Cuando un fariseo le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más
importante de la ley?”, Él respondió: “… ama al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente…”. Pero Jesús continuó: “El
segundo se parece a éste: ama a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mt. 22:36-40 NVI). El amor
por Dios es inseparable del amor por los demás.
En su primera carta, el apóstol Juan también une el amor por Dios y el amor
por los demás, al argumentar que nuestro amor mutuo brota del amor de Dios
por nosotros. Juan expresa: “Amémonos unos a otros, porque el amor es de
Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn. 4:7 NVI). De
hecho: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (v. 8).
Pero con demasiada frecuencia, este amor por conocer a Dios se convierte en
un mero amor por conocer sobre Dios
deberían conducirnos a un amor más profundo por Dios que nos mueva a
responder en adoración, alabanza y reverencia por Él.
El amor de unos por otros no solo anuncia al mundo que seguimos a Jesús (Jn.
13:35), sino que también demuestra que Jesús es quien afirma ser (17:20-21).
Debemos ser una prueba viviente de la verdad que proclamamos.
El amor a Dios y al prójimo son dos vertientes del amor cristiano que se
implican mutuamente, como dos caras de la misma moneda. Ambos son
inseparables, pero todo comienza por el amor de Dios. Él ha tomado la
iniciativa en esa “experiencia de amor” que es la vida cristiana vivida
plenamente, y que pide ser comunicada a otros. De este modo el amor divino
transforma a las personas singulares en el “Nosotros” de la Iglesia, que tiene
un horizonte universal.
El amor, motor de vida para el cristiano
El amor cristiano se refleja en el amor al prójimo, en la fraternidad
universal, en la caridad y en el perdón.
El amor es un concepto amplio y complejo que ha sido objeto de estudio y
reflexión a lo largo de la historia. Desde una perspectiva cristiana, el amor
no es un sentimiento, sino una virtud fundamental que se encuentra
arraigada en el Evangelio y en los principios de la fe católica.
En la Encíclica Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI propone que el amor es
el centro de la vida de todo católico, al enunciar que “hemos creído en el
amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental
de su vida”.
El amor de Dios es el pilar fundamental en la vida de todo creyente. Como
menciona el libro de los Salmos: ¡Den gracias al Dios de los cielos, porque
es eterno su amor! (Sal 136,26). El Salmista nos
recuerda que no importan las adversidades y las pruebas de la vida, es
reconfortante saber que el
amor de Dios, no tiene fin.
La promesa del amor infinito de Dios se encuentra renovada en el
Nuevo Testamento en el Evangelio de Juan: “Dios amó tanto al mundo que
entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que
tenga Vida eterna” (Jn 3,16). Esta muestra de amor incondicional nos revela la
magnitud del amor divino hacia nosotros.
La opción fundamental de la vida cristiana es creer y confiar en el amor de
Dios, reconocer que somos
amados inmensamente por un ser trascendente. Este reconocimiento nos
lleva a una respuesta de amor y gratitud hacia Dios, que nos impulsa a vivir de
acuerdo con sus enseñanzas y mandamientos.
Creer en el amor de Dios nos da la confianza necesaria para enfrentar los
desafíos. Tal confianza nace del sabernos amados por Dios, como lo menciona
el apóstol Juan: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y
hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor
permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1 Jn 4,16). Esta promesa nos
asegura que Dios tiene un plan para nuestra vida y que su amor nos guiará por
el camino correcto.
El amor de Dios, también nos invita a Amar a nuestro prójimo como a nosotros
mismos, tal como lo enseña Jesús en el evangelio. Por ende, el amor
cristiano implica compasión, cuidado y respeto hacia los demás. El
amor es una virtud central en la enseñanza de Jesús como queda asentado en
el Evangelio de Juan: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los
otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”
(Juan 13:34). En este versículo, Jesús establece el amor fraterno como
una característica distintiva de sus seguidores.
La Iglesia católica ha destacado la importancia del amor cristiano a lo largo de
los siglos, por ejemplo, en la encíclica antes mencionada, Deus Caritas Est, el
Papa Benedicto XVI afirma que el amor es la esencia misma de Dios y, por lo
tanto, debe ser el centro de la vida cristiana. El amor cristiano va más allá
de las relaciones personales y se extiende a la fraternidad
universal. El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, hace un llamado a la
solidaridad y a la construcción de un mundo basado en la fraternidad y la
amistad social. El amor cristiano nos impulsa a reconocer en cada persona a
nuestro hermano o hermana, independientemente de su origen, religión o
condición social.
Al confiar en el amor de Dios, también podemos experimentar su perdón.
Aunque todos cometemos errores y pecados, Dios está dispuesto a
perdonarnos y a mostrarnos su misericordia. Esto nos da la
oportunidad de arrepentirnos y de cambiar nuestra vida, sabiendo que
siempre podemos contar con su amor.
El perdón de Dios no es algo que debamos ganar o merecer, es un regalo
gratuito que nos ofrece a
todos, sin importar cuán grandes o pequeños sean nuestros
pecados. No importa cuántas veces hayamos fallado, Dios siempre está
dispuesto a perdonarnos cuando nos arrepentimos sinceramente.
Este perdón divino nos brinda la oportunidad de cambiar nuestras vidas y
seguir adelante.
No estamos destinados a vivir en la oscuridad de nuestros errores pasados,
sino a caminar en la luz de su amor y misericordia. Dios nos brinda, esta
oportunidad para aprender de nuestros errores, crecer como personas
y buscar la justicia y la bondad en todo lo que hagamos.
Confiar en el amor y el perdón de Dios también nos permite perdonarnos a
nosotros mismos y perdonar a los demás. Al experimentar la gracia y el perdón
de Dios, aprendemos a perdonar a quienes nos han lastimado, esto nos
ayuda a sanar nuestras heridas y a vivir en armonía con los demás.
El amor cristiano implica reconciliarse con los demás, por ello en el
Evangelio de Mateo, Jesús enseña:
“si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los
perdonará a ustedes” (Mt 6,14). Esta confianza en el amor nos libera del peso
de la culpa, al saber que somos amados incondicionalmente por Dios, en
consecuencia, no tenemos que cargar con la vergüenza de nuestros errores
pasados. En lugar de sentirnos condenados, podemos encontrar
consuelo en su amor eterno.
En este sentido, el perdón es un acto de amor que nos permite liberarnos del
resentimiento y la amargura, permitiendo que abramos nuestro corazón a la
paz.
En conclusión, el amor cristiano se refleja en el amor al prójimo, en la
fraternidad universal, en la
caridad y en el perdón.
Autor: Mtro. Jesús Valle Torres, docente de la Universidad
Intercontinental (UIC) y Mtro. en Filosofía
de la Cultura
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reflejan una postura institucional