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Guía de Atocha: Historia y Monumentos

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2021

GUÍA ALREDODORES DE ATOCHA

Mª Victoria Otegui Aguado


ESTACIÓN DE ATOCHA
Hola a todos. En la ruta de hoy, vamos a conocer la zona de ATOCHA, y esta ruta
tiene de todo: trenes, museos, vírgenes, monumentos olvidados, historias truculentas…,
¡hasta un cementerio!, pero no nos adelantemos.
Empecemos por el principio. ¿Por qué esto se llama Atocha? ¿Quién lo sabe?
Pues porque toda esta zona, hace muchísimo tiempo, allá por la Edad
Media, estaba llena de atochas, es decir, plantas de ESPARTO (sí,
con lo que se hacen las zapatillas); imaginaos cuánta debía
haber que esta planta ha acabado dando nombre a casi todos
los elementos que se han construido en la zona: la calle que
baja hasta aquí desde la Plaza Mayor, la puerta de la antigua
muralla que se encontraba al final del Paseo del Prado, la
Virgen y la basílica que visitaremos en un rato, y, ¿cómo no?, a
la estación de ferrocarril que tenemos a nuestras espaldas y que
celebra, atención, ¡su 270º aniversario!
Lo que estamos viendo se trata del principal nudo de comunicaciones terrestres
de todo Madrid, ya que hasta aquí entran trenes procedentes de todos los lugares de la
Península, y desde aquí salen de vuelta a sus lugares de origen. ¿Quién lo hubiera
imaginado cuando se inauguró la estación el 7 de diciembre 1851? Por aquel entonces,
reinaba en España ISABEL II y la estación no era más que un paupérrimo embarcadero
que se construyó para inaugurar la primera línea de ferrocarril de España, que iba de
Madrid a ARANJUEZ, y, fijaos cómo cambian las cosas, el viajecito duraba ¡dos horas de
reloj! Supongo que os estaréis preguntando: “¿por qué Aranjuez?, ¿acaso era un lugar
muy importante en aquella época?”. tranquilos, que os contesto, la respuesta es “según
se mire”. ¿Que qué quiero decir? Pues que esta primera línea era, al principio, de uso
exclusivo de la Familia Real para ir al Palacio de Aranjuez, su residencia de verano, así
que, para ellos, era importantísimo, claro. El caso es que a Isabel II le gustó el invento
éste del tren, ya que autorizó que se
construyeran otras dos líneas: a
Alicante y a Zaragoza.
Desde entonces, el
embarcadero fue creciendo y se
convirtió en una estación de ferrocarril
en toda regla (que se llamó ESTACIÓN
DEL MEDIODÍA) hasta el punto en que
hoy, realmente, no hay una estación,
sino tres: la original, la de Cercanías y la del AVE y larga distancia (sin contar el enlace
con la estación de metro). Este proyecto de tres estaciones en una corrió a cargo de
RAFAEL MONEO, en 1992, precisamente con motivo de la inauguración de la línea
Madrid-Sevilla de alta velocidad. A la estación del AVE se accede desde el interior del
conjunto y a la de Cercanías por un edificio circular de ladrillo y cristal, particularmente
feo, que está al otro lado del que tenemos delante, que es en el que nos vamos a centrar.
El edificio, una gran nave de 150 metros de largo, fue inaugurado en 1892 y su
construcción se encargó a ALBERTO DE PALACIO, que, ¡atención!, fue colaborador de
Gustave Eiffel, quien levantó la gigantesca bóveda de hierro que cubre la estación, todo
un prodigio de ingeniería. Aunque la llamamos “estación original”, lo cierto es que hace
ya 30 años que ha dejado de ser una estación propiamente dicha; en su lugar, se ha
convertido en una zona de descanso y ocio. En este sentido, sin duda, lo más destacado
es el antiguo andén, ahora convertido en un gran JARDÍN TROPICAL, en el que, hasta
hace muy poco, vivía además una colonia de más de 300 tortugas, la mayoría, animales
abandonados por sus dueños; afortunadamente, hoy estas tortugas han sido
trasladadas al Centro de Fauna José Peña, donde están mucho mejor atendidas.
Finalmente, no podemos terminar nuestro comentario de esta estación sin hacer
mención del hecho más trágico de su historia: el atentado yihadista del 11 DE MARZO
DE 2004. Ese día, varios yihadistas pertenecientes a AL QAEDA y al Grupo Islámico
Combatiente Marroquí, colocaron hasta 13 mochilas llenas de explosivos en 4 trenes de
las líneas de Cercanías, con la
intención de hacerlas estallar
sincronizadamente entre las 7:30 y
las 7:45 de la mañana. Sólo tres de
esos explosivos no se activaron y
pudieron ser detonados de forma
controlada o desmantelados por la
policía; los otros diez se llevaron por
delante a 193 PERSONAS y
causaron CASI DOS MIL HERIDOS, entre las estaciones de Atocha, El Pozo, Téllez y Santa
Eugenia. Siete de los autores se suicidaron cuando iban a detenerles, de los demás, dos
cumplen condena y otro permanece sin conocer; además, otras veinte personas
también fueron condenadas como colaboradores en la obtención de los explosivos. Fue
el mayor atentado de la Historia de España. A día de hoy, ya han pasado 17 años desde
aquellos trágicos sucesos, pero en Madrid no se ha olvidado: en recuerdo de las víctimas
se han levantado varios MONUMENTOS, destacando el Bosque del Recuerdo en el
Parque de El Retiro, y el cilindro de cristal (con sinceridad, horrendo) que hay al otro
lado de la estación, donde están escritos los nombres de todas las víctimas. Cuando
pasemos por delante, recordémosles nosotros también.
MUSEO REINA SOFÍA, ANTIGUO HOSPITAL
Continuamos nuestra visita regresando a dónde lo dejamos la semana pasada: el
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, para comentar la historia del edificio, una
historia que justifica sobradamente todas las historias de fantasmas que se cuentan
acerca de este lugar.
Pocos de los que hoy se pasean entre las obras de Picasso, Dalí o Magritte saben
que en las mismas salas que recorren fueron atendidos, se recuperaron y, en algunos
casos murieron, cientos de miles de personas, porque sí, antes que museo, este lugar
fue el Hospital General de Madrid. Para conocer su origen, tenemos que regresar de
nuevo la persona que decidió convertir Madrid en la capital de su reino. Sí, amigos, otra
vez nos encontramos con Felipe II. Evidentemente, antes ya existían varios hospitales en
la Villa, pero eran de pequeño tamaño y no daban abasto para atender a la inmensa
cantidad de personas con la que se llenó Madrid tras convertirse en la nueva capital; por
eso, Felipe II decidió unificar todos esos hospitales pequeñitos y crear un gran hospital
en 1587, el Hospital General de Nuestra Señora de la Encarnación y San Roque, que, al
principio, estuvo al lado de Los Jerónimos; fue en 1603 cuando se
trasladó a su emplazamiento definitivo, viendo que tampoco
bastaba para albergar a todos los enfermos que llamaban a sus
puertas (si queréis haceros una idea de cómo debió ser este
edificio, os remito de nuevo al Plano de Texeira).
En 1756, el rey Fernando VI (hoy tampoco es el día en
que hablaremos de él, pero tranquilos, que ya queda poco
para ello) ordenó demoler ese edificio (todavía insuficiente
para atender las necesidades médicas de los madrileños) y
construir en su lugar uno mucho más grande, de lo cual encargó
a José de Hermosilla. Sin embargo, el proyecto resultó tan
descomunal que sería encargado años después a Sabatini y a Juan de
Villanueva, y, cuando en 1781, ya en época de Carlos III, se inauguró la planta principal
del hospital, que recibió el nombre de Hospital de San Carlos, el proyecto, que incluía
una Facultad de Medicina, no estaba terminado; de hecho, sólo lograrían acabarse las
dos quintas partes del proyecto, debido, sobre todo, a problemas de financiación, pero,
sobre todo, a la invasión de las tropas napoleónicas.
Acabada la Guerra de Independencia, el edificio albergó también el Real Colegio
de Cirugía de San Carlos, pero, tras varios problemas con la Junta que gestionaba el
Hospital, se creó un edificio aparte para actuar de Hospital Clínico Universitario, en 1846.
Desde entonces, conforme Madrid fue creciendo, se fueron construyendo nuevos y más
modernos hospitales que acabaron por dejar obsoleto al antiguo Hospital General.
Finalmente, el hospital cerró definitivamente sus puertas en 1965 (y se trasladó al actual
Gregorio Marañón), y el edificio quedó abandonado, lo que hizo temer por su posible
derribo; afortunadamente, en 1977, fue declarado Monumento Nacional y, como
decíamos la semana pasada, en los años 80, se procedió a su reforma para acoger el
actual Museo Reina Sofía.
Para finalizar, mencionaremos dos hechos curiosos que sucedieron en este lugar.
Durante el levantamiento del 2 de Mayo, el hospital estuvo a punto de ser asaltado por
la furiosa turba madrileña. ¿La razón? Pues porque entre los enfermos se encontraban
varios cientos de soldados franceses que habían ingresado por enfermedades de las que
se pillan por motivos poco confesables, no sé si me explico. El caso es que estos soldados
cuando oyeron los alborotos que se estaban produciendo en las calles de abajo, cogieron
sus armas, dispuestos a defender caras sus vidas, pero, afortunadamente, no hizo falta:
al parecer, un capitán español logró dispersar a la multitud (incluidos los trabajadores
del hospital) y obligó a los franceses a volver a sus camas tras asegurarse de que dejaban
sus armas. Por esta vez, se evitó una matanza en el hospital.
No ocurrió lo mismo durante
la Guerra Civil. Al estallar el
conflicto, el edificio fue ocupado por
un comité del Partido Comunista, y
se convirtió en un hospital de
sangre, es decir, un hospital donde
se acogían a los que eran heridos en
el frente, así que os podéis imaginar
que los muertos se multiplicaron por
cientos en sus pasillos; además, por
si fuera poco, el edificio fue víctima
de algunos bombardeos del bando
sublevado, por lo que, finalmente, los enfermos serían trasladados al Hotel Ritz. Por
aquel entonces, en el recinto se albergaba también un manicomio, y, como podéis
imaginaros, el ruido de las bombas no ayudaba precisamente al estado de salud de sus
pacientes, por lo que las autoridades organizaron el traslado de estos enfermos a varios
hospitales de la zona del Levante.
Por tanto, entre los que murieron por la Guerra Civil y todos los que fueron
víctimas de enfermedades, epidemias o negligencias varias, desde luego, muertos no le
faltan a este edificio. Ahora, vamos a dar media vuelta para continuar nuestra ruta
visitando dos monumentos que, probablemente, no conozcáis.
CLAUDIO MOYANO
¿Quién es la persona que tenemos aquí? Vale, sí, Claudio Moyano, pero lo sabéis
porque lo habéis leído. Ahora decidme, ¿quién era? ¿Por qué alguien pensó que había
que dedicarle un monumento de esta categoría?
Pues escuchad bien. CLAUDIO MOYANO, zamorano de origen, fue uno de los
políticos más destacados del reinado de Isabel II. Entre sus cargos, podemos destacar
ser Rector de la Universidad Central de Madrid (la actual Complutense),
diputado en Cortes y senador, pero, si por algo se ganó este
monumento fue por ser ministro de Fomento, allá
por los años 1856 y 1858, cuando promulgó la
famosa ley que lleva su nombre: la LEY
MOYANO. ¿Esta os suena un poco más?
¿No? Atentos, entonces, porque gracias a esta
ley, por primera vez, se creó un sistema
educativo público en España, incluida la
enseñanza obligatoria y gratuita para todos los
niños y niñas menores de 9 años. La Ley
Moyano contemplaba tres niveles educativos:
primario, secundario y universitario y se
proponía acabar con el analfabetismo de más
de 2/3 de la población española, cosa que,
finalmente lograría, porque, aunque nos choque, esta ley
permaneció en vigor (con varios cambios de por medio, eso sí) hasta
1970, es decir, ¡113 años! ¡Ay, qué tiempos aquéllos en que una ley educativa duraba
más de una lesgislatura! ¿Es o no es para ponerle un monumento?
Aparte de la estatua, se le dio su nombre también a la calle que sube hasta el
Retiro: la CUESTA DE MOYANO, que todos conocemos por las casetas de la FERIA DEL
LIBRO. En un principio, sin embargo, las casetas estaban en el Paseo del Prado, pegadas
a la entrada del Jardín Botánico; esto al director no le hacía mucha gracia, así que se
quejó al Ayuntamiento y logró que las casetas se trasladaran a esta calle en 1925. Hoy
son todo un icono de Madrid y una cita ineludible para todos los que amamos los libros,
así que vámonos rápido, antes de que me gaste el poco dinero que tengo.
LA BATALLA DE EL CANEY Y EL GENERAL VARA DEL REY
Bueno, quizás conocierais el monumento de Moyano, pero ahora vamos a
detenernos ante uno de esos grandes olvidados de la Historia española y de los
monumentos de Madrid.
El monumento que tenemos ante nosotros está dedicado a la memoria del
general Vara del Rey y de los valientes soldados que lucharon junto con él en la batalla
de El Caney. ¿Ah, que no sabéis de quiénes os estoy hablando? Bueno, pues
pongámonos en situación. Estamos en la segunda Guerra de Cuba, sí, la que acabó en el
desastre del 98, así que ya os podéis imaginar que esta historia no va a acabar bien. El
caso, España se enfrentaba a los guerrilleros cubanos
que luchaban por su independencia y al ejército
estadounidense, y, en este conflicto, el general
español Vara del Rey defendía el fortín de El Viso,
esencial en la defensa de Santiago de Cuba, al mando
de 550 hombres y sin artillería; enfrente tenían un
ejército norteamericano de casi 7000 hombres y 4
cañones apuntando directamente a sus muros.
Los estadounidenses se las prometían muy
felices, convencidos de que los españoles se retirarían
nada más ver la superioridad numérica de sus
enemigos, pero nada más lejos de la realidad. Lo que
el comandante estadounidense Lawton calculó que no
duraría más de una hora se convirtieron en casi doce horas de esfuerzos para conseguir
ocupar la posición, y más que podrían haber sido de no ser por que una bala perdida
logro dar al general Vara del Rey. Al ver a su superior herido y caído, la moral de las
tropas españolas se vino abajo y comenzaron a retirarse, y ése es el momento que está
representado en la escultura: los españoles intentan escapar llevando consigo a Vara del
Rey, pero los rebeldes cubanos los descubrieron mientras huían y acabaron siendo
masacrados todos. Una piedra más en el camino para la derrota española en Cuba.
Cuando la noticia llegó a Madrid, a Vara del Rey y a sus 550 valientes se les rindió
todo tipo de honores y homenajes, incluido este monumento (ya sabéis lo que nos gusta
a nosotros acordarnos de la gente cuando ya está muerta); claro que si, en vez de
medallitas póstumas, les hubieran dado los refuerzos que necesitaban quizás otro gallo
nos habría cantado. En cualquier caso, aquí nos queda este monumento que nos
recuerda lo que se perdió en aquella guerra: hombres, muy buenos hombres, que hacen
realidad aquellos versos del cantar: “¡Dios, que buen vasallo, si oviesse buen señor!”.
BASÍLICA DE ATOCHA
Nos dirigimos ahora a ver a nuestra particular “Moreneta”,
porque sí, Madrid también tiene su “Virgen negra” y ésa no es
otra que NUESTRA SEÑORA DE ATOCHA. Se trata de una
imagen que corresponde al tipo Theotokos, es decir, Madre
de Dios, con el Niño Jesús en su mano izquierda, y su color
oscuro se debe a la madera con que está tallada; la devoción
que despierta entre muchos madrileños la convirtieron
desde tiempos visigodos en la primera patrona de Madrid,
mucho antes que la Virgen de la Almudena, y, de hecho, aún
goza de más popularidad que ésta.
Sobre los orígenes de esta imagen no hay nada claro. La
leyenda cuenta que la talla fue realizada por el mismísimo SAN
LUCAS (esto no es raro, son muchas las Vírgenes que reclaman el honor de haber sido
pintadas o esculpidas por el Evangelista) y, años después, habría sido traída hasta aquí
por algunos discípulos de San Pedro, ahí es nada, desde Antioquía. No se sabe por qué
los discípulos del Apóstol habrían decidido elegir este sitio (recordad que, en el siglo I,
Madrid no existía, que sepamos), pero lo que sí parece seguro es que, ya en época de
los visigodos, aquí se levantaba una pequeña ermita dedicada a la Virgen, y parece que,
después de la conquista musulmana, la ermita se mantuvo en pie y fueron muchos los
madrileños cristianos que acudían aquí a rezar.
A partir de este punto, volvemos a
movernos en los nebulosos terrenos de la
leyenda. Cuenta la tradición que, todavía en
tiempos de los musulmanes, uno de esos
cristianos que acudían a la ermita se llamaba
GRACIÁN RAMÍREZ, pero un día, al llegar, se
encontró con que la ermita había sido
destruida y la talla había desaparecido.
Evidentemente, sospechó que la habían
robado los musulmanes, por lo que salió
hecho una Furia dispuesto a cobrarse
cumplida venganza; sin embargo, en ese
momento, un rayo cayó provocando un
pequeño incendio entre los atochares
(acordaos del origen del nombre de esta
zona), y, entre los matorrales, quedó al
descubierto la imagen de la Virgen.
Maravillado ante el prodigio, Gracián se dispuso a construir una nueva ermita, para lo
que trajo al día siguiente a varios compañeros. Por desgracia, en el camino les estaban
esperando los musulmanes, que arremetieron contra ellos dándoles muerte; solo
Gracián logró escapar a duras penas y avisó de la llegada de los infieles a su familia y
vecinos. Viendo que sus enemigos eran muy superiores en número, la mujer y las hijas
de Gracián le pidieron que las matara ya que preferían la muerte a ser capturadas por
los sarracenos; el pobre caballero así lo hizo y, una a una, fue degollándolas mientras las
lágrimas inundaban sus ojos. Después de esto, salió al campo de batalla con los demás
vecinos para morir matando, pero el milagro se produjo: a pesar de su superioridad
numérica, los musulmanes fueron derrotados, y Gracián sobrevivió. Sobrevivió, sí, pero
fue como si estuviera muerto en vida. Arrepentido de sus actos, regresó a la ermita para
llorar a su familia, pero la Virgen obró otro milagro: esperándole en la ermita estaban su
mujer y sus hijas, sanas y salvas, y sólo una fina línea roja en sus cuellos recordaba el
lamentable suceso.
Una vez más, os recuerdo que se trata de una leyenda. Lo que sí sabemos a
ciencia cierta es que, en 1162, existía una ermita dedicada a la Virgen de Atocha, como
atestiguan varios documentos de la Catedral de Toledo; además, en las CANTIGAS de
Alfonso X se recogen dos milagros protagonizados por esta Virgen (si os interesa, se trata
de las Cantigas 289 y 315).
La siguiente noticia que tenemos de la Virgen y su ermita data de 1523, cuando
el templo fue dejado bajo el cuidado de la Orden de Predicadores, más conocidos como
dominicos, los cuales construyeron a su alrededor un convento, y siguen siendo aún hoy
los encargados de cuidarla y guardar su culto. En esa labor, siempre han recibido la
ayuda de la FAMILIA REAL, especialmente,
desde tiempos de Felipe II, de quién se
cuenta que venía a rezar ante Nuestra
Señora de Atocha antes y después de cada
batalla. Desde entonces, la vinculación de
la Virgen con la Casa Real no ha hecho más
que crecer: Felipe IV la proclamó
“Protectora de la Casa Real”, Isabel II
acudía frecuentemente a rezar, Alfonso XII se casó aquí con su primera mujer, María de
las Mercedes, y, más recientemente, Felipe VI y Letizia presentaron ante la Virgen a sus
dos hijas: la princesa Leonor y la infanta Sofía.
Ahora bien, de aquella ermita originaria no queda absolutamente nada. En 1808,
comenzaron los problemas para la Virgen de Atocha. Los FRANCESES expulsaron a los
dominicos y convirtieron el lugar en un cuartel, saqueando a placer las riquezas del
convento, que no eran pocas; afortunadamente, los monjes cumplieron sus votos y
sacaron la imagen de la Virgen poniéndola a salvo en las Descalzas Reales. Acabada la
Guerra de Independencia, podría todo haber vuelto a la calma, pero la desamortización
de Mendizábal expulsó a los dominicos otra vez y convirtió el convento en un cuartel de
inválidos; sin embargo, como tantos otros edificios desamortizados, la iglesia quedó
abandonada y en ruinas, por lo que la imagen se puso a salvo en la iglesia del Buen
Suceso (que estaba en la Puerta del Sol).
Fue Isabel II quien salió al rescate de la iglesia, logrando que el Papa la nombrara
BASÍLICA (la primera de Madrid, de hecho), y, gracias a este nombramiento, el templo
volvió a manos de los dominicos y recuperó su dignidad durante las décadas posteriores.
Finalmente, fue otra reina, la REGENTE MARÍA CRISTINA, viuda de Alfonso XII, quien, en
1888, encargó al arquitecto FERNANDO ARBÓS, derribar la antigua basílica y construir
una nueva, en estilo neobizantino (queriendo imitar Santa Sofía), para integrar en ella,
además, el nuevo Panteón de Hombres Ilustres (luego lo veremos). Desgraciadamente,
una obra de estas características requiere una pequeña y diminuta menudencia: mucho
dinero, y los fondos se acabaron pronto, así que sólo dio tiempo a construir el Panteón.
Hubo que esperar a 1924 para que, al fin, se reanudaran las obras, aunque abandonando
el proyecto de Arbós. Dos años después, la Virgen de Atocha regresaba a casa. Quizás
habría sido mejor que no, porque al estallar la GUERRA CIVIL, los milicianos asaltaron y
quemaron la iglesia y el convento, asesinaron a cuántos religiosos no lograron escapar,
y todo lo que había de valor fue saqueado, salvo, una vez más, la imagen de la Virgen,
pues, unos días antes, oliéndose la que se iba a liar, los dominicos se la habían entregado
a unos amigos de la comunidad.

El templo que vemos hoy fue construido por DIEGO MÉNDEZ e inaugurado en
1951 y lo podemos visitar ahora mismo si queréis y ver a la Virgen de Atocha, que,
evidentemente, regresó a su casa tras acabar el conflicto; eso sí, quizás os cueste verla,
porque es una talla muy pequeña y está colocada muy por encima del altar mayor.
REAL FÁBRICA DE TAPICES
Bien, ya sé que así, a priori, este edificio no luce como el que acabamos de visitar,
pero dentro de estos muros, se encuentra el vecino más olvidado del barrio: la REAL
FÁBRICA DE TAPICES.
Todo se diga, esta no fue su ubicación original. Cuando la fábrica se fundó por
orden de FELIPE V, allá por 1721, se determinó que el edificio se
emplazara junto a la puerta de Santa Bárbara, es decir, lo que hoy
sería Alonso Martínez. Un siglo y medio después, ante las
necesidades de ensanche que tenía Madrid, se demolió aquel
edificio, pero la institución siguió funcionando y se ordenó
que fuera trasladada al lugar llamado “olivar y huerta de
Atocha”, es decir, aquí.
Se trataba de una de las muchas MANUFACTURAS
que la Corona puso en marcha con la llegada de los Borbones:
la Real Fábrica de Cristal en La Granja, la Real Fábrica de
Porcelana en El Retiro, la de Seda en Talavera de la Reina… De
aquí, han salido mucho de los tapices que decoran los palacios de
Madrid: el Palacio Real, el Palacio de Aranjuez, el Palacio de Liria…
Muchas de estas manufacturas, no obstante, han desaparecido, pero ésta sigue
funcionando hasta el día de hoy. Sí, como lo oís, aparte de visitar el museo, para lo cual
es necesaria una cita previa, podéis encargar alfombras y tapices para decorar vuestra
casa, y os los harán de la misma manera en que se hacía en tiempos de GOYA y su
suegro, Bayeu, que, como sabréis, fueron los más destacados pintores que trabajaron
para esta institución; por cierto, también podéis encargar el banquete si alguien en
vuestra familia está pensando en casarse. Eso sí, el encarguito os puede salir por un ojo
de la cara, así que, mientras pensáis si os sale a cuenta, vamos a dirigir nuestros pasos
al otro lado de la calle para visitar a los muertos.
PANTEÓN DE HOMBRES ILUSTRES
Corría el año 1869, y a las 5 de la tarde de una calurosa tarde de Junio, los
madrileños salían de la siesta con el ruido de los cañones. ¿Qué sucedía? ¿Atacaban la
ciudad? ¿Había estallado la revolución? Nada de eso, se trataba de cien salvas de cañón
que anunciaban la salida de un gran CORTEJO FÚNEBRE precisamente desde aquí, desde
la Basílica de Atocha. ¿Quién se había muerto? Pues no era una persona, sino catorce, y
lo cierto es que hacía ya siglos que habían dejado este mundo. Ahora, sin embargo,
descansarían todos juntos en la Basílica de San Francisco el Grande, inaugurando el
PANTEÓN NACIONAL DE HOMBRES ILUSTRES.
La idea de crear un espacio
donde enterrar a las grandes figuras
de la Historia de España había
comenzado realmente treinta años
atrás, en 1837, y se había encargado
a la Real Academia de la Historia que
organizase una primera lista de
personalidades ilustres a las que
albergar en el recién creado
panteón. Pero ya sabéis cómo fue el
reinado de Isabel II: un completo caos, en el que los gobiernos se sucedían en espacios
de tiempo de uno o dos años (cinco duró el más largo, pero fue algo muy excepcional),
por lo que, estando las cosas así de liadas entre los vivos, ninguno se acordó de buscar
a los muertos. Y así siguió todo hasta el año 1869, cuando el general Prim le dio a la
comisión investigadora un ULTIMÁTUM: tenían un mes para encontrar a la gente de la
lista, entre la que se encontraban Lope de Vega, Cervantes, Velázquez, Jovellanos,
Floridablanca, Goya y el Cid. ¿Creéis que los encontraron? Pues no, aunque tampoco fue
culpa suya; entre desamortizaciones, guerras y revueltas, lo raro es que lograran
encontrar siquiera estas CATORCE PERSONAS. Ahora, ¡qué catorce!: Calderón de la
Barca, Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán), Juan de Mena, Alonso de Ercilla,
Quevedo, Garcilaso de la Vega, Ambrosio de Morales, el Marqués de la Ensenada,
Federico Gravina (el de Trafalgar), Ventura Rodríguez o Juan de Villanueva fueron sólo
algunos.
Sin duda, todos ellos se merecían una comitiva fúnebre como la que anunciaban
esas 100 salvas de cañón. Imaginaos, todo Madrid se había engalanado para la ocasión,
y la comitiva recorrió el Paseo del Prado, la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza
Mayor, y la calle Bailén, hasta llegar a su destino. ¡Tres horas duró la procesión! A su
paso, las fuentes del Paseo del Prado se activaban para rendir honores a los difuntos, en
el Museo del Prado se leyó un panegírico a Ventura Rodríguez y Villanueva, se lanzaban
flores y coronas funerarias desde los balcones… No era para menos: por fin, después de
treinta años, España contaba con su propio Panteón Nacional de Hombres Ilustres, a
imitación de otros como la Abadía de Westminster. Pero, ¡ay, amigos!, la política volvió
a meterse de por medio. Cinco años bastaron para que el recién estrenado panteón se
quedara VACÍO: varias ciudades reclamaron a sus héroes muertos y hubo que
devolvérselos y a Calderón lo depositaron de nuevo en el cementerio de San Nicolás (por
cierto, a los restos del autor de La vida es sueño se les perdió la pista en la Guerra Civil).
Sólo en 1888, la reina MARÍA CRISTINA, madre y regente de
Alfonso XIII, retomó la idea de crear un Panteón de Hombres
Ilustres aprovechando que en la Basílica de Atocha estaban
enterrados los generales Palafox y Castaños (los héroes de
Zaragoza y Bailén durante la Guerra de Independencia), el
general Prim y el político Ríos Rosas. Ya os he hablado de este
proyecto. FERNANDO ARBÓS recibió el encargo de construir
una nueva basílica de Atocha, en la que estaría integrado este
panteón; se trataba de un proyecto NEOBIZANTINO, pero, por
razones de presupuesto, al final sólo llegaron a construirse la torre
campanario (que ahora ha quedado dentro del Colegio Virgen de Atocha) y este edificio
que tenemos delante, que se inauguró en 1899. En los años posteriores, fueron
depositados aquí también los restos de varios políticos importantes de su tiempo:
Mendizábal, Cánovas del Castillo, Sagasta, Canalejas y Eduardo Dato, entre otros; eso sí,
de los cuatro originales ya sólo queda Ríos Rosas, los otros tres fueron entregándose a
Zaragoza, Bailén y Reus, respectivamente.
¿Qué queréis que os
diga? La verdad es que la nueva
plantilla desluce mucho al lado
de la original. Esto mismo
debieron pensar los madrileños
de entonces, ya que muy
pronto el lugar cayó en un
estado de semi-abandono y
deterioro, y en los años 80, el
Gobierno tuvo que llevar a
cabo unas ingentes tareas de
restauración, y, en 2004, hubo que volver a intervenir para salvar las decoraciones del
edificio. Con todo, no se trata de uno de los lugares más visitados de Madrid y es una
verdadera pena. Yo os recomiendo encarecidamente visitarlo al acabar la ruta; sus
HORARIOS son de 10 a 14 horas, y de 16 a 18 horas. Dentro os encontraréis los
mausoleos de todos estos hombres célebres en su tiempo, algunos de los cuales hechos
por escultores de la talla de Mariano Benlliure; además, entre sus “secretillos” se
encuentra nuestra particular ESTATUA DE LA LIBERTAD, a ver si sois capaces de
encontrarla.
MUSEO DE ANTROPOLOGÍA
Más o menos por la misma época en que se inauguraba el Panteón de Hombres
Ilustres original, alcanzaba lo más alto de su carrera el doctor PEDRO GONZÁLEZ DE
VELASCO, el más famoso cirujano de su tiempo en España. En 1875, este
gran médico tenía en este magnífico edificio su residencia, donde,
además, fundó un Museo Anatómico y Etnológico. Hoy, es el
MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA.
La visita vale muchísimo la pena, pero si por algo son
conocidos el museo y su fundador es por una trágica y macabra
historia que tiene como protagonista a la hija del buen doctor.
El doctor Velasco era un hombre obsesionado con su trabajo y
apenas salía de su círculo profesional, pero tenía una gran
debilidad: su HIJA, CONCHA. Sin embargo, en 1864, la desgracia
llamó a la puerta de los Velasco: Concha enfermó de tifus, y a pesar
de los esfuerzos de su médico, el DOCTOR BENAVENTE (amigo de
Velasco y padre de Jacinto Benavente), ningún tratamiento parecía funcionar.
Desesperado, el doctor Velasco desoyó las advertencias de su amigo y le dio un purgante
a su hija. ¿El resultado? La muchacha sufrió una grave hemorragia que acabó por matarla
a la tierna edad de 15 años.
Velasco nunca superó esta pérdida. Llevaba una foto suya en la cartera y colocó
en su casa cuadros y fotografía de su hija, e, incluso, un busto de la pequeña. Hasta aquí
todo normal, doloroso, sí, pero normal. Los problemas llegaron después. Cuando en
1875 se instaló en su nueva casa-museo, decidió construir en ella una pequeña capilla,
para trasladar allí los restos de su añorada Concha, aún en contra de la voluntad de su
mujer. Otro amigo del doctor Velasco, el
doctor ÁNGEL PULIDO, nos cuenta lo que
sucedió el día en que llegó el ataúd de Concha.
Al parecer, ambos médicos se encargaron de
abrir el ataúd (la madre prefirió no saber nada
de aquello), pero, cuando lo hicieron, su
sorpresa fue mayúscula. Cuando Concha había
muerto, su padre la había embalsamado, y,
por lo visto, había hecho un trabajo magnífico:
¡el cuerpo estaba INTACTO! Nos cuenta Pulido que Velasco no soportó la visión de su
niña vestida con su vestido fúnebre, se derrumbó y abrazó llorando a su hija muerta.
Fue en ese preciso momento en el que los pocos hilos que todavía ataban al
doctor Velasco a la cordura se rompieron. Maravillado por encontrarse a su hija intacta,
decidió que no volvería a sepultarla bajo tierra, la mantendría a su lado para siempre.
Así, dejó el cuerpo desnudo en una de las salas, con las ventanas abiertas, para dejar
que se MOMIFICARA de forma natural; después, la vistió con un VESTIDO DE NOVIA
(antes de morir, Concha había estado prometida), las mejores joyas que pudo comprar,
la peinaron y la maquilló para que fuera la muchacha más hermosa de todo Madrid. Una
vez acabado todo el proceso, depositó el cuerpo en una URNA DE CRISTAL en la capilla
de su casa, y, una vez a la semana, lo sacaba para sentarlo a la mesa mientras él y su
mujer COMÍAN. Como os podéis imaginar, las protestas no tardaron en producirse,
sobre todo, por parte de la propia madre de la criatura. Además, imaginaos el horror
con el que debían asistir a todo esto tanto el servicio de la casa como las visitas
ocasionales, porque el doctor Velasco no cambiaba su particular rutina por nada y por
nadie. Pronto, otras historias comenzaron a circular por Madrid: se había visto al doctor
Velasco paseando por las noches en su CARRUAJE en compañía de su hija e, incluso, en
ocasiones, también con el antiguo prometido de la pobre Concha.
Sobre cuánto de verdad hay en estas historias, es complicado pronunciarse de
forma definitiva. Baste con que os diga que el propio Ángel Pulido (os recuerdo, amigo
de la familia) negó categóricamente las historias de los paseos en carruaje y del traje de
novia, pero corroboró que todo lo demás, que no era poco, era desgraciadamente
CIERTO. Finalmente, la presión fue tanta que el doctor Velasco no tuvo más remedio
que ceder y enterrar a su hija en lo que hoy es el centro de la planta principal del museo,
lugar donde también él sería depositado a su muerte, en 1882. Pero todos tranquilos,
de aquella tumba ya sólo queda la lápida (y, además, está en una de las paredes del
museo), porque la VIUDA DEL DOCTOR ordenó devolver los restos de su hija al
Cementerio de San Isidro. No hizo lo mismo con los de su marido, que se quedaron en
la casa hasta que, en 1942, con las obras de restauración del edificio, se exhumaron y
llevaron al dicho cementerio en un dicho independiente; afortunadamente, algunos
años después, sus restos se trasladaron, por fin, al panteón familiar, junto a los de su
mujer y su hija.

Por si esta historia no basta para despertar vuestro interés por el museo, os diré
también que, cuando decidáis visitarlo, entre las numerosas piezas expuestas, a parte
de varios objetos del laboratorio de Ramón y Cajal, y una carta del mismísimo Darwin,
os encontraréis también el esqueleto de AGUSTÍN LUENGO CAPILLA. ¿Y qué tiene de
especial esos huesos? Pues que Agustín Luengo Capilla medía 2,35 metros. La historia
de cómo sus restos acabaron siendo parte de la colección del museo es bastante curiosa
e implica, ¡cómo no!, al doctor Velasco. Por lo visto, durante un
viaje del doctor por Asturias, se encontró con este hombre,
que trabajaba como artista circense bajo el nombre de “EL
GIGANTE DE ALCOCER”, y maravillado por lo que veía,
llegó a una especie de trato faustiano con él:
básicamente, Velasco aceptaba correr con todos los
gastos de Agustín durante toda su vida, a cambio de que,
a su muerte, le donara su cuerpo para su Museo
Anatómico. Como veis, todo lo que envuelve al doctor
Velasco tiene que ser siempre más bien tirando a… rarito,
dejémoslo en rarito. El caso es que Agustín aceptó (no me
extraña: pasar el resto de tu vida mantenido… como para
no aceptar, vamos), y el caso es que el doctor Velasco no tuvo
que esperar mucho para disfrutar de “su gigante”, ya que a
Agustín le encantaba vivir a todo tren (total, él no pagaba nada), y sus excesos acabaron
llevándolo al museo del doctor en la Nochevieja de 1875.
En conclusión, vaya añito que tuvo el doctor: estrena casa con hija muerta
incluida, pierde la cabeza y, de regalo de fin de año, le toca un gigante para su
colección... Decididamente, estas cosas sólo pasaban en el siglo XIX. ¿Cómo es posible
que todavía nadie se haya propuesto hacer una película de la vida de este hombre, por
favor?
REAL OBSERVATORIO
Acabamos nuestra visita a las puertas de El Retiro para conocer al hermano
“pobre” del Museo del Prado y el Jardín Botánico: el REAL OBSERVATORIO DE MADRID.
Como os comenté el día que recorrimos el
Paseo del Prado, esta institución fue fundada por
CARLOS III para completar el complejo científico
que rodearía los Jardines del Buen Retiro. En
realidad, se trataba de un proyecto impulsado por
el militar e ingeniero Jorge Juan, con el objetivo de
impulsar los estudios cartográficos, geográficos y
astronómicos, aunque, por diversos motivos, la
construcción del Observatorio no comenzó hasta
1790. El edificio fue diseñado por JUAN DE
VILLANUEVA, siguiendo los patrones típicos del
Neoclasicismo, y se levanta sobre una pequeña
colina: el cerrillo de San Blas.
Si deseáis visitarlo, cosa que os
recomiendo, tengo que avisaros de que las
VISITAS son guiadas y de que sólo podéis hacerlo
en un horario muy limitado: abre sólo los viernes a las 16:30, y los sábados y domingos,
a las 12:00 y a las 16:30. Si lo hacéis, por favor, no dejéis de deteneros en la réplica del
TELESCOPIO DE HERSCHEL. No es el original porque, como tantas otras cosas, éste fue
destruido por los franceses durante la invasión napoleónica, demostrando que tendrían
mucha Ilustración pero poquita cultura, ya que este artilugio fue construido por el
propio Herschel, el músico y astrónomo que descubrió Urano, y, según sus propias
palabras fue el mejor que jamás construyó, lo cual es mucho decir; se dice que la clave
de la precisión de sus telescopios eran sus cristales, realizados en una aleación que
conocía Herschel y sólo Herschel, y cuando él murió se llevó el secreto a la tumba.
En fin, yo os dejo aquí, a las puertas de El Retiro, que será nuestra próxima ruta.
Para empezarla, nos veremos a las 10:00, en el Casón del Buen Retiro, un poco más
arriba.

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