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Autobiografía Corazón y Razón

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Los interrogantes han sido, tal vez, las brújulas que me han guiado hasta este momento.

No sé si ustedes comparten esta sensación, pero en los últimos meses, la indagación


acerca del propósito de mi nacimiento, es decir, la razón celestial de mi existencia, ha me
ha inquietado en gran manera. En ocasiones, considero que esta cuestión representa el
inicio de todo. Al final, la vida misma parece ser eso: un punto de partida, pero también un
punto final.
En este preciso momento, podría estar extraviándome en el punto de partida. Todavía estoy
en el proceso de descubrir lo que las otras memorias tienen para revelarme, aquellas que
no residen en la cabeza, sino en el alma y el cuerpo. En algún momento, Vivian me
transmitió que la autobiografía no es estática, sino que se va escribiendo a lo largo de toda
la vida. Y tiene toda la razón.
Crecí en una vereda de un municipio del norte del Cauca. Ahora más que nunca reconozco
que haber crecido en este escenario, me ha donado de otras posibilidades. Mis primeros
pasos estuvieron acompañados por las paredes de bareque construidas por mis padres,
pero mi participación activa no se limitaba a observar. Mis pequeñas manos y pies se
sumergían en la mezcla de barro amarillo, agua, paja y también boñiga. Corría tras las
gallinas, las hipnotizaba con un antiguo truco que, no recuerdo si fue mi mamá o mi abuela
quien me lo enseñó, pero lo ejecutaba como un verdadero mago, o, mejor dicho, una maga
que, según la fantasía de mi niñez, compartía sus mejores trucos con el público.
Los árboles fueron mis cómplices de juego; me subía a ellos, jugaba y entablaba
conversaciones que iban más allá de monólogos. Pasaba horas formulando preguntas a
esos seres que, en mi imaginación de niña, parecían entenderme y responderme de alguna
manera.
Mi cuerpo también experimentó rupturas. Una fractura en el pie derecho fue el resultado de
un accidente en un carro de tabla, mientras que quebrarme el antebrazo y el dedo, y
dislocarme la muñeca, fueron las consecuencias de un invento de juego con mi hermano.
El dolor, indescriptible en esos momentos, marcó mi experiencia física.
Así como hubo rupturas físicas, las del alma tampoco faltaron. Es probable que haya sido
precisamente esa amalgama de experiencias la que me haya conducido hasta este punto
de mi vida.
Mi llegada al mundo estuvo marcada por una mezcla de emociones, según cuenta mi
madre. Siempre relata que mi nacimiento fue resultado de un susto, y esta fue la razón por
la cual el parto, originalmente programado para mediados de noviembre, se adelantó al
veintiuno de octubre. Debo admitir que disfruto ser una librana, incluso si es del último día.
Hace poco, de camino al pueblo en la madrugada, acompañada por mi madre y bajo la la
luz de la luna y Venus, le hice preguntas sobre mi nacimiento. Una vez más, me contó la
historia de los ladrones que intentaron llevarse los pollos que se estaban engordando para
la dieta, desencadenando así los dolores de parto. Junto a esta anécdota, también me
recordó una experiencia en un velorio donde presenció cómo una de las difuntas se
levantaba de la mesa de tablas en la que la velaban. Este encuentro le generó miedo,
llevándola a correr para evitar ser alcanzada por ese espíritu y provocándole una caída con
consecuente sangrado durante algunos días. Ella dice que conmigo no sufrió tanto, a
comparación de mis hermanos que la llevaron de esta vida a la otra.
La fantasía y las letras escritas han sido mi refugio ante dolores inefables, aquellos que
resisten ser expresados con palabras. Hubo momentos en que la muerte me susurro al oído
y es probable que haya invitado a danzar en los abismos de mi existencia. He descubierto
que uno de mis mecanismos de defensa, es olvidar los momentos de profundo dolor y hoy,
mientras estas líneas cobran vida, llega a mi mente un recuerdo donde me acercaba a una
bolsa de veneno para hormigas con la intención de tomarlo. Tuve que haberme enojado
con la muerte ese día (afortunadamente) y muchas otras tantas veces donde el dolor del
alma me consumía y la esperanza se desaparecía por completo.
Descubro que mi padre, quien es un gran caminante de la vida, me ha donado la posibilidad
de sostenerme. No es de gratis el gusto que descubro con cada paso en el baile, o el placer
que se siente recorrer los caminos del territorio, detenerme ante la puesta del sol, el olor
del petricor, las caricias del mar y el sonido calmante de las cascadas y los ríos, y quizá
esto de tocar el cielo con las manos. A mi maestro de arte y a mi prima (una de las artistas
de la familia), le recibí con mucho amor el haberme donado el amor al arte, los colores,
siluetas y manualidades.
Ahora que soy adulta, me descubro en los parecidos con mi madre y este deseo de tener
mi hogar rodeado de plantas, quizá sea esto lo que le da el sentido a mi necesidad de
encontrarme rodeada de ellas, porque esto me trae la presencia de mi madre
A algunas amigas y amigos les debo el gusto por los libros y la posibilidad de entender la
magia que se esconden en ellos.
No es una duda para mi que haber estudiado psicología, es un intento no fallido de
salvarme. De escucharme, detenerme e hilar una nueva historia, pero también de darle una
voz a aquella niña que no la tuvo. Por supuesto, no voy a romantizar la psicología, esta
también me ha generado desencuentros en el camino.
Ahora mis luchas no son por mi existencia, a lo largo del camino se han ido transformando.
Hasta hace muy poco, experimenté mi proceso de auto reconocimiento como una mujer
negra. Dejar de alaciar mi cabello y dejar crecer los grandes crespos que a mi madre le
costaba peinar, fue una reivindicación conmigo misma y la posibilidad de dejar de rechazar
lo que toda mi vida, me obligaron a rechazar. Caminar por la calle, estar en escenarios y
narrarme como una mujer negra y feminista, ha sido la apuesta política más significativa de
mi vida. Soy consciente del racismo, del machismo y estas formas de violencia que se
normalizan y al hacer conciencia, ha generado la posibilidad de acompañar a otros que
también lo experimentan. Debo reconocer que, tener más claridad frente a lo que por mucho
tiempo, consideré era yo el problema, me llena de enojo y me inquieta.
Creo que no será esta la única auto biografía que intente, serán muchas.

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