Correteadas
Correteadas
Mario, durante sus primeros veintidós años de vida, nunca se había hecho ninguna clase de
pregunta, no había tenido tiempo suficiente como para aburrirse desde el día de su
nacimiento. En el que casi después de la primera nalgada le habían atarragado el celular
para sosegar el llanto, ese llanto primogénito con el que nos adopta la vida compleja, y
desde ahí… La voz de su cabeza se hizo muda, se volvió en una especie de manicomio en
donde las voces de todo el mundo; suplicando atención, sustituyeron su identidad y
volvieron al humano en péndulo.
A la deriva de tendencias fugaces, de opiniones de nixtamal, de morbo, de chismes, de
correcciones políticas con estandarte de superioridad moral, de memes y de más; se fue
construyendo, pero como una hormiga.
Sus padres eran unos adultos de casi cuarenta años cuando lo tuvieron, lo tuvieron sin
planearlo, lo tuvieron como una especie de accidente previsto, como una especie de turismo
de aventura en donde cosas peligrosas se llevan a cabo pero con toda la seguridad del
mundo.
Fue en una noche en que regresando de su viaje a las selvas Chiapanecas, su padre el
abogado cuadrado como constructor de minecraft, mientras se quitaba sus tenis de marca al
borde de la cama, le sugirió repentinamente a su esposa medio dormida.
—Oye, y si…. Tenemos un hijo. — Al tiempo que su perrijo, un chihuahueño histérico
constantemente al borde de un paro cardiaco entraba a la habitación y se acorrucaba en los
brazos de su dueña. La cual le abrazo con ternura sintiéndolo por primera vez, más como un
peluche que como un ser vivo, y recordó a los tiempos primeros de su infancia en donde
jugaba a la mamá, y empezó a llorar al darse cuenta de que seguía siendo esa misma niña
jugando. Entonces dijo que sí.
Hicieron la tarea literalmente de una sola sentada, dado a que ninguno de los estaba para
complacencias. Ellos no lo sabían pero aquel ovulo fecundado era justamente el último
fértil producido por Susana, y aquella erección la última de Pedro.
Fue un lunes después del trabajo en que Mario recibió la noticia de la muerte de su madre
justo después de cerrar el cajón con los últimos planos de una mansión enorme que le había
encargado diseñar algún político déspota, de esos que abundan en nuestro país; a fin de que
en dicha mansión cupiera todo su harem sin ningún tipo de choques entre conyugues,
remarcándole la prioridad de que debía haber suficiente espacio para la convivencia en
familia y para la privacidad.
Fue complicado pero logró diseñar una mansión hermosa en tan sólo tres meses, una
mansión a modelo de vecindad: Con pasillos conectando cada rincón de la casa, con fuentes
de cascadas despistadas que fluían en sentido contrario, con enormes ventanales coloniales
en los bordes, con balcones egipcios coloreados de Jericó, con salas de estancia emulando
tribunales griegos, con un cine de pantalla a trecientos sesenta grados rodeada de asientos
ordenados a modo de coliseo romano, eso y muchas otras excentricidades integraban la
casa como un grito desesperado de “Véanme, soy rico.”
No obstante, aquel diseño tan complicado, tan compuesto de abundancia humana y capital;
acabó por no gustarle al político en cuestión, pues rechazó rotundamente la oferta de Mario,
argumentado algo que ponía en exhibición de una manera muy triste; a su escases de mente.
—No, no, no, mi buen Mario. Parece que no me has entendido, yo sólo quiero una casa
grande y bonita, no un laberinto. Tu sólo has algo espacioso y moderno. Algo que me haga
ver casi como un hombre del futuro. Hazlo así, que yo me encargo de ponerle oro encima si
me apetece hacerlo aún más ostentoso. — Mario, por supuesto, se enfureció, procurando
correr de manera sutil a ese su cliente tan banal. Pero es que en verdad su plano no era tan
bueno, sí, estaba lleno de significados que le salieron de pura casualidad como tiro de
suerte mal dado; pero eran significados que él ni entendía, sólo era un arquitecto mediocre
que vivía de ello gracias a los contactos de su papá que de tanto contacto ya aprecia una
extensión eléctrica. Así pues, después de aquella reunión tan mala, se sentó frente a su
escritorio bruscamente, tumbando sin querer todos los bolígrafos de su contenedor, y al
querer recogerlos se pegó en la cabeza con el cajón que había dejado abierto desde un día
antes. Cajón que con el golpe también se cayó al piso a la par de todos los papeles
importantes que tenía en su interior, echándolos a perder para siempre debido a que en el
piso aún había cátsup del desayuno. Y fue ahí… Justo cuando Mario adolorido por el golpe
se sobaba la cabeza con disimulo; que empezó a vibrar su teléfono celular con la mala
nueva; vibraba más que nunca, vibraba como temblor a las tres de la mañana, y sonando
como alerta sísmica… Como señora histérica. A Mario lo agarró en calzones.
Siempre guardaba una pistola, la llevaba de la casa al trabajo de forma diaria, pero no la
portaba con fines de defensa, para Mario el portar esa pistola era como un símbolo
religioso, como un recordatorio constante de que siempre había una salida, era como dejar
la puerta abierta. Y ese día en que recibió la noticia de la muerte de su madre, se quedó
media hora apuntándose en las cienes con esa pistola, mirando hacia afuera de la puerta sin
atreverse a cruzar.
En el funeral estaba su padre, Pedro, vestido con el traje de su boda, traje que Mario
distinguió por la mancha de labial en el cuello; que su madre Susana había dejado tras el
vals inaugural de su rutina marital.
Pedro estaba rodeado de sanguijuelas que succionaban de su pena una oportunidad.
Sanguijuelas que habían vuelto al velorio una reunión de trabajo.
—No sé por qué mi papá insiste en hacer esto. — Se quejó Mario con su amigo Mateo que
acababa de llegar vistiendo con ropa cara, con ropa cuyo estampado era un estatus falso,
una prueba clara de que nos venden símbolos.
—Es lo que debe de hacer, la concepción de la muerte es una cosa muy humana y en las
cosas tan humanas uno nunca se detiene a pensar. Por eso hay tantos embarazos no
planeados. — Mario rio soplándole a su café y mirando la caja tratando de pensar si esa
madera aguantaría la eternidad. Su madre no merecía menos.
—Sin tu mamá esta casa parece noviembre. —
— ¿Lo dices por las flores secas repartidas por todas partes? —
—Así es… Tú mamá amaba mucho sus flores ¿No? —
—Sí… Eran su pasión… Les hablaba y les cantaba como si fueran bebés en cuna, bebés
que le sonreían cuando eventualmente inclinaban sus ángulos en torno al sol. Creo que las
flores le daban la paz que papá y yo nunca le pudimos dar. —
— ¿Ya lloraste? —
— ¿Llorar por qué? —
— Es tu madre la que está en ese cajón... Es lo más normal llorar ¿no? — Mario se rio con
sutileza. Es verdad, lo había olvidado… Debo de llorar. —
Seguido de esto se puso de pie con la prisa de un niño de primaria al escuchar la campana;
y frente al cuerpo inerte de su madre soltó un berrido de telenovela, un llanto exagerado y
desgarrador, que de algún modo no le pertenecía, y no lloraba por la muerte de su madre,
sino porque seguía preocupado de que el ataúd no aguantara la eternidad. Su padre lo quitó
del féretro después de que quedase claro la unión de su familia. Todos se desconcertaron
tanto que dejaron a la hipocresía pelear con el silencio cual dos borrachitos de cantina e
hicieron sus apuestas aventando dinero sobre una maseta de porcelana que más tarde le
darían al viudo.
Pedro recibió está maceta a reventar de billetes, pensando “Quién diría que nuestra segunda
boda sería contigo muerta, mi amor. “ Después de esto se persigno sin acordarse como y
despidió a todos… A todos menos a Mateo que ya era como de la familia, bueno…
Realmente era Mateo y su nueva conquista, Esmeralda… Una muchacha capturista de la
oficina que había perdido por algún sitio sus dotes de artista y cuyos ojos reflejaban la
tristeza de un foco fundido.
Mario se había quedado dormido, cansado de llorar. Para él la multitud seguía ahí, sólo que
ahora se veía gris, y las velas incandescentes, como las luces del club al que disfrutaba ir
con Mateo cada fin de semana. Y de repente en la barra, alcanzó a ver de entre la multitud a
una chica, un mujer de su edad que se parecía a su madre y que estaba bebiendo tequila
derecho cantando banda con el corazón roto, haciendo una seña con la mano… Como si
aventase cartas ganadoras sobre la mesa. Caminó hacia ella… Asfixiándose con el humo
que sabía a ciruelo amarillo, caminó y ella corrió, esfumándose en ese mismo humo, y la
volvió a seguir ahora que bailaba con la destreza de una profesional sobre la mesa; al
tiempo que todos le echaban porras con fervor. Una vez más la siguió… Esta vez con
mayor rapidez, pero volvió a desvanecerse y a aparecer, está vez leyendo un libro en la
esquina sentada, acomodándose sus lentes, alejada del ganado. “¿Por qué nomás no te
alcanzó?” se preguntaba Mario con las piernas ya fallándole de cansancio. Mejor se sentó a
un lado de Mateo, el cual parecía querer dominar a Esmeralda, pero Esmeralda en realidad
lo dominaba a él, lo traía como pescado en un constante juego de tira y afloja.
Las cartas de aquella chica que nunca pudo alcanzar ahora brillan sobre la mesa… Y al
tomarlas Mario descubrió que no eran cartas sino recados, recados de secundaria escritos
con el grafito de un compás barato, recados apresurados y clandestinos como las cartas de
amor de un preso del siglo pasado. Mario no recordó nada, pero le parecieron familiares
como un deja vu. Sólo supo que eran suyos, suyos y de alguien más a quién no recordaba.
La campana tocó de nuevo como un músico sordo de instrumento desafinado, y de pronto
Mario sintió la necesidad urgente de volver a su salón de clases. — Es la alama de
incendios, corre, pendejo. — Le gritó repentinamente su amigo que estaba como perro
pegado después del coito. Mario se le quedó viendo al fuego, mientras crecía y lo devoraba
todo a su paso. Entonces pensó que aquel fuego estaba vivo, que aquella llama sólo
quemaba para seguir solventado su propia existencia, que se reproducía en donde podía y se
movía al compás del viento. Y se sintió como en aquella vez en su infancia cuando un
primo mucho mayor que él le ofreció una paga de diez pesos a cambio de subirse al
“dragoncito”: Un juego mecánico de feria que funciona principalmente con inercia. Pero en
está ocasión no era el juego si no la inercia la que se detuvo cuando Mario rompió en llanto.
Volvió a pensar en el compás que usaba para escribir los recados, “uno tiene que aprender a
improvisar cuando tiende a perder todo en todos lados, quizás así de despistado era Dios”.
El fuego ya no estaba, aquél antro ya no estaba, y nuevamente se hallaba sólo, regresado
del pasado por su celular vibrando ante la notificación del cumpleaños de un conocido al
que ya no podía felicitar por olvidar pagar su felicitación del año anterior. Por ende ya sólo
era el cumpleaños de un desconocido. Mario estaba en el asiento trasero del automóvil de
su amigo, estaba obscuro y hacía frío. Sólo una luz de neón color verde salpicaba
brevemente al tinte gris de las noches citadinas.
— ¿Por qué me esperaste? — Preguntó Mateo saliendo del hotel sorprendiendo a Mario
que buscaba señal con desesperación estirándose a más no poder a través de la ventana.
— Siempre sales de hoteles sintiéndote mal contigo mismo, sintiéndote sucio. Es algo que
me da mucha risa. —
— ¿Entonces me esperaste para reírte de mí? ¿Y de mi complejo de señorita?— Cuestionó
Mateo, de lo más incrédulo, al tiempo que encendía el auto y avanzaba
— Tú eres el comediante, esperaba que me contarás un chiste sobre tu situación—
— Soy un mal comediante. El otro día un tipo con un cuchillo de carnicero me dijo que me
mataría si no hacia un buen chiste, entonces yo le dije que le vendiera mi cuerpo a la
carnicería “el pulgas” de la esquina, que ahí es donde su madre compra la comida. Tantas
veces de comérmela a ella… Estaría genial que por lo menos una vez ella me coma a mí.
—
—Qué chiste tan malo… — Dijo riendo Mario.
—Creo que el asesino también lo pensó, a veces un chiste es tan malo que funciona.
Oye y ¿Por qué Lucía no estaba contigo en el velorio de tu mamá? —
— Cierto… Lucía. — Pidió que separase el carro y salió corriendo, al percatarse de que al
dragón mecánico le había vuelto a servir la inercia.
Mario llegó corriendo al departamento de Lucía, pudo haber ido en su coche o tomar un
taxi, pero no… Eligió correr, porque no se quería detener. Por eso mismo había esperado a
Mateo, por eso mismo seguía aún despierto y ambulante a las tres de la mañana en donde la
ciudad parece feria de pueblo. No quería que sea lo sea que lo estuviese persiguiendo,
finalmente lo alcanzará. Pero las cosas empeoraron cuando ya no pudo correr… Cuando se
dio cuenta de que había olvidado su celular en el carro de su amigo, y de que la borrachera
se le había bajado por el baño de agua fría que le había dado el cielo con su amplia acidez.
Tocó la puerta… Una y otra vez, no podía ser otra cosa que una tragedia. Lucia se puso sus
chanclas azules y salió corriendo a la puerta, pálida, resignada y persignada. Esperando lo
peor. Pero sólo era su novio medio huérfano buscándola como perrito mojado. Mario
esperaba a alguien más, quizás una parte de él incluso esperaba que fuera su madre Susana
quien abriera la puerta, lo invitase a pasar, le diera un baño de agua caliente a la vez que lo
regañaba por llegar a casa tan mojado. Esperaba su comida favorita servida sobre la mesa,
su pijama recién lavado y las caricaturas puestas en el televisor. Pero no fue así… La puerta
la abrió una desconocida histérica que le reprochó los estruendos; en el televisor sólo había
noticias y sobre la mesa un sándwich del subway a medio comer.
Y Lucía tampoco le reconoció a él, pues lo vió como quien mira hacia atrás después de que
ha arrancado el tren.
—Mamá ha muerto. —Lucía, al escuchar esto sintió mucha misericordia, no amor, no
tristeza compartida por una empatía reforzada, sólo era misericordia como de aquel que
mira hacia abajo.
— ¿Quieres pasar?... —
Mario denegó la oferta… La inercia se había ido de nuevo, se había degradado lentamente
entre las expresiones enteramente artificiales de Lucía, con sus sentimientos protocolados y
sus emociones ajenas.
—En realidad vengo a terminar contigo. — Lo dijo. Y lo dijo con el ímpetu de un perro
rabioso al que se le ha olvidado la correa precisamente en el carro.
Entonces Lucía se quedó pálida… No de susto, ni de tristeza, ni de preocupación. Ella
quedó pálida porque sin importar cuanto buscase y rebuscase una reacción prudente en su
infinito catálogo de reacciones; no hallaba nada. Nada que le funcionara, ni el “me
entristece” ni el “me encanta”; sólo se halló impávida viendo como el caído, el foco de la
misericordia; le picaba las costillas desde abajo. Y se quedó callada como quien admira a
una cascada fluyendo hacia arriba, se quedó devorada por el martirio del descontexto, al
tiempo que Mario se iba sin decir más.
Cuando Mario volvía a casa en plena hora pico, notó que la ciudad estaba desierta…
Distópica, aplastada por una horda de zombis sínicos. Sólo entonces no se le hizo tan mala
idea viajar en metro. Ya no quería gastar más dinero, y el viaje en metro era incomodo pero
barato.
Todos los vagones estaban vacíos, sucios… Las paredes, las sillas de plástico propuestas
para cavernícolas, secretaban una especia de líquido acuoso transparente, casi reflejante
como espejo roto. Y al fondo, muy en el fondo, a la par de un rincón manchado de vomito
seco, se hallaba un hombre barbudo como Dios, sosteniendo una botella de huasteco,
susurrando en forma de canción “La raza es enemiga de sí misma” refiriéndose a la
humanidad. Aquel hombre bailaba con sus audífonos de $10 retumbando como en baile de
sonidero. Mario se acercó a él, y preguntó a grandes rasgos, el cómo se había salvado.
—El problema siempre ha estado ahí. Sí, a lo mejor y hoy en día un poquito más que antes
por la culpa de sus pinches celulares que se les pegan en la trompa y en la mente como si se
los hubieran pegado con Resistol cinco mil. El problema son los recuerdos, hijo, pinches
recuerdos que no lo dejan a uno andar en paz, y ni si diga de este dolor de patas que traigo
desde hace ocho días. ¡Córtamelas! por favor, córtame las patitas pa´que dejen de doler.
El metro llegó a la estación siguiente con el único anuncio de un empujón mal dado por la
horda zombi, y de entre la multitud una mujer con una armadura invisible y un temple de
acero. Parecía hermética e indiscutible, parecía estar en constante alerta, siempre en guardia
de no ser contagiada. Mario cayó de espaldas por los empujones apáticos de los zombis y
aquella mujer se burló de él de forma descarada, con una carcajada notoria, con un rostro
veraniego… Pero el réquiem de su risa fue la solidaridad.
— ¿Estás bien? — Cuestionó aquella chica en tono de silbido, natural como el sonido que
provoca el aire, natural, pero en el fondo inestable.
Mario estaba hecho cascajo, aturdido y más huérfano que antes, sentía que todo se movía,
que ese todo lo zangoloteaba sin piedad para devorarlo tranquilo. Como los chapulines.
“Soy un chapulín“. Se dijo así mismo al contemplar de lleno el rostro de aquella mujer, ese
rostro filoso como bisturí que le apuntaba al alma.
— Siempre hay que andarse cuidando de esas bestias en busca de conciencia que van a
tientas chocando sólo con tetas y culos. ¿No lo crees, Mario? —
Mario rio con cierto… Muy cierto nerviosismo, pues la reconoció y la reconoció como
nunca antes. Era Paulina, la ex novia de Mateo, que más que ex novia fungía de punto y
aparte, y Mario entendió enseguida lo bellos que pueden ser los signos gramaticales.
—No te reconocí… Te ves distinta. —
—Bueno... Qué quieres que te diga, si tu amiguito me dejo hecha mierda, quizás es por eso
que me ves distinta. —
Mario rio, al recordar que era verdad, que esos dos se amaban tanto y eran tan felices juntos
que simplemente no funcionaban, eran tan perfectos como el tabaco sin el cáncer, como el
azúcar sin la diabetes, como el suicidio sin la gravedad. Que incoherencia y que peligro tan
optimistamente alborotado.
—Bueno… Desde que cortaron… A Mateo le he visto más risueño, quizás no le deberías
de dar tanta importancia, pero mejor me callo que ustedes cortan y regresan sin parar. —
Paulina, desvió la mirada y se quedó viendo al piso recién trapeado del metro. La única
forma de que quede algo limpio es el limpiarlo cuando ya se va a cerrar.
Mario se levantó y empezó a caminar a la par de Paulina que no paraba de despotricar en
torno a un único capítulo en su vida, lo borraba y lo volvía a redactar, haciéndolo poco a
poco una obra más humana y menos real.
Mario, mientras tanto se esforzaba por no caerse, se agarraba con uñas y dientes de tubos y
paredes; se agarraba de su oxígeno y se despedía de su especio personal, como dictador
vendiendo el mar.
— ¿Qué haces aquí? Esta más que claro que usted, niño de papi, nunca en su vida había
viajado en metro. —
— Pues perdí mi celular y por alguna razón creí que lo iba a encontrar aquí. —Dijo riendo
un tanto nervioso, pues no sólo daba una explicación, sino también la estaba creando.
—No me imagino como es que puedes perder algo, justo en un lugar en el que no habías
estado nunca. —
—Hace poco mi madre murió. Quizás lo deje en su casa. — Interrumpió abruptamente
Mario
—Sí… Supe algo de eso… Te mandé un mensaje por Facebook con mis condolencias. —
—Gracias. Espero verlo algún día. —
— ¿Y cómo te sientes? —
—Mareado, creo que me encuentro muy mareado, no sé por qué. —
—Has estado bebiendo, quizás sea por eso. Hueles mucho a ron, ¿Te fuiste de peda con el
teporocho de Mateo? —
—Así es. Quizás sea que no he bebido lo suficiente. —Bromeo Mario deteniéndose por
unos instantes a observar la salida del túnel del metro. Salida que lo deslumbró, que lo llenó
de miedo, y se sintió como Dante a las puertas del infierno. Había transitado por el
purgatorio… Ese punto medio que existe entre la casa y el trabajo. No hay remedio.
Ambos subieron las escaleras como nadando contra corriente en un rio frenético del
cañaveral, y Mario se sorprendió a horrores cuando se percató de que afuera la madrugada
seguía, pueril y recién nacida.
— ¿Por qué esa cara? —
— Creo que junto a mí celular también se me perdió el tiempo. —
Paulina se rio, al ver que Mario realmente hablaba muy enserio. — También se te perdió la
música, el cine, la luna, un cachito de estatus, unos luxios de reflector. Creo que se te
perdió hasta el pito. —
Mario sabía que ella era así. Que de repente se le salía el vocablo de su padre, a veces su
alcoholismo, o a veces ambas cosas pero siempre con miedo como caminando por los
bordes de un pozo. Siempre la había visto como un amigo más, un amigo rudo y de andar
agresivo, y quizás por eso mismo es que de pronto se enamoró tanto de ella. Porque la amó
como se le ama a un prójimo viéndole a los ojos y no como se le ama a una virgen
besándole los pies.
— Mira nada más, soy tan distraído que ni cuanta me había dado de que pierdo todo. —
La dirección de Paulina se desviaba en un crucero, las luces del semáforo parpadeaban
como si estuviesen a punto de fundirse, y la miopía no aceptada por ambos hacia que dichas
luces se vieran como enormes círculos de colores borrosos golpeándolos en la cara, las
luces de los carros, los claxon sonando con un ritmo de enojo casi musical.
La resaca le cayó de pronto a Mario y se sintió todavía más desorientado.
—Nunca he comprendido porque la gente toca tanto el claxon del coche cuando se atascan
en el tráfico. — susurró Paulina viendo la cara de angustia que puso Mario.
Mario tampoco había entendido hasta que sintió las pulsaciones de dolor cobrando sentido
en su cerebro. Había un infierno en común para todos, con una sonata cruel y desgarradora;
antiestética. Pero no todo aquello que es estético es bello. El dolor también lo puede ser.
Todo se trata del orden, de sentirse uno con algún todo, de emanciparnos de nuestra
soledad, tal y como las primeras células vivientes se acoplaron entre sí a fin de hacerse un
organismo pluricelular, a fin de hacerse más complejos, a fin de facilitarse su subsistencia.
Para que Mario lo comprendiera le basto con sentirlo en la cabeza y sin darse cuenta
comenzó a bailar discretamente, a seguir el paso del rechinido de los coches, de las
mentadas de madre y de la histeria. Todo este despertar, lo asoció inevitablemente con el
rostro lindo e indebatible de Paulina, que lo veía ya desde el otro lado de la acera con cierto
desdén, la flecha de cupido cae por coincidencia, por un tiro de suerte hecho por un arquero
ciego.
Ella se despidió de la forma más lejana posible, a ella no le agradaba Mario. Siempre tenía
peleas con Mateo gracias a él. Mario los alejaba, una y otra vez. La última cosa que ella le
había dicho a Mateo antes de dejarlo —Si te gusta tanto cógetelo a él. — Mientras Mario se
hallaba vomitando en el asiento en atrás del coche. Pero Mateo valoraba demasiado a su
amigo, lo valoraba como se valora a un cachorro huérfano tirado en la calle, no lo iba a
dejar morir, por lo menos no sólo. Eran igual de autodestructivos, están locos y si quieren
se matan.
Ella contuvo el llanto al darse la vuelta, al dejar de mirar ese rostro impasible que ponía
siempre Mario cada que no comprendía lo sucedido a su alrededor, ese mismo rostro que
puso cuando al terminar de vomitar los miro a ella y a Mateo dándose la última de sus
despedidas, ese mismo rostro de cachorro indefenso que confía en que su madre
solucionará todo. Más tarde, quizás al llegar a su pequeño departamento, lidiar con el truco
que tiene su puerta oxidada y colocar las llaves a un lado del lavabo; se daría cuenta de que
el rostro de esa noche era distinto al de las otras veces, y después de eso, no se lo podría
sacar de la cabeza durante horas.
Ese rostro le recordaba a sus propias perdidas, le recordó a la vez que se perdió en la
parisina y se figuró toda una vida siendo una niña de la calle; una suposición tan vívida que
incluso parecía un recuerdo, una etapa, una eterna capa que la cubría y la hacía sentir
siempre con miedo de la miseria. Por eso trabaja hasta tan tarde cocinando en el
restaurante, por eso ahora odiaba esa misma actividad con la que se enajenaba de niña. Y
cuando bloqueó su celular sin querer, halló en su reflejo la misma expresión de cachorro
buscando a su mamá. Pero su mamá ya no estaba, se había ido con aquél hombre depravado
que una vez al verla llegar de la preparatorio dijo en tonó de broma que le gustaban mucho
las colegialas. Para nada que era broma, ese hombre al que le apodaban Solecito, trataba de
sobornar a ella y a sus hermanos con juguetes baratos y comida chatarra. Había tratado de
meterse a la familia con la terquedad de un rompecabezas mezclándose con otro. Y no es
como que su mamá haya escapado de forma irresponsable, no es como que hubiera tomado
las maletas y dejado todo atrás por aquél hombre que apestaba a mediana edad, dejando esa
fragancia penetrante por la cocina y el sofá que ya estaba hasta sumido de soportarlo. Su
madre como el sofá se había sumido, había sucumbido ante los encantos de chocolate que
poseía aquel sujeto. Se había ido para nunca más volver, porque del amor nunca se vuelve y
si se vuelve no se vuelve igual, es una pérdida total.
Paulina se había percatado de ello una vez que encontró a su mamá muriendo de hambre
por la dieta, pesándose hasta el cansancio y dedicando horas pintorescas de marometas
plásticas en el maquillaje de su rostro.
— ¿Por qué no mejor pintas fruta como antes lo hacías?
— Porque debo pintar siempre un amanecer distinto en mi rostro. Nunca se me dieron bien
los paisajes. Por eso pintaba fruta.
Entonces una burbuja de chat se alzó junto con el timbre de Messenger. Era Mario,
agradeciendo con cordialidad el pésame previamente enviado por ella, entonces ella abrazó
el celular, abrazó a Mario… Se abrazó a sí misma.
El humo del show siempre dejaba medio ciego a Mateo, le encantaba el tabaco, pero por
alguna razón lo odiaba cuando salía de la boca de alguien más, el humo suyo vuelto ajeno
le parecía algo repugnante, casi vomitivo. Pero no tenía de otra, no es como que los
establecimientos se pelearan por su comedia, la gente sí, pero las empresas no. Las
empresas siguen acuerdos de masas, aprobaciones populares… Lo popular significa más
dinero; el único sitio donde tenía medianamente éxito, era aquel bar para fumadores que
odiaba tanto.
— Había una vez un chile jalapeño que contrajo cáncer, el pobre chilito estaba muy triste
porque nunca iba poder cumplir su sueño de ser un chile en vinagre. Esto debido a que no
se iba a poder curar. —
La audiencia rio. Ese chiste siempre era un buen remate para su show, todos reían con
tristeza, casi compadeciendo a aquel pobre jalapeño cuyo sueño va a ser destruido por el
destino, por la caprichosa natura irónica. Todos reían a la par que sin querer hacían
conciencia por un problema vigente en el mundo. Todos excepto Paulina. Ella reía con
crueldad, con mofa, con una risa pronunciada y ebria. Mateo quedó inevitablemente
cautivado por aquella mujer tan voraz y apática… Él nunca pudo darse cuenta del miendo
que se escondía detrás de ello.
—Estoy muy cansada, me has hecho el día. — Felicitó Paulina a Mateo, cuando este, en
medio de un arranque de valor se acercó a ella y se sentó en su mesa, pese a los amigos y
amigas que se limitaron a mirar extrañados, en espera, en expectativa de que aquél
comediante dijera algo gracioso, por lo que el silencio, más que incomodo se volvió
premisa, una premisa ridículamente absurda, de aproximadamente media hora en la que
Mateo se quedó en medio de los amigos sin decir absolutamente nada. Paulina le veía
apreciando su silencio, denotando los rasgos humanos que se le escapaban a aquella
sucursal de la risa. El acomodo de lentes, el ritmo del pie izquierdo, la apretada de la
corbata cada cinco minutos. Para ella no era una premisa. Era una presentación en su forma
más honesta. Pero todos en la mesa rieron a carcajadas cuando Mateo, a la media hora dijo
“Lo siento, me equivoqué de mesa. “
Se levantó y salió del lugar esperando una última casualidad que lo terminará de acercar a
Paulina y finalmente sucedió cuando al abrir su coche se encontró con Mario durmiendo en
él, extendido a lo largo del asiento del piloto y del copiloto. No quería despertarlo, así que
volvió al bar con ánimos de conquista. Pero cuando llegó a la costa se encontró con todos
los nativos esperándolo, armándole una fiesta discreta, con poco vino, y con poco baile.
Una fiesta disimulada tras la cortinilla de unas cuantas miradas que rebotaban por entre
caras y paredes, por entre humo, copas y manteles.
—Me equivoqué de mesa, pero no de ojos. —
—Volviste… ¿Se te olvidó tu pierna rota en el escenario? —
— Te aseguro que estoy mucho más roto que esa pierna de la que hablas. —
— Es bueno saber que así te promocionas. La publicidad mala existe por la curiosidad. —
—Mátame que soy un gato. —
Con ese último comentario a Paulina le comenzaron a cosquillear las piernas, puesto que
realmente amaba los gatos y a los hombres flaquitos con lentes grandes. De pronto Mateo
ya era eso, una fuente, un geiser repentino de erotismo.
Salieron durante todo un año, una cita por mes, debido a la compulsión obsesa de Paulina
por el trabajo, vivían apenas a un par de cuadras pero parecía que ella vivía en Italia y él en
China.
—Me gustas porque me das el tiempo suficiente para extrañarte. Pero si me muero de frío
un día por tanta indiferencia tuya. Por lo menos ven a echarme cal. —
— Tranquilo, en el único sitio donde apestas es en el escenario. — Dijo ella riendo, a la par
que se enredaba con las cobijas, alejándose de él, imponiendo fronteras con agresividad de
un fascista.
Pasado ese año, a ella se le comenzó a olvidar su miedo al fracaso. Su tristeza congénita y
sus ganas de escapar. Comenzaron a salir juntos más seguido, tanto que se dieron cuenta
que estaban abusando del alcohol, debido a esa costumbre heredada por el año pasado; de
tomar cervezas hasta emborracharse y después tener sexo, cada que se vieran. Ahí fue
cuando Paulina tomó conciencia de que Mateo la estaba alcanzando y no había ninguna
base a la vista. Llegaron las citas al parque, el café y las galletas, los pijamas de franela, los
roles de personajes y los de canela. Ella buscaba una base mientras que el ruido de los
coches estresados por el tráfico la aturdía, y se abrazaba más del brazo de Mateo
acostumbrándose a la felicidad.
Su base finalmente llegó, cayéndose de ebria en un bar del centro, bañada de cerveza y
cargando su calzado. Era Mario, se sentó en su mesa y Paulina rápidamente notó como su
única “posesión” realmente no era tan suya, que no se trataba de un ser aislado mandado a
la Tierra con el único objetivo de amarla. Si no que también era un ser humano, como
cualquiera, con amigos, parientes y conocidos, con problemas y desequilibrios. No lo pudo
aceptar.
— ¿Dónde has dejado a Lucía? — Cuestionó Mateo mientras hacía a un lado el zapato que
su amigo había colocado sobre la mesa.
—Más bien… ¿Dónde me ha dejado ella a mí? — Respondió Mario con voz rota y
afeminada, siempre que estaba ebrio olvidaba su masculinidad junto con sus zapatos.
—Ella es una gran chica. Sólo me alegra y me preocupa que te de tantas treguas. —
—A mí también… — Entonces Mario se detuvo en seco y aventó un zapato al aire. — ¿No
debería de haber una sola tregua en el amor? —
—No lo sé, pero me da envidia lo bonita que ha sido su historia de amor. —
— ¿Cómo fue esa historia? — Preguntó Paulina saliendo del vértigo.
—Verás amor… — Trató de contar Mateo, pero Mario lo interrumpió.
—Yo te contaré. Seré breve, me he contado tantas veces esta misma historia que logre
reducirla a un resumen de lo más ágil. La conocí en la preparatoria, me enamoré, se
enamoró… Nos enamoramos y desde ahí estamos juntos. Eso es todo, pa´qué ponerle
flores. —
Pasaron la noche de maravilla, excepto al final cuando Mario casi muere apuñalado por una
botella rota. Resultó que ellos estaban en el primer piso. Él contaba esa historia de la vez
que su padre le regalo un tiburón y el por curiosidad lo echó a pelear con el perro. El
tiburón resultó ser sólo un salmón, pero la pelea terminó en empate cuando el perro al
intentar nadar pateo al salmón. El salmón murió por el golpe y el perro se ahogó. Su madre
para hacerlo sentir mejor le ocultó el estanque y se lo llevó al parque, procurando que los
empleados del hogar enterraran a los muertos y compraran un remplazo idéntico para el
perro debido a que su marido amaba con fervor a dicho animal.
— Pero, vaya que me había dado cuenta de los descensos ocurridos por mis ocurrencias
infantiles. ¿Mi diversión valía más que esas vidas? — Mario inconscientemente se sintió a
punto de ser alcanzado y dejo la cerveza para comenzar con el licor, a trago derecho a fin
de evitar ese punto de reflexión de toda borrachera.
—Tranquilo, hermano, tú madre te ama, ya todo el mundo sabe que el amor huele y sabe a
pescado muerto. —
Mario para ese entonces ya estaba intercambiando miradas con un grupo de chicas que
estaba debajo de ellos, en la planta baja. Estaba muy seguro de gustarles, estaba decido a
actuar, nunca antes había recibido una señal tan clara, o no lo suficiente como para
arrimarlo a ser infiel. No obstante, justo cuando se iba a empezar a levantar, llegó un sujeto
flaco y de chamarra gruesa color mostaza. Lo apuñaló rápidamente con la botella en
cuestión.
Resultó, que las chicas de abajo eran novias de él y su amigo, también resultó que ellas
volteaban a ver a Mario debido a que este, al contar su historia no había dejado de agitar su
cerveza salpicando en particular a aquellas dos chicas. Mario no había cometido un error
tan grande, el desprecio va pegado al amor, de cierto modo raro.
Esa noche fue cuando Paulina conoció la cara de cachorro abandonado que ponía Mario
cuando no sabía qué hacer. Se la encontró tirada en suelo como una moneda de cincuenta
centavos que nadie se dignó a recoger; a la par que este se desangraba.
Esa madrugada fue su primera pelea con Mateo. Justo después de un silencio pronunciado,
tenso e incómodo, un silencio en donde se columpiaban cien miel elefantes. La pelea dio
marcha cuando Mateo, hombre locuaz y obseso, explotó por el peso de tantas palabras no
dichas, y le ofreció un café a Paulina. Ella contestó con una negativa compuesta como
reproche y… Por mucho que Mateo intentó detenerla, utilizando toda la oratoria a su
disposición, ella sabía de antemano que no podría con su silencio y lo amenazaba con él,
cómo si le pusiese una pistola en la cabeza. La relación semántica que Paulina llevó a cabo
partiendo del café aquél que nunca llegó, fue ágil y violenta, precisa y absoluta. Mateo se
quedó en blanco cuando ella hilando ideas una tras otra, le tejía una cuerda en el cuello.
— Hace rato que no sales. Me preocupas mucho amigo, entiendo que estés de luto por lo de
tu mamá, pero… Ya sabes, el show debe continuar. — Expresó Mateo entrando al
departamento de Mario y sorprendiéndose del orden y de la limpieza que cubría cada rincón
del lugar. Mario salió inmediatamente de su habitación. Misma que se aseguró de cerrar
con llave a la par que ocultaba sus nervios con una especie de monologo interno ejecutado
con su boca. Cada vez que hablaba de ese modo su léxico le salía inválido porque
únicamente avanzaba ayudado de muletillas.
—Perdón, Mateo, he estado hasta el cuello de trabajo. De hecho, ya ni siquiera tengo días
de descanso. Tomo todas las horas extras que estén disponibles. Pero me alegra saber que
ya te encuentras bien, nos asustaste mucho aquella vez del hospital. —
—Por lo visto, entonces, tuve suerte de encontrarte ¿no?, y sobre lo del hospital, creo que
ya estoy un tanto mejor, los estornudos a veces disminuyen y a veces aumentan, pero no es
algo con lo que no se pueda vivir. Y la fiebre ya sólo me da una que otra noche, creo que no
moriré. —
—Ya veo… Me alegra mucho que estés bien. —Mario sonrió conmovido por el bienestar
de su amigo y prosiguió. — Sabes que soy un hombre muy diurno. Si venias a buscarme
tan de madrugada era obvio que me encontrarías. —
— Tenía miedo de encontrarte muerto. Después del antro al que nos fuimos de fiesta para
ayudarte con tu luto y más aún, después de ese breve momento en el hospital sencillamente
no volví a saber nada de ti ¿Qué ocurrió ese día?... — Preguntó Mateo a la par que dejaba el
celular de Mario sobre la mesa.
— llévate esa chingadera de aquí. — dijo Mario encendiendo un cigarro y sentándose en el
sofá, un sofá repleto de agujeros hechos por la ceniza de su vida y de su muerte.
— ¿Hablas del celular o de qué? Porque con “chingadera” uno se puede referir a cualquier
cosa, únicamente haciendo una distinción estética o practica en la pragmática. —
Mario rio con delirio histérico, había pasado varios días sin sostener una charla con algo
que no fuera una sombra o espejismo, pesé a que en el trabajo lidiaba con gente todo el
tiempo. —Maldito sea el día en que los payasos se pusieron a estudiar. —
—Estás muy distinto, hermano. Quizás y si moriste, a lo mejor y te nos fuiste con tu mamá.
—
—Más bien con el celular. He estado llegando a la conclusión de que el problema no es
tener el mundo a nuestra disposición, el problema es tenerlo en el bolsillo. Y ser
consumidos por la fuerza de su gravedad. —
— Usualmente no hablas tanto. Me sorprendes. —
— Eh pasado mucho tiempo sólo últimamente, sabes que cuando ocurre eso, tiendo a
volverme un poquito más sociable. ¿Quieres un trago? —
— ¡Mira nada más! No estás tan muerto como yo pensaba. —
—No te emociones, será sólo para acompañarnos, que mañana trabajo. — Dijo riendo
Mario mientras preparaba un par de cubas libres, el hielo empañaba el vidrio de los vasos
como se empañan los vidrios del auto cuando al amor lo agarran las prisas.
—Tu padre no dejaba de llamar los primeros días. Le mentí, por supuesto, siempre
diciéndole que estabas conmigo, poniendo alguna escusa ridícula para no pasarte el
teléfono, pero justo cuando se me acabaron los pretextos. Sólo dejó de llamar, dejo de
llamar y desapareció, lo pase a buscar a su casa antes de venir aquí, pero no estaba.
¿Andará liberando tensión de tantos años de matrimonio? —
Ambos rieron y menearon el vaso, era algo muy de ambos hacer eso, menear el vaso… El
ruido de los hielos chocando con el vidrio era para ellos la señal clara de que cualquier cosa
dicha sería un chiste, eran algo así como las risas pregrabadas en los programas de
televisión.
—Ambos sabemos que ese hombre no era para nada fiel durante su matrimonio, a veces,
incluso tenía el descaro de contarme de sus amantes. —Mario hizo una pausa para suspirar.
—Las amaba a todas, se daba el tiempo para inventar una forma de amar distinta para cada
una de ellas, tan distintas eran las figuras de sus amoríos, que mi padre parecía personas
completamente distintas, en ocasiones.
Como sea, el cansancio por su matrimonio no fue la causa de su desaparición tan repentina,
sino más bien el cansancio de su viudez. Lo visité recién hace un par de días, estaba
sentado en el comedor, viendo las fotos viejas en su celular, estaba tan enajenado en esas
fotos que no se dio cuenta de mi presencia hasta que me senté a un lado de él y deje que la
pesada silla de madera fina rechinara contra el suelo. Se asustó un poco, y lo sentí ir
corriendo a buscar su porte de hombre del siglo pasado.
— Extraño mucho las fotos impresas de antes. — Me dijo mientras acariciaba la pantalla de
su celular y sin querer abría el motor de búsqueda de google que en menos de un instante ya
le estaba contado la historia completa de la fotografía extraída de Wikipedia. Seguido de
esto aventó se celular y lo rompió contra la pared.
—Me tengo que ir hijo. —Exclamó después, mirándome a los ojos. —Librarme de la
soltería sería fácil, incluso del matrimonio. Pero de la viudez uno nunca se salva, me voy a
ir a Chiapas por un tiempo. ¿Te conté que ahí mismo fue donde comenzó todo? —
Por supuesto, le pregunté, qué había empezado en Chiapas, a lo que el guardó silencio por
un breve momento.
—Me quedé sin ganas de nada. Mira hijo… Te amo infinitamente, pero la idea de tenerte
no fue cálida… Tú naciste por mi propia desesperación, naciste por mi búsqueda
frustrada… Cogerme a tu mamá y venirme adentro, fue el acto de humildad más grande que
he hecho. Por fin había aceptado mi búsqueda frustrada por el sentido de mi propia vida.
Nunca lo hallé, me quedaba sin tiempo y decidí pasarte la batuta de esa búsqueda a ti. Por
eso siempre fui tan estricto, espero me perdones, se me hace tarde. —
Lo vi empacando sus cosas y saliendo de la casa, no me dijo a donde iría pero tengo la
certeza de que no lo volveré a ver. —
Mateo se acabó su bebida de un trago. —Sea cual sea el caso, amigo, sabes que yo estoy
aquí, y que nunca me iré. —
—Ni siquiera me importa si papá muere, las personas importantes desaparecen todo el
tiempo, no le veo diferencia a su ausencia con la de mi primer amor en la secundaria, o con
la ausencia del segundo. La gente siempre desaparece de algún modo u otro… Y una
ausencia sin importar el motivo sigue siendo eso… Un vacío. —
La cuenta del banco de Mario seguía creciendo, esto debido a que trabajaba sin descanso y
gastaba como si ganase el salario mínimo, compraba únicamente lo más necesario, buscaba
ofertas, regateaba con la astucia de un corredor de bolsa, su coche caro lo había vendido;
ahora viajaba en camión o en metro, siempre saludando con gran admiración al hombre de
las patitas. Como le había apodado a su teporocho favorito.
Incluso había desarrollado un gusto por ese estilo de vida. Dormía más plenamente
recargado en el hombro de un desconocido, que en su propia cama. Empezó a leer el
periódico, el más barato y amarillista de la ciudad, al principio lo asustaba mucho, le
provocaba ansiedad, pero conforme paso el tiempo las cosas que antes lo asustaban o lo
ponían triste, ahora le daban risa, así pues, siempre viajaba al trabajo leyendo las noticias
más crueles, con la ligereza que genera la lectura de una caricatura.
Seguía hablando con Paulina, todas las noches al llegar del trabajo, no despegaba los ojos
de la computadora intercambiando incansables mensajes con ella y, aun cuando se veían,
siempre era dentro de las inmediaciones del departamento de Mario. Él había desarrollado
un miedo profundo a las calles, y únicamente salía para trasladarse de su casa al trabajo y
viceversa, o salía para hacer las compras del mes, pero nada más que eso.
Ese miedo también era reciente, pues aquella vez que se despidió de Paulina en medio de
aquél crucero de avenidas transitadas de la ciudad, tras haberla encontrado por casualidad
en el metro; fue detenido por las autoridades debido a su aliento alcohólico y debido al vaso
de fiesta que había procurado no tirar en todo el trayecto desde su salida del antro. Lo había
cuidado enserio, minuciosamente, poniendo la integridad del vaso, incluso por delante de la
suya. Le había dado besitos procurando no acabárselo antes de poderse permitir conseguir
más. Aquél vaso se había convertido en su punto de equilibrio cuando el mareo de la
embriaguez con poquita resaca, trataban de tumbarlo con la misma insistencia que tienen
los invitados bailando la víbora de la mar al intentar tumbar al novio. En fin, Mario no vió
que un par de policías lo estaban observando de cerca, y antes de darse cuenta, aquel par de
hombres ya lo estaban sometiendo contra la patrulla. Con una fuerza por demás innecesaria,
su condición de humano había sido rebajada y el no pudo hacer nada, entonces sintió
miedo, sintió como si estuviese delante de un gran monstruo que lo oprimía sus libertades,
que lo jalaba de unas cadenas que ni siquiera sabía que traía puestas. No podía soltar su
vaso, por mucho que los policías lo golpearon en el cuerpo, simplemente Mario nunca
cedió, por alguna extraña razón tenía la sensación de que si tiraba el vaso iba a perder la
última de sus libertades como hombre y se iba convertir en un perro.
—Hablaban de una manera muy rara ese par de idiotas, no hablaban como humanos, eran
puro protocolo, en lugar de carro decían vehículo, en lugar de wey me decían joven, en
lugar de mear decían que me encontraron orinando, qué no mamen, yo no orino, yo meo, o
me aviento una firma, orinar es para la gente como ellos nomás, y eso sí sería un delito. —
Le dijo Mario a Paulina que muy afligida lo fue a recoger después de setenta y dos horas al
ministerio público. Paulina lo ignoró y comenzó a recriminarle un montón de asuntos
pendientes que ni siquiera eran de ella, pero nada se veía como ella, ni el porte, ni las gafas,
ni la confianza… Paulina no sabía tantas cosas de él y Mario se confundió, pero se enamoró
de ella. Como cayendo al correr hacia la base. La besó… Con la valentía de un soldado
kamikaze.
Simultáneamente, Mateo estornudó a mitad de su show, trató de continuar pero una fiebre
volcánica lo calcinaba por dentro.
—Ay amigos, la fiebre… Es el mecanismo de defensa más estúpido que tiene nuestro
cuerpo en contra de los patógenos. Es como si nos dijera “Vamos a matar ese virus, no
importa si en el proceso también te mueres tú. “— Dicho esto, el público rio y Mateo cayó
al suelo convulsionándose.
Despertó al siguiente día y Mario estaba a su lado, entre que preocupado y emocionado. Se
sentía muy culpable también. Mateo no entendió sus disculpas pero igual las agradeció. En
realidad Mario estaba muy convencido de que esa enfermedad mortal que había caído sobre
su amigo, era culpa suya.
—Los doctores no saben que es lo que tienes, te han hecho muchas pruebas pero no logran
atinar a ningún diagnóstico. — Mateo estornudo dos veces mientras Mario decía lo
anterior. No había dejado de estornudar nunca, ni si quiera cuando estaba inconsciente y la
fiebre estuvo a punto de matarlo. No podía detenerse. —
Cada fin de semana Paulina llegaba diferente, a veces ajetreada por las prisas del
restaurante, entonces Mario le daba un masaje y escuchaba todos sus problemas mientras
escuchaban un álbum entero de Michael Jackson, artista que Paulina admiraba con demasía,
cantaba las canciones pese a su pésimo inglés y hacia pausas aleatorias en la narrativa de su
día para contar detalles y curiosidades de aquél hombre. Mario al principio lo dejo pasar.
Era ridículo sentir celos de un muerto, pero… Se puede amar a un muerto, incluso más de
lo que se ama a alguien vivo.
Otras veces Paulina abría el departamento, como si este fuera su casa de toda la vida, y
besaba a Mario con la puntualidad del beso tenue de dos esposos en bodas de oro, y lo
miraba con los ojos de un migrante repatriado. Entonces él la reconocía de entre tantas
figuras y formas. Quererla era como recordar, como marchar sobre todo su árbol
genealógico y prenderle fuego, pues todos esos cielos que guardaban con recelo todos sus
antepasados, de pronto cabían el lecho de Paulina. En esos días ella era la que lo escuchaba
a él, ella era la de los ojitos de cachorro perdido, ella era la que sin entenderlo, lo quería
más que a nada.
Cuando Paulina se adelantaba y llegaba un viernes en la noche, la dinámica era muy
distinta. Esos días bebían whisky y fumaban un coctel de cigarrillos. Eso días cenaban una
sopa Maruchan y después hacían el amor. El sexo era como la cena… improvisado,
instantáneo y muy caliente. Paulina le enseñaba toda clase de malabares y acrobacias,
mientras Mario se derretía en poesía.
Los viernes ella siempre se iba temprano y procuraba no llevarse evidencias del encuentro
haciendo que Mario inspeccionara a detalle cada rincón de su ropa y de su cuerpo. Esos
días Paulina se sentía ajena a él e incluso ponía fronteras, fronteras que Mario debía
respetar con cautela.
Al final, una vez segura de que se veía como había llegado, únicamente se amarraba sus
hermosos risos y se iba… Esos días, decir “te quiero” no estaba permitido.
—Estoy confundido. — Exclamó Mateo escribiendo una nota y dejando el postick naranja
fosforescente pegado en su refrigerador.
— ¿Por qué? —
—Es que siempre que sale el tema de tu novia, pareciese que hablas de una mujer diferente.
—
Mario, sin dejar de dibujar unos planos extensos, que desde lejos aparentaban ser los de una
mansión, simplemente le dijo que se casaría, que esa mujer con la que estaba saliendo, era
sin duda el amor de su vida. Entonces Mateo estornudó varias veces y cuando finalmente
logró detenerse continuó con la charla.
—Hablando de eso… ¿Sabías que Danamar se casará el próximo mes? —
Mario soltó el lápiz por la sorpresa de aquella noticia y su mente se convirtió en un teatro
abandonado, en donde el polvo se disolvía en aire trazando constelaciones de arena a
blanco y negro; constelaciones… Todos los signos zodiacales marchando como soldados a
la guerra.
En la pantalla se reprodujo abruptamente una película borrosa y mal dibujada. En ella
estaba Mario, portando uniforme de secundaria; y en frente de él se encontraba sentada
Danamar, con peinado de máxima seguridad, con falda casi hasta los pies, con unos
pequeños lentes rosas que seguido se quitaba, para limpiar del éxtasis que le provocaban las
clases. Mario se estiraba para alcanzar a siquiera oler la bufanda morada que se escurría de
su cuello y salpicaba de aromas confusos todo aquel sueño… Mario se estiraba y se estiraba
pero la bufanda parecía siempre estar a un centímetro de distancia. Lo único que Mario se
llevaba de Danamar eran notas clandestinas que intercambiaban durante la clase. Notas que
ella respondía sin despegar la mirada del pizarrón, notas en las que Mario se aventuraba a
dejar el corazón. Tantas eran las notas y las conversaciones simultáneas que en ellas se
llevaban a cabo, que al medio día a cada uno le correspondía escribir una cuartilla entera,
tan sólo para redactar una respuesta. Tanto era el dialogo que entablaban esas dos almas
pluviales, que sin saberlo, llegó el punto en donde sus textos parecían la conversación
cotidiana de un matrimonio viejo antes de dormir… Se habían inventado una vida juntos,
en esas hojas arrugadas y con manchas de tiza; esos dos niños, describían a detalle un
destino:
En el primer año de bachillerato, en donde yendo a escuelas vecinas, Mario siempre se
apresuraría a salir temprano de clases para ir a alcanzar a Danamar, para cargarle sus libros,
para charlar con ella y sus amigos, amigos que eran de ambos; para llenarla de besos...
Durante ese periodo el beso para ambos era la máxima muestra de amor entre dos
individuos. Esto hasta que Danamar un día llegó a la secundaria con nuevas ideas, con
nuevas rutas para el amor jurado en cartas, con nuevos conceptos para la trama. Conceptos
que había deshilachado de la telenovela que veía su mamá. Esa típica escena en donde se da
entender que los protagonistas sostienen el coito, aunque por supuesto, eso que aparece en
televisión está lejos de parecerse al acto sexual, lo que aparece ahí es mera coreografía…
Las cosas del cuerpo, a diferencia de las del alma; no se ven tan estéticamente bien
ordenadas. En fin, su madre le explicó con un malabar de Eufemismos, lo que en la
televisión estaba sucediendo, pero eran tantas analogías que ella optó por investigarlo en
cuenta propia. No le puedes mentir a alguien que tiene un alma tan científica como la de
Danamar.
Segundo de bachillerato, las vacaciones habrían sido una cosa maravillosa para ambos. Él
seguido la visitaba a casa, le llevaba rosas e incluso un día le cantó una serenata con su
guitarra y voz desafinada. Los padres de ambos apoyaban su relación, la casa del otro no se
sentía diferente a la propia, les tenían tanta confianza que incluso los dejaban a solas. Ahí
fue cuando Danamar, empezó a aplicar el método científico de manera abstracta. Comenzó
a utilizar asteriscos para describir una acción, una tras otra, no había tiempo de
pensar…tantas acciones desmedidas terminaron desembocando una erección
incomprendida. Un asomo de lujuria desenfrenada en el cuerpo, producida meramente por
estimular la mente, la escena fabricada en la imaginación no coincidía en lo más mínimo
con la realidad presente; y ambas terminaron por chocar en el momento en que la profesora
le pidió a Mario que pasase a exponer un tema. En el texto, él ya estaba completamente
desnudo, abrazándose a flor de piel con Danamar, música clásica se escuchaba, había olor a
chocolate derritiéndose, las caricias flotaban por todas partes cual rayos cayendo
milagrosamente en el mismo sitio uno tras otro. Pero… La realidad era otra cosa. Mario
reaccionó aturdido al llamado de la maestra, que molesta, lo apuntaba con el marcador. Él
se levantó como pudo, pero la clase entera reía en cotilleo, pues su entrepierna indicaba a
gritos lo excitado que estaba.
Tercero de Bachillerato y ya jugaban a hacer el amor entre esos asteriscos que Danamar se
había inventado a fin de simplificar la narrativa de los bailes eróticos. No había cosa que no
cupiera en aquellos asteriscos, no había tabú que no se rompiera y fantasía que no se
cumpliera. Se sentían amos y señores de su propio mundo. Pero cuando se encontraban a
fuera, con sus uniformes de secundaría, su acné mal pagado por una genética cruel, sus
manchas de chamoy en la ropa y sus zapatos cubiertos de polvo… A duras penas podían
hablarse, sus conversaciones habladas se sentían como andar en un coche sin
amortiguadores en alguna calle tapizada de baches del EDOMEX. Mario siempre la
esperaba a la salida con el corazón en la mano, esperando que ella dejase de salir con aquel
sujeto, con Agustín, con aquel sujeto que en la vida real, en esta vida que se respira; todo
indicaba señalar que era su novio. Salía con su novio o con su prima, o luego era su mamá.
Mario diario le escribía una nota, más bien… Se escribía una nota, un guion de su
confesión de amor hacia Danamar, una forma de declarar su amor sin asteriscos, no
obstante, nunca lo consiguió, por más que corrió.
Las cartas continuaban de manera insaciable, con la misma sed con la que Thor intentó en
alguna ocasión beberse el mar. De pronto ya iban a la misma universidad, se veían todos los
días, dormían en el hombro del otro durante el trayecto en el camión, generaban reuniones
de estudio y después hacían el amor, se turnaban cada tercer día el desayuno, se embriagan
cada sábado viendo películas y escuchando corridos viejos.
Para cuando acabaron la universidad ya estaban viviendo juntos, cumpliendo con tareas
jamás predichas… Como pareja ellos dos eran un gran equipo, pero como matrimonio ya
eran una máquina, Mario se había convertido en privilegiado ingeniero en software y ella se
había convertido en contadora, a los dos años de casados tuvieron un hijo al que criaron con
mucho cariño y cuidado… Uno nunca sabe que es lo que puede estar creciendo en su
propio jardín, pero ellos se sentaban a mirar al pasto crecer.
Era una vida perfecta aquella que habían escrito como en mil páginas, en horas y horas de
ausencias maravillosas, pero nada era cierto, y a Mario le tocó asomar la cabeza como a su
pene erecto aquel día de la exposición; sólo para toparse con la verdad, una cruel verdad
que en toda su vida, nunca se había atrevido a pararse sobre sus hombros con su naturaleza
terca e inamovible.
Y al mirarlo en aquella retrospectiva se volvió a sentir como arriba del dragón mecánico, en
donde al principio creyó estarlo deteniendo con el agarre de su mano. No obstante rompió
en llanto al percatarse de que sólo se estaba sujetando para no caer.
Al volver de aquel atropello de recuerdos desmesurados que lo devolvieron a las costas de
la lucidez tal y como el mar devuelve aquello que no quiere a las playas; Mario se halló
frente a unos planos finalizados. Hojas y hojas de dibujos tan derechos que parecían no ser
algo hecho por un humano. Mateo ya no estaba, el amanecer se apuntaba en el cielo como
queriendo alcanzar lugar en algún cupo lleno. Y frente a él, la invitación a la boda, una
invitación en donde el nombre del novio no se hallaba por ningún sitio, Mario buscó con la
desesperación de algún niño buscando el cambio de su combi o de su camión, sentía una
desgarradora curiosidad de conocer el nombre del gran afortunado, pero no encontró nada.
Sólo estaba el nombre de Danamar adornado con rosas de colores, el nombre de los
padrinos, un par de nombres tan comunes que daba lo mismo no ponerlos, y por supuesto,
el nombre de la madre pero no del padre.
Mario se levantó aturdido al ver que para la boda ya sólo faltaba una semana, se miró en el
espejo y una barba ajena le había crecido en el rostro, se dio un baño y le envió un mensaje
a Paulina. Mateo había logrado entrar a su cuarto y le había desordenado todo, ahora debía
comprarle flores a Paulina pero de repente no recordaba cual especie era su favorita, y
tampoco recordaba cual Paulina llegaría ese día, no sabía si comprar alcohol o jugo, si
poner agua para el té o para el café, porque el té le gustaba hirviendo y a veces el café le
gustaba tibio. No sabía cuánto espacio en su cama guardar para ella y una pequeña crisis lo
dejo dando vueltas en círculos durante casi media hora hasta que el timbre de su
departamento comenzó a sonar y él no sabía con exactitud quien era.
Después de pensárselo por un minuto en donde la paranoia de su aislamiento le susurró al
oído toda clase de cuentos y de posibilidades distópicas. Finalmente abrió la puerta. Su
paranoia le había contado la posibilidad de que al abrir se encontrara con zombis, con
marcianos o con romanos agresivos dispuestos a entrar para llevárselo a su crucifixión. No
obstante, cuando finalmente junto todo el valor necesario para chocar con lo desconocido,
en cuanto abrió la puerta se encontró a todas esas distopías escurriéndose por entre los
poros de una Paulina que parecía quimera. Y por mucho que se esforzó nada más no logró
reconocerla, no consiguió darle un rostro fijo, no conseguía seguirle el paso pues todos sus
músculos se movían en una armonía incomprensible, y su mirada era como la entropía que
crea constantemente al universo. No había ninguna clase de iteración en ella y eso a Mario
lo volvía loco, aquella Paulina desconocida parecía provenir de otra vida, y lo devoró como
si fuera una zombi, y exploró cada rincón de su cuerpo con la curiosidad de un Alíen, sólo
que ella no era de marte, ella era de Venus, ella era la Diosa Venus que al final lo dejo
como crucificado después de tanta pasión.
Mario, de aquella noche, únicamente alcanzó a anotar las placas.
Un símbolo… una puerta cerrándose y dejando escapar toda la luz del foco incandescente
que se iba prendada de la figura unánime de Paulina. La cual únicamente dijo: “Gracias por
mi despedida, pero por favor, anótala entre asteriscos. “
— Era ella, te juro que era ella… — Balbuceaba Mario llorando al ver entrar a la novia con
alguna especie de hombre invisible tomándola de la mano.
— Quizás… La dejaste con curiosidad desde la secundaria, además, ya estamos grandes, a
esta edad a uno le puede más la nostalgia que la esperanza. — Dijo Mateo encendiendo un
cigarro y meneándolo por todo el espacio como espantando moscos. —Odio bastante los
tiempos de lluvias. Tienen todas las desventajas y ninguna de las ventajas. —
Mario empatizó demasiado con el último comentario…. Desde que había muerto su madre
a finales de junio, habían caído las lluvias, incluso más puntuales que otros años, más grises
que nunca. La lluvia ácida de la ciudad ahora sabía a navidad sin árbol y sin regalos… El
mundo entero parecía tener olor a tierra mojada, y el ya no tenía ganas de comer Tierra
como cuando salía a jugar en botas de hule a cazar ranas.
Paulina entró al salón de fiestas a travesando una puerta ya echa cascada… Y al verla
llegar, ambos caballeros se pusieron de pie, uno en frente del otro, buscando donde poner
las prisas que siempre cargaba Paulina en el brazo izquierdo. En cuanto llegó, se secó la
cara con el saco de Mateo y pidió perdón como burlándose con cierto cariño adyacente en
su tono de hablar.
No volteó a ver a Mario en ningún momento, de hecho lo evadía con astucia e ingenio pre
calculado. No quería ver esa mirada que le recordaba tanto a la de ella… No la quería ver
en se sitio, no fuera del refugio que ambos se habían construido como una fortaleza de las
soledades compartidas. En el mundo real, ella debía de ser fuerte, autónoma e
irreconocible.
De sus encuentros clandestinos con Mario, Paulina había aprendido que si se detenía a
verlo, las fisuras en su persona se tornaban bellas y que lo absurdo de su actuar en realidad
estaba bien justificado. Darle el contexto de su pasado a un humano es algo que cuando se
hace bien, nos podría permitir amar a cualquiera. Pero nuestra atención como individuos es
de las cosas más volátiles que existen… No hay tiempo para darle el privilegio del buen
contexto a la personalidad de cualquiera. Ergo, no somos nuestro pasado, somos la
constante improvisación, somos un ensayo sin obra.
Mario al principio se obsesionó un poco con llegar a Paulina, estaba muy seguro de que era
su novia y no la de su amigo. Pero los papeles se le habían perdido… Realmente no estaba
seguro de nada. Mario se tomaba de la mesa con fuerza como si fuera a caerse, como si un
terremoto lo azotara con fuerza cada cinco minutos y su mente se convirtió en un collage de
posibilidades desarrolladas de forma telenovelesca. Por más que lo intentó no tuvo éxito en
traspasar tanta coraza de indiferencia sobrepuesta una tras otra. Y se iba a ir derrotado,
tomando el florero de la mesa pese a las miradas de odio de las señoras que en ese
momento ya llevaban una especie de guerra fría para obtenerlo.
—La sopa se enfría. Deberías de comer. — Le susurró de pronto Danamar apretándolo
fuerte del cuello mientras el traje flotante con el que se estaba casando discutía a su costado
con los fotógrafos.
Mario se sentó nuevamente sin siquiera voltear, aquellas ordenes habían sido tan
irrefutables como las de su mamá.
—Danamar, que detalle este de invitarnos a tu boda, nunca me imaginé que lo hicieras,
sobre todo después de tanto tiempo de no hablar. — Exclamó Mateo con su plática política
habitual.
—No agradezcas nada, Mateo, creo que una parte de mí quería invocar un desastre que
impidiera este otro desastre. Sólo invité a los huracanes más cercanos. —
Mario mientras tanto devoraba su sopa con prisa sólo por acabar, por hacer algo y no tener
que decir nada. Fue ahí cuando Paulina creyéndose a salvo lo volteó a ver por simple
curiosidad. Lo volteó a ver como para asegurarse de que seguía ahí, tal y como Orfeo acabó
volteando para buscar a Eurídice. Pero Mario sintiéndose observado levantó la mirada, no
mucho, sólo suficiente para encontrar la mirada suya con la de Paulina y cuando ambas
miradas chocaron, un ataque de estornudos contundentes atacó con furia a Mateo, el cual
desprevenido se tiró al piso y no pudo parar de estornudar sino hasta que sus costillas se
hallaron rotas debido a la fuerza espontanea de las contracciones.
Mateo y Paulina se tuvieran que retirar por obvias razones, Mario iba a ir con ellos pero ni
Paulina ni Mateo se lo permitieron, y le pidieron que se quedará a divertirse, que todo
estaba bien, sólo había que ir al hospital para reparar esos huesos rotos. Además Paulina,
había hecho una que otra maroma en su selección de palabras con el fin de dar a entender
que la enfermedad que estaba matando a Mateo era en realidad causada por ellos dos. Y
Mario sólo asintió sintiéndose culpable pero de ningún modo arrepentido.
Danamar se sentó justo a un lado de Mario mientras servían el plato fuerte. Ese encuentro
lo incomodaba en demasía pues se la pasaba buscando los asterisco estirados en el piso
junto con esas bragas negras que Danamar se había puesto el día en que lo fue a visitar.
Ella se quedó un rato conversando con él: Le contó que su esposo era un ingeniero en
software y que ella se había vuelto física, pese a la presión de su familia por dirigirla a la
contabilidad.
—Toda mi sangre acabó sumisa ante el SAT y seguro a mí me hubiera pasado igual de no
haber sido por mi abuelo que en sus desvaríos de anciano agonizante me contó lo horrible
que era ser un contador. “Es como trabajar para el mismísimo Satanás. “ Me repetía en
tonos distintos y con pragmática distinta en intervalos de treinta segundos. — Mario desvió
la mirada hacia el traje vacío que ahora bailaba medio ebrio y sin ritmo en el centro de la
pista, preguntándose el por qué.
—Siempre he odiado lo observadora que eres. — Interrumpió Mario
Danamar lo volteó a ver con una mirada que Mario ya ni recordaba. — De eso se trata ser
un físico… De mirar para fuera y olvidar lo de adentro. —
—Quizás ambas cosas son lo mismo. — Respondió Mario pidiendo otra porción de carne
sin levantar la mirada. —Quizás por eso ahora pareces un robot. —
—Y tú no has cambiado nada. —
Cuando dio la media noche los novios se dijeron cosas románticas en frente de todos
mientras de fondo sonaba una canción que Mario reconoció de sus tiempos en cartas.
Entonces a Mario agachando la mirada se encontró de casualidad con unos papeles tirados
en el piso. Papeles doblados meticulosamente que trazaban un código, un mapa, la premisa
de un laberinto indescifrable.
Aquellos papeles, eran las notas que Mario guardaba con recelo en su habitación, eran la
razón por la cual nadie había entrado a ella más que él, era un secreto tan bien guardado
que incluso se lo había podido guardar de sí mismo. Pero todo acabó por ese descuido de
Mateo, que en medio de los estornudos frenéticos no se dio ni cuenta de lo que se le estaba
cayendo de los bolsillos. Los descuidos nos dejan en cueros ante el mundo, sin derecho a
replicas, son estos descuidos entonces como accidentes culposos de una ingenuidad
putrefacta.
Mario se quedó viendo a aquellos papeles muy fijamente, ahora Mario podía ver los hilos
de su propio tejido, y eso lo derrocó por completo, lo dejo herido vendado con su propia
bandera. Comprendió que no tenía novia… Que en realidad sólo tenía a diez buenas amigas
que le realizaban visitas conyugales de vez en cuando. Perdió los estribos y los recuperó tan
rápido que pudo sostener el porte que tanto se habían molestado sus padres en moldearle.
Después de su madre y después de Lucía se había quedado repleto de agujeros y esas
mujeres que lo visitaban con frecuencia matrimonial, no rellenaban nada, sino que eran el
espacio entre los hoyos.
— Cuando era niño peleaba con un perro por el afecto de mis padres. Es gracioso ¿no? a un
perro se le entiende todo porque es un animal… A veces olvidamos que nosotros también
los somos. Se nos exige mucho. — Le dijo Mario al traje flotante del novio que se había
sentado a un alado de él en un absoluto silencio. Mario, pisando los papeles y
recogiéndolos a discreción continuó. —Realmente te estas casando con una mujer
maravillosa. —
Al final de la noche una nota con un poco de vomito se posaba en la maceta de a un lado
del baño de damas y Mario supo que estaba dirigida hacía él cuando leyó escrito entre
asteriscos una oración conjugada en presente, pero era un presente con intensión de
suceder, como una premonición o una fantasía. “Lo veo, está parado ahí. Como una
palmera después del huracán. Sostiene un ramo de rosas cubiertas de sangre y sonríe como
antes. “
—He empezado a construir la mansión. La deje en las manos de un ingeniero civil que está
empezando su propia constructora. Seguro que hará un buen trabajo. —
— Paulina me confesó que en una ocasión me fue infiel contigo. — Respondió Mateo
repentinamente apagando su cigarrillo sobre una tapa rosca de cerveza. — Desde ese día
los estornudos se fueron. —
Mario contrajo todos sus músculos al escuchar aquello, se levantó, caminó en círculos
salvaguardando su inocencia, prolongándola en la medida de lo posible con aquel silencio
que por alguna razón se sentía ligero. Vió el postick naranja del refrigerador y al leer la
nota se rio un poco.
—No había notado la buena premisa que es está que me dejaste aquella vez de los planos.
Va muy bien con aquello que te dije del perro. —
—La había olvidado. Gracias por recordármela. Sí… Es gracioso, dice algo acerca de que
la vida parece una corrida de toros iniciada por una corrida fallida, previa ¿no? Es una
buena premisa pero no creo poderla usar, me pone algo triste pensar en eso ¿sabes? Mejor
hablare del como la vida siempre me ha puesto a decidir estando, pedo, cachondo o ambas
cosas al mismo tiempo. —
—Bueno, yo las peores decisiones las he tomado muy sobrio, es ahí cuando no tengo
pretexto. —
— ¿Entonces has cambiado de tema porque no tienes pretexto? —
—He cambiado de tema porque creí que me entenderías, amigo. Tú eres la única persona
que no se ha ido… Tú eres la única persona que sigue aquí, que no se me ha escurrido por
entre las manos como todos los demás, como todos esos cuerpos que se vuelven momentos,
recuerdos borrosos… Inventos. Tú eres el único vínculo que me queda conmigo mismo. —
Dijo Mario llorando y agarrando esa vieja pistola que había sostenido durante tanto tiempo
contra sus cienes el día en que su madre murió. La puerta ya tenía seguro… Todo estaba
premeditado, tarde o temprano lo haría… Tarde o temprano tendría que pagar por ese
error… Por haberse enamorado tan obstinadamente de Paulina. Aunque ni si quiera era así.
Paulina era sólo el rostro de su paraíso concurrido por soledades a medias, Paulina era el
nombre que le había asignado a su laberinto, Paulina no era un lugar, era un pecado, era una
quimera…
Mario se había construido una quimera de amor, una criatura cuyo aroma parecía ser
similar al metro en los vagones exclusivos de mujeres en horas pico, cuya belleza no
rengueaba de ningún lado y exploraba todos los conceptos posibles; cuya personalidad era
y no era, y aun siendo lo que es y no siendo lo que es; abarcaba todas las facetas humanas.
Era una quimera muy humana, con personalidades desbordándose como refresco mal
servido. Era ese monstruo que dejaba pelos por todas partes y dejaba olor a pescado
muerto después de la hora de la comida, Era esa bestia que a veces lo mordía desprevenido
o lo arañaba en la cama. Era eso... Una quimera de amor, una ilusión.
Mario disparo en contra de su amigo sin siquiera parpadear, le disparó de forma cruel, de
forma inhumana, con la naturalidad de la rutina, con la misma expresión que pone un
carnicero al tener que degollar la tercera res del día.
El humo salía de la pistola y parecía pintar de gris todo el departamento… Un silencio se
hizo sentir por cada rincón de la existencia de Mario… Ya contaba con ese silencio y sabía
que del no podría huir nunca. Ahora su vida se sentía como una película vieja, y entonces,
mientras guardaba el cadáver en el refrigerador y le pegaba el postick con el chiste. Sólo
pudo pensar en Danamar, en esa historia jamás vivida, y se dio cuenta del porqué aquella
cartas se sentían tan reales… Era porque todo fue un borrador.
—Me hubiera gustado que por lo menos se despidiese antes de irse a esa gira tan repentina.
— Se quejó Paulina destapando una cerveza.
—Estaba muy molesto por lo que ocurrió entre nosotros. ¿Por qué le contaste? —
—Eso fue tu pinche culpa, ya yo te había pedido que por mensaje me hablaras de la forma
más directa y concisa posible, pero tú nunca entiendes y no dejas de mandarme emojis de
amor y de desearme buenas lo que sea del día. Comenzó a sospechar cuando me mandaste
las enchiladas poniendo sobre una nota que era mi comida favorita, pero incluso esa
ocasión comimos juntos, asumiendo que se trataba de un gesto amistoso. También me vio
raro cuando mandaste los tacones rojos, pero no hallé escusa que valiese cuando llegaron
las rosas. —
—Perdón… — Se disculpó Mario apenado y mirando hacia abajo como niño regañado.
Realmente amaba a Paulina, lo suficiente como para quedarse con ella… Como para que
ella se quedase con él. La cuestión es que estaban bien así, desviviéndose de amor en horas
programadas, pasando de lo pasional a lo fraternal, y de lo fraternal a lo extraño. Siempre
se despedían de beso pero en cuanto ella bajaba del coche volvían a ser desconocidos…
Peor aún, enemigos a muerte.
—No importa… Cuando vuelva de su gira el coraje se le habrá pasado, de lo acontecido me
va a echar a mí la culpa pero a mi nomás no me puede odiar, siempre acaba por
justificarme. Por eso seguimos juntos. —
— Él es tu esclavo — Aseveró Mario mirando los planos de su nueva mansión.
—No... No lo considero así… Un esclavo está obligado a servir, no tiene libertad que
obsequiar y Mateo pesé a lo mucho que me ama, lo considero un hombre muy inteligente.
El de ante mano sabe que no le convengo. Pero no puede evitarlo, es como un fumador que
sabe, morirá de cáncer, y aun así se niega a dejar de fumar. —
— El amor real viene con resignación. —
—Sí… En eso estamos de acuerdo, es como domar caballos. ¿Te conté que cuando era niña
aprendí a montar? —
—No… Creo que no. ¿Cómo era? —
—Era genial, en ese entonces mamá aún estaba atenta de mis hermanos y de mí, así que
constantemente nos gritaba que nos agarrásemos bien; muerta de preocupación. Mi favorito
era el caballo más rebelde de todos, era un animal flacucho y correoso que pese a los
intentos de mis tíos por domarlo; él nomás no aprendía y seguido se alocaba
repentinamente. Hubieras visto la cantidad de veces que me tiro de su lomo. — Agregó
Paulina riendo con nostalgia. — Creo que tú te pareces mucho a ese caballo. Te niegas a
resignarte… ¿Cuántas somos Mario? —
—No sé… Creo que ninguna. Digo… Yo soy de ustedes, pero ninguna de ustedes es mía,
yo no tengo vida como tú que tienes al restaurante del que estoy seguro, lograrás ser
gerente pronto. No soy como Anastasia que tiene su sueño de ser doctora y carga
constantemente con el peso de su novio el ignorante, cuya forma de coger la trae prendada.
Ella lo dice con mucha frescura y siempre nos reímos de ello. Se burla de que su novio con
trabajos se sabe las tablas de multiplicar y que su opinión siempre es sacada del tráfico.
Pero en la cama nunca queda mal.
—Tú seguido andas quedando mal en la cama, Mario. — Dijo Paulina riéndose y
conteniendo una carcajada que la hizo patalear.
—Es verdad… —También Mario rio siendo descubierto. — No todo se puede en esta vida,
o le metes cerebro o le metes enjundia.
Bertha tiene sus hijos, su hogar y sus drogas. Tiene un espíritu de juventud que no la
abandona, ella… En una ocasión en donde acabamos nuestro encuentro, me robó un susto
tremendo cuando de la nada estiró la mano y me dijo que le debía quinientos pesos. Me
dejo pensando, aturdido por la sorpresa de aquel acto de emprendimiento tan aventurado;
eso hasta que la risa le gano y me explicó que su abuela siempre le decía que no las diera de
a gratis nunca “Pero tranquilo, yo nunca le hago caso.” Me explicó para calmarme. —
—No necesitas contarme más, que ya me ha quedado claro. Eres sólo un cachorro
abandonado. Me ha quedado claro siempre, pero de algún modo me haces sentir muy en
paz. —
—Mi padre viene en camino. Quizás deberías irte. — Interrumpió Mario repentinamente a
la vez que revisaba su correo electrónico.
— ¿Ha vuelto de sus vacaciones en Chiapas? —
—Sí, me parece que regreso ayer, me había contado que era una especie de viaje de
autodescubrimiento pero de eso nada, mi papá siempre que se ve rebasado por las
circunstancias tiende a huir sin mirar atrás, nada más llevándose a su estúpido perro que
está tan viejo como él. —
—No deberías de hablar tan mal de Don Pedro… Se parecen mucho, ¿sabes? —
Mario se recostó y miró su techo, había una mancha, parecía ser de café, estaba creciendo.
—Esa mancha de allá riba va hacer que se desplomé todo el lugar. —
—No tienes remedio. — Paulina se fue y Mario se quedó viendo con gran atención el como
la mancha crecía con una velocidad imperceptible, de su aburrimiento brotó un suspiro y
justo cuando se estaba quedando dormido, su padre entró al departamento casi tirando la
puerta. El estruendo despertó a Mario inmediatamente, pero su padre ya estaba sentado
justo en frente suyo.
—Se te ve más centrado, hijo, nunca habíamos tenido tantos encuentros seguidos estando
tan sobrios. —
—La vida cuando mamá estaba se sentía mucho más rápida. —
—Y que lo digas… Ella siempre nos resolvía todo con calma, como si ya tuviese todas
nuestras estupideces perfectamente bien contempladas. No debimos de haberla dejado sola
cuando cayó enferma. —
Ese tema para ambos había sido un tabú… No habían hablado de ello desde que empezó
todo el calvario, siempre lo daban por sentado y lo evadían a toda costa. Pedro había
aumentado sus viajes de trabajo cuando su esposa comenzó a marchitarse lentamente junto
con todas las flores de la casa, él, de algún modo sabía que cuando la última de las flores de
secase, también sería el final de su amada Susana. Y no habría soportado verlo, estar ahí, de
tratar de ayudar en una tarea que se sabía imposible, no quería meter las manos en el fuego.
Y Mario por otra parte se había centrado en el proyecto de la mansión encargada por aquél
político que al final lo desprecio. La muerte de su madre entonces había sido un absurdo…
Un boceto que nunca se llevaría a cabo… Por eso ahorraba tanto y se esmeraba en construir
para sí mismo aquella mansión… No podía soportar que la vida de su amada madre fuese
tan sólo un borrador como el resto.
—No… Las cosas no debieron de haber sucedido así. Pero nada sucede como se supone
que debería de suceder. Es como si nos hubiéramos desviado del guion hace mucho. —
—Me recordaste a cuando eras niño. Siempre andabas como zigzagueando en cada una de
tus acciones y cuando tu mamá te preguntó, únicamente dijiste que no soportabas la idea
del destino y que buscabas engañarlo engañándote a ti mismo…. Ya veo que uno no engaña
al destino, es él quien nos engaña a nosotros. Vine porque Demetrio murió. —
— ¿Demetrio? ¿Tu perro? —
—Sí, tu hermano murió… — Mario buscaba la broma en ello, esperaba que su padre se
riera al afirmar que un perro era su hijo… Pero su padre nunca rio, todo lo contrario,
guardó un minuto de silencio en que Mario tuvo que contener la risa, pues ese silencio
fungía muy bien como premisa de un chiste. —
— Ese perro, se llamaba Demetrio y no era de a metrio. — Buscó bromear Mario apelando
a la comedia para nivelar la tención… Era la parte de Mateo que vivía dentro de él saliendo
a floté sin ser planeado. —
— ¡Algo lo picó una tarde mientras explorábamos la selva! — Vociferó Pedro
repentinamente con una notable ira inútil, de esos corajes que uno no sabe dónde van y que
con la edad se agravan, por eso hay tantos ancianos gritándole a una pantalla. —Tenía
tantas ganas de perderme en aquellas selvas que lo terminé perdiendo a él. — Continuó
Pedro llorando amargamente. — La última vez que había sentido tanto dolor fue durante el
entierro de su propia madre. Los seres humanos somos conexiones, enlaces que
constantemente se están movimiento, interconectándonos, acercándonos y alejándonos,
componiéndonos mutuamente en un sistema de intercambio tan perfecto que nos crea la
ilusión del ego y los subgrupos. — Pedro, sin darse cuenta había puesto en el perro, su
última conexión. Al día siguiente de visitar a su hijo, Pedro se suicidó en su casa sin flores,
sin lunes próximos, sin desayunos calientes, sin llanto y sin ruido. Únicamente dejo una
nota en la cual decía. “Mario, te encargo el resto. “
Mario, cuando le entregaron la nota, la entendió al instante, supo que su papá le encargaba
un sentido, la orientación… Le encargaba un objetivo, un anhelo, una justificación. Pero
él… Lo único que tenía era al cadáver de su mejor amigo en el refrigerador.
Seguido se sentaba a platicar con él, a crear chistes… Se moría de la risa cuando alguno
bueno le salía por casualidad. Recordaban viejos tiempos, anécdotas interminables.
Se conocieron indirectamente por Danamar, Mario recogía su pequeña colección de notas y
Mateo se acercó sin golpe avisa; diciendo que reconocía a la dueña de esa letra. Mateo
siempre andaba buscando atención y debido a eso seguido se le iba la lengua. Explicó que
Danamar era compañera desde el preescolar y que durante un tiempo habían estado
enamorados, hasta que ella lo cambio por su amigo. “Tan pequeña ella y ya tenía la vida
amorosa de una mujer divorciada. “
—Qué cosas dices Mateo, podrás estar muerto pero tú sentido del humor parece que no. —
Dijo Mario riendo a carcajadas en frente de su refrigerador.
Paulina nunca usaba su nombre completo… Siempre abreviaba su apellido paterno un tanto
arrepentida de haber nacido en esa cuna humilde, aquella madrugada de Abril. Pero no se
arrepentía de su pobreza, ni de la falta de oportunidades, ella era la clase de persona que
abría el mundo a machetazos. Lo único de lo que se arrepentía era de su padre inútil que
nunca tuvo el valor para vivir estando sobrio. Se lo encontraba de vez en cuando en los
vagones del metro, siempre afirmando que la tecnología era el cáncer de la sociedad,
siempre bailando ritmos populares con un par de audífonos desechables que ella se
encargaba de comprarle nuevamente cada que se descomponían. Constantemente le pedía a
la gente que le cortara los pies porque le dolían mucho… Y eso a Paulina le dolía de sobre
manera cuando recordaba de su infancia a su papá poniéndole vaporru en el pecho o
preparándole un té de ajo. Afirmando cariñosamente que a exagerado mal, exagerado
remedio.
Su primer día de gerente en el restaurante y de regreso a su casa se encontró con su papá
muerto, desangrado y sin pies, sonriendo de felicidad porque al fin le habían dejado de
doler los pies… Con su botella de alcohol bien abrazada de su costado, impecable y sin
derrames, sosteniendo en la otra mano un serrucho. Y Paulina sonrió nostálgica pues esa
sonrisa era la misma que recordaba de las tardes en el parque cuando su padre la empujaba
en el columpio.
Anastasia consiguió ser doctora y vivió feliz toda su vida con su esposo el ignorante, el
colectivo cuya mirada era un reflejo en acuarela de los sentimientos de una colonia entera,
cuya conversación era el diluido de todas las bocas y de todos los chismes que circulaban
diariamente, y cuyo cuerpo, siempre andaba sudado en un baño de todos. Y ella lo amaba
sólo por costumbre, por práctica y complicidad.
Bertha después del anexo consiguió dejar las drogas y ser un ama de casa ejemplar, se
había enamorado del sujeto que la apadrino en aquel lugar, algo que en vista de un
profesional se podría catalogar como abuso por la posición de poder y de confianza en
donde este amor tan enfermizo floreció. Pero el cuidaba bien de ella y de cierto modo
también la amaba, aunque su amor era sólo sentido de preservación, era empatía y
misericordia… Era necesidad.
Esmeralda se casó con un soldado, cautivada por la seriedad solemne que este tenía en
público, y aún más por la ternura tan privada que le regalaba en la intimidad. Ella siempre
había buscado algo que fuese sólo de ella, y seguido se quejaba con Mario de lo harta que
estaba de compartir todo con sus hermanos que se apoderaban de los bienes comunes como
pirañas. Era eso… Esas ansias de dejar algo en el refrigerador y tener la seguridad de que
más tarde seguirá ahí, eran lo que la habían orillado a casarse con un hombre tan
ridículamente cuadrado. También estaba el guion… Un guion que para Esmeralda era de
carácter inapelable y que para su esposo simplemente estaba ahí… Colindando con todos
sus deseos. Y es que cuando el hombre es lo suficientemente simple, basta con quedarse en
una base firme.
Paulina después de encontrarse el cuerpo inerte de su padre, se sintió extrañamente
aliviada, sintió el respiro que viene después de que algo causante de ansiedad culmina… Le
tememos más a la incertidumbre del futuro que al futuro realizado. Así ella sin darse cuenta
felicitó a Mario en el funeral de su padre Pedro, y este comprendiendo la situación nada
más rio con tristeza... Después de todo, había sido él el que le había obsequiado aquel
serrucho a su gran amigo “el patitas”.
—Creo que te haré caso… Debemos de avanzar. —
—Es doloroso cuando avanzar significa dejar ir… Hay que dejarlos ir a todos… El final del
camino también es estar solo. —
—Mateo no volverá ¿Verdad? —
—No…. —
—Siempre lo supe… —
— ¿Qué cosa? — Preguntó Mario notoriamente sorprendido.
—Todo lo que has hecho por mí. Mira nada más, tus manitas de princesa ya parecen de
hombre con tanto callo. — Respondió Paulina sujetando las manos de Mario, notoriamente
afligida.
— Sólo trato de volver al guion... Tú padre, mi gran amigo debió de haber muerto hace
mucho, Mateo era una parte de mí que el mismo copio para volverla su personalidad.
Cuando lo conocí, mientras perseguíamos a Danamar por toda la escuela, él era un pequeño
mitómano sin ninguna cosa que fuese realmente suya, de hecho, charlar con él era algo que
daba miedo, pues sin importar cuantos días llevásemos de amistad; siempre era como
encontrarse con un extraño. En resumen… Mateo se debió de haber quedado así, sólo…
Aislado del mundo por su propia incapacidad de relacionarse con la gente. Lo amo, y
siempre lo amaré como mi mejor amigo, pero ese maldito un día comenzó a copiarme y yo
sin darme cuenta cambié a fin de no verme reflejado en alguien tan patético como él. Así
pues terminó por llevarse lo mejor de mí… Por eso a él lo amabas, por ese lo volviste tu
hogar, por eso yo no puedo ser hogar de nadie. —
— ¿Y qué hay de Lucía? A ella realmente le importabas y aun así no te importó hacerla un
lado. —
— Todo cambio cuando la inercia se detuvo. Creo que a ella sólo la puedo amar en
retrospectiva. —
—Deberías de dormir más, estas muy disperso. —
— Lucía me quería pero yo a ella no… Me arrepiento de ello. Pero simplemente no me es
posible querer a algo que sé que seguirá ahí después de dejarlo en el refrigerador. Es algo
que siempre me has dicho ¿no? Que siempre que dejabas algo para comerte corrías el
riesgo de que tus hermanos lo comieran antes que tú. Tú odias eso, pero yo… En este
último año he notado que lo amo… Amo la sensación de incertidumbre, amo extrañar a las
personas que amo. Amo caminar por la calle imaginando los momentos pendientes. Me
gusta vivir en el pasado y en el pretérito pluscuamperfecto.
Por eso había que volver al guion... A esas cartas. — Mario dijo lo anterior nadando entre
paranoias y acariciando los pétalos secos de las flores de su madre.
—Yo nunca he dicho tal cosa… Mario, es que yo no tengo hermanos, mis flores favoritas
tampoco son las rosas, mi color favorito es el morado, más no es el rojo como lo has
asumido todo este tiempo; y mi comida favorita es en la pizza ¿Por quién me confundes? —
Mario siempre se confundía, tenía notas y diagramas de flujo pegados en sus paredes, uno
para cada una de sus amantes, tenía notas dispersas, planes formulados con diagramas de
árbol para así darse el lujo de contemplar todas las posibilidades simultáneamente. Tenía
también, una especie de organigrama que funcionaba por alguna especie de méritocracia
retorcida y completamente subjetiva. Tenía un mapa tachado con ciudades de origen de
cada una de ellas. Hacía todo esto… Se obsesionaba con todo esto para no confundirlas
nunca, cuestión que muy rara vez dejaba de ocurrir. La verdadera razón de esta obsesión
era que así se sentía un poquito más en sus vidas, así pues, Mario era como un turista que
trata de aprender sobre la historia y geografía de un pueblo a fin de sentirse un poquito
menos turista, pero él no era nativo de nadie fuera de aquél guion, se sentía como
extranjero.
La mansión había sido terminada y el día de la mudanza Lucía acudió a ayudarle en
compañía de su nueva pareja, el cual era un hombre de estura, peso y apariencia tan
promedio que el mundo le debería de acuñar un premio por el buen tino estadístico a la
mediocridad con el que su genética lo había constituido. El hombre en cuestión se llamaba
Alexis y no paraba de hablar acerca de mecánica automotriz y de su fanatismo jurado a la
música metal; parecía un niño autista explicando el funcionamiento de sus carritos hot
wheels.
Lucía siempre parecía hallarse en el ojo del huracán. Siempre le estaba ocurriendo algo,
bendiciones y desgracias le llovían con tanta constancia que su espíritu se había mantenido
con el ímpetu de una colegiala.
—Te ves más linda ahí… — Afirmó Mario aprovechando que Alexis había salido a
comprar cerveza
— ¿Ahí dónde? — Contra preguntó Lucía sentándose en el sillón y poniendo cara de
fotografía.
—Ahí dónde no eres mía. — A lo cual ella frunció el ceño contrastando de inmediato con
su buen humor.
—Ya hemos hablado de ello, Mario. ¿Cuantas veces no me has marcado en la madrugada,
hasta la madre de briago suplicándome que volvamos a estar juntos? Lo nuestro ya fue o
quizás nunca fue—
—Recuerdo que cuando asistíamos al bachillerato constantemente gritabas por libertad e
igualdad, tan zurda que el rojo de la bandera comunista no te parecía lo suficientemente
rojo. Parecía que querías incendiarlo todo. Me hablabas del fracaso de las relaciones
monógamas, de las construcciones sociales y continuamente hacías chistes de un humor tan
negro como mi piel. ¿En qué momento cambió todo eso? —
—Tú fuiste la primera excepción. La primera bandera que deje caer… Y las demás fueron
cayendo solas como cuando se derrumba un imperio o te desatas las agujetas. — Lucía
mientras decía esto último también se quitaba los tenis y se ponía su chanclas viejas que
halló de casualidad en alguna de las cajas. —
Mario entonces suspiró pensando en que esos pequeños pies ya no lo alcanzarían nunca
más y los reconoció por la forma con la que golpeaban el piso mientras ella se movía por
todas partes al atender una llamada del trabajo. Ella era contadora, una muy buena
contadora, tan buena era que calculaba las sobras de cualquier proceso con sólo observarlo,
y sus cálculos eran tan exactos como un reloj atómico marcando la hora.
Por un segundo ambos en la comodidad que dan las chanclas, se olvidaron del mundo, se
olvidaron de Alexis demorado por confundir la fila de las tortillas con la de la tienda de
abarrotes. Se olvidaron de los años que habían pasado sin verse y se sintieron como en un
domingo de esos muchos que vivieron como pareja añeja, aunque eso sí, juntos pero no
revueltos.
Y fue tan efectiva la ilusión, que casi tienen sexo monótono y sin sentimientos, casi se
bañan juntos, y Mario casi orina en la ducha riendo como niño pequeño que no se quiere
bañar.
No obstante el timbre sonó y la realidad nuevamente los golpeó abruptamente. Mario, el
resto del día intentó competir en todo con Alexis, el cual ganaba en todo porque ni siquiera
se percataba de dicha competencia. Era como correr a toda velocidad a través de una pista y
al volver al punto de inicio percatarse de que el rival ya está ahí porque nunca salió.
Un fantasma llegó a su mansión a la semana de instalarse, un fantasma que durante la
madrugada azotaba sartenes y prendía la licuadora, pintaba ecuaciones importantes en los
techos de las habitaciones, bailaba salsa frente a la fuente de cascada invertida; encendía la
consola de videojuegos y les ponía corazones a los planos de nuevos proyectos que Mario
estaba desarrollando, a veces reconocía al fantasma por los pasitos que escuchaban cuando
bailaba ballet en los pisos de arriba o cuando pisaba fuerte estresado por no hallar a nadie.
Mario siempre tenía cuidado cuando paseaba por la enorme mansión que se había
diseñado… Realmente no la conocía y temía que un giro mal dado o una puerta mal a
travesada significase perderse para siempre, así que constantemente dejaba notas con
chistes en las puertas, esto a fin de reconocer el chiste y más o menos darse una idea de
dónde se encontraba.
En aquel edificio hacía mucho frío y todo se veía gris, al punto en que en una ocasión
Mario creyó que se había convertido en perro y sonrió al imaginarlo, al imaginar lo fácil
que es la vida de un animal que no tiene necesidad de reprimir impulsos. También entonces
extraño un poco a su hermano Demetrio cuya tumba estaba justo a un lado de la de su padre
Pedro.
En su mansión las flores se marchitaban en una hora, el silencio fuera de los ruidos
provocados pos su invitados abstractos; era absoluto, no había ningún olor en el aire y nada
dentro del perímetro de la casa tenía sabor alguno. La mancha del techo de su antiguo
departamento ahora se expandía por el techo de la mansión reclamándole en ocasiones por
haber vendido el despacho de su padre a fin de terminar el pago a la constructora que se
había encargado de su mansión.
El cadáver de Mateo ya no estaba en el refrigerador y por las noches le hacía cosquillas
provocando insomnios de un circo terrorífico e interminable. Y ahora el fantasma, ese
fantasma de la quimera que había abandonado y dejado morir de hambre en su antiguo
departamento; le picaba las costillas cada que comía algo.
Las bases se le quemaban a Mario una a una, y sentía que se le acababa el mundo… Los
lugares a donde podría correr se volvían ceniza.
Una de esas ocasiones de paranoia se cortó la palma de la mano con la única finalidad de
corroborar su propia vida, comprobación que fue necesaria porque es bien sabido que los
fantasmas no pueden abandonar la mansión en la cual están penando, y el necesitaba salir,
volver al encuentro con Danamar, reafirmar el guion… Tratarlo de abordar en alguno de
sus muchos apéndices perdidos, era como saltar de un puente e intentar caer sobre el techo
de un auto en movimiento. Pero Mario necesitaba intentarlo, así que juntó la energía que le
quedaba y camino rumbo a su antigua secundaria, no… No estaba caminando, estaba
corriendo, desesperadamente corría hacía la última de sus bases, hacía los brazos pueriles
de Danamar. Le había comprado rosas y su corazón parecía que se le salía del pecho. No
obstante, cuando llegó a su antigua secundaría sólo encontró ruinas y un terreno tan baldío
como su casa enorme.
Se sentía apunto de ser alcanzado, así que volvió corriendo de prisa a su propiedad, había
perdido las llaves y se tuvo que saltar el zaguán; romper un ventanal y con cortaduras por
todo su cuerpo además de sangre pintándolo como tigre alcohólico, se recluyó en lo más
profundo de su mansión, procurando quitar todas sus notas pegadas en las puertas con el fin
de escapar y no ser encontrado nunca, así… Después de la centésimo sexta puerta
atravesada no supo darse razón de donde estaba. Se sintió aliviado porque sabía que ya no
hacía falta correr nunca más, así que se puso en posición fetal y frente a él cayó la última
nota… Un postick naranja fosforescente que llevaba escrito “La vida es como una corrida
de toros, que inicia precisamente con otra corrida en dónde un semental también murió.
“.— Entonces Mario, rio con ingenuidad, con una ingenuidad tan perdida como él.