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Antropoceno: Metabolismo Industrial y Crisis

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1. El advenimiento del Antropoceno y la lógica del metabolismo industrial.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha experimentado grandes transforma-


ciones económicas. Además, en términos materiales, el ser humano ha incrementado
dramáticamente su consumo de energía y materiales. Es lo que se conoce como la
Gran Aceleración, y que ha tenido tal impacto sobre la composición del planeta que los
científicos han empezado a hablar de Antropoceno. La era geológica del Holoceno,
que había comenzado hace c.11.500 años y que brindó las condiciones óptimas para
el surgimiento de la revolución neolítica, habría llegado a su fin cuando el vertiginoso
impacto antrópico sobre la Tierra empezó a alterar sus ciclos biogeoquímicos, provo-
cando el advenimiento de una era geológica diferente: el Antropoceno.

El ser humano necesita fuentes de energía para desempeñar cualquier actividad. An-
tes de la revolución industrial, las sociedades tenían serias dificultades para crecer
económicamente porque dependían de la energía procedente de la tierra (leña para
calentarse y fundir metales, comida para alimentar la fuerza muscular humana y ani-
mal), cuya producción estaba sujeta a ciclos naturales que el ser humano no podía
controlar. Es lo que se conoce como el “constreñimiento orgánico” de la economía
preindustrial.

Sin embargo, desde que se empezaron a extraer combustibles fósiles, aumentó expo-
nencialmente la capacidad productiva humana. Se habían descubierto grandes “bos-
ques subterráneos”, enormes reservas energéticas que no dependían de los ciclos
naturales. En esta gran transformación se encuentra la base del metabolismo industrial.
El metabolismo industrial es el sistema de relaciones socioecológicas (entre las socie-
dades humanas y el medio ambiente) en el que los seres humanos hacen un uso sis-
temático de recursos inorgánicos (combustibles fósiles, me- tales, y productos de can-
tera) para extraer recursos del entorno, transformarlos, transportarlos, consumirlos y
devolverlos de nuevo al entorno en forma de residuo no reciclable.

El metabolismo industrial comenzó a escala regional en Inglaterra en el siglo XVIII,


donde existía un problema de escasez de energía que fue resuelto con la invención de
la máquina de vapor, alimentada con energía inorgánica y mineral, el hito fundacional
de la primera revolución industrial. Se extendió por otras partes de Europa a lo largo
del XIX y XX. Los países occidentales que se fueron sumando al tren de la industriali-
zación experimentaron un crecimiento económico sin precedentes en el siglo XIX que
estuvo fuertemente asociado a un incremento sustancial de los requerimientos de
energía y materiales. Para asegurarse su provisión, se lanzaron a la carrera imperialis-
ta y a la configuración de un sistema comercial internacional basado en economías de
enclave, en el que las manufacturas occidentales de alto valor eran intercambiadas por
materias primas periféricas de bajo valor, y que estuvieron en la base de los conflictos
territoriales que llevaron a la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, el modelo tecnológico de la primera revolución industrial se empezó a


agotar ya a finales del siglo XIX. Ante esta situación, hizo falta otra oleada de innova-
ciones productivas que conformaron el modelo tecnológico de la segunda revolución
industrial: el motor eléctrico y el motor de combustión interna (alimentados por nuevas
energías más potentes y versátiles, la electricidad y el petróleo respectivamente) y el
paquete de innovaciones de la Revolución Verde (fertilizantes, maquinaria agrícola y

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semillas mejoradas). Además, se innovó en las fórmulas organizativas con el estable-
cimiento del modelo fordista que se retroalimentó con el surgimiento de la sociedad de
consumo. A esto último se sumó el aumento de la escala de los mercados con las ba-
ses institucionales que regularon el comercio internacional desde 1945 y el acceso de
los países descolonizados al mercado internacional.

Todos estos elementos provocaron, después de la Segunda Guerra Mundial, la Gran


Aceleración, un crecimiento vertiginoso en el uso de recursos materiales y energéticos
sin precedentes en la historia de la humanidad. El metabolismo industrial alcanzaba la
escala global en tanto que cada vez más países participan de él. Su globalización está
íntimamente vinculada al surgimiento del Antropoceno.

Lo cierto es que no hay consenso sobre los inicios del Antropoceno, pero una parte
importante de los científicos sociales han resaltado cómo a finales de los cincuenta se
consumió a escala global más recursos inorgánicos no renovables que orgánicos por
primera vez, con un sustancial incremento en la extracción y uso de materiales para la
construcción y minerales, un reflejo del impacto del crecimiento demográfico y la rápi-
da urbanización. El extractivismo industrial provocó la ruptura de las relaciones ecosis-
témicas de los entornos naturales, contribuyendo a la alteración del medio ambiente
global, del que el cambio climático es una de las dimensiones más conocidas. De aquí
se deriva la gran paradoja del mundo moderno: los recursos inorgánicos nos han per-
mitido acceder a mayores cantidades de bienes y servicios a costa de provocar conti-
nuas externalidades ambientales que amenazan la supervivencia de nuestra especie.

Las crisis del petróleo (1973 y 1979) provocaron un shock energético y obstaculizaron
la sostenibilidad de este modelo de crecimiento. Desde entonces, los países industria-
lizados han buscado alternativas para reducir su dependencia de los recursos energé-
ticos en general y del petróleo en particular. Los países han conseguido una aparente
“desmaterialización” de la economía, esto es, producir más bienes y servicios con me-
nos requerimientos de energía (menos intensidad energética) o material (menos inten-
sidad material), lo que equivale a decir que son económicamente más ricos con menos
recursos. Por ejemplo, gracias al email gastamos menos energía y materiales por co-
rreo que cuando se escribía a mano.

Esto se ha conseguido de dos formas. En primer lugar, aumentando la eficiencia a


través de innovaciones tecnológicas, organizativas y estructurales (revolución informá-
tica y digitalización, por ejemplo). Sin embargo, las ganancias en eficiencia no han
revertido la situación. Las emisiones globales de CO2 continúan aumentando debido al
uso cada vez mayor de combustibles fósiles, con un 80 por ciento de las emisiones
globales provenientes de tan solo 19 países. Casi todos los glaciares montañosos al-
rededor del mundo están perdiendo volumen, con severos impactos sobre el ambiente
y el bienestar de los seres humanos. El nivel del mar ha estado aumentando a un ritmo
promedio de unos 2,5 mm por año desde 1992. El consumo per cápita de energía cre-
ció desde 1992 a un ritmo del 5% anual hasta 2008. Solo debido a la crisis económica
se contrajo momentáneamente, durante dos años.

En segundo lugar, a través del comercio internacional, los países ricos han externali-
za- do las actividades extractivas e industriales que más energía consumen y más
residuos generan a otros países. Los países periféricos se han convertido incluso en

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receptores de residuos: reciben fondos de países ricos a cambio de que estos deposi-
ten residuos industriales. El mundo desarrollado, con sociedades posindustriales ba-
sadas en la producción de servicios de alto valor añadido, ya no consumen enormes
cantidades de energía para producir ropa, vidrio o metales. Lo que hacen es comprar
directamente estos productos a los países pobres a precio bajo, asegurado por las
dinámicas del intercambio económico desigual, deshaciéndose de los requerimientos
energéticos y de las externalidades ambientales más negativas asociados a estas ac-
tividades. La globalización del metabolismo industrial, que había comenzado en las
ciudades inglesas –donde ya se había reproducido este patrón geográfico de áreas
ricas y limpias frente a zonas pobres y contaminadas– ha conducido a una dinámica
“parasitaria” de intercambio desigual, en la que la mayor parte de la energía y los ma-
teriales son ya producidos en países pobres y llegan a los ricos para ser consumidos.
Los residuos resultantes vuelven a los países pobres.

Para integrarse en el mercado internacional, la mayoría de países de África y buena


parte de América del Sur han tenido que intensificar sus actividades agrícolas y mine-
ras (extracción de materias primas) para abastecer la demanda de los países indus-
trializados. A la sombra de esta intensificación extractivista han surgido gravísimos
problemas de insuficiencia alimentaria y desabastecimiento de agua en estos países,
porque el grueso de las reservas acuíferas está orientado a la irrigación o se encuen-
tran contaminadas por el uso de químicos. El impacto ecológico que tiene el uso de las
herramientas de explotación intensiva, al mismo tiempo, alteran las relaciones ecosis-
témicas (como por ejemplo la reducción de la biodiversidad, o la alteración de los ci-
clos de carbono y de nitrógeno) y, de esta forma, provocan un aumento de los costes
de extracción. Estas dinámicas han incrementado aún más la brecha entre las socie-
dades ricas y las pobres. Muchos países ricos reducen su impacto sobre el medio a
través de políticas ambientales que no se aplicarían si no importasen recursos y expor-
tasen residuos. Con ello no sólo se agotan los recursos naturales sino que se deterio-
ran también los servicios ambientales, deprimiendo aún más sus expectativas de
desarrollo futuras.

Además, las economías emergentes como Brasil, China, La India o México, el uso de
recursos per cápita sigue creciendo porque es la vía para alimentar el desarrollo indus-
trial, y los países menos desarrollados comienzan a adoptar modelos de alto consumo.
El consumo de recursos ha seguido creciendo a escala global, un 88% desde 1980.
Solo los países ricos se están desmaterializando, y solo en términos relativos. No exis-
te una desmaterialización de la economía mundial.

El incremento del tráfico comercial ha tenido consecuencias sobre el medio ambiente


global. Además de las emisiones incluidas en las propias mercancías (las que fueron
generadas para producirlas), el impacto ecológico del propio transporte ha hecho más
severo la externalidad ambiental del comercio internacional. De acuerdo con el 4º In-
forme del IPCC, el sector del transporte contribuyó en un 13,1% a las emisiones tota-
les de CO2 equivalente.

A través del comercio internacional los países industrializados consiguen ingresos per
cápita relativamente altos con niveles de consumo de recursos naturales relativamente
bajos. Los países industrializados exportan sobre todo productos manufacturados que
proporcionan un alto valor añadido, un empleo mayor y de mejor calidad y generan

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efectos positivos de arrastre. En cambio, muchos países pobres han tenido que espe-
cializarse en la exportación de materias primas (especialmente en África) o manufactu-
ras (muchos países asiáticos) y, en consecuencia, mantienen una elevada tasa de
extracción interna de recursos y daños ambientales considerables, sin que ellos se
traduzca en un incremento correlativo de su renta per cápita. Esta es la pauta general,
sólo rota por un puñado de países industrializados que, quizá gracias a su baja densi-
dad de población, exportan también materias primas, como por ejemplo Australia o
Canadá.

En términos monetarios las balanzas comerciales tienden a ser equilibradas. No ocu-


rre lo mismo en términos físicos. Los países industrializados tienden a ser importado-
res netos de energía y materiales, en tanto que los países periféricos han sido hasta
ahora exportadores netos. En el año 2005, los países industrializados importaron en
torno a 2.000 millones de toneladas.

Algunos estudios realizados muestran que los residuos generados en la extracción


(flujos ocultos) son igual de voluminosos que las materias primas extraídas (flujos di-
rectos) o incluso superiores. Se produce así una asignación desigual no sólo del valor
monetario, sino de impacto ambiental que sobre los recursos y funciones ambientales
tiene el ciclo de vida de las mercancías. Los procesos más intensivos en materiales y
energía, los más “sucios” ambientalmente, pero paradójicamente los más baratos, tie-
nen lugar en los países periféricos. El caso de Chile es paradigmático. El país latinoa-
mericano era en 2003 exportador neto en 1 millón de toneladas (1 Mt), si se conside-
ran sólo los flujos directos, y en 634 Mt si se consideran también los indirectos.

El intercambio ecológico desigual ha constituido la técnica de explotación más sofisti-


cada que históricamente ha existido, ya que no requiere más que puntualmente el uso
de la violencia y no necesita del control del territorio completo donde se ubican los
recursos naturales o funciones ambientales que se requieren o el control estricto de la
mano de obra (como ocurría con el esclavismo o la servidumbre).

Como ha resumido Martínez Alier, el intercambio se torna desigual por tres vías distin-
tas, estrechamente unidas.

1. La baja remuneración que en forma de precios reciben los recursos naturales y


funciones ambientales frente al alto precio que reciben las mercancías elabo-
radas. Ello provoca un deterioro de la relación de intercambio que obliga a ex-
portar una cantidad creciente de recursos de los primeros para obtener una
cantidad dada de bienes importados.
2. El trabajo intensivo mal pagado con el que se producen los bienes exportados
por los países pobres, de tal manera que existe un intercambio desigual en
términos de trabajo incorporado.
3. La instalación de economías de enclave en países pobres, destinadas a la pro-
visión de materiales y energía a los países ricos, socavan las condiciones de
existencia de los pueblos periféricos. Se trata de economías basadas en la ex-
portación de productos con mínimo valor añadido y escaso impacto en sus
economías: generan mínimos efectos de arrastre para la sociedad.

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En el siglo XXI, nos encontramos en una nueva fase del capitalismo global marcada
por grandes transformaciones metabólicas. Los ajustes en eficiencia que se plantearon
en los años setenta no han parecido revertir la situación, ya que la economía no se ha
desmaterializado. Bien al contrario, ha aumentado la intensidad material global. Esto
se debe a que los centros de consumo de materiales y energía ya no se sitúan tanto
en Occidente sino en una Asia emergente que usa, precisamente, tecnologías de me-
nor eficiencia.

En este sentido, China está compitiendo con Occidente en el consumo de recursos


naturales extraídos de Latinoamérica y África. Se están expandiendo, de esta manera,
las fronteras de extracción globales. Este fenómeno está modificando las relaciones
ecológicas que reservaban a Occidente el suministro de recursos de países pobres,
provocando una situación de desabastecimiento relativo que está en la base del au-
mento de los precios de los recursos naturales, lo que entraña una enorme paradoja: a
nivel global se extrae más que nunca al mayor precio que nunca. Esta situación de
tensión está teniendo implicaciones en países ricos en recursos naturales, donde la
competición por los recursos y los esfuerzos de extracción motivan un incremento de
la conflictividad socioambiental, protagonizada por comunidades cuyas formas de vida
han sido removidas por el extractivismo.

Pese a que la extensión de los mismos niveles de prosperidad occidentales al resto


del mundo es un objetivo socialmente justo, es ecológicamente inviable. Si todo el pla-
neta alcanzara la tasa metabólica media que actualmente tiene Europa (aproximada-
mente unas 16 t/cápita/año), en torno al año 2050, en el que existirán más de nueve
mil millones de individuos, el consumo global de materiales alcanzaría los 140 millones
de toneladas anuales, casi tres veces más que en la actualidad. Habría que doblar
sobradamente el uso de biomasa, cuadruplicar el uso de combustibles fósiles y triplicar
el uso anual de minerales y materiales de construcción. Las emisiones per cápita de
carbono podrían triplicarse y las emisiones globales podrían cuadruplicarse hasta al-
canzar las 28,8 GtC/año, superando el escenario de emisiones más pesimista que ha
calculado el IPCC (PNUMA, 2011).

2. Los grandes problemas del Antropoceno.

2.1. La crisis del agua.

Posiblemente, el mayor problema del mundo actual sea el del agua. Las economías
son cada vez más intensivas en agua para cubrir no solo las necesidades básicas,
sino también los crecientes requerimientos de la agricultura y la industria. Práctica-
mente todas las actividades económicas requieren agua. La demanda hídrica de las
economías industrializadas ha provocado la desertización de enormes superficies co-
mo el mar de Aral en Asia Central y el agotamiento de reservas en Próximo Oriente y
en el río Amarillo, dos de las regiones históricamente más fértiles del mundo.

La crisis del agua ha sido provocada por diversos factores. Uno de ellos es el cambio
climático, a su vez ocasionado por el metabolismo industrial. También por el uso abu-
sivo del agua por la agricultura mediante la extensión del regadío bajo el paraguas de
la denominada Revolución Verde desde mediados del siglo XX, consistente en lograr
el aumento de la productividad mediante la incorporación de más agua, tecnología,
energía externa, productos químicos y variedades de semillas creadas artificialmente.

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La deforestación y la actividad minera destruyen las cuencas de captación de aguas.
Además, la que se desarrolla sobre laderas ocasiona el relleno de ríos con escombros
y corrimientos de tierras, que suelen afectar a las poblaciones con infraestructuras
más frágiles. La construcción de grandes infraestructuras hidráulicas como presas
para abastecer la irrigación, que atienden al consumo de los países ricos, también está
detrás del desabastecimiento de agua en las comunidades locales. La externalización
de actividades productivas por parte de países ricos a regiones pobres a través del
comercio internacional también está detrás de la crisis hídrica: la huella hídrica del
comercio internacional, que mide el consumo directo e indirecto de agua por cada
mercancía, supuso entre 1997 y 2001 el 16% de la huella total.

Y no es solo un problema de cantidad, sino también de calidad: cada vez tenemos


menos agua y cada vez está más contaminada. Según el Informe de la Organización
Mundial de la Salud y de la UNICEF, “Progreso en materia de agua potable, sanea-
miento e higiene” de 2017, 2.100 millones de personas no disponen de agua gestiona-
da de forma segura, de los cuales 844 millones no tienen servicio básico de agua po-
table, entre ellas 263 millones, la mayoría mujeres, tienen que dedicar más de 30 mi-
nutos por viaje para recoger agua, y 159 millones beben agua no tratada de fuentes de
agua superficie, como lagos y arroyos.

Como es sabido, la falta de recursos hídricos está detrás de conflictos que aparente-
mente solo son políticos. Este sería el caso del conflicto entre Israel y Palestina, en
buena medida lo que está en disputa es el control de las aguas del río Jordán. Aunque
el 3% de la cuenca del Jordán está en territorio israelí, sus aguas abastecen el 60%
del consumo del país. Israel consume del 82% del agua de Cisjordania, los palestinos
entre el 18- 20%, y están sometidos por el gobierno israelí a severas restricciones en
la utilización de este bien.

2.2. La guerra por los alimentos.

Desde 2006, el precio de los alimentos básicos comenzó a subir, alcanzado sus picos
más altos en 2008 y 2011. Las reivindicaciones vinculadas a la soberanía alimentaria-
comenzaron a cobrar fuerza, sobre todo cuando la FAO anunció en 2010 que la esca-
sez de alimentos se estaba convirtiendo en un problema estructural.

La soberanía alimentaria es el derecho de las sociedades a decidir sobre su propio


sistema alimentario, es decir, a producir, distribuir y consumir alimentos de manera
sostenible, equitativa y culturalmente apropiada. Se basa en la idea de que la alimen-
tación es un derecho humano fundamental y que la seguridad alimentaria no se logra
simplemente a través del acceso a los alimentos, sino a través de la garantía de que
los alimentos sean producidos y distribuidos de manera justa y sostenible.

En los países subdesarrollados, la insuficiencia alimentaria a menudo se debe a una


falta de soberanía alimentaria. En muchos casos, los sistemas alimentarios están con-
trolados por empresas y organismos internacionales que promueven la producción y
distribución de alimentos a gran escala, a menudo a través de monocultivos y agricul-
tura intensiva que agotan los recursos naturales y no tienen en cuenta las necesidades
y la cultura de las comunidades locales.

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Detrás de la crisis de los alimentos se encuentra la lucha por la tierra que se ha estado
librando en países de África (Etiopía, Angola, Guinea), de Latinoamérica (Brasil, Perú)
y de Asia (Camboya).En estos se ha generalizado el landgrabbing o acaparamiento de
tierras, que es la adquisición de grandes extensiones de tierra por parte de empresas
y/o inversores extranjeros en países en desarrollo, a menudo a expensas de las co-
munidades locales que dependen de esa tierra para su sustento. Un ejemplo fue la
concesión en Madagascar de más de un millón de hectáreas a la surcoreana Daewoo
International Corporation durante 99 años, lo que provocó una crisis política en 2009.
El landgrabbing implica grandes desplazamientos de población y destrucción de vi-
viendas para proceder a la explotación de la tierra.

2.3. La gestión de residuos.

Los residuos son perjudiciales cuando se colocan en la naturaleza sin que sea factible
el reciclaje. Proceden principalmente de la industria, la agricultura y la ganadería y del
aumento del número y extensión de los núcleos urbanos. Las sociedades del metabo-
lismo industrial no son capaces de controlar los volúmenes de residuos que genera.
Esta carencia se deriva de la cantidad y las características de los desechos, que, o
bien sobrepasan la capacidad de absorción y reciclaje de los ecosistemas, o no son
reciclables. En algunos países se ha optado por la incineración con la pretensión de
“ocultarlos”, un problema que crea otro: la emisión de residuos gaseosos peligrosos
para la naturaleza y la salud de los humanos.

Como hemos indicado, uno de los efectos más relevantes del metabolismo industrial
consiste en la recepción de los países periféricos de los desechos, es decir, prestan
servicios ambientales que son mal vistos por la opinión púbica de los países ricos, a
coste más bajo ya que no se tiene en cuenta su impacto ambiental y social. El “Con-
venio de Basilea sobre el control de los movimientos transfronterizos de los residuos
peligrosos y su eliminación”, adoptado en 1989 y en vigor desde 1992, regula su co-
mercio al prohibir que residuos y artículos peligrosos, también los electrónicos, puedan
ser exportados a países en vías de desarrollo, en base a que dichos Estados no sue-
len disponer de infraestructuras para tratar adecuadamente los desechos. Asimismo,
la exportación de residuos electrónicos es ilegal en la Unión Europea. La trampa más
habitual consiste en que los comerciantes declaran los aparatos rotos como usados
para evitar tener que reciclar en los países que los consumen, donde los costes de
dicho proceso son mayores.

Hasta hace tan solo unos años, China y la India eran los destinos preferidos para el
envío del 70% de la basura tecnológica. Después Occidente trasladó el vertedero a
África. Recientemente, la asociación Waste Atlas ha publicado un estudio que informa
sobre los 50 vertederos más grandes del mundo. La mayoría, 18, se sitúan en África, a
continuación en América Latina y el Caribe con 13. En Europa destacan dos inmensos
basureros en Serbia y Ucrania. También cabe reseñar que la mayoría de ellos se loca-
lizan a menos de 2 kilómetros de grandes urbes y muy próximos a recursos naturales.
En casi la mitad de ellos hay residuos peligrosos.

Uno de los mayores vertederos de productos electrónicos del mundo se encuentra en


Agbogbloshie, un barrio de Accra, la capital de Ghana. A ese país llegan 5 millones de
aparatos electrónicos usados cada año desde China, Europa y Estados Unidos. Gha-

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na carece de leyes que prohíban la importación de basura electrónica, la cual llega
declarada como producto usado para su reventa o como donación. El vertedero de
Agbogbloshie es una fuente de ingresos para los sectores sociales más vulnerables,
sobre todo jóvenes, que buscan metales como cobre, hierro o aluminio de los aparatos
electrónicos desechados. Al quemar los cables, éstos desprenden productos químicos
dañinos para la salud y el medioambiente, algunos de los cuales pueden provocar in-
somnio, cáncer, enfermedades cardiovasculares.

La misma realidad afecta a Zimbabue, donde hace poco se ha advertido de una posi-
ble crisis medioambiental porque no dispone de sistemas adecuados para eliminar
este tipo de residuos. También en las costas de Somalia, donde desprenderse de 1
tonelada de residuos tóxicos, entre ellos nucleares, solo cuesta 2 euros. Como en Áfri-
ca, en otros países pobres de otras áreas del planeta también son los más desfavore-
cidos los que trabajan en enormes vertederos, como el de La Chureca, el basurero
municipal de Managua, capital de Nicaragua. En este vertedero unas 2.000 personas –
niños, adultos y ancianos– subsisten recogiendo y vendiendo cartón, vidrio, hierro,
cobre y plástico. Estos trabajadores, por 20 kilogramos de plástico ganan 2,5 dólares
que destinan a alimentación. Según el Instituto Nacional de Desarrollo de Nicaragua,
el 77% de los habitantes de La Chureca están en extrema pobreza y el 43% es menor
de 15 años.

En algunos casos este tipo de situaciones está comenzando a cambiar. Por ejemplo,
en 2008 surgió el proyecto “Desarrollo Integral del Barrio de Acahualinca”, donde está
situado La Chureca, financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional,
con el propósito de mejorar sus condiciones sociales, económicas y ambientales, para
lo que se contempla levantar una planta de reciclaje de materiales inorgánicos. Tam-
bién hay residuos en “tierra de nadie”, es lo que sucede con las gigantescas “Islas de
Plástico”, creadas en el Pacífico Norte y el Atlántico Norte, donde los giros oceánicos
tienen capacidad para atraer este producto.

3. ¿Las grandes soluciones para el Antropoceno?

3.1. Una transición alimentaria.

En la base de la crisis mundial de alimentos de 2008, que afectó a más de mil millones
de personas, está el sistema alimentario corporativo transnacional actual. Este sistema,
basado en combustibles fósiles y dominado por monopolios e instituciones internacio-
nales tiene sus orígenes en la intensificación agrícola y aplicación sistemática de la
tecnología asociada a la Revolución Verde, que se aceleró y consolidó tras la Segunda
Guerra Mundial.

El régimen alimentario corporativo se caracteriza por la concentración monopólica


mundial de los sectores extractivos, el procesamiento y venta al detalle de alimentos,
así como el incremento de las semillas modificadas genéticamente y patentadas. Se
encuentra en constante expansión y busca sustituir todos los modelos de producción y
consumo locales para reemplazarlos por nuevas estructuras.

Se trata de un sistema resistente a los impactos económicos y ambientales, en cuya


evolución las crisis alimentarias aparecen como fenómenos cíclicos característicos:
pasa por periodos de liberalización de los mercados seguidos por colapsos devastado-

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res. Estos periodos son seguidos por periodos reformistas en los que los mercados
son regulados en un esfuerzo por reequilibrar el sistema. Sin embargo, estas fases
políticas son dos caras del mismo sistema.

Después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, se implementaron re-


formas gubernamentales que subsidiaron y regulaban la agricultura, permitiendo que
el modelo capitalista de agricultura industrial se extendiera por todo el mundo durante
cuatro décadas. Fueron las épocas de una gran transformación de la demanda, de una
transición alimentaria por un aumento del consumo de kilocalorías, sobre todo de ori-
gen animal, impulsada por el aumento de la renta per cápita y la disminución de los
precios de origen animal. Los cambios en la demanda se han correspondido con cam-
bios en la oferta alimentaria, en cuya base está la gran transformación de la agricultu-
ra: se han extendido las áreas cultivadas al tiempo que ha aumentado la productividad
de las mismas gracias a las innovaciones de la Revolución Verde. La ganadería tam-
bién ha cambiado su composición y funcionalidad para adaptarse a la nueva demanda
de alimentos, predominando en la actualidad un ganado monogástrico y un sistema de
concentración productiva de ganadería intensiva (macrogranjas).

Desde los años 80, se ha cambiado de política con la privatización forzada y la liberali-
zación de los mercados mundiales. Así, la agricultura intensiva llegaba a países de
todo el mundo, lo que multiplicó los impactos económicos y ambientales. Se globalizó
una agricultura más ineficiente, que requiere de cada vez mayores insumos inorgáni-
cos para producir, y que atenta contra los ciclos ecosistémicos degradando el suelo y
la biodiversidad haciéndose, al mismo tiempo, más dependiente de los insumos inor-
gánicos. Además, la intensificación agrícola ha incrementado las tasas de erosión y
salinización de los recursos hídricos. Los países del Sur han sufrido un elevado costo
debido a la reforma capitalista y la liberalización de los sistemas alimentarios. En la
década de 1970, estos países tenían un excedente agrícola equivalente a mil millones
de dólares anuales. Actualmente, importan once mil millones de dólares anuales en
alimentos. Esta situación ha generado profundas externalidades sociales y ambienta-
les, incluso en Estados Unidos.

Existen varias estrategias que responden a las problemáticas del régimen alimentario
corporativo. El enfoque neoliberal ha dominado la política durante las últimas décadas,
lo que ha dado lugar a una sobreproducción crónica y al monopolio del sistema ali-
mentario por parte de las empresas transnacionales. El discurso neoliberal sugiere que
la expansión de los mercados mundiales y la innovación tecnológica son la solución
para erradicar el hambre, lo que ha llevado a una mayor liberalización de los mercados
y a la financiación pública de ajustes tecnológicos patentados.

La tendencia reformista ha surgido como respuesta a las externalidades sociales y


ambientales desencadenadas por la globalización neoliberal. Las políticas reformistas
buscan modificar la conducta empresarial mediante la persuasión y la regulación. Este
enfoque buscan priorizar alternativas más equitativas y ecológicamente menos perju-
diciales dentro de las existentes estructuras de mercado.

Por último, la tendencia por la transición es una respuesta de base local que promueve
la soberanía alimentaria y buscan una transición gradual hacia un sistema alimentario
más equitativo y sostenible.

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Una de estas estrategias se concreta en la transición agroecológica, según la cual,
para lograr una agricultura sostenible, se debe prestar especial atención a cómo se
atiende el consumo endosomático (corporal) de los ciudadanos. La promoción de la
agricultura ecológica, un sistema de producción agrícola y alimentario basado en crite-
rios agroecológicos y de consumo responsable, es la vía más practicable para lograrlo.
España es líder europeo en producción ecológica, ocupando ya 1,6 millones de hectá-
reas, casi el 5,5 % de la superficie agraria utilizada. La AE reduce las emisiones de
dióxido de carbono entre un 40% y un 60% con la transformación de convencional a
ecológico, dependiendo de la orientación productiva, debido a la no utilización de ferti-
lizantes nitrogenados y plaguicidas químicos, y el bajo uso de fertilizantes potásicos y
fosfóricos. El consumo de productos ecológicos está creciendo a tasas anuales próxi-
mas al diez por ciento en los principales países miembros de la Unión Europea. En
España, el consumo es aún muy bajo, pero viene creciendo a un ritmo firme y ha des-
bordado el segmento de consumidores “fuertemente ideologizados” donde estaba re-
cluido hasta ahora.

Además, la AE se ha convertido en una alternativa rentable para los agricultores que


tienen sus fincas en aquellos territorios del interior peninsular que tienen dificultades
para competir con la producción intensiva y que, de no ser por las mayores oportuni-
dades de mercado y las subvenciones más elevadas que proporciona, probablemente
habrían abandonado la actividad agraria. La AE se está convirtiendo en una alternativa
viable para el mantenimiento de las cuotas de mercado (o para abrir otros nuevos) de
la producción intensiva debido a los escándalos alimentarios, los frecuentes episodios
de contaminación de alimentos con sustancias prohibidas o con dosis de residuos su-
periores a los permitidos, junto con el deseo de recibir producto libre de residuos.

3.2. Una transición energética.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, hemos asistido al triunfo del “paradigma
del petróleo”, esto es, la culminación de la transición energética del carbón al petróleo,
cuyo consumo se ha disparado gracias a su bajo precio. De él ha dependido la revolu-
ción tecnológica que está en la base de la Edad Dorada del capitalismo (1945-1973), y
alcanzó su punto culminante hacia mediados de los sesenta.

En los años setenta, la crisis del petróleo puso en evidencia la excesiva dependencia
de los países occidentales sobre este combustible. Desde entonces, se asistió a un
lento proceso de diversificación del sistema energético con el desarrollo de fuentes de
energía alternativas.

De esta manera, el gas natural surgió como alternativa debido a las posibilidades de
ahorro energético que ofrecía la turbina de gas, más eficiente y diversificada (ciclo
simple, cogeneración y ciclo combinado) que las tecnologías del petróleo. En los albo-
res del siglo XXI, la emergencia del gas ha otorgado un protagonismo al país que po-
see el 25% de sus reservas mundiales: Rusia.

La electricidad se estaba convirtiendo en una fuente de energía versátil y aplicable a


prácticamente todas las actividades productivas. Sin embargo, su generación depen-
día fuertemente de los combustibles fósiles. Fue a partir de la crisis del petróleo cuan-
do se empezaron a desarrollar fuentes primarias alternativas para la generación eléc-
trica: la nuclear y las renovables (hidroeléctrica, eólica y solar).

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Después de una década de lento progreso, el gran avance de la fisión nuclear se dio
entre 1966-1976. Sus principales promotores fueron EEUU, la URSS, Reino Unido,
Japón y Francia, cuyo consumo eléctrico actual es mayormente de generación nuclear.
Sin embargo, el incremento de los costes, los problemas de seguridad en las centrales,
la impopularidad que despertó tras los accidentes nucleares en Mile Island (1979) y
Chernóbil (1986), así como los problemas de gestión de residuos nucleares frenaron la
inversión en energía nuclear a partir de los años ochenta.

La hidroelectricidad se había expandido desde la segunda mitad del siglo XIX, pero fue
después de la Segunda Guerra Mundial cuando se asistió a la construcción intensiva y
a gran escala de centrales hidroeléctricas. La tecnología de los aerogeneradores ha
avanzado mucho a partir de los sesenta, multiplicando su capacidad hasta diez veces.
La reducción del precio de las placas fotovoltaicas facilitó su difusión a gran escala,
aunque de forma muy lenta, desde fines del siglo XX.

Los factores clave en una transición energética son la innovación técnica, la emergen-
cia de mercados energéticos de masas, y circunstancias y estrategias políticas. Las
crisis del petróleo, la revolución iraní, las políticas de desregulación y la crisis del 2008
fueron procesos políticos y económicos que tuvieron una influencia decisiva en la tran-
sición hacia fuentes de energía alternativas al petróleo.

Existen distintas trayectorias nacionales en transiciones energéticas. España fue de


los países occidentales que más tardó en adoptar el petróleo como fuente principal en
los años sesenta. Y para cuando lo había hecho, Holanda ya estaba sustituyéndolo
por el gas natural. Pero más que España tardó Reino Unido, el país pionero de la pri-
mera industrialización, en el que había toda una red de infraestructuras y un complejo
tecno-institucional dedicados al consumo de carbón y que habría sido muy costoso
reemplazar antes.

Cada vez que aparece una fuente de energía dominante, a su alrededor se configura
un sistema tecno-institucional que protege la permanencia de un diseño tecnológico
concreto y su modelo energético asociado e impone barreras de adopción a otras al-
ternativas. El complejo tecno-institucional del carbono, que sustenta diseños tecnológi-
cos e institucionales basados en combustibles fósiles como la turbina de vapor, el mo-
tor de gasolina y diesel y la turbina de gas, es actualmente uno de los grandes obs-
táculos para la transición energética hacia las energías renovables.

Y es que las infraestructuras energéticas (oleoductos, motores primarios, depósitos,


mecanismos de refino…) cada vez son más interdependientes, es decir, están integra-
dos en una red creciente de infraestructuras de gran escala cuya sustitución es más
costosa cuanto mayor es el perfil metabólico. Y a pesar de su dificultad, en ellos reside
la clave. La construcción de estos stocks físicos tiene un papel fundamental en deter-
minar los ritmos de consumo energético porque sellan a las sociedades en determina-
dos patrones de consumo. Una vez se construyen y se ponen en marcha grandes can-
tidades de maquinaria e infraestructuras, el coste de cambiarlas por otras es tan alto
que el cambio de rumbo del sistema energético se torna mucho más difícil. Por ejem-
plo, una gran parte de las actividades económicas de una ciudad depende del trans-
porte basado en gasolina, sea público (líneas de autobús) o privado (automóviles per-
sonales) que traslada a los trabajadores a sus puestos. Lo mismo ocurre con la distri-

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bución de alimentos, que depende de los motores diesel que alimentan el transporte a
larga distancia.

Además, a la altura de 2010 la producción de los motores primarios estaba concentra-


da en tan solo tres grandes multinacionales (dos europeas y una estadounidense):
MAN Diesel-Wärtsila, Rolls-Royce y General Electric-Pratt & Whitney. Cambiar la base
energética sin afectar a los intereses económicos imbricados en el modelo energético
actual entraña una gran complejidad que dificulta la transición a otro modelo.

A día de hoy, existen múltiples razones para el abandono de los combustibles fósiles:
sus efectos sobre el cambio climático, la rápida aproximación del agotamiento del pe-
tróleo barato y de calidad, y los problemas financieros y de seguridad relacionados.
Sin embargo, también hay razones para pensar que la transición a las energías reno-
vables será lenta y difícil. Se trata de una transición a escala general y de compleja
coordinación. Por otra parte, los recursos energéticos renovables están desigualmente
distribuidos, son de naturaleza intermitente e impredecible y, además, también supo-
nen algunos problemas socioecológicos. Las energías renovables tienen una densidad
energética y de potencia menor, lo que implica que vamos a necesitar veinte veces
más oferta energética no fósil para estar a la altura de la energía fósil que hizo falta
hace 150 años para sustituir a la biomasa.

El avance vertiginoso de las telecomunicaciones y la digitalización generó la expectati-


va social de que, con el avance de los microchips, sólo sería cuestión de tiempo la
llegada de avances en todos los ámbitos, incluido las energías renovables. Es lo que
se denomina la Maldición de Moore, la creencia en la inercia inevitable del progreso
tecnológico, específicamente de las telecomunicaciones, y de que este es la panacea
para todas las necesidades humanas. Sin embargo, el cambio energético es mucho
más complejo. Reemplazar la red de infraestructuras, asociadas a complejos tecno-
institucionales, tiene un coste de trillones de dólares que nadie quiere asumir, mientras
que la escala del consumo global sigue vinculada a los combustibles fósiles. Además,
hay servicios, como el transporte de mercancías, que son suministrado por motores
diesel, los cuales aun no tienen un sustituto renovable viable.

Desde la Unión Europea, Japón, China o Estados Unidos se han lanzado desde fina-
les del siglo XX planes de transición a las renovables con aspiraciones poco realistas
que han acabado fracasando. Incluso Google ha desplegado un plan para el desarrollo
de energías renovables vinculado a la venta de vehículos eléctricos y a la inversión en
eficiencia energética.

Como dice Smil (2009), no hay otra alternativa que la transición a las renovables. Pero
para ello los agentes políticos y económicos deberán actuar con gran determinación,
con un nivel de compromiso extraordinario y una paciencia inusual. Se trata de un reto
de gran dimensión porque implica transicionar de un sistema de provisión energética
centralizado a otro descentralizado; de uno basado en combustibles de alta densidad
energética (que con poca cantidad libera mucha energía y satisface muchos servicios
energéticos) a otro donde los flujos son de baja densidad (y requieren mayor canti-
dad); de uno en el que la unidad de consumo son grandes ciudades densamente po-
bladas a otro que no sería apto para alimentar megaurbes.

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Dos de las energías primarias llamadas a jugar un papel fundamental son la eólica y la
fotovoltaica. La eólica se distingue por su rápida maduración técnica, sus costes des-
cendientes y sus crecientes capacidades, mientras que el uso de la fotovoltaica si bien
no ha madurado todavía, es el que mayor potencial de recursos tiene: nada más y
nada menos que un espectro electromagnético de 4921 MJ/m2/hora con la misma
intensidad desde hace 4.500 millones de años. Es como si en una superficie del tama-
ño de una puerta corriente chorreasen 32 toneladas de petróleo cada hora.

3.3. Las narrativas del Antropoceno.

Muchas teorías sociológicas hablan del fin de la sociedad industrial en aquellos países
occidentales donde el sector servicios ha desplazado al sector industrial como activi-
dad económica central. Estaríamos hablando de sociedades posindustriales y terciari-
zadas, que no dependen de actividades de extracción y de transformación de materia-
les y energía para su crecimiento económico. Se trata de una interpretación válida
para analizar los cambios en la estructura empresarial, en el mercado laboral, en las
formas de vida e incluso en los valores.

No obstante, un enfoque metabólico demuestra que la sociedad posindustrial sí de-


pende de la extracción y transformación de materiales y energía, solo que estas activi-
dades no se desarrollan en su interior, sino en otros países, de los que se adquieren a
bajo coste gracias al intercambio ecológico desigual. No se puede hablar, físicamente
hablando, de sociedades posindustriales, sino de centros de consumo en un régimen
metabólico industrial global en el que la extracción y consumo de recursos no ha para-
do de crecer.

Desde los años setenta, se han propuesto muchas estrategias para tratar de dar solu-
ción a la excesiva dependencia sobre los recursos naturales, especialmente los inor-
gánicos, en el contexto de las transiciones energéticas. Muchas de ellas basaban sus
expectativas en el desarrollo de la energía nuclear o en las grandes posibilidades de
las renovables, que podían suplir los requerimientos que hoy satisfacen los combusti-
bles fósiles. Hoy en día hay cierto consenso en que la mejor estrategia ha de ser un
sistema energético diversificado, pero no hay un discurso unificado en torno al futuro
energético. Bien al contrario, existen (al menos) dos grandes narrativas contrapuestas:
los discursos sobre la ecoeficiencia y el desarrollo sostenible, por un lado, y la teoría
del decrecimiento y de la tercera transición, por otro.

El discurso de la ecoeficiencia y el desarrollo sostenible tiene como objetivo minimizar


el consumo energético y material para satisfacer las mismas demandas globales de
desarrollo y crecimiento. Se trata de una continuidad de los objetivos de desmateriali-
zación económica, y centra sus expectativas en el desarrollo tecnológico capaz de
optimizar el consumo de recursos. En 1990, Reddy y Goldenberg defendieron esta
teoría a través de la hipótesis de la Curva Ambiental de Kuznets (EKC), una gráfica
que expresaba que cuando un país comenzaba a desarrollarse, necesitaba consumir
muchos recursos naturales; pero cuando alcanzaba un cierto grado de desarrollo, el
consumo descendía naturalmente.

La idea de un crecimiento económico independiente del consumo de recursos natura-


les ha atraído a cada vez mayor cantidad de grupos políticos, lo que explica que asis-

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tamos a una extensión de los discursos sobre desarrollo sostenible en los medios de
comunicación.

Sin embargo, otros estudios han demostrado que la eficiencia solo permite una des-
materialización relativa de la economía, pero nunca absoluta. Esto se debe a que pro-
duce un efecto rebote: cuando las economías consiguen ahorrar recursos gracias a la
eficiencia, los excedentes se destinan a un mayor consumo de energía y materiales. El
paradigma de la ecoeficiencia se ha agotado en el momento en el que, a pesar del
aumento de stocks menos intensivos en energía (es decir, del incremento de la efi-
ciencia energética), seguimos asistiendo a un aumento en el uso de recursos naturales.

Por ejemplo, hasta hace poco tiempo se afirmaba que las TIC contribuirían positiva-
mente a reducir el consumo de energía y materiales. Se decía que iban a terminar con
las oficinas con papeles. Lo cierto es que el consumo de papel se ha quintuplicado en
Estados Unidos entre 1960 y 1997. La tala o la plantación masiva de especies produc-
toras de madera para las papeleras, ha conllevado, sobre todo en los países pobres, la
expulsión de población indígena. Por otro lado, para paliar el problema del agua, la
multinacional Nestlé invirtió en ingeniería genética para crear semillas más resistentes
a las sequías. La paradoja está en que las formas de cultivo tradicionales que utiliza-
ban las comunidades desplazadas ante el avance del paquete tecnológico de la Revo-
lución Verde ya empleaban semillas adaptadas a esas necesidades.

Otros ejemplos de efecto rebote se dan en la vida cotidiana. Los coches que conduci-
mos son cada vez más eficientes, consumen menos gasolina por kilómetro recorrido.
Pero esta eficiencia, en lugar de provocar un descenso del consumo total, lo ha au-
mentado, porque el ahorro ha incentivado la compra de coches y su uso para trayectos
para los que antes no se empleaba.

A raíz de esta contradicción, ha cobrado fuerza una segunda narrativa. El decrecimien-


to plantea que las ganancias en eficiencia material deben ser indisolublemente com-
plementadas con una reorientación fundamental de la sociedad a través de una reduc-
ción planificada y gradual del consumo, la producción y la economía en general, con el
objetivo de construir una sociedad más sostenible, justa y equitativa, basada en la
cooperación, la solidaridad y el cuidado mutuo. Defiende la relocalización de la eco-
nomía, es decir, la producción y el consumo de bienes y servicios en un ámbito local y
regional, para reducir la dependencia de los recursos inorgánicos. Propone que el cre-
cimiento económico ilimitado no es sostenible ni deseable, ya que lleva a la explota-
ción de recursos naturales, al agotamiento de los ecosistemas y a la desigualdad so-
cial.

El decrecimiento explica que la única transición practicable es hacia un régimen meta-


bólico distinto, basado en una reducción significativa del consumo de energía y mate-
riales que debe repartirse, para ser sostenible, de la manera más equitativa posible.
Ello requiere un “adelgazamiento” del metabolismo de los países ricos, un decreci-
miento de su perfil metabólico y, al mismo tiempo, y una elevación del perfil de los paí-
ses más pobres.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL.

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Smil, Vaclav. (2023). Cómo funciona el mundo. Una guía científica de nuestro pasado,
presente y futuro.

BIBLIOGRAFÍA ESPECÍFICA

González de Molina, M., Petersen, P., Garrido, F., Roberto, F. (2021) Introducción a la
agroecología política

Martínez Alier, Joan (2003) El Ecologismo de los Pobres. Conflictos Ambientales y


Lenguajes de Valoración.

Smil, Vaclav (2009) Energy transitions. History, requirements, prospects.

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