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Reich Chistopher - Las Reglas Del Engaño

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Annotation

Jonathan Ransom es un médico americano que, tras la muerte de su mujer


en lo que parece un accidente de montaña, sin saber muy bien cómo, se ve
acusado de participar en una conspiración terrorista. Convertido en el objetivo
tanto de unidades antiterroristas como de la CIA, e incluso de un misterioso
asesino, Ransom emprende una huida desesperada.
CHISTOPHER REICH

Las reglas del engaño

Traducción de Jesús de la Torre Olid

Espasa
Sinopsis

Jonathan Ransom es un médico americano que, tras la muerte de


su mujer en lo que parece un accidente de montaña, sin saber muy
bien cómo, se ve acusado de participar en una conspiración
terrorista. Convertido en el objetivo tanto de unidades
antiterroristas como de la CIA, e incluso de un misterioso asesino,
Ransom emprende una huida desesperada.

Título Original: Rules of deception


Traductor: de la Torre Olid, Jesús
Autor: Reich, Chistopher
©2008, Espasa
ISBN: 9788467029079
Generado con: QualityEbook v0.75
A mis hijas, Noelle y Katja,
que tantas alegrías me dan
Prólogo

La fría brisa se extendía por la llanura, arrastrando con sus corrientes a la


mariposa. El extraordinario insecto revoloteaba, subiendo, descendiendo en
picado, zigzagueando arriba y abajo. Era un bonito ejemplar, con alas de un
color amarillo intenso y un entramado de color negro, diferente al resto de las
mariposas de la zona. También tenía un nombre poco común: Papilio
Panoptes.
La mariposa sobrevoló el camino de la prisión, la valla electrificada y los
rollos de alambre de espino. Más allá de la valla hay un campo de flores
silvestres de tantas variedades y colores que llegan a aturdir. Por ningún sitio
se veía construcción alguna: no había casas ni graneros. Solamente los
montículos de tierra recién impactados, apenas distinguibles entre el manto de
flores, daban muestra del trabajo realizado recientemente.
A pesar del largo viaje la mariposa no prestó atención a las flores. No
buscaba el fuerte aroma de su polen ni el festival de su dulce néctar. Prefirió
volar más alto y parecía que el mismo aire la alimentaba.
Y ahí estaba, una reluciente bandera amarilla contra el pálido cielo invernal.
No aterrizó en un arbusto de lavanda para descansar. No bebió de ninguno de
los arroyos que descendían rápidos desde las agrestes y majestuosas montañas
corriendo a través de las fértiles praderas. De hecho ni una sola vez se
arriesgó a salir del perímetro de la valla de un kilómetro cuadrado exacto.
Contenta de poder planear por encima de los campos de colores vivos, voló de
un lado a otro, un día tras otro, una noche tras otra, sin comer, sin beber ni
descansar jamás.
Siete días después llegó del norte un intenso viento, el Nashi. Aquel viento
bramaba por los desfiladeros de las montañas y se precipitaba sobre las
praderas, tomando velocidad y fuerza y arrasando todo lo que encontraba en
su camino. La mariposa no podía luchar contra aquellas implacables
corrientes. Las vueltas en el interior de aquel perímetro la habían dejado
agotada y vulnerable. Un remolino de viento la levantó, la hizo dar más
vueltas y la estrelló contra el suelo, haciendo pedazos su frágil cuerpo.
Un guardia que patrullaba por el camino de la prisión vio el destello
amarillo entre la suciedad y paró su vehículo todoterreno. Se acercó con
sigilo, arrodillándose sobre la hierba que le llegaba hasta los tobillos. No se
parecía a ninguna mariposa que hubiera visto antes. Para empezar, era más
grande. Sus alas eran rígidas, con trozos dentados de un metal muy fino que
sobresalían de su piel sedosa. Su tórax velloso estaba partido en dos y unido
por un cable verde. La recogió y la examinó con desconcierto. Como todos los
que trabajaban en la prisión, él era ante todo un ingeniero y, sólo a
regañadientes, un soldado. Lo que vio le dejó conmocionado.
En el interior del tórax había una batería dentro de una cápsula de aluminio
no más grande que un grano de arroz y, unido a ella, un transmisor de
microondas. Con la uña del dedo pulgar quitó la piel de las antenas, dejando al
descubierto un racimo de cables de fibra óptica tan finos como el cabello
humano.
«No», se dijo a sí mismo. No podía ser. No tan pronto.
De repente se puso a correr hacia el todoterreno. Las palabras se le
agolpaban en la mente. Explicaciones. Teorías. Nada tenía sentido. Tropezó
con una piedra y cayó al suelo. Gritando por el dolor de sus pies se apresuró
hacia el vehículo. Cada minuto que pasara era vital.
Le temblaba la mano mientras llamaba por radio a sus superiores.
—Nos han encontrado.
1

Jonathan Ransom quitó el hielo de los anteojos y miró al cielo. «Si esto
empeora —pensó— tendremos problemas». La nieve caía con más fuerza. Un
viento enmarañado hacía que el hielo y la arena le azotaran la cara con
brusquedad. Los conocidos picos escarpados que rodeaban el alto valle alpino
habían desaparecido tras un ejército de nubes amenazantes.
Levantó un esquí, luego el otro, inclinándose hacia delante mientras subía
por la ladera. La piel de foca y nailon que cubría la parte inferior de sus esquís
se agarraba a la nieve. Las fijaciones de los esquís le permitían andar a
zancadas. Era un hombre alto de treinta y siete años, de cintura estrecha y
hombros anchos. Su gorro ajustado de lana escondía un cabello
prematuramente encanecido. Las gafas de sol para la nieve protegían unos
ojos negros. Sólo quedaban a la vista unos labios definidos y unas mejillas
ásperas con barba de dos días. Vestía su vieja chaqueta del uniforme de
policía de montaña. Nunca subía sin ella.
Por debajo de él, su mujer, Emma, embutida en un anorak rojo y unos
pantalones negros, subía por la ladera con dificultad. Su paso era irregular.
Daba tres pasos y descansaba. Dos pasos y descansaba. Sólo habían hecho la
mitad del camino y ya parecía agotada.
Jonathan puso sus esquís en posición perpendicular a la colina y clavó los
palos en la nieve.
—¡Quédate ahí! —gritó ahuecando sus manos alrededor de la boca. Esperó
una contestación, pero su mujer no había oído su voz por encima del aullido
del viento. Con la cabeza gacha, continuó su tambaleante ascenso.
Jonathan esquivó su camino por la pendiente. Era inclinado y estrecho,
bordeado a un lado por una pared de roca escarpada y al otro por un barranco
empinado. Muy por debajo, posado sobre una amplia ladera, podía verse
intermitentemente el pueblo de Arosa, en el cantón oriental suizo de
Graubünden, que parpadeaba por debajo de los estratos de nubes que se
movían a gran velocidad.
—¿Siempre fue tan duro? —preguntó Emma cuando él llegó a su lado.
—La última vez me ganaste.
—La última vez fue hace ocho años. Me estoy haciendo vieja.
—Sí, treinta y dos años. El típico dinosaurio. Espera a llegar a mi edad, ahí
sí que empieza la cuesta abajo. —Buscó en su mochila una botella de agua y
se la ofreció—. ¿Cómo te encuentras?
—Medio muerta —dijo, inclinándose sobre los palos—. Es hora de llamar a
los sherpas.
—Te has equivocado de país. Aquí lo que hay son gnomos. Son más
inteligentes, pero ni la mitad de fuertes. Estamos solos.
—¿Estás seguro?
Jonathan asintió.
—Tienes demasiado calor. Quítate el gorro un minuto y bebe todo lo que
puedas.
—Sí, doctor. Ahora mismo.
Emma se quitó el gorro de lana y bebió de la botella con avidez.
En su mente Jonathan guardaba la imagen de ella en aquella misma montaña
ocho años atrás. Fue su primera escalada juntos. Él, un cirujano recién
estrenado que acababa de llegar de su primer destino en África con Médicos
Sin Fronteras; ella, una voluntariosa enfermera que había vuelto convertida en
su esposa. Antes de empezar le había preguntado si había escalado con
anterioridad. «Un poco —respondió ella—. Nada importante». En poco
tiempo le había machacado en su subida a la cima, alardeando de sus
habilidades como alpinista experta.
—Ya estoy mejor —dijo Emma, pasándose una mano por su indomable
cabello de color caoba.
—¿Estás segura?
Emma sonrió, pero sus ojos de color avellana expresaban cansancio.
—Lo siento —dijo.
—¿Por qué?
—Por no estar tan en forma como debiera. Por hacer que vayamos más
despacio. Por no haber venido contigo en los últimos años.
—No seas tonta. Me alegra que hayas venido.
Emma levantó la cara y le besó.
—Yo también.
—Mira —le dijo en un tono más serio—. Se está poniendo feo aquí fuera.
Estoy pensando que quizá deberíamos volver.
Emma le lanzó la botella.
—De ninguna de las maneras, chaval. Una vez te gané subiendo esta colina.
Mira cómo lo hago de nuevo.
—¿Quieres que nos apostemos dinero?
—Algo mejor.
—¿Sí?
Jonathan dio un trago pensando que era bueno que ella volviera a hablar en
broma. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Seis meses? Quizá un año, desde que
habían comenzado los dolores de cabeza y Emma se había acostumbrado a
recluirse en habitaciones oscuras durante horas cada vez que le dolía. No
estaba seguro de la fecha. Sólo sabía que fue antes de lo de París, y aquello
había sido el pasado julio.
Se subió la manga y repasó las distintas funciones de su reloj Suunto.
Altitud: 2.804 metros. Temperatura: diez grados centígrados bajo cero.
Presión: novecientos milibares y cayendo. Miró los números casi sin creer lo
que veía. La presión estaba cayendo en picado.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma.
Jonathan metió la botella de agua en la mochila.
—La tormenta va a empeorar. Tenemos que seguir. ¿Seguro que no quieres
que nos volvamos?
Emma sacudió la cabeza. Esta vez sin orgullo. Sólo con determinación.
—De acuerdo —dijo—. Ve tú delante. Yo iré detrás de ti. Dame un minuto
para ajustarme los esquís.
Jonathan se arrodilló y vio cómo la nieve caía sobre los extremos de sus
esquís. En pocos segundos quedaron cubiertos. Los extremos empezaron a
temblar y se olvidó de las fijaciones de los esquís.
Se levantó con cautela. Por encima de él, la pared norte del Furka, un muro
de roca y hielo que se levantaba trescientos metros hasta su escarpada cumbre
de piedra caliza. Los vientos dominantes habían amontonado los copos de
nieve contra la base de la pared, formando un muro alto y extenso que parecía
hundido e inestable. «Cargado», como se diría en la jerga de los montañeros.
A Jonathan se le secó la garganta. Era un montañero experimentado. Había
escalado en los Alpes, en las Montañas Rocosas e incluso en el Himalaya
durante una temporada. Había pasado más de un apuro. Había sobrevivido
cuando otros no lo habían conseguido. Sabía cuándo tenía que preocuparse.
—¿No lo notas? —preguntó—. Está empezando a resquebrajarse.
—¿Has oído algo?
—No, todavía no. Pero...
En algún lugar ahí fuera..., en algún lugar por encima de ellos... el sonido de
un trueno lejano retumbaba entre las cumbres. La montaña se estremeció.
Pensó en la nieve del Furka. En los días de frío intenso se había congelado,
convirtiéndose en un bloque gigante que pesaba miles de toneladas. No eran
truenos lo que oía, sino el ruido del bloque que se agrietaba y se rompía,
liberándose de la nieve más antigua y dura que había debajo.
Jonathan levantó la mirada hacia la montaña. Ya había quedado atrapado
por un alud en una ocasión. Permaneció once minutos bajo la superficie,
sepultado en la oscuridad, incapaz de mover una mano, ni tan siquiera un
dedo, con demasiado frío para sentir que se le había salido la pierna de su
articulación y retorcido hacia atrás, de manera que la rodilla se quedó a pocos
centímetros de la oreja. Sobrevivió porque un amigo había visto la cruz de su
chaqueta de policía un momento antes de quedar enterrado.
Pasaron diez segundos. El ruido se desvaneció. El viento amainó y empezó
a reinar una tranquilidad espeluznante. Sin decir una palabra sacó la cuerda
que llevaba enrollada en la cadera y ató un extremo alrededor de la cintura de
Emma. La retirada dejó de ser una opción. Tenían que apartarse de la
trayectoria del alud que se avecinaba. Haciéndole señas con las manos le
indicó que tomarían un camino directamente hacia arriba de la ladera y que
ella tenía que seguirle de cerca.
—¿De acuerdo? —le preguntó haciéndole una señal.
—De acuerdo —fue la respuesta.
Jonathan inició la marcha poniendo los esquís en dirección a lo alto de la
colina. La pared se levantaba de forma abrupta, siguiendo el flanco de la
montaña. Mantuvo un ritmo agotador. Cada pocos pasos miraba hacia atrás
para ver por dónde iba Emma, a no más de cinco pasos por detrás. El viento
cobró fuerza y cambió hacia el este. La nieve azotaba en horizontal,
abriéndose camino entre los pliegues de la ropa. Dejó de sentir los dedos de
los pies. Los de las manos se entumecieron y acartonaron. La visibilidad
disminuyó de cinco a tres metros y poco después no veía más allá de la punta
de su nariz. Sólo el escozor de los muslos le decía que estaba avanzando
cuesta arriba y alejándose del barranco.
Llegó a la cumbre una hora después. Exhausto, ancló los esquís y ayudó a
Emma a subir los últimos metros. Ella, levantando sus esquís por encima del
borde, cayó en sus brazos. Jadeaba mientras tragaba saliva con espasmos. Él
la abrazó con fuerza hasta que recobró el aliento y pudo sostenerse en pie por
sí misma.
En el puerto que se formaba entre dos picos, el viento les golpeaba con la
furia de un motor a reacción. Sin embargo el cielo se había despejado en parte
y Jonathan pudo ver fugazmente el valle que conducía al pueblo de
Frauenkirch y, más allá, Davos.
Esquió hacia el otro lado de la cima y miró por encima de la cornisa. Seis
metros más abajo una rampa de nieve caía en picado como el hueco de un
ascensor entre los salientes de las rocas.
—Es la pendiente de Roman. Si podemos bajar por aquí, no nos pasará
nada.
Roman formaba parte de la tradición popular de la zona, y se llamó así en
memoria de un guía que murió por un alud mientras descendía por ella. Emma
abrió los ojos de par en par. Miró a Jonathan y sacudió la cabeza.
—Demasiado empinado.
—Hemos hecho cosas más difíciles.
—No, Jonathan..., mira el desnivel. ¿No hay otra forma de bajar?
—Hoy no.
—Pero...
—Pues... o bajamos de esta cima o morimos congelados.
Ella se acercó más al borde, estirando el cuello para poder ver bien lo que
había abajo. Retrocedió dejando caer el mentón sobre su pecho.
—¡Qué demonios! —dijo, con muy poca convicción—. Estamos aquí.
Hagámoslo.
—No es más que un pequeño descenso, un salto rápido y muy fácil. Como
te he dicho, hemos hecho cosas más difíciles.
Emma asintió con más seguridad. Y por un momento pareció que no pasaba
nada, que no estaban a punto de congelarse y que toda la vida había estado
esperando a probarse a sí misma bajando por esta rampa casi suicida.
—De acuerdo.
Jonathan se quitó los esquís y les sacó la piel de foca. Utilizando uno de los
esquís como si fuera un hacha, cortó un bloque de nieve de casi un metro
cuadrado y lo lanzó por el filo. El bloque cayó por la pendiente dando vueltas
montaña abajo. A un lado y a otro caían estelas de nieve con suavidad, pero la
pendiente se mantenía firme.
—Sígueme —dijo—. Yo iré señalando el camino.
Emma se puso a su lado dejando los extremos de sus esquís suspendidos en
el aire por encima de la cornisa.
—Colócate detrás —dijo él poniéndose rápidamente los esquís. Ella tenía
esa mirada. Ni siquiera necesitaba mirarla para saberlo. Podía sentirlo—. Deja
que yo vaya primero.
—No puedo dejar que hagas tú todo el trabajo.
—¡No pienses en eso!
—El último pierde, ¿recuerdas?
—¡Eh..., no!
Emma se lanzó, quedando suspendida en el aire un momento, y cayó sobre
la pendiente golpeando sus esquís en el hielo con un chisporroteo. Aterrizó
con torpeza y atravesó la rampa a la velocidad de un rayo con los esquís
ligeramente ladeados, ejerciendo una fuerte presión sobre la nieve. Llevaba
las manos demasiado altas; su cuerpo, demasiado alejado de los esquís.
Parecía estar fuera de control. Los ojos de Jonathan se dirigieron rápidamente
a las rocas que bordeaban la pendiente. «¡Gira!», gritó una voz en su interior.
Había treinta metros entre ella y las rocas. Quince. Un instante después hizo
un giro perfecto y cambió bruscamente de dirección.
Jonathan respiró.
Emma aceleró por la pendiente e hizo otro giro perfecto. Dejó caer las
manos a los lados. Flexionó las piernas para amortiguar los baches que
estuvieran ocultos. Había desaparecido todo indicio de fatiga.
Él levantó un puño victorioso. Lo había conseguido. Treinta minutos
después estarían sentados a una mesa del restaurante Staffelalp de Frauenkirch
con dos humeantes cafés Lutz delante de ellos, riéndose del día que habían
pasado y fingiendo que nunca habían corrido ningún peligro. Ninguno de
verdad. Más tarde irían al hotel, se meterían en la cama y...
Emma se cayó al hacer el tercer giro.
O tropezó con el canto de una roca o giró medio segundo tarde, clavando
sus esquís contra las rocas. El estómago de Jonathan se contrajo. Vio
horrorizado cómo ella iba dejando una señal por el centro de la pendiente. Sus
manos se agarraban a la nieve, pero la pendiente era demasiado empinada.
Demasiado helada. Iba cada vez más rápido. Al golpearse contra un bache, su
cuerpo salió disparado como si fuera una muñeca de trapo. Aterrizó con una
pierna torcida debajo de su cuerpo. Hubo una explosión de nieve. Sus esquís
salieron volando como si hubieran sido lanzados por un cañón. Comenzó a
dar vueltas sobre sí misma, como una estrella de mar, con los brazos y las
piernas abiertas.
—¡Emma! —gritó él, lanzándose pendiente abajo.
Esquió sin preocuparse de cómo lo hacía, con los brazos abiertos para
mantener el equilibrio, el cuerpo tenso, desafiando a la colina. Un velo de
niebla atravesó la pendiente y por un momento se perdió en la blancura, sin
ver nada, sin saber si subía o bajaba. Enderezó los esquís y se lanzó a través
de aquella nube.
Emma yacía al final de la pendiente, tumbada boca abajo, con la cabeza
debajo de los pies y la cara hundida en la nieve. Se detuvo a tres metros de
ella. Se quitó los esquís y dio grandes zancadas de patizambo por la nieve
mientras sus ojos buscaban cualquier viso de movimiento.
—Emma —dijo con determinación—, ¿puedes oírme?
Se quitó la mochila, cayó de rodillas y le quitó la nieve de la boca y la nariz.
Al poner la mano sobre su espalda sintió que el pecho subía y bajaba. Su
pulso era firme y constante. En la mochila tenía una bolsa de malla de nailon
con una gorra, manoplas, gafas protectoras y una camisa impermeable. Dobló
la camisa y la colocó debajo de la mejilla.
En ese momento Emma se movió.
—Mierda —murmuró.
—Quédate quieta —le ordenó él con voz de médico de urgencias. Le pasó
una mano por los pantalones desde la cadera hacia abajo. De repente la cara
de ella se retorció de dolor.
—No... ¡Para!—gritó.
Jonathan retiró las manos. Unos centímetros por encima de la rodilla había
algo duro que presionaba la tela de los pantalones. Observó aquel monstruoso
bulto. Aquello sólo podía significar una cosa.
—Está rota, ¿verdad? —Los ojos de Emma estaban muy abiertos y
parpadeaba con rapidez—. No puedo mover los dedos de los pies. Siento
como un manojo de cables sueltos ahí abajo. Me duele, Jonathan. Me duele de
verdad.
—Tranquila, déjame echar un vistazo.
Hizo un corte en los pantalones con su navaja suiza y separó el tejido con
cuidado. El hueso astillado sobresalía de su ropa interior térmica. La tela que
lo rodeaba estaba cubierta de sangre. Había sufrido una fractura abierta de
fémur.
—¿Está muy mal? Dime la verdad —preguntó Emma.
—Bastante —dijo él como si se tratara de una pequeña fractura. Sacó cinco
analgésicos y la ayudó a beber un sorbo de agua. Después cerró la rasgadura
de sus pantalones con la cinta adhesiva que llevaba en el botiquín—. Tengo
que ponerte boca arriba y mirando pendiente abajo, ¿de acuerdo?
Emma asintió.
—Primero voy a entablillarte la pierna. No quiero que ese hueso se mueva.
Por ahora quédate quieta.
—Por Dios, Jonathan, ¿te parece que voy a ir a algún sitio?
Jonathan caminó cuesta arriba para recuperar sus esquís y sus palos.
Después de poner un palo a cada lado de la pierna cortó un poco de la cuerda
de alpinismo, ató uno de los extremos y la pasó alrededor del muslo y la
pantorrilla. Se arrodilló a su lado y le dio su cartera de piel.
—Toma.
Ella la sujetó entre los dientes.
Jonathan tensó la cuerda despacio hasta que los palos abrazaron el miembro
roto. Emma contuvo la respiración. Ató el otro extremo de la cuerda y a
continuación colocó a Emma boca arriba y giró su cuerpo de modo que la
cabeza quedara por encima de los pies. Después amontonó nieve para que ella
pudiera incorporarse.
—¿Mejor? —preguntó.
Emma hizo una mueca de dolor mientras una lágrima resbalaba por su
mejilla.
Él le tocó el hombro.
—De acuerdo, vamos a buscar ayuda. —Sacó de su chaqueta el
radiotransmisor—. Servicio de rescate de Davos —dijo poniéndose de
espaldas al viento—. Tengo que informar de una emergencia. Esquiadora
herida en la ladera sur del Furka al pie de Roman. Cambio.
El silencio dio la bienvenida a su llamada.
—Servicio de rescate de Davos —repitió—. Tengo una emergencia y
necesito ayuda inmediata. Respondan.
Un ruido de ventisca respondió. Volvió a intentarlo. Una vez más no hubo
respuesta.
—Es este tiempo —dijo Emma—. Prueba con otro canal.
Jonathan cambió a otro canal. Años antes había trabajado como instructor
de esquí y como policía de montaña en los Alpes y había programado la radio
con las frecuencias de todos los servicios de rescate de la zona —Davos,
Arosa y Lenzerheide— así como de la Kantonspolizei del Club Alpino de
Suiza y del REGA, el equipo de helicópteros de rescate que los esquiadores y
alpinistas conocen como «carro de la carne».
—Servicio de rescate de Arosa. Esquiadora herida en la ladera sur del
Furka. Necesitamos ayuda inmediata.
Tampoco hubo respuesta. Se acercó más la radio a la boca. La luz de
encendido apenas brillaba. Golpeó la radio contra su pierna. La luz parpadeó y
se apagó.
—Está averiada.
—¿Averiada? ¿La radio? ¿Cómo es posible? Vi cómo la probabas anoche.
—Funcionaba bien.
Jonathan encendió y apagó el aparato varias veces, pero la luz de la clavija
se negó a volver a la vida.
—¿Son las pilas?
—No lo entiendo. Ayer le puse unas nuevas. —Se quitó los guantes y
examinó el interior del aparato—. No son las pilas —dijo—. Son los cables.
El motor no se sujeta al transmisor.
—Sujétalo tú.
—No puedo. Aquí no. Ni siquiera estoy seguro de poder hacerlo si tuviera
las herramientas.
Lanzó el radiotransmisor al interior de la bolsa.
—¿Y el teléfono? —preguntó Emma.
—¿Qué pasa con el teléfono? Aquí arriba no hay cobertura.
—Inténtalo —le ordenó ella.
El icono de la cobertura del teléfono móvil de Jonathan mostraba una antena
parabólica atravesada por una línea gruesa. De todos modos marcó el teléfono
del REGA. No consiguió hacer la llamada.
—Nada. Es un agujero negro.
Emma lo miró un momento y él notó cómo se esforzaba por mantener la
calma.
—Pero tenemos que hablar con alguien.
—No hay nadie con quien podamos hablar.
—Vuelve a probar con la radio.
—¿Para qué? Te lo he dicho. Está averiada.
—¡Hazlo!
Jonathan se arrodilló a su lado.
—Mira, todo va a salir bien —le dijo, con la voz más tranquila que fue
capaz de mostrar—. Voy a bajar y volveré con ayuda. Mientras tengas tu
transmisor de emergencia no tendré ningún problema para encontrarte.
—No puedes dejarme aquí. No encontrarás el camino de vuelta, ni siquiera
con la baliza. No puedes ver más allá de seis metros en ninguna dirección. Me
congelaré. No podemos... No puedo... —Sus palabras se desvanecieron. Dejó
caer la cabeza sobre la nieve y giró la cara de modo que él no pudiera ver que
estaba llorando—. Casi lo consigo, ¿sabes? Ese último giro... Me demoré sólo
un poco...
—Escúchame: te pondrás bien.
Emma levantó la vista y lo miró.
—¿De verdad?
Jonathan le enjugó las lágrimas de la mejilla.
—Te lo prometo —dijo.
Buscó en su mochila, sacó un termo y le sirvió una taza de té caliente.
Mientras ella bebía, cogió sus esquís y los colocó en la nieve detrás de su
mujer, formando una X de modo que pudiera verlos desde la distancia. Se
quitó la chaqueta de patrullero de montaña y la colocó sobre su pecho. Se
quitó el gorro y se lo puso a Emma, tirando para abajo para que le cubriera el
cuello. Por último sacó la manta de la mochila y se la pasó con cuidado por
debajo de la espalda y alrededor del cuello. Podía leerse en ella la palabra
SOCORRO en letras grandes y fluorescentes de color naranja para que
sirviera de ayuda en caso de evacuación por aire. Pero hoy no volaría ningún
helicóptero.
—Bebe un sorbo de té cada quince minutos —dijo, cogiéndola de la mano
—, come y, sobre todo, no te duermas.
Emma asintió, apretando la mano de él como si fuera un torno.
—Acuérdate del té —insistió—. Cada quince...
—Cállate y vete —dijo ella. Le dio un último apretón a la mano y la soltó
—. Vete antes de que me asustes más.
—Volveré lo antes que pueda.
Emma le miró a los ojos.
—Y Jonathan..., no te muestres tan inseguro. Nunca has roto una promesa.
2

Trescientos kilómetros al oeste de Davos, en el aeropuerto de Berna-Belp de


las afueras de la capital del país, había nevado desde por la mañana.
Amenazantes quitanieves CAT retumbaban mientras subían y bajaban por las
pistas, formando montañas con la nieve que recogían, feas imitaciones de los
Alpes, y depositándolas en las salidas de las pistas de velocidad.
En el lado oeste de la pista uno-cuatro se apiñaba un grupo de hombres con
la mirada puesta en el cielo. Eran policías que esperaban el aterrizaje de un
avión. Habían venido a realizar una detención.
Uno de ellos se mantenía un poco apartado de los demás. Marcus von
Daniken era un hombre de cincuenta años, bajo, de apariencia dura con barba
oscura de granadero de varios días y una boca con expresión torva y enfadada.
En los últimos seis años había dirigido el Servicio de Análisis y Protección,
más conocido como el SAP. La tarea del SAP era salvaguardar la seguridad
interna del país contra extremistas, terroristas y espías. En Estados Unidos
cumplía el mismo papel el FBI y en el Reino Unido el MI5. En aquel
momento Von Daniken estaba tiritando. Esperaba que el avión aterrizara
pronto.
—¿Cuáles son las condiciones meteorológicas? —preguntó al hombre que
tenía a su lado, un comandante de la guardia fronteriza.
—En diez minutos cerrarán el campo. La visibilidad es una mierda.
—¿Cuál es la situación del avión?
—Un motor averiado —dijo el comandante—. El otro se está recalentando.
La nave acaba de girar para su acercamiento definitivo.
Von Daniken examinó el cielo. Algo elevadas de la pista parpadeaban entre
la niebla las luces amarillas de aterrizaje. Unos minutos después el avión salía
de la niebla y se hacía visible. Se trataba de un Gulfstream G-4 que volaba
desde Estocolmo. Su número de cola, N415GB, era conocido por los servicios
de inteligencia de todas las naciones occidentales. El mismo avión había
llevado a Abu Omar, el imán musulmán radical al que habían hecho
desaparecer de las calles de Milán en febrero de 2003, trasladándolo de Italia
a Alemania y finalmente a Egipto para someterlo a un interrogatorio realizado
por sus compatriotas.
También había transportado a un ciudadano alemán de origen libanés, un tal
Khaled El-Masri, arrestado en Macedonia, hasta la prisión de Salt Pit en la
base aérea de Bagram, en las afueras de Kabul, Afganistán, donde se
descubrió que no se trataba del Khaled El-Masri que buscaban por su relación
con acciones terroristas.
Un éxito, un fracaso. «Es el promedio vigente en este momento», pensó Von
Daniken. Lo importante era mantenerse en la mesa y seguir jugando.
El avión golpeó el asfalto con fuerza. Hielo y agua salieron despedidos de
las ruedas. El motor rugía mientras sus reflectores se colocaban en su sitio.
—Cabrones engreídos —farfulló un hombre delgado y algo demacrado, de
pelo bastante largo y pelirrojo y gafas redondas de profesor—. Estoy
deseando ver sus caras. En poco tiempo les daremos una lección.
Su nombre era Alphons Marti y era el ministro de Justicia de Suiza.
Marti había representado a Suiza como corredor de maratón en los Juegos
Olímpicos de Seúl de 1988. Entró en último lugar en el estadio, con las
piernas correosas por el calor, moviéndose de un lado a otro como un
borracho tras una juerga de tres días. El personal médico de urgencias trató de
detenerlo, pero, de algún modo, consiguió alejarse de ellos. Un paso después
de la meta se desplomó y fue llevado de inmediato al hospital. Algunas
personas lo veían como un héroe. Otros tenían un punto de vista distinto y
hablaban en voz baja de un aficionado que se hacía pasar por profesional.
—No debe haber errores —siguió diciendo Marti, agarrando del brazo a
Von Daniken—. Está en juego nuestra reputación. Suiza no permite este tipo
de cosas. Somos un país neutral. Es hora de tomar partido y probarlo, ¿no lo
cree?
Von Daniken era lo bastante viejo y sabio para no contestar. Se llevó la
radio a la boca.
—Que nadie encienda las luces hasta que dé la orden —advirtió.
A treinta metros, escondida detrás de una valla cuadriculada, una pequeña
flota de vehículos policiales esperaba la señal para entrar. Von Daniken echó
una mirada a la izquierda. Otra barricada ocultaba un camión blindado en
cuyo interior había diez guardias fronterizos fuertemente armados. Él había
protestado contra esa exhibición de fuerza, pero Marti se opuso. El ministro
de Justicia llevaba esperando este día desde hacía mucho tiempo.
—El piloto ha solicitado el desembarque del avión —dijo el comandante de
la guardia fronteriza—. La torre le está dirigiendo hacia la rampa de la
aduana.
Von Daniken y Marti subieron a un vehículo sin identificación y se
dirigieron hacia el lugar designado. Los demás los seguían en un segundo
coche. El Gulfstream se apartó de la pista y se acercó a la rampa de la aduana.
Von Daniken esperó a que el avión se detuviera del todo.
—Todas las unidades: adelante.
Luces azules y blancas iluminaron el cielo de color pizarra. Los agentes de
la policía salieron rápidamente de sus escondites y rodearon el avión. El
camión blindado ocupó su lugar y un soldado cubría la cubierta con un
revólver del calibre 50. Los comandos de maniobras de asalto salieron de los
vehículos y formaron un semicírculo alrededor del avión, con las
ametralladoras encajadas en sus pechos y apuntando a la puerta delantera.
«Todo este circo por un simple fax», pensó Von Daniken mientras salía del
coche y comprobaba su pistola para asegurarse de que no tenía ninguna bala
en la recámara y que el seguro estaba puesto.
Tres horas antes, Oynx, el sistema de escuchas telefónicas por satélite
patentado por Suiza, había interceptado un fax enviado desde la embajada
siria en Estocolmo a su homóloga en Damasco en el que daba la lista de
pasajeros de un avión con destino a Oriente Medio. Había cuatro personas a
bordo: el piloto, el copiloto y dos pasajeros. Uno era un representante del
gobierno de Estados Unidos; el otro, un terrorista buscado por las autoridades
del orden público de doce países occidentales. La noticia pasó por la cadena
de mando a los pocos minutos de ser recibida. Se envió una copia por correo
electrónico a Von Daniken y otra a Marti.
Y ahí quedó todo. Un asunto más de inteligencia que había que resumir y
clasificar como «no es necesario tomar medidas adicionales». Es decir, hasta
que el vuelo en cuestión llamó por radio al control del tráfico aéreo suizo
informando de la avería de un motor y solicitando un aterrizaje de
emergencia.
La puerta delantera del avión se abrió hacia fuera y del fuselaje salió una
escalerilla. Marti subió rápidamente y Von Daniken le siguió. El piloto
apareció en la entrada. El Justizminister le enseñó una orden de registro y se
la entregó para que la examinara.
—Tenemos información de que lleva a un prisionero, contraviniendo el
Convenio de Ginebra sobre derechos humanos.
El piloto apenas echó una ojeada al documento.
—Está en un error —dijo—. No llevamos a nadie a bordo aparte de mi
copiloto y el señor Palumbo.
—No hay ningún error —dijo Marti, dejando a un lado al piloto y entrando
en el avión—. El territorio suizo no será utilizado para la práctica de traslados
irregulares de personas. Inspector jefe Von Daniken, registre el avión.
Von Daniken caminó por el pasillo del avión. Había un único pasajero
sentado en uno de los grandes asientos de piel. Un hombre blanco de unos
cuarenta años, con la cabeza afeitada, unos hombros fuertes y unos fríos ojos
grises. A primera vista parecía un hombre de mundo, alguien que puede
arreglárselas solo. Desde su ventanilla tenía una visión despejada de las tropas
de asalto que rodeaban el avión. No parecía estar excesivamente preocupado.
—Buenas tardes —dijo Von Daniken en un inglés bueno aunque con mucho
acento—. ¿Es usted el señor Palumbo?
—¿Y usted es...?
Von Daniken se presentó y le enseñó su identificación.
—Tenemos motivos para sospechar que están transportando en este vuelo a
un prisionero llamado Walid Gassan. ¿Estoy en lo cierto?
—No, señor, no lo está —Palumbo se cruzó de piernas y Von Daniken se
dio cuenta de que llevaba botas de puntera sólida.
—¿Entonces no le importará que registremos el avión?
—Esto es territorio suizo. Puede hacer lo que le plazca.
Von Daniken ordenó al pasajero que permaneciera en su asiento hasta que
hubieran terminado el registro, después siguió caminando hacia la parte
trasera del avión. Había platos y vasos apilados en el fregadero de la cocina.
Contó cuatro cubiertos: piloto, copiloto, Palumbo. Faltaba alguien.
Inspeccionó el retrete y después abrió la escotilla de popa e inspeccionó la
bodega de equipajes.
—Nadie —informó por radio a Marti—. El compartimento de pasajeros y la
zona de carga están despejados.
—¿Cómo que despejados? —preguntó Marti—. No puede ser.
—A menos que lo tengan escondido en una maleta, no está a bordo del
avión.
—Siga mirando.
Von Daniken hizo una segunda ronda por la zona de carga, examinando los
compartimentos vacíos. Al no encontrar nada cerró la puerta de popa y volvió
al compartimento de pasajeros.
—¿Ha examinado todo el avión? —preguntó Marti, que permanecía de pie
con los brazos cruzados junto al capitán.
—De principio a fin. No hay más pasajeros a bordo aparte del señor
Palumbo.
—Imposible. —Marti lanzó una mirada acusadora a Von Daniken—.
Tenemos pruebas de que el prisionero está a bordo.
—¿Y qué pruebas son ésas? —preguntó Palumbo.
—No juegue conmigo —dijo Marti—. Sabemos quién es usted..., para quién
trabaja.
—Lo sabe, ¿verdad? Entonces supongo que puedo decírselo.
—¿Decirnos qué? —reclamó Marti.
—El tipo al que buscan... Le dejamos marchar hace treinta minutos cuando
sobrevolábamos aquellas montañas tan grandes que ustedes tienen. Dijo que
siempre quiso ver los Alpes.
Marti abrió los ojos de par en par.
—Ustedes no han hecho eso.
—Puede que eso haya sido lo que ha atascado el motor. O eso o una oca.
Palumbo miró por la ventanilla, moviendo la cabeza mientras se reía.
Von Daniken llevó a Marti a un lado.
—Parece que nuestra información era incorrecta, Herr Justizminister. No
hay ningún prisionero a bordo.
Marti le devolvió la mirada blanco de rabia. Le atravesó una corriente que
hizo temblar sus hombros. Salió del avión saludando con la cabeza al
pasajero.
Un comando permanecía en la puerta. Von Daniken le hizo una señal para
que se fuera. Esperó a que el soldado hubiera desaparecido escaleras abajo
antes de volver su atención hacia Palumbo.
—Estoy seguro de que nuestros mecánicos podrán arreglar el motor en el
menor tiempo posible. En caso de que el mal tiempo continúe y el aeropuerto
permanezca cerrado, el Hotel Rossli que está más abajo es bastante cómodo.
Por favor, acepte nuestras disculpas por las molestias ocasionadas.
—Disculpas aceptadas —dijo Palumbo.
—Por cierto —añadió von Daniken—, por casualidad encontré esto en el
suelo. —Se inclinó dejando caer algo pequeño y duro en la mano del oficial
de la CIA—. Confío en que nos hará llegar cualquier información que nos
concierna.
Palumbo esperó a que Von Daniken estuviera fuera del avión antes de abrir
la mano.
En su palma había una uña arrancada y sangrienta del dedo pulgar de un
hombre.
3

—Se ha ido.
Jonathan estaba en la cima de una montaña a doscientos metros del pie de
Roman. El viento aullaba por rachas, sumergiéndolo brevemente en una
niebla blanca que disminuía un minuto después. Con los prismáticos pudo
reconocer los esquís en forma de cruz, las letras S-O que resaltaban de la
manta de supervivencia y, más a la izquierda, la pala de seguridad de color
naranja. Pero no veía a Emma.
Jonathan dejó a los tres miembros de la brigada de rescate de Davos y subió
la última colina. Habían pasado cuatro horas desde que había esquiado
montaña abajo en busca de ayuda. La nieve había enterrado los esquís en
forma de cruz hasta las fijaciones, pero sólo un dedo de nieve cubría la
mochila. La abrió y vio que los bocadillos y las barras energéticas no estaban.
El termo estaba vacío. Dejó caer la bolsa a sus pies. La huella que mostraba
dónde había estado tumbada Emma era aún visible. No hacía mucho que se
había ido.
Jonathan encendió la baliza para aludes que tenía atada al pecho y se giró en
círculo buscando en todos los puntos cardinales. La baliza tenía un dispositivo
de búsqueda con un radio efectivo de cien metros. El instrumento emitía un
pitido largo —una función de análisis— y después quedaba en silencio. El
bom bom de la nieve que se asentaba, lejana como los tambores de guerra
indios, se deslizaba por la ladera.
—¿Recibe alguna señal? —preguntó Sepp Steiner, jefe del equipo de
rescate, cuando llegó a su lado. Steiner era un hombre bajito y enjuto con las
mejillas hundidas y unos ojos que parecían orificios de bala.
—Nada.
Fue entonces cuando lo vio: un pétalo carmesí tirado en la nieve. Jonathan
se agachó a tocar la gota de sangre. Había otra más unos centímetros más allá,
y otra más adelante.
—Por aquí —dijo, moviendo un brazo para que los otros fueran hasta él.
—No se aleje más —le advirtió Steiner—. Hay una grieta justo unos metros
más adelante.
—¿Una grieta?
—Una muy profunda. Llega hasta el fondo del glaciar.
Jonathan entornó los ojos tratando de distinguir la fisura, pero no vio nada
más allá de un impenetrable muro blanco.
—Áteme una cuerda.
Se quitó los esquís, se puso un arnés y se ató la cuerda a la cintura.
—Tenga cuidado —dijo Steiner después de quitarse los esquís y sujetar a
Jonathan a su arnés—. No queremos perderlo a usted también.
Jonathan se giró para mirar a aquel hombre bajo.
—Aún no la hemos perdido.
Al principio era difícil ver las gotas, eran poco más que alfileres. Después se
hicieron más grandes, menos espaciadas, hasta que la sangre formaba una
línea continua como si alguien hubiera perforado una lata de granadina y la
hubiera derramado por la nieve. Salvo que este jarabe tenía el color rojo rico
en oxígeno de la sangre arterial.
«¿Cuándo había pasado Emma por allí?», se preguntaba Jonathan. Hace
cinco minutos. ¿Diez? Al agacharse más pudo distinguir dónde había puesto
su pie bueno y por dónde había arrastrado el otro. Más adelante había una
depresión en la nieve y, en el centro, un agujero enorme.
Se tumbó sobre el vientre, reptó hacia delante y apuntó su linterna hacia el
interior de la abertura. Se veía una galería de hielo y piedra de diez metros de
anchura, sin fondo. Se puso de lado y comprobó su baliza de búsqueda. La
pantalla de lectura digital parpadeó y apareció el número 98. El estómago de
Jonathan se retorció. Noventa y ocho metros.
—¿Recibe alguna señal? —preguntó Steiner—. ¿Está ella ahí?
—Sí —dijo Jonathan, pero no quiso dar más detalles—. Voy a bajar.
Sujétenme.
—Ya está —confirmó Steiner.
Jonathan agrandó el agujero con el hacha. Un pedazo de nieve cayó y la
grieta se abrió debajo de él. Dejó que sus botas colgaran por el interior del
agujero y fue balanceándose hacia atrás hasta que la nieve se hundió bajo su
pecho. Al sumergirse en la oscuridad se golpeó contra una pared de hielo
antes de que la cuerda se tensara y tirara de él.
—Estoy dentro.
Dio puntapiés a la pared para que la cuerda se le soltara de los dedos y
cayera más adentro de la sima. La linterna mostraba un paisaje primitivo y
salvaje, el palacio eterno de una reina de las nieves. Era una ilusión. Las
brechas de los glaciares existían en un continuo flujo, ensanchándose y
estrechándose, a merced de las constantes fuerzas agitadoras de los estratos de
roca subterráneos.
Diez metros más abajo vio una mancha blanca y negra en el saliente de una
piedra. Era el gorro de Emma. Se balanceó como un péndulo, golpeando la
pared de hielo para ganar impulso. A la tercera vez inclinó su cuerpo
peligrosamente poniéndolo casi en horizontal, alargó el brazo y lo cogió.
Con el gorro en la mano, se enderezó y dirigió la linterna hacia el saliente.
La nieve que había allí estaba revuelta y cubierta de sangre. Esta vez no se
trataba de una huella, sino de una mancha tan grande como un pomelo. No
podía seguir engañándose a sí mismo sobre lo que había ocurrido. Emma
había intentado bajar por la montaña. El movimiento había provocado que el
hueso astillado cortara la arteria femoral. La arteria era el paso principal de la
sangre que bombeaba el corazón hacia las extremidades inferiores: las
piernas, los pies y los dedos de los pies. Como cirujano conocía las
consecuencias. Sin un torniquete se desangraría en unos minutos. Dicho en
términos comunes, sangraría hasta morir.
Consultó la baliza. La lectura mostraba ochenta y nueve metros. El
indicador direccional apuntaba hacia abajo. Dirigió la luz hacia el suelo de la
brecha. Confusión.
—Más abajo —pidió.
—Puedo darle otros veinticinco metros. Es todo lo que tenemos.
Jonathan levantó la mirada. La abertura por la que había entrado parecía
brillar como una lágrima en mitad de un cielo nocturno. Esperó a que ataran la
segunda cuerda a la primera. Steiner dio un tirón y Jonathan volvió a
emprender el descenso. Fue soltando la cuerda despacio, parándose cada tres
metros para mover la luz a su alrededor, comprobar los obstáculos y buscar a
Emma. Los números que aparecían en la baliza fueron descendiendo: 85...
80... 75. La luz del mundo exterior fue desapareciendo poco a poco. Las
paredes de hielo resplandecían con un azul fantasmagórico. 70... 68... 64... De
repente la cuerda se tensó.
—Eso es todo —dijo Steiner.
Jonathan dirigió la luz despacio de un lado a otro, tiñendo el hielo de abajo
con una luz tenue. Vio un fogonazo rojizo. ¿Su chaqueta de patrullero? Movió
la linterna unos centímetros a la izquierda y vio un destello cobrizo. ¿El pelo
de Emma? Su corazón se encogió.
—Necesito más cuerda. Un tramo más.
—No tenemos más.
—Consígala —ordenó.
—No tenemos tiempo. Acaba de desprenderse un pequeño alud detrás de
nosotros. La montaña entera podría caer en cualquier momento.
Jonathan dirigió la mirada a lo largo del haz de luz. Enfocó la mancha roja.
Movió la linterna unos centímetros a la derecha. Era la cruz de su chaqueta de
patrullero. El destello cobrizo era el pelo de su mujer.
«Emma». Su nombre se le agarró a la garganta.
Ahora podía verla, al menos su silueta. Estaba boca abajo, con un brazo
extendido sobre la cabeza, como si pidiera ayuda. Pero había algo raro... El
hielo que había a su alrededor no era blanco en absoluto, sino oscuro. Estaba
tumbada sobre un charco de sangre.
—Está aquí —dijo con terquedad—. Podemos llegar hasta ella.
—Cayó cien metros —argumentó Steiner—. No puede haber sobrevivido.
Tiene que subir. No arriesgaré la vida de cuatro hombres.
—¡Emma! —gritó Jonathan—. Soy yo, Jonathan. Si estás bien mueve la
mano.
La silueta de su mujer permanecía inmóvil mientras el eco de su voz se oía
dentro de la sima.
—Calle —dijo Steiner con una ira tensa como un puño—. Nos va a matar a
todos.
La cuerda dio un tirón. Jonathan rebotó contra la pared y se elevó unos
cuantos centímetros. Steiner tiraba de él. Enfurecido, clavó las púas de sus
botas en el hielo. Entonces sacó su navaja y presionó la hoja contra la cuerda a
pocos centímetros de su cara. Tenía garfios. Tenía un hacha para el hielo.
Bajaría por la pared hasta llegar a ella.
Mantuvo la mirada clavada en aquel cuerpo. Ahora parecía más pequeño,
algo extraño. No detectó ninguna señal de movimiento. No le importaba si
Steiner tenía razón con respecto a la caída, si había sido desde muy alto o si
algún obstáculo había reducido la velocidad del descenso. Sencillamente
había demasiada sangre.
Arrancó la navaja de la cuerda y liberó los garfios del hielo. La cuerda de
salvamento volvió a dar otro tirón y lo elevó un metro más por la sima.
Dirigió la luz hacia la mancha roja que había visto, pero ya no era visible.
Había perdido de vista a su mujer.
—¡Emma! —gritó mientras las lágrimas le resbalaban por la mejilla.
Pero sólo volvió su voz, un eco que se repetía una y otra vez.
4

El Land Rover se precipitaba por Seestrasse en dirección a Zúrich. Un


hombre solo iba sentado al volante. Una barba de varios días le cubría las
mejillas. Unos círculos encarnados rodeaban sus ojos. Llevaba veinticuatro
horas sin parar. Necesitaba una comida, una ducha y una cama. Todo llegaría.
Primero tenía que terminar un trabajo.
Abrió la guantera, sacó una pistola con silenciador y la depositó en el
asiento del copiloto. Miró por la ventanilla hacia el lago. Los copos blancos
brillaban en la oscuridad. A lo lejos las luces de un gran barco se movían
peligrosamente. No era una buena noche para estar en el agua.
Giró en la siguiente señal y condujo el coche por un camino sinuoso. La
nieve que caía tapaba la luz de los faros, pero no aminoró la marcha. Conocía
el camino. Ya había conducido por allí una vez por la tarde. Había estudiado
los mapas de la zona y memorizado las vías de acceso y de huida.
Una súbita aceleración lo llevó a un páramo. Casas grandes y bien cuidadas
se alineaban a ambos lados de la calle. Esta parte oriental de Zúrich era
conocida como la Costa Dorada, por su orientación al sol y sus lujosas
residencias. Aminoró la velocidad cuando vio la casona a la que se dirigía.
Diseñada como una casa de campo francesa, estaba apartada de la calle sobre
una colina y rodeada de jardines cubiertos de nieve.
Detuvo el coche doscientos metros más adelante bajo un pino altísimo.
Apagó las luces y se quedó sentado escuchando cómo el motor se apagaba y
el viento golpeaba las ventanillas. Extrajo de su chaqueta una caja de plata de
ley. Había cuatro balas dentro. Casquillos finos con una x tallada en la ojiva
de color bronce. Sus dedos afilados los colocaron en fila en el compartimento
entre los asientos. A continuación sacó el frasco de cerámica que llevaba
atado al cuello y desenroscó el tapón. Comenzó a cantar en voz baja, en un
idioma antiguo y olvidado. Había matado a más de trescientos hombres,
mujeres y niños. Las palabras formaban una oración para proteger su alma de
los espíritus del otro mundo. Sus veinte años de asesino le habían convertido
en un hombre supersticioso.
Fue introduciendo las balas una a una en el frasco, cubriéndolas con un
líquido viscoso de olor amargo. Era su ritual. Primero la oración, después el
líquido. Como profesional, sabía que toda precaución es poca. En este mundo
o en el otro. Daba un suspiro con cada una y luego las metía en el cargador.
Cuando hubo terminado cogió la pistola, introdujo el cargador en la culata y
cargó una bala. Tras comprobar que tenía puesto el seguro, extrajo una sólida
bolsa de tela del otro bolsillo y la unió a la parte de arriba de la recámara de
expulsión de la bala.
Salió del coche. Sus ojos enjaulados miraron a un lado y otro de la calle. No
vio a nadie. Esta noche la meteorología era su aliada. Ni un alma se atrevía a
salir de sus casas. A las nueve y media el barrio estaba en silencio.
Se abrochó el abrigo y caminó con rapidez. Era un hombre de buen aspecto,
altura media, hombros estrechos y un pelo lacio y oscuro que le caía por el
cuello. Tenía las mejillas hundidas, una nariz fina y aristocrática y su tez era
tan pálida como la de un cadáver. Desde la distancia no parecía que caminara
sino que más bien se deslizaba por el pavimento. Esta combinación entre su
palidez sepulcral y su presencia etérea le dio el nombre por el que se le
conocía en su trabajo: el Fantasma.
Después de pasar por la casa a la que se dirigía pudo ver claramente a través
del ventanal que lindaba con la puerta principal. Una mujer y tres niños
sentados en un sofá miraban fijamente la televisión. Aminoró la marcha lo
suficiente para observar al más pequeño: un niño de pelo oscuro y tez pálida
como él que se abrazaba a su madre. Su corazón se puso a latir más deprisa.
Los recuerdos se agitaban detrás de sus ojos como un pájaro atrapado que
golpea contra la ventana.
Apartó la vista.
Tras comprobar que no se acercaba ningún coche por ambos sentidos saltó
la valla de alambre que daba al prado y se colocó detrás de un montón de leña
apilado con esmero en el lateral de la casa. Allí esperó, agazapado en la nieve.
En otras ocasiones había formado parte de un equipo, aunque nunca fue
jefe. Sabía que debería haber una patrulla de dos hombres que se alternarían
en la vigilancia del objetivo en el restaurante; un coche que le seguiría a casa;
y un equipo de escapada que llevaría al tirador al aeropuerto o la estación de
ferrocarril más próxima para sacarle del país. En eso consistía el
procedimiento habitual.
Pero prefirió hacerlo así. Solo en la oscuridad. Un representante de la
muerte.
De un bolsillo lateral extrajo una caja metálica, activó el interruptor y
después la volvió a guardar. La caja emitía una señal de interferencia que
dejaba inactiva la apertura de la puerta de la cochera. El objetivo se vería
obligado a salir del coche para abrir la cochera manualmente o, quizá, a entrar
por una puerta lateral y abrirla desde dentro.
Escuchó a lo lejos la suave reverberación de un motor potente. Sacó la
pistola de la chaqueta y apuntó hacia la calle, al lugar por donde el coche del
objetivo —un Audi A8 último modelo— subiría la colina. Aparecieron unas
luces que se iban acercando. Quitó el seguro con el dedo pulgar.
De repente tenía el coche a la vista. En el momento en que pasaba debajo de
una farola pudo comprobar la marca y la matrícula. El coche aminoró la
velocidad al adentrarse por el camino de entrada y se detuvo a poca distancia
de la cochera. La puerta del conductor se abrió. El objetivo salió. Era un
hombre alto, de complexión fornida, con el cabello pelirrojo y mejillas bien
nutridas. Un ingeniero. Un padre de familia. Un hombre de férrea disciplina.
En ese momento el Fantasma se acercó. Cubrió la distancia hasta el objetivo
dando tres simples pasos. El hombre lo miró confundido. ¿Por qué no
funcionaba la puerta de la cochera? ¿Quién era ese desconocido que surgía de
la nada? El Fantasma vio todo esto en sus ojos mientras levantaba el brazo y
apretaba el gatillo. Tres disparos alcanzaron al hombre en la cara. Los
casquillos cayeron dentro de la bolsa de tela. El objetivo se desplomó sobre el
camino de entrada.
El Fantasma se inclinó sobre el cuerpo. Acercó el silenciador al pecho del
hombre y le disparó directo al corazón. El cuerpo dio un brinco. Fue entonces
cuando se dio cuenta de que había algo extraño en la solapa de aquel hombre.
Una especie de alfiler. Se agachó para verlo más de cerca.
Una mariposa.
5

Marcus von Daniken volvió a su casa unos minutos después de las once.
Debajo del brazo llevaba dos rosas de tallo largo envueltas en papel de
floristería. Caminó por el oscuro pasillo hasta la cocina, donde sólo estaba
encendida la lámpara que cuelga sobre la mesa. Tras dejar las flores lanzó la
pistola y la cartera a la encimera. Al tiempo que reprimía un bostezo abrió el
frigorífico y sacó un botellín de cerveza. Había un bocadillo de jamón en la
bandeja central, un plato de ensaladilla de patata y un pedazo de tarta de
limón. Todo estaba cuidadosamente envuelto en celofán. Una nota escrita por
su asistenta le recordaba que dejara las sobras en el frigorífico. Tiró la
chaqueta sobre el respaldo de una silla, se remangó y se lavó las manos en el
fregadero. Se comió el bocadillo y dejó la ensaladilla de patata y la tarta de
limón en la nevera, intactas.
Von Daniken vivía solo en un chalet grande en las afueras de Berna. La casa
era demasiado grande para un soltero. Había sido la casa de su padre y de su
abuelo y así sucesivamente hasta el siglo XIX. No le gustaba vivir solo, pero
menos aún la idea de trasladarse. Con el paso de los años se había
acostumbrado a los pasillos vacíos, los silencios perturbadores y las
habitaciones a oscuras.
Volvió a la mesa, abrió el envoltorio de la floristería y sacó las rosas.
Recortó con cuidado los tallos y los colocó en un jarrón de vidrio soplado, el
único que le quedaba de los dos que compró durante su luna de miel en la
famosa fábrica de Murano. Se había casado, tenía una hija y otra en camino.
Entonces la casa no era tan grande. Aun así, al principio de su matrimonio su
mujer le había rogado que la vendieran. Era una abogada de Ginebra, llena de
energía y de ímpetu, brillante en su profesión. Consideraba la casa una
reliquia, tan rígida y fría como la sociedad que la había construido. Él no
estaba de acuerdo. Nunca tuvieron oportunidad de zanjar la discusión.
Von Daniken encendió la luz del salón. En la repisa de la chimenea había
una fotografía de su mujer y su hija. Un accidente aéreo le había arrebatado a
aquellas dos rubias, Marie-France y Stephanie, hace quince años. Sustituyó
las dos rosas marchitas por las nuevas y se sentó en un viejo sillón reclinable
para beber el resto de la cerveza. Cogió el mando a distancia y encendió la
televisión. Por suerte en las últimas noticias no hablaron del fracaso de la
detención de aquella tarde. Cambió a otros canales, deteniéndose en un
programa francés sobre literatura. No es que le interesara mucho la literatura,
ni la francesa ni la de ningún país, pero le gustaba la presentadora, una
preciosa morena de mediana edad. Le quitó el sonido y se quedó mirándola.
Perfecto. Ahora estaba acompañado.
La televisión era más segura que la vida real. En los últimos años había
concertado bastantes primeras citas, menos segundas citas y solamente dos
relaciones habían durado más de seis meses, ambas con mujeres atractivas,
inteligentes y expertas en la cama. Sin embargo ninguna de ellas podía
compararse con su mujer. En cuanto era consciente de esto las relaciones se
marchitaban. No devolvía las llamadas. Las citas se hacían menos frecuentes.
A menudo las cancelaba en el último momento con la excusa de un caso
importante. Ninguna de las dos mujeres tardó mucho en darse por enterada.
Lo extraño es que las rupturas habían sido más amargas y dolorosas de lo que
a él le gustaba pensar.
Sonó el teléfono móvil.
—¿Sí?
—Widmer, de la Kantonspolizei de Zúrich. Tenemos un problema. Un
asesinato en Erlenbach. En la Costa Dorada. Un trabajo profesional.
Von Daniken se incorporó en el sillón y apagó la televisión.
—¿Por qué yo? Parece más bien un asunto de la policía criminal.
Pero ya se había puesto en movimiento. Entró en la cocina y tiró la cerveza
por el fregadero. Se colocó la pistolera en el cinturón, se puso la chaqueta y
cogió la cartera.
—La víctima aparecía en el ISIS —explicó Widmer—. El archivo tenía la
etiqueta de «secreto» y una nota que decía que había sido objeto de una
investigación veinte años antes.
ISIS eran las siglas del Sistema de Información para la Seguridad Interna, la
base de datos de la policía federal que contenía los archivos de más de
cincuenta mil individuos sospechosos de ser terroristas, extremistas o
miembros de un servicio de inteligencia de otros países, ya fueran amigos o
no.
—¿Quién es el afortunado? —preguntó Von Daniken sacando las llaves del
coche.
—Lammers. Holandés. Con permiso de residencia C. Ha vivido aquí quince
años. —Widmer hizo una pausa y su voz se volvió más tensa—. Hay algo
más. Algo que quizá querría ver usted mismo.
—Deme noventa minutos.

Von Daniken necesitó solamente ochenta y cinco minutos para hacer el


viaje de ciento diez kilómetros. Salió del coche, caminó con cuidado por la
acera helada y pasó por debajo del ondeante precinto policial. Un oficial de la
Kantonspolizei vio la cara de Von Daniken y llamó su atención.
—Buenas noches, señor.
Von Daniken le dio una palmada en el hombro.
—Estoy buscando al capitán Widmer.
—Ahí —dijo el oficial señalando hacia la cochera.
Von Daniken anduvo por el camino de entrada hacia una batería de luces
móviles que se habían colocado en el perímetro de la escena del crimen. Las
bombillas de mil vatios iluminaban a la víctima como si estuviera tomando el
sol en la Plage Tahiti de Saint Tropez. Miró al cadáver.
«Un buen trabajo», murmuró.
Un hombre calvo y de hombros anchos que estaba de rodillas junto al
cadáver levantó la vista.
—Tres en la cabeza y una en el pecho —dijo Walter Widmer, jefe del
departamento de Homicidios de la Kantonspolizei de Zúrich—. Pequeño
calibre. Balas expansivas por el destrozo que causaron. Quien haya hecho esto
no quería correr ningún riesgo.
—¿Sigue pensando que ha sido un profesional?
—No hay casquillos de bala ni testigos. —Widmer se puso de pie con el
ceño fruncido—. Imaginamos que el tirador interfirió la puerta de la cochera
para asegurarse de que Lammers tuviera que salir del coche. Usted me dirá.
Von Daniken volvió a salir rápidamente a la calle. La visión de la cara
destrozada de la víctima permanecería en su mente durante varios días.
Marcus von Daniken no era un policía de homicidios. De hecho tenía poca
experiencia en delitos violentos. Había seguido otro camino. Tras cuatro años
de oficial de infantería había entrado en el departamento de Delitos
Financieros de la policía federal. Fue un ascenso lento. Estuvo años
investigando fraudes, falsificaciones y blanqueo de dinero, la santísima
trinidad de la banca suiza. Después, hacía diez años, tuvo su gran
oportunidad: un puesto como agente de la policía federal en la comisión
especial suiza para los activos de las víctimas del nazismo.
Trabajando con los directores de los mayores bancos de su país,
diplomáticos de una docena de naciones y representantes de las muchas
organizaciones perjudicadas, demasiadas para nombrarlas, había sido de gran
ayuda en la búsqueda de una solución que fuera aceptable para todas las
partes involucradas: el gobierno suizo, los bancos suizos, el Congreso Judío
Mundial, la Casa Blanca, el gobierno alemán y, por último, las víctimas. Su
recompensa fue un puesto en el Servicio de Análisis y Prevención,
considerado el departamento más importante de la policía federal.
—¿Y la esposa? —preguntó apuntando al ventanal que daba a la cochera—.
¿Vio algo?
Widmer negó con la cabeza.
—Es dura. Procede de las islas Malucas. Dice que ella y los niños estaban
viendo la televisión cuando ocurrió. Vio que el coche se detenía. Cuando oyó
que la puerta de la cochera no se abría fue a buscarlo. Jura que fueron sólo dos
minutos. Le planteé las preguntas de rutina: ¿su marido tiene enemigos?,
¿había recibido algún tipo de amenaza recientemente?, ¿pasó algo extraño en
los últimos días? Asegura que todo iba bien.
—¿Le cree?
—Yo no creo a nadie —dijo Widmer.
—¿Puede ser que Lammers conociera al asesino? ¿Puede ser ése el motivo
de que no abriera la puerta de la cochera? ¿Un pequeño encuentro concertado
con antelación?
—Lo dudo. Encontramos huellas de zapato cerca del montón de leña. Me
atrevería a decir que el asesino se escondió allí mientras esperaba. ¿Ha podido
averiguar algo por el camino?
—Sólo que la policía belga lo tuvo bajo vigilancia en Bruselas en 1987.
Cuando Lammers se mudó a Suiza nos pasaron su expediente Terminamos
adjuntándolo al ISIS. Hay más, pero está archivado y hasta mañana por la
mañana no tengo acceso. Lo que sí puedo decirle es que desde que se mudó a
Zúrich ha sido un residente honrado. Paga sus impuestos. No se mete en líos.
El ISIS está lleno de gente como él. Ya sabe..., no culpables de nada todavía.
—Era culpable de algo. Entre.
Widmer lo condujo por el camino de entrada hasta el interior de la casa. En
el recibidor hizo un giro brusco y descendió un tramo de escaleras que
llevaban a las habitaciones que estaban detrás de la cochera.
—Uno de mis oficiales ha tenido que ir al baño. La señora de la casa le dijo
que bajara para no ensuciar. Se despistó y entró por casualidad en el taller.
Von Daniken pasó de largo el baño, que tenía la puerta abierta y las luces
encendidas, y siguió adelante por el pasillo.
—Entiendo que se pudiera confundir.
Widmer encendió la luz de una habitación que había al final del vestíbulo.
El taller era un portento del acero inoxidable. Banco de trabajo de acero
inoxidable, estantería de herramientas de acero inoxidable, todo tan brillante
como el día en que salió de fábrica. Pero no era un cuarto para hacer pequeñas
chapuzas. No había sierras ni martillos. En su lugar había una colección de
instrumentos de alta tecnología propios de un ingeniero profesional.
En una mesa cercana había una bolsa antitérmica llena de pasaportes.
—¿Qué es esto? —preguntó Von Daniken.
—Mi hombre lo encontró en el cajón superior.
—¿Buscando el papel higiénico?
Widmer se sorbió la nariz y levantó una ceja. Von Daniken tenía la
respuesta. El oficial se había ocupado de hacer un registro rápido y
extraoficial por aquella habitación. La prueba era inadmisible, ¿y qué?
Lammers no iba a demandarlos.
—Holanda. Bélgica. Nueva Zelanda. —Fue revisando los pasaportes uno a
uno—. Un viajero habitual. ¿Encontró su hombre algo más por casualidad?
—Debajo del armario —indicó Widmer—. Parece que el señor Lammers
era consciente de que tenía enemigos. Tenga cuidado. Está cargada.
Von Daniken se arrodilló y metió la cabeza por debajo del banco de trabajo.
Sujeta a la parte de atrás había una pistola ametralladora Uzi. Sintió que su
pulso se aceleraba.
—Adivine quién se la vendió —dijo agachándose y recogiendo los
pasaportes—. Espero que no le importe que me quede con esto.
—Necesito un resguardo —dijo Widmer.
Von Daniken le extendió un recibo por los pasaportes y lo arrancó de su
libreta.
—Estamos en paz. Ahora tiene algo sobre lo que interrogar a la señora
Lammers. Infórmela de que la deportaremos a ella y a sus tres hijos en
veinticuatro horas a menos que nos cuente todo lo que sepa sobre por qué su
marido necesitaba tantas identidades. Veremos entonces si es tan reservada.
—Eso es un poco cruel, ¿no? —preguntó Widmer—. Me refiero a que su
marido era la víctima.
Von Daniken se abrochó el abrigo y se dirigió hacia la puerta.
—¿Una víctima? —Su expresión se endureció—. Cualquiera que tenga tres
pasaportes y una Uzi cargada no es una víctima. O es un asesino o un espía.
6

La oscuridad le oprimía por todos lados. Jonathan parpadeó. Tenía los ojos
abiertos, pero seguía en una oscuridad absoluta. Al tratar de levantar la cabeza
vio que la tenía encajada. Sus piernas y brazos estaban también
inmovilizados. La nieve cubría su cuerpo como si estuviera bañado en
cemento. No podía mover ni un dedo de la mano. Mientras tanto una voz le
decía constantemente que estuviera tranquilo. Pensó que no hacía tanto frío
como esperaba. Pero sí, estaba a oscuras. Nadie había hablado nunca de la
oscuridad. Su respiración se volvió pesada. El aire entraba y salía rápido. Se
dio cuenta de que estaba enterrado muy por debajo de la superficie y que era
improbable que alguien pudiese encontrarlo a tiempo. El miedo fue
aumentando en su interior, subiendo desde el estómago, ganando velocidad y
fuerza, minando su resistencia y ahogando aquella voz tranquila y sensata. La
oscuridad. La presión. La falta de aire. Se sintió abrumado por un terror
enorme. Abrió la boca para gritar y tragó un torrente de nieve y hielo.
Se incorporó en la cama.
—Emma —dijo con un grito sofocado, buscando con sus manos por el
colchón.
Había vuelto a tener ese sueño. Necesitaba escuchar la voz de ella. Sentir su
mano sobre el hombro. Encendió la luz. El lado de Emma en la cama estaba
sin deshacer. El edredón nuevo y blanco estaba perfectamente doblado. Un
trozo de su camisón sobresalía por debajo de la almohada.
«No está».
Le fue invadiendo despacio, como una tormenta que se va acercando. La
respiración se le aceleró. Empezó a sentir un hormigueo en Las yemas de los
dedos. Algo afilado y frío le desgarró el estómago y le obligó a doblarse por la
cintura. Sollozó.
«No está».
Aquellas palabras se oían en su mente mientras le atormentaba la imagen de
su cuerpo tumbado solo y abandonado en la oscuridad.
Finalmente recobró la calma. Su respiración se hizo más lenta. El terror
desapareció, pero sabía que volvería. Podía sentirlo acechando cerca de él,
esperando.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana. La nieve seguía cayendo con
fuerza y la tenue luz del amanecer se proyectaba sobre las bajas e imponentes
nubes. Pasó la mirada por las onduladas colinas salpicadas de casas. A menos
de un kilómetro se elevaba un bosque por el costado de los impresionantes
picos que abrazaban la ciudad.
Abrió la puerta del balcón y salió afuera. El frío había borrado el olor del
aire y sus primeras inhalaciones le quemaron la garganta y los pulmones. Se
quedó en la barandilla estudiando la ruta del día anterior. Sus ojos siguieron el
sendero hacia el interior de las montañas, a través de la niebla del pico
cubierto de nubes del Furka. Y más allá, hasta el de Roman.
«Conozco esta montaña y no hice nada para protegerte de ella».
«Conozco esta montaña y te dejé allí sola».
«Conozco esta montaña y dejé que te matara».
Cuando el temblor se hizo incontrolable Jonathan entró de nuevo. Le
sorprendió lo ordenada que estaba la habitación. Sabía que era estúpido pensar
que debería tener un aspecto diferente ahora que ella no estaba. Pero no pudo
evitar sentirse traicionado por su normalidad, cuando ya nada era normal.
Se sentó en el escritorio y abrió el cajón. El protector solar, la navaja de
bolsillo, unos mapas, un protector labial, un pañuelo, la baliza y la radio
estaban desparramados en su interior. Cogió la radio, le dio al botón de
encendido y apagado. Estaba estropeada.
«Un cable..., un cable suelto».
Después de bajar de la montaña llevaron a Jonathan a la comisaría de
policía, donde lo examinó un médico, y luego tuvo que responder a un
torrente de preguntas. Nombre completo: Jonathan Hobart Ransom. Lugar de
nacimiento: Annapolis, Maryland. Profesión: cirujano colegiado. Empresa
para la que trabaja: Médicos Sin Fronteras. Nacionalidad: estadounidense.
Lugar de residencia: Ginebra.
Y a continuación, las preguntas sobre Emma. Lugar de nacimiento:
Penzance, Inglaterra. Padres: fallecidos. Hermanos: una hermana. Beatrice.
Profesión: enfermera. Administrativa. Ser humano con una conciencia
descomunal, y un fuerte sentido del deber. Esposa. La mejor amiga. Ancla.
Hubo otras preguntas. Sobre su experiencia de montañero. Por qué no había
hecho caso del estado del tiempo. Sobre la caída de Emma y si sangraba o no
cuando la dejó y sobre no haber detectado el problema de la radio antes de
subir. Y por último, sobre su decisión de seguir subiendo cuando se dio cuenta
de que la tormenta estaba ganando fuerza. No había sido decisión suya, quiso
decir, sino de ella. Emma nunca se daba la vuelta.
Dejó el aparato sobre el escritorio y volvió la vista hacia las montañas.
Jonathan podía localizar el comienzo de su historia de amor con la escalada en
un viaje a California que la familia Ransom había hecho cuando él tenía
nueve años. El objetivo era subir el monte Whitney, el punto más alto de los
cuarenta y ocho estados continentales. El plan era que sus hermanos mayores
salieran del Whitney Portal, a una altitud de 2.600 metros a las cinco de la
mañana, y hacer en un día los treinta y cinco kilómetros en círculo hasta los
4.500 metros del pie de la cumbre. Jonathan y su padre los acompañarían
durante los primeros kilómetros, después se detendrían para disfrutar de una
comida campestre y pescar hasta que los chicos regresaran.
Pero ya entonces Jonathan dio muestras de una vena independiente. Como
todos los chicos que idolatran a sus hermanos mayores, no tenía intención de
que lo dejaran atrás. Su padre, que tenía cuarenta años y nunca había dejado
escapar la oportunidad de comer mientras tomaba su cóctel, podía parar. Pero
no él. Y así, cuando Ned Ransom se detuvo después de recorrer seis
kilómetros y medio y sugirió tomar un almuerzo temprano, Jonathan salió
corriendo, desobedeciendo las órdenes de que volviera. No paró hasta que
llegó a la cumbre tras recorrer más de doce kilómetros. Noventa metros por
delante de sus hermanos.
La suerte estaba echada.
Cuando Jonathan tenía dieciséis años lo único que le interesaba era escalar.
Un certificado del GED1 le libró de tener que ir al instituto. Los estudios no le
importaban. Pasaba los veranos explorando el monte McKinley y los
inviernos peinando pendientes como policía de montaña. Cada penique que
ahorraba lo dedicaba a la siguiente expedición. Consiguió hacer unas cuantas
importantes: el Eiger Nordwand, el Aconcagua y el K-2 a través de su Magic
Line sin tener que echar mano de la botella de oxígeno. Todo consistía en la
precipitación. Quedar suspendido todo lo que pudieses y después retirarte en
el último momento.
Fue entonces cuando tomó conciencia de un defecto de su carácter. Aquel
defecto derivaba de su fuerza casi anormal y de su —demasiado normal—
espíritu rebelde, y consistía en una creciente y pronunciada inclinación por las
peleas a puñetazos. Los bares de los refugios de montaña estaban tan llenos de
fanfarrones y sabandijas como los demás. Era quisquilloso y para él era
importante diferenciar al más ruidoso del grupo. Alguien que mereciera que le
dieran un escarmiento. Alguien con quien se podía igualar. Pedía un chupito
de burbon para atemperar sus nervios. Después, simplemente era cuestión de
hacer los comentarios oportunos. Con un poco de suerte estaría en el callejón
de atrás en cinco minutos.
Las peleas eran brutales y cortas. Era un luchador astuto, rápido en ver las
debilidades de su oponente. Daba vueltas durante uno o dos minutos,
asegurándose de evitar los finales sudorosos y la lucha desgarbada que
caracterizaban a las peleas de aficionados. Entonces entraba. Un puñetazo en
la mandíbula, un golpe en la tripa y un golpe circular a un lado de la cabeza.
Rara vez duraba más de eso. Se enorgullecía de su rapidez.
Sabía que ese carácter era peligroso y, lo que es peor, autodestructivo.
También sabía que estaba relacionado con su adicción al riesgo. Se vio a sí
mismo desafiando a hombres más grandes, entrando en establecimientos
claramente peligrosos. Comenzó a perder, pero incluso entonces fue incapaz
de curarse de este defecto. Durante sus escaladas buscaba rutas inexploradas.
Estaba deseoso de conocer lo imposible. Anhelaba subir más alto, más lejos y
más rápido.
Y un día, aquello desapareció. La lucha. El deseo de dominar un tramo de
granito vertical. La necesidad de poner en peligro su vida para sentirse vivo.
Así fue. Colgó su equipo y decidió que aquella parte de su vida había
terminado.
La gente murmuraba que fue por el alud. Decían que había perdido el valor.
Estaban equivocados. No había abandonado. Simplemente había encontrado
una precipitación aún mayor. Y era en una autopista de hormigón, no en una
pared vertical.
Tenía veintiún años. Era domingo por la noche y volvía a Aspen tras un fin
de semana haciendo escalada libre en Angels Landing, un bloque de más de
seiscientos metros de roca roja en el Parque Natural de Zion. Como era
frecuente, el tráfico por las montañas era una pesadilla. Un Ford Bronco que
iba por delante trataba de adelantar a un tráiler. El Bronco era viejo, iba
ahogado, desesperadamente lento, y chocó contra un camión aún más grande
que venía por el otro carril. El conductor murió al instante. La pasajera estaba
viva cuando Jonathan llegó hasta ella. Era una chica de no más de catorce
años. Jonathan la sacó del coche y la dejó en el suelo. La palanca de cambios
le había perforado el pecho y la sangre salía a chorros de la herida como una
boca de riego reventada. Valiéndose tan sólo de su formación como policía —
apenas sin saber qué hacer— apretó con su puño la perforación presionando
sobre la arteria rota y deteniendo la pérdida de sangre. La chica estuvo
consciente en todo momento. No dijo ni una palabra. Simplemente miraba
fijamente cómo apretaba su mano entre sus costillas hasta que llegó la
ambulancia.
Durante ese tiempo pudo sentir cómo latía el corazón de la chica...; de
hecho, pudo sentir cómo el mismo órgano bombeaba contra su mano.
La precipitación definitiva.
Dejó su trabajo a la semana siguiente y se matriculó en la universidad para
estudiar medicina.
La mente de Jonathan volvió al presente. Al retirar la mirada de la ventana
sus ojos se fijaron en la mesilla de noche de Emma. Estaba tal cual la había
dejado ella. Una botella abierta de agua mineral. Las gafas de leer
manteniendo el equilibrio sobre un montón de novelas románticas. «Tú no lo
entiendes», había dicho una vez tratando de explicarle por qué estaba tan
enganchada a las historias de robustos escoceses y piratas que viajaban a
través del tiempo para rescatar a una damisela que estaba en apuros y vivía en
un castillo del Estuario de la Eternidad. Le gustaban porque eran previsibles.
El final feliz estaba asegurado. Era un antídoto contra su trabajo, en el que
casi nada tenía un final feliz o, al menos, no era tan previsible.
Por último sus ojos volvieron a posarse sobre el tejido azul que sobresalía
debajo de la almohada. Se sentó en la cama, sacó el camisón de Emma y se lo
llevó a la cara. La lana estaba gastada y suave y olía a vainilla y sándalo. Le
inundó una ola de sensaciones. El tacto de los músculos firmes y redondeados
a lo largo de su espalda. La calidez que irradiaba la base de su cuello. El deseo
que dejaba brillar su tímida sonrisa, abierta ante él desde debajo de su cabello.
«¿Sí?», diría Emma, prolongando aquella palabra como una provocación.
Jonathan dejó el camisón en su regazo. Todo aquello había desaparecido.
Una corriente de nostalgia se adueñó de él; una corriente tan poderosa que
amenazaba con convertirse en pánico; pánico ante su permanente e
inconsolable pérdida.
Miró el camisón de Emma y respiró con mayor tranquilidad. No estaba
preparado para despedirse. Lo dobló y lo volvió a colocar debajo de la
almohada. Quería mantenerla todavía a su lado.
7

La sede central del Servicio de Análisis y Protección estaba en un moderno


edificio de acero y cristal en la calle Nussbaumstrasse de Berna. El personal
del servicio de contraespionaje suizo estaba compuesto por menos de
doscientas personas. Su trabajo estaba dirigido principalmente a la
recopilación y análisis de información y requería la vigilancia de los agentes
registrados de gobiernos extranjeros, la mayoría de los cuales residían en
Berna, y controlar lo que se consideraba como tráfico de comunicaciones
clandestinas dentro y fuera del país. Sólo treinta oficiales estaban destinados a
tareas más activas; es decir, la investigación e infiltración diaria de grupos
extremistas que operaban en suelo suizo, incluyendo las células de terroristas
extranjeros. En todos los sentidos, se trataba de una operación pequeña y
ajustada.
Marcus von Daniken llegó a las siete en punto y se puso a trabajar.
Descolgó el teléfono y marcó una extensión. Contestó una mujer.
—ISIS. Schmid al habla.
Von Daniken se identificó.
—Necesito todo lo que tengamos sobre un individuo de nuestra lista de
vigilados llamado Theo Lammers. Es urgente.
—Sí, señor. Se lo envío enseguida.
Un minuto después oyó una señal en su ordenador que indicaba que acababa
de recibir un correo electrónico. A Von Daniken le alegró ver que se trataba
del expediente del ISIS. El informe era un resumen de la información que
había enviado la policía belga.
Theodor Albrecht Lammers nació en Rotterdam en 1961. Tras doctorarse en
ingeniería mecánica en la Universidad de Utrecht pasó por diferentes trabajos
en varias empresas mediocres de Ámsterdam y La Haya. Llegó a ser conocido
por las autoridades en 1987, cuando trabajaba en Bruselas como asociado de
Gerald Bull, el diseñador americano de armamento. En aquella época Bull se
dedicaba a crear una superarma para Saddam Hussein. Con el sobrenombre de
Babylon, era un arma de artillería gigante capaz de lanzar un proyectil a
cientos de kilómetros con absoluta precisión. Su trabajo para aquel potentado
de Oriente Medio alcanzó notoriedad pública. Asimismo Bull y sus socios —
Theo Lammers incluido— fueron considerados personas de interés por la
policía belga.
Von Daniken ya conocía el resto de la historia. Gerald Bull fue asesinado en
1990 con cinco disparos en la nuca realizados por un asesino que lo esperaba
en el vestíbulo de su apartamento de Bruselas. Al principio se especuló que el
Mossad, el servicio de inteligencia israelí, lo había asesinado. Aquella
especulación resultó errónea. En aquella época los israelíes habían mantenido
una relación distante pero cordial con el científico. Como posibles clientes
deseaban saber exactamente a qué se dedicaba. Por este motivo lo habían
matado los iraquíes. Una vez que se construyó el arma Babylon, Saddam
Hussein no quiso que Bull compartiera sus secretos con nadie más,
especialmente con los israelíes.
Von Daniken cerró el correo electrónico, se puso de pie y miró por la
ventana. La mañana estaba gris y triste y la nieve caía de una nube espesa y
baja que cubría el cielo. La ventana daba a un aparcamiento y, más allá, a una
torre de oficinas a medio terminar plagada de obreros a pesar del mal tiempo.
«¿Y Lammers?», se preguntó. ¿En qué había estado metido para justificar
que guardara una UZI en el taller y varios pasaportes en el cuarto de baño o
para que fuera necesario que se enviara a un asesino profesional que lo
estuviera esperando detrás del montón de leña?
Von Daniken volvió a su escritorio, donde yacían varios historiales. Tenían
etiquetas: Aeropuertos e inmigración, Antiterrorismo / Nacional,
Antiterrorismo / Extranjero, Tráfico. Leyó por encima sus contenidos, dejando
el de Antiterrorismo / Extranjero para el final.
Este historial contenía un resumen de telegramas de agencias de seguridad
extranjeras. En 1971 el jefe del servicio de inteligencia suizo, alarmado por el
espectro de acciones violentas llevadas a cabo por motivos políticos, ayudó a
que se estableciera una confederación de profesionales del orden público de
Europa occidental que se encargaran de preservar la seguridad de sus países.
Aquel grupo fue conocido como el Club de Berna. Tras el 11 de septiembre,
dicho grupo formalizó su relación y adoptó el nombre de Grupo
Antiterrorismo o CTG.
El primer informe era de su homólogo sueco y sostenía que Walid Gassan,
un sospechoso extremista —Suecia no aprobaba la utilización de la palabra
«terrorista»— había sido localizado en Estocolmo. Seguía diciendo que
Gassan era considerado el principal sospechoso del atentado con bomba del
Hotel Sheraton de Amman, Jordania, así como de varios atentados fallidos, y
solicitaba que cualquier información relativa a Gassan o a sus cómplices fuera
enviada de inmediato al servicio de inteligencia sueco.
El informe era preciso, aunque incompleto.
Walid Gassan había pasado por Suiza en el mes de enero. Siguiendo un
chivatazo de uno de sus informadores de la Gran Mezquita de Ginebra, Von
Daniken había enviado a un equipo para que lo encontrara y lo detuviera.
Aunque no era buscado en Suiza, la orden de arresto de bandera roja emitida
por la Interpol daba a Von Daniken autoridad para tener bajo custodia a
Gassan. Finalmente el destino se puso de parte de Gassan y el terrorista cruzó
la frontera antes de que Von Daniken pudiera hacer otra cosa que emitir una
alerta sobre su paradero. Pensó en la uña que había encontrado en el avión.
Puede que sus informes sobre los movimientos de Gassan fueran buenos. Sin
embargo no sabía si el terrorista había sido secuestrado en las calles de
Estocolmo o en cualquier otra ciudad europea. Se lo pasaría a Philip Palumbo,
jefe de la Unidad Especial de Repatriación de la CIA, para que informara a los
suecos sobre la localización actual de Gassan en el momento que lo
considerara oportuno.
Von Daniken bajó a la segunda planta y avanzó por un frío pasillo de
alfombra gris hasta llegar a la última puerta a la derecha. KILA 2.8, decía el
letrero de la puerta.
KILA era el nombre de la Unidad de Coordinación de Documentos de
Identidad. Su cometido era recopilar documentos de identidad de todos los
países del mundo. En algún lugar de sus condensados ficheros había al menos
un ejemplar de cada pasaporte, permiso de conducir, certificado de nacimiento
y cualquier otro documento de identidad en circulación en más de doscientos
países del mundo.
Von Daniken pegó la cabeza a la puerta.
—Max, ¿estás ocupado?
Max Seiler era el jefe de la KILA. Era un hombre bajo y de pecho fuerte con
los ojos azules y el pelo rubio y escaso.
—Pensé que vendrías —dijo, levantando la vista de su trabajo—. He oído
que tuviste una noche movida.
Von Daniken le puso a Seiler al corriente.
—Aparecieron en la casa de la víctima —informó, dejando caer los tres
pasaportes sobre la mesa.
Seiler examinó los documentos.
—¿Un agente?
—Agente. Traficante. Criminal. Uno de los tres.
Seiler se fijó en un pasaporte de color granate que tenía un blasón real y las
palabras Europese Unie Koninkrijk der Nederlanden estampadas en la
cubierta.
—¿Éste es el auténtico?
—Lo único que puedo decir es que Lammers es su verdadero nombre. Tenía
un permiso de residencia C que le concedía la nacionalidad holandesa. ISIS le
sigue la pista desde que iba a la universidad en los Países Bajos. Dudo que
fuera de incógnito antes de los dieciocho años. De todos modos quiero una
revisión minuciosa. Hacedlo a través de Identigate y comprobad después sus
documentos de identificación.
Los documentos de identificación incluían las tarjetas de la Seguridad Social
y los certificados de nacimiento: documentos expedidos por el gobierno que
confirmaban la identidad de una persona.
Seiler se echó a un lado y quitó una pila de papeles de una silla que estaba a
su lado. Un simple vistazo mostraba carnés de conducir italianos, tarjetas de
seguro médico alemanas y certificados de nacimiento ingleses. Todos falsos.
—Jules Gaye, nacido en 1962 en Bruselas —leyó en voz alta tras abrir el
pasaporte belga. Pasó las páginas estudiando los sellos de inmigración,
después volvió a la primera página y la colocó bajo una lámpara de luz
ultravioleta con forma de cuello de cisne. Apareció una vaga imagen del
palacio real belga.
—La tinta reactiva parece buena —dijo Von Daniken.
—Las nuevas expediciones belgas son nítidas. Ésta tiene cinco rasgos de
seguridad para evitar la falsificación. Un pequeño agujero cortado por láser en
el titular del pasaporte, una marca de agua de Alberto II, una imagen de
Bélgica con variaciones ópticas que cambia de verde a azul dependiendo del
ángulo de visión y dos marcas microscópicas. Así, de pronto, diría que es
auténtico.
—¿Te refieres al documento en blanco?
—No sólo al documento. Cuando digo «auténtico» quiero decir oficial,
expedido por la autoridad competente.
—¿Estás seguro?
El escepticismo de Von Daniken provenía de la experiencia. Los pasaportes
belgas eran el Volkswagen del comercio de documentos falsos: baratos,
fiables y fáciles de conseguir. Desde 1990 más de diecinueve mil pasaportes
auténticos sin rellenar habían sido robados de los consulados, embajadas,
ayuntamientos y valijas diplomáticas belgas en todo el mundo. El país perdía
pasaportes de igual modo que algunas personas pierden las llaves.
—Podemos comprobarlo. —Seiler entró en su ordenador, tecleó el número
del pasaporte en el Identigate, el depósito de la policía suiza de más de dos
millones de documentos robados y fraudulentos de todo el mundo—. Los
belgas son tan escrupulosos en lo que se refiere a la denuncia del robo de
formularios y documentos oficiales en blanco como descuidados a la hora de
perderlos —dijo—. Si éste es robado, lo sabremos. —Un minuto después sus
grandes facciones se arrugaron en una expresión de consternación—. Nada.
Por lo que se refiere a los belgas, es legítimo.
—¿Seguro que no ha sido manipulado?
—Seguro. Las fotos han sido grabadas en el mismo tejido del pasaporte. Es
físicamente imposible que Lammers haya sustituido la foto del titular original
por la suya.
—¿Te importa si uso el teléfono?
—Todo tuyo.
Von Daniken hizo una llamada a un contacto que tenía en el departamento
de Documentos de Identidad de la policía federal belga.
—Frank, tengo uno de tus pasaportes sobre mi escritorio. Pertenece a un
hombre que murió anoche. A no ser que me digas lo contrario, diría que es
auténtico.
Leyó el número y el nombre correspondiente.
—Es auténtico —confirmó Frank Vincent unos segundos después—. El
número aparece en el sistema.
—Qué curioso. Tenemos a este hombre inscrito como Theo Lammers,
ciudadano holandés. Hazme un favor: realiza una inspección completa sobre
Jules Gaye. Lleva a cabo la comprobación a la inversa. Dime si es auténtico o
si se trata de un testaferro.
—Voy a necesitar algo de tiempo. ¿Te va bien a última hora?
—Antes de comer me vendría mejor. Y una cosa más: dime dónde enviaste
el pasaporte.
Von Daniken colgó. Max Seiler estaba examinando el pasaporte
neozelandés. Volvió a pasar la prueba. El documento no había sido amañado y
su número no aparecía en ninguna de las bases de datos de documentos
robados. Von Daniken miró La hora. Eran las cinco y media de la tarde en
Auckland. Ya había pasado la hora de cierre. En su lugar decidió ponerse en
contacto con la embajada en París. Debido a las diez horas de diferencia
horaria, los kiwis2 tenían refuerzos en su embajada de Francia para ocuparse
de la mayor parte de las investigaciones oficiales.
Von Daniken llamó y fue informado de que el pasaporte era auténtico. De
acuerdo con las autoridades neozelandesas, el titular del pasaporte, Michael
Carrington, con domicilio en el número 24 de Victoria Lane, Christchurch, era
un ciudadano de buena reputación. Oficialmente, «NCN»: no consta nada en
su contra. Solicitó una revisión de los documentos emitidos y le dijeron que se
llevaría a cabo una investigación de inmediato.
—¿Qué opinas? —preguntó después de colgar.
Seiler se encogió de hombros.
—Dos pasaportes en regla con la foto de tu víctima y nombres diferentes.
Sólo puede haber una respuesta, ¿no? Gaye y Carrington son nombres
inventados. Podemos descartar que sea un empresario corrupto. Parece que
tienes en tus manos a un ilegal.
Un «ilegal» era un agente del gobierno entrenado para trabajar
clandestinamente en suelo extranjero sin contar con la protección de su país.
Un espía encubierto.
Von Daniken asintió. Volvió a su despacho inquieto. Habían pasado siete
años desde que un caso remotamente parecido a éste había pasado por su
escritorio. Sólo tenía dos preguntas: ¿para quién trabajaba Lammers? y ¿qué
había hecho en Suiza que provocó que lo mataran?
8

Eran las siete de la mañana cuando el motor de turbina de babor


perteneciente al Gulfstream IV, con número de cola N415GB, fue finalmente
reparado y el avión estuvo preparado para despegar del aeropuerto de Berna-
Belp. Pese a la oferta de alojamiento de Marcus von Daniken, Philip Palumbo
se quedó a bordo y prefirió dormir en un sofá de la parte trasera de la cabina
de pasajeros.
Cuando el avión se movía marcha atrás por la terminal, Palumbo abandonó
su asiento y se introdujo por la escotilla de popa que llevaba al compartimento
de equipajes. La zona de carga consistía en un espacio estrecho con un techo
inclinado y sin ventanas. Había tres maletas apiladas en una esquina. Las
apartó, se arrodilló y retiró un panel que había en el suelo y que ocultaba una
sólida manivela de acero inoxidable. Dio un tirón y levantó una parte del
suelo, dejando ver un compartimento de dos metros por uno veinte equipado
con un colchón y cinturones de sujeción.
Tumbado en aquel compartimento había un hombre delgado de piel cetrina
vestido con un mono blanco, las manos y los pies sujetos con grilletes unidos
con una cadena. Llevaba la barba afeitada. Tenía el cabello oscuro cortado
conforme al reglamento militar. El pañal que llevaba puesto era también
reglamentario. Todas estas medidas estaban diseñadas para despersonalizar al
prisionero y hacerle sentir impotente y vulnerable.
Parecía un hombre joven. Con sus gafas de montura metálica podría haber
pasado por estudiante universitario o programador informático. Su nombre era
Walid Gassan. Tenía treinta y un años, un terrorista confeso relacionado con
la Yihad Islámica, Hezbollah y, como cualquier otro fanático islamista que se
precie, con Al Qaeda.
Palumbo puso en pie al prisionero y lo llevó a la cabina de pasajeros, donde
lo empujo hasta un asiento y le ató el cinturón de seguridad bien ajustado
alrededor de la cintura. Durante unos minutos estuvo embadurnando con
mercromina los estropeados dedos de Gassan. Le embadurnó tres uñas y lo
dejó.
—¿Adónde me lleva? —preguntó Gassan.
Palumbo no respondió. Se inclinó, abrió las esposas de los pies de aquel
hombre y se puso a masajearle las pantorrillas para activar la circulación. No
quería que Gassan muriera por culpa de una trombosis antes de que pudieran
sonsacarle alguna información.
—Soy ciudadano americano —continuó Gassan desafiante—. Tengo
derechos. ¿Adónde me lleva? Le exijo que me lo diga.
Había criterios en el programa de rendición extraordinaria3. Si la CIA quería
interrogar a alguien, lo enviaban a Jordania; si querían torturarlo, lo enviaban
a Siria; si querían hacerlo desaparecer de la faz de la tierra, lo enviaban a
Egipto.
—Piensa que es una sorpresa, Haji.
—¡No me llamo Haji!
—Tienes razón —dijo Palumbo amenazante—. ¿Sabes qué? No tienes
nombre. Por lo que respecta al mundo, has dejado de existir. —Chasqueó los
dedos a un centímetro de la nariz del prisionero—. Se te ha tragado la tierra.
Palumbo se abrochó el cinturón cuando el avión se elevaba en el aire. Una
pantalla en la parte delantera de la cabina mostraba el avance del avión sobre
un mapamundi junto a datos actualizados sobre la velocidad, la temperatura
exterior y el tiempo restante hasta llegar a destino. Después de unos minutos
en dirección norte, el Gulfstream se ladeó a la izquierda hasta que el morro
apuntó al sur por el sureste, hacia el mar Mediterráneo.
—Te daré otra oportunidad —concedió Palumbo—. Puedes hablar ahora o
más tarde. Te aseguro que la primera opción es la que te conviene.
Los tímidos ojos marrones de Gassan se clavaron en él.
—No tengo nada que decir.
Palumbo soltó un suspiro negando con la cabeza. Otro caso difícil.
—¿Y los explosivos que recogiste en Alemania? Comencemos por ahí.
—No sé de qué me habla.
—Por supuesto que no.
Miró a Gassan imaginándose las atrocidades que había cometido aquel
joven, las muertes que había causado, las familias que había destrozado. Y
entonces pensó en lo que ese hombre tendría que afrontar cuando aterrizaran.
En cuatro horas el señor Walid Gassan obtendría su merecido.
9

Llamaron a la puerta.
—Moment, bitte. —Jonathan se puso rápidamente un viejo jersey de lana
por encima de la camiseta y se calzó unos mocasines a la vez que se acercaba
a la puerta—. ¿Sí?
El director del hotel estaba en el pasillo.
—En nombre de todo el personal le ofrezco nuestro más sincero pésame —
dijo—. Si hay algo que yo o cualquier miembro del personal del hotel
podamos hacer...
—Gracias —respondió Jonathan—, pero por ahora no necesito nada.
El director asintió con la cabeza, pero en lugar de irse sacó un sobre de su
chaqueta y se lo tendió a Jonathan.
—Correo. Para su mujer.
Jonathan cogió el sobre y lo puso bajo la luz. Estaba dirigido a Emma
Ransom, Hotel Bellevue, Poststrasse, Arosa. Las letras eran grandes, de trazos
gruesos y meticulosos. «La mano de un hombre», pensó automáticamente.
Dio la vuelta a la carta. No había nombre ni dirección en el remite.
—Me temo que llega con un día de retraso —explicó el hotelero—. El
equipo que está ensanchando el túnel del ferrocarril cerca de St. Peter-Molinas
causó un alud sobre la vía. Se lo conté a la señora Ransom. Estaba muy
molesta. Debo disculparme.
—¿Habló con Emma de esto?
—Sí. El sábado por la noche, antes de la cena.
—Entonces, ¿esperaba esta carta?
—Dijo algo sobre un cumpleaños. Me hizo prometerle que se lo haría llegar.
¿Un cumpleaños? Jonathan cumplía treinta y ocho el 13 de marzo. Quedaba
más de un mes.
—Eso debe de ser. Gracias.
Cerró la puerta y entró en el dormitorio dando vueltas al sobre entre las
manos. Emma Ransom, Hotel Bellevue, Poststrasse, Arosa. El matasellos se
había emborronado. Aunque la fecha era legible, el nombre de la ciudad desde
donde se había enviado la carta estaba borroso. La primera letra era una A, a
menos, claro está, que fuera una R; la segunda letra era una c o una o, o quizá
una e; la tercera, una l o una i.
Lo dejó. No tenía sentido.
Se sentó en el borde de la cama e introdujo un dedo por la solapa del sobre.
Cuando vio el sello azul de urgente se detuvo. Eso quería decir que la carta
había sido enviada el viernes para que fuera entregada al día siguiente.
Le dio la vuelta otra vez. No había remite.
¿Desde hacía cuánto tiempo lo sospechaba? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿No fue
justo después del viaje de Emma a París, o ya hubo indicios anteriormente?
Pistas de las que debería haberse dado cuenta, pero había estado demasiado
ocupado para percibirlas.
No exageraba si decía que la amaba con locura. «Con locura» era una
expresión espantosa. Sugería dejadez, peligro y abandono. No era eso lo que
sentía por Emma. Su amor por ella se había basado en una ausencia absoluta
de duda. La vio y lo supo. La sonrisa picara que le decía: «pruébame; estoy
libre». La melena salvaje de cabello rojizo que ella se negaba a domeñar. Los
vaqueros rasgados que pedían a gritos que los arreglaran. «Jonathan, hay
cosas más importantes que hacer que una trenza o estrenar un vestido». La
mirada desafiante que exigía lo mejor de él. Era como si estuviese hecha
expresamente para él. Jonathan no le ocultaba nada porque ella tampoco lo
hacía.
Sí, la amaba con locura. Pero no la había amado a ciegas.
Durante los últimos meses ella había mostrado un creciente desinterés por el
trabajo. Redujo la jornada laboral de catorce horas a doce y después a ocho.
Como directora regional de logística de Médicos Sin Fronteras, Emma
coordinaba las operaciones de ayuda para Oriente Medio. Esto quería decir
que supervisaba la contratación y formación de personal y voluntariado,
supervisaba los envíos de suministros, servía de enlace con las agencias
gubernamentales locales y se encargaba de conseguir la financiación necesaria
para la continuación de la operación y su gestión. Cuanto menos, era un
trabajo agitado.
Al principio él atribuyó su reducción al agotamiento. Emma siempre había
sido de las que se exige mucho. Su llama ardía con demasiada fuerza. Decir
«incandescente» no era una exageración. Era normal que necesitara un
descanso.
Pero hubo otros síntomas: dolores de cabeza, paseos solitarios, largos
silencios. Él había notado cómo la distancia entre ellos iba creciendo cada día.
Todo comenzó después de París.
Jonathan se pasó el sobre entre los dedos. No pesaba nada. Pensó que en su
interior había una simple hoja de papel. Le dio la vuelta a la carta y miró
fijamente el espacio en blanco del remite donde debería haber una dirección.
Un suizo que no pusiera su nombre en un sobre estaba a un paso de ser
considerado traidor. Era una ofensa nacional junto con la violación de la
confidencialidad bancaria y el robo de la receta del chocolate con leche Lindt.
Si no se trataba de un traidor, ¿entonces qué era?
Oyó una sucesión de cuatro pitidos en la radio. Una solícita voz británica
anunció: «Son las doce del mediodía, hora de Greenwich. Éste es el servicio
de información internacional de la BBC. Noticias leídas por...».
Pero en la mente de Jonathan era otra voz la que hablaba. «Ábrelo —le
animaba—. Ábrelo ahora y acaba de una vez».
«Si fuera así de sencillo», pensó.
Lo cierto es que no estaba seguro de querer abrirla. Emma había muerto.
Sus recuerdos eran todo lo que le quedaba. No quería empañarlos. Se acercó
más la carta y sus pensamientos viajaron hasta el lugar donde nunca quiso que
volvieran.
París... Emma se había ido a pasar un fin de semana de chicas para
inundarse de cultura y cruasanes y de la nueva exposición de Chagall.
París... Emma había desaparecido durante dos días y dos noches y ni sus
mensajes más febriles pudieron alcanzarla.
«París...».

Jonathan está durmiendo en su tienda de campaña, tumbado en calzoncillos


sobre el catre. A las tres de la mañana el calor sigue siendo agobiante. Ha
sido un verano caluroso, incluso para las altas temperaturas de Oriente
Medio. Durante los meses que ha vivido y trabajado en el valle de la Bekaa
ha aprendido a dormir y sudar a la vez.
El catre que hay a su lado está vacío. Emma se ha ido de viaje a Europa
durante una semana. Cuatro días en la sede central de Ginebra y luego tres
días en París, donde se unirá a su mejor amiga, Simone, para hacer un
rápido recorrido por la Ciudad de la Luz. Pasarán una tarde en el Jeu de
Paume y una noche disfrutando del espectáculo de Son et Lumière de
Versalles. Con su antigua exuberancia Emma había programado cada minuto
de aquellos días.
El sonido de los motores le despierta. La noche ruge conforme se acerca
una invasión automatizada. Jonathan incorpora la cabeza de la almohada.
Un disparo irrumpe en la oscuridad.
Jonathan se levanta de la cama y sale corriendo de la tienda. Rashid, un
joven palestino, está delante del hospital con los brazos extendidos,
bloqueando la entrada. Hay dos furgonetas llenas de barro aparcadas al
lado. De sus altavoces sale una música muy alta. Una melodía en tono menor
al compás de un mazo. Un grupo de milicianos armados rodea al chico y le
empujan con los cañones de sus ametralladoras mientras le gritan que abra
las puertas. Jonathan irrumpe en medio de ellos.
—¿Qué queréis? —pregunta en un árabe no muy bueno.
—¿Es usted el responsable? —dice el líder, un joven cetrino de veinte años
con una barba rala y ojos gatunos—. ¿Es usted el médico?
—Necesitamos medicinas. Dígale a este chico que se quite de en medio.
—¡Nunca! —grita Rashid. Es un joven enfadado de quince años y
tremendamente independiente. Desde la llegada de Jonathan y Emma ha
estado a su lado todo el tiempo. Jonathan es su ídolo y mentor, su santo
patrón y su responsabilidad más sagrada. Rashid proyecta estudiar medicina,
aunque sólo sea para cuidar de sus numerosos parientes. El hospital le
pertenece Imito como a los cooperantes.
—Por favor —tercia Jonathan con una sonrisa para calmar los nervios—.
Dejadme que os ayude. ¿Estáis enfermos? ¿Alguno de vuestros hombres está
herido?
—Mi padre —contesta el jefe del grupo—. Su corazón. Necesita medicinas.
—Traedlo aquí —solícita Jonathan—. Estaremos encantados de tratarlo.
Se da cuenta de que el chico tiene los ojos vidriosos y una sonrisa distraída.
¿Está borracho? ¿Colocado? ¿De qué? ¿De raki4? ¿Hachís?
¿Metanfetamina?
—No le queda tiempo.
—¿Has probado en el hospital de Mezza-al-Sharif? Si tu padre tiene un
problema de corazón, te recomiendo que vaya a Beirut.
Pero Beirut está a ocho horas en coche y la carretera a Mezza-al-Sharif es
intransitable por las inundaciones.
—Quítate de en medio —ordena el líder, apartando de un empujón a
Rashid. Éste le responde empujándolo también. Antes de que Jonathan pueda
reaccionar y decirle al chico que los deje, el líder levanta su rifle y dispara a
la cara de Rashid.
—Mi padre necesita nitroglicerina para su corazón —dice el líder pasando
por encima del cadáver—. Y nosotros —añade haciendo un gesto a sus
hombres— necesitamos algo para nuestras almas.
Con una mirada a Rashid, Jonathan sabe que no hay nada que hacer.
Conduce a los milicianos al almacén. El asalto se convierte en una fiesta.
Manos codiciosas limpian los estantes de morfina, vicodina y codeína. En
pocos minutos el almacén queda vacío. Terminan tan rápido como
empezaron. Tras pedir la bendición del Profeta suben a sus camiones y se
van.
Un minuto después Jonathan tiene el teléfono en la oreja, esperando
frenéticamente poder hablar con París. Emma debe volar a Ginebra e ir
directa a la sede central de MSF. Llamará antes para concertar un giro
postal que ella podrá traerse para poder volver a abastecer el hospital.
Son las tres y media en el Líbano, una hora menos en París. Llama al Hotel
Trois Couronnes, pero ella no responde. Su teléfono está también fuera de
servicio. Llama de nuevo al hotel y pide que le dejen un mensaje. Emma no
devuelve la llamada ni esa noche ni a la mañana siguiente, ni siquiera a la
tarde siguiente después de que Jonathan haya ido a Beirut y utilizado todos
los ahorros de su cuenta personal para comprar a un proveedor del mercado
negro las medicinas que necesitaban.
Su mujer ha desaparecido.
La paciencia de todo hombre tiene un límite. Por desgracia descubre que la
fe no es un bien inagotable. A las seis de la mañana siguiente llama de nuevo
al hotel y pide hablar con el director.
—¿Está seguro de que dejó los mensajes en la habitación correcta? —le
pregunta.
—Estoy seguro, monsieur Ransom. Yo mismo entregué el último en
persona.
—¿Le importaría comprobar si mi mujer está en su habitación?
—Por supuesto. Pasaré la llamada a mi teléfono móvil. Si encuentro a su
mujer, podrá hablar con ella de inmediato.
Como un fantasma, Jonathan acompaña al director hasta la tercera planta.
A través de la línea escucha el ruido de las puertas del viejo ascensor al
cerrarse; el paso lento de unos pies bien calzados a lo largo del pasillo
alfombrado; los golpes secos al llamar a la puerta.
—Bonjour, madame. Soy Henri Gauthier, el director del hotel. Quería
preguntarle si se encuentra bien.
No hay respuesta. Pasan unos momentos. Gauthier entra en la habitación.
—¿Monsieur Ransom? —vuelve a decir la cortés voz francesa—. Todos los
mensajes están aquí.
—¿Qué quiere decir?
—Están en el suelo. Ninguno ha sido abierto. De hecho no parece que su
mujer haya estado aquí en ningún momento.
—Creo que no le entiendo.
—Nadie ha dormido en la cama. No veo maletas ni efectos personales de
ningún tipo. —Gauthier se queda en silencio y Jonathan puede ver el
derrotado encogimiento de hombros de aquel hombre como si fuera el suyo
propio—. La habitación está impoluta.

«Ábrelo».
Jonathan introdujo un dedo por la solapa y rompió el sobre. Sólo había una
hoja de papel en su interior. En blanco. Sin nombre. Sin encabezamiento. Sin
ninguna marca. Puso el sobre boca abajo y lo sacudió. Dos pequeñas
cartulinas cayeron sobre la palma de su mano. Eran idénticas en su forma y
tamaño. Tenían un filo perforado como si se les hubiera arrancado otro trozo.
Un número de seis cifras impresas con tinta roja atravesaba el centro de cada
una de ellas. A simple vista parecía un recibo. Un resguardo parecido al que
dan en los guardarropas. Había unas letras impresas con letra muy pequeña en
La esquina inferior derecha.
SBB.
Schweizerische Bundesbahn.
El Ferrocarril Suizo.
Eran resguardos para la recogida de equipajes.
10

Por segunda vez en doce horas Marcus von Daniken estaba de vuelta en
Zúrich. En el letrero de la puerta se leía Robotica AG en letras grandes de
color azul fluorescente. Según su historial, Theo Lammers había fundado
aquella empresa en 1994 y era su único propietario y director general. En su
actividad se hablaba de forma ambigua de repuestos de máquinas.
Una mujer robusta y de apariencia solícita esperaba en la recepción con las
manos cruzadas detrás de la espalda como si aguardara a un general en la
plaza de armas.
—Michaela Menz —se presentó, dando dos pasos marciales. Iba vestida con
un traje sobrio de dos piezas y tenía el pelo corto de color castaño y con la
raya a un lado. Su tarjeta de visita decía que era doctora en ingeniería
mecánica. Matrícula de honor.
A cambio Von Daniken le dejó ver su identificación con una sonrisa fría.
Ahora estaban en paz.
—Aún estamos conmocionados —dijo Menz mientras le conducía hasta su
despacho—. Ninguno de nosotros puede pensar en nadie que deseara hacer
daño al señor Lammers. Era un hombre maravilloso.
—No tengo motivos para dudarlo —replicó Von Daniken—. De hecho por
eso estoy aquí. Deseamos encontrar al asesino tanto como ustedes. Cualquier
cosa que pueda contarme será de gran ayuda.
El despacho de Menz era pequeño y estaba bien decorado. No había fotos de
familia, de novios ni de amigos. Se la imaginó como una mujer dedicada de
lleno a su trabajo y se dio cuenta de que probablemente estaría muerta de
preocupación, no tanto por Lammers como por la empresa y por quién la
dirigiría ahora que él había muerto.
—¿Cree que el responsable ha podido ser un compañero de trabajo? —
preguntó con un tono de lamento entusiasta—. ¿Quizá alguien del extranjero?
—La verdad es que no puedo decirle nada por ahora. Nuestra política es no
comentar nada sobre las investigaciones. Quizá podamos comenzar por la
empresa. ¿A qué se dedica usted exactamente?
La ejecutiva acercó la silla al escritorio.
—Sistemas de navegación. Terminales móviles de situación en el aire y bajo
el agua. —Viendo la mirada confundida de Von Daniken, añadió—:
Fabricamos aparatos que trazan la posición exacta de aviones, barcos y
coches.
—¿Como los GPS?
Su ceño fruncido indicaba que estaba equivocado.
—No nos gusta depender de los satélites. Recientemente hemos patentado
un nuevo sistema de navegación terrestre para aviones que utiliza una
tecnología llamada fusión sensorial. Nuestro aparato combina mediciones de
sistemas de navegación por inercia, mapas digitales y un altímetro de radar.
Midiendo las variaciones en la altura del terreno a lo largo del vuelo de un
avión y comparándolas con un mapa terrestre digital podemos establecer la
posición del avión con una exactitud milimétrica.
—¿Y quién compra este tipo de aparatos?
—Tenemos muchos clientes: Boeing, General Electric y Airbus, entre otros.
Von Daniken arqueó las cejas, impresionado.
—¿Entonces tengo que agradecerles a ustedes que mi avión no se estrelle
con una montaña?
—No sólo a nosotros..., pero en cierto sentido, sí.
Se inclinó hacia delante, como si estuviera ansioso por compartir un secreto.
—Imagino que ese tipo de trabajo tendrá aplicaciones militares, ¿Tiene
clientes en la industria de defensa? ¿Fabricantes de aviones? ¿Municiones
dirigidas por láser y cosas así?
—Ninguno.
—Pero algunas de las compañías que acaba de mencionar tienen negocios
importantes relacionados con la defensa, ¿no es cierto?
—Puede ser, pero no son clientes nuestros. Hay otras compañías que
fabrican sistemas militares de navegación.
A Von Daniken le pareció que aquellas respuestas habían sido demasiado
rápidas. Al fin y al cabo Lammers formaba parte de la lista de vigilados por su
implicación en la fabricación de grandes piezas de artillería, incluido el
supercañón destinado a Saddam Hussein.
—¿Le sorprendería saber que el señor Lammers diseñó piezas de artillería
cuando era joven? —preguntó.
—Era un hombre brillante —dijo Menz—. Imagino que tenía muchas
aficiones que no compartió conmigo. Sólo puedo decir que, como empresa,
nunca hemos tenido ninguna relación con armas de ningún tipo. —Frunció el
ceño—. ¿Por qué? ¿Piensa que eso tiene algo que ver con su muerte?
—A estas alturas todo es posible.
—Entiendo. —Menz apartó la mirada y él pudo darse cuenta de cómo ella
barajaba esa idea. Suavizó la expresión, cubriéndose la cara para reprimir un
sollozo—. Le ruego me disculpe. La muerte de Theo me ha alterado
muchísimo.
Von Daniken estaba entretenido tomando notas. No era el inspector
Maigret5, pero le parecía que Michaela Menz decía la verdad, o al menos que
si Lammers estuviera implicado en algún asunto turbio, ella no lo sabría.
Esperó a que la mujer se calmara y después preguntó:
—¿Viajaba mucho por motivos de trabajo?
Menz levantó la cabeza.
—¿Que si viajaba? Ay, Dios, sí —dijo, secándose los ojos—. Iba de un lado
para otro comprobando las instalaciones, tomando pedidos, haciendo su
trabajo.
—¿Y qué países visitaba principalmente?
—El noventa por ciento de nuestras ventas son en Europa. Iba siempre
dando brincos entre Dusseldorf, París, Milán y Londres. Sobre todo, los
centros industriales.
—¿Alguna vez iba a Oriente Medio? ¿Siria? ¿Dubai?
—Nunca.
—¿No tenía negocios con Israel o Egipto?
—En absoluto.
—¿Y quién se encargaba de hacer las reservas de sus viajes?
—Me imagino que él mismo.
—¿Me está diciendo que el señor Lammers no tenía una secretaria que se
encargara de hacer sus reservas? Aviones, hoteles, alquiler de coches...
Organizar un viaje de negocios requiere mucho trabajo.
—No lo habría permitido. Theo era un director muy práctico. Hacía sus
reservas por internet.
Von Daniken garabateó aquella información en su cuaderno. No se tragaba
lo de que fuera un director práctico. Más bien reservado. No quería que nadie
estuviera presente cuando hacía las reservas de sus vuelos a nombre de Jules
Gaye o de cualquiera de sus otros alias.
—Doctora Menz —preguntó con una sonrisa—, ¿cree que podría ver el
despacho del señor Lammers? Me ayudaría a tener una mejor percepción de
cómo era.
—No creo que sea una buena idea.
De hecho Von Daniken estaba ya sobrepasando los límites. No había tenido
tiempo de solicitar una orden de registro. A ojos de la ley no tenía derecho a
fisgonear por las oficinas.
—Quiero hacer todo lo posible por cazar al hombre que lo mató —dijo,
retándola con la mirada—. ¿Usted no?
Michaela Menz se levantó de su escritorio y con un gesto le indicó que la
siguiera. El despacho de Lammers estaba al lado. Era del mismo tamaño que
el de Menz, y la decoración igual de sobria. Von Daniken fijó la vista de
inmediato en un intrigante objeto que había sobre el aparador. Aquel aparato
tenía un metro de alto y estaba hecho de una especie de plástico traslúcido en
forma de V.
—¿Y esto? ¿Es uno de sus productos? —preguntó.
—Es un MVA —aclaró Menz—, un microvehículo aéreo.
—¿Puedo? —pidió señalando al MVA. Menz asintió y él lo cogió entre sus
manos. El objeto pesaba menos de un kilo. Las alas eran al mismo tiempo
firmes y flexibles—. ¿Vuela de verdad?
—Por supuesto —contestó ella, molesta como si hubiera sido insultada—.
Tiene una autonomía de cincuenta kilómetros y puede alcanzar una velocidad
máxima de cuatrocientos kilómetros por hora.
—¡Imposible! —exclamó Von Daniken, como si fuera un paleto—. ¿Y lo
construyó aquí?
Menz asintió.
—Con sus propias manos en nuestro laboratorio de Investigación y
Desarrollo. Éste es el más pequeño de los que fabricó. Estaba muy orgulloso
de él.
Von Daniken memorizó cada palabra que ella dijo. «Autonomía: cincuenta
kilómetros. Velocidad: cuatrocientos kilómetros por hora. Construido con sus
propias manos. El más pequeño de los que fabricó». Lo cual significaba que
había más. Examinó la extraña nave. Sin duda se conducía por un sistema de
navegación con una precisión de pocos centímetros.
—¿Éste es uno de los productos que venden? ¿Pensaban añadirlos a su línea
de productos? ¿Convertirlos en juguetes?
Como esperaba, Menz se puso tensa al oír aquello. Se acercó y le quitó de
las manos la nave de control remoto.
—El MVA no es un juguete. Es el vehículo más ligero de su especie en todo
el mundo. Para su información, lo construimos para un cliente muy
importante.
—¿Puedo preguntar quién?
—Me temo que eso es confidencial, pero le prometo que no tiene nada que
ver con la industria militar. De hecho es más bien lo contrario. Reconocería su
nombre al instante. Para nosotros es un gran honor.
—Sería de gran ayuda si me dijera quién es ese cliente.
Menz agitó la cabeza.
—No veo de qué podría servir en la búsqueda del asesino de Theo.
Von Daniken se retiró con elegancia. Le dio las gracias por el tiempo que le
había dedicado y le pidió que lo llamara en caso de que hubiera cualquier otra
cosa que deseara añadir. Mientras volvía al coche no pensaba en robots.
Pensaba en el MVA.
Michaela Menz tenía razón: no se trataba de un juguete.
Era un arma camuflada.
11

Jonathan descendió la colina, dejando la huella de su paso al adelantar a


otros caminantes más lentos. Llevaba las manos en los bolsillos, amasando
con los dedos los resguardos del equipaje. ¿Eran de equipaje? ¿De esquís y
botas? ¿Ropa de invierno de repuesto? Después de encontrarlos había llamado
a la oficina de Emma, pero nadie recordaba haber enviado nada.
«Si no fueron ellos, ¿entonces quién?», se preguntaba. ¿Y por qué no había
una nota, ni tan siquiera un remite? Aquellas preguntas le remordían de forma
despiadada, si bien se preguntaba sobre todo por qué Emma había querido
ocultárselo.
La Poststrasse serpenteaba suavemente conforme descendía por la montaña.
Tiendas, cafeterías y hoteles se alineaban a ambos lados de la calle. En Suiza,
la primera semana de febrero era la semana blanca, unas tradicionales
vacaciones escolares. Familias que venían de St. Gallen a Ginebra huían en
masse a las montañas. Hoy la nieve continúa y los vientos racheados han
hecho que se cierren todos los remontes, incluido el Luftseilbahn. Las aceras
están llenas de gente. Nadie se atrevería a subir la montaña, ni siquiera
Jonathan.
Al pasar por la boutique de Lanz's Uhren und Schmuck se detuvo de
repente. En el escaparate central, flanqueada por relucientes relojes de pulsera,
había una estación meteorológica antigua: un termómetro, un higrómetro y un
barómetro juntos en un mismo instrumento. Era el mismo lugar donde hacía
ocho años él había venido con Emma en su primer viaje a las montañas. El
aparato era del tamaño de un antiguo receptor de radio y se componía de tres
gráficas donde se registraban las condiciones atmosféricas. En el centro, se
encendía una bombilla roja que indicaba que la presión barométrica estaba
cayendo. Prevalecería el mal tiempo. La nieve continuaría cayendo durante un
tiempo.
Jonathan se inclinó hacia el cristal para examinar las indicaciones. Durante
las últimas treinta y seis horas, la temperatura había caído desde los tres
grados Celsius hasta los once bajo cero. La humedad relativa se había
disparado mientras que la presión barométrica había caído en picado de mil
milibares a setecientos, que es donde permanecía ahora.
«¿Por qué no consultó la predicción del tiempo?», le había preguntado el
policía la noche anterior.
En su pensamiento, Jonathan había vuelto a la montaña con la nieve, el
viento y el frío amenazador. Sintió que su brazo rodeaba la cintura de Emma
mientras ella subía la última cresta y se dejaba caer contra él. Recordó la
mirada de éxito en sus ojos, la sensación de orgullo y la volátil certeza de que
podrían hacer cualquier cosa juntos.
—¡Jonathan!
Alguien le llamaba desde muy lejos. Era una voz áspera con acento francés.
No le prestó atención. Continuó mirando la luz roja hasta que en su retina se
encendió una corona. Emma sí había consultado el tiempo. Pero estaba
demasiado decidida a subir para decirle que el pronóstico no era bueno.
En ese momento una mano le agarró por el hombro.
—¿Qué es esto? —preguntó la voz de acento francés—. ¿Tengo que buscar
yo misma a mi comité de bienvenida?
Jonathan se giró y vio la cara de una mujer alta y atractiva de cabello oscuro
y ondulado.
—Simone..., has venido.
Simone Noiret dejó caer su bolso de viaje y lo abrazó con fuerza.
—Lo siento.
Jonathan la abrazó cerrando los ojos y apretando la mandíbula. Por más que
luchara contra ello, se sintió impotente ante la emoción que le sobrevino al ver
un rostro familiar. Un momento después ella aflojó su abrazo y se apartó un
poco.
—Y bien —pregunte—. ¿Cómo lo llevas?
—Bien —dijo él—. Mal. No lo sé. Más aletargado que otra cosa.
—Tienes un aspecto horrible. ¿No te afeitas ni te duchas ni comes? Eso no
es bueno.
Él forzó una sonrisa de medio lado.
—Supongo que no tengo hambre.
—Tendremos que hacer algo al respecto.
—Imagino que sí.
Simone le obligó a mirarla a los ojos.
—¿Imaginas que sí?
Jonathan recobró la compostura.
—Sí, Simone, tendremos que hacer algo al respecto.
—Eso está mejor.
Ella se cruzó de brazos y movió la cabeza como si estuviera castigando a
uno de sus alumnos de cuarto curso.
Simone Noiret era egipcia de nacimiento, francesa por matrimonio y
profesora de profesión. Con cuarenta años recién cumplidos, parecía diez años
más joven, hecho que ella atribuía a su ascendencia árabe. Su sangre levantina
era obvia en su cabello, que era negro y espeso como la paja del Nilo y que le
caía elegantemente sobre los hombros, y en sus ojos, oscuros y desconfiados,
que eran más imponentes gracias al abundante rímel. Buscó en su costoso
bolso de piel un cigarrillo —un Gauloise—, uno de los sesenta, más o menos,
que fumaba al día. Hasta ahora el tabaco se había limitado a dañar su voz, que
estaba tan gastada como los discos del viejo Brel que llevaba de una ciudad a
otra.
—Gracias por venir —dijo él—. Necesitaba tener a alguien cerca..., alguien
que conociera a Emma.
Simone comenzó a hablar, después se sorprendió a sí misma apartándose de
él y tirando el cigarrillo al suelo.
—Durante todo el trayecto en tren me he estado prometiendo que no lloraría
—dijo—. Me decía que necesitabas a alguien fuerte. Alguien que te animara.
Que te cuidara. Pero claro, el fuerte eres tú. Nuestro Jonathan. Mírame. Como
un niño.
Las lágrimas le caían de los ojos, llenándole la cara de rímel. Jonathan sacó
un pañuelo de su bolsillo y le limpió las manchas.
—Paul te envía sus condolencias —logró decir entre sollozos—. Estará en
Davos toda la semana. El señor Pez Gordo tiene que dar una conferencia
sobre la corrupción en África. Ahora es un tema original. Quería que supieras
que está destrozado por no poder venir.
El marido de Simone, Paul, era un economista francés, un empleado de alto
rango en el Banco Mundial.
—Está bien. Sé que, de haber podido, habría venido.
—No está bien y se lo he dicho. Hoy todos somos esclavos de nuestra
ambición. —Simone hizo una mueca de espanto al verse en el cristal del
escaparate—. Mais merde. Ahora yo también tengo un aspecto horrible.
Menudo par estamos hechos.
Los Ransom y los Noiret se habían conocido en Beirut dos años antes. Eran
vecinos del mismo edificio de apartamentos durante la gira de Jonathan con
MSR En aquella época Simone era profesora en el Colegio Americano de
Beirut. Al saber que Emma estaba en el equipo de cooperación había utilizado
sus contactos para conseguir alojamientos baratos para la misión, que era
como los cooperantes llamaban a sus unidades de planificación. Con aquel
acto de amabilidad había consolidado la eterna lealtad de Emma.
La asignación de Jonathan a la oficina central de MSF en Ginebra fue
recibida con alegría, al menos por parte de las mujeres. Jonathan le tenía
miedo a aquel cambio... y resultó tener razón. Paul Noiret tuvo que volver a
Ginebra dos semanas antes. Los Noiret habían venido una vez más a
rescatarlos, ayudando a Jonathan y a Emma a buscar un apartamento
asequible en su complejo exclusivo de Cologny. Las dos parejas cenaban
juntas cuando sus agendas se lo permitían. Hamburguesas en casa de los
Ransom un mes, coq au vin en la de los Noiret al siguiente. Como a Emma le
gustaba señalar, aquello no era exactamente un intercambio justo.
Jonathan recogió el bolso de viaje de Simone.
—Ven conmigo —dijo, comenzando a caminar colina abajo.
—Pensaba que el hotel estaba en dirección contraria.
—Y lo está. Vamos a la estación de ferrocarril.
Simone aceleró el paso para alcanzarlo.
—¿Ya te quieres deshacer de mí?
—No. Hay algo que tengo que comprobar.
Sacó los resguardos para que ella los viera.
—¿Qué son? —preguntó Simone.
—Creo que son resguardos para la recogida de equipaje. Venían en una
carta que llegó ayer para Emma. Lo único que había en su interior era un
papel en blanco. Sin ninguna firma. Sin ninguna nota. Sólo estas cosas.
Simone se los quitó de los dedos.
—SBB. Eso es el Schweizerische Bundesbahn. ¿Había perdido alguna
maleta?
—Eso es lo que quiero saber.
—¿Quién los envió?
—No tengo ni idea. No había ningún nombre. —Volvió a coger los
resguardos—. ¿Crees que podrían ser de algún amigo suyo?
—No sabría decirte.
—Tú estuviste en París con ella.
—Sí. ¿Y qué?
Jonathan vaciló.
—Ocurrió una emergencia en el trabajo mientras estabais allí. Traté de
ponerme en contacto con ella durante dos días. Al no conseguirlo me enfadé.
Ella dijo que se había quedado en tu habitación del hotel y que no había ido a
la suya.
Ya estaba; sus sospechas puestas en evidencia. Pura inseguridad. A la luz
del día parecían mezquinas e insustanciales.
—¿Y no la creíste? —Simone le puso una mano en el brazo y le dio un
apretón—. Pues es cierto. Estuvimos juntas todo el tiempo. Era nuestro fin de
semana para las chicas. Ni siquiera nos poníamos a hablar hasta después de la
medianoche. Ahí es cuando encendíamos los motores. Ésa era nuestra Emma.
Todo o nada. Ya lo sabes. —Se rió con melancolía, no tanto por recordar
aquel momento como por disipar su preocupación—. Emma no te engañaba.
No era de ese tipo de personas.
—¿Y qué me dices de estas maletas? ¿Nunca mencionó nada? ¿Un viaje que
hubiera planeado? ¿Una sorpresa?
—¿Un safari relámpago?
—Algo así.
Un safari relámpago era el nombre que ellos daban a las excursiones que
Emma hacía para obtener provisiones. Al menos una vez al mes se iba sin
previo aviso a lugares más cercanos o más lejanos para conseguir sangre del
grupo A, penicilina o simplemente vitamina C. Todo, desde lo más mundano
hasta lo más milagroso.
Simone negó con la cabeza.
—Debe de ser algún pedido que hizo ella. ¿Has llamado a su oficina?
Jonathan le dijo que lo había hecho y que no dudaron en afirmar que no le
habían enviado nada.
—Bueno, yo no me preocuparía —zanjó Simone al tiempo que deslizaba un
brazo por debajo del de él y caminaban hasta el pie de la colina.
En la oficina de correos giraron a la izquierda bordeando el Übersee, un
pequeño lago que ahora estaba congelado y rodeado de cuerdas que permitían
que la nieve se asentara. La estación estaba desierta. Dos trenes prestaban
servicio en Arosa cada hora. El primero, que llevaba a los pasajeros montaña
abajo hasta Chur, salía tres minutos después de las horas en punto. El
segundo, que los traía de vuelta, llegaba ocho minutos después.
Jonathan se dirigió al mostrador de equipajes. El encargado cogió los
resguardos y volvió un minuto después negando con la cabeza.
—No son de aquí.
Jonathan miró fijamente a las taquillas de la zona de almacenaje, donde
había docenas de maletas apiladas en un laberinto de estantes de metal.
—¿Está seguro de haber mirado bien?
—Pruebe en el despacho de billetes. El jefe de estación puede decirle si las
maletas están en el sistema.
El despacho de billetes estaba desierto. Jonathan se acercó al mostrador y
deslizó los resguardos por debajo de la ventanilla.
—No es aquí —le informó el jefe de estación, con los ojos fijos en la
pantalla—. Esas maletas están en Landquart. Llegaron hace dos días.
Landquart era una ciudad pequeña en la línea que unía Zúrich y Chur, más
conocida por ser la terminal de Klosters, el lugar favorito de la monarquía
británica, y Davos, la estación de esquí de moda.
—¿Sabe de dónde fueron enviadas? —preguntó Jonathan.
—Las dos fueron enviadas de Ascona. Forman parte de nuestro programa de
envío a domicilio. Subieron a bordo a las 13:57 hacia Zúrich y trasladadas
después a Landquart.
Ascona estaba en la frontera de Suiza con Italia. Era uno de los albergues
rodeados de palmeras que salpicaban las costas del lago Maggiore. No tenía
ningún amigo que viviera allí. Aparentemente, Emma sí.
Simone acercó la cabeza a la ventanilla.
—¿Puede decirnos quién envió las maletas?
El jefe de estación negó con la cabeza.
—No tengo autorización para acceder a esa información desde este terminal.
—¿Quién la tiene? —preguntó ella.
—Sólo la estación de Ascona que hace el reparto.
Jonathan sacó su cartera, pero Simone se le adelantó. Deslizó su tarjeta de
crédito por el mostrador.
—Dos billetes para Landquart —pidió—, en primera clase.
12

El recinto se llamaba Al-Azabar y pertenecía a la rama palestina de Far'


Falestin, una división del servicio de información militar sirio. Philip Palumbo
entró en el edificio y se estremeció por el olor a amoniaco que impregnaba el
vestíbulo principal. No era su primera visita, ni siquiera la décima, pero aquel
olor que le provocaba lágrimas en los ojos y el entorno baldío aún le
impresionaban. Suelo de hormigón. Paredes de hormigón. Fotos del
presidente Bashir-Al-Assad —a quien sus compatriotas llamaban el doctor
por su formación como oftalmólogo— y su difunto padre, el hombre fuerte
Hafez Al-Assad, eran los únicos elementos decorativos a la vista. Un
mostrador atendido por un único oficial ocupaba el centro de la sala. Un
pastor alemán dormía a sus pies. Al ver a Palumbo, el oficial se puso en pie y
le saludó.
—Bienvenido de nuevo, señor.
Palumbo pasó por su lado sin responder. A efectos del registro de entrada, él
no estaba allí. En caso de ser presionado, podrían mostrarse pruebas que
evidenciaran que él nunca había pisado suelo sirio.
Philip Palumbo se dirigió a la Unidad Especial de Repatriaciones de la CIA.
En teoría la UER pertenecía al Centro de Mando Antiterrorista; en realidad
funcionaba como una unidad autónoma y Palumbo informaba al subdirector
de Operaciones, el almirante James Lafever, el segundo hombre de mayor
rango de la Agencia.
El trabajo de Palumbo era bastante sencillo: localizar a terroristas
sospechosos y secuestrarlos para ser interrogados. Para este fin disponía de
una flota de tres reactores de la Agencia, un equipo de espías listo para viajar
a los cuatro puntos cardinales avisándolos con una hora de antelación y la
dispensa no escrita del almirante Lafever y, por detrás de él, del presidente de
Estados Unidos, de hacer todo aquello que fuera necesario. Sólo tenía una
advertencia: que no lo atraparan. Era una espada de doble filo, no había duda.
El avión había tomado tierra en Damasco a las 13:55, hora local. Lo primero
que hizo fue traspasar la custodia del prisionero a las autoridades sirias. Los
documentos que había firmado hacían que el prisionero 88891Z quedara bajo
tutela del sistema penal sirio. En algún lugar del Mediterráneo Walid Gassan
había dejado de existir. Se declaraba oficialmente desaparecido.
Un oficial bien arreglado, con un uniforme almidonado de color aceituna,
salió de un pasillo muy iluminado. Se trataba del coronel Majid Malouf —o
coronel Mike, como él insistía en que lo llamaran— y sería el encargado de
dirigir el interrogatorio. El coronel Mike era un hombre poco atractivo, de
rostro demacrado y mejillas y cuello llenos de marcas de acné. Saludó al
americano con un beso en ambas mejillas, un abrazo y un apretón de manos
tan fuerte como una trampa para osos. Los dos hombres se retiraron al
despacho del coronel Mike, donde Palumbo le informó sobre los pormenores
del caso durante una hora, centrándose en las lagunas que necesitaban que
Gassan aclarara.
El sirio encendió un cigarrillo y examinó sus notas.
—¿Qué margen de tiempo tenemos?
—Creemos que la amenaza es inminente —respondió Palumbo—. Puede
que días. Un par de semanas a lo sumo.
—Entonces es un trabajo urgente.
—Me temo que sí.
El sirio sacó de su lengua una hebra de tabaco suelta.
—¿Tendremos que traer a algún familiar?
Una técnica de interrogatorio que solía funcionar consistía en la
participación de la madre o la hermana del sospechoso. La simple amenaza de
daño físico a cualquiera de ellas era suficiente para garantizar una confesión
total.
—De ningún modo —dijo Palumbo—. Necesitamos algo con lo que actuar
ahora.
El sirio se encogió de hombros.
—Entendido, amigo.
Siria aún aparecía en la lista oficial de Estados Unidos como «estado que
promueve el terrorismo». Aunque no había estado directamente relacionado
con ninguna operación terrorista desde 1986 y prohibía de forma activa que se
lanzaran ataques desde su territorio o que tuvieran como objetivo Occidente,
se sabía que proporcionaba apoyo pasivo a varios grupos extremistas que
reclamaban la independencia de Palestina. La Yihad Islámica tenía su cuartel
general en Damasco y tanto Hamas como el izquierdista Frente Popular para
la Liberación de Palestina tenían oficinas en la ciudad.
A pesar de esto y del pésimo historial de Siria con relación a los derechos
humanos, el gobierno americano consideraba a los sirios socios en la guerra
contra el terror. Después del 11 de septiembre el presidente sirio había
compartido con Estados Unidos información relativa a los paraderos de
ciertos espías de Al Qaeda y había condenado los atentados. Durante la guerra
de Irak el ejército sirio se había ocupado de bloquear el flujo de insurgentes en
la frontera con Irak. Como dictadura laica, Siria no quería formar parte de la
revolución del fundamentalismo islámico que se extendía por el mundo árabe.
No toleraba el extremismo.
La celda de interrogatorios era una habitación estrecha y húmeda con una
alta ventana enrejada y un desagüe en el centro del suelo. Un guardia condujo
al prisionero al interior de la sala. Un momento después un segundo guardia
entró empujando un pupitre de madera de esos que tienen el asiento y la mesa
unidos. Obligaron a Gassan a sentarse. Uno de los guardias le quitó la
capucha negra que le cubría la cabeza.
—Bien, señor Gassan —comenzó a decir el coronel Mike en árabe—.
Bienvenido a Damasco. Si colaboras y respondes a nuestras preguntas, tu
estancia será breve y devolveremos tu custodia a nuestros amigos americanos,
¿comprendes?
Gassan no contestó.
—¿Quieres un cigarrillo? ¿Agua? ¿Cualquier otra cosa?
—Váyase a la mierda —farfulló Gassan, pero su bravuconería quedó
mermada con las miradas que lanzaba por encima de los hombros.
El coronel Mike hizo una señal y los guardias se lanzaron sobre Gassan.
Uno le retorcía el brazo izquierdo por detrás de la espalda mientras que el otro
tiraba del derecho poniéndole una pierna sobre el antebrazo y aplastándole la
palma de la mano contra la mesa. Los dedos se movían nerviosamente como
si los estimulara una corriente eléctrica.
—¡Soy ciudadano americano! —gritó Gassan mientras se retorcía tratando
de zafarse—. Tengo derechos. Déjenme libre de inmediato. Quiero llamar a
un abogado. Exijo que me repatríen.
El coronel Mike sacó del bolsillo superior de su chaqueta una navaja de
puño nacarado y la abrió. Separó con cuidado el dedo meñique de Gassan
poniendo el corcho de una botella entre medias para evitar que se moviera.
—¡Exijo ver al embajador! ¡Ustedes no tienen autoridad! Soy ciudadano
americano. No tienen derecho...
El coronel Mike colocó la hoja de la navaja sobre la base del dedo y lo cortó
como si estuviera cortando una zanahoria. Gassan gritó y lo hizo aún más
fuerte cuando Mike le puso en el muñón una venda con desinfectante.
Palumbo se le quedó mirando sin mostrar ninguna emoción.
—Vamos a ver, amigo —dijo el coronel Mike agachándose de forma que
quedaba cara a cara con Gassan—. El 10 de enero estabas en Leipzig,
Alemania. Te reuniste con Dimitri Shevchenko, un traficante de armas que
estaba en posesión de cincuenta kilos de explosivo plástico. ¿Sorprendido? No
lo estés, amigo mío. Sabemos de lo que estamos hablando. Tus colegas de
Alemania han sido más que generosos con su información. No tiene sentido
guardar silencio. Son muchas molestias. Mucho dolor. Ya sabes lo que se
dice: al final se termina hablando. Vamos, habibi6, seamos civilizados.
Gassan hizo una mueca de dolor con la mirada fija en su destrozada mano.
El coronel Mike suspiró y continuó hablando.
—Pagaste diez mil dólares a Shevchenko y trasladaste tres cajas que
contenían los trofeos en una furgoneta Volkswagen blanca. Todo eso
sabemos. Tú nos dirás el resto. Principalmente a quién entregaste los
explosivos y qué planeaban hacer con ellos. Te prometo que no te irás antes
de darnos esta información. Y en caso de que creas que puedes mentirnos,
debo añadir que esperaremos a cerciorarnos de que es verdadera. Empecemos.
Háblanos de los explosivos. ¿A quién se los entregaste?
Palumbo examinó sus zapatos. Fue en ese momento cuando se dieron cuenta
del temple de aquel hombre.
Gassan escupió a la cara de su interrogador.
Así que se trataba de un luchador.
Palumbo salió de la habitación. Era hora de tomarse un café. Iba a ser una
noche larga.
13

Del reloj de la estación de Landquart colgaban colmillos de hielo. Jonathan


y Simone caminaban por el andén inclinando las cabezas contra las ráfagas de
viento. Un grupo de esquiadores rodeaba la consigna de equipajes. Hoy no
podrían esquiar. Jonathan ocupó su lugar al final de la cola dando golpecitos
con el pie, impaciente por hacer sus averiguaciones.
Simone le golpeó con el hombro.
—¿Has llamado a la familia de Emma?
—Sólo tiene una hermana, Beatrice. Está en Berna.
—¿La que es arquitecta? Creía que a Emma no le caía bien.
—Así era, pero Bea era su única familia. Ya sabes cómo es eso. Ésa era una
de las razones por las que Emma quería venirse a Suiza. Traté de llamarla por
teléfono esta mañana, pero saltaba el contestador. No podía dejarle un
mensaje diciendo que Emma estaba... Simplemente no podía.
—¿Habrá una ceremonia?
—La haremos cuando recuperemos el cuerpo.
—¿Cuándo será eso?
—Es difícil de decir. Puede que en unos días. Todo depende de cuándo
podamos volver a la montaña.
—¿La celebrarás aquí o en Inglaterra?
—Supongo que en Inglaterra. Era su hogar.
La cola avanzó un paso.
—¿Y tus hermanos? —quiso saber Simone.
—Les llamaré en cuanto pueda decirles algo. No estoy de humor para
pésames.
La cola avanzó y Jonathan se encontró delante del taquillero. Le entregó los
resguardos. El taquillero volvió con un bolso de viaje negro y un paquete
rectangular de tamaño medio envuelto con un simple papel marrón.
El bolso negro era de piel de becerro flexible y lucía una cremallera dorada
cerrada con un candado dorado. No había duda de que era caro. Un bolso para
un viaje de fin de semana a una casa de campo. Un bolso para lucirlo en el
asiento delantero de un Range Rover. No tenía etiqueta con nombre. Sólo un
resguardo sujeto al asa.
Jonathan dirigió su atención al paquete. «Una caja de camisa», pensó
distraído. Estaba atada con hilo de bramante, pero, al igual que el bolso, no
tenía ninguna marca aparte del resguardo. Al cogerlo le sorprendió ver lo
ligero que era. Sacó su navaja de bolsillo, deseoso de cortar aquella basta
cuerda.
—¿Es lo que esperabas? —preguntó Simone—. Quiero decir, ¿son de
Emma?
—Deben de serlo —dijo Jonathan secamente—. Alguien se los envió.
—El siguiente, por favor —llamó el taquillero por encima de su cabeza.
La cola empujó. El hombre que había detrás de Jonathan se abrió camino
hasta el mostrador golpeando con los hombros. Nada que ver con los modales
suizos. Jonathan guardó la navaja, cogió los bultos del mostrador y se dirigió
al andén mirando a un lado y a otro en busca de un lugar donde poder abrirlos.
Le sorprendió ver que la cafetería de la estación estaba atestada y que una cola
que esperaba mesa se arremolinaba fuera de la puerta.
—El siguiente tren a Chur sale en cuarenta minutos —anunció Simone
mirando los monitores que mostraban la información de las salidas y las
llegadas—. Hay una cafetería al otro lado de la calle. ¿Tomamos un café?
—¿Por qué no? —dijo Jonathan—. Puede que allí podamos tener un poco
de intimidad.
Esperaron a que dejaran de pasar vehículos y cruzaron la calle corriendo.
Cuando se aproximaban a la acera de enfrente un turismo plateado tomó la
curva muy deprisa.
—¡Cuidado! —Jonathan agarró a Simone y tiró de ella hasta subirla a la
acera.
El coche viró hacia el carril de la derecha y subió las ruedas al bordillo. Se
detuvo dando un frenazo, dejando el parachoques delantero a pocos
centímetros de ellos. Se abrieron las puertas. Salió un hombre de cada lado y
se pusieron a caminar hacia ellos.
La mirada de Jonathan iba de uno a otro. El que se aproximaba por el lado
del conductor era bajo y musculoso, llevaba una chaqueta de cuero, gafas de
sol envolventes y el pelo rapado. El otro era más alto y de mayor complexión,
llevaba vaqueros y un jersey de cuello alto, con cabello rubio claro y ojos
demasiado pequeños para que pudieran mostrar su color. Aquellos hombres se
movían con destreza y avanzaban de una forma claramente violenta. Estaba
claro que él, Jonathan Ransom, era su objetivo. Antes de que pudiera
reaccionar —antes de que pudiera avisar a Simone o de que pudiera alzar una
mano para protegerse— el hombre rubio del jersey de pescador le propinó un
puñetazo en la cara. Golpeó con los nudillos en la mejilla. Jonathan se
derrumbó sobre una rodilla, dejando caer la caja y el bolso.
—¡Jonathan..., Dios mío! —Simone pronunció aquellas palabras
débilmente, retrocediendo un paso.
El hombre rubio se inclinó sobre Jonathan y cogió el bolso de piel de
becerro y el paquete envuelto en papel marrón de Emma. «Los»7, le dijo a su
compañero echando atrás la cabeza.
Si se hubieran ido en aquel momento, Jonathan no habría hecho nada. La
cara le daba unas punzadas terribles. Tenía la visión borrosa, y en la boca, el
mal sabor de la sangre. Ya había pasado por otras reyertas y peleas. Sabía
cuándo devolver el golpe y cuándo no hacerlo.
Pero entonces el hombre rapado tiró a Simone al suelo de un empujón. Ella
gritó y algo en aquel grito evocaba todo el terror de las últimas veinticuatro
horas —el comienzo de la tormenta, la caída de Emma, el descubrimiento de
su cuerpo en la grieta—, convirtiéndolo en algo mordaz y tosco y, de algún
modo, más doloroso que nunca.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, corría hacia el
hombre de pelo rubio. Sólo le preocupaba una cosa: había robado las
pertenencias de Emma y Jonathan quería que se las devolviera. Se lanzó con
un grito sobre la espalda del ladrón. Le rodeó el cuello con el brazo, lo agarró
por la cabeza y trató de tirarlo al suelo. Inmediatamente un codo aporreó las
costillas de Jonathan. Un segundo después recibió un golpe circular en la
mandíbula. Jonathan cayó al suelo, sin aliento y abatido.
El hombre rubio lanzó el bolso negro al interior del coche. Miró a Jonathan
con el desprecio de un vencedor y le lanzó una patada a la cara.
Pero esta vez Jonathan la vio venir. Desvió la bota con una mano, agarró el
pie de aquel hombre y lo torció con fuerza, rompiéndole el tobillo y
derribando a su agresor. Apenas cayó al suelo, Jonathan se puso encima de él,
aporreándole en los ojos y la nariz. El cartílago cedió. La sangre empezó a
salir a chorros de las fosas nasales.
En ese momento el otro matón estaba cerca del capó. Era unos centímetros
más bajo, con los hombros caídos y en línea con su monstruoso cuello. Fue
hacia Jonathan como un toro en una corrida8. Arrastrándose hasta ponerse en
pie, Jonathan levantó las manos en posición de boxeador.
El asaltante se acercó a Jonathan y éste le dio un puñetazo y otro más. El
agresor los esquivó fácilmente, le agarró del anorak y lo arrojó contra el capó,
inmovilizándole un brazo con una mano y agarrándole del cuello con la otra.
Clavó los dedos en el cuello de Jonathan hundiéndole la laringe.
Con la mano que tenía libre, Jonathan pegó al hombre una y otra vez, pero
los golpes llegaban débiles y con poco efecto. Consiguió agarrarse a la antena
del coche y trató de zafarse del agresor. La antena se partió y la agarró con la
mano sin apenas fuerzas.
De repente surgió una sombra por encima de ellos. Simone levantó una
mano en el aire y golpeó al hombre con un adoquín.
—¡Pare! —gritó—. ¡Suéltelo!
El agresor soltó una mano y asestó un puñetazo en la cara de Simone. Al
caer al suelo se golpeó la cabeza sobre la acera con un ruido seco. Un segundo
después la mano volvía al cuello de Jonathan, agarrándolo más fuerte que
antes.
El campo de visión de Jonathan se redujo a la cara que a pocos centímetros
le miraba con ira. El olor a cerveza, cebolla y tabaco invadió sus fosas
nasales. El asaltante lo deslizó por el capó y llevó su otra mano al cuello de
Jonathan, clavándole los dedos como si fueran uñas de acero. La presión
aumentó y Jonathan sintió que su esófago cedía.
Pensó que ya no se trataba de huir, sino de sobrevivir. Tendría que matar al
hombre que tenía encima de él. Su conciencia disminuyó y recordó a Emma.
Vio su cuerpo fracturado en el hielo. Sola. Abandonada. Sabía que había sido
culpa suya y que no podía dejarla allí. Alguien tendría que bajarla de la
montaña.
Aquel pensamiento le estimuló.
Sus dedos agarraron con fuerza la antena. Clavó la mirada en la cara del
hombre —ojos, nariz, boca— en busca del punto adecuado.
Se sentó con las pocas fuerzas que le quedaban. Con aquel movimiento
acercó la antena a la cabeza del asaltante, formando un arco brutal y punzante.
Al instante las manos se aflojaron.
Jonathan le clavó la antena hasta el fondo.
El asaltante se tambaleó por el coche con las gafas de sol colgándole de una
oreja. Se dio la vuelta y tragó aire con desesperación. La mitad de la antena
sobresalía de la oreja del hombre. Trató varias veces de agarrar la varilla, pero
sus dedos se alejaban cada vez más.
Aturdido, Jonathan cayó deslizándose por el capó, sin apartar la vista de su
agresor. Una voz fría le informó de que, tras penetrar por el tímpano, la antena
había perforado el cerebelo, donde había tocado los reflejos motores, el
sistema nervioso autónomo y Dios sabe qué otras cosas.
El asaltante cayó de rodillas. Tenía el mentón pegado al pecho y los ojos
abiertos. Estaba tan inmóvil como un juguete que se hubiera quedado sin
pilas.
Simone se puso de pie. Tenía un lado de la cara colorado e hinchado.
—¿Está muerto?
Jonathan palpó con los dedos el cuello del agresor. Asintió. Se incorporó,
dio una patada, partió un trozo de hielo y lo presionó contra la mejilla de ella.
—¿Quién es? —preguntó Simone.
—No tengo ni idea. En mi vida les había visto.
La chaqueta del asaltante quedó abierta. Podía verse una insignia plateada
en su cinturón y, junto a ella, una pistola. Jonathan se arrodilló para examinar
la insignia. En la parte superior tenía grabadas las palabras Graubünden
Kantonspolizei. El estómago se le encogió. Deslizó la mano en el interior de
la chaqueta del hombre y la sacó con una placa de identificación. Sargento
Oskar Studer. La fotografía era de él.
—Un policía —Jonathan le lanzó la placa a Simone.
—Venga —susurró ella—. Salgamos de aquí.
—No puedo irme. Tengo que contarle a la policía lo que ha pasado.
—Ellos son la policía.
A Jonathan le costaba hacerse a la idea.
—¿Qué hacían? Ni siquiera dijeron nada.
—Ni lo sé ni me importa —dijo Simone—. Crecí en un país en el que no
podías fiarte de la policía. Se llevaron a mi padre. Se llevaron a mi tío. Sin dar
nunca una explicación. Sé lo que son capaces de hacer las autoridades.
—En serio. Esto no es Egipto.
Simone le miró como si fuera un burro.
—¿Y qué? ¿Esa placa es falsa?
—No lo sé..., es decir, eso no importa. No está bien. No puedo salir
corriendo. Este tío está muerto. Yo lo he matado. No puedo...
—¡Tú, Amerikaner! Quédate donde estás.
A tres metros de distancia el hombre rubio de complexión fuerte se puso a
cuatro patas. Si su modo de andar era vacilante, su voz era todo lo contrario.
Sostenía una pistola en la mano y apuntaba hacia ellos.
«Amerikaner», pensó Jonathan, incrédulo. Nunca antes había visto a aquel
hombre. ¿Cómo era posible que supiera algo de él?
El hombre rubio apuntó con el arma y disparó. No pasó nada. Confundido,
miró la pistola y trató de quitarle el seguro.
Jonathan pasó la mirada de Simone al cadáver que yacía en la calle y
después al hombre ensangrentado que luchaba por mantenerse en pie y
apuntarle con una pistola.
—¡Entra en el coche! —gritó—. ¡Muévete! ¡Ahora!
La puerta del conductor estaba abierta. Se metió en el coche y encendió el
motor. Simone se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta de un golpe
con la mirada fuera de control.
Una décima de segundo después estalló la ventanilla posterior, llenándoles
la espalda y el cuello de cristales.
Simone dio un grito.
Jonathan puso la marcha atrás y pisó con fuerza el acelerador. El coche
golpeó al pistolero y se oyó un ruido fuerte al golpear contra el bordillo.
Jonathan frenó y colocó la palanca de cambio en primera. Soltó el embrague
muy deprisa y el coche dio una sacudida antes de acelerar y alejarse.
En un minuto habían salido de la ciudad y enfilaban la autopista a ciento
ochenta kilómetros por hora.
14

Marcus von Daniken estaba bajo la marquesina de la terraza del café


Stergold en Bellevueplatz con el teléfono móvil pegado a la oreja.
—Sí, Frank —dijo, hablando alto para ahogar las voces de los comensales
que había a su alrededor—. ¿Conseguiste alguna información sobre el
pasaporte?
Era la una de la tarde. Un viento desalmado soplaba por todo el lago,
arrancando gotas de agua de las olas blancas, haciéndolas volar por el aire y
provocando que la espuma abofeteara la cara de Von Daniken.
—Interesante pregunta —dijo Frank Vincent, de la policía federal belga—.
Dime, Marcus, ¿hay algo que olvidaras mencionar con respecto a Lammers?
Quiero decir, ¿cualquier vínculo con nosotros?
—¿Qué tipo de vínculo? —preguntó Von Daniken.
—Con nuestro país. Con Bélgica.
—No. Lammers trabajó en Bruselas durante uno o dos años, pero eso fue en
1987, hace veinte años. ¿Qué has averiguado?
Vincent emitió un gruñido de desaprobación.
—Verás, hemos localizado al titular original del pasaporte, Jules Gaye.
Encontramos su solicitud y estudiamos su domicilio, su certificado de
nacimiento e incluso comprobamos su historial fiscal. Es un hombre de
negocios a nivel internacional. Posee una docena de empresas en todo el
mundo. Se dedicaba al ramo textil. Viajaba mucho: Dubai, Delhi, Hong Kong.
Von Daniken pensó en todos los sellos que había en los pasaportes de
Lammers. Éste también viajaba con frecuencia.
—¿Así que existe de verdad?
—Pues sí —corroboró Vincent con tono de complicidad—: esposa, hijos,
una casa en la avenida Tervuren. Desde luego que existe.
—¿Qué quieres decir? ¿Que Lammers llevaba una doble vida? ¿Una familia
en Zúrich y otra en Bruselas?
—No. Eso lo podemos descartar. No hay duda de que Lammers y Gaye son
diferentes personas.
En aquel momento se percató Von Daniken del ruido de fondo de un coche
que tocaba el claxon.
—Frank, ¿dónde estás?
—En una cabina de teléfonos —contestó Vincent—. La última que queda en
Bruselas.
—¿Una cabina? ¿Qué demonios haces ahí?
—Lo sabrás enseguida.
—Frank, ¿has encontrado a Gaye o no?
—Por supuesto que lo he encontrado. —Vincent hizo una pausa y su voz
perdió su tono áspero—. El pasaporte de Gaye era de repuesto. Había perdido
el antiguo estando de viaje y necesitaba uno nuevo de inmediato. Se presentó
en nuestro consulado de Amman.
—¿Amman? ¿Qué hacía allí?
—Visitar una fábrica textil. Todo completamente legal. Llamé a nuestros
chicos de allí y recordaban el caso. De hecho se puede decir que nunca lo
olvidarán.
Von Daniken apretó el teléfono a su oreja, esforzándose por oír a Vincent
por encima del ruido del tráfico de alrededor. Se preguntaba qué había de
memorable en la emisión de un nuevo pasaporte para un turista.
—Ocurrió hace dos años, Marcus —continuó hablando Vincent—. Gaye se
presentó contando que le habían robado el pasaporte en la habitación de su
hotel, además de su cartera y algunas otras pertenencias. Ofreció su permiso
de conducir como prueba de identidad. Por lo que dicen todos, se trata de un
caballero simpático. Le expidieron un pasaporte de inmediato. Unas dos
semanas después fueron encontrados los cuerpos de un hombre europeo y de
su mujer en un wadi9 en una carretera en mitad de la nada. Los gendarmes
locales dijeron que la pareja había sido asesinada por ladrones, pero es difícil
poder asegurarlo. Llevaban muertos mucho tiempo. Semanas. Puede que
meses. Puedes imaginarte el estado de los cuerpos con ese calor, por no hablar
de los chacales del desierto y las moscas. Los ladrones se habían llevado sus
pertenencias, por lo que era imposible identificarlos. Finalmente la policía
localizó el coche de alquiler en un pequeño hotel. Llevaron al director al
depósito de cadáveres y pudo confirmar que los cuerpos asesinados eran sus
huéspedes. Reconoció la camisa del hombre. Según decía, se trataba de Gaye.
—Pero nunca se probó...
—Por supuesto que sí. Su familia pidió que se hiciera una prueba de ADN.
Tardaron tres meses, pero el director del hotel tenía razón. Efectivamente, era
Gaye.
—¿Me estás diciendo que fue Lammers quien solicitó el pasaporte de
repuesto?
—Dímelo tú. ¿Tenía Lammers un metro ochenta de altura, pesaba ochenta y
cinco kilos, tenía el pelo rubio tirando a gris y los ojos azules?
Von Daniken pensó en la imagen del cadáver tendido en la nieve.
—Algo así.
—¿Sabes lo que pienso, Marcus? Que aquel trabajo en el desierto... también
fue profesional.
Había un dato que aún no le encajaba a Von Daniken.
—Pero aquello fue hace un año. Seguro que bloqueasteis el pasaporte.
—Por supuesto que sí. Lo bloqueamos de inmediato.
—Entonces, ¿dónde está el problema? ¿Por qué me llamas desde un
teléfono público?
—Porque un mes después alguien lo desbloqueó.
—¿Quién? —preguntó Von Daniken.
Hubo un momento de silencio. Lejos de allí, en un bullicioso bulevar de
Bruselas, un camión hacía sonar su claxon.
—Alguien de arriba, Marcus. De muy arriba.
15

—¡Cabrones! ¡Cabronazos! —Simone Noiret golpeaba el salpicadero con


cada insulto—. ¡Trataba de matarte! ¿Por qué?
—No lo sé —contestó Jonathan con una voz lejana. La calefacción
arremetía contra él con un torrente de aire caliente, aunque no podía dejar de
temblar. La imagen del policía agarrando sin fuerzas la antena que sobresalía
de su cráneo ocupaba el centro de su pensamiento.
—Pero tienes que saberlo —insistía Simone.
—Querían los bolsos. Es lo único que se me ocurre. El tío perdió la calma
cuando yo contraataqué.
—¿Los bolsos? ¿Eso es todo? Debe de haber otra razón. Seguro.
—¿Qué quieres que diga? —rezongó Jonathan girándose hacia ella—.
Nunca en mi vida había visto a esos hombres. Estoy tan asustado como tú.
Discutir sobre ello no va a servir de nada. Tenemos que pensar qué podemos
hacer.
Simone se tranquilizó.
—Perdóname —dijo acomodándose en su asiento—. Tienes razón. Los dos
estamos asustados. No estaba insinuando...
—Lo sé. Quedémonos sentados aquí unos minutos, relajémonos y pensemos
en lo que vamos a hacer.
Habían aparcado en el claro de un pinar de la montaña desde el que se
divisaba la ciudad. Por debajo de ellos, a no más de tres kilómetros de
distancia, un enjambre de luces resplandecientes convergía en la estación de
ferrocarril. Contó diez coches de policía y dos ambulancias.
Introdujo el dedo índice por el agujero limpio y redondo que había
provocado la bala en el salpicadero.
—Aquellos hombres de allí... Uno está muerto y el otro, cuanto menos,
herido grave. No puedo quedarme aquí sentado. Tengo que contar lo que ha
pasado. Tengo que decirles que debe de tratarse de un error. Han ido tras la
persona equivocada...
—Mira ese agujero de bala, Jon. Es tu policía quien lo ha hecho. ¿Y ahora
quieres entregarte?
Simone levantó las manos con desesperación.
—¿Qué otra opción tenemos? A estas alturas todos los policías de este
cantón y probablemente de todo el país tendrán nuestra descripción. Un
americano alto de pelo canoso acompañado de una mujer morena, que viajan
en un BMW serie 5 plateado. En una hora tendrán nuestros nombres..., o por
lo menos el mío. No les costará encontrarnos.
—¿Y qué vas a decir? ¿Vas a contarles que fue en defensa propia? No te
creerán una sola palabra. —Simone buscó un cigarrillo en su bolso—. Pourri,
Jon. ¿Sabes lo que eso significa? Podrido. Corrupto. Estos policías no eran de
los buenos.
Necesitaba las dos manos para sujetar el mechero.
Jonathan abrió el estuche de piel. La identificación pertenecía a Oskar
Studer. Wachtmeister10. Graubünden Kantonspolizei. Fue entonces cuando se
dio cuenta de que aquel vehículo no estaba equipado como los otros coches de
policía. No tenía radiotransmisor. Ni ordenador. Ni compartimento para las
armas. Estaba impoluto. No había ni una mota de suciedad en las alfombrillas.
Ni vasos de café vacíos. El cuentakilómetros indicaba dos mil kilómetros.
Había algunos papeles en el compartimento lateral. Documentos de alquiler
de coche a nombre de Oskar Studer. El vehículo había sido recogido aquella
mañana a las diez y tenía que ser devuelto en veinticuatro horas.
«Pourri». Sabía muy bien lo que significaba aquella palabra.
Todo pensamiento de acudir a la policía desapareció de su mente.
Colocó los papeles en su sitio.
—Sabían que yo era americano —dijo—. Estaban esperándome.
Simone asintió, mirándolo a los ojos y compartiendo su angustia.
Volvió la vista al bolso de piel y al paquete envuelto con tanto esmero.
—Ábrelos —dijo ella—. Veamos de qué va todo esto.

Primero eligió el paquete. Cortó la cuerda con su navaja del ejército suizo.
Desenvolvió el papel con facilidad y descubrió una caja negra brillante que
parecía aún más suntuosa por su aspecto antiguo. Una etiqueta dorada en
relieve con el nombre del diseñador decoraba la parte superior derecha.
—Bogner —leyó Simone—. Debe de ser un regalo.
—Eso parece —dijo Jonathan con poco convencimiento mientras cortaba el
lazo que rodeaba la caja.
Bogner fabricaba ropa de lujo para que los personajes de la alta sociedad
estuvieran abrigados y elegantes en sus viajes a los Alpes. En una ocasión,
bromeando, él y Emma habían entrado en una de sus tiendas en mitad de una
escapada a Chamonix el pasado mes de octubre. Era un día soleado, recordaba
él, un fin de semana entre otoño e invierno, cuando el aire frío se agudiza.
—¿Cuál te gusta? —le había preguntado Emma en voz baja mientras
merodeaban por los pasillos. Eran invasores que actuaban detrás de las líneas
enemigas. El enemigo eran los vanidosos y los ricos, los que ignoraban el
sentido del deber de ella.
Jonathan señaló un jersey marengo de cuello redondo.
—Me llevo éste.
—Considéralo tuyo.
—¿En serio? —dijo siguiéndole la corriente.
—Te sienta bien. Nos lo quedamos —se dirigió a la inmóvil dependienta.
—¿Sí? —dijo Jonathan, lo bastante alto para arriesgarse a descubrir la
tapadera.
Emma asintió pasando su brazo por debajo del de él.
—Tengo recursos ocultos —le susurró ella al oído, no sin antes darle un
mordisco.
—¿La señora tiene billetes del Monopoly escondidos en una caja de
zapatos?
En lugar de contestar, Emma siguió hablando con la dependienta como si él
no estuviera.
—De la talla extragrande. Y envuélvalo, por favor. Es un regalo para mi
marido.
Su tono no era ya bajo ni subrepticio; tampoco su mirada.
—Venga ya, Emma —terció él—. Ya está bien. Salgamos de aquí.
—No —insistió ella—. Te lo has ganado. Es una recompensa.
—¿Por qué?
—No te lo voy a decir.
En aquel momento Jonathan vio la etiqueta del precio y, tras casi caerse
desmayado, salió de la tienda tirando de ella. Una vez fuera se rieron del
comportamiento impetuoso de ella. Pero incluso entonces le lanzó una mirada
que decía que había cometido un pecado y que había caído en desgracia para
ella hasta nuevo aviso.
Jonathan recordó su expresión mientras quitaba la tapa de la caja. Bajo un
papel de gasa se ocultaba una prenda oscura. Rasgó el envoltorio y lo sacó de
la caja. Había olvidado lo suave que era.
—Precioso —dijo Simone.
Era el jersey de Chamonix. Un sencillo jersey marengo de cuello redondo.
De buena factura y elegante, pero, a primera vista, nada fuera de lo común, lo
cual era precisamente su estilo. Pasó los dedos por el cuello. Cachemira de
cuatro hebras. No había en el mundo nada más suave. Había costado
seiscientos dólares, el sueldo de medio mes.
«Tengo recursos ocultos».
¿Era ése el regalo de cumpleaños que ella había mencionado al director del
Bellevue?
Jonathan volvió a dejar el jersey en la caja. En la cuenta corriente del doctor
y la señora Ransom había en ese momento quince mil y pico francos suizos,
unos doce mil dólares. Y eso era antes de pagar la factura del hotel.
Dejó la caja a un lado y se puso en su regazo el bolso de piel de becerro.
Tenía la inquietante sensación de que no debía ver su contenido, igual que se
suponía que no debía abrir la carta de Emma. «Los que escuchan tras las
puertas rara vez oyen cosas buenas de sí mismos», le había advertido su
madre cuando era un adolescente. Pero para Jonathan ya no existía lo bueno ni
lo malo. Sólo había verdad y engaño. Apenas pudiera deshacerse del bolso se
podría olvidar de los resguardos del equipaje. Se veía a sí mismo abriendo una
pintoresca muñeca rusa Matryoshka en la que cada una escondía una gemela
más pequeña.
Un resistente candado dorado sujetaba la cremallera. Miró a Simone. Ella
asintió con la cabeza. En ese momento él deslizó la navaja por la piel de
becerro y la fue dirigiendo a lo largo del bolso.
Lo primero que vio fue una bolsa de plástico cerrada herméticamente que
contenía un juego de llaves de un Mercedes-Benz y un mapa pintado a mano
con un cuadrado donde estaba escrito Bahnhof11, y un rectángulo a su lado
con la palabra Aparcamiento con una X pintada en un extremo. ¿Se refería a
la estación Landquart? Había muchas Bahnhofs en Suiza.
Debajo de las llaves había una chaqueta con crespones azul marino con unos
pantalones de vestir a juego y una blusa de color crudo. Era el estilo de ropa
que llevan las jóvenes ejecutivas de Frankfurt y Londres, esas mujeres que
caminan deprisa por los aeropuertos con tacones de diez centímetros, un
teléfono móvil pegado a la oreja y un bolso con el ordenador portátil colgando
del hombro. Después vio un sostén de encaje negro y unas medias. «No hay
nada de ejecutivo en ellas», pensó, levantándolas con un dedo. Estaban
diseñadas para impresionar a una clientela completamente distinta.
A continuación apareció un estuche de maquillaje. Jonathan buscó en su
interior. Rímel. Lápiz de ojos. Lápiz de labios. Crema de base, colorete, crema
hidratante y, cielo santo, un juego de pestañas postizas. También había
perfume. Tender Poison de Dior.
«¿Y Emma?», se preguntó. Ella era fiel al perfume Tender Touch de
Burberry. Toda una rosa inglesa.
Debajo de los tubos, tarros y polveras encontró una bolsita de satén atada
con un elegante cordón dorado. La desató dando un tirón poco elegante. En su
interior había un botín pirata: una pulsera de Cartier y un colgante de
esmeraldas; pendientes de diamantes y una cadena de oro. No era experto en
joyas, pero sabía reconocer la calidad, y esto la tenía.
Levantó la vista y descubrió que Simone le miraba fijamente. Jonathan
sintió una espeluznante comunión entre ellos. «Su Emma no llevaba trajes de
ejecutiva. Su Emma no se maquillaba con pintalabios de color rojo intenso. Ni
se ponía pestañas postizas ni Tender Poison detrás de las orejas; y, desde
luego, no tenía las joyas de una heredera». Tenía la impresión de que estaba
registrando las pertenencias de otra mujer.
Simone examinaba un anillo que había cogido de la bolsa.
—E. A. K. —leyó—. ¿Conoces a alguien que responda a esas iniciales?
—¿Por qué lo preguntas?
—Mira por dentro. —Se trataba de una alianza que tenía grabado E. A. K.
2-8-01—. A esa persona pertenece el bolso —dijo ella—. La señora E. A. K.,
que se casó el 8 de febrero de 200112. Debe de ser una amiga de Emma.
Jonathan repasó a todos los E que conocía. Encontró a un Ed, un Ernie y un
Etienne, pero no creía que el tanga fuera de la talla de ninguno de ellos. La
lista de mujeres era más corta y se limitaba a un nombre: Evangeline Larsen,
una médico danesa con la que él había trabajado cuatro años atrás.
Había una última cosa en la bolsita de las joyas: un reloj de pulsera Rolex de
acero inoxidable y oro biselado con diamantes. Para Jonathan era la prueba
más segura hasta el momento de que el bolso no pertenecía a su mujer. El
Rolex era el símbolo de todo aquello que para ellos iba mal en el mundo. El
estatus se vendía a cinco mil pavos. ¿Y el reloj favorito de Emma? Un Casio
G-Force de los que llevaban los jugadores de hockey, los marines y los
profesionales de las organizaciones de ayuda humanitaria con sentido del
deber.
Había más cosas en el bolso. Un par de zapatos del 36, el número de Emma.
Lo sabía porque tenía los pies pequeños y a menudo se quejaba de lo difícil
que era encontrar calzado de su número. Medias. Una caja de pastillas para el
aliento. Una funda que contenía unas modernas gafas con montura de carey.
Jonathan pasó las manos por el interior del bolso. Notó algo duro y
rectangular metido en un lateral. «Una cartera», imaginó. Pero incluso cuando
abrió el compartimento y sacó la billetera de piel de cocodrilo que había
dentro no podía dejar de pensar en una cosa. Era el anillo. Una mujer casada
no se quitaba la alianza, a no ser que fuera a darse un baño o a nadar, e incluso
ni entonces. La idea de dejarlo en un bolso de viaje poco seguro que había
estado guardado en un simple tren era..., en fin, era «impensable».
La billetera tenía una tarjeta Eurocard, otra de Crédit Suisse, otra de
American Express y una tarjeta Rainbow que daba derecho a su titular a
utilizar el transporte público de Zug durante un año.
—Eva Kruger —dijo leyendo el nombre del titular de la tarjeta. E. A. K.—.
¿Has oído ese nombre alguna vez?
Simone negó con la cabeza.
—Debe de ser un contacto de Emma. Me alegro de que seas tú y no yo
quien la llame para decirle lo que le has hecho a su bonito bolso.
Jonathan no respondió. Ni al comentario ni a la broma que llevaba implícita.
Empezó a hacer un inventario de la cartera. Había dinero en efectivo por un
total de mil francos suizos y quinientos euros. En el monedero encontró cuatro
francos y cincuenta céntimos suizos.
Se incorporó de repente. Se le ocurrió que faltaba una cosa. Algo sin lo que
jamás pasaría la señora Eva Kruger, la honrada dueña de un Mercedes-Benz.
Con gran excitación, abrió la cartera de piel de cocodrilo. Unas manos de
cirujano a prueba de golpes desafiaban a un corazón que latía con fuerza y se
movían entre las tarjetas de crédito y los billetes hurgando por todos los
recovecos.
Encontró el permiso de conducir de Eva Kruger, escondido detrás de las
tarjetas de crédito. Lo desdobló y miró la fotografía en color que había pegada
en su interior. Una mujer atractiva de cabello castaño reluciente peinado hacia
atrás con la frente a la vista, elegantes gafas de concha, ojos de color ámbar y
grande miraba a la cámara.
—¿Qué es? —preguntó Simone—. Parece que has visto un fantasma.
Pero Jonathan no podía hablar. Sentía una fuerte presión en el pecho que le
quitaba el aire. Miró de nuevo el permiso de conducir. Tras ese maquillaje de
diva y el pintalabios de zorra, Emma le devolvía la mirada.
Jonathan abrió la puerta y salió del coche. Dio algunos pasos y se detuvo
apoyándose contra un árbol. Le costaba seguir moviéndose, actuar como si el
mundo a su alrededor no acabara de transformarse. Se obligó a mirar la
imagen de la mujer seria de cabello liso y gafas modernas que miraba a la
cámara con descaro.
«Eva Kruger».
Mirando la fotografía, la idea de que Emma hubiese tenido una aventura
podía parecer incómoda. No más que una mosca molesta. Pero esto..., un
permiso de conducir falso, un nombre falso, toda una doble vida..., esto era un
agujero negro.
Simone se acercó rodeando la parte delantera del coche y se puso a su lado.
—Estoy segura de que existe una explicación. Espera a que volvamos a
Ginebra. Entonces lo sabremos.
—Ese reloj cuesta diez mil francos. ¿Y qué me dices de las otras joyas? ¿Y
la ropa? ¿El maquillaje? Dime, Simone, ¿qué tipo de explicación se te ocurre?
Ella hizo una pausa, pensando.
—Yo no..., es decir, no puedo.
Él se miró la chaqueta y vio una mancha de sangre incrustada en ella. No
sabía si era suya o de uno de los policías. De cualquier modo aquella visión le
repugnó. Se la quitó rápidamente y la lanzó sobre el capó. Sintió frío de
inmediato.
—Dame el jersey, por favor.
Simone sacó del coche el jersey de cachemira.
—Aquí tienes...
De los pliegues del jersey cayó un sobre encima de la nieve. Jonathan y
Simone se miraron, después Jonathan lo recogió. El sobre no tenía nombre,
pero pesaba. Enseguida reconoció lo que contenía. Tenía el peso y la forma
exactos. Lo abrió. Dinero. Mucho dinero. Billetes de mil francos. Recién
acuñados y nuevos como si fueran papel de calco.
—¡Dios mío! —exclamó Simone con una mirada llena de excitación—.
¿Cuánto hay?
—Cien —confirmó él tras contar el montón.
—¿Cien qué?
—Cien mil francos suizos.
«Tengo recursos ocultos», había dicho Emma.
—Estás de broma.
Simone se reía, con una risa estridente e histérica a punto de descontrolarse.
—Ahora lo sabemos —dijo Jonathan, paralizado por el montón de billetes.
—¿Qué sabemos? —preguntó Simone.
—Por qué la policía quería el bolso.
Volvió a introducir los billetes en el sobre y se lo guardó en el bolsillo.
Faltaba por descubrir cómo sabían que los bolsos estaban en Landquart y, lo
que es más importante, al menos para Jonathan: por qué Emma tenía que ser
la destinataria de tanto dinero.
La brisa hizo crujir las ramas y un montón de nieve cayó al suelo. Se puso el
jersey temblando. La cachemira de cuello redondo se ajustó a su pecho y a sus
hombros. Las mangas le quedaban a siete centímetros de las muñecas.
Era el jersey de otro hombre.
16

—¿Ha visto esto? —preguntó el ministro de Justicia Alphons Marti cuando


Von Daniken entró en su despacho—. NZZ. Tribune de Genève. Tages-
Anzeiger. —Cogió los mensajes telefónicos e hizo con ellos una pelota—.
Todos los periódicos del país quieren saber lo que ocurrió ayer en el
aeropuerto.
Von Daniken se quitó el abrigo y lo dobló sobre el brazo.
—¿Qué les ha dicho?
Marti tiró la bola de papel a la papelera.
—«Sin comentarios». ¿Qué creía que les diría?
Aquel despacho de la cuarta planta del Bundeshaus era poco menos que
suntuoso. Tenía techos altos decorados con pan de oro y un trampantojo de
Cristo ascendiendo a los cielos, alfombras orientales que adornaban un suelo
de madera pulida y un escritorio de caoba tan grande como el altar de San
Pedro. Un estropeado crucifijo de madera que colgaba de la pared daba prueba
de que Marti no era en realidad más que un hombre sencillo.
—Y bien —comenzó a decir Marti—, ¿cuándo despegaron?
—El avión salió en cuanto se hubo reparado el motor —reveló Von Daniken
—, algo después de las siete de esta mañana. El piloto dijo que su destino era
Atenas.
—Otro montón de mierda que los americanos esperan que nos traguemos
con una sonrisa. He hecho que el abandono de su práctica de rendición en
suelo europeo sea una piedra angular de la política de esta oficina. Antes o
después alguien le dirá a la prensa que quedé totalmente en ridículo. —Marti
movió la cabeza con pesar—. El prisionero estaba en el avión. Estoy
convencido de ello. Onyx nunca miente.
Mediante un sistema de trescientas antenas interconectadas y colocadas en
la ladera de una montaña sobre la ciudad de Leuk en el valle del Ródano,
Onyx era capaz de interceptar todo tipo de comunicaciones civiles y militares
que se llevaran a cabo entre un número igual de satélites previamente
definidos en una órbita geosincrónica sobre la Tierra. Un software basado en
algoritmos analizaba de manera sintáctica las transmisiones de claves que
indicaran información de valor inmediato. Algunas de esas claves eran
«Oficina Federal de Investigación», «Inteligencia» y «prisionero». A las 4:55
de ayer Onyx había dado un pelotazo.
—Revisé la interceptación anoche —continuó hablando Marti—. Nombres.
Itinerario. Está todo ahí. —Empujó un archivo de color beis por encima de la
mesa. Von Daniken lo recogió y examinó su contenido. En su interior había
una fotocopia de un telefax enviado desde el consulado sirio en Estocolmo a
la dirección de inteligencia de Siria en Damasco titulado «Lista de pasajeros:
traslado del prisionero n.° 767». La lista contenía los nombres del piloto y del
copiloto, así como otros dos que eran más familiares: Philip Palumbo y Walid
Gassan.
—Mire el sello de la fecha y hora, Marcus. La lista fue transmitida después
de que el avión despegara. Gassan iba a bordo. No me creo en absoluto que
Palumbo lo lanzara desde el avión. ¿Sabe lo que creo? Que alguien avisó al
señor Palumbo de que teníamos la intención de registrar el avión. Quisiera
que usted realizara una investigación al respecto.
—Éramos unos pocos los que teníamos copias de la interceptación. Usted,
yo, nuestros ayudantes y, por supuesto, los técnicos de Leuk.
—Exacto.
—Registramos el avión de arriba abajo —recordó Von Daniken, volviendo
a poner el archivo sobre el escritorio—. No había ningún rastro del prisionero.
—Querrá decir que usted lo registró.
Le miró con los ojos muy abiertos y azules.
—Creo que usted estaba presente.
—Por tanto podemos descartarnos —dijo Marti, mostrando con una sonrisa
su mala dentadura—. Eso facilitará mucho su investigación. Espero un
informe diario. —Golpeó dos veces el archivo con los nudillos dando a
entender que el asunto estaba zanjado—. ¿Y bien? ¿Qué más? Su secretaria
me ha informado de que usted tiene algo relativo al asesinato de anoche en
Erlenbach. ¿Qué es eso de una orden de registro?
Von Daniken vaciló, esperando a que Marti le pidiera que se sentara.
Cuando quedó claro que dicha invitación no se iba a producir se dispuso a
hacer un resumen de lo que había averiguado sobre Lammers, incluyendo su
historial relativo al diseño de piezas de artillería y su reciente interés por los
MVA. Terminó exponiendo sus sospechas de que el holandés formaba parte
de una red más grande y solicitando una orden para poder registrar las
instalaciones de Robotica AG.
—¿Eso es todo? —preguntó Marti—. No puedo poner «avión en miniatura
sospechoso» en una orden de registro. Es un documento legal. Necesito un
motivo legítimo.
—En mi opinión, Lammers suponía una amenaza para la seguridad
nacional.
—¿En qué sentido? Ese hombre está muerto. Sólo porque viera la maqueta
de un avión..., ni siquiera la maqueta de un avión..., un par de alas con Dios
sabe qué más.
Von Daniken trató de sonreír para disimular su ardiente rabia.
—No se trata simplemente del avión, señor. Es toda la organización.
Lammers había estado operando durante mucho tiempo. Tiene antecedentes
de haber jugado con los malos y de pronto un día, sin ningún motivo, es
ejecutado en la puerta de su casa. Estoy seguro de que ahí ocurre algo. Ya sea
para que todo encaje o para desbaratarlo, la prueba puede estar en su
despacho.
—Conjeturas —ladró Marti.
—Ese hombre tenía una Uzi escondida en el sótano, además de un lote de
pasaportes que fueron robados a personas que o bien están vivas o bien han
visitado Oriente Medio. Eso no son conjeturas.
La embajada de Nueva Zelanda en Francia había vuelto a llamar unos
minutos antes de que Von Daniken llegara al despacho de Marti para decir
que el pasaporte encontrado en el coche de Lammers había sido robado en un
hospital de Estambul. El verdadero titular del pasaporte era un tetrapléjico que
había estado recluido en una clínica durante tres años. Ni siquiera sabía que su
pasaporte había desaparecido. Lammers utilizó el mismo truco que en
Jordania y dijo que era un empresario que había perdido el pasaporte.
—Existe sólo un motivo por el que alguien querría robar un pasaporte belga
y neozelandés —continuó diciendo Von Daniken—: cruzar fácilmente las
fronteras de Oriente Medio, sobre todo a países con restricciones de viajeros:
Yemen, Irán, Irak. Para este tipo de operación se necesita, además de
financiación, infraestructura y ciertas maniobras hábiles y muy elaboradas.
Lammers estaba asustado. Lo veía venir. La operación estaba en marcha.
—Conjeturas —repitió Marti—. Que estuviera asustado no es motivo para
expedir una orden de registro de una empresa suiza. Estamos hablando de una
sociedad, no de un particular.
Von Daniken se obligó a contar hasta cinco.
—Por cierto, señor, el nombre oficial del aparato es microvehículo aéreo,
también llamado drone13.
—Por lo que a mí respecta puede llamarlo mosquito con esferoides —
respondió Marti—. Aun así no voy a firmar la orden. Si tanto desea registrar
esas oficinas, abra un expediente con un juez investigador de Zúrich. Si él
opina que usted tiene suficientes pruebas para darle una orden de registro, no
tendrá que acudir a mí.
—Eso tardará al menos una semana.
—¿Y qué?
—¿Y si existe una amenaza inminente en territorio suizo?
—Por Dios, no nos pongamos histéricos.
Detrás del escritorio de Marti había una fotografía suya entrando en el
estadio olímpico al final de su desastrosa maratón. Incluso en la foto parecía
estar tambaleándose y haberse vomitado encima en un momento anterior de la
carrera. Von Daniken se preguntó qué tipo de hombre mostraría una imagen
de sí mismo en el momento más bajo y humillante de su vida.
—Si cree que existe una amenaza inminente, deme una prueba —dijo Marti
—. Ha dicho que Lammers diseñaba piezas de artillería. Bien. Muéstreme un
arma grande. No sólo esta orden va a desaparecer en el interior de un
expediente, sino también mi cabeza si le autorizo estas cosas. Me condenarán
si le dejo actuar por las buenas, movilizando todos los medios para verificar
una simple corazonada.
«¿Una simple corazonada?». ¿A eso se reducen treinta años de experiencia?
Von Daniken estudió a Marti. Las mejillas hundidas. El pelo moderno con
también moderno tinte de henna. Ese hombre podría hacer que una galleta
holandesa quedara fuera de la ley si quisiera. Estaba siendo obstinado a
propósito, en venganza por la redada chapucera en el avión de la CIA.
—¿Y qué me dice del Uzi? —preguntó Von Daniken—. ¿Y los pasaportes?
¿No cuentan para nada?
—Usted mismo lo ha dicho. Estaba asustado. Estaba apurado. Esos hechos
por sí mismos no nos permiten invadir su intimidad.
—Ese hombre está muerto. Ya no tiene ninguna intimidad.
—¡No juegue conmigo! No voy a discutir de semántica.
—Dios no quiera que molestemos a nadie.
Von Daniken respetaba la constitución tanto como cualquier otro. En sus
años de carrera nunca se había desviado ni de su contenido ni de su intención.
Pero el trabajo de la policía había cambiado de forma radical en los últimos
diez años. Como antiterrorista tenía que detener los crímenes antes de que
ocurrieran. Atrás quedaba el lujo de recabar pruebas después del delito y
presentarlas ante un juez. A menudo la única prueba era su experiencia e
intuición.
Se acercó a la ventana y miró el río Aare. El atardecer había convertido el
cielo en una bóveda de caballos beligerantes que libraban una batalla sobre los
tejados de la ciudad. La nieve volvía a caer con fuerza. Ráfagas de viento
movían los copos en remolinos.
—No se moleste por la orden —dijo finalmente.
Marti se puso de pie, rodeó el escritorio y le dio un apretón de manos.
—Me alegra ver que está siendo más razonable.
Von Daniken se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
—Tengo que irme.
—Espere un minuto...
—¿Sí?
—¿Qué va a hacer con respecto al avioncito? ¿El MVA?
Von Daniken se encogió de hombros como si ese asunto ya no le interesara.
—No voy a hacer nada —dijo.
Era mentira.
17

Jonathan miró hacia la entrada de la estación de Landquart y al


aparcamiento del otro lado de la calle, donde había un Mercedes último
modelo en el centro de la tercera fila, justo donde el mapa del bolso de Eva
Kruger decía que estaría. Él estaba estratégicamente situado en la puerta de un
restaurante acristalado, a unos cincuenta metros de allí. Los últimos noventa
minutos había estado dando vueltas por la estación. Los trenes llegaban en las
horas medias desde Chur y Zúrich. Durante los minutos anteriores y
posteriores la acera bullía de viajeros. Los coches entraban y salían del
aparcamiento. Y después la actividad disminuía hasta que llegaba el siguiente
tren. Ni una sola vez en ese tiempo había visto un policía. Aun así era
imposible determinar si había alguien que vigilara el aparcamiento. En
cualquier caso decidió que Simone tenía razón. Los policías que querían robar
los bolsos de Emma no eran muy honestos.
A las seis menos cinco el tráfico de la tarde estaba en su apogeo. Los faros
pasaban en un desfile cegador. Pateó con sus botas tratando de mantener
activa su circulación. Había dejado a Simone a las afueras de la ciudad, pese a
sus enérgicas quejas. Hay un momento para el trabajo en equipo y otro para
actuar a solas. Ésta era, sin duda, una carrera solitaria.
Acurrucado en su chaqueta, mantenía la mirada fija en el Mercedes.
Recoger la carta.
Mostrar los resguardos.
Retirar los bolsos.
Consultar en un mapa la localización del coche aparcado.
Ropa para cambiarse. Pelo alisado. No olvidar la alianza.
Cambiar de vida.
Entregar el jersey con el sobre que contiene los cien mil francos.
Pero ¿dónde? ¿Cuándo? ¿A quién? Y lo más exasperante de todo: ¿por qué?
Pasó los dedos por la llave del coche pensando en Emma. Pregunta: ¿cuándo
tu mujer es tu mujer? Y cuando no lo es, ¿quién es?

El doctor Jonathan Ransom, licenciado por la Universidad de Colorado en


Boulder, en la Facultad de Medicina del Suroeste, jefe de cirugía del Hospital
Sloan Kettering de Nueva York y titular de la beca Dewes de investigación en
el Hospital de la Universidad de Oxford en la especialidad en cirugía
reconstructiva, está en la pista del aeropuerto Roberts de Monrovia, Liberia,
mientras los últimos pasajeros descienden del avión y pasan de largo. A las
ocho de la mañana el sol está bajo en un cielo tormentoso y anaranjado. El
día es ya caluroso y húmedo, el aire se mezcla con el olor del carburante del
avión y la sal del mar, y lo interrumpen los gritos que provienen de la
multitud de caras negras agrupadas al otro lado de la valla de ciento ochenta
metros que rodea la pista. Desde muy cerca el ra-ta-ta-ta-ta de una
ametralladora perfora el aire.
No hay nada de qué preocuparse, le habían prometido durante su
formación. La lucha se reduce al campo.
Camina hacia el edificio de inmigración pasando por delante de un par de
cadáveres hinchados apoyados en la valla. Se supone que se trata de una
madre y una hija por la forma en que está abrazada una a la otra, aunque es
difícil de asegurar por la cantidad de moscas.
—¿Usted es Ransom?
Un abollado jeep militar pasa por su lado. Una mujer joven y bronceada
con el cabello de color caoba y despeinado sujeto con una cola de caballo se
agarra al descomunal volante.
—¿Es usted el doctor Ransom? Suba. Le sacaré de este circo.
Jonathan tira su bolso en la parte de atrás del jeep.
—Pensé que la lucha era en el campo —dice.
—Esto no es luchar; es dialogar. ¿No ha leído los periódicos? —Ella le
extiende una mano—. Emma Rose. Encantada.
—Sí —dice Jonathan—. Lo mismo digo.
Pasan por los peores barrios que ha visto nunca, un muro de pobreza de
siete kilómetros y medio de longitud y diez pisos de alto. La ciudad se acaba
de repente. El campo la sustituye, tranquilo y exuberante como ruidosa e
inhóspita es la ciudad.
—Tu primer destino, ¿no? —pregunta ella—. Siempre envían aquí a los
novatos.
—¿Por qué?
Emma no contesta. Una sonrisa de Mona Lisa le sirve de respuesta.
El hospital es un antiguo colector situado en la orilla de un pantano de
mangle. Docenas de mujeres y niños están tumbados sin hacer nada sobre la
hierba y el barro rojo y festoneado que rodea al triste edificio. Parece que
muchos están heridos, algunos graves. Su silencio es ofensivo.
—Nos llega un grupo como éste cada pocos días —dice Emma, deteniendo
el jeep en la parte de atrás—. Ataques con mortero. Por suerte la mayoría de
las heridas son superficiales.
Jonathan ve a un chico con un trozo de metralla del tamaño de un palo de
golf sobresaliéndole de la pantorrilla. «Superficiales» quiere decir que no
morirá desangrado.
Un hombre bajo, con barba y ojos enrojecidos da un caluroso saludo a
Ransom. Se trata del doctor Delacroix, de Lyon.
—Qué bien que el avión llegara a su hora —comenta limpiándose las
manos en una camiseta manchada de sangre—. La chica del OR 2 es tuya. Se
ha cortado la mano derecha.
—¿Cortado?
—Ya sabes —Delacroix hace un gesto como el de una guillotina que cae—.
Lo hizo con un machete.
—¿Dónde puedo asearme? —pregunta Jonathan.
—¿Asearte? —El doctor Delacroix intercambia una mirada de cansancio
con Emma—. Puedes lavarte las manos en el retrete. También encontrarás
allí unos guantes. Guárdalos. Procuramos utilizar cada par al menos tres
veces.

Después Jonathan se encuentra en la zona de mugre alcalina que hay fuera


del edificio del hospital y que sirve como terraza, recepción y área de
clasificación de enfermos. A medianoche el aire es húmedo y caliente,
poblado de gritos de los monos aulladores acompañados de pequeños
disparos de armas.
—¿Café? —Emma le ofrece una taza. Parece distinta de cuando la vio
antes. Más delgada, incluso más pequeña, y sin estar ya tan llena de orín y
vinagre.
—No hay O positivo —dice Jonathan—. Hemos perdido a dos pacientes
porque no teníamos suficiente sangre.
—Has salvado a unos cuantos.
—Sí, pero... —mueve la cabeza, abrumado— ¿es siempre así?
—Sólo cada dos o tres días.
Ahora es Jonathan el que no contesta.
Emma lo mira pensativa.
—Los más viejos no vienen — dice al rato.
—¿Cómo?
—Querías saber por qué envían aquí sólo a los novatos. Ésa es la razón.
Después de un tiempo se vuelve muy duro. Te afecta. Te desgasta. Los más
mayores no pueden soportarlo. Dicen que sólo se puede ver tanta muerte
antes de empezar tú mismo a sentirte muerto.
—Puedo entenderlo.
—No es como Blighty, ¿verdad? —prosigue Emma con un tono simpático,
de compañero a compañero—. Vi que estuviste en Oxford. Yo estuve en St.
Hilda. Sistemas Políticos Comparativos.
—¿Quieres decir que no eres médico?
—Dios mío, no. He hecho prácticas de enfermería como estudios
secundarios, pero lo mío es la administración. Logística y ese tipo de cosas.
Si alguna vez tenemos suficiente O positivo me lo tendrás que agradecer.
—No he querido... —Jonathan comienza a disculparse.
—Claro que no.
—Al principio no sabía si eras inglesa. Me refiero a tu acento. Pensé que
era escocés o londinense pasado por el centro de Europa. De Praga o algo
así.
—¿Yo? Dios, no. Soy del suroeste, de la zona de Cornwall. Todos hablamos
un poco raro por allí. Cerca de Land's End. Penzance. ¿Lo conoces?
—¿Penzance? Más o menos.
Toma aire y, pese a que sabe que va a parecer tonto, hincha el pecho y
recita con voz monótona:

Estoy muy informado sobre asuntos matemáticos, entiendo las ecuaciones,


tanto simples como de segundo grado, sobre teoremas de binomios tengo
montones de noticias que dar, con muchos y alegres datos sobre el cuadrado
de la hipotenusa.

Como ella no dice nada, añade:


—Gilbert y Sullivan. Los Piratas de Penzance. No me digas que no conoces
la canción del Teniente General Moderno.
De repente Emma se echó a reír.
—Claro que la conozco. Es que una no está acostumbrada a escucharla en
los confines de África. Dios mío. Un entusiasta.
—Yo no. Mi padre. Era diplomático. Vivimos en todas partes: Suiza, Italia,
España. Adondequiera que nos mudáramos se hacía socio de la opereta.
Podía cantar esa canción en inglés, alemán y francés.
Un ritmo de fondo llega hasta ellos a través del concurrido cielo nocturno.
El zumbido de un bajo con sonido funky. Emma ladea la cabeza en su
dirección.
—El Club Muthaiga. Un estupendo sitio para bailar. Aunque me temo que
no conocen el Mikado.
—El Club Muthaiga de Nairobi. Vi Memorias de África.
—Yo también —susurra, poniéndose de puntillas—. No le digas a nadie que
le robé el nombre. ¿Vienes?
—¿A bailar? —niega con la cabeza—. Llevo mucho tiempo levantado.
Estoy frito.
—¿Y qué? —Emma lo coge de la mano y lo conduce hacia el lugar de
donde viene la música.
Jonathan se resiste.
—Gracias, pero de verdad que tengo que descansar.
—El que habla es tu antiguo yo.
—¿Mi antiguo yo?
—El jefe de cirugía. El horrible esclavo. El que gana todos esos premios y
becas. —Ella tira de su mano—. No me mires así. Te dije que soy
administrativa. Leo tus documentos. ¿Quieres un consejo? Tu viejo yo..., el
que trabaja tanto. Olvídate de él. No durará una semana aquí. —La voz de
Emma es entrecortada y no está seguro de si habla en serio o está sonada—.
Esto es África. Todos llevan aquí una nueva vida.

Más tarde, después de bailar, de la cerveza casera y de las canciones


disparatadas y alegres, ella lo saca del club alejándose de las vibrantes
percusiones y del enjambre de cuerpos y se dirigen hacia el campo abierto.
Atraviesan un bosquecillo de casuarinas siguiendo un sendero, un arañazo en
mitad de la sombra de la noche, hasta que llegan a un claro. Por encima de
ellos, un mono aullador emite un grito y después va pasando de un árbol a
otro. Ella se gira, con sus ojos detenidos en los de él y el pelo ladeado
cayéndole por la cara.
—Te he estado esperando —dice ella llevando una mano hacia el cinturón
y tirando de él para que se acerque.
Jonathan también la ha estado esperando. No durante semanas ni meses,
sino durante más tiempo. En un día se ha apoderado de él. La besa y ella le
devuelve el beso. Pasa una mano por debajo de su camisa, sintiendo su piel
dura y húmeda, y la desliza hacia arriba poniéndola sobre un pecho. Ella le
muerde el labio y se aprieta contra él.
—Soy una chica buena, Jonathan. Sólo para que sepas cómo has de entrar.
Ella le desabrocha la camisa y la deja caer suavemente por los hombros.
Restriega una mano por su pecho moviéndola después más despacio. Da un
paso hacia atrás, se saca la camiseta por la cabeza y se quita los vaqueros.
Devora su mirada hambrienta.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunta mientras ella envuelve su cuerpo con el
suyo.
—Del mismo modo que tú.
Se tumba en la hierba y ella se coloca encima de él. La luz de la luna baila
entre su tostado cabello cobrizo. Los árboles se tambalean. En algún lugar un
chillido atraviesa el cielo.

Entró el tren de Chur y, un minuto después y en dirección opuesta, el de


Zúrich. Los pasajeros abarrotaron la acera que había delante de la estación.
Era entonces o nunca. Jonathan salió del umbral y atravesó rápidamente la
calle. Tras saltar el muro que rodeaba el aparcamiento, caminó por el pasillo
central. Si alguien vigilaba la estación, tendría una clara visión de él. Un
hombre caucásico de un metro noventa de alto, vestido con un anorak azul
marino recién comprado y un gorro de esquí a juego embutido hasta las cejas
para esconder un cabello espeso y algo rizado que había empezado a
encanecer a los veinticinco años.
«No corras», se decía a sí mismo, esforzándose por mantener sus músculos
bajo control.
Sacó las llaves del bolsillo y activó la apertura por control remoto. Tuvo la
sensación de que todo aquello estaba bien ajustado. Emma había sido siempre
muy puntillosa con respecto a la organización. El coche emitió un pitido. «No
mires a los lados», se dijo. Es de Emma, lo cual significa que es tuyo. Un
S-600. Diamond Black. El coche que la esposa de todo cirujano querría
conducir.
Se deslizó en el asiento del conductor y cerró la puerta. Tocó la palanca de
cambios y el motor dio un rugido al encenderse. Saltó sobre su asiento
golpeándose la cabeza contra el techo.
—Mierda —susurró antes de darse cuenta de que había presionado el botón
de encendido de la palanca de cambios. Era lo último en funciones
automáticas. Se tranquilizó, recuperando de nuevo la respiración. «Pronto —
pensó— los coches se conducirán solos».
Fue entonces cuando asimiló cómo era el interior del automóvil. El olor a
cuero nuevo, el estado impoluto de la cabina, el sonido a nuevo del motor. No
era sólo un Mercedes, sino un vehículo flamante de gama alta. Precio:
estratosférico. No era tanto un coche como un templo del lujo; ingeniería
automotriz elevada a un plano superior.
Se acomodó ajustando el asiento y los espejos y poniéndose el cinturón.
Deslizó la transmisión marcha atrás y empezó a salir de la plaza de
aparcamiento. El coche se movía en silencio, sorteando el pavimento helado
como si flotara sobre una nube.
Sintió un odio repentino e irracional por el coche, no sólo porque era la
prueba del engaño de Emma, sino porque representaba la vida que él nunca
quiso. Muchos de los cirujanos residentes del Sloan-Kettering habían soñado
en voz alta con un trabajo en Park Avenue y casas en los Hamptons. Podrían
tener sus adornos y esclavas. Dios sabía que habían trabajado duro para
tenerlos. Para él era sólo eso; la medicina no era un medio, sino un fin en sí
misma. Se negó a que lo definieran por sus posesiones. Por coches como ése.
Lo que importaban eran los actos. El doctor Jonathan Ransom cuidaba de los
demás.
Salió del aparcamiento y se dirigió a la salida. En la calle, el tráfico pasaba
deprisa en ambas direcciones. Los peatones aprovecharon para cruzar por
delante del Mercedes. Un hombre se detuvo al ver los faros de Jonathan. Se
protegió la vista y miró a Jonathan a través del parabrisas. Era un policía.
Jonathan estaba seguro. Dejó caer las manos del volante y esperó a que el
hombre sacara su pistola y dijera: «¡Salga del coche! Está detenido».
Un momento después el hombre se fue, otra cabeza que se movía en aquel
mar de viajeros que volvían a casa.
El tráfico disminuyó. Jonathan llevó con cuidado el coche a la calle, girando
a la izquierda y alejándose de la estación. Cuatro manzanas después se detuvo
y bajó la ventanilla.
—Sube.
Simone subió al coche. Mientras se quitaba el abrigo observó el interior.
—¿Esto es de Emma? —preguntó.
—Supongo que sí.
Jonathan se incorporó a la autopista dirigiéndose hacia el este. Una señal de
tráfico decía: «Chur 25 km».
Una sombra cruzó por la cara de Simone.
—¿Adónde vas?
—De vuelta al hotel. Tenemos que descubrir quién envió los bolsos.
18

—Más calor. Un guardia giró la boquilla que regulaba el fuego de gas


butano. Unas llamas azules salieron de debajo de la enorme tinaja. El
indicador de temperatura marcaba sesenta y cinco grados. La aguja que había
en su interior comenzó a elevarse.
Se llamaba la Olla y databa de principios del siglo XVII. Con un metro y
medio de alto y lo mismo de ancho, ya había formado parte de la lavandería
pública de Aleppo cuando Siria era provincia del Imperio otomano. La aguja
tocó los sesenta y cinco grados y medio. Sumergido hasta los hombros en
aquel agua tan repentinamente caliente, Gassan comenzó a dar patadas con
furia. No podía dejar que sus pies tocaran el fondo por miedo a quemarse.
La aguja sobrepasó los setenta grados.
Fue una noche larga. Gassan había demostrado un valor impresionante.
Había sufrido y, aun así, no dijo a quién había entregado los cincuenta kilos
de explosivo plástico. El coronel Mike no tenía ya un aspecto tan limpio y
bien planchado. Su bigote estaba sudoroso de tanto esfuerzo. La maldad de
aquel lugar se le había metido por los poros.
—Más calor.
Aparecieron burbujas en el filo de la caldera. Gassan comenzó a gritar. No
rezaba por él ni suplicaba a Alá. De su boca salía una sarta de obscenidades
maldiciendo a Occidente, al presidente, al FBI y a la CIA. No era un fanático.
Era un terrorista definido por sus acciones, un rebelde sin más causa que la de
destruir.
Philip Palumbo se sentó en una silla que había en un rincón. Hacía años que
se había cansado de los gritos pidiendo piedad. No sintió ni la más mínima
compasión por canallas como Gassan durante el tiempo que había trabajado
en los bombardeos de Bali. Cuarenta cuerpos. Hombres, mujeres y niños que
disfrutaban de unas vacaciones en los trópicos. Todos muertos. Cien más
heridos. Vidas terminadas. Vidas arrasadas. ¿Y por qué? Por la bobada de
siempre de atacar Occidente. Tal como Palumbo veía las cosas, todos
teníamos un contrato con la sociedad por el que había que tratar bien a tus
semejantes y obedecer la ley. Si se rompía ese contrato, si alguien se salía de
los límites del juego limpio, todo se iba al traste.
Gassan quería asesinar a personas inocentes. Palumbo trataba de detenerlo.
Encendamos el fuego y que comience la fiesta.
—Volvamos al comienzo —dijo el coronel Mike con una tranquilidad
exasperante—. El 10 de enero te reuniste con Dimitri Lushenko en Leipzig.
Traspasaste el explosivo plástico a una furgoneta Volkswagen blanca. ¿Dónde
fuiste después? Tuviste que darle los explosivos a alguien. No creo que
quisieras guardarlos más tiempo del necesario. Eres un chico listo. Con mucha
experiencia. Dime qué pasó después. Incluso te voy a ayudar. Entregaste los
explosivos al destinatario final. Quiero su nombre. Cuéntamelo y
terminaremos con esta broma pesada. Dime la verdad, no duermo bien
después de hacer esto.
Las preguntas no han cambiado en diez horas.
Afuera se oían los perros aullando a la luna llena. Se escuchó el estruendo
de un avión enorme que al pasar hizo temblar las paredes.
Gassan comenzó a hablar, después frunció los labios y bajó el mentón al
pecho. Salió un sonido gutural de su garganta que sonó en toda la habitación.
—Más calor —dijo el coronel Mike.
Las llamas aumentaron de tamaño. La aguja tocó los ochenta y dos grados.
—¿Cuáles son sus planes? Dime cuál es el objetivo. Quiero lugar, fecha y
hora.
El coronel Mike era despiadado. Un hombre está hecho para estas cosas o
no. Mike había nacido para torturar como un jinete a su caballo.
Ochenta y ocho.
—Lo primero que se desprende es la polla. Revienta como una salchicha
recocida. Después se te hinchará el estómago y los pulmones empezarán a
hervir. Mírate los brazos. La carne se está descamando. Lo más triste es que
esto puede durar mucho tiempo.
Los ojos de Gassan sobresalían mientras seguía soltando maldiciones por lo
injusto de su situación.
—¿Cuál era el nombre de tu contacto? ¿En qué iban a utilizar los
explosivos?
Noventa y tres grados.
—Está bien —gritó Gassan—. Se lo diré. ¡Sáqueme de aquí! ¡Por favor!
—¿Qué me vas a decir?
—Todo. Todo lo que sé. Su nombre. ¡Pero déjeme salir!
El coronel Mike levantó una mano al guardia que controlaba el indicador de
calor. Se acercó a la tinaja y el calor hizo que apareciera sudor en su frente.
—¿Quién es el destinatario final?
Gassan dio un nombre que Palumbo nunca había escuchado.
—Se lo entregué a él en persona. Me pagó veinte mil dólares.
—¿Dónde hiciste la entrega de los explosivos?
—En Ginebra. En el aparcamiento del aeropuerto. Cuarta planta.
Se había roto el dique. Gassan comenzó a hablar escupiendo información
como si fuera agua que saliera de una tubería reventada. Nombres. Alias.
Escondites. Claves. No podía hablar más rápido.
Palumbo lo grabó todo en una cinta. Salió de la habitación para revisar la
información. Volvió cinco minutos después.
—He comprobado algunos de los nombres, pero tenemos que ver muchos
otros.
—¿Y bien? —preguntó el coronel Mike—. ¿Alguna pregunta más para
nuestro distinguido invitado?
—Pues sí —dijo Palumbo—. El señor Gassan lleva mucho tiempo en este
negocio. Nosotros estamos empezando.
El coronel Mike hizo una señal de asentimiento al guardia.
—Más calor.
19

Jonathan llegó a Arosa noventa minutos después. Condujo hasta lo alto de la


Poststrasse y aparcó enfrente del Hotel Kulm, trescientos metros más arriba
del Bellevue. Simone permanecía sentada en el asiento del acompañante con
los hombros caídos, fumando.
—No hay motivos para que te quedes —dijo él—. Es mejor que nos
separemos. Puedo hacerlo yo solo desde aquí.
—Quiero quedarme —respondió ella, mirando a través de la ventanilla.
—Vete a casa. Ya has hecho lo que tenías que hacer. Me has echado una
mano cuando lo he necesitado. No puedo responsabilizarme de ti.
Estaba claro que aquella sugerencia la enfadaba.
—Nadie te ha pedido que lo hagas —dijo con brusquedad—. He llegado
hasta aquí cuidando de mí misma, muchas gracias.
—¿Qué vas a decirle a Paul?
—Le diré que estuve ayudando a un amigo.
—Eso sonará bien cuando lo llames desde la cárcel. Lo único que estás
haciendo es meterte en un lío.
Simone se movió en su asiento y volvió la mirada hacia él. Tenía la mejilla
morada por el golpe que el policía le había asestado. El moratón contrastaba
con su usual apariencia inmaculada.
—¿Y qué vas a hacer tú? Dímelo, Jon.
Jonathan se había dicho a sí mismo que iba a hacer cada cosa en su
momento. Técnicamente sabía que era un fugitivo, pero no era la policía —ni
la buena ni la otra— lo que le asustaba, sino la verdad.
—Aún no estoy seguro —dijo un momento después.
Simone se incorporó en el asiento.
—¿Cuántos hermanos tienes?
La pregunta le pilló desprevenido.
—Dos, y una hermana. ¿Por qué?
—Si esto le estuviera ocurriendo a uno de ellos, ¿te irías a casa?
—No —dijo—, no me iría.
—Yo no tengo hermanos ni hermanas —prosiguió Simone—. Estoy casada
con un hombre que trata a su trabajo como si fuera su amante. Tengo a mis
hijos en el colegio y tengo a Emma. Estoy tan confundida como tú respecto en
qué estaba metida. Si puedo ayudarte de algún modo a descubrirlo, quiero
intentarlo. Entiendo tu preocupación por mí y te lo agradezco. Mañana iré a
Davos a ver a Paul. Estoy segura de que para entonces habremos resuelto esto.
Pero si tenemos que enfrentarnos a la policía, yo estaré contigo.
Jonathan se dio cuenta de que no iba a convencerla. No podía negar que su
presencia sería de ayuda cuando él estuviera delante de un capitán de la
policía. Ella era profesora asociada de un prestigioso colegio de Ginebra; su
marido, un economista respetado.
Extendió la mano y le quitó el cigarrillo de la boca.
—De acuerdo, tú ganas. Pero si te quedas, tendrás que dejar de fumar estas
cosas. Vas a hacer que vomite.
Simone sacó al momento otro cigarrillo de su bolso y lo atornilló a la
comisura de su boca.
—Allez. Te espero aquí —se inclinó y le besó en la mejilla—. Ten cuidado.
Jonathan bajó rápidamente la calle con la cabeza gacha. El viento removía la
nieve y la arrojaba a sus mejillas con tanta fuerza que tenía que protegerse los
ojos para poder ver tres metros por delante. Siguió una bifurcación que salía
de Poststrasse y giró después tomando un sendero que atravesaba el
Arlenwald, el bosque que alfombraba el flanco inferior de la montaña. El
viento era aquí más calmado y comenzó a caminar más deprisa.
Más allá del ramillete de farolas de la calle, el camino se volvía oscuro,
acotado por altos pinos y abedules rígidos como escobillones. A su derecha, la
ladera caía vertiginosamente. Unos minutos después, llegó a la parte de atrás
del hotel y bajó la pendiente a través de la nieve que le llegada a las rodillas.
Se detuvo al borde del bosque para localizar su habitación. Cuarta planta.
Esquina delantera. Un pino de cien años subía desde la cuesta cercana al
edificio, extendiendo sus ramas superiores de forma tentadora, aproximándose
a los balcones de la tercera y cuarta plantas.
Fue entonces cuando sintió un picor en los pelos de la nuca. Se volvió
bruscamente seguro de que alguien le estaba vigilando. Observó la colina que
había detrás de él. Una lechuza posada en lo alto de un árbol ululó. Aquel
sonido gutural y grave le dio un escalofrío. Observó un momento más pero no
vio a nadie.
Dio cinco pasos y se acercó al robusto pino. Eligió una rama y tiró de sí
mismo árbol arriba, subiendo después más alto. Diez metros más arriba reptó
por una rama. El balcón quedaba casi a su alcance y la inclinación de la
pendiente era tan vertiginosa que si se caía aterrizaría en la nieve tres metros
más abajo. Se colgó de una rama y balanceó las piernas hasta que llegó al
muro. Haciendo equilibrio, saltó hasta el balcón.
Había luces encendidas detrás de las cortinas cerradas. La puerta del balcón
estaba entreabierta. Dio un paso adelante apoyándose sobre los talones. En ese
momento, las cortinas se abrieron. La puerta del balcón se abrió hacia adentro.
Vio la fugaz imagen de un hombre vestido con traje que abría la puerta
mientras le hablaba a una mujer. Retirándose, Jonathan se lanzó al balcón.
Colgado de los dedos de las manos —lo que los escaladores llaman una
suspensión de murciélago— movió los dedos hasta pasar por la pared
divisoria de los balcones. La barandilla estaba helada e intensamente fría.
Miró hacia abajo. Estaba a casi veinte metros del camino de acceso y, si
fallaba, a otros tantos de la calle que había más abajo. Los dedos se le
entumecieron. Trató de convencerse de que aquello no era diferente de estar
colgado de un saliente en una pared de granito. Pero él no hacía escalada libre
a esas alturas del invierno. Cruzó al otro balcón centímetro a centímetro.
Subió por la barandilla soltando un gemido.
Recobró el aliento y trató de abrir la puerta. Estaba abierta, tal como la
había dejado él aquella mañana. En el interior las luces estaban apagadas. Al
entrar en la habitación se detuvo un momento para que sus ojos se
acostumbraran a la oscuridad. El trabajo de la camarera se notaba en el cuarto.
Las dos camas estaban hechas. El agradable olor de la madera pulida
perduraba en el aire. Pero no pudo dejar de notar la sensación de que había
algo que no estaba donde debía.
Se acercó a la cama. El camisón de Emma estaba bajo la almohada. Sus
libros editados en rústica estaban bien apilados sobre la mesilla de noche.
Cogió el que estaba arriba. Prior Bad Acts. El título era más que apropiado,
pero estaba casi seguro de que ella aún no había comenzado a leer ese libro.
Encontró el que Emma había estado leyendo al final del montón.
Caminó hacia la entrada y abrió el armario. Fue mirando cajón por cajón las
cosas de Emma. Se supone que estaba buscando pistas de sus actividades.
Pero ¿qué tipo de pistas? Si no sabía lo que ella había estado haciendo, ¿cómo
podría saber lo que tenía que buscar?
Cerró el armario y miró por encima de él, donde guardaba las maletas. Se
puso de puntillas y tiró de la más grande de las dos. Era la maleta de Emma,
una Samsonite rígida parecida a las que llevan las azafatas. La puso en el
suelo y se quedó inmóvil.
Él nunca ponía la maleta de Emma encima. Ahí es donde ponía la suya, que
era más pequeña y frágil.
Alguien había estado en la habitación.
Durante un minuto no se movió. Escuchó con la cabeza ladeada. Cada latido
de su corazón clavaba una punta en su pecho. Pero, aparte de la vibración de
sus nervios, no oyó nada. Finalmente cogió la maleta, la llevó hasta la cama y
la abrió.
Otra sorpresa. El forro interior de la tapa había sido despegado por todo su
perímetro, como las hojas de plástico transparente que se utilizan para sujetar
las fotos en un álbum. No lo habían rajado ni estropeado en modo alguno.
Mirando más de cerca descubrió un surco para asegurarlo, parecido a las
bolsas de cierre deslizable. A la luz tenue de la luna adivinó una hendidura
rectangular del tamaño y la forma de una carpeta. Era un compartimento para
ocultar papeles y documentos, algo para burlar el registro de un inspector de
aduanas.
Cerró la maleta y la volvió a poner en su sitio. El bolso de mano de Emma
estaba bajo el escritorio. Esta vez no se trataba de un bolso negro de piel de
becerro, sino de una mochila sucia por tantos años de uso. Abrió el bolsillo
exterior y le alivió encontrar su cartera donde ella la guardaba. Su documento
de identidad estaba intacto; también el dinero, que ascendía a ochenta y siete
francos. No habían tocado las tarjetas de crédito. Abrió el monedero. Algunos
francos. Una horquilla. Caramelos de menta. Cerró el bolso y después pasó la
mano por el fondo. Sus dedos tropezaron con una pulsera. Se dio cuenta de
que era una que Emma se ponía de vez en cuando. Era de color azul claro y
hecha de goma prensada, parecida a las pulseras Livestrong que popularizó
Lance Armstrong, el siete veces ganador del Tour de Francia.
La pulsera era delgada en tres cuartas partes, pero el punto que quedaba por
debajo de la muñeca era claramente más grueso. Pasó un dedo por aquel
bulto. Había algo duro y rectangular en su interior. Manipuló la pulsera un
momento antes de darse cuenta de que podía desmontarla. Ésta se partió,
dejando ver una unidad de memoria USB, un dispositivo que se utilizaba para
pasar archivos de un ordenador a otro. Nunca antes lo había visto. Emma era
adicta a su Blackberry, pero rara vez sacaba su ordenador portátil de la
oficina. Volvió a montar la pulsera y se la puso en la muñeca.
Justo entonces oyó pasos que se acercaban por el pasillo. Dejó la mochila en
el suelo y buscó en el escritorio. Mapas, postales, su brújula, bolígrafos. Los
pasos se acercaban, resonando cada vez más fuerte.
—Por aquí, oficial. Es la habitación al final del pasillo.
Jonathan reconoció la voz del director del hotel. La llave entró en la
cerradura. Abrió el cajón del centro y vio un libro encuadernado en piel
marrón. Cogió la mochila de Emma, lanzó el libro dentro y fue corriendo
hacia la terraza.
La puerta se abrió. La luz del pasillo del hotel entró en la habitación.
—¿El policía estaba muerto? —decía el director del hotel.
Sin mirar atrás, Jonathan salió de la habitación y saltó desde el balcón a la
ladera.
—Han estado allí —jadeaba Jonathan mientras se metía en el Mercedes—.
Alguien ha registrado la...
Levantó la mirada al asiento del acompañante. Simone no estaba en el
coche. Miró a sus pies buscando su bolso y vio que tampoco estaba. «Se ha
ido —pensó—. Ha entrado en razón y ha salido corriendo de aquí en cuanto
ha podido». Jonathan se inclinó sobre el salpicadero mientras recobraba el
aliento. Dirigió la mirada al contacto. Las llaves no estaban a la vista.
Asustado, se giró para mirar el asiento de atrás. Tampoco estaban el bolso de
Emma ni la caja con el jersey. Simone se había ido y se lo había llevado todo.
Se incorporó confundido, cansado. Miró el libro que tenía en el regazo. Lo
abrió y empezó a leer los nombres, direcciones y números de teléfono. «Es un
comienzo», se dijo.
En ese momento se abrió la puerta del conductor. Simone Noiret entró en el
coche.
—¿Dónde estabas? —preguntó él.
Simone vaciló.
—Subí la cuesta y bajé. Por si quieres saberlo, quería fumarme un cigarrillo.
—¿Dónde están las cosas de Emma?
—Las puse en el maletero, por si alguno de nosotros quería tumbarse.
Jonathan asintió con la cabeza, tranquilizándose.
—No quería gritarte. Es que han estado allí. Me refiero a nuestra habitación
del hotel. La han registrado. De arriba abajo. Pero lo han hecho bien. Muy
limpios. Tengo que admitirlo. Lo hicieron casi a la perfección. Nunca me
habría dado cuenta.
Simone lo miró fijamente, reflejando en sus ojos el miedo que él tenía.
—¿Qué estás diciendo? ¿Quién ha estado allí? ¿La policía?
—No, o por lo menos, no la policía de verdad.
Le habló del extraño modo en que alguien había abierto la maleta y del
curioso agujero del tamaño de una baraja de cartas.
—¿Sólo la maleta de ella? —preguntó Simone—. ¿Qué buscaban?
—No lo sé.
—Piensa, Jon. ¿Qué podía haber dentro?
Jonathan no hizo caso de la pregunta. No tenía ni idea.
—Pon el coche en marcha. Pueden venir.
Simone le dio las llaves del coche.
—Tranquilo, no va a venir nadie. Mira.
Jonathan miró por la ventanilla de atrás. La calle estaba desierta. La
tormenta había encerrado a todos los habitantes en sus casas. Volvió a
incorporarse y cerró los ojos.
—Está bien —murmuró—. Estamos bien.
—Claro que estamos bien —le tranquilizó Simone.
—He oído voces por el pasillo. Creo que el director del hotel estaba con la
policía. Hablaban del policía de Landquart. Saben que he sido yo.
—Ahora estás a salvo. Eso es lo que importa. —Simone señaló al libro que
él tenía en el regazo—. ¿Qué es eso?
—Es la agenda de Emma. Tenemos que descubrir a quién conocía en
Ascona. Si alguno de sus amigos le envió esos bolsos, su nombre tiene que
estar aquí.
—¿Puedo?
Jonathan le dio el libro encuadernado en piel. Era tan grueso como una
Biblia pero el doble de pesado. A Emma le hubiera gustado decir que contenía
nada menos que su vida. Simone lo colocó en su regazo y lo abrió con
solemnidad, como si fuera un texto religioso. El nombre de Emma estaba
escrito en la hoja de guarda. Debajo de él habían sido tachadas unas cuantas
direcciones. La más reciente era Avenue de Collonges, Ginebra. Antes fue
Rue St. Jean, en Beirut. Campamento de Refugiados de la ONU, Darfur,
Sudán. La lista continuaba. Un viaje por su vida pasada y futura.
—Pero ¿cuántos nombres hay aquí? —preguntó Simone.
—Todos a los que conoció. Emma nunca se olvidaba de nadie.
Estudiaron juntos detenidamente cada página. De la A a la Z. Buscaban una
dirección en Tessin. Ascona. Locarno. Lugano. Un número de teléfono con el
prefijo 078. Encontraron nombres en cada rincón del planeta. Tasmania,
Patagonia, Lapland, Greenland, Singapur y Liberia. Pero en ningún sitio se
mencionaba Ascona.
Treinta minutos más tarde Simone dejó el libro en el compartimento entre
los dos asientos.
Emma no tenía ningún amigo que viviera en la provincia más meridional de
Suiza. Ascona no existía.
Buscando en sus bolsillos sacó la copia para el cliente del resguardo del
equipaje de Emma.
—Aún tenemos esto —dijo—. El mozo de estación dijo que el nombre del
remitente estaba registrado en la estación de salida.
—No creo que los suizos den esa información tan fácilmente. Tendrás que
identificarte.
—Puede que tengas razón.
Jonathan le dio a Simone los resguardos y puso en marcha el motor.
—¿Adónde vamos?
—¿Adónde crees? —preguntó, girando la cabeza sobre su hombro mientras
iba marcha atrás para sacar el coche a la calle.
Simone se movió en su asiento, colocándose el pelo por detrás de la oreja.
—Pero Emma no tenía amigos allí. Ni siquiera sabemos por dónde empezar
a buscar. ¿Qué esperas que podamos conseguir?
Jonathan aceleró.
—Sé cómo descubrir quién envió esos bolsos a Emma.
20

Cinco minutos antes de la medianoche una furgoneta sin matrícula se detuvo


en el muelle de descarga de la sede central de Robotica AG, en el polígono
industrial de Zúrich. Subieron cuatro hombres. Iban todos vestidos con ropas
oscuras y gorros que les cubrían la frente, guantes de cirujano y zapatos con
suelas de goma. Su jefe, que era ocho centímetros más bajo, dio un golpe a la
puerta del acompañante y la furgoneta se alejó.
Subiéndose a la dársena, pasó por la puerta de acero ondulado que protegía
el muelle de carga. Tenía dos llaves en la mano. La primera desactivaba el
sistema de seguridad. La segunda abría la entrada de los empleados. Los
hombres fueron desfilando hacia el interior del edificio.
—Tenemos diecisiete minutos hasta que la policía haga su próxima ronda
—advirtió el inspector jefe Marcus von Daniken mientras cerraba la puerta
detrás de él—. Moveos rápido, tened cuidado con lo que tocáis, y bajo
ninguna circunstancia podéis llevaros nada del edificio. Recordadlo: no
estamos aquí.
Los hombres sacaron unas linternas de sus chaquetas y avanzaron por el
pasillo. Con Von Daniken estaban Myer, de Apoyo y Logística, Kluber, de
Servicios Especiales, y Krajcek, de Comando Avanzado. Todos ellos habían
sido informados de las circunstancias relativas a la operación. Todos sabían
que si eran capturados, sus carreras terminarían y que cada uno de ellos corría
el riesgo de ir a la cárcel. Su lealtad a Von Daniken superaba cualquier riesgo.
Fue Myer, de Logística, quien se había puesto en contacto con la empresa de
seguridad para conseguir los horarios del vigilante, así como las llaves para
acceder a las instalaciones sin riesgos. Aquella industria suiza tenía un largo
historial de cooperación con la policía federal.
Dejando que los demás entraran, Kluber sacó de su bolso un aparato
rectangular parecido a un teléfono móvil grande y lo sostuvo delante de él. Se
movió despacio por el pasillo con los ojos clavados en las pulsaciones del
histograma que iluminaban la pantalla. De repente se detuvo y pulsó el botón
rojo que había debajo de su dedo pulgar. El histograma desapareció. En su
lugar apareció AM-241. Miró hacia arriba. Justo sobre su cabeza había un
detector de humos.
El aparato era un sensor portátil de explosivos y radiaciones. No le
preocupaba el AM-241 —o americio 241—, un mineral que se utiliza en los
detectores de humos. Buscaba algo un poco más emocionante. Continuó
caminando por el pasillo moviendo el sensor por delante de él a un lado y a
otro, como si fuera una varilla de zahorí. El lugar parecía estar limpio. Por
ahora.
Von Daniken no tenía la llave del despacho de Theo Lammers. Por muy
colaboradora que fuera, la empresa de seguridad no podía proporcionarles lo
que no tenían y se les prohibía el acceso al despacho del director general.
Myer extendió sobre el suelo un rollo de gamuza que contenía herramientas y
llaves y se puso manos a la obra. Como antiguo instructor en la Academia de
Policía Cantonal sólo necesitaba treinta segundos para abrir la cerradura.
Von Daniken pasó la linterna por el despacho. El MVA estaba encima de la
mesa donde lo había visto por última vez. Lo cogió y lo estudió desde
diferentes ángulos. Era sorprendente que un aparato tan pequeño pudiera
viajar a esas velocidades. Lo que más le interesaba era su finalidad, pacífica o
no.
Dejó en su sitio el MVA y le hizo varias fotografías con su cámara digital.
Entonces pasó al escritorio de Lammers. Sorprendentemente los cajones no
estaban cerrados con llave. Una tras otra fue sacando las carpetas del difunto
director general, esparció los documentos sobre la mesa y los fotografió. La
mayoría parecía correspondencia de clientes y circulares internas. No vio nada
que indicara por qué un hombre podría necesitar tener tres pasaportes y una
Uzi cargada en su casa.
«Ésta es su vida pública», se dijo Von Daniken. La cara sonriente del
espejo.
—Doce minutos —susurró Krajcek asomando la cabeza por la puerta del
despacho. Krajcek era la fuerza, y la Heckler & Koch MP5 que llevaba en sus
manos lo demostraba.
«La agenda».
Von Daniken la vio casi por casualidad sobre un aparador junto a una
fotografía de Lammers con su mujer y sus hijos. Cogió el libro encuadernado
en piel y hojeó sus páginas. Las entradas eran tan cortas que parecían
codificadas, en su mayoría anotaciones de reuniones con el nombre de una
empresa y su representante. Fue hasta la última entradilla, la del día de la
muerte de Lammers. Cena a las 19:00 horas en el Ristorante Emilio con GB.
Al lado aparecía un número de teléfono.
Von Daniken fotografió la página.
Una vez terminaron en el despacho, él y Myer siguieron su camino pasando
por la recepción y atravesando unas puertas giratorias hacia la planta de
producción.
—¿Dónde está el taller? —preguntó Myer mientras los dos hombres se
deslizaban entre terminales colocados sobre carretillas móviles.
—¿Cómo voy a saberlo? Sólo me dijeron que Lammers construyó el MVA
allí.
Myer se detuvo y lo agarró de un brazo.
—Pero ¿estás seguro de que es aquí?
—Es lo razonable.
Von Daniken recordó que la ayudante de Lammers no había especificado
que el taller estuviera en el edificio.
—¿Es lo razonable? —preguntó Myer—. ¿Estoy arriesgando mi pensión de
jubilación porque es lo razonable?
Un recinto cercado por una pared ocupaba el otro rincón de la planta. En la
entrada había una puerta de acero decorada con un letrero en el que se podía
leer Privat.
—Estoy razonablemente seguro de que es ahí —dijo Von Daniken.
Myer se puso de rodillas y acercó su linterna.
—Tan herméticamente cerrada como el Banco Nacional —murmuró.
—¿Puedes abrirla? —preguntó Von Daniken.
Myer le fulminó con la mirada.
—Estoy razonablemente seguro de que sí.
Myer sacó sus herramientas y comenzó a introducirlas una tras otra por la
cerradura. Von Daniken permanecía de pie a su lado con el corazón latiéndole
tan fuerte que se podía oír desde Austria. No estaba hecho para esto. Primero,
entrar de forma ilegal sin una orden de registro, y ahora, forzar la entrada a
una propiedad privada. ¿Qué le había pasado? Él nunca se había andado con
intrigas y misterios. En realidad era un hombre de despacho y estaba
orgulloso de ello. Cincuenta años eran demasiados para participar en la
primera operación subrepticia.
—Nueve minutos —dijo Krajcek, dirigiendo su voz serena al oído de Von
Daniken.
Para entonces Kluber y su detector de radiación habían llegado ya a la
planta de producción. Desvió el detector hacia su derecha y el histograma
cambió a un sonido distinto. En la pantalla se leía C3H6N606, y al lado la
palabra Ciclotrimetilenotrinitramina. Reconoció el nombre, pero estaba más
acostumbrado a llamarlo por su nombre comercial: RDX. Puede que, después
de todo, aquella búsqueda no fuera una pérdida de tiempo.
—Ocho minutos —dijo Krajcek.
Myer se arrodilló en el suelo de la planta para manipular dos piquetas como
si fuera un prestidigitador.
—Ya está —anunció cuando los pestillos se colocaron en su lugar y la
puerta se abrió.
Von Daniken entró. La luz de su linterna iluminó una mesa de trabajo llena
de herramientas eléctricas, alicates, destornilladores, cables y chatarra. Con
una simple mirada supo que lo habían encontrado. El taller de Theo Lammers.
Von Daniken encendió las luces. Era una versión ampliada de lo que había
visto la noche anterior en Erlenbach. Había mesas de dibujo en cada extremo
de la habitación. Las dos estaban llenas de dibujos mecánicos y diseños
esquemáticos. Sobre el suelo había todo tipo de cajas. Reconoció los nombres
impresos en ellas como los de fábricas de equipos electrónicos.
Pegado a la pared más cercana había un diseño de una especie de avión. Se
puso de puntillas para examinar las características técnicas. Longitud: dos
metros. Envergadura de las alas: cuatro metros y medio. Aquello no era un
MVA. Ahí estaba el auténtico. Los diseños lo identificaban con un drone, los
aviones dirigidos por control remoto que se utilizaban para sobrevolar
territorio enemigo y —si no estaba equivocado—, en ocasiones, para disparar
misiles. Aquella idea le dio escalofríos. Allí, sujeta en una esquina de los
diseños, había una fotografía del producto terminado. Era grande. Un enorme
cóndor. Junto a él había un hombre de pie. Pelo oscuro. Tez morena. Se
acercó la fotografía. El sello con la fecha mostraba que fue tomada hacía una
semana. La giró. En el reverso se leía TL y CE, así como una fecha. TL era
Lammers. ¿Quién era CE?
Von Daniken intercambió una mirada de preocupación con Myer.
Continuaron su registro. Myer buscaba por las cajas mientras Von Daniken
hurgaba en los papeles que había sobre las mesas de dibujo.
—Dos minutos —dijo Krajcek.
En ese momento Von Daniken recordó las iniciales que había en la agenda
de Lammers. GB. Volvió a mirar el reverso de la fotografía. Las iniciales no
eran CE, sino GB.
Sacó la fotografía que había hecho y utilizó el zoom de la cámara para leer
el número de teléfono que aparecía junto a las siglas GB. Prefijo 078. El
Tessin, el cantón más meridional del país, donde estaban las ciudades de
Lugano, Locarno y Ascona. Aquélla era su primera pista de verdad.
Fue entonces cuando vio a Kluber en el umbral de la puerta. No habló, pero
caminó hacia ellos como un autómata con los ojos fijos en el detector de
radiaciones.
—RDX —anunció—. Este sitio está lleno.
Aquellas iniciales no necesitaban explicación alguna. El RDX, las siglas en
inglés de Royal Demolition Explosive, era bien conocido por todos los agentes
del orden público dedicados al contraterrorismo. Desarrollado por primera vez
por los británicos antes de la Segunda Guerra Mundial, el RDX fue el primer
componente de muchos tipos de explosivo plástico y la carga estimulante de
todas las armas nucleares.
Von Daniken se sintió como si se quedara sin respiración. Un drone, una
empresa que fabricaba sistemas de orientación de enorme precisión.
—Pero no veo nada de eso por aquí —protestó—. ¿Dónde pueden
esconderlo?
—En este momento no está aquí. Sólo detecto rastros, pero son recientes.
—¿Cómo de recientes?
Kluber estudió la pantalla.
—Por el grado de desintegración, yo diría que hace veinticuatro horas.
«Antes de la cena de Lammers con GB».
—Sesenta segundos —dijo Krajcek—. Tengo el coche del vigilante a tres
manzanas de aquí y acercándose.
—Fuera —dijo Von Daniken, mientras sacaba fotos de los diseños con saña.
Kluber salió rápidamente del taller. Myer le seguía. Von Daniken se dirigió
a la puerta. En el momento en que iba a apagar las luces lo vio.
Un hermanito.
En el otro extremo de la habitación, apoyada en un estante debajo del
mostrador había una versión más pequeña del MVA del despacho de
Lammers, quizá la mitad de grande, no más de veinte centímetros de largo y
otros veinte de alto. Sin embargo las alas tenían una forma diferente, casi
triangular. Observó que estaban pegadas a un eje central y se batían arriba y
abajo, como las de los pájaros.
Sin saber por un momento si quedarse o irse, se abalanzó sobre el avión en
miniatura y lo cogió. El modelo no pesaba más de quinientos gramos. No era
tan ligero como una pluma, pero estaba bastante cerca de serlo.
«¿Vuela?», le había preguntado a Michaela Menz esa misma tarde.
«Por supuesto —fue la respuesta indignada—. Lo lanzamos desde los
muelles de carga».
Von Daniken notó que la parte inferior de las alas estaba cubierta de un
tejido ligero y tenso de color amarillo fuerte y estampado con una impronta
negra familiar.
Myer introdujo de nuevo su cabeza por la puerta del despacho.
—Maldita sea, ¿qué estás haciendo? ¡Tenemos que salir de aquí!
Von Daniken levantó el MVA.
—Mira esto.
—¡Déjalo! —le gritó Myer—. De todos modos, ¿qué demonios quieres
hacer con una mariposa de juguete?
21

A las afueras de la ciudad de Viena, en la arbolada aldea de Sebastiansdorf,


las luces iluminaban las ventanas de Flimelen, una típica cabaña austriaca
para cazadores. Construida como retiro para el emperador Francisco José, la
laberíntica finca había seguido a su dueño hasta la tumba al final de la Primera
Guerra Mundial. Durante cuarenta años había estado descuidada y
abandonada. Con las ventanas rotas, las puertas arrancadas para hacer leña y
las piedras de sus cimientos extraídas para construir otras casas menos
majestuosas, parecía que el bosque se la había tragado entera.
Y después, en 1965, renació. Un día llegaron unos obreros y comenzaron a
restaurar el decrépito edificio. Pusieron nuevas ventanas. Instalaron puertas
sólidas. Más abajo se construyó un puesto de vigilancia. Otra organización
que necesitaba un refugio solitario donde tratar sus asuntos más confidenciales
exigió quedarse con Flimelen. No se trataba de un gobierno, sino de la
creación de muchos, decididos a evitar desastres o guerras.
Cuatro hombres y una mujer estaban sentados alrededor de una mesa larga
en la enorme sala. La mesa estaba presidida por un hombre circunspecto y
serio de procedencia medio-oriental, con un flequillo gris y un bigote bien
arreglado. Llevaba gafas estrechas de estudiante y era licenciado en derecho y
diplomacia por las universidades de El Cairo y Nueva York. Aunque ya era
casi medianoche y hacía rato que los demás se habían quitado las corbatas y
aflojado los cuellos de las camisas, él continuó con la chaqueta puesta y la
corbata en el mejor estado posible. Veía su situación con la mayor seriedad.
Por sus esfuerzos había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz.
Pocas personas podían jactarse de que el destino del mundo dependía de ellas
sin ser tildadas de mentirosas, arrogantes e imprudentes. Él era una de ellas.
Su nombre era Mohamed ElBaradei. Era el presidente de la Agencia
Internacional de Energía Atómica.
—Esto no puede ser verdad —dijo ElBaradei pasando el dedo por el
informe.
—Me temo que no hay ninguna duda al respecto —dijo el hombre que
estaba a su lado, Yuri Kulikov, un ruso con cara de póquer que dirigía el
departamento de Energía Nuclear de la AIEA.
—Pero ¿cómo? —ElBaradei examinó las caras reunidas alrededor de la
mesa—. De ser así, hemos fracasado en nuestro cometido.
—Un programa de engaño institucionalizado —dijo Kulikov—. Un juego
de trileros. Durante años hemos concentrado nuestros esfuerzos en
inspeccionar un lugar mientras en secreto estaban trabajando en otro.
Los hombres y mujeres sentados a su lado procedían de los rangos
superiores del Secretariado, el personal profesional que dirigía la AIEA.
Estaban Oniguchi, natural de Japón, que dirigía el departamento de Ciencias y
Aplicaciones Nucleares; Brandt, austriaca, y la única mujer en aquella sala,
que dirigía el de Cooperación Técnica; Kulikov y Pekkonen, el impasible
finlandés que dirigía el departamento de Salvaguardas y Verificación, el más
conocido de la AIEA.
—No puede haber duda respecto a la precisión de la información —
intervino Pekkonen—. El sensor iba equipado con un dispositivo de última
generación capaz de reconocer registros de emisión de rayos gamma con una
precisión diez veces superior al modelo anterior.
Si bien ElBaradei carecía de formación científica, veinte años de trabajo en
la AIEA de Viena le habían proporcionado cierta base sobre los principios de
energía nuclear. Las emisiones de materiales radiactivos como el uranio o el
plutonio dejan un rastro único. Si se miden con precisión, esos rastros
indicarán la edad y el enriquecimiento del material radiactivo y, lo que es más
importante, que concernían a las personas sentadas alrededor de aquella mesa,
el uso que tiene previsto.
En su estado natural, el uranio no podía ser utilizado para provocar una
reacción nuclear. Tenía que ser enriquecido, o inflado con un isótopo
específico: el uranio 235. El medio más común era procesar gas hexafluorido
de uranio mediante una centrifugadora haciendo girar un tambor de acero a
gran velocidad. Cada vez que el gas giraba, se volvía más enriquecido. Para
aumentar la velocidad del proceso se unían varias centrifugadoras de forma
que el gas caía en cascada de una máquina a otra. El camino hacia el éxito era
directo: cuantos más centrifugados se hicieran, más rápido se enriquecía el
uranio.
Para su uso en plantas de energía nuclear, el mineral radiactivo tenía que ser
enriquecido al treinta por ciento. Para su utilización como material fisible —es
decir, para ser capaz de generar una reacción nuclear— tenía que alcanzar un
nivel del noventa y nueve por ciento. El documento que se encontraba bajo los
ojos de ElBaradei informaba de registros de rayos gamma de un pasmoso
noventa y seis por ciento.
—La mariposa estuvo sobre la zona de destino siete días —siguió Pekkonen
—. Durante aquellos días envió miles de medidas atmosféricas. Es poco
probable que todas ellas sean erróneas.
—Pero estas medidas están por las nubes —protestó ElBaradei—. ¿Cómo
pudieron ocultárnoslas durante tanto tiempo?
—Las nuevas instalaciones se construyeron muy por debajo del suelo y se
camuflaron como embalse subterráneo.
—Si están tan bien disimuladas, ¿cómo es que las hemos encontrado?
Pekkonen se inclinó hacia delante, contrastando su mechón rubio con su tez
rojiza.
—Nos llegó un rumor sobre su situación de un miembro de la delegación
americana de las Naciones Unidas. Procedía de una fuente de alto rango en el
gobierno iraní. Los americanos pensaron que nosotros podríamos confirmarlo
o desaprobarlo. Enviamos un equipo de inspectores a ciento sesenta
kilómetros al sur del país. Pudimos lanzar y seguir a la mariposa desde aquel
lugar sin llamar la atención.
—¿Y ustedes hicieron eso sin mi aprobación y violando por completo
nuestro mandato de inspeccionar las instalaciones con el permiso y la
cooperación de nuestros anfitriones?
Pekkonen asintió con la cabeza.
—Bien hecho —dijo ElBaradei—. ¿Saben algo ya los americanos sobre
nuestro descubrimiento?
—No, señor.
—Manténgalo así. —ElBaradei miró las caras que rodeaban la mesa—.
Hace un año consensuamos que Irán poseía quinientas centrifugadoras y que
había conseguido enriquecer hasta medio kilo de uranio al sesenta por ciento.
Ni siquiera había alcanzado la categoría de arma. ¡Ahora esto! ¿Cuántas
centrifugadoras son necesarias para generar este tipo de registros?
—Más de cincuenta mil —respondió Oniguchi, de Ciencias Nucleares.
—¿Y cómo podemos asegurar que consiguieron estas centrifugadoras? No
estamos hablando de un cajón lleno de iPods falsos, sino de un avión cargado
con la maquinaria más custodiada y cuidadosamente regulada del mundo.
—Está claro que la pasaron a escondidas —dijo Pekkonen.
—Está claro —repitió ElBaradei—. Pero ¿quién lo hizo? ¿Desde dónde?
Tengo cuatrocientos inspectores cuyo trabajo es vigilar este tipo de cosas.
Hasta hace cinco minutos pensaba que eran sumamente competentes. —Se
quitó las gafas y las puso sobre la mesa—. Y entonces, ¿cuánto uranio de
categoría de armas debemos suponer que poseen ahora?
Pekkonen miró nervioso a su superior.
—Señor, nuestra conclusión es que la República de Irán posee en la
actualidad no menos de cien kilos de Uranio-235 enriquecido.
—¿Cien? ¿Y cuántas bombas pueden fabricar con eso?
El finlandés tragó saliva.
—Cuatro, puede que cinco.
Mohamed ElBaradei volvió a ponerse las gafas. «Cuatro, puede que cinco».
También podría haber dicho «mil».
—Hasta que recibamos un estudio independiente de esta información nadie
de esta sala podrá decir una palabra sobre este descubrimiento.
—Pero no deberíamos compartirlo con... —comenzó a decir la austriaca
Milli Brandt.
—Ni una palabra —reiteró ElBaradei—. Ni siquiera a los americanos ni a
nuestros colegas de Viena. Quiero absoluto silencio. Lo último que
necesitamos es un incidente antes de poder confirmar estos hallazgos.
—Pero, señor, tenemos una responsabilidad —siguió diciendo ella.
—Soy totalmente consciente de cuál es nuestra responsabilidad. ¿Me he
explicado bien?
Milli Brandt asintió con la cabeza, pero sus ojos dejaban entrever una
decisión distinta.
—Se levanta la sesión.
Mientras ElBaradei esperaba a que los demás se fueran, se quedó sentado
escuchando cómo el viento golpeaba en las ventanas y angustiado por sus
pensamientos. Finalmente la puerta se cerró. Las voces se silenciaron. Estaba
solo.
Miró al cielo de la noche con las manos juntas. A pesar de que no era un
hombre creyente, se encontró entrelazando los dedos como si fuera a rezar. Si
la información salía de aquella sala, las consecuencias serían inmediatas y
devastadoras.
—Que Dios nos asista a todos —susurró—. Será la guerra.
22

El piloto pasó la mano por las alas del avión como si estuviera realizando
una comprobación previa al vuelo. El tanque de gasolina estaba lleno. El
anticongelante se había llenado hasta arriba. El ave estaba preparada para
salir. Caminó por la pista apartando las piedras con los pies.
Aquella noche era el último vuelo de comprobación. Todo debía estar
ensayado tal cual sería ese día. La repetición proporcionaba precisión, y la
precisión, éxito. Había aprendido estas normas a base de golpes. Su cuerpo
guardaba cicatrices provocadas por su ignorancia. Dirigió de nuevo sus pasos
hacia el avión, dio un par de golpes en el ala para que le diera suerte y después
fue adentro.
Habían pasado muchos años desde la última vez que había volado en una
misión de combate. Entonces era joven, imprudente y apuesto. Un bebedor.
Un mujeriego. Un hombre que huía del camino de la virtud. Vio su imagen
reflejada en el espejo. Ya no era joven ni imprudente. Y bien sabía Dios que
ya no era apuesto.
No podía mirarse sin recordar. Los recuerdos de aquel olvidado lugar no
quedaron nunca lejos de la superficie, un fantasma que estaba siempre al
acecho cubierto por el miedo, la culpa y el fuego. Recordó aquella noche en el
desierto. El buen ánimo, la promesa del triunfo, la seguridad de que Dios
estaba de su parte, la parte de los fieles. Podía oír las voces. Amigos.
Compañeros. Hermanos.
Y de repente, allí estaba el haboob, una vasta nube de arena que se
arremolinaba con fuerza y que subía desde el desierto hasta el cielo más de un
kilómetro, envolviéndolos a todos, provocando el caos y causando más que
estragos.
La misión terminó en llamas. Ocho hombres muertos por causa de las
quemaduras. Cinco más gravemente heridos. Él estaba entre ellos, con
quemaduras de tercer grado que cubrían el setenta por ciento de su cuerpo.
En los días que siguieron —largos días llenos de dolor y dudas— se le
ocurrió que se había librado por un motivo: le habían dado una segunda
oportunidad. Las cicatrices que llevaba eran para recordarle esa oportunidad,
para renegar de su obediencia a Él. Si bien el Todopoderoso le había quitado
sus dotaciones físicas, le había concedido un despertar espiritual. Lo había
llevado junto a Él y le había hablado para convertirlo en uno de Sus Sirvientes
Personales, un elegido. Todo era por un fin y ese fin estaba cerca.
El piloto se quemó por aquel que es Justo. Vivía solamente para Su regreso.
Se reunió con los miembros del equipo en la sala de espera. Todos ellos
juntaron sus manos.
—Oh, Señor todopoderoso, te rogamos que apresures la venida de tu último
depositario, el Prometido, ese ser humano perfecto y puro, aquel que traerá a
este mundo justicia y paz.
El círculo se rompió. Cada hombre se dirigió a su puesto.
El piloto se acercó a los controles del avión con temor. Habían cambiado
muchas cosas desde la última vez que voló en una misión de combate. En
lugar de una serie de diales e instrumentos se encontró con un panel de seis
pantallas planas que transmitían las funciones fundamentales del avión. Se
deslizó en su asiento y se colocó en posición. Agarró la palanca de mando y
dedicó un momento a familiarizarse con ella.
—Comprobación del sistema completado —dijo uno de los técnicos—.
Establecido contacto con tierra. Establecida la conexión con el satélite. Vídeo
en funcionamiento.
—Afirmativo.
El piloto puso en marcha el motor. Se encendieron unas luces verdes en el
panel de control. El Williams monoplaza de un solo motor se puso a dar
vueltas acelerando suavemente a medida que lo hacía andar antes de echar a
volar.
Eran las dos de la mañana. Fuera de la cabina del piloto la noche era un
campo negro. No había una sola luz en el alto valle alpino donde se iba a
hacer la prueba. Mantuvo la mirada fija en la pantalla del centro del panel de
control, donde una cámara de infrarrojos colocada en el morro del avión
ofrecía una visión borrosa de la pista de un color verde brillante. Era como
mirar el mundo a través de una estalactita hueca.
—Solicito permiso para despegar.
—Permiso concedido. Que tenga un buen vuelo. Allahu akbar. Dios es
grande.
El piloto movió con suavidad el acelerador hacia delante. Soltó el freno y el
avión comenzó a avanzar por el alquitrán. Al llegar a los cien nudos subió la
rueda delantera y el avión se elevó en el aire.
El piloto comprobó el radar de tierra. El valle estaba rodeado de montañas,
algunas de hasta cuatro mil metros de altitud. El lugar no era el ideal, pero
proporcionaba un elemento esencial: privacidad. Aumentó la velocidad hasta
los doscientos cincuenta nudos y orientó los alerones. El avión se manejaba
hábilmente, apenas con un poco de retraso en los mandos. Se ladeó hacia la
derecha y vio cómo él mismo se inclinaba con el avión.
—Realización de la Prueba 1 —dijo, después de completar un circuito por el
valle.
El piloto comprobó el radar. Un momento después apareció un punto en él.
El objetivo estaba a seis kilómetros y subiendo. Le dio al botón de contacto y
llamó al punto Alfa 1. El ordenador de a bordo trazó un camino directo hacia
el objetivo.
—Inicio del movimiento hacia el objetivo. Contacto en dos minutos y diez
segundos.
—Dos minutos diez y contando —dijeron desde el control de tierra.
El piloto colocó el avión en línea detrás del objetivo. El punto se acercaba al
centro del monitor. Estaba sólo a un kilómetro y doscientos metros por debajo
de él. En ese momento el avión entró en un banco de nubes. Se quedó sin
visión. Comprobó un segundo monitor que proporcionaba visión por rayos
infrarrojos. No se veía ninguna señal de calor. Una violenta ráfaga de viento
hizo que el morro se inclinara hacia abajo. Sonó una alarma. El aviso de
entrada en pérdida. Un rayo de pánico le recorrió la espalda. Era como aquella
noche en el desierto tantos años antes. Una vez más sintió como si estuviera
atrapado en el haboob.
«Confía en tus mandos». Era una norma fundamental de los pilotos.
Recordó la colisión. El carburante del avión rociando todo su cuerpo e
incinerando a su copiloto. El insoportable olor de la carne quemada. Su carne.
«Confía en tus mandos».
Esta vez era otra voz la que le hablaba. Una voz tranquila e impecable.
«Confía en mí», decía.
Tiró de la palanca de mando hacia él y movió con suavidad el acelerador
hacia delante. Velocidad de vuelo, trescientos nudos. El morro se elevó. De
repente salió de la nube. Las estrellas brillaban por encima de él. El pulso se
le tranquilizó, pero podía sentir cómo el sudor le caía por la espalda.
Se volvió a colocar detrás del objetivo. A quinientos metros cargó la
barquilla. El objetivo quedó a la vista, acercándose como una enorme ballena.
Aumentó la velocidad de vuelo y se acercó a la pieza.
«Tres... Dos... Uno».
El avión golpeó al objetivo. En el monitor, el punto llamado Alfa 1 había
desaparecido.
—Impacto directo. Objetivo destruido —anunció el control de tierra—.
Prueba terminada.
La tripulación aplaudió. Esta vez el objetivo había sido una simulación
creada por el ordenador.
El piloto rodeó el valle y preparó al avión para un suave aterrizaje. Salió de
la cabina, atravesó la sala de control y abrió las cortinas de un amplio
ventanal. En la calle vio sobre el asfalto el drone que había pilotado por
control remoto. Un equipo de hombres rodeó la nave y comenzó a
desmontarla.
El piloto bajó la mirada y dio las gracias.
«La próxima vez será de verdad».
23

El reloj indicaba las 4:41 cuando Jonathan aparcó el coche en la acera y


apagó el motor. La lluvia aporreaba el parabrisas. Delante de él había un
edificio de piedra y terracota de tres plantas oculto entre la niebla.
—Pero si ni siquiera está abierto —observó Simone—. Aquí no hay nadie.
Jonathan señaló un par de prendas colgadas en un tendedero de la ventana
del segundo piso.
—El jefe de estación vive encima de la oficina. —Abrió la palma de la
mano—. ¿La tienes?
Simone sacó de su bolso la tarjeta de identificación del sargento Oskar
Studer.
—¿Y si no te cree?
—Son las cinco de la mañana. Lo último que va a hacer es dudar de un
policía que va a su casa. Además, no puedo enseñar esa identificación en
pleno día a menos que engorde dieciocho kilos, me afeite la cabeza y me
rompa la nariz un par de veces. Échale un vistazo. ¿Qué ves? —Jonathan se
puso la identificación delante de la cara. Simone movió la cabeza adelante y
atrás, entrecerrando los ojos para ver bien la foto del tamaño de la uña del
dedo pulgar. Le dio tres segundos y después cerró la cartera—. ¿Y bien?
—Está demasiado oscuro. No he podido ver nada.
—Exacto.
Sin embargo Simone no se había convencido tan fácilmente.
—Pero ¿cómo sabes si vas a descubrir algo?
Jonathan sacó los resguardos del bolsillo y los metió en la cartera.
—Nadie envía esa cantidad de dinero sin tener un modo de recuperarla.
Simone negó con la cabeza. Con los brazos cruzados, privada de su anterior
bravuconería, parecía más pequeña, ya no era su cómplice servicial.
—En serio, Jon, creo que deberíamos esperar.
—Ponte en el asiento del conductor. Si no he vuelto en quince minutos,
lárgate.
Abrió la puerta y se adentró en la lluvia.

—¿Sì14?
Un hombre sin afeitar y vestido con un pijama de franela miraba con ojos
legañosos por una apertura en la puerta. Jonathan levantó la insignia policial
para que pudiera verla.
—Signor Orsini —comenzó a decir con un vulgar acento italiano—.
Graubünden Kantonspolizei. Necesitamos su ayuda.
Orsini le arrebató a Jonathan de las manos la identificación policial y se la
acercó a la cara. Trató de enfocar la mirada.
—¿Qué ocurre que no puede esperar a que sea de día? —preguntó
dirigiendo la mirada desde la identificación hasta el hombre plantado delante
de él.
—Ya es de día —dijo Jonathan recuperando la tarjeta. Se abalanzó hacia la
puerta, obligando al encargado de la estación a retroceder hacia el interior de
su casa—. Un asesinato. Un colega de la policía. De hecho era mi compañero.
Puede que lo haya escuchado en las noticias.
Esperó a que Orsini dijera algo de la fotografía, pero simplemente parecía
molesto.
—No, no he oído nada —negó—. Nadie me ha llamado para hablarme de
esto.
Jonathan siguió hablando como si no le importase quién había llamado o
dejado de hacerlo.
—Hace unas horas descubrimos que las maletas que pertenecían al
sospechoso fueron enviadas en un tren que partió desde su estación. Tenemos
los resguardos del equipaje. Necesitamos el nombre de la persona que se las
dejó.
—¿Tiene una autorización por escrito? —preguntó Orsini.
—Por supuesto que no. No hay tiempo. El asesino se dirige hacia aquí.
La noticia no afectó a Orsini en absoluto.
—¿Dónde está Mario? ¿El teniente Conti?
—Me pidió que viniera directamente a la estación.
Orsini pensó en esto mientras se sorbía la nariz y se abría los botones del
pijama.
—Deme un minuto.
Cerró la puerta.
Orsini salió cinco minutos después, bien peinado, con la cara lavada, vestido
para ir a trabajar con unos pantalones grises y una chaqueta de maletero recia
de color azul. Jonathan lo siguió por el exterior del edificio hasta el despacho
de billetes.
Al cabo de un minuto Orsini estaba sentado en su escritorio, tecleando los
números de los resguardos de equipaje en su ordenador.
—Veamos..., enviados a Landquart..., bolsos recogidos ayer por la tarde.
¡Basta15! Demasiado tarde. Una vez que se recogen las maletas el archivo se
borra automáticamente. No puedo ayudarle.
La mirada de resignación de Orsini enfureció a Jonathan.
—¿Existe un registro de la transacción? —preguntó—. ¿Quizá de cuando el
cliente compró el billete? Estamos hablando de un asesinato, no del robo de
un bolso. ¡Consígame ese nombre!
Golpeó la mesa con la palma de la mano.
Orsini retrocedió, pero un momento después se puso a aporrear el teclado
como loco.
—Los billetes se pagaron en metálico..., tuvieron que rellenar un recibo...,
espere... —Se puso de pie y se dirigió a unos archivadores pasando por
delante de Jonathan. Se puso a canturrear de forma nerviosa, sacó un fajo tras
otro de recibos y los examinó uno a uno antes de lanzarlos a la mesa. De
repente golpeó un recibo con los dedos.
—¡Lo tengo!
Jonathan se puso a su lado.
—¿Quién es?
—Blitz. Gottfried Blitz. Villa Principessa. Via della Nonna. —La voz de
Orsini se llenaba de victoria a medida que examinaba los recibos—. Y bien,
¿está contento ahora, oficial?
Pero cuando se dio la vuelta vio que el despacho estaba vacío.
Jonathan ya se había ido.
24

Marcus von Daniken entró en la terminal de pasajeros del aeropuerto de


Berna-Belp. Había un helicóptero Sikorsky SR-51 sobre el asfalto mientras un
miembro del equipo terminaba de quitar el hielo de los rotores. Desde la torre
habían dicho que el tiempo sobre los Alpes iba a clarear y que tenían sesenta
minutos para ir por las montañas hasta Tessin antes de que llegara el siguiente
frente y volviera a dividir de nuevo el país entre norte y sur. Volar no era la
actividad favorita de Von Daniken, pero esa mañana no tenía otra opción. Un
tráiler había volcado en la entrada norte del Túnel Gotthard y había un atasco
de veinticinco kilómetros.
Se comunicó que subieran al helicóptero. Salió a regañadientes de la cálida
reclusión de la terminal seguido de Myer y Krajcek.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó al piloto al subir a bordo.
—Noventa minutos... si el tiempo se mantiene así.
Aquella respuesta iba acompañada del ofrecimiento de una bolsa de aire
para el mareo.
Von Daniken se apretó el cinturón con fuerza. Miró la bolsa de papel blanco
que tenía en el regazo y susurró una pequeña oración.

El helicóptero aterrizó en un campo de aviación a las afueras de Ascona a


las 9:06. Durante el vuelo, un fuerte viento en contra había zarandeado al
helicóptero como si fuera una bola de pimpón en una esfera de lotería. El
piloto había preguntado dos veces a Von Daniken si deseaba volver. Cada una
de ellas, Von Daniken simplemente negó con la cabeza. Peor que las náuseas
era la sospecha de que Blitz estaba en ese mismo momento haciendo las
maletas y se apresuraba a cruzar la frontera italiana. El número de teléfono
que aparecía en la agenda de Lammers había vuelto a su mente teniendo como
titular a Gottfried Blitz, que residía en el Villa Principessa de Ascona. Una
llamada había alertado a la policía local de la inminente llegada de Von
Daniken. Se habían dado órdenes de que bajo ninguna circunstancia podría
nadie tratar de ponerse en contacto o arrestar al sospechoso.
El motor emitió un gemido y después se paró. Las aspas del rotor
disminuyeron su velocidad y se torcieron debido a su peso. Cuando Von
Daniken puso un pie sobre el suelo sólido tuvo que contenerse para no caer de
rodillas y besar el asfalto. Pasara lo que pasara, volvería a casa en coche.
El teniente Mario Conti, jefe de la Kantonspolizei de Tessin, se encontraba
al filo de la pista de aterrizaje.
—Vendrá conmigo a la casa de Blitz —dijo—. Creo que su ayudante ya está
allí.
Von Daniken fue directo hacia el coche que le esperaba. El ruido del motor
seguía retumbando en sus oídos y no estaba seguro de haber entendido bien al
teniente.
—¿Mi ayudante? Éstos son mis hombres: el señor Myer y el señor Krajcek.
Nadie más de mi oficina está trabajando en este caso.
—Pero esta mañana temprano recibí una llamada del signor Orsini, el jefe
de la estación de ferrocarril, y me decía que lo había visitado un oficial que
quería hacer preguntas sobre los bolsos. Supuse que trabajaba en el mismo
caso que usted.
—¿De qué bolsos habla exactamente? —preguntó Von Daniken
deteniéndose con brusquedad.
—Los bolsos que fueron enviados a Landquart —explicó Conti—. El oficial
informó al signor Orsini de que pertenecían al sospechoso del asesinato de
ayer a un policía.
—Yo no investigo el asesinato del policía de Landquart ni he enviado a
nadie para que hable con el jefe de estación.
Conti movió la cabeza mientras sus mejillas perdían su palidez.
—Pero este policía... mostró su identificación. ¿Seguro que no trabajan
juntos?
Von Daniken obvió la pregunta y fue al fondo del asunto.
—¿Qué es lo que quiere este hombre exactamente?
—El nombre y la dirección del hombre que envió los bolsos.
Von Daniken comenzó a caminar hacia el coche. Aceleró el paso mientras
pensaba.
—Y el nombre de ese tipo era...
—Blitz —dijo el jefe de policía, casi corriendo para mantener su ritmo—. El
hombre al que usted busca, por supuesto. Vive en Ascona. ¿Pasa algo?
Von Daniken abrió la puerta del pasajero.
—¿Está muy lejos su casa?
—A veinte minutos.
—Lléveme allí en diez.
25

La niebla descendía desde la ladera abrazando los edificios de cientos de


años y abriéndose paso por los estrechos callejones de adoquines. El hombre
que en su profesión conocían como el Fantasma conducía por la tranquila
ciudad turística de Ascona. Se vio obligado varias veces a reducir mucho la
velocidad del coche cuando la niebla se volvía más espesa e invadía la calle.
La niebla... le seguía a todos lados...
Estaba nublado cuando llegaron las brigadas, recordó, mientras se adentraba
en las colinas circundantes, pasando por caminos vecinales bordeados por
casas de campo y cuidados jardines. No era una niebla como ésta, sino una
niebla nocturna del valle de alta montaña donde su familia cultivaba café y la
neblina avanzaba sigilosa y sinuosa como una serpiente mortal. Había nacido
para ver cómo los soldados sacaban a sus padres de la cama, los arrastraban a
la calle, los desnudaban y les obligaban a tumbarse desnudos sobre el barro. A
continuación cogieron a sus hermanas, incluso a Teresa, que aún no había
cumplido los cinco años. Cerró los ojos, pero no pudo apartar de la mente sus
gritos, el lamento de sus almas que lucharon hasta que ya no quedó nada más
por lo que luchar. Cuando los soldados terminaron, dispararon a las chicas en
el vientre. Algunos de ellos entraron y encontraron el apreciado whisky
escocés de su padre. Se quedaron en la terraza bebiendo y bromeando
mientras sus hermanas pasaban a mejor vida.
Era un niño de tan sólo siete años y estaba aterrorizado. El comandante le
puso una pistola en la mano y lo llevó hasta sus padres, a los que obligaron a
ponerse de rodillas. El comandante tomó la mano de él entre las suyas, la
levantó y le introdujo el dedo en el gatillo. Después le susurró al oído que si
quería seguir vivo debía matar a sus padres. Sonaron dos disparos seguidos.
Su padre y su madre cayeron de lado sobre el barro. Fue el chico el que apretó
el gatillo.
Después, sin mostrar miedo ni vacilación, giró la pistola hacia él.
Fue un milagro que no muriera.
Impresionado por su demostración de inquebrantable valentía, el
comandante tomó una decisión. En lugar de dejarlo con sus padres, sus cuatro
hermanas y su perro como ejemplos para el campesinado de la sabiduría del
ejercicio de su derecho al voto, el comandante sacó al chico de las montañas.
Los cirujanos extrajeron la bala que le había destrozado la mandíbula. Los
dentistas le arreglaron los dientes rotos. Tras aquellas operaciones lo llevaron
a un colegio privado donde demostró ser un estudiante entregado. El gobierno
pagó todo eso. Fue una inversión en un «proyecto» muy especial.
Como estudiante, el chico sobresalía en todas las asignaturas. Aprendió a
hablar francés, inglés y alemán, así como su idioma materno. En cuanto a las
tareas atléticas, demostró ser un ágil corredor. Rehuyó los deportes en equipo
y se concentró en las competiciones en solitario: natación, tenis y atletismo.
Todas las semanas el comandante lo visitaba. Tomaban juntos té con pastas
en una cafetería, Al principio el chico se quejaba de sus pesadillas. Todas las
noches veía en sueños a su madre y a su padre y le suplicaban que no los
matara. Aquellas imágenes eran tan persistentes, tan de verdad, que le seguían
hasta el mundo real. El comandante le dijo que no se preocupara. Todos los
soldados tenían pesadillas así. Con el tiempo se creó un vínculo entre ellos. El
chico empezó a referirse a aquel hombre como su padre. Le tomó cariño. Pero
las pesadillas no desaparecieron.
Comenzó a tener problemas en la escuela.
El primero era concerniente a su disposición social. Bien porque no podía o
porque no quería, se negó a interactuar de un modo normal con sus
compañeros de clase. Era educado. Era servicial... hasta cierto punto. Pero
nunca se deshizo de su apariencia huraña y fría. No tenía amigos ni deseos de
tenerlos. Comía solo. Tras sus ejercicios en las pistas de atletismo volvía a su
habitación, donde hacía obedientemente sus deberes. Los fines de semana
jugaba al tenis con alguno de sus varios conocidos —rechazando cualquier
invitación a unirse a ellos más adelante— o se quedaba en su habitación a
estudiar idiomas.
Todo esto se volvía cada vez más extraño porque el chico se estaba
convirtiendo en un joven atractivo. Era de facciones delgadas, bien definidas y
totalmente aristocráticas, revelando apenas una pizca de la sangre india de su
madre. Además tenía un carisma propio de los líderes innatos. Los chicos más
populares buscaban su compañía, que él siempre rechazaba. Aquellas
invitaciones desdeñadas se convirtieron pronto en burlas. Lo tacharon de
excéntrico, bastardo y bicho raro. Él respondía con un salvajismo poco común
en un chico tan joven. Descubrió que era bueno con los puños y que
disfrutaba haciendo sangrar a sus oponentes. Poco después se corrió la voz.
Era un chico solitario y no le gustaba que le molestaran.
El segundo problema, a los ojos de la escuela el peor de todos, era la
desgana del chico por participar en el culto. La escuela era católica romana y
exigía que sus alumnos asistieran a misa a diario. Aunque se colocaba en uno
de los bancos de la iglesia, no rezaba ni se unía a los cantos. Cuando se
arrodillaba ante el altar se negaba a tomar el cuerpo y la sangre de Cristo. Una
vez en la que el padre trató de obligarle a que se introdujera en la boca el
sacramento, mordió los dedos del sacerdote con tanta fuerza que le hizo
sangrar. Y lo que es peor, los cabecillas del colegio observaron que estaba
aprendiendo por su cuenta el idioma de los antepasados de su madre y que
había comenzado a rezar a una deidad pagana en esa lengua.
El comandante fue informado de todo esto. En lugar de desanimarse por el
modo en que estaba yendo su «proyecto», se mostró encantado. Podía sacar
provecho de individuos cuya consciencia había quedado limpia de artificios,
especialmente de un hombre que por apariencia y educación poseía todas las
cualidades de un caballero. Este hombre podría moverse en los círculos más
exclusivos de la sociedad. Tendría acceso a las reuniones más selectas.
En pocas palabras, era el perfecto asesino.

En un minuto el perfecto asesino atravesó el pueblo y se adentró en las


colinas dé las afueras. Giró en la Via della Norma y encontró con bastante
facilidad el Villa Principessa. Avanzó por ella durante un kilómetro y aparcó
el coche al final de un sombrío callejón sin salida. Allí siguió su ritual. Se
quitó el vial que le colgaba del cuello y metió las balas en el líquido ámbar
soplando con suavidad cada una de ellas. Mientras hacía todo aquello dijo su
oración.
Cuanto terminó salió del coche y abrió el maletero. Se puso un jersey de
lana, un impermeable y una gorra de color rojo intenso de Ferrari. La gente
veía la gorra, no la cara. Se quitó los mocasines y se puso unas botas de
montaña. Como broche final se colgó una mochila al hombro. Cerró el
maletero, introdujo el arma en su cinturón y echó a andar.
Había caminado cien metros cuando vio a un señor de pelo oscuro del que
tiraban tres perros salchicha que salían por la puerta del Villa Principessa. El
hombre andaba por la cincuentena. Tenía los ojos azules y llevaba un suéter
azul marino. Era él.
El Fantasma se acercó con una sonrisa cordial.
—Buenos días —dijo con simpatía.
Pocas veces tenía la oportunidad de hablar con aquellos a los que le habían
encargado que matara. Le alegró tener la oportunidad. Con el paso de los años
había desarrollado ciertas creencias sobre la moralidad y el destino y tenía
curiosidad por saber si este hombre tenía alguna idea de que su tiempo en la
tierra había llegado a su fin.
—Buenos días —contestó Gottfried Blitz.
—¿Puedo?
El Fantasma se inclinó para acariciar a los perros, que le lamieron las manos
con impaciencia.
Blitz se agachó y rascó a los perros por la cabeza y el cuello.
—Mis pequeñas —dijo—. Grete, Isolde y Eloise.
—Tres hijas. ¿Cuidan bien de su padre?
—Muy bien. Me mantienen sano.
—¿Qué más debe hacer un hijo?
Pocos centímetros les separaban. El Fantasma miró a Blitz a los ojos. Notó
una corriente de inquietud en él. No miedo, sino cautela. Sostuvo la mirada de
aquel hombre el tiempo suficiente para convencerle de que no era una
amenaza. «No lo ve», pensó el Fantasma. Ignora cuál es su destino.
Despidiéndose con un despreocupado «salud»16, el asesino se levantó y
siguió caminando hasta el final de la calle. Al mirar hacia atrás advirtió que
Blitz había seguido su camino en la dirección opuesta.
El encuentro le había estremecido. Puede que el hombre estuviera nervioso,
pero no sospechaba que su vida hubiera llegado a su final. Su alma no había
considerado esa idea.
El Fantasma accionó el botón del miedo. Nada le asustaba más que la
posibilidad de morir de forma repentina y sin aviso.
Dobló la esquina y subió corriendo una pequeña colina. A cincuenta metros
arrancaba un camino sin asfaltar que llegaba hasta la calle desde la derecha.
Se dirigió sendero abajo contando las casas a medida que avanzaba. Al llegar
a la cuarta saltó la pequeña valla y caminó sin prisas hasta la puerta trasera de
la casa de campo. Miró a derecha e izquierda buscando alguna mirada curiosa.
Contento de no ver ninguna, dio dos golpes fuertes en la puerta. La pistola
descansaba en su mano, con una bala cargada y tres más para asegurarse de
que la primera cumplía con su deber. Se dio cuenta de que la casa no contaba
con un sistema de alarma. Arrogante pero, a pesar de todo, agradable. Apretó
los dedos contra la puerta tratando de sentir cualquier tipo de vibración. La
casa estaba en silencio. Blitz no había regresado de su paseo.
Segundos más tarde el Fantasma estaba dentro.
26

Milli Brandt no podía dormir. Removiéndose en la cama de su casa de


Josefstadt, un elegante barrio de Viena, era incapaz de pensar en nada más
que en el maldito veredicto pronunciado por Mohamed ElBaradei en la
reunión urgente que habían mantenido seis horas antes. «Concentración del
noventa y seis por ciento... cien kilos... suficiente para cuatro o cinco
bombas». Aquellas palabras la obsesionaban como el recuerdo de un terrible
accidente. Pero la mirada de ElBaradei era peor. Angustia, enfado y
frustración, disimulando lo que ella interpretó como rendición. El futuro
estaba cantado. El mundo iba de nuevo a la guerra.
De repente se sentó. Se le aceleró la respiración y tuvo que parar mientras se
bebía el vaso de agua que tenía junto a la cama. Se levantó en silencio y,
mirando a su marido, caminó de puntillas hacia la puerta de su estudio. Una
vez dentro, cerró la puerta y se dirigió al escritorio. Sintió en su interior una
sensación de determinación. Ya no estaba pensando, sino actuando. «Es lo
que hay que hacer», se decía a sí misma.
Levantó el auricular con mano firme. Se sorprendió al recordar el número
que le habían dicho que memorizara hacía tantos años para que fuera utilizado
sólo en caso de emergencia. El teléfono sonó una vez, dos. Mientras esperaba
se dio cuenta de que su vida había cambiado drásticamente desde hacía tan
sólo un minuto. Ya no era la subdirectora del departamento de Cooperación
Técnica de la Agencia Internacional de Energía Atómica. A partir de este
momento era una patriota, un poco como una espía. Nunca en su vida se había
sentido tan segura de sí misma.
—Sí —contestó una voz brusca y exigente.
—Soy Millicent Brandt. Necesito hablar con Hans sobre los reales caballos
Lipizzaners.
—No cuelgue.
Casi podía oír al hombre que al otro lado de la línea consultaba sus archivos
o registros, o lo que fuera que miraban los profesionales del servicio de
inteligencia cuando recibían la llamada de un agente.
Por supuesto, «agente» no era la palabra correcta. Tampoco Millicent
Brandt era su verdadero nombre. Nacida como Ludmilla Nilskova en Kiev,
era la tercera hija de un conocido farmacéutico judío, un refusenik17, que
había emigrado a Jerusalén y después a Austria hacía treinta y tantos años.
Aunque la criaron en el idioma alemán, había asistido a colegios austríacos y
tenía pasaporte austríaco, nunca olvidó el país que había asegurado la
liberación de su familia de la Unión Soviética. Poco después de comenzar a
trabajar en la AIEA recibió una llamada de un hombre que aseguraba ser un
antiguo conocido de la familia. Reconoció su acento, pero no su nombre.
Se vieron en un discreto restaurante cerca del Belvedere, al otro lado de la
ciudad desde su lugar de trabajo. Fue una cena simpática y la conversación no
se centró en ningún tema en particular. Un poco de política y un poco de
cultura. Curiosamente aquel conocido —a quien en realidad ella no había
visto antes— lo sabía todo sobre su pasión por montar a caballo, su amor por
Mozart e incluso su asistencia cada mes a un grupo de estudio de la Biblia.
Cuando terminaron de cenar él le preguntó si podría hacerle un favor. De
inmediato saltaron las alarmas. Le tocó el brazo con suavidad para
tranquilizarla. Estaba equivocada. Él no quería nada inmediato. Nada
indecente. En realidad nada que pudiera poner en riesgo su trabajo. Por el
contrario, era fundamental que siguiera en su puesto. Lo único que le pedía
era que estuviera atenta a lo que más les interesaba. La promesa de hacerle
saber si alguna vez oía algo que pusiera en peligro la seguridad de su país de
adopción.
Él le dio un número de teléfono y una frase que ella debía repetir si alguna
vez sentía la necesidad de llamarle. Le pidió que memorizara las dos cosas e
insistió en hacerle preguntas hasta que ella pudiera repetir sin equivocarse los
diez dígitos del número de teléfono y la frase. Una vez terminó con este
asunto retomó sus suaves modales. La abrazó y le dio las gracias más
sinceras.
Cuando tomó un taxi que la llevaba de vuelta a casa, Millicent Brandt,
anteriormente llamada Ludmilla Nilskova, sintió en su pecho una emoción
poco familiar. En parte era miedo, en parte aprensión y en parte emoción. Se
había unido a las filas de muchos otros —ejecutivos, oficiales, burócratas y
profesionales de todo tipo— que habían prestado juramento al estado de Israel
y habían prometido ayudar al país de cualquier forma que consideraran
conveniente.
En el teléfono volvió la voz brusca.
—Hans se encontrará con usted en la glorieta del Palacio de Schönbrunn a
las diez de la mañana. Lleve un ejemplar del Wiener Tagblatt y asegúrese de
que se ve bien el consejo de redacción.
—Sí —dijo ella—. Por supuesto.
Pero la llamada ya se había cortado.
Milli Brandt colgó. Lo había hecho. Había mantenido su promesa. Era
oficialmente una sayyan.
Una amiga.
27

Gottfried Blitz hizo que los tres perros salchicha entraran en la casa. Cerró
la puerta detrás de él y permaneció inmóvil, esperando escuchar algún grito de
alarma. El entrenado olfato de los perros era más eficaz que cualquier sistema
de seguridad. La casa permaneció en silencio. Pasó al salón. Los perros yacían
sobre el suelo de mármol, jadeando tras el esfuerzo de la mañana.
Se acercó a la ventana, descorrió la cortina y miró hacia la calle. Estaba
desierta. No había señales del excursionista con el que había hablado antes.
Blitz había convertido en una costumbre la memorización de caras y sabía que
aquel hombre delgado y de tez pálida no era un vecino suyo. Hablaba italiano
con fluidez, pero no era nativo. ¿Quién era entonces? ¿Un turista que deseaba
explorar las colinas de las afueras? ¿Con este tiempo? ¿Y por qué no se dirigía
hacia los senderos que comenzaban justo al final de la calle?
Blitz echó un vistazo al cielo oscuro. No eran las nueve y el día ya había
terminado. Comenzó a llover. Escuchó cómo las gotas se hacían más pesadas
y comenzaban a golpear el cristal de la ventana. Temblando, dejó caer la
cortina de encaje.
La muerte de Lammers le había asustado. Los periódicos decían que el
asesino le había estado esperando en su casa. Sugerían que había sido un
trabajo profesional y que Lammers podía haber estado implicado en el crimen
organizado. Blitz lo sabía bien. También sabía que si Lammers había estado
en peligro, no tardaría mucho en estarlo él también. En cualquier otro
momento habría recogido sus bártulos y punto. Gottfried Blitz corría un grave
peligro.
Pero éste no era cualquier otro momento.
Había comenzado la partida final. El piloto estaba en el país. La prueba
definitiva del droite había sido un éxito clamoroso. El estado de la operación
había pasado a rojo. Se trataba del «Adelante». A tollos los efectos el ataque
ya había comenzado.
Y ahora, el lío de Landquart. Un hombre muerto y otro herido.
Blitz se mordió el labio. Había dudado si enviar los bolsos por tren, pero, al
final, no habían encontrado otro modo. No se trataba sólo de una cuestión de
falta de mano de obra —la división contaba solamente con siete operativos en
el país— sino del riesgo. A estas alturas era demasiado peligroso entregar los
bolsos en persona. La utilización del sistema de correos suizo no había sido un
problema para él, aunque ahora sabía que poner su nombre en los resguardos
había sido un error. Fueron los de Asuntos Financieros los que insistieron. No
querían que el dinero se quedara sin reclamar en caso de que algo fuera mal.
Los de Operaciones también habían firmado. El dinero era fundamental,
habían dicho. Es lo primero que buscarían. Seguir el rastro de migas era su
lógica de actuación. Tenías que arrastrar a la policía de las narices si querías
que descubrieran algo. Y todas las pistas conducían a él. A Gottfried Blitz.
Aun así no podía sacarse de la cabeza a Theo Lammers. Un trabajo
profesional. Alguien lo esperaba en su casa. Le dio un escalofrío. Aquello
sólo podía significar una cosa. Alguien se había introducido en la red.
Entró en el salón y encendió el equipo de música. Wagner, como siempre.
Con el volumen lo suficientemente alto para hacer saber a los vecinos que
estaba en casa y que hoy era un día como cualquier otro.
Sus amigos y vecinos sabían que Gottfried Blitz era un próspero hombre de
negocios alemán, uno más de los miles que habían huido al sur de Suiza para
disfrutar de un clima más agradable y de la atmósfera mediterránea. Tenía un
Mercedes último modelo. Hacía peregrinaciones todos los años a Bayreuth, al
festival de El anillo de los nibelungos. Los domingos por la mañana, el bueno
de Herr Blitz asistía a la misa luterana como cualquier buen cristiano. Como
tapadera era perfecta.
Blitz fue al estudio, se sentó en su escritorio y sacó la pistola que guardaba
en su pretina. Metió el arma en el cajón superior y se giró hacia el ordenador
portátil para revisar su lista. Un jersey New Bogner para P. J. Credenciales
del FEM para H. H. Transferencia de 100.000. Silbó suavemente. Otros cien
mil francos. Eso no les iba a gustar a los chicos de Asuntos Financieros. Por
otro lado era muy poco en comparación con lo que ya se habían gastado.
Doscientos millones de francos por conseguir el control de la compañía de
Zug. Otros sesenta millones para financiar los envíos de equipos. Sólo los
sobornos a P. J. ascendían a veinte millones de francos, sin incluir el
Mercedes y todo su equipamiento especial.
Terminó de escribir la solicitud de la transferencia y lo envió a Asuntos
Financieros. En ese momento Blitz giró la cabeza hacia la puerta. Los pelos
del antebrazo se le pusieron de punta.
—¿Hola? —dijo—. ¿Hay alguien ahí?
No hubo respuesta. La casa estaba demasiado silenciosa. ¿Dónde estaban
los ladridos que anunciaban la llegada de un invitado?
—Gretel, Isolde —dijo llamando a los perros.
Se levantó de la silla tratando de oír el ruido de sus pezuñas sobre el suelo
de mármol. Wagner seguía sonando en el salón. El estruendo de los timbales
sonaba como una tormenta lejana. El lamento de una doncella teutona que
lloraba la muerte de su príncipe derrotado.
«¿Dónde estaban los perros?».
Algo había cambiado en el aire detrás de él. Una presencia oscura y fría.
En su interior sonó una alarma.
Blitz miró al cajón donde guardaba su pistola y después al ordenador.
«Elige uno».
Treinta años de entrenamiento tuvieron su efecto. La misión era lo primero.
Colocó los dedos sobre el teclado y escribió la instrucción de destruir que
borraba el disco duro del ordenador.
Sintió un susurro a su espalda. Algo frío y fuerte le presionó la sien.
Y después vio una luz. Un trueno de color infernal que duró un instante, y
después nada más.
28

El Villa Principessa estaba al final de un camino de gravilla, una casa de


campo del siglo XVIII rehabilitada con hiedra que trepaba por los muros
picados y jardineras llenas de geranios que decoraban las ventanas de los
dormitorios de la planta de arriba. Un muro bajo de piedra y mortero rodeaba
la aletargada rosaleda de la parte delantera de la casa. A las nueve de la
mañana la lluvia caía formando un telón constante, tan fuerte e incesante
como una catarata.
Simone se abotonó el abrigo y se escondió el cabello detrás de las orejas.
—¿Así que vamos a enfrentarnos a él? ¿Y si dice que no envió los bolsos?
¿Qué vamos a hacer?
—¿Por qué va a negarlo? —dijo Jonathan—. Una vez que sepa que Emma
está muerta se alegrará de recuperar su coche.
—¿Y su dinero?
—Y su dinero. —Jonathan abrió la guantera y sacó el sobre que tenía el
dinero—. He estado pensando en esto toda la noche... Me refiero a lo que
Emma estaba tramando.
La mirada de Simone le ordenó que siguiera.
—Medicinas —dijo Jonathan—. Emma estaba siempre hablando de que las
ayudas nunca llegaban a su destino. Le volvía loca. Ya sabes cómo funcionan
las cosas donde trabajamos. La mitad de las veces los cargamentos son
incautados por el gobierno o robados por los agentes de aduanas que después
tratan de vendérnoslos por el doble de precio. Si conseguimos el setenta por
ciento de lo que se supone que nos envían, ya lo damos por bueno. Creo que
tenía algo que ver con eso. Es decir, mira esta casa. Tuvo que costar un
dineral. Apuesto a que Blitz es un ejecutivo de una de esas grandes compañías
farmacéuticas. Estaban tramando algo juntos. Sobornando a alguien. Una
recompensa. Emma siempre pensó que no se esforzaba lo suficiente por
cambiar las cosas.
—¿Y esperas que Blitz te hable de ello?
—Con cien mil francos se puede pagar mucha colaboración.
—O mucho silencio. Me parece que estás pasando algo por alto. ¿Has
pensado que puede que Blitz haya sido el que envió a los policías?
—No me cuadra. En primer lugar, tendría que haber sabido algo sobre el
accidente de Emma, y eso es imposible. ¿Cómo piensas que fue todo? ¿Que él
le envió los bolsos a Emma y después mandó a dos polis corruptos para que
los recuperaran en cuanto ella los recogiera? De eso nada. No fue Blitz. Fue
otra persona.
—¿Alguien que sabía lo del accidente de Emma?
—O alguien que desde el principio estaba esperando que llegaran los bolsos.
Jonathan salió del coche y atravesó la verja de hierro forjado. Simone lo
alcanzó un momento después. En la placa que había bajo el timbre de la
puerta decía Gottfried Blitz. Pulsó el botón y el timbre sonó como el repique
de las campanas de la universidad. Nadie respondió. Buscó en su bolsillo
hasta encontrar los caramelos de menta que había cogido del bolso de viaje de
Eva Kruger y se lanzó uno a la boca.
—¿Quieres uno?
Simone negó con la cabeza.
Jonathan acercó la oreja a la puerta. Del interior provenía un eco de música
clásica. Volvió a tocar el timbre. Como no contestaba nadie pasó una pierna
por encima de la baranda y estiró el cuello para mirar por la ventana delantera.
Había tres perros salchichas durmiendo sobre el suelo de mármol. Vio una
sombra que se movía en la periferia de su campo de visión.
—Señor Blitz —llamó—. Necesito hablar con usted. Abra, por favor.
Volvió à mirar a los perros. Aguzó la vista más de lo habitual. Observó lo
quietos que estaban. De una quietud poco natural para los ojos de un médico.
Estudió sus torsos. No parecía que ninguno de ellos respirara. Uno de ellos
estaba tumbado con la cabeza ladeada formando un ángulo muy agudo y la
lengua colgándole de la boca.
Jonathan probó a abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
—¿Qué haces? —preguntó Simone—. No puedes entrar.
Jonathan dio un golpe a la puerta.
—¡Señor Blitz! Me llamo Ransom. Creo que usted conoce a mi mujer,
Emma. Por favor, abra. Quiero hablarle de los bolsos. Los tengo. Y el dinero.
En ese momento se escuchó un portazo en el interior de la casa.
—Sigue llamando —dijo, dándose la vuelta y bajando las escaleras.
—¿Adónde vas? —gritó Simone.
—A la parte de atrás. Aquí está pasando algo.
—Pero... ¡Espera!
Corrió por el lateral de la casa y llegó al patio trasero atravesando el jardín.
En algún lugar detrás de él Simone le gritaba que se detuviera, pero no prestó
atención a sus palabras. La puerta de atrás estaba abierta. La música provenía
del equipo de estéreo. La cabalgata de las Valquirias. Entró en la casa y se
vio en una cocina estrecha. Dio unos pasos gesticulando con cada crujido del
parquet. Notó algo extraño en la atmósfera, pero, en lugar de asustado, se
sentía alerta y excitado. Preparado para la batalla.
Salió de la cocina y cruzó la sala de estar donde los perros yacían cerca de la
entrada principal. Ninguno levantó la cabeza cuando él se aproximó. Se
inclinó para examinarlos. Los perros salchichas estaban muertos, con el cuello
roto. Se incorporó, consciente de su acelerada respiración y de que su corazón
se contraía como los pistones de un motor. Justo delante de él unas escaleras
conducían a la planta de arriba. Oyó algo que se acercaba..., algo justo encima
de él..., mientras avanzaba por el vestíbulo. Abrió de golpe la puerta que había
a su izquierda. El baño de invitados: vacío. El sonido se hizo más patente. Era
un resuello dificultoso y arrítmico.
Fue entonces cuando olió la cordita y sus ojos comenzaron a humedecerse.
Llegó al estudio.
—Dios mío —dijo mientras se precipitaba dentro de la habitación. Había un
hombre sentado con el cuerpo desplomado sobre el escritorio. Tenía la boca
abierta y el pecho subía y bajaba tratando de respirar. ¿Blitz? Supuso que era
él. Tenía una herida de entrada en la sien, un agujero limpio con un cerco de
pólvora. ¿Había sido un suicidio? Jonathan retrocedió buscando una pistola,
pero no vio ninguna. Recordó la sombra que se movió al otro extremo de la
sala de estar. No era un suicidio, sino un asesinato.
Jonathan miró hacia la puerta preguntándose si el asesino estaría aún dentro
de la casa y si él mismo podría estar en peligro. Descartó esa idea y comenzó
a hablarle a Blitz llamándolo por su nombre y diciéndole que era el marido de
Emma. Le pidió que aguantara y le aseguró que haría todo lo posible por
mantenerlo con vida.
Con toda la suavidad posible lo levantó del escritorio y lo tumbó en el suelo,
teniendo cuidado de mantener abiertas y despejadas las vías aéreas. Giró la
cabeza de Blitz y examinó la herida de salida de la bala. Había visto antes
muchas como ésa. Gran calibre. Punta hueca. No era optimista con respecto a
las posibilidades de vida de Blitz. Pero en aquel momento ese hombre estaba
vivo. Era lo único que importaba.
Entró corriendo en la sala de estar, descolgó el teléfono y marcó el 144 de
servicios de emergencia. Cuando el operador preguntó qué había ocurrido, él
dijo: «Herida mortal en la cabeza con gran pérdida de sangre». Cuando se dio
cuenta de que estaba hablando en inglés, repitió aquellas palabras en italiano.
—Jon, ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —Simone estaba en la puerta de la
sala de estar con una expresión de preocupación—. Tienes sangre en las
manos.
—Hay un baño en el vestíbulo. Empapa unas toallas en agua caliente y
tráemelas.
—¿Toallas? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué...?
—¡Hazlo!
Jonathan volvió al estudio y se arrodilló junto a Blitz. Poca cosa podía hacer
hasta que llegara la ambulancia, aparte de asegurarse de que el corazón de
aquel hombre seguía latiendo. Las pupilas de Blitz estaban dilatadas y
respiraba con dificultad. Jonathan tomó su muñeca, pero no pudo encontrarle
el pulso. Empezó a hacerle una reanimación cardiopulmonar. Tres
compresiones y después dos insuflaciones. Simone entró en la habitación.
Cuando vio a Blitz se le escapó un grito y dejó caer las toallas al suelo.
—He llamado al servicio médico de urgencias —dijo—. Llegarán en
cualquier momento. Ponle las toallas al lado de la cabeza.
—Pero ¿por qué? —Recogió las toallas a regañadientes y las depositó en el
suelo junto a Jonathan. Se puso en pie rápidamente, tambaleándose al ver que
la sangre empapaba la alfombra—. Está muerto.
—No, todavía no. Si puedo hacer que su corazón siga latiendo hasta que
llegue la ambulancia, tendrá alguna posibilidad de vivir.
—Le han disparado en la cabeza. Déjalo.
Jonathan puso la cabeza sobre el pecho de Blitz. No había latidos. Había
dejado de respirar. Levantó la vista hacia Simone y negó con la cabeza.
—¿Quién lo ha hecho? preguntó ella.
—Creo haber visto algo..., una sombra... Oí una puerta que se cerraba de
golpe. Debe de haber huido.
—La policía llegará en cualquier momento. Tenemos que irnos.
Jonathan se levantó. De repente la luz pareció mucho más fuerte y tuvo que
cerrar los ojos. Respiró esperando sentir el remordimiento que
inevitablemente acompañaba a la muerte. Pero no llegó. Como mucho, se
sintió fuerte, casi feliz, y demasiado activo para alguien que no había pegado
ojo desde la noche anterior. Se pasó una mano por el pelo. Las yemas de los
dedos se encresparon con aquel tacto. Se le aguzaron todos los sentidos: la
vista, el tacto, el oído. Sin embargo tenía la boca seca y pastosa. Miró su
imagen en el espejo que colgaba de la pared. Sus ojos le devolvieron una
mirada enfadada, acusadora, con las pupilas dilatadas casi por completo.
El zumbido se hizo más fuerte y reconoció lo que era: anfetaminas enérgicas
de combustión limpia con algo especial para intensificar los sentidos.
Cogió los caramelos de menta de su bolsillo. ¿Cuántos había tomado en la
última hora? ¿Dos? ¿Tres?
—Vámonos, Jonathan. Ahora mismo.
Simone lo agarró del brazo y trató de llevarlo hacia la puerta, pero Jonathan
se soltó.
—Dame un minuto —dijo, haciéndose cargo de la situación—. No me iré
hasta que descubra algo sobre este tipo.
—Pero Jonathan...
—¿No me has oído? —dijo con brusquedad—. ¿Crees que vamos a tener
que huir siempre? —Respiró tranquilizándose y acallando la frenética voz que
tenía en su mente—. Blitz conocía a Emma —dijo—. Trabajaban juntos. Ésta
es nuestra única oportunidad de saber qué ocurría.
Había un ordenador portátil sobre el escritorio y en la pantalla se veía una
tormenta de píxeles que combatían entre sí. Golpeó algunas teclas, pero la
imagen no se despejaba. Volvió su atención hacia el escritorio y lo que éste
contenía. Abrió el cajón superior y se encontró de bruces con una pistola
semiautomática. Estaba lo bastante familiarizado con las armas para saber que
se trataba de una Sig Sauer, el arma preferida de los militares del Tercer
Mundo. En el resto del cajón había papeles desordenados, bolígrafos y
lápices. Vació el contenido encima del escritorio y hurgó en él. Notas con
nombres y números de teléfono. Facturas diversas. Cajas de cerillas.
El archivador estaba cerrado con llave. Partió en dos un abridor de cartas
tratando de forzarlo antes de rendirse. Volvió su atención hacia las bandejas
del estante que había detrás del escritorio. Hojeó aquellos papeles. Había un
memorándum con el título de ZIAG y, debajo de él, el nombre completo de la
empresa: Zug Industriewerk AG. Lo enviaba Hannes Hoffmann a Eva Kruger,
con copia a Gottfried Blitz. Asunto: Proyecto Thor.
«Eva Kruger».
Ahí estaba: era su prueba por escrito. Como si el cadáver con una bala en el
cerebro no fuera suficiente.
El memorándum decía: «Se prevé la conclusión para finales del primer
trimestre de 200—. El envío definitivo al cliente se hará el 10 de febrero. El
desmontaje de todo el equipo de fabricación se llevará a cabo el 13 de
febrero».
—Oigo una sirena —suplicó Simone—. Por favor, Jonathan. Salgamos de
aquí.
—Un segundo.
Había varios sobres de color beis debajo del memorándum. En el interior del
primero encontró tres fotografías de tamaño carné parecidas a la del permiso
de conducir falso. Un segundo sobre contenía más fotografías, esta vez de un
hombre rubio de tez pálida más o menos de la edad de Jonathan. En la parte
de atrás tenían escrito Hoffmann con las mismas letras mayúsculas y
masculinas utilizadas para la carta enviada a Emma. Miró fijamente la
fotografía. Hannes Hoffmann. Emisor del memorándum enviado a Eva
Kruger.
—Tapadera —murmuró Jonathan, recordando la palabra que había
aprendido en una de las novelas de espionaje que había devorado de
adolescente. Todo es una tapadera. Emma no es Emma. Anfetaminas
fabricadas con apariencia de caramelos de menta. Todo y todos eran un
disfraz. Miró el cuerpo tendido en el suelo. ¿Y Blitz? ¿Quién era cuando no
era Blitz?
Jonathan se estremeció a medida que la magnitud del engaño se iba
aclarando. No se trataba de un subterfugio para una sola ocasión. Emma no
estaba sobornando a los ministros de Sanidad africanos ni comprando
fármacos en el mercado gris. Aquello era algo de mayores dimensiones. Algo
de una magnitud muy distinta. Era el mundo de las anfetaminas, las
identidades falsas y los permisos de conducir perfectamente falsificados.
—¡Jonathan, por favor! —Simone se agarró a la silla como si se impidiera a
sí misma salir corriendo.
Sirenas. Al menos dos. Él levantó la cabeza y en ese momento se dio cuenta
de que se estaban acercando, que no estaban lejos y que se aproximaban a
gran velocidad. Pasó el brazo por el escritorio, cogió todos los papeles y los
metió en un maletín de piel que había junto al estante.
—Vete —dijo—. Iré detrás de ti.
—¡Date prisa!
—Ya voy —dijo, empujándola fuera de la habitación—. ¡Sal por detrás!
Simone salió corriendo de la habitación.
Jonathan se detuvo en la puerta. Las sirenas estaban fuera. Voces agitadas se
abrían paso a través del implacable sonido de la lluvia. En lugar de irse corrió
al escritorio de Blitz y abrió el cajón superior. Fijó la mirada en la pistola y
después la cogió y la introdujo en su pretina.
En el vestíbulo aminoró el paso lo suficiente para ver los coches de la
policía junto al bordillo y los oficiales corriendo hacia la casa pistola en mano.
Un hombre bajo y decidido con un abrigo negro los dirigía a través del
sendero de gravilla.
«¿Policía? ¿Dónde estaba la ambulancia que había solicitado?».
Preguntas. Demasiadas preguntas.
Jonathan atravesó corriendo la casa y llegó a la puerta de atrás donde estaba
Simone. La agarró de la mano y tiró de ella por el jardín.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella moviéndose con dificultad para seguir
su ritmo—. El coche está en dirección contraria.
—Olvídate del coche. Podemos volver a por él.
No se detuvieron al llegar al camino de tierra y continuaron ladera arriba.
Haciendo caso omiso del viento, de la lluvia y de la maleza que les llegaba
hasta el pecho, Jonathan se abrió camino hasta la cima. Simone bufaba,
resoplaba y maldecía pero se las ingenió para seguir a su lado. Cuando por fin
miró hacia atrás, habían subido a ciento veinte metros de altitud y la casa
quedaba a ochocientos.
—No puedo seguir —dijo Simone sin respiración—. Necesito descansar.
Pero fue la voz de Emma la que él oyó y por un momento juraría que la
había visto, vestida de rojo y negro, de pie sobre la pendiente que descendía
por debajo de ellos. Agarró la mano de Simone.
—Vamos —dijo—. Sólo hay una salida.
Y sujetando el maletín contra su pecho, se giró y siguió subiendo hacia las
montañas.
29

Milli Brandt atravesó rápidamente el sendero nevado rodeado a ambos lados


por altos setos bien podados. En épocas mejores ella había disfrutado de las
visitas a los jardines del Palacio de Schönbrunn. Extendiéndose por más de un
kilómetro y medio en cada dirección, aquellos jardines impecablemente
arreglados transportaban a una época anterior en la que la realeza disfrutaba
de un poder ilimitado. Para lo bueno y para lo malo.
Fue poco después de su llegada de Israel cuando visitó por primera vez los
jardines del palacio. Había pasado el día con sus padres y su hermana
paseando por ellos de un extremo a otro, subiendo a la colina de la Gloriette,
la inmensa columnata construida en 1775 por el emperador José y su mujer,
María Teresa. Incluso entonces, aquellas dos chicas habían sido ambiciosas.
Milli soñaba con ser una importante jueza. Tovah tenía planeada su carrera
como diplomática. De las dos, fue Tovah la que más rápido consiguió sus
objetivos. A la edad de veinticinco años había vuelto a Jerusalén y conseguido
un puesto de portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores israelí. Casada y
madre de una niña, aparecía de forma asidua en las noticias de La noche.
Una noche, Tovah y su marido se dirigían en coche a Tel Aviv para disfrutar
de una cena de marisco en uno de los elegantes restaurantes que bordeaban la
costa. Estaba de buen humor. Aquella semana su médico les había informado
de que ella estaba embarazada de un segundo bebé.
Conscientes de que aquélla podría ser su última oportunidad de hacerlo en
mucho tiempo, decidieron salir a bailar a Teddy'Z, una discoteca al aire libre.
En algún momento alrededor de la medianoche un joven bronceado y
atractivo llamado Nasser Brimm entró en la discoteca y se dirigió al centro de
la pista. Cuando todos se dieron cuenta de que su atuendo formal y su
americana de lana quedaban fuera de lugar en una sofocante noche de
primavera, ya era demasiado tarde.
Más tarde la policía supuso que Tovah se encontraba cerca del terrorista
suicida cuando éste detonó la carga del explosivo plástico C-4 revestida de
miles de clavos, tuercas y tornillos. Su cabeza, curiosamente indemne, fue la
única parte de su cuerpo que pudieron encontrar.
El número de víctimas mortales del atentado ascendió a dieciséis hombres y
mujeres jóvenes. Otros dos perdieron la vista. Un tercero perdió ambos
brazos. Un cuarto quedó paralítico de cuello para abajo. De hecho el número
total de víctimas fue mayor. Nadie contó la nueva vida que crecía en el vientre
de Tovah.
—Señorita Brandt.
Milli se giró hacia el sonido de aquella voz profunda y con acento. Había un
hombre delgado y con apariencia de intelectual unos centímetros detrás de
ella, sonriendo. Ella no le había oído acercarse.
—¿Señor Katz?
—Veo que tiene el documento. Le agradezco que siguiera nuestras
instrucciones.
El hombre estrechó su brazo con el de ella y, como si fueran marido y
mujer, pasearon por los desiertos jardines. Mientras paseaban, Milli le
informó sobre la reunión de urgencia que habían celebrado en los bosques de
Viena la noche anterior y del fallo que había emitido Mohamed ElBaradei.
—Enriquecido hasta un noventa y cuatro por ciento. ¿Está segura de eso?
Milli dijo que sí.
—¿Y hay algún margen de error en esa medición?
—Sería la primera vez. Siento haberle dado esta noticia. Pensé que era mi
deber.
—«El deber de cada súbdito pertenece al rey; menos su conciencia». Nadie
más lo cree, pero estoy convencido de que Shakespeare era judío. —Esbozó
una tímida sonrisa al detenerse y girarse hacia ella—. A nadie le gusta
traicionar la confianza.
Milli observó cómo aquella figura alta y delgada desaparecía entre los
topiarios cubiertos de nieve. Se levantó un viento cortante que llenó sus oídos
con un torrente de desconsuelo. Había esperado que él le dijera que había
hecho lo correcto. Deseaba un discurso sobre cómo él pasaría a la acción de
forma inmediata y que ella había salvado miles de vidas, pero no dijo ninguna
de las dos cosas.
Al irse, simplemente le pidió que llamara al número que le habían dado en
caso de que tuviera conocimiento de algo más importante. Ni siquiera le dio
las gracias.
30

—¿Es él?
Von Daniken comparó la instantánea de Gottfried Blitz de pie junto al drone
con la cara destrozada que yacía a sus pies.
—El mismo jersey. Los mismos ojos. Es él. —Myer se puso en cuclillas
para examinar el cadáver con ojo clínico de experto—. Fue asesinado
mientras estaba sentado en la silla, después lo llevaron al suelo. El disparo
tuvo que hacerse desde la altura de la cintura con la boca del cañón hacia
abajo para esparcir los sesos de Blitz por todo el escritorio y por la pared.
Apuntó con una pluma estilográfica hacia la erupción cutánea que la pólvora
había tatuado en su piel.
—Mira la abrasión del cuello y el punteado. El que disparó estaba a pocos
centímetros cuando apretó el gatillo. Blitz ni siquiera se dio cuenta de que
estaba allí. Estuvo trabajando con su ordenador portátil hasta el momento en
que le dispararon.
Pero a Von Daniken le interesaba otra cosa que Myer había dicho.
—Espera un momento, Kurt. ¿A qué te refieres con que lo llevaron al suelo?
¿Estás diciendo que el asesino le disparó y después lo puso sobre la alfombra?
¿Le trajo también las toallas?
—Alguien lo hizo. Lo que es seguro es que no fue el señor Blitz. —Myer
examinó el montón de toallas amontonadas junto al cadáver—. Aún está
caliente.
Se intercambiaron una mirada incómoda.
De la calle llegaba el sonido de otra sirena que se acercaba. Las puertas se
abrieron con un golpe. Hubo un alboroto en el vestíbulo. Dos enfermeros
entraron en el estudio.
—Sí que han sido rápidos —apuntó Von Daniken, refiriéndose a la llegada
casi instantánea de los enfermeros.
—¿Fue usted quien llamó? —quiso saber uno de los enfermeros—. El
informe decía que había sido un americano.
—¿Un americano? —Von Daniken miró a Myer—. ¿Cuánto tiempo hace
que llamó el americano? —preguntó al enfermero.
—Hace doce minutos. A las nueve y seis minutos.
—Es él —dijo Myer—. Ransom.
Von Daniken asintió con la cabeza y después miró su reloj. Durante el
trayecto desde la pista de aterrizaje había llamado al signor Orsini, el jefe de
estación, para pedirle una descripción del hombre que se había presentado en
su casa aquella mañana temprano haciéndose pasar por un oficial de policía y
preguntando quién había enviado dos bolsos a Landquart. Después había
llamado a la policía de Graubünden para pedir información sobre el asesinato
de uno de sus oficiales el día anterior, también en Landquart. La descripción
de Orsini encajaba a la perfección con la que había dado un testigo del
asesinato. La policía de Landquart incluso tenía un nombre: el doctor
Jonathan Ransom. Un americano. Había más. La esposa de Ransom había
fallecido dos días antes en un accidente haciendo alpinismo en las montañas
cercanas a Davos.
—Si fue Ransom quien llamó —dijo a Myer—, eso explica lo de las toallas.
Es médico.
El teniente Conti, que había estado escuchando el intercambio de opiniones,
bajó la barbilla y levantó las manos haciendo el típico gesto italiano.
—Pero ¿por qué iba Ransom a disparar a Blitz y después llamar a La
ambulancia para que le salvaran la vida?
Von Daniken intercambió miradas con Myer. Ninguno de los dos quiso
responder a esa pregunta por ahora.
Von Daniken se acercó al escritorio y pulsó algunas teclas del portátil. En la
pantalla se veía un revoltijo de colores. Había ahí algo más que le molestaba.
¿Estaba Blitz trabajando con un ordenador estropeado cuando le dispararon?
¿O lo había estropeado a propósito para evitar que nadie descubriera lo que
había en su disco duro?
Fue abriendo los cajones del escritorio uno a uno. Los dos de arriba estaban
vacíos, excepto unos cuantos trozos de papel, gomas elásticas y bolígrafos. El
cajón de abajo estaba cerrado con llave, pero parecía que lo habían intentado
forzar. Levantó la vista y vio unas cuantas cajas de cartón colocadas contra la
pared. Se apresuró a ver lo que había en su interior y le decepcionó ver que
también estaban vacías.
Justo entonces llegaron los peritos forenses. Se ordenó que saliera de la
habitación todo el personal que no era necesario. Myer adelantó a Von
Daniken en el pasillo susurrando que iba a por la margarita rastreadora, que es
como llamaba al detector de explosivos y radiaciones.
Mientras los forenses desfilaban hacia el interior de la casa, Von Daniken
subió al piso de arriba y se dirigió al dormitorio de Gottfried Blitz. No
pensaba tanto en la víctima como en el hombre que podría haberlo matado.
Buscaba una pista concerniente a por qué el asesino de un policía, cuya esposa
había muerto en un accidente de alpinismo, tenía tanta prisa por visitar a Blitz.
El registro de la habitación de Blitz no tuvo ningún resultado. Sobre la
mesilla de noche se apilaban revistas de celebridades alemanas; el vestidor
estaba lleno de ropa bien doblada; el baño estaba lleno a reventar de colonias,
productos para el cabello y diferentes medicinas. Pero en ningún sitio vio
nada que pudiera relacionar a Blitz con el drone ni indicar en qué planeaba
utilizarlo.
Von Daniken se sentó en la cama y miró por la ventana. Se le ocurrió que
había dos grupos y que, de algún modo, estaban luchando entre sí. Por un
lado, estaban Lammers y Blitz y, por otro, los que querían matarlos. La
calidad de los asesinatos junto con el descubrimiento del drone y del RDX
indicaban que era una operación de los servicios de inteligencia.
Aquella posibilidad le enfadó. Si un servicio de inteligencia tenía suficiente
conocimiento sobre una trama en la que estaban implicados el RDX y un
drone para tomar medidas decisivas con el fin de acabar con ella, ¿por qué no
se habían puesto en contacto con él para informarle?
Volvió sus pensamientos al doctor Jonathan Ransom, quien al parecer había
llamado a la ambulancia. Según el jefe de estación, Ransom estaba decidido a
descubrir quién había enviado los bolsos a Landquart en los primeros días de
aquella semana. La suposición lógica era que no conocía a Blitz. Entonces,
¿cómo es que Ransom tenía los resguardos del equipaje?
Sin embargo, si Von Daniken suponía que Ransom y Blitz trabajaban juntos
—y que sí se conocían— todo encajaba. Al detenerlo la policía después de
recoger los bolsos, Ransom se había asustado, había matado al oficial que lo
arrestaba y después atropelló a su compañero en sus prisas por huir de la
escena. Al ver en peligro su tapadera, Ransom huyó a Ascona en busca de
instrucciones de su superior. Su ignorancia de la dirección de Blitz sería
debida a una norma fundamental del espionaje: la información
compartimentada o, como se dice en su jerga, la necesidad de saber. De ahí su
necesidad de hablar con Orsini.
¿Y su esposa? ¿Aquella mujer inglesa que había fallecido en un inesperado
accidente de montañismo? ¿Podría haberla matado Ransom cuando ella
descubrió que se trataba de un agente?
Von Daniken frunció el ceño. Estaba pensando. Fantasías que se
descontrolaban en el aire. Se puso de pie y se dirigió hacia las escaleras.
Quería saber qué había en los bolsos para que Ransom considerara que
merecía la pena matar por ellos. Había pocas posibilidades de saberlo, al
menos a corto plazo. El oficial al que Ransom había golpeado estaba en coma.
Su pronóstico no era optimista.
El teléfono de Von Daniken interrumpió sus pensamientos.
Era Myer, y parecía preocupado.
—El garaje. Ven rápido.
31

El garaje estaba separado de la casa y se accedía por una entrada lateral. Un


Mercedes último modelo ocupaba uno de los espacios. El otro estaba vacío,
pero una mancha reciente de aceite y unas sucias huellas de neumáticos
indicaban que un vehículo —un camión o una furgoneta por la amplitud del
eje— había estado aparcado allí recientemente.
Myer rodeó el Mercedes y se dirigió a un armario de almacenaje construido
en el muro de atrás. Abrió las puertas y se echó hacia atrás para que Von
Daniken pudiera ver con claridad. Apilados en los estantes había ladrillos
envueltos en plástico blanco y unidos en grupos de cinco con cinta adhesiva.
—¿Es eso lo que creo que es? —preguntó Von Daniken.
—Treinta kilos de Semtex aún con su envoltorio de fabricación —respondió
Myer—. No será difícil descubrir de dónde proceden.
Los explosivos plásticos estaban marcados con un reactivo químico especial
que no sólo identificaba al fabricante, sino también el número de partida. Esta
práctica permitía seguir la pista a los explosivos y, al menos en teoría, luchar
contra su venta y tráfico ilegales.
—Coge uno —pidió Von Daniken.
Myer no vaciló al sacar un ladrillo y lanzárselo a Krajcek, quien se lo
guardó en el abrigo. Como prueba material, los explosivos pertenecían
oficialmente a la policía de Tessin, pero a Von Daniken no le apetecía rellenar
una solicitud y esperar una semana a que catalogaran las pruebas y después se
las enviaran. Los explosivos plásticos no eran pasaportes.
—¿Has registrado el coche? —quiso saber Von Daniken.
—Sólo el maletero. Está limpio.
Von Daniken se metió en el Mercedes y hurgó en su interior. El vehículo
estaba registrado a nombre de Blitz. En el compartimento de la puerta
encontró su permiso de conducir. Cuando lo sacó, cayó en su regazo un trozo
de papel azul.
Un sobre. De esos finos y antiguos con el sello de correo aéreo. Vio la
escritura y le dio un vuelco el corazón. Eran letras árabes escritas con una
estilográfica de tinta azul. En el sello postal se leía: Dubai, E. A. U. 10.12.85.
Von Daniken lo abrió. La carta estaba escrita también en árabe. Una página,
con letra limpia y clara. Casi tan bien escrita como lo haría una impresora
láser. No podía entender una sola palabra, pero eso no importaba. La
fotografía descolorida que había dentro le contaba todo lo que necesitaba
saber.
Un soldado joven y robusto vestido con un uniforme verde y un cinturón
tipo Sam Browne y un descomunal gorro de oficial miraba fijamente a la
cámara. A su lado estaban su madre y su padre. Las sonrisas orgullosas son
iguales en todo el mundo. Von Daniken no había estado nunca en Irán, pero
reconocía una foto del ayatolá Ruhollah Jomeini cuando la veía y supo que
por aquel retrato gigante de un tamaño de cuatro pisos del personaje religioso
que dominaba el fondo de la fotografía, ésta sólo podía haber sido tomada en
Teherán. Aun así, siguió dirigiendo su atención a la cara del militar y a sus
extraños ojos azules. «Los ojos de un fanático», pensó.
En ese momento sonó su teléfono móvil. Miró la pantalla. Un número
restringido.
—Aquí Von Daniken.
—Marcus, soy su primo americano.
Von Daniken le entregó la carta a Myer y le dijo que encontrara a alguien
que hablara árabe. Después salió del garaje y retomó la conversación.
—Confío en que no tuviera más problemas con el motor.
—Está todo bien.
—Me alegro.
—Hemos hablado con Walid Gassan.
—Me lo imaginaba. —Von Daniken se preguntaba en qué parte del avión lo
habían escondido—. ¿Cuándo lo arrestaron?
—Hace cinco días en Estocolmo. Uno de nuestros informantes se enteró de
que Gassan había recibido explosivos plásticos en Leipzig. Enviamos un
equipo de asalto para que le echaran el guante, pero se había deshecho de todo
antes de que lo arrestáramos.
—¿Semtex?
—¿Cómo lo sabe? Lo consiguió de aquel cabronazo ucraniano, Shevchenko.
—¿Está seguro?
—Digamos que nos sinceramos y él decidió recurrir a Jesús.
Von Daniken no le pidió más detalles.
—Gassan actuaba en calidad de intermediario —continuó Palumbo—. Le
entregó los explosivos a alguien llamado Mahmoud Quitab. Hemos
comprobado el nombre a través de Langley y la Interpol, pero no hemos
conseguido nada. De todos modos este Quitab recibió el cargamento en una
furgoneta Volkswagen blanca de matrícula suiza. No tenemos el número.
Von Daniken había doblado la esquina del garaje. Mientras escuchaba se
dio cuenta de que se había desprendido un pequeño trozo de cemento del pilar
que separaba las dos plazas de aparcamiento. A simple vista se apreciaba una
raya de pintura blanca.
—¿Una furgoneta blanca? ¿Está seguro del color?
—El tipo dijo que era blanca. ¿El nombre de Quitab le sugiere algo?
—Nada. —A Von Daniken le costó trabajo disimular el nerviosismo de su
voz—. ¿Algo más sobre el tal Quitab..., teléfono, dirección, descripción?
—Su número de teléfono pertenecía a una tarjeta SIM con prefijo francés.
Hemos solicitado a France Télécom que compruebe los números. Estamos
haciendo lo mismo con todas las llamadas entrantes y salientes registradas en
el teléfono de Gassan. Hasta ahora no hemos encontrado nada en el domicilio
de Quitab ni en sus inmediaciones, pero sí hemos conseguido una descripción
suya. Puede que de cincuenta años. Pelo oscuro. Corto. De altura media.
Sofisticado. Bien vestido. Uno de ellos pero con los ojos azules.
Uno de ellos quería decir que era árabe.
Von Daniken miró la fotografía de Blitz. Pelo oscuro. Altura media. Una
apariencia sofisticada. Y, por supuesto, sus ojos, de color azul diamante.
En ese momento Myer volvió en compañía de un oficial de policía. Von
Daniken le pidió a Palumbo que le disculpara un momento y, a continuación,
se dirigió al policía.
—¿Has leído la carta? —preguntó.
El oficial asintió y le explicó que era una carta a sus padres sobre su vida
diaria. Añadió que no se hacía mención a ninguna actividad ilegal.
Von Daniken lo entendió todo.
—¿Y el nombre? ¿Puedes decirme a quién iba dirigida?
—Por supuesto.
«Tenía que ser él», pensó Von Daniken. En este juego no había más que
coincidencias.
—¿Está ahí, Marcus? —preguntó Palumbo.
—Aquí estoy. Continúe.
—Al parecer el tal Quitab se ha establecido por su zona —dijo Palumbo—.
Sólo llamaba para alertarle.
—Sí, lo sé.
—¿Qué quiere decir con que lo sabe? —Palumbo parecía molesto—. Creía
que nunca había oído hablar de él.
—En realidad estoy en su casa en este momento.
—¿Quiere decir que conocía esta operación?
—Es más complicado que eso. Quitab está muerto.
—¿Que está muerto? ¿Quitab? ¿Cómo? Es decir..., ¡estupendo! Dios mío, es
una buena noticia. Por un momento me había preocupado. Pensaba que tenían
entre manos un verdadero problema. ¿Han encontrado también los
explosivos?
—Sí.
—¿Los cincuenta kilos? Gracias a Dios. Tíos, se han salvado por los pelos.
Von Daniken entró corriendo en el garaje. Contó los ladrillos de explosivos.
Seis fardos de cinco ladrillos cada uno. Como mucho treinta kilos.
—¿A qué se refiere con que nos hemos salvado por los pelos, Phil? ¿Sabe lo
que estaba planeando Quitab?
—Pensé que ustedes también... —La señal empeoró y la voz de Palumbo
desapareció entre crepitaciones—... jodido loco cabrón.
—Le pierdo. ¿Puedo llamarle a un teléfono fijo?
—Imposible, estoy de viaje.
Mientras esperaba que la señal mejorara, Von Daniken salió del garaje y se
quedó bajo la lluvia.
—¿Qué quería decir con que nos hemos salvado por los pelos?
—Dije que Gassan nos contó que aquel loco iraní de Quitab iba a Suiza a
derribar un avión.
32

En Israel eran tres horas más que en Suiza. En lugar de lluvia y nieve, un sol
abrasador dominaba el cielo. El mercurio golpeaba la marca de los treinta y
siete grados cuando las costas del Mediterráneo oriental se sofocaban bajo una
ola de calor a comienzos de la primavera.
A quince kilómetros al norte de Tel Aviv, en la ciudad rocosa y costera de
Herzliya, se estaba celebrando una reunión de emergencia en la segunda
planta del Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales, más conocido
como el Mossad, el servicio exterior de inteligencia de Israel. Estaban
presentes los jefes de los departamentos más importantes de la organización.
El de Recolección, que se encargaba de recopilar información de inteligencia.
El de Acción y Contacto Político, responsable de tratar con los servicios de
inteligencia extranjeros, y el de Operaciones Especiales o Metsada, que
supervisa el lado oscuro de la organización: objetivos de asesinatos, sabotajes
y secuestros, entre otras actividades.
—¿Desde cuándo tienen instalaciones en Chalus? —preguntó el hombre
gordo, arrogante y poco atractivo que andaba de un lado a otro de la cabecera
de la sala—. Lo último que había oído es que han concentrado sus intentos de
enriquecimiento en Natanz y Esfahan.
Con manga corta, pelo oscuro y escaso, una cara sin arrugas y protuberantes
ojos de reptil, podría tener cuarenta o setenta años. Sin embargo, de lo que no
cabía duda era de su aire de furiosa determinación. Se llamaba Zvi Hirsch y
durante los últimos siete años había sido el director del Mossad.
—No encontramos nada en los mapas. Ninguna imagen desde el satélite.
Nada —dijo el de Recolección—. Han sido muy listos. Se las han arreglado
para mantener en secreto su construcción.
—¡Vaya si ha sido en secreto! —exclamó Zvi Hirsch—. ¿Cuántas
centrifugadoras necesitan para procesar tanto uranio? Estamos hablando de
cien kilos en menos de dos años.
—¿En tan poco tiempo? Al menos cincuenta mil.
—¿Y cuántas empresas fabrican el equipo necesario para hacer ese tipo de
trabajo?
—Menos de cien —respondió el de Recolección—. Las exportaciones están
estrictamente controladas y vigiladas.
—Ya lo veo —observó Hirsch con sequedad.
—Está claro que han recibido la tecnología por medio de otros canales que
no son los habituales —apuntó el de Metsada. Era de tez oscura y muy
delgado y hablaba con una voz amable que sonaba como si no fuera capaz de
matar ni a una mosca—. Lo más probable es que provenga de fabricantes de
productos de doble uso.
—En hebreo, por favor.
—Productos fabricados para usos civiles que pueden ser utilizados por la
industria de defensa. En este caso se trataría de equipamiento para ayudar en
el ciclo de enriquecimiento del combustible. Las centrifugadoras de alta
velocidad vendidas a las lecherías para fabricar derivados de yogur que
pueden utilizarse también en reactores de refrigerado. Esos productos no están
sujetos a permisos de exportación ni a certificados de usuario final. Piensen
que es como una operación encubierta de bandera falsa.
—¿Bandera falsa? Pensé que nos habíamos hecho con el mercado en ese
aspecto. —Hirsch cruzó los brazos sobre su grueso pecho—. De acuerdo,
entonces lo tienen. ¿Puede llegar hasta aquí?
—Probaron con éxito el misil Shahab-4 de largo alcance hace sesenta días
—informó el de Recolección.
—¿Cuánto tiempo transcurre desde el lanzamiento hasta que nos alcance?
—Una hora por el exterior.
—¿Podemos derribarlo? —preguntó Hirsch.
—En teoría, estamos tan seguros como un bebé en los brazos de su madre.
Israel contaba con una estructura de defensa aérea de dos niveles para
destruir los misiles de largo alcance que se aproximaran. El primero era el
misil Arrow II tierra-aire, y el segundo el sistema de misiles Patriot de última
generación. Ambos tenían los mismos problemas. Podían ser lanzados una vez
que el misil que se aproxima estuviera a menos de cien kilómetros del
objetivo; es decir, a pocos minutos de caer. Y ninguno de ellos había sido
nunca probado en combate.
—¿Y algo que lancen por debajo del radar? ¿Tienen misiles de crucero?
—Hay rumores, eso es todo.
—Esperemos que sean sólo eso —dijo Hirsch—. ¿Cuál es la precisión del
Shahab?
El hombre de Acción y Contacto Político se levantó para hablar.
—La precisión es algo de lo que deben preocuparse Alemania, Francia y
Estados Unidos. En nuestro caso no tenemos nada que ver. Cualquier ataque a
setenta y cinco kilómetros del objetivo es un golpe mortal. Si pueden pasar de
contrabando a su país cincuenta mil centrifugadoras ante nuestros ojos y
construir unas instalaciones de enriquecimiento de tecnología punta sin que
nadie lo sepa, no me sorprendería que también hubieran hecho progresos en
ese campo.
—Y entonces —dijo Hirsch frotándose sus brazos gruesos y lampiños— ¿se
supone que debemos levantar las manos y rendirnos? ¿Es eso lo que desean
nuestros amigos persas? ¿Esperan que nos quedemos quietos mientras arman
sus cohetes con cabezas nucleares que pueden destruir nuestras ciudades?
Como ex general de división de las Fuerzas de Defensa israelíes conocía
demasiado bien las posibilidades de un ataque nuclear en suelo israelí. Israel
ocupaba una superficie terrestre de quinientos kilómetros de largo y
doscientos cincuenta de ancho. Sin embargo el noventa por ciento de la
población se agrupaba alrededor de Jerusalén y Tel Aviv, ciudades que están a
apenas cincuenta kilómetros una de otra. Un ataque nuclear a cualquiera de
ellas no sólo mataría a un porcentaje importante de la población, sino que
aniquilaría la infraestructura industrial del país. La lluvia radiactiva dejaría un
paisaje inhabitable durante los años siguientes. En pocas palabras, no habría
ningún lugar a donde pudiera ir la población, a no ser que salieran del país.
Una nueva diáspora.
Ninguno de los jefes de departamento respondió.
—Tengo una reunión con el primer ministro dentro de una hora —siguió
diciendo Hirsch—. Me gustaría poder demostrarle que no nos han dejado con
el culo al aire. Imagino que estará interesado en una cuestión y sólo en una.
¿Nos van a atacar?
El de Recolección apretó los labios.
—El presidente de Irán cree en el fin apocalíptico del que se habla en el
Corán. Considera que su misión personal es acelerar el retorno del duodécimo
imán conocido como el Mahdi, el descendiente directo del profeta Mahoma.
Está escrito que su regreso vendrá precedido por una confrontación entre las
fuerzas del bien y del mal que dará lugar a un prolongado periodo de guerras,
agitaciones políticas y derramamiento de sangre. Al final de ese periodo el
Mahdi llevará al mundo a una era de paz universal. Pero primero ha de
destruir Israel.
—Estupendo —comentó Hirsch—. La próxima vez que busque buenas
noticias recuérdeme que no acuda a usted.
—Hay más. El deseo del presidente de hacerse con el control de los mandos
del poder ha tenido un éxito increíble. Ha cesado a cientos de líderes
nacionales en materia de educación, medicina y diplomacia que no comparten
sus creencias y los ha sustituido por compinches suyos de la guardia
republicana. Y lo que es peor, ha designado a uno de sus hombres como líder
espiritual supremo. Hace seis meses los deseos del presidente podrían haber
estado sometidos al control de los principales imanes. Ya no. Este tipo de
ahora, el ayatolá Razdi, es un demente. Habla con Mahoma con regularidad.
En definitiva, no es una persona racional.
—¿Quiere usted saber si apretará el gatillo? —preguntó el jefe de Metsada
—. Creo que ya conocemos la respuesta.
El de Recolección asintió.
—El presidente está devolviendo a Irán a la época de Mahoma. En
numerosas ocasiones ha dicho en público que el mismo Profeta le ha hablado
y le ha dicho que su regreso está a tan sólo dos años. Tiene una mano en el
Corán y la otra en el gatillo.
—No puede mantener el programa eternamente en secreto. —La voz del
representante de Metsada había adquirido un tono malicioso—. Sabe que
cuando se corra la voz actuaremos.
—A menos que él actúe primero. —Hirsch se dejó caer en la silla con un
gruñido—. Es como si volviéramos a marzo de 1936.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando Hitler ordenó a sus tropas que entraran en Renania para recuperar
el territorio anexionado a Francia tras la Primera Guerra Mundial. Sus
soldados apenas tenían formación e iban patéticamente armados. Algunos ni
siquiera tenían balas para sus rifles. El comandante llevaba en los bolsillos dos
tipos de órdenes. Uno en caso de que los franceses se defendieran y otro en
caso de que no lo hicieran.
»Los franceses dejaron que los alemanes entraran e incluso los consideraron
libertadores. El comandante abrió el primer grupo de órdenes. Le ordenaron
que ocupara el territorio y repartiera banderas alemanas entre los ciudadanos.
Aquel momento fue decisivo. Hasta ese día Hitler no había hecho más que
soltar fanfarronerías y majaderías. Tras la recuperación de Renania comenzó a
tomarse más en serio. Y lo mismo hizo el resto del mundo.
—Disculpe, Zvi —interrumpió el de Recolección—. ¿Qué había en el
segundo grupo de órdenes?
—¿El segundo? —Zvi Hirsch sonrió con tristeza—. Si abrían fuego contra
ellos, el comandante debía retirarse de inmediato y hacer que los soldados
volvieran al cuartel. Fundamentalmente le ordenaba que saliera corriendo a la
primera señal de conflicto. El país habría tenido que soportar una vergüenza
demasiado grande. El gobierno habría caído. Un solo disparo y habrían
obligado a que Hitler dimitiera.
—¿Está usted diciendo que debemos enfrentarnos a él?
Hirsch se dio la vuelta y miró por la ventana.
—Esta vez no creo que sea tan fácil.
33

Jonathan estaba sentado con las rodillas pegadas al pecho y la espalda


apoyada en la pared. En el rincón de enfrente había un jarrón con flores
frescas. Sobre él colgaba un rudimentario crucifijo de metal. El refugio había
sido construido en la ladera junto al Club Alpino de Suiza y recordaba a una
gruta, con suelo y paredes de piedra y mortero. Desde su posición podía ver
con claridad los senderos que convergían donde él se encontraba. Uno venía
desde el este, un sendero llano que seguía el contorno de la ladera. Otro subía
desde el lago, zigzagueando en una sucesión de altibajos. Un tercer sendero se
aproximaba desde el oeste. Montaña abajo, más allá de los altozanos que
bajaban abruptamente y de la lluvia torrencial, la media luna gris del lago
Maggiore llenaba el horizonte.
Simone estaba tumbada boca arriba sobre el áspero suelo, con la ropa
empapada y el pecho palpitando con dificultad.
—¿No ves a nadie? —preguntó jadeando—. ¿A nadie en absoluto? ¿Nos
están siguiendo?
—No —le tranquilizó Jonathan—. No hay nadie ahí fuera.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Gracias a Dios. —Con un gruñido se incorporó para quedarse sentada—.
Esto es demasiado —se lamentó, sosteniéndose la cabeza con las manos—.
Estoy aterrada. Ese hombre... Blitz... Nunca he visto a un hombre con un
disparo así. ¿Qué vamos a hacer?
—Aún no estoy seguro.
De repente Simone levantó la cabeza, como si se hubiera apoderado de ella
una idea.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo—. Vamos a salir de esta montaña.
Vamos a tomar un autobús hasta Lugano y vamos a buscar un lugar donde
poder secarnos. Después compraremos ropa nueva. Un traje. Algo
profesional. Luego te vamos a cortar y teñir el pelo y te vamos a enviar a
Milán en un tren. Eso es lo que vamos a hacer.
—Primero necesito un pasaporte —objetó Jonathan—. A ser posible uno
que no lleve mi nombre ni mi fotografía.
Simone renunció a su plan inicial.
—De acuerdo, olvídate del tren. Vamos a esperar un rato y después
volveremos a por el coche. Cruzaremos la frontera en él. Permiten el paso a
todo el mundo. No van a detener a un banquero que conduce un Mercedes. Yo
iré contigo.
Mientras hablaba dirigió los ojos adonde él estaba. «Dios mío —pensó
Jonathan—. Si yo parezco tan asustado como ella, tendremos problemas».
—¿Y después qué? —preguntó él—. ¿Seguir corriendo? —Se puso de pie y
apuntó a la ladera de la montaña en dirección a la casa de Blitz—. Mira hacia
allí. La policía lo sabe todo sobre el montaje que hice en la estación de
ferrocarril. Mis huellas están por todo el despacho de Blitz. Yo soy el asesino,
Simone. Yo soy el tipo que le voló la tapa de los sesos a Blitz. Cualquier
posibilidad que tuviera de convencerlos de que lo que ocurrió ayer fue en
defensa propia se ha desvanecido.
—Por eso tienes que salir del país.
—Eso no va a solucionar nada.
—Pero seguirás con vida. Estarás a salvo.
—¿Durante cuánto tiempo? No van a dejar de buscarme sólo porque haya
cruzado la frontera. Distribuirán mi fotografía por todos los países de Europa.
Jonathan cruzó los brazos tratando de imaginarse cómo iría todo si salía del
país. Una y otra vez llegaba a un callejón sin salida. No podía verlo, en parte
porque su mente no estaba acostumbrada a salir corriendo. Había pasado años
luchando contra pendientes imposibles en condiciones imposibles. Un rato
después terminó llegando a la conclusión de que podía hacer cualquier cosa si
no se rendía. No había que ser una persona magnífica. Simplemente había que
seguir adelante.
Cuando era un joven descarado y un poco engreído solía decir que por
norma general estaba en contra de las retiradas. Fue esa tenacidad la que hizo
que terminara la universidad y los estudios de medicina en siete años y la que
le llevó a permanecer en el campo de la medicina cuando uno por uno sus
compañeros lo fueron dejando.
«Echaron a correr —solía decir Emma después de tomar uno o dos chupitos
de Jack Daniel's—. Son todos unos cobardes. Con unos corazones del tamaño
de un ratón y unas pelotas no mucho más grandes».
Oyó su voz diciendo aquellas palabras con la misma claridad que si
estuviera sentada a su lado. De repente sintió que sus ojos le quemaban
irritados. Quería agarrarla de la mano. Anhelaba su fuerza.
Simone miró a Jonathan a través de la maraña de su pelo húmedo.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó.
—¿A qué te refieres?
—¿En qué estaba metida nuestra niña?
—No lo sé.
—¿Nunca te lo dijo? ¿Cómo pudo mantener en secreto algo así? Debías
haberlo imaginado. Por eso continúas con esto..., por eso sigues persiguiendo
a un fantasma. Dime la verdad, Jonathan. ¿Estabas en esto con ella?
¿Formabais un equipo? He oído hablar de parejas que han hecho cosas de este
tipo juntas.
—¿A qué tipo de cosas te refieres?
—No sé cómo llamarlo. Espiar. Ser agentes. Es decir, de eso va todo esto,
¿no? El permiso de conducir falso. Los hombres que buscaban los bolsos.
Todo ese dinero. Cien mil francos. No fue un ladrón el que mató a Blitz,
¿verdad?
—No —reconoció él—. No fue un ladrón.
La respuesta pareció confirmar sus peores sospechas. Dejó caer los hombros
como si pesaran sobre ellos todas sus acusaciones.
Jonathan se deslizó por el suelo y se sentó a su lado.
—No sé en qué andaba metida Emma —aseguró—. Te juro que desearía
saberlo.
Simone sostuvo su mirada durante un momento largo.
—No sé si creerte.
Jonathan apartó la mirada pasándose las manos por la cara y buscando una
pista sobre qué hacer a continuación.
—Entonces —dijo por fin— ¿qué vas a hacer?
—Ya te lo he dicho. Vamos a buscar la forma de ir a Lugano y conseguir
ropa nueva. Después vamos a cambiar tu aspecto. Y después vamos a...
—Espera, Simone. No puedes seguir conmigo. Todo esto está fuera de
control.
—¿Esperas que me vaya?
—Cuando bajemos la montaña nos separaremos. Tú vas a ir a Davos a ver a
Paul y vas a olvidar que todo esto ha ocurrido.
—¿Y tú?
Jonathan tomó una decisión.
—Voy a descubrir qué estaba haciendo ella.
—¿Por qué? ¿De qué te va a servir? Tienes que cuidar de ti.
—Lo estoy haciendo. ¿No lo ves?
Simone asintió con la cabeza y metió la mano en el bolso en busca de un
cigarrillo. Lo encendió y expulsó una nube de humo. Él se dio cuenta de que
las manos de ella habían dejado de temblar.
—Al menos deja que te ayude a conseguir algo de ropa —pidió ella—.
Antes de irme...
Jonathan pasó un brazo alrededor de Simone y la abrazó.
—Eso sí lo puedes hacer. Pero antes veamos si encontramos sentido a esto
que cogí del despacho.
Abrió el maletín de Blitz y empezó a rebuscar entre los papeles que había
cogido del escritorio. La mayor parte eran facturas y asuntos domésticos
variados. Se los pasó a Simone, quien echó un rápido vistazo a cada uno de
ellos y volvió a meterlos en el maletín. Ninguno de los dos halló nada que
arrojara luz sobre quién era Blitz ni para quién trabajaba.
En un bolsillo lateral Jonathan encontró una agenda electrónica Palm, más
conocida como PDA: un teléfono con procesador de textos, correo electrónico
y buscador de internet, todo en uno. El aparato estaba encendido con la
función de teléfono activada. En la esquina superior apareció un asterisco que
comenzó a parpadear indicando que había recibido un mensaje. Hizo clic
sobre el asterisco. El aparato solicitó una clave. Escribió 1-1-1-1 y después
7-7-7-7. Acceso denegado. Maldijo en voz baja.
—¿Qué es eso? —preguntó Simone acercándose a él con la mirada fija en la
pantalla.
—La PDA de Blitz. Está protegida con una clave. No puedo acceder al
software ni al correo electrónico ni al Word ni al buscador. ¿Para qué se
utiliza una clave?
—Depende. Yo tengo una clave diferente para cada cuenta. Solía utilizar el
cumpleaños de mi madre y después mi dirección en Alexandria, la ciudad
donde nací. Ahora tengo 1-2-3-4. Es más fácil así.
¿Y Jonathan? Él sólo tenía una clave. El cumpleaños de Emma: 11-12-77.
De repente se acordó de la pulsera con la memoria flash que había
encontrado en la mochila de Emma. Se la sacó de la muñeca, la forzó para
abrirla y conectó la memoria al puerto USB de la Palm. En la pantalla
apareció un icono con el nombre de Thor. Hizo doble clic sobre él y apareció
una pantalla que pedía una contraseña.
—Maldita sea.
—¿Es tuya? —preguntó Simone extendiendo la mano para tocar la
memoria.
—Es de Emma. La encontré en sus maletas cuando volví al hotel. También
pide una contraseña.
Probó con el cumpleaños de Emma y después con el suyo. Probó con el
último código de la tarjeta de crédito y después con el anterior. Probó con la
fecha de su aniversario. Ninguno sirvió. Se rindió.
Revolviendo entre los papeles encontró el memorándum dirigido a Eva
Kruger con membrete de ZIAG relativo a algo llamado Proyecto Thor.
—Voy a llamar para preguntarles por él.
—¿A quién?
—A ZIAG o como quiera que se llamara la empresa para la que trabajaba
Blitz.
Simone hizo un intento desganado por quitarle la Palm de las manos.
—No, Jonathan, no lo hagas. Eso sólo te traerá más problemas.
—¿Más problemas?
Jonathan se puso de pie y caminó hacia el otro extremo de la gruta.
Encendió el teléfono y escuchó el tono de marcación. Al menos aquello
funcionaba sin necesidad de una clave. Con el memorándum en la mano
marcó el número que figuraba en la parte superior de la página. Sonaron dos
tonos antes de que contestaran.
—Buenas tardes, Zug Industriewerk. ¿Con quién quiere hablar?
Era una voz joven, de mujer, y muy profesional.
—Con Eva Kruger, por favor.
—¿A quién debo anunciar?
«La verdad es que soy su marido», respondió Jonathan mentalmente. No se
había preparado una respuesta porque no esperaba que aquella empresa
existiera en realidad.
—Un amigo —respondió un momento después.
—¿Su nombre, señor?
—Schmid —improvisó Jonathan. Era lo más parecido a Smith que se le
ocurrió.
—Un momento.
Sonó un pitido neutro mientras se transfería la llamada. Respondió un
mensaje de voz: «Soy Eva. No estoy en mi mesa. Si deja su nombre y un
número le devolveré la llamada enseguida. Si necesita más ayuda marque el
asterisco para hablar con mi ayudante, Barbara Hug».
Hablaba con un fluido acento suizo-alemán y con un deje de Berna. No
había duda de que Eva Kruger era suiza de nacimiento. El problema residía en
que aquélla era la voz de Emma. La Emma a la que se le trababa la lengua al
decir grüezi18 y que no podía pronunciar chuechikaestli aunque le fuera la
vida en ello. La Emma que, aparte de algunos conocimientos de lo que ella
llamaba el francés del colegio, se consideraba una imbécil en lo que a idiomas
se refería y que no fuera el inglés británico estándar.
Jonathan pulsó el asterisco. Quería hablar con Barbara Hug. Quería
preguntarle si ése era su verdadero nombre o si lo había tomado sólo para
asuntos que implicaran pestañas postizas y lencería sugerente, por no
mencionar los sobres llenos a reventar de frío dinero en efectivo.
Un momento después sonó un seco mensaje de voz de Fräulein Hug y
colgó.
Volvió a marcar el número de inmediato. Cuando la recepcionista respondió
le volvió a dar el nombre de Schmid. Ahora él también tenía un alias.
—Quisiera hablar con el superior de la señora Kruger —dijo, recordando la
alianza que tenía grabada la fecha del aniversario—. Es urgente.
—Me temo que en estos momentos está ocupado.
—Cómo no —dijo Jonathan enfadado.
—¿Perdone, señor?
Jonathan había encontrado el sobre con las fotografías de tamaño carné de
Emma y un hombre llamado Hoffmann.
—Páseme al señor Hoffmann.
—Un momento, por favor.
Contestó una voz de hombre.
—¿El señor Schmid? Soy Hannes Hoffmann. La señora Kruger se encuentra
fuera del país. ¿Sobre qué quería hablar con ella?
—Sobre Thor.
Silencio. Estaba claro que Jonathan tampoco tenía la clave que debía decirle
a Hoffmann. Después, sorprendentemente:
—Sí, ¿qué quiere saber de Thor?
—Creo que puede haber problemas para que esté terminado para el día 10.
—Señor Schmid, me temo que aquí no hablamos de negocios con extraños.
—Yo no soy un extraño. Le he dicho que soy amigo de Eva. Se trata de que
no deberían contar tampoco con Gottfried Blitz. —Jonathan esperó otra
réplica sobre no hablar de negocios con extraños, pero lo único que obtuvo
fue un silencio.
—Lo conoce, ¿no? Es decir, su nombre está en un memorándum que usted
envió.
—Sí. —Aquella respuesta era tentadora—. ¿Qué pasa con el señor Blitz?
—Ha muerto.
—¿Qué está diciendo?
—Lo encontraron esta mañana. Entraron en su casa y le dispararon en la
cabeza.
—¿Quién es usted? —preguntó Hoffmann.
—Ya se lo he dicho. Mi nombre es Schmid.
—¿Cómo ha sabido lo del señor Blitz?
—Yo estaba allí. Lo vi.
—Imposible. —Hoffmann dijo esto con desdén, como si Jonathan le
estuviera gastando una broma pesada de la que no se podía librar.
—Envíe a alguien a su casa si no me cree. La policía ya está allí. Llámelo y
verá.
—Lo haré. Ahora mismo. Pero dígame, ¿quién es usted en realidad?
—Mire el número de teléfono.
Hubo una pausa seguida por el sonido de una honda inspiración.
—¿Quién es usted? ¿Qué le ha hecho a Blitz?
Jonathan colgó. A partir de ahora sería él quien haría las preguntas.
34

Conforme a las normas que se aplicaban a todos los homicidios, el cuerpo


de Theodor A. Lammers, director general de Robotica AG, ciudadano alemán,
supuesto agente provocador de un país desconocido y víctima de un asesinato
por parte de un profesional, fue trasladado al depósito de cadáveres del
Hospital Universitario para que le hicieran una autopsia completa. La
intervención fue realizada por el doctor Erwin Rohde, jefe médico forense del
cantón de Zúrich.
Rohde tenía sesenta años y era un hombre con aspecto de duende, ojos
azules y llorosos y un bonete de pelo canoso. «No hay duda respecto a la
causa de su muerte», pensó mientras permanecía de pie junto al cuerpo y
examinaba las heridas de la cara y del pecho. Si los disparos en la cabeza no
habían matado a la víctima, sí que lo había hecho el disparo en el pecho. El
agujero redondo y negro de la bala estaba situado justo encima del corazón.
Los asesinatos eran relativamente poco frecuentes en Zúrich y en toda
Suiza. El país había registrado un total de sesenta y siete homicidios el año
anterior. Menos que en la ciudad americana de San Diego, que con poco más
de un millón de habitantes tenía una séptima parte de la población de Suiza.
De ellos, veinte habían muerto a manos de bandas organizadas, y las víctimas
eran los mismos criminales. Pero él no había visto nada como esto en años.
Escogió un bisturí e hizo una incisión a lo largo de la parte superior de la
frente, continuando alrededor de la cabeza. Una vez despegó la piel —la
mitad sobre la cara y la otra mitad hacia la nuca— utilizó una sierra eléctrica
para cortar la parte superior del cráneo de Lammers. Se trataba de un trabajo
sucio. Los disparos habían reventado el cerebro.
Sacó varios trozos deformados de plomo y los tiró al cubo que estaba a SU
derecha. Las balas eran expansivas o de punta hueca, que aumentaban de
tamaño al impactar. Sacó otro trozo de metal y se detuvo. «Qué raro», pensó.
En lugar de un rosado saludable, la zona que rodeaba al fragmento tenía un
color marrón salobre. Normalmente ese color era indicativo de una necrosis,
la aniquilación de sustancia celular de una fuente externa, ya sea infección,
inflamación o intoxicación.
Extirpó un trozo del cerebelo y lo depositó en una bolsa de muestras. Dejó
que su ayudante terminara y se puso a examinar la herida del pecho. La bala
se había aplastado al golpear el corazón, pero, por lo demás, estaba intacta.
Fue rápido en sacarla. Ajustó las luces del techo antes de inclinarse para
examinar el órgano. El corazón era de un saludable color granate. Todo
excepto el tejido que rodeaba la herida. Allí el músculo tenía el mismo color
marrón fecal que había observado en el cerebro.
Rohde extirpó un trozo del tejido y lo acercó a la luz. No había duda de que
lo que estaba viendo era un caso avanzado de necrosis. Esta muestra también
la guardó.
Tras recoger las bolsas de plástico se quitó la bata y salió rápidamente del
quirófano. Dos minutos después llegó al laboratorio forense.
—Necesito utilizar el MS-GC —dijo, refiriéndose al espectómetro de masas
y al cromatógrafo de gases.
Algo que había en la bala estaba aniquilando la carne.

C31-H42-N2-06.
Erwin Rohde miró fijamente la fórmula que aparecía en la lectura del
espectómetro de masas, esperando que la máquina lo tradujera convirtiéndolo
en una sustancia conocida. Pasaron diez segundos sin que apareciera ninguna
palabra. El espectómetro, capaz de identificar más de 64.000 sustancias,
estaba perplejo. Una segunda petición de análisis del tejido ofreció el mismo
resultado. Negó con la cabeza. Era la primera vez en veinte años que aquella
máquina le había fallado.
Escribió la fórmula y volvió presuroso a su despacho. Estaba seguro de que
era una toxina o veneno. La cuestión era qué tipo de toxina. Rohde probó
escribiendo en su ordenador la identificación molecular. Una vez más no
consiguió nada. Confundido, deslizó la silla hacia atrás. Había un hombre con
el que podía contar para que le diera la respuesta.
Tras consultar su agenda marcó un número extranjero: 44 de Inglaterra, 20
de Londres. El prefijo de cuatro dígitos pertenecía a New Scotland Yard.
—Wickes —contestó una lacónica voz inglesa.
Rohde se presentó diciendo que había asistido a su seminario del verano
anterior titulado «Nuevas tecnologías forenses». Wickes era un hombre
ocupado que no prestaba atención a las finuras sociales.
—¿Y qué quiere saber?
Rohde le hizo un resumen del post mórtem de Lammers y de la
imposibilidad del espectómetro de masas para identificar el compuesto que
causaba la necrosis en el tejido del cerebro y en el músculo del corazón.
—Sólo la composición —le cortó Wickes—. Déjeme el resto a mí.
Rohde leyó la lista de los componentes. Cuando Wickes volvió al teléfono
su tono era bastante menos imperioso.
—¿Dónde dice que encontró ese tejido?
—Alrededor de heridas de bala en la cabeza y el pecho.
—Interesante —dijo Wickes.
—¿Quiere decir que ha encontrado la sustancia?
—Por supuesto que la he encontrado. El compuesto que usted me ha dado es
el de una batracotoxina.
Rohde reconoció no haber oído nunca hablar de esa toxina.
—No tiene motivos para haberlo hecho —observó Wickes—. No por
aquellos lares. Batraco procede del griego batrachos, que significa 'rana'.
—¿Veneno de rana?
—Genus Dendrobates. Ranas dardovenenosas, para ser exactos. Pequeños
demonios del tamaño de un pulgar. Se encuentran en las selvas tropicales de
América Central y del oeste de Colombia, Nicaragua, El Salvador y Costa
Rica. La batracotoxina es una de las más letales del mundo. Cien
microgramos —más o menos el peso de dos granos de sal— es suficiente para
matar a un hombre de sesenta y ocho kilos. El único uso que se hace del
veneno, aparte del que le dan las ranas para protegerse, por supuesto, es el que
le dan los indios indígenas, que cubren sus dardos con el veneno cuando salen
a cazar monos y animales similares.
—¿Entonces habían cubierto la bala con él? Pero ¿por qué?
En lugar de responder a la pregunta, Wickes planteó otra.
—¿Sus hombres le han echado el guante al asesino? No le han arrestado,
¿verdad?
—No.
—Ya imaginaba. Estoy seguro de que se trata de un profesional.
Rohde le contó que, de hecho, la policía creía que el crimen había sido
cometido por un asesino bien preparado.
Wickes se aclaró la garganta y, cuando habló, su voz había adquirido un
tono conspirador.
—Me recuerda a algo que vi cuando estuve con la marina real. Fue hace
tiempo, en El Salvador. 1981 ó 1982. Volvíamos de Belice, de hacer
maniobras con los yanquis. En aquel entonces el país estaba en llamas. Todos
trataban de hacerse con el poder: los comunistas, los fascistas e incluso
algunos demócratas. El gobierno estaba introduciendo en el campo
escuadrones de la muerte que aniquilaban a todos los opositores. En realidad
se trataba de asesinatos a sangre fría. Algunos soldados eran indios y ninguno
estaba de acuerdo con lo que les habían pedido que hicieran. Eran un grupo
supersticioso. Creían en fantasmas y en el mundo de los espíritus. Chamanes.
Transmutaciones. Llámelo como quiera. Tenían un ritual para protegerse de
los fantasmas de los hombres y mujeres a los que habían matado. Para evitar
que los espíritus de las víctimas los persiguieran mojaban sus balas con
veneno. Algo así como matar el alma antes de que ésta saliera del cuerpo.
—Es horrible —opinó Rohde.
—Sabe quién entrenaba a esos escuadrones, ¿no? —preguntó Wickes.
—¿Qué quiere decir con que los entrenaba?
—Les enseñaba su oficio. Los llevaba al campo. Les obligaba a hacer lo que
hacen.
—No tengo ni idea —admitió Rohde.
—Los yanquis. «La Empresa». Así se hacían llamar en aquel tiempo. Si
quiere encontrar a su asesino, será mejor que comience a buscar por ahí.
—¿Por «la Empresa» se refiere a la CIA?
—Exacto. Malditos cabrones.
Wickes colgó sin despedirse.
Erwin Rohde se sentó. Necesitaba un momento para asimilar lo que acababa
de oír. Balas envenenadas. Asesinos. Estas cosas no ocurrían en Suiza.
Cogió el teléfono casi a regañadientes y marcó el número personal del
inspector jefe Marcus von Daniken.
35

—Nunca lo derribará —dijo el brigadier Claude Chabert, comandante de la


Tercera Escuadrilla de Combate de las Fuerzas Aéreas de Suiza—. Las
turbohélices son bastante duras. Sólo vuelan a doscientos kilómetros por hora,
pues pocos tienen un reactor en la cola. Olvídelo.
—¿No se puede disparar a un misil? —rezongó Alphons Marti, acercándose
al centro de la mesa para contemplar mejor los planos del drone o vehículo
aéreo no tripulado, según lo llamaba Chabert—. ¿Y un Stinger? Como usted
dice, es un reactor. Ha de tener un identificativo de calor.
Chabert, Marti y Von Daniken estaban de pie a lo largo de una mesa en el
despacho de Von Daniken en Nussbaumstrasse. Eran casi las cinco de la
tarde. A Chabert, un cualificado ingeniero eléctrico y piloto de Hornet F/A-18
con seis mil horas de vuelo, le habían pedido que acudiera de inmediato desde
su base en Payerne para que impartiera una clase urgente sobre la destrucción
de vehículos aéreos no tripulados. Delgado y rubio, con ojos azules y
marchitos como los de un pastor, tenía la típica imagen de un consumado
aviador.
—Un identificativo de calor no es suficiente —dijo Chabert armándose de
paciencia—. Recuerde que se trata de un reactor pequeño. La extensión de las
alas es de cuatro metros. El fuselaje es de apenas dos y medio por cincuenta
centímetros. No es un objetivo muy claro si se está moviendo a quinientos
kilómetros por hora. Los radares convencionales que se utilizan en el control
de tráfico aéreo están resintonizados aposta para evitar el registro de objetos
pequeños como pájaros y ocas. Y éste es sigiloso. Tiene muy pocas líneas
rectas. Los conductos de escape están engastados por las aletas de cola. Si
tuviera que apostar, diría que el revestimiento plateado del cuerpo es RAM.
—¿Qué es RAM? —quiso saber Marti, como si fuera algo inventado con la
única intención de molestarlo.
—Material absorbente de ondas radar. El color metálico sirve para que
resulte más difícil de ver por el ojo humano.
Chabert terminó de examinar los planos y se giró para mirar a Daniken.
—Lo siento, Marcus, pero un radar civil nunca lo vería. No has tenido
suerte.
Von Daniken se sentó en una silla y se pasó una mano por el pelo. Durante
la última hora había recibido una formación diabólica sobre la construcción y
la utilización de drones como armas militares. En la década de 1990 las
Fuerzas Aéreas israelíes habían sido las primeras en utilizar vehículos aéreos
no tripulados para sobrevolar su frontera norte con el Líbano. Entonces un
drone no consistía más que en un juguete dirigido por radiocontrol con una
cámara atada a la parte de abajo que tomaba instantáneas del enemigo. Los
modelos más recientes disponían de una envergadura de quince metros,
llevaban misiles Hellfire aire-tierra bajo las alas y eran pilotados vía satélite
por «operadores» situados en búnkeres seguros a miles de kilómetros de
distancia.
—¿Tiene alguna idea de cuál es el objetivo? —preguntó Chabert.
—Un avión —afirmó Von Daniken—. Lo más probable es que sea de aquí,
de Suiza.
—¿Algún rumor con respecto a dónde? ¿Zúrich, Ginebra, Basilea-
Mulhouse?
—Nada. —Von Daniken se aclaró la garganta. El desgaste de los últimos
días le estaba pasando factura. Unos círculos pertinaces rodeaban sus ojos y,
aun estando sentado, su apariencia era de decaimiento—. Dígame, general,
¿qué tipo de pista necesita esta cosa para despegar?
—Doscientos metros de camino abierto —respondió Chabert—. Un drone
de este tamaño puede sacarse de su embalaje de transporte y salir volando en
cinco minutos.
Von Daniken recordó su reunión en Robotica AG, la empresa de Lammers,
y la orgullosa descripción de la tecnología de fusión sensorial que unía
aportaciones de distintas fuentes. Por lo que sabía, el piloto u «operador»
podría estar en Brasil o en cualquier otro lugar del mundo.
—¿Alguna posibilidad de interferir la señal?
—Mejor localice la emisora en tierra. El drone funciona sobre tres
principios: La estación en tierra, el satélite y el drone en sí, intercambiando
constantemente señales entre ellos.
—¿Es muy grande la estación terrestre?
—Depende. Pero si el piloto está volando fuera del campo de visión —es
decir, si depende de las cámaras que lleva el drone a bordo— necesitará
monitores de vídeo, un radar, una fuente de energía estable y recepción de
satélite ininterrumpida.
—¿Puede ser móvil? —preguntó Von Daniken—. Por ejemplo, algo que se
pueda instalar en la parte de atrás de una furgoneta.
—De ninguna manera —contestó Chabert—. El operador tendrá que estar
en alguna instalación fija. De lo contrario, no tendrá la energía suficiente para
impulsar la señal a larga distancia. Usted dijo que intentaban derribar un
avión. Este vehículo no tripulado no tiene el tamaño suficiente para
transportar misiles aire-aire. ¿Cree que quien está detrás de esto intenta llevar
el drone en el interior de otra nave? Si es así, querrán tener el objetivo en su
campo de visión. Es muy difícil hacer volar estas cosas mediante cámaras y
radares.
—No puedo decirlo con seguridad —respondió Von Daniken—. Pero es
probable que se utilicen explosivos plásticos.
—Bien —dijo Chabert animándose.
—Al menos sabemos para qué es la barquilla. Había supuesto que era para
más sistemas electrónicos.
—¿De qué barquilla está hablando?
Chabert señaló con un bolígrafo una cámara en forma de lágrima que
parecía colgar del morro del drone.
—El peso máximo permitido es de treinta kilos.
Von Daniken ahogó un gemido. Habían desaparecido unos treinta kilos de
Semtex del garaje de Blitz.
—¿Es suficiente para derribar un avión? —preguntó Marti.
—Más que suficiente —respondió Chabert—. La bomba que derribó el
avión Pan Am 103 cuando sobrevolaba Lockerbie cabía en una grabadora de
casete. Se necesitó menos de medio kilo de C-4 para hacer un agujero de dos
metros por cuatro en un lateral de un Boeing 747. A diez mil metros de
altitud, el avión no tenía ninguna posibilidad. Imagínense un drone viajando a
quinientos kilómetros por hora lanzando una carga cincuenta veces más
grande.
Marti se retiró de la mesa con la tez del color de la leche cuajada.
—Pero eso no es más que la mitad de su problema —dijo el brigadier
general Claude Chabert.
Von Daniken entrecerró los ojos.
—¿A qué se refiere?
—Con una carga de ese tamaño, el drone es, de hecho, un misil. No tendría
necesariamente que esperar a que un avión estuviera en pleno vuelo para
matar a todos los que estén a bordo. Podría destruir con la misma facilidad al
objetivo si estuviera en tierra. La detonación incendiaría el combustible de los
depósitos de las alas. La bola de fuego y la metralla que provocaría iniciaría
una reacción en cadena. Cualquier avión que esté estacionado a veinte metros
ardería como si fuera munición sobrecalentada.
Haciendo una mueca, Chabert se pasó una mano por la nuca.
—Caballeros, es muy probable que pierdan todo el aeropuerto.

Chabert se había ido cinco minutos antes. Von Daniken estaba sentado en el
filo de la mesa de conferencias con los brazos cruzados sobre el pecho
mientras Alphons Marti se paseaba. Sólo quedaban ellos dos en la habitación.
—Tenemos que alertar a las autoridades competentes —sugirió Von
Daniken—. Creo que la llamada debe hacerse desde tu despacho.
La lista era larga y pasaba por la Oficina Federal de Aviación Civil, el
Servicio de Seguridad Federal, los departamentos de policía de Zúrich, Berna,
Basilea y Lugano, así como sus agencias hermanas en Francia, Alemania e
Italia, cuyo espacio aéreo podría invadir el drone. Sería decisión de ellos
ponerse en contacto con las líneas aéreas.
—Estoy de acuerdo, pero creo que es demasiado pronto. Es decir, ¿de qué
tipo de ataque estamos hablando exactamente?
—Creía que ya lo habíamos hablado.
—Sí, sí, pero ¿y los detalles? ¿Tenemos una fecha, una hora o tan siquiera
un lugar? Lo único que sabemos hasta ahora se basa en los desvaríos de un
terrorista que dio esa información bajo lo que sólo puedo imaginarme como
una coacción extrema.
El tono de Marti sonaba razonable, como el de un padre paciente que
reprende a su rebelde hijo. Von Daniken pensaba que encajaba a la
perfección.
—Gassan puede haber estado bajo coacción, pero estaba probado que lo que
dijo era cierto. No mentía cuando dijo que había entregado cincuenta kilos de
Semtex a Gottfried Blitz, alias Mahmoud Quitab. También tenemos una
fotografía que demuestra que Blitz es, o era, un oficial militar iraní. Me gusta
la idea de que Lammers construyó un drone y se lo entregó a Blitz. Yo diría
que esto, junto con la confesión de Gassan de que el objetivo de Blitz era un
avión de Suiza, es más que suficiente para que avisemos a las autoridades.
—De acuerdo, pero tanto Lammers como Blitz están muertos. ¿Tendría
sentido suponer que los demás miembros de su grupo, cómo lo llama usted, su
«célula», hayan podido morir también? Si me lo pregunta, le diría que alguien
está haciendo nuestro trabajo por nosotros.
Von Daniken pensó en las manchas de pintura blanca que había encontrado
en el rincón del garaje de Blitz, los veinte kilos de explosivo plástico que
habían desaparecido y las huellas de neumáticos que coincidían con los de la
furgoneta Volkswagen que, según se había informado, transportó los
explosivos.
—Hay más ahí afuera. Esta operación la llevan más de dos personas.
—Puede que los haya, Marcus. No voy a negar que esté ocurriendo algo.
Pero usted no me da mucha munición. Decírselo a los cabecillas de la
aviación civil pero ¿después qué? ¿Espera que cancelen sus vuelos? ¿Van a
cambiar el itinerario de todos los aviones que hagan nuestra ruta a Múnich,
Stuttgart y Milán y traerlos a todos por ferrocarril y autobús? ¿Y si tuviéramos
una amenaza contra un túnel? ¿Deberíamos cerrar el de San Bernadino y el
Gotthardo? Por supuesto que no.
Von Daniken miró con dureza a Marti.
—Necesitaremos el estrecho apoyo de la policía local —dijo un momento
después, fingiendo que no había oído nada de lo que Marti había dicho—.
Iremos casa por casa en un radio de diez kilómetros desde el aeropuerto.
Después iremos...
—¿No ha oído al general? —le interrumpió Marti con el mismo tono
exasperantemente razonable—. Podrían lanzar el drone desde cualquier lugar.
Podría salir con un avión de Francia, Alemania o... o de África, según
sabemos. Por favor, Marcus.
Von Daniken se clavó la uña de un dedo en la palma de la mano. «Aquello
no estaba ocurriendo», se dijo a sí mismo. Marti no entendía el alcance de la
amenaza.
—Como iba diciendo, empezaremos con una búsqueda casa por casa. Le
prometo que se llevará a cabo con discreción. Comenzaremos por Zúrich y
Ginebra.
—¿Y cuántos policías espera que se necesite para esto?
—Varios cientos.
—¿Sí? Varios cientos de policías discretos que caminarán de puntillas y que
no dirán una palabra de por qué tienen que dejar a sus esposas e hijos en mitad
de la noche para ir llamando puerta por puerta con órdenes de buscar un misil
activado.
—No para buscar un misil. Para hablar con los residentes y preguntarles si
han notado alguna actividad sospechosa. Llevaremos a cabo la operación bajo
el disfraz de la búsqueda de un niño desaparecido.
—Policías discretos. Una investigación amistosa. Mañana por la mañana la
mitad del país sabrá lo que estamos haciendo y mañana por la noche estaré en
las noticias explicando a la otra mitad que creemos que hay una célula
terrorista que está operando dentro de nuestras fronteras con la intención de
derribar un avión de pasajeros y que no hay ni una maldita cosa que podamos
hacer para detenerlos.
—Exacto —dijo Von Daniken—. Creemos que hay una célula terrorista que
está operando dentro de nuestras fronteras con esa misma intención.
Estaba perdiendo. Podía sentir que la discusión se le iba de las manos como
si fuera arena que se escapara por sus dedos.
Marti le dirigió una mirada de juicio mordaz.
—¿Tiene idea del pánico que va a sembrar? —preguntó—. Puede provocar
que se cierre toda la red de tráfico aéreo del centro de Europa. No se trata de
una bomba en el equipaje de alguien. Sólo el coste económico..., por no
mencionar la reputación de nuestro país...
—Tendremos que colocar equipos de detectores Stinger en los tejados de los
aeropuertos y mover algunas baterías antiaéreas por el perímetro de las pistas.
Von Daniken esperó la protesta de Marti, pero el ministro de Justicia
permaneció en silencio. Se sentó y cruzó las manos por detrás de la cabeza,
mirando al infinito. Un momento después movió la cabeza y Von Daniken
supo que había terminado. Había perdido. Peor aún, sabía que Marti no se
equivocaba del todo al aconsejar tranquilidad.
—Lo siento, Marcus —dijo Marti—. Antes de hacer ninguna de esas cosas
tenemos que corroborar esta trama. Si este Blitz o Quitab... o como quiera que
se llame... tenía cómplices, usted los encontrará, junto con los veinte kilos de
explosivo plástico que han desaparecido y la furgoneta blanca. Si quiere que
cierre todo el país, debe proporcionarme pruebas concretas de que existe un
complot para derribar un avión en suelo suizo. No paralizaré el país
basándome en una confesión extraída por sus colegas de la CIA.
—¿Y Ransom?
—¿Qué pasa con él? —preguntó Marti con despreocupación mientras se
ponía de pie y se dirigía hacia la puerta—. Es sospechoso de asesinato.
Déjeselo a las autoridades cantonales.
—Estoy esperando a que me digan si el detective que fue herido ha salido
del coma. Espero que pueda arrojar algo de luz sobre lo que Ransom quería
hacer con aquellos bolsos.
—No se moleste. Me han dicho que el detective ha muerto hace una hora a
causa de las heridas. Ahora se busca a Ransom por dos asesinatos.
Von Daniken sintió como si le hubieran apuñalado por la espalda.
—Pero él es la clave...
El ojo de Marti tembló con un tic y a sus mejillas se asomó un color
encendido. La rabia había estado ahí todo el tiempo. Simplemente se había
mantenido bien oculta.
—No, inspector jefe, la clave de esta investigación está en encontrar esa
furgoneta y a los hombres que quieren derribar un avión en suelo suizo.
Olvídese de Ransom. Es una orden.
36

La furgoneta rastreaba las calles del barrio dormido. Ya no era blanca. Unos
días antes la habían vuelto a pintar de negro liso con los paneles laterales
ilustrados con el nombre de una ficticia empresa de suministro de comidas. El
número de teléfono que se anunciaba estaba activo y a él contestaban como si
fueran profesionales. Las matrículas suizas habían sido asimismo sustituidas
por otras alemanas que comenzaban con las letras ST, correspondientes a
Stuttgart, una gran ciudad industrial próxima a la frontera.
El piloto iba sentado al volante. Procuraba mantener la velocidad por debajo
del límite legal. Ante cada señal de stop detenía por completo la furgoneta.
Había comprobado que todos los faros del coche funcionaban correctamente.
Ante un semáforo en amarillo, reducía la marcha y esperaba. Bajo ninguna
circunstancia se arriesgaría a llamar la atención de la policía. Un registro de
las cajas de acero inoxidable del compartimento de carga sería desastroso. Si
el plan tenía algún punto débil era este: la necesidad de transportar el drone
por las calles sin ninguna protección.
La furgoneta se deslizaba por Oerlikon, Glattbrugg y Opfikon, a las afueras
de Zúrich. Pronto dejó atrás las calles llenas de pisos y casas y entró en un
bosque de pinos poco denso. La carretera subía abruptamente entre los
árboles. Unos minutos después, el bosque desapareció y la furgoneta empezó
a subir la falda de la montaña llegando a un amplio parque cubierto de nieve.
Ahí terminaba la carretera y el piloto condujo la furgoneta por un camino de
piedras que atravesaba aquel parque de aproximadamente un kilómetro de
longitud. Había hielo negro en el pavimento. Podía sentir cómo los
neumáticos perdían sujeción incluso a tan baja velocidad. No estaba
excesivamente preocupado. Aquel lugar cumplía las condiciones que había
exigido. El camino —o pista, como él prefería considerarlo— era recto como
una regla. No había árboles cerca que pudieran obstaculizar el despegue. De
todos modos, en pocos días habría desaparecido el hielo. La predicción del
tiempo pronosticaba para el viernes un frente de altas presiones que se
movería por la zona trayendo sol y un fuerte aumento de las temperaturas.
Continuó hasta el final del camino y entró la furgoneta en un carril privado.
La puerta del garaje estaba abierta y el pavimento había sido despejado de
nieve y hielo. Unos segundos después de entrar, la puerta se cerró.
Salió del garaje por una puerta lateral y se puso a caminar, deseoso de
estirar las piernas tras el largo viaje. Mientras se dirigía al parque, escuchó un
estruendo en el aire, un pitido estridente y ensordecedor que le hacía daño en
los oídos. El ruido se agrandó. Miró hacia el cielo nocturno cuando la panza
de un avión de pasajeros pasó volando, a no más de trescientos metros por
encima de él. El avión era un Airbus A-380, el nuevo jumbo de dos plantas
diseñado para transportar a seiscientos pasajeros. Sus motores resollaron
descomunalmente cuando el avión se elevó en el cielo. Estaba lo bastante
cerca para que pudiera ver la insignia de la cola. Una orquídea de color
púrpura con la palabra Thai debajo de ella. El vuelo de las 21:30 a Bangkok.
El piloto vio cómo el avión desaparecía entre las nubes y después se giró y
miró hacia atrás. Sobre la llanura que se extendía por debajo de él había una
ciudad dentro de otra. Una multitud de luces iluminaban las largas franjas de
las terminales de pasajeros hechas de hormigón, acero y cristal y los
espaciosos hangares rodeados de campos de nieve.
El aeropuerto de Zúrich.
La vista no podía ser mejor.
37

—Echa la cabeza hacia atrás —dijo Simone masajeando el tinte por el pelo
limpio y mojado—. Primero dejaremos que penetre, después lo lavamos y
luego lo cortamos. Negro siciliano. No te vas a reconocer.
—No estoy preocupado por mí.
Sentado sobre un taburete, Jonathan sumergió la cabeza en la palangana y
cerró los ojos. Los fuertes dedos de Simone extendían el tinte por todo su
cuero cabelludo, masajeando las sienes y la coronilla y bajando hasta la nuca.
Las anfetaminas habían dejado de tener efecto hacía tiempo. Aquel motor de
inyección lleno de locura que le había llevado a entrar en la casa de Blitz y
que había escrito su encendida conversación con Hannes Hoffmann, el
ejecutivo de ZIAG, pertenecían a un pasado nebuloso y lejano. Se sentía
exhausto y la piel aún le hormigueaba por la ducha caliente. Exhaló y, por
primera vez en veinticuatro horas, se permitió a sí mismo descansar.
Habían permanecido en las colinas hasta primera hora de la tarde y después
bajaron hasta la autopista y tomaron un autobús a Lugano, una ciudad de cien
mil habitantes que se extendía por la costa del lago del mismo nombre a
treinta kilómetros al este. Mientras Jonathan se escondía en un cine, Simone
había ido tienda por tienda comprando ropa nueva para los dos. Más tarde
habían caminado por las afueras de la ciudad buscando un lugar donde pasar
la noche.
El hotel se llamaba Albergo del Lago. Era un establecimiento pequeño y
familiar situado a las afueras de Lugano. Un palacete de terracota con veinte
habitaciones, todas ellas con vistas al lago, y una pizzería en la planta baja
para justificar sus dos estrellas. Se habían registrado utilizando el pasaporte y
la tarjeta de crédito de Simone como el señor Paul Noiret y señora. En lugar
de maletas llevaban bolsas llenas de ropa, productos de aseo y un pollo asado
con pommes frites para cenar que habían comprado en una charcutería
provenzal.
Para las miradas inquisitorias eran amantes que pernoctaban en un hotel tras
pasar el día en la ciudad.
—Ya está —dijo Simone quitándose los guantes de látex—. En quince
minutos tu pelo va a estar tan negro como el de Elizabeth Taylor.
—No sabía que fuera siciliana.
Simone le dio una palmada en el hombro.
—Listillo. Ahora quédate donde estás y deja que el color se asiente.
Dobló una toalla y le tapó con ella los ojos para asegurarse de que no le
entraba tinte. Lo siguiente que supo fue que Simone estaba sacudiéndole el
hombro para despertarle.
—Es hora de enjuagarte.
Le quitó la toalla de los ojos. Parpadeó, cegado por las luces del techo.
—Me he quedado dormido un minuto.
—Más bien veinte. —Simone abrió el grifo y cuando el agua salió caliente
le aclaró el tinte. Le cortó el pelo con las tijeras que acababa de comprar hasta
que desaparecieron los rizos y se quedó liso después de que ella se lo peinara
—. Ponte de pie. Déjame ver.
Jonathan se levantó.
—Sólo un poco más. —Le afeitó el cuello con una cuchilla. A continuación
le pasó una toallita caliente para quitarle los pelos sueltos. Le sostuvo la
cabeza mientras le peinaba poniéndole los dedos en la mandíbula. Cuando por
fin se sintió satisfecha le agarró por los hombros y le dio la vuelta para que
pudiera ver el trabajo terminado en el espejo—. Hecho —dijo ella—.
¿Reconoces a ese tipo?
—Es espantoso.
—No es la respuesta que esperaba.
El hombre que le devolvía la mirada era diez años más joven. Era el
diplomático que su padre siempre deseó, preparado y dispuesto a conseguir
derechos para la extracción de minerales en un país tercermundista. El
cirujano de Park Avenue con un título superior en falsos cumplidos. Tuvo que
contenerse para no despeinarse. Sonrió y sus dientes casi brillaron bajo la
fuerte luz. «No parezco un hombre al que te gustaría comprarle el coche»,
pensó.
En pocas palabras, estaba perfecto.
—No soy Liz Taylor —dijo, saliendo del baño—, pero me conformaré con
Vince Vaughn.
—Eres por lo menos Brad Pitt.
—Es rubio.
—¿A quién le importa? Le pondré el color que quiera.
Jonathan entró en el dormitorio y cogió la bolsa que tenía su ropa nueva. La
puso sobre la cama y sacó el traje azul marino y el abrigo. La televisión estaba
encendida. El comentarista hablaba en italiano y decía que el segundo de los
policías que habían sido atacados el día anterior en Landquart había muerto y
que la persecución del médico que se buscaba con relación al asesinato había
sido ampliada al Tessin, donde habían hallado el cuerpo de un empresario
alemán a primera hora de la mañana. Jonathan se sentó y escuchó. Oyó que
decían su nombre dos veces. Dottore Jonathan Ransom. Por suerte no había
fotos.
El comentarista pasó a hablar del tiempo, pero Jonathan ya no prestaba
atención. Estaba pensando en cómo la televisión del vestíbulo estaba dando
los titulares de la noche cuando ellos se registraron y en el recepcionista,
cuyos ojos pequeños y negros no perdían detalle. Si la persecución había sido
ampliada al Tessin, la policía se habría puesto en contacto con todos los
hoteles de la zona. Habrían enviado faxes con su nombre y su descripción.
Incluso podrían saber que viajaba con una mujer.
Caminó hacia el balcón, abrió la puerta y se puso bajo la lluvia. A lo largo
del lago vio cómo se acercaba una luz estroboscópica azul y blanca. Cien
metros por detrás venía otra.
Durante un momento se quedó mirando las luces que se acercaban. Podían ir
a cualquier sitio. El recepcionista de abajo no tenía motivo alguno para
sospechar de él. Las luces parpadeaban entre la lluvia y supo que no iban a
cualquier sitio. Se dirigían al Albergo del Lago. Venían a por él.
—¡Simone, tenemos que irnos! —gritó—. Viene la policía.
Simone asomó la cabeza por la puerta del baño.
—¿Qué has dicho de la policía?
—Ha salido un reportaje en las noticias... El recepcionista de abajo... ha
llamado a la policía.
—Jonathan, para... ¿Qué estás diciendo?
—Saben quiénes somos..., que viajamos juntos. La policía estará aquí en
unos minutos. Tenemos que irnos.
Se puso la ropa que ella le había comprado esa tarde. Camisa blanca de
vestir, traje azul marino, abrigo de cachemira y un par de zapatos con
cordones. Se miró en el espejo. El traje. El pelo negro como la noche cortado
por encima de las orejas y peinado con raya.
¿Y Emma? ¿Qué pensaría? Él era el enemigo. El diablo con traje azul
oscuro. Se odió al verse así.
Volvió al balcón. Definitivamente las luces venían hacia ellos. Estaban a
menos de un kilómetro. Podía oír el sonido atonal de las sirenas cada vez más
cerca.
—Vamos.
Atravesó la habitación a grandes zancadas y abrió la puerta que daba al
pasillo.
Simone se iba poniendo los zapatos detrás de Jonathan. Al coger su abrigo
tropezó con él.
—De acuerdo —dijo—. Estoy lista.
Evitaron el ascensor y las escaleras principales y se dirigieron al final del
pasillo, donde, tras unas puertas de cristal con visillos, había un balcón que
daba a un aparcamiento en la parte de atrás del hotel. Las puertas de cristal no
estaban cerradas con llave. Jonathan salió al balcón, dejó caer el maletín de
Blitz y después se deslizó por una tubería.
—¡Yo no puedo! —gritó Simone desde arriba.
—Sólo es una planta. Estaré justo debajo de ti.
—¿Y si me caigo?
—Puedes hacerlo. Vamos. ¡No podemos esperar!
—Mais merde. —Simone se subió a la barandilla y, sin que se le tuviera que
decir nada más, se agarró a la tubería y se deslizó hasta el suelo. Lo hizo en
tres segundos.
—¿Ha sido tan horrible? —le preguntó él.
—Sí —dijo.
Jonathan la cogió de la mano y la llevó por el camino principal. El instinto
le decía que las parejas eran menos sospechosas que los solitarios. Las luces
de Italia parpadeaban al otro lado del lago. Unas cuantas barcas y lanchas de
motor se balanceaban amarradas. «Un refugio», pensó, mirando el agua.
El primer coche de policía pasó por su lado diez segundos después.

En la ciudad llamaron a un taxi y pidieron al conductor que les llevara a la


Via della Nonna, en Ascona. Una vez allí Jonathan ordenó al conductor que se
detuviera a dos manzanas de la casa de Blitz. La lluvia había cesado de
momento y el barrio estaba tranquilo. Unas tenues luces brillaban tras los
visillos. El aroma a pino descendía por la ladera. Un perro ladró cerca de
ellos.
—Deja que yo coja el coche —dijo Simone extendiendo la mano.
—Es demasiado arriesgado —objetó él—. Por lo que respecta a la policía,
tú no existes. Es mejor que siga siendo así. Espera al final de la calle. Volveré
en diez minutos.
Jonathan caminó hacia el Mercedes. Habían colocado una tira de cinta
amarilla alrededor de las vallas que había delante del Villa Principessa y otra
que atravesaba la puerta principal. Había un único coche de policía aparcado
en el camino de gravilla. La tranquilidad y la seguridad de las que disfrutaba
en el hotel habían desaparecido. Su cuerpo estaba tenso. Otra vez estaba
huyendo. Esperó el momento en que sus nervios se calmaran cuando asumiera
aquel nuevo estatus de fugitivo. Pero se sentía cada vez más perturbado. Era
como si pudiera sentir el lazo bajando por su cabeza, la recia y tosca cuerda
que le oprimía el cuello, el nudo corredizo que se apretaba a la parte de atrás
de su cráneo.
«¿Se había sentido Emma así?», se preguntó mientras miraba la abandonada
fachada de la casa y el jardín de rosas bien cuidado. ¿Había vivido ella con el
miedo constante a ser descubierta? ¿La preocupación de que en cualquier
momento pudiera abrirse una trampilla a sus pies?
El Mercedes estaba aparcado donde lo dejó, a treinta metros de la casa de
Blitz. Jonathan cruzó la calle tras echar un último vistazo al coche patrulla.
Por el rabillo del ojo vio que un policía salía del vehículo. Con su traje y su
abrigo nuevos, Jonathan se detuvo y se obligó a sí mismo a darse por enterado
de la presencia del policía. Lo saludó con una sonrisa y la mano levantada. El
policía lo miró largo y tendido antes de responderle y después volvió a su
coche.
Jonathan continuó con lo que estaba haciendo. Sonó un pitido del control
remoto de la puerta. Se colocó al volante y el motor rugió al volver a la vida.
El coche se deslizó desde el bordillo, pasó por delante del oficial de policía y
giró a la derecha en la siguiente calle. Se detuvo dos manzanas más adelante
para recoger a su pasajera.
—¿Y? —preguntó Simone entrando en el coche.
—Había un policía aparcado delante de la casa. Lo saludé.
—¿Qué? Dios mío, creo que has nacido para esto.
—Ahí te equivocas.
Condujeron por la sinuosa carretera, entraron a la ciudad y tomaron La
bifurcación hacia la estación de ferrocarril. En dos ocasiones vio unos tenues
faros de xenón en la distancia. Le pidió a Simone que comprobara si les
estaban siguiendo. Ella miró por la ventanilla de atrás y dijo que no veía a
nadie. Volvió a comprobarlo cuando se acercó a la estación, pero las luces ya
no estaban allí.
Se detuvo a la sombra en la parte de atrás del aparcamiento.
—Tenemos que separarnos —dijo él—. Buscan a una pareja.
—Estás exagerando. No puedes estar seguro de que sepan de mi existencia.
—Simone —suspiró y habló en voz baja—, no puedo hacer lo que tengo
que hacer si estás conmigo.
Ella bajó la mirada.
—¿Qué esperas conseguir si nos separamos? —Como él no respondía,
levantó la cabeza y le miró—. Al menos hazme caso y sal del país mientras
puedas. Búscate un abogado. Después vuelve si tienes que hacerlo.
Él la cogió de la mano.
—Dile a Paul que le envío recuerdos. Os veré cuando vuelva a Ginebra.
—Estoy preocupada por ti.
—Reza.
—No sé si eso será suficiente.
—Entonces deséame suerte.
—Tonto. —Simone movió la cabeza con exasperación y después se inclinó
hacia él y le estrechó entre sus brazos con fuerza—. Toma esto. Te mantendrá
a salvo. —Se quitó del cuello un medallón que colgaba de un cordón de piel y
lo apretó con una mano—. San Cristóbal, el patrón de los viajeros.
—Pero ya no es un santo.
—Pues ya somos dos —dijo Simone.
Jonathan miró el medallón y después se lo puso alrededor del cuello.
—Adiós.
—Adieu.
La vio cruzar el aparcamiento. Cuando llegó a la estación creyó ver que se
llevaba una mano a la cara para secarse una lágrima.
38

Simone Noiret se colocó el bolso en el hombro y entró en la estación de


ferrocarril. Diseminada de un extremo a otro del andén, una docena de
personas esperaba al tren. Un viento agudo silbó entre los travesaños
helándola hasta los huesos. Con las manos en los bolsillos se dirigió hacia los
monitores que anunciaban las llegadas y salidas.
«Al menos lo he intentado», se dijo a sí misma. Había hecho todo lo
humanamente posible por advertirle. De todos modos no había podido
apartarle de su camino. Era un buen hombre. No merecía sufrir las
consecuencias del comportamiento de su mujer. Simone se preguntó si su
marido haría lo mismo por ella. Lo dudó. Paul no era un hombre bueno. Por
eso se había casado con él.
El tren de las 8:06 entró en la estación con una ráfaga de viento, lira un
expreso regional con dos motores y veintitantos vagones que iba desde
Locarno hasta Regensburg, en la frontera con Alemania. Los frenos chirriaron
cuando el tren se detuvo. Los pasajeros se apearon. Simone miró a un lado y a
otro del andén mientras sus compañeros de viaje subían a bordo. Finalmente
subió al tren. El compartimento de fumadores estaba medio lleno. Sin
embargo prefirió cruzarlo hasta el vagón de no fumadores. Una vez más había
bastantes asientos libres. No les hizo caso. Tenía los ojos fijos en el andén. No
vio ninguna señal de Jonathan. Llegó al final del vagón, entró en el paso
elevado, abrió la puerta de salida y saltó al andén.
Sola, vio cómo el tren salía de la estación.
Cuando las luces traseras se desvanecieron en la oscuridad corrió a grandes
zancadas por el andén hasta el buffet de la estación. Decorado como si fuera
una taberna, el restaurante estaba muy animado; había sobre todo hombres de
negocios que hacían un alto en el camino del trabajo a casa para disfrutar de
una cerveza o un ristretto19. Se sentó a una mesa junto a la ventana y
encendió un cigarrillo.
Cuando vino el camarero le pidió un whisky. «Uno doppelte, per favore».
Le trajeron la copa. La bebió de un trago. Llamó a su marido, charló con él
sobre cómo iba el Foro Económico Mundial y después le dijo que llegaría a
Davos pasada la una de la noche.
«Jonathan está bien —añadió—. Muy turbado, como es natural, el pobre, y
guardándoselo todo. Así es él. No, no ha puesto todavía fecha para el
funeral».
Justo entonces la mesa traqueteó y un hombre pálido y enjuto se sentó
enfrente de ella. Simone levantó la mirada, molesta.
—Me temo que esta mesa está reservada —dijo, bajando el teléfono—. Hay
muchos otros asientos libres.
—Me gusta sentarme junto a la ventana.
Se mordió la lengua para no contestar.
—Paul, tengo que dejarte. El tren está aquí. Adiós, cariño. —Simone dejó
caer el teléfono en el bolso. Por primera vez miró directamente al hombre que
estaba sentado al otro lado de la mesa. Tenía ojos tristes y una piel tan pálida
que parecía traslúcida. No pudo sostenerle la mirada más de unos cuantos
segundos—. Sí, la vista es agradable —respondió ella—, pero la prefiero en
verano.
—Yo paso el verano en Zúrich.
Simone deslizó un trozo de papel por encima de la mesa.
—Está en un Mercedes negro —dijo—. Matrícula provisional. Se dirige a
Goppenstein, el transbordador de coches que atraviesa la montaña. Me ha
dicho que va a intentar estar a las 10:21 en Kandersteg.
El Fantasma examinó el papel un momento y después lo rompió en dos y lo
dejó caer en el cenicero.
—¿Y desde allí?
—A Zug. No le será difícil seguirle. Lleva un dispositivo de rastreo
alrededor del cuello.
—Eso facilitará las cosas.
El Fantasma encendió una cerilla y prendió fuego a los trozos de papel.
—¿Qué va a hacer? —preguntó ella.
Él no respondió y se sintió estúpida y enfadada por haber revelado su
preocupación.
—Lleva un maletín —siguió diciendo Simone con voz más dura—.
Quíteselo y asegúrese de encontrar la unidad de memoria. Está oculta en una
pulsera que lleva en la mano derecha. Y tenga cuidado al seguirlo con el
coche —añadió—. Le vi en el camino desde la casa de Blitz.
—No fui yo. Estuve esperando en el aparcamiento.
—¿Está seguro?
Los ojos negros la miraron fijamente.
—Seguí sus órdenes —dijo él con voz más calmada.
—Bien —asintió Simone—. Y una cosa más: va armado.
El Fantasma se levantó de la silla.
—Eso no importa.
Simone se escurrió de la silla y encendió otro cigarrillo. Miró por la ventana
hacia la oscuridad.
39

Cuando salió de Ascona, Jonathan no siguió las señales que indicaban hacia
el este, Lugano, Ariolo y el túnel de St. Gotthard y que le conducirían por el
puerto dejándolo a salvo en su destino en tres horas. Como había hecho la
noche anterior, tomó el camino hacia las montañas. Introdujo el nombre de la
ciudad a la que se dirigía en el sistema de navegación del coche. La ruta
apareció en la pantalla. Una voz le dijo que pasados quinientos metros girara a
la izquierda, y así lo hizo. La carretera se estrechó de cuatro a dos carriles y
fue alejándose del agua ascendiendo por el valle y trazando una serie de
curvas en zigzag que se adentraban en las montañas. Bancos de nubes
plateadas sombreaban las laderas. Comenzó a llover con fuerza; enseguida la
lluvia se transformó en granizo, golpeando el parabrisas como un puñado de
clavos.
El maletín de Blitz yacía en el suelo cerca de él. Pensó en el memorándum
dirigido a Eva Kruger relativo a la finalización del Proyecto Thor. Aquel
informe era bastante inocuo si no fuera por la mención que de Thor se hacía
en la unidad de memoria de Emma. «¿Quiénes son?», había preguntado
Hoffmann no con enfado sino más bien con miedo.
Era una pregunta que Jonathan quería hacerse a sí mismo. Eran los
subterfugios lo que más le corroía. La planificación. Las falsedades. El
engaño. «¿Durante cuánto tiempo ha estado ocurriendo?», quería preguntarle
a Emma. «¿Cuándo comenzó? ¿Cuántas veces me mentiste? —Y, por último
—. ¿Cómo es que no me di cuenta?».
Miró la calefacción. Un aire cálido se arremolinaba en el interior del coche
con un olor familiar. Vainilla y sándalo. Echó un vistazo como un acto reflejo
al asiento del copiloto. La esperanza se agolpó en todos los rincones de su ser.
Estaba vacío, por supuesto, pero, por un segundo, había estado seguro de la
presencia de Emma. Había olido su cabello.

—Tengo que confesarte algo —dice Emma—: he leído tu correo.


Es agosto. Domingo por la mañana. Han viajado a Sanaya, una ciudad
esquelética en la frontera oriental de Jordania con Irak. Es un destino
temporal. Tres días sustituyendo a uno de los compañeros de Emma aquejado
de apendicitis. El trabajo es agradable y requiere poco esfuerzo: catarros,
infecciones, cortes y magulladuras de poca importancia.
Es temprano y están tumbados uno junto al otro sobre un remolino de
sábanas arrugadas. Por la ventana abierta entra una brisa agradable y el
canto del muecín llama a los fieles a la oración. Solos y sin nada que les
moleste han vuelto a descubrir los hábitos del cortejo y hacen el amor cada
mañana, volviendo a caer dormidos después y haciendo el amor otra vez.
París ha quedado en el olvido. No hay dolores de cabeza ni miradas vacías.
—¿Que has leído mi correo? —pregunta Jonathan—. ¿Has encontrado
algo emocionante?
—Dímelo tú.
—¿Una carta de mi novia de Finlandia?
—Tú no has estado nunca en Finlandia.
—¿Un ejemplar del Playboy?
—No —dice ella poniéndose encima de él y sentándose—. No necesitas una
revista de mujeres desnudas.
—Me rindo —dice Jonathan pasándole las manos por las caderas, los
pechos, sintiéndose provocado—. ¿Qué era?
—Te doy una pista: voulez-vous coucher avec moi? —Su acento es
espantoso. París pasando por Penzance.
—Lo acabamos de hacer. Al menos creo que cuenta como tal.
Emma mueve la cabeza con exasperación.
—Ah, oui, oui —sigue diciendo—. Uh, je t'aime. Pepe le Pew20.
Magnifique...
—¿Te gusta Pepe le Pew? Ahora me entero de que me casé con una
chiflada.
—Non, non. Fromage. Pato à l'orange. Patisserie.
—¿Algo en francés? Has leído mi número de la Guía Michelin.
Emma aplaude y sus ojos se iluminan. Se está poniendo cariñosa.
—Um... Croix Rouge... Jean Calvin... Fondue —sigue diciendo, divagando
alegremente.
La bombilla sigue encendida en la cabeza de Jonathan. Ella está hablando
de la carta de Médicos Sin Fronteras. Una brusca nota de su jefe en la que le
pregunta si aceptaría un puesto en la sede central de Ginebra.
—Vaya, es eso.
—Vaya, ¿es eso? Venga ya —dice ella, cayendo a su lado en la cama—.
¿No ibas a contármelo? Es una noticia estupenda.
—¿Lo es?
—Vamos. Hemos aportado nuestro granito de arena.
—¿Ginebra? Es un puesto administrativo. Estaré atrapado detrás de una
mesa.
—Es un ascenso. Te encargarás de organizar todas las misiones en África y
Oriente Medio.
—Soy médico. Se supone que debo estar con los pacientes.
—No es para siempre. Y te vendrá bien un cambio de ritmo.
—Ginebra no es un cambio de ritmo. Es un cambio de profesión.
—Verás tu trabajo desde otro punto de vista, eso es todo. Piensa en todo lo
que vas a aprender. Además vas a estar muy guapo con traje. Me atrevería a
decir que más atractivo que nunca.
—Sí, ése soy yo. Sé que lo siguiente será que me veas apuntándome a un
club de campo y jugando al golf.
—¿No se supone que a los médicos les encanta el golf?
Jonathan la mira seriamente. Sabe que hay algo más.
Emma se incorpora apoyándose en un codo.
—Hay otro motivo.
—¿Cuál?
—Quiero irme. Ya he tenido suficiente por una temporada. Quiero comer en
un restaurante con manteles blancos. Quiero beber vino en copas limpias.
Copas de vino. Quiero ponerme maquillaje y un vestido. ¿Tan raro suena?
—¿Tú? ¿Un vestido? Imposible. —Jonathan retira la sábana y se levanta
de la cama. Ésta no es la conversación que quisiera tener. Ni ahora ni nunca
—. Lo siento, no soy un administrativo.
—Por favor —le ruega Emma—, sólo piénsatelo.
Se gira y mira a su mujer cubierta con las sábanas blancas de algodón. Sus
mejillas están lavadas y bronceadas, quemadas por la exposición constante al
sol y al viento. Su pelo caoba ha pasado de estar bien peinado a revuelto, y de
ahí a estar torturado. El corte en el mentón está tardando demasiado en
cicatrizar.
Sólo piénsatelo...
En Ginebra tendrían muchas mañanas como ésta. Tiempo para estar
tumbados a la bartola. Tiempo no solamente para hablar de tener una
familia, sino de hacer algo al respecto. Y, por supuesto, están las escaladas:
Chamonix, a dos horas en coche hacia el norte; el Berner Oberland, a dos
horas hacia el este; los Dolomitas, al sur.
—Quizá —concede, apartando una cortina y mirando el árido paisaje—,
pero no te hagas ilusiones.
Un nutrido grupo de personas se ha reunido delante de la mezquita para la
oración de la mañana. Los hombres se saludan unos a otros al estilo árabe,
con un beso en cada mejilla.
—¿No te levantas? —pregunta él mirando hacia atrás—. Si quieres puedo
salir a traerte el desayuno...
Entonces ve el coche. Un utilitario blanco conducido alocadamente entre el
polvo. Un coche donde no debería haber ninguno. Nubes de polvo salen de
sus ruedas a medida que avanza y traquetea sobre la difícil superficie. Detrás
del parabrisas se distinguen dos siluetas.
—Apartaos —dice a la muchedumbre, aunque su voz no es más que un
susurro. Añade después más alto—: ¡Salid del camino! ¡Apartaos! ¡Deprisa!
Desesperado ve cómo el coche arremete contra la muchedumbre, haciendo
que algunos cuerpos salgan volando. Gritos. Disparos. El coche se empotra
contra un muro de la mezquita y ladrillos y mortero caen sobre el capó. Por
un momento hay silencio. En su mente está contando...
Un destello de luz.
Un fogonazo que le quema la retina.
Menos de un segundo después llega el ruido. Un trueno que golpea su oído
con tanta fuerza que le hace estremecer. No es una explosión, sino tres
seguidas.
Jonathan se lanza sobre la cama para cubrir el cuerpo de Emma con el
suyo justo cuando la onda expansiva rompe la ventana, llenando la
habitación de cristales, despidiendo la barra de la cortina como la lanza de
un guerrero y soltando una nube de polvo y mortero.
—Un coche bomba —dice cuando el ruido cesa—. Chocó contra la
mezquita.
Aturdido, se pone de pie y se quita del pelo los fragmentos de escombros.
Emma se levanta con esfuerzo de la cama y camina entre los cristales rotos
hacia el vestidor, donde se viste rápidamente. Jonathan busca su botiquín,
pero Emma se le adelanta y lo está llenando de gasas, vendas y toallitas
antisépticas que ha cogido del armario de provisiones. Él se pone a su lado y
empieza a decirle las medicinas que necesita. En noventa segundos el bolso
está lleno.
Un humo negro asciende en espiral hacia el cielo. La mezquita ha
desaparecido. La explosión ha destruido la estructura. Sólo quedan los
cimientos, paredes cortadas que asemejan dientes rotos. Del cielo cae una
lluvia de papel y desechos.
Jonathan aminora el paso cuando se acerca al vehículo destrozado. Ve un
par de botas humeantes. Cerca de ellas, una mano en alto agarra un Corán.
Más allá yace la mitad superior de un ser humano. Todo está chamuscado y
embadurnado de sangre. A su alrededor los supervivientes se van poniendo
de pie, tambaleándose sin rumbo. Otros se apresuran hacia donde estaban
para atender los lamentos de los heridos. El olor a gasolina quemada y a
carne cauterizada es insoportable.
—Por aquí —dice Emma. Su voz permanece inmutable. Se encuentra junto
a un joven que está tendido boca arriba. La cara del hombre está cubierta de
sangre, la carne del pecho está despellejada y tiene quemaduras graves. Pero
es la pierna lo que llama la atención de Jonathan. Un hueso destrozado
sobresale del pantalón. Una fractura abierta de fémur.
—No te muevas —le ordena al hombre en árabe—. Quédate quieto. —Y a
Emma—: Voy a por una tablilla. Es fundamental que se quede tal cual está o
se perforará la arteria femoral.
Emma agarra al hombre por los hombros y pelea contra sus movimientos
violentos mientras Jonathan le entablilla la pierna.
Jonathan levanta la cabeza y cuenta una docena más de personas que
necesitan atención urgente. Su decisión de a quién atender determinará quién
vive y quién muere.
—De acuerdo —dice mirando a Emma a los ojos.
—¿De acuerdo qué?
—Ginebra. Vayámonos.
—¿En serio?
—Esos manteles blancos me están pareciendo muy bonitos en este preciso
momento.

Jonathan comenzó el serpenteante descenso a Brig. Eran las 21:45. La


temperatura exterior era de menos tres grados centígrados o veintiocho
Fahrenheit. Tratando de tomar una curva cerrada notó cómo las ruedas de
atrás derrapaban, recobrando la tracción un segundo después. La carretera se
estaba helando.
A pesar de las inclemencias del tiempo, conducía rápido. Tal y como
esperaba, había poco tráfico en la carretera alpina. Había contado seis coches
que iban en dirección contraria. Ninguno era de la policía. En varias ocasiones
vio el destello de unos faros detrás de él, pero o bien el conductor había
abandonado esa carretera un poco antes o se había detenido. El equipo de
navegación emitió otro dato. Quedaban treinta y ocho kilómetros para su
destino. A su derecha observó una señal con el nombre de Lotschberg y otra
de un coche remolcado por un vehículo.
Emma había planeado lo del ascenso. No la misma Emma, por supuesto,
sino la gente para la que trabajaba. Sus superiores. La implicación estaba
clara. Tenían una persona dentro de Médicos Sin Fronteras.
¿Quién era? ¿Alguien del personal? ¿Alguno de los vicedirectores? ¿La
misma directora general? Entre ellos contó a un somalí, dos británicos y un
suizo.
«¿Habría sido más fácil si uno de ellos fuera americano?», se preguntaba
Jonathan. ¿Habría considerado resuelto el problema de la lealtad de Emma?
Implicar a Estados Unidos en aquello lo confundiría más. Emma era crítica
con «la mayor democracia del mundo». No creía en la construcción de una
nación ni en las esferas de influencia, en doctrinas de ningún tipo ni en la
realpolitik.
Pero si no trabajaba para Estados Unidos, ¿entonces para quién? ¿Los
británicos? ¿Los israelíes? ¿Cómo llamaban los franceses a su servicio de
espionaje..., los chalados que habían intentado hundir el Rainbow Warrior en
el puerto de Auckland hace un tiempo? Sobrecogido, se dio cuenta de que ella
podría estar trabajando para cualquiera. No importaba el país. Sólo los ideales.
Emma y su sentido del deber.
Mientras el parabrisas se llenaba de nieve y la noche helada se cernía sobre
él, la mente de Jonathan permanecía fija en la bola de fuego que se había
tragado a la mezquita. El estallido cegador que hizo erupción una milésima de
segundo antes de que la explosión embistiera sus oídos.
¿Era también el coche bomba parte de ello? ¿La última gota que necesitaba
para convencerse de que tenía que irse? Le rogó a Emma una respuesta. Pero
había perdido el contacto con ella.
Decepcionado, no oyó más que silencio.
40

Marcus von Daniken arrojó un informe sobre el escritorio.


—No sois exactamente la mano de obra que esperaba —confesó—, pero lo
haréis vosotros.
Miró a los dos hombres que estaban sentados a la mesa. Ninguno había
pegado ojo en las últimas treinta y seis horas. Un montón de tazas de café
vacías daban fe de su estado hipercafeinado. Las deslumbrantes lámparas del
techo tampoco eran de mucha ayuda.
A su equipo habitual de Myer, Krajcek y Seiler había añadido a Klaus
Hardenberg, un investigador del departamento de Delitos Financieros. Tras
unos minutos bromeando habían decidido llamarse a sí mismos destacamento
especial, a pesar de ser tan pocos. Eso facilitaría las cosas a la hora de tener
que explicar a sus mujeres el haber trabajado tantas horas, pese a que tuvieran
prohibido hablar del objeto de su trabajo.
Von Daniken no se molestó en adularles diciéndoles que eran los mejores
hombres de su departamento.
—Comencemos con las preguntas —dijo sentándose en una silla—.
Cualquier cosa que os preocupe, quiero oírla.
Las voces llegaron a él con rapidez y violencia. ¿Quién creía que había
asesinado a Lammers? ¿Cuál era la conexión entre él y Blitz/Quitab? Si
Quitab era un oficial iraní, ¿no deberían dar su nombre a todas las agencias
amigas para que comprobaran si tenía antecedentes? ¿Se había encontrado
alguna prueba además de la confesión del terrorista que conectara a Walid
Gassan con Blitz/Quitab y Lammers? ¿Tenían alguna idea de cuáles eran las
actividades de Gassan durante su estancia en Suiza un mes antes? ¿Qué
aeropuerto era el objetivo más probable? ¿Y qué pasa con el americano,
Ransom? ¿Dónde encajaba? ¿Qué deberían hacer respecto al asesinato de los
dos oficiales de policía de Landquart? ¿Podría haber tenido tiempo Ransom de
asesinar a Lammers el mismo día que murió su esposa?
Por último estaba la pregunta que todos los hombres allí presentes
plantearon de distintas formas: ¿por qué Marti tenía la cabeza tan lejos del
culo?
Von Daniken no podía responder a ninguna de aquellas preguntas y su
ignorancia subrayó el defecto del que adolecía el centro de investigación: no
sabían nada sobre los conspiradores ni sobre la trama.
Se reducía a una cosa: había mucho que hacer y muy poco tiempo para
hacerlo.
Von Daniken dividió las pesquisas en cuatro áreas: asuntos financieros,
comunicación, investigación sobre el terreno y transporte. Él se encargaría de
los asuntos financieros. Su experiencia como miembro de la Comisión del
Holocausto le había aportado gran cantidad de conocimientos y contactos, así
como algunos amigos en el campo de la banca.
—Comenzaremos por el Villa Principessa —continuó—. No es una casucha
de okupas de Hamburgo. Cuesta mucho dinero hacer casas por allí.
Su trabajo consistiría en descubrir quién la había alquilado, por cuánto
tiempo y de dónde procedían los pagos. La clave sería descubrir dónde hacía
Blitz sus operaciones bancarias. De todos los hilos, éste era potencialmente el
que produciría un mejor rendimiento. Una vez que hubiera descubierto dónde
realizaba sus negocios diarios, Von Daniken podría dar marcha atrás y
encontrar el origen de los fondos que se transferían a su cuenta. Y lo que era
igual de importante, podría ver adónde se destinaba después el dinero. En una
dirección, el rastro del dinero conduciría a los pagadores de Blitz: la
organización o gobierno que financiaba sus arriesgadas empresas. En la otra,
conduciría a sus colegas en la conspiración.
Klaus Handerberg se ocuparía de la segunda línea de investigación,
centrándose en el crédito. Von Daniken estaba diciendo que quería todos los
archivos de Blitz, Lammers y Ransom de los últimos doce meses. Seguir la
pista de sus gastos les aportaría una información inestimable sobre sus
actividades diarias y les proporcionaría una hoja de ruta de sus movimientos
durante los últimos doce meses.
Lammers sería el más fácil de los tres. Habían encontrado cinco tarjetas de
crédito en su cartera. Para evitar la deportación, su esposa estaba colaborando
en las investigaciones.
Blitz era otra historia. No se había encontrado su cartera ni su identificación
en su casa. Sin embargo, gracias a un golpe de suerte, una página del extracto
de diciembre de su Eurocard se había deslizado bajo el estante de su
despacho. La tarjeta de crédito tendría un historial, además de informes
bancarios y algún tipo de número de identificación nacional.
En lo que aún no había consenso era respecto a Ransom. Los de inmigración
acababan de enviar información sobre él. A partir de ese momento el número
de pasaporte y el de la Seguridad Social de Ransom se enviarían a la Interpol
y, de ahí, al sistema nacional de información de delitos de la Oficina Federal
de Investigación, el FBI.
Kart Myer estaba a cargo de las comunicaciones. Había comenzado a
trabajar desde el regreso de Ascona.
—Swisscom nos va a enviar una lista de todas las llamadas hechas desde la
casa de Blitz en los últimos seis meses —informó—. Ya tenemos la lista de
Lammers durante el mismo periodo. Primero cruzaremos las dos y veremos si
tienen amigos en común. Después subiremos un nivel y miraremos todas las
llamadas hechas a sus corresponsales y las que recibieron de éstos. Tendremos
los primeros informes a las siete de la mañana.
—Bien —dijo Von Daniken. Cinco años atrás había colaborado en la
conversión en ley de una petición de que las compañías de
telecomunicaciones guardaran un registro de seis meses de todos los números
registrados—. Una vez que hayas visto las dos listas, saca todos los números
de teléfonos móviles y comprueba si hay coincidencias en los nombres. Si
utilizan tarjetas SIM, sigue la pista de los números hasta sus puntos de venta.
—Puedo garantizar que encontraremos algunas coincidencias en los
nombres —aseguró Myer—. Sólo es cuestión de lo cuidadosos que fueran.
Todos cometen errores.
—Crucemos los dedos para que no estén registrados en compañías
telefónicas extranjeras —comentó Von Daniken.
Krajcek hizo girar sus ojos.
—Recemos para que no sean alemanas.
Nadie protege la privacidad de sus ciudadanos tan fieramente como la
República Federal de Alemania.
Los asuntos financieros y las comunicaciones trabajaban en colaboración.
Una vez que las pesquisas de Von Daniken con respecto a las finanzas de los
sospechosos empezaran a dar resultados, todos los números de teléfono que
coincidieran se pasarían a Myer. Todos y cada uno de ellos desembocarían en
un programa de predicción que utilizaría los datos para trazar un plano con
una red de relaciones que ilustrara a las claras las vidas socioeconómicas de
Blitz y Lammers.
Von Daniken cogió una taza de café de la zona de descanso —dos terrones
de azúcar y una rodaja de limón— y se lo bebió de dos tragos. Eran las diez
de la noche y había estado despierto treinta y ocho horas. Su cansancio, sin
embargo, había sido sustituido por un tranquilo optimismo. En principio todo
era posible.
Miró otra vez la taza de café vacía. Quizá era la cafeína lo que le levantaba
el ánimo.
Golpeó el escritorio con la mano para atraer la atención de los demás.
—El señor Krajcek visitará a nuestros agentes de campo de Ginebra, Basilea
y Zúrich mañana, ¿no es así?
—A primera hora.
Durante los últimos tres años el Servicio de Análisis y Prevención había
introducido agentes en las mezquitas más importantes del país. La mayoría
eran voluntarios, musulmanes enojados por el modo en que su religión había
sido secuestrada por fundamentalistas. Otros eran más reacios y tuvieron que
ser presionados para que prestaran el servicio mediante amenazas de
deportación a sus países. Aquella participación había proporcionado
información crítica sobre contrabando de lanzagranadas, fusiles AK-47 y una
red de agentes de Hawala —o traspaso de fondos— utilizados por una célula
terrorista argelina que operaba en Francia, Suiza y el norte de Italia.
—Concéntrate en encontrar a alguien que haya estado con Gassan durante
su paso reciente por Ginebra —le ordenó Von Daniken—. Quiero contactos,
lugares que visitaron, dónde se escondieron y cualquier mención a sus
intenciones.
Krajcek escribió todo esto con avidez en su bloc de notas.
Von Daniken pasó al siguiente.
—Y ahora, el señor Hardenberg...
Hardenberg trató de sonreír, pero lo único que consiguió fue dar la
impresión de que sufría de piedras en el riñón. Era gordo, de mediana edad y
tenía cara de flan, con unas grandes gafas de carey que escondían unos
tímidos ojos pardos y una cabeza tan calva como un cubito de hielo. Y era, sin
excepción, el investigador más perverso y tenaz que Von Daniken había
conocido nunca. Su alias era Rottweiler.
—Vas a encontrar la furgoneta Volkswagen que Gassan utilizó para la
entrega del explosivo plástico en Leipzig. Apuesto a que se ha utilizado
también para transportar el drone. Encuentra la furgoneta y encontraremos a
nuestros hombres.
Fue una breve instrucción que escondía una tarea colosal. Hardenberg se
aclaró la garganta y asintió. Sin decir nada, se puso de pie y salió de la
habitación. Nadie creyó en ningún momento que se iba a casa. Todas las
empresas de alquiler de coches, los concesionarios y las agencias del gobierno
cerraban por la noche, pero Hardenberg estaría en su mesa hasta la mañana
diseñando el mejor modo de comenzar su ataque cuando abrieran al día
siguiente.
Y por último, pero no por ello menos importante, le tocó a Max Seiler. Su
orden era doble. Primero, con los pasaportes de Lammers como punto de
partida, tenía que anotar todos los sellos de salida y entrada que encontrara en
su interior y reconstruir los frecuentes viajes de Lammers. Al mismo tiempo
pediría a las compañías aéreas más importantes que comprobaran las listas de
pasajeros por si aparecían Lammers, Blitz y Ransom y todos sus alias durante
el último año. Puede que las averiguaciones de Seiler no sirvieran para
encontrar el drone, pero adelantarían mucho el trabajo para formular un
argumento en contra de los pagadores que había detrás del atentado planeado.
Von Daniken separó su silla de la mesa.
—Es hora de ponerse a trabajar.
41

Goppenstein, a mil quinientos metros de altitud y con tres mil habitantes,


estaba asentada en la bifurcación del valle Loetsch. Aquel pueblo no tenía
reclamos históricos ni paisajísticos. Si era conocido por algo, sería porque
constituía el extremo sur de un túnel de doce kilómetros y medio que
atravesaba el Loetschberg y conectaba el cantón de Berna y, como tal, el norte
de Suiza, con el cantón de Valais, al sur.
Construido en 1911, el túnel era una reliquia. Un solo tren podía atravesarlo
cada vez. No había túnel de huida ni carcasa, como es habitual en las
construcciones modernas. En cada extremo se ensanchaba lo suficiente para
que pudieran caber dos vías, pero solamente durante los primeros mil metros.
Sin embargo era una reliquia fundamental. El tren atravesaba cada día la
montaña transportando más de dos mil coches, camiones y motocicletas.
Tras pagar la tarifa de veintiséis francos el Fantasma llevó su automóvil a la
zona de espera. Habían señalizado los carriles en el asfalto y los habían
numerado del uno al seis. Los dos primeros estaban llenos de un revoltijo de
coches y camiones internacionales de dieciocho ruedas. Un hombre con
chaleco reflectante de color naranja le indicó que se colocara en el tercer
carril. El tren estaba al fondo del aparcamiento. En lugar de coches de
pasajeros tenía plataformas con una marquesina larga y delgada de acero que
les protegía contra los elementos. Una sucesión infinita se alargaba más allá
de la estación, adentrándose en la oscuridad. Le recordó a una serpiente que
sacara la cabeza de una cueva. Una serpiente enorme, oxidada y enredada.
Miró la hora. Faltaban nueve minutos para que saliera el tren.
El Fantasma vio por el espejo retrovisor cómo Ransom se incorporaba a su
carril tres coches por detrás de él. Dio un ligero golpe en el volante con la
mano. Todo estaba en orden.
Abrió la guantera, sacó la pistola, le puso un silenciador y la dejó en el
asiento del copiloto. Se quitó el frasco que tenía al cuello. Recitó la oración
despacio y con fervor, escuchando el sonido de tambores lejanos que sonaban
en la selva. Fue frotando las balas con el veneno una tras otra. Seguro de que
el alma de su víctima no podría seguirle en este mundo, el Fantasma terminó
de cargar la pistola.
Esperó.

Se encendió una luz verde. Los motores se pusieron en marcha. Las luces de
freno parpadearon. Una procesión de vehículos comenzó a subir al tren. Los
carriles que había a su derecha quedaron vacíos. El coche que tenía justo
delante de él avanzó dando tumbos. Jonathan ascendió por una pequeña
pendiente y subió al remolcador. Avanzó por la estrecha plataforma pasando
de un coche al siguiente en dirección a la cabecera del tren. A ambos lados del
vagón se levantaba una valla y, sobre ella, una barandilla con indicaciones que
recomendaban a los conductores que utilizaran el freno de mano y que les
prohibían salir de los automóviles. Los faros iluminaban un espacio reducido
y tuvo la impresión de estar entrando en el cañón de un fusil.
Detuvo el Mercedes en la cabecera del vagón, a un metro y medio o dos por
debajo del coche que había encima de él. A lo largo de todo el tren los
conductores fueron apagando los motores.
Pasaron unos minutos. Por fin el tren se tambaleó y comenzó a moverse
dando sacudidas como un animal adormecido. El ritmo del traqueteo de los
anclajes fue en aumento. Las montañas se fueron acercando, rodeando los
vagones. Escuchó el silencio del túnel que se aproximaba. Se le taponaron los
oídos por el cambio de la presión del aire. El tren parecía acelerar a medida
que se adentraba en la oscuridad total.
Jonathan tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada. Siguió así durante
un rato y en la oscuridad distinguió la cara de Emma. Le miraba con la cabeza
girada por encima del hombro.
—Sígueme —dijo, y su voz resonó en su interior. El mentón rebotó sobre su
pecho y se despertó sobresaltado. Miró el reloj analógico. Vio en las
manecillas de tritio que había echado una cabezada de cinco minutos. Se puso
en alerta y encendió la luz de arriba.
Sacó del maletín la documentación de Zug Industriewerk. Primero volvió a
leer el memorándum enviado por Hoffmann a Eva Kruger sobre Thor.
«Deberá concluirse para el 11 de febrero». Había algo en la fecha que le
extrañaba. El día 11 era dentro de cuatro días. Entonces le vino a la cabeza.
Emma tenía que pasar dos días en Copenhague para asistir a una reunión
regional de Médicos Sin Fronteras. Por primera vez se vio obligado a
examinar las acciones de ella a través de un cristal deformado. ¿De verdad
tenía planeado ir a Dinamarca o tenía algo más en mente? Algo que hubiera
planificado Blitz o Hoffmann o cualquier otro personaje desconocido de su
doble vida.
Volvió su atención al satinado folleto de la empresa. La solapa mostraba una
fotografía del remilgado edificio de tres plantas de la sede central y la fábrica
aneja. A continuación se sucedían imágenes de impresionantes máquinas
plateadas y de trabajadores inmersos en conversaciones excesivamente serias.
«Zug Industriewerk fue fundada en 1911 por Werner Stutz como fabricante
de cañones de fusiles de precisión —decía en una breve historia de la empresa
—. A comienzos de la década de 1930 el señor Stutz había ampliado la línea
de productos de la compañía con armamento ligero y pesado, así como con las
primeras alas de acero para aviones fabricadas en serie». «Muy oportuno»,
comentó Jonathan. Medio mundo estaba a punto de necesitar todos los
cañones de fusiles que se pudieran conseguir. Se trataba de una historia de
éxito que se había repetido infinidad de veces durante el sangriento siglo XX.
Y todo parecía indicar que se volvería a repetir en el XXI.
Miró la parte de atrás del folleto y examinó las cifras concienzudamente.
Ingresos: 55 millones. Beneficios: 6 millones. Empleados: 478. Aquellos
números tenían una carga que las palabras no podían igualar. El dinero era
real. Era importante. El dinero no mentía.
Cuanto más leía Jonathan, más se enfadaba. No había duda de que ZIAG era
una compañía lícita. ¿Entonces cómo era posible que una mujer que no existía
se hubiera convertido en una de sus empleadas?
Fue entonces cuando oyó el golpe en su ventanilla. Algo duro.
Saltó en su asiento y se giró hacia el ruido.

Lo único que necesitaba era una toalla. El Fantasma no había contado con
que hubiera tanta oscuridad. El resplandor del silenciador se haría visible
desde diez coches atrás. Rebuscó en su bolso y sacó una camiseta negra.
Rasgó una tira y envolvió con ella el silenciador. Lo último que hizo antes de
salir del coche fue atar la bolsa de tela al arma para que cayesen en ella los
casquillos.
El Fantasma abrió la puerta con cuidado y la dejó entreabierta para cuando
volviera. Un espacio muy pequeño separaba su coche de la barandilla de
seguridad. Se agachó y se deslizó por el chasis. El aire del interior del túnel
era húmedo y frío. La pared de piedra picada pasaba por su lado con rapidez,
casi podía tocarla. Reconoció el coche de Ransom, tres por detrás del suyo.
Las luces del interior de los vehículos que había en medio estaban apagadas y
lo más probable era que los conductores estuvieran durmiendo. Sin embargo
la luz del techo de Ransom estaba encendida. Estaba sentado leyendo unos
papeles, iluminado como si estuviera en un escenario.
Aún agachado, el Fantasma se fue acercando a él. Pasó un coche, después
otro. Se detuvo para mirar el reloj. Habían pasado nueve minutos desde que el
tren entrara en el túnel. El dependiente de la taquilla le había informado de
que la duración del viaje era de quince minutos. Sus ojos se centraron en
Ransom. La luz del interior del coche era un problema. No quería que nadie
viera el cuerpo de Ransom antes de llegar a Kandersteg. Los teléfonos
móviles tenían cobertura en el interior del túnel. No sería de extrañar que
alguien llamara a la policía.
Se puso de cuclillas. Pasó un minuto. Después otro. Por fin se movió.
Se deslizó desde la parte de atrás del coche y cruzó de una plataforma a la
siguiente. El Mercedes estaba aparcado en la cabecera del vagón. No había
barandillas aquí y el Fantasma debía tener mucho cuidado de que no se le
saliera un pie por el lateral. Dio otro paso hacia delante a la vez que ponía una
mano sobre el parachoques del Mercedes. Fue hasta la puerta del conductor.
Quitó el seguro de la pistola, se puso de pie y golpeó la ventanilla con el arma.
Jonathan Ransom le miró a los ojos.
El Fantasma apretó el gatillo.

Jonathan miró por la ventanilla. Había algo ahí. Una sombra. Una forma.
Miró más de cerca. Sus ojos se abrieron sorprendidos. Una pistola le apuntaba
a la frente.
De repente el resplandor hizo erupción, cegándole.
Dio un respingo y retiró la cabeza. Se escuchó un ruido de arena machacada.
Una vez más, el mismo ruido. Al mirar hacia atrás vio cómo un esputo de
fuego embadurnaba el cristal. La ventanilla se abombó hacia dentro.
Distinguió las quebraduras estrelladas en los puntos donde las balas habían
impactado contra el cristal, pero no lo habían atravesado.
«El cristal estaba blindado».
No tuvo tiempo de reaccionar. En ese momento la puerta del conductor se
abrió y un brazo se introdujo por la apertura. Lo único que Jonathan vio fue la
pistola que apuntaba a su mejilla. De forma instintiva echó la cabeza hacia
atrás y agarró la muñeca, forzándola a alejarse de su cara antes de que
escupiera una bala que atravesó el techo. Apretó la muñeca con las dos manos
y la retorció hacia abajo. Miró hacia la puerta y pudo entrever una cara. Ojos
medio cerrados. Una expresión de fría concentración.
En aquel momento el tren pasaba por la parte más amplia del túnel. La pared
que había a su derecha desapareció y tuvo la impresión de estar mirando una
gruta subterránea. Justo delante de él vio el centelleo de una luz. La estación
de Kandersteg.
El asesino liberó su brazo. Jonathan cerró la puerta y echó el seguro. La
sombra se diluyó en la oscuridad. Jonathan puso el motor en marcha. Pero
¿adónde podía ir? No podía moverse ni hacia adelante ni hacia atrás, pero
tampoco podía seguir sentado allí esperando a que le dispararan. Apretó la
bocina, encendió los faros y puso la luz larga. Los rayos de xenón iluminaron
los coches que había por delante de él con una luz azul brillante. Por primera
vez se dio cuenta de que no había barandilla de seguridad entre los vagones.
Una gruesa cadena de dos metros de largo atravesaba el hueco.
Justo en ese momento el tren salió del túnel. La vía viró a la izquierda,
colocándose junto al andén de carga. Puso el coche en marcha, giró el volante
y pisó el acelerador. El motor V-12 del Mercedes propulsó el coche hacia
delante rompiendo la cadena de seguridad y saltando al andén. El aguanieve
salpicó el parabrisas. Buscó a tientas el limpiaparabrisas mientras acercaba la
cara al cristal. Algo achaparrado y oscuro asomaba por delante de él.
Finalmente encontró el mando correcto y los brazos del limpiaparabrisas
despejaron el cristal. Había un quiosco a tan sólo diez metros. Jonathan giró el
volante con brusquedad y el coche esquivó el obstáculo por unos centímetros.
Siguió bajando por la rampa de carga y atravesó el aparcamiento,
deteniéndose ante el semáforo rojo que controlaba el acceso a la autovía. Por
detrás de él el tren se estaba deteniendo y sus ruedas de acero chirriaban y
gemían. Ningún coche había empezado a desembarcar.
El semáforo se puso verde.
Jonathan se incorporó a la autovía y durante diez minutos condujo a la
velocidad límite, antes de tomar la primera salida y conducir por una serie de
caminos estrechos que le alejaran lo más posible de la autovía. Contento de
que no le hubieran seguido, aparcó en el arcén y apagó el motor. Se miró en el
espejo retrovisor. Eran los ojos de un fugitivo. La respiración llegaba con
jadeos que le mareaban y le provocaban náuseas. No era la primera vez que le
disparaban. Había estado en medio de un tiroteo en plan «agáchate, estúpido».
Trabajaba en un hospital de campaña en Liberia, en tierra de nadie entre dos
bandos en guerra. Estaba operando cuando comenzó el tiroteo. Se trataba de
una amputación, una herida de cuchillo que se había gangrenado. Incluso
ahora, siete años después, podía verse agarrando la sierra cuando las balas
empezaron a destrozar las paredes de cemento encalado. Del exterior llegaron
los gritos y quejidos normales. Recordó la voz de un hombre en particular que
gritaba: «¡Escondeos rápidamente! ¡Van a matarnos a todos!». Pero ninguno
de los que estaban en el quirófano se movió, ni siquiera después de que una
bala hiciera explotar una botella de suero intravenoso.
Miró la ventanilla del conductor. No estaba resquebrajada ni agujereada. El
cristal sólo tenía tres arañazos con forma de estrella. Pasó los dedos por la
superficie. Ni siquiera había hendiduras. «Increíble», pensó, preguntándose
cómo un cristal podía eludir una bala disparada a bocajarro. Se dijo que no
podía tratarse de cristal sino de una especie de plástico. Fuera lo que fuese, le
gustó. Le gustó muchísimo. Metió el dedo por la raja del tejido del techo, pero
no encontró la bala.
Volvió a quedarse sentado en su asiento abrumado por su difícil situación.
En algún momento anterior había atravesado una línea. No estaba seguro de si
había sido cuando huyó de la policía en Landquart o cuando decidió localizar
a Gottfried Blitz. No importaba. Ya no buscaba, ya no era el esposo apenado
que trataba de destapar la doble vida de su mujer. Sus actividades
clandestinas. Ahora formaba parte de aquello..., lo que quiera que fuese.
Desafiando a la lluvia, salió del coche y examinó los daños del Mercedes. El
lado inferior derecho del parachoques frontal estaba raspado y abollado, pero
el coche estaba bien.
«Un tanque», pensó con una explosión de orgullo que estaba fuera de lugar.
Volvió a entrar enseguida y puso la calefacción. Se preguntó por el hombre
que había intentado matarle. Estaba seguro de que era el mismo que había
asesinado a Blitz. Debía de haber estado siguiendo a Jonathan todo el día,
aguardando, esperando el mejor momento. Pero ¿por qué había esperado
tanto? Hubo muchos momentos, tanto en la montaña como en la ciudad, en
los que Jonathan había sido vulnerable. No tenía una respuesta.
De una cosa estaba seguro: el asesino debió de quedarse sorprendido por el
coche blindado.
«Así es, amigo. ¡Un jodido tanque!».
Jonathan se tocó el cuello, sintiendo el san Cristóbal que colgaba de él. El
patrón de los viajeros. Deseó besar la medalla. Aquella sonrisa se marchitó en
pocos segundos, relegada por una creciente sensación de temor. No creyó ni
por un momento que el asesino fuera a desaparecer tan rápido. Estaba en
algún lugar detrás de él y se acercaba como el hombre despiadado de un solo
brazo de las historias de miedo.
Jonathan puso el coche en marcha. Cambió de sentido y condujo por
carreteras secundarias hasta llegar a la autovía. Se dirigió hacia el norte, en
dirección a Berna. Otros automóviles pasaban por su lado. Sus ojos miraban el
espejo retrovisor con frecuencia, pero no vio nada que le preocupara.
Las montañas desaparecieron y en el horizonte resplandecía un naranja
apagado. Las luces de la ciudad.
«Un coche blindado, cien mil francos y un jersey de cachemira..., pero ¿para
quién eran?».
42

Medianoche en Jerusalén. El calor se cernía sobre la antigua ciudad como


una manta usada. Aquella inesperada temperatura había hecho que la gente
saliera a la calle. Las voces resonaban por las calles de adoquines. Los
conductores tocaban la bocina, impacientes. Las calles retumbaban con una
energía bulliciosa e insolente que era el mismo Israel.
En la residencia del primer ministro en Balfour Street había cuatro hombres
sentados a una mesa larga y maltrecha. De apenas tres metros y medio por
cuatro y medio, aquel despacho podría considerarse pequeño para un jefe de
Estado. Aunque había sido pintado recientemente, aún mantenía el olor del
moho y de la edad.
La «línea roja» había sido cruzada. Los iraníes no sólo poseían los medios
para fabricar uranio para armas, sino que ya tenían cien kilos. No se trataba ya
de una cuestión de prevención, sino de defensa propia.
Zvi Hirsch estaba de pie junto a un mapa de Irán y la severa luz del techo
arrojaba sobre su piel una palidez verdosa que más que nunca le hacía parecer
un lagarto. Superpuestos sobre el mapa había treinta distintivos de color
amarillo y negro que indicaban los materiales radiactivos colocados en
emplazamientos de instalaciones nucleares conocidas.
—Los iraníes tienen diez plantas capaces de fabricar uranio para armas —
informó, indicando los diferentes lugares con un puntero láser— y otras
cuatro en las que se puede incluir el uranio en cabezas nucleares. Los
emplazamientos más importantes para sus propósitos están en Natanz,
Esfahan y Bushehr. Y, por supuesto, la que se acababa de descubrir en Chales.
Para que un primer ataque tenga éxito debemos destruirlas todas.
—Cuatro no son suficientes —dijo una voz suave.
—Perdone, Danny —dijo Hirsch—, tendrá que hablar más alto.
—Cuatro no son suficientes.
El general Danny Ganz, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas y jefe
del recién creado Comando Irán, encargado de toda la planificación y de las
operaciones relativas al ataque de la República Islámica Fundamentalista, se
levantó de la silla. Ganz era un hombre enjuto e inquieto, con nariz aguileña y
ojos pardos y de grandes párpados. Años de combate y enfrentamientos le
habían grabado unas arrugas profundas alrededor de los ojos y en la frente.
Se acercó al mapa.
—Si queremos dejar aisladas las tentativas nucleares de Irán, tenemos que
eliminar al menos veinte, incluyendo la planta de Chalus. No será fácil. Los
objetivos están esparcidos por todo el país. Tampoco estamos hablando de
edificios simples. Son complejos enormes. Por ejemplo, éste de Natanz, en el
centro del país. —Ganz dio un golpe con los nudillos sobre el mapa—. Este
complejo ocupa una extensión de diez kilómetros cuadrados. Docenas de
edificios, fábricas y almacenes. Pero el tamaño no es más que la mitad del
problema. La mayor parte de las plantas de producción más importantes han
sido construidas por lo menos a siete metros y medio por debajo del suelo,
bajo capas de hormigón.
—Pero ¿puede usted hacerlo? —quiso saber el primer ministro.
Ganz trató de disimular su desdén. No hacía mucho tiempo que el primer
ministro había sido un entusiasta pacifista que exigía el alto de todos los
nuevos asentamientos en la margen occidental. Para él, el primer ministro era
un chaquetero, menos que un traidor. En aquel momento tenía la misma
opinión de todos los políticos.
—Antes de hablar de atacar el objetivo, tenemos que pensar cómo vamos a
llegar hasta allí —siguió diciendo—. Desde nuestros aeródromos más
meridionales hay mil trescientos kilómetros hasta Natanz y mil seiscientos
hasta Chalus. Para llegar a ambos lugares tenemos que sobrevolar Jordania,
Arabia Saudí o Irak. No creo que podamos contar con que los dos primeros
países nos concedan permiso para violar su espacio aéreo..., lo cual nos deja
solamente Irak.
Ganz esperó a que el primer ministro hiciera algún comentario.
—Hablaré con los americanos en el momento preciso —dijo el primer
ministro.
—Ese momento pasó hace unas cuantas horas —apostilló Zvi Hirsch entre
dientes.
El primer ministro pasó por alto la burla. Le planteó la siguiente pregunta a
Ganz.
—¿Y nuestros aviones? ¿Están todos preparados para una misión así?
—Nuestros F-151 pueden hacer el viaje de vuelta, pero los F-16 son una
cuestión aparte —reconoció Ganz—. Necesitarán repostar en ruta. Irán no
tiene una fuerza aérea importante, pero cuenta con radares. Durante los
últimos años han hecho grandes compras de sistemas de misiles tierra-aire
fabricados en Rusia. En Natanz, por ejemplo, los misiles están situados al
norte, este y sur del complejo. Tendremos que asumir que el número de bajas
será elevado.
—¿Cómo de elevado? —preguntó Zvi Hirsch.
—El cuarenta por ciento.
Ganz se cruzó de brazos mientras se levantó entre los demás un murmullo
de indignación y decepción. Quería asegurarse de que todos los presentes
conocieran el precio que se les pedía a sus hombres.
—¡Dios mío! —exclamó el primer ministro.
—Es difícil esquivar misiles cuando se está lanzando una bomba al objetivo
—precisó Ganz.
—¿Y un ataque preventivo para debilitar sus defensas aéreas? —planteó
Hirsch.
—No tenemos suficientes aviones. —Ganz carraspeó y continuó—. Si
queremos degradar los objetivos lo suficiente, tendremos que atacar
repetidamente. Y me estoy refiriendo a hacerlo justo encima de sus cabezas.
Necesitaré las coordenadas exactas por GPS de las plantas de producción. Sé
lo que están pensando todos ustedes. Lo hemos hecho antes. Podemos hacerlo
de nuevo. Lo siento, caballeros, pero esto no va a ser otra Ópera.
Ganz se refería a la Operación Ópera, el ataque aéreo sorpresa lanzado
contra la planta nuclear de Osiral, cerca de Bagdad, el 7 de junio de 1981.
Aquel día quince naves israelíes volaron desde la base aérea de Etzion,
atravesaron Jordania y Arabia Saudí y destruyeron la joven empresa nuclear
de Saddam Hussein. Todos regresaron a casa sanos y salvos. Los aviones
contaron con la ayuda de un agente americano que había colocado
transmisores por toda la ruta, lo que permitió a los aviones israelíes volar por
debajo de los radares jordanos y saudíes. El mismo agente había pintado en el
emplazamiento el objetivo con un láser para que las bombas fueran dirigidas
justo a él.
—Lo cual nos conduce a nuestro último asunto —continuó diciendo el
general—. Artillería. Suponiendo que consigamos llevar veinte aviones a mil
seiscientos kilómetros a cada objetivo y que al menos doce de ellos lo harán
atravesando las defensas aéreas, ¿con qué vamos a atacarles? Lo mejor que
podemos usar es el Paveway II. El bunkerbuster21. Novecientos kilos de
explosivo con una cabeza nuclear que puede penetrar hasta dos metros y
medio de hormigón. Garantizado. Es un golpe fuerte, pero ¿qué ocurre si la
planta está a siete metros y medio bajo tierra? ¿O a quince? ¿O incluso a
treinta? ¿Qué ocurre entonces? Los Paveways harán que caiga un poco de
polvo del techo, eso es todo.
—Hay armas mejores —sugirió Hirsch mirando al primer ministro—. Algo
que cause una explosión mayor.
—Los Paveway-N con cabeza nuclear B61 —dijo Ganz—. Un bunkerbuster
con punta nuclear y una carga útil de algunos kilotones. Algo así como diez
veces el tamaño de la de Hiroshima. Los americanos llevaron a cabo una
prueba de almádena el año pasado, refiriéndose con prueba de almádena al
proceso por el cual se lanza un misil al hormigón para medir su fuerza
destructiva. Consiguieron penetrar hasta treinta metros. El cráter era de
cuatrocientos cincuenta metros de circunferencia.
—La fuerza suficiente para destruir la fábrica —añadió Hirsch, la voz de la
prudencia—. Al fin y al cabo no somos bárbaros.
Todas las miradas recayeron sobre el primer ministro. Era un hombre
mayor, de casi setenta años, que se encontraba al final de una turbulenta
carrera política. Tenía fama de negociador, de mediador. Sus enemigos ponían
en duda sus principios. Sus amigos lo llamaban oportunista.
El primer ministro movió la cabeza con fastidio.
—Nuestra filosofía siempre ha sido que no podemos permitir que los iraníes
tengan los medios para producir uranio para armas. Por desgracia han cruzado
esa línea. Es demasiado tarde para dar marcha atrás. Estoy indeciso con
respecto al ataque. Mi primera responsabilidad es el bienestar del pueblo. Pero
no puedo arriesgarme a que haya algo que pueda provocar un ataque nuclear
en nuestro país. Ojalá supiéramos mejor cuál es su potencial.
—Se está olvidando de algo —apostilló Hirsch—. Sí que conocemos su
potencial. Tienen una bomba y van a lanzarla.
El primer ministro se echó hacia atrás en la silla con las manos arqueadas
sobre la nariz y la boca. Finalmente suspiró con fuerza y se puso de pie.
—Una vez en nuestra historia le dimos al enemigo el beneficio de la duda.
No podemos permitirnos volver a hacerlo. Quiero un plan de ataque sobre mi
mesa en veinticuatro horas. Llamaré a los americanos y veré qué puedo hacer
para que nos permitan utilizar el espacio aéreo iraquí. —Miró a Ganz—. Y
con respecto a lo demás, que Dios me asista.
Lentamente los hombres que había en la habitación se fueron levantando.
Zvi Hirsch fue el primero en aplaudir. Los demás se le unieron. Uno por uno
se fueron agolpando para estrechar la mano al primer ministro. Todos dijeron
las mismas palabras.
—Larga vida a Israel.
43

En su casa, Marcus von Daniken no podía dormir. Estaba tumbado en la


cama, mirando al techo y escuchando cómo los habituales sonidos de la noche
iban marcando el paso de las horas. A medianoche escuchó el chasquido del
radiador al apagarse. Aquella vieja casa de madera comenzó a estremecerse
liberando el calor almacenado con gemidos, restallidos y desfallecimientos,
voces lánguidas que parecían lamentarse constantemente. A las dos, el
mercancías nocturno pasó por el Puente Rumweg. Las vías estaban a cinco
kilómetros de distancia, pero todo estaba tan silencioso que pudo contar los
vagones a medida que iban retumbando por el entarimado.
Un drone.
Sabía que éste sería el caso que definiría su carrera. Lo sabía porque cosas
como ésta no solían ocurrir a menudo en la pequeña y acogedora Suiza, y
estaba orgulloso de ello. Se imaginó al avión no tripulado surcando el cielo,
transportando su barquilla de explosivos plásticos. Ponderó los posibles
objetivos. El terrorista, Gassan, había dicho que Quitab quería derribar un
avión, pero aquí en su cama, en la oscuridad de la noche, Von Daniken evocó
otra docena de posibilidades que iban desde una presa en los Alpes a la planta
de energía nuclear de Gosgen. Un drone como aquel podría volar a cualquier
sitio.
En su imaginación, el avión blanco no tripulado se hizo de un tamaño más
grande y cambió a una forma distinta, hasta que ya no era un drone con veinte
kilos de explosivo plástico, sino un DC-9 de Alitalia que llevaba a cuarenta
pasajeros y una tripulación de seis personas haciendo una ruta de Milán a
Zúrich, entre ellos su mujer, su hijo aún no nacido y su hija de tres años.
Estaba soñando y lo sabía, pero el hecho de saberlo no sirvió para disminuir el
horror inminente. Vio cómo el avión salía de una nube con su tren de
aterrizaje colgando del fuselaje preparándose para la llegada. No era febrero,
sino noviembre. Una noche parecida a esta. Temperaturas heladoras.
Aguanieve. Niebla.
En su sueño, él estaba de pie en la cabina del piloto, diciéndole al capitán
que no se le daba bien volar en aquellas condiciones. Sin embargo, el capitán
estaba ocupado hablando con una azafata, más preocupado por conseguir su
número de teléfono que por prestar atención al defectuoso altímetro que decía
que volaba trescientos metros por debajo.
Y después, con la despiadada agudeza propia de los sueños, Von Daniken
vio a su mujer e hija sentadas en la parte posterior del avión mientras se
precipitaba hacia la ladera. Como era su costumbre, él se colocó en el asiento
de al lado de ellas y con cuidado les puso los dedos sobre sus ojos cerrándoles
los párpados y conduciéndolas a un sueño profundo e indoloro. Se aseguró de
que la cabeza de la pequeña Sophie tocaba el hombro de su mujer.
A las 19:11:18 horas del 14 de noviembre de 1990, el vuelo 404 de Alitalia
chocó frontalmente contra el Stadelberg, a una altitud de cuatrocientos metros
sobre el nivel del mar, a sólo quince kilómetros del aeropuerto de Zúrich. La
velocidad en el momento de la colisión era de setecientos cuarenta kilómetros
por hora. Según los informes sobre el accidente, cuando se oyó la alarma de
colisión, el capitán tuvo menos de diez segundos para evitar chocar contra la
montaña.
Von Daniken se incorporó de repente en la cama antes de tener que verlo
explotar.
«Otra vez no», se dijo respirando con dificultad.
No volvería a ver caer ningún avión nunca más.
No lo permitiría.
44

A sesenta kilómetros al sur, en la aldea montañosa de Kandersteg estaban


encendidas las luces de la habitación de un pequeño hotel donde un hombre
esbelto y musculoso estaba desnudo frente al espejo temblando violentamente.
Era una visión grotesca. Grandes manchas de sangre teñían su carne
cadavérica. Sus ojos febriles y negros miraban desde unos huecos hundidos.
Su pelo lacio estaba pegado a la húmeda frente.
El Fantasma se estaba muriendo.
El veneno le estaba matando.
Una de sus balas había rebotado en el cristal antibalas entrándole por el
abdomen por encima del hígado. La herida era casi del tamaño de una pipa de
girasol, pero la piel de alrededor tenía un agrio color marrón amarillento,
como el de un cardenal después de una semana. Con cada latido de su corazón
ríos de sangre se deslizaban por su vientre liso y lampiño. Podía sentir el
plomo alojado cerca de la superficie. El impacto de la bala contra el cristal
había destrozado la cubierta de punta hueca. No era más que una astilla
cubierta de escasos microgramos del veneno. De no ser así, ya estaría muerto.
Su cuerpo sufrió un espasmo. Cerró los ojos deseando que pasara. La
respiración iba haciéndose cada vez más dificultosa e iba perdiendo la visión.
Sentía un hormigueo en las yemas de los dedos como si estuvieran
pinchándole con agujas. En lo más recóndito de su mente miró hacia el
abismo. Vio algunas siluetas allí, monstruos que se retorcían de dolor.
También vio caras. Sus víctimas gritaban su nombre. Estaban deseando su
llegada.
Se retiró del precipicio y abrió los ojos. «Todavía no», se dijo. No estaba
preparado para morir.
En una mano tenía su cuchillo. En la otra una venda de gasa empapada en
alcohol desinfectante. Con los dedos localizó la astilla de la bala y colocó la
hoja del cuchillo sobre ella. Calmó el temblor y después hizo un corte hábil y
rápido para liberar la astilla. La venda le escocía terriblemente.
Después, se obligó a beber té mientras se sentaba en la cama. Se quedó allí
durante tres horas, luchando contra el veneno. Finalmente, los espasmos
cesaron. La sudoración disminuyó y la respiración volvió a ser normal. Había
ganado la batalla. Viviría, pero la victoria le había dejado débil, tanto mental
como físicamente.
Pese a estar exhausto, no podía permitirse quedarse dormido. Se dio una
ducha para limpiar la sangre del cuerpo. Se secó y después colocó su altar en
el alféizar de la ventana. El altar consistía en unas ramas de baniano, un poco
de tierra de la campiña que había cerca de su casa y gotas de agua del
manantial sagrado del río Guarano. Rezó a Hanhau, el dios del infierno y a
Cacoch, el creador. Pidió que le permitieran encontrar y matar al hombre que
había escapado de la muerte esa misma noche. Cuando terminó, arrojó el agua
alrededor de los pies de la cama para que le protegiera contra espíritus
malignos.
Sólo entonces se arrastró el Fantasma entre las sábanas.
Y mientras dormía, una voz le avisó de que nunca más volvería a ver su
casa. Le dijo que no mataría al americano, sino que Ransom le mataría a él.
Le rogó que se quitara la vida ahora. Era Hanhau, tratando de atraerle al
mundo de las sombras. En sus sueños, se rió para demostrarle a Hanhau que
no le hacía caso.
Se despertó al amanecer con una única intención.
Matar a Ransom.
45

A las diez de aquella mañana el destacamento especial había conseguido sus


primeras victorias fáciles.
Von Daniken había identificado la Banca Popolare del Ticino como la
institución a través de la cual Blitz hacía sus movimientos bancarios. En poco
tiempo le presentaron copias de todas las transacciones bancarias: depósitos,
retiradas de efectivo, pagos y transacciones electrónicas. Además había sabido
que el Villa Principessa no había sido alquilado, como sospechaba, sino que lo
había comprado veinticuatro meses antes por tres millones de francos una
misteriosa sociedad de inversiones domiciliada en las Antillas Holandesas.
Todo el papeleo lo había llevado a cabo un agente fiduciario de Liechtenstein.
Von Daniken había enviado emisarios a Vaduz, la capital del pequeño
principado de las montañas, para que interrogaran a los ejecutivos que habían
realizado la transacción.
Myer también había triunfado con la elaboración de una lista de doce
números de teléfono a los que habían llamado Blitz y Lammers con
regularidad. Varios de ellos pertenecían a empresas de manufacturación con
las que Robotica hacía negocios. Se estaban dando órdenes a las empresas que
obligaban a sus responsables a revelar los nombres de los receptores de las
llamadas. Los demás números eran de móviles que pertenecían a compañías
de telefonía extranjeras. Tendrían que trabajar con las embajadas de Francia,
España y Holanda para conseguir órdenes que les permitieran acceder a los
registros.
Krajcek estaba en Zúrich interrogando a varias fuentes y aún no había
informado.
Sólo Hardenberg estaba frustrado. En lo que respecta a la localización de la
furgoneta, había conseguido hasta ahora reducir la lista a 18.654 propietarios
de furgonetas Volkswagen en el país. Estaba esperando informes de las
empresas de alquiler de coches y de las autoridades cantonales relativos a
robos de furgonetas que encajaran con la descripción.
—¿Y qué hay de ISIS? —preguntó Von Daniken sentándose en el borde de
la mesa.
—He presentado una solicitud —dijo Hardenberg—. Una furgoneta
Volkswagen blanca con matrícula suiza. A ver qué nos dicen.
—Intenta centrar primero la búsqueda en Alemania.
—Ya lo hice. Puse a Leipzig como objetivo principal y todas las ciudades
que hay en un radio de cincuenta kilómetros como objetivo secundario.
Deberíamos obtener alguna información.
La catalogación de órdenes y el mantenimiento de una base de datos sobre
individuos considerados de interés para el gobierno eran sólo una parte del
sistema del ISIS. Otra era la fusión de los cientos de miles de cámaras de
vigilancia instaladas por toda Europa. Cada minuto de cada día estas cámaras
hacían fotografías de todo tipo de vehículos —y personas— que cruzaran por
delante de sus lentes. Los números de matrícula de todos los coches
fotografiados se incorporaban de forma automática a un sistema que fusionaba
las bases de datos de las agencias de inteligencia de más de treinta países. Era
una especie de «internet del delito». Cada base de datos comprobaría después
los números de matrícula de cualquier vehículo robado o sospechoso de ese
país. Por toda Europa se mandaban continuamente avisos de que un coche
robado en España había sido visto en París, o de que un camión utilizado en el
robo de una joyería en Niza había sido localizado en Roma. Era una vigilancia
sin policías y daba lugar a miles de arrestos cada año.
La parte negativa estaba en que el proceso era muy lento. Con tal volumen
de fotografías —millones cada día— era imposible tener resultados en tiempo
real.
—Sigue con ello —le ordenó Von Daniken—. En el momento en que salga
algo, házmelo saber. Tienes mi número.
Hardenberg asintió y se puso a trabajar.
Satisfecho de que las cosas empezaban a ir bien, Von Daniken tomó el
ascensor hasta la planta baja y salió del edificio. Una vez en el coche, condujo
directamente hacia la autopista, donde tomó la Ai en dirección a Ginebra.
Tendría que darse prisa si quería estar en la sede central de Médicos Sin
Fronteras a mediodía.
46

El Gasthof Rossli estaba situado al otro lado de la calle de la entrada a Zug


Industriewerk. Se trataba de un beiz, o establecimiento familiar a la antigua
con paredes de pino de arolla, suelo de madera y un ejército de cornamentas
decoloradas de cabras montesas clavadas en las paredes. A mediodía hacía
calor en el comedor principal, que estaba mal ventilado y lleno a rebosar.
Jonathan caminó entre las mesas y se fijó en la cantidad de chaquetas azules
con el nombre de la compañía bordado en letras góticas en el bolsillo del
pecho izquierdo. El mismo nombre con el mismo tipo de letra podía verse
también en las tarjetas de identificación que colgaban del cuello de casi todos
los demás comensales. En aquellas letras se leía ZIAG. Estaba claro que el
Gasthof Rossli era la alternativa preferida a la cafetería de la empresa.
En el bar, los clientes estaban sentados agarrados a sus jarras de cerveza y
tomando el almuerzo. Había varios taburetes libres y él escogió uno situado
junto a un hombre fornido y con barba cuya enorme panza y nariz veteada de
venas no ocultaba su aprecio por el alcohol. Como la mayoría, ostentaba una
tarjeta de identificación Manca que colgaba del cuello de un cordón azul.
Jonathan tenía treinta minutos para hacerse con ella.
Se sentó en el taburete y echó un vistazo al menú. Era consciente de que el
hombre le estaba mirando. En lo alto de un rincón había un televisor que
emitía las noticias con el volumen quitado. Costaba no mirarla. Pidió sopa y
una cerveza y esperó su momento.
Jonathan había llegado a Zug a las once después de pasar la noche en el
asiento trasero del coche en el aparcamiento de un concesionario de
Mercedes-Benz a las afueras de Berna. Era la primera vez que descansaba en
treinta y seis horas y, pese a que había dormido más de lo que le habría
gustado, al menos se estaba enfrentando a aquel día algo más despabilado.
Había pasado la mañana dando vueltas a la fábrica, primero en coche y
después a pie. Su visita no era inesperada. Hoffmann se había tomado en serio
su llamada. Jonathan no necesitaba más pruebas que el utilitario con el
nombre de Securitas que había aparcado a la entrada de la oficina principal.
Securitas era una conocida empresa de seguridad. Habían colocado un
vehículo parecido en un lugar discreto cerca de la entrada de la fábrica. Los
guardias uniformados estaban encantados de permanecer en sus coches
vigilando desde la distancia a los trabajadores que entraban en la planta. Todo
era muy poco perceptible. Muy discreto. Su presencia no debía molestar, tan
sólo ser advertida.
«El problema es que es demasiado poco perceptible —pensó Jonathan—. Si
un amigo mío hubiera sido asesinado el día anterior y mi nombre pudiera ser
el siguiente en la lista, contrataría a toda una empresa de seguridad para que
se apostara ante la puerta de mi lugar de trabajo». No sería nada discreto.
Después se le ocurrió el por qué...
«No había otra forma de hacerlo».
ZIAG era una empresa legal. Había funcionado durante más de cien años.
Tenía ingresos de noventa millones de francos. Daba trabajo a quinientas
personas. Hannes Hoffmann, Gottfried Blitz y Eva Kruger eran intrusos. No
formaban parte de la organización principal. La verdadera empresa. Ellos
constituían la empresa en la sombra. La empresa que se escondía en la
empresa. Con la complicidad de algún alto cargo, se habían escondido en
ZIAG del mismo modo que una garrapata se esconde debajo de la piel. Un
parásito que se alimenta de la sangre de su anfitrión.
«Una tapadera».
Pero ¿por qué habían elegido a ZIAG?
Llegó la sopa de Jonathan. El hombre con barbas sentado a su lado le lanzó
una mirada y le deseó un somero en guete. Jonathan le dio las gracias y se
concentró en la sopa. No quería parecer demasiado nervioso. Terminó de
comer y después miró al hombre a los ojos.
—Perdone —dijo con deferencia—. ¿Sabe si la empresa necesita personal?
El trabajador echó un vistazo al atuendo formal de Jonathan.
—Siempre buscan gente, aunque no sé si en la oficina del director.
—Voy a un funeral —ofreció Jonathan como excusa para su traje oscuro y
la corbata—. Soy maquinista profesional. ¿Y tú?
—Ingeniero electrónico.
El hombre tenía mejor formación de lo que aparentaba. La ingeniería
electrónica estaba limitada a expertos en análisis cuantitativos, cerebritos a los
que se les da bien resolver ecuaciones diferenciales.
—Creía que ZIAG estaba relacionada con la empresa armamentística.
—Hace mucho tiempo de eso. Ahora trabaja en pedidos por encargo.
Maquinaria de precisión, extrusores, termocambiadores, sistemas de
aproximación...
—Eso me suena a armas.
—Todo es para uso estrictamente civil.
—Me preguntaba si usted conocería a una mujer llamada Eva Kruger.
—¿En qué departamento está?
—Imagino que en ventas o en marketing. No es ingeniero. Sólo sé eso. Pelo
caoba. Ojos verdes. Muy atractiva.
El hombre negó con la cabeza.
—Lo siento.
—Trabaja con Hannes Hoffmann.
—A él sí lo conozco. Es uno nuevo que vino de Alemania. Llegó con los
nuevos propietarios. Está llevando un proyecto propio en la planta de
fabricación. Se dice que es algo novedoso y que sabe lo que se hace. Es muy
listo, pero no se le ve mucho. Si su amiga trabaja con él es que está bien
relacionada. Es lo único que sé. Yo tengo que supervisar a diez idiotas. Son
suficientes. Si la tal Kruger trabaja en ventas o en marketing, estará en el
edificio principal. Búsquela allí.
Llegó una camarera y puso sobre la barra un plato de wienerschnitzel con
patatas fritas.
El ingeniero se colocó una servilleta en el cuello de la camisa, pidió otra
cerveza y después atacó su comida con voracidad.
Jonathan miró la tarjeta de identificación que colgaba del cuello del hombre.
Sabía cómo conseguirla, pero no estaba seguro de si tendría agallas para
hacerlo. Pensó en el asesino que puso su pistola contra la ventanilla del coche
la noche anterior. Un hombre como aquél no tendría escrúpulos a la hora de
hacer lo que fuera necesario en una situación como ésta.
El ingeniero cortó otro trozo de carne, pinchó unas cuantas patatas y una
cabeza de brócoli y se lo metió todo en la boca.
—¿Le importaría guardarme el sitio un par de minutos? —le pidió Jonathan.
Las palabras le salieron con más seguridad de lo que esperaba—. Tengo que
comprobar el parquímetro. He aparcado a la vuelta de la esquina. Vuelvo
enseguida.
—Desde luego.
El ingeniero no se molestó en levantar la mirada.
En el exterior, Jonathan se levantó el cuello para protegerse de la nieve y fue
corriendo a una farmacia que había al lado. La cruz verde intermitente en la
puerta era una señal común. Desde su apartamento en Ginebra pasaba por al
menos cuatro farmacias de camino a la parada del tranvía, un paseo de tan
sólo cinco manzanas. Entró y fue directo al mostrador. Sin vacilar, enseñó su
identificación de médico internacional y pidió diez comprimidos de quinientos
miligramos de triazolam, más conocido por su nombre comercial: Halcion.
Pese a ser consciente de que era el objetivo de una persecución por todo el
país, no consideró que el riesgo de que le descubrieran fuera tan elevado. En
primer lugar, Halcion era un sedante que se recetaba con frecuencia para tratar
la somnolencia. Una receta de diez comprimidos no levantaría ninguna
sospecha. En segundo lugar, a diferencia de las farmacias de Estados Unidos,
las de Suiza eran independientes, establecimientos familiares. Tampoco había
una base de datos nacional que controlara las recetas ni un enlace con un
sistema informático por el que las autoridades pudieran avisar a los
farmacéuticos de que estuvieran alerta. A menos que la policía hubiera
enviado por fax o correo electrónico su nombre y descripción a todas y cada
una de las farmacias del país —una posibilidad con la que no contaba, tanto
por el poco tiempo que había pasado desde el incidente en Landquart como
por la inercia inherente a todas las grandes organizaciones gubernamentales
—, estaba a salvo.
El farmacéutico le entregó el bote con las pastillas para dormir. Jonathan
salió y se detuvo en la entrada el tiempo suficiente para vaciar la mitad en un
billete de diez francos bien doblado. Aplastó el billete con la mano izquierda y
volvió corriendo al restaurante.
Nueve minutos después estaba de vuelta en el bar.
—¿Quiere una más? —preguntó al hombre sentado a su lado.
El hombre sonrió por su buena suerte.
—¿Por qué no?
Jonathan pidió una cerveza —esta vez una jarra— y un licor para él.
—Prosit —dijo cuando llegaron las bebidas. El aguardiente jugueteó en su
estómago. Se relamió y sacó un bolígrafo del bolsillo—. Ha sido usted de
gran ayuda. ¿Puedo pedirle el nombre del director de personal?
—Somos una empresa pública. Aquí lo llaman recursos humanos.
El ingeniero le dio el nombre y Jonathan apretó el bolígrafo de forma
exagerada. En esa misma elaborada patraña dejó caer el bolígrafo de modo
que fue a parar a los pies del hombre. Como esperaba, el ingeniero se bajó del
taburete para buscarlo. En cuanto agachó la cabeza por debajo de la barra,
Jonathan volcó en la jarra con la mano izquierda el contenido de los cinco
comprimidos de Halcion. Un momento después el hombre reapareció
bolígrafo en mano. Jonathan levantó su vaso. Danke.
Otro brindis.
Diez minutos después la jarra estaba tan seca como el desierto de Gobi y el
plato del hombre tan limpio como la vajilla de los días festivos. El ingeniero
no dejó escapar el último trozo de pan que quedaba en la cesta y lo devoró en
dos bocados. A Jonathan le preocupaba que tanta cantidad de comida en su
estómago pudiera retrasar el efecto de la droga.
El ingeniero hablaba sin parar de su trabajo, pasando de exportaciones a
África y Oriente Medio, todo el papeleo que exigían, los permisos y las
licencias. Jonathan miró el reloj de reojo. La droga debería haber empezado a
actuar. El alcohol multiplicaba el efecto del Halcion. Dos mil quinientos
miligramos era suficiente para que un elefante cayera de culo. Las pupilas del
hombre estaban dilatadas, pero su dicción no mostraba signos de alteración.
Observó la barriga del hombre. Era tan grande como para guardar un balón de
medicinas. Puede que cinco comprimidos no hubieran sido suficientes.
—Y bien, ¿tiene muchos negocios en Sudáfrica? —preguntó Jonathan,
tratando de mantener la conversación y evitar que el ingeniero se fuera.
—Ésos son los peoresssss. No se creería la cantidad de papeleo.
—¿De veras?
Por fin las drogas estaban empezando a hacer efecto.
—Ess una de las peculiaridades de este negocio. Nada de lo que haya que
preocupaars... —Los párpados del hombre se cerraron y no se abrieron
durante un rato largo. Después se estremeció y abrió los ojos del todo—. A
menos, por supuesto, que usted invierta en nossotrosss...
Volvió a cerrar los ojos y la cabeza se tambaleó como esos muñecos con
cuello de muelle que antiguamente se ponían en la bandeja trasera de los
coches.
—Peddone. Tengo que ir al baño. Y tengo que volver aw suelo.
Puso las dos manos sobre la barra, esforzándose por mantenerse recto una
vez de pie. Se le dobló una pierna. Jonathan lo cogió cuando caía.
—Vaya, tenga cuidado, hombre. Déjeme que le eche una mano.
Con toda la amabilidad que le fue posible condujo al ingeniero hacia el
fondo del restaurante y bajó las escaleras hasta el servicio de caballeros.
Cuando volvió a subir dando brincos ya tenía la tarjeta de identificación de
ZIAG en el bolsillo. El señor Walter Keller pasaría la tarde durmiendo en la
última cabina del servicio de caballeros.
47

«Esperar y vigilar».
El Fantasma vio el restaurante desde el otro lado de la calle. Su posición
estratégica era un quiosco que vendía los periódicos y revistas habituales.
Pasó el tiempo ojeando varias revistas de fútbol. Cuando vio que el
propietario le dedicó una mirada de fastidio, compró chicles, un paquete de
cigarrillos —aunque no fumaba— y un ejemplar del Corriere della Sera.
Con el periódico debajo de un brazo, paseó hasta el final de la manzana. El
gran esfuerzo de la noche le había dejado exhausto y necesitó todas sus
fuerzas para recorrer la corta distancia. Lo hizo igualmente, asegurándose de
que nadie se daría cuenta de su debilidad.
Llevaba puesto un impermeable con el cuello subido, un traje de lana gris
que le habían confeccionado en Nápoles y un par de zapatos hechos a mano
del color del whisky. Hoy era un empresario italiano. Ayer había sido un
excursionista suizo. El día anterior, un turista alemán. La única persona que
no se le permitía ser era él mismo. Y no le importaba. Después de veinte años
en aquel trabajo, cuanto menos tiempo pasara en compañía de sí mismo,
mejor.
Había encontrado a Ransom al amanecer saliendo del aparcamiento de un
concesionario de coches donde había pasado la noche. El americano era torpe
y chapucero en su esfuerzo por esconderse. Conducía demasiado despacio
cuando debería haber pisado el acelerador. Se detenía con frecuencia para
mirar atrás. Aparcaba demasiado cerca de su destino. Sus acciones eran
inútiles. Cualquier intento de esconderse quedaba minado por el dispositivo
que llevaba implantado en el medallón religioso que colgaba de su cuello.
El Fantasma estaba contento de estar vigilando. El asesinato desde cerca era
lo suyo. Se había forjado una carrera basada en el cuidado y la planificación,
convirtiendo en una norma no intentar nunca el golpe fortuito. Su política era
la de reconocer el lugar, preparar la trampa y después esperar. El caso
Lammers fue un ejemplo de planificación y ejecución. Blitz lo fue menos
porque tuvo muy poco tiempo para prepararlo. La repentina aparición de
Ransom era un testimonio de los riesgos inherentes al trabajo precipitado.
Y después, por supuesto, estaba el sueño. Ransom lo mataría.
El Fantasma trataba de no ser supersticioso. Los sueños eran propios de los
indios que habían trabajado en las plantaciones de café de su familia. No de
un hombre con formación. Pero aun así...
Justo entonces vio salir a Ransom del restaurante.
Vio cómo el americano cruzaba la calle y desaparecía entre el gentío cerca
de la puerta de una fábrica.
Por ahora prefería mantenerse a distancia.
Sabría reconocer el momento cuando lo viera.
Hasta entonces estaría vigilando y esperando.
Y rezando.
48

Jonathan esperó hasta el ajetreo de la una en punto y entonces se unió a un


grupo de unos doce trabajadores con chaqueta azul que se congregaba a las
puertas de la fábrica y pasó al lado del coche del guardia de Seguritas.
Colgada del cuello llevaba la tarjeta de identificación que había robado con la
fotografía vuelta de forma deliberada contra el pecho.
No había guardias en el interior del edificio, solamente un torno de entrada
que controlaba el paso más allá del vestíbulo. Pasó la identificación por la
célula fotoeléctrica y entró. Los hombres iban en una dirección. Las mujeres
en otra. Entró al vestuario. Había un reloj colgado de la pared más cercana.
Esperó en fila con los demás, con los ojos fijos en el suelo que había delante
de él, para que nadie le prestara atención. Cuando fue su turno de fichar, cogió
una tarjeta al azar. Afortunadamente, no pertenecía a ninguno de los seis o
siete hombres que iban detrás de él. Junto al aseo había un armario lleno de
chaquetas de trabajo recién planchadas. Escogió una que se le ajustaba y pasó
por una puerta giratoria que conducía a la planta de producción.
La planta daba la sensación de ser un estadio cubierto, amplio y bien
ventilado que se encontraba bajo las vigas de aluminio vistas que sostenían el
tejado. Un pequeño ejército de trabajadores se movía de un lado a otro,
algunos a pie, otros en carretillas elevadoras y otros conduciendo carros
eléctricos. La amplia planta estaba dividida en intervalos irregulares por pilas
de inventario que se alzaban diez metros por encima del suelo. Curiosamente,
el tamaño de aquel espacio hacía que el sonido se amortiguara,
proporcionándole a la fábrica una atmósfera irreal.
Cerca de él, varias filas de depósitos de acero inoxidable presurizado
esperaban su inspección. Jonathan los rodeó y atravesó la planta deteniéndose
cuando veía algo interesante para preguntar lo que se estaba fabricando. Los
trabajadores eran, en su mayoría, educados, corteses y profesionales. Le
dijeron, por ejemplo, que los depósitos presurizados eran en realidad
mezcladoras que se estaban fabricando para una gran compañía farmacéutica
de Suiza.
En otros lugares de la planta había equipos de trabajadores ocupados en
esterelizadores, termocambiadores y extrusoras. Parecía una gama de
fabricación demasiado amplia para una empresa. Como había dicho el hombre
del restaurante, Zug Industriewerk ya no estaba dentro del negocio de las
armas.
Al llegar al otro extremo de la fábrica observó un pabellón anexo donde
entraban y salían unos cuantos hombres. Se dio cuenta de que la entrada
estaba controlada por un escáner ocular biométrico. En la puerta había un
letrero que decía: «THOR, Operaciones de Investigación sobre Calentamiento
Térmico. Sólo personal autorizado».
THOR. Ése era el nombre de la unidad de memoria de Emma. El nombre
que aparecía en el memorándum que había encontrado en la mesa de Blitz.
«Se prevé la conclusión para finales del primer trimestre de 200... El envío
definitivo al cliente se hará el 10 de febrero. El desmontaje de todo el equipo
de fabricación se llevará a cabo el 13 de febrero».
Jonathan sabía que era mejor no entrar en la zona restringida. Se dio la
vuelta y caminó en la dirección opuesta. Tendría que encontrar las respuestas
a sus preguntas en algún otro lugar del edificio principal.
De la pared colgaba una tablilla con una carpeta de control de calidad y, a su
lado, una caja que contenía media docena de flamantes válvulas. Cogió las dos
cosas. Siguiendo los carteles colocados en las paredes interiores, se dirigió
hacia el edificio principal. Con una educada inclinación de la cabeza, pasó
junto al recepcionista y subió en el ascensor que había al otro lado.
Las plantas estaban marcadas de acuerdo con su función. Primera planta:
Recepción. Segunda planta: Contabilidad. Tercera planta: Ventas y
Marketing. Cuarta planta: Dirección. Pulsó la tercera.
Una vez en la tercera planta se dio cuenta de que las habitaciones estaban
numeradas de forma secuencial: 3.1, 3.2... Debajo de cada número estaba el
nombre o nombres del ejecutivo que ocupaba el despacho. El de Hannes
Hoffmann era el último despacho a la izquierda. Una secretaria bien arreglada
estaba sentada en la antesala.
—Para el señor Hoffmann —dijo, elevando la caja como si fuera un regalo
de Navidad.
—¿A quién debo anunciar?
Jonathan le dio el nombre del hombre cuya identificación había robado.
—Muestras para inspección.
La recepcionista no miró su identificación.
«Ella no está involucrada —se dijo Jonathan—. No forma parte de Thor».
—Voy a avisarlo —dijo la mujer.
—No se moleste —repuso Jonathan—. Me está esperando.
Sin pensar ya en las consecuencias y movido tan sólo por el deseo de saber
la verdad —sobre Emma, sobre Thor, sobre todo lo demás— abrió la puerta y
entró en el despacho de Hannes Hoffmann.
49

Hannes Hoffmann, vicepresidente del departamento de Ingeniería —según


decía la placa de la puerta de su despacho—, estaba sentado detrás de una
mesa de madera clara, con un teléfono en la oreja y golpeando su agenda con
un lápiz como si fuera un pequeño tambor. Era regordete y de aspecto insulso,
de cabello ralo y rubio peinado hacia atrás, cara rechoncha y oronda y ojos
azules un poco separados. Era la cara que había en el escritorio de Blitz. Una
cara que Jonathan había visto cientos de veces..., familiar, aunque no la
conocía de nada.
Al ver a Jonathan se puso tenso. Sus ojos le escanearon. «¿Es él?». La
pregunta casi aparecía con luces de neón en su frente. Jonathan no se
estremeció. Preguntó con una sonrisa forzada dónde colocaba la caja de
válvulas. Hoffmann le miró de arriba abajo otra vez, después señaló el borde
de la mesa y volvió a su conversación.
—El cargamento debe estar en el depósito de aduanas mañana a las diez de
la mañana —decía—. Los inspectores no van a retrasar otra vez la fecha
límite. Llámame si tenéis algún problema. —Hoffmann colgó el teléfono y
dirigió una mirada de fastidio a su visita—. ¿Y usted es?
—Hablamos ayer por teléfono.
Hoffmann se puso tenso.
—¿El señor Schmid?
—Exacto. —Jonathan dejó la caja sobre la mesa—. Grite —le conminó—.
Es su oportunidad. Hágalo. Grite para pedir ayuda a su secretaria.
Hoffmann se quedó inmóvil como una roca. No dijo nada.
—No puede, ¿verdad? —continuó Jonathan—. No puede arriesgarse a que
la policía venga corriendo y que yo les cuente todo lo que sé sobre la
operación que estaba llevando a cabo con Eva Kruger.
—Tiene razón —concedió Hoffmann sin que se le alterase la voz—. Pero a
usted le ocurre lo mismo. Yo no puedo gritar y usted no puede obligarme a
hablar.
—Lo único que quiero saber es en qué andaba metida.
Hoffmann se cruzó de brazos.
—Siéntese, doctor Ransom.
Jonathan se acercó a la mesa con cautela. Se sentó en el borde de la silla
haciendo una pequeña mueca de dolor cuando la Sig Sauer que llevaba en la
pretina se le clavó en la espalda.
—¿En qué consiste esta organización? ¿En una empresa dentro de otra? ¿Un
proyecto secreto interno? ¿Es eso?
Hoffmann se encogió de hombros con un gesto de inutilidad.
—Déjese de adivinanzas.
—Imagino que están fabricando algo que no deberían y que se lo van a
entregar a alguien que no debería tenerlo. ¿Qué es? ¿Armas? ¿Misiles?
¿Cohetes? Quiero decir, ¿por qué si no abrir un negocio en un lugar como
éste? Vi la zona de la planta de producción que está destinada a Thor. ¿Y qué
quiere decir Operaciones de Investigación sobre Calentamiento Térmico?
Hoffmann se inclinó hacia delante y su comportamiento cordial desapareció.
—No tiene ni idea de con qué ha ido a tropezar.
—Tengo alguna idea. Sé que contactó con Emma el año pasado cuando
estábamos en el Líbano. Me imagino que tiene a alguien más en Médicos Sin
Fronteras que ha servido para que yo llegue hasta aquí.
—Se remonta a antes del Líbano —dijo Hoffmann.
—No —replicó Jonathan—. Todo comenzó en Beirut. Fue allí donde ella
tomó la decisión. —«Tuvo que ser entonces —se dijo a sí mismo—. Por eso
tenía dolores de cabeza y depresiones. Estaba decidiéndose»—. ¿Fue a París a
reunirse con usted?
—Oh, sí, París. Lo recuerdo. Todas las llamadas que usted hizo sin
encontrarla en el hotel. Se suponía que teníamos que remitírselas a ella, pero
hubo un fallo en el servicio técnico. Lamentable. Ella me dijo que contaba con
una amiga que le haría de tapadera. Dijo que usted la creyó. Imagino que no.
Jonathan pasó por alto aquella observación mordaz.
—¿Para quién trabaja?
—Basta decir que somos un grupo poderoso. Mire a su alrededor. Tiene el
Mercedes. También tiene el dinero, supongo. Vio la casa de Blitz y algo de lo
que hemos instalado aquí. —Hoffmann cruzó las manos y las posó sobre el
escritorio. Parecía tan benévolo como un agente de seguros que tratara de
venderle una póliza—. Me temo que eso le bastará.
—No hoy.
—Dese la vuelta, doctor Ransom —dijo Hoffmann con severidad—. Salga
de este despacho. Salga del país. Puedo asegurarme de que la policía emita
una orden para que le arresten. Haga lo que haga no mire atrás. Todavía está a
tiempo de salir de este aprieto.
—¿Eso significa también que va a suspender al tipo que disparó contra mí
anoche?
—No sé nada de eso.
—¿Y qué hay de los policías que trataron de robar los bolsos de Emma? ¿O
tampoco sabe nada de eso?
—Los policías fueron contratados. Se exaltaron demasiado. Le pido
disculpas. Sin embargo creo que usted terminó mejor que ellos.
—¿Entonces quién mató a Blitz?
Hoffmann lo pensó durante un momento. Suspiró y parpadeó
aceleradamente.
—Gente con un objetivo diferente al nuestro.
—¿Gente que no piensa que Thor sea una buena idea? ¿Qué pasa si no les
parece bien dejarme ir?
—Yo no puedo hablar por ellos. Si intentaron quitarle la vida imagino que
fue porque creen que usted trabajaba con su mujer.
—¿Quiere decir que piensan que trabajo con ustedes?
Hoffmann se tocó la frente. Parecía que no le gustaba la idea de que alguien
pensara que Jonathan trabajaba para ellos.
—En cualquier caso no puedo ayudarle con eso.
—Agradezco su sinceridad —dijo Jonathan—. Por desgracia no me sirve de
mucho para solucionar mi problema.
Hoffmann separó la silla del escritorio. Puso las manos detrás de la cabeza y
se inclinó hacia atrás, como si mostrara que la parte formal de la reunión
había terminado. Ahora podrían hablar como amigos.
—Lo siento por usted, doctor Ransom. La falta de información es lo más
difícil. Mi matrimonio no duró tres años. El suyo duró ocho. Yo diría que
usted ha conseguido más que la mayoría.
Mientras hablaba, sus ojos volvieron a parpadear con rapidez. Un balbuceo
ocular. Era un tic extraño y hubo algo en ello que hizo que Jonathan se
acordara de alguien que había conocido mucho tiempo atrás.
—Reitero mi consejo —continuó diciendo Hoffmann—. Salga de este
despacho. Abandone el país lo antes posible. No deseamos que sufra ningún
daño. En nuestra opinión, usted es uno de los buenos. Lo sepa o no, nos ha
sido de una enorme ayuda. Deme su palabra de que no va a investigar nuestras
actividades y haré que dejen de perseguirle.
—¿Y me da su palabra?
—Sí.
Hoffmann parpadeó mientras decía aquellas palabras y sus ojos se movieron
rápidamente durante casi dos segundos. En aquel instante Jonathan le puso
nombre a su cara. Habían pasado cinco años, puede que más, pero estaba
seguro.
«Se remonta a antes del Líbano».
—Yo le conozco.
Hoffmann no dijo nada, pero sus mejillas se llenaron de repente de pequeños
puntos rojos.
Jonathan continuó hablando.
—Usted es McKenna, guardia real que fue destinado a las fuerzas de paz de
la ONU en Kosovo. Comandante, ¿no?
Hoffmann se rió entre dientes como si le hubieran pillado haciendo una
travesura. Se incorporó en su asiento con una mirada de evidente confusión en
la cara, y cuando habló, el estricto acento berlinés había desaparecido, en
favor de un lenguaje meloso de Belgravia.
—Te ha costado bastante, Jonny. Tienes razón. Fue en Kosovo. En
Nochevieja, si no me equivoco. Bebimos un poco aquella noche. Tú, yo y Em.
He engordado un poco desde entonces, pero ¿quién no? Mejorando lo
presente, supongo. Bien mirado, se ve que estás muy en forma.
«Era él. McKenna». Con veinte kilos más, menos pelo y un bigote en forma
de cepillo, pero era él. El mismo parpadeo de ojos. La exasperante costumbre
de llamarle Jonny.
Jonathan sintió un horrible martilleo que le presionaba las sienes. Kosovo.
La juerga de Nochevieja en los barracones británicos. El comandante Jock
McKenna con su falda escocesa desfilando a medianoche y tocando Aula
Lang Syne con su gaita. Y después recordó la última parte. La razón por la
que le había costado tanto reconocer a McKenna.
—Pero estás muerto. Falleciste en un accidente de coche dos días antes de
que saliéramos del país.
Hoffmann se encogió de hombros como si hablara de otro ardid que había
que eliminar.
—Como ves, no estoy muerto.
—¿Quién demonios eres? —preguntó Jonathan.
—Quienquiera que necesite ser.
Hoffmann brincó desde detrás de la mesa. Jonathan trató de sacar la pistola,
pero fue demasiado lento. Inexperto. Un brazo le golpeó de repente, haciendo
que la pistola se le cayera de la mano. Un pequeño cuchillo de doble filo
sobresalía entre el dedo anular y corazón de la otra mano de Hoffmann. Trató
de clavárselo a Jonathan. La hoja pasó cerca de su cuello y cortó la solapa de
la chaqueta. Jonathan dio un salto hacia atrás y tiró una silla.
—Te toca a ti —dijo Hoffmann mientras rodeaba la mesa—. Vamos. Grita.
¿Quieres que venga la policía? De acuerdo. Llama. Me estoy protegiendo de
un asesino.
Jonathan recogió la silla y la esgrimió delante de él. Hoffmann lanzó el
cuchillo, que no era más que una imagen borrosa. Jonathan levantó la silla y
esquivó el ataque.
Miró a la mesa. La caja de válvulas de acero inoxidable que había traído
estaba en un rincón. Cada válvula era del tamaño de un vaso y pesaba cerca de
un kilo. Avanzó un paso, obligando a Hoffmann a retroceder, y cogió una
válvula. Con una sola mano para sostener la silla era vulnerable. Hoffmann se
dio cuenta enseguida. Agarró una pata de la silla y empujó hacia un lado. Al
mismo tiempo cambió su peso al otro pie y atacó. Jonathan fue demasiado
lento en retirarse. Un zumbido de metal cortó el aire. Esta vez el cuchillo
atravesó la chaqueta y le hirió en el pecho. Jonathan bajó la válvula. Dirigió el
golpe a la ceja de Hoffmann, abriéndole una brecha encima del ojo. Hoffmann
soltó un gruñido, se sacudió y embistió, empujando su cuerpo contra la silla
con las dos manos. Hoffmann empujó más. Era más pesado y, pese a su
aspecto insulso, era muy fuerte. El cuchillo dio un corte y Jonathan sintió una
picadura en la garganta.
Justo entonces llamaron a la puerta.
—¿Va todo bien, señor Hoffmann?
—Perfecto —respondió Hoffmann con una voz ridículamente entusiasta. Se
apoyó en la silla con la cara de color rojo brillante y gotas de sudor en la
frente. Menos de un metro separaba a los hombres. Levantó la mano
preparado para atacar.
Jonathan se dejó caer sobre una pierna y empujó la silla a la izquierda.
Cogiéndolo desprevenido, el impulso de Hoffmann fue en la misma dirección.
Cayó hacia delante sobre una pierna. Jonathan se puso detrás de él, cogió otra
válvula de la caja y golpeó con ella la parte posterior de la cabeza de
Hoffmann. Empezó a levantarse y Jonathan le atizó de nuevo.
Hoffmann cayó al suelo.
—¡Señor Hoffmann! —gritó la secretaria golpeando la puerta con fuerza—.
¡Por favor! ¿Qué es ese ruido? ¿Puedo entrar?
Aturdido, Jonathan dio un traspiés hacia atrás buscando la mesa para
mantener el equilibrio. Vio su reflejo en el marco de una foto. Su aspecto era
impresentable. La garganta estaba sangrando. Había esquivado la yugular por
menos de dos centímetros. Sacó un pañuelo del bolsillo y lo presionó contra la
herida.
—Un segundo —dijo, sonriendo de forma esperpéntica para imitar la voz
alegre de Hoffmann.
Recorrió el despacho con la mirada. Una ventana detrás de la mesa daba a
un desnivel de cuatro plantas. Esta vez no había tuberías por las que bajar. Se
apresuró hacia la puerta, cogió la pistola y la colocó en la pretina.
—Entre —dijo.
La secretaria entró rápidamente. Antes de que pudiera asimilar lo que estaba
viendo, Jonathan cerró la puerta detrás de ella.
—Dios mío, ¿qué ha pasado? —preguntó, dando sentido poco a poco a tanto
despropósito.
Jonathan la empujó contra la puerta, sujetándola con el antebrazo.
—Si se queda callada no le haré daño. ¿Me entiende?
La secretaria asintió enérgicamente.
—Pero...
—Ssshh —dijo—. No le va a pasar nada. Se lo prometo. Es mejor que se
tranquilice.
La mujer abrió los ojos asustada.
Él presionó la yugular con los dedos para cortar el flujo de sangre hacia el
cerebro. Ella dio una sacudida entre los brazos de él y cinco segundos después
se desmayó. La dejó caer en la alfombra. Calculó que recobraría la
consciencia entre dos y diez minutos después. Hoffmann tardaría un poco
más.
Jonathan inspeccionó el despacho. No podía ir a ninguna parte con ese
aspecto. Se quitó la chaqueta azul, encontró el abrigo de Hoffmann y se lo
puso, abrochándoselo hasta el cuello. Caminó despacio por el pasillo, con la
cabeza agachada y la mano apretando el pañuelo contra el cuello. Tomó las
escaleras hasta la planta baja y salió por la puerta principal. En la siguiente
manzana cambió el paso firme y empezó a correr despacio y, poco después,
rápido.
Encontró el Mercedes en el aparcamiento de Zentralstrasse, enfrente de la
estación de ferrocarril. Sacó el botiquín de debajo del asiento delantero y
hurgó en busca de gasas y esparadrapo. Sirvió de poco. Necesitaba puntos de
sutura.
Apretando el cuello con una mano condujo el coche a las afueras de la
ciudad por la autovía en dirección a Berna.
Sólo había un lugar al que podía ir.
50

Von Daniken mantuvo el coche en el carril rápido y el indicador de


velocidad a ciento ochenta. La autopista atravesaba viñedos escalonados por
las pendientes del lago de Ginebra. El extenso lienzo azul del lago llenaba
todo el parabrisas. Más allá, coronados con una nube, se erguían los picos
nevados de la Alta Saboya francesa.
Cuando se acercaba a Nyon, a las afueras de Ginebra, sonó su teléfono
móvil. Pulsó el botón de respuesta del volante.
—Rohde, Oficina de Medicina Forense de Zúrich.
—Sí, doctor...
Von Daniken recordó que había rechazado la llamada de Rohde la noche
anterior.
—Se trata de la autopsia de Lammers. Hemos descubierto algo extraño. —
Rohde dedicó varios minutos a resumirle sus hallazgos sobre la batracotoxina
o veneno de rana que cubría las balas—. Mi colega, el doctor Wickes, de
Scotland Yard, está convencido de que quien fuera que asesinó a Theo
Lammers trabajó en algún momento con la CIA.
Von Daniken no respondió. La CIA. Tenía sentido. Cuando quedó claro que
Blitz no era alemán sino iraní y por si fuera poco, ex oficial militar, sospechó
que los asesinatos serían obra de una organización de inteligencia profesional.
Pensó en Philip Palumbo. O el agente americano no formaba parte de la
operación o le había ocultado información a propósito.
Dándole las gracias, Von Daniken dio por terminada la llamada. La
autopista se estrechaba a medida que entraba en la ciudad. La carretera bajaba
y bordeaba el lago. Un gran parque ondulado se extendía a su izquierda con
prados nevados que caían sobre la orilla. Pasó por varios complejos
institucionales majestuosos que se alzaban en aquellos terrenos. Las Naciones
Unidas, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio y la
Organización Mundial de la Salud.
El lugar que buscaba estaba en una parte menos noble de la ciudad. Aparcó
en la Rue du Lausanne delante de un restaurante chino y una sastrería turca.
Eran las doce y cinco. Llegaba tarde. La persona a la que debía ver tendría
que esperar unos minutos más.
Buscó la letra P en la lista de contactos de su teléfono. Oyó un zumbido
lejano mientras la señal rebotaba entre torres de transmisión conectándolo con
Dios sabía qué rincón del mundo.
—Hola, Marcus —respondió una dificultosa voz americana.
Von Daniken sabía que era mejor no preguntar dónde estaba Philip
Palumbo.
—Me temo que esta llamada queda fuera de los límites de nuestra relación
formal —empezó a decir, evitando hacer ningún preámbulo de sandeces sin
sentido.
—¿Es sobre la noticia que te di ayer?
—Sí. Necesito saber si hay alguna información más sobre Quitab —el
hombre al que conocemos como Gottfried Blitz— que no me haya contado.
—Eso es todo, amigo. Lo primero que oí de él fue hace dos días,
directamente de los labios de Gassan.
—¿También con respecto al plan? ¿Sin indicios previos de que había una
célula en Suiza que planeaba un ataque? ¿Nada sobre sus socios? ¿Por
ejemplo, un hombre llamado Lammers?
—Me está poniendo nervioso, Marcus. ¿Qué quiere saber?
—Necesito saber si tiene usted un equipo actuando en mi terreno.
—¿Qué clase de equipo?
—No sé cómo llamarlo. Trabajo sucio. Aniquilación. Castigos.
—Ésa es una pregunta especial.
—Sí que lo es y creo que me debe una respuesta.
—Yo diría que ya pagué esa deuda ayer.
—Ayer fue por los registros. A ustedes les interesa detener a Gassan y a sus
compinches tanto como a nosotros. También contará como victoria suya.
—Quizá —admitió Palumbo—. De todas formas necesito algo más con lo
que trabajar.
Von Daniken suspiró, considerando cuánta información debería revelar. Lo
cierto es que no tenía muchas opciones. Ése era el precio por trabajar con una
superpotencia. O más bien, hoy día, la superpotencia. No podía pedirle a
Palumbo su confianza sin demostrarle la suya.
—Estábamos trabajando también en el tema de Blitz, pero desde un ángulo
diferente. Este hombre por el que le he preguntado, Theo Lammers, era un
socio suyo. Los dos se vieron hace cuatro noches.
Creemos que Lammers le dio a Blitz un drone de tecnología punta capaz de
volar a quinientos kilómetros por hora y llevar una barquilla con veinte kilos
de explosivo plástico. Lammers fue asesinado la noche siguiente a la que se
vieron. Fue obra de un profesional. Imaginamos que se trata del mismo
hombre que mató a Blitz. Tenemos pruebas que apuntan a que quien disparó
es uno de los vuestros.
—¿Qué pruebas son ésas?
Von Daniken le contó lo de las balas cubiertas de veneno de rana y los
entrenamientos con indios que formaron parte de los escuadrones
salvadoreños dirigidos por la CIA.
—Me parece que está exagerando —opinó Palumbo—. Indios
supersticiosos, escuadrones de la muerte, veneno... Está hablando de hace casi
treinta años. Es la prehistoria.
—Creo que ninguno de nosotros cree en las coincidencias.
—En eso estamos de acuerdo —coincidió Palumbo, pero no le ofreció más
ayuda.
Von Daniken se lo preguntó directamente:
—¿Está este tipo en nómina en la Agencia o trabaja de forma independiente
para otros?
—No se lo puedo decir. Está hablando de algo que correspondería a
Operaciones. Eso está en la sexta planta, muy por encima de mi categoría. No
creo que el subdirector se tome a bien que me meta donde no me llaman.
—Entiendo —dijo Von Daniken—. Pero alguien está pagando a este
hombre. Alguien le está llevando en la dirección correcta. Me parece que sabe
más que usted y que yo sobre lo que está ocurriendo. A mí me resulta
aterrador. Pensé que usted podría investigar. Quizá... de forma extraoficial.
—¿Extraoficial?
—Cualquier cosa que pueda descubrir...
—Veneno de rana, ¿no? ¿Y después quedamos en paz?
—Quedamos en paz —corroboró Von Daniken con el amable entusiasmo
que a los americanos les parecía un signo de sinceridad.
Palumbo rumió todo esto durante unos segundos, dejando que Von Daniken
escuchara el ruido de papel de lija de las comunicaciones inalámbricas.
—De acuerdo —concedió por fin.
—¿De acuerdo qué?
—Volveré a llamarle —dijo Palumbo sin más.
La línea se cortó.
51

El número 30 de Waldhoheweg era un austero edificio de tres plantas


situado en un tranquilo barrio residencial de Berna, no lejos del centro de la
ciudad. Unos árboles larguiruchos y sin hojas crecían en pequeños arriates en
la acera cada veinte metros más o menos, con aspecto de centinelas
esqueléticos. Jonathan pasó despacio por delante del edificio, comprobando
cualquier atisbo de que estuviera vigilado. A las cuatro de la tarde el barrio
estaba tan tranquilo que parecía desierto. Al no ver nada fuera de su sitio,
aparcó tres manzanas más adelante.
«Emma es real porque Bea es real», se recordó a sí mismo mientras salía del
coche. Durante el trayecto desde Zug había repasado todo lo que sabía de Bea.
Treinta y cinco años, arquitecta, licenciada por la Universidad de Leeds,
aunque nunca se había afianzado en la profesión. Había sido sucesivamente
una artista frustrada, una fotógrafa frustrada y una cristalera frustrada. Era una
perdedora. Un espíritu libre y un alma perdida, pero era real. Una mujer de
carne y hueso con vaqueros anchos, una cazadora de motorista rasgada y una
actitud que encajaba con su aspecto.
A lo largo de los años la había visto en dos ocasiones, puede que tres. La
última vez fue hace dieciocho meses en un almuerzo en Londres, cuando se
tomaron unas vacaciones después de su estancia en Oriente Medio. Desde que
se habían mudado a Suiza, Emma había ido a Berna varias veces de visita,
pero él nunca tuvo tiempo de acompañarla.
Jonathan observó el apartamento desde el otro lado de la calle. No había
ningún indicio de que alguien estuviese merodeando. Echó un vistazo a los
coches aparcados. Tampoco vio a nadie sentado al volante. Cruzó la calle
rápidamente, presionando la venda con una mano. En la entrada estaban los
nombres de los residentes: Strasser, Rutli, Kruger, Zehnder. Se detuvo y
volvió al anterior. Un rayo de hielo vibró en su estómago. No encontraba
ninguna Beatrice Rose, pero sí una E. A. Kruger en el apartamento 4A.
Empezó a temblar. ¿A qué esperaba entonces? Pulsó el timbre. Pasó un
minuto. Dio un paso atrás y levantó la mirada hacia el edificio. Ese
movimiento hizo que la herida del cuello volviera a desgarrarse. Justo
entonces se acercó una mujer y entró en el edificio con su llave.
—He venido a ver a la señorita Kruger —dijo—. Es mi cuñada. ¿Le importa
si espero en el vestíbulo?
Los ojos de la mujer se fijaron alarmados en su cuello. Al ver su reflejo en el
cristal se dio cuenta de que la gasa se había empapado de rojo.
—¿Está bien? —preguntó sin mucha amabilidad.
—Un accidente. No es tan grave como parece.
—Debería ir al médico.
—Soy médico —dijo con una sonrisa forzada, tratando de quitarle
importancia al asunto—. Puedo curarme yo mismo cuando entre. Seguro que
usted conoce a Eva. Es más o menos de su estatura. Pelo caoba. Ojos avellana.
Lleva gafas.
La mujer negó con la cabeza pensando en todos los datos.
—Lo siento —se disculpó un momento después—. No conozco a la señorita
Kruger. Creo que será mejor que espere fuera.
—Claro.
Manteniendo la sonrisa, Jonathan se dio la vuelta y contó hasta cinco.
Cuando miró hacia atrás el recibidor estaba desierto. La puerta se estaba
cerrando despacio. Le quedaban poco más de dos centímetros para cerrarse.
Se precipitó hacia delante y clavó el pie en el marco de la puerta. Demasiado
tarde. El cerrojo se había cerrado con fuerza.
Se giró maldiciendo su suerte. Pensó en pulsar todos los timbres para ver si
alguien le abría, pero era demasiado arriesgado. Ya le había visto una vecina.
No quería que llamaran a la policía.
Metió las manos en los bolsillos. Sus dedos tocaron el llavero de Emma.
Puede que tuviera la llave...
Sacó el llavero de Eva Kruger. Además de la llave del coche había otras tres
más, cada una con una anilla de goma de distinto color. Probó con todas ellas
en la puerta. La negra no entraba. Ni la roja. La verde entró. Con un leve giro
de muñeca abrió el cerrojo. Un momento después estaba dentro.
Una escalera bien iluminada se elevaba alrededor del ascensor. Había tres
apartamentos en cada planta agrupados en torno a un rellano de estilo art déco
con una maceta, una mesita y un espejo. Como era costumbre en Suiza, el
nombre de cada vecino estaba grabado debajo del timbre. Encontró el
apartamento de Eva Kruger en la cuarta planta. Llamó a la puerta, pero no
contestó nadie.
«Se remonta a antes del Líbano».
Hoffmann era el McKenna de Kosovo. Y Kosovo fue cinco años antes del
Líbano. Podía remontarse a antes del Líbano, pero el Líbano era lo más lejos
que Jonathan podía recordar. De algún modo su mente no podía recordar otras
implicaciones. O puede que no quisiera.
Lo cierto era que no tenía opción.
Jonathan metió la llave en la cerradura y abrió la puerta del apartamento de
Eva Kruger.

Al otro lado del descansillo la mujer vio por la mirilla cómo el hombre de la
herida entraba en el apartamento. Por supuesto que conocía a Eva Kruger. No
muy bien, eso es cierto. Era imposible conocer más que de vista a una mujer
que viajaba con tanta frecuencia. Aun así habían hablado en varias ocasiones
y le parecía bastante agradable. Sin embargo sabía que era mejor no
pregonarlo ante un extraño. Desde luego no a un hombre que estaba
desangrándose.
No era la primera vez en esa semana que un desconocido buscaba a
Fräulein Kruger. Dos noches antes había visto a dos hombres actuando de
forma extraña en el exterior del edificio. Ella había entrado sin hablar con
ellos y, más tarde, oyó ruidos en el descansillo y echó un vistazo por la
mirilla, a tiempo de verlos entrar en el apartamento de Eva. Aún se sentía mal
por no haber avisado a la policía.
¡Y ahora un hombre con una herida en el cuello que prácticamente sangraba
sobre el suelo!
No cometería el mismo error dos veces.
Volvió al salón, cogió el teléfono y llamó a la policía.
—Sí, oficial —dijo—. Quiero denunciar un... —No estaba segura de lo que
era. Al fin y al cabo el hombre tenía una llave. No hizo caso de aquellas
preocupaciones. Era un intruso—. Quisiera denunciar la presencia de un
intruso en el número 30 de Waldhoheg... Por favor, acudan enseguida. Ahora
mismo está dentro.

Habían estado allí. «Esta vez no han tenido cuidado de disimular su


presencia», observó Jonathan. Lo que vio era la prueba de un registro
concienzudo y metódico llevado a cabo sin miedo a sor descubiertos.
El salón era grande y escasamente amueblado, con iluminación en riel. Justo
delante de él había un sofá de piel negra al que le habían quitado los cojines,
dejándolos a un lado como si fueran a limpiarlo. Habían sacado los libros de
las estanterías y los habían apilado en el suelo. Lo mismo habían hecho con
las revistas. Habían doblado una alfombra persa sin apenas enrollarla. Vio una
silla Eames, una elegante mesa de centro con demasiado metal cromado y
reluciente. Una pieza de acero torcido que pasaba por una escultura. Alguien
había vivido aquí..., pero no era Emma.
Sacó el permiso de conducir del bolsillo y miró la foto de su mujer. Los
muebles encajaban con aquellas gafas de marca, el pelo bien arreglado y el
carmín brillante. Eran los muebles de Eva Kruger.
Se obligó a recorrer la casa. La cocina estaba limpia hasta el punto de
parecer aséptica. Los armarios estaban abiertos. Habían quitado los platos y
los habían colocado sobre la barra. Igual que los vasos. Abrió el frigorífico:
zumo de naranja, vino blanco, champán, una lata de caviar de Beluga, una
cebolla, una hogaza de pan de molde negro, un bote de conservas. Era un
apartamento en el que pasarlo bien durante sus safaris relámpago.
En el congelador guardaba una botella de vodka polaco dentro de una
abrazadera de hielo. Comprobó la marca: Zubrowka, hecho de hierba de
búfalo. En el estante superior había dos vasos de chupito congelados.
Abrió la botella y se sirvió un trago. El vodka era de un color amarillo
pálido y tenía la consistencia del almíbar. Se lo llevó a los labios y echó la
cabeza hacia atrás. «Por Emma —dijo en voz alta—, quienquiera que fuera en
realidad».
El líquido entró como seda en llamas.
Una tristeza exagerada se adueñó de él. Su peso le oprimía los hombros e
hizo que los diez pasos que le separaban del estudio fueran un viaje épico. Era
otra habitación pequeña. Inmaculada. Un escritorio de metal y la silla Aeron
que Emma deseaba aunque no se podía permitir. Se habían llevado el
ordenador, pero los cables estaban en el suelo junto a la impresora láser. No
había papeles ni notas.
Entró en el dormitorio. Habían quitado las sábanas y las habían tirado a un
rincón. Habían rajado las almohadas. En los armarios colgaba algo de ropa.
Una sinfonía de tonos negros. Armani, Dior, Gucci. Zapatos del número 37, el
de Emma —¿por qué tenía que comprobar constantemente lo que ya sabía? Y
un vestido de cóctel, también negro, con un escote para dejar boquiabiertos a
los invitados más hastiados.
Contra su voluntad, se imaginó a Emma entrando en la habitación con él
puesto. Los ojos de Jonathan subieron por sus largas piernas, deteniéndose a
admirar el escote y después el cabello de color caoba que caía en ondas sobre
sus hombros. «Sí —decidió—, cumpliría su finalidad». Había elegido el
vestido perfecto para servir vodka y caviar para dos.
Emma Ransom y Eva Kruger. Dos personas. Dos personalidades. Pero ¿cuál
era la verdadera? ¿Cómo se puede distinguir entre verdad y ficción? Y si él no
podía, ¿cómo había podido Emma?
Cayó en la cuenta de que él también formaba parte de aquello. Doctor
Jonathan Ransom, médico trotamundos oportunamente destinado a todas las
zonas conflictivas del mundo. Al fin y al cabo se había mudado a Ginebra para
que Emma entrara en este..., en Thor... o lo que quiera que fuera. ¿Por qué no
habría ocurrido antes?
Jonathan era un títere.
No, no un títere... Una tapadera.
Se sentó en el borde de la cama y cogió el teléfono. El tono de marcado
sonó en su oído. Llamó al operador para llamadas internacionales y pidió el
número del Hospital St. Mary de Penzance, Inglaterra.
«¿A cuánto se remontaba?», se preguntó. Antes de Beirut fue Darfur, y
antes de Darfur, Indonesia, Kosovo y Liberia, donde Emma le había recibido
en un jeep abollado en la pista del aeropuerto.
¿Dónde había fijado Emma los límites? O lo que es más importante,
¿cuándo?
Jonathan anotó el número del hospital y lo marcó. Respondió una agradable
voz inglesa y pidió que le pasaran con archivos. Una mujer se puso al aparato.
—Archivos.
—Llamo desde Suiza. Mi esposa falleció recientemente y necesito una copia
de su certificado de nacimiento para la policía. Nació en ese hospital.
—No tendré inconveniente en enviarle por fax una copia cuando recibamos
una solicitud oficial.
—Estoy seguro de que no habrá ningún problema, pero ahora mismo sólo
necesito confirmar que ustedes tienen el documento original. Su nombre era
Emma Rose, nacida el 12 de noviembre de 1975.
—Deme un minuto —dijo la mujer.
Jonathan sostuvo el teléfono entre la oreja y el hombro. Llevaba la alianza
de Eva Kruger. Se le ocurrió que no había ningún rastro de un señor Kruger
en el apartamento. «¿Por qué tenía el anillo?», se preguntó. Todo lo demás era
muy meticuloso. Una doble vida bajo unas pestañas postizas.
—Señor, soy la enfermera Poole. Hemos encontrado un registro de Emma
Rose.
—Bien; quiero decir, gracias.
La noticia interrumpió su divagación. Le costaba hablar. Estaba a punto de
sufrir una crisis nerviosa o de empezar a recuperarse. No sabía cuál de las dos
cosas.
En su mente tenía la imagen de Emma y él pasando con el coche por el
hospital de Penzance, un achaparrado edificio de ladrillo rojo en el centro de
la ciudad. Fue su única visita a su ciudad natal, un año después de contraer
matrimonio. «Y ahí es donde empezó todo —recordaba Emma con orgullo—.
Llegué al mundo a las siete en punto, llorando como una plañidera. Desde
entonces no me he callado. Aquí murió mi madre. Supongo que se trata del
ciclo de la vida y esas cosas».
La enfermera siguió hablando.
—Hay un problema. ¿Está seguro de que nació en 1975?
—Completamente.
—Es un poco extraño, ¿sabe? ¿Su segundo nombre era Everett?
—Sí.
Más pruebas de que se trataba de ella. No era Eva Kruger. Era Emma. «Su
Emma».
—Lo cierto es que he encontrado a una Emma Everett Rose en nuestros
archivos —dijo la enfermera con una voz más firme—. También nació el 12
de noviembre..., pero un año antes. Ése es el problema.
—Debe de haber algún error en el documento. Tiene que ser ella.
—Me temo que no —aseguró la enfermera—. No sé bien cómo decir esto.
Jonathan se acercó al borde de la cama.
—¿Decir qué?
—Lo siento, señor, pero Emma Everett Rose, nacida el 12 de noviembre de
1974 en el Hospital de St. Mary, está muerta. Falleció en un accidente de
coche dos semanas después de su nacimiento, el 26 de noviembre.
52

—¿Es ésta la lista completa de sus destinos?


Marcus von Daniken estaba sentado en un despacho pequeño y sin ventanas
al fondo de un pasillo de la sede central de MSR La calefacción hacía ruido y
cada minuto que pasaba allí sentado sentía cómo desaparecía otra pizca de su
paciencia.
La directora de la organización médica le observaba desde el otro lado de la
mesa. Era una mujer somalí de cincuenta años que había emigrado a Suiza
hacía veinte. Tenía la cabeza afeitada y pendientes de aro dorados y no se
esforzaba por esconder su hostilidad mientras se inclinaba sobre la torre de
papeles desordenados que había encima de su mesa y le sermoneaba con la
punta de la larga y cuidadosamente pintada uña de su dedo.
—¿Por qué no iba a ser la lista completa? —preguntó la mujer mientras le
entregaba el expediente de Jonathan Ransom—. ¿Tengo pinta de tener algo
que ocultar? Le digo que es ridículo. Todo este asunto. ¡Jonathan Ransom un
asesino! Es de locos.
Von Daniken no se molestó en responder. La policía de Graubünden se le
había adelantado un día y estaba claro que habían herido su susceptibilidad.
Sería mejor que fuera a hablar con ellos antes de tratar de discutir con ella.
Aceptó el expediente de Ransom y dedicó un momento a ojear los papeles.
Beirut, el Líbano: jefe de un programa de inmunización y vacunación. Darfur,
Sudán: director de operaciones con refugiados. Kosovo, Serbia: jefe médico
de una iniciativa para construir unidades de traumatología locales. Isla de
Sulawesi, Indonesia; Monrovia, Liberia. Era la lista de todos los lugares de
peor reputación política del mundo.
—¿Es normal que sus médicos pasen tanto tiempo en el extranjero? —
preguntó levantando la vista de la carpeta—. Veo que el doctor Ransom pasó
dos años en algunos de estos sitios.
—A eso nos dedicamos. —Un suspiro desdeñoso. La mirada al techo—.
Jonathan prefiere los destinos más desafiantes. Es uno de nuestros médicos
más comprometidos.
—¿En qué sentido?
—A menudo las condiciones son arduas. El doctor suele olvidarse de las
circunstancias a nivel global y se centra en el sufrimiento. Su futilidad puede
ser insoportable. Tenemos bastantes casos de estrés postraumático parecido a
la neurosis de guerra. Pero a Jonathan nunca le asustaron los destinos más
duros. Algunos pensamos que era por Emma.
—¿Emma? ¿Se refiere a su mujer?
—Nos dimos cuenta de que ella solía simpatizar demasiado con la
población. Se volvía nativa, por así decirlo. Es importante mantener una
frontera entre nosotros y ellos. De lo contrario damos demasiadas esperanzas.
—¿Es normal que equipos de marido y mujer trabajen juntos?
—Nadie quiere casarse para dejar a su esposo a miles de kilómetros.
Von Daniken pensó en ello durante un momento. Estaba empezando a ver
cómo funcionaba. Los destinos a países extranjeros. Los constantes viajes.
—¿Y cómo se decide adónde se envía a los médicos?
—Unimos sus puntos fuertes a nuestras necesidades. Hemos tratado durante
mucho tiempo de engatusar al doctor Ransom para enviarlo a la sede central
en Suiza. Su experiencia en este campo inyectaría una dosis de sentido común
muy necesaria en las evaluaciones de nuestros proyectos.
—Entiendo, pero ¿quién decide exactamente adónde se destina al doctor
Ransom?
—Lo hacemos juntos. Los tres. Jonathan, Emma y yo. Miramos la lista de
vacantes y determinamos dónde serán de más ayuda.
Von Daniken no sabía que la esposa de Ransom estaba tan implicada en
labores de ayuda humanitaria. Preguntó por el puesto que ocupaba en esos
destinos.
—Emma hacía de todo. El nombre de su puesto era experta en logística. Ella
concretaba la misión, se aseguraba de que las medicinas llegaran a tiempo,
coordinaba la ayuda local y pagaba a los matones para que nos dejaran
tranquilos. Dirigía el lugar para que Jonathan pudiera salvar vidas. Una
persona como ella valía por cinco. Lo que le ha ocurrido es una tragedia. Ya
la echamos de menos.
Una esposa que se implicaba en el trabajo de su marido. Una mujer
competente. Una mujer que hacía preguntas. Von Daniken se preguntaba si
había hecho demasiadas.
—¿Y en qué está trabajando el doctor Ransom ahora? —indagó.
—¿Se refiere a antes de que empezara a asesinar policías? —La mujer
somalí le dedicó otra sonrisa burlona para demostrar lo que pensaba de
aquella investigación—. Está supervisando una campaña antimalaria que
hemos iniciado en coordinación con la Fundación Bates. No creo que le haga
muy feliz. Es un trabajo administrativo y él prefiere estar en el campo de
batalla.
—¿Y cuánto tiempo debe durar ese destino?
—Normalmente este tipo de cosas no tienen un final definido. Se quedará en
su puesto hasta que el programa esté en marcha. Y en ese momento dará
instrucciones a su sucesor y le pasará el control. Por desgracia he recibido
recientemente quejas de su comportamiento. Al parecer ha sido un poco
brusco con la parte americana..., la financiera —murmuró—. A la señora
Bates no le gusta. Han decidido retirarle de su puesto.
Von Daniken asintió, pero en su interior sonó una campanilla y fue
consciente de que había localizado la mano invisible que dirigía los
movimientos de Ransom de país en país. Comenzó con una queja presentada
al director de personal. Una sugerencia. Puede que algo más fuerte, pero
aquella mujer se daría por enterada. «Jonathan Ransom tiene que ir a Beirut.
Deben enviarlo a Darfur».
—¿Alguna idea de cuál es su próximo destino?
—Esperaba que Paquistán. Tenemos una vacante inmediata en una misión
nueva en Lahore. El director murió por un ataque al corazón. Sólo cincuenta
años tenía el pobre. Había concertado una reunión importante con el ministro
de Sanidad y Bienestar para el martes. Esperaba poder convencer a Jonathan
para que volara el domingo y llegara a tiempo.
—¿Este domingo?
—Sí. En el vuelo de la noche. Sé que es pedirle mucho a un hombre que
acaba de perder a su esposa, pero conociendo a Jonathan, creo que le vendría
bien.
—Domingo —repitió Von Daniken mientras comenzaba a entenderlo todo.
«Setenta y dos horas».

La teoría de Von Daniken era sencilla. Ransom era un agente instruido al


que pagaba un gobierno extranjero. Su puesto de médico en MSF le
proporcionaba una tapadera ideal para moverse de un país a otro sin llamar la
atención. El modo de saber para quién trabajaba Ransom estaba en descubrir
qué había hecho en el pasado. Por eso Von Daniken estaba sentado delante de
un ordenador en la sala de vigilancia de la policía de Ginebra en la Rue
Gauthier mirando una foto de una mujer gravemente herida que estaba siendo
liberada de un montón de escombros en el interior de un hospital
bombardeado. La foto era de la portada del Daily Star, el periódico del Líbano
publicado en inglés, y databa del 31 de julio del año pasado.
El artículo se titulaba «Una explosión mata a un investigador de la policía»
y versaba sobre una explosión que había matado a diecisiete personas, entre
ellas un importante policía que dirigió la investigación sobre el asesinato del
anterior primer ministro libanés. En el momento de la explosión el
investigador acudía a sesiones de diálisis cada semana para tratar un riñón
defectuoso. Un detective en el lugar de los hechos reveló que sospechaba que
la bomba había sido introducida en la clínica durante unas obras llevadas a
cabo tres meses antes. Calculó que la explosión equivalía a cuarenta y cinco
kilos de TNT.
El artículo venía a decir que nadie había reclamado la autoría del atentado y
que la policía investigaba rumores que apuntaban a que se había visto a
agentes sirios en el hospital antes de la explosión.
Von Daniken levantó la vista del ordenador. Una bomba introducida durante
unas obras tres meses antes del atentado. Cuarenta y cinco kilos de TNT. El
alcance del atentado le provocó un escalofrío en la espalda. Las personas
implicadas serían varias docenas. Constructores, contratistas, funcionarios que
habían concedido las licencias, alguien del despacho del médico que pasara
información sobre las citas de las víctimas. Como policía, estaba
impresionado. Como ser humano, estaba aterrorizado.
Antes del Líbano, Darfur...
Un avión C-141 de las Naciones Unidas, que transportaba a los líderes de la
tribu musulmana Yanyauid y de los sudaneses indígenas que se dirigían a
Jartum para hablar de un alto el fuego propuesto por el gobierno, explota en el
aire. No hay supervivientes. Se descubren pruebas que demuestran que se
había colocado una bomba en uno de los motores. Ambas partes aseguran que
la otra ha sido la responsable de la tragedia. La guerra civil se intensifica.
Y antes de Darfur, Kosovo. Página dos del National Gazette:

Una explosión ha acabado con la vida del general retirado Vladimir Drakic,
más conocido como Drako, y otras veintiocho personas más. En ese
momento, Drakic, de cincuenta y cinco años, asistía a una reunión secreta del
ilegalizado y derechista Partido Patriota, del que se rumoreaba que era uno de
sus líderes. Drakic, objetivo de una persecución durante más de diez años, era
buscado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Crímenes de
Guerra con relación a la masacre de dos mil hombres, mujeres y niños cerca
de la ciudad de Srebrenica. Algunas pruebas en el lugar de los hechos
apuntaban a la rotura de un conducto de gas como la causa de la explosión. La
policía está investigando las afirmaciones de que una organización rival de
Albania estaba involucrada. Se ha detenido a dos hombres.

Los tres atentados llevaban el mismo sello. Todos tenían como objetivo a un
alto cargo bien protegido. Todos eran producto de una planificación
meticulosa, una inteligencia extraordinaria y un enfrentamiento a largo plazo.
Y en cada uno de ellos se habían encontrado pruebas que apuntaban a un
tercero.
Pero lo que finalmente convenció a Von Daniken de la participación de
Ransom fue el momento en que ocurrieron los tres incidentes. La explosión de
Beirut tuvo lugar cuatro días antes de que Ransom saliera del Líbano a
Jordania. El derribo del avión sudanés ocurrió dos días antes de que Ransom
se fuera del país. Y el atentado de Kosovo fue sólo un día antes de que
Ransom regresara a Ginebra.
Aun así seguía perdido sobre quién se lucraba con la mayoría de los
atentados. ¿Cui bono? ¿A quién beneficiaría? El móvil era el referente del
investigador y no había ninguno claro del todo.
Von Daniken alejó la silla del ordenador y se pellizcó el caballete de la
nariz. Las palabras de la directora de personal resonaban en sus oídos:
«Tenemos una vacante inmediata en Lahore. Esperaba que pudiera volar este
domingo».
53

Una patrulla compuesta por dos hombres respondió a la denuncia de un


intruso en el número 30 de Waldhoheweg. Los oficiales llamaron al portero
automático y entraron en el edificio. No estaban excesivamente preocupados.
Un estudio sobre criminalidad valoraba esta calle y el barrio como uno de los
más seguros de la ciudad. Sólo se habían denunciado dos robos en los últimos
noventa días. No se habían denunciado casos de robos armados, violaciones ni
asesinatos en el año anterior.
—Está dentro —dijo la acongojada inquilina después de hacer entrar a los
policías en su apartamento—. He estado vigilando desde que llamé. No se ha
ido a ninguna parte.
—¿Y qué le hace pensar que es un ladrón?
—Yo no he dicho que fuera un ladrón. He dicho que era un intruso. No
debería estar en el edificio. En primer lugar dijo que estaba esperando a Eva
Kruger. Quería entrar. Pero sangraba por aquí... —apuntó a su cuello—. Le
dije que como no la conocía, sería mejor que esperara a su cuñada fuera. Un
minuto después le oí en el descansillo. Tenía una llave de su apartamento. Le
vi entrar.
—¿La señorita Kruger es su cuñada?
—Eso fue lo que dijo. Podía estar mintiendo. Nunca le he visto por aquí
antes.
Los policías se turnaban en sus preguntas.
—¿Ha visto a la mujer que vive aquí..., a la señorita Kruger?
—No.
—¿Le preguntó por su herida?
—Dijo que había sido un accidente, que era médico y que se la curaría
cuando entrara en el apartamento.
Las caras de los policías mostraban una clara exasperación. ¿Este médico la
ha amenazado de alguna forma?
—No. Fue educado..., pero no debería estar aquí si la señorita Kruger no
está. Nunca le había visto antes. Me asusté.
Los policías se intercambiaron una mirada. Otra fisgona ociosa.
—Hablaremos con ese caballero. ¿Por casualidad le dijo su nombre?
La mujer frunció el ceño.
—Quédese aquí, señora.

Jonathan se encontraba en el baño con el mentón subido observando su


cuello. La herida había empezado a coagularse y la carne rasgada estaba
curtiéndose poco a poco en su sitio. Había visto heridas como ésta a diario en
su trabajo. La única forma de curarlas sin que quedaran marcas permanentes
era volver a abrir la herida y coserla bien cuando estuviera fresca, pero ésa no
era una opción en aquel momento.
Se sirvió un trago de vodka de hierba de búfalo y se lo bebió para que le
infundiera valor.
«Tranquilo», susurró mientras acercaba la aguja y el hilo a la garganta.
Dio un suspiro y se puso manos a la obra. La aguja no era mala para haberla
encontrado en un costurero. Razonablemente puntiaguda. Razonablemente
estéril. Había trabajado en peores condiciones. Utilizando los dedos de la
mano izquierda para mantener juntos los pliegues del corte, se cosió un punto.
Había sido mentira desde el principio. Emma no era Emma. En cierto
sentido su vida había sido una farsa. Una obra teatral conducida por un
director invisible. Para su sorpresa se sintió más liberado que decepcionado.
Se había quitado la venda de los ojos y por primera vez podía ver las cosas
como de verdad eran. No sólo lo que tenía delante de él, sino lo que había
alrededor. Era una visión mordaz. Jonathan era un títere. Jonathan era un
monigote. Jonathan era una marioneta desconocedora de su gobierno y
entusiasta.
«¿Quién fue? —se preguntó—. ¿Quién la incitó a hacer esto?».
Se cosió el tercer punto. El hilo escocía, haciendo que le lloraran los ojos.
Tiró de la aguja y limpió la sutura.
Enfadado, así es como estaba. Enfadado con Emma. Enfadado con
Hoffmann. Enfadado con cualquiera que hubiera participado en robarle su
vida y moldearla para conseguir sus objetivos. Era un robo imperdonable.
¿Y el resto? La parte de su vida que era sólo de ellos dos. ¿Eso también
había sido fingido? listaba tentado de designar sus momentos privados como
especiales, separados del deber supremo de Emma. Sus actos de amor. Sus
miradas secretas. El toque de su mano y los momentos de conexión interior.
«Ocho años... ¿Cómo era posible?».
Bajó la aguja y se apoyó en el lavabo con una mano.
Levantó los ojos hacia el espejo. No lo entiendes. Ella nunca te dijo su
verdadero nombre. Se encargó de que viajaras por África, Europa y Oriente
Medio para poder hacer su trabajo. Tenía toda una vida secreta. Observa este
apartamento. Observa ese vestido tan diminuto. Trajo hombres aquí. Bebió
vodka con ellos. Los sedujo.
Se miró fijamente a los ojos y se enfrentó a la verdad.
Insensible al dolor, terminó su trabajo con rapidez y diligencia, atando el
hilo y cortándolo con las tijeras que había encontrado en el costurero.
Pensándolo bien, había hecho un buen trabajo. Untó las suturas con alcohol y
después se tapó la herida con una tirita. Se abotonó la camisa, entró en la
cocina y se puso otro trago de vodka. Tomó nota de la marca para buscarla en
el futuro: Zubrowka. En polaco quería decir 'estúpido confiado'.
Se puso el abrigo y dejó caer las manos en los bolsillos forrados de
cachemira. La mano derecha rozó la alianza. Prometió llevarla en todo
momento como recuerdo. Apagó las luces de la cocina y se dirigió al salón.
Dio una vuelta para supervisar el apartamento. Todo aquello era una ilusión.
Nada más que un teatro.
Justo entonces unos nudillos tocaron en la puerta.
—Policía de Berna. Nos gustaría hablar con usted.
Jonathan se quedó helado. La mujer de abajo debía de haber dado la alarma.
Se imaginó cómo podrían desarrollarse los acontecimientos. Un requerimiento
de que se identificara. Una comprobación rutinaria de órdenes de arresto
pendientes. La respuesta sería inmediata: doctor Jonathan Ransom, buscado
por el asesinato de dos oficiales de policía. Sospechoso considerado armado y
peligroso. Le golpearían y le tirarían al suelo en un abrir y cerrar de ojos.
Volvieron a llamar a la puerta.
—Policía. Por favor, Herr doctor, sabemos que está dentro. Nos gustaría
hablar con usted sobre su cuñada, la señorita Kruger.
Jonathan había llegado demasiado lejos para tirar la toalla. Si lo había
conseguido, muy bien podría seguir siendo así.
Corrió al dormitorio y abrió las puertas que daban al balcón. Miró a un lado
y a otro, arriba y abajo. El balcón más cercano estaba dos plantas más abajo.
La pared era lisa y sin salientes.
Los golpes en la puerta se volvieron más fuertes.
Volvió al salón, después corrió hasta el estudio, al dormitorio de nuevo y
luego a la cocina. Se detuvo, enfadado por la inutilidad de sus esfuerzos. No
podía encontrar nada. La única salida era por la puerta principal.
Si no podía salir, tendría que hacer que ellos entraran.
Entró en la cocina. Ya no corría. Ni una sola vez miró hacia atrás ni pensó
en responder a los golpes cada vez más violentos. Fue directo al horno. Era un
aparato moderno con frontal de acero inoxidable y mandos digitales. No le
servía de nada. Sin embargo la cocina era de gas. Quitó los hornillos. Sacó un
cuchillo de un cajón y dio un golpe al piloto. Después puso los botones de los
cinco quemadores en posición de encendido. El gas siseaba al salir del
conducto principal, soltando un olor mareante y dulzón que impregnaba la
habitación.
Los golpes cesaron. Del corredor venían voces acaloradas. El pomo se
movió. Un momento después se oyó el ruido de metal sobre metal. La policía
estaba intentando forzar la cerradura.
—¡Ya voy! —gritó Jonathan—. ¡Un momento!
—Por favor, dese prisa —fue la respuesta— o entraremos por la fuerza.
—¡Un minuto! —gritó. Cerró la puerta corredera de la cocina y se abrió
paso hasta el estudio. Encontró un papel en el escritorio y lo enrolló dándole
la forma de un cono. En el baño metió papel higiénico en el cono. Lo dejó a
un lado, cogió una toalla y dejó caer agua fría sobre ella. Escurrió la toalla, la
dobló y se la puso sobre un brazo. Encontró una caja de cerillas en un
cenicero del salón.
Los golpes comenzaron de nuevo. A través de la puerta escuchó el
intercomunicador de la radio de los policías.
En ese momento el gas se filtraba por debajo de la puerta de la cocina. Una
inhalación le hizo retroceder. Apoyó la espalda en la pared exterior de la
cocina, se cubrió la cabeza y los hombros con la toalla y encendió una cerilla
y con ella el cono de papel. Esperó, sujetándolo alejado de su cuerpo hasta
que se iluminó como una antorcha.
«¡Ahora!», se dijo.
Abrió la puerta corredera de la cocina, arrojó la antorcha dentro y se tiró al
suelo. Una bola de fuego explotó en aquel espacio reducido y salió volando
toda la loza que había apilada sobre la encimera, haciendo añicos los vasos,
rompiendo las ventanas y rugiendo como un tren expreso a través de la
entrada al salón, antes de ser de nuevo aspirada al interior de la cocina.
Jonathan fue arrastrándose por el suelo hacia la entrada y se escondió en un
armario que había junto a la puerta del apartamento. Apenas un segundo
después sonó un disparo. Arrancaron la puerta de las bisagras. Dos policías
entraron en el apartamento, pistola en mano, precipitándose hacia el foco del
incendio. Jonathan observó todo esto a través de la rendija del armario.
Uno de los policías se acercó a las llamas.
—Ha salido por la ventana.
El otro pasó por encima del destrozado mobiliario y asomó la cabeza por la
cocina.
—Se ha ido.
Jonathan salió sigilosamente del armario, huyó por la puerta y corrió
escaleras abajo.
Un minuto después había salido del edificio.
Al cabo de cinco minutos arrancó el motor del Mercedes y se dirigió a la
autopista.
54

Philip Palumbo siguió el itinerario habitual a su llegada a Estados Unidos


tras un viaje de persecución en el extranjero. Salió del aeropuerto y fue en
coche hasta su gimnasio en Alexandria, Virginia. Montó dos horas en la
bicicleta estática, hizo pesas y nadó. Por último, cuando ya había expulsado a
través del sudor toda la asquerosa comida y el aire sucio y nocivo de su
sistema, descansaría en la sauna, donde se desharía de la corrupción. Sólo
entonces iría a casa y saludaría a su mujer y a sus tres hijos.
Sin embargo hoy se olvidó de purgar sus pecados y dirigió su coche a
Langley, donde rápidamente iría hacia los archivos de la Agencia Central de
Inteligencia, la CIA. Una vez allí accedió a un archivo digitalizado de la
sección latinoamericana en donde se detallaban las actividades de la compañía
en El Salvador durante la década de 1980.
Dentro encontró una declaración de intenciones que hablaba de la necesidad
de construir la democracia en la zona como baluarte contra el régimen
comunista sandinista que se había establecido en la vecina Nicaragua y que
amenazaba los gobiernos de Guatemala y El Salvador. Más adelante halló una
mención a una Operación Zenaida que salió de la embajada en San Salvador
y que comenzó en la primavera de 1984. El archivo contenía las actas de la
Operación Zenaida, calificándolas de acceso restringido, y exigía la firma del
subdirector para acceder a ellas. Eso era todo. Ninguna otra operación del
archivo estaba clasificada como secreta.
Palumbo pasó a una lista del personal de la Agencia que estaba conectado
con la embajada en aquel entonces. Reconoció el nombre de un colega con el
que trabajó en el Centro de Mando Antiterrorista, un irlandés delgado y
extravertido llamado Joe Leahy.
Palumbo encontró a Leahy en un despacho acristalado que daba a una nave
llena de cabinas sobre la cubierta de operaciones del Centro de Mando
Antiterrorista.
—Joe, ¿tienes un segundo?
Como era habitual, Leahy iba vestido de punta en blanco con un traje azul
marino y zapatos lustrosos y el pelo peinado hacia atrás, como un banquero de
Wall Street. Más difícil era disimular su acento nasal de Filadelfia.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Necesito que me cuentes todo lo que sepas sobre algo que ocurrió hace
mucho. ¿Tienes tiempo para un café?
Palumbo se dirigió hacia la cafetería y cogió un vale para dos cafés dobles
con leche. Se sentaron en una mesa de la parte de atrás.
—Estuviste en El Salvador, ¿verdad?
—Hace mucho tiempo —contestó Leahy—. Tú todavía seguías metiéndote
con los novatos de Yale.
—Más bien intentándolo sin conseguirlo —puntualizó Palumbo—. ¿Qué me
puedes contar sobre la Operación Zenaida?
—Eso es algo del pasado. ¿Por qué lo preguntas? ¿Estás llevando a cabo
una auditoría sobre aquello?
Palumbo negó con la cabeza.
—Nada de eso. Sólo estoy recopilando información.
—Fue hace mucho tiempo. Yo era joven. GS-7. Un gamberro.
—No tiene que ver con eso, Joe. Tienes mi palabra. Esto queda entre tú y
yo.
—Como lo de Las Vegas, ¿verdad?
—Sí, como lo de Las Vegas. Zenaida, Joe. Háblame de aquello.
Leahy se inclinó hacia delante.
—Comenzó como un trabajo de entrenamiento. Un modo de poner en forma
a los reclutas. Eran unos completos paletos. La mitad apenas había dejado de
llevar pantalones cortos. Trajimos a unos cuantos boinas de Bragg. También
armamento. La idea era enseñarles nociones militares básicas. Ayudar a
reforzar la democracia en la zona. Las tonterías habituales.
—Pensaba que para eso estaba la Escuela de las Américas de Benning.
—Claro que sí. Pero eso es oficial y esto era secreto. De todos modos al
presidente le gustaba lo que estábamos haciendo, así que reclutó algunas de
estas unidades para su cuerpo privado. Hacíamos el trabajo sucio. Tienes que
recordar cómo era entonces, con Danny Ortega follándose a Bianca Jagger,
los Sandinistas dividiendo a la región... No más comunistas. Al menos ésa era
la idea. Se les fue de las manos casi desde el principio. No tenía objetivos
específicos, pero funcionó. Todos estaban cagados de miedo. Para el 84 ya
estaba todo hecho. El presidente fue reelegido. Hicimos las maletas y
volvimos a casa.
—¿Y qué pasó con los tipos a los que formasteis? ¿Alguno de ellos volvió a
casa con vosotros?
—¿A qué te refieres con volvió a casa?
—No sé. Puede que encontrarais aptitudes en algunos y les pidierais que
volvieran a trabajar con la Compañía.
El tono despreocupado de Leahy se desvaneció.
—No sabes de lo que estás hablando. Estás navegando por aguas
turbulentas.
—Entre tú y yo, Joe..., un cateto de Filadelfia y un chulo del sur de
Beantown.
Leahy se rió al oír aquello, pero no dijo nada.
Palumbo siguió hablando.
—El hecho es que creo que me he topado con uno de ellos en mi terreno. Ha
eliminado a un par de buenos agentes, dejando todo tipo de basura vudú detrás
de él. Se dice que cubría las balas con veneno de rana porque pensaba que así
evitaba que las almas de sus víctimas le persiguieran hasta el mundo real.
¿Has oído hablar alguna vez de esa mierda?
Leahy movía la cabeza y los recuerdos prácticamente se proyectaban en su
mirada.
—No sabías nada de eso, ¿verdad, Joe?
—Estás hablando de basura —dijo Leahy—. Si sabes lo que es bueno para
esa encantadora esposa y esos mocosos que tienes en casa, deberías dejarlo.
Palumbo era tan arrogante como cualquier otro agente. La advertencia sólo
sirvió para estimularlo aún más.
—Los tipos a los que ha matado estaban involucrados en la conspiración de
Walid Gassan. Iban a derribar un avión de pasajeros. Era un trabajo
sofisticado. Estamos hablando de un drone que recorre seiscientos kilómetros
por hora cargado con veinte espigas de Semtex. Es un misil de crucero, tal y
como yo lo veo. No hay forma de que ningún cabrón Bojinka pueda detenerlo.
—Parece que el tío lo está haciendo bien.
—No me cabe duda.
—Entonces, si no son los de los turbantes, ¿quiénes crees que están detrás
de todo esto? — preguntó Leahy.
—No es que esté seguro, pero tengo una idea. Es decir, al fin y al cabo,
¿cuántas personas hay con esos recursos?
—Crees que está patrocinado por el gobierno.
—Pues sí. —Palumbo dio un golpe en la mesa con los nudillos—. Pero esta
información se queda entre tú y yo.
Leahy movió las manos por su pecho, haciendo la pantomima de la señal de
la cruz.
—Había algo extraño en aquellos archivos —continuó diciendo Palumbo—.
De eso quería hablarte. No figuraba el nombre del agente que estaba al
mando. Parecía como si lo hubieran eliminado antes de escanearlo. Dime, Joe,
¿cuál de nuestros chicos tenía la última palabra en Zenaida?
Leahy miró fijamente a Palumbo un momento y después se levantó de la
mesa. Al pasar por su lado se inclinó y susurró dos palabras en su oído:
—El Almirante.
Palumbo permaneció en la silla hasta que Leahy hubo salido de la cafetería.
El Almirante era James Lafever, el subdirector de Operaciones.
55

—Setenta y dos horas —anunció Von Daniken quitándose el abrigo y


lanzándolo sobre el respaldo de su silla—. Eso es todo lo que tenemos.
Ransom es nuestro hombre. No hay ninguna duda al respecto. Ya ha hecho
esto antes. Pone bombas. Lo hizo en Beirut, en Kosovo y en Darfur. Asesina a
personas y se le da bien.
El destacamento especial se había establecido en la «morgue», una
desangelada sala de conferencias situada en el sótano del cuartel federal de la
Fedpol. Se habían colocado cinco mesas en semicírculo. Habían bajado
ordenadores, teléfonos y fotocopiadoras. Era un centro neurálgico en busca de
una organización. En aquel momento sólo estaban presentes Seiler y
Hardenberg. La visión de las mesas vacías en aquella sala cavernosa no les
animaba mucho.
—Un momento, Marcus —dijo Max Seiler—. ¿A qué te refieres con lo de
«setenta y dos horas»?
Von Daniken cogió una silla y les contó a los dos hombres lo que había
descubierto.
—Se larga del país justo después de cometer la acción —dijo tras enumerar
los delitos de Ransom—. Al parecer nuestro doctor Ransom lo tiene todo
preparado para irse a Pakistán el domingo por la noche. Puede que finja que
no sabe que se acerca su traslado, pero sí que lo sabe. Sus hombres
probablemente mataron al pobre bastardo cuyo puesto se supone que va a
ocupar. Tenemos que localizar a Ransom y debemos hacerlo ahora. ¿Qué
sabemos de la furgoneta? Alguien debe de haberla visto.
Con «alguien» se refería a una cámara de vigilancia de algún lugar del
continente europeo entre Dublin y Dubrovnik.
—Ni rastro —contestó Hardenberg—. Myer está buscando en el ISIS para
ver si puede sacarles algo.
—Dos millones de cámaras y todas ellas ciegas. ¿Qué probabilidades
tenemos?
Von Daniken movía indignado la cabeza.
En ese momento se abrió la puerta y Kurt Myer entró arrastrando los pies y
apretándose el cinturón por encima de su enorme barriga.
—Aquí está —dijo Von Daniken—. Justo estábamos hablando de ti. ¿Qué
has encontrado?
Myer miró las caras ansiosas que le rodeaban. Le pareció que había
cambiado algo, pero no estaba seguro de qué era. Levantó un fajo de
fotografías con una mano.
—Leipzig hace diez días. Fue tomada cerca de Bayerischerplatz, al lado de
la estación de ferrocarril. Tenemos la furgoneta.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Von Daniken mientras se ponía en pie y
examinaba la foto.
La imagen mostraba con toda claridad una furgoneta Volkswagen blanca
con matrícula suiza conducida por un hombre con barba y gafas de montura
metálica.
—Gassan está al volante. Una vez que encontré el número de la matrícula
pude hacer una búsqueda avanzada. Di en el blanco en Zúrich hace siete días.
—Sacó otra fotografía—. Esta vez es Blitz quien está al volante.
—¿Exactamente dónde estaba situada la cámara? —preguntó Von Daniken.
—En la esquina de Badenerstrasse y Hardplatz.
—Eso está cerca de la empresa de Lammers, ¿no?
—No está lejos —respondió Myer—, a un par de kilómetros. Mira la
ventana de atrás. Hay algo de gran tamaño en el interior de la furgoneta.
Analizamos las fotos y llegamos a la conclusión de que son grandes cajas de
acero.
—¿El drone?
—Ni idea. Pero sea lo que sea, es grande y pesado. Mira lo bajo que va el
chasis sobre la suspensión. Compara esta imagen con las otras. Calculamos
que en la segunda foto la furgoneta lleva una carga de al menos seiscientos
kilos. —Myer cogió otra fotografía del montón y la enseñó—. La última que
tenemos fue en Lugano el sábado.
Lugano, a sólo treinta kilómetros de Ascona, donde vivía Blitz. Von
Daniken tenía razón respecto a los desconchones de pintura que había
encontrado en la casa de Blitz. La furgoneta había estado aparcada en el
garaje.
—Así que Gassan recoge los explosivos en Leipzig, se los entrega a Blitz
con La furgoneta y después él los lleva rápidamente a Suiza.
Blitz deja la furgoneta en Zúrich y recoge el drone en la fábrica de
Lammers. —Examinó las fotos un poco más—. ¿Es todo?
—Eso es todo lo que tenemos sobre la furgoneta blanca.
Von Daniken miró a Myer.
—¿Qué quieres decir con «la furgoneta blanca»? ¿Hay otra de la que no me
has hablado?
—Ahora lleva una furgoneta negra. La ha pintado.
—¿Cómo lo sabes?
—No sabemos dónde recogió la furgoneta blanca, pero sí sabemos que la
matrícula que llevaba fue robada a una furgoneta idéntica en Schaffhausen. La
mayoría de la gente no se molesta en denunciar este tipo de cosas a la policía.
Piensan que se trata de una gamberrada y denuncian la pérdida al
departamento de vehículos de motor. Gassan y sus compinches se creen muy
listos haciendo esto. Pero nosotros lo somos más. Supuse que si habían robado
un juego de matrícula podrían haber robado otro. Rebusqué y comprobé si
había denuncias de matrículas perdidas o robadas. El dueño de una furgoneta
Volkswagen negra de Lausana denunció hace dos semanas que sus matrículas
habían desaparecido. No penséis en la furgoneta, sino en las matrículas.
Busqué los números en el ISIS. Mirad lo que encontré. —Myer les enseñó la
última fotografía. Una furgoneta Volkswagen 8 × 10 negra pasaba rápido por
un cruce. Al fondo se veía un cartel publicitario de chocolate Lindt y la marca
de una conocida tienda de muebles—. La foto fue tomada ayer a las cinco de
la tarde a las afueras de Zúrich.
—Pero ¿cómo podemos estar seguros de que es la misma furgoneta?
—Compara los parachoques frontales de las dos furgonetas. En ambos se
percibe una abolladura debajo del faro. Y las dos tienen un ambientador con
forma de pino colgado del espejo retrovisor. Una cosa puede ser una
coincidencia, pero dos, nunca.
—Llama a la policía municipal —dijo Von Daniken—, que emitan una
orden de busca y captura de la furgoneta. Revisa las fotos de todos los
vehículos que se han tomado en la mitad este del país en las últimas
veinticuatro horas.
—Hecho.
Von Daniken se acercó la fotografía.
—¿Quién conduce? No puede ser Blitz. Para entonces ya estaba muerto. —
Le mostró la fotografía a Myer, quien frunció el ceño y se puso las gafas—.
Aquí hay algo raro. No parece normal.
—Llevemos la foto al laboratorio. Pueden ampliar la imagen y enviarla a la
Interpol para que la pasen por el programa de reconocimiento facial.
Myer salió de la sala.
Von Daniken giró la silla y dirigió su atención a los dos hombres que
seguían en la sala.
—Eso en cuanto al frente oriental. ¿Algún avance en el occidental?
Era el turno de Klaus Hardenberg, el investigador de cara rechoncha y
lechosa que había abandonado una carrera lucrativa en una empresa
internacional de contabilidad de Zúrich por los pastos ásperos y violentos del
orden público.
—Blitz realizaba sus operaciones bancadas en la Banca Popolare del Ticino.
Conseguimos el nombre del banco a través de la Eurocard, que lo identificaba
como la entidad bancada de la cuenta de Blitz. El balance medio mensual de
la cuenta era de doce mil francos. En cuanto a los pagos, en su mayor parte
son normales. Artículos para la casa. Facturas de las tarjetas de crédito. Gas.
Electricidad. El hombre sacaba quinientos francos todas las semanas, siempre
desde el mismo cajero automático de Ascona. En definitiva, un modesto estilo
de vida para un hombre que conducía un coche de lujo y vivía en una casa
valorada en varios millones de francos.
—A menos que no fuera suya —sugirió Von Daniken.
—Eso es exactamente lo que pienso yo. —Hardenberg sonrió ligeramente
—. En lo primero que me fijé fue en una transferencia electrónica a su cuenta
hace una semana por la cantidad exacta de cien mil francos. La nota del pago
decía: «regalo para P. J.». Al día siguiente Blitz sacó la cantidad total en el
banco de su sucursal en Lugano. Todo de confianza. Llamó, habló con el
director del banco y le explicó que se trataba de la entrada para un barco que
estaban construyéndole en Antibes.
—¿Alguien ha encontrado ese dinero en su casa?
—He preguntado al teniente Conti. No apareció nada.
—¿Quién hizo la transferencia de los cien mil?
—Bueno —respondió Hardenberg—, ahí es donde las cosas se ponen
interesantes. El dinero procedía de una cuenta numerada del Royal Trust and
Credit Bank de Las Bahamas, de la sucursal de Freetown.
—Nunca he oído hablar de él —dijo Von Daniken, cuya experiencia le
había llevado a estar en contacto con las instituciones financieras más
importantes del mundo.
Es un banco pequeño con un activo inferior a mil millones. No cuenta con
un espacio físico. Es una entidad burocrática. Sin embargo, si me permites,
me gustaría dejar a un lado a Blitz por un momento y pasar a Lammers.
Todos asintieron. Hardenberg repuso fuerzas tragando media lata de Red
Bull y encendiendo un Gauloise.
—Como decía, nuestra atención está puesta ahora en Theo Lammers —
prosiguió Hardenberg—. Su negocio iba en alza. Todas las cuentas están en
USB, que es un banco de primer orden. Hace nueve meses recibió una
transferencia de dos millones de francos de nada menos que del Royal Trust
and Credit de Las Bahamas.
—¿Dos millones del mismo banco? —Von Daniken se deslizó hacia el
borde de su asiento—. Si procedía de la misma gente que transfirió los cien
mil francos a Blitz, sabremos exactamente quién está financiando este
chanchullo. ¿Para qué era el dinero?
—Me he tomado la libertad de llamar a Micaela Menz, de Robotica. Los
fondos se destinaron a cuentas por cobrar. Eso quería decir que los dos
millones de francos eran por trabajos realizados. El problema era que no había
número de facturación adjunto a la transferencia. Ella no sabe para qué era el
dinero.
Myer miró a Von Daniken.
—Era para el drone.
Von Daniken asintió. Ahora estaban llegando a algo.
—¿El dinero procedía del mismo número de cuenta del Royal Trust and
Credit?
Hardenberg negó con la cabeza.
—Eso habría hecho que nuestras vidas fueran demasiado sencillas. Procedía
de una cuenta no relacionada, al menos no a simple vista. La posibilidad de
que Blitz y Lammers estén haciendo negocios con el mismo cuchitril de Las
Bahamas es de un millón a uno. Le transmití este pensamiento al señor Davis
Brunswick, el presidente del banco. No estuvo muy comunicativo. Al
principio lo intenté siendo simpático. Después le dije que a menos que me
diera alguna información sobre a quién pertenecen las cuentas, vería su banco
en la lista negra semanal que se envía a más de tres mil instituciones de Suiza
y se comparte con todas las agencias de orden público de Occidente.
—¿Funcionó?
Hardenberg se encogió de hombros.
—Claro que no —admitió—. Hoy día todos son tipos duros de roer. Tuve
que pasar al plan B. Por suerte había hecho los deberes sobre el señor
Brunswick antes de tener una conversación con él. Había descubierto que
mantenía varias cuentas en nuestro país por la friolera de veintiséis millones
de francos. Le di mi palabra de que si no soltaba información sobre quiénes
estaban detrás de estas cuentas —y cualquier otro que pudiera estar
relacionado con ellos—, me encargaría personalmente de que hasta el último
franco de su capital quedara congelado para el resto de su vida.
—El señor Brunswick cantó como un niño. Las dos cuentas numeradas
habían sido abiertas por la misma compañía fiduciaria, que es una filial del
Tingeli Bank. Es la misma compañía que realizó la compra del Villa
Principessa a nombre de una sociedad motriz de las Antillas Holandesas.
—¿Cómo descubriste que Brunswick tenía cuentas en nuestro país? —
preguntó Von Daniken.
Hardenberg hizo una mueca y movió su redonda cabeza calva.
—Confía en mí. No quieras saberlo.
Todos se permitieron soltar una carcajada.
Seiler se aclaró la garganta.
—Según recuerdo, Marcus, tú conoces a Tobi Tingeli.
Fue el turno de Von Daniken de hacer una mueca.
—Tobi y yo trabajamos juntos en la Comisión del Holocausto.
—¿Crees que estaría dispuesto a hacerte un favor?
—¿Tobi? No conoce el significado de esa palabra.
—Pero ¿se lo vas a pedir? —insistió Seiler.
Von Daniken pensó en Tobias Tingeli IV, Tobi, y los secretos que guardaba.
Tingeli era rico, vanidoso, presuntuoso y cosas peores. En cierto sentido
Marcus von Daniken había estado esperando diez años a que llegara este día.
La idea de cobrarse su venganza no le producía ningún placer.
—Sí, Max —afirmó en voz baja—. Se lo voy a pedir.
56

Las luces estaban apagadas. Había un accidente en el otro lado de la autovía.


Un río de coches estaba retenido hasta el horizonte. Entrecerrando los ojos,
Jonathan giró la mirada hacia el hombro, en un esfuerzo por atenuar el
resplandor. En algún lugar muy dentro de su cráneo había un repiqueteo que
sonaba sin piedad. Sal, le decía. Esto es demasiado para ti. No eres más que
un aficionado luchando contra profesionales.
El Rin seguía cien kilómetros hacia el norte. Alemania quedaba más allá.
Había varios caminos al otro lado de la frontera. Francia estaba casi igual de
cerca. Podía pasar por Ginebra y después cruzar por Annecy. En tres horas
podría estar tomando una fondue en Chamonix. Conocía bien la ciudad.
Confeccionó mentalmente una lista de pensiones y hoteles deportivos donde
podría esconderse durante unos días. Pero la idea de refugiarse no le sedujo.
Un refugio era algo temporal. Necesitaba una salida.
Salió de la autovía en Egerkingen, donde el camino se bifurcaba: al norte,
hacia Basilea; al este, hacia Zúrich. Había un restaurante de la cadena
Mövenpick, un motel y un centro comercial que satisfacían los caprichos de
los turistas. Aparcó y entró en el restaurante. Pidió rápidamente. «Schnipo und
ein cola, bitte». Filete empanado con patatas fritas y una Coca-Cola. La
comida favorita de los niños suizos.
Mientras esperaba le asaltaron imágenes del apartamento de Berna. «El
apartamento de Eva Kruger». Pensó en el cuidado que se había puesto en
amueblarlo de acuerdo con el carácter de ella; el tiempo y el esfuerzo que
fueron necesarios para llevar a cabo un artificio tan elaborado. Una vez
superado el engaño, era la disciplina lo que le sobrecogía. Ni una sola vez
había sospechado que ella pudiera ser agente de nada. Una espía contratada
por el aparato de inteligencia de una nación. Como un tonto, se había
imaginado que tenía una aventura. Pensó en el entrenamiento necesario para
engañar a un esposo durante ocho años.
Rebuscó en su bolsillo y tocó la alianza. Un momento después la sacó y la
examinó. Había algo en ella que no le gustaba. Se dijo que era porque no le
cabía. Salió a la luz, así que eso tenía que significar algo. Un mensaje. Un
recuerdo para ella. Eva Kruger no estaba casada, ¿entonces por qué la alianza?
Llegó la comida. Hacía diez minutos estaba hambriento. De repente dejó de
tener apetito. Dio un sorbo a la bebida y a continuación apartó el plato.
La alianza.
Estudió los números que había grabados en su interior. 2-8-01. Ocho de
febrero de 2001. ¿Dónde estaba él? En Sudán. Fue durante la estación seca,
cuando las moscas eran incontrolables. Pero la fecha no tenía un significado
especial para él y, por lo que sabía, tampoco significaba nada para Emma.
Y entonces se le ocurrió. No era la alianza de Emma. Era de Eva Kruger.
Había estado leyendo la fecha de forma incorrecta. Los americanos ordenan la
fecha con mes-día-año. Pero Eva Kruger era suiza. Habría grabado su
aniversario en el formato europeo: día-mes-año.
2-8-01.
Mientras miraba los números un frío incómodo surcó su estómago.
El dos de agosto de 2001 él y Emma Everett Rose se habían casado en una
sencilla ceremonia privada en Cortina, Italia. Sin familiares. Ella había
insistido en ello. Ni por la parte de él ni por la de ella. Tampoco nadie del
trabajo. «Éste es nuestro día, Jonathan —dijo ella—. El día en que te ofrezco
mi verdadero yo».
En el bolsillo exterior llevaba la PDA que había encontrado en casa de Blitz.
La unidad de memoria seguía conectada a ella. Con una tranquilidad
deliberada encendió el dispositivo portátil. Apareció el icono con el nombre
de Thor. Hizo clic sobre él y en la pantalla apareció la petición de una clave.
Introdujo los números del anillo.
La pantalla parpadeó y apareció la palabra Aceptado.
Estaba dentro.
La pantalla se iluminó de azul. Una única pestaña apareció en la parte
superior central con el nombre de Intelink. La palabra brillaba como un cartel
de neón que anuncia una vacante. Pulsó sobre ella. Durante un momento no
pasó nada. El estómago le dio un brinco. Otro callejón sin salida. Entonces la
pantalla se puso en blanco y apareció un texto que se fue desplegando línea a
línea. Estaba escrito en una especie de taquigrafía, cada entrada iba precedida
de una fecha, una hora y un nombre en clave que identificaba al remitente.
La entrada más reciente decía: 8-2; 15:16 HEC; Cormorán.
La fecha de hoy. Enviado a las 3:16 de la tarde por alguien que se hacía
llamar Cormorán.
Grajo entró en Thor. Intento tras la finalización fallido. Grajo herido y
huido. Solicito encuentro para informar sobre pormenores.
La entrada anterior era de tres horas antes, a las 12:10 HEC; enviado por
Gavilán.
Asunto: disponibilidad de nuevo vehículo Mercedes blindado. Hablado con
central de Daimler-Benz. No vehículos nuevos disponibles hasta finales
marzo. Uno usado: Color: Negro. Piel: gris. 100.000 km. Precio: 275.000 €.
Esperan su confirmación.
«Un blog», pensó Jonathan mientras sus ojos examinaban la pantalla. Un
sitio de internet vivo donde los espías se conectaban para informar de sus
misiones. Espionaje a tiempo real.
Rastreó la pantalla en busca de una dirección de la página web, pero no
aparecía ninguna. Accedió al directorio de archivos y después miró en el
buscador. La dirección que aparecía por defecto era http://
international.resources.net. Aquel nombre no significaba nada para él.
Volvió a la página principal de Enlace Intel. Más entradas:
7-2; 13:11 HEC. Halcón. Un mensaje enviado el día anterior por Halcón.
Confirmado Petirrojo en peligro. Cese de toda comunicación. Esperar
instrucciones de central.
7-2; 10:55 HEC. Cormorán. Grajo contactó conmigo. Con referencia a Thor.
Grajo posee PDA de Petirrojo. Dijo que Petirrojo muerto. Confirmado.
7-2; 09:55 HEC. Halcón, Transferencia aprobada.
7-2; 08:45 HEC. Petirrojo. Solicitud transferencia 100.000 francos suizos a
cuenta de BPT Reposición fondos perdidos.
Jonathan revisó el texto. Cormorán era Hoffmann. Gavilán era desconocido.
Halcón parecía ser el jefe. El que aprobó el pago y confirmó a sus agentes que
Petirrojo estaba muerto. Petirrojo era\Gottfried Blitz. ¿Y Emma? ¿Dónde
estaba?
Fue retrocediendo por las numerosas entradas buscando un momento
específico, una fecha. Lo vio. Martes. El día posterior al accidente de Emma.
5-2: 07:45 HEC. Halcón. Ruiseñor perdido en accidente de montaña. Grajo
vivo.
Ahí estaba. Emma era Ruiseñor. Jonathan era Grajo, como una pieza de
ajedrez. La torre. ¿O era grajo en el sentido de trampa o engaño22? «Eso tiene
más sentido», pensó enfadado. Y después se dio cuenta de que se equivocaba
en las dos cosas. Si a todos los agentes se les había dado nombres de aves, a él
también.
Grajo. El primo lejano del cuervo, pero era un pájaro más grande y agresivo.
Devorando una línea tras otra, reconstruyó los hechos de los últimos días
vistos desde el otro lado. Aquí estaba Blitz diciendo que el coche estaba en
Landquart y que los resguardos del equipaje habían sido enviados al hotel de
Emma. Después estaba la respuesta de Emma diciendo que el correo se había
retrasado debido a una avalancha sobre las vías del tren y que recogería los
bolsos al día siguiente. Las entradas fueron enviadas a las seis y media de la
tarde del día anterior a la escalada.
Jonathan levantó la mirada. El bullicioso restaurante se arremolinaba a su
alrededor. Las luces estaban demasiado fuertes. Las voces, demasiado altas.
Emma había estado en contacto con su red durante todo el tiempo.
Justo entonces apareció una nueva línea en la pantalla. Las letras
parpadeaban para asegurarse de que llamaban la atención del lector.
Una entrada de ese mismo momento.
8-2-08; 21:56 HEC. Halcón. P. J. aterrizó 20:16 ZRH. De camino al hotel.
Reunión confirmada 9-2-08 14:00 Belvedere. Trae notificación de envío.
Canjeo por Oro.
Mañana, 9 de febrero, a las dos de la tarde. Conocía el Hotel Belvedere de
Davos. Un palacio de cinco estrellas para ricos y famosos. Pero ¿quién era P.
J.? ¿Y qué era el «Oro» que pensaba canjear por la notificación de envío?
Y entonces, casi de forma instantánea, una respuesta de Cormorán.
«Confirmación enviada». Hoffmann se dirigía a Davos Las letras
parpadearon cinco segundos y después volvieron a su tamaño normal.
Por primera vez Jonathan se dio cuenta de que había una pestaña en la parte
inferior de la página que tenía el nombre de Referencia. Pulsó sobre la palabra
y fue recompensado con una lista de hiperenlaces. Más códigos. La fecha,
seguida por un nombre que conocía bien: ZIAG. Zug Industriewerk.
Abrió el primer enlace.
Se trataba de un albarán en el que se detallaban los contenidos de un envío
desde ZIAG a Xanthus Medical Instruments en Atenas. 200 sistemas de
navegación GPS. Precio: veinte mil francos suizos la unidad. Para ser
enviados el viernes, 9 de febrero, desde Zúrich hasta Atenas en un avión de
Swissair a las siete de la tarde.
¿Era ésa la notificación de envío que se mencionaba antes en la instrucción
de Halcón a Cormorán?
Pulsó en los otros enlaces. Más de lo mismo. Facturas detalladas. No con
sistemas de navegación GPS, sino bombas de insulina, tubos de succión y
extrusoras de carbono. Enviado el 10 de diciembre, de Zúrich a El Cairo vía
Niza. Enviado el 20 de noviembre, de Zúrich a Dubai. Enviado el 21 de
octubre de Ginebra a Amman vía Roma. El destino final siempre era Oriente
Medio.
Los envíos se remontaban a varios meses atrás. El primero se había hecho el
12 de octubre, algo más de seis semanas después de que él y Emma volvieran
de Oriente Medio.
Mientras Jonathan volvía a leer la lista de productos se dio cuenta de que
había acertado transmitiendo sus sospechas a Hoffmann. «Están fabricando
cosas que no deberían y se las van a entregar a gente que no debería tenerlas».
Pero ¿quién era P. J.? ¿Y qué hacía en el Foro Económico Mundial de
Davos?
Jonathan terminó de comer y pagó la cuenta en efectivo. Salió del
restaurante, se detuvo en un quiosco que había al lado y examinó la oferta de
periódicos. Casi todos tenían un titular relacionado con el Foro Económico
Mundial. Compró dos diarios suizos así como el Herald Tribune y el
Financial Times. Los dobló debajo del brazo y atravesó el aparcamiento hasta
el Mercedes.
Al girar hacia su pasillo se encontró de frente las luces de un coche que
avanzaba despacio. Tardó un momento en distinguir las sirenas que tenía en la
parte superior. Siguió andando con paso firme directo al coche de policía. Una
patrulla de dos hombres. Una linterna iluminó una matrícula, después la
siguiente. Llegó a su coche y entró en él. Un momento después la cabina se
inundó de luz. Esperó conteniendo la respiración en el pecho. La iluminación
hizo que se vieran fácilmente los periódicos en el asiento del copiloto. Una
fotografía en la portada del Neue Zürcher Zeitung mostraba a un hombre de
Oriente Medio dando un apasionado discurso. El pie de foto lo identificaba
como Parvez Jinn, ministro iraní de Tecnología, y decía que debía dar una
alocución en el FEM de Davos el viernes por la tarde en la que informaría de
las aspiraciones nucleares de su país.
Parvez Jinn. Jonathan no pasó por alto sus iniciales. Había encontrado a P. J.
A continuación el coche volvió a quedar a oscuras. La linterna pasó al
siguiente vehículo. Se preguntó si ésta había sido una comprobación rutinaria
o si él era el objetivo.
Puso el motor en marcha y salió del aparcamiento.
Volvía a las montañas.
Se dirigía a Davos.
57

Tobias Tingeli vivía en una imponente mansión victoriana en la colina de


Zúrichberg, cerca del Gran Hotel Dolder. Aquella construcción de piedra de
cuatro plantas había sido de su padre y, antes de él, del padre de su padre, y
así hasta 1870, cuando el primer Tobias Tingeli amasó su fortuna financiando
al káiser Guillermo I en su guerra contra Napoleón III.
La relación entre Alemania y aquel banco privado había seguido siendo
estrecha a lo largo de los años. Durante la Segunda Guerra Mundial el Banco
Tingeli había sido un paraíso no sólo para los nacionalsocialistas que
negociaron la mayor parte de sus ventas de oro a través de sus oficinas, sino
también para los americanos, los británicos y los rusos, cuyos servicios de
espionaje lo encontraron igualmente cómodo. Desde entonces el banco se
había contentado con una clientela privada, pero los rumores de actividades de
naturaleza dudosa casi se desvanecieron.
—Entra, Marcus —dijo en voz alta Tobias Tingeli—. Me sorprendió tener
noticias tuyas.
Von Daniken sonrió. «Te sorprenderías mucho, sin duda», pensó.
—Hola, Tobi. ¿Va todo bien? Espero no molestarte.
—En absoluto. No te quedes ahí de pie. Deja que coja tu chaqueta.
Tobias Tingeli IV, Tobi para los amigos, era la nueva generación del banco.
Un hombre joven, diez años menor que Von Daniken. Abrió la puerta vestido
con unos vaqueros desgastados, un jersey de cuello alto negro y un pelo
azabache y abundante despeinado a la moda. Parecía más un artista que un
hombre de negocios.
Von Daniken le entregó su abrigo. Cuando le visitó hacía diez años había
una legión de sirvientas y mayordomos uniformados listos para traer los
abrigos y servir cócteles. Se preguntó si Tingeli había renunciado al lujo o si
les había dicho que se fueran antes de la visita. Los dos hombres compartían
lo que podría llamarse un pasado muy secreto, y la actitud efervescente de
Tobi Tingeli no le sirvió para ocultar que no le gustaba tener a Von Daniken
en su casa.
—Sígueme, Marcus. Recuerdas el camino, ¿no? —Tingeli lo llevó a su sala
de estar, donde un gran ventanal parecía devorar el lago de Zúrich—. ¿Te
apetece una copa? —preguntó, quitando la tapa a un decantador de cristal
tallado.
Von Daniken rehusó.
—Como te comenté, es un asunto de cierta urgencia —empezó a decir—.
Tendré que pedirte que todo lo que hablemos esta noche quede entre nosotros.
Sé que puedo contar con tu discreción.
Tingeli asintió con seriedad. Se sentaron uno frente al otro en unos sillones
de piel a juego. Von Daniken le explicó los aspectos básicos de su
investigación sobre Lammers y Blitz: sus asesinatos, los explosivos plásticos
encontrados en el garaje de Blitz y sus conexiones con el terrorista Walid
Gassan. Tuvo cuidado de no mencionar la amenaza contra el avión de
pasajeros.
—Hemos seguido la pista a sus recursos financieros hasta llegar a una
compañía constituida por vuestra filial de Liechtenstein, una entidad llamada
Excelsior Trust.
—¿Tienes alguna idea de cuántas leyes estaría incumpliendo si divulgara
información sobre mis clientes?
—Si quieres, puedo hacer que Alphons Marti emita una orden.
Rechazó la sugerencia con un movimiento de la mano.
—Olvídate de las normas. Estoy dispuesto a apostar a que los nombres de
ese consorcio pertenecen a abogados. Ellos son los que lo saben todo. Ve tras
ellos.
—Dame sus nombres y lo haré. Según recuerdo, un consorcio debe tener un
determinado número de consejeros. Sus nombres deben estar en la
documentación administrativa.
Tingeli mostró su deslumbrante sonrisa.
—Me gustaría colaborar, pero si se corre el rumor de que estamos
trabajando con el gobierno, será el final de nuestro negocio.
Von Daniken contempló la decoración de la habitación. El mobiliario era
minimalista y escaso. Toda la atención tenía que centrarse en las paredes. A
su derecha había colgado un óleo gigante, una especie de pesadilla psicológica
abstracta que, sin duda, estaba valorada en diez o veinte millones de francos.
Era barata en comparación con el Paul Klee que había enfrente. El año pasado
se había vendido un Klee por el precio más alto que jamás se ha alcanzado en
una subasta. Unos ciento treinta millones de dólares. Tingeli podía perder uno
o dos clientes y aun así estar entre los hombres más ricos de Europa.
—Me temo que no te estoy pidiendo ayuda. Te lo ordeno. A primera hora de
la mañana quiero ver toda la documentación que tengas sobre el consorcio que
poseen esas empresas en Curaçao. Los nombres de los abogados, los
consejeros, todo.
—El gobierno no tiene derecho a ordenarme nada.
—¿Quién ha hablado del gobierno?
—Vamos, Marcus, a nadie le importan ya esos viejos asuntos. La guerra
terminó hace setenta años. La gente apenas recuerda a Hitler, deja en paz a los
nazis. Además ya pagamos nuestra deuda. Mil millones de dólares sirven para
comprar mucha comprensión.
Como parte de su trabajo en la Comisión del Holocausto, a Von Daniken le
habían delegado la investigación del grado de colaboración entre la banca
suiza y la oficina central de administración económica de las SS, la agencia
encargada de dirigir las transacciones financieras del Tercer Reich. Si los
bancos suizos habían sido negligentes en su conducta respecto a los
supervivientes de la guerra, la amplia mayoría podía afirmar con la conciencia
tranquila que sólo habían seguido las normas establecidas para garantizar la
privacidad y seguridad de los depósitos de sus clientes. Las mismas normas
que denegaban a los herederos de sus clientes fallecidos el acceso a su dinero
también impedían el acceso a fuerzas menos escrupulosas; a saber, un
constante desfile de oficiales alemanes enviados a Zúrich, Basilea y Ginebra
con órdenes de apropiarse del dinero de los judíos encarcelados y que pronto
estarían muertos y quitárselo a los banqueros.
Sin embargo había un banco que no había sido tan estricto como los demás
en el cumplimiento de estas normas. El Banco Tingeli no sólo había
colaborado con los alemanes y traspasado millones de francos de sus
legítimos —y judíos— dueños al Tercer Reich, sino que había creado una
oficina interna para oficiales de las SS con objeto de saquear esas cuentas de
forma sistemática.
Von Daniken había descubierto todo esto en su investigación y, lo que es
más, una fotografía del abuelo de Tobi Tingeli, Tobias II, en compañía de
Hermann Goering, Joseph Goebbels y el Reichsführer Adolf Hitler. En ella
Tingeli llevaba un uniforme negro de oficial de las SS con el rango de
Standartenführer o coronel.
La noticia del descubrimiento fue ocultada con vehemencia. A cambio del
silencio de la Comisión, el Banco Tingeli había donado cien millones de
dólares al fondo de supervivientes. Caso cerrado.
—Tienes razón —dijo Von Daniken—. La guerra terminó hace tiempo.
Estoy hablando de algo más reciente.
Sacó un sobre del bolsillo y se lo entregó al banquero. Tobi Tingeli lo abrió.
Había varias fotografías dentro. No fotos de antiguos nazis del pasado, sino
algo igualmente sorprendente.
—¿De dónde has sacado esto?
La cara de Tingeli palideció al instante.
—Mi trabajo es investigar a los extremistas. Yo diría que lo que se ve en
esas fotografías cumple los requisitos. No es extremismo político, sino una
conducta algo más embarazosa. ¿Sabes? No me gustas, Tobi. Tampoco me
gusta tu padre. Desde hace mucho tiempo se te ha permitido pagar para tener
una conciencia tranquila. Te he estado vigilando. Siempre supe que eras un
tipo extraño. Pero no sabía hasta qué punto.
Había sólo dos fotografías, pero eran más que suficientes. La primera
mostraba a Tobi Tingeli delante de un mostrador en un cuarto oscuro vestido
con la casaca de las SS de su abuelo y la gorra con la calavera ladeada sobre
su cabeza. No llevaba nada más, ni pantalones ni calcetines ni zapatos. Estaba
de pie con una erección en una mano y un látigo en la otra, flagelando el culo
blanco y peludo de un hombre inclinado hacia delante.
La segunda fotografía era más estrambótica si cabe. En ella Tingeli estaba
de rodillas vestido de la cabeza a los pies con un traje de látex negro con
orificios para los ojos, la nariz y la boca. Tenía las manos esposadas a la
espalda y la cabeza enterrada en la entrepierna de una mujer. En realidad su
cara no era visible, pero el enorme sello de oro grabado con el blasón de su
familia que llevaba en la mano derecha sí que lo era. Los policías de la secreta
se habían reído de ello durante meses.
—No son algo que motive a los accionistas, ¿verdad? Me imagino que a la
prensa sensacionalista le encantaría echarles el guante. Si quisiera, podría
asegurarme una buena jubilación. ¿Qué crees que pagarían? ¿Cien mil?
¿Doscientos mil?
Tingeli lanzó las fotografías a una mesa auxiliar.
—Cabrón.
—Puedes estar seguro.
Tingeli se puso de pie.
—Tendrás los nombres por la mañana, pero quiero las fotografías.
—Trato hecho. —Von Daniken se dirigió hacia la puerta principal—. Y
recuerda que siempre puedo conseguir más.
58

Alphons Marti asomó la cabeza por el despacho vacío de Marcus von


Daniken. Las luces del techo estaban apagadas. Sólo estaba encendida una
lámpara del escritorio, que proyectaba una aureola sobre los papeles que
cubrían la mesa. Eran las ocho de la tarde y había venido para que le
informaran sobre los avances del día. Caminó por el vestíbulo hasta que
encontró un despacho que seguía ocupado.
—Perdone —se disculpó llamando a la puerta—, busco al señor Von
Daniken.
Un hombre corpulento y calvo respondió rápidamente desde su escritorio.
—Hardenberg, señor. Me temo que el inspector general Von Daniken no se
encuentra aquí en este momento.
—Ya lo veo. Tenía que ponerme al corriente sobre lo que se ha hecho hoy.
—No suele faltar a sus citas. ¿Lo tenía planeado?
Marti evitó la pregunta. Había hecho la visita sin avisar. No quería dar
tiempo a Von Daniken a que manipulara sus hallazgos.
—¿Dónde está?
—En Zúrich, investigando una pista sobre la financiación de la operación.
—¿En serio? ¿No están cerrados los bancos a estas horas?
—No está en un banco; está visitando a Tobias Tingeli. Se conocen de la
Comisión del Holocausto. Puede localizarlo en su teléfono móvil.
Marti se quedó pensando.
—No es necesario —dijo pasado un momento—. Seguro que usted puede
informarme. Dijo que han descubierto una pista sobre la financiación de esta
operación. ¿Tiene alguna idea de qué grupo está detrás de la trama? ¿Es la
Guardia Revolucionaria? ¿Al Qaeda? ¿La Yihad Islámica? ¿O alguna
organización de la que no tenemos noticias?
—Aún no estamos seguros —contestó Hardenberg—. Todo lo que sabemos
es que la casa de Blitz fue comprada por una compañía extranjera con base en
Curaçao. Cuando descubramos quién pagaba sus facturas estaremos mucho
más cerca de saber quién está detrás de este atentado.
—¿Cuál es el impedimento?
—La ley, señor. Las actuales exigencias de confidencialidad bancada hacen
que nos sea difícil conseguir la información que necesitamos. Aun así el señor
Von Daniken confía en poder sortearlas. Tiene una relación estrecha con
ciertos banqueros.
—Sí, sí, por supuesto —dijo Marti elogiosamente, tratando de parecer
encantado con aquello—. Sigan trabajando así.
Hardenberg le acompañó a la puerta.
—Le diré al señor Von Daniken que ha pasado por aquí. Estoy seguro de
que no quería faltar a la reunión.
Marti se apresuró escaleras abajo. Era un hombre con una misión.

De vuelta en su despacho del Bundeshaus, Marti rebuscó en los archivos


hasta que encontró la documentación relativa a la solicitud del gobierno a
Swisscom, la autoridad nacional de las telecomunicaciones, de un registro de
todas las llamadas de teléfono de Blitz, Lammers y Ransom. Con los
documentos en la mano llamó al ejecutivo de Swisscom encargado de las
relaciones judiciales.
—Necesito un registro completo de todas las llamadas hechas a estos
números y desde ellos —pidió después de presentarse. Dio los números de
teléfono de Marcus von Daniken del trabajo y de casa, y el móvil.
—Por supuesto. ¿Hay algún periodo de tiempo que le interese?
—El lunes pasado de ocho de la mañana a cuatro de la tarde.
—¿Solamente el lunes pasado?
—Eso es todo —dijo Marti—. ¿Para cuándo puede tenerlo?
—Mañana a mediodía.
—Lo necesito para las ocho de la mañana.
—Lo tendrá.
Marti colgó. En menos de doce horas tendría su prueba.
59

Jonathan condujo hasta quedar exhausto. Se salió de la autopista en


Rapperswil, en el extremo sur del lago de Zúrich, y maniobró por ciudad en
dirección a las colinas del otro lado. Cuando llevaba diez minutos sin ver
casas ni luces de otros coches aparcó en el arcén y paró el motor. Quedaban
otros cien kilómetros para Davos.
Estudió detenidamente los periódicos que había comprado con la linterna de
emergencia sujeta en la pared interior de la guantera. Sabía muy poco del Foro
Económico Mundial aparte de lo que había visto en las noticias de la
televisión.
El FEM era una conferencia anual que reunía a unos mil políticos y líderes
empresariales de todo el planeta para intercambiar información sobre algún
tema considerado de vital importancia para el bienestar del mundo. El tema de
este año era la proliferación de armas nucleares. Un artículo decía que
asistirían unos «dieciocho jefes de Estado, doscientos jefes de Gobierno y
cuarenta y siete consejeros delegados de las cien empresas más importantes
según la revista Fortune». Entre los invitados de este año estaban dos ex
presidentes de Estados Unidos, el primer ministro británico, el sultán de
Brunei, el rey de Jordania y los presidentes de Shell Oil, Intel y Deutsche
Bank, por nombrar algunos.
Un artículo del Financial Times hablaba de las condiciones de seguridad del
evento. Unos tres mil soldados reforzarían a un equipo de doscientos policías
locales en la protección del Foro Económico Mundial. No se permitía la
entrada a nadie sin una inspección previa. Había fotografías de grandes vallas
que atravesaban campos cubiertos de nieve, imponentes focos y centinelas
armados con pastores alemanes. Según se veía en las fotografías, Davos
parecía más un campo de concentración que una estación de esquí.
En el Tages-Anzeiger encontró un artículo que hablaba de una empresa
suiza que fabricaba los lectores de las tarjetas de identificación utilizados por
las autoridades de orden público para controlar el acceso al evento. El director
general de la empresa se jactaba de que nadie podría burlar sus lectores de
tarjetas. Decía que había tres niveles de seguridad. La zona verde era libre
para los residentes y visitantes que aun así tenían que presentar un formulario
de identificación en alguno de los tres puestos de control de seguridad antes
de que se les expidiera una tarjeta identificativa oficial del Foro, que debían
llevar colgada del cuello en todo momento. La zona amarilla rodeaba la parte
de la ciudad más cercana al Kongresshaus donde tendría lugar el Foro, así
como las zonas comunes cercanas a los hoteles que alojaban a los asistentes
más importantes del evento. Para acceder a la zona amarilla era necesaria una
invitación oficial al evento y una inspección previa por parte de la policía
federal suiza.
La zona roja incluía el Kongresshaus, donde se celebraban todas las
conferencias y las reuniones de los diferentes grupos de trabajo, así como el
Hotel Belvedere, donde se alojaban muchos de los invitados más importantes.
Las insignias identificativas que permitían a los visitantes el acceso a estas
zonas no sólo llevaban una fotografía, sino también dispositivos de memoria
en los que se incluía la información pertinente sobre esa persona. Aquellos a
los que se les concediera el acceso a la zona roja tenían sus propios lectores
personalizados. Éstos escaneaban una superficie de diez metros cuadrados
alrededor de ellos para recoger señales de los demás asistentes, que
transmitían a la pantalla del lector el nombre de la persona, su fotografía e
información sobre ella. Aunque nadie dejaría de reconocer a Bill Gates o a
Tony Blair, el ministro del petróleo de Arabia Saudí era otra historia.
Jonathan vació todo lo que había en la guantera en el asiento del copiloto.
Pensó que si Emma tenía que entregar el coche a P. J. en Davos, tendría que
haberle dado una identificación que le permitiera acceder a la zona roja.
Examinó la guía de usuarios del automóvil, un misal y los documentos de la
aduana. Después se inclinó y pasó una mano por la superficie de la guantera.
No había nada.
Se quedó pensando. Si la identificación no estaba en los bolsos que Blitz
envió a Landquart, tenía que estar en el coche. Pero ¿dónde? El manual de
usuario explicaba que el blindaje no era la única característica del vehículo.
También presumía de tener llantas de aleación, frenos antideslizantes y
aparcamiento automático.
Encontró lo que buscaba en el epígrafe «características específicas»: una
caja fuerte oculta debajo del asiento trasero. Salió del coche y abrió la puerta
de atrás. Se agachó y tiró de una lengüeta que había en el centro del asiento.
Se elevó. En el espacio que había debajo de él encontró una caja de acero
negro mate. Abrió el seguro y vio un sobre de papel manila con el nombre de
Eva Kruger. Lo rasgó y cayó en su mano una tarjeta identificativa de plástico
colgada de un cordón de tela. La identificación había sido emitida por el Foro
Económico Mundial y llevaba la misma fotografía que el permiso de
conducir. Había más cosas dentro: un pasaporte francés con la fotografía de
Parvez Jinn y un teléfono móvil.
Un pasaporte que hacía juego con los cien mil francos suizos y el Mercedes
blindado. Todo ello, supuso Jonathan, a cambio del «Oro» que aportaría
Parvez Jinn, ministro de Tecnología de la República Islámica fundamentalista
de Irán.
Descolgó el teléfono. Era un modelo de los más baratos. Le dio la vuelta y
vio que había sido cargado con cincuenta francos suizos. ¿Por qué dejar a
Emma un teléfono a menos que tuviera que llamar a alguien..., alguien que
sólo quería que se le llamara a cierto número? ¿Parvez Jinn? Comprobó el
directorio, pero no encontró ningún número en la agenda. Se preguntó si se
suponía que Jinn debía llamarla. Eso tenía más sentido. El ministro de
Tecnología tendría que encontrar el momento adecuado cuando estuviera sin
guardias.
Jonathan empezó a encontrar explicación a lo que estaba ocurriendo. No lo
descifró todo, sólo lo básico. Envíos a cambio de información. «Oro», lo
llamaban ellos. Sólo había un tipo de producto que él imaginaba que desearan
los iraníes; productos que el mundo occidental les había prohibido.
Con el corazón palpitando fuerte, se incorporó en el asiento. Se conectó al
Enlace Intel y comenzó a repasar las listas de envíos. Centrifugadoras,
unidades de navegación y tubos de succión. Fue examinando los meses
anteriores: diciembre, noviembre, octubre. Extrusoras de carbono. Acero
martensítico. Sistemas de refrigerado. Y más atrás: septiembre, agosto.
Imanes circulares. Termocambiadores. No tenía duda de que esos artículos
llevaban etiquetas falsas. Daba igual que él conociera o no sus verdaderos
usos. Sabía cuál era su finalidad y eso era suficiente.
De repente le invadió una necesidad de salir del coche. Salió tambaleándose
y se puso a andar carretera arriba. Sus pasos se volvieron más grandes y
empezó a correr por la cuesta, esforzándose, deleitándose con la quemazón de
sus piernas, el latir de su corazón y el desgaste de su respiración.
Su mente emprendió el vuelo y se imaginó en las montañas, en el interior de
la selva, en ese instante en que llevas unos días de expedición y te das cuenta,
al menos por ahora —por un breve momento—, de que has dejado todo atrás:
tu pasado, presente y futuro. Era un mundo nuevo, diferente de todo lo que
había habido antes, sin cadenas que te aten ni expectativas que te hagan seguir
adelante. No eras más que un hombre solitario, a solas con las rocas, los
árboles y los arroyos que fluyen rápidos. Un corazón que late rodeado de un
mundo que había estado allí desde mucho antes de que el ser humano
comenzara a echarlos perder. En ese momento estabas descarada y
gloriosamente vivo.
Diez minutos después llegó a la cima de la colina. Un montón de piedras
había sido erigido en la cumbre. Lo rodeó con los pulmones ardiendo y los
ojos escociéndole por el frío. Al norte, la larga y curvada sombra del lago de
Zúrich caía como una guadaña rodeada de joyas brillantes.
Al sur, el valle era largo y oscuro, iluminado a cierta distancia por racimos
de luces. Casi a un kilómetro de distancia, las estribaciones de los Alpes se
alzaban más allá del llano, emergiendo de la tierra lisa y fértil como enormes
acantilados de granito que se elevaban verticales y planos a mil metros o más,
y cubiertas de cumbres dentadas.
«¿Por qué, Emma? —reclamó en silencio—. ¿Cómo podías enviar esos
materiales al país más peligroso del mundo? Es para fabricar bombas. Y no
cualquier tipo de bomba, sino la gran bomba».
Después de un rato emprendió el descenso. En diez minutos llegó al
Mercedes. Subió en él y encendió la calefacción. Una pregunta le acompañaba
por encima de las demás:
¿Para quién trabajaba?
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, pero su mente estaba acelerada.
No se durmió hasta mucho más tarde, cuando las primeras luces del alba se
levantaban sobre el horizonte iluminando el cielo con un gris muerto y pálido.
60

«No es asunto tuyo. Déjalo. Sólo puede perjudicarte».


Philip Palumbo pensó en aquellas palabras y después se inclinó sobre el
asiento delantero de su coche y sacó la pistola de servicio de la guantera. El
hecho de que nadie tomara partido era el motivo de que el mundo estuviera en
unas condiciones tan lamentables.
La pistola era una Beretta de 9 milímetros que conservaba de sus tiempos
como oficial de la división aérea 82. Le había dedicado catorce años al
ejército, incluyendo el tiempo que pasó como cadete en West Point y fue
ascendiendo hasta llegar a comandante antes de salirse. Había muchas
oportunidades en el sector privado para un hombre con su experiencia, pero
nunca había demostrado demasiado interés por hacerse rico. Siete semanas
después de firmar sus documentos de separación se unió a la CIA. Y pese a
todo lo que había visto y hecho, seguía considerándola la mejor decisión que
había tomado nunca. No le gustaba la idea de dejarlo todo.
Comprobó que el cargador estaba lleno, colocó una bala y cerró el seguro.
Era una casa de dos plantas de estilo colonial con contraventanas de color
verde oscuro. Subió las escaleras de dos en dos y llamó al timbre. Un hombre
delgado y poco atractivo que llevaba una rebeca gris y unas gafas atadas a una
cadena que le colgaba del cuello abrió la puerta.
—Ha venido, Phil —dijo el almirante James Lafever, subdirector de
Operaciones de la CIA—. Un asunto de cierta urgencia, imagino.
Palumbo entró en la casa.
—Agradezco que me reciba con tan poco tiempo de aviso.
—No es ningún problema. —Lafever le hizo pasar a un vestíbulo espacioso.
Era viudo y vivía solo—. ¿Quiere un café?
Palumbo rehusó.
Lafever entró en la cocina y se puso una taza de café humeante.
—He oído que consiguió una sólida información de Walid Gassan que
ayudó a que se evitara un atentado.
«Lo sabe —pensó Palumbo—. Alguien le ha avisado».
—Lo cierto es que he venido por eso.
Lafever le puso azúcar al café y después hizo una señal a Palumbo para que
hablara.
—Al volver de Siria recibí una llamada de Marcus von Daniken, que dirige
el servicio de contraespionaje suizo. Estaba investigando el asesinato en
Zúrich de un hombre llamado Theo Lammers, un holandés al que dispararon
en la puerta de su casa. Fue obra de un profesional. Limpio. Sin testigos.
Lammers era dueño de una empresa que diseña y fabrica sofisticados sistemas
de orientación. A la vez construía drones, vehículos aéreos no tripulados.
Pequeños, grandes, de todo tipo. Von Daniken estaba investigándole cuando
asesinaron a un colega de Lammers, un iraní llamado Mahmoud Quitab, que
residía en Suiza bajó el nombre de Gottfried Blitz. ¿Le suena algo de esto?
—¿Debería?
—Con el debido respeto, señor, creo que debe sonarle bastante.
Lafever añadió leche al café. Cuando volvió a mirar a Palumbo su expresión
había cambiado. La parte social de la visita quedaba oficialmente concluida.
—Siga, Phil. Dejemos mi intervención para el final.
Palumbo supo que era una orden cuando oyó aquello.
—Llamé a Marcus para ponerle al corriente de los pormenores del
interrogatorio de Gassan.
—¿Se refiere a la implicación de Gassan en una trama para derribar un
avión?
—Eso es. Von Daniken, como poco, se sorprendió. Resulta que los dos
caballeros fallecidos a quienes estaba investigando eran conspiradores de
Gassan.
—Vaya coincidencia.
La voz de Lafever dejaba claro que no sabía nada.
Palumbo continuó.
—Al día siguiente Von Daniken recibió un informe del forense que decía
que las dos víctimas fueron asesinadas por alguien a quien le gustaba mojar
sus balas con veneno. El forense había preguntado por ahí por si alguien se
había encontrado alguna vez con un caso similar. Uno de sus colegas de
Scotland Yard sabía exactamente de lo que hablaba. Aquel hombre era un
antiguo marino británico y contó que el mismo veneno se había utilizado en
El Salvador a principios de la década de 1980. Supongo que era una práctica
común entre los indígenas de allí, algún tipo de vudú local para ahuyentar a
los malos espíritus. El inglés dijo que pensaba que fuimos nosotros quienes
les entrenamos. Según él, quienquiera que asesinara a Lammers y a su
compañero habría trabajado para la CIA en algún momento. Von Daniken
quiere saber si estamos llevando a cabo una operación en su territorio. Señor,
si tenemos una información creíble sobre una célula que quiere derribar un
avión de pasajeros en el espacio aéreo suizo, es nuestro deber mantenerles
informados.
—¿Y qué le dijo usted? —preguntó Lafever.
—Le dije que lo investigaría.
—¿Y desde entonces no ha hablado con él?
Palumbo negó con la cabeza.
—Usted dirigía el puesto de San Salvador en aquel entonces. ¿No fue
Zenaida una de sus operaciones?
—Eso es información secreta.
—Tengo autorización para obtener información secreta. Uno de los
indígenas fue recomendado para su reclutamiento. Su nombre era Ricardo
Reyes. Su madre era medio indígena. Fue entrenado en la Granja y después lo
enviaron al extranjero. Sigue estando en nómina.
—Ha estado investigando, ¿no es así?
—Supongo que fue él quien apretó el gatillo.
El almirante Lafever se acercó y Palumbo pudo oler su aliento a café.
—¿Lo que le preocupa es una de mis operaciones?
Palumbo cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y sintió que la pistola
se le hincaba en la espalda.
—No. Esto no me concierne. Es sólo que pude conseguir cierta información
sobre Lammers, el hombre al que asesinaron de un disparo en Zúrich.
—¿Y bien?
—Señor, tenemos un informe extensísimo sobre ese hombre. Estuvo en
nuestra plantilla diez años. Trabajó en espionaje industrial y fue despedido de
nuestra subestación de Londres. Desapareció de nuestros registros en 2003.
Me pregunté por qué razón Walid Gassan entregaba explosivos a hombres
incluso remotamente relacionados con el gobierno de Estados Unidos. Había
algo que no me cuadraba en todo aquello. Hice algunas llamadas por la ciudad
para averiguar si Lammers había cruzado al otro lado.
—¿Qué descubrió?
—Pues sí, se había pasado al otro lado. Lammers fue captado por el
ministerio de Defensa dos años atrás. En el momento de su muerte trabajaba
como consultor para el Servicio Secreto de Defensa. Almirante, ¿puede
decirme qué diablos estamos haciendo sacando agentes americanos?
—Pensé que a usted le preocuparía más saber por qué el Pentágono está
tratando de derribar un avión de pasajeros.
—Ésa era mi siguiente pregunta.
Palumbo había estado esperando una diatriba. En lugar de ello Lafever dejó
su taza de café y sonrió lóbregamente.
—¿Está usted familiarizado con una unidad llamada División?
—¿División? No, señor.
—Creía que sí. —Lafever le condujo agarrándole del brazo hacia una puerta
Corredera que había en la cocina—. Salgamos. Necesito fumar.
Palumbo siguió a Lafever al balcón de atrás y bajaron unas escaleras hasta
el patio. Era una tarde fría, con un cielo sombrío y desolador. Sus pies hacían
crujir la nieve mientras deambulaban entre unos matorrales de árboles secos.
—Se trata de ese Austen. Él es el problema —dijo Lafever sacando un
cigarrillo de un paquete de Marlboro—. Ese loco cristiano hijo de puta va a
acabar conmigo. Entre todas sus reuniones de oración y toda esa brujería
fundamentalista no puede evitar estar metido en todos los fregados.
—¿Se refiere al general de división de las Fuerzas Aéreas, John Austen?
—El mismo. Todo comenzó hace ocho años, incluso antes del 11 de
septiembre. Los chicos del Pentágono querían empezar a realizar operaciones
clandestinas en territorio extranjero. Estaban hasta las narices de ver cómo los
terroristas estaban tomando nuestras instalaciones en el extranjero y le habían
tomado gusto a ir por ahí diciendo que los de la CIA no podíamos hacer nada
por detenerlos. Las torres Khobar de Arabia Saudí, los atentados en nuestras
embajadas de Nairobi y Dar es Salaam, los numerosos ataques contra las
multinacionales americanas que operan en el extranjero. Austen acudió al
presidente para preguntarle si podía reunir a un equipo de operadores e
intentar hacer algo. El presidente no necesitó que lo convenciera. Había
estado dándonos duro para que descubriéramos quién estaba detrás del ataque
al USS Cole y no pudimos ayudarle. El equipo de Austen encontró a los
culpables enseguida. Treinta días después el presidente firmó una directiva
presidencial sobre seguridad nacional que autorizaba al ministerio de Defensa
a dirigir unidades en el extranjero.
—Lo llamaron División. Austen lo llevó a cabo a través de una oficina poco
conocida llamada Servicio de Inteligencia Humana para la Defensa, cuya
tarea oficial es dirigir a los agregados destinados a nuestras embajadas
extranjeras. Se movió rápido. En un año tenía cinco equipos en su campo.
Estamos hablando de las más negras de todas las operaciones. Clandestinas.
Dispuestas a ser negadas. Que se llevan a cabo sin ninguna supervisión del
Congreso, ni tan siquiera del presidente. Una especie de permiso general por
el que cualquier oficial de inteligencia sería capaz de matar. Incluido yo. Lo
han hecho bien. No lo niego. Acabaron con aquel lunático asesino de Bosnia,
Drako, y con un par de jefes militares de Sudán. A Austen se le subieron los
triunfos a la cabeza. Comenzó a sobrepasar sus límites. Metió mano en aquel
asunto con el primer ministro libanés. Estuvo involucrado en la insurgencia de
Irak. Somos oficiales del servicio de inteligencia. Nuestro deber es conseguir
información y pasarla. Nuestro trabajo no es juzgar, actuar como jurado ni
ejecutar. Eso es política y, por lo que sé, tarea de la Casa Blanca. En cualquier
caso, por Dios, Phil, después de tanto tiempo, ya estoy harto.
—Pero señor, son agentes americanos.
—No son americanos. Quitab es iraní. Lammers es holandés. Nacidos y
criados en el extranjero.
—Aun así, ¿por qué no se lo dijo al presidente?
—¿Y decirle qué? No habría parecido más que un aspirante celoso. Fue el
presidente quien lo autorizó. Sólo él puede acabar con esto.
—No creo que él autorizara que los agentes americanos estén trabajando en
concierto con un iraní ilegal para derribar un avión de pasajeros.
—Estoy de acuerdo, pero tampoco autorizaría que yo infiltrara un topo en la
red de Austen. Teniendo en cuenta las creencias que cuelgan de su manga y
todas esas relucientes medallas en el pecho, John Austen pasa por ser un santo
en la avenida Pennsylvania23. Ha estado combatiendo desde el principio. Me
refiero a nuestra guerra santa contra la Yihad, Sociedad Anónima. Austen
estableció un plan para rescatar a nuestros rehenes en Irán en 1980. Organizó
los primeros equipos de Operaciones Especiales. Y como nuestro comandante
en jefe, arde por Jesucristo. ¿Qué tiene que ver con eso un pagano bebedor de
whisky como yo?
—Pero aquel intento de rescate en Irán fue un fiasco —dijo Palumbo—.
Fracasamos del todo. Perdimos a ocho hombres.
—Eso no importa, Phil. John Austen es un héroe. Como hace mucho tiempo
era estar en el Calvario. Cualquier cosa que diga, así será... hasta que se
demuestre lo contrario.
—Con el debido respeto, almirante, no puedo quedarme quieto y dejar que
derribe un avión.
—No se puede hacer otra cosa, Phil. Este país no puede tener dos servicios
de espionaje distintos llevando a cabo operaciones sin que se comuniquen
entre sí. Desde hace mucho tiempo los chicos del ministerio de Defensa han
estado fuera de control. Cuando esto les explote en la tara se acabará. A John
Austen no le van a permitir nunca que vuelva a dirigir otro equipo. El
Pentágono quedará para siempre fuera del asunto del espionaje.
—¿Usted envió a Reyes para que detuviera aquello?
—Envié a Ricardo Reyes para que demostrara que no nos limitábamos a
estar sentados sin hacer nada mientras esto estaba ocurriendo. Si nos pillan sin
estar preparados en algo así de grande, sólo servirá para probar que todo lo
que Austen ha estado diciéndole al presidente sobre la CIA es cierto. Pero si
podemos estar a dos dedos de derribar ese drone..., si podemos acabar con
algunos miembros de este complot..., pareceremos héroes. —Lafever aplastó
el cigarrillo con el talón del zapato—. El señor Reyes no podrá detener el
atentado y, sinceramente, no quiero que lo haga. Una vez que ese avión caiga,
podré ir al presidente con una prueba de quién ha hecho esto y demostrarle
cómo las cosas se le han ido de las manos. También puedo demostrar que
intenté detenerlo. El presidente no tendrá otra opción que respaldarme de
manera incondicional. La División quedará clausurada en un segundo. Al final
esos gilipollas de Defensa quedarán con el culo al aire y la Agencia volverá a
estar en lo alto.
Palumbo no tenía nada que decir. Se quedó de piedra, aturdido y triste.
Lafever dio un paso adelante.
—No puedo permitir que ningún oficial patriotero mío vaya diciendo lo que
piensa que ha descubierto. Necesito su palabra de que permanecerá callado.
—Pero señor, el avión... Todos los pasajeros...
—Necesito que me dé su palabra.
—Pero almirante...
—¡Pero nada! —dijo Lafever—. Es el pequeño precio que hay que pagar
para asegurar que Austen no vuelva a cometer ninguna tontería más.
Palumbo suspiró. Supo entonces qué iba a pasar.
—Lo siento. No puedo permitirlo.
Lafever le miró como si fuera un pobre y estúpido palurdo que acaba de
salir de una granja.
—Ni yo.
Cuando volvió a levantar la mano estaba apuntando con un revólver
compacto y niquelado al corazón de Palumbo. Era una pistola desechable con
el número de registro borrado y cargada con munición estándar que
probablemente habría conseguido en la armería. La técnica de aquel hombre
viejo era de manual.
La pistola emitió dos disparos. Las balas golpearon a Palumbo en el pecho y
lo tiraron al suelo. Se quedó tumbado un momento con los ojos abiertos y sin
aire. Lafever dio un paso adelante y se quedó a su lado moviendo la cabeza.
Entonces Palumbo tosió y Lafever se dio cuenta de que llevaba un chaleco.
Rápidamente el subdirector de Operaciones de la CIA volvió a levantar el
arma. Esta vez fue demasiado lento.
El disparo de Palumbo le dio en la frente.
El almirante James Lafever estaba muerto antes de caer al suelo.
61

Habían pasado veinticuatro horas desde que el consejo de guerra se había


reunido en Balfour Street. En ese momento las llamadas de teléfono habían
ido de un lado a otro del Atlántico con la ferocidad de una tormenta de
verano. Del ministerio de Asuntos Exteriores al Departamento de Estado de
Estados Unidos. De las autoridades iraníes a la sede central de Centcom, Del
Mossad a la CIA.
A las once de la noche el primer ministro de Israel se encontraba en su
despacho, con una mano detrás de la espalda y la otra sujetándose el teléfono
a la oreja. Como un cortesano que buscara la compañía del emperador, le
habían dicho que esperara su turno. El presidente de Estados Unidos le
atendería en un momento.
Zvi Hirsch suspiraba con impaciencia junto al primer ministro. «El
momento» había pasado hacía cinco minutos. Cada segundo de más agravaba
el insulto a su corazón congénitamente inseguro.
De repente una mujer habló al otro lado.
—El presidente de Estados Unidos.
Antes de que el primer ministro pudiera responder se oyó por el auricular
una voz fría de tecnócrata.
—Hola, Avi, me alegro de oírle.
—Señor presidente, ojalá fuera una ocasión más alegre.
—Quería transmitirle mi agradecimiento por consultarnos —dijo el
presidente americano—. El desarrollo de los acontecimientos nos ha pillado
desprevenidos. No habíamos previsto que esto pudiera ocurrir tan pronto.
—A los dos nos ha pillado desprevenidos. Estoy seguro de que usted
empatiza con nuestra postura. No podemos tolerar la presencia de armas
nucleares en manos de un régimen que ha dejado absolutamente claro su
deseo de ver a Israel borrada del mapa.
—Las declaraciones son una cosa; las acciones, otra.
—Hay constancia de cuáles son las acciones de Irán. Durante años ha
financiado la actividad terrorista de Hamas, la Yihad Islámica y la Brigada de
los Mártires de Al Aqsa. Su participación no se limita a Israel. No necesito
hablarle del caos que ha causado en Irak. Tiene dos objetivos: conseguir el
control de facto sobre Oriente Medio y destruir mi país. Está haciendo
progresos para lo primero. No permitiré que consiga lo segundo.
—Estados Unidos ha dicho siempre que cualquier acto de violencia contra
Israel será considerado un acto de violencia contra nosotros.
—No estamos en situación de poder esperar a que nos ataquen. El primer
golpe será mortal.
—Entiendo, pero creo que es demasiado pronto para actuar. Tenemos que
presentar esto ante las Naciones Unidas.
—Si ustedes hubieran sabido que diecinueve secuestradores estaban
planeando hacerse con sus aviones y hacerlos volar hasta el World Trade
Center, ¿no habrían tomado medidas preventivas?
—Atacar una nación es diferente a acabar con una banda de terroristas —
dijo el presidente con un tono cuidadosamente medido. Cualquier mención al
11 de septiembre le hacía mostrarse cauteloso. La bendita fecha y la inmediata
llamada a las armas que inspiró se habían convertido en la batalla del Álamo
de la época actual.
—Y un arma nuclear es diferente a un avión —replicó el primer ministro—.
Cualquier bomba matará a millones de israelíes.
El presidente tomó aire.
—¿Qué puedo hacer por usted, Avi?
—Solicitamos su permiso para sobrevolar el espacio aéreo iraquí —dijo el
primer ministro israelí.
—Siempre y cuando el estado de Israel sea atacado, se le concederá ese
permiso.
—Con el debido respeto, señor presidente, para entonces será demasiado
tarde.
—Los iraníes van a tomar represalias.
—Quizá, pero hay enfrentamientos que no se pueden aplazar.
Hubo una pausa y el primer ministro pudo escuchar cómo el presidente de
Estados Unidos consultaba a sus ayudantes. Un minuto después el americano
habló.
—Imagino que tiene una segunda petición.
—También solicitamos dos de sus bombas B61-11 EPW.
—Eso es pedir mucho, Avi. Estamos hablando de dispositivos de cabezas
nucleares.
—Sí que lo es.
El presidente de Estados Unidos ya estaba avisado de antemano de aquella
petición y había preparado su respuesta con cierta precisión.
—Escuche atentamente lo que tengo que decirle. Bajo ninguna circunstancia
va América a promover el uso de armas nucleares. Sin embargo sí creemos en
el derecho de Israel a tener una defensa fuerte y aplastante. Con este
propósito, y por respeto a los muchos años de nuestra amistad, he ordenado a
mis hombres que pasen cuatro B61 al general Ganz. Solicito, no obstante, su
palabra de que no utilizará estas armas a menos que sea directamente
provocado.
—No sé si puedo prometerle eso.
—Esto no es negociable. Lo voy a decir otra vez. Si ese hijo de puta de Irán
le pone un solo dedo encima a usted o a sus intereses, tiene mi permiso para
utilizar esas bombas como estime conveniente. Puede sobrevolar Irak de sol a
sol. Pero hasta entonces quiero su palabra de que las guardará bajo llave.
Zvi Hirsch, que estaba escuchando al otro lado, miró al primer ministro con
ojos estupefactos. Empezó a asentir con fuerza, indicándole al primer ministro
que diera su consentimiento inmediatamente. Éste accedió.
—Tiene mi palabra. En mi nombre y en el del pueblo de Israel, le doy las
gracias.
La llamada terminó.
Zvi Hirsch puso el teléfono en su sitio.
—¿Lo ha oído?
—Por supuesto —dijo el primer ministro—. ¿Por qué está usted tan
alterado?
—Ha dicho que podemos utilizar las bombas siempre y cuando se nos
provoque directamente.
—¿Y qué?
Zvi Hirsch estaba tan nervioso que le costaba expresarse.
—¿No se da cuenta? —preguntó—. No tienen por qué bombardearnos.
Puede ser cualquier cosa..., cualquier tipo de acción..., siempre y cuando
podamos relacionarla con Teherán. «No tienen más que ponernos un dedo
encima».
62

El piloto sostenía el cronómetro en la mano derecha.


—Cinco minutos. Vamos.
Los hombres se movieron rápido, pero sin precipitarse de sus posiciones a
los pies del garaje. Los grupos se dividieron en tres equipos de dos personas
cada uno y se acercaron a una de las tres grandes cajas de acero inoxidable
llamadas ataúdes que estaban apoyadas en la pared. Dos cajas contenían alas
de avión de forma convexa, cada una de ellas dividida en dos partes de un
metro veinte centímetros. La tercera tenía el fuselaje que alojaba las entrañas
que hacía funcionar la nave: el sistema de navegación por inercia, el
procesador de comunicaciones vía satélite Kuband, el depósito del
combustible, el módulo de control principal, el motor turboventilador y el
ensamblaje de la cámara del morro.
El primer equipo puso en funcionamiento el tren de aterrizaje y colocó el
fuselaje en el suelo. Los hombres responsables del ensamblaje del ala
atornillaron las piezas y después unieron cada una de ellas al fuselaje
utilizando piñones de tungsteno. Al mismo tiempo el piloto empujó una
camilla de soporte bajo por el suelo. Colocada sobre la camilla había una
barquilla en forma de lágrima. Del tamaño de una sandía grande, pesaba unas
cincuenta libras, veintitrés kilos. La barquilla contenía una poderosa carga
explosiva.
El diseño era parecido a la cabeza nuclear utilizada para los misiles
Sidewinder. De hecho el proyecto procedía de Raytheon, la empresa
proveedora del ministerio de Defensa y responsable de los misiles aire-aire
fabricados más de treinta años antes. Pocas cosas habían cambiado en ese
tiempo. Sólo que los explosivos se habían vuelto más fuertes.
La barquilla contenía una ensambladura de dieciséis kilos de explosivo
plástico Semtex-H, un dispositivo iniciador y quinientos fragmentos de
titanio. Cuando el sensor de proximidad detectara el objetivo —en este caso
un avión de pasajeros— activaría un mecanismo de fusibles que encendería
los cartuchos explosivos que rodean el Semtex. Los cartuchos prenderían a
cambio los dieciséis kilos de alto explosivo, haciendo que liberara una enorme
cantidad de gas caliente en un lapso de tiempo muy corto. La fuerza explosiva
del gas en expansión haría que los fragmentos de titanio salieran en ráfaga,
rompiéndolos en miles de proyectiles que acabarían con el fuselaje del avión.
El objetivo era destruir de forma efectiva el drone así como el avión. Jamás
se encontraría ninguna huella del mecanismo de liberación del explosivo.
Cuando la barquilla estuvo sujeta y la instalación eléctrica estaba conectada
al salpicadero principal, el piloto sacó la camilla de debajo de la nave y gritó:
«¡Tiempo!».
Miró el cronómetro.
—Cuatro minutos veintisiete segundos.
Los hombres no aplaudieron ni mostraron satisfacción alguna. Tan rápido
como habían empezado, desarmaron el drone. No podían correr el riesgo de
que una comprobación aleatoria pudiera descubrir la nave colocada en el
garaje totalmente montada y preparada para su lanzamiento. En pocos
minutos los tres ataúdes estaban llenos y almacenados en armarios cerrados
con llave en el interior de la casa.
Una vez supervisados todos los aspectos del entrenamiento, el piloto entró
en la sala de estar cuyo ventanal miraba al aeropuerto de Zúrich. A las ocho
en punto reconoció las luces de aterrizaje de un nuevo avión de pasajeros que
se aproximaba desde el norte. Se alegró de ver que llegaba justo a la hora. Por
algo este vuelo tenía uno de los mejores registros de llegada del mundo.
Siguió las luces hasta que el Airbus A-380 aterrizó. El avión parecía
descomunal incluso desde una distancia de cuatro kilómetros. Se sabía sus
características de memoria. Setenta y tres metros de longitud. Veinticuatro de
alto. Una envergadura de ala de casi ochenta metros, casi la de un campo de
fútbol. Era en todos los sentidos el reactor comercial más grande del mundo.
Estaba diseñado para transportar a quinientos cincuenta pasajeros. Esta tarde
la lista de pasajeros tenía un total inferior a quinientos. Mañana estaba
previsto que transportara la tripulación máxima.
El avión se movió pesadamente hasta su plaza de aparcamiento. Era tan
grande que incluso se había construido un puente movible especial para él.
Fue entonces cuando pudo distinguir la estrella de cinco puntas en La cola.
El vuelo A1 863 procedente de Tel Aviv había llegado.
63

Von Daniken volvió a la puerta de Tobi Tingeli a las nueve en punto. Una
sirvienta lo condujo al estudio. Tingeli estaba sentado detrás de una mesa de
caoba hablando por teléfono. Los vaqueros y el jersey de cuello alto habían
desaparecido. Estaba vestido con un traje negro y una corbata gris perla, con
el pelo peinado con fijador. Saludó a Von Daniken con la mirada, lanzándole
un archivo encuadernado por encima de la mesa.
Von Daniken lo cogió. En el interior había documentación relativa a la
creación de un Excelsior Trust con domicilio en Curaçao, en las Antillas
Holandesas. El consorcio estaba constituido con una inversión de capital de
cincuenta mil francos suizos. Se enumeraban tres consejeros delegados, dos
de ellos empleados del banco. El último nombre no le decía nada. Sin
embargo le interesaba saber que el cliente había visitado las oficinas del
Banco Tingeli de Vaduz en agosto del año pasado. La visita coincidía
plenamente con el regreso de Ransom de Oriente Medio.
Más interesantes eran los documentos que lo acompañaban. Extractos
mensuales de las cuentas del Banco Tingeli enviados desde el banco de Las
Bahamas a nombre de Excelsior Trust. Los extractos detallaban toda la
actividad de cada una de las cuentas numeradas que habían enviado dinero a
Lammers y Blitz, así como una tercera cuenta que se utilizó para comprar el
Villa Principessa.
Seguía sin responderse la pregunta de quién había hecho el depósito inicial
en el banco de Las Bahamas. Von Daniken revolvió entre los papeles. Ambas
cuentas numeradas habían sido abiertas con cheques de cajero. Encontró
copias de los cheques y leyó el nombre del banco emisor impreso en la
esquina superior derecha. Su corazón le dio un vuelco. Era uno de los
nombres más venerables de la comunidad financiera americana.
—¿Y bien? —preguntó Tingeli. Había colgado el teléfono y se había
acercado rodeando la mesa—. ¿No es lo que esperabas?
Von Daniken recordó su conversación con Philip Palumbo. Se preguntó si
había puesto en peligro a su colega de la CIA.
—Ni una palabra de esto, Tobi.
Tingeli le quitó el archivo de las manos.
—No me gustó el modo en que acabó nuestra reunión anoche. No puedo
vivir como yo quiero si tú me estás mirando por encima del hombro, así que
he hecho un poco de trabajo extra por mi cuenta. Véndeselo a tus superiores
diciendo que se trata de un helvético leal que cumple con su deber de patriota.
¿Quieres que guarde silencio? Por supuesto. No hay problema. Es lo que
tengo que hacer, ¿no? Pero a cambio quiero que me dejes en paz de una vez
por todas. Puede que yo sea raro, pero eso es asunto mío. No estoy
infringiendo ninguna ley.
Von Daniken recibió la súplica con escepticismo.
—Hasta ahora no veo nada que merezca una promesa por mi parte. Te daba
lo mismo facilitarme la información. Estaba ahí, en los archivos. En una
semana podría haber hecho que tuvieras sobre la mesa una citación para
conseguir exactamente lo que me has ofrecido.
—Supuse que dirías eso. —Tingeli le devolvió el dosier con el dedo pulgar
marcando una página—. Aquí tienes algo que en principio no estaba en el
archivo. Tuve que hacer algunas llamadas para conseguirlo. Me costó
muchísimo.
El dosier estaba abierto con la confirmación de una transferencia electrónica
enviada desde el banco de Las Bahamas por la cantidad de setenta mil
francos. El dinero era enviado desde una de las cuentas numeradas a otra
cuenta de uno de los bancos más grandes de Suiza. Debajo estaba escrito el
nombre del titular de la cuenta.
Von Daniken se quedó boquiabierto.
—¿Estás seguro de esto?
Tingeli asintió.
—¿Trato hecho?
Von Daniken estrechó la mano que le extendía.
—Sí.
Tingeli tiró de él de forma que quedaron incómodamente cerca uno de otro.
—Entonces sal de aquí. Y di a tus amigos de Berna que la familia Tingeli ya
ha hecho bastante por su país.
Von Daniken bajó las escaleras y caminó por la acera donde tenía aparcado
el coche. Desde el principio había sospechado de una mano invisible en la
investigación. No era algo de lo que estuviera seguro.
Se trataba sólo de una sensación. Como la mayoría de los policías, sabía que
era mejor no desobedecer a su instinto. La información que ahora tenía en su
poder era suficiente para escandalizar a toda la nación, y mucho más a un
policía de mediana edad que aún creía en la incorruptibilidad del gobierno de
su país. Se detuvo un momento pensando cómo debía proceder, considerando
en quién podía confiar y en quién no.
En cuanto abrió la puerta, un vehículo oscuro de la marca Audi último
modelo rugió y frenó junto a su coche. La ventanilla se bajó, dejando ver la
cara sonrojada de Kurt Myer.
—Hemos encontrado a Ransom.
—¿Lo habéis detenido?
—Aún no, pero estamos sobre la pista de su paradero.
—¿Qué ha pasado?
—Ayer por la noche dos oficiales de la policía de Berna respondieron a una
llamada relativa a un intruso que había entrado en un apartamento. Llamaron
a la puerta y respondió un hombre.
—¿Era Ransom?
—Parece que sí. Antes de abrir la puerta hubo una explosión en el interior
del apartamento. Los policías echaron abajo la puerta y encontraron la cocina
y el dormitorio en llamas. Al parecer fue una explosión de gas. Un escape del
horno o en los fogones...
Una explosión de gas... A Von Daniken le recordó al conducto reventado
responsable del asesinato de Drako, el caudillo bosnio.
Myer continuó.
—Al principio los oficiales pensaron que había salido volando del edificio,
pero no había rastro de sangre y al registrar la zona no encontraron nada. La
mujer que había denunciado al intruso dijo que el hombre se había
identificado como médico. Al parecer tenía una herida en el cuello y estaba
sangrando. A ella le dio la impresión de que le habían cortado con un cuchillo.
Uno de los oficiales creyó que podría tratarse de un fugitivo, así que
comprobó la descripción entre las órdenes de busca y captura pendientes. El
nombre de Ransom apareció. Imprimieron una fotografía y se la mostraron a
la mujer. Ella le reconoció, pero dijo que tenía el pelo oscuro y muy corto.
—¿Qué hacía en Berna?
—Dijo que había ido a ver a su cuñada. Su nombre es Eva Kruger.
—¿Qué sabemos de ella?
—Nada. Es un fantasma. No tiene documento nacional de identidad ni
permiso de trabajo. La vecina dice que casi nunca está en casa.
—Pero ¿la vecina la ha visto? ¿En carne y hueso?
—Eso dice. Según ella, la tal Eva Kruger está siempre viajando.
«Por supuesto que sí», pensó Von Daniken. Sin duda a destinos exóticos
como Darfur, Beirut y Kosovo. Claramente era otro miembro de la red de
Ransom.
—Creí que habías dicho que estabais sobre la pista de Ransom.
—Comprobamos el nombre de Eva Kruger a nivel estatal y nacional —dijo
Myer—. Conseguimos un dato del jefe de seguridad del Foro Económico
Mundial que se celebra en Davos. Me dijo que había investigado a la misma
Eva Kruger, con domicilio en Berna, hace una semana y le había concedido
un pase para el evento. El pase era válido para un solo día.
—¿Hoy?
Myer asintió con gravedad.
—Es un pase para los invitados VIP. Con él se puede acceder a cualquier
lugar, hasta al Kongresshaus.
—¿Qué tienen programado hoy?
—Tienen grupos de expertos durante todo el día. Mandamases de todo el
mundo. La conferencia principal de esta tarde es la que va a dar Parvez Jinn,
un iraní.
—¿Habéis alertado ya al equipo de seguridad del evento?
—Aún no.
—Hacedlo inmediatamente. Diles que invaliden su pase. Dales la
descripción más reciente de Ransom. Puede que vaya armado.
—¿Eso es todo?
—No —dijo Von Daniken—. Diles que estaremos allí en una hora.
64

Jonathan observó los primeros vehículos en la entrada del valle. Dos


camiones del ejército con una docena de soldados merodeando por los
alrededores. Cinco kilómetros más adelante vio otro par de camiones. Esta
vez los soldados no estaban merodeando. Eran tropas de primera equipadas
con uniformes de camuflaje relucientes y ametralladoras cruzadas al pecho.
Todos los coches que pasaban se sometían a una inspección exhaustiva.
Había una sola vía de acceso a la ciudad alpina de Davos. Una entrada venía
desde el norte, y otra, desde el sur. La presencia militar aumentaba a medida
que la autovía se adentraba en el valle. Jeeps. Transportes de personal
armado. Controles policiales en los arcenes de la autovía preparados para
ponerse en marcha al momento. Era una trampa a punto de saltar. Jonathan
esperaba que en cualquier momento un soldado o un policía apareciera en
mitad del camino moviendo los brazos y dirigiéndose a él para que se
detuviera, pero no lanzaron una segunda mirada al Mercedes.
A las once pasó por la ciudad de Klosters. La nieve había amainado y el
cielo proyectaba una leve penumbra. Incluso en una o dos ocasiones llegó a
ver algo de azul. Mientras las campanas de la iglesia anunciaban la hora, su
timbre melancólico le provocó un escalofrío que le subió por la espalda.
La carretera empezó a serpentear montaña arriba y oyó el zumbido de un
helicóptero sobre su cabeza. Cogió la identificación del Foro Económico
Mundial y se lo colgó al cuello. El nombre impreso en letras mayúsculas de
color negro ya no era el de Eva Kruger. Había cambiado en una letra,
transformándose en Evan Kruger. La fotografía había sido sustituida también
por una foto de pasaporte que se había hecho esta mañana en una copistería de
Ziegelbrücke. Había tardado una hora entera en realizar aquel trabajo. La ene
fue cortesía de una plantilla que había amañado para que coincidiera con el
tipo de letra oficial. Pegar la fotografía en la tarjeta fue más difícil de lograr y
había requerido el uso de una prensa de plastificado.
«He sido formado sin ni tan siquiera saberlo».
«Durante todo este tiempo he sido el títere de Emma».
Una licenciatura en medicina había sido el único requisito para conseguir un
puesto en Médicos Sin Fronteras. Una predisposición al robo y una marcada
imaginación eran igualmente útiles. No podía contar el número de veces que
había falsificado documentos de importación y exportación para facilitar el
paso de medicinas a través de las fronteras o, lo que era igual de importante,
para evitar pagar sobornos a funcionarios corruptos. Si la penicilina estaba
prohibida, manipulaban los documentos poniendo «ampicilina», que era aún
más fuerte, pero no tan conocida. Cuando descubrieron que los guardias
fronterizos robaban los cargamentos de morfina, cambiaron el albarán
poniendo «morazina». Que lo busquen en su libro de consultas médicas.
La única parte del pase del Foro Económico Mundial que no pudo cambiar
fue el dispositivo de memoria. La solución que encontró fue pasar un imán
por encima de él borrando del todo la información. Se atrevía a apostar que en
el proceso de inspección de miles de tarjetas identificativas, los guardias de
seguridad se habrían encontrado una o dos más con defectos parecidos.
El permiso de conducir de Eva Kruger fue más fácil de modificar. El cartón
utilizado por las autoridades suizas casi suplicaba que se falsificara. Una
cuchilla modelo X-Acto y disolvente de pintura para separar la fotografía de
Emma del papel. La sustituyó con una segunda fotografía de carnet. Se había
asegurado de cambiar sutilmente su aspecto. En lugar del traje y la corbata se
quitó la chaqueta, se abotonó la camisa hasta la garganta y se despeinó.
Aunque se la había hecho hacía unos minutos, las dos parecían ser de días
distintos.
Una vez más cambió el nombre de Eva por el de Evan. La altura de Emma
que aparecía era de un metro sesenta y ocho centímetros. Lo cambió a un
metro ochenta y ocho. En realidad era cuatro centímetros más bajo. El peso lo
aumentó de cincuenta a ochenta kilos.
Tuvo mucho cuidado de no levantar el permiso de conducir ni la tarjeta
identificativa del Foro más que para una comprobación rápida. Si las sometían
a una inspección rigurosa, enseguida revelarían sus secretos, exponiendo su
falsedad. Pero el registro del Mercedes a nombre de Parvez Jinn de Teherán
era el as que guardaba debajo de la manga, prestándole la legitimidad que una
simple identificación no le proporcionaba.
Hasta ahora, razonó, nadie podía saber que tenía información de la reunión
que Eva Kruger había planeado tener con Parvez Jinn. Jonathan sabía también
que no había un segundo Mercedes para Jinn. Por tanto, aunque Halcón
hubiera solucionado la sustitución de Emma para recoger su acreditación en el
puesto de control de seguridad 1, lo más probable es que no hubiera cancelado
el pase original que se había emitido para Eva Kruger.
Jonathan aplicó la misma lógica despiadada que antes. El deseo de no llamar
la atención de nadie. Si el nombre de Eva Kruger seguía estando en el sistema,
estaba seguro de que habría una nota anexa diciendo que tenía que entregar el
Mercedes al oficial iraní. Por tanto, sería el coche mismo el que le serviría
como pasaporte de entrada. Era difícil discutir con un automóvil de doscientos
mil dólares.
El primer bloqueo estaba a dos kilómetros de Davos. Se trataba de un puesto
de inspección de vehículos situado en una recta. Al otro lado había unos
maltrechos caseríos. Una barrera bloqueaba el tramo de la carretera que se
dirigía al este. Aminoró la marcha y esperó en una cola de cuatro coches. Se
apretó la corbata y se incorporó en el asiento. Tenía el permiso de conducir
preparado, junto con el resguardo del registro. La insignia identificativa del
Foro pendía de su cuello. Aun así tenía la boca seca como un estropajo y el
corazón le golpeaba cerca de la nuez. Avanzó hacia el bloqueo. Se dio cuenta
de que los soldados rodeaban cada vehículo. Sentía un hormigueo en los
dedos y era consciente de que estaba hiperventilando.
«Emma, ¿cómo pudiste hacer esto durante ocho años?».
—¡Señor! —Un oficial de policía se inclinó sobre su ventanilla—. Siga
adelante.
Jonathan condujo el coche unos metros hasta que el parachoques casi rozó
la barrera. Le pidieron que saliera del coche y mostrara su permiso de
conducir.
—¿Destino?
—Davos. Voy al Foro.
—¿Es usted un invitado oficial?
—Debo entregar este coche a un invitado en el Hotel Belvedere, el señor
Parvez Jinn.
—Tendré que ver su identificación.
Jonathan se sacó la insignia plastificada del cuello. El policía insertó La
tarjeta en un lector parecido al que Jonathan había visto en el periódico. Por el
rabillo del ojo vio cómo el policía sacaba la tarjeta y la introducía en el lector
por segunda vez.
Mientras esperaba, un equipo de soldados pasaba espejos por debajo del
chasis en busca de explosivos. Uno dio un grito y el oficial que examinaba la
tarjeta identificativa de Jonathan se acercó a él. Los dos hombres
intercambiaron unas palabras y el oficial de rango más alto volvió
rápidamente.
—¿Este es un coche blindado?
—Sí —contestó Jonathan—. Como le he dicho, se lo tengo que entregar a
Parvez Jinn, el ministro iraní de Tecnología. Lo exporta a Irán. —Forzó una
sonrisa—. He oído que las cosas se pueden poner algo violentas por allí.
—Espere aquí.
El oficial de alto rango se apartó unos cuantos pasos y llamó por radio a su
superior. Jonathan pudo oír cómo le daba su nombre y preguntaba si había
alguna mención a la entrega del Mercedes. Pasó un minuto. Finalmente el
oficial asintió y volvió adonde estaba Jonathan.
—Todo en orden. Tendré que pedirle que nos permita inspeccionar el
interior del automóvil.
—Sírvase usted mismo.
El oficial gritó las instrucciones a sus hombres. Cinco policías se apiñaron
sobre el coche, examinaron la guantera y el compartimento lateral, subieron el
asiento de atrás, le pidieron a Jonathan que abriera la caja fuerte y pasaron un
detector de explosivos por la cabina.
—Suba todas las ventanillas.
Jonathan se sentó en el asiento del conductor y cerró la ventanilla. El oficial
le señaló las marcas que habían dejado las balas del asesino.
—¿Qué ha pasado? ¿Alguien le ha disparado?
—Piedras —dijo Jonathan—. Unos gamberros de Zúrich.
En ese momento el policía de rango más alto se acercó a Jonathan y le
deslizó la tarjeta de identificación en la palma de la mano.
—¿Dónde le dieron esta identificación? —preguntó.
—¿A qué se refiere?
A Jonathan le costó mantener un tono de voz normal.
—¿Se la dieron en la central de policía de Chur?
—Me la enviaron. ¿Hay algún problema?
—El dispositivo de memoria está defectuoso.
—Ni siquiera sabía que tuviera un dispositivo de memoria —dijo afligido—.
Puede llamar a mi jefe..., por favor.
—Me ha entendido mal —continuó diciendo—. Quería disculparme por el
mal funcionamiento. Toda su información ha quedado verificada. Están
esperando el coche. Voy a informar del mal estado de su tarjeta para que le
den otra.
—¿Darme otra? —Jonathan sonreía como un idiota. No podía evitarlo—.
Gracias, de verdad.
—De vez en cuando sigue habiendo fallos técnicos. Había una discrepancia.
—¿Cómo?
—Su nombre no es Eva, ¿verdad?
Jonathan dijo que no y el oficial le devolvió la tarjeta.
—Vaya al puesto de control principal en Davostrasse, a la entrada de la
ciudad. Allí le harán una foto y le expedirán una insignia nueva. Asegúrese de
mantenerla visible en todo momento. Alles klar? —Dio un pequeño golpe en
la puerta, se incorporó y se acercó al siguiente coche—. ¡Venga! ¡No tenemos
todo el día!

En el puesto de control principal le dieron a Jonathan una tarjeta de


identificación nueva y una lista con el programa del día, además de un plano
de la ciudad y pases para utilizar los dos funiculares, el Jakobshorn y el
Parsenn. Un oficial lo acompañó al Mercedes y le señaló el camino al Hotel
Belvedere, que podía verse en la ladera, a trescientos metros de donde
estaban.
Jonathan mantuvo la velocidad por debajo de diez kilómetros por hora. Las
aceras estaban llenas a rebosar. Había soldados en cada esquina comprobando
identificaciones de forma aleatoria. Policías con pastores alemanes atados en
corto patrullaban las calles. La calle atravesaba la ciudad, pasando por
joyerías y tiendas de esquí, pintorescos hoteles y cafeterías. Un camino en
pendiente llevaba a la porte codiere que estaba frente al Belvedere. Una
barrera controlaba el acceso. A cada lado de ella había una valla de tres
metros coronada con alambre de púas rizado. Vio que la valla subía por la
colina y rodeaba el hotel y los jardines.
Bienvenido a la zona roja.
Jonathan detuvo el coche. Un guardia armado se acercó y pasó su tarjeta por
un lector portátil. La barrera se levantó. Continuó colina arriba y se detuvo
delante de las puertas giratorias. A ambos lados había un par de soldados con
ametralladoras sujetas al pecho. Por el espejo retrovisor pudo ver cómo se
bajaba la barrera. Sonó como si se cerrara con la determinación de la cámara
acorazada de un banco.
Se quedó sentado al volante preguntándose cuál debería ser su siguiente
movimiento. ¿Se suponía que la reunión debía celebrarse dentro del hotel?
¿Debería llamar a Jinn o limitarse a esperar? Eran las doce en punto. Ningún
banquero de Suiza había sido nunca tan puntual. Miró hacia los tres escalones
alfombrados que conducían a la enorme puerta giratoria. Los guardias del
rellano se inclinaron para mirarle más de cerca. Uno comenzó a caminar hacia
él. Jonathan tragó saliva, consciente del sudor que le goteaba por la frente. Se
entretuvo mirándose las uñas y volviendo a comprobar el estado de la corbata.
Volvió a mirar hacia las puertas giratorias. El guardia había vuelto a su puesto
y vigilaba a todos los que se acercaban al hotel como si su sola mirada, en
lugar de la valla metálica de tres metros, mantuviera alejados a los intrusos.
Un momento después todo se descontroló. Una marea de hombres de tez
morena vestidos con trajes negros salió en tropel por las puertas giratorias.
Era difícil calcular cuántos formaban aquel grupo. Jonathan dejó de contar
cuando iba por siete. Para entonces ya lo había visto. Alto, imponente,
arreglado, con una barba apenas visible. A primera vista era un hombre que
resaltaba por encima del resto. Pero fue en la expresión de enfado e
indignación grabada en sus rasgos altaneros en lo que Jonathan se fijó, que
coincidía con la fotografía que había visto la noche anterior. Parvez Jinn.
De repente se escuchó un grito. Jonathan pensó por un momento que alguien
había hecho sonar la alarma. Pero no fue un grito de miedo. No se habían
visto asesinos ni terroristas suicidas por allí. Era lo contrario. Un grito de
alegría. Parvez Jinn estaba al pie de la escalera con sus pulcras manos
presionadas contra la cara y el enfado fue sustituido por una mirada de
beatífica adoración.
—Mi coche —dijo en un inglés con acento americano.
—El S600. Es una obra de arte.
—¿Un V8? —gritó alguien.
La voz de Jinn sonó como una bofetada contra aquel tipo insolente.
—¡Un V12!
De inmediato aquella horda se abalanzó hacia el coche, rodeándolo con los
ojos abiertos de par en par y las manos planeando sobre el chasis, sin
atreverse a tocarlo. Jinn caminó hasta el automóvil. Ningún cliente tenía un
ojo más crítico.
Jonathan bajó su ventanilla para asegurarse de que nadie veía las tres
hendiduras provocadas por las balas del asesino. Él mismo había quitado las
abolladuras del parachoques. Un empleado de la gasolinera había encontrado
una pintura negra igual. No quedó perfecto, pero tenías que meterte debajo del
chasis para ver las diferencias en los matices. Le siguió un trabajo de limpieza
exhaustivo en el que Jonathan aplicó una última capa de protector a los
neumáticos justo antes de entrar en la ciudad de Davos. A excepción de la
ventanilla, el automóvil parecía recién salido de fábrica.
Jonathan salió del coche.
El jefe de seguridad se acercó a él de inmediato pero sin hostilidad. El
guardia le saludó inclinando la cabeza y estrechó su mano de una forma
exagerada, al tiempo que ensalzaba la belleza del coche. Con su metro
noventa de estatura, el pelo recién teñido de negro y peinado con raya y su
traje inmaculado, Jonathan era la viva imagen de un vendedor de coches
alemán. El país de Mercedes-Benz era desde hacía muchos años aliado de la
República Islámica de Irán. Jinn le siguió un paso por detrás. Si estaba
sorprendido por ver a un hombre ocupando el lugar de Eva Kruger no mostró
ningún síntoma de ello. Le ofreció su mano para estrecharla con suavidad y se
dirigió a él en inglés.
—Saludos, amigo.
—Evan Kruger —dijo Jonathan, agarrando su mano y sintiendo la sacudida
que pasó por ella cuando Jinn acusaba el nombre. El iraní se acercó, forzando
una intensa sonrisa en sus atractivos rasgos, y Jonathan susurró—: Eva ha
tenido un accidente. Me han enviado en su lugar. —Después añadió en voz
alta—: Me encantaría poder llevarle a dar un paseo para enseñarle su nuevo
vehículo, señor Jinn.
De inmediato el jefe de seguridad se acercó a Jinn y pronunció una serie de
advertencias en persa. Jonathan entendió tan sólo la mitad de lo que dijo, pero
captó lo esencial. El ministro de Tecnología no debía subir al automóvil ni ir a
ningún lugar solo y sin protección. Parvez Jinn le dijo que no siguiera, al
principio de forma afable y después con enfado. Nadie le decía lo que tenía
que hacer. Con un gruñido y un gesto de desdén rodeó el coche y subió al
asiento del acompañante.
—¡Nos vamos!
Jonathan asintió y abrió la puerta del conductor. Todo tenía sentido. La
reunión debía tener lugar en el interior del coche. Cualquier intercambio de
información precisaba de un foro privado. El del coche era un ardid ingenioso,
al mismo tiempo que un pasaporte que permitía a Eva Kruger la entrada a
Davos y una pantalla de humo tras la cual Jinn podía esconderse para pasar la
información de su traidor al otro lado.
Al subirse al coche Jonathan vio cómo Hannes Hoffmann avanzaba por el
camino de entrada. Cormorán tenía un apósito de mariposa sobre un ojo y un
sombrero inclinado hacia delante para cubrir el hematoma. Sus miradas se
cruzaron. Hoffmann comenzó a correr por el camino helado. Jonathan cerró la
puerta. El motor aceleró y Jinn saltó en su asiento igual que Jonathan varios
días antes.
—Encendido automático —explicó Jonathan, interpretando su papel hasta lo
más hondo—. Si lo desea, puede programarlo para que sea manual.
—Una maravilla.
Jinn miró con orgullo el interior tan bien equipado.
—Tengo los regalos que Eva le prometió —dijo Jonathan mientras pisaba el
acelerador—. El jersey y, por supuesto, su comisión en efectivo.
—Espere —pidió Jinn, haciéndole señas para que dejara el dinero guardado
hasta que hubieran salido del hotel.
Jonathan subió las ventanillas y el cristal ahumado cubrió el interior del
coche. Hoffmann trató de obligarle a que detuviera el coche poniéndose en
medio del camino, pero Jonathan no tenía intención de aminorar la marcha.
Pisó el acelerador y aumentó la velocidad bruscamente. Hoffmann saltó hacia
un lado y cayó sobre un montón de nieve.
Parvez Jinn estaba demasiado ocupado en inspeccionar el sistema de
conducción a bordo para darse cuenta.
65

El helicóptero Sikorsky atravesó el estrecho valle a máxima velocidad. Al


contrario que en el viaje de dos días antes, el tiempo estaba tranquilo, soplaba
una brisa que apenas molestaba a la nave. El cielo se iba aclarando por
momentos. Manchas azules iban y venían. Por un momento el sol se dejaba
ver a través de rayos severos y brillantes tras días de continua sombra.
Marcus von Daniken habló por la radio con los ojos entornados.
—El apellido es Kruger —dijo al guardia que estaba en la sede central de
seguridad del FEM en Chur—. A cualquiera que se presente en un puesto de
control con ese nombre o alguno parecido se le denegará la entrada a los
recintos del Foro. Deben considerarlo armado y peligroso. Utilicen la fuerza
que sea necesaria. Quiero que lo arresten de inmediato. ¿Entendido?
—Entendido, señor. Cambio.
Por debajo de él podía ver cómo la autovía de dos carriles dividía en dos el
valle al pasar por la ciudad de Klosters. Los puestos de control eran también
claramente visibles, grupos de hombres y pertrechos militares dispuestos a
intervalos a cada lado de la carretera. Diez kilómetros más allá del valle vio
por primera vez la ciudad. Davos. Población: 5.500 habitantes. Altitud: 1.800
metros. La villa alpina formaba una franja larga y ancha que dividía el flanco
de la montaña. Un rayo de sol se reflejaba en la cúpula de la iglesia
protestante. En la cima de la montaña entrevió el vagón azulado del teleférico
Jakobshornbahn.
La radio se puso en marcha.
—Inspector Von Daniken, aquí el puesto central de seguridad.
—¿Qué ocurre?
—Ya ha llegado un Kruger. Nombre: Evan. Pasó por el puesto de control
del valle a las once y siete minutos. Se le entregó una tarjeta de identificación
nueva en la base principal de seguridad a las once y treinta y un minutos.
—¿Ha dicho que le entregaron a ese hombre una tarjeta de identificación
nueva?
—Según el informe presentado por el oficial que lo atendió, la tarjeta de
Kruger estaba defectuosa. Dice que la causa era un chip defectuoso. También
se presentó una instancia por información errónea.
—¿Qué significa eso?
—El nombre era en principio Eva Kruger, pero el invitado era un hombre.
Lo habían designado para entregar un Mercedes-Benz a Parvez Jinn, un
miembro de la delegación iraní.
Jinn, el instigador iraní. Von Daniken recordó la nota que había sido
adjuntada a la transferencia electrónica de cien mil francos suizos para
Gottfried Blitz, también conocido como Mahmoud Quitab: «regalo para P.
J.». Ahora sabía sin ninguna duda para quién era el dinero, aunque la
naturaleza del vínculo entre los dos hombres aún quedaba por descubrirse.
La mente de Von Daniken se centró en los artículos de prensa que había
leído concernientes a los asesinatos del líder militar bosnio y del inspector de
la policía libanesa. ¿Tenía Ransom otro asesinato en mente? Si era así, ¿por
qué le había dado a ese hombre cien mil francos y un coche valorado en el
doble de esa cantidad?
—¿Dónde está Evan Kruger?
—Un segundo, señor. Tengo que comprobarlo.
Mientras esperaba, Von Daniken maldijo en silencio.
—Está dentro de la zona roja. Pasó al recinto del Hotel Belvedere hace ocho
minutos.
—Lleve a sus hombres al hotel —ordenó Von Daniken—. Quiero que lo
rodeen lo antes posible. No se preocupe si se arma alboroto. Tiene mi
autorización. Aterrizaré en el helipuerto del sur en cuatro minutos. Que uno de
sus hombres me recoja allí.
66

Fundada en 1291, la nación suiza se considera la democracia más antigua


del mundo que ha estado en marcha de forma continuada. El gobierno está
basado en una tradición parlamentaria bicameral y se inspira en gran medida
en las constituciones americana y británica. La cámara baja, o Consejo
Nacional, está formada por doscientos representantes elegidos
proporcionalmente entre los veintiséis cantones de la nación. La cámara alta,
llamada Consejo de los Cantones, cuenta con dos miembros de veinte de los
cantones y uno de los restantes seis semicantones. En lugar de elegir al primer
ministro del partido mayoritario que está en el poder para que sirva como jefe
del poder ejecutivo, los miembros de ambas cámaras se reúnen cada cuatro
años para elegir a siete miembros que formarán parte de un Consejo Federal
de gobierno, repartiéndose los escaños de forma proporcional, de acuerdo con
la representación de cada partido político. A cada consejero se le asigna la
dirección de un departamento o ministerio y el presidente se elige de forma
rotativa para un periodo de un año.
Aunque a los cuarenta y cinco años Alphons Marti era el miembro más
joven del Consejo Federal, no tenía intención de esperar seis años para ocupar
el escaño presidencial. Se había dado a conocer como paladín, primero en su
cantón natal de Ginebra, donde había erradicado todo el crimen organizado
que allí existía, y, más recientemente, a nivel internacional, donde había
emprendido una campaña contra la práctica americana de la rendición
extraordinaria.
Sentado en su lujosa mesa aquella fría mañana de viernes, miró los
documentos que tenía en la mano y supo sin sombra de duda que la
información que contenían constituía su acceso a la presidencia.
Los documentos habían llegado de Swisscom diez minutos antes y tenían
una lista de todas las llamadas telefónicas emitidas y recibidas por números
que pertenecían a Marcus von Daniken. Un total de treinta y ocho llamadas.
La mayoría de los números pertenecían a compañeros de Von Daniken de la
policía federal. Marti vio su propio número en tres ocasiones: a las 8:50,
cuando se distribuyó la información interceptada por Onyx relativa a la lista
de pasajeros del avión de la CIA; a las 12:15, cuando el reactor americano
solicitó permiso para aterrizar en suelo suizo, y a la 1:50, cuando Von
Daniken llamó para coordinar el viaje al aeropuerto.
Se puso a repasar con un dedo la lista de números de teléfono y se detuvo en
un prefijo de país 001. Estados Unidos. Prefijo de zona 703, de Langley,
Virginia. El número pertenecía a la Agencia Central de Inteligencia de
Estados Unidos, la CIA.
Marti tenía su prueba.
Dejó los documentos sobre la mesa y llamó a Hardenberg, el investigador
con el que había hablado la noche anterior.
—¿Dónde está Von Daniken? Necesito hablar con él.
—Un helicóptero lo recogió en Zúrich hace quince minutos —dijo
Hardenberg—. Se dirige a Davos con Kurt Myer.
—¿Davos? —El semblante de Marti se volvió serio—. ¿Para qué?
—Tenemos una pista sobre Jonathan Ransom. Al parecer va a entregar un
automóvil a Parvez Jinn, el ministro iraní de Tecnología.
Marti se apretó el puente de la nariz hasta que le dolió.
—¿Han alertado a los de seguridad de Davos?
—Eso creo.
—Si se entera de algo más, llámeme inmediatamente.
Marti colgó y marcó al instante el número del jefe de la Policía Federal al
otro lado de la ciudad.
—Sí, Herr Direktor —comenzó a decir—. Tenemos un problema serio. Un
hombre de alto rango de su organización ha sido identificado como sujeto de
una acción en nombre de una potencia extranjera. El hombre al que buscamos
es Marcus von Daniken. Sí, a mí también me ha sorprendido. Nunca se sabe
en quién se puede confiar.
Levantó la mirada de la lista incriminatoria y miró por la ventana fijamente
al este, hacia las montañas.
—¿Con qué rapidez puede enviar a sus hombres a Davos?
67

—¿Quién es usted?
Parvez Jinn se incorporó en el asiento del copiloto con los ojos acusando a
Jonathan como si le hubiera amenazado de muerte en lugar de llevarlo a dar
un paseo de prueba. Era un hombre poderoso acostumbrado a salirse con la
suya. Su indignación por que Emma no estuviera allí hizo que en el interior
del coche se palpara la tensión.
—Un amigo de Eva —dijo Jonathan.
—¿Trabajan juntos?
—Desde hace ocho años.
—Vaya —dijo Jinn, tratando de restar importancia al improvisado cambio
de planes—. ¿Entonces la conoce bien?
—Se puede decir que sí.
Jonathan sólo podía decir algo así para no delatar su ignorancia. Cincuenta
metros más adelante había un policía en mitad de la calle dirigiendo el tráfico.
—¿Qué le ha pasado? ¿Por qué no ha podido venir?
Jonathan miró fijamente a Jinn.
—Ha muerto.
La noticia sonó como un mazazo para aquel hombre.
—¿Muerta? ¿Cuándo? ¿Cómo? No puedo creerlo.
—El lunes. Estaba escalando con su marido. Fue un accidente.
—¿Su marido? Claro. Estaba casada. Frau Kruger.
Miró su regazo y Jonathan se dio cuenta de que tenía los labios apretados.
—¿Se encuentra bien?
Jinn levantó la mirada con brusquedad.
—Por supuesto. No sé por qué debería estar triste después de lo que ella me
hizo.
El iraní miró hacia delante. Sus labios se movieron un momento, pero de
ellos no salió ni una palabra. Había dejado la mano agarrada al reposabrazos
con los nudillos blancos como la tiza. Estaba sufriendo una leve
consternación. Jonathan miró al hombre, lo odiaba. Sintió el fuerte impulso de
darle a Jinn un puñetazo en la mandíbula y golpear su afligida e indigna cara
contra la ventanilla. No tenía derecho a llorar la muerte de Emma.
Jonathan apartó la mirada, retomando de alguna forma el control de sus
emociones. Era esencial que hiciera que Jinn dejara de pensar en Eva Kruger
—en Emma— antes de que sufriera una crisis nerviosa. Recordó la
información que había descubierto en el Enlace Intel: facturas, albaranes,
declaraciones aduaneras.
—Ha recibido los últimos envíos, ¿verdad? —preguntó.
Jinn asintió, pero le costó trabajo recuperar la voz.
—La planta de Chalus está en marcha —dijo débilmente—. Cuatrocientas
cascadas. Cincuenta y cinco mil centrifugadoras. Cerramos el resto de
nuestras instalaciones y lo mudamos todo allí para lograr nuestro objetivo.
«Cascadas. Centrifugadoras. Una planta a pleno rendimiento». Se había
demostrado que las sospechas de Jonathan eran fundadas. ZIAG había estado
exportando de forma ilegal equipos utilizados para completar el ciclo de
enriquecimiento de uranio. Pero ¿por qué lo hacía la compañía? ¿Y en nombre
de quién? Si lo supiera, estaría mucho más cerca de descubrir la identidad de
quien había contratado a Emma. Recordó los artículos que había leído el año
anterior sobre el deseo de Irán de convertirse en potencia nuclear.
—¿Cuánto producen? —preguntó.
—Cuatro kilos al mes enriquecidos hasta un noventa y seis por ciento.
—¿Están satisfechos con eso? ¿No pueden conseguir el cien por cien?
Jinn le lanzó una mirada desdeñosa.
—Un noventa y seis por ciento es más de lo que se necesita. Pensé que se
quedaría impresionado.
—Lo estoy..., es decir..., lo estamos. —Jonathan sintió como si estuviera
recorriendo una casa desconocida a oscuras, siempre a punto de chocarse con
un mueble o de tirar un jarrón. Debía ser más cuidadoso. Si Jinn sospechaba
que no era compañero de Eva Kruger, no sabía qué podría hacer—. ¿Y la otra
parte?
—¿Qué otra parte?
Jinn se estaba poniendo nervioso. Sus ojos ya no tenían a Jonathan en la
misma estima.
El instinto le decía a Jonathan que el propósito de la reunión no era revisar
el estado actual de Irán. Se había concertado por otro motivo. Adivinó que se
trataba de un pago. El dinero y el coche a cambio del «Oro». Y ese «Oro»
debía de ser información. Jinn no tenía nada más que ofrecer.
—Ya sabe —dijo Jonathan con tono de crispación.
—Si se está preguntando si tengo lo que ustedes pidieron, puede estar
tranquilo. ¿Qué opción me han dado?
Jonathan le miró de reojo.
—Todos tenemos que cumplir con nuestro trabajo.
Jinn se rió sin alegría.
—¿Sabía que obligan a los ministros a asistir a las ejecuciones de espías?
Los franceses lo llaman pour encourager les autres. Animar a los otros. —No
esperó una respuesta. Se había lanzado y Jonathan tuvo cuidado de no
interrumpir—. Si te cogen, empiezan con tu familia. Primero cogen al más
joven. Es bastante compasivo, si es así como se puede describir al pelotón de
ejecución. Pasha tiene ocho años. Yasmin será la siguiente. Cumplió trece la
semana pasada. Según la nueva ley, debe empezar a llevar chador cuando esté
en público. La moda es llevar pañuelos de seda negra de la marca parisina
Hermès. Asegúrese de contárselo a sus analistas de Virginia, Londres, Tel
Aviv o de dondequiera que sea usted.
Se restregó los ojos, un gesto de fatiga que transmitía una cansada
tranquilidad con respecto a su situación.
—De todos modos ¿dónde la encontraron? —preguntó—. ¿Es el producto
de alguna escuela de locos que han abierto ustedes para aprovecharse de
hombres como yo? ¿Es eso? —Se trataba de otra pregunta retórica. Jinn ya
conocía las respuestas. Había examinado su situación al más mínimo detalle y
parecía aliviado por poder compartirlo con otro hombre—. ¿Sabe qué es lo
divertido? —siguió diciendo sin dejar que se viera ninguna sonrisa—. Que
hasta hoy una parte de mí piensa que le importo. A pesar de todo. A pesar de
sus amenazas. ¿Las fotografías cuentan como chantaje o extorsión? ¿Y los
registros bancarios? ¿Todos esos sobornos que ella insistió en que yo
aceptara? Ha muerto escalando, ¿no? No creo que hubiera nada mejor para
solucionar el problema.
Jonathan no respondió. Se sintió como si Jinn hubiera estado hablándole de
él mismo. El semáforo se puso en verde y continuó avanzando por la arteria
principal de la ciudad, el Promenade, siguiendo por un desvío hacia la
estación de ferrocarril. Parecía que Jinn había recuperado el control. Se
incorporó en su asiento tomando la postura del fanático que pretendía ser.
—Volviendo al asunto que nos traía —dijo—. El dinero, por favor, señor
Kruger.
Jonathan le entregó el sobre. Había restituido el dinero que había gastado
con fondos de su cuenta privada.
—Cien mil francos suizos.
—¿Se ha hecho la transferencia a mi cuenta de Zúrich?
—Por supuesto —dijo Jonathan, aunque no tenía ni idea de a qué
transferencia se refería Jinn.
—¿Los veinte millones?
—Sí.
—Es para mis hijos, ¿sabe? —explicó Jinn—. No puedo tocarlo a menos
que salga del país.
El iraní sacó una unidad de memoria del bolsillo del pecho y lo colocó en el
compartimento central.
—Está todo ahí. Situación de nuestros cohetes. Plantas de armamento.
Plantas de producción. Un proyecto de nuestra actuación nuclear de la A a la
Z. Ustedes cometieron el error de Irak. No vuelvan a repetirlo. Tienen su
prueba definitiva. Esta vez nadie puede decir que no tienen un buen motivo.
—¿Nuestra prueba definitiva?
—Sí, quienesquiera que ustedes sean. Americanos, franceses, británicos o
israelíes, no importa. Todos ustedes quieren lo mismo: la guerra.
Jonathan había leído bastante sobre Jinn en los periódicos para hacerse una
idea de cómo debió de ser su reclutamiento. Todo había empezado durante
uno de los viajes de Jinn a Occidente. Como funcionario de rango inferior del
ministerio de Tecnología, su trabajo consistió en reunirse con empresarios
deseosos de establecer relaciones comerciales con Irán. ¿Había sido la
primera reunión en Beirut o en Ginebra? ¿O en algún otro sitio que Jonathan
aún no conocía? No importaba. Al principio debió ser tan sólo un indicio.
Durante el transcurso de uno de los encuentros hubo un discreto comentario.
Por un precio determinado, ZIAG podría hacer que se exportaran ciertas
tecnologías controladas. Por supuesto fue Eva quien lo planteó. Aquel cebo
debió de parecerle irresistible a un hombre como Jinn. Habría visto
posibilidades desde el principio. Una oportunidad de ir ascendiendo de rango.
De convertirse en un patriota en igualdad de condiciones que A. Q. Khan, el
ingeniero paquistaní que le había proporcionado la bomba a su país. Incluso
un héroe nacional. Todo ello además de las atenciones de una mujer diferente
a todas las que había conocido. Aceptó su oferta con entusiasmo.
Al principio su relación se habría limitado a lo profesional. Eva, Hoffmann
y Blitz se aseguraron de que los envíos llegaban sin problemas. Era esencial
establecer las credenciales de Jinn entre sus superiores. Según se dice, había
sido un ascenso meteórico. En seis meses Parvez Jinn era ministro de
Tecnología. Como ministro podía viajar con más libertad. Sin duda había
visitado las operaciones de ZIAG en Suiza. Visitas que coincidían con los
safaris relámpago de Emma, sus improvisados viajes a lugares desconocidos
en busca de provisiones. Fue durante una de estas visitas a la fábrica cuando
Eva le echó el anzuelo. Quizá ella le sugiriera un viaje de ida a Berna para
continuar sus conversaciones en un entorno más privado; conversaciones que
implicaban subir a su apartamento, vasos fríos de vodka polaco y lo que fuera
que viniera después. El viejo truco. Cuando tuvieron fotos añadieron sobornos
a la mezcla. Transferencias a la cuenta de Zúrich. Incluso los ayatolás podrían
entender que se enamorara de una mujer como Eva. Sin embargo no tolerarían
los sobornos.
Jinn estaba acabado.
Jonathan miró al funcionario iraní sentado a su lado contando el dinero de
un modo febril. «Hijo de puta —pensó, con un odio renovado por aquel
hombre—. No estabas a la altura de mi mujer».
—¿Es eso todo? —preguntó Jonathan apuntando a la unidad de memoria.
—El proyecto del programa nuclear de mi país. Yo consideraría que es
suficiente.
—¿No estará ocultando algo? Podemos parar para comprobarlo. Tengo todo
el tiempo del mundo.
—Hay una cosa más —reconoció Jinn—. Hace un año tomamos posesión
de cuatro misiles de crucero KH-55 fabricados en Rusia. Los misiles están
escondidos en la base aérea de Karshun en el golfo. Cada uno tiene una
cabeza nuclear de diez kilotones. Si nuestras plantas de enriquecimiento son
atacadas, no dudaremos en utilizarlos. El plan es tomar Jerusalén y los
yacimientos petrolíferos de Ghawar. Nuestro presidente tiene planeado hacer
un anuncio la semana que viene. Yo estoy aquí para ir preparando el terreno.
Dígale a sus superiores que se lo piensen bien antes de actuar.
—Les daré la noticia.
—¿Y bien? —dijo Jinn—. ¿Dónde están las fotos? ¿Dónde está mi
pasaporte? Necesito saber que puedo salir. Ya he dejado de ser su lacayo. Eva
prometió que me lo devolvería todo.
Jonathan le entregó el pasaporte francés.
—Tendrá que esperar por las fotografías. Las tenía Eva. No tiene de qué
preocuparse. Éste es el fin de la operación. Nadie volverá a molestarle.
Fue entonces cuando se dio cuenta del alboroto que había delante de ellos.
Un pelotón de soldados interceptaba el camino colocando barreras
antidisturbios para bloquear ambos carriles del tráfico. Numerosos policías
pululaban por las aceras gritando órdenes a los peatones. Unos corrían en
dirección contraria; otros se agazapaban contra la pared presas del pánico;
unos pocos más se tiraron al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos.
Sonó El teléfono de Jinn. Respondió con un gruñido. Sus ojos miraron
rápidamente a Jonathan. Colgó tras diez agonizantes segundos.
—La policía ha rodeado el hotel —informó Parvez Jinn—. Buscan al
hombre que entregó el Mercedes. Parece ser, amigo mío, que usted me ha
matado.
68

Jonathan mantuvo la mirada al frente. Un escuadrón de policías avanzaba


por mitad de la calle con las pistolas desenfundadas y apuntando al Mercedes.
Un vistazo por el espejo retrovisor reveló a otros tantos que se acercaban por
la parte de atrás. Oyó el aleteo vibrante del motor de un helicóptero por
encima de sus cabezas. Un hombre pequeño y decidido vestido con traje y
abrigo salió del pelotón que había delante de él. Tenía bolsas bajo los ojos,
pero no había duda de lo enérgicos que eran sus pasos ni de la rabia apenas
oculta. Era el mismo policía que había dirigido la llegada al Villa Principessa
dos días antes.
—¿Para quién trabaja usted? —preguntó Jinn—. ¿La CIA? ¿El MI6? ¿El
Mossad? Un hombre tiene derecho a saber por quién está muriendo.
—No trabajo para ninguno de ellos.
—¿Qué quiere decir?
—Soy su marido.
—¿El marido de quién?
Jonathan miró a Jinn de reojo.
—De Eva Kruger.
—Pero... —Sobre las facciones de Jinn cayó un telón—. Démela —exigió
—. Deme la unidad de memoria.
—Lo siento —dijo Jonathan—. Eso es innegociable.
—Pero la policía la va a encontrar... Todos sabrán que yo se la he dado.
Debe devolvérmela.
—Me temo que no.
Jonathan miró a la legión de policías y soldados que se dirigía hacia él.
Desde el principio había pensado entregarse una vez que tuviera las pruebas.
Sin embargo ahora tenía la memoria con un registro de todo el programa
nuclear de Irán, así como al espía que podía corroborar cualquier cosa que
alegara con respecto a los hechos de los días anteriores, y se dio cuenta de que
aún no tenía suficiente. La policía le confiscaría la unidad de memoria. Jinn
sería devuelto a su delegación y lo sacarían de inmediato del país. ¿Y
Jonathan? Lo dejarían solo y le caerían de veinte años a cadena perpetua.
Sólo había un camino. Tenía que salir de la ciudad. Tenía que entregar la
unidad de memoria a las únicas personas que sabrían qué hacer con ella.
Puso la marcha atrás y comenzó a retroceder, saliendo y entrando
bruscamente entre la fila de coches. Veinte metros después frenó, puso la
marcha adelante, giró el volante y aceleró hacia una calle lateral. Al cabo de
unos segundos empezaron a sonar las sirenas. Vio cómo varios soldados se
arrodillaban en mitad de la calle por detrás de él con las ametralladoras sobre
los hombros. Era una presa fácil: treinta metros, sin obstáculos y en línea
recta, como si fuera una flecha. Pero nadie disparó. No era necesario. La
ciudad era una jaula cerrada.
Jonathan pisó el acelerador y el Mercedes devoró rápidamente la empinada
cuesta. Giró a la izquierda al llegar a la cima de la colina. Conducía en
paralelo al Promenade, pasando por los chalets y apartamentos. Era sólo
cuestión de tiempo que le detuvieran. Aun así, tiempo era lo que necesitaba.
Tiempo para pensar. Para hacer planes. Para pensar en una estratagema.
Ahora era uno de ellos. Un miembro del equipo de Emma. Un profesional.
—¡Pare! —gritó Jinn—. Va a hacer que nos maten a los dos.
Jonathan le miró por el rabillo del ojo.
—No es usted el que me preocupa.
Un coche de la policía se incorporó a la calle detrás de él. Mantuvo la
distancia, contento por cercar una parte de la trampa. Jonathan dobló la
siguiente esquina. El camino se estrechó hasta que era apenas un único carril.
Los pinos crecían por encima de él. Ya no estaba en la zona oficial del Foro.
No habían limpiado la nieve de esta parte del pueblo. El hielo formaba una
costra en el camino a medida que se combaba cuesta arriba hacia el interior de
un sombrío bosque antes de terminar de forma abrupta. Una pared de nieve
bloqueaba el paso. Jonathan pisó el freno y el coche derrapó antes de
detenerse.
Jinn forcejeó torpemente para abrir la puerta en un esfuerzo por escapar.
Jonathan pulsó el seguro central y volvió a colocar al iraní en su asiento con el
brazo derecho.
—¡Quédese quieto!
Fue marcha atrás a tiempo de ver como un coche de la policía bloqueaba su
retirada. Había una pradera a su derecha y un sendero a su izquierda. Jonathan
giró el volante a la izquierda y aceleró por el sendero. Unas vallas de madera
se alineaban a ambos lados. El sendero era liso y después se zambullía cuesta
abajo. El coche rebotaba a derecha e izquierda, golpeando las vallas.
Sorprendentemente su respiración era tranquila y los latidos de su corazón
apenas se habían acelerado. La nieve era su elemento. En lugar de asustarse,
se entregó a un control férreo. Agarraba el volante con suavidad, empujando
el morro a izquierda y derecha, sin importarle si derrapaba.
—¡Cuidado! —gritó Jinn.
Justo delante de ellos una mujer y un hombre arrastraban a sus hijos
pequeños montados en un par de trineos por el sendero. Jonathan pisó el freno
y el coche se deslizó hacia la izquierda, pero no se detuvo del todo. Pulsó la
bocina con fuerza. La pareja miró hacia atrás aterrorizada y comenzó a correr.
Uno de los niños miró por encima del hombro, sonrió y saludó con la mano.
Jonathan volvió a pisar el freno, lo cual sólo hizo que disminuyera su
control. No había forma de detener el coche.
El Mercedes aminoró rápidamente la distancia entre ellos. Veinte metros
separaban al coche de la familia. Quince. Diez. La madre resbaló y cayó.
Abrió la boca con un grito silencioso.
A la derecha apareció un sendero.
Jonathan giró el volante. La parte trasera del Mercedes se descontroló. Pisó
el acelerador y el coche volvió a enderezarse. Los neumáticos hicieron valer
su adherencia y el morro dio bandazos hacia delante, pero sólo por un
momento. Delante de ellos el sendero caía cuesta abajo, pero ahora se
sumergía en las sombras de una legión de pinos. La nieve se convirtió en
hielo. Los neumáticos perdieron su adherencia. Estaba patinando
completamente fuera de control. La parte trasera viró hacia la derecha y
después a la izquierda, siguiendo con un giro de cuarenta y cinco grados
mientras escoraban hacia atrás cuesta abajo ganando velocidad.
Jinn estaba sentado con los ojos bien abiertos y una mano presionando
contra el techo, gritando.
El coche saltó por encima de la linde del camino. Golpeó un objeto duro y
rebotó con el parachoques como una bola de billar. Jonathan vio el destello de
una cabaña. Todo se movía demasiado rápido. Agarró el volante con todas sus
fuerzas. La parte trasera botó violentamente y, de repente, perdió velocidad.
El irritante ruido desapareció y se hizo el silencio. Jonathan se dio cuenta de
que estaban en el aire. La parte de atrás del coche cayó en picado. El capó se
levantó como una ola negra delante de él y cerró los ojos cuando el sol le
deslumbró. El coche aterrizó a un lado con un tremendo ruido sordo, dio una
vuelta de campana, otra y después se detuvo, quedando boca abajo.
Jinn estaba inconsciente, con los ojos cerrados. Los dientes se le habían
clavado en los labios y la boca le sangraba, pero no parecía estar herido.
Jonathan empujó la puerta con el hombro y cayó rodando al suelo. Los oídos
le zumbaban y tenía entumecido el brazo izquierdo. Se puso de rodillas
temblando. El Mercedes se había caído por una cornisa, había rodado por una
pequeña pendiente y había terminado en un prado. La atmósfera se llenó del
oscilante brillo de una docena de sirenas que se dirigían hacia él. Podía ver las
luces azules acercándose por el sendero del bosque que había por encima de
él. Parpadeó y se dio cuenta de que veía doble, un claro síntoma de
conmoción cerebral. Entornó los ojos y la visión mejoró.
Al mirar colina abajo vislumbró la Davostrasse asomando entre la parte de
atrás de almacenes y edificios. Se levantó y se puso a andar a trompicones en
dirección a los almacenes. Aturdido y entumecido, mantenía la suficiente
claridad de mente para buscar a tientas la unidad de memoria.
Gracias a Dios seguía ahí.
Una exhalación de aire caliente le tocó la espalda y, de repente, estaba en el
aire. La fuerza de la explosión lo absorbió. Aterrizó sobre su vientre, con la
cara enterrada en la nieve. Se incorporó apoyándose en un codo y miró hacia
atrás. El Mercedes estaba en llamas, las ventanillas habían explotado y el capó
se dobló por la mitad.
Jonathan no sabía qué había pasado, si había explotado el tanque de la
gasolina o si había sido algo más siniestro. Detrás del coche en llamas, en la
ladera que daba al prado, se detuvo un coche de la policía. De él salió un
hombre.
—¡Doctor Ransom! —gritó—. Deténgase. No puede ir a ningún sitio.
Era el oficial de Ascona, el mismo policía con barba que había visto unos
minutos antes en la calle.
Jonathan echó a correr.
69

Von Daniken miró colina abajo. La nieve llegaba hasta las rodillas, estaba
húmeda y cubría sus zapatos de piel. No le importó. Le pasaría la factura al
departamento para comprarse un par nuevo. Puso la mano sobre la pistola y
después la quitó. En treinta años de servicio nunca había desenfundado el
arma y no veía ningún motivo para hacerlo ahora.
Un segundo coche de policía irrumpió en el camino que había detrás de él.
Varios policías de paisano salieron de él. No reconoció a ninguno. Sin duda
pertenecían a la policía estatal.
Se giró hacia Myer.
—Avisa por radio para que acordonen la Davostrasse y se aseguren de que
Ransom no vuelve a la calle principal.
—Inspector jefe Von Daniken —gritó alguien.
Von Daniken miró hacia atrás. Aquella voz... «La conocía». Estudió a los
hombres más de cerca. Nunca antes había visto a ninguno de ellos.
—Quédese donde está —dijo aquella voz familiar—. Tenemos una orden de
arresto contra usted.
A Von Daniken le costó reaccionar. «Ésas eran mis palabras», pensó
mientras le ponía cara a aquella voz. Vio la delgada figura que emergía entre
los coches. La tez pálida. El pelo rojo y demasiado largo para un hombre de
su edad.
—Se le acusa de conspiración con un servicio de inteligencia extranjero —
gritó Alphons Marti desde la cima de la colina—. Vuelva al coche, Marcus, y
no tendré que pedir a mis hombres que le detengan.
Von Daniken siguió caminando con dificultad por la nieve. «Una orden de
arresto contra mí. Qué ridículo». Pero en el fondo había estado esperando
aquel golpe. No era sólo lo que Tobi Tingeli le había dicho esa mañana,
aunque aquello había cerrado el trato. Lo sabía desde hacía dos noches,
cuando Marti se había negado a dejarle llamar a la policía para que buscaran
el drone.
Miró a Kurt Myer, pero también se lo estaban llevando y lo estaban
metiendo en el asiento de atrás de un coche de policía.
—¿Me acusa de ser un espía? —preguntó Von Daniken.
—Yo dejo que sea la ley quien acuse. Mi trabajo es hacer que se cumpla.
Von Daniken dirigió su mirada de Ransom a Marti. Ahora varios de sus
hombres estaban bajando por la pendiente. Uno de ellos incluso había sacado
la pistola. El americano corría en dirección opuesta, alejándose del coche.
—¿No va a detenerlo? ¡Es a él a quien buscamos!
—Hoy no, Marcus. Hoy es usted el sospechoso número uno.
En ese momento se había reunido un grupo en la linde del prado. Varias
personas corrieron hacia el coche, incluido un hombre con un extintor de
incendios. Ransom seguía su camino, aminorando el paso y acercándose cada
vez más a la libertad.
Von Daniken comenzó a caminar por el prado, acelerando el paso, hasta que
empezó a correr.
—¡Ransom! —gritó—. ¡Deténgase! ¿Me oye?
Cada segundo que pasaba llegaban más soldados y policías a la escena. Al
menos diez hombres uniformados se dirigían hacia el lado oeste del prado,
dispersándose para llegar hasta el coche en llamas. Von Daniken les avisó con
la mano.
—¡Está allí! —gritó haciendo señas hacia Ransom—. El del traje oscuro. El
hombre alto de pelo negro.
Las miradas de los policías pasaban de Von Daniken a Marti. Todos
conocían al Bundesrat de vista. Como uno de los siete miembros del Consejo
Federal que gobernaba el país, era un destacado personaje a nivel nacional.
No era conveniente desobedecer sus órdenes.
Marti dio una orden a uno de sus ayudantes, quien envió un mensaje a través
de su radiotransmisor. Los soldados allí reunidos no hicieron caso a Ransom y
rodearon a Von Daniken. Dejando caer las manos, el jefe del Servicio de
Análisis y Protección, uno de los agentes del orden de más alto rango del país,
se detuvo y esperó como un delincuente común a que los oficiales le
alcanzaran.
—Está bien —dijo sin aliento—. Denme un minuto.
Marcus von Daniken se enderezó y miró hacia el prado nevado. Entre el
resplandor pudo ver la silueta de una figura oscura como un grajo. Después
desapareció.
Ransom se había ido.
70

Jonathan se deslizaba de sombra en sombra ocultándose en rincones oscuros


y en portales, en callejones húmedos y pasajes desiertos. La cabeza le dolía
desde la explosión y estaba seguro de que se había magullado algunas
costillas. Aun así, estaba libre y la libertad era un estímulo vigorizante. Tenía
tan sólo un objetivo: salir de la ciudad.
Se abrió camino por una calle lateral llena de hielo negro. Estaba ansioso
por alejarse del centro de la ciudad. Posiblemente había incluso más policías
patrullando las aceras que cuando había llegado a la ciudad. No pasaba ni un
minuto sin que apareciera un soldado o un policía de la nada y pasara por su
lado colina arriba. La columna de humo negro actuaba como faro. Los
equipos de seguridad retrocedían hasta la zona roja como si fuera la batalla de
Little Big Horn.
Pasó por delante de varias casas, de un garaje y de un taller de electricidad.
Era difícil caminar con tranquilidad. La mitad de él quería correr como un
demonio, la otra mitad quería meterse en un sótano, hacerse un ovillo y
esconderse. Lo peor era el deseo casi incontrolable de mirar hacia atrás por si
le perseguían. Varias veces estuvo seguro de que alguien le iba a la zaga, pero
observando la acera por detrás de él no pudo ver nada.
Cruzó la calle y bajó por un camino en pendiente que pasaba entre varios
chalets. Al pie de la colina el camino se ensanchaba. A su izquierda se
levantaba un estadio de hockey sobre hielo al aire libre. A su derecha, una
calle comercial que conducía a la estación. Había un grupo de coches de la
policía aparcados cerca de las vías. No saldría de Davos en tren.
Pensó dónde debería ir. Cuanto más bulliciosa fuera la calle, más probable
era que se encontrara a la policía. Necesitaba tranquilidad. Necesitaba pensar.
Saltó por encima de una pequeña valla que rodeaba una caseta de madera
alargada de techo bajo. Un hedor a estiércol se filtraba entre sus ásperas y
largas paredes. Escuchando los mugidos y crujidos de las vacas que había en
su interior, siguió andando hacia la parte de atrás de la caseta.
Se detuvo de repente.
Ahí estaba de nuevo. El chirrido en la base de su cuello. Estaba seguro de
que alguien lo estaba vigilando.
Poniéndose de espaldas a la pared, asomó la cabeza por la esquina y miró
hacia el camino. Una vez más, no vio a nadie.
Apoyó la cabeza contra la madera diciéndose a sí mismo que se calmara.
Sacó del bolsillo la unidad de memoria. Esa era la llave de su libertad. Seguía
haciéndose la pregunta: ¿quién tenía la cerradura?
Ordenó sus pensamientos planeando cuáles serían sus siguientes pasos.
Buscaría algún lugar donde descansar, esperaría a que oscureciese y, después,
se dirigiría montaña arriba. La mayor parte de las conferencias se celebraba
después de las seis de la tarde. Con tantos visitantes asistiendo al
Kongresshaus, la ciudad estaría más tranquila y, con suerte, la presencia de la
policía sería menor. Una vez que pasara por el Promenade, la salida sería más
segura. El cerco exterior que rodeaba la ciudad era de apenas dos metros de
alto. Podría saltarlo en diez segundos. Si seguía su camino hacia las montañas
saldría del valle. Por la mañana estaría en Landquart, donde todo empezó.
Desde allí buscaría un tren o haría autostop hasta Zúrich.
Se quedó inmóvil, seguro de que lo estaban observando.
Al salir a la calle se encontró cara a cara con un hombre fuerte varios
centímetros más bajo que él. El hombre iba vestido con un equipo de esquí
oscuro pero Jonathan podría asegurar que no se trataba de un esquiador. Sus
ojos negros lo miraban con curiosidad, como si se le debiera una explicación.
Jonathan reconoció aquella cara de inmediato. Era el hombre del tren.
El brazo del asesino se elevó con un estilete en la mano. Jonathan lo esquivó
inclinándose hacia la derecha, empujando al hombre con fuerza hacia un lado.
Un cuchillo. «Por supuesto», pensó. Nadie podía eludir la seguridad con una
pistola. El asesino se golpeó contra la pared y cayó sobre una rodilla.
Jonathan sabía que era mejor no luchar. Había tentado a la suerte en dos
ocasiones en los últimos días y las dos veces había salido herido. Según lo
veía él, iban dos contra uno.
Salió corriendo.
Recorrió la caseta del ganado, pasando entre ésta y el establo anexo.
Enseguida estuvo de nuevo en el camino pavimentado, corriendo con todas
sus fuerzas. Cien metros después llegó a una bifurcación de caminos. Eligió
seguir la dirección del que subía colina arriba. Delante de él podía ver los
coches y peatones que llenaban la Davostrasse. Miró hacia atrás. La calle
estaba desierta. El asesino había desaparecido. Jonathan dejó de correr y
siguió caminando.
Había dos coches de policía aparcados al final de la manzana. Detrás de
ellos se levantaba el cerco de seguridad coronado con una alambrada de púas.
Era el control de seguridad que regulaba el acceso de la zona verde a la roja.
Jonathan se escondió detrás del garaje de una empresa de distribución de
bebidas. Había barriles de cerveza apilados a cuatro alturas y en distintas filas.
Se agachó entre el laberinto de cajas y barriles serpenteando a un lado y a
otro, hasta que llegó a un callejón sin salida. Sin ningún sitio adonde ir, sacó
una caja y se sentó. Por ahora estaba a salvo.
Se retiró el abrigo sobre la espalda y estudió sus opciones. La lista era
tristemente corta. Ya no podía esperar a que oscureciera. Si el asesino le había
encontrado una vez, le encontraría de nuevo. Esconderse no era una opción.
Oculto en la sombra, empezó a temblar.
Si tan sólo pudiera esperar a que oscureciera..., hasta que las conferencias...
Estaba previsto que Paul Noiret diera esta tarde su charla sobre la
corrupción en el Tercer Mundo. Si Paul estaba aquí, también estaría Simone.
Despertando de su desánimo, sacó el teléfono de Blitz y marcó.
—Allo.
—Simone —dijo jadeante—. Soy Jonathan.
—Dios mío, ¿dónde estás?
—Estoy en Davos. Tengo problemas. ¿Dónde estás tú?
—Estoy aquí también, por supuesto. Con Paul. ¿Estás a salvo?
—Por ahora. Pero necesito salir de aquí.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Pareces asustado.
—¿Ves esa columna de humo cerca del Belvedere?
—Está justo enfrente de mi hotel. ¿Has oído la explosión? Paul y yo
creemos que era una bomba. No me va a dejar salir de la habitación.
—Puede que lo haya sido.
Volviendo a pensar en la explosión, se dio cuenta de que no había motivos
para que el depósito de gasolina se hubiera incendiado y de que la explosión
había sido varias veces más grande de lo que podía haber provocado medio
depósito de gasolina. Su fuerza le recordó a una ráfaga de artillería. Habían
manipulado el coche para que explotara. No sabía cómo lo habían accionado
ni por qué la policía del puesto de control no había detectado los explosivos.
Lo único que sabía era que la explosión había hecho volar el motor de un
coche blindado y que había dejado el capó doblado como una pequeña y
maltrecha tienda de campaña.
—¿Quieres decir que sabes algo? —preguntó Simone.
—Yo estaba en el coche segundos antes de que se incendiara. Escucha,
Simone, necesito tu ayuda. ¿Ha traído Paul su coche?
—Sí, pero...
—Escucha. Si no puedes hacer lo que te pido, lo entenderé. —Jonathan se
obligó a sí mismo a hablar despacio—. Necesito que me saques de la ciudad.
Necesito que me lleves a Zúrich. Si me llevas ahora, podrás estar de vuelta
para la conferencia de Paul.
—¿Qué le voy a decir?
—Dile la verdad.
—Pero no sé cuál es la verdad.
—Te lo contaré todo en el coche.
—Jon, me estás poniendo en una posición difícil. Te dije que salieras del
país.
—Me iré en cuanto llegue al consulado de Estados Unidos.
—¿El consulado de Estados Unidos? Pero ¿por qué? Lo único que harán
será devolverte a la policía suiza.
—Puede que sí, puede que no. Tengo algo que me puede hacer ganar un
poco de tiempo.
—¿Qué es? ¿Por fin encontraste una prueba?
—No importa —dijo con brusquedad, perdiendo la paciencia—. ¿Lo vas a
hacer?
—No puedo contárselo a Paul. No lo permitiría.
—¿Dónde está ahora?
—Con sus compañeros, preparando su charla.
—Haz esto por Emma.
—¿Dónde estás?
—Ve con el coche por la Davostrasse hasta que pases la oficina de turismo.
Gira a la izquierda y ve al pie de la colina. Verás un establo viejo al final de la
calle a tu izquierda, con un abrevadero enfrente y un tractor oxidado en la
parte de atrás. Te estaré esperando allí.
Simone vaciló.
—De acuerdo. Dame cinco minutos.

Un Renault plateado se detuvo junto al establo en el que habían quedado.


Simone bajó la ventanilla.
—¡Jonathan! —gritó—. ¿Estás ahí?
Él esperó unos segundos con la mirada puesta en el camino que quedaba
detrás de ella, esperando a ver si la habían seguido. Aunque no se acercaba
ningún coche, siguió esperando. Estaba seguro de que el asesino estaba ahí.
Finalmente salió de la caseta que había en el lado opuesto de la calle y
corrió hasta el coche.
—Abre el maletero —ordenó, golpeando la ventanilla del pasajero con los
nudillos.
Simone dio un salto en su asiento.
—Deprisa —dijo—. Me están siguiendo.
—¿Quién? ¿Dónde? ¿Los ves?
—No lo sé exactamente, pero está cerca.
—Dicen que un ministro iraní estaba dentro del coche cuando explotó.
Parvez Jinn. Era el encargado de pronunciar el discurso inaugural esta noche.
Jonathan asintió.
—El maletero —dijo.
—Dime en qué me estoy metiendo.
—Estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado. ¡Vamos! ¡Date
prisa!
Simone lo pensó un momento y después le hizo un gesto para que se
metiera. Unos segundos después abrió el maletero.
—Para en Landquart para que yo pueda salir —pidió—. Te lo explicaré todo
entonces.
Dicho eso, se dirigió rápidamente a la parte trasera del coche, se metió en el
maletero y lo cerró.
71

—Lo tengo —dijo Simone Noiret en voz baja por su teléfono móvil—. Te
recogeré donde acordamos.
Colgó y después bajó el volumen de la radio del coche.
—¿Cómo te va por ahí atrás? —gritó por encima de su hombro—. ¿Me
puedes oír?
Una voz sorda y dos golpes fueron su respuesta. Puede que el maletero fuera
estrecho, pero había oxígeno de sobra para un trayecto tan corto. Al fin y al
cabo, no tenía pensado llevar a Jonathan hasta Zúrich.
Durante más de dos años, Simone Noiret había trabajado para infiltrarse en
la División. Era extraño pensar en volverse en contra de tu propio país, pero
no había duda de que el mundo era en la actualidad un lugar extraño. Las
rivalidades eran tan fuertes entre las organizaciones como entre las naciones
enemigas.
Nacida con el nombre de Fatima Françoise Nasser en Queens, Nueva York,
de madre franco-argelina y padre egipcio. Sus primeros recuerdos eran de
dinero, o para ser más exactos, de las peleas por la carencia del mismo. Su
padre era avaro de nacimiento. Cuando ella pensó en la astucia que fue
necesaria para arrebatarle unos miserables diez dólares de su puño apretado,
se puso a sudar. Se alistó en el ejército a los dieciocho años porque su
hermano lo había hecho antes que ella. Su facilidad para los idiomas la
llevaron a un puesto en inteligencia. Además de francés, egipcio e inglés,
hablaba persa y árabe. Recibió su formación en Fort Huachaca, Arizona, y en
el Instituto de Idiomas del Ejército de Monterrey antes de que la destinaran a
Alemania. Fue ascendida al E-524 antes de salirse. Con el dinero que había
ahorrado y la instrucción recibida en la infantería del ejército asistió a la
Universidad de Princeton, donde se licenció con honores en Estudios de
Oriente Medio.
Apenas un mes después recibió una llamada en la que le pedían que asistiera
a una reunión en Manhattan con un representante de la CIA. Éste fue
directamente al grano. La junta directiva de operaciones la había estado
observando desde su estancia en el ejército. Le ofrecieron un puesto al otro
lado del océano. Se trataba de espionaje puro y duro. No como el que se ve en
las películas, sino el de verdad. Asistiría a un curso en la Granja, el centro de
formación de la CIA, cerca de Williamsburg, Virginia. Si aprobaba, seguiría
formándose como espía infiltrada. Necesitaba una respuesta en veinticuatro
horas. Simone dijo que sí en el acto.
Eso fue hace once años.
Fue el almirante Lafever, subdirector de Operaciones, quien le había pedido
que se uniera a su cruzada personal contra la División. No era una petición
que se pudiera rechazar y, en cualquier caso, ella estaba deseosa de nuevos
retos. Todos los registros de su trabajo en la CIA fueron cancelados. Sólo se
hizo una sencilla anotación en la que se la designaba como profesora
ambulante, una más de la multitud de europeos desplazados que viajaban de
país en país para ocupar puestos vacantes en una escuela americana tras otra.
El trabajo de su marido en el Banco Mundial le proporcionaba una tapadera
fácil.
Simone llegó a Beirut un mes antes que Emma. Para entablar amistad,
ayudó a Emma a conseguir las instalaciones de trabajo de la misión de
Médicos Sin Fronteras que le servirían de tapadera. La amistad surgió de
forma natural. Al fin y al cabo las dos tenían muchas cosas en común. Se
podría decir que eran lobas de una misma carnada. No pasó mucho tiempo
antes de que empezaran a hablarse a diario.
Mientras tanto Simone vigilaba.
Uno a uno, fue descubriendo a los miembros de la red de Emma, aunque no
a tiempo de evitar el atentado del hospital que había acabado con la vida de un
inspector de policía libanés involucrado en la investigación del asesinato del
anterior primer ministro del Líbano.
En Ginebra, Simone continuó con su trabajo. Sólo había pasado un mes
desde que había identificado a Theo Lammers como miembro de la nueva red
de Emma. Se lo hizo saber a Lafever y, esta vez, Lafever no dudó en pasar a
la acción. Ella siempre se imaginó que en cualquier momento podría ser
necesario matar. En sus destinos anteriores fue normal. Una parte de ella se
preguntaba si, de algún modo, había matado también a Emma.
Simone atravesó dos puestos de control sin incidentes. En cada uno de ellos
se detuvo y mostró su identificación. En cada uno de ellos se aseguró de mirar
a los ojos del inspector, aunque sin mostrar mucho respeto. En cada uno de
ellos le indicaron rápidamente que siguiera.
En lugar de girar a la derecha cuando llegó al cruce de la autopista que
llevaba en dirección oeste hasta Landquart y Zúrich, condujo el coche en
dirección este, adentrándose más en el valle. Había bastantes curvas en el
camino para que se convenciera de que Jonathan no podía imaginarse en qué
dirección viajaban. Pero aunque se diera cuenta, no importaría. El maletero
estaba cerrado con llave.
Él no iba a ir a ningún sitio.
Pobre corderito.
72

Alphons Marti estaba en lo alto de la colina divisando la pradera con la


mano metida en el costado, como un general victorioso.
—¿Pensaba que no iba a investigar quién había dado el chivatazo a la CIA?
Ya sabe cuánto quería echar el guante a los americanos. Durante mucho
tiempo han estado utilizando nuestro espacio aéreo para transportar
sospechosos hasta sus prisiones secretas. Me pone enfermo pensar en los
hombres inocentes que han capturado, las vidas que han aniquilado.
—¿Desde cuándo son inocentes? —preguntó Von Daniken—. Los
americanos han logrado evitar unos cuantos atentados. El sistema funciona.
—Eso es lo que nos han hecho creer. Tan superiores y poderosos, pero
siempre dispuestos a saltarse una norma cuando les conviene. Esta vez los
teníamos. Gassan iba en ese avión. Era una oportunidad de oro para demostrar
al mundo lo que Suiza representa.
—¿Y qué es? ¿Bloquearle el camino a la guerra contra el terror?
—¿La guerra contra el terror? No tiene ni idea de cómo desprecio esa
expresión. No, en realidad, me refería a la decencia, la honestidad y los
derechos del hombre común. Pienso que esas cosas son responsabilidad de la
democracia que lleva más tiempo funcionando en el mundo. ¿No cree?
Von Daniken se estremeció indignado.
—No pretendo creer que haya nadie a quien le importe lo que yo pienso
sobre ese tipo de cosas. Lo único que sé es que fue Gassan quien le habló a la
CIA sobre el atentado que habían planeado perpetrar en nuestro territorio.
—¿Y qué? ¿Ha hecho usted avances para encontrar el drone?
—Bastantes.
La respuesta sorprendió a Marti.
—¿Cómo?
—La furgoneta utilizada para transportar el vehículo no tripulado fue
fotografiada por una de nuestras cámaras de vigilancia conduciendo por
Zúrich anoche. Justo ahora tengo a la policía de Zúrich peinando todas las
comunidades que rodean el aeropuerto y buscando cualquier atisbo de ella.
—Eso va en contra de mis órdenes.
—Exacto —dijo Von Daniken—. Hace dos noches debería haberle
mandado a la mierda. Ya sabía que usted estaba tramando algo. Aunque no
sabía qué clase de traidor era en realidad.
—¿Traidor? —Marti se ruborizó—. No fui yo quien se puso en contacto con
la CIA.
—No —dijo Von Daniken—. Usted hizo algo peor.
—Creo que ya he tenido bastante. Está acabado, Marcus. Traicionó mi
confianza. Le proporcionó información secreta a un gobierno extranjero.
Entréguele su pistola a mis hombres. —Los oficiales del Servicio de
Seguridad Federal encargados de la protección de Marti se pusieron a ambos
lados de él. Marti se giró hacia uno de sus oficiales—. Denle un castigo.
Opino que ha puesto en peligro un vuelo. —Miró hacia atrás a Von Daniken
—. ¿Por qué no llama a su amigo Palumbo y le pregunta si puede sacarle de
este embrollo?
—Un momento.
Hubo algo en la voz de Von Daniken que hizo que los hombres se
detuvieran. Se quedaron donde estaban, como observadores de la guerra que
se batía entre sus superiores.
—Vamos, línchenlo —dijo Marti.
Von Daniken dio un paso adelante y colocó una mano firme sobre el
antebrazo de Marti.
—Venga conmigo. Tenemos que hablar.
—¿Qué demonios cree que está haciendo?
Von Daniken apretó la mano.
—Confíe en mí. Es algo que querrá mantener entre los dos.
Uno de los agentes de seguridad inició un movimiento en dirección a ellos,
pero Marti le hizo una señal de negación con la cabeza. Von Daniken le
condujo colina abajo, alejándose del grupo de oficiales.
—La furgoneta no ha sido el único descubrimiento que hemos hecho —dijo
tras cubrir veinte metros—. Pudimos seguir la pista del dinero que se pagó a
Lammers y Blitz hasta cierto consorcio de un paraíso fiscal abierto por el
Banco Tingeli. Creo que usted conoce a Tobi, ¿no es así? ¿No fueron juntos a
la universidad? Los dos se licenciaron en Derecho, si no recuerdo mal. Tobi
no estuvo muy comunicativo al principio. Tuve que recordarle cuáles eran sus
obligaciones como ciudadano suizo.
—Saltándose más normas, sin duda —dijo Marti liberando su brazo.
Von Daniken obvió el comentario.
—Como usted sabe, es política común del banco donde está domiciliado el
consorcio guardar todos los extractos de cuentas a nombre de sus clientes.
Tobi fue lo bastante bueno para proporcionarme copias de los extractos
mensuales del consorcio... por «el bien público». Los dos nos quedamos
sorprendidos cuando supimos que el dinero que financiaba el consorcio no era
enviado desde Teherán, sino desde Washington, D. C.
—¿Desde Washington? ¡Eso es ridículo!
—Una cuenta que pertenece al ministerio de Defensa de Estados Unidos.
—Pero Mahmoud Quitab era un oficial iraní. Usted mismo me lo dijo. —
Cuando Marti vio que perdía ventaja, cambió de táctica—. De todos modos
Tobi no tenía derecho a revelar ese tipo de información. Incumple todas las
leyes del secreto bancario.
—Puede que sí —concedió Von Daniken—. Aun así estoy seguro de que
sus colegas del Consejo Federal estarán encantados de conocer la identidad de
algunos de los restantes individuos a los que este consorcio financia. De hecho
hemos seguido la pista de algunos de los pagos a una cuenta privada de la
sucursal de Berna del United Swiss Bank. Usted tiene una cuenta allí,
¿verdad? 517.62... ¿Me ayuda a recordar?
El color desapareció de las mejillas de Marti.
Von Daniken continuó.
—Durante los últimos dos años usted ha estado recibiendo quinientos mil
francos al mes por cortesía del ministerio de Defensa de Estados Unidos. No
me acuse de traidor. Usted es un agente pagado por un gobierno extranjero.
—¡Eso es absurdo!
—Todo su discurso sobre echar el guante a la CIA y poner a América en
evidencia es una tontería. Usted quería sacar a Gassan de aquel avión de
Berna para que no fuera interrogado por la CIA. No quería que pudiera dar a
Palumbo ninguna información sobre el atentado.
—No tengo ni idea de lo que está hablando. ¿A qué atentado se refiere
ahora?
Marti se giró hacia sus hombres e hizo ademán de llamarlos.
—Ni se le ocurra —dijo Von Daniken sacando de su chaqueta un fajo de
papeles—. Está todo aquí. Cuenta 517.623 AA. Una cuenta numerada, pero ya
no son anónimos. Eche un vistazo si no me cree.
Marti ojeó los documentos.
—No lo admitirán a trámite en un juzgado. Inadmisible. Todo ello.
—¿Quién ha hablado de juzgados? Ya he enviado una copia por correo
electrónico a la presidenta con una nota en la que explica nuestra
investigación en curso. No creo que ella quiera aparecer al lado de un espía,
¿y usted?
—Pero, pero... —Marti agachó la cabeza, abatido.
Von Daniken le cogió los documentos de la mano.
—Entonces veamos, Alphons, ¿qué está haciendo exactamente Jonathan
Ransom?
—No lo sé.
—¿No lo sabe o no lo quiere decir?
—Lo único que sé es que querían quitarlo de en medio. Él no forma parte de
esto.
—¿Parte de qué? No me mienta. Hay una banda de terroristas en algún lugar
ahí afuera con un drone que tratan de hacer chocar contra un avión en las
próximas cuarenta y ocho horas.
—Ya se lo he dicho. No sé nada del drone.
—Muy bien, ¿qué es lo que sabe? No está ganando quinientos mil francos al
mes por estar de brazos cruzados. Quiero saberlo todo. ¿Quién? ¿Por qué?
¿Durante cuánto tiempo? Si puede decirme algo que pueda servir de ayuda
para detener el atentado, ahora es el momento. Esta es la única oportunidad
que va a tener para atenuar sus cargos.
—Se lo diré —dijo Marti después de un largo silencio—. Pero si alguien me
pregunta, lo negaré todo.
Von Daniken esperó.
Marti dio un suspiro.
—No sé nada del atentado. Lo que ellos querían eran licencias para
exportaciones. Quedan dentro de mi ámbito como ministro de Justicia.
—¿Quién las quería?
—John Austen.
—¿Quién es?
—Un amigo. Un compañero de creencias.
—No me venga con esas tonterías. ¿Quién es?
—Un general de división de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que
lidera el Servicio de Inteligencia Humana para la Defensa. Su verdadero
trabajo es el de dirigir un equipo de alto secreto llamado División. Hace dos
años su organización se encargó de la compra de una empresa en Zug llamada
ZIAG que fabrica productos de ingeniería de vanguardia. ZIAG enviaba los
productos a Parvez Jinn a Irán. Mi trabajo era aprobar los envíos. Pero ya se
ha acabado.
—¿Qué tipo de productos?
Marti miró a Von Daniken como si la pregunta fuera un insulto personal.
—¿Usted qué cree?
—Soy policía. Prefiero que sean los criminales quienes hagan la confesión.
—Centrifugadoras. Acero martensítico. Ese tipo de cosas. Me aseguraba de
que toda la burocracia pasaba por los canales adecuados y que nadie de
aduanas inspeccionara demasiado.
—¿Se refiere a maquinaria para procesar uranio para armas nucleares?
Marti asintió.
—No es asunto mío lo que quieran hacer con ello.
—¿Y qué me dice del atentado?
—Se lo he dicho. No sé nada de ningún atentado. Quiero detener ese drone
tanto como usted.
Von Daniken se quedó pensativo entrecerrando los ojos mientras trataba de
darle sentido a todo aquello. ¿Por qué iba Estados Unidos a eludir sus propios
esfuerzos para evitar que los iraníes consiguieran tecnología para armas
nucleares? Reprodujo los hechos de los últimos días — los asesinatos de Blitz
y Lammers, el descubrimiento del drone y de los explosivos y ahora la
revelación de que una compañía suiza perteneciente de forma secreta a los
americanos había estado proporcionando a Irán tecnología punta para armas
nucleares.
Poco a poco fue cayendo en la cuenta.
Una idea monstruosa.
Miró fijamente a Marti con un odio renovado y profundo.
—¿Por qué?
Pero Alphons Marti no respondió. Juntó las manos y bajó la cabeza, como si
estuviera rezando.
73

A la una de la tarde Sepp Steiner, jefe del Servicio de Rescate de Davos,


dejó su despacho en la cumbre de Jakobshorn, a 2.950 metros sobre el nivel
del mar, y salió fuera. La predicción había dicho que un sistema de altas
presiones avanzaría desde el sur, pero por ahora el cielo estaba tan nublado y
amenazante como siempre. Caminó a grandes pasos hasta el otro lado de su
oficina y comprobó el barómetro. La aguja estaba fija en los 880 milibares.
Temperatura: menos cuatro grados Celsius. Dio un pequeño golpe al cristal
con los dedos y la aguja saltó hasta los 950.
Volvió la cara hacia el cielo para estudiar las nubes. Durante los últimos tres
días había parecido un mar en calma. Esta mañana había un cambio. En lugar
del panorama gris podía discernir nubes individuales. El aire era claramente
más seco. Se levantó brisa, pero había cambiado de dirección. Venía del sur.
Steiner entró corriendo en su despacho y cogió unos prismáticos —unos
Nikon 8X50 de los que se reían sus compañeros porque le hacían parecer el
comandante de un tanque. Se los llevó a los ojos y oteó las montañas de este a
oeste. Por primera vez en una semana pudo distinguir los picos que se alzaban
sobre Frauenkirch. Se detuvo en el Furga apuntando con los anteojos hacia
Roman, la pendiente vertical donde su hermano mayor había perecido hacía
mucho tiempo. La mujer seguía allí, tendida en la profundidad de la grieta.
Steiner no habría querido dejar que su mujer durmiera el sueño eterno en el
hielo.
Justo entonces la brisa se suavizó. Se abrió una fisura entre las nubes justo
encima de su cabeza y un cielo azul celeste le miraba desde arriba. Anduvo
los pocos pasos que le separaban de la estación meteorológica. En la
temperatura se leía un menos dos. El frente de altas presiones había llegado.
Steiner entró rápido, encendió la radio y alertó a sus hombres. Era hora de
volver a Roman.

Tres horas después el equipo de Steiner alcanzó el montículo donde Emma


Ransom había sido vista por última vez. Habían llegado por una ruta
secundaria que solamente se utiliza cuando hace buen tiempo y que era la
preferida de los alpinistas y escaladores. Se trataba de un recorrido más corto,
pero mucho más abrupto y presentaba dos cortes verticales de veinte metros
cada uno.
Los últimos vestigios del sistema tormentoso que se había posado sobre el
país entero durante los últimos cinco días se habían disipado. Reinaba un cielo
azul y el sol de la tarde brillaba con fuerza. Un vasto campo de nieve relucía
con los secretos de mil diamantes en bruto.
Steiner miró hacia lo alto de la montaña. No había señales de la lucha a vida
o muerte que había tenido lugar en este lugar. De igual modo, era imposible
discernir el lugar donde estaba la grieta.
Ordenó a sus hombres que se dispersaran en línea. Cada uno sostenía un
sensor de dos metros por delante de él. Paso a paso, fueron avanzando
hincando sus palos en la nieve para comprobar la solidez del suelo. Fue
Steiner quien descubrió la grieta cuando metió su palo en la nieve y avanzó
sin problema hasta que se le dobló la rodilla.
Un cuarto de hora después, sus hombres habían limpiado una franja de diez
metros que les permitió tener un acceso libre a la fisura. Colocaron banderas
en la nieve para demarcar el contorno de la grieta, mientras Steiner
supervisaba la fijación de las cuerdas. Sería él quien descendería por la sima y
recuperaría el cuerpo. Tras una última comprobación del arnés y de los nudos,
encendió su linterna de minero y pidió que le sujetaran. Dejando que la cuerda
pasara entre sus dedos, caminó marcha atrás hacia el interior de la tierra.
Dentro de la grieta el aire era más frío. Mientras descendía, las paredes de
hielo dieron paso al granito estriado. Toda la luz de arriba se eclipsó. Poco
después estaba varado en un paraíso oscuro, con los ojos enfocando el halo de
luz que emitía la bombilla halógena.
Tras descender toda la longitud de una cuerda —cuarenta metros exactos—
vio el cuerpo. La mujer estaba tendida boca abajo, con un brazo extendido por
encima de la cabeza, como si estuviera pidiendo ayuda. Las paredes caían y él
se deslizó por la cuerda más rápido, en un descenso constante e
ininterrumpido, como el de una piedra que cae en un estanque. A medida que
se aproximaba al suelo de La grieta, pudo distinguir la cruz de patrullero de
montaña en la chaqueta y la mata de pelo caoba que le cubría la cara.
Sus pies tocaron tierra.
—Estoy abajo —avisó por radio a su equipo.
En la tenue luz, ella parecía frágil y en paz. La sangre se había congelado
alrededor de las piernas y de la cabeza. Se quitó la mochila, sacó un arnés,
varios mosquetones y un pasamontañas con el que cubrirle la cara y evitar
arañazos y contusiones durante el ascenso. Dispuso el equipo en fila junto al
cadáver. Entonces, como era su costumbre, se arrodilló y rezó por la fallecida.
Pasó las manos por debajo del torso de la mujer para levantar el cuerpo y se
lo echó sobre la espalda. Así sería más fácil colocarle el arnés. Pero
inmediatamente notó algo raro. El pelo largo y enmarañado se cayó. Un
montón de piedras y nieve rodó por el suelo. Se levantó sosteniendo el anorak
y mirando los pantalones que aún yacían en el suelo.
Steiner se quedó boquiabierto.
No había cuerpo alguno.
74

Iban en la dirección equivocada. Habían pasado diez minutos desde que se


había encerrado en el coche. Había sentido la primera curva que llevaba al
exterior de la ciudad, pero seguía esperando las curvas cerradas y cuesta abajo
que precedían a la incorporación a la autopista principal. Si no se equivocaba,
el coche estaba subiendo, no bajando. Estaba seguro de que Simone tendría
algún motivo para haber desobedecido sus instrucciones. Pero ¿cuál? ¿Había
visto algún control policial? ¿Había cerrado la policía la autopista?
Preocupado, Jonathan repasó las funciones de su reloj de pulsera. El
altímetro indicaba 1.950 metros, y un minuto después, 1.960. Tenía razón.
Estaban subiendo. Pasó a la brújula. El coche se dirigía hacia el este. Estaban
avanzando por la carretera que llevaba a Tiefencastel y después a Saint
Moritz. En lugar de ir hacia Zúrich y el consulado de Estados Unidos, se
alejaban de él.
—¡Simone! —gritó, golpeando el techo del maletero—. ¡Detén el coche!
Unos minutos después el coche se hizo a un lado de la carretera. Jonathan se
incorporó apoyándose en un codo con la cabeza rozando el chasis. Sintió
claustrofobia y cada vez más miedo. Sobre la nieve que había fuera crujieron
unos pasos. Una voz de hombre dijo unas palabras. ¿La policía? ¿Habían
llegado al puesto de control? Jonathan contuvo la respiración, esforzándose
por oír la conversación.
Justo entonces se abrió una puerta y el coche se tambaleó cuando otro
pasajero subió en él. La puerta se cerró y el coche retrocedió hasta la
carretera.
—¡Simone! ¿Quién está ahí contigo?
Golpeó más fuerte.
—¡Simone! ¡Contéstame! ¿Quién es?
La radio se encendió y los altavoces colocados sobre su cabeza comenzaron
a aporrear fuerte al compás de los graves. El coche aceleró y él se giró a un
lado.
Con los ojos abiertos, Jonathan se puso boca arriba y repasó lo que había
pasado en los últimos días: la llegada demasiado rápida de Simone a Arosa,
sus súplicas de que saliera del país, su renuencia a investigar a la persona que
había enviado los bolsos de Emma, su frustración cuando él trataba de salvar
la vida a Blitz. Todo aquello habían sido ardides para despistarlo. Cuando él
no cedió ante sus imprecaciones, ella le había llevado más allá. Se arrancó el
san Cristóbal que llevaba al cuello. Debía de tener una especie de dispositivo
de guía. No había otro modo de explicar cómo el asesino había podido
seguirle hasta Davos. Sin embargo no explicaba cómo había conseguido el
acceso a la zona verde. Como Emma, Simone tenía cómplices.
La luz del sol se filtraba por el contorno del maletero. Con la ayuda de la luz
de la esfera de su reloj de pulsera, encontró la cerradura del maletero, oculta
tras una chapa de fibra. Sirviéndose de las llaves de Emma, escarbó la fibra
haciendo una ranura y después un agujero. Cuando éste fue lo suficientemente
grande, introdujo por él un dedo y comenzó a cortar la chapa.
Finalmente el orificio era tan grande que podía tocar la cerradura. Sabía de
coches y estaba seguro de que había una tachuela que podía pulsar para liberar
el pestillo. No estaba tan seguro de lo que haría una vez que abriera el
maletero. No sería más inteligente saltar de un coche que va a ciento
cincuenta kilómetros por hora que esperar a que un asesino profesional te
dispare una bala en el cráneo a bocajarro.
Pasó los dedos por el pestillo en forma de gancho y apretó su dedo pulgar
contra él con todas sus fuerzas. Sus dedos se resbalaban por el metal. Lo
intentó de nuevo con el mismo resultado.
El coche aminoró la marcha e hizo un brusco giro a la derecha dejando el
asfalto. Comenzaron una serie de curvas cuesta arriba y él se agarró para no
golpearse contra el chasis. El ruido del motor era prueba de la fuerte
pendiente. Los giros bruscos y las constantes aceleraciones y frenadas le
hicieron sentir náuseas. Por fin, las curvas pronunciadas cesaron. Tomó aire
con fuerza pero no le hizo sentir mejor.
Deslizándose hacia la parte posterior del maletero, tiró del relleno
alfombrado que había debajo de él y sacó el estuche de herramientas que
había guardado en el interior de la rueda de repuesto. Lo mejor que pudo
conseguir fue la llave de cruz que se usa con el gato. Probó a golpear el
pestillo esperando que se pudiera romper y abrir. No hubo suerte.
El coche se detuvo y el motor se paró. Agarró la llave de cruz con la mano
derecha. Parecía ligera y ridícula. Aun así, se preparó lo mejor que pudo para
saltar del maletero. Oyó cómo la llave se introducía en la cerradura. El
maletero se abrió y el sol de la tarde le golpeó de lleno en la cara, dejándolo
ciego. De forma instintiva, cerró los ojos y levantó una mano para no
deslumbrarse.
—Sal —ordenó Simone.
Al lado de ella había un hombre fuerte de cabello oscuro, tez pálida y ojos
cansados que llevaba una pistola a un lado. Jonathan no necesitó que se lo
presentaran.
—Por favor —añadió el hombre con un rápido movimiento de la pistola—.
Y no te molestes en usar lo que sea que estés agarrando.
Jonathan dejó caer la llave y salió del coche. Habían aparcado en un área de
descanso a unos treinta metros de la cima de la montaña. La vista era
espectacular, un panorama de altísimos contrafuertes de granito en todas
direcciones.
—Supongo que es demasiado tarde para decir que quiero salir del país.
La garganta de Jonathan se secó de repente. Necesitaba agua.
—Traté de avisarte —dijo Simone.
—¿Por qué no me dijiste que trabajabas con Emma? Con eso habría sido
suficiente.
—No lo hago. En realidad estoy tan interesada como tú en saber lo que
estaba haciendo.
—¿Entonces con quién estás?
Simone se limitó a mirarlo.
Dio un paso hacia el filo del descansillo y pudo ver una pared de roca
escarpada. Calculó que sería una caída de mil metros hasta el fondo del valle.
Simone le tendió una mano.
—Necesito toda la información que Parvez Jinn te dio.
—No me dio nada —negó Jonathan.
—¿Has hecho todo este camino para ver a Jinn y ni siquiera le has
preguntado qué sacaba a escondidas del país? Pensé que prácticamente habría
insistido en que lo aceptaras.
—Fui a ver a Jinn para preguntarle si sabía para quién trabajaba Emma y si
por casualidad le había dicho su verdadero nombre.
—No, no fue así. Viniste a Davos para quitarte un problema. Para conseguir
tu prueba.
Jonathan no dijo nada.
—¿Por qué lo pones más difícil? —preguntó ella.
—No tienes por qué hacer esto, Simone.
—Tienes razón, no tengo por qué. Pero Ricardo, aquí presente, sí.
Ricardo, el asesino, se sorbió la nariz.
—Por favor, si tienes alguna información, ahora es el momento de dársela a
la señora Noiret.
—¿Qué estás tramando? —preguntó Jonathan, sin hacer caso al hombre que
había tratado de dispararle en el túnel y que después le apuñaló—. ¿Hiciste
que este hombre matara a Blitz también?
—Lo que tramo es lo mismo que todos los demás en este negocio. No se
trata de un juego, doctor.
Jonathan sacó del bolsillo la unidad de memoria y la sostuvo en la palma de
la mano.
—Todo el programa nuclear de Irán está en este chisme. Jinn cree que es
suficiente para comenzar una guerra.
Simone dirigió una mirada a la memoria.
—¿En serio? Esas cosas no me preocupan.
—Dime para quién trabajas y por qué querías perjudicar a Emma. Dímelo y
es tuyo.
—Trabajo para la Agencia Central de Inteligencia. Soy tu amiga. Créeme.
—¿Mi amiga?
Jonathan movió la cabeza a un lado y a otro. Se dio la vuelta, levantó el
brazo y lanzó la unidad de memoria por el acantilado.
—Merde! —Simone dio un salto hacia el acantilado. Furiosa, miró a
Jonathan y después a aquel hombre llamado Ricardo—. Todo tuyo.
Jonathan miró al cielo y respiró hondo. El aire era maravillosamente fresco.
Justo entonces se escuchó un ruido sordo, como una mano que golpeara un
trasero desnudo. Jonathan se estremeció, esperando sentir algo afilado y
mortal. Respiró. Nada lo había golpeado.
El asesino cayó de rodillas. Una mancha roja apareció en su pecho. Jadeó y
se desplomó sobre la nieve, mientras la sangre salía por su boca.
Simone miró detrás de ella, buscando entre el accidentado terreno que había
por encima de ellos. Una figura apareció entre las rocas. Una persona vestida
de negro y gris con un gorro de lana en la cabeza y ojos ocultos tras unas
gafas de sol de diseño envolvente. Una mano tiró del gorro de lana dejando
caer una mata de cabello de color ámbar. Cuando estuvo a pocos metros se
quitó las gafas de sol.
—¿Tú? —balbuceó Simone—. Pero ¿cómo...?
Emma Ransom levantó la pistola y disparó una bala en la frente de Simone
Noiret, que se tambaleó y retrocedió un paso, aturdida y sin entender nada.
Emma le propinó una patada fuerte en el pecho. Simone cayó en picado por el
precipicio.
Emma caminó hasta el filo y la vio caer.
75

Estaba a tres metros sosteniendo en sus brazos una pistola extraña, una
especie de arma con silenciador y una culata plegable. No había indicios de la
pierna rota ni ninguna herida visible sufrida por una caída de noventa metros.
Lo miró como si fuera una extraña, sin ningún indicio de que deseara
abrazarlo o besarlo ni de que se alegrara de verle.
—Pero yo te vi —dijo él—. En la grieta.
—Creíste que me habías visto.
—La sangre..., el rastro en la nieve..., tu pierna estaba rota. Vi la fractura.
—No era mi hueso. Era tremendamente chapucero. Tenía que actuar rápido.
Cuando descubrí...
—Emma —dijo él.
—... que estaba preparado para este fin de semana, comencé a...
—¡Emma! —gritó él—. ¿Es ése tu nombre?
Sin responder, ella se giró y comenzó a correr colina abajo. Paralizado,
Jonathan se llenó de un flujo de emociones: asombro, rabia, euforia y
amargura, todas ellas luchando entre sí. Tardó un segundo o dos en poner en
orden sus sentimientos. Aún aturdido, la siguió hasta donde había dejado el
coche dos curvas más abajo. Era un Volkswagen Golf muy usado. Se dirigió
hacia el asiento del conductor, pero ella ya estaba allí, abriendo la puerta e
introduciendo la cabeza en la cabina. Cuando él subió al asiento del copiloto
el motor ya estaba encendido y el coche en marcha.
—Hablé con el hospital —dijo él—. La enfermera me dijo que la Emma
Everett Rose que había nacido allí murió en un accidente de tráfico dos
semanas después de su nacimiento.
—Luego —dijo ella—. Te lo contaré todo.
—No quiero todo. Solo quiero la verdad.
—La pura verdad —dijo ella—. Ahora necesito que me cuentes algo. La
unidad de memoria de Jinn. La tienes todavía, ¿no? Quiero decir, no la tiraste
de verdad por el acantilado.
Jonathan sacó la segunda memoria de su bolsillo.
—No —dijo—. Tiré la tuya.
Ella se lo arrebató de las manos.
—Te perdono —dijo—. Por esta vez.
Emma abordó la colina como si fuera un circuito de carreras y estuviera
entrando en la recta final, frenando en las curvas y reduciendo la marcha con
brusquedad. Emma, la que no pudo controlar un palo de esquí para salvar la
vida.
Hasta ahora él había separado las identidades de ella. Estaba Emma
Ransom, su esposa, y estaba Eva Kruger, la espía. Se había convencido de que
Emma era la cara real de ella —la auténtica— y que Eva era la tapadera.
Viéndola conducir, supo que se había equivocado. Por primera vez estaba
viendo a la verdadera Emma, la mujer que ella nunca le permitió ver. Pensó
entonces que no conocía a esta mujer.
—No esperaba que esto se te diera tan bien —reconoció ella cuando
llegaron al fondo del valle y giró al oeste en dirección a Davos y Zúrich.
—¿Qué esperabas?
—Tenía miedo de que pudieras dejarlo todo y desaparecieras en las
montañas durante unos años. Sacar tu vena de explorador solitario.
—Quizá lo habría hecho si no hubiera tenido los resguardos del equipaje.
Todo se descontroló cuando recogí los bolsos. Después de matar al policía
tuve que seguir adelante. Era el único camino para quitarme de en medio.
Simone trató de convencerme de que me fuera del país, pero cuando vi lo que
había dentro del bolso no podía huir. Tenía que saber.
—Tuvo que ser ese día cuando el tren no trajera el correo —dijo con un
movimiento desdeñoso de la cabeza—. Imagino que me equivoqué en cuanto
a lo de perderte en las montañas.
—Te perdono —dijo él—. Por esta vez.
Ella se rió, pero fue una concesión y sonó a falsa.
—Y bien —dijo él—. Tu turno. Te lo pondré fácil. Comienza por la
montaña. ¿Qué fue exactamente lo que vi?
Por su cara cruzó una sombra. Su cambio de humor fue una súbita caída de
la temperatura.
—Tu chaqueta de patrullero, por supuesto. Una peluca. Pantalones de esquí.
Sangre de mentira.
—¿Cómo bajaste a la grieta tú sola? Era demasiado peligroso hacerlo por tu
cuenta.
—No lo hice.
—¿Qué quieres decir con que no lo hiciste? —gritó.
—Entré en ella desde abajo. Tú me enseñaste la ruta una vez, el verano
después de que nos casáramos.
Jonathan cerró los ojos cuando lo recordó. Habían venido a Davos un fin de
semana para hacer una excursión y habían pasado una tarde explorando el
laberinto de cuevas y corredores que llenaban el glaciar.
—Pero esas cuevas solamente son accesibles en verano. No puedes entrar en
invierno, y menos con ventisca.
Emma inclinó la cabeza, lo cual era su modo de decir que estaba
equivocado.
—No fui a aquella reunión de Amsterdam del viernes pasado. En lugar de
eso, vine aquí para ver si mi plan era practicable.
—¿Practicable? ¿Eso es jerga de espías o qué?
Emma pasó por alto el comentario.
—Resulta que si puedes encontrar el camino hasta el punto exacto de la base
del glaciar, puedes entrar en las cuevas. Programé una unidad portátil de GPS
y después marqué el camino de ida y vuelta para no perderme si nevaba.
—Y por eso insististe en que viniéramos a Arosa en lugar de a Zermatt —
dijo él, sintiéndose cómplice de algún modo.
—Tenía una buena razón. Era nuestro aniversario. Nuestra primera subida
fue aquí hace ocho años.
—Nuestro aniversario. Cierto. —Supo entonces que ella también mintió en
cuanto al pronóstico del tiempo y que saboteó su radiotransmisor—. ¿Cómo
sabías que no íbamos a bajar a por ti?
—La verdad es que no lo sabía —admitió—. Aposté por que Steiner y su
equipo subirían a la montaña a rescatar a una mujer con una pierna rota, no a
sacarla de una grieta de cien metros de profundidad. La cuerda pesa. No me
los imaginé trayendo más de la necesaria. Me sorprendió que llegaran a tener
dos.
—Steiner..., sabes cómo se llama.
Él miró por la ventanilla. Los aciertos no dejaban de aparecer.
—Tuve que merodear por Davos para asegurarme de que todo salía según lo
planeado. Escuché sus llamadas de teléfono y sus transmisiones por radio. No
te sorprendas tanto. Es pan comido pillar una llamada a móvil.
—¿Y después? ¿No sabías que yo iría a la recogida de equipajes?
—Esperaba que no fueras. Quise retirar yo misma los bolsos en Landquart,
pero era demasiado arriesgado. Una vez que estaba muerta, tenía que seguir
estándolo.
Jonathan se giró en su asiento.
—¿Estabas allí? ¿Viste lo que pasó en la estación de ferrocarril con la
policía? ¿Viste lo que me hicieron?
Emma asintió.
—Lo siento, Jonathan. Quise ayudarte.
Volvió a hundirse en su asiento, sin palabras.
Ella siguió hablando.
—Después te seguí la pista cuando volviste al hotel, pero era demasiado
tarde. Alguien de nuestro equipo había pasado ya por la habitación. Tú
llegaste poco después de que se fueran. Yo no tuve tiempo de entrar. Una vez
pensé que quizá me habías visto. Fue en el bosque que hay detrás del hotel.
Jonathan recordó notar una presencia cercana y mirar a los árboles, pero no
había visto nada.
De repente pensó que ya había tenido suficiente. No estaba interesado en
quién, en qué ni en cuándo. No era más que una fachada. Quería saber por
qué.
—¿De qué va todo esto, Em? —dijo en voz baja—. ¿En qué estás metida?
—Lo normal —contestó ella sin retirar en ningún momento la vista de la
carretera.
—Estás proporcionando a Parvez Jinn equipo de acceso restringido para
enriquecer uranio. Eso apenas puede considerarse normal.
—Nada que no pueda conseguir él antes o después.
—No actúes así.
—¿Así cómo?
—Con cinismo. Como si no te importara.
—Es porque me importa por lo que hago lo que hago.
—¿Qué haces? ¿Para quién trabajas? ¿La CIA? ¿Los británicos?
—¿La CIA? Por Dios, no. Yo estoy en Defensa. El Pentágono. Una cosa
llamada División.
—Pero Simone dijo que estaba con la CIA.
Emma se quedó pensativa, rozándose la mejilla con los dedos.
—¿De verdad? Lo cierto es que no sabía lo de ella hasta hoy.
—¿Y por qué iba a querer la CIA matar a alguien que trabaja para el
Pentágono? Los dos estamos en el mismo bando, ¿no?
—Poder. Ellos lo quieren. Nosotros lo tenemos. Este tira y afloja ocurre
desde hace un par de años.
—Pero yo creía que odiabas al gobierno de Estados Unidos.
Una leve sonrisa le dijo que estaba muy equivocado. Otra ilusión que se
había desvanecido.
—Entonces, ¿eres americana? —preguntó.
—Dios, quería esperar antes de entrar en todo esto. Es extremadamente
complicado. —Ella se pasó una mano por el pelo—. Sí, Jonathan, soy
americana. Si te estás preguntando por el acento, es real. Crecí a las afueras de
Londres. Mi padre estuvo destinado en Lakenheath con las Fuerzas Aéreas de
Estados Unidos.
—¿Él te introdujo en esto?
—Al principio fue por la familia, supongo. El hecho de que papá estuviera
en el ejército y esas cosas. Pero me quedé porque se me da bien. Porque estoy
haciendo una cosa en la que creo. Porque me gusta. Sigo haciéndola por la
misma razón que tú sigues siendo médico. Porque nuestro trabajo es lo que
somos y eso es lo único que importa.
—¿Por eso me escogiste?
—Al principio sí.
—¿Quieres decir que algo cambió?
—Tú sabes lo que cambió. Nos enamoramos.
—Yo me enamoré —dijo Jonathan—. No estoy seguro de que tú también.
Emma lo miró con severidad.
—No tenía por qué quedarme contigo. Nadie me obligó a casarme contigo.
—Ellos tampoco te detuvieron. ¿Quién mejor para ponerte en la mejor
posición para tus misiones que un médico que realmente disfruta trabajando
en los destinos más duros? ¿Qué hiciste exactamente en todos esos lugares?
¿Mataste a gente? ¿Eres una asesina como ese tío al que disparaste antes?
—Por supuesto que no.
Emma le restó importancia a aquella insinuación como si nunca hubiera
usado un arma, y mucho menos disparado y asesinado a dos seres humanos en
los últimos veinte minutos.
—¿Entonces qué?
—No puedo decírtelo.
—Tú, Blitz y Hoffmann vendíais uranio enriquecido a Irán. Jinn creía que
suministrasteis el equipo para empezar una guerra. Dijo que nos equivocamos
yendo a Irak sin tener pruebas de que allí hubiera armas de destrucción
masiva y que no íbamos a hacerlo otra vez.
—¿Parvez Jinn dijo todo eso? Que se pudra en el infierno para siempre.
—Bonita forma de hablar de un hombre al que te follabas.
—¡Que te jodan, Jonathan! Eso no es justo.
—¿Que no es justo? Me mentiste durante ocho años. Fingiste ser mi mujer.
No me digas lo que es justo.
—Soy tu mujer.
—¿Cómo puedes decirme eso cuando ni siquiera sé cuál es tu nombre?
Emma apartó la mirada. Si él hubiera esperado una lágrima, estaría
decepcionado. Su expresión era fría como una piedra.
—¿Y bien? —exigió él—. ¿Es verdad? ¿Estáis tratando de comenzar una
guerra?
—Estamos tratando de detenerla.
—¿Distribuyendo armas nucleares?
—Sólo estamos acelerando ciertas cosas para poder controlar el desarrollo
de la situación. Proporcionamos a Irán tecnología que ahora desean con
desesperación y ponen en evidencia lo que hacen ante el mundo. Se trata de
prevención. No podemos permitir que nos pillen de sorpresa. Esta vez no. Y,
además, no será una guerra. Será una campaña aérea en sentido estricto.
—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?
—No seas tan condenadamente ingenuo. A algunas personas no se les puede
permitir que posean armas nucleares. Si Irán las consigue, puedes apostar a
que los que son realmente malos las tendrán poco después. Eso es todo.
—¿Y qué pasará cuando tomen represalias?
—¿Con qué? —preguntó Emma—. Les dimos el equipo para que fabricaran
un poco de uranio enriquecido. Ahora vamos a quitárselo.
—Jinn dijo que tienen misiles de crucero. Si alguien ataca sus plantas de
enriquecimiento no dudarán en utilizarlos. El presidente de su país tiene
planeado anunciar todo esto al mundo la semana que viene.
—Jinn mentía —dijo Emma con la misma confianza completa, pero su cara
palideció—. Irán no tiene misiles de crucero.
—Los llamó KH-55. Dijo que habían conseguido cuatro de ellos hace un
año y que están en su base de Karshun, en el golfo Pérsico.
—Se estaba quedando contigo.
—¿Se puede correr ese riesgo? Si Estados Unidos o Israel bombardean Irán,
los mulás de Teherán se darán la vuelta y atacarán Jerusalén o los campos
petrolíferos saudíes. ¿Qué crees que pasará entonces?
—Dios. —Emma frunció el ceño y los músculos de su mandíbula se
pusieron en funcionamiento frenéticamente—. ¿Un KH-55? ¿Estás seguro?
—¿Sabes lo que son?
—Los rusos los llamaban la Granat, o granada. Es un misil de crucero de
largo alcance capaz de transportar una cabeza nuclear. Es muy antiguo y sus
sistemas de orientación están anquilosados, pero funciona.
—Eso no es bueno —observó Jonathan.
—No, no es para nada bueno. —Emma frunció el ceño—. Habló de que
tenía una sorpresa para mí cuando lo viera en Davos. Traidor.
Jonathan vio que había tocado un punto sensible.
—Si tan segura estás de ti misma, ¿por qué tuviste que desaparecer?
—¿Segura de mí misma? Dios, ¿de verdad lo crees? —Emma lo miró
fijamente—. ¿Sabes lo que es un drone?
—Más o menos. Uno de esos aviones por control remoto que siempre están
volando y tomando fotografías. Sé que también pueden disparar misiles.
—Hay uno en Suiza ahora que está siendo preparado para un atentado. Se
suponía que yo no tenía que saberlo, pero Blitz lo dejó caer. Él era mi
supervisor, el único a quien se le permitía saberlo todo. Dijo que iba a ser lo
más importante que íbamos a hacer jamás. Era la misión personal del jefe.
—¿Quieres decir que sois vosotros, o sea, División, quien está planeando
eliminar a alguien con él?
—No a alguien, a algo. Un avión de pasajeros.
—¿Van a derribarlo aquí? ¿En Suiza? Dios mío, Emma, tenemos que
decírselo a la policía.
—Ya lo saben, al menos algunos. El hombre que trató de detenerte en
Davos está a cargo de la investigación. Su nombre es Marcus von Daniken.
Dirige el Servicio de Análisis y Protección, el servicio de contraespionaje
suizo. Está convencido de que tú eres el cerebro del complot.
—¿Yo?
—En esencia, todo se reduce a que Von Daniken cree que tú eres yo.
—¿Porque estuve en casa de Blitz?
—Entre otras cosas, sí. Fuiste inteligente no yendo a la policía. Habrías
pasado el resto de tu vida en la cárcel. Matar al policía fue lo de menos.
Tenías mucha información sobre Thor..., sobre División. Tenemos amigos que
se habrían encargado de ello. De todas formas fue por eso por lo que tuve que
desaparecer. Decidí que tenía que detenerlo todo. Había tenido bastante
sangre en mis manos, pero, hasta ahora, nunca era de personas inocentes.
—¿Así que sabes cuándo va a ocurrir?
—En unas horas.
—¿Y entonces qué haces aquí?
Por primera vez le miró a los ojos.
—Sigo siendo tu mujer.
Extendió la mano y Jonathan entrelazó sus dedos con los de ella.
—Tenemos que decírselo a Von Daniken —sugirió él.
Emma lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Me temo que no es tan fácil.
76

El oficial del puesto de control de pasaportes del aeropuerto Kloten de


Zúrich miró la larga cola de llegadas. El vuelo acababa de llegar de
Washington Dulles. Buscó en su monitor algún aviso sobre los pasajeros. La
pantalla estaba en blanco. Levantó la mirada hacia el desfile de caras bien
alimentadas y cinturones anchos. Ningún sospechoso entre el grupo.
—¡El siguiente! —gritó.
Un caballero alto y corpulento se acercó y dejó su pasaporte sobre el
mostrador. El oficial abrió el pasaporte y pasó la banda informativa por el
escáner. Nombre: Leonard Blake. Domicilio: Palm Beach. Fecha de
nacimiento: 1 de enero de 1955.
—¿Motivo de su visita, señor Blake?
—Negocios.
Comparó al hombre con la fotografía. Pelo canoso casi rapado. Bronceado.
Bigote recortado. Gafas de sol caras. Rolex de oro. Y un chándal de poliéster.
«¿Cuándo van a aprender a vestir bien estos americanos?».
—¿Cuánto tiempo se va a quedar?
—Uno o dos días tan sólo.
El oficial consultó el monitor. El nombre de Blake no mostraba ningún
aviso. Otro americano rico sin una pizca de gusto. Estampó el sello con
fuerza.
—Disfrute de su estancia.
—Danke schon.
El oficial hizo un gesto de desagrado ante el acento del hombre. Le hizo una
señal a la mujer que estaba al principio de la fila.
—¡Siguiente!

El señor Leonard Blake recogió sus maletas y se dirigió después al


mostrador de alquiler de coches, donde había reservado un vehículo de gama
mediana. Tras rellenar todo el papeleo necesario entró en el aparcamiento y
localizó el coche. Colocó sus maletas en el asiento trasero y se puso al
volante. Pasó un momento ajustando los espejos y el asiento. Mientras tanto,
supervisó el terreno. El lugar estaba en silencio como una tumba. Se
desabrochó la cremallera del chándal y se quitó la prótesis de relleno que
añadía diez kilos a su peso y veinte centímetros a su torso. Colocó el relleno
en el asiento de atrás, después puso el motor en marcha y salió del
aparcamiento.
Se dirigió hacia el sur por la autopista. En veinte minutos estaba en el centro
de la ciudad. Encontró un aparcamiento libre en Talstrasse y recorrió
caminando las dos manzanas que le separaban de Bahnhofstrasse, la famosa
arteria que unía el lago de Zúrich con la estación de ferrocarril. Chanel.
Cartier. Louis Vuitton. Se decía que los dos kilómetros de la Bahnhofstrasse
de Zúrich constituían los inmuebles más caros del planeta. Sin embargo
Leonard Blake no había venido a Zúrich de compras.
Siguió hacia el sur, caminando en dirección al lago, y después giró por una
calle estrecha. Hizo un buen uso de los muchos escaparates, deteniéndose el
tiempo suficiente para utilizar sus reflejos y observar a los viandantes que iban
detrás de él. Al no ver nada por lo que preocuparse, aceleró el paso.
Se detuvo en la tercera entrada a la derecha. Las puertas de madera barroca
no tenían ninguna marca, a excepción de una discreta placa que tenía grabadas
una G y una B entrelazadas. Aquellas letras eran las siglas del Banco Gessler.
En el interior, un portero con levita lo recibió. Blake escribió su nombre y
número de cuenta en un papel. El portero hizo una llamada en tono muy bajo.
Un minuto después un empleado salió de un largo recibidor.
—Buenos días, señor Blake —saludó en un inglés impecable—. ¿En qué
podemos ayudarle?
—Quisiera acceder a mi caja de seguridad.
—Por favor, sígame.
Los dos hombres entraron en un ascensor y bajaron tres plantas por debajo
del nivel de la calle. El ascensor se abrió y el empleado condujo a Blake al
interior de una cámara acorazada cuya puerta abierta estaba custodiada por
dos guardias armados. Le indicaron a Blake que entrara en una sala de
observación, donde él le dio su llave al banquero. Un minuto después volvió
trayendo una caja de seguridad grande.
—Llámeme cuando esté listo.
Blake cerró la puerta. Aunque no había necesidad de ello, la cerró con llave
y después se quitó las gafas de sol y se sentó.
«Nunca se está demasiado seguro», pensó Philip Palumbo mientras abría la
caja de seguridad. Sacó un sobre de papel manila que contenía pasaportes
brasileños en regla para él y para cada uno de los miembros de su familia,
identificados como la familia Perreras. También había en la caja paquetes de
francos suizos, dólares americanos y euros, que en total equivalían a cien mil
dólares. El dinero lo había ganado de manera legal y había sido declarado por
completo. Era el dinero de su huida. Un hombre con un trabajo como el suyo
se ganaba verdaderos enemigos. Estaba seguro de que un día irían a por él. Y
cuando lo hicieran, estaría preparado. Cogió un paquete de diez mil dólares.
Podría coger el dinero y desaparecer. Tenía escondites en cinco lugares del
mundo donde podría ocultarse. Tardarían años en encontrarlo.
Volvió a dejar caer el dinero en la caja.
No estaba hecho para salir corriendo.
Según sus cálculos, tenía treinta y seis horas para llevar a cabo su misión y
volver a casa. En una hora, aproximadamente a las siete de la mañana según la
hora del este de Estados Unidos, el cuerpo del almirante Lafever sería
encontrado por su chófer. Descubriría que habían robado en la casa y que el
almirante había muerto en su estudio de un disparo al enfrentarse al ladrón. La
policía llegaría poco después. La información llegaría a Langley sobre las
nueve. La noticia del asesinato sería guardada en secreto hasta que el director
verificara todos los hechos y conjeturara una historia plausible. Palumbo sabía
muy bien que, a pesar de todos sus esfuerzos, nadie se creería la historia del
robo.
Pasarían otras tres horas antes de que se hiciera una declaración oficial.
Mediodía en Washington, D. C, seis de la tarde en Zúrich. Las investigaciones
comenzarían en serio, se estudiaría la agenda de Lafever y se interrogaría a
sus colegas más cercanos. En algún momento —probablemente no hasta
última hora de la tarde o incluso mañana— Joe Leahy daría un paso adelante
y mencionaría la conversación que había tenido con Palumbo en la cafetería el
día anterior. Se tomaría buena nota del interés de Palumbo en Lafever y en la
Operación Zenaida. Aun así, habría muchos otros hilos que investigar. Un
hombre no se convierte en Subdirector de Operaciones —uno de los más altos
cargos de los servicios de inteligencia de La nación, como era el caso— sin
tener rivales, tanto dentro de la Agencia como fuera de ella. En caso de que la
Agencia telefoneara a su casa, la esposa de Palumbo sabía lo que tenía que
decir. Se pondría en contacto con su marido a través del teléfono móvil y
devolvería la llamada enseguida. Una entrevista con Palumbo no estaría entre
las prioridades.
Sin embargo, en algún momento la brigada forense del departamento de
Policía de Virginia descubriría restos del cerebro de Lafever en el jardín y se
daría cuenta de que el cuerpo había sido movido. Entonces el asunto se
disparataría seriamente.
Treinta y seis horas era el máximo.
Palumbo cogió un segundo sobre grande de la caja. Éste era
considerablemente más pesado que el primero. Lo abrió y vació su contenido
sobre la mesa. La Walther PPK no había sido tocada durante tres años.
Comprobó la recámara y el cartucho y se alegró de ver que estaba en perfectas
condiciones. El sobre contenía también un silenciador, pero no pensó que lo
fuera a necesitar hoy.
Cerró la caja, le echó la llave y llamó al banquero.
Cinco minutos después estaba de nuevo en la calle.
Habían pasado las dos de la tarde, hora local, cuando pasó con el coche por
el Limmatbrucke y se dirigió al bullicioso distrito de Seefeld. Su destino era
un gris edificio comercial a una manzana de la orilla del lago. Soldados
vestidos con uniformes de color verde oliva y chalecos Kevlar, blandiendo la
ametralladora reglamentaria M-16A1 del ejército de Estados Unidos,
patrullaban la calle delante del número 47 de Dufourstrasse, domicilio del
consulado americano. Un par de guardias urbanos uniformados les hacían
compañía.
Tres Mercedes negros ocupaban la acera delante del edificio. Los tres
coches llevaban matrículas diplomáticas con pequeñas banderas de Estados
Unidos en la esquina superior derecha. Eran la prueba que necesitaba para
estar seguro de que el teniente general John Austen, fundador y director del
servicio de espionaje secreto conocido como División, estaba en la casa.
Austen era una leyenda para todas las ramas del servicio. Tenía el historial
al que todos aspiraban. Era el alborotador reformado. O, por utilizar su propio
lenguaje, el Ángel Caído resucitado para estar a la derecha del Señor; el Señor
en este caso sería el presidente de Estados Unidos.
Licenciado con honores en la Academia de las Fuerzas Aéreas, promoción
de 1967, Austen fue entrenado como piloto de aviones y enviado a Vietnam,
donde voló en más de 120 misiones al mando de un F-4 Phantom, derribando
nueve cazas MiG de Vietnam del Norte. Volvió de la guerra convertido en un
experto comandante antes de cumplir los treinta años.
Pero había puntos débiles en su armadura. Cuando no volaba, era un
juerguista. Una noche tras otra llevaba a su pandilla de alegres aviadores por
los depravados burdeles de Saigón, bebiendo sin control y acostándose con
todo lo que veían. Se llamaban a sí mismos los soldados de Austen, en honor
a la fuerza merodeadora de la Segunda Guerra Mundial del mismo nombre.
Hubo también rumores de consumo de drogas, de violaciones y, en una
ocasión, de asesinato. Pero los rumores fueron silenciados. Nadie quería
machacar, deslustrar ni dañar de modo alguno el halo de héroe genuino.
Después llegó 1979 y la crisis de los rehenes iraníes. Austen fue de los
primeros en formar parte del equipo formado por el coronel Charlie Beckwith.
Como instructor y piloto de pruebas después de la guerra, pasó a los
transportes a gran escala Hércules C-130 que llevarían a los comandos al
desierto iraní. Por una vez, su suerte no le acompañó. Sufrió terribles
quemaduras en el accidente que sesgó las vidas de ocho militares y volvió del
desierto convertido en un hombre distinto. Se opuso a que lo retiraran y se
esforzó por recobrar la salud y conseguir un puesto como director del recién
creado Comando de Operaciones Especiales situado en la base aérea de Mac-
Dill, en Florida. Atribuyó su supervivencia a un milagro y entregó su vida a
Jesucristo.
En lugar de seguir yéndose de juerga, Austen dirigía estudios sobre la Biblia
y reuniones de oración en su casa. Todos los martes y viernes por la noche, la
casa de Austen en Orange Lane se llenaba de pecadores, soldados y algunos
oficiales que buscaban un camino más rápido para el ascenso y la gloria.
Austen se hizo enseguida con un cuadro de oficiales leales —algunos dijeron
que esclavos— que se repartían por las cuatro ramas del servicio. De nuevo,
se llamaron a sí mismos los soldados de Austen, pero esta vez predicaban la
palabra de Cristo y las ideas políticas más duras de su fundador y mentor.
América era el pueblo que había que seguir, el faro de la democracia para
todo el mundo. E Israel era su más cercano aliado que tenía que ser defendido
a toda costa.
El ascenso de Austen fue prácticamente meteórico. Coronel a los cuarenta,
brigadier general a los cuarenta y tres, consiguió una segunda estrella antes de
cumplir los cuarenta y seis. Apareció junto a los más famosos evangelistas del
país en los programas de televisión del domingo por la mañana. Lo llamaron
el Guerrero de Dios y el Piloto de Jesús. Se convirtió en el rostro de la
derecha religiosa.
Y después su carrera pareció estancarse. Nunca consiguió una tercera
estrella ni el mando de división que iba con ella. Dejó de aparecer en la
televisión. Estableció su residencia en el Pentágono como jefe de una morgue
para profesionales llamada Servicio de Inteligencia Humana para la Defensa y
casi desapareció de la faz de la tierra. Pero en las fuerzas armadas su
presencia aún se hacía sentir. Cientos de soldados de Austen habían alcanzado
un alto rango y eran generales del ejército y almirantes de la marina. Todos
seguían siendo devotos de John Austen.
Fue entonces, según supo Palumbo, cuando Austen debió de haber puesto en
marcha la División. No había bajado a la tierra. Por el contrario, había
ascendido a un lugar más glorioso.
Palumbo condujo otros cien metros más allá del consulado. Cuando
encontró un aparcamiento libre se dijo a sí mismo que la suerte le sonreía. Su
mente apasionada estaba ansiosa por ver cualquier síntoma de que no había
arriesgado su carrera y desestimado las necesidades de su mujer y su familia
por nada. Ocupó el lugar y después se puso el maletín en el regazo. En él
había dos teléfonos móviles, una pistola de electrochoque Taser y un
dispositivo de interceptación celular GSM camuflado como ordenador
portátil. Activó el dispositivo de interceptación y lo sintonizó para que
buscara las frecuencias de los números que empezaran con un prefijo 455: el
prefijo asignado a los teléfonos que la embajada de Estados Unidos repartió
entre su personal, tanto al permanente como a los visitantes. Se ajustó el
auricular y fue pasando de una conversación a otra.
No había sido difícil seguir la pista de John Austen. Como todos los buenos
espías, Austen vivía su tapadera. Como teniente general y director del
Servicio de Inteligencia Humana para la Defensa, sus movimientos eran
registrados en todo momento. Una llamada de la oficina de Palumbo en la
CIA al despacho de Austen en el Pentágono había revelado que Austen estaba
de viaje por las capitales de Europa occidental para reunirse con los agregados
militares que estaban bajo su supervisión. Días antes en esa misma semana
había visitado la embajada de Berna y había hecho viajes de un día a París y
Roma. A las dos de la tarde del viernes tenía programada la visita al
consulado americano de Zúrich. El hecho de que los agregados militares no
estuvieran asignados a consulados parecía haber sido pasado por alto por
todos, excepto por Palumbo. Él sabía que Austen había venido a Zúrich por
un motivo específico y ese motivo era el drone. También sabía que Austen
tenía planeado volar de vuelta a Estados Unidos a la mañana siguiente
temprano. Era lo que tenía planeado hacer en las horas intermedias lo que
aterrorizaba a Palumbo.
Escuchó media docena de conversaciones antes de oír un fragmento en
inglés.
—Estábamos a punto de irnos. ¿Todo listo?
Reconoció el tono nasal tejano y seco de Austen en un instante.
—Listo, señor —fue la respuesta—. Estamos esperando.
—Estaré ahí en media hora.
La llamada terminó. Palumbo trazó en un plano las coordinadas del GPS de
la transmisión interceptada. Un punto rojo superpuesto en un plano de Zúrich
mostraba la situación de la llamada primaria (o «emisora») en el número 47
de Seestrasse, la dirección del consulado de Estados Unidos. La secundaria (o
«receptora») estaba situada en Glattbrugg, una ciudad cercana a Zúrich. Más
interesante que la dirección era su localización. El punto estaba a cien metros
del límite sur del aeropuerto de Zúrich. Bingo.
Miró por el espejo retrovisor cómo una columna de hombres salía en fila del
edificio y subía al Mercedes que los esperaba. La visita del director del
Servicio de Inteligencia Humana para la Defensa había concluido. Los coches
se incorporaron a la calle y pasaron veloces al lado de Palumbo. Él sabía que
era mejor no intentar seguirlos entre el tráfico denso y las calles de un solo
sentido de una ciudad europea que no conocía. O los perdería o lo
localizarían. Colocando el ordenador portátil en el asiento del copiloto, puso
en marcha el motor. Sabía con exactitud adónde iba Austen. El problema no
era la estrategia, sino su ejecución. Palumbo tenía que llegar antes.
Condujo con agresividad, esquivando los tranvías, corriendo ante la luz
amarilla de los semáforos y poniendo el coche a 180 kilómetros por la
autovía. Mientras tanto, fue escuchando el constante flujo de llamadas
realizadas desde el teléfono de Austen. La mayoría eran oficiales y tenían por
objeto problemas de los agregados que estaban bajo su supervisión. Pero hubo
varias de naturaleza más enigmática. No se decían nombres. La conversación
consistía en exabruptos breves con menciones a «bloquear el centro de
mando», «mudarse a la casa principal», y el más aterrador, «el invitado ha
llegado justo a tiempo».
Palumbo llegó a Glattbrugg en dieciocho minutos. La casa estaba situada en
un distrito residencial tranquilo con muchos árboles y casas con una
separación de veinte metros entre sí. Aparcó detrás de una fila de automóviles
modestos. Apenas había apagado el motor cuando vio por el retrovisor cómo
se acercaba el Mercedes negro con la matrícula diplomática. Tal y como
esperaba, iba solo. Austen había dejado su tapadera. Actuaba en calidad de
director de División.
Cuando el Mercedes pasó por su lado, Palumbo pudo entrever al hombre en
el asiento de atrás. Un mechón de pelo canoso, un perfil noble, la piel de su
rostro muy tirante, extrañamente brillante y arrugada.
Las quemaduras. La medalla al honor de Austen.
Palumbo puso el coche en marcha y fue detrás de Austen. El Mercedes giró
hacia un camino de entrada a una casa cien metros después. Palumbo detuvo
su coche detrás de él bloqueando la huida de Austen. Salió rápidamente,
golpeó la puerta del conductor con fuerza y puso su placa contra la ventanilla.
La placa era falsa, pero le daría unos cuantos segundos.
El conductor abrió la puerta levantando las manos para mostrar que no tenía
intención de hacer daño. Palumbo lo puso en pie y le clavo la Taser en el
cuello. Diez mil voltios convirtieron las piernas del conductor en gelatina.
Cayó al suelo inconsciente. Palumbo se introdujo en el asiento del conductor
y cerró la puerta de un golpe.
—Hola, general —saludó.
—¿Quién demonios es usted? —preguntó John Austen.
Palumbo no tenía tiempo para explicaciones.
—Se acabó —ordenó—. Cancelamos esta operación en este momento.
—¿De qué habla?
Palumbo dejó caer la Taser y sacó de la chaqueta la pistola Walther.
—¿Qué avión es el objetivo? —preguntó.
—Quienquiera que sea, más le vale que tenga una maldita buena excusa
para que haya atacado a mi ayudante.
—¿Qué vuelo es el que persiguen?
—¡Salga de mi coche!
Palumbo hincó su dedo pulgar en el pliegue que había entre la mandíbula y
la oreja de Austen e hizo presión. La boca del general se congeló en un intento
de grito mudo y paralizado. La sensación de la presión le dolía como si
tuviera una espada clavada en la parte superior del cráneo.
—¿Qué avión planean derribar? —repitió Palumbo. Dejó de hacer presión y
el general se retorció.
—¿Quién le envía? —dijo Austen jadeando—. ¿Lafever? ¿Es usted el que
mató a Lammers y a Blitz?
Palumbo apretó la pistola contra la mejilla de Austen. De cerca, su cara
tenía el brillo de la cera para el suelo envejecido y estaba tan tirante como la
piel de un tambor.
—¿Dónde está el drone? Voy a meterle una bala en el cráneo si no me lo
dice.
—No se atreverá.
—¿Está seguro?
—Adelante. No cambiará nada.
—Sí que lo hará. Usted estará muerto y ese drone no subirá ahí arriba para
hacer estallar un avión lleno de personas inocentes en mitad del cielo.
—Nadie es inocente. Todos nacemos en pecado.
—Hable por usted. ¿Dónde está la casa principal? Le he oído decir que se
mudaba a la casa principal.
Austen cerró los ojos.
—Oh, la dicha de no tener nada y no ser nada —recitó—. No ver nada
excepto a un Cristo vivo en la gloria, y no tener cuidado por nada excepto por
Sus intereses aquí en la tierra.
Palumbo miró por la ventanilla. El conductor seguía inconsciente. Hubo un
movimiento tras las cortinas del ventanal de encima del garaje. Volvió a
presionar sobre el mismo punto, manteniéndolo esta vez más tiempo.
—¿Dónde está el drone? ¿Está aquí? ¿Es ésta la casa principal?
Dejó de apretar.
Austen lo miró. Había lágrimas en sus ojos, pero Palumbo no podía saber si
eran de dolor o de algún perverso sentido del sacrificio.
—Gracias —dijo Austen.
—¿Por qué?
—Cristo pasó su prueba. Perseveró y fue liberado. Ahora me toca a mí.
—Cristo no fue un asesino.
—¿No se da cuenta? Todo es como se predijo en las Revelaciones. Los
israelíes tienen Jerusalén. El señor está listo para su regreso. Usted no puede
hacer nada para detenerlo. Nadie puede. Lo único que podemos hacer es
ayudarle a hacer el camino.
«Está delirando», pensó Palumbo.
—¿Qué vuelo persiguen? Sé que es esta noche.
Pero Austen ya no escuchaba más que su propia voz.
—El Señor me habló. Me dijo que yo soy el recipiente de su voluntad.
Usted no puede detenerme. Él no lo permitirá.
—No es la voluntad de nadie más que la de usted.
Afuera se oyó un portazo. Aparecieron dos hombres en lo alto de las
escaleras que conducían a la casa. Palumbo puso su mano sobre el contacto,
pero las llaves no estaban allí. Miró a Austen y éste le devolvió la mirada con
más desafío que nunca. Palumbo supo entonces que era él. Sería él quien iba a
pilotar el drone.
Palumbo levantó la pistola hasta la sien de Austen.
—No puedo permitir que mate a esas personas inocentes.
A su izquierda, una sombra ocultó el sol. La ventanilla se hizo añicos y el
interior del coche se llenó de cristales. Apareció una mano que lo agarró.
Palumbo se deshizo de ella. Austen sacudía los brazos contra la pistola.
Palumbo le dio un codazo en la cara haciendo que cayera sobre su asiento.
Entonces levantó el arma. Mientras lo hacía, alguien le agarró del cuello y tiró
de él hacia atrás. Disparó la pistola. La puerta se abrió y sintió cómo lo
sacaban a rastras del coche tirándolo sobre el camino. «Esto no puede
terminar así», pensó, dando patadas y peleando.
El avión... Alguien tendría que avisarles.
Y entonces una bota le golpeó en la cabeza y el mundo quedó a oscuras.
77

El vuelo E1 A1 863, que prestaba su servicio sin escalas desde Tel Aviv
hasta Zúrich, despegó del aeropuerto internacional de Lod a las 18:12, hora
local, según el horario establecido. El piloto, el capitán Eli Zuckerman, un
veterano de veintiséis años de experiencia en la línea aérea y antiguo piloto de
caza, con un total de siete mil horas al mando, anunció que el tiempo del
vuelo a bordo del Airbus A-380 estaba previsto de cuatro horas y cincuenta y
cinco minutos. La predicción del tiempo durante la ruta decía que sería
tranquilo sin apenas turbulencias. El avión sobrevolaría Chipre, Atenas,
Macedonia y Viena antes de aterrizar en Zúrich a las 20:07, hora del centro de
Europa. Zuckerman, aficionado a la historia en su tiempo libre, podría haber
añadido que estos extraordinarios lugares albergaron batallas libradas entre
personajes con nombres como Alejandro, César, Tamerlán y Napoleón.
Batallas que habían determinado el curso de la civilización durante los siglos
posteriores.
El vuelo de aquella tarde iba lleno. Seiscientos setenta y tres nombres
constituían la lista de pasajeros. Entre ellos iba Dahlia Borer, de Jerusalén,
director de la Cruz Roja israelí; Abner Paker, de Boca Raton, Florida, un
americano jubilado que había perdido las dos piernas en Vietnam por culpa
del fuego amigo; Zane Cassidy, de Edmond, Oklahoma, pastor de la Iglesia
Bíblica del Mesías y líder de un grupo de turistas de setenta y siete cristianos
evangélicos; Meyer Cohen, líder del partido de los colonos israelíes, que
viajaba a Washington, D. C. para instar al Congreso americano a que
favoreciera la expansión de los asentamientos en la margen occidental; y
Yasser Mohammed, un miembro árabe israelí del Knesset, también de camino
a Washington, D. C. para instar al Congreso de Estados Unidos a que
prohibiera cualquier expansión de los asentamientos en la margen occidental.
Estos dos últimos estaban sentados juntos. Tras una conversación
exploratoria y un intercambio de opiniones políticas, uno de ellos sacó un
tablero de ajedrez. Los dos hombres pasaron el resto del vuelo sumidos en un
silencio amable, encorvados sobre sus alfiles y peones.
Trescientos setenta hombres, trescientas mujeres, incluyendo a sesenta y
cuatro niños. Más los dieciocho componentes de la tripulación.
Después de que el avión alcanzara una altitud de crucero de 11.300 metros,
Zuckerman se dirigió a los pasajeros por segunda vez para anunciar que se
apagaba la señal de los cinturones abrochados e invitando a todos a que se
pasearan por la nave de dos plantas, la más nueva de la flota E1 A1. Estuvo
encantado de añadir que habían alcanzado un viento de cola considerable y
que recortarían la duración del vuelo. La nueva hora de llegada estaba prevista
para las 19:50, quince minutos antes de lo planeado.
Deseó a todos los pasajeros un vuelo agradable y, al despedirse, dijo que
volvería a dirigirse a ellos poco antes de aterrizar.
78

—No —dijo Von Daniken al teléfono—. No tenemos ninguna información


relativa a una amenaza específica. Lo único que sabemos es que hay una
célula terrorista que está operando en el país y que tiene como objetivo el
derribo de un avión de pasajeros en nuestro territorio. No sabemos quiénes
son ni dónde están en este momento. Pero, repito: sabemos que están aquí,
probablemente en Zúrich o Ginebra. Todas nuestras pruebas apuntan a un
ataque contra un avión, en el aire o en la terminal, en las próximas cuarenta y
ocho horas.
Le hablaba al director de la Oficina Federal de Aviación Civil, la
organización que tenía la última palabra en todos los asuntos concernientes a
los vuelos que salían o que llegaban a los aeropuertos suizos. Se trataba de un
amigo, un antiguo compañero de rancho en el ejército, pero la amistad no
entraba en juego en asuntos de esa magnitud.
—Deja que me aclare, Marcus. ¿Quieres que cerremos todos los aeropuertos
más importantes del país hasta nueva orden?
—Sí.
—Pero eso significa cancelar todos los próximos vuelos y redirigir los
aviones que vienen aquí a aeropuertos de Francia, Alemania e Italia.
—Lo sé —dijo Von Daniken.
—Estás hablando de más de cien vuelos sólo esta noche. ¿Tienes idea del
impacto que tendrá en toda la red de vuelos europea?
—No estaría pidiendo esto si no fuera absolutamente necesario.
Hubo una pausa y Von Daniken pudo sentir la angustia de aquel hombre.
—Necesitaré una orden de la presidenta —dijo el director de Aviación
Civil.
—La señora presidenta no está en el país. No se puede contactar con ella en
este momento.
—¿Y el vicepresidente?
—Hablé con él y no está dispuesto a tomar una decisión hasta que hable con
ella.
—¿Has hablado con el Servicio de Seguridad Federal? Todas las cuestiones
de seguridad a bordo de un avión en el interior de nuestras fronteras son de su
competencia.
—Acabo de hablar con ellos. Es inviable. Lo más que pueden hacer es
avisar a todos los pilotos. Advertírselo no servirá de nada. Creemos que el
atentado va a ser cometido con un drone armado. Los aviones comerciales no
están hechos para efectuar maniobras evasivas.
—No —estuvo de acuerdo el jefe de Aviación Civil—. No lo están. ¿Y el
ejército?
—El ministro de Defensa ha dado una autorización para que se coloquen
baterías de misiles Stinger aire-tierra alrededor de los aeropuertos de Zúrich,
Ginebra y Lugano. Por desgracia no estarán preparadas hasta mañana por la
mañana.
Von Daniken no le mencionó lo que el general a cargo de la defensa aérea le
había dicho: «El problema es que el Stinger podría derribar el avión de
pasajeros con la misma facilidad que el drone».
—Lo siento, Marcus, pero tengo las manos atadas. En el momento en que
tengas noticias de la presidenta, házmelo saber. Mientras tanto haré una
advertencia al control de tráfico aéreo. Buena suerte.
—Gracias.
Von Daniken colgó el teléfono.

En dos de los escritorios se desplegaron planos de Zúrich y Ginebra. Myer


estaba junto al plano de Zúrich. Con un bolígrafo iba dividiendo la zona que
rodeaba a cada aeropuerto en cuadrículas dé búsqueda.
—Cincuenta y dos hombres divididos en equipos están trabajando en las
comunidades que rodean al Zúrich Flughafen25. En Ginebra, tan sólo treinta y
cinco. Van puerta por puerta preguntando si alguien ha visto una furgoneta
negra o blanca o cualquier actividad sospechosa.
Von Daniken volvió a expresar su enfado. Juntas, las fuerzas policiales de
las dos ciudades más grandes del país sumaban más de diez mil. Ciento
setenta era una cifra de participación irrisoria.
—Es todo lo que los jefes están dispuestos a destinar —explicó Myer—.
Marti es un consejero federal además de ministro de Justicia. Saben lo que
piensa de todo esto.
—¿En serio? Bueno, pues el pensamiento de Marti ha cambiado. Tendremos
que llamarlos y decírselo.
Von Daniken estudió el plano. Cuatro comunidades, o gemeindes, rodeaban
el aeropuerto de Zúrich: Glattbrugg, Opfikon, Oerlikon y Floten. Un total de
sesenta mil habitantes en unas ocho mil casas y edificios de apartamentos.
Myer sombreó los barrios que ya habían sido encuestados con un bolígrafo
rosa. La sección con forma de pastel cubría menos del diez por ciento del área
total.
—¿Y bien? —preguntó Von Daniken—. ¿Qué ha sido lo último?
—Más o menos, una docena de avistamientos de una furgoneta Volkswagen
negra, que siempre pertenece a un vecino. Nada sospechoso que declarar
aparte de lo normal. Alguien que ha fisgoneado por sus ventanas por la noche,
alguien ha quitado gasolina de sus coches, una pareja de adolescentes
borrachos cantando a voz en grito. Pero nada de terroristas con un vehículo
aéreo no tripulado de tecnología punta.
—Ni una sola mención a una nave en miniatura con una extensión de alas
de siete metros y medio pasando por la calle que hay delante de sus casas,
¿no?
—Ninguna —negó Myer.
Von Daniken se sentó en el filo de la mesa.
—¿Y Marti? ¿Va a caer? —preguntó Myer.
Von Daniken negó con la cabeza. Explicó que tal y como estaban las cosas,
Alphons Marti no vería nunca el interior de una cárcel. Tobi Tingeli había
violado el código de la banca suiza al haber enseñado a Von Daniken la
correspondencia de un cliente. Las pruebas de las transferencias mensuales
hechas por el departamento de Defensa de Estados Unidos a las cuentas de
Marti nunca serían admitidas en un juzgado. Del mismo modo, Von Daniken
no podría obtener una orden para registrar las instalaciones de ZIAG a menos
que Marti prestara una declaración jurada ante un magistrado de la
investigación sobre los materiales de contrabando que exportaba la compañía.
El gobierno obligaría a salir a Marti, pero lo haría bajo el disfraz de una
dimisión por motivos de salud O mediante cualquier otro ardid.
—Así que se va —dijo Myer.
Von Daniken suspiró.
—Estoy seguro de que tú y yo podremos encontrar alguna forma para hacer
que su vida sea más interesante de ahora en adelante.
—Será un verdadero placer.
Von Daniken se sirvió una taza de café y se sentó en su mesa. No podía
dejar de pensar en que Marti estuviera en la nómina de los americanos.
Licencias de exportación. Productos de doble uso. Tenía la apariencia de ser
un montaje. Pero ¿con qué fin? ¿Por qué proporcionar al enemigo el trabajo
del diablo?
Se terminó el café y llamó a Philip Palumbo. Estaba ansioso por ver si su
contacto de la CIA había recabado información sobre el asesino que había
matado a Lammers y, según confirmaban los últimos informes médicos, a
Gottfried Blitz, alias Mahmoud Quitab. La llamada fue desviada al buzón de
voz. Von Daniken dejó su nombre y número, pero no habló del motivo de la
llamada. Palumbo no necesitaba que lo instigaran.
Los americanos. Dondequiera que miraras, allí estaban. La clave era
Ransom. Se reunió con Blitz y con Jinn. Era una única persona para hacer de
puente entre ambas operaciones.
Justo entonces vio a Hardenberg caminando deprisa por la sala. No llevaba
chaqueta y su barriga se movía a un lado y a otro como una pelota de bolos
fuera de control.
—Señor —dijo, incapaz de esperar a estar más cerca—, tengo algo.
—Primero retoma el aliento.
—Es sobre el Excelsior Trust, el que hay en Curaçao —siguió diciendo
Hardenberg resoplando—. Se me ocurrió que si era titular de una casa, podría
serlo de otra. No estuve en la reunión con el general Chabert, pero me dijeron
que estaba seguro de que el drone debía tener algún tipo de base de
operaciones que proporcionaría al piloto un campo de visión directa del avión.
—Correcto.
—Basándome en ese razonamiento, me puse en contacto con la oficina de la
contribución de todas las comunidades que rodean los aeropuertos de Zúrich y
Ginebra y les pedí que comprobaran el nombre del consorcio en alguna
operación de compra-venta de propiedades reciente.
—¿Y? —Von Daniken se cruzó las manos por detrás de la espalda
esperando no parecer demasiado nervioso.
—Hasta ahora, solamente dos de las siete comunidades han enviado sus
informes, pero parece que el Excelsior Trust compró una casa en Glattbrugg.
Von Daniken tragó saliva, ilusionado como si su vientre se llenara de
chispas. Glattbrugg era la comunidad directamente contigua al aeropuerto de
Zúrich. ¿En qué lugar de Glattbrugg exactamente?
—La casa está situada a menos de un kilómetro del extremo sur de la pista.
79

El destino fue al Escuadrón 69 de las Fuerzas Aéreas israelíes, también


conocido como los Martillos. Operando desde la base aérea de Tel Nof, al
sureste de Tel Aviv en el desierto de Negev, el Escuadrón 69 estaba
compuesto de veintisiete aviones F-151 Thunder de la McDonnell Douglas.
Equipado con dos motores Pratt & Whitney con turboventilador, el F-151 era
capaz de alcanzar velocidades de hasta 2'5 mach o de casi 3.000 kilómetros
por hora y un alcance de dos mil millas náuticas. Podría alcanzar al setenta
por ciento de los objetivos señalados dentro de Irán sin necesitar repostar en
vuelo. Y lo que es más importante, el F-151 era el único avión de las Fuerzas
Aéreas de Israel capaz de transportar el B61-11 EPW.
El bunkerbuster con cabeza nuclear estaba colocado en su soporte sobre un
reluciente suelo de cemento. Las bombas intimidaban sólo con verlas. De
siete metros y medio de longitud, llevaban cuatro aletas detrás del morro
afilado y cuatro más en la cola. El B61-11 era delgado comparado con el resto
de armamento aéreo. Su diámetro de 72 centímetros se correspondía
exactamente con el cañón de artillería de veinte centímetros del desactivado
MHO Howitzer utilizado en su fabricación. Equipado con un fusible de
reacción retardada, alcanzaría la tierra a una velocidad de 609 metros por
segundo y cavaría hasta 15 metros de granito u hormigón reforzado antes de
la detonación. Armado con una cabeza nuclear de diez kilotones, la bomba y
la onda sísmica que provocaría destruirían cualquier estructura de hasta
setenta y seis metros por debajo de la tierra. También lanzaría a la atmósfera
más de sesenta mil toneladas de desecho radiactivo.
—Justo a tiempo —dijo el teniente general Danny Ganz, mientras entraba
junto a Zvi Hirsch en el gran hangar.
—Un milagro —confirmó Hirsch.
Cerca, un equipo de aviadores conducía uno de los bunkerbusters por el
suelo de cemento pulido. Lo colocaron debajo del muelle de carga del avión,
levantaron la camilla y sujetaron el proyectil al porta-bombas. Hirsch y Ganz
observaban cómo el equipo colocaba una segunda bomba y luego una tercera.
Ganz suspiró en silencio al verlo. Estaba cansado de luchar. Cansado de la
vigilancia constante. Se preguntó si alguna vez Israel desearía la paz.
—El primer bombardeo se concentrará en las instalaciones de
enriquecimiento recientemente descubiertas en Chalus —dijo—. Después,
iremos tras sus plantas de fabricación de lanzadores de misiles y cabezas
nucleares. Algunos hombres de Sayaret van a entrar esta noche para pintar los
objetivos antes de que lleguen nuestros pájaros. Les haremos entrar desde
nuestros barcos en el golfo.
—¿Esta noche? —preguntó Zvi Hirsch, bastante confuso—. ¿No es un poco
apresurado? Recuerde lo que el presidente dijo: no podemos salir sin pensarlo
dos veces. Necesitamos un motivo.
Ganz se cruzó de brazos.
—Recibí una llamada hace unos minutos de un amigo del Pentágono. Un
colega piloto, en realidad.
—¿Quién?
—El teniente general John Austen.
—¿El evangelista?
—Yo prefiero pensar en él como un amigo de Israel. —Ganz se inclinó
hacia delante para asegurarse de que nadie escuchaba su conversación—.
Sabe que los de inteligencia apuntan a un atentado contra nuestros intereses en
las próximas doce horas.
—¿Dónde?
—En algún lugar de Europa —dijo Ganz. Miró a los protuberantes ojos sin
vida de Hirsch—. No creo que tengamos que esperar mucho tiempo.
80

—¿Cómo vamos a encontrarle? —preguntó Jonathan.


—Mira en el asiento de atrás y coge mi ordenador portátil —dijo Emma.
Jonathan encontró el ordenador y lo encendió.
—¿La misma contraseña?
—La misma. ¿Sabes que les diste a todos un susto de muerte cuando
descifraste el código? Van a tener que volver a diseñar todo el sistema de
Enlace Intel por tu culpa.
—No sé si eso es bueno o malo.
Iban conduciendo junto al lago de Zúrich. Eran las seis. Las luces
resplandecían a lo largo de la ladera como en un paisaje de cuento de hadas.
Durante el descenso del puerto de montaña, ella se abrió por fin y comenzó a
hablar. Si bien no le contó todo lo que había hecho en el pasado, estuvo más
comunicativa respecto a cómo lo encontró y al plan de John Austen de
derribar el avión. Fue un primer paso para reparar la fisura que se había
abierto entre los dos.
Emma le enseñó a abrir el programa informático. En la pantalla del portátil
se desplegó un mapa detallado de Suiza. Ella le dijo que introdujera las letras
VD.
Un punto rojo intermitente apareció en las afueras de Zúrich. El mapa lo
amplió hasta alcanzar el nivel de la calle.
—¿Qué es? —preguntó él.
—El poderoso Lojack —dijo Emma—. Coloqué un rastreador en el coche
de Von Daniken hace tres días. Necesitaba observarlo de cerca. La señal de su
coche es enviada a un satélite y devuelta a nosotros.
—Has estado ocupada.
Emma sonrió enigmática.
—¿Dónde está?
—Cerca.
—¿En Glattbrugg? Jonathan estudió el mapa.
—¿Cómo lo has sabido?
—Mierda. Emma pisó el acelerador.
81

—Tráfico aéreo de Zúrich, aquí el E1 A1 8851 iniciando la aproximación


inicial.
—Conforme, E1 A1 8851. Aproximación autorizada. Diríjase al vector uno-
siete-cero y descienda a 10.400. Usted es el número seis en la rejilla.
—Recibido.
El piloto escuchó las comunicaciones entre el control aéreo de Zúrich y el
vuelo E1 A1 8851 con antelación.
Cerró los ojos y susurró una última oración. Pidió ser guiado y sostenido por
una mano firme. Rezó por el coraje de ver el trabajo terminado. No era un
hombre malo. Empezó a temblar al pensar en las más de seiscientas vidas que
iba a segar. Sabía que Cristo había sentido lo mismo cuando llevó la cruz
sobre sus hombros. Sus muertes serán tan dolorosas para él como la
crucifixión.
—Es la hora —dijo John Austen.
Entró en el garaje. Sus hombres habían sacado los ataúdes de sus armarios y
habían llevado los contenedores de acero hasta el centro de la habitación. Con
la precisión de los boxes de la Fórmula 1, el equipo montó el drone. Los
montantes del timón fueron lo primero, colocados y asegurados en el fuselaje.
Las alas largas y flexibles fueron atornilladas la una a la otra y después unidas
al fuselaje. Austen hizo rodar la camilla que llevaba la barquilla y su
contenido de veinte kilos de explosivo plástico Semtex por debajo de la nave,
fijándola a la panza de la nave.
—Feliz vuelo —dijo pasando la mano por la carcasa de acero del drone.
Volvió a la sala de estar con vistas al aeropuerto. Una de las paredes de la
sala estaba dedicada a sus instrumentos. Monitores para el radar y la cámara
instalada en el morro. Una serie de monitores de pantalla plana que emitían la
velocidad, la altitud y la posición sobre el suelo. En el centro de ellos había un
teclado con una palanca de mando a cada lado. Se sentó y dedicó un momento
a acomodarse.
—Motores en marcha —dijo mientras pulsaba el encendido. Una luz roja
parpadeó cinco veces antes de encenderse del todo. Aunque él no estaba en el
interior de la nave, pudo sentir cómo se estremecía a medida que cobraba
vida. Un hilo de emoción le recorrió la espalda. Llevaba veintiocho años
esperando este momento. La fecha estaba grabada en su mente de igual modo
que lo está la placa de un edificio histórico. 24 de abril de 1980.
Operación Garra de Águila.
Él, John Austen, en aquel entonces comandante de las Fuerzas Aéreas de
Estados Unidos, había sido elegido para pilotar el Hércules C-130 por el
desierto iraní como primera etapa de un plan desesperado y tremendamente
ambicioso para rescatar a cincuenta y tres rehenes americanos de la embajada
de Teherán. A bordo de él iban setenta y cuatro miembros de la recién creada
Fuerza de Operaciones Especiales entrenada por el coronel Charlie Beckwith
y dirigida por el teniente coronel William Jerry Boykin.
El vuelo al desierto había transcurrido de acuerdo con el plan, siendo el
único incidente los siete minutos durante los cuales el avión pasó por un
haboob, una cegadora tormenta de arena en el Dasht-e-Kariv, el Gran
Desierto Salado, que abarcaba cuatrocientas millas del extremo suroeste del
país. El avión sorteó la tormenta de arena bastante bien, manteniéndose en
marcha los motores de turbohélice a pesar de la avalancha de gravilla y arena.
Aterrizó sin problemas en un punto fijado con antelación llamado Desert One.
Ocho helicópteros Sea Stallion le siguieron provenientes del portaaviones
USS Nimitz que estaba en el mar de Arabia. Los helicópteros transportaban a
los soldados de élite hasta Teherán, donde liberarían a los diplomáticos y los
devolverían al avión de Austen para emprender el vuelo de regreso por el
golfo Pérsico hasta Arabia Saudí.
Poco después ocurrió el desastre.
Uno de los helicópteros aterrizó en mal estado con sus motores hidráulicos
seriamente dañados por la misma tormenta de arena por la que el mismo
Austen había volado. Otro de ellos se dio la vuelta a mitad del vuelo, perdido
y temeroso de que le fallaran los sistemas. Con tan sólo seis helicópteros en
marcha en lugar de los ocho que había planeados, no habría suficiente espacio
para transportar a todos los rehenes rescatados fuera de Teherán. La misión
fue cancelada.
Cuando uno de los helicópteros despegó, el viento que provocó convirtió la
fina arena del desierto en un remolino. Cegado, el piloto perdió la orientación
y chocó contra el C-130 de Austen, aparcado a cincuenta metros. Las aspas
del helicóptero cortaron el estabilizador principal del Hércules. Al perder el
equilibrio, el helicóptero cayó sobre el avión, dejando caer el carburante a
chorros y sumiendo al avión en un infierno en llamas.
Austen recordó las inesperadas sacudidas de su avión, el estallido de rabia y
confusión —«¿Qué demonios está pasando ahora?», se preguntó—, los
pensamientos chamuscados por un destello cegador y cauterizados por una ola
de calor intenso que en un abrir y cerrar de ojos le había tragado por
completo. Atado a su asiento, con las llamas lamiéndole la carne, repitió
aquellas palabras: «Estoy muerto, estoy muerto».
Pero no lo estaba. Desasiéndose de su asiento, se abrió camino en aquel
infierno. Salió de entre los restos con el uniforme de vuelo, el pelo y todo el
cuerpo envuelto en llamas. Entre varios soldados lo tiraron al suelo y lo
hicieron rodar entre la dura arena del desierto extinguiendo el fuego. Era una
aparición que procedía del infierno.
Se despertó dentro de un helicóptero que lo llevaba al USS Enterprise. Un
soldado sanitario de la marina estaba inclinado sobre él. Austen extendió la
mano y agarró la cruz que colgaba del cuello del enfermero. Un
estremecimiento de salvación le pasó de la mano al brazo y a todo el cuerpo.
Se vio rodeado de luz. Esta vez no eran llamas, sino una luz sanadora. En
aquel momento, Austen lo vio. Vio al Señor, su salvador. Escuchó sus
palabras y le prometió obedecerlas. Supo que viviría. Le habían asignado una
misión que tenía que cumplir.
Él, John Austen, que no había puesto un pie en una iglesia desde su
confirmación a la edad de trece años, un consumidor de alcohol, un mujeriego
que había pisoteado los sagrados votos del matrimonio, un jugador que
tomaba el nombre de Dios en vano, un pagano en todos los sentidos del
término, había sido elegido para anunciar la Segunda Venida de su
todopoderoso Señor, Jesucristo.
Austen repasó su examen previo al vuelo. Alerones. Aletas. Aceite.
Anticongelante. La cámara del morro se encendió. Se le mostró una vista de la
calle fuera de su casa. Se habían colocado una serie de luces a cada lado de la
pista para que funcionaran como delimitadores.
Pulsó el botón de aceleración y la nave avanzó poco a poco.
El Mahdi I estaba listo para volar.
82

En el interior del centro de mando, Von Daniken se acercó los prismáticos a


los ojos y estudió la casa protegida por visillos. La casa comprada por el
Excelsior Trust estaba situada en el número 33 de Holzwegstrasse. Se trataba
de un sólido edificio de dos plantas diseñado sin la menor imaginación. Una
caja de estuco de color marfil con un tejado de pizarra gris. Un jardín rodeaba
la casa. Había un balcón que sobresalía de uno de los dormitorios de la
segunda planta. Pero lo que más interesó a Von Daniken fue la carretera que
pasaba por delante de ella. Sin nieve, se extendía durante quinientos metros en
línea recta y llana. Según él lo veía, le parecía la pista de despegue perfecta.
Movió los prismáticos a la izquierda. Una caseta independiente ocupaba un
extremo de la parcela. No parecía lo suficientemente grande para albergar el
drone, pero, una vez más, el general Chabert les había dicho que la nave podía
ser montada rápidamente.
La valla de seguridad del aeropuerto comenzaba a casi diez metros. Por un
lado, subía una pequeña altura y después giraba hacia el norte y recorría en
línea recta tres kilómetros, bordeando un exuberante bosque de hoja perenne.
Por el otro lado atravesaba una amplia llanura enterrada en la nieve. Más
adelante la llanura daba paso a una enorme pista de cemento iluminada por
altas y cegadoras farolas. El extremo sur del aeropuerto de Zúrich.
En algún lugar había un avión que despegaba. El ruido fue aumentando de
volumen a medida que el avión se acercaba. En pocos segundos el estruendo
de los motores ahogó los demás sonidos.
Bajó los prismáticos y volvió al comedor.
—Hicieron una buena elección. Sin vecinos. Una buena vista del
aeropuerto. Un panorama sin obstáculos.
—Y no sólo del aeropuerto —añadió un hombre bajo y achaparrado de pelo
negro y rizado y un fino bigote de tahúr. Su nombre era Michael Berger. Era
el capitán del equipo de asalto especial del departamento de Policía de Zúrich.
Sería Berger el primero en llegar a la casa—. Quienquiera que esté dentro
podrá vernos llegar desde cien metros antes. ¿Cuántos calculas que habrá?
—No lo sabemos con seguridad, pero calculamos que hay al menos cinco.
Puede que más.
—¿Armados?
—Cuenta con ello. Son profesionales. Se hicieron con veinte kilos de
explosivo plástico Semtex-H hace unas cuantas semanas que casi con
seguridad están en el drone.
Berger asintió con un gesto amargo y sus ojos calcularon sus posibilidades
de éxito y supervivencia.
—Entraremos por el aire. Dos helicópteros. Nuestro equipo bajará por
cuerdas. Lo cronometraremos para que coincida con el despegue de un avión
de pasajeros. Los helicópteros están equipados con deflectores del motor que
les permiten volar con un silencio casi total. Enviaremos a un segundo equipo
por la carretera principal y asaltarán la casa por la parte delantera. Sus amigos
no oirán ni pío hasta que derribemos las puertas. Toda la operación deberá
durar menos de sesenta segundos.
Von Daniken hizo un gesto de estar estudiando los dibujos.
—¿Cuántas veces ha hecho esto?
Berger entornó los ojos.
—Nunca. Pero en los ensayos lo hemos hecho muy bien.
Von Daniken sólo pudo asentir.
—Estaremos listos en cuarenta minutos —dijo Berger—. Digamos a las
siete y veinte.
Los hombres sincronizaron sus relojes.
Von Daniken dio unos pasos largos hasta la ventana delantera donde se
había colocado Myer con los prismáticos.
—¿Alguien de la zona ha visto u oído algo?
—Al parecer ha habido mucha actividad en la casa los últimos días.
Hombres que salían y entraban. Coches que iban a toda velocidad a un lado y
otro de la calle, aparcando enfrente de la casa.
—¿Alguna señal de la furgoneta?
—Todo excepto la furgoneta.
El capitán Berger hizo una señal desde la puerta de atrás de que era hora de
irse. Von Daniken se unió a él y se apresuraron hacia la furgoneta que les
esperaba cerrando la puerta detrás de ellos.
Era un viaje de dos minutos hasta el parque de bomberos del lugar, donde
los hombres de Berger se estaban preparando. Dos helicópteros aeroespaciales
Ecureil estaban posados en un campo de fútbol que había al lado con los
rotores girando despacio.
Dentro del parque de bomberos, la tensión era palpable mientras los policías
se ponían los monos azul marino y los chalecos antibalas Kevlar, siguiendo
con los arneses de nailon para sujetar su equipamiento: radio, granadas y
munición. Aquello no era un simulacro.
Había veinticinco soldados de asalto en total. No era un grupo tan joven
como habría esperado Von Daniken y se dio cuenta de que a más de un oficial
le costaba abrocharse el chaleco por encima de unas barrigas de tamaño
considerable. El armamento estándar era una ametralladora compacta, la
Heckler & Koch HP47. Dos hombres levantaban unos grandes y torpes rifles
llamados Wingmasters, utilizados para derribar puertas.
El radiotransmisor de Von Daniken emitió un sonido. Era Myer.
—Acaban de encenderse las luces dentro de la casa.
—Luces encendidas dentro de la casa —repitió Berger a su equipo.
La sala apestaba a sudor y ansiedad.
—¿Alguna conversación? —preguntó Von Daniken.
Uno de los equipos tecnológicos había apuntado un micrófono láser hacia
las ventanas. El dispositivo podía «leer» las vibraciones en los cristales
causadas por las personas que hablaban en el interior de la casa y traducirlas a
algo que se parecía al sonido original.
—Está puesta la televisión —respondió Myer—. Esperemos que el volumen
lo mantengan alto.
Berger dividió a sus hombres en dos pelotones, ocho en cada uno, dejando a
otros ocho en la reserva.
—Necesito luz verde oficial.
—La tiene —Von Daniken extendió la mano y le deseó buena suerte.
Berger se giró y volvió adonde estaban sus hombres.
—Vamos en cinco minutos —gritó.
Von Daniken se dirigió al puesto de mando por un camino que bordeaba el
bosque. Levantó la mirada hacia el cielo. Era una noche bonita, una cortina de
terciopelo atravesaba las estrellas y una luna creciente colgaba del cielo a baja
altura. Eran las 7:16. Había anochecido. Detrás de él, oyó cómo Berger
ordenaba a sus hombres que fueran a los helicópteros. Se metió las manos en
los bolsillos y aligeró el paso.
—Von Daniken.
Se detuvo. Giró en círculo tratando de localizar a quien había hablado. Pero
no vio a nadie.
Un hombre alto de hombros anchos emergió de las sombras.
—Mi nombre es Jonathan Ransom. Creo que me está buscando.
83

Jonathan se acercó al policía con las manos alejadas del cuerpo para mostrar
que no estaba armado, tal y como Emma le había aconsejado que hiciera.
—Tiene que detener a sus hombres —rogó—. La gente a la que busca no
está en esa casa.
—¿No? —dijo Von Daniken con recelo.
—No. Ni tampoco el drone.
—¿Por qué me cuenta eso?
—Porque yo también quiero detenerlos. Usted ha cometido un error. No era
a mí a quien buscaba.
—Entonces, ¿a quién?
—A mí —intervino Emma, saliendo de la sombra por detrás del policía—.
El señor Blitz y el señor Lammers eran colegas míos, no de Jonathan.
—No estoy seguro de entenderla, señorita...
—Señora Ransom —dijo ella.
Von Daniken se quedó pensando. Su mirada saltaba de uno a otro y por un
momento pareció que había comprendido la desesperación de ellos.
—Usted es Emma Ransom —dijo, apuntándola con un dedo, como si no
estuviera convencido—. ¿La mujer que murió en un accidente escalando el
lunes pasado?
—No hubo ningún accidente.
—Al parecer, no.
Emma le miró a los ojos. Entre ellos se estableció el lenguaje sin palabras de
un profesional a otro. Ella le dejó un momento para que lo comprendiera todo
y después dijo:
—Jonathan no está implicado en modo alguno en este complot. El policía al
que mató actuaba bajo nuestras órdenes. Él y su compañero atacaron a mi
marido para conseguir ciertos objetos que me pertenecían. Jonathan actuó en
defensa propia. No puedo dar más explicaciones aparte de decirle una vez más
que soy yo la persona a la que busca. No mi marido. Tiene que escucharme.
Están apuntando a la casa equivocada. Van a asaltar al señuelo.
—¿El señuelo? —dijo Von Daniken escéptico.
—Sí.
—¿Cómo puede estar segura?
—Porque sé dónde está la casa de verdad.
—Tenemos que darnos prisa —apremió Jonathan—. Deténgalos.
Von Daniken mostró el aire impasible e inmóvil de un luchador exhausto
que está tomando fuerzas para la última batalla. Sus labios se movieron y
Jonathan pensó que estaba eligiendo entre las docenas de preguntas que le
acosaban. Jonathan sabía que eran las mismas preguntas que a él le habían
hostigado.
—¿Dónde está el drone? —preguntó Von Daniken.
—Lo tienen oculto en una casa en la cima de la colina. Lenkstrasse número
4.
Emma apuntó hacia las estribaciones que se elevaban a cinco kilómetros por
detrás de ellos.
—¿Y está planeado para esta noche?
—El vuelo E1 A1 procedente de Tel Aviv —confirmó ella.
En una pista lejana, un avión se preparaba para despegar. El estridente
pitido de los potentes motores horadaba el cielo. Entonces, de algún lugar más
cercano, surgió un ruido distinto de una frecuencia inferior. Sus caras se
elevaron al cielo mientras los dos bultos de color gris apagado se desplazaban
a baja altura por encima de sus cabezas.
—Deténgalos —ordenó Emma.
—¿Cómo sé que puedo confiar en ustedes?
—Porque estoy aquí.
Von Daniken sacó su radiotransmisor de la chaqueta y se lo acercó a la
boca. Antes de poder decir una palabra, la noche entró en erupción con una
confusión de explosiones cegadoras, cristales que se hacían añicos y un
staccato de disparo de ametralladoras. Una llamarada estalló y ardió de una
forma descomunal. Iluminadas con su resplandor, las siluetas de los hombres
se apresuraban hacia la parte posterior de la casa.
Von Daniken comenzó a correr por el sendero. Jonathan y Emma le seguían
de cerca. Llegaron al puesto de mando y entraron por la puerta de atrás. Una
docena de hombres se agrupaba en la sala de estar mirando por la ventana de
la parte delantera.
—Estudio. Despejado.
—Cocina. Despejada.
—Dormitorio. Despejado.
Las voces hablaban de una forma telegráfica controlada. Y entonces se
escuchó una explosión de disparos de metralleta.
—¡Ha caído un hombre!
El control desapareció. Las voces se solapaban unas sobre otras en una
disparatada estampida.
—¿Quién es?
—Uno de los malos.
—Detenedlo... ¿Qué demonios...?
—Está atado.
—Pero tenía un arma.
—Dile al jefe que venga... ¡ahora!
Von Daniken miró a Emma, pero ella no le hizo ninguna indicación. Sus
ojos estaban fijos en la radio.
El tumulto se detuvo tan rápido como había empezado. Se quedaron quietos,
en silencio, esperando oír algo más. Pasó un minuto. En la calle un perro
comenzó a ladrar.
De repente se oyó la voz de Berger en la radio.
—Marcus, venga aquí.
Von Daniken apuntó con el dedo a Emma y a Jonathan.
—Quedaos aquí.

Caminó con determinación por el medio de la carretera. Quería correr, pero


era un jefe de división de la policía federal y sabía que, si lo hacía, parecería
poco profesional. El procedimiento era lo único a lo que podía aferrarse.
Subió las escaleras que llevaban a la puerta delantera de dos en dos,
abriéndose paso entre los soldados que salían. El aire estaba lleno de cordita y
los ojos le escocían. Entró. La electricidad de la casa había sido cortada antes
del asalto. El vestíbulo estaba a oscuras y lleno de un humo asfixiante. Von
Daniken encendió su linterna. Berger salió de una habitación lateral con la
cara ennegrecida.
—Sabían que veníamos —dijo dirigiéndose a la sala de estar—. Era una
emboscada.
—¿Qué ha sido?
—Echa un vistazo.
Von Daniken proyectó la luz de la linterna contra la masa que se
amontonaba en el centro de la habitación. Tumbado sobre un lado había un
hombre atado a una silla de respaldo bajo. Una cinta adhesiva le tapaba la
boca. Había más cinta que le ataba una pistola a la mano. La sangre de su
pecho había formado un charco que seguía avanzando por el suelo de madera.
Aunque muerto, tenía los ojos bien abiertos.
—Estamos entrenados para disparar si vemos un arma —se excusó Berger.
Von Daniken se acercó sintiendo cómo se le entumecía el cuerpo y la mente
rechazaba lo que sus ojos le contaban.
El hombre muerto era Philip Palumbo.

—¿Qué más sabe sobre el drone? —preguntó Von Daniken cuando volvió
al puesto de mando.
—Habrá un equipo de no menos de seis personas —respondió Emma—.
Cuatro para montar la nave y vigilar, uno para actuar como controlador del
vuelo y otro para pilotarlo. Estarán bien armados.
Von Daniken se acercó a la ventana y miró hacia la cima de la colina.
Conocía la zona, una ladera boscosa que escondía las ruinas de las antiguas
murallas que una vez rodearon la ciudadela de Zúrich. Mientras sus ojos se
acostumbraban a la oscuridad, un avión despegó del aeropuerto. Se elevó en el
cielo e hizo un giro brusco a la derecha, sobrevolando el lugar.
Bajó la mirada a la carretera. Los hombres de Berger salían de la casa. No
había tiempo para volver a reunirlos.
—Trae el coche —le ordenó a Hardenberg. Se giró hacia Myer—. ¿Tienes
el horario de vuelos que pedí?
Myer sacó unos papeles de su chaqueta. Von Daniken estudió la lista de
llegadas y salidas. El vuelo E1 A1 863 de Tel Aviv llegaba a las 8:05. Miró su
reloj. Eran las 7:30. Miró a Emma.
—¿Qué más puede decirme?
—Hay dos caminos hacia la casa —dijo—. Uno llega por la carretera que va
a utilizarse como pista. El otro llega por detrás. Sugiero que nos dividamos en
dos equipos. Yo iré por la parte de delante.
Von Daniken miró a esta mujer arrogante y segura de sí misma que le daba
órdenes en su propio país. Notó cómo la bilis le hervía en la garganta. Era la
bilis de un hombre más joven, inapropiada para un inspector general.
—Muy bien. ¿Necesita un arma?
Emma ladeó la cabeza hacia Jonathan.
—Sólo para él. —Esperó a que Von Daniken le diera una pistola a su
marido y dos juegos de balas y luego siguió hablando—. Habrá hombres
apostados alrededor de la casa. Acérquese todo lo que pueda e ilumínelos con
las luces y la sirena. Eso les asustará. Después del asalto al señuelo no nos
esperarán.
—El hombre que está a cargo de esto, ¿se llama Austen?
Emma no respondió.
—¿Puede hablar con él? —continuó diciendo Von Daniken—. ¿Le
escuchará si le dice que tenemos rodeado el recinto?
—No —dijo Emma—. Él sólo escucha una voz.
—¿A qué se refiere?
—A que no se detendrá. Ahora no.
Von Daniken dio instrucciones por radio al capitán del equipo especial de
asalto para que llevara a sus hombres a Lenkstrasse por el camino de atrás lo
más deprisa posible y que esperara disparos.
Justo en ese momento apareció Hardenberg en un coche de policía de la
marca Audi. Von Daniken abrió la puerta.
—¿Tiene coche? —le preguntó a Emma Ransom.
—Está más adelante, en la parte de atrás —respondió.
—Entonces, buena suerte.
Von Daniken subió al asiento trasero del Audi. Kurt Myer levantó una
ametralladora Heckler & Koch y se sentó en el asiento del copiloto.
—Si te digo la verdad, no he utilizado una de éstas desde hace tiempo —
reconoció mirando hacia atrás.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Von Daniken.
—Nunca.
—Dámela.
Myer le pasó la ametralladora a Von Daniken, quien le metió un cartucho y
la puso en automática.
—Apunta y aprieta el gatillo. Le darás a algo. Asegúrate de que no es a
ninguno de nosotros.
Myer agarró la ametralladora y la colocó en el regazo.
—Escribe Lenkstrasse en el GPS —pidió Von Daniken mientras el coche
aceleraba.
Hardenberg introdujo la dirección. Apareció un mapa en la pantalla.
Lenkstrasse era un tramo de carretera en línea recta que bordeaba el parque
municipal.
—Ve por detrás —dijo Von Daniken.
El coche sorteó las calles de Glattbrugg pasando por debajo de la autopista
antes de comenzar a subir una cuesta empinada y en curva colina arriba. Von
Daniken llamó al aeropuerto. Pasaron cuatro minutos hasta que le
comunicaron con la torre. Se identificó.
—¿Cuál es la posición del E1 A1 8851?
—Entrará con veinte minutos de antelación —respondió el controlador de
vuelos.
—Su llegada está prevista para las 7:45.
Von Daniken miró el reloj del coche: 7:36.
—Póngase en contacto con el piloto y dígale que aborte el aterrizaje.
Tenemos una amenaza verificada contra el vuelo.
—Está a sesenta kilómetros de su aproximación inicial. No ha informado de
ningún problema. ¿Está seguro?
—Tenemos todos los motivos para creer que va a haber un atentado desde
tierra dirigido contra el vuelo E1 A1 8851.
—Pero yo no tengo ninguna notificación de la oficina central...
—Hágalo —ordenó Von Daniken con una voz tan tranquila que no oponía
resistencia.
—Sí, señor.
Von Daniken colgó. Sesenta kilómetros. Si el drone más pequeño que había
visto en el despacho de Lammers tenía un alcance de cincuenta kilómetros,
uno de este tamaño podría llegar diez veces más lejos. Si no conseguían
detener el vehículo aéreo no tripulado antes de que despegara, sería
demasiado tarde.
—Hay un obstáculo en el camino —advirtió Hardenberg.
—Rodéalo. Tienes espacio por el arcén.
—¿Pongo la sirena?
—Espera a que estemos más cerca.
Hardenberg sacó el Audi de la carretera pasando por encima de la nieve y
los matojos que había a un lado. El coche se balanceó un poco.
—Despacio, despacio.
—No hay problema —dijo Myer mientras el Audi volvía al asfalto—. Os
dije...
El parabrisas estalló, llenando de cristales el interior del coche. Las balas
barrieron el vehículo. Un neumático reventó y el Audi se hundió hacia un
lado. El radiador explotó, dejando escapar el vapor.
—¡Agachaos! —gritó Von Daniken. Un momento después fue golpeado por
algo caliente y húmedo. Se limpió la cara y las manos Sale mancharon de
sangre. Kurt Myer yacía ladeado entre los asientos y su cara era un amasijo de
huesos y cartílagos.
Hardenberg abrió deprisa la puerta y se arrastró hacia la parte trasera del
vehículo. Von Daniken abrió con cuidado la suya, contó hasta tres y saltó
hacia el bosque. Se lanzó al suelo y enterró la cara en la nieve.
El tiroteo cesó y algún tiro ocasional lanzaba hielo al aire.
—¡Llama al capitán Berger! —le gritó a Hardenberg.
—Mi teléfono está en el coche.
Von Daniken se palpó los bolsillos. Su teléfono se le había caído en algún
sitio durante la brusca salida. Sacó la pistola de servicio y la manejó con
torpeza hasta que pudo cargarla y asegurarse de que tenía el seguro quitado.
Maldijo entre suspiros. Su reloj marcaba las 7:42. Oyó un nuevo ruido que
procedía de la cima de la colina. Era el motor del drone encendiéndose.
Miró a su alrededor. La casa estaba a treinta metros por encima de él. Era un
edificio moderno de estructura voladiza sobre la ladera, apoyada en grandes
pilares de acero. Las ventanas estaban a oscuras, de forma que pareciera
abandonada. Pero él sabía que no era así.
Levantó la cabeza para ver mejor. Una bala se clavó en un árbol a diez
centímetros de él. Escondió la mejilla en la nieve. Gafas de visión nocturna.
Por supuesto. ¿Cómo si no podían verlo en esta maldita oscuridad?
—Ve colina abajo —le dijo a Hardenberg—. Tienes que avisar a los otros.
Hardenberg se sentó con la espalda apoyada en el parachoques de atrás y la
cara más azul que el hielo.
—De acuerdo —dijo, pero no se movió.
—Sigue detrás del coche y no podrán darte —siguió diciendo Von Daniken.
Hardenberg se removió. Tragó saliva y escondió la cabeza entre los hombros.
Se puso en marcha, arrastrándose a cuatro palas hacia atrás, carretera abajo.
Von Daniken vio cómo retrocedía. Cinco pasos, Diez—. Sigue agachado —le
instó en voz baja. Hardenberg gateó unos metros más y después levantó la
cabeza vacilando—. Abajo —susurró Von Daniken, haciendo gestos en el aire
indicándole que se mantuviera agachado.
Hardenberg malinterpretó el movimiento y comenzó a levantarse.
—¡No! —gritó Von Daniken con toda la fuerza de sus pulmones.
¡Agáchate!
Hardenberg asintió dubitativo y continuó bajando. Una bala le dio en la
cabeza y cayó contra el asfalto.
—¡Klaus!
Von Daniken cayó de espaldas, enfadado consigo mismo.
84

El capitán Eli Zuckerman ajustó la orientación de sus alerones y aflojó la


marcha como preludio para desactivar el piloto automático. Pilotar un avión
de pasajeros se había convertido en algo tan automático que una vez que los
ordenadores de a bordo estaban programados con la información de un vuelo
en particular —destino, altitud de crucero y velocidad máxima permitida— el
avión podía literalmente volar solo. La única vez que Zuckerman se sentía en
completo control del avión era durante el despegue y el aterrizaje, un total de
treinta minutos por vuelo. El resto del tiempo era básicamente un técnico que
controlaba los instrumentos y se aseguraba de que su primer oficial mantenía
comunicación con tierra. No se trataba exactamente del trabajo que había
soñado cuando se salió de las Fuerzas Aéreas muchos años atrás, cuando era
un popular combatiente con veintiuna matanzas en tres guerras.
Zuckerman pulsó el botón de desactivación. El avión se estremeció y bajó
cuando él tomó el control manual. Bajando el mando principal, el A-380
comenzó a girar suavemente hacia el sur. Era una noche clara, con un tiempo
ideal para volar. Podía ver en la distancia las luces de la ciudad y, más allá, el
gran vacío oscuro de los Alpes. Movió las lengüetas y el avión comenzó su
lento descenso al Zúrich Flughafen.
—Dieciséis minutos para el aterrizaje —anunció su copiloto.
Zuckerman reprimió un bostezo. Como esperaba, había sido un vuelo sin
problemas. Comprobó su reloj —quince minutos para aterrizar— y después
miró al primer oficial.
—Y bien, Benny —dijo—, ¿qué te apetece para cenar? ¿Wieneschnitzel o
fondue?
—Al 863, aquí control aéreo de Zúrich. Tenemos una emergencia. Código
33. Desvíese a Basilea-Mulhouse, vector dos-siete-nueve. Suba a treinta mil
pies. Se le aconseja toda la premura posible.
Código 33. Un ataque tierra-aire.
—Entendido. Código 33. E1 A1 865 dirigiéndose al vector dos-siete-nueve.
Subiendo a treinta mil pies. ¿Tiene contacto por radar del espectro?
—Negativo, E1 A1 863. Por ahora no hay contacto por radar.
—Gracias, Zúrich.
Eli Zuckerman se ajustó el arnés de seguridad y miró preocupado a su
primer oficial. Agarró el mando con fuerza, inclinó el avión hada babor y
apretó la marcha. El avión se levantó de forma repentina.
Era hora de ver lo que su pequeño podía hacer.
85

—Mahdi I, todos los sistemas tienen luz verde. Puede despegar. Que Dios
os acompañe.
El teniente general John Austen encendió el motor. Las revoluciones por
minuto del reactor con turboventilador Williams fueron en aumento sin
problemas. Liberó el freno y el drone comenzó a deslizarse por la pista.
Por los auriculares escuchó el sonido de fuegos artificiales. En la pantalla de
su izquierda vio relámpagos en el cielo. No, no eran relámpagos. Eran las
ondas expansivas de las armas de sus hombres. Se oyó una voz por los
auriculares.
—Policía.
—Manténgalos alejados.
Austen propulsó la válvula de aceleración y el drone comenzó a deslizarse
por la pista mientras él sentía una repentina sensación de orgullo y éxito. Lo
había conseguido. Había cumplido la misión que se le había asignado. Israel,
como poseedora legítima de la Tierra Santa, se preparaba para el ataque. Irán
estaba bien armado. Las fuerzas de Gog y Magog se preparaban para la batalla
en las llanuras de Armagedón.
Imaginó con todo detalle cómo se desarrollaría el conflicto, todo ello
conforme al plan de Dios.
La ofensiva de bombardeo de Israel fracasaría.
Irán respondería con los misiles de crucero KH-55 de su arsenal, misiles en
cuya venta él había hecho de intermediario. Las armas nucleares equipadas
con cabezas de diez kilotones caerían sobre Tel Aviv, pero no sobre Jerusalén.
El Señor, en su poder, protegería la más sagrada de sus ciudades. A cambio,
los americanos caerían sobre Irán. La República Islámica Fundamentalista
dejaría de existir.
Todo estaba en orden para el regreso del Señor. Y el Éxtasis que vendría
después.
Austen apartó su mente del ruido cada vez más intenso del tiroteo centrando
su mirada y su concentración en la pantalla que había delante de él. Los
árboles pasaban con una rapidez que iba en aumento. Las luces de la pista
eran destellos. El velocímetro indicaba cien nudos..., ciento diez... Movió el
mando hacia atrás. El morro comenzó a elevarse...
Fue entonces cuando lo vio. Un par de faros se dirigían hacia la nave. Un
coche donde no debería haber ninguno.
Agarró el mando con el puño y tiró hacia atrás mientras empujaba la válvula
de aceleración.
—¡Vuela!
86

—¿Has oído eso? —preguntó Jonathan alarmado. Emma miró en dirección


a él.
—¿Qué?
Bajó la ventanilla y sacó el cuello del coche.
—No estoy seguro, pero... —En el cielo se oyó una fuerte detonación
seguida de otra más. Los sonidos eran metálicos, como de juguete, como las
pistolas con las que jugaba de niño—. Disparos. ¿Los oyes?
Emma acercó el coche a un lado de la carretera, a medio camino de la
subida a la colina. Un bosque medieval cubría la pendiente. Cerca de la
carretera podían verse restos de una muralla antigua, bloques de basalto
salpicados de liquen. Entre la profundidad de los árboles, los disparos
parecían luciérnagas.
—Von Daniken. Eso los mantendrá ocupados. —Ella se movió en su asiento
y dirigió su mirada hacia él—. ¿Seguro que estás preparado para hacer esto?
Jonathan asintió. Había tomado esa decisión varios días atrás.
—Cambiemos de asiento —dijo Emma—. Conduce tú. Es decir, a menos
que sepas cómo disparar un arma. —Jonathan se detuvo a medio camino de la
salida—. Iba a decir que odias las armas.
—Las odio.
Los dos se cruzaron por la parte delantera del coche y sus hombros se
rozaron. Jonathan ajustó el asiento del conductor a su altura. Emma cerró la
puerta y le dijo que se pusiera en marcha. Se dio cuenta de que ella ya no
parecía tan profesional. Su cara había perdido su aspecto confiado y la
respiración se le estaba volviendo rápida y fuerte. Estaba tan asustada como
él.
Puso el coche en marcha y aceleró. Apenas habían avanzado diez metros
cuando sus faros iluminaron una barrera protectora que atravesaba la
carretera.
—Sea lo que sea lo que hagas —ordenó Emma—, no pares.
El coche aceleró, lanzándose contra la barrera.
—Apaga las luces —pidió ella.
Jonathan apagó los faros. La oscuridad invadió la carretera. Acercó su cara
al parabrisas. El borde de la barrera apenas se veía, una línea blanca que
atravesaba la oscuridad. La derribó. El coche chocó contra la barrera,
desperdigando fragmentos de madera por todos sitios. La carretera se niveló.
Luces colocadas a intervalos uniformes a cada lado iluminaban su camino.
El sonido de los disparos aumentó, acercándose de forma alarmante. Una
descarga de balas golpeó el coche como si fuera granizo que aporrea una
choza de metal. Una bala hizo añicos el parabrisas, dejando un gran agujero y
una tela de araña de cristal. El viento entraba con fuerza. Él pudo ver varias
figuras arrodilladas en la nieve, cuyas siluetas titilaban como consecuencia de
los disparos de sus armas.
—¡Sigue adelante!
Emma se inclinó hacia el exterior de la ventanilla y empezó a disparar a las
sombras.
Entonces él lo vio. Una bestia plateada con alas enormes y una gran cápsula
que colgaba de su panza.
—¡Emma!
El drone se dirigía hacia ellos, avanzando desde el otro extremo de la
carretera.
—¡Más rápido! —le conminó ella—. Choca contra él.
—Pero...
Miró a Emma. Era un suicidio.
—¡Hazlo!
Jonathan redujo a tercera y pisó el acelerador hasta el fondo. El motor rugió
mientras el estallido del par de torsión lanzaba el coche hacia delante. La nave
no mostraba señal alguna de despegue. Venía hacia ellos implacable, como un
maléfico insecto metálico. Emma disparaba hacia la nave. Él no tenía ni idea
de si las balas estaban alcanzándola. Sus ojos se concentraron en la cápsula
con forma de lágrima que estaba sujeta al fuselaje. Era la bomba. Veinte kilos
de Semtex, le había dicho ella. El equivalente a cuatrocientos cincuenta kilos
de trinitrotolueno. Una bomba lo suficientemente grande para derribar un
avión de pasajeros.
—¡Más rápido! —gritó Emma, metiendo la cabeza dentro del coche.
El morro de la nave se elevó del suelo y después volvió a caer. Jonathan se
preparó para el impacto entornando los ojos antes de la colisión, el intenso
estallido de luz...
El drone comenzó a despegar. El morro se elevó en el aire. Las ruedas
delanteras se separaron del asfalto. Aquello no era bueno. Iban a colisionar
contra él. Todos sus instintos le decían que frenara. Agarró el volante con más
fuerza y apretó el pie contra el suelo.
Gritó.
Un destello brillante pasó por encima de sus cabezas.
Había desaparecido. El drone estaba en el aire.
Un segundo más tarde, uno de los neumáticos del coche explotó. El coche se
hundió hacia la izquierda abandonando el asfalto. Jonathan giró el volante en
la dirección contraria pero no funcionó. La nieve era demasiado profunda. El
coche fue haciendo surcos y la velocidad se desvanecía rápidamente. Chocó
contra un bloque de hielo y se deslizó de lado, deteniéndose en un hueco entre
varios robles a unos veinte metros de la casa.
Emma agarró la pistola con su mano derecha.
—El hombre al que quieres está dentro de la casa. Busca el panel de mandos
y allí estará. No te molestes en hablar con él. No parará hasta que haya
conseguido lo que tenía planeado hacer. Tienes ocho balas.
—¿Y tú?
—Yo me quedaré aquí —dijo ella—. Cuando empiece a disparar, corre
hacia el bosque y rodea la casa. Puedes llegar a la terraza subiendo por los
pilares que hay en la ladera. Una vez allí, tendrás que buscar el modo de
entrar.
Fue entonces cuando él vio que la habían herido. Su hombro estaba caído de
una forma extraña y la sangre se deslizaba por su chaqueta.
—Estás herida.
—Vete —le rogó ella eludiendo su preocupación—. Antes de que te vean.
Jonathan vaciló un segundo y después salió. Detrás de él, Emma se puso de
pie y comenzó a disparar a la casa.
87

«La electricidad».
Von Daniken yacía en la nieve sin sentir el frío, sin sentir nada. Durante la
sesión informativa dos días antes había sabido que el dispositivo de control de
un drone consumía una enorme cantidad de electricidad. Si cortaba el
suministro de electricidad de la casa, el drone quedaría inhabilitado. Podría
volar, pero sin dirección. Antes o después se quedaría sin gasolina.
Probablemente caería en la tierra y explotaría en el campo sin provocar
ningún daño. Cayera donde cayera, no se llevaría seiscientas vidas por
delante.
Poniéndose boca abajo, levantó la cabeza y buscó la ladera. Las balas
chocaron contra el suelo por delante de él, salpicándole hielo y suciedad en
los ojos. Se agachó y tragó nieve, pero antes pudo ver la carcasa rectangular
de metal que administraba la electricidad del barrio.
La caja de conexiones estaba a pocos metros sobre un cuadro llano cavado
en mitad de la pendiente. Un trozo de la antigua muralla de la ciudadela
ocupaba el terreno que había sobre él. Los grandes bloques de piedra servirían
como protección.
Empezó a subir por la colina escondiéndose entre la profunda nieve.
Tiritaba descontroladamente. Descansó unos metros después y elevó la
cabeza, preparado para lanzarse en cualquier momento. Los disparos eran más
o menos constantes, pero ya no se dirigían a él. Procedían del otro lado de la
colina. Además, eran de un calibre distinto. Se trataba de Ransom y su mujer.
Se oyó el sonido de un motor a reacción poniéndose en marcha. Pensó que
era imposible que una nave pequeña pudiera provocar un ruido tan
ensordecedor. El tono del ruido cambió haciéndose más alto y fuerte. El drone
estaba despegando. Se puso de lado y miró al cielo. Por un momento, pudo
ver un aspa plateada moviéndose entre las copas de los arboles.
Poniéndose en cuclillas, Von Daniken se escabulló colina arriba. No le
importaba buscar protección alguna. Sabía que tenía un objetivo fácil, pero la
ausencia de disparos le confirió una irracional seguridad en sí mismo. La casa
asomaba por delante de él pareciendo un búnquer de hormigón. Y entonces,
de repente, allí estaba.
Cayó contra el lateral de la carcasa jadeando. Estaba cerrada con candado.
Se separó de ella, cogió su pistola y disparó. El candado se rompió. La caja de
empalmes se abrió como una almeja. Miró en su interior. Una etiqueta
adhesiva advertía de que no se tocara nada por miedo a quedar electrocutado.
El dibujo de una calavera y unos huesos lo recalcaba. Se enfrentaba a un
laberinto de cables, algunos de ellos entretejidos formando numerosas trenzas
multicolores, otros cubiertos con protectores de goma. Todo aquello parecía
tremendamente complejo. Había esperado que hubiera algún tipo de enchufe
principal que pudiera activar. Estiró el cuello para ver mejor.
La bala le dio en el hombro y le hizo girarse. Antes de saber qué le había
golpeado estaba tumbado sobre la nieve boca abajo. Se dio la vuelta, aturdido,
sin aliento y sin objetivo alguno. Estuvo tumbado allí durante unos segundos
mientras el sistema de circuitos de su propia mente se puso en orden.
Apoyándose con esfuerzo sobre una rodilla, dirigió su pistola hacia la casa e
hizo unos cuantos disparos sin control. El culatazo de la pistola le hizo
sentirse poderoso y optimista. Apuntó a la caja de empalmes y vació el
cargador contra ella. No ocurrió nada.
Se tambaleó y en su mente confundida decidió que aquella situación era
absurda. La primera vez que disparaba su arma en treinta años y era contra
una enorme caja de metal. Se dejó caer al suelo. La nieve que había debajo de
él estaba roja. Trató de mover el brazo izquierdo pero estaba congelado y no
sentía nada. De repente, fijó su atención en la nieve.
«Agua», pensó.
No necesitaba un arma para hacer su trabajo.
Acercándose a la caja con las dos manos, agarró un manojo de cables y los
arrancó. Una ráfaga de chispas cayó hacia el suelo. Un cable en particular
despidió un voltaje continuo y azul. Cogió un puñado de nieve con la mano
que no tenía herida y lo lanzó sobre la caja de empalmes. El cable crepitó y
siguió echando chispas. No sabía qué era lo que tenía que esperar, pero
seguramente no era aquello.
Se acercó al interior de la caja hasta que su mano se hizo con otro manojo
de cables, un tubo del tamaño de una porra de policía. Tiró de él
repetidamente. Por fin se soltó dejando al descubierto un manantial de cables
de cobre deshilachados.
Mientras miraba los cables pensó en el drone y en el avión procedente de
Israel. Sabía que no tenía posibilidad de escapar del drone al igual que un
hombre, por muy asustado que estuviera, no podía escapar nadando de un
tiburón. Fue entonces cuando la idea de Philip Palumbo, yaciendo en la
oscuridad le llenó de rabia.
Von Daniken recogió más nieve. Sin embargo, esta vez la lanzó contra los
cables sueltos y la apretó. Hubo un ruido rápido y crepitante y después
silencio.
Por un momento estuvo seguro de que había fracasado, pero entonces una
corriente le subió por los brazos llegándole al pecho. La espalda se arqueó con
un espasmo. Abrió la boca para gritar, pero la garganta quedó paralizada por
el voltaje que le atravesaba todo el cuerpo. Con un último esfuerzo se arrancó
la nieve de las manos. Algo explotó en su pecho y fue arrojado con violencia
hacia atrás saltando por los aires.
Jonathan corría de forma perpendicular al coche escabulléndose entre los
árboles. La nieve era profunda e irregular, dificultándole la huida. En dos
ocasiones cayó sobre sus rodillas y tuvo que esforzarse para zafarse.
Cincuenta metros después, giró a la derecha por un sendero paralelo a la
carretera. Enseguida encontró los restos de la muralla de la época romana que
antiguamente protegía la ciudad. Saltó por encima de ella y, agachándose, la
siguió hasta la parte trasera de la casa.
La casa sobresalía por encima de la pendiente. Dos pilares de acero anclados
en la ladera se elevaban en un ángulo de cuarenta y cinco grados para sostener
la estructura. Al llegar a los pilares, se detuvo y levantó la cabeza. Los
disparos habían cesado. El silencio que lo sustituyó era igual de siniestro.
Desde la cima de la colina se oían varios motores en marcha y al menos un
coche que derrapaba.
Los pilares estaban resbaladizos, húmedos y terriblemente fríos. Era muy
difícil mantenerse sobre ellos, y mucho menos subir por ellos. Pasando los
brazos alrededor de uno de los pilares fue avanzando hacia arriba. Cuando
llegó a lo alto, las manos le ardían por el frío y tenía la ropa empapada.
Apretando la rodilla entre el espacio que había entre la cimentación y el pilar,
se incorporó y pasó la mano por la barandilla del halcón. Tomando aliento y
rezando, se balanceó y extendió la otra mano, tirando después de sí mismo
para subir a la terraza.
La puerta corredera estaba cerrada.
Dio un paso atrás y se lanzó contra la puerta de cristal. Se hizo añicos y le
cayó en fragmento de cristal en el tobillo, incrustándose. Con una mueca de
dolor, se lo quitó. La sangre empezó a brotar manchándole el zapato.
La casa estaba en silencio. No había luces encendidas por ningún lado. Si
había habido algún guardia, ya había abandonado el barco. Solamente notó
una pequeña vibración producida por algún tipo de corriente eléctrica.
Atravesó la habitación y entró en el pasillo. En el otro extremo, una puerta le
impedía el paso. Un teclado numérico controlaba la entrada. Golpeó la
cerradura. No funcionó. Tanto la cerradura como la puerta eran de acero.
Poniendo la oreja contra la puerta, pudo distinguir un zumbido bajo y una
vibración contra su mejilla. De repente, el zumbido cesó. La vibración
desapareció. Todo el edificio se quedó tan silencioso como si lo hubieran
desenchufado.
Los ojos de Jonathan se clavaron en el teclado. El indicador del número de
identificación parpadeaba con una luz verde donde antes era roja.
La electricidad se había cortado.
Puso su mano sobre la puerta y giró el pomo.
Se abrió.
Apuntando con la pistola, entró en lo que sólo podía ser el centro de
operaciones. A su izquierda, un ventanal daba al aeropuerto de Zúrich. Justo
delante, un panel de instrumentos y monitores se elevaba desde el suelo hasta
el techo. Había un hombre sentado en una silla de espaldas a él y con la mano
sobre un mando. Sería John Austen.
A pocos centímetros, otro hombre hacía funcionar febrilmente un equipo de
control.
—Electricidad auxiliar encendida —dijo el segundo hombre, quien, según le
había dicho Emma, sería el ingeniero de vuelo—. Conexión por satélite
restablecida. Tenemos imagen.
Miró hacia arriba, vio a Jonathan y le apuntó con una pistola. Jonathan le
disparó dos veces. El hombre cayó de espaldas contra la pared.
Jonathan se acercó al piloto.
—Aléjese de los mandos.
El piloto no contestó. La mano que controlaba el mando se movió hacia La
derecha. La pantalla que había delante de él emitió un espeluznante resplandor
verde. Al principio, Jonathan no pudo distinguir nada. Mirando más de cerca
observó una silueta gris que se movía en la distancia. La silueta iba cobrando
definición. Ahora podía ver una cabeza y una cola y un montón de pequeñas
luces que eran las ventanillas de los pasajeros. Era el avión visto a través de
una cámara de infrarrojos.
La mirada de Jonathan se dirigió a la pantalla del radar. Los dos puntos
luminosos del centro estaban increíblemente cerca uno de otro. Debajo de uno
de ellos podía leerse «E1 A1 8851H». El otro punto no tenía nombre.
—Le he dicho que se aleje de los mandos.
—Llega demasiado tarde —dijo John Austen.
«No parará hasta que consiga lo que tenía planeado hacer —había dicho
Emma—. Créeme, lo conozco».
Jonathan se acercó hasta él, le puso la pistola en la nuca y apretó el gatillo.
El piloto se desplomó hacia delante.
Jonathan empujó el cuerpo del asiento.
La imagen del avión era ahora más cercana. Pudo distinguir un ala, el
contorno del fuselaje y las luces de aterrizaje encendidas. Increíblemente
cerca.
Jonathan empujó el mando hacia delante.
La imagen del avión se acercó aún más. Era demasiado tarde. El drone iba a
chocar contra el avión. Una luz roja parpadeaba en la consola. Fusible de
proximidad armado. Miró el radar. Los dos puntos se juntaron en uno.
Después volvió a mirar la cámara. El avión llenaba toda la pantalla.
De forma instintiva se sujetó preparándose para el impacto.
Justo entonces, el avión desapareció de la vista. La pantalla se oscureció.
Jonathan miró el radar. El punto luminoso con el nombre de E1 A1 863H
seguía allí. Unos segundos después, apareció el segundo punto. La distancia
entre las dos naves creció.
Mantuvo el mando hacia abajo mientras el drone volaba en la oscuridad.
Localizó el altímetro en la consola y vio cómo descendían los números
desde ocho mil doscientos metros a seis mil, luego a tres mil y luego a cero.
La imagen se diluyó en una nieve de ruido blanco.
88

Jonathan encontró a Emma en el asiento del copiloto. Apenas estaba


consciente.
—Traté de detenerlo —dijo él—, pero no me escuchó.
Ella asintió y se movió hacia él, tratando de acercarse.
—Nunca escuchaba a nadie —susurró.
Jonathan miró hacia los bosques abandonados.
—¿Adónde han ido?
—Son fantasmas. No existen.
Él le cogió la mano. Lo agarraba de forma débil y fría.
—Tengo que llevarte a un hospital.
—Todo el mundo cree que estoy muerta. No puedo ir a un hospital.
—Necesitas cirugía para que te extraigan la bala.
—Tú eres médico, puedes cuidar de mí.
Jonathan echó el asiento hacia atrás y examinó la herida. La bala le había
atravesado la parte superior del brazo y se había alojado debajo del omoplato.
—Detuviste el atentado. Ahora puedes entrar.
Emma negó con la cabeza y una triste sonrisa apareció en sus labios.
—Rompí filas. Sólo hay un castigo para eso.
—Pero Austen actuaba por su cuenta...
—No estoy tan segura. —Emma se movió en el asiento—. De todos modos
no importa. La División es como la Medusa. Le cortas la cabeza y le crecen
diez más en su lugar. Necesitarán dar un castigo ejemplar.
Jonathan le agarró la mano con más fuerza.
—Van a vigilarte —dijo con una voz más fuerte. Volvía a ser una agente.
Había sido entrenada para esto—. Sospecharán que has tenido ayuda. No hay
forma de comprender que hayas encontrado el drone tú solo. Antes o después
descubrirán lo que ocurrió de verdad. Alguien irá a las montañas y averiguará
que en realidad yo no sufrí ningún accidente. Cometí errores. Dejé huellas.
—Iré contigo.
—Eso no funciona así.
Jonathan la miró fijamente, incapaz de hablar.
Emma extendió la mano y le tocó la mejilla.
—Contamos con unos cuantos días antes de que comiencen a buscar.
El ruido intermitente de las sirenas se oía abajo de la colina. Jonathan se
giró y vio las luces azules emitiendo destellos por el bosque a medida que se
acercaban a la casa. Un coche de la policía apareció en el camino de entrada.
Marcus von Daniken subió con el brazo derecho en cabestrillo. Caminó hacia
ellos.
—¿Lo ha detenido?
—Sí —confirmó Jonathan.
—Gracias a Dios.
Jonathan apuntó hacia la casa.
—Hay dos hombres dentro.
—¿Muertos?
Jonathan asintió. Von Daniken se quedó pensando. Miró a Emma.
—¿Quién es usted?
—Pronto lo sabrá —dijo.
—Llamaré a una ambulancia —se ofreció el policía.
—Yo puedo hacerme cargo de ella —dijo Jonathan.
Von Daniken pasó una mano por encima de los agujeros de bala que habían
perforado el capó. Le lanzó a Jonathan las llaves de un coche.
—Es un Volkswagen azul. Lo dejé detrás del centro de mandos. Cójalo y
salga de aquí.
—Gracias —dijo Emma.
—Me lo debe.
El policía suizo se giró y caminó vacilante hacia la casa.
A cada segundo llegaban más coches de policía. Un helicóptero se cernía
sobre sus cabezas con el foco apuntando hacia la escena.
Jonathan se acercó al coche y subió a su mujer en brazos.
—Mi nombre es Jonathan —dijo.
—El mío Cary. Encantada de conocerte.
Él se dio la vuelta y la llevó colina abajo.
Epílogo

Los aviones del Escuadrón 69 israelí atacaron al amanecer. Volaron por


encima del agua y por debajo del radar iraní. Los sistemas antiaéreos
recientemente instalados tardaron tan sólo unos segundos en avistarlos.
Cuando lanzaron los primeros misiles ya era demasiado tarde. Las bombas
cayeron sobre el objetivo con una precisión mortal. En pocos minutos,
dieciséis bunkerbusters cargados con armas convencionales habían terminado
su trabajo. La fábrica de misiles de Karshun en el golfo Pérsico había sido
borrada del mapa. En el interior de una recámara reforzada de armas a diez
metros por debajo del suelo, los cuatro misiles de crucero KH-55, cada uno de
ellos armado con cabezas nucleares de diez kilotones, fueron destruidos.
La Operación Ruiseñor fue un éxito.
En el despacho del primer ministro el alivio era palpable, aunque temporal.
El estado de Israel ya no tenía que preocuparse de que lo aniquilaran sin
previo aviso. La amenaza contra su existencia había sido sofocada y sus
fronteras aseguradas. Por el momento.
A raíz del ataque se hicieron públicas las pruebas de la verdadera naturaleza
del programa de enriquecimiento nuclear de Irán. Los líderes de todo el
mundo condenaron a la República Islámica y exigieron el cese inmediato de
su programa de enriquecimiento nuclear. Estados Unidos fue un paso más allá
y dio un ultimátum a Teherán para que entregara todas sus armas de uranio en
un plazo de setenta y dos horas o, de lo contrario, correrían el riesgo de sufrir
represalias militares. El gobierno de Teherán respondió vagamente pero
finalmente accedió a las demandas en lugar de arriesgarse a sufrir una nueva
vergüenza.
Sólo Zvi Hirsch conocía la identidad de la persona que había proporcionado
a su país información detallada sobre todo el programa nuclear de Irán y que
había causado que la incursión se desviara de Chalus a Karshun. Y no lo iba a
decir.
Mientras cruzaba la calle de la residencia del primer ministro, sostenía en la
mano la pequeña unidad de memoria.
Era impresionante lo que estos genios de la informática podían hacer.
Agradecimientos

Un gran número de personas ha contribuido con su tiempo y generosidad a


la escritura de este libro. Deseo dar las gracias en particular al doctor Doug
Fischer, agente especial del departamento de Justicia de California; Andreas
Tobler y Andreas Janka, del Graubünden Kantonspolizei; Juerg Siegfried
Buehler, de la policía federal suiza; Hansueli Brunner, el mejor guía de
montaña de Suiza (y, lo digo con orgullo, primo mío); Gary Schroen, Nick
Paumgarten, Jack Shaw, Arnaud de Borchgrave y otros miembros del servicio
de inteligencia que debido a los cargos que ocupan no quieren que sus
nombres aparezcan.
Quisiera expresar mi agradecimiento a mi editora en Doubleday, Stacy
Creamer, por su entusiasmo, intuición y apoyo. También a Bill Thomas, John
Pitts, Todd Doughty, Alison Rich, Suzanne Herz y Janet Cooke. Y muy
especialmente a Steve Rubin, que es un ejemplo de elegancia en la industria
editorial.
Muchos individuos merecen una mención más extensa. En primer lugar mi
agente, Richard Pine, que estuvo a mi lado en todo momento hasta que el libro
estuvo terminado. No puedo dejar de expresar mi gratitud por la devoción que
mostró por el manuscrito, por sus críticas y sugerencias y, por encima de todo,
por sus incansables palabras de ánimo. No exagero si digo que un autor es
bueno si su agente lo es, y yo tengo la suerte de que me representa el mejor.
Gracias, Richard.
Elisa Petrini, de InkWell Management, es otra pieza clave del equipo de Las
reglas del engaño. Es una lectora y una editora fantástica. Nunca le estaré lo
suficientemente agradecido por sus inestimables observaciones mientras daba
forma al manuscrito.
De InkWell también quiero agradecer a Susan Hobson, Libby O'Neill y, por
supuesto, a Michael Carlisle y Kim Witherspoon.
En Inglaterra, mi agradecimiento es para Peter Robinson.
Y en último lugar, pero no menos importante, quiero dar las gracias a mi
mujer, Sue, y a mis hijas, Noelle y Katja, por su cariño y apoyo. Gracias a
vosotras el esfuerzo mereció la pena. Debo señalar que Sue es la primera
lectora de todas mis obras. Confío plenamente en su juicio sobre si una novela
funciona o no (y sobre todo en la vida). Por si en casa no te lo digo lo
suficiente: gracias, mi amor, por el interés que demuestras y el tiempo que me
dedicas.

Título original: Rules of Deception


© Christopher Reich, 2008
© Espasa Calpe, S. A., 2008
© de la traducción: Jesús de la Torre Olid, 2008

Diseño de cubierta: William Staehle


Ilustraciones de cubierta: Peter Crowther

Depósito legal: B. 38.914-2008


ISBN: 978-84-670-2907-9

Impreso en España/Printed in Spain


Impresión: Cayfosa Quebecor, S. A.
Editorial Espasa Calpe, S. A.
Vía de las Dos Castillas, 33. Complejo Ática - Edificio 4
28224 Pozuelo de Alarcón (Madrid)

notes
Notas a pie de página

1 El GED o General Equivalency Diploma es un certificado al que se puede


optar en Estados Unidos y que equivale al de educación secundaria. [Todas
las notas son del traductor].

2 Khi'i es como se conoce coloquialmente en inglés a los nativos de Nueva


Zelanda.

3 Por rendición extraordinaria se conoce en Estados Unidos al


procedimiento ilegal por el cual un sospechoso de terrorismo es enviado a
otros países para ser encarcelado o interrogado.

4 El raki es un licor anisado célebre en Turquía y en los Balcanes.

5 El inspector Maigret es un conocido personaje de las novelas policiacas de


Georges Simenon.

6 Habibi significa en árabe 'cariño mío' o 'amigo mío'. Aquí se utiliza con la
segunda acepción.

7 En español en el original.

8 En español on el original.

9 Wadi es un vocablo de origen árabe con el que se conoce a los cauces


secos de los ríos en regiones cálidas y áridas.

10 En alemán, 'agente de policía'.

11 En alemán, 'estación de ferrocarril'.

12 En inglés las fechas se escriben en este orden: mes-día-año.

13 En inglés, 'zángano'.

14 En italiano en el original.

15 En italiano en el original.

16 En español en el original.
17 Durante la guerra fría se utilizó este término para referirse a ciudadanos a
los que se les negaba algún derecho civil en el bloque soviético, como el
derecho a emigrar.

18 'Hola' en el dialecto suizo-alemán.

19 Se trata de un café corto típico italiano.

20 Pepe le Pew o Pepe la Mofeta es un conocido personaje de los Looney


Tunes con acento francés.

21 En español, literalmente 'destructor de bunkers'. Se trata de bombas-topo


que taladran el subsuelo.

22 El nombre en clave que se utiliza en inglés es Rook, que en español


puede significar 'torre', 'estafa' o 'grajo'. De ahí que el protagonista se plantee
cuál es el sentido de su nombre, que primero crea que Estafa se adecúa más a
él y que finalmente piense que es mejor el tercero.

23 En la avenida Pennsylvania de Washington se encuentra situada la Casa


Blanca.

24 Comité Empresarial Europeo para la Energía Sostenible.

25 En español, 'aeropuerto'.

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