Antropoceno: Metabolismo Industrial y Crisis
Antropoceno: Metabolismo Industrial y Crisis
El ser humano necesita fuentes de energía para desempeñar cualquier actividad. An-
tes de la revolución industrial, las sociedades tenían serias dificultades para crecer
económicamente porque dependían de la energía procedente de la tierra (leña para
calentarse y fundir metales, comida para alimentar la fuerza muscular humana y ani-
mal), cuya producción estaba sujeta a ciclos naturales que el ser humano no podía
controlar. Es lo que se conoce como el “constreñimiento orgánico” de la economía
preindustrial.
Sin embargo, desde que se empezaron a extraer combustibles fósiles, aumentó expo-
nencialmente la capacidad productiva humana. Se habían descubierto grandes “bos-
ques subterráneos”, enormes reservas energéticas que no dependían de los ciclos
naturales. En esta gran transformación se encuentra la base del metabolismo industrial.
El metabolismo industrial es el sistema de relaciones socioecológicas (entre las socie-
dades humanas y el medio ambiente) en el que los seres humanos hacen un uso sis-
temático de recursos inorgánicos (combustibles fósiles, me- tales, y productos de can-
tera) para extraer recursos del entorno, transformarlos, transportarlos, consumirlos y
devolverlos de nuevo al entorno en forma de residuo no reciclable.
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semillas mejoradas). Además, se innovó en las fórmulas organizativas con el estable-
cimiento del modelo fordista que se retroalimentó con el surgimiento de la sociedad de
consumo. A esto último se sumó el aumento de la escala de los mercados con las ba-
ses institucionales que regularon el comercio internacional desde 1945 y el acceso de
los países descolonizados al mercado internacional.
Lo cierto es que no hay consenso sobre los inicios del Antropoceno, pero una parte
importante de los científicos sociales han resaltado cómo a finales de los cincuenta se
consumió a escala global más recursos inorgánicos no renovables que orgánicos por
primera vez, con un sustancial incremento en la extracción y uso de materiales para la
construcción y minerales, un reflejo del impacto del crecimiento demográfico y la rápi-
da urbanización. El extractivismo industrial provocó la ruptura de las relaciones ecosis-
témicas de los entornos naturales, contribuyendo a la alteración del medio ambiente
global, del que el cambio climático es una de las dimensiones más conocidas. De aquí
se deriva la gran paradoja del mundo moderno: los recursos inorgánicos nos han per-
mitido acceder a mayores cantidades de bienes y servicios a costa de provocar conti-
nuas externalidades ambientales que amenazan la supervivencia de nuestra especie.
Las crisis del petróleo (1973 y 1979) provocaron un shock energético y obstaculizaron
la sostenibilidad de este modelo de crecimiento. Desde entonces, los países industria-
lizados han buscado alternativas para reducir su dependencia de los recursos energé-
ticos en general y del petróleo en particular. Los países han conseguido una aparente
“desmaterialización” de la economía, esto es, producir más bienes y servicios con me-
nos requerimientos de energía (menos intensidad energética) o material (menos inten-
sidad material), lo que equivale a decir que son económicamente más ricos con menos
recursos. Por ejemplo, gracias al email gastamos menos energía y materiales por co-
rreo que cuando se escribía a mano.
En segundo lugar, a través del comercio internacional, los países ricos han externali-
za- do las actividades extractivas e industriales que más energía consumen y más
residuos generan a otros países. Los países periféricos se han convertido incluso en
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receptores de residuos: reciben fondos de países ricos a cambio de que estos deposi-
ten residuos industriales. El mundo desarrollado, con sociedades posindustriales ba-
sadas en la producción de servicios de alto valor añadido, ya no consumen enormes
cantidades de energía para producir ropa, vidrio o metales. Lo que hacen es comprar
directamente estos productos a los países pobres a precio bajo, asegurado por las
dinámicas del intercambio económico desigual, deshaciéndose de los requerimientos
energéticos y de las externalidades ambientales más negativas asociados a estas ac-
tividades. La globalización del metabolismo industrial, que había comenzado en las
ciudades inglesas –donde ya se había reproducido este patrón geográfico de áreas
ricas y limpias frente a zonas pobres y contaminadas– ha conducido a una dinámica
“parasitaria” de intercambio desigual, en la que la mayor parte de la energía y los ma-
teriales son ya producidos en países pobres y llegan a los ricos para ser consumidos.
Los residuos resultantes vuelven a los países pobres.
Además, las economías emergentes como Brasil, China, La India o México, el uso de
recursos per cápita sigue creciendo porque es la vía para alimentar el desarrollo indus-
trial, y los países menos desarrollados comienzan a adoptar modelos de alto consumo.
El consumo de recursos ha seguido creciendo a escala global, un 88% desde 1980.
Solo los países ricos se están desmaterializando, y solo en términos relativos. No exis-
te una desmaterialización de la economía mundial.
A través del comercio internacional los países industrializados consiguen ingresos per
cápita relativamente altos con niveles de consumo de recursos naturales relativamente
bajos. Los países industrializados exportan sobre todo productos manufacturados que
proporcionan un alto valor añadido, un empleo mayor y de mejor calidad y generan
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efectos positivos de arrastre. En cambio, muchos países pobres han tenido que espe-
cializarse en la exportación de materias primas (especialmente en África) o manufactu-
ras (muchos países asiáticos) y, en consecuencia, mantienen una elevada tasa de
extracción interna de recursos y daños ambientales considerables, sin que ellos se
traduzca en un incremento correlativo de su renta per cápita. Esta es la pauta general,
sólo rota por un puñado de países industrializados que, quizá gracias a su baja densi-
dad de población, exportan también materias primas, como por ejemplo Australia o
Canadá.
Como ha resumido Martínez Alier, el intercambio se torna desigual por tres vías distin-
tas, estrechamente unidas.
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En el siglo XXI, nos encontramos en una nueva fase del capitalismo global marcada
por grandes transformaciones metabólicas. Los ajustes en eficiencia que se plantearon
en los años setenta no han parecido revertir la situación, ya que la economía no se ha
desmaterializado. Bien al contrario, ha aumentado la intensidad material global. Esto
se debe a que los centros de consumo de materiales y energía ya no se sitúan tanto
en Occidente sino en una Asia emergente que usa, precisamente, tecnologías de me-
nor eficiencia.
Posiblemente, el mayor problema del mundo actual sea el del agua. Las economías
son cada vez más intensivas en agua para cubrir no solo las necesidades básicas,
sino también los crecientes requerimientos de la agricultura y la industria. Práctica-
mente todas las actividades económicas requieren agua. La demanda hídrica de las
economías industrializadas ha provocado la desertización de enormes superficies co-
mo el mar de Aral en Asia Central y el agotamiento de reservas en Próximo Oriente y
en el río Amarillo, dos de las regiones históricamente más fértiles del mundo.
La crisis del agua ha sido provocada por diversos factores. Uno de ellos es el cambio
climático, a su vez ocasionado por el metabolismo industrial. También por el uso abu-
sivo del agua por la agricultura mediante la extensión del regadío bajo el paraguas de
la denominada Revolución Verde desde mediados del siglo XX, consistente en lograr
el aumento de la productividad mediante la incorporación de más agua, tecnología,
energía externa, productos químicos y variedades de semillas creadas artificialmente.
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La deforestación y la actividad minera destruyen las cuencas de captación de aguas.
Además, la que se desarrolla sobre laderas ocasiona el relleno de ríos con escombros
y corrimientos de tierras, que suelen afectar a las poblaciones con infraestructuras
más frágiles. La construcción de grandes infraestructuras hidráulicas como presas
para abastecer la irrigación, que atienden al consumo de los países ricos, también está
detrás del desabastecimiento de agua en las comunidades locales. La externalización
de actividades productivas por parte de países ricos a regiones pobres a través del
comercio internacional también está detrás de la crisis hídrica: la huella hídrica del
comercio internacional, que mide el consumo directo e indirecto de agua por cada
mercancía, supuso entre 1997 y 2001 el 16% de la huella total.
Como es sabido, la falta de recursos hídricos está detrás de conflictos que aparente-
mente solo son políticos. Este sería el caso del conflicto entre Israel y Palestina, en
buena medida lo que está en disputa es el control de las aguas del río Jordán. Aunque
el 3% de la cuenca del Jordán está en territorio israelí, sus aguas abastecen el 60%
del consumo del país. Israel consume del 82% del agua de Cisjordania, los palestinos
entre el 18- 20%, y están sometidos por el gobierno israelí a severas restricciones en
la utilización de este bien.
Desde 2006, el precio de los alimentos básicos comenzó a subir, alcanzado sus picos
más altos en 2008 y 2011. Las reivindicaciones vinculadas a la soberanía alimentaria-
comenzaron a cobrar fuerza, sobre todo cuando la FAO anunció en 2010 que la esca-
sez de alimentos se estaba convirtiendo en un problema estructural.
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Detrás de la crisis de los alimentos se encuentra la lucha por la tierra que se ha estado
librando en países de África (Etiopía, Angola, Guinea), de Latinoamérica (Brasil, Perú)
y de Asia (Camboya).En estos se ha generalizado el landgrabbing o acaparamiento de
tierras, que es la adquisición de grandes extensiones de tierra por parte de empresas
y/o inversores extranjeros en países en desarrollo, a menudo a expensas de las co-
munidades locales que dependen de esa tierra para su sustento. Un ejemplo fue la
concesión en Madagascar de más de un millón de hectáreas a la surcoreana Daewoo
International Corporation durante 99 años, lo que provocó una crisis política en 2009.
El landgrabbing implica grandes desplazamientos de población y destrucción de vi-
viendas para proceder a la explotación de la tierra.
Los residuos son perjudiciales cuando se colocan en la naturaleza sin que sea factible
el reciclaje. Proceden principalmente de la industria, la agricultura y la ganadería y del
aumento del número y extensión de los núcleos urbanos. Las sociedades del metabo-
lismo industrial no son capaces de controlar los volúmenes de residuos que genera.
Esta carencia se deriva de la cantidad y las características de los desechos, que, o
bien sobrepasan la capacidad de absorción y reciclaje de los ecosistemas, o no son
reciclables. En algunos países se ha optado por la incineración con la pretensión de
“ocultarlos”, un problema que crea otro: la emisión de residuos gaseosos peligrosos
para la naturaleza y la salud de los humanos.
Como hemos indicado, uno de los efectos más relevantes del metabolismo industrial
consiste en la recepción de los países periféricos de los desechos, es decir, prestan
servicios ambientales que son mal vistos por la opinión púbica de los países ricos, a
coste más bajo ya que no se tiene en cuenta su impacto ambiental y social. El “Con-
venio de Basilea sobre el control de los movimientos transfronterizos de los residuos
peligrosos y su eliminación”, adoptado en 1989 y en vigor desde 1992, regula su co-
mercio al prohibir que residuos y artículos peligrosos, también los electrónicos, puedan
ser exportados a países en vías de desarrollo, en base a que dichos Estados no sue-
len disponer de infraestructuras para tratar adecuadamente los desechos. Asimismo,
la exportación de residuos electrónicos es ilegal en la Unión Europea. La trampa más
habitual consiste en que los comerciantes declaran los aparatos rotos como usados
para evitar tener que reciclar en los países que los consumen, donde los costes de
dicho proceso son mayores.
Hasta hace tan solo unos años, China y la India eran los destinos preferidos para el
envío del 70% de la basura tecnológica. Después Occidente trasladó el vertedero a
África. Recientemente, la asociación Waste Atlas ha publicado un estudio que informa
sobre los 50 vertederos más grandes del mundo. La mayoría, 18, se sitúan en África, a
continuación en América Latina y el Caribe con 13. En Europa destacan dos inmensos
basureros en Serbia y Ucrania. También cabe reseñar que la mayoría de ellos se loca-
lizan a menos de 2 kilómetros de grandes urbes y muy próximos a recursos naturales.
En casi la mitad de ellos hay residuos peligrosos.
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na carece de leyes que prohíban la importación de basura electrónica, la cual llega
declarada como producto usado para su reventa o como donación. El vertedero de
Agbogbloshie es una fuente de ingresos para los sectores sociales más vulnerables,
sobre todo jóvenes, que buscan metales como cobre, hierro o aluminio de los aparatos
electrónicos desechados. Al quemar los cables, éstos desprenden productos químicos
dañinos para la salud y el medioambiente, algunos de los cuales pueden provocar in-
somnio, cáncer, enfermedades cardiovasculares.
La misma realidad afecta a Zimbabue, donde hace poco se ha advertido de una posi-
ble crisis medioambiental porque no dispone de sistemas adecuados para eliminar
este tipo de residuos. También en las costas de Somalia, donde desprenderse de 1
tonelada de residuos tóxicos, entre ellos nucleares, solo cuesta 2 euros. Como en Áfri-
ca, en otros países pobres de otras áreas del planeta también son los más desfavore-
cidos los que trabajan en enormes vertederos, como el de La Chureca, el basurero
municipal de Managua, capital de Nicaragua. En este vertedero unas 2.000 personas –
niños, adultos y ancianos– subsisten recogiendo y vendiendo cartón, vidrio, hierro,
cobre y plástico. Estos trabajadores, por 20 kilogramos de plástico ganan 2,5 dólares
que destinan a alimentación. Según el Instituto Nacional de Desarrollo de Nicaragua,
el 77% de los habitantes de La Chureca están en extrema pobreza y el 43% es menor
de 15 años.
En algunos casos este tipo de situaciones está comenzando a cambiar. Por ejemplo,
en 2008 surgió el proyecto “Desarrollo Integral del Barrio de Acahualinca”, donde está
situado La Chureca, financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional,
con el propósito de mejorar sus condiciones sociales, económicas y ambientales, para
lo que se contempla levantar una planta de reciclaje de materiales inorgánicos. Tam-
bién hay residuos en “tierra de nadie”, es lo que sucede con las gigantescas “Islas de
Plástico”, creadas en el Pacífico Norte y el Atlántico Norte, donde los giros oceánicos
tienen capacidad para atraer este producto.
En la base de la crisis mundial de alimentos de 2008, que afectó a más de mil millones
de personas, está el sistema alimentario corporativo transnacional actual. Este sistema,
basado en combustibles fósiles y dominado por monopolios e instituciones internacio-
nales tiene sus orígenes en la intensificación agrícola y aplicación sistemática de la
tecnología asociada a la Revolución Verde, que se aceleró y consolidó tras la Segunda
Guerra Mundial.
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res. Estos periodos son seguidos por periodos reformistas en los que los mercados
son regulados en un esfuerzo por reequilibrar el sistema. Sin embargo, estas fases
políticas son dos caras del mismo sistema.
Desde los años 80, se ha cambiado de política con la privatización forzada y la liberali-
zación de los mercados mundiales. Así, la agricultura intensiva llegaba a países de
todo el mundo, lo que multiplicó los impactos económicos y ambientales. Se globalizó
una agricultura más ineficiente, que requiere de cada vez mayores insumos inorgáni-
cos para producir, y que atenta contra los ciclos ecosistémicos degradando el suelo y
la biodiversidad haciéndose, al mismo tiempo, más dependiente de los insumos inor-
gánicos. Además, la intensificación agrícola ha incrementado las tasas de erosión y
salinización de los recursos hídricos. Los países del Sur han sufrido un elevado costo
debido a la reforma capitalista y la liberalización de los sistemas alimentarios. En la
década de 1970, estos países tenían un excedente agrícola equivalente a mil millones
de dólares anuales. Actualmente, importan once mil millones de dólares anuales en
alimentos. Esta situación ha generado profundas externalidades sociales y ambienta-
les, incluso en Estados Unidos.
Existen varias estrategias que responden a las problemáticas del régimen alimentario
corporativo. El enfoque neoliberal ha dominado la política durante las últimas décadas,
lo que ha dado lugar a una sobreproducción crónica y al monopolio del sistema ali-
mentario por parte de las empresas transnacionales. El discurso neoliberal sugiere que
la expansión de los mercados mundiales y la innovación tecnológica son la solución
para erradicar el hambre, lo que ha llevado a una mayor liberalización de los mercados
y a la financiación pública de ajustes tecnológicos patentados.
Por último, la tendencia por la transición es una respuesta de base local que promueve
la soberanía alimentaria y buscan una transición gradual hacia un sistema alimentario
más equitativo y sostenible.
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Una de estas estrategias se concreta en la transición agroecológica, según la cual,
para lograr una agricultura sostenible, se debe prestar especial atención a cómo se
atiende el consumo endosomático (corporal) de los ciudadanos. La promoción de la
agricultura ecológica, un sistema de producción agrícola y alimentario basado en crite-
rios agroecológicos y de consumo responsable, es la vía más practicable para lograrlo.
España es líder europeo en producción ecológica, ocupando ya 1,6 millones de hectá-
reas, casi el 5,5 % de la superficie agraria utilizada. La AE reduce las emisiones de
dióxido de carbono entre un 40% y un 60% con la transformación de convencional a
ecológico, dependiendo de la orientación productiva, debido a la no utilización de ferti-
lizantes nitrogenados y plaguicidas químicos, y el bajo uso de fertilizantes potásicos y
fosfóricos. El consumo de productos ecológicos está creciendo a tasas anuales próxi-
mas al diez por ciento en los principales países miembros de la Unión Europea. En
España, el consumo es aún muy bajo, pero viene creciendo a un ritmo firme y ha des-
bordado el segmento de consumidores “fuertemente ideologizados” donde estaba re-
cluido hasta ahora.
Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, hemos asistido al triunfo del “paradigma
del petróleo”, esto es, la culminación de la transición energética del carbón al petróleo,
cuyo consumo se ha disparado gracias a su bajo precio. De él ha dependido la revolu-
ción tecnológica que está en la base de la Edad Dorada del capitalismo (1945-1973), y
alcanzó su punto culminante hacia mediados de los sesenta.
En los años setenta, la crisis del petróleo puso en evidencia la excesiva dependencia
de los países occidentales sobre este combustible. Desde entonces, se asistió a un
lento proceso de diversificación del sistema energético con el desarrollo de fuentes de
energía alternativas.
De esta manera, el gas natural surgió como alternativa debido a las posibilidades de
ahorro energético que ofrecía la turbina de gas, más eficiente y diversificada (ciclo
simple, cogeneración y ciclo combinado) que las tecnologías del petróleo. En los albo-
res del siglo XXI, la emergencia del gas ha otorgado un protagonismo al país que po-
see el 25% de sus reservas mundiales: Rusia.
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Después de una década de lento progreso, el gran avance de la fisión nuclear se dio
entre 1966-1976. Sus principales promotores fueron EEUU, la URSS, Reino Unido,
Japón y Francia, cuyo consumo eléctrico actual es mayormente de generación nuclear.
Sin embargo, el incremento de los costes, los problemas de seguridad en las centrales,
la impopularidad que despertó tras los accidentes nucleares en Mile Island (1979) y
Chernóbil (1986), así como los problemas de gestión de residuos nucleares frenaron la
inversión en energía nuclear a partir de los años ochenta.
La hidroelectricidad se había expandido desde la segunda mitad del siglo XIX, pero fue
después de la Segunda Guerra Mundial cuando se asistió a la construcción intensiva y
a gran escala de centrales hidroeléctricas. La tecnología de los aerogeneradores ha
avanzado mucho a partir de los sesenta, multiplicando su capacidad hasta diez veces.
La reducción del precio de las placas fotovoltaicas facilitó su difusión a gran escala,
aunque de forma muy lenta, desde fines del siglo XX.
Los factores clave en una transición energética son la innovación técnica, la emergen-
cia de mercados energéticos de masas, y circunstancias y estrategias políticas. Las
crisis del petróleo, la revolución iraní, las políticas de desregulación y la crisis del 2008
fueron procesos políticos y económicos que tuvieron una influencia decisiva en la tran-
sición hacia fuentes de energía alternativas al petróleo.
Cada vez que aparece una fuente de energía dominante, a su alrededor se configura
un sistema tecno-institucional que protege la permanencia de un diseño tecnológico
concreto y su modelo energético asociado e impone barreras de adopción a otras al-
ternativas. El complejo tecno-institucional del carbono, que sustenta diseños tecnológi-
cos e institucionales basados en combustibles fósiles como la turbina de vapor, el mo-
tor de gasolina y diesel y la turbina de gas, es actualmente uno de los grandes obs-
táculos para la transición energética hacia las energías renovables.
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bución de alimentos, que depende de los motores diesel que alimentan el transporte a
larga distancia.
A día de hoy, existen múltiples razones para el abandono de los combustibles fósiles:
sus efectos sobre el cambio climático, la rápida aproximación del agotamiento del pe-
tróleo barato y de calidad, y los problemas financieros y de seguridad relacionados.
Sin embargo, también hay razones para pensar que la transición a las energías reno-
vables será lenta y difícil. Se trata de una transición a escala general y de compleja
coordinación. Por otra parte, los recursos energéticos renovables están desigualmente
distribuidos, son de naturaleza intermitente e impredecible y, además, también supo-
nen algunos problemas socioecológicos. Las energías renovables tienen una densidad
energética y de potencia menor, lo que implica que vamos a necesitar veinte veces
más oferta energética no fósil para estar a la altura de la energía fósil que hizo falta
hace 150 años para sustituir a la biomasa.
Desde la Unión Europea, Japón, China o Estados Unidos se han lanzado desde fina-
les del siglo XX planes de transición a las renovables con aspiraciones poco realistas
que han acabado fracasando. Incluso Google ha desplegado un plan para el desarrollo
de energías renovables vinculado a la venta de vehículos eléctricos y a la inversión en
eficiencia energética.
Como dice Smil (2009), no hay otra alternativa que la transición a las renovables. Pero
para ello los agentes políticos y económicos deberán actuar con gran determinación,
con un nivel de compromiso extraordinario y una paciencia inusual. Se trata de un reto
de gran dimensión porque implica transicionar de un sistema de provisión energética
centralizado a otro descentralizado; de uno basado en combustibles de alta densidad
energética (que con poca cantidad libera mucha energía y satisface muchos servicios
energéticos) a otro donde los flujos son de baja densidad (y requieren mayor canti-
dad); de uno en el que la unidad de consumo son grandes ciudades densamente po-
bladas a otro que no sería apto para alimentar megaurbes.
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Dos de las energías primarias llamadas a jugar un papel fundamental son la eólica y la
fotovoltaica. La eólica se distingue por su rápida maduración técnica, sus costes des-
cendientes y sus crecientes capacidades, mientras que el uso de la fotovoltaica si bien
no ha madurado todavía, es el que mayor potencial de recursos tiene: nada más y
nada menos que un espectro electromagnético de 4921 MJ/m2/hora con la misma
intensidad desde hace 4.500 millones de años. Es como si en una superficie del tama-
ño de una puerta corriente chorreasen 32 toneladas de petróleo cada hora.
Muchas teorías sociológicas hablan del fin de la sociedad industrial en aquellos países
occidentales donde el sector servicios ha desplazado al sector industrial como activi-
dad económica central. Estaríamos hablando de sociedades posindustriales y terciari-
zadas, que no dependen de actividades de extracción y de transformación de materia-
les y energía para su crecimiento económico. Se trata de una interpretación válida
para analizar los cambios en la estructura empresarial, en el mercado laboral, en las
formas de vida e incluso en los valores.
Desde los años setenta, se han propuesto muchas estrategias para tratar de dar solu-
ción a la excesiva dependencia sobre los recursos naturales, especialmente los inor-
gánicos, en el contexto de las transiciones energéticas. Muchas de ellas basaban sus
expectativas en el desarrollo de la energía nuclear o en las grandes posibilidades de
las renovables, que podían suplir los requerimientos que hoy satisfacen los combusti-
bles fósiles. Hoy en día hay cierto consenso en que la mejor estrategia ha de ser un
sistema energético diversificado, pero no hay un discurso unificado en torno al futuro
energético. Bien al contrario, existen (al menos) dos grandes narrativas contrapuestas:
los discursos sobre la ecoeficiencia y el desarrollo sostenible, por un lado, y la teoría
del decrecimiento y de la tercera transición, por otro.
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tamos a una extensión de los discursos sobre desarrollo sostenible en los medios de
comunicación.
Sin embargo, otros estudios han demostrado que la eficiencia solo permite una des-
materialización relativa de la economía, pero nunca absoluta. Esto se debe a que pro-
duce un efecto rebote: cuando las economías consiguen ahorrar recursos gracias a la
eficiencia, los excedentes se destinan a un mayor consumo de energía y materiales. El
paradigma de la ecoeficiencia se ha agotado en el momento en el que, a pesar del
aumento de stocks menos intensivos en energía (es decir, del incremento de la efi-
ciencia energética), seguimos asistiendo a un aumento en el uso de recursos naturales.
Por ejemplo, hasta hace poco tiempo se afirmaba que las TIC contribuirían positiva-
mente a reducir el consumo de energía y materiales. Se decía que iban a terminar con
las oficinas con papeles. Lo cierto es que el consumo de papel se ha quintuplicado en
Estados Unidos entre 1960 y 1997. La tala o la plantación masiva de especies produc-
toras de madera para las papeleras, ha conllevado, sobre todo en los países pobres, la
expulsión de población indígena. Por otro lado, para paliar el problema del agua, la
multinacional Nestlé invirtió en ingeniería genética para crear semillas más resistentes
a las sequías. La paradoja está en que las formas de cultivo tradicionales que utiliza-
ban las comunidades desplazadas ante el avance del paquete tecnológico de la Revo-
lución Verde ya empleaban semillas adaptadas a esas necesidades.
Otros ejemplos de efecto rebote se dan en la vida cotidiana. Los coches que conduci-
mos son cada vez más eficientes, consumen menos gasolina por kilómetro recorrido.
Pero esta eficiencia, en lugar de provocar un descenso del consumo total, lo ha au-
mentado, porque el ahorro ha incentivado la compra de coches y su uso para trayectos
para los que antes no se empleaba.
BIBLIOGRAFÍA GENERAL.
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Smil, Vaclav. (2023). Cómo funciona el mundo. Una guía científica de nuestro pasado,
presente y futuro.
BIBLIOGRAFÍA ESPECÍFICA
González de Molina, M., Petersen, P., Garrido, F., Roberto, F. (2021) Introducción a la
agroecología política
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