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The Sins of A Priest - Cassie Love & Amelia Gates

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ÍNDICE

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28

Manten el contacto
UNO

HARPER

Mi gigantesco pájaro plateado surcó el brillante cielo despejado, con sus


motores rugiendo como un león de turbina. La luz del sol se reflejaba en su
enorme ala como un destello luminoso de relámpago diurno. Esos
fulgurantes destellos dolían a la vista, siempre, pero una pequeña molestia
no iba a impedirme mirar. Me encantaba observar los aviones. Mis pájaros.
Me hice visera con la mano, ajusté la cesta de guisantes y coles a la cadera
y mantuve el cuello levantado.
Era magnífico. No sólo el avión, sino la magia científica que mantenía
toneladas de metal en el aire, atravesando la atmósfera sin más esfuerzo que
un cisne en un lago. Este cisne en particular era un avión de Western
Airlines, como atestiguaba su cola azul y roja. A 747. Con capacidad para
una media de quinientas personas.
¡Quinientas personas!
Me resultaba casi imposible de comprender. Por eso los aviones no
dejaban de sorprenderme. Quinientos era casi toda nuestra población, y
pensar en nosotros, todos nosotros, sentados en un tubo metálico a miles de
metros de altura era una imagen que incluso a mí me costaba asimilar.
Pensar que los aviones eran pájaros era una tontería, por supuesto. Era
demasiado mayor para semejante locura. Sin embargo, no podía evitar
querer equipararlos a algo más mítico que aluminio y acero. Algún día
quiero escribir una historia sobre una criatura mitad metal mitad carne que
se abalance desde el cielo y arranque a los pecadores de nuestra tierra, los
lleve a lo alto de su nido y alimente con ellos a sus crías.
Sin embargo, no me atrevía. El que William encontrara algo escrito que
no estuviera de acuerdo con sus escrituras tenía oscuras consecuencias.
Tenía pruebas de esas consecuencias en mi cadera, donde su cinturón se
dibujaba sobre mi carne. Mi tejido cicatrizado parecía una marca, de las que
se ven en la piel del ganado. Cuanto más cerca del hueso más dolor, más
arrepentimiento. Según William, eso era lo que Dios quería. Yo tenía
entonces seis años y él había encontrado el poema que escribí sobre un
cuervo de una sola ala.
Diecisiete años después, la marca seguía siendo un recordatorio de que
nunca debía desviarme del camino de Su Evangelio. Con la pluma o con el
pensamiento, con ideas o con algo escrito en pizarra, todos los esfuerzos de
la mente deben servir al bien mayor. El nuestro era el bien mayor, y los
Pecadores, los que habitaban un mundo lleno de pecado y de acciones
inimaginables y deplorables, estaban destinados al reino de los infiernos.
Desde mi primera paliza, supuraba dentro de mi alma una sospecha de que
el evangelio de William podía estar basado en la mentira. ¿Qué clase de
Dios quería que las niñas sufrieran y lloraran? ¿Y cómo podía un mundo
pecador y deplorable crear cosas tan magníficas como los aviones?
El rugido del pájaro plateado empezó a desvanecerse, y lo observé hasta
que no fue más que un pequeño punto gris. Pensé en todas las personas que
transportaba. ¿Quiénes eran y adónde iban? ¿Eran felices, tristes, pecadores
o santos? ¿Se sentían solos o enamorados? ¿Le interesaría a alguno de ellos
un poema sobre un cuervo con una sola ala?
—¡Harper! —gritó Jessica con ese susurro áspero y fuerte que siempre
nos acompañaba cuando recogíamos los guisantes en el campo—. ¡Baja la
mirada, no sea que te vean!
Me volví para verla corriendo hacia mí, recogiendo los gruesos pliegues
de sus faldas en sus regordetes puños y luchando por no tropezarse mientras
maniobraba para atravesar los surcos y las crestas del campo.
—¿Quién crees que son, Jess? —pregunté cuando llegó a mi lado,
jadeante. Alcé más la vista, aunque mi pájaro, el avión, ya no estaba.
—Tienes que dejar de hacer esas preguntas —respondió, y echó un
vistazo a mi cesta. Estaba llena hasta la mitad. Las cabezas de col ayudaban
a rellenarla, pero mi cuota de guisantes era muy escasa—. Mira esto. No
hay ni la mitad de la cantidad que te asignaron.
—Mm. Lo más importante que hago es recolectar guisantes. Sin duda
debe haber algo más en la vida.
Arrugó la frente. Jessica Thomas, tres años menor que yo en edad, pero
cinco décadas mayor en espíritu, estaba cargada de tanto sentido común y
sensibilidad que sus hombros ya empezaban a caerse en una joroba de
viuda. Tenía los dedos encallecidos por los días que había pasado
confeccionando gorros y bufandas, patucos y mantas para que el mundo
exterior los encontrara encantadores y los comprara. Ése era el propósito de
Jessica en el Bien Mayor. Coser cosas para el mercado. No sabía si sentir
envidia o lástima por ella.
—Si hay más, podemos pensar en ello más tarde. —Sacó un puñado de
guisantes de su cesta y los puso en la mía—. Nuestro tiempo ahora mismo
es para dedicárselo los guisantes.
—¿Nuestro tiempo es para los guisantes? —Sacudí la cabeza—. Me
parece deprimente.
Las cejas de Jessica, antes fruncidas, se dispararon tanto hacia arriba
que pensé que saldrían volando.
—¡Harper!
—¿Qué? Si algo es tan absurdo que resulta patético, no encuentro razón
para no decirlo. Mientras lo diga aquí, en la intimidad de los guisantes, no
debería haber problema. ¿Qué opinas tú, Jessica?
Jessica frunció los labios, agrandó los ojos, luego se agachó y empezó a
arrancar guisantes anchos de la tierra con la velocidad de una cosechadora.
Si no fuera porque tal máquina era un invento de los Pecadores, el Bien
Mayor tendría una. Facilitaría mucho todo esto de recoger guisantes.
—Lo que yo piense y lo que me guste no tiene importancia —dijo
Jessica, dirigiéndose más a las raíces de los guisantes que a mí. Evitaba
todo contacto visual cuando estaba nerviosa. Y yo la ponía nerviosa. Bueno,
quizá no tanto yo como las palabras que dejaba escapar sin el filtro
adecuado.
Recogí mis propias faldas y me arrodillé a su lado. Nunca había sido
capaz de alcanzar la velocidad de la que ella era capaz, pero lo menos que
podía hacer era ayudarla mientras ella intentaba ayudarme.
—Lo que piensas y lo que te gusta, Jessica, son los asuntos más
importantes de todos. ¿Por qué debemos sofocarlos?
—¿Sabes lo que estás haciendo? Estás buscando problemas.
Perturbando la paz. Ya lo has hecho antes, Harper, pero pareces vocalizarlo
más cuanto más vieja te haces. Mi sugerencia es que mantengas los
pensamientos en tu cabeza, en ningún otro lugar.
Arranqué una vaina de guisante y cepillé sus raíces.
—¿Seguiremos siendo amigas si no lo hago?
—Eso dependerá de Dios. No de mí.
—Pero Dios no...
—Y antes de que digas algo blasfemo, por favor no lo hagas. Ya me
duele el estómago. —Agitó las manos hacia mi imperturbable hilera de
guisantes—. Recoge, recoge, recoge. Calla y recoge.
Jessica se secó la frente con el dorso de la mano y se concentró en su
trabajo. Mi trabajo.
—No es blasfemia creer que Dios quiere que pensemos por nosotros
mismos.
—Siempre y cuando tales pensamiento sean guiados por Su mano —
respondió—. Eso es lo que hemos aprendido, y eso es en lo que creemos.
Ahora, ponte con los guisantes, Harper .
Suspiré en voz alta y con un audible aire de decepción. Quería continuar
la conversación. Jessica me ignoró (como solía hacer cuando yo quería
iniciar un debate) y centró toda su concentración en su hilera de vainitas
verdes. No le gustaban los conflictos. Aportaba un interesante matiz a
nuestra amistad.
Mientras que Jessica era la personificación de la mujer del Bien Mayor,
sin hacer preguntas, con la mirada baja, la falda por encima de las rodillas,
vista pero no oída, yo era todo lo contrario. Intentaba mantenerme en la
línea, hacía todo lo posible por permanecer en el camino correcto y
estrecho, y aunque daba la impresión de ser una fiel abnegada, nunca fui
capaz de negar la «vocecita» dentro de mi alma. Si Dios me había dado esa
alma, también me había dado las preguntas que ella insistía en hacerme.
Por lo tanto, yo era un enigma andante y parlante. Nunca había sentido
que estuviera bien. Durante toda mi vida, siempre me sentí como si me
acompañara un gran signo de interrogación invisible. Desde luego, no era la
única en el Bien Mayor que cuestionaba la autoridad a la que se confiaban
nuestras vidas. Pero sin nadie con quien intercambiar ideas, con quien
debatir, con quien mantener una verdadera conversación, sólo me tenía a mí
misma. Yo, y un poder invisible que vivía más allá de donde volaban los
aviones.
Unas sombras de duda surgieron por primera vez en mi cabeza la noche
de mi sexto año, cuando recibí mi cicatriz. William humillaba a menudo al
demonio que sospechaba que vivía dentro de mí. Después de mi paliza
inaugural me enviaron al Santuario, la versión del Bien Mayor del
confinamiento solitario, donde incluso siendo una niña sabía que lo que
estaba ocurriendo estaba mal. Pasé tres días y tres noches buscando el
perdón. No recibía comida. El agua la distribuían en cantidades muy
limitadas y me la traían niños de mi edad. Debía servirles de advertencia
para que no se portaran mal, o mi destino sería el suyo.
Todo esto se hizo bajo la atenta mirada de mi propia madre. Se quedaba
de pie en la puerta, con las manos entrelazadas, rezando y murmurando
salmos y versículos mientras unas niñas aterrorizadas contemplaban cómo
bebía agua tibia de un oxidado vaso de hojalata. Sabía un poco a sal. Mi
madre rezaba por mi perdón y luego me daba con la puerta en las narices
cuando corría hacia ella porque quería volver a casa.
Bridget Quinn tenía un rango poco común en el Bien Mayor. Las
mujeres no aspiraban a título o reconocimiento, pues Dios le dijo a William
que eran inferiores y no estaban diseñadas para asumir responsabilidades.
William, por lo tanto, le dio la designación honoraria de «Buena Madre»,
por la única razón de que alguien tenía que hacerlo.
En mi mente, ella era el ganso líder y el resto de las hembras sus
polluelos descarriados. La seguían a todas partes, graznando y aleteando, y
aunque se doblegaba ante William en la intimidad de nuestra casa, parecía
disfrutar del falso poder que ella, la Buena Madre, ostentaba.
La obediencia era la primera lección que se enseñaba a las chicas del
Bien Mayor. Tras mi salida del Santuario, pasé la semana siguiente recluida
en mi dormitorio para contemplar la importancia del cumplimiento. Como
sólo tenía seis años, se entendía que la única manera de que alguien de mi
edad y sexo pudiera alcanzar una educación tan superior era completando
un libro especial para colorear. Un libro para colorear muy grueso. Coloreé
dibujos de mujeres pecadoras apedreadas hasta la muerte, ahogadas y
ardiendo en las llamas del infierno. No debía salirme de las líneas. Todos
mis lápices de colores eran negros, excepto uno rojo. Ese era el color de
Satanás. Lo usaba con moderación.
Mientras coloreaba en negro, oía a menudo las risas de los niños al otro
lado de mi ventana. La nuestra era la mejor casa de la comuna, era la única
con dos pisos enteros, y mi alcoba tenía una bonita vista que daba a los
huertos. Allí veía a los otros niños corriendo y jugando, el sonido de su
felicidad se elevaba hasta mi prisión grande y gloriosa, y yo anhelaba estar
allí con ellos, saltando a la comba y jugando al pilla-pilla. William dijo que
me dejarían volver a salir cuando aprendiera la lección.
Días después completé el libro de colorear, con los dedos doloridos y
acalambrados, y se lo presenté a William. Recité mis Avemarías. El Padre
Nuestro. Los versículos seis a diez del Evangelio del Bien Mayor. Él estaba
complacido.
Sin embargo, una vez reincorporada a nuestra sociedad, mis
compañeros me miraban como si fuera la peor manzana del barril y, si se
acercaban demasiado, lo que había de podrido en mí se les contagiaría.
Como si mi maldad fuera contagiosa.
No creía que fuera mala. Tampoco creía que un error fuera suficiente
para mantenerme en el ostracismo del resto de nuestra comunidad. Era sólo
un poema, después de todo. Y aunque lo quemaron el día que William lo
encontró, nunca olvidé sus palabras;
Pequeño cuervo, vuela lejos. Te quedarás arriba en los cielos. Volando
bien con una sola ala. A través de las nubes, canta, cuervo, canta.
Le recité ese poema a Jessica en su quinto cumpleaños. Los cumpleaños
no debían celebrarse, por supuesto, pues era un acto de gula egoísta. Pero
quería regalarle algo. Algo bonito, y que saliese de mi corazón. No era un
regalo prohibido, las palabras no podían envolverse en papel de regalo ni
atarse con un lazo, así que seguramente un poema estaría bien. Cuando
llegué a la parte de las nubes, se tapó los oídos y empezó a llorar.
Le prometí que no volvería a hacerlo.
Jessica depositó otro puñado de guisantes en mi cesta.
—Eso debería bastar —dijo, y se limpió las manos en el delantal de la
falda.
Sus guisantes y los míos, combinados con las coles, elevaron la cantidad
de mi cesta hasta la línea marcada. Menos mal. Media milímetro por debajo
de la cantidad requerida equivalía a seis azotes. Un milímetro equivalía a
doce azotes y así sucesivamente. Era una de las formas en que aprendíamos
aritmética.
—Reciba usted mi gracia, hermana —respondí, en el agradecimiento
tradicional de nuestra comunidad. Todas éramos hermanas, según las
enseñanzas. Fue una de las pocas lecciones que sí me gustaron.
—Las recibo y se las devuelvo —afirmó con una humilde inclinación de
cabeza—. Debemos irnos ya, Harper.
Jessica se puso en pie y ajustó la cesta contra su amplia cadera. Se
recogió un mechón de pelo bajo la cofia y miró al cielo.
Quería preguntarle si buscaba aviones. Quería hablarle de lo que
pensaba de los cielos y los dioses. Si el Bien Mayor era lo que se
autoproclamaba. Ella pareció intuirlo, haber sido mi amiga durante tanto
tiempo le daba cierta perspicacia, y giró sobre sus talones. Me llevaba tres
pasos de ventaja.
Volvimos a la cocina en silencio. Era una estructura grande, como un
granero, y en un momento dado, un comedor. Hace más de cien años,
Lyones Indiana era una auténtica ciudad ferroviaria con un almacén general,
una oficina de correos y un aserradero. Se rumoreaba que en un tiempo
hubo una taberna, pero cualquiera al que sorprendieran hablando de alcohol
era enviado al Santuario tras su correspondiente paliza.
Su estación era en el centro del pueblo y se transformó en iglesia
cuando el Bien Mayor se instaló aquí hace unos veinte años. No había
mejor elección para el lugar de culto que el edificio más grande del lugar.
Se nos permitió conocer los humildes comienzos de nuestra pequeño
pueblo, ya que, según William, Dios dijo «conoce tus raíces».
Personalmente, pensaba que era porque no podía ocultárnoslo. Igual que
no podía ocultar a su rebaño el mundo exterior y sus atrocidades. Por eso, a
la edad de dieciséis años, a las chicas del Bien Mayor se les enseñó de
primera mano por qué había que temer, compadecer y evitar el mundo
exterior.
Alquilaron un autobús, y a una docena de nosotras, con nuestras gruesas
faldas hasta los tobillos, redecillas para el pelo y delantales, nos trasladaron
a la ciudad de Gary. Gary, Indiana, era la meca más cercana de los horrores
que el hombre moderno se infligió a sí mismo. Las aceras estaban sucias y
llenas de basura. Había indigentes que vivían en camas de cartón y tiendas
de lona. Prostitutas y traficantes de drogas. Grafitis. Una nube de fatalidad
se cernía sobre aquel lugar y sobre todos los que tenían la mala suerte de
vivir allí.
Era la pesadilla de la miseria y la destrucción urbanas. Siempre nos
habían dicho que así era todo el mundo exterior. Y era aterrador. Más aún
cuando nuestro autobús se detuvo en un cruce del centro y nos dijeron que
nos bajáramos. La Buena Madre Bridget nos condujo alrededor de una
manzana y recuerdo que tuve que levantarme las faldas para pasar por
encima de un hombre dormido de piel oscura y pelo canoso. Tenía babas en
los pliegues de la barbilla, la ropa andrajosa y mugrienta y olía a orina y
heces. De su brazo colgaba una aguja hipodérmica rota.
Los gritos y silbidos nos seguían como los aullidos de una manada de
lobos rabiosos. Los hombres querían tocarnos. Los que no estaban
describiendo cómo meterían sus penes en nuestras vaginas pedían dinero.
Para heroína. Ninguna de nosotras sabía lo que era la heroína. La Buena
Madre Bridget nos explicaría más tarde que era una droga que la gente se
metía en las venas para olvidar que vivían en el reino de Satán. Cuanto más
consumían, más querían. Era su única forma de escapar del diablo.
Cuando llegamos al autobús, lo único que quería todo el mundo era
volver a casa y no abandonar nunca el sagrado recinto de Lyones. Todas las
chicas lloraban, dobladas sobre sus Biblias y aferradas a los rosarios.
Rezaban a Dios y a WilliamWilliam para darles las gracias por ser tan
divinos y tan buenos como para salvarnos del infierno del siglo XXI. Mi
madre parecía extrañamente complacida por el trauma causado y, cuando
me miró, me aseguré de no apartar la mirada de la Biblia que tenía en el
regazo. No estaba dando las gracias, ni estaba llorando.
No podía concentrarme en las palabras. Ni en las oraciones. Agarraba
mi rosario como estaba prescrito, pero no podía recordar el orden en que
debía ejecutar las meditaciones. Era como si un poder superior quisiera que
mi atención se desviara a otro lugar. ¿Y quién era yo para negarme?
Mantenía la cabeza inclinada para que pareciese que estaba absorta en
las escrituras, con los ojos desviados hacia las aceras que pasábamos, la
basura, las tablas de contrachapado sujetas a las ventanas de casas y
negocios abandonados. Los pocos que permanecían abiertos eran librerías
para adultos, salones de masaje y una pequeña choza blanca que decía
vender pollo y gofres.
Mientras nuestro autobús se alejaba de los infames horrores de la
Novena Avenida, continuando su largo y arduo viaje de vuelta a la
autopista, se me cansó la vista. El tener que mirar de reojo durante tanto
tiempo era agotador, y estaba a punto de rendirme, de resignarme a creer
que debía «ver algo» —cuando el autobús se detuvo en un cruce. Su motor
retumbó al ralentí en este Hades de hormigón, y mis ojos cansados y
fatigados se abrieron de par en par cuando le vi.
Estaba en un póster, así que, por supuesto no era real, pero lo que sentí
moviéndose de mi corazón hasta mi alma sí lo era. Su cabeza estaba
inclinada, como la mía. Sus ojos, levantados hacia su frente, eran oscuros.
Siniestros y hermosos a la vez. Detrás de él, había una oscura puesta de sol
y relámpagos cayendo de un cielo tormentoso y carmesí. Se me entrecortó
la respiración cuando vi la cruz que llevaba al cuello. Sostenía una Biblia,
igual que la mía, pero la suya estaba agarrada con sus manos fuertes y
masculinas, como si fuera a partirla por la mitad. Su sotana ondeaba detrás
de él como una vela negra, con el cuello roto y sucio, pendiendo de un hilo,
dejando al descubierto la carne bronceada y musculosa de la parte superior
de su pecho.
Me invadió una oleada de calor que tenía estrictamente prohibido sentir
y que me enviaría directamente a las garras de Satán y todos sus demonios.
Si alguna vez, jamás, sentía un cosquilleo entre las piernas, debía
confesárselo a William y a su consejo inmediatamente. Soportar las palizas
sin derramar una lágrima. Que me encerrasen en el Santuario y rogar al
Señor por su misericordia, por su clemencia.
Jadeé, me tapé rápidamente la boca y fingí toser. Me limpié rápidamente
las mejillas para resultar más creíble y miré hacia la parte delantera del
autobús para asegurarme de que la Buena Madre Bridget no me estaba
prestando atención. Estaba absorta en el Antiguo Testamento y se hurgaba
la nariz con indiferencia.
Volví a mirar por la ventana, pero me di cuenta de que el cartel había
desaparecido. Otra cosa colgaba en su lugar: enroscado en los bordes, un
anuncio de algo llamado Power 103.3 y Non Stop Hip Hop.
El autobús se alejó. Retrocedió torpemente, con las luces parpadeando y
chasqueando más fuerte de lo debido mientras maniobraba hacia la rampa
de acceso.
Me sentí como si me hubiera abofeteado una mano invisible. Se me
formó un nudo en la tripa. Se me aceleraba la respiración, me sudaban las
palmas de las manos y la sensación de calor y placer que había sentido
empezaba a disminuir. No sabía si sentirme agradecida o decepcionada.
Ahora mismo no sabía nada.
Nos habían enseñado que sólo los hombres tenían epifanías, visiones
sagradas repletas de conocimiento y un propósito superior, una línea directa
de comunicación con nuestro Señor Dios que las mujeres simplemente no
eran dignas de recibir.
¿Era eso lo que acababa de sentir? ¿O había sido un capricho del destino
que el cartel volara de repente cuando yo no estaba mirando, revelando el
de la emisora de radio? Probablemente era el anuncio de una película
pecaminosa y horrible, o un libro igualmente impío. Ojalá pudiera verla.
Ojalá pudiera leerlo.
Me pasé el resto del viaje de vuelta mirándome las manos. Recordando
la imagen del hombre, guardándola en mi cabeza para poder evocarla
cuando quisiera.
Sus ojos, tan negros como la túnica que vestía. Su barbilla, cincelada y
cubierta de un tenue matiz de barba incipiente. El cuello rasgado, la carne
expuesta. La Biblia que estaba a punto de partir por la mitad. Era diabólico,
siniestro, y la cosa más hermosa que jamás había visto.
Me preguntaba si era el diablo.
Eso esperaba.
Durante los siete años siguientes me entretuve con su compañía en la
intimidad de mi dormitorio. Bajo mis sábanas de algodón, con la mano
entre las piernas, acariciándome los pechos, me lo imaginaba encima de mí.
Detrás de mí. Debajo de mí. Noche tras noche. Una noche gloriosa tras otra.
Gemía contra la almohada, me enseñaba a gritar en silencio.
El sexo era pecado. La masturbación, castigada con azotes. El número
de latigazos era directamente proporcional a la edad de la infractora. Si la
muchacha continuaba con sus crímenes de fornicación contra Dios y
William, la abrasarían con un atizador al rojo vivo entre los pechos, símbolo
de cómo le había roto el corazón a Jesús. Si una chica era demasiado joven
para tener pechos, la marca se haría cuando su pecho floreciera. Por lo
tanto, tenía algo de lo que preocuparse.
Hasta ahora, nadie había recibido tal marca. Pero siempre hay una
primera vez.
DOS

HARPER

Aparte de su sexismo rampante y su represión del Bien Mayor, Lyones no


tenía nada de siniestro o diabólico. Sólo una pequeña ciudad olvidada,
abandonada y dejada atrás. Fue explotada, masticada y luego escupida. Una
víctima de la apatía del mundo moderno. Al igual que los miembros de
nuestra sociedad. No es de extrañar que encajaran tan bien dentro de los
límites de Lyones. Estaban hechos el uno para el otro.
William la dirigía con una organización precisa y doctrinal. Él era el
elegido, el hombre mortal con una línea directa con Dios. Era como el
hermano de Jesucristo, a cargo de este rebaño en particular hasta el
momento en que Dios le dijo que renunciara y entregara el púlpito al
siguiente en la línea. A diferencia de Jesús, sin embargo, William fue lo
suficientemente inteligente como para no ser crucificado al final de su
mandato.
"Por esta generosidad, querido Señor, te damos gracias", dijo
dirigiéndose a la congregación reunida para la cena dominical. Estaba de
pie ante la mesa elevada de nuestro salón comunal, con los brazos abiertos
hacia el cielo. Llevaba una vestidura blanca y un fajín dorado sobre los
hombros. Seis hombres le flanqueaban, con las cabezas inclinadas en señal
de reposo, y sus túnicas eran de un tono cáscara de huevo. Sólo faltaba Da
Vinci para plasmar el momento en un lienzo.
"Te suplicamos que perdones nuestros pecados, y que a los que no
somos dignos de recibir este banquete nos concedas tu gracia y bondad".
Siempre sentía una punzada en el estómago cuando llegaba a esa parte.
Sabía que yo era uno de los indignos. Me lo recordaba a diario. Era un
peligro para mí mismo, me decía. El diablo no tardaría en saltar sobre mi
alma, ya que las personas con tendencias creativas y curiosas estaban
destinadas a la cosecha de Satanás. Por suerte para mí, yo era su hija. Él me
quería, insistía. Igual que Jesús amaba a la gente mala y horrible.
Considerando la forma en que pasaba las tardes, debía ser la persona
favorita de Cristo.
William se enorgullecía de mis propensiones blasfemas. Las que él
conocía, al menos. Mucho después de mi horrendo acto de poesía
espontánea, soltaba a sus fieles que Dios le había asignado la difícil tarea de
ser mi padre. Todo estaba predestinado según la voluntad del cielo. Por lo
tanto, yo le había sido dado por el Señor. Era sabido que William -y por
asociación, Bridget- eran muy, muy importantes. Yo era la cruz de toda la
vida que estaban destinados a llevar.
Una de mis responsabilidades como aquella cruz era que debía rezar
doce oraciones de redención cada mañana antes de que se me permitiera
desayunar. William y mi madre se daban el gusto de comer huevos y
salchichas, o gofres con mantequilla, a veces pomelos y tostadas gruesas de
masa madre. Todo ello mientras se me hacía la boca agua y refunfuñaba el
estómago. Oler el aroma de las mermeladas y los siropes ya era bastante
malo con el estómago vacío. Lo que más odiaba era escuchar el sonido de
sus cubiertos tintineando en los platos mientras yo me arrodillaba en un
rincón pidiendo perdón por pecados que no había cometido. Todos menos
uno, claro.
"Recemos", ordenó William, con su voz atronadora desde su tarima.
Levantó la cabeza hacia el techo, cerró los ojos y giró las palmas de las
manos hacia arriba.
Como siempre, le siguió el zumbido de tantas voces recitando en tono
monótono. Como siempre un coro rancio, trillado, sin música. Sin emoción.
Dieron su sagrada gratitud a Dios, a Cristo y a William.
Repetía las palabras para poder contemplar mis propias oraciones. Cada
vez, la imagen del maldito clérigo de Gary bañaba mi mente. Su rostro, su
piel, y no me atrevía a decirle nada a nadie sobre él. Ni siquiera a Jessica.
Le daría un ataque.
Las fantasías daban vueltas en mi cabeza. Mientras todos los demás,
expuestos a los horrores de la ciudad, del mundo, de la vida real, caían de
rodillas nada más bajar del autobús, suplicando a Dios que los librara de los
males profanos que presenciaban, yo le pedía más a Dios.
Él estaba feliz de complacerme.
Venía a mí en sueños. Llevaba vaqueros y blusas bonitas. Sandalias. Mi
pelo ya no estaba trenzado en trenzas implacables, sino que lo dejaba fluir
libremente hasta la mitad de la espalda. Llevaba de la mano al cura maldito,
pero ya no vestía la toga prescrita por la iglesia. De hecho, la mayoría de las
veces estaba desnudo de cintura para arriba. Levantaba la Biblia y me
miraba con sus ojos de ónice jaspeado. Yo asentía con la cabeza. Rompía el
Buen Libro por la mitad.
Abrí los ojos cuando la congregación concluía su última ronda de
agradecimientos y alabanzas. Aleluya, amén.
Los hombres fueron servidos primero. Sin embargo, ninguno debía
comer hasta que William diera el primer bocado. Nunca me pareció justo
que los que recogíamos la comida, la preparábamos, la servíamos y luego la
limpiábamos fuéramos los últimos en comer. Sin embargo, así eran las
cosas. Todos los del Bien Común que no habían sido bendecidos con
órganos sexuales en el exterior se sentaban al fondo de la sala. Incluso mi
madre, aunque tenía una silla en la cabecera de nuestra mesa. Vio cómo su
marido se persignaba, se besaba los labios y comía.
Cogió el cuchillo y el tenedor, una señal tácita para que comiéramos.
Miré mi plato. Una loncha de falda, una tostada. Un puñado de
guisantes. Al otro lado de la mesa, Jessica arrancó la corteza de su rebanada
de pan y la dejó a un lado. Se la guardaría para más tarde, para dársela a los
pájaros después de fregar los platos y rezar las oraciones de la noche. Era lo
único que le hacía ilusión hacer: repartir cortezas de pan a una bandada de
gorrioncillos desgarbados. Cuanto más pensaba en ello, más triste me
resultaba.
¿"Harper"? ¿Te encuentras bien? preguntó Bridget, mirándome con lo
que podría interpretarse como una preocupación maternal.
"Hay..." Empecé, pensando que el trozo de carne que tenía en el plato
era lo más triste que había visto nunca, que la única alegría de mi mejor
amiga eran unos segundos esparciendo tostadas rancias a los pájaros y que
estaba enamorada de un hombre imaginario.
"¿Sí?"
Sus ojos estaban puestos en mí. Los ojos de todos estaban puestos en
mí. Todos los ojos en nuestra mesa, de todos modos. La que estaba regulada
al fondo.
Sostuve la mirada de mi madre y no sabía si sería capaz de decir mis
siguientes palabras. Hasta que mi hombre imaginario asintió con su
aprobación en lo más recóndito de mi corazón.
"Bendíceme, madre, porque he pecado", pensé. "Y me ha gustado".
Dejé el cuchillo y el tenedor y me aclaré la garganta.
TRES

ROMAN

—...«Padre, he pecado contra el cielo y ante tus ojos. Ya no soy digno de ser
llamado tu hijo. Hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino
a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a
misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó».
Monseñor Sheehan colocó los dedos sobre la Biblia con solemnidad
prescrita, contemplando las palabras según San Lucas, y luego levantó los
ojos llorosos hacia la congregación. Yo estaba muy al fondo, había tenido la
suerte de sentarme justo detrás de un caballero alto y larguirucho que olía a
tabaco de pipa, y me había convencido de que Sheehan no podría verme. Su
vista ya no era lo que era.
—La reacción de su padre ante el regreso de su hijo implica que tenía la
esperanza de que hiciera precisamente eso: volver a él.
Ahogué una risita. Puse el puño bajo la nariz y observé a monseñor
escudriñar a su rebaño. Sheehan tenía raíces teatrales y siempre nos
enseñaba a dirigir la mirada hacia la parte trasera de la iglesia. Traten de
evitar el contacto visual, diría. No los incomodes haciéndoles creer que les
hablas directamente. Les pone nerviosos. Y nosotros estábamos aquí para
consolar. No para angustiar.
El hombre que tenía delante se movió hacia la izquierda. Intenté seguir
su movimiento, esperando que no pareciera que lo hacía a propósito. Me
incliné hacia la izquierda, apoyando el codo en el reposabrazos.
—Y así fue como el hijo no tuvo tiempo de terminar su ensayado
discurso. El que había practicado en tantas ocasiones. El padre llamó a sus
criados para que vistieran a su hijo con una túnica fina, un anillo y
sandalias, y sacrificaran un ternero cebado para la comida de celebración.
¿No podemos deducir que el hombre estaba encantado con el regreso de su
hijo menor? ¿A pesar de los pecados que había cometido?.
La congregación murmuró sus acuerdos indescifrables. Algunas cabezas
asintieron, incluida la mía, y deseé que mi camuflaje de delante volviera a
su posición. Me sentía expuest así, incluso con la cabeza gacha y disfrazado
con lo que debía de ser el traje de poliéster de tres piezas más incómodo, y
feo, que ofrecía el Ejército de Salvación. Una raya diplomática verde
vómito con coderas amarillas. Era como llevar puesta una lata de sopa de
guisantes.
—Nadie estaba más perplejo que el hijo mayor del padre, que estaba
trabajando en el campo, y cuando oye los ruidos de la celebración, y le
hablan del regreso de su hermano menor, no se siente impresionado. De
hecho, se enfada. Mucho. En realidad, no podemos culpar al hijo mayor por
tal reacción. Después de todo, su hermano se fue a vivir una vida de lujuria
y gula, se gastó todo su dinero y luego volvió arrastrándose hacia ellos, ¿y
su padre está contento por ello? Eh, ¿está de broma? Es como, qué coj ...
bueno, ya se hacen una idea.
Una pequeña oleada de risas recorrió la parroquia, como siempre que el
Monseñor Sheehan, de la vieja escuela, se atrevía a hablar como la «gente
moderna». Yo mismo estuve a punto de sonreír, hasta que el tío de enfrente
se inclinó hacia delante, rebuscando en el banco que tenía delante, en busca
de un sobre para donativos. Creo que dejé de respirar.
Mi asistencia aquí hoy, cualquier día, en realidad, era en sí misma un
pecado, y mi presencia aún más. Si Monseñor Sheehan miraba en la
dirección equivocada en el momento equivocado, se olvidaría de su
entrenamiento escénico. Y con Dios como testigo, no quería distraer su
sermón. De hecho, echaba de menos estas cosas. Y esta siempre había sido
una de mis parábolas favoritas.
—¡Este hombre es un pecador! —gritó Sheehan, y el corazón se me
subió a la garganta. Luego señaló a un hijo pródigo invisible a su derecha.
Imaginé que mi pulso volvería a la normalidad en algún momento después
del almuerzo.
—O sea, ¡ya te vale, papá! ¡Mi hermano ha despilfarrado tu dinero en
prostitutas! ¡Vino y placeres de la carne! Te he servido durante años, nunca
he desobedecido un mandamiento. Sin embargo, nunca me diste una cabra
para que pudiera celebrarlo con mis amigos. Ahora vuelve a ti, ¿y matas el
ternero cebado por él?.
Entendí muy bien el razonamiento del hijo mayor. Del mismo modo,
comprendí por lo que estaba pasando el hijo menor. La parábola continúa
explicando que el padre lo celebró porque el hijo menor había regresado, en
cierto modo, de entre los muertos y era necesaria una celebración.
Hacía más de seis meses que no iba a la iglesia. Iba en contra del
derecho canónico. Dudaba mucho, por tanto, que alguien fuera a sacar
pronto los terneros cebados y los sombreros de fiesta. Una vez terminada la
misa y cuando nos dijeron que el Señor estaba con nosotros y que podíamos
irnos en paz, Sheehan me vería de todos modos. El asiento del pasillo era el
único que quedaba gracias a todos los católicos de Pascua que querían pasar
la Cuaresma, y estuviese el tío alto y larguirucho que tenía delante o no, el
Monseñor lo sabría.
Monseñor Sheehan volvió su mirada al Buen Libro y leyó:
—Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque éste, tu
hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido
hallado.. —Sonrió y miró hacia el fondo de la iglesia. Justo cuando el Señor
Alto y Larguirucho se sentó erguido, habiendo encontrado el sobre que
buscaba. El Señor, en efecto, obra de maneras misteriosas.
—Podemos concluir que el padre del hijo, que es un representante de
Dios, demuestra a su hijo mayor que su amor por ambos hijos no depende
de su perfección, sino de su voluntad de volver a Él con el corazón roto y el
espíritu arrepentido.
Miré directamente al cuello del tipo y contemplé el lunar de forma
extraña que tenía en la nuca. Puede que tuviera el corazón roto, pero mi
espíritu sentía todo lo contrario a arrepentimeinto. No podía decir que
estuviera necesariamente orgulloso de mis actos, pero atestiguaría de aquí a
la eternidad que nunca me retractaría de lo que había hecho.
El delicado tañido de las campanas del altar me sacó de mi viaje por los
recuerdos. Terminado el sermón, el Monseñor seguía con el ceremonial de
la Consagración, colocaba pequeñas hostias en las lenguas extendidas de los
confesos y, mientras los que me rodeaban participaban del cuerpo de Cristo,
yo permanecía de rodillas. Las manos juntas en humilde reposo, la cabeza
agachada hasta el punto de acalambrarme, y rezando por bendiciones y
perdón. Sí, por lo que había hecho. Y por lo que iba a volver a hacer.
Amén.
Se hicieron los anuncios de la comunidad, se rezó especialmente por el
concejal Edgar Tubbs y su próxima operación de vesícula biliar, mientras
los ujieres participaban en la gran tradición de pasar el plato de las
ofrendas. La forma en que lo hacíamos, la forma en que lo hacen, en Saint
John's siempre me ha parecido un poco desagradable. Los fieles
seleccionados se colocaban al final de los bancos, con sus cestas sujetas al
extremo de postes de tres metros, guiándolas delante de cada uno del mismo
modo que un cuidador de zoo puede alimentar a una fila de chimpancés
poco fiables. Las monedas y billetes caían en el suave fondo de terciopelo
junto a sobres con la imagen impresa de Saint John, su nombre y dirección
en el anverso. Los adoradores más descarados arrojaban cheques desnudos.
Una vez sugerí colocar un lector de tarjetas de crédito en el lateral de la
cesta. Más que nada por una cuestión cómica, en parte por una cuestión
práctica y moderna, pero nadie más en el consejo le vio la gracia. Ni la
utilidad. Como la mayoría de los ayuntamientos tradicionales, no abrazaban
precisamente la tecnología. Incluso si significaba una gratificación
financiera instantánea.
La acomodadora llegó a mi fila y me puso delante su cesta. Metí mi
propio sobre, dirigido personalmente al monseñor Sheehan, sin dejar de
agachar la cabeza y con los ojos fijos en los dedos entrelazados. Dentro
había un billete de cien dólares, envuelto en una nota sólo para los ojos de
Sheehan. Era la única manera que se me ocurría de hacérselo llegar. Toda
correspondencia mía con la iglesia o cualquiera de sus miembros estaba
estrictamente prohibida.
Era un riesgo, pero había rezado mucho al respecto. A pesar de todas las
prohibiciones oficiales y graves a las que ahora estaba sometida, seguía
estando bien que hablara con Él. Y aunque no lo estuviera, no podrían
impedírmelo.
La congregación se puso en pie.
—El Señor esté con vosotros —dijo el monseñor.
—Y con tu espíritu —respondió la congregación. Incluida yo.
—La misa ha terminado. Id en paz.
Ya veremos, pensé.

—¿QUIERES patatas fritas con eso? —preguntó el chico del mostrador.


—No, gracias. Pero, ¿podrías darme un poco de agua, por favor?
Me echó una mirada, aparentemente disgustado por mi falta de ganas de
un acompañamiento grasiento y me entregó un diminuto recipiente de
plástico. Parecía un vaso para muestras.
—No tengo que mear aquí dentro, ¿verdad?
La broma no me salió bien. Probablemente lo habría oído un millón de
veces antes, ahora que lo pienso.
—Ya no se pueden dar vasos de tamaño normal para el agua —explicó
—. La gente se rellena los refrescos en ellos.
—Ah. Bueno, deberíamos añadir un octavo pecado a la lista de los siete
actuales, ¿eh?
Me respondieron los grillos. La mirada perdida que me dirigió
expresaba sus sospechas de que la comedia no era lo mío. Puso los ojos en
blanco y fue a prepararme el bocadillo.
Me ajusté la mochila al hombro, recogí la maleta y llevé mi vaso de
muestras a la máquina de refrescos. Lo llené hasta la línea de dos puntos y
medio.
Madre mía. De verdad que era una copa de muestra.
Me senté en una mesa con buena vista a la calle e intenté no parecer que
estaba esperando a alguien. No es que importara. A esas horas, el único
cliente que había en aquel elegante establecimiento era un viejo y marchito
vagabundo que se metía en los bolsillos cucharas para el café de plástico y
comía sobres de azúcar.
Francamente, no creía que Sheehan fuera a aparecer. Y, siendo
totalmente sincero conmigo mismo, no le culparía. Lo conocía desde que
estudiaba en el seminario, y si bien él minimizaba el hecho de que le
agradaba la idea de que alguien como yo se convirtiera en sacerdote, otra
parte de él seguía sospechando. Acabé dándole toda la razón.
El primer día que me conoció, no pudo ocultar el destello de inquietud
que cruzó su rostro. La chaqueta de cuero, el pelo largo, llevaba un
pendiente en ese entonces, y aunque mi camisa de manga larga ocultaba mis
tatuajes, yo sabía que él lo sabía. Debo decir que la Iglesia católica había
empezado a evolucionar, especialmente con nuestro nuevo y moderno Papa
al mando. Sin embargo, los jóvenes que entraban en el sacerdocio tendían a
parecerse a miembros de clubes de ajedrez y equipos de lacrosse. Los
chicos de oro de la Ivy League. Representantes impolutos de la genética
caucásica más pura, sin un solo pensamiento sucio sobre mujeres o drogas
que contaminara sus mentes. El pelo rojo valía diez puntos extra tácitos.
El mío era oscuro y lo llevaba justo por encima de los hombros. Por
supuesto, se me indicó en más de una ocasión que lo mejor sería
recogérmelo (o mejor aún, cortármelo). Yo señalé que a todo el mundo le
parecía bien que el tío de la cruz llevara el pelo largo e indomable, así que,
con el debido respeto, era a mi alma a la que Dios había llamado a su
rebaño, no a mi pelo.
Además, los únicos requisitos reales para los aspirantes a hombre de
Dios eran ser varón y soltero. Y yo cumplía ambos. Estar sobrio y ser virgen
eran preferibles, pero no necesarios.
—Número treintay uno —anunció el chico a través del micrófono.
Un protocolo interesante. Aparte del vagabundo dormido sobre un
montón de sobres de azúcar usados, éramos los únicos aquí.
Supongo que Sheehan no iba a aceptar mi petición. Todo formaba parte
del plan de Dios, entonces, el hacer esto solo. Aparte del Padre y el Hijo,
por supuesto. Sólo nosotros, los tres santos amigos.
—Número treinta y uno —volvió a repetir la voz del chico, esta vez con
un claro tono de irritación.
Estaba a punto de levantarme, para aliviar al joven de mi presencia y de
mi bocadillo, cuando me detuve. El monseñor Sheehan estaba pagando mi
comida y llevándola hacia mi mesa. Pasó junto a mí, puso mi bandeja
delante del vagabundo y luego se sentó en una mesa justo enfrente. No me
miró a los ojos.
—Gracias, padre —dije.
Sacó su práctica Biblia de viaje. Fingió leerla.
—Una pregunta antes de empezar.
—Claro.
Miró por la ventanilla, a los pocos choches que pasaban a toda
velocidad.
—¿A qué venía el traje?
—Ya me conoces. No puedo decir que no a una buena oferta.
—¿Pero le dices que sí a un mal traje? Por cierto, era un disfraz
horrible. Si creías que podías engañarme con eso… —Sacudió la cabeza—.
Fue casi vergonzoso.
—¿Y los demás? ¿Lo sabían?
Se encogió de hombros.
—Hágase tu voluntad, Roman. Y tienes cinco minutos.
Cinco minutos eran cuatro más de los que pensaba que me daría. Asentí
para mis adentros y respiré meditabundo.
—Bendíceme, padre. Porque estoy a punto de pecar⁠—.
Sheehan se mordió el interior de la mejilla y pasó una página. Parecía
que estaba en algún lugar de Hechos de los Apóstoles.
—Han pasado seis meses desde mi última confesión.
—Esto no es una confesión formal, lo sabes.
—Ninguna confesión puede ser formal si viene acompañada de patatas
fritas.
Sheehan cerró su libro, giró sobre sí mismo y me miró fijamente. Por
encima de su hombro, me di cuenta de que el vagabundo acababa de
despertarse para encontrarse mi bocadillo delante de él. Levantó la rebanada
superior y le quitó el tomate.
—No sé si intentas hacerte el gracioso, hijo mío, pero corro un riesgo
muy grande al estar aquí, así que te agradecería que fueras al grano.
—No puedo decidir en qué categoría entra mi pecado. Sé en qué no
entra. Ni lujuria. Ni envidia. Y orgullo seguro que tampoco. Ni gula,
avaricia ni pereza.
—Lo que nos deja la ira. Igual que la última vez. ¿Responde eso a tu
pregunta?
—¿Cómo puede ser ira si está justificada?
Sheehan se tomó un momento. Observó cómo el vagabundo cortaba el
tomate con un cuchillo y un tenedor de plástico, le espolvoreaba un poco de
pimienta y le daba un mordisco extrañamente delicado. Cogió una servilleta
del dispensador y se secó las comisuras de los labios. Monseñor parecía
estar estudiando al hombre, pero yo sabía lo que estaba haciendo en
realidad. Rezaba a Dios que lo guiase un poco. Sheehan se persignó y
mantuvo la mirada fija en la deconstrucción de mi sándwich.
—Te estás preparando para volver a ser juez y jurado. Sea lo que sea lo
que estés pensando, tienes que darte cuenta de que el veredicto final no
depende de ti. Ese es el trabajo de Dios, y Él necesita que alejes tus
pensamientos de los pecados veniales y empieces centrarte en Sus
mandamientos. Los mandamientos, Roman. Pecados mortales. —Sheehan
clavó sus ojos en los míos—. ¿No estás de acuerdo?
—Por supuesto —respondí, y eché un vistazo a mi reloj. Mi vuelo salía
dentro de una hora—. Gracias, padre. Y gracias a Dios. —Me eché la
mochila al hombro y me levanté del asiento. Agarré la maleta y le guiñé un
ojo al monseñor—. No te preocupes. Nunca hemos tenido esta
conversación.
—La iglesia no podrá ayudarte esta vez, Roman.
—Tampoco sirvió de nada antes —dije, y me ceñí bien el cuello del
abrigo al salir del restaurante.
Me puse al volante de mi coche de alquiler y me di cuenta de que
Sheehan había aparcado su Volvo en el aparcamiento de enfrente. Un
hombre inteligente. Youngstown no era exactamente una ciudad pequeña,
pero tampoco era grande. La población era lo suficientemente grande como
para convertirse en una molestia, en caso de que quisieras mantenerte en
secreto.
Comprobé el estado de mi vuelo: sin retrasos ni patrones
meteorológicos que alteren los horarios, todo en orden. Genial. Estaría en
Chicago un poco después de medianoche. Una buena noche de sueño, un
montón de oraciones, y desde allí a Gary. Un viaje de tres horas en autobús
seguido de una hora, hora y media a pie me llevaría a Lyones, Indiana.
Donde vivía el diablo.
CUATRO

ROMAN

Una vez alcohólico, siempre se es alcohólico. No importa si no vuelves a


beber en toda tu vida. Sufres una enfermedad terminal. Una enfermedad. Lo
mismo puede decirse de la religión. Más concretamente, de la creencia en
un poder superior. No importa si no tienes nada en lo que creer el resto de tu
vida. Sufres una fe terminal. Igual que con una enfermedad, no puedes
evitarlo. Llama a tu droga de elección Dios, Buda, el Gran Espíritu, o lo que
sea. Sea cual sea el nombre de tu traficante espiritual, una vez creyente,
siempre se es creyente.
No me parecía mal. Hay adicciones peores. Pregúntale a mi madre.
Cuando estaba en quinto curso, ya sabía que la única razón por la que
me había tenido era para cobrar prestaciones del Estado. No es que yo viera
ninguno de esos beneficios. Se gastaba el dinero que el estupendo estado de
Ohio le concedía en alimentar su vicio, no a mí. Vivir con ella era como
vivir con una compañera de piso desinteresada. De vez en cuando, utilizaba
los cupones de alimentos para comprar comida de verdad (de vez en
cuando, encontraba cereales o queso en la cocina, que era un motel lleno de
cucarachas), pero la mayor parte del dinero que tenía se lo gastaba en
drogas y alcohol. Cuando se le acababa la asignación mensual del gobierno,
recurría al cajero automático que tenía entre las piernas.
Hubo una vez, justo antes de Navidad, que conté cinco tíos diferentes en
un día. Yo era todavía muy joven, pero sabía lo que estaba haciendo. Y en la
mente de un niño pequeño, pensé que ella estaba tratando de conseguir
dinero para comprar regalos de Navidad. Puede que incluso un árbol. Nunca
tuvimos árbol. Mi personaje de dibujos animados favorito era Optimus
Prime, de los Transformers, y la mañana de Navidad pensé que igual este
sería el año en que por fin me regalarían una figura de acción.
Nop. Sólo estaba mamá, desmayada en el salón, con la ropa interior
subida hasta el muslo, una botella vacía de Jack Daniels, un par de agujas a
su lado y una cucaracha que correteaba por su pie descalzo.
Jo, jo, jo.
Huí. Salí corriendo de aquel apartamento de mierda, con lágrimas
cayéndome por mi cara, era Navidad y aunque vivíamos en un barrio por
debajo del umbral de la pobreza, todavía se veían árboles en algunas
ventanas. Luces. Incluso el sonido de las risas y el olor de los desayunos y
mientras iba dando tumbos por la Avenida G, jurándome a mí mismo que
nunca volvería, que nunca perdonaría a esa mujer y que tal vez las drogas
eran de verdad la forma de salir de este agujero, fue cuando oí el coro.
Cantaban alabanzas al Señor, daban las gracias a los santos y a los
apóstoles. Tenían unas voces preciosas, un coro celestial que salía de una
pequeña iglesia en ruinas y, cuando entré, lo primero que vi fue al Jesús de
las vidrieras dándome la bienvenida a casa.
Sus brazos extendidos en la cruz y, nunca en mis doce años de vida
había experimentado el torrente de amor que me inundó aquel día. Sus ojos
se clavaron en los míos y juré que le oí decir;
—Todo irá bien, tío. Yo te cubro las espaldas.
Ahí empezó todo para mí.
Viniendo de lo más bajo del escalafón social, financiero, doméstico, o lo
que sea, debería haber terminado por convertirme en otra estadística. Con
un barrio con una alta criminalidad y una familia desestructurada, a los
diecisiete años era un candidato ideal para pasar de la escuela a la cárcel.
Pero Jesús me protegió. Así que pasé mucho tiempo en mi habitación cutre
y diminuta con el yeso agrietado y el suelo de parqué roto, escuchando
música rock cristiana y leyendo. Mi segundo libro favorito de todos los
tiempos era El exorcista, de William Peter Blatty. Sus sacerdotes eran unos
malotes. Cuando vi la película, Jason Miller como Damian Karras se
convirtió para mí en un superhéroe más que Dwayne «la Roca» Johnson en
cualquiera de las películas de Fast and the Furious. Me tocó la fibra
sensible, sin duda. La Biblia, por supuesto, era mi libro favorito número
uno. Resultaba reconfortante. Me asustaba y tranquilizaba. Era horripilante
y hermosa. Me encantaba el contraste.
Y también me gustaba Jesús. Y a Él le gustaba yo. Morir por los
pecados de todos fue su último acto de sacrificio. Yo lo apreciaba. Ninguna
otra persona haría tal cosa por mí, y me críe amándolo por ser mi amigo, mi
salvador. Él estaba conmigo dondequiera que fuera, y aunque mi vida
exterior era una mierda, por dentro yo era de oro. Me iba bien en la escuela,
de hecho, sacaba sobresalientes. Creo que era una especie de rebelión
inversa contra mi madre. Sentía lástima por ella. Me daba pena. Diría que
ella me odiaba por eso, pero nunca se sabe. La sobriedad era una época
muy, muy lejana para la no tan divina Srta. Amanda Byrne.
La vida en casa era un infierno, pero cada vez que pasaba por delante de
una iglesia (y había muchas en este barrio maldito de sueldos bajos o
inexistentes) sentía una presencia en lo más profundo de mi alma, en mi
corazón. Alguien allí arriba me quería, sin duda.
Una de las primeras preguntas que nos hicieron en el seminario fue por
qué queríamos dedicar nuestra vida a servir a Cristo. Yo respondí que una
buena acción merece otra.
Había estado bajando por la avenida L, el condado no se molestaba en
dar nombres de verdad a las calles de este sitio, mirándome mi propio
ombligo y, bueno, preguntándome qué quería ser de mayor. Las
universidades no se molestaban en enviar a sus reclutadores a barrios como
el mío. Sería como pescar en un desierto. Los residentes de estas zonas no
podían permitirse ni una lata de chile. La posibilidad de obtener préstamos
estudiantiles por decenas de miles de dólares estaba descartada, así que no
había ninguna razón real para que se molestaran con nosotros. Los únicos
reclutadores que veíamos eran de las fuerzas armadas. Cosa que, en
realidad, me estaba planteando. Estaba dudando entre la Marina y los
Marines, cuando doblaron la esquina del callejón. Justo al lado de Nuestra
Señora de la Redención, el pequeño templo blanco con ventanas de madera
contrachapada y barandillas corroídas, estaban los encapuchados de la calle
H, como les gustaba llamarse.
Supe que la cosa estaba a punto de ponerse muy fea en cuanto oí:
—¿Qué pasa, colega?.
A los pandilleros de este paraíso de hormigón no les gustaban los chicos
blancos. Aunque yo había nacido y crecido en el mismo barrio de mierda
que ellos y, además yo era un chico blanco grandote. Cuando no estaba
intentando diseccionar el Apocalipsis, viendo El exorcista o intentando
encontrarle a mi madre una centro de rehabilitación, encontraba mucho
consuelo en el gimnasio del instituto. Era pésimo en los deportes, pero
podía levantar noventa pesas para cuando llegué al último año. A los
encapuchados de la calle H eso les importaba un carajo. Su mayor propósito
era arruinarlo todo. Eran cinco, y supuse que yo era la prueba de iniciación
para el más joven, un chico que no tenía más de doce años y que llevaba
una Glock 9MM que apenas le cabía en la mano.
—He dicho: ¿qué pasa, colega? —El del tatuaje de la lágrima dijo
sonriendo a través de sus dientes dorados.
Qué gilipollas, pensé, cuando en realidad debería haberme horrorizado.
Mi presión sanguínea debería estar por las nubes. Todas las formas de
adrenalina, terror e ese instinto de lucha o huida eran totalmente
inexistentes. En su lugar, sentía una oleada de calma absoluta. Pensé en el
Cristo de la vida real y en el Damian Karras de la ficción. Creo que sonreí
al pensarlo.
—El poder de Cristo está conmigo, tío. ¿Qué pasa contigo?
El de la lágrima ladeó la cabeza y miró a sus colegas porque este
imbécil servidor acababa de decir algo raro.
—¿Qué cojones acabas de decir?
Me encogí de hombros.
—Nada, tío. Sólo soy un capullo blanco y loco diciendo tonterías.
Uno de los compañeros de lagrimita sonrió.
—Ah, ¿qué os parece, tíos? Igualito que Jesús, ¿eh, colega?
—Nah. Jesús era negro.
Lagrimita metió la mano en su chaqueta. Al parecer, era un
tradicionalista, ya que sacó una impresionante navaja Buck.
—¿Nos estás vacilando, blanquito?
—No, no te estoy vacilando. Jesús era negro en serio. Al menos, creo
que podría haberlo sido. Todo el mundo asume que es blanco, pero siendo
totalmente sincero contigo, creo que es sólo una suposición basada en una
visión caucásica por defecto..
Y eso fue todo. No me apuñalaron ni me dispararon. De hecho, los
encapuchados de la calle H y yo nos sentamos en la escalinata en ruinas de
Nuestra Señora de la Redención y acabamos hablando de Dios, de Glocks y
de qué tipo de drogas tomaba John el Teólogo durante su actuación en
Patmos. El chico de la pistola se llamaba Raymond y le gustaban los
Transformers. Lagrimita tenía una receta fantástica de bolas de maíz y había
matado a siete hombres.
Fue esa noche cuando decidí no ir a la Marina ni a los Marines. Serviría
de otra manera. Fue allí, en esa entrada, cuando supe que quería ser
sacerdote.
Aunque el monseñor Sheehan no estaba nada convencido de mi teoría
sobre la raza de nuestro mesías, sí apreció mi historia. Con su
recomendación, combinada con mi nota media y los requisitos de bajos
ingresos para obtener una beca (gracias, mamá), recibí una beca completa
para la Universidad de Saint Mary.
Nunca mencioné mi fascinación por la historia de Blatty sobre la
desafortunada Regan MacNeill o el impresionante Damian Karras. Ni el
hecho de que Raymond fuera asesinado dos años después en un tiroteo al
equivocarse de persona. En lugar de flores, dejé una figura de Optimus
Prime sobre su ataúd.
Me dejaron leer su panegírico.
Y así fue la cosa. Sobresalí en la universidad, hice todas las cosas
correctas de todas las maneras correctas y me convertí en uno de los
hombres más jóvenes en ser formalmente ordenado sacerdote. No estuvo
exento de pruebas y tribulaciones, desde luego. La tentación estaba en todas
partes y, dependiendo de la interpretación modernizada del Antiguo y del
Nuevo Testamento, sucumbir a los deseos de la carne era una blasfemia o
algo a esperar. No era necesariamente algo que se aprobase, pero sí se
esperaba. Como hombre, yo era un representante humano de Cristo y sus
enseñanzas, siendo humano una palabra clave. Otra palabra clave: hombre.
El último año antes de mi ordenación formal, aprendería exactamente lo
flexible que podía ser la Iglesia cuando se trataba de asuntos de vileza
moral discutible.
Su nombre era Amina, que en su lengua materna, el swahili, significaba
«digna de confianza». Yo estaba en mi último retiro formal como sacerdote
diocesano, y un puñado de hombres de Cristo en formación y yo estábamos
ayudando a la tribu de Amina a sembrar sus cultivos, instalar un pozo de
agua adecuado y un par de paneles solares.
El trabajo te hacía sudar, pero Amina hacía que me entraran aún más
calores. No era un pensamiento pecaminoso, sino un hecho. Por hermosa
que me pareciera su piel de ébano, más oscura que una noche africana, y
cuando pasas esas noches en el Serengueti, eso ya es mucho decir, ella
pensaba que mi piel blanca era igual de fascinante. Ella nunca había visto
que la carne se volviera de colores. Cuando llegué, mi piel era marfil como
el colmillo de un elefante; a las dos semanas de nuestra misión, se volvió de
un marrón leonado, más parecido a la melena de un león. Amina pensó que
era mágico, y quería tocarla. Quería tocarme. Cuando sus dedos, casi del
color del regaliz, recorrieron mi clavícula, mi pecho y mi estómago, todos
los deseos carnales que me había negado afloraron a la superficie.
Nuestra aventura duró durante el resto de mi misión. Hice un pacto con
Dios de que confesaría mi conducta una vez de vuelta en Estados Unidos, y
pediría a Amina, mi hermosa mujer swahili, que volviera conmigo.
Nunca tendría la oportunidad.
No estuvo presente en el desayuno de Kwaheri, cuando dimos gracias a
Dios y rezamos por las cosechas abundantes, el agua potable y el regreso a
casa. Tampoco estaban presentes sus hermanas. Tampoco contaron con
algunos de los chicos, pero los ancianos de la tribu no parecían muy
preocupados.
—Ni ni, nini —proclamó el jefe cuando le pregunté en mi muy tosco
swahili dónde estaba todo el mundo. Me hizo un gesto con la mano y
sonrió, mientras las mujeres nos servían mango y bobotie. Una de ellas,
creo que la tía de Amina, se secó una lágrima.
Traducido a grandes rasgos, ni ni, nini significa «olvídate, tío».
Bueno, no lo olvidaría. No podría. Hubo algo en la manera simplista y
condescendiente en que el jefe me despidió que nunca se borraría de mi
memoria. Las lágrimas ocultas de las mujeres me hicieron un nudo en las
tripas. La sensación que tenía no podía describirse ni etiquetarse. Lo único
que sabía era que algo iba terriblemente mal, y nadie iba a explicarme qué
era o por qué. Como soy católico, la primera persona a la que culpé fue a mí
mismo. ¿Se había descubierto mi relación con Amina y la habían expulsado
de su tribu por ello? Sería lógico, pero eso no explicaba la desaparición de
los demás.
Aquel día algo se transformó en mí. Una parte muy importante de mi
alma se enfrió. Recé largo y tendido, pidiendo a Dios y a Cristo que por
favor me libraran a mí, su siervo, de la repugnante oscuridad que me
invadía. Sin embargo, cuanto más rezaba, más me decían que no. Era como
si quisieran que conservara mi nueva sensación de amargura y
desconfianza.
Lo mío no era razonar por qué.
Fui ordenado sacerdote a la tierna edad de veintiséis años. Mi primera
parroquia sería Saint John's, en Youngstown y, gloria sea dicha, me
recibieron con los brazos abiertos. Un sacerdote joven con aires de rebelde
del rock and roll atraería no sólo a los más jóvenes, sino también a las
generaciones de mediana edad que aún recordaban con cariño su primer
concierto de metal. El monseñor Sheehan bromeó diciendo que tendría
groupies, que, si no hubiera elegido el camino de Dios, podría haber sido
modelo de portada de esas novelas románticas cursis y pecaminosas que la
gente siempre se avergonzaba de coger de la biblioteca o la librería. Dios
bendiga a internet, decía con un triste movimiento de cabeza. Daba a los
pecadores, a las tentadoras y a la gente a la que le gustaban esas cosas un
lugar donde reunirse. Un ciber-escondite de iniquidades.
Tenía toda la razón, por supuesto.
Mientras Google y Yahoo ponían la maldad cotidiana al alcance de casi
todo el mundo con una conexión WiFi, en la dark web reinaba el diablo. Y
fue allí donde pasé muchísimo tiempo. Sabía que algo indescriptible le
había ocurrido a Amina, cuyo rostro oscuro se iba apagando cada día más,
pero a pesar de todas mis investigaciones y pesquisas en Internet, nunca fui
capaz de averiguar exactamente qué.
Lo que sí encontré fue una plétora de atrocidades humanas que hicieron
que el Apocalipsis pareciera un cuento para dormir.
Yo me había criado en la maldad de las calles. Tenía un máster en
inteligencia callejera. No tenía padre, y mi madre era una adicta de segunda
y una puta de tercera. En más ocasiones de las que puedo recordar, tuve que
comer de los contenedores. Sabía buscarme mis propias habichuelas. Sabía
cómo funcionaba el mundo. No era estúpido, y estuviera Jesús al volante o
no, al final del día o de la noche, el mundo era un lugar de mierda y feo.
Todavía me pillaba desprevenido.
Puede que estuviéramos en el siglo XXI, pero el hombre moderno
seguía aferrado a los valores de la Edad de Bronce. La esclavitud seguía
viva bajo el nuevo nombre milenario de trata de seres humanos. Nunca
pude demostrar que ese fuera el destino de Amina, o de sus hermanas, o de
los niños pequeños misteriosamente arrastrados en medio de aquella noche
de antaño. Pero lo sabía.
Cuanto más aprendía, más me enfadaba. La frialdad de mi alma crecía.
Y había un nombre que no dejaba de aparecer, una y otra vez. Era como si
Dios tuviera un puntero láser y siguiera dirigiendo mi atención hacia un tal
Bradley Q. Smythe, originario de Lyones, Indiana. No comprendería el
significado de ese nombre hasta meses después, cuando Dios lo sentó al
otro lado de mi pantalla, el mismo día en que iba a escuchar mi primera
confesión oficial.
Sería la última.
CINCO

HARPER

Todo lo que dije fue:


—Hay más cosas ahí fuera.
No me había levantado las faldas, expuesto mis pechos ni hecho un
striptease en la mesa de la cena. No había señalado a William en medio de
su consejo, ni le había dicho que se fuera a tomar, para luego girarme hacia
Bridget y decirle que hiciera lo mismo. Teniendo en cuenta mi castigo, bien
podría haber hecho todo lo anterior mientras me masturbaba con un
crucifijo.
Bridget había señalado mi plato y me había dicho:
—Ya tienes bastante delante de ti.
Como siempre, entendió mal lo que quería decir. Era mi madre, por el
amor de Dios, y ni una sola vez en mis más de veinte años habíamos
conectado a ese nivel interno y sagrado. No hablaba de la carne dura y los
guisantes anchos.
Hurgue en mi triste trozo de carne y eché un rápido vistazo a Jessica,
que me miraba como si estuviera a punto de saltar por un precipicio y no
hubiera forma de que convencerme de no hacerlo. De todos modos, ya
estaba a medio camino del precipicio y, aunque podría haberme echado
atrás y volver a ponerme a salvo, no quise hacerlo.
—No, quiero decir… —Tragué saliva, con dificultad, y esperé que Dios
estuviera a mi lado mientras continuaba—. Hay más cosas ahí fuera, en el
mundo.
—Como sabemos, Harper, como hemos aprendido. Lo que hay ahí fuera
etá lleno de pecado y de y los abandonados por la humanidad. Como Dios
se compadece de ellos, nosotros también, ya que no serán perdonados.
Cómete tus guisantes.
Puse el tenedor sobre el plato.
—No tengo hambre.
Rechazar la comida por cualquier motivo que no fuera un malestar
estomacal se consideraba una falta de respeto a la tierra y a Dios. Él
permitió que nuestras cosechas florecieran gracias a su bondad y
generosidad, y rechazar su generosidad era como escupir en el altar.
—Sin duda, niña, no estás enferma. Tienes aspecto saludable —dijo
Bridget, y su voz fue subiendo de tono a medida que aumentaban sus
sospechas.
—No tengo hambre de comida. Tengo hambre de mundo.
Bridget levantó una de sus finas cejas perfectamente cuidadas y golpeó
el plato con el cuchillo. El sonido cortó el aire con la misma eficacia que la
hoja cortaba los guisantes. Jessica parecía como si acabara de tragar un
bocado de algo asqueroso. Los ojos que me miraban ya no se dirigían a
nuestra mesita de madera, sino que un silencio envolvente rodeaba la sala.
Las cabezas que se giraban se propagaban entre los reunidos como ondas en
un estanque gigante. Los ojos de William estaban especialmente abiertos.
—Ya puedes ponerte a rezar ya mismo para pedir perdón, Harper —dijo
Bridget, intentando con todas sus fuerzas no tirarme el plato a la cabeza—.
Es tu oportunidad, que yo te concedo.
—Gracias, pero no he hecho nada malo. Mi declaración no es más que
la verdad, que es lo que nos enseñan desde pequeños a honrar. Y, en verdad,
es el mundo lo que deseo…-
La buena madre Bridget se levantó como un resorte.
—¡El mundo del diablo! ¿¡En verdad!? ¿¡El diablo es tu verdad!?
William se limpió la comisura de los labios con la servilleta y señaló
con la cabeza al concejal de su derecha, el hermano Joseph Harden, también
conocido como el gorila favorito de mi padre. Este echó su silla hacia atrás
y empezó a acercarse a nuestra mesa.
Las manos me empezaron a temblar. Una especie de terror estalló en mi
estómago y se apoderó de todo mi sistema nervioso. Sentía como si tuviera
fiebre. La adrenalina me recorrió el estómago y el pecho. El instinto de
lucha o huida se había disparado en mí y, por primera vez en mi vida, quise
elegir la primera opción.
—Nada de eso —me las arreglé para decir, observando cómo el
Hermano Joe se abría paso entre las mesas, abrochándose la túnica para no
engancharse con nada. Tenía un trabajo que hacer—. El diablo no me
domina. ¿No sería la voluntad de Dios inculcarme curiosidad?
—Oremos —dijo Bridget, levantando los brazos hacia el techo y
cerrando los ojos. La hermandad de la Mesa del Fondo se agarró de las
manos. Las mías evitárselas evitaban a toda costa. La blasfemia era
contagiosa, todo el mundo lo sabía.
—Hermana Harper —dijo Joseph, a no más de metro y medio de mí—.
El Señor la ha llamado.
—No, no lo ha hecho —dije, mientras el murmullo de las oraciones
adquiría el zumbido de una colmena de abejas.
Sus palabras sin sentido pronunciadas en nombre de mi alma empañada
se fundieron todas juntas, creciendo hasta convertirse en un asilo de
avispones. Los avispones pican, tanto como el cinturón de William, que
encontraría su camino hasta mi muslo y, sin duda, me dejaría otra cicatriz.
Ese no era el camino de Dios. De ninguna manera era ese Su camino, y
cuando la mano de Joseph se posó sobre mi hombro, el instinto que había
tratado de contener salió aflote.
Eché a correr.
Intentaron detenerme. Las manos que no estaban ocupadas rezando me
cogieron las faldas o el delantal. Oí sillas que chirriaban al echarlas hacia
atrás y caerse, los murmullos sustituidos por gritos y jadeos de incredulidad.
Yo era la aldeana maldita, perseguida por horcas y antorchas alzadas y,
mientras huía de la sala, me di cuenta de que no tenía adónde huir.
No sería descabellado creer que me quemarían en la hoguera. Éramos
un pueblo primitivo con costumbres aún más arcaicas, así que el ahogarme
tampoco estaba descartado. O morir apedreada. La siniestra práctica del
prensado, en la que los condenados eran aplastados entre dos losas gigantes
de granito, era un método de ejecución interesante. Había todas esas
posibilidades y más, como atestigua un viejo libro mío para colorear.
Mis zapatillas crujían, crujían y crujían debajo de mí mientras me abría
paso por el camino de grava, que se bifurcaba como la lengua de una
serpiente. Un camino conducía a nuestros huertos, a través de los pastos y,
finalmente, a la única carretera que daba acceso al complejo. Estábamos a
kilómetros de ninguna parte, aislados bien lejos de la realidad, y seguiría
corriendo hasta caer muerta de cansancio.
A la izquierda, estaba nuestra casa, de pie como un centinela hostil en la
oscuridad de la noche.
Me detuve en la división del camino, agarrándome la puntada que sentía
en el costado, sabiendo que el camino de la derecha era una elección
estúpida. No podía huir de los que venían a por mí, de esa partida de
fanáticos. Podía oírlos, sus pisadas crujiendo contra la misma grava, sus
botas mucho más ruidosas que mis pies resbaladizos. ¿Por qué teníamos
que llevar cosas tan endebles y poco cómodas?
Para que no pudiéramos correr, por supuesto. ¿Por qué no se me había
ocurrido antes?
Me quedé mirando la ventana de mi habitación. Había sido mi prisión
en tantas ocasiones. Supuse que volvería a serlo, durante mucho, mucho
tiempo. A menos que Dios y Jesús estuvieran realmente de mi lado. El Dios
y el Jesús reales, no los que William retorcía y contorsionaba para
adaptarlos a su propio narcisismo. El crujido se hizo más y más cercano.
Respiré hondo y entré en casa sin más urgencia que la de una tostada.
—Padre nuestro, que estás en los cielos, protégeme —dije, y comencé a
subir las escaleras.
SEIS

HARPER

No tenía maleta, así que mi bolsa de arpillera para el trabajo de campo


tendría que servir. En mi armario sólo había otros dos vestidos: el negro
para los oficios dominicales y el segundo, que era exactamente igual al que
llevaba ahora. Un par de zapatillas extra. Un gorro. Tenía tan pocas cosas
que me daban ganas de llorar.
La puerta principal se abrió de golpe. Un par de pasos pesados
golpearon el suelo seguidos de un par más ligeros. Estos últimos
pertenecían a mi buena madre Bridget, que se apartaría a un lado y
observaría a William hacer lo que siempre hacía.
Día tras día nos metían en la cabeza que la vida no consistía en tener
posesiones materiales. Cuanto más tenías, más complacías al diablo. Saqué
el vestido negro de la percha y lo sostuve frente a mí como un escudo, un
escudo inútil e ineficaz.
Mis padres estaban subiendo los escalones. Hice un ovillo con el
vestido y lo metí en la bolsa junto con mis zapatillas.
—El nombre del Señor es una fortaleza firme —susurré en voz baja—.
Los justos corren a él y quedan a salvo. —Imaginé esa fortaleza en mi
mente. Una fortaleza alta e impenetrable custodiada por las fuerzas del bien,
santos, ángeles y mi hombre imaginario. Entre ellos y Dios, tenía una gran
protección contra lo que se me venía encima. Mucho más eficaz que el
vestido negro metido en una bolsa de arpillera—. Los justos corren a él y
quedan a salvo —repetí, justo cuando mi puerta se abrió.
William ocupaba todo el umbral. Llevaba el cinturón enrollado en la
mano izquierda, con el extremo colgando de su puño como si fuera una
serpiente. En la derecha, su siempre presente Biblia, una muy gruesa y
encuadernada en cuero rojo. Detrás de él, mi madre, con la cabeza gacha y
los dedos entrelazados en una fuerte súplica a Dios, nuestro Señor. El
corazón me dio un vuelco, pero mantuve la atención centrada en mi
pequeño bolso, mi pequeño vestido y mis oraciones de fuerza y valor.
—Hola, William —dije, sorprendida de que la voz me saliera de la
garganta. Tenía ganas de vomitar. Le vi echar un vistazo a mi bolso, con un
destello de odio y diversión cruzándole la cara.
—Es como siempre he sabido —dijo, plano y estoico—. El diablo mora
dentro de ti.
Até los cordones de la bolsa.
—Entonces te complacerá mi marcha.
—No harás tal cosa. No es la voluntad de Cristo, ni la mía.
—¿Qué hay del anhelo de mi voluntad?
—El Señor ha hablado. Tu penitencia será...
—No, no más penitencia. No más penitencia por pecados inventados.
Mi voluntad, mi anhelo, mis deseos ya no se verán retenidos.
Bridget apoyó la mano en el hombro de mi padre, tranquilizándose,
como si no pudiera creer las palabras que escapaban de mis labios. Aún
había más. No podría detenerlas, aunque quisiera. Mi hombre imaginario
estaba ante la fortaleza, protegiéndome, animándome, con su brazo
firmemente alrededor de mi cintura, pero yo llevaba veintitrés años sobre
esta tierra. Era demasiado mayor para amados imaginarios.
—Mi voluntad me fue dada por Él. Y honraré lo que el verdadero Señor
desea para mí, y para mi vida. A partir de hoy. Demos gracias y
alegrémonos.
William entregó su Biblia a Bridget, se persignó y agarró el extremo
libre del cinturón. Mi madre apretó el libro contra su pecho, moviendo los
labios y murmurando, con la cabeza aún gacha pero los ojos abiertos y
levantados para poder mirar.
—Fortalécenos con el poder de Tu fuerza, oh Dios —dijo William,
acercándose a mí, con los nudillos blancos mientras apretaba el cinturón
entorno a su mano—. Vístenos con Tu armadura para que podamos
mantenernos firmes contra las artimañas del diablo.
Podría lograrlo. Con él viniendo hacia mí, queda un resquicio de
espacio libre en la puerta. Podría pasar junto a mi madre. Tendría que ser
rápida, pero con Dios de mi lado, no había nada que no pudiera hacer. Y
esta vez no dejaría de correr.
William echó el brazo hacia atrás, con el extremo mordaz de aquella
serpiente de cuero lista para atacar. Me quedé inmóvil.
—Protégenos contra las fuerzas de la oscuridad que habitan en ella,
contra los demonios y la maldad que consumen su alma —Le brillaron los
ojos, el cinturón se tensó y salí disparada. La hebilla me rozó el brazo
cuando me abalancé sobre él, con la bolsa apretada contra el pecho y los
ojos de Bridget desorbitados y enloquecidos porque iba a pasar a su lado.
Un grito salió de mi garganta cuando de repente me vi sacudida hacia
atrás. El dolor era insoportable, mucho más intenso de lo que jamás había
sentido, todo mi cuero cabelludo estaba envuelto en una angustia horrible y
candente. Me había agarrado de la cola de caballo, mi larga melena, y la
sujetaba como quien sujeta una cuerda a una pantorrilla en apuros.
Dejé caer el bolso y me llevé las manos a la cabeza, forcejeando contra
él, pero el dolor era demasiado poderoso. Me tiró sobre la cama y me retiró
la falda de las piernas. Su rodilla se clavó en la parte baja de mi espalda,
inmovilizándome contra el colchón, con el cinturón tintineando justo detrás
de mí.
—Tú eres nuestro guardián, Señor, la sombra a nuestra derecha.
El cuero y el metal rozaban mi piel desnuda, justo debajo de las nalgas.
—Protégenos del mal y guarda nuestra alma.
Otro latigazo. En el mismo sitio que antes. Estaba caliente como un
atizador, el atizador que usaba contra los que pillaba dándose placer. Ese
castigo era el siguiente. Seguramente sería lo siguiente.
—Guarda nuestra salida y nuestra entrada, desde ahora y para siempre
—rezó mientras volvía a cortarme. La sangre goteaba caliente y libre de la
parte posterior de mi muslo. Manchaba la sábana y si la ropa de cama de
una mujer se manchaba con su sangre, cualquier sangre, era motivo de más
palizas.
—En el nombre de Jesús, Amén.
Me preparé para otro golpe. Me preguntaba dónde se había metido Dios.
Yo también debía decir «amén», pero ¿dónde estaba el Dios que estaba a mi
lado, dándome fuerzas?
Pero yo sólo había rezado para que me diera fuerzas. No me la había
dado.
—¡Amén! —gritó William. Yo debía responder, expresar mi solemne
ratificación. Mi aprobación sincera.
—Me quema. —Tosí contra la almohada.
Oí el tintineo del cinturón una vez más, se acercaba de nuevo, pero ya
no tenía nada con lo que prepararme contra su inevitable tajo.
En cambio, el cinturón golpeó la pared de mi habitación. La rodilla de
William se levantó de mi espalda y pude identificar a medias cómo me daba
la vuelta para quedar mirando al techo. No lograba concentrarme en ello,
todo estaba borroso. Los ojos me daban vueltas en la cabeza. Me ardía la
pierna, la cabeza, el corazón.
A continuación, obligaron a mis ojos a abrirse.
William se cernía sobre mí. Sus ojos eran crueles e intensos. Su
mandíbula inferior se movía de un lado a otro, con el sonido de sus muelas
rechinando como uñas sobre una pizarra. Su aliento era fétido, acre por el
rábano picante que sólo se permitía en la mesa del consejo. Me pellizcó las
mejillas y sus dedos comprimieron mi piel como una mordaza.
Me quedé mirándole, con la boca hecha agua por las arcadas y, Dios me
ayude, con ganas de escupirle a la cara.
—Buena Madre Bridget —dijo, sin apartar esa mirada diabólica—. Veo
en ella al diablo.
Bridget jadeó y se cruzó de brazos. Agarró con tanta fuerza la Biblia
roja de William que pude ver las hendiduras de sus dedos en la cubierta.
William me soltó y me miró fijamente.
—Él viene a nosotros, el Gran Engañador, en el cuerpo de esta chica.
Ella es su huésped. ¡Su huésped!
—Eso, eso no es verdad —dije, queriendo gritar, pero era como si mi
voz se escondiera.
—¡La bestia tiene tu lengua! —gritó, retiró la mano y me abofeteó con
todas sus fuerzas. Su palma abierta era una paleta dura y callosa. El dolor
estalló en mi mejilla y me rodeó hasta la nuca. Unos pequeños destellos
plateados cruzaron mi campo de visión y sentí que me caía, pero estaba
tumbada en la cama, no podía estar cayéndome, ¿verdad?
—¿Podemos estar seguros, William? ¿Podemos estar honestamente
seguros de que el maligno la ha elegido?
—¡No me ha elegido! —chillé e intenté levantarme de la cama. Tenía
que salir de aquí,
Oh, ¿por qué dejé de correr, dónde está mi Señor? Oh, por favor,
¿dónde?, debo alejarme de este hombre, pero presionó contra mis hombros,
me sujetó contra el colchón, y se apretó contra mí como las losas de granito
que utilizarían para aplastarme hasta la muerte. No quería morir así. No
quería morir en absoluto. Deseé no haber dejado de correr, deseé que mi
hombre imaginario estuviera aquí para ayudarme. No podía hacerlo sola.
Intenté levantarme, escapar, pero William era demasiado fuerte,
—Rezadle —instruyó William a mi madre—. Si me equivoco, el Señor
nos mostrará que el maligno no habita en su seno. Rezadle, buena madre,
mientras espero la confirmación de mi hermano Cristo.
Bridget asintió y aspiró profundamente, estremeciéndose.
—Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre...
William me agarró el muslo, con sus heridas frescas y abiertas, y apretó.
El grito que me desgarró la garganta me la dejaría en carne viva al día
siguiente. Recuerdo, vagamente, la expresión de horror en el rostro de
Bridget. No había llegado a la mitad del Padre Nuestro cuando la fuerza
satánica que me había reclamado expresó su desaprobación infernal. No vio
a William limpiar mi sangre en la sábana, que más tarde utilizaría como
prueba de que el demonio estaba literalmente arrastrándose a través de mí,
hacia mi feminidad.
Ya me habían golpeado antes. Muchas veces. Por una justificación u
otra, real o imaginaria, y mi cuerpo soportó el peso de la ira de William.
Esta vez eran todas esas veces en una, y como tal, mi pierna herida empezó
a temblar. No nos habían enseñado cómo funcionaba realmente el cuerpo
humano, eso era pensamiento evolutivo y estaba tan prohibido como la
cópula, así que no tenía ni idea de que era mi sistema nervioso
reaccionando a las señales erróneas de mi cerebro. Simplemente pensé que
me estaba desplomando. Que mi alma estaba muerta y mi mente mortal no
sabía lo suficiente para unirse a ella.
Entré y salí del tiempo y de la realidad. Escuchaba voces, pero en su
mayoría apagadas. Mis sentidos estaban confusos. Recibía fragmentos de
vez en cuando, la claridad aparecía y desaparecía. Oí a William explicar que
el temblor de mi pierna era atribuible a Lucifer y sus secuaces. Explicó, con
bastante calma, al hermano Joseph y al resto de los hermanos del consejo
que habían sido llamados a mi habitación que yo estaba indudablemente
poseída. «Basta con mirar las sábanas», dijo, señalando las manchas de
sangre. «Mirad las incisiones del muslo», proclamó mientras exponía mi
carne a sus ojos penetrantes.
Nadie quería tocarme. Llegaron a la conclusión de que el diablo estaba
apaciguado ahora, esperando y conspirando para que los hombres de Dios
se acercaran lo suficiente como para poder infectarlos a ellos también. Me
envolvieron en mi sábana ensangrentada, sin dejar de rezar para que me
protegieran, y tuve la sensación de que me levantaban de la cama. Me
colocaron sobre una tabla de madera contrachapada, luego me ataron y me
aseguraron a ella con el cinturón de mi padre. Con los cinturones de los
otros hombres.
Era una momia, pensé. Los bárbaros de Egipto trataban así a los
muertos. Eran gente oscura, con la cabeza rapada y delineador de ojos, así
que eso también los convertía en siervos del diablo. Adoraban a falsos
dioses e ídolos, y cuando morían, sus cuerpos mancillados y sus
pertenencias profanas y materiales eran encerrados en templos de piedra
que Dios había hecho. Para mantenerlos alejados del cielo.
Ese era nuestro plan de estudios en cuarto grado, e incluso entonces, yo
sabía que eso estaba mal. Dios no quería alejar a nadie del cielo,
simplemente no quería, y a los nueve años yo sabía que no debía decir nada.
Cuestionar las escrituras del Bien Mayor era una ofensa capital. Igual que la
desobediencia. Igual que el sexo, el placer y la posesión demoníaca.
La cabeza me palpitaba, sentía la pierna como si estuviera apresada por
las implacables fauces de un sabueso infernal. Cuando abrí los ojos, lo
único que vi fue la gasa algodonosa de la sábana.
Hubo muchas oraciones ofrecidas en nombre de los que me sacaron de
la casa de William y Bridget. Pero ninguna por mí, se desperdiciarían en la
huésped del Tentador.
Me llevan al Santuario, pensé, y sentí que las tripas se me retorcían
cada vez más. Iban a encerrarme en aquel cuartito gris, con su catre mohoso
y horrible, y las arañas, y el agujero en el suelo para hacer tus necesidades.
No quería ir. Otra vez, no. Nunca más. Las lágrimas me ardían detrás de
los párpados.
Todo me quemaba.
El dolor implacable en mi pierna, las lágrimas, la cabeza, la cara,
todavía escocida por el golpe de la mano abierta de mi padre y, Dios mío,
incluso el pelo. Estaba ardiendo. Toda yo. Pero lo peor, lo absolutamente
peor, fue darme cuenta de que no estaba en el infierno.
Yo era el infierno.
SIETE

HARPER

Me llevaron durante lo que pareció una eternidad. El camino al Santuario


nunca había durado tanto. Había estado allí suficientes veces como para
saberlo. Supongo que como estaba tan alejada de la realidad, con los
sentidos a flor de piel y las heridas encendidas de angustia cada vez que uno
de los miembros del Consejo tropezaba o daba un paso en falso, que la línea
que separaba lo que ocurría en realidad de lo que yo imaginaba era borrosa.
Los únicos sonidos que se escuchaban eran las pesadas botas crujiendo
contra la grava y la voz de William, un timbre profundo y monótono.
—Porque quien habita al abrigo del Bien Mayor descansará a la sombra
del Señor....
Sombra, sí. Yo era el infierno, era una sombra. Una sombra de luz
oscura sobre la tierra.
—...Diré de Él: 'Tú eres mi refugio y mi fortaleza, nos escuda la fuerza
en la unión'.
Yo no tenía la fuerza de la unión. Estaba sola. Sólo el diablo y yo.
El crujido dio paso a un arrastre húmedo y continuo, como caminar por
un campo embarrado de coles y guisantes. Me preguntaba qué le contarían a
Jessica, qué mentiras inventaría William para su próximo sermón, y qué
sería de mí, Señor.
—Nos salvaremos —continuó William. —Sin duda, de la trampa del
cazador y de esta peste perniciosa.
Yo era la peste perniciosa; de eso estaba segura, pero también confusa.
No me sentía perniciosa, ni malvada, ni poseída. Era William el malvado, y
estaba convenciendo a sus hombres de que el verdadero demonio habitaba
dentro de mí. ¿Tenía razón? ¿Podría ser? ¿O era mi desasosiego, de hecho,
causado por el dominio de Satanás?
—Tengo miedo —dije, mis palabras muy silenciosas, amortiguadas bajo
la sábana. Aunque gritara, no me oirían. Habían decidido no oírme.
Las lágrimas me resbalaban por las comisuras de los ojos. Me agarré sin
pensar a la tabla en la que estaba sujeta, deseando que hubiera una mano
amable que sostuviera la mía. Sus manos, tan fuertes como para partir una
Biblia por la mitad, mi amor imaginario, mi salvador. Veía sus ojos oscuros
de ónice con la misma claridad que aquel fatídico día en Gary.
—Quédate conmigo —susurré—. Por favor, quédate conmigo.
—¿Oyes, hermano William? —dijo Joseph en voz baja. Con lo grande
que era aquel hombre, ciertamente sonaba muy, muy pequeño.
—Habla con Satanás, lamento decirlo —respondió William.
No lo lamentaba en absoluto. Sus palabras eran ligeras, casi burlonas. Si
no lo conociera mejor, pensaría que estaba disfrutando con esto.
—El que habita en el lugar secreto del Altísimo permanecerá bajo la luz
del Todopoderoso. Reza por eso, hermano Joseph. Orad por ello todos
vosotros.
Siguieron los amenes. Ascensiones y concordancias al todopoderoso
William Quinn.
El ruido blando de las pisadas empezó a alterarse, pisando, al cabo de
un rato, suelo más sólido, como el hormigón. Sólo había un lugar en el
reino del Bien Mayor que tuviera asfalto. Aunque no podía ver a través de
la sábana ni del borrón de mis lágrimas, cerré los ojos con fuerza.
Oí otro tintineo y retuve el aire en el pecho. Otra paliza. Me golpearía
aquí, delante de su consejo, para darme una lección más, para demostrarles
exactamente lo profunda que era su devoción, para aporrear su propia carne
y sangre en nombre del hermano Cristo y del Señor.
Se escuchó ruido de llaves en un anillo, se deslizaban en una cerradura
y se oía el inconfundible sonido de una pesada puerta de hierro que crujía al
abrirse.
No habría Santuario para mí y el diablo.
El sótano refugio para tormentas nos serviría.
William sentía predilección por este lugar. No sólo servía de refugio
contra la furiosa Madre Naturaleza, sino que, si los pecadores del mundo
llegaban a volar por los aires, sería un lugar estupendo para que los Quinn y
un puñado de elegidos salieran relativamente ilesos.
Reconocí el olor: a madera vieja y tierra. Lejos, muy lejos del populoso
recinto, nadie me oiría gritar. Me mantuve lo más firme posible sobre la
madera contrachapada. No tendrían la satisfacción de oírme llorar, porque
eso era lo que querían. Sabía lo que iba a ser de mí. Iba a ser el próximo
Isaac. El niño que Abraham sacrificó por orden de Dios. Recordaba con
toda claridad cuando nos enteramos de que la sangre del niño corría
velozmente desde el altar, desde el cuchillo de su padre, porque Isaac había
sido sorprendido tocándose. El castigo por ser tocado por el diablo debía ser
mucho más severo.
Colocaron el tablero en el nivel y retiraron las correas.
Guardé la imagen de mi hombre imaginario en la mente. Me lo
imaginaba de pie bajo el cálido sol, con el viento apartando su largo y
oscuro pelo de sus ojos negros y misteriosos. Su mano fuerte y suave me
acariciaba la nuca y me acercaba a sus labios. Detrás de él, las páginas
rotas, no más gruesas que el papel de seda, caían y giraban por el suelo.
—Levántate —gruñó William.
Estaba rígido. Tan rígido como la madera sobre la que estaba tumbada.
Las incisiones de mi muslo se estiraban, abriéndose como la boca de una
serpiente mientras intentaba rodar fuera de la camilla improvisada y hacer
lo que me decían.
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Lo intenté. Cómo lo intenté. La sangre corría hacia la parte posterior de
mi rodilla mientras luchaba por ponerme en pie. La cabeza me daba vueltas
como un torbellino y no conseguía orientarme. La sábana seguía
impidiéndome ver. Tanteé la esquina de la sábana e intenté quitármela de la
cabeza.
—¡Déjala! El diablo no verá a los que le reprenden.
—Pero, yo no...
—Señor, padre mío, Jesús, hermano mío, rodéalos con tu luz celestial
—suplicó William.
Unas manos que no eran de mi amor me agarraron los codos. Estas
manos eran fibrosas y débiles. Sudorosas. Repulsivas. Me arrastraban por el
suelo y, de repente, sentí el sabor del cobre en la boca. Me había mordido la
lengua sin querer.
—Límpialos de la inmundicia que han tenido que tocar...
Esperaba que la losa de piedra del altar fuera algo menos soportable que
mi transporte de madera. Estaría fría, y dolería, y en lugar de eso, estaba
sentada sobre una tela cubierta de... ¿una cama? ¿Un colchón? Bien podría
haber sido una cama de clavos. Todo, todo me dolía.
—¿Harper? —William me susurró al oído. Estaba tan cerca que podía
oler los penetrantes vapores del rábano picante. Apestaba a pies sucios y
vinagre. —Harper, si estás ahí, presta atención a esto; te ayudaremos, hija
mía.
¿Ayudarme? Me había herido hasta hacerme sangre... me habían
tomado como rehén...
—Rezaremos por ti, tu alma empañada por la oscuridad.
El hedor de su aliento se coló por mi nariz y bajó hasta mi garganta.
Podía saborearlo, literalmente podía saborear ese hedor rancio y putrefacto.
Me dolía tanto la pierna, la cabeza, el sabor de la sangre en la lengua...
William apartó la sábana de mi cabeza. Tenía los labios quebradizos,
escamados y crujientes por su costumbre de lamérselos. Tenía granos en la
barba incipiente de su barbilla y sus ojos crueles me sonreían como si yo
fuera la mayor diversión con la que se hubiera topado jamás.
—Santificado sea Su nombre —dijo a centímetros de mi cara. Puso su
mano sobre mi regazo y vi mi sangre bajo sus uñas—. Bendito sea Su
rebaño, Su sagrado y santo...
Me entró una arcada.
El contenido de mi estómago salpicó contra él, su expresión
desconcertada y su Biblia de cuero rojo. Los concejales jadearon, sus peores
temores hechos realidad. El diablo estaba tan ofendido por la oración de
William, que vomitó en respuesta.
No recuerdo el resto de la velada, pero durante un momento de la noche
el Señor se apiadó de mí. La visión de mi hombre imaginario, su fuerza
benévola brillando en sus ojos del color de la noche, su mano tendida hacia
mí, fue lo último que vi antes de perder el conocimiento por completo.
OCHO

ROMAN

Hubo un tiempo en que la vida en Lyones, Indiana, era próspera. Las


riquezas afluían a la ciudad gracias a sus abundantes cosechas derivadas de
las tierras pantanosas extraídas y al ferrocarril. Cuando se acabaron los
buenos tiempos, el pueblo fue abandonado, dejando una ciudad
prácticamente vacía en medio de la nada. Hace veinte años, el culto al Bien
Mayor se hizo con ella, con el beneplácito del gobierno. Tras algunas
maniobras de su fundador, un tal William Quinn consiguió mantener su
condición de organización sin ánimo de lucro y libre de impuestos, todo
ello en nombre de Dios y de sus hijos.
Ahí es donde se empezó a enfriar el rastro.
—¿Puedo traerle algo más, padre? —preguntó la camarera, sacando uno
de varios lápices de una enorme colmena de pelo recogida en lo alto de su
cabeza.
—¿Igual un poco más? —dije, empujando mi taza de café sobre la mesa
de formica barata.
—El pastel está bueno. Recién salido del horno. —Ladeó la cabeza
hacia el mostrador, donde había un indefinible «a la mode» bajo una cúpula
de cristal. Parecía que alguien le había quitado todo el aire hacía diez años.
—No, gracias. Sólo un poco de café. Y la cuenta, por favor.
Se encogió de hombros, muy decepcionada por mi falta de espacio para
el postre, y fue a buscar la jarra.
Volví a centrar la atención en mi iPad, pero no sin antes echar un vistazo
sospechoso a la tarta. Es curioso, porque siempre había pensado que los
restaurantes de los pueblos pequeños eran famosos por sus productos de
repostería. Aquella cosa parecía estar cabreada.
Así fue desde que bajé del autobús. Nada era lo que parecía en este
lugar. Incluido yo mismo. Las leyes y directrices de la excomunión me
prohibían expresamente llevar la sotana. Pero anoche tuve una larga charla
con Dios en la habitación del hotel, y ambos estuvimos de acuerdo en que
mis medios particulares bien podrían justificar el fin. Al menos, eso
esperaba. En su mayor parte, me lo estaba inventando sobre la marcha.
La camarera volvió con la jarra y me llenó la taza hasta el borde.
Mascaba chicle y sus labios rojos y rojizos golpeaban un trozo de Wrigley
entre sus dentaduras postizas y se sonaba unos mocos inexistentes cada
cinco segundos. Esta chica estaba sacada de un casting de camareras de
mediana edad de pueblo. Era casi demasiado.
Toda la ciudad tenía un aire a La dimensión desconocida. Ciudadanos
silenciosos y desconfiados, apenas tráfico peatonal y un único semáforo en
amarillo intermitente en la única intersección del lugar. Era un cruce de Las
poseídas de Stepford con Defensa.
¿Y señal de wifi? Ni hablar. Menos mal que descargué todos los datos
que necesitaba en el iPad antes de salir. De momento, sin embargo, ni todo
el internet del mundo me serviría de nada. No había historia de Lyones
después de que se viniera abajo su prosperidad. Y en ninguna parte, y
quiero decir en ninguna parte, había información sobre el Bien Mayor. Ni
siquiera un artículo falso de Wiki. Sólo el nombre de William Quinn. Lo
único que lo relacionaba con Bradley Q Smythe era compartir una inicial.
Tampoco estaba en el lugar correcto.
No importaba. Mi instinto insistía en que era aquí donde debía estar y lo
que debía hacer. Mi cabeza y mi corazón también estaban de acuerdo, y
dentro de este acuerdo a tres bandas en la sagrada trilogía del hombre
mortal, mi alma nos dio a todos el visto bueno.
—Muchas gracias —le dije a la camarera, y empecé a sacar la cartera
del bolsillo—. Oye, ¿puedo preguntarte algo?
—Es de manzana —dijo, hinchando su sustancioso pecho con aire de
orgullo—. Receta propia.
—Ah, vale. ¿Puedes ponérmelo para llevar?
Sonrió, con una mancha de carmín barato manchando un incisivo
torcido.
—. Por supuesto, padre.
—Genial —respondí. Odiaba la tarta de manzana—. ¿Una última
pregunta, si no es molestia?
Ella asintió, garabateando el precio de una porción de postre no deseado
en mi cuenta.
—¿Sabes algo de William Quinn?
Soltó una risita amarga.
—Un bicho raro. Él y todos sus fanáticos. Dan un miedo de mil
demonios. Oh —Se llevó la mano a la boca para tapársela—. Perdóname.
—No pasa nada —dije. Señalé la tableta—. Estoy haciendo una
investigación para la iglesia. Una disertación sobre sectas modernas y esas
cosas. Versiones pueblerinas de la Cienciología, los Branch Davidicans,
cosas así.
Arrancó el ticket y lo puso boca abajo sobre la mesa.
—No sé qué podría decirte. Son muy reservados. Son unos bichos raros
del copón.
—¿A qué te refieres?
Se tragó el chicle y miró por la sucia ventanilla. Al parpadeante,
parpadeante, parpadeante semáforo.
—Bueno, no estoy muy segura. Salen de vez en cuando, para asistir al
mercado de agricultores. Venden sus gorros y bufandas y cosas así. Cosas
de punto. Y bastante bonitas, la verdad. Me compré una bufanda hace un
tiempo. Me mantiene el cuello más caliente que el culo de un pollo.
Moví la cabeza arriba y abajo, contando el dinero.
—No suena tan raro.
—Supongo que no. Es sólo que... bueno, no sé. Soy episcopal, ya ves.
—Eso está bien —respondí, y puse un billete de veinte encima de la
mesa—. ¿A qué ha venido el «no lo sé»?
—Bueno, es solo por las mujeres. No están bien, no sé cómo decirlo. Un
poco pálidas, muy calladas. Hurañas, creo que es la palabra que busco,
como si se avergonzaran de existir.
—¿Y los hombres?
—No hay hombres. Excepto ese William Quinn que mencionas. Se para
frente a su toldo, su tenderete, con los brazos cruzados, como un perro
guardián. Me da escalofríos.
—Interesante —dije, tecleando en mi iPad.
Tenía la sospecha de que Quinn sería el supervisor machista por
excelencia. Sin embargo, lo de vender gorros y bufandas de punto a los
lugareños era algo que desconocía. Muy interesante, por cierto. Vender
accesorios hechos a mano de vez en cuando no podría bastar para mantener
una secta del tamaño del Bien Mayor. Sin ánimo de lucro o no, algo más los
estaba fortificando.
—Muchas gracias de nuevo —dije, y me levanté de mi asiento.
—Uy. No te olvides de la tarta —dijo, y fue a cortarme un trozo.
Bueno, no hay forma de librarse; al menos, no con elegancia. Esperé
junto a mi mesa, mirando por la misma ventana, a la misma luz
parpadeando, parpadeando y parpadeando en su eterno amarillo. El color
universal de la precaución, precaución, precaución.
Advertencia, advertencia, advertencia, pensé, y elevé una rápida
plegaria de agradecimiento a Dios, esperando que me cubriera las espaldas.
Estaría en el recinto de Quinn al mediodía, si me daba prisa.
NUEVE

ROMAN

No era lo que esperaba. Una parte hiperactiva de mi imaginación se había


hecho a la idea de una fortaleza: grandes muros de piedra y letreros
amenazadores. Una combinación de colonia penal y cuartel militar. Puede
que algunas torretas aquí y allá, tripuladas por fanáticos armados con
ballestas y AK-47. No podía estar más equivocado.
Saliendo de la carretera principal (si es que se puede llamar carretera a
un camino de tractor de un solo carril), un discreto camino de tierra se
extendía hacia el horizonte. Podía distinguir la parte superior de la antigua
estación de trenes, muy parecida a un campanario, que estaba al menos a
otro kilómetro y medio o dos de distancia. Unos huertos flanqueaban cada
lado, el olor a agua fresca impregnaba el aire y, si no estuviera al tanto, no
me parecería nada más que una desolada granja de campo.
Se escondían a plena vista. Eso es lo que estaban haciendo. Un lobo con
piel de cordero.
Tuve tiempo de sobra para convencerme de salir por patas. El camino
desde la cafetería me llevó un poco más de lo que había calculado y, aunque
hacía un frío inusual, ya había sudado bastante cuando llegué a... a...
Una señal de tráfico oxidada, retorcida, contorsionada y plagada de
agujeros de bala, que descansaba como un pájaro muerto en medio de un
nido de maleza. Aparté dicha maleza a un lado, dejando al descubierto las
palabras: Senda del Honor.
—Sí, claro —resoplé, y volví a enderezarme.
El sabor a tarta de manzana rancia me permanecía en la boca, y me
pregunté si los habitantes a los que estaba a punto de visitar serían tan
amables de ofrecer a su prójimo un caramelo de menta, una pequeña
comida, un lugar tranquilo para dormir antes de continuar mi peregrinación
a la archidiócesis de Cincinnati, Ohio. Sí, estaba recorriendo todo ese
camino. Humillándome ante Dios y Cristo, rezando y confiando en la
amabilidad de los extraños para que me acompañaran a salvo en mi viaje.
Alcé los ojos al cielo.
—¿Crees que se lo tragarán?
Echándome al hombro mi mochila y mi modesta cartera de cuero negro,
comencé a recorrer la encantadora carretera del medio oeste de la Senda del
Honor. La grava crujía bajo mis botas con un ritmo satisfactorio, el olor de
los árboles frutales frescos colmaban mis fosas nasales y, cuanto más
caminaba, más me preguntaba dónde estarían las ovejas. No las del rebaño
religioso, si no las de verdad, con cuatro patas y cascabeles al cuello. Esa
gente se ganaba la vida tejiendo lana, ¿no? Los del Bien Mayor eran un clan
sin conexión a internet, sin comodidades del primer mundo, que rechazaba
a los desgraciados del siglo XXI.
No pude evitar disfrutar de la sonrisa que me curvó los labios.
Probablemente importaban el hilo de China.
Esa era solo una de las pocas cosas que acabaría probando. Aún no
sabía exactamente cómo iba a resultar este trabajo de detective, pero
caminaba movido por la fe, no la vista.
Miré más allá de los huertos, hacia lo que supuse que eran campos de
hortalizas, y vi media docena de cabezas con capotas: jovencitas encorvadas
recogiendo la generosidad de la tierra del buen Dios.
Bienvenido al siglo XIX, pensé. Era una locura pensar que, en los
tiempos que corren, toda una comunidad pudiera segregarse del resto del
mundo. Esta gente, por lo que investigué y lo que pude determinar, hacía
que los amish parecieran modernos progresistas.
Una de esas capotas se alzó desde la hilera donde estaba cosechando.
Estiró la espalda, se secó la frente y se quedó inmóvil cuando me vio. Había
cervatillos asustado ante los faros de un coche que se aproxima, y luego
estaba esta chica. No sólo parecía como si hubiera visto un fantasma,
parecía que hubiera visto al mismísimo diablo.
Saludé con la mano.
Las demás, ninguna de ellas mayor de veinte años, se irguieron de sus
quehaceres como suricatas en una llanura africana e intercambiaron varias
miradas de incredulidad entre ellas. Estaba claro que no sabían qué pensar
y, sinceramente, no podía culparlas. No quería asustarlas, pero ya era
demasiado tarde. Me dirigí hacia ellas, medio esperando que se dispersaran
en todas direcciones.
—Hola —dije de la forma menos amenazadora posible, manteniendo
una sonrisa amable y educada en los labios—. Espero no estar invadiendo
ninguna propiedad privada, no he visto ninguna señal, pero, bueno, estoy
algo perdido.
Nada. Ninguna respuesta. La más joven se colocó detrás de su mejor
amiga, mirándome como si acabara de llegar de un planeta hostil.
—Me llamo Roman. ¿Padre Roman Byrne? —dije sin saber por qué me
había presentado en forma de pregunta—. Supongo que me he equivocado
de camino al salir de la Cuarenta y Dos. Me preguntaba si...
Las miradas de asombro absoluto se convirtieron en terror. El sonido de
un motor a gasolina rugió detrás de mí y me giré para ver a un hombre del
tamaño de un gorila en un todoterreno de tres ruedas que avanzaba a toda
velocidad entre las hileras de campos verdes, directo hacia nosotros. Los
vehículos de tres ruedas llevaban más de treinta años prohibidos por las
autoridades federales, pero este parecía recién salido del concesionario.
Supongo que la tecnología del siglo pasado era aceptable por aquí, en la
Senda del Honor. Mantuve la sonrisa. Al fin y al cabo, no era más que un
cura inocente con mal sentido de la orientación.
—¿Cómo está? —dije, y esperé a que diera el siguiente paso.
Al parecer, él tampoco sabía qué pensar de la situación. Sería diferente,
supongo, si me los hubiera encontrado por casualidad vestido con un estilo
más contemporáneo. Sus ojos se centraron en mi alzacuello.
—Fuera —le ordenó a las chicas, recordándome a un pastor dando
órdenes a sus perros.
Obedecieron al instante, recogieron sus cestas y sus faldas y alejándose
de mí y del hombre gorila tan rápido como les permitieron sus piernas. Él
apagó el motor, pero siguió montado en su corcel prohibido. Su mirada no
se apartaba de mi cuello.
—Dios le ha enviado —dijo, y luego levantó los ojos hacia los míos.
—Es muy posible —respondí, soltando una risita. No era ninguna
amenaza, nada que temer, y ya había calculado cómo podría tirarlo abajo de
la moto y hacerle una llave de karate en la cabeza antes de que pudiera decir
ni pío. Fue un cálculo instantáneo, un instinto aprendido en mi infancia.
El gorila negó con la cabeza.
—No. Nada de «posible».
—Eh, me temo que no le sigo —dije—. Verá, voy de camino a...
Apretó la palanca y el motor cobró vida de nuevo.
—Sube.
No tuve la oportunidad de contarle mi discurso, también conocido como
mi gran invento por el que había recibido el visto bueno de Dios. Darle
largas, parecer indeciso o tener que pensármelo me delataría. Le dediqué mi
sonrisa más amplia y amistosa hasta el momento, y me subí detrás de él.
DIEZ

ROMAN

Era demasiado fácil. He pasado suficiente tiempo con la nariz metida en los
libros y los ojos pegados a varias pantallas como para saber que, si una
situación va demasiado bien, va a haber problemas más adelante. Muchos
problemas. Estaba preparado para ello, en un sentido muy amplio. También
era consciente de que las dificultades específicas se me presentarían en
consecuencia. Recorrer el recinto de la secta a lomos de un quad
todoterreno, con el trasero enorme de uno de los lacayos de Quinn a menos
de cinco centímetros de mi cara, fue un interesante presagio.
Si no fuera por el gruñido del motor debajo de mí, pensaría que había
retrocedido en el tiempo, antes de que se inventaran cosas como los
carruajes sin caballos. Este pedazo de Lyones, Indiana, era la tierra que el
tiempo olvidó. En su mayoría. Este antiguo pueblo ferroviario y
abandonado estaba sacado directamente de un spaghetti western. Aceras de
madera, fachadas de tablones, todo lo que faltaba eran postes de enganche y
abrevaderos.
Era espeluznante, por no decir otra cosa. Sentí mil ojos sobre mí,
aunque no podía ver a nadie. Supuse que estaban escondidos detrás de las
cortinas, asomados a las ventanas, observando al hombre de la larga túnica
negra que intentaba mantener la nariz alejada del culo de un hombre
gigante.
La torre de la estación se alzaba por encima de todo, proyectando su
sombra sobre todo lo que la rodeaba. Sus paredes eran tan blancas que
resultaba casi doloroso mirarlas. El paisaje era sencillo, pero de buen gusto,
bien cuidado, más que ningún otro edificio. Sobre la entrada principal había
pintada una cruz dorada gigante y, bajo ella, la representación artística de un
antiguo pergamino, dando la bienvenida a sus fieles a la Iglesia del Bien
Mayor. Dos enormes banderas blancas flanqueaban la doble puerta de
entrada, cada una con la imagen de la cruz amarilla.
Una daga de nervios me punzó las tripas.
Me acomodé la mochila en el regazo y observé cómo la iglesia
desaparecía por el retrovisor y las banderas se desplegaban con la brisa
como si dijeran adiós.
Mi chófer tomó la siguiente a la derecha y, tras unos momentos
extraordinariamente incómodos, llegamos a la entrada de la casa de Quinn.
Era la más grande de las residencias que había visto. La única de dos
plantas, del mismo tono que la «iglesia» y la única con una pintura que no
estaba descascarillada. En el segundo balcón se veían con orgullo la
bandera blanca y la cruz características del Bien Mayor.
Acababa de bajar cuando se abrió la puerta. Bridget Quinn salió al
porche, se llevó las manos a la boca y las mejillas se le llenaron de
lágrimas. Se persignó varias veces, miró al cielo y pronunció lo que supuse
que era una oración de agradecimiento alterada.
Detrás de ella estaba William.
La daga de nervios de antes se me clavó en el estómago, caliente, y
odiosa. William era la persona más discreta que jamás hubiera conocido.
Mediocre en todos los aspectos. Ni demasiado bajo, ni demasiado alto. Con
un par de gafas de lectura en la punta de la nariz y una Biblia de cuero rojo
entre las manos.
—Por el Señor. —Me pareció oírle decir. Se llevó la Biblia a la frente,
murmuró algo indescriptible y bajó los escalones hacia mí. Bridget cayó de
rodillas y empezó a balancearse de un lado a otro.
El gorila del todoterreno juntó las manos en señal de oración y recordó
que había olvidado apagar el motor. Lo apagó y agachó la cabeza,
moviendo los labios pero sin emitir sonido alguno.
Había visto mucha mierda en mis días, todos los niveles de depravación
y psicosis; desde mi madre sufriendo una sobredosis el día de Navidad,
jóvenes amigos en ataúdes, la arcaica pero inesperadamente popular
práctica de la mutilación genital, todas esas glorias… Pero esta gente, sin
embargo, se llevaba la palma. O la hostia comunal, dependiendo de las
inclinaciones religiosas.
—Querido Dios. Él... Él ha respondido a nuestras plegarias —dijo
William al detenerse a mi lado. Sus ojos estaban grandes y húmedos. Y
siniestros.
—¿Señor...? —respondí, porque Dios sabía que no tenía ni idea de qué
decir.
—Bienvenido, padre. Bienvenido, bienvenido. —Extendió la mano que
no estaba enroscada alrededor de su Biblia.
No quería tocarle. Tomé su mano entre las mías, esperando que su
fuerza fuera la de un pez flácido. Su palma estaba sudada, pero era fuerte,
desesperada.
—Me llamo William. Mi esposa, la buena madre Bridget —dijo
dirigiéndose rápidamente a la mujer arrodillada en el porche—. Y el
hermano Joseph, el que os ha entregado a nosotros, por voluntad de Cristo y
del espíritu santo.
Aparté la mano. Me contuve de limpiármela en los pantalones.
—Roman Byrne —respondí—. Perdone mi intromisión, William, pero
yo...
—No es ninguna intromisión. Su presencia es la respuesta a nuestras
plegarias, un milagro. Por Dios santísimo, usted es lo que hemos implorado
al Altísimo.
—¿Yo?
Le brillaba la mirada. Respiró entrecortadamente, como si se estuviera
conteniendo para no llorar.
—Estamos infestados por el demonio, Padre Byrne. Nuestra hija está
plagada. Los demonios se alimentan de su inocencia. Satanás ha
corrompido su alma y, aunque somos prójimos de Dios y del Hijo, estamos
indefensos ante esto. Por favor, entren —dijo William.
—Por supuesto —respondí.
Infiltrarme en una secta de tales proporciones era una especie de misión
de reconciliación. Aunque pretendía confiar en mi instinto y en el arte de la
espontaneidad, tenía un plan. Una guía. Una primera parte, para simplificar
las cosas. Yo era un hombre de Dios en medio de una peregrinación que,
por casualidad, había tomado algunos caminos equivocados. Eso es lo que
había contado, y lo que parecían creer.
La segunda parte quedó entre Dios y yo. Habíamos planeado mis
próximos movimientos para poder incluir una estancia de unos días en las
entrañas del Bien Mayor, husmear y ver si podía descubrir cómo Bradley Q
Smythe entraba en su ecuación. Necesitaba encontrar la conexión, o mi
alma no sería la única manchada por estos lares.
La «buena madre» Bridget, lo que quiera que eso signifique, nos sirvió
a William y a mí una bandeja de bocadillos de tomate, cuencos de caldo y
una tetera de té negro. Todo era bastante insípido, pero al menos el té
superaba el relleno artificial de tarta de manzana que se había apoderado de
mis papilas gustativas. El hermano Joseph había tomado asiento en el salón
contiguo, lo bastante lejos como para dejarnos a William y a mí intimidad,
pero lo bastante cerca como para volver a la carga y patearme el culo si
hacía falta. Era el perro guardián de Quinn, obviamente. Y aunque los
Quinn estaban siendo hospitalarios, no estaban acostumbrados a recibir– a
extraños o a confiar en ellos.
Bridget no se nos unió. Después de servirnos, se disculpó y subió al piso
de arriba. Para ser una casa tan vieja, pensé que oiría sus pasos arrastrando
los pies y crujiendo mientras cumplía con sus obligaciones, pero no oí nada.
William cogió una cucharada de rábano picante rancio de una taza y se
la untó en el tomate. Intenté no hacer una mueca. Aquello era asqueroso.
—¿Nos ayuda, padre? —dijo, más a su bocadillo que a mí. Volvió a
colocar la rebanada superior y presionó. Con fuerza.
—Tengo que ser honesto con usted, William. Nunca he realizado tal
sacramento.
Apretó más fuerte, aplastando su almuerzo como si estuviera enfadado
con él.
—Dios te envió aquí para ayudarnos.
—Estoy seguro de ellos, pero pensé que debería saberlo.
—Lo haría yo mismo, pero soy su padre. Nuestra fe lo prohíbe
expresamente.
Los conflictos de intereses me eran desconocidos. Por otra parte, su
interpretación de la palabra de Dios era una distorsión. La moldeaban como
si fuera arcilla, para adaptarla a sus necesidades. Observé cómo le daba un
mordisco a su bocadillo. Una baba pegajosa de color rosa rojizo brotaba de
las esquinas. Un trozo de rábano picante cayó sobre el plato con un
estruendo audible.
—¿La ha visto un médico? —pregunté, incapaz de ocultar mi mueca
esta vez. Cogí la taza de té y le di un sorbo.
—¿Un médico”? —preguntó como si acabara de insultar su inteligencia
—. ¿Por qué preguntas tal cosa?
—Es una pregunta que siempre se hace, William. En serio. Siempre
queremos descartar otras causas. Ya sabes, aparte del maligno.
William volvió a dejar su bocadillo y lo fulminó con la mirada.
—No creemos en los médicos.
Debería haberlo visto venir. William arrugó la servilleta hasta hacer una
bola.
—Hemos rezado. Todos nosotros hemos rezado de rodillas una vigilia
por mi hija. Toda la noche. Toda la noche, Padre Byrne, y hoy se encuentra
usted con nosotros. Esto no es cosa de la suerte , ni una coincidencia. Usted
ha sido enviado por el Señor como nuestra absolución del dominio de
Satanás. ¿Y usted habla de médicos?
Volví a dejar la taza vacía en su platillo. Mantuve el contacto con sus
ojos profundos y furiosos. No era el momento de debatir la cuestión de la
ciencia médica frente a su creencia fanática en una deidad personalizada.
Conocía muy bien a los de su calaña. Dejémosle hablar de su retorcida paz.
Tenía todo el tiempo del puñetero mundo.
William se apartó de la mesa.
—. ¿Debo subir e informar a su madre de que su hija seguirá sufriendo?
¿Porque no hemos invitado a los embaucadores de los médicos con sus
mentiras e infecciones?
¿Infecciones?
»Sus falsos diagnósticos, sus frascos de veneno prescritos, todos
destinados no a curar, sino a perpetuar la enfermedad. Su dios no es otro
que el beneficio. Son pecadores y arderán por ello.
Así que... los médicos quedan descartados, pensé. Así como la razón, la
lógica y la más mínima comprensión de la realidad. Estaba bien, podía
entrarle al juego. Si de verdad creía lo que decía, no se lo discutiría. Eso
sólo le cabrearía. Necesitaba «colarme» de alguna forma y la supuesta
posesión demoníaca de su hija era la excusa perfecta.
Una pizca de inquietud me recorrió las entrañas. Como sacerdote, en
buena posición o no, y la mía era definitivamente un no-, mi creencia en un
poder superior era inquebrantable. Pero con un poder superior, también
tiene que haber uno inferior. No puedes tener uno sin el otro. Y me
pregunté, por un segundo, cuál de los dos era el responsable de esta
excursión en particular.
—¿Cómo se llama, William? —pregunté, rodeando la taza de té con las
manos, sintiéndome como si estuviera negociando con un terrorista.
Además de intentar descubrir lo que realmente hacía funcionar
económicamente al Gran Bien, ahora teníamos una situación con rehenes.
Pensé que preguntarle cómo se llamaba su hija le sacaría de su mal
humor, pero, en lugar de eso, le enfureció más.
—Harper —gruñó, como si las palabras le escocieran al salir de la
garganta.
—¿Y cuánto tiempo ha...
—¿Va a cumplir la voluntad de Dios o no? ¿O es usted, Padre Byrne, un
falso profeta? ¿Me ha enviado el Señor un embaucador? ¿Un charlatán?
Desde el salón, la silla del hermano Joseph se deslizó hacia atrás sobre
el suelo de madera.
—Esperaría que pudieras entender mi ingenuidad con respecto a sus
creencias, William. Aunque similares a las mías, no son exactamente
iguales, ¿sabe? Si le he ofendido de alguna manera, lo siento.
William volvió a la mesa y cogió la servilleta hecha bola. Le vi levantar
los ojos detrás de mí, hacia el salón donde sabía que estaba Joseph el
Gorila. Muy posiblemente con la mano en una funda de pistola que yo no
había visto antes.
—Puede que tengamos posturas opuestas, William, pero estaremos
juntos en esto.
Iba a tomarse su tiempo con esto. Disfrutaba siendo el alfa, a cargo de
todas las cosas todo el tiempo. Déjalo estar, al loco bastardo.
—Tú... cumplirás con tu deber, entonces, como te lo ordenaron Dios y
Cristo.
—Lo haré.
William se persignó y murmuró una rápida oración.
—Amén —murmuró, y me miró fijamente a mí, a mi alzacuellos y a mi
cruz.

DEJAMOS el quad del gorila y nos dirigimos a lo que William describió


como un refugio contra tormentas. Antes de que el Bien Mayor se hiciera
con este lugar, alguien había instalado un búnker antinuclear bastante
elegante. Databa de un tiempo en que la crisis de los misiles cubanos estaba
de moda. Era bastante ingenioso, en realidad; un viejo contenedor de
transporte, enterrado tres cuartas partes del camino en una ladera. Sólo la
puerta de acceso estaba expuesta. El resto había sido reclamado por la
naturaleza, cubierto de malla de hiedra y musgo. En esencia, era una cueva
artificial. Como Lyones se encontraba en un tramo de topografía que había
visto su buena ración de ciclones, este pequeño refugio de supervivencia
servía muy bien a los de alto rango de la secta.
Supuse que el resto del rebaño tenía que valerse por sí mismos.
Ese era el camino de Dios, y asumí que también era la justificación
farisaica de William.
Los cuatro nos detuvimos frente a la puerta, mientras William sacaba un
llavero de su bolsillo. Bridget había sido autorizada a venir con nosotros y
había recibido instrucciones explícitas de mantener sus emociones
femeninas bajo control. El diablo se alimenta de los vulnerables, le recordó
William. Ella asintió en señal de sumisión, lo que me pareció extraño.
Bridget era una mujer bastante fornida. No necesariamente gorda, pero
compacta, fuerte. No podía imaginarme a una comadreja como William
diciéndole lo que tenía que hacer. Su estatura por sí sola no conducía a la
obediencia incondicional.
Sin embargo, guardó silencio, se la veía pero no se la oía. La única vez
que dio señales de vida fue cuando su mirada se posó en un objeto junto a la
puerta.
Una sábana, manchada con vetas de color rojo parduzco y tirada a un
lado. A su lado, un tablón de contrachapado, también manchado con la
sangre de alguien.
Dios mío, estas personas iban en serio. Eras unos locos que iban en
serio. Una mala combinación.
William metió la llave en la cerradura.
—Hermano Joseph, te ruego que te quedes fuera. Si hay ojos que
curiosean, toma nota.
—Eso haré —dijo. Y adoptó su posición de centinela: manos juntas y
pies abiertos. Nadie pasaría.
—Padre nuestro, bendícenos y protégenos —imploró William.
—Amén —añadí en aras de la legitimidad.
Bridget se limitó a pronunciar la palabra con los labios mientras su
marido abría la puerta.

NO SÉ lo que me esperaba. No pude evitar imaginarme a una niña sujeta a


una cama con dosel, con sopa de guisantes saliendo de su boca, llagas y
ampollas abiertas en carne putrefacta.
En su lugar, había una mujer joven de pie en la cocina modificada, con
la pierna apoyada en la encimera, curándose una fea herida en la cara
interna del muslo. Llevaba un camisón de algodón liso, la silueta de su
cuerpo iluminada por la lámpara que había colocado para arrojar más luz
sobre la lesión que estropeaba su piel perfecta. El pelo le caía sobre la
espalda, una cascada de bronce dorado. Descalza y hermosa, mi reacción
inmediata era ir a por ella y marcharme; sobrepasar al gorila del hermano
Joseph, correr como alma que lleva el diablo y resolver los detalles más
tarde.
Sus ojos se clavaron en los míos. Eran profundos y estaban húmedos. Y
heridos. Jadeó, como si hubiera visto el proverbial fantasma y, por un
instante, pensé que correría directa a mis brazos.
No me importaría.
Todo sucedió muy rápido, pero, al mismo tiempo, a cámara lenta.
Estuvo a punto de caerse de la encimera, y un pequeño grito de dolor se le
escapó al apoyar el peso en la pierna herida.
Él había hecho eso. Él le había provocado tal herida, pensé, sabiendo
muy bien que William era el responsable de su lesión.
Se tambaleó un poco al recuperar el equilibrio, pero su mirada seguía
sosteniendo la mía. Lo que pasó entre nosotros en ese pequeño y
microscópico segundo fue una sensación que sólo podría describir como
conocimiento. El mundo entero y todo lo que había en él encajaron de
repente, toda la locura y la demencia desaparecieron en un cálido destello
de comprensión. Podía verme con ella y, por la mirada que me dirigió, lo
mismo había pasado por su mente.
Hasta que miró detrás de mí, a su padre y a la buena madre de Bridget.
Las lágrimas le brotaron detrás de los ojos, y pude ver cómo apretaba la
mandíbula. Había visto mucho dolor y odio en mis días. El suyo era un
tormento sobre el que sólo había leído.
—¡Haz que se vayan! —gritó, mirando directamente a sus padres. O
debería decir, enfurecida contra sus padres con una ira ciega y absoluta.
Luego, mirándome con tanta súplica y con tanta esperanza, que me odié por
lo que tuve que hacer a continuación.
Saqué mi Biblia del bolsillo de la sotana y empecé a leer.
—El que habita al abrigo del Altísimo, morará a la sombra del
Omnipotente. —Salmo 91. Siempre es bueno para protegerse.
—¡No! —chilló, mirándome como si acabara de traicionar una solemne
confianza.
Me tragué el nudo ácido que tenía en la garganta.
—«Diré al Señor: 'mi refugio y mi fortaleza, mi Dios, en quien
confío»—.
—¡Basta ya! Por favor, ¡para! —ahora estaba sollozando,
derrumbándose delante de mí.
Esto no es para ti, pensé. Por favor, tienes que saber que esto no es
para ti, sino para nosotros. Sé lo que está pasando...
—¿Ves, buena madre? ¿Ves cómo el diablo rechaza los Salmos? —dijo
William con pánico, como si estuviera absolutamente aterrorizado. Dios, si
él supiera lo farolero que yo sabía que era.
—Marido, oh... oh, marido mío —lloró Bridget. Cogió un pañuelo fino
de su delantal y se secó los ojos y la nariz.
Dios mío, qué par de gilipollas, no pude evitar pensar. Ofrecí un rápido
«lo siento, Dios», y pasé la página. Me había aprendido todos los salmos de
memoria, pero no podía recordar ni una palabra. Tenía que concentrarme en
mi farsa. Y yo era mucho mejor actor que mamá y papá Quinn.
Harper aspiró una temblorosa bocanada de aire.
—Se suponía que ibas a ayudarme... —dijo, bajando al suelo,
arrodillada en un charco de su propia sangre—. Soñé que me ayudarías.
El corazón me retumbaba en el pecho. Puse el dedo bajo el siguiente
versículo y continué:
—«Porque él os librará del lazo del cazador y de la peste mortal...».
Un grito de banshee salió de la garganta de Harper.
—¡No! ¡Maldita sea, no! —se le quebró la voz, los ojos le ardían de
odio. Había fuego en ellos. Se levantó del suelo y se abalanzó sobre mí con
la velocidad de una bala de cañón.
La Biblia se me cayó de las manos cuando ella chocó conmigo. Sus
puños me golpearon los hombros. La agarré de las muñecas, intentando no
hacerle daño ni asustarla más de lo que ya estaba.
—Bajo sus alas encontrarás refugio —le dije—. No temerás el terror de
la noche. —No estaba diciendo el salmo correctamente, pero esas fueron las
palabras que surgieron en mi memoria. Para calmarla, para aliviarla, aunque
sólo fuera por un momento—. Ni la flecha que pasa volando...
—Vete al infierno —siseó.
ONCE

HARPER

Le odiaba. Durante años fue mi salvación, mi fantasía, mi amor prohibido.


Su imagen, la visión que había tenido hacía tantos años, entró en la prisión
de mi celda y, por un instante, pensé que por fin había llegado. Los mismos
ojos oscuros, la misma complexión, y el Dios que me había traicionado de
repente me envió un milagro. Él estaba aquí. Aquí mismo. Para levantarme
y liberarme del infierno en el que me habían encerrado.
Mi corazón se aceleró durante un único y hermoso instante. Cuando le
miré a los ojos, los mismos ojos de hace tantos años, vi el mismo destello
de reconocimiento. Fue como si su corazón también se hubiera saltado uno
o dos latidos. Y todo lo que quería, todo lo que deseaba, era correr hacia él,
rodearle el cuello con mis brazos y que me llevara lejos. Lejos de este lugar,
de esta gente. Sólo él y yo.
Pero, no.
No hay salvación. Ciertamente no hay ningún rescate. Sólo es otro
truco. Otro engaño. Otra traición. Evidenciado por la presencia de William
y Bridgett, justo detrás de él. La Buena Madre con sus manos retorcidas, la
postura pequeña pero poderosa de William, me habían entregado al hombre
del que me había enamorado a lo largo de tantos años solitarios, y yo los
despreciaba a todos.
Golpeé los puños contra él, tan fuerte como pude. Había estado soltando
el mismo salmo miserable que William me canturreaba. Trabajaba para
ellos. Era su lacayo pastoral. Era como todos los demás. Pero esto dolía
más, esto me dolía mucho más que cualquier paliza que hubiera recibido,
cualquier castigo que hubiera tenido que soportar. Esto era todo lo
miserable que me había pasado a lo largo de toda mi vida junto y envuelto
en una horrible atrocidad.
Me agarró por las muñecas, impidiendo que le diera un puñetazo. Me
agarraba con firmeza, como si sujetara a un pajarillo, sin dejarlo volar, pero
sin aplastarlo. Después de todo este tiempo, después de todos mis deseos,
estaba aquí. Por fin, por fin, estaba aquí. Abrazándome, con esos ojos
oscuros mirándome, su cuerpo a centímetros del mío, y yo quería escupirle.
—...no se permitirá que te suceda ningún mal.
Su voz dulce y profunda, justo encima de mí. ¿Cuántas veces había
pasado el tiempo en medio de una pasión imaginaria con él? Pensando en
cómo se sentía su carne contra la mía, pero nunca, jamás supe cómo sonaba
su voz. Ahora lo sabía.
—Porque mandará a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en
todos tus caminos.
—No —lloré. Las rodillas empezaron a doblárseme de los dolores en mi
cuerpo junto con el dolor en mi corazón.
—Sobre sus manos te sostendrán, no sea que golpees el pie contra una
piedra.
—Mentiras —dije, con la voz grave por los gritos, el calor en la
garganta subiéndome por la pena. No había ángeles. Ninguno que se
preocupara por mí—. ¡Todo lo que dices son mentiras! —Me dolió decirlo.
Me sentí como si hubiera estado bebiendo piedras.
William y Bridget intercambiaron una mirada de profunda
preocupación.
¿Sueno como el diablo, buena madre? ¿A mi padre? ¿Así sueno? ¿Así
sueno?
Bien.
Su mano se aflojó. Sus manos, que deberían estar alrededor de mi
cintura o en mi nuca para atraerme hacia sus labios, se aflojaron.
—Pisarás al león y a la víbora —continuó—. Al león joven y a la
serpiente los pisotearás.
Vi de lo que hablaba en mi mente. Una serpiente, deslizándose frente a
una joven leona. Sus fauces gigantescas y abiertas y sus colmillos afilados
como cuchillas, bramando una advertencia.
—Y porque Él se mantiene firme...
No debería ser así. Este no era nuestro destino, no es la forma, no es la
forma, no es la forma ...
—Se aferra a mí en el amor...
—¡No puedes hablarme de amor!
Y con las últimas fuerzas que me quedaban, y el gran gato rugiendo en
mi cabeza, aparté mi mano de la suya y le di una bofetada en su fuerte y
preciosa cara.
No se movió.
—¡Ya lo ves! ¡Ves que la bestia vive dentro de ella! —gritó William,
casi con regocijo. Bridget corrió hacia el santuario de Cristo, cayó de
rodillas y empezó a encender las velas. Todas las velas. Murmuró oraciones
en voz baja mientras el retrato de Jesús crucificado se cernía sobre ella. Se
persignó una y otra vez.
Apreté los dientes y miré fijamente a los ojos del cura. Esperando, no,
retándole a devolverme la bofetada. A estas alturas, no había dolor que no
pudiera soportar. Era una veterana en esto del sufrimiento, del dolor, y esa
enseñanza me estaba sirviendo bastante bien. Al fin y al cabo, el Señor sólo
te da lo que tu alma puede soportar.
En cambio, vi que le invadía una extraña e inesperada suavidad.
Lástima.
—Perdóname, Harper —dijo.
Sus palabras me tomaron desprevenida. Me preparé para el inevitable
impacto de su palma abierta contra mi mejilla. O de su cinturón saliéndose
de las hebillas de sus pantalones para desgarrar más de mi carne. Pero lo
único que hizo fue mirar a Bridget, que murmuraba y se balanceaba frente a
las velas sacramentales, y luego a William.
—Ya veo por qué me necesitan aquí —dijo.
Un destello de absoluta satisfacción iluminó el rostro de mi padre.
Esa no es la expresión que debería tener. ¿Acaso un representante
ungido de Dios no acababa de confirmar que su carne y su sangre han sido
invadidas por una presencia satánica? Debería estar tan arrugado y
angustiado como mi madre, murmurando plegarias al cielo en un rincón,
pero William se mostraba positivamente ansioso.
El sacerdote se arrodilló para recoger su Biblia del suelo, lentamente,
mirando el hilillo de sangre que aún goteaba por mi pierna. Había intentado
remendarme, pero había pocos medios para hacerlo en esta pequeña y
encantadora caverna. No había vendas, ni gasas, ni esparadrapo. Lo mejor
que pude hacer fue apretarme un trapo seco contra el muslo. Tampoco había
agua corriente ni electricidad, por supuesto. Esas comodidades eran
exclusivas de la iglesia del Bien Mayor y, una vez a la semana, de nuestra
casa. Aunque nunca se me permitió disfrutar de ninguna de ellas.
—¿Cómo debemos proceder? —preguntó William. Sonaba emocionado
de veras, como si esto fuera lo mejor que le hubiera pasado.
El sacerdote se levantó del suelo. Sus gestos, su aura, todo me hacía
creer que quería acercarse y tocarme. Acariciarme la mejilla con el dorso de
los dedos. Tomarme en sus brazos. Estaba tan cerca, me mordí el labio
inferior. No podía seguir mirándole. Y no podía apartar la mirada.
—¿Qué te ha pasado en la pierna?
Mi voz se olvidó de cómo funcionar. Desapareció en algún lugar de mi
pecho, escondiéndose. Abrí la boca para hablar e hice un gesto a William,
pero...
—No me quedó más remedio —ladró mi padre. —Cuando el diablo
salió de las entrañas de su pozo, su fuerza maligna y perversa se apoderó de
ella. Por sus venas corría la fuerza de seis hombres. —Bajó la cabeza y la
voz—. Ella... nos atacó.
El hombre de mi visión me miró, vio que mis ojos se abrían de par en
par ante la escandalosa mentira que mi padre acababa de soltar. Mis labios
se entreabrieron ligeramente. Pero lo único que pude hacer fue sacudir la
cabeza.
El ojo de William se crispó.
—Desenfundé mi cinturón sobre ella, en defensa⁠—.
—Para desbaratar la hueste de la bestia —dijo Bridget, poniéndose en
pie con los dedos apretados, sujetos contra la barbilla.
—Mentir es un pecado —susurré.
—¿Lo oyes? ¿Oyes la blasfemia que sale de sus labios? En verdad, es
rehén del Diablo.
—No hice más que querer irme —dije, esta vez más alto. Tenía la
mirada clavada en el suelo, no podía mirar a nadie en ese momento, y la ira
y la rabia que me hervían en el vientre hacían que se me agitase el pecho.
La respiración se me aceleraba y mis puños se apretaban—. Me pegaste a
cuento de nada. Siempre me pegas a cuento de nada.
—Rehén del Diablo —Bridget repitió la acusación de William.
—¡No soy rehén de nadie más que de ti! Vuestras iglesia. Es...
—Rehén del Diablo, rehén del Diablo —cargó Bridget para sí misma, y
luego rompió a llorar.
—Padre, te lo ruego —imploró William. —¿Nos ayudarás? —Luego
añadió como una ocurrencia tardía—: ¿La ayudarás a ella?.
—Dios me ha enviado para no hacer más que eso —dijo, y luego me
miró directamente—. Oremos.
Inclinó la cabeza. El hombre que sabía que había venido a librarme del
mal que era la iglesia del Bien Mayor, mis padres y las falsedades que
representaban, me estaba traicionando. Igual que había hecho Dios.
No fue el diablo, sino la furia engendrada por mi circunstancia lo que
me impulsó.
Corrí hacia la puerta. No la habían cerrado. Yo era un animal, una leona,
y no me retendrían más en esta jaula. No podía soportarlo, no me importaba
si mi pierna gritaba con una angustia abrasadora al abrirse de nuevo la
herida mientras empujaba al cabrón de clérigo, a mi madre que coreaba y a
William. No iban a detenerme, ni siquiera lo intentaron. Y cuando abrí la
puerta de golpe, el hermano Joseph me miró fijamente.
—Pobre niña —dijo, y me levantó del suelo.
Era demasiado para mi leona interior. El hermano Joseph me sujetaba
como una fuerza sin igual, imperturbable ante mis pataleos y mis gritos
mientras me retorcía contra él, intentando arañarle los ojos, golpearle la
cara.
Nada funcionó. Estaba indefensa, no más fuerte que un pececillo en las
fauces de un tiburón.
—Que Dios te bendiga y te guarde —dijo el cura. No sabía si me
hablaba a mí o a los monstruos de la habitación. Porque eso es lo que eran,
monstruos.
Esta era mi pesadilla. Había soñado tantas veces con él, el que me hacía
compañía por las noches, me estrechaba contra su pecho y me daba placer.
El hermano José me llevó hacia la cama.
—Rogamos la guía del Señor, su divina protección...
—¡Basta! —grité mirando a William, que rebuscaba en el armario de
suministros y sacaba varios rollos de cuerda.
—Mientras miramos hacia el valle de las sombras, de la muerte,
buscamos con humildad...
—¡No! No, por favor, D… —No iba a decir «Dios», no lo iba a decir.
Había decidido no ayudarme, no iba a escuchar mis plegarias ni mis
súplicas. No tenía a nadie, a nadie en absoluto, y mientras William
empezaba a atarme las muñecas, miré con odio al capullo vestido de
clérigo.
—¿Cómo puedes permitir que pase esto?
—…busca con humildad el escudo que proporcionas, para protegerlos
del mal...
La locura se apoderó de mí mientras intentaba zafarme de mis captores.
Los cánticos de Bridget retumbaban en mis oídos mientras Joseph me
sujetaba las manos contra las barras de hierro del cabecero. William se
arrastró hasta la cama a mi lado y me ató las muñecas con las cuerdas .
—Porque tú eres un Dios misericordioso, un Dios justo...
—¡No lo es! ¡Es un mentiroso! ¡Es un mentiroso! ¡Un mentiroso!
Ahora estaba bien atada, mi propia crucifixión. William empezó a
retirarse del colchón, satisfecho con su trabajo, sonriéndome como un
lunático. La bilis me subió por la garganta cuando vi su erección empujando
contra la entrepierna de sus pantalones.
—Y por tus bendiciones, rogamos humildemente —concluyó el
sacerdote.
Eché la cabeza hacia atrás contra el cabecero y grité.
DOCE

HARPER

William se sentó en un rincón, con las manos juntas sobre el regazo. Bridget
se arrodilló a su lado, aferrando su Biblia roja y su rosario favorito. Tenía
los ojos enrojecidos y movía la boca en oraciones silenciosas que sólo ella
podía oír. Pidieron al hermano Joseph que se marchara, ya que, según el
mamón del sacerdote, no era familia de sangre y se trataba de un rito muy
privado y sagrado, al que sólo debía asistir la familia inmediata. Regresaría
a su puesto de guardia en el exterior y rezaría sus propias oraciones. Si
alguien de buen oído le preguntaba qué estaba pasando, tenía instrucciones
explícitas de decir únicamente que William y la Buena Madre Bridget
estaban experimentando una prueba suprema de fe. Y como eran
favorecidos a los ojos del Señor, Él envió refuerzos para ayudar a su
malvada e inicua hija.
El clérigo rebuscó en su bandolera y sacó una sobrepelliz blanca, una
estola morada y un frasco de agua bendita. Se cubrió la cabeza con la
sobrepelliz y besó la estola mientras la colocaba sobre sus anchos hombros
masculinos.
Pensé en cómo sería coger esa estola y retorcerle el cuello con ella.
Cerré los ojos y le pedí a Dios que alejara esos pensamientos. Le pedí que
me alejara a mí de ahí. Entonces recordé que Dios no me había escuchado
en absoluto y que, en realidad, estaba haciendo exactamente lo contrario a
lo que yo le suplicaba. Él no me rescataría de esto. Nadie me rescataría de
esto.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... —dijo,
rociando el agua contra mis padres, las esquinas de la habitación y contra
mí.
Reprimí las lágrimas y los mocos que corrían libremente por mi nariz.
Me dolía todo. Cuanto más intentaba forcejear contra mis ataduras, más me
cortaba la piel con la cuerda. Intenté no llorar ni temblar más. Pero todo me
suponía un dolor gigantesco. Tenía la columna doblada en un ángulo
incómodo, presionada contra los barrotes de hierro, y deseaba perder el
conocimiento para que librarme de esto. No despertarme nunca más
también sonaba bien.
—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre —la
voz del sacerdote resonó por toda la sala.
Resoplé. Ni siquiera sabía decir correctamente el Padrenuestro.
—Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en
el cielo —continuó, su voz cada vez más cercana, y entonces...
Me separó de los barrotes y me puso una almohada detrás de la espalda.
Abrí los ojos.
—¿Estás poniendo cómodo al diablo? ¿Le mulles las almohadas? —
exigió saber William desde la esquina, con la voz entrecortada como si no
pudiera creer semejante herejía.
—Oye, ¿William? Ahora guarda silencio, ¿sí? Gracias —dijo el cura, y
luego sacudió la cabeza como si tampoco pudiera creerse nada de esto.
Metió la punta del dedo índice en el vial y me tocó la frente.
Me recorrieron escalofríos por todo el cuerpo.
—Danos hoy nuestro pan de cada día, y perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en
la tentación y líbranos del mal —recitó, posando suavemente su mano en un
costado de mi cara.
Era la primera vez que un hombre me ponía las manos encima sin
provocarme dolor.
—Tuyo es el reino y el poder y la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
—Amén —dijeron William y Bridget al unísono, sin que ninguno de los
dos pareciera decirlo en serio.
Tragué saliva, con fuerza.
—Amén —respondí.
Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Un
demonio no podía decir «amén», todo el mundo lo sabía.
Bridget jadeó.
—¿Has... has oído eso...?, —dijo en un tono amargo y quedo.
—Silencio, buena madre —dijo William—. Es un engaño. La farsa del
diablo, ¿verdad, Padre?
Habla de engaños y del diablo, padre. ¿También le contarás al hombre
de Dios lo dura que se te ha puesto?
—No lo sé —respondió el cura—. Todavía no —dijo, sin dejar de
mirarme, y luego retiró la mano.
No quería que lo hiciera.
—Me llamo Roman —dijo.
Las lágrimas volvieron a brotarme tras los párpados. De todas las veces
que lo había imaginado a mi lado, dentro de mí, nunca supe su nombre.
—Ayúdame —susurré.
Asintió con la cabeza y sonrió. Era lo más hermoso que había visto
nunca.
—Eso haré.
—¿Qué clase de rito es éste? —espetó William, levantándose de su silla.
Aparentemente, ya se le había aflojado la entrepierna—. ¡Te sientas al lado
del mismísimo Diablo! ¡Cómo si fuerais a compartir el té! ¿Es esto lo que la
iglesia católica prescribe contra la posesión demoníaca? ¿Una charla
amistosa?
Algo brilló tras la expresión de Roman. Su sonrisa se volvió amarga.
—Si desea que me vaya, señor Quinn, lo haré con mucho gusto.
Se me revolvió el estómago.
No. No, no, no. Por favor, por favor, no...
—Aunque, me imagino que la gente de su buena comunidad puede
cuestionar tal decisión. ¿Estoy en lo cierto?
William se mordió la lengua. Sus ojos se entrecerraron en pequeñas
rendijas de odio. Miró a mi madre y los dos intercambiaron una mirada que
yo nunca había visto. Nadie cuestionaba a William Quinn, era la mano
derecha de Jesús, el discípulo silencioso. Nadie en su sano juicio dudaría
jamás de su asociación divina.
Volvió a sentarse.
—Estupendo —dijo Roman. Abrió su Biblia, la sentó en su regazo y
empezó a leer—. Querido Dios, cuya naturaleza es siempre misericordiosa
y perdonadora, acepta nuestra plegaria para que este siervo tuyo, atado por
las cadenas del pecado, sea perdonado por tu amorosa bondad. — Se llevó
la mano a la bandolera y sacó un medallón. Algo muy bonito, y de plata y,
cuando se sentó a mi lado, el colchón se inclinó pesadamente hacia un lado.
Un cohete de dolor me atravesó el muslo. Como si me hubieran
prendido fuego en toda la pierna. Un grito brotó de mi garganta cruda y
reseca, incendiándola también. Las cuerdas me mordían la piel mientras
todo mi cuerpo se agarrotaba. Mis propios gritos resonaron en mis oídos,
retumbando en mi cabeza, gritos que sólo se oyen en las entrañas de un
manicomio.
Mi madre también gritaba. Algo sobre Jesús, y William, y el mal que se
había instalado en su casa. Del mal, y de demonios, y fui vagamente
consciente de ella huyendo del refugio con William persiguiéndola. Él la
estaba amonestando por su cobardía, acusándola de que no había rezado lo
suficiente, y la puerta se cerró de golpe tras ellos.
—...duele... —Me pareció oírme decir—. ...todo... duele...
Y luego, nada.
Ni un sonido.
Una de las características más terribles del refugio de mis padres era su
silencio. Sepultado a mitad de camino en la ladera de una montaña, una vez
cerrada la puerta, lo único que uno podía oír era su propia respiración.
William decía que eso era perfecto para reflexionar adecuadamente sobre
las propias oraciones.
¿Estaba sola? ¿Me habían abandonado todos?
Podría simplemente abrir los ojos, pero eso significaría ver. Ver era
saber, y yo no quería saber.
—¿Harper?
Era la voz de Roman. Mi hombre misterioso de ojos oscuros y piel
bronceada, y como el Dios que representaba, no estaba segura de poder
confiar en él.
Nada de esto estaba ocurriendo, concluí. Había intentado convencerme
de eso anoche también, en esta silenciosa caja oscura. Sepultada en la
montaña. Como un ataúd.
—Harper, eh. ¿Puedes abrir los ojos?
Creo que negué con la cabeza.
—No sé cuánto tiempo tardarán en volver —le oí decir, y luego, se oyó
un crujido. Otra vez estaba rebuscando en su bandolera. O... o, ¿cuál era la
palabra que usaban los forasteros...? ¿Una mochila?
—Ven. Vamos —dijo, y su mano me acarició la nuca, instándome a
sentarme un poco más erguida—. No tienes que abrir los ojos si no quieres,
pero al menos bebe un sorbo de agua, ¿vale? Puedes hacerlo, ¿sí?
Agua. Eso sonaba muy bien. Había un bidón de agua de emergencia
debajo del fregadero, pero se necesitaba una llave especial para abrirlo y yo
no sabía dónde estaba. No había bebido nada desde que me encerraron aquí.
Ni había comido.
Separé los labios. El agua no estaba fría, pero estaba húmeda. Húmeda y
deliciosa. Una pequeña parte de mí pensó que tal vez estaba envenenada. A
una parte mayor de mí no le importaba que fuera cierto.
—¿Ves? Eso es. Pero empieza con pequeños sorbos mejor —dijo, y oí
lo que parecía una tapa enroscándose en una botella. Una botella de
plástico. Los forasteros y los pecadores usaban plástico. Gracias a Dios.
—¿por qué...? —pregunté, notaba la garganta un poco mejor ahora.
—¿Por qué qué? ¿Lo de los sorbitos?
Asentí con la cabeza.
—Porque hace tiempo que no bebes nada, ¿verdad? Engulle el agua y te
entrarán unos calambres de coj... eh, te entrarán retortijones. ¿Harper?
¿Quieres mirarme ahora?
Sacudí la cabeza.
—Me parece justo —dijo, y me hizo beber otro sorbo de agua. Me lamí
los labios—. Pero hablarás conmigo, ¿verdad?.
—...al menos... el diablo lo hará —dije, y abrí los ojos.
Estaba sentado a mi lado, con su cadera contra la mía. Y detrás de él,
casi podía ver los relámpagos, los de su tormentoso cielo carmesí, casi
podía sentir el viento que le apartaría el pelo de la cara, de sus ojos oscuros.
Eran grises, de un gris ahumado y oscuro.
—Dónde... —Tragué saliva—. ¿Dónde has estado?
No sabía qué pensar de mi pregunta.
—Harper, mira, necesito...
—Desátame, por favor —dije, luchando por sentarme un poco más
erguida.
—No puedo, lo siento. Van volver y...
—¡Desátame! —grité, abalanzándome hacia delante, ignorando el dolor
palpitante que sentía en la pierna—. ¡Se supone que tienes que ayudarme,
hijo de puta!
Puso sus manos sobre mis hombros y luego posó un dedo fuerte y suave
sobre mis labios.
—Escúchame. Voy a sacarte de aquí, ¿vale? Pero no ahora mismo. Hay
algo...—
—¡Sí, ahora! Tienes que hacerlo. —grité, y me cubrió la boca al
completo con la mano. Se inclinó más hacia mí. Y aquel siniestro destello
que había visto hacía tantos años, en aquel póster, en lo más profundo del
humo de sus ojos, me fulminó.
—No hay ningún diablo dentro de ti, Harper. Yo lo sé y tú lo sabes. El
diablo está ahí fuera, vivito y coleando en lo que a tu papá le gusta llamar el
'bien mayor'. No sé cómo, no sé por qué, diablos, ni siquiera sé quién
llegados a este momento. Todo lo que sé es que Dios me envió aquí para
averiguar lo que está pasando. Y lo que está pasando, Harper, es una cosa
muy fea. Esto es todo lo que tengo para trabajar en este momento.
¿Entiendes?
Aparté la cabeza de su mano. Enderezó la postura, apoyó las manos en
las rodillas y respiró hondo.
—Necesitas mi ayuda, y yo necesito la tuya. Pero va a ser una mierda,
Harper. No miento. Esto va a ser una mierda muy gorda. ¿Te apuntas?
No sabía exactamente qué significaba eso de «una mierda muy gorda».
Pero estaba segura de que era algo poco agradable.
—¿Una mierda mayor que esta? —pregunté, contemplando mis
muñecas y las cuerdas.
—Probablemente —respondió—. ¿Te apuntas?
Dudé. Al igual que antes, saber que Dios me había traicionado al
permitir que me pusieran en esta tesitura me hacía increíblemente difícil
depositar mi fe y confianza en cualquier cosa.
—¿Harper...?, preguntó, con un significativo tono de apremio.
También había rezado mucho para que Dios me enviara al hombre del
que estaba enamorada desde los dieciséis años. Y, bueno, aquí estaba.
—Me duele la pierna —dije.
—Lo sé —respondió con suavidad—. Lo siento.
Encima de la puerta estaba Jesús colgado de su cruz. Había muchos
Jesús en la cruz en este lugar: sobre la puerta, en los estantes, en las velas.
En todas partes. Le estaba mirando cuando pregunté:
—Dios... Dios nunca nos lo pone fácil, ¿verdad, Roman?
Sacudió la cabeza.
—Nunca.
La llave se deslizó en la cerradura de la puerta. Se cerraba
automáticamente, así que cada vez que había que entrar o salir, se
necesitaba la llave para acceder. La misma llave que William siempre
colgaba bajo el crucifijo de la entrada.
—Me apunto —dije, y me recosté contra la almohada.
—Finge que estás dormida. No importa lo que pase, no...
La puerta se abrió. Apoyé la cabeza en el hombro y cerré los ojos.
—¿Está hecho? —preguntó William, sin aliento. Jadeaba. Odiaba su
aliento, su asqueroso e impío hedor.
Roman se levantó de la cama, haciendo que el colchón se moviera de
nuevo, y yo me mordí la lengua mientras el dolor se agudizaba en mi pierna
una vez más.
—No —dijo Roman—. Me temo que no.
William suspiró. Le oí arrastrar los pies hacia donde yo estaba tumbada,
y aguantaría mil picaduras de un avispero antes que tenerle cerca.
—Es mejor que te alejes, William. Las cosas se pusieron muy feas
cuando te fuiste.
—Queridísimo Señor —respondió con lo que yo sabía que era una falsa
preocupación. Los muelles de la silla del rincón crujieron, y supe que se
había sentado con la misma falsa desesperación.
—¿Cómo está tu mujer? ¿Se encuentra bien?
William refunfuñó.
—. Todo lo «bien» que puede estar —dijo—. Se ha encerrado en su
alcoba. Padre Byrne, ¿qué se puede hacer por mi hija? ¿Cuánto tiempo debe
sufrir de esta forma?
—Ojalá pudiera darte una respuesta definitiva, William. El Señor no es
el único que obra de maneras misteriosas.
—Mmm —respondió William.
—Perdone mi siguiente pregunta, señor, pero tengo que preguntar.... ¿le
ha pasado algo parecido a algún otro miembro de su familia?.
—¿A la mía? No —volvió a hacer ese sonidito de pensar—. De la de mi
mujer, por otra parte, podríamos llamarlo así.
Oí el tapón de la botella de agua, recordándome que aún tenía mucha
sed.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Roman.
—Su hermano. Era lo que llamarímos... vulnerable a los caminos del
mal.
—¿Una posesión?
—No, no exactamente. Una mala semilla, más bien. Siempre
cuestionando nuestros caminos, nunca satisfecho con la generosidad del
Señor. La codicia abundaba en él, como el resto de los pecados capitales.
Nunca me agradó.
—Siento oír eso, William. Pero, ese hombre, el hermano de tu esposa,
¿cómo se llamaba?
—No veo por qué eso es importante, padre —dijo William, y los
muelles de la silla volvieron a crujir. El armario se abrió y pronto se oyó el
goteo del agua que se vertía en un vaso.
Ansiaba otro trago. Sólo un sorbo, unos pequeños sorbitos. Se me
empezó a agarrotar el cuello y deseé desesperadamente moverlo, girarlo
hacia el otro hombro.
—No es superimportante, la verdad —dijo Roman—. Pero me ayudaría
a acercarme un poco más a vosotros. El diablo odia la camaradería de los
buenos.
Podía oír los tragos de mi padre. Era lo más odioso y detestable que
había oído nunca. Se relamió, también detestable, y se sirvió un poco más.
—Nolan —dijo finalmente William—. Nolan Morrow. Que Dios se
apiade de su alma.
Era un nombre que no había oído en años. No desde el día anterior a mi
bautizo. Mi tío y William se habían enzarzado en una acalorada discusión,
con una furia absoluta el uno contra el otro. Se lanzaron puñetazos, se
dijeron palabras terribles y, al día siguiente, mi tío se había ido. A menudo
me preguntaba por qué mi madre nunca parecía disgustada por ello; al fin y
al cabo, Nolan era su hermano.
—Ya veo —dijo Roman—. Y, ¿no ha habido nadie más?
—¿En caer en las garras infernales de Satanás? No que yo recuerde,
padre. —William volvió a acercarse, sonando desanimado.
Unos pasos recorrieron el suelo y, entonces, una mano se posó en mi
frente. Una palma áspera y sudorosa.
—Pobre niña —dijo William—. He temido durante mucho tiempo que
su naturaleza la hiciera vulnerable a los caminos del maligno.
Odiaba que me tocara. Le odiaba a él y al dolor constante en mi pierna
del que él era responsable. Y de mi sed, mi hambre. Todo eso.
Quítame la mano de encima, pensé, y gruñí. Fue un rugido profundo,
desde el fondo de mi garganta reseca.
La mano se apartó.
—¿Has oído eso? —preguntó William, ahora a varios pasos de
distancia.
—Sí —afirmó Roman—. ¿William? Es mejor que te vayas. Atiende a tu
esposa, tu...
—¡De ninguna manera! Es mi hija, y seré testigo de las pruebas que
debe soportar.
Eso es muy amable de tu parte, William. ¿Por qué tanta nobleza?
¿Deseas que tu entrepierna se alce contra tus pantalones de nuevo? ¿A
media que eres testigo de lo que se me hace a mí?
La idea me revolvió el alma. Apreté los dientes y empecé a hacer fuerza
contra las cuerdas. Empecé a respirar con dificultad y a gemir de frustración
y rabia.
—William, escúchame —dijo Roman, mientras su voz adquiría un
imperativo sentido del apremio—. Esto es entre el diablo y yo.
—Pero, yo soy el líder de nuestra...
—Necesitaré su rosario, su Biblia y su crucifijo. Asegúrate de que sean
suyos, William, es muy importante. Y ropa limpia, medicinas para curar sus
heridas.
William dudó. Sabía que dudaría, nadie le daba órdenes a William
Quinn.
—Satanás quiere una hueste debilitada. Un huésped sucio. Él prospera
en la fragilidad, por no hablar de la infección. ¿Lo entiendes, William? Tú
también eres un hombre de Dios, ¿no? Así que sé que lo entiendes. Sé que
no vas a darle al diablo lo que quiere. ¿Lo harás?
De nuevo, no obtuvo respuesta de mi padre. Durante lo que pareció una
eternidad.
TRECE

ROMAN

Lo último que pensé es que me convertiría en huésped de William y Bridget


Quinn. Porque caminamos movidos por la fe, no por la vista. Así que, de
ninguna manera podría haberlo visto venir. Nada de esto. Del mismo modo,
tampoco William Quinn había podido. Sin embargo, aquí estaba yo.
Mi habitación era bastante cómoda. Pintoresca, me atrevería a decir.
Tenía un aire a La casa de la pradera, pero en plan plantación del medio
oeste. Sin electricidad y sin agua corriente. Hace mucho tiempo había
estado conectada a la red eléctrica, pero el Bien Mayor prohibió tales
comodidades. Decidí no preguntar por el generador de gasolina que había
fuera de la casa y, ya que estaba, tampoco iba a preguntar por la moto del
hermano Joseph. Tenía que pasar desapercibido. Tenía cosas mucho más
importantes que hacer.
Miré por la ventana hacia el cielo nocturno, con ganas de teclear todo lo
que había pasado hoy en mi iPad, pero tuve que abstenerme para ahorrar
batería. No había ninguna estación de recarga en cien kilómetros a la
redonda. Lo hice a la antigua usanza, garabateando en un pequeño cuaderno
de espiral de bolsillo con un portaminas, anotando solo lo más destacado de
estas extrañas y aterradoras circunstancias.
William aceptó a regañadientes mi explicación sobre las preferencias
higiénicas de Satán. Tenía cierta lógica: si el diablo era un parásito sucio,
era lógico que prefiriera un huésped igual de sucio.
Sinceramente, no podía soportar verla en ese estado.
Tampoco podía entender por qué un padre querría que su hijo sufriera.
Esa es la sensación que me dio el señor Quinn. Había un cierto brillo de
placer en sus ojos que no tenía lugar en una situación así, que no debería
estar ahí. Bridget era bastante inútil, en el sentido de que su respuesta a todo
era una mansa y obediente sumisión. Lo único que era capaz de hacer era
murmurar oraciones incoherentes en voz baja cuando no estaba poniéndose
histérica.
William nos dejó, asegurándome a mí, no a Harper, que volvería en
unos instantes. No ofreció ni una oración, ni una palabra cariñosa a su hija,
nada para consolarla o calmarla en estas terribles circunstancias. Había sido
asqueroso de su parte. Nadie mejor que yo para identificarse con alguien
con un padre distraído, pero ese tipo de indiferencia flagrante, casi
deliberada, hacia ella resultaba asombrosa, incluso para mí.
Cuando se hubo ido, conté hasta cinco, para asegurarme de que no
volviera a entrar, mientras me dedicaba a aflojar las ataduras de Harper; no
podía desatarla del todo y, a pesar de la tristeza enfurecida que había tras
sus ojos, esperaba que entendiera por qué. Por el momento, teníamos que
hacer lo que ellos esperaban. No podíamos arriesgarnos a levantar
sospechas. No podíamos permitirnos sorpresas. El hecho de que la
narración de mi misión hubiera pasado de un «yo» a un «nosotros» ya era
suficiente sorpresa.
—No eres un cura de verdad —dijo. La forma en que me miraba, una
mezcla contradictoria de sospecha, ira y esperanza, me cogió desprevenido.
Otra sorpresa.
—¿Qué te hace decir tal cosa? —pregunté, sacando otra botella de agua
de mi mochila y dándosela. Bebió varios sorbos grandes y me la devolvió.
—Te he visto antes.
Por supuesto, eso no era posible. Aunque realmente parecía creer lo que
decía. No podía estar seguro de si eso era atribuible al shock, al
agotamiento mental o a qué, pero lo menos que podía hacer era escucharla.
Establecer confianza era siempre el primer paso. Por encima de todo, quería
que confiara en mí, necesitaba que lo hiciera.
Saqué un paquete de toallitas desechables de mi mochila y empecé a
limpiarle la cara. Las lágrimas del día anterior se habían resecado en sus
mejillas.
—¿Y dónde me habrías visto? —pregunté. Una serie de preguntas se
amontonaban en mi mente, y era muy difícil mantenerlas en orden,
esperando su turno.
—En una foto, un póster, hace mucho tiempo. Solías ser sacerdote, pero
entonces pasó algo, —Puso su mano sobre la mía—. ¿Dónde has estado?
No sabía cómo responder. Cuando me tocó, una sensación familiar me
recorrió las entrañas, el corazón. No debería sentir eso. No debía estar
sintiendo eso, y tenía la fuerte corazonada de que tal negación no iba a
equivaler a una colina de hostias comunales cuando todo esto acabara. Me
aclaré la garganta y aparté la mano.
—Cleveland —dije finalmente—. Estuve en Cleveland. Y soy un cura
de verdad. —No era mentira. Todavía me consideraban miembro de la
Iglesia, pero la excomunión era un asunto complicado. Era como estar en
un tiempo sagrado de descanso. El derecho canónico básicamente dictaba
que debía sentarme en mi rincón arrepentido del exilio y reflexionar en lo
que había hecho.
Oh, y tanto que había reflexionado.
—Harper, necesito preguntarte algo, ¿de acuerdo?
Ella asintió.
—¿El nombre de Bradley Smythe te dice algo?
Frunció las cejas. Contempló las cuerdas atadas a la cabecera; las miró
fijamente y luego se miró las manos. Le había dado suficiente cuerda para
que se las pusiera en el regazo, si quería. Juntó los dedos y sacudió la
cabeza.
—¿Estás segura? ¿Un Bradley Q. Smythe? ¿Medía 1,70, pelo castaño,
parecía un pollo demacrado con un traje barato?.
—No.
—¿Nunca oíste a tus padres hablar de él? ¿O a ese tal Joseph? Nunca
mencionaron...
—¡He dicho que no! —Se mordió el labio inferior y me fulminó con la
mirada. Sus ojos se encendieron de ira—. No estás aquí para ayudarme.
Creía que ibas a ayudarme, pero no.
—Voy a hacerlo, Harper. Por supuesto que voy a hacerlo. Dios me envió
aquí, ¿sí? Sé que Él lo hizo. Tú lo sabes, ¿verdad?
—¿Sabes lo que es Dios? Es un mentiroso. Y tú también.

HORAS más tarde me encontraba partiendo el pan con William y Bridget


Quinn. En su mesa, en su casa, con los cubiertos raspando y repiqueteando
en los platos, como en cualquier cena normal en cualquier lugar de Estados
Unidos. Me habían ofrecido generosamente alojamiento y comida. Y todo
lo que tenía que hacer a cambio era expulsar al diablo del alma de Harper.
Sería un buen trato si, de hecho, su hija estuviera poseída.
Tenía muchas preguntas. Muchas. Pero temía hacerlas directamente.
Este tipo de gente puede vivir en una sociedad dada la vuelta, pero eso no
significa que sean estúpidos.
—Las chirivías están muy buenas —alagué, mojando un largo tallo
pálido en un poco de mantequilla.
—Una receta auténtica y probada, heredada de mi tía abuela —dijo
Bridget. Al parecer, se le permitía participar en la conversación siempre y
cuando no se tratara de nada más importante que los tubérculos.
William cortó su filete, pinchó un trozo con el tenedor, lo mojó en una
generosa ración de rábano picante y masticó con la boca abierta.
Intenté no mirar. O escuchar. Ni oler. William Quinn era una fábrica de
ofensas sensoriales. Su esposa era una persona suave y mansa en un marco
físico bastante imponente. Me pregunté qué habían visto el uno en el otro,
en sus días de cortejo. También me pregunté por qué ninguno de los dos se
parecía en nada a Harper.
¿Otro misterio? El filete. No había ganado en la tierra. Ni carnicería. Y
aunque era una carne bastante decente, era casi demasiado decente.
Sospechaba que iba por buen camino, fuera lo que fuera a lo que le
seguía la pista. Era solo que no tenía ni idea de dónde comenzaba ese
camino de pistas.
—Te quedarás en nuestros aposentos, padre —dijo William—. Si te
parece bien.
—Me lo parece, gracias.
—¿Se queda? —preguntó Bridget, dejando bruscamente el cuchillo y el
tenedor y limpiándose las manos en el delantal.
William asintió solemnemente-
—El dominio del diablo es fuerte, Buena Madre. Díselo, Padre Byrne.
Cogí la servilleta y me limpié la comisura de los labios.
—Me temo que es algo más complicado que venir y decirle al diablo
abracadabra, lárgate de aquí.
Bridget me miró como si acabara de hablar swahili. En realidad, podría
haberlo hecho. Podría haber resultado ser un intento más exitoso de romper
el hielo. Me coloqué la servilleta sobre el regazo.
—En algunos casos, como el de Harper, me temo, la expulsión de una
fuerza maligna puede requerir dos, quizás tres ritos.
Bridget lanzó una mirada algo frenética a William.
—¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible todo esto? ¿William?
—A nosotros no nos corresponder razonar el porqué, Buena Madre.
Simplemente damos gracias a Dios, por enviarnos al Padre Byrne, y
rezamos por su alma. Así como por la de Harper. Estamos
verdaderamentebendecidos, querida. Debes poner tu fe en ese hecho. ¿Y,
Padre...?
—¿Sí?
—Deseo presentarte en el culto de mañana a mi pueblo, a mi rebaño.
Quiero que vean el milagro que Dios nos ha concedido, y que aquello por lo
que oré nos ha sido respondido.
—¿Esposo mío? Perdona mi intromisión, sin embargo, debo, debo
preguntar...
—Procede —dijo William asintiendo con la cabeza.
Bridget abrió la boca para hablar y luego la cerró. Se levantó de la mesa
y empezó a recoger los platos.
—No se preocupe. Estoy muy preocupada, padre Byrne. Le ruego su
comprensión, es mi única hija. Verla... verla... —empezó a sollozar. Los
platos chocaban entre sí y amenazaban con caerse.
Me levanté para quitárselos, para ayudarla, pero ella se apartó con un
movimiento de cabeza y los tiró al fregadero.
—William, perdóname —lloró, y subió corriendo las escaleras.
Me sentí mal por ella. Parecía tan sincera, tan disgustada… Me giré
para ver cómo reaccionaba William. A juzgar por la cantidad de salsa con la
que estaba untando una chirivía, se lo estaba tomando mejor que su mujer.
—Eh, ayudaré a recoger esto —dije, recogiendo un plato de pan y un
cuchillo de mantequilla.
—Deja eso —dijo William—. Ese es el trabajo de una mujer. Déjala
llorar y sollozar, es para lo que su sexo está diseñado. —Tiró la servilleta en
el plato y salió furioso de la cocina.
La puerta trasera se cerró tras él.
CATORCE

ROMAN

Mi lápiz se cernía sobre la pequeña página encuadernada en espiral. Golpeé


la goma de borrar contra el bloc, el pequeño clip metálico chocando contra
los dientes, pero no me salían más palabras. Los pensamientos me daban
vueltas, mis emociones se retorcían en un extraño remolino psicológico. Lo
que quería era escabullirme de aquí, dirigirme al refugio contra tormentas
(al estilo ninja), tumbarme junto a Harper y formular un plan.
Sin embargo, me echaría de una patada de su colchón. No había dicho
una palabra desde que nos acusó, a mí y a Dios, de ser un par de gilipollas
mentirosos.
De todos modos, la idea de su cuerpo contra el mío no tenía nada que
hacer rondando en mi remolino de pensamientos. Ahora no era el momento
para la lujuria o el deseo imaginario. Tenía un trabajo por hacer, uno que se
había complicado aún más por el hecho de que no sabía cuál era ese trabajo.
El único hilo que tenía del que tirar era Bradley Smythe, y cómo su culo
inútil y odioso encajaba en el Bien Mayor. Estaba seguro de que Harper
sería capaz de relacionar el nombre con algo en esta Dimensión
Desconocida, Indiana.
Pero, no.
A menos que también estuviera mintiendo.
Luego estaba el otro nombre. Nolan Morrow. ¿Tío Nolan Morrow? Tal
vez él sí se parecía a Harper. Me pregunté si era por eso que William lo
odiaba con tanto ahínco. ¿El tío Nolan se acostaba con Bridget? Igual
Bradley se había acostado con ambos. Estos cultos siempre tenían
desviaciones sexuales subyacentes. Así que también había que plantearse
eso.
—Dios mío —dije, más como amonestación a mí mismo que a mi señor
y salvador. Menos mal que me hice cura, porque sería un detective de
mierda. Pero también había sido un cura de mierda. Solté un amargo
gruñido y arrojé el lápiz sobre el bloc de notas.
Rodó directamente fuera del escritorio, por supuesto. Al suelo. Junto al
enchufe.
Un enchufe de pared. Vaya broma. Es increíble que William no hiciera
que los quitaran todos y los sellaran para demostrar su humildad y su justa
abnegación. Cogí el lápiz y me quedé mirando el enchufe.
¿Sabes qué? Lo habría hecho. Pues claro que lo habría hecho.
Lo pensé durante un segundo. Luego decidí no pensar demasiado.
Saqué el clip metálico del lápiz, lo enderecé y lo acerqué al enchufe.
Recordándome a mí mismo que no debía estar pensando en ese momento,
lo metí dentro.
El estallido de electricidad me llegó hasta el codo antes de soltarme.
—De acuerdo, entonces —dije, y me permití una pequeña sonrisa.
Era poco después de medianoche. La casa estaba tan silenciosa como un
confesionario. Me negué a pensar demasiado en nada, me quité los zapatos,
los calcetines y pensé que no estaba de más hacer una pequeña
comprobación eléctrica en un par de habitaciones. Si me pillaban, no había
problema. Al fin y al cabo, era un forastero. Nosotros, los del siglo XXI,
dependíamos de la electricidad, las cañerías interiores y cosas así. Además,
tal vez los Quinn simplemente olvidaron cortar la electricidad de esta
habitación. ¿No es cierto?
Me acerqué de puntillas a la puerta y la abrí. Revisé el pasillo y no vi
señales de vida. Había otra puerta justo frente de la mía. Estaba cerrada, lo
que me pareció un poco extraño, ya que todas las demás estaban
entreabiertas. El dormitorio principal estaba al otro extremo del pasillo, así
que no había ninguna posibilidad de que la puerta que estaba mirando fuera
el nidito de amor de William y Bridget.
Hice una mueca al pensarlo y me arrastré por el pasillo.
Sí, estaba cerrada, pero no con llave. Giré el pomo despacio, en silencio,
y entré.
Era la habitación de Harper. Había un leve rastro de polvos de talco en
el aire y un delicado olor a lino. La cama estaba pulcramente hecha, y una
pequeña almohada bordada apoyada sobre las otras almohadas.
Pensé en ella, sola en aquella fortaleza oscura y terrible, atada a una
cama. Pensé en la herida de su pierna, en la forma en que me miraba
mientras me ocupaba de su cara y pelo. Como si nunca hubiera odiado tanto
a nadie.
—Qué coño —susurré a la habitación vacía—. Qué putos cojones —
volví a maldecir. Yo decía palabrotas. Yo lo sabía, Dios lo sabía, y como Él
nos acepta por lo que somos, una palabrota o dos no iban a desterrarme a
las entrañas del Hades. Para eso estaban los concilios eclesiásticos.
Había un enchufe en la pared, el más alejado de la cama. Me arrodillé,
escuché atentamente por si había pisadas y metí la cinta en el enchufe.
Esperé.
La luz no era muy buena aquí dentro, pero la luna era lo suficientemente
agradable como para brillar a través de la ventana en este momento. Lo
suficiente para iluminar un enorme tajo en el entablado.
Qué raro, pensé. Alguien debe haber tirado algo muy duro para astillar
la madera de esa manera. Y en esas astillas, había algo más. Como óxido.
Me agaché un poco más y aparté una de las astillas. Me la llevé a la
nariz. Olía a cobre y a hierro.
La sangre de Harper.
—Dios mío —dije. Y me metí la astilla en el bolsillo. Respiré hondo,
volví a enderezar el clip del lápiz y toqué con la punta el enchufe.
Otro estallido. Unos pequeños relámpagos salieron del enchufe.
Me senté, mirando fijamente la pared como si contuviera tantas
respuestas a tantas preguntas. Si las paredes hablaran. La astilla de mi
bolsillo estaba literalmente bañada en sangre de Harper, de eso estaba
convencido. El hogar del Hermano Supremo William y la Buena Madre
Bridget, que, según los estatutos del Bien Mayor debía estar libre de males
del siglo XXI, era completamente capaz de albergarlos.
Había un pequeño generador escondido en la parte trasera de la casa,
pero William le había dado una explicación. Dijo que pertenecía a los
antiguos propietarios. En lugar de quitarlo, lo dejó allí, para mostrar
exactamente lo dedicado que estaba al estilo de vida primitivo y sagrado. El
poder moderno estaba allí, disponible y al alcance de su mano. Había
decidido no usarlo. Era una tentación, y la tentación debía evitarse. Y
cuanto más cerca, mejor.
Era tan trolero que la nariz debería llegarle a la otra punta del estado.
Me quedé mirando el agujero en la pared. Le dio una paliza de muerte a
su hija; le abrió la pierna con, no sé, probablemente su puto cinturón o algo
así; dejó la herida supurando y abierta, un caldo para sufrir una infección,
mientras, ¿qué, su madre se dedicaba a mirar?
—Hijo de puta —dije. El Señor realmente me había enviado hasta
Lyones por una razón. En realidad, más de una. La primera se llamaba
Harper.
VOLVÍ A MI HABITACIÓN y saqué la tableta de la maleta. Tenía un
presentimiento. Si aquí había electricidad, entonces también había otras
cosas. Como internet.
Por supuesto. El pequeño icono del satélite me indicó que había una
conexión disponible. Obviamente, no podía ir al pasillo y preguntarle a
William si podía darme la contraseña. Aunque la idea me resultaba
horriblemente divertida.
Conecté el artilugio del diablo al enchufe y vi cómo la barra de batería
empezaba a llenarse.
Para ser un religioso tan devoto, William Quinn mentía mucho.

EL DESAYUNO FUE una oferta semi esperada de avena y tostadas sin


mantequilla. Y un té sin azúcar. Mataría por una taza de café, pero aquí, en
el reino del Bien Mayor, la cafeína era el octavo pecado capital. Tenía una
vieja tableta de chocolate escondida en algún lugar de mi mochila, pero era
estrictamente para emergencias.
Mi necesidad de café y mi peligrosa dependencia de los azúcares
procesados empezaban a hacerme pensar que se trataba de una emergencia.
Maldita sea, incluso me tomaría un trozo de la tarta de manzana del
restaurante.
Entonces, pensé en Harper. En la astilla en mi bolsillo. En lo que debía
estar pasando, cómo debía sentirse. Me reprendí a mí mismo por ser un
capullo egoísta.
El plan era que William y yo nos dirigiéramos al refugio para que yo
pudiera continuar mis esfuerzos de purgar a Satanás del alma de Harper.
Cuando pregunté qué tipo de comida podíamos llevarle, William me miró
como si estuviera hablando en algún idioma extraterrestre. Refunfuñó y se
quejó, me dijo que esto era un exorcismo, no un picnic.
Le dije que, si prefería que me fuera, me parecía bien.
Me miró durante un rato. Después le ordenó a Bridget que preparara
algo de comer para su hija.
La reticencia que mostró Bridget fue asombrosa. Estábamos hablando
de su hija y, sin embargo, actuaba como si prefiriera estar haciendo
cualquier otra cosa que no fuera preparar unos bocadillos para que su propia
sangre no se muriera de hambre.
Debió de darse cuenta de mi silencioso cuestionamiento de su
comportamiento. En algún momento entre cerrar de golpe la panera y dejar
una hogaza de trigo en la encimera, se disculpó insinuando que se acercaba
el día del Mercado del Bien Mayor y que tenía que supervisar a sus
encargadas y su inventario, sus mercancías.
Al parecer, la salud de su hija, por no hablar de la salvación de su alma
eterna, no eran tan importantes como la venta de algunos gorros y bufandas
de punto.
Le dije que lo entendía y le di las gracias por el desayuno.

PERO NO ENTENDÍ NADA. Cuando le dio a William un saco de pan


seco y un par de manzanas, lo entendí aún menos. No nos dijo que le
dijéramos a Harper que pensaba en ella, que rezaba por ella y que deseaba
que volviera pronto a casa. Y todo lo que podía ver en ella era a mi propia
madre. Mi patética madre, completamente ida. Para ser justos, mi madre era
una miserable adicta. Podía culpar a la heroína y la prostitución de su
actitud de mierda hacia la vida, y hacia mí. Bridget Quinn, sin embargo, era
una abeja reina en esta colmena en particular. No tenía motivos para actuar
como una zorra sin corazón.
No tenía sentido.
Pero iba a llegar al fondo del asunto. Iba por buen camino. Y tenía una
astilla ensangrentada en el bolsillo para ayudarme a llegar hasta allí. Por no
hablar de un iPad completamente cargado, con todo tipo de información que
pronto compartiría con la joven atrapada en un refugio contra tormentas.
El corazón me latió un poco más rápido cuando llegamos a la entrada.
William introdujo la llave en la cerradura, giró el picaporte e hice todo lo
posible por parecer lo más profesional posible y no mostrar más emoción
que la empatía. Mantuve las manos entrelazadas delante de mí, callado y
humilde mientras le pedía a Dios que me cubriera las espaldas en esto.
Porque cuanto más pensaba en la sangre de la pared, el corte en la pierna de
Harper y las escasas ofrendas en un saco de arpillera, más ganas tenía de
darle un puñetazo en la mandíbula a William.
—Querido Dios, protégenos con tu armadura, para que podamos hacer
frente a las artimañas del diablo —dijo, y abrió la puerta de un empujón.
Harper estaba acurrucada contra el cabecero, con los brazos sobre las
rodillas. Aún tenía las cuerdas alrededor de las muñecas, pero había
conseguido deshacer los nudos de los barrotes de hierro. Entrecerró los ojos
cuando la luz se coló en su prisión, estaban hinchados y enrrojecidos por
una noche de llanto.
Se me hundió el corazón, el ritmo de hace un momento se volvió
pesado, doloroso. Ella era un animal herido. Una criatura hermosa,
enjaulada y golpeada, y yo no había hecho una mierda al respecto.
Voy a sacarla de aquí, pensé, dejando despreocupadamente mi mochila
a un lado y quitándome la estola morada y la sobrepelliz. Dios, por favor,
hazle saber que voy a sacarla de aquí.
William, sin embargo, no compartía mis sentimientos.
—¿Qué es esto? —chilló, acercándose a la cama y agarrando una de las
cuerdas sueltas. La sostuvo frente a ella, blandiéndola como un arma—.
¿Cómo es que el diablo te ha desatado? Por Dios, ¿qué clase de brujería es
ésta? —Le arrojó la cuerda y echó la mano hacia atrás para golpearla.
Le agarré el puño, con el único deseo de arrancárselo del brazo.
—La violencia no es la respuesta, William. No es lo que Dios quiere
que hagas. La violencia es el camino de Satanás, William —dije en voz
baja, con calma. A dos clics de tirar a ese cabrón al suelo y pisotearle la cara
—. No sucumbas a la voluntad del diablo. ¿Entiendes?
Señaló a Harper con un dedo acusador.
—No hay manera de que se pueda liberar de sus ataduras. Los nudos
eran fuertes, ¡demasiado para que los desatara!
Solté su mano y me coloqué la estola al cuello.
—Si el diablo fuera a liberarla, ¿no habría abierto también la puerta?
¿Dejarla salir para continuar con su blasfemia más allá de estas paredes?
Venga, William, piénsalo. El diablo es un tipo poderoso. Una azotaina no va
a detenerlo. Y si vas a comportarte así, de este modo histérico y reactivo,
voy a tener que pedirte que te vayas. Son malas vibraciones energéticas,
William. Estás alimentando la oscuridad como un imbécil, y no me va a
hacer ningún bien. ¿Entendido?
Sus ojillos se abrieron de par en par. Le había dejado sin habla. Qué
bien. El muy gallito. Giró sobre sus talones y se sentó en la esquina. Los
muelles chirriaron cuando tomó asiento.
Besé las puntas de mi estola y miré a Harper. Le sostuve la mirada. Ella
respiraba deprisa, mirándome, sujetándose a los barrotes del cabecero para
erguirse.
—Voy a acabar con esta pesadilla, Harper. Te lo prometo.
Harper entreabrió los labios, quería decir algo, pero no encontraba las
palabras.
—Estoy hablando con Harper, ¿verdad? —dije, sentándome en el borde
de la cama, asintiendo levemente con la cabeza, pronunciando la palabra
«sí» con los labios.
—Sí —dijo. Su voz era débil, muy débil, pero había reconocimiento
detrás de sus ojos. Sonreí.
—¿Cómo sabes que no son artimañas del diablo? —espetó William
desde la esquina—. El gran engañador. Podría imitar su voz, mentirte.
Mi sonrisa se retrajo entre los dientes. Levanté las cejas y abrí los ojos
hacia ella. Dios, no soporto a ese tío, pensé, esperando que mi expresión
silenciosa fuera suficiente para transmitir mis verdaderos sentimientos.
Su respuesta fue casi imperceptible. El más mínimo rastro de
reconocimiento en forma de una sonrisa de una fracción de segundo, no
más que un tic.
—Soy consciente de a lo que nos enfrentamos, señor Quinn. En serio.
—Me acerqué a la mesita de noche, donde había puesto su rosario y su
Biblia el día anterior—. Así que, si no estamos hablando con Harper, y
estamos siendo engañados por el diablo, póngase sus pantalones de rezar,
señor Quinn, porque esto se pondrá feo.
Cogí el rosario y se lo entregué. Ella tomó el Crucifijo entre sus dedos e
hizo la señal de la cruz.
—Creo que estamos bien —dije, y abrí su Biblia.
—Esto no es posible —dijo William, tan bajo y enfadado, que sonaba
como si estuviera decepcionado de que la cabeza de Harper no estuviera
girando sobre su propio cuello. O haciendo cosas indecibles con el Crucifijo
que sostenía—. Vi el mal dentro de ella, al igual que los otros. Hubo
testigos la noche en que la bestia se apoderó de ella. Ayer mismo, tú lo
viste. Lo escuchaste.
Saqué el frasco de agua bendita del bolsillo de la sotana y rocé con el
dorso de los dedos la astilla ensangrentada. Humedecí la punta del dedo y la
acerqué a la frente de Harper. Estaba caliente. Muy probablemente eran los
principios de la fiebre, provocada por el corte en la pierna, cortesía de su
querido padre.
—Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita
tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios... —Harper tragó saliva. Sabía que tenía sed.
Estaba muy, muy sedienta—. Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte. Amén.
Esperé a que William respondiera. Que se hiciera eco de la conclusión
de la oración, que cayera de rodillas y diera gracias a Dios porque
estábamos derribando el bloqueo del diablo porque el poder de Cristo nos
obliga. En lugar de eso, parecía como si hubiera chupado un limón.
—Amén —respondió a mala gana.
Nunca había oído pronunciar esa palabra con tanto odio y amargura. Por
Dios bendito, era como si quisiera que Harper fuera capturada y
atormentada por espíritus demoníacos.
—¿Se encuentra bien, señor Quinn?
Me fulminó con la mirada.
—No... quepo en mí de gozo. Con la misericordia del buen Dios.
—Efectivamente —dije, y me volví hacia Harper. Unas pequeñas gotas
de sudor el perlaban la frente. Su respiración seguía siendo rápida, casi
agitada, y había empezado a temblar.
Mierda. Definitivamente era fiebre. No pasaba nada, podíamos
solucionarlo. Tenía medicinas en mi mochila, aspirinas y bálsamos
antibióticos. Gasas, vendas, de todo. Pasa el suficiente tiempo en una
sabana africana y aprenderás a no salir nunca de casa sin un botiquín básico
de primeros auxilios. Volví a besar mi estola y empecé a rezar el Credo de
los Apóstoles. Segundo paso de mi exorcismo improvisado.
—Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...
—dije, pensando que después de llegar a la parte sobre Jesús descendiendo
a los muertos, tendría la oportunidad de pasarle a Harper algún analgésico,
algo de comida. Que William se quejara todo lo que quisiera, su hija
necesitaba ayuda de verdad. Una atención verdadera.
Acababa de llegar a la parte en la que Jesús sufría bajo Poncio Pilato,
cuando Harper se incorporó de golpe.
—Te odio —escupió, con los ojos vidriosos de furia, de locura, y arrojó
el rosario al otro lado de la habitación.
William se agachó, justo cuando el rosario golpeaba la pared detrás de
él. Se hizo añicos en un centenar de astillas de cristal. Harper me arrebató el
frasco de la mano y también lo lanzó.
—¡Te odio! —chilló y se tiró abajo de la cama. Corrió hacia William,
con los brazos extendidos y las cuerdas colgando de sus muñecas como la
camisa de fuerza de un paciente fugado de un manicomio.
—¡Padre Byrne! —gritó William, agarrando a Harper mientras ella caía
contra él. Intentó golpearle, arañarle la cara, pero sus brazos no tenían
fuerza. Sus puños cayeron inofensivamente contra sus hombros mientras
lloraba.
—El Señor me ha abandonado... me ha abandonado —sollozó, con una
buena cantidad de moco goteando de sus fosas nasales sobre la camisa de
William—. Me ha arrojado a un lado, me ha apartado de su gracia y
bondad... del cielo... —Echó la cabeza hacia atrás y gritó con el dolor de
mil almas perdidas—. ¡Él miente! Dios miente!
—Padre Byrne, ayúdeme —jadeó William, arrastrando a su hija por el
suelo, con la punta de los pies descalzos rozando los cristales rotos—.
¡Cogedla, atadla!, —gritó, dejando caer su cuerpo sobre la cama y
agarrando la cuerda que colgaba de su brazo derecho.
Por un momento, no me moví. No sabía qué decir, qué pensar. Creía que
me había entendido, que estábamos de acuerdo... pero...
—¡Byrne! —William gritó de nuevo, sacándome de mi trance—. ¡Por el
amor de Dios y de Cristo!
Harper se agitó, se sacudió de un lado a otro y golpeó a su padre con la
mano izquierda mientras él se esforzaba por sujetarle la derecha.
—Por la gracia del Señor, te lo ruego —empecé, sin escuchar realmente
mis propias palabras, sin ser realmente consciente de mis propios actos.
Cogí la cuerda izquierda y la enrollé alrededor de la barra de hierro.
—Sus partes malas se pondrán duras —se mofó Harper, dedicándole
una mirada maliciosa a William, con el sudor corriéndole a ríos por su cara
—. Al diablo le encanta su polla —dijo, y empezó a reír. Una risita
siniestra, mientras giraba la cabeza hacia mí, con la cara roja de fiebre—.
¡Su polla! —Me miró con desprecio, luego agarró el cuello de su camisón y
lo rasgó, dejando al descubierto sus pechos.
William se quedó helado, con la boca abierta de incredulidad. Tiré del
extremo de mi cuerda, asegurando su muñeca contra el cabecero, y até el
nudo. Mi propia respiración se entrecortaba y nunca, ni una sola vez, en
ningún momento de mi vida me había sentido tan parecido al padre Karras.
Casi esperaba que Bill Friedkin saliera de las sombras y gritara «corten».
Cubrí el pecho de Harper con la solapa rota del camisón e intenté por mi
vida recordar la oración y la bendición del Santo.
—La gracia del Señor nos obliga. En la fe, estamos justamente
protegidos. Porque el poder del mal no tiene prisionero a ningún creyente.
Harper se tensó contra las cuerdas, arqueando la espalda y clavando los
dedos de los pies en las sábanas. Pequeños reflejos del rosario roto brillaban
en la parte superior de sus pies. William se dejó caer a un lado de la cama,
jadeando sin para, y luego se arrodilló rezando, apretando los dedos con
tanta fuerza que se le pusieron blancos. Dejó escapar un enorme gemido,
que yo creí, en aquel momento, que era de auténtica angustia.
—La gracia del Señor nos protege —continué, con el corazón
martilleándome tan fuerte que empezaban a dolerme los oídos—. La gracia
del Señor nos protege...
—Dios miente —gimoteó Harper—. Él miente...
William continuó con su sesión de oración personal, murmurando para
sí mismo, golpeándose la cabeza con las palmas de las manos y apretando
los dientes.
—...de las fuerzas del mal, estamos protegidos. Por Dios y todos sus
santos...
—¡Mentiras! —gritó Harper, justo antes de que se le pusieran los ojos
en blanco. Todo su cuerpo se agitó como si sufriera un ataque epiléptico y
luego se quedó sin fuerzas. La cabeza le rodó contra la almohada, con la
boca abierta y aspirando aire.
Miré al otro lado de la cama, hacia William, que seguía arrodillado
rezando con la cara oculta entre los dedos. Su cabeza se movía de un lado a
otro.
Tenía la garganta seca, seca como la sabana. Llevé mi mano a la cara de
Harper y suavemente abrí su párpado. No había dilatación, todo parecía
estar bien. Quería tomarle el pulso, pero tenía las muñecas ocultas por las
cuerdas que colgaban del cabecero como una muñeca de trapo.
Puse mi mano justo debajo de su mandíbula. Su ritmo cardíaco era
rápido, pero fuerte. Su piel estaba caliente, húmeda de sudor.
—¿Harper..? —dije, sin esperar respuesta.
Harper cumplió con dichas expectativas.
Me senté, atónito ante lo que acababa de presenciar. En todos mis días
en la universidad, el seminario, retiros y misiones, nunca había habido una
exhibición como la de Harper. Inquietante de cojones, eso es lo que era. Y
así como existe el cielo, también existe el infierno. Así como a los ángeles
se les atribuyen milagros, mayores o menores, no olvidemos que lo mismo
debe ocurrir con los demonios.
—¿Señor Quinn, William?
No levantó la vista.
—¿William? Le pido que se una a mí en la oración, señor —dije,
tirando de mi alzacuello—. Padre nuestro, que estás en los cielos —empecé,
poniendo mi mano sobre la cabeza de Harper tentativamente. Había una
clara posibilidad de que se despertara y me mordiera. Se agarraría a mi
dedo e intentaría roerlo—. Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu
reino —continué, notando que mi voz era la única en la petición celestial—.
Hágase tu voluntad. ¿Señor Quinn?
Se levantó de la cama, giró sobre sus talones y salió corriendo de la
habitación.
—¡William!
No podía creerlo. Bueno, podía y a la vez no. Había huido con el rabo
entre las piernas del refugio como un ratoncito de mierda asustado. Santo
cielo, ¿iba en serio? ¿Tan cobarde era?
La puerta se cerró tras él.
Y mientras estaba allí de pie, poniendo en orden los diversos estados de
shock que daban vueltas en mi cabeza, la oí preguntarme:
—¿Cómo lo he hecho?
Me giré tan rápido que casi me caigo. Tenía los ojos abiertos, cansados
pero brillantes, y en su rostro la mirada más triste y fuerte que jamás había
contemplado.
—Tengo... sed —dijo, y tosió sobre su hombro—. Pero creo que se lo
ha tragado.
¿—Harper...? Yo...
—Tienes que ayudarme a levantarme —dijo, tratando de mover el culo
debajo de ella. El trozo roto del camisón se desprendió, dejando al
descubierto la piel blanca y pálida de su pecho.
Corrí a su lado y empecé a desatar las cuerdas.
—¿Eso... eso ha sido una actuación? —pregunté, sabiendo que era una
pregunta estúpida, pero no sabía qué más decir.
Una pequeña sonrisa agridulce le levantó una comisura de los labios.
—En su mayor parte —dijo.
La liberé de sus ataduras y la ayudé a sentarse más cómodamente. Se
frotó las muñecas, enrojecidas y en carne viva por su actuación estelar, y
respiró entrecortadamente.
—¿Qué quieres decir con «en su mayor parte»?
—Tengo mucha hambre. Y sed. —Levantó los ojos hacia mí y luego
miró la habitación: al oscuro presentimiento de todo aquello. Los santuarios
de Cristo, las sombrías paredes de metal. Cuando la gente dice que hay un
infierno en la Tierra, no sabe de lo que habla. Hay innumerables infiernos
en la Tierra. El mal no tiene límites—. Ya no quiero estar aquí.
—Lo sé —dije, queriendo acercarme a ella, ofrecerle algún tipo de
consuelo. Compasión. Le coloqué suavemente la parte rota de su camisón
sobre el pecho, cubriendo la carne que ella no parecía saber que estaba
desnuda. Puso su mano sobre la mía.
Me invadió una cálida sensación, es la única manera de describirlo; un
torrente de sentimientos. No era sólo simpatía por ella, o por esta ruin
circunstancia. Iba mucho más allá de lo tangible. Este tipo de emociones
desafiaban cualquier descripción, les haría un flaco favor si intentara
etiquetarlas.
—¿Cuándo podemos irnos?, me miró directamente a los ojos y me
agarró los dedos con fuerza—. Porque... yo... —Se estremeció de repente y
me soltó la mano. Se agarró la parte interior del muslo y cerró los ojos—.
Me duele —dijo.
—Espera, Harper —dije, y tiré de mi mochila hacia nosotros—. Tengo
algunas cosas que te ayudarán, ¿de acuerdo?
—¿El qué?
Saqué una botella de agua, agité un par de aspirinas en la palma de la
mano y se las di.
—¿Qué son? —preguntó, un poco desconfiada.
—Aspirinas. Te aliviarán el dolor y la fiebre.
Harper las estudió un momento, como si intentara decidir si eran
venenosas o no. Me recordó a mi tribu adoptiva en África. A mi querida
Amina. Cuando esos tipos blancos de aspecto gracioso vinieron a visitar su
aldea y trajeron cosas tan locas como iPads y Coca-Cola, medicinas y
cómics. Podía entender su reacción algo desconfiada. A miles de kilómetros
de cualquier atisbo de civilización, por no hablar del mundo occidental,
tenían todo el derecho a desconfiar.
Pero en el aquí y ahora, estábamos en el mundo occidental, por el amor
de Dios. El Rey-Jefe William había lavado el cerebro a sus seguidores para
que creyeran que cualquier cosa más allá de los límites del Bien Mayor era
una especie de magia negra, brujería o vudú. Era cosas de la farmacia, por
Dios.
—Son... píldoras para pecadores —dijo, se las metió en la boca y se las
tragó de un trago, confirmando así todo lo que yo acababa de pensar. Se
limpió los labios con el dorso de la mano.
—¿Cómo las has llamado?
—Píldoras para pecadores. William nos dijo que son malas, y que sólo
los forasteros se tragan cosas que les hacen sentir de otra manera que la que
Dios quiso.
—¿Incluso si te ayudan a no estar enfermo?
—Enfermar es a veces la intención de Dios —dijo, y se terminó el resto
del agua. Un atisbo de gran incomodidad pasó por su rostro. Intentó
disimularlo, fingir que no estaba ahí, pero la forma en que se amasaba la
pierna me decía lo contrario.
—Harper, también tengo cosas para eso.
—Tengo hambre —dijo—. Toda la comida aquí está bajo llave...
—Lo sé, y te daremos de comer, ¿de acuerdo? Pero vamos a atender eso
primero. Hay que limpiarlo, ¿vale?
—William me pegó —explicó, tirando del cuello de su camisón y
jugueteando con los ojales que había abierto antes.
—Lo sé, Harper. Y lo siento.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Cómo lo sabes?
Saqué la astilla ensangrentada del bolsillo y se la tendí. Ella la miró, sin
acabar de creerse lo que estaba viendo, y la cogió. Hizo una mueca.
—Me dejan quedarme con ellos por ahora. Hasta que pueda expurgarte
el «demonio» —dije, haciendo unas comillas con los dedos—. Te pido
disculpas por entrar en tu habitación sin permiso, Harper, pero... pero hay
algo en esa casa que quiere que lo encuentre. ¿Te suena raro? Porque a mí
me suena raro, la verdad. Pero yo...
—¿Crees, Roman, que Dios le dijo a William que me hiciera daño?
Negué con la cabeza, imaginándome a su padre cerniéndose sobre ella
con el cinturón, azotándola como a un perro, alegando que era voluntad de
Dios que lo hiciera. Por Dios bendito, qué imbécil.
—Dios no le ha dicho nada a tu padre, Harper. Eso está reservado para
un par de santos y algunos profetas, pero, aunque Dios dijera algo, abrirte la
pierna con un cinturón no serían sus palabras.
—¿En serio?
—De verdad —dije—. Ahora vamos a limpiarte, ¿vale? Y darte algo de
comer. Extendí la mano y lentamente toqué su mejilla. Ahora estaba más
fresca—. Todo va a salir bien, Harper.
Se mordió el labio inferior y asintió. Luego me devolvió la astilla.
—Ojalá pudiera creerlo —dijo.
QUINCE

ROMAN

El sol de la tarde golpeaba los campos vacíos. Las «cosechadoras», como


Harper me dijo que se llamaban a sí mismas, habían sido trasladadas a la
ciudad. Cargadas con sus accesorios caseros, se irían hasta la misa de la
tarde, cuando se rezaría por ellas para limpiarlas de cualquier energía sucia
que pudieran haber recogido en las malas calles de Lyones, Indiana.
Les había explicado que no reconocerían una calle malvada ni aunque
les diera una patada en la espinilla. Harper me observó con una fascinación
abyecta y horrorizada cuando le conté los pormenores del barrio de mis
años formativos. Omití la parte en la que encontré a mi madre medio
muerta con una jeringuilla colgándole del brazo en Navidad. Todavía
estábamos en las primeras etapas de nuestra relación, no era necesario
golpearla en la cabeza con mi lastimero martillo de recuerdos.
Dejé escapar un silencioso resoplido de burla y me puse en cuclillas en
medio de la hilera de guisantes.
¿Relación? ¿Hola, Padre Byrne? Tierra a Roman, tierra a Roman,
adelante, imbécil.
Recogí un puñado de tierra y la dejé caer entre mis dedos. En cierto
sentido, mi presencia aquí era una treta. Aunque mi necesidad de aire fresco
y la oportunidad de despejarme eran totalmente ciertas, pensamos que, si
salía a los campos, se levantarían menos cejas. Siendo yo el detective
espiritual enviado del cielo, verme aquí, donde Harper pasaba gran parte de
su tiempo, meditando sobre la voluntad y el testamento de Dios, no sería
muy sospechoso.
Lo que realmente quería era llevármela conmigo. Olvídate de los cómo,
los qué, los porqués y las consecuencias. Tenía la fantástica fantasía de
hacerme con la moto del gorila, montarme en ella y que ella y yo
cabalgáramos hacia el atardecer como una extraña versión de Lady Marian
y Robin Hood.
Por supuesto, tuve que explicarle quiénes eran Robin Hood y Lady
Marian.
No entendí el razonamiento de William sobre qué información podían
conocer sus seguidores y cuál no. Aunque tenía muy buenos conocimientos
de cosas como matemáticas, historia europea y mecánica moderna (con un
afecto especial por los aviones que me pareció increíblemente entrañable),
su comprensión del mundo moderno era tan retorcida como un tornado de
categoría cuatro. Eso lo entendía. Comprendí perfectamente que alguien
criado en las condiciones de una secta tuviera una imagen poco precisa del
mundo exterior. Fue su percepción de la Biblia lo que me pareció chocante.
Se sentó en la cama, devorando pan, manzanas y aspirinas, mientras yo
le decía que Abraham no había matado a Isaac. Hojeé mi Biblia y leí cómo
el mensajero de Dios apareció en Moriá y le dijo a Abraham que estaba
libre de culpa porque el Señor sabía, por este acto de casi sacrificar a su
hijo, que su fe era firme. En su lugar, sacrificaron un carnero. Vivieron tan
felices para siempre como se podía vivir en tiempos del Antiguo
Testamento y, no, no tenía nada que ver con la masturbación.
Aunque Harper se sorprendió al oír la verdad de lo que realmente
sucedió en el Génesis 22, no tiene punto de comparación con lo que yo
pensé cuando me contó cómo se castigaba a las chicas del Bien Mayor si se
las encontraba dándose placer a sí mismas. O incluso si pensaban en ello.
Tenía una amiga, Jessica, que había sido marcada de por vida a causa de su
pecado.
No podía creerlo, pero, al mismo tiempo, me lo creía completamente.
Mi siguiente pregunta, naturalmente, fue si los chicos corrían la misma
suerte; sus pruebas de autosatisfacción serían más difíciles de ocultar,
después de todo.
Se sonrojó y luego me explicó que no había chicos. A partir de cierta
edad, si no eran elegidos por Dios, Jesús y William para formar parte del
Alto Consejo, se los llevaban. A dónde y a hacer qué, no lo sabía. A ella y al
resto de las mujeres de esta horrible excusa de secta religiosa les decían una
y otra vez que lo suyo no era buscarle la razón a nada.
Así que ese era otro misterio.
Enfrentémonos a los enigmas uno por uno, me recordé a mí mismo.
Tenía que concentrarme en lo que creía que era mi misión: cómo se
relacionaban entre sí los nombres de Nolan Morrow y Bradley Smythe, y
cuál era su conexión con el Bien Mayor.
Es difícil decir cuánto tiempo había pasado desde la actuación digna de
un premio de Harper por posesión demoníaca y la repentina salida de
William. En cualquier caso, habíamos pasado más tiempo a solas del que
me sentía cómodo pasando, mi paranoia crecía a cada momento que pasaba
y tener que dejarla encerrada en aquel maldito contenedor de
almacenamiento fue una de las cosas más duras que tuve que hacer en mi
vida. Le dije que volvería en cuanto pudiera, que por favor se estrujara el
cerebro a ver si recordaba algo sobre el querido tío Nolan, que siguiera
aplicándose la pomada en la herida y le expliqué cómo liberarse de un nudo
corredizo.
Me aseguré de que las cuerdas estuvieran lo más flojas posible, sin que
pareciera que podía zafarse de ellas cuando quisiera. Teníamos que hacer
que esto pareciera auténtico, cuando, que no si. William y la pandilla
volvieran. Cuando até el último extremo al cabecero, me sentí aliviado al
notar que su tez había recuperado un poco de color. Había una pizca de luz
en sus ojos. Tal vez era miedo, tal vez era esperanza; lo más probable es que
fuera una combinación de ambos. Ella dijo que veía lo mismo en mí.
Al igual que no sabía cuánto tiempo habíamos pasado aquí solos,
tampoco era consciente de los momentos que pasamos mirándonos a los
ojos. No había sentido ese tipo de dulce agitación en mi alma desde mi vida
en otro continente. Pensaba que lo que había tenido el privilegio de vivir
con la bella Amina era un regalo único de Dios para mí. Que su
desaparición había sido forjada por voluntad del cielo, y que aquel deseo
apasionado que compartí con ella no debía volver a repetirse.
Nunca dudes de Dios.
Me sentía atraído hacia ella, como si una fuerza superior a todo lo que
existe en este mundo mortal me empujara cada vez más y más cerca, hasta
que nuestros labios se tocaron. Su pecho se elevó hasta el mío, apretándose
perfectamente contra mí mientras la besaba. Sabía ligeramente a manzana,
su boca se movía suavemente contra la mía, y debería haberme alejado de
ella en vez de permitir que esto ocurriera.
El pezón se le puso rígido contra mi pecho. No habíamos encontrado
ropa de recambio, la solapa desgarrada de su bata se había caído, y pude
imaginar su pecho desnudo contra mí, mientras su boca seguía explorando
la mía.
Tomé su cara entre mis manos, deseando desatarla del cabecero de la
cama para que me rodeara el cuello con sus brazos, para abrazarme con
fuerza, quitarme el cuello y la sotana, poner carne contra carne, pero
sabiendo que no debía hacerlo.
No debemos.
Hice acopio de todas mis fuerzas para detener el beso. Posé mi dedo en
sus labios y luego en los míos.
—Todo va a salir bien, Harper —logré decir.
Ella asintió y no dijo nada más cuando me fui.
Abrí la puerta del refugio y me detuve. Cómo deseaba darme la vuelta y
mirarla, sabiendo que, si lo hacía, me costaría el doble marcharme.

ME LEVANTÉ desde donde estaba en la hilera de guisantes y observé


cómo los últimos granos de tierra se desprendían de entre mis dedos.
Soplaron con la brisa y luego volvieron a caer a tierra.
—Cenizas a las cenizas —dije, me limpié las manos y empecé a cruzar
los campos en dirección a la supuesta iglesia del Bien Mayor. Había una
clase especial de dios con el que quería hablar, y tenía la sensación de que
estaba allí.
Al menos eso esperaba.
Porque quería matarlo.
DIECISÉIS

HARPER

La primera vez que deseé que le pasara algo malo a mi padre, acababa de
entrar en la adolescencia. Tal vez tenía catorce años. Jessica y yo nos
dirigíamos a los campos, recién acabada la misa vespertina. El sermón de
William duró una hora más que la mayoría de sus predicaciones, ese día
estaba especialmente vehemente con el tema, lo que nos dio poco o ningún
tiempo para recoger nuestra cuota de judías verdes.
Discutimos lo que acabábamos de aprender sobre Abraham e Isaac, pero
en lugar de confirmar los peligros del fuego del infierno y la muerte que
conlleva tocarse a uno mismo, nos inventamos escenarios sobre lo que Isaac
podría haber estado pensando antes de que su padre lo atrapara.
Jessica se imaginaba a Isaac como un gladiador rubio y de ojos azules,
músculos cincelados, taparrabos de cuero cubriendo su virilidad y
penetrantes ojos verdes. Con una voz profunda y masculina, dientes blancos
y perfectos y, lo más importante, uñas limpias. No tenía manchas de
suciedad en los pies calzados con sandalias y el vello de las piernas era
suave y del color del heno.
Su atención al detalle me sorprendió, la verdad. Jessica no era una alta
farsante como yo, pero oírla hablar con tanta pasión de su novio imaginario
era como un soplo de aire fresco. La forma en que se le iluminaba la cara
cuando hablaba de él le daba una ligereza a todo su comportamiento que
uno nunca, jamás, veía. Jessica era una persona reservada, tranquila y
tímida. Sus ojos brillaban con picardía cuando describía el dios bíblico que
estaba construyendo. Le pregunté si se lo había inventado en el momento,
porque, de ser así, me habría impresionado.
Se sonrojó y acercó sus labios a mi oído. Ahuecó la mano y me confesó
que llevaba meses fantaseando con su versión de Isaac. Había leído más
adelante en nuestros libros de estudio de la Biblia, (Jessica, siempre
queriendo abarcar más), y se había enamorado de la tragedia romántica del
hijo de Abraham.
—Tienes que jurarme, Harper, que lo que te voy a decir ahora quedará
sólo entre nosotras. Júralo, Harper.
—Lo juro, por supuesto.
Bajó tanto la voz que apenas pude oírla, aunque su boca estaba tan cerca
de mi oído que sentí cómo sus labios lo rozaban.
—Comparto un pecado con Isaac.
Lo que siguió contándome fue algo deliciosamente prohibido. Cuando
cerraba los ojos, lo veía a su lado, arrodillado junto a ella, y su mano limpia
y bien cuidada metiéndose entre sus piernas y haciéndole cosquillas. Su
Isaac estaba bien versado en las formas en que él la llevaría a alcanzar el
clímax. A veces la frotaba por encima de las bragas, masajeando
vigorosamente su sexo hasta que unos escalofríos de éxtasis se apoderaban
de su feminidad, provocándole tales ataques de placer que tenía que taparse
la cara con la almohada para disimular sus gemidos.
Otras veces iba más lejos, haciéndola abrirse de piernas, pasando los
dedos desde los pechos hasta el vientre, deteniéndose sobre su feminidad,
mientras con una mano jugaba con sus pezones, pellizcándolos y
retorciéndolos, mientras deslizaba lentamente sus dedos dentro de ella.
¿Para darle placer…?
En nuestros círculos se le llamaba la Verruga del Diablo. Un horrible
bulto rojo escondido dentro de nosotras, oculto y tentador. Era la pieza
central del peor de los pecados, y estábamos condenadas a cargar con ella
toda la vida. Se rumoreaba que tenía la forma de la manzana que Eva utilizó
para destruir a Adán y, por tanto, era una prueba más de que Dios era
mezquino y vengativo. Despreciaba a las mujeres, y nunca debíamos
olvidarlo. Nuestra verruga era el castigo eterno por haber destruido el
Paraíso.
En el otro lado del espectro bíblico, Dios les dio a los hombres unos
órganos que colgaban por fuera porque no debían avergonzarse de su
género; el nuestro era el vergonzoso. Las mujeres del Bien Mayor teníamos
un conocimiento limitado de la zona privada de un hombre y se nos dejaba
a nuestra propia imaginación lo que realmente ocurría ahí abajo. Para evitar
que una mujer arruinara la elevada posición espiritual de un hombre
tentándolo con su maldad inherente, a la mayoría de los niños que nacían en
nuestra comunidad los enviaban lejos cuando eran muy, muy jóvenes. A
menudo me preguntaba qué les ocurría. Todos nos lo preguntábamos.
Y aunque se celebraban matrimonios en nuestra cultura, eran algo raro.
Los hombres sólo se unían a una mujer si Dios, William y Jesús sabían que
eran capaces de soportar el justo estorbo del sexo débil y repugnante.
Tal vez fue la pasión de Jessica de aquel día lo que inspiró a mi propia
mente a poner en marcha una gran fantasía. No sólo sentí que mi propia
iniquidad sexual se excitaba cuando ella me hablaba de su deseo mortal y
prohibido, sino que deseé tener mis propios medios para tan deliciosa
transgresión.
Teniendo en cuenta lo que sucedió, me sorprendió que mi deseo se
mantuviera.
Jessica y yo estábamos solas, cosechando una hilera de verduras y
riéndonos mientras hablábamos de las partes masculinas y de lo graciosas
que deben de ser. ¿Se las arreglan con un trozo de carne tan ridículo
colgando de entre sus piernas, aleteando de un lado a otro bajo sus raídos
pantalones de lino como un bulboso y carnoso pepino? ¿No era eso algo
que volvería loco a uno?
Nos reímos de la idea, arrancando las verduras de raíz, metiéndolas en
nuestros delantales y, justo antes de que vinieran a por ella, recuerdo que
admití que tenía dudas de que Dios nos despreciara. Por lo menos, nuestras
partes íntimas no sobresalían.
Al principio, no estábamos seguras de lo que estaba pasando. Mi primer
pensamiento fue que algo terrible debía haber ocurrido en la parte principal
de la ciudad, porque si no, ¿por qué William, Joseph y un puñado de
miembros del Consejo se dirigían hacia nosotras? A medida que se
acercaban, reconocí al padre de Jessica entre ellos; estaba pálido y sostenía
un trozo de pergamino arrugado entre sus manos.
Nos levantamos cuando se acercaron, hicimos la reverencia tradicional
y, cuando miré a Jessica, vi que se le había esfumado toda la sangre de la
cara. Sus ojos no miraban más que el papel que su padre sostenía entre los
puños. Las rodillas le empezaron a temblar y pensé que estaba a punto de
desmayarse.
William habló en su tono plano y uniforme. También había un brillo
terrible en su mirada, uno que recordaría durante años y años.
—Muchacha malvada y desdichada —dijo, moviendo la cabeza con
falsa simpatía, casi burlona—. Has avergonzado a nuestro Dios, a tu padre y
a mí.
Intentó huir, pero Joseph se le echó encima como un lobo rabioso y
hambriento. La agarró del brazo, tirando de ella hacia atrás y aprisionándola
contra su enorme cuerpo en un espantoso abrazo. William hizo un gesto a
los otros concejales, que inclinaron la cabeza y comenzaron a rezar por su
alma contaminada y maligna.
Lo único que podía hacer era mirar. Deseaba con todas mis fuerzas
poder ayudarla, que hubiera algo que Dios me concediera, para poder
librarla de su destino, pero no podía hacer nada. Paralizado por el miedo y
la conmoción, el padre de Jessica se acercó a ella...
con los rasgos contorsionados por el odio y la repugnancia.
Alisó el papel arrugado.
—Esto se encontró en tus aposentos —gruñó.
No podía ver por las lágrimas que se acumulaban en sus ojos, pero me
di cuenta de que sabía exactamente lo que le estaban mostrando. Era
precioso.
Jessica siempre fue una artista increíble. Podía hacer dibujos de Noé y
todos sus animales, arbustos ardiendo y crucifixiones que eran incluso
mejores que las imágenes de nuestras Biblias. El dibujo que sostenía su
padre, que sería el último, era el más bonito que había visto nunca.
Era su versión de Isaac, su cuerpo desnudo y meticulosamente esculpido
sosteniéndola entre sus brazos tonificados y hermosos. Ella también estaba
desnuda, con la espalda arqueada para que la palma de la mano de Isaac, de
manicura cuidada, pudiera posarse tiernamente sobre su pecho.
—Hay lugares en el infierno reservados para ti —dijo su padre. Aplastó
el boceto en un puño—. Sabes cuál es el castigo que Dios dicta para ti.
Recuerdo claramente sus gritos; sus súplicas de piedad, de perdón.
Su chillido era el sonido más espantoso, el de un animal arrastrado a la
muerte, y empeoró a medida que Joseph se la llevaba. Los miembros del
Consejo la siguieron, concentrando sus oraciones en el padre de Jessica, y
en que el Señor lo bendijera y protegiera de los caminos inicuos de su hija
engendrada por el infierno.
Supongo que tuve suerte. No se me declaró culpable de ninguna
desviación pecaminosa, aunque mi mera asociación con Jessica me valió
una docena de azotes del instrumento de castigo de mi Buena Madre: su
cuchara de madera quemada con el mango astillado. Mientras estaba
inclinada sobre la silla de nuestro salón, con las nalgas desnudas expuestas
para aceptar mejor los terribles aguijonazos de los agresivos golpes de mi
madre, recé por Jessica.
Primero quemarían el dibujo. Luego aplicarían a su carne el extremo
candente de lo que llamaban el Hierro del Señor. Nunca lo supe con certeza,
pero estaba segura de que sería William quien abrasaría su delicada piel de
porcelana. El dolor sería insondable y la divinidad lo suficientemente cruel
para mantenerla consciente, plenamente consciente mientras el olor de su
propia carne chamuscada se filtraba en sus fosas nasales.
Tenía trece años.
En las semanas siguientes, en todas las misas se rezaba especialmente
por el padre de Jessica. También rezaban por su madre, pero sobre todo para
que su marido pudiera perdonar la indiscreción e ignorancia de ella, que
habían llevado a Jessica a la perdición.
En los años siguientes, maldije en voz baja la injusticia de todo aquello.
Era todo tan injusto, estaban todos tan equivocados.
Jessica nunca volvió a hacer un dibujo. Nunca sonrió. Sólo una vez
mencionó la tortura imposible que soportó: cómo la desnudaron hasta
dejarla en ropa interior, cómo le retiraron los pechos hacia los lados con las
ásperas manos del hermano Joseph y de un concejal que le secundaba, todo
ello mientras su padre rezaba por su alma y William observaba. Era el olor,
dijo, lo que más la atormentaba.
Nunca volvimos a hablar de ello. Nunca me enseñó la cicatriz que le
marcó para siempre el pecho, el recordatorio constante de lo mala que había
sido. No estaba segura de cómo Jessica seguía siendo mi mejor amiga. Y
durante más de una década, no abordamos el tema. Lo que yo sabía de su
sufrimiento y angustia nunca salió de mis labios.
Hasta ahora. Cuando me encontré contándole a un sacerdote católico
(que Dios me envió por casualidad) cómo se trataba a ciertos infractores del
Bien Común.
¿La expresión de su cara...? Bueno, decir que se mostró horrorizado
sería una descripción demasiado suave. Desde luego, no esperaba nada
parecido a mi relato de las tribulaciones de Jessica. Finalmente, Roman
logró decir que no podía «entrarle en la cabeza» un acto de atrocidad tan
grave. Nunca había oído tal expresión, pero sin duda tenía sentido.
Lo que no podía entender era por qué estaba tan interesado en cómo
funcionaba el Bien Mayor. Sólo éramos una comunidad consagrada de
adoradores temerosos de Dios. Era una vida terrible, una vida dura, pero así
lo quería el Señor, ¿no?
Su instancia a todo lo contrario me resultaba extraña. Que yo
cuestionara constantemente nuestra circunstancia no era motivo para pensar
que no era más que un inquieta inadaptada. Mi deseo de marcharme era
natural. Incluso después de haberme expuesto a la repugnancia del mundo
exterior, me resultaba mucho más atractivo que la existencia primitiva y
abusiva de lo que Roman llamaba «una secta».
Según un libro que él llamó Diccionario Webster, una secta era un
grupo relativamente pequeño de personas con creencias o prácticas
religiosas consideradas por los demás como extrañas o siniestras.
Le dije que no podía estar más de acuerdo. Y que quería saber más
sobre el mundo del que venía, el mundo real, y cuándo podría verlo por mí
misma.
Me cogió de la mano y me besó el dorso, provocando una oleada
instantánea de calor desde mi corazón hasta mi vientre. Prometió que
conseguiría mi libertad, pero primero había algo que tenía que hacer aquí.
Algo que teníamos que hacer.
Volvió al tema de mi distanciado tío Nolan y del misterioso Bradley
Smythe, del que juré no haber oído hablar nunca. Cuando le pregunté por
qué era tan importante ese tal Smythe, vi que se ponía tenso. Su postura se
volvió rígida y sus ojos oscuros se ensombrecieron. Todo lo que dijo es que
conocía a Bradley por confesión. Que era un hombre muy malo que había
pedido el perdón de Dios y que Roman había sido el encargado de
concedérselo. La ley sagrada le prohibía a Roman contarme más, cosa que
yo entendía, pero dijo que el malvado Bradley Smythe estaba relacionado
de alguna manera con mi tío. Sólo que no sabía cómo. O por qué.
—Nolan, Nolan, Nolan... —dije, habiendo deshecho mis nudos
corredizos y dirigiéndome al baño. O, lo que podría confundirse con un
cuarto de baño. Era un lavabo bastante decente, no más grande que el
armario de mi habitación, pero había una ducha de aguas grises, un retrete y
un espejo sobre un lavabo diminuto.
Mantuve un oído atento a la puerta de acceso. Un solo ruido de la
cerradura y tendría que volver corriendo a la cama y volver a meter las
muñecas en las cuerdas para continuar con la ilusión de mi demonio interior
y yo. Esperaba que mi pierna no se resintiera demasiado, si se diera el caso.
Me quité el camisón y abrí la llave del agua. Un ligero chorro salió del
grifo. Nada más que un escupitajo frío, en realidad, pero serviría. Apoyé la
pierna herida en la pequeña repisa y dirigí la boquilla hacia mi herida.
El agua estaba absolutamente helada, tan fría que quemaba. Apreté los
dientes y vi el tono rosado del agua correr por mi muslo y desaparecer en el
desagüe.
Tío Nolan... Tío Nolan... la pelea que tuvieron él y William... en el
salón… era el salón, ¿verdad...?
Mi mente quería permanecer en blanco. Como si hoy no quisiera hacer
más viajes por el carril de los recuerdos. Contar lo que le había pasado a
Jessica era revivir una pesadilla. Ahuequé la palma de la mano, la llené con
el agua ártica y me la eché en la cara. Puede que me diera una bofetada. Fue
como sumergir la cabeza en un montón de nieve, e un bloque de hielo. Me
salpiqué las mejillas de gotas húmedas y heladas, y Bridget estaba de
rodillas, haciendo un dobladillo en el bajo de mi vestido de bautizo mientras
William y el tío Nolan se gritaban desde la cocina.
Jadeé y cerré el grifo.
Bridget y yo éramos las que estábamos en el salón. Nolan y William
estaban bebiendo vino. Recuerdé el sonido de sus copas, que tintineaban en
la mesa cuando las rellenaban y luego se estrellaron contra la pared después
de que Nolan mandara a mi padre a tomar por culo.
La voz de William era áspera y quejumbrosa, como la de un niño
pequeño en plena rabieta. Oí que algo más se hacía añicos y luego Nolan
salió furioso de la cocina. Se acercó a pisotones a mi madre, con un
pequeño chorro de sangre goteándole por encima de la frente.
—Es un maldito idiota —dijo Nolan. —¿Quién manda aquí, eh? ¿Él? —
Señaló a mi padre, que asomaba por la puerta de la cocina, llevándose un
paño de cocina a la boca—. ¿Quieres explicarme cómo funciona esto,
Bridget? ¿Otra vez?
Entonces, me miró directamente, puso los ojos en blanco y sacudió la
cabeza. Se llevó la mano a la oreja y contempló la sangre que manchaba su
palma.
Me quedé mirando mi reflejo borroso y distorsionado en la pared de la
ducha mientras el recuerdo de aquella noche se repetía en mi cabeza.
Bridget me había ordenado que me fuera a mi habitación y cerrara la puerta.
Para rezar, por supuesto. Me dijo que terminaríamos de vestirme por la
mañana.
Subí las escaleras, recordé. Pero no me fui a mi habitación. Lo que
estaba ocurriendo era demasiado intrigante. Siempre había un ambiente
volátil en nuestra casa, pero nunca habían llegado a las manos. Al menos,
entre los adultos. Me senté en el pasillo, con las manos sobre las rodillas,
ignorando los pinchazos de los alfileres en el dobladillo mientras escuchaba
cómo Nolan y William se reprendían mutuamente.
No puedo recordar sus palabras exactas. Nolan insultó a mi padre, y
William dijo que Dios lo castigaría por su insubordinación. Mi tío se reía
mucho y amargamente cada vez que William mencionaba al Señor. Me
preguntaba cómo podían ser tan divertidas las cosas cuando estaban tan
enfadados el uno con el otro. Y Dios no era motivo de risa.
Cuando por fin se hizo el silencio, me asomé por la esquina. Contuve la
respiración, pensando que eso me ayudaría a ser invisible. No quería que
me pillaran. Dios, cuánto deseaba que no me descubrieran. Sabía que las
consecuencias serían muy graves si me descubrían espiándoles. La cuchara
de madera de mi madre, el cinturón de mi padre... quizás ambos. Ya había
pasado antes. Aun así, tenía que ver.
Mi madre estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, más
severa y enfadada de lo que yo recordaba. Nolan se había puesto el abrigo,
tenía el maletín abierto sobre la mesita y rebuscaba furiosamente en él
mientras murmuraba para sus adentros. No podía ver a William, e imaginé
que había vuelto a la cocina a por otro paño. El que había estado usando
para presionar contra el labio unido se había saturado.
Nolan sacó algo de su maletín y se quedó mirándolo un buen rato antes
de dárselo a Bridget. No pude distinguir exactamente lo que era... mi vista
desde lo alto de las escaleras era limitada, en el mejor de los casos. ¿Un
libro? ¿Quizá un bloc de notas? Era de cuero negro, eso sí podía decirlo.
Fuera lo que fuera, parecía muy importante. Aunque realmente no tenía ni
idea de lo que era, tenía algo de especial. Como una esencia importante y
ominosa.
Bridget se lo arrebató, sujetándoselo contra el pecho, y yo me esforcé
por oír lo que le decía. Ya era difícil distinguir su conversación cuando
alzaban la voz, pero ahora susurraban en voz baja y enloquecida. Nolan se
abrochó el abrigo, se subió las solapas y salió por la puerta principal.
Nunca lo volví a ver.
Me agaché detrás de la esquina y escuché los pasos de mi madre sobre
la alfombra, el suelo de madera y, después, un cajón que se abría. El que
chirría, el de la vitrina.
—¿William? —lo llamó, después de oír cómo se cerraba el cajón.
Entonces, nada.
Volví a sentarme contra la pared, con el sonido de los latidos de mi
corazón palpitándome en los oídos. Los alfileres del vestido se me clavaban
en las pantorrillas y creo recordar que me arrastré a gatas hasta mi
dormitorio. El suelo del piso de arriba crujía terriblemente y no podía
arriesgarme a que me oyeran.
Durante semanas, cada vez que pasaba por delante de la vitrina, echaba
un vistazo al cajón. Nunca me atreví a abrirlo. Me había acercado una o dos
veces, pero era como si dentro viviera un horrible monstruo negro. Si lo
abría, me arrancaría la mano de un mordisco.
Con el tiempo, aprendí a apartarlo de mi mente. Había otras cosas de las
que preocuparse, muchas otras cosas, y lo que estuviera pasando entre mi
tío Nolan y Bridget era asunto de ellos. Además, si me pillaban
husmeando... bueno, desde luego no necesitaba darle a William más razones
para sacarse el cinturón de los pantalones.
Me volví de mi reflejo borroso en la ducha hacia el lavabo. Allí estaba
todo muy silencioso. Era un silencio muerto, terrible, como una cueva
abandonada. O una fosa. Había retratos de Jesús y William, velas y
crucifijos, Biblias en blondas por todas partes (incluso en el cuarto de
baño). Había oído a menudo la expresión «el infierno en la tierra». Sólo que
nunca pensé que tendría tantos componentes del cielo. Levanté los ojos
hacia el espejo.
—Oh —dije.
La persona que me devolvía la mirada era irreconocible. Tenía mi pelo y
mi cara, pero sus rasgos eran sombríos, cenicientos. Di un pequeño paso
atrás y me toqué el pecho. Mis clavículas sobresalían más, mi carne
paliducha y, mientras contemplaba el cuerpo demacrado y pálido que
aparentemente me pertenecía, le dije al espejo:
—No sé qué ve Roman en ti.
Mi reflejo desnudo parecía que tampoco lo entendía.
Míranos, pensé, pasándome los dedos por los enredos. Hace sólo un par
de días, mi pelo era bonito: grueso, con reflejos naturales que
complementaban mis ojos. Me pasé la mano por el estómago. Siempre
había sido delgada, ahora sólo estaba flaca. Era tan extraño lo diferente que
era de mis padres. Quizá por eso no les gustaba. William con su pelo fino y
sus ojos miopes. Y mi madre, rechoncha y de cara redonda. No estaban
celosos, ¿verdad? No. No había mucho de que estar celoso y, además, la
envidia era un pecado.
También la vanidad.
Abrí el único cajón que había y rebusqué algo, lo que fuera, que me
ayudara a no parecerme a un estercolero. Había un cepillo de dientes, eso
estaba bien. También pinzas, un cortaúñas, un peine… Y, gloria sea dicha,
un cepillo para el pelo. Ya había algunos mechones en él, sin embargo.
Posiblemente de Bridget, y la idea de cepillarme el pelo con el suyo me
revolvió el estómago. Lo arranqué, lo tiré a la papelera y empecé a pasarme
el cepillo por mis largos y descuidados mechones. Me sentí de maravilla.
Tan de maravilla como había sido sentir los labios de Roman contra los
míos. Sonreí. Puede que mis padres no se preocuparan por mí, pero Roman
sí. Me había besado. Y cómo me había besado. Cuántas noches había
apretado los labios contra el dorso de la mano, fingiendo que la boca que
devoraba era la suya. Las palmas que masajeaban mis pechos le pertenecían
a él, el misterioso y hermoso hombre del póster, que ahora estaba aquí. Mi
regalo de Dios.
Seguí cepillándome el pelo, pensando en la fuerte meditación de
anoche, después de dar gracias al Señor por la bendición que era Roman, y
que con suerte llegaría a ser. Su propósito era ser mi salvador, mi liberación,
y yo debía poner mi fe en esa esperanza. Fue muy difícil hacerlo. Recé por
tener paciencia, aunque no era una virtud oficial, la necesitaba a montones.
—¿Sabes cómo es esto? —le pregunté a mi imagen.
Ella no lo sabía.
Cierro los ojos, intentando recordar el versículo de Gálatas. El de no
cansarse.
—«Porque a su tiempo... segaremos, si no nos rendimos» —dije,
abriendo los ojos y preguntándome si eso también era mentira. Lo que me
habían contado de Abraham e Isaac no era cierto. ¿Había algo que sí lo
fuera?
Cogí mi camisón y volví furiosa a la habitación principal del refugio.
Me coloqué encima de la cama donde se suponía que estaba tumbada,
fingiendo estar atada, todo en nombre del plan y de la paciencia.
Al otro lado de la habitación, las velas parpadeaban. Las llamas lamían
sus mechas, una de ellas cada vez más alta, más furiosa, a medida que el
fuego alcanzaba la cera y despedía una pequeña columna de humo negro.
No durarían mucho más, y una cosa que no podría soportar sería verme
sumida en la oscuridad absoluta una vez que se apagara la última vela. La
mera idea era aterradora.
Pero esto era un refugio contra tormentas; debía haber más suministros,
más velas. Pero todo estaba cerrado con llave. Los armarios, cajones, todo.
A excepción del del baño, nada era accesible. Después de que William y sus
matones me hubieran dejado aquí, ¿hace qué, un día? ¿Dos días? (Me
asustaba darme cuenta de que estaba perdiendo así la noción del tiempo,
pero supongo que era lógico. Una razón terrible, horrorosa). Había
intentado rebuscar en las zonas de almacenaje para encontrar algo que me
aliviara la pierna, pero ningún tirador cedían. No tenía ningún sentido. Si
todos los objetos destinados a mantenerte con vida estaban bajo llave, ¿qué
pasaría si se perdía la llave?
Me acerqué a las velas, cogí la que humeaba y la llevé a la cama. Por un
momento, pensé en tirarla sobre el colchón y verla arder. Observaría cómo
las llamas se abrían paso a través de las sábanas, las cuerdas, las paredes y,
finalmente, convertirían todo el refugio en un infierno. Me quemaría junto
con todo lo demás, pero no me parecía un destino tan malo.
Si la imagen de Roman no hubiera pasado por mi mente en ese
momento, probablemente lo habría hecho. Estaba aquí por una razón, estaba
aquí para ayudarme, y todo lo que tenía que hacer era confiar en la fe, la
esperanza y la oración de que me sacaría de aquí. Que todo esto terminaría,
y aquellos que merecían sus justas consecuencias serían servidos en
consecuencia.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —dije a nadie en voz alta, y me senté
en el borde de la cama, sosteniendo la vela.
La llama era fascinante. Hipnotizante, en cierto modo, y la miré
fijamente durante tanto tiempo que los ojos empezaron a llorarme.
Parpadeé, coloqué la vela en un pequeño taburete a un lado de la cama y
estiré las piernas.
El corte de la pierna protestaba, pero un poco menos que antes. La
cabeza tampoco me daba tantas vueltas. Y aunque seguía muriéndome de
hambre, era innegable que el ungüento y las pastillas que Roman me había
dejado me hacían sentir un poco mejor. Metí la mano entre el colchón y el
somier, donde había escondido las medicinas para mantenerlas alejadas de
miradas indiscretas y sospechosas, y saqué el tubo de pomada.
Sonreí un poco. Esto era algo de él, para mí. Como un regalo. Ya había
oído hablar de regalos en nuestras enseñanzas. La gente de fuera envolvía
su amor por el materialismo en papeles llamativos con estampados y en
cintas brillantes y chillonas, y se celebraban a sí mismos. Intercambiaban
dichos regalos por sus cumpleaños, por Navidad (Dios se apiade) y por
cualquier excusa burguesa que se les ocurriera. Esta práctica de intercambio
de regalos era su promesa de codicia y gula. Algo pecaminoso, vergonzoso.
Y recuerdo que de niña pensaba que desenvolver una caja decorada
alegremente y llena de juguetes o caramelos sería lo mejor del mundo.
—Neo... spor... Neosporin —leí en voz alta las grandes palabras azules
del bonito tubo color mantequilla—. Con cortisona. —No sabía lo que era
ninguna de esas dos cosas, pero fuera lo que fuera, se parecían bastante a
los regalos. También había más palabras—. Crema de doble acción.
Protección calmante contra infecciones y alivio del dolor de máxima
potencia. Una onza. —También era la marca número uno recomendada por
los médicos.
Desenrosqué el tapón, me eché un poco de crema en los dedos y me la
extendí por la herida de la pierna. El ungüento era fresco y calmante y, de
repente, se me llenaron los ojos de lágrimas. El Neosporin con cortisona me
hacía sentir mejor y, en mis veintitrés años, nadie me había dado algo tan
agradable.
Se me calentó la garganta de tristeza. Ya no podía ver el taponcito.
Tanteé con las manos y conseguí volver a colocarle el tapón antes de dejarlo
junto a la vacilante vela, y me quedé mirándolos a ambos. Las lágrimas
rodaron libremente por mis mejillas mientras intentaba concentrarme en el
bonito tubo amarillo. En las letras azules. Era como mirar algo bajo el agua.
Los hombros me temblaban en sollozos silenciosos. No entendía por
qué Roman y yo no podíamos irnos ahora mismo. ¿Por qué no podía
cogerme de la mano, tirar la puerta de mi celda abajo y huir sin cesar de
este horrible lugar? ¿Había cambiado de opinión? ¿Por qué me besó? Ahora
mismo no estaba muy guapa. Igual sólo sintió lástima por mí, pero, ese
había sido mi primer beso. En veintitrés años. Mi primer beso.
¿Mi único beso?
Me desplomé sobre la cama, hundí la cara en la almohada y grité. Cerré
los puños y la golpeé. Una y otra vez. La golpeé con todas mis fuerzas,
imaginando que la almohada era la cara de mi padre, las expresiones
petulantes y lastimeras de Bridget y las cicatrices de mi cuerpo y mi alma.
Dios me odiaba.
Me arrebató a mi salvador.
Dios me amaba.
Me envió lo mismo.
Extendí la mano hacia el tubo de crema. Lo toqué con ligereza. Todavía
estaba aquí.
Todavía estaba aquí. Pero, no. No, no estaba.
Sé dónde estoy. En el valle de las sombras. Sí. Y está oscuro. Muy, muy
oscuro porque eso son las sombras, y mis lágrimas son saladas. Él también
está aquí, llevando una antorcha. La llama es fuerte, brillante; tan brillante
que duele mirarla. Ha venido a guiarme lejos de las sombras, y le cojo la
mano.
Su mano es musculosa. La mía encaja perfectamente en ella. Su
alzacuellos blanco está roto, colgando de un hilo. También tiene heridas.
Las que aún no me ha mostrado. Hay muchas, y me dice que debo ser
paciente. Que le siga, y compartiremos nuestro dolor. Nos curaremos
mutuamente. Él también necesita sanar, porque ha hecho cosas malas. Ha
incumplido mandamientos. En nombre de Dios traicionó su vocación.
Quiero saber qué es.
Se lleva el dedo a los labios y luego a los míos. La antorcha se vuelve
más brillante y, detrás de él, empieza a salir el sol. Las sombras del valle
desaparecen lentamente mientras él se acerca a mí. Sus ropas han
desaparecido.
La hierba es suave bajo nuestros pies. Un río que fluye suavemente más
allá de la loma y, muy, muy lejos, una cascada ruge con majestuosa voz.
Las flores pintan el bosque y un arco iris de plumas surca el cielo
despejado.
Su tacto es suave. El mío es áspero. Torpe por la inexperiencia de la
virginidad. Me tumbo sobre el verde del campo, el sol calienta mis pechos y
mi vientre. Separo los brazos, deseando algo más que el sol para calentar
mi carne. Su cuerpo me cubre, su torso acurrucado entre mis piernas. Ya no
me duele.
Las briznas de hierba me rozan las palmas de las manos, y cuando se
desliza dentro de mí, introduciendo su sexo en el mío, mis dedos se aferran
a la hierba, el campo, y jadeo. Entonces, algo... siento algo bajo mi mano.
Lo agarro y se arruga. Páginas de tejido fino. Estas páginas hechas por el
hombre no deberían estar aquí, en el prado de la naturaleza, y giro la
cabeza para ver.
Para ver su Biblia. Rasgada. Quemada por los bordes.
Él empieza a gemir, suavemente, en mi oído. Y el sonido de su placer
aumenta el mío. Con cada embestida, me acerca más. Más cerca. El calor
dentro de mí aumenta en fervor, en desesperada necesidad, hasta que
finalmente me enciendo de placer. La cascada ruge, el arcoíris me canta y
abro los ojos.
Mi gigantesco pájaro plateado se eleva sobre nosotros, las turbinas de
los motores emiten su constante bramido mientras vuela más allá del río,
tras de las montañas, donde iniciará su descenso. Ha venido a por
nosotros. Unas finas páginas de tejido se arremolinan en el cielo,
atrapadas en la estela invisible de la propulsión del avión. Estallan en
llamas, una a una, hasta que todas las escrituras regresan al cielo.
Donde pertenecen.

NO SABRÍA DECIR qué hora ni qué día era cuando desperté. Y ninguna
de esas cosas importaba. Mi sueño era una premonición. Estaba segura de
ello. Si me asaltaban dudas, las disiparía con la fuerza de su mano. Con el
poder del amor. El poder del paraíso.
El poder del paraíso, pensé, luego me hice un ovillo y me apreté el tubo
de Neosporin contra el pecho. Me gustaba sentir cómo la comisura de mis
labios se curvaba en una sonrisa al pensar en él. Sabía que no tardaría en
llegar. Vendría a por mí. Volaríamos lejos.
Mis sueños me lo habían dicho.
Y yo creía en ellos.
DIECISIETE

ROMAN

Matar a William tendría que esperar. Mientras salía de los campos,


quitándome la tierra de las manos, intentando pensar, pensar de verdad,
adónde me conduciría mi rabia , hice lo que haría cualquier sacerdote
excomulgado, y me dirigí a Dios en busca de un poco de ayuda. Un poco de
guía.
Había estado calculando lo que haría, golpear a William hasta matarlo,
quemar su carne con su propio puto atizador y luego matarlo a golpes,
cuando me imaginé a la deidad sagrada suprema sacudiéndome la cabeza,
meneando el dedo y diciéndome que debería ser más sensato. Cierto, puede
que me hubiera salido con la mía antes, pero ahora no estaba bajo ninguna
protección informalmente formal de la iglesia. El monseñor Shannon había
tenido que tirar de su sagrada influencia para actuar en mi favor, movió
algunos hilos divinos dentro del consejo, pero no había nada que pudiera
hacer cuando se trataba de la proclamación. Estaba solo esto. Sólo
estábamos yo, y Harper.
Mis pasos se ralentizaron. Si hiciera algo imprudente, aunque
totalmente justificable, ¿qué le depararía a ella?
Estaría sin mí, para empezar. Y no me gustó ese resultado.
Me abrí paso a través de los campos, observando cómo el peso de mis
pisadas dejaba huella en la hierba verde y húmeda, alejando mis
pensamientos de los detalles homicidas de la muerte de William y
centrándome en las razones por las que había venido aquí en primer lugar.
Para impartir algo de justicia, al estilo del Antiguo Testamento. Pero para
hacer eso, y para protegerme a mí y a Harper en el proceso, necesitaba
algunas pruebas de mucho peso. Hechos y pruebas indiscutibles.
Me ayudaría saber lo que estoy buscando.
¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Roman, musité, y levanté la vista de mis
huellas. Al parecer, había estado cavilando tanto tiempo que no me había
dado cuenta de que estaba a unos cientos de metros de la calle principal de
la ciudad. Si es que se puede llamar calle principal a una calle diminuta. Y
delante del edificio de la iglesia, había una furgoneta para varios pasajeros,
que estaba remolcando un camión de mudanzas.
Era demasiado para una sociedad verdaderamente desconectada y
temerosa de Dios. La furgoneta, la electricidad de la casa de los Quinn, la
moto de Joseph el Gorila... todo aquí era una completa contradicción. Me
preguntaba cómo William excusaba tales cosas, cómo justificaba tales
comodidades modernas ante sus seguidores. Seguro que les decía que tenía
el permiso especial de Jesucristo. William Quinn era el elegido, después de
todo. El tercer elemento de la trinidad. En el nombre del Padre, del Hijo y
de William Quinn.
Sí. William Quinn, el torturador, abusador y déspota religioso operando
bajo el disfraz del Señor. ¿No contaba eso como pecado? La suya era el
alma destinada al infierno, para ser aguijoneada durante toda la maldita
eternidad por las lanzas ardientes de los demonios de Satanás. O, al menos,
a una penitenciaría federal donde el aguijoneo eterno adquiriría un
significado totalmente nuevo.
Me agaché detrás de un enorme roble y observé cómo las mujeres salían
de la furgoneta. La madre de Harper fue la primera en salir, recogiendo sus
largas faldas de lana sobre sus amplias pantorrillas. Se dirigió a la parte
trasera del remolque, lo abrió y empezó a sacar una caja de madera tras
otra. Las dejó a un lado. La mayoría estaban llenas de gorros y bufandas de
punto. Parecía que no había sido un día de mercado muy exitoso.
¿Cómo puedes seguir con tus asuntos, Señora Quinn, e ir a vender tu
pequeña mercancía, cuando tu hija es rehén de tu propio marido? Sin
mencionar que le pegan con regularidad. Y Dios sabe qué más.
Me estremecí. Harper no había dicho nada sobre abuso sexual o incesto.
No mostraba los síntomas clásicos. Tal vez fue ahí donde la buena madre
Bridget trazó el límite. Igual ella insistió en que el deseo carnal y repulsivo
de William de tirarse a su propia hija fuera sofocado. ¿Podría hacer tal
cosa? ¿Lo haría?
Una ligera náusea me revolvió las tripas. No lo creía.
El resto de las mujeres del Bien Mayor se unieron a su madre pato en la
parte trasera del remolque. Bridget señalaba y gesticulaba, y sus sumisos
patitos recogían las cajas y las llevaban a la iglesia. Me recordaba a una
supervisora,como en los tiempos de la esclavitud y la servidumbre. Lo
único que le faltaba era un látigo que chasqueara sobre sus cabezas.
Me preguntaba cuál de ellas sería Jessica. Cuál de esas chicas tenía la
cicatriz de la vergüenza grabada en el pecho. Poniéndolo todo en
consideración, probablemente habría más de una. Una horrible versión real
de La letra escarlata.
Dios mío.
Esa ligera arcada enfermiza me sobrevino de nuevo. La rabia me
recorría los intestinos y estalló como un volcán cuando William salió del
vestíbulo y se reunió con su esposa junto al remolque. Se enzarzaron en una
acalorada discusión: William gesticulando hacia el cielo y Bridget tenía los
brazos en jarras. Estaba claro que estaban enfadados por algo, pero fuera lo
que fuera, no podía oírlos. No desde esta distancia. Aunque algo en el aura
que desprendían, sus energías, como había aprendido en el corazón de
África, sugería que, fuera cual fuera su discusión, lo más probable era que
no se tratara de la falta de ventas de bufandas.
Bridget giró sobre sus talones y entró en la iglesia. Y por raro, rarísimo,
que fuera, William la siguió cabizbajo, como un cachorro regañado. Si
tuviera cola, estaría entre sus piernas.
Esto no encajada. William era el rey, monarca y mesías. No seguiría a
nadie, especialmente a una mujer.
Me mantuve pegado al tronco del árbol y esperé a que la furgoneta se
alejara. Me fijé en que Joseph iba al volante. No me sorprendió, ser la mano
derecha de Quinn conllevaba una gran responsabilidad, pero también tenía
sus ventajas. Estaba chupando por la pajita de un granizado, pero en lo que
realmente me fijé fue en el pequeño remolque. En concreto, en su dibujo:
una pintoresca representación de un biplano de la vieja escuela,
sobrevolando el esplendor agrícola de Wichita, Kansas. Una aventura sin
retorno.
Mi cabeza estaba tan atestada de notas mentales que no estaba seguro de
poder añadir otra a la lista. Tampoco entendía por qué eran importantes los
aviones antiguos que sobrevolaban las granjas. Pero lo eran. Por alguna
razón, lo eran.
Con Joseph fuera, y con William y Bridget teniendo su disputa en la
iglesia del Bien Mayor…
Él la había seguido.
…No había momento como el presente para trabajar en mis incipientes
habilidades detectivescas.
ME ACERQUÉ SIGILOSAMENTE a la casa de los Quinn justo cuando el
sol empezaba a descender por el horizonte. Las sombras alargadas
ayudarían a disimular mi avance, aunque no necesitaba ayuda en ese
aspecto. No había farolas, por supuesto. Ni siquiera lámparas de aceite.
Había luna nueva, así que no había problema. Estar todo cubierto de negro
era otra ventaja, y cuanto más me acercaba a la casa, más empezaba a
apoderarse de mí esa sensación de desasosiego.
Existía algo llamado «demasiado fácil».
Caminé deprisa buen paso, pero sin darme prisa. Con la cabeza alta, la
mirada al frente, las manos en los bolsillos y los hombros rectos y firmes.
Desenfadado, pero con un propósito silencioso. El lenguaje corporal era la
clave.
Una de las lecciones más importantes que aprendí de los encapuchados
de la calle H y del bueno de Lagrimilla (que en paz descanse) fue que nunca
hay que parecerse a la presa. Sé el depredador. Piensa como el león.
Además, nunca sostengas el arma a ras de suelo cuando estés disparando a
alguien. Eso era una puta estupidez.
—Todo eso es mierda de Hollywood, blanquito. No caigas en ese error
de mierda.
Escuché el crujido de mis botas en el suelo, la voz de Lágrima en mi
cabeza, y me di cuenta de que también debería haberme traído una pistola
porque, a pesar de todo el tiempo que pasé rodeado de peleas callejeras en
mi infancia, atracos desde el coche y trapicheos de drogas que salían mal,
esta pequeña periferia de una pequeña ciudad del Medio Oeste era
muchísimo más peligrosa. Al menos en la calle H sabías lo que se
avecinaba. A la vuelta de la esquina, dentro de la casa de putas, en el
callejón, sabías que te estaba esperando para matarte.
Sin embargo, aquí, en el pueblo de los Quinn, acechaba algo mucho más
siniestro. Era una... una oscuridad. Incluso a la luz del día, flotaba en el aire.
Una toxicidad silenciosa. Un asesino.
Esencialmente, no había vida en ningún lugar dentro de sus fronteras.
La gente pasaba todo el tiempo metida en sus casitas, rezando,
arrepintiéndose o tejiendo. Sólo salían para oír a William predicar su fuego
infernal y azufre o para cuidar los campos. El esfuerzo y el trabajo recaían
directamente sobre los hombros de las mujeres, ya que las tareas domésticas
eran algo indigno para cualquiera que a) tuviera más de dieciocho años y b)
tuviera un pene.
Sabía que el Bien Mayor era una casa de locos. Escuchar a Harper
explicar exactamente cómo de chiflado era el asunto era completamente
increíble, incluso para mí. Y yo realmente había visto, y hecho, de todo.
Casi deseé que Harper estuviera poseída por el diablo. Eso habría sido
fácil. Un rito sacramental, una bendición, y yo habría seguido mi alegre
camino. Tal y como estaban cosas, me dirigía a las escaleras traseras de su
casa, a punto de hacer de Sherlock Holmes idiota.
La puerta estaba abierta, claro que lo estaba. Nadie cerraba sus puertas
en una comunidad de pueblo a la antigua, especialmente una tan
íntimamente involucrada. Preferiría las cerraduras cuádruples de un
complejo de mierda infestado de cucarachas cualquier día. Con las sirenas,
los disparos, los llantos y los lamentos... Al menos sabías lo que te
esperaba.
Los delicados platos de porcelana estaban apilados en el escurreplatos, a
la espera de su próximo servicio. Había leños apilados junto a la estufa de
leña, unos muebles sencillos pero funcionales, un mantel de cuadros. Toda
la fachada de mierda del viejo mundo.
Rebusqué en los cajones y en la despensa, estaban todos llenos de nada
más sospechoso que latas de conserva y tarros de mermelada, ollas,
sartenes, una colección de teteras y más platos.
Qué estoy buscando, qué estoy buscando...
Miré por el ventanal. La luz del día menguaba y la brisa vespertina
acababa de colarse por el cristal abierto. Disponía de diez, quizá quince
minutos, antes de estar husmeando en la oscuridad total. Encender las
bonitas lámparas alimentadas con velas no era una opción, y Dios sabía
cuándo decidirían William y Bridget que su pequeña disputa había llegado a
su fin y regresarían a casa para encontrar a un cura hurgando en sus
pertenencias privadas.
No sólo sería incómodo, sino seguramente peligroso. Estaba bastante
seguro de poder derrotar al simio de Joseph. Pero si venía con un par de tíos
más del consejo de William, mis probabilidades bajarían sustancialmente.
No está en la cocina. Sea lo que sea, no está en la cocina.
Me dirigí a la sala de estar, donde el olor a cedro y lino flotaba en el aire
con un aroma suavemente engañoso, olía a lo que podría oler el desván de
una abuela. La chimenea era fría y negra, una mesa con patas de garra
cubierta con un camino bordado estaba delante de un enchufe y, contra la
pared este, había un rústico aparador de álamo. ¿O era una vitrina?
Un puñado de figuritas antiguas se exhibían tras sus puertas de cristal:
una jarra y una jofaina, un jarrón vacío. Nada espectacular, nada personal.
Ninguna reliquia de la infancia de Harper, ni un solo objeto que indicara
que una familia real vivía aquí. Era tan frío y tan despiadado. Y triste.
Maldita sea, hasta mi madre de mierda una vez pegó en la nevera el
garabato que yo llamaba dibujo y que había hecho en el jardín Me había
salido fuera de las líneas de los círculos y cuadrados de forma bastante
agresiva, ahora que lo pienso, pero al menos era colorido.
Era algo extraño de recordar. Sobre todo aquí y ahora, cuando tenía un
maldito trabajo que hacer. Volví a lo que estaba haciendo y abrí uno de los
cajones del aparador. Cubiertos y un apagavelas. Qué emocionante. El del
medio estaba vacío. Y el de la derecha chirrió como una bandada de gansos
moribundos cuando tiré de él.
Había lápices de colores, no de la marca Alpino, (perdón por el
pensamiento moderno), sino cilindros de cera anchos de color rojo y negro
y... eso era todo. Sólo rojo y negro. ¿Sólo rojo y negro? ¿Qué clase de padre
le da a su hijo sólo dos colores para dibujar? Bueno, la clase de padre que le
daría a su hijo este tipo de dibujos.
—Hostia. Puta —dije, cogiendo las páginas del cajón y cerrando la boca
de golpe. Se me había abierto la mandíbula de par en par.
Rozaban el porno de terror. Mujeres en diversos estados de tortura y
muerte; una estaba siendo quemada en la hoguera, otra enterrada hasta el
cuello en la arena, con piedras ensangrentadas esparcidas a su lado. Otra
estaba arrodillada ante una guillotina.
Todas estaban desnudas.
No era capaz de porcesarlo. Estas horribles representaciones de penas
capitales estaban dibujadas y sombreadas por una mano joven y con
bastante talento, había utilizado diferentes presiones para obtener variados
tonos de rojos y negros, y todas ellas firmadas por Harper Quinn, Que Dios
me perdone a mí y a los pecados de mis madres.
Estaba a punto de volver a guardarlos en el cajón, exactamente como
estaban antes, porque tenía la fuerte y nauseabunda sospecha de que
William Quinn se daba la cascaba mirando los dibujos de su hija, como si
fueran su propia revista especial de Playboy, y sabría si estaban ligeramente
torcidos.
Qué carajo. Pero qué putos cojones. ¿En qué clase de infierno se había
criado? Y no sólo ella. Me imagino que toda la que tuviera un par de pechos
y una vagina en este agujero de mierda y pervertido ha sido objeto de al
menos algún tipo de explotación enferma.
El Bien Mayor, sin duda.
El ya familiar sabor de la bilis me llegó al fondo de la garganta; el
mismo ardor ácido y amargo que sentí cuando Bradley Q. Smythe se sentó
en mi confesionario y me pidió perdón porque había pecado. Diez minutos
después, estaría muerto.
Quería vomitar. Quería coger un bate de béisbol y darle una paliza a
todo lo que había en esta habitación, en esta casa. Esas figuritas se
romperían muy bien. Además, primero tendría que atravesar el cristal
biselado. Problema uno, no había bate de béisbol. Problema dos, William
estaba llegando por el camino de entrada delantero.
Hice una sigilosa carrera ninja desde el salón hasta la cocina. Salí por la
puerta trasera y me agaché bajo el alféizar del ventanal. Ya casi había
oscurecido, y tanto la noche como mi sotana proporcionaban un camuflaje
casi perfecto.
Las pisadas de William crujieron sobre el suelo de madera. La puerta de
la despensa chirrió al abrirse y oí cómo vertían algo en un vaso.
Me recordó que tenía sed. Acababa de tragarme un bocado de vómito,
sentía la lengua como el interior de un trozo de limón, ¿y sabes quién más
tenía sed? Harper.
A continuación, llegó el olor a leña quemada, penetrante y dulce, como
una hoguera. ¿Qué estaba haciendo? ¿Preparándose algo de cenar, unos
deliciosos manjares para él y su mujer mientras su hija estaba sentada en la
oscuridad de un refugio antiaéreo? Menudo tío.
Encima de mí, la ventana se abrió un poco más. Una nube de humo se
elevó hacia el cielo, arremolinándose con la brisa vespertina. Lo observé,
pensando en William, de pie a menos de metro y medio de mí, sorbiendo
algún tipo de bebida, y en que debería estirar la mano y sacarlo por la
ventana por el cuello. Nunca lo vería venir.
—Nolan —dijo.
Me congelé. No me había movido, pero me paralicé de todos modos. No
había visto a nadie más acompañarle por el camino.
—No tienes que decírmelo, ¿de acuerdo? Pero ha habido un problema...
No hubo respuesta. Ninguna que yo pudiera oír.
—¿Ha hablado ella contigo? —Suspiró—. No, no. Me temo que no. Por
eso te llamo, imbécil. No está yendo como pretendíamos, ya debería haber
terminado a estas alturas... no, no lo creo. Pero... pero... ¡eh! No me
levantes la puta voz, ¿entendido? Quería ponerme en contacto, ver si algo...
—Se alejó de la ventana, ya no le oía.
No me di tiempo para pensarlo. Me levanté lo más silenciosamente
posible y me asomé por el alféizar de la ventana.
Estaba de espaldas, atendiendo el fuego con una mano y acercándose el
iPhone a la oreja con la otra.
—Se ha vuelto descuidado. El punto tarado se estaba tomando un
granizado...
El elemento sorpresa. Eso es lo que tenía a mi favor. Si Bridget no
estaba caminando de regreso a casa, si no había moros en la costa, podía
hacerlo. Me abrí paso por el lateral de la casa, rodeé el generador y eché un
rápido vistazo al camino de tierra. No había ni rastro de nadie.
Es demasiado fácil, pensé. Luego ignoré a la voz de la razón y entré.
La expresión de su cara , como suele decirse, no tenía precio. Cuando
entré en la cocina y le pillé con las manos en la masa con su moderno y
pecaminoso aparato al oído, se le desencajó la mandíbula. Igual que la mía,
cuando descubrí aquellas desagradables e insondables páginas para
colorear.
—¿Te ha obligado el diablo a hacerlo? —dije, señalando su teléfono.
La sonrisa más extraña y furiosa se dibujó en sus labios.
—Tenía razón —le dijo al querido tío Nolan, y luego cortó la llamada
—. Vaya, padre Byrne. No le he oído entrar —dijo, y se sirvió otro bourbon.
—¿Espero que no sea molestia?
—Por supuesto que no. Al fin y al cabo, eres el enviado del cielo. —
Sonrió por encima del borde del vaso.
—Caramba, William —dije, fingiendo la mayor confusión repleta de
inocencia que conseguí conjurar—. Creía que os absteníais de las
comodidades del mundo de los pecadores. Alcohol, tecnología —señalé su
teléfono—. Dime, ¿cuánta cobertura tienes? Porque yo ninguna. ¿Podrías
darme la contraseña? No me gustaría consumir todos mis putos datos.
—¿Putos? Por Dios, qué lenguaje viniendo de un hombre de Dios.
—Podría decir lo mismo de ti. Si fueras un hombre de Dios y no un
mentiroso de mierda. —Sonreí.
El más leve tic le tembló en el rabillo del ojo. Miró su teléfono y lo dejó
caer en su bolsillo.
—Debo confesar que sí, que a veces hay que sucumbir a esos males
necesarios, por así decirlo. Le pido disculpas por no haberle dicho nada
antes. Pensé que podría resultarle, bueno, incómodo.
—Se podría llamar así. Lo que es realmente incómodo, sin embargo, es
que no me preguntes cómo está Harper.
—¿Cómo está, padre?
—Dadas las circunstancias, no le va mal.
—Ah. Gracias a Dios.
—Sí. Tal vez podría llevarle algo con lo que entretenerse, ¿sabes? Para
ayudar a pasar el tiempo mientras luchamos contra los demonios y Satanás
y esas cosas.
Su ojo se crisparon de nuevo.
—¿Unos crucigramas? —Continué—. Quizá un libro para colorear. Son
muy populares hoy en día, sobre todo entre los adultos, quien sabrá porqué.
—Me encogí de hombros.
William se tomó un momento. Frunció el ceño, dejó escapar un
resoplido burlón, se volvió hacia el fuego que lamía la estufa y cogió el
atizador del estante.
—Si usted cree que Harper está lo suficientemente bien como para
colorear o ponerse a hacer rompecabezas, Padre, entonces creo que tal vez
su trabajo aquí ha terminado.
—Oh, yo nunca he dicho nada de eso —dije, viéndole clavar el extremo
del atizador en el centro de la estufa, y dejándolo allí. Pensé en la amiga de
Harper y en lo que le hicieron, en cómo se lo hicieron—. El diablo es un
cabrón astuto, William. Un maestro de la ilusión. Podría estar agazapado
hasta que el tiempo sea más propicio para su causa.
William giró el atizador una y otra vez en la llama, como un soplador de
vidrio con una varita.
—Le he pedido al Señor que me guíe —dijo, sin dejar de girar el
atizador.
—¿Y qué te ha respondido?
William retiró el atizador de la llama y se apartó de la estufa.
—Cuidado con el lobo con piel de cordero.
—Mm. ¿Como un falso profeta?
—Precisamente.
Asentí, despacio, sin mirar la punta al rojo vivo que sostenía, sino a esos
ojos suyos, brillantes y llenos de odio.
—. 'Porque tales hombres son falsos apóstoles, obreros fraudulentos,
que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, porque el
mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por lo tanto, no es de extrañar si
sus siervos, también, se disfrazan de siervos de la justicia, cuyo fin será
conforme a sus obras.
Agarró la manilla con ambas manos. —Fuera.
—¿Qué? ¿No te gustan los corintios?
—Sal de esta casa, Byrne. Márchate ahora.
—Pero Dios me envió aquí —dije, dando un paso más cerca—. No
querrás faltarle el respeto a nuestro Padre, ¿verdad?.
William tragó saliva con fuerza.
—Eres tú quien falta al respeto. Al no prestar atención...
—Y no olvidemos que fuiste tú quien pidió mi ayuda. Tú y la Buena
Madre Bridget, caísteis de rodillas agradeciendo a Cristo el don de mi
persona, invitándome a entrar y dándome comida y cobijo a cambio de
librar a vuestra hija de la presencia maligna que la rodea. Pero, qué curioso,
la presencia maligna resultas ser tú. ¿No es todo un giro de los
acontecimientos?
Se preparó, bloqueó las rodillas y puso los pies en posición, levantando
el atizador como un hombre en la caja de bateo.
—Ha sido muy interesante, en realidad. Si no totalmente repugnante.
Me dio asco, oír hablar de ti, de tu Bien Mayor. De tus prácticas, si así es
como las llamas.
—Actuamos según la palabra del Señor.
—Quemas la piel de las niñas.
Su rostro palideció. El resplandor del atizador se reflejó en sus gafas,
con puntos rojos en cada lente.
—No vomitas más que mentiras —siseó—. Las mentiras que ella te ha
dicho, con la voz del diablo. ¡Tú crees esas falsedades, traídas por las
palabras de Lucifer!
—Deja de culpar al diablo, William. Por Dios. Ya no engañas a nadie.
Déjalo ya.
William no estaba dispuesto a dejarlo estar. El tío era una bomba de
relojería de locura absoluta, y sus siguientes acciones no me decepcionaron.
Su swing fue patético, falló en darme por kilómetro y medio. La fuerza
con la que agarraba el objeto era el doble de triste. El atizador le voló de las
manos, chisporroteando más allá de mi oído y aterrzó de lleno en el
precioso mantel de la señora Quinn. El ruido de las llamas fue más que
satisfactorio.
Jadeó, con la cara aún más cenicienta, y corrió hacia el lavabo. O lo
intentó. Su cuello chocó con mi brazo a medio camino de la cocina. Cayó
como un saco de ladrillos mojados.
—Oh-oh, —dije, viendo como el fuego empezaba a extenderse, las
llamas más altas alcanzando las vigas expuestas del techo. .
—Creo que vamos a tener un problema de los gordos.
—¡Idiota! —chilló, tratando de ponerse en pie, pero incapaz de mover
las piernas.
Me agaché y lo agarré por el cuello. Metí los puños en las solapas de su
camisa y le clavé los nudillos en el cuello mientras lo levantaba del suelo.
—Hablemos, William. Mano a mano.
Se agitó como un pez, intentando apartar mis dedos de su tráquea. Cerré
los puños con más fuerza, pero no lo suficiente como para cortarle el
oxígeno por completo. No. Lo quería despierto para esto.
—¿Le dice algo el nombre Bradley Smythe? ¿Un tal Bradley Q.
Smythe?
He mirado a los ojos de lunáticos muchas veces en mi carrera, forma
parte de la misión de misericordia de un sacerdote. He visto ojos muertos,
ojos de demonio y ojos tan oscuros como la muerte. Los de William eran las
tres cosas.
—¿He tocado un tema sensible, William?
Me arañó los dedos, intentó mirar detrás de él, al fuego que se abría
paso lamiendo la mesa, era de pino, creo. Nada huele tan bien como el pino
ardiendo. También hacía mucho más calor aquí dentro.
—La razón por la que pregunto, verás, es que me encontré con un
Bradley Smythe no hace mucho tiempo, y tengo... no sé, una sensación,
William, de que tú y él os conocíais. ¿Lo conocías? ¿A ese Bradley?
—T-tú... estás... perdiendo la cabeza. El fuego..
—Oh, sí, cierto. El fuego.
Lo golpeé contra el extremo de la mesa, la parte a la que no habían
llegado las llamas. Todavía.
—Muy bien, entonces, ¿qué me dices de Bradley?
Tenía las manos sudorosas, lo cual era asqueroso. Tanto que se le
resbalaban mientras intentaba desesperadamente apartar mis puños de su
garganta. Se volvió hacia un lado, mirando con incredulidad abyecta como
el fuego comenzó a emprender camino hacia su cara.
—¿William? Pregunto por...
—¡No le conozco! —chilló, con palabras entrecortadas y quejumbrosas.
—¿Seguro?
El calor era cada vez más intenso. Insoportable. Unos centímetros más y
alcanzaría su cabeza, sus malditas gafas. Se quemarían contra su carne,
como un hierro candente. Se lo merecería. Y tanto que se lo merecería.
—¡Estoy seguro, estúpido hijo de puta!
Me dio una patada e intentó apartarme con sus piernecitas flacas. Sonreí
y le clavé la rodilla en los huevos. El grito que emitió fue lo que habría
sospechado de alguien como él. Agudo, quejumbroso y patético.
—No hables así de mi madre —respondí—. Y, no sé, llámame loco,
pero es que no te creo una mierda.
Los mocos empezaron a acumulársele en su labio superior. Le salía
espuma por la comisura de los labios y sus mejillas se sonrojaban de un rojo
remolacha brillante. El miedo, la ira y el calor de las llamas habían dado un
toque de color a su tez, habitualmente pálida. Tenía las gafas torcidas.
Mantuve una mano pegada a su garganta mientras se las enderezaba.
—Bradley era un hombre muy malo que hizo cosas muy malas, William
—dije, observando cómo el fuego se arrastraba por el mantel, rozando
hambriento sus lenguas rojas y anaranjadas contra el suelo. Como si lo
estuviera saboreando, primero, antes de consumirlo por completo—. Y creo
que tú también haces cosas malas. Como él.
—¡No tienes derecho! ¿¡Por nada más que una corazonada...!? No
puedes...
—Bueno, claro que puedo. Lo estoy haciendo ahora mismo. ¿Y no se
presentan todos nuestros mensajes de Dios como corazonadas y
sentimientos?
El rancio hedor del pelo chamuscado soplaba en el aire caliente y cada
vez más escaso. Cada vez costaba más respirar cuanto más oxígeno
absorbían las llamas, y aquel horrible olor no facilitaba las cosas. William
tenía el pelo largo y se le había soltado de la coleta. En cualquier momento
una ráfaga se lo consumiría, igual que le había pasado a la mosca de la
esquina.
Estaba llorando, sollozando como el maldito cobarde que era. Perdió
fuerzas, ya no intentaba apartarme sino que se aferraba con una fuerza triste
y anémica. Empezó a murmurar una oración en voz baja.
—Padre nuestro, que habitas en el...
Una furia mucho mayor que la de las llamas me recorrió todo el cuerpo.
Retiré el puño y lo estampé contra su vulnerable mandíbula. Oí cómo se
rompía el hueso. La sangre se filtró por el corte del labio, se mezcló con su
espumosa saliva y creó una burbujeante espuma rosada.
—No tienes derecho —siseé, clavándole aún más la rodilla en el
escroto. Gritó con una agonía absoluta y lastimera—. No tienes derecho
ante Dios, ni ante Jesús, ni ante ninguno de ellos. No te van a perdonar, y
desde luego que no van a perdonar a Bradley.
La furia dentro de mi alma crecía más que las llamas que nos rodeaban,
que nos invadían. Como si mi furia interna y mi odio, el fuego y las llamas,
trabajaran juntos para hacerme más fuerte que nunca. Miré a la escoria
miserable que tenía debajo, llorando como un bebé y sangrando como un
cerdo.
No menos de lo que se merece, pensé. Y se merecía mucho más.
—No hay cielo sin infierno, William. No hay ángeles sin demonios. No
hay bien sin mal, ¿y adivina qué más? Alguien tiene que arder. Bradley está
ardiendo ahora mismo, y creo que deberías unirte a él. Era un desgraciado,
igual que tú. ¡Seréis compañeros de condenación eterna, William! ¡Qué
divertido! Porque nadie merece más el fuego del infierno que los putos
trozo de mierda que tocan a niños pequeños.
William sacudió la cabeza con furia.
—¡No! Yo nunca... —se calló. Casi se le escapa algo.
—¿Nunca qué, Billy?
Le cayó ceniza caliente en la frente. Chilló, retorciéndose de dolor,
luchando por liberarse, pero sus músculos ya no daban más de sí. Cerró los
ojos con fuerza. Le faltaba parte de la ceja.
—Nunca los toqué de manera pecaminosa. Jamás.
El estómago se revolvió con unas náuseas ansiosas y extrañas. Lo sabía.
Joder, si lo sabía.
—¿Nunca tocaste a quién, William? —Mi voz era apenas más que un
susurro, casi inaudible sobre el creciente rugido de las llamas. Estaban
consumiendo los encantadores tratamientos de muselina de la ventana.
—Las chicas. Harper... él la trajo, Bradley... pero, ella... —Apenas podía
hablar. Giró la cabeza a un lado y escupió un diente.
—Vamos, William. Quédate conmigo, colega. Bradley trajo a Harper y,
¿luego qué?
Una brasa se posó en su pelo. Crepitó, empezó a arder y luego se
encendió.
—Nos estamos quedando sin tiempo, tío. ¿Era el puto Bradley el
cabecilla?
Sus párpados se agitaron.
—. Es...M-M-Miguel...
—¿Qué? ¿Miguel? ¿Quién coño es Miguel?
La mano de William cayó a un lado. Sus ojos se cerraron y, antes de que
pudiera continuar con mis preguntas, la viga del techo se resquebrajó.
Ascuas negras y rojas llovieron sobre nosotros, nos quemaron. Escuché el
horrible sonido de la madera resquebrajándose y los fragmentos
chisporroteando. Agarré el miserable cuerpo de William, agarré su maldito
y vil cuerpo, y me aparté de un puto tirón justo antes de que la viga se
estrellara contra la mesa.
Lo arrojé contra una esquina y vi cómo caía desplomado. No sabía si
estaba muerto, desmayado, o si todo lo que acababa de decirme era un
montón de mentiras. La gente que cree que se está muriendo tiende a
confesar la verdad en momentos de crisis. William no era tan astuto como
para inventarse una historia sobre la marcha. Inteligente es una cosa. Astuto
es otra.
Me arrodillé a su lado y le oí respirar. Metí la mano en su bolsillo y le
liberé de su pecaminoso dispositivo tecnológico.
—Bueno, creo que mi trabajo aquí ha terminado. —Me metí su teléfono
en mi sotana y empujé su cuerpo inerte e inconsciente con la punta de la
bota. Pensé que, si Dios quería que viviera, enviaría ayuda.
Resultó que Dios quería que viviera. Y no era asunto mío inmiscuirme
en el por qué. Al menos no ahora.
Reconocí el sonido del quad del hermano Joe cuando se acercó a la
parte trasera de la casa. Unas pisadas enormes y pesadas subieron los
escalones del porche.
Una cosa diré de los artesanos del viejo mundo, sabían cómo hacer una
pesada puerta de roble. La abrí de un empujón, justo en la cara del aturdido
gorila, y lo tiré de espaldas al porche. Pasé volando junto a él, sentí que me
agarraba la pernera del pantalón y, aunque puede que el buen Dios quisiera
tener a William cerca durante un rato, también era Su voluntad que
consiguiera pasar de largo a ese peludo hijo de puta.
Aparté la pierna de su alcance, me tropecé ligeramente y corrí hacia la
moto en ralentí. Me subí, pisé a fondo el acelerador y luché como un cabrón
para evitar perder el control del volante.
Oí estallar una ventana, vi destellos de antorchas rebotando por la
carretera mientras la caballería del Bien Mayor acudía corriendo al rescate
de su intrépido líder. Hubo gritos, chillidos, y alguien, probablemente
Joseph, gritó:
—¡Cogedle!
Era de esperarse. Y lo que harían si me atrapaban era un escenario que
no me plantearía. Salir pitando de este lugar, acelerar este viejo triciclo por
todo lo que valía hasta que pudiera llegar a la civilización... poner en orden
mis cosas y pensar en qué le diría a la policía...
Todo a su debido tiempo.
—Necesito un poco de ayuda aquí abajo —le dije a Dios, y dirigí la
moto por el sendero que me llevaría al refugio contra tormentas.
DIECIOCHO

HARPER

Bridget estaba sentada en el borde de la cama, con la Biblia abierta sobre el


regazo y el rosario enrollado en la mano. Cada tres cuentas me miraba,
esperando una reacción. Esperando a que el diablo expresara su
descontento. Cada vez que no lo hacía, se ponía más nerviosa. Era como si
quisiera que escupiera fuego y humo; que la maldijera, gritara blasfemias y
profanara sus creencias. Por más que lo deseaba, me contuve.
Había optado por mostrar una fachada de catatonia. Desde que ella
llegó, me había decantado por parecer medio ida: mirar fijamente hacia
delante, totalmente ajena a su presencia, lanzando unas cuantas bocanadas
rápidas de hiperventilación sólo para que la actuación pareciera buena. De
vez en cuando, gemía en voz baja y rechinaba los dientes. Pero eso era todo
lo que iba a conseguir de mí.
Cuando vi que era ella, y no Roman, la que entraba por la puerta del
refugio, se me hundió el corazón. Sinceramente, me dolió físicamente.
Sabía que él vendría a por mí. No me cabía duda, pero al ver su cara
redonda y enfadada, sus malvados y finos labios fruncidos mientras me
miraba, se me calentó el pecho. Se me cerró la garganta.
La odiaba.
Estaba mal odiar a los padres de uno. El protocolo bíblico apropiado nos
ordenaba honrar a nuestra madre y a nuestro padre. Desafortunadamente,
nunca dijo qué hacer si éstos no eran honorables.
Cuando cerró la puerta tras de sí, vi apenas una pizca del atardecer.
Cómo deseaba estar fuera de nuevo, con el aire fresco llenando mis
pulmones, la hierba bajo mis pies, mi mano en su...
—¿Por qué no está aquí el cura? —dijo frunciendo el ceño.
No respondí. Me limité a mirar fijamente, de frente, a uno de los
muchos retratos de Jesús. Mirarle a Él me ayudó un poco. No mucho, pero
un poco. Y un poco de algo era mejor que nada de nada.
Se calló y se dejó caer en un lado de la cama. La respiración se le
agitaba en los pulmones; entraba por la nariz y salía por la nariz. Se acercó
al pecho la Biblia de cuero rojo de William, como si pudiera protegerla de
mí.
—Fue un error, ciertamente, invitarlo a compartir nuestro pan, a
descansar en nuestra casa. Todo eso para ayudarte. A ti —se quejó.
Ella también me odia, pensé. Y si me odiaba tanto como yo a ella, y si
el sentimiento era mutuo, tal vez podríamos anularnos mutuamente. Nada
me haría más feliz que anularla. Necesitaba la ayuda de Roman para
hacerlo, sin embargo.
—Porque si el clérigo es lo que dice ser, entonces estaría aquí,
expulsando al demonio de tu alma. ¿Dónde está, entonces, hija?
El retrato de Jesús estaba un poco torcido. En este cuadro, Jesús tenía
unos ojos marrones muy profundos y ricos. Roman tiene ojos oscuros,
grisáceos. Casi negros.
—¿Qué es lo que te prohíbe responder? ¿Te ha vuelto muda el diablo?
¿No puedes hablar sin la manipulación de Belcebú?
Se inclinó más hacia mí, y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de
voluntad para no estirar la mano y golpearla en la cara. Para abofetearla,
para que sintiera en la mejilla el escozor que yo había sentido tantas y tantas
veces bajo la palma de su mano. Se me cortó la respiración cuando de
repente tiró de las cuerdas que me ataban al cabecero. Estaban bien sujetas
a los barrotes, sí, pero si ella investigaba los nudos de mis muñecas, se
acabaría el juego, por utilizar una de las extrañas pero encantadoras frases
de Roman.
—¿Estás ahí, Harper?
El resplandor que rodeaba a Jesús era de un calmante y bonito amarillo.
Su aureola era de un blanco suave, como la pluma de una paloma. Si
Roman tuviera un halo, sería negro.
—Maldita seas —golpeó el cabecero. Se enderezó y cerró una mano en
un puño. No podía parecer que me estaba preparando para su puñetazo. No
podía parecer que estaba dormida con los ojos abiertos—. Desgraciada,
cosa mala —proclamó, me miró durante lo que me pareció una eternidad y,
de repente, se dirigió al lavabo.
Oí el goteo del agua en la palangana. La oí rezar, murmurar. Me asusté,
pensando en lo que podría estar tramando.
Me dolían los hombros. Lo que daría por poder ponerme más cómoda,
en lugar de tener que colgar de los barrotes como un espantapájaros. Y tenía
hambre. Mucha, mucha hambre.
—Basta —susurré. No había tiempo para deseos mezquinos. La comida
llegaría. La libertad llegaría. Por el amor de Cristo, la libertad tendría que
llegar.
Volvió en seguida, sacudiéndose el agua de las manos. Tomó la Biblia y
el rosario, se sentó a los pies de la cama y leyó lo que consideró un pasaje
apropiado. Su considerable peso, sin embargo, hizo que el colchón se
levantara ligeramente.
Mi querido tubo de Neosporin cayó al suelo. Lo había escondido allí,
metido debajo de la ropa de cama para que no lo encontraran y para tenerlo
al alcance de la mano, y había sido un terrible, terrible error.
¿Lo había visto? ¿Se daría cuenta?
—El Señor es mi salvador, nada me faltará. Por protección y fuerza,
humildemente ruego. Porque Dios es grande, Dios es bueno, Dios defiende
el Bien Mayor. —Esa fue la primera cuenta.
Tal vez no lo ha visto. Tal vez no había oído...
—Él velará, Él guiará, mi alma indigna le entrego. —Sus dedos
regordetes aferraron la segunda cuenta.
Era posible. Tal vez había rodado lejos, fuera de la vista ...
—Porque Dios es grande, Dios es bueno, pues los que engañan recibirán
su castigo eterno.
En la tercera cuenta, se detuvo. Suspiró, pesadamente, y miró al techo.
Se hizo el silencio, uno muy silencioso. No se escuchaba más que su
respiración, su pesada y trabajosa respiración.
Cerró la Biblia con un chasquido.
Salté en el sitio. Fue sólo un pequeño sobresalto, apenas un respingo,
pero fue suficiente.
—¡Embaucador! —Gritó, y se levantó con repentino y malvado triunfo
—. ¡Como yo sabía! ¡Por la voluntad de Cristo nuestro Señor, mis
sospechas son fundadas!
Cogió el Neosporin del suelo y me lo lanzó como una daga.
—¿Es este el divino sacramento del hombre santo? ¿Trayéndote la
profanidad del mundo de los pecadores?
—Es sólo medicina —dije, sentía el calor en mi vientre en completo
contraste con la calma de mi voz—. Para ayudar a curar las heridas que tu
marido me ha infligido.
—Es tu padre —siseó—. Y que Dios me perdone por mi desprecio, por
saber que se ha equivocado gravemente.
Tiró el tubo contra la pared y se abalanzó sobre mí. Me agarró por la
garganta y pude zafarme de las cuerdas, para eso estaban flojas, pero no fui
lo bastante rápida. Me superaba en el doble de peso, sus dedos empezaban a
presionar mis vías respiratorias, y nunca me había odiado tanto, ni había
rezado tanto.
No podía alcanzar sus manos. Las ataduras aún me sujetaban,
impidiéndome salvar mi propia vida. Sentía la presión de su peso, su ira, y
no quería morir así.
Por favor, Dios, no me dejes morir así...
Noté el más leve olor a humo, entonces. Como el de un incendio
forestal, o el de una chimenea, y mi primer y desvanecido pensamiento fue
que realmente iría a parar al infierno. El Hades ardía para mí, las puertas del
inframundo se abrían y estaban listas para darme la bienvenida.
Bridget me soltó de repente y levantó su pesada forma fuera de la cama.
—¡Fue el poder de Satanás! —gritó—. La bestia salió, para
amenazarme, a mi vida, ¡fue la bestia! La bestia que mora...
—Puedo —respondió Roman—. ¿Estás lista para volar este chiringuito
por los aires?
No sabía lo que era un chiringuito, pero lo de «volar» me sonaba bien.
Deslicé las muñecas fuera de las cuerdas y me levanté del colchón. La
pierna cortada me escocía por la acción, tenía los músculos enseñados y
rígidos, como si fueran de madera. Habría caído en sus brazos si Bridget no
me hubiera sujetado.
—¡No va a ninguna parte! —graznó Bridget como un loro chillón.
Nunca había oído su voz quebrarse así. Siempre estaba eternamente
tranquila, serena. Nunca se inmutaba. Traté de apartar sus dedos de mi
brazo, pero su agarre era como una mordaza; las mandíbulas de una
serpiente. Cuanto más intentaba alejarme, más fuerte apretaba.
—Déjala ir. Mamá —dijo Roman, acechando hacia ella.
El aroma ahumado era cada vez más fuerte, transportado por la brisa
que entraba por la puerta abierta.
—No haré tal cosa —le espetó.
Gritos. Se escuchaban a lo lejos, pero cada vez más fuerte. Venía gente.
Estaban viniendo hacia aquí, a por nosotros, y, aún así, la buena madre
Bridget no me soltaba. Estaba furiosa. Sus manos temblaban de cólera, sus
ojos ardían con... con, ¿miedo? ¿Era miedo? Nunca había visto a mi madre
asustada de nada. Enfadada, sí, pero con miedo, nunca.
—Sé lo de Miguel —dijo Roman—. Y lo de Bradley, también. William
ha cantado como un ruiseñor, Bridget. Te ha lanzo a los leones como si
fueras las sobras de anoche.
Sus dedos se aflojaron lo suficiente para que me apartara de ella y
corriera al lado de Roman, que me rodeó con el brazo. Fuerte, protector, y
en todos los años que llevaba rezando a los cielos, era la primera vez que
decían «sí». Olía a humo y a sangre. Enterré la cara en su pecho e inhalé
profundamente.
—Mientes —dijo Bridget, su voz era baja y amenazadora—. Padre.
Roman inclinó la cabeza más cerca de la mía.
—Vamos —dijo, y nos apartó de la buena madre Bridget. Hacia la
puerta, y fuera de la puerta, de donde venían el humo y los gritos.
Me detuve en seco. La moto del hermano Joseph estaba justo delante de
nosotros, con el motor gruñendo, ominoso y gutural. Agarré a Roman del
brazo.
—No pasa nada —dijo—. Sube, Harper.
Recogí la poca tela del camisón que me quedaba y subí tímidamente a
una máquina a la que había temido toda mi vida. No me di cuenta de cuánto
me había asustado hasta que estuve sentada en ella, sintiendo el calor del
motor cerca de mis pantorrillas desnudas, amenazando con carbonizar mi
carne si no tenía mucho, mucho cuidado.
—¡No te saldrás con la tuya, Roman Byrne! —gritó Bridget desde la
entrada del refugio—. ¡Falso profeta! Embaucador!
Roman se subió detrás, haciendo equilibrios sobre los estribos, a
horcajadas sobre la moto e inclinándose justo por encima de mí mientras
agarraba el manillar. Los gritos eran más fuertes, podía ver los puntos de las
antorchas acercándose a nosotros, el olor a humo iba en aumento, pero yo
estaba envuelta en la seguridad de su cuerpo, en la seguridad que me
proporcionaba su presencia. Apretó el acelerador, el motor rugió y ahora,
ahora, ya no estaba tan asustada.
—¡Dios sabe lo que es justo! ¡Lo que es justo! Dios ve. Lo ve todo.
La voz de Bridget nos perseguía, gritando sus maldiciones mientras nos
alejábamos.
Ibamos Lejos. Lejos. ¿De verdad? ¿De verdad nos vamos?
—¡Te derribará! ¡Te mandará al infierno! ¡A los dos!
No había nada a lo que agarrarse, salvo él. Enganché los codos a sus
rodillas mientras recorríamos los caminos que tantas veces había transitado,
manteniendo las caderas abiertas y alejadas del calor abrasador del motor.
El viento soplaba entre mis piernas, los dedos de mis pies se enroscaban en
las clavijas y quería cerrar los ojos hasta que esto terminara. Los mantuve
abiertos, viendo los árboles y los huertos pasar como un borrón a nuestro
lado.
A lo lejos, las llamas se elevaban en el cielo nocturno. Era mi casa.
Envuelta en llamas. Decenas de siluetas la rodeaban, una brigada de cubos
bañados en sombras, intentando apagar el infierno donde una vez viví.
Sonreí.
Por eso huele a humo, pensé. Y la sangre, el hedor cobrizo que siempre
olía procedente de heridas infligidas en mi propia piel, ¿de quién era? De él
no. De William.
Debe serlo.
Roman giró el manillar a la izquierda, bordeando el gran roble con copa
donde Jessica y yo solíamos hablar de cosas indecibles. Atravesamos los
pastos, pasamos el pozo y, finalmente, llegamos a la carretera principal que
conducía al reino del Bien Mayor.
Mis labios se separaron ligeramente.
No alejábamos del reino.
Mis manos renunciaron a su agarre mortal y simplemente se aferraron.
La carretera en esta zona era menos accidentada, el faro de la moto no se
sacudía tanto al iluminar el asfalto con su haz. Con su faro de luz.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Asentí con la cabeza. Nunca había tenido más mejor en toda mi vida.
DIECINUEVE

HARPER

Llegamos a un pueblecito llamado Springville justo cuando la aguja del


medidor de combustible empezaba a rondar la 0. Según la señal de la
autopista, tenía 1.543 habitantes. También había imágenes de un tenedor,
una figura de palo tumbada en la cama y un surtidor de gasolina.
A esas horas de la noche, ninguno de los más de mil quinientos
residentes había salido a la calle. Sólo estábamos nosotros: un cura
desaliñado con manchas de sangre en el cuello y hollín en el pelo, una chica
desnutrida con un camisón de franela raído y una moto de tres ruedas. Una
moto de tres ruedas que hacía mucho ruido.
Roman había apagado el motor cuando entramos en el oscuro
aparcamiento del Springville Inn, un motel blanco de una sola planta con
una piscina cerrada, una gran caja plateada en la que ponía «hielo» y lo que
parecía haber sido un parque infantil. Tenía un columpio de metal que se
había hundido en un parche de hierba muerta, y un tobogán que estaba
oxidado y torcido. Había un tiovivo inclinado en un ángulo peculiar; a su
lado, una enorme bobina de muelle sobresalía del suelo, la plataforma en la
que alguna vez pudo sentarse un alegre pato de plástico o un caballo alegre
estaba vacía. Quedaban tres de los cuatro pernos, de color marrón fecal por
la erosión, que le daban el aspecto de una especie de aparato de tortura
medieval. Diabólico, de algún modo. Diabólico.
Me eché la sotana de Roman sobre los hombros y me estremecí. Aquel
patio de recreo era mi infancia.
—¿Estás bien? —preguntó, de repente justo detrás de mí.
Salté un palmo en el asiento. Me agarré el pecho y sacudí la cabeza con
furia.
—Sí —dije, forzando una sonrisa.
No creo que me creyera a mí ni a mi sonrisa. Sus ojos eran amables,
pero apenados. Como si sintiera lástima por mí, y sintiera aún más lástima
por sentirse así.
—Voy a poner esto ahí atrás —dijo, tendiéndome la mano como un
caballero que asiste a una dama desde un elegante carruaje.
Tenía las piernas agarrotadas y doloridas, y nunca me había sentido tan
diferente a una dama que cuando bajé de la moto, casi cayendo al suelo
cuando mis pies descalzos lo tocaron. Me agarré a él para no caer de bruces
contra el asfalto.
Sólo quería quedarme allí, descansando en sus brazos. Estaba tan
cansada. Muy, muy cansada.
—Toma —dijo, entregándome la llave de una habitación y un cubo para
la máquina de hielo—. Lo siento, sólo tenía dinero para una habitación.
Pero hay dos camas⁠—.
Asentí, pensando que dos camas eran demasiado, y cogí la llave.
Habitación 6.

UNA DESTARTALADA HABITACIÓN de motel en medio de la nada


más absoluta distaba mucho del destino ideal de cualquier viajero del
mundo real. Pero para mí, era el nirvana.
Cuando entré por primera vez, me pregunté dónde estarían las lámparas
de aceite. O las velas. Estaba muy oscuro, salvo por la luz de la luna que
entraba por la ventana, y no se me ocurrió pensar que hubiera electricidad.
Busqué a tientas el interruptor de la luz y lo encendí, iluminando lo que
para mí era un paisaje hermoso y extraño.
Tenía una moqueta, suave y cálida bajo mis pies. Había una cafetera.
Una pequeña nevera con un cartel que decía «nevera Honor». Un teléfono
de verdad, y una televisión. ¡Un televisor! Corrí al cuarto de baño, que en sí
mismo era celestial. Era brillante, reluciente y olía a limpio. No quiero
volver a usar una letrina. Jamás. Aunque la casa de mis padres tenía
cañerías (bueno, solía tenerlas), nunca me permitieron usarlas. Sólo a
William y a Bridget se les permitían esas comodidades.
Toqué el retrete, pasé los dedos por la chirriante limpieza de la cisterna
y retiré la cinta de papel que me indicaba en alegres letras cursivas que
había sido desinfectado para mi protección. Levanté la tapa y tiré de la
cadena. Se me escapó una pequeña carcajada al ver cómo el agua se alejaba
y se volvía a llenar. Como había hecho el Mar Rojo con Moisés, pero a una
escala mucho menor.
La ducha era tan lujosa como cualquier cosa que hubiera visto. Había
una pequeña pastilla de jabón, envuelta en papel ¡como un regalo!, y
botellitas diminutas de champú y acondicionador, y algo llamado «jabón
corporal».
Todos olían de maravilla, absolutamente divino, a rosas y lavanda.
No quiero irme nunca, pensé. Tampoco sabía qué hacer primero. El
agotamiento que había sentido se había desvanecido, sustituido por esa
sensación tan extraña de euforia y emoción. Podía comer, podía dormir,
podía lavarme cuando quisiera, y lo mejor era que Roman estaba aquí.
Bueno, aquí todavía no, pero tenía que guardar la moto. En la parte de
atrás, había dicho. No la quería a la vista de cualquiera y entendía por qué.
Y también me gustaba la idea de no poder ver nada que viniera de la tierra
del Bien Mayor.
—Porque que le den al Bien Mayor —dije en voz alta, sorprendiéndome
a mí misma.
Me llevé las manos a la cara y me tapé la boca, del todo atónita por
haber tenido la escandalosa osadía de decir cosas tan blasfemas y
condenables. Me volví hacia el espejo, viendo mis ojos desorbitados y
escandalosos. Mi aspecto completamente demacrado y macilento. Mi pelo
estaba hecho un desastre, yo estaba hecha un desastre, estaba enfundada en
una sotana sucia que olía a humo y sangre y gasolina, y me reí
escandalosamente. Histéricamente.
Era libre.
Oh, gracias Jesús y gracias, Dios. Soy libre.
Todavía me estaba riendo mientras me desnudaba y abría la ducha.
¡Encendía la ducha!
Era mi cascada personal. Era cálida y maravillosa. El vapor salía de la
bañera y, en cuanto entré, la suciedad, la inmundicia y todo lo repugnante
empezó a irse por el desagüe. Fuera de mí, y hacia el mar. Un nuevo
bautismo.
Solté una risita mientras me echaba champú en la palma de la mano y
me restregaba el pelo hasta formar una espuma que olía a flores. Desenvolví
el jabón, mi segundo regalo en sólo dos días, y me lavé los brazos, las
piernas y la cara. Bajo mis pechos y bajo mis brazos. Entre las piernas,
teniendo cuidado con el corte, y luego la cara otra vez.
Me volví hacia la boquilla, con el agua rociándome suavemente la
frente, y abrí la boca. Hice gárgaras, asegurándome de que el agua me
llegaba a dientes, el interior de las mejillas y la lengua, y luego la escupí.
La barriga me rugía de hambre, expresando su deseo. Lo último que
había comido era un puñado de los analgésicos de Roman. Me llevé la
mano al estómago y me di cuenta de que había comida en la otra habitación.
Que podía servírmela. Que podía comer cuando quisiera. Que podía
bañarme cuando quisiera. Que aquí no había nadie que pudiera hacerme
daño.
Me eché a llorar.
Los sollozos me sacudían todo el cuerpo. Me apoyé en la pared brillante
y limpia, con el agua tibia y clara fluyendo sobre mi cabeza, y lloré.
Lloré hasta que pensé que seguramente se me acabarían las lágrimas. El
miedo, la gratitud, el agotamiento… todo se mezclaba en un inmenso
torbellino de emociones, casi demasiado para comprenderlo o asimilarlo
todo a la vez. Me llené los pulmones, contuve la respiración y cerré el grifo.
Aguanté un momento y luego expulsé el aire lentamente.
No se oía nada más que el goteo de la alcachofa de la ducha. Aparté la
cortina y me envolví en la toalla más gruesa y blanca que jamás había
tenido el placer de ponerme sobre el cuerpo. Agucé el oído para oír si
Roman había vuelto ya. A menos que estuviera tan callado como un ratón
de iglesia, debía de estar escondiendo la moto.
Esperaba que volviera pronto. Ya estaba harta de confinamiento en
solitario y, aunque podía ir y venir a mi antojo, lo cierto es que ya no quería
estar sola. Sobre todo, porque el hombre misterioso de mis sueños estaba
cerca.
Pero, ¿dónde? ¿Cuánto tiempo se tarda en esconder una moto de tres
ruedas?
Aparqué a un lado mi paranoia (no tenía más espacio en mi posada
emocional) y desenvolví un pequeño cepillo para el pelo de una cesta de
artículos de aseo gratuitos. En este lugar habían pensado en todo. Para estar
tan alejado de los caminos trillados como estaba, y tan destartalado por
fuera como parecía, lo que contaba era lo de dentro.
Me cepillé el pelo, disfrutando de cada pasada, pasándolo a través de
mis mechones mientras me dirigía de nuevo a la sala de estar.
—Nevera honor —dije, leyendo el cartelito en voz alta.
¿Qué significaba eso? ¿Se suponía que debíamos honrar la nevera?
Bueno, vale. Podría hacerlo.
—Gracias, nevera, por tu generosidad. Amén.
Abrí la puerta. Se me hizo la boca agua, no, se me inundó. Era una
cornucopia de quesos envasados, frutas, frutos secos y galletas. Palitos de
apio y zanahoria. Pudín. Dios mío, pudín. Remolinos de vainilla y
chocolate. Delicias de Caramelo. Tapiocas. Los cogí todos. Quería cogerlo
todo. Sentarme en el suelo como una salvaje y metérmelo todo en la boca
tan rápido como pudiera.
Codicioso, eso sería codicioso. Por muy lejos que estuviera del infierno
del Bien Mayor, la gula seguía siendo pecado. Despegué el papel de
aluminio de una de las tazas, la Delicia de Caramelo, y la lamí.
Era más que dulce, más que deliciosa. Desenvolví algo que parecía una
combinación de una cuchara y tenedor (lo cual era brillante, y
proporcionado por el motel para mi comodidad, según el cartel que había
encima del honorable frigorífico) y me puse a comer.
Tal vez podríamos vivir en Springville. Me encantaba Springville. Me
encantaba este pequeño motel, y el pudín. Pero, no. Springville estaba
demasiado cerca de Lyones. Había otros estados. Tantas otras opciones para
que Roman y yo nos estableciéramos. Nuestro propio hogar.
Lamí el dorso de mi cuchara y tenedor, y me decidí por el Remolino de
Vainilla y Chocolate para mi próxima y nueva experiencia culinaria. No
sólo era muy bonito, sino que sabía incluso mejor que el de caramelo. Me lo
acabé en tres bocados.
Me limpié los labios y suspiré, satisfecha.
¿Había estado contenta alguna vez?
No tenía ni idea. Porque por primera vez en mi vida, la vida era buena.
Sería mejor, sin embargo, si Roman estuviera aquí. No podía decir un
tiempo exacto, pero había estado fuera mucho tiempo.
Me apreté más la toalla y me acerqué a la ventana. Bajé las persianas y
me asomé al exterior.
Nuestra habitación tenía las mejores vistas del patio, el desvencijado
parque infantil iluminado por la luna creciente, y de la piscina. Mi corazón
dio un latido tan rápido que fue doble. Me retumbó en el pecho, casi
dolorosamente, y jadeé.
Acababa de salir de la piscina. Desnudo como el día en que nació.
Nunca había visto a un hombre desnudo. Conocía su anatomía y podía
imaginarlo en mi mente, pero nunca lo había presenciado en la vida real.
Era absolutamente hermoso. Iluminado por la luna plateada y el agua
brillando contra su piel, era como un dios emergiendo del mar. Su virilidad
era larga y resplandeciente. El vello sobre su sexo era rizado y estaba
húmedo, y yo agarré mi toalla con fuerza, haciéndole un nudo mientras le
veía caminar hacia una mesa de picnic y coger su propia toalla de encima.
No me había dado cuenta de que tenía el pelo tan largo. Tan mojado
como estaba, le colgaba justo por encima de los hombros. Una cascada
oscura caía por sus hombros perfectos y fuertes. Las gotas se deslizaban por
su pecho ancho y esculpido. Sus pezones estaban tensos por el frío del aire,
su abdomen era una verdadera tabla de lavar de músculos. Me dio la
espalda para secarse.
Casi me trago mi propia lengua.
Sus nalgas tenían hoyuelos, dos hendiduras perfectas justo debajo de la
parte baja de su espalda. Y sólo podía pensar en cómo se sentirían esos
hoyuelos contra mis manos, mis palmas, mientras él se introducía dentro de
mí. Mientras acunaba su perfección masculina entre mis piernas.
Se frotó el pelo enérgicamente, sacudió la cabeza y se rodeó la cintura
con la toalla. Le vi inspirar, expandiendo el pecho, y cerrar los ojos. Inclinó
la cabeza hacia arriba, con los dedos entrelazados frente a él en una plegaria
despreocupada y humilde.
Después de todo, es un sacerdote, pensé. Un hombre llamado por Dios.
¿Pueden los sacerdotes hacer el amor con mujeres? ¿Está permitido?
Según mi educación religiosa, estaba tan prohibido como el asesinato.
Sólo superado por el adulterio, y más condenable que deshonrar a tu madre
y a tu padre.
Considerando, sin embargo, que toda mi educación religiosa era una
gran mentira manipulada, que todo lo que me habían amenazado para que
creyera no era más que una fabricación con unos intereses propios detrás,
puede haber esperanza. Había esperanza, después de todo.
Roman se persignó, pronunció la palabra «amén» y abrió los ojos. Y
antes de que pudiera hacer nada, se volvió hacia nuestra ventana.
Me había atrapado con las manos en la masa. No había tiempo para
esconderse detrás de las persianas. De todos modos, las vería moverse de un
lado a otro, e intentar esconderme ahora sería estúpido y poco convincente.
Me apoyé en el cristal de la ventana y froté el extremo de la toalla con el
pulgar.
Bendíceme, Roman, sonreí en voz baja. Antes de que sea demasiado
tarde.
A lo largo de mi vida he estado sola muchas veces. Ya fuera debido a un
confinamiento forzoso, o simplemente en el piso de arriba de mi dormitorio.
En los campos recogiendo guisantes y coles y rodeado de mis compañeras,
o en la cavernosa catedral del Bien Mayor rodeada de toda la población.
Cada vez, sin importar el número de personas, podía desaparecer en algún
lugar dentro de mí y permanecer en mi propia soledad.
Era allí, en mi aislamiento privado, donde podía soñar sin trabas e
imaginar libremente. Siempre, desde el fatídico día de nuestra salida al
mundo de los pecadores, mantuve en mi mente la visión del hombre santo y
tempestuoso. Con él, ya no estaba sola. Y ahora, que estábamos aquí,
juntos... sin confines, sin malvados observándonos, maquinando contra
nosotros, al menos por el momento, tenía, en cierto modo, miedo.
Miedo de lo que realmente pudiera pensar de mí. Miedo de lo que iba a
ocurrir a continuación. Para una mujer que se ha pasado la vida encadenada
y golpeada, en sentido literal y figurado, lo que el Señor pretendía que
ocurriera a continuación no era en modo alguno previsible. Era el mayor
salto de fe, con diferencia, de todos los que había dado.
Me quedé junto a la ventana, mirando la luna. Las estrellas.
El cielo por la noche.
Entonces, oí la llave en la cerradura.
Tantas veces había oído ese sonido. Me habían encerrado tantas veces, y
nunca había habido nada bueno al otro lado. Estaba condicionada a creer
eso.
Enderecé mi postura. Aún de pie junto a la ventana, aún sin saber qué
iba a pasar. ¿Otro sueño, prohibido y luego derrotado? ¿O por una vez, sólo
una vez, una realidad amable?
Roman giró el cerrojo de nuestra puerta, una pequeña cuña de acero que
nos protegía de lo que estuviera por venir. Me preguntaba si sería suficiente.
Sus pies dejaron huellas húmedas en la moqueta cuando cruzó la
habitación. Hay una parábola al respecto, pensé. Y sonreí ante el
sentimiento.
—Yo, eh... —empezó, pero no se le ocurrió nada más que decir. Se
rascó la cabeza, como si así pudiera decir algunas palabras más.
—¿Cómo estaba el agua?
—Hace un frío del demonio —dijo, y luego señaló mi toalla—. ¿y tu
ducha?
—Agradable y calentita.
Asintió con la cabeza.
—¿Sí? Sí, bien. Yo, eh, yo... —se aclaró la garganta—. Bien.
Miré por la ventana hacia el cielo nocturno y contemplé las estrellas.
—Nunca había visto a un hombre desnudo —dije, y me volví hacia él.
Puso una cara muy rara, una que no podía describir. Abrió la boca como
si quisiera decir algo, pero fue como si sus palabras se hubieran olvidado de
salir.
—Eres lo más bonito que he visto en mi vida —continué, y bajé la
mirada hacia mi pulgar, que seguía frotando la esquina de mi toalla—.
Probablemente te parezca una tontería.
Se acercó a mí, tan cerca que pude oler el aroma limpio y fresco del
agua de la piscina.
—Es lo más bonito que me han dicho nunca —aseguró, me cogió la
mano y me besó el dorso. Puso su mano suavemente contra mi cara y me
acercó a sus labios.
VEINTE

HARPER

Tenía mucho miedo. Sin embargo, mi deseo superaba todo lo que me habían
dicho que temiera. Decían que el dolor sería intolerable, que sangraría como
si un cristal caliente y roto me cortara después de que la despiadada vara de
un hombre me desgarrara de adentro hacia afuera.
No entendía cómo entonces era posible procrear, ni por qué alguien
querría hacer tal cosa.
Nos decían que no era una cuestión de deseo, sino de necesidad, y que
el dolor de las relaciones sexuales era otro castigo que debían sufrir las
mujeres como arrepentimiento por el primer pecado de nuestra madre Eva.
Pero las veces que me tocaba en arcos ondulantes de placer cálido y
palpitante contradecían tal enseñanza.
Él tomó asiento en el borde de la cama con las piernas abiertas para que
yo pudiera posicionarme entre ellas. Me habíamos retirado la toalla entre
los dos después de quitarle la suya. Le cogí por la nuca y lo apreté más
contra mi pecho, entre mis pechos. Saboreó cada uno de ellos, chupó cada
pezón y se metió uno entre los dientes mientras apretaba el otro,
amasándolo hasta que creí que iba a estallar.
Le empujé contra el colchón. Quería ver su virilidad expuesta,
elevándose por sí sola. Era fascinante. Quería tocarla, jugar con ella, y
cuando las yemas de mis dedos rozaron la punta, que era tan suave como el
terciopelo, gimió.
Una gotita de líquido lechoso se filtró por el extremo y por un momento
pensé que podría haberlo roto.
Aparté la mano, pero él la agarró desesperadamente y la volvió a poner
donde estaba. Giró el cuello hacia mí, con los labios entreabiertos y su boca
devorando la mía con un hambre apasionada.
Cada nervio de mi cuerpo se encendió de deseo, de esa necesidad
imperiosa de tenerlo no sólo apretado contra mí, sino dentro de mí. Mi sexo
lo ansiaba, lo ansiaba a él, y no había nadie más en este mundo que quisiera
que reclamara mi inocencia. Si tenía que doler, quería que el dolor lo
provocara él.
Se metió entre mis caderas abiertas. Estaba tan mojada, tan preparada…
Era tan correcto. Apreté el labio inferior entre los dientes y contuve la
respiración, preparándome para aquel dolor prometido e inimaginable. Para
recibir su bendito sexo en mi perverso e injusto sexo. Estaba preparada para
sufrir, lista para pagar por la inmoralidad de mi antepasado.
Un grito de incredulidad y de resolución final se me escapó cuando
tomó mi pureza. No sentí dolor. Sólo una presión extraña y ligeramente
desconcertante mientras me llenaba por completo. Su miembro se frotó
contra mi hinchada feminidad, masajeándola repetidamente, a la perfección,
hasta que estallé en un clímax explosivo.
Me aferré a sus hombros, oyéndole empezar a gemir profundamente.
Con urgencia. Echó la cabeza hacia atrás al eyacular, todo su cuerpo se
agarrotó y los músculos del cuello se le pusieron tensos como cuerdas.
Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos y jadeaba en busca de aire.
Se desplomó contra mí, con la cara hundida en mi cuello, mientras le
subía y bajaba el pecho, sintiéndose tan bien contra el mío. Me besó
suavemente justo debajo de la oreja y sentí un agradable escalofrío.
Quería decirle que le quería. Por salvarme, por demostrarme que todo lo
que me habían hecho creer durante los últimos veintitrés años era un
engaño abusivo y tortuoso. Me llevaría mucho tiempo curarme, aprender.
Confiar.
Me dormí antes de que pudiera hacerlo. Me quedé dormida al instante,
acurrucada en la seguridad de su abrazo. Su refugio. Qué paz. Eran cosas
que nunca había conocido.
El día siguiente me depararía cosas con las que estaba demasiado
familiarizada. Pero como la ignorancia es la única y verdadera dicha, mis
sueños llegaron a mí fácilmente esa noche.
Nunca los olvidaría.
VEINTIUNO

ROMAN

Empezaba a pensar que no era un buen sacerdote. Existen todos esos


conceptos de cómo debe ser un hombre de Dios, cómo debe actuar, etcétera.
Dados mis comportamientos actuales, mi vocación divina se deslizaba hacia
territorio dudoso. El mayor conflicto era que no me arrepentía de nada.
Ni la situación con Bradley, ni la excomunión que la siguió
inmediatamente, ni lo que le había hecho a William. Y especialmente lo de
anoche, cuando tomé la virginidad de su hija .
Después de mi estancia en África, nunca pensé que volvería a tener
relaciones sexuales, parte integrante de mi profesión, y aunque se
fomentaba la abstinencia, no se exigía. Incluso podría casarme si lo deseara,
pero nunca había encontrado a nadie con quien quisiera comprometerme de
ese modo.
Lo de anoche cambiaba todo eso.
No tuve la oportunidad de preguntarle a Harper cómo se sentía al
respecto. Esta mañana se durmió tan rápido y tan profundamente que no
quise despertarla. Había pasado por una montaña de mierda de proporciones
bíblicas. Literalmente. Sólo quería que descansara en paz. Lo necesitaría.
Estábamos en la segunda parte de esa montaña de mierda bíblica, la
secuela.
Le dejé una nota donde le dije que volvería pronto. No podíamos ir por
ahí en toallas, camisones ensangrentados y una sotana sucia. Con los
representantes del Bien Mayor pisándonos los talones, cómo iban a estarlo,
necesitaríamos ropa. Y yo no podía parecer un cura.
Springville tenía un tienda donde vendían un poco de todo, una oficina
de correos y un restaurante italiano llamado Danny's que presumía de tener
la mejor hamburguesa a este lado de la línea del Mason Dixon. No sabía
que las hamburguesas eran una especialidad italiana, pero me contuve de
comentar nada y pedí dos para llevar. Con patatas extra. Danny me miró un
poco bizco e intentó convencerme de que pidiera su tortilla vienesa. Era
bastante pronto para tomarse unas hamburguesas.
Le dije que tenía razón y tomé asiento en la barra que daba a la calle
principal de la ciudad. Comparada con Lyon, esto parecía Nueva York.
Tenía un semáforo de verdad y pasos de peatones pintados. Incluso un
quiosco de periódicos que funcionaba con monedas. Eché un ojo por la
ventana, pensando que en cualquier momento vería al buen hermano Joseph
y a su pelotón entrando en la ciudad. De hecho, me reí al pensar en él y en
los matones de William galopando a caballo hacia Springville. Aullando,
gritando y disparando balas al cielo.
Esos imbéciles.
Saqué el teléfono de William del bolsillo. El maldito aparato estaba
protegido con una contraseña y, tras doce intentos fallidos de desbloquearlo
esta mañana, se había apagado solo. Algo bastante sofisticado para los
primitivos gustos de William Quinn y su tribu. Sin embargo, una vez que
Harper y yo llegáramos a la civilización, desbloquear el teléfono y todos sus
sucios secretitos sería un trabajo para la policía. Maldita sea, para los
federales, dado el alcance de los Quinn modernos, aspirantes a Davidicons.
Tendría que tener cuidado. Aunque la Iglesia había sido capaz de
mantener en secreto lo que había ocurrido entre mi amigo Bradley y yo,
cada vez que veía a un policía me invadía una sensación de temor y de
fatalidad inminente. Supongo que era natural.
Nunca me sentí culpable por lo que había hecho. Ni una sola vez. De lo
que sí me sentía culpable era de no saber cuándo o si podría contarle a
Harper la parte oculta de mi pasado. No sabía si debía. Si podría. Más
importante aún, no sabía si ella sería capaz de manejarlo. Mantenerlo en
secreto. O de querer hacerlo.
—¡Pedido listo! —llamó Danny desde la cocina y se acercó a la caja
registradora.
La calle estaba vacía cuando me levanté para pagar. Le di las gracias a
Danny por las hamburguesas y él me agradeció mi servicio. También dijo
que las patatas fritas iban por cuenta de la casa.
Vaya. Más culpa. Me había comprado una chaqueta militar en el
almacén general. Las cosas de consigna eran más asequibles. Además, me
quedaba bastante bien.
Salí del restaurante de Danny, con las hamburguesas en una mano y la
bolsa de provisiones en la otra. Me sentía bien, en cierto modo. Por lo
menos todavía estaba sintiendo la culpa como un buen católico.
Lo que no me hizo sentir nada bien fue el camión de mudanzas delante
de la tienda.
Springville era una ciudad muerta, de agua sucia. No había razón para
que alguien se mudara. Mudarse para irse a otra parte, sí. Pero este
pueblucho ni siquiera valía la pena para hacer una parada de camino a otro
lugar. Quiero decir, podría darse el caso, claro. Era sólo un remolque para
mudanzas, pero sentí náuseas cuando vi el mural en el lateral. Unos
vaqueros a caballo, disparando y resoplando por la carretera.
Lo más probable era que William Quinn y sus secuaces no fueran a la
policía a denunciar la desaparición de Harper. Eso instigaría una
investigación, y ni William ni Bridget querrían invitar a las autoridades a la
tierra sagrada del Bien Mayor. Escondían algo mucho más siniestro que una
maldita secta. La policía podría estar descartada de sus opciones, pero eso
no significaba que no enviaran a su escuadrón de matones a por nosotros.
Deslicé la llave en la habitación seis, calculando la cantidad de gasolina
que quedaba en la moto y cuánto dinero en efectivo me quedaba en la
cartera. No mucho. Mis tarjetas de crédito ya estaban al máximo, ser cura
no pagaba bien, y ser cura exiliado pagaba aún menos, pero teniendo en
cuenta las patatas fritas gratis, quizá tuviera suficiente para conseguir un par
de litros que nos permitieran salir de Springville. Y con suerte, con suerte,
iríamos por una carretera con algo de tráfico en ella. Adecuada para hacer
autostop, y no tan adecuada para que una manada de fanáticos derribe a un
hombre y una mujer en un triciclo motorizado.
No era un gran plan, pero era lo mejor que tenía.
—He vuelto —grité a la habitación vacía.
La televisión estaba encendida, emitiendo el último informe sobre las
cosechas, y el frigorífico esta ligeramente entreabierto. Había vasos de
pudin vacíos, paquetes de queso y envoltorios de galletas en la papelera.
—Oh —dije, con los hombros un poco caídos. Era una nevera de honor.
Y esos paquetes de bocadillos desechados costaban casi lo mismo que dos
cenas de bistec en Maestros.
Vale. Bueno, no importa. Les dejaría una nota, prometiendo pagar por
ello. Teníamos cosas más importantes de las que preocuparnos.
—¿Harper? —Llamé a la puerta del baño. La ducha estaba a tope, el
vapor salía por debajo de la puerta—. Hola, ¿Harper?
Un nudo de bilis se encendió en mis entrañas. Estaba ahí, ¿no? El
escuadrón de matones del Bien Mayor no la había atrapado, ¿verdad? ¿Y
habían dejado la ducha abierta sólo por ganar tiempo? ¿Ahora mismo
estaban detrás de mí, dispuesta a golpearme en la cabeza con un crucifijo,
una Biblia o algo así?
Abrí la puerta justo cuando se cerraba el grifo. Harper descorrió la
cortina, mostrando su cuerpo mojado y desnudo.
Un caballero habría desviado la mirada y le habría dado una toalla. No
sólo no era un buen cura, sino que tampoco era un buen caballero. Era
demasiado guapa para no mirarla. Su sonrisa era dulce, y perfecta, y para
ser justo conmigo mismo nos habíamos acostado juntos. Lo que no debería
hacer es pensar en volver a acostarme con ella aquí y ahora. Si fuera la
voluntad de Dios, tendríamos más tiempo.
Señaló el toallero.
—¿Te importaría?
Le pasé una toalla y la miré con nostalgia mientras se envolvía en ella.
Se acercó al mueble del lavabo y empezó a cepillarse el pelo.
Era un detalle tan pequeño. Casi nada, en realidad. Pero, en ese
momento, nos imaginé siendo normales. Un hombre y una mujer, de pie en
un cuarto de baño como hacen las parejas de todo el mundo, listos para
empezar un día normal lleno de cosas normales, que desembocaba en una
tarde normal seguida de una noche normal, y nunca había deseado nada
tanto en toda mi vida.
—¿Estás bien? —preguntó a mi reflejo. Me había quedado mirándola,
espero que con la boca cerrada.
—Sí, sí. Estoy bien —dije, espabilándome, pero en realidad no lo estaba
—. He traído algunas cosas —le entregué la bolsa de la tienda. Ella la
cogió, un poco tímida, y miró dentro. —Tuve que adivinar tu talla. Son
unos Levis, y...
Se apretó la bolsa contra el pecho y luego me rodeó con los brazos.
—Dios mío. Roman. —Me abrazó tan fuerte, enterrando la cara en mi
cuello, que cualquiera pensaría que le acababa de regalar un collar de
diamantes o las llaves de un coche nuevo. Se separó, con el cuerpo aún
pegado al mío, y me tocó la cara. Tenía lágrimas en los ojos. Lágrimas de
verdad. Por unos vaqueros de segunda mano—. Gracias —susurró.
—De nada —le contesté, pensando que sería muy agradable quitarle la
toalla, llevarla al dormitorio y hacer el amor durante el resto de la tarde. Si
no fuera porque teníamos que poner la mayor distancia posible entre
nosotros y Lyones lo antes y lo más rápido posible, habría hecho
precisamente eso. Gloria bendita—. Vístete, ¿vale? Tenemos que ponernos
en camino.
—¿Crees que nos están siguiendo? —preguntó, dejando caer la toalla y
poniéndose los vaqueros.
—Tienen que estarlo —dije, sin dejar de mirarla. Cuando debería estar
mirando por la ventana. No confiaba en ese remolque. No es que fueran tan
estúpidos como para acercarlo a nuestra habitación de motel. ¿O lo serían?
Desde luego, fui lo bastante estúpido como para dirigirme a la posada nada
más verlo.
Aparté los ojos de Harper y me acerqué a la mesita que había junto a la
ventana. Me asomé al exterior y no vi más que la piscina y el descuidado
patio de juegos. Qué raro que pusieran tanto empeño en una piscina y unas
habitaciones limpias y dejaran el patio de juegos abandonado a su suerte.
Pero quizá no.
La gente tiene las prioridades hechas papilla. Pregúntale a mi madre.
Me dejé caer en la silla y cogí de la bolsa una de las hamburguesas
italianas de Danny. Mantuve la vista fija en el aparcamiento, escuché el
zumbido de la televisión y volví a pensar en la normalidad. Era un deseo tan
simple de tener. Qué imposible era conseguirlo.
Unos instantes después, Harper salió del baño. Había acertado con la
talla de los vaqueros. La camiseta de cuello en V que proclamaba
Springville Quarry Rocks, también le quedaba perfecta. El pelo, aún
húmedo, le caía a media espalda. Parecía... normal. Como cualquier otra
persona. Más guapa que la mayoría, en mi completamente sesgada opinión.
Lo único que desmerecía la extraordinaria calidad de su apariencia
perfectamente ordinaria, era la sotana y el camisón que había metido en la
bolsa.
—Deberíamos llevarnos esto, ¿verdad?
Asentí con la cabeza.
—Claro.
Cruzó la habitación, tiró la bolsa sobre la cama y se plantó a mi lado. Le
rodeé la cintura con el brazo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
—Ir a la policía y contárselo todo —decidí de repente. Realmente era la
única opción que teníamos. Saqué la segunda hamburguesa de la bolsa y se
la di. No la cogió—. ¿Qué pasa?
—¿Qué quisiste decir cuando le dijiste a Bridget que sabías lo de
Miguel?
Dejé mi hamburguesa en la mesa. Ya no tenía hambre.
—No lo sé. Ese es el nombre que William me dio, cuando le estaba
dando una paliza. Justo antes de quemar su casa. ¿Seguro que no quieres la
hamburguesa?
No parecía que estuviera pensando en comerse una hamburguesa.
Parecía como si estuviera ordenando un millar de pensamientos que se
arremolinaban en su mente a la vez.
—Dijiste que sabías lo de Miguel y esa persona Bradley, y que mi padre
tiró a Bridget a los leones. Sólo puedo adivinar que la parte de los leones es
una metáfora sobre traición.
—Estás en lo cierto.
—¿Pero qué querías decir con todo eso?
—Yo... supongo que quería pillar a Bridget con la guardia baja. Quería
ver qué haría cuando se lo dijera. Era una mentira total, Harper. No sé quién
es Miguel. O qué tiene que ver en este lío.
—Yo tampoco —dijo, y sus ojos se desviaron hacia la televisión.
Habían puesto un anuncio de una especie de crema contra el eczema que
podía provocar un fallo orgánico, pero al menos te dejaba la piel limpia. Y
poder pasear por las playas de arena blanca de la costa de California con la
persona amada de su elección—. Miguel —repitió, con el ceño fruncido, la
feliz pareja sin eccemas retozando en el oleaje—. Hay una isla San Miguel,
cerca de Santa Bárbara.
La pareja de paseantes playeros sin eczema se cogieron de la mano
mientras contemplaban la puesta de sol tras un montón de palmeras.
—Y Miguel es Michael en español. Que es el masculino de Michelle.
Era como si estuviera hablando con el hombre y la mujer y su crema
para el eczema, en lugar de conmigo. Tenía una mirada distante y extraña.
Algo extraño y muy, muy lejano. Había visto esa mirada antes,
normalmente en las salas de psiquiatría de las clínicas comunitarias a las
que había ido a impartir la buena voluntad y las bendiciones de Jesús. Toda
una vida pasada en la infernal fábrica del miedo del Bien Mayor estaba
destinada a retorcer unos cuantos cables en el piso de arriba.
—¿Harper? —dije, tomando suavemente su mano—. ¿A dónde quieres
llegar con eso?
—El segundo nombre de mi madre es Michelle —dijo, y me miró—.
No sé si eso significa algo. Probablemente no... es sólo que parece que sí.
Hay algo que decir sobre los sentimientos. La vocecita que llevamos
dentro, el sexto sentido, el instinto, lo que sea que la ciencia no pueda
explicar. Yo creía firmemente en esa vocecita. La que me llevó a Dios, a
Lyones, y luego a Harper. La que, también, levantó su frente de sospecha y
me dio un mal presentimiento sobre el camión de mudanzas, que acababa
de entrar en el aparcamiento.
Se me apretaron las tripas.
Deberíamos haber salido de Springville en cuanto nos despertamos.
Pero, ¿qué iba a hacer? Ese triciclo no era legal conducirlo por la calle, no
teníamos ropa, ni comida, y que nos detuviera la policía estatal mientras
parecíamos un par de enfermos mentales fugados no sería lo mejor para
nuestra misión.
—Mierda —salí disparado de mi silla y me asomé a través de las
cortinas.
—¿Qué pasa?
—¿Recuerdas que preguntaste si nos seguían? —Señalé la pequeña
rendija de las persianas. Harper se puso delante de mí y miró hacia fuera—.
Tu gente viaja en camiones de alquiler, ¿verdad?
—No son mi gente —dijo, acalorada—. Ya no. Y nunca más. —
Mantuvo los ojos fijos en el aparcamiento.
—Perdón.
—No pasa nada —contestó, aunque no estaba seguro de hasta qué punto
«no pasaba nada». Este era el comienzo de lo que iba a ser, con un poco de
suerte, una bonita y complicada relación.
—¿Son ellos?
Sacudió la cabeza.
—No puedo decirlo. —Hizo una mueca—. Están demasiado lejos. Por
donde el parque.
—Perfecto. Vamos. —Le cogí la mano, nuestra bolsa de escasas y
asquerosas pertenencias y me dirigí a la puerta. Harper cogió un mapa de
papel del expositor de cosas que hacer y lugares que ver en Springville y se
lo metió en el bolsillo.

NOS DESLIZAMOS entre el edificio principal y la oficina, hacia el solar


arbolado donde había guardado el quad. Harper vigilaba el camión mientras
yo retiraba las ramas de nuestro transporte. Hasta el momento, nadie había
salido del camión. Estaba allí aparcado, como si nos observara, esperando a
que nos alejáramos de la posada.
Me subí a la moto y comencé mi batalla con la marcha. Pisé el pedal
una vez, dos veces. Tres veces. Al cuarto intento, el motor estuvo a punto de
girar, emitió un quejido poco entusiasta y luego se apagó.
—Maldita sea —siseé, y me preparé para un quinto intento.
Fue entonces cuando Harper empezó a alejarse de vuelta hacia la
posada, al aparcamiento.
—¿Harper? ¿Qué estás haciendo?
No contestó. Estaba centrada en el camión. Salté de la moto y corrí tras
ella.
—¿Harper? Harper, tenemos que irnos, ¿sí?
No obtuve respuesta. Sus pasos se hicieron más rápidos, más decididos.
Apretaba los puños. Pasamos por delante de la ventanilla de la oficina,
todavía no había nadie en recepción, e intenté alcanzarla para detenerla,
pero me apartó el brazo.
—Harper, vamos. No hagas esto. No podemos...
Echó a correr directa hacia el camión y golpeó el capó con las manos.
—¡Para! —gritó, golpeando el capó, una y otra vez—. ¡Para de una vez!
El dueño del peto más grande que jamás había visto se bajó del
vehículo, con una barrita de arce a medio comer en una mano y una taza de
café derramándose por la otra.
—¿Qué hace, señorita? —escupió entre un bocado de masa frita y
glaseado, con la frente grande y sudorosa caída en una cascada de arrugas
gruesas y transpiradas.
—¡Para! Tú... —Harper bajó la voz como si se hubiera caído por un
precipicio. Aspiró una gran bocanada de aire y la retuvo, mirando fijamente
al hombre de los grandes vaqueros manchados de aceite; miró su donut, su
café y el parche bordado sobre el bolsillo izquierdo del pecho que hacía
saber a todo el mundo que se llamaba Ralph.
Comprensiblemente, Ralph tenía los ojos muy abiertos debido a la
confusión. Imaginé lo confundido que estaría si yo apareciera detrás de
Harper con mi sotana chamuscada y ensangrentada. Sería una conversación
muy divertida, seguro.
—Harper —dije, apartándola suavemente del capó de la camioneta
alquilada de Ralph.
Estaba rígida entre mis brazos y su respiración, al borde de la
hiperventilación.
—¿Qué demonios le pasa? —dijo Ralph, señalando a Harper con su
barra de arce.
—Creo que pensó que eras otra persona —le expliqué, esperando que
esto fuera el final de la conversación. Sabiendo muy bien que no lo sería.
Ralph se metió el resto de su donut en sus sustanciosas mandíbulas y lo
masticó, pensativo, mientras me echaba un vistazo.
—Te vi salir del Danny's esta mañana —dijo, y me miró de arriba abajo.
—Sí. Hace unas hamburguesas cojonudas.
—Son una mierda —respondió Ralph, con una mirada fría como el
acero. No confiaba en mí en absoluto, me di cuenta. La violencia doméstica
solía ser el pasatiempo preferido en un lugar de mala muerte como
Springville, Indiana. Miró a Harper y su mirada se suavizó ligeramente—.
¿Estás bien, cielo?
Harper controló su respiración y asintió rápidamente.
—Dios, sí. Lo siento mucho —dijo, sonando realmente disgustada
consigo misma—. Te confundí con la gente de la que estamos huyendo. —
Se volvió hacia mí y me puso la mano en el brazo. Menos mal, porque
pensé que me desmayaría por la absoluta sinceridad de su última
declaración inoportuna.
—No sé qué me ha pasado, Roman.
—Está bien, Harper. Sólo...
—No quería huir más —continuó—. No quiero tener miedo de esos
imbéciles. Oh. —Se volvió hacia Ralph—. Pido disculpas por mi lenguaje,
y mi comportamiento. Pero eso es lo que son.
Ralph se tomó un momento y luego me miró directamente.
—¿Ah, sí?
Sinceramente, nunca lo habría pensado. Ni una sola vez habría ido con
la verdad en esta situación. Me hizo dudar aún más de todo el asunto del
sacerdote.
—Sí que lo son —dije.
VEINTIDÓS

ROMAN

Resultó que Ralph no era un agente doble del Bien Mayor, ni uno de sus
sabuesos enviados para olfatear nuestro rastro. Puede haber sido un regalo
de Dios o una distracción del diablo. Todavía no lo sé. Si Harper no hubiera
atacado su camión, nunca habríamos tenido la oportunidad de averiguarlo.
Había parado en Springville, y posteriormente en el Springville Inn,
para desmontar el viejo equipo del parque infantil y fundirlo para obtener
chatarra. (El remolque era un transporte temporal ya que su camión
personal estaba en el taller recibiendo su tercer trasplante de transmisión).
Lo que hizo que Ralph se alineara en la categoría de «regalo» enviado del
cielo fueron los galones extra de gasolina en la parte trasera de su camión
de alquiler. Viajar de un pueblo perdido en medio de la nada a otro le
enseñó a llevar la suya propia. El próximo Last Chance Gas estaba a 112
kilómetros al noroeste, y con un tanque lleno, Harper y yo podría llegar a la
relativamente moderna ciudad de Fairbanks. Parad en la parada de
camiones Jericho, nos dijo. Hay un café de fuerza nuclear y las mejores
rosquillas del Medio Oeste. Por eso todos los policías iban allí. Sheriffs,
patrullas de carretera, todo lo que nuestros culos fugitivos desearan.
También me ofreció quinientos dólares por el vehículo de tres ruedas.
Estas trampas mortales eran cada día más raras, y le reportaría unos cuantos
peniques a su negocio de chatarra. Especialmente si podía desmontarlo para
obtener piezas.
Le dije que ojalá pudiera, pero lo habíamos robado.
Ralph asintió despreocupado, como si le acabara de decir que habíamos
decidido comer tortitas de arándanos en lugar de unas sencillas. Llenó el
depósito y nos señaló rutas en el mapa de Harper que aumentarían nuestras
probabilidades de que nos detuvieran. Por falta de intermitentes y espejos
retrovisores, por no mencionar la ausencia de matrícula y el exceso de
pasajeros en un vehículo que, para empezar, no pintaba nada en la autopista.
Le di un pagaré garabateado rápidamente para los dueños de la posada,
y prometió que lo entregaría en cuanto Harper y yo nos perdiéramos de
vista. Fuera de Springfield. De camino a encontrar la forma de acabar con el
Bien Mayor.

112 KILÓMETROS en una interestatal prácticamente desierta llevaría una


hora en coche, más o menos. 112 kilómetros en una interestatal, desierta o
no, y encorvado sobre el manillar de una moto que no consigue superar las
sesenta kilómetros por hora... no tanto.
Me dolía todo. Cuando hicimos 10 kilómetros, dondequiera que
estuvieramos, el sol del mediodía me había quemado el cuello. A Harper le
fue un poco mejor, ya que creé un toldo natural para ella. Dos horas
después, sin embargo, no habíamos visto ni rastro de una señal de carretera
que indicara que Fairbanks estaba cerca de nosotros.
Me pasé los últimos cincuenta kilómetros preocupándome por ella. No
sólo por lo que pasaría cuando llegáramos a la civilización, cuando
empezara todo y no hubiera lugar para secretos ni pasados enterrados, sino
también por su estado mental. Cuando fue a por el camión de Ralph con las
dos armas en ristre, me di cuenta de que mi lugar en su vida sería mucho
menos importante que el de un psicoterapeuta. Consejeros. Cuando se
enterara de lo que hizo que me echaran de la gracia del catolicismo, y sin
duda se enteraría, me imaginé que su lista de futuros medicamentos sería
tan larga como el tramo vacío de asfalto que estábamos atravesando.
Menudo puto desastre.
Mis lumbares empezaban a agarrotarse por quinta vez hoy, cuando me
señaló algo que había justo al final de la carretera. La tienda de regalos
Angry Bear y el área de descanso. Con baños y agua. Sólo había que seguir
las pequeñas flechas pintadas. Nos alejaría bastante de la autopista, pero la
tentación de bajarnos de la moto y entrar en un establecimiento con agua
fría (y si lo pedíamos con amabilidad, tal vez un cubito de hielo o dos) era
demasiado grande para rechazarla.
Salimos del asfalto y entramos en un camino de tierra; las gordas ruedas
traseras de la moto levantaron polvo y suciedad. Nadie había subido a
visitar el Angry Bear en quién sabía cuánto tiempo, como podía atestiguar
el estado de abandono de esta ruta. Cuanto más avanzábamos y más
combustible consumíamos, menos probabilidades había de que existiera
dicho sitio.
No nos dejes caer en la tentación, pensé, arremetiendo contra mí mismo
por la falta de una bebida fría y un descanso muy necesario de la agotadora
tarea de maniobrar esta bestia mecánica por una excusa de vía pública llena
de baches. Líbranos del mal, pensé también, justo cuando el mismísimo
Angry Bear apareció ante nosotros.
Una de esas esculturas serradas con cadena, bastante realista, por cierto,
se erguía sobre sus patas traseras, sus garras delanteras largas y mortíferas,
su boca abierta y llena de colmillos contradecía el cartel de «¡Bienvenido!»
que colgaba de su cuello. Hacía guardia frente a una gran cabaña de
madera, con las ventanas cubiertas de anuncios de Budweiser, Coca-Cola y
Perrier.
Nos detuvimos ante un poste de enganche. No había nada enganchado a
él, excepto algunas telarañas, una de las cuales estaba ocupada. Me aseguré
de no molestar mientras aparcaba la rueda delantera debajo de la tubería
oxidada, me bajé de la moto como un vaquero de geriátrico y le tendí la
mano a la bella dama Harper.
El cerebro me daba vueltas. Sólo necesitaba un trago de agua y estar de
pie verticalmente unos minutos. El cartel de la puerta principal decía
«Abierto» y si había formas de vida dentro del Angry Bear, quizá se
apiadaran de este par de viajeros desaliñados.
Cuando las cosas son demasiado buenas para ser verdad, lo son. Se trata
de una regla básica de la vida cotidiana, y supongo que me encontraba en
un estado comprometido para no recordar esa particular norma
fundamental.
El Angry Bear era más que un área de descanso. Era un oasis. Había una
mesa de billar que parecía no haber visto una partida desde la época de la
música disco, un mostrador con sillas rojas de cuero y un ventilador de
techo polvoriento que giraba en círculos lentos y perezosos.
—Una voz femenina y anciana nos llamó desde la cocina. Una mujer
corpulenta con el pelo corto y gruesas gafas de pasta, la abuela lesbiana
favorita de todos, salió a recibirnos—. Por Dios, parece que venís de una
cita con el diablo. ¿Estáis bien?
Harper ladeó ligeramente la cabeza. Había sido educada estrictamente
en el plan de estudios del Bien Mayor de «todos los desconocidos son
malos». Hasta ahora, todos los que había conocido eran el polo opuesto.
—¿Cómo lo has adivinado? —preguntó Harper.
—¿Lo del diablo? —Se rio la mujer—. Cariño, cuando llevas tanto
tiempo como yo dirigiendo este lugar olvidado de la mano de Dios, llegas a
tener una sensación de saber sobre esas cosas. —Señaló uno de los sillones
de cuero rojo con su paño de cocina—. Descansa un poco. Te traeré un poco
de agua. ¿Tenéis hambre?
—Gracias, muy amable, señora —le dije—. Pero me temo que no
tenemos...
—Dinero —concluyó—. No te preocupes por eso. No es que vaya a
prepararte langosta Thermidor o algo así. Tengo unos perritos calientes a
punto de estropearse. ¿Queréis?
—Quiero —dijo Harper antes de que pudiera negarme educadamente—.
Por favor.
—El baño está a la vuelta de la esquina —nos informó la propietaria,
llevándose el dedo índice a los dientes y frotándose los incisivos—. Tienes
pasajeros.
Me pasé la lengua por los dientes. La mayoría eran mosquitos, supuse.
Un bulto más grande podría haber sido una mosca.
—Gracias —dije, y besé a Harper en la coronilla antes de irme al baño.
Lo más extraño era que quería quedarme junto a ella, olvidarme de los
bichos y del baño. Tenía un presentimiento, como si algo me estuviera
exigiendo que ocupara el asiento junto a ella, que me comiera los
asquerosos perritos calientes y que me quedara.
Nunca ignoré esas vocecitas. Ellas fueron las que me llevaron a Dios en
primer lugar. Mis instintos eran, si no otra cosa, completamente fiables.
Agradecí a la dueña del Angry Bear su amabilidad y me giré a la derecha en
la mesa de billar, como me había sugerido.

EL EXTRACTOR del baño de caballeros sonaba como la hélice de un


biplano de la Segunda Guerra Mundial. Como el Angry Bear parecía haber
sido erigido en algún momento anterior a la presidencia de Roosevelt, era
lógico. Intenté ignorarlo mientras me echaba agua fría en la cara, sonreía a
mi reflejo y, efectivamente, vi unos cuantos pasajeros alados salpicados
contra mis dientes. ¿Cómo no me había dado cuenta? Me enjuagué la boca,
escupí y vi cómo media docena de cuerpos de insectos flotaban hacia el
desagüe.
Dejé correr el agua. Observé a los mosquitos que bajaban en espiral,
rodeé con las manos los lados del lavabo de porcelana y recé. Agradecí a
Dios sus bendiciones hasta el momento y le supliqué que siguiera velando
por Harper y por mí. Y que, si a Él le complacía, siguiera concediéndonos
una travesía segura. Acababa de llegar a la parte de hacer esta petición en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cuando oí el primer
disparo.
VEINTITRÉS

HARPER

Se llamaba Terry y llevaba sola el Angry Bear desde que su compañera de


vida falleció hace unos diez años. No sabía que dos mujeres podían vivir
juntas en un sentido marital. Las parejas del mismo sexo estaban
estrictamente prohibidas. Eran billetes de ida al infierno, pero cuando me
senté a la barra, viéndola echar un paquete de perritos calientes en una olla
de agua y relatando alegremente el último viaje que ella y su pareja habían
hecho juntas (a las Bahamas, creo que dijo), me quedé más asombrada por
su comportamiento amable y genuino que por su estilo de vida. Al igual que
Ralph, el de la camioneta de mudanzas, Terry era una forastera malvada y
pecadora que se suponía que no era más que un peón para la voluntad de
Lucifer. Terry y Ralph eran de temer. Perdonados en los rezos, ciertamente,
pero condenados a puertas cerradas.
Tantas cosas eran falsas. Toda mi vida se basaba en información falsa, y
lo peor era que mis padres y sus seguidores habían utilizado la palabra de
Dios para perpetuar sus mentiras. Le pedí perdón al Señor por odiarlos más
y más cuanto más nos alejábamos Roman y yo de ellos.
Terry estaba colocando los cubiertos para Roman y para mí, pintándome
un cuadro vibrante de los paraísos tropicales de la costa floridana, cuando
las arrugas de las comisuras de sus ojos se hicieron más profundas. Estaba
sonriendo a algo que había detrás de mí.
—Bueno, que me aspen. Tú y tu amigo debéis tener buena suerte —dijo
—. No había visto pasar a tanta gente por aquí desde que tengo memoria.
—Sonrió más alegremente y se limpió las manos en el paño de cocina—.
¿En qué puedo servirles? —dijo a sus nuevos clientes.
Sonreí para mis adentros. Me encantaba el hecho de conocer gente
nueva, ver cosas nuevas, y aunque las circunstancias no eran las mejores,
era, sin posibilidad de réplica, una aventura. Dios mío, había perdido la
virginidad con un cura, por el amor de Dios. Definitivamente, por el amor
de Dios. Tal vez, de hecho, habíamos sido bendecidos por la mano del
Señor.
Cuando uno de los nuevos clientes del Angry Bear se deslizó en el
asiento de al lado, todas mis suposiciones sobre el cielo desaparecieron,
como una bofetada en la cara o que te echaran encima un balde de agua
helada. Mi tío hizo una mueca y me dio una palmadita en la mano.
—¿Estás lista para ir a casa, Harper? —preguntó.
Mi primer instinto fue echarme a correr, correr hacia el baño, decirle a
Roman que nos iban a pillar y que qué hacíamos ahora. Para mi crédito, lo
intenté.
Joseph frenó mis intenciones. Él, y un gigante latino que no reconocí
me tenían acorralado como a un ternero en un potrero.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Terry, dando un paso a un lado hacia
la caja registradora.
—Cálmate, cariño. No vamos a robarte. —Sonrió Nolan—. No es que
haya nada en tu caja registradora, ¿verdad? —Se volvió hacia mí y su
sonrisa se desvaneció—. Tus padres están preocupados por ti, Harper.
Mis ojos se dirigieron hacia los baños. Quería gritar, gritar el nombre de
Roman, pero si lo hacía, sabrían dónde estaba. No quería que lo supieran.
No debían saberlo.
—¿Dónde está el Padre tonto del culo? —preguntó Nolan, muy
despreocupadamente—. ¿Cagando? Yo diría que es un buen momento para
cagar.
Joseph se rio entre dientes. La expresión del hombre latino no cambió.
O no hablaba inglés o no le gustaba el humor escatológico.
—¿Qué pasa, Harper? ¿Te comió la lengua el gato? Entiendo. No me
esperabas. —Miró a Terry, que seguía de centinela junto a la caja
registradora—. Esta chica —le dijo, girando el dedo índice a un lado de la
cabeza—. Tiene algunos problemas. Se fugó. También le robó el teléfono a
su padre. Y menos mal. —Su mirada helada me atravesó—. Tiene uno de
esos dispositivos de rastreo de la nueva era, Harper. Me sorprende que tu
amigo no lo tuviera en cuenta. Maldito idiota. Hablando de él, ¿dónde está?
Porque sé que está aquí. Todos sabemos que está aquí, y nos gustaría tener
unas palabras con él. Ah, ¿y señora...?
Sucedió tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. No es que supiera
qué hacer. Nolan se sacó una pistola de la cinturilla de sus pantalones y
disparó.
Terry giró sobre sus talones, las gafas le salieron volando de la cara y la
bala hizo añicos el expositor de postres que había justo detrás de ella. Las
tartas de cereza volaron por los aires, goteando sus pegajosas tripas sobre el
cristal roto.
—Preferiría que te alejaras del mostrador, ¿vale? Ve a sentarte, y ponte
a trabajr en olvidarte de todo lo que estás viendo.
Terry se tambaleó hacia la mesa de la esquina. Estaba temblando,
cenicienta, al borde de un paro cardíaco mientras se abría paso hasta la
mesa y se deslizaba detrás de ella.
Joseph gruñó.
—Nos dijo que nada de armas.
—Me importa un carajo lo que él diga —respondió Nolan—. Entonces,
Harper. ¿Crees que esto sacará a tu hombre santo de su escondite? —Agitó
la pistola en el aire.
Se me paró el corazón. Iba a matar a Roman, esa era la idea. Tenía que
advertirle. Tenía que hacer algo. Salí volando de mi asiento, di sólo un paso,
cuando Joseph cerró su enorme y viscosa mano alrededor de mi brazo.
—Ni se te ocurra —dijo, asqueado. Y me tiró al armario que era el
latino.
Me rodeó la garganta con el codo, clavándome a su pecho gigante como
un insecto. Entonces, sentí algo frío, delgado y afilado. Justo encima de su
brazo, justo debajo de mi mandíbula.
—Genial —dijo Nolan—. Te queda bien, amigo.
El latino gruñó. No estaba impresionado.
Me agarré a su brazo, un esfuerzo absolutamente inútil, pero me costaba
respirar. La cabeza me daba vueltas y el corazón me latía contra la caja
torácica hasta el punto de dolerme. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba
Roman? ¿Dónde estaba Dios? Cerré los ojos con fuerza, porque lo que
estaba pasando no podía ser. Simplemente no podía.
Dios mintió de nuevo. Mintió. Todo es mentira y me van a llevar de
vuelta. Matarán a Roman, y no quiero volver...
—¡Eh, eh! ¡Ahí está el tío! —repicó Nolan.
Volví a abrir los ojos. Roman estaba allí, justo debajo de la viga que
separaba el comedor de la entrada. Había una cabeza de ciervo clavada en
ella. No me había fijado en eso antes. No me gustó. Estaba muerta, como lo
iba a estar Roman.
—¿Qué pasa, tío? —preguntó Roman sin ningún tipo de apremio en su
voz.
Nolan resopló.
—Nada, una pequeña búsqueda y rescate. William quiere su teléfono de
vuelta. Y a su hija.
—Ah. Ya veo. Bueno... —Roman se quedó pensativo y se pasó los
dedos por el pelo—. Supongo que tendrás que decirle a William que no es
su día de suerte.
—Esa no es forma de hablar para un sacerdote, señor Byrne. Pero,
supongo que como ya no eres sacerdote, tu lenguaje soez es un punto
discutible.
Roman asintió.
—Supongo.
¿Qué quería decir? ¿Qué quería decir con que ya no era cura, y por
qué Roman asentía con la cabeza? ¿Como si eso fuera cierto?
Roman me señaló a mí, y al hombre que sostenía un cuchillo contra mi
garganta.
—¿De verdad es eso necesario?
—Soy un canon suelto, imbécil. Si digo que es necesario, entonces, sí,
es necesario. Así que, así va a ir la cosa, ¿de acuerdo?
—Soy todo oídos —dijo Roman, y yo no entendía por qué se quedaba
ahí parado, actuando como si no pasara nada, como si alguien no me tuviera
como rehén, o no estuviera hablando con un hombre armado, o el matón
favorito de mi padre estuviera acercándose a él.
—La pequeña señorita Harper vuelve con nosotros, cosa que creo que
es totalmente obvia. Tú te quedarás aquí con la vieja tortillera, después de
que le entregues el teléfono del señor Quinn al hermano Joseph.
Joseph se acercó a Roman y le tendió la mano. Roman era más grande
que él por al menos media cabeza. Podía derribarlo, con un puñetazo podía
aplastar a ese bastardo, y evitar que esto sucediera.
Roman se metió la mano en el bolsillo y le dio el teléfono a Joseph.
—¿Qué estás haciendo? —chillé, sin importarme tener la cuchilla en la
yugular o no. El latino apretó un poco más el acero contra mi piel y me
estremecí.
Roman permaneció estoico, imposible de leer.
—¿Y ahora qué?
Nolan se crispó. Estaba segura de que esperaba más resistencia de su
parte, porque yo también.
—Y ahora mantienes la puta boca cerrada, Byrne. Sabemos todos tus
trapos sucios, ¿entendido”?
Roman se encogió de hombros.
—Puedes saber todos los trapos sucios que quieras, tío. Tengo
inmunidad⁠—.
—Mentira.
—No, en serio. Es complicado, más de lo que estoy seguro que puedes
imaginar, Nolan.
Nolan encañonó el arma, apuntando justo entre los ojos de Roman, que
no pestañeó ni hizo el menor movimiento.
—¿Sabe qué, padre? Podríamos seguir y seguir con esta mierda, pero no
soy una persona paciente y me estoy cansando mucho de mirarte a la cara.
—Siento que te sientas así.
—Vete a la mierda, imbécil —siseó Nolan, manteniendo el cañón de la
pistola apuntando a la cabeza de Roman. Sonrió satisfecho y empezó a
caminar hacia él—. Era amigo mío, ¿sabes?.
—¿Tienes amigos? —respondió Roman, y por primera vez, vi algo
detrás de sus ojos. Algo como... oscuridad—. ¿Cómo se llamaba, hijo mío?
—Eres un tarado —Nolan se acercaba con el dedo enroscado en el
gatillo. Se echó a reir—. Le dije que su momento de arrepentimiento de
acudir a Jesús sería un error de los gordos.
También había oscuridad tras la expresión de Nolan. Odio y rabia, justo
debajo de la superficie y lista para hervir y desbordarse. Y era él el que tenía
el arma.
—Vámonos de aquí —dijo Joseph, arrancando el antiguo teléfono fijo
de la pared. Arrancó el cable del teléfono y se acercó a Terry. La agarró de
las manos y empezó a atarle las muñecas. Estaba llorando y las lágrimas se
acumulaban en el fondo de los marcos de cristal de sus gafas. Y en ese
instante, me recordó a mí; indefensa, atada y torturada a manos de mi
familia. Y si Roman no iba a hacer nada al respecto, yo sí.
Y si eso conducía a mi muerta, pues vale. Preferiría morir antes que
volver.
No recé, ni le pedí a Dios que me guiara y me ayudara, ni le pedí a Jesús
que me diera fuerzas. Abrí la boca todo lo que pude y mordí el brazo del
latino.
Se le cayó el cuchillo de la mano. Gritó, soltó una maldición en español
y me empujó. Avancé a trompicones, incapaz de impedir que me golpeara
contra la mesa de billar. Me desplomé sobre el fieltro verde y oí cómo se
me escapaba el aire del pecho y cómo chocaban entre sí algunas bolas de
billar al golpearme. Había sangre donde me había mordido la lengua y pelos
pequeños y asquerosos donde había mordido el brazo del hombre.
Rodé sobre un costado, agarrándome el estómago, intentando respirar,
viendo cómo todo se desarrollaba ante mí en una pesadilla nebulosa a
cámara lenta.
Roman golpeó en la cabeza a Nolan y lo envió volando contra el
mostrador. La pistola cayó de su mano y se deslizó por el suelo, hacia la
entrada principal, y mi primer pensamiento fue levantarme y cogerla. Si no
me hubiera quedado sin aliento, si no tuviera un dolor punzante en el
pulmón, lo habría hecho.
Nolan trató de incorporarse, pero Roman se le echó encima como un
lobo furioso. Lo agarró por el cuello de la camisa, echó el brazo hacia atrás
y le reventó los dientes de un puñetazo. La sangre salpicó el mostrador,
junto con los jugos de las tartas de cereza, mientras Nolan se desplomaba en
el suelo en un patético montón sangrante.
El latino se agarraba la parte del brazo que le faltaba, buscando su
cuchillo,
cosa que, a mi parecer, era una locura. Había una cocina llena de
cuchillos, a no más de cinco pasos de distancia. Y no podía quedarme aquí
tumbada como un animal herido hasta que se diera cuenta. Empecé a
levantarme de la mesa, con la costilla rota clavándose cada vez más en mi
pulmón con cada escaso y minúsculo centímetro que conseguía erguirme.
Casi me había levantado del todo con el codo cuando Joseph pasó a mi
lado, tirándome hacia atrás. Me golpeé la cabeza contra la brillante y pulida
barandilla y me pregunté por qué tenía diamantes pintados. Unos bonitos
diamantes plateados, como los bonitos destellos plateados que pasaban ante
mis ojos, y de repente me sentí tan... ¡mareada! ¿Por qué estaba tan
mareada? El lado sin la costilla rota se inflamó con un dolor extraño,
increíble. Como si hubiera caído sobre unas piedras grandes y redondas. Y
dolían. Una pelota con una franja naranja brillante rodó lejos de mí,
lentamente, y cayó en una tronera de la esquina. Clack.
Luego, oí pasos. Unas fuertes pisadas en el suelo de madera que
sonaban como las veces que mi padre cruzaba furioso el salón o subía las
escaleras con el cinturón en la mano dispuesto a pegarme por cosas que yo
no había hecho.
Pero era Joseph, corriendo de cabeza hacia Roman, yendo a por un
placaje, esperando que volara contra la pared. Había tomado el impulso
necesario para lograrlo, eso seguro. Roman se encontró con su cuello a
medio camino en lo que más tarde aprendería que se llamaba una llave de
estrangulamiento. Agarró la parte superior de la cabeza de Joseph y le crujió
el cuello hacia un lado. Nunca había oído un grito como ese salir de un
hombre adulto.
Había oído gritos así de mujeres jóvenes. De niños. De mi propia
garganta. Ahora podía oír sus gritos, gritando y pidiendo clemencia. El de
Jessica era el peor, el peor de todos. Recordaba haberla oído, aquel chillido
casi inhumano que partía el aire desde el otro lado del pueblo, y aquella
noche había enterrado la cabeza debajo de la almohada y, de algún modo,
había sido más fuerte allí debajo.
El cristal se rompió. El sonido inconfundible y delicado de los
fragmentos cayendo al suelo, al que le siguió un golpe seco. Así sonaban
nuestras bolsas de patatas y coles cuando las depositábamos en la cocina del
salón de actos principal.
Me sorprendí al abrir los ojos, pues no me había dado cuenta de que
estaban cerrados. Pensé que estaba escondida en mi dormitorio con la
cabeza bajo la almohada, para no oír los gritos de Jessica. Pero no era así,
porque vi a mi hombre imaginario, mi amante prohibido, sosteniendo una
botella hecha añicos. Creo. Mi visión estaba muy borrosa, cada vez más
borrosa. Él respiraba con dificultad; el pecho se le agitaba, duro y rápido,
como cuando hacíamos el amor. Miró el cuerpo desplomado frente a él. Un
brazo de piel muy morena, manchado de sangre, estaba doblado en un
ángulo extraño y la sangre le goteaba de un corte irregular en el cuero
cabelludo.
Intenté moverme, pero sentí un peso repentino sobre mí. Todo mi
cráneo se encendió con un dolor electrizante, peor que cualquier cosa que
hubiera sentido hasta el momento, cuando alguien me agarró del pelo y tiró
de mi cabeza hacia atrás. Sentí la sensación inquietantemente familiar del
acero frío contra mi garganta.
—¿Qué va a hacer ahora, padre? —preguntó mi tío detrás de mí, a
punto de abrirme en canal, como Abraham e Isaac—. ¿Quieres rezar?
¿Rezar avemarías y esas mierdas? ¿Pedirle a tu estúpido Dios que perdone
mi alma? Es lo que haría Jesús, ¿no?
Roman suspiró. Con fuerza.
—Sí, eso haría —dijo Roman. Levantó el arma de Nolan que estaba a su
lado, y disparó.
El peso desapareció. Salvé a mi cara de caer sobre el fieltro por los
pelos. Todo mi cuerpo se encontraba sacudido por un dolor indescriptible e
intentar levantar la cabeza era una tarea hercúlea, pero quería levantarme de
la mesa, ir al lado de Roman y abandonar este lugar. Dejar atrás a estos
horribles hombres y seguir conduciendo esa estúpida moto hacia el
atardecer para llegar a algún lugar.
—¡Las manos en el alto!
Era la voz de otro hombre, una que no había oído antes.
Detrás de Roman, vi unos brillantes destellos de rojo barriendo las
paredes, el suelo y reflejándose en el mostrador del Angry Bear. Eran unos
colores bonitos, pero dolía mirarlos. Eran muy brillantes y se proyectaban
sobre Roman en interminables y arremolinados focos carmesí. ¿Había
venido el diablo a buscarlo?
Roman soltó el arma y levantó las manos hacia el cielo.
No era sacerdote, así que no podía predicar. Así que no entendía por qué
levantaba las manos.
Una mano temblorosa se aproximó a m y me apartó el pelo de la cara
mientras los ojos se me cerraban. No podía mantenerlos abiertos. Quería
hacerlo, lo intenté. Me dolía la cabeza.
Alguien preguntó si podía oírlos. Antes de que todo se volviera negro.
VEINTICUATRO

HARPER

—¿... yo...?
—¿... algo de... fruta?
—... estaría bien. Gracias.
Había tanta luz aquí que podía verla a través de los párpados. Unos
pasos suaves se deslizaban por un suelo sin moqueta. Oí el picaporte de una
puerta.
Cómo se abría.
Un pestillo.
Estaban descorriendo la... cerradura... pero, ¿dónde...?
¿Dónde estaba yo?
Sentía algo agradable y fresco contra mi cabeza. Lo sentía como una
roca. Sólo que más pesado.
Abrí los ojos y me desperté en un mundo muy borroso y un hombre
extraño junto a mi cama. Mi cama. Había barandillas en ella. No me habían
vuelto a atar, ¿verdad? Un ramalazo de pánico me atravesó el corazón y
cometí el grave error de intentar incorporarme. Fue como si un enorme
mazo invisible me empujara hacia atrás sobre una pila de almohadas, un
dolor en la caja torácica que se encendió como una antorcha. Apreté la cara,
haciendo una mueca. Hasta eso me dolía.
—Hola, señorita Quinn. No pasa nada. Está usted bien —dijo el hombre
desconocido. Levantó algo que parecía un teléfono gigante y plano y pulsó
un botón. Una luz roja se iluminó bajo su pulgar—. ¿Enfermera? Está
despierta —dijo—. Probablemente quiera más analgésicos.
Una voz llegó a través del teléfono plano:
—Gracias, Padre. Enseguida vamos.
Se oyó un clic, luego el desconocido volvió a colocar el aparato junto a
mí en la cama y sonrió. Era un hombre mayor, con canas en las sienes.
—Me alegra ver que está despierta —dijo—. Se ha tomado su tiempo.
—Que... —intenté hablar, pero tenía la garganta tan seca que no podía
ni tragar. El hombre llenó un vaso de plástico con agua clara y helada y me
lo entregó.
—Sólo pequeños sorbos al principio, ¿de acuerdo? Y hablo yo primero.
¿Qué le parece?
Asentí, muy levemente, porque si inclinaba la cabeza medio milímetro
en cualquier dirección se me caería completamente del cuello. Y la verdad
es que no me importaría. Bebí un sorbo de agua.
—Soy el Monseñor Sheehan. Se encuentra usted en un hospital ahora
mismo, tiene un par de costillas rotas, una conmoción cerebral leve, y...
—¿Dónde está Roman? —Tosí y la antorcha en mis pulmones se
encendió en señal de protesta.
—Él... está bien, sólo que no puede estar aquí ahora. Tie...
—No, no pregunto cómo está Roman. ¿Dónde está Roman?
—Señorita Quinn, no creo...
—¿Dónde está? —insití. No debería seguir interrumpiendo a un
monseñor, pero cuanto más se disipaba la niebla de mi mente, peor me
sentía. Y no tenía nada que ver con mis costillas rotas. O la conmoción
cerebral.
—Está con la policía.
Devolví el vaso a monseñor, sin saber qué responder. ¿La policía? ¿Por
qué? ¿Qué había pasado? Cuando le devolví la taza, me di cuenta por
primera vez de que tenía una aguja pegada al brazo. Estaba unida a un tubo,
unido a una bolsa de plástico que colgaba sobre mí, y goteaba en mi brazo
porque la aguja estaba dentro de mí. Jadeé, estiré la mano para sacarla, pero
el monseñor posó una mano suave sobre mí, impidiendo que llevase a cabo
tal acción.
—Está bien —dijo—. No es nada malo. Sólo son unos líquidos para que
se sienta mejor, Srta. Quinn. Todo está perfectamente bien.
—Yo... yo no... —dije, mirando fijamente la aguja, la bolsa. Eran cosas
raras que daban miedo, no eran de fiar. Los forasteros, los pecadores,
bombeaban veneno en el torrente sanguíneo de la gente para que el diablo
pudiera tomar sus almas, y luego...
y luego...
Me acordé.
Mi vida era una mentira. Toda mi vida.
¿Y Roman?
También había mentido. ¿No es así? Me dijo que era sacerdote, pero
luego el tío Nolan dijo que no lo era, y...
Dios mío. El arma. En su mano. Mi tío y el cuchillo, y luego las luces.
—Tenía una pistola. —Me oí decir. Miré al monseñor a los ojos—. ¿Es
por eso que está en... con la policía?
—Me temo que sí —respondió el monseñor Sheehan—. ¿Cree que
podría hablar con ellos, Srta. Quinn?
Observé cómo caían en mi sangre los líquidos que no eran nada malo y
que me harían sentir mejor.
—Sí —dije.
---

LA ENFERMERA VOLVIÓ unos instantes después con una nueva bolsa


de líquidos, analgésicos, un plato de papel con fruta fresca para el monseñor
Sheehan y un detective. Me preguntó qué prefería para comer, los
macarrones con queso o el chili y yo le dije que las dos cosas, por favor.
Ella me respondió que por supuesto y anotó algo en un portapapeles
antes de marcharse. Prefería que se quedara. Quedarme sola con dos
hombres que no conocía me ponía nerviosa. Saber que Roman estaba «con
la policía» (que era una forma amable de decir que estaba detenido, algo
que incluso yosabía) me ponía enferma.
El detective se presentó como Keith Rainier, un hombre corpulento
vestido con un traje pequeño que olía a humo de pipa y cebolla. Su apretón
de manos era suave, pero, a juzgar por su tamaño, podría romper la cáscara
de un coco si quisiera. Abrió un cuaderno e hizo chasquear el bolígrafo.

NO TENÍA por costumbre hablar de mí misma. Y, desde luego, nunca


hablaba de William y Bridget en compañía de gente que no conociera. La
parte fácil, si es que podía llamarse así, fue relatar lo mejor que pude los
sucesos del Angry Bear, cómo nos abordaron un hombre de ascendencia
latina, mi tío, y Joseph. Cómo Roman actuó en defensa propia, mi defensa,
cuando disparó a Nolan.
Lo mató a tiros, aparentemente.
Joseph y el hombre latino estaban en la enfermería de la cárcel del
condado, curando sus respectivas heridas infligidas por Roman y por mí.
Rainier tomaba algunas notas mientras miraba al monseñor y me
estudiaba como si fuera un animal de zoológico. A medida que los nuevos
analgésicos hacían efecto, me esforzaba por adoptar una posición más
erguida. No me importaba lo mucho que mis costillas rotas y la conmoción
cerebral protestaran por el esfuerzo, quería saber dónde estaba Roman,
cuándo podría volver a verle y qué iba a pasar ahora.
Rainier dijo que no estaba autorizado a contarme ningún detalle sobre el
detención de Roman Byrne en ese momento.
—¿Detención? ¿Por qué? Iban a matarnos, ¿cómo...?
—Señorita Quinn, sé que esto es difícil. Pero tenemos que ir paso por
paso, ¿de acuerdo?
Miré a Sheehan, buscando algún tipo de apoyo moral. Tenía la cabeza
inclinada y los dedos apretando el rosario. No me ayudó.
—¿Qué puede decirme sobre Nolan Morrow?
Crucé los brazos delante del pecho.
—No mucho —Miré fijamente al otro lado de la habitación, a la pizarra
blanca en la que figuraban mis medicamentos y el nombre de mi enfermera
del turno actual. La letra era difícil de leer, pero creo que se llamaba
enfermera Paracetamol.
¿Paracetamol? Era un nombre gracioso.
—¿Qué está mirando, señorita Quinn? —preguntó Rainier.
—El nombre de mi enfermera, si le parece bien —respondí. No me
gustaba Rainier. Era un engreído.
A continuación, se escuchó un ligero golpe en la puerta y mi enfermera
entró cargando con mi bandeja de comida antes de colocarla sobre la mesa.
Levantó la tapa y me olió de maravilla, pero se me había quitado el apetito.
—¿Necesitas algo más? —me preguntó.
Cogí una pajita envuelta en papel y le dirigí a Rainier mi mejor mirada
fétida.
—No, gracias, enfermera Paracetamol.
Monseñor levantó la cabeza, dejando a un lado sus oraciones. Él,
Rainier y la enfermera me miraban como si me hubiera salido una segunda
cabeza. No sabía por qué demonios se ponían así. Sólo intentaba ser
educada.
—En realidad, soy la enfermera Carpenter. Pero puedes llamarme Holly
—dijo—. Sabes cómo funciona el botón de llamada, ¿verdad?
—Es el botón grande de la izquierda.
Me levantó el pulgar y cerró la puerta tras de sí.
—¿Señorita Quinn? —preguntó Rainier , como siempre. Eso es lo que
hacía. Preguntar, preguntar y preguntar. Nunca respondía a nada—. ¿Estaba
intentando hacerse la graciosa?
—Quiero ver a Roman.
—Y lo verá, ¿de acuerdo? Pero voy a necesitar algo de información
sobre el señor Morrow, primero.
Me quedé mirando mi pajita.
—Pues va a ser que no es su día de suerte. —Sonreí levemente. El
replicar me sentó bien.
La silla del monseñor Sheehan chirrió cuando se levantó. Besó la cruz
del rosario y se acercó al detective.
—¿Señor Rainier? Si me permite tratar de hacer nuestras vidas un poco
más fáciles…
—Necesita una evaluación psiquiátrica. No la culpo, Dios lo sabe bien,
pero, maldita sea.
—Por favor. Necesito un momento o dos a solas, eso es todo.
Rainier tosió por la nariz.
—Sí, bien. A la mierda, vale —murmuró, quejándose de mi estado
mental, malditos fanáticos, y sacándose una pipa del bolsillo de su chaleco.
La golpeó contra la palma de la mano mientras salía furioso de la
habitación.
—¿Harper? ¿Puedo sentarme?
Me encogí de hombros. Y jugué con mi pajita.
MIRANDO ATRÁS, supongo que se había sentado más cerca para acortar
la distancia entre yo y las líneas de comunicación con el cielo. Para
acercarme más a Dios. No es que mi fe fuera tan firme como antes. Una vez
que el monseñor me lo contó todo, las creencias que me quedaban siguieron
el mismo camino que mi apetito. Allí, sentado en el borde de mi cama,
mirando por encima de montones amarillentos de pasta poco hecha y una
bazofia de chili, me dijo lo que Roman no había tenido tiempo de
explicarme.
La búsqueda de Roman consistía en encontrar la conexión entre Bradley
Q. Smith y el Bien Mayor. Mi supuesta posesión por el diablo no era más
que una ventaja, una feliz coincidencia que le daba los medios para indagar
sin levantar demasiadas sospechas. El fanatismo religioso de William y
Bridget terminó por cavarles su propia tumba, por así decirlo, así que dos
puntos para el Señor en ese sentido; creían sinceramente que Satanás era el
dueño de mi alma y que la inesperada llegada de Roman era un regalo de
Dios.
Lo que no sabían es que Roman y Bradley compartían historia. Breve,
pero significativa.
Un hombre de mediana edad había acudido a su iglesia para confesarse.
Un tal Bradley Q. Smith, recientemente diagnosticado de cáncer de próstata
en estadio cuatro, que quería limpiar su alma antes de que la enfermedad se
lo llevara de este reino. Era la primera confesión de Roman como sacerdote
oficialmente ordenado y solicitó la práctica poco ortodoxa de sentarse junto
al sacerdote en lugar de estar separados por la malla metálica. Bradley le
dijo a Roman que habían pasado más de treinta años desde su última
confesión y que esperaba que Cristo le perdonara por su atroz pasado.
Roman reiteró que Jesús perdona a todos los pecadores, que murió por
ellos, y que lo soltara todo.
Roman era muy contemporáneo con respecto a la Iglesia, dijo Sheehan.
Metí la pajita en el chili y asentí.
Después de juguetear con los dedos durante unos instantes, Bradley
mencionó que no estaba seguro de que Jesucristo fuera a concederle un pase
en este caso. Bradley estaba metido en el comercio de esclavos, o como se
conoce en el siglo XXI, en el tráfico de personas.
Roman dijo que tanto él como Jesús necesitaban más detalles.
Bradley lo soltó todo tan rápido y tan fuerte que parecía que vomitaba
las palabras. Los niños del orfanato requerido, normalmente menores de
doce años, eran filtrados por los canales adecuados y vendidos al mejor
postor. Bradley se especializaba en la adquisición de los pre-púberes. Era un
hijo de puta astuto, demasiado listo para su propio bien, y le excitaba la
adrenalina de sobrepasar al sistema. El grupo de menores de doce años tenía
un precio más alto, ya que el riesgo era mucho mayor. Y tal y cómo la
forma sigue a la función, también lo era la recompensa.
Cómo, fue la siguiente pregunta de Roman.
Bradley no dejaba de asombrarse de la riqueza de sus clientes y de lo
mucho que estaban dispuestos a dar para masturbar a niños, follarse a niñas,
o ambas cosas. O
viceversa. Lo que quisieran hacerles no era asunto de Bradley. A él solo
le interesaba el dinero, los grandes cheques, que eran blanqueados a través
de una organización limpia y en orden, exenta de impuestos.
Se me revolvieron las tripas al escuchar todo aquello, y si tenía que
seguir mirando mis macarrones con queso y chili congelados, derramaría el
contenido de mi estómago vacío por toda la habitación. Aparté la mesa y
me quedé mirándola mientras Sheehan seguía contándome cómo, al cabo de
una hora más o menos, fue a ver a Roman y a su primer pecador oficial. Las
confesiones no suelen durar tanto. Los pecadores quieren entrar, salir y ser
perdonados en un tiempo razonable, cinco minutos más o menos.
Cuando Sheehan por fin entró, Bradley estaba muerto. Desplomado
sobre su silla, con una botella vacía de fentanilo a su lado. Bradley había
tomado una sobredosis del opiáceo más potente que existe, explicó el
monseñor Sheehan. Eran para aliviar los dolores y la desdicha provocados
por el cáncer. Como se los había tomado todos a la vez, acabaron
destrozando el corazón de Bradley en lo que seguramente fue un
insoportable episodio cardíaco.
Fue Roman quien tuvo la iniciativa y, más aún, insistió en que Bradley
Smythe se quitara la vida. Que se tragara todas las pastillas lavándolas con
agua bendita. Entonces vería por sí mismo si realmente había un cielo. O un
infierno. Justo antes de que Bradley muriera, Roman le aseguró que Jesús
no lo perdonaba.
—Fue entonces cuando las cosas se pusieron muy feas —dijo el
monseñor con una risita amarga—. A cualquiera que acuda a la Iglesia
católica en busca de ayuda se le concede, bueno, una santa amnistía, por así
decirlo. A un monstruo como Bradley Smythe, o Hitler, Charlie Manson,
quien sea. Están protegidos bajo los ojos de Dios. Al igual que aquellos que
le sirven. Sin entrar demasiado en la teología, querida, la iglesia y yo
fuimos capaces de proteger a Roman de cualquier consecuencia judicial,
sobre todo porque nadie podía probar que ayudó e instigó la muerte de
Bradley. Eso es algo que no se puede consentir tanto a los ojos de la iglesia
como del estado. Sin embargo, sus acciones tuvieron consecuencias. Tenía
que tenerlas. La excomunión era lo normal, por supuesto. Siempre que
Roman pasara su exilio arrepintiéndose y rezando y reconectando con
nuestro Señor, entonces había una posibilidad de que pudiera reintegrarse.
—¿Qué...? —Empecé a decir, pero me di cuenta de que tenía la
garganta tan seca como la arena del desierto. Tomé un sorbo de agua y
recordé cuando Roman me trajo algo de beber cuando tenía tanta sed,
cuando estaba tan atormentada...
—¿Sí? —preguntó el monseñor Sheehan.
—¿Qué significa «exento de impuestos»?
—¿Qué? —preguntó, con las cejas arqueándosele en la frente. No podía
haberle hecho una pregunta más aleatoria—. Bueno, eh, significa que no
tienes que pagar un porcentaje del dinero que puedas deber al gobierno.
—¿Las iglesias tienen que pagar impuestos?
—En general, no. Hay algunas excepciones, como si una iglesia tuviera
un negocio no relacionado. ¿Por qué lo preguntas, Harper?
—Roman... Roman disparó a Nolan porque iba a hacerme daño. Hace
mucho tiempo, mi padre también quería lastimar a Nolan. Nolan era así. Y
hubo una noche, en la que Nolan y mi padre estaban peleando más fuerte
que de costumbre, y oí a Nolan decir «eso no va a colar como exento de
impuestos», y... y no supe qué significaba nada de eso, sólo sé que Nolan
tenía esa misma mirada terrible en su cara, la que tenía en el Angry Bear, y
después nunca lo volvimos a ver. ¿Monseñor Sheehan...?
—¿Sí?
—Quiero hablar con el detective ahora mismo.
VEINTICINCO

ROMAN

—¿No es interesante? Creo que es super interesante —dijo el detective,


dejando su cuaderno sobre la mesa. Este tío se llamaba Rainier, creo. Era
difícil no confundir a nadie. Tenía la sensación de haber hablado con todo el
departamento de policía de Indiana desde mi detención.
—¿La señorita Quinn le habló alguna vez de algo de esto? —preguntó
la teniente Frome mientras cogía el cuaderno y hojeaba la página que
quería. Frome era una tía discreto, de bajo mantenimiento. Me recordaba a
una contable con licencia para llevar armas.
—No —negué con la cabeza—. Estábamos demasiado ocupados
huyendo de la Gestapo Mayor para discutir las implicaciones de los tramos
impositivos. Cosa rara, lo sé.
Frome sonrió mientras ojeaba el bloc de notas de Rainier.
—Eres un hombre gracioso, Byrne. Es una locura cómo cuantos más
cargos tienen, más graciosos se vuelven.
Rainier tomó asiento junto a ella y las patas metálicas de la silla rozaron
el suelo de cemento. La hizo girar y se sentó a horcajadas sobre ella , como
un vaquero en un traje de tres piezas.
—Caray —Frome se apartó un mechón de pelo gris de la cara—. Esto
se pone cada vez mejor, ¿no?
—Si podemos fiarnos de lo que dice. Tiene el cerebro un poco hecho
papilla, no sé si me captas —Rainier me miró directamente.
—Llevo todo el día diciéndoles lo mismo. ¿Cómo puede una comuna de
quinientas personas mantenerse con unos cuantos gorros y bufandas de
punto, verdad?.
—Sí. No sé qué tiene que ver eso con su problema, padre —Dijo
Rainier, y se recostó en su silla.
Los ojos de Frome iban de un lado a otro mientras leía el cuaderno,
golpeando el suelo con el pie constantemente. Empezaba a volverme loco.
Llevaba horas haciéndolo.
—Así que, según la Srta. Quinn, su padre y Nolan se pelearon hace
muchos años y, según su limitado relato, incluyó alguna mención a la
exención de impuestos. —Se rió—. Vaya. ¿Deberíamos enviar a la
caballería ya mismo, Byrne?
—Están encubriendo algo. Por eso estaba yo allí. Hay una conexión
entre un hombre que una vez me confesó un grave pecado, y la banda de
fenómenos de William Quinn.
—¿Quiere hablar de eso, padre? ¿Del pecador que acudió a usted
buscando confesión y perdón? —Rainier guiñó un ojo.
—No sin mi abogado.
—De acuerdo, pues recapitulemos. Harper Quinn nunca te mencionó
nada sobre la pelea de su padre con el querido tío Nolan.
—Lo único que me dijo fue que sabía que se habían peleado por algo,
pero era una niña, así que tampoco hay que esperar gran cosa. Por supuesto,
esto sucedió justo al mismo tiempo en que a una de sus amigas le quemaron
el pecho con un hierro candente, así que, ya sabes, los eventos pueden
habérsele cruzado un poco.
—¿Se cree eso, Byrne? ¿Que de verdad están haciendo ese tipo de
mierda? En realidad, nunca fue testigo de nada de eso, ¿verdad?
—Tampoco vi nunca a Jeffrey Dahmer comerse el hígado de nadie, pero
estoy bastante seguro de que lo hizo.
—Después de que lo investigaran, se demostró que lo hizo.
Miré fijamente a Rainier. Era un gilipollas condescendiente.
—Me has pillado, Keith. Oye, ¿qué tal si los dos lleváis vuestras
libretitas al feliz campo de tortura y follamentes de William Quinn, para
asegurarnos de que todo está en orden? Tienes el teléfono de ese hijo de
puta, ¿no? Haz algunas llamadas, a ver quién contesta.
—Tiene algún prejuicio inamovible contra ellos, Byrne. ¿Por qué no me
habla de eso? ¿Quiere café o algo? —preguntó Frome con el intento más
falso de simpatía que jamás tuve el disgusto de presenciar. Al parecer, era la
poli buena, un buen complemento para el malo de Rainer. Aunque los dos
eran unos inútiles de mierda.
—Ya os lo he contado. Os lo he contado cuatro veces, y de cada vez, mi
historia no cambia. Así que, lo que estáis intentando de hacer no está
funcionando, yo no soy el malo de esta historia, y lo que quiero es saber
cuándo vais a llamar a la puerta de William Quinn y preguntarle qué pasa .
—Entiendo que no quiere café, entonces —dijo Frome e hizo un
pequeño garabato en su bloc de notas—. Tiene una lista muy amplia de
exigencias para ser un tío que se enfrenta a un cargo de asesinato en
segundo grado.
—Iba a cortarle la garganta. Tengo testigos...
—Dos de los cuales asaltaste. Su historia difiere de la tuya, Byrne.
Sorpresa, sorpresa. La tortillera del Angry Bear está más ciega que un topo,
así que sus declaraciones son un poco.... borrosa. Já. ¡Oh! Y no olvidemos
el secuestro. Si la evaluación psiquiátrica de la Srta. Harper sale como
esperamos, bueno... aprovecharse sexualmente de una enferma mental
conlleva una ristra de nuevos delitos. Estupendo, ¿no?
—No me aproveché de ella.
—¿No? —Frome golpeó el papel con el dedo—. ¿Mantuvo relaciones
sexuales con ella, Padre Byrne?
Apreté los dientes.
—Sí.
Rainier golpeó su silla contra el suelo en una especie de señal triunfo
echando el culo hacia atrás.
—Lo sabía. Estos putos tíos. Todos son iguales.
—¿Perdón?
—Oh, iros a la mierda tú y tu «perdón». Sabes exactamente de lo que
hablo, gilipollas. Malditos curas católicos. Follándose a sus monaguillos.
Toqueteando a niños, a niños pequeños. Meter tu mecha sagrada en alguien
como Harper es la misma puta mierda —Rainier se levantó de su silla,
señalándome mientras le gritaba a Frome—.Llamó a la enfermera
Paracetamol, por el amor de Dios. Creía de verdad que se llamaba así. —
Volvió a dirigir su ira hacia mí—. Amén y aleluya, ¿eh?
—Cálmese, detective —dijo Frome, enderezando sus papeles.
Lo peor era que entendía de dónde venía Rainier. La iglesia católica
había sido una usina de encubrimiento de mierda por casi dos mil años. Lo
entendía. Maldita sea, me había aprovechado de ello. Sólo hacía falta
preguntarle al querido difunto Bradley Smythe. Y si había una conexión
entre él y el Bien Mayor de William Quinn, no había mejor momento que el
presente para participar en mi propia confesión. Si tuviera un abogado, me
diría que me callara. Si tuviera a Dios, Él me cubriría la espalda.
—Bradley Q. Smythe fue mi primer pecador —dije—. Murió en mi
confesionario. Justo después de que nos dijera a Jesús y a mí que era un
traficante de personas. Y de alguna manera, estaba vinculado a Nolan
Morrow. Que en paz descansen sus almas —dije con desdén en dirección a
Rainier.
—¿Vas a alegar estar mal de la chaveta, Byrne?
—Mentir es un pecado, Keith. Así que, no.
Frome me miró desde el otro lado de la mesa con una expresión que ya
había visto miles de veces. Hay una esencia específica de iluminación
cuando alguien tiene un momento eureka potencial. Rebuscó entre sus
papeles, llegó al penúltimo y lo apuñaló con el bolígrafo.
—Bradley Smythe —leyó—. Es un contacto en el teléfono de Quinn.
Rainier cogió el bloc de notas de Frome y lo escaneó. No quería creerlo,
tenía poca fe.
Mi corazón hizo un rápido doble bombeo. El teléfono de William, mi
sotana ensangrentada e incluso la estúpida astilla del dormitorio de Harper
estaban en el purgatorio de la sala de pruebas. Sólo había estado
encarcelado unas horas, pero después de toda una vida lidiando con el
protocolo y los procedimientos policiales, la experiencia dictaba que no se
pondrían con ningún análisis forense en profundidad durante días. Tal vez
semanas.
Por supuesto, mi experiencia provenía de barrios mayoritariamente
negros. Era un misterio lo que pasaría aquí, en una comunidad
predominantemente blanca del sur de Indiana.
—Una coincidencia. Venga, Frome. ¿Sabes cuánta gente se llama
Smythe?
Frome le ignoró, sacó su propio teléfono y marcó el número que
coincidía con el del señor Smythe en cuestión. Cuatro timbres sin respuesta
después, una agradable voz femenina informó a la persona que llamaba de
que el número que había marcado estaba desconectado, o fuera de servicio.
—¿Y qué? —dijo Rainier. De verdad que me estaba empezando a caer
mal este tipo.
—Una corazonada, detective. Ya hemos hablado de eso —dijo,
volviendo su momento de eureka subyacente hacia mí—. No hay ningún
Nolan Morrow en la lista.
—Se pelearon —respondí—. ¿Y Miguel?
—Oh, ya basta. Se está sacando esos nombres del culo. Tengo la
corazonada de que estás perdiendo el tiempo, Frome. ¿No es así”?
Frome volvió a su bloc de notas y pasó el dedo por una columna.
—. Vaya, qué pasada —dijo, y marcó el último número—. Tenemos que
trabajar en tu control de la ira, Keith. Tenemos...
Se tapó la oreja, esforzándose por oír la voz al otro lado. Al cabo de un
momento, se desconectó y miró la pantalla.
—¿Sabes lo que es realmente gracioso? —preguntó—. El mensaje de
voz de Miguel no suena ni de lejos a español.
—Sigue sin significar nada, Frome.
—A menos que sea un alias —dije.
Rainier me miró mal y me dijo:
—¿Quién te ha preguntado?.
—Su equivalente femenino es Michelle —continué con una sonrisa—.
Hay una isla San Miguel en la costa de Santa Bárbara. ¿Has estado allí,
Keith? Yo no, pero me encantaría. La playa es un lugar estupendo para
conectar con Dios. ¿Eres cristiano?
—¿Quieres callarte?
Frome abrió su portátil y empezó a teclear con furia.
—Bien, he aquí un ejemplo de por qué las corazonadas son importantes
—dijo señalando la pantalla.
No pude ver qué le indicaba a su compañero, o socio, o lo que fuera el
ying de Rainer a su yang.
—He estado pensando en la locura que me parece que los padres de la
señorita Quinn no hayan ido a visitarla. Hicimos que nuestros agentes
fueran a su recinto, les informaran de lo que estaba pasando, que queríamos
sus declaraciones, bla, bla, bla... —Estaba prácticamente apuñalando su
teclado—. Alegaron inmunidad espiritual, y que Dios necesitaba que
rezaran, primero.
—Me lo imagino —resopló Rainier—. Fanáticos. —Me miró—. Todos
vosotros.
—Cuando nuestros chicos preguntaron cómo se quemó la casa, un tal
William Quinn dijo que fue la intención de Dios. Personalmente, Sr. Byrne,
no me gusta que la gente use a Dios como excusa para todo. Santo
camuflaje. Sectas. —Sacudió la cabeza—. En estos tiempos que corren. Así
que, investigué un poco, sólo por diversión. Porque mi instinto me lo dijo;
por eso soy teniente. —Le guiñó un ojo a Rainier.
Se reclinó en la silla, observó a Rainier leer la pantalla y esperó su
reacción. No reaccionó.
—William Alfred Quinn no tiene antecedentes. Ni siquiera una multa de
tráfico.
—No conduce —dije.
—Su esposa, por otro lado, una tal Bridgette Michelle Quinn, fue
investigada hace años por fraude al seguro. Nunca se presentaron cargos, y
después de casarse con William, fundaron la iglesia del Bien Mayor. Se han
mantenido lejos del radar, más o menos. Son bastante inofensivos.
—¿Llamas inofensivas a la tortura y al abuso infantil?
—Investigaremos esas acusaciones, Byrne.
—¿Acusaciones? No hay nada alegado.
—Padre Byrne, le pido que confíe en el debido proceso, ¿vale? Ponga
su fe en eso por un segundo. Porque según lo que he podido averiguar —
Señaló al ordenador—, el señor y la señora Quinn nunca tuvieron hijos.
—¿Qué?
—Lo sé, ¿verdad? Así que, pensé, ¿de dónde sale Harper? Claro, no
habría ningún registro del hospital si están tan fuera del sistema, algo como
un parto supervisado médicamente estaría fuera de la cuestión celestial.
Suele pasar. Pero hice que el laboratorio analizara los regalos que nos
trajiste, Byrne; tu túnica de sacerdote ensangrentada y la astilla en el
bolsillo. ¿Quieres adivinar los resultados?
—Harper y su papi querido no son parientes —dije rotundamente.
—Ni siquiera ha salido de las entrañas de su madre. Según su licencia
matrimonial, un mal necesario si se quiere presentar declaración conjunta,
Harper es tan pariente consanguínea suya como usted y yo. Así que en este
punto nos encontramos, señor Byrne. Usted nos ha metido de lleno en algo
muy, muy interesante. Volátil.
—Reprobable y repugnante —añadí.
Frome se tocó la punta de la nariz y me señaló.
—Vamos a llegar al fondo del asunto. Créame. Eso no cambia una
mierda su situación, por supuesto. La cosa pinta fea para usted. Pero,
volviendo a los resultados de la evaluación psiquiátrica de Harper... ¿está
seguro de que no quiere un abogado?
—Estoy seguro.
—De acuerdo —dijo Frome, encogiéndose de hombros—. ¿Detective?
Acompañe al Sr. Byrne a su celda, por favor.
—Un placer —dijo Rainier, sacando un par de esposas de su cinturón
—. ¿Vamos?
VEINTISÉIS

ROMAN

El juez fijó mi fianza en medio millón de dólares. Una cantidad que hace
unos meses podría haber sido factible, pero Sheehan y yo llegamos a un
acuerdo tras la muerte de Bradley. Si volvía a meterme en problemas, él no
podría hacer nada. Aunque me visitó. Una vez. El día antes de mi audiencia.
Dijo que estaba loco por rechazar un abogado.
Le dije que Dios era mi consejero. Estaba literalmente poniendo mi vida
en manos del Señor. Si me exoneraban, sería por Su voluntad. Si eso no
levantaba el decreto prohibitivo sobre mi situación religiosa, no sabía qué lo
haría. Le pregunté si no le importaría rezar por mí. Todo ayuda.
Dijo que por supuesto que lo haría. Me reí un poco al verle limpiar el
teléfono de su lado de la pantalla con una toallita húmeda. No podía
culparle; todo en este lugar, desde la ropa de cama hasta la comida y el
agua, estaba sucio. Cubierto de varias capas de suciedad. Muy parecido a
las habilidades de limpieza de mi madre. Debería estar acostumbrado.
Me esperaba una posible condena de veinte años, así que, tendría que
volver a acostumbrarme.
Cuando le pregunté por Harper, me dijo que se estaba quedando con las
hermanas, intentando adaptarse a la vida real. Le recordaba a alguien
desaparecido en combate, como una persona perdida en la selva sin saber
que la guerra había terminado. Cuando pisó por primera vez un
supermercado, donde podías elegir lo que querías comer de las estanterías,
parecía que acababa de ver cómo el agua se convertía en vino delante de sus
ojos.
Me dijo que preguntaba por mí constantemente. Quería saber cuándo
podría verme y cuándo saldría de aquí. Sheehan dijo que, honestamente, no
sabía qué decirle.
Estaba a punto de sugerirle que le dijera la verdad, que en algunos casos
te hará libre, cuando el guardia se plantó detrás de mí y anunció que se
había acabado el tiempo de visita.
El monseñor y yo sólo llevábamos cinco minutos de los quince que
teníamos asignados. No sabía por qué tanta prisa, pero sí sabía que no debía
corregirle. Un preso no corrige a un funcionario de prisiones. Así era mi
nueva vida.

EL TERRENO de mi nueva vida consistía en unas paredes de bloques de


hormigón y suelos de cemento. En rejas de hierro y un retrete de acero de
dudosa capacidad de descarga en un rincón de mi suite de dos por dos
metros. Hacía que mi alojamiento actual oliera a meados y aguas residuales,
pero bueno. Era la voluntad de Dios, nena.
Pero por el infierno que era una sala de meditación muy privada, valga
el juego de palabras. Aún no tenía compañero de celda, una comodidad de
locos en un sistema penitenciario inflado y superpoblado. Y había pasado
todas las horas de soledad en profunda oración.
No podía tener un rosario conmigo porque, según las normas judiciales,
me ahorcaría (o ahorcaría a otra persona) con él. Pero me dejaron tener una
Biblia, una de verdad, no la versión manipulada que distribuye el elegido
William Quinn a sus ovejas con el cerebro lavado, para que puedan predicar
el evangelio según él, aquel en el que Abraham se cargó a su hijo porque
estaba pajeando su carne. El que le daba el poder definitivo para repartir
sufrimiento y angustia a las nacidas sin unos genitales externos. Me
preguntaba dónde estaba el pasaje que le daba el visto bueno celestial para
venderle niños a empresarios.
Y Harper. Mi caótica pero maravillosa Harper. ¿Qué fue lo que la libró
de ir a parar a las subastas sexuales, sólo para que la mantuvieran como una
verdadera prisionera un par de psicópatas que fingían ser sus padres? ¿Y
qué destino, realmente, era peor?
Había meditado sobre estas preguntas durante días y noches sobre la
Biblia que se me permitía tener. Este Bueno libro en particular había visto
días mejores. Sus páginas estaban arrugadas, algunas rasgadas. Una tenía
una marca de agua con una manchita arrugada donde alguien lloró una vez
sobre los Salmos. Una lágrima eterna descansaba entre los versículos, justo
encima del pasaje en el que se suplicaba que cayeran brasas ardientes sobre
el enemigo y no se permitiera que un calumniador se estableciera en la
tierra.
Amén.
Una y otra vez, amén.
Quería hablar de su significado con Sheehan, para intentar encontrar
algún tipo de guía en medio de la locura actual. Sin embargo, como habían
acortado mi visita, tendría que pensar en ello solo. Porque, aparentemente,
Dios había escurrido el bulto.
O eso creía yo.
Había un hombre en mi celda, hojeando mi Biblia. Al principio, pensé
que mis días de privacidad eran cosa del pasado. Aunque, un compañero de
celda no llevaría una bonita corbata y chaqueta planchadas y caras. Y su
colonia ayudaba a disimular el hedor del urinario. Había un maletín en el
catre vacío, cuyo cuero hacía juego con sus zapatos, unos zapatos
demasiado brillantes, como la placa de su cinturón.
—¿Ha conseguido un ascenso, detective”?
Rainier soltó una risita.
—Acabo de llegar del juzgado. Tengo que parecer legal. —Tiró la
Biblia al catre y saludó con la cabeza al guardia, que dejó la puerta de la
celda parcialmente abierta, nos dio la espalda y cruzó los brazos sobre el
pecho. Nuestro centinela personal.
—¿Qué hace aquí? ¿Me echa de menos?
—No pude conseguir mesa en el Ritz. Además, quería verle en su
hábitat natural. Tome asiento, antiguo Padre Byrne. Tengo noticias
interesantes para usted.
—Prefiero quedarme de pie —respondí.
—Y yo preferiría que no lo hiciera.
El guardia giró la cabeza, lo justo para mirar a Rainier por el rabillo del
ojo. Recogí mi Biblia y tomé asiento.
—Buen chico —dijo Rainier con un guiño—. Pero puede deshacerse del
Buen Libro. Me está haciendo sentir muy incómodo.
Dejé el libro detrás de mí y vi cómo abría su maletín y rebuscaba en
unas carpetas. Unas pequeñas gotas de sudor le salpicaban la frente. Se las
secó y se pasó la mano por los pantalones.
—Tuviste una muy mala experiencia en la escuela católica, ¿verdad,
Rainier?
—Se nota, ¿verdad? —dijo y sacó una carpeta de manila—. Hablando
de mala religión... —Agitó la carpeta—. Tengo los primeros resultados de
la evaluación psicológica de su novia. Y digo primeros porque va a haber
muchos, muchos más.
Se me encogió el pecho, como si las costillas se me cerraran alrededor
del corazón. Había cometido un terrible error. Me había aprovechado de
ella. Me había dejado llevar por el momento, por la pasión y, que Dios me
perdone, no pude evitarlo.
Debí de hacer una mueca, porque Rainier estaba sonriendo. Quería
borrarle esa mirada de un puñetazo, y en ese momento supe que el último
lugar al que pertenecía era el clero. Estaba demasiado enfadado. Era
demasiado egoísta. Estiré las manos por detrás, cogí la Biblia y la empujé
hasta el final del catre.
—Entonces, ¿quiere las buenas o las malas noticias?
—¿Hay buenas noticias?
Se encogió de hombros.
—Todo eso está sujeto a interpretación. Harper Quinn se sale de los
gráficos en lo que respecta al trastorno de estrés postraumático. —Abrió el
archivo y lo escaneó con la mirada—. ¿Cómo podría ser de otro modo,
verdad? El abuso, la tortura, el lavado de cerebro… Todo está marcado en
la columna «siempre». ¿Sabe esos gráficos de la consulta de un médico?
¿Las caras en los carteles que van de levemente feliz a desearía estar
muerto? No tienen una cara para la emoción de la Srta. Harper, según el
psiquiatra. Psiquiatras, disculpa. Ésa es su buena noticia, antiguo padre
Byrne. —Se giró a un lado y luego al otro, escudriñando las paredes grises
de mi diminuta celda—. Aquí no llega la tele por cable, ¿eh?
Apreté los dientes. Rainier tenía una cara que pedía a gritos un
puñetazo. Entrelacé los dedos y apoyé los codos en las rodillas.
—No habrán pagado el recibo.
—Sí. Malditos federales, ¿verdad? —Rainier se rió entre dientes y me
tendió el periódico de ayer—. Eche un vistazo.
Dudé. Conociendo el sentido del humor ultra sofisticado de Rainier, me
lo arrancaría en cuanto intentara cogerlo. Le tendí la mano.
Rainier se desinfló. No tenía sentido jugar a pillarle. Me tiró el
periódico, y miré la primera página.
La mitad era una foto de la iglesia del Bien Mayor: su estación de tren
reconvertida, su precioso marco blanco, su campanario y su campana, todo
mirando hacia un mar de berlinas y coches de policía sin matrícula.
Una imagen vale más que mil palabras.
—Tienen a William Quinn en custodia. Y a Joseph Harden y un montón
de otros cabrones de alto rango. Aún no han encontrado a Luis Mendoza, el
tío al que le partiste la cabeza con una botella. Se largó justo después de
declarar que eras un gilipollas, así que tiene una orden de búsqueda y
captura. Bridget Michelle Quinn, también es una persona de interés con una
orden de búsqueda. Son tiempos divertidos, Byrne⁠—.
—¿Y Nolan?
—Está muerto.
—Váyase a la mierda, Rainier. Nolan, Miguel, lo que sea que...
—Oh, él. Esa es otra razón para odiarle a usted. La maldita Frome no
necesitaba otra razón para estar que no caga con ella misma. Ella y sus
malditas corazonadas. —Rainier puso los ojos en blanco—. Nolan Morrow
y Miguel son el mismo tipo. Miguel sólo era su agudo alias; no tan agudo,
en mi opinión. Él y Bradley Smythe tenían una operación cojonuda, eso
seguro. Sólo que no creemos que fuera William quien llevaba las riendas.
Es un idiota.
—Cree que es Bridget.
—Es lo más probable. Mi corazonada, si quieres llamarla así, es que ella
y Luis huyeron juntos. A México, probablemente.
—Entonces, ¿cuál es la mala noticia?
—Me duele decir esto, antiguo padre Byrne. No le importa que le llame
así, ¿verdad? Pero, con el testimonio de Harper, y lo que estamos
aprendiendo cuanto más profundizamos en el agujero de mierda en el que
se crio... —Arrugó la nariz y miró alrededor de la celda—. Hablando de
agujeros de mierda, ¿siempre huele a cloaca aquí?.
—No hasta que apareció usted.
Rainier frunció el ceño.
—La mala noticia es que el fiscal ha reducido su fianza. Maldita Ley de
Reforma de la Fianza. Byrne, por la presente le libero para que vaya a hacer
su puto reconocimiento. Con condiciones, así que no se haga ideas. Juro por
Dios que todos los monaguillos sois lo mismo. Por supuesto, si decide
faltar mañana al juicio... —Volvió a coger el periódico y las carpetas, lo
metió todo en el maletín y cerró la tapa de golpe—. Sería una bendición
disfrazada, ¿no cree?
Le sonreí.
—Caminamos guiados por la fe, no por la vista, detective.
—Sí, lo que usted diga. Vaya a por sus cosas, padre. Tiene que firmar su
salida.

DOS HORAS DE TRÁMITES BUROCRÁTICOS, formularios y


declaraciones juradas más tarde, descubrí por qué Rainier se asignó a sí
mismo la tarea de ser mi escolta personal. Cuando salimos del centro de
detención, las cámaras, los micrófonos y los iPhones nos rodearon como
tiburones al cebo. Rainier hizo de agente de la ley trajeado y disociado,
levantando la mano ante varios objetivos y diciendo «sin comentarios».
Rainier era un desvergonzado desesperado por ser el centro de atención
y no podía esperar a que su jeta apareciera en las noticias de la noche.
Como la noticia ya se había hecho nacional, Rainier tenía garantizados sus
codiciados quince minutos de fama.
Nos metimos en un sedán sin matrícula que nos estaba esperando, tan
sin matrícula que bien podría haber tenido las palabras coche de transporte
federal oficial garabateadas en el lateral.
—Entiende las condiciones de su liberación, antiguo padre...
—Sí —respondí, y miré por la ventana.
Se acabó la conversación. No había nada más de lo que quisiera hablar.
Las condiciones de mi puesta en libertad no decían nada sobre mantener
una conversación con ese tío. Básicamente me exigían que mantuviera la
boca cerrada, así que me limité a ser un buen delincuente acusado y a seguir
sus normas.
También se me prohibió establecer cualquier tipo de contacto con
Harper. Conflictos de intereses, testimonios contaminados… La lista de
vicios legales era interminable. Firmé en tantas líneas de puntos que se me
acalambró la mano. Con cada firma, prometía al estado de Indiana, a todos
los Estados Unidos de América y a la Oficina Federal de Investigación que
comprendía perfectamente las ramificaciones en caso de incumplir
cualquiera de sus estipulaciones.
Ni llamadas, ni mensajes, ni comunicación de ningún tipo con nadie
relacionado con el caso. Ni siquiera señales de humo.
Me recluyeron en la séptima planta del Marriott del centro, que en
realidad se reducía a otra celda, pero sin el hedor pútrido ni las sábanas
sucias. Tenía ropa nueva, una cuenta limitada en el servicio de habitaciones
y una televisión. No había teléfono. Lo habían quitado quirúrgicamente de
la pared antes de mi llegada. Había una Tablet para los huéspedes del
Marriott en la mesilla de noche, para hablar con la recepción o el personal
de servicio.
Rainier me ofreció un saludo de despedida estúpido antes de marcharse,
deseándome dulces sueños, que no me picaran las chinches y que me
recogería mañana a las nueve de la mañana.
No respondí. Sólo le lancé un beso, cosa que, obviamente, le hizo sentir
insoportablemente incómodo. Me dijo que era un cabrón antes de cerrar la
puerta.
La televisión me miraba fijamente desde el otro lado de la habitación:
una pantalla oscura y negra que me retaba a encenderla. Pedí varios
montones de tortitas de treinta dólares, cogí la Biblia de Gedeón de la
cómoda y me senté con ella en el borde de la cama. No necesitaba abrirla
para rezar, pero me resultaba agradable sostenerla entre las manos.
Bendíceme, Padre, porque he pecado. Mucho. Perdona mis ofensas,
como yo perdono a los que me ofenden. Pero esto, santo Señor, no se trata
de mí...
Intenté desesperadamente hacerme a la idea de lo que Harper debía de
estar pasando. Un trastorno de estrés postraumático. La habían arrancado de
un estilo de vida primitivo y sádico y para ser arrojada a la boca del lobo
del mundo moderno. Estaba a salvo en cuerpo con Sheehan, las hermanas y
la iglesia, eso seguro. Pero, ¿y su mente? ¿Hasta qué punto iba a afectarle
todo esto?
Una oleada de calor me inundó, desde el pecho hasta las tripas. Ya no
tenía esas sensaciones a menudo. Es extraño describirlo, pero en mis peores
momentos, en los más oscuros, desde el momento en que encontré a mi
madre casi muerta la mañana de Navidad, hasta la colocación de una figura
de acción sobre el ataúd de un niño que se había ido demasiado pronto,
pasando por la primera vez que vi a Harper prisionera de personas que se
hacían pasar por su familia, una suave tempestad de consuelo y seguridad
recorrió mi cuerpo, mi alma.
Ese era Dios.
Que Tu mano sanadora la guíe, toque su corazón con valentía y toque
su mente con sabiduría. Y si Tú quieres, Padre... Yo también. Gracias,
Padre. Amén.
Encendí la televisión.
Ahí estaba yo, en toda mi gloria post encarcelamiento, siendo escoltado
por el heroico detective Rainier en el sedán. Los paparazzi clamaban tras
nosotros mientras nos alejábamos, y le siguieron los reporteros frente a sus
cámaras, dando su visión periodística de lo que creían que acababa de
suceder.
Vuelven a conectar con el plató. El analista de noticias Jeremy Riddle,
muy estoico e increíblemente serio, de The National Evening Report, apiló
sus papeles mientras la foto del asalto al Greater Good se superponía sobre
su hombro.
Un nuevo ángulo de cámara y una nueva toma estática. La fea cara de
Nolan Morrow llenaba la pantalla.
Se me heló la sangre. Tanteé con el mando a distancia, intentando dar
con el botón del volumen, pero todos los mandos a distancia del planeta
están diseñados de forma diferente y, maldita sea, dónde...
Lo encontré.
—... casi sacado de una película —dijo Jeremy, se volvió hacia la
cámara tres y sustituyó su expresión solemne por una sonrisa increíble,
mostrando una dentadura blanqueada tan perfecta que casi dolía mirarla—.
Y ahora, vamos con el tiempo.
Lancé el mando a distancia al otro lado de la habitación.
VEINTISIETE

HARPER

Cuando me dijo que William y Bridget no eran mis padres, todo encajó. se
desencajó. Todo al mismo tiempo. La mujer llamada Frome (¡una mujer
policía y teniente, nada menos!) fue muy amable al respecto,
preguntándome si quería sentarme antes de darme la noticia, ya que lo que
estaba a punto de decirme sería un shock.
Mis aposentos eran humildes, una bonita habitación reservada para mí
en las dependencias de la iglesia de Monseñor, y el juego de comedor de
segunda mano que me habían proporcionado era, de alguna manera, el lugar
perfecto para aprender lo que sospechaba desde el principio. Que nunca
pertenecí al Bien Mayor. Y, como regalo extra, nunca pertenecí a William ni
a Bridget.
Frome reiteró que no debía asustarme. Aunque Bridget seguía prófuga,
William y Joseph estaban a buen recaudo en la cárcel. Ambos acusados de
detención ilegal en tercer grado. Era un delito de derecho común, castigado
con al menos cinco años de prisión estatal, lo que no me parecía ni de lejos
suficiente.
Frome me tendió la mano y me dijo que había muchas más acusaciones
contra él, y contra Joseph, pero teníamos que ir paso a paso. Tenía lo que
ella llamaba una «corazonada», y pensó que era importante que yo supiera
exactamente hasta dónde llegaba la maldad de los Quinn.
Hizo que el laboratorio analizara una muestra de ADN de William
tomada de la sotana ensangrentada de Roman. Los resultados eliminaron su
paternidad. No pudieron encontrar nada de Bridget como evidencia. La casa
se había quemado hasta los cimientos, y aparentemente, mi «madre» había
cubierto sus huellas bastante bien.
Todo menos una cosa.
Habían hecho una redada en la comuna del Bien Mayor , me informó
Frome. De hecho, fue ella quien descubrió el refugio donde me habían
encerrado. Y los bonitos mechones de pelo de Bridget que había tirado al
cubo de la basura. No sabía que se podía saber quiénes eran tus padres por
un mechón de pelo. El mundo moderno era verdaderamente un milagro, me
dije. Saber de verdad que Bridget Quinn no era mi madre era un regalo de
Dios.
Entonces Frome me preguntó si por casualidad sabía algo del libro
encuadernado en cuero negro que había encontrado oculto bajo una
trampilla en el suelo. Justo debajo de la cama a la que me habían atado.
Frome me enseñó una foto del libro y le dije que sí, que lo había visto
antes. Cuando era pequeña, la noche en que mi padre... la noche en que
William y Nolan tuvieron una pelea tan desagradable, cuando al parecer
Nolan se lo dio a Bridget para que lo guardara.
Era su libro de registros. Los nombres e información de contacto de sus
proveedores y clientes. Estaba todo escrito en clave, pero Frome me
aseguró que sus amigos de la Oficina Federal de Investigación «descifrarían
esa mierda» en un santiamén. Su encriptación era muy sofisticada, pero
también lo eran los agentes del gobierno.
No es de extrañar que se me revolvieran las tripas cuando lo vi hace
tantos años. Ya de niña me asustaba. Me daba «malas vibraciones», por así
decirlo. Sabía que era maligno. ¿Quizás porque era de donde yo venía? Es
muy posible.
Me sentí bastante bien contándole a la teniente Frome sucesos de mi
infancia sin que mi psiquiatra estuviera presente. Continué con todos los
detalles literales, bastante sangrientos. Sin embargo, no se encendió como
mil velas hasta que le conté cómo Bridget desaparecía en su habitación una
vez a la semana, cuando a ella y a William se les permitía la electricidad.
Resultó que era entonces cuando la Buena Madre Bridget, la reina de la
auto privación y la mayor defensora de la supresión, la negación y el
monacato navegaba por la web. Profundizando bien a fondo en lo que
Frome sospechaba que era la dark web.
Sonaba fatal.
Y así era.
Fue extraño, sin embargo, que Frome no cupiera en sí de felicidad
cuando lo mencioné. Con la casa principal calcinada, y con la fachada de la
vida de Coventry rodeándola, nunca esperó poder decirle al equipo forense
que excavara en busca de un ordenador.
Le pregunté si era posible averiguar quiénes eran mis verdaderos
padres. Me explicó que esa información podía estar disponible o no. Ahora
o nunca. Tendría que darle tiempo, esperar. Pero estaba contenta con la
información que le había dado hasta entonces. Mis historias estaban en
correlación directa con lo que ella había aprendido cuando interrogó a
Jessica. Jessica, que ahora vivía con sus abuelos en la parte alta de
Saskatchewan. Mi testimonio, según la evaluación de Frome y el informe
de mi psiquiatra, sería completamente presentable en el juicio por asesinato
de Roman.
Se me hundió el estómago.
La idea de que Roman fuera enviado a prisión o, Dios no lo quiera,
condenado a muerte por mi culpa me produjo un nudo de ácido en la
garganta.
Primero habría una vista, me aseguró Frome. Dadas las circunstancias
atenuantes que rodeaban la muerte de Nolan Morrow, el fiscal del distrito
había pedido un juicio previo. Sí, Roman lo había matado. No, no había
tenido elección. Yo estaría muerta si él no lo hubiera hecho. Yo iba a ser
testigo, dijo Frome, así que mejor que ponga en orden mis ideas.
Pregunté si Roman estaría allí.
Y me respondió que sí, que por supuesto.
Tal y como estaban las cosas, la detective no había mentido: volvería a
ver a Roman. Pero no en plan romántico, corriendo por la playa y saltando a
sus brazos.
Monseñor Sheehan me llevaría al juzgado. Y mientras tanto, dijo
Frome, debía mantener la boca cerrada en lo referente al caso de Roman
Byrne.
Le di mi palabra. No diría una sola sílaba sobre Roman Byrne y Nolan
Morrow. Era consciente de lo importante que era. Sin embargo, cuanto más
conciencia tomaba, más me enfadaba. Había sido por culpa de ellos, de mis
no-padres y de sus enfermos y malvados secuaces, que lo metieran en la
cárcel. Nos persiguieron cuando trató de rescatarme, cuando mi no tío me
puso un cuchillo en la garganta, y la hoja era muy fría, y afilada, y se
calentaba más cuanto más la presionaba contra mi piel...
Fue culpa de William Quinn. Culpa de Bridget. Eran malas, muy malas
personas, y el hermano Joseph era aún peor, y Nolan trató de matarme y
mintieron acerca de que era mi tío, ¡mintieron acerca de todo!
No, le aseguré a la teniente Frome. No le diría nada a nadie sobre
Roman Byrne.
Frome me dejó su tarjeta de visita, por si se me ocurría algo más que
ella pudiera necesitar saber. Me recordó que debía guardármelo todo para
mí hasta la vista de mañana.
Se lo agradecí mucho, mordiéndome la lengua cuando pensé en
responder, «que la gracia esté contigo». Esos fantasmas. Visajes. Los
demonios de mis veintitrés años en esta tierra siempre estarían al acecho en
algún lugar de mi mente. En mi corazón.
Mi corazón roto.
De ser Roman condenado, la única vez que lo vería sería en los días de
visita. Nunca nos cogeríamos de la mano, estaríamos juntos o, si el buen
Dios lo quisiera, nos casaríamos y formaríamos nuestra propia familia.
Me lo imaginaba con un bebé en brazos. Envuelto en una manta,
meciéndolo en sus brazos y cantándole una nana. Era algo tan dulce de
imaginar, un hombre grande y fornido como él arrullando a un niño
pequeño que habíamos creado. Sería un buen padre. Pero la manta estaba
demasiado apretada; como la sábana en la que me envolvieron cuando
William y Joseph me sacaron de mi habitación en una camilla de
contrachapado. No podía moverme, ya que estaba atada por sus cinturones,
y había sangre en esa sábana. Mi sangre. Mi sangre en la sábana. Mi sangre
en el bebé.
—No —dije, y me llevé las manos a los oídos.
Mi médico lo llamó trastorno de estrés postraumático. Me dijo que tenía
«flashbacks» y que de vez en cuando eran muy fuertes. Me sentía como si
volviera a vivir pesadillas estando despierta. Había medicamentos que
podía tomar para ayudar a calmarlas, y estaban todos puestos en fila en la
encimera de mi pequeña cocina, junto a mis antibióticos y mis analgésicos.
Soldados embotellados y recetados listos para ayudarme a fingir que todo
iba bien.
—No —repetí. No todo estaba bien. Si Roman estuviera aquí, todo
estaría bien. Bueno, quizá no todo, quedaban muchas batallas por librar,
pero ¿cómo íbamos a ganarlas?
Me pasé los dedos por el pelo y respiré hondo. Inhalé por la nariz y
exhalé por la boca. Inhalé por la nariz y exhalé por la boca. Tres veces,
como me había aconsejado mi psiquiatra. Me ayudaría a tomar raíces, dijo.
Respirar es curativo.
Al expulsar el tercer suspiro, miré a través de la habitación hacia la
placa que colgaba junto a mi cama. El Padre Nuestro. El verdadero. No la
abominación distorsionada de las palabras de Dios que William y Bridget
tergiversaron para su propio beneficio.
Hay un cielo. Hay un infierno. Mientras el reino de Dios espera a los
que le sirven bien, el Hades espera a los que han traicionado al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo.
—Y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden —leí. Luego lo leí otra vez. Y otra vez. Tres veces. No
según algo que me había dicho mi psiquiatra, ni según mi médico, sino
según yo misma.
Me centré en la palabra «perdonar».
¿Sería capaz de perdonar alguna vez a los Quinn por sus atroces actos
contra mí, mis amigos, mi Roman?
Roman puede cuidar de sí mismo, pensé, y la fuerza que había visto en
él, que había sentido contra mí no hacía tantas noches, empezó a correr por
mis venas. Me acerqué a la placa, asimilando sus palabras, su verdadero
significado, y al hacerlo, un cálido torrente de blanco llenó mi alma.
Así es como lo llamé: blanco. No había palabras convencionales para
describir adecuadamente el amor. Ya fuera amor a una persona, o amor a lo
divino. A veces, cuanto más simple, mejor. Eso me venía muy bien.
—Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden —dije. Y por Dios,
yo también podía cuidarme. Podía ser fuerte. Podía ser poderosa. Incluso
podría dar un paso más y perdonar a los Quinn. A los verdaderos pecadores.
Quité la placa de la pared y la abracé contra mi pecho. Pesaba más de lo
que esperaba, no era exactamente una cosa pensada para abrazarla, pero los
escudos eran así.
—Escudos —dije, y una pequeña e inesperada sonrisa se dibujó en mis
labios.
Me gustó esa idea. Y, en realidad, creo que a Dios también le gustó. Una
suave brisa entró por mi ventana, levantando las cortinas y separándolas del
cristal, y sentí como... como amor. Como luz blanca y buena.
Quería hablar con Monseñor sobre ello. Sobre lo que Dios y la fe
significan de verdad, y también sobre Roman. Sobre exactamente qué tipo
de plan, si lo hubiera, debería poner en práctica para mañana. Debería tener
algún tipo de directrices en marcha. Aunque las circunstancias eran
terribles, mi sonrisa se hizo un poco más grande; estaba siendo proactiva
(otra de las frases favoritas de mi terapeuta). Sería aterrador, reconocí que
había una buena posibilidad de que todo se viniera abajo, pero con Dios de
nuestro lado y sus palabras en mis brazos, me sentí un poco mejor. Por
primera vez desde que me habían diagnosticado, creía de verdad que podía
empezar a superarlo.
Entonces, llamaron a mi puerta.
Cosa extraña.
Por un momento, pensé que había perdido la noción del tiempo. Las
lagunas mentales eran síntomas de mi trastorno de estrés postraumático,
pero parecía un poco pronto para que monseñor Sheehan hubiera vuelto de
su deber con el banco de alimentos. O tal vez era la teniente Frome, lo cual
sería estupendo, ya que me gustaría sonsacarle algo más sobre qué esperar
de una vista preliminar.
Dejé la placa sobre la cama y crucé la habitación, con la breve fantasía
de que la persona que me llamaba era Roman cruzándome por la mente.
Seguía sonriendo cuando abrí la puerta.
—Ahí está —dijo Bridget con una sonrisa contorsionada—. Mi
pequeña.
Intenté cerrar la puerta de golpe, pero ella fue demasiado rápida.
Empujó su peso contra la puerta y se estrelló contra mí. Di un traspié hacia
atrás, con las costillas rotas ardiéndome de dolor, y me estrellé contra la
mesa de comedor de segunda mano que tanto me gustaba.
—Pero a que sitio tan encantador has ido a parar —dijo, cerrando con
pestillo y volviéndose hacia mí.
Llevaba ropa moderna, muy extraña: un traje de señora mal ajustado de
rayas negras y una peluca rubia anudada. Apretaba la Biblia de cuero rojo
de William en su carnoso puño, con el rosario colgando de sus páginas
como una serpiente de cuentas. Y en la otra mano, un cinturón. El cinturón
de William.
—¿Es esto lo que Dios te ha brindado? ¿Es esto por lo que rezabas?
Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos. Enloquecidos. Los había visto
así antes, en muchas ocasiones, pero esto era diferente. Siempre había
maldad detrás de esos ojos, pero ahora esa maldad salía a la superficie.
Colocó la Biblia con cuidado sobre la pequeña encimera de mi cocina,
se cruzó de brazos y empezó a acechar en mi dirección.
—Lo has arruinado todo, Harper. Todo. Y por más que he rezado por ti,
por tu alma, Dios me asegura que todo es en vano.
Bridget echó el brazo hacia atrás y lanzó la hebilla hacia mi cabeza. Vi
cómo la piel suelta y grasa de su brazo se ondulaba en ondas pastosas. Me
agaché y el sonido de la hebilla del cinturón golpeó el tablero de la mesa a
escasos centímetros de mi oreja.
—Debes recibir un castigo, Harper —explicó Bridget con una calma
espeluznante—. Has destruido la iglesia. Nuestra comunidad. Nuestro bien.
Nuestra familia. —Se encogió de hombros con tristeza.
—¿Qué familia? —gruñí, enderezándome y agarrándome el costado
porque las costillas iban a reventar a través de la piel—. Tú no eres mi
familia. No eres mi madre —escupí, mirando fijamente a esa impostora.
Una de los muchos villanos sádicos que habían hecho de mi vida, y de
tantas otras vidas, un infierno inhabitable.
Una fina sonrisa iluminó su rostro.
—Claro que sí, Harper. Te elegí para que fueras mi hija. Oh, que cosita
más bonita eras, como un precioso e inocente bebé. El Señor maldijo mi
vientre, no pude darle a tu padre el fruto de su semilla, pero tú... tú eras la
que yo quería para mí. Deberías mostrarme tu gratitud, Harper. Maldita
ramera —volvió a lanzar el cinturón hacia delante, y esta vez acertó.
El enganche de la hebilla me cortó la mejilla. La sangre estaba caliente,
y abundante mientras se filtraba por entre mis dedos. Un nuevo dolor. Un
nuevo sufrimiento. Nunca jamás terminaba. Me di la vuelta y me arrastré
por el suelo, que parecía subir y bajar bajo mis pies, como si intentara
correr sobre un océano de madera dura. Como si intentara correr sobre el
agua. Si conseguía llegar a la cocina, podría coger un arma; un cuchillo, la
tabla de cortar, cualquier cosa. Salí corriendo, con el costado inflamado en
señal de protesta y la mano empapada de sangre, sintiendo cómo el extremo
del cinturón de William me golpeaba la espalda. Una angustia muy familiar
se encendió en la columna vertebral.
—Es mejor, niña, que te quedes quieta. Quédate quieta. Pídele a nuestro
Señor que te perdone, y yo rezaré contigo. Santo, santo, santo Dios, Señor
dador de luz...
La voz de Bridget zumbaba en mi cabeza. Un eco terrible y zumbón. Se
puso delante de mí, impidiéndome el paso a la cocina, y apretó el cinturón
alrededor de su puño.
Todo mi ser era una masa palpitante de dolor. Las rodillas amenazaban
con doblárseme, con derramarme al suelo. Y no me quedaba nada, nada a lo
que agarrarme. Podía intentar abrir la puerta, pero ella la había cerrado; si
llegaba tan lejos, me las vería con la cerradura, el pestillo...
—Por todo lo que se ve y lo que no se ve —continuó Bridget, y otra
ráfaga de agonía me acuchilló las nalgas.
Me alejé tambaleándome de la encimera, sin saber adónde ir, levantando
la vista con ojos borrosos para ver las cortinas de mi ventana levantarse con
la brisa. La venta estaba abierta lo justo. Yo cabría. La gorda y golosa figura
de Bridget no cabría ni aunque estuviera cubierta de grasa.
Dios, dame fuerzas, supliqué, y reuní hasta la última pizca de voluntad
que me quedaba. Me abalancé hacia delante y la sangre y el dolor me
acompañaron mientras corría. Estaba a metro y medio, quizá dos metros, de
la ventana cuando sentí que algo me presionaba la espalda. Bridget me
clavó el pie en la parte baja de la columna y me empujó contra la cama.
Me desplomé allí mismo, contra el colchón y de rodillas como un niño a
punto de rezar sus oraciones vespertinas. Un pequeño charco de sangre se
filtró en la sábana superior, floreciendo hacia el Padre Nuestro, que estaba
lejos de mi alcance.
—Por los pecados que has cometido, por el mandamiento que has
quebrantado, eres una pecadora imperdonable a los ojos del Padre, del Hijo
y del espíritu santo de William. Te has cagado en el honor de tu madre y de
tu padre. Esa es una ofensa profunda y grave. ¿Estás preparada para ofrecer
penitencia?
—Sí —sollocé, y fueran quienes fueran mi madre y mi padre, también
los perdoné.
—Recita —dijo, y empujó su cuerpo contra el mío. Era la forma que
tenían las mujeres del Bien Mayor de compartir su compasión maternal.
Siempre me pareció grotesco e inquietante.
Aspiré por la nariz un grumo de mucosidad espesa y gelatinosa y tragué
saliva. Sabía a monedas.
—Querido Jesucristo, Hijo del Señor de nuestros Padres, acoge mi
indigna súplica... —Ajusté las rodillas debajo de mí y apreté la palma de la
mano en humilde reposo—. Soy indigna de tu misericordia, soy débil y
despreciable a tus ojos...
Podía sentir su aliento en mi cuello; prácticamente podía verla
regodearse. Siempre lo hacía, cuando por la noche supervisaba mis
oraciones a Dios y al Bien Mayor. Si me equivocaba en una palabra, me
pegaba diez veces por cada palabra incorrecta.
—Mi sexo me hace ligera de cuerpo y mente, e indefensa ante los que
saben más....
La siguiente línea era: —Perdonad mi inherente ignorancia, Padres
míos. —Me lo habían taladrado en la cabeza desde el día en que me habían
empezado a salir las tetas. Lo sabía bien. Muy bien. Estaba a la altura de «y
no nos dejes caer en la tentación».
Y líbranos del mal.
Por favor, pedí una última vez, y dije:
—Perdona mi inherente ignorancia, Padre mío. Y a esta estúpida zorra a
mis espaldas.
Bridget me empujó más hacia el colchón, presumiblemente para coger
más impulso para darme con el cinturón. Agarré la placa, lancé mi cuerpo
destrozado hacia un lado y la golpeé.
La madera de arce era resistente y la incrustación metálica del Padre
Nuestro otro tanto. La placa dio de lleno con todo el lado izquierdo de su
cara, su cabeza. Me golpeó una ráfaga fresca de sangre
No es mía, por fin no es mía.
Salpicó contra el cabecero, la sábana encimera y el pintoresco papel de
flores de la pared. Las nuevas gotitas de rojo más bien hacían juego con los
pétalos de... ¿qué eran, rosas? Goteaban hacia el suelo. Parecía como si las
flores estuvieran llorando.
El cuerpo de Bridget se desplomó en el suelo; sus dedos arañaron la
sábana superior, llevándosela consigo al caer desplomada. Aún respiraba,
con el torso dilatándose y contrayéndose en respiraciones entrecortadas.
Me arrastré hasta el otro lado de la cama, agarrando el Padrenuestro con
una mano y sujetándome la mejilla con la otra. Había un teléfono en la
mesilla de noche, y monseñor Sheehan me dijo que, si alguna vez tenía
problemas o me pasaba algo malo, si llamaba a los números nueve uno uno,
alguien enviaría ayuda.
Esa fue mi primera llamada.

LA OPERADORA FUE MUY AMABLE. Me dijo que se quedaría al


teléfono hasta que llegara la ayuda. Envió un montón de coches de policía,
un camión de bomberos y dos ambulancias. También había furgonetas de
aspecto extraño, con grandes números pintados en los laterales. Tenían
platos redondos en el techo y todo tipo de artilugios de la era espacial que
parecían de otro planeta.
Unos paramédicos me curaron la cara y me pusieron lo que llamaban
«vendas de mariposa» en la laceración. Me pareció extraño y encantador a
la vez que las mariposas mantuvieran unida mi carne, hasta que vi a lo que
uno de los paramédicos dijo que era un cirujano plástico. Quería
preguntarle por qué necesitaba cirugía plástica, pero me dolía abrir la boca.
Otros dos paramédicos cargaron a Bridget en una camilla. Aún no había
vuelto en sí y, mientras la sujetaban a la camilla con correas y hebillas,
deseé que se despertara. Que despertara para que supiera lo que se sentía al
estar atada como un trozo de carne, no poder moverse, no poder ni ayudarse
a sí misma.
La sacaron de la habitación sobre ruedas, teniendo que sortear un severo
ángulo recto, al igual que a alguien que intentaba entrar a toda prisa.
Llevaba una vaporosa sotana negra, un alzacuellos blanco impoluto y una
cruz colgando del cuello y, por un momento, se me aceleró el corazón. Me
dolía sonreír, y temía que al hacerlo se me deshicieran las mariposas, pero
no pude evitarlo. Roman había venido. En mi momento de necesidad, en mi
hora desesperada (seamos sinceros, otra hora desesperada.) Estaba a medio
levantarme de la silla cuando le oí decir;
—¡Harper! Hija mía, ¿qué demonios ha pasado? ¿Estás bien?
Monseñor Sheehan se arrodilló a mi lado y me cogió la mano. Volví a
sentarme despacio y alcé la mano para tocarme las mariposas de la mejilla.
—Sí —dije, sintiendo que las lágrimas empezaban a acumulárseme
detrás de los ojos y a gotearme por la cara. Eran saladas, pero no escocían.
Monseñor se cruzó de brazos, me dio una palmadita en la mano y
empezó a rezar. Había policías detrás de él, y estoy segura de que querían
preguntarme todo tipo de cosas, pero de momento iban a esperar a que
Monseñor terminara. Me pareció muy respetuoso por su parte. Y, mientras
las reconfortantes palabras de monseñor se cernían sobre mí, sobre todos
nosotros, observé cómo las luces de las ambulancias, los camiones de
bomberos y los coches de policía se desplazaban por las paredes en su
danza roja y azul. Rojo y azul, rojo y azul, un caleidoscopio giratorio de
sólo dos colores. Muy bonito; bonito y poderoso.
Pero, ¿dónde estaba el blanco?
Miré hacia mi regazo, donde estaba la placa del Padrenuestro, aún en
mis manos, con salpicaduras de sangre secándose sobre las palabras «
líbranos del mal».
Eso espero, pensé. Amén.

DESDE MI ÉXODO de la Iglesia del Bien Mayor, y tras una breve estancia
como fugitiva con un sacerdote exiliado, había estado en dos hospitales, un
par de comisarías de policía, la consulta de un psiquiatra y, por último, un
juzgado. No sabía mucho sobre el mundo exterior, pero estaba bastante
segura de que tenía más para ofrecer que grandes edificios de ladrillo con
ventanas oscurecidas y detectores de metales. Había un lugar llamado
Disneylandia que parecía divertido. Anoche, mientras me cosían la cara,
pensé en Roman y en mí volando a la costa oeste para visitarlo. Nos
cogeríamos de la mano, comeríamos algodón de azúcar y haríamos el amor
en una preciosa habitación con vistas al océano.
Y nadie nos perseguiría.
Tenía los ojos cerrados, estaba repitiendo el recuerdo de Roman
saliendo de la piscina en Springville, mientras el tirón de las suturas tiraba
de mi mejilla. Yo había zurcido suficientes calcetines en mi vida y era
inquietante sentirse como uno.
Cuando el médico me quitó los últimos quince puntos, me preguntó si
me encontraba lo bastante bien como para hablar con la policía. Asentí con
la cabeza, porque con la cara llena de novocaína, lo mejor que podía hacer
era babear. Entonces cometí el error de verme en el reflejo de su
estetoscopio. Debió de ver mi mirada, porque me dijo con toda seguridad
que la inflamación desaparecería y que, al cabo de un rato, no se notaría.
Ya podía olvidarme de Disneylandia.
Fue la teniente Frome quien atravesó la cortina de privacidad.
—Oh, corazón —dijo cuando echó un vistazo a la obra de Bridget. Me
señaló la cara con el bolígrafo—. Sé que no te lo vas a creer, pero ¿eso
mismo? Es lo mejor que tu madre... Bridget... podría haber hecho.
Fruncí las cejas. ¿De qué estába hablando?
Frome acercó el taburete del médico al lado de mi cama y tomó asiento.
Estaba radiante de felicidad.
—Ha perdido la chaveta, Harper. Cada vez, lo juro por Dios, cada vez
que hay un encuentro con uno de estos miembros de sectas y fanáticos es
como... es como pelar la monda de una cebolla asquerosa.
Nunca me había dolido tanto una risita. ¿Qué quieres decir?
—En primer lugar, buen golpe. No le digas a nadie que he dicho eso,
pero en serio. Sólo es una contusión, por supuesto. Tiene una colección de
contusiones infernal, pero confía en mí, corazón, va a ese Zanco Panco va a
llevarle un tiempo recuperarse.
¿Quién es Zanco Panco?
Frome asintió para sí misma.
—Ah. Vale, lo siento. Me limitaré los hechos —dijo asintiendo con la
cabeza en mi dirección—. Seguramente no sepas quien es el sargento
Friday, así que allá vamos. —Abrió su cuaderno.

CUANDO SE CONCIBIÓ la Iglesia del Bien Mayor, hace más de veinte


años, la idea era crear una comuna arraigada en los valores bíblicos de
antaño. En parte Amish, en parte Cienciología, y con una pizca de Nexium,
por si acaso. William y Bridget Quinn crearon un pequeño y tranquilo
imperio que se financiaba traficando con niños. Niños jóvenes, en su
mayoría, lo que explicaba la desproporción de nuestra población en cuanto
a género. A diferencia de la mayoría de sectas de este tipo, la desviación
sexual no estaba permitida dentro de los muros de la iglesia. La tortura
psicológica y física estaba bien, como atestiguan mis declaraciones, las de
Jessica y las de docenas de personas más, pero el coito y el incesto estaban
estrictamente prohibidos. Gracias a Dios por esos pequeños favores.
Eludían las leyes y reglamentos federales proclamándose exentos de
impuestos, aprovechando las lagunas legales que separaban Iglesia de
Estado. Mientras tejiéramos nuestros gorritos y bufandas y los vendiéramos
de vez en cuando a los pueblos vecinos, a ojos de la ley eso se consideraba
una fuente de ingresos legítima y autosuficiente.
Bridget Quinn, junto con su hermano Nolan, urdió un plan elaborado.
Era como si el Bien Mayor fuera un árbol gigantesco, y sus raíces se
extendieran profundamente bajo la superficie que las autoridades no tenían
el recurso legal para excavar. Y como los niños acostumbraban a ser
enviados al extranjero para satisfacer la demanda, el gobierno no podía
hacer nada al respecto.
Es una locura, pero cierto.
A medida que la iglesia crecía, también lo hacía el poder de William.
Era un sociópata tímido y modesto, y cuanto más aumentaba su dominio,
más ondeaba su bandera de obseso del control. Sin embargo, no tenía la
inteligencia para manejar las repercusiones. Bridget era el verdadero
cerebro de la operación, pero la suerte quiso que tuviera vagina. Los Quinn
y sus seguidores creían sinceramente que las mujeres eran ciudadanas de
segunda clase, así que Bridget tenía que aceptar cualquier idea equivocada
que se le ocurriera a William.
Por ejemplo, la noche de la gran discusión entre él y Nolan, William
propuso añadir algunos dígitos a sus próximas amortizaciones. Las
cantidades de sus cuentas en el extranjero estaban abultadas, y la
mentalidad de William era reclamar más pérdidas para compensar los
intereses. Bridget era la experta en fraudes y lo desaconsejó rotundamente,
Nolan estaba de acuerdo con ella y William, a todos los efectos, montó en
cólera. Él era el elegido, el hermano pequeño de Jesucristo, ¿cómo se
atrevía alguien a discrepar de su palabra?
Nolan nunca fue un tío religioso. Nunca se tragó todo el sistema de
creencias que Bridget y el imbécil de su marido inventaron. Para empezar,
no estaba en un buen momento a nivel mental, ya que a su mejor amigo y
mano derecha, Bradley Smythe, le acababan de diagnosticar un cáncer. Los
rumores de una relación homosexual entre ambos eran siempre tema de
conversación clandestina, y Bradley incluso había llegado a anunciar que
iba a intentar encontrar a Dios. A Nolan le pareció una idea
escandalosamente estúpida; por eso, cuando William propuso su plan que
no haría más que hacer sonar las alarmas de Hacienda, Nolan perdió los
papeles.
Bridget acabaría ocupándose de mucho cuando ella y Nolan estuvieron
enemistados, que era lo que hacía una vez a la semana, arriba, navegando
por los recovecos de la dark web.
El barco del Bien Mayor permaneció sin mecerse durante un tiempo,
hasta que yo llegué a la pubertad. Fue entonces cuando empecé a
cuestionarlo todo. En el fondo de mi corazón sabía que Dios no era un
cabrón, que no trataría a las mujeres de su rebaño de forma tan vergonzosa.
Dos años después de cumplir los veintiuno, cuando anuncié mi deseo de
separarme de los Quinn y de sus cuestionables enseñanzas religiosas, se
resquebrajó el primer ladrillo de su fachada.
En pocas palabras, a William le entró el miedo. Y la única cosa más
perjudicial para la causa de un hombre débil es el ansia de poder y control.
Disfrutaba el abuso, le encantaba infligir dolor. Era adicto a la tortura ya
que le traía placer carnal; tanto, que se encontró evidencia de su semen en
las sábanas del refugio. No recuerdo en qué ritual de exorcismo pudo haber
sucedido, pero había derramado su semilla justo a mi lado.
Me entraron ganas de vomitar.
Bridget estaba en contra de la idea del Padre Roman Byrne desde el
principio. No confiaba en él. Nada bueno saldría de su presencia allí y, si
William estaba realmente preocupado porque el diablo controlaba mi alma
y mi espíritu, que me arrojaran al santuario y muriera por mi cuenta. Que
Dios lo solucionara.
Después de unos veinte años controlando el Bien Mayor, William ya no
era capaz de aceptar un «no» por respuesta. Después de mi fuga, y según el
testimonio de Bridget, se volvió loco. Algo hizo crack en su ya retorcido
cerebro, obligando a Bridget a hacerse cargo de manera oficial, enviando a
Nolan, su nuevo amigo latino, y a los Greater Goons tras de Roman y de mí
para traerme de vuelta a su visión particular de la justicia. Y para poner una
bala en la cabeza de Roman.
Nolan tenía instrucciones estrictas de hacer que pareciera un accidente.
El querido tío Nolan, bendito sea, la había cagado a lo grande.
William y Bridget se enfrentaban a al menos veinte años en una prisión
federal. Esa cantidad de tiempo me complacía; era más o menos el tiempo
que yo había vivido bajo su dominio como una auténtica cautiva, así que
me parecía lo justo. Joseph Harden, el compañero especial de Nolan, Luis
Mendoza, y un puñado de otros altos cargos del Bien Mayor se enfrentaban
a penas algo menores, pero los encerrarían, me aseguró la teniente Frome.
Señalé su cuaderno, furiosa, indicando que también me hacía falta el
bolígrafo y garabateé la única pregunta que tenía en mente.
¿Y qué pasa con Roman?
VEINTIOCHO

ROMAN

Me apoyé en la ventana del vestíbulo del tribunal y conté los camiones de


noticias que había en el aparcamiento. Los reporteros se ajustaban los
auriculares, los cámaras comprobaban que todo estuviera correcto y los
móviles y las grabadoras estaban preparados para ponerse a funcionar en
cuanto se abrieran las puertas principales. Reconocí a Jeremy Riddle,
aflojándose la corbata y hablando con su productor de campo. Jeremy
extendió las manos en la clásica posición del director, con los pulgares
apuntando el uno hacia el otro y los dedos apretados, enmarcando un
todoterreno negro con llantas de alambre y cristales tintados que esperaba
junto a la acera. Detrás, había un furgón policial, la limusina de los
convictos, con malla metálica en las ventanillas, puertas de seguridad
especializadas y cinturones de seguridad reforzados.
Sorpresa, sorpresa, ¿detrás de cuál irá Riddle?
Puse los ojos en blanco, tenía cosas más importantes de las que
preocuparme. Podría excusar semejante estupidez inoportuna achacándola
al estrés, los nervios o el agotamiento emocional. Si es que estaba estresado,
nervioso o agotado. Mis emociones se habían estancado.
—Byrne —ladró el detective Rainier detrás de mí—. Vamos.
—Dame un minuto —dije, sin apartar los ojos de la entrada. Había algo
que necesitaba ver, que quería ver. Había sido un puto día de mierda y me
merecía unos segundos.
Rainier resopló.
—. Un minuto —dijo, y empezó a juguetear con las esposas de su
cinturón.
Siempre estaba haciendo eso, tenía que comprobarlas cada cinco
segundos. Le pregunté antes de la vista si el estar estreñido y la compulsión
obsesiva eran requisitos para ser detective. Me dijo que me fuera a tomar
por culo, y luego se rio de lo ingenioso de lo que creía que era una ironía.
Su broma habría tenido éxito si me hubieran condenado.
Fue como si mis oraciones hubieran sido respondidas, como lo hicieron
tras la muerte de Bradley Smythe. Pero las oraciones respondidas se
parecen mucho a los deseos concedidos. No quiero decir que Dios sea un
genio o algo así, pero a veces me lo pregunto.
Me declaré culpable. Sí, yo maté a Nolan Morrow. Harper estaría
muerta si no lo hubiera hecho. Terry Bledsoe del Angry Bear lo confirmó.
Sus gafas eran para la hipermetropía, no para la miopía. Rainier rechinó los
dientes cuando ese pedacito de evidencia pasada por alto salió a la luz. El
testimonio jurado de Ralph, el tío de la furgoneta de mudanzas, certificaba
bajo pena de perjurio que las declaraciones en él contenidas eran ciertas y
correctas, a su leal saber y entender, que Harper Quinn no corría peligro ni
estaba bajo coacción mientras estaba en mi compañía. El juez admitió su
declaración y después desestimó las declaraciones en contra de Joseph
Harden y Luis Mendoza. Y mientras estaba allí sentado escuchando al juez,
al fiscal del distrito y a todos discutir entre sí, me fascinó lo parecidos que
eran en realidad la Iglesia y el Estado. Así como la Biblia es todo
interpretación, también lo es la ley.
Pero lo que más me dolía era la ausencia de Harper. Había tenido la
tonta fantasía de que volvería a verla. Que tendríamos un merecido
reencuentro y, si Dios quería, después de que este desastre quedara atrás,
podríamos empezar a reconstruir una vida normal juntos. Tan normal como
pudiéramos ser los dos, claro. Cuando pasaron las nueve de la mañana, no
pude evitar esperar a que entrara por la puerta de la habitación.
Sin embargo, unas circunstancias atenuantes impidieron a la Srta. Quinn
asistir en persona a la vista. Eso es lo que la teniente Frome dijo al juez y al
fiscal del distrito. Las circunstancias atenuantes en sí fueron todo un
bombazo. Cuando me enteré de la agresión de Bridget, de que Harper
estaba en el hospital otra vez, me puse rojo. Literalmente.
Y en todos mis años como sacerdote, nunca había rezado tanto. Tuve
que hacer un esfuerzo por mantenerme cuerdo. Quería volcar la mesa,
golpear algo.
Tienes tiempo de sobra para perder los papeles, hermano. Pierde la
chaveta ahora, frente al juez, Dios y todos, y lo echarás todo a perder. No
quieres vivir tu vida sin Harper, ¿verdad? ¿No quieres al menos intentar
daros una oportunidad?
Esa voz me sonaba tan familiar, como un Jesucristo informal. Tranquila
y serena, era la misma voz que oí en la escalinata de una vieja iglesia de mi
pueblo, cuando convencí a una banda de jóvenes negros furiosos de que no
me mataran.
Señor, ve a por tus escudos, grandes y pequeños, y ven en mi ayuda.
Me concentré en la bandera del Estado, que estaba colocada justo detrás
del juez. Era de un azul intenso y real, con una antorcha dorada rodeada de
estrellas igualmente doradas, como un halo.
Saca la lanza y la jabalina contra mis perseguidores, y asegúrame que
Tú eres mi liberación. Porque bienaventurados los pacificadores, pues
serán llamados hijos de Dios.
Los papeles crujían al moverse. El juez y el fiscal hablaron en voz baja,
susurrando, mientras decidían mi destino. Rainier tamborileó los dedos en
las esposas de su cadera. Un tintineo sordo.
En el nombre del Padre...
Frome dio unos golpecitos con el lápiz en su bloc de papel.
...el Hijo...
El caso de Byrne contra el estado de Indiana fue desestimado con
prejuicio.
...y el Espíritu Santo. Amén.

—SE ACABÓ EL MINUTO, Byrne —dijo Rainier, impaciente.


—¿Sabías, Keith, que incluso un tonto, cuando guarda silencio, es
considerado sabio? Así que, cierra el pico —dije, y vislumbré su reflejo en
el cristal de la ventana, con las cejas fruncidas, los brazos cruzados y el
golpeteo de pies. Dios, era un gilipollas. Nadie sabe cómo nos hicimos
amigos; el Señor obra de maneras misteriosas, supongo. Pero por mí bien.
Sinceramente, no tenía muchos amigos.
Se puso a mi lado, contemplando desde mi misma posición lo que
seguramente se convertiría en un circo mediático en el momento en que
William Quinn fuera conducido fuera del edificio.
—¿De verdad tenemos que esperar para esto?
—La venganza está en manos de Dios, no en las mías —respondí—.
Eso no significa que no pueda disfrutar como un crío.
El mar de reporteros y periodistas, antes separado como un mar bíblico,
de repente se agolpó como liberado de una compuerta. Luces, cámaras,
acción. Y en medio de todo ese tsunami periodístico se hallaba William
Quinn, esposadoy deshonrado, mientras su abogado de oficio ponía una
chaqueta barata sobre su cabeza conforme le conducían al furgón policial.
Le esperaba un viaje de ida a un par de décadas entre rejas, donde los
abusadores y explotadores de menores son, digamos, mal vistos por la
población penal.
El National Nightly Report con Jeremy Riddle emitiría semanas más
tarde una edición especial sobre el colapso del Bien Mayor, cuando William
Quinn fue encontrado muerto su celda, empalado analmente con un mango
de fregona. Las audiencias subieron por las nubes.
La sonrisa que se dibujó en mi rostro debería haberme hecho sentir
culpable. Los buenos católicos se sienten culpables mejor que cualquier otra
especie sobre la tierra. Sin embargo, había tomado una decisión al respecto
la noche anterior en aquella rancia habitación de hotel. Podía sonreír tanto
como quisiera.
La buena madre Bridget pronto seguiría los pasos de su querido marido,
destinada a la penitenciaría de Pollackstown. Alta seguridad y máximo
confinamiento. Rodeada de unas cuantas miles de sus amigas más íntimos
cuya opinión sobre la inferioridad femenina puede diferir. Mucho.
El furgón de la policía se alejó, transportando al señor Quinn a su
merecido final.

EL ECO de las llaves de Rainier tintineaba tras nosotros como campanas de


altar mientras nos abríamos paso por el garaje subterraneo. El todoterreno
negro de delante era un coche bonito, pero no era más que un señuelo. No
tenía ningún deseo de que me asaltasen los medios de comunicación. Ya
habría tiempo para eso. Sólo quería estar en un sitio y con una persona.
Rainier se quejó todo el camino hasta el hospital. Y se quejó aún más
cuando volví al coche sin Harper. No me decían adónde había ido ni con
quién se había ido al firmar el alta. Si hubiera estado vistiendo mi atuendo
de sacerdote, esa información clasificada habría estado disponible de
inmediato, pero mis días de disfrazarme de hombre santo habían quedado
atrás.
Llamé al móvil de Sheehan, pero no contestaba a las llamadas, ni al
buzón de voz ni a los mensajes de texto. Supuse que la prensa también le
estaría acosando. Había una delgada línea que nos separaba a mí y a el
último escándalo de una secta religiosa más grande del mundo. No le
culparía por desconectarse durante un tiempo, al menos hasta que otra
noticia más fresca y jugosa invadiera los medios de comunicación.
El teléfono de la oficina de la iglesia sólo compartiría su horario de
atención, dirección y cómo llegar. También cómo hacer una donación
pulsando 2, o programar una confesión pulsando 3. El contestador me deseó
un buen día y colgó.
Mi corazón latió un poco más rápido, y no en el buen sentido.
¿Dónde estaba Harper?
—¿Adónde vamos ahora, jefe? —dijo Rainer, tamborileando con los
dedos en el volante y sonriendo con esa manera suya de presumido.
Puse el teléfono en el salpicadero. Había al menos una hora de camino
hasta la iglesia, sin tráfico.
—Preguntémosle a Dios.
Rainier negó con la cabeza.
—Sabía que ibas a decir eso, joder —dijo, y arrancó el coche.

LAS IGLESIAS ESTÁN NOTORIAMENTE VACÍAS durante la semana.


Los domingos, los católicos estaban ocupados anotando pecados en su
cinturón para tener algo de lo que arrepentirse en misa. Un par de jardineros
cuidaban las azaleas del jardín de oración: uno arrancaba dientes de león y
el otro limpiaba los excrementos de pájaro de la cabeza de María
Magdalena.
Rainier me dijo que tenía montañas de papeleo que hacer en la oficina,
y que su tiempo como mi reticente chófer había sumado al menos cuatro
horas al final de su jornada laboral. Le di las gracias por sus servicios y vi
cómo salía del aparcamiento a 20 kilómetros por encima del límite
permitido. Sus neumáticos chirriaron cuando se incorporó a la carretera,
rebotando sobre el bordillo en el camino.
Quizá los lugares de culto le ponían nervioso. Tal vez tenía un demonio
acechando en algún lugar de su alma. Sin embargo, no tuve tiempo de
ofrecerle un rápido exorcismo sobre la marcha. No creí que le gustara ese
toque de humor. Sé que a mí no.
Me protegí los ojos del sol de la tarde, que se asomaba por el
campanario. Nunca más, pensé. Ni más exorcismos, ni más El Exorcista, ni
más de esto, me reafirmé mientras subía las escaleras de la iglesia. La
oficina del personal estaba a la derecha, si no me fallaba la memoria. Tenía
que haber alguien, en algún lugar, que supiera dónde podía estar Harper.
Mis botas resonaron contra los ladrillos pulidos del atrio: una percusión
sagrada y hueca. Sentí que los ojos de los santos en sus vidrieras me
observaban, que el sol iluminaba sus mosaicos de arco iris contra el suelo,
creando un etéreo camino de color que conducía a las puertas principales
del interior de la iglesia, que tenía dos cuencos de porcelana con agua
bendita a cada lado. Me pasé el dedo por la pequeña esponja e hice la señal
de la cruz.
Este lugar. Este lugar sagrado. Entrar en él es como recibir un gran
abrazo invisible de un gigante bondadoso e invisible. Un abrazo cariñoso
muy necesario y una fuente de consuelo para los que no lo tienen. Como la
joven sentada sola en el banco del medio.
Mi corazón tropezó consigo mismo.
—¿Harper? —susurré, pero su nombre resonó en la sala como si lo
hubiera gritado.
Su postura se enderezó. Giró la cabeza hacia un lado y luego se detuvo
bruscamente. Volvió a concentrarse en el altar, en el crucifijo sobre el
púlpito. Parecía como si estuviera conteniendo la respiración, como si
acabara de oír a un fantasma.
Me arrodillé en un gesto de rápida consideración en el banco del fondo
y me dirigí hacia ella. Me detuve un momento, inseguro de si debía pedirle
permiso para sentarme a su lado. Sonreía, pero tenía los ojos húmedos, fijos
en Jesús, evitándome.
—Hola, Roman —dijo, y exhaló un suspiro jadeante.
—Hola —respondí, y me deslicé hasta el banco. Quería abrazarla,
estrecharla y decirle que todo iba a salir bien. Tuve la sensación de que el
deseo era mutuo, pero ella se quedó dónde estaba, tal y como estaba, sin
mirar en mi dirección.
—Monseñor me contó lo de la audiencia —sonrió un poco más, pero
hizo una mueca de dolor al hacerlo—. Me alegro mucho. —Se llevó la
mano al lado de la cara que yo no podía ver—. Siento no haber podido estar
allí.
—No te disculpes —le dije apartándole un mechón de pelo del hombro.
No se apartó, así que me lo tomé como una buena señal—. Harper, ¿estás
bien?
—Sí y no —respondió ella, y luego levantó la cabeza hacia el techo.
—¿Cuál es el sí?
—El sí es que estás aquí, y estás bien... —Apretó los labios y sacudió la
cabeza—. El no es que no quiero que esto vaya sobre mí.
—¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y se volvió hacia mí.
—Esto —dijo, con los ojos muy abiertos, mientras una gasa y un
vendaje envolvían su mejilla hinchada. Unos profundos tonos azules y
morados rodeaban el vendaje de su cara. Tenía parte del labio cortado.
»Bridget se marcha dejándome un regalo —dijo con una amarga burla
—. Así que, en lugar de ser capaz de estar ahí para ti hoy y ser capaz de
apoyarte y ser fuerte por ti sin importar lo que pasara, aquí estaba yo. Todo
el día. Hablando con Dios, diciéndole que no quería estar aquí sentada,
pensando en lo fea que soy y lo mucho que los odio... lo mucho que los
odio, a todos ellos... lo que me han hecho a mí, a mis amigos y a ti. —
Recuperó el aliento—. Es como si fuera dos personas diferentes; una quiere
perdonarlos porque eso es lo que haría Jesús, ¿no? Pero la otra parte está tan
enfadada que no cree que pueda, y... y... —Se rio—. Estoy hecha un lío —
Volvió a reírse acaloradamente, con rabia. Las lágrimas le corrían
libremente, pero ella no parecía darse cuenta.
Le cogí la mano y le besé el dorso.
—Ya somos dos —dije, mirando a Cristo colgado en su cruz, que estaba
tan angustiado, pero tan en paz—. Tengo una confesión que hacer —dije.
Harper se río entre dientes.
—¿Quieres que te bendiga por tu pecado?
—Si no es molestia, la cosa va más encaminada a buscar el perdón. ¿Te
parece bien?
Ella asintió.
—Sí.
—Yo maté a Bradley Smythe.
Su boca se abrió ligeramente y, acontinuación, se cerró. Porque, en
realidad, ¿cómo se responde a semejante afirmación?
—Se estaba muriendo, de todos modos. Así que le convencí para que se
tomara una sobredosis allí mismo, en el confesionario. Adiós a las malas
hierbas, le dije. Le dije que era la única manera de expiar lo que había
hecho. Se tomó todo el frasco. Babeó un montón. Los ojos se le pusieron en
blanco, empezó a tener convulsiones, y yo me quedé mirándolo. No hice
más que mirar. Y justo antes de morir, con su último aliento en la garganta,
sus ojos fijos en los míos... le dije que Dios no lo perdonaba. Que iba a ir al
infierno. Que qué pena, qué triste, adiós, adiós; saluda al diablo de mi parte
—Me encogí de hombros, y mantuve mis dedos entrelazados con los suyos
—. Soy alguien retorcido, Harper. Maté a un hombre y usé mi posición para
salir indemne. Un doble golpe en la categoría de pecado.
Se tomó un largo momento antes de responder. Había tantos demonios
dándole vueltas en la cabeza que parecía estar escuchándolos discutir entre
ellos. Se mordió el labio inferior, pensativa. Pensando y pasando el pulgar
por el mío.
—Yo te perdono —dijo, dirigiéndose a nuestras manos entrelazadas—.
Pero, ¿crees que Dios te perdona?
Buena pregunta, pensé. Una que me había estado haciendo desde que el
forense introdujo una camilla en mi confesionario y metió el cuerpo muerto
y sin vida de Smythe en una bolsa de plástico.
—Me gustaría pensar que Él me perdona, Harper. Has oído que todo
sucede por una razón, ¿verdad? Bueno, sigo diciéndome a mí mismo que Él
me envió a ese hombre por una razón, por un propósito específico. Por
supuesto, que Él lo hizo. ¿Quería que yo acabara con su vida? No estoy
seguro. Vuelvo y revivo ese momento, una y otra vez. Es muy probable que
me hubiera tropezado contigo si él aún estuviera consumiéndose en un
hospicio. Tal vez debería haberle dejado sufrir, como Dios manda. Dejar
que se consumiera, que la enfermedad se lo comiera vivo de adentro hacia
afuera. O tomar la voluntad del Señor en mis manos y librarme de ese
cabrón cuando me cabreé tanto —dije, y me persigné-. No se dicen
palabrotas en la iglesia. Tampoco se asesina a nadie aquí, pero qué será
será.
—Tu alma mortal se cabreó —dijo Harper—. Se enfadó, quiero decir. Y
no sé si esto importa o no, pero he estado leyendo la Biblia, la verdadera,
que Monseñor me dio. Y me parece que, aunque seas, o hayas sido un
sacerdote, eres y siempre has sido un humano. Un recipiente defectuoso.
—No tienes ni idea —le contesté. Si alguna vez tenía la oportunidad de
contarle la encantadora infancia a la que yo también había sobrevivido,
sabría exactamente cuántos agujeros se habían perforado en el casco de este
barco en particular.
—Así que, si Dios sabe que estás jodido o eres retorcido para empezar
porque Él te creó de esa manera, entonces eso nos da, a todos nosotros, un
pase ante sus ojos. Lo que le hiciste a Bradley fue un acto de misericordia,
Roman. Pusiste fin al sufrimiento de un pecador, y gracias a eso... te
aseguraste de que no pudiera lastimar a nadie nunca más. Entonces, como
en un efecto de dominó sagrado, me encuentras a mí en una colmena de
pecadores supremos, y puf. Se han ido. Se ha hecho justicia. Por fin. Y yo
estoy aquí, estoy contigo, y voy a estar bien. ¿Cómo se llama eso...? ¿Salir
ganando?
Al final de cada frase no había nada que pudiera hacer más esclarecedor
lo que había dicho. Nunca había pensado en la muerte de Bradley Smythe
de esa manera, como un acto de misericordia. Estaba demasiado ocupado
rabiando como un toro, actuando como un justiciero, desempeñando el
papel de un superhéroe sagrado, para ser capaz de tomarme un momento y
perdonarme por acabar con la vida de un hombre malvado.
Harper tenía razón. Tenía toda la razón.
Era misericordia.
—¿Roman…?
Siempre había rezado por la misericordia de los demás. Nunca para mí
mismo.
—¿Roman...? ¿Estás bien?
—Nunca mejor —dije. Y lo decía en serio.

MANTUVIMOS un perfil bajo durante un tiempo, dando a los sabuesos de


la prensa tiempo suficiente para dar con otro rastro en el que meter las
narices. Por suerte, o por desgracia, según se mire, el mundo estaba lleno de
espectáculos terroríficos. El espectáculo de terror del Bien Mayor no tardó
en quedar relegado a un segundo plano frente a la agitación política, los
delitos sexuales y las empresas desacreditadas. Los medios de
comunicación estaban encantados de saciar la sed del público por el último
caos a gran escala, real o imaginario. La saga de los Quinn se olvidó, en su
mayor parte, en pocas semanas.
Señor, ten piedad.
Harper y yo acordamos una entrevista exclusiva para el Nightly Report
de Jeremy Riddle. A su debido tiempo, sin embargo. Quería que mi libro se
encontrase ya en su primer borrador antes. Y necesitaba un título mejor que
Mis aventuras con gente mala. Era bastante bueno escribiendo, pero no
tanto con los títulos. Pero lo más importante era que el cuerpo de Harper
necesitaba más tiempo para curarse antes de presentarse en público. Al
igual que su alma y su mente.
Encontró un verdadero santuario en la iglesia mientras se recuperaba.
Le gustaba especialmente trabajar en la guardería de la iglesia. El mundo
está lleno de milagros vivientes, explicó a un grupo de niños extasiados. Es
asombroso, por ejemplo, cómo el cuerpo puede curarse; por ejemplo, las
heridas de su cara. Mejoran cada día con la medicina adecuada y una dosis
del amor de Dios. ¿No es estupendo?
También mola cómo crecen las plantas a partir de pequeñas semillas.
Harper y las hermanas construyeron la madre de todas las huertas junto a
las azaleas de María Magdalena; con zanahorias, rábanos, remolachas,
pimientos, calabazas y judías. Harper sabía un par de cosas sobre el cultivo
de alimentos por las buenas gracias de la tierra. Y para cuando la primera
plantación de coles empezó a asomar sus pequeños brotes verdes de la
tierra, los médicos le habían dado permiso para volar.
Había reservado una buena parte del dinero del anticipo de mi libro para
una peregrinación en primera clase a la costa de California. Cuando le
enseñé los billetes de avión con la fecha de salida que ella quisiera, rompió
a llorar. Eran lágrimas de felicidad. Por primera vez en su vida, lloraba
lágrimas de felicidad.
Y el Aeropuerto Internacional de Indianápolis, fue su nirvana.
Vimos cómo los aviones rodaban por las pistas, despegaban hacia el
cielo y volvían al suelo con elegantes aterrizajes en tres puntos. Parecía tan
embelesada como los niños cuando las semillas empezaban a brotar.
Harper me contó cómo veía sobrevolar los aviones cuando estaba en los
campos del Bien Mayor. Cómo pensaba en ellos como en sus propios
pájaros gigantes y plateados, cuyas alas a veces dolían al mirarlas cuando la
luz del sol se reflejaba en ellas, y cómo sus motores rugían como leones del
cielo. Cómo la ayudaban a mantener la cordura cuando se imaginaba
volando un día.
Cuando embarcamos en nuestro vuelo, llegó ese día. Se rio a carcajadas
cuando empezó el ascenso y mantuvo la cara prácticamente pegada a la
ventanilla mientras nos elevábamos y nos alejábamos. Al cabo de unos
instantes, nos habíamos estabilizado y las nubes pasaban a nuestro lado
como gigantescas pelusas de algodón. Aferró el collar que le había
regalado, una cruz de cobre colgada de una cadena enroscada a juego, y me
apretó la mano hasta el punto de no poder circularme la sangre.
—Roman, mira. —Señaló por la ventana, apretándome aún con más
fuerza los dedos.
Me eché hacia delante y miré la tierra que había debajo. Era como una
colcha obra de la agricultura: gigantescos rectángulos artificiales de
naranjas, verdes y dorados. Pero uno de esos rectángulos tenía un tono
marrón enfermizo, y en medio de eso, lo que parecía hollín negro salpicado,
donde una vez estuvo una estructura.
—Puedo ver mi casa desde aquí —dijo Harper, y luego se volvió hacia
mí. Los ojos le brillaron con un destello de picardía.
Me gustaba ese brillo.
No, lo amaba. Y la luz y la vida que la acompañaban. Ella me había
ayudado a entender que era digno de perdón a los ojos de Dios, y a los
míos. Y a su vez, me convertí en la luz a través de su oscuridad. Ayudándola
a entender que el mundo no era algo a lo que temer, sino algo que abrazar y
disfrutar. Que las cicatrices en la carne desaparecerán y las cicatrices del
alma, también. Que estaba bien amar, y que estaba bien reír. Como pájaros
escapados de las trampas de los cazadores, nos regocijaríamos y
alegraríamos.
Esa era la voluntad de Dios.
Aleluya.

EL FIN
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