Samurái, arquetipo y base histórica El samurái es una casta guerrera que vivió su esplendor en el Japón
medieval.
Sus andanzas se vinculan con periodos de conflictos armados, con tiempos de paz y con la forja de un
carácter especial, basado en la disciplina y la lealtad a su señor.
Los samuráis fueron monjes guerreros que integraron bases filosóficas del budismo Zen y el sintoísmo
con el arte de la guerra. Todo ello aderezado con bases morales procedentes del confuncianismo, un
dictado de civilidad que, al igual que el Zen, se propagó desde la China.
Como arquetipo tiene curiosas afinidades; algunas más evidentes, como su relación con cualquier otro
caballero medieval, en especial los templarios, que también poseían esa mezcla de civilidad, armas y
espiritualidad. Sin embargo, el samurái nunca sirvió a un dios o participó en guerras religiosas. Se debía
a un señor feudal o daimio, entendido como líder de un clan. Por encima de ellos quedaba el shogun o
comandante del ejército, designado directamente por el emperador. Esto fue así hasta el siglo XII,
cuando el shogun se convirtió en el gobernante o cabecilla del país, más allá de su superior. El shogun
puede contemplarse como un rey absoluto o dictador que marca las normas y decisiones de todo un
país a su antojo. Así, los samuráis eran los caballeros armados que obedecían a sus comandantes,
quienes, a su vez, estaban subyugados a la voluntad del shogun. Los posibles conflictos y desavenencias
provocaron tremendas guerras civiles en el periodo Sengoku, que abarcó desde 1467 hasta 1615
aproximadamente. La paz llegó durante el reinado del gran líder Tokugawa, que se extendió hasta 1868,
cuando, durante la reforma Meiji, se unieron los dominios de Satsuma y Choshu para acabar con el
shogunato de Tokugawa y devolver el poder al emperador. En este proceso, en el que se vivió una
oligarquía de daimios, quedaron abolidos los derechos de los samuráis. Al mismo tiempo, Japón había
vuelto a abrirse al mundo desde 1853. La decisión del emperador de restar poder a los samuráis provocó
que estos se rebelaran contra él. Fue un enfrentamiento fratricida entre la «policía» del emperador,
compuesta por samuráis a su servicio, y los que mantenían su condición rebelde.
El feudalismo del shogunato de Tokugawa se había clausurado y el samurái, que en aquellos tiempos de
paz debió convertirse en ronin o caballero errante, veía ahora que perdía todo sentido dentro de la
sociedad. Al final, incluso las tropas hans de antiguos samuráis al servicio del emperador dejaron de
existir en detrimento de un ejército moderno. El gobierno llegó a imponer el servicio militar obligatorio.