Ludwig Wittgenstein
(1889-1951)
Wittgenstein es probablemente el filósofo de mayor influencia en la
filosofía angloamericana del siglo XX. Inicialmente se adscribe al
«atomismo lógico» de su maestro Bertrand Russell. Fruto de esta
influencia es el Tractatus, su opera prima, que dio lugar al «positivismo
lógico». Con sus Investigaciones filosóficas, publicadas después de su
muerte, volvió a revolucionar al movimiento analítico, dando lugar a una
nueva orientación de la filosofía analítica: la «filosofía del lenguaje
ordinario».
Probablemente, Wittgenstein sea entonces un caso único de pensador que
llegó a elaborar dos teorías del lenguaje con la intención de que la
segunda contradijera a la primera y la substituyera por dogmática, pero a
la vez confirmara paradójicamente su intención de fondo: ver con
claridad los límites del lenguaje para preservar la esfera de lo que queda
allende lo decible.
1. Primer Wittgenstein
El Tractatus logico-philosophicus (TLP) propone reducir el lenguaje a la
lógica, sosteniendo la tesis del isomorfismo: la idea de que la estructura
del mundo y la estructura de la lógica coinciden. Y, como se piensa a
través del lenguaje, al analizar al lenguaje en sus aspectos lógicos se
analizará también al mundo y a la mente.
Esta estructura isomórfica a mundo, lenguaje y pensamiento cumple la
misma función que las formas a priori de la sensibilidad, las categorías a
priori del entendimiento y las ideas regulativas a priori de la razón en
Kant. Por eso se ha sostenido con acierto la interpretación de que el TLP
aplica una vuelta de tuerca a la misma filosofía trascendental,
determinando ahora que lo verdaderamente a priori es el lenguaje, que
estructura al pensamiento y a la vez expresa la verdadera naturaleza de
sus límites. La crítica kantiana se convierte así en crítica del lenguaje. Es
lo que se ha dado en llamar «giro lingüístico» de la filosofía de la segunda
mitad del siglo XIX y del siglo XX.
En el TLP hay siete tesis centrales. La primera tesis parte del mundo y la
última concluye en lo trascendente. Por el camino nos encontramos con
el lenguaje, que comparte la estructura lógica del mundo y que convierte
al ser humano en límite del mundo. Al final, el silencio metafísico, la
ausencia de lenguaje con sentido, nos instala de lleno en la esfera de la
ética, de la estética y de la mística.
Las tres primeras tesis sostienen, básicamente, que el mundo, el
pensamiento y el lenguaje están constituidos a priori por la lógica, por la
misma estructura lógica. La mente puede conocer al mundo porque es un
aparato lógico decodificando una estructura lógica.
La cuarta tesis, por su parte, afirma que una deformación habitual en el
lenguaje que usamos cotidianamente a veces nos nubla ese hecho del
isomorfismo lógico que rige al mundo y a la mente, por lo que es tarea del
filósofo crear un lenguaje formal ideal que elimine todos los errores,
vaguedades y ambigüedades del lenguaje cotidiano.
En la quinta y sexta tesis, Wittgenstein arremete contra la pretensión
metafísica de creer que se puede conocer lo que está fuera del mundo (y
en este caso, lo que también está fuera del lenguaje). Wittgenstein
confiesa aquí su filiación empirista, pues asegura que sólo puede ser
verdadero aquel pensamiento que tenga una correlación concreta, física y
sensible en el mundo.
Por ello, en la última tesis, se afirma que de aquello de lo que no se puede
hablar, es mejor callar. Esto significa que lo que es metafísico -Dios, el
Bien, la Belleza, etc.- no puede ser discutido sin caer en el sinsentido, ya
que, para Wittgenstein, sólo tiene sentido lo que es lógico, y sólo es lógico
lo que al mismo tiempo está en el mundo y en el pensamiento.
Esa última proposición no significa que Wittgenstein rechace lo
metafísico, sino que significa, solamente, que de ello no se puede hablar
de un modo válido. Cada cuestión metafísica debe ser abordada de modo
personal por la persona que tenga la inquietud de enfrentarse al misterio,
o abandonada si no se aspira más que a una vida mundana.
2. Segundo Wittgenstein
Al regresar a Cambridge en 1929, Wittgenstein ya estaba convencido del
carácter dogmático del TLP. Ahora admitía que es un error querer
encontrar algo oculto como una estructura lógica en el lenguaje: siempre
nos movemos en el ámbito de la gramática de nuestro lenguaje ordinario,
de manera que permanentemente tenemos ya ante los ojos todo lo que se
precisa para explicarlo. Ninguna supuesta lógica subyacente puede dar
cuenta del lenguaje mejor que el lenguaje mismo. Lo único que se precisa
es exponer las reglas de uso de palabras y expresiones tal como de hecho
actúan en la vida cotidiana del lenguaje.
De ese modo para Wittgenstein la lógica pierde el trono de lo
trascendental: existen otras condiciones a priori de significatividad que
no se hallan en la estructura lógica del lenguaje, puesto que el juego de la
lógica es uno más entre todos los otros.
El lenguaje encuentra su razón de ser en el seno mismo de los diversos
contextos comunicativos y de las reglas de uso de las palabras en dichos
contextos. El lenguaje, por lo tanto, deja de ser medida lógica de la
realidad.
La pretensión de crear un lenguaje formal ideal es abandonada por la
observación y descripción de las diferencias esenciales, los usos diversos
y las reglas de cada juego lingüístico.
Si el TLP había establecido que el pensamiento es lenguaje, cosa que en
cierto sentido aún salvaba al pensamiento en la esfera de la lógica, ahora
Wittgenstein cree, en cambio, que no había ido suficientemente a fondo y
que debe decir que el lenguaje es uso gobernado por reglas, o sea, que no
es pensamiento, pues las reglas son fruto de convenciones sociales y de
transformaciones históricas, cosas ambas tan contingentes y casuales
como los hechos de que consta el mundo según el TLP.
En las Investigaciones filosóficas explica esta nueva concepción del
lenguaje.
Aprender el significado de una palabra consiste en aprender una forma
de conducta. Utilizar palabras y construir enunciados para nombrar y
juzgar no consiste en expresar pensamientos o representaciones mentales
de la realidad. El sentido y la comprensión del lenguaje ya no radica en
estos elementos psicológicos, ni en su supuesta estructura lógica, sino
que se trata de juegos de lenguaje.
Aquí se encuentra la clave de la nueva concepción del lenguaje de
Wittgenstein: la noción de juego aplicada al lenguaje. Así como existe una
gran variedad de juegos en general, igualmente hay una multiplicidad de
clases de juegos de lenguaje. Comprender, pues, una expresión equivale a
conocer su función en el seno de un juego de lenguaje.
Pongamos un ejemplo: la frase «escucho a la sirena» no tiene un
significado único, sino miles, pues puede ser usada en una conversación,
en un poema, en un chiste, en una descripción científica, en una orden,
etc. y en todos las situaciones tendrá un sentido adecuado al contexto.
La noción de juego de lenguaje es correlativa de la de formas de vida.
Ambas se hallan inexorablemente unidas y no es posible explicar una sin
referencia a la otra. Son las acciones sociales que llevamos a cabo con el
lenguaje, lo que hacemos siempre al hablar, en situaciones humanamente
comunicativas, o sea, significativas. Reiterémoslo: la teoría semántica ha
cambiado, puesto que el significado no es una cosa, sino un uso
socialmente regulado. Y explicar el significado pasa por describir la
actividad, el juego del que forma parte una expresión lingüística.
El lenguaje acontece, se juega, en el seno de una comunidad humana. Por
tanto, la misma apertura e historicidad de lo humano en general se
trasladan ahora al lenguaje. Siempre vivimos en la libertad de inventar
nuevas formas de comunicación que den lugar a nuevos juegos de
lenguaje, a nuevos significados. Aquí radica la convencionalidad social
del lenguaje. En conclusión, el lenguaje no sólo no determina la realidad,
y menos aún la vida, sino que vale más bien la relación inversa: es la vida
histórica y social la que determina el lenguaje. De la vida depende que el
lenguaje tenga sentido.