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Peter Pan de J.M. Barrie: Texto Completo

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J.M.

Barrie
PETER PAN

Índice

Aparece Peter
La sombra
¡Vámonos, vámonos!
El vuelo
La isla hecha realidad
La casita
La casa subterránea
La laguna de las sirenas
El ave de Nunca Jamás
El hogar feliz
El cuento de Wendy
El rapto de los niños
¿Creéis en las hadas?
El barco pirata
«Esta vez o Garfio o yo»
El regreso a casa
Cuando Wendy creció

1. Aparece Peter

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y
Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba
jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Su-
pongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al
corazón y exclamó:
-¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!
No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que
crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el
principio del fin.
Como es natural, vivían en el 14 y hasta que llegó Wendy su madre era la per-
sona más importante. Era una señora encantadora, de mentalidad romántica y
dulce boca burlona. Su mentalidad romántica era como esas cajitas, proceden-
tes del misterioso Oriente, que van unas dentro de las otras y que por muchas
que uno descubra siempre hay una más; y su dulce boca burlona guardaba un
beso que Wendy nunca pudo conseguir, aunque allí estaba, bien visible en la
comisura derecha.
Así es como la conquistó el señor Darling: los numerosos caballeros que habí-
an sido muchachos cuando ella era una jovencita descubrieron simultáneamente
que estaban enamorados de ella y todos corrieron a su casa para declararse,
salvo el señor Darling, que tomó un coche y llegó el primero y por eso la consi-
guió. Lo consiguió todo de ella, menos la cajita más recóndita y el beso. Nunca
supo lo de la cajita y con el tiempo renunció a intentar obtener el beso. Wendy
pensaba que Napoleón podría haberlo conseguido, pero yo me lo imagino inten-
tándolo y luego marchándose furioso, dando un portazo.
El señor Darling se vanagloriaba ante Wendy de que la madre de ésta no sólo
lo quería, sino que lo respetaba. Era uno de esos hombres astutos que lo saben
todo acerca de las acciones y las cotizaciones. Por supuesto, nadie entiende de
eso realmente, pero él daba la impresión de que sí lo entendía y comentaba a
menudo que las cotizaciones estaban en alza y las acciones en baja con un aire
que habría hecho que cualquier mujer lo respetara.
La señora Darling se casó de blanco y al principio llevaba las cuentas perfec-
tamente, casi con alegría, como si fuera un juego, y no se le escapaba ni una col
de Bruselas; pero poco a poco empezaron a desaparecer coliflores enteras y en
su lugar aparecían dibujos de bebés sin cara. Los dibujaba cuando debería
haber estado haciendo la suma total. Eran los presentimientos de la señora Dar-
ling.
Wendy llegó la primera, luego John y por fin Michael. Durante un par de sema-
nas tras la llegada de Wendy estuvieron dudando si se la podrían quedar, pues
era una boca más que alimentar. El señor Darling estaba orgullosísimo de ella,
pero era muy honrado y se sentó en el borde de la cama de la señora Darling,
sujetándole la mano y calculando gastos, mientras ella lo miraba implorante. Ella
quería correr el riesgo, pasara lo que pasara, pero él no hacía las cosas así: él
hacía las cosas con un lápiz y un papel y si ella lo confundía haciéndole suge-
rencias tenía que volver a empezar desde el principio.
-No me interrumpas -le rogaba-. Aquí tengo una libra con diecisiete y dos con
seis en la oficina; puedo prescindir del café en la oficina, pongamos diez cheli-
nes, que hacen dos libras, nueve peniques y seis chelines, con tus dieciocho y
tres hacen tres libras, nueve chelines y siete peniques... ¿quién está moviéndo-
se?... ocho, nueve, siete, coma y me llevo siete... no hables, mi amor... y la libra
que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta... calla, niña... coma y me
llevo, niña... ¡ves, ya está mal!... ¿he dicho nueve libras, nueve chelines y siete
peniques? Sí, he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques; el proble-
ma es el siguiente: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve che-
lines y siete peniques?
-Claro que podemos, George -exclamó ella. Pero estaba predispuesta en favor
de Wendy y, en realidad, de los dos, él era quien tenía un carácter más fuerte.
-Acuérdate de las paperas -le advirtió casi amenazadoramente y se puso a
calcular otra vez-. Paperas una libra, eso es lo que he puesto, pero seguro que
serán más bien treinta chelines... no hables... sarampión una con quince,
rubeola media guinea, eso hace dos libras, quince chelines y seis peniques... no
muevas el dedo... tos ferina, pongamos que quince chelines...
Y así fue pasando el tiempo y cada vez daba un total distinto; pero al final
Wendy pudo quedarse, con las paperas reducidas a doce chelines y seis peni-
ques y los dos tipos de sarampión considerados como uno solo.
Con John se produjo la misma agitación y Michael se libró aún más por los pe-
los, pero se quedaron con los dos y pronto se veía a los tres caminando en fila
rumbo al jardín de Infancia de la señora Fulsom, acompañados de su niñera.
A la señora Darling le encantaba tener todo como es debido y el señor Darling
estaba obsesionado por ser exactamente igual que sus vecinos, de forma que,
como es lógico, tenían una niñera. Como eran pobres, debido a la cantidad de
leche que bebían los niños, su niñera era una remilgada perra de Terranova,
llamada Nana, que no había pertenecido a nadie en concreto hasta que los Dar-
ling la contrataron. Sin embargo, los niños siempre le habían parecido im-
portantes y los Darling la conocieron en los jardines de Kensington, donde pasa-
ba la mayor parte de su tiempo libre asomando el hocico al interior de los coche-
citos de los bebés y era muy odiada por las niñeras descuidadas, a las que se-
guía hasta sus casas y luego se quejaba de ellas ante sus señoras. Demostró
ser una joya de niñera. Qué meticulosa era a la hora del baño, lo mismo que en
cualquier momento de la noche si uno de sus tutelados hacía el menor ruido. Por
supuesto, su perrera estaba en el cuarto de los niños. Tenía una habilidad espe-
cial para saber cuándo no se debe ser indulgente con una tos y cuándo lo que
hace falta es abrigar la garganta con un calcetín. Hasta el fin de sus días tuvo fe
en remedios anticuados como el ruibarbo y soltaba gruñidos de desprecio ante
toda esa charla tan de moda sobre los gérmenes y cosas así. Era una lección de
decoro verla cuando escoltaba a los niños hasta la escuela, caminando con
tranquilidad a su lado si se portaban bien y obligándolos a ponerse en fila otra
vez si se dispersaban. En la época en que John comenzó a ir al colegio jamás
se olvidó de su jersey y normalmente llevaba un paraguas en la boca por si llo-
vía. En la escuela de la señorita Fulsom hay una habitación en el bajo donde
esperan las niñeras. Ellas se sentaban en los bancos, mientras que Nana se
echaba en el suelo, pero ésa era la única diferencia. Ellas hacían como si no la
vieran, pues pensaban que pertenecía a una clase social inferior a la suya y ella
despreciaba su charla superficial. Le molestaba que las amistades de la señora
Darling visitaran el cuarto de los niños, pero si llegaban, primero le quitaba rápi-
damente a Michael el delantal y le ponía el de bordados azules, le arreglaba a
Wendy la ropa y le alisaba el pelo a John.
Ninguna guardería podría haber funcionado con mayor corrección y el señor
Darling lo sabía, pero a veces se preguntaba inquieto si los vecinos hacían co-
mentarios.
Tenía que tener en cuenta su posición social.
Nana también le causaba otro tipo de preocupación. A veces tenía la sensa-
ción de que ella no lo admiraba.
-Sé que te admira horrores, George -le aseguraba la señora Darling y luego les
hacía señas a los niños para que fueran especialmente cariñosos con su padre.
Entonces se organizaban unos alegres bailes, en los que a veces se permitía
que participara Liza, la única otra sirvienta. Parecía una pizca con su larga falda
y la cofia de doncella, aunque, cuando la contrataron, había jurado que ya no
volvería a cumplir los diez años. ¡Qué alegres eran aquellos juegos! Y la más
alegre de todos era la señora Darling, que brincaba con tanta animación que lo
único que se veía de ella era el beso y si en ese momento uno se hubiera lanza-
do sobre ella podría haberlo conseguido. Nunca hubo familia más sencilla y feliz
hasta que llegó Peter Pan.
La señora Darling supo por primera vez de Peter cuando estaba ordenando la
imaginación de sus hijos. Cada noche, toda buena madre tiene por costumbre,
después de que sus niños se hayan dormido, rebuscar en la imaginación de és-
tos y ordenar las cosas para la mañana siguiente, volviendo a meter en sus luga-
res correspondientes las numerosas cosas que se han salido durante el día. Si
pudierais quedaros despiertos (pero claro que no podéis) veríais cómo vuestra
propia madre hace esto y os resultaría muy interesante observarla. Es muy pa-
recido a poner en orden unos cajones. Supongo que la veríais de rodillas, repa-
sando divertida algunos de vuestros contenidos, preguntándose de dónde habí-
ais sacado tal cosa, descubriendo cosas tiernas y no tan tiernas, acariciando
esto con la mejilla como si fuera tan suave como un gatito y apartando rápida-
mente esto otro de su vista. Cuando os despertáis por la mañana, las travesuras
y los enfados con que os fuisteis a la cama han quedado recogidos y colocados
en el fondo de vuestra mente y encima, bien aireados, están extendidos vuestros
pensamientos más bonitos, preparados para que os los pongáis.
No sé si habéis visto alguna vez un mapa de la mente de una persona. A ve-
ces los médicos trazan mapas de otras partes vuestras y vuestro propio mapa
puede resultar interesantísimo, pero a ver si alguna vez los pilláis trazando el
mapa de la mente de un niño, que no sólo es confusa, sino que no para de dar
vueltas. Tiene líneas en zigzag como las oscilaciones de la temperatura en un
gráfico cuando tenéis fiebre y que probablemente son los caminos de la isla,
pues el País de Nunca Jamás es siempre una isla, más o menos, con asom-
brosas pinceladas de color aquí y allá, con arrecifes de coral y embarcaciones
de aspecto veloz en alta mar, con salvajes y guaridas solitarias y gnomos que en
su mayoría son sastres, cavernas por las que corre un río, príncipes con seis
hermanos mayores, una choza que se descompone rápidamente y una señora
muy bajita y anciana con la nariz ganchuda. Si eso fuera todo sería un mapa
sencillo, pero también está el primer día de escuela, la religión, los padres, el
estanque redondo, la costura, asesinatos, ejecuciones, verbos que rigen dativo,
el día de comer pastel de chocolate, ponerse tirantes, dime la tabla del nueve,
tres peniques por arrancarse un diente uno mismo y muchas cosas más que son
parte de la isla o, si no, constituyen otro mapa que se transparenta a través del
primero y todo ello es bastante confuso, sobre todo porque nada se está quieto.
Como es lógico, los Países del Nunca jamás son muy distintos. El de John, por
ejemplo, tenía una laguna con flamencos que volaban por encima y que John
cazaba con una escopeta, mientras que Michael, que era muy pequeño, tenía un
flamenco con lagunas que volaban por encima. John vivía en una barca encalla-
da del revés en la arena, Michael en una tienda india, Wendy en una casa de
hojas muy bien cosidas. John no tenía amigos, Michael tenía amigos por la no-
che, Wendy tenía un lobito abandonado por sus padres; pero en general los Paí-
ses de Nunca Jamás tienen un parecido de familia y si se colocaran inmóviles en
fila uno tras otro se podría decir que las narices son idénticas, etcétera. A estas
mágicas tierras arriban siempre los niños con sus barquillas cuando juegan.
También nosotros hemos estado allí: aún podemos oír el ruido del oleaje, aun-
que ya no desembarcaremos jamás.
De todas las islas maravillosas la de Nunca jamás es la más acogedora y la
más comprimida: no se trata de un lugar grande y desparramado, con incómo-
das distancias entre una aventura y la siguiente, sino que todo está agradable-
mente amontonado. Cuando se juega en ella durante el día con las sillas y el
mantel, no da ningún miedo, pero en los dos minutos antes de quedarse uno
dormido se hace casi realidad. Por eso se ponen luces en las mesillas.
A veces, en el transcurso de sus viajes por las mentes de sus hijos, la señora
Darling encontraba cosas que no conseguía entender y de éstas la más descon-
certante era la palabra Peter. No conocía a ningún Peter y, sin embargo, en las
mentes de John y Michael aparecía aquí y allá, mientras que la de Wendy em-
pezaba a estar invadida por todas partes de él. El nombre destacaba en letras
mayores que las de cualquier otra palabra y mientras la señora Darling lo con-
templaba le daba la impresión de que tenía un aire curiosamente descarado.
-Sí, es bastante descarado -admitió Wendy a regañadientes. Su madre le
había estado preguntando.
-¿Pero quién es, mi vida?
-Es Peter Pan, mamá, ¿no lo sabes?
Al principio la señora Darling no lo sabía, pero después de hacer memoria y
recordar su infancia se acordó de un tal Peter Pan que se decía que vivía con
las hadas. Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños
morían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. En
aquel entonces ella creía en él, pero ahora que era una mujer casada y llena de
sentido común dudaba seriamente que tal persona existiera.
-Además -le dijo a Wendy-, ahora ya sería mayor.
-Oh no, no ha crecido -le aseguró Wendy muy convencida-, es de mi tamaño.
Quería decir que era de su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía
cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
La señora Darling pidió consejo al señor Darling, pero éste sonrió sin darle im-
portancia.
-Fíjate en lo que te digo -dijo-, es una tontería que Nana les ha metido en la
cabeza; es justo el tipo de cosa que se le ocurriría a un perro. Olvídate de ello y
ya verás cómo se pasa.
Pero no se pasaba y no tardó el molesto niño en darle un buen susto a la seño-
ra Darling.
Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse. Por ejemplo, puede
que se acuerden de comentar, una semana después de que haya ocurrido la
cosa, que cuando estuvieron en el bosque se encontraron con su difunto padre y
jugaron con él. De esta forma tan despreocupada fue como una mañana Wendy
reveló un hecho inquietante. Aparecieron unas cuantas hojas de árbol en el sue-
lo del cuarto de los niños, hojas que ciertamente no habían estado allí cuando
los niños se fueron a la cama y la señora Darling se estaba preguntando de
dónde habrían salido cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:
-¡Seguro que ha sido ese Peter otra vez!
-¿Qué quieres decir, Wendy?
-Está muy mal que no barra -dijo Wendy, suspirando. Era una niña muy pulcra.
Explicó con mucha claridad que le parecía que a veces Peter se metía en el
cuarto de los niños por la noche y se sentaba a los pies de su cama y tocaba la
flauta para ella. Por desgracia nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo
sabía, simplemente lo sabía.
-Pero qué bobadas dices, preciosa. Nadie puede entrar en la casa sin llamar.
-Creo que entra por la ventana -dijo ella.
-Pero, mi amor, hay tres pisos de altura.
-¿No estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?
Era cierto, las hojas habían aparecido muy cerca de la ventana.
La señora Darling no sabía qué pensar, pues a Wendy todo aquello le parecía
tan normal que no se podía desechar diciendo que lo había soñado.
-Hija mía -exclamó la madre-, ¿por qué no me has contado esto antes?
-Se me olvidó -dijo Wendy sin darle importancia. Tenía prisa por desayunar.
Bueno, seguro que lo había soñado.
Pero, por otra parte, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó aten-
tamente: eran hojas secas, pero estaba segura de que no eran de ningún árbol
propio de Inglaterra. Gateó por el suelo, escudriñándolo a la luz de una vela en
busca de huellas de algún pie extraño. Metió el atizador por la chimenea y gol-
peó las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y
era una caída en picado de treinta pies, sin ni siquiera un canalón al que aga-
rrarse para trepar.
Desde luego, Wendy lo había soñado.
Pero Wendy no lo había soñado, según se demostró a la noche siguiente, la
noche en que se puede decir que empezaron las extraordinarias aventuras de
estos niños.
La noche de la que hablamos todos los niños se encontraban una vez más
acostados. Daba la casualidad de que era la tarde libre de Nana y la señora Dar-
ling los bañó y cantó para ellos hasta que uno por uno le fueron soltando la ma-
no y se deslizaron en el país de los sueños.
Tenían todos un aire tan seguro y apacible que se sonrió por sus temores y se
sentó tranquilamente a coser junto al fuego.
Era una prenda para Michael, que en el día de su cumpleaños iba a empezar a
usar camisas. Sin embargo, el fuego daba calor y el cuarto de los niños estaba
apenas iluminado por tres lamparillas de noche y al poco rato la labor quedó en
el regazo de la señora Darling. Luego ésta empezó a dar cabezadas con gran
delicadeza. Estaba dormida. Miradlos a los cuatro, Wendy y Michael allí, John
aquí y la señora Darling junto al fuego. Debería haber habido una cuarta lampari-
lla.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nunca jamás estaba de-
masiado cerca y que un extraño chiquillo había conseguido salir de él. No le da-
ba miedo, pues tenía la impresión de haberlo visto ya en las caras de muchas
mujeres que no tienen hijos. Quizás también se encuentre en las caras de algu-
nas madres. Pero en su sueño había rasgado el velo que oscurece el País de
Nunca Jamás y vio que Wendy, John y Michael atisbaban por el hueco.
El sueño de por sí no habría tenido importancia alguna, pero mientras soñaba,
la ventana del cuarto de los niños se abrió de golpe y un chiquillo se posó en el
suelo. Iba acompañado de una curiosa luz, no más grande que un puño, que
revoloteaba por la habitación como un ser vivo y creo que debió de ser esta luz
lo que despertó a la señora Darling.
Se sobresaltó soltando un grito y vio al chiquillo y de alguna manera supo al
instante que se trataba de Peter Pan. Si vosotros o Wendy o yo hubiéramos es-
tado allí nos habríamos dado cuenta de que se parecía mucho al beso de la se-
ñora Darling. Era un niño encantador, vestido con hojas secas y los jugos que
segregan los árboles, pero la cosa más deliciosa que tenía era que conservaba
todos sus dientes de leche. Cuando se dio cuenta de que era una adulta, rechinó
las pequeñas perlas mostrándolas.

2. La sombra

La señora Darling gritó y, como en respuesta a una llamada, se abrió la puerta


y entró Nana, que volvía de su tarde libre. Gruñó y se lanzó contra el niño, el
cual saltó ágilmente por la ventana. La señora Darling volvió a gritar, esta vez
angustiada por él, pues pensó que se había matado y bajó corriendo a la calle
para buscar su cuerpecito, pero no estaba allí; levantó la vista y no vio nada en
la oscuridad de la noche, salvo algo que le pareció una estrella fugaz.
Regresó al cuarto de los niños y se encontró con que Nana tenía una cosa en
la boca, que resultó ser la sombra del chiquillo. Al saltar éste por la ventana Na-
na la había cerrado rápidamente, demasiado tarde para atraparlo, pero a su
sombra no le había dado tiempo de escapar: la ventana se cerró de golpe y la
arrancó.
Os aseguro que la señora Darling examinó la sombra atentamente, pero era
una sombra de lo más corriente. Nana no tenía dudas sobre qué era lo mejor
que se podía hacer con esta sombra. La colgó fuera de la ventana, como dicien-
do: «Seguro que vuelve a buscarla: vamos a ponerla en un sitio donde la pueda
coger fácilmente sin molestar a los niños.»
Pero por desgracia la señora Darling no podía dejarla colgando de la ventana:
parecía parte de la colada y no era digno del prestigio de la casa. Se le ocurrió
enseñársela al señor Darling, pero éste estaba haciendo cálculos para los abri-
gos de invierno de John y Michael, con un paño húmedo enrollado en la cabeza
para mantener el cerebro despejado y daba pena molestarlo; además, ella ya
sabía perfectamente lo que él diría:
-Todo esto ocurre por tener un perro de niñera.
Decidió enrollar la sombra y ponerla a buen recaudo en un cajón, hasta que
llegara un momento adecuado para decírselo a su marido. ¡Ay, Dios mío!
El momento llegó una semana después, en aquel viernes de amargo recuerdo.
Tenía que ser viernes, cómo no 1.

1. Recordemos que según la superstición anglosajona el viernes es el día de


mala suerte.

-Debería haber tenido especial cuidado por ser viernes -le decía después a su
marido, mientras a lo mejor Nana estaba a su otro lado, sujetándole la mano.
-No, no, -le decía siempre el señor Darling-, yo soy el responsable de todo. Yo,
George Darling, lo hice. Mea culpa, mea culpa.
Había sido educado en el estudio de los clásicos.
Así se quedaban sentados noche tras noche recordando aquel fatídico viernes,
hasta que cada detalle quedaba grabado en sus cerebros y salía por el otro lado
como las caras de una acuñación defectuosa.
-Si yo no hubiera aceptado esa invitación para cenar con los del 27 -decía la
señora Darling.
-Si yo no hubiera echado mi medicina en el tazón de Nana -decía el señor Dar-
ling.
-Si yo hubiera fingido que me gustaba la medicina -decían los ojos húmedos de
Nana.
-Por culpa de mi afición a las fiestas, George.
-Por culpa de mi nefasto sentido del humor, mi vida. -Por culpa de mi suscepti-
bilidad por tonterías, queridos amos.
Entonces al menos uno de ellos se derrumbaba por completo; Nana por pen-
sar: «Es cierto, es cierto, no deberían haber tenido un perro de niñera.» Muchas
veces era el señor Darling quien enjugaba los ojos de Nana con un pañuelo.
-¡Ese canalla! -exclamaba el señor Darling y Nana lo apoyaba con un ladrido,
pero la señora Darling nunca vituperaba a Peter: había algo en la comisura de-
recha de su boca que no quería que insultara a Peter.
Se quedaban sentados en el vacío cuarto de los niños, recordando con fervor
hasta el más mínimo detalle de aquella espantosa noche. Se había iniciado de
una forma normal, exactamente igual que tantas otras noches, cuando Nana
preparó el agua para el baño de Michael y lo llevó hasta él subido en el lomo.
-No quiero irme a la cama -chilló él, como quien piensa que tiene la última pa-
labra sobre el asunto-. No quiero, no quiero. Nana, todavía no son las seis. Por
favor, por favor, ya no te querré más, Nana. ¡Te digo que no me quiero bañar, no
y no!
Entonces entró la señora Darling, vestida con su traje de noche blanco. Se
había arreglado temprano porque a Wendy le encantaba verla en traje de noche,
con el collar que George le había regalado. Llevaba la pulsera de Wendy en el
brazo: le había pedido que se la prestara. A Wendy le encantaba prestarle la
pulsera a su madre.
Encontró a sus dos hijos mayores jugando a que eran ella misma y su padre
en el día del nacimiento de Wendy y John estaba diciendo:
-Señora Darling, me complace comunicarle que es usted madre -y lo dijo exac-
tamente en el mismo tono en que el señor Darling lo podría haber dicho en la
auténtica ocasión.
Wendy bailó de alegría, como lo habría hecho la auténtica señora Darling.
Luego nació John, con la pompa extraordinaria que según él se merecía el na-
cimiento de un varón y Michael volvió del baño y pidió nacer también, pero John
dijo cruelmente que ya no querían más.
Michael casi se echó a llorar.
-Nadie me quiere -dijo y, por supuesto, la señora del traje de noche no pudo
soportarlo.
-Yo sí -dijo-. Yo sí que quiero un tercer hijo.
-¿Niño o niña? -preguntó Michael, sin demasiadas esperanzas.
-Niño.
Entonces él se echó en sus brazos. Qué cosa tan insignificante para que se
acordaran de ella ahora el señor y la señora Darling y Nana, pero no tan insigni-
ficante si aquella iba a ser la última noche de Michael en el cuarto de los niños.
Siguen con sus recuerdos.
-Fue entonces cuando entré yo como un huracán, ¿verdad? -decía el señor
Darling, maldiciéndose a sí mismo y es cierto que había sido como un huracán.
Quizás podría disculpársele un poco. También él se había estado arreglando
para la fiesta y todo iba bien hasta que llegó a la corbata. Es increíble tener que
decirlo, pero este hombre, aunque entendía de acciones y cotizaciones, no con-
seguía dominar la corbata. A veces la prenda cedía ante él sin presentar batalla,
pero había ocasiones en que habría sido mejor para la casa si se hubiera traga-
do el orgullo y se hubiera puesto una corbata de nudo hecho.
Ésta fue una de esas ocasiones. Entró corriendo en el cuarto de los niños con
la terca corbata toda arrugada en la mano.
-Pero bueno, ¿qué ocurre, papá querido?
-¡¿Que qué ocurre?! -aulló él, porque aulló de verdad-. Pues esta corbata, que
no se anuda.
Se puso peligrosamente sarcástico.
-¡Alrededor de mi cuello, no! ¡Pero alrededor del barrote de la cama, sí! ¡Ya lo
creo, veinte veces he logrado ponerla alrededor del barrote de la cama, pero
alrededor de mi cuello, no! ¡Que, por favor, la disculpe!
Le pareció que la señora Darling no había quedado debidamente impresionada
y siguió muy serio:
-Te advierto, mamá, que como esta corbata no esté alrededor de mi cuello no
salimos a cenar esta noche y, si no salgo a cenar esta noche, no vuelvo a la ofi-
cina en mi vida y, si no vuelvo a la oficina, tú y yo nos moriremos de hambre y
nuestros hijos se verán arrojados al arroyo.
Incluso entonces la señora Darling no perdió la calma.
-Déjame intentarlo, querido -dijo y en realidad eso era lo que él había venido a
pedirle que hiciera y con sus suaves y frescas manos ella le anudó la corbata,
mientras los niños se apiñaban alrededor para ver cómo se decidía su destino. A
algunos hombres les habría sentado mal que lo hiciera con tanta facilidad, pero
el señor Darling tenía un carácter demasiado bueno para eso: le dio las gracias
descuidadamente, se olvidó al instante de su furia y un momento después bai-
laba por la habitación con Michael a la espalda.
-¡Con cuánta alegría bailamos! -dijo ahora la señora Darling, al recordarlo.
-¡Nuestro último baile! -gimió el señor Darling.
-Oh, George, ¿te acuerdas de que Michael me dijo de pronto: «¿Cómo me co-
nociste, mamá?»
-¡Ya lo creo que me acuerdo!
-Eran muy buenos, ¿no crees, George?
-Y eran nuestros, nuestros y ahora ya no los tenemos.
El baile terminó al aparecer Nana y por mala fortuna el señor Darling se chocó
con ella, llenándose los pantalones de pelos. No sólo eran pantalones nuevos,
sino que además eran los primeros que tenía en su vida con trencillas y tuvo que
morderse el labio para evitar las lágrimas. Como es lógico, la señora Darling lo
cepilló, pero él volvió a decir que era un error tener a un perro de niñera.
-George, Nana es una joya.
-No lo dudo, pero a veces me da la desagradable impresión de que ve a los ni-
ños como si fueran perritos.
-Oh no, querido, estoy segura de que sabe que tienen alma.
-No sé yo -dijo el señor Darling pensativo-, no sé yo.
A su esposa le pareció que era la ocasión de hablarle del chiquillo. Al principio
rechazó la historia con desdén, pero se quedó muy serio cuando ella le mostró la
sombra.
-No es de nadie que yo conozca -dijo, examinándola cuidadosamente-, pero sí
que tiene aire de pillastre.
-¿Te acuerdas? Todavía estábamos hablando de ello -dice el señor Darling-,
cuando entró Nana con la medicina de Michael. Nana, nunca volverás a llevar el
frasco en la boca y todo por mi culpa.
Siendo como era un hombre fuerte, no hay duda de que tuvo una actitud bas-
tante tonta con lo de la medicina. Si alguna debilidad tenía, ésta era creer que
toda su vida había tomado medicinas con valentía y por eso, en esta ocasión,
cuando Michael rehuyó la cuchara que Nana llevaba en la boca, dijo en tono re-
probador:
-Pórtate como un hombre, Michael.
-No quiero, no quiero -lloriqueó Michael de malos modos. La señora Darling sa-
lió de la habitación para ir a buscarle una chocolatina y al señor Darling le pare-
ció que aquello era una falta de firmeza.
-Mamá, no lo malcríes -le gritó-. Michael, cuando yo tenía tu edad me tomaba
las medicinas sin rechistar. Decía: «Gracias, queridos padres, por darme reme-
dios para ponerme bien.»
Él se creía de verdad que esto era cierto y Wendy, que ya estaba en camisón,
también lo creía y dijo, para animar a Michael:
-Papá, esa medicina que tú tomas a veces es mucho peor, ¿verdad?
-Muchísimo peor -dijo el señor Darling con gallardía-, y me la tomaría ahora
mismo para darte un ejemplo, Michael, si no fuera porque he perdido el frasco.
No lo había perdido exactamente: se había encaramado en medio de la noche
a lo alto de un armario y lo había escondido allí. Lo que no sabía era que la fiel
Liza lo había encontrado y lo había vuelto a colocar en el estante de su lavabo.
-Yo sé dónde está, papá -exclamó Wendy, siempre feliz por ser útil-. Te lo trae-
ré.
Y salió corriendo antes de que pudiera detenerla. Al instante se le bajaron los
humos de una forma curiosísima.
-John -dijo, estremeciéndose-, es un potingue asqueroso. Es esa cosa horrible,
dulzona y pegajosa.
-Será cosa de un momento, papá -dijo John alegremente y entonces entró
Wendy corriendo con la medicina en un vaso.
-Me he dado toda la prisa que he podido -dijo jadeando.
-Has sido maravillosamente rauda -contestó su padre, con una cortesía venga-
tiva que a ella le pasó inadvertida.
-Primero Michael -dijo obstinado.
-Primero papá -dijo Michael, que era de natural desconfiado.
-Me voy a poner malo, ¿sabes? -dijo el señor Darling en tono amenazador.
-Vamos, papá -dijo John.
-Tú cállate, John -le espetó su padre. Wendy estaba muy desconcertada.
-Yo creía que no te costaba tomarla, papá.
-No se trata de eso -contestó él-. Se trata de que en mi vaso hay más que en la
cuchara de Michael.
Su orgulloso corazón estaba a punto de estallar.
-Y eso no es justo; lo diría aunque estuviera a punto de dar mi último suspiro:
eso no es justo.
-Papá, estoy esperando -dijo Michael con frialdad.
-Me parece muy bien que digas que estás esperando; yo también estoy espe-
rando.
-Papá es un cobardica.
-Tú sí que eres un cobardica.
-Yo no tengo miedo.
-Tampoco tengo miedo yo.
-Pues entonces tómatela.
-Pues entonces tómatela tú. Wendy tuvo una espléndida idea.
-¿Por qué no os la tomáis los dos a la vez?
-Claro -dijo el señor Darling-. ¿Estás preparado, Michael?
Wendy contó uno, dos, tres y Michael se tomó la medicina, pero el señor Dar-
ling se puso la suya detrás de la espalda.
Michael soltó un aullido de rabia y Wendy exclamó:
-¡Oh, papá!
-¿Qué quieres decir con eso de «Oh, papá»? -inquirió el señor Darling-. Deja
de gritar, Michael. Me la iba a tomar, pero... fallé.
Era espantoso cómo lo miraban los tres, como si no lo admiraran.
-Escuchad todos -dijo en tono de súplica, tan pronto como Nana se hubo meti-
do en el cuarto de baño-, se me acaba de ocurrir una broma estupenda. Pondré
mi medicina en el tazón de Nana y se la beberá, creyendo que es leche.
Era del color de la leche, pero los niños no tenían el sentido del humor de su
padre y lo miraron con reproche mientras vertía la medicina en el tazón de Nana.
-Qué divertido -dijo no muy convencido y ellos no se atrevieron a delatarlo
cuando regresaron Nana y la señora Darling.
-Nana, perrita -dijo, dándole palmaditas-, te he puesto un poco de leche en el
tazón, Nana.
Nana agitó la cola, corrió hasta la medicina y se puso a lamerla. Y luego, qué
mirada le echó al señor Darling, no una mirada de rabia: le mostró el gran lagri-
mal rojo que nos hace apiadarnos tanto de los perros nobles y se metió arras-
trándose en su perrera.
El señor Darling estaba avergonzadísimo de sí mismo, pero no cedió. En me-
dio de un horrible silencio la señora Darling olisqueó el tazón.
-Pero George -dijo-, ¡si es tu medicina!
-Sólo era una broma -rugió él, mientras ella consolaba a los chicos y Wendy
abrazaba a Nana.
-Pues sí que sirve de mucho -dijo él amargamente-, que yo me mate tratando
de hacer gracias en esta casa.
Y Wendy seguía abrazando a Nana.
-Muy bien -gritó él-. ¡Mímala! A mí nadie me mima. ¡No, claro que no! Yo sólo
soy el que trae el pan a esta casa, así que por qué habría que mimarme, ¡a ver
por qué, por qué, por qué!
-George -le rogó la señora Darling-, no grites tanto, que ten van a oír los cria-
dos.
Por alguna razón habían adquirido la costumbre de llamara Liza los criados.
-Pues que me oigan -contestó él sin miramientos-. Que me oiga el mundo ente-
ro. Pero me niego a dejar que ese perro siga haciéndose el amo del cuarto de
mis niños una hora más.
Los niños se echaron a llorar y Nana corrió hasta él suplicante, pero él la apar-
tó. Volvía a sentirse un hombre fuerte.
-Es inútil, es inútil -exclamó-, el lugar que te corresponde es el patio y allí es
donde te voy a atar en este mismo instante.
-George, George -susurró la señora Darling-, recuerda lo que te he dicho sobre
ese chiquillo.
Pero, ay, él no la escuchó. Estaba dispuesto a demostrar quién era el amo de
esa casa y cuando las órdenes no consiguieron hacer salir a Nana de su perre-
ra, la sacó engatusándola con dulces palabras y agarrándola bruscamente, la
arrastró fuera del cuarto de los niños. Todo aquello se debía a su carácter de-
masiado afectuoso, que ansiaba ser objeto de admiración. Cuando la hubo ata-
do en el patio trasero, el desdichado padre se fue y se sentó en el pasillo, apre-
tándose los ojos con los nudillos.
Entretanto la señora Darling había metido a los niños en la cama en medio de
un inusitado silencio y había encendido sus lamparillas de noche. Oían ladrar a
Nana y John dijo lloriqueando:
-Es porque la está atando en el patio.
Pero Wendy era más perceptiva.
-Ése no es el ladrido de queja de Nana -dijo, sin sospechar lo que estaba a
punto de ocurrir-, ése es el ladrido de cuando huele algún peligro.
¡Peligro!
-¿Estás segura, Wendy?
-Oh, sí.
La señora Darling se estremeció y se acercó a la ventana. Estaba bien cerra-
da. Miró hacia afuera y la noche estaba salpicada de estrellas. Estaban agru-
pándose alrededor de la casa, como si tuvieran curiosidad por ver lo que iba a
pasar allí, pero ella no se dio cuenta de esto, ni de que una o dos de las más
pequeñas le hacían guiños. No obstante, un miedo impreciso se apoderó de su
corazón y le hizo exclamar:
-¡Ay, ojalá no tuviera que ir a una fiesta esta noche! Incluso Michael, que ya es-
taba medio dormido, se dio cuenta de que estaba preocupada y preguntó:
-Mamá, ¿es que hay algo que nos pueda hacer daño, después de encender las
lamparillas de noche?
-No, mi vida, -dijo ella-,,son los ojos que una madre deja para proteger a sus
hijos.
Fue de cama en cama cantándoles cosas bonitas y el pequeño Michael le echó
los brazos al cuello.
-Mamá -exclamó-, estoy contento de tenerte.
Fueron las últimas palabras que le oiría pronunciar durante mucho tiempo.
El número 27 sólo estaba a unas cuantas yardas de distancia, pero había caí-
do una ligera nevada y los padres Darling caminaron con cuidado para no man-
charse los zapatos. Ya eran las únicas personas que había en la calle y todas
las estrellas los observaban. Las estrellas son hermosas, pero no pueden parti-
cipar activamente en nada, tienen que limitarse a observar eternamente. Es un
castigo que les fue impuesto por algo que hicieron hace tanto tiempo que ningu-
na estrella se acuerda ya de lo que fue. Por ello, a las más viejas se les han
puesto los ojos vidriosos y rara vez hablan (el parpadeo es el lenguaje de las
estrellas), pero las pequeñas todavía sienten curiosidad. No es que sean real-
mente amigas de Peter, el cual tiene la traviesa costumbre de acercarse sigilo-
samente por detrás y tratar de apagarlas de un soplido, pero como les gusta tan-
to divertirse, esta noche se pusieron de su parte y estaban deseando que los
mayores se quitaran de en medio. De modo que en cuanto la puerta del 27 se
cerró tras el señor y la señora Darling hubo una conmoción en el firmamento y la
más pequeña de todas las estrellas de la Vía Láctea gritó:
-¡Ahora, Peter!

3. ¡Vámonos, Vámonos!

Durante un rato después de que el señor y la señora Darling se fueran de la


casa, las lamparillas que estaban junto a las camas de los tres niños siguieron
ardiendo alegremente. Eran unas lamparillas encantadoras y habría sido de de-
sear que pudieran haberse mantenido despiertas para ver a Peter, pero la lam-
parilla de Wendy parpadeó y soltó un bostezo tal que las otras dos también bos-
tezaron y antes de cerrar la boca las tres se habían apagado.
Ahora había otra luz en la habitación, mil veces más brillante que las lampari-
llas y en el tiempo que hemos tardado en decirlo, ya ha estado en todos los ca-
jones del cuarto de los niños, buscando la sombra de Peter, ha revuelto el arma-
rio y ha sacado todos los bolsillos. En realidad no era una luz: creaba esta lumi-
nosidad porque volaba de un lado a otro a gran velocidad, pero cuando se dete-
nía un segundo se veía que era un hada, de apenas un palmo de altura, pero
todavía en etapa de crecimiento. Era una muchacha llamada Campanilla, primo-
rosamente vestida con una hoja, de corte bajo y cuadrado, a través de la cual se
podía ver muy bien su figura. Tenía una ligera tendencia a engordar.
Un momento después de la entrada del hada la ventana se abrió de golpe por
el soplido de las estrellitas y Peter se dejó caer dentro. Había llevado a Campa-
nilla parte del camino y todavía tenía la mano manchada de polvillo de hada.
-Campanilla -llamó en voz baja, tras asegurarse de que los niños estaban dor-
midos-. Campanilla, ¿dónde estás? En ese momento estaba en un jarro, disfru-
tando de lo lindo: no había estado en un jarro en su vida.
-Vamos, sal de ese jarro y dime, ¿sabes dónde han puesto mi sombra?
Un tintineo maravilloso como de campanas doradas le contestó. Ese es el len-
guaje de las hadas. Los niños normales no lo oís nunca, pero si lo pudierais oír
os daríais cuenta de que ya lo habíais oído en otra ocasión.
Campanilla dijo que la sombra estaba en la caja grande. Quería decir la cómo-
da y Peter se lanzó sobre los cajones, tirando lo que contenían al suelo con las
dos manos, del mismo modo en que los reyes lanzan monedas a la muchedum-
bre. Al poco ya había recuperado su sombra y con el entusiasmo se olvidó de
que había dejado a Campanilla encerrada en el cajón.
Lo único que pensaba, aunque no creo que pensara jamás, era que su sombra
y él, cuando se juntaran, se unirían como dos gotas de agua y cuando no fue así
se quedó horrorizado. Intentó pegársela con jabón del cuarto de baño, pero eso
también falló. Un escalofrío recorrió a Peter, que se sentó en el suelo y se echó
a llorar.
Sus sollozos despertaron a Wendy, que se sentó en la cama. No se alarmó al
ver a un desconocido llorando en el suelo del cuarto, sólo sentía un agradable
interés.
-Niño -dijo con cortesía-, ¿por qué lloras?
Peter también podía ser enormemente cortés, pues había aprendido los bue-
nos modales en las ceremonias de las hadas y se levantó y se inclinó ante ella
con gran finura. Ella se sintió muy complacida y lo saludó con elegancia desde la
cama.
-¿Cómo te llamas? -preguntó él.
-Wendy Moira Angela Darling -replicó ella con cierta satisfacción-. Y tú, ¿cómo
te llamas?
-Peter Pan.
Ella ya estaba segura de que tenía que ser Peter, pero le parecía un nombre
bastante corto.
-¿Eso es todo?
-Sí -dijo él con aspereza. Por primera vez le parecía que era un nombre algo
corto.
-Cómo lo siento -dijo Wendy Moira Angela.
-No es nada -masculló Peter.
Ella le preguntó dónde vivía.
-Segunda a la derecha -dijo Peter-, y luego todo recto hasta la mañana.
-¡Qué dirección más rara!
Peter se sintió desalentado. Por primera vez le parecía que quizás sí que era
una dirección rara.
-No, no lo es.
-Quiero decir -dijo Wendy, recordando que era la anfitriona-, ¿es eso lo que
ponen en las cartas?
Él deseó que no hubiera hablado de cartas.
-Yo no recibo cartas -dijo con desprecio.
-Pero tu madre recibirá cartas, ¿no?
-No tengo madre -dijo él. No sólo no tenía madre, sino que no sentía el menor
deseo de tener una. Le parecía que eran unas personas a las que se les había
dado una importancia exagerada. Sin embargo, Wendy sintió inmediatamente
que se hallaba en presencia de una tragedia.
-Oh, Peter, no me extraña que estuvieras llorando -dijo y se levantó de la cama
y corrió hasta él.
-No estaba llorando por cosa de madres -dijo él bastante indignado-. Estaba
llorando porque no consigo que mi sombra se me quede pegada. Además, no
estaba llorando.
-¿Se te ha despegado?
-Sí.
Entonces Wendy vio la sombra en el suelo, toda arrugada y se apenó muchí-
simo por Peter.
-¡Qué horror! -dijo, pero no pudo evitar sonreír cuando vio que había estado
tratando de pegársela con jabón. ¡Qué típico de un chico!
Por fortuna ella supo al instante lo que había que hacer.
-Hay que coserla -dijo, con un ligero tono protector.
-¿Qué es coser? -preguntó él.
-Eres un ignorante.
-No, no lo soy.
Pero ella estaba encantada ante su ignorancia.
-Yo te la coseré, muchachito -dijo, aunque él era tan alto como ella y sacó su
costurero y cosió la sombra al pie de Peter.
-Creo que te va a doler un poco -le advirtió.
-Oh, no lloraré -dijo Peter, que ya se creía que no había llorado en su vida. Y
apretó los dientes y no lloró y al poco rato su sombra se portaba como es debi-
do, aunque seguía un poco arrugada.
-Quizás debería haberla planchado -dijo Wendy pensativa, pero a Peter, chico
al fin y al cabo, le daban igual las apariencias y estaba dando saltos loco de ale-
gría. Por desgracia, ya se había olvidado de que debía su felicidad a Wendy.
Creía que él mismo se había pegado la sombra.
-Pero qué hábil soy -se jactaba con entusiasmo-, ¡pero qué habilidad la mía!
Es humillante tener que confesar que este engreimiento de Peter era una de
sus características más fascinantes. Para decirlo con toda franqueza, nunca
hubo un chico más descarado.
Pero por el momento Wendy estaba escandalizada.
-Peter, qué engreído -exclamó con tremendo sarcasmo-. ¡Y yo no he hecho
nada, claro!
-Has hecho un poco -dijo Peter descuidadamente y siguió bailando.
-¡Un poco! -replicó ella con altivez-. Si no sirvo para nada al menos puedo reti-
rarme.
Y se metió de un salto en la cama con toda dignidad y se tapó la cara con las
mantas.
Para inducirla a mirar él fingió que se iba y al fallar esto se sentó en el extremo
de la cama y le dio golpecitos con el pie.
-Wendy-dijo-, no te retires. No puedo evitar jactarme cuando estoy contento
conmigo mismo, Wendy.
Pero ella seguía sin mirar, aunque estaba escuchando atentamente.
-Wendy -siguió él con una voz a la que ninguna mujer ha podido todavía resis-
tirse-, Wendy, una chica vale más que veinte chicos.
Wendy era una mujer por los cuatro costados, aunque no fueran costados muy
grandes y atisbó fuera de las mantas.
-¿De verdad crees eso, Peter?
-Sí, de verdad.
-Pues me parece que es encantador por tu parte -afirmó ella-, y me voy a vol-
ver a levantar.
Y se sentó con él en el borde de la cama. También le dijo que le daría un beso
si él quería, pero Peter no sabía a qué se refería y alargó la mano expectante.
-¿Pero no sabes lo que es un beso? -preguntó ella, horrorizada.
-Lo sabré cuando me lo des -replicó él muy estirado y para no herir sus senti-
mientos ella le dio un dedal.
-Y ahora -dijo él-, ¿te doy un beso yo?
Y ella replicó con cierto remilgo:
-Si lo deseas.
Perdió bastante dignidad al inclinar la cara hacia él, pero él se limitó a ponerle
la caperuza de una bellota en la mano, de modo que ella movió la cara hasta su
posición anterior y dijo amablemente que se colgaría el beso de la cadena que
llevaba al cuello. Fue una suerte que lo pusiera en esa cadena, ya que más ade-
lante le salvaría la vida.
Cuando las personas de nuestro entorno son presentadas, es costumbre que
se pregunten la edad y por ello Wendy, a la que siempre le gustaba hacer las
cosas correctamente, le preguntó a Peter cuántos años tenía. La verdad es que
no era una pregunta que le sentara muy bien: era como un examen en el que se
pregunta sobre gramática, cuando lo que uno quiere es que le pregunten los re-
yes de Inglaterra.
-No sé -replicó incómodo-, pero soy muy joven.
En realidad no tenía ni idea; sólo tenía sospechas, pero dijo a la ventura:
-Wendy, me escapé el día en que nací.
Wendy se quedó muy sorprendida, pero interesada y le indicó con los elegan-
tes modales de salón, tocando ligeramente el camisón, que podía sentarse más
cerca de ella.
-Fue porque oí a papá y mamá -explicó él en voz baja-, hablar sobre lo que iba
a ser yo cuando fuera mayor.
Se puso nerviosísimo.
-No quiero ser mayor jamás -dijo con vehemencia-. Quiero ser siempre un niño
y divertirme. Así que me escapé a los jardines de Kensington y viví mucho, mu-
cho tiempo entre las hadas.
Ella le echó una mirada de intensa admiración y él pensó que era porque se
había escapado, pero en realidad era porque conocía a las hadas. Wendy había
llevado una vida tan recluida que conocer hadas le parecía una maravilla. Hizo
un torrente de preguntas sobre ellas, con sorpresa por parte de él, ya que le re-
sultaban bastante molestas, porque lo estorbaban y cosas así y de hecho a ve-
ces tenía que darles algún cachete. Sin embargo, en general le gustaban y le
contó el origen de las hadas.
-Mira, Wendy, cuando el primer bebé se rió por primera vez, su risa se rompió
en mil pedazos y éstos se esparcieron y ése fue el origen de las hadas.
Era una conversación aburrida, pero a ella, que no conocía mucho mundo, le
gustaba.
-Y así -siguió él afablemente-, debería haber un hada por cada niño y niña.
-¿Debería? ¿Es que no hay?
-No. Mira, los niños de hoy en día saben tantas cosas que dejan pronto de
creer en las hadas y cada vez que un niño dice: «No creo en las hadas», algún
hada cae muerta.
La verdad es que le parecía que ya habían hablado suficiente sobre las hadas
y se dio cuenta de que Campanilla estaba muy silenciosa.
-No sé dónde se puede haber metido -dijo, levantándose y se puso a llamar a
Campanilla. El corazón de Wendy se aceleró de la emoción.
-Peter -exclamó, aferrándolo-, ¡no me digas que hay un hada en esta habita-
ción!
-Estaba aquí hace un momento -dijo él algo impaciente-. Tú no la oyes, ¿no?
Los dos aguzaron el oído.
-Lo único que oigo -dijo Wendy-, es como un tintineo de campanas.
-Pues ésa es Campanilla, ése es el lenguaje de las hadas. Me parece que yo
también la oigo.
El sonido procedía de la cómoda y Peter puso cara de diversión. Nadie tenía
un aire tan divertido como Peter y su risa era el más encantador de los gorjeos.
Conservaba aún su primera risa.
-Wendy-susurró-, ¡creo que la he dejado encerrada en el cajón!
Dejó salir del cajón a la pobre Campanilla y ésta revoloteó por el cuarto chi-
llando furiosa.
-No deberías decir esas cosas -contestó Peter-. Claro que lo siento mucho,
¿pero cómo iba a saber que estabas en el cajón?
Wendy no lo estaba escuchando.
-¡Oh, Peter! -exclamó-. ¡Ojalá se quedara quieta y me dejara verla!
-Casi nunca se quedan quietas -dijo él, pero durante un instante Wendy vio la
romántica figurita posada en el reloj de cuco.
-¡Oh, qué bonita! -exclamó, aunque la cara de Campanilla estaba distorsionada
por la rabia.
-Campanilla -dijo Peter amablemente-, esta dama dice que desearía que fue-
ras su hada.
Campanilla contestó con insolencia.
-¿Qué dice, Peter?
No le quedó más remedio que traducir.
-No es muy cortés. Dice que eres una niña grande y fea y que ella es mi hada.
Trató de discutir con Campanilla.
- Tú sabes que no puedes ser mi hada, Campanilla, porque yo soy un caballero
y tú eres una dama.
A esto Campanilla replicó de la siguiente manera.
-Cretino.
Y desapareció en el cuarto de baño.
-Es un hada bastante vulgar -explicó Peter disculpándose-, se llama Campani-
lla porque arregla las cacerolas y las teteras1 . Ahora estaban juntos en el sillón
y Wendy siguió importunándolo con preguntas.

1. Campanilla es el nombre adoptado tradicionalmente en español para esta


hada, que en inglés se llama Tinker Bell: ‘campana de calderero’

-Si ahora ya no vives en los jardines de Kensington...


-Todavía vivo allí a veces.
-¿Pero dónde vives más ahora?
-Con los niños perdidos.
-¿Quiénes son ésos?
-Son los niños que se caen de sus cochecitos cuando la niñera no está miran-
do. Si al cabo de siete días nadie los reclama se los envía al País de Nunca Ja-
más para sufragar gastos. Yo soy su capitán.
-¡Qué divertido debe de ser!
-Sí -dijo el astuto Peter-, pero nos sentimos bastantes solos. Es que no tene-
mos compañía femenina.
-¿Es que no hay niñas?
-Oh, no, ya sabes, las niñas son demasiado listas para caerse de sus cocheci-
tos.
Esto halagó a Wendy enormemente.
-Creo -dijo-, que tienes una forma encantadora de hablar de las niñas; John
nos desprecia.
Como respuesta Peter se levantó y de una patada, de una sola patada, tiró a
John de la cama, con mantas y todo. Esto le pareció a Wendy bastante atrevido
para un primer encuentro y le dijo con firmeza que en su casa él no era capitán.
Sin embargo, John continuaba durmiendo tan plácidamente en el suelo que dejó
que se quedara allí.
-Ya sé que querías ser amable -dijo, ablandándose-, así que me puedes dar un
beso.
Se había olvidado momentáneamente de que él no sabía lo que eran los be-
sos.
-Ya me parecía que querrías que te lo devolviera -dijo él con cierta amargura e
hizo ademán de devolverle el dedal.
-Ay, vaya -dijo la amable Wendy-, no quiero decir un beso, me refiero a un de-
dal.
-¿Qué es eso?
-Es como esto. Le dio un beso.
-¡Qué curioso! -dijo Peter con curiosidad-. ¿Te puedo dar un dedal yo ahora?
-Si lo deseas -dijo Wendy, esta vez sin inclinar la cabeza. Peter le dio un dedal
y casi inmediatamente ella soltó un chillido.
-¿Qué pasa, Wendy?
-Es como si alguien me hubiera tirado del pelo.
-Debe de haber sido Campanilla. Nunca la había visto tan antipática.
Y, efectivamente, Campanilla estaba revoloteando por ahí otra vez, empleando
un lenguaje ofensivo.
-Wendy, dice que te lo volverá a hacer cada vez que yo te dé un dedal.
-¿Pero por qué?
-¿Por qué, Campanilla?
Campanilla volvió a replicar:
-Cretino.
Peter no entendía por qué, pero Wendy sí y se quedó un poquito desilusionada
cuando él admitió que había venido a la ventana del cuarto de los niños no para
verla a ella, sino para escuchar cuentos.
-Es que yo no sé ningún cuento. Ninguno de los niños perdidos sabe ningún
cuento.
-Qué pena-dijo Wendy.
-¿Sabes -preguntó Peter-, por qué las golondrinas anidan en los aleros de las
casas? Es para escuchar cuentos. Ay, Wendy, tu madre os estaba contando una
historia preciosa.
-¿Qué historia era?
-La del príncipe que no podía encontrar a la dama que llevaba el zapatito de
cristal.
-Peter -dijo Wendy emocionada-, ésa era Cenicienta y él la encontró y vivieron
felices para siempre.
Peter se puso tan contento que se levantó del suelo, donde habían estado sen-
tados y corrió a la ventana.
-¿Dónde vas? -exclamó ella alarmada.
-A decírselo a los demás chicos.
-No te vayas, Peter -le rogó ella-, me sé muchos cuentos. Ésas fueron sus pa-
labras exactas, así que no hay forma de negar que fue ella la que tentó a él pri-
mero.
Él regresó, con un brillo codicioso en los ojos que debería haberla puesto en
guardia, pero no fue así.
-¡Qué historias podría contarles a los chicos! -exclamó y entonces Peter la aga-
rró y comenzó a arrastrarla hacia la ventana.
-Wendy, ven conmigo y cuéntaselo a los demás chicos. Como es natural se
sintió muy halagada de que se lo pidiera, pero dijo:
-Ay, no puedo. ¡Piensa en mamá! Además, no sé volar.
-Yo te enseñaré.
-Oh, qué maravilla poder volar.
-Te enseñaré a subirte a la ventana y luego, allá vamos.
-¡Oooh! -exclamó ella entusiasmada.
-Wendy. Wendy, cuando estás durmiendo en esa estúpida cama podrías estar
volando conmigo diciéndoles cosas graciosas a las estrellas.
-¡Oooh!
-Y, oye, Wendy, hay sirenas. -¡Sirenas! ¿Con cola? -Unas colas larguísimas.
-¡Oh! -exclamó Wendy-. ¡Qué maravilla ver una sirena! Él hablaba con enorme
astucia.
-Wendy-dijo-, cuánto te respetaríamos todos.
Ella agitaba el cuerpo angustiada. Era como si intentara seguir sobre el suelo
del cuarto.
Pero él no se apiadaba de ella.
-Wendy -dijo, el muy taimado-, nos podrías arropar por la noche.
-¡Oooh!
-A ninguno de nosotros nos han arropado jamás por la noche.
-¡Oooh! -yle tendió los brazos.
-Y podrías remendarnos la ropa y hacernos bolsillos. Ninguno de nosotros tie-
ne bolsillos.
¿Cómo podía resistirse?
-¡Ya lo creo que sería absolutamente fascinante! -exclamó-. Peter, ¿enseñarí-
as a volar a John y a Michael también?
-Si quieres -dijo él con indiferencia y ella corrió hasta John y Michael y los sa-
cudió.
-Despertad -gritó-, ha venido Peter Pan y nos va a enseñar a volar.
John se frotó los ojos.
-Entonces me levantaré -dijo. Claro que estaba en el suelo-. Caramba -indicó-.
¡Si ya estoy levantado!
Michael también se había levantado ya, completamente despabilado, pero de
pronto Peter hizo señas de que guardaran silencio. Sus caras adquirieron la tre-
menda astucia de los niños cuando escuchan por si oyen ruidos del mundo de
los mayores. No se oía una mosca. Así pues, todo iba bien. ¡No, quietos! Todo
iba mal. Nana, que había estado ladrando con inquietud toda la noche, estaba
ahora callada. Era su silencio lo que habían oído. «¡Apagad la luz! ¡Escondeos!
¡Deprisa!», exclamó John, tomando el mando por única vez en el curso de toda
la aventura. Y así, cuando entró Liza, sujetando a Nana, el cuarto de los niños
parecía el mismo de siempre, muy oscuro y se podría haber jurado que se oía a
sus tres traviesos ocupantes respirando angelicalmente mientras dormían. En
realidad lo estaban haciendo engañosamente desde detrás de las cortinas.
Liza estaba de mal humor, porque estaba haciendo la masa del pudding de
Navidad en la cocina y se había visto obligada a abandonarlo, con una pasa to-
davía en la mejilla, por culpa de las absurdas sospechas de Nana. Pensó que la
mejor forma de conseguir un poco de paz era llevar a Nana un momento al cuar-
to de los niños, pero bajo custodia, por supuesto.
-Ahí tienes, animal desconfiado -dijo, sin lamentar que Nana quedara desacre-
ditada-, están perfectamente a salvo, ¿no? Cada angelito dormido en su cama.
Escucha con qué suavidad respiran.
Entonces, Michael, envalentonado por su éxito, respiró tan fuerte que casi los
descubren. Nana conocía ese tipo de respiración y trató de soltarse de las ga-
rras de Liza.
Pero Liza era dura de mollera.
-Basta ya, Nana -dijo con severidad, arrastrándola fuera de la habitación-. Te
advierto que si vuelves a ladrar iré a buscar a los señores y los traeré a casa
sacándolos de la fiesta y entonces, menuda paliza te va a dar el señor, ya verás.
Volvió a atar a la desdichada perra, ¿pero creéis que Nana dejó de ladrar?
¡Traer de la fiesta a los señores! Pero si eso era lo que quería exactamente.
¿Creéis que le importaba que le pegaran mientras sus tutelados estuvieran a
salvo? Por desgracia Liza volvió a su «pudding» y Nana, viendo que no podía
esperar ninguna ayuda de ella, tiró y tiró de la cuerda hasta que por fin la rom-
pió. A los pocos instantes entraba corriendo en el comedor del número 27 y le-
vantaba las patas, la forma más expresiva que tenía de dar un mensaje. El señor
y la señora Darling supieron de inmediato que algo horrible sucedía en el cuarto
de sus niños y sin despedirse de su anfitriona salieron a la calle.
Pero habían pasado diez minutos desde que los tres pillastres habían estado
respirando detrás de las cortinas y Peter Pan puede hacer muchas cosas en
diez minutos.
Volvamos ahora al cuarto de los niños.
-Todo en orden -anunció John, saliendo de su escondite-. Oye, Peter, ¿de ver-
dad sabes volar?
En vez de molestarse en contestarle Peter voló por la habitación posándose al
pasar en la repisa de la chimenea.
-¡Estupendo! -dijeron John y Michael.
-¡Encantador! -exclamó Wendy.
-¡Sí, soy encantador, pero qué encantador soy! -dijo Peter, olvidando los moda-
les de nuevo.
Parecía maravillosamente fácil y lo intentaron primero desde el suelo y luego
desde las camas, pero siempre iban hacia abajo en vez de hacia arriba.
-Oye, ¿cómo lo haces? -preguntó John, frotándose la rodilla. Era un chico muy
práctico.
-Te imaginas cosas estupendas -explicó Peter-, y ellas te levantan por los ai-
res.
Se lo volvió a demostrar.
-Lo haces muy rápido -dijo John-, ¿no podrías hacerlo una vez muy despacio?
Peter lo hizo despacio y deprisa.
-¡Ya lo tengo, Wendy! -exclamó John, pero pronto descubrió que no era así.
Ninguno de ellos conseguía elevarse ni una pulgada, aunque incluso Michael
dominaba ya las palabras de dos sílabas, mientras que Peter no sabía ni hacer
la O con un canuto.
Claro que Peter les había estado tomando el pelo, pues nadie puede volar a
menos que haya recibido el polvillo de las hadas. Por suerte, como ya hemos
dicho, tenía una mano llena de él y se lo hechó soplando a cada uno de ellos,
con un resultado magnífico.
-Ahora agitad los hombros así -dijo-, y lanzaos.
Estaban todos subidos a las camas y el valiente Michael se lanzó el primero.
No tenía realmente intención de lanzarse, pero lo hizo e inmediatamente cruzó
flotando la habitación.
-¡He volado! -chilló cuando aún estaba en el aire.
John se lanzó y se topó con Wendy cerca del cuarto de baño.
-¡Maravilloso!
-¡Estupendo!
-¡Miradme!
-¡Miradme!
-¡Miradme!
No tenían ni la mitad de elegancia que Peter, no podían evitar agitar las pier-
nas un poco, pero sus cabezas tocaban el techo y no existe casi nada tan mara-
villoso como eso. Peter le dio la mano a Wendy al principio, pero tuvo que desis-
tir, porque Campanilla se puso furiosa.
Arriba y abajo, vueltas y más vueltas. Divino era el calificativo de Wendy.
-Oye -exclamó John-, ¡¿por qué no salimos fuera?!
Por supuesto, era a esto a lo que Peter los había estado empujando.
Michael estaba dispuesto: quería ver cuánto tardaba en hacer un billón de mi-
llas. Pero Wendy vacilaba.
-¡Sirenas! -repitió Peter.
-¡Oooh!
-Y hay piratas.
-¡Piratas! -exclamó John, cogiendo su sombrero de los domingos-. Vámonos
ahora mismo.
Justo en ese momento el señor y la señora Darling salían corriendo con Nana
del número 27. Corrieron hasta el centro de la calle para mirar hacia la ventana
del cuarto de los niños y, sí, seguía cerrada, pero la habitación estaba inundada
de luz y, lo que era aún más estremecedor, en la sombra de la cortina vieron tres
pequeñas siluetas en ropa de cama que daban vueltas yvueltas, pero no en el
suelo, sino por el aire.
¡Tres siluetas no, cuatro!
Temblando, abrieron la puerta de la calle. El señor Darling se habría lanzado
escaleras arriba, pero la señora Darling le indicó que fuera con más calma. In-
cluso trató de conseguir que su corazón se calmara.
¿Llegarán a tiempo al cuarto de los niños? Si es así, qué alegría para ellos y
todos soltaremos un suspiro de alivio, pero no habrá historia. Por otra parte, si
no llegan a tiempo, prometo solemnemente que todo saldrá bien al final.
Habrían llegado al cuarto de los niños a tiempo de no haber estado vigilándo-
los las estrellitas. Una vez más las estrellas abrieron la ventana de un soplo y la
estrella más pequeña de todas gritó:
-¡Ojo, Peter!
Entonces Peter supo que no había tiempo que perder.
-Vamos -gritó imperiosamente y se elevó al momento en la noche seguido de
John, Michael y Wendy.
El señor y la señora Darling y Nana se precipitaron en el cuarto de los niños
demasiado tarde. Los pájaros habían volado.

4. El vuelo

La segunda a la derecha y todo recto hasta la mañana. Ése, según le había di-
cho Peter a Wendy, era el camino hasta el País de Nunca Jamás, pero ni siquie-
ra los pájaros, contando con mapas y consultándolos en las esquinas expuestas
al viento, podrían haberlo avistado siguiendo estas instrucciones. Es que Peter
decía lo primero que se le ocurría.
Al principio sus compañeros confiaban en él sin reservas y eran tan grandes
los placeres de volar que perdían el tiempo girando alrededor de las agujas de
las iglesias o de cualquier otra cosa elevada que se encontraran en el camino y
les gustara.
John y Michael se echaban carreras, Michael con ventaja. Recordaban con
desprecio que no hacía tanto que se habían creído muy importantes por poder
volar por una habitación.
No hacía tanto. ¿Pero cuánto realmente? Estaban volando por encima del mar
antes de que esta idea empezara a preocupar a Wendy seriamente. A John la
parecía que iban ya por su segundo mar y su tercera noche.
A veces estaba oscuro y a veces había luz y de pronto tenían mucho frío y lue-
go demasiado calor. ¿Sentían hambre a veces realmente, o sólo lo fingían por-
que Peter tenía una forma tan divertida y novedosa de alimentarlos? Esta forma
era perseguir pájaros que llevaran comida en el pico adecuada para los huma-
nos y arrebatársela; entonces los pájaros los seguían y se la volvían a quitar y
todos se iban persiguiendo alegremente durante millas, separándose por fin y
expresándose mutuamente sus buenos deseos. Pero Wendy se percató con
cierta preocupación de que Peter no parecía saber que ésta era una forma bas-
tante rara de conseguir el pan de cada día, ni siquiera que había otras formas.
Ciertamente no fingían tener sueño, lo tenían y eso era peligroso, porque en el
momento en que se dormían, empezaban a caer. Lo espantoso era que a Peter
eso le parecía divertido.
-¡Allá va otra vez! -gritaba regocijado, cuando Michael caía de pronto como una
piedra.
-¡Sálvalo, sálvalo! -gritaba Wendy, mirando horrorizada el cruel océano que te-
nían debajo. Por fin Peter se lanzaba por el aire y atrapaba a Michael justo antes
de que se estrellara en el mar y lo hacía de una manera muy bonita, pero siem-
pre esperaba hasta el último momento y parecía que era su habilidad lo que le
interesaba y no salvar una vida humana. También le gustaba la variedad y lo
que en un momento dado lo absorbía de pronto dejaba de atraerlo, de modo que
siempre existía la posibilidad de que la próxima vez que uno cayera él lo dejara
hundirse.
Él podía dormir en el aire sin caerse, por el simple método de tumbarse boca
arriba y flotar, pero esto era, al menos en parte, porque era tan ligero que si uno
se ponía detrás de él y soplaba iba más rápido.
-Sé más educado con él -le susurró Wendy a John, cuando estaban jugando al
«Sígueme».
-Pues dile que deje de presumir -dijo John.
Cuando jugaban al Sígueme, Peter volaba pegado al agua y tocaba la cola de
cada tiburón al pasar, igual que en la calle podéis seguir con el dedo una baran-
dilla de hierro. Ellos no podían seguirlo en esto con excesivo éxito, de forma que
quizás sí que fuera presumir, especialmente porque no hacía más que volverse
para ver cuántas colas se le escapaban.
-Debéis ser amables con él -les inculcó Wendy a sus hermanos-. ¿Qué haría-
mos si nos abandonara?
-Podríamos volver -dijo Michael.
-¿Y cómo lograríamos encontrar el camino de vuelta sin él?
-Bueno, pues entonces podríamos seguir -dijo John.
-Eso es lo horrible, John. Tendríamos que seguir, porque no sabemos cómo
parar.
Era cierto: Peter se había olvidado de enseñarles a parar. John dijo que si pa-
saba lo peor, todo lo que tenían que hacer era seguir adelante, ya que el mundo
era redondo, de forma que acabarían por volver a su propia ventana.
-¿Y quién nos va a conseguir comida, John?
-Yo le saqué del pico un trocito a ese águila bastante bien, Wendy.
-Después de veinte intentos -le recordó Wendy-. Y aunque se nos llegara a dar
bien la cuestión de conseguir comida, fijaos cómo nos chocamos con las nubes
y otras cosas si él no está cerca para echarnos una mano.
Efectivamente, se iban chocando todo el tiempo. Ya podían volar con fuerza,
aunque seguían moviendo demasiado las piernas, pero si veían una nube delan-
te, cuanto más intentaban esquivarla, más certeramente se chocaban contra
ella. Si Nana hubiera estado con ellos ya le habría puesto a Michael una venda
en la frente.
Peter no estaba con ellos en ese momento y se sentían bastante desampara-
dos allí arriba por su cuenta. Podía volar a una velocidad tan superior a la de
ellos que de pronto salía disparado y se perdía de vista, para correr alguna
aventura en la que ellos no participaban. Bajaba riéndose por algo divertidísimo
que le había estado contando a una estrella, pero que ya había olvidado, o subía
cubierto aún de escamas de sirena y sin embargo no sabía con seguridad qué
había ocurrido. La verdad es que resultaba muy fastidioso para unos niños que
nunca habían visto una sirena.
-Y si se olvida de ellas tan deprisa -razonaba Wendy-, ¿cómo vamos a esperar
que se siga acordando de nosotros?
Efectivamente, a veces cuando regresaba no se acordaba de ellos, por lo me-
nos no muy bien. Wendy estaba segura de ello. Veía cómo le brillaban los ojos
al reconocerlos cuando estaba a punto de pararse a charlar un momento para
luego seguir; en una ocasión incluso tuvo que decirle cómo se llamaba.
-Soy Wendy -dijo muy inquieta.
Él se sintió muy contrito.
-Oye, Wendy -le susurró-, siempre que veas que me olvido de ti, repite todo el
rato «soy Wendy» y entonces me acordaré.
Como es lógico, aquello no era nada satisfactorio. Sin embargo, para enmen-
darlo les enseñó a tumbarse estirados sobre un viento fuerte que soplara en su
dirección y esto supuso un cambio tan agradable que lo probaron varias veces y
descubrieron que así podían dormir a salvo. Realmente habrían dormido más
tiempo, pero Peter se aburría rapidamente de dormir y no tardaba en gritar con
su voz de capitán:
-Aquí nos desviamos.
De modo que con algún que otro disgusto, pero en general con gran diversión,
se fueron acercando al País de Nunca Jamás, y al cabo de muchas lunas llega-
ron allí y, lo que es más, resulta que habían estado viajando sin desviarse todo
el tiempo, quizás no tanto debido a la dirección de Peter o de Campanilla como a
que la isla los estaba buscando. Sólo así se pueden avistar esas mágicas orillas.
-Ahí está -dijo Peter tranquilamente.
-¿Dónde, dónde?
-Donde señalan todas las flechas.
En efecto, un millón de flechas doradas, enviadas por su amigo el sol, que que-
ría que estuvieran seguros del camino antes de dejarlos por esa noche, indicaba
a los niños dónde se hallaba la isla.
Wendy, John y Michael se pusieron de puntillas en el aire para echar su primer
vistazo a la isla. Es extraño, pero todos la reconocieron al instante y mientras no
los invadió el miedo la estuvieron saludando no como a algo con lo que se ha
soñado mucho tiempo y por fin se ha visto, sino como a una vieja amiga con
quien volvían para pasar las vacaciones.
-John, ahí está la laguna.
-Wendy, mira a las tortugas enterrando sus huevos en la arena.
-Oye, John, veo a tu flamenco de la pata rota.
-Mira, Michael, allí está tu cueva.
-John, ¿qué es eso que hay en la maleza?
-Es una loba con sus cachorros. Wendy, estoy seguro de que ése es tu lobez-
no.
-Ahí está mi barca, John, con los costados llenos de agujeros.
-No, no lo es. Pero si quemamos tu barca.
-Pues de todas formas lo es. Oye, John, veo el humo del campamento piel ro-
ja.
-¿Dónde? Enséñamelo y te diré por cómo se retuerce el humo si están en el
sendero de la guerra.
-Allí, justo al otro lado del Río Misterioso.
-Ya lo veo. Sí, ya lo creo que están en el sendero de la guerra.
Peter estaba un poco molesto con ellos por saber tantas cosas, pero si quería
hacerse el amo de la situación su triunfo estaba al caer, pues ¿no os he dicho
que no tardó en invadirlos el miedo?
Llegó cuando se fueron las flechas, dejando la isla en penumbra.
Antes, en casa, el País de Nunca Jamás siempre empezaba a tener un aire un
poco oscuro y amenazador a la hora de irse a la cama. Entonces surgían zonas
inexploradas que se extendían, en ellas se movían sombras negras, el rugido de
los animales de presa era muy distinto entonces y, sobre todo, uno perdía la se-
guridad de que iba a ganar. Uno se alegraba mucho de que las lamparillas estu-
vieran encendidas. Era incluso agradable que Nana dijera que eso de ahí no era
más que la repisa de la chimenea y que el País de Nunca jamás era todo imagi-
nación.
Por supuesto que el País de Nunca Jamás había sido una fantasía en aquellos
días, pero ahora era real y no había lamparillas y cada vez estaba más oscuro y
¿dónde estaba Nana?
Habían estado volando separados unos de otros, pero ahora se apiñaron junto
a Peter. El comportamiento descuidado de éste había desaparecido por fin, le
brillaban los ojos, les entraba un hormigueo cada vez que tocaban su cuerpo. Ya
estaban encima de la temible isla, volando tan bajo que a veces un árbol les ro-
zaba la cara.
No se veía nada horrendo en el aire, pero su marcha se había hecho lenta y
penosa, igual que si estuvieran abriéndose paso a través de unas fuerzas hosti-
les. A veces se quedaban inmóviles en el aire hasta que Peter los golpeaba con
los puños.
-No quieren que bajemos -les explicó.
-¿Quiénes? -susurró Wendy, estremeciéndose.
Pero él no lo sabía o no lo quería decir. Campanilla había estado durmiendo en
su hombro, pero ahora la despertó y le hizo ponerse en vanguardia.
De vez en cuando se paraba en el aire, escuchando atentamente con una ma-
no en la oreja y volvía a mirar hacia abajo con los ojos tan brillantes que parecí-
an horadar dos agujeros en la tierra. Una vez hecho esto, seguía adelante de
nuevo.
Su valor casi producía espanto.
-¿Queréis correr una aventura ahora -le preguntó a John muy tranquilo-, o pre-
ferís tomar el té primero?
Wendy dijo «el té primero» apresuradamente y Michael le apretó la mano
agradecido, pero John, más valiente, titubeaba.
-¿Qué clase de aventura? -preguntó con cautela.
-Tenemos un pirata dormido en la pampa justo debajo de nosotros -le dijo Pe-
ter-. Si quieres, bajamos ylo matamos.
-No lo veo -dijo John tras una larga pausa.
-Yo sí.
-Imagínate que se despierta -dijo John con la voz algo ronca.
Peter exclamó indignado:
-¡No pensarás que lo iba a matar dormido! Primero lo despertaría y luego lo
mataría. Es lo que siempre hago.
-¡Caramba! ¿Y matas muchos?
-Miles.
John dijo «estupendo», pero decidió tomar el té primero. Preguntó si había
muchos piratas en la isla en esos momentos y Peter dijo que nunca había visto
tantos.
-¿Quién es su capitán ahora?
-Garfio -contestó Peter y se le nubló la cara al pronunciar ese odiado nombre.
-¿Jas. Garfio?1

1. Jas: abreviatura de James. Hemos seguido la tradición española de llamar al


pirata Garfio, traduciendo su apellido: se podría decir que el capitán James Hook
estaba predestinado a llevar un hook: ‘garfio’.
-Sí.
Entonces Michael se echó a llorar e incluso John sólo pudo hablar a trompico-
nes, pues conocían la reputación de Garfio.
-Era el contramaestre de Barbanegra -susurró John roncamente-. Es el peor de
todos ellos, el único hombre al que temía Barbacoa.
-Ése es -dijo Peter.
-¿Cómo es? ¿Es grande?
-No tanto como antes.
-¿Qué quieres decir?
-Le corté un pedazo.
-¡Tú!
-Sí, yo -dijo Peter con aspereza.
-No pretendía faltarte al respeto. -Bueno, está bien.
-Pero, oye, ¿qué trozo?
-La mano derecha.
-¿Entonces ya no puede luchar?
-¡Vaya si puede!
-¿Es zurdo?
-Tiene un garfio de hierro en vez de la mano derecha y desgarra con él.
-¡Desgarra!
-Oye, John-dijo Peter.
-Sí.
-Di «sí, señor».
-Sí, señor.
-Hay algo -continuó Peter- que cada chico que está a mis órdenes tuvo que
prometer y tú también debes hacerlo. John se puso pálido.
-Es lo siguiente: si nos encontramos con Garfio en combate, me lo debes dejar
a mí.
-Lo prometo -dijo John lealmente.
Por el momento se sentían menos aterrados, porque Campanilla estaba volan-
do con ellos y con su luz podían verse los unos a los otros. Por desgracia no
podía volar tan despacio como ellos y por eso tenía que ir dando vueltas y vuel-
tas formando un círculo dentro del cual se movían como un halo. A Wendy le
gustaba mucho, hasta que Peter le señaló el inconveniente.
-Me dice -dijo- que los piratas nos avistaron antes de que se pusiera oscuro y
han sacado a Tom el Largo.
-¿El cañón grande?
-Sí. Y, por supuesto, deben de ver su luz y si se imaginan que estamos cerca
seguro que abren fuego.
-¡Wendy!
-¡John!
-¡Michael!
-Dile que se vaya ahora mismo, Peter -exclamaron los tres al mismo tiempo,
pero él se negó.
-Cree que nos hemos perdido -replicó fríamente-, y está bastante asustada.
¡No esperaréis que le diga que se vaya sola cuando tiene miedo!
El círculo de luz se rompió momentáneamente y algo le dio a Peter un pelliz-
quito cariñoso.
-Entonces dile -rogó Wendy-, que apague la luz.
-No puede apagarla. Eso es prácticamente lo único que no pueden hacer las
hadas. Se apaga sola cuando ella se duerme, igual que las estrellas.
-Entonces dile que duerma inmediatamente -casi le ordenó John.
-No puede dormir más que cuando tiene sueño. Es la única otra cosa que no
pueden hacer las hadas.
-Pues me parece -gruñó John-, que son las dos únicas cosas que vale la pena
hacer.
Entonces se llevó un pellizco, pero no cariñoso.
-Si al menos uno de nosotros tuviera un bolsillo -dijo Peter- la podríamos llevar
con él.
Sin embargo, habían salido con tantas prisas que ninguno de los cuatro tenía
un solo bolsillo.
Se le ocurrió una buena idea. ¡El sombrero de John!
Campanilla aceptaría viajar en sombrero si lo llevaban en la mano. John se
hizo cargo de ello, aunque ella había tenido la esperanza de que la llevara Peten
Al poco rato Wendy cogió el sombrero, porque John decía que le daba golpes en
la rodilla al volar y esto, como veremos, trajo dificultades, pues a Campanilla no
le gustaba nada deberle un favor a Wendy.
En la negra chistera la luz quedaba completamente oculta y siguieron volando
en silencio. Era el silencio más absoluto que habían conocido jamás, roto sólo
por unos lametones lejanos, que según explicó Peter lo producían los animales
salvajes al beber en el vado y también por un ruido rasposo que podrían haber
sido las ramas de los árboles al rozarse, pero él dijo que eran los pieles rojas
que afilaban sus cuchillos.
Incluso estos ruidos acababan por apagarse. A Michael la soledad le resultaba
espantosa.
-¡Ojalá se oyera algún ruido! -exclamó.
Como en respuesta a su petición, el aire fue hendido por la explosión más tre-
menda que había oído en su vida. Los piratas les habían disparado con Tom el
Largo.
El rugido resonó por las montañas y los ecos parecían gritar salvajemente:
-¿Dónde están, dónde están, dónde están?
De esta forma tan violenta descubrió el aterrorizado trío la diferencia entre una
isla inventada y la misma isla hecha realidad.
Cuando por fin los cielos volvieron a quedar en calma, John y Michael se en-
contraron solos en la oscuridad. John caminaba en el aire mecánicamente y Mi-
chael, sin saber cómo flotar, estaba flotando.
-¿Te han dado? -susurró John temblorosamente.
-Todavía no lo he comprobado -susurró a su vez Michael.
Ahora sabemos que ninguno fue alcanzado. Sin embargo, Peter fue arrastrado
por el viento del disparo hasta alta mar, mientras que Wendy fue lanzada hacia
arriba sin otra compañía que la de Campanilla.
Las cosas le habrían ido bien a Wendy si en ese momento hubiera soltado el
sombrero.
No sé si la idea se le ocurrió a Campanilla de repente, o si lo había planeado
por el camino, pero el caso es que inmediatamente salió del sombrero y se puso
a atraer a Wendy hacia su destrucción.
Campanilla no era toda maldad: o, más bien, era toda maldad en ese momen-
to, pero, por otro lado, a veces era toda bondad. Las hadas tienen que ser una
cosa o la otra, porque al ser tan pequeñas degraciadamente sólo tienen sitio pa-
ra un sentimiento por vez. No obstante, les está permitido cambiar, aunque debe
ser un cambio total. Por el momento estaba celosísima de Wendy. Por supuesto,
Wendy no entendía lo que le decía con su precioso tintineo y estoy convencido
de que parte eran palabrotas, pero sonaba agradable y volaba hacia adelante y
hacia atrás, queriendo decir claramente: «Sígueme y todo saldrá bien.»
¿Qué otra cosa podía hacer la pobre Wendy? Llamó a Peter, a John y a Mi-
chael y lo único que obtuvo como respuesta fueron ecos burlones. Aún no sabía
que Campanilla la odiaba con el odio feroz de una auténtica mujer. Y por eso,
aturdida y volando ahora a trompicones, siguió a Campanilla hacia su perdición.

5. La isla hecha realidad

Al sentir que Peter regresaba, el País de Nunca jamás revivió de nuevo. Debe-
ríamos emplear el pluscuamperfecto y decir que había revivido, pero revivió
suena mejor y era lo que siempre empleaba Peter.
Normalmente durante su ausencia las cosas están tranquilas. Las hadas
duermen una hora más por la mañana, los animales se ocupan de sus crías, los
pieles rojas se hartan de comer durante seis días con sus noches y cuando los
piratas y los niños perdidos se encuentran se limitan a sacarse la lengua. Pero
con la llegada de Peter, que aborrece el letargo, todos se ponen en marcha otra
vez: si entonces pusierais la oreja contra el suelo, oiríais cómo la isla bulle de
vida.
Esta noche, las fuerzas principales de la isla estaban ocupadas de la siguiente
manera. Los niños perdidos estaban buscando a Peter, los piratas estaban bus-
cando a los niños perdidos, los pieles rojas estaban buscando a los piratas y los
animales estaban buscando a los pieles rojas. Iban dando vueltas y más vueltas
por la isla, pero no se encontraban porque todos llevaban el mismo paso.
Todos querían sangre salvo los niños, a quienes les gustaba por lo general,
pero esta noche iban a recibir a su capitán. Los niños de la isla varían, claro es-
tá, en número, según los vayan matando y cosas así y cuando parece que están
creciendo, lo cual va en contra de las reglas, Peter los reduce, pero en esta oca-
sión había seis, contando a los Gemelos como si fueran dos. Hagamos como si
nos echáramos aquí entre las cañas de azúcar y observémoslos mientras pasan
sigilosamente en fila india, cada uno con la mano sobre su cuchillo.
Peter les tiene prohibido que se parezcan a él en lo más mínimo y van vestidos
con pieles de osos cazados por ellos mismos, con las que quedan tan redon-
deados y peludos que cuando se caen, ruedan. Por ello han conseguido llegar a
andar con un paso muy firme.
El primero en pasar es Lelo, no el menos valiente, pero sí el más desgraciado
de toda esa intrépida banda. Había corrido menos aventuras que cualquiera de
los demás, porque las cosas importantes ocurrían siempre justo cuando él ya
había doblado la esquina: por ejemplo, todo estaba tranquilo y entonces él apro-
vechaba la oportunidad para alejarse y reunir unos palos para el fuego y cuando
volvía los demás ya estaban limpiando la sangre. La mala suerte había dado una
expresión de suave melancolía a su rostro, pero en lugar de agriarle el carácter
se lo había endulzado, de forma que era el más humilde de los chicos. Pobre y
bondadoso Lelo, esta noche te amenaza un peligro. Ten cuidado, no vaya a ser
que se te ofrezca ahora una aventura, que, si la aceptas, te traiga un terrible in-
fortunio. Lelo, el hada Campanilla, que esta noche está resuelta a provocar da-
ños, está buscando un instrumento y piensa que tú eres el chico que más fácil-
mente se deja engañar. Cuidado con Campanilla.
Ojalá nos pudiera oír, pero nosotros no estamos realmente en la isla y él pasa
de largo, mordisqueándose los nudillos. A continuación viene Avispado, alegre y
jovial, seguido de Presuntuoso, que corta silbatos de los árboles y baila en-
tusiasmado al son de sus propias melodías. Presuntuoso es el más engreído de
los chicos. Se cree que recuerda los tiempos de antes de que se perdiera, con
sus modales y costumbres y esto hace que mire a todo el mundo por encima del
hombro. Rizos es el cuarto: es un pillo y ha tenido que entregarse tantas veces
cuando Peter decía con severidad: «El que haya hecho esto que dé un paso al
frente», que ahora ante la orden da un paso al frente automáticamente, lo haya
hecho él o no. Los últimos son los gemelos, a quienes no se puede describir
porque seguro que describiríamos al que no es. Peter no sabía muy bien lo que
eran gemelos y a su banda no se le permitía saber nada que él no supiera, de
forma que estos dos no eran nunca muy claros al hablar de sí mismos y hacían
todo lo que podían por resultar satisfactorios manteniéndose muy juntos como
pidiendo perdón.
Los chicos desaparecen en la oscuridad y al cabo de un rato, pero no muy lar-
go, ya que las cosas ocurren deprisa en la isla, aparecen los piratas siguiendo
su rastro. Los oímos antes de verlos y siempre es la misma canción terrible:

Jalad, izad, pongámonos al pairo,


al abordaje saltemos
y si un tiro nos separa,
¡allá abajo nos veremos!

Jamás colgó en hilera en el Muelle de las Ejecuciones (Muelle de Wapping


donde eran ejecutados los marinos criminales.) una banda de aire más malvado.
Aquí, algo adelantado, inclinando la cabeza hacia el suelo una y otra vez para
escuchar, con los grandes brazos desnudos y las orejas adornadas con mo-
nedas de cobre, llega el guapo italiano Cecco, que grabó su nombre con letras
de sangre en la espalda del alcaide de la prisión de Gao. Ese negro gigantesco
que va detrás de él ha tenido muchos nombres desde que dejara ése con el que
las madres morenas siguen aterrorizando a sus hijos en las riberas del Guidjo-
mo. He aquí a Bill Jukes, tatuado de arriba a abajo, el mismo Bill Jukes al que
Flint, a bordo del Walrus, propinara seis docenas de latigazos antes de que
aquél soltara la bolsa de moidores 1; y Cookson, de quien se dice que era her-
mano de Murphy el Negro (aunque esto nunca se probó); y el caballero Starkey,
en otros tiempos portero de un colegio privado y todavía elegante a la hora de
matar; y Claraboyas (Claraboyas de Morgan); y Smee, el contramaestre irlan-
dés, un hombre curiosamente afable que acuchillaba, como si dijéramos, sin
ofender y era el único disidente 2 de la tripulación de Garfio; y Noodler, cuyas
manos estaban colocadas al revés; y Robert Mullins y Alf Mason y muchos otros
rufianes bien conocidos y temidos en el Caribe.
En medio de ellos, la joya más negra y más grande de aquel siniestro puñado,
iba reclinado James Garfio, o, según lo escribía él, Jas. Garfio, del cual se dice
que era el único hombre a quien el Cocinero 3 temía. Estaba cómodamente
echado en un tosco carruaje tirado y empujado por sus hombres y en lugar de
mano derecha tenía el garfio de hierro con el que de vez en cuando los animaba
a apretar el paso. Como a perros los trataba y les hablaba este hombre terrible y
como perros lo obedecían ellos. De aspecto era cadavérico y cetrino y llevaba el
pelo en largos bucles, que a cierta distancia parecían velas negras y daban un
aire singularmente amenazador a su amplio rostro. Sus ojos eran del azul del
nomeolvides y profundamente tristes, salvo cuando le clavaba a uno el garfio,
momento en que surgían en ellos dos puntos rojos que se los iluminaban horri-
blemente. En cuanto a los modales, conservaba aún algo de gran señor, de for-
ma que incluso lo destrozaba a uno con distinción y me han dicho que tenía re-
putación de raconteur. Nunca resultaba más siniestro que cuando se mostraba
todo cortés, lo cual es probablemente la mejor prueba de educación, y la ele-
gancia de su dicción, incluso cuando maldecía, así como la prestancia de su por-
te, demostraban que no era de la misma clase que su tripulación. Hombre de
valor indómito, se decía de él que lo único que lo atemorizaba era ver su propia
sangre, que era espesa y de un color insólito. En su vestimenta imitaba un poco
los ropajes asociados al nombre de Carlos II, por haber oído decir en un período
anterior de su carrera que tenía un extraño parecido con los desventurados Es-
tuardo y en los labios llevaba una boquilla de su propia invención que le permitía
fumar dos cigarros a la vez. Pero indudablemente la parte más macabra de él
era su garfio de hierro.

1. Moidore: antigua moneda de oro portuguesa.


2. Disidente: miembro de la religión protestante opuesto a los criterios de la
Iglesia establecida de Inglaterra.
3. Cocinero: es el mismo Barbacoa mencionado más arriba. Posiblemente,
ambos nombres se refieren a John Silver el Largo, el famoso pirata de La isla del
tesoro, de R. L. Stevenson.

Matemos ahora a un pirata, para mostrar el método de Garfio. Claraboyas ser-


virá. Al pasar, Claraboyas da un torpe bandazo contra él, descolocándole el cue-
llo de encaje: el garfio sale disparado, se oye un desgarrón y un chillido, luego
se aparta el cuerpo de una patada y los piratas siguen adelante. Ni siquiera se
ha quitado los cigarros de la boca.
Así es el hombre terrible al que se enfrenta Peter Pan. ¿Quién ganará?
Tras los pasos de los piratas, deslizándose en silencio por el sendero de la
guerra, que no es visible para ojos inexpertos, llegan los pieles rojas, todos ellos
ojo avizor. Llevan tomahawks y cuchillos y sus cuerpos desnudos relucen de pin-
tura y aceite. Atadas a la cintura llevan cabelleras, tanto de niños como de pira-
tas, ya que son la tribu piccaninny y no hay que confundirlos con los delawares o
los hurones, más compasivos. En vanguardia, a cuatro patas, va Gran Pantera
Pequeña, un valiente con tantas cabelleras que en su postura actual le impiden
un poco avanzar. En retaguardia, el puesto de mayor peligro, va Tigridia, orgu-
llosamente erguida, princesa por derecho propio. Es la más hermosa de las Di-
anas morenas y la beldad de los piccaninnis, coqueta, fría y enamoradiza por
turnos: no hay un solo valiente que no quisiera a la caprichosa por mujer, pero
ella mantiene a raya el altar con un hacha. Mirad cómo pasan por encima de
ramitas secas sin hacer el más mínimo ruido. Lo único que se oye es su respira-
ción algo jadeante. La verdad es que en estos momentos están todos un poco
gordos después de las comilonas, pero ya perderán peso a su debido tiempo.
Por ahora, sin embargo, esto constituye su mayor peligro.
Los pieles rojas desaparecen como han llegado, como sombras y pronto ocu-
pan su lugar los animales, una procesión grande y variada: leones, tigres, osos y
las innumerables criaturas salvajes más pequeñas que huyen de ellos, ya que
todas las clases de animales y, en particular, los devoradores de hombres, viven
codo con codo en la afortunada isla. Llevan la lengua fuera, esta noche tienen
hambre.
Cuando ya han pasado, llega el último personaje de todos, un gigantesco co-
codrilo. No tardaremos en descubrir a quién está buscando.
El cocodrilo pasa, pero pronto vuelven a aparecer los chicos, ya que el desfile
debe continuar indefinidamente hasta que uno de los grupos se pare o cambie el
paso. Entonces todos se echarán rápidamente unos encima de otros.
Todos vigilan atentamente el frente, pero ninguno sospecha que el peligro
pueda acercarse sigilosamente por detrás. Esto demuestra lo real que era la isla.
Los primeros en romper el círculo móvil fueron los chicos. Se tiraron sobre el
césped, junto a su casa subterránea. -Ojalá volviera Peter -decía cada uno de
ellos con nerviosismo, aunque en altura y aún más en anchura eran todos más
grandes que su capitán.
-Yo soy el único que no tiene miedo de los piratas -dijo Presuntuoso en ese to-
no que le impedía ser apreciado por todos, pero quizás un ruido lejano lo inquie-
tara, pues añadió a toda prisa-, pero ojalá volviera y nos dijera si ha averiguado
algo más sobre Cenicienta.
Se pusieron a hablar de Cenicienta y Lelo estaba seguro de que su madre de-
bía de haber sido muy parecida a ella.
Sólo en ausencia de Peter podían hablar de madres, ya que había prohibido el
tema diciendo que era una tontería.
-Lo único que recuerdo de mi madre -les dijo Avispado-, es que le decía a papá
con frecuencia: «Oh, ojalá tuviera mi propio talonario de cheques.» No sé qué es
un talonario de cheques, pero me encantaría darle uno a mi madre.
Mientras hablaban oyeron un ruido lejano. Vosotros o yo, al no ser criaturas
salvajes del bosque, no habríamos oído nada, pero ellos sí lo oyeron y era la
espeluznante canción:

Viva, viva la vida del pirata,


un cráneo y dos tibias en la bandera.
Viva la alegría y una buena soga
y viva el buen Satán que nos espera.

Al instante los niños perdidos... ¿pero dónde están? Ya no están ahí. Unos co-
nejos no podrían haber desaparecido más rápido.
Os diré dónde están. Con excepción de Avispado, que ha salido corriendo para
explorar, ya están en su casa subterránea, una residencia muy agradable de la
que pronto veremos muchas cosas. ¿Pero cómo han llegado a ella? Porque no
se ve ninguna entrada, ni siquiera un montón de matojos que, si se apartaran,
revelarían la boca de una cueva. Sin embargo, mirad con atención y puede que
os deis cuenta de que hay aquí siete grandes árboles, cada uno con un agujero
en el tronco hueco tan grande como un niño. Estas son las siete entradas a la
casa subterránea, que Garfio ha estado buscando en vano durante tantas lunas.
¿La encontrará esta noche?
Mientras los piratas avanzaban, la rápida mirada de Starkey descubrió a Avis-
pado que desaparecía en el bosque y al momento su pistola brilló en la oscuri-
dad. Pero una garra de hierro lo aferró del hombro.
-Capitán, suélteme -exclamó, retorciéndose.
Ahora por primera vez oímos la voz de Garfio. Era una voz negra.
-Primero guarda esa pistola -dijo amenazadoramente.
-Era uno de los chicos que usted odia. Lo podría haber matado de un tiro.
-Sí y el ruido habría hecho que los pieles rojas de Tigridia cayeran sobre noso-
tros. ¿Es que quieres perder la cabellera?
-Capitán, ¿voy detrás de él -preguntó el patético Smee-, y le hago cosquillas
con Johnny Sacacorchos?
Smee ponía nombres agradables a todo y su sable era Johnny Sacacorchos,
porque lo retorcía en la herida. Se podrían mencionar muchos rasgos encanta-
dores de Smee. Por ejemplo, después de matar, eran sus gafas lo primero que
limpiaba en vez de su arma.
-Johnny es un chico silencioso -le recordó a Garfio.
-Ahora no, Smee -dijo Garfio tenebrosamente-. Sólo es uno y quiero acabar
con los siete. Dispersaos y buscadlos.
Los piratas desaparecieron entre los árboles y al cabo de un momento su capi-
tán y Smee se quedaron solos. Garfio soltó un profundo suspiro y no sé por qué
fue, quizás fuera por la delicada belleza de la noche, pero el caso es que lo in-
vadió el deseo de confiar a su fiel contramaestre la historia de su vida. Habló
largo y tendido, pero de qué se trataba Smee, que era bastante estúpido, no te-
nía ni idea.
Por fin oyó el nombre de Peter.
-Sobre todo -decía Garfio con pasión-, quiero a su capitán, Peter Pan. Fue él
quien me cortó el brazo.
Agitó el garfio amenazadoramente.
-He esperado mucho para estrecharle la mano con esto. Ah, lo haré pedazos.
-Pero -dijo Smee-, yo he oído a usted decir muchas veces que ese garfio valía
por veinte manos, para peinarse y otros usos domésticos.
-Sí -contestó el capitán-, si yo fuera madre rezaría por que mis hijos nacieran
con esto en vez de eso.
Y echó una mirada de orgullo a su mano de hierro y una de desprecio a la otra.
Luego volvió a fruncir el ceño. -Peter le echó mi brazo -dijo, estremeciéndose- a
un cocodrilo que pasaba por allí.
-Ya he notado -dijo Smee- su extraño temor a los cocodrilos.
-A los cocodrilos no -le corrigió Garfio-, sino a ese cocodrilo.
Bajó la voz.
-Le gustó tanto mi brazo, Smee, que me ha seguido desde entonces, de mar
en mar y de tierra en tierra, relamiéndose por lo que queda de mí.
-En cierto modo -dijo Smee-, es una especie de cumplido.
-No quiero cumplidos de esa clase -soltó Garfio con petulancia-. Quiero a Peter
Pan, que fue quien hizo que ese bicho me tomara gusto.
Se sentó en una gran seta y habló con voz temblorosa. -Smee -dijo roncamen-
te-, ese cocodrilo ya me habría comido a estas horas, pero por una feliz casuali-
dad se tragó un reloj que hace tic tac en su interior y por eso antes de que me
pueda alcanzar oigo el tic tac y salgo corriendo.
Se echó a reír, pero con una risa hueca.
-Algún día -dijo Smee-, el reloj se parará y entonces lo cogerá.
Garfio se humedeció los labios resecos.
-Sí -dijo-, ése es el temor que me atormenta.
Desde que se sentó se había estado sintiendo extrañamente acalorado.
-Smee -dijo-, este asiento está caliente.
Se levantó de un salto.
-Por mil diablos tuertos, que me quemo.
Examinaron la seta, que era de un tamaño y una solidez desconocidos en el
mundo real; intentaron arrancarla y se quedaron con ella en las manos al instan-
te, pues no tenía raíces. Y lo que es más raro, al momento comenzó a salir
humo. Los piratas se miraron el uno al otro.
-¡Una chimenea! -exclamaron los dos.
Efectivamente, habían descubierto la chimenea de la casa subterránea. Los
chicos tenían por costumbre taparla con una seta cuando había enemigos en las
cercanías.
No sólo salía humo por ella. También se oían voces de niños, pues tan segu-
ros se sentían los chicos en su escondrijo que estaban charlando alegremente.
Los piratas escucharon ceñudos y luego volvieron a colocar la seta. Miraron a su
alrededor y vieron los agujeros de los siete árboles.
-¿Ha oído que decían que Peter Pan no está en casa? -susurró Smee, jugue-
teando con Johnny Sacacorchos.
Garfio asintió. Se quedó largo rato ensimismado y por fin una sonrisa helada le
iluminó la cara morena. Smee la había estado esperando.
-Desembuche su plan, capitán -exclamó ansioso. -Regresar al barco -repitió
Garfio despacio y entre dientes-, y hacer un opíparo pastelón bien espeso con
azúcar verde por encima. Sólo puede haber una habitación allí abajo, porque
hay una sola chimenea. Esos estúpidos topos no han tenido la inteligencia de
darse cuenta de que no necesitaban una puerta por persona. Eso demuestra
que no tienen madre. Dejaremos el pastel en la orilla de la laguna de las sirenas.
Estos chicos siempre están nadando allí, jugando con las sirenas. Encontrarán
el pastel y lo engullirán, porque, al no tener madre, no saben lo peligroso que es
comer un pastel pesado y húmedo.
Estalló en carcajadas, no una risa hueca esta vez, sino una risa auténtica.
-Ja, ja, ja, morirán.
Smee había estado escuchando con creciente admiración.
-Es el plan más malvado y más bonito que he oído nunca -exclamó y se pusie-
ron a bailar y cantar entusiasmados:

Quietos cuando yo aparezco,


por miedo a ser atrapados;
nada os queda en los huesos
si Garfio os tiene enganchados.

Empezaron la estrofa, pero no llegaron a terminarla, pues se oyó otro ruido que
les hizo callar. Al principio era un sonido tan débil que una hoja podría haber
caído sobre él y haberlo ahogado, pero al ir acercándose se fue haciendo más
fuerte.
Tic tac, tic tac.
Garfio se detuvo tembloroso, con un pie en el aire.
-El cocodrilo -dijo con voz entrecortada y salió huyendo, seguido de su contra-
maestre.
Efectivamente era el cocodrilo. Había adelantado a los pieles rojas, que ahora
seguían el rastro de los otros piratas. Siguió deslizándose en pos de Garfio.
Una vez más los chicos salieron a la superficie, pero los peligros de la noche
no se habían terminado aún, pues al poco rato se presentó Avispado corriendo
sin aliento, perseguido por una manada de lobos. Los perseguidores llevaban la
lengua fuera; sus aullidos eran espantosos.
-¡Salvadme, salvadme! -gritó Avispado, cayendo al suelo.
-¿Pero qué podemos hacer, qué podemos hacer?
Fue un gran cumplido para Peter el que en ese angustioso momento sus pen-
samientos se volvieran hacia él.
-¿Qué haría Peter? -exclamaron simultáneamente. Casi al mismo tiempo aña-
dieron:
-Peter los miraría por entre las piernas. Y luego:
-Hagamos lo que haría Peter.
Es la forma más eficaz de desafiar a los lobos y como un solo chico se inclina-
ron y miraron por entre las piernas. El momento siguiente parece eterno, pero la
victoria llegó rápido, ya que cuando los chicos avanzaron hacia ellos en esta te-
rrible postura, los lobos agacharon el rabo y huyeron.
Entonces Avispado se levantó del suelo y los otros creyeron que sus ojos des-
orbitados seguían viendo a los lobos. Pero no eran lobos lo que veía.
-He visto una cosa maravillosísima -exclamó cuando se agruparon a su alre-
dedor impacientes-. Un gran pájaro blanco. Viene volando hacia aquí.
-¿Qué clase de pájaro crees que es?
-No sé -dijo Avispado perplejo-, pero parece cansadísimo y mientras vuela va
gimiendo: «Pobre Wendy.»
-Recuerdo -dijo Presuntuoso al instante- que hay unos pájaros que se llaman
Wendy.
-Mirad, ahí viene -gritó Rizos, señalando a Wendy en el cielo.
Wendy ya estaba casi sobre ellos y podían oír su quejido lastimero. Pero más
clara se oía la estridente voz de Campanilla. La celosa hada ya había abando-
nado su fachada amistosa y se lanzaba contra su víctima por todas direcciones,
pellizcándola salvajemente cada vez que la tocaba.
-Hola, Campanilla -gritaron los maravillados niños.
La réplica de Campanilla resonó con fuerza:
-Peter quiere que matéis a la Wendy.
No entraba en su forma de ser hacer preguntas cuando Peter daba órdenes.
-Hagamos lo que Peter desea -gritaron los ingenuos chicos-. Deprisa, arcos y
flechas.
Todos menos Lelo bajaron de un salto por sus árboles. Él tenía consigo un ar-
co y una flecha y Campanilla se dio cuenta y se frotó las manitas.
-Deprisa, Lelo, deprisa -chilló-. Peter se pondrá muy contento.
Lelo puso emocionado la flecha en el arco.
-Aparta, Campanilla -gritó y luego disparó y Wendy cayó revoloteando al suelo
con un dardo en el pecho.

6. La casita

El bobo de Lelo se erguía como un conquistador sobre el cuerpo de Wendy


cuando los demás chicos saltaron, armados, de sus árboles.
-Llegáis tarde -exclamó con orgullo-. He matado a la Wendy. Peter estará muy
satisfecho de mí.
Por encima Campanilla gritó:
-Cretino.
Y salió disparada a esconderse. Los otros no la oyeron. Se habían apiñado al-
rededor de Wendy y mientras la miraban se hizo un tremendo silencio en el bos-
que. Si el corazón de Wendy hubiera estado latiendo, todos lo habrían oído.
Presuntuoso fue el primero que habló.
-Esto no es un pájaro -dijo en tono asustado-. Creo que debe de ser una dama.
-¿Una dama? -dijo Lelo y se echó a temblar.
-Y la hemos matado -dijo Avispado con voz ronca. Todos se quitaron los go-
rros.
-Ahora lo entiendo -dijo Rizos-, nos la traía Peter. Se tiró al suelo desconsola-
do.
-Una dama para cuidarnos por fin -dijo uno de los gemelos-, y tú la has mata-
do.
Sentían pena por él, pero más por ellos mismos y cuando él se acercó un poco
más a ellos le volvieron la espalda. Lelo estaba muy pálido, pero ahora tenía un
aire de dignidad que antes nunca había aparecido en él.
-Yo lo he hecho -dijo, reflexionando-. Cuando se me aparecían señoras en
sueños, yo decía: «mamaíta, mamaíta.» Pero cuando por fin llegó de verdad la
maté.
Se alejó despacio.
-No te vayas -lo llamaron apenados.
-Tengo que hacerlo -contestó él, temblando-, tengo mucho miedo de Peter.
En este trágico instante oyeron un ruido que les puso a todos el corazón en un
puño. Oyeron a Peter graznar. -¡Peter! -gritaron, pues siempre anunciaba así su
regreso.
-Escondedla -susurraron y se agruparon rápidamente en torno a Wendy. Pero
Lelo se quedó aparte.
Se oyó otra vez aquel sonoro graznido y Peter se posó delante de ellos.
-Saludos, chicos -exclamó y ellos saludaron maquinalmente y de nuevo se hizo
un silencio.
Él frunció el ceño.
-He vuelto -dijo con vehemencia-. ¿Por qué no os animáis?
Ellos abrieron la boca, pero no les salían los gritos de júbilo. Él lo pasó por alto
por la prisa de darles las maravillosas nuevas.
-Grandes noticias, chicos -exclamó-. Por fin he traído una madre para todos
vosotros.
El silencio continuó, salvo por un golpecito sordo producido por Lelo al caer de
rodillas.
-¿No la habéis visto? -preguntó Peter, preocupado-. Volaba hacia aquí.
-Ay de mí -dijo una voz y otra dijo:
-Ay, qué tristeza.
Lelo se puso de pie.
-Peter -dijo con calma-, yo te la enseñaré.
Y como otros seguían queriendo ocultarla dijo:
-Apartaos, gemelos, dejad que Peter lo vea.
De forma que todos se apartaron y le dejaron ver y después de mirar un rato
no supo qué hacer a continuación.
-Está muerta -dijo inquieto-. Quizás esté asustada de estar muerta.
Se le ocurrió alejarse saltando cómicamente hasta perderla de vista y luego no
acercarse al lugar nunca más. Todos se habrían alegrado de seguirlo si lo hubie-
ra hecho.
Pero estaba la flecha. La sacó del corazón y se encaró con su banda.
-¿De quién es esta flecha? -preguntó severamente.
-Es mía, Peter -dijo Lelo de rodillas.
-Oh, mano asesina -dijo Peter y levantó la flecha para usarla como daga.
Lelo no retrocedió. Se descubrió el pecho.
-Clávala, Peter -dijo con firmeza-, clávala bien.
Dos veces levantó Peter la flecha y dos veces cayó su mano.
-No puedo clavarla -dijo admirado-, algo detiene mi mano. Todos lo miraron es-
tupefactos, menos Avispado, que por suerte miró a Wendy.
-Es ella -gritó-, la señora Wendy; mirad, su brazo. Maravilla de maravillas,
Wendy había alzado el brazo. Avispado se inclinó sobre ella y escuchó reveren-
temente.
-Creo que ha dicho «pobre Lelo» -susurró.
-Está viva -dijo Peter lacónicamente. Presuntuoso gritó al instante:
-La señora Wendy está viva.
Entonces Peter se arrodilló junto a ella y descubrió su caperuza. Recordaréis
que ella se la había colgado de una cadena que llevaba al cuello.
-Mirad -dijo-, la flecha chocó con esto. Es el beso que le di. Le ha salvado la
vida.
-Yo me acuerdo de los besos -interrumpió Presuntuoso rápidamente-, déjame
verlo. Sí, eso es un beso.
Peter no lo oyó. Estaba rogándole a Wendy que se pusiera bien deprisa, para
poder enseñarle las sirenas. Por supuesto, ella no podía contestar aún, pues
seguía totalmente desmayada, pero por encima se oyó un lamento.
-Escuchad a Campanilla -dijo Rizos-, está llorando porque la Wendy está viva.
Entonces tuvieron que contarle a Peter el crimen de Campanilla y casi nunca lo
habían visto con un aspecto tan serio. -Escucha, Campanilla -gritó-, ya no soy tu
amigo. Aléjate de mí para siempre.
Ella se posó en su hombro y suplicó, pero él la apartó de un manotazo. Hasta
que Wendy no volvió a alzar el brazo no se ablandó lo suficiente como para de-
cir:
-Bueno, para siempre no, pero sí una semana entera. ¿Creéis que Campanilla
estaba agradecida a Wendy por levantar el brazo? Claro que no, jamás tuvo tan-
tas ganas de pellizcarla. Las hadas son realmente extrañas y Peter, que era
quien mejor las conocía, las golpeaba con frecuencia.
¿Pero qué hacer con Wendy en su delicado estado de salud?
-Bajémosla a la casa -propuso Rizos.
-Sí -dijo Presuntuoso-, eso es lo que se hace con las damas.
-No, no -dijo Peter-, no hay que tocarla. No sería lo bastante respetuoso.
-Eso -dijo Presuntuoso- es lo que yo pensaba.
-Pero si se queda ahí tumbada -dijo Lelo-, se morirá. -Sí, se morirá -admitió
Presuntuoso-, pero no se puede hacer otra cosa.
-Sí, sí se puede -exclamó Peter-. Construyamos una casita a su alrededor.
Todos quedaron encantados.
-Deprisa -les ordenó-, que cada uno me traiga lo mejor de lo que tenemos.
Destripad nuestra casa. Moveos.
Al momento estuvieron tan atareados como unos sastres en la víspera de una
boda. Correteaban de un lado a otro, abajo a buscar cosas para la cama, arriba
para coger leña y mientras estaban en ello, hete aquí que aparecieron John y
Michael. Mientras avanzaban penosamente por el suelo se quedaban dormidos
de pie, se detenían, se despertaban, daban otro paso y se volvían a dormir.
-John, John -lloraba Michael-, despierta. ¿Dónde está Nana, John? ¿Y mamá?
Y entonces John se frotaba los ojos y murmuraba:
-Es cierto, hemos volado.
Os aseguro que se sintieron muy aliviados al encontrar a Peter.
-Hola, Peter -dijeron.
-Hola -replicó Peter amistosamente, aunque se había olvidado de ellos por
completo. Estaba muy ocupado en ese momento midiendo a Wendy con los pies
para ver el tamaño de la casa que necesitaría. Por supuesto, tenía intención de
dejar sitio para sillas y una mesa. John y Michael lo observaban.
-¿Está dormida Wendy? -preguntaron.
-Sí.
-John -propuso Michael-, vamos a despertarla para que nos haga la comida.
Pero cuando lo estaba diciendo algunos de los demás chicos llegaron corrien-
do cargados de ramas para la construcción de la casa.
-¡Míralos! -gritó.
-Rizos -dijo Peter con su voz más capitanesca-, ocúpate de que estos chicos
ayuden a construir la casa.
-Sí, señor.
-¿Construir una casa? -exclamó John.
-Para la Wendy-dijo Rizos.
-¿Para Wendy? -dijo John horrorizado-. Pero si no es más que una chica.
-Por eso -explicó Rizos-, somos sus servidores.
-¿Vosotros? ¡Servidores de Wendy!
-Sí -dijo Peter-, y vosotros también. Lleváoslos.
Se llevaron a rastras a los atónitos hermanos para que cortaran, talaran y car-
garan.
-Lo primero sillas y una valla -ordenó Peter-. Luego construiremos la casa a su
alrededor.
-Sí -dijo Presuntuoso-, así se construye una casa, ya me acuerdo.
Peter estaba en todo.
-Presuntuoso -ordenó-, trae a un médico.
-Sí -dijo Presuntuoso al momento y desapareció, rascándose la cabeza. Pero
sabía que había que obedecer a Peter y regresó al cabo de un rato, con el som-
brero de John y expresión solemne.
-Por favor, señor -dijo Peter, acercándose a él-, ¿es usted médico?
La diferencia entre los demás chicos y él en un momento como ése era que
ellos sabían que todo era fingido, mientras que para él lo fingido y lo real eran
exactamente lo mismo. Esto a veces tenía sus inconvenientes, como cuando
tenían que fingir que habían comido.
Si dejaban de fingir él los golpeaba en los nudillos.
-Sí, jovencito -replicó muy apurado Presuntuoso, que tenía los nudillos agrieta-
dos.
-Por favor, señor -explicó Peter-, tenemos a una dama muy enferma.
Estaba tumbada a sus pies, pero Presuntuoso tuvo el sentido común de no
verla.
-Vaya, vaya, -dijo-, ¿dónde está? -En aquel claro.
-Le pondré una cosa de cristal en la boca -dijo Presuntuoso y fingió hacerlo,
mientras Peter aguardaba. Hubo un momento de angustia cuando retiró la cosa
de cristal.
-¿Cómo está? -preguntó Peter.
-Vaya, vaya -dijo Presuntuoso-, esto la ha curado.
-Qué alegría -gritó Peter.
-Vendré a verla otra vez por la noche -dijo Presuntuoso-; déle caldo concentra-
do de carne en una taza con pitorro.
Pero tras haberle devuelto el sombrero a John soltó grandes resoplidos, que
era lo que tenía por costumbre al escapar de dificultades.
Entretanto el bosque había estado plagado del ruido de las hachas; casi todo
lo necesario para una vivienda acogedora estaba ya a los pies de Wendy.
-Ojalá supiéramos -dijo uno- qué tipo de casa le gusta más.
-Peter -gritó otro-, se está moviendo en sueños.
-Se le abre la boca -exclamó un tercero, mirando dentro respetuosamente-.
¡Oh, qué bonito!
-A lo mejor se pone a cantar en sueños -dijo Peter-. Wendy, cántanos el tipo de
casa que te gustaría tener. Inmediatamente, sin abrir los ojos, Wendy se puso a
cantar:

Me gustaría tener una bella casita,


la más pequeña que hayáis admirado,
con lindas paredes de rojo color
y de musgoso verdor el tejado.

Gorjearon de alegría ante esto, pues por increíble fortuna las ramas que habí-
an traído estaban untadas de savia roja y todo el suelo estaba cubierto de mus-
go. Mientras montaban la casita a martillazos, ellos mismos se pusieron a can-
tar:

Hemos levantado las paredes y el tejado


y hemos hecho una puerta encantadora,
así que dinos, madre Wendy,
¿hay algo más que quieras ahora?

A esto ella contestó con cierta avidez:

Además de todo eso yo creo


que alegres ventanas quisiera,
con rosas asomando hacia dentro
y bebés asomando hacia fuera.

Con unos buenos puñetazos hicieron las ventanas y unas grandes hojas ama-
rillas hicieron de postigos. Pero, ¿y las rosas?
-Rosas -gritó Peter imperiosamente.
Rápidamente fingieron que las rosas más hermosas crecían trepando por las
paredes.
¿Bebés?
Para evitar que Peter pidiera bebés se apresuraron a volver a cantar:
Hemos hecho las rosas que asoman,
en la puerta están los bebés,
no podemos volver a nacer,
pues nacimos hace años, ya ves.

Peter, dándose cuenta de que esto era una buena idea, fingió al momento que
era suya. La casa era muy bonita y sin duda Wendy estaba muy cómoda dentro,
aunque, claro está, ya no podían verla. Peter se movió de un lado a otro encar-
gando los toques finales. Nada se escapaba a su vista de águila. Justo cuando
parecía totalmente acabada dijo:
-La puerta no tiene aldaba.
Se quedaron muy avergonzados, pero Lelo entregó la suela de su zapato, que
se convirtió en una aldaba excelente. Ya está totalmente acabada, pensaron.
Ni mucho menos.
-No hay chimenea -dijo Peter-, tenemos que poner una chimenea.
-Sí que le hace falta una chimenea -dijo John dándose importancia. Esto le dio
una idea a Peter. Le arrancó a John el sombrero de la cabeza, lo desfondó y
colocó el sombrero sobre el tejado. La casita se puso tan contenta de tener una
chimenea tan buena que, como para dar las gracias, inmediatamente empezó a
salir humo del sombrero.
Ahora ya estaba realmente acabada. No quedaba nada más que hacer, salvo
llamar a la puerta.
-Poneos guapos -les advirtió Peter-, las primeras impresiones son importantí-
simas.
Se alegró de que nadie le preguntara qué eran las primeras impresiones: esta-
ban todos demasiado ocupados poniéndose guapos.
Llamó a la puerta cortésmente y ahora el bosque estaba tan silencioso como
los niños, no se oía ni un ruido, salvo a Campanilla, que estaba observando
desde una rama y mofándose sin disimulos.
Lo que los chicos se preguntaban era, ¿contestaría alguien a la llamada? Si
fuera una dama, ¿cómo sería?
La puerta se abrió y salió una dama. Era Wendy. Todos se quitaron el gorro.
Parecía debidamente sorprendida y así era justo como habían esperado que
estuviera.
-¿Dónde estoy? -dijo.
Naturalmente, Presuntuoso fue el primero en meter baza.
-Señora Wendy -dijo rápidamente-, hemos construido esta casa para ti.
-Oh, di que estás contenta -exclamó Avispado.
-Qué casa tan bonita y agradable -dijo Wendy y eran las palabras justas que
ellos habían esperado que dijera.
-Y nosotros somos tus niños -gritaron los gemelos. Entonces todos se pusieron
de rodillas y alargando los brazos exclamaron:
-Oh, señora Wendy, sé nuestra madre.
-¿Debería? -dijo Wendy, toda radiante-. Naturalmente,
es fascinante, pero es que yo sólo soy una niña. No tengo experiencia de ver-
dad.
-Eso no importa -dijo Peter, como si él fuera el único presente que lo sabía to-
do acerca del tema, aunque en realidad era el que menos sabía-. Lo que nos
hace falta es simplemente una persona agradable y maternal.
-¡Vaya! -dijo Wendy-. ¿Sabéis? Creo que eso es exactamente lo que yo soy.
-Sí, sí -gritaron todos-, lo notamos al instante.
-Muy bien -dijo ella-, haré todo lo que pueda. Entrad inmediatamente, diablillos,
estoy segura de que tenéis los pies mojados. Y antes de meteros en la cama
tengo el tiempo justo de terminar el cuento de Cenicienta.
Allá fueron; no sé cómo había sitio para todos, pero uno se puede apretar mu-
cho en el País de Nunca jamás. Y aquélla fue la primera de las muchas noches
felices que pasaron con Wendy. Más tarde los arropó en la gran cama de la casa
de debajo de los árboles, pero ella durmió esa noche en la casita y Peter montó
guardia fuera con la espada desenvainada, pues se oía a los piratas de parranda
a lo lejos y los lobos estaban al acecho. La casita tenía un aire muy acogedor y
seguro en la oscuridad, con una alegre luz filtrándose a través de los postigos y
la chimenea humeando estupendamente y Peter montando guardia.
Al cabo de un rato se quedó dormido y unas hadas tambaleantes tuvieron que
trepar por encima de él al volver a casa después de una fiesta. A cualquiera de
los otros chicos que hubiera obstruido el sendero de las hadas por la noche le
habrían hecho algo malo, pero a Peter sólo le pellizcaron la nariz y pasaron de
largo.

7. La casa subterránea

Una de las primeras cosas que hizo Peter al día siguiente fue tomar medidas a
Wendy, John y Michael para unos árboles huecos. Recordaréis que Garfio se
había burlado de los chicos por creer que necesitaban un árbol por persona, pe-
ro lo hizo por ignorancia, ya que a menos que el árbol se adecuase a las medi-
das de uno costaba subir y bajar y no había dos chicos que fueran exactamente
del mismo tamaño. Una vez que se encajaba, uno tomaba aliento en la superfi-
cie y bajaba justo a la velocidad apropiada, mientras que para ascender se to-
maba aliento y se soltaba alternativamente y de esta forma se subía serpen-
teando. Naturalmente, cuando uno domina el asunto se pueden hacer estas co-
sas sin pensarlas y entonces nada resulta más elegante.
Pero sencillamente hay que encajar y Peter le toma a uno medidas para el ár-
bol con tanto cuidado como para un traje: la única diferencia es que las ropas se
hacen para que le encajen a uno, mientras que uno tiene que estar hecho para
encajar en el árbol. Por lo general es muy fácil hacerlo, por ejemplo poniéndose
muchas ropas o muy pocas, pero si uno abulta en lugares poco apropiados o si
el único árbol disponible tiene una forma extraña, Peter le hace a uno una serie
de cosas y tras eso uno encaja. Una vez que se encaja, hay que tener mucho
cuidado para seguir encajando y esto, según iba a descubrir Wendy encantada,
mantiene a toda una familia en perfectas condiciones.
Wendy y Michael encajaron en sus árboles al primer intento, pero a John hubo
que alterarlo un poco.
Tras unos cuantos días de práctica podían subir y bajar con la facilidad de
unos cubos en un pozo. Y cómo se encariñaron con su casa subterránea, espe-
cialmente Wendy. Consistía en una estancia grande, como deberían tener todas
las casas, con un suelo en el que se podía cavar si se quería pescar y en este
suelo crecían gruesas setas de bonitos colores, que se empleaban como tabure-
tes. Un árbol de Nunca jamás se esforzaba por crecer en el centro de la habita-
ción, pero todas las mañanas serraban el tronco, a ras del suelo. Hacia la hora
del té siempre tenía unos dos pies de alto y entonces colocaban una puerta so-
bre él, con lo cual aquello se convertía en una mesa; tan pronto como lo recogí-
an todo, volvían a serrar el tronco y así tenían más espacio para jugar. Había un
hogar enorme que se encontraba casi en cualquier lugar de la habitación donde
se quisiera encenderlo y encima Wendy tendía unas cuerdas, hechas de fibra,
donde colgaba la colada. De día la cama se dejaba apoyada contra la paredy se
bajaba a las 6.30, momento en el que ocupaba casi media habitación y todos los
chicos menos Michael dormían en ella, como sardinas en lata. Había una norma
estricta que prohibía darse la vuelta hasta que uno no diera la señal y entonces
todos se daban la vuelta al mismo tiempo. Michael también tendría que haberla
usado, pero Wendy quería tener un bebé y él era el más pequeño y ya sabéis
cómo son las mujeres y, en resumidas cuentas, el caso es que dormía colgado
en una cesta.
Era un lugar tosco y sencillo, no muy distinto de lo que unos oseznos habrían
hecho con una casa subterránea en las mismas circunstancias. Pero había un
hueco en la pared, no más grande que una jaula de pájaro, que era el aparta-
mento privado de Campanilla. Se podía aislar del resto de la casa mediante una
cortinita, que Campanilla, que era muy quisquillosa, siempre tenía echada al
vestirse o desvestirse. Ninguna mujer, por grande que fuera, podía haber tenido
una combinación de tocador y dormitorio más primorosa. El canapé, como lo
llamaba ella siempre, era un auténtico Reina Mab 1, de patas gruesas y cambia-
ba las colchas según las flores de temporada de los árboles frutales. Su espejo
era un Gato con Botas, de los que, que sepan los tratantes del mundo de las
hadas, sólo quedan tres, sin desperfectos; el lavabo era un Molde Pastelero re-
versible, la cómoda un auténtico Encantador VI y la alfombra y las esteras de la
mejor época (la primera) de Margery y Robin. Había una araña de Tiddlywinks 2
por cuestión de efecto, pero naturalmente, ella misma iluminaba la residencia.
Campanilla menospreciaba mucho el resto de la casa, como realmente quizás
fuera inevitable y su aposento, aunque bonito, tenía un aire bastante engreído,
de permanente desprecio.

1. La reina Mab es la reina de las hadas en el folklore tradicional inglés. Los


nombres que vienen a continuación también pertenecen a esa tradición.
2. Tiddlywinks: ‘juego de la pulga’; aquí empleado como lugar de origen o mar-
ca de fábrica.

Supongo que todo aquello le resultaba especialmente cautivador a Wendy,


porque esos alocados chicos suyos le daban muchísimo que hacer. Realmente
había semanas enteras en las que, salvo quizás con un calcetín al atardecer,
nunca subía a la superficie. Os aseguro que la cocina la mantenía atada a las
cazuelas. Su comida principal era fruto del pan asado, batatas, cocos, cochinillo
asado, frutos de mamey, rollos de tapa y plátanos, todo ello remojado con zumo
de papaya, pero nunca se sabía exactamente si habría una comida real o sim-
plemente una fantasía, dependía de lo que a Peter le apeteciera. Él podía comer
de verdad, si eso era parte de un juego, pero no podía atiborrarse sólo por el
placer de sentirse atiborrado, que es lo que más le gusta a la mayoría de los ni-
ños; detrás de eso lo que más les gusta es hablar de ello. La ficción le resultaba
tan real que durante una comida de ese tipo se podía ver cómo se iba llenando.
Naturalmente esto resultaba molesto, pero sencillamente había que hacer lo
mismo que él y si uno le podía demostrar que se estaba quedando demasiado
delgado para su árbol él permitía que se atiborrara.
El momento preferido de Wendy para coser y zurcir era cuando ya estaban to-
dos en la cama. Entonces, según sus propias palabras, tenía un rato para respi-
rar y lo empleaba en hacerles cosas nuevas y poner rodilleras, pues destroza-
ban muchísimo las rodillas.
Cuando se sentaba ante un cesto de calcetines, todos con un agujero en el ta-
lón, levantaba los brazos y exclamaba: -Dios mío, estoy convencida de que a
veces las solteras son de envidiar.
La cara le resplandecía al exclamar esto.
Recordaréis a su lobo mascota. Pues bien, éste no tardó en descubrir que
había llegado a la isla y la encontró y ambos se lanzaron el uno en brazos del
otro. Tras esto él la seguía por todas partes.
A medida que pasaba el tiempo, ¿se acordaba mucho ella de los amados pa-
dres a los que había abandonado? Ésta es una pregunta dificil, porque es impo-
sible saber cómo pasa el tiempo en el País de Nunca jamás, donde se calcula
por lunas y soles y siempre hay muchos más que en el mundo real. Pero me
temo que Wendy no estaba realmente preocupada por su padre y su madre: es-
taba absolutamente convencida de que siempre tendrían la ventana abierta para
que ella regresara volando y estola tranquilizaba por completo. Lo que a veces la
inquietaba era que John se acordaba de sus padres difusamente, como unas
personas a las que hubiera conocido en otra época, mientras que Michael esta-
ba bien dispuesto a creer que ella era su madre de verdad. Estas cosas la asus-
taban un poco y con el noble deseo de cumplir con su deber, intentaba grabarles
su antigua vida en la cabeza poniéndoles exámenes sobre ello, que se parecían
lo más posible a los que ella hacía en la escuela. A los demás chicos esto les
parecía interesantísimo y se empeñaron en participar; se hicieron pizarrines y se
sentaban alrededor de la mesa, escribiendo y pensando con ahínco en las pre-
guntas que ella había escrito en otro pizarrín y les había ido pasando. Eran pre-
guntas de lo más normal: «¿De qué color eran los ojos de mamá? ¿Quién era
más alto, papá o mamá? ¿Mamá era rubia o morena? Contestar las tres pregun-
tas si es posible.» «(A) Escribir una redacción de no menos de 40 palabras so-
bre cómo pasé mis últimas vacaciones, o comparación del carácter de papá y
mamá. Hacer sólo una de las dos.» O «(1) Describir la risa de mamá; (2) Descri-
bir la risa de papá; (3) Describir el vestido de fiesta de mamá; (4) Describir la
perrera y a su ocupante.»
Eran simplemente preguntas corrientes como éstas y cuando uno no sabía
contestarlas había que hacer una cruz y realmente era horrible la cantidad de
cruces que hacía incluso John. Por supuesto, el único chico que contestaba to-
das las preguntas era Presuntuoso y nadie tenía mayores esperanzas de sacar
la mejor nota, pero sus respuestas eran absolutamente ridículas y en realidad
sacaba la peor: algo muy triste.
Peter no concursaba. Por un lado despreciaba a todas las madres excepto a
Wendy y por otro era el único chico de la isla que no sabía ni leer ni escribir, ni la
más mínima palabra. Él estaba por encima de ese tipo de cosas.
Por cierto, las preguntas estaban todas escritas en pasado. De qué color eran
los ojos de mamá, etcétera. Es que a Wendy también se le había ido olvidando.
Las aventuras, claro está, como veremos, ocurrían todos los días, pero hacia
esta época Peter se inventó, con ayuda de Wendy, un juego nuevo que lo tenía
fascinadísimo, hasta que de pronto dejó de interesarse por él, cosa que, como
ya se os ha dicho, era lo que siempre ocurría con sus juegos. Se trataba de fingir
que no corrían aventuras, de hacer lo que John y Michael habían estado hacien-
do toda su vida: quedarse sentados en taburetes lanzando pelotas al aire, empu-
jarse, salir a dar paseos y volver sin haber matado ni un oso gris. Ver a Peter sin
hacer nada en un taburete era todo un espectáculo: no podía evitar tener aire de
solemnidad en tales ocasiones, estar sentado sin moverse le parecía una cosa
muy cómica. Se jactaba de haber ido a dar un paseo por el bien de su salud.
Durante varios soles éstas fueron para él las aventuras más originales de todas
y John y Michael tenían que fingir estar también encantados: si no, los habría
tratado con mano dura.
Salía solo con frecuencia y cuando regresaba nunca se tenía la absoluta certe-
za de si había corrido una aventura o no. Podía haberla olvidado tan por comple-
to que no decía nada sobre ella y luego cuando uno salía encontraba el cadáver
y, por otra parte, podía decir muchas cosas sobre ella y, sin embargo, uno no
encontraba el cadáver. A veces volvía a casa con la cabeza vendada y entonces
Wendy le daba mimos y se la lavaba con agua tibia, mientras él contaba una
historia deslumbrante. Pero la verdad es que ella nunca estaba convencida del
todo. Sin embargo, había muchas aventuras que sabía que eran ciertas porque
ella misma participaba en ellas y había aún más que eran verídicas por lo menos
en parte, pues los demás chicos participaban en ellas y decían que eran total-
mente ciertas. Para describir todas ellas haría falta un libro tan grande como un
diccionario de inglés-latín, latín-inglés y lo más que podemos hacer es presentar
una como ejemplo de un momento cualquiera en la isla. Lo difícil es cuál elegir.
¿Tomamos el enfrentamiento con los pieles rojas en el Barranco de Presuntuo-
so? Fue un asunto sanguinario y especialmente interesante por mostrar una de
las peculiaridades de Peter, que era que en medio de la refriega de repente
cambiaba de bando. En el Barranco, cuando la victoria todavía no estaba decidi-
da, inclinándose a veces hacia un lado y a veces hacia el otro, gritó:
-Hoy soy indio. ¿Tú qué eres, Lelo?
Y Lelo contestó:
-Indio. ¿Tú qué eres, Avispado?
Y Avispado dijo:
-Indio. ¿Tú qué eres, Gemelo?
Y así sucesivamente, hasta que al final todos eran indios y, por supuesto, esto
habría acabado con la pelea si no fuera porque los auténticos indios, fascinados
por los métodos de Peter, aceptaron ser niños perdidos por esa vez y por ello to-
dos se lanzaron al ataque de nuevo, con más fiereza que nunca.
El resultado extraordinario de esta aventura fue que... pero aún no hemos de-
cidido si ésta es la aventura que vamos a contar. Quizás una mejor sería el ata-
que nocturno que los pieles rojas lanzaron sobre la casa subterránea, cuando
varios de ellos se quedaron atascados en los árboles huecos y hubo que sacar-
los como si fueran corchos. O podríamos contar cómo Peter le salvó la vida a
Tigridia en la Laguna de las Sirenas y de esta forma la convirtió en su aliada.
O podríamos hablar de ese pastel que hicieron los piratas para que se lo co-
mieran los chicos y perecieran y de cómo lo fueron colocando de lugar apropia-
do en lugar apropiado, pero Wendy siempre lo apartaba de las manos de los
niños, de modo que acabó por perder su suculencia, se puso duro como un pe-
drusco, fue empleado como proyectil y Garfio tropezó con él en la oscuridad.
O pongamos que hablamos de los pájaros que eran amigos de Peter, espe-
cialmente del ave de Nunca Jamás que hizo su nido en un árbol que colgaba por
encima de la laguna y de cómo el nido cayó al agua y el ave siguió sentada so-
bre los huevos y Peter dio órdenes para que no fuera molestada. Ésa es una
historia bonita y el final muestra lo agradecido que puede ser un pájaro, pero si
lo contamos también tenemos que contar toda la aventura de la laguna, cosa
que realmente sería contar dos aventuras en vez de una. Una aventura más cor-
ta e igual de emocionante fue el intento de Campanilla, con ayuda de unas
hadas callejeras, de trasladar a la durmiente Wendy al mundo real en una gran
hoja flotante. Por suerte la hoja se venció y Wendy se despertó, creyendo que
era la hora del baño y regresó a nado. O también podríamos escoger el desafío
de Peter a los leones, cuando trazó un círculo alrededor de sí mismo en el suelo
con una flecha y los desafió a que lo cruzaran y aunque esperó durante horas,
mientras los demás chicos y Wendy observaban sin aliento desde los árboles,
ninguno de ellos se atrevió a aceptar el reto.
¿Cuál de estas aventuras elegiremos? Lo mejor será echarlo a cara o cruz.
He lanzado la moneda y ha ganado la laguna. Esto casi le hace a uno desear
que hubiera ganado el barranco o el pastel o la hoja de Campanilla. Claro que
podría volver a hacerlo tres veces más y elegir la aventura que se repitiera; no
obstante, quizás lo más justo sea quedarse con la laguna.

8. La laguna de las sirenas

Si uno cierra los ojos y tiene suerte, puede ver a veces un charco informe de
preciosos colores pálidos flotando en la oscuridad; entonces, si se aprietan aún
más los ojos, el charco empieza a cobrar forma y los colores se hacen tan vívi-
dos que con otro apretón estallarán en llamas. Pero justo antes de que estallen
en llamas se ve la laguna. Esto es lo más cerca que se puede llegar en el mundo
real, un momento glorioso; si pudiera haber dos momentos se podría ver el olea-
je y oír a las sirenas cantar.
Los niños solían pasar largos días de verano en esta laguna, nadando o flo-
tando casi todo el rato, jugando a los juegos de las sirenas en el agua y cosas
así. No debéis creer por esto que las sirenas tenían buena relación con ellos: por
el contrario, uno de los pesares más duraderos de Wendy era que en todo el
tiempo que estuvo en la isla jamás logró que alguna de ellas le dirigiera ni una
sola palabra cortés. Cuando se acercaba sigilosamente hasta la orilla de la lagu-
na podía llegar a verlas a montones, especialmente en la Roca de los Abando-
nados, donde les encantaba tomar el sol, peinándose con gestos lánguidos que
la fastidiaban mucho; o incluso llegaba a nadar, de puntillas como si dijéramos,
hasta ponerse a una yarda de ellas, pero entonces la veían y se zambullían,
probablemente salpicándola con la cola, no por accidente, sino con toda inten-
ción.
Trataban a todos los chicos de la misma forma, menos a Peter, claro está, que
se pasaba horas charlando con ellas en la Roca de los Abandonados y se sen-
taba en sus colas cuando se ponían descaradas. Le dio a Wendy uno de sus
peines.
El momento más hechizador para verlas es cuando cambia la luna; entonces
sueltan unos extraños gritos lastimeros, pero la laguna es peligrosa en esas cir-
cunstancias para los mortales y hasta la noche que vamos a relatar ahora, Wen-
dy no la había visto nunca a la luz de la luna, no tanto por miedo, ya que por su-
puesto Peter la habría acompañado, como porque había instaurado la norma
estricta de que todo el mundo estuviera en la cama a las siete. Sin embargo, iba
con frecuencia a la laguna en los días soleados después de llover, cuando las
sirenas emergen en enormes cantidades para jugar con burbujas. Emplean co-
mo pelotas las burbujas multicolores hechas con agua del arco iris, pasándose-
las alegremente las unas a las otras con la cola y tratando de mantenerlas en el
arco iris hasta que estallan. Las porterías están a cada extremo del arco iris y a
las porteras sólo se les permite usar las manos. A veces hay cientos de sirenas
jugando en la laguna a la vez y es un espectáculo muy bonito.
Pero en el momento en que los niños intentaban participar tenían que jugar so-
los, pues las sirenas desaparecían inmediatamente. No obstante, tenemos prue-
bas de que observaban secretamente a los intrusos y eran capaces de tomar
alguna idea de ellos, porque John introdujo una forma nueva de golpear la bur-
buja, con la cabeza en lugar de la mano y las porteras sirenas la adoptaron. Ésta
es la única huella que John ha dejado en el País de Nunca jamás.
También tiene que haber sido muy bonito ver a los niños reposando en una ro-
ca durante media hora después del almuerzo. Wendy se empeñaba en que lo
hicieran y tenía que ser un reposo auténtico aunque la comida fuera ficticia. De
forma que se tumbaban al sol, que hacía relucir sus cuerpos, mientras ella se
sentaba a su lado con aire de importancia.
Era un día de este tipo y estaban todos en la Roca de los Abandonados. La ro-
ca no era mucho mayor que su gran cama, pero naturalmente todos sabían ocu-
par poco espacio y estaban dormitando, o por lo menos estaban echados con
los ojos cerrados y se tiraban pellizcos cuando creían que Wendy no miraba.
Estaba muy ocupada, cosiendo.
Mientras cosía se produjo un cambio en la laguna. Unos pequeños temblores
la recorrieron, el sol se escondió y las sombras se extendieron sobre el agua,
enfriándola. Wendy ya no tenía luz suficiente para enhebrar la aguja y al levantar
la vista, la laguna, que hasta entonces siempre había sido un lugar tan alegre,
tenía un aire formidable y amenazador.
Sabía que no se había hecho de noche, pero había llegado algo tan oscuro
como la noche. No, peor que eso. No había llegado, sino que había enviado ese
estremecimiento por el mar para anunciar que estaba llegando. ¿Qué era?
La invadieron todas las historias que le habían contado sobre la Roca de los
Abandonados, llamada así porque los capitanes malvados abandonan a los ma-
rineros en ella y los dejan allí para que se ahoguen. Se ahogan cuando sube la
marea, porque entonces queda sumergida.
Como es lógico, tendría que haber despertado a los chicos al momento, no só-
lo por aquella cosa desconocida que avanzaba acechante hacia ellos, sino por-
que ya no era bueno que durmieran en una roca que se había puesto fría. Pero
era una madre inexperta y no lo sabía: creía que simplemente había que atener-
se a la norma de media hora de reposo después del almuerzo. Por eso, aunque
el miedo la atenazaba y deseaba oír voces masculinas, no quiso despertarlos. Ni
siquiera cuando oyó el ruido de remos envueltos en tela, aunque tenía el cora-
zón en la boca, los despertó. Montó guardia para que echaran la siesta comple-
ta. ¿No fue Wendy muy valiente?
Fue una suerte para aquellos chicos que hubiera uno entre ellos que podía oler
el peligro incluso estando dormido. Peter se irguió de un salto, tan despierto al
instante como un sabueso y con un grito de advertencia despertó a los demás.
Se quedó inmóvil, con una mano en la oreja.
-¡Piratas! -exclamó. Los otros se acercaron más a él. Una sonrisa extraña le
bailaba en la cara y Wendy la vio y se estremeció. Mientras sonreía de esta ma-
nera nadie se atrevía a hablarle, lo único que podían hacer era estar preparados
para obedecer. Dio la orden brusca y tajantemente:
-¡Al agua!
Hubo un destello de piernas y al instante la laguna pareció desierta. La Roca
de los Abandonados se alzaba sola en las lúgubres aguas, como si ella misma
estuviera abandonada.
La barca se acercó. Era el bote pirata, con tres figuras dentro, Smee, Starkey y
la tercera una cautiva, nada más y nada menos que Tigridia. Iba atada de pies y
manos y conocía el destino que le esperaba. La iban a dejar en la roca para que
pereciera, un fin que para los de su raza era más horrible que morir en la hogue-
ra o bajo tortura, pues ¿acaso no está escrito en el libro de la tribu que no hay
un sendero en el agua que lleve al paraíso de los cazadores? Sin embargo, te-
nía una expresión impasible: era hija de un jefe, debía morir como la hija de un
jefe y con eso bastaba.
La habían atrapado abordando el barco pirata con un cuchillo en la boca. En el
barco no se hacía guardia, pues Garfio se jactaba de que la fama de su nombre
bastaba para proteger el barco en una milla a la redonda. Ahora el destino de
ella también contribuiría a protegerlo. Un quejido más aumentaría su fama esa
noche.
En la penumbra que traían consigo los dos piratas no vieron la roca hasta que
chocaron con ella.
-Orza, palurdo -exclamó una voz irlandesa que era la de Smee-, aquí está la
roca. Ahora, lo que tenemos que hacer es izar a la india hasta allí arriba y dejarla
ahí para que se ahogue.
No tardaron ni un momento en depositar brutalmente a la hermosa muchacha
en la roca: era demasiado orgullosa para oponer una resistencia inútil.
Muy cerca de la roca, pero sin que se vieran, flotaban dos cabezas, la de Peter
y la de Wendy, siguiendo el vaivén de las olas. Wendy estaba llorando, pues era
la primera tragedia que veía. Peter había visto muchas tragedias, pero se le
habían olvidado todas. No sentía tanta pena por Tigridia como Wendy, lo que lo
enfurecía era que eran dos contra uno y tenía intención de salvarla. Lo fácil
habría sido esperar a que los piratas se hubieran ido, pero él nunca optaba por
lo fácil.
No había prácticamente nada que no supiera hacer y ahora imitó la voz de
Garfio.
-Eh vosotros, matalotes -gritó. Era una imitación maravillosa.
-El capitán -dijeron los piratas, mirándose el uno al otro sorprendidos.
-Debe de estar nadando hacia nosotros -dijo Starkey, después de buscarlo en
vano.
-Estamos colocando a la india en la roca -gritó Smee. -Soltadla -fue la asom-
brosa respuesta.
-¡Soltadla!
-Sí, cortadle las ataduras y que se vaya.
-Pero, capitán...
-Ahora mismo, me oís -gritó Peter-, u os clavo el garfio.
-Qué raro -dijo Smee entrecortadamente.
-Será mejor que hagamos lo que ordena el capitán -dijo Starkey nervioso.
-Sí -dijo Smee y cortó las ligaduras de Tigridia. Inmediatamente ésta se deslizó
como una anguila entre las piernas de Starkey y se zambulló en el agua.
Naturalmente Wendy estaba encantada por la inteligencia de Peter, pero sabía
que también él estaría encantado y que era muy probable que se pusiera a
graznar y se traicionara de ese modo, por lo que al instante alargó la mano para
taparle la boca. Pero no llegó a hacerlo, porque por toda la laguna resonó «¡Ah
del bote!» con la voz de Garfio y esta vez no era Peter quien había hablado.
Puede que Peter hubiera estado a punto de graznar, pero en cambio su cara
se transformó como para dar un silbido de sorpresa.
-¡Ah del bote! -volvió a oírse.
Entonces Wendy comprendió. El auténtico Garfio estaba también en el agua.
Iba nadando hacia el bote y como sus hombres sacaron un farol para guiarlo
pronto llegó hasta ellos. A la luz del farol Wendy vio cómo su garfio aferraba la
borda del bote, vio su malvada cara morena al alzarse del agua chorreando y,
estremeciéndose, habría querido alejarse nadando, pero Peter no se movía. Es-
taba vibrante de energía y además hinchado de vanidad.
-¿A que soy genial? ¡Ah, pero qué genial soy! -le susurró y aunque ella tam-
bién lo creía, se alegraba mucho por su reputación de que nadie lo oyera excep-
to ella.
Él le hizo señas de que escuchara.
Los dos piratas tenían mucha curiosidad por saber qué había traído a su capi-
tán hasta ellos, pero él se quedó sentado con la cabeza apoyada en el garfio en
un gesto de profundo abatimiento.
-Capitán, ¿ocurre algo? -preguntaron tímidamente, pero él contestó con un
quejido sepulcral.
-Suspira -dijo Smee.
-Vuelve a suspirar -dijo Starkey.
-Y suspira por tercera vez -dijo Smee.
-¿Qué pasa, capitán?
Entonces habló por fin con vehemencia.
-Se acabó el juego -exclamó-, esos chicos han encontrado una madre.
Asustada como estaba, Wendy se llenó de orgullo.
-Oh, día fatídico -soltó Starkey.
-¿Qué es una madre? -preguntó el ignorante de Smee. Wendy se quedó tan
pasmada que exclamó:
-¡No lo sabe!
Y a partir de entonces siempre le pareció que si se pudiera tener un pirata
mascota Smee sería el suyo.
Peter la sumergió en el agua, porque Garfio se había levantado, gritando:
-¿Qué ha sido eso?
-Yo no he oído nada -dijo Starkey, levantando el farol por encima de las aguas
y mientras los piratas miraban contemplaron una extraña visión. Era el nido del
que os he hablado, que flotaba en la laguna y el ave de Nunca Jamás estaba po-
sada en él.
-Mirad -dijo Garfio contestando a la pregunta de Smee-, eso es una madre.
¡Qué lección! El nido debe de haber caído al agua, ¿pero abandonaría la madre
los huevos? No.
Se le quebró la voz, como si por un momento recordara tiempos inocentes en
que... pero apartó esta debilidad con el garfio.
Smee, muy impresionado, contempló al ave mientras el nido pasaba con la co-
rriente, pero Starkey, más suspicaz, dijo:
-Si es una madre, a lo mejor está por aquí para ayudar a Peter.
Garfio hizo una mueca.
-Sí -dijo-, ése es el temor que me atormenta.
La voz agitada de Smee lo sacó de su abatimiento.
-Capitán -dijo Smee-, ¿no podríamos raptar a la madre de esos chicos y con-
vertirla en nuestra madre?
-Es un plan estupendo -gritó Garfio y al momento cobró forma factible en su
gran cerebro-. Atraparemos a los niños y los llevaremos al barco: a los chicos los
pasaremos por la plancha y Wendy será nuestra madre.
Wendy volvió a perder el control.
-¡Jamás! -gritó y se sumergió.
-¿Qué ha sido eso?
Pero no vieron nada. Pensaron que no había sido más que una hoja movida
por el viento.
-¿Estáis de acuerdo, muchachotes míos? -preguntó Garfio.
-Aquí está mi mano -dijeron los dos.
-Y aquí está mi garfio. Juremos.
Todos juraron. Para entonces ya estaban en la roca y de pronto Garfio se
acordó de Tigridia.
-¿Dónde está la india? -preguntó bruscamente.
A veces tenía ganas de broma y creyeron que ésta era una de esas veces.
-No pasa nada, capitán -contestó Smee complacido-, la hemos soltado.
-¡Que la habéis soltado! -exclamó Garfio.
-Ésas fueron sus órdenes -titubeó el contramaestre.
-Usted nos llamó desde el agua para que la soltáramos -dijo Starkey.
-Por todos los demonios -vociferó Garfio-, ¿que traición es ésta?
Se le puso la cara negra de rabia, pero se dio cuenta de que estaban conven-
cidos de lo que decían y se sintió alarmado.
-Muchachos -dijo, algo tembloroso-, yo no he dado esa orden.
-Pues es muy raro -dijo Smee y todos se agitaron inquietos. Garfio levantó la
voz, pero le salió temblorosa.
-Espíritu que esta noche rondas por esta oscura laguna -gritó-, ¿me oyes?
Como es lógico, Peter debería haberse quedado callado, pero naturalmente no
lo hizo. Inmediatamente contestó con la voz de Garfio:
-Por mil diablos tuertos, te oigo.
En ese momento culminante Garfio no se amedrentó, ni siquiera un poquito,
pero Smee y Starkey se abrazaron aterrorizados.
-¿Quién eres, desconocido? Habla -exigió Garfio.
-Soy James Garfio -replicó la voz-, capitán del Jolly Roger.
-No es cierto, no es cierto -gritó Garfio con voz ronca.
-Por todos los demonios -contestó la voz-, repite eso y te paso por debajo de la
quilla.
Garfio probó una actitud más conciliadora.
-Si eres Garfio -dijo casi con humildad-, dime, ¿quién soyyo?
-Un bacalao -replicó la voz-, nada más que un bacalao.
-¡Un bacalao! -repitió Garfio sin comprender y entonces y sólo entonces, su or-
gullo se desmoronó. Vio cómo sus hombres se apartaban de él.
-¿Nos ha estado dirigiendo un bacalao todo este tiempo? -mascullaron-. Es
denigrante para nuestro orgullo.
Sus propios perros se volvían contra él, pero, por muy trágica que se hubiera
vuelto su situación, apenas les hizo caso. Ante unas pruebas tan pavorosas no
era la confianza de ellos lo que necesitaba, sino la suya propia. Sentía que su
ego se le escapaba.
-No me abandones, muchachote -le susurró roncamente. En aquella oscura
personalidad había un toque femenino, como en todos los grandes piratas y éste
a veces le daba intuiciones. De pronto optó por jugar alas adivinanzas.
-Garfio -llamó-, ¿tienes otra voz?
Peter jamás podía resistirse a un juego y contestó alegremente con su propia
voz:
-Sí.
-¿Y otro nombre?
-Sí.
-¿Vegetal? -preguntó Garfio.
-No.
-¿Mineral?
-No.
-¿Animal?
-Sí.
-¿Hombre?
-¡No! -la respuesta resonó cargada de desprecio.
-¿Niño?
-Sí.
-¿Niño corriente?
-¡No!
-¿Niño maravilloso?
Para disgusto de Wendy la respuesta que se oyó esta vez fue:
-Sí.
-¿Estás en Inglaterra?
-No.
-¿Estás aquí?
-Sí.
Garfio estaba totalmente desconcertado.
-Preguntadle algo vosotros -les dijo a los otros, enjugándose la frente sudoro-
sa.
Smee reflexionó.
-No se me ocurre nada -dijo apesadumbrado.
-No lo saben, no lo saben -canturreó Peter-. ¿Os rendís? Por supuesto, por
vanidad estaba llevando el juego demasiado lejos ylos bellacos vieron su opor-
tunidad.
-Sí, sí -contestaron impacientes.
-Pues muy bien -gritó él-, soy Peter Pan.
¡Pan!
Al momento Garfio volvió a ser el de siempre y Smee y Starkey sus fieles se-
cuaces.
-Ya lo tenemos -gritó Garfio-. Al agua, Smee. Starkey, vigila el bote. Cogedlo
vivo o muerto.
Daba saltos mientras hablaba y al mismo tiempo se oyó la alegre voz de Peten
-¿Estáis listos, chicos?
-Sí -contestaron desde diversos puntos de la laguna.
-Pues dadles una paliza a los piratas.
La lucha fue breve y cruenta. El primero en cobrarse una víctima fue John, que
subió valientemente al bote y agarró a Starkey. Hubo una dura pelea, en la que
al pirata le fue arrebatado el sable. Se tiró por la borda y John saltó tras él. El
bote se alejó a la deriva.
Aquí y allá surgía una cabeza en el agua y se veía un destello metálico, segui-
do de un grito o un alarido. En la confusión algunos atacaban a los de su propio
bando. El sacacorchos de Smee hirió a Lelo en la cuarta costilla, pero él fue
herido a su vez por Rizos. A mayor distancia de la roca Starkey hacía sudar a
Presuntuoso y a los gemelos.
¿Dónde estaba Peter a todo esto? Estaba persiguiendo una presa más grande.
Todos los demás eran chicos valientes y no se les debe echar en cara que se
apartaran del capitán pirata. Su garra de hierro trazaba un círculo de muerte en
el agua, del que huían como peces asustados.
Pero había uno que no lo temía: uno dispuesto a penetrar en ese círculo.
Por raro que parezca, no fue en el agua donde se encontraron. Garfio se subió
a la roca para respirar y en ese mismo momento Peter la escaló por el lado
opuesto. La roca estaba resbaladiza como un balón y más bien tenían que arras-
trarse en lugar de trepar. Ninguno de los dos sabía que el otro se estaba acer-
cando. Al tantear cada uno buscando un asidero tropezaron con el brazo del
contrario: sorprendidos, alzaron la cabeza; sus caras casi se tocaban; así se en-
contraron.
Algunos de los héroes más grandes han confesado que justo antes de entrar
en combate les entró un momentáneo temor. Si en ese momento eso le hubiera
ocurrido a Peter yo lo admitiría. Al fin y al cabo, éste era el único hombre al que
el Cocinero había temido. Pero a Peter no le dio ningún miedo, sólo sintió una
cosa, alegría, y rechinó los bonitos dientes con entusiasmo. Rápido como un
rayo le quitó a Garfio un cuchillo del cinturón y estaba a punto de clavárselo,
cuando se dio cuenta de que estaba situado en la roca más arriba que su ene-
migo. No habría sido una lucha justa. Le alargó la mano al pirata para ayudarlo a
subir.
Entonces Garfio lo mordió.
No fue el dolor, sino lo injusto del asunto, lo que atontó a Peter. Lo dejó impo-
tente. Sólo podía mirar, horrorizado. Todos los niños reaccionan así la primera
vez que los tratan con injusticia. A lo único que piensan que tienen derecho
cuando se le acercan a uno de buena fe es a un trato justo. Después de que uno
haya sido injusto con ellos seguirán queriéndolo, pero nunca volverán a ser los
mismos. Nadie supera la primera injusticia: nadie excepto Peter. Se topaba a
menudo con ella, pero siempre se le olvidaba. Supongo que ésa era la auténtica
diferencia entre todos los demás y él.
De forma que cuando ahora se encontró con ello fue como la primera vez y lo
único que pudo hacer fue quedarse boquiabierto, impotente. La mano de hierro
lo golpeó dos veces.
Pocos minutos después los demás chicos vieron a Garfio en el agua nadando
frenéticamente hacia el barco; su cara pestilente ya no estaba llena de regocijo,
sólo blanca de miedo, pues el cocodrilo le venía pisando los talones. En una
ocasión normal los chicos habrían nadado al lado soltando gritos de entusiasmo,
pero ahora se sentían inquietos, porque habían perdido tanto a Peter como a
Wendy y estaban recorriendo la laguna buscándolos, gritando sus nombres. En-
contraron el bote y regresaron a casa en él, gritando «Peter, Wendy» por el ca-
mino, pero no se oía ninguna respuesta salvo la risa burlona de las sirenas.
-Deben de estar volviendo a nado o por el aire -decidieron los chicos. No esta-
ban muy preocupados, por la fe que tenían en Peten Se echaron a reír, como
niños que eran, al pensar que se irían tarde a la cama ¡y todo por culpa de ma-
má Wendy!
Cuando sus voces se apagaron cayó un frío silencio sobre la laguna y enton-
ces se oyó un débil grito.
-¡Socorro, socorro!
Dos figuritas golpeaban contra la roca; la chica había perdido el conocimiento y
yacía en los brazos del chico. Con un último esfuerzo Peter la subió a la roca y
luego se echó junto a ella. En el momento en que también él se desmayaba vio
que el agua estaba subiendo. Supo que pronto estarían ahogados, pero no po-
día hacer más.
Mientras yacían el uno junto al otro una sirena agarró a Wendy de los pies y se
puso a tirar de ella suavemente hacia el agua. Peter, al sentir que se soltaba de
él, volvió en sí de golpe y llegó justo a tiempo de rescatarla. Pero tenía que de-
cirle la verdad.
-Estamos en la roca, Wendy -dijo-, pero se está cubriendo. El agua no tardará
en cubrirla del todo.
Ni siquiera entonces lo entendió ella.
-Tenemos que irnos -dijo casi con animación.
-Sí -respondió él débilmente.
-¿Nadamos o volamos, Peter?
No le quedó más remedio que decírselo.
-Wendy, ¿crees que podrías nadar o volar hasta la isla sin mi ayuda?
Ella tuvo que admitir que estaba demasiado cansada. Él soltó un gemido.
-¿Qué te ocurre? -preguntó ella, preocupada por él al instante.
-No te puedo ayudar, Wendy. Garfio me ha herido. No puedo ni volar ni nadar.
-¿Quieres decir que nos vamos a ahogar los dos?
-Mira cómo sube el agua.
Se taparon los ojos con las manos para evitar aquella visión. Pensaron que no
tardarían en morir. Mientras estaban así sentados una cosa rozó a Peter con la
levedad de un beso y se quedó allí, como preguntando tímidamente: «¿Puedo
servir para algo?»
Era la cola de una cometa, que Michael había construido unos días antes. Se
le había escapado de las manos y se había alejado volando.
-La cometa de Michael -dijo Peter con indiferencia, pero un momento después
la tenía agarrada por la cola y tiraba de la cometa hacia él-. Levantó a Michael
del suelo -exclamó-, ¿por qué no podría llevarte a ti?
-¡A los dos!
-No puede levantar a dos personas, Michael y Rizos lo intentaron.
-Echémoslo a suertes -dijo Wendy con valentía.
-¿Una dama como tú? Ni hablar.
Ya le había atado la cola alrededor. Ella se aferró a él: se negaba a partir sin
él, pero con un «adiós, Wendy», la apartó de un empujón de la roca y a los po-
cos minutos desapareció de su vista por los aires. Peter se quedó solo en la la-
guna.
La roca era muy pequeña ya, pronto quedaría sumergida. Unos pálidos rayos
de luz se deslizaron por las aguas y luego se oyó un sonido que al mismo tiempo
era el más musical y el más triste del mundo: las sirenas cantando a la luna.
Peter no era como los demás chicos, pero por fin sentía miedo. Le recorrió un
estremecimiento, como un temblor que pasara por el mar, pero en el mar un
temblor sucede a otro hasta que hay cientos de ellos y Peter sintió solamente
ése. Al momento siguiente estaba de nuevo erguido sobre la roca, con esa son-
risa en la cara y un redoble de tambores en su interior. Éste le decía: «morir será
una aventura impresionante.»

9. El ave de Nunca Jamás

Lo último que oyó Peter antes de quedarse solo fue a las sirenas retirándose
una tras otra a sus dormitorios submarinos. Estaba demasiado lejos para oír
cómo se cerraban sus puertas, pero cada puerta de las curvas de coral donde
viven hace sonar una campanita cuando se abre o se cierra (como en las casas
más elegantes del mundo real) y sí que oyó las campanas.
Las aguas fueron subiendo sin parar hasta tocarle los pies y para pasar el rato
hasta que dieran el trago final, contempló lo único que se movía en la laguna.
Pensó que era un trozo de papel flotante, quizás parte de la cometa y se pregun-
tó distraído cuánto tardaría en llegar a la orilla.
Al poco notó con extrañeza que sin duda estaba en la laguna con algún claro
propósito, ya que estaba luchando contra la marea y a veces lo lograba y cuan-
do lo lograba, Peter, siempre de parte del bando más débil, no podía evitar
aplaudir: qué trozo de papel tan valiente.
En realidad no era un trozo de papel: era el ave de Nunca Jamás, que hacía
esfuerzos denodados por llegar hasta Peter en su nido. Moviendo las alas, con
una técnica que había descubierto desde que el nido cayó al agua, podía hasta
cierto punto gobernar su extraña embarcación, pero para cuando Peter la reco-
noció estaba ya muy agotada. Había venido a salvarlo, a darle su nido, aunque
tenía huevos dentro. La actitud del ave extraña bastante, porque aunque Peter
se había portado bien con ella, también a veces la había martirizado. Me imagi-
no que, al igual que la señora Darling y todos los demás, se había enternecido
porque conservaba todos los dientes de leche.
Le explicó a gritos por qué había venido y él le preguntó a gritos qué estaba
haciendo allí, pero por supuesto ninguno de los dos entendía el lenguaje del
otro. En las historias imaginarias las personas pueden hablar con los pájaros sin
problemas y en este momento desearía poder fingir que ésta es una historia de
ese tipo y decir que Peter contestó con inteligencia al ave de Nunca Jamás, pero
es mejor decir la verdad y sólo quiero contar lo que pasó en realidad. Pues bien,
no sólo no podían entenderse, sino que además acabaron por perder la compos-
tura.
-Quiero-que-te-metas-en-el-nido- -gritó el ave, hablando lo más claro y despa-
cio posible-, y-así-podrás-llegar-ala-orilla, pero-estoy-demasiado-cansada-para-
acercarlomás-así-que-tienes-que-tratar-de-nadar-hasta-aquí.
-¿Qué estás graznando? -respondió Peter-. ¿Por qué no dejas que el nido flote
como siempre?
-Quiero-que -dijo el ave y lo volvió a repetir todo. Entonces Peter trató de
hablar claro y despacio. -¿Qué-estás-graznando? -y todo lo demás.
El ave de Nunca Jamás se enfadó: tienen muy mal genio.
-Pedazo de zoquete -chilló-, ¿por qué no haces lo que te digo?
A Peter le dio la impresión de que lo estaba insultando y se arriesgó a replicar
con vehemencia:
-¡Eso lo serás tú!
Entonces, curiosamente, los dos soltaron la misma frase:
-¡Cállate!
-¡Cállate!
No obstante, el ave estaba decidida a salvarlo si podía y con un último y feno-
menal esfuerzo arrimó el nido a la roca. Entonces levantó el vuelo, abandonando
sus huevos, para hacer clara su intención.
En ese momento por fin lo entendió él y agarró el nido y saludó dando las gra-
cias al ave mientras ésta revoloteaba por encima. Sin embargo, no era por reci-
bir su agradecimiento por lo que flotaba en el cielo, ni siquiera era para ver cómo
se metía en el nido: era para ver qué hacía con los huevos.
Había dos grandes huevos blancos y Peter los cogió y reflexionó. El ave se ta-
pó la cara con las alas, para no ver el fin de sus huevos, pero no pudo evitar
atisbar por entre las plumas.
No recuerdo si os he dicho que había un palo en la roca, clavado hacía mucho
tiempo por unos bucaneros para marcar el lugar donde estaba enterrado un te-
soro. Los niños habían descubierto el reluciente botín y cuando tenían ganas de
travesuras se dedicaban a lanzar lluvias de moidores, diamantes, perlas y mo-
nedas de cobre a las gaviotas, que se precipitaban sobre ellos creyendo que era
comida y luego se alejaban volando, rabiando por la faena que les habían
hecho. El palo seguía allí y en él había colgado Starkey su sombrero, un ence-
rado hondo e impermeable, de ala muy ancha. Peter metió los huevos en este
sombrero y lo echó al agua. Flotaba perfectamente.
El ave de Nunca Jamás se dio cuenta al instante de lo que pretendía y le soltó
un chillido de admiración y, ay, Peter graznó mostrando su acuerdo. Luego se
metió en el nido, colocó en él el palo como un mástil y colgó su camisa como
vela. En ese mismo momento el ave bajó volando hasta el sombrero y una vez
más se posó confortablemente sobre sus huevos. Se fue a la deriva en una di-
rección y Peter se alejó flotando en otra, ambos soltando gritos de júbilo.
Por supuesto, cuando Peter llegó a tierra varó su embarcación en un lugar
donde el ave pudiera encontrarla fácilmente, pero el sombrero funcionaba tan
bien que ésta abandonó el nido. Éste fue flotando a la deriva hasta hacerse tri-
zas y Starkey llegaba a menudo a la orilla de la laguna y, lleno de amargura,
contemplaba al ave sentada en su sombrero. Como ya no volveremos a verla,
puede que merezca la pena comentar que ahora todos los pájaros de Nunca
Jamás construyen sus nidos de esa forma, con un ala ancha en la que toman el
aire los polluelos.
Hubo gran alegría cuando Peter llegó a la casa subterránea casi tan pronto
como Wendy, a quien la cometa había llevado de un lado a otro. Cada uno de
los chicos tenía una aventura que contar, pero quizás la aventura más grande de
todas fuera que se les había pasado con mucho la hora de irse a la cama. Esto
los envalentonó tanto que intentaron diversos trucos para conseguir quedarse
levantados aún más tiempo, tales como pedir vendas, pero Wendy, aunque se
regocijaba de tenerlos a todos de nuevo en casa sanos y salvos, estaba escan-
dalizada por lo tarde que era y exclamó: «A la cama, a la cama» en un tono que
no quedaba más remedio que obedecer. Sin embargo, al día siguiente estuvo
cariñosísima y les puso vendas a todos y estuvieron jugando hasta la hora de
acostarse a andar cojeando y llevar el brazo en cabestrillo.

10. El hogar feliz

Una consecuencia importante de la escaramuza de la laguna fue que los pieles


rojas se hicieron sus amigos. Peter había salvado a Tigridia de un horrible desti-
no y ahora no había nada que sus bravos y ella no estuvieran dispuestos a
hacer por él. Se pasaban toda la noche sentados arriba, vigilando la casa subte-
rránea y esperando el gran ataque de los piratas que evidentemente ya no podía
tardar mucho en producirse. Incluso de día rondaban por ahí, fumando la pipa de
la paz y con el aire más amistoso del mundo.
Llamaban a Peter el Gran Padre Blanco y se postraban ante él y esto le gusta-
ba muchísimo, por lo que realmente no le hacía ningún bien.
-El Gran Padre Blanco -les decía con aires de grandeza, mientras se arrastra-
ban a sus pies-, se alegra de ver que los guerreros piccaninnis protegen su tien-
da de los piratas.
-Yo Tigridia -replicaba la hermosa muchacha-. Peter Pan salvarme, yo buena
amiga suya. Yo no dejar que piratas hacerle daño.
Era demasiado bonito para rebajarse de tal forma, pero Peter pensaba que se
lo debía y respondía con tono de superioridad.
-Está bien. Peter Pan ha hablado.
Siempre que decía «Peter Pan ha hablado», quería decir que ahora ellos se
tenían que callar y ellos lo aceptaban humildemente con esa actitud, pero no
eran ni mucho menos tan respetuosos con los demás chicos, a quienes conside-
raban unos bravos corrientes. Les decían: «¿Qué tal?» y cosas así y lo que fas-
tidiaba a los chicos era que daba la impresión de que a Peter esto le parecía lo
correcto.
En el fondo Wendy los compadecía un poco, pero era un ama de casa dema-
siado leal para escuchar quejas contra el padre.
-Papá sabe lo que más conviene -decía siempre, fuera cual fuera su propia
opinión. Su propia opinión era que los pieles rojas no deberían llamarla squaw 1.

1. Así llaman los pieles rojas a sus mujeres.

Ya hemos llegado a la noche que sería conocida entre ellos como la Noche en-
tre las Noches, por sus aventuras y el resultado de éstas. El día, como si estu-
viera reuniendo fuerzas calladamente, había transcurrido casi sin incidentes y
ahora los pieles rojas envueltos en sus mantas se encontraban en sus puestos
de arriba, mientras que, abajo, los niños estaban cenando, todos menos Peter,
que había salido para averiguar la hora. La manera de averiguar la hora en la
isla era encontrar al cocodrilo y entonces quedarse cerca de él hasta que el reloj
diera la hora.
Daba la casualidad de que esta cena era un té imaginario y estaban sentados
alrededor de la mesa, engullendo con glotonería y, la verdad, con toda la charla
y las recriminaciones, el ruido, como dijo Wendy, era absolutamente ensor-
decedor. Claro que a ella no le importaba el ruido, pero no estaba dispuesta a
tolerar que se pegaran y luego se disculparan diciendo que Lelo les había empu-
jado del brazo. Había una norma establecida por la que jamás debían devolver-
se los golpes durante las comidas, sino que debían remitir el motivo de la dispu-
ta a Wendy levantando cortésmente el brazo derecho y diciendo: «Quiero que-
jarme de Fulanito», pero lo que normalmente ocurría era que se olvidaban de
hacerlo o lo hacían demasiado.
-Silencio -gritó Wendy cuando les hubo dicho por enésima vez que no debían
hablar todos al mismo tiempo-. ¿Te has bebido ya la calabaza, Presuntuoso, mi
amor?
-No del todo, mamá -dijo Presuntuoso, después de mirar una taza imaginaria.
-Ni siquiera ha empezado a beberse la leche -cortó Avispado.
Esto era acusar y Presuntuoso aprovechó la oportunidad. -Quiero quejarme de
Avispado -exclamó rápidamente. Pero John había levantado la mano primero.
-¿Sí, John?
-¿Puedo sentarme en la silla de Peter, ya que no está?
-¡John! ¡Sentarte en la silla de papá! -se escandalizó Wendy-. Por supuesto
que no.
-No es nuestro padre de verdad -contestó John-. Ni siquiera sabía cómo se
comporta un padre hasta que yo se lo enseñé.
Aquello era protestar.
-Queremos quejarnos de John -gritaron los gemelos.
Lelo levantó la mano. Era con tanta diferencia el más humilde de todos, en rea-
lidad el único humilde, que Wendy era especialmente cariñosa con él.
-Supongo -dijo Lelo con timidez-, que yo no podría hacer de papá, ¿verdad?
-No, Lelo.
Una vez que Lelo empezaba, lo cual no ocurría muy a menudo, seguía como
un tonto.
-Ya que no puedo ser papá -dijo torpemente-, no creo que tú me dejaras ser el
bebé, ¿verdad, Michael?
-No, no me da la gana -soltó Michael. Ya estaba en su cesta.
-Ya que no puedo ser el bebé -dijo Lelo, cada vez más torpe-, ¿creéis que po-
dría ser un gemelo?
-Claro que no -replicaron los gemelos-, es dificilísimo ser gemelo.
-Ya que no puedo ser nada importante -dijo Lelo-, ¿os gustaría verme hacer un
truco?
-No -replicaron todos.
Entonces por fin lo dejó.
-En realidad no tenía ninguna esperanza -dijo.
Las odiosas acusaciones se desataron de nuevo.
-Presuntuoso está tosiendo en la mesa.
-Los gemelos han empezado con frutos de mamey.
-Rizos está comiendo rollos de tapa y batatas.
-Avispado está hablando con la boca llena.
-Quiero quejarme de los gemelos.
-Quiero quejarme de Rizos.
-Quiero quejarme de Avispado.
-Dios mío, Dios mío -exclamó Wendy-. Estoy convencida de que a veces los
hijos son más un problema que una bendición.
Les dijo que recogieran y se sentó en la cesta de la labor: como de costumbre,
un montón de calcetines y todas las rodillas agujereadas.
-Wendy -protestó Michael-, soy demasiado grande para unacuna.
-Tengo que tener a alguien en una cuna -dijo ella casi con aspereza-, y tú eres
el más pequeño. Es de lo más hogareño tener una cuna en casa.
Mientras cosía se pusieron a jugar a su alrededor, formando un grupo de caras
alegres y piernas y brazos danzantes iluminados por aquella romántica lumbre.
Había llegado a convertirse en una escena muy familiar en la casa subterránea,
pero la estamos contemplando por última vez.
Se oyó una pisada arriba y os aseguro que Wendy fue la primera en recono-
cerla.
-Niños, oigo los pasos de vuestro padre. Le gusta que lo recibáis en la puerta.
Arriba, los pieles rojas estaban arrodillados ante Peter.
-Vigilad bien, valientes, he dicho.
Y luego, como tantas otras veces, los alegres niños lo sacaron a rastras de su
árbol. Como tantas otras veces, pero ya nunca más.
Había traído nueces para los chicos así como la hora exacta para Wendy.
-Pero, los estás malcriando, ¿sabes? -dijo Wendy con la baba caída.
-Sí, mujer -dijo Peter, colgando su rifle.
-Fui yo quien le dijo que a las madres se las llama mujer -le susurró Michael a
Rizos.
-Quiero quejarme de Michael -dijo Rizos al instante. El primer gemelo se acer-
có a Peter.
-Papá, queremos bailar.
-Pues baila, baila, jovencito -dijo Peter, que estaba de muy buen humor.
-Pero queremos que tú bailes.
En realidad Peter era el mejor bailarín de todos ellos, pero fingió escandalizar-
se.
-¡Yo! Pero si ya no estoy para esos trotes.
-Y mamá también.
-¡Cómo! -exclamó Wendy-. ¡Yo, madre de toda esta caterva de chiquillos, que
me ponga a bailar!
-Pero en un sábado por la noche... -insinuó Presuntuoso.
En realidad no era sábado por la noche, aunque podría haberlo sido, ya que
hacía tiempo que habían perdido la cuenta de los días, pero siempre que querí-
an hacer algo especial decían que era sábado por la noche y entonces lo hací-
an.
-Claro, que es sábado por la noche, Peter -dijo Wendy, cediendo.
-Unas personas de nuestra posición, Wendy.
-Pero es sólo delante de nuestra propia prole.
-Cierto, cierto.
Así que se les dio permiso para bailar, aunque primero debían ponerse el pija-
ma.
-Bueno, mujer -le dijo Peter a Wendy en un aparte, calentándose junto al fuego
y contemplándola mientras ella remendaba un talón-, no hay nada más agrada-
ble para ti y para mí por la noche, cuando las faenas del día han acabado, que
descansar junto al fuego con los pequeños cerca.
-Es bonito, Peter, ¿verdad? -dijo Wendy, enormemente complacida-. Peter,
creo que Rizos ha sacado tu nariz. -Pues Michael se parece a ti.
Ella se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
-Querido Peter -dijo-, con una familia tan grande, como es lógico, ya no estoy
tan bien como antes, pero no deseas cambiarme, ¿verdad?
-No, Wendy.
Claro que no deseaba un cambio, pero la miró inquieto, parpadeando, ¿sa-
béis? Como si no estuviera seguro de estar despierto o dormido.
-Peter, ¿qué te pasa?
-Estaba pensando -dijo él, un poco asustado-. Es mentira que yo sea su padre,
¿verdad?
-Oh, sí -dijo Wendy remilgadamente.
-Es que -continuó él como excusándose-, ser su padre de verdad me haría
sentirme tan viejo.
-Pero son nuestros, Peter, tuyos y míos.
-Pero no de verdad, ¿no, Wendy? -preguntó angustiado.
-Si no lo deseas, no -replicó ella y oyó claramente el suspiro de alivio que soltó
él.
-Peter -le preguntó, tratando de hablar con voz firme-, ¿cuáles son tus senti-
mientos concretos hacia mí?
-Los de un hijo fiel, Wendy.
-Me lo figuraba -dijo ella y fue a sentarse al otro extremo de la habitación.
-Qué rara eres -dijo él, francamente desconcertado-, y Tigridia es igual. Dice
que quiere ser algo mío, pero no mi madre.
-No, claro que no -replicó Wendy con tremendo énfasis. Ahora ya sabemos por
qué tenía prejuicios contra los pieles rojas.
-¿Entonces, qué?
-Eso no lo debe decir una dama.
-Pues muybien -dijo Peter, algo molesto-. A lo mejor me lo dice Campanilla.
-Sí, Campanilla te lo dirá -contestó Wendy con desprecio-. No tiene modales.
Entonces Campanilla, que estaba en su tocador, escuchando a escondidas,
chilló algo con insolencia.
-Dice que le encanta no tener modales -tradujo Peter. De pronto se le ocurrió
una idea.
-¿A lo mejor Campanilla quiere ser mi madre?
-¡Cretino! -gritó Campanilla enfurecida.
Lo decía tan a menudo que a Wendy no le hizo falta traducción.
-Casi estoy dé acuerdo con ella -soltó Wendy. Imaginaos, Wendy hablando con
brusquedad. Pero ya había sufrido mucho y no tenía la menor idea de lo que iba
a pasar antes de que terminara la noche. Si lo hubiera sabido no habría hablado
con brusquedad.
Ninguno de ellos lo sabía. Quizás fue mejor no saberlo. Su ignorancia les dio
una hora más de felicidad y como iba a ser su última hora en la isla, alegrémo-
nos de que tuviera sesenta minutos. Cantaron y bailaron en pijama. Era una
canción deliciosamente horripilante en la que fingían asustarse de sus propias
sombras: qué poco sospechaban que bien pronto se les echarían encima unas
sombras ante las que se encogerían con auténtico temor. ¡Qué baile tan diverti-
dísimo y cómo se empujaban en la cama y fuera de ella! Era más bien una pelea
de almohadas que un baile y cuando se terminó, las almohadas se empeñaron
en volver a ello una vez más, como compañeros que saben que puede que ja-
más se vuelvan a ver. ¡Qué historias se contaron, antes de que fuera la hora del
cuento de buenas noches de Wendy! Incluso Presuntuoso trató de contar un
cuento aquella noche, pero el principio era tan enormemente aburrido que inclu-
so él mismo se quedó horrorizado y dijo con tristeza:
-Sí, es un principio aburrido. Mirad, hagamos como que es el final.
Y entonces por fin se metieron todos en la cama para escuchar el cuento de
Wendy, el que más les gustaba, el que Peter aborrecía. Por lo general cundo se
ponía a contar este cuento él se iba de la habitación o se tapaba los oídos con
las manos y posiblemente si esta vez hubiera hecho una de estas cosas, puede
que todavía estuvieran en la isla. Pero esta noche se quedó en su asiento y ve-
remos lo que sucedió.

11. El cuento de Wendy


-A ver, escuchad -dijo Wendy, acomodándose para el relato, con Michael a los
pies y siete chicos en la cama-. Había una vez un señor...
-Yo preferiría que fuera una señora -dijo Rizos.
-Y yo que fuera una rata blanca -dijo Avispado.
-Silencio -los reprendió su madre-. También había una señora y...
-Oh, mamá -exclamó el primer gemelo-, quieres decir que también hay una se-
ñora, ¿verdad? No está muerta, ¿verdad?
-Oh, no.
-Cómo me alegro de que no esté muerta -dijo Lelo-. ¿No te alegras, John?
-Claro que sí.
-¿No te alegras, Avispado?
-Bastante.
-¿No os alegráis, Gemelos?
-Nos alegramos.
-Dios mío -suspiró Wendy.
-A ver si hacemos menos ruido -exclamó Peter, dispuesto a que las cosas le
fueran bien a Wendy, por muy espantoso que le pareciera el cuento a él.
-El señor -continuó Wendy-, era el señor Darling y ella era la señorita Darling.
-Yo los conocía -dijo John, para fastidiar a los demás.
-Yo creo que los conocía -dijo Michael no muy convencido.
-Estaban casados, ¿sabéis? -explicó Wendy-, ¿y qué os imagináis que tenían?
-Ratas blancas -exclamó Avispado con gran inspiración.
-No.
-Qué misterio -dijo Lelo, que se sabía el cuento de memoria.
-Calla, Lelo. Tenían tres descendientes.
-¿Qué son descendientes?
-Bueno, pues tú eres uno, Gemelo.
-¿Oyes eso, John? Soy un descendiente.
-Los descendientes no son más que niños -dijo John.
-Dios mío, Dios mío -suspiró Wendy-. Veamos, estos tres niños tenían una fiel
niñera llamada Nana, pero el señor Darling se enfadó con ella y la ató en el patio
y por eso los niños se escaparon volando.
-Qué historia tan buena -dijo Avispado.
-Se escaparon volando -continuó Wendy-, al País de Nunca Jamás, donde es-
tán los niños perdidos.
-Eso es lo que yo pensaba -interrumpió Rizos emocionado-. No sé cómo, pero
eso es lo que yo pensaba.
-Oh, Wendy -exclamó Lelo-, ¿se llamaba Lelo alguno de los niños perdidos?
-Sí, así es.
-Estoy en un cuento. Hurra, estoy en un cuento, Avispado.
-Silencio. Bueno, quiero que penséis en lo que sintieron los desdichados pa-
dres al ver que todos sus niños se habían escapado.
-¡Ay! -gimieron todos, aunque en realidad no estaban pensando ni lo más mí-
nimo en lo que sentían los desdichados padres.
-¡Imaginaos las camas vacías!
-¡Ay!
-Es tristísimo -dijo el primer gemelo alegremente.
-No me imagino que pueda acabar bien -dijo el segundo gemelo-. ¿Y tú, Avis-
pado?
-Estoy preocupadísimo.
-Si supierais lo maravilloso que es el amor de una madre -les dijo Wendy en
tono de triunfo-, no tendríais miedo.
Había llegado ya a la parte que Peter aborrecía.
-A mí sí que me gusta el amor de una madre -dijo Lelo, golpeando a Avispado
con una almohada-. ¿A ti te gusta el amor de una madre, Avispado?
-Ya lo creo -dijo Avispado, devolviéndole el golpe.
-Veréis -dijo Wendy complacida-, nuestra heroína sabía que la madre dejaría
siempre la ventana abierta para que sus niños regresaran volando por ella, así
que estuvieron fuera durante años y se lo pasaron estupendamente.
-¿Llegaron a volver?
-Ahora -dijo Wendy, preparándose para el esfuerzo más delicado-, echemos un
vistazo al futuro.
Y todos se giraron de la forma que hace que los vistazos al futuro resulten más
fáciles.
-Han pasado los años ¿y quién es esa señora de edad indeterminada que se
apea en la estación de Londres?
-Oh, Wendy, ¿quién es? -exclamó Avispado, tan emocionado como si no lo
supiera.
-Puede ser... sí... no... es... ¡la bella Wendy!
-¡Oh!
-¿Y quiénes son los dos nobles y orondos personajes que la acompañan, aho-
ra ya hechos hombres? ¿Pueden ser John y Michael? ¡Sí!
-¡Oh!
-Mirad, queridos hermanos -dice Wendy, señalando hacia arriba-, ahí sigue la
ventana abierta. Ah, ahora nos vemos recompensados por nuestra fe sublime en
el amor de una madre.
-De forma que subieron volando hasta su mamá y su papá y no hay pluma que
pueda describir la feliz escena, sobre la que corremos un velo.
Eso era un cuento y se sentían tan satisfechos con él como la bella narradora.
Es que todo era como debía ser. Nos escabullimos como los seres más crueles
del mundo, que es lo que son los niños, aunque muy atractivos, y pasamos un
rato totalmente egoísta y cuando necesitamos atenciones especiales regresa-
mos noblemente a buscarlas, seguros de que nos abrazarán en lugar de pegar-
nos.
Efectivamente, tan grande era su fe en el amor de una madre que pensaban
que podían permitirse ser un poco más crueles. Pero había alguien que tenía
más claras las cosas y cuando Wendyterminó soltó un sordo gemido.
-¿Qué te pasa, Peter? -exclamó ella, corriendo hasta él, creyendo que estaba
enfermo. Lo palpó solícita más abajo del pecho.
-¿Dónde te duele, Peter?
-No es esa clase de dolor -replicó Peter lúgubremente.
-¿Entonces de qué clase es?
-Wendy, estás equivocada con respecto a las madres.
Se agruparon asustados a su alrededor, tan alarmante era su inquietud y con
total franqueza él les contó lo que hasta entonces había mantenido oculto.
-Hace mucho tiempo -dijo-, yo creía como vosotros que mi madre me dejaría la
ventana abierta, así que estuve fuera durante lunas y lunas y lunas y luego re-
gresé volando, pero la ventana estaba cerrada, porque mamá se había olvidado
de mí y había otro niño durmiendo en mi cama.
No estoy seguro de que esto fuera cierto, pero Peter lo creía y los asustó.
-¿Estás seguro de que las madres son así?
-Sí.
Así que ésta era la verdad sobre las madres. ¡Las muy canallas!
Aun así es mejor tener cuidado y nadie sabe tan deprisa como un niño cuándo
debe ceder.
-Wendy, vámonos a casa -gritaron John y Michael al tiempo.
-Sí -dijo ella, abrazándolos.
-No será esta noche, ¿verdad? -preguntaron perplejos los niños perdidos. Sa-
bían en lo que llamaban el fondo de su corazón que uno puede arreglárselas
muy bien sin una madre y que sólo son las madres las que piensan que no es
así.
-Ahora mismo -replicó Wendy decidida, pues se le había ocurrido una idea es-
pantosa: «A lo mejor mamá está ya de medio luto.»
Este temor le hizo olvidarse de lo que debía de estar sintiendo Peter y le dijo
en tono bastante cortante:
-Peter, ¿te ocupas de hacer los preparativos necesarios? -Si es lo que deseas
-replicó él con la misma frialdad que si le hubiera pedido que le pasara las nue-
ces.
¡Ni decirse un «siento perderte»! Si a ella no le importaba la separación, él, Pe-
ter, le iba a demostrar que a él tampoco.
Pero, por supuesto, le importaba mucho y estaba tan lleno de ira contra los
adultos, quienes, como de costumbre, lo estaban echando todo a perder, que
nada más meterse en su árbol tomó a propósito aliento en inspiraciones cortas y
rapidas a un ritmo de unas cinco por segundo. Lo hizo porque hay un dicho en el
País de Nunca Jamás según el cual cada vez que uno respira, muere un adulto
y Peter los estaba matando en venganza lo más deprisa posible.
Después de haber dado las instrucciones necesarias a los pieles rojas regresó
a la casa, donde se había desarrollado una escena indigna durante su ausencia.
Aterrorizados ante la idea de perder a Wendy, los niños perdidos se habían
acercado a ella amenazadoramente.
-Será peor que antes de que viniera -gritaban.
-No la dejaremos marchar.
-Hagámosla prisionera.
-Eso, atadla.
En tal apuro un instinto le dijo a cuál de ellos recurrir.
-Lelo -gritó-, te lo ruego.
¿No es extraño? Recurrió a Lelo, el más tonto de todos. Sin embargo, Lelo
respondió con grandeza. Porque en ese momento dejó su estupidez y habló con
dignidad.
-Yo no soy más que Lelo -dijo-, y nadie me hace caso. Pero al primero que no
se comporte con Wendy como un caballero inglés le causaré serias heridas.
Desenvainó su acero y en ese instante Lelo brilló con luz propia. Los demás re-
trocedieron intranquilos. Entonces regresó Peter y se dieron cuenta al momento
de que él no los apoyaría. Jamás obligaría a una chica a quedarse en el País de
Nunca Jamás en contra de su voluntad.
-Wendy-dijo, paseando de un lado a otro-, les he pedido a los pieles rojas que
te guíen a través del bosque, ya que volar te cansa mucho.
-Gracias, Peter.
-Luego -continuó con el tono tajante de quien está acostumbrado a ser obede-
cido-, Campanilla te llevará a través del mar. Despiértala, Avispado.
Avispado tuvo que llamar dos veces antes de obtener respuesta, aunque
Campanilla llevaba ya un rato sentada, en la cama escuchando.
-¿Quién eres? ¿Cómo te atreves? Fuera -gritó.
-Tienes que levantarte, Campanilla -le dijo Avispado-, y llevar a Wendy de via-
je.
Por supuesto, a Campanilla le había encantado enterarse de que Wendy se
iba, pero estaba más que decidida a no ser su guía y así lo expresó con un len-
guaje aún más insultante. Luego fingió haberse dormido de nuevo.
-Dice que no le da la gana -exclamó Avispado, horrorizado ante tal insubordi-
nación, por lo que Peter se acercó severo al aposento de la joven.
-Campanilla -espetó-, si no te levantas y te vistes ahora mismo abriré las corti-
nas y todos te veremos en négligé. Esto le hizo saltar al suelo.
-¿Quién ha dicho que no me iba a levantar? -gritó. Entretanto los chicos con-
templaban muy tristes a Wendy, que ya estaba equipada para el viaje con John
y Michael. Para entonces se sentían abatidos, no sólo porque estaban a punto
de perderla, sino además porque les parecía que iba a encontrarse con algo
agradable a lo que ellos no habían sido invitados. Como de costumbre la nove-
dad los atraía. Atribuyéndoles unos sentimientos más nobles, Wendy se ablan-
dó.
-Queridos -dijo-, si queréis venir conmigo estoy casi segura de que puedo
hacer que mi padre y mi madre os adopten.
La invitación iba dirigida especialmente a Peter, pero cada chico pensaba ex-
clusivamente en sí mismo y al momento se pusieron a dar saltos de alegría.
-¿Pero no pensarán que somos muchos? -preguntó Avispado a medio salto.
-Oh, no -dijo Wendy, calculando rápidamente-, simplemente habrá que poner
unas cuantas camas en el salón: se pueden tapar con biombos en días de visita.
-Peter, ¿podemos ir? -exclamaron todos suplicantes. Daban por supuesto que
si ellos se iban él también se iría, pero la verdad es que les importaba muy poco.
Así es cómo los niños están siempre dispuestos, cuando aparece una novedad,
a abandonar a sus seres queridos.
-Está bien -replicó Peter sonriendo con amargura e inmediatamente corrieron a
recoger sus cosas.
-Y ahora, Peter -dijo Wendy, pensando que ya lo había arreglado todo-, voy a
darte tu medicina antes de que te vayas.
Le encantaba darles medicinas y sin duda les daba demasiadas. Naturalmente,
no era más que agua, pero la servía de una calabaza y siempre agitaba la cala-
baza y contaba las gotas, lo cual le daba cierta categoría medicinal. En esta oca-
sión, sin embargo, no le dio a Peter esta dosis, pues nada más prepararla, le vio
una expresión en la cara que la desanimó. -Prepara tus cosas, Peter -exclamó,
temblando.
-No -contestó él, fingiendo indiferencia-, yo no voy con vosotros, Wendy.
-Sí, Peter.
-No.
Para demostrar que su marcha lo iba a dejar impasible, se puso a brincar por
la habitación, tocando alegremente su cruel flauta. Ella tuvo que ir detrás de él,
aunque resultara bastante poco digno.
-Para encontrar a tu madre -dijo engatusadora.
Pero si Peter había tenido alguna vez una madre, ya no la echaría de menos.
Podía arreglárselas muy bien sin una. Había pensado sobre ellas y sólo recor-
daba sus defectos.
-No, no -le dijo a Wendy terminantemente-, a lo mejor dice que soy mayor y yo
sólo quiero ser siempre un niño y divertirme.
-Pero, Peter..
-No.
Y por eso hubo de decírselo a los demás.
-Peter no viene.
¡Que Peter no venía! Lo miraron sin comprender, con el palo echado al hombro
y en cada palo un petate. Lo primero que pensaron fue que si Peter no iba pro-
bablemente habría cambiado de opinión con respecto a dejarlos marchar.
Pero él era demasiado orgulloso para eso.
-Si encontráis a vuestras madres -dijo lúgubremente-, espero que os gusten.
El gran cinismo de sus palabras les causó una sensación incómoda y casi to-
dos empezaron a dar muestras de inseguridad. Después de todo, delataban sus
expresiones, ¿acaso no eran unos tontos por quererse marchar?
-Bueno, bueno -exclamó Peter-, nada de escenas. Adiós, Wendy.
Y le ofreció la mano alegremente, como si realmente tuvieran que irse ya, por-
que él tenía algo importante que hacer.
Ella tuvo que cogerle la mano, ya que no daba señales de preferir un dedal.
-Te acordarás de cambiarte la ropa interior, ¿verdad, Peter? -dijo, sin prisas
por dejarlo. Siempre había sido muy particular con lo de la ropa interior.
-Sí.
-¿Y te tomarás la medicina?
-Sí.
No parecía que hubiera nada más que decir y se hizo un silencio tenso. Sin
embargo, Peter no era de los que se derrumban delante de la gente.
-¿Estás preparada, Campanilla? -exclamó.
-Sí.
-Pues muestra el camino.
Campanilla subió disparada por el árbol más cercano, pero nadie la siguió, ya
que fue en ese momento cuando los piratas desataron su tremendo ataque so-
bre los pieles rojas. Arriba, donde todo había estado tranquilo, el aire se llenó de
alaridos y del choque de las armas. Abajo, había un silencio total. Las bocas se
abrieron y se quedaron abiertas. Wendy cayó de rodillas, pero tendió los brazos
hacia Peter. Todos los brazos estaban tendidos hacia él, como si de pronto un
viento los hubiera llevado en esa dirección: le rogaban sin palabras que no los
abandonara. En cuanto a Peter, tomó su espada, la misma con la que creía
haber matado a Barbacoa, y sus ojos relampaguearon con el ansia de batalla.

12. El rapto de los niños

El ataque pirata había sido una total sorpresa: una buena prueba de que el
desaprensivo Garfio lo había llevado a cabo deshonestamente, pues sorprender
a los pieles rojas limpiamente es algo que no entra en la capacidad del hombre
blanco.
Según todas las leyes no escritas sobre la guerra salvaje siempre es el piel ro-
ja el que ataca y con la astucia propia de su raza lo hace justo antes del amane-
cer, hora en la que sabe que el valor de los blancos está por los suelos. Los
blancos, entretanto, han levantado una tosca empalizada en la cima de aquel
terreno ondulado, a cuyos pies discurre un riachuelo, ya que estar demasiado
lejos del agua supone la destrucción. Allí esperan el violento ataque, los inexper-
tos aferrando sus revólveres y haciendo crujir ramitas, mientras que los vetera-
nos duermen tranquilamente hasta justo antes del amanecer. A través de la lar-
ga y oscura. noche los exploradores salvajes se deslizan, como serpientes, por
entre la hierba sin mover ni una brizna. La maleza se cierra tras ellos tan silen-
ciosamente como la arena por la que se ha introducido un topo. No se oye ni un
ruido, salvo cuando sueltan una asombrosa imitación del aullido solitario de un
coyote. Otros bravos contestan al grito y algunos lo hacen aún mejor que los
coyotes, a quienes no se les da muy bien. Así van pasando las frías horas y la
larga incertidumbre resulta tremendamente agotadora para el rostro pálido que
tiene que pasar por ella por primera vez, pero para el perro viejo esos espanto-
sos gritos y esos silencios aún más espantosos no son sino una indicación de
cómo está transcurriendo la noche.
Garfio sabía tan bien que éste era el sistema habitual que no se le puede dis-
culpar por pasarlo por alto alegando que lo desconocía.
Los piccaninnis, por su parte, confiaban sin reservas en su sentido del honor y
todos sus actos de esa noche presentan un claro contraste con los de él. No de-
jaron de hacer nada que no fuera consecuente con la reputación de su tribu. Con
esa agudeza de los sentidos que es al mismo tiempo el asombro y la desespe-
ración de los pueblos civilizados, supieron que los piratas estaban en la isla
desde el momento en que uno de ellos pisó un palo seco y al cabo de un rato
increíblemente corto comenzaron los aullidos de coyote. Cada palmo de terreno
entre el punto donde Garfio había desembarcado a sus fuerzas y la casa de
debajo de los arboles fue examinado sigilosamente por bravos que llevaban los
mocasines calzados del revés. Sólo encontraron una única colina con un
riachuelo a los pies, de forma que Garfio no tenía elección: aquí debía instalarse
y esperar hasta justo antes del amanecer. Ya que todo estaba organizado de
esta forma con astucia casi diabólica, el grueso principal de los pieles rojas se
arropó en sus mantas y con esa flemática actitud que para ellos es la
quintaesencia de la hombría se sentaron en cuclillas encima del hogar de los
niños, aguardando el frío momento en que tendrían que sembrar la pálida
muerte.
En este lugar, soñando, aunque bien despiertos, con las exquisitas torturas a
las que lo someterían al amanecer, fueron sorprendidos los confiados salvajes
por el traicionero Garfio. Según los relatos facilitados después por aquéllos de
los exploradores que escaparon a la carnicería, no parece que se hubiera dete-
nido siquiera en la colina, aunque es seguro que debió verla bajo aquella luz gri-
sácea: no parece que en ningún momento se le pasara por la astuta cabeza la
idea de esperar a ser atacado, ni siquiera aguardó a que la noche estuviera casi
acabada: siguió adelante sin otros principios que los de entrar en batalla. ¿Qué
otra cosa podían hacer los desconcertados exploradores, siendo como eran
maestros en todas las artes de la guerra menos ésta, sino trotar indecisos tras
él, exponiéndose fatalmente, mientras soltaban una patética imitación del aullido
del coyote?
Alrededor de la valiente Tigridia había una docena de sus guerreros más re-
sueltos y de pronto vieron a los pérfidos piratas que se les echaban encima. Ca-
yó entonces de sus ojos el velo a través del cual habían contemplado la victoria.
Ya no torturarían a nadie en el poste. Ahora los esperaba el paraíso de los ca-
zadores. Lo sabían, pero se portaron como dignos hijos de sus padres. Incluso
entonces tuvieron tiempo de agruparse en una falange que habría resultado difí-
cil de romper si se hubieran levantado deprisa, pero esto no les estaba permitido
por la tradición de su raza. Está escrito que el noble salvaje jamás debe expre-
sar sorpresa en presencia del blanco. Aunque la repentina aparición de los pi-
ratas debía de haber resultado horrible para ellos, se quedaron quietos un mo-
mento, sin mover un solo músculo, como si el enemigo hubiera llegado por invi-
tación. Y sólo entonces, habiendo mantenido la tradición valientemente, tomaron
las armas y el aire vibró con el grito de guerra, pero ya era demasiado tarde.
No es nuestro cometido describir lo que más fue una matanza que una lucha.
Así perecieron muchos de la flor y nata de la tribu de los piccaninnis. Pero no
murieron sin ser en parte vengados, pues con Lobo Flaco cayó Alf Mason, que
ya no volvería a perturbar el Caribe, y entre los que mordieron el polvo se encon-
traba Geo. Scourie, Chas. Turley 1 y el alsaciano Foggerty. Turley cayó bajo el
tomahawk del terrible Pantera, que finalmente se abrió paso entre los piratas con
Tigridia y unos pocos que quedaban de la tribu.

1. Geo., Chas.: abreviaturas de George y Charles.

Hasta qué punto tiene Garfio la culpa por su táctica en esta ocasión es algo
que toca decidir a los historiadores. De haber esperado en la colina hasta la hora
correcta probablemente sus hombres y él habrían sido destrozados y a la hora
de juzgarlo es justo tener esto en cuenta. Lo que quizás debería haber hecho
era informar a sus adversarios de que se proponía seguir un método nuevo. Por
otra parte, esto, al eliminar el factor sorpresa, habría inutilizado su estrategia, de
modo que toda la cuestión está sembrada de dificultades. Uno no puede al me-
nos reprimir cierta admiración involuntaria por el talento que había concebido un
plan tan audaz y por la cruel genialidad con que se llevó a cabo.
¿Cuáles eran sus propios sentimientos hacia sí mismo en aquel momento de
triunfo? Mucho habrían deseado saberlo sus perros, cuando, mientras jadeaban
y limpiaban sus sables, se agrupaban a una discreta distancia de su garfio y es-
cudriñaban con sus ojos de hurón a este hombre extraordinario. En su corazón
debía de latir el júbilo, pero su cara no lo reflejaba: siempre un enigma oscuro y
solitario, estaba apartado de sus seguidores tanto en cuerpo como en alma.
La tarea de la noche aún no había terminado, pues no era a los pieles rojas a
quienes había venido a destruir: éstos no eran más que las abejas que había
que ahuyentar para que él pudiera llegar a la miel. Era a Pan a quien quería, a
Pan, a Wendy y a su banda, pero sobre todo a Pan.
Peter era un niño tan pequeño que uno no puede por menos de extrañarse an-
te el odio de aquel hombre hacia él. Cierto, había echado el brazo de Garfio al
cocodrilo, pero ni siquiera esto, ni la vida cada vez más insegura ala que esto
condujo, debido a la contumacia del cocodrilo, explican un rencor tan implacable
y maligno. Lo cierto es que Peter tenía un algo que sacaba de quicio al capitán
pirata. No era su valor, no era su atractivo aspecto, no era... No debemos andar-
nos con rodeos, pues sabemos muy bien lo que era y no nos queda más reme-
dio que decirlo. Era la arrogancia de Peter.
Esto le crispaba los nervios a Garfio, hacía que su garra de hierro se estreme-
ciera y por la noche lo atosigaba como un insecto. Mientras Peter viviera, aquel
hombre atormentado se sentiría como un león enjaulado en cuya jaula se hubie-
ra colado un gorrión.
El problema ahora era cómo bajar por los árboles, o cómo hacer que bajaran
sus perros. Los recorrió con ojos ansiosos, buscando a los más delgados. Ellos
se removían inquietos, ya que sabían que no tendría el menor escrúpulo en em-
pujarlos hacia abajo con una estaca.
Entretanto, ¿qué es de los chicos? Los hemos visto cuando el primer choque
de armas, convertidos, como si dijéramos, en estatuas de piedra, boquiabiertos,
apelando a Peter con los brazos extendidos y volvemos a ellos cuando sus bo-
cas se cierran y sus brazos caen a los lados. El infernal estruendo de encima ha
cesado casi tan repentinamente como empezó, ha pasado como una violenta
ráfaga de viento, pero ellos saben que al pasar ha decidido su destino.
¿Qué bando había ganado?
Los piratas, que escuchaban con avidez ante los huecos de los árboles, oyeron
cómo cada chico hacia esa pregunta y, ¡ay!, también oyeron la respuesta de Pe-
ter.
-Si han ganado los pieles rojas -dijo-, tocarán el tamtam: ésa es siempre su
señal de victoria.
Ahora bien, Smee había encontrado el tam-tam y en ese momento estaba sen-
tado en él.
-Jamás volveréis a°oír el tam-tam -masculló, aunque en tono inaudible, claro,
ya que se había exigido estricto silencio. Con asombro por su parte Garfio le
hizo señas para que tocara el tam-tam y poco a poco Smee fue comprendiendo
la horrenda maldad de la orden. El muy simple probablemente jamás había ad-
mirado tanto a Garfio.
Dos veces golpeó Smee el instrumento y luego se detuvo a escuchar regocija-
do.
-¡El tam-tam! -oyeron gritar a Peter los bellacos-. ¡Una victoria india!
Los desafortunados niños respondieron con un grito de júbilo que sonó como
música en los negros corazones de arriba y casi al instante volvieron a despedir-
se de Peter. Esto desconcertó a los piratas, pero todos sus otros sentimientos
estaban dominados por un regocijo malvado ante la idea de que el enemigo es-
taba a punto de subir por los árboles. Se sonrieron satisfechos los unos a los
otros y se frotaron las manos. Rápido y en silencio Garfio dio sus órdenes: un
hombre en cada árbol y los demás dispuestos en una fila a dos yardas de dis-
tancia.

13. ¿Creéis en las hadas?

Cuanto antes nos libremos de este espanto, mejor. El primero en salir de su


árbol fue Rizos. Surgió de él y cayó en brazos de Cecco, que se lo lanzó a
Smee, que se lo lanzó a Starkey, que se lo lanzó a Bill Jukes, que se lo lanzó a
Noodler y así fue pasando de uno a otro hasta caer a los pies del pirata negro.
Todos los chicos fueron arrancados de sus árboles de esta forma brutal y varios
de ellos volaban por los aires al mismo tiempo, como paquetes lanzados de ma-
no en mano.
A Wendy, que salió la última, se le dispensó un trato distinto. Con irónica cor-
tesía Garfio se descubrió ante ella y, ofreciéndole el brazo, la escoltó hasta el
lugar donde los demás estaban siendo amordazados. Lo hizo con tal donaire,
resultaba tan enormemente distingué, que se quedó demasiado fascinada para
gritar. Al fin y al cabo, no era más que una niña.
Quizás sea de chivatos revelar que por un momento Garfio la dejó extasiada y
sólo la delatamos porque su desliz tuvo extrañas consecuencias. De haberse
soltado altivamente (y nos habría encantado escribir esto sobre ella), habría sido
lanzada por los aires como los demás y entonces Garfio probablemente no
habría estado presente mientras se ataba a los niños y si no hubiera estado pre-
sente mientras se los ataba no habría descubierto el secreto de Presuntuoso y
sin ese secreto no podría haber realizado al poco tiempo su sucio atentado co-
ntra la vida de Peter.
Fueron atados para evitar que escaparan volando, doblados con las rodillas
pegadas a las orejas y para asegurarlos el pirata negro había cortado una cuer-
da en nueve trozos iguales. Todo fue bien hasta que llegó el turno de Presun-
tuoso, momento en que se descubrió que era como esos fastidiosos paquetes
que gastan todo el cordel al pasarlo alrededor y no dejan cabos con los que
hacer un nudo. Los piratas le pegaron patadas enfurecidos, como uno pega pa-
tadas al paquete (aunque para ser justos habría que pegárselas al cordel) y por
raro que parezca fue Garfio quien les dijo que aplacaran su violencia. Sus labios
se entreabrían en una maliciosa sonrisa de triunfo. Mientras sus perros se limi-
taban a sudar porque cada vez que trataban de apretar al desdichado muchacho
en un lado sobresalía en otro, la mente genial de Garfio había penetrado por
debajo de la superficie de Presuntuoso, buscando no efectos, sino causas y su
júbilo demostraba que las había encontrado. Presuntuoso, blanco de miedo, sa-
bía que Garfio había descubierto su secreto, que era el siguiente: ningún chico
tan inflado emplearía un árbol en el que un hombre normal se quedaría atasca-
do. Pobre Presuntuoso, ahora el más desdichado de todos los niños, pues esta-
ba aterrorizado por Peter y lamentaba amargamente lo que había hecho. Terri-
blemente aficionado a beber agua cuando estaba acalorado, como consecuen-
cia se había ido hinchando hasta alcanzar su actual gordura y en lugar de redu-
cirse para adecuarse a su árbol, sin que los demás lo supieran había rebajado
su árbol para que se adecuara a él.
Garfio adivinó lo suficiente sobre esto como para convencerse de que por fin
Peter estaba a su merced, pero ni una sola palabra sobre los oscuros designios
que se formaban en las cavernas subterráneas de su mente cruzó sus labios; se
limitó a indicar que los cautivos fueran llevados al barco y que quería estar solo.
¿Cómo llevarlos? Atados con el cuerpo doblado realmente se los podría hacer
rodar cuesta abajo como barriles, pero la mayor parte del camino discurría a tra-
vés de un pantano. Una vez más la genialidad de Garfio superó las dificultades.
Indicó que debía utilizarse la casita como medio de transporte. Echaron a los
niños dentro, cuatro fornidos piratas la izaron sobre sus hombros y, entonando la
odiosa canción pirata, la extraña procesión se puso en marcha a través del bos-
que. No sé si alguno de los niños estaba llorando, si era así, la canción ahogaba
el sonido, pero mientras la casita desaparecía en el bosque, un valiente aunque
pequeño chorro de humo brotó de su chimenea, como desafiando a Garfio.
Garfio lo vio y aquello jugó una mala pasada a Peter. Acabó con cualquier ves-
tigio de piedad por él que pudiera haber quedado en el pecho iracundo del pira-
ta.
Lo primero que hizo al encontrarse a solas en la noche que se acercaba rápi-
damente fue llegarse de puntillas al árbol de Presuntuoso y asegurarse de que le
proporcionaba un pasadizo. Luego se quedó largo rato meditando, con el som-
brero de mal agüero en el césped, para que una brisa suave que se había levan-
tado pudiera removerle refrescante los cabellos. Aunque negros eran sus pen-
samientos sus ojos azules eran dulces como la pervinca. Escuchó atentamente
por si oía sonido que proviniera de las profundidades, pero abajo todo estaba tan
silencioso como arriba: la casa subterránea parecía ser una morada vacía más
en el abismo. ¿Estaría dormido ese chico o estaba apostado al pie del árbol de
Presuntuoso, con el puñal en la mano?
No había forma de saberlo, excepto bajando. Garfio dejó que su capa se desli-
zara suavemente hasta el suelo y luego, mordiéndose los labios hasta que una
sangre obscena brotó de ellos, se metió en el árbol. Era un hombre valiente, pe-
ro por un momento tuvo que detenerse allí y enjugarse la frente, que le chorrea-
ba como una vela. Luego se dejó caer en silencio hacia lo desconocido.
Llegó sin problemas al pie del pozo y se volvió a quedar inmóvil, recuperando
el aliento, que casi lo había abandonado. Al írsele acostumbrando los ojos a la
luz difusa varios objetos de la casa de debajo de los árboles cobraron forma,
pero el único en el que posó su ávida mirada, buscado durante tanto tiempo y
hallado por fin, fue la gran cama. En ella yacía Peter profundamente dormido.
Ignorando la tragedia que se estaba desarrollando arriba, Peter, durante un ra-
to después de que se fueran los niños, había seguido tocando la flauta alegre-
mente: sin duda un intento bastante triste de demostrarse a sí mismo que no le
importaba. Luego decidió no tomarse la medicina, para apenar a Wendy. Enton-
ces se tumbó en la cama encima de la colcha, para contrariarla todavía más,
porque siempre los había arropado con ella, ya que nunca se sabe si no se ten-
drá frío al avanzar la noche. Entonces casi se echó a llorar, pero se imaginó lo
indignada que se pondría si en cambio se riera, así que soltó una carcajada al-
tanera y se quedó dormido en medio de ella.
A veces, aunque no a menudo, tenía pesadillas y resultaban más dolorosas
que las de otros chicos. Pasaban horas sin que pudiera apartarse de estos sue-
ños, aunque lloraba lastimeramente en el curso de ellos. Creo que tenían que
ver con el misterio de su existencia. En tales ocasiones Wendy había tenido por
costumbre sacarlo de la cama y ponérselo en el regazo, tranquilizándolo con
mimos de su propia invención y cuando se calmaba lo volvía a meter en la cama
antes de que se despertara del todo, para que no se enterara del ultraje a que lo
había sometido. Pero en esta ocasión cayó inmediatamente en un sueño sin pe-
sadillas. Un brazo le colgaba por el borde de la cama, tenía una pierna doblada y
la parte incompleta de su carcajada se le había quedado abandonada en la bo-
ca, que estaba entreabierta, mostrando las pequeñas perlas.
Indefenso como estaba lo encontró Garfio. Se quedó en silencio al pie del árbol
mirando a través de la estancia a su enemigo. ¿Se estremeció su sombrío pecho
con algún sentimiento de compasión? Aquel hombre no era malo del todo: le
encantaban las flores (según me han dicho) y la música delicada (él mismo no
tocaba nada mal el clavicémbalo) y, admitámoslo con franqueza, el carácter idíli-
co de la escena lo conmovió profundamente. De haber sido dominado por su
parte mejor, habría vuelto a subir de mala gana por el árbol si no llega a ser por
una cosa.
Lo que le detuvo fue el aspecto impertinente de Peter al dormir. La boca abier-
ta, el brazo colgando, la rodilla doblada: eran tal personificación de la arrogancia
que, en conjunto, jamás volverá, esperamos, a presentarse otra igual ante sus
ojos tan sensibles a su carácter ofensivo. Endurecieron el corazón de Garfio. Si
su rabia lo hubiera roto en cien pedazos, cada uno de éstos habría hecho caso
omiso del percance y se habría lanzado contra el durmiente.
Aunque la luz de la única lámpara iluminaba la cama débilmente, el propio Gar-
fio estaba en la oscuridad y nada más dar un paso furtivo hacia delante se topó
con un obstáculo, la puerta del árbol de Presuntuoso. No cubría del todo la aber-
tura y había estado observando por encima de ella. Al palpar en busca del cie-
rre, descubrió con rabia que estaba muy abajo, fuera de su alcance. A su mente
trastornada le dio la impresión entonces de que la molesta cualidad de la cara y
la figura de Peter aumentaba visiblemente y sacudió la puerta y se tiró contra
ella. ¿Acaso se le iba a escapar su enemigo después de todo?
Pero, ¿qué era aquello? Por el rabillo del ojo había visto la medicina de Peter
colocada en una repisa al alcance de la mano. Adivinó lo que era al instante y al
momento supo que el durmiente estaba en su poder.
Para que no lo cogiera con vida, Garfio llevaba encima un terrible veneno, ela-
borado por él mismo a partir de todos los anillos mortíferos que habían llegado a
sus manos. Los había cocido hasta convertirlos en un líquido amarillo desco-
nocido para la ciencia y que probablemente era el veneno más virulento que
existía.
Echó entonces cinco gotas del mismo en la copa de Peter. Le temblaba la ma-
no, pero era por júbilo y no por vergüenza. Mientras lo hacía evitaba mirar al
durmiente, pero no por temor a que la pena lo acobardara, sino simplemente
para no derramarlo. Luego le echó una larga y maliciosa mirada a su víctima y
volviéndose, subió reptando con dificultad por el árbol. Al salir a la superficie pa-
recía el mismísimo espíritu del mal surgiendo de su agujero. Colocándose el
sombrero de lado de la forma más arrogante, se envolvió en la capa, sujetando
un extremo por delante como para ocultarse de la noche, que estaba en su hora
más oscura y, mascullando cosas raras para sus adentros se alejó sigiloso por
entre los árboles.
Peter siguió durmiendo. La luz vaciló y se apagó, dejando la vivienda a oscu-
ras, pero él siguió durmiendo. No debían de ser menos de las diez por el coco-
drilo, cuando se sentó de golpe en la cama, sin saber qué lo había despertado.
Eran unos golpecitos suaves y cautelosos en la puerta de su árbol.
Suaves y cautelosos, pero en aquel silencio resultaban siniestros. Peter buscó
a tientas su puñal hasta que su mano lo agarró. Entonces habló.
-¿Quién es?
Durante un buen rato no hubo respuesta; luego volvieron a oírse los golpes.
-¿Quién es?
No hubo respuesta.
Estaba sobre ascuas y le encantaba estar sobre ascuas. Con dos zancadas se
plantó ante la puerta. A diferencia de la puerta de Presuntuoso ésta cubría la
abertura, así que no podía ver lo que había al otro lado, como tampoco podía
verlo a él quien estuviera llamando.
-No abriré si no hablas -gritó Peter.
Entonces por fin habló el visitante, con una preciosa voz como de campanas.
-Déjame entrar, Peter.
Era Campanilla y rápidamente le abrió la puerta. Entró volando muy agitada,
con la cara sofocada y el vestido manchado de barro.
-¿Qué ocurre?
-¿A que no lo adivinas? -exclamó y le ofreció tres oportunidades.
-¡Suéltalo! -gritó él; y con una sola frase incorrecta, tan larga como las cintas
que se sacan los ilusionistas de la boca, le contó la captura de Wendy y los chi-
cos.
El corazón de Peter latía con furia mientras escuchaba. Wendy prisionera y en
el barco pirata, ¡ella, a quien tanto le gustaba que las cosas fueran como es de-
bido!
-Yo la rescataré -exclamó, abalanzándose sobre sus armas. Al abalanzarse se
le ocurrió una cosa que podía hacer para agradarla. Podía tomarse la medicina.
Su mano se posó sobre la pócima mortal.
-¡No! -chilló Campanilla, que había oído a Garfio mascullando sobre lo que
había hecho mientras corría por el bosque.
-¿Por qué no?
-Está envenenada.
-¿Envenenada? ¿Y quién iba a envenenarla?
-Garfio.
-No seas tonta. ¿Cómo podría haber llegado Garfio hasta aquí?
¡Ay! Campanilla no tenía explicación para esto, porque ni siquiera ella conocía
el oscuro secreto del árbol de Presuntuoso. No obstante, las palabras de Garfio
no habían dejado lugar a dudas. La copa estaba envenenada.
-Además -dijo Peter, muy convencido-, no me he quedado dormido.
Alzó la copa. Ya no había tiempo para hablar, era el momento de actuar: y con
uno de sus veloces movimientos Campanilla se colocó entre sus labios y el bre-
baje y lo apuró hasta las heces.
-Pero, Campanilla, ¿cómo te atreves a beberte mi medicina?
Pero ella no contestó. Ya estaba tambaleándose en el aire.
-¿Qué te ocurre? -exclamó Peter, asustado de pronto.
-Estaba envenenada, Peter -le dijo ella dulcemente-, y ahora me voy a morir.
-Oh, Campanilla, ¿te la bebiste para salvarme?
-Sí.
-Pero, ¿por qué, Campanilla?
Las alas ya casi no la sostenían, pero como respuesta se posó en su hombro y
le dio un mordisco cariñoso en la barbilla. Le susurró al oído:
-Cretino.
Luego, tambaleándose hasta su aposento, se tumbó en la cama.
La cabeza de él llenó casi por completo la cuarta pared de su pequeña habita-
ción cuando se arrodilló angustiado junto a ella. Su luz se debilitaba por momen-
tos y él sabía que si se apagaba ella dejaría de existir. A ella le gustaban tanto
sus lágrimas que alargó un bonito dedo y dejó que corrieran por él.
Tenía la voz tan débil que al principio él no pudo oír lo que le decía. Luego lo
oyó. Le estaba diciendo que creía que podía ponerse bien de nuevo si los niños
creían en las hadas.
Peter extendió los brazos. Allí no había niños y era por la noche, pero se dirigió
a todos los que podían estar soñando con el País de Nunca Jamás y que por
eso estaban más cerca de él de lo que pensáis: niños y niñas en pijama y bebés
indios desnudos en sus cestas colgadas de los árboles.
-¿Creéis? -gritó.
Campanilla se sentó en la cama casi con viveza para escuchar cómo se deci-
día su suerte.
Le pareció oír respuestas afirmativas, pero no estaba segura.
-¿Qué te parece? -le preguntó a Peter.
-Si creéis -les gritó él-, aplaudid: no dejéis que Campanilla se muera.
Muchos aplaudieron.
Algunos no.
Unas cuantas bestezuelas soltaron bufidos.
Los aplausos se interrumpieron de repente, como si incontables madres hubie-
ran entrado corriendo en los cuartos de sus hijos para ver qué demonios estaba
pasando, pero Campanilla ya estaba salvada. Primero se le fue fortaleciendo la
voz, luego saltó de la cama y por fin se puso a revolotear como un rayo por la
habitación más alegre e insolente que nunca. No se le pasó por la cabeza dar
las gracias a los que creían, pero le habría gustado darles su merecido a los que
habían bufado.
-Y ahora a rescatar a Wendy.
La luna corría por un cielo nublado cuando Peter salió de su árbol, cargado de
armas y sin apenas nada más, para emprender su peligrosa aventura. No hacía
el tipo de noche que él hubiera preferido. Había tenido la esperanza de volar, no
muy lejos del suelo para que nada inusitado escapara a su atención, pero con
aquella luz mortecina volar bajo habría supuesto pasar su sombra a través de
los árboles, molestando así a los pájaros y notificando a un enemigo vigilante
que estaba en camino.
Lamentaba que el haber puesto unos nombres tan raros a los pájaros de la isla
les hiciera ahora ser muy indómitos y difíciles de tratar.
No quedaba más remedio que ir avanzando al estilo indio, en lo cual por fortu-
na era un maestro. Pero, ¿en qué direccion, ya que no estaba seguro de que los
niños hubieran sido llevados al barco? Una ligera nevada había borrado todas
las huellas y un profundo silencio reinaba en la isla, como si la Naturaleza siguie-
ra aún horrorizada por la reciente carnicería. Había enseñado a los niños algo
sobre cómo desenvolverse en el bosque que él mismo había aprendido por Tigri-
dia y Campanilla y sabía que en medio de una calamidad no era probable que lo
olvidaran. Presuntuoso, si tenía oportunidad, haría marcas en los árboles, por
ejemplo, Rizos iría dejando caer semillas y Wendy dejaría su pañuelo en algún
lugar importante. Pero para buscar estas señales era necesaria la mañana y no
podía esperar. El mundo de la superficie lo había llamado, pero no lo iba a ayu-
dar.
El cocodrilo pasó ante él, pero no había ningún otro ser vivo, ni un ruido, ni un
movimiento; sin embargo sabía muy bien que la muerte súbita podía estar ace-
chando junto al próximo árbol, o siguiéndole los pasos.
Pronunció este terrible juramento:
-Esta vez o Garfio o yo.
Entonces avanzó arrastrándose como una serpiente y luego, erguido, cruzó
como una flecha un claro en el que jugaba la luna, con un dedo en los labios y el
puñal preparado. Era enormemente feliz.

14. El barco pirata

Una luz verde que pasaba como de soslayo por encima del Riachuelo de Kidd,
cercano a la desembocadura del río de los piratas, señalaba el lugar donde es-
taba el bergantín, el Jolly Roger, en aguas bajas: un navío de mástiles inclina-
dos, de casco sucio, cada bao aborrecible, como un suelo cubierto de plumas
destrozadas. Era el caníbal de los mares y apenas le hacía falta ese ojo vigilan-
te, pues flotaba inmune en el terror de su nombre.
Estaba arropado en el manto de la noche, a través del cual ningún ruido pro-
cedente de él podría haber llegado a la orilla. Apenas se oía nada y lo que se oía
no era agradable, salvo el zumbido de la máquina de coser del barco ante la
cual estaba sentado Smee, siempre trabajador y servicial, la esencia de lo trivial,
el patético Smee. No sé por qué resultaba tan inmensamente patético, a menos
que fuera porque era tan patéticamente inconsciente de ello, pero incluso los
hombres más aguerridos tenían que apartar la mirada de él apresuradamente y
en más de una ocasión, en las noches de verano, había removido el manantial
de las lágrimas de Garfio, haciéndolas correr. De esto, como de casi todo lo de-
más, Smee era totalmente inconsciente.
Unos cuantos piratas estaban apoyados en las bordas aspirando el malsano
aire nocturno, otros estaban echados junto a unos barriles jugando a los dados y
las cartas y los cuatro hombres agotados que habían transportado la casita ya-
cían sobre la cubierta, donde incluso dormidos rodaban hábilmente de un lado a
otro para apartarse de Garfio, no fuera a ser que les atizara maquinalmente un
zarpazo al pasar.
Garfio pasaba ensimismado por la cubierta. Qué hombre tan insondable. Era la
hora de su triunfo. Peter había sido apartado para siempre de su camino y todos
los demás chicos estaban a bordo del bergantín a punto de ser pasados por la
plancha. Era su hazaña más siniestra desde los tiempos en que venció a Barba-
coa y sabiendo como sabemos lo vanidoso que es el hombre, ¿nos habríamos
sorprendido si hubiera caminado por la cubierta con paso vacilante, henchido de
la gloria de su éxito?
Pero en su paso no había júbilo, lo cual reflejaba el derrotero de su mente
sombría. Garfio se sentía profundamente abatido.
Con frecuencia se sentía así cuando conversaba consigo mismo a bordo del
barco en la quietud de la noche. Era porque estaba horriblemente solo. Este
hombre inescrutable jamás se sentía tan solo como cuando estaba rodeado de
sus perros. ¡Eran tan inferiores socialmente a él!
Garfio no era su auténtico nombre. Incluso en estos días revelar quién era en
realidad provocaría un enorme escándalo en el país, pero como aquellos que
leen entre líneas habrán adivinado ya, había asistido a un famoso colegio priva-
do y las tradiciones de éste seguían cubriéndolo como ropajes, con los cuales
efectivamente están muy relacionadas. Por ello aún le resultaba ofensivo subir a
un barco con la misma ropa con que lo había capturado y todavía conservaba en
su caminar el distinguido aire desgarbado de su colegio. Pero sobre todo con-
servaba el amor a la buena educación.
¡La buena educación! Por muy bajo que hubiera caído, todavía sabía que esto
es lo que realmente cuenta.
Desde su interior oía un chirrido como de portalones oxidados y a través de
ellos se oía un severo golpeteo, como martillazos en la noche que impiden dor-
mir. Su eterna pregunta era: «¿Te has comportado hoy con buena educación?»
-La fama, la fama, brillante oropel, es mía -exclamaba él.
-¿Es realmente de buena educación sobresalir en algo? -replicaba el golpeteo
de su colegio.
-Yo soy el único hombre a quien Barbacoa temía -insistía él-, y el propio Flint
temía a Barbacoa.
-Barbacoa, Flint... ¿A qué casa pertenecen? 1-era la cortante respuesta.

1. Se refiere a las casas o residencias para estudiantes en que se dividen al-


gunos colegios privados o universidades en Gran Bretaña. Cada alumno está
adscrito a una casa y debe mantener alto el prestigio de la misma.

La idea más inquietante de todas era si no sería de mala educación pensar so-
bre la buena educación.
Se le revolvían las entrañas con este problema. Era una garra que llevaba de-
ntro más afilada que la de hierro y mientras lo desgarraba, el sudor resbalaba
por su rostro cetrino y le manchaba el jubón. A menudo se pasaba la manga por
la cara, pero no había forma de detener el goteo.
Ah, no envidiéis a Garfio.
Le sobrevino un presentimiento sobre su pronto final. Era como si el terrible ju-
ramento de Peter hubiera abordado el barco. Garfio sintió el lúgubre deseo de
pronunciar su último discurso, no fuera a ser que pronto ya no hubiera tiempo
para ello.
-Habría sido mejor para Garfio -exclamó- haber tenido menos ambición.
Sólo en sus momentos más negros se refería a sí mismo en tercera persona.
-Los niños no me quieren.
Es curioso que pensara en esto, que antes jamás lo había preocupado: quizás
la máquina de coser le diera la idea. Estuvo largo rato mascullando para sus
adentros, contemplando a Smee, que cosía plácidamente, convencido de que
todos los niños tenían miedo de él.
¡Que tenían miedo de él! ¡Miedo de Smee! No había un solo niño a bordo del
bergantín esa noche que no le tuviera cariño ya. Les había dicho cosas espanto-
sas y los había golpeado con la palma de la mano, porque no podía golpearlos
con el puño, pero ellos simplemente se habían encariñado aún más con él. Mi-
chael se había probado sus gafas.
¡Decirle al pobre Smee que lo encontraban simpático! Garfio ardía en deseos
de decírselo, pero le parecía demasiado brutal. En cambio, dio vueltas en la ca-
beza a este misterio: ¿por qué encuentran simpático a Smee? Rastreó el pro-
blema como el sabueso que era. Si Smee era simpático, ¿qué era lo que le
hacía ser así? De pronto surgió una horrible respuesta: «¿Buena educación?».
¿Es que el contramaestre era bien educado sin saberlo, lo cual constituye la
mejor educación?
Recordó que uno tiene que recordar que no sabe que se es así antes de poder
optar a ser elegido como miembro del Pop 1.

1. Pop: club social (fundado en 1811) en Eton, famoso y elitista colegio privado
de Inglaterra, del que se deduce que fue alumno el capitán Garfio.

Con un grito de rabia alzó su mano de hierro sobre la cabeza de Smee, pero
no descargó el golpe. Lo que le retuvo fue esta reflexión: «¿Qué sería matar a
un hombre porque es bien educado? ¡Mala educación!».
El infeliz Garfio se sentía tan impotente como sudoroso y cayó de bruces como
una flor tronchada.
Al pensar sus perros que iba a estar fuera de circulación por un rato, la disci-
plina se relajó al instante y se pusieron a bailar como locos, cosa que lo reanimó
al momento, sin un solo rastro de humana debilidad, como si le hubieran echado
un cubo de agua encima.
-Silencio, patanes -gritó-, u os paso por debajo de la quilla.
El jaleo se apagó de inmediato.
-¿Están todos los niños encadenados para que no puedan huir volando?
-Sí, señor.
-Pues subidlos a cubierta.
Sacaron a rastras de la bodega a los desdichados prisioneros, a todos menos
a Wendy, y los colocaron en fila delante de él. Por un rato pareció no advertir su
presencia. Se acomodó sin prisas, tarareando, sin desafinar, por cierto, pasajes
de una canción grosera y jugueteando con una baraja. De cuando en cuando la
brasa de su cigarro daba un toque de color a su cara.
-Bueno, muchachotes -dijo enérgicamente-, esta noche seis de vosotros seréis
pasados por la plancha, pero tengo sitio para dos grumetes. ¿Quién de vosotros
quiere serlo?
-No lo irritéis sin necesidad -les había recomendado Wendy en la bodega, de
forma que Lelo dio un paso adelante cortésmente. Lelo aborrecía la idea de ser-
vir a las órdenes de semejante hombre, pero un instinto le dijo que sería pru-
dente atribuir la responsabilidad a una persona ausente y, aunque era algo ton-
to, sabía que sólo las madres están siempre dispuestas a hacer de paracho-
ques. Todos los niños saben que las madres son así y las desprecian por eso,
pero se aprovechan de ello constantemente.
Así que Lelo explicó con prudencia:
-Verá usted, señor, es que no creo que a mi madre le gustara que yo fuera pi-
rata. ¿Le gustaría a tu madre que fueras pirata, Presuntuoso?
Le guiñó un ojo a Presuntuoso, quien dijo apesadumbrado:
-No creo -como si deseara que las cosas no fueran así-. Gemelo, ¿a tu madre
le gustaría que fueras pirata?
-No creo -dijo el primer gemelo, tan despabilado como los otros-. Avispado, ¿a
tu madre...?
-Basta de cháchara -rugió Garfio y los portavoces fueron arrastrados a su sitio.
-Tú, chico -dijo, dirigiéndose a John-, parece que tú tienes algo de agallas. ¿No
has querido nunca ser pirata, valiente? Ahora bien, a veces John había experi-
mentado este deseo al luchar con las matemáticas de primero y le chocó que
Garfio lo eligiera.
-Una vez pensé en llamarme Jack Mano Roja -dijo con timidez.
-Un buen nombre, ya lo creo. Aquí te llamaremos así, si te unes, muchachote.
-¿Tú qué crees, Michael? -preguntó John.
-¿Cómo me llamaríais si me uniera? -preguntó Michael.
-Joe Barbanegra.
Naturalmente, Michael se quedó muy impresionado.
-¿Qué te parece, John?
Quería que John decidiera y John quería que decidiera él.
-¿Seguiremos siendo respetuosos súbditos del rey? -preguntó John.
Garfio contestó entre dientes:
-Tendríais que jurar «Abajo el rey».
Quizás John no se había comportado muy bien hasta entonces, pero ahora es-
tuvo a la altura de las circunstancias.
-Entonces no quiero -exclamó, golpeando el barril que tenía Garfio delante.
-Y yo tampoco -gritó Michael.
-¡Viva Inglaterra! -chilló Rizos.
Los enfurecidos piratas les pegaron en la boca y Garfio rugió:
-Eso será vuestra perdición. Traed a su madre. Preparad la plancha.
Sólo eran unos niños y se quedaron blancos al ver a Jukes y a Cecco preparar
la plancha mortal. Pero trataron de parecer valientes cuando trajeron a Wendy.
Nada de lo que yo pueda decir os dará una idea de cómo despreciaba Wendy
a aquellos piratas. Para los chicos había por lo menos cierto atractivo en la vo-
cación pirata, pero lo único que ella veía era que el barco no había sido fregado
desde hacía años. No había ni una sola portilla sobre cuyo mugriento cristal no
se pudiera escribir «Guarro» con el dedo y ella ya lo había escrito en varios. Pe-
ro, como es natural, cuando los chicos se agruparon a su alrededor no pensaba
más que en ellos.
-Bueno, hermosa mía -dijo Garfio, hablando como si tuviera la boca llena de
caramelo-, vas a ver cómo tus niños son pasados por la plancha.
Aunque era un refinado caballero, la intensidad de sus meditaciones le había
manchado la gorguera y de pronto se dio cuenta de que ella la estaba observan-
do. Con un movimiento apresurado trató de taparla, pero ya era tarde.
-¿Van a morir? -preguntó Wendy, con una mirada de desprecio tan olímpico
que él casi se desmayó.
-Sí -gruñó y exclamó relamiéndose-: silencio todo el mundo; oigamos las últi-
mas palabras de una madre a sus hijos. En este momento Wendy estuvo magní-
fica.
-Éstas son mis últimas palabras, queridos -dijo con firmeza-. Creo que tengo
un mensaje para vosotros de parte de vuestras madres auténticas y es el si-
guiente: «Esperamos que nuestros hijos mueran como caballeros ingleses.»
Incluso los piratas se quedaron sobrecogidos y Lelo exclamó histéricamente:
-Voy a hacer lo que espera mi madre. ¿Tú qué vas a hacer, Avispado?
-Lo que espera mi madre. ¿Tú qué vas a hacer, Gemelo?
-Lo que espera mi madre. John, ¿tú qué vas... ?
Pero Garfio había recuperado el habla.
-Atadla -gritó.
Fue Smee quien la ató al mástil.
-Escucha, rica -susurró-, te salvaré si prometes ser mi madre.
Pero ni siquiera por Smee estaba dispuesta a prometer tal cosa.
-Casi preferiría no tener hijos -dijo con desdén.
Es triste saber que ni un solo chico la estaba mirando mientras Smee la ataba
al mástil: todos tenían los ojos clavados en la plancha, el último paseo que iban
a dar. Ya no conseguían tener la esperanza de caminar por ella con gallardía,
pues habían perdido la capacidad de pensar, sólo podían mirar y temblar.
Garfio sonrió con los dientes apretados burlándose de ellos y dio un paso hacia
Wendy. Su intención era volverle la cara para que viera a los chicos caminando
por la plancha uno por uno. Pero jamás llegó hasta ella, jamás oyó el grito de
angustia que esperaba arrancarle. En cambio, oyó otra cosa.
Era el horrible tic tac del cocodrilo.
Todos lo oyeron: los piratas, los chicos, Wendy; e inmediatamente todas la ca-
bezas se volvieron en una dirección: no hacia el agua, de donde procedía el rui-
do, sino hacia Garfio. Todos sabían que lo que estaba a punto de ocurrir sólo le
concernía a él y que de actores habían pasado de repente a ser espectadores.
Fue espantoso observar el cambio que le sobrevino. Era como si le hubieran
cortado todas las articulaciones. Cayó hecho un guiñapo.
El ruido se fue acercando sin parar y por delante de él surgió este horrendo
pensamiento: «El cocodrilo está a punto de abordar el barco.»
Incluso la garra de hierro colgaba inerte, como si supiera que no era parte in-
trínseca de lo que quería el atacante. De haberse quedado tan tremendamente
solo, cualquier otro hombre habría yacido con los ojos cerrados en el lugar don-
de cayera, pero el poderoso cerebro de Garfio seguía funcionando y guiado por
él se arrastró a cuatro patas por la cubierta alejándose todo lo que pudo del rui-
do. Los piratas le abrieron paso respetuosamente y sólo cuando se vio arrin-
conado contra las cuadernas habló.
-Escondedme -gritó roncamente.
Se apiñaron en torno a él, apartando los ojos de lo que estaba subiendo a bor-
do. No se les ocurrió luchar contra ello. Era el Destino.
Sólo cuando Garfio quedó oculto la curiosidad aflojó los miembros de los chi-
cos y así pudieron correr hasta el costado del barco para ver al cocodrilo trepan-
do por él. Entonces se llevaron la sorpresa mayor de la Noche entre las Noches:
pues no era ningún cocodrilo lo que venía en su ayuda. Era Peter.
Les hizo señas para que no soltaran ningún grito de admiración que pudiera
levantar sospechas. Luego siguió haciendo tic tac.

15. «Esta vez o Garfio o yo»

A todos nos ocurren cosas extrañas a lo largo de nuestra vida sin que durante
cierto tiempo nos demos cuenta de que han ocurrido. Así, por ejemplo, de pronto
descubrimos que hemos estado sordos de un oído desde hace ni se sabe cuán-
to, pero digamos que media hora. Pues bien, una experiencia de este tipo había
tenido Peter aquella noche. Cuando lo vimos por última vez estaba cruzando la
isla sigilosamente con un dedo en los labios y el puñal preparado. Había visto
pasar al cocodrilo sin notar nada especial en él, pero luego recordó que no había
estado haciendo tic tac. Al principio esto le pareció extraño, pero no tardó en
llegar a la acertada conclusión de que al reloj se le había acabado la cuerda.
Sin pararse a pensar en lo que podría sentir un prójimo privado tan bruscamen-
te de su compañero más íntimo, Peter se puso a pensar al momento en cómo
podría aprovecharse de la catástrofe y decidió hacer tic tac, para que los anima-
les salvajes creyeran que era el cocodrilo y lo dejaran pasar sin molestarlo. Hizo
tic tac magníficamente, pero con un resultado insospechado. El cocodrilo estaba
entre los que oyeron el sonido y se puso a seguirlo, aunque ya fuera con el pro-
pósito de recuperar lo que había perdido, ya fuera simplemente como amigo
creyendo que había vuelto a hacer tic tac por su cuenta, es algo que jamás sa-
bremos con certeza, pues, como todos los que son esclavos de una idea fija, era
un animal estúpido.
Peter llegó a la playa sin problemas y siguió adelante sin pararse, metiendo las
piernas en el agua como si no se diera cuenta de que había entrado en un ele-
mento nuevo. De esta forma pasan muchos animales de la tierra al agua, pero
ningún otro humano que yo conozca. Mientras nadaba sólo pensaba en una co-
sa: «Esta vez o Garfio o yo.» Llevaba tanto tiempo haciendo tic tac que seguía
haciéndolo sin percatarse de ello. Si lo hubiera sabido se habría parado, ya que
subir al bergantín con ayuda del tic tac, aunque era una idea ingeniosa, no se le
había ocurrido.
Por el contrario, creía que había trepado por su costado silencioso como un ra-
tón y se sorprendió al ver a los piratas apartándose de él, con Garfio en medio
de ellos tan abatido como si hubiera oído al cocodrilo.
¡El cocodrilo! Tan pronto como Peter lo recordó oyó el tic tac. Al principio creyó
que el ruido sí que procedía del cocodrilo y miró hacia atrás rápidamente. Luego
cayó en la cuenta de que lo estaba haciendo él mismo y al instante se hizo cargo
de la situación. «Qué listo soy», pensó de inmediato y les hizo señas a los chi-
cos de que no prorrumpieran en aplausos.
En ese momento Ed Teynte, el furriel, salió del castillo de proa y avanzó por la
cubierta. Ahora, lector, cronometra con tu reloj lo que pasó. Peter le clavó el pu-
ñal bien hondo. John tapó la boca al malhadado pirata para ahogar el gemido de
agonía. Cayó hacia adelante. Cuatro chicos lo cogieron para evitar el golpe. Pe-
ter dio la señal y la carroña fue lanzada por la borda. Se oyó un chapuzón y lue-
go silencio. ¿Cuánto ha durado?
-¡Uno!
(Presuntuoso había empezado a llevar la cuenta.)
Menos mal que Peter, todo él de puntillas, desapareció dentro del camarote, ya
que más de un pirata estaba armándose de valor para mirar atrás. Ya podían oír
la respiración entrecortada de los demás, lo cual les demostraba que el ruido
más terrible había pasado.
-Se ha ido, capitán -dijo Smee, limpiándose las gafas-. Ya está todo en calma
otra vez.
Poco a poco Garfio fue sacando la cabeza de la gorguera y escuchó tan aten-
tamente que podría haber captado el eco del tic tac. No se oía ni un ruido y se
irguió completamente con firmeza.
-Pues a la salud de Johnny Plancha -exclamó con descaro, odiando a los chi-
cos más que nunca porque lo habían visto achantarse. Se puso a cantar esta vil
cancioncilla:

¡Jo, jo, jo, viva la plancha:


por ella te pasearás
hasta que baje y tú también
a reunirte con Satanás!

Para aterrorizar aún más a los prisioneros, aunque con cierta pérdida de digni-
dad, se puso a bailar por una plancha imaginaria, haciéndoles muecas mientras
cantaba y cuando terminó gritó:
-¿Queréis probar el gato de nueve colas antes de caminar por la plancha?
Ante esto cayeron de rodillas.
-No, no -exclamaron tan lastimeramente que todos los piratas sonrieron.
-Trae el gato, Jukes -dijo Garfio-, está en el camarote.
¡El camarote! ¡Peter estaba en el camarote! Los niños intercambiaron miradas.
-Sí, señor -dijo Jukes alegremente y entró en el camarote. Lo siguieron con la
mirada; apenas se dieron cuenta de que
Garfio había reanudado su canción y que sus perros se le habían unido:

Jo, jo, jo, viva el gato que araña,


tiene nueve colas, ya veis
y al marcarte la espalda...

Nunca sabremos cómo era el último verso, pues de pronto la canción se inte-
rrumpió por un horrendo chillido procedente del camarote. Resonó por todo el
barco y se apagó. Luego se oyeron unos graznidos que los chicos entendieron
muy bien, pero que para los piratas resultaban casi más espeluznantes que el
chillido.
-¿Qué ha sido eso? -gritó Garfio.
-Dos -dijo Presuntuoso con solemnidad.
El italiano Cecco vaciló un momento y luego se lanzó hacia el camarote. Salió
tambaleándose, blanco como una sábana.
-¿Qué le pasa a Bill Jukes, perro? -siseó Garfio, irguiéndose ante él.
-Lo que le pasa es que está muerto, apuñalado -replicó Cecco con voz sepul-
cral.
-¡Bill Jukes muerto! -exclamaron los atónitos piratas.
-El camarote está oscuro como la pez -dijo Cecco, casi farfullando-, pero hay
algo horrible ahí dentro: lo que oímos graznar.
El júbilo de los chicos, las miradas furtivas de los piratas, todo esto notó Garfio.
-Cecco -dijo con voz más acerada-, vuelve y tráeme a ese pajarraco.
Cecco, valiente entre los valientes, se encogió ante su capitán, exclamando:
-No, no.
Pero Garfio le estaba haciendo carantoñas a su garra.
-¿Has dicho que irías, Cecco? -dijo con aire distraído.
Cecco fue, después de levantar los brazos en un gesto de desesperación. Ya
no había más cánticos, todos escuchaban y de nuevo se oyó un chillido agónico
y de nuevo un graznido. Nadie habló excepto Presuntuoso.
-Tres -dijo.
Garfio llamó a sus perros con un gesto.
-Por las barbas de Satanás -bramó-, ¿quién me va a traer a ese pajarraco?
-Espere a que salga Cecco -gruñó Starkey y los demás se unieron a él.
-Me ha parecido oír que te ofrecías, Starkey -dijo Garfio, ronroneando de nue-
vo.
-¡No, por todos los demonios! -gritó Starkey.
-Mi garfio cree que sí -dijo Garfio acercándose a él-. ¿No crees que sería con-
veniente darle gusto al garfio, Starkey?
-Que me cuelguen si entro ahí -replicó Starkey empecinado, y la tripulación lo
volvió a apoyar.
-¿Así que un motín? -preguntó Garfio en un tono más agradable que nunca-. Y
Starkey es el cabecilla.
-Piedad, capitán -gimoteó Starkey, ahora todo tembloroso.
-Choca esos cinco, Starkey -dijo Garfio, alargando la garra.
Starkey miró a su alrededor en busca de ayuda, pero todos lo abandonaron.
Mientras retrocedía, Garfio avanzaba con la chispa roja en los ojos. Con un grito
de desesperación el pirata saltó por encima de Tom el Largo y se precipitó en el
mar.
-Cuatro -dijo Presuntuoso.
-Y ahora -preguntó Garfio cortésmente-, ¿hay algún otro caballero que quiera
amotinarse?
Cogiendo un farol y alzando el garfio con gesto amenazador, dijo:
-Yo mismo sacaré a ese pajarraco -y entró corriendo en el camarote.
«Cinco.» Cómo deseaba Presuntuoso decirlo. Se humedeció los labios para
estar listo, pero Garfio salió tambaleándose, sin el farol.
-Algo ha apagado la luz -dijo un poco tembloroso.
-¡Algo! -repitió Mullins.
-¿Qué ha sido de Cecco? -preguntó Noodler.
-Está tan muerto como Jukes -dijo Garfio sucintamente. Su poca gana de re-
gresar al camarote produjo una mala impresión en todos ellos y los gritos rebel-
des se dejaron oír de nuevo. Todos los piratas son supersticiosos y Cookson
exclamó:
-Dicen que la mejor forma de saber si un barco está maldito es cuando hay una
persona más a bordo de las que debería haber.
-Yo he oído decir -murmuró Mullins- que siempre acaba por subir a bordo de
los barcos piratas. ¿Tenía cola, capitán? -Dicen -dijo otro, mirando a Garfio con
rencor-, que cuando llega lo hace con el aspecto del hombre más malvado de a
bordo.
-¿Tenía garfio, capitán? -preguntó Cookson con insolencia y uno tras otro fue-
ron repitiendo:
-El barco está maldito.
Ante esto los niños no pudieron evitar soltar una ovación. Garfio había poco
menos que olvidado a sus prisioneros, pero al volverse ahora hacia ellos se le
volvió a iluminar la cara.
-Muchachos -gritó a su tripulación-, tengo una idea. Abrid la puerta del camaro-
te y metedlos dentro. Que luchen contra ese pajarraco para salvar su vida. Si lo
matan, tanto mejor para nosotros; si él los mata a ellos tampoco hemos perdido
nada.
Por última vez sus perros admiraron a Garfio y cumplieron fielmente sus órde-
nes. Metieron a empujones en el camarote a los chicos, que fingían resistirse, y
les cerraron la puerta.
-Y ahora, a escuchar -gritó Garfio y todos escucharon. Pero ninguno se atrevía
a mirar hacia la puerta. Sí, uno, Wendy, que durante todo este tiempo había es-
tado atada al mástil. No estaba esperando ni un grito ni un graznido: esperaba la
reaparición de Peter.
No tuvo que esperar mucho. En el camarote había encontrado lo que había ido
a buscar: la llave que liberaría a los niños de sus grilletes y entonces todos
avanzaron en silencio, con las armas que pudieron encontrar. Después de indi-
carles que se escondieran, Peter cortó las ataduras de Wendy y entonces nada
les habría sido más fácil que salir volando todos juntos, pero había una cosa que
impedía la marcha, un juramento: «Esta vez o Garfio o yo.» De modo que cuan-
do hubo liberado a Wendy, le susurró que se ocultara con los demás y él mismo
ocupó su lugar en el mástil, envuelto en su capa para poder pasar por ella. En-
tonces tomó aliento con fuerza y soltó un graznido.
Para los piratas era una voz que proclamaba que todos los chicos yacían
muertos en el camarote y se quedaron aterrorizados. Garfio intentó animarlos,
pero como los perros en que los había convertido le enseñaron los dientes, supo
que si ahora apartaba la vista de ellos se le echarían encima.
-Muchachos -dijo, dispuesto a engatusar o a golpear según hiciera falta, pero
sin acobardarse ni por un instante-, lo he estado pensando. Hay un gafe abordo.
-Sí -gruñeron ellos-, un tipo con un garfio.
-No, muchachos, no, es la niña. Jamás tuvo suerte un barco pirata con una
mujer a bordo. Todo irá bien cuando ella se haya ido.
Algunos recordaron que eso había sido un dicho de Flint.
-Se puede intentar -dijeron no muy convencidos.
-Tirad a la niña por la borda -gritó Garfio y se abalanzaron sobre la figura en-
vuelta en la capa.
-Ya nadie te puede salvar, mocita -siseó Mullins burlonamente.
-Sí que hay alguien -replicó la figura.
-¿Y quién es?
-¡Peter Pan el vengador! -fue la terrible respuesta y al hablar Peter se quitó la
capa. Entonces todos supieron quién era el que los había estado aniquilando en
el camarote y Garfio trató de hablar dos veces, y dos veces fracasó. Creo que en
aquel espantoso momento le falló el valor.
-Abridlo en canal -gritó por fin, pero sin convicción.
-Vamos, chicos, a ellos -resonó la voz de Peter y en un momento el choque de
las armas retumbaba por todo el barco. Si los piratas se hubieran mantenido
agrupados es seguro que habrían ganado, pero el ataque se produjo cuando
estaban todos dispersos y se pusieron a correr de un lado a otro, dando golpes a
tontas y a locas, cada uno de ellos creyendo que era el último superviviente de
la tripulación. Hombre a hombre eran los más fuertes, pero ahora sólo luchaban
a la defensiva, lo cual permitía a los chicos cazar por parejas o elegir su presa.
Algunos de los villanos saltaban al mar, otros se ocultaban en rincones oscuros,
donde los descubría Presuntuoso, que no luchaba, sino que corría por todas par-
tes con un farol con el que les iluminaba la cara, de forma que quedaban des-
lumbrados y se convertían en presa fácil para las espadas ensangrentadas de
los otros chicos. Apenas se oía nada más que el choque de las armas, algún
chillido o chapuzón que otro y la voz de Presuntuoso que contaba monótona-
mente cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once.
Creo que no quedaba ni uno cuando un grupo de chicos enardecidos rodeó a
Garfio, que parecía tener más vidas que un gato, mientras los mantenía a raya
en aquel círculo de fuego. Habían acabado con sus perros, pero parecía que ni
todos juntos podían con aquel hombre solo. Una y otra vez se echaban contra él
y una y otra vez limpiaba él un espacio a zarpazos. Había levantado a un chico
con el garfio y lo estaba empleando como escudo cuando otro, que acababa de
atravesar a Mullins con su espada, saltó en medio de la refriega.
-Envainad las espadas, chicos -gritó el recién llegado-, este hombre es mío.
De esta forma tan repentina se encontró Garfio cara a cara con Peter. Los de-
más retrocedieron y formaron un círculo a su alrededor.
Durante largo rato los dos enemigos se estuvieron mirando, Garfio estreme-
ciéndose ligeramente y Peter con una sonrisa extraña en la cara.
-Bueno, Pan -dijo Garfio por fin-, así que todo esto es obratuya.
-Sí, James Garfio -fue la severa respuesta-, todo esto es obra mía.
-Jovenzuelo vanidoso e insolente -dijo Garfio-, disponte a morir.
-Hombre oscuro y siniestro -contestó Peter-, defiéndete.
Sin mediar más palabras entraron en combate y durante un tiempo ninguna de
las dos espadas llevó ventaja. Peter era un soberbio espadachín y paraba a una
velocidad vertiginosa; de cuando en cuando combinaba una finta con una esto-
cada que atravesaba la defensa de su enemigo, pero su menor envergadura no
le hacía buen servicio y no conseguía hundir el acero. Garfio, apenas menos
hábil que él, pero no tan diestro en el juego de la muñeca, lo obligaba a retroce-
der gracias al peso de sus embestidas, con la esperanza de terminar de golpe
con todo mediante una de sus estocadas preferidas, que Barbacoa le había en-
señado tiempo atrás en Río, pero ante su asombro descubría que esta estocada
era desviada una y otra vez. Entonces trató de acercarse y dar el golpe de gra-
cia con su garfio de hierro, que durante todo este tiempo había estado dando
zarpazos al aire, pero Peter lo esquivó agachándose y, embistiendo con fuerza,
lo hirió en las costillas. Al ver su propia sangre, cuyo peculiar color, como recor-
daréis, le resultaba repugnante, la espada cayó de la mano de Garfio y éste
quedó a merced de Peter.
-¡Ahora! -gritaron todos los chicos, pero con un gesto magnífico Peter invitó a
su adversario a recoger su espada. Garfio lo hizo al instante, pero con la trágica
sensación de que Peter se estaba comportando con buena educación.
Hasta entonces había pensado que quien luchaba contra él era una especie de
demonio, pero ahora lo asaltaron sospechas más siniestras.
-Pan, ¿quién y qué eres? -exclamó roncamente.
-Soy la juventud, soy la alegría -respondió Peter por decir algo-, soy un pajarillo
recién salido del huevo.
Esto, claro está, no eran más que tonterías, pero le demostró al desdichado
Garfio que Peter no tenía ni la más mínima idea sobre quién o qué era, lo cual
es el colmo de la buena educación.
-En guardia -gritó desesperado.
Luchaba ahora como un látigo humano y cada golpe de aquella terrible espada
habría partido en dos a cualquier hombre o muchacho que se hubiera puesto por
delante, pero Peter revoloteaba a su alrededor como si el mismo viento que le-
vantaba lo apartara de la zona de peligro. Y una y otra vez embestía y hería.
Garfio luchaba ya sin esperanza. Aquel pecho apasionado ya no pedía vivir,
pero sí que anhelaba un solo favor: antes de enfriarse para siempre, ver a Peter
haciendo gala de mala educación.
Abandonando la lucha corrió hasta la santabárbara y le prendió fuego.
-Dentro de dos minutos -gritó- el barco saltará en mil pedazos.
Ahora, pensó, ahora se verán los auténticos modales. Pero Peter salió de la
santabárbara con la bomba en las manos y la tiró por la borda tranquilamente.
¿Qué clase de modales estaba mostrando el propio Garfio? Aunque era un
hombre equivocado, podemos alegrarnos, sin simpatizar con él, de que al final
fuera fiel a las tradiciones de su estirpe. Los demás chicos estaban volando aho-
ra a su alrededor, burlándose con desprecio y mientras tropezaba por la cubierta
lanzándoles estocadas impotentes, su mente ya no estaba con ellos: estaba
ganduleando por los campos de juego de antaño, o recibiendo los elogios del
director, o contemplando el partido desde una famosa pared1. Y los zapatos eran
correctos, el chaleco era correcto, la corbata era correcta y los calcetines eran
correctos.

1. Alusión a un juego de pelota practicado contra una pared, característico de


Eton.

Adiós, James Garfio, personaje no sin heroísmo. Pues hemos llegado a sus úl-
timos momentos.
Al ver a Peter que avanzaba despacio sobre él por el aire con el puñal dispues-
to, saltó a la borda para tirarse al mar. No sabía que el cocodrilo lo estaba espe-
rando, ya que paramos el reloj a propósito para evitarle este conocimiento: una
pequeña muestra de respeto por nuestra parte al final.
Tuvo un triunfo final, que no creo que debamos quitarle. Mientras estaba de pie
sobre la borda volviendo la vista hacia Peter, que flotaba por el aire, lo invitó con
un gesto a que empleara el pie. Esto hizo que Peter le diera una patada en lugar
de apuñalarlo.
Por fin Garfio había conseguido el favor que anhelaba.
-Eso es mala educación -gritó burlándose y cayó satisfecho hacia el cocodrilo.
Así pereció James Garfio.
-Diecisiete -proclamó Presuntuoso, pero no había llevado bien la cuenta. Quin-
ce pagaron el precio de sus crímenes aquella noche, pero dos alcanzaron la ori-
lla: Starkey, que fue capturado por los pieles rojas, quienes lo convirtieron en ni-
ñera de todos sus niños, una triste humillación para un pirata, y Smee, quien en
adelante se dedicó a vagabundear por el mundo con sus gafas, ganándose la
vida precariamente contando que él era el único hombre a quien James Garfio
había temido.
Wendy, lógicamente, había estado a un lado sin participar en la lucha, aunque
contemplaba a Peter con ojos brillantes, pero ahora que todo había acabado
volvió a cobrar importancia. Los alabó a todos por igual y se estremeció encan-
tada cuando Michael le mostró el lugar donde había matado a uno y luego los
llevó al camarote de Garfio y señaló su reloj, que estaba colgado de un clavo.
¡Marcaba «la una y media»!
Lo tarde que era resultaba casi lo mejor de todo. Os aseguro que los acostó en
los camastros de los piratas bien deprisa; a todos menos a Peter, que estuvo
paseando pavoneándose por la cubierta, hasta que por fin se quedó dormido
junto a Tom el Largo. Esa noche tuvo una de sus pesadillas y lloró en sueños
largo rato y Wendy lo abrazó muy fuerte.

16. El regreso a casa

Por la mañana, al dar las dos campanadas1 ya estaban todos en marcha, pues
había mar gruesa y Lelo, el contramaestre, estaba entre ellos, con un cabo en la
mano y mascando tabaco. Todos se pusieron ropas piratas cortadas por la rodi-
lla, se afeitaron muy bien y subieron a cubierta, caminando con el auténtico vai-
vén de los marineros y sujetándose los pantalones.

1. Alusión a los toques de campana en un barco para indicar cada media hora
en el curso de las guardias, a contar desde medianoche.

No hace falta decir quién era el capitán. Avispado y John eran el primer y se-
gundo oficiales. Había una mujer a bordo. Los demás servían como marineros y
vivían en el castillo de proa. Peter ya se había atado al timón, pero llamó a todos
a cubierta y les dirigió un breve discurso, en el que dijo que esperaba que todos
cumplieran con sus obligaciones como unos valientes, pero que sabía que eran
la escoria de Río y de la Costa de Oro y que si se insubordinaban los haría tri-
zas. Sus bravuconas palabras eran el lenguaje que mejor entienden los marine-
ros y lo aclamaron con entusiasmo. Luego se despacharon unas cuantas órde-
nes e hicieron virar el barco, poniendo rumbo al mundo real.
El capitán Pan calculó, después de consultar la carta de navegación, que si el
tiempo continuaba así deberían arribar a las Azores hacia el 21 de junio, tras lo
cual ganarían tiempo volando.
Algunos querían que fuera un barco honrado y otros estaban a favor de que si-
guiera siendo pirata, pero el capitán los trataba como a perros y no se atrevían a
exponerle sus deseos ni siquiera con una propuesta colectiva. La obediencia
instantánea era lo único sensato. Presuntuoso se llevó una docena de latigazos
por parecer desconcertado cuando se le dijo que echara la sonda. La impresión
general era que Peter era honrado sólo por el momento para acallar las sos-
pechas de Wendy, pero que podría producirse un cambio cuando estuviera listo
el traje nuevo, que, en contra de su voluntad, le estaba haciendo con algunas de
las ropas más canallescas de Garfio. Se susurraba después entre ellos que la
primera noche que se puso este traje estuvo largo tiempo sentado en el camaro-
te con la boquilla de Garfio en la boca y todos los dedos apretados en un puño,
menos el índice, que tenía curvado y levantado amenazadoramente como un
garfio.
Sin embargo, en lugar de observar lo que pasa en el barco, ahora debemos
regresar a aquella casa desolada de donde tres de nuestros personajes habían
huido sin el menor miramiento hace ya tanto. Nos da pena no haber hecho caso
al número 14 durante todo este tiempo y sin embargo podemos estar seguros de
que la señora Darling no nos lo echa en cara. Si hubiéramos regresado antes
para mirarla con apenada compasión, probablemente habría exclamado:
-No seáis tontos, ¿qué importancia tengo yo? Volved a cuidar de los niños.
Mientras las madres sigan siendo así sus hijos se aprovecharán de ellas: pue-
den contar con eso.
Aun ahora nos aventuramos a entrar en ese conocido cuarto de los niños sólo
porque sus legítimos inquilinos vienen de camino a casa: simplemente los ade-
lantamos para ver si sus camas están debidamente aireadas y si el señor y la
señora Darling no salen por las noches. No somos más que criados. ¿Por qué
demonios deberían estar debidamente aireadas sus camas, después de que los
muy desagradecidos se fueran con tantas prisas? ¿No se lo tendrían muy bien
merecido si regresaran y se encontraran con que sus padres están pasando el
fin de semana en el campo? Sería la lección moral que les ha estado haciendo
falta desde que los conocimos, pero si tramáramos las cosas así la señora Dar-
ling no nos lo perdonaría jamás.
Hay una cosa que me gustaría muchísimo hacer y que es decirle, como hacen
los escritores, que los niños están regresando, que de verdad que estarán de
vuelta del jueves en una semana. Esto echaría a perder completamente la sor-
presa que están esperando Wendy, John y Michael. Lo han estado imaginando
en el barco: el éxtasis de mamá, el grito de alegría de papá, el salto por los aires
de Nana para ser la primera en abrazarlos, cuando para lo que tendrían que es-
tar preparándose es para una buena paliza. Qué delicioso sería estropearlo todo
adelantando la noticia, de modo que cuando entren con aire imponente la señora
Darling pueda no darle ni siquiera un beso a Wendy y el señor Darling pueda
exclamar malhumorado:
-Vaya por Dios, ya están aquí estos chicos otra vez.
Sin embargo, no nos darían las gracias ni siquiera por esto. A estas alturas ya
estamos empezando a conocer a la señora Darling y podemos estar seguros de
que nos censuraría por quitarles a los niños ese placer.
-Pero, mi querida señora, faltan diez días para el jueves y explicándole cómo
están las cosas, podemos ahorrarle diez días de infelicidad.
-Sí, ¡pero a qué precio! Quitándoles a los niños diez minutos de placer.
-Bueno, si es así como lo ve usted.
-¿Y de qué forma se puede ver?
¿Veis? Esa mujer no tenía el genio debido. Tenía intención de decir cosas
agradabilísimas sobre ella, pero la desprecio y ya no diré nada. Además real-
mente no hace falta decirle que prepare las cosas, porque ya están preparadas.
Todas las camas están aireadas y ella nunca se va de la casa y, mirad, la venta-
na está abierta. Para lo que le servimos, podríamos volver al barco. Sin embar-
go, ya que estamos aquí también podemos quedarnos y seguir mirando. Eso es
lo único que somos, mirones. Nadie nos quiere. Así que vamos a mirar y a soltar
mordacidades, con la esperanza de que alguna haga mella.
El único cambio que se observa en el cuarto de los niños es que entre las nue-
ve y las seis la perrera ya no está allí. Cuando los niños se fueron volando, el
señor Darling sintió en lo más profundo de su alma que toda la culpa era suya
por haber atado a Nana y que desde el principio ella había sido más inteligente
que él. Naturalmente, como hemos visto, era un hombre muy simple; en realidad
habría podido volver a pasar por un chiquillo si hubiera podido quitarse la calvi-
cie, pero también tenía un noble sentido de la justicia y un valor indomable a la
hora de hacer lo que le parecía correcto y, después de haber pensado sobre el
asunto con enorme cuidado tras la huida de los niños, se puso a cuatro patas y
se metió en la perrera. A todas las cariñosas instancias de la señora Darling pa-
ra que saliera replicaba él triste pero firmemente:
-No, mi bien, éste es el lugar que me corresponde. Amargado por los remordi-
mientos juró que jamás saldría de la perrera mientras sus hijos no volvieran. Ló-
gicamente, era una pena, pero hiciera lo que hiciera el señor Darling siempre lo
tenía que hacer en exceso, si no no tardaba en dejar de hacerlo. Y nunca hubo
un hombre más humilde que el en tiempos orgulloso George Darling, mientras
se pasaba la tarde sentado en la perrera hablando con su mujer de sus hijos y
de todos sus detalles encantadores.
Era muy conmovedora su deferencia hacia Nana. No la dejaba entrar en la pe-
rrera, pero en todas las demás cuestiones cumplía sus deseos sin rechistar.
Todas la mañanas la perrera, con el señor Darling dentro, era transportada
hasta un coche, que lo llevaba a la oficina y regresaba a casa de la misma forma
a las seis. Notaremos parte de la fuerza de carácter de este hombre si recorda-
mos lo sensible que era a la opinión de los vecinos, este hombre cuyo más mí-
nimo movimiento llamaba ahora la atención por lo sorprendente. Por dentro de-
bía de estar sufriendo un tormento, pero mantenía una fachada de calma incluso
cuando los jóvenes se burlaban de su casita y siempre se descubría cortésmen-
te ante cualquier señora que mirara dentro.
Puede que fuera una quijotada, pero era magnífico. No tardó en conocerse el
significado que aquello encerraba y el gran corazón del público se sintió conmo-
vido. Las multitudes seguían al coche, aclamando con fervor; chicas bonitas tre-
paban a él para conseguir su autógrafo, se publicaban entrevistas en los mejo-
res periódicos y la alta sociedad lo invitaba a cenar, añadiendo: «No deje de ve-
nir en la perrera.»
En aquel jueves lleno de emoción la señora Darling esperaba en el cuarto de
los niños a que George volviera a casa: era una mujer de expresión muy triste.
Ahora que la miramos de cerca y recordamos su animación de días pasados,
desaparecida ahora porque ha perdido a sus niños, me parece que después de
todo no voy a ser capaz de decir cosas desagradables de ella. La pobre no po-
día evitar sentir demasiado cariño por esos monstruitos. Miradla ahí en su buta-
ca, donde se ha quedado dormida. La comisura de su boca, que es lo primero
que uno mira, está casi marchita. Su mano se mueve inquieta sobre el pecho
como si le doliera. A algunos les gusta más Peter y a otros les gusta más Wen-
dy, pero yo la prefiero a ella. Supongamos que, para hacerla feliz, le susurramos
en sueños que los mocosos están en camino.
En realidad están ya a dos millas de la ventana y vienen volando fuerte, pero lo
único que hace falta que susurremos es que vienen de camino. Vamos.
Es una lástima que lo hayamos hecho, ya que se ha despertado sobresaltada
gritando sus nombres y no hay nadie en la habitación más que Nana.
-Oh, Nana, he soñado que mis pequeños habían vuelto. Nana tenía los ojos
húmedos, pero lo único que pudo hacer fue poner suavemente la pata en el re-
gazo de su ama y así estaban sentadas las dos cuando trajeron la perrera de
vuelta. Cuando el señor Darling saca la cabeza para besar a su esposa, vemos
que tiene la cara más avejentada que antes, pero con una expresión más dulce.
Le dio el sombrero a Liza, que lo cogió con desprecio, ya que no tenía la más
mínima imaginación y era totalmente incapaz de comprender los motivos de este
hombre. Fuera, la multitud que había acompañado al coche hasta casa todavía
seguía aclamando y, naturalmente, esto no dejaba de conmoverlo.
-Escúchalos -dijo-, es muy gratificante. -Son una panda de críos -se mofó Liza.
-Hoy había varios adultos -le aseguró él ruborizado, pero cuando ella sacudió
la cabeza con sorna él no le dijo ni una palabra de reproche. El éxito social no lo
había echado a perder, lo había dulcificado. Estuvo un rato sentado con medio
cuerpo fuera de la perrera, hablando con la señora Darling sobre su éxito y es-
trechándole la mano para tranquilizarla cuando ella le dijo que esperaba que no
se le fuera a subir a la cabeza.
-Pero si llego a ser un hombre débil -dijo-. ¡Dios santo, si llego a ser un hombre
débil!
-Y, George -dijo ella con timidez-, sigues tan lleno de remordimientos como
siempre, ¿verdad?
-¡Tan lleno de remordimientos como siempre, mi amor! Mira mi castigo: vivir en
una perrera.
-Pero es un castigo, ¿no es así, George? ¿Estás seguro de que no estás dis-
frutando con ello?
-¡Pero mi amor!
Os aseguro que ella le pidió perdón y, luego, soñoliento, él se acurrucó en la
perrera.
-¿Me tocas algo en el piano de los niños para que me duerma? -le pidió.
Y cuando ella se dirigía al cuarto de jugar añadió sin pensar:
-Y cierra esa ventana. Hay corriente.
-Oh, George, no me pidas nunca que haga eso. La ventana debe estar siempre
abierta para ellos, siempre, siempre. Entonces le tocó a él pedirle perdón y ella
fue al cuarto de jugar y tocó el piano y pronto se quedó dormido y, mientras
dormía, Wendy, John y Michael entraron volando en la habitación.
Oh, no. Lo hemos escrito así porque ése era el bonito plan que tenían ellos an-
tes de que nos fuéramos del barco, pero debe de haber pasado algo desde en-
tonces, porque no son ellos los que han entrado volando, son Peter y Campani-
lla. Las primeras palabras de Peter lo revelan todo.
-Deprisa, Campanilla -susurró-, cierra la ventana, échale el pestillo. Así, bien.
Ahora tú yyo tenemos que huir por la puerta y cuando Wendy llegue creerá que
su madre la ha dejado fuera y tendrá que volver conmigo.
Ya comprendo lo que hasta ahora me venía escamando: por qué cuando Peter
hubo exterminado a los piratas no regresó a la isla y dejó que Campanilla guiara
a los niños hasta el mundo real. Había tenido planeada esta trampa desde el
principio.
En lugar de pensar que se estaba portando mal se puso a bailar de alegría;
luego atisbó en el cuarto de jugar para ver quién estaba tocando. Le susurró a
Campanilla:
-Ésa es la madre de Wendy. Es una señora muy guapa, pero no tan guapa
como mi madre. Tiene la boca llena de dedales, pero no tanto como la tenía mi
madre.
Por supuesto, él no sabía nada de nada sobre su madre, pero a veces se jac-
taba de ella.
No conocía la melodía, que era «hogar, dulce hogar», pero sabía que estaba
diciendo: «Vuelve, Wendy, Wendy, Wendy» y exclamó entusiasmado:
-Señora, jamás volverá a ver a Wendy, porque la ventana está cerrada.
Volvió a atisbar para ver por qué se había interrumpido la música y entonces
vio que la señora Darling había apoyado la cabeza en la caja del piano y que
tenía dos lágrimas en los ojos.
«Quiere que abra la ventana», pensó Peter, «pero no lo haré, no señor.»
Volvió a asomarse y las lágrimas seguían allí, u otras dos que habían ocupado
su lugar.
-Quiere muchísimo a Wendy-se dijo. Entonces se enfadó con ella por no darse
cuenta de por qué no podía tener a Wendy.
La razón era tan sencilla:
-Yo también la quiero. No podemos tenerla los dos, señora.
Pero la señora no se conformaba y era muy desgraciada. Dejó de mirarla, pero
ni siquiera así lo dejaba ella en paz. Se puso a dar brincos y a hacer muecas,
pero cuando se detuvo era como si ella estuviera dentro de él, llamando.
-Bueno, está bien -dijo por fin y tragó con dificultad. Luego abrió la ventana.
-Vamos, Campanilla -exclamó, burlándose cruelmente de las leyes de la natu-
raleza-, a nosotros no nos hace falta ninguna madre tonta.
Y se fueron volando.
Por eso Wendy, John y Michael encontraron la ventana abierta para ellos des-
pués de todo, lo cual, por supuesto, era más de lo que merecían. Se posaron en
el suelo, sin sentirse avergonzados en absoluto y eso que el más pequeño ya se
había olvidado de su hogar.
-John -dijo, mirando a su alrededor con incertidumbre-, creo que he estado
aquí antes.
-Claro que sí, tonto. Esta es tu antigua cama.
-Ah, sí -dijo Michael, sin demasiada convicción.
-¡Oye! -exclamó John-. ¡La perrera!
Y corrió hasta ella para mirarla.
-A lo mejor está Nana dentro -dijo Wendy. Pero John soltó un silbido.
-Caramba -dijo-, si hay un hombre metido ahí.
-¡Es papá! -exclamó Wendy.
-Dejadme ver a papá -rogó Michael con ansia y lo examinó atentamente.
-No es tan grande como el pirata que maté -dijo con una desilusión tan patente
que me alegro de que el señor Darling estuviera dormido: habría sido muy triste
si ésas hubieran sido las primeras palabras que le oyera decir a su pequeño Mi-
chael.
Wendy y John se habían quedado algo pasmados al encontrar a su padre en la
perrera.
-Pero -dijo John, como quien ha perdido fe en su memoria-, él no dormía en la
perrera, ¿verdad?
-John -dijo Wendy con voz entrecortada-, quizás no recordamos nuestra anti-
gua vida tan bien como creíamos. Se quedaron helados ybien merecido que se
lo tenían.
-Qué poco delicado por parte de mamá -dijo el bribonzuelo de John- no estar
aquí cuando regresamos. Entonces la señora Darling se puso a tocar de nuevo.
-¡Es mamá! -exclamó Wendy, asomándose.
-¡Pues sí! -dijo John.
-¿Entonces tú no eres nuestra madre de verdad, Wendy? -preguntó Michael,
que estaba muy soñoliento.
-¡Dios mío! -exclamó Wendy, con sus primeros remordimientos auténticos-.
Desde luego, ya iba siendo hora de que volviéramos.
-Vamos a entrar sin hacer ruido -propuso John-, y a taparle los ojos con las
manos.
Pero a Wendy, que se dio cuenta de que debían dar la grata noticia con algo
más de suavidad, se le ocurrió un plan mejor.
-Vamos a meternos todos en la cama y a quedarnos ahí cuando entre, como si
nunca nos hubiéramos ido.
Y por eso cuando la señora Darling volvió al cuarto de los niños para ver si su
esposo estaba dormido, todas las camas estaban ocupadas. Los niños aguarda-
ban su grito de alegría, pero éste no se produjo. Los vio, pero no se creyó que
estuvieran allí. Es que los veía en sus camas tan a menudo al soñar que se pen-
só que aquello no era más que el sueño que seguía rondándole por la cabeza.
Se sentó en la butaca junto al fuego, donde en otros tiempos los había ama-
mantado.
Ellos no lo entendían y un miedo helado se apoderó de los tres.
-¡Mamá! -gritó Wendy.
-Ésa es Wendy -dijo ella, pero seguía convencida de que era el sueño.
-¡Mamá!
-Ése es John -dijo.
-¡Mamá! -gritó Michael. Ya la había reconocido.
-Ése es Michael -dijo ella y alargó los brazos hacia los tres niños egoístas a
quienes jamás volverían a estrechar. Pero sí que lo hicieron, rodearon a Wendy,
a John y a Michael, que se habían deslizado fuera de la cama y habían corrido
hasta ella.
-George, George -exclamó cuando pudo hablar y el señor Darling se despertó
para compartir su dicha y Nana entró corriendo. La escena no podría haber sido
más encantadora, pero no había nadie para contemplarla, excepto un extraño
chiquillo que miraba por la ventana. Tenía alegrías innumerables que otros niños
jamás llegan a conocer, pero estaba contemplando por la ventana la única felici-
dad a la que jamás podría aspirar.

17. Cuando Wendy creció

Espero que queráis saber qué había sido de los demás chicos. Estaban espe-
rando abajo para que Wendy tuviera tiempo de explicar lo que ocurría con ellos,
y después de contar hasta quinientos subieron. Subieron por la escalera, porque
pensaron que causaría mejor impresión. Se pusieron en fila ante la señora Dar-
ling, con los gorros en la mano y deseando no estar vestidos de piratas. No dije-
ron nada, pero sus ojos le suplicaban que se los quedase. Deberían haber mira-
do también al señor Darling, pero se olvidaron de él.
Por supuesto, la señora Darling dijo inmediatamente que se los quería quedar,
pero el señor Darling estaba extrañamente deprimido y se dieron cuenta de que
seis le parecía una cantidad bastante grande.
Le dijo a Wendy:
-Debo decir que las cosas no se hacen a medias -un comeníario poco genero-
so que a los gemelos les pareció que iba por ellos.
El primer gemelo era el atrevido y preguntó, ruborizándose:
-¿Cree que seríamos demasiados, señor? Porque si es así nos podemos ir.
-¡Papá! -gritó Wendy, horrorizada, pero él seguía malhumorado. Sabía que se
estaba comportando de manera indigna, pero no lo podía evitar.
-Podríamos dormir de dos en dos -dijo Avispado.
-Yo misma les corto el pelo siempre -dijo Wendy.
-¡George! -exclamó la señora Darling, dolida por ver a su amor haciendo gala
de una conducta tan reprochable.
Entonces él se echó a llorar y salió a relucir la verdad. Estaba tan contento
como ella de tenerlos, dijo, pero creía que deberían haber pedido su consenti-
miento además del de ella, en lugar de tratarlo como un cero a la izquierda en su
propia casa.
-Yo no creo que sea un cero a la izquierda -exclamó Lelo al instante-. ¿Tú
crees que es un cero a la izquierda, Rizos? -No, no me lo parece. ¿A ti te parece
un cero a la izquierda, Presuntuoso?
-Pues más bien no. Gemelo, ¿a ti qué te parece?
Resultó que a ninguno de ellos le parecía un cero a la izquierda y él se sintió
absurdamente gratificado y dijo que encontraría sitio para todos ellos en el salón
si cabían.
-Sí que cabremos, señor -le aseguraron.
-Pues entonces seguid al jefe -gritó alegremente-. Escuchad, no estoy seguro
de que tengamos un salón, pero haremos como si lo tuviéramos y será lo mis-
mo. ¡Adelante!
Se fue bailando por la casa y ellos gritaron: «¡Adelante! » y lo siguieron bailan-
do, en busca del salón y no me acuerdo de si lo encontraron, pero en cualquier
caso encontraron rincones y todos cupieron.
En cuanto a Peter, vio a Wendy una vez más antes de marcharse volando. No
es que llegara a la ventana exactamente, pero la rozó al pasar, para que ella la
abriera si quería y lo llamara. Eso fue lo que ella hizo.
-Hola, Wendy y adiós -dijo él.
-Ay, ¿te vas?
-Sí.
-¿No crees, Peter -dijo ella vacilando-, que te gustaría decirles algo a mis pa-
dres sobre una cuestión muy bonita?
-No.
-¿Sobre mí, Peter?
-No.
La señora Darling llegó a la ventana, pues por el momento estaba vigilando a
Wendy estrechamente. Le dijo a Peter que había adoptado a todos los demás
chicos y que le gustaría adoptarlo a él también.
-¿Me mandaría a la escuela? -preguntó él taimadamente.
-Sí.
-¿Y luego a una oficina?
-Supongo que sí.
-¿Y pronto sería mayor?
-Muy pronto.
-No quiero ir a la escuela a aprender cosas serias -le dijo con vehemencia-. No
quiero ser mayor. Ay, madre de Wendy, ¡qué horror si me despertara y notara
que tengo barba!
-¡Peter! -dijo Wendy, siempre consoladora-. Me encantaría verte con barba.
Y la señora Darling le tendió los brazos, pero él la rechazó.
-Atrás, señora, nadie me va a atrapar para convertirme en una persona mayor.
-¿Pero dónde vas a vivir?
-Con Campanilla en la casa que construimos para Wendy. Las hadas la pon-
drán en lo alto de la copa de los árboles en los que duermen de noche.
-Qué bonito -exclamó Wendy con tanto anhelo que la señora Darling la sujetó
firmemente.
-Yo creía que las hadas estaban todas muertas -dijo la señora Darling.
-Siempre hay muchas jóvenes -explicó Wendy, que era ahora toda una exper-
ta-, porque, verás, cuando un bebé nuevo se ríe por primera vez nace una nueva
hada y como siempre hay bebés nuevos siempre hay hadas nuevas. Viven en
nidos en las copas de los árboles y las de color malva son chicos y las de color
blanco, chicas, y las de color azul, unas tontuelas que no saben muybien lo que
son.
-Lo voy a pasar estupendo -dijo Peter, observando a Wendy.
-Estarás bastante solo por la noche -dijo ella-, cuando te sientes junto al fuego.
-Tendré a Campanilla.
-Pues Campanilla no es que sea mucha ayuda, que digamos -le recordó ella
con algo de aspereza.
-¡Chivata! -gritó Campanilla desde el otro lado de la esquina.
-Eso no importa-dijo Peter.
-Oh, Peter, tú sabes que sí importa.
-Pues entonces ven a la casita conmigo.
-¿Puedo, mamá?
-Por supuesto que no. Te tengo otra vez en casa y estoy decidida a conservar-
te.
-Pero es que le hace tanta falta una madre.
-A ti también, mi amor.
-Oh, está bien -dijo Peter, como si lo hubiera pedido sólo por cortesía, pero la
señora Darling vio cómo le temblaba la boca y le hizo esta bella oferta: que
Wendy se fuera con él durante una semana todos los años para hacer la limpie-
za de primavera. Wendy habría preferido algo más permanente y le parecía que
la primavera iba a tardar mucho en llegar, pero esta promesa hizo que Peter se
volviera a poner muy contento. No tenía noción del tiempo y corría tantas aven-
turas que todo lo que os he contado sobre él no es más que una mínima parte.
Supongo que porque Wendy lo sabía, las últimas palabras que le dirigió fueron
en tono quejumbroso:
-Peter, ¿verdad que no te olvidarás de mí antes de que llegue la limpieza de
primavera?
Naturalmente, Peter se lo prometió y luego se alejó volando. Se llevó consigo
el beso de la señora Darling. El beso que no había sido para nadie más Peter lo
consiguió con gran facilidad. Curioso. Pero ella parecía satisfecha.
Por supuesto, todos los chicos fueron enviados ala escuela y casi todos entra-
ron en la clase III, pero Presuntuoso fue colocado primero en la clase IV y luego
en la clase V La clase I es la más alta. Después de asistir a la escuela durante
una semana se dieron cuenta de lo tontos que habían sido por no quedarse en
la isla, pero ya era demasiado tarde y no tardaron en acostumbrarse a ser tan
normales como vosotros, yo o cualquier hijo de vecino. Es triste tener que decir
que poco a poco fueron perdiendo la capacidad de volar. Al principio Nana les
ataba los pies a los barrotes de la cama para que no salieran volando por la no-
che y una de sus diversiones durante el día era fingir que se caían de los auto-
buses, pero poco a poco dejaron de tirar de sus ataduras en la cama y descu-
brieron que se hacían daño cuando se soltaban del autobús. Al cabo de un tiem-
po ni siquiera podían salir volando detrás de sus sombreros. Falta de práctica,
decían ellos, pero lo que en realidad quería decir aquello era que ya no creían.
Michael creyó más tiempo que los demás, aunque se burlaban de él: por eso
estaba con Wendy cuando Peter fue a buscarla a finales del primer año. Se fue
volando con Peter con el vestido que había tejido con hojas y bayas en el País
de Nunca Jamás y lo único que temía era que él pudiera notar lo pequeño que
se le había quedado, pero no se dio cuenta, pues tenía muchas cosas que con-
tar sobre sí mismo.
Ella había estado esperando con ilusión mantener emocionantes charlas con él
sobre los viejos tiempos, pero las nuevas aventuras habían ocupado el lugar de
las viejas en su cabeza.
-¿Quién es el capitán Garfio? -preguntó con interés cuando ella habló del ar-
chienemigo.
-¿Pero no te acuerdas -le preguntó, asombrada- de cómo lo mataste y nos sal-
vaste a todos la vida?
-Me olvido de ellos después de matarlos -replicó él descuidadamente.
Cuando expresó una esperanza incierta de que Campanilla se alegrara de ver-
la, él dijo:
-¿Quién es Campanilla?
-Oh, Peter -dijo ella, horrorizada, pero ni siquiera se acordaba después de que
se lo hubiera explicado.
-Es que hay tantas -dijo-. Supongo que habrá muerto. Supongo que tenía ra-
zón, pues las hadas no viven mucho tiempo, pero son tan chiquititas que un bre-
ve espacio de tiempo les parece muy largo.
Wendy se sintió dolida al descubrir que el año que había pasado era como si
fuera ayer para Peter: a ella le había parecido un año de espera muy largo. Pero
él seguía siendo tan fascinante como siempre y pasaron una primavera ma-
ravillosa haciendo la limpieza de la casita de la copa de los árboles.
Al año siguiente no vino por ella. Esperó con un vestido nuevo porque el viejo
sencillamente ya no le entraba, pero él no llegó.
-A lo mejor está enfermo -dijo Michael. -Sabes que nunca está enfermo.
Michael se acercó a ella y susurró, con un escalofrío:
-¡A lo mejor no existe tal persona, Wendy!
Y entonces Wendy se habría echado a llorar si Michael no hubiera estado llo-
rando ya.
Peter llegó para la siguiente limpieza de primavera y lo raro era que no era
consciente en absoluto de que se había saltado un año.
Ésa fue la última vez que la niña Wendy lo vio. Durante cierto tiempo trató por
él de no tener dolores de crecimiento y sintió que le era desleal cuando obtuvo
un premio por cultura general. Pero fueron pasando los años sin que apareciera
el descuidado chiquillo y cuando volvieron a encontrarse Wendy era una mujer
casada y Peter no era más para ella que el polvillo del baúl donde había conser-
vado sus juguetes. Wendy era adulta. No tenéis que apenaros por ella. Era de
las que les gusta crecer. Al final crecía por su propia voluntad un día más depri-
sa que las demás niñas.
A estas alturas todos los chicos eran ya mayores y se habían estropeado, así
que apenas merece la pena decir nada más sobre ellos. Podéis ver cualquier día
a los gemelos, a Avispado y a Rizos ir a la oficina, cada uno con una cartera y
un paraguas. Michael es maquinista. Presuntuoso se casó con una dama de la
nobleza y por eso se convirtió en lord. ¿Veis a ese juez con peluca que sale por
la puerta de hierro? Ése era Lelo. Ese hombre con barba que no se sabe ningún
cuento para contárselo a sus hijos era antes John.
Wendy se casó de blanco con un fajín rosa. Es raro pensar que Peter no se
posara en la iglesia para prohibir las amonestaciones.
Los años volvieron a pasar y Wendy tuvo una hija. Esto no debería escribirse
con tinta, sino con letras de oro.
La llamaron Jane y siempre tuvo una extraña mirada interrogante, como si
desde el momento en que llegó al mundo quisiera hacer preguntas. Cuando tuvo
edad suficiente para hacerlas eran en su mayoría sobre Peter Pan. Le encanta-
ba oír cosas de Peter y Wendy le contaba todo lo que recordaba en el mismo
cuarto de los niños donde se inició el famoso vuelo. Ahora era el cuarto de Jane,
pues su padre se lo había comprado al tres por ciento de interés al padre de
Wendy, al que ya no le gustaba subir escaleras. La señora Darling estaba ya
muerta y olvidada.
Ahora sólo había dos camas en el cuarto, la de Jane y la de su niñera y no
había perrera, pues Nana también había fallecido. Murió de vejez y hacia el final
había tenido un trato bastante difícil, pues estaba firmemente convencida de que
nadie sabía cómo cuidar a los niños excepto ella.
Una vez a la semana la niñera de Jane tenía la tarde libre y entonces le tocaba
a Wendy acostar a Jane. Ése era el momento de contar cuentos. Jane se había
inventado un juego que consistía en levantar la sábana por encima de su cabeza
y la de su madre, formando así una especie de tienda y susurrar en la sobreco-
gedora oscuridad:
-¿Qué vemos ahora?
-Me parece que esta noche no veo nada -dice Wendy, con la sensación de que
si Nana estuviera aquí se opondría a que la conversación continuara.
-Sí, sí que lo ves -dice Jane-, ves cuando eras una niña.
-De eso hace ya mucho, mi vida -dice Wendy-. ¡Ay, cómo vuela el tiempo!
-¿Vuela -pregunta la astuta niña-, como tú volabas cuando eras pequeña?
-¡Como yo volaba! ¿Sabes, Jane? A veces me pregunto si realmente volaba.
-Sí, sí que volabas.
-¡Qué días aquellos cuando podía volar! -¿Por qué ya no puedes volar, mamá?
-Porque he crecido, mi amor. Cuando la gente crece se olvida de cómo se
hace.
-¿Por qué se olvidan de cómo se hace?
-Porque ya no son alegres ni inocentes ni insensibles. Sólo los que son ale-
gres, inocentes e insensibles pueden volar. -¿Qué es ser alegre, inocente e in-
sensible? Ojalá yo fuera alegre, inocente e insensible.
O quizás Wendy admita que sí ve algo. -Creo -dice- que es este cuarto. -Creo
que sí -dice Jane-. Sigue.
Están ya metidas en la gran aventura de la noche en que Peter entró volando
en busca de su sombra.
-El muy tonto -dice Wendy-, intentó pegársela con jabón y al no poder se echó
a llorar y eso me despertó y yo se la cosí.
-Te has saltado una parte -interrumpe Jane, que se sabe ya la historia mejor
que su madre-. Cuando lo viste sentado en el suelo llorando, ¿qué le dijiste?
-Me senté en la cama y dije: «Niño, ¿por qué lloras?» -Sí, eso era -dice Jane,
con un gran suspiro.
-Y luego nos llevó a todos volando al País de Nunca Jamás con las hadas, los
piratas, los pieles rojas y la laguna de las sirenas, la casa subterránea y la casi-
ta.
-¡Sí! ¿Qué era lo que más te gustaba?
-Creo que lo que más me gustaba era la casa subterránea.
-Sí, a mí también. ¿Qué fue lo último que te dijo Peter? -Lo último que me dijo
fue: «Espérame siempre y una noche me oirás graznar.»
-Sí.
-Pero, fijate qué pena, se olvidó de mí -dijo Wendy sonriendo. Así de adulta
era.
-¿Cómo era su graznido? -preguntó Jane una noche.
-Era así -dijo Wendy, tratando de imitar el graznido de Peter.
-No, así no -dijo Jane toda seria-, era así.
Y lo hizo mucho mejor que su madre.
Wendy se quedó un poco sobrecogida.
-Mi amor, ¿cómo lo sabes?
-Lo oigo a menudo cuando estoy durmiendo -dijo Jane.
-Ah, sí, muchas niñas lo oyen cuando duermen, pero yo fui la única que lo oyó
despierta.
-Qué suerte -dijo Jane.
Y entonces una noche se produjo la tragedia. Era primavera y ya se había
acabado el cuento por esa noche y Jane estaba ya dormida en su cama. Wendy
estaba sentada en el suelo, muy cerca del fuego, para poder ver mientras zurcía,
pues no había ninguna otra luz en el cuarto, y mientras zurcía oyó un graznido.
Entonces la ventana se abrió de un soplo como en otros tiempos y Peter se posó
en el suelo.
Estaba exactamente igual que siempre y Wendy vio al momento que todavía
conservaba todos sus dientes de leche. Él era un niño y ella era una persona
mayor. Se acurrucó junto al fuego sin atreverse a hacer ningún movimiento, im-
potente y culpable, una mujer adulta.
-Hola, Wendy-dijo él, sin notar ninguna diferencia, pues estaba pensando so-
bre todo en sí mismo y a la escasa luz su vestido blanco podría haber sido el
camisón con que la había visto por primera vez.
-Hola, Peter -replicó ella débilmente, encogiéndose todo lo posible. Algo en su
interior clamaba: «Mujer, mujer, suéltame.»
-Eh, ¿dónde está John? -preguntó él, echando en falta de repente la tercera
cama.
-John ya no está aquí -dijo ella con voz entrecortada. -¿Michael está dormido?
-preguntó él, echando un vistazo por encima de Jane.
-Sí -respondió ella y entonces sintió que estaba siendo desleal a Jane además
de a Peter.
-Ése no es Michael -dijo rápidamente, no fuera a ser castigada.
Peter miró con más atención.
-Eh, ¿es alguien nuevo?
-Sí.
-¿Chico o chica?
-Chica.
Ahora tendría que entenderlo, pero nada.
-Peter -dijo, vacilando-, ¿estás esperando que me vaya volando contigo?
-Claro, por eso he venido.
Añadió con cierta severidad:
-¿Has olvidado que hay que hacer la limpieza de primavera?
Ella sabía que era inútil decirle que se había saltado muchas limpiezas de pri-
mavera.
-No puedo ir -dijo en tono de excusa-.
Se me ha olvidado cómo volar.
-No tardo nada en volver a enseñarte.
-Oh, Peter, no malgastes el polvillo de las hadas en mí. Se había levantado y
por fin lo asaltó un temor. -¿Qué pasa? -exclamó, encogiéndose.
-Voy a encender la luz -dijo ella-, y entonces lo verás.
Casi por única vez en su vida, que yo sepa, Peter se sintió asustado.
-No enciendas la luz -gritó.
Ella revolvió con las manos el pelo de aquel niño trágico. Ya no era una niña
desolada por él: era una mujer adulta que sonreía por todo ello, pero con una
sonrisa llorosa.
Luego encendió la luz y Peter lo vio. Soltó un grito de dolor y cuando aquel ser
alto y hermoso se inclinó para cogerlo en brazos se apartó rápidamente.
-¿Qué pasa? -volvió a exclamar.
Ella tuvo que decírselo.
-Soy mayor, Peter. Tengo mucho más de veinte años. Crecí hace mucho tiem-
po.
-¡Prometiste que no lo harías!
-No pude evitarlo. Soy una mujer casada, Peter.
-No, no es cierto.
-Sí y esa niña de la cama es mi hija.
-No, no lo es.
Pero supuso que lo era y se acercó a la niña dormida con el puñal levantado.
Naturalmente, no lo clavó. En cambio, se sentó en el suelo y se echó a llorar y
Wendy no supo cómo consolarlo, aunque en tiempos podría haberlo hecho con
gran facilidad. Ahora no era más que una mujer y salió corriendo de la habitación
para tratar de pensar.
Peter siguió llorando y sus sollozos no tardaron en despertar a Jane. Se sentó
en la cama y le picó la curiosidad al instante.
-Niño -dijo-, ¿por qué lloras?
Peter se levantó y le hizo una reverencia y ella le hizo una reverencia desde la
cama.
-Hola -dijo él.
-Hola -dijo Jane.
-Me llamo Peter Pan -le dijo.
-Sí, ya lo sé.
-He venido a buscar a mi madre -explicó él-, para llevarla al País de Nunca ja-
más.
-Sí, ya lo sé -dijo Jane-. Te he estado esperando.
Cuando Wendy regresó tímidamente se encontró a Peter sentado en el barrote
de la cama graznando a pleno pulmón, mientras Jane volaba en camisón por el
cuarto en solemne éxtasis.
-Es mi madre -explicó Peter y Jane descendió y se puso a su lado, con la ex-
presión en la cara que le gustaba que tuvieran las damas cuando lo miraban.
-Le hace tanta falta una madre -dijo Jane.
-Sí, lo sé -admitió Wendy bastante abatida-, nadie lo sabe mejor que yo.
-Adiós -le dijo Peter a Wendy y se alzó por los aires y la desvergonzada Jane
se alzó con él: para ella ya era la forma más cómoda de moverse.
Wendy corrió a la ventana.
-No, no -gritó.
-Es sólo para la limpieza de primavera -dijo Jane-. Quiere que le haga la lim-
pieza de primavera para siempre.
-Ojalá pudiera ir con vosotros -suspiró Wendy.
-Pero es que no puedes volar -dijo Jane.
Naturalmente, al final Wendylos dejó partir juntos. Nuestra última mirada nos la
muestra en la ventana, contemplándolos mientras se alejan por el cielo hasta
hacerse tan pequeños como las estrellas.
A medida que observáis a Wendy podéis ver cómo se le va poniendo el pelo
blanco y su figura vuelve a ser pequeñita, pues todo esto pasó hace mucho
tiempo. Jane es ahora una persona mayor corriente con una hija llamada Marga-
ret y al llegar la limpieza de primavera, salvo cuando se le olvida, Peter viene a
buscar a Margaret y se la lleva al País de Nunca jamás, donde ella le cuenta
historias sobre él mismo, que él escucha con avidez. Cuando Margaret crezca
tendrá una hija, que a su vez será la madre de Peter y así seguirán las cosas,
mientras los niños sean alegres, inocentes e insensibles.

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