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Informe de la Academia Nacional de Historia

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República de Colombia—Bogotá, noviembre de 1915

ORGANO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Director, PEDRO M. IBANEZ

Año X—Número 112

CONTENIDO

PAga.
Informe reglamentario del Secretario Perpetuo de la Academia
Nacional de Historia, doctor Pedro M. Ibáñez, leído en jun­
ta pública el día 12 de octubre de 1915, en el Salón de Grados. 193
Informe del Jurado calificador del concurso sobre csitio de Car­
tagena en 1815>..................................................................................... 202
Discurso del doctor Jesús M. Henao al hacer entrega de la Pre­
sidencia de la Academia...................... ....................................... 204
Discurso del General Carlos Cuervo Márquez, nuevo Presidente
de la corporación............................ ................................................. 205
Discurso del doctor José Joaquín Casas............................................. 207
En '■nemoria del General Uribe Uribe .... ..................................... 232
Correspondencia del señor Lorenzo Barili, Delegado Apostólico
'/"de la Santa Sede ante el Gobierno de ‘Colombia 1854—1857
(continuación)........................................................................................ 232
¿ Benalcázar o Belalcázar ?.................................................................... * 251
■x.. •-7.

IMPRENTA NAC1ONA1
Año X—Núm. 112 Noviembre: 1915

DE HISTORIA T ANTIGÜEDADES
ORGANO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Director, PEDRO M. IBAÑEZ

Bogotá—República de Colombia

IDFORGIE
r e g l a m e n t a r io d e l s e c r e t a r io pe r pe t u o d e l a a c a d e m ia
NACIONAL DE HISTORIA, DOCTOR PEDRO M. IBÁÑEZ, LEÍDO
EN JUNTA PÚBLICA EL DÍA 12 DE OCTUBRE DE 1915, EN EL
SALÓN DE GRADOS

Señores académicos:
Será concreto este informe. Los detalles de la vida ac­
tiva del instituto durante el año que hoy se cierra, quedan
consignados en el libro iv de actas y en las páginas del
Boletín.
«Biblioteca» y «Boletín de Historia.»
En el período anual han aparecido dos volúmenes, xi y
xiv, de la Biblioteca, o sean el n tomo de «Crónicas de
Bogotá» y el que publico el doctor E. Posada en imprenta
particular, llamado «Biografía de Córdoba.»E1 doctor Posa­
da tiene en prensa, en Madrid de España, la «Bibliografía
Bogotana,» y en esta ciudad «Los Mártires,» que serán vo­
lúmenes de la misma Biblioteca. «El ideal político de Bolí­
var,» por el doctor J. D. Monsalve, ya impreso, es un nue­
vo tomo de la colección; y el m de las «Crónicas,» que ape­
nas entra ahora en prensa, por dificultades de la Imprenta
oficial, llena el vacío dejado para el volumen xm.
También ha sido muy irregular la aparición del Bole­
tín, que ha llegado, sin embargo, al tomo x. Aunque larga
la bibliografía de los miembros que han colaborado en él,
la anotamos como de costumbre, por ser la publicidad la
vida del instituto: J. M. Restrepo Sáenz, «El Virrey Amar
y su esposa,» «El doctor José Manuel Restrepo, íntimo» e
«Independencia de Neiva»; E. Restrepo Tirado, «Ultimo
viaje de Alfinger» y «El General Manuel C. Piar»; E. Posa­
da, «Bibliografía Bogotana,» «Policarpa Salavarrieta» y
«Apostillas»; M. Restrepo Mejía, J. M. Henao y J. J. Casas,
x—13
19,4 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

«Discursos en la junta pública de 1914»; J. V. París Lozano,


«Centenario de Mariquita» y «Vida de José León Armero»;
J. M. Henao, «Basilio Vicente de Oviedo»; M. CarreSo T.,
P. M. Ibáñez, F. Lozano y Lozano, E, Restrepo Tirado y
J. R. Vejarano, «Fallo definitivo de un punto histórico»
(biografía de Nariño); E. Robledo, «Un procer, una car­
ta y un zapatero» (Antonio París); R. Cortázar, «Francisco
Cabal» y «Crisanto Valenzuela»; J. M. Goenaga, «Sir Cle-
ments R. Markham»; F. Lozano y Lozano, «Pedro Ibáñez
Arias»; N. García Samudio, «Francisco Marino y Soler»;
J. M. Restrepo Sáenz y R. Rivas, «José María López»; J.
M. Henao y A. Quijano, «Congreso de Americanistas»; R.
Rivas, «Julián Miranda» y «Consideraciones sobre Historia»;
R. Rivas y N. García Samudio, «El General León Galindo»;
T. Ospina, «Independencia de Antioquia»; L. Orjuela,
«Mártires Zipaquireños»; A. J. Restrepo. «Una carta inédi­
ta de Juan José Flórez»; M. Villaveces, «Agustín Duque Es­
trada»; E. Zuleta, «Movimiento antiesclavista en Antio­
quia»; L. A. Cuervo, «Lady Stanhope»; C. E. Restrepo,
«Correspondencia del Delegado Barili»; A. Quijano y R.
Rivas, «Congreso de Bibliografía e Historia.»
De autores que no son miembros de la Academia han
aparecido en el Boletín los siguientes trabajos:
«Don Miguel de Tobar,» por Víctor E. Caro; «Márti­
res de La Mesa,» por Gregorio Lara Cortés; «Mártires de
Facatativá,» por Plinio A. Medina; «Proceres pamplone­
ses,» por Isidro Villamizar; «El doctor Rafael María Vás-
quez,» por Celiano Monje; «Nevada y Motilones,» por José
R. Lanao; «Joaquín de Caicedo y Cuero,» por Eusebio Bo-
rrero; «Ultimos momentos de Caicedo y Cuero,» por Al­
berto Carvajal; «El General Eusebio Borrero,» por Eloy
Navia; «Independencia del Chocó,» por V. M. Domínguez
Gómez.
También se han insertado en el Boletín variados e
importantes documentos de historia, inéditos. Anotamos
los más notables:
«Fundación de Medellín,» copiado en los archivos de
España por el académico correspondiente J. M. Pérez Sar­
miento; «Cuna del Fundador de Bogotá,» enviado por don
Jerónimo Gallardo, de Madrid; «Antecedentes de la bata­
lla del Santuario,» copiado en los archivos de Antioquia por
don Joaquín M. Arbeláez; y «Casa de Moneda de Santafé,»
del archivo de don Celio Cárdenas.

Libros publicados.
Miembros de las Academias de Bogotá y de Medellín y
de los Centros de Historia han dado a luz durante el año
los siguientes libros y folletos de que tengamos noticia:
INFORME 195

R. Rivas, «Relaciones Internacionales entre Colombia


y los Estados Unidos»; E. Gómez Barrientos, «Don Maria­
no Ospina y su época» (tomo n); F. Lozano y Lozano, «El
Maestro del Libertador»; E. Restrepo Tirado, «Conquis­
ta y colonización de Colombia» (tomo i); A. Olano, «De Po­
payán a Quito»; J. M. Henao, «Ultimos días del General
Santander»; R. M. Carrasquilla, «Cuentos para colegiales
del Rosario»; B. Matos Hurtado, «Constitución de Pam­
plona»; N. García Samudio, «Viaje de Pedro Bonaparte a
Colombia en 1832»; V. Olarte Camacho, «Apuntes sobre
Deuda Exterior»; J. M. Goenaga, «Entrevista de Guaya­
quil» (segunda edición); S. Boccanera Júnior, «El Teatro en
el Brasil»; S. Pérez Triana, «Aspectos de la Guerra»; G.
Pino Roca, «Los hombres notables de Guayaquil.»
En varios periódicos y revistas, como el «Repertorio
Boyacense,» de Tunja; el «Boletín Historial,» de Cartagena;
el «Repertorio Histórico,» «Alpha» y «La Miscelánea.» de
Medellín; «Popayán,» de Popayán; «Hispania,»de Londres;
«Colombia,» de Cádiz; «El Cojo Ilustrado,» «La Revista,»
«El Universal» y «El Nuevo Diario,» de Caracas; «Horizon­
tes,» de Ciudad Bolívar; «La Pluma,» de Monte Cristy (Re­
pública Dominicana); «La Industria,» de La Paz (Bolivia),
y el «Boletín Municipal,» de Guayaquil, han aparecido mo­
nografías relacionadas con la historia colombiana, casi
todas ellas suscritas por colegas nuéstros.
Contrayéndonos a Bogotá, las revistas y diarios que
han prestado apoyo decidido al cultivo y propagación de
los anales patrios, son:
«Revista Moderna,» dirigida por E. Cuervo Márquez
y A. Ramos Urdaneta; «Culturaren cuya dirección plu­
ral figura el académico R. Rivas; «Boletín de Instrucción
Pública de Cundinamarca,» dirigido por el académico R.
Cortázar; «El Liberal Ilustrado» y «El Gráfico.» De los
órganos del periodismo diario han dedicado páginas al ser­
vicio del instituto: «Gaceta Republicana,» «Gaceta Gráfi­
ca» y «El Diario Nacional.»
Libros en preparación.
C. Cuervo Márquez, «Vida del doctor José Ignacio de
Márquez»; A. Gómez Restrepo, «La Literatura Colombia­
na»; R. Rivas, «Don Pedro Fernández Madrid y su época»;
G. Valencia, «Canto a Bogotá»; F. J. Urrutia, «La Diplo­
macia en Colombia»; T. E. Tascón, «Biografía del Gene*
ral Pedro Murgueítio»; R. Correa, «La Convención de Río-
negro»; T. Samper y Grau, «Los Mandatarios de Colom­
bia»; P. M. Rebollo, «Las Diócesis de Colombia»; J. M.
Pérez Sarmiento, «El Proceso de Nariño»; L. A. Cuervo,
«Correspondencia del doctor Rufino Cuervo»; N. Esgue-
196 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

rra, «Murillo Toro»; B. Matos Hurtado, «Historia de Pam­


plona»; Padre A. Zawadzky, «Frailes caleños patriotas,»
«Historia del convento franciscano de Cali» y «Los viajes mi­
sioneros del Padre Larrea en Nueva Granada»; E. Roble­
do, «Causas célebres en Colombia»; J. D. Monsalve, «Fami­
lia, vida y heroísmo de Antonio Ricaurte y Lozano» y
«Apuntes y comentarios»; G. Arboleda, «Historia de Co­
lombia de 1830 a 1849»; M. Arroyo Diez, «Joaquín Mos­
quera y Figueroa»; L. Orjuela, «Tributos de Zipaquirá
en la Independencia» (volumen t i ) y «Antonio Ricaurte y
sus detractores»; E. Naranjo, «Historia y tradiciones del
río Magdalena»; J. J. Casas, «Epistolario Nacional Selecto.»
Bibliotecas.
La privada de la Academia, a cargo del correspondiente
M. M. Mesa, cuenta hoy 1,212 volúmenes, y a ella le han
hecho valiosas donaciones en los últimos meses el doctor J.
M. Goenaga, el doctor A. León Gómez y el General E.
Restrepo Tirado. Otras obras valiosas en la bibliografía se
han adquirido por compra; y entre los manuscritos con que
se ha enriquecido, citaremos por ser ejemplar único, un
trabajo sobre los orígenes del teatro en Bogotá, escrito a
principios del siglo xix por un noble colono que firmaba
don Ignacio Javier Diego de Castillo y Guevara ^áenz de
Santamaría; ese mamotreto fue dedicado a doña Francis-
ca Villanova, última Virreina.
El doctor Emilio Ferrero, Ministro de Instrucción Pú­
blica, acatando la voluntad de Jorge Pombo, autorizó a la
Acaderifia para designar el Bibliotecario deJ Centro de Lec­
tura fundado por el lamentado académico y epigramático,
en las fiestas centenarias de la Independencia. El corres­
pondiente N. García Samudio desempeña este cargo. La
Biblioteca cuenta 3,000 libros y más de 6,000 folletos.
Se han formado catálogos de las dos librerías, y los en­
cargados de ellas cumplen correctamente sus deberes.
Festividades patrióticas.
Este instituto ha cooperado al brillo de fiestas cívicas.
Excitado por el Concejo de Pamplona para hacerse repre­
sentar en los festejos del 17 de mayo, centenario de la pro­
mulgación de la Carta de esa Provincia, designó a los co­
rrespondientes B. Matos Hurtado y Padre H. Rochereaux,
domiciliados allí. El primero desempeñó con acierto el car­
go y presentó a la Municipalidad una corona metálica de
laureles a nombre de la Academia. *£1 naturalista Roche­
reaux, creador del museo de Pamplona y artillero del
Ejército francés, dejó los hábitos y la tranquila vida de
INFORME 197

Provincia para marchar a la línea de fuego de la guerra


europea. Herido en ambas piernas y prisionero, ha sido
destinado a dirigir una escuela en una aldea germánica.
■ El Gobierno Departamental delTolima invitó a la Aca­
demia en cuerpo para concurrir a las fiestas centenarias de
la Constitución republicana de Mariquita. El correspon­
diente R. Escobar Roa desempeñó la Comisión de Delegado
del instituto. En el capítulo «Concursos,» completaremos
la relación de estas solemnidades civiles.
El 20 de julio, asociadas las Academias de Historia, Ju­
risprudencia y de la Lengua, engalanaron la estatua de
Rufino José Cuervo. En La Paz (Bolivia) el correspon­
diente Max. Grillo, Encarcargado de Negocios de Colom­
bia, fue objeto de ovaciones populares. El mismo 20 de
julio los estudiantes de la Universidad de La Asunción
(Paraguay) solicitaron del Gobierno que cambiase el nom­
bre de la «Avenida Asunción» por el de «Avenida Colom­
bia.» como simpático recuerdo de la conducta cordial que
el Congreso colombiano de 1870 tuvo para aquel país. En
la capital de la República Dominicana se dio el nombre de
«Bolívar» a una vía pública.
Centros de Historia.

Extenso sería detallar los trabajos de la Academia de


Medellín y de los Centros de Pasto, Popayán, Cali, Maniza-
les y Facatativá. El de Tunja publica el «Repertorio Bo-
yacense,» bajo la dirección del patriota Archivero don Ma­
teo Domínguez E., y-el de Cartagena ha creado el «Bole­
tín Historial,» en el cual inserta documentos y literatura de
grande interés.
Personal.

Durante el año han fallecido un miembro de número y


dos correspondientes: el venerable anciano doctor Caye­
tano Vásquez, nacido en esta ciudad el 7 de agosto de 1833,
abogado, aficionado fervoroso a los estudios históricos,
creador del Centro de Tunja y nuestro colega desde 1906,
falleció en junio pasado; las páginas del «Boletín» conser­
van su nombre y su colaboración. El doctor Carlos E. Put-
nam, Profesor en medicina y autor de libros sobre el
ramo legal de su profesión, desapareció hace pocos meses.
El doctor Belisario Palacios, de Cali, nacido en 1842, murió
en septiembre último; constante servidor de la instrucción
pública, dejó compendios de Historia y Geografía de Co­
lombia, cuidó los archivos locales y recogió tradiciones y
hechos gloriosos en diversos trabajos.
Honra un puesto entre los académicos honorarios el res­
198 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

petable Jefe del Coro Catedral, que lleva el nombre ilustre


de Francisco Javier Zaldúa. El ha hecho la generosa oferta
de donar a nuestra biblioteca la sección histórica de su
ricalibrería privada.
El 25 de marzo ocupó silla entre los miembros de nú­
mero don José María Restrepo Sáenz, escritor distinguido,
quien en su discurso de recepción honró la memoria de su
ascendiente el historiador J. M. Restrepo, procer de la In­
dependa. En esa sesión, don Raimundo Rivas recontó los*
méritos de Restrepo Sáenz y se extendió en amenas consi­
deraciones sobre el procer historiador.
Tres miembros correspondientes, de méritos reconoci­
dos, están electos para la clase de número: el Hermano
Cristiano Luis Gonzaga, el doctor José Tomás Henao y don
Fabio Lozano y Lozano. Sus recepciones solemnes se veri­
ficarán en el curso del año entrante, y están designados
para contestar las oraciones de reglamento, respectiva­
mente, el doctor Gerardo Arrubla, el doctor Jesús M. He-
nao y el doctor Arturo Quijano.
Como vencedores en el concurso de 1914, entraron a la
clase de correspondientes don Jorge Wills Pradilla y don
Roberto Morales Olaya. Luégo, el premiado en el concur­
so de Mariquita, don José Vicente París Lozano, obtuvo
igual condecoración. La Academia ha tenido a bien últi­
mamente dar el mismo diploma a don Eduardo Domínguez,
don Vicente Olarte Camacho, don Alfredo Ortega, don
Pedro A. Peña y al Padre franciscano Alfonso Zawadzky.

Dignatarios y empleados.
Deja la Presidencia titular el doctor Jesús M. Henao,
quien la ha desempeñado meritísimamente; y la Vicepresi­
dencia el doctor Eugenio Ortega, brazo fuerte de la publi­
cación del «Archivo Santander.»
El General Carlos Cuervo Márquez es nuestro nuevo
Presidente. Sus servicios a las ciencias y a las letras, y prin­
cipalmente a la Historia, son por todos conocidos. Su ape­
llido es sinónimo de patriotismo y saber en Colombia.
El General Ernesto Restrepo Tirado, dos veces ex-Pre-
sidente, desempeñará en este período la Vicepresidencia,
con humñdad republicana que lo enaltece.
Los señores Lozano y Lozano, Fajardo y Mesa, han
sido reelegidos para los cargos de Secretario Auxiliar, Te­
sorero y Bibliotecario.
Consultas oficiales y conceptos.
Como Cuerpo consultivo del Gobierno, el instituto ha
INFORME 199

estudiado numerosos expedientes de patriotas que figura­


ron en la Independencia.
Adquirido por el Ministerio de Instrucción Pública,
con destino a las escuelas, un opúsculo—«Biografía del Ge­
neral Antonio Nariño,»—por don Sebastián Moreno Aran-
go, la Academia se creyó en el deber de indicar al Despa­
cho mencionado que, a su juicio, el folleto debía retirarse
del objeto que se pretendía darle.
El doctor Demetrio Salamanca, autor del libro «Fron­
teras Amazónicas,» obtuvo con el apoyo de la Academia
que este trabajo patriótico se imprimiera.
Don Joaquín Cabrera interpuso el valer de la Acade­
mia para que se le dé el nombre de Acebedo Gómez a un
nuevo poblado entre Florencia y Mocoa, no lejos del sitio
de las montañas del Andaquí, donde murió el Tribuno de
1810. El instituto se dirigió a la Asamblea del Departa­
mento del Huila en apoyo de tan simpática idea. También
se dirigió a la de Cundinamarca haciendo notar los incon*
venientes de cambios de nombres históricos, vinculados a
nuestros recuerdos, tradiciones y orígenes de vida, por
otros de procedencia extranjera.
El doctor Henao, Jefe de la Academia, tomó especial
interés—y con tal objeto se dirigió al Ministerio de Ins­
trucción, en nota que ha circulado profusamente—a fin de
evitar la pérdida de bienes nacionales de tan alto valor pre­
histórico como las estatuas de San Agustín y sus similares.
Cuando ocupaba una Cartera ejecutiva el General Cuervo
Márquez, él inició esta rama de la defensa nacional, y por él
se salvó el valioso aerolito de Santa Rosa, que hoy existe en
el Museo Nacional.
' La Academia acogió los conceptos de una Comisión
que juzgó las obras y los méritos del ex-Presidente del ins­
tituto doctor León Gómez, favorable para él en sus multi*
plicadas actuaciones de periodista, poeta, dramaturgo, his­
toriador, etc.
La Academia en el Exterior.

No obstante la guerra europea, conservamos relacio­


nes con el Instituto de Francia, la Real Academia Españo­
la de la Historia y el Instituto Suramericano Alemán de
Hamburgo; y las tenemos estrechas con la Academia de
Historia de Venezuela, con el Instituto Smithsoniano de
Washington, con la Sociedad de Autores Españoles de
Nueva York, con las Universidades de Yale y de Harvard
y con casi todas las Sociedades similares de Sur América.
Para el xix Congreso de Americanistas fue nombrado
Delegado el correspondiente Hiram Bingham.
El correspondiente Luciano Herrera, que asistió al
200 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
—------------ --------------------------------------------- j.--------------------

Congreso Hispanoamericano de Historia y Geografía de


Sevilla, presentó allí, como Representante de la Academia,
una Memoria sobre España y los indios de América.
Invitado el instituto al n Congreso Científico Paname­
ricano que se reunirá bajo los auspicios del Gobierno de
los Estados Unidos de América, en diciembre de este año,
y al de Bibliografía e Historia, cuyas sesiones serán en
1916, en Buenos Aires y Tucumán, enviará sus Delegacio­
nes y varios pertinentes trabajos.
Concursos.
Para el departamental del centenario de Mariquita la
Academia nombró un Jurado, compuesto por los académi­
cos Ibáñez, Lozano y Lozano y Restrepo Tirado, el cual
concedió el premio a Co m b e ima (J. V. París Lozano) y
accésit a Ga s pa r d e l Río (Víctor A. Bedoya). El primero
es autor del trabajo «Vida del procer José León Armero,»
y el segundo, de la «Biografía del historiador José Antonio
de Plaza.»
El 1*? de septiembre de 1916 se cerrará el tercer con­
curso anual de esta Academia, que tiene por tema la «Cam­
paña de Casanare de 1816 a 1819» (narración histórica ri­
gurosamente documentada).
Para el concurso de este año—«Sitio de Cartagena en
1815»—el Jurado, compuesto por los académicos Posada,
Restrepo Sáenz y Robledo, ha adjudicado los premios a los
trabajos suscritos con los seudónimos Eu d o r o y Ra m ir o .
Lecturas históricas.
Eruditas exposiciones han hecho el doctor José T. He-
nao, sobre los trabajos de oro y costumbres de la antigua
nación quimbaya; el doctor Jesús M. Henao, sobre los últi­
mos días del General Santander, que ya corre impresa en
opúsculo; el Reverendo Padre Andrés Mesanza, don Ricar­
do Balcázar y don Manuel Villaveces, sobre el archivo de
Indias, un comunero olvidado y la litografía en Colom­
bia, respectivamente; don Raimundo Rivas hizo dos confe­
rencias de grande interés: versaron sobre el libro «Don
Mariano Ospina y su época,» y sobre la familia de Fran­
cisco Antonio Zea.
Asuntos varios.
La Academia ha mostrado su simpatía a un nuevo cen­
tro de estudios jurídicos, históricos y literarios, reciente­
mente formado en esta ciudad y llamado Academia de
Santander.
INFORME 201

Organizada en este año la Cruz Roja Colombiana, el doc­


tor J. T. Henao representó a la Academia y fue nombra­
do miembro de la Junta Directiva de la institución.
Ha sido aceptada la idea de celebrar el 12 de octubre
como fiesta universal de los pueblos de la raza latina, pro­
paganda en que se ocupa la Sociedad Unión Iberoameri­
cana, de Madrid.
El correr de los años ha hecho ver que en parte es de­
ficiente o inadecuado nuestro Reglamento. Los académicos
García Samudio y Lozano y Lozano tienen la comisión de
presentar un proyecto de reforma.
Dijimos en informe anterior que la Academia ha ocu­
pado, desde mayo de 1902, es decir, en los trece años que
lleva de vida, 17 locales. Hoy tenemos que agregar que por
nuevo cambio, esta vez muy acertado, el instituto tiene
oficinas en la parte occidental del Pasaje Rufino Cuervo.
Hasta hace pocos años sólo en el Museo Británico podía
verse un mapamundi de alto valor artístico e histórico. Con
maravillosa perfección de arte en fotograbado, la Sociedad
de Autores Españoles de Nueva York lo ha reproducido
recientemente. El General Restrepo Tirado donó a la Aca­
demia un ejemplar de gran tamaño (3 metros 25 centíme­
tros de largo por 2 metros 10 centímetros de ancho). Para
apreciar su valor, basta decir que es el conocido con el
nombre de Olmius, y que se dibujó en 1601.

Archivo Santander.

En informes anteriores, a partir de 1913, nos vimos


constreñidos a hacer completa relación de la singular odi­
sea de los muchos y valiosos papeles llamados «Archivo del
General F. de P. Santander.» Puede verse ella en los nú­
meros 101 y 104 del Boletín de Historia.
El grupo académico encargado de la publicación lo pre­
side el General Restrepo Tirado, nieto político de Santan­
der, y lo integran los señores R. Cortázar, J. D. Monsalve,
E. Durán L. y P. M. Ibáñez. El doctor E. Ortega es el
abogado, y el doctor A. Quijano el editor. Los papeles, por
designación del Tribunal de Cundinamarca, están hoy en
poder del doctor J. J. Guerra. Están publicados ya seis vo­
lúmenes y en prensa el vn, que alcanza a los documentos
de 1822.
El asunto está hoy, por apelación, al estudio del hono­
rable Tribunal de Cundinamarca. Ante esa Superioridad
ha alegado con su acostumbrado patriotismo y su probada
competencia jurídica, el doctor Ortega. Su alegato se pu­
blicará próximamente, por acuerdo especial de la Comi­
sión editora.
202 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

Tres veces ha fallado el Juez 3° del Circuito, doctor


don Pablo Gregorio Alfonso, contra los intereses de los
descendientes del General Santander. Las dos primeras
providencias han pasado a la historia, revocadas y anuladas
por el Superior: revivirán en el último volumen de la obra,
donde se consignarán todos los documentos referentes a
este litigio.
La apelación actual versa sobre esta sutil y peregrina
jurisprudencia del señor Juez Alfonso:
«¡Por cuanto entre las pruebas no está el comproban­
te de la defunción derGeneral Francisco de Paula San­
tander, y la prueba de esta defunción es el fundamento de
todas y de cada una de las pretensiones del demandante,
no se puede hablar de sucesión porque ésta se abre sola­
mente en el momento de fallecer la persona del causante,
y no pueden prosperar las pretensiones de la demanda» !
Grato sería que en la realidad pudiera ocurrir lo que
finge el mito jurídico del Juzgado 3 9 de Bogotá. Otra ha­
bría sido la suerte de la Patria, al vivir Santander después
de 1840. No hubiera llegado así el caso de que se burlaran
sus voluntades postumas. No hubiera existido la Junta se­
cuestradora de su Archivo. No se hubieran dictado los fa­
llos del señor Juez 3°, ni tendría el honorable Tribunal de
Cundinamarca que corregir y corregir a su inferior. No
hubiera tenido que ocurrir el Presidente de la Comisión
—como representante de los pocos y reconocidos herederos
del ilustre hombre de Estado—a interrumpir las tareas del
señor Cura de San Pedro para obtener copia de la partida
de defunción, que se guarda pared de por medio con este
edificio. Y para la familia toda, reunida en esta fiesta—con
excepción del diplomático peruano Freire Santander,—
gratísimo sería ver que el Hombre de las Leyes presidiría,
sin duda alguna, a los ciento veintitrés años de edad, rodea­
do del respeto y de la consideración de América, la Junta
pública de la Academia de Historia en esta fecha memo­
rable.

1DF0RÍDE
DEL JURADO CALIFICADOR DEL CONCURSO SOBRE «SITIO DE
CARTAGENA EN 1815»

Señores miembros de la Academia:

Cuatro trabajos se han presentado al concurso sobre el sitio


de Cartagena. Están firmados La Estrella, Alhamar, Ramiro y
Eudoro, y todos son estudios de mérito.
INFORME 203

El primero de ellos (La Estrella) es muy compendiado. Se


hace allí una breve narración del sitio, pero no hay documenta­
ción alguna ni aporte de nuevas investigaciones. Revela su autor
laudable esfuerzo, pero hizo un trabajo ligero y sin paciente la­
bor.
El segundo (Alhamar} tiene mayor extensión, revela estudio
de algunas autores que han tratado esta materia y es un fácil relato
de aquel luctuoso episodio. Pero tampoco se hizo amplia investi­
gación, ni se consignan en él detalles desconocidos. Se cita, como
hemos dicho, a algunos autores, pero se nota que dejaron de con­
sultarse muchos libros en que se trata de estos acontecimientos.
Bueno sin duda este trabajo y digno de publicarse en un diario o
revista, ha sido superado por los otros dos
Los firmados Ramiro y Eudoro son trabajos de largo aliento,
bien escritos, con abundante documentación y elevada crítica. El
primero de éstos trae documentos inéditos importantes, desarrolla
la narración con método y va relatando sus episodios con estiló
ameno y elocuente. Tiene el cuidado de citar todas las fuentes de
donde toma datos, y revela que ha hecho laboriosas investigacio­
nes en los archivos. Hace a veces cargos fuertes a Castillo y Rada y
parece dejar la serenidad conveniente. Cierto es que el historiador
debe tener un criterio, y si ha de ser imparcial al exponer los he­
chos, puede y aun debe juzgar sobre ellos, así como un magistra­
do, si bien frío y neutral durante la investigación, da al fin su sen­
tencia y forzosamente se decide por una de las partes. No censura­
mos por eso que en las deplorables diferencias de nuestros proce­
res en los días de la independencia, se inclinen los cronistas de un
lado o de otro; pero conviene que no se apasione el debate, y que
el fallo de cada crítico sea revestido de alta moderación, y se re­
conozca que en unos y otros hubo inmenso patriotismo; que en
todos ellos pudo haber errores de entendimiento pero no de volun­
tad. Hay en este trabajo numerosas inserciones, y algunas tal vez
inconducentes. Queda por esto bastante reducida la narración pro­
pia del autor.
El trabajo firmado Eudoro es muy completo y se concreta más
al tema del concurso. Trae también bastantes documentos, y son
ellos de gran importancia. Es sensible sí que no señale en la gene­
ralidad el lugar donde se encuentran. Se nota amplio estudio
de lo publicado hasta hoy sobre el célebre sitio; pero dejó de hacer
las correspondientes citas de las fuentes de donde ha tomado sus
datos. Es de más correcta forma y contempla por variados aspec­
tos aquel glorioso capítulo de nuestros anales. Hace también algu­
nos cargos vehementes a distinguidos proceres, como a Montilla,
sin mostrar el documento que le sirva de apoyo. Revela, en cam­
bio, buen estilo de historiador, serena crítica y un plan y método
dignos de todo aplauso.
Es, pues, nuestro dictamen que se conceda a ambos autores:
Ramiro y Eudoro el título de miembros correspondientes, que se
204 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES'

otorgue la medalla ofrecida a Eudoro y que a Ramiro se le dé co­


mo premio en nombre de la Academia un libro de Historia, (i)
Señores miembros.

Ed u a r d o Po s a d a —Eu s e b io Ro b l e d o —To s e Ma r ía Re s t r e ­
po Sá e n z . e

Bogotá, 20 de septiembre de 1915.

DISCURSO
d e l d o c t o r j e s ú s m . h e Úa o a l h a c e r e n t r e g a d e l a pr e s id e n ­
c ia d e LA ACADEMIA

Señor General Cuervo Márquez:

Ha terminado mi labor como Presidente de la Academia, y


empieza la vuestra en asocio del Vicepresidente señor don Ernesto
Restrepo Tirado. Muy honroso y grato me es recordar que recibí
de las manos puras y beneméritas del fundador de nuestro institu­
to, señor doctor Casas, la dirección que, con singular acierto, se
ha confiado a vos para el período reglamentario que hoy empieza.
Vuestros títulos y merecimientos y los del señor Vicepresidente
son indisputables; pertenecen al dominio público y han salvado
ya los lindes de la Patria las investigaciones históricas de uno y
otro, tan sagaces como interesantes y útiles. Habéis puesto mano
discreta sobre los monumentos antiguos y sobre los sepulcros mul­
tiformes de los primitivos habitantes de nuestro caro suelo, en bus­
ca de la primera civilización, de los tesoros que ocultan secretos
arqueológicos y etnográficos. Codicioso investigador, hicisteis es­
fuerzo laudable por salvar de la incuria y del egoísmo individual
los símbolos de un pasado remoto, y de ahí el trascendental De­
creto que en feliz hora inspirasteis como Ministro de Instrucción
Pública, para la conservación de los monumentos de la prehistoria
colombiana. Este solo hecho bastaría para justificar lo merecido
del honor que os ha conferido la Academia.
¡Ah! ¡qué hermoso es descorrer el velo del misterio para recons­
truir el pasado y presentarlo a nuestros ojos tal como fue! Si es
bienaventurado, como lo dijo Horacio, el que labra los campos
paternos con sus propios bueyes, feliz es también quien se puede
ocupar en levantar el sudario con que el tiempo cubre a süs vícti­
mas, para presentarlas como con las palpitaciones de la vida que
vivieron. La familiaridad con las cosas nuevas concluye por inspi­
rarnos cierto aspecto de indiferencia; las estatuas y los monumen­
tos antiguos son memoriosos, tienen el profundo atractivo de lo
(1) Los nombres correspondientes a los seudónimos Eudoro y
Ramiro fueron respectivamente los de los señores Carlos E. Carrizo-
sa y Alvaro Uricoechea.
DISCURSO 205

desconocido, que siempre encierra benéficas lecciones de otros


tiempos. Si el hombre progresa padeciendo, como decía un histo­
riador filósofo, las enseñanzas de lo que fue son tanto más útiles
cuanto más contribuyan a aminorar el dolor a las sociedades ac­
tuales en su marcha progresiva. Esto constituye, sin duda, el altísi­
mo valor educativo de la historia.
El sqñor Secretario ha expuesto ya la labor de la Academia en el
lapso que ha terminado, y paréceme que no es inferior a la de los
años pasados; el mérito que resulte pertenece a todos mis honora­
bles colegas; de ello doy fiel testimonio. Aunque no nos corres­
ponde juzgar nuestra propia obra, podemos sí asegurar, señores
académicos, que nuestro instituto va enriqueciendo el acervo his­
tórico colombiano; que nuestra tarea es lenta, constante y perfec­
tamente desinteresada, con lo cual parece que hemos demostrado,
ya una voluntad inquebrantable de mantener este Centro, a pesar
de todo, sólo para el servicio de la Patria.
El generoso apoyo prestado por el Gobierno obliga nuestro re­
conocimiento, y en nombre de la Academia presento mis más pro­
fundos agradecimientos. Ese apoyo continuará sin duda, lo mismo
que las simpatías prodigadas por nuestro inteligente e ilustrado
público, todo lo cual hará que los nuevos esfuerzos tengan felices
resultados.
Al volver a ocupar el puesto que me corresponde, seguiré sin
vacilación la luminosa huella de nuestros dos altos dignatarios, a
quienes ofrezco, además, mis cordiales sentimientos de adhesión
personal.

DISCURSO
DEL GENERAL CARLOS CUERVO MÁRQUEZ, NUEVO PRESIDENTE DE
LA CORPORACIÓN

Señor doctor Henao:

El inesperado honor que me ha discernido la Academia Nacio­


nal de Historia al elegirme su Presidente para el período que hoy
principia, se acrecienta y aquilata por el hecho de ser vos quien me
hace entrega de tan alto puesto: vos, que de manera tan eficaz ha­
béis contribuido con vuestras luces y con vuestros eruditos traba­
jos a dar lustre y brillo a este Centro científico que tan extraordi­
nario desarrollo ha alcanzado en los trece años que lleva de exis­
tencia.
No despejado aún el humo de los combates de la terrible guerra
de los tres años, el doctor José Joaquín Casas, entonces Ministro
de Instrucción Pública, tuvo la feliz inspiración de crear por Re­
solución ejecutiva de 9 de mayo de 1902, la Academia de Histo­
ria; siendo éste, sin duda, lauro imperecedero que se levanta sobre
los muchos que ya tiene conquistados este distinguido ciudadano.
Sin otros elementos que la firme voluntad, tanto del Ministro
como de los miembros fundadores, y su decidida afición por los
206 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

estudios que se relacionan con las diferentes épocas del país, la


Academia se organizó modestamente, en medio de las grandes difi­
cultades consiguientes a esa época aciaga. Desprovista de local, sin
muebles y caleciendo aun de los más indispensables útiles de escri­
torio, encontró refugio en una de las oficinas del Ministerio de Gue­
rra, en donde el General Bernardo Caicedo le ofreció generosa hos­
pitalidad.
Aún recuerdo el cuadro pintoresco y singular que en las noches
de sesión presentaba la sala donde nos reuníamos: la oficina, mal
alumbrada, se hallaba casi en su totalidad sumergida en la penum­
bra; en los rincones y sobre mesas y asientos se veían uniformes y
cartucheras, gorras, armas y otros arreos militares hacinados en
confuso desorden; y allí, en medio de esos bélicos elementos,
Eduardo Posada y Pedro María Ibáñez, Restrepo Tirado, Cordo­
bés Moure, León Gómez, Caicedo, Guerra, Pombo y Alvarez Bo­
nilla, apartando la vista de los melancólicos cuadros que por do­
quiera ofrecía la Patria desangrada, fijaban la mirada en horizon­
tes más serenos y apacibles, y llenos de fe en el porvenir daban
principio a las labores de organización y desarrollo de la Academia
Nacional de Historia y Antigüedades?*
Así comenzó a vivir este Centro científico, que merced a la ac­
tiva e inteligente labor de sus miembros, ha levantado a tan grande
altura el estudio de la historia nacional. Sin perder momento la
Academia se puso en relación con los Centros científicos de igual
índole, tanto de Europa como de América; dio principio a la pu­
blicación del Boletín de Historia, preciosa colección de docu­
mentos y de estudios históricos, que por sí sola pone de relieve el
mérito* de las labores emprendidas; fundó Sociedades correspon­
dientes en las principales ciudades del país; estimuló todo esfuer­
zo inteligente, toda labor importante relacionada con la histeria
colombiana; recogió en su seno todas las notabilidades que en una
o en otra forma se han ocupado de esta clase de estudios; y cuan­
do en fuerza de las leyes inexorables de la naturaleza y del tiempo,
comenzaron a desaparecer los miembros fundadores, los claros que
dejaban en las filas se han llenado llamando a jóvenes inteligentes
y entusiastas que como vos y el doctor Gerardo Arrubla, vuestro
ilustrado compañero de labores históricas, como Lozano y Lozano,
Raimundo Rivas, García Samudio, Luis Augusto Cuervo, José
María Restrepo y otros más, han contribuido brillantemente a en­
riquecer con importantes monografías los conocimientos relativos
a nuestra historia.
Tan fecunda labor dio en breve tiempo los más espléndidos
resultados: en todo el país se despertó nuevamente la afición por
las investigaciones históricas, que había casi desaparecido con Res­
trepo y con Plaza, con Acosta, con Groot y con Quijano Otero.
Con febril actividad se revolvieron los viejos archivos coloniales,
se revisaron los documentos relativos a la Independencia y a la or­
ganización de la República, se recogieron las relaciones orales que
sobre los hechos de esa época heroica podían dar los pocos testi­
gos que aún sobrevivían, se escudriñaron las misteriosas y lejanas
DISCURSO 207

profundidades del pasado, y ese impulso generoso que en todas


partes ha sido recibido con patriótico entusiasmo, vuelve a la Aca­
demia en forma de estudios históricos, de biografías de nuestros
hombres ilustres, de datos y observaciones del más alto interés
para el estudio de la arqueología colombiana.
Inspirado el criterio de la Academia en la más absoluta im­
parcialidad, y ajena la corporación a la influencia de las pasiones
políticas^ tanto del pasado como del presente, su único guía ha
sido la verdad histórica, y en todas las circunstancias, aun en- las
más difíciles, ha sabido mantenerse en las altas y serenas regiones,
de donde la Historia no puede descender sin que sus fueros sean
desvirtuados y falseadas sus sagradas prerrogativas por el aliento
abrasador de las pasiones humanas. Circunstancia ésta que ha
sido una de las causas principales del extraordinario prestigio que
tanto en Colombia como en el Extranjero rodea el nombre de la
ilustre corporación.
Yo espero que, mediante la colaboración eficaz e inteligente
de mis colegas, me sea posible dentro de un año devolver, por lo
menos con igual brillo, el depósito sagrado que hoy recibo de vues­
tras manos.

DISCURSO
DEL DOCTOR JOSÉ JOAQUÍN CASAS

SEMBLANZA DE DIEGO FALLON

Señores académicos: En tal día como éste, dominadas las olas


del mar tenebroso, un latino señaló a la humanidad aquel mundo

Que iba ya gravitando entre su mente.

Hoy es la fiesta de nuestra raza.


La Academia de Historia, guardiana de las tradiciones de
nuestra nación y diligente anotadora de sus vicisitudes, celebra
cada año esta misma fiesta, para mantener siempre vivos los re­
cuerdos que son patrimonio común y vínculo de muchos pueblos
de uno y otro Continente, y para contribuir a formar en las genera­
ciones que van llegando, la conciencia de nuestros destinos futuros.
Al designarme a mí para vocero suyo, ha tomado en cuenta,
ya que no merecimientos, que de ningunos puedo gloriarme, el
cariño entrañable que por ella tengo y la circunstancia de "haber
sido yo uno de los primeros testigos de sus labores. La honra que
se me dispensa, por una parte me abruma, y por otra me obliga.
Trato de corresponder a ella, hasta donde alcanza la pequeñez de
quien en medio de este docto gremio no puede hacer otra cosa que
208 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

aprender, hablándoos de un proyecto acariciado por mí de largo


tiempo atrás y nada extraño a la ocasión de la presente solemni­
dad, y es procurar [Link] escriban, ya que yo me hallo sin alien­
tos para ejecutarlo y que la empresa exige el concurso de varias es­
pecialidades, un extenso libro o conjunto de monografías en que
se estudie y describa por sus diversos aspectos la ciudad de Bogo­
tá. Digna de tal obsequio es la capital muy amada de todos los
colombianos, que, como por virtud de cierto éspecialísimo y nati­
vo privilegio o destinación gloriosa, ostenta desde la primera pági­
na de su historia no sé qué sello de distinción y señorío; bien lo
merece la reina de la gran sabana granadina; la muy noble y leal
ciudad de Jiménez de Quesada; la culta y delicada matrona que
lejos de los mares se encumbra simbólicamente sobre los riscos de
los Andes, con cetro de ingenio y elegancia en la mano, y que ha
recibido muy en serio, por más que algunos en hora mala hayan
querido volverlo irrisorio, el envidiable título de Atenas de Sur
América. Me desviaría de mi propósito si me pusiera a explicar
aquí las muchas razones que plenamente lo abonan y justifican; y
digo sólo que, si otras no hubiera, harto merecería tan honroso
dictado la ciudad en cuyo seno trabaja una Academia como ésta,
y en la que acude a saborear el fruto de estudiosas investigaciones
un tan selecto y espléndido concurso como el que aquí veo reunido.
Ninguno de vosotros lleva a mal, antes bien, todos oís con
patriótica satisfacción y regocijo cuanto en homenaje a Bogotá se
diga, siquiera sea tan pálida y malamente como yo estoy hacién­
dolo, y aunque muchos de los que me escuchan hayan nacido lejos
de la planicie donde se vistió de caracoles y oro la corte de los Zi-
pas. ¿Acaso va en ofensa de nadie, y menos de las otras prósperas
e ilustradas capitales colombianas, aquí tan dignamente represen­
tadas, el elogio de la hermana mayor? A todas ellas cabe parte en
el lustre y grandeza de la metrópoli: así a Santa Marta la antigua,
la de la bahía sin rival, en cuyas orillas se puso majestuosa y tris­
te la vida del Libertador, como a Cartagena, la de las épicas me­
morias, y a Barranquilla, la comercial y abundante, y a Medellín,
la hermosa, la prolífica, la hospitalaria, rebosante de vida, de flo­
res y de luz, y a Manizales, la más precoz de nuestras ciudades, y
a Cúcuta, la de oriental gracia y gentileza, y a Bucaramanga, la tra­
bajadora y varonil, y a Tunja, la meditativa y soledosa, la de los
hidalgos blasones, y a Ibagué, la que prosperando sonríe a orillas
del Combeima, y a Neiva, la caballerosa y activa, y a Cali, sultana
de un segundo paraíso, y a Popayán, nodriza de genios, y a Pas­
to, la valerosa y perseverante: .ellas todas miran como suyas las
glorias del terruño donde se nutrió la cepa de Ricaurte y donde
vio la primera luz Rufino José Cuervo.
Creo, pues, que el proyecto enunciado logra vuestros sufra­
gios; y digo que para realizarlo hay un cúmulo de preciosos mate­
riales que explotar, desde las reliquias del Compendio Historial,
desde el Carnero de Rodríguez Fresle y las Elegías de Castellanos
hasta las deliciosas Crónicas de Ibáñez y las eruditas investigaciones
de Posada y los dos Restrepos, de Henao y Anubla, de Cuervo y
DISCURSO 209

Rivas, de León Gómez,¡Lozanoy Lozano y García Samudio, para no


mencionar sino las más recientes entre las que por cierta concomi­
tancia o título de familia pertenecen a la Academia; materiales con
que han de sumarse otros de género pintoresco y no menos valioso
e interesante, por ejemplo, las descripciones de usos y costumbres
nacionales en que tanto sobresalieron los tertulios de El Mosaico;
los restos de la arquitectura colonial, y las pinturas de don Ramón
Torres, tan ricas en pormenores y peculiaridades de nuestro pueblo.
El libro con que tánto he soñado tendría que ser escrito con
mucho relieve y vigor de colorido, y dividirse en varias secciones
a cargo de diversas plumas, a opción de los colaboradores; así,
por ejemplo: Bogotá comercial e industrial, Bogotá artística, Bogo­
tá leteraria, y así por ese orden hasta incluir todas las manifesta­
ciones de la vida y del pensamiento. Sección interesante sobrema­
nera sería la anecdótica-, y si yo hubiera de atreverme a colaborar
en alguna, esa llevaría mi preferencia; haciendo notar que empleo
la palabra anécdota, no en el estrecho sentido de chascarrillo, sino
en la amplitud de su significado etimológico y corriente, con el
cual abarca todo ese tejido de sucesos menudos y pintorescos, epi­
sodios sociales y domésticos que de ordinario no figuran en ningu­
na historia oficial, y sin embargo la explican muchas veces y acaso
contienen los verdaderos aunque ocultos móviles de actos trascen­
dentales: sucesos por cuyo íntimo conocimiento y vivaz pintura
dijo quizás el crítico Villemain, si mal no lo entiendo, que las no­
velas del autor de Ivanhoe y El Talismán eran más verdaderas que
la historia.
El fondo principal y el elemento más valioso de la anecdótica
así entendida, son los actos y dichos de ciertos personajes que ejer­
cieron sobre la sociedad una influencia tanto más profunda cuan­
to menos arrogante y estrepitosa en sus medios, y que se van del
mundo sin reclamar ni recibir la paga de su obra educativa. En­
tonces es el caso de exclamar con el gran lírico italiano:
¿Cómo! ¿y será que de tan noble vida
No quede ni memoria?

De uno de tales personajes quiero hacer breves recuerdos esta


noche; con lo cual anticipo mi modesta colaboración para el libro
en perspectiva, dando así, ya que no el tono de la elegancia, al
menos el ejemplo de buena voluntad.
¿De quién voy a hablaros? Afirmando, como resueltamente
afirmo y aseguro, que ese" hombre no dejó en nadie un solo recuer­
do ingrato; que no hay uno entre vosotros que no admirase y riese
alguna de sus ingeniosísimas y jamás ofensivas ocurrencias, y que
todos sabéis de memoria versos suyos, versos de exquisita melodía
y perfección helénica, hay bastante para que lo adivinéis; lo habéis
adivinado. Y aun me parece que el murmullo con que pronunciáis
su nombre es algo así como una evocación cariñosa del maestro,
del amigo, del poeta, del artista que suavemente os habla al oído
cuando en las espléndidas noches de enero contempláis con reli­
gioso arrobamiento cómo
x—14
210 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

de Oriente en el confín profundo


La luna aparta el nebuloso velo,
Y leve sienta en el dormido mundo
Su casto pie con virginal recelo.
Paréceme que acude a tal evocación y que le vemos aquí co­
mo hace unos feinte años: de estatura más que mediana; cuerpo
vigoroso, ágil y de buenas proporciones; habitualmente inclinada
por la meditación la cabeza, de cuya escultura y graciosa bóveda
han desaparacido los cabellos; la tez morena, la nariz fina y suave­
mente encorvada, la barba puntiaguda y entrecana; cogidas atrás
las carnosas manos, que en el calor de la conversación se levantan
para accionar, abriendo los dedos cual si quisieran describir el
arco que hace al desplegarse
El abanico de andaluza dama;
la disposición toda de la persona llena de afabilidad, sencillez y
benevolencia.
Bajo la envoltura de taléS miembros llegó al término de seten­
ta años uno de los más originales y profundos ingenios, una de las
m?s selectas almas de que puede gloriarse nuestra nación y nación
alguna. Ved cuán felizmente se fundieron tres razas en ese hombre.
Por los años de 1833 a 35 v^no a tierra de Nueva Granada,
por llamamiento del Gobierno, a trabajar en la minas de plata de
Santa Ana, cerca de Mariquita, el honorable caballero irlandés To-
'más Fallón, de ilustre familia, que por varios de sus miembros
había tenido honrosa representación en Inglaterra, y en cuya casa
había recibido hospedaje durante los amargos días de la emigración
el autor de El Genio del Cristianismo. Figuraba en la Compañía
explotadora de las minas otro distinguido joven inglés, el afamado
ingeniero Roberto Stephenson, hijo del inventor de la locomotara
ferroviaria, con quien trabó Fallón la más íntima y cordial amistad.
Como en aquel tiempo, no hubiese en Santa Ana entreteni­
miento alguno para los días festivos, los ingleses solían venir a pa­
sarlos a Mariquita; y en una de esas venidas domingueras los dos
de mi relato fueron a dar por dicha suya a la honorable casa de la
señorita Marcela Carrión y León y Armero, agraciadísima, chis­
peante e irresistible morena, de negros y abundantes cabellos cres­
pos y con unos ojos capaces, no -digo de acalorar a los mesurados
ingenieros de minas, sino de poner en combustión toda la flema
del Reino Unido e islas adyacentes. Así I3 pinta la leyenda, por lo
visto no exagerada; y añade que por las venas de la hechicera crio­
lla corría, mezclada con la de los oborígenes de la región, la auda-
luza sangre del fundador del Nuevo Reino, de aquel conquistador
letrado a quien el cronista Oviedo gradúa de hombre «en verdad
honrado y de gentil entendimiento y bien hábil.>> Muy singulares
prendas debía de tener la morena, cuando a la primera entrevista
Stephenson, el cultísimo y delicado Stephenson, quedó rendido
ante ella y poseído de aquel linaje de admiración que quita el sue­
ño. Consta positivamente de varias maneras, e importa mucho
para esta relación, que la señorita Marcela era tan cristiana y vir­
tuosa como inteligente y rica de atractivos.
DISCURSO 211

Ocurrió un día en Santa Ana un suceso trágico: la voladura del


polvorín de las minas, situada lejos de ellas y del poblado; y fue así
que la puerta de hierro, lanzada a las alturas, vino a la plaza del
pueblo, a tiempo que pasaba por ella Fallón con un compañero in­
glés, sobre el cual cayó la férrea mole destrozándole el cráneo. Fa­
llón recogió la sangrienta masa del cerebro v la encajó dentro de
los quebrados huesos, auxilió al herido y lo condujo tambaleante a
su habitación; pero quedó tan impresionado, que a pocos días cayó
enfermo de peligrosa fiebre. Stephenson lo hizo trasladar a Mari­
quita, donde la madre y las hermanas de la graciosa joven, y ya se
entiende que ésta sobre todas, se constituyeron en enfermeras
suyas, cuidando de él con tal extremo durante un mes de enferme­
dad y otro de convalecencia, que el irlandés vino a sentirse tan
libre de la fiebre como cautivo de aquella Marcela, que. a diferen­
cia de la del pastor Crisóstomo, le devolvía la salud con más unos
hervores de corazón por él no conocidos antes. Tenemos aquí a los
dos entrañables amigos prendados de una dama: entre personas
menos formales que ellos, argumento para un drama trágico a esti­
lo de los de Eurípides o Racine, o cuando menos para una come­
dia de capa y espada o una novela psicológica; pero entre tales
gentes como las de este episodio, ocasión solamente para una exhi­
bición de caballerosidad y gentileza digna de buen recuerdo. No­
tada por Stephenson la pasión dí Fallón y hecha para sí la sencilla
cuenta de don Frutos Calamocha:
Somos dos, una es la bella,

habló a su amigo de esta manera: «Usted sabe que quiero a Mar­


cela con toda mi alma y que estuve resuelto a casarme con ella;
pero usted no la quiere menos, y le está obligado, como también
a su familia, por los exquisitos cuidados que con usted han tenido:
pruébele usted su gratitud1 a Marcela casándose con ella. Como
era natural, Fallón rehusó, hubo entre los dos una verdadera con­
tienda de generosidad y gallardía en la cual se impuso Stephenson
comprometiendo a Fallón a proponer matrimonio, bajo esta con­
dición: que serían educados a su costa (es decir, de Stephenson)
los hijos que de aquél naciesen.
Verificóse a poco el matrimonio, de que fueron frutos Tomasa,
Diego y Cornelia. Era Diego un niño de índole expansiva v dulcí­
sima, naturalmente inclinado a la piedad, sumamente observador
y curioso, tenaz en sus propósitos y apasionado por la música, de
tal modo que espiaba, por decirlo así, tod' s los ruidos para sor­
prender en ellos la melodía, sobre todo en las furtivas excursiones
por los opulentos bosques y quebradas de tierra caliente, donde a
sus anchas se nutría y embelesaba la imaginación del futuro cantor
de la Naranja y La Palma del Desierto. Notad desde ahora que de
todas sus obras transpira el hechizo de esos íntimos v tempranos
coloquios con la naturaleza. El mineralogista señor Fallón fue des­
tinado como ingeniero a la Salina de Zipaquirá. donde rasidió con
su familia 0or cerca de cuatro años. En esta otra naturaleza, her­
mosa también pero totalmente diversa de la nativa, se enriqueció
212 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

con nuevos colores la ya riquísima fantasía del niño artista. A los


pomposos follajes y sonoras fragosidades de las tierras de abajo su­
cedían la proporción de líneas y severos perfiles de las sabanas, co­
mo para que en la mente del tierno alumno la sobriedad de acá
templase la ardiente exuberancia de lo otro.
Son ya muy pocos, por desdicha, los colombianos que se so­
lazan en aquella literatura tan briosamente nacional, tan exquisita­
mente nuestra que salió de las tertulias de El Mosaico impregnada
del sabor y del olor de la patria casera y popular, única verdadera
patria del corazón; pero acaso algunos de vosotros recuerden aquel
cuadro en quejóse David Guarín describe la escuela del Maestro
Julián Morales, la cual, juntamente con serlo de primeras letras,
era vivienda particular del Maestro fósil y su arcaica consorte, y
era además, dentro de su estrecho recinto de cuatro varas en cua­
dro, zapatería, barbería, sastrería, despacho de correspondencia
epistolar forense y amatoria, y fábrica de trampas de número cua­
tro, con otras menudencias. Esa fue la primera escuela del niño
Fallón, y con ella entra un caudal de elementos cómicos en su
«psicología. >
El genio vivo, travieso y comunicativo de Diego atraía a sus
camaradas. Uno ,de ellos, que le sobrevive y a cuya bondad soy deu­
dor de ésta y de muchas de las noticias que voy narrando, el tan
inteligente como modesto don Máximo Nieto, de quien Dieguito
se constituyó protector v defensor contra las chanzonetas de los
camaradas mayorcitos, acompañándole hasta su casa y abrigándo­
le con su ruana de bayetón o poncho cuando hacía frío o llovía,
refiere que los domingos concurrían los discípulos del maestro Ju­
lián a casa de doña Marcela a jugar a la balanza y otros juegos in­
ventados por el escolarcillo, y que éste solía retirarse de los juga­
dores y dedicarse a sacarle sonidos regulares a una puerta chirrio-
na de cierto corredor, hasta que la dueña de casa, aburrida con
semejante música, lo quitaba de allí a fuerza de regaños y empu­
jones.
Doña Marcela, viendo la desaforada afición de su hijo y ce­
diendo a sus ruegos, le regaló un violín, le cual puso término a los
juegos de los domingos, porque el chico se consagró con tal furor
al instrumento, que desesperó a su madre hasta el punto de obli­
garla a escondérselo, y llevo a una de las sirvientas al recurso de
enmantecarle el varco para librarse del filarmónico tormento. Al
violín siguió la guitarra, y pocos años más tarde el piano, instru­
mentos en que hizo el aprendiz rápidos adelantos, empleando en
el estudio del segundo los días de salida del colegio. Fue éste el
de los Padres de la Compañía de Jesús, que imprimió perdurable
sello sobre el carácter del piadoso cachifo, vencedor allí varias
veces y distinguido con los primeros premios en las clases de len­
guas latina y castellana. En este tiempo quiso ingresar en la Com­
pañía de Jesús, pero por ser único varón en su familia no fue ad­
mitido por los superiores.
Llegó el día en que se cumpliese lo pactado entre los dos bi­
zarros amantes cuando el matrimonio de Mariquita. El caballeroso
DISCURSO 213

Stephenson, que a U sazón ocupaba brillante posición en su patria,


hizo la solicitud del caso, v don Tomás Fallón despachó a su hijo
Diego para Inglaterra, y un año después a sus dos hijas Tomasa
y Cornelia. Stephenson envió a las niñas a París, ,a un convento
de religiosas Ursulinas^ y dejó a Diego en Londres en un instituto
protestante: pero como el joven rogase a su protector que lo retirase
de allí, fue matriculado por este último en un colegio de jesuítas,
donde permaneció tres años, y luego en el Colegio de Ingenieros
de New Castle, donde por cinco años cursó con gran provecho las
materias propias de ese instituto. Esa era la voluntad de su padre,
que no simpatizando con la vocación artística de Diego, la contra­
rió cuanto pudo. Pero la vocación se impuso; lo que a Ovidio con
los versos,

Quidquid tentabat dicere versus erat, *

le sucedía a mi héroe con la música: todo iba a parar en armonía,


armonía ideal y física; lo cual, notadlo bien, constituye uno de los
elementos esenciales de su carácter y de su temperamento. En
cumplimiento de las órdenes paternas le prohibió Stephenson que
cultivara la música; y el estudiante, para obedecer hasta donde se
lo consentía su naturaleza, despidió a! profesor de piano que había
buscado; pero, eso sí, para consolarse de la falta del piano se con­
sagró a la guitarra. Observado lo cual, su patrono le exigió, con
el ánimo de poner seriamente a prueba sus disposiciones, que com­
pusiese alguna obra musical para someterla al juicio de aut9ridad
competente. Muy de su grado lo hizo Diego; la obra que compuso
fue enviada al Conservatorio de San Marcos de Venecia, cuyo di­
rector, amigo de Stephenson, fue de concepto que aquélla era de
un estilo original v nuevo, muy rica de sentimiento, v que parecía
ser de algún maestro notable.
Ante ese resultado, Stephenson ya no pensó sino en estimular
al flamante compositor y facilitarle los medios para desarrollar sus
talentos; le abrió su casa, le buscó instrumentos y profesor, v so­
bre todo, escribió a su amigo don Tomás excitándolo a deponer
sus prevenciones contra la irresistible afición de Diego. Efecto de
tal exitación fue que un poco más adelante el señor Fallón mismo
regalase a su hijo el mejor piano que por entonces hubo en Bogotá.
A tiempo que los tres venturosos hermanos, ejemplares de
una educación perfecta y en la plenitud de la vida y de las ilusio­
nes, disponían en París la vuelta al seno de su familia, vino el do­
lor a dispensarlos: la hermana mayor emprendió el viajé sin regre­
so: embarcáronse los dolientes, y Cornelia, la graciosa Cornelia,
trasunto de su madre, murió en alta mar antes de llegar a la isla
de Santo Tomás.
Aquí la sepultó su hermano. El poeta quedó con el corazón
partido para siempre, si soldado con la soldadura de la resignación
y la esperanza. Treinta años más tarde escribió ante la pintura de
un árbol destrozado estes luctuosos versos que parecen un eco leja­
no de ese inmenso dolor:
214 BOLETÍN DES HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

Sabed cuantos sentís dentro del pecho


Arder la llama que la dicha encierra,
Que la tumba voraz está en acecho
Al pie de todo amor sobre la tierra.
Que de la dicha y el amor la suerte
Se parte de l?i vida en el camino:
Porque la dicha es pasto de la muerte,
Y es eterno el amor, porque es divino.
Y cuando envuelto en funerario velo,
Huye la dicha del hogar querido,
Queda el amor en perdurable duelo
Y asolador recuerdo convertido.
Un poco más tarde, en una fiesta nupcial, dirigió a los despo­
jados estos otros versos que resultaron proféticos:
No busquéis felicidad;
El bien que ese nombre encierra
No es oriundo de la tierra;
Su patria es la eternidad.
Fallón recordaba siempre con entrañable y melancólico afecto
a sus hermanas. Refería haber tenido con ellas unps sueños como
éste: después de haber navegado un rato en su compañía, muy ale­
gremente, por cierto conocido río de Inglaterra, las condujo a un
pequeño restaurante campestre como suele haberlos por allá, y
pidió al sirviente que le trajese un refresco abundante y bueno,
comb para hermanos que se veían después de larga ausencia. El
refresco fue tal como lo deseaban; y mientras comían, Diego decía
a sus compañeras: Aprovechen, hermanas * coman bien y pronto, por­
que no tarda el muchacho en venir con la cuenta^ y nos despierta.
Así sucedió: a lo lejos se oyeron pisadas que iban acercándose,
llegó el sirviente... .y el sueño se desvaneció. «Cuentan que her­
mana Cornelia y yo nos parecíamos, y creo que es verdad, pero
con la diferencia de que ella estaba en verso y yo en prosa,* decía
a veces Fallón.
A-su regreso al país sus padres residían en Muzo. Allá fue a
juntárseles; allá se dio a cultivar a solas su juvenil tristeza y los es­
tudios científicomusicales: allá, vagando por los bosques que ro­
deaban entonces las minas, dio con el jilguero, el esquivo cantor
de esos magníficos parajes; se propuso estudiar esa ave, y con la
amorosa cooperación materna trató, aunque en vano, de domesti­
car sus polluelos. ¿No era la nostalgia de esos cálidos paisajes la
que le enternecía el corazón cuando adelantada la vida pintaba el
huerto nativo de la naranja:
En la fragante ribera
De anchó raudal espumoso,
Do el rojo'cámbulo impera
Y agita la platanera
Su follaje rumoroso;
Do entre ceibos e higuerones
La estruendosa catarata
DISCURSO 215

Vuela en niveos borbotones,


Y en los lejanos peñones
Sus hondos ecos dilata;
Donde la palma ondulante
Descuella sobre el plantío,
Y el caucho, rudo gigante.
Alza la copa triunfante
En medio al bosque bravio;
Do se oye al rayar el día
En la florecida loma,
Del toche la melodía,
Y luégo en la noche umbría
El gemir de la paloma?....

Trasladado a Bogotá en 1860 por imposición de los sucesos


políticos, una familia que Fallón miró siempre como suya y que
poseía el secreto de sus extraordinarias prendas y talentos, la fami­
lia Salas, puso vivo empeño en disipar la niebla de su tristeza,
obligándolo a concurrir a frecuentes reuniones sociales, ya en la
casa misma de los Salas, ya en la de los íntimos amigos de ellos.
En una de tales reuniones sintió ¿por primera vez? su incontami­
nado y sensible corazón el hechizo de la hermosura femenina, a
cuyo influjo se abrió espléndidamente su alma como en primave­
ral florecimiento. Entonces fue cuando el naturalista, el ingeniero,
el artista, el poeta, el desenfadado criollo, mezcla felicísima de
candor irlandés, de cultura y formalidad británica, de fuego anda­
luz, de andina suavidad y llaneza, desplegó toda la pompa de su
corazón y de su ingenio, dando golpe, como dicen, sorprendiendo'
y cautivando a la sociedad bogotana, entonces todavía deliciosa­
mente santafereña, que no acababa de pasmarse de que en un hom­
bre cupiesen tántos hombres: porque Fallón apareció dueño de las
más diversas y exquisitas habilidades, y lo mismo explicaba mate­
máticas que bailaba strauss y rigodón; así componía, a fuer de me­
cánico ingeniero, una maquinaria desvencijada, que afinaba a títu­
lo de sutil acústico cualquier piano destemplado; con igual maes­
tría y delicadeza tocaba el instrumento de Liszt que pulsaba la gui­
tarra acompañándose con el silbo, en que era tan dulce y extrema­
do como quien recordaba a sus antiguos camaradas, los toches y
jilgueros de Mariquita y de Muzo; tan apasionado se mostraba por
las ciencias y tan apto para ellas como para las letras v las bellas
artes, en que era no sólo aventajado cultivador sino juez muy com­
petente; ora componía un aire musical, doliente y espontáneo co­
mo una tonada montañesa; ora improvisaba una copla chispeante y
salerosa; ya imitaba, siempre con permiso previo y a veces a ruego
y aun en presencia de los imitados, los discursos y gesticulaciones
de personajes contemporáneos, por ejemplo, el famoso Indio Pa-
tra; ya remedaba el ruido de una garlopa o de un cepillo al sacar
de la tabla rizos de viruta, o el hervor de los huevos que se fríen
en una cacerola. Para solaz de las reuniones tenía un acopio de
historietas y cuentos que relataba con incomparable primor, salpi­
cándolos de agudezas y vivaces descripciones y haciendo con arte
216 b o l e t ín d e h is t o r ia y a n t ig ü e d a d e s

acabado el papel de cada personaje o interlocutor; de donde resul­


taba que la historia y el chascarrilloren su boca producían el efec­
to de la pintura.
Caracterizaban sus chistes estas singularísimas prendas: incon­
fundible marca de alteza y noble casta; el cuidado exquisito y es­
crupuloso de que no fuesen en desdoro u ofensa de nadie, y la pro­
funda originalidad: Fallón hizo mucho bien, enseñó mucha meta­
física, mucha moral, mucha política, explicó muchas cosas oscu­
ras por medio de chistes. ¡Rarísimo y envidiable dón! ¡dichoso
gracejo’ Muchos de esos chistes merecen quedar, y es seguro que
quedarán, como aforismos de filosofía. Muchos de esos donaires son
diamantinas fórmulas de doctrina estética.
No hay para qué decir que Fallón era el convidado nato de
todas las academias, el juez de todos los concursos, el alma y el
encanto de las tertulias, de los días de campo, de las temporadas
de vacaciones; para lo cual tenía, fuéra de las cualidades y reco­
mendaciones sobredichas, ésta: la facilidad de dejarse obsequiar y
tener contento, porque, como era tan modesto y humilde en todo,
tan bondadoso y sutil apreciador aun de las cosas más baladíes y de
las cortesías más insignificantes, y tan hecho, por otra parte, a la
vida pobre y campesina, con cualquier cosa de alojamiento, cama
y cena se tenía por satisfecho y declaraba estar como en la gloria.
Pero la raíz y el secreto de su hechizo—secreto no para muchos—
era esa ingénita e inverosímil generosidad y benevolencia, esa ab­
soluta rectitud natural y por añadidura pulimentada, esa sinceri­
dad y sencillez como de niño; las cuales hacían de él un hombre
de quien nadie recelaba segundas intenciones ni podía sospechar
sentimiento egoísta o vanidoso, ni acto ni palabra siquiera que pu­
diera ir en daño de nadie. Espantosa revelación debió de ser para
su alma la de que existe en el universo un monstruo que se duele
y contrista del bién ajeno y se perece por acabar con él: la envi­
dia, la más ruin, vergonzosa e inconfesable de las pasiones, era na-
turalísimo que quisiera cebarse en tánta lozapía; pero el envidiado
la ahogó con desbordes de generosidad, recogiendo y recatando,
por decirlo así. su propio mérito para que a ninguno pareciera
ofensivo y exaltado y poniendo de relieve el de los demás, por mi­
núsculo que fuese.
Naturaleza tan sensible, en quien la profundidad del amor co-
rresponndía a su delicadeza, se sintió herida en lo más hondo el día
en que para siempre huyó de su vista la hermosura que le había
deslumbrado. La tristeza volvió a señorearlo, y, como tantas otras
veces, la armonía, la ciencia y el trabajo silencioso fueron su con­
suelo. Tomó a su cargo el arreglo de la maquinaria de la Casa de
Moneda, ^ue lo ocupó varios meses. Datan de ese tiempo sus me­
jores composiciones musicales, entre ellas, si no me equivoco, cierta
conocida polca titulada con el nombre de La Locay para mí evoca­
dora de instantes muy felices, en la cual me parece que la traviesa
elegancia y acelerados movimientos disimulan un fondo de pesa­
dumbre que palpita en los acordes graves: me figuro el episodio
de un alma joven que desolada e inquieta busca la felicidad, val
DISCURSO 217

creerla asida prorrumpe en un himno de júbilo, pero al verla esca­


parse luego en seguida, lanza un gemido sordo y profundo que
se pierde entre la algazara de una fiesta. Por esos dias se ocu­
pó el artista en esculpir en piedra la imagen que vivía en su men­
te; el corazón, empujado por el instinto de la inmortalidad, busca
las materias que por su dureza remedan la inmortalidad, como el
mármol y el bronce, para alzar con ellas algún monumento a sus
ilusiones muertas y a sus amores desventurados. Por invitación de
los Salas sus amigos, hallábase Fallón en el pueblo de Sopó toman­
do activa parte en las patriarcales fiestas de Navidad del año de
1864, cuando recibió la noticia de la muerte de su padre, ocurrida
en Muzo. Tocóle dar la terrible nueva a su pobre madre, que a
los seis meses murió de pesar.
Tan tremendos golpes lo sumieron en una especie de maras­
mo y embotamiento, de que no salía sino por breves ratos a es­
fuerzos de sus amigos. Lograron por fin éstos que se encargase de
dirigir un concierto o sexteto compuesto de tres bandolas, dos re­
quintos y una guitarra, para el cual, en vista del buen éxito conse­
guido, arregló a los instrumentos varias de sus piezas y algunas
ajenas de las más notables. Esa compañía se llamó el Sofocón, del
nombre del local en que solía reunirse, el cual de puro estrecho y
mal ventilado sofocaba a sus líricos frecuentadores. Recuerdo ha­
ber oído cantar con acompañamiento de guitarra y honda emo­
ción de mi alma, una canción triste, muy triste, especie de despe­
dida de unos regocijos familiares, cuyos versos empezaban
¡Ay! Sofocón, Sofocón!

En el diciembre de 1865 se verificaban en el vecino y entonces


harto más que ahora visitado pueblo de Nemocón, reuniones a es­
tilo de las de Sopó, tan cultas como amenas y campechanas, con
ocasión del veraneo de varias familias notables de Bogotá. Era una
de ellas la de don Ricardo Carrasquilla, de tiempo atrás amigo ín­
timo de Fallón y congénere suyo por estrechas afinidades de cora­
zón y de espíritu. Por más que me provoque, no he de detenerme
a hablar aquí del insigne escritor v pedagogo: en otra ocasión he
de hacerlo a mis anchas, si Dios me da vida; y aunque también me
provoque mucho, no he de complacerme ahora en describir el Ne­
mocón de antaño, del cual he oído decir a respetables actores y
y testigos, que llegó a ser un delicioso emporio de amenidad y cul­
tura, medio ciudadana, medio campesina, a usanza v gusto santa-
fereño. Digo sólo que Fallón vino en hora dichosa a este emporio,
en una de cuyas sabrosas tertulias, a que le había invitado don Ri­
cardo en calidad de [Link] ella, vio de pronto, sin sombra de
conjeturas ni vacilaciones, a la que su corazón ansiosamente anda­
ba buscando hacía tánto. Sin más ni más se dirigió a una de las
señoras de la casa, la benemérita maestra doña Justina Serna, y
le dijo:
—¿Cómo se llama una señorita que está en la sala v que va a
ser mi mujer?
—¿Y cómo sé yo cuál va a ser su mujer?—repuso la señora.
—Aquélla, indicó él. aquélla que está en el rincón.
218 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

A la hora de la merienda, sin dirigirse a ella en particular,


Fallón habló ante los comensales de manera que todo quedó en­
tendido por todos, v mayormente, sobra el decirlo, por la que me­
jor debía entenderlo.
Y cuando, observadas puntalmente las reglas de la más deli­
cada cortesía, llegó la ocasión de hablar con ella, la dijo:
— Si usted llega a tener el mal gusto de casarse, le agradeceré
que lo haga conmigo.
Y como la señorita le declarase tener pensamientos muv aje­
nos del matrimonio, él añadió:
—Piénselo usted bien, y le ruego, eso sí, que cualquiera que
sea su resolución, sea la de casarse conmigo, sea la de no casarse
nunca, no me la vaya a comunicar de repente.
La destinada por el Cielo a ser la compañera de Diego Fallón
fue la señorita Amalia Luque, alma digna de la suya.
Cerca de cuarenta años duró ese matrimonio, que Dios de
muchas maneras bendijo haciendo del hogar en que prosperó un
asilo de modesta paz, de acendrados afectos y de ejemplares virtu­
des. La celebridad adquirida por Fallón en los centros sociales lo
trajo por natural camino a la nunca cuanto se debe celebrada ter­
tulia de El Mosaico, linaje de cenáculo, parnasillo o academia
santafereña a la cual debe Colombia el descubrimiento de va­
rios de sus mejores ingenios, que sin ese hogar hubieran queda­
do desconocidos o inexplotados como Guarín y Eugenio Díaz, y el
florecimiento de nuestra más genial, rica v espontánea literatura.
Tampoco cederé a la tentación de hacer una parada en el amenísi­
mo campo de El Mosaico, pero sí advierto de pasada que éste ha
de ser objeto de una larga sección del libro anecdótico que me
propongo. Considérese cómo caería Fallón en ese centro de la
amistad y del talento: como en su casa. Allí se reveló gran poeta y
finísimo literato. Allí le hicieron su colaborador los Vergaras y Ma-
rroquines, los Samperes y Carrasquillas. Datan de allí sus más
aplaudidas composiciones: La aparición de La Luna fue un verda­
dero acontecimiento literario, un verdadero triunfo; todos leían,
todos aprendían de memoria, todos declamaban La Luna; el nom­
bre del autor de La Luna andaba de boca en boca. Era que en
efecto un astro nuevo resplandecía con inusitada luz en el cielo de
las letras castellanas. Esa Luna quedó para siempre a la altura de
su homónima, de donde irradia sublimidad, placidez y armonía
sobre las almas, v donde la contemplarán muchas generaciones
como una inspiración soberana y un modelo insuperable de artís­
tica pureza. Hay en ella la entonación de los salmos, la solemni­
dad contemplativa y religiosa de las creaciones de Beethoven, la
misteriosa claridad de los paisajes nocturnos, la serena perfección
escultural de los griegos. ¿Es verdad que el poeta empleó siete
años en su obra? No tengo bien averiguado lo tocante a ese núme­
ro cabalístico; si hubiera consumido más, no fuera mucho; bien lo
sabía Fallón: el Tiempo no respeta sino las obras que se hacen con
su concurso. Schiller gastó nueve anos en componer la Canción de la
Campana, llamado el poema de la vida, y nunca le pesó de ello. ¿Ni
DISCURSO 219

porqué había de pesarle? Es lo cierto que esta Campana dice hoy


como hace un siglo: Vivos voco, mortuos plango\ fulgura frango;
esta Campana seguirá plañendo y aquella Luna rielando mientras
existan corazones capaces de embelesarse con las noches serenas y
de remontarse a las alturas al melancólico llamamiento de las to­
rres clamorosas.
Fallón estuvo pensando siempre, a mí me consta, que La Luna
se había quedado sin acabar; explicaba lo que !e había faltado por
decir, y especialmente cómo la luz de la luna, a diferencia de la
del sol. inclemente y despiadada denunciadora de toda pobreza,
desnudez y miseria, es una luz discreta v caritativa que encubre,
disimula y aun embellece con sus gasas vaporosas los contornos
ásperos de las cosas y hasta esos lugares desolados e inmundos de
los arrabales donde hacen sus viviendas los locos, con pingajos de
ropa y pedazos de esteras viejas. Me recitó una vez cierta estrofa
que, por inferior a sus compañeras, y según consejo de don Ricar­
do Carrasquilla, suprimió de La Luna; la recuerdo muy bien, v la
incluyo aquí para que se conserve como curiosidad literaria, que
no sé si guarda otra persona:

Hay un dolor en su mirar tranquilo.


Mas un dolor que nunca desespera:
Y su lumbre se tiende con sigilo
Cual si un secreto revelar temiera.

Y tales ideas no son sino el reflejo del carácter de Fallón: aun­


que a su penetrante observación y sentido cómico eran manifiestas
las flaquezas y defectos ajenos, él. como quien desde el colegio
había convertido en sustancia propia aquello del gran maestro de
espíritu P. Alonso Rodríguez: «Aunque vuestro hermano tenga al­
gunas faltas, también tendrá algo bueno; echad mano de eso v de­
jad esotro: imitad a la abeja, que escoge la flor y deja las espinas
que están alrededor.» andaba siempre ocultando y suavizando esas
tales flaquezas y poniendo a la vista los lados y contornos buenos
de cada prójimo y cada cosa, y rastreando por dondequiera las hue­
llas de la bondad y sabiduría de Dios; en lo cual elogiaba al gran
poeta norteamericano cantor del Salmo de la Vida y de Evangelina,
de quien decía con mucha verdad que todo su empeño y labor poé­
tica era justificar a la Providencia.
La sed de perfección, el afán de perfección fue toda la vida el
delicioso tormento de Fallón; nunca estaba satisfecho de sí mismo;
todo esmero le parecía poco, hasta rayar casi en manía; perfecto
había de ser en el desempeño de sus destinos, en los métodos con
que enseñaba, en las poquísimas cartas que escribía. Según pala­
bra de una de sus hijas, lo aquejaba la enfermedad de la perjecti-
tis. De ahí que fuera escasa su producción literaria y artística. El
chapuz, el ripio versificatorio. la brocha gorda, el churriguerismo
y la montonera, la exuberancia de pacotilla fueron cosas con que
no pudo avenirse nunca. Por ese aspecto pertenecía a la escue­
la de Rioja. de Rodrigo Caro y de Manzoni, cuya divisa podría
ser: poco pero excelente. Hasta en su fragmentario y paradójico
220 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

poema Las Rocas de Suesca, por desgracia inconcluso, campea la


t roporción en medio de la enormidad. ¡Qué trozos tan primorosa­
mente ejecutados! ¡Cuánta armonía en la parodia! Porque ha de
adveitirse que lo cómico no es lo ridiculo v mucho menos lo feo.
Lo cómico es amable y simpático; lo ridículo, despreciable; lo feo,
repugnante. Lo cómico no es lo contrario de lo bello: nó; a mi en­
tender, lo cómico es lo bello visto por el revés, como un bordado
por debajo del bastidor: Don Quijote es tan sublime como gracio­
so; es un gran héroe visto por detrás de la tela de la caballería an­
dante. Más de cuarenta años pasó Fallón enseñando, así'para ga­
narse la vida como por encendido amor al deber y a la humanidad
(la humanidad en el sentido derivado de el del Padrenuestro). Como
poseía por excelencia el dón expansivo para comunicar la ciencia
y el arte, en que consiste el enseñar, según definición del doctor de
Aquino; y como era un alma selectísima y un veterano de virtu­
des, resultaba excelente educador y maestro: era un texto vivo.
Y enseñaba no sólo en las clases sino tal vez más fuéra de ellas,
por medio de la conversación, cuyos recursos poseía como nadie:
conversación chisporroteante de símiles sorprendentes, agude­
zas y donaires que equivalían a sistemas de lecciones objetivas.
En ese terreno la labor social inédita de Fallón es impondera­
ble; sólo Dios lo sabe, sólo El pudo premiarla. Era aficionadísi­
mo a los estudios pedagógicos, y decía: Este siglo, o ha de ser
el de la pedagogía, o no sirve para nada.¡Qué cariño, qué inte­
rés tan vivo por sus alumnos; qué gracia para aficionarlos a ias ma­
terias del aprendizaje, para hacerlos adquirir conciencia de sus ca­
pacidades, inculcándoles al mismo tiempo con tesón incansable y
recomendándoles la virtud de la humanidad, de la que hablaba así:
«No sólo es la más preciosa de las virtudes, virtud fundamental,
sino el mejor de los negocios; negocio de antioqueño»: lo cual
decía en son de elogio de este laborioso pueblo, de quien era ad­
mirador sincero! Enseñando música al propio tiempo que matemá­
ticas e idiomas, concibió la idea de un sistema denotación musical
en que a los complicados de la aretina se sustituyen combinaciones
de letras, lo que simplifica extraordinariamente el aprendizaje del
ai te divino. Así lo probó la experiencia hecha en algunos colegios
después de varios años de elaboración. Con ayuda de la familia
Samper Brush pudo el profesor publicar su método, anexándole
obras escogidas de difícil ejecución, que por el nuevo sistema que­
daban al alcance de los principiantes.
•Mucho caviló y ahondó el maestro sobre relaciones entre la
óptica y la acústica, entre el color v el sonido; porque, según ya lo
he anotado, había en él un como instinto de armonía, de concor­
dancia, que lo llevaba a descubrir dondequiera el concierto, la sín­
tesis providencial, según aquellos magníficos versos de Dryden,
que con él estudiamos, y escritos en [Link] Santa Cecilia y ala­
banza de la música:

From harmony, from heavenlv harmony


This universal trame airóse:
DISCURSO 221

De harmonía, de célica harmonía


La fábrica brotó del ^universo,
según la traducción de Caro.
¿Quién puede olvidar aquellas clases de inglés, primero en las
aulas del colegio y más tarde en la casa del generoso profesor, a
cuyo cargo corría, sobre el trabajo de la enseñanza, el gasto de ci­
garrillos y de vez en cuando el del, chocolate? Su método era com­
pletamente práctico al principio (cuando no habían aparecido los
de Berlitz, Delmas, Deppelbecin y otros ahora no menos flaman­
tes). y luégo teórico práctico, y consistía en ejercitar a los alumnos
en las formas usuales de la conversación y del lenguaje corriente
para introducirlas poco a poco en la lectura analítica y comentada
de los mejores autores. ¡Qué ratos de tan agradable y provechoso
esparcimiento! ¡Qué comentarios de trozos escogidos de Shakes­
peare, del Childe Harold, de Dickens y de lo mejor de la riquísima
poesía lírica inglesa! Voltean por mi memoria y por mi corazón,
entre muchos allí aprendidos, aquellos versos del Mercader de Ve-
necia, que Fallón repetía cpmo un alegato en honor de su idolatrar
da música:
The man that has no music in himself.
Ñor is not

Recogiendo y ordenando cuidadosamente los dichos en que


Fallón derrochaba como sin saberlo y de pasada su genial filosofía,
sin tiempo para escribirla, según lo atafagado que vivía, y sin nin­
gunos humos filosóficos por su extremada modestia, ¿no sería posi­
ble formar siquiera a grandes lincamientos un sistema de doctrina?
El intento es provocativo y convida a los discípulos del original
pensador, a quien sería útil y curioso poner en cotejo con otros
de raza anglosajona como Burke, Browning, Emmerson y el autor
de Las siete lámparas de la Agricultura, entre los cuales v él me
figuro que hay de análogo cierta candorosa y profunda originali­
dad, cierta observación cariosa de pormenores y una disposición
peregrina para el análisis y para resolver las ideas de forma plás­
tica.
Tuve yo la singular honra v fortuna de ser uno de tales discí­
pulos, el más desaprovechado de todos; y ya que no puedo acome­
ter tan interesante obra, me gozo en reconstruir en mi corazón la
imagen de mi amadísimo maestro y amigo, y en acordarme de sus
dichos, sin pretender que dentro del circuito de estos apuntes que
por cuanto puede recordarse y decirse de él. Eso exige un libro; ni
yo tengo las dotes críticas que el caso requiere.
Definía la música: «El recuerdo de una patria feliz que no he­
mos visto»; y las bellas artes: «Las primeras letras para entender
uno el cielo.» Decía también que en la peregrinación dolorosa que
vamos haciendo por este valle de lágrimas, «las bellas artes y la
hermosura de las cosas criadas son aromas que nos llegan de la
tierra prometida, a que nos vamos acercando.» De los estudios
gramaticales y filológicos decía ser tan interesantes, que sus culti­
222 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

vadores se cebaban y embebecían en buscar los orígenes de las pa­


labras como los cazadores de oficio en seguir la pista de los vena­
dos; y que debido a eso los tales estudios habían servido para
guardarle intacta la inocencia bautismal al decano de nuestros
profesores de gramática.
Siempre estaba Fallón prevenido en favor de los demás. Algu­
na persona le preguntó un día en la calle, a dónde iba tan acicala­
do; v él repuso: «Voy a que me guste mucho una pieza de música
que ha compuesto Fulana./ <
Sobre las virtudes exteriores de ciertos propagandistas del
error, explicaba que ellos tenían a su lado un diablo encargado de
conducirlos por las vías de la sobriedad, probidad, discreción, ur­
banidad y otras semejantes, para impedir así que se desacreditasen
las malas doctrinas; y decía que ése era su diablo de la guarda.
Refería la historia de lo que llamaba su conversión, de esta
manera: <Un día en que me acompañaban de paseo unos cuantos^
amigos con quienes yo me complacía demasiado, resolví de impro­
viso, no sé por qué ni'cómo, aprovecharme de un instante en que
no me miraban, y me metí en una casa. Pasó algún tiempo sin que
ellos parecieran advertir mi ausencia; pero al cabo, juzgando que
yo estaría en alguna de las casas de la manzana, después de tan­
tear vinieron a dar en la de mi escondite. Oí un golpecito, no res­
pondí; otro golpe más resuelto; pregunté quién era. Respondie­
ron;—Yo, el amigo Pereza; ¿puedo entrar a verlo? De ninguna ma­
nera, contesté. Luégo, unos golpes formidables—¡AveMaría!—dije,
—tumban la puerta; ¿quién es?—;Soy la Soberbia y necesito en­
trar!—No puedo recibir a usted ni a ninguno de sus acompañan­
tes—grité. Me puse a oír y decían:—Es imposible cogerlo; se en­
tró a la Casa de Ejercicios, El Dividivi} y lo peor es que va a salir
hecho un tigre contra nosotros.»
Contaba de sí mismo, no sé con cuánto fundamento, haber
sido muy inclinado a la pereza, de la cual donosamente decía: «Lo
que sí no se le puede negar a la Pereza es que sirve para remedar
a varias apreciables virtudes: unas veces hace de Paciencia, otras
de Modestia, otras de Prudencia, y así.»
Decía: «Los médicos atribuyen a la falta de presión atmosféri­
ca, debida a la altura, las afecciones del corazón; pero acaso hay
otra cosa más eficaz: el pesar del bién ajeno. Lo que hago yo para
no atormentar mi vida con la envidia es hacer míos los triunfos con
que mis amigos o mis enemigos me sobrepujan en cualquiera de
los ramos de mis aficiones: así gozo con ellos increíblemente.»
Oyendo contar los incidentes de un suicidio observó: «No me
explico yo el suicidio habiendo en el mundo tabaco y bayetones.»
De cierto distinguido literato que no simpatizaba con él, dijo:
«Fulano me ha profesado siempre el más sincero desprecio, lo cual
lo honra por la justicia y por la sinceridad.
Máximas favoritas suyas eran éstas:
No hay personas antipáticas sino falta de amor al prójimo,
mí nadie me parece antipático.
DISCURSO 223

«El precepto de amar uno al prójimo como a sí mismo está


muy lejos de ser penoso; creo que ese precepto es uno de los ma­
yores halagos que Dios ha puesto a los que tienen la felicidad de
amarle a El sobre todas las cosas.
«Cuando se me presenta un prójimo, siento una impresión de
bienestar qué no cambiaría por ninguno de los placeres inventados
para hacer agradable la vida. Mientras yo pueda departir con mis
prójimos, seré feliz.
«Hay soberbia aparente y soberbia efectiva. No hables de ti
mismo (amonestaba a uno de sus hijos) sino en caso de inprescin-
dible necesidad, porque el hablar uno de sí mismo es signo de so­
berbia efectiva. Si se trata de ganar fama por ese medio, la expe­
riencia ha demostrado que es inútil por más que uno se alabe; y
si el interesado trata de desacreditarse por falsa modestia, siempre
se desacredita.
«No hay nada tan ridículo como la gloria humana. >
Como la humildad es verdad, y Fallón era verdaderamente
humilde, llegado el caso hacía notar, con toda llaneza, sus disposi­
ciones naturales. Yo lo oí decir:
«En Bogotá hay dos genios para la música, y uno de ellos
soy yo.»
Fue invitado a oír la ejecución de una pieza de música com­
puesta por un artista mediano que negaba las capacidades de Fa­
llón. Sabiéndolo éste, se apresuró a aceptar la invitación; pero co­
mo llegase tarde a la casa del interesado la noche de la audición,
y estuviese cerrada la puerta, después de golpear en balde resolvió
entrar, como lo hizo, por encima de las tapias del solar, y se pre­
sentó en la sala todo lleno de polvo; no quería privarse de aplau­
dir al compositor ni parecer que lo tenía en poco.
Era Fallón el primer encomiador y pregonero de las glorias
ajenas. El sí que pudo llamar a su alma como llamó a la suya otro
gran poeta: «alma sonora,» alma en que todo lo noble y todo lo
bello repercutía con ecos de admiración, admiración de aquella que
Joubert llama «hija del saber.» Vivía enamorado del Quijote, y lo
leía con pasión. Un día al acabar la seguida o tercera lectura de
la inmortal novela, como estuviese impresionado de veras con la
muerte del hidalgo manchego, le preguntó su señora esposa que
por qué estaba tan callado y melancólico, a lo cual repuso: Estoy
rezando un Paternóster por el alma de don Quijote.»
Del Libertador decía: «Lo que Bolívar tenía absolutamente
irresistible era la elocuencia; la Independencia la hizo con la len­
gua.»
De Lamartine: «Es el poeta elegiaco por excelencia; una ele­
gía viviente y continua. Ese hombre se sentaba a sudar poesía.»
De Gutiérrez González: «Es el poeta puro; desde que empieza
a torcer las clavijas para templar el instrumento, se le escapa la
poesía.»
Del Padre Mario Valenzuela: «Cuando Mario era un chinito
que se arrancaba los botones de la camisa y lloraba porque no le
daban aprisa de almorzar, sabía más que los profesores »
224 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

De Pombo: «No lo bajo ni una línea de Byron.»


Del doctor M. M. Mallaiino: «Tenia por excelencia el don de
la palabra', que sin pensar ni vacilar dicta infalible y maquinalmen­
te como un manipulador telegráfico, el nombre de cada idea y de
cada cosa.»
De Caro: Escribe de una manera insoportablemente per­
fecta.»
De don Ricardo Carrasquilla: «Era el tipo del orador nativo
y espontáneo, de elocuencia salvaje y avasalladora.»
De Pereda: «Es tan formidablemente rico el vocabulario de<
ese hombre, que cuando escribe, el Diccionario se esconde como
los gatos cuando hay tempestad.»
De Ruperto Ferreira: «Desde que estaba en primeras letras en
el colegio de Ricardo Carrasquilla, yo adiviné que debajo de ese
calungo atiplado había un talento matemático de primer orden; y
advertí a Ricardo que los profesores de aritmética debían andar
con cuidado.»
De un discípulo muerto en la flor de la edad y admirable por
sus virtudes y talentos, Julián Caro y Castro: «! Habría sido una
gran lástima que hubiera seguido en el mundo ese sujeto •»
Del autor de Norma y la Sonámbula. «Las melodías de Belli-
ni están a tal altura de belleza y sentimiento, que todos los compo­
sitores disparan hacia allá y no lo alcanzan.
Los gracejos eran inagotables en su boca. Solía dar clases de
piano en cierta respetable casa, en las horas de la mañana, y al
terminar las lecciones a veces lo convidaban a almorzar, y él a veces
aceptaba. Hiciéronle una mañana la invitación, y contestó: «Uste­
des hacen muy mal en convidarme, porque yo soy muy débil de
carácter, y además de eso hoy estoy muy débil.»
«Los hombres bien amueblados por dentro—solía decir—casi
siempre están mal amueblados por fuéra.» Y uno de ellos era él.
Vivió escaso de bienes de fortuna: vivía de su trabajo. Desempeñó
empleos públicos, pero todos secundarios y oscuros, sin pretender
jamás explotar en provecho suyo sus amistades con grandes persona­
jes de la política ni la estilación v confianza con que ellos lo distin
guían. Con sus muchas amistades aquí y en Europa, y con las raras
habilidades que poseía, hubiera podido hacer una fortuna; pero
nunca se preocupó con eso. ¿Qué sabía él de acumular dinero ni de
tanto por ciento ni de granjerias mercantiles? Entiendo que era un
negociante inhabilísimo, v conociéndolo, entregaba todo cuanto
dinerillo recogía de su trabajo a su admirable esposa, a su Amali-
ta, quien cuidaba de la pobre hacienda, veía por él, le acomodaba
a su gusto la indumentaria y lo acicalaba de tiempo en tiempo y
de todo en todo, ni más ni menos que si se tratara de un niño.
Definiciones de Fallón’: «¿Qué es dormir?—Dormir es desensi­
llar la imaginación y echarla al poto ero.
«Las vacaciones en el campo son para el escritor, y especial­
mente para el poeta, el tiempo de hacer el mercado para la des­
pensa intelectual.
DISCURSO 225

«¿Qué es despecho?—Despecho es una inflamación en el por


venir.
«Los errores son tunjos (ídolos o dioses de oro o de barro que
adoraban los indios) que tienen tantos adoratorios o casillas como
facultades hay en los hombres y a los cuales rendimos culto.»
Con ocasión de un torrencial aguacero que inundó algunas
casas pobres de Bogotá, arrastrando muebles y ahogando animales,
dijo: «En un caso de estos los gallos que están sueltos en el corral
flotan y se salvan; los que están atados se ahogan: los pobres em­
pleados públicos son gallos atados cuando hay inundación de ca­
restía.»
Contaba que estando una vez muy distraído en el atrio de la
Catedral, vio salir de ella una señora de tal aire y tal atractivo que él,
como inconscientemente, se fue siguiéndole los pasos hasta que ella
entró, ¿en dónde? en su propia casa: la señora era su señora. En­
trando, le refirió el caso diciéndole: « Unica infidelidad que te
he cometido, y eso en prueba de fidelidad: tú tienes la culpa.» Lo
mismo que dice cierto personaje de Bretón de los Herreros en un
caso semejante:
Que sólo por amor tuyo
He pecado contra ti.

No porque lo ignoréis vosotros sino para que quedasen por es­


crito como episodios característicos de la vida santafereña, en cu­
yas anécdotas nos ocupamos, quisiera reproducir dos o tres de los
chascarrillos predilectos de nuestro amigo, que contaba él con ini­
mitable gracia; pero me veo obligado a reservarlos para otra oca­
sión.
De la ternura con que Fallón amaba a sus hijos quiero presen­
tar alguna muestra: una carta dirigida a su dignísima hija doña
María Fallón de Gnecco, a Ríohacha, y en que tras de contarle
las particulares oraciones con que a su esposa y a cada uno de sus
hijos bendice cada noche al retiiarse a dormir, encargando a Dios
esos pedazos de su corazón, dice así:
«Queridísima y pensadísima hija de mi corazón:
«Te contaré una parte de mis oraciones para retirarme a dor­
mir. Consiste ésta en la prolija y elaborada bendición que te echo
a ti; la igualmente prolija y elaborada que la imparto a María Ama­
lia; y Ja ídem, ídem que le echo a Ana Rita. Cada una de estas
bendiciones va asociada a la contemplación de un cuadro de la pa­
sión de Nuestro Señor Jesucristo, a saber: mientras te bendigo a ti
medito en la cruz a cuestas por el camino del Calvario, que viene
a ser el paso que te corresponde de los siete en que he dividido la
sagrada pasión con el objeto indicado. Después de ti sigue la de
Dieguito; a la bendición de este otro pedazo de mi corazón va uni­
do el paso que representa la santa cruz tendida en el suelo y el
acto de crucificar allí a Nuestro Señor: a María Amalia le corres-
x—15
226 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

ponde el de la elevación de la cruz y las tres primeras palabras; y a


Ana Rita, las cuatro últimas palabras y la afrentosa muerte.
«El orden completo para toda mi familia, es: a Amalia, La Ora­
ción del Huerto} a Cornelia, La Flagelación} a Luis Tomás, La Co­
tona de Espinas} a ti, La Cruz a cuestas} a Dieguito, La Cruci­
fixión} a María Amalia, La Elevación en la Cruz y Las tres prime­
ras palabras, y a Ana Rita, Las cuatro últimas palabras y La dolo-
rosa muerte. Como esto lo practico todas las noches, no hay riesgo
de que te olvide a ti ni a mis queridísimas nietecitas. Además de
esto hablamos todos los días, y muchas veces en el curso de cada
día, de ti, de Nelson y de nuestros angelitos. Es forzoso que así
suceda: toda persona con quien nos paramos a hablar en la calle,
pregunta infaliblemente por ti y ppr las chinitas; toda visita que
nos llega a la casa hace lo mismo; otro tanto hacen los retratos
queridos en su mudo lenguaje. Por otra parte, el dolor incesante
de tu ausencia en el corazón de tus padres hace surgir tu imagen
en nuestra imaginación de día, y con frecuencia de noche en núes*
tros ensueños. No hemos podido enfrenar el aumento diario de
nuestro amor por ti. Fuiste tan dulce, tan amable, tan prudente,
discreta y respetuosa para con tus padres; tan humilde, tierna y
obediente para con este tu viejo, que aun cuando faltara en nues­
tro corazón el amor de padres tuyos, te querríamos por gratitud lo
suficiente para no olvidarte jamás....»
En estos términos da gracias a su hija por el envío de un re­
trato de la primera nietezuela:
«Idolatrada hijita:
«La muchachita me ha matado. Estoy borracho de mirarla.
Muchas lágrimas me han costado esos labiecitos recogidos por la
sorpresa, que hacen de la boquita un botoncito de rosa miniatura
entreabierto. Aquella nariz que por demasiado perfecta hace temer
el futuro equilibrio de las facciones: aquella frente y cabeza miste­
riosas, pues no es aún tiempo para tánto desarrollo; los hombros
breves, que anuncian un talle esbelto; las líneas suavísimas y deli­
cadas de los bracitos; aquella actitud amenazante, como de un pa­
jarito pichón que cansado ya del nido va a lanzarse a ensayo de su
primer vuelo, ya que sus taitas están ausentes; aquel torrente de
alma, que sale con violencia por los ojos sin temor de que se le
agote, como diciendo: <cuando Dios da, no da poco=; aquellas
cejas divinas de los Gneccos, tuyas y de hermana Cornelia; aquel
conjunto, que irradia celestial inocencia del querubín humano: del
niño (me atengo más bien a la inocencia de la niña que a la del
niño, aunque ambos tengan sólo seis meses de edad. Yo sé porqué
lo digo: tengo no sé qué lejano y confuso recuerdo de que este re­
sabio de elogiar a las mujeres, como lo prueba esta carta desde su
principio, lo tuve yo desde los seis meses de edad); ese conjunto,
repito, es una visión del cielo, para mí por lo menos. No hablé al
principio de los cachetes de mi chinita, porque temí que no cupie­
ran en la carta. ¿Cómo dices que la leche suele ser escasa en esa
ciudad? ¿Entonces con qué la has mantenido? ¿Con leche de tortu­
DISCURSO 227

ga? Ya estoy componiéndole una poesía a mi chinita, que no tar­


daré mucho en remitírtela. El tema es rico, es inagotable, y no
tengo necesidad de fingir nada, sino por el contrario, habrá que re­
primir mucho.
«Dios bendiga a mi María Amalia, a sus padres y a sus
abuelos.
«Saludes a todos.
«Tu padre que se muere por ti y por tu marido, y se requete-
muere por su divina nietecita.»
Entre los pocos manuscritos hallados en la cartera del poeta
filósofo hay uno que dice así:
«¡Queréis que escriba! ¿Sabéis qué es escribir? El pensamien­
to escrito es canario en una jaula: podéis transportarle a donde
queráis. Empero, los movimientos de traslado en nada se aseme­
jan a la libre ondulación de su vuelo oor los valles v bosques de su
nativo suelo.
«Las palabras son caricaturas de las ideas. Al transmitir un
pensamiento al papel só[Link] un obsequio a nuestro amor
propio, pues nada hay nuevo debajo del Sol!
«¿Sabéis qtié es escribir? Es encadenar la fuerza del alma a la
tierra con suficiente soga para dar la vuelta ai mundo. Los escritos
son el mastín que deja el autor para cuidar de sus principios des­
pués de su partida. ¡El asesino muere, y sus brazos se desploman
para siempre; perece el ladrón, y sus pies y manos quedan inmo­
bles v sepultados para jamás levantarse; la lengua del chismoso se
convierte en polvo, y sus sonidos vuelan con el viento; el cuerpo
del lujurioso es conducido para el sepulcro, v de él sólo quedan
las víctimas que ha dejado atrás; mas el escritor muere, y su puñal,
que es la pluma, y su lengua, que son sus escritos, y sus pies, que
son la imprenta, siguen viviendo por él. . . . El puñal ciego ya no
puede escoger víctimas: entra indistintamente a la cámara de la
doncella inocente en el silencio de la noche, y se clava en su cora­
zón; o a la del niño, del viejo y de la matrona.
«El escritor queda emboscado en las librerías como el alacrán
entre los avíos y vestidos, esperando la primera mano que se pon­
ga sobre él para hincar su ponzoña en ella.
«Ante el tribunal de Dios, el escritor no es sentenciado hasta
que deje de existir la última letra, se haya destruido la última tira
de papel y se haya desarrollado la última consecuencia de sus es­
critos.
«La incertidumbre es el cebo que Dios ha puesto para cono­
cer ¡as voluntades. ¡Sabedlo, escritores! .... El amor es todo
ciencia. ... El amor grande o la fuerza de unión, la única regla
para conservar cada uno su puesto en el ejército de las criaturas....
El amor disipa las incertidurnbres porque es adivino,. ... y otea
los caminos de Dios en medio de los escombros que el humano li­
naje ha acumulado sobre ellos.
«Los principios fundamentales del amor son: amar tánto, que
el amor propio sea el más débil; creer tánto, que sólo lo que se ve
228 BOL ETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

sea dudable; esperar tánto, que nos sintamos viviendo en la eter­


nidad. El que haya escrito del amor queda en el mundo amando
a su Creador con tantos corazones cuantos recibieron el fruto de
sus escritos, y ante el juzgado divino no será sentenciado hasta que
se haya desarrollado la última consecuencia benéfica de sus obras.»
Asi pensaba Diego Fallón acerca de la responsabilidad de los
escritores.
Este risueño asceta y apóstol de levita, cuyos libros favoritos
eran El Evangelio y La Imitación de Cristo, que meditaba todas
las noches hasta media noche; este antiguo congregante del Cole­
gio de los jesuítas, era un ardentísimo patriota: sentía y amaba la
Patria, la patria familiar y la heroica, con pasión, con fogoso entu­
siasmo. Por la memoria del Libertador especialmente tenía vene­
ración, una especie de culto. Me atreví a invitarle a dictar una
conferencia pública en el Colegio Nacional de San Luis de Zipa-
quirá, que por varios años me cupo la honra de dirigir. Ante se­
lectísimo concurso zipaquireño y bogotano -dictó la conferencia, y
con ocasión de ella escribí en ún semanario que publicaban mis
colegiales. Perdonad que cite mis palabras de entonces:

«LA CONFERENCIA DEL 7 DE AGOSTO

«Con decir que, según lo anunciado en este periódico, tuvo


por tema el carácter de Bolívar, y que don Diego Fallón fue el
orador, hay bastante para que calculen los lectores cuál sería aquel
acto con que nuestro Colegio, siempre atento a mantener vivo el
culto de la Patria, festejó el octogésimo aniversario de la batalla
de Boyacá. Tratándose del autor de las Rocas de Suesca, es noti­
cia que no tiene nada de nuevo el referir que en la conferencia el
modo de disponer el asunto; de preparar como el lienzo de gran­
des dimensiones el fondo filosófico, para poner ahí de relieve la
colosal figura del hombre inverosímil que se llamó Simón Bolívar;
la elección de rasgos característicos y propios para acentuar los
contornos de esa figura; el recuento de las verdaderas causas e ins­
trumentos de nuestra independencia y de los inmensos obstáculos,
no bien considerados todavía, con que ella tropezaba, y que no
pudieran salvarse sino a poder de genio y con una perseverancia
incomparable; el examen de las dotes del héroe, y sobre todo la
elocuencia, elocuencia avasalladora y repentina, arma entre sus ar­
mas, con que ejercía fascinación irresistible sobre cuantos con él
trataban, incluso sus enemigos, incluso Morillo; las comparaciones
con otros héroes de la tribuna y de la guerra: Nelson y O’Conell,
por ejemplo; los apuntes incidentales sobre la índole y tendencias
de nuestra raza; los recuerdos personales, los símiles, las anécdo­
tas, las observaciones sueltas, todo fue admirable por la novedad y
la profundidad, todo, hasta esa donosa mímica de que nuestro
profesor sabe valerse para pintar a lo vivo las situaciones y poner en
movimiento a sus personajes, como si en aquéllas hubiese interve­
nido v hubiese conversado con éstos: hasta esas sabrosísimas di
DISCURSO 229

gresiones, parecidas a los escarceos con que diestro jinete hace lu


cir la buena casta de su fogosa caballería. n
«Pero por mucho que se le haya oído y admirado (y nunca lo
será tanto como merece), Fallón es nuevo siempre, siempre cauti­
va con ese poder maravilloso a él sólo concedido, a lo menos en
grado tan eminente, de verlo y expresarlo todo en desfile inagota­
ble de imágenes; de ahondar en todo con penetración agudísima
disfrazada de travesura; de sentir todo lo noble y todo lo bello con
intensidad propia de artista exquisitamente dotado; de sorprender
a cada paso y sin ningún esfuerzo relaciones remotísimas y que no
sospechaba nadie.
«Es’Io cierto que a las dos deliciosas horas que duró la con­
ferencia del lunes pudo el maestro haber añadido otras dos, sin
que el selecto público que le escuchaba hubiera hecho otra cosa
que agradecérselo muy de veras y entregarse a considerar con cre­
ciente entusiasmo la grandeza del Libertador y el ingenio del pa­
negirista. Gracias al último, a su misma familiar y gráfica manera
de describir y narrar, comprendimos bien esa noche cuánto signi­
ficaban episodios como el de Casacoima, Pativilca, Santa Ana y
muchos otros, no conocidos sino por de fuera; vimos a Bolívar
<sacando a fuer de genio recursos de la nada,= creando patriotas,
improvisando héroes para la gran lucha <como quien recoge en la
calle a los primeros que pasan y distribuye entre ellos clarinetes,
flautas, etc., para que en el acto y por arte infuso ejecuten una
sinfonía de Beethoven=; vímosle recorrer cien veces con rapidez de
encantamiento el teatro de sus hazañas, del Orinoco al Potosí, de
Bogotá a Caracas, de Caracas a Lima; atravesar el camino no tri­
llado de los Andes pavorosos, de las lagunas, de los caños despa­
rramados, apareciéndose dónde menos se le espera; abalanzándo­
se, sin esperar a razones, sobre el enemigo, luégo al punto que ve
un morrión español; vímosle reducido a la última extremidad, allá
en un rincón de la cordillera, en una casuca desmantelada, consu­
mido por terrible dolencia, arqueadas las cejas por el afán sin tre­
gua y la fiebre del pensar constante, escuchando en silencio la re­
lación, cruel por la exactitud, de los últimos desastres, y resuelto
a <t r iu n f a r ,?? lisa y llanamente.
«El hombre de genio ha menester que le interprete y haga acce­
sible uno de sus afines, otro hombre de genio. De éstos es Fallón,
según lo demuestran todos los pelos y señales, y por más que él,
con esa modestia rematada (distintiva del gremio) trate de disimu­
larlo o de volverlo chanza. Sí, ese hombre que anda por ahí muy
cabizbajo, muy aprisa, urgido por las ocupaciones de la oficina y
del colegio ; que conversa sin alzar los ojos, como evitando que su
mirada, de poder magnético, denuncie su actividad observadora;
que es amigo de todo el mundo y a todo el mundo atiende, sirve y
hace reír de lo lindo; ese buen cristiano que enseña la doctrina a
los presos los días domingos, y oye misa y comulga casi diariamen­
te ; que busca el lado favorable de todo prójimo, sin excepción al­
guna, para exhibirlo por ahí y hacerle el elogio, al propio tiempo
que encubre y atenúa las flaquezas, de una manera tan caritativa-
230 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

como salada ; de quien todos solicitan consejo v en quien todos


lo hallan oportuno,* lleno de sabiduría y de prudencia; ese hombre
escaso de bienes de fortuna, «mal amueblado por fuera,» pero por
dentro muy suntuoso ; ese maestro de idiomas, de música y de ma­
temáticas por quien los discípulos se encariñan con irrevocable ca­
riño de las materias de aprendizaje, ese hombre es un verdadero
genio y una de las glorias más puras de que se enorgullece nuestra
patria. Y si en él vale tánto el poeta, el artista, el filósofo, muchí­
simo más vale el caballero, el amigo, el hombre de corazón. ¿Pre­
guntaba Nelson y no llegó a saber jamás qué cosa es miedo? Pues
Fallón puede preguntar y no sabrá en tuda su vida qué cosa es
odio, ni ambición, ni egoísmo.»
Quien así había vivido no tenía porqué temer la muerte. La
esperaba hacía mucho; con serenidad y hasta sonriente la veía
venir.
Le oí decir varias veces: «Pienso que cada noche e?> la. últi­
ma, y nada : cada día madrugo a amanecer,.» En el lecho de muer­
te siguió orando, amando y sonriendo.
—¡Hombre! ¿te sientes muy fatigado? —le preguntó un amigo.
— ¡ No tanto como para estar de viaje, contestó.
Después de un rato de larga somnolencia, sintió que una
de sus hijas suavemente lo llamaba, y despertando, exclamó:
¡ Hijita, te oí hablar, y me pareció que acababa de ser creado el
mundo!
Su vida se apagó sin ruido en las manos de Dios. Fueron mo­
destas sus exequias, pero todos llorámos por él.
El día mismo en que Pombo, «altísimo poeta,» recibía hono­
res no tributados a nadie entre nosotros, Fallón era coronado allá
donde no *Se marchitan las coronas. Aquella noche la luna veló su
semblante. Yo quise decir mi dolor en una elegía, pero mi dolor
no cupo en versos. De los que escribí desprendo estos pocos:
Mientras en noche lángida y callada
Bogue la luna en el profundo cielo,
Y ante su luz el alma enamorada
Guste las ansias de incolmable anhelo;
Mientra a la tribu en el erial perdida
De instable arena bajo el sol de Arabia,
Brinde la palma, en cántigas de vida,
Piadosa sombra y refrescante savia ;
Mientras al trueno vibran las montañas,
Y de la etérea soledad vecinas,
' Finjan sus moles ásperas y extrañas
De mundos muertos las gigantes ruinas ;
Mientras cautivo en prodigiosa pauta,
A par del alma se estremezca el viento,'
Y, quejumbrosa, la nocturna flauta
Preste al amor su enamorado acento;
Mientras el sol, al revolver del año,
Mantos de flor al valle restituya,
¡ Ah! todo pecho ala beldad no extraño
Tendrá un suspiro a la memoria tuya.
DISCURSO 231

Nó, nuncápodré alzar a mi maestro el monumento que he soña­


do. Tengo que contentarme con recordarlo, y amarlo, y bendecirlo.
4- las enseñanzas de la fe y a los incontrastables argumentos
de la inmortalidad se allega este razonamiento del corazón: es im­
posible, es de toda imposibilidad que no se sobrevivan a sí mismos,
que no sigan viviendo después de la muerte aquéllos que nosotros
seguimos amando con amor tan grande: si eso fuera posible, el uni­
verso no sería más que un vasto alarde de absurdos. Amo a mi
maestro y sé que mi maestro corresponde a mi cariño.
Sobre la losa de su sepulcro pusieron sólo estas palabras, que
son el compendio de toda la ley: Dilexit Deuni supet omnia etpro-
cimum sicut semetipsum........_ Ahí está la cifra de su vida, de su
modesta, fecunda y admirable vida. Era su fe la que traslada las
montañas : humilde, sencilla, amorosa, y en la misma medida ilus­
trada y robusta: obsequium rationabile. Su carácter fue hermosísi­
mo ; su corazón, un tesoro de bondad; su ingenio, encantador; las
obras que nos legó, pocas en número, pero resplandecientes todas
de pureza moral y de perfección artística : digna es su memoria de
que Colombia la guarde con veneración y con cariño.
12 de octubre-de 1915.

No t a — Ya levantado integramente e impreso en parte


el anterior discurso, hemos recibido la siguiente comuni­
cación :
Bogotá, noviembre 27 de 1915
Señor Director del Bo l e t ín d e His t o r ia y An t ig ü e d a d e s .
Corrigiendo tiras a carrera esta mañana, las hallo plagadas de
errores; y hallo, además, que el manuscrito que di a la imprenta, y que
fue hecho aquí a toda prisa por un estudiante, está tan incompleto y
defectuoso, que mi pobre discurso quedaría destrozado. Como yo me
voy al campo mañana y estoy lleno de compromisos, no alcanzo a reme­
diar esos daños. Prescindan pues de mi discurso, y levanten otra cosa
para el Bo l e t ín . Resuelvo llevarme mis borradores al campo para revi­
sarlos despacio y hacer después una infpresión cuidadosa. Esto es defi­
nitivo y terminante.
Perdone a su afectísimo,
Jo s é Jo a q u ín Ca s a s
La Dirección del Bo l e t ín tiene, sin embargo, la pena
de no complacer al señor doctor Casas, porque la Impren­
ta Oficial no puede perder el trabajo hecho, de acuerdo con
sus reglamentos.
La corrección de pruebas ha sido hecha cuidadosamen­
te por el Corrector de la Imprenta y por esta Dirección.
Además, el señor doctor Casas hará luégo una edición re­
visada y completa de su magnifico discurso.
232 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

ED (DEÍDOR1A DEL GEDERflb URIBE URIBE


PROPOSICIÓN APROBADA POR UNANIMIDAD EN LA SESIÓN SO­
LEMNE DEL 12 DE OCTUBRE DE 1915

La Academia Nacional de Historia, teniendo en cuen­


ta que el día 15 del presente mes se cumple el primer an'r
versario del atentado que puso fin a la vida del doctor y
General don Rafael Uribe Uribe, miembro honorario de
esta corporación,
a c uer da :
i. Renovar en el libro de actas la constancia del senti­
miento que el instituto ha experimentado por la pérdida de
aquel eximio colombiano.
n. Formular nuevos votos por que el execrable crimen
sea investigado y castigado con la severidad que el honor
de la República demanda.
iii .‘ Designar, por conducto de la Presidencia, una Co­
misión plural que represente a la Academia en las solem­
nidades que se preparan para conmemorar la luctuosa efe­
mérides del 15 ¿e octubre (1).

CORRESPODDEDClfl
DEL SEÑOR LORENZO BARILI, DELEGADO APOSTÓLICO DE LA
SANTA SEDE ANTE EL GOBIERNO DE COLOMBIA
1854—1857 (2)
(Continuación).

XIII
Bogotá, 29 de marzo de 1855
Mi pensado y querido amigo:
¡Cierto! No tengo términos suficientes para contestar
la muy esmerada y cariñosa de usted, fecha 7 de enero úl­
timo. La conciencia que usted se ha formado de uno de los
últimos de sus amigos, pero que ambiciona hallarse ya en
el primer rango de los primeros, le reclama para que con-

(1) Para representar a la Academia en el homenaje a la memo­


ria del General Uribe Uribe. fueron designados los académicos doc­
tores Fabio Lozano T., Adolfo León Gómez y Eugenio Ortega.
(2) En el número anterior del Boletín, página 136, línea 25,
y página 137, línea 10, donde dice General Herrera, léase General
Herrán.
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 333

teste de mi parte asimismo. A ella no pueden faltarle ex-


presiones del todo equivalentes a su singular afecto y a su
bondad no común.
De la chiquita de Agua Nueva, sólo puedo decirle que
no vive más en ese miserable ranchito, ni sé a dónde la
hayan trasladado; nada también le diré de Bogotá, porque
todo lo que pasa se lo escribe Monseñor; nada de mi fami"
lia de Roma, porque van cuatro paquetes que no recibimos
correspondencia. Y ¿qué le diré, pues? Voy a manifestarle
un pensamiento que se me ocurrió después de haber es­
crito una contestación (no mía) a usted, ahora días; pensa­
miento que le va a gustar a usted, pero con la condición de
que se lo haga suyo y no manifieste que yo se lo he propor-
clonado: quiero hablar de la trasladación de la Silla Episco-
pal de Antioquia a Medellín.
Creo que para obtener el fin que se han propuesto los
de Medellín, no se debiera hablar de trasladación de la Silla.,
sino que sin quitar la capital de la Diócesis existente en la
ciudad de Antioquia, se quiere pedir a Su Santidad que
haga o erija una con catedral en Medellín por las razones
ya sabidas. De ese modo no se chocaría directamente con la
ciudad de Antioquia, el Obispo podría formar su seminario
en Medellín y residir en esa ciudad por el tiempo que cre­
yera conveniente, sin que Antioquia pudiese reclamar toda
su residencia en ella por ser capital, y tendría más proba-
bilidad o facilidad de parte de la Santa Sede su feliz resul­
tado; porque yo no le hablaré a usted de las catedrales y
concatedrales que existen en una misrqa Diócesis en la
Iglesia europea, sino de las que existen en el Perú y Bolivia,
por lo cual el Episcopado tiene el nombre de dos ciudades
como Guamanga y Ayacucho, Plata y Sucre, y así ese Obis-
pado se llamaría de Antioquia y Medellín. Con que si se
quisiera por usted abrazar este pensamiento o insinuación,
e indicarla a Monseñor, se debiera hacer una petición muy
circunstanciada a Su Santidad, exponerle tanto las razones
que militan a favor de los fieles de lastres Provincias, como
el interés de que se conserve por largo tiempo la vida del
nuevo Pastor; prometer que los de Medellín y de otros pue­
blos. que tienen el mismo interés en el particular, propor­
cionarán rentas para un decoroso sostenimiento de ocho
Canónigos al menos y cuatro Capellanes; para levantar el
edificio del Seminario y de la casa del Obispo y de la iglesia
catedral, si no fuere capaz o buena la parroquial que existe.
Todo esto me parece tan necesario para obtener por usted
y otros sus compatriotas, que llego a decirle que si así lo
hicieren, Medellín obtendrá seguramente ser concatedral,
dejando Antioquia como está.
Este es mi mal detallado pensamiento: pudiera hacerlo
234 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

con más claridad si el tiempo me hubiera permitido hacer­


lo primero en borrador; pero no me ha sido posible. Usted,
callando mi insinuación, puede hacer el uso que quisiere.
Sírvase ponerme a los pies de su señora, y créame,
etc., etc.
Vic e n t e Pe t r a r c a (1)

XIV
• Bogotá, 29 de marzo de 1855
Mi querido y buen amigo:
No tengo de usted ninguna nueva qué contestar, pero
sí tengo que dar respuesta a un párrafo de su carta de 4 de
los corrientes, que se me pasó desapercibido en la que le es­
cribí el 23 último. Apiuebo del todo el consejo que usted
dio a su excelente suegro respecto del segundo matrimonio
que quiere contraer. La reforma de la ley de matrimonio
civil ya pasó en el Senado y se le dio primer debate en la
Cámara de Representantes. En ella tendrá fuerte oposición,
especialmente respecto del artículo que declara indisolu'
bles todos los matrimonios. Pero no faltan probabilidades
de que triunfe el buen partido. Puede ser también que si
todo no se obtuviere, se obtenga al menos que los matrimo­
nios contraídos conforme a los ritos de la religión de los
cónyuges, sean válidos civilmente cuando se denuncien aun
funcionario civil. Y esto sería suficiente para dar con segu*
ridad la dispensa que necesita su suegro de usted. Continúe
pues aconsejándole que tenga paciencia por alguna semana
más. Luégo que se quite el obstáculo que opone la ley, se
arreglará la cosa, y si no se quitare, veremos de buscar al­
guna vía, si fuere posible, para acceder a sus deseos.
Sigue el juicio del General Obando y sus dos Secreta­
rios; parece que continuará indefinidamente. En su primer
alegato habló por dos sesiones enteras; ahora ya gastó otras
dos en el segundo, y parece dispuesto a mantenerlo que ha
dicho: que morirá hablando en el Senado. Este había de­
terminado que todos los días filera sesión permanente de
las diez de la mañana a las seis de la tarde; pero la mayoría
se ha cansado, y hoy ha revocado su resolución, contrayendo
la sesión hasta las tres de la tarde.
El acusador ha desistido de presentar los cargos con­
tra el General Barriga: el abogado de ’Obando habló muy
mal; Del Real ha presentado su defensa impresa, que dicen
no falta de fundamentos, pero está muy fuerte contra la
Cámara de Representantes. Esta Cámara, de día y de noche
se ocupó largamente en las acusaciones que se habían pro-
(1) Secretario del señor Barili.
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 235

puesto contra el Vicepresidente de la República, tanto


por el nombramiento del Gobernador de Antioquia, como
por los indultos condicionados. La segunda tuvo como
autor al ex-General Gaitán; la primera no sé quién de los
gólgotas. La discusión estuvo acalorada. El doctor Murillo
y sus amigos hablaron muy fuerte contra el señor Obaldía
y las arbitrariedades del Gobierno. Mas perdieron entera­
mente el pleito.
La cuestión de indemnizaciones a los extranjeros por
los daños que les causó Meló, se trató por segunda vez en
sesión secreta; pero en lugar de decidirla se ocupó la Cá­
mara en considerar el tratado que tiene la Nueva Granada
con Francia, y como falta un año para cumplirse el tér­
mino de su duración, se determinó excitar al Poder Ejecu­
tivo a que no lo vuelva a confirmar. ¡Como que al fin la Re*
pública será obligada a sufrir alguna humillación de parte
de esa fuerte potencia que imprudentemente quieren
irritar!
Dentro de tres días entrará el doctor Mallarino a ejer­
cer el Poder Ejecutivo: se ignora del todo cómo será com*
puesto su Ministerio. Algunos dicen que entrará en él el
doctor Olano, pero éste lo niega; otros añaden que se le ha
oficiado a Plata para que quede en la Secretaría de Hacien­
da, y que no quiere continuar en ella.
El doctor Riaño se consagró el domingo 25 de los co­
rrientes, y después dio un magnífico ambigú, en que vi
pocos antioqueños. Pero de Antioquia se dijo bastante.
Mil y mil respetos a su buena señora, etc., etc.
Lo r e n z o Ba r il 1
Ad .—Le acompaño dos cartas suplicándole las envíe a
su destino, no sabiendo yo con fijeza el lugar de la demora
de esos dos clérigos. El señor Riaño, con mucha prisa y sin
dar ninguna pastoral, ha confirmado las facultades de Vi­
cario al señor Garro. Inter nos, hubiera deseado hubiese
tomado otra resolución, ¿o pudiera usted indicarme (reser"
vadísimamente) algunos eclesiásticos de ese Clero, dignos
por sus buenas costumbres, prudencia y saber de ser pre*
sentados para el encargo de Vicario General? Un sacerdo*
te Ortiz de ésa me ha remitido una hoja suelta en que hay
una virulenta y confusa declamación contra el señor Garro.
Se dice en ella, o se cuenta especialmente, una especie de
cisma en Fredonia, y niños no bautizados y unos que han
muerto sin asistencia religiosa. Sírvase usted indicarme
qué hubo en Fredonia y qué conducta observa y qué eos"
tumbres y cualidades tenga ese sacerdote Ortiz, pues no da
buena opinión de sí mismo al publicar ese impreso, que en
lugar de disminuir, aumenta el mal, si existiere.
236 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

XV
Bogotá, 5 de abril de 18SS

Mi muy querido y buen amigo:


Escribo en la tarde del jueves santo: de consiguiente
conoce usted que he de ser breve, y para serlo, no emprendo
a contestar su muy apreciable del 19 de marzo, acerca de
la cual, y especialmente de lo que se relaciona con el sacer­
dote Benito Jaramillo, voy a tratar lo más pronto que pueda:
hoy me contraigo a las noticias.
El General Obando acabó su segundo alegato el martes
santo, y en ese mismo día siguió el segundo del doctor Del
Real y lo concluyó en la primeras horas de la sesión del día
inmediato siguiente. A la una y media de la tarde se cerró
el Senado en sesión secreta, y se abrió al público cerca de
las ocho y media de la noche, publicando la sentencia del
juicio, que desde muchos días estaba pendiente ante él; el
General Obando fue declarado culpable de las faltas previs­
tas y definidas en los artículos 546 y 594 del Código Penal, y
de consiguiente destituido del empleo de Presidente de la
República; los ex-Secretarios de Estado, Del Real y Barri­
ga, han sido absueltos. Personas bien informadas y dignas
de fe aseguran que la condenación de Obando fue pronun­
ciada con unanimidad de votos (los Senadores presentes
eran veintinueve), y la absolución de Del Real fue por
veinte favorables; la de Barriga, por veintiuno. Bastante
pueblo estaba aguardando el resultado de la sesión, y al sa­
berlo aplaudió cbn satisfacción al Senado. Así se ha quitado
una de las incertidumbres de la situación, y el doctor Ma-
llarino tiene el campo libre para gobernar. La Gaceta le
hará conocer a usted su posesión, los discursos que hubo
(el de Arboleda fue aplaudido, mas Murillo casi iba a pro­
testar contra él), y los nombramientos de los Secretarios
de Estado. Excepto los militares, que no quieren que su Jefe
sea uno de casaca y poco favorable al Ejército, el Ministerio
ha sido en lo general bien recibido; pero bien se ve que,
como. Ministerio de coalición, no puede hacer mucho, y es
su misión conservar el equilibrio entre los partidos. El doc­
tor Cárdenas me ha dicho que no estará en él sino por po­
cos meses.
El Representante Alviar, a quien se pasaron en comi­
sión los tres proyectos de Constitución Federal, ha presen­
tado uno nuevo, tomando parte del de la primera Comisión, y
parte del de Murillo. Ya se empezó a discutirlo, y fueron
aprobados dos o tres artículos. Pero al presente se tiene
como cierto que el Senado se opondrá al sistema federal. Al­
guno de los antioquenos se manifiesta indiferente sobre el
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 237

particular cuando se decretare (como parece) la restaura­


ción de la antigua Provincia de Antioquia.
Igualmente comenzó a discutirse la reforma de la Ley
del 15 de julio de 1853, y fueron aprobados los dos primeros
artículos del proyecto del doctor Martínez, con una buena
modificación que se le hizo. Habló en contra, y con despre-
ció de la Santa Sede, el doctor Camacho Roldan; el General
Mosquera, muy amansado por algunas conferencias que
tuve con él, se manejó con moderación; magníficamente
peroró, a favor de la libertad eclesiástica, el doctor Muri­
llo. Y más, para hacerla más extensa, él mismo redactó un
proyecto que merece ser considerado.
Las dos Cámaras, reunidas en Congreso, convinieron en
la ley que deroga el arbitrio de redención de censos, supri­
miendo cualquiera indicación de billetes ya emitidos que
podían usarse para la misma redención. Ahora, el Gobierno
cree indispensable que se les asigne otra destinación, y de
consiguiente ha objetado la ley como deficiente. Hé aquí
otro retardo y las redenciones siguen.
La Secretaría de Relaciones Exteriores invitó al Cuer­
po Diplomático (y también a mí) a que asistiera al jura­
mento del Vicepresidente para las doce del día l9 de los
corrientes, sin consultar primero con el Presidente del
Congreso, y éste determinó que la sesión comenzara a las
once, y a las once comenzó. Cuando los Representantes de
las naciones extranjeras y yo entrábamos a la plaza, vemos
que ya el doctor Mallarino y todos los Diputados salían del
Congreso. Aguardé hasta que acabase en Palacio el reci­
bimiento oficial, y después me presenté yo acompañado del
Arzobispo electo y de los Obispos de Antioquia y Santa
Marta. Tomé la palabra, y expresé en pocos términos los
deseos y los votos del clero para con el nuevo Vicepresiden­
te; y él contestó con un discurso muy religioso, que lo con­
cluyó diciendo que si no estuviese persuadido de que bien
se concillan los deberes de católico con los de Magistrado,
jamás hubiera admitido el honor que le había hecho el pue­
blo granadino.
Bogotá está tranquilo y no se oyen más voces de alarma.
Todos los de mi casa saludan a usted, etc.
Lo r e n z o Ba r il i

XVI
Bogotá, 19 de abril de 1855.

Mi muy querido y buen amigo:


Antes de concluir la respuesta a su muy apreciable del
19 de marzo, respuesta que comencé el 5 de los corrien*
238 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

tes, llegó la de usted, fecha 2 del mismo mes. De consi­


guiente contestaré el contenido de las dos con aquella ex­
tensión que será permitida por el tiempo, no siempre obe­
deciente conforme a mis deseos.
Y primero estoy cierto que mi carta mencionada del
día 5 habrá extinguido los ardores guerreros de usted,
pues condenado el General Obando a la destitución de la
Presidencia, aquéllos no tienen ningún objeto.
Tal condenación es una nada de la de la opinión pública
que se atrajo sobre sí por la manera baja e indecorosa de
la defensa de que hizo uso. Ahora, todos confiesan que este
héroe de los rojos, éste a quien su acusador mismo llamaba
hombre misterioso, en que el Destino se complacía mani­
festar sus leyes, inexplicables e infalibles, es un sér inepto,
privado de todo sentimiento noble, indigno de toda consi­
deración. El juicio que ahora se le sigue en la Suprema
Corte, está desierto y nadie pregunta ni habla de él.
La calma se va restableciendo más y más en los áni­
mos: creo que. su causa principal, sea la necesidad; pero
concurre también tánto la persuasión de que el Congreso
que ya se dirige a su término y ya muestra tener cansan­
cio. si no hace el bien, tampoco hará el mal, como la espe­
ranza de que el doctor Mallarino y sus Secretarios gober­
narán, si no de manera que se extingan las pasiones de los
partidos, a lo menos evitarán que vengan entre ellos a las
violencias y rupturas. Por lo demás, todos tienen puesta su
atención en las próximas elecciones, y verdaderamente de
ellas dependerá el sistema que haya de adoptarse en esta
República. El doctor Murillo, que bien lo conoce, para que
le sean favorables, se ha transformado, como se transformó
Florentino el año de 1853, en defensa de la libertad de la
Iglesia, esperando sacar las mismas ventajas que sacó aquél.
Su proyecto, considerado como más amplio que aquél de
que hablé a usted en mi última carta haberse puesto en
discusión, ya está en segundo debate en la Cámara de Re­
presentantes, y en verdad, cuando se le agregara algo y se
modificara un artículo respecto del matrimonio, puede sa­
tisfacer bastante a los católicos.
Mas oiga usted la propuesta que presentó el doctor
Parra el día aniversario de la rebelión dictatorial: «El 17
de abril de 1854 es día nefasto; el Congreso, que repre­
senta la soberanía nacional, lo deplora; pero para que cese
su infausta memoria, él mismo va en Cuerpo al Colegio de
San Bartolomé, rompe los grillos a Meló y sus compañe­
ros, y con la generosidad se v nga del ultraje hecho por
ellos a la misma soberanía.» No son éstas sus idénticas pa-
bras, pero es idéntico su sentido. Esta propuesta fue ne­
gada, mas se puso en discusión un proyecto de indulto que
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 239

en la noche de ayer pasó en segundo debate. De ese indul­


to están exceptuados Meló y sus Secretarios de Estado, los
Gobernadores de las Provincias, los Intendentes y milita­
res de Comandante para arriba, los jefes de guerrillas.
La sesión duró hasta las once de la noche, y hubo poca
mayoría de votos afirmativos contra los negativos.
Más fácilmente pasan los proyectos particulares para
volver a formar las grandes Provincias antiguas. Se me ha
dicho que ya la cosa está decidida en cuanto a Antioquia, y
que muy pronto se decidirá para la de Bogotá, Pasto y
Pamplona. Probablemente se contraerán a esto las deter­
minaciones del Congreso, respecto a la división territorial,
y el sistema federativo quedará suspenso. Pero nada puede
asegurarse.
Creo que usted reciba, o al menos le sea fácil conse­
guir en ésa, El Catolicismo; a ese periódico envío a usted,
respecto de la solemnidad de la unción episcopal del doctor
Herrán, que tuvo lugar el domingo último. El consagrante
fue el Obispo de usted, quien (diciéndolo entre los dos),
con razón está sorprendido de que el Capítulo de esa Cate­
dral no le haya dirigido al menos dos líneas para manifes­
tarle su respeto. Bien es verdad que también él podía ha­
cer algún acto público de que constara que ya asume la ju­
risdicción, y dar una carta pastoral. Pero ha determinado
esperar algo a pesar de mis exhortaciones. «Tal es su carác­
ter, indecidido por algún tiempo, no pronto a acceder a las
insinuaciones de cualquiera, temeroso de obrar por otros
motivos que por dictamen de su conciencia; mas después,
firme, constante y siempre inclinado al bién. Y es por eso
que creo inútil recomendarle ahora inmediatamente los dos
buenos eclesiásticos, a quienes usted quisiera ver nombrados
para dos parroquias: antes que venga a ésa y que conozca
las cosas de persona, él nada decidirá. Además, si no muda
de parecer, y el doctor Isaza no se niega, él quisiera tener­
lo de Secretario por algún t empo (cuya noticia ha de te­
ner usted reservada); y nuestro Ignacio Montoyano puede
obtener parroquia en propiedad, sino por medio de la opo­
sición en el concurso, como ha establecido el Santo Concilio
de Trento. Respecto al doctor Naranjo, le digo que él,
desde ahora, puede ir al feudo de usted a los Andes, parti­
cipándole el Párroco, bajo cuya jurisdicción se halla aquel
lugar, sus facultades con el consentimiento del Provisor;
después el Obispo no tendrá, espero, dificultad para la
erección de una nueva parroquia, o al menos una ayuda de
parroquia que sea fija.
El Provisor, a quien acabo de nombrar, me trata muy
mal, y tengo motivo de quejarme amargamente de él. Cuan­
do el doctor Manuel Canuto Restrepo, de Bogotá se fue
240 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

para su casa el año de 1854, exhorté al Provisor a que le le­


vantara la suspensión que le había impuesto, sin que le hi­
ciese reconvención alguna por la injusticia que había hecho
a don Canuto. Me contestó que lo haría, pero después no
lo hizo. Restrepo volvió a ésta en febrero, siempre suspen­
so. Volví a exhortarlo con palabras un poco más fuertes
para que me matuviese la promesa; y me escribe que ahora
no puede, porque él, en el tiempo que estuvo en la Diócesis,
no le dio aviso de su presencia, y porque le escribió una
carta resentida. Yo pensaba merecer del Provisor algún
respeto; pensaba que al fin conociera que es un indigno
abuso de autoridad, usarla por venganzas personales. ¡Vea
usted cómo son verdaderas las protestas que él hacía a
usted!
Pero, pasamos a otro. Muy gratas me han sido las no- «
ticias que usted me ha dado del sacerdote Benito Jaramillo,
y creo cuanto usted me dice de su carácter y de las espe­
ranzas que hace concebir. Mas su cuaderno, además de
ser, como ha dicho usted, un aborto de vanidad (pues en
tono magistral repite las cosas más viejas y triviales), con­
tiene proposiciones muy ofensivas a la Santa Sede, por
ejemplo:
«La Silla de Roma, cuyos Pastores separándose de la
senda de la verdad y de la justicia que Jesucristo les traza­
ba, extendieron su poder a lo temporal.»
Y también:
«Eximiendo a los clérigos regulares de la potestad de
los Obispos ordinarios, se ha minado al descubierto la au­
toridad episcopal.... Sería de desearse que del todo se aca­
basen en la Iglesia semejantes aberraciones, gérmenes de
tántos desórdenes.»
Mas ya ¿cómo no ha de contener éstas y semejantes
proposiciones un escrito que cita como modelos de Derecho
Canónico, además de Sackis, que tiene necesidad de mu­
chas correcciones, aBohemero, protestante, y a Cavalario y
Van-Espen, cuyas obras están reprobadas por la Santa
Sede?
Por lo cual yo celebro que usted no haya podido tenerlo
de Vicerrector de su Colegio; mientras usted, con un inte­
rés ejemplar, se esfuerza en cultivar en él el sentimiento
religioso de los jovencitos y de aficionados al culto católico
y acostumbrarlos a recibir con devoción los santos sacra­
mentos, hubiera sido demasiado contradictorio que usted
hubiese tenido por compañero a un sacerdote secuaz de
aquellas máximas que han causado los males mayores a la
Iglesia en el siglo último, y que ahora con mucho ahinco en
el Episcopado católico hace esfuerzos para desmentir, dan­
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 241

do a la Santa Sede los más espléndidos testimonios de vene­


ración, y probando, como está persuadido, que el único
modo de garantizar su autoridad y de sostener la fe, es el
de tributar mayor honor y respetar las otras prerrogativas
del Vicario de Jesucristo.
Al menos para que usted pudiera aprovecharse de la
cooperación de aquel sacerdote, sería necesario que aquél
se retractase de los errores y ligerezas de que está plagado
su escrito. Y creo que no será ajeno de hacerlo, tanto por­
que usted me asegura que son buenas sus intenciones y
que fácilmente cambia de parecer, como porque en el mis­
mo escrito dice que lo pone bajo la obediencia y mesura de
la Iglesia. Ahora la Iglesia ha censurado la mayor parte de
los autores de que lo ha sacado.
La señora Natalia Carrasquilla me ha hecho el favor
de enviarme el deseado Reglamento de las Hermanas de
la Caridad de Medellín. Si usted tiene oportunidad de
verla, sírvase darle muchas gracias y asegurarla del mucho
interés que tomo para el útil y piadoso instituto que ella
preside, y dígale que muy pronto voy a escribirle.
Reciba, etc.
Lo r e n z o Ba r il i

XVII
Bogotá, 26 de abril de 1855
Mi bueno y querido amigo:
No tengo que contestar ninguna de usted; por lo mis­
mo me restrinjo a escribirle algunas noticias bogotanas.
Se ha disputado largamente, por unos días, en la Cámara
de Representantes, si el pie de fuerza para el próximo año
económico sería de 720 hombres, como lo pedía el Ejecutivo,
o de 700 : 'cuestión inmensa! Por fin, con el asenso de Nú-
ñez, y de Plata especialmente, se decidió que fuese de 700;
pero si los presidios se pusiesen a cargo de las Provincias,
se rebajaría de 300 soldados, y se rebajaría de otros 150, si
no fuese necesaria la guarnición del Gobierno Central en
Panamá. Por tanto el Ejército que propiamente puede
llamarse permanente, se compondrá de 150 armados. ¡Sin
embargo, se piensa que en su abolición consista la salud de
la República!
La misma Cámara aprobó, con pocas variaciones, el
proyecto de Murillo sobre libertad religiosa, del cual di a
usted una indicación en la última mía del 19. El doctor Ca-
macho Roldán hizo cuanto pudo para oponerse, y hasta sos­
tuvo que la República, del mismo modo que España y Pía-
monte, había de vender todos los bienes eclesiásticos. Mas
x—16
242 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

Murillo le contestó triunfalmente. Lo demás puede usted


verlo en El Catolicismo.
Otra proposición de Murillo, y aprobada ya por la Cá­
mara, fue la abolición de la pena de muerte y la asignación
del máximum de la reclusión, que es de diez años.
La misma Cámara aprobó el indulto del cual he trata­
do en la indicada mía, pero después del segundo debate, en
la misma mencionada, lo negó en el tercero; después lo recon­
sideró, y por fin regularmente lo admitió, siempre con poca
mayoría. Veremos qué hará el Senado.
Don Julio Arboleda ha sido acometido de una disente­
ria tan violenta, que en los días 14 y 15 se dudó de su vida;
ahora está casi repuesto. Mas, estamos en angustia por el
doctor Anaya, enfermo desde diez días y con síntomas
malos y alarmantes.
Hoy sale para Panamá el señor Obaldía, y también el
General Herrán para los Estados Unidos del Norte en ca­
lidad de Enviado Extraordinario; su Secretario es José Raw
fael Pombo, segundogénito de don Lino.
He dejado por último la noticia más gorda. Todo el
mundo pensaba que el Senado había rehusado la federa­
ción, sobre la cual cuatro proyectos versaban en la Cámara
de Representantes. Pues mientras éstos procedían en tal
asunto, con mucha lentitud e incertidumbre, el Senado im­
provisamente y en cuarenta y ocho horas, aceptó, discutió
y decidió, según la propuesta del doctor Arosemena, que
toda la República (dividida no sé si en ocho o nueve Esta­
fados^ se federará como el istmo. El señor Madrid, con al­
gún otro, se opuso, pero en vano; Arboleda estaba ausente.
Dicen que en Popayán los obandistas se van vendiendo,
y que vuelven a simpatizar con ellos unos jefes que vinie­
ron aquí a combatir» contra Meló, no sabiendo lo que ha­
cían; dicen también otras cosas, mas no merecen atención;
concluiré pues anunciándole: nuestro doctor Isaza el lunes
venidero, 30, saldrá para ésa..........
Lo r e n z o Ba r il i

XVIII
Bogotá, 30 de abril de 1855
Mi querido y buen amigo:
Había decidido escribir a usted pocas líneas, con el ob-
jeto de que le agradaran más, recibiéndolas de nuestro co­
mún amigo el doctor Isaza; pero para ese mismo fin, antes
de ayer se agregó otro agradable motivo por la llegada de
su muy apreciable de 16 de abril.
Usted tiene razón de lamentarse de mi débil memoria
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 243

respecto del presbítero Ortiz. Tal vez revolviendo cuidado­


samente los sabios y verídicos apuntes que usted me dio de
ese Clero, me hubiera acordado también de aquel infeliz;
pero al escribir a usted me había recién llegado su impre­
so, que es muy modesto, y por eso sin ninguna reflexión le
pedí a usted la correspondiente noticia. Lo cual causó a
usted la molestia de repetir lo que ya había dicho, pero
yo tuve el gusto de saber con exactitud lo acontecido en
Fredonia y así tranquilizarme respecto de aquella pa_
rroquia.
Celebro infinitamente que la semana santa se pasó
en ésa como conviene en tierra de católicos : en Bogotá los
desórdenes no fueron ni muchos ni graves, y para evitarlos,
se abrevió el camino que solía recorrerse por las procesio­
nes. Pero se vio faltar como en los últimos años aquella de­
voción y aquel recogimiento que debieran inspirar la gran­
deza de los misterios que se recuerdan en tales días. Tam­
bién yo tengo la esperanza, como usted, que volverá a desper­
tarse, poco apoco, en esta tierra, puro y sincero, el senti­
miento católico; mas por desgracia me parece que Bogotá
será la última en secundar esta restauración.
Lo difícil que es escoger un Vicario General para esa
Diócesis, no puede superarse del mejor modo posible, sino
nombrando a una de las personas que usted prefiere a las
demás; es verdad que su joven edad es un obstáculo, pero
al fin podría el Obispo, en el principio, suplir la falta que
tienen en la experiencia de los negocios; como tienen ta­
lento y buena voluntad, aprenderían muy pronto con la
práctica.
* Mañana acaban las sesiones ordinarias del Congreso;
todos convienen en que hay necesidad de una extraordina­
ria, pero todavía no se sabe quién la convocará, si el mismo
Congreso o el Poder Ejecutivo. El día 28 el General Mos­
quera propuso a la Cámara que se convocara para la sesión
extraordinaria, enumerando los negocios que debían tra­
tarse; entre ellos había todos sus numerosos proyectos. La
Cámara admitió convocarse, pero todos los negocios indica­
dos (sic); es decir, que mostró querer y no querer la con­
vocatoria. El General Mosquera se disgustó mucho, y dis­
cutiéndose después el proyecto de Convención presentado
por el doctor Obando (proyecto que fue negado), dijo que si
para reunir una Convención no se determina antes un modo
diverso para hacer las elecciones de los Diputados, éstos
serán nombrados por los clérigos y los fanáticos que domi­
narán la República, cuyo Presidente verdadero será el
Papa y su representante
Ha de saber usted que el General Mosquera anda di­
ciendo que hay tres locos en la Cámara: Parra, Mantilla y
244 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

él. Ahora, en cuanto a su locura, como ve usted, él se es­


fuerza probarla. El en el mismo día estaba alterado no sólo
porque la Cámara se negó convocarse extraordinariamente
para considerar sus proyectos, sino también por lo que voy
a contarle.
El Decreto de indulto por el cual el mismo General ba
tomado mucho interés, admitido por la Cámara, pasó en pri­
mer debate en el Senado, mas en el segundo fue negado;
y para que fuese-negado con mayor seguridad, Julio Arbo­
leda, recién salido de una grave enfermedad, y muy débil,
asistió a la sesión y hablando en contra de aquélla hizo (di­
cen) alguna amarga alusión a su tío. Este se creyó alta­
mente ofendido; en la sesión nocturna del 28 sostuvo que la
Cámara debía insistir, como insistió, diputando al mismoGe-
neral y al doctor Murillo para sostener el Decreto en el Se­
nado. El General dijo en la Cámara que era deplorable ver
a un Senador levantarse casi de su cama para ir al Con­
greso a demandar sangre granadina.
Por lo demás, la pena de muerte, abolida absolutamente
por los Representantes, fue también abolida en dos debates
por el Senado. Y éste aprobó el proyecto venido de la Cá­
mara sobre libertad , religiosa, derogando la Ley del 15 de
junio de 1853, pero negó el artículo sobre matrimonio. De
consiguiente está todavía en duda lo que se determinará so­
bre este importante asunto; y cuanto al matrimonio, tal vez
nada saldrá. La Cámara suspendió indefinidamente la bue­
na reforma sobre la ley actual que ya había pasado ene!.
Senado, y éste negó el artículo que había sustituido la Cá­
mara, que al menos era alguna cosa. ¡De este modo son ati­
nadas y justas las determinaciones parlamentarias!
Que usted junto con su señora y familia estén bie», etc.
Lo r e n z o Ba r il i

XIX
Bogotá, 10 de mayo de 1855
Mi querido y buen amigo:
En la suposición de que usted haya recibido la mía del
30 de abril, que entregué a nuestro excelente doctor Isaza,
continúo las noticias contenidas en aquélla, pues no tengo
ninguna de usted para contestar.
El Congreso por fin fue convocado extraordinariamen­
te por el Poder Ejecutivo, el cual entre los asuntos que ha­
brán de tratarse, puso la ley de libertad eclesiástica y la del
matrimonio, mas no mencionó la federación ni la abolición
de la pena de muerte. Esta abolición, aprobada ya por la Cá­
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 245

mara de Representantes, iba a ser admitida aun por el Sena­


do, antes bien fue admitida por su mayoría, pero después
ocurrieron dificultades sobre la pena que debía sustituír­
sele, no gustando a muchos que se conmutara por sólo diez
años de presidio, como lo habían pensado los Representan­
tes. Discutíase esto la noche del 1° del corriente, cuando sien­
do las once y media fue preciso suspender la discusión para
enviar a anunciar al Vicepresidente déla República que el
Congreso estaba en el caso de cerrar sus sesiones, ordina­
rias. Así fue suspendida toda la ley; intentóse por unos Re­
presentantes hacer de manera que se volviese a tratar de
ella y de la federación, pretendiendo que las Cámaras
tienen derecho en las sesiones extraordinarias de tratar
todo lo que les parezca conveniente, pero la mayoría fue
contraria.
Hoy se presenta al Poder Ejecutivo la ley de libertad
religiosa, de la cual la Cámara asintió quitar el artículo del
matrimonio, negado ya por el Senado. De este modo se evi­
tarán (así lo espero) los graves inconvenientes que producía
la Ley de 15 de junio de 1853, pero se corre riesgo que se
conserve la otra de matrimonio civil. Pero es difícil que la
misma Cámara se ocupe de ella. Toda la Comisión de la
Mesa, compuesta del General Mosquera, Liévano y Manuel
Pompo, es contraria a los asuntos que tienden a hacer jus­
ticia a los católicos.
El día 4 se reunió el Congreso para ocuparse de los as­
censos militares, y se negaron todos con discursos además
muy adversos al Ejército. Los Jefes de éste están muy sen­
tidos; el General Mendoza entre otros renunció luégo al
destino de Jefe del Estado Mayor General; se le dijo que al
menos continuara por unos cuatro días, y antes que se aca­
basen, se le notificó que su Oficina quedaba suprimida. El
General Espina, Comandante General del Departamento,
reclamó al Secretario de Guerra por una resolución de él,
relativa al sueldo de los Oficiales superiores; se le quitó in­
mediatamente el destino, reemplazándolo por el General
Buitrago, quien ayer hizo encolerizar muchísimo al Gene­
ral Mosquera comunicándole que no podía conservar la or­
denanza.
El Tribunal de Bogotá ha decidido que todos los que
tomaron parte en el motín del 17 de abril, aun los militares
en servicio, han de juzgarse civilmente. Dicen que en se*
guidade esta decisión'el Poder Ejecutivo indultaría a todos,
pero con la condición de que unos se vayan al destierro tem­
poráneo y otros se alejen por un tiempo de la Provincia en
que han cometido el delito. Me dicen aún que el Juez del
crimen haya declarado que ninguno de los melistas presos
en Bogotá es culpable de delito común cualquiera, pues
que las violencias que hicieron contra las personas y pro­
246 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

piedades son inseparables del delito político de que son


cómplices. ¡He aquí a dónde van a parar las proclamas de
Ibagué en que aquéllos se llamaban ladrones y asesinos!
Saque usted las consecuencias de tales noticias: los más
juiciosos y moderados dicen, como ya se decía dos años ha,
que la suerte de la República depende de las próximas elec­
ciones, y si no saliere de ellas una mayoría de Diputados
compacta, sabia y honesta, todo se lo llevaría' el diablo. Y
así como eso es probable, para que no me lleve a mí también,
voy disponiéndome a salir de este país.
El doctor Canuto Restrepo ha obtenido ya del señor
Riañola facultad para ejercer el ministerio sacerdotal en
esa Diócesis, él quería dirigirse a ella a mediados de este
mes; pero dudo de que pueda hacerlo así, pues el número
de los Representantes está muy disminuido; el Congreso
durará por lo menos hasta el fin del corriente.
El doctor Bernardo Herrera está desde hace unas se­
manas en la Provincia de Neiva, y el doctor Núñez Conto
se conserva en buena salud atendiendo siempre al Colegio
del Rosario, aun los de mi casa están todos buenos, quienes
saludan y recuerdan con muchísimo placer a usted. Mu*
chas y corteses expresiones, etc., etc.
Lo r e n z o Ba r il i

XX
Bogotá, 18 de mayo de 18Sg
Mi querido y buen amigo:
Me falta el tiempo para contestar como quisiera su
muy apreciable de 29 de abril, que al leerla, mucho me ha
hecho reír la incomprensible ambición del presbítero
Garro. Me ha'hecho recordar a un Cardenal a quien nadie
pensaba, ciertamente, nombrar Papa; sin embargo, luégo
que supo que la Santa Sede estaba vacante, se puso a pa­
sear en su cuarto, repitiendo:
«■¡Transeat a mecalix iste!^
La ley de libertad religiosa está ya sancionada; no es
la que podía esperarse, pero es algo. Lo demás es impedi­
do especialmente por las extrañezas del General Mosquera.
Y es imposible obtener que se reforme la ley de matri­
monio civil; todos los Diputados están cansadísimos y
cansado está también dicho General, sin embargo de
que casi todos los días presenta nuevos y larguísimos pro­
yectos de leyes. Ahora se pasan las sesiones de la Cámara
en disputas entre él y Plata, sobre negocios de hacienda y
especialmente de crédito público. Murillo sostiene a Mos­
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 247

quera y no quiere dar recurso alguno al Gobierno, mien­


tras él y los suyos dicen estar contentos de Mallarino.
El indulto propuesto por el Poder Ejecutivo fue apro­
bado por los Representantes y negado por el Senado; éste
concedió algunos arbitrios al Erario para sus gastos extra­
ordinarios, pero dudan que la Cámara convenga en ellos.
Don Julio indicó y defendió aquellos arbitrios.
Suplico a usted o a nuestro Ignacio Montoya se sirvan
indicarme si se han transmitido al Retiro, cerca de Ríone-
gro, los rescriptos que yo recomendé enviase el mismo
Montoya. Me parece de habérselo escrito a usted otra vez.
Habrá usted visto en El Catolicismo qué mal me tratan
dos artículos de El Panameño, porque suponen que yo
oculto el nombramiento de Obispo hecho por el Santo Pa­
dre en la persona del Padre Vásquez. Este tiene la misma
persuasión, y disgustado por no poder haber la mitra, aban­
dona Panamá y me amenaza de una apelación al público.
¡Paciencia!
Los disgustos no faltan jamás en esta tierra; pero lo
que me aflige más es la triste situación en que queda aque­
lla Diócesis hasta que el Santo Padre tome la correspon-
pondiente determinación. Si el Padre Vásquez no se hu­
biera hecho llevar de su irreflexivo ardor en suspender, a
fines de 1853, el Vicario Capitular no teniendo facultad para
ello, todo se hubiera acomodado. ¡Y ahora se quejan de mí
porque no proveo a las necesidades de la iglesia istmeña y
que no doy curso a las bulas de Obispo!
Inmediatamente fueron entregadas las tres adjuntas a
la que me escribió usted.
Me parece muy necesario oponer un buen periódico al
que piensan dar en ésa los rojos. Pero si se publicare, qui­
siera bien que, quitándose todo disfraz de hipocresía, en él
se manifestase cuáles son las irreligiosas, inmorales y anár­
quicas tendencias de su partido. De ese modo sería imposi-
ble hubiera engaño, y el veneno tendría inmediatamente
su antídoto.
Saludes, etc.
* Lo r e n z o Ba r il i

XXI
Bogotá, 31 de mayo de 1855
Mi bueno y querido amigo: *•

Hoy debía acábar el Congreso extraordinario, por una


determinación convenida entre las dos Cámaras; mas ayer
volvieron ellas a convocarse de nuevo. Los motivos princi­
pales fueron: discutir un proyecto de banco, y un acto adi­
cional a la Constitución respecto del número de Senadores,
248 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

pues Jas Provincias, por las reducciones hechas, ahora son


menos de veinticinco; a éstos se agregaron otros, y entre
ellos, la ley de matrimonio civil; pero respecto de ésta,
espero poco.
Casi en todo el mes de mayo se ha perdido miserable­
mente el tiempo en la Cámara de Representantes, que pa­
recía cambiada en una democrática, tanto por la confu­
sión como por agrias contiendas. Puede usted imaginarse
al que fue su causa principal. El General Mosquera, hecho
heraldo de los gólgotas, impedía que se dieran al Gobierno
los recursos necesarios para hacer frente a los gastos; que­
ría absolutamente saliera de la Secretaría de Hacienda el
señor Plata, por inepto y algo peor; pero el señor Plata le
ha resistido con valor. Ahora, Mosquera dice que la Repú­
blica va en ruina, y que él se retira a los Estados Unidos.
Se ha decretado el indulto general; los comprometidos
en la rebelión deberán salir del territorio de la República
o del de alguna Provincia, por un tiempo determinado, no
mayor de ocho (8) años. ¿Y no hubiera sido mejor propo­
ner esa condición en los primeros días de diciembre y aho­
rrar tántas vidas y tántas pensiones? Meló fue atacado por
un fuerte tifo, pero después de la noticia del indulto, ha
mejorado. La sentencia de Obando, por el proceso de trai­
ción y rebelión, no ha sido publicada todavía. El doctor
Cárdenas se ha separado de la Secretaría de Gobierno por
tres meses, teniendo que ir a Pasto, en donde su señora se
halla gravemente enferma. El me ha dicho que don Lino
de Pombo queda despachando provisionalmente dicha Se­
cretaría.
Lea usted El Catolicismo y conocerá los trabajos que
me vienen de Panamá, i Oh, si viese usted los largos artícu­
los que contra mí publica El Panameño en todos sus núme­
ros! No tengo sentido común ni conciencia, quiero dar a
Panamá un Obispo que me ha comprado con el oro ameri­
cano, soy ministro de la cólera de Dios contra el Istmo, pro­
curo la ruina de la Iglesia y de la Religión, voy represen­
tando un papel infame. Y ¿porqué tántos cariños? Porque
el Padre Vásquez se cree humillado con el nombramiento
de Vicario Apostólico y pretende que yo, contra el manda­
to del Santo Padre, oculte sus bulas Episcopales. Y ¿quién
hubiera pensado que en las actuales circunstancias hubiera
quien tuviera ambición del Obispado y Obispado del Istmo?
Pero la ambición ciega; de consiguiente no se reflexiona
que aun admitiendo que yo tuviese en mi poder las bulas
del Padre Vásquez, pudiera tenerlas con orden expresa del
Santo Padre, de no darles curso sino cuando se verificaran
ciertas condiciones. Y ¿cómo se pretenderá que se hayan
verificado y que yo sin embargo no cuide de cumplir las ór­
CORRESPONDENCIA DEL SEÑOR LORENZO BARILI 249

denes del Santo Padre? Entre tantos gritos de personas


irreflexivas hago poco caso de lo que dicen y difieren de mí,
pero mucho me aflige la triste suerte de la iglesia pana­
meña, a la cual el Padre Vásquez hubiera podido hacer mu­
cho bien.
Está en mi poder su apreciable del 14 del presente; re­
comiende usted a nuestro Ignacito que envíe inmediata­
mente su plan de diezmos, pues si llega pronto, podrá ser
muy útil. El doctor Riaño y yo hemos tenido algunas con­
ferencias con el doctor Ospina acerca de las expresiones
que éste dijo el año último en las Cámaras, respecto de la
conducta del Vicario Capitular de Antioquia, invadiendo la
jurisdicción del Metropolitano; nada hemos adelantado.
Mas suplico a usted no divulgue esta noticia, pero si oyere
hablar de ella con alteración, entonces rectifíquela usted.
Muchas finas expresiones a su señora, etc. etc.
Lo r e n z o Ba r il i
P. D.—Los conservadores tuvieron una reunión elec­
toral presidida por el doctor Joaquín Mosquera. El herma­
no no fue convidado.

XXII
' Bqgotá, 19 de junio de 1855
Mi muy apreciado amigo:
Por medio de nuestro muy apreciado amigo el doctor
Canuto Restrepo, que entregará a usted la presente, le re­
mito el saco que usted me encargó con su apreciabilísima
del 7 de enero; no pude mandárselo antes como deseaba con
el doctor Isaza, por lo maula que son estos artesanos; yo lo
mandé a hacer como usted lo deseaba, de una tela fina y
aparente para llevarlo solamente en el campo de tierra ca­
liente. El costo de ese saco tan basto y ordinario es muy
caro, porque aquí todo cuesta muchísimo. En todo lo más
pequeño y despreciable se quiere ganar inmensamente;
pues a mí también se me pegó esta maña por desgracia de
usted; así es que por más que le pese es preciso que usted
me pague, pues el precio es, que cada vez que se ponga ese
saco para ir al campo, se acuerde de mí, como de un amigo
muy cordial que le aprecia y le quiere muchísimo. De este
modo, cuando se acabe el saco, usted estará acostumbrado
a pensarme, y así habré logrado que usted no me olvide
nunca. Si pues usted no quiere pagar a tan caro precio esa
bobería y tiene el valor de hacerme perder a mí toda la
inmensa ganancia, podrá mandarme por lo menos unas cien
cargas de oro en polvo y así no cobraré sino el puro costo,
a lo que no podría conformarme de ningún modo.
250 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

Muchísimo lo he sentido y muy pesado fue el chasco


que llevé con no haberse cumplido las esperanzas que abri­
gaba de un modo tan seguro, de volver a ver a mi querido
don Pedro en ésta y de gozar de su amabilísima compañía
durante el Congreso que acaba de cerrarse. Pero no soy
egoísta, y de buena gana me resigné con este chasco luégo
que supe que así lo exigían, los intereses y el bien de su fa­
milia, a la que deseo siempre de corazón en todo la mayor
prosperidad. Dichoso usted que después de tántos sufri­
mientos está gozando en el seno de su querida familia de
los inefables consuelos y placeres que brindan la paz y tran­
quilidad doméstica, dando buenas panzadas de exquisita
mazamorra, patas arriba, y de sabrosísimas arepas. ¿Y nos­
otros cuándo tendremos ese consuelo, esta dicha de poder
dar unas panzadas de -polenta allá en nuestra muy querida
Ancona? Ojalá sea pronto. ¡Ojalá el cielo me tuviera reser­
vada la suerte de ver por allá a mi buen amigo don Pedro
Antonio, oír su fallo sobre si la polenta es más sabrosa que
la mazamorra, o viceversa! ¡Qué consuelo! ¡Qué alegría! ¡Qué
alborozo inmenso sería para mí! ¿Puedo abrigar esta espe­
ranza?
Todo lo que usted dejó en esta su casa, fue entregado
según sus órdenes, al señor Antonio María Angel, hace ya
unos dos meses; me alegré con la noticia que él me dio, que
en un baúl se había encontrado el reloj que usted ya tenía
por robado o perdido.
A algunas de las Azuolas, pero no a todas, se les quitó
el resabio de echarme cada una a su vez toda aquella retahi*
la de preguntas, cuyo cuento hizo a usted tánta gracia.
La pobre señora Dolores Olano, en los primeros de
mayo, estuvo a la muerte, pero ahora está repuesta, como
puede estarlo quien tiene setenta y seis años a cuestas. Su
íntima amiga la señora Carlota Zaldúa, tía de los Herranes,
el 15 de mayo se fue al Paraíso a recibir el premio de sus
virtudes nada comunes.
Estoy aguardando los pedazos de madera fina que ya
tiene preparados, y no quiero que usted se moleste en bus­
carme otras cosas, menos alguna piel de perico ligero, si no
le costare mucho trabajo.
Reciba usted saludes afectuosas, etc., etc.
Fr a n c is c o Ba r il i (1)

(1) Hermano de Monseñor Lorenzo Barili.

(Continuará).
¿BENALCÁZAR O BELALCÁZAR? 251
1 i

¿BEDflbCflZflR 0 BEbflbCflZAR?
Quito, febrero 20 de 1915

Señor Director de El Día—En su oficina.

Asiduo lector que soy de su acreditado diario, he visto


con sumo gusto el artículo que en él se viene publicando
con el título de Cuestiones Históricas, en que se diserta con
gran acopio de erudición acerca del año en que se fundara la
ciudad de Guayaquil. Hablase en dicho artículo, repetidas
veces, del presunto fundador, que lo fue también de esta
capital y de Popayán, en donde quedó su descendencia; y se
le designa con el apellido Benalcázar, escrito tal como lo
escriben todavía en Colombia algunos que no conocen el
origen del conquistador de las tierras que formaron un día
el reino de los caras.
Como en materia de historia interesa verificar hasta
los menores detalles que se refieren no sólo a los hechos
que la forman, sino también a la personalidad de los que
fueron sus actores principales, me permito llamar la aten­
ción del ilustrado señor Campos, autor del artículo alu­
dido, al siguiente pasaje de Garcilaso de la Vega, en su
Historia del Peni, referente al nacimiento de nuestro con­
quistador:
«Sebastián de Belalcázar—dice—de su alcurnia se llama­
ba Moyano; tomó el nombre de la patria por ser más famoso;
fueron tres hermanos, dos varones y una hembra, nacidos
de un parto. El hermano se llamó Fabián Moyano y la hem­
bra Anastasia Moyano. Fueron valerosos a imitación del
hermano mayor, particularmente la hermana. Esta rela­
ción me la dio un religioso de la orden de San Francisco,
morador del convento de Santa María de los Angeles, na­
tural de Belalcázar, que conocía bien la parentela de Se­
bastián de Belalcázar. Diómela porque supo que yo tenía
el propósito de escribir esta historia, y yo holgué de reci­
birla por decir el extraño nacimiento de este famoso
varón. >
Concuerda con lo dicho por Garcilaso la Información
de méritos y servicios de don Francisco, hijo del Adelantado,
documento que existe en Popayán en poder de una de las
familias que de él descienden, y lo que dice Castellanos en
su Elegía a Belalcázar al referir el nacimiento de éste,
quien se expresa así:
De un parto parió dos, ambos varones,
Su madre, fuera de la vez primera,
252 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

Y al nacer Sebastián, el uno de ellos,


Primero sacó piernas que cabellos,
Y cuando de estos gemelos podía
Cada cual en astil poner la mano
A los padres llegó su fatal día
Encomendándolos al más anciano.

Discrepa Castellanos del fraile informante de Garcilaso


tan sólo en que aquél no hizo a la hembra gemela de los
varones.
Don Jaime Arroyo, en su Historia de la Gobernación de
Popayán, obra que escribió sobre documentos y datos re­
unidos durante más de medio siglo primero por su padre,
el doctor Santiago Arroyo y después por él mismo, refiere
el origen de don Sebastián de la siguiente manera:
«Nació en la villa cuyo nombre tomó por apellido, en
la raya de Extremadura con Andalucía. Sus primogénitos,
de llana condición, labraban por sí mismos una pequeña
heredad que poseían. Su padre, apellidado Moyano, tuvo
la rara fortuna de verle nacer gemelo con otros dos infan­
tes. Los tres, se criaron y en su adolescencia, muertos sus
padres, quedaron al cuidado de su hermano mayor. Cuén­
tase que irritado Sebastián con un asno que conducía car­
gado de leña y que no lograba hacer salir de un atolladero.,
'le asestó tan fuerte garrotazo que le dejó por muerto, y que
temeroso del castigo que le impusieran por su falta, o afli­
gido de ella, por ser el único animal que poseía la familia,
huyó del techo paterno y anduvo vagando por varios luga­
res de España hasta que se embarcó para las Indias.»
Todo concuerda pues a demostrar que el apellido del
fundador de Quito, Guayaquil y Popayán, se escribe Belal­
cázar y no Benalcázar. Personas que dicen han visto la
firma del Adelantado en documentos que reposan en los
archivos de la capital del Cauca, me han asegurado la vic­
toria de la L sobre la N. ¿No habrá aquí en Quito algún
documento que ostente la misma firma y corrobore mi
opinión fundada en lo expuesto, o venga a infirmarla obli­
gándome a decir en adelante Benalcázar y no Belalcázar?
Soy del señor Director afectísimo y seguro servidor,
An t o n in o Ol a n o
22 de febrero de 1915
Señor doctor don Antonino Olano—Ciudad.
Muy distinguido doctor:
He leído, con la atención que merece, su carta al señor
Director de El Día sobre la ortografía que debe llevar el
nombre del Teniente de Pizarro, poblador de Quito y fun­
dador primitivo de Guayaquil.
¿BENALCÁZAR O BELALCÁZAR? 253

Benalcázar no es el fundador de la ciudad de Quito:


su fundador lo es el Mariscal Don Diego de Almagro, se­
gún reza el acta de fundación, hecha en Ríobamba el
28 de agosto de 1534, que original a la vista tengo. Cierto
que Almagro, suscrita el acta, se fue con el Adelantado
don Pedro de Alvarado, dejando la Gobernación de estas
tierras a Benalcázar, quien tan sólo tres meses después de
verificada la fundación entró en Quito (6 de diciembre de
1534), delineó la planta de la nueva ciudad en el sitio que
ahora ocupa, y repartió solares entre los 204 vecinos que
se asentaron como primeros pobladores ante el escribano
Gonzalo Díaz. El Capitán Benalcázar es pues poblador y no
fundador de Quito.
En cuanto a la ortografía del nombre de este conquis­
tador, todo el mundo tiene razón: la tienen en Colombia,
en donde escriben Belalcázar, y la tenemos nosotros que
decimos Benalcázar, ya que en un documento absolutamen­
te auténtico, como lo es el Libro Verde de la Municipalidad
de Quito, encontramos ese nombre escrito de ambas ma­
neras.
Benalcázar no sabía escribir: esto se ve muy claro al
examinar las diversas firmas suyas que constan en el Libro
Verde, que son. evidentemente, de diversa mano. El Con­
quistador rubricaba tan sólo, como lo hacía también Piza-
rro. Almagro ni siquiera sabía rubricar, sino que un espa­
ñol cualquiera firmaba por él a ruego.
Para asegurar que el nombre de Benalcázar se escri­
bía de las dos maneras debatidas, he examinado 29’ actas
del Cabildo de Quito, en los años de 1534, 1535 y 1537. En
los encabezamientos de esas actas se le llama siembre Be­
nalcázar, y de las siete firmas que he encontrado, únicas
con su nombre (en las demás actas sólo hay rúbrica) dos
dicen El Capt. Sebastián ' de Belalcázar, y cinco rezan El
Capt. Sebastián de Benalcázar.
De este examen resulta que ecuatorianos y colombia­
nos tenemos igualmente razón; allá pueden llamar Belalcá-
*ar a uno de los tres Capitanes conquistadores del Nuevo
Reino de Granada, del nombre de su pueblo nativo, y acá
seguimos llamando Benalcázar al poblador de Quito, fián­
donos en la ortografía con que escribían su nombre los
contemporáneos del héroe.
Soy de usted señor, servidor obsecuente,
Cr is t ó b a l Ga n g o t e n a Jij ó n

Quito, febrero 21 de 1915


Señar Director de El Día—Presente.
He leído con suma complacencia la carta dirigida a
usted por el distinguido escritor señor don Antonino Olano,
254 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES

respecto del apellido del conquistador de Quito y funda­


dor de Popayán. Cronistas como Oviedo escriben BenaL
cázar, y otros como Garcilaso transforman la n en Z, que­
dando Belalcázar, que es el nombre del pueblo dé España
de donde era oriundo el célebre Adelantado.
Pero lo interesante del caso está en que (como lo ob­
serva González Suárez) en el Libro Verde que contiene las
primeras actas de nuestro Cabildo aparece la firma del con­
quistador, que entonces era Teniente de Gobernador de
Quito, unas veces Benalcázar y otras veces Belalcázar.
Nosotros seguimos a Oviedo consultando la eufopía,
pues las dos eles casi unidas como que destruyen la sonori­
dad de la primera palabra: Benalcázar.
Soy del señor Director con la mayor consideración
muy atento y seguro servidor,
Ig n o t ü S

Señor Presidente de la Academia Nacional de Historia:


¿Cómo deberá de escribirse el apellido Belalcázar? Tal
es la comisión que pasasteis a mi estudio en la última se­
sión y que trataré de desempeñar en pocas palabras:
Sea por exigencias de España o simplemente cuestión
de hábito o por ignorancia, el apellido Belalcázar se com­
prende que fue alterado y transformado por sus compañe­
ros de conquista en Benalcázar, y de ahí que cronistas
como Herrera le llamen indistintamente Belalcázar o Be­
nalcázar, que Oviedo, que le conoció y trató en León de
Nicaragua, lo escribe siempre con n, y que el mismo don
Sebastián, que malhaya si de estas cosas entendía, lo ponga
con ele o con ene, indistintamente, según el individuo cuya
mano guiara la suya, al firmar.
Don Sebastián no fue heredero ni de una fortuna, ni
de gran apellido. Su cuna fue humilde, como se ve por
estos dos versos de Castellanos:
Tuvo padres de llanas condiciones
Y su linaje fue desta manera.

Era casi un niño cuando salía con el asno de la casa,


prenda principal del caudal de la familia, a traer leña. Un
día que ios sorprendió un fuerte temporal, el burro carga­
do cayó en un fuerte lodazal, de donde Sebastián no pudo
levantarlo. Encolerizado el chico, le dio tan fuerte garro­
tazo, que nunca más volvió a desprenderse el asno del pan­
tano. Asustado el muchacho, no regresó a la casa paterna,
sino que salió en busca de fortuna. Andando al azar, llegó
a Sevilla en momentos en que Pedrarias Dávila preparaba
su viaje al Darién, y Sebastián pidió un puesto en la expe­
dición:
¿BENALCÁZAR O BELALCÁZAR? 255

Pedrarias se holgaba con la vista


Y buen donaire del Villanchoncillo
Y no teniendo de cognomen uso
El de su propio pueblo se le puso.

Esto escribe Castellanos, que ya en otra parte nos


había dicho:
Y al Benalcázar tal nombre le viene
De ser del pueblo que este mismo tiene.

Tan arraigado estaba el uso popular de escribir con n


este apellido, que el cronista versificador incurre en la
contradicción de decir que se llamó Benalcázar del nombre
de su pueblo Belalcázar. Esto se explicaría perfectamente,
y así pudo suceder, si Pedrarias hubiera dicho a Sebastián:
pues que eres de Belalcázar te llamaremos Benalcázar.
Como el uso también consagra nombres y apellidos,
sobre todo cuando viene apoyado por plumas como las de
Oviedo, Herrera, Plaza, González Suárez, etc., es mi opi­
nión que puede este apellido escribirse indistintamente con
ele o con ene, dando sí la preferencia al primero por ser
Belalcázar el nombre del pueblo de que fue 'vecino don
Sebastián y que le valió su apellido, y que es derivado de
Bello Alcázar; y ^or estar así aconsejado y aceptado
por escritores tan castizos y tan celosos del habla castellana
como don Rufino Cuervo, .don Miguel Antonio Caro, don
Emiliano Isaza y el Padre Mariana; y finalmente, por estar
así consagrado en enciclopedias modernas de universal
aceptación como las de Weise..y Bonillet.
Señor Presidente.
Er n e s t o Re s t r e po Tir a d o

Señor Presidente de la Academia Nacional de Historia.

Muy poco podré agregar al desempeñar la comisión


que tuvisteis a bien confiarme, a lo que sobre el mismo
asunto ha expuesto en su erudito informe el académico se­
ñor General Ernesto Restrepo T.
Cuando en la sesión del 1*? del presente mes oí leer el
informe aludido, recordé que en lo que hoy es Departa­
mento de Caldas existe una gran cordillera o cuchilla,
como allá se nombra, cordillera que debe ser un contra­
fuerte del ramal occidental de los Andes y que va a termi­
nar enfrente a la población de Pereira, en el punto llama­
do La Virginia, muy cerca a la desembocadura del río
Rizaralda en el del Cauca. Dicha cordillera divide el valle
que lleva el nombre del primero de estos ríos, de las tie-
256 BOLETÍN DE HISTORIA. Y ANTIGÜEDADES

rras que el río Cauca baña al penetrar en lo que fue el an- /


tiguo Departamento de Antioquia y que hoy pertenecen al
de Caldas; tiene este contrafuerte una dirección norte sur
muy marcada.
Refieren los cronistas qu^e disgustado Belalcázar de que
su teniente, el Mariscal Jorge Robledo, a quien había re­
comendado hacer nuevos descubrimientos hacia el norte
de sus dominios, se hubiera hecho nombrar Adelantado de
las tierras descubiertas y ejerciera en ellas actos de domi­
nio, resolvió castigarlo y emprendió viaje hacia el Norte, al
frente de un lucido ejército. Después de atravesar todo lo
que hoy es valle del Cauca, del Sur hacia el Norte, debió
llegar al hermoso valle del Rizaralda, y conocedor, como
debió estarlo, de que el Mariscal Robledo se encontraba del
otro lado del Cauca, en territorio de los posos, era natural
que desviara a su derecha para tomar la vía más recta y
practicable que lo llevara a su destino, y esta vía no era
otra que la del contrafuerte o cuchilla de que he hablado
y que siempre se ha conocido con el nombre de cuchilla
de Belalcázar. No creo forzada la deducción de que, dadas
las circunstancias apuntadas, se hubiera dado el nombre de
Belalcázar a la cuchilla dicha, en honor del conquistador
que por primera vez la pisaba, y si dicho nómbrese ha con­
servado hasta hoy sin alteración, forzoso es deducir que es
muy posible que arranque desde aquella época remota y
que, en consecuencia, el apellido de don Sebastián en esa
época llevaba la L y no la N.
Más recientemente se ha fundado en la cuchilla tan­
tas veces citada, una floreciente población hoy, que tam­
bién lleva el nombre de Belalcázar.
Opino pues, señor Presidente, que el nuevo dato que
acabo de anotar puede muy bien unirse y reforzar los que
nuestro colega Restrepo T. aduce en pro de su bien fun­
dada opinión.
Quiero terminar este informe agregando a él que Be­
lalcázar, después de alistarse en Sevilla en la expedición •
que Pedrarias Dávila fomentaba con destino al Darién, se
embarcó en el puerto de San Lúcar de Barrameda, el mar­
tes santo, 11 de abril del año de 1514.
Señor Presidente.
J. T, He n a o
Bogotá, mayo de 1915.

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