C E S A R E B.
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CESARE B. BECCARIA
derecho penal, escrita para superar el sufrimiento y la injusticia (1738 – 1794)
que hasta el siglo xviii las prácticas penales imprimían en la
Literato, filósofo, jurista y economista
BECCARIA
HANNAH ARENDT sociedad. italiano, tras licenciarse en jurisprudencia
¿Qué es la filosofía de la existencia?
en la Universidad de Pavia formó parte del
Edición, traducción y presentación Bajo la influencia de Locke, Montesquieu, Helvétius y Rousseau, círculo intelectual de los hermanos Pietro y
de Agustín Serrano de Haro Alessandro Verri. Escribió Sobre el desorden
Cesare Beccaria sintetiza en esta obra ideas revolucionarias
que en la actualidad siguen conformando lo más avanzado del monetario y su remedio en los estados
milaneses (1972), De los delitos y de las penas
LEO STRAUSS pensamiento jurídico penal. Entre otras se pueden destacar: la
(1764), Investigación sobre la naturaleza
DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS
El gusto de Jenofonte. necesidad de que sea el Estado quien demuestre la culpabilidad del estilo (1770) y Elementos de economía
Una introducción a la filosofía del acusado, la inutilidad de aplicar la tortura para obtener una pública (editado póstumamente en 1804).
Edición y traducción de Antonio Lastra confesión, la incoherencia de que las leyes amparen y apliquen Sus principales influencias fueron John
y Antonio Fernández Díez la pena de muerte como castigo ejemplar, o que la eficacia de la Locke, Montesquieu, Claude-Adrien
norma penal no reside en la exageración de la pena sino en Helvétius y Étienne Bonnot de Condillac.
la inexorabilidad de su aplicación.
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La imposible conquista de la libertad. Fruto de los principios de la Ilustración, De los delitos y de las penas
Ética, política y estado
expone con lucidez y claridad cuáles deben ser los propósitos de
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la jurisprudencia, su mejor proceder y los límites que es necesario
respetar para asegurar la convivencia de los ciudadanos y el respeto
JOHN STUART MILL de sus derechos. La consecución de tales fines debe superar
Sobre la libertad mil dificultades: el más perfecto de los códigos está expuesto a
Edición de Andrés de Francisco la corrupción de sus ejecutores. Este breve tratado nos expone
cómo sortear estos peligros.
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Poesía y filosofía en la Villa de los Papiros
Edición de Salvador Mas
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Edición de Miguel Candel Sanmartín DE LOS DELITOS Estudió filosofía en la Universidad de
Santiago de Compostela y en la Universidad
WILLIAM JAMES
Y DE LAS PENAS Complutense de Madrid. Fue traductor e
intérprete en la Fondazione Casa America de
Pragmatismo. Un nuevo nombre para Génova. Está especializado en teoría de la
algunos antiguos modos de pensar EDICIÓN Y TRADUCCIÓN literatura y literatura comparada, y ha realizado
Edición de Juan Carlos Mougán Rivero D E Á L V A R O O T E R O diversas traducciones de autores clásicos y
contemporáneos.
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MICHEL FOUCAULT ISBN: 978-84-16938-95-7 83 CLÁSICOS DEL PENSAMIENTO
La parrêsía
Edición de Jorge Álvarez Yágüez
B I B L I O T E C A N U E VA
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Colección dirigida por
Jacobo Muñoz
Vicente Sanfélix
CESARE B. BECCARIA
D E L O S D E L I TO S
Y DE LAS PENAS
edición y traducción de álvaro otero
prólogo de enrique bacigalupo
B I B L I O T E C A N U E VA
Edizione Nazionale delle Opere di Cesare Beccaria, dirigida por Luigi Firpo y
Gianni Francioni, vol. 1, Dei delitti e delle pene, a cargo de Gianni Francioni,
con La edizioni italiane del «Dei delitti e delle pene» de Luigi Carpio, Milán,
Mediobanca, 1984
Cubierta: Malpaso Ediciones, S. L. U.
© Edición y traducción, Álvaro Otero, 2018
© Prólogo, Enrique Bacigalupo, 2018
© Editorial Biblioteca Nueva, S. L., Madrid, 2018
Evaristo San Miguel, 20, entreplanta izq.
28008 Madrid (España)
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contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal). El Centro
Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de
los citados derechos.
ÍNDICE
prólogo, Enrique Bacigalupo ....................... 11
cronología ........................................... 21
Nota del traductor .............................. 29
DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS
Al lector .............................................. 37
introducción . . ...................................... 41
I.—Origen de las penas .. ............................... 43
II.—Derecho de castigar ............................... 44
III.—Consecuencias . . .................................. 45
IV.—Interpretación de las leyes ....................... 46
V.—Oscuridad de las leyes ............................. 49
VI.—Proporción entre los delitos y las penas ........ 50
VII.—Errores en el cálculo de las penas . . ............. 53
VIII.—División de los delitos ......................... 54
IX.—Del honor ......................................... 56
X .—De los duelos . . .................................... 58
XI .—De la tranquilidad pública ..................... 59
XI.—Fin de las penas ................................... 61
XIII.—De los testimonios ............................. 61
XIV.—Indicios y formas de juicios . . .................. 63
XV.—Acusaciones secretas ............................. 65
XVI.—De la tortura .. ................................... 67
XVII.—Del fisco ........................................ 73
XVIII.—De los juramentos ............................ 74
XIX.—Prontitud de la pena ............................ 75
XX.—Violencias ......................................... 77
XXI.—Castigos de los nobles .......................... 78
XXII.—Hurtos .......................................... 79
XXIII.—Infamia ........................................ 80
XXIV.—Ociosos . . ....................................... 81
XXV.—Destierro e incautaciones . . .................... 82
XXVI.—Del espíritu de familia ........................ 83
XXVII.—Suavidad de las penas ........................ 86
XXVIII.—De la pena de muerte . . ..................... 88
XXIX.—De la detención ............................... 96
XXX.—Procesos y prescripción ........................ 98
XXXI.—Delitos de difícil demostración .............. 101
XXXII.—Suicidio ....................................... 104
XXXIII.—Contrabandos ............................... 107
XXXIV.—De los deudores . . ............................ 109
XXXV.—Asilos .. ......................................... 111
XXXVI.—De la recompensa .. .......................... 112
XXXVII.—Intenciones, cómplices e impunidad ..... 113
XXXVIII.—Interrogaciones sugestivas y declaraciones .. . 115
XXXIX.—De un género particular de delitos ........ 117
XL.—Falsas ideas de utilidad .. ......................... 118
XLI.—Cómo se previenen los delitos ................. 119
XLII.—De las ciencias .................................. 121
XLIII.—Magistrados ................................... 124
XLIV.—Distinciones .. .................................. 124
XLV.—Educación ....................................... 125
XLVI.—De la gracia .................................... 125
XLVII.—Conclusión .. .................................. 126
P RÓ L O G O
Quiero agradecer ante todo a Antonio Roche y a Editorial Bi-
blioteca Nueva por haberme encomendado presentar la nueva
traducción al castellano de este pequeño libro, escrito cuando su
autor tenía veintiséis años y cuya primera edición data de 1764. Es
un texto siempre actual, no obstante el tiempo transcurrido desde
su aparición.1 Ello pone de manifiesto el permanente acecho al que
está sometida nuestra sociedad por el irracionalismo penal.
La obra de Beccaria tuvo rápida difusión en la Europa previa y
cercana a la Revolución francesa de 1789. La primera traducción
española es de 1774.2 Las traducciones han sido en muchas oca-
siones precedidas de prefacios o valiosos estudios introductorios,
desde los comentarios de Voltaire, aprobados por el propio Becca-
ria, hasta los más recientes, entre los que destacan, en castellano,
los de Francisco Tomás y Valiente (1969), José Jiménez Villarejo
(2008) y Perfecto Andrés Ibáñez (2011), pasando por el de Fran-
cisco P. Laplaza, en Argentina (1955).
La actualidad de Dei delitti e delle pene es explicable, en pri-
mer lugar, porque el problema de la reacción de la sociedad al
delito es una de las cuestiones sociales de actualidad permanente.
Ello es consecuencia, probablemente, de que las utopías, que
creyeron posible eliminar el delito, han dejado de tener soporte
científico, si es que alguna vez lo tuvieron, al menos desde 1895,
año en el que Emile Durkheim publicó Les règles de la méthode
1
De los delitos y de las penas ha sido traducido y publicado en España desde
su aparición en repetidas oportunidades. Una lista completa de las mismas
puede verse en la Introducción de Perfecto Andrés Ibáñez a la edición publicada
por Editorial Trotta, 2011.
2
Cfr. J. Antón Oneca, «El Derecho Penal de la Ilustración y Don Manuel
de Lardizábal», Estudio preliminar en M. de Lardizábal, Discurso sobre las penas,
reedición publicada en la Revista de Estudios Penitenciarios, núm. 174, julio/
septiembre, 1966.
13
14 enrique bacigalupo
sociologique, donde caracterizó el crimen como un «hecho social
normal», en contra de las opiniones que lo consideraban un
fenómeno patológico de las sociedades.
Pero, sin perjuicio de ello, la actualidad del libro de Beccaria
parece estar justificada por la permanencia de un conflicto básico
del derecho penal: la alternativa entre venganza o pena frente al
delincuente. La cuestión constituyó uno de los puntos funda-
mentales de las teorías de la pena, al menos desde el siglo xvi. La
teoría de los fines de la pena, ya expuesta por Grotius en 1625,3
tiene precisamente la finalidad de diferenciar las penas de la ven-
ganza. Incluso las teorías absolutas de la pena, como la de Kant,
que rechazan el utilitarismo de la pena, establecen para la pena
los límites de la justicia que la diferencian de la venganza. La in-
fluencia del «Sermón de la montaña»,4 en el que Jesús rechaza el
antiguo aforismo de «ojo por ojo y diente por diente» y proclama
que al que golpea una mejilla hay que ofrecerle la otra, condicio-
nó fuertemente la legitimidad del derecho penal. A partir de esta
premisa el derecho penal no podía legitimarse como castigo y la
pena solo era admisible si tenía un fundamento racional: educa-
tivo, disuasivo, etc.
En la década de los 70 del siglo pasado esta problemática se hizo
presente en la discusión generada en Estados Unidos por quienes,
ante decisiones liberales de la Supreme Court,5 que afectaban espe-
cialmente a las técnicas de los interrogatorios, comenzaron a poner
en cuestión las garantías reconocidas a los acusados por estimarlas
«excesivas» y contrarias a los «derechos» de las víctimas.6 La idea
de la igualdad de armas fue presentada, en ese tiempo, en una
versión demagógica, en la que el sospechoso de haber cometido
un delito debía ser tratado con sus mismos «métodos».
3
Hugo Grotius, De Iure Bellis ad Pacis, 1625, Libro II, cap. XX, VI.
4
Mateo, 5, 38-42.
5
Miranda versus Arizona, 384, US 436 (1966).
6
Cfr. Gunther Arzt, Der Ruf nach Recht und Ordnung, 1976.
prólogo 15
Dei delitti e delle pene apareció en el siglo xviii en un momento
especialmente cruel de la historia penal, en el que dominaba abso-
lutamente el procedimiento penal de la Inquisición, caracterizado
por las denuncias anónimas, la tortura y la crueldad de las penas.
La plena prueba requería entonces la confesión del inculpado o
dos testigos que acreditaran la comisión del delito. La confesión,
bajo ciertas condiciones, podía ser extraída mediante tortura. Esta
situación venía siendo denunciada por valientes juristas, entre los
que cabe mencionar a Christian Thomasius por su escrito De cri-
mine magiae (1701) y a Bernhardi, De tortura e foris Christianorum
proscribenda (1705).7
El Iluminismo (Aufklärung), movimiento también llamado
en España «Ilustración», tomó rápidamente partido por las ideas
humanitarias expuestas por Beccaria y su libro llegó a ser con-
siderado «un hijo prodigio del Iluminismo».8 Sin embargo, las
ideas de Beccaria chocaron con algunos de los principales repre-
sentantes de la Aufklärung, especialmente con Kant, a propósito
de la pena de muerte, cuya abolición defendió Beccaria desde
una perspectiva contractualista.9 Para Kant «solo la retribución
(Wiedervergeltungsrecht) (ius talionis), bien entendida [...] puede
brindar precisamente la cualidad y la cantidad de la pena», el que
ha matado tiene que morir, «aquí no hay ningún sucedáneo que
pueda satisfacer la justicia».10 Los argumentos con los que Beccaria
priva de legitimidad a la pena de muerte, basados en la idea del
contrato social, fueron descalificados por Kant como «sofismas y
retorcimiento del derecho».11 Es probable que este desencuentro
entre metafísica y utilidad social del derecho penal haya sido el
punto de partida de la renovación del sistema de penas del dere-
7
Cfr. C. Roxin, Strafverfahrensrecht, 19,1985, pág. 404.
8
Cfr. Philipp Blom, Böse Philosophen, 2010, pág. 265.
9
Capítulo XXVIII, págs. 88 y sigs.
10
Metaphisik der Sitten, 1.ª edición, 1797, págs. 198-199; 2.a edición, 1798,
págs. 228-229.
11
Ibíd., págs. 200 y 230 de las ediciones citadas, respectivamente.
16 enrique bacigalupo
cho penal que comenzó a fines del siglo xix. Afortunadamente la
historia ha dado, al menos en la Unión Europea y en los Estados
del Consejo de Europa, la razón a Beccaria.
También Diderot y Holbach, con quienes Beccaria tuvo con-
tacto en París,12 y Friedrich Melchior Grimm, un iluminista radi-
cal, consideraron el escrito de Beccaria como simplista o ingenuo,13
sobre todo porque no compartían su punto de vista sobre la pena
de muerte, y porque, como relata Blom en la obra citada,14 su
catolicismo chocaba con el ateísmo de sus anfitriones.
Por el contrario, Dei delitti e delle pene mereció el elogio de
Voltaire, quien en la edición de la Sociedad de Filosofía de Lon-
dres, 1774,15 consideró, en el comentario allí publicado,16 que la
obra de Beccaria debía «atenuar el resto de barbarie que todavía
existe en la jurisprudencia de tantas naciones»17.
Y también encontró la comprensión de Hegel, que consideró
correcta la opinión de Beccaria respecto de la aceptación de la pena
por parte del ciudadano, pero señalando, al mismo tiempo, que el
momento de la exteriorización del consentimiento por el autor no
era el del contrato social, sino el de la comisión del delito.18 Asimis-
mo, señala Hegel que «los esfuerzos de Beccaria para abolir la pena
de muerte han traído efectos beneficiosos. Si bien ni Joseph II ni
los franceses han podido abolirla totalmente, sin embargo, se ha
comenzado a comprender qué crímenes serían merecedores de esta
pena y cuáles no. De esta manera la pena de muerte ha reducido su
ámbito, que es lo que esta alta punta de la pena merece».19
12
Cfr. Ph. Blom, loc. cit. págs. 265 y sigs.
13
Ibíd., págs. 269 y sigs.
14
Pág. 269.
15
Reedición facsimilar de la Fondazione Giangiacomo Feltrinelli, 2001.
16
Págs. 109 y sigs.
17
Pág. 109.
18
Grundlinien der Philosophie des Rechts oder Naturrecht und Staatswissens-
chaft im Grundrisse, 1821, adición al §100.
19
Ibíd.
prólogo 17
La repercusión de Dei delitti e delle penne en España tuvo es-
pecial importancia en la obra de Manuel de Lardizábal y Uri-
be, Discurso sobre las penas, de 1782.20 Con razón precisó Antón
Oneca, refiriéndose a Lardizábal: «cuando se le llama el Beccaria
español ha de entenderse que tanto o más que de Beccaria tuvo
de español. Con propósito ciertamente análogo le sigue en más
pasajes de lo que pudiera deducirse de la parquedad de las citas
y de la contradicción de alguna de las ideas de Dei delitti e de-
lle pene; pero había grandes diferencias impuestas por el oficio,
la nacionalidad y el temperamento de ambos escritores».21 Cabe
agregar que, además, Lardizábal partía del origen divino del poder
político,22 por lo que su concepción de la pena resulta muy lejana
del fundamento contractualista de Beccaria.
Para Antón Oneca, Beccaria era un «pequeño filósofo del Siglo de
las Luces, sin conocimiento directo de la justicia práctica»,23 mientras
Lardizábal era un magistrado e historiador del Consejo de S. M. y
su Alcalde del Crimen, [que] redacta su obra «después de extractar
las leyes vigentes en una misión oficial y con una base histórica y
práctica ausente en aquel». «De aquí —concluye Antón Oneca— la
crítica moderada de la legislación vigente para la que no faltan elo-
gios, el sentido realista de sus propuestas, y, sobre todo, el tono llano
y grave, bien distinto de la retórica afectada del milanés».24
Este trasfondo personal de las ideas de Lardizábal se percibe
en su opinión sobre la abolición de la pena de muerte, en la que
sustancialmente coincide con la ya mencionada de Diderot. En
este sentido sostenía que «las razones en que se fundan los que
quieren proscribir la pena de muerte son ciertamente más inge-
20
«Discurso sobre las penas, 1782». Separata de la Revista de Estudios Peniten-
ciarios, julio-septiembre, 1966, con Estudio preliminar de don José Antón Oneca.
21
La prevención general y la prevención general en la teoría de la pena, 1944,
pág. 37.
22
Ibíd., pág. 55.
23
Ibíd., pág. 31.
24
Ídem.
18 enrique bacigalupo
niosas que sólidas»25 y, consecuentemente, afirmaba que «negar a
las potestades supremas la facultad de imponer la pena de muerte,
sería arrancar temerariamente a la justicia y a la soberanía uno de
sus más principales atributos». Pero, al mismo tiempo también
advierte: «imponerla sin discernimiento y con profusión sería
crueldad y tiranía. Abolirla enteramente en un Estado sería acaso
abrir la puerta a ciertos delitos más atroces y peligrosos, que casi
no pueden expiarse sino con sangre».26
La comparación con Lardizábal es también interesante en lo
que respecta a la interpretación y aplicación de las leyes. En el
capítulo IV Beccaria sostiene la tradicional estructura de la aplica-
ción de la ley en la forma del silogismo. Y afirma, a continuación:
«no hay más peligroso que aquel axioma común, según el cual es
necesario consultar el espíritu de la ley [...]. El espíritu de la ley
sería, por lo tanto, el resultado de una buena o mala lógica de un
juez, de una fácil o malsana digestión». Por el contrario, Lardizábal
sostenía la necesidad de «dexar a la prudencia del juez la aplicación
de la ley a ciertos casos», porque, citando al rey don Alonso, «el
saber de las leyes non es tan solamente aprender et decorar las
letras dellas, mas en saber el su verdadero entendimiento».27
La cuestión, debatida desde antiguo y, sobre todo, desde los
intentos de prohibir la interpretación de las leyes por los jueces,
del siglo xviii28, es sumamente actual dado que a día de hoy la
vinculación de los jueces a la ley y sus métodos de interpretación
están fuertemente cuestionados, hasta el punto de que hay autores
que sostienen la existencia de una secreta revolución que amenaza
con sustituir el Estado de derecho por un Estado judicial.29
25
Ídem.
26
Ibíd., pág. 108.
27
Ibíd., pág. 74.
28
Cfr. S. Vogenauer, Die Auslegung von Gesetzen in England und auf dem
Kontinent, I, 2001, págs. 582 y sigs.
29
Cfr. B. Rüthers, Die heimliche Revolution vom Rechtsstaat zum Richterstaat,
2.ª edición, 2016, y Die unbegrenzte Auslegung, 8.ª edición, 2017.
prólogo 19
Beccaria criticó especialmente el derecho procesal de su época:
la arbitrariedad de las detenciones (cap. VI), las acusaciones secre-
tas, los interrogatorios «sugestivos», la tortura, la ponderación de
la prueba de indicios, etc. Sus reflexiones no han perdido impor-
tancia. En el proceso actual, la cuestión de la prueba de los hechos
que fundamenta la responsabilidad del acusado sigue siendo un
problema de la mayor trascendencia. El juicio de los tribunales de
instancia sobre los hechos es prácticamente inamovible: el recurso
de apelación previsto en nuestras leyes y su práctica son totalmente
ineficaces. El recurso de casación, por definición y no obstante la
ampliación del ámbito al que la jurisprudencia preconstitucional
la había reducido,30 solo permite al Tribunal Supremo una revi-
sión muy limitada de la ponderación de la prueba practicada por
el tribunal a quo.31 En suma, estamos en presencia de una de las
obras más emblemática del Iluminismo que, ya desde su aparición,
tuvo y tiene que luchar para imponer la razón en el tratamiento
del delito.
Madrid, 25 de enero de 2018
enrique bacigalupo
Director del Seminario de Derecho Penal
Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
30
Cfr. STC 31/1981.
31
La aplicación de la última reforma (art. 848 de la Ley de Enjuiciamiento
Criminal según la redacción dada por la Ley 41/2015) por el Tribunal Supre-
mo puede favorecer una mejora de nuestro sistema de recursos en el proceso
penal.
C RO N O L O G Í A * 1
1738
Nacimiento de Cesare Beccaria en Milán.
Paz de Viena que puso fin a la guerra de sucesión polaca.
Nace Túpac Amaru II, líder indígena de la revolución americana
contra España.
1739
Hume, Tratado de la naturaleza humana.
1740
Comienzo de la guerra de sucesión austriaca.
Voltaire, La metafísica de Newton.
Huntsman, fusión del acero.
1741
Hume, Ensayos morales y políticos.
1742
Celsius, termómetro centígrado.
1743
D’Alembert, Tratado de dinámica.
1744
Luis XV de Francia sobrevive a un intento de asesinato de Robert-
François Damiens.
1746
Entra en el colegio jesuita Farnesiano di Parma.
Diderot, Pensamientos filosóficos.
* Cronología establecida por Álvaro Otero.
21
22 Álvaro Otero
1748
Paz de Aquisgrán que puso fin a la guerra de sucesión austriaca.
Montesquieu, El espíritu de las leyes.
1749
En España tiene lugar la Gran Redada contra el pueblo gitano.
1750
Jean-Jacques Rousseau gana el premio de la Academia de Dijon
por su Discurso sobre las ciencias y las artes.
Denis Diderot redacta el Prospectum, proyecto en que se basaría
la posterior L’Encyclopédie.
1751
Se publica el primer tomo de la Enciclopedia o Diccionario razo-
nado de las Ciencias, las Artes y los Oficios.
1752
Hume, Discursos políticos.
Franklin inventa el pararrayos.
1753
Diderot, Interpretación de la naturaleza.
En Londres abre sus puertas el Museo Británico.
1754
Fin de los estudios escolares.
Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos
de la desigualdad entre los hombres.
D. Hume comienza su Historia de Inglaterra.
1755
Comienza a leer a los ilustrados franceses.
cronología 23
Terremoto de Lisboa.
Mendelssohn, Diálogos filosóficos.
1756
Guerra de los Siete Años.
Voltaire, Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones.
Nacimiento de Mozart en Salzburgo.
1757
David Hume, Historia natural de la religión.
1758
Se licencia en Derecho en la Universidad de Pavía.
Inglaterra se adueña de Canadá, antigua posesión francesa.
Baumgarten, Aesthetica.
1759
Portugal expulsa a los jesuitas.
Voltaire, Cándido o el optimismo.
Se abre al público el Museo Británico.
1760
Diderot, La religiosa.
1761
Se casa con Teresa Blasco.
1762
Publicación de Del disordine e de’ rimedi delle monete nello Stato
di Milano nell’anno 1762.
Nacimiento de su hija Giulia que será la madre de A. Manzoni.
Comienzo del reinado en Rusia de Catalina II la Grande.
Jean-Jacques Rousseau publica El contrato social.
Gluck, Orfeo.
24 Álvaro Otero
1763
Se firma el Tratado de París que pone fin a la guerra de los Siete
Años. Francia pierde sus colonias en Norteamérica. España cede
Florida a cambio de los territorios al oeste del río Misisipi.
Parini, La mañana.
1764
Publicación de Dei delitti e delle pene. Condenada en 1766 por la
Santa Inquisición.
En París se publica el Diccionario filosófico de Voltaire.
Wolfgang Amadeus Mozart escribe su primera sinfonía, a los ocho
años de edad.
1765
Toscana, gobierno de Pedro Leopoldo.
Henry Cavendish descubre el hidrógeno.
1766
Fin de la publicación en Milán de Il Caffè.
Viaje a París en compañía de P. Verri.
Motín de Esquilache.
Lessing, Laocoonte.
1768
Ocupa la cátedra de Economía Civil durante dos años en la es-
cuela palatina de Milán.
Génova cede Córcega a Francia.
1769
Nace Napoleón.
James Watt patenta su primera máquina de vapor.
1770
Publicación de Ricerche intorno alla natura dello stile.
cronología 25
Jean-Jacques Rousseau, Las Confesiones.
Barón de Holbach, Sistema de la naturaleza.
1771
Entra a formar parte de la Administración austriaca.
P. Verri, Meditaciones sobre economía política.
1772
Abolición de la esclavitud en Inglaterra.
Lessing, Emilia Galotti.
1773
Clemente XIV disuelve la Compañía de Jesús.
P. Verri, Discurso sobre la índole del placer y del dolor.
Macpherson, Cantos de Ossian.
1774
Muerte de su primera esposa. Contrae matrimonio a los tres meses
del fallecimiento con Anna Conti Bernabé Barbo.
Luis XVI, rey de Francia.
Goethe, Las penas del joven Werther.
1776
Firma de la Declaración de Independencia estadounidense.
A. Smith, Sobre la riqueza de las naciones.
1777
Alfieri, De la tiranía.
1778
Es nombrado magistrado provincial.
Durante los próximos años llevará una vida dedicada al alto fun-
cionariado, reordenando sobre el plano político-administrativo
el Estado milanés.
26 Álvaro Otero
1779
Lessing, Nathan el Sabio.
1780
Comienzo del reinado de José II en Austria.
Lessing, Educación del género humano.
Lavoisier, teoría de la combustión.
1781
Kant, Crítica de la razón pura.
1783
Paz de Versalles.
Kant, Prolegómenos a toda metafísica futura.
Hermanos Montgolfier, globo aerostático.
1784
Kant, ¿Qué es la Ilustración?
Minckelers, gas de alumbrado.
1785
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres.
Schiller, Oda a la Alegría.
1786
Comienzo del reinado de Federico Guillermo II en Prusia.
W. A. Mozart, Las bodas de Fígaro.
1787
Constitución de Estados Unidos.
La máquina de vapor de Watt se aplica en las hilanderías.
1789
Inicio de la Revolución francesa.
Goethe, primeras Elegías romanas.
cronología 27
1790
Escribe un artículo en defensa de los trabajadores textiles de
Como.
Kant, Crítica del juicio.
1791
Forma parte de la Junta para la Reforma del Sistema Judicial.
Primera Constitución en Francia.
Mozart compone La flauta mágica.
1793
Ejecución de Luis XVI.
Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón.
Muerte de Marat.
1794
Muerte de C. Beccaria.
Francia, Reacción de Termidor.
N OTA D E L T R A D U C TO R
El texto que hemos adoptado para esta traducción es el fijado
por Gianni Francioni para la Edizione Nazionale delle Opere di
Cesare Beccaria, dirigida por Luigi Firpo y Gianni Francioni,
Milán, Mediobanca, 1984, vol.1.1
Esta elección, sin embargo, no está libre de controversia. La pu-
blicación de la que se parte es la quinta edición realizada en 1766,
conocida como edición Harlem. A diferencia de las anteriores, Beccaria
introduce dos nuevos capítulos, «Del fisco» y «Delle grazie», así como
la respuesta a las críticas vertidas por Ferdinando Facchinei en contra
de este libro, recogidas bajo el epígrafe «A chi legge».
No está libre de polémica, decíamos, porque este escrito de
Beccaria es la historia de una continua metamorfosis. En primer
lugar, las discusiones sobre la autoría y a quién correspondía la
celebridad de la obra condujeron a un áspero enfrentamiento entre
Pietro Verri y Cesare Beccaria que acabó por arruinar su amis-
tad. En segundo lugar, los problemas de edición y distribución
ocasionados por la censura y el Índice de libros prohibidos de la
Inquisición causaron que en las primeras impresiones no constara
el nombre del autor.
La tercera dificultad estriba en la edición realizada en Francia
por el abad André Morellet. En el Prefacio del traductor se indica
que el autor italiano ha sabido unir «la fuerza del razonamiento al
calor del sentimiento» pero debido a esto ha perdido de vista «el
orden natural» del texto. La labor de editor de Morellet consistió
en convertir el libro en un tratado. Para ello, se propuso reorde-
nar los 47 capítulos originales agrupándolos según una temática
similar, reduciendo el texto italiano a 42 capítulos. En una carta
fechada el 3 de enero de 1766, Morellet se disculpa ante Bec-
1
Las referencias aludidas en el texto provienen todas de esta obra.
29
30 Álvaro Otero
caria «por la libertad que me he tomado para cambiar el orden
de vuestra obra». En respuesta el autor milanés halaga el trabajo
realizado por el abad, y lamenta que no pueda reformar la nueva
edición italiana para adaptarla al nuevo ordenamiento, pues esta
se encontraba ya en la imprenta. A pesar de tan elogiosa respuesta
cabe destacar que cuando más adelante tuvo la oportunidad de
enmendarla no lo hizo.2
La propuesta de Morellet modificó el orden para lo que tuvo
que acortar, unir y suprimir parágrafos; incluso tuvo dificultades
de comprensión en algunas partes del texto que dejo sin traducir
(pág. 309). Además de alabanzas tuvo feroces críticas realizadas
por autores tan agudos como Diderot, que llegó a decir: «el señor
abad Morellet ha sacrificado [la obra] con su traducción, pues
ha querido introducir fragmentos de protocolo y de método allí
donde las ideas filosóficas eran coloridas, exaltantes, rebeldes,
exageradas, con las que el autor nos lleva en cada instante al en-
tusiasmo» (pág. 315).
Las dificultades para establecer el texto no acaban aquí. En 1774
aparece la primera edición italiana con el orden fijado por Morellet
con Londres como lugar de impresión. Los expertos en la obra de
Beccaria coinciden en afirmar que la impresión no es realizada por
el editor de los obra anteriores, Aubert, si bien sí que está editada
con los mismos tipos móviles.3 Esta edición acabó convirtiéndose
en la edición de referencia durante todo el siglo xix y hasta bien
entrado el siglo xx. Autores del prestigio de Rodolfo Mondolfo o
Piero Calamandrei la tomaron como la edición canónica. Entonces,
2
Hay varias interpretaciones sobre este suceso, algunas de ellas especulan
sobre el apocamiento de Beccaria ante la fama y prestigio de la filosofía francesa.
Quizá, por ello, escribe una carta elogiosa al traductor, aunque parece que por
las decisiones tomadas posteriormente con respecto a su obra, no hace suyas
tales transformaciones.
3
Sería interesante relatar cómo funcionaba el mercado de tipos móviles y
planchas de obras de gran difusión, pero es algo que queda fuera del objetivo
de este apartado.
Nota del traductor 31
¿por qué hemos tomado nosotros la edición de 1766? Como hemos
señalado, aunque hay buenas razones para tomar como referencia
la edición de 1774, creemos que contiene problemas textuales de
difícil solución.
En 1958 Franco Venturi estableció que el texto de la edición
quinta es la última de la que existen pruebas explícitas de una
participación del autor en la revisión del texto, por ello «es la
única que nos permite leer lo que salió de las manos de Beccaria»
(pág. 533). Creemos que esta última es la razón más importante,
pues se basa en el hecho de la aprobación y participación de Bec-
caria en la fijación del texto y del orden. Otras posibilidades, como
tomar como referencia la edición de 1774, aunque sugestivas, nos
obligarían a situarnos en el terreno de la suposición.
Por otra parte, queremos destacar el trabajo de los traductores
previos de esta obra. La magnífica labor convertida ya en clásica por
Juan Antonio de las Casas, y la recientemente publicada por Per-
fecto Andrés Ibáñez, en la que muestra su brillantez y erudición.
Por último, quisiera agradecer las sugerencias e indicaciones
para mejorar el texto realizadas por el profesor Enrique Bacigalupo
y el editor Antonio Roche.
In rebus quibuscumque difficilioribus non
expectandum, ut quis simul, et serat, et me-
tat, sed praeparatione opus est, ut per gradus
maturescant.*1
f. bacon, Serm. fidel., n. XLV
* «En los asuntos difíciles, de cualquier naturaleza, no se puede sembrar y
cosechar todo a la vez; es necesaria la debida preparación a fin de que los frutos,
madurados, puedan ser un día recogidos», Francis Bacon, Sermones fideles ethici,
politici, oeconomici, sive interiora rerum, ensayo XLV.
A L L E C TO R *
La tradición de opiniones que en una gran parte de Europa tiene
todavía el nombre de leyes1 está formada por los restos legislativos
de un antiguo pueblo conquistador, compilados por un príncipe
que hace doce siglos reinaba en Constantinopla, entremezcladas
después con los ritos longobardos, y reunidas en farragosos volúme-
nes por ocultos y oscuros intérpretes; es una cosa tan común hoy en
día como funesta descubrir que la opinión de Carpzov,2 o un uso
antiguo señalado por Claro,3 o incluso una tortura con iracunda
complacencia sugerida por Farinacci4 sean las leyes que con toda
seguridad obedecen aquellos que deberían por el contrario regir
adecuadamente las vidas y la fortuna de los hombres. Intentamos
exponer estas leyes, que son un poso de tiempos más bárbaros, son
examinadas en este libro en cuanto se refieren al sistema criminal, y
sus desórdenes, a los directores de la pública felicidad con un estilo
que aleja al vulgo no ilustrado e impaciente. La honesta indagación
de la verdad, la independencia de las opiniones vulgares con la que
está escrita esta obra es un efecto de la apacible e ilustrada guía
bajo la que vive el autor. Los grandes monarcas, los benefactores
de la humanidad que nos tutelan, aman las verdades expuestas
sin fanática vehemencia por el oscuro filósofo, al que detestan
* Parte añadida en la quinta edición para rebatir las acusaciones de irreli-
giosidad y herejía, realizadas sobre todo por F. Facchinei.
1
Beccaria se refiere aquí al Código Justiniano y a las interpretaciones hechas
del mismo en la tradición jurídica medieval.
2
Benedikt Carpzov el Joven (1595-1666), fundador de la ciencia jurídica
alemana y del derecho eclesiástico protestante.
3
Giulio Claro (1525-1575), jurista italiano famoso por su estudio sobre
derecho penal. Ejerció una gran influencia en Carpzov.
4
Prospero Farinacci (1544-1618), jurista y hombre de leyes italiano, teórico
del derecho penal.
37
38 cesare b. beccaria
únicamente quienes, rechazando la razón, abrazan la fuerza o la
laboriosidad; los desórdenes presentes, para quien bien examina
todas las circunstancias, son la sátira y el reproche de las edades
pasadas, no la de este siglo ni la de sus legisladores.
Quienquiera honrarme con sus críticas comience por com-
prender justamente el objetivo al que se dirige esta obra, objetivo
que lejos de disminuir la legítima autoridad serviría para acrecen-
tarla si demostramos su benevolencia y humanidad, ya que en los
seres humanos más poderosa es la opinión que la fuerza. Las mal
entendidas críticas publicadas contra este libro5 se fundan en con-
fusas nociones, y me obligan a interrumpir por un momento mis
razonamientos dirigidos a mis ilustrados lectores, para concluir de
una vez por todas con los motivos de los errores de un celo pacato
o a las calumnias de la maligna envidia.
Tres son las fuentes de las que derivan los principios morales
y políticos reguladores de los hombres: la revelación, las leyes
naturales y las ficticias convenciones de la sociedad. No hay pa-
rangón entre la primera y las otras en relación con el principal de
sus fines; pero se asemejan en esto: las tres conducen a la felicidad
en esta vida mortal. Al considerar las relaciones de la última no
se excluyen las relaciones con las dos primeras; al contrario, así
como aquellas, si bien divinas e inmutables, fueron por culpa de
hombres, con religiones falsas y arbitrarias nociones de vicio y de
virtud, en mil modos depravadas con sus confusos pensamientos,
parece, pues, necesario examinar, separadamente de cualquier otra
consideración, lo que nace de las puras convenciones humanas,
explícitas o supuestas, debido a la necesidad y con el fin de la
utilidad común, idea esta que cualquier secta y cualquier sistema
moral debe necesariamente aceptar; y será siempre loable empresa
5
Alusión a las críticas vertidas por el monje Ferdinando Fachinnei en su
libro Brevi note da porsi in piè di pagina al libro intitolato Dei delitti e delle
pene. En este libro aboga por la pena de muerte y critica las bases teóricas del
contrato social.
de los delitos y de las penas 39
la que fuerza incluso a los más obstinados e incrédulos a confor-
marse con los principios que empujan a los hombres a vivir en
sociedad. Existen, por tanto, tres distintas clases de virtud y de
vicio: religiosa, natural y política. Estas tres clases no deben nunca
estar en contradicción entre ellas, pero no todas las consecuencias
y deberes que se siguen de una se siguen de las otras. No todo lo
que exige la revelación lo exige la ley natural, ni todo lo que exige
esta lo exige la pura ley social; pero es importantísimo separar lo
que resulta de esta convención, es decir, de los pactos expresos o
tácitos de los hombres, porque tal es el límite de la fuerza que se
puede legítimamente ejercitar entre hombre y hombre sin una es-
pecial intervención del Ser Supremo. Por tanto, la idea de la virtud
política puede sin reparo llamarse variable; la de la virtud natural
sería siempre clara y manifiesta, si la imbecilidad o las pasiones
de los hombres no la oscureciesen; y la de la virtud religiosa es
siempre una y constante, porque es revelada inmediatamente por
Dios y por Él conservada.
Sería, por tanto, un error atribuir a quien habla de conven-
ciones sociales y de sus consecuencias, principios contrarios a la
ley natural o a la revelación; porque no habla de ellos. Sería un
error a quien, hablando del estado de guerra antes del estado de
sociedad, lo tomase al estilo hobbesiano, es decir, sin ningún deber
o sin ninguna obligación anterior al pacto, en lugar de tomar esto
como un hecho nacido de la corrupción de la naturaleza humana
y de la falta de una sanción expresa.6 Sería un error el imputar
como delito a un escritor que reflexiona sobre las consecuencias
del pacto social, el no admitirlas antes del pacto mismo.
La justicia divina y la justicia natural son por su esencia inmu-
tables y constantes, porque la relación entre dos objetos iguales
es siempre la misma; pero la justicia humana, o sea política, no
6
Para Beccaria, previo al pacto social, rige una ley natural. Al igual que
Locke considera que la carencia de la ley natural es impedir que uno sea juez
de su propia causa.
40 cesare b. beccaria
siendo más que una relación entre la acción y el estado variable de
la sociedad, puede modificarse a medida que se convierte en nece-
saria o útil para la sociedad tal acción, cosa que no bien discierne
si no de quien analice las complejas y mutabilísimas relaciones de
las asociaciones civiles. Tengo por seguro que cuando estos princi-
pios, esencialmente distintos, son confundidos, no hay esperanza
de razonar correctamente en las materias públicas. Corresponde
a los teólogos establecer los confines de lo justo y de lo injusto,
en lo que concierne a la intrínseca malicia o bondad del acto;
establecer las relaciones de lo justo e injusto político, es decir, de
la utilidad o del daño a la sociedad, corresponde al jurista. Una
disciplina nunca puede perjudicar a la otra, pues todos ven que
la virtud meramente política debe ceder a la inmutable virtud
emanada de Dios.
Quien quisiera, repito, honrarme con sus críticas, no comien-
ce, al menos, por suponer en mí principios destructores o de la
virtud o de la religión, pues he demostrado que esos no son mis
principios, y en lugar de juzgarme incrédulo o sedicioso procure
estimarme mal lógico o frívolo político; no dude ante cada pro-
posición que sostenga los intereses de la humanidad; convénzame
de la inutilidad o del daño político que podría nacer de mis prin-
cipios, hágame ver la ventaja de las normas heredadas. He dado
público testimonio de mi religión y de mi sumisión a mi soberano
con la respuesta a la Notas y observaciones;7 responder a posteriores
escritos parecidos a aquellos sería superfluo; pero cualquiera que
escriba con la decencia que conviene a hombres honestos y con
las luces que me dispensen de probar los primeros principios, del
carácter que sean, encontrará en mí no tanto un hombre que busca
responder sino a un pacífico amante de la verdad.
7
Referencia directa a F. Facchinei, y a sus acusaciones de impiedad y sedi-
ción. Algunos estudiosos sostienen que esta obra no fue escrita por C. Beccaria
como él mismo afirma, sino por Pietro Verri. Esta y otras desavenencias fueron
causa de la ruptura entre ambos filósofos.
I N T RO D U C C I Ó N
Los hombres acostumbran a dejar las decisiones más importan-
tes en manos de la diaria prudencia o a la moderación, mas sus
intereses se oponen a las más cuidadosas leyes que por naturaleza
buscan hacer universales las ventajas y resistir la violencia por la
cual tienden a apropiárselas unos pocos, entregando a esta parte el
máximo de poder y felicidad, y confiriendo al resto la debilidad y
la miseria. Por ello, no sin haber pasado entremedias mil errores en
las cosas más esenciales para la vida y la libertad, tras el cansancio
de sufrir los males, llegados al extremo, no se inducen a remediar
los desórdenes que les oprimen, y a reconocer las más palpables
verdades, las cuales, de hecho, escapan por su simplicidad a las
mentes vulgares, no acostumbradas a analizar los objetos, sino a
recibir sus impresiones todas a la vez, más por tradición que por
examen.
Acudamos a la historia y veremos que las leyes, que son o de-
berían ser pactos de hombres libres, en general no han sido más
que o el instrumento de las pasiones de unos pocos, o nacidas
por una fortuita y pasajera necesidad; jamás dictadas por un frío
examinador de la naturaleza humana, que a un solo fin dirigiese
las acciones de una multitud de hombres, y las considerase desde
este punto de vista: la máxima felicidad compartida por el mayor
número. Felices son las poquísimas naciones que no aguardaron
a que el lento movimiento del azar y vicisitudes humanas enca-
minaran la extremidad de los males a una puesta en marcha del
bien, sino que aceleraron los pasos intermedios con buenas leyes;
y merece la gratitud de los hombres el filósofo1 que tuvo el valor,
desde su oscuro y despreciado estudio, de entregar a la multitud
1
Alusión a J. J. Rousseau.
41
42 cesare b. beccaria
las primeras semillas, durante largo tiempo infructuosas, de útiles
verdades.
Se han conocido las verdaderas relaciones entre el soberano y
los súbditos, y entre las distintas naciones. El comercio se ha ani-
mado en vista de las verdades filosóficas convertidas en comunes
por la prensa,2 y se ha iniciado entre las naciones una tácita guerra
de talento la más humana y la más digna de los hombres razo-
nables. Son resultados que se deben a la luces de este siglo, pero
muy pocos han examinado y combatido la crueldad de las penas y
la irregularidad de los procedimientos criminales, una parte de la
legislación tan importante y tan abandonada en casi toda Europa,
muy pocos, remontándose a los principios generales, eliminaron
los errores acumulados durante siglos, frenando al menos, con
la única fuerza que tienen las verdades conocidas, el demasiado
libre curso del poder mal dirigido, que ha mostrado hasta hoy un
largo y autorizado ejemplo de fría atrocidad. Y, sin embargo, los
llantos de los débiles, sacrificados a la cruel ignorancia y a la rica
indolencia, multiplicadas las bárbaras torturas con pródiga e inútil
severidad por delitos o no probados o quiméricos, la sordidez y
los horrores de una prisión, aumentados por el más cruel verdugo
de los miserables, la incertidumbre, debían conmover a la clase de
magistrados que guían las opiniones de las mentes humanas.
El inmortal presidente de Montesquieu ha pasado rápidamente
sobre esta materia. La indivisible verdad me ha forzado a seguir
las huellas ilustradas de este gran hombre, pero los hombres que
piensan, para quienes escribo, sabrán distinguir mis pasos de los
suyos. ¡Me consideraré afortunado, si llego a obtener, como él,
los secretos agradecimientos de los oscuros y pacíficos seguidores
de la razón, y si inspirase el dulce estremecimiento con el que
las almas sensibles responden a quien sostiene los intereses de la
humanidad!
2
Por ejemplo, Il Caffé, periódico que se editó entre 1764-1766, dirigido por
los hermanos Verri y en el que se publicaron escritos de C. Beccaria.
de los delitos y de las penas 43
I
ORIGEN DE LAS PENAS
Las leyes son las condiciones con las que los hombres, indepen-
dientes y aislados, se unieron en sociedad, cansados de vivir en
un continuo estado de guerra y de gozar una libertad inútil por
la incertidumbre de su conservación.3 Sacrificaron una parte de
su libertad para disfrutar el resto con seguridad y tranquilidad. La
suma de todas estas porciones de libertad sacrificada por el bien
de todos forma la soberanía de una nación, y el soberano es el
legítimo depositario y administrador. Pero no bastaba con hacer
tal depósito, era necesario defenderlo de las usurpaciones exclu-
sivas de cada hombre particular, el cual busca siempre sustraer
del depósito no solo la propia parte, sino también usurpar la de
los demás.4 Se requerían dispositivos sensibles que bastasen para
extirpar el despótico ánimo de cada hombre de sumergir en el
antiguo caos las leyes de la sociedad. Los dispositivos sensibles son
las penas establecidas contra los infractores de las leyes. Los llamo
dispositivos sensibles porque la experiencia nos ha hecho ver que la
multitud no adapta principios de conducta estables, ni se aleja del
principio universal de disolución, que se observa en el universo
físico y moral, si no es con dispositivos que dañan los sentidos y
que continuamente se asoman a la mente para contrarrestar las
fuertes impresiones de las pasiones parciales que se oponen al bien
universal: ni la elocuencia, ni las declamaciones, ni siquiera las más
sublimes verdades han bastado para frenar por mucho tiempo las
pasiones por las vivas incitaciones de los objetos presentes.
3
A pesar de lo dicho en la Introducción, podemos apreciar como el estado
de naturaleza se asemeja a la hipótesis hobbesiana.
4
En esta obra Beccaria participa en el debate sobre las características del
pacto social; este servirá de fundamento para desarrollar su concepción del dere-
cho. Otra característica que nos ayudará a entender este texto es su concepción
utilitarista avant la lettre.
44 cesare b. beccaria
II
DERECHO DE CASTIGAR
Toda pena que no derive de la absoluta necesidad, dice el gran
Montesquieu,5 es tiránica; proposición que se puede generalizar
del siguiente modo: todo acto de autoridad de hombre a hom-
bre que no derive de la absoluta necesidad es tiránico. He aquí
el fundamento del derecho del soberano a castigar los delitos: la
necesidad de defender el depósito del bienestar público de las usur-
paciones particulares; y más justas son las penas, cuanto más sacra
e inviolable es la seguridad, y mayor la libertad de los súbditos que
conserva el soberano. Consultemos el corazón humano y en él
encontraremos los principios fundamentales del verdadero derecho
del soberano a castigar los delitos, pues no es de esperar beneficio
permanente alguno de la política moral si no está fundada sobre los
indelebles sentimientos del hombre. Cualquier ley que se desvíe de
esto hallará siempre una resistencia contraria que al final vence, de
manera que una fuerza, aun mínima, si es continuamente aplicada,
vence cualquier violenta inclinación comunicada a un cuerpo.
Ningún hombre ha sacrificado gratuitamente parte de su liber-
tad por un bien público; esta quimera solo existe en las novelas. Si
fuera posible, cada uno de nosotros querría que los pactos que nos
unen a los demás, no nos vinculasen; cada hombre se considera el
centro de todas las causas del globo.
La multiplicación del género humano, pequeña por sí misma,
pero en mucho superior a los medios que la estéril y abandonada
naturaleza ofrecía para satisfacer las necesidades que se entrecru-
zaban cada vez más, reunió a los primeros salvajes. Las primeras
uniones formaron necesariamente otras para resistirlas y así el
estado de guerra se comunicó del individuo a las naciones.
Fue, por tanto, la necesidad la que obligó a los hombres a ceder
parte de la propia libertad: aunque también es cierto que no se que-
5
En su Esprit de lois, capítulo XIX, 14.
de los delitos y de las penas 45
ría ceder al depósito público más que la mínima porción posible,
la que sea suficiente para persuadir a los demás a defenderlo. La
adición de estas mínimas partes posibles forma el derecho a casti-
gar; cualquier exceso es abuso y no justicia, es hecho, pero no es
derecho. Observad que la palabra derecho no es contradictoria con
la palabra fuerza, sino que la primera es más bien una modificación
de la segunda, es decir, la modificación más útil al mayor número.
Y por justicia no entiendo más que el vínculo necesario para man-
tener unidos los intereses particulares, que sin él se disolvería en el
antiguo estado de insociabilidad; todas las penas que sobrepasan
la necesidad de conservar este vínculo son injustas por naturaleza.
Es necesario evitar unir a esta palabra, justicia, la idea de alguna
cosa real, como una fuerza física, o un ser existente; ella es una
manera simple de concebir de los hombres, manera que influye
infinitamente sobre la felicidad de cada uno; ni siquiera me refiero
a esa otra clase de justicia emanada de Dios y que tiene relación
inmediata con las penas y recompensas en la vida del más allá.
III
CONSECUENCIAS
La primera consecuencia de estos principios es que solo las leyes
pueden decretar las penas que acarrean los delitos, y esta autoridad
no puede residir más que en el legislador, que representa a toda
la sociedad vinculada por un contrato social. Ningún magistrado
(que es parte de la sociedad) puede con justicia decretar un cas-
tigo contra otro miembro de la misma sociedad. Pero un castigo
acrecentado más allá del límite fijado por la ley es el castigo justo
más otro castigo; por tanto, un magistrado no puede, bajo ningún
pretexto de celo o de bien público, aumentar la pena establecida
a un ciudadano delincuente.
La segunda consecuencia es que, si cualquier miembro parti-
cular está unido a la sociedad, esta está igualmente unida a cada
46 cesare b. beccaria
miembro particular por un contrato que por su naturaleza obliga a
las dos partes. Esta obligación, que desciende desde el trono hasta
la barraca, que une igualmente al más grande y al más humilde de
los hombres, no significa otra cosa, sino que es interés de todos
que los pactos útiles al mayor número sean respetados. La viola-
ción, aunque de uno solo sea, comienza a autorizar la anarquía.
El soberano, que representa a la sociedad misma, no puede sino
instituir leyes generales que obliguen a todos los miembros; sin
embargo, no puede juzgar a quien haya violado el contrato social,
pues entonces la nación se dividiría en dos partes: una, representa-
da por el soberano, que sostiene la violación del contrato; y otra,
por el acusado, que la niega. Por tanto, es necesario que un tercero
juzgue sobre la veracidad del hecho. De ahí la necesidad de un
magistrado, cuyas sentencias deben ser inapelables y consistir en
meras aserciones o negaciones de los hechos particulares.
La tercera consecuencia es que se demuestra que la atrocidad
de las penas, si bien en un primer momento no se oponen al bien
público y al fin mismo de impedir los delitos, es, sin embargo,
inútil. En este caso las penas serían contrarias no solo a las virtudes
humanitarias, que son efecto de una razón ilustrada que prefiere
ordenar a hombres felices antes que a una grey de esclavos, sino
también a la justicia y naturaleza del contrato social mismo, pues
la atrocidad de las penas emplea una crueldad vergonzosa.
IV
I N T E R P R E TA C I Ó N D E L A S L E Y E S
Cuarta consecuencia. Ni siquiera la autoridad de interpretar las le-
yes penales puede residir en los jueces penales pues no son legisla-
dores. Los jueces no han recibido las leyes de nuestros antepasados
como una tradición familiar y un testamento que no permitiese
a los descendientes más que obedecer, sino que la reciben de la
sociedad dinámica, o del soberano representante de ella, como
de los delitos y de las penas 47
legítimo depositario del actual resultado de la voluntad de todos.
Las reciben no como obligaciones de un antiguo juramento, nulo,
porque unía voluntades no existentes, inicuo, porque reducía a los
hombres del estado social al estado de manada, sino como efecto
de un tácito o expreso juramento, que las voluntades conjuntas de
los súbditos existentes han realizado al soberano, como vínculos
necesarios para refrenar y regir la alteración interna de los intereses
particulares. Esta es la física y real autoridad de las leyes. ¿Quién
será, por tanto, el legítimo intérprete de las leyes? ¿El soberano,
es decir, el depositario de la actual voluntad de todos, o el juez,
cuyo oficio consiste en examinar si tal hombre ha hecho o no una
acción contraria a las leyes?
En cada delito el juez debe realizar un silogismo perfecto: la
premisa mayor debe ser la ley general, la menor la acción confor-
me o no a la ley, la conclusión la libertad o el castigo. Cuando el
juez esté obligado, o quiera hacer dos silogismos, se abre la puerta
a la incertidumbre.
No hay cosa más peligrosa que el axioma común que anima
a deliberar sobre el espíritu de la ley. Es un dique roto a la marea
de las opiniones. Esta verdad que parece una paradoja para las
mentes vulgares, más dañadas por un pequeño desorden presen-
te que por las funestas pero remotas consecuencias por un falso
principio radicado en una nación, me parece demostrada. Nues-
tros conocimientos y nuestras ideas están en recíproca conexión;
cuanto más complicados son, más numerosos son los caminos que
de ellos llegan y parten. Cada hombre tiene su punto de vista, y
cambia con el transcurso del tiempo. El espíritu de la ley sería,
por lo tanto, el resultado de una buena o mala lógica de un juez,
de una sencilla o pesada digestión, dependería de la violencia de
sus pasiones, de la debilidad de quien sufre, de las relaciones del
juez con el ofendido y de todas las pequeñas fuerzas que trans-
forman la apariencia de todo objeto en la mente fluctuante del
hombre. Observamos la suerte de un ciudadano mudar muchas
veces con el cambio de tribunal, y las vidas de los miserables son
48 cesare b. beccaria
víctimas de falsos razonamientos o del humor de un juez, que
toma por legítima interpretación el vago resultado del conjunto
confuso de nociones que se mueve en su mente. Advertimos que
los mismos delitos juzgados por el mismo tribunal obtienen en
diversos momentos penas diferentes, por haber consultado no la
constante y fija voz de la ley, sino la errante inestabilidad de la
interpretación.
Un desorden que nazca de la rigurosa observación de la letra
de una ley penal no puede compararse con los desórdenes que
nacen de la interpretación. Un inconveniente tal es momentáneo
y nos exhorta a la sencilla y necesaria corrección de las palabras
de la ley, que son el motivo de la incertidumbre, pero impide la
fatal licencia de conjeturar, de la que nacen las arbitrarias y vena-
les controversias. Cuando un código fijo de leyes, que se deben
respetar literalmente, no deja al juez más tarea que la de examinar
las acciones de los ciudadanos, y juzgarlas acordes o discordes a
la ley escrita, cuando la norma de lo justo y de lo injusto, que
debe dirigir las acciones tanto del ciudadano ignorante como del
ciudadano filósofo, no es un asunto de controversia sino de hecho,
entonces los súbditos no están sujetos a las pequeñas tiranías de
las mayorías, más crueles cuanto menor es la distancia en quien
sufre y quien inflige sufrimiento, mucho peor que la tiranía de
uno solo, porque el despotismo de la multitud solo es corregible
por el despotismo de uno solo y la crueldad de un déspota no es
tanto proporcional a la fuerza, sino a los obstáculos para ejercerla.
De este modo, los ciudadanos adquieren la seguridad de sus vidas,
que es justa, porque es el objetivo por el cual los hombres viven
en sociedad, y es útil, porque les permite calcular exactamente
los inconvenientes de un delito. Tengo también por cierto que
adquirirán un espíritu de independencia, no contra las leyes ni
indisciplinado con los supremos magistrados, sino ante quienes
han osado llamar con el sacro nombre de virtud a la debilidad de
ceder a sus interesadas o caprichosas opiniones. Estos principios
incomodarán a aquellos que han creído en el derecho de transmi-
de los delitos y de las penas 49
tir a los subalternos los golpes tiránicos que han recibido de los
superiores. Tendría mucho que temer si el espíritu de la tiranía
fuese compatible con el espíritu de lectura.
V
OSCURIDAD DE LAS LEYES
Si la interpretación de las leyes es un mal, otro evidente es la os-
curidad que trae consigo la interpretación, y lo será grandísimo si
las leyes son escritas en una lengua extraña al pueblo, que lo obliga
a depender de unos pocos, no pudiendo juzgar por sí mismo
cuál sería el límite de su libertad, o la de sus miembros, en una
lengua que haga de un libro solemne y público uno casi privado
y amaestrado. ¡Qué debemos pensar de los hombres, si esto refleja
la inveterada costumbre de buena parte de la culta e ilustrada Eu-
ropa! Cuanto mayor sea el número de quienes entiendan y tengan
entre las manos el sacro código de las leyes tanto menos frecuentes
serán los delitos, porque sin duda la ignorancia y la incertidumbre
de los castigos ayudan a la elocuencia de las pasiones.
Una consecuencia de estas últimas reflexiones es que sin la
escritura una sociedad no alcanzará nunca una forma fija de go-
bierno. La fuerza debe ser un efecto del todo y no de las partes
y las leyes, solo modificables por la voluntad general, no deben
corromperse haciendo pasar por comunes lo que son intereses
particulares. La experiencia y la razón nos han hecho ver que la
probabilidad y la certeza de las tradiciones humanas disminuyen
a medida que se alejan de su origen. ¿Si no existe un monumento
estable del pacto social, cómo resistirán las leyes a la fuerza inevi-
table del tiempo y de las pasiones?
Señalamos la utilidad de la prensa, que hace común, y no par-
ticular, el depósito de las santas leyes; y por cuanto ha disipado el
espíritu tenebroso de cábala y de intriga que desaparece cuando
se enfrenta a las luces y a las ciencias, aparentemente despreciadas,
50 cesare b. beccaria
pero que realmente hacen temer a los secuaces de aquel espíritu.
Esta es la razón por la que vemos disminuida en Europa la atroci-
dad de los delitos que hacían estremecerse a nuestros antepasados,
los cuales se devenían recíprocamente tiranos y esclavos. Quien
conoce la historia de hace dos o tres siglos y la nuestra podrá ver
que del seno del lujo y la laxitud nacieron las más dulces virtudes,
la humanidad, la beneficencia, la tolerancia de los errores huma-
nos. Verá cuáles fueron los efectos de la equivocadamente llamada
antigua simplicidad y buena fe: la humanidad aterrorizada bajo la
implacable superstición, la avaricia, la ambición de pocos tiñendo
de sangre humana los cofres de oro y los tronos de los reyes, las
traiciones ocultas, las masacres públicas, todo noble tirano de la
plebe, los ministros de la verdad evangélica ensuciando de sangre
las manos que cada día tocaban al Dios de la misericordia, no son
la obra de este siglo ilustrado, que algunos llaman corrupto.
VI
P RO P O RC I Ó N E N T R E L O S D E L I TO S
Y LAS PENAS
No es solo común interés el que no se cometan delitos, sino que
sean excepcionales con relación al mal que causan a la sociedad.
Los obstáculos, que repelen a los hombres de los delitos, en me-
dida que son contrarios al bien público, deben ser fortalecidos, y
proporcionales a los impulsos que les inducen a delinquir, es decir,
debe haber una proporción entre los delitos y los castigos.
Es imposible prevenir todos los desórdenes en el universal com-
bate de las pasiones humanas. Ellas crecen de manera exponencial
en el aumento de población por el cruce de los intereses particula-
res que no pueden encauzarse geométricamente a utilidad pública.
A la exactitud matemática es necesario sustituir en la aritmética
política por el cálculo de probabilidades. Si se echa un vistazo a
la historia, se verá cómo crecen los desórdenes en los confines del
de los delitos y de las penas 51
imperio, y disminuye, en la misma proporción, el sentimiento
nacional. La propensión al delito crece a razón del interés que
cada uno tiene por los desórdenes mismos: por ello, la necesidad
de agravar las penas va aumentando por este motivo.
Esta fuerza semejante a la gravedad, que nos inclina a nuestro
bienestar, no se detiene sino en proporción a los obstáculos que
se le oponen. Los efectos de esta fuerza son la confusa serie de
las acciones humanas: si estas chocan recíprocamente y se en-
frentan, las penas, que yo llamaré obstáculos políticos, impiden el
mal efecto sin destruir la causa perentoria, que es la sensibilidad
misma inseparable del hombre, y el legislador hace como el hábil
arquitecto cuyo oficio es oponerse a la ruinosa dirección de la
gravedad y armonizar las fuerzas que contribuyen a la resistencia
del edificio.
Dada la necesidad de unión de los hombres, dados los pactos,
que se obtienen necesariamente por la oposición misma de los
intereses privados, se encuentra una escala de desórdenes, de los
cuales el primer grado consiste en los que destruyen inmediata-
mente la sociedad, y el último, en la mínima injusticia posible
hecha a los miembros particulares de ella. Entre estos extremos
están comprendidas todas las acciones opuestas al bien público a
las que llamamos delitos, y todas van descendiendo grados pau-
latinamente desde el más elevado al más ínfimo. Si pudiésemos
adoptar la geometría a las infinitas y oscuras combinaciones de las
acciones humanas, debería haber una escala correspondiente de
penas, que descendiese de la más fuerte a la más leve: pero basta-
rá al sabio legislador señalar los puntos principales, sin turbar el
orden, no decretando a los delitos del primer grado las penas del
último. Si hubiese una escala exacta y universal de penas y delitos
tendríamos una probable y común medida de los grados de tiranía
y libertad, y del fondo de humanidad o malicia de las naciones.
Cualquier acción que no esté comprendida entro los límites
arriba indicados no puede ser llamada delito, o castigada como tal,
sino por quienes tienen algún interés en llamarla de este modo. La
52 cesare b. beccaria
incertidumbre de los límites ha causado en las naciones una moral
que contradice a la legislación, o legislaciones que se excluyen re-
cíprocamente. Una multitud de leyes que exponen al más sabio a
las penas más rigurosas y, sin embargo, mantiene vagos y borrosos
los nombres de vicio y de virtud, hace nacer la incertidumbre de
la propia existencia, que produce el letargo y el sueño fatal en los
cuerpos políticos. Quien lea con mirada filosófica los códigos de
las naciones y sus anales descubrirá casi siempre que los nombres
de vicio y de virtud, de buen ciudadano o de reo, mudan con las re-
voluciones de los siglos, no debido a las transformaciones circuns-
tanciales que suceden en los países y, en consecuencia, siempre
conformes a los intereses comunes, sino en razón de las pasiones
y de los errores que sucesivamente promovieron los diferentes
legisladores. Advertirá a menudo que las pasiones de un siglo son
la base de la moral de los siglos futuros, que las pasiones fuertes,
hijas del fanatismo y del entusiasmo, debilitadas y carcomidas,
por decirlo así, por el tiempo, que reduce todos los fenómenos
físicos y morales al equilibrio, se convierten poco a poco en la
prudencia del siglo y en un instrumento útil en mano del fuerte
y del entendido. De este modo nacieron las oscurísimas nociones
de honor y de virtud, que son tales porque se modifican con las
revoluciones del tiempo, que hace sobrevivir el nombre de las
cosas, y como los ríos y las montañas son a menudo los confines,
no solo de la física, sino de la geografía moral.6
Si del placer y del dolor, que son los motores de los seres
sensibles y se encuentran los motivos que incitan a los hombres
incluso a las más sublimes acciones, fueron derivados el premio
y el castigo por el invisible legislador, de la incorrecta distribu-
ción de estos nacerá la poco observada contradicción, a pesar de
su habitualidad, de que las penas castiguen los delitos que han
hecho nacer. Si un mismo castigo es destinado a dos delitos que
dañan desigualmente a la sociedad, los hombres no encontrarán
6
Es decir, nombrado de modo diverso a cada lado de la frontera.
de los delitos y de las penas 53
ningún obstáculo para cometer el más grave, si con ello obtienen
un mayor provecho.
VII
E R RO R E S E N E L C Á L C U L O D E L A S P E N A S
Las reflexiones precedentes me dan el derecho a afirmar que la
única y verdadera medida de los delitos es el daño hecho a la
nación, pero sin embargo erraron aquellos que creyeron ver la
verdadera medida de los delitos en la intención de quien los co-
mete. La intención depende de la impresión actual de los objetos
y de la precedente disposición de la mente: que varían en todos los
hombres e incluso en cada hombre, por la velocísima sucesión de
ideas, pasiones y circunstancias. Sería necesario constituir no solo
un código particular para cada ciudadano, sino una nueva ley para
cada delito. A veces los hombres con la mejor de las intenciones
causan el mayor de los males a la sociedad; y otras con la voluntad
más malvada producen el mayor de los bienes.
Otros miden los delitos más por la dignidad de la persona
ofendida que por el daño causado al bien público. Si esta fuera la
verdadera medida de los delitos, una irreverencia al Ser de los seres
debería castigarse más atrozmente que el asesinato de un monar-
ca, exigiendo la superioridad de la naturaleza una compensación
infinita por la diferencia de la ofensa.
Finalmente, algunos pensaron que la gravedad del pecado en-
trase en el cálculo de los delitos. La falacia de esta opinión saltará
a la vista de un examinador neutral de las verdaderas relaciones
entre hombres y hombres, y entre hombres y Dios. Las primeras
son relaciones de igualdad. La sola necesidad ha hecho nacer de
la lucha entre las pasiones y la oposición de intereses la idea de la
utilidad común, que es la base de la justicia humana; las segundas
son relaciones de dependencia de un Ser perfecto y creador que
se ha reservado para sí el derecho de ser legislador y juez al mis-
54 cesare b. beccaria
mo tiempo, porque solo él puede serlo sin inconveniente. Si ha
establecido penas eternas a quien desobedece a su omnipotencia,
¿cuál será el insecto que osará suplir la justicia divina, que querrá
vengar al Ser que se basta a sí mismo, que no puede recibir de los
objetos impresión alguna de placer o de dolor, y que solo entre
todos los seres actúa sin reacción? La gravedad del pecado depende
de la inescrutable malicia del corazón. Lo seres finitos no pueden
conocerla si no se les revela. Entonces… ¿cómo podrá ser la nor-
ma para castigar los delitos? Los hombres podrían de este modo
castigar cuando Dios perdona, y perdonar cuando Dios castiga. Si
los hombres pueden estar en contradicción con el Omnipotente
cuando le ofenden, pueden también estarlo cuando castigan.
VIII
D I V I S I Ó N D E L O S D E L I TO S
Hemos visto cual es la verdadera magnitud de los delitos, es decir,
el daño a la sociedad. Esta es una de esas palpables verdades que,
aunque no tengan necesidad de cuadrantes, ni telescopios para ser
descubiertas, y están al alcance de cualquier intelecto mediocre,
por una extraordinaria combinación de circunstancias no son,
con toda seguridad, conocidas más que por unos pocos pensa-
dores, hombres de cualquier nación o de cualquier siglo. Pero las
opiniones asiáticas,7 las pasiones vestidas de autoridad y de poder
tienen, la mayor parte de las veces por motivos desconocidos,
otras por violentas impresiones sobre la pacata credulidad de los
hombres, disipadas las nociones simples, que quizá constituían la
primera filosofía de la sociedad naciente y a la cual las luces de este
siglo parece que nos reconduce con la mayor firmeza que puede
ser suministrada por un examen geométrico, por mil funestas
7
Referencia al despotismo oriental que para ilustrados como Montesquieu
o el propio Beccaria es el símbolo más absoluto de la tiranía.
de los delitos y de las penas 55
experiencias y por los obstáculos mismos. El orden nos conduci-
ría a examinar y distinguir todas las clases diferentes de delitos y
la manera de penarlos, si su variable naturaleza, por las diversas
circunstancias de los siglos y de los lugares, no nos obligase a una
pormenorización inmensa y tediosa. Bastará indicar los principios
generales y los más funestos y comunes errores para desengañar
tanto a quienes por un mal entendido amor por la libertad que-
rrían introducir la anarquía, como a aquellos que desearían reducir
a los hombres a una regularidad monacal.
Ciertos delitos destruyen inmediatamente la sociedad o a
quien la representa. Algunos dañan la seguridad de un ciudada-
no tanto en su vida, como en sus bienes o su honor; otros son
acciones contrarias a lo que la ley obliga a hacer o no hacer, en
función del bien público. Los primeros, que son los delitos más
graves por dañinos, son los que suelen llamarse de lesa majestad.
Solo la tiranía y la ignorancia, que confunden los términos y las
ideas más claras, puedan dar este nombre, y en consecuencia el
máximo castigo, a delitos de diferente naturaleza, y convertir así
a los hombres, como en otras mil ocasiones, en víctimas de una
palabra. Todo delito, aunque privado, daña a la sociedad, pero
no todo delito conlleva su inmediata destrucción. Las acciones
morales, como las físicas, tienen limitada su esfera de actividad
y están diversamente circunscritas por el tiempo y por el espacio
como todos los movimientos de la naturaleza; sin embargo, solo
la cavilosa interpretación, que es por lo común la filosofía de la
esclavitud, puede confundir lo que por parte de la verdad eterna
fue diferenciado con relaciones inmutables.
Tras ellos suceden los delitos perjudiciales para la seguridad
de cada particular. Siendo este el fin primario de toda legítima
asociación, no puede no asignarse a la violación del derecho de
seguridad adquirido por todo ciudadano alguno de los castigos
fijados que establecen las leyes.
La opinión de que cada ciudadano deba poder hacer todo
aquello que no es contrario a la ley sin temer otro inconveniente
56 cesare b. beccaria
que el que puede nacer de la acción misma es el dogma políti-
co que debe ser asimilado por los pueblos y predicado, con la
incorrupta custodia de las leyes, por los magistrados supremos;
sagrado dogma sin el cual no puede existir, en una sociedad
legítima, una justa recompensa por el sacrificio hecho por los
hombres de la acción universal sobre todas las cosas, que es co-
mún a todo ser sensible y limitada únicamente por las propias
fuerzas. Este dogma constituye en libres y vigorosas a las almas
y en claras a las mentes, convierte a los hombres en virtuosos, de
esa virtud que sabe resistirse al temor, y no de esa maleable pru-
dencia, digna solo de quien puede sufrir una existencia precaria
e incierta. Los atentados contra la seguridad y libertad de los
ciudadanos es uno de los mayores delitos y bajo esta clase caen
no solo los asesinatos y los robos cometidos por la plebe, sino
también por los perpetrados por los grandes y los magistrados,
cuya influencia actúa a una mayor distancia y con mayor vigor,
destruyendo en los súbditos las ideas de justicia y de deber, y
sustituyéndolas por el derecho del más fuerte, igualmente peli-
groso para quien lo ejerce como para quien lo sufre.
IX
DEL HONOR
Hay una flagrante contradicción entre las leyes civiles, celosas cus-
todias sobre todo del cuerpo y los bienes de cada ciudadano, y las
leyes de lo que suele llamarse honor, que se rigen por la opinión.
Esta palabra honor ha servido de base para largos y brillantes razo-
namientos, sin necesidad de apoyo de ninguna idea fija y estable.
¡Mísera condición las de las mentes humanas que en la actualidad
conoce con mayor claridad las lejanísimas e intrascendentes doc-
trinas de las revoluciones de los cuerpos celestes que las íntimas e
importantísimas nociones morales, siempre variables y confusas
según las muevan los vientos de las pasiones y que son secundadas
de los delitos y de las penas 57
por la guía de la ignorancia! La aparente paradoja desaparecerá si
se considera que al igual que los objetos demasiado cercanos a los
ojos se confunden así, la extrema cercanía de las ideas morales hace
que fácilmente se mezclen las numerosísimas ideas simples que las
componen, y se confundan las líneas de separación necesarias al
espíritu geométrico, que quiere medir los fenómenos de la sensi-
bilidad humana. Y disminuirá el asombro en el neutral indagador
de las cosas humanas, que sospechará que no es necesario tanto
aparato moral, ni tantos vínculos para conseguir que los hombres
estén seguros y felices.
Este honor es una de esas ideas complejas que son un agrega-
do no solo de ideas simple, sino de ideas igualmente complejas,
que en su múltiple asomarse a la mente, ahora admiten ahora
excluyen, alguno de los diferentes elementos que las componen;
ni conservan más que algunas ideas comunes, como un conjunto
de complejos números algebraicos admiten un común divisor.
Para encontrar este común divisor entre las varias ideas que los
hombres se forman del honor es necesario dirigir rápidamente
una mirada sobre la formación de la sociedad. Las primeras leyes
y los primeros magistrados nacieron de la necesidad de reparar
los desórdenes del físico despotismo de cada hombre. Este fue el
fin con el que se instituyó la sociedad, y este fin primario se ha
conservado siempre, real o aparentemente, como fundamento de
todos los códigos, incluso de los catastróficos; pero el acercamiento
de los hombres y el progreso de su conocimiento han hecho nacer
una infinita serie de acciones y de necesidades mutuas, siempre
superiores a la previsión de las leyes e inferior al actual poder de
cada uno. En esta época comenzó el despotismo de la opinión, que
era el único medio para obtener bienes y alejar males que las leyes
no habían previsto. Y la opinión atormenta tanto al sabio como al
ignorante, ha dado valor a la apariencia de la virtud por encima de
la virtud misma, y convierte en humilde incluso al infame porque
se ajusta a sus intereses. El auxilio entre los hombres no fue solo
útil, sino también necesario, para no caer por debajo del nivel co-
58 cesare b. beccaria
mún. Si el ambicioso conquista a los hombres y los emplea como
instrumentos, si el vanidoso les mendiga para que testimonien
del propio mérito, el hombre de honor exige su apoyo como si
este fuese necesario por naturaleza. Este honor es una condición
que muchos hombres precisan para su propia existencia. Nacido
después de la formación de la sociedad, no puede ser incluido en
el depósito común, es más, es una fugaz vuelta al estado natural
y una breve evasión de la propia persona de las leyes que en ese
caso no defienden suficientemente a un ciudadano.
En la extrema libertad política y en la extrema dependencia
desaparecen las ideas del honor, o se confunden perfectamente
unas con otras: porque en el primero el despotismo de las leyes
convierte en inútil la demanda de auxilio de los otros; en la segun-
da, porque el despotismo de los hombres, anulando la existencia
civil, los reduce a una precaria y momentánea personalidad. El
honor es, por tanto, uno de los principios fundamentales de las
monarquías que son un despotismo atenuado, y en ellas son, lo
que en los estados despóticos son las revoluciones, un momento
de retorno al estado de naturaleza, y un recuerdo al señor de la
antigua igualdad.
X
DE LOS DUELOS
De esta necesidad de reconocimiento del honor nacieron los
duelos privados, que tuvieron su origen precisamente en la anar-
quía de las leyes. Se presume que fueron desconocidos en la
antigüedad, quizá porque los antiguos no se congregaban sos-
pechosamente armados en los templos, teatros o con los amigos;
quizá porque el duelo era un espectáculo ordinario y común que
los esclavos gladiadores y los vencidos proporcionaban al pueblo,
y los hombres libres desdeñaban los combates privados para no
ser confundidos y llamados gladiadores. En vano los edictos de
de los delitos y de las penas 59
muerte contra quien acepte un duelo han procurado extirpar esta
costumbre, que tiene su fundamento en lo que algunos hombres
temen más que la muerte, pues privándolos de reconocimiento,
el hombre de honor se prevé expuesto o a convertirse en un
ser meramente solitario, estado insoportable para un hombre
sociable, o a convertirse en el blanco de insultos e infamias, que
repetidos prevalecen al peligro de la pena. ¿Por qué motivo el
pueblo humilde no se bate como los nobles? No solo porque
está desarmado, sino porque la necesidad de reconocimiento
es menos común en la plebe que en aquellos que, siendo más
elevados, se observan con mayor suspicacia y envidia.
No es inútil repetir lo que otros han escrito, es decir, que el
mejor método de prevenir este delito es el de castigar al agresor
que ha dado ocasión al duelo, declarando inocente a quien, sin
culpa, ha sido obligado a defender lo que las leyes actuales no
aseguran, es decir, la fama, y ha debido demostrar a sus conciu-
dadanos que él teme solo las leyes y no a los hombres.
XI
DE LA TRANQUILIDAD PÚBLICA
Finalmente, entre los delitos de la tercera especie destacan los que
turban la pública tranquilidad y la paz de los ciudadanos, como
los gritos y las juergas en las vías públicas, destinadas al comercio
y al paseo de los ciudadanos, y como los sermones fanáticos, que
excitan las impresionables pasiones de la multitud curiosa, las
cuales adquieren fuerza por la frecuencia de los discursos y por el
oscuro entusiasmo más que por la clara y tranquila razón, la cual
nunca opera sobre una gran masa de hombres.
La noche iluminada con gastos públicos, los guardias dis-
tribuidos por los barrios de la ciudad, los simples y morales
discursos de la religión consignados al silencio y a la sagrada
tranquilidad de los templos protegidos por la autoridad pública,
60 cesare b. beccaria
los alegatos destinados a sostener los intereses privados y públicos
en las asambleas de la nación, en los parlamentos o donde resida
la majestad del soberano son todos medios eficaces para prevenir
la peligrosa aglomeración de las pasiones populares. Estas for-
man una importante rama de la vigilancia del magistrado que
los franceses llaman police; si este magistrado actuase con leyes
arbitrarias y no establecidas por un código que circule entre las
manos de todos los ciudadanos se abre una puerta a la tiranía,
que siempre circunda todos los confines de la libertad política.
No encuentro excepción alguna a este axioma general, que todo
ciudadano debe saber cuándo es culpable o cuándo es inocente.
Si los censores, y en general los magistrados caprichosos, están
presentes en todo gobierno es por la debilidad de su constitución
y no por la naturaleza del gobierno bien organizado. La incer-
tidumbre por la propia suerte ha sacrificado a más víctimas a la
oscura tiranía que la pública y solemne crueldad. Esta subleva
los ánimos más que humillarlos. El verdadero tirano comienza
siempre imponiendo su opinión, lo que deprecia el valor, el cual
solo puede resplandecer o en la clara luz de la verdad, o en el
fuego de las pasiones, o en la ignorancia del peligro.
Pero ¿cuáles serán las penas convenientes a estos delitos? ¿Es
la muerte un castigo verdaderamente útil y necesario para la segu-
ridad y el buen orden de la sociedad? ¿Las torturas y los suplicios
son justos, y obtienen el fin que se proponen las leyes? ¿Cuál es
la mejor manera de prevenir los delitos? ¿Las mismas penas son
igualmente útiles en todos los tiempos? ¿Qué influencia tienen
ellas sobre las costumbres? Estos problemas merecen resolverse
con la precisión geométrica a la que la niebla de los sofismas, la
seducción de la elocuencia y la tímida duda no puedan resistir.
Si no tuviese más mérito que haber presentado por primera vez
en Italia con mayor claridad lo que otras naciones han osado
escribir y comienzan a practicar, me consideraré afortunado; y, si
sosteniendo los derechos de los hombres y de la invencible verdad
contribuyese a arrebatar de los estertores y de las angustias de la
de los delitos y de las penas 61
muerte a alguna desafortunada víctima de la tiranía o de la igno-
rancia, igualmente fatal, las bendiciones y las lágrimas, aunque de
un solo inocente llevado a la felicidad, me consolaría del desprecio
de los hombres.
XII
FIN DE LAS PENAS
Por la simple consideración de las verdades expuestas hasta ahora
es evidente que el fin de las penas no es el de atormentar ni afligir
a un ser sensible, ni el de deshacer un delito ya cometido. ¿Puede
un cuerpo político, que, lejos de actuar por pasiones, es el tran-
quilo moderador de las pasiones particulares, albergar esta inútil
crueldad instrumento del furor y del fanatismo o de los débiles
tiranos? ¿Los gritos de un infeliz quizá reportan del tiempo que
no vuelve las acciones ya consumadas? El fin, por tanto, no es otro
que impedir al reo causar nuevos daños a sus conciudadanos y
evitar que estos hagan lo mismo. Las penas y el método de infli-
girlas deben ser elegidos de modo que, conservando la proporción,
hagan una impresión más eficaz y permanente sobre las mentes de
los hombres, y menos tormentosa en el cuerpo del detenido.
XIII
DE LOS TESTIMONIOS
Es un punto importante en toda buena legislación determinar
exactamente la credibilidad de los testimonios y las pruebas del
reato. Todo hombre razonable, es decir, que tenga cierta conexión
en las propias ideas y cuyas sensaciones sean conformes a las de
los otros hombres, puede ser testigo. La verdadera medida de su
credibilidad no es más que el interés que tenga para decir o no
decir la verdad, lo que hace frívolo el argumento de la debilidad
62 cesare b. beccaria
en las mujeres, pueril la aplicación de los efectos de la muerte real
a la civil8 en los condenados, e incoherente la nota de infamia9
en los infames cuando no tengan ningún provecho en mentir. La
credibilidad debe disminuir en proporción al odio, o la amistad,
o las estrechas relaciones que hay entre el testigo y el reo. Más de
un testigo es necesario, pues mientras uno afirma y el otro niega
nada hay seguro y prevalece el derecho de que todos deben ser
creídos inocentes. La credibilidad de un testigo disminuye cuanto
mayor sea la atrocidad de un delito o la inverosimilitud de las
circunstancias, como es el caso de la magia y de las acciones gra-
tuitamente crueles. Es más probable que varios hombres mientan
en la primera acusación, porque es más sencillo que se concierte
en ellos o la ilusión de la ignorancia o el odio perseguidor, que el
que un hombre ejercite una potestad que Dios o no ha dado, o
ha despojado a todo ser creado. Lo mismo sucede en la segunda,
porque el hombre no es cruel más que en proporción del propio
interés, del odio o del temor concebido. No hay propiamente
ningún sentimiento superfluo en el hombre; es siempre propor-
cional al resultado de las impresiones hechas sobre los sentidos.
Igualmente, la credibilidad de un testigo puede ser alguna vez
disminuida cuando sea miembro de una sociedad privada cuyas
costumbres y máximas sean o desconocidas o diversas de las pú-
blicas. Un hombre así no solo tiene las propias, sino que también
posee las pasiones de otros.
Finalmente, es casi nula la credibilidad del testigo cuando se
haga de las palabras un delito, pues, el tono, el gesto, todo lo
que precede o prosigue a las diferentes ideas que los hombres
unen a las mismas palabras alteran y modifican de tal manera los
dichos de un hombre que es casi imposible repetirlas del modo
Privación de todo derecho político y social.
8
En la legislación justiniana equivaldría a una especial disminución del ho-
9
nor del ciudadano que llevaba consigo ciertas incapacitaciones civiles, y que ha
pasado al lenguaje popular como sinónimo de hombre traidor y poco fiable.
de los delitos y de las penas 63
en que fueron dichas. Es más, las acciones violentas y fuera de
la usanza ordinaria, que son los verdaderos delitos, dejan trazas
en la multitud de las circunstancias y en los efectos que derivan,
pero las palabras no permanecen más que en la memoria por lo
general infiel y a menudo cautivada de los oyentes. Es mucho más
fácil una calumnia sobre las palabras que sobre las acciones de un
hombre, pues, de estas cuanto mayor número de circunstancias
se aducen como prueba, mayores medios se suministran al reo
para justificarse.
XIV
INDICIOS Y FORMAS DE JUICIOS
Existe un teorema muy útil para calcular la certeza de un hecho,
por ejemplo, la fuerza de los indicios de un delito. Cuando las
pruebas de un hecho dependen unas de otras, es decir, cuando los
indicios no se prueban, sino que entre ellos, cuantas más pruebas
se aduzcan menor es la probabilidad del hecho, porque las circuns-
tancias que invalidarían las pruebas aducidas como antecedentes,
invalidan las pruebas derivadas. Cuando las pruebas de un hecho
dependen todas indistintamente de una sola, el número de prue-
bas no aumenta ni disminuye la probabilidad del hecho, pues todo
su valor se resuelve en el valor de la prueba de la que dependen.
Cuando las pruebas son independientes, es decir, cuando los in-
dicios se prueban no solo por sí mismos, cuantas más pruebas se
aduzcan, más crece la probabilidad del hecho, porque la invalidez
de una prueba no influye en las otras. Hablo de probabilidad en
materia de delitos que para merecer castigo deben ser indudables.
Se disolverá la paradoja para quien considera que rigurosamente
la certeza moral no es más que una probabilidad, pero probabili-
dad tal que se le llama certeza, porque cualquier hombre de buen
sentido la admite necesariamente por una costumbre nacida por
la necesidad de actuar, y anterior a toda especulación. La certeza
64 cesare b. beccaria
que se requiere para sentenciar a un detenido es, por lo tanto,
la misma que determina a todo hombre en las operaciones más
importantes de la vida. Podemos dividir las pruebas de un delito
en perfectas e imperfectas. Llamo perfectas a aquellas que exclu-
yen la posibilidad de que uno no sea culpable; llamo imperfectas
a aquellas que no lo excluyen. De las primeras incluso uno sola
es suficiente para la condena; de las segundas son precisas tantas
como sean necesarias para formar una perfecta, es decir, que, si
por cada una de estas en particular es posible que uno no sea reo,
por la unión de todas es imposible que el sujeto no lo sea. Nótese
que las pruebas imperfectas, de las cuales pueda el reo justificarse
y no lo haga adecuadamente, se convierten en perfectas. Esta
certeza moral de pruebas es más sencilla sentirla que definirla
con exactitud. Por ello, creo óptima la ley que establece asesores
al juez principal escogidos por sorteo, y no por elección, porque
en este caso es más segura la ignorancia de quien juzga por sen-
timiento que la ciencia de quien juzga por opinión. Donde las
leyes son claras y precisas el oficio de un juez no consiste más que
en verificar un hecho. Si al investigar las pruebas de un delito
se requiere habilidad y destreza, si al presentar el resultado son
necesarios claridad y precisión, para juzgar el resultado mismo no
se requiere más que simple y común buen sentido, menos falaz
que el saber de un juez, acostumbrado a querer encontrar culpa-
bles y que reduce todo a un sistema facticio suministrado por sus
estudios. ¡Feliz la nación donde las leyes no fuesen una ciencia!
Es utilísima la ley que indica que cada hombre sea juzgado por
sus pares, porque, cuando se trata de la libertad y de la fortuna
de un ciudadano, deben callar los sentimientos que inspira la
desigualdad; y la superioridad con la que el hombre afortunado
mira al infeliz, y el desdeño con el que el inferior mira al superior
no pueden intervenir en este juicio. Pero cuando el delito sea una
ofensa de un tercero, entonces los jueces deben ser mitad pares al
detenido, mitad pares al ofendido; así, habiendo equilibrado los
intereses particulares que modifican incluso involuntariamente
de los delitos y de las penas 65
las apariencias de los objetos, no hay sitio sino para las leyes y la
verdad. Es conforme a la justicia que el reo pueda excluir hasta
cierto punto a aquellos de los que sospecha; y esto concedido sin
oposición por algún tiempo parecerá casi que el reo se condene
a sí mismo. Los juicios serán públicos, y públicas las pruebas del
delito, para que las opiniones, que es quizá el único cemento
de la sociedad, pongan un freno a las fuerzas y a las pasiones,
para que el pueblo diga no somos esclavos y estamos defendidos,
sentimiento que inspira valor y que equivale a un tributo para
un soberano que conoce sus verdaderos intereses. No señalaré
más detalles y cautelas que requieren instituciones símiles. No
habría dicho nada, si fuese necesario decirlo todo.
XV
A C U S A C I O N E S S E C R E TA S
Las acusaciones secretas causan evidentes y conocidos desórdenes,
pero en muchas naciones devienen necesarias por la debilidad
de la constitución.10 Tal costumbre torna a los hombres en fal-
sos y arteros. Cualquiera puede sospechar y ver en los demás a
un delator, a un enemigo. Entonces los hombres se habitúan a
enmascarar los propios sentimientos, y, con la costumbre de ocul-
tarlos llegan a escondérselos a sí mismos. Infelices los hombres
cuando han llegado a este sino: sin principios claros e invariables
que los guíen yerran perdidos y a la deriva en el vasto mar de la
opiniones, siempre absortos en salvarse de los monstruos que los
amenazan; pasan el momento presente siempre amargados por la
incertidumbre del futuro; privados de los estables placeres de la
tranquilidad y de la seguridad con apenas unos pocos principios
esparcidos momentáneamente en su triste vida, devorada con an-
10
Por ejemplo, como se estilaba hacer en la república de Venecia durante
la época del autor, o las famosas lettre de cachet del Estado francés.
66 cesare b. beccaria
sia y con desorden, que les consuelan de haber vivido. ¿Y de estos
hombres haremos los intrépidos defensores de la patria o el trono?
¿Y entre ellos encontraremos los incorruptos magistrados que con
libre y patriótica elocuencia sostengan y desarrollen los verdaderos
intereses del soberano, que lleven al trono con el tributo del amor
y la bendición de todas las clases, y otorguen a los palacios y a las
barracas, la seguridad y la afanosa esperanza de mejorar la suerte,
fermento necesario y vida de los estados?
¿Quién puede defenderse de la calumnia cuando está dotada
de la más poderosa defensa de la tiranía, el secreto? ¿Qué clase de
gobierno es aquel en el que quien gobierna sospecha que cada
súbdito es un enemigo y está obligado, para la paz pública, arre-
batársela a cada ciudadano?
¿Cuáles son los motivos que pueden justificar las acusaciones y
los castigos secretos? ¿La salud pública, la seguridad y el manteni-
miento de la forma de gobierno? ¿Pero qué extraña constitución
es aquella donde quien detenta la fuerza y la opinión, más eficaz
que ella, teme a todo ciudadano? ¿La incolumidad del acusador?
Las leyes no lo defienden lo suficiente. ¡Y habrá súbditos más
fuertes que el soberano! ¿La infamia del delator? ¡Se autoriza la
calumnia secreta y se castiga la pública! ¿La naturaleza del delito?
Si las acciones indiferentes, si incluso las útiles al público se llaman
delitos, las acusaciones y los juicios no son nunca lo suficiente-
mente secretos. ¿Puede haber delitos, es decir, públicas ofensas, y
que al mismo tiempo no sea de interés para toda la difusión del
ejemplo, es decir, del juicio? Respeto todo gobierno, y no hablo de
ninguno en particular; a veces, la naturaleza de las circunstancias
puede hacer creer que se condena a la extrema ruina a una nación
cuando se elimina un mal inherente al sistema; pero si hubiese
que dictar nuevas leyes, en algún ángulo abandonado del universo,
antes de autorizar las acusaciones secretas, me temblaría la mano,
y tendría toda la posteridad ante mis ojos.
Ha sido dicho ya por el señor de Montesquieu que las acu-
saciones públicas son más acordes a la república, donde el bien
de los delitos y de las penas 67
público debe formar las primeras pasiones de los ciudadanos,
que a la monarquía, donde este sentimiento es muy frágil por
la naturaleza misma del gobierno, por lo que es una institución
óptima para destinar comisarios, que en nombre público acusen
a los infractores de las leyes. Pero cada gobierno, republicano o
monárquico, debe dar al calumniador el castigo que correspon-
dería al acusado.
XVI
D E L A TO RT U R A
Una crueldad consagrada por el uso en la mayor parte de las
naciones es la tortura del detenido mientras se lleva a cabo el
proceso, o para obligarlo a confesar un delito, o para que incurra
en contradicciones, o para descubrir cómplices, o por no sé qué
metafísica e incomprensible expiación de la infamia, o finalmente
por otros delitos de los que podría ser culpable, pero de los cuales
no ha sido acusado.
Un hombre no puede calificarse como culpable antes de la
sentencia del juez, ni la sociedad puede despojarle de la protección
pública, sino cuando se haya resuelto que ha violado los pactos por
los que le había sido otorgada. ¿Cuál es, por lo tanto, ese derecho,
si no el de la fuerza, que da la potestad a un juez de aplicar un
castigo a un ciudadano, mientras se duda si es culpable o inocen-
te? No es nuevo este dilema: el delito o es cierto o incierto; si es
cierto, no le corresponde más pena que la establecida por la ley, e
inútiles son las torturas, porque inútil es la confesión del reo; si es
incierto, no se debería afligir a un inocente, porque tal es, según
la ley, un hombre del que no se han demostrado delitos. Pero
aún digo más, es querer confundir todas las relaciones el exigir
que un hombre sea al mismo tiempo acusador y acusado, que el
dolor se convierta en el crisol de la verdad, que su criterio resida
en los músculos y en las fibras de un desdichado. Este es un me-
68 cesare b. beccaria
dio seguro para absolver a granujas robustos y condenar a débiles
inocentes. Esos son los fatales inconvenientes de este pretendido
criterio de verdad, criterio digno de un caníbal, que los romanos,
bárbaros también ellos por más de un motivo, reservaban solo a
los esclavos, víctimas de una feroz y excesiva alabada virtud.
¿Cuál es el fin político de las penas? El terror de los hombres.
¿Pero qué juicio debemos hacer de las secretas y privadas carni-
cerías, que la tiranía de la costumbre ejerce sobre los culpables
y sobre los inocentes? Es importante que todo flagrante delito
no quede sin castigo, pero es inútil que se determine quién ha
cometido un delito que está sepultado en las tinieblas. Un mal
cometido, para el que ya no hay remedio, no puede ser castigado
por la sociedad política sino cuando influye sobre los demás por
el atractivo de la impunidad. Si es cierto que es mayor el número
de hombres que por temor, o por virtud, respetan las leyes que el
que las infringen, el riesgo de torturar a un inocente debe evaluarse
todavía más, ya que es mayor la probabilidad de que se castigue a
un hombre que las haya respetado que despreciado.
Otro motivo ridículo de la tortura es la expiación de la infa-
mia, es decir, un hombre juzgado infame por las leyes debe con-
firmar su declaración con la dislocación de sus huesos. Este abuso
no debe ser tolerado en el siglo xviii. Se cree que el dolor, que es
una sensación, purga la infamia que es una mera relación moral.
¿Es quizá el cuerpo un crisol? ¿Y la infamia es quizá un cuerpo
compuesto impuro? No es difícil remontarse a los orígenes de
esta ridícula ley, porque los mismos absurdos que son adoptados
por una nación entera tienen siempre alguna relación con otras
ideas comunes y respetadas por la nación misma. Parece que esta
costumbre se ha tomado de las ideas religiosas y espirituales, que
tanta influencia tienen sobre el pensamiento de los hombres,
sobre las naciones y sobre los siglos. Un dogma infalible nos
asegura que las faltas contraídas por la humana debilidad y que
no merecen la ira eterna del gran Ser deben ser expiadas por un
incomprensible gran fuego; la infamia es una falta civil, y como el
de los delitos y de las penas 69
dolor y el fuego eliminan las faltas espirituales e incorpóreas, ¿por
qué los espasmos de la tortura no disolverán la falta civil que es la
infamia? Creo que la confesión del reo, que en algunos tribunales
se exige como esencial para la condena, tenga un origen parecido,
porque en el misterioso tribunal de la penitencia la confesión de
los pecados es parte esencial del sacramento. Por eso los hombres
abusan de la luz más segura de la revelación; y así como esta es
la única que subsiste en los tiempos de ignorancia, así a ella re-
curre la dócil humanidad en todas las ocasiones y realiza las más
absurdas y distantes aplicaciones. Sin embargo, la infamia es un
sentimiento que no está sujeto a las leyes ni a la razón, sino a la
opinión común. La tortura misma comporta una real infamia a
quien es su víctima. Así con este método se eliminará la infamia
provocando la infamia.
El tercer motivo es la tortura que se causa a los supuestos reos
cuando se contradicen en su declaración, como si el temor de la
pena, la incertidumbre del juicio, la parafernalia y la majestad del
juez, la ignorancia, común a casi todos los malvados y a los ino-
centes, no causasen que probablemente cayesen en contradicción
tanto el inocente que teme como el reo que busca absolución;
como si las contradicciones, comunes en los hombres cuando
están tranquilos, no se multiplicasen en la turbación del ánimo
absorto totalmente en el pensamiento de salvarse del inminente
peligro.
Este infame crisol de la verdad es un monumento existente
aún de la antigua y salvaje legislación, cuando eran llamados jui-
cios de Dios las pruebas del fuego y del agua hirviendo y la incierta
suerte de las armas; como si los eslabones de la eterna cadena, que
están en el seno de la primera Razón, debiesen en cada momento
desordenarse y separarse por las frívolas industrias humanas. La
única diferencia que existe entre la tortura y las pruebas del fue-
go y del agua hirviendo es que el resultado de la primera parece
depender de la voluntad del reo, y de la segunda de un hecho
puramente físico y extrínseco, pero esta diferencia es solo aparente
70 cesare b. beccaria
y no real. El torturado tiene tan poca libertad para decir la verdad
entre convulsiones y mutilaciones, como para impedir sin engaño
los efectos del fuego y del agua hirviendo. Cada acto de nuestra
voluntad es siempre proporcional a la fuerza de las impresiones
sensibles, que es la fuente; y la sensibilidad de cada hombre es
limitada. La impresión del dolor puede crecer hasta que, ocupán-
dola toda, no deje ninguna libertad al torturado más que escoger
el camino más corto para sustraerse del castigo. Entonces la res-
puesta del reo es tan necesaria como las impresiones del fuego o
del agua. El inocente sensible se declarará reo cuando crea que
con eso cesará la tortura. Toda diferencia entre ellos desaparece
por el medio mismo, que se pretende empleado en encontrarla.
Es superfluo hacer hincapié citando los innumerables ejemplos de
inocentes que se confesaron culpables por los estremecimientos de
la tortura: no hay nación ni tiempo que no pueda aducir casos,
pero ni los hombres se percatan, ni sacan consecuencias. No hay
hombre que haya alzado sus ideas por encima de las necesidades
de la vida, que alguna vez no se dirigiera a la naturaleza, que con
secretas y confusas voces hacia sí lo llama; la costumbre, la tirana
de las mentes, lo presiona y asusta. El resultado de la tortura
es un asunto de temperamento y de cálculo, que varía en cada
hombre en proporción a su fortaleza y su sensibilidad; tanto que
con este método un matemático remediaría mejor que un juez
este problema: dada la fuerza de los músculos y la sensibilidad de
las fibras de un inocente, encontrar el grado de dolor que lo hará
declararse culpable de un delito dado.
El examen de un reo se realiza para conocer la verdad, si esta
verdad se descubre difícilmente en el aspecto, el gesto, la fisono-
mía de un hombre tranquilo, mucho menos se descubrirá en un
hombre cuyas convulsiones de dolor alteran todos los signos por
los cuales, del rostro de la mayor parte de los hombres, transpira
alguna vez, a su pesar, la verdad. Toda acción violenta confunde
y disuelve las mínimas diferencias de los objetos por los que se
distingue en ocasiones lo verdadero de lo falso.
de los delitos y de las penas 71
Estas verdades han sido conocidas por los legisladores roma-
nos, entre los cuales no se empleaba tortura alguna con la ex-
cepción de los esclavos, a los cuales se negaba toda personalidad;
tampoco en Inglaterra, nación en que la gloria de las letras, la
superioridad del comercio y de las riquezas, y por ello del poder,
los ejemplos de virtud y valor no nos permiten dudar de la bon-
dad de las leyes. La tortura ha sido abolida en Suecia, abolida
por uno de los monarcas más sabios de Europa, que, habiendo
llevado la filosofía al trono, legislador amigo de sus súbditos, los
ha hecho iguales y libres en la dependencia de las leyes, que es
la única igualdad y libertad que pueden los hombres razonables
exigir en el presente estado de cosas. La tortura no se ha creído ne-
cesaria por las leyes de los ejércitos, compuestos la mayor parte por
la chusma de las naciones, lo que sugeriría que debían emplearla
más que cualquier otra institución. Extraña cosa, para quien no
se percata de la enormidad de la tiranía de la costumbre, que las
pacíficas leyes deban aprender el método de juzgar más humano
de los ánimos endurecidos por las masacres y la sangre.
Esta verdad es finalmente escuchada, si bien confusamente,
por los mismos que de ella se alejan. La confesión hecha bajo
la tortura si no es confirmada bajo juramento una vez que cesa,
carece de valor, pero si el reo no confirma el delito es torturado de
nuevo. Algunos entendidos y algunas naciones no permiten esta
infame petición de principio más que tres veces; otras naciones y
otros doctos la dejan a discreción del juez: de modo que de dos
hombres igualmente inocentes o igualmente culpables, el robusto
y valeroso será absuelto, el débil y pacato será condenado en virtud
de este mismo exacto razonamiento:
Yo, juez, debía encontraros culpable de un delito; tú, vigoroso, has sa-
bido resistir al dolor, y por ello te absuelvo; tú, débil, has cedido, y por
ello te condeno. Sospecho que la confesión arrancada entre suplicios no
tendría ninguna fuerza, pero yo os torturaré de nuevo si no confirmáis
lo que habéis confesado.
72 cesare b. beccaria
Una extraña consecuencia que necesariamente deriva del uso de la
tortura es que el inocente es puesto en peores condiciones que el
culpable: porque, si se aplica la tortura a ambos, el primero tiene
todas las circunstancias en contra, porque o confiesa el delito, y
es condenado, o es declarado inocente, y ha sufrido un castigo
indebido; pero el culpable tiene una posibilidad, es decir, cuando,
resistiendo a la tortura con firmeza, es absuelto y declarado ino-
cente: ha cambiado una pena mayor por una menor, por tanto el
inocente solo puede perder y el culpable puede ganar.
La ley que ordena la tortura es una ley que dice:
Hombres, resistid al dolor, y si la naturaleza ha creado en vosotros un
inextinguible amor propio, si os ha dado un inalienable derecho a vues-
tra defensa, yo creo en vosotros un afecto totalmente contrario, es decir,
un heroico odio a vosotros mismos, y os ordeno acusaros, diciendo la
verdad entre separaciones de músculos y dislocación de huesos.
Se emplea la tortura para descubrir si el reo lo es de otros delitos ade-
más de los que es acusado, lo que equivale a este razonamiento:
tú eres culpable de un delito, por tanto, es posible que también lo
seas de un ciento más; esta duda me pesa, quiero erradicarla con mi
criterio de verdad. Las leyes te martirizan, porque eres culpable, por-
que puedes ser culpable, porque quiero que seas culpable.
Finalmente, la tortura es aplicada a un acusado para descubrir a
los cómplices de su delito; pero se ha demostrado que no es un
medio apropiado para descubrir la verdad, ¿Cómo podrá servir
para desvelar a los cómplices que es una de las verdades que hay
que descubrir? Como si el hombre que se acusa a sí mismo no
acusase más fácilmente a otros. ¿Es justo torturar a un hombre
por los delitos de otro? ¿No se descubrirán a los cómplices por
la interrogación de los testigos, por la investigación al reo, por las
pruebas y por el cuerpo del delito, en suma, por el conjunto de
de los delitos y de las penas 73
los mismos medios que deben servir para demostrar el delito del
acusado? Los cómplices, por lo general, huyen, la incertidumbre
de su suerte los condena a una vida en exilio y libra a la nación
del peligro de nuevos daños, mientras la pena del reo que ha sido
capturado alcanza su único fin, es decir, evitar con el terror que
otros cometan el mismo delito.
XVII
DEL FISCO
Hubo un tiempo en que casi todos los castigos eran pecuniarios.
Los delitos de los hombres formaban el patrimonio del prínci-
pe. Los atentados contra la seguridad pública eran un artículo de
lujo. Quien estaba destinado a defenderla tenía interés en verla
afrentada. El objeto de las penas era, por tanto, una lucha entre el
fisco (el recaudador de estos castigos) y el reo; un asunto civil, con-
tencioso, privado más que público, que daba al fisco más derechos
que los suministrados a la defensa pública y al reo más agravios de
los que merecía, por la necesidad de dar ejemplo. El juez era un
abogado del fisco más que un imparcial investigador de la verdad,
un agente del erario fiscal antes que el protector y el administrador
de la ley. Pero, así como en este sistema el declararse delincuente
era confesarse deudor al fisco, lo que era el objetivo de los proce-
sos criminales de entonces, así la confesión del delito, y confesión
adoptada de manera que favoreciese y no perjudicase a las razones
fiscales, se convierte y es todavía (los efectos continuando siempre
mucho después de las causas) el centro alrededor del cual giran
todos los dispositivos criminales. Sin ella un reo condenado por
pruebas indudables tendrá una pena menor de la establecida, no
sufrirá la tortura por otros delitos de la misma clase que pueda
haber cometido. Con la confesión el juez se adueña del cuerpo de
un reo y lo destroza con metódica formalidad, para obtener como
de un fondo de inversiones todo el provecho que pueda. Probada la
74 cesare b. beccaria
existencia del delito, la confesión, aunque no basta para la condena,
es una prueba convincente, para volver esta prueba menos sospe-
chosa por la agitación y por la desesperación del dolor, por fuerza,
se exige al mismo tiempo una confesión extrajudicial tranquila,
imparcial, sin los poderosos temores de un tormentoso juicio. Se
excluyen las investigaciones y las pruebas que aclaran el hecho, pero
que debilitan las razones del fisco; no es en favor de la miseria y
de la debilidad por la que se ahorran a veces los tormentos a los
reos, sino en favor de las razones que podría perder el fisco, cosa
ahora imaginaria e inconcebible. El juez se convierte en enemigo
del reo, de un hombre encadenado, dado como presa a la miseria,
a las torturas, al peor destino posible; no busca la verdad del he-
cho, sino que busca en el prisionero el delito, y lo acecha, y cree
perder si no lo consigue, y de errar a pesar de la infalibilidad que
el hombre se arroga en todas las cosas. Los indicios para la captura
están en poder del juez; para que uno demuestre su inocencia debe
primero ser declarado culpable: a esto se llama hacer un proceso
ofensivo, y en esto consisten los procesos criminales casi en cada
lugar de la ilustrada Europa en el siglo xviii. El verdadero proceso
es el informativo, es decir, la indagación neutral del hecho, lo que
la razón demanda, lo que las leyes militares adoptan, y que incluso
emplea el asiático despotismo en los casos sosegados y aburridos, y
en poquísimo uso en los tribunales europeos. ¡Qué complejo labe-
rinto de absurdos extraños, increíbles, sin duda, legados a la feliz
posteridad! Solo los filósofos de tal tiempo leerán en la naturaleza
del hombre la posible verificación de tal perverso sistema.
XVIII
D E L O S J U R A M E N TO S
Una contradicción entre las leyes y los sentimientos naturales de
los hombres nace de los juramentos que se exigen al reo, para que
sea un hombre honesto, cuando tiene el máximo interés en no
de los delitos y de las penas 75
serlo: como si el hombre pudiese, por deber, jurar para contribuir
a la propia destrucción, como si la religión no callase en la mayor
parte de los hombres cuando habla el interés. La experiencia de
tantos siglos ha hecho ver que ellos han abusado, más que de otra
cosa, de este precioso don del cielo. ¿Y por qué motivo los infames
respetarán el juramento, si los hombres estimados más sabios lo
han vulnerado a menudo? Para la mayoría los motivos que la
religión contrapone a la agitación del temor y del amor a la vida
son excesivamente débiles, por estar demasiado alejados de los
sentidos. Los asuntos del cielo se gobiernan con leyes discordes a
las que rigen los asuntos humanos. ¿Y por qué enredar unas con
otras? ¿Y por qué situar al hombre en la terrible contradicción, o
de faltar a Dios, o de concurrir a la propia ruina? De modo que la
ley, que obliga a tal juramento, ordena ser mal cristiano o mártir.
El juramento se convierte poco a poco en una simple formali-
dad, destruyéndose de este modo la fuerza de los sentimientos
religiosos, única muestra de honestidad en la mayor parte de los
hombres. Que los juramentos son inútiles lo ha demostrado la
experiencia, cualquier juez puede ser testigo de que nunca un
juramento ha hecho decir la verdad a un reo: lo muestra la razón,
que declara inútiles y, en consecuencia, dañinas todas las leyes que
se oponen a los naturales sentimientos del hombre. Les sucede
a ellos lo que a los diques opuestos directamente al curso de un
río: o son abatidos y superados inmediatamente, o un remolino
formado por ellos los corroe y los mina gradualmente.
XIX
P RO N T I T U D D E L A P E N A
Cuando el castigo sea más rápido y más cercano al delito come-
tido, será más justo y útil. Digo más justo porque ahorra al reo
los inútiles y feroces sufrimientos de la incertidumbre, que crecen
con el vigor de la imaginación y con el sentimiento de la propia
76 cesare b. beccaria
debilidad; más justa porque la privación de la libertad siendo un
castigo no puede preceder a la sentencia sino cuando la necesidad
lo requiera. La cárcel es, por tanto, la simple custodia de un ciu-
dadano hasta que sea declarado culpable, y esta custodia siendo
esencialmente penosa debe durar el menor tiempo posible y debe
ser lo menos dura que se pueda. El menor tiempo debe ser cal-
culado por la necesaria duración del proceso y por la antigüedad
de quien tiene derecho a ser juzgado primero. La estrechez de la
cárcel no debe ser más que la necesaria, o para impedir la fuga, o
para no ocultar pruebas del delito. El proceso mismo debe finalizar
lo más brevemente posible. ¿Qué contraste más cruel que el de la
indolencia de un juez y la angustia de un reo? ¿Las comodidades
y los placeres de un insensible magistrado, por una parte; y por la
otra, las lágrimas y la miseria de un prisionero? En general, el peso
de la pena y la consecuencia de un delito debe ser lo más eficaz
posible para los demás y lo menos dura posible para quien la sufre,
porque no se puede considerar legítima la sociedad donde no sea
principio infalible que los hombres se hayan querido someter a
los menores males posibles.
He dicho que la prontitud de las penas es más útil porque
cuanto menor es la distancia del tiempo que pasa entre la pena
y el delito, será más fuerte y duradero en el ánimo humano la
asociación de estas dos ideas, delito y castigo, de modo que im-
perceptiblemente se considera una como motivo y la otra, como
efecto necesario e inevitable. Está demostrado que la unión de
las ideas es el cemento que forma toda la construcción del inte-
lecto humano, sin la cual el placer y el dolor serían sentimientos
aislados sin efecto alguno. Cuanto más se alejan los humanos de
las ideas generales y de los principios universales, es decir, cuanto
más vulgares son, más actúan por las inmediatas y más cercanas
asociaciones, descuidando las más remotas y complejas, que no
sirven sino a los hombres fuertemente apasionados por el objeto
al que tienden, pues la luz de la atención ilumina un solo objeto,
dejando el resto a oscuras. Sirven igualmente a las mentes más
de los delitos y de las penas 77
elevadas, porque han adquirido la costumbre de ver muchos ob-
jetos en un solo vistazo, y tienen la facilidad de contrastar entre
sí muchos sentimientos parciales, de modo que el resultado, que
es la acción, es menos peligroso e incierto.
Es de suma importancia la cercanía del delito y de la pena, si
se quiere que en las toscas mentes vulgares, a la seductora pintura
de un delito ventajoso, se perciba inmediatamente la idea asociada
al castigo. La larga demora no produce otro efecto que el de alejar
cada vez más estas dos ideas, y aunque haga impresión el castigo
de un delito, lo hace menos como castigo que como espectáculo,
y no la hace sino después de debilitado en el ánimo del espec-
tador el horror de un delito particular, que serviría a reforzar el
sentimiento del castigo.
Otro principio sirve admirablemente a vincular más fuerte-
mente la importante conexión entre el delito y el castigo, que
esta sea lo más conforme posible a la naturaleza del delito. Esta
analogía facilita admirablemente el contraste que debe haber entre
la inclinación al delito y la repercusión de la pena, es decir, que
esta aleje y guíe al alma a un fin opuesto al que busca encaminarlo
la seductora idea de la infracción de la ley.
XX
VIOLENCIAS
Unos delitos son atentados contra las personas, otros contra los
bienes. Los primeros deben inexorablemente ser castigados con
penas corporales: ni el grande ni el rico deben poner un precio a
los atentados contra el débil y el pobre: de otro modo las riquezas,
que bajo la tutela de las leyes son el premio de la industria, se
convierten en el alimento de la tiranía. No hay libertad cada vez
que las leyes permiten que en algunos momentos el hombre cese
de ser persona y se convierta en cosa: veréis entonces la destreza del
poderoso dedicada a hacer prevalecer, de la multitud de convenios
78 cesare b. beccaria
civiles, aquellos que la ley más le favorece. Este descubrimiento es el
mágico secreto que transforma a los ciudadanos en animales de car-
ga, que en mano del poderoso se convierte en la cadena con la que
somete las acciones de los incautos y de los débiles. Esta es la razón
por la que en algunos gobiernos, que tienen toda la apariencia de
la libertad, la tiranía está oculta o se introduce imprevistamente
desde algún ángulo infravalorado por el legislador, desde el que
imperceptiblemente recibe fuerza y se acrecienta. Los hombres,
en su mayoría, colocan los diques más firmes contra la arrogante
tiranía, pero no ven el insecto que imperceptible roe y abre una
puerta, más seguro cuanto más oculta, al río anegador.
XXI
CASTIGOS DE LOS NOBLES
¿Cuáles serán, por lo tanto, los castigos reservados a los delitos de
los nobles cuyos privilegios forman gran parte de las leyes de las
naciones? No examinaré si esta distinción hereditaria entre nobles
y plebeyos es útil a un gobierno o necesaria a la monarquía, o si es
verdad que forma un poder intermedio que limita los excesos de los
dos extremos, o si no forma más bien una clase que, esclava de sí
misma y de otros, encierra toda circulación de crédito y de esperanza
en un estrechísimo círculo, similar a esos fecundos y amenos oasis
que salpican los arenosos y vastos desiertos de Arabia; y que, cuando
sea cierto que la desigualdad sea inevitable o útil a la sociedad sea
también cierto que deba consistir más bien en las clases que en los
individuos, detenerse en una parte más bien que circular por todo
el cuerpo político, perpetuarse más bien que nacer y destruirse in-
cesantemente. Me limitaré a las solas penas correspondientes a este
rango, afirmando que deben ser las mismas para el primero y para
el último ciudadano. Toda distinción, sea honor o riqueza, para que
sea legítima supone una igualdad previa fundada en las leyes, que con-
sidera a todos los súbditos como igualmente dependientes de ella.
de los delitos y de las penas 79
Se debe suponer que los hombres que han renunciado a su natural
despotismo hayan dicho: «quien sea más laborioso tenga mayores
honores, y su fama brille en sus descendientes; pero quien es más
feliz o más honrado espere más, pero no tema menos de los demás
que violen el pacto gracias al cual se eleva sobre los otros». Es cierto
que tales decretos no emanaron de un parlamento del género huma-
no, existen en las inmutables relaciones de las cosas, no destruyen
las ventajas que se suponen productos de la nobleza e impiden sus
inconvenientes; convierten en solemnes a las leyes cerrando todo
camino a la impunidad. A quien dijese que la misma pena dada al
noble y al plebeyo no es realmente la misma por la disparidad de
educación, por la infamia que difunde sobre una ilustre familia,
responderé que la sensibilidad del reo no es la medida del castigo,
sino el daño público, que es mayor por cuanto es cometido por un
privilegiado; y que la igualdad de los castigos no puede ser sino ex-
trínseca, siendo realmente diverso el padecer de cada individuo; que
la infamia de una familia puede ser redimida por el soberano con
demostraciones públicas de benevolencia hacia la inocente familia
del reo. ¿Y quién no sabe que las sensibles formalidades ocupan el
lugar de la razón en el crédulo y admirador pueblo?
XXII
H U RTO S
Los hurtos que no son efectuados con violencia deberían ser castiga-
dos con penas pecuniarias. Quien busca la riqueza de los otros debe-
ría ser despojado de lo propio. Pero como este no es normalmente
más que el delito de la miseria y de la desesperación, el delito de la
infeliz parte de hombres a quien el derecho de propiedad (terrible,
y quizá no necesario derecho) no ha dejado más que una desnuda
existencia; las penas pecuniarias aumentan el número de reos por
encima del de los delitos y arrebatan el pan a los inocentes para dár-
selo a los criminales, el castigo más oportuno será la única clase de
80 cesare b. beccaria
esclavitud que se pueda llamar justa, es decir, la esclavitud temporal
de las obras y de la persona a la sociedad común, para resarcirla con
la propia y perfecta dependencia del injusto despotismo usurpado al
pacto social. Pero cuando el robo sea efectuado con violencia, la pena
debe ser una combinación proporcional de castigo corporal y servil.
Otros escritores antes que yo han demostrado el evidente desorden
que nace de no distinguir las penas de los robos violentos de las de los
robos dolosos, haciendo la absurda comparación de una gran suma
de dinero con la vida de un hombre; pero no está de más repetir lo
que pocas veces ha sido puesto en práctica. Las máquinas políticas
conservan más que otras el movimiento concebido y son las más len-
tas en adquirir uno nuevo. Estos son delitos de naturaleza diferente,
y es ciertísimo también en política el axioma de las matemáticas, que
entre cantidades heterogéneas está el infinito que las separa.
XXIII
I N FA M I A
Las injurias personales y contrarias al honor, es decir, a la justa porción
de respeto que un ciudadano tiene derecho de exigir a los demás,
deben ser castigadas con la infamia. Esta infamia es un signo de la
pública desaprobación que priva al reo del reconocimiento público, de
la confianza de la patria y de la casi fraternidad que la sociedad inspira.
La infamia no está al arbitrio de la ley. Es necesario que la infamia
establecida por la ley sea la misma que la que nace de la relación de
las cosas, la misma que la moral universal, o la individual dependiente
de los sistemas particulares, legisladores que inspiran las opiniones
comunes y las de la nación. Si una es diferente de otra, la ley pierde
la pública veneración, o las ideas de la moral y de la ecuanimidad
desaparecen, a pesar de las declamaciones que nunca resisten a los
ejemplos. Quien declara infames acciones que son de por sí indife-
rentes, disminuye la infamia de las acciones que son verdaderamente
tales. Los castigos de la infamia no deben ser ni demasiado frecuentes
de los delitos y de las penas 81
ni caer sobre un gran número de personas al mismo tiempo. En el
primer caso, porque los efectos reales y demasiado habituales de las
cosas de opinión debilitan la fuerza de la opinión misma; y en el
segundo caso, porque la infamia de muchos se resuelve en la infamia
de ninguno.
Los castigos corporales y dolorosos no deben emplearse en
aquellos delitos que, fundados sobre el orgullo, obtienen del do-
lor mismo gloria y alimento; a ellos les conviene el ridículo y la
infamia, castigos que frenan el orgullo de los fanáticos con el
orgullo de los espectadores, y de cuya tenacidad apenas se libera
la verdad misma con lentos y obstinados esfuerzos. Así, oponien-
do fuerzas a fuerzas y opiniones a opiniones, el sabio legislador
quiebra en el pueblo la admiración y la sorpresa motivada por un
falso principio, cuyas correctas deducciones suelen velar al pueblo
del sinsentido originario.
He aquí el modo de no confundir las relaciones y la naturaleza
invariable de las cosas, que no siendo limitada por el tiempo y
obrando incesantemente, confunde y perturba todos los limitados
reglamentos que de ella se desvían. No son solo las artes del gusto
y del placer la que tienen por principio universal la imitación fiel
de la naturaleza, la política misma, al menos la verdadera y perdu-
rable está sujeta a la misma máxima general, pues ella no es más
que el arte de mejor dirigir e integrar los inmutables sentimientos
de los hombres.
XXIV
OCIOSOS
Quien turba la tranquilidad pública, quien no obedece a las leyes, es
decir, a las condiciones con las que los hombres se toleran y se de-
fienden recíprocamente, deben ser excluidos de la sociedad, es decir,
desterrados. Es la razón por la que los gobiernos sabios no permiten,
en el seno del trabajo y de la industria, ese género de ocio político
82 cesare b. beccaria
confundido por los austeros declamadores con el ocio obtenido por
las riquezas acumuladas gracias al esfuerzo, ocio necesario y útil a
medida que la sociedad aumenta y la administración disminuye.
Llamo ocio político al que no contribuye a la sociedad ni con
el trabajo ni con la riqueza, que adquiere sin jamás perder, que,
venerado por el pueblo con estúpida admiración, observado por
el sabio con desdeñosa compasión hacia los seres que son víctimas
de ocio tal, que, estando privado del estímulo de la vida activa que
es la necesidad de custodiar o de aumentar las comodidades de la
vida, emplea toda su energía en las pasiones de la opinión, que no
son las menos violentas. No es políticamente ocioso quien goza de
los frutos de los vicios o de las virtudes de los propios antepasados,
vende por placeres presentes el pan y la existencia a la industriosa
pobreza, que ejercita en paz la tácita guerra de industria con la
opulencia, en lugar de la incierta y sangrienta de la fuerza. Sin
embargo, no es la austera y limitada virtud de algunos censores,
sino las leyes quienes deben definir cuál es el ocio punible.
Parece que el destierro debe ser impuesto a aquellos que, acu-
sados de un delito atroz, tienen una gran probabilidad, pero no la
certeza, de ser declarados culpables; para hacer esto es necesario un
estatuto lo menos arbitrario y lo más preciso posible, que condene
al destierro a quien ha puesto a la nación en la fatal alternativa de
temerlo o de castigarlo, permitiéndole sin embargo el sacro derecho
de probar su inocencia. Deben ser mayores las sospechas contra un
nacional que contra un forastero, contra un inculpado por primera
vez que contra quien ya ha sido varias veces acusado.
XXV
D E S T I E R RO E I N C AU TA C I O N E S
Quien es desterrado y excluido para siempre de la sociedad de la
cual era miembro, ¿debe ser privado de sus bienes? Una pregunta
tal es susceptible de diferentes consideraciones. Perder los bienes es
de los delitos y de las penas 83
una pena mayor que la del destierro; debe haber algunos casos en
que haya la pérdida de todos o de parte de los bienes, en propor-
ción a los delitos cometidos, y otros casos en que no. La pérdida
de todos los bienes ocurrirá cuando el destierro exigido por la
ley sea tal, que elimine todas las relaciones entre la sociedad y un
ciudadano delincuente; entonces queda el hombre y muere el ciu-
dadano, y respecto al cuerpo político es a todos los efectos similar a
la muerte natural. Los bienes incautados al reo deberían destinarse
a los legítimos herederos antes que al príncipe, pues la muerte y el
destierro son lo mismo en relación con el cuerpo político. Pero no
es por esta sutileza por la que oso desaprobar la incautación de los
bienes. Si algunos han sostenido que las incautaciones han sido un
freno a la venganza y a la intimidación particular, no se dan cuenta
de que, por mucho que las penas produzcan un bien, no son sin
embargo siempre justas, porque para ser tales deben ser necesarias,
y una injusticia útil no puede ser tolerada por el legislador que
quiera cerrar todas las puertas a la tiranía, que seduce con el bien
momentáneo y con la felicidad de algunos ilustres, depreciando el
futuro exterminio y las lágrimas de infinitos desconocidos. Las in-
cautaciones ponen un precio a la cabeza de los débiles, hacen sufrir
al inocente el castigo del culpable y obligan a los mismos inocentes
en la desesperada necesidad de cometer los delitos. ¡Hay más triste
espectáculo que un hogar arrojado a la miseria por los delitos del
padre de familia, a cuya sumisión ordenada por las leyes impediría
el prevenirlo, aunque hubiera los medios para hacerlo!
XXVI
D E L E S P Í R I T U D E FA M I L I A
Estas funestas y autorizadas injusticias fueron incluso aprobadas
por los hombres más ilustrados, y ejercidas por las más libres
repúblicas, por haber considerado la sociedad como una unión
de familias más que como una unión de hombres. Tomemos
84 cesare b. beccaria
100.000 hombres, o sea, 20.000 familias, cada una compuesta
por cinco personas, incluido el padre de familia que la representa;
si la asociación es hecha por las familias, habrá 20.000 hombres
y 80.000 esclavos; si la asociación es de hombres, serán 100.000
ciudadanos y ningún esclavo. En el primer caso, se constituirá
una república y 20.000 pequeñas monarquías; en el segundo,
el espíritu republicano no solo se inspirará en las plazas y en las
manifestaciones de la nación, sino también dentro de los muros
domésticos, donde está gran parte de la felicidad o de la miseria
de los hombres. En el primer caso, como las leyes y las costumbres
son el efecto de los sentimientos habituales de los miembros de la
república, o sea, de los cabezas de familia, el espíritu monárquico
se introducirá poco a poco en la república misma; y los efectos
serán detenidos solamente por los intereses opuestos de cada uno,
pero no ya por un sentimiento inspirador de libertad e igualdad.
El espíritu de familia es un espíritu de circunstancia y limitado a
pequeños hechos. El espíritu regulador de la república, soberano
de los principios generales, ve los hechos y los condensa en las
principales clases e importantes para el bien de la mayoría. En la
república de familias los hijos están sometidos a la potestad del
cabeza de familia, mientras viva, y están obligados a esperar su
muerte para una existencia dependiente solo de las leyes. Acos-
tumbrados a suplicar y temer en la edad más verde y vigorosa,
cuando los sentimientos son menos vulnerables por el temor de
las experiencias que llamamos moderación, ¿cómo resistirán a los
obstáculos que el vicio siempre opone a la virtud en la lánguida y
decrépita edad, en que la desesperanza de ver los frutos se opone
a los vigorosos cambios?
Cuando la república es de hombres, la familia no es una sub-
ordinación jerárquica, sino contractual, y los hijos, cuando por
naturaleza abandonan la edad de dependencia, que es la de la
debilidad y de la necesidad de educación y de defensa, se con-
vierten en libres miembros de la ciudad, y se asocian al cabeza
de familia, para participar de sus privilegios, como los hombres
de los delitos y de las penas 85
libres en la gran sociedad. En el primer caso, los hijos, es decir, la
mayor parte y la más útil de la nación están bajo la discreción del
padre. En el segundo no subsiste más vínculo inexcusable que el
sacro e inviolable de suministrarse recíprocamente los necesarios
auxilios, y el de la gratitud por los beneficios recibidos, el cual no
es destruido tanto por la malicia del corazón humano como por
un mal entendido respeto exigido por las leyes.
Tales contradicciones entre las leyes de familia y las fundamenta-
les de la república son una fecunda fuente de otras contradicciones
entre la moral doméstica y la pública, originando un perpetuo con-
flicto en la conciencia de cada hombre. La primera inspira sumisión
y temor; la segunda, valor y libertad. Aquella enseña a limitar la
benevolencia a un pequeño número de personas sin elección previa;
esta a extenderla a cualquier clase de hombres. Aquella demanda un
continuo sacrificio de sí mismo a un ídolo vano, que se llama bien
familiar, que a menudo no es el bien de ninguno de los miembros
que la compone, enseña a servirse de los propios privilegios sin ofen-
der a las leyes, o promueve a inmolarse por la patria con el premio
del fanatismo que predispone a la acción. Tales contrastes hacen que
los hombres desdeñen seguir la virtud que encuentran encubierta
y confusa, en esa lejanía que nace de la oscuridad de los objetos
tanto físicos como morales. ¡Cuántas veces un hombre, recordan-
do sus acciones pasadas, queda atónito al descubrirse deshonesto!
A medida que la sociedad se multiplica, cada miembro deviene una
pequeña parte del todo, y, si las leyes no se preocupan de reforzarlo,
el sentimiento republicano disminuye proporcionalmente. Las so-
ciedades tienen, como los cuerpos humanos, límites circunscritos,
y creciendo más allá de ellos, la economía es necesariamente perju-
dicada. Parece que la masa de un Estado debe estar en razón inversa
a la sensibilidad de quien la compone, de otro modo, creciendo
una y otra, las buenas leyes encontrarían en el prevenir los delitos
un obstáculo en el bien mismo que han producido. Una república
demasiado grande no se salva del despotismo que sobreviene sino
con el subdividirse y unirse de varias repúblicas federativas. ¿Pero
86 cesare b. beccaria
cómo obviar esto? Con un dictador despótico que tenga la osadía
de Sila,11 y su genio tanto para edificar como para destruir. A un
hombre tal, si fuera ambicioso, lo esperaría la gloria de todos
los siglos, si fuera filósofo, las bendiciones de sus ciudadanos
lo consolarían de la pérdida de autoridad, siempre y cuando no
fuese indiferente a sus agradecimientos. A medida que los sen-
timientos que nos unen a la nación se debilitan, se refuerzan los
sentimientos por los objetos que nos circundan, por ello bajo el
despotismo más poderosos las amistades son más duraderas, y las
virtudes siempre mediocres de la familia son las más comunes o
más bien las únicas. De esto puede cada uno ver cuánto han sido
limitadas las miras de la mayor parte de los legisladores.
XXVII
S U AV I D A D D E L A S P E N A S
El curso de mis ideas me ha llevado lejos de mi asunto, y debo
apresurarme al aclaramiento del mismo. Uno de los mayores frenos
a los delitos no es la crueldad de las penas, sino su infalibilidad,
y en consecuencia la vigilancia de los magistrados, y la severidad
de un juez inexorable, que, para ser un instrumento de la virtud
debe ser acompañada por una cordial legislación. La certeza de un
castigo, aun moderado, causará siempre mayor impresión que el
temor de otro más terrible unido a la esperanza de la impunidad;
porque los males, aun mínimos, cuando son ciertos, asustan siem-
pre a las conciencias humanas, y la esperanza, don celeste, que con
frecuencia nos tiene distanciados de todo, aleja siempre la idea de
los mayores males, más aún cuando la impunidad, que se alía a
menudo con la avaricia y la debilidad, aumenta su fuerza. La atro-
cidad misma de la pena hace que se afane más en esquivarla, y aún
11
Lucio Cornelio Sila Félix (Roma, 138 a. C.-Puteoli, 78 a. C.) fue uno de
los más notables políticos y militares romanos de la era tardorrepublicana.
de los delitos y de las penas 87
más cuanto mayor es el mal al que se va al encuentro; hace que se
cometan más delitos para huir del castigo de uno solo. Los países
y las épocas de los más atroces suplicios fueron siempre los de las
más sanguinarias e inhumanas acciones, pues el mismo espíritu de
crueldad que guiaba la mano del legislador regía la del parricida y
la del sicario. En el trono se dictaban leyes de hierro a almas atroces
de esclavos, que las obedecían. En la privada oscuridad estimulaba
a inmolar a los tiranos para crear unos nuevos.
A medida que los suplicios resultan más crueles, el alma hu-
mana, que como los fluidos se equilibran con los objetos que los
circundan, se encallecen, y la fuerza siempre viva de las pasiones
hace que, después de cientos de años de crueles suplicios, la rue-
da12 atemorice tanto como antes lo hacía la prisión. Para que
una pena obtenga su efecto basta que el mal de la pena exceda el
bien que nace del delito, y en este cálculo de exceso de mal debe
ser añadida la infalibilidad de la pena y la pérdida del bien que
el delito produciría. Cualquier cosa de más sería superflua y por
ello tiránica. Los hombres se regulan por las reiteradas acciones
de los males que conocen, y no sobre los que ignoran. Sean dos
naciones, una de las cuales, en la escala de las penas proporcionada
en la escala de los delitos, la pena mayor sea la esclavitud perpe-
tua, y en la otra la rueda. Sostengo que la primera tendrá tanto
temor de su mayor pena como la segunda; y si hay una razón para
trasladar a la primera las penas mayores de la segunda, la misma
razón serviría para aumentar las penas de esta última, pasando
imperceptiblemente de la rueda a los suplicios más lentos y estu-
diados, y hasta los últimos refinamientos de la ciencia demasiado
conocida por los tiranos.
12
El reo era colocado en una rueda de carro, de manera que los tobillos toca-
ran la cabeza, para lo cual las piernas debían dislocarse hacia arriba, poniéndose
los brazos de manera que recorrieran todo el perímetro de la circunferencia. Tras
esto, se enganchaba la rueda en un eje que a su vez se clavaba en el suelo, quedan-
do la rueda elevada y en posición horizontal, con el condenado sobre ella.
88 cesare b. beccaria
Dos funestas consecuencias más derivan de la crueldad de las
penas, contrarias al fin mismo de prevenir los delitos. La primera es
que no es tan fácil conservar la proporción esencial entre el delito
y la pena, porque, por mucho que una laboriosa crueldad haya va-
riado muchísimo las clases, sin embargo, no pueden sobrepasar esa
última fuerza a la que está limitada la organización y la sensibilidad
humana. Una vez que se ha llegado a tal extremo, no se encontraría
a los delitos más dañosos y atroces una pena mayor correspondiente,
como se encontraría de ser el fin la prevención. La otra consecuencia
es que la impunidad misma nace de la atrocidad de los suplicios.
Los hombres están encerrados en ciertos límites, tanto en el bien
como en el mal, y un espectáculo demasiado atroz para la humani-
dad puede ser un furor pasajero, pero nunca un sistema constante
como deben ser las leyes; que si verdaderamente son crueles, o se
cambian, o la fatal impunidad nace de las leyes mismas.
¿Quién al leer los libros de historia no se estremece de horror por
los bárbaros e inútiles tormentos que fueron con fría conciencia in-
ventados y ejecutados por hombres que se llamaban sabios? ¿Quién
puede no conmoverse al ver a miles de infelices a los que la miseria,
querida o tolerada por las leyes, que han favorecido siempre a pocos y
ultrajado a muchos, acarreó un desesperado retorno al primer estado
de naturaleza, acusados de delitos imposibles y fabricados por la pacata
ignorancia, o culpables de ser fieles a los propios principios, lacerados
con meditadas formalidades y con pausadas torturas por hombres
dotados con los mismos sentidos, y en consecuencia de las mimas
pasiones para diversión y espectáculo de una fanática multitud?
XXVIII
D E L A P E N A D E M U E RT E
Esta inútil prodigalidad de suplicios, que no ha vuelto nunca me-
jores a los hombres, me ha empujado a examinar si la muerte es
verdaderamente útil y justa en un gobierno bien organizado. ¿Cuál
de los delitos y de las penas 89
puede ser el derecho en el que se amparan los hombres para asesi-
nar a sus símiles? No ciertamente el que resulta de la soberanía de
las leyes. Ellas no son más que la suma de mínimas porciones de
la privada libertad de cada uno; representan la voluntad general,
que es el conjunto de las particulares. ¿Quién ha querido permitir
a los demás el arbitrio de matarlo? ¿Cómo en el mínimo sacrificio
de la libertad de cada uno puede estar el mayor de todos los bienes,
la vida? Y si eso fue hecho, ¿cómo concuerda ese principio con el
siguiente, que el hombre no es dueño de matarse, y debía serlo si ha
podido dar a los demás o a la sociedad entera este derecho?
No es, por tanto, la pena de muerte un derecho, pues he de-
mostrado que no puede serlo, pues es la guerra de la nación contra
un ciudadano, que juzga necesaria o útil la destrucción de su
existencia. Pero si demuestro que la muerte no es útil ni necesaria,
habré ganado la causa de la humanidad.
La muerte de un ciudadano no puede creerse necesaria más
que por dos motivos. Primero, cuando aun privado de libertad
tenga todavía tales relaciones y poder que amenace la seguridad
de la nación; cuando su existencia pueda producir una revolución
peligrosa para la forma de gobierno establecida. La muerte de un
ciudadano se convierte en necesaria cuando la nación recupera
o pierde su libertad, o en el tiempo de la anarquía, cuando los
desórdenes mismos ocupan el lugar de la ley; durante el apacible
reino de las leyes, en una forma de gobierno constituida por los
votos aglutinados de la nación, bien provista exterior e interior-
mente de la fuerza y de la opinión, quizá más eficaz que la fuerza
misma, donde el mando no está sino en manos del verdadero
soberano, donde las riquezas compran placeres y no autoridad,
no veo necesidad alguna de destruir a un ciudadano, sino cuando
su muerte fuese el verdadero y único freno para evitar que otros
cometan delitos, segundo motivo por el cual puede creerse justa
y necesaria la pena de muerte.
La experiencia de los siglos pasados ha mostrado que el últi-
mo suplicio nunca ha disuadido a los hombres de realizar delitos
90 cesare b. beccaria
contra la sociedad. Ni el ejemplo de los ciudadanos romanos, ni
el de la emperatriz Isabel de Moscú, que en sus veinte años de
reinado dio una ilustre prueba a los padres del pueblo, prueba
que equivale a las conquistas alcanzadas con la sangre de los hijos
de la patria, consiguieron convencer a los hombres del daño de la
pena de muerte, pues para ellos el lenguaje de la razón es siempre
sospechoso y el de la autoridad evidente; baste consultar la natu-
raleza del hombre para sentir la verdad de mi afirmación.
No es la intensidad de la pena la que hace el mayor efecto
sobre la conciencia humana, sino su extensión; porque nuestra
sensibilidad es más fácilmente movida por mínimas, aunque rei-
teradas impresiones, que por una fuerte pero pasajera inclinación.
El imperio de la costumbre es universal sobre todo ser que siente,
y como el hombre habla y camina, y satisface sus necesidades con
su ayuda, así las ideas morales no se graban en la mente más que
por durables y repetidas impresiones. No es el terrible pero pasa-
jero espectáculo de la muerte de un ruin, sino el largo y continuo
ejemplo de un hombre privado de libertad, que, transformado
en bestia de carga, resarce con sus fatigas a la sociedad que ha
dañado, el freno más fuerte para los delitos. Tan eficaz, porque a
menudo retorna sobre nosotros, yo mismo seré reducido a tan larga
y mísera condición si cometo delitos parecidos, siendo más poderoso
que la idea de la muerte, que los hombres siempre ven en oscura
lejanía.
La pena de muerte deja una impresión que a pesar de su fuerza
no suple el súbito olvido, natural en el hombre incluso en las cosas
más esenciales, y acelerado por las pasiones. Es regla general: las
pasiones violentas sorprenden a los hombres, mas no por mucho
tiempo, y sin embargo son aptas para las revoluciones que vuelven
a hombres comunes persas o lacedemonios;13 pero en un libre y
tranquilo gobierno las impresiones deben ser más frecuentes que
intensas.
13
Es decir, esclavos u hombres libres.
de los delitos y de las penas 91
La pena de muerte se convierte en un espectáculo para la ma-
yoría, mientras que para los demás es objeto de compasión y
desdén; ambos sentimientos ocupan la conciencia de los especta-
dores más que el beneficioso terror que la ley pretende inspirar.
En las penas moderadas y continuas el sentimiento dominante
es el temor porque es el único. El límite que debería fijar el le-
gislador al rigor de las penas parece consistir en el sentimiento
de compasión, cuando comienza a prevalecer sobre otros en la
conciencia de los espectadores de un suplicio, hecho más para
ellos que para el reo.
Para que una pena sea justa solo debe contener los grados de
intensidad suficientes para evitar que los hombres delincan; ya que
no hay nadie que, reflexionando, pueda elegir la total y perpetua
pérdida de la propia libertad por muy ventajoso que pueda ser
el delito; por tanto, la intensidad de la pena de esclavitud perpe-
tua, sustituyendo a la pena de muerte, es suficiente para retraer
cualquier ánimo determinado a delinquir. Incluso digo más: mu-
chísimos afrontan la muerte con rostro tranquilo y sereno, quien
por fanatismo, quien por vanidad, que casi siempre acompaña al
hombre más allá de la tumba, quien por un último y desesperado
intento o de no vivir o de salir de la miseria; pero ni el fanatismo
ni la vanidad están entre los grilletes o las cadenas, bajo el bastón,
bajo el yugo, en una jaula de hierro, y el desesperado no acaba
con sus males, sino que los inicia. Nuestro ánimo resiste mejor a
la violencia y a los intensos, mas pasajeros dolores, que al tiempo
y al incesante tedio: la conciencia puede, por así decir, contraerse
sobre sí misma por un momento para rechazar los primeros, pero
su vigorosa elasticidad no basta para resistir la larga y reiterada
acción de los segundos. Con la pena de muerte cada ejemplo que
se da a la nación supone un delito; en la pena de esclavitud perpe-
tua un solo delito da muchísimos y permanentes ejemplos, y si es
importante que los hombres vean a menudo el poder de las leyes,
las penas de muerte no deben ser distantes unas de otras: por tanto,
presuponen la frecuencia de los delitos para que este suplicio sea
92 cesare b. beccaria
útil es necesario que no cause sobre los hombres toda la impre-
sión que debería provocar, es decir, que sea útil e inútil al mismo
tiempo.14 Quien diga que la esclavitud perpetua es dolorosa como
la muerte, y por ello igualmente cruel, respondo que sumando
todos los momentos infelices de la esclavitud lo será incluso más,
pues estos se extienden por toda la vida, y la otra ejercita toda su
fuerza en un momento; y es esta la ventaja de la pena de esclavi-
tud, que atemoriza más a quien la ve que a quien la sufre; porque
el primero considera toda la suma de momentos infelices, y el
segundo es distraído de la infelicidad del momento presente por la
futura. Todos los males aumentan en la imaginación, y quien sufre
encuentra recursos y consolaciones no conocidas y no creídas por
los espectadores, que suponen su misma sensibilidad en el ánimo
encallecido del infeliz.
He aquí brevemente el razonamiento que hace un ladrón o
un asesino, que no tienen más contrapeso para no violar la ley
que la horca o la rueda. Sé que el desarrollar los sentimientos de
la propia alma es un arte que se aprende con la educación; pero
el que un ladrón no desarrolle bien sus principios no implica que
no actúen en su conciencia.
¿Qué son estas leyes que yo debo respetar, que permiten una distancia
tan enorme entre el rico y yo? Él me niega un dinero que le pido, y se
excusa mandándome un trabajo que no conoce. ¿Quién ha hecho estas
leyes? Hombres ricos y poderosos que no se han dignado a visitar las mí-
seras barracas del pobre, que no han compartido nunca un pan mohoso
entre los inocentes llantos de los hambrientos hijos y las lágrimas de la
esposa. Rompamos estos vínculos fatales para la mayor parte y útiles solo
a unos pocos indolentes tiranos, ataquemos la injusticia en su origen.
Volveré a mi estado de independencia natural, viviré libre y feliz por
14
Ya que para que sirva de ejemplo y disuasión debe ser aplicada frecuen-
temente, para que esto sea posible es necesario que se cometan multitud de
delitos castigados con esta pena.
de los delitos y de las penas 93
algún tiempo con los frutos de mi valor y de mi esfuerzo, quizá llegue el
día del dolor y del arrepentimiento, pero ese tiempo será breve, y tendré
un día de ahogo a cambio de muchos años de libertad y de placer. A la
cabeza de unos pocos, corregiré los errores de la fortuna, y veré a estos
tiranos palidecer y estremecerse ante la presencia de aquel, al que, con
un insultante fasto, posponían a sus caballos, a sus perros.
La religión se asoma entonces a la mente del desdichado, que
abusa de todo, y presentándole un sencillo arrepentimiento y una
casi certeza de eterna felicidad, disminuye formidablemente el
horror de esta última tragedia.
Pero aquel que contemple ante sí un gran número de años, o
incluso todo el curso de una vida que pasaría en esclavitud, con su
rostro doliente expuesto a sus conciudadanos, entre los que vive
libre y afable, esclavo de las leyes que le protegían, hace un útil
parangón de todo ello con la incertidumbre del éxito de sus deli-
tos, con la brevedad del tiempo que gozaría sus frutos. El ejemplo
continuo de los que hoy ve víctimas de sus propias imprudencias,
le causa una impresión bastante más intensa que el espectáculo de
un suplicio que lo endurece, pero que no lo corrige.
No es útil la pena de muerte por el ejemplo de atrocidad que
da a los hombres. Si las pasiones o la necesidad de la guerra han
enseñado a esparcir la sangre humana, las leyes reguladoras de la
conducta de los hombres no deberían aumentar el cruel ejemplo,
tanto más funesto cuando la muerte legal es otorgada con ins-
trucción y formalidad. Me parece un absurdo que las leyes, que
son la expresión de la voluntad pública, que detestan y castigan el
homicidio, cometan uno, y, para alejar a los ciudadanos del asesi-
nato, ordenen un homicidio público. ¿Cuáles son las verdaderas y
más útiles leyes? Los pactos y las condiciones que todos querrían
observar y proponer, mientras calla la voz siempre atendida del
interés particular o se combina con el público. ¿Cuáles son los
sentimientos de cada uno sobre la pena de muerte? Leámoslos en
los actos de indignación y de desprecio con los que se distingue al
94 cesare b. beccaria
verdugo, que, sin embargo, es un inocente ejecutor de la pública
voluntad, un buen ciudadano que contribuye al bien público, el
instrumento necesario para la seguridad pública en el interior,
como los valerosos soldados lo son en el exterior. ¿Cuál es, por
tanto, el origen de esta contradicción? ¿Y por qué es indeleble
en los hombres este sentimiento a pesar de la razón? Porque los
hombres en lo más secreto de su conciencia, más que otra cosa,
conservan todavía la forma original de la vieja naturaleza, han
creído siempre que su vida no es potestad más que de la necesidad,
que con su mando de hierro rige el universo.
¿Qué deben pensar los hombres al ver a los sabios magistrados
y a los graves sacerdotes de la justicia, que con indiferente tranqui-
lidad hacen arrastrar con lenta parsimonia un reo a la muerte, y
mientras un desdichado solloza en las últimas angustias, esperando
el golpe fatal, pasa el juez con insensible frialdad, y quizá con se-
creta complacencia de su autoridad, a disfrutar las comodidades
y los placeres de la vida?
¡Ah! —dirán ellos—, estas leyes no son más que los pretextos de la fuerza
y los meditados y crueles formulismos de la justicia; no son más que
un lenguaje convencional para inmolarnos con mayor seguridad, como
víctimas ofrecidas en sacrificio, al ídolo insaciable del despotismo.
Vemos que se adopta sin repugnancia y sin cólera el asesinato, que se
nos predica como un terrible error. Sirvámonos del ejemplo. Nos parecía
la muerte una escena terrible en la descripción que nos hacían, pero lo
vemos como un asunto de un momento. ¡Cuánto menos terrible para
quien, sin aguardarla, se ahorra casi todo lo que tiene de doloroso!
Tales son los funestos paralogismos que, si no con claridad, confu-
samente al menos, hacen que los hombres estén prontos al delito,
en el cual, como hemos visto, el abuso de la religión puede más
que la religión misma.
Si se me discutiese poniendo el caso de que casi todos los siglos
y casi todas las naciones han aplicado la pena de muerte para algu-
de los delitos y de las penas 95
nos delitos, les diré que de este modo se elimina directamente la
verdad, la cual no prescribe; que la historia de los hombres nos da
la idea de un inmenso cúmulo de errores, entre los cuales pocas y
confusas las verdades subsisten separadas por grandes intervalos.
Los sacrificios humanos fueron comunes a casi todas las naciones,
y ¿quién osara disculparlos? Que unas pocas sociedades, y solo
por poco tiempo, se hayan abstenido de condenar a muerte es
argumento a mi favor más que contrario, porque es conforme a
la fortuna de las grandes verdades, la duración de las cuales no
es más que un destello, en comparación con la larga y tenebrosa
noche que envuelve a los hombres. No ha llegado todavía la afor-
tunada época en la que la verdad, como ahora el error, pertenezca
a la mayoría, y de esta ley universal solo son excepción hasta hoy
las verdades que la sabiduría infinita ha querido separar de las
otras al revelarlas.
La voz de un filósofo es demasiado débil contra los tumultos y
los gritos de tantos que son guiados por la ciega costumbre, pero los
pocos sabios que han aparecido sobre la faz de la tierra me harán eco
en la intimidad de su corazón; y si la verdad pudiese, entre los infini-
tos obstáculos que la alejan de un monarca, a su pesar, llegar hasta su
trono, sepa que ella llegará con el apoyo secreto de todos los hombres,
sepa que callará ante él la sangrienta fama de los conquistadores y
que la justa posteridad les asignaría el primer lugar entre los pacíficos
trofeos de Titos, Antoninos y Trajanos.
¡Feliz la humanidad, si por primera vez se dictasen leyes, hoy
que vemos situados en los tronos de Europa monarcas benévo-
los, padres de sus pueblos, que alientan las pacíficas virtudes, de
la ciencia y de las artes. Ciudadanos coronados, cuyo aumento
de autoridad compone la felicidad de los súbditos, porque eli-
mina el intermediario despotismo, más cruel por menos seguro,
que sofocaban los apoyos siempre sinceros del pueblo, sostenes
siempre afortunados cuando pueden alcanzar el trono! Si ellos,
digo, permiten subsistir a las antiguas leyes, es por la dificultad
infinita de eliminar los errores que nacen de la venerada herrum-
96 cesare b. beccaria
bre de muchos siglos, por ello es un motivo para los ciudadanos
ilustrados desear con mayor ardor el continuo crecimiento de su
autoridad.
XXIX
DE LA DETENCIÓN
Un error frecuente, contrario al fin social de la seguridad indivi-
dual, consiste en otorgar potestad al magistrado, ejecutor de las
leyes, para encarcelar a un ciudadano, arrebatar la libertad a un
enemigo con frívolos pretextos y dejar impune a un amigo a pesar
de los más claros indicios de culpabilidad. El encarcelamiento es
un castigo al que por necesidad debe, a diferencia de otros, prece-
der a la declaración de culpabilidad; pero este carácter distintivo
no le elimina otra característica esencial, es decir, que solo la ley
determine los casos en los que el hombre es merecedor de tal pena.
La ley indicará los indicios de un delito que exija la custodia del
reo, que lo someten a una interrogación y a un castigo. La fama
pública, la fuga, la confesión extrajudicial, la de un cómplice del
delito, las amenazas y las constantes intimidaciones a la víctima,
el cuerpo del delito, e indicios similares son pruebas suficientes
para encarcelar a un ciudadano; pero estas penas deben ser estable-
cidas por las leyes y no por los jueces, cuyos decretos, cuando no
son proposiciones particulares derivadas de una máxima general
existente en el código público son siempre opuestos a la libertad
política. A medida que las penas sean moderadas, cuando sea eli-
minada la miseria y el hambre de las cárceles, cuando la compasión
y la humanidad penetren en las puertas de hierro, y ordenen a los
inexorables y endurecidos ministros de justicia, las leyes podrán
conformarse con indicios cada vez más débiles para el encarcela-
miento. Un hombre acusado de un delito, encarcelado y absuelto
no debería soportar signo de infamia alguna. ¡Cuántos romanos
acusados de gravísimos delitos, exculpados posteriormente, no
de los delitos y de las penas 97
fueron reverenciados por el pueblo y honrados con magistraturas!
¿Pero por qué razón es tan diferente en nuestros tiempos el fin de
un exculpado? Porque parece que, en el actual sistema criminal,
según la opinión de los hombres, prevalece la idea de la fuerza
y de la prepotencia antes que la de la justicia; porque se arrojan
revueltos en la misma caverna acusados y convictos; porque la pri-
sión es un suplicio en lugar de un lugar de custodia del imputado,
y porque la fuerza interna, valedora de las leyes, está separada de
la externa, defensora del trono y de la nación, cuando deberían
estar unidas. Así la primera debería ser, por medio del común
apoyo de las leyes, armonizada con la capacidad de juzgar, pero
no dependiente inmediatamente de su potestad, y la gloria, que
acompaña al boato, y el fasto de un cuerpo militar eliminarían la
infamia, la cual está más unida al modo que a la cosa, como todos
los sentimientos populares; y está demostrado que para la opinión
común las prisiones militares no son tan deshonrosas como las
forenses.15 Todavía se mantienen en el pueblo, en las costumbres
y las leyes, siempre más de un siglo inferior en bondad a las luces
actuales de una nación, las bárbaras impresiones y las crueles ideas
de nuestros antepasados, cazadores septentrionales.
Algunos han sostenido que en cualquier lugar que se cometa un
delito, es decir, una acción contraria a las leyes, pueda ser penado;
como si el carácter de súbdito fuese indeleble, es decir, sinónimo,
e incluso peor que el de esclavo; como si uno pudiese ser súbdito
de un dominio y habitar en otro, y que sus acciones pudiesen estar
subordinadas sin contradicción a dos soberanos y a dos códigos a
menudo contradictorios. Algunos creen igualmente que una ac-
ción cruel cometida, por ejemplo, en Constantinopla, pueda ser
castigada en París, por la abstracta razón de que quien daña a la
humanidad merece tener a toda la humanidad como enemiga y
una universal execración; como si los guardianes tribunales se ori-
15
El boato del ejército consigue que las penas de reclusión no conlleven la
infamia como sucede en la prisión civil.
98 cesare b. beccaria
ginaran en la sensibilidad de los hombres y no en los pactos que los
unen. El lugar de la pena es el lugar del delito, porque solamente
aquí, y no en otro sitio, los hombres se ven obligados a dañar a un
particular para prevenir el daño público. Un malvado, que no ha
quebrado los pactos de una sociedad de la que no era miembro,
puede ser temido y por la superior fuerza de la sociedad desterrado
y excluido, pero no castigado con la formalidad de las leyes regula-
doras de los pactos, o por la malicia intrínseca de las acciones.
Los culpables de delitos más leves suelen ser castigados o en la
oscuridad de una prisión, o enviados, para dar ejemplo a naciones
que no han perjudicado, a una lejana pero inútil esclavitud. Si los
hombres no se inclinan en un momento a cometer los más graves
delitos, la máxima pena aplicada a esa gran transgresión será conside-
rada por la mayor parte como extraña e imposible que ocurra; pero el
castigo público de delitos más leves, y a los cuales el ánimo está más
cercano, hará una impresión que, los desvía de estos, y los aleja aún
más de aquellos. Las penas no deben ser solamente proporcionadas
entre sí a los delitos en la fuerza, sino también en el modo de infli-
girla. Algunos absuelven del castigo por un pequeño delito cuando
la parte dañada lo perdona, acto conforme a la benevolencia de la
humanidad, pero contrario al bien público; como si un ciudadano
particular pudiese igualmente eliminar con su perdón la necesidad
del ejemplo, como si pudiese condonar el resarcimiento de la ofensa.
El derecho de condenar no es de uno solo, sino de todos los ciuda-
danos o del soberano. El particular no puede más que renunciar a
su parte de derecho, pero no anular la de los demás.
XXX
P RO C E S O S Y P R E S C R I P C I Ó N
Conocidas las pruebas y establecida la certeza del delito, es ne-
cesario conceder al reo el tiempo y los medios oportunos para
defenderse; un tiempo breve, que no perjudique la celeridad de
de los delitos y de las penas 99
la pena, pues hemos visto que es uno de los principales frenos del
delito. Un mal entendido amor por la humanidad parece contra-
rio a esta brevedad de tiempo, pero, si se observa que los peligros
para la inocencia crecen con los defectos de la legislación, se aclara
toda duda.
Las leyes deben estipular cierto espacio de tiempo, tanto para
la defensa del reo como para probar su delito; el juez se conver-
tiría en legislador si tuviese que decidir el tiempo necesario para
demostrar una ofensa. Los delitos atroces, que permanecen largo
tiempo en la memoria de los hombres, cuando son demostrados
no pueden prescribir, aunque el culpable haya evitado el castigo
gracias a la fuga; pero en los delitos menores y oscuros se debe
impedir, con la prescripción, la incertidumbre por la suerte de
un ciudadano, porque la oscuridad en la que están envueltos
durante largo tiempo los delitos elimina el ejemplo de la impu-
nidad, y mientras tanto se mantiene la posibilidad de que el reo
se enmiende. Me basta señalar estos principios, porque no puede
fijarse un límite preciso más que para una legislación dada y en
las circunstancias concretas de una sociedad; añadiré solamente
que, probada la utilidad de las penas moderadas en una nación,
las leyes que, en proporción a los delitos, menguan o aumentan
el tiempo de la prescripción o el tiempo de la instrucción, ha-
ciendo así de la cárcel misma o del voluntario exilio una parte
del castigo, suministrarán una sencilla división de pocas penas
leves para un gran número de delitos.
Pero estos tiempos no aumentarán en la exacta proporción
de la atrocidad de los delitos, pues la probabilidad de los delitos
está en proporción inversa a su atrocidad. Deberá menguar el
tiempo de instrucción y aumentar el de la prescripción, lo que
parece una contradicción de cuanto he dicho, es decir, que pue-
den darse penas iguales a delitos desiguales, valorando el tiempo
de la reclusión o de la prescripción, previos a la sentencia, como
un castigo. Para explicar al lector mi pensamiento distingo dos
clases de delitos: la primera es la de los delitos atroces que se
100 cesare b. beccaria
inicia con el homicidio, y comprende todas las barbaries aún
peores; la segunda es la de los delitos menores. Esta distinción
tiene su fundamento en la naturaleza humana. La seguridad
de la propia vida es un derecho por naturaleza, la seguridad
de los bienes es un derecho social. El número de motivos que
empujan a los hombres más allá del natural sentimiento de
piedad son mucho menores al número de motivos que por la
natural avidez de ser felices les empujan a violar un derecho que
no encuentran en su conciencia sino en las convenciones de la
sociedad. La gran diferencia de probabilidad de estas dos clases
exige que se regulen con diferentes principios: en los delitos
más atroces, siendo más raros, debe disminuir el tiempo de la
investigación por el aumento de la probabilidad de la inocencia
del reo, y debe aumentar el tiempo de la prescripción, porque
de la definitiva sentencia de la inocencia o culpabilidad de un
hombre depende eliminar la contingencia de la impunidad,
cuyo daño crece con la atrocidad del delito. Pero en los delitos
menores disminuyendo la probabilidad de la inocencia del reo
debe crecer el tiempo de la investigación y, menguado el daño
de la impunidad, debe disminuir el tiempo de la prescripción.
Una distinción tal de delitos en dos clases no debería admitirse,
si menguase el daño de la impunidad en la misma medida que
crece la probabilidad del delito. Piénsese que un acusado, del
cual no conste ni inocencia ni culpabilidad, si bien absuelto por
falta de pruebas, puede someterse por el mismo delito a nuevas
detenciones y a nuevas investigaciones, si emanan nuevos indi-
cios indicados por las leyes, hasta que no se cumpla el tiempo
de la prescripción fijada al delito. Tal es al menos el tempera-
mento que me parece oportuno para defender la seguridad y
la libertad de los súbditos, siendo ya que es sencillo favorecer
a una en detrimento de la otra, así que estos dos bienes, que
forman el inalienable e igual patrimonio de todo ciudadano, no
estén protegidos y custodiados el uno por el abierto u oculto
despotismo, y el otro, por la turbulenta anarquía popular.
de los delitos y de las penas 101
XXXI
D E L I TO S D E D I F Í C I L D E M O S T R A C I Ó N
Teniendo en cuenta estos principios parecerá extraño, a quien no
sepa que la razón no ha sido casi nunca la legisladora de las na-
ciones, que los delitos más atroces o más oscuros y quiméricos, es
decir, los de menor probabilidad, son probados por las conjeturas
y por las pruebas más débiles y equívocas; como si la ley y el juez
tengan interés no en buscar la verdad sino en probar el delito;
como si ante la menor probabilidad del delito fuese necesaria
menor probabilidad de culpabilidad para condenar a un inocente.
Falta en la mayor parte de los hombres el vigor, igualmente necesa-
rio, tanto para los grandes delitos como para las grandes virtudes,
por lo que parece que unos sean siempre contemporáneos a los
otros en las naciones que se sostienen por la actividad del gobierno
y las pasiones dirigidas al bien público más que por la multitud
o la constante bondad de las leyes. En estas naciones las pasiones
debilitadas parecen más aptas a mantener que a mejorar la forma
de gobierno. De esto se extrae una consecuencia importante, que
no siempre los grandes delitos en una gran nación demuestran
su deterioro.
Existen delitos que son frecuentes en la sociedad y, al mismo
tiempo, difíciles de demostrar. La dificultad de su demostración
lleva consigo la probabilidad de la inocencia, el tiempo de la inves-
tigación y el tiempo de la prescripción deben disminuir a la par, ya
que el daño de la impunidad no puede evaluarse, pues la frecuen-
cia de estos delitos depende de principios diferentes del peligro de
impunidad. Incluso los adulterios, la griega voluptuosidad,16 que
son delitos de difícil demostración, son los que según los princi-
pios recibidos admiten las tiránicas presunciones, las casipruebas,
las semipruebas (como si un hombre pudiese ser medioinocente o
medioculpable, es decir, mediocastigado y medioabsuelto), donde la
16
Referencia a la homosexualidad.
102 cesare b. beccaria
tortura ejercita su cruel imperio en la persona del acusado, en los
testigos, e incluso en toda la familia de un desdichado, como con
inicua frialdad enseñan algunos doctores que se proponen como
norma y como ley a los jueces.
El adulterio es un delito que, considerado políticamente, tiene
su fuerza y su sentido por dos motivos: las variables leyes de los
hombres y la fortísima atracción que empuja un sexo hacia el otro.
Similar en muchos casos a la gravedad, motriz del universo, pues
como ella disminuye con la distancia, y si una modifica todos
los movimientos de los cuerpos, la otra casi todos los del alma,
hasta que dura su revolución; se diferencian en que la gravedad
se equilibra con los obstáculos, pero la otra toma fuerza y vigor
con el crecimiento de los obstáculos mismos.
Si tuviese que hablar a las naciones todavía privadas de las luces
de la religión diría que hay una diferencia considerable entre el
adulterio y los demás delitos. Nace del abuso de una necesidad
constante y universal a toda la humanidad, necesidad anterior, es
más, fundadora de la sociedad misma, mientras los demás delitos,
destructores de esta, tienen un origen determinado más por pasio-
nes momentáneas que por una necesidad natural. Tal necesidad
parece, para quien conoce la historia y al hombre, siempre igual,
manteniendo una cantidad constante. Si esto fuese cierto, inútiles,
es más, perniciosas serían las leyes y las costumbres que buscasen
disminuir la suma total, pues su efecto sería el de cargar a unos
con sus propias necesidades y con parte de las necesidades de los
demás. Sabias serían, al contrario, las que, por así decir, siguiendo
la cómoda inclinación del plano, dividiesen y difundieran la suma
en tantas iguales y pequeñas porciones, que impidieran uniforme-
mente en cualquier parte la aridez y la inundación. La fidelidad
conyugal es siempre proporcional al número y a la libertad de los
matrimonios, cuando los dirigen prejuicios heredados, cuando la
doméstica potestad los acuerda y desata, cuando la galantería rompe
secretamente los vínculos, a pesar de la moral vulgar cuyo oficio es
declamar contra los efectos, perdonando los motivos. Pero no hay
de los delitos y de las penas 103
necesidad de tales reflexiones para quien, viviendo en la verdadera
religión, tiene más sublimes motivos que corrigen la fuerza de los
efectos naturales. La acción de un delito tal es tan instantánea y
misteriosa, tan cubierta por el mismo velo que han tendido las leyes,
velo necesario pero frágil, y que aumenta el valor de la cosa en lugar
de disminuirlo; las ocasiones tan propicias, las consecuencias tan
equívocas, que está en manos del legislador más el prevenirlo que
el corregirlo. Por regla general: todo delito que, por su naturaleza,
queda la mayor parte de las veces sin castigo, la pena es un incen-
tivo. Es propiedad de nuestra imaginación que las dificultades, si
no son insuperables o demasiado arduas respecto a la indolencia de
ánimo de cada hombre, exciten más intensamente a la imaginación
y acrecienten el objeto, pues las dificultades son casi otros reparos
que impiden a la vagabunda y voluble imaginación salir del objeto;
y obligándola a recorrer todas las posibilidades, la imaginación más
íntimamente se une a la parte placentera a la cual naturalmente
nuestro ánimo se dirige, que no a la dolorosa y funesta, de la que
huye y se aleja.
La venus ática17 tan severamente castigada por las leyes y tan
fácilmente sometida a los tormentos vencedores de la inocencia
tiene menos su fundamento sobre las necesidades del hombre ais-
lado y libre que sobre las pasiones del hombre sociable y esclavo.
Toma su fuerza no tanto de la saciedad de los placeres cuanto de
la educación que comienza por convertir a los hombres en inútiles
para sí mismos para hacerlos útiles para los demás, en esas casas
donde se condensa la ardiente juventud,18 donde existiendo un
dique infranqueable a otro comercio, todo el vigor de la naturaleza
que se desarrolla se consume inútilmente para la humanidad y, es
más, anticipa la vejez.
El infanticidio es igualmente el efecto de una inevitable con-
tradicción, en la que es situada una persona, que por debilidad o
17
De nuevo, referencia a la homosexualidad.
18
Según R. Mondolfo, estos lugares serían los seminarios.
104 cesare b. beccaria
por violencia, ha cedido. ¿Quién encontrándose entre la infamia y
la muerte de un ser incapaz de sentir los males, cómo no preferirá
esta a la miseria segura a la cual estaría expuesta junto al infeliz
fruto? La mejor manera de prevenir este delito sería proteger con
leyes eficaces la debilidad contra la tiranía, la cual exagera los vicios
que no puede cubrirse con el manto de la virtud.
Yo no pretendo disminuir el justo horror que merecen estos
delitos; pero, indicando los orígenes, me creo con el derecho de
deducir una consecuencia general, es decir, que no se puede lla-
mar precisamente justa (o que quiere decir necesaria) la pena de
un delito, hasta que las leyes no hayan adoptado el mejor medio
posible en las determinadas circunstancias de una nación para
prevenirlos.
XXXII
SUICIDIO
El suicidio es un delito que parece no poder admitir una pena
propiamente dicha, pues no puede recaer más que o sobre un
inocente, o sobre un cuerpo frío e insensible. Si esta no causa
impresión alguna sobre los vivos, como no lo haría golpear una
estatua, la otra es injusta y tiránica, porque la libertad política
de los hombres presupone necesariamente que las penas sean
meramente personales. Los hombres aman demasiado la vida, y
todo cuanto los circunda les confirma en este amor. La seductora
imagen del placer y la esperanza, apacible engaño de los mortales,
por el cual engullen a grandes sorbos el mal unido a pocas gotas
de contento, les entusiasma demasiado para que se pueda temer
que la necesaria impunidad de un delito tal tenga influencia al-
guna sobre los hombres. Quien teme el dolor obedece las leyes;
pero la muerte extingue en el cuerpo todos sus orígenes. Por
tanto, ¿cuál será el motivo que detendrá la mano desesperada
del suicida?
de los delitos y de las penas 105
Quien se suicida causa un menor mal a la sociedad que el que
sale de sus confines para siempre, porque aquel deja sus bienes,
pero este lleva consigo parte de su haber. Es más, si la fuerza de
la sociedad consiste en el número de ciudadanos, al marcharse y
formar parte de una nación vecina hace un doble daño que quien
simplemente con la muerte se borra de la sociedad. La cuestión,
por tanto, se reduce a saber si es útil o dañino para la nación el de-
jar una perpetua libertad para ausentarse cada miembro de ella.
Toda ley que no esté armada, o que la naturaleza de las cir-
cunstancias convierte en inaplicable, no debe promulgarse; y
como sobre las mentes reina la opinión, que obedece a las lentas e
indirectas impresiones del legislador y que resiste a las directas
y violentas, así las leyes inútiles, despreciadas por los hombres,
comunican su envilecimiento incluso a las leyes más vigorosas,
que son tenidas como un obstáculo que superar más que el de-
pósito del público bien. Es más, si, como se ha dicho, nuestros
sentimientos son limitados, cuanta más veneración tengan los
hombres por objetos extraños a las leyes menos tendrán por las
leyes mismas. De este principio, el sabio distribuidor de la pú-
blica felicidad puede extraer algunas útiles consecuencias, que,
exponiéndolas, me alejarían demasiado de mi asunto, que es el
de demostrar la inutilidad de hacer del Estado una prisión. Una
ley tal es inútil porque, a menos que escollos impenetrables o
mares innavegables aíslen a un país de todos los demás, ¿cómo
cerrar todos los puntos de la circunferencia y cómo custodiar a
los custodios? Quien todo lleva consigo no puede, desde que lo
ha hecho, ser castigado. Tal delito, una vez cometido, no puede ya
castigarse, y el penarlo antes es castigar la voluntad de los hombres
y no las acciones; sería obligar a la intención, parte libérrima del
hombre del imperio de las leyes humanas. Sancionar al ausente en
los bienes dejados, además de la rápida e inevitable complicidad,19
que no podría ser eliminada sin tiranizar los contratos, arruinaría
19
Ficticios acuerdos de cesión.
106 cesare b. beccaria
todo comercio entre naciones. El hecho de castigar cuando el reo
retornase sería impedir que se repare el mal hecho a la sociedad al
convertir rodas las ausencias en perpetuas. La prohibición misma
de salir de un país aumenta el deseo a los nacionales de salir, y
una advertencia a los extranjeros de no entrar.
¿Qué debemos pensar de un gobierno que no tiene otro medio
para conservar a los hombres, naturalmente vinculados por las
primeras impresiones de la infancia a su patria, que el temor? La
manera más segura de mantener a los ciudadanos en la patria es
aumentar el bienestar relativo de todos ellos. Al igual que se debe
hacer todo esfuerzo para que la balanza del comercio sea a nuestro
favor, es el máximo interés del soberano y de la nación que la suma
de la felicidad, comparada con la de las naciones limítrofes, sea
mayor que en otros lugares. Los placeres del lujo no son los prin-
cipales elementos de esta felicidad, sin importar que este sea un
remedio necesario a la desigualdad, que crece con los progresos de
una nación, sin los cuales las riquezas se concentrarían en una sola
mano. Cuando los confines de un país aumentan en mayor medi-
da que la población, el lujo favorece el despotismo, tanto porque al
ser menos comunes los hombres disminuye la industria; y cuanto
menor es la industria mayor es la dependencia de la pobreza del
fasto, y es más difícil y menos temida la unión de los oprimidos
contra los opresores, tanto porque las adoraciones, los oficios, las
distinciones, las sumisiones, que hacen más patente la distancia
entre el fuerte y el débil, se obtienen más fácilmente de pocos que
de muchos, siendo los hombres más independientes cuanto menos
vigilados, y menos vigilados cuanto mayor es el número. Pero
donde la población crece en mayor proporción que el territorio,
el lujo se opone al despotismo, porque anima a la industria y a la
actividad de los hombres, y la necesidad ofrece demasiados pla-
ceres y comodidades al rico para que la ostentación, que aumenta
la opinión de dependencia tenga mayor lugar. Por tanto, puede
observarse que, en los Estados vastos, débiles y despoblados, si
otros motivos no lo obstaculizan, el lujo de ostentación prevalece
de los delitos y de las penas 107
al de la conveniencia; mientras que en los Estados poblados más
que extensos el lujo de la conveniencia hace siempre disminuir el
de la ostentación. El comercio y el suceder de los placeres del lujo
tiene este inconveniente, que a pesar de que se haga por medio de
muchos, sin embargo, comienza y termina en pocos, y solo una
mínima parte disfruta el mayor número, por lo que no se impide
el sentimiento de la miseria, motivado más por la comparación
que por la realidad. La seguridad y la libertad, limitadas solo por
las leyes, son las que forman la base principal de esta felicidad,
con las cuales los placeres del lujo favorecen a la población, y sin
ellas se convierten en el instrumento de la tiranía. Así como las
fieras más generosas y las libres aves se alejan en soledad y a los
bosques inaccesibles, abandonando los fértiles y soleados campos
al hombre pérfido, así los hombres rehúyen los placeres mismos
cuando es la tiranía quien los proporciona.
Está, pues, demostrado que las leyes que recluyen a los súbditos
en su país es inútil e injusta. Por tanto, lo será igualmente la pena
del suicidio; y por ello, a pesar de ser una culpa que Dios castiga,
porque solo Él puede castigar tras la muerte, no es un delito para
los hombres, porque la pena en lugar de caer sobre el reo, cae
sobres su familia. Si alguien opusiese que una pena tal puede al
menos evitar que un hombre se suicide, le respondo: que quien
tranquilamente renuncia al bien de la vida, que odia la existencia
terrena, tanto que prefiere una infeliz eternidad, no debe sentirse
persuadido por la menos eficaz y más lejana consideración de
hijos o parientes.
XXXIII
CONTRABANDOS
El contrabando es un verdadero delito que daña al soberano y a
la nación, pero su castigo no debe ser deshonroso, porque come-
tido no causa vergüenza en la opinión pública. Quien otorgue
108 cesare b. beccaria
castigos deshonrosos a delitos que no son considerados tales por
los hombres, disminuye el sentimiento de vergüenza de aquellos
que sí lo son. Quien establezca la pena de muerte, por ejemplo, a
quien mata a un faisán, a quien asesina a un hombre o falsifica un
escrito importante, no sostendría ninguna diferencia entre estos
delitos, destruyendo de esta manera los sentimientos morales,
obra de muchos siglos y de mucha sangre, lentísimos y difíciles de
suscitar en el ánimo humano, pues para afianzar estos valores en
los hombres fue necesario invocar sublimes motivos y establecer
una extensa raigambre de profundas meditaciones.
Este delito nace de la ley misma porque creciendo el impuesto
crece siempre la ganancia, y la tentación de hacer contrabando y la
facilidad de cometerlo aumenta con la frontera que hay que vigilar
y con la disminución del volumen de la mercancía misma. La pena
que consiste en perder la mercancía prohibida y las cosas que la
acompañan es justísima, pero será tanto más eficaz cuanto más
pequeño sea el impuesto, porque los hombres no arriesgan en pro-
porción al beneficio que produciría el éxito feliz de la empresa.
Pero ¿por qué nunca este delito no causa infamia al autor sien-
do un hurto hecho al príncipe, y en consecuencia, a la nación
misma? Responderé que los daños que los hombres creen que
no les pueden ser hechos no le interesan lo suficiente como para
producir pública indignación en quien los comete. Es el caso del
contrabando. Las consecuencias remotas crean livianísimas im-
presiones en los hombres, no se percatan del daño que les puede
sobrevenir por el contrabando, es más a menudo disfrutan sus
ventajas presentes. No ven más que el daño causado al prínci-
pe; no están, por tanto, interesados en privar su favor a quien
contrabandea, cuando sí lo están contra quien comete un hurto
particular, falsifica documentos, y otros males que les pueden
suceder. Principio evidente de que todo ser sensible no se interesa
más que por los males que conoce.
Pero ¿se deberá dejar impune un delito contra quien no tiene
bienes que perder? No. Existen contrabandos que interesan tanto
de los delitos y de las penas 109
a la naturaleza del impuesto, parte tan esencial y tan difícil en una
buena legislación, que tal delito merece una pena considerable
incluso la prisión misma o la esclavitud; pero prisión y esclavitud
proporcional a la naturaleza del delito mismo. Por ejemplo, la
pena del encarcelamiento del contrabandista de tabaco no debe
ser igual a la del sicario o a la del ladrón, y las faenas del primero
serán conformes a la naturaleza de las penas, y estarán limitadas al
trabajo y servicio de la regalía misma que ha querido defraudar.
XXXIV
DE LOS DEUDORES
La buena fe de los contratos y la seguridad del comercio obligan al
legislador a asegurar a los acreedores las personas de los deudores
en quiebra, pero creo importante distinguir entre la quiebra dolosa
de la quiebra inocente. El primero debería ser castigado con la
misma pena que es asignada a los falsificadores de moneda, pues
el falsificar una pieza de metal acuñada, que es un símbolo de las
obligaciones de los ciudadanos, no es mayor delito que falsificar
las obligaciones mismas. Pero la bancarrota inocente de quien tras
una rigurosa investigación ha demostrado ante sus jueces que o la
malicia, o desgracias ajenas, o sucesos inevitables por la prudencia
humana le han despojado de sus bienes, ¿por qué bárbaro motivo
deberá ser arrojado en una prisión, privado de la desnuda libertad,
único y triste bien que le queda, para experimentar las angustias
del culpable, y con la desesperación de la honestidad obligada a
arrepentirse quizá de la inocencia con la que vivía tranquila bajo
la tutela de las leyes que no estaba en sus manos no ofender, leyes
dictadas por los poderosos por avidez, y por los débiles sufridas
por la esperanza que destella en el alma humana, la cual nos hace
creer que los acontecimientos desfavorables son para los demás
y los beneficiosos son para nosotros? Los hombres abandonados
a sus sentimientos más simples aman las leyes crueles, a pesar de
110 cesare b. beccaria
estar sometidos a ellas. Sería del interés de cada uno que fuesen
moderadas, pero es mayor el temor de ser perjudicados que el
afán de perjudicar. Volviendo a la quiebra inocente, su obligación
deberá ser inextinguible hasta el total pago; no le es concedido el
sustraerse a ella sin el consenso de las partes interesadas ni de llevar
bajo otras leyes su industria, estará obligado bajo pena a emplearla
para devolver la deuda al Estado y satisfacerla proporcionalmente
a los beneficios. ¡Qué legítimo pretexto, como la seguridad del
comercio o la sacra propiedad de los bienes, justificaría una pri-
vación de libertad, inútil excepto en el caso de conseguir con las
desgracias de la esclavitud desvelar los secretos de un supuesto
arruinado inocente, caso rarísimo en las suposiciones de una rigu-
rosa investigación! Creo una máxima de la legislación que el valor
de los inconvenientes políticos sea exponencial a la del público
daño, e inversa a la improbabilidad de verificarse. Podría distin-
guirse el fraude de la culpa grave. La grave de la leve, y esta de la
perfecta inocencia, asignando al primero las penas de los delitos
de falsificación; a la segunda, penas menores, pero con privación
de libertad, reservando a la última la elección libre del modo de
restitución, impidiendo al culpable la libertad de hacerlo y otor-
gándosela a los acreedores. Pero la distinción entre grave y leve
deben fijarse con ciega e imparcial ley, no por la peligrosa y arbitraria
prudencia de los jueces. Las fijaciones de límites son tan necesarias
en la política como en la matemática, tanto en el cálculo del bien
público como en el cálculo de las dimensiones.
¡Con qué facilidad el legislador providente podría impedir
una gran parte de las quiebras fraudulentas, y remediar las des-
gracias del inocente emprendedor! Realmente no habría ningún
impedimento y podría producir innumerables beneficios crear un
público y manifiesto registro de todos los contratos, y la libertad
de todos los ciudadanos de consultar los documentos apropiada-
mente archivados; una banca pública con fondos provenientes de
los impuestos de las mercancías exitosas y sabiamente gravados,
destinada a socorrer con las sumas oportunas al desdichado e
de los delitos y de las penas 111
inocente miembro de la misma. Pero las sencillas, las simples,
las grandes leyes, que no esperan más que la señal del legislador
para propagar en el seno de la nación la abundancia y la solidez,
leyes que el reconocimiento de generación en generación colmaría
de himnos inmortales, son o las menos divulgadas o las menos
queridas. Un espíritu inquieto y menudo, la pacata prudencia
del momento presente, una cautelosa rigidez ante la novedad se
enseñorea de los sentimientos de quien concentra la multitud de
acciones de los pequeños mortales.
XXXV
ASILOS
Me quedan todavía dos cuestiones por examinar: una, si los asilos
son justos, y si el acuerdo de extradición es útil o no. Dentro de las
fronteras de un país no debe haber ningún lugar exento de la ley.
Su aliento debe seguir a cada ciudadano, como la sombra sigue al
cuerpo. La impunidad y el asilo solo difieren en grado, y como las
impresiones de la pena consisten más en la seguridad de encontrarla
que en su fuerza, los asilos invitan más al delito de lo que las penas
lo alejan. Multiplicar los asilos es reproducir pequeñas soberanías
pues, donde no hay leyes que obligan pueden crearse unas nuevas
y opuestas a las comunes, y con ello un espíritu opuesto al del
entero cuerpo de la sociedad. Todos los libros de historia muestran
que de los asilos surgieron grandes revoluciones en los Estados y
en las opiniones de los hombres. No me atrevería a decir si es útil
o no el acuerdo de extradición hasta que las leyes más adecuadas
a las necesidades de la humanidad, las penas más leves, y extinta
la dependencia de la arbitrariedad y de la opinión, no garanticen
seguridad a la oprimida inocencia y a la detestada virtud; hasta
que la tiranía no sea totalmente confinada en las vastas llanuras de
Asia por la razón universal, que progresivamente aúna los intereses
del trono y de los súbditos, si bien la certeza de no encontrar un
112 cesare b. beccaria
palmo de tierra que perdone los verdaderos delitos sería un medio
eficacísimo para prevenirlos.
XXXVI
D E L A R E C O M P E N S A 20
Otra cuestión es si es útil poner precio a la cabeza de un hombre
declarado culpable, y armando el brazo de todo ciudadano hacer
de él un verdugo. El reo está fuera de las fronteras o dentro. En
el primer caso el soberano incita a los ciudadanos a cometer un
delito y los expone a un suplicio, ocasionando además una injuria
y una usurpación de autoridad en otros dominios, y autoriza de
esta manera a que otras naciones hagan lo mismo; en el segun-
do, el soberano muestra su debilidad. Quien tiene fuerza para
defenderse no necesita comprarla. Es más, un edicto tal trastorna
todas las ideas de moral y de virtud, que con cualquier mínimo
viento desaparecen del ánimo humano. Ahora las leyes invitan a la
traición, y ahora la castigan. Con una mano el legislador estimula
los vínculos de familia, parentela, amistad, y con la otra premia a
quien los rompe y los despedaza; siempre en contradicción con-
sigo mismo, alienta la confianza en los sospechosos ánimos de los
hombres, y al mismo tiempo disemina la suspicacia en todos los
corazones. En lugar de prevenir un delito hace nacer cien. Estos
son los métodos de las naciones débiles, cuyas leyes no son más
que momentáneas reparaciones de un edificio en ruinas que se
derrumba por todas partes. La buena fe y la confianza recíproca
se vuelven necesarias a medida que crecen las luces en una nación,
y tienden a confundirse cada vez más con la verdadera política.
20
Taglia en el original italiano. Si bien el castellano recoge la acepción
de talla como recompensa, nos hemos decidido por este último vocablo pues
lo creemos más acorde con el contenido del capítulo y más próximo al lector
actual.
de los delitos y de las penas 113
Los engaños, las cábalas, los caminos oscuros e indirectos son
previstos, y la sensibilidad de todos aplana la sensibilidad de cada
uno en particular. Los mismos siglos de ignorancia, en los cuales
la moral pública pliega a los hombres a obedecer a la privada,
sirven de instrucción y de experiencia a los siglos ilustrados. Pero
las leyes que premian la traición e incitan a una guerra clandestina
esparciendo la sospecha recíproca entre los ciudadanos, se opo-
nen a esta necesaria vinculación de la moral y de la política, de la
que los hombres obtendrían su felicidad, las naciones la paz, y el
universo unos intervalos de tranquilidad y de reposo más largos
a los males que lo recorren.
XXXVII
INTENCIONES, CÓMPLICES E IMPUNIDAD
Aunque las leyes no castiguen la intención, no significa que un
delito que comience con una acción que manifieste la voluntad
de llevarlo a cabo no merezca una pena, si bien menor a la realiza-
ción del delito. La importancia de prevenir un atentado autoriza
una pena; pero, así como entre la intención y la ejecución puede
existir un tiempo, así la pena mayor reservada al delito consumado
puede dar lugar al arrepentimiento. Lo mismo puede decirse, pero
por una razón diversa, cuando hay varios cómplices de un delito
y no son todos ejecutores inmediatos. Si los hombres se unen
para afrontar un peligro, cuanto mayor sea este más buscarán que
afecte a todos de igual manera; será, por tanto, difícil encontrar
quien acepte ser el ejecutor, ya que corre un mayor riesgo que los
demás. La única excepción sería en el caso de que al ejecutor se le
entregase una compensación; teniendo entonces un resarcimiento
por un riesgo mayor, la pena debe aumentar proporcionalmen-
te. Parecerían tales reflexiones demasiado metafísicas a quien no
piense que es utilísimo que las leyes procuren menos motivos de
acuerdo entre los partícipes en un delito.
114 cesare b. beccaria
Algunos tribunales ofrecen la impunidad al coautor de un
grave delito que denuncie a sus cómplices. Este método tiene
sus inconvenientes y sus ventajas. Los inconvenientes son que la
nación autoriza la traición, detestable incluso entre los malhecho-
res, pues son menos destructivos para una nación los delitos de
valor que los de vileza; porque el primero no es frecuente, y no se
espera que una fuerza beneficiosa y rectora haga conspirar contra
el bien público; la vileza, en cambio, es más común y contagiosa,
y se concentra cada vez más en sí mima. Aún más grave es que el
tribunal muestre la propia incertidumbre, la debilidad de la ley,
que implora la ayuda de quien la ultraja. La ventaja de la traición
es prevenir delitos importantes, y que siendo evidentes los efectos
y ocultos los autores, atemorizan al pueblo; aún más, se contri-
buye a probar que quien no respeta la ley, es decir, lo común, es
probable que tampoco respete lo particular. Me parece que una
ley general, que prometa la impunidad al cómplice delator de
cualquier delito, es preferible a una declaración especial en un caso
particular, pues una ley aumentaría en estos grupos el recíproco
temor de que algún cómplice delataría a los demás para salvaguar-
darse; el tribunal no convertiría en valerosos a los malhechores
que prestan, tras habérsela pedido para un caso dado, su ayuda.
Una ley así deberá acompañar la impunidad con el destierro del
delator… Pero en vano me atormento a mí mismo para destruir el
remordimiento que siento, autorizando con las sacrosantas leyes,
con el monumento de la pública confianza, y con la base de la
moral humana, la traición y al engaño. ¡Qué ejemplo se daría a la
nación si luego se incumpliese la impunidad prometida, y que por
doctos sofismas, a pesar de la fe pública, se acarrease el suplicio
de quien ha respondido a la invitación de las leyes! No son raros
en las naciones tales ejemplos, y por ello no son raros aquellos
que no tienen de una nación más idea que la de una máquina
compleja, en la que el más diestro o el más poderoso mueve sus
mecanismos a voluntad; fríos e insensibles a todo lo que agrada
a las almas delicadas y sublimes, excitan con imperturbable saga-
de los delitos y de las penas 115
cidad los sentimientos más intensos y las pasiones más violentas,
cuando los consideran útiles para sus fines, tañendo los ánimos,
como los músicos sus instrumentos.
XXXVIII
I N T E R RO G A C I O N E S S U G E S T I VA S
Y DECLARACIONES
Nuestras leyes proscriben en un proceso los interrogatorios que
se llaman sugestivos: aquellos que, según los doctores, interrogan
sobre la especie, debiendo interrogar sobre el género21 en las cir-
cunstancias de un delito, es decir, preguntas que teniendo una
inmediata conexión con el delito sugieren al reo una inmediata
respuesta. Los interrogatorios, según los criminalistas, deben, por
así decir, envolver en espiral el hecho, pero no ir jamás en línea
directa a él. Los motivos de este método son, o para no sugerir
al reo una respuesta que lo ponga a cubierto de la acusación, o
quizá porque parece contrario a la naturaleza misma que un reo se
acuse inmediatamente a sí mismo. Sin importar cuál de estos sea el
motivo es remarcable la contradicción de las leyes que, aceptando
lo anterior, autorizan la tortura. ¿En qué casos habrá una pregunta
más sugestiva que el dolor? El primer motivo se comprueba en la
tortura, porque el dolor sugerirá al corpulento una obstinada taci-
turnidad con la que evitará la mayor pena por la menor; y al débil
sugerirá la confesión con la que librarse de la tortura presente, más
intensa que las dolorosas consecuencias. El segundo motivo es,
evidentemente, el mismo, porque si un interrogatorio especial22
consigue, contra el derecho de naturaleza, hacer confesar a un reo,
las convulsiones lo harán más fácilmente: los hombres se organizan
21
Es decir, que formulan preguntas directas sobre el delito en lugar de ir
cercando y demostrando con preguntas indirectas la culpabilidad del detenido.
22
Relacionan con la especie del delito.
116 cesare b. beccaria
mucho más fácilmente por la diferencia de los nombres que por la
de las cosas. Entre otros abusos de la gramática que han influido
no poco sobre los asuntos humanos es notable el que convierte en
nula e ineficaz la declaración de un reo ya condenado; él está muer-
to civilmente, dicen gravemente los peripatéticos jurisconsultos,
y un muerto no es capaz de acción alguna. Para sostener tan vana
metáfora se han sacrificado a muchas víctimas, y muy a menudo se
ha discutido con seria consideración si la verdad debiese ceder a la
fórmula judicial. ¿Por qué las declaraciones de un reo condenado
no llegan al punto de detener el curso de la justicia, por qué no se
podrá conceder, incluso tras la condena, un espacio apropiado a
la extrema miseria del reo y a los intereses de la verdad, de modo
que alegando cosas nuevas que cambien la naturaleza del hecho
pueda justificar para sí o para otros un nuevo juicio? Las forma-
lidades y las ceremonias son necesarias en la administración de
la justicia, tanto porque nada dejan al arbitrio del administrador
como porque dan al pueblo la idea de un juicio no sedicioso o
interesado, sino estable y regular, o porque sobre los hombres,
imitadores y esclavos de la costumbre, crean una impresión más
eficaz las sensaciones que los razonamientos. Pero estas formalida-
des no pueden nunca, si no es con un fatal peligro, fijarse por la
ley de manera que dañen a la verdad, la cual, por ser o demasiado
simple o demasiado compleja, tiene necesidad de pompa externa
que las concilie con el pueblo ignorante. Finalmente, quien en
la investigación se obstinase en no responder a las preguntas que
se le hacen merece una pena fijada por las leyes, y los mayores
castigos que sean estimados, para que los hombres no eludan de
ese modo la necesidad del ejemplo que deben al público. No es
necesaria esta pena cuando esté fuera de toda duda que un acusado
haya cometido un delito, haciendo inútil el interrogatorio, de la
misma manera que es inútil la confesión del delito cuando otras
pruebas demuestran la culpabilidad, este último caso es el más
común, porque la experiencia hace ver que en la mayor parte de
los procesos los reos se declaran inocentes.
de los delitos y de las penas 117
XXXIX
D E U N G É N E RO PA RT I C U L A R D E D E L I TO S
Quien lea este escrito advertirá que he omitido un género de delitos
que ha cubierto Europa de sangre humana y ha elevado funestas
hogueras, donde eran pasto de las llamas cuerpos humanos vivos,
cuando era entretenido espectáculo y grata armonía para la ciega
multitud el oír los sordos y confusos gritos de los miserables que
salían de los vórtices de negro humo, humo de miembros humanos,
entre el rechinar de los huesos carbonizados y el crujir de las vísceras
todavía palpitantes. Pero los hombres razonables verán que el lugar,
el siglo y la materia no me permiten examinar la naturaleza de un
delito tal. Demasiado largo, y fuera de mi asunto, sería demostrar
cómo deba ser necesaria una perfecta uniformidad de pensamiento
en un Estado, en contra del ejemplo de muchas naciones; cómo
opiniones, que distan entre ellas solo por unas sutilísimas y oscuras
diferencias demasiado lejanas de la humana capacidad, pueden al-
terar el bien público, cuando una no sea autorizada en beneficio de
las otras; y cómo la naturaleza de las opiniones está compuesta de tal
modo que mientras unas con el contraste fermentan y con la con-
frontación se aclaran, emergiendo así las verdaderas y sumergiéndose
las falsas en el olvido; otras, inciertas por su desnuda constancia,
deben ser revestidas con la autoridad de la fuerza. Demasiado largo
sería demostrar cómo, por odioso que parezca el imperio de la fuerza
sobre las mentes humanas, cuya única conquista es la simulación,
por tanto, el envilecimiento, y por más que parezca contrario al
espíritu de mansedumbre y fraternidad ordenado por la razón y
por la autoridad que más veneramos, es, sin embargo, necesario e
indispensable. Todo esto debe creerse evidentemente demostrado
y conforme a los verdaderos intereses de los hombres, si hay quien
con reconocida autoridad lo ejercita. No hablo más que de delitos
que emanan de la naturaleza humana y del pacto social, y no de
pecados, cuyas penas, aunque temporales, deben regularse con otros
principios y no con los de una limitada filosofía.
118 cesare b. beccaria
XL
FA L S A S I D E A S D E U T I L I D A D
Un origen de errores y de injusticias son las falsas ideas de utilidad
que se forman los legisladores. Falsa idea de utilidad es la que an-
tepone los perjuicios particulares al perjuicio general, la que obliga
a los sentimientos en lugar de alentarlos, la que dice a la lógica:
¡sírveme! Falsa idea de utilidad es la que sacrifica mil beneficios
reales por un perjuicio o imaginario o de poca importancia, la
que despojaría a los hombres del fuego porque quema y del agua
porque inunda, que no repara los males sino destruyendo. Las
leyes que prohíben llevar armas son leyes de tal naturaleza; solo
desarman a los no inclinados ni determinados al delito, mientras
que los que tienen el atrevimiento de violar las leyes más sagradas
de la humanidad y las más importantes del código, ¿cómo res-
petaran las menores y las puramente arbitrarias, y de las cuales
tan sencillo e impune es el incumplimiento, y cuando la ejecu-
ción estricta de las mimas elimina la libertad personal, carísima al
hombre, carísima al ilustrado legislador, y somete a los inocentes
a todos los abusos propios de los reos? Empeoran las condiciones
de los asaltados, mejorando la de los asaltadores, no eliminan los
homicidios, los aumenta porque es mayor la confianza cuando
se asalta a desarmados que a armados. Estas se llaman leyes no
preventivas sino temerosas de los delitos, que nacen de la tumul-
tuosa impresión de unos hechos particulares, no de la razonada
meditación de los inconvenientes y ventajas de un decreto univer-
sal. Falsa idea de utilidad es la que querría dar a una multitud de
seres sensibles la simetría y el orden que sufre la materia bruta e
inanimada, que ignora los motivos presentes, los únicos que con
su constancia y fuerza actúan sobre la multitud, para dar fuerza a
los lejanos, de los cuales brevísima y tenue es la impresión, si una
fuerza de imaginación, no común en la humanidad, no suple con
el acrecentamiento la lejanía del objeto. Finalmente, es falsa idea
de utilidad la que, sacrificando la cosa al nombre, divide el bien
de los delitos y de las penas 119
público del bien de todos los particulares. Existe una diferencia
entre el estado social y el estado de naturaleza, y es que el hombre
salvaje no hace daño a los demás sino cuando es necesario para
obtener un bien para sí, pero el hombre en sociedad a veces está
incitado por las malas leyes a dañar a los demás sin obtener bien
alguno. El despótico lleva el temor y el abatimiento al ánimo de
sus esclavos, sin embargo, esto repercute con mayor fuerza en el
suyo. Cuanto más solitario y doméstico sea el temor tanto menos
peligroso para quien lo convierte en instrumento de su felicidad;
pero cuando es público y agita a una gran multitud de hombres
puede hacer su aparición un imprudente, o un desesperado, o
un audaz, que sabe que puede instrumentalizar a los hombres
para sus fines, suscitando en ellos sentimientos más gratos y más
seductores cuando el riesgo de la empresa se divide en mayor nú-
mero, y porque el valor que los infelices dan a su propia existencia
disminuye en proporción a la miseria que sufren. Que el odio sea
un sentimiento más duradero que el amor, pues el primero toma
su fuerza de la persistencia de los actos que debilita al segundo, es
el motivo por el que los daños hacen nacer nuevos daños.
XLI
C Ó M O S E P R E V I E N E N L O S D E L I TO S
Es mejor prevenir los delitos que castigarlos. Este es el fin de
toda buena legislación, que es el arte de conceder a los hombres
el máximo de felicidad o el mínimo de infelicidad posible, para
hablar según todos los cálculos de los bienes o de los males de la
vida. Pero los medios empleados hasta ahora son frecuentemente
erróneos y opuestos al fin propuesto. No es posible reducir la
turbulenta actividad de los hombres a un orden geométrico sin
anomalía y confusión. De igual modo que las constantes y simplí-
simas leyes de la naturaleza no impiden que los planetas se alteren
en sus movimientos, no puede evitarse con las leyes humanas los
120 cesare b. beccaria
turbamientos y el desorden que nacen de las infinitas y enfrentadas
atracciones del placer y del dolor. Sin embargo, esta es la quimera
de los hombres finitos cuando tienen el poder en las manos. Prohi-
bir una multitud de acciones indiferentes no es prevenir los delitos
que pueden nacer, sino crear nuevos; es definir a placer la virtud y
el vicio, que se nos predican eternos e inmutables. ¿A qué seríamos
reducidos si nos debiese estar prohibido todo lo que nos puede
inducir a delito? Necesitaríamos privar al hombre del uso de sus
sentidos. Por un motivo que impulsa a los hombres a cometer un
verdadero delito, existen mil que los impulsa a cometer acciones
indiferentes que las malas leyes llaman delitos; y si la probabilidad
de los delitos es proporcional al número de motivos, al ampliar la
esfera de los delitos se aumenta la probabilidad de cometerlos. La
mayor parte de las leyes no son más que privilegios, es decir, un
tributo de todos a la comodidad de unos pocos.
¿Queréis prevenir los delitos? Haced que las leyes sean claras,
simples, y que toda la fuerza de la nación esté dirigida a defen-
derlas, y ninguna parte de ella se emplee en destruirlas. Haced
que las leyes favorezcan menos a las clases de hombre que a los
hombres mismos. Haced que los hombres las teman, pero solo
a ellas. El temor a las leyes es saludable, pero fatal y origen de
delitos es el de hombre a hombre. Los hombres esclavos son más
voluptuosos, más libertinos, más crueles que los hombres libres.
Estos meditan sobre la ciencia, sobre los intereses de la nación,
observan grandes objetos y los imitan; pero los otros, satisfechos
con el día presente, buscan entre el estrépito y el libertinaje una
distracción del aniquilamiento en el que se encuentran; acos-
tumbrados a la incertidumbre del fin de toda cosa confían en
la impunidad de sus delitos, favoreciendo las pasiones que los
determinan. Si la incertidumbre de las leyes cae sobre una nación
indolente por clima, aumenta su indolencia y estupidez. Si recae
en una nación voluptuosa, pero activa, disgregará la acción en
un infinito número de pequeñas cábalas e intrigas, que divulgan
la desconfianza en cada corazón y hacen de la traición y la hi-
de los delitos y de las penas 121
pocresía la base de la prudencia. Si cae en una nación valerosa y
fuerte, la incertidumbre es al fin eliminada, no sin antes formar
muchas oscilaciones entre libertad y esclavitud, y de la esclavitud
a la libertad.
XLII
DE LAS CIENCIAS
¿Queréis prevenir los delitos? Haced que las luces acompañen a la
libertad. Los males que nacen del conocimiento son inversamente
proporcionales a su difusión, y los bienes directamente. Un audaz
impostor, que es siempre un hombre no común, obtiene la ado-
ración de un pueblo ignorante y los silbidos de uno ilustrado. El
conocimiento, facilitando la comparación de los objetos y mul-
tiplicando los puntos de vista, contrapone muchos sentimientos,
que se modifican recíprocamente, tanto más fácilmente cuanto
más previsibles sean en los demás los mismos puntos de vista y las
mismas resistencias. Frente a las luces difundidas con profusión
en la nación, calla la calumniosa ignorancia y tiembla la autoridad
desarmada de razón, permaneciendo inmóvil la vigorosa fuerza
de las leyes; porque no existe hombre ilustrado que no ame los
públicos, claros y útiles pactos de la seguridad común, compa-
rando lo poco de inútil libertad sacrificada por él a la suma de
todas las libertades sacrificadas por los demás hombres, que sin
las leyes podrían confabularse contra él. Quien tenga un alma
sensible, echando un vistazo sobre un código de leyes bien hechas,
y reconociendo no haber perdido más que la funesta libertad de
dañar a los demás, estará obligado a bendecir el trono y a quien
lo ocupa.
No es cierto que las ciencias hayan sido siempre perjudiciales
para la humanidad, y cuando lo fueron era un mal inevitable.
La multiplicación del género humano sobre la faz de la tierra
introdujo la guerra; las artes más burdas, las primeras leyes, que
122 cesare b. beccaria
eran pactos momentáneos que nacían con la necesidad y con ella
perecían. Esta fue la primera filosofía de los hombres, de los cuales
pocos elementos eran justos, pues su indolencia y poca sagacidad
los conservaba en el error. Pero las necesidades se multiplicaban
cada vez más con la multiplicación de los hombres. Eran nece-
sarias impresiones más fuertes y duraderas que les disuadieran
de recurrentes retornos al primer estado de insociabilidad, que
siempre era más funesto. Los primeros errores que poblaron la
tierra de falsas divinidades hicieron un gran bien a la humanidad
(digo gran bien político) y crearon un universo invisible regulador
del nuestro. Fueron benefactores de los hombres los que osaron
asombrarlos y llevaron a los altares la dócil ignorancia; de modo
que les presentaron objetos ubicados más allá de los sentidos, que
se les huían a medida que creían alcanzarlos, pero que nunca
despreciaban pues, aunque no bien conocidos, reunían y concen-
traban las divididas pasiones en ellos, y tales objetos dominaban
intensamente a los hombres. Estos fueron los primeros aconteci-
mientos de todas las naciones que se formaron de pueblos salvajes,
esta fue la época de la formación de las grandes sociedades, y
tal fue el vínculo necesario y quizá único. No hablo del pueblo
elegido por Dios, en el que los milagros más extraordinarios y las
gracias más distinguidas ocuparon el lugar de la humana política.
Pero como es propiedad del error subdividirse hasta el infinito,
así las ciencias que del error nacieron, hicieron de los hombres
una fanática multitud de ciegos, que en un cerrado laberinto se
golpeaban y se destrozaban, de modo que algunas almas sensibles
y filosóficas añoraron incluso el antiguo estado salvaje. He aquí
la primera época, en que los conocimientos, o mejor dicho, las
opiniones eran dañinas.
La segunda consiste en el difícil y terrible paso de los errores
a la verdad, de la oscuridad de la ignorancia a la luz. El inmenso
impacto entre los errores útiles a unos pocos poderosos contra
las verdades útiles a muchos débiles, causan infinitos males a
la mísera humanidad por la cercanía y el alboroto de las pasio-
de los delitos y de las penas 123
nes que se suscitan en esa ocasión. Quien reflexione sobre la
historia, la cual después de ciertos intervalos de tiempo se
asemeja a la época actual, descubrirá una generación entera
sacrificada a la felicidad de siguientes, en el luctuoso, pero
necesario, paso de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la
filosofía, y de la tiranía a la libertad, que es la consecuencia.
Pero cuando, calmados los ánimos y extinguido el incendio
que ha purgado a la nación de los males que la oprimían, la
verdad, cuyos progresos eran antes lentos y ahora veloces, se
siente acompañada en el trono por los monarcas y tenga culto
y templo en los parlamentos de la república, ¿quién podrá
afirmar que la luz que ilumina a la multitud es más dañina
que las tinieblas, y que las verdaderas y simples relaciones de
las cosas bien conocidas por los hombres son funestas?
Si la ciega ignorancia es menos destructiva que el mediocre
y confuso saber, pues este añade a los males de la primera los
del error inevitable de quien tiene una vista limitada al inexacto
confín de la verdad, el hombre ilustrado es el don más valioso que
puede hacer el soberano a la nación y a sí mismo, pues lo erige en
depositario y custodio de las santas leyes. Acostumbrado a ver la
verdad y no a temerla, privado de la mayoría de las necesidades
de la opinión, nunca bastante satisfechas, que ponen a prueba
la virtud de la mayoría de los hombres, habituado a contemplar
a la humanidad desde puntos de vista más elevados, la propia
nación se convierte en una familia de hombres fraternales, y la
distancia entre los grandes y el pueblo le parece menor cuanto
mayor es la multitud humana que tiene ante sus ojos. Los filósofos
obtienen de necesidades y de intereses desconocidos por el gentío,
principalmente el de no renegar públicamente de los principios
predicados en soledad, y adquieren la costumbre de amar la verdad
por sí misma. Una elección de hombres así construye la felicidad
de una nación, sin embargo tal felicidad será momentánea si las
buenas leyes no aumentan su número, menguando la siempre alta
probabilidad de una mala elección.
124 cesare b. beccaria
XLIII
MAGISTRADOS
Otro medio para prevenir delitos es alentar en el consenso ejecutor
de las leyes su observación y no la corrupción. Cuanto mayor
es el número que los compone tanto menos peligrosa será la
usurpación de las leyes, pues la corrupción es más difícil entre
miembros que se vigilan entre ellos, y están menos interesados
en incrementar la propia autoridad,23 cuanto menor es la porción
que a cada uno le tocaría, máximamente comparada con el peli-
gro de la empresa. Si el soberano, con el aparato y con la pompa,
con la austeridad de los edictos, con el no permitir las justas o
injustas querellas de quien se crea oprimido, acostumbra a los
súbditos a temer más a los magistrados que a las leyes, estos se
aprovecharán de este temor, aunque arruinen la propia y pública
seguridad.
XLIV
D I S T I N C I O N E S 24
Otro medio para prevenir los delitos es premiar la virtud. Sobre
este propósito observo un silencio universal en todas las naciones
hoy en día. Si los galardones propuestos por las academias a los
autores de verdades útiles han multiplicado los conocimientos y
los buenos libros, ¿por qué los premios distribuidos por la bené-
fica mano del soberano no multiplicarían igualmente las acciones
virtuosas? La moneda del honor es siempre inagotable y fructífera
en las manos del sabio distribuidor.
23
Es decir, ejercer su autoridad por encima de las leyes.
24
Ricompensa en el original. Hemos decidido reservar el vocablo «recom-
pensa» para el capítulo 36, empleando aquí «distinción», pues creemos que se
ajustan mejor al contenido.
de los delitos y de las penas 125
XLV
EDUCACIÓN
Finalmente, el más seguro pero más difícil medio de prevenir
los delitos es el de perfeccionar la educación, asunto demasiado
amplio y que excede los límites que me he prescrito, objeto, me
atrevo a decir, que depende muy esencialmente de la naturaleza
del gobierno para que no sea siempre, hasta en los más remotos
siglos de la pública felicidad, un campo estéril, solo cultivado oca-
sionalmente por algunos sabios. Un gran hombre, que ilustra a la
humanidad que lo hostiga, ha hecho ver con detalle cuáles son las
principales máximas de una educación verdaderamente útil a los
hombres. Consiste menos en una estéril multitud de objetos que
en la elección y precisión de ellos, en sustituir las copias con los
originales en los fenómenos tanto morales como físicos que el caso
o la industria presenta a las noveles alma de los jóvenes, en alentar
la virtud por el sencillo camino del sentimiento, y en desviarla del
mal por el camino infalible de la necesidad y el inconveniente, y
no por medio de la orden incierta, que no obtiene más que una
simulada y momentánea obediencia.
XLVI
DE LA GRACIA
A medida que las penas devienen más leves, la clemencia y el perdón
se hacen menos necesarios. ¡Feliz la nación en la que fueran funestos!
La clemencia, virtud que a veces ha sido para un soberano el suple-
mento de todos los deberes del trono, debería ser excluida en una
perfecta legislación donde las penas fuesen leves y el método para
juzgar regular y expedito. Esta verdad parecerá dura a quien vive en
el desorden del sistema criminal, donde el perdón y la gracia son
necesarios en proporción al absurdo de las leyes y la atrocidad de las
condenas. Esta es la mejor prerrogativa del trono, es el más deseable
126 cesare b. beccaria
atributo de la soberanía, y es la tácita desaprobación que los benéficos
distribuidores de la pública felicidad dan a un código, que a pesar
de todas sus imperfecciones tiene a su favor el prejuicio de siglos,
el voluminoso e imponente ajuar de infinitos intérpretes, el grave
aparato de la eterna formalidad y la adhesión de los insinuantes y
menos temidos semidoctos. Pero considérese que la clemencia es la
virtud del legislador y no del ejecutor de las leyes; que debe resplan-
decer en el código, no en los juicios particulares; que el hacer ver a
los hombres que pueden perdonarse los delitos y que el castigo no
es la necesaria consecuencia, es fomentar la seducción de la impu-
nidad, es un hacer creer que, pudiéndose perdonar, las condenas no
perdonadas son más bien violaciones de la fuerza que emanaciones
de la justicia. ¡Qué se dirá entonces cuando el príncipe otorga la
gracia, es decir, la seguridad pública a un particular, y que con un
acto privado de no ilustrada benevolencia dicta un público decreto
de impunidad! Sean las leyes inexorables, inexorables los ejecutores
de las mismas en los casos particulares, pero sea leve, indulgente y
humano el legislador. Sabio arquitecto, cimente su edificio sobre
la base del amor propio, y el interés general sea el resultado de los
intereses individuales, y no será obligado, con leyes parciales y con
remedios sediciosos, a separar a cada momento el bien público del
bien de los particulares, y de alzar el simulacro del bienestar público
sobre el temor y la desconfianza. Profundo y sensible filósofo, deje
que los hombres, sus hermanos, gocen en paz la pequeña porción de
felicidad que el inmenso sistema, establecido por la primera Razón
de lo existente, les permite disfrutar en este confín del universo.
XLVII
C O N C LU S I Ó N
Concluyo con una reflexión: la grandeza de las penas debe ser
relativa al estado de la nación misma. Más fuertes e intensas deben
ser las impresiones sobre las mentes endurecidas de un pueblo
de los delitos y de las penas 127
apenas salido del estado salvaje. Es necesario el golpe de gracia
para abatir a un feroz león que se revuelve con el disparo de fusil.
Pero a medida que los ánimos se apaciguan en el estado de so-
ciedad crece la sensibilidad y, creciendo esta, debe menguarse la
intensidad de la pena, si se quiere mantener constante la relación
entre el objeto y la sensación.
De cuanto se ha visto hasta ahora puede extraerse un teorema
general, poco usado, pero muy útil incluso para el más trivial
legislador de las naciones, es decir, «para que una pena no sea la
violencia ejercida por uno o por muchos contra un ciudadano
particular, debe ser esencialmente pública, pronta, necesaria, la
mínima de las posibles en las circunstancias dadas, proporcionada
al delito, dictada por las leyes».