otro mundo, apareció en la abertura. Divisó a Bee y se
acercó.
—¿Es usted Miss Ashby?
—Si —dijo Bee, comenzando a levantarse.
—¿Miss Beatrice Ashby? ¡Oh, qué bien! Su sobrino ha vuelto en sí, pero
no reconoce a nadie ni sabe dónde está, lo único que hace es llamar a alguien
llamada Bee, y pensamos que podría ser usted. Así que la Hermana me envió
para ver si la encontraba. Siento interrumpirla, y aun no ha tomado su café,
¿no es así?, pero en realidad…
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—Sí, sí —dijo Bee, que ya estaba en la puerta.
—Puede ser que se tranquilice si usted está allí —explicó la practicanta,
siguiéndola—. Suelen calmarse cuando alguien que conocen está allí, aunque
no los reconozcan realmente. Es extraño. Parece como si pudiesen ver a
través de la piel. Lo he observado muchas veces. Dicen: “¿Eileen?”, o
quienquiera que sea. Y Eileen dice: “Sí.” Y entonces quedan tranquilos un
rato. Pero si algún otro dice sí, en nueve casos de cada diez no se dejan
engañar y permanecen inquietos y reacios. Es muy extraño.
Lo realmente extraño era oír ese torrente ininterrumpido de palabras de
labios del silencioso Brat. Durante dos días y una noche, Bee permaneció
sentada junto a su cama, escuchándolo hablar. “¿Bee?”, preguntaba Brat, tal
como había contado la practicanta. Y entonces ella contestaba: “Aquí estoy”,
y él regresaba reconfortado a su extraño mundo.
Creía que se acababa de romper la pierna, y que estaba en el mismo
hospital; y se sentía atormentado y ansioso. “Podré volver a montar, ¿verdad?
No tengo nada serio en la pierna, ¿no es así? No me la amputarán, ¿verdad?”
“No, todo irá bien”, respondía Bee.
Y una vez, cuando estaba más tranquilo, preguntó: “¿Estás muy enojada
conmigo, Bee?” “No, no estoy enojada contigo. Duerme.”
La vida proseguía fuera de las paredes del hospital: llegaban barcos a
Southampton, se realizaban indagaciones, se enterraban cadáveres, pero para
Bee el mundo se limitaba al cuarto de Brat y a su catre en el dormitorio de las
Hermanas.
El miércoles por la mañana llegó Charles Ashby al hospital, deslizándose
suavemente por los pulidos corredores con sus largos y silenciosos pies. Bee
bajó a recibirlo y lo condujo al cuarto de Brat. Charles la había estrujado entre
sus brazos como cuando era una criatura, y Bee se sentía confortada y
conmovida.
—Querido tío Charles. Me alegro tanto de que seas quince años menor
que Papá; porque si no, no estarías aquí para consolarnos a todos.
—La mayor ventaja de ser quince años menor que un hermano es que uno
no tiene que heredar su ropa —dijo Charles.
—Ahora está durmiendo —explicó Bee, deteniéndose frente a la puerta de
la habitación—, así que no hagas ruido, por favor.
Charles miró el joven rostro, con la mandíbula floja, las sombras azules
debajo de los ojos cerrados y la barba crecida, y dijo:
—Walter.
—Se llama Brat.
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—Ya sé. No estaba hablándole. Pensaba en su semejanza con Walter.
Walter tenía el mismo aspecto, a su edad, después de una borrachera.
Bee se acercó a la cama y lo miró.
—¿El hijo de Walter?
—Sin duda.
—Yo no veo el parecido. Ahora no se parece más que a sí mismo.
—Nunca viste a Walter durmiendo la mona. —Volvió a mirar al joven—.
Tiene mejor cara que Walter, sin embargo. Posee una linda cabeza. —Siguió
a Bee al corredor—. Oí decir que a ustedes les gustaba.
—Lo queríamos —dijo Bee.
—Bueno, es todo muy triste, muy triste. ¿Sabes quién fué su cómplice?
—Alguien en los Estados Unidos.
—Sí, eso me dijo George Peck. ¿Pero quién puede ser? ¿Quién se fué de
Clare para allá?
—La familia Willet se fué al Canadá. Y tenían varias hijas. Fué una
mujer, ¿sabes? Quizá fueron a parar a los Estados Unidos.
—Si fué una mujer, me comeré el sombrero.
—A mí me pasa lo mismo.
—¿Sí? Eres una buena chica. Eres una mujer admirablemente inteligente,
Bee. Y bonita. ¿Qué vas a hacer con el muchacho? Me refiero al futuro.
—Todavía no sabemos si tiene futuro —contestó Bee.
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XXXI
HASTA ese momento, sólo el Rector, Bee, Charles, Eleanor y la firma Cosset,
Thring y Noble sabían que Brat no era Patrick Ashby.
Y la policía.
Es decir, lo que se conocía como los “altos círculos” policiales.
La policía estaba enterada de todos los detalles y se empeñaba, con su
eficiencia habitual, en aclarar la situación con la mayor discreción, sin violar
ninguna de las leyes que se habían comprometido a defender. Mediante un
método consistente en no decir demasiado, se cumplía con el ritual de la ley
sin desenterrar verdades indeseables; era como pasar el rastro por un terreno
sembrado de minas bajo la superficie.
El coroner presidió la sesión en que se dictaminaría con respecto a los
pobres huesos encontrados en la cantera, y suspendió la indagación sine die.
Nadie había desaparecido en la población. Tanbitches, por otra parte, gozaba
de la preferencia de los gitanos, quienes no sentían inclinación especial por
informar a la policía sobre accidentes. De las ropas, sólo quedaban unos
jirones de tela. Los objetos encontrados en la vecindad de los huesos eran
imposibles de identificar; consistían en un corroído pedazo de metal que pudo
haber sido un silbato, otro objeto de metal fácilmente reconocible como un
cuchillo, y varias monedas de escaso valor.
—¡George! —dijo Bee—. ¿Dónde está la lapicera?
—¿La estilográfica? La perdí.
—¡George!
—Querida, alguien tenía que perderla. El coronel Smollett no podía; es un
soldado, y un soldado con un fuerte sentido del deber. La policía no podía;
tienen que tener en cuenta su propia estimación y sus obligaciones para con el
público. Pero mi conciencia es algo entre mi Dios y yo. Creo que están
patéticamente agradecidos; tácitamente, por supuesto.
Pasó un tiempo antes de que se realizara la indagación de la muerte de
Simon Ashby, porque había sido postergada hasta que Brat estuviera en
condiciones de soportar una entrevista en el hospital. El policía que lo
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entrevistó informó que Mr. Ashby no recordaba nada acerca del accidente, o
acerca del motivo que los impulsó a él y a su hermano a descender hasta la
cantera a esa hora. Quizá, pero no estaba seguro, era el resultado de una
apuesta. Pensaba que tenía algo que ver con la comprobación de si había agua
en la cantera; aunque no pudo afirmarlo bajo juramento porque sus recuerdos
eran muy vagos. Estaba seriamente herido en el cráneo y se encontraba aún
muy grave. Recordaba, sin embargo, que Abel Tusk le dijo que no había agua
en la cantera; y probablemente Simon sostuvo lo contrario, y así surgió la
apuesta.
Abel Tusk corroboró la declaración de Brat en el sentido de que Patrick
Ashby le preguntó si había agua en la cantera, y agregó que no era usual que
el suelo de una cantera estuviera seco. Abel Tusk era quien había dado la
noticia del accidente. Estaba en la colina con sus ovejas, cuando oyó algo que
le parecieron gritos, en dirección de la cantera, y se dirigió allí
apresuradamente, encontrando la soga ilesa; de modo que se había acercado a
la herrería para llamar por teléfono a la policía.
Bee declaró que de haber estado enterada del plan hubiera hecho todo lo
posible por impedir que se llevara a cabo. Y el coroner manifestó su opinión
de que a eso se debía que la expedición hubiera sido realizada sub rosa.
El veredicto fué de muerte por accidente, y el coroner expresó sus
condolencias por la pérdida del gallardo joven.
De modo que el problema de Simon estaba solucionado. Simon, que antes
de cumplir catorce años había asesinado a su hermano, escrito con toda calma
una nota en nombre de ese hermano, arrojado la lapicera al precipicio donde
yacía, y regresado tranquilamente a su hogar para la comida de las seis
cuando el herrero le ordenó que se marchara; que había participado con su
pony en la búsqueda nocturna, y en algún momento de esa larga noche llevó
la chaqueta de su hermano a la cima del risco y la dejó allí con la nota en el
bolsillo. Su muerte era deplorada por toda la aldea, que lo recordaba como un
excelente joven de memorable encanto.
Pero quedaba el problema de Brat.
No el de averiguar quién era, sino el problema de su futuro. Los médicos
dijeron que era probable que viviera, ya que lo peor había pasado. Pero para
recobrarse completamente necesitaría largos cuidados y una vida tranquila.
—Tío Charles vino a verte un día, cuando estabas grave —le dijo Bee,
cuando él se sintió fuerte como para mantener una conversación—. Estaba
asombrado por tu parecido con Walter Ashby, mi primo.
—¿Sí? —dijo Brat. No le interesaba. ¿Qué importaba eso ahora?
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—Hicimos algunas averiguaciones para descubrir tu identidad.
—Ya las hizo la policía —expresó con cansancio—. Hace muchos años.
—Sí, pero ellos sabían muy poco del asunto. Tan sólo que una muchacha
llegó en un tren con un nene y se fué en otro sin él. El tren procedía de un
distrito muy populoso de Birmingham, y otros ramales. Nosotros empezamos
desde la otra punta. Con Walter. Empezamos desde el lugar donde estaba
Walter hace veinte años. Walter andaba siempre de la Ceca a la Meca, de
modo que no fué fácil, pero descubrimos que, entre otros empleos, estuvo a
cargo de una caballeriza en Gloucestershire durante dos meses, mientras el
dueño se sometía a una operación. En la casa vivían el ama de llaves y una
muchacha que cocinaba para ellos. Era muy buena cocinera, pero su
verdadera ambición era llegar a ser enfermera. El dueño y el ama de llaves le
tenían mucha simpatía, y cuando descubrieron que ella iba a tener un niño le
permitieron quedarse, y lo tuvo en la maternidad local. El ama de llaves
siempre pensó que el padre era Walter, pero ella se negó a decir nada. No
deseaba casarse; quería ser enfermera. Dijo que se llevaría al niño a su hogar
para el bautismo —era de Evesham— y nunca volvió. Pero mucho tiempo
después el ama de llaves recibió una carta de la muchacha, en la que ésta le
agradecía su bondad y le contaba que había realizado su ambición y ya era
enfermera. Agregaba que nadie sabía nada con respecto a su hijo, pero que
ella había hecho lo necesario para que lo cuidaran bien.
Miró rápidamente a Brat. Éste yacía con los ojos fijos en el cielo raso,
pero daba la impresión de estar escuchando.
—Se llamaba Mary Woodward. Como enfermera, fué aun mejor que
como cocinera. Murió en la guerra, mientras trataba de encontrar refugio para
sus pacientes.
Hubo un largo silencio.
—Parece que también he heredado sus habilidades culinarias —dijo Brat;
y Bee no pudo decidir si en sus palabras había amargura o no.
—Yo lo quería mucho a Walter. Era un encanto; muy bondadoso. Sólo
tenía un defecto: su poca resistencia para la bebida, y le gustaba mucho. No
creo ni por un momento que Walter supiera lo de la muchacha. Era de esa
clase de hombre que se hubiese apresurado a casarse con ella. Creo que ella
no quería que él lo supiera.
Volvió a mirar a Brat. Quizá era demasiado pronto para contarle todo,
antes de que estuviera suficientemente fuerte como para interesarse. Pero ella
había pensado que la noticia le daría un nuevo interés por la vida.
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—Temo que eso sea todo lo que podamos averiguar, Brat. Pero ninguno
de nosotros tiene la menor duda al respecto. Charles te miró una sola vez y
dijo: “Walter.” Y yo misma creo que te pareces un poco a tu madre. Esta es
Mary Woodward. Fué tomada durante su segundo año en San Lucas.
Le entregó la fotografía y lo dejó solo.
Una o dos semanas después, le dijo a Eleanor:
—Nell, voy a dejarte. He arrendado la caballeriza de Tim Connell, en
Kilbarty.
—¡Oh, Bee!
—No me iré inmediatamente, sino cuando Brat esté en condiciones de
viajar.
—¿Lo llevas a Brat? ¡Oh, sí, claro que debes ir! Es una idea maravillosa,
Bee. Resuelve una serie de problemas, ¿no es así? Pero, ¿puedes hacerlo?
¿Quieres que te preste dinero?
—No, ya lo hizo tío Charles. ¿No es divertido pensar que ha invertido
dinero en una caballeriza? Mr. Sandal ha comunicado al Banco que Latchetts
perteneció a Simon todo el tiempo.
—¿Cómo haremos para decirle a la gente lo de Brat? Quiero decir, para
decirle que no es Patrick.
—No creo que tengamos que hacer nada. Los hechos surgirán
inevitablemente. Siempre sucede así. Supongo que no podremos hacer nada
para impedirlo. El hecho de que lo consideramos parte de la familia, en lugar
de enjuiciarlo o algo por el estilo, privará a los chismosos de una parte del
placer. Sobreviviremos, Nell. Y él también.
—Claro que sí. Y la primera vez que alguien me hable directamente de
este asunto diré: “¿Mi primo? Sí, trató de hacerse pasar por mi hermano. Es
muy parecido a Patrick, ¿no es verdad?” Como si estuviera hablando de
recetas culinarias. —Hizo una pausa y luego añadió—: Pero me gustaría que
la noticia se difundiera antes de que sea demasiado vieja para casarme con él.
—¿Piensas casarte con él? —dijo Bee, asombrada.
—Estoy decidida.
Bee dudó; y luego decidió dejar que el futuro cuidase de sí mismo.
—No te preocupes. No serás demasiado vieja —dijo Bee.
—Ahora que tío Charles está aquí y piensa instalarse en Latchetts —dijo
más tarde, hablando con Brat—, puedo volver a hacer mi propia vida en
alguna otra parte.
Brat separó los ojos del cielo raso y observó a Bee.
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—Le he echado el ojo a un establecimiento en Ulster. La caballeriza de
Tim Connell, en Kilbarty.
Vió que Brat comenzaba a jugar desdichadamente con la sábana.
—¿Entonces te irás a Ulster? —preguntó él.
—Únicamente si tú me acompañas y te encargas de dirigir la caballeriza.
Las lágrimas fáciles del convaleciente asomaron a los ojos de Brat y
rodaron por sus mejillas.
—¡Oh, Bee! —exclamó.
—Supongo que eso quiere decir que mi proposición ha sido aceptada —
dijo Bee.
FIN
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NOTAS
(N. de la T.)
[3] O. H. M. S.: siglas de On His or Her Majesty’s Service: Al servicio de
de la T.)
[6] Legion:-British Legion, asociación de reservistas organizada en 1921.
(N. de la T.)
[7] Brat: rapaz, mocoso. (N. de la T.)
[8] Travesty: parodia. (N. de la T.)
[9] W. R. I.: siglas de Wommen’s Rural Institute: Instituto Rural de
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