Guía de Atocha: Historia y Monumentos
Guía de Atocha: Historia y Monumentos
El templo que vemos hoy fue construido por DIEGO MÉNDEZ e inaugurado en
1951 y lo podemos visitar ahora mismo si queréis y ver a la Virgen de Atocha, que,
evidentemente, regresó a su casa tras acabar el conflicto; eso sí, quizás os cueste verla,
porque es una talla muy pequeña y está colocada muy por encima del altar mayor.
REAL FÁBRICA DE TAPICES
Bien, ya sé que así, a priori, este edificio no luce como el que acabamos de visitar,
pero dentro de estos muros, se encuentra el vecino más olvidado del barrio: la REAL
FÁBRICA DE TAPICES.
Todo se diga, esta no fue su ubicación original. Cuando la fábrica se fundó por
orden de FELIPE V, allá por 1721, se determinó que el edificio se
emplazara junto a la puerta de Santa Bárbara, es decir, lo que hoy
sería Alonso Martínez. Un siglo y medio después, ante las
necesidades de ensanche que tenía Madrid, se demolió aquel
edificio, pero la institución siguió funcionando y se ordenó
que fuera trasladada al lugar llamado “olivar y huerta de
Atocha”, es decir, aquí.
Se trataba de una de las muchas MANUFACTURAS
que la Corona puso en marcha con la llegada de los Borbones:
la Real Fábrica de Cristal en La Granja, la Real Fábrica de
Porcelana en El Retiro, la de Seda en Talavera de la Reina… De
aquí, han salido mucho de los tapices que decoran los palacios de
Madrid: el Palacio Real, el Palacio de Aranjuez, el Palacio de Liria…
Muchas de estas manufacturas, no obstante, han desaparecido, pero ésta sigue
funcionando hasta el día de hoy. Sí, como lo oís, aparte de visitar el museo, para lo cual
es necesaria una cita previa, podéis encargar alfombras y tapices para decorar vuestra
casa, y os los harán de la misma manera en que se hacía en tiempos de GOYA y su
suegro, Bayeu, que, como sabréis, fueron los más destacados pintores que trabajaron
para esta institución; por cierto, también podéis encargar el banquete si alguien en
vuestra familia está pensando en casarse. Eso sí, el encarguito os puede salir por un ojo
de la cara, así que, mientras pensáis si os sale a cuenta, vamos a dirigir nuestros pasos
al otro lado de la calle para visitar a los muertos.
PANTEÓN DE HOMBRES ILUSTRES
Corría el año 1869, y a las 5 de la tarde de una calurosa tarde de Junio, los
madrileños salían de la siesta con el ruido de los cañones. ¿Qué sucedía? ¿Atacaban la
ciudad? ¿Había estallado la revolución? Nada de eso, se trataba de cien salvas de cañón
que anunciaban la salida de un gran CORTEJO FÚNEBRE precisamente desde aquí, desde
la Basílica de Atocha. ¿Quién se había muerto? Pues no era una persona, sino catorce, y
lo cierto es que hacía ya siglos que habían dejado este mundo. Ahora, sin embargo,
descansarían todos juntos en la Basílica de San Francisco el Grande, inaugurando el
PANTEÓN NACIONAL DE HOMBRES ILUSTRES.
La idea de crear un espacio
donde enterrar a las grandes figuras
de la Historia de España había
comenzado realmente treinta años
atrás, en 1837, y se había encargado
a la Real Academia de la Historia que
organizase una primera lista de
personalidades ilustres a las que
albergar en el recién creado
panteón. Pero ya sabéis cómo fue el
reinado de Isabel II: un completo caos, en el que los gobiernos se sucedían en espacios
de tiempo de uno o dos años (cinco duró el más largo, pero fue algo muy excepcional),
por lo que, estando las cosas así de liadas entre los vivos, ninguno se acordó de buscar
a los muertos. Y así siguió todo hasta el año 1869, cuando el general Prim le dio a la
comisión investigadora un ULTIMÁTUM: tenían un mes para encontrar a la gente de la
lista, entre la que se encontraban Lope de Vega, Cervantes, Velázquez, Jovellanos,
Floridablanca, Goya y el Cid. ¿Creéis que los encontraron? Pues no, aunque tampoco fue
culpa suya; entre desamortizaciones, guerras y revueltas, lo raro es que lograran
encontrar siquiera estas CATORCE PERSONAS. Ahora, ¡qué catorce!: Calderón de la
Barca, Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán), Juan de Mena, Alonso de Ercilla,
Quevedo, Garcilaso de la Vega, Ambrosio de Morales, el Marqués de la Ensenada,
Federico Gravina (el de Trafalgar), Ventura Rodríguez o Juan de Villanueva fueron sólo
algunos.
Sin duda, todos ellos se merecían una comitiva fúnebre como la que anunciaban
esas 100 salvas de cañón. Imaginaos, todo Madrid se había engalanado para la ocasión,
y la comitiva recorrió el Paseo del Prado, la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza
Mayor, y la calle Bailén, hasta llegar a su destino. ¡Tres horas duró la procesión! A su
paso, las fuentes del Paseo del Prado se activaban para rendir honores a los difuntos, en
el Museo del Prado se leyó un panegírico a Ventura Rodríguez y Villanueva, se lanzaban
flores y coronas funerarias desde los balcones… No era para menos: por fin, después de
treinta años, España contaba con su propio Panteón Nacional de Hombres Ilustres, a
imitación de otros como la Abadía de Westminster. Pero, ¡ay, amigos!, la política volvió
a meterse de por medio. Cinco años bastaron para que el recién estrenado panteón se
quedara VACÍO: varias ciudades reclamaron a sus héroes muertos y hubo que
devolvérselos y a Calderón lo depositaron de nuevo en el cementerio de San Nicolás (por
cierto, a los restos del autor de La vida es sueño se les perdió la pista en la Guerra Civil).
Sólo en 1888, la reina MARÍA CRISTINA, madre y regente de
Alfonso XIII, retomó la idea de crear un Panteón de Hombres
Ilustres aprovechando que en la Basílica de Atocha estaban
enterrados los generales Palafox y Castaños (los héroes de
Zaragoza y Bailén durante la Guerra de Independencia), el
general Prim y el político Ríos Rosas. Ya os he hablado de este
proyecto. FERNANDO ARBÓS recibió el encargo de construir
una nueva basílica de Atocha, en la que estaría integrado este
panteón; se trataba de un proyecto NEOBIZANTINO, pero, por
razones de presupuesto, al final sólo llegaron a construirse la torre
campanario (que ahora ha quedado dentro del Colegio Virgen de Atocha) y este edificio
que tenemos delante, que se inauguró en 1899. En los años posteriores, fueron
depositados aquí también los restos de varios políticos importantes de su tiempo:
Mendizábal, Cánovas del Castillo, Sagasta, Canalejas y Eduardo Dato, entre otros; eso sí,
de los cuatro originales ya sólo queda Ríos Rosas, los otros tres fueron entregándose a
Zaragoza, Bailén y Reus, respectivamente.
¿Qué queréis que os
diga? La verdad es que la nueva
plantilla desluce mucho al lado
de la original. Esto mismo
debieron pensar los madrileños
de entonces, ya que muy
pronto el lugar cayó en un
estado de semi-abandono y
deterioro, y en los años 80, el
Gobierno tuvo que llevar a
cabo unas ingentes tareas de
restauración, y, en 2004, hubo que volver a intervenir para salvar las decoraciones del
edificio. Con todo, no se trata de uno de los lugares más visitados de Madrid y es una
verdadera pena. Yo os recomiendo encarecidamente visitarlo al acabar la ruta; sus
HORARIOS son de 10 a 14 horas, y de 16 a 18 horas. Dentro os encontraréis los
mausoleos de todos estos hombres célebres en su tiempo, algunos de los cuales hechos
por escultores de la talla de Mariano Benlliure; además, entre sus “secretillos” se
encuentra nuestra particular ESTATUA DE LA LIBERTAD, a ver si sois capaces de
encontrarla.
MUSEO DE ANTROPOLOGÍA
Más o menos por la misma época en que se inauguraba el Panteón de Hombres
Ilustres original, alcanzaba lo más alto de su carrera el doctor PEDRO GONZÁLEZ DE
VELASCO, el más famoso cirujano de su tiempo en España. En 1875, este
gran médico tenía en este magnífico edificio su residencia, donde,
además, fundó un Museo Anatómico y Etnológico. Hoy, es el
MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA.
La visita vale muchísimo la pena, pero si por algo son
conocidos el museo y su fundador es por una trágica y macabra
historia que tiene como protagonista a la hija del buen doctor.
El doctor Velasco era un hombre obsesionado con su trabajo y
apenas salía de su círculo profesional, pero tenía una gran
debilidad: su HIJA, CONCHA. Sin embargo, en 1864, la desgracia
llamó a la puerta de los Velasco: Concha enfermó de tifus, y a pesar
de los esfuerzos de su médico, el DOCTOR BENAVENTE (amigo de
Velasco y padre de Jacinto Benavente), ningún tratamiento parecía funcionar.
Desesperado, el doctor Velasco desoyó las advertencias de su amigo y le dio un purgante
a su hija. ¿El resultado? La muchacha sufrió una grave hemorragia que acabó por matarla
a la tierna edad de 15 años.
Velasco nunca superó esta pérdida. Llevaba una foto suya en la cartera y colocó
en su casa cuadros y fotografía de su hija, e, incluso, un busto de la pequeña. Hasta aquí
todo normal, doloroso, sí, pero normal. Los problemas llegaron después. Cuando en
1875 se instaló en su nueva casa-museo, decidió construir en ella una pequeña capilla,
para trasladar allí los restos de su añorada Concha, aún en contra de la voluntad de su
mujer. Otro amigo del doctor Velasco, el
doctor ÁNGEL PULIDO, nos cuenta lo que
sucedió el día en que llegó el ataúd de Concha.
Al parecer, ambos médicos se encargaron de
abrir el ataúd (la madre prefirió no saber nada
de aquello), pero, cuando lo hicieron, su
sorpresa fue mayúscula. Cuando Concha había
muerto, su padre la había embalsamado, y,
por lo visto, había hecho un trabajo magnífico:
¡el cuerpo estaba INTACTO! Nos cuenta Pulido que Velasco no soportó la visión de su
niña vestida con su vestido fúnebre, se derrumbó y abrazó llorando a su hija muerta.
Fue en ese preciso momento en el que los pocos hilos que todavía ataban al
doctor Velasco a la cordura se rompieron. Maravillado por encontrarse a su hija intacta,
decidió que no volvería a sepultarla bajo tierra, la mantendría a su lado para siempre.
Así, dejó el cuerpo desnudo en una de las salas, con las ventanas abiertas, para dejar
que se MOMIFICARA de forma natural; después, la vistió con un VESTIDO DE NOVIA
(antes de morir, Concha había estado prometida), las mejores joyas que pudo comprar,
la peinaron y la maquilló para que fuera la muchacha más hermosa de todo Madrid. Una
vez acabado todo el proceso, depositó el cuerpo en una URNA DE CRISTAL en la capilla
de su casa, y, una vez a la semana, lo sacaba para sentarlo a la mesa mientras él y su
mujer COMÍAN. Como os podéis imaginar, las protestas no tardaron en producirse,
sobre todo, por parte de la propia madre de la criatura. Además, imaginaos el horror
con el que debían asistir a todo esto tanto el servicio de la casa como las visitas
ocasionales, porque el doctor Velasco no cambiaba su particular rutina por nada y por
nadie. Pronto, otras historias comenzaron a circular por Madrid: se había visto al doctor
Velasco paseando por las noches en su CARRUAJE en compañía de su hija e, incluso, en
ocasiones, también con el antiguo prometido de la pobre Concha.
Sobre cuánto de verdad hay en estas historias, es complicado pronunciarse de
forma definitiva. Baste con que os diga que el propio Ángel Pulido (os recuerdo, amigo
de la familia) negó categóricamente las historias de los paseos en carruaje y del traje de
novia, pero corroboró que todo lo demás, que no era poco, era desgraciadamente
CIERTO. Finalmente, la presión fue tanta que el doctor Velasco no tuvo más remedio
que ceder y enterrar a su hija en lo que hoy es el centro de la planta principal del museo,
lugar donde también él sería depositado a su muerte, en 1882. Pero todos tranquilos,
de aquella tumba ya sólo queda la lápida (y, además, está en una de las paredes del
museo), porque la VIUDA DEL DOCTOR ordenó devolver los restos de su hija al
Cementerio de San Isidro. No hizo lo mismo con los de su marido, que se quedaron en
la casa hasta que, en 1942, con las obras de restauración del edificio, se exhumaron y
llevaron al dicho cementerio en un dicho independiente; afortunadamente, algunos
años después, sus restos se trasladaron, por fin, al panteón familiar, junto a los de su
mujer y su hija.
Por si esta historia no basta para despertar vuestro interés por el museo, os diré
también que, cuando decidáis visitarlo, entre las numerosas piezas expuestas, a parte
de varios objetos del laboratorio de Ramón y Cajal, y una carta del mismísimo Darwin,
os encontraréis también el esqueleto de AGUSTÍN LUENGO CAPILLA. ¿Y qué tiene de
especial esos huesos? Pues que Agustín Luengo Capilla medía 2,35 metros. La historia
de cómo sus restos acabaron siendo parte de la colección del museo es bastante curiosa
e implica, ¡cómo no!, al doctor Velasco. Por lo visto, durante un
viaje del doctor por Asturias, se encontró con este hombre,
que trabajaba como artista circense bajo el nombre de “EL
GIGANTE DE ALCOCER”, y maravillado por lo que veía,
llegó a una especie de trato faustiano con él:
básicamente, Velasco aceptaba correr con todos los
gastos de Agustín durante toda su vida, a cambio de que,
a su muerte, le donara su cuerpo para su Museo
Anatómico. Como veis, todo lo que envuelve al doctor
Velasco tiene que ser siempre más bien tirando a… rarito,
dejémoslo en rarito. El caso es que Agustín aceptó (no me
extraña: pasar el resto de tu vida mantenido… como para
no aceptar, vamos), y el caso es que el doctor Velasco no tuvo
que esperar mucho para disfrutar de “su gigante”, ya que a
Agustín le encantaba vivir a todo tren (total, él no pagaba nada), y sus excesos acabaron
llevándolo al museo del doctor en la Nochevieja de 1875.
En conclusión, vaya añito que tuvo el doctor: estrena casa con hija muerta
incluida, pierde la cabeza y, de regalo de fin de año, le toca un gigante para su
colección... Decididamente, estas cosas sólo pasaban en el siglo XIX. ¿Cómo es posible
que todavía nadie se haya propuesto hacer una película de la vida de este hombre, por
favor?
REAL OBSERVATORIO
Acabamos nuestra visita a las puertas de El Retiro para conocer al hermano
“pobre” del Museo del Prado y el Jardín Botánico: el REAL OBSERVATORIO DE MADRID.
Como os comenté el día que recorrimos el
Paseo del Prado, esta institución fue fundada por
CARLOS III para completar el complejo científico
que rodearía los Jardines del Buen Retiro. En
realidad, se trataba de un proyecto impulsado por
el militar e ingeniero Jorge Juan, con el objetivo de
impulsar los estudios cartográficos, geográficos y
astronómicos, aunque, por diversos motivos, la
construcción del Observatorio no comenzó hasta
1790. El edificio fue diseñado por JUAN DE
VILLANUEVA, siguiendo los patrones típicos del
Neoclasicismo, y se levanta sobre una pequeña
colina: el cerrillo de San Blas.
Si deseáis visitarlo, cosa que os
recomiendo, tengo que avisaros de que las
VISITAS son guiadas y de que sólo podéis hacerlo
en un horario muy limitado: abre sólo los viernes a las 16:30, y los sábados y domingos,
a las 12:00 y a las 16:30. Si lo hacéis, por favor, no dejéis de deteneros en la réplica del
TELESCOPIO DE HERSCHEL. No es el original porque, como tantas otras cosas, éste fue
destruido por los franceses durante la invasión napoleónica, demostrando que tendrían
mucha Ilustración pero poquita cultura, ya que este artilugio fue construido por el
propio Herschel, el músico y astrónomo que descubrió Urano, y, según sus propias
palabras fue el mejor que jamás construyó, lo cual es mucho decir; se dice que la clave
de la precisión de sus telescopios eran sus cristales, realizados en una aleación que
conocía Herschel y sólo Herschel, y cuando él murió se llevó el secreto a la tumba.
En fin, yo os dejo aquí, a las puertas de El Retiro, que será nuestra próxima ruta.
Para empezarla, nos veremos a las 10:00, en el Casón del Buen Retiro, un poco más
arriba.