Política agonística en un mundo multipolar
Recientemente, la interpretación tradicional de democracia como agre-
gación de intereses, el “modelo agregativo”, se ha visto cada vez más despla-
zada por un nuevo paradigma que, bajo el nombre de “democracia delibe-
rativa” está imponiendo rápidamente los parámetros del debate; uno de sus
principales preceptos es que las cuestiones políticas son de naturaleza moral
y susceptibles, por consiguiente, de un tratamiento racional. El objetivo de
una sociedad democrática es, según esta interpretación, la creación de un
consenso racional que se alcanza mediante unos procedimientos delibera-
tivos apropiados cuya finalidad es producir decisiones que representan un
punto de vista imparcial, en interés de todos por igual. Todos aquellos que
ponen en entredicho la posibilidad misma de dicho consenso racional y
que afirman que lo político es un ámbito en el que racionalmente siempre
hay que esperar encontrar discordia, son acusados de socavar la posibilidad
misma de la democracia. Como dice Habermas, por ejemplo:
“Si las cuestiones relativas a la justicia no pueden trascender la autoin-
terpretación ética de formas de vida en competición, y si las oposiciones y
conflictos de valores existencialmente relevantes tienen que impregnar to-
das las cuestiones polémicas, entonces acabaremos el análisis con algo muy
parecido a la forma que tiene Carl Schmitt de entender la política”1.
El enfoque teorético actualmente más de moda es el que consiste en con-
cebir la naturaleza de lo político como algo muy similar a la moralidad,
entendida en un sentido racionalista y universalista. El discurso de la mo-
ralidad ha sido hoy en día promovido al lugar del “relato principal”, el cual
reemplaza a los desacreditados discursos social y político a la hora de pro-
porcionar las líneas directrices de la acción colectiva. Este discurso se está
1. Habermas, Jürgen. “Reply to Symposium Participants”. Cardozo Law Review. Vol. 17. No.
4-5 (marzo de 1996) . P. 1477.
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Chantal Mouffe
convirtiendo rápidamente en el único vocabulario legítimo en la medida en
que en vez de pensar en términos de derecha e izquierda, nos vemos actual-
mente exhortados a hacerlo en términos de correcto e incorrecto.
El pensamiento liberal tiene que ser necesariamente ciego a lo político
debido a que su individualismo le hace incapaz de entender la formación
de identidades colectivas. Sin embargo, lo político está desde el primer
momento imbricado con formas de identificación colectivas por cuanto
en este campo siempre estamos tratando de la formación de un “noso-
tros” por oposición a un “ellos”. Lo político tiene que ver con el conflicto
y el antagonismo. No tiene nada de extraño, pues, que el racionalismo
liberal no sea capaz de aprehender su naturaleza, dado que el racionalis-
mo requiere la negación misma de la inerradicabilidad del antagonismo.
El liberalismo tiene que negar el antagonismo ya que, al situar en primer
plano el momento ineludible de la decisión –en el sentido fuerte de tener
que decidir en un terreno indecidible–, lo que el antagonismo pone de
manifiesto es el límite mismo de todo consenso racional.
Esta negación del antagonismo es lo que impide a la teoría liberal concebir
la política democrática de una forma adecuada. Lo político, en su dimensión
antagonística, no puede desaparecer simplemente por su negación volun-
taria, una actitud que es propia y característica del ademán liberal; dicha
negación solamente lleva a la impotencia, la cual caracteriza al pensamiento
liberal cuando se ve confrontado con la emergencia de antagonismos que, de
acuerdo con su teoría, pertenecen a una época ya superada en la que la razón
todavía no había conseguido controlar las supuestamente arcaicas pasiones.
Esta actitud está en la base de la actual incapacidad de comprender la natu-
raleza y es la causa de los nuevos antagonismos que han emergido después
del final de la Guerra Fría. Lo político está relacionado con la existencia de
una dimensión de hostilidad en las sociedades humanas, una hostilidad que
puede adoptar muchas formas y manifestarse en relaciones sociales de muy
diverso tipo. El reconocimiento de este hecho debería constituir, a mi modo
de ver, el punto de partida para una reflexión adecuada sobre los objetivos de
la política democrática.
6 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
Me gustaría sugerir que ello es posible con la ayuda de la crítica del
esencialismo desarrollada por diversas corrientes del pensamiento con-
temporáneo. Esta crítica muestra que uno de los principales problemas
que plantea el liberalismo es el hecho de que despliega una lógica de lo
social basada en una concepción del ser como presencia y que concibe la
objetividad como algo inherente a las propias cosas. Este es el motivo de
su incapacidad para aprehender el proceso de construcción de las identi-
dades políticas. Es incapaz de reconocer que solamente puede haber una
identidad cuando esta se construye como “diferencia”, y que toda obje-
tividad social está constituida mediante actos de poder. El liberalismo se
niega a admitir que cualquier forma de objetividad social es, en última
instancia, política y que lleva necesariamente consigo las huellas de los
actos de exclusión que gobiernan su constitución.
La noción de “exterior constitutivo” puede ser útil en este contexto
para hacer más explícito este argumento. Es un término propuesto por
Henry Staten para referirse a una serie de temas desarrollados por Jacques
Derrida a través de nociones como “supplément” [suplemento], “trace”
[rastro] y “différance” [diferancia]. Su objetivo es poner de relieve el hecho
de que la creación de una identidad implica el establecimiento de una
diferencia, lo cual a menudo se construye sobre la base de una jerarquía:
por ejemplo, entre forma y materia, negro y blanco, hombre y mujer, etc.
Una vez que hemos entendido que la identidad misma es algo relacional y
que la afirmación de una diferencia –es decir, la percepción de un “otro”
que constituye su “exterior”– es una precondición de la existencia de
cualquier identidad, entonces podemos empezar a concebir cómo una
relación social puede convertirse en el caldo de cultivo del antagonismo.
Cuando hablamos de identidades políticas, que son siempre identi-
dades colectivas, estamos hablando de la creación de un “nosotros” que
solamente puede existir en virtud de la demarcación de un “ellos”. Esto
no significa, por supuesto, que dicha relación sea por necesidad una re-
lación antagonística; pero sí que existe siempre la posibilidad de que esta
relación nosotros/ellos se acabe convirtiendo en una relación amigo/ene-
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Chantal Mouffe
migo. Así sucede cuando los otros, que hasta ahora habían sido consi-
derados simplemente como diferentes, empiezan a ser percibidos como
aquellos que ponen en cuestión nuestra identidad y amenazan nuestra
existencia. Desde ese momento, cualquier forma de relación nosotros/
ellos, ya sea religiosa, étnica o económica, se convierte en el locus de un
antagonismo.
Lo importante aquí es reconocer que la condición misma de posibilidad
de formación de identidades políticas es, al mismo tiempo, la condición
de imposibilidad de una sociedad en la que el antagonismo hubiera sido
eliminado. El antagonismo es por consiguiente una posibilidad omni-
presente. Esta dimensión antagonística es lo que he propuesto denominar
“lo político” para distinguirlo de “la política”, que se refiere al conjunto
de prácticas e instituciones cuyo objetivo es instaurar un orden, organizar
la existencia humana en unas condiciones que son siempre conflictivas
porque están atravesadas por “lo político”. Utilizando una terminología
heideggeriana, podríamos afirmar que “lo político” se sitúa al nivel de lo
ontológico, mientras que la política pertenece al ámbito de lo óntico.
Pluralismo agonístico
Para poder entender la naturaleza de la política democrática y el reto al
que tiene que hacer frente, sostengo que necesitamos una alternativa a los
dos principales enfoques de la teoría política democrática. Uno de estos en-
foques, el modelo agregativo, considera que los actores políticos se mueven
impulsados por la búsqueda de sus intereses; el otro modelo, el delibera-
tivo, hace hincapié en el papel de la razón y las consideraciones morales.
Lo que ambos modelos pasan por alto es el papel central que desempeñan
las “pasiones” en la creación de las identidades políticas colectivas. No es
posible entender la política democrática sin reconocer las pasiones como
fuerza motriz en el ámbito de la política. Es precisamente esta deficiencia
lo que el modelo agonístico de la democracia trata de remediar, al abordar
8 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
todos los temas que no pueden ser adecuadamente abordados por los otros
dos modelos debido a su estructura individualista y racionalista.
En pocas palabras, el argumento es el siguiente: una vez que toma-
mos en consideración la dimensión de “lo político”, empezamos a darnos
cuenta de que uno de los principales retos que se plantean a la política
democrática consiste en domesticar la hostilidad y tratar de desactivar el
potencial antagonismo que existe en las relaciones humanas. En este sen-
tido, la cuestión fundamental de la política democrática no es cómo llegar
a un consenso racional, un consenso alcanzado sin exclusión; ello reque-
riría la construcción de un “nosotros” que no tuviese su correspondiente
“ellos”. Pero esto es imposible porque, como ya hemos comentado, la
condición misma para la constitución de un “nosotros” es la demarcación
de un “ellos”. La cuestión crucial de la política democrática es, por tanto,
la de cómo establecer esta distinción nosotros/ellos, que es constitutiva
de la política, de una forma que sea compatible con el reconocimiento
del pluralismo. El conflicto, en las sociedades democráticas, no puede y
no debería ser erradicado, ya que la especificidad de la democracia mo-
derna es precisamente el reconocimiento y la legitimación del conflicto.
Lo que requiere la política democrática es que los otros no sean vistos
como enemigos a destruir, sino como adversarios cuyas ideas pueden ser
combatidas, incluso enérgicamente, pero cuyo derecho a defender esas
ideas nunca será puesto en cuestión. En otras palabras, lo importante es
que el conflicto no tome la forma de un “antagonismo” (una lucha entre
enemigos), sino la forma de un “agonismo” (una lucha entre adversarios).
Podríamos afirmar que el objetivo de la política democrática es transfor-
mar el potencial antagonismo en un agonismo real.
De acuerdo con la perspectiva agonística, la categoría central de la po-
lítica democrática es la del “adversario”, el oponente con el que compar-
timos una lealtad común a los principios democráticos de “libertad e
igualdad para todos”, pero con el que no estamos de acuerdo respecto a la
interpretación de los mismos. Los adversarios luchan entre sí porque de-
sean que su interpretación se convierta en hegemónica, pero no cuestio-
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Chantal Mouffe
nan la legitimidad que tienen sus oponentes para luchar por la victoria de
su posición. Esta confrontación entre adversarios es lo que constituye la
“lucha agonística”, que es la condición misma de una democracia fuerte2.
Para el modelo agonístico, la tarea fundamental de la política democrá-
tica no es eliminar las pasiones ni relegarlas a la esfera de lo privado para
establecer un consenso racional en la esfera pública, sino “domesticar”,
por decirlo de alguna manera, dichas pasiones para movilizarlas con un
propósito democrático, y crear formas colectivas de identificación en tor-
no a objetivos democráticos.
Para evitar cualquier posible malentendido, querría subrayar que esta
noción de “adversario” tiene que distinguirse claramente de la forma en
que se utiliza en el discurso liberal. Según la interpretación de “adversa-
rio” que proponemos aquí, y contrariamente al punto de vista liberal, la
presencia del antagonismo no es eliminada, sino “sublimada”. En rea-
lidad, lo que los liberales denominan un “adversario” es simplemente
un “competidor”. Conciben el campo de la política como un terreno
neutral en el que diferentes grupos compiten para ocupar los puestos
de poder y cuyo objetivo es sencillamente desplazar a otros para ocupar
ellos su lugar, sin poner en cuestión la hegemonía dominante y transfor-
mando profundamente las relaciones de poder. Se trata simplemente de
una competición entre élites. En una política agonística, no obstante,
la dimensión antagonística está siempre presente por cuanto lo que está
en juego es la lucha entre proyectos hegemónicos opuestos que nunca
pueden ser reconciliados racionalmente, y en la que uno de ellos ha de
ser derrotado. Se trata de una confrontación real, pero una confrontación
que tiene lugar en unas condiciones reguladas por un conjunto de proce-
dimientos democráticos aceptados por los adversarios.
2. Para un desarrollo de este argumento, véase Mouffe, Chantal. The Democratic Paradox.
London: Verso, 2000.
10 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
Los teóricos liberales son incapaces de reconocer no solamente el ca-
rácter de realidad primordial que tiene el conflicto en la vida social, y la
imposibilidad de encontrar soluciones imparciales, racionales a los temas
políticos, sino también el rol integrativo que desempeña el conflicto en
la democracia moderna. La confrontación de posiciones políticas demo-
cráticas es esencial para el buen funcionamiento de una democracia. Si
ello no se produce, siempre existe el peligro de que el lugar de la con-
frontación democrática lo ocupe una confrontación entre valores morales
no negociables o formas esencialistas de identificación. Poner un énfasis
excesivo en el consenso, junto con la aversión a las confrontaciones, lleva
a la apatía y a la desafección por la participación política. Por esta razón,
una sociedad democrática necesita el debate sobre alternativas posibles;
debe proporcionar formas políticas de identificación en torno a posi-
ciones democráticas claramente diferenciadas o, expresado con palabras
de Niklas Luhman, debe tener una clara “división de la cúspide”, una
posibilidad real de elección entre las políticas propuestas por el Gobier-
no y las de la oposición. Si bien el consenso es indudablemente necesa-
rio, este debe ir acompañado del disenso. El consenso es necesario en
las instituciones que son constitutivas de la democracia y en los valores
ético-políticos que deberían informar la asociación política, pero siempre
habrá discrepancias respecto al significado de dichos valores y a la forma
en que deben ser implementados. En una democracia pluralista, estas
discrepancias no son sólo legítimas sino incluso necesarias. Permiten di-
ferentes formas de identificación de la ciudadanía y son la materia prima
de la política democrática. Cuando la dinámica agonística del pluralismo
se ve dificultada debido a la falta de formas democráticas de identifica-
ción, las pasiones no pueden encontrar una vía de escape democrática
y se sientan las bases para varias formas de hacer política articuladas en
torno a identidades esencialistas de tipo nacionalista, religioso o étnico,
así como para la multiplicación de confrontaciones basadas en valores
morales no negociables.
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Más allá de izquierda y derecha
Debemos, por tanto, desconfiar de la tendencia actual a celebrar la
difuminación de las fronteras entre la izquierda y la derecha, y de quie-
nes abogan por una política “más allá de izquierda y derecha”. Un buen
funcionamiento de la democracia necesita un enfrentamiento dinámico
entre posiciones políticas democráticas. Los antagonismos pueden adop-
tar muchas formas y es ilusorio creer que podrían ser erradicados. Para
que exista la posibilidad de transformarlos en relaciones agonísticas, es
necesario proporcionar una salida política a la expresión del conflicto,
dentro de un sistema democrático pluralista, ofreciendo posibilidades de
identificación en torno a unas alternativas políticas democráticas.
Es en este contexto donde podemos comprender lo perniciosas que pue-
den llegar a ser las consecuencias de las tesis tan de moda propuestas por
Ulrich Beck y Anthony Giddens. Ambos afirman que el modelo adversarial
de la política se ha vuelto obsoleto. Según su punto de vista, el modelo
amigo/enemigo de la política es propio de la modernidad industrial clásica,
la “primera modernidad”, y sostienen que en la actualidad vivimos una “se-
gunda modernidad” diferente, más “reflexiva”, en la que el énfasis debería
ponerse en la “subpolítica”, en los temas de “vida y muerte”.
Como en el caso de la democracia deliberativa que he criticado al principio,
aunque de una forma diferente, lo que está en la base de esta concepción de
la modernidad reflexiva es la posibilidad de eliminación de lo político en su
dimensión antagonística y la creencia de que las relaciones amigo/enemigo
han sido erradicadas. Se afirma que en las sociedades postradicionales ya no
encontramos identidades colectivas construidas en términos de nosotros/
ellos, hecho que significa que las fronteras políticas se han evaporado y que,
por consiguiente, la política debe ser “reinventada”, para utilizar la expresión
de Beck. En realidad, Beck pretende que el escepticismo generalizado y la
centralidad de la duda que prevalecen hoy en día excluyen la emergencia de
relaciones antagonísticas. Hemos entrado en una era de ambivalencia en la
que nadie puede creer ya que está en posesión de la verdad –creencia de la
12 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
que precisamente procedían los antagonismos–, y que, por consiguiente, no
hay motivos para su emergencia. Así, todo intento de organizar las identida-
des colectivas en términos de izquierda y derecha y de definir un adversario
está, por tanto, desacreditado por ser “arcaico”.
La política en su dimensión conflictual se considera algo propio del
pasado, y el tipo de democracia elogiado es una democracia consensual
completamente despolitizada. Actualmente los términos clave del dis-
curso político son la “buena gobernanza” y la “democracia no partidista”.
En mi opinión, la incapacidad por parte de los partidos tradicionales de
proporcionar formas de identificación distintivas en torno a alternativas
posibles es lo que ha preparado el terreno al actual florecimiento del
populismo derechista. Efectivamente, los partidos populistas de dere-
chas son, con frecuencia, los únicos que intentan movilizar las pasiones y
crear formas colectivas de identificación. Contrariamente a aquellos que
creen que la política puede reducirse a motivaciones individuales, estos
partidos son muy conscientes de que la política siempre consiste en la
creación de un “nosotros” versus un “ellos”, y que ello implica la creación
de identidades colectivas. De ahí el enorme atractivo de su discurso, que
proporciona formas colectivas de identificación en torno al “pueblo”.
Si a eso añadimos el hecho de que bajo la bandera de la “moderniza-
ción”, los partidos socialdemócratas en muchos países se han identifi-
cado más o menos exclusivamente con las clases medias y han dejado
de considerar como propias las preocupaciones de los sectores populares
–cuyas demandas son consideradas como “arcaicas” o “retrógradas”–,
no debería sorprendernos la creciente alienación de estos grupos, que se
sienten excluidos del ejercicio efectivo de la ciudadanía, de lo que ellos
perciben como las “élites del establishment”. En un contexto en que el
discurso dominante proclama que no hay alternativa a la actual forma de
globalización neoliberal, y que tenemos que aceptar sus diktats, no es de
extrañar que cada vez sean más los dispuestos a escuchar a quienes afir-
man que existen alternativas y que ellos devolverán al pueblo el poder de
decidir. Cuando la política democrática ha perdido su capacidad de dar
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Chantal Mouffe
forma a la discusión acerca de cómo deberíamos organizar nuestra vida
en común, y cuando ésta se limita a garantizar las condiciones necesarias
para un funcionamiento sin problemas del mercado, entonces se dan las
condiciones para que surjan demagogos con talento capaces de articular
la frustración popular. Es importante darse cuenta de que el éxito de los
partidos populistas de derechas procede en buena medida del hecho de
que proporcionan a la población cierta forma de esperanza y la creencia
de que las cosas podrían ser diferentes. Naturalmente, esta es una espe-
ranza ilusoria, basada en unas premisas falsas y en unos mecanismos de
exclusión inaceptables en los que la xenofobia normalmente desempe-
ña un papel fundamental. Pero cuando son los únicos que ofrecen una
válvula de escape a las pasiones políticas, su pretensión de ofrecer una
alternativa resulta seductora, y su atractivo tiene muchas probabilidades
de incrementarse. Para concebir y formular una respuesta adecuada a esta
pretensión, es necesario aprehender las condiciones económicas, sociales
y políticas que explican su emergencia. Y esto supone un enfoque teoré-
tico que no niegue la dimensión antagonística de lo político.
La política en el registro moral
Creo que también es crucial entender que no es mediante la condena
moral la manera de detener el populismo de derechas, razón por la cual
la respuesta dominante hasta ahora haya sido completamente inadecua-
da. Naturalmente, una reacción moralista concuerda con la perspectiva
postpolítica dominante y, por tanto, ello era lo que cabía esperar. En este
sentido, vale la pena examinar de cerca esta reacción moralista, ya que
nos permitirá entender mucho mejor de qué forma se manifiestan en la
actualidad los antagonismos políticos.
Como hemos visto, el discurso dominante afirma el fin del modelo ad-
versarial de la política, así como el advenimiento de una sociedad consen-
sual más allá de la oposición izquierda/derecha. Sin embargo, como tam-
14 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
bién he argumentado, la política comporta siempre una distinción entre
un nosotros/ellos, motivo por el cual el consenso por el que abogan los
defensores de la democracia no partidista no puede darse sin trazar una
frontera política y definir un “ellos” exterior que garantice la identidad del
consenso y la coherencia del “nosotros”. Actualmente, en la política interna
de los países, este “ellos” a menudo es convenientemente definido como la
“extrema derecha”, término que abarca una amalgama de grupos y parti-
dos que cubre un amplio espectro, desde grupos marginales extremistas y
neonazis, pasando por la derecha autoritaria, hasta toda una variedad de
partidos populistas neoderechistas. Aunque, naturalmente, este heterogé-
neo constructo no sirve para aprehender la naturaleza y las causas de este
nuevo populismo de derechas, sí que es muy útil para garantizar la identi-
dad de los “buenos demócratas”. Desde que, supuestamente, la política se
ha vuelto no adversarial, el “ellos” necesario para asegurar el “nosotros” de
los buenos demócratas no puede concebirse como un adversario político.
En este sentido, el recurso a la “extrema derecha” es muy práctico porque
permite trazar la frontera al nivel moral entre “los buenos demócratas” y
“la malvada extrema derecha”, que puede así ser condenada moralmente
en vez de ser combatida políticamente. Es por ello que la condena moral y
la instauración de un “cordón sanitario” se han convertido en la respuesta
dominante al ascenso de los movimientos populistas de derechas.
Sin embargo, lo que está realmente sucediendo es muy diferente de
lo que los partidarios del enfoque postpolítico quisieran hacernos creer.
No es que la política, con sus antagonismos supuestamente pasados de
moda, haya sido desbancada por las preocupaciones morales relativas a
“cuestiones vitales” y a los “derechos humanos”. La política en su dimen-
sión antagonística sigue estando muy viva, sólo que ahora se juega en el
registro de la moralidad. Las fronteras entre el “nosotros” y “ellos”, lejos
de haber desaparecido, están siendo constantemente reinstauradas, pero
desde que el “ellos” ya no puede definirse en términos políticos, dichas
fronteras se trazan en función de categorías morales, entre “nosotros, los
buenos” y “ellos, los malos”.
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Chantal Mouffe
Uno de los principales inconvenientes de este tipo de política llevada
al registro moral es el hecho de que no conduce a la creación de la “esfera
pública agonística”, requisito para una vida democrática robusta. Cuan-
do el oponente es definido en términos morales y no políticos , éste no
puede ser concebido como un adversario; debe ser concebido como un
enemigo. Con “ellos, los malos” no es posible establecer ningún debate
agonístico: tienen que ser erradicados.
El enfoque que afirma que el modelo político amigo/enemigo ha sido
superado acaba, de hecho, reforzando el modelo antagonístico de la polí-
tica que se había declarado obsoleto. Al construir el “ellos” como un ene-
migo moral, es decir, “absoluto”, hace que sea imposible su transforma-
ción en un “adversario”. En vez de contribuir a crear una esfera pública
agonística eficaz y dinámica, donde la democracia pueda mantenerse viva
y profundizarse, quienes proclaman el fin del antagonismo y la llegada
de una sociedad consensual están efectivamente poniendo en peligro la
propia democracia, al propiciar un marco para la emergencia de antago-
nismos que no serán manejables por las instituciones democráticas.
Sin una profunda transformación de la forma en que se concibe la
política democrática, ni un serio intento de abordar la cuestión de la
falta de formas de identificación capaces de permitir una movilización
democrática de las pasiones, el reto que plantean los partidos populistas
de derechas seguirá existiendo. En la política europea se están trazando
nuevas fronteras políticas que comportan el peligro de que la vieja dis-
tinción izquierda/derecha pueda ser pronto sustituida por otra mucho
menos conducente a un debate democrático pluralista. Por tanto, urge
renunciar a las ilusiones del modelo consensual de la política y crear las
bases de una esfera pública agonística.
Al limitarse a defender la razón, la moderación y el consenso, los par-
tidos democráticos ponen de manifiesto su falta de comprensión sobre
el verdadero funcionamiento de la lógica política. No entienden la ne-
cesidad de contrarrestar el populismo de derechas con la movilización
de los afectos y pasiones hacia una dirección democrática. No perciben
16 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
que la política democrática necesita tener un efecto real sobre los deseos
y fantasías de la población, y que, en vez de oponer los intereses a los
sentimientos y la razón a las pasiones, debería ofrecer formas de identifi-
cación que representen un desafío real a las que promueve la derecha. No
estamos diciendo con ello que la razón y los argumentos racionales deban
desaparecer de la política, pero sí que su lugar debería repensarse.
Hacia un orden mundial multipolar
Para terminar, permítanme presentar algunas reflexiones relativas a la
situación internacional, así como formular algunas preguntas acerca de
posibles escenarios de futuro. Podemos considerar, de un modo general,
dos posibilidades principales: por un lado, encontramos a aquéllos que
defienden el establecimiento de una “democracia cosmopolita” y una
“ciudadanía cosmopolita”, resultado de la universalización de la interpre-
tación occidental de los valores democráticos y de la implementación de
la versión occidental de los derechos humanos. De acuerdo con este enfo-
que, así podría instaurarse un orden global democrático. Hay diferentes
versiones sobre ello, pero todas comparten una premisa común: que la
forma de vida occidental es la mejor y que el progreso moral requiere su
implementación en todo el mundo. Se trata del universalismo liberal,
cuyo objetivo es imponer sus instituciones al resto del mundo con el ar-
gumento de que son las únicas racionales y legítimas. Creo que, aunque
ello esté muy lejos de las intenciones conscientes de quienes abogan por
un modelo cosmopolita, dicho punto de vista está destinado a justificar la
hegemonía de Occidente y la imposición de sus valores particulares.
Por otro lado, quienes argumentan a favor del advenimiento de una
“República Mundial” con un cuerpo homogéneo de ciudadanos cosmo-
politas con los mismos derechos y obligaciones, un cuerpo político que
coincidiría con la “humanidad”, están negando la dimensión de lo polí-
tico que es inherente a las sociedades humanas. Pasan por alto el hecho
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Chantal Mouffe
de que las relaciones de poder son constitutivas de lo social y que los
conflictos y los antagonismos no pueden ser erradicados. Es por ello que,
si dicha República Mundial llegase alguna vez a establecerse, solamen-
te podría significar que la hegemonía mundial de un poder dominante
habría sido capaz de eliminar todas las diferencias e imponer su propia
concepción del mundo a todo el planeta. Esto tendría graves consecuen-
cias. De hecho, ya en la actualidad somos testigos de cómo los intentos de
homogeneizar el mundo están provocando violentas reacciones adversas
de aquellas sociedades cuyos valores y culturas particulares son declarados
ilegítimos por la universalización impuesta del modelo occidental.
Mi sugerencia es que renunciemos a los viciados modelos de “ciudada-
nía cosmopolita” y que promovamos una concepción diferente del orden
mundial, una concepción que reconozca el pluralismo de los valores en
su sentido fuerte, weberiano y nietzscheano, con todas las implicaciones
que ello tiene para la política. Dejando a un lado las afirmaciones de los
universalistas, es urgente ser conscientes de los peligros implícitos en las
ilusiones de un discurso universalista-globalista que concibe el progreso
humano como el establecimiento de una unidad mundial basada en la
aceptación del modelo occidental. Imaginar la posibilidad de una unifica-
ción del mundo que se conseguiría trascendiendo lo político, el conflicto
y la negatividad, dicho discurso corre el riesgo de provocar el choque de
civilizaciones que afirma estar evitando. En un momento en que Estados
Unidos –supuestamente en nombre del “auténtico universalismo”– está
tratando de obligar al resto del mundo a adoptar su sistema, la necesidad
de un orden mundial multipolar es más acuciante que nunca. Lo que está
en juego es el establecimiento de un orden mundial pluralista en el que
coexistan varias unidades regionales grandes y en el que una pluralidad
de formas de democracia sea considerada legítima.
A estas alturas del proceso de globalización, no pretendo negar la necesi-
dad de un conjunto de instituciones que regulen las relaciones internacio-
nales, pero dichas instituciones deberían permitir un grado significativo
de pluralismo y no deberían requerir la existencia de una única estruc-
18 Documentos CIDOB, Dinámicas interculturales
Política agonística en un mundo multipolar
tura unificada de poder. Dicha estructura comportaría necesariamente la
presencia de un centro que sería el único locus de la soberanía. No sirve
de nada imaginar la posibilidad de un sistema mundial gobernado por
la Razón y en donde las relaciones de poder habrían sido neutralizadas.
Este supuesto “Reino de la Razón” sólo podría ser la pantalla tras la cual
se ocultaría el gobierno de un poder dominante que, identificando sus
intereses con los de la humanidad, trataría cualquier divergencia como
un desafío ilegítimo a su liderazgo “racional”.
Con su intento de imponer la concepción occidental de la democra-
cia (considerada como la única legítima) a las sociedades renuentes, el
enfoque universalista está destinado a presentar a quienes no aceptan
esta concepción como “enemigos de la civilización”, negándoles con ello
su derecho a mantener sus culturas y creando las condiciones para una
confrontación antagonística entre diferentes civilizaciones. Sólo el reco-
nocimiento de la legitimidad de una pluralidad de formas de sociedad
justas, así como del hecho de que la democracia liberal es un modelo más
de democracia entre otras, podría crear las bases de una coexistencia “ago-
nística” entre diferentes polos regionales con sus instituciones específicas.
Dicho orden multipolar no eliminará, por supuesto, el conflicto, pero
será menos probable que este conflicto adopte formas antagonísticas de
lo que lo sería en un mundo que no deja lugar al pluralismo.
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