CONTINUIDAD DE LOS PARQUES
JULIO CORTÁZAR
Había empezar + a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios
urgentes,
volvió a abrirla ¿nando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar
lentamente por la
trama, por el csujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a
su
apoderado y di: sutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro
en la
tranquilidad de! ¿studio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en
su sillón
favorito, de esp las a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posi
de intrusiones, 2jó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo
verde y
se puso a leer +s Últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y
las
imágenes de le: protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba
del
placer casi per: Ars de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y
sentir a la
vez que su cat:iza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaido, que
los
cigarrillos segun al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el
aire
del atardecer b b los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida
disyuntiva de los
héroes, dejáns :se ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y
movimiento, fu: testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero
entraba la
mujer, receloss: ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una
rama.
Admirablement. restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las
caricias,
no había veni
para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un
mundo de hoj: secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y
debajo latía la “hertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como
un
arroyo de serp: antes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta
esas
caricias que e ¿edaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadiro,
dibujaban abor nablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada
había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. Á partir de esa hora cada
instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se
interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la
puerta
de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él
se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose
en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúscuio la
alameda
que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no
estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peidaños del porche y entró. Desde
la
sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una
sala
azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie
en la
primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal
en la
mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde,
la cabeza
del hombre en el sillón leyendo una novela.
ES
de Nona. Una invención. Su hermana imaginaria...»
Palabras que me atraviesan como lanzas y de las que
no me puedo defender. Pero me sobrepongo. Tomo
aire, empujo la puerta y entro en el santuario con paso
firme. Es una forma de convenir: «¡Sé que soy Nonal».
Es una forma también de que nadie me interrumpa
durante un rato y logre poner orden en mis pensa-
mientos. Pero ya no me siento asustada ni triste. De
pronto, nada más entrar, me ha asaltado la seguridad
de que esta situación tampoco es nueva. Yo la he vi-
vido antes, y no una sola vez, sino varias. Se trata de
esperar, de recordar que después de la tormenta llega
la calma... De concentrarme. Y en ningún lugar mejor
que en esta habitación. La mía. Todos avisan con los
nudillos antes de entrar y no hay espejos. Ninguna
superficie que se atreva a reflejar labios abultados ni
ojos chinos. Yo soy, pues, quien quiero ser. Así que
cierro los ojos, respiro hondo..., y espero. Espero a
escaparme de un cuerpo en el que no me reconozco.
Espero a contemplarlo desde fuera. Espero, en fin, a
— que la familia se tranquilice y las aguas, poco a poco
vuelvan a su cauce.
Entonces, como siempre, podré contarle un mon-
tón de cosas a quien yo me sé.
>
44
Hablar con viej as,
Pair —
CRisTyA Ten
El amigo la había citado a las siete en el París, pero
ella se presentó media hora antes. La mesa de mármol
junto a la ventana estaba libre. Buena señal, se dio.
Pidió un cortado. Enseguida se arrepintió. «Mejor un
whisky.» Andrés era su única oportunidad. ¡La última!
Bebió un trago para darse ánimos. No podía volverse
atrás. Ni tampoco, en cuanto apareciera, perderse en
rodeos innecesarios. Iría al grano. Dos besos en la
mejilla y el sablazo. «Necesito dinero.» Y antes de que
el amigo reaccionara le expondría la situación fría y
pausadamente. «Mañana me desahucian. Estoy en un
apuro. Tienes que ayudarme.» Le mostraría la notif1-
cación y esperaría..No mucho. El tiempo suficiente
para que se percatara de que el asunto iba en serio.
Y cuando él, entre sorprendido y molesto, dijera «Vaya»
o «Esto sí es un problema» o, en el mejor de los casos,
«¿Y me lo sueltas así, de un día para otro, después de
dos años sin vernos?», ella, enseguida, le tendería pa-
pel y pluma. «Es sólo un préstamo. Te firmaré un re-
cibo. Pon tú las condiciones y las fechas.» Andrés
había sido siempre buena persona. Y en otros tiempos,
según creía recordar, ella no le era indiferente. Se en-
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=s
cogió de hombros. Una bajeza. La idea de llamar a
Andrés, ponerse los tejanos más ceñidos y la blusa de
seda estudiadamente desabrochada a la altura del pecho
era una bajeza. Pero no tenía otra opción. Y además
su voz, por teléfono, le había parecido amable. «¡Qué
sorpresa, Alicia! ¿Qué es de tu vida?» No le había con-
tado nada de su vida. Se limitó a decir: «De eso quiero
hablarte. ¿Por qué no nos vemos?». Trató de expresar-
se con la mayor serenidad. Huir de dramatismos. No
dejar traslucir que su situación era desesperada. Y lo
había conseguido. Andrés, después de dudar un ins-
tante, propuso el París. «A las siete. No tendré mucho
tiempo. Me has pillado de sorpresa...»
A las siete y media seguía sola en la mesa de már-
mol junto a la ventana. A las ocho menos cuarto la
camarera se le acercó con una bandeja vacía. «¿Es us-
ted Alicia...? Le han dejado un recado por teléfono.
La persona que espera no puede venir... Ha dicho que
le llame la semana que viene.» Alicia pagó el whisky.
Cuatro cincuenta. Dejó diez céntimos de propina y
contó el resto. Cinco cuarenta. Todo lo que le queda-
ba. Para siempre... Salió del bar y respiró hondo. «Ca-
brón», dijo. «Eso es Andrés. Un cobarde y un cabrón.»
Se abrochó la blusa. «Y yo una puta.»
Cruzó la calle. Se detuvo ante el espejo de una al-
pargatería y odió su imagen. Lo tenía bien merecido.
Arreglarse para Andrés, confiar en sus encantos, dar
por supuesto que solucionaría el problema... Se sintió
burlada. Por Andrés, por el administrador, por la mos-
quita muerta de la propietaria... «No te preocupes, Ali-
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cia, paga cuando puedas, todas hemos sido jóvenes...»
Sólo pensar en la propietaria se ponía enferma. Ella
sí era una puta. Una estafadora. Una lagarta. Enga-
ñarla de esa manera. «No te preocupes...» Y soltar el
rottweiler en el momento justo. El administrador. Las
amenazas de lanzamiento. La inminencia de desahu-
cio. Una jugada maestra. Liberarse de la inquilina y
subir el precio. Y la mala suerte. Hasta hacía escasa-
miente unas semanas ella confiaba en que aceptarían
su serie. Un guión para televisión en el que llevaba
trabajando más de un año. Se lo habían asegurado. Es-
taba casi hecho. Pero entonces cambiaron al responsa-
ble y se le cayó el mundo. Lo tenía bien merecido. Por
confiar en su estrella. Por idiota.
—«¿Puede ayudarme? —oyó de pronto.
Se volvió disgustada y vio a una vieja. Vestía un
traje floreado y le sonreía. No le pareció que necesita-
ra dinero.
—Soy diabética y a veces no distingo los colores.
El semáforo... ¿Está en verde o en rojo?
—En verde —dijo Alicia.
Ayuda, pensó. Ayuda... Aquella pobre mujer tam-
bién necesitaba ayuda.
—Cruce conmigo —añadioó. Y le ofreció el brazo.
La vieja volvió a sonreír.
— ¡Qué amable eres, niña! Yo vivo aquí mismo,
¿sabes?
Se encontraba de nuevo frente al París, pero la
vieja no le había soltado del brazo. Avanzaron unos
cuantos metros.
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ueno... Subiré un ratito. Sólo un ratito.
Ro se iluminó de alegría. Abrió la puer-
ascensor.
n el quinto —repitió.
odo estaba perdido. Ro parecía tan feliz que
abe, sí ella le contara su tragedia... Dinero, no.
viejas no les gusta desprenderse de dinero. Pero
ñía sí. Seguro que le ofrecía su casa. Que insis-
fuera a vivir con ella. Y por unas semanas,
s... Ya no tenía a quién acudir. Al día siguien-
aría en la calle. Aunque, tal vez... Pensó
rrible. Tan terrible y vergonzoso que se odió
fuerzas. Pero no había sido un pensamien-
una visión. Un flash. Dinero. Billetes y bille-
ndidos en cajones absurdos, en la cocina junto
de basura, en el cuarto de baño entre rollos
higiénico... Las viejas eran así. Escondían sus
y luego se olvidaban. Y solían tener joyas. Re-
azmente a su abuela. «Ven niña. Te enseñaré
as.» Y pocos días después de su muerte, bille-
ados apareciendo en los lugares más invero-
ueno —dijo Ro—. Esta es tu casa.
grande. Atiborrada de objetos y un tanto desor-
Alicia siguió a la vieja por el pasillo hasta lle-
medor. Estaba en penumbra, con las cortinas
ería corridas. La vieja encendió la luz. Y le
silla.
mo te llamas, guapa?
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—¡Qué nombre tan bonito!
Sí, Ro era encantadora. Ahora abría un mueble-bar
años cincuenta y sacaba dos copitas y una botella de
jerez. Alicia volvió a sentirse repugnante. Robar a vie-
jas. Eso era todavía peor que intentar seducir a Andrés.
Bebería el jérez y se iría.
—De vez en cuando me gusta conversar con vo-
- Sotras, las jóvenes. ¿Te apetecen unas pastas?
Abrió una caja metálica y dispuso con todo cuidado
media docena de galletas en un plato de loza. Alicia
cogió una. No había comido nada desde la mañana.
—Y cuando quieras pásate por aquí. Salgo poco
y serás siempre bien recibida.
Sí. Era una vieja risueña y amable. Tal vez la visi-
taría antes de lo que imaginaba. Al día siguiente. Con
las maletas y lo que le dejaran sacar del piso.
—Y usted, Ro —dijo apurando el jerez—. ¿No se
siente muy sola en una casa tan grande?
—¡Ok, no! —La vieja se puso a refr—., Estoy acos-
tumbrada... Aunque sí, es grande. Y a veces pierdo las
COSAS...
La vieja miraba ahora a su alrededor buscando algo.
—Hjja, hazme un favor. Ayúdame a encontrar las
gafas. Las he dejado por aquí, hace un momento... En
el aparador, quizás.
Alicia se levantó. En cuanto diera con las gafas
le haría una propuesta. Un favor recíproco. La vieja
la trataba como sí la conociera de toda la vida. Y la
casa era inmensa. Una habitación. Tan sólo necesita-
ba una habitación. Por un tiempo.
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—Agquí están —-dijo.
Y de pronto, con las gafas aún en la mano, se que-
dó perpleja. En el aparador, junto a fotografías ama-
rillentas, cajitas de plata y flores de porcelana, acababa
de distinguir un cuenco de madera. Una ensaladera en
la que se leía «Recuerdo de Mallorca». Y, en su inte-
rior, rosarios, pulseras, botones, un montón de viejas
monedas de dos reales y —¿estaría soñando? — unos
cuantos billetes de quinientos euros.
—Gracias de nuevo. ¿Otra galletita?
Quinientos euros. Los billetes de quinientos euros
no circulaban demasiado. Tal vez la vieja no conocie-
ra su valor. O lo hubiera olvidado. Lo cierto es que
los tenía ahí, en el cuenco de madera, mezclados con
baratijas, rosarios, monedas inservibles... Por lo menos
habría cinco o seis. Tal vez más. Seis por quinientos...
Prácticamente lo que debía. Esa sí era su última opor-
tunidad. Mañana, antes de que la sacaran de la casa,
ella pagaría. Y no se trataría de un robo. Sólo de un
préstamo. En cuanto pudiera le devolvería hasta el úl-
timo céntimo. Iría pagándole a plazos. Dejando el
dinero en el buzón. En un sobre. Sin remite ni Étma.
Porque no volvería a ver a la vieja. Aunque...
—Alicia —dijo Ro—. ¿Te encuentras bien?
Alicia. Había cometido el error de dar su nombre.
Eso probaba que no tenía intención de robar. Pero era
dejar una pista... Recordó a la camarera del París: «¿Es
usted Alicia?». Una vieja que acusaba a una tal Alicia
y una camarera que recordaba haber transmitido un
mensaje a una mujer llamada Alicia. ¡El imbécil de
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ñ
Andrés! No sólo la dejaba plantada sino que la iden-
tificaba a los ojos del barrio.
—Sí, Ro. No es nada. Fumo demasiado y a veces...
—Te daré caramelos de regaliz. Son buenos para
los bronquios.
La vieja desapareció por el pasillo. Alicia respiró
hondo. No sería un robo, se repitió, sólo un préstamo.
Nadie la había visto subir. La casa no tenía portera ni
se habían cruzado con ningún vecino. Y además, ¿quién
creería a la vieja? ¿Billetes de quinientos euros en el
lugar más visible del comedor? Lo más probable es que
ni siquiera los recordara. ¿No decía que perdía conti-
nuamente las cosas? Ro olvidaría su nombre de la mis-
ma forma que había olvidado una pequeña fortuna en
un cuenco... Tenía que decidirse. ¡Ahora! Se levantó,
cogió los billetes —¡siete!, estaba salvada— y los guar-
dó en el bolsillo. No le dio tiempo a volver a la silla.
Le había parecido oír los pasos de la vieja y se agachó.
Fingió un problema con el tacón de sus zapatos. En
el suelo vio una muñeca rota y un osito al que le fal-
taban los ojos.
—No los encuentro —dijo la vieja—. Y estoy se-
gura de que ayer compré una bolsa en la farmacia.
Alicia le mostró el osito.
—¿Tiene nietos? —preguntó.
Su voz había sonado clara. Natural. Como si no
tuviera nada que ocultar.
—No —dijo la vieja—. Mi hijo no me ha dado
nietos.
Un hijo. ¿Sabría el hijo que su madre tenía su pe-
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queña fortuna olvidada en un cuenco? ¿Que invitaba
a galletas y jerez a la primera desconocida?
—Y su hijo, ¿viene a verla a menudo?
Era una despedida. Una cortesía. Alicia acababa de
coger el bolso y se disponía a dejar la casa. Lo que
menos le podía importar en aquel momento era si su
hijo cumplía con los deberes de hijo.
—No —dijo Ro—. Venir no viene... ¿Por qué ten-
dría que venir?
No le vio la expresión. La vieja le había dado la
espalda y agarraba el extremo de las cortinas que se-
paraban el comedor de la galería.
—Mi hijo vive aquí. Conmigo.
Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Descorrió
enérgicamente las cortinas y el tintineo de las anillas
se confundió con sus últimas palabras. «Aquí... Con-
migo.» A Alicia se le nubló la vista. ¿Qué era aquello?
Tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla para no
caer.
—Te presento a Alicia —oyó.
Un hombretón deforme agatrado a unos barrotes
la miraba con la boca babeante. Era un monstruo. Una
bestia. Un gigante. Tenía la cabeza abombada, los ojos
sin expresión, el rostro lleno de pústulas... El bolso fue
lo primero en estrellarse contra el suelo. Enseguida le
siguió el cuerpo de Alicia. Lo último que recordaría al
día siguiente sería la yoz de Ro.
—Trátala con cuidado, hijo. Las muñecas de carne
son muy delicadas...
Pero no podía ser cierto. No era cierto. No había
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sido más que una terrible pesadilla. El peor sueño de Interno con figura
toda su vida. Alicia se encontraba en la cama con los
ojos aún cerrados y oía el forcejeo de una llave contra
la cerradura. «Ni siquiera se han molestado en llamar»,
murmuró. «Bien, que me expulsen. ¡Bendito desahu-
cio! Todo mejor que...» De pronto sintió el contacto
de una mano áspera y peluda. Y despertó de golpe.
Era de día. Pero no estaba en su cuarto, entre las sá-
banas de la cama, sino echada en un jergón en el inte-
rior de una jaula inmensa. Ro acababa de abrir la puer-
ta y depositaba una bandeja en el suelo. Ni siquiera
la miró.
—Me voy a la parroquia, hijo.
Salió de la galería enrejada y cerró el candado.
-——A ver cuánto te dura. Cada día está más difícil
encontrar a alguien. Y las chicas de hoy saben latín.
No les gusta hablar con viejas...
Antes de que corriera las cortinas Alicia alcanzó a
ver sobre el aparador el cuenco de madera. Ahí esta-
ban los billetes de quinientos euros, los rosarios, los
botones, el montón de monedas de dos reales, su reloj
de pulsera... No quiso ver más. Cerró los ojos. Sin-
tió un aliento fétido muy cerca de su boca y deseó
morir. Pero ya el hombretón la había alzado en el aire
y la mecía. Como a un bebé. Como a una muñeca
querida.
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a Y PANA
. Con gesto apesadumbrado, la criatura ha entrado cami-
- bando en el lago. Mientras se alejaba, las sombrías aguas
Se han separado muy despacio, como si lo acogieran amo-
Fosas. Se ha sumergido sin ruido, sin provocar más que
sana única onda que ha recorrido la superficie del lago y
La llegado hasta mis pies, que he retirado angustiado ante
la idea de que el agua me tocara. En ese mismo instante,
Mary se ha dado la vuelta y ha regresado a la casa.
Creo que le he gritado algo, pero ni se ha inmutado, y
ha seguido alejándose. He estado a punto de echar a correr
[ras ella, de entrar en la casa pidiendo auxilio. Pero lo único
ue he hecho es sentarme a esperar.
o En la orilla de enfrente, Ginebra ha desaparecido, engu-
¡Kida por la niebla, que da al lago una apariencia fantasmal.
Pronto llegará la noche.
: Y yo continúo observando el agua oscura, esperando lo
: le sé que no va a ocurrir.
a CUENTO 3
AMOR DE MADRE
y
DAnp KOAS
Para Cristina Fernández Cubas
MAMÁ NUNCA ME DEJA BAJAR a la calle. Por eso me hace
muchos regalos. Los que más me gustan son los tebeos y
las muñecas. Sobre todo las muñecas.
Hoy 1me tiene que traer una, porque ayer $e me rompió la
que tenía. Siempre es una fiesta cuando me trae una nueva.
Porque mamá solo me deja tener una muñeca cada vez.
Yo trato de que me duren mucho pero soy un poco bruto
y se me rompen enseguida. Aunque mamá es tan buena que
nunca me riñe por eso. Cuando le cuento que la muñeca ya
no funciona, siempre me dice con una gran sonrisa «No te
preocupes, cariño, mamá irá a buscarte otra nueva ense-
guida».
Mamá dice que la callo es muy peligrosa, que es mejor
estar en casa, juntitos. Por eso no me gusta cuando me deja
solo. Por suerte, mamá sale muy poco. Cuando lo hace es
para comprar comida, medicinas, ropa o para regalarme
una muñeca nueva, cuando se me rompe la que tengo.
Quiero mucho a mamá.
VY/ASION
. Y también quiero mucho a las muñecas que me regala.
Por eso les doy besitos, las acaricio, les peino sus largos
c ¡bellos. Todas rus muñecas tienen el pelo largo, aunque
tas veces es de color negro, otras rubio, otras castaño. Un
(a mamá me trajo una que lo tenía rojo y rizado. Me reí
1 acho al verlo porque era muy raro. Pero la quise igual que
é las demás. Cada noche duermo abrazado a mi muñeca.
Me encanta su olor, porque todas huelen a mamá: cuando
e la las prepara en el salón, les echa su colonia y les pone
1 ¿mitos vestidos (aunque yo se los quito para dormir, porque
1» quiero que se arruguen).
- Me gusta ponerles nombre. Al principio era mamá la que
| hacía. Les ponía nombres muy divertidos: Mariquita,
Híkito, Chelito, Loretín... Marnoá me explicó que así se
: amaban las muñecas que sus papás le regalaban cada
1 vidad, «Pero es más divertido que tú los inventes», me
esjo. «Así serán más tuyas». Los primeros nombres que
¿me ocurrieron se parecían mucho a los de mamá, pero
j ronto empecé a cogerle el tranquillo y mamá me feli-
í1tó por inventar nombres tan originales: Ofelia, Ludmila,
+ Cariluz... Aunque cuando se rompen las tiramos, guardo
1 ha foto de cada una de las muñecas que he tenido. Las
¡ ego en un álbum y escribo debajo sus nombres. Disfruto
j isando las páginas y recordando todas las muñecas que me
lí regalado mamá. Son mis amigas y nunca las olvidaré.
- Acaba de llegar mamá. La muñeca nueva es muy bonita.
“ene el pelo largo y negro. Es delgada, como siempre.
: ¡entras mamá la prepara en el salón, yo la espío inquieto
¿dr la puerta entreabierta, Hoy mamá parece un poco más
« msada que de costumbre, Quizás esta vez ha tenido que
: ny lejos a buscarla,
| 50 ]
DAVID ROAS
El ratito que mamá pasa con la muñeca antes de dejarme
jugar con ella siempre me parece muy largo. Sé que debo
esperar, porque nunca me las da enseguida. Un día que
protesté por lo que tardaba, me dijo que debía ser paciente.
«Tengo que prepararla, hijo, ya lo sabes». Mamá es muy
metódica (mamá usa palabras muy difíciles, pero me las
explica para que yo las entienda). Quiere que todo esté
perfecto para que yo pueda jugar tranquilo y feliz (eso es
lo que dice). Mamá me quiere mucho.
Espero que esta me dure más. Es que como me gustan
tanto tanto, sin darme cuenta las abrazo muy fuerte y se
rompen. Aunque sé que mamá no tardará en tracrme otra,
la muñeca rota siempre me da pena,
A esta la llamaré Carmila. Después se lo diré a mamá,
a ver qué le parece. Seguro que le gusta. Tengo muchas
ganas de acariciar su bonito pelo negro, de jugar con ella
y explicarle las historias que a mí me cuenta mamá antes
de ir a dormir. Quizá le gustará también que le lea algunos de
mis tebeos.
Mamá me llama. Entro en el salón un poco nervioso,
como siempre. La muñeca está tumbada en el tresillo.
Mamá está sentada a su lado. «Adelante, cariño, tu muñeca
está lista», me dice con una enorme sonrisa. «Y cuidala,
que ya sabes que se te rompen muy rápido. ¿Quieres que
te prepare ya la merienda?».
Le acaricio el pelo. Lo tiene muy suave. Y huele muy
bien, como mamá. Antes de cogerla en brazos y llevarla a
mi habitación, le cuento a mamá el nombre que he inven-
tado. Mamá me felicita y me da un gran beso. «Ahora
déjame descansar un ratito, cariño. Pásalo muy bien con
Carmila. Seguro que seréis buenos amigos».
INVASIÓN
Carmila pesa muy poco. Mejor. Cuando se rompa, será
Fácil tirarla. Mamá ya está un poquito vieja y no es bueno
- que cargue pesos. Mamá me explicó que las muñecas rotas
ay que tirarlas en un sitio especial. Como yo no puedo
bajar a la calle, al menos mo deja que la ayude a prepa-
zar las bolsas. «Mete trocitos pequeños en cada una, hijo,
como ya te he enseñado», me insisto siempre. Me pone
am poquito triste ver así a las muñecas, pero como ya no
“guedo jugar con ellas, sé que eso es lo mejor. Y que muy
«pronto tendré una nueva para seguir jugando.
Hoy mamá no me ha despertado. Es muy raro. Lo que
más me gusta (aparte de mis muñecas) es que mamá venga
todas las mañanas a despertarme. Lo hace muy delicada-
“mente. Primero me da un besito en la mejilla y después,
con voz muy dulce, me dice: «Despierta, hijo, que ya es un
nuevo día, a levantarse, perezoso». Yo la escucho abrazado
a mi muñeca y me siento muy feliz. Pero hoy no ha venido.
Dejo a Carmila sobre la cama y voy a la habitación de
mamá. Está tumbada en el suelo. Lleva puesto el camisón
con el que siempre duerme. Tiene los ojos cerrados. La
“llamo flojito, para no asustarla, pero no se despierta. Me aga-
cho y le digo al oído: «¡Mamá, mamá, despierta!». Pero no
pasa nada. ¿Cómo puede estar tan dormida? Quizá duerme
así por lo cansada que estaba ayer. Mejor me espero. Así
- puedo volver a la cama y jugar con Carmila un ratito más
- antes de desayunar. Mamá nunca me deja hacerlo: «Pri-
“mero, el desayuno; ya jugarás después, hijo. Todo a su
- tiempo».
Espero y espero pero mamá no viene a hacerme el desa-
A yuno. Cojo una galleta y voy a su habitación. Mamá sigue
T 82 l
ar a ANA
tumbada en el suelo. «Despierta, mamá, despierta, por
favor». La agarro por los hombros. Su cabeza se balancea
de un lado al otro pero no abre los ojos ni dice nada. No
sé qué hacer. Mamá me dijo que nunca saliera a la calle.
La cojo en brazos y la meto en su cama. Pesa tan poquito
como Carmiía. La tapo con la manta para que no coja frio.
Hace ya dos dias que mamá no se mueve. Hoy la he
sacado de la cama, le he peinado sus largos y bonitos cabe-
llos y le he puesto uno de sus vestidos preferidos. Después
la he sentado en el tresillo junto a Carmila. Le explico que
estos días me he hecho yo la comida y la cama y que me
lo he pasado muy bien haciéndolo, pero que me gusta más
cuando es ella la que cocina. Como no puedo engañar a
mamá, también le cuento que Carmila se me ha roto.
Mamá no dice nada, pero sé que me perdona. Entonces
le digo que como ella no podrá ir a buscarme una muñeca
nueva, que no se preocupe, que seguiré jugando con Car-
mila aunque esté rota. Todavía se pueden hacer buenos
juegos con ella.
Y también contigo, mamá. Es muy bonito volver a jugar
contigo como cuando era pequeñito, cuando tú hacías de
muñeca y yo tenía que peinarte y vestirte.
Los tres juntos lo vamos a pasar muy bien. Y esta vez
prometo ser muy cuidadoso.
pss |
Lomba zo.
Cuevro 7
AE
Sunaces Cuento: LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO
atras:
Autora: Mariana Enríquez
La ¡imera fue la chica del subte Había quien lo discutía o, al menos,
discutía su + Icance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola.
Eso era cto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren
subterráne:¡ de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable.
Tenía la « $a y los brazos completamente desfigurados por una quemadura
extensa, e ¿apleta y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado
recuperarse. los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y
una nariz : ¿simeamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco
de piel, y + cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por
telarañas. 1 la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el
efecto más! ;1ra: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado.
Tampoco ¡ibía alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un
poco sucis' de manipular el dinero que mendigaba.
Su : «ótodo era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un
beso si no ¿an muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara
, hasta cor un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose
mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los
brazos, y £ lalo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba
con los de >s mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un
tajo. inclu: ¿ había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya
conocían e: método y no querían el beso de esa cara horrible.
La ¿tica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas
transparez ¡es, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y
cadenitas volgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba
inexplicak- ¿mente ofensivo.
Cuz ido pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para
cirugías p ¿sticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía.
Pedía par. sus gastos, para el alquiler, la comida -nadie le daba trabajo con la
Calico pelao, irrena
LAN la,
cara así, ni siquiera en puestos donde no hiciera falta verla. Y siempre, cuando
terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había
quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él No
tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo.
Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras
dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía
hablax, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo
que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en medio de una pelea
y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada.
—Y le creyeron -sonzeía la chica del subte con su boca sin labios, su boca
de reptil—. Hasta mi papá le creyó.
Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.
Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el
silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué
asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.
A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero
ella había introducido la idea en su femilia, creía Silvina. Fue una tarde de
domingo, volvían con su madre del cine -una excursión rara, casi nunca salían
juntas-. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando
terminó, agradeció y se bajó en la estación siguiente, No le siguió a su partida el
habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de
veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad;
también hacía chistes. Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y
gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón
hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse —aunque el vagón se sacudía
le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y
profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su
madre no respondió, mi al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que
dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden
silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo no bien las puertas
se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina
estaba poco entrenada y se cansaba enseguida —correr le daba tos=, y su madre
ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo supieron
hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón;
se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la
policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo,
Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años
que no la veía tan feliz.
como siempre—, y
Hic+on falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que
llegaran l¿ hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre
todo, era - icantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e
ingerma, [ co tenía respuestas inteligentes y audaces y por eso también se hizo
famosa. M' ¡lio famosa. Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con
Mario Por: +, el 7 de Unidos de Córdoba, un club de segunda división que había
llegado he “hicamente a primera y se había mantenido entre los mejores durante
dos tornec. gracias a un gran equipo, pero, sobre todo, gracias a Mario, que era
un jugado: ¡extraordinario que había rechazado ofertas de clubes europeos de
puro leal - ¿unque algunos especialistas decían que, a los treinta y dos y con el
nivel de ¿¿mpetencia de los campeonatos europeos, era mejor para Mario
convertirs. an una leyenda local que en un fracaso transatlántico—. Lucila parecía
enemorad: y, aunque la pareja tenía mucha cobertura en los medios, no se le
prestaba é' masiada atención; era perfecta y feliz, y sencillamente faltaba drama.
«1 mejores contratos para publicidades y cerraba todos los desfiles;
06 un auto carisimo.
El (ama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del
departams +to que compartía con Mario Ponte: tenía el 70 % del cuerpo quemado
y dijeron «¿e no iba a sobrevivir. Sobrevivió una sernana.
Silv:ta recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la
oficina; él '; había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le
había vaci: lo una botella de alcohol sobre el cuerpo —ella estaba en la cama- y,
después, Y ¿bía echado un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó
arder unc: «minutos y la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia.
Dio, comu: 2] marido de la chica del subte, que había sido ella.
Por: 'so, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les
aba Silvina mientras esperaba el colectivo —no usaba su propio auto
taba a su madre: la podían seguir—. Creían que estaban protegiendo
asus hom Tes, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían
decir la ve! itad; costó mucho concebir las hogueras.
Ahr:sa que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir
ni cómo e: tenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Eso
no
servía. Un. ¿vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte
a comer. .¡ pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una
sonda. Sí, «210 no pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el
suero. Nadie puede vigilarte veinticuatro horas al día, la gente duerme. Era
cierto. Esa compañera de colegio se había muerto, finalmente, Silvina se sentó
con la mochila sobre las piernas. Se alegró de no tener que viajar paradÉ Siempre
temía que alguien abriera la mochila y se diera cuenta de lo que cargaba.
Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las
hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios
y revistas y radios y televisión y donde pudieran hablar, era tan complejo
informar, decían, porque por un lado había que alertar sobre los ferninicidios y
por otro se provocaban esos efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios
entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo
el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte (por lo demás el héroe
de muchos), pero también con ácido, y en un caso particularmente horrible la
mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían en medio de una ruta por
alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y su madre recién se movilizaron --
sin consultarlo entre ellas— cuando pasó lo de Lorena Pérez y su hija, las últimas
asesinadas antes de la primera hoguera. El padre, antes de suicidarse, les había
pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No
las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital para tratar de visitarlas
o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también
la chica del subte.
Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas
edades, ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del
subte y sus compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras
asentían y aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal:
Ai siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de
las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza
nueva.
La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras
cuando se retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años; a
Silvina la sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la
vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA, DE QUEMARNOS. Ella
también se quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin dormir. Sus compañeros
ni estaban enterados de la quema de la madre y la niña. Se están acostumbrando,
pensó Silvina. Lo de la niñita les da un poco más de impresión, pero sólo eso, un
poco. Estuvo toda la tarde mandándole mensajes a su madre, que no le contestó
2: parta de pu”
ninguno. “sa bastante mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se
alarmó. Pé: la noche, la llamó a la casa y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la
puerta de ospital? Fue a buscarla, pero las mujeres habían abandonado el
campamer >. Quedaban apenas unos fibrones tirados y paquetes vacios de
galletitas, : e el viento arremolinaba. Venía una tormenta y Silvina volvió lo más
rápido que pudo hasta su casa porque había dejado las ventanas abiertas.
La 1 ña y su madre habían muerto durante la noche.
Silv.:a participó de su primera hoguera en un campo sobre la ruta 3. Las
medidas d seguridad todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las
de las Muj. es Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí lo de aquella mujer
que se ha: ¡a incendiado dentro de su propio auto, en el desierto patagónico,
había sido en extraño: las primeras investigaciones indicaron que había rociado
con nafta «vehículo, se había sentado dentro, frente al volante, y que ella misma
había dad. al chasquido al encendedor. Nadie más: no había rastros de otro auto
-eso era ir: posible de ocultar en el desierto-, y nadie hubiera podido irse a pie.
Un suicidi., decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada
portodas: jas quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina,
estas cosa: ¿on de países árabes, de la India.
Se: yn hijos de puta; Silvinita, sentate le dijo María Helena, la amiga de
su madre, 1e dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad,
en el casce ile la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja— Yo no sé
por qué es: muchacha, en vez de contactar con nosotras, hizo lo que hizo, pero
bueno: a 1:mejor se quería morir. Era su derecho, Pero que estos hijos de puta
digan que * s quemas son de los árabes, de los indios...
Ma: : Helena se secó las manos estaba pelando duraznog. para una torta—
y miró a $: +rina alos ojos.
-La:* quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron,
Ahora no: quemamos nosotras. Pero no-nos vamos a morir: vamos a mostrar
nuestras c* atrices,
La ¿rta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había
sobrevivic) a su primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera
preferían : *ruperarse en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos
como el de ¿María Helena. Había otros, Silvia no estaba segura de cuántos.
—El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque
queremos y no nos creen. Por supuesto, no podemos hacer que hablen las chicas
que están internadas acá, podríamos ir presas.
Podemos filmar una ceremonia —dijo Silvina.
—Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.
—De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que
vaya hacia la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la
cara.
—¿Y sí distinguen dónde queda el lugar?
—Ay, María, la pampa es toda igual. Sila ceremonia se hace en el campo,
¿cómo van a saber dónde queda?
Asi, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación cuando
alguna chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena contactó con
ella menos de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la
ceremonia, a estar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces
todavía era bastante seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban
algunos camiones; podía escuchar música y tratar de no pensar. Én su madre,
jefa de otro hospital clandestino, ubicado en una casa enorme del sur de la ciudad
de Buenos Aires; su madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella,
que seguía trabajando en la oficina y no se animaba a unirse a las mujeres. En su
padre, muerto cuando ella era chica, un hombre bueno y algo torpe («Ni se te
ocurra pensar que hago esto por culpa de tu padre», le había dicho su madre una
vez, en el patio de la casa-hospital, durante un descanso, mientras inspeccionaba
los antibióticos que Silvina le había traido, «tu padre era un hombre delicioso,
jamás me hizo sufrir»). En su ex novio, a quien había abandonado al mismo
tiempo que supo definitiva la radicalización de su madre, porque él las pondría
en peligro, lo sabía, era inevitable. En si debía traicionarlas ella misma,
desbaratar
la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva? ¿Por qué
tenía que respetarlas?
La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara
de fotos: los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, y
tampoco quería comprar una por si la rastreaban. Filoó todo: las mujeres
preparando la pira, con enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego
alimentado con diarios y nafta hasta que alcanzó más de un metro de altura.
Estaban campo adentro una arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la
ruta—. El otro camino, a la derecha, quedaba demasiado lejos. No había vecinos
ni peones. Ya no, a esa hora. Cuando cayó el sol, la mujer elegida caminó hacia el
fuego. Ler mente. Silvina pensó que la chica iba a arrepentirse, porque lloraba.
Había eleg do una canción para su ceremonia, que las demás -unas diez, pocas-
cantaban: ¿Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. / Lo consume pronto, lo acaba sin
tocarlo.» E-<o no se arrepintió. La mujer entró en el fuego como en una pileta de
natación, « zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por
su propia: :oluntad; una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia. Ardió
apenas ve te segundos. Cumplido ese plazo, dos mujeres protegidas por
amianto 1 sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al hospital
clandestin:; Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.
Esa* pche subió el video a internet. Al día siguiente, millones de personas
lo habían sto. .os
Silv:*a tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital
clandestin: del suz; había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de
una mujer: «que gritaban «tene hijos, tiene hijos!»— descubrieron qué se escondía
detrás der. 1 casa de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia
para ancia: os. Su madre había logrado escapar del allanamiento —la vecina de la
casa era u: 1 colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y, al mismo tiempo,
distante, € mo Silvina-- y la habían reubicado como enfermera en un hospital
clandestin de Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que
la ciudad e 2 más segura que los parajes alejados. También había caido el hospital
de María. Melena, aunque nunca descubrieron que la estancia había sido
escenario + hogueras, porque, en el campo, no hay nada más común que quemar
pastizales :* hojas, siempre iban a encontrar pasto y suelo quernado. Los jueces
expedían :"denes de allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las
protestas, is mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle
caían bajo ospecha: la policía les hacía abrir el bolso, la mochila, el bal del
auto
cuando ely5 lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. El acoso
había side peor: de una hoguera cada cinco meses —registrada: con mujeres que
acudían as hospitales normalesse pasó al estado actual, de una por semana.
¿como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres
aban para escapar de la vigilancia más que bien. Los campos seguían.
nes y no se podían revisar con satélite constantemente; además todo
el mundo ne un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo
no iban a ' »jar pasar autos con más bidones de nafta de lo razonable? Eso era
todo lo ne: :sario, porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en cada lugar.
Y el deseo ¡1s mujeres lo Hevaban consigo.
No se va a detener, había dicho la chica del subte en un programa de
entrevistas por televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su boca de
reptil Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un
monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y
se prenden fuego y capaz que le pegan fuego al cliente también.
Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había
encargado antibióticos —Silvina los conseguía haciendo ronda por los hospitales
de la ciudad donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes—, tuvo
ganas de hablar con su ex novio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo
de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras,
que no se iba nunca, como no se iba el de la came humana quemada, muy dificil
de describir, sobre todo porque, más que nada, olía a nafta, aunque detrás había
algo más, inolvidable y extrañamente cálido. Pero Silvina se contuvo. Lo había
visto en la calle, con otra chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres
trataban de no estar solas en público para no ser molestadas por la policía. Todo
era distinto desde las hogueras. Hacía apenas semanas, las primeras mujeres
sobrevivientes habían empezado a mostrarse. Á tomar colectivos. A comprar en
el supermercado. A tomar texis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y
disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras
iluminadas
por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la
taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y
monstruas?
Silvina visitó a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre
habían temido que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban
inusitadamente bien. «Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras
las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No
lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La
educación en este país se fue a la mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren
saber.»
¿Qué quieren saber? —preguntó Silvina.
Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras.
—¿Y cuándo van a parar?
Ay, qué sé yo, hija, ¡por mí que no paren nunca!
< ¡a de visitas de la cárcel era un galpónitcon varias mesas y tres sillas
alrededor: ie cada una: una para la presa, dos para las visitas. María Helena
hablaba el: 7oz baja: no confiaba en las guardias.
—Al imas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la
caza de br: ¿as de la Inquisición.
—Es. -=s mucho -dijo Silvina.
Dé: ¡ende —intervino su madre-. Hay historiadores que hablan de cientos
de miles, «os de cuarenta mil.
Cu irenta mil es un montón murmuró Silvina.
—Er' ¿uatro siglos no es tanto —siguió su madre.
-H: tía poca gente en Europa hace seis siglos, mamá.
Silv ha sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena
abrió la bi ¡a y dijo algo más, pero Silvina no la escuchó y su madre siguió y las
dos muje: :s conversaron en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel, y
Silvina s Jamente escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no
sobrevivi in a una quema, la infección se las llevaba en un segundo, pero
Silvinita, 1, cuándo se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una
verdaderi lor de fuego.