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Diálogo y acción en los métodos alternativos

Antonio Rubén Samperi

Puede resultar un ejercicio interesante, en el espacio de nuestra


actividad mediadora, aproximarnos, rondar, distintos fundamentos de nuestros
marcos conceptuales y herramientas, desde otros ángulos de observación y
fundamentación. Es sabido por todos, que las ideas que nutren en sus inicios,
las teorías del conflicto y la comunicación, antes de su conformación
sistemática en distintos momentos históricos del pasado siglo XX, encuentran
ecos remotos, en distintas ideas filosóficas que a lo largo de nuestra
civilización, se corresponden con distintos momentos de la historia misma de la
filosofía. Algunas de las ideas aquí expuestas, a modo de esbozo, intentan
acercarse a ciertos presupuestos humanistas que puedan re-significar,
enriqueciendo desde miradas diversas, esa fascinante explicación que desde el
tecnicismo, nos ilustra con las ideas de –retroalimentación- -causalidad circular-
-referente-, nociones de certidumbre innegable, a las que intentamos acercar
cierto –sentido poético- de la comunicación humana, (y esto ya implica un
recorte al vasto panorama de la comunicación y los seres entre quienes es
posible), considerando la posibilidad de amarrar la actividad mediadora a un
acto de amor (al otro), y en definitiva a lo que en una actitud comprensiva
consideramos –el sentido poético de la vida-.
Mediar es dialogar. Diálogo en sentido etimológico proviene de –dia- (a
través de) y –logo- (palabra, pensamiento, razón). Entonces mediar es construir
un puente comunicacional que vincula a distintas personas en un ir y venir de
mensajes que son mediados por la palabra o los signos que la significan. En
esos mensajes (emoción y razón), se da cuenta de las historias en las cuales
encontrará su “arcilla” la tarea del mediador.
Martín Buber, el padre de la llamada filosofía del diálogo, habla de
diálogo como trasvasamiento de un ser a otro en un sentido –simétrico- de esa
comunicación, lo cual en el campo de los métodos alternativos, plantearía la
dificultad del dialogo en ese plano entre un mediador y sus mediados por

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ejemplo, toda vez que cuando en la comunicación los mensajes se dan entre
sujetos que no “dialogan” en un pie de igualdad, esa comunicación es –
complementaria-. Lo mismo sucede por ejemplo en una clase entre el profesor
y sus alumnos, donde la comunicación es –complementaria— e implica que
ese intercambio de mensajes se da desde niveles de conocimiento diferentes.
Rafael Echeverría el fundador del coaching ontológico intenta salvar esta
dificultad, sumergiendo el concepto de diálogo en la idea de –conversaciones-,
pero claro, esta dificultad sólo es tal, si para hablar de –dialogo- partimos sin
rupturas de la idea de Buber.
Si en cambio, nos atenemos a lo que cualquier mortal piensa o cree que
se encierra en el término, entonces esos planteos derivados de la –
complementariedad- o la simetría desaparecen. Y así, todo intercambio de
mensajes, queda comprendido en la idea de diálogo.
Y ubicados al fin en el sentido etimólogico que antes anotamos, aparece
con claridad que los seres humanos, somos seres dialógicos; ese ser que
somos, se va constituyendo en diferentes diálogos con el otro. Otro que cuando
recorremos la historia de la filosofía podríamos abarcar desde la idea de cuatro
relaciones vitales posibles, (en este punto, hacemos coincidir diversas miradas
antropológicas en un sentido inclusivo) 1) Con uno mismo; 2) Con las cosas, 3)
Con los otros –en sentido personal o comunitario; y 4) Con lo Absoluto –Dios
para el creyente-.
Cuando las personas dialogan se transforman, se afectan mutuamente.
Todo movimiento capaz de incidir en otro es una acción, ya que como bien dijo
Aristóteles, hay acción humana cuando en un movimiento es el hombre su
principio causal.
Surge así que uno de los movimientos esenciales a cualquier diálogo y
en consecuencia también a los diálogos que entablan quienes gestionan
conflictos, es la –escucha- que entre las herramientas de la comunicación se
designa como –escucha activa-, pero es mi intención resignificar esa acción
más allá de las incumbencias profesionales, al menos por un momento, y es
que efectivamente como afirma el filósofo sur coreano Byun-Chul Han –la
escucha es una acción, una participación activa en la existencia de otros, y

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también en sus sufrimientos- la capacidad de entender a otros en un mundo
donde sólo parecemos escucharnos cada vez más a nosotros mismos, es
poder entrar en la historia de esos otros, desde la mirada de que cada uno de
nosotros somos nuestra propia historia, y en esas historias se configura nuestro
particular modo de –ser en el mundo-.
En todo diálogo bien habido está primero la escucha, que inicia desde la
bienvenida a otro, porque en esa bienvenida ya aparecen los gestos que
comunican su presencia y dan un atisbo de su -forma de comparecer- con lo
cual se insinúa su estado de ánimo, su disposición, si los otros hablan es
porque nosotros somos capaces de escuchar. Se habla porque en esa atenta y
considerada escucha del otro, el vendrá a habitar en nuestros pensamientos,
en nuestros deseos, en nuestras razones, en nuestros sufrimientos y alegrías.
Por eso nunca nos sentimos más reconocidos que en esa escucha que viene a
darse como un –dar a cada uno lo suyo- en efecto somos nuestras historias y
no estamos o no queremos estar solos en el mundo, por eso la escucha de otro
es un reconocimiento, es un acto de justicia a nuestra necesidad de ser
reconocidos como parte de la condición humana. Todos conservamos con
deleite el recuerdo de algún diálogo “tumultuoso”, ese en el que los mensajes
parecían superponerse en el pleno y mutuo reconocimiento con otra persona.
Ese “fluir” en el diálogo que no es otra cosa que el reconocimiento y la mutua
comprensión.
Cabría preguntarse también cómo es posible la pregunta, en sus
distintas aplicaciones estratégicas (tipos de preguntas) sin el acto previo de la
escucha, cómo preguntar si no tenemos todavía registro de la historia del otro,
sin olvidar que para saber de razones, de motivos, y ni hablar ya de planes,
organización o soluciones posibles a un conflicto, es necesario primero
conectar con las emociones de ese otro, porque las personas primero se
presentan ante nosotros desde lo emocional, lo intuitivo y sólo si somos
capaces de conectar con eso, lograremos llegar a lo racional o deliberativo.
Acá podríamos hablar también de la metáfora como el modo de representación
del universo personal; en esas figuras de cómo cada uno traduce el mundo,
están encerradas las claves de representación y comprensión del mundo, y en

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nuestro registro de esa personal comprensión y significación, habitan las claves
conectoras de la actividad mediadora. Cualquier pedagogía del encuentro, y
del diálogo como “encuentro”, debería partir de la escucha como puerta de
acceso a la existencia de “los otros”, y en efecto, la mediación es un encuentro,
capaz de encontrar soluciones a los conflictos, y capaz también de
“transformar” al mediador desde la idea y la práctica del servicio como una
manifestación de empatía por sus semejantes.

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