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Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Solo
mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo,
y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a
encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodea-
da por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la
memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me trans-
figuro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y
en muchos ojos. Yo solo soy memoria y la memor
mí se tenga.
Desde esta altura me contemplo: grande, tendido en
un valle seco. Me rodean unas montañas espinosasy unas
llanuras amarillas pobladas de coyotes. Mis casas son bajas,
pintadas de blanco, y sus tejados aparecen resecos por el
sol o brillantes por el agua, según sea el tiempo de lluvias
o de secas. Hay días como hoy, en los que recordarme me
da pena. Quisiera no tener memoria o convertirme en el
piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme.
Yo supe de otros tiempos: fui fundado, sitiado, con-
quistado y engalanado para recibir ejércitos. Supe del goce
indecible de la guerra, creadora del desorden y la aventura
imprevisible. Después me dejaron quieto mucho tiempo.
Un día aparecieron nuevos guerreros que me robaron y
me cambiaron de sitio. Porque hubo un tiempo en el que
yo también estuve en un valle verde y luminoso, fácil a
la mano. Hasta que otro ejército de tambores y generales
jóvenes entró para llevarme de trofeo a una montaña llena
de agua, y entonces supe de cascadasy de lluvias en abun-
dancia. Allí estuve algunos años. Cuando la Revolución
agonizaba, un último ejército, envuelto en la derrota, me
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Muchas de mis
abandonado en este lugar sediento. florecen sin nadie que las mire y las hierbas feroces cubren
dejó y sus dueños, fusilados antes del
casasfueron quemadas las losas del patio; hay arañas que dan largos paseos a través
incendio. de los cuadros y del piano. Hace ya mucho que murieron
caballos cruzando alucinados mis
Recuerdo todavía los las palmas de sombra y que ninguna voz irrumpe en las
los gritos aterrados de las mujeres lle- arcadas del corredor. Los murciélagos anidan en las guir-
callesy mis plazas,y
jinetes. Cuando ellos desaparecieron naldas doradas de los espejos, y Roma y Cartago, frente a
vadasen vilo por los
convertidas en cenizas, las jóvenes frente, siguen cargados de frutos que se caen de maduros.
v las llamasquedaron
por los brocales de los pozos, Solo olvido y silencio. Y sin embargo, en la memoria hay
hurañas empezaron a salir
participado en el desorden.
pálidasy enojadas por no haber un jardín iluminado por el sol, radiante de pájaros, poblado
de manta blanca y
Mi gente es morena de piel. Viste de carreras y de gritos. Una cocina humeante y tendida a
de oro o se ata al
[Link] adorna con collares la sombra morada de los jacarandaes, una mesa en la que
despacio, habla
cucllo un pañuelito de seda rosa. Se mueve desayunan los criados de los Moncada.
poco y contempla el cielo. En las tardes, al caer el sol, canta. El grito atraviesa la mañana:
Los sábados, el atrio de la iglesia, sembrado de almen- —i Te sembraré de sal!
dros, se llena de compradores y mercaderes. Brillan al sol —Yo, en lugar de la señora, mandaría tirar sos árboles
los refrescospintados, las cintas de colores, las cuentas de —opina Félix, el más viejo de la servidumbre.
oro y las telas rosas y azules. El aire se impregna de vapores Nicolás Moncada, de pie en la rama más alta de Roma,
de fritangas,de sacos de carbón oloroso todavía a made- observa a su hermana Isabel, a horcajadas en una horqueta
ra, de bocas babeando alcohol y de majadas de burros. de Cartago, que se contempla las manos. La niña sabe que
Por las noches estallan los cohetes y las riñas: relucen los a Roma se le vence con silencio.
machetesjunto a las pilas de maíz y los mecheros de pe- —iDegollaré a tus hijos!
tróleo. Los lunes, muy de mañana, se retiran los ruidosos En Cartago hay trozos de cielo que se cuelan a través
invasores,dejándome algunos muertos que el Ayunta- de la enramada. Nicolás baja del árbol, se dirige a la cocina
miento recoge.Y esto pasa desde que yo tengo memoria. en busca de un hacha y vuelve corriendo al pie del árbol de
Mis callesprincipales convergen en una plaza sembrada su hermana. Isabel contempla la escena desde lo alto y se
de tamarindos. Una de ellas se alarga y desciende hasta descuelga sin prisa, de rama en rama, hasta llegar al suelo;
perderseen la salida de Cocula; lejos del centro, su empe- luego mira con fijeza a Nicolás y este, sin saber qué hacer,
drado se hace escaso; a medida que la calle se hunde, las I se queda con el arma en la mano. Juan, el más chico de los
casascrecen a sus costados sobre terraplenes de dos y tres tres hermanos, rompe a llorar.
metros de alto. —iNico, no la degüelles!
En esta calle hay una casa grande, de Isabel se aparta despacio, cruza el jardín y desaparece.
piedra, con un co-
rredoren forma de escuadra y un
jardín lleno de plantas y —Mamá, ¿has visto a Isabel?
de polvo. Allí no corre el
tiempo: el aire quedó inmóvil des- —iDéjala, es muy mala!
pués de tantas lágrimas. El
día que sacaron el cuerpo de la —i Desapareció.. .! Tiene poderes
señorade Moncada, alguien
que no recuerdo cerró el por- —Está escondida, tonto.
tón y despidió a los
criados. Desde entonces, las magnolias —No, mamá, tiene poderes —repite Nicolás.
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Yasé que todo esto es anterior al general Francisco
Rosas y al hecho que me entristece ahora, delante de esta
piedra aparente. Y como la memoria contiene todos los
tiempos y su orden es imprevisible, ahora estoy frente a la
geometría de luces que inventó a esta ilusoria colina, como
una premonición de mi nacimiento. Un punto luminoso
determina un valle. Ese instante geométrico se une al mo-
mento de esta piedra y de la superposición de espacios que
forman el mundo imaginario, la memoria me devuelve in-
tactos aquellos días; y ahora Isabel está otra vez ahí, bailan-
do con su hermano Nicolás, en el corredor iluminado por
linternas anaranjadas, girando sobre sus tacones, con los
rizos en desorden y una sonrisa encandilada en los labios.
Un coro de jóvenes vestidas de claro los rodea. Su madre
la mira con reproche. Los criados están bebiendo alcohol
en la cocina.
—No van a acabar bien —sentencian las gentes senta-
das alrededor del brasero.
—ilsabel! ¿Para quién bailas? iPareces una loca!