Diente por diente
Una comedia de Juan Luis Mira
Uno.
EL PROSPECTO
Suite 601 del Gran Hotel Majestic
Un trabajador del servicio del hotel, algo enclenque y con gafas, que podría
ser un primo de Cuenca de Woody Allen, acaba de entrar para realizar el
arreglo de cada mañana, dejando entreabierta la puerta de la habitación. Hay
una media penumbra, salpicada por la luz intermitente procedente de una
televisión que alguien olvidó apagar y que ofrece, por circuito interior, imágenes
de un conferenciante que diserta en polaco. El volumen muestra una doble voz:
en un segundo plano, la del ponente, anodina, superpuesta por la traducción
simultánea de una voz femenina en castellano, gracias a la cual nos enteramos
de que la cosa va del “apasionante” tema de los implantes bucales. Se puede
hacer aparecer/desaparecer a la traductora en directo, desde un espacio
imaginado, bregando entre bostezos con su traducción.
El limpiador descorre las cortinas para dejar que entre la luz del mediodía a la
espaciosa y lujosa habitación de planta diáfana en la que confluyen dormitorio
(cama de matrimonio, un par de biombos, armario, mesas de noche…) y
recibidor (chaise-longue, aparador, sillones, cojines, una nevera…). Observa la
pantalla unos segundos y se dispone a apagar el monitor cuando sale del
cuarto de baño, recién duchado, en camiseta de tirantes y canzoncillo, un
hombre de unos cincuenta años, de complexión fuerte y algo pasado de
kilos.
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JOVEN: Perdone, perdone, me dijeron que estaba usted en… (Algo
nervioso. Hace ademán de retirarse.)
CLIENTE: Le dijeron bien, yo sigo ahí… (Señala la televisión.) No la
apague.
JOVEN: Volveré más tarde. (Le entrega el mando. EL CLIENTE
baja el volumen.)
CLIENTE: No hace falta. (Sin apartar la mirada del plasma.) Dé la
habitación por arreglada y punto.
JOVEN: Pero… ¿la cama…?
CLIENTE: La cama está sin deshacer.
JOVEN: (Fuerza la vista.) Perdone, perdone, ni me había dado
cuenta. ¿No ha dormido usted aquí?
CLIENTE: Y usted, además de cegato… ¿es siempre así de nervioso
o simplemente es tonto del culo?
JOVEN: Disculpe, no quise… es que… bueno… no llevo mucho
en… (Le cuesta cerrar cada frase, como si los nervios le
provocaran una leve tartamudez.)
CLIENTE: Si tarda un minuto más en irse pillaré una pulmonía.
JOVEN: Perdone, perdone. (Va a salir.) Al menos déjeme que
cambie el kit de… aseo. (Sale de la habitación tras tropezar
con una silla. Entra inmediatamente con una pequeña
bolsa, llena de colorines. El CLIENTE se la arranca de la
mano. La observa.)
CLIENTE: Gracias, pero no suelo usar compresas. (Le quita las gafas
a EL JOVEN, se las pone y lee. )Aunque sean “con alitas”.
(Le devuelve las gafas y la bolsa.)
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JOVEN: ¡Ah! ¡Le di… el kit de la 603! Debe de ser para una… ya
me… entiende…
CLIENTE: Como sea para “uno”, ya me entiende… puede que le
mande a la mierda. (Le imita.)
JOVEN: En este hotel es que cuidan hasta el mínimo detalle.
CLIENTE: Menos el servicio de habitaciones. (Ante el ademán de EL
JOVEN de volver por otro kit.) Márchese, por favor.
JOVEN: ¿No necesita reponer algo del… minibar? (Va hacia el
minibar, lo abre.)
CLIENTE: En todo caso necesitaría reponerle a usted.
El JOVEN mete la mano en la nevera y, sin poder disimular
los nervios, saca una pistola con silenciador, con la que
apunta al CLIENTE. Intenta disimular que la mafia le pilla
lejos. La pistola está tan fría que debe cambiársela de
mano varias veces, aunque nunca pierde de vista su
objetivo.
JOVEN: Coño, qué fría. (Pausa.) Pues creo que eso no va a
poder… ser. (Va hacia la puerta de la suite, sin dejar de
apuntar a EL CLIENTE, la cierra. Intenta inútilmente que no
se le noten los nervios.)
CLIENTE: ¿Me quiere decir qué es esto?
JOVEN: Una… Baretta con silenciador. Y congelada. Los minibares
de las suites son como… El Corte Inglés: se encuentra
de… todo.
CLIENTE: ¿Es usted un profesional?
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JOVEN: ¿Se refiere usted a un profesional del crimen y de la…
extorsión?
CLIENTE: Sí.
JOVEN: ¿Tengo yo pinta de ser uno de… Los Soprano?
CLIENTE: La verdad es que no.
JOVEN: Y ahora ¿quién es el tonto de… el culo?
Pausa.
CLIENTE: ¿Usted metió la pistola ahí, no es cierto?
JOVEN: La pone el hotel. Por si al cliente le entran ganas de
pegarse un tiro por la calidad del servicio.
CLIENTE: ¿Cuándo lo hizo?
JOVEN: Si no se hubiera pasado la noche de juerga, lo… sabría.
CLIENTE: ¡No he estado de juerga, señor mío!
JOVEN: ¿Una cana al aire…, señor mío? (Le apunta amenazante.)
CLIENTE: Llámelo como quiera, pero tengo una jodida muela que
parece mi mujer y basta que quiera pasármelo bien para
joderme. (EL CLIENTE, aunque molesto, mantiene su
aplomo; EL JOVEN no puede evitar reírse.) No sé por qué
le hace tanta gracia.
JOVEN: Yo sí… lo sé.
CLIENTE: ¿Es usted un poco tartamudo… o me parece a mí?
JOVEN: Solo los… sábados.
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CLIENTE: Hoy es sábado.
JOVEN: Pues vaya. Pero… se me pasa enseguida. Respiro así.
(Inspira, espira dos veces.) Y ya está, ¿ve?: se me… pasa.
(No se le pasa.)
CLIENTE: Lo tiene usted todo, ¿eh? Miope, tartaja, nervioso… ¡Vaya
carrerón de atracador…!
JOVEN: También soy… daltónico y… un poco... psicópata.
CLIENTE: Eso ya es más peligroso.
JOVEN: Era broma. (Sonríe. Pausa. ) No soy daltónico. (Vuelve a
sonreír. Imposta algo la voz.) “Que yo recuerde, desde que
tuve uso de razón, siempre quise ser un gánster”.
CLIENTE: Y ha empezado hoy.
JOVEN: Sí.
CLIENTE: Y me ha tocado a mí.
JOVEN: Sí.
CLIENTE: Por supuesto, tampoco trabaja usted aquí.
JOVEN: Ni aquí ni en ningún sitio. Gracias a… usted.
CLIENTE: Vaya.
Pausa.
¿Sabe de lo que estoy seguro?
JOVEN: No… me importa.
CLIENTE: Que es la primera vez que empuña una…
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JOVEN: Baretta… 92FS…
CLIENTE: ¿Me equivoco?
JOVEN: No se equivoca.
CLIENTE: Y que es usted incapaz de apretar ese gatillo…
JOVEN: Ahí se equivoca a… medias. Sería incapaz si no me
hubiera metido hace media hora un… diazepán...
CLIENTE: Pero eso relaja, y usted está como una moto…
JOVEN: …un diazepán detrás de otro, para… tranquilizarme,
mezclado con algún que otro tramadol, para… animarme, y
un lingotazo de vodka, para… poder tragar tanta… pastilla.
CLIENTE: Va bien servido entonces.
JOVEN: Estoy que… me chuto encima.
CLIENTE: Yo uso diazepán, a veces, uno solo, antes de una
conferencia importante o/
JOVEN: Yo me los tomo a granel solo cuando tengo que…
cargarme al cabrón que… ha arruinado mi vida.
CLIENTE: ¿El cabrón que ha arruinado su vida?
JOVEN: Usted.
CLIENTE: ¿Yo?
JOVEN: Usted.
CLIENTE: ¿No se confunde de persona?
JOVEN: No.
CLIENTE: No me suena su cara.
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JOVEN. Es que me vio, pero recortado. Por una pantalla como esta,
desde una suite también como… esta, supongo. Además,
si tuviera que recordar la cara de todos a los que ha
arruinado la vida tendría que meterse un gigantesco disco
duro por… el culo.
Pausa.
CLIENTE: ¡Mire cómo le tiembla el pulso! (Se acerca despacio,
desafiante, hacia EL JOVEN.) Ni yo maté a Manolete, ni
usted es un psicópata, ni es capaz de apretar el…
EL JOVEN cierra los ojos y dispara reventando un cojín
que está muy cerca de EL CLIENTE antes de que este
acabe la frase, provocando una pequeña lluvia de plumas.
Los dos se llevan un buen susto.
JOVEN: (Eufórico.) ¡Hostiasss! ¡Funciona! (Pausa.) Es que con el
frío no sabía si… ¡como la compré por… Internet!
CLIENTE: (Que empieza a preocuparse, aunque intenta recuperar su
seguridad habitual.) ¡Está usted loco!
JOVEN: Razonablemente loco, sí… señor. ¡Joder, esto pone más
que… las pastillas! (Modula de nuevo la voz para decir:)
“¡Si hay algo seguro en esta vida, si la historia nos ha
enseñado algo, es que se puede matar a cualquiera!”. (Ríe
con ganas. Parece que se va sintiendo cómodo en su
nuevo rol de matón. Inspira, espira. Sigue tartamudeando,
pero cada vez menos.) Siéntese.
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CLIENTE: ¿Puedo vestirme antes?
JOVEN: No. Me gusta más así que como lo vi la última vez, de…
uniforme.
CLIENTE: ¿De uniforme?
JOVEN: Mire. (Una vez sentado EL CLIENTE, le invita a que mire la
televisión.) ¿No van todos de uniforme? Parecen clones. Y
después nos reímos de Corea del Norte. ¿Quién les
compra la corbata… la suegra? Y si no, los seguratas de
las puertas, fíjese, todos con sus gafas oscuras. (Pausa.)
¿Sabe usted por qué los monos no tienen… esclerótica?
CLIENTE: ¿No tienen qué?
JOVEN: El blanco de la bola del ojo. No tienen. La pupila les ocupa
todo el ojo. Es para mirar a sus depredadores. Así no
tienen que mover la cabeza a un lado y a otro y no se
delatan, como hacemos nosotros para ver al vecino. Ellos
se quedan quietos, así, y ven perfectamente lo que pasa a
derecha e izquierda. Pues las gafas de sol que llevan sus
gorilas se inventaron para eso. Para ver si ser vistos. Son
las nuevas armas de espionaje del chimpancé urbanita.
CLIENTE: ¿De dónde coño ha salido usted…? ¿La última vez que me
vio llevaba gafas de sol?
JOVEN: Yo no, usted. Gafas más oscuras que mi futuro, como
decía mi novia. La última y la única vez que lo vi. Aunque
desde el patio de butacas. Yo, usted estaba inaugurando el
congreso.
CLIENTE: ¿Y eso cuándo fue?
JOVEN: Hace cuatro años.
CLIENTE: ¿En…?
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JOVEN: Muy lejos.
CLIENTE: Déjeme que piense ¿Qué pasó en Muy Lejos?
JOVEN: Que hacía un frío del copón.
CLIENTE: Como aquí.
JOVEN: Pronto entrará en calor.
CLIENTE: Oiga, usted no suele hablar así, diciendo tanta hostia y
tanto copón…No le pega. Parece usted más bien un
mindungui reciclado de sicario low cost..
JOVEN: Ha sido usted el que ha empezado insultándome. Hablar
mal ayuda a entrar en la piel de un tipo duro. Como en las
películas de Tarantino. El que parece un mindungui termina
siendo un perro de presa, así que… cuidadito, que…
muerdo ¿Usted dice tacos?
CLIENTE: Solo cuando me tocan los cojones.
Se escuchan los aplausos procedentes de la televisión.
JOVEN: No le aplauden a usted, es que se ha acabado la
apasionante ponencia sobre… (Lee en un programa de
mano que recoge de la cómoda.) “…implantes bucales
caseros durante la etapa comunista en Polonia”. En cinco
minutos le toca a… (Lee.) “Chan Yu Hua. La ortodoncia
durante la dinastía Ming”. Joder qué interesante.
CLIENTE: Para los chinos sí. Y el congreso está lleno de chinos.
JOVEN: Un chino, muy elegante él, está en una de esas colas
interminables del Inem. Y uno de Vallecas que lleva ya una
hora esperando va y le pregunta: pero, chino, tú que haces
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aquí…Y el chino le contesta: vel mucha gente y yo venil…
¡a complal local! (El CLIENTE ni se inmuta.) Era un chiste.
Para romper el hielo. Es que ahora el que empieza a
parecer un manojo de nervios es usted.
CLIENTE: Para romper el hielo acérqueme el batín.
JOVEN: No. Así ya no se lo tiene que quitar. (Vuelve a mirar el
monitor de reojo.) Una hora. La nueva ponencia durará una
hora, más o menos.
CLIENTE: Algo más si se alarga el coloquio.
JOVEN: Y luego la clausura. Su clausura. ¿Tiene ya el discurso
preparado?
CLIENTE: Es el mismo de siempre.
JOVEN. Y no… necesita diazepán.
CLIENTE: No. Me lo sé de memoria.
JOVEN: Yo aquel día me perdí el suyo. (Sin perder de vista la
pantalla.) Sus congresistas me obligaron a hacer footing.
También toca cambiar de intérprete, ¿no? Esta que ha
terminado no está mal, mírela, está saliendo de la cabina,
la está enfocando la cámara... fíjese, o tiene un tic en el
ojo o se lo está guiñando a alguien...
Pausa.
CLIENTE: ¿A qué juega?
Pausa.
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JOVEN: ¿Es usted quien se encarga de seleccionar las ponencias?
CLIENTE: Solo formo parte del comité.
JOVEN: ¿Y los/las intérpretes?
CLIENTE: ¿Qué?
JOVEN: ¿También los/las elige… usted?
CLIENTE: De eso se encarga una agencia.
JOVEN: Algunas son muy guapas. Las intérpretes...
CLIENTE: Eso siempre ayuda.
JOVEN: Además de saber chino o… polaco tienen que ser guapas.
Mucho piden ustedes.
CLIENTE: Hoy encuentras de todo.
JOVEN: Y a bajo precio.
CLIENTE: La ley del mercado, señor mío.
JOVEN: ¿Y por qué, señor mío, la penúltima ponencia de sus
últimos congresos es siempre en polaco? ¿Para que la
intérprete sea… polaca, y la misma, tal vez?
Pausa. La pregunta ha pillado por sorpresa a EL CLIENTE.
CLIENTE: Pura casualidad.
JOVEN: ¿Ha dicho… puta casualidad?
CLIENTE: Vamos a ver. ¿Va a seguir preguntándome gilipolleces, le
toca hablar de la vida sexual del koala, va a contarme más
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chistes, vaciar el cargador o simplemente ¡quiere que me
muera de una pulmonía!?
JOVEN: Cada cosa a… su tiempo, Sr Valverde.
VALVERDE: Vaya, sabe mi apellido.
JOVEN: Faltaría más. Y usted no se acuerda del mío.
VALVERDE: Pues no, qué quiere que le diga.
JOVEN: Martos.
VALVERDE: Sigue sin decirme nada. ¿Y su nombre?
JOVEN: Silvio.
VALVERDE: Vaya nombrecito.
SILVIO: Es lo que pasa por tener una madre hippie y amante de la
trova cubana. Silvio Rodríguez. ¿Le… suena?
VALVERDE: Yo es que era más de ACDC.
SILVIO: ¿Usted?
VALVERDE: Fanático.
SILVIO: Quién lo diría.
VALVERDE: Cuando uno se hace mayor suceden estas cosas. Pasas
del porro directamente al whisky de malta. Silvio. (No
puede evitar sonreír.) Silvio. Y mira que el nombre sí me
dice algo, pero…
SILVIO: Puede que si le digo otro nombre le suene… más.
VALVERDE: ¿Fidel? (Vuelve a sonreír.)
SILVIO: Discariens.
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A VALVERDE se le corta la sonrisa.
VALVERDE: ¿Qué tiene que ver usted con…?
SILVIO: Todo.
VALVERDE: Claro, coño. ¡Silvio Martos…! ¿Es usted el descubridor del
Discariens?
SILVIO: In person y en plan Reservoir Dogs. ¿Ha visto la peli? Yo,
veinte veces, me la veía como parte del entrenamiento.
Imprescindible. (Modulando la voz como lo hizo antes.)
“Verás, no voy a engañarte, ¿vale? Me importa una puta
mierda lo que sepas o no. Voy a torturarte de todas formas.
Fríamente. Solamente te queda rogar una muerte rápida.”
(SILVIO espera la reacción de VALVERDE, que no sabe si
temblar de miedo o echarse a reír.) ¡A que acojona…! Ya
le he dicho que me he preparado a conciencia antes de
venir aquí…
VALVERDE: ¿Ha hecho un master en secuestro y perversión?
SILVIO: No. Preparé el guion viendo sin parar películas de cine
negro. No hay mejor escuela. Ya le he soltado un par de
frasecitas… La primera era de El Padrino, segunda parte. Y
después, de Uno de los nuestros, lo de que siempre quise
ser un gánster… No, yo siempre quise ser lo que fui, hasta
que llegó usted.
VALVERDE: (Interrumpiéndole.) Más claro que el agua: nació para tocar
los huevos. ¡El plasta del Discariens!
SILVIO: Es que cuando se me mete algo entre ceja y ceja…
VALVERDE: Gracias a usted estuve riéndome toda la semana, después
del congreso de…
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SILVIO: Helsinki.
VALVERDE: ¡Efectivamente, Helsinki! Sí, joder, muy lejos y qué frío. Yo
no lo vi directamente, pero me lo contaron. En ese
momento estaba en la habitación.
SILVIO: Ocupado con la traducción.
VALVERDE: (No puede evitar sonreír.) Entraron a su habitación, lo
sacaron de la ducha y…perdone, pero es que… solo
imaginármelo…
SILVIO: Está bien, conviene que se… relaje.
VALVERDE: Mejor se relaja usted, que lleva el arma.
SILVIO: Sí, fue muy divertido. Un científico corriendo en pelotas por
los pasillos del hotel y una jauría de dentistas jugando a ver
quién… me capaba primero.
VALVERDE: Es lo que pasa cuando uno mete las narices donde no
debe. A usted le querían cortar los huevos, pero a la
mayoría de los dentistas se les pusieron de corbata: ¿cómo
se le ocurre decirles en la cara que había descubierto lo
que les iba a robar el pan?
SILVIO: El pan no, el caviar. Usted fue el que me invitó.
VALVERDE: Ya, pero porque creía que no iba tan en serio. Nadie puede
llegar y acabar con la caries así porque así. ¿Ha pensado
alguna vez en los millones de dentistas que iban a cerrar el
chiringuito?
SILVIO: ¡Funciona! El Discariens funciona. Usted lo sabe. ¡Ha sido
testada por el mismísimo Centro de Estudios Dentales de
Ámsterdam y ahí están las pruebas de laboratorio!
VALVERDE: ¿Y qué?
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SILVIO: ¿Cómo que y qué? Dígaselo a los cientos de millones de
personas que ahora mismo están rabiando por… su culpa.
VALVERDE: ¡Eh, pare el carro! Yo no tengo ninguna culpa de que ellos
tengan caries.
SILVIO: ¡Pero sí de que las sigan teniendo!
VALVERDE: Sin ir más lejos, la mía me lleva de cabeza…
SILVIO: Por… gilipollas.
VALVERDE: ¡Baje de la nube de una vez, ángel exterminador, no tiene
ni puta idea de lo que pasa ahí fuera!
SILVIO: Pero sí de lo que pasa aquí… dentro.
VALVERDE: ¡A ver si se entera! ¡Somos empresarios!
SILVIO: Pues sí, ahora me… entero.
VALVERDE. En el fondo, qué más da fabricar, pongamos, tornillos para
automóviles, que lo que sea que tenga que ver con la
salud, como es nuestro caso. Si un producto no es
rentable, no es rentable. Y si no es rentable nuestras
fábricas cierran. Y si cierran dejamos sin trabajo a muchos
cientos de millones de personas. Seguro que prefieren
seguir con sus caries a verse en la calle.
SILVIO: Allí terminé yo.
VALVERDE: Supongo que alguna que otra pregunta se habrá hecho
usted, a pesar de esa pinta de cáritas diabólico.
SILVIO: ¿Preguntas?
VALVERDE: Sí. Preguntas que tienen fáciles respuestas. Como…. ¿Qué
busca una empresa? Beneficios. Y cuantos más, mejor.
Preguntas. ¿Por qué no se fabricó en su día una vacuna
contra el ébola? ¡Porque no era rentable, ni más ni menos!
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Y cuando saltó la alarma por si la epidemia se colaba en
Europa o Estados Unidos, todo cambió. ¡Porque ahí sí hay
una rentabilidad, señor mío! Se invierte solo si se va a
ganar pasta. ¿Estamos o no estamos? Lo mismo pasó con
la enfermedad del sueño. ¿Conoce el caso?
SILVIO: Miles de africanos cayeron como moscas…
VALVERDE. ¿Y por qué se dejó de fabricar el medicamento que los
curaba? Porque los negritos no podían pagarlo, coño. ¿Lo
fabricamos gratis? ¿Tenemos la culpa nosotros de que los
negritos no puedan pagarse la medicina? ¡No somos una
ONG!
SILVIO: Pero después bien que… lo fabricaron.
VALVERDE: Cuando por puta casualidad, como usted dice, se descubrió
que eliminaba el vello de la mujer. Las europeas y las
americanas nos la quitaban de las manos. ¡Pues a
fabricarla como rosquillas! Oferta y demanda, oferta y
demanda. (Pausa.) ¡Así se mueve la Big Pharma! ¡El gran
negocio de las patentes! No sé si se ha enterado del virus
ese que acaban de descubrir en China…
SILVIO: El de los murciélagos…
VALVERDE: Ese. Pues imagínese que llegue hasta aquí. Seguro que
todos nos ponemos un petardo en el culo y en un año están
las vacunas. ¿Por qué? ¿Tengo que explicárselo? Pues
porque no vea el negocio que se va a montar. Hay cosas
en el mundo, que es el suyo y el mío, que no pueden
cambiar de un día para otro. Y, créame, si ha venido aquí
para vengarse y matar al culpable, se ha equivocado de
víctima.
SILVIO: Usted fue quien obligó a que me despidieran del
laboratorio.
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VALVERDE: Yo fui quien obedeció la orden, no quien la dictó.
SILVIO: ¿Y quién la dictó?
VALVERDE: ¿No lo sabe? Pues yo se lo diré y, por favor, que no salga
de aquí: la madre de todas las putas.
SILVIO: ¿Quién?
VALVERDE. ¿Quién va a ser? La industria farmacéutica ¿Hace falta
que le recuerde cuánto factura al año ese burdel?
SILVIO: ¿Y usted por qué trabaja para ella?
VALVERDE: Porque será una puta, pero es legal y además paga muy
bien. Y tengo una familia que mantener.
SILVIO: Es un decir. Su mujer tiene mucho dinero…
VALVERDE: Veo que se ha informado.
SILVIO: No solo he visto películas.
VALVERDE: Ella es mi colchón. El trabajo, solo el somier. Uno tiene que
andarse con los pies de plomo, porque al menor descuido,
zas, te hacen la cama. (Intenta mostrarle su lado más
humano.) Y yo trabajo dieciocho horas al día. ¿Sabe lo que
es eso?
SILVIO: Ya no.
VALVERDE: Tengo el colesterol por las nubes, hipertensión y cuando
me da la ciática voy al despacho en silla de ruedas. Que
parezco uno de esos moteros de los ángeles del infierno
en versión Imserso. Créame, no soy ese ogro que usted se
empeña en ver detrás de esas gafas. Soy… fíjese lo que le
digo… ¡un pringado!
SILVIO: Pues cómo viven los pringados.
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VALVERDE: No se engañe, señor mío. Un pringado. Para mí, estos
congresos son de los pocos caprichos que me puedo
permitir para parar y respirar y…
SILVIO: Y… que le traduzcan.
VALVERDE. También. Y eso. Joder, soy un hombre, necesito vivir. ¿No
tengo derecho? Mire usted, aunque tampoco se lo crea,
cambiaba este… imperio… en el que usted piensa que
reino, por… simplemente… vivir tranquilo…
SILVIO: Aunque se quedara en paro…
VALVERDE: Aunque me quedara en paro. Sin obligaciones.
SILVIO: Y sin novia…
VALVERDE: ¿Pero no ha dicho usted que…?
SILVIO: Me dejó hace un año.
VALVERDE: Vaya rachita, ¿eh? (Pausa.) Pero es usted más o menos
joven. Tiene el futuro por delante.
SILVIO: Yo diría por detrás.
VALVERDE: Venga, hombre, arriba ese ánimo y abajo esa pistola que
no le pega ni con cola.
Pausa.
¿Qué, empieza a ver las cosas de otra forma?
SILVIO: Sí, (se quita las gafas) como con menos dioptrías: me ha
abierto los ojos…
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VALVERDE: Pues mire que me alegro… Así que usted se guarda el
arma, me dice que todo ha sido una broma pesada y se
larga. Y por qué no, me llama en unos meses y no le digo
que no le encuentre un trabajo en algún laboratorio. En el
extranjero, claro, que en España el I+D más que una suma
es una resta, ya me entiende. Venga, joven. Soy
comprensible: un fallo lo tiene cualquiera. Le prometo que
me olvidaré de todo.
SILVIO: (Vuelve a ponerse las gafas.) Eso es precisamente lo que
no quiero: que le falle la memoria de pez, por muy pez
gordo que sea.
VALVERDE empieza a intuir que la táctica no ha
funcionado. Sobre todo porque SILVIO en ningún momento
ha bajado el arma; al contrario, mantiene el pulso lo más
firme que puede.
VALVERDE: No suelo olvidarme de las caras, pero con usted haré una
excepción, se lo juro.
SILVIO: Pues para que no se olvide he previsto entregarle una
copia de todo cuanto está pasando aquí. Si se porta bien.
VALVERDE: ¿Qué?
SILVIO: Que en estos momentos está saliendo por la tele. Bueno, y
yo también. Puede saludar a la cámara.
VALVERDE: ¿Qué cámara?
SILVIO: A cualquiera de ellas. Usted haga así (saluda) y ya está.
VALVERDE: No veo ninguna.
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SILVIO: Pues hay seis. También las compré por internet. Muy
fáciles de instalar. No hay ángulo de la habitación que se
libre de ellas. Y todas grabando al mismo tiempo.
VALVERDE: (Sin dejar de rastrear con la mirada.) Se está quedando
usted conmigo.
SILVIO: No, las cámaras se están quedando con usted. Como si
fuera esto el Gran Hermano. ¡Y usted con esa facha! ¡Y
largando que no vea…! ¿Cómo era eso de las putas?
VALVERDE: ¡Dios mío! ¿Se ha grabado eso? (Pausa.) ¡Ya veo una!
SILVIO: ¿Dónde?
VALVERDE: Allí, en el vértice.
SILVIO: Eso no es ninguna cámara, es mugre, que ni las suites se
libran de la mierda. No insista, no las va a encontrar. Son
minúsculas.
VALVERDE: ¿Y cómo sé que no miente?
SILVIO: Baje el volumen de la tele. (VALVERDE obedece.)
Levántese y siéntese. (Lo hace.) Varias veces. Y rápido.
(Obedece. Se levanta y se sienta sin parar.) Intente
escuchar el sonido del sensor del movimiento mientras se
mueve. (VALVERDE se levanta y se sienta como si tuviera
un resorte, varias veces, con la atención puesta en el
supuesto sensor.) ¿Ha oído algo?
VALVERDE: No.
SILVIO: ¿Nada?
VALVERDE: No.
SILVIO: Insista. Tiene que moverse más rápido. (VALVERDE lo
hace hasta terminar jadeando.)
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¿Y ahora?
VALVERDE: Sigo sin oír nada.
Pausa.
SILVIO: ¿Pero… a que ya no tiene frío? (Ríe con ganas.)
VALVERDE: ¡Es usted un hijo de puta! (Se levanta hacia SILVIO, la
pistola de este y el dedo en el gatillo hacen que desista y
vuelva a sentarse.)
SILVIO: Me trae sin cuidado si no se cree que está siendo grabado,
pero yo de usted no me sacaría un moco de… la nariz, que
después queda fatal en pantalla. (VALVERDE,
disimuladamente, se atusa el pelo e intenta adoptar una
actitud lo más fotogénica posible. Hay una larga pausa que
nos permite escuchar, en el monitor, al ponente chino, que
habla muy rápido, y a la intérprete en castellano, se le nota
muy nerviosa, no sabe por dónde salir y traduce
incongruencias, como:
…las doncellas se enjuagan la boca con… orín…
perdón, serrín, perdón, con… como hacían las jóvenes
octogenarias que masturban, perdón, mastican… arroz
hervido crudo tres veces al día cada día diariamente,
depende… claro… y….)
(Riendo.) ¡Hay quien lo está pasando peor que usted!
VALVERDE: No importa, los congresistas suelen aprovechar estas
ponencias para dar una cabezadita.
SILVIO: Y usted para practicar lenguas eslavas.
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VALVERDE: Si algún cretino no lo impide.
Siguen la traducción simultánea. “Pero hay remedios
irremediables sin embargo y en cambio, aunque si
bien, en fin…” SILVIO baja el volumen. Mira el reloj.
SILVIO: ¡Joder, las pastillas! (Busca en el bolsillo del pantalón, saca
un blíster con unos cuantos comprimidos.)
VALVERDE: ¿Va a tomar más pastillas?
SILVIO: Yo no, usted. Un par. (Prepara un vaso de agua. Se lo
ofrece.)
VALVERDE: Ni hablar. Por ahí no paso. Prefiero que me dispare a morir
envenenado. (SILVIO, con toda naturalidad, vuelve a
destripar de un disparo otro cojín. Nuevo revuelo de
plumas. Pausa. )
¿Ha dicho dos?
SILVIO: Sí, solo dos. Y no se preocupe, no lo van a matar.
VALVERDE: ¿Qué son? Las pastillas, ¿qué son?
SILVIO: Unas cosas así, pequeñitas. Se inventaron hace siglos.
VALVERDE: Es usted muy gracioso.
SILVIO: Es que, entre lo que me he metido y esto (por la pistola),
pues nada, que me vengo arriba.
VALVERDE: Pues contrólese.
SILVIO: Si no se las toma me da que voy a perder el control. No le
va a pasar nada que no le haya pasado antes.
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VALVERDE: ¿Seguro?
SILVIO: Casi.
VALVERDE: Está usted como una cabra.
SILVIO: Mejor ser una cabra que un... cabrón. Joder, qué frase.
Esta es mía. Empiezo a cogerle el gustillo a esto de ser un
delincuente sin escrúpulos.
VALVERDE: No se esfuerce, no se lo va a creer nadie.
SILVIO: Con que le convenza a usted es suficiente. (Le acerca la
pistola. Ensaya una cara de sádico que cada vez le va
saliendo mejor. Vuelve a modular la voz.) “El mundo se
divide en dos, los que encañonan y los que cavan. El
revólver lo tengo yo, así que ya puedes coger la pala”.
VALVERDE: ¿Otra vez Tarantino?
SILVIO: El bueno, el feo y el malo.
VALVERDE: El malo soy yo, el feo es usted. Falta el bueno.
SILVIO: La tía buena está por venir…
VALVERDE observa con recelo las cápsulas; luego, el
arma, a pocos centímetros de su sien. Aparta la pistola
levemente con la mano. Mira hacia alguna de las posibles
cámaras y, con actitud algo impostada, se las traga.
Esta toma va a quedar estupenda. ¿Capta el doble
sentido?
Pausa.
24
VALVERDE: Ni entiendo ni siento nada.
SILVIO: Todo a su tiempo.
Pausa.
VALVERDE: Vamos a tranquilizarnos.
SILVIO: Eso. (Vuelve a modular la voz.) “Tranquilicémonos,
caballeros, no empecemos a chuparnos las pollas todavía”.
Pulp Fiction.
VALVERDE: Le estoy pidiendo que razonemos, por favor, esto no es
una película.
SILVIO: ¡Cómo que no…!
VALVERDE: Usted sabe que el Discariens nació muerto.
SILVIO: Usted… ustedes lo mataron y ahora lo van a resucitar.
VALVERDE: ¿Cómo, matándome?
SILVIO: No si cuando acabe el rodaje firma el contrato que no firmó
en su día. (Le enseña un documento que saca de un cajón.
Se lo da.) Según me dijo usted mismo por teléfono: en un
par de semanas se pondrían en contacto conmigo para
cerrar los últimos flecos.
VALVERDE: ¡Todo esto para…! (Intentando no alterarse.)
SILVIO: Y lo que hicieron fue ganar tiempo para bloquear la
investigación en la que trabajaba desde hacía solo... ¡siete
años…!
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VALVERDE: (Lo ojea. SILVIO se lo quita de las manos y lo devuelve al
cajón.) O sea, que usted me va a chantajear…
SILVIO: Va entendiendo.
VALVERDE: ¡Todo lo que diga y lo que he dicho ya, no servirá de nada,
imbécil! ¡Lo habrá conseguido mediante extorsión! Eso es
de manual.
SILVIO: Ha dicho usted cosas tan… reveladoras.
VALVERDE: Cuando a uno le apuntan con una pistola tiene derecho a
inventarse las mentiras que le dé la gana.
SILVIO: ¿Es mentira que paguen ustedes a revistas científicas y
catedráticos de medicina para que “recomienden” los
fármacos que a ustedes les interesa colocar en el
mercado? Mire a la cámara, a cualquiera de ellas, y diga
que es mentira.
VALVERDE: Si al menos supiera dónde están.
SILVIO: En todas partes, como Dios. Las hay cenitales, laterales, en
el suelo. Vamos, responda. Si prefiere, yo le doy los
nombres, muchos, y usted los desmiente. ¿Empiezo?
Pausa.
VALVERDE. Traiga el contrato, se lo firmo, se lo firmo y adiós muy
buenas, usted sabrá, pero ya puede buscarse un buen
abogado.
SILVIO: No quiero que lo firme ahora.
VALVERDE: ¿En qué quedamos?
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SILVIO: Lo firmará al final. Como diría Corleone (rasga la voz, se
rasca la mejilla para decir la célebre frase.): “le haré una
oferta que no podrá rechazar”. Y si la rechaza, una copia
irá a la prensa. (Pausa.) Y…otra, en versión reducida, a…
su mujer, bueno, a su esposa, que usted mujeres tiene
varias.
VALVERDE: Un momento, un momento, (Empieza a alterarse más de lo
que quisiera.) ¿Por qué mete a mi mujer en todo esto?
SILVIO: (Como si no lo hubiera oído.) Aunque se puede evitar si,
después de verse en situaciones tan… comprometedoras
como las que todavía le quedan por pasar, reflexiona y
acepta que es de recibo firmar el contrato que guardó en su
cajón hace cuatro años y que yo vuelva al laboratorio.
VALVERDE. Qué fácil lo pinta usted. (Perdiendo los nervios.) ¿¡Por qué
coño mete a mi mujer en todo esto!?
SILVIO: (Sigue sin hacerle caso.) En seis meses, el Discariens
estará al alcance de todo el mundo. Y bien barato.
VALVERDE: Definitivamente es usted tonto, ¡pero muy muy tonto!
¿Barato?
SILVIO: Los costes de fabricación son mínimos.
VALVERDE: ¡Pues ya se encargará quien lo fabrique de inflar su precio!
Como ha pasado con/
SILVIO: ¿Sovaldi, para la hepatitis C y que cuesta mil veces menos
de como lo venden?
VALVERDE: Usted lo ha dicho, yo no.
SILVIO: Yo nunca permitiría que hicieran eso con el Discariens. Y
ahí queda claro, en el contrato. A lo mejor por eso se
echaron para atrás.
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VALVERDE: ¡Pues claro que fue por eso, gilipollas! (Percatándose de
que se le ha escapado y alguna cámara puede haberlo
grabado.) ¡Coño!
SILVIO: ¡Queda grabado!
VALVERDE: Siempre que lo de las cámaras no sea una artimaña de las
suyas.
SILVIO: Lo bueno que tiene no verlas es que uno termina
olvidándose de ellas… ¿a que sí?
Pausa. VALVERDE intenta calmarse de nuevo. Ahora el
que inspira/espira es él.
Qué, ¿nervioso?
VALVERDE: ¿Se puede saber qué me ha dado? Sigo sin sentir lo más
mínimo. (Pausa.) Dígame al menos el compuesto.
SILVIO: Citrato de sildenafilo.
VALVERDE: Sildenafilo… sildenafilo… ahora no caigo…
SILVIO: Pues para ser del sector debería caer…
VALVERDE: ¡Sildenafilo!
SILVIO: Sí.
VALVERDE: Pero eso es… ¡viagra! (Vuelve a alterarse.)
SILVIO: ¡Bingo! En matón americano con doblaje castellano:
“¡demonios, amigo, acertó!”.
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VALVERDE: ¿Y se puede saber para qué me ha hecho tomar dos
pastillas de viagra?
SILVIO: No puede fallar delante de las cámaras. El gatillazo lo daré
yo si llega el caso, no usted.
VALVERDE: Oiga, que yo no necesito tomarme ninguna capsulita de
esas para/
SILVIO: Llámeme Silvio, que empieza a haber confianza. Y
tutéeme. Yo le hablaré de usted, que para algo es mi rehén
y puedo cargármelo de un momento a otro, pero usted, que
es el “fucking boss”, puede tutearme.
VALVERDE: (Tocándose los genitales.) Esto, niñato, es de lo poco que
me funciona bien todavía.
SILVIO: ¿Nunca ha tomado viagra?
VALVERDE: Nunca.
SILVIO lo apunta con la pistola y parece dispuesto a
apretar el gatillo.
Bueno, alguna que otra vez. Para probar.
SILVIO lo sigue apuntando.
Sí. Vale. Lo tomaba bastante, cuando tocaba, hasta que mi
médico me tocó los huevos y me lo prohibió.
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SILVIO baja la Baretta.
Por la tensión. ¡No se puede tomar viagra así porque así!
¿Conoce usted sus efectos secundarios? Si me pasa algo,
usted… (SILVIO sube la Baretta)…Tú… (La vuelve a
bajar.) ¡Tú serás el culpable! ¡Por amor de Dios, me has
metido una bomba por el pito!
Pausa.
De todas formas qué más da palmar por un infarto o porque
un pirado me pegue tres tiros.
SILVIO: Como se le ve tan… asquerosamente sano, pensé que…
Suenan unos golpes en la puerta. Unos nudillos que
marcan una de esas cadencias habituales: tik, tikitiki tac
tac. VALVERDE se incorpora, sobresaltado.
SILVIO: Qué puntual. (Entusiasmado.) ¡Empieza el espectáculo!
(Baja el tono de voz.) Dígale… ¡Un momento!
VALVERDE: ¿Cómo? (Baja más la voz.) ¿Cómo?
SILVIO: (Imitando la voz de VALVERDE, tras carraspear. Fuerte.)
¡Un momento, nena, que estoy en el baño!
VALVERDE: (Mantiene la voz baja.) ¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Me
matas ya o lo dejas para luego?
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SILVIO: Yo, nada. Y usted a lo suyo. A cumplir como un campeón.
Y rapidito.
VALVERDE: Pero un momento un momento un momento… vamos a
ver, no querrás que yo, que… (SILVIO asiente.) ¿Qué yo y
ella…? (SILVIO mueve la pelvis.) ¿Delante de las
cámaras? (SILVIO insiste en su movimiento.) ¡No me
puedo creer que me pidas que...!
SILVIO: Empiece a creérselo.
VALVERDE: ¿Y delante de ti…? ¿Y ella, te crees que ella va a…? Pero,
pero… ¿Cómo voy a…, cómo vamos a…?
SILVIO: Por mí no se preocupe. Soy invisible…
VALVERDE: La madre que… Pero… ¡Te superas, chaval!
SILVIO: Gracias. (A partir de este momento, habla todo lo rápido
que puede.) Solo un par de cosas más. Una, recuerde que
le estoy apuntando y, al menor desliz, le... deshuevo. ¡Que
estoy muy loco, hostiassss! (Repite la cara de sádico, cada
vez le sale mejor.)
VALVERDE: Eso no hace falta que me lo recuerdes.
SILVIO: Esto es como en un concurso. Si quiere salir sano y salvo,
ni se le ocurra hablarle de que yo estoy aquí. Y dos, atento
que ahora viene el momento estelar: es indispensable que
usted le hable de… el Discariens.
VALVERDE. ¿Cómo? ¡Va tan rápido que me ha parecido entender
que…!
SILVIO: Que debe contarle todo lo del Discariens. (Acerca la pistola
hasta unos centímetros de la frente de VALVERDE. Vuelve
a su fraseo vertiginoso. ) Ese es el… ¡clímaxl Por eso no
me lo he cargado... todavía. Y si es usted un buen chico y
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hace lo que le pido, termina la faena y adiós muy buenas,
pues igual ni me lo cargo y todos contentos: yo a casa a
editar y usted a clausurar su convención.
VALVERDE: A ver que me aclare… ¿En serio me estás pidiendo que…?
Más golpes en la puerta. Tik tikitiki tac tac.
SILVIO: (Muy tranquilo.) ¡Un segundo, nena…! (Vuelve al vértigo.)
Que, entre achuchón y achuchón o cuando usted vea, le
cuente, por encima, cómo surgió, para qué sirve el
Discariens y cómo consiguieron que no sirviera para
nada… Usted se lo sabe muy bien.
VALVERDE: ¡Que le cuente…! ¿A cuento de qué?
SILVIO: (Aminorando el ritmo para enfatizar mejor.) A cuento de
que no le destroce de un tiro eso que le cuelga entre las
piernas y que se va a poner más contento de la cuenta con
el par de viagras que se ha zampado. Usted lo ha dicho:
entre putas anda el juego…
VALVERDE: Oiga, ella no es…
SILVIO: Me refería a usted y su industria Farmaporno. ¿Le gusta el
giro argumental? El científico debe tener, por encima de
todo, imaginación.
VALVERDE: Imaginación calenturienta.
SILVIO: Lo dijo Planck. ¿Sabe quién fue Planck? (Solo un golpe en
la puerta y una voz apagada y preocupada que pregunta:
¿nene, pasa algo?) ¡Al asunto! Todo está más que
calculado. (Con prisas.) El vídeo será más convincente.
Dos pájaros de un tiro. La prensa y su mujer. Más presión.
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Vamos. Solo tiene que sustituir las guarradas habituales
que suele decirle a su amante por el Discariens mientras…
VALVERDE: (Mira hacia cualquier cámara.) No es mi amante…
SILVIO: Su amante accidental.
VALVERDE. Tú sí que eres un accidente.
SILVIO: Imagínese que se estuviera follando a un juez; no, a un
juez no, que usted está acostumbrado a torearlos; ¡a un
cura, que para eso va a misa! Confiésele lo inconfesable,
pero, ¡ojo!… ¡solo la verdad y nada más que la verdad! Si
miente notará que no me está gustando lo que estoy
oyendo…
VALVERDE: ¿Cómo? ¿Me va a sacar la tarjeta roja?
SILVIO: Lo sabrá. Y si se pasa un pelo... ¡Bang, bang! ¡Vamos!
¿Qué quiere, ganar tiempo y que se vaya su amante?
VALVERDE: (Mirando a la posible cámara.) No es mi/
SILVIO: (Con tensión y toda la rapidez que le permite la excitación.)
Soy un director algo radical. Yo no digo ¡corten! Voy
directamente y corto los huevos con esto. Ah, por
descontado, ni se le ocurra dejar plantada a su invitada,
cruzar esa puerta y salir zumbando. Ni tener la ocurrencia
de meterse en el baño. En ambos casos tendrá que darme
la espalda para hacerlo. Y le juro que no me temblará el
pulso... ¡Joder cómo me estoy metiendo en el papel! ¿ha
visto a qué velocidad me he puesto? ¡Y ya ni tartamudeo…!
Nuevos golpes.
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VALVERDE: ¡Está bien! Enhorabuena, has ganado. (Se levanta.)
(Con calma.) Puedes bajar el arma, muchacho. Tiro la
toalla.
Mira solemnemente a alguna hipotética cámara. Se pone la
mano en el pecho. SILVIO mantiene la pistola a media
altura.
Yo, Adrián Valverde Espuch, con DNI 21390105, letra jota,
de 50 años de edad, en pleno uso de mis facultades físicas
y mentales y sin coacción alguna, declaro que
engañamos… ¡Pero baja la pistola, coñoooo…! ¡Si no, no
hacemos nada…! (SILVIO sigue sin hacerle caso.) Lo
debería decir vestido, será más… “convincente”. Tráeme al
menos el batín. Pero con una condición: nada más terminar
yo, paras las cámaras esas inmediatamente. Cuando
montes el vídeo, con mi declaración será suficiente, el resto
lo borras y asunto terminado. (Más golpes en la puerta.)
Algo se me ocurrirá para que ese inoportuno anticaries
salga adelante. Aunque me cueste el puesto. Hay un
pequeño laboratorio de Andorra que a lo mejor les
interesa, no sé. Vamos, mueve el culo. Y luego recoges y
te largas. (SILVIO no mueve un dedo. Niega con la
cabeza.)
SILVIO: Es decir, lo que intuía: ¡le preocupa más su mujer que la
“farmafia”!
VALVERDE: Con la mafia se puede negociar. Si mi mujer me pide el
divorcio, me despluma como uno de esos cojines. Y adiós
al somier y al colchón. Y más con un vídeo por delante.
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SILVIO: No tiene por qué llegar a sus manos.
VALVERDE: No me fío. ¿Quién me dice que después no me va a salir
con otra gansada? Tengo una reputación.
SILVIO: Re-puta-ción. El palabro lo dice todo. (Negando con la
cabeza y manteniendo el brazo estirado. Habla con
rotundidad y a toda velocidad.) Ya me fie una vez y me
salió muy caro. El plan sigue adelante. Con solo su
declaración me arriesgo a alguna de sus argucias legales.
En este país la justicia depende de los abogados que
tengas. Cuando el Discariens llegue por fin a la gente, y a
un precio asequible, le prometo que quemaremos juntos
cada una de las copias que le puedan comprometer. Y yo
sí que cumplo mi palabra. (Nuevos golpes.) ¡Si se larga la
muchacha será el último coñito que huela usted detrás de
una puerta!
VALVERDE intenta pillarle desprevenido coincidiendo con
sus últimas palabras. SILVIO amaga de nuevo con apretar
el gatillo.
SILVIO: “Nunca le pegues a un hombre con gafas, pégale con un
bate de béisbol.” Tarantino. Esta será la última frase que
oiga. (Va a disparar. VALVERDE cierra los ojos.)
VALVERDE: ¡No dispares, no dispares, de acuerdo! (Pausa.) Solo
quería simplificar las cosas… ¿Sabes que te arriesgas a
pasar una buena temporada en la cárcel?
SILVIO: El paro y la cárcel se parecen demasiado…
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Más golpes en la puerta. Se oye una voz que insiste, con
secretismo: “Adri... ¿Te pasa algo…? Nene, ¿pasa
algo…?
SILVIO: ¡Solo un segundo más, pichuli…!
VALVERDE: ¿Pichuli? Hay que ser estúpido para llamar a alguien así…
¿Pero cómo voy a... hablándole de esa maldita bacteria…?
SILVIO: ¡No es una bacteria, es un inhibidor!
VALVERDE: Sea lo que sea, tu Discariens resulta menos sexi que la
factura del gas.
SILVIO: Einstein seducía a sus amantes hablándoles de su teoría
de la relatividad.
SILVIO muestra su hartazgo reventando otro cojín de un
disparo y provocando otra lluvia de plumas. Suenan nuevos
golpes en la puerta.
Quedan nueve balas más.
VALVERDE: Y solo dos cojines.
SILVIO: Y cuatro cojones. (Apuntándole a la entrepierna con su
expresión más sádica. VALVERDE se encamina hacia la
puerta.). Olvídese de mí por unos minutos.
VALVERDE: Más quisiera…
SILVIO: Lo primero es querer salvar el pellejo. A más de un actor le
encantaría un papel así: cuatro palabras de nada y, ¡hala, a
follar! Improvise. O… (Le vuelve a apuntar a los testículos.
mientras dirige la otra mano hacia la puerta.) ¡Cámaras,
acción!
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VALVERDE respira profundamente, busca con la mirada la
posible ubicación de las cámaras, se alisa el pelo y recorre
lentamente el último tramo hasta la puerta. Al girarse para
situar a SILVIO a sus espaldas se sorprende de que, como
anunció, este se haya vuelto invisible: no queda rastro de
él. VALVERDE aprovecha entonces para ir rápidamente
hacia el ventanal y correr las cortinas, dejando la habitación
en la penumbra inicial. Regresa rápido y a tientas hasta la
puerta. Tropieza con un mueble y cae. Suena un último
golpe de nudillos en la puerta. VALVERDE se levanta y en
ese preciso instante la habitación vuelve a estar
parcialmente iluminada: alguien ha dejado sobre las mesa
de noche un enorme porta-velas con sus velas recién
encendidas. Abre.
Entra SANDRA, cuarenta años bien llevados. Viste un traje
oscuro, protocolario, que no le impide insinuar sus curvas
ni su aspecto desenfadado, subrayado por un corte de pelo
poco convencional. De la solapa de la chaqueta prende una
pequeña acreditación.
SANDRA: (Sorprendida ante la atmósfera romántica que ha creado la
la luz de las velas.) ¡Estabas preparándolo todo. Por eso
tardabas tanto…! (Zalamera, se lanza a sus brazos y
empieza a desvestirse sin dejar de darle pequeños y
delicados besos. Reconocemos su voz: es quien traducía la
ponencia sobre implantes en Polonia.) ¡Y hasta has abierto
una botella de champán!
VALVERDE. (Efectivamente, sobre la mesa del recibidor hay ahora una
botella de champán, abierta, y dos copas. Se le ve aturdido,
muy incómodo, sin dejar de mirar arriba y abajo, a derecha
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e izquierda, como escondiéndose cuanto puede del alcance
de las cámaras. ) Ah, pues… no… noooo…
SANDRA: ¡Y yo lo confundí con un disparo!
VALVERDE: Bueno, es que…
SANDRA: ¿Me has visto?
VALVERDE. ¿Qué?
SANDRA: Nene, en la tele, te he guiñado el ojo al final, por si me
estabas mirando… ¡Vaya tostón de ponencia me has dado!
VALVERDE: Es que… Pues no… no me…
SANDRA: Estás como un flan… Ni que fuera la primera vez…
VALVERDE: No es eso, es que… no…no…
SANDRA: Vuelve a llamarme como antes… Pi…
VALVERDE: Mmmm... Pi...
En ese momento, SANDRA, insinuante, le da la espalda
para terminar de quitarse la camisa.
SILVIO: (Desde la oscuridad de su escondite) ¡Pichuli!
SANDRA: ¡Me encanta! (Se gira y se acerca lo más que puede a su
amante.) Y cómo me pone verte así… (Tras sentir la
entrepierna de VALVERDE.) ¡Qué rápido va usted hoy,
señor Presidente...! Oye, ¿te has tomado algo?
VALVERDE: ¡No! (La televisión, de golpe, sube el volumen más alto de
lo normal. La traductora sigue loca detrás de la
ametralladora china: “hubo también algunas veces
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bastantes muchos escasos estomatólogos de la boca
que al sur del gran cante, o sea, del Cantón…”)
SANDRA: (Levantando la voz.) ¿Qué le pasa a esa tele? ¡Qué
cabrones, a la de prácticas le han endosado otro chino!
¿Dónde está el mando?
VALVERDE: ¡No sé, estaba sobre… ese sillón! (SANDRA se despega
de VALVERDE para buscar el mando. Se extraña al pisar
tanta pluma por el suelo.
“…Decidían con decisión implantar diminutas enormes
protuberancias de una alineación aleación de plata y…
coliflor que…”
SANDRA levanta los pocos cojines que quedan y se dirige
peligrosamente hacia algún rincón donde podría
esconderse SILVIO.
“Tanto para la etnia Han, como luego para la Shun y
posteriormente después para la King, que era Manchú,
como Fu, aunque no lo era, el arte de los empastes fue
una práctica más bien teórica que…”)
¡Espera! ¡Síiii…!
SANDRA: ¿Síiii qué?
VALVERDE: ¡Que sí! ¡Que me he tomado una viagra! (El volumen sigue
igual. VALVERDE espera a ver si SILVIO baja el volumen. )
¡Dos! (El volumen vuelve al nivel bajo del principio.)
SANDRA: (Sigue levantando la voz.) ¿Dos? ¿No escarmientas? Si tu
malutki no lo necesita…
VALVERDE: ¡No me gusta que…! (Baja la voz.) ¡Ya…! Es que… hoy es
un día muy... especial.
SANDRA: (Bajando también la voz.) ¿Cómo de especial?
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VALVERDE: (Baja la voz todo lo que puede.) Especialmente… especial.
SANDRA: ¡Es la primera vez que me dices algo tan… así! ¡Qué
ilusión! ¡Para mí también hoy es un día muy especial...! ¡Se
ha bajado sola…! (VALVERDE se mira la entrepierna sin
entender a lo que se refiere SANDRA.) La tele, se ha
bajado.
VALVERDE: Ah, sí, qué… extraño.
SANDRA: ¿Por qué no la apagamos hoy? Total, ya controlamos mejor
el tiempo.
VALVERDE: (Más que hablar, susurra.) No. Prefiero dejarla como está,
me quedo más tranquilo…
SANDRA: Que falta te hace… Sí, hoy todo es... diferente… Las velas,
el detalle de las plumas… Como una alfombra de pétalos…
¡Has desplumado todos esos cojines para mí! ¿Cómo lo
has conseguido?
VALVERDE: Muy fácil. …Haces ¡plum! Y ya está.
SANDRA: Qué romántico, ¿no? ¿Quieres hacerlo sobre la moqueta?
VALVERDE: No... no sé… igual… bueno, no sé… (Busca algún punto
muerto que pudiera quedar fuera del alcance de cualquier
cámara...) A lo mejor... ahí... o … no, quizás ahí... o...
SANDRA: Me encanta verte tan…excitado...
VALVERDE: No es eso…
SANDRA. ¿No estás excitado? Tu voz y el malutki que asoma te
delatan, grandullón...
VALVERDE. ¡Que no digas más malu…! (Mirándose la entrepierna.)
¡Joder!... Sí, mucho, solo que…
SANDRA: ¿Qué, mi amor?
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VALVERDE: Que antes tengo algo muy importante que contarte.
SANDRA: ¿Alguna de esas cochinadas que me encienden?
VALVERDE. No, bueno, no sé… igual… quién sabe… hay temas que...
por muy… (Sigue a media voz.) ¿Sabes que Einstein
seducía a sus amantes hablándoles de la teoría de la
relatividad?
SANDRA: Cualquier cosa que me cuentes antes o durante me pone a
cien… y más con esa vocecita de pollito degollado. ¡Que
han pasado nueve semanas desde el último congreso,
chiquitín!
VALVERDE: ¿No hay mucha luz...? Las velas esas son muy/
SANDRA: ¿No dices siempre que te gusta verme mientras/
VALVERDE: ¿Digo eso?
SANDRA: Pues hoy pienso gritar más que la niña del exorcista.
VALVERDE: ¡No…! No hace falta… yo…
SANDRA: Uy, uy, uy, cuánta sorpresa junta... ¡Arranca, mi amor!
SANDRA se ha quedado ya en bragas y sujetador.
SANDRA: ¿Te gustan?
VALVERDE: Mmm… sí…
SANDRA: Pues puedes comértelas como siempre. Hoy son de
frambuesa… (Lo besa. VALVERDE esquiva los primeros
besos; mira la puerta fijamente, se encamina hacia ella, a
paso lento hasta llegar a agarrar el pomo con la mano.
Pero no abre, un escalofrío le recorre la espalda. Entonces
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hace como que simplemente comprobaba si la puerta se
había quedado cerrada y gira la cabeza, ante la mirada
atenta y sorprendida de SANDRA. Vuelve sus pasos hacia
ella y, con la voz algo quebrada, decide ceñirse al guion
mirándola seductoramente y diciéndole: )
VALVERDE: Nena, ¡prepárate que vas a saber lo que es un…
Discariens!
SANDRA, que no sale de su asombro, abre los ojos todavía
más. VALVERDE la aproxima a la cama y, cuando ve la
ocasión, sopla con fuerza sobre el porta-velas y devuelve la
oscuridad a la habitación. Escuchamos entonces una
mezcla de besos y frases preliminares susurradas…
Veo veo…
SANDRA. ¿Qué ves? Porque yo no veo nada…
VALVERDE: Ese es el juego, nena. Que te lo imagines. Veo un bichito…
SANDRA: ¿Un bichito?
VALVERDE: Un bichito que se llama… Discariens…
SANDRA: Ah. Lo de antes. Qué nombre más feo, por Dios…
VALVERDE. … y que entra en tu boquita…
SANDRA: ¿Y se hace grande…?
VALVERDE: Pero sobre todo te cura…
SANDRA: Me cura este picorcito…
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VALVERDE: … Y la caries…
Inesperadamente, se interrumpe la conversación al volver
la luz gracias a la lámpara de la mesa de noche que
SILVIO, desde no sabemos dónde, ha accionado.
VALVERDE y a SANDRA, todavía en pie, permanecen
junto a la cama.
SANDRA: ¿Y qué más, Doctor…? (SANDRA cree que ha sido
VALVERDE quien ha encendido la luz.) ¿Quiere verme la
cara de… dolor… durante la intervención…?
VALVERDE: Entre en el quirófano y lo sabrá… (Levanta el edredón
invitándole a pasar.)
SANDRA: Uy… qué miedo… Qué boca más oscura.
VALVERDE: Es para comerte mejor… y de paso contarte un cuento
apasionante…Anda, tira para adentro, Caperucita.
(SANDRA se zambulle bajo el edredón.) Resulta que un
cazador de bacterias un poco zumbado, después de darle
un beso de tornillo a su becaria encontró…
VALVERDE entra tras ella, sin dejar de “narrar” y se
sepultan juntos. Solo interrumpe el relato para sacar el
brazo hasta alcanzar el interruptor y apagar la luz. Pero
nada más ocultarse, regresa la luz. VALVERDE, cabreado,
asoma la cabeza, aguantando los reclamos de SANDRA, a
la que se oye preguntar, algo mosqueada: “¿has acabado
ya, señor lobo…?”. VALVERDE, se levanta.
No, nena, no. Esto no ha hecho más que empezar…
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Va hacia la lámpara y afloja la bombilla. Se quema la
mano, da un grito de dolor, pero también de satisfacción:
por fin ha conseguido que se haga
O S C U R O
Y dos
LOS EFECTOS SECUNDARIOS
La breve transición en oscuro, termina con otro alarido,
esta vez en polaco. Lo ha soltado SANDRA y suena así:
- ¡Curvaaaa Matz!
Entra la luz por la ventana, como al principio, solo que
ahora ha sido SANDRA quien acaba de descorrer las
cortinas y, sin disimular su enfado, termina de vestirse
mientras no deja de hurgarse en un ojo.
La televisión, sigue emitiendo la ponencia en chino, con su
atropellada traducción simultánea.
“Y así fue como algunos chinos de la China
experimentaron experiencias que a la larga pero a corto
plazo y sin embargo…”
VALVERDE, escondido bajo el edredón, asoma
tímidamente la cabeza por el faldón del pie de la cama.
Echa un vistazo a su alrededor y, al ver que la luz juega en
su contra, exclama sin levantar demasiado la voz…
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VALVERDE: ¡Las cortinas, vuelve a correrlas! (Y vuelve a esconder la
cabeza.)
SANDRA: Las cortinas van a ser lo único que se corran hoy.
(Abriéndolas de par en par. Se limpia de vez en cuando con
un pañuelo el ojo malherido.) ¡Que entre la luz a esta
habitación, necesito verte bien la cara! (Se percata de que
VALVERDE ha vuelto a zambullirse bajo el edredón. Repite
la expresión del principio, pero ahora para ella misma.)
¡Curva matz!
VALVERDE: (Habla aspirando, bajo el edredón.) Pues nada... ¡que se
vea todo! ¿Puedes traducir al cristiano tu cabreo, por
favor?, me gusta enterarme de lo que me dicen.
SANDRA: Lo mismo digo Te oiría mejor si te dignaras a asomar al
menos la cabeza y dejaras de hablar como si fueras el
hermano retrasadito de El Padrino. Que un poquito está
bien, pero ya cansa.
VALVERDE: La voz, que la tengo un poco así, como, con carraspera...
(Carraspea.) Es que no me encuentro bien, ¿sabes? Tengo
frío ¿Curva qué...?
SANDRA: Pienso en español, como mi madre; pero me desahogo
mejor en polaco, como mi padre. Curva significa puta, ya te
puedes imaginar el resto. Curva Matz.
VALVERDE: (Asoma la cabeza) ¡Qué le pasa a tu ojo?
SANDRA: Que apuntaste mal.
VALVERDE: Ah. ¿En polaco las putas son curvas?
SANDRA: ¿Te hace gracia?
VALVERDE: Tiene su cosa.
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SANDRA: ¡Pues a mí no me ha hecho ni curva gracia! Vale que te dé
por hacerlo bajo el edredón, que es como si lo hicieras, no
con uno, sino con dos encima… (VALVERDE se espera la
perorata de SANDRA y vuelve a su cueva) Como si a
estas alturas tuvieras vergüenza, tú, que te gusta enseñar
la trompa más que a un elefante, pero ¿¡se puede saber a
santo de qué me empiezas a hablarme así de… un …!? ¡Y
yo que me había creído lo del cuento erótico! ¿Es esa tu
forma de entender el sexo oral? ¡Que yo he venido a follar
contigo, nene, no con el National Geographic! No sé si me
oyes desde la ultratumba, pero la próxima vez que me
montes este numerito me traes una máscara de oxígeno,
que casi me asfixio ahí dentro ¡y así después te falla la
puntería! (Deja el pañuelo.)¿Me oyes, Tutankamon?
VALVERDE: (Saca la cabeza, al fin, como justificándose ante las
cámaras). ¡Queda claro entonces que no ha habido coito!
SANDRA: (Sin terminar de entender el sentido de la exclamación.)
Con lo oscuro que estaba, ni coito, nene, ni cata.
VALVERDE: Entiendo que no te guste lo del Discariens, pero ¡no he
tardado ni cinco minutos!
SANDRA: ¡El doble de lo que sueles tardar con la boca cerrada! Y lo
que yo acabo de entender es por qué desde que he
entrado por esa puerta, menos a mí, prefieres mirar a
cualquier parte ¿Sabes por qué? Porque cuesta mirar a los
ojos del otro cuando, en el fondo, lo que le estás contando
es que eres un…una mala persona.
VALVERDE: Otra que tal… ¡Que no soy una mala persona, coño!
SANDRA: Eso creía yo hasta hace diez minutos. Pero, mira, de algo
ha servido tu… ponencia. Al menos te has quitado la
máscara.
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VALVERDE: Joder, ¡no he...! ¡No hemos matado a nadie, ni hemos
puesto una bomba...! ¡Solo frenamos la fabricación de algo
que nos metía en un berenjenal! (Consciente de que
puede ser recogido por alguna cámara.)¡Tenemos que
salvaguardar el puesto laboral de millones y millones de
trabajadores! ¡Y yo no soy quien se cargó el Discariens! En
todo caso fue… ¡la industria!
SANDRA: ¿Qué me estás contando? ¡Me importa un pepino tu…
industria!
VALVERDE: Pues debería importarte. (Muy digno y orgulloso.) Es la
misma que vela por la salud de tanta gente y salva la vida
cada día a millones de personas y la que, por cierto, ¡se las
ingenia para contratarte cada congreso!
SANDRA: Eso ha sido un golpe bajo. (VALVERDE vuelve a
esconderse. Pausa.) ¿Sabes? No entiendo nada. Nunca
me ha importado que algunos te pongan a parir. Contigo,
hasta ahora, todo había sido tan bonito y… natural. Somos
lo que hacemos, no lo que dicen que somos, eso pienso yo,
y siempre te has portado bien conmigo. Me gustas, lo
sabes, pasamos un buen rato cada cierto tiempo, me
consigues trabajo... que con los tiempos que corren, para
una intérprete de polaco es un milagro. Sé la vida que
llevas y mi función terapéutica: soy tu polvo antiestrés. Y si
tu mujer no se entera, pues eso que te llevas.
VALVERDE: (Saca la cabeza.) Me temo que se va a enterar muy pronto.
SANDRA: Por mí, don tortuga, no va a ser, y lo sabes.
VALVERDE: Pues anda que por mí…
SANDRA: Entonces ¿por qué se va a enterar?
VALVERDE: ¡Siempre hay por ahí algún gilipollas suelto!
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SANDRA: ¿Y por qué?
VALVERDE: ¿Por qué qué?
SANDRA: Por qué hoy te ha dado por todo esto, por seducirme así,
de una forma tan... extraña; por por por... por meterte en el
cuerpo dos viagras, precisamente hoy, y por abrirme tu
corazón, bueno, lo que tengas ahí dentro… ¿Tanto te
corroe la conciencia?
VALVERDE: Mi conciencia está muy tranquila.
SANDRA: Pues no debería estarlo. Responde.
VALVERDE: Ya te lo he dicho. Tengo frío.
SANDRA: ¡Pero si estás que chorreas de sudor!
VALVERDE: Será que tengo fiebre, no sé… imira, gual tanta viagra, no
sé…!
SANDRA: Sigues sin responder a lo importante ¿Por qué?
VALVERDE: Pues porque… ¡Joder...! ¡Son muchas preguntas, nena,
digo, Sandra! ¡Ya me he perdido!
SANDRA: ¿Tú crees que todo esto que está pasando es normal?
VALVERDE: ¿Si te contara que en este momento alguien me está
apuntando con una pistola me creerías…?
El volumen de la televisión vuelve a subir, pero apenas da
tiempo a que nos enteremos de la tribulaciones de la
traductora, porque SANDRA levanta la voz.
SANDRA: ¡Pues no! ¡Y esta curva, pieprzona telewizja me está
sacando de quicio!
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VALVERDE: (Levantando la voz sobre la voz del monitor.) Entonces
¿me crees si te digo que tengo que decirte la verdad y
nada más que la verdad, como si fueras un juez o... un
cura…?
VALVERDE espera la reacción de su secuestrador. En
efecto, el volumen del monitor vuelve a bajar.
SANDRA: Otra vez se ha bajado sola... (Pausa.) Parecen fenómenos
paranormales.
VALVERDE: Más bien de un fenomenal anormal.
SANDRA: Pero ¿por qué?
VALVERDE: Pues yo qué sé, estará estropeada...
SANDRA: No me refiero a la tele. ¿Por qué, por qué tienes que
comportarte hoy como... un cura?
VALVERDE: Hay que joderse con tanta preguntita. Todo tiene una
explicación.
SANDRA: Pues empieza…
VALVERDE no sabe por dónde salir, así que decide entrar
en su escondite.
¿Y has tenido que empezar confesándome tu pecado con
la bacteria esa?
VALVERDE: No es una bacteria, es un inhibidor. Y si es un pecado, es
venial.
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SANDRA: Sea lo que sea, me estás diciendo que ha descubierto el
remedio contra la caries un cerebrito y que/
VALVERDE: (Vuelve a asomarse, muy enfadado.) ¡Un descerebrado!
SANDRA: ¡Un genio al que el mundo debería levantar un altar!
VALVERDE: Eso, tú… anímalo.
SANDRA: Tú y yo los primeros. Te recuerdo que fue la caries la que
nos unió. ¿Te lo refresco? Congreso de Cracovia.
(SANDRA utiliza la cama como la barra de un bar. Muy
cerca de la cabeza de VALVERDE. Juega a hacer de
ambos en el momento en que se conocieron, parodiando a
VALVERDE con cierta gracia, lo que arranca alguna
sonrisa de este, a su pesar.)
SANDRA/ VALVERDE: ¿Otra copa, señorita?
SANDRA: (Con una mano masajea el flemón que le molesta.) Mejor
me regala una muela nueva, que esta me lleva de cabeza.
SANDRA/VALVERDE: Ya somos dos.
SANDRA: No le creo, Sr. Valverde.
SANDRA/VALVERDE: Vaya, ¡me conoce!
SANDRA: Su fama de conquistador le precede.
SANDRA/VALVERDE: A ciertas edades eso es un halago.
SANDRA: Todos en este hotel lo conocen.
SANDRA/VALVERDE: Y usted es…
SANDRA: Intérprete. Esta es mi credencial.
SANRA/VALVERDE: (Hace como que lee.) Sandra….
SANDRA: …Narebska.
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SANDRA/VALVERDE. Encantado, compañera de caries. Mire (Abre la boca
y apunta hacia una de sus muelas.) ¿Le arranco la muela,
me la arranca usted a mí, o me deja invitarle a otro martini?
SANDRA: (A VALVERDE, espectador, solo se le sigue viendo la
cabeza. SANDRA le acaricia el pelo e intenta ponerse
cariñosa, aunque VALVERDE definitivamente no está por
la labor.) Otra cosa debí arrancarte, grandullón.
VALVERDE: Te hubieras perdido muchas cosas... (Y regresa a la
oscuridad.)
SANDRA: Pues nada, viendo lo visto, o sea, ya que no te veo, y como
no será porque no lo he intentado, me marcho. A ver si en
el próximo congreso se te cura esa gripe de gilipollitis.
(VALVERDE emite algo parecido a un largo mugido
ininteligible.) Traduzco polaco, no vacas locas. Te recuerdo
que en veinte minutos el chino este ha acabado y su
majestad tiene que echar el cierre a toda esta... mentira.
¡Ja pierdole! ¿Traduzco?
VALVERDE: (Sacando la cabeza.) Ya me lo imagino yo. Te decía que
estoy esperando a que mi pequeñín baje del todo, parece
que está de retirada... Adiós. (Y se mete para adentro.)
SANDRA se dirige hacia la puerta, pero antes de salir, se
gira hacia VALVERDE.
SANDRA. Solo por curiosidad... ¿conoces a ese genio?
VALVERDE: Más de lo que me gustaría.
SANDRA: Pues tienes que presentármelo. Debe de ser un tío muy
interesante.
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VALVERDE: (Sacando la cabeza.) ¡Ese tío es un impresentable
tocapelotas! (Levanta la voz, sin saber dónde dirigirla.) ¡Y
no subas el volumen, que he dicho la verdad! (Se da
cuenta de que puede haber metido la pata.)
SANDRA: No te he levantado la voz…
VALVERDE: Pues... por si acaso.
SANDRA: No sé qué te ha hecho, pero mucho más le has hecho tú a
él. (VALVERDE insiste en buscar con la mirada, mueve la
cabeza, por si así descubre algún sensor, intentando que
SANDRA no se dé cuenta. No lo consigue.) Empiezas a
preocuparme, Adri. Cada vez tienes peor ese tic en el
cuello.
VALVERDE: No es ningún tic.
SANDRA: ¿Entonces qué es?
VALVERDE: Si no tuviera esclerótica, no tendría que moverla, como le
pasa a los monos.
SANDRA: Cada vez dices cosas más raras, nene… ¿Quieres que
llame a un médico?
VALVERDE: No es un problema de médicos.
SANDRA: Nunca te he visto así.
VALVERDE: Es que nunca he estado así. ¿No te ibas?
Pausa.
SANDRA: Aprovechando que te veo, ¿puedo hacerte una última
pregunta personal antes de irme?
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VALVERDE: No.
SANDRA: ¿Por qué no estabas esta noche en la habitación?
VALVERDE: Oye, tú, quedamos en que/
SANDRA: Ya lo sé. No me vio nadie. Me apetecía compartir algo
contigo. Y como te ha dado este repentino ataque de
verdad... A falta del otro, regálame un polvo… de
sinceridad.
VALVERDE: Me fui por… ahí… ¡pero no hubo juerga!
SANDRA: ¿La muela?
VALVERDE: La muela. (Vuelve a esconderse.)
SANDRA: Por gilipollas. (SANDRA, a pesar de todo, insiste.) Vamos,
sal, hagamos las paces, Adri, al menos dame un beso de
despedida. No quiero irme así, que no te voy a ver en un
mes. Venga, malutki.
VALVERDE se mantiene tapado, aunque desde dentro
parece rabiar por algo que no le ha gustado oír. SANDRA
abre la puerta y vuelve a cerrarla, sin salir. VALVERDE sale
por un lado de la cama y se da un buen susto al ver una
sombra detrás de él. Primero levanta las manos pensando
que se trata de SILVIO; luego, al descubrir que es
SANDRA, disimula como puede.
VALVERDE: ¡Sabes que me repatea que digas malutki!
SANDRA: ¿Por qué levantas los brazos?
VALVERDE: Porque… es bueno para... la ciática. (Repite el gesto, como
si hiciera estiramientos de la espalda.)
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SANDRA: Ahora sí que pareces un mono. (Tararea una melodía muy
dulce. ) Hay un villancico precioso que cantan en el pueblo
de mi padre que suena así (Canta mientras le acaricia la
espalda: ei, maluuutkiii...)
SANDRA: Pues si tú no te vas, veré si me puedo ir yo…
SANDRA sigue canturreando y le intenta besar la nuca,
pero VALVERDE se levanta y empieza a vestirse sin hacer
caso a SANDRA, que interrumpe el villancico. Primero, los
calcetines. Lo hace con mucha discreción, intentando dar
siempre la espalda, aunque no sepa a quién o a qué,
creando una coreografía algo esquizofrénica
SANDRA: Si te vieras… pareces poseído… (SANDRA intenta
ayudarle a ponerse los calcetines.) Terminarás antes si te
ayudo…
VALVERDE: (Por si tanta familiaridad le compromete aún más...La
aparta.) Quita, sé vestirme yo solo.
SANDRA: Siempre te ha gustado que yo/
VALVERDE: Pues eso se ha acabado.
SANDRA: ¿Qué se ha acabado?
VALVERDE: Ya has oído. Y déjame que me vista, tengo prisa.
SANDRA: ¿Y se puede saber qué ha pasado para que lo que sea se
haya acabado tan de repente?
VALVERDE: El Discariens. Eso es lo que ha pasado.
SANDRA: O sea: ¡La conciencia!
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VALVERDE: ¡Y dale con la conciencia!
SANDRA: Aquí pasa algo. No termino de creerme que puedas ser ese
monstruo que quieres aparentar. Tú no eres así. Hasta eres
tierno si te lo propones. Y bueno. Si tanto significó aquella
decisión para ti…, no veo qué tiene que ver con lo
nuestro…Rectificar es de sabios... Todavía puedes hacer
que...
VALVERDE: (Empieza a desbordarle la situación.) ¡Yo no puedo hacer
nada porque ¿sabes lo que de verdad soy?!
SANDRA: El Director en España de una de las multinacionales
farmacéuticas más importantes del mundo.
VALVERDE: Tú lo has dicho. El Director en España. Es decir: ¡Un
pringado! (Quiere mostrarse de nuevo como víctima frente
a unas hipotéticas cámaras. Saca del armario una camisa y
se la pone, consciente de que SILVIO se lo puede impedir
en cualquier momento.) Tu genio de la lámpara nos pide
dinero para terminar la investigación y a cambio nos cede
prácticamente los beneficios de la explotación de la
patente... ¡siempre que el producto salga al mercado al
alcance de todos los bolsillos! Tu genio no es un científico.
¡Es la Madre de Calcuta disfrazada de Hanibal Lecter! ¡Y
tiene que tocarme a mí! ¡Adiós a la caries! Lo paso a Berlín
y el mismísimo director general, al que había visto una vez
en mi vida, va y se me presenta en mi despacho en 24
horas... Que ni se me ocurra. Que la caries es un negocio
demasiado rentable como para acabar con ella. Que de
Discariens ni hablar. Que ya sé lo que tengo que hacer. Y
yo obedezco. ¿Por qué? Porque soy eso. (Emocionado,
frágil. A punto de echarse a llorar.) Un pringado.
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Pausa. Termina de colocarse la camisa.
SANDRA: Pobre malutki…
VALVERDE: ¡Que no me llames malutki, coño!
SANDRA: ¿Y por qué me cuentas todo esto otra vez aunque con
palabras menos... técnicas?
VALVERDE: Porque... (buscando la cámara) …porque tengo derecho a
demostrar mi inocencia ante todo el mundo.
SANDRA: ¿Yo soy para ti todo el mundo? ¿En qué quedamos? ¿Qué
soy de verdad para ti, aparte de quien te tiras en la última
ponencia de tus congresos desde hace cuatro años...?
VALVERDE: Eso. Tú dilo bien alto.
SANDRA: Responde.
VALVERDE: ¿Son muchas últimas preguntas ya, no?
SANDRA: Es que también para mí hoy es un día muy especial. Por
eso anoche... Vamos, Adrián, aunque lo nuestro… se haya
acabado. Por los buenos momentos. Sinceramente, me lo
merezco. Responde.
Pausa. VALVERDE guarda silencio mientras busca
desesperadamente un pantalón que ponerse.
Mientras te piensas la respuesta, antes de que salga por
esa puerta para siempre te tengo que decir una cosa.
VALVERDE: Mira que te cuesta irte.
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SANDRA: Lo mismo que te cuesta responder. (Pausa.) Tengo que
decirte que... que/
VALVERDE: ¿Qué? Suelta ya…
SANDRA: Que… que… hoy podíamos haber cumplido veinte polvos.
VALVERDE no encuentra el pantalón, pero sí los zapatos.
Empieza a ponérselos. Mira hacia las cámaras. La cosa ya
no tiene remedio. Muestra una actitud menos hostil, como
resignada, superado por las evidencias.
VALVERDE: ¡Eso pregónalo a los cuatro vientos! ¿Qué pasa, también
hay que celebrar el cumplepolvos? ¿Los has contado?
SANDRA: No hace falta. Me acuerdo de cada uno de ellos.
VALVERDE: ¿Alguna información complementaria… de interés general?
SANDRA: No sé, bueno, sí, que el sexo ha sido gratificante, pero
sobre todo divertido.
VALVERDE: Soy tu payaso follador.
Pausa.
SANDRA: Y ahora te toca. Es muy importante para mí que me
respondas en este momento. ¿Qué soy, bueno, qué he
sido para ti? Me contestas y desaparezco de tu vida.
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VALVERDE, todavía en calzoncillos, busca en el armario
los pantalones.
VALVERDE: ¿Dónde coño están mis pantalones...? ¿A que me los ha
escondido el capullo este?
SANDRA: ¿Qué capullo?
VALVERDE parece al límite. Y como si por fin hubiera
encontrado la cámara a la que dirigirse, mira hacia arriba y
explota a punto de echarse a llorar. O eso parece.
VALVERDE: ¡Ya no puedo más! ¡Perdóname, Berta! ¡Esto que ves no
está pasando como tú ves!
Empieza a caminar mirando al techo, SANDRA le sigue los
pasos.
SANDRA: ¿Berta?
VALVERDE: Mi mujer.
SANDRA: ¿Se ha muerto tu mujer? ¿Por eso estás así?
VALVERDE: No. Bueno/
SANDRA: ¿Y por qué miras al cielo?
VALVERDE: ¡Porque no sé dónde coño mirar para que me vea! ¡Eres la
mujer de mi vida!
SANDRA: ¿Yo?
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VALVERDE: (Mira hacia cualquier lado o a todos al mismo tiempo; se
tapa la entrepierna con un cojín y se desplaza buscando
alguna cámara, gimoteando.) ¡Berta, Berta, perdóname...!
¡Delante de todos te lo digo, aunque sea lo último que diga!
(Abre los brazos, como si esperara el fatídico fusilamiento,
y se le cae el cojín con el que parapetaba sus partes.)
¡Perdóname!
El volumen de la televisión empieza a subir. “Es algo
notorio y desapercibido que en bastantes pocas
regiones del sur meridional los pacientes pacientes
reclamen con violencia pacífica algunas medidas
paliativas justamente irracionales en cambio y… y ya
está. Muchas gracias por haber venido.” Suenan los
aplausos de los asistentes que no se habían quedado
dormidos, que despiertan poco a poco el frío aplauso del
resto de sus compañeros.
SANDRA, abatida, se sienta sobre la cama intentando
comprender la extraña conducta de VALVERDE, quien —
tras comprobar que sigue vivo— harto de la situación,
merodea como un zombi por la suite en camisa, zapatos y
calzoncillos, de nuevo con el cojín tapando la entrepierna y
mirando hacia todos lados. Da un traspiés y se pega un
batacazo contra uno de los dos biombos situados a ambos
lados del dormitorio. El biombo cae y nos descubre a un
SILVIO, agazapado, camuflado bajo tres pares de
pantalones, grabando con una pequeña cámara de vídeo,
que sujeta con una mano, pegada a la cara, mientras que
con la otra sigue amenazando con la pistola. La tensión
tiene de fondo sonoro al conferenciante chino, que ha
iniciado el coloquio con los asistentes, y a su traductora,
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que sigue sin dar pie con bola. Así, a la petición de un
congresista espectador: Me gustaría saber, Sr. Chan Yu
Hua, si siguen aplicando esas técnicas en la China
actual…, traducida al chino a trompicones por la
intérprete, el ponente se extiende en una larga respuesta,
naturalmente en chino, cuya traducción final al castellano
la intérprete reduce, tras un largo titubeo, mmm… , a tres
palabras: “sí, bastante, muy poco.” Silvio sale de su
escondrijo alternando su labor de realizador audiovisual
con la de secuestrador. Además intenta que la pistola
intimide por igual a uno y a otra. Después, viendo la actitud
de SANDRA, que se ha limitado a repetir: oh, bossse, que
es como suena en polaco, ¡Dios mío!, decide centrarse en
VALVERDE y, como no le quedan manos, sostiene como
puede el mando de la televisión y baja su volumen
valiéndose de la nariz.
VALVERDE: (Como si nada le importara ya.) ¡El primo de Almodóvar!
¿No tienes suficientes cámaras?
SILVIO: Es… una cámara… de seguimiento. (Vuelve al ligero
tartamudeo.) ¡Le dije que nada de trampas ni… mentiras!
VALVERDE: ¡Aquí el único que miente eres tú! ¡Yo he seguido el guion a
rajatabla! ¡No sé por qué has subido el volumen! ¡Tú sabrás
lo que haces!
SILVIO: (Sin dejar de grabar.) ¿Y si sabía que no mentía por qué se
tapaba?
VALVERDE: Porque no sabía si tú sabías que yo no mentía. (Aparta los
cojines.) ¡Hala! ¡Son todo tuyos!
SANDRA: Pedonen, yo… ya me iba... (Amaga con salir de la
habitación. La pistola de SILVIO se lo impide.)
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VALVERDE: No creo que te deje.
SILVIO: Mejor se queda.
SANDRA: ¿Quién es... usted?
VALVERDE: El Discariens.
SILVIO: Solo su padre.
SANDRA: Es usted muy joven para ser padre de algo así.
VALVERDE: Discariens, Sandra; Sandra, genio plasta. Ya te lo he
presentado. Y Puedes tutearle. Es un genio muy enrollado.
SILVIO: Ella puede hablarme como… quiera...
SANDRA: No me lo imaginaba así.
VALVERDE: Te lo advertí.
SILVIO: Sin pistola y sin la cámara en un ojo gano... mucho. ¿Y el
suyo, cómo está?
SANDRA: No era nada, gracias. Me lo imaginaba, no sé... calvo y
feo.
SILVIO: Siento decepcionarla.
SANDRA. No tiene pinta de investigador majara.
VALVERDE: De majara, ni te cuento.
SILVIO: Este majara les está apuntando con una pistola que se
muere de ganas por... disparar y una cámara que está
grabándolo… todo…
Pausa. VALVERDE recapacita. Vuelve a animarse.
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VALVERDE: ¡Vaya, vaya! ¡Manudo derroche técnico! ¿No tienes
suficiente con las otras seis cámaras ocultas, cenitales,
celestiales, yo qué sé…?
SANDRA: ¿Cámaras ocultas? Pero, ¿qué está pasando aquí? ¿Y por
qué nos apunta con esa pistola? ¿Qué le hemos hecho?
SILVIO: Usted nada. Él… ya ha oído antes... ¡la vida… imposible!
SANDRA: ¡Curva Matz! Entiendo que esté cabreado… Pero tampoco
es para ponerse a pegar tiros… ¿Y lo de la cámara? ¿Qué
es usted, uno de esos frikis que cuelga sus vídeos en/
VALVERDE: Graba esto para hacerme chantaje. Quiere que firme el
contrato del que te he hablado.
SANDRA: Entonces no sé dónde está el problema... Tú firmas lo que
tengas que firmar, que además es lo justo, y que le den al
alemán. Y eso que, oye, a mí, ya ni me va ni me viene.
VALVERDE: Eso le he propuesto. Posiblemente mi suicidio profesional.
Pero no se fía.
SILVIO: (A SANDRA.) ¿Se fiaría usted de alguien como este
elemento?
SANDRA: Hasta hace media hora, me hubiera fiado.
SILVIO: La diferencia entre usted y yo es que yo descubrí a este
tipo mucho antes.
VALVERDE: (Dirigiéndose a la cámara.) ¡Berta, cuando me veas, no
creas lo que veas!
SILVIO: Parece Groucho Marx (Lo imita con su habitual poca
gracia.) ¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios
ojos?
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VALVERDE: ¡Berta, amor mío, tú no puedes ver a quien me está
grabando, pero en estos momentos me apunta con una
pistola...!
SILVIO: ¿Y la mujer que tiene a su lado, quién es, su peluquera?
VALVERDE: Solo es un... ¡accidente!
SILVIO: ¡Con la que descarrila cada congreso!
VALVERDE: Pero, hoy, ya has visto, bueno, o te lo has podido imaginar,
Berta, no he sucumbido... ¡Se lo he dicho bien claro! ¡Se
acabó! ¡Y mira que... lo ha intentado...! ¡No he hecho
nada!
SANDRA: Solo, en el polvo diecinueve, me dejó embarazada.
SILVIO dirige la cámara hacia SANDRA.
SILVIO: ¡En exclusiva para Tele Caries!
VALVERDE: ¿Cómo?
SANDRA: No sabía cómo decírtelo.
VAVERDE: ¿Estás segura?
SANDRA: Lo estoy.
VALVERDE. ¿Estás segura o estás embarazada?
SANDRA: Estoy de nueve semanas. El congreso de Lyon.
Pausa.
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VALVERDE: ¿Y quién te dice que es mío...?
SANDRA: Yo. Pero, tranquilo, después de todo esto me lo quedo yo
solita. Olvídate. (A SILVIO.) Por favor, señor científico-
secuestrador-realizador, deje de grabarme, que se está
poniendo usted ya un poco pesado.
VALVERDE. Si yo te contara.
SANDRA: Yo no pinto nada aquí..., así que, si es usted tan amable,
me gustaría irme lo antes posible.
SILVIO: Espere. La necesito. Serán solo unos minutos. (Sigue
apuntando con la pistola únicamente a VALVERDE,
aunque dirige la cámara a ambos, alternativamente, tanto
que a veces se hace un lío y no sabe si apunta con la
cámara o con la pistola.) Por favor...
VALVERDE: Déjala que se vaya, y más en su estado... No le conviene...
SANDRA: Yo sé lo que me conviene.
SILVIO: Quédese, por favor...
SANDRA: Pues claro que me quedo. (Se sienta en uno de los sillones
del recibidor.) Soy toda suya.
SILVIO: Tutéame, Sandra.
SANDRA: Pues eso, soy toda tuya. Ya me entiendes.
VALVERDE: Ahora el que está de más parece que soy yo.
SILVIO: Al contrario, es usted más protagonista que nunca.
VALVERDE: ¿Puedo terminar de vestirme, al menos?
SILVIO: No. No le veo a usted huyendo con esa pinta. Por eso le
escondí los pantalones, después del primer amago, por si
se le ocurría largarse antes de tiempo… Me gusta el look
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que lleva para… la última toma. (Deja de grabar. Se
concentra en seguir apuntando a VALVERDE.)
VALVERDE: ¿De qué mierda me está hablando?
SILVIO: (Modulando la voz.) Estás en la situación que te has
buscado, así que si quieres encontrar un culpable, mírate al
espejo…
VALVERDE: Otra frasecita.
SILVIO: Es que venía a huevo. Vale. Reconozco que me la ha
colado, primero dejando esto a oscuras y luego
enterrándose bajo el edredón como un faraón afónico.
Ahora me toca improvisar a mí. Aprovecharemos la
coyuntura para rodar un buen final.
Del monitor vienen los aplausos que cierran la intervención
del ponente chino.
VALVERDE: En un cuarto de hora se me espera en el auditorio. Si no
aparezco, no tardarán en tirar abajo esa puerta.
SILVIO: Hay tiempo de sobra.
VALVERDE: ¿Para qué?
SILVIO: Para que usted y Sandra tengan un cara a cara delante de
la cámara. Veinte polvos dan para mucho.
SANDRA: Diecinueve.
VALVERDE: Eres un cerdo.
SILVIO: Eso mismo le dirá su mujer cuando vea la cinta...
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VALVERDE: (Rebajando de nuevo su arrogancia.) ¡Cómo tengo que
decirte que no hace falta! ¡Me tienes pillado por los huevos!
Qué más da que todo lo que dije antes de que entrara
Sandra no se haya grabado.
SILVIO: ¿Y cómo sabe que no se ha grabado?
VALVERDE: Porque si no, no estarías ahí agarrado a esa camarucha
como si te fuera la vida en ello.
SILVIO: La utilizo para los planos detalle y/
VALVERDE: Como táctica ha estado bien. Dos pájaros y sin un tiro. Lo
único que te importaba grabar era desde que entraba
Sandra, lo demás ha sido un paripé. Esa es la única que ha
grabado algo. Pero lo que realmente me preocupa está ahí
dentro y si le llega a mi mujer soy hombre muerto. No
puedo arriesgarme. Ya sé que es mucho pedirte, pero entra
en razón y/
SILVIO: ¿Quién empieza?
VALVERDE: ¿Por qué me habrá tocado a mí el científico más tarado del
planeta?
SILVIO: Vamos, siéntese junto a su “accidente”, bueno, ahora
accidente y… medio. Si se da prisa todavía le da tiempo a
llegar a la clausura. (Le indica con la pistola el sillón donde
debe sentarse. VALVERDE se queda, inmóvil, algo le pasa.
SILVIO se prepara para retomar la grabación.)
VALVERDE: No puedo.
SILVIO: Claro que puede. Por las buenas o por las malas.
VALVERDE: No... puedo moverme... Joder joder joder… No veo nada.
¡Lo juro! ¡No veo nada! (Está realmente asustado. SILVIO
duda, se acerca.)
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SILVIO: ¡Vale ya, utilice otro truco, hombre, ¿me toma por
gilipollas?! (Le coloca la pistola delante de sus narices.
VALVERDE ni se inmuta.)
VALVERDE: ¡No veo nada, joder joder joder, absolutamente nada!
¡Nena, no veo nada! (SANDRA se levanta y comprueba
que, efectivamente, VALVERDE se ha quedado sin visión.)
SANDRA: No es la primera vez que le pasa.
SILVIO: Acuéstalo.
VALVERDE: La viagra. Te lo dije, imbécil. Lo que no sé es cómo no me
ha dado antes un jamacuco y me he quedado tieso.
(SANDRA lo guía hacia la cama y lo recuesta. SILVIO deja
la cámara, aunque sigue con la pistola.) No hay nada
como quedarse ciego para que te hagan caso.
SANDRA: Vamos, en unos minutos estarás bien, acuérdate del
congreso de Oporto.
VALVERDE: Ahora es distinto, Sandrita, lo presiento. Ha sido un
sobresalto detrás de otro, que si la pistola, que si las
cámaras, que si…¡tu cerebrito me ha obligado a tragarme
dos viagras, joder! Hace unos días me tomé la tensión y la
tenía por las nubes. Así que… La próxima vez que no
sepas cómo matar a alguien lees antes el prospecto. Para
ser un genio, eres muy cortito, chaval. Hay miles de nuevos
ciegos que nunca más verán cómo follan por culpa del
Sildenalfilo. Me has terminado de joder bien, capullo.
SANDRA: Tranquilízate, nene. Mala yerba nunca muere.
SILVIO empieza a preocuparse de verdad al ver que
VALVERDE, tumbado en la cama, no reacciona ante
ningún estímulo. Del monitor llegan los murmullos de los
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congresistas que esperan la llegada al estrado de su
presidente. VALVERDE empieza a respirar con dificultad.
Cada vez parece sentirse peor.
Creo que deberíamos llamar a un médico.
VALVERDE pierde el sentido. SANDRA le toma el pulso.
SILVIO se dirige hacia la mesa de noche donde está el
teléfono y se apresura a llamar a recepción, dando la
espalda a VALVERDE, quien salta de la cama, coge la
cámara, unos pantalones y corre directo hacia el cuarto de
baño, cerrando la puerta con pestillo tras él. Todo ha
sucedido tan rápido que a SILVIO no le ha dado tiempo de
reaccionar. Cuando recupera la pistola, ya es tarde.
A los pocos segundos se oyen unos golpes procedentes
del baño y, enseguida, el sonido de una cisterna. Se abre la
puerta y aparece un relajado VALVERDE con los restos de
la cámara rota en la mano.
VALVERDE: Toma, Tarantino, (Le da lo que queda de cámara.) La
tarjeta de memoria está de crucero. Y baja esa pistola, si
no me has matado ya, no lo vas a hacer ahora, señor mío.
(Se empieza a anudar la corbata.) Como has visto, me he
dado cuenta de que lo preocupante era la cinta, no esa...
Bareta granizada. Lo que no sé es cómo un tío como tú ha
podido acojonarme tanto. ¡Seis cámaras! Llego tarde a la
clausura. (Pausa. Se peina con relativa tranquilidad.)
Adiós, Sandra, ha sido un placer. En lo que pueda
ayudarte, qué te voy a decir, no dudes en pedírmelo. Tú
sabes que, aquí abajo, late un buen corazón. El corazón de
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un superviviente. Al menos, lo que lleves ahí dentro vendrá
con un congreso bajo el brazo. Y tú, baja de una vez esa
pistola. (SILVIO sigue apuntándole, pero sin tensión
alguna.) Te pasas por mi despacho y hablamos. No quiero
tener una mosca cojonera revoloteando a mi alrededor toda
la vida. Piensa en otro tipo de contrato que se adapte mejor
a la… industria.
SILVIO: La vida es puro negocio, lo único que cambia es la
mercancía.
VALVERDE: El Padrino, primera parte. Qué gran película. Al fin y al
cabo, la salud solo es una cuestión de… números.
Por el monitor se escucha el rumor creciente de los
congresistas.
Sale VALVERDE. A SILVIO se le ha quedado todavía más
cara de tonto. SANDRA, a pesar de todo, sonríe,
acostumbrada a su suerte. SILVIO no sabe cómo romper el
hielo.
SILVIO: ¿Para… cuándo? (Le señala la barriga con la pistola,
antes de guardársela.)
SANDRA: Mayo. Será tauro, como el cabrón de su padre.
Pausa.
Oye, Discariens...
SILVIO: Puedes llamarme Silvio, aunque suene igual de mal.
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SANDRA: ¿Es cierto eso que me ha contado que descubriste el…
SILVIO: inhibidor…
SANDRA: por casualidad… al besar a una becaria?
SILVIO: Sí.
SANDRA: ¿Tuviste un lío con ella?
SILVIO: Yo y todos los del… departamento. Era una becaria muy
inteligente y muy becaria, ya me entiendes … lo compartía
todo. Pero lo que me llamó la atención de ella fue que a la
mayoría de sus ligues después de estar con ella les pasaba
algo muy… curioso…
SANDRA: ¿Qué?
SILVIO: Si tenían caries, se las aliviaba o incluso se las curaba del
todo.
SANDRA: ¿En serio?
SILVIO: Más de uno dejó de tenerlas. Y a ella, que nunca había
tenido caries, no le pasaba… nada. Y ahí empezó todo. Me
dejó que estudiara su… saliva y así aislé una enzima que
coincidía con otras que encontré en gente que, como ella,
nunca había padecido… caries. Una especie de antibiótico
natural. Puede llegar a curarlo. Algunos cuerpos fabrican
antibióticos naturales ¿sabes? Por eso hay gente que
nunca coge la gripe, aunque el resto de su familia la pille
cada invierno. También hay prostitutas en África, por
ejemplo, que aunque no usen condón, no se contagian
nunca de… sida…
SANDRA. Por sus… antibióticos naturales…
SILVIO: Algo… parecido. Después todo pasa por un proceso muy
complejo de laboratorio… Cultivos, análisis clínicos y esas
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cosas. ¡Ahora soy yo el que parece el… National
Geographic.! (Sonríe.)
SANDRA: ¿Eres un poco… tartamudo?
SILVIO: Solo cuando estoy… nervioso.
SANDRA: Y ahora lo estás.
SILVIO: Sí, un poco.
SANDRA: ¿Por qué?
Pausa. La mira. Ella le pone nervioso.
SANDRA: Y a ti, ¿te curó? La becaria ¿Te curó?
SILVIO: No. Es que me besó muy poco, casi nada.
SANDRA: ¿Tienes caries? No me lo puedo creer.
SILVIO: Sí. Pero me la estoy tratando yo mismo, aunque como soy
un desastre, pues… En casa de herrero…
Pausa.
SANDRA: Oye.
SILVIO: Qué.
SANDRA: Entonces yo te podría curar.
SILVIO: Pero tú también tienes caries, lo he oído antes.
SANDRA: Era mentira. Fue una forma de ligarme al capullo este. No
he tenido caries en mi vida. Mira. (Le enseña la boca.)
SILVIO: ¡Qué maravilla, es verdad, nada de nada! ¡Tienes unas
encías… preciosas!
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SANDRA: Gracias. Es la primera vez que me lo dicen.
SILVIO: Y unos dientes muy bien puestos, mira qué chulos tienes
los caninos, oye, perfectos… sí señora…
SANDRA: Señorita…
SILVIO: Será porque usted quiere…
Sonríen los dos. SANDRA lo mira cuando no es mirada.
SANDRA: Y eso que dicen que la boca es la parte más sucia del
cuerpo humano.
SILVIO: No. La parte más sucia está más adentro. Donde no llega
ningún… microscopio.
SANDRA: Nunca podía imaginarme que un beso pudiera curar la
caries, Silvio.
SILVIO: Un beso no. Muchos, Sandra.
SANDRA: ¿Cuántos?
En el monitor, VALVERDE se dirige a los congresistas.
SANDRA y SILVIO se miran a los ojos por primera vez.
Después se miran a la boca. Sonríen. Esquivan sus
miradas. Luego acercan sus labios.
Y, mientras tanto, se hace oscuro muy lentamente.
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