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El Cumpleaños de Chris (Web)

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Andrea Torres
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2
Un 28 de febrero…

cuando Chris
uc mp l i óó
ñ
dieciséisó años …

3
© Susanna Herrero

Ilustraciones: Merce Rodríguez

Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, el alma-


cenamiento en memoria electrónica o la transmisión por cualquier medio
electrónico, mecánico, de fotocopiado, grabación, etc., de la totalidad o
parte de esta publicación sin autorización previa y por escrito de los titu-
lares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un
delito contra la propiedad intelectual.

4
Para los que nos hemos enamorado de la pasión de Arturo por los peces.
Para los que nos hemos enamorado de la pasión de Chris por el tenis.
Para que los nos hemos enamorado de la manera en que Arturo ama a Chris.
Para los que nos hemos enamorado del beso en el aire de Chris hacia Arturo.
Para los que nos hemos enamorado de cómo Arturo protege a Chris.
Para los que nos hemos enamorado del baile de graduación que Chris le prepara a Arturo.
Para los que nos hemos enamorado de los Chris y Arturo de Lucerna.
Para los que nos hemos enamorado de Chris y Arturo.

5
6
Arturo
—¡Arturo! ¿Ya te vas a la cama? —gritó mi madre mientras
me dirigía a las escaleras hacia mi dormitorio. Daba saltitos al
mismo ritmo que unos remolinos de nervios se me desataban
en el corazón. Albergaba en el estómago un mar entero reple-
to de delfines que chapoteaban felices. Acababa de regresar de
un partido y no había ido todo lo bien que tenía que haber ido
(vamos, que había perdido), pero estaba contento y ni siquiera
sabía el motivo.
«Claro que lo sabías, pececito».
Ah, y el teléfono móvil me ardía en la mano.
«Y también sabías el motivo».
—¡Sí, mamá! —respondí, también a gritos.
—¿No te has quedado con hambre? ¡Has cenado muy poco!
—¡No, mamá! ¡Tres trozos de tortilla de patata han sido su-
ficientes!
—¿No vas a ver el partido, Arturo? —añadió mi padre.
—¡Desde mi habitación!
—Este niño últimamente está rarísimo… ¿Ahora quiere ver
el tenis en solitario?
—Ha entrado en picado en la adolescencia —se mofó mi
hermano.
—Sí, y a propósito de eso, Robert, me debes una cena y un
cine.
7
—Todavía es pronto, amor mío. Démosles más tiempo.
El «amor mío» había ido con retintín y… ¿Más tiempo para
qué? Me frené de golpe. Quedé con la rodilla derecha doblada y
el pie suspendido en el aire. Fruncí el ceño.

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—¿No habréis apostado so-
bre cuál de los dos tendremos
peor adolescencia? —preguntó
mi hermano.
Oh, Dios.
—Andrés, qué cosas tienes…
—No digas bobadas, hijo.
Por supuesto que habían apostado.
—¡Qué fuerte me parece! —protestó Andrés, superindigna-
do—. Alucino con vosotros… Pues que sepas que vas a perder,
papá. Por ir en mi contra.
—Ya veremos…
Andrés bufó y yo… Yo no estaba rarito.
Reanudé la marcha.
—Andrés, hijo, cómete tú esta tortilla que ha sobrado —dijo
mi madre cuando yo ya giraba hacia la derecha en las escale-
ras—. Me da pena dejarla ahí.
—Joder, mamá, que voy a reventar.
—Andrés…, esa boca. Controla, ¿vale? O te la controlo yo.
—Perdóóón…
—Venga, un trozo para ti y otro para mí.
—¡Joder, mamá, que no quiero más!
—¡Andrés!
—¿Ves, cariño? —dijo mi padre con
recochineo, la parte del «cariño» sin
asomo de retintín, pero a tope de
edulcorado—. Hay que darles
tiempo. Puede que Arturo esté

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rarito, pero Andrés no va a fallarme con esa boquita y ese carác-
ter que le has dado…
—¿Que yo le he dado?
Ya me imaginaba a mi padre guiñándole el ojo a mi madre. Y
cuando se ponían en ese plan juguetón una cosa llevaba a la otra
y… Preferí no pensar en el desenlace.
—… De momento, vamos uno a uno en la apuesta.
—Robert, si es que tú eres peor que ellos.
Escuché el sonido de un beso lanzado al aire y elevé los ojos
al cielo por segunda vez; siempre es así con mi familia. Me
adentré en el pasillo y perdí el hilo de la conversación, todo un
respiro para mi salud metal. Entré en mi dormitorio, encendí la
luz y fui directo a la mesita al lado de la cama. Dejé el teléfono,
se iluminó sin querer y el reloj de la pantalla me avisó de que
no eran ni las diez de la noche y de que todavía estaba a tiempo.
Lo volví a coger. Lo dejé. Lo cogí. Lo dejé. Lo cogí. Bufé. Y,
por fin, sin darle más vueltas (ya le había dado las suficientes
durante tooodo el día), abrí el superreciente chat que compartía
con Chris. Apenas hacía un mes que tenía su número, ¡QUE
TENÍA SU NÚMERO!, y me perdí por enésima vez en su foto
de perfil. Lo mío no tenía remedio, pero es que se trataba de una
instantánea suya en una postura preciosa y… Sacudí la cabeza.
Mierda. Me limpié la barbilla en un gesto inconsciente (por si se
me había caído la baba) y escribí:

Arturo:
¡Felicidades, Chris! ¡Dieciséis añazos ya!
Pasa un día genial. Bueno, lo que te queda. ;)

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Lo leí un par de veces para asegurarme de que era informal a
la par que educado y lo envié. Todo bien. Pero una vez enviado
y sin posibilidad de poder anularlo me asaltaron las dudas. Lan-
cé el teléfono a la cama, como si se hubiera convertido en una
serpiente de mar, y entré en pánico. «Ay, Dios. ¿Qué he hecho?
¿QUÉ HE HECHO? ¿Dieciséis añazos ya? ¿¿En serio, Artu-
ro?? ¡Eso es lo que te dicen siempre los abuelos y la vecina bi-
centenaria de enfrente! Dios, qué desastre». Y lo había llamado
Chris. Con lo poco que le gustaba el diminutivo. ¡Mordía cada
vez que alguien se atrevía a tutearlo! «Vale sí, pero
a ti te muerde la polla, Arturo. Tal intimidad tiene
que otorgarte algún privilegio. Quizá no sea tan
grave. Lo que sí es grave es lo de que disfrute ‘lo
que le queda de día’. Ha sonado superdesintere-
sado. En plan, uy, mira, si casi se ha acabado tu
cumpleaños. Bueno, disfruta de lo que te queda,
majo. El año que viene intentaré acordarme an-
tes. Y encima rematas con un guiño. ¡Va a pen-
sar que estás ligando con él!».
Sí, era un desastre de dimensiones épicas.
Llevaba todo el día con la intención
de felicitar al intocable Christo-
pher Lacoste, todo el día pen-
sando en si le sentaría bien o
mal, en si sería apropiado,

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apenas llevábamos siete meses enrollándonos y seguíamos sien-
do rivales, superrivales, aunque cada vez que nos veíamos pa-
recíamos peces en un coral (por lo de la fecundación externa y
tal), y cuando por fin me decidía la liaba a lo grande.
Encendí la radio para distraerme, busqué la emisora que tan-
to les gustaba a mis padres, una que lanzaba sin ton ni son te-
mazos de las décadas de los ochenta y noventa (la mejor época,
según ellos) y sonó Right here waiting, de Richard Marx. Me dejé
caer en la cama, derrotado y muerto de la
vergüenza. Me ardían las orejas y el alma.
Mi habitación se había convertido en una
sauna. Era febrero, pero me sobraban el
pantalón de pijama y la camiseta. Me
sobraban hasta los calcetines.
Gemí y me tapé la cara con
el brazo. Entonces lo escu-
ché. El silbido de la ser-
piente. El zumbido del te-
léfono. Me estremecí. Dejé
de respirar, el corazón me
dejó de latir y la tortilla de
patata me cayó a plomo en
el estómago. Todo al mis-
mo tiempo. Y el vello de
punta. Aparté el brazo de

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la cara y giré la cabeza hacia la derecha a cámara lenta, muy a
cámara lenta; al fin y al cabo, mi teléfono era una serpiente de
mar y tenía que andarme con ojo. Vi que me había llegado un
mensaje de Chris y por arte de magia mi corazón recobró los
latidos. En un primer momento sentí solo un par de pulsos
rítmicos. Bum. Bum. Después llegó la agitación a mil por hora.
Bum. Bum. Bum. Bum. Bum. Bum. Bum. Aquello no era
sano. Y Richard Marx que cantaba eso de: «¿No te das
cuenta, cariño? Me estás volviendo loco».

El de los panes de ajo a domicilio:


Gracias, Claramunt.

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«Eh, ¿perdona? ¿¿Y ya está?? ¿Tanto rollo para esto?». Volví
a taparme la cara con el brazo y gemí de nuevo. Qué difíciles
eran los chicos, qué arduo reto era hablar con el que te gustaba y
qué puntería la mía por elegir a Christopher Lacoste. Me debatí
entre responderle «de nada» o dejarlo estar. Mi sentido común
decidió que ya había llenado el cupo de ponerme en evidencia.
Pero entonces, ENTONCES, la serpiente de mar silbó una vez
más y yo lo hice con ella. Silbé, vibré y temblé, igual que Julio
César «vino, vio y venció». Sentí un vuelco en el corazón y otra
cabriola en el estómago. Benditas serpientes de mar. Mortales,
por otra parte. Como la tortilla de patata de mi madre de esa
noche, que iba a acabar conmigo…
Cogí el teléfono y leí el mensaje.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Qué haces?

Vale, esa era fácil.


«Sí, pero no le digas la verdad, Arturo».
«No, hombre».

Arturo:
Estoy viendo el partido.

El de tenis.

«Muy bien, trolas, pero enciende el televisor por lo menos».


«Ostras, sí».

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Me levanté y alcancé
el mando, en la mesita
de noche. Apunté hacia
el televisor, encima de la
cómoda al lado de la puerta, y sintonicé el
partido, que ya había empezado. Me llegó
otro mensaje de Chris y me senté en
la cama.

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El de los panes de ajo a domicilio:
Gracias por la aclaración, Claramunt.

Yo también estoy viendo el partido.

El de tenis.

Arturo:
Ja ja *río con ironía*

El de los panes de ajo a domicilio:


Muac *lanzo un beso al teléfono para que al
catalán se le pase la ironía*

No me desmayé en ese mismo instante porque los océanos


no lo quisieron. Y porque estaba sentado. Pero me mareé un
poco al imaginarme a Chris lanzando un beso a la pantalla de
su teléfono.

El de los panes de ajo a domicilio:


Por cierto. Ayer jugaste bien, a pesar del resultado.

Arturo:
¿Lo viste?

El de los panes de ajo a domicilio:


De refilón…

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Sonreí sin poder evitarlo. ¡Chris me había visto jugar! Me ma-
reé de nuevo. Y qué buena noche se había quedado, ¿no?

Arturo:
¿Y tú qué tal el día?

El de los panes de ajo a domicilio:


Bien. Estoy en Lucerna.

Arturo:
¿Lucerna?

El de los panes de ajo a domicilio:


Suiza.

Arturo:
Sé dónde está Lucerna, listillo.
Siempre saco diez en geografía.

El de los panes de ajo a domicilio:


Mi enhorabuena.

Arturo:
Idiota.

El de los panes de ajo a domicilio:


Empollón.

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Arturo:
Me refería a qué haces allí.

El de los panes de ajo a domicilio:


Tenemos casa y a mi padre le gusta venir en
los cumpleaños, a chupar frío.

Arturo:
¿Y qué habéis hecho? ¿Cómo lo habéis celebrado?

El de los panes de ajo a domicilio:


Hemos ido a esquiar.

Arturo:
¡Planazo!

¿Tienes fotos?

«Pero ¡qué dices, loco!». Bum, bum, bum, bum, bum, bum.

El de los panes de ajo a domicilio:

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Madre mía. Bum, bum, bum, bum, bum, bum. ¡Madre mía,
qué guapo! ¡Y eso que no se le veía la cara!
De arriba abajo:
Botas rojas.
Pantalones negros.
Chaqueta naranja butano.
Gafas de ventisca y casco de color gris.
Y lo que parecía ser una mochila negra colgada a la espalda.
Estaba para comérselo. ¡Y qué posturaza! Rodillas en el pe-
cho, la derecha ligeramente más erguida que la otra. Esquís cru-
zados en la parte trasera. Brazo izquierdo casi tocando la bota
del mismo pie y brazo derecho extendido hacia el cielo. Y todo
en el aire con una estela de nieve detrás de él. Ostras. Se me fue
toda la sangre a la entrepierna. No podía dejar de mirarlo. In-
cluso me planteé quitar a Kevin (la tortuga marina de mi super-
fondo de pantalla) y poner a Chris en su lugar, pero mi sentido
común me dijo que era: precipitado.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Sabes esquiar, Claramunt?

Arturo:
Pues sí. Y me defiendo bastante bien.

El de los panes de ajo a domicilio:


Ya… También vas diciendo por ahí que juegas al tenis…

Rompí en una carcajada y cogí postura en la cama. Apoyé la

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espalda en el cabecero y crucé las piernas a la altura de los tobi-
llos. Qué bobo era.

Arturo:
Eres muy gilipollas, Lacoste.

El de los panes de ajo a domicilio:


Te has reído.

Arturo:
Para nada.

Y cuando quieras te lo demuestro.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Me demuestras qué, Claramunt?

Arturo:
Que eres un gilipollas.

El de los panes de ajo a domicilio:


Ya veo que estás de buen humor…, y eso
que perdiste ayer…

Arturo:
Pero has dicho que jugué muy bien.

22
El de los panes de ajo a domicilio:
He dicho solo «bien», no te me vengas
arriba, Arturito.

Arturo:
Tarde…

El de los panes de ajo a domicilio:


¡Joder! ¿Has visto el último punto de Quinzi?

«Mierda, no».

Arturo:
Sí.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Cómo puede tener tanta suerte?

Menos mal que pude verlo en la repetición a cámara lenta.

Arturo:
¿Suerte? Ha sido un remate bastante bonito.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Bonito? Pero si el tío es un imbécil.

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Arturo:
¿A ti te cae bien alguien?

El de los panes de ajo a domicilio:


Tú.

Pero solo a veces.

;)

Volví a sonreír. También me sonrojé como un quinceañero,


que es lo que era. Esa noche Chris estaba encantador y yo me
enamoré un poco de él. Lo que sentía cuando hablábamos o
estábamos juntos… Siempre eran emociones bonitas. Las más
bonitas. Las de los delfines chapoteando felices en mi interior.
Y solo las sentía con él. Solo las había sentido con él. Y eso que
me caía fatal… De verdad que yo no sé qué hubiera sido de mí
si llega a caerme bien.

Arturo:
Tú también me caes bien solo a veces.

El de los panes de ajo a domicilio:


Pues te me lanzas al cuello cada vez que tienes ocasión.

Arturo:
¡Y tú a mí!

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Lo mío se llama atracción. Puedes atraerme
físicamente aun cayéndome mal.

¿Cuál es tu excusa?

25
El de los panes de ajo a domicilio:
La misma.

Arturo:
Mira los peces, por ejemplo.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿¿Los peces??

Arturo:
Se fecundan sin fijarse en su personalidad.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿¿En serio?? ¿¿Peces??

Arturo:
Ja, ja, ja, ja, ja.

Es que me imaginaba su cara, su ceño fruncido y esa expre-


sión tan suya de «pero ¿qué me estás contando, Claramunt?»
y… Madre mía, qué bonito era y cómo me gustaba. ¿Peces?
Peces tenía yo en las venas. Peces que nadaban disparados en
todas las direcciones.

El de los panes de ajo a domicilio:


Joder, eres un rarito.

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Arturo:
¿No te gustan los peces?

«Por favor, que le gusten los peces. Por favor, que le gusten
los peces».
Tic. Tac.
Tic. Tac.
Tic.

El de los panes de ajo a domicilio:


Me gustan los peces.

Tac.
¡Sí! No supe si lo dijo porque le gustaban de verdad o porque
intuía que la respuesta afirmativa era importante para mí, pero
yo, en cualquier caso, cerré la mano en un puño y levanté el bra-
zo en señal de victoria.

Arturo:
Yo sé un montón de cosas sobre peces.

El de los panes de ajo a domicilio:


Y me las vas a contar todas, ¿verdad?

Arturo:
Solo si te portas bien. ;)

27
El de los panes de ajo a domicilio:
Yo siempre me porto bien. ;)

¿Cómo un simple guiño a través de la pantalla de un teléfono


puede calentarte tanto por dentro?

Arturo:
Oye, ¿y qué te han regalado por tu cumple?

El de los panes de ajo a domicilio:


Un moratón en el culo. Me he caído al intentar un
salto, de la forma más tonta. Y ni siquiera ha sido un
golpe muy duro, ni me he hecho daño, pero horas
más tarde cuando me he quitado los pantalones
para meterme en la ducha lo he visto.

Arturo:
Es que tienes la piel muy blanca.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿No me digas?

Arturo:
Borde.

Y a mí también me pasa. Como una noche duerma poco


enseguida se me marcan las ojeras.

28
El de los panes de ajo a domicilio:
¿No me digas?

Arturo:
BORDE.

El de los panes de ajo a domicilio:


Y a ti que te gusta.

Arturo:
Eres muy gilipollas.

Entonces Quinzi anotó un nuevo puntazo.

Arturo:
¿Has visto eso?

El de los panes de ajo a domicilio:


Sí…

Arturo:
¿Qué me dices ahora?

El de los panes de ajo a domicilio:


Suerte otra vez…

Me eché a reír. Qué hombre…

29
Arturo:
*Eleva los ojos al cielo*

El de los panes de ajo a domicilio:


*No entiende por qué*

Arturo:
*Sonríe y niega con la cabeza*

El de los panes de ajo a domicilio:


*Eleva los ojos al cielo*

Arturo:
*Se mete debajo de las sábanas y apaga la luz de la
habitación*

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Te vas a dormir ya?

Arturo:
No.

Aún no ha terminado tu cumpleaños.

El de los panes de ajo a domicilio:


Me queda una hora.

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Arturo:
¿Quieres que dejemos el teléfono ya?

El de los panes de ajo a domicilio:


No.

Arturo:
Vale.

*Enciende la luz de la lamparita al lado de la cama y se


pone cómodo*

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Cómo de cómodo?

*Se mete la mano dentro de los pantalones*

«Oh, madre mía».


—¿Por qué estás sonriendo al teléfono como un gilipollas?
Me sobresalté y escondí el teléfono debajo del edredón en un
intento de ocultar el cuerpo del delito. Levanté la mirada. ¡Era
Andrés! Me había dejado la puerta de la habitación abierta y mi
hermano se había aposentado en el umbral mientras yo hablaba
con Chris. Sus cejas arqueadas y esa forma que tiene de mirarte
con la cabeza inclinada pero los ojos levantados lo decían todo.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Mierda, mierda, mierda. Carraspeé.
—No estoy sonriendo al teléfono como un gilipollas —res-
pondí todo digno.

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—Joder que no.
—¿Qué haces aquí? ¿Llevas mucho tiempo? No te he senti-
do.
Necesitaba indagar.
—No, acabo de llegar. Me voy a la cama ya. Al pasar por tu
cuarto te he visto la cara de gilipollas y no he podido resistirme.
Bufé e intenté cambiar de tema.
—¿No vas a ver el final del partido?
—No, no aguanto al imbécil de Quinzi ni la suerte que está
teniendo hoy.
Rompí en una carcajada que Andrés no entendió. Me miró
con ojos recelosos y…
—Te dejo con… lo que sea que estuvieras —me dijo.
—Buenas noches.
—Buenas noches, tete.
Sonrió y se fue. Y menos mal, porque el teléfono no dejaba
de vibrarme en la mano.

El de los panes de ajo a domicilio:


¿Qué llevas puesto, Claramunt?

Ayer te quedaban bien los pantalones de tenis.

Mejor que otros días.

¿Y has echado más brazo desde la última vez que te vi?

¿Claramunt?

33
¿Arturo?

Arturo:
Perdona, ¡que justo ha venido mi hermano a mi cuarto!

El de los panes de ajo a domicilio:


Joder, puto Andrés.

Me ha cortado todo el rollo.

Arturo:
Y menos mal que aún no me había metido
la mano dentro de los calzoncillos.

Porque pantalones no llevo.

El de los panes de ajo a domicilio:


Mentiroso.

Te conozco lo suficiente como para saber que sí los llevas.

¿Cuadros?

Me miré a mí mismo.

Arturo:
Mierda.

34
Sí.

El de los panes de ajo a domicilio:


Ja, ja, ja, ja, ja.

Pero hice reír a Chris. ¡Hice reír a Chris! Cerré los ojos y dis-
fruté del momento. Y del orgasmo que vino minutos después.
Más tarde, desmadejado en el colchón y más feliz que en el
mejor oceanográfico del mundo, me di cuenta de tres cosas:
De que aún tenía la radio puesta y sonaba Kiss me, de Sixpen-
ce None The Richer, de que Chris y yo nunca nos habíamos
besado en la boca y de que me moría de ganas por hacerlo.
Me toqué los labios y sonreí. Fue una de las noches más bo-
nitas de mi vida.

—¿Tete?
Noto que alguien me zarandea con cariño y vuelvo a la rea-
lidad. A Lucerna y a Chris. A la celebración de su cumpleaños.
A que acabamos de llegar de la calle empapados porque Chris
ha iniciado una guerra de bolas de nieve en medio del paseo.
Hemos acabado tirados en el suelo y tengo hielo hasta en los
huevos. Hemos venido al baño y nos hemos desnudado para
darnos una ducha de agua caliente. Me he mirado en el espejo
justo antes de meterme, me he visto la cara de gilipollas enamo-
rado y me he quedado traspuesto, recordando el pasado.
—¿Sí? —Levanto la mirada y veo a través del espejo a Chris
detrás de mí. Tiene el pelo húmedo y salpicado de hielo. Las

35
36
mejillas encendidas y los ojos superazules. Me ha
abrazado por la cintura y ha apoyado la cabeza en el
hueco de mi cuello. Le agarro de las manos y le insto
a que me abrace sin reservas.
—¿Dónde estabas? —me pregunta.
—En tu decimosexto cumpleaños.
Él frunce el ceño, pero yo sonrío.

37
Chris
He entrado en casa pensando que estaba siendo un cumpleaños
perfecto. Arturo y yo paseábamos tranquilamente por las calles
blancas de Lucerna cogidos de la mano y yo de vez en cuando
le acariciaba con las yemas de los dedos el anillo de compro-
miso. Caían suaves copos de nieve sobre nuestras cabezas y los
lugareños caminaban a nuestro lado, como si fuera una mañana
más de febrero, pero no lo era en absoluto. No lo ha sido des-
de que me di de bruces con él por primera vez en un partido
de tenis. Nunca he creído en el destino, y mucho menos en las
almas gemelas, pero mi futuro cambió ese día, como cuando
por azares de la vida pierdes el tren que coges cada mañana y
en el siguiente te aguarda una sorpresa tan asombrosa como el
armario que te lleva a Narnia. Arturo fue mi Narnia. Y podía
haberse quedado todo en simple atracción física (intensa, in-
controlable y demoledora simple atracción física), pero Arturo
abrió la boca y mandó mis perfectos planes de vida a la mierda.
No solo era guapo (jodidamente guapo) y se movía en la pista
como sus delfines en el mar, vamos, de puta madre, sino que
también rezumaba ingenio, agudeza, cultura y ternura, todo a la
vez, y eso que tenía trece años.
«Chris, que te dispersas. Y tú no eres de los que te dispersan».
Cierto.

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39
El caso es que Arturo tenía las manos heladas (es muy frio-
lero, lo que no me viene nada mal porque por las noches se me
pega al cuerpo como si no hubiera un mañana) y yo le acariciaba
el anillo de vez en cuando. Él me hablaba de algunas ideas que
tenía para la luna de miel, todo serio, como es él cuando habla
de temas importantes, y yo le devolvía la formalidad como si
estuviéramos en la misma línea. «Ajá, ajá, ajá. Claro que sí, tete,
lo que tú digas». Todo fingido, por supuesto. Como si no lo
tuviera yo ya todo pensado para la luna de miel… Va a flipar.
Pero es una sorpresa y no quería que comenzara a sospechar, es
bastante avispado y conoce de sobra mis expresiones faciales,
así que necesitaba desviar el tema. Por eso le he soltado la mano
y me he agachado, he hincado una rodilla en el suelo nevado y
he fingido que tenía que atarme los cordones de los zapatos.
Él se ha detenido y se ha quedado a mi lado a esperarme, pero
con la mirada perdida, una vez más, en las congeladas aguas del
Vierwaldstatersee.
—Me juego mi mejor colección de cromos de animales acuá-
ticos a que si el lago se cubriera de una capa de hielo, por muy
fina que fuera, Benji, Jonathan y Elliot saltarían con los patines
sin pararse a meditarlo —me ha dicho, en medio de su ensimis-
mamiento.
«Sí, y lo más probable es que se ahogarían, por gilipollas».
He estado a punto de levantarme y seguir con el paseo, pero
lo he visto ahí, tan adorable con su ropa impecable de arrugas
y la bufanda y el gorro a juego perfectamente colocados que
no me he podido resistir. He cogido un puñado de nieve y le
he lanzado una bola por la espalda, a lo perro, como el punto

40
de la victoria que me metió en
nuestro último partido. Artu-
ro se ha dado la vuelta, su cara
era un poema, una mezcla entre
sorpresa y ofensa, y yo he solta-
do una carcajada.
—Serás… ¡mamón!
He soltado otra carcajada y él
me ha mirado con indignación.
Una indignación que le ha du-
rado un segundo, porque se ha
agachado, ha cogido un puñado
de nieve y…

Ahí ha empezado la guerra


de bolas.

41
Nos hemos subido a los bancos del paseo. Hemos saltado,
corrido, reído y trastabillado en un par de ocasiones, hasta casi
caer, pero hemos conseguido mantener el equilibrio, por su-
puesto. Eh, que somos unos atletas. Bueno, la verdad es que al
final hemos caído y hemos acabado en el suelo con los cuer-
pos enredados, las manos al punto de la congelación y
la ropa y el cuello llenos de nieve. También con unas
sonrisas enormes.

42
Hemos llegado a casa sin aliento, empa-
pados pero felices. Nos hemos encerrado
en el baño y nos hemos desnudado a todo
correr. Arturo ha vuelto a perderse en
sus pensamientos mientras se miraba en
el espejo. Yo lo he abrazado porque no
puedo resistirme a tocar-
lo, porque estoy locamente
enamorado.

43
—¿Dónde estabas? —le he preguntado.
—En tu decimosexto cumpleaños —me ha dicho.
He fruncido el ceño. ¿En mi decimosexto cumpleaños? ¿Qué
pasó en mi decimosexto cumpleaños? Hago memoria y recupe-
ro el recuerdo. Oh. Vale, sí, vaya si lo recupero.

A mis catorce, quince y dieciséis años me negaba a mí mis-


mo, día tras día, una y otra vez, que Arturo Claramunt
me gustaba más allá de las pajas y las
mamadas que compartíamos cada
vez que nos veíamos. Me repetía sin
descanso que el chaval estaba para
comérselo, era conveniente y la so-
lución perfecta a mis hormonas de
adolescente, superrevolucionadas,
pero lo cierto es que me levanté del
sofá y subí a mi habitación a todo co-
rrer en cuanto vi que me había man-

44
dado un mensaje felicitándome por mi cumpleaños. Recuerdo
que mi padre me llamó un par de veces, pero lo ignoré. Cerré
la puerta y me senté en la cama a lo indio, emocionado. Y hacía
tiempo que algo no me emocionaba fuera del tenis.

45
Tardé un poco en responderle porque me perdí en la foto-
grafía que tenía en su perfil. Y no era la primera vez. No tenía
nada de especial, solo era él sonriendo mientras posaba delante
de una escultura con un montón de delfines, pero qué guapo
estaba y qué de emociones me transmitía. No podía dejar de
mirarlo. Llevaba una camiseta con el dibujo de un pez de ojos
supersaltones y una frase encima que decía: «¿Por qué el pez se
fue a Hollywood?». Y lo cierto es que yo llevaba un tiempo pre-
guntándomelo… En fin, hice una captura de la foto y la guardé
en una carpeta secreta que había creado para él el día anterior
y que contenía un pantallazo suyo en su último partido. Perdió,
pero qué manera tenía de moverse en la pista y cómo me cau-
tivaba sin remedio. Además, llevaba unos pantalones naranjas
que le sentaban de puta madre.
Le contesté a su mensaje y, como no me respondió, le escribí
de nuevo. Entonces sí comenzamos a hablar, y a tontear como
dos gilipollas, incluso estuvimos a punto de llevar el tonteo a
otro nivel (vamos, que estuvimos a punto de masturbarnos),
pero Andrés tuvo que hacer acto de presencia. Es inoportuno
como él solo. Y qué mal me caía en aquella época. Que tampo-
co es que ahora me caiga de maravilla…
Cuando retomamos la conversación tuve que confesarle lo
de que los pantalones naranjas le quedaban de vicio. Y, por cier-
to, cuando me dijo lo de los peces… ¿en serio pensaba que no
me había dado cuenta de su fascinación por ellos? Ni siquiera
yo soy tan obtuso, joder. Tendría que estar ciego y sordo. Y no
lo estaba. Veía y escuchaba a Arturo más que a nadie. Incluso
había cambiado el nombre de su contacto en mi teléfono de

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«Claramunt» a «pececillo». Pero decidí hacerme el tonto, claro,
que a mí Arturo no me gustaba tanto. Aunque cuando le escribí
eso de «me gustan los peces» lo que en realidad quería decir fue
«me gustas tú». Él no entendió el doble sentido, y mejor. Luego
me dijo que podría contarme un montón de cosas sobre peces
y yo me mordí la lengua para no confesarle que me moría por
escucharlas todas. Me encanta que Arturo hable sobre peces. Se
le ilumina la mirada.
Para ese momento ya me había tumbado en la cama y cogido
postura. Estaba totalmente cruzado en ella, de lado, con el codo
apoyado en el colchón, y no dejaba de sonreír.

Pececillo:
Bueno, tú créetelo, ¿vale?

Venga, retomo.

*Se mete la mano dentro de los calzoncillos*

Chris:
Espera.

Pececillo:
¿Espero?

Chris:
Es que si no te lo pregunto, reviento. Y no en
un orgasmo precisamente…

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Pececillo:
¿?

Chris:
¿Por qué el pez se fue a Hollywood?

Pececillo:
Jajajajaja.

¿Has visto mi foto de perfil, Lacoste?

Chris:
De pasada…

Pececillo:
Ya…

IMAGEN.

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Pececillo:
;)

Abrí la imagen que me mandó y no pude evitar la carcaja-


da. Tampoco mirarle el culo más de lo necesario. Los vaqueros
también le quedaban de vicio. Al final mi absurda fascinación
iba a tener más que ver con su perfecto trasero y menos con los
pantalones…

Pececillo:
¿Te gusta?

Chris:
Me encanta.

Y ahora quítate esos pantalones de cuadros.

Pececillo:
¿Quieres que me ponga esa camiseta?
¿Solo esa camiseta?

Chris:
Eso sería superpervertido, Arturito.

Pececillo:
¿Sí o no?
Chris:
Por supuesto que sí.

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Pececillo:
*Se quita los pantalones y los calzoncillos y se pone la ca-
miseta del pez que quiere ser estrella*

Rompí en otra carcajada. No sé cuántas iba ya.

Chris:
Te iba a decir que no me dijeras esas chorradas porque
me haces reír y se me baja todo, pero la verdad es que
se me ha puesto más dura.

Pececillo:
;)

*Abre las piernas y…*

Y allá que fuimos de nuevo. Me metí la mano dentro de los


pantalones de chándal y comencé a masturbarme con la imagen
en la cabeza de Arturo haciendo lo mismo y… Me corrí poco
después. Y luego otra vez. Fue mi mejor cumpleaños, hasta el
momento. Y no por los orgasmos.
Hace un momento he entrado en casa pensando que estaba
siendo un cumpleaños perfecto porque Arturo y yo habíamos
echado una guerra de bolas de nieve y había sido increíble. Lo
que no me había parado a pensar es que la clave no era la guerra
de bolas, sino Arturo.
Siempre Arturo.
Solo Arturo.

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Arturo
—Llevaba todo el día esperando que me escribieras —me con-
fiesa Chris de pronto. Creo que el que andaba perdido en el
pasado ahora era él.
—¿Qué? —Miro hacia atrás.
—El día de mi decimosexto cumpleaños. Ya tenías mi teléfo-
no y… —suspira y sonríe— llevaba todo el día esperando a que
me escribieras cual adolescente enamorado.
—¿En serio?
—Totalmente en serio.
—Yo estaba supernervioso y no dejé de temblar durante
toda la conversación.
—Me lo imaginaba…
Río y le doy un golpe suave en el brazo.
—Sigues siendo muy bobo.
—Estabas loco por este bobo.
—Eso no te lo voy a negar. Creo que esa noche me enamoré
de ti.
Chris me mira con intensidad y me da un beso en la nariz.
—Y yo de ti.
—Nos dieron las mil. ¿Te acuerdas?
—Sí. Y también recuerdo los dos orgasmos. Al día siguiente
regresábamos a Mónaco y subí como un zombi al avión, pero
mereció la pena.
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—Yo me quedé traspuesto en el coche de camino al CAR.
Andrés dice que, incluso dormido, no dejé de sonreír.
—Yo tampoco dejé de sonreír. Y te voy a confesar una cosa.
—Oh, ¿me vas a confesar una cosa? —bromeo.
—Sí. Por tu cara bonita, Claramunt. —Me da otro beso en
la nariz—. Ese día… estaba superenfurruñado porque no me
habías escrito. Creo que incluso soplé la vela enfurruñado.
«Oh, Chris».
Me doy la vuelta y lo abrazo con fuerza.
—Yo también tengo que confesarte una cosa.
—Oh, ¿me vas a confesar una cosa? —me parafrasea.
Sonrío sin dejar de abrazar-
lo ni un ápice.
—Siempre he pensado
que tus mohínes son lo
más bonito de este mun-
do. Así que… Quién te
hubiera visto.

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—Mi padre me vio.
«¡Ostras, es verdad!».
Me separo de Chris y abro la puerta del baño. Asomo la ca-
beza.
—¡¿A dónde vas desnudo, loco?!
El mismo soplo de aire con sabor a tomate, ajo y especias
que me ha inundado las fosas nasales cuando hemos entrado en
casa me deja salivando una vez más. El Stocafi… También escu-
cho parlotear a Lucie, que se ha despertado de la siesta.
—¡Louis! —grito.
—¡¿Qué?!
—En la comida necesito que me hables de cierto día…
—¡Ni se te ocurra, papá! —grita Chris detrás de mí.
—¡¿De qué día?!
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—Del día siguiente al decimosexto cumpleaños de Chris. Al
parecer, no dejaba de sonreír.
—¡Oh, lo recuerdo!
—¡Era por mí!
—Sí, hijo, eso lo deduje hace tiempo. ¡Dúchate y baja, que
yo te lo cuento todo! ¡Y tú también, Chris! Que ya está casi la
comida.
—¡Traidor! —le responde él.
Yo sonrío y cierro la puerta del baño. Me enfrento a Chris.
—¿Nos duchamos o qué, Lacoste?
—Nos duchamos, Claramunt. Y una cosa más.
—¿Qué?
—Que te quiero.
Chris me coge por la cintura y nos perdemos el uno en el
otro. Así ha sido siempre. Y me acuerdo de que la foto en la
nieve que me envió aquel día, la del salto con los pantalones
negros y la chaqueta naranja, es la que ocupa el fondo de mi
teléfono desde hace unos cuantos años. También me acuerdo
de Kevin. Y sonrío.
—Yo también te quiero —le digo—. Te adoro.
—¿Y adivina qué más, tete?
—¿Qué?
—Que nos casamos dentro de dos semanas.
—Lo sé. Y en algún momento tendremos que concretar lo
de la luna de miel, por cierto.
—Claro, luego. Cuenta con ello. Y ahora ven aquí.

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Continuara...
´

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¿Y si
¿Y si pudiéramos
pudiéramos observar
observar por
por un
un agujero
agujero lo
lo que
que
hacían Chris
hacían Chris yy Arturo
Arturo cuando
cuando eran
eran adolescentes?
adolescentes?
¿Y si
¿Y si pudiéramos
pudiéramos ser ser testigos
testigos una
una vez
vez más
más de
de
cómo comenzaron
cómo comenzaron aa enamorarse?
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¿Si pudiéramos
¿Si pudiéramos viajar
viajar al
al pasado,
pasado, alal decimosexto
decimosexto
cumpleaños de
cumpleaños de Chris
Chris Lacoste?
Lacoste?
Oh, podemos.
Oh, podemos.
Ya lo
Ya lo creemos
creemos queque podemos.
podemos.
Dos chicos.
Dos chicos.
Dos camas.
Dos camas.
Dos dormitorios.
Dos dormitorios.
Un montón
Un montón de de mensajes
mensajes enen los
los teléfonos.
teléfonos.
YY peces.
peces. Muchos
Muchos peces.
peces.

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