Proyecto: Análisis de obras literarias del renacimiento
Escribe en tu cuaderno la siguiente información:
La literatura renacentista se desarrolló en Italia entre los siglos XV y XVI. Buscaba la renovación de
la cultura, promover el humanismo y destacaba las invenciones de la época, como la imprenta. A pesar
de surgir en medio de una sociedad plagada de tensión e incertidumbre, la divulgación del
conocimiento permitió combatir la ignorancia y la tradición popular.
El renacimiento, se presenta como un movimiento que valora al hombre como medida de todas las
cosas. Por tal motivo, los temas recurrentes son: el amor, que se convierte en el eje central de la
poesía lírica, que deja de lado a Dios como centro y reconoce a la mujer como objeto admiración; la
naturaleza que es idealizada por su belleza y por los sentimientos que genera su perfección; las gestas
de caballeros en donde las hazañas heroicas son elevadas al carácter del ideal que se aspira alcanzar y
la crítica social, en donde, por medio de las obras, se realiza una crítica de las estructuras sociales y del
poder imperante en el momento.
Entre los principales representantes de la literatura renacentista, se destacan:
• Dante Alighieri (1265 – 1321). La divina comedia.
• Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527). El príncipe.
• Miguel Cervantes (1547 – 1616). Don Quijote de la Mancha.
• William Shakespeare (1564 – 1616). Romeo y Julieta.
• Tomás Moro (1478 – 1535). Utopía.
Actividad. Observa la imagen y describe el escenario en el que estos personajes se desenvuelven, así
como las problemáticas a las que se enfrentan.
Lee cuidadosamente el siguiente fragmento de la obra renacentista, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra.
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de escudo antiguo,
rocín flaco y galgo corredor. Llevaba una vida acomodada, aunque sin grandes lujos, y en su casa nunca faltó comida, ni ropa para
vestirse en los días de fiesta. Vivían con él un ama, que tenía más de cuarenta años, y una sobrina, que no llegaba a los veinte.
Había también un criado, que lo mismo ensillaba el rocín que podaba las viñas. Don Alonso Quijano, que así se llamaba el hidalgo,
tenía casi cincuenta años. Era fuerte pero flaco, de pocas carnes y cara delgada, gran madrugador y amigo de la caza. Como vivía de
rentas, es decir, sin trabajar, tenía mucho tiempo libre, y lo empleaba en leer libros de caballerías, con tanta afición que olvidó la
caza y hasta la administración de su casa, e incluso llegó a vender muchas de sus tierras para comprar todos los libros que pudo. Su
obsesión llegó al punto de hacerle perder el juicio a don Alonso, en su afán por comprender el sentido de semejantes lecturas, que
—por cierto— le gustaba compartir con el cura de su aldea, un hombre culto con quien discutía sobre cuál había sido el mejor
caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Leía tanto y dormía tan poco, que se le secó el cerebro y se volvió loco.
Cuando perdió la razón por completo, discurrió en el mayor disparate que jamás se le haya ocurrido a nadie: en irse por todo el
mundo para hacer frente a los más difíciles peligros, convertirse en caballero andante, defender a los débiles y luchar con justicia
Lee cuidadosamente el siguiente fragmento de la obra renacentista, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra.
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de escudo antiguo,
rocín flaco y galgo corredor. Llevaba una vida acomodada, aunque sin grandes lujos, y en su casa nunca faltó comida, ni ropa para
vestirse en los días de fiesta. Vivían con él un ama, que tenía más de cuarenta años, y una sobrina, que no llegaba a los veinte.
Había también un criado, que lo mismo ensillaba el rocín que podaba las viñas. Don Alonso Quijano, que así se llamaba el hidalgo,
tenía casi cincuenta años. Era fuerte pero flaco, de pocas carnes y cara delgada, gran madrugador y amigo de la caza. Como vivía de
rentas, es decir, sin trabajar, tenía mucho tiempo libre, y lo empleaba en leer libros de caballerías, con tanta afición que olvidó la
caza y hasta la administración de su casa, e incluso llegó a vender muchas de sus tierras para comprar todos los libros que pudo. Su
obsesión llegó al punto de hacerle perder el juicio a don Alonso, en su afán por comprender el sentido de semejantes lecturas, que
—por cierto— le gustaba compartir con el cura de su aldea, un hombre culto con quien discutía sobre cuál había sido el mejor
caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Leía tanto y dormía tan poco, que se le secó el cerebro y se volvió loco.
Cuando perdió la razón por completo, discurrió en el mayor disparate que jamás se le haya ocurrido a nadie: en irse por todo el
mundo para hacer frente a los más difíciles peligros, convertirse en caballero andante, defender a los débiles y luchar con justicia
Lee cuidadosamente el siguiente fragmento de la obra renacentista, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra.
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de escudo antiguo,
rocín flaco y galgo corredor. Llevaba una vida acomodada, aunque sin grandes lujos, y en su casa nunca faltó comida, ni ropa para
vestirse en los días de fiesta. Vivían con él un ama, que tenía más de cuarenta años, y una sobrina, que no llegaba a los veinte.
Había también un criado, que lo mismo ensillaba el rocín que podaba las viñas. Don Alonso Quijano, que así se llamaba el hidalgo,
tenía casi cincuenta años. Era fuerte pero flaco, de pocas carnes y cara delgada, gran madrugador y amigo de la caza. Como vivía de
rentas, es decir, sin trabajar, tenía mucho tiempo libre, y lo empleaba en leer libros de caballerías, con tanta afición que olvidó la
caza y hasta la administración de su casa, e incluso llegó a vender muchas de sus tierras para comprar todos los libros que pudo. Su
obsesión llegó al punto de hacerle perder el juicio a don Alonso, en su afán por comprender el sentido de semejantes lecturas, que
—por cierto— le gustaba compartir con el cura de su aldea, un hombre culto con quien discutía sobre cuál había sido el mejor
caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Leía tanto y dormía tan poco, que se le secó el cerebro y se volvió loco.
Cuando perdió la razón por completo, discurrió en el mayor disparate que jamás se le haya ocurrido a nadie: en irse por todo el
mundo para hacer frente a los más difíciles peligros, convertirse en caballero andante, defender a los débiles y luchar con justicia
Lee cuidadosamente el siguiente fragmento de la obra renacentista, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra.
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de escudo antiguo,
rocín flaco y galgo corredor. Llevaba una vida acomodada, aunque sin grandes lujos, y en su casa nunca faltó comida, ni ropa para
vestirse en los días de fiesta. Vivían con él un ama, que tenía más de cuarenta años, y una sobrina, que no llegaba a los veinte.
Había también un criado, que lo mismo ensillaba el rocín que podaba las viñas. Don Alonso Quijano, que así se llamaba el hidalgo,
tenía casi cincuenta años. Era fuerte pero flaco, de pocas carnes y cara delgada, gran madrugador y amigo de la caza. Como vivía de
rentas, es decir, sin trabajar, tenía mucho tiempo libre, y lo empleaba en leer libros de caballerías, con tanta afición que olvidó la
caza y hasta la administración de su casa, e incluso llegó a vender muchas de sus tierras para comprar todos los libros que pudo. Su
obsesión llegó al punto de hacerle perder el juicio a don Alonso, en su afán por comprender el sentido de semejantes lecturas, que
—por cierto— le gustaba compartir con el cura de su aldea, un hombre culto con quien discutía sobre cuál había sido el mejor
caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Leía tanto y dormía tan poco, que se le secó el cerebro y se volvió loco.
Cuando perdió la razón por completo, discurrió en el mayor disparate que jamás se le haya ocurrido a nadie: en irse por todo el
mundo para hacer frente a los más difíciles peligros, convertirse en caballero andante, defender a los débiles y luchar con justicia
Lázaro y el ciego
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino, cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par
de besos callados, y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta y, por
reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no
había piedra imán que así atrajese a sí como yo con una paja larga de centeno que para aquel
menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas
noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó
propósito y asentaba su jarro entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebía seguro.
Yo, que estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me
aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y
delicadamente, con una delgada tortilla de cera, taparlo. Y al tiempo de comer, fingiendo haber frío,
entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al
calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la
boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota que se perdía. Cuando el pobreto iba a
beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué
podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como
si no lo hubiera sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba
aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces
tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor,
sintió el desesperado ciego que ahora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con todas sus
fuerzas alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejó caer sobre mi boca ayudándose,
como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba,
antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con
todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo que me desatinó y sacó el sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él
se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los
cuales hasta hoy me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que
se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me
había hecho, y, sonriéndose decía:
-¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.
Lázaro y el ciego
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino, cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par
de besos callados, y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta y, por
reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no
había piedra imán que así atrajese a sí como yo con una paja larga de centeno que para aquel
menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas
noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó
propósito y asentaba su jarro entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebía seguro.
Yo, que estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me
aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y
delicadamente, con una delgada tortilla de cera, taparlo. Y al tiempo de comer, fingiendo haber frío,
entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al
calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la
boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota que se perdía. Cuando el pobreto iba a
beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué
podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como
si no lo hubiera sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba
aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces
tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor,
sintió el desesperado ciego que ahora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con todas sus
fuerzas alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejó caer sobre mi boca ayudándose,
como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba,
antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con
todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo que me desatinó y sacó el sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él
se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los
cuales hasta hoy me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que
se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me
había hecho, y, sonriéndose decía:
-¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, también conocida como Lazarillo de Tormes, es una obra de
autoría anónima escrita en el año 1554. Asimismo, se trata de la primera manifestación de la novela picaresca.
Actividad. Investiga las características de la novela picaresca.
Argumento de Lazarillo de Tormes
La novela Lazarillo de Tormes gira en torno a Lázaro, un niño ingenuo que, debido a las
adversidades y complejidades que atraviesa, se convierte en un joven pícaro que lucha por
sobrevivir.
Es un relato en primera persona en el que Lázaro cuenta la historia de su vida desde su infancia.
Cuando su padre fallece, su madre lo pone al servicio de un amo ciego.
Después, Lázaro pasa por un total de nueve amos, entre ellos: un escudero, un fraile y un clérigo.
Cada uno representa una crítica hacia la sociedad y, especialmente, hacia el clero.
Asimismo, el libro retrata la evolución de su protagonista, desde que es un joven ignorante hasta
que se convierte en un pícaro astuto que engaña a sus dueños para poder comer y beber.
Caracteristicas de la picaresca:
La obra está escrita en primera persona.
El protagonista y el narrador son la misma persona.
El protagonista y las situaciones son de tonos pícaros y burlescos contra la sociedad.
No existe un héroe, solo el pícaro que se asemeja a un antihéroe. El pícaro es la persona traviesa
e ignorante de los valores.
Los relatos cortos sólo tienen en común la presencia del protagonista.
El amor no es el tema principal.
El estilo es popular, por lo tanto, tiene un lenguaje sencillo y conciso inclinado al humor. En la
novela la presencia de refranes y dichos populares es significativa.
FRAGMENTO 1 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa
tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una
aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la
aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río. Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler
venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la
gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los
cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un
caballero que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo
se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y
metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la
Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias
curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de
día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame
con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile
queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos. De manera
que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y
ayudaba a calentar.
FRAGMENTO 1 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa
tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una
aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la
aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río. Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler
venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la
gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los
cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un
caballero que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo
se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y
metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la
Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias
curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de
día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame
con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile
queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos. De manera
que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y
ayudaba a calentar.
FRAGMENTO 1 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa
tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una
aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la
aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río. Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler
venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la
gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los
cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un
caballero que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo
se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y
metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la
Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias
curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de
día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame
con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile
queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos. De manera
que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y
ayudaba a calentar.
FRAGMENTO 2 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre,
y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la
de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y
mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le
comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi
amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi
madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo: — Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te
guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada
de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí
puesto, me dijo: — Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y
diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —
Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rio mucho la burla. Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije
entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.»
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jeringonza; y como me viese de buen ingenio,
holgábase mucho y decía: «Yo oro ni plata no te puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.» Y fue ansí, que,
después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y me adestró en la carrera de vivir.
FRAGMENTO 2 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre,
y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la
de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y
mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le
comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi
amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi
madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo: — Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te
guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada
de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí
puesto, me dijo: — Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y
diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —
Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rio mucho la burla. Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije
entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.»
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jeringonza; y como me viese de buen ingenio,
holgábase mucho y decía: «Yo oro ni plata no te puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.» Y fue ansí, que,
después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y me adestró en la carrera de vivir.
FRAGMENTO 2 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre,
y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la
de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y
mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le
comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi
amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi
madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo: — Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te
guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada
de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí
puesto, me dijo: — Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y
diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —
Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rio mucho la burla. Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije
entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.»
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jeringonza; y como me viese de buen ingenio,
holgábase mucho y decía: «Yo oro ni plata no te puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.» Y fue ansí, que,
después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y me adestró en la carrera de vivir.
FRAGMENTO 3 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Usaba poner cabe sí un jarrillo de cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y
tornábale a su lugar. Mas durome poco, que en los tragos conocía la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca
después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como
yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro,
chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende
en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las y atapábale con la, y así bebía. Yo, como estaba hecho
al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del
jarro hacerle una fuentecilla y agujero , y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de , taparlo; y, al tiempo de
comer, fingiendo haber , entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que
teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la
boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba
nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
–No diréis, tío, que os lo bebo yo –decía–, pues no le quitáis de la mano. Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que
halló la y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego otro , teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el
mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi puesta hacia el , un poco
los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí
venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca,
ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba,
antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que
en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande,
que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin
los cuales hasta hoy día me quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y
me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del
jarro me había hecho, y, sonriéndose, decía:
–¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud –y otros donaires que a mi gusto no lo eran
FRAGMENTO 3 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Usaba poner cabe sí un jarrillo de cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y
tornábale a su lugar. Mas durome poco, que en los tragos conocía la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca
después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como
yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro,
chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende
en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las y atapábale con la, y así bebía. Yo, como estaba hecho
al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del
jarro hacerle una fuentecilla y agujero , y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de , taparlo; y, al tiempo de
comer, fingiendo haber , entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que
teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la
boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba
nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
–No diréis, tío, que os lo bebo yo –decía–, pues no le quitáis de la mano. Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que
halló la y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego otro , teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el
mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi puesta hacia el , un poco
los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí
venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca,
ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba,
antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que
en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande,
que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin
los cuales hasta hoy día me quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y
me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del
jarro me había hecho, y, sonriéndose, decía:
–¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud –y otros donaires que a mi gusto no lo eran.
FRAGMENTO 4 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo
dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo esta muy madura,
desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornbase mosto y lo que a él se llegaba. Acordó de
hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y
golpes. Sentamonos en un valladar y dijo: "Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picaras una vez y yo otra;
con tal que me prometas no tomar cada vez mas de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte
no habrá engaño." Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudo de propósito y
comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no
me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el
racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo: "Lázaro, engañado me has: jurare yo a
Dios que has tu comido las uvas tres a tres.""No comí -dije yo-más ¿por qué sospecháis eso?" Respondió el sagacísimo
ciego: "¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas., a lo cual yo no respondí.
Reíme entre mí y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.
FRAGMENTO 4 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo
dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo esta muy madur a,
desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornbase mosto y lo que a él se llegaba. Acordó de
hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y
golpes. Sentamonos en un valladar y dijo: "Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picaras una vez y yo otra;
con tal que me prometas no tomar cada vez mas de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte
no habrá engaño." Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudo de propósito y
comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no
me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el
racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo: "Lázaro, engañado me has: jurare yo a
Dios que has tu comido las uvas tres a tres.""No comí -dije yo-más ¿por qué sospecháis eso?" Respondió el sagacísimo
ciego: "¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas., a lo cual yo no respondí.
Reíme entre mí y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.
FRAGMENTO 4 DEL TRATADO PRIMERO DE EL LAZARILLO DE TORMES
Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo
dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo esta muy madura,
desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornbase mosto y lo que a él se llegaba. Acordó de
hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y
golpes. Sentamonos en un valladar y dijo: "Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picaras una vez y yo otra;
con tal que me prometas no tomar cada vez mas de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte
no habrá engaño." Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudo de propósito y
comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no
me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el
racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo: "Lázaro, engañado me has: jurare yo a
Dios que has tu comido las uvas tres a tres.""No comí -dije yo-más ¿por qué sospecháis eso?" Respondió el sagacísimo
ciego: "¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas., a lo cual yo no respondí.
Reíme entre mí y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.