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Un Iceberg en El Desierto - M. R. Bueno

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Copyright © M. R.

Bueno
Título: Un iceberg en el desierto.
® Reservados todos los derechos.
Queda prohibida la reproducción, el almacenamiento en memoria
electrónica o la transmisión por cualquier medio electrónico, mecánico, de
fotocopiado, grabación, etc., de la totalidad o parte de esta publicación sin
autorización previa y por escrito del titular del copyright. La infracción de
dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Editorial: Independently publish
Revisión de texto: Fátima Embark
ISBN: 9798305366778
Índice
Nota de la autora
Prólogo 1
Prólogo 2
PRIMERA PARTE
Duelo.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
SEGUNDA PARTE
Curación.
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
TERCERA PARTE
Amor.
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
CUARTA PARTE
Éxito.
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
Epílogo 1
Epílogo 2
Epílogo 3
Agradecimientos
Nota de la autora

Barcelona, noviembre de 2024.


Escribí este libro entre 2021 y 2022. Decidí inspirarlo en un
acontecimiento deportivo real: los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-
Cortina 2026. Por aquel entonces, poco sabíamos de esos juegos aparte de
su sede.
2022 era el año de Beijing. Y fue, inspirándome en los juegos de ese año,
como ajusté posibles fechas y lugares que he ido reajustando con el paso del
tiempo y la llegada de nuevos datos.
De igual modo, sobre el Centro de Alto Rendimiento de Deportes de
Hielo de Gavà que aparece en la narración:
En 2022 era solo un proyecto sobre papel que Barcelona pensaba
presentar en su candidatura en solitario para los Juegos Olímpicos de
Invierno de 2030. En teoría, se esperaba que estuviera finalizado para 2024.
La (triste) realidad es que, en el año en el que debería estar acabado, sigue
siendo solo eso: un proyecto sobre papel.
Por todo eso, y como se suele decir en estos casos, todos los personajes
de esta obra y los sucesos que se narran en ella son ficticios. Cualquier
parecido o, por el contrario, incoherencia con la realidad, son fruto de la
casualidad o (en el caso del evento deportivo y los edificios a los que se
hace referencia) de la falta de información acerca de un acontecimiento que
aún no ha tenido lugar y de lugares que aún no han sido construidos (y que
tal vez no se construyan nunca).
Para más información: [Link]
alto-rendimiento-de-deportes-que-tendra-gava/
Para todos los Neizan y Nathalia de este mundo.
«Lo que no te mata te hace más fuerte».
El ocaso de los ídolos, Friedrich Nietzsche.

«La vida solo puede entenderse hacia atrás,


pero debe vivirse hacia delante».
Søren Kierkegaard.

«Ten miedo, pero hazlo de todos modos.


Lo importante es la acción. No tienes que esperar a tener confianza.
Simplemente hazlo y, con el tiempo, la confianza te seguirá».
Carrie Fisher.

«Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y,


de repente, te encontrarás haciendo lo imposible».
Francisco de Asís.

«¡Mariposa que fuiste entre las flores


dejando tus bellezas y tus galas,
yo volveré a poner el polvo de oro
sobre tus leves alas!»
Redención. Luis Gonzaga Urbina
Prólogo 1
Neizan

a sido un gran año para mí. Gané la plata en el europeo y el oro en los
H mundiales. Eric, mi primer entrenador, dice que, si sigo así, el año que
viene arrasaré en las Olimpiadas. Estaría bien retirarme con una
medalla olímpica.
Estoy contento. Estoy en mi ciudad. Aunque solo vaya a pasar aquí dos
días, estoy en casa. O en la que un día fue mi casa. Aquí tuve un hogar
hasta hace dos años.
No sé si ahora tengo tal cosa en algún sitio.
No quiero ponerme triste, esta noche no. Vuelvo a golpear el volante con
los dedos al ritmo de la música cuando veo los faros que se aproximan
hacia mí por la izquierda.
No puedo evitarlo, antes de poder frenar, me agarro al volante con fuerza
y recibo el impacto que hace que mi cuerpo se contorsione y que mi cabeza
golpee con fuerza contra el cristal.
Voy a morir.
Prólogo 2
Gabriel

E studié medicina y me especialicé en traumatología porque, después de


estudiar fisioterapia, sentí que desde esa posición llegaba demasiado
tarde. Yo quería evitar que las personas sufriesen esas graves secuelas
durante el resto de su vida.
Pero, a pesar de que lo he conseguido en más de una ocasión, esta noche
me siento un incompetente, un impostor. Sé que he dado lo mejor de mí,
pero, aun así, todo me ha parecido insuficiente.
Esta noche desearía haber podido evitar lo inevitable.
Pero no soy Dios.
PRIMERA PARTE

Negación, ira, negociación,


depresión, aceptación:
Duelo.
1
Gabriel

enemos que hablar».


—«T Tres palabras. Una sentencia.
Dos verbos y un pronombre relativo que han sentenciado una
relación de casi dos años. Solo falta el veredicto.
—¿Eso te ha dicho? —me pregunta mi amigo.
—Eso me ha escrito —respondo mientras abro el chat de la conversación
en cuestión y se lo muestro.
Mi amigo mira el teléfono durante unos segundos y luego me lo
devuelve.
—No le has contestado. ¿Estás pensando qué decirle?
Apago el teléfono y me recuesto sobre el respaldo de la silla. Respiro
con calma y levanto la cabeza hacia los rayos del sol. Estamos sentados en
la terraza de un bar del centro de la ciudad y el bullicio nos rodea por todas
partes. Hace un día precioso de primavera —demasiado cálido para la
época del año— y el sol me calienta la piel. Me encanta mi ciudad.
¿Qué decirle? No hay nada que decir.
—Lo que estoy pensando es dónde quedar. Necesito un lugar que la
obligue a frenarse un poco.
Mi amigo se echa a reír.
—Eres incorregible.
—Casi dos años. Llevamos juntos casi dos años. ¿Cuánto debe significar
la relación para ella si me dice que tenemos que hablar a través de un
mensaje? Me va a echar a los leones. Al menos que sea en un lugar en el
que no se sienta tentada de montarme un espectáculo. ¿Es que no sabes el
genio que tiene?
—¿Estás seguro de que quiere terminar la relación?
¿Que si estoy seguro?
Durante ese tiempo, no hemos hecho planes de nada. A veces (pocas) me
quedo a dormir en su casa y otras (menos aún) lo hace ella en la mía. Ni
siquiera tenemos el cajón típico que sale en los clichés románticos, no
compartimos nada. Ni yo tengo llave de su casa ni ella de la mía.
No voy a fingir que no pasaba nada, hace tiempo que estamos… raros, y
llevamos sin vernos cuatro días. Ya no tengo edad para estar así. En las
últimas dos horas, desde la recepción del mensaje, he repasado las cosas
que tenemos en común y que hemos hecho juntos.
Es deprimente.
—¿Cuántas veces hemos comido, cenado o celebrado algo con vosotros?
Mi amigo suspira, no hay nada que decir. Somos amigos desde siempre,
como hermanos, nuestras familias están muy unidas, y la mujer con la que
llevo casi dos años prácticamente ni los conoce.
—¿Estás bien?
—Tú sí que eres incorregible —me burlo—. San Héctor Tadeo, el patrón
de las causas perdidas.
—Eres idiota —exclama él, exasperado.
—Bueno, tal vez si me hubieses correspondido tú, ahora seríamos
inmensamente felices —lo provoco, sé por dónde me va a salir.
—Gabi… —me advierte. Lo sabía.
—Gabi… —repito, imitando de pena el tono de su voz y haciendo
gestos burlones con la cara—. Tú también eres idiota. —Me echo hacia
delante y me apoyó en la mesa—. Voy a contarte un secreto —susurro.
Él finge hastío.
—Yo no me enamoré de ti.
—Ja.
—Dios, que creído te lo tienes —exclamo, recostándome de nuevo en la
silla, al tiempo que le lanzo a la cara lo primero que pillo; una patata frita de
las que acompañan la cerveza y el refresco que tenemos sobre la mesa—. Te
daría un puñetazo en esa cara de listillo que tienes.
Héctor se remueve incómodo. Hace años de aquella situación tan
incómoda en la que nos vimos metidos —mea culpa— cuando lo besé. Solo
Dios sabe lo mucho que me arrepentí de aquello. Durante un tiempo las
cosas entre nosotros estuvieron muy raras, pero fue porque no lo hablamos;
éramos muy jóvenes. Pasó el tiempo y quedó claro —al menos para mí—
que fue una estupidez, pero Héctor se tensa cada vez que sale el tema. Lo
noto enseguida, el temor a que esto pueda afectarnos como amigos siempre
aflora en estas conversaciones. Lo que él parece no entender es lo mucho
que significa para mí, y que no tiene nada que ver con el romanticismo.
—Es cierto, idiota —insisto; creo que es un buen momento para ser más
claro—. Nunca estuve enamorado de ti. Lo descubrí rápidamente. Fuiste el
primero que me ayudó a entenderme a mí mismo, me aceptaste tal y como
era; sin reservas, me ayudaste en aquella época y con mi familia. De lo que
me enamoré fue de la idea de ti.
Héctor me observaba con cautela; Héctor siempre lo analizaba todo con
cautela, buscar detalles que nadie ve forma parte de su profesión.
—Del mismo modo, también sé que tampoco estoy ni he estado nunca
enamorado de ella. —Señalo el teléfono.
Es cierto. Pese a que yo no estaba preparado para el final, y tras la
sorpresa inicial, lo único que siento ahora mismo es alivio.
Alivio: Sensación de tranquilidad que le queda a una persona al ser
aliviada de una preocupación, una molestia, un dolor, etc.
Soy médico, no necesito buscar la definición en el diccionario.
Qué triste, ¿no?
Suspiro. Héctor no me dice nada. Qué me va a decir, ya soy mayorcito.
—¿Cómo está Noelia? —pregunto para destensar el ambiente—. ¿Y
Elle? La última vez que la vi estaba preciosa. Esa niña crece como la mala
hierba.
Héctor se ríe.
—Que no te oiga llamarla niña, se pone como un basilisco —responde
con guasa.
—Tenemos que quedar. ¿Has visto a Sandro esta semana? —Yo no he
podido, esta semana ha sido caótica para mí.
—Sí, salimos a correr ayer.
Sandro, otro de mis amigos. Y menudo bombón.
—Deberías haberme dejado que le metiese fichas. Es más guapo que tú,
y ya es decir.
—Joder, Gabi, para. Al final soy yo el que te va a dar un puñetazo esa
cara de listillo que tienes —exclama, golpeando mi silla con el pie—.
¡Ambos sois como hermanos para mí! No pongas imágenes repugnantes en
mi cabeza.
Me río. Qué bien se me da sacarlo de quicio.
—Por eso habría sido perfecto —insisto.
Héctor baja entonces la mirada y gira varias veces su cerveza sobre la
mesa. La condensación producida por el frío le moja los dedos.
—No te tomes a mal lo que voy a decirte, ¿vale? —Se ha puesto muy
serio de repente—. Sandro no era para ti.
No digo nada, lo entiendo perfectamente. Héctor no me pone en duda
como persona ni intenta hacerme sentir mal. Hubo una época, recién
descubierta mi bisexualidad, en la que me planteé intentarlo con él. Pero no.
Sandro y yo nos llevamos muy bien, pero somos totalmente incompatibles.
Además, tengo ojos, lo he visto con Arek —otro bombón—, tienen una
química increíble e incuestionable.
—Voy a darte la razón por una vez en la vida —admito.
Vuelvo a recostarme sobre la silla, cierro los ojos y tomo aire con fuerza
al echar de nuevo la cabeza hacia atrás.
—¿Cómo está Thali? Hace un par de semanas que no la veo —me
pregunta.
Una alarma salta en mi cabeza.
«Sí, imbécil, tienes una hermana», me recrimino a mí mismo.
Gruño y me llevo los dedos a los lagrimales antes de pasarme la mano
entre el cabello.
—Pues creo que hace menos tiempo que no la ves tú que yo. Dios,
ayúdame con las mujeres de mi vida o acabaré asesinado por alguna de ellas
—suplico, hundiéndome un poco en la silla.
Héctor sonríe.
—Dios está muy ocupado y te da libre albedrío —bromea—. Termínate
eso, que te acerco al hospital para que puedas seguir colocando huesos.
Dios te lo agradecerá, y no será el único.
—¿Y todo eso lo sabes porque es tu amigo?
Héctor se carcajea.
—Él y yo nunca seremos amigos.
Lógico. Héctor puede que tenga fe en algo, pero no es devoto religioso
ni nada que se le parezca. Nuestras familias no lo son. Aunque él se dedica
al mundo del arte, ambos hemos crecido en el seno de familias entregadas a
la ciencia; de los dos, yo soy el que estudió algo más a la par con lo que son
nuestros padres. Y en el caso de que crea en Dios —nunca hemos hablado
en profundidad de ese tema—, no creo que crea en la justicia divina, ya que
su madre murió asesinada cuando solo tenía catorce años. De ahí el «él y yo
nunca seremos amigos»; nunca encontraron al que lo hizo.
—Hoy no trabajo —respondo—, tengo el día libre. Hoy solo voy a dejar
que me juzguen y a ahogarme en mis propias penas después.
Porque eso es lo que van a hacer: juzgarme. Aunque quisiera, no puedo
escaquearme.
No voy a negarlo, compartir la vida conmigo no es sencillo. Cuatro años
con la primera carrera, seis de medicina y otros cinco de especialidad. Eso
sin contar másters. Ninguna de mis parejas aguantó el ritmo. La última ha
sido la más duradera, supongo que porque empezamos a salir cuando ya
estaba trabajando en el hospital. Aunque los cinco últimos años también han
sido una auténtica locura hasta hacerme con mi puesto.
Sé cuál es el problema, siempre es el mismo, pero no estoy dispuesto a
sacrificar mis sueños, me ha costado mucho conseguirlos.
—Eh. —Héctor llama mi atención dándome un leve golpe con el pie
bajo la mesa—. No te culpes. En dos años ha tenido tiempo de conocerte. Si
no ha descubierto lo brillante que eres, es que no te merece.
No respondo. Se me han acabado las ganas de bromear.
—Si no trabajas, vamos a pedirte una rubia a ti también —propone.
—Solo una. No trabajo, pero estoy de guardia. —Aunque hoy me
emborracharía con gusto.
Héctor sonríe al tiempo que llama con la mano al camarero.
—Brillante, responsable y guapo —bromea—. Esa no sabe lo que se va a
perder.
Siento que he perdido dos años de mi vida (sentimentalmente hablando).
«No es la primera vez», me traiciona mi subconsciente. Al instante
aparto ese pensamiento de mi cabeza.
—Payaso —gruño, arreándole yo una patada a la pata de su silla.
Se echa a reír.
Mi teléfono vibra en la mesa. Me incorporo y lo giro.
Núria:
Qué adulto. ¿No piensas responder?
2
Gabriel

levo un rato aquí sentado, esperándola. He elegido un local del centro


L que sé que a ella le encanta, a traición, para que, si se va a poner a
recriminarme todo eso en lo que le he fallado, piense primero en que
algún día querrá poder volver a este lugar sin avergonzarse.
Sí, soy malvado. Pero, eh, van a dejarme, qué menos.
Voy por el segundo refresco, a punto de levantarme y largarme, cuando
las imágenes de una pantalla sin sonido que tengo en frente cambian,
llamando mi atención. Automáticamente, toco la pantalla del teléfono.
Nada. Ninguna notificación.
—Hola —me saluda ella en ese instante, apareciendo en mi campo
visual y sentándose frente a mí—. Siento llegar tarde. Hay un accidente en
el cruce de Gracia con Diagonal.
He reconocido el lugar en la pantalla, está aquí al lado. Vuelvo a tocar el
teléfono. Nada. No oigo ambulancias y estoy empezando a ponerme
nervioso; la prensa ha llegado primero. Las imágenes de la pantalla
muestran al menos cinco vehículos implicados y gente que corre por todos
lados.
—¿Me estás escuchando? —se queja ella.
—Sí, te escucho.
—Pues no lo parece.
«Pues, aunque no lo parezca, llevo casi dos años haciéndolo», quiero
decirle. Pero, ya, qué más da.
Ella se remueve, inquieta, y mira alrededor. No hay mucha gente a pesar
de ser viernes por la noche, y casi todo el mundo parece estar pendiente de
la tele.
«Colisión múltiple en el centro de la ciudad», reza el titular.
Mi teléfono vibra por primera vez.
—¿Por qué me has traído aquí? —pregunta en el momento en que
escucho la primera ambulancia pasar por la calle. Parece molesta.
Lógico, le he tendido una trampa.
—Porque te gusta —respondo con sinceridad sin dejar de mirar la
pantalla. Si entiende o no las segundas intenciones, ese ya es su problema.
Ha llegado la primera ambulancia.
—Ya.
—¿Ya qué? —pregunto, mirándola a la cara por primera vez desde que
ha llegado.
Ella me mira casi con desdén.
—Tenemos que hablar.
—Sí, eso ya me lo has dicho por mensaje esta mañana. ¿De qué quieres
hablar?
—De nosotros.
—¿Qué pasa con nosotros?
Intento prestarle atención, pero la mirada se me va de nuevo a la
pantalla. Tres ambulancias y la policía. Giro la cabeza hacia la puerta de la
calle al escuchar una cuarta ambulancia que pasa a toda velocidad. El
teléfono vuelve a vibrar. Parece muy serio.
—… así que, creo que debes tomar una decisión.
—¿Una decisión sobre qué?
Resopla, irritada.
Lógico también, ahora es verdad que no la estaba escuchando.
—Lo que acabo de decir. Que no hay comunicación.
Pongo entonces toda mi atención en ella.
—¿Y cuál crees que es el problema?
—Ves. Si es que no me escuchas.
Hasta aquí.
—¿Que yo no te escucho a ti? —pregunto, consternado. No quería que
fuese así, pero estoy muy nervioso. Estoy empezando a sentir que no estoy
en el lugar adecuado en este momento.
—No.
—¿Hacemos una prueba?
Ella vuelve a removerse en la silla y a mirar a la gente del local. Pero,
aunque estoy levantado la voz, nadie nos observa. Va a abrir la boca, pero
hablo yo primero.
—Te gusta el café con leche y dos cucharadas de azúcar. Tu plato
favorito es el Tournedo Rossini. Tu primera mascota se llamaba Bola. No te
gusta dormir en el lado izquierdo de la cama… Bueno no, mejor dicho, en
el lado izquierdo de mi cama, por no sé qué rollo zen con los puntos
cardinales. —Está empezando a sentirse realmente incómoda—. Tu color
favorito es el rojo. No te gusta ducharte por la noche. Tu libro favorito…
Ah, no, espera, que tú no lees, no te gusta perder el tiempo. Ayer tenías cita
con tu peluquera y hoy ibas a ver a tu madre. ¿Sigo?
Lo que me recuerda que hace siglos que yo no voy a ver a la mía.
No dice nada.
—¿Qué sabes tú sobre mí de todo eso que yo te acabo de decir sobre ti?
—No habla—. ¿Nada? ¿Por qué no empiezas a ser sincera?
La incomodidad que muestra está pasando a «nivel cabreo», lo sé porque
la he visto cabreada alguna vez. No ha venido aquí a que la acorralen, ha
venido a dejarme y que yo quede como el culpable de todo. Se pone a la
defensiva, lo noto en su actitud. De hecho, ambos lo estamos.
Triste.
—Estoy harta de ser secundaria en tu vida. De que no estés nunca
disponible para mí.
¿Perdona? Pero si siempre hacemos lo que ella quiere.
—Harta de que…
Aparece una reportera en la pantalla y me levanto de la mesa.
—Disculpa —me dirijo al chico que hay tras la barra—. ¿Te importaría
subirle el volumen a la televisión? —pregunto, señalando la pantalla.
El chico busca el mando de la tele y apaga la música; no soy el único
interesado.
—Gracias.
—… cuando un vehículo que circulaba a gran velocidad por la Avenida
Diagonal se ha saltado un semáforo en rojo, embistiendo a otro vehículo
que circulaba por Paseo de Gracia, provocando una colisión múltiple en la
que hay al menos cinco vehículos implicados —dice la reportera desde el
lugar del accidente—. Diversos turistas que paseaban por la zona han
grabado el momento del accidente. Les avisamos de que las imágenes que
van a ver a continuación son muy violentas, dado que también han sido
arrolladas varias personas que cruzaban uno de los pasos de peatones de la
Avenida Diagonal.
Nada más ver la fuerza con la que el vehículo que ha provocado el
accidente embiste al primer vehículo, me giro y voy hacia la mesa.
—Escucha —le digo en el tono más conciliador que puedo mientras me
saco la cartera del bolsillo trasero del pantalón—. Hablaremos de esto en
otro momento, ¿vale?
Saco veinte euros y se los entrego al chico que le ha subido el volumen a
la televisión.
—Gracias —le digo al tiempo que me saco la identificación sanitaria del
bolsillo de la camisa y la cuelgo del mismo.
Me giro hacia ella.
Si las miradas matasen habría caído fulminado ahora mismo.
—¿Mañana?
—No —responde—. No se te ocurra dejarme aquí tirada.
Vuelvo a mirar la pantalla: acaban de llegar los bomberos. Y la miro de
nuevo a ella.
En la vida hay prioridades, su integridad física no corre peligro, así que,
ella, ahora mismo, no es mi prioridad.
Por primera vez en casi dos años, le ofrezco la llave de mi casa.
—Ve a mi casa, espérame allí. Seguiremos después.
—No voy a ir a esperarte a ningún sitio. Si te vas, esto se acaba aquí —
sentencia.
La miro casi con rabia por primera vez. Me he pasado casi toda mi vida
estudiando para, en momentos como este, estar al servicio de lo que hay al
otro lado de esa pantalla. Entiendo que compartir una vida sentimental
conmigo no es sencillo; cuando todas tus parejas te dejan por la misma
razón, entiendes que el problema no son ellos. Pero siempre he sido así,
todos me han conocido así.
Me he cansado de dar explicaciones.
—Bien. Como quieras —respondo, me guardo las llaves de nuevo y
echo a correr hacia la calle.
3
Neizan

D icen que cuando tienes un accidente en el que puedes perder la vida,


esta pasa ante tus ojos.
Es mentira.
El miedo se apodera de cada una de las fibras de tu ser y las tensa como
la cuerda de un arco entre los dedos de un arquero. Cuando todo se
precipita —cual flecha imparable que los dedos del arquero dejan ir—,
como mucho, tienes tiempo para pensar «voy a morir» o «no quiero morir».
En el caso de un vehículo en movimiento, recibes cada impacto
deseando que no haya un siguiente. Porque, aunque la adrenalina ya viaja
por tu torrente sanguíneo como un coche de Fórmula 1, preparándote para
la lucha, y ya no percibes el dolor, sabes que lo más probable es que te
estés destrozando entero.
Somos frágiles, muy frágiles.
Cuando por fin el mundo deja de girar y golpearte y ves que sigues vivo,
lo primero que piensas es: «¡muévete!», si estás solo; «no te muevas», si
ves que pueden ayudarte. La respuesta en el segundo caso es para que, sean
como sean las mil formas en las que te acabas de romper, no empeoren.
Estoy seguro de que hay mucha gente a mi alrededor porque, a pesar de
que la música sigue sonando en la radio del coche, oigo gritos
amortiguados por todas partes. Pero mi cuerpo es desobediente y, algo
desorientado, me llevo la mano a la cabeza; estoy sangrando, noto la
calidez de la sangre bajar por mi rostro. Me cuesta respirar y mi pierna
izquierda, aprisionada por un trozo de carrocería, tiene una postura de lo
más extraña.
Acaban de romper mis sueños.
No he muerto (aún), pero sé que (si sobrevivo) acaban de destrozarme la
vida.
***
—Eh, vamos, despierta —dice alguien a mi derecha cuando vuelvo a ser
consciente del mundo que me rodea.
El incesante parpadeo de luces que me envuelven —como si de una bola
de discoteca se tratase— y el dolor, me devuelven a la realidad. El ruido del
exterior ya no me llega amortiguado; supongo que es porque la persona que
hay a mi lado tiene abierta la puerta de mi derecha y, a mi izquierda, la
ventanilla está rota y tengo a dos bomberos intentando abrir —o, más bien,
destrozar (como lo estoy yo)— el coche con una cizalla hidráulica y con
una amoladora que hace saltar chispas. Me han desabrochado el cinturón y
la música ya no suena.
¿Por qué mi mente procesa esos detalles?
Estoy mareado, debería estar concentrándome en poder respirar.
—N-no… pu-pue… —Con las pocas fuerzas que tengo, intento llevarme
la mano al costado, donde siento que me clavan cristales cada vez que
respiro.
Lo noto moverse a mi lado, pero no sé qué está haciendo hasta que
siento que me levanta la camiseta y me palpa con los dedos. Gruño.
Después, me pone algo frío en el pecho. Imagino que es un fonendoscopio.
Es buena señal, sea lo que sea: siento.
—Te cuesta respirar, lo sé —me dice.
El hierro y los cristales crujen a mi izquierda —como lo habrán hecho
mis huesos cuando todo esto ha sucedido—, haciendo que todo se
estremezca.
Gruño de dolor.
—Pásame el collarín —le pide a alguien detrás de mí.
No soy capaz de ver qué aspecto tiene la persona que me atiende, el
cuello no me obedece.
Entro en pánico al registrar este hecho. Pero descarto mis peores temores
cuando recuerdo que estoy moviendo los brazos, a pesar de que creo que
me ha dicho en algún momento que intente no moverme. También sé que
he movido la pierna derecha; la izquierda es imposible.
—¿Puedes decirme tu nombre?
Intento girarme de nuevo.
—No. No muevas la cabeza, voy a colocarte un collarín.
—N-neiz… —Toso, me cuesta mucho respirar, y mi cuerpo se estremece
cuando los bomberos a mi lado estiran de la puerta. La pierna me palpita, y
emito un quejido que no va acorde con el tremendo dolor que siento.
—Ya acaban. En breve saldrás de aquí.
No sé por qué, en un momento tan oscuro de mi vida, se me ocurre
pensar que la persona que me está atendiendo tiene una voz preciosa;
grave, profunda, sosegada; muy tranquilizadora. Quizá por eso me llama la
atención, porque me tranquiliza; al menos mi mente, mi corazón tiene otros
planes, creo que intenta ganar una competición de latidos por minuto.
La palabra «competición» en mi cabeza me hace estremecer.
—Nei-Neizan —consigo decir por fin. Pero vuelvo a ahogarme, y
ponerme más nervioso hace que necesite más aire, lo que hace que el
costado me duela. Mucho.
—Neizan, escúchame —me pide—. Concéntrate en mi voz, ¿vale?
Necesito que te relajes. Tienes costillas rotas. Si tu respiración se acelera,
aumentará el dolor y la sensación de falta de aire, ¿vale?
Me mareo. Siento que no puedo mantener la consciencia.
Es agotador.
***
—Eh, hola —me saluda un rostro sereno, con los ojos del verde más
extraño y bonito que he visto en mi vida. A pesar de ser de noche, los veo
con nitidez porque los bomberos están iluminando el interior del coche y
sus pupilas están contraídas. No recuerdo cuándo me han puesto el collarín,
pero ya noto la rigidez en torno al cuello.
Repito: noto. Intento sonreír, sobrecogido.
Me he perdido la retirada de la puerta —quizá haya sido mejor así—, y el
hombre de los ojos preciosos y la voz tranquilizadora —ahora a mi
izquierda, de rodillas, fuera del coche— se afana en taponar la herida que
ha quedado expuesta en mi pierna y que me duele de forma atroz. Alguien
detrás de mí le pasa gasas sin cesar. Ya no noto el calor de la sangre en mi
cara.
—Te has ido antes de que pudiera presentarme. —Esboza una ligera
sonrisa. Es evidente que, aunque amable, es una sonrisa fingida con la que
intenta tranquilizarme—. Neizan, me llamo Gabriel. Vamos a sacarte de
aquí enseguida.
Gabriel.
Intento mantener la respiración sosegada —como su voz—, pero no
siento prácticamente la pierna izquierda y tengo las emociones a flor de
piel. También intento llegar a él, pero no puedo porque, cuando muevo el
brazo, el dolor en las costillas es devastador.
—No… —Mis pulmones quieren más aire. Aire que no les llega, y que
hace que vuelva a marearme.
Vuelve a mirarme.
—No te esfuerces más, ya nos vamos.
Veo que hace un gesto a los bomberos justo en el momento en que la
persona que hay detrás de mí va a colocarme una mascarilla.
No. Necesito decírselo. Así que vuelvo a tirar de su camisa.
—N-no quiero…
Me mira con esos preciosos ojos. ¡Por Dios, qué color! Creo que deliro
y, a causa del miedo y el dolor, las lágrimas se deslizan por mis mejillas.
—No vas a morir —me asegura antes de que, a un gesto suyo, me
coloquen la mascarilla.
La salida del coche; las miles de luces que parpadean a mi alrededor; los
gritos; el ruido incesante de las sirenas; la ambulancia, son cosas que
registro ya a duras penas. Su voz insiste en que no me duerma, en que
aguante, en que ya nos vamos.
No puedo.
Me rindo.
4
Gabriel

N o puedo dormir.
Estoy agotado, tanto física como mentalmente, y me duele mucho la
cabeza. Llevo más de veinticuatro horas sin parar.
He venido a casa porque me han obligado. Después de darme una ducha,
me he tomado una pastilla, me he tirado en la cama, y aquí estoy, mirando
al techo. Es la una de la madrugada, pero mi cuerpo sigue alerta. No paro
de revivir cada momento de esas últimas veinticuatro horas, buscando
desesperadamente el instante en el que pude haberme equivocado.
No lo encuentro.
«Porque no lo hay», me dice mi subconsciente. «Has hecho todo lo que
podías hacer». Pero eso no me hace sentir mejor.
Y hoy no soporto el silencio.
Después de muchas pruebas diagnósticas, decisiones, quirófanos, más
pruebas diagnósticas y más decisiones, tengo un dolor de cabeza terrible y
la ansiedad por las nubes. Así que hago lo que cualquier profesional me
desaconsejaría: cojo el teléfono y lo enciendo. Prácticamente no lo he
mirado en estos tres días, por lo que tengo muchas notificaciones, mensajes
y llamadas perdidas.
Lo primero que miro son las notificaciones y titulares de Google.
La peor de las decisiones.
«Grave accidente en el centro de Barcelona
causa la muerte de dos personas».

Una de ellas es el conductor del vehículo que se saltó el semáforo, un


niño al que sus padres regalaron un juguete muy caro con el que no le
enseñaron a jugar. Lo lamento por esos padres, no se lo perdonarán jamás.
«Neizan Serra, la Mariposa,
nuestro representante olímpico en patinaje sobre hielo
para los Juegos Olímpicos de invierno del año próximo,
ingresado tras grave accidente de tráfico».
«Seis personas, entre ellas el patinador Neizan Serra,
ingresadas de diversa consideración en el Hospital Universitario.
El pronóstico de Serra es reservado».

«El patinador de veinticinco años,


Neizan Serra, conocido como la Mariposa,
ingresado tras un grave accidente de tráfico».

«¿Es el fin de la carrera de Neizan Serra?».

Apago el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la cama. Me incorporo y


me restriego los ojos con fuerza. «Lo he hecho todo bien», me recuerdo.
Pero no me puedo quitar esos ojos de la cabeza. Sus ojos llenos de miedo
mientras intentaba decirme que no quería morir.
No va a morir. A no ser que surja alguna complicación grave, está
estable, pero la pregunta del último titular no podría responderla ahora
mismo.
Vuelvo a coger el teléfono.
Tengo tres mensajes de mi madre y dos de mi hermana. Ambas me dicen
que me han visto en las noticias, que esperan que todo vaya bien y que
conteste o llame en cuanto pueda.
No puedo.
El corazón me va a mil.
También tengo un mensaje de Héctor.
Héctor:
Estoy aquí para lo que necesites.

Está en línea.
Yo:
SOS

Me llama en segundos. Contesto al segundo toque. No nos decimos


nada, pero lo oigo dar un beso —muy probablemente a Noelia, su mujer—,
después caminar, coger las llaves y cerrar la puerta.
Diez minutos después —durante los que no me ha colgado, a pesar del
silencio a ambos lados de la línea— está en mi casa y se ha sentado en la
cama, a mi lado.
Si, ya lo sé, tengo treinta y siete años, se supone que, como hombre,
debería saber afrontar y gestionar esto. También se supone que en la
facultad nos preparan para estas cosas; o lo intentan. Pero mi cuerpo está al
límite, me duele la cabeza y hay casos que me sobrepasan. Ahora mismo no
quiero estar solo.
***
No sé qué hora es cuando me despierto ni recuerdo al principio dónde estoy
porque la habitación tiene las cortinas cerradas y entra poca luz. Siento la
mano de Héctor sobre mi espalda.
—¿Cuánto he dormido? —pregunto, aún un poco aturdido.
Noto como se mueve y toca la pantalla del teléfono que tiene sobre la
pierna; mi teléfono. Seguro que ha estado pendiente por si me necesitaban.
—Casi cinco horas.
Durante un rato permanecemos en silencio; yo, recordando todo lo
sucedido el día anterior.
—¿Te duele la cabeza?
—Un poco —miento. Es algo más que «un poco», pero no como cuando
me quedé dormido.
—¿Tienes que volver?
—Sí.
—Te preparo algo de desayunar.
—¿Cómo en los viejos tiempos?
—Como en los viejos tiempos.
Héctor tiene todo lo que cualquier persona podría desear. Es atento,
cariñoso, divertido, protector, guapo y cocina muy bien. Durante los años
que coincidimos estudiando juntos —y algunos más— compartimos piso.
Pese a estudiar en nuestra propia ciudad, a nuestros padres no les faltaba el
dinero y pensaron que nos vendría bien. A mí me vino de maravilla,
disfruté de la libertad de estar fuera de casa y de las comodidades de tener a
alguien que siempre estaba pendiente de mí, pero sin normas. Tiene tres
años más que yo, y siempre ha sido como un hermano mayor para mí. Y no
por esa diferencia de edad, sino por la madurez. Héctor se vio obligado a
madurar más deprisa debido a las circunstancias.
Cuando bajo, duchado de nuevo y vestido, en la enorme isla de la cocina
me espera uno de mis platos favoritos: huevos fritos con patatas (soy de
gustos sencillos). El desayuno de los campeones, como lo llamábamos en la
facultad. A la porra con la dieta hoy.
Me siento y él se sienta a mi lado, girado hacia mí.
—¿Cómo está? —me interroga. Ya ha esperado más que suficiente para
hacerme sacar todo lo que me está asfixiando.
Me está preguntando por él porque me vio en las noticias. Sí, he dado la
vuelta al mundo. Y él también. Juntos, de hecho. Pero solo me pregunta por
él porque, aparte de los dos fallecidos, y pese a lo horrible del accidente, el
resto de las víctimas están bien. Contusiones, piernas rotas, traumas
psicológicos; pero todos bien.
Menos él.
—Estable —es lo único que soy capaz de responder ahora mismo.
Héctor toma aire con fuerza.
—No soy su familia ni la prensa. No voy a decirte que no sentiré nada
cuando me lo cuentes porque no soy insensible, pero tampoco me es
cercano. No necesito saber nada específico de su diagnóstico, solo quiero
saber cómo te está afectando a ti. Quiero que te desahogues conmigo.
Remuevo las patatas. No tengo hambre, pero sé que no me va a dejar
marcharme sin que me coma al menos un cincuenta por ciento de lo que me
ha puesto en el plato. Paseo la vista por el enorme salón —tengo una casa
(a veces demasiado) grande con vistas al mar Mediterráneo (vale, tal vez
mis gustos no son tan sencillos)— y rememoro, por enésima vez, todas y
cada una de las horas del día de ayer.
—Su futuro a corto plazo va a ser muy duro; va a tener que luchar
mucho y enfrentarse a meses de recuperación y rehabilitación. Y a largo
plazo…
Aunque hemos actuado en consideración en todo momento —más aún,
tratándose de quién se trata—, soy incapaz de pensar en nada a largo plazo.
—Es joven y fuerte. Su cuerpo está preparado para lo que va a tener que
afrontar. Tiene la disciplina y el físico. Pero… —Me aprieto el puente de la
nariz con los dedos. Repito: no puedo—. Estaba en un local cerca de allí,
Héctor, tenía que ir. Pero, por mucho que estudies, nada te repara para esa
situación. Cuando llegué…
Me pasa la mano por la espalda, intentando tranquilizarme, cuando ve
que me detengo.
—Y él… Tenías que haber visto su cara. Él sabía todo lo que acababa de
perder. Sabía que… Me dijo…
Me abraza. Sabe cómo me afecta todo esto. Lo mío es el quirófano, un
sitio que hago mío y controlo a la perfección… Salvo en casos como este,
donde hasta en el quirófano me veo superado.
—¿Crees que tu presencia allí sirvió de algo? —me pregunta. Sé lo que
pretende.
No dudo de los profesionales de emergencias, pero aquella noche todo
era caos. Y el caos puede dar lugar a errores. Lo inmovilicé y traté lo mejor
que pude. Aun así…
—No lo sé.
—Pues yo sí lo sé. Al margen de tus capacidades como cirujano, tienes
un don. Consigues que la gente se tranquilice en sus peores momentos. —
Me obliga a mirarlo—. Aunque luego sus peores momentos se conviertan
también en los tuyos.
No puedo lidiar con esto, con los recuerdos —pasados y recientes—,
necesito escapar de esta sensación.
—Así solo conseguirás que me enamore de ti de verdad.
Sonríe, pero esta vez no me regaña, sabe que bromeo, que intento
rebajar la intensidad, que me estoy protegiendo.
—¿A qué hora tienes que estar allí?
—Ya. Antes de hablar con mis jefes y con su entrenador, quiero pasar a
verlo.
—Bien, cómete al menos la mitad de lo que hay en el plato. Te llevo, así
reduciremos el impacto en el medio ambiente.
Por primera vez desde antes de ayer, sonrío.
5
Neizan

egún la teoría de la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, el duelo, proceso


S psicológico al que nos enfrentamos tras la pérdida, pasa por cinco fases.
La primera es la negación, a la que me enfrento nada más despertar y ser
consciente de… la cosa de metal que tengo clavada a la carne y al hueso por
varios sitios, y que une mi fémur en algún punto intermedio de forma muy
aterradora.
Despierto después de… no sé cuánto tiempo llevo aquí. Al principio ni
siquiera entiendo por qué estoy aquí ni dónde es «aquí». Intento hablar,
pero tengo la garganta seca.
Me doy cuenta entonces de dónde estoy y empiezo a recordar.
El golpe. Me llevo la mano a la cabeza y palpo la venda que me la
envuelve.
Su voz. Me llevo la mano al cuello. No llevo collarín, pero no me duele.
Me palpo las costillas. Tampoco llevo nada. Y aunque tengo dolor, no es
ese dolor tan atroz que me producía tan solo respirar.
Los bomberos. Me llevo la mano a la pierna… y es cuando lo noto.
Y bajo la mirada.
Cuando lo veo, empiezan a temblarme las manos y entro en shock.
Empiezo a tirar de todos los cables que tengo conectados a mi cuerpo y mis
pulsaciones se disparan, provocando que todas las máquinas que tengo a mi
alrededor empiecen a pitar.
Las enfermeras acuden enseguida a ver qué me sucede.
—No, no, no. —Es lo único que intento gritar con los ojos anegados de
lágrimas. Arde. No puedo gritar con la fuerza que me gustaría porque la
garganta me arde. Al final, inyectan algo en mi vía intravenosa que hace
que pierda el conocimiento de nuevo.
6
Gabriel

L a imagen ante mis ojos es devastadora.


Lo he visto en el hielo. No porque a mí me interese mucho el patinaje
—esa es Thali—, es porque sí he seguido la trayectoria de Eric, su
entrenador. Neizan Serra hace honor al sobrenombre con el que se le conoce
a nivel mundial porque vuela sobre unos patines; literal. Es grácil y ligero
como una pluma. Es un patinador extraordinario. En los últimos años se ha
hecho con un buen alijo de medallas que lo corroboran. Y es devastador
verlo aquí tirado, envuelto en vendas y rodeado de máquinas.
«A veces la vida juega demasiado con la ironía al ponernos los
obstáculos», pienso cuando mi mirada se detiene sobre su pierna izquierda.
Retiro la mirada cuando los recuerdos vuelven, y me concentro en sus
informes. Está sedado. Las enfermeras me han dicho que ha sufrido un
ataque de ansiedad al despertar en la REA y han tenido que volver a
sedarlo. Tiene febrícula, que espero que no empeore; una infección ahora
mismo sería… No quiero ni pensar en ello.
Tampoco quiero pensar en el momento en el que se despierte de nuevo y
haya que darle el diagnóstico.
—Señor, no le pongas más obstáculos —rezo.
No soy creyente, pero a veces no sabes a quién más recurrir.
Lo sé, qué hipócrita, ¿verdad?
—¿Un cirujano que cree en Dios?
Es Eric. Está plantado en la puerta del box. No sé cuánto tiempo lleva
ahí, no lo he oído llegar. No voy a responder, estoy seguro de que él
también ha recurrido a cualquier posibilidad que pueda mejorar la situación
de Neizan.
—Sofía Y Luis nos están esperando —me informa.
Suspiro y dejo los informes en su sitio.
—Vamos.
***
—No puedes llevártelo. —Estoy muy cabreado y la cabeza vuelve a latirme
con fuerza.
Estamos en el despacho del director del hospital, Luis. Él y Sofía, la
directora médica, me miran como si se disculpasen. También está Rafael, el
cardiotorácico que evaluó las fracturas costales y la contusión en el pulmón
de Neizan. Y Eric, al que, por mucho que quiera y respete, ahora mismo
arrearía un puñetazo.
Cuando hace un rato he pensado que estaba seguro de que había
recurrido a cualquier posibilidad que mejorase la situación de Neizan, no
me imaginaba que pudiera ser tan irresponsable.
—Gabriel —me llama Sofía en un tono que intenta ser conciliador. Lo
sé porque se dirige a mí por mi nombre y no por «doctor Ríos», como suele
hacerlo.
—No puede viajar —repito.
—Eso lo decido yo.
Me giro hacia Eric de muy mala hostia.
—Aquí no estáis preparados para tratarlo —me dice en cuanto lo encaro
—. Y las decisiones en lo concerniente a su salud las tomo yo.
Luis no va a oponerse, sabe que tiene razón. Nosotros no tenemos un
equipo de rehabilitación especializado en deportistas. Y un caso como el de
Neizan es un arma de doble filo para un hospital. Puede ser muy
prestigioso si la cosa sale bien. Pero la situación para Neizan no pinta nada
bien, y no quieren correr el riesgo. Aunque me cueste, quiero entender a
Eric: quiere lo mejor para él. Pero llevárselo de aquí no es lo mejor. Ahora
mismo no.
—¿Cuándo?
—Cuanto antes. Sabes que hay que movilizarlo ya, y que debe empezar
la rehabilitación en cuanto las heridas se lo permitan.
—¿Adónde?
—A Canadá.
Quiero romper algo. Lo que sea. La figura que tiene Luis sobre su
escritorio caoba, por ejemplo; es fea a rabiar. Porque, si me dejo llevar, juro
que le rompo la cara a Eric.
—¿Sabes el estrés que puedes generarle? —ataco, preso de la
impotencia—. ¿Las complicaciones que pueden presentarse y que pueden
empeorar mucho su futuro?
Eric no responde.
—¿Piensas decírselo?
—Sí, por supuesto. Pero él hará lo que yo le diga.
No puedo creer que de verdad estén pensando en hacerlo. Que no estén
pensando en el estado en el que se encuentra, y que no va a cambiar
demasiado a corto plazo.
—Gabriel, entiendo tu punto de vista —me dice Eric, supongo que para
hacerme entrar en razón—. Y me alegro de que, si había de pasar esto, haya
pasado aquí y hayas sido tú el que ha colocado sus huesos…
—No te lo lleves —lo corto.
—… pero una vez que pase lo peor, aquí ya no tiene nada.
—Es su país, su ciudad.
—No le queda familia aquí. Aquí ya no tiene casa. Sería una locura. Yo
tengo que volver…
—¿Tiene familia allí?
—A mí, mi familia, y algún amigo. Va a ser una recuperación muy dura.
Aunque aquí dispusierais de las instalaciones que él necesita, ¿dónde se
alojaría? Tendría que ir y venir a donde sea que…
—Y si te dijera que sí las tiene. Que yo las tengo —suelto sin pensar—.
Además de un lugar donde quedarse.
Se calla. Todos se callan. Y me mira como diciendo: «te escucho». Sabe
que sé lo que Neizan necesita; ya trabajamos juntos hace años, antes de que
él se dedicase en cuerpo y alma al patinaje —y posteriormente a Neizan—
y yo a la cirugía.
—Te escucho.
***
Salimos del despacho de Luis y echamos a andar hacia la calle.
—¿Aún sigues utilizando el transporte público? —me pregunta.
—No será un problema, créeme. —Me pongo a la defensiva; no sé si
está buscando excusas antes de intentarlo. De ser así, no le va a funcionar
porque no las va a encontrar. Sé a qué me he ofrecido, y, de igual forma, sé
que puedo proporcionarlo—. Y tengo coche. Grande y cómodo, además —
añado.
—Tranquilo, Ríos. Solo quería saber si aún sigues concienciado con el
cuidado del planeta.
Se le nota en la voz que está cansado. Además, tiene ojeras. No le he
preguntado cómo está porque sé la respuesta; lleva entrenando a Neizan
casi siete años.
—Prepárate para lo que hay en la calle —me advierte.
Pero me ha avisado demasiado tarde. Nada más abrirse la puerta de
urgencias, decenas de flashes me impactan en la cara.
—Eric, ¿cómo se encuentra Neizan?
—Eric, ¿está consciente?
—¿Sabe ya lo que le ha pasado?
Las imágenes de hace dos días hacen una inesperada aparición en mi
cabeza… Como también, provocadas por los flashes, lo hacen de nuevo las
de hace años.
Me estremezco.
«Sí, Neizan sabe lo que le ha pasado, aunque aún no sabe la gravedad »,
pienso.
—Eric, ¿cuál es el pronóstico?
—Disculpa, ¿eres el médico que lo atendió en el lugar del accidente?
No estoy preparado para enfrentarme a la prensa, y Eric lo sabe. Así que,
mientras él atrae la atención de todos hacia sí mismo, yo huyo.
***
No cruzamos más palabras que las indicaciones que le doy hasta llegar a mi
casa. No sé ni qué estoy haciendo. Me he ofrecido a esto sin pararme a
pensar en nada. Ni en cómo puede afectarme esto a mí ni en cómo puede
afectarle a Neizan. Lo he hecho pensando en su bienestar, pero ahora, en
frío, me asaltan las dudas.
¿Es una buena idea? ¿Estaríamos haciendo lo mejor para él?
Eric me sigue por toda la planta baja. Le enseño las tres habitaciones, mi
despacho, la sala de ocio (Héctor la llama «El paraíso»), los dos baños, la
cocina, el jardín con piscina. Y, por último, las instalaciones deportivas.
Fueron un puñetero capricho. Porque, aunque yo hago mucho deporte,
no utilizo ni la mitad de lo que dispongo. Pero están preparadas para
rehabilitar a una persona; a un deportista.
Se pasea despacio por la sala. Lo observa todo. Entra en la habitación
que tengo preparada con camilla. En las duchas. En la sauna. No puede
poner pegas, soy fisioterapeuta, sé lo que tengo. Y, si hace falta algo más,
se podría conseguir. Solo hay una cosa de la que no dispongo ni podría
disponer, pero que Neizan no va a necesitar en mucho tiempo. Algo que,
para cuando lo necesite, podrá viajar sin problema: una pista de hielo.
—No me esperaba algo así, la verdad —confiesa.
Bien. Está sorprendido.
Se lo está pensando, lo he visto hacerlo muchas veces en el pasado. Sé
que está valorando pros y contras, sopesando posibilidades y
consecuencias.
—Tengo una condición —me dice—. Y desde luego, será si Neizan
accede.
—¿Qué condición?
Me espero cualquier cosa…
—Que seas tú el que lo rehabilite.
… menos esa.
Sí, por supuesto, yo también estoy preparado para rehabilitar a un
deportista.
Y Eric lo sabe.
7
Neizan

C uando vuelvo a despertar, soy consciente a medias. Estoy sedado y la


cabeza me da vueltas. En medio de ese estado de semiincosciencia, Eric
me explica lo que ha pasado.
No es necesario, lo recuerdo todo.
¿No se supone que cuando sufrimos un gran trauma el cerebro lo
bloquea para protegerse?
Lo que desconocía es que estoy en reanimación y que me han sometido
a dos intervenciones. En breve pasarán los especialistas y la directora
médica a explicarme la situación. Mi situación.
Estoy soñando y en algún momento despertaré de esta puta pesadilla.
Esto no puede ser real. Eso que tengo clavado en el hueso, no puede ser
real.
***
Me ahogo, necesito aire. Estoy rodeado de máquinas y personas que hacen
que el espacio a mi alrededor se contraiga angustiosamente. Puede que mis
pulmones estén bien y solo sea una sensación, pero me ahogo. Siento que
llevo una camisa de fuerza que me impide extender los brazos e inhalar con
fuerza.
Hablando de aire…
El cirujano cardiotorácico me explica que tengo una contusión
pulmonar y varias costillas rotas. Que tendré que tomar medicación para el
dolor y realizar rehabilitación respiratoria para evitar… atelecnosequé y
neumonía.
Tres costillas rotas. Esto no es real.
No los miro. No puedo. No dejo de mirarme la pierna.
Eric me coge la mano y la aprieta para infundirme ánimo.
Qué difícil lo tiene.
Le llega el turno al cirujano traumatólogo, al que tampoco miro porque,
a estas alturas, ya he cerrado los ojos e intento desconectar, me niego a
creer todo lo que me están diciendo.
Me asfixio.
Hasta que escucho su voz.
—Señor Serra.
Esa voz que me acompañó en mi hora más oscura; la reconocería en
cualquier parte. Esa voz que consiguió calmarme y traerme de la oscuridad
una y otra vez. Esa voz con la que creo que he soñado. O delirado.
Me giro, entonces sí, para encontrarme con sus ojos. Esos ojos del verde
más fantástico que he visto nunca.
Hoy están rodeados de ojeras que no había la primera vez y han perdido
parte de ese brillo que los hacía increíbles aquella noche.
No. No puede ser verdad.
—Soy el doctor Ríos. El cirujano que le operó la pierna. Sufrió una
fractura femoral…
Esto NO puede ser real.
No, no, no.
Él no. Su voz no puede hacerme esto.
Dejo de mirarlo.
Me dice que la cirujana que reconstruyó mis músculos realizó un trabajo
impecable.
Quiero gritar.
—… perdió mucha sangre y el riesgo de infección es muy elevado, por
lo que recurrimos a estabilización externa —continúa explicándome sobre
esta cosa que tengo clavada en la pierna, y que sigo sin poder creerme que
esté ahí.
Esto no puede ser verdad. No puede.
—… aunque ahora le parezca aparatosa, con el tiempo se adaptará y le
será más fácil…
«¿Que me será más fácil?». No sé si reír, llorar o ponerme a gritar de
nuevo. Porque echar a correr es imposible. Empiezo a oír pitidos en los
oídos. De verdad que necesito aire, y ellos parecen no darse cuenta.
Y sigo en fase de negación hasta que lo oigo pronunciar la frase que me
lleva directamente y sin control hacia la ira.
Cómo siento que sea él —su voz— el que me lleve.
—Señor Serra —me dice en ese tono tranquilizador—, por suerte, no
hay daños en ningún otro órgano…
«¿Por suerte?».
Lo miro de nuevo.
No sé qué ve en mi mirada, porque se calla. ¿Tal vez odio? Sí, se acerca
bastante a lo que siento en este momento.
—¿Ha dicho «por suerte»? —pregunto con todo el desprecio que soy
capaz de acumular en mi voz.
—Lo siento, no era mi intención…
—¿Llama usted a… esto suerte? —repito, señalándome de arriba abajo.
Y estallo.
—¡Os podéis ir todos a la mierda!
Me arde la garganta.
Retrocedo a la fase de la negación a la misma velocidad que había
pasado a la ira y la llevo a su culminación: culpar a otro.
—¡Me ha destrozado la vida, hijo de puta! —le escupo—. ¡No quiero
volver a veros a ninguno!
Eric los hace salir e intenta hablar conmigo, calmarme, mientras dos
enfermeras y la directora médica me sujetan y otra vuelve a meter alguna
mierda sedante en mi riego sanguíneo.
—¡Os odio!
Estoy llorando. Siento la rabia en cada partícula de mi cuerpo.
Sí, los odio. A todos.
A él, al que más.
8
Gabriel

H oy no he vuelto a verlo. He estado hablando con Sofía y me ha dicho


que deje a Eric razonar con él. Que espere a que lo suban a planta. Que
mañana será otro día.
Supongo que no querrá volver a verme, ha dejado claro que me odia.
Puede que haya tomado la decisión de irse en cuanto pueda hacer el viaje a
Canadá. Estoy seguro de que muchos centros de rehabilitación le cubrirían
el viaje, y cualquier otra necesidad que pudiese tener durante el mismo,
para que se rehabilitase con ellos.
Por supuesto, yo sigo sin querer que lo haga. Aunque no pudiese volver a
competir, solo por el morbo que produce quién es, por lo que le ha pasado y
por el prestigio, muy probablemente explotarían al máximo su imagen sin
tener en cuenta su estado emocional. Para ellos solo sería un producto para
ganar dinero. Y no sé si Eric sabría gestionar eso, tiene otros deportistas a
su cargo y no podría estar al cien por cien por él. Espero que sí, el daño a
Neizan podría ser irreversible.
Lo he pensado mucho estos días. Yo no solo le ofrezco rehabilitación,
también le ofrezco tranquilidad, en mi casa podrá tenerla sin que nadie le
moleste.
Le he dado mil vueltas a sus lesiones. Si sus huesos evolucionan bien, se
recuperará. Las fracturas costales son dolorosas y, como todas las fracturas,
requieren una buena rehabilitación, pero no le dejarán secuelas. En la
pierna, el mayor problema no es el fémur fracturado; es una fractura limpia,
si la fijación no da problemas, eso tampoco le dejará secuelas. La herida de
la pierna es la gran incógnita. Para asegurarme de que tendría una
reconstrucción óptima, busqué ayuda, pero aún hay mucha inflamación y no
sabemos el daño real en los nervios.
Sea como sea, es deportista. Con trabajo duro, podremos fortalecer bien
su musculatura y…
«¿Podremos?», se burla mi subconsciente, incrédulo, levantándome
incluso una ceja. Cierto, a mí no sé si me dejará hacer nada.
Pese a todo, y aunque no debí decirlo, creo que no es consciente de la
suerte que tuvo.
No quise hacerle daño con mis palabras, pero, a pesar de todos los cursos
de psicología que he hecho para ayudar al paciente a gestionar un
diagnóstico, la cagué a lo grande. Este caso me está poniendo a prueba de
muchas formas. Me estoy enfrentando a cosas con las que creía estar ya
familiarizado y que creía que había aprendido a tratar, pero que parece ser
que no. Si acepta quedarse en España, en mis manos, espero poder
mantener una buena comunicación con él. No sé si voy a poder…
—¡Gabi, detente! —me grita Héctor.
Íbamos corriendo por el parque, pero resulta que voy solo; él y Sandro se
han detenido y no me he dado cuenta.
Me acerco a ellos respirando con dificultad.
—Vamos, respira —me dice Héctor, sujetándome por los hombros—.
Dios, ¿en qué vas pensando? Relájate. No estás controlando la respiración.
Asiento. Tiene razón. Me estoy sobreesforzando debido a la tensión y
tengo puntos brillantes en mi campo visual.
—Lo siento —me disculpo; he estropeado su salida con mis problemas.
—No hay nada por lo que debas pedir disculpas —me dice Sandro,
apretándome con suavidad el brazo.
Supongo que Héctor ya le ha contado por lo que estoy pasando. Y,
bueno, todo el mundo ha visto las noticias.
—Creo que es mejor que me vaya a casa.
—Ni hablar —me contradice Héctor—. No estás de guardia. Te vienes a
cenar a mi casa.
—Héctor, no es necesario…
Antes de que pueda seguir protestando, ha sacado el teléfono y se lo
lleva a la oreja.
Sandro me sonríe, de nuevo, intentando animarme.
—Hola, pecosa. —No sé qué le responde Noelia, pero se ríe—. Qué
graciosa. Te llamo para decirte que pongas un plato más en la mesa.
—¿Tú te apuntas? —pregunto a Sandro por lo bajo.
—No. Yo ya estoy pillado esta noche. Lo siento.
—Hasta ahora, pecosa. —Cuelga y me mira con suficiencia—.
Solucionado.
No voy a negarme. No me apetece nada estar solo en este momento.
***
Dios, cómo echaba de menos esto. Después de una cena digna del mejor
restaurante, estamos sentados bajo las lucecitas del cenador, conversando y
riendo. Bueno, conversan ellos, yo me limito a observar. Elle esta preciosa
y ya es toda una mujer; cargada de razón, además. ¿Cuántos años tiene?
¿Veinte? ¿Veintiuno? No sé en qué momento ha crecido tanto. Discute con
su padre ya como una adulta, y ambos se ríen juntos después. Me he
perdido demasiadas cosas.
—¿No has vuelto a verla? —me pregunta Noelia.
No necesito preguntar a quién se refiere.
—No. Aunque supongo que llegará el día, tiene algunas cosas en mi casa
que, imagino, querrá recuperar. Pero espero que me deje en paz unos días,
ahora mismo no tengo ganas de afrontar más situaciones en las que tengo
las de perder.
—¿Cómo está? —me pregunta Héctor.
Suspiro. Me concentro en el cri cri cri de los grillos, en la calma que se
respira, y les explico lo sucedido por la mañana.
—Mañana, como muy tarde, lo subirán a planta. Lo que significa que, si
ha aceptado la oferta, empezaré a rehabilitarlo. Dios, metí la pata hasta el
fondo —me lamento.
—Eres un ser humano, después de todo —me dice Elle—. Equivocarse
está en nuestra naturaleza. Y él está pasando por el peor momento. Sea
como sea, si lo necesitas, intenta volver a hablar con él.
Sonrío, pero estoy preocupado.
—¿Y tú desde cuándo das consejos tan sabios?
—Soy muy sabia, solo que nadie me toma en serio. —Esto último lo
dice muy seria, mirando a Héctor.
Cuando Elle y Noelia se despiden y nos dejan a solas, estoy un poco
traspuesto. Me he tomado dos copas de vino y me encuentro bien. De
verdad que necesitaba relajarme.
Estoy mirando las estrellas cuando Héctor me pregunta:
—¿Estás seguro de esa decisión?
Se refiere a lo de meter en mi casa a un deportista de élite al que su
futuro acaba de estallarle en la cara en mil pedazos, destrozado físicamente,
medicado y que, si no lo está ya, muy probablemente acabará deprimido.
—No lo sé —respondo con sinceridad.
La verdad es que, en ese momento, no lo pensé demasiado, y me
acobardé un poco cuando me di cuenta de lo que podía a suponer para
ambos. Pero quiero ayudarlo; después de lo sucedido, más que antes. Así
que, si acepta, he tomado una decisión. Una que a mi jefe no va a gustarle
en absoluto, y a mi jefa, menos aún.
Mi teléfono vibra. Tengo un mensaje.
Hablando del rey de Roma.
ElDire:
Rueda de prensa mañana. Pasa por mi despacho temprano.

Genial.
9
Gabriel

e cuánto tiempo hablamos?


—¿D —Si acepta quedarse y rehabilitarse conmigo, un año desde
el momento en que le demos el alta. Si al final decidiera sustituir
el fijador externo, quiero hacerlo yo.
Luis se pasa la mano por la cabeza y Sofía lo mira cabreada.
Acabo de pedir una excedencia. Tenemos uno de los mejores equipos de
trauma del país, y voy a dejarlos temporalmente sin un cirujano.
—¿Me vas a quitar a mi mejor cirujano por un solo paciente? —le
recrimina Sofía a Luis—. No es eso de lo que hablamos. Se supone que
aquí tenemos en cuenta a las personas, no su estatus.
Voy a replicarle que también tenemos en cuenta sus necesidades, pero
eso le va a gustar aún menos porque volveríamos a hablar de las
necesidades de uno solo.
—Sofía, se lo he pedido yo, no es algo que decida él.
Sé que puedo ganarme una enemiga, que podría cubrir mi plaza y yo
encontrarme con que no tengo nada cuando vuelva dentro de un año, pero
es mi derecho.
Está dolida y me conoce. Aunque no somos íntimos, nos une algo muy
especial. Incluso he comido con su familia. Por eso sé que me atacará donde
más me duela…
—Eres el mejor cirujano de trauma que he conocido. Eres consciente de
la cantidad de personas que pueden salir perdiendo con esto. ¿Quieres
fama?
… aunque una puñalada me habría dolido menos.
Pero, como ya dije, no soy Dios, solo un ser humano, como dijo anoche
Elle.
—Puedes encontrar a otro igual o mejor que yo. No soy imprescindible.
Y no, no quiero fama. De hecho, si puede evitarse, no quiero ni que esto se
sepa. Además, aún no sabemos si aceptará.
—Ha aceptado —sentencia Luis.
Sofía bufa y sale del despacho con un portazo que hace que los cuadros
de la pared tiemblen.
Joder. Neizan ha aceptado.

Estoy algo nervioso. No he asistido a una rueda de prensa en mi vida, lo que


quiere decir que tampoco he participado en una; nunca me ha gustado
hablar en público. Necesito relajarme, que uno de sus cirujanos salga con
las manos temblando a hablar sobre cirugía no va a dar muy buena imagen
de este hospital.
Agarro las notas con fuerza. He medido mis palabras, no quiero volver a
cagarla. Me limitaré a lo que controlo a la perfección.
Hablo sobre la intervención que mi equipo y yo realizamos a Neizan
hace ya dos días. Uso palabras técnicas; quieren un informe médico, y es lo
que les doy, al final extrapolarán lo que quieran. Pero cuando llega el
momento de preguntarme —con el que yo no contaba— son directos y
simples.
—¿Podrá volver a competir?
Me quedo parado durante unos segundos y miro a Sofía, la cual me hace
un gesto afirmativo con la cabeza desde la parte de atrás de la sala. «Sé
sincero», quiere decirme.
—Es pronto para saberlo. —Si está viendo la rueda de prensa, puede que
no le guste—. Es joven y fuerte, pero depende de cómo evolucione… —
Guardo silencio unos segundos—. Y de él mismo.
***
Después de mantener una breve conversación con mis jefes sobre la rueda
de prensa —tras la que Sofía me ha pedido disculpas—, me dirijo a la
cafetería; Luis me ha dicho que Eric quiere hablar conmigo y que me espera
allí. Cuando llego, lo veo en el rincón más alejado. Aunque no hay mucha
gente a estas horas, lo entiendo, esto está lleno de periodistas; son
incansables.
Antes de ir hacia él, me acercó a pedir un café y algo de comer; he salido
de casa sin desayunar y, ahora que los nervios vuelven a estar bajo control,
me rugen las tripas. Quién diría que soy capaz de recolocar huesos
destrozados, pero me ponen nervioso cuatro periodistas. O veinte.
Me siento frente a él y me dejo calentar por los rayos del sol unos
segundos. Me gusta la cafetería a estas horas, cuando el sol está alto. Qué
pena que desde aquí no se vea el mar.
—Me voy —dice.
Abro los ojos al instante.
—¿Cuándo?
—Luis me ha dicho que, si no se presentan problemas, en dos o tres días,
como mucho, le dais el alta.
—Sí. Cuanto menos tiempo pase un paciente en el hospital, mejor.
—Sale demasiado caro, ¿verdad?
Frunzo el ceño. Sabe bien que, en este caso en concreto, eso al hospital
le da igual. Como también sabe que no es por eso.
—Es por el bien del paciente —aclaro, aun así.
Sonríe. No ha cambiado nada. Ahora que él también está algo más
relajado, empieza a bromear. Y, si no recuerdo mal, sus bromas son bastante
mordaces.
—Sí —se ha puesto muy serio—, necesita salir de aquí.
—¿Qué sucede?
—Necesito ver a mi familia y mi familia a mí.
Lo entiendo perfectamente. Se suponía que venían a ver un campeonato
juvenil y se iban. Pero no estábamos hablando de él. Se siente culpable
porque va a dejar a Neizan aquí, e intenta justificarse.
—Prométeme que cuidarás de él.
Esa frase me pilla totalmente desprevenido.
—¿A qué viene eso?
—No imaginas lo mucho que me duele dejarlo aquí. Es un muchacho
demasiado vulnerable. Venir aquí ya le afectó mucho. Y esto…
—Esto sería duro para cualquiera.
—No está bien, y yo tengo mucho papeleo que arreglar antes de irme.
—¿La Federación?
—El COE. Tienes que empezar con él. Ya.
El corazón me da un vuelco. Pero yo me ofrecí voluntario… O algo
parecido.
—Vale. No hay problema.
—No te odia.
Me quedo mudo, no sé qué decir. No me esperaba tal confesión. Aunque
admito que me hace sentir mejor.
—No le he hecho nada para que albergue tal sentimiento hacia mí. O, al
menos, nada de forma malintencionada.
—¿Por qué no has pasado hoy por su habitación?
—Sofía me pidió que no lo hiciera. Que te dejase a ti hablar con él.
Suspira.
Me extraña que no me eche la bronca. Aunque esto no es como años
atrás. Y aquí no manda él. Ni yo, dicho sea de paso.
—Se acuerda de ti —me dice, de repente.
—¿Qué quieres decir?
—Te recuerda, del accidente.
Bueno, es lógico, no sufrió amnesia postraumática. No me dejó
explicárselo antes de echarnos del box, pero su cabeza estará bien. Sufrió
una laceración por el cristal, pero no hubo traumatismo, solo una leve
conmoción. Y su cuello solo sufrió un esguince cervical del que se
recuperará totalmente en pocas semanas.
Espero que el hecho de recordarme no le haya afectado de forma
negativa. Como también espero haber tomado una buena decisión. Que no
se encuentre a gusto conmigo podría resultar muy contraproducente para él.
***
Por la tarde, después de pasar consulta, me dirijo a su habitación. Aunque
Eric ya me advirtió este mediodía de que no se encuentra bien, no sé qué
voy a encontrarme. ¿A alguien cabreado con el mundo? ¿A alguien
cabreado conmigo porque le recuerdo el peor momento de su vida?
Paso por el control antes de ir a su habitación.
—Buenos días, doctor Ríos.
—Buenos días, señorita García.
Ambos nos sonreímos, es obvio que bromeamos. No solemos dirigirnos
el uno al otro con formalismos, Beth y yo nos conocemos desde hace años.
De hecho, pese a que es más joven, ella lleva aquí más años que yo.
Me acerco al montón de informes y empiezo a buscar el suyo.
—Gabriel, ¿qué estás buscando? —me pregunta mientras teclea en el
ordenador, después de que ya le haya descolocado un poco el escritorio.
—El informe de la 285.
—Está aquí —me dice, señalando otro montón—. Tal como pediste, se
le ha modificado la medicación.
Me entrega el informe. Tiene picos de fiebre otra vez. Esto podría
retrasar su alta.
—Gracias, Beth. —Le devuelvo el informe.
Entro en la habitación. Esto es otra cosa. Entra el sol por la ventana y
desde aquí sí se ve el mar. En la REA todo es más triste y casi toda la luz
artificial, hay aparatos pitando a todas horas, enfermeras que entran y salen
sin parar. Pero, aunque ahora tiene una habitación individual, bonita y
acogedora, y tendrá tranquilidad, lo que me encuentro no tiene nada que ver
con lo que creía que me encontraría.
No está cabreado con el mundo ni irascible ni ansioso ni furioso. Tiene la
mirada perdida en el exterior, unas grandes ojeras y la piel pálida. Aún no
ha tocado la merienda.
Ya he visto esto antes: está tirando la toalla.
—Hola, Neizan.
10
Neizan

L ahabía
ira no me duró mucho, no soy una persona agresiva y donde estaba, no
con quien estar enfadado. Eric está destrozado, enfadarme con él
habría sido absurdo y muy mezquino. Con las enfermeras habría sido
muy injusto y egoísta; su trato hacia mí es excepcional. Solo me quedaba
Dios, y creo que este pasa de todos nosotros.
Digo que solo me queda él porque, desde ayer, no ha venido ni uno solo
de mis médicos. Ha sido la propia directora médica la que ha puesto a Eric
al corriente de mi evolución desde que me subieron a planta.
Y digo que lo pone a él al corriente porque yo ya paso de todo.
Me salté la fase de negociación. ¿Con quién iba a negociar? Es más,
¿con qué iba a negociar? Llegados a este punto, tendría que volver a Dios, y
ya ha quedado claro que él no está por la labor.
Tras la ira, abracé la depresión, me sumí en ella, empecé a rendirme.
Todos mis planes de futuro se fueron a la mierda en segundos, y con ellos
todo mi optimismo y ganas de luchar.
Esta mañana, después de que me negase a ponerme en pie, y pese a que
yo no le respondía o, si lo hacía, era con monosílabos, Eric me hablaba
mientras ponía en activo las partes de mi cuerpo que ya ha empezado a
movilizar. No recuerdo prácticamente ninguna de las cosas de las que me
habló, que me perdone.
Digo «prácticamente ninguna» porque hubo una que sería difícil olvidar.
Por decisión propia, va a marcar mi futuro de un modo u otro.
—Quiero proponerte algo —me dijo.
Por supuesto, no le respondí, me limité a mantener los ojos cerrados
mientras él estiraba y flexionaba mi pierna derecha; en ese momento era
indiferente a todo lo que me rodeaba.
—Tengo que volver a Canadá.
Esto no fue lo que me sorprendió, era lógico, su familia está allí y no
solo me entrena a mí. Si sigue aquí conmigo es porque es una persona
decente; cualquier otro, en su lugar, se habría olvidado ya de mí.
—He hablado con tus médicos sobre tu traslado, y creen que existen
muchos riesgos.
Es decir, que me quedaba aquí, solo, hasta que pudiera viajar. Y eso
sería…
—No voy a dejarte solo.
Abrí los ojos. Se había detenido y me miraba muy serio.
—Eres idiota —me dijo sin venir a cuento—, y en algún momento te
darás cuenta.
No fui consciente de que los ojos se me llenaban de lágrimas hasta que
una de ellas se deslizó por mi mejilla.
—Voy a proponerte dos salidas —dijo, ignorando estoicamente mis ojos
y volviendo a mi pierna derecha—. Llevaré a cabo la que tú me digas. Pero
tienes que elegir.
No respondí. Pero tenía toda mi atención.
—Sería complicado e incómodo, pero, pese a los riesgos, preparo tu
viaje y nos vamos de aquí. Seguimos con tu recuperación en Canadá y nos
olvidamos de España.
Y yo seguiría siendo un lastre para él. Una vez en Canadá, tendría que
dividir su atención entre su familia, seguir trabajando y yo.
Eso no era una opción, no quiero ser un lastre, su presente no puede
detenerse por un… incierto futuro conmigo.
—La segunda opción es compleja. Verás… el cirujano traumatólogo que
te operó, Gabriel Ríos, es también un gran fisioterapeuta.
El corazón me dio un vuelco. Por primera vez, desde mi monumental
cabreo, daba muestras de algún tipo de emoción.
—Trabajó conmigo hace años. —Carraspeó, como si no se atreviese a
explicarme nada.
¿En qué momento había conseguido que Eric temiese hablar conmigo?
¿Dónde estaban los «¡Levanta más esa pierna, Serra!» y los «¡Serra, voy a
patearte el culo como no relajes esos brazos!»?
—¿Te doy lástima?
Eric me miró muy sorprendido. Abrió y cerró la boca un par de veces,
como si no supiera qué decirme. Durante unos segundos, pensé que
empezaría a tartamudear y a disculparse, lo que hubiera provocado que yo
cayera un poco más hondo en mi pozo de autocompasión.
—Eres idiota —repitió—. El doctor Ríos se ha ofrecido a encargarse de
tu rehabilitación —continuó, como si mi pregunta ni siquiera mereciese una
respuesta.
Vale, no entorpecería la vida de Eric, sino la del tío de los ojos verde
fantasía, que a estas alturas debía de odiarme; a mí y a mi mierda de actitud
frente a las adversidades.
Qué filosófico me he vuelto.
—Tiene unas instalaciones en su casa que no tienen nada que envidiar al
mejor centro deportivo. Para que no tengas que ir y venir a ningún otro
sitio, te ofrece también alojamiento. Tiene una casa grande, cómoda, con
zonas de aire libre. Perfecta. Si aceptas, llegaríamos a un acuerdo
económico y…
—Eric, no puedo meterme en la vida de nadie en esta situación —lo
corté, cerré los ojos y suspiré—. Su familia no tiene por qué verse obligada
a aguantarme durante… ¿De cuánto tiempo hablamos? ¿Meses?
Eric suspiró.
—Un año en el peor de los casos.
Volví a abrir los ojos y lo miré.
Un año. A las puertas de… No. No quería —ni quiero— pensar en eso.
—En cualquier caso, en unas semanas tendrán que sustituir el fijador
externo —señaló la cosa que tengo fijada a mi pierna izquierda, esa con la
que no consigo reconciliarme, a pesar de que está ahí para ayudarme—.
Tendrás que volver a pasar por quirófano de nuevo. Por eso, debes decidirte
ahora. Además, Gabriel vive solo.
Parecerá una tontería, pero eso sí que me sorprendió.
¿En qué universo, un hombre como él, tan guapo, con dos o tres carreras,
esa voz y esos ojos tan fantásticos, está soltero?
No sé si me arrepentiré de la decisión que tomé. Pero no quiero
condicionar más la vida de Eric; tiene mujer y dos hijas, el resto me da todo
igual.
Simplemente dije:
—Me quedo en España.
Esa decisión no ha mejorado absolutamente nada mi estado de ánimo.
Hoy no tengo un buen día. De hecho, pasará a la historia de los peores con
diferencia. Me duelen las costillas y el dolor de la pierna está a otro nivel.
Me gustaría poder dejar esta puñetera cama, aunque fuesen diez míseros
segundos. Quiero echar a correr. Sentir el sol y el viento en la cara. El frío
del hielo…
Por eso, cuando abre la puerta de mi habitación, me es indiferente que
esté aquí.
—Hola, Neizan.
No lo he mirado, pero sé que se ha quedado parado en medio de la
habitación. Supongo que esperando a ver si empiezo a gritarle de nuevo.
Odio esta puta situación en la que nadie se atreve a decirme cuatro cosas
solo por ser quien soy y por el estado en el que estoy. Quiero volver a gritar,
sobre todo de impotencia.
Su voz me sigue pareciendo preciosa.
—Hola —murmuro.
Se acerca.
Abro los ojos, pero no dejo de mirar por la ventana. ¿Qué miro? Nada.
Intento irme más allá del mar Mediterráneo, más allá de toda esta…
mierda, a un lugar donde no hay un tío —con la voz y los ojos más bonitos
que he oído y visto en mi vida, y con el que me acostaría sin problema—
que va a rehabilitarme el cuerpo solo porque lo tengo hecho trizas por todas
partes.
—Imagino que Eric te ha dicho que a partir de hoy yo me encargaré de
tu rehabilitación.
—Sí.
—Vale. —Se coloca a mi lado—. Sé que es tarde, pero vamos a
levantarte. Las enfermeras me han dicho que aún no lo has intentado.
¿Qué le digo? ¿Que me importa una mierda lo que le hayan dicho las
enfermeras? O Eric. ¿Que me da igual todo?
¿Que tengo miedo?
—Voy a incorporar y subir la cama para que te sea más fácil —me
explica. Él no va a preguntarme si quiero o no quiero hacerlo.
Se acerca entonces a… eso que las enfermeras han traído para —con la
ayuda de Eric— levantarme, y que yo llevo todo el puto día intentando no
mirar: un andador.
Lo agarra y lo acerca hasta la cama.
—¿Vamos? —pregunta, buscando mi colaboración.
—No.
—Neizan…
—Déjeme en paz.
—Tienes que salir de la cama.
—Lárguese.
Hace el gesto de ir a sujetarme la pierna derecha y mi respuesta es
intentar apartarme, lo que me provoca un dolor atroz.
—Neizan, ¿te has hecho daño?
—No —respondo con un hilo de voz. Pero las lágrimas me traicionan.
—Neizan…
—¡QUE SE LARGUE!
Me mira unos segundos, creo que sintiéndose tan impotente como me
siento yo. No vuelve a decirme nada más. Se va sin que me haya atrevido a
mirar de nuevo esos fantásticos ojos verdes.
11
Gabriel

T [Link] malditos días han bastado para que todo salte por los aires.
Salgo por la puerta dando un portazo con tanta fuerza que las chicas
de control, los de la limpieza, los familiares de pacientes y los propios
pacientes que hay por el pasillo dejan de hacer lo que fuera que estuvieran
haciendo y se quedan todos mirándome.
Genial.
El silencio que se crea en el pasillo es tal que, si no fuera por el enfado y
la frustración que siento, habría soltado aquello de «ha pasado un ángel».
García me mira perpleja.
¿Cuántas horas pasa esta chica en el hospital?
No me puedo creer lo que acaba de pasar ahí dentro. Sé el momento
exacto en el que todo se ha precipitado, pero es que ha sido imposible
frenarlo. ¿Cómo puede desquiciarme tanto este chico? ¿En qué momento
empezó a afectarme tanto? Tengo que irme o soy capaz de rematar la rabia
que siento con algún gesto o palabra impropios de mí.
«¿Como el portazo que acabas de dar?», me pregunto a mí mismo.
—Doctor Ríos, ¿se puede saber qué ocurre?
No necesito girarme para saber quién es, conozco esa voz. Lo que me
faltaba ya. Aprieto los puños, me giro y me encuentro a Sofía taladrándome
con la mirada. ¿Qué hace aquí, y a estas horas de la mañana?
—¿Qué ha pasado?
Joder, nunca me había pasado esto.
—No quiero hablar de ello. Por favor —suplico.
Sofía me evalúa, la tensión que irradio, a ella también se le da muy bien
evaluar; a la gente y las situaciones. Haría buena pareja de detectives con
Héctor. Suspira, y yo me relajo; va a dejarlo estar. No sé si es porque nota
lo tenso que estoy o porque no es el mejor sitio para hablar de ello.
—Tu hermana está en recepción.
—Gracias —respondo.
Y me voy. Huyo.
No estoy muy seguro de que la visita de mi hermana sea lo que más me
conviene en este momento, así que, en vez de coger el ascensor, bajo por las
escaleras las dos plantas que me separan del vestíbulo con la intención
relajarme por el camino. Esto no va a funcionar, aún no hemos salido del
hospital y ya ha saltado todo por los aires. La de cosas que le he dicho.
Rememoro la… ¿Ha sido una discusión?
No. Ha sido una dosis de realidad.
—Buenos días, Gabi —me saluda Rafael, al que me encuentro cuando
llego al vestíbulo.
—No sé qué tienen de buenos —gruño.
Rafael se ríe. Me conoce bien, estoy seguro de que sabe de dónde vengo;
el mal genio de Neizan ya es de conocimiento general en todo el hospital, él
mismo lo ha sufrido, y después de lo de hoy…
«No lo pienses», me digo.
Cuando me encaro con mi hermana mi humor no ha mejorado ni un
ápice…
… hasta que me sonríe.
Thali es así. Te envuelve de algo precioso con su sonrisa. Yo siempre le
digo que tiene el cerebro entrenado para sonreír en cualquier circunstancia y
hacer sonreír a los demás.
Es morena, como yo; tiene los ojos verdes, también como yo; alta,
aunque no tanto como yo; esbelta como una espiga, yo de espiga tengo
poco; es neurocirujana, como mi padre; y vino a este mundo solo para
incordiarme, como solo ella sabe hacerlo.
—Va a ser verdad eso que dicen de la montaña y el Dios. Al Dios
Gabriel hay que venir a verlo.
—Ja —ironizo—. Qué graciosa eres. La neurocirujana eres tú, yo elegí
algo más al alcance de mis posibilidades, no pasaría de santo.
Se ríe. Una sonrisa cálida que me calienta el alma.
—Hola, hermano —me dice cuando la abrazo.
—Hola, hermana.
Va a resultar que sí necesitaba esto, porque tardo un rato en soltarla.
—Pareces agobiado —susurra mientras me frota la espalda con cariño.
La aprieto con más fuerza, siempre ha tenido la capacidad de calmar mi
ansiedad. Ella dice que yo tengo la capacidad de calmar la suya y la de todo
el mundo.
—¿Podemos tomar un café?
Saco el teléfono y miro la hora. Es pronto. Aún tengo cuarenta y cinco
minutos.
Y entonces recuerdo por qué hoy tengo más tiempo de lo normal antes
de empezar a pasar consulta, y se me revuelve el estómago.
La he liado a lo grande.
—Claro, vamos.
No hay casi nadie por los pasillos. Me gusta cuando el hospital está
tranquilo. Me relaja, aunque hoy eso sea bastante complicado.
—¿Cómo fue la ruptura? —me pregunta de camino a la cafetería.
Sonrío. Yo aún no le he contado nada, así que intuyo que la montaña ha
cogido un desvío antes de llegar al Dios; desvío Héctor, se llama… o
Noelia.
—No sé cómo responder a esa pregunta. Simplemente, lo dejamos…
Bueno, ella me dejó. Ahora, si quieres, te cuento los pormenores.
—Lo siento.
La miro de reojo y veo que aprieta los labios, intentando contener la risa.
—Mentirosa. No la tragabas.
No responde. Por supuesto que no.
—¿Cómo está Sergio?
Sergio es su marido. Un tío enorme que la quiere con locura y que tiene
una floristería —también enorme— cerca del centro.
—Ya sabes, con sus flores. Plantando semillas. —La miro y frunzo el
ceño porque, durante un instante, le ha cambiado el tono de voz—. Tienes a
mamá muy cabreada, que lo sepas —añade, desviando la mirada y mi
atención.
—Sí, siempre he sido el hijo rebelde. El que no va a verla, el que no
llama, el que no sigue los pasos de sus predecesores, el que no come los
domingos con la familia.
En la cafetería, nos ponemos a la cola. No es muy larga y nos toca
enseguida. Las chicas nos saludan a ambos. Aunque no trabaja aquí, a ella
la conocen tanto como a mí; y la quieren más que a mí. Están preparando
los desayunos ahora mismo y huele muy bien. La boca se me hace agua
cuando veo que tienen el bocadillo que más me gusta de este sitio.
—Un café con leche y un cruasán de mantequilla.
—¿Qué pasa con las calorías?
Me ignora.
—Para él, un café solo y un sándwich vegetal. Pago yo todo —le indica
a la chica que nos atiende—. Si tú no haces dieta, yo tampoco.
Sonrío. Yo no hago dieta nunca, y ella lo sabe. Me gusta comer sano
siempre, pero el sándwich vegetal de este sitio no es de este mundo. Sé que
la culpa es de la mayonesa; esa que no suele estar en mi dieta.
La conversación se queda en stand by hasta que llegamos a la mesa,
donde, al ver que no hablo por iniciativa propia, me presiona.
—¿Me vas a hablar del patinador?
Bufo. Pensaba que volvería a preguntarme por la ruptura; si tengo que
elegir, lo prefiero. No quiero hablar del patinador. Me desquicia el
patinador. Y me desquicia que me desquicie el patinador. Desde hace tres
días —los que hace que empecé a rehabilitarlo—, la situación se ha vuelto
insoportable. Pero suspiro y se lo cuento todo hasta el día de hoy.
Evito la última parte. Está seria cuando acabo.
—Jolín, Gabriel, menuda responsabilidad te has echado a cuestas. ¿Eres
consciente de que ese no es tu trabajo?
Me callo. Sí, soy consciente. Muy consciente.
—Toda la vida te ha pasado lo mismo… Tú y tu empatía. —Me tenso al
instante y ella lo nota. Sabe en qué he pensado; qué he recordado—. Es
como con aquel perro que llevaste a casa, al que habían atropellado en la
carretera. —Intenta corregir el rumbo de mis recuerdos—. Cuando murió
fue como si hubiera sido por tu culpa. Estuviste sin hablar una semana.
Bueno, en aquel momento me sentía realmente culpable. Me encontré un
perro atropellado al que habían abandonado en la cuneta de una carretera y
lo llevé en brazos hasta casa para que mis padres lo ayudasen. Imagino que
fue una estampa de lo más desoladora para mi madre. No pudieron salvarle
la vida porque el perro ya estaba muerto antes siquiera de abandonar mis
brazos. Me culpé por no haberlo encontrado antes, en ese momento no
entendía que estaba sentenciado a muerte desde el momento en que lo
habían atropellado. Thali me persiguió toda esa semana —llegando incluso
a hacer guardia en la puerta de mi habitación hasta que me dormía— para
abrazarme cuando me echaba a llorar.
Años después, el lugar del perro lo ocuparía ella y, en esa ocasión, yo
estaría sin hablar durante meses. Pero de esos recuerdos no vamos a hablar.
Ella sigue viva. Vamos a dejarlo ahí.
—Thali, Neizan es un ser humano, joder. Y sus posibilidades no tienen
nada que ver con las de aquel perro. De todas formas… —dudo—, no creo
que, después de lo que ha sucedido hace un rato, quiera volver a verme.
—Sabía que me ocultabas algo.
Niego con la cabeza. A medida que va pasando el tiempo, me siento más
rastrero. Teniendo en cuenta el estado en el que está, no debería haberle
dicho todo lo que le he dicho.
—Si me lo cuentas, te cuento un secreto.
La miro con recelo, pero…
… esa mirada…
¡Dios, esa mirada! ¡De verdad tiene un secreto!
Le brillan los ojos de una forma especial cuando sabe algo que a mí
puede interesarme. Es el mismo brillo que tenía cuando descubrió antes que
yo quiénes eran realmente los Reyes Magos.
Me río.
—Eres imposible. Te odio.
Me devuelve la sonrisa. Y se lo cuento.
45 minutos antes…
Entro en su habitación como cada mañana desde hace tres días:
dispuesto a dar lo mejor de mí.
Me encuentro a una de las enfermeras junto a él. Han pasado a cambiarle
las sábanas y a lavarlo, y ahora lo están curando. Sigue sin querer salir de la
cama, a pesar de que Eric y yo lo hemos intentado incluso de forma
conjunta. El diálogo no funciona, y obligarlo no es una opción porque
podríamos hacerle daño. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que ha
hecho que se lleven el andador.
—Buenos días —saludo.
—Buenos días, doctor Ríos —me saluda la enfermera.
Él me ignora.
Y así llevamos tres días. Tres días de monosílabos y una actitud de lo
más negativa.
Lo entiendo… o lo intento. Aparte de lo obvio, tiene picos de fiebre, por
lo que, de momento, lo de irse a casa —a mi casa— está descartado. Lo que
ha empeorado considerablemente su, ya de por sí, precario estado de ánimo.
Yo mismo le di la noticia ayer; puntazo extra para mí.
—He terminado —anuncia la chica mientras recoge todo lo que ha
utilizado—. En breve le traerán el desayuno, señor Serra.
—Claro —responde él, muy cortante—. Aquí estaré, contando los
segundos con impaciencia. Por lo visto, no voy a ir a ningún otro… jodido
sitio. Haremos una fiesta con las galletitas. ¡Yupi! —Hace incluso el amago
de levantar las manos en puños, como si lo celebrase.
Imposible contestar con más ironía.
La chica, se tensa al instante. Es nueva y muy joven, no está
acostumbrada a lidiar con los pacientes que, de golpe, se ven lidiando ellos
con situaciones como esta. Ha tratado de ser amable, pero Neizan no se
encuentra en un estado de ánimo compatible con esa amabilidad. Ahora se
le nota que está deseando largarse de aquí.
Sé exactamente cómo la hecho sentir.
Incómoda, rodea la cama.
—Adiós —se despide. Mira a Neizan muy fugazmente, intentando ser
cortés, pero él ni siquiera se digna a mirarla.
—Adiós, Sierra. Gracias —le digo yo con la amabilidad que no ha tenido
Neizan.
—Adiós, doctor Ríos.
Me giro de nuevo hacia él nada más cerrarse la puerta.
—¿Se puede saber a qué ha venido eso? —le pregunto, enfadado.
No me mira, no me contesta, pero se remueve.
—Si quieres descargar tu irritabilidad con alguien, sigue haciéndolo
conmigo. Esa chica no tiene la culpa de lo que te ha pasado. Y yo tampoco,
dicho sea de paso. Pero mejor yo.
Ya está, lo he soltado, llevo tres días aguantando su indiferencia y ya no
voy a detenerme. Decir que es una situación complicada para él sería un
gran eufemismo, pero la paciencia tiene un límite; incluso la mía, y tengo
mucha.
Me ignora, por supuesto.
—Entiendo por lo que estás pasando, pero…
—Usted no entiende una mierda —me espeta, apretando la sábana con
fuerza entre sus manos. Irradia tensión.
—Entiendo que la vida te ha arrebatado cosas esta semana. Pero de ti
depende luchar para ver qué puedes recuperar.
—¿Qué sabrá usted de pérdidas?
Señor, dame paciencia.
Tengo que contenerme porque sé que no es fácil, que necesita superar la
pérdida. Me recuerdo, además, que su madre falleció hace tan solo dos años
y que —si la información de Google es cierta— su (supuesto) padre los
abandonó a ambos hace años, no se sabe la razón. Así que, está solo.
—Quizá no tanto como tú. Pero, en este caso, no sabes aún qué has
perdido. Te estás rindiendo sin ni siquiera haberlo intentado. No te vas a
casa, pero ¿te has parado a pensar que quizá es por tu culpa? El cuerpo no
sana si la mente no quiere hacerlo. Deja de compadecerte de ti mismo y sal
de esta puta cama. Reacciona. Tuviste mucha suerte. —Me fulmina con la
mirada, pero esta vez no abre la boca. Los ojos le brillan. Bien, estoy
consiguiendo una reacción, sea cual sea. Quizá me odie más aún después de
esto, pero no me importa—. Sí, he dicho suerte. No me mires así, a mí no
me das miedo. La muerte de otra persona puso la suerte de tu parte. Puedes
aprovecharla y demostrar que mereces esta oportunidad o meter la cabeza
en la tierra y no sacarla nunca. Pero a autodestruirte, créeme, a eso no voy a
ayudarte.
—Bien. Puede irse a la mierda entonces. ¡No le necesito! ¡Ni a usted ni a
nadie!
Y me voy.
Me voy porque creo que he dejado de medir mis palabras hace rato y sé
que voy a arrepentirme mucho después. Necesita asimilar lo que le ha
pasado, y hacerle más daño —aunque sea verbal— no va a ayudarle con
eso.
—Sí, lárguese usted también. ¡Y no vuelva! —Es lo último que escucho
(y seguro que el resto del hospital) antes de cerrar de un portazo.
Por lo menos esta vez no ha insultado a mi madre.
Ahora…
—Bueno, eso me ha gustado —me dice Thali, recostándose sobre la
silla, cuando acabo de contárselo—. Que sepa que tú no vas a compadecerte
de él. Es deportista de élite, sabe lo que significa esforzarse y lo que se
consigue con el esfuerzo. Solo necesita volver a encontrar el camino.
—Me he pasado.
—Tal vez. Pero él también lo ha hecho contigo y con los demás.
Necesitaba que alguien lo pusiera en su sitio.
La miro y me río, los años y la vida la han vuelto muy inflexible en lo
que a respeto y educación se refiere.
—Menuda sargenta estás hecha —bromeo.
—Y más que voy a tener que serlo en unos pocos años, tengo que ir
practicando —añade mientras toquetea el cruasán, antes de levantar la
mirada de nuevo.
Ese brillo en sus ojos.
La miro con extrañeza. ¿A qué ha venido eso?
«Ya sabes, con sus flores. Plantando semillas», recuerdo de repente.
Abro los ojos desmesuradamente, y ella me sonríe.
—Estás lento, hermano.
No puede ser.
—No es verdad —digo, con un tono de absoluta estupefacción, que
estoy seguro de que mi cara refleja a la perfección.
Sonríe más todavía, una sonrisa maravillosa y radiante. Esto sí que es
una gran noticia. Por fin lo han conseguido.
Con el corazón acelerado, me levanto de la silla al mismo tiempo que lo
hace ella y la envuelvo en un abrazo de oso.
—Joder, Thali, felicidades. —Ambos estamos llorando.
Hoy es difícil que nadie; y digo NADIE, me amargue el día.
Mi hermana está embarazada.
12
Neizan

M enolatefuese
el corazón a una velocidad desenfrenada y no puedo respirar. Si
porque ya estoy tirado en una cama, creo que tendría que
sentarme para no caerme al suelo. Me llevo la mano al pecho con
desesperación y trato de controlar la respiración. Las costillas protestan con
vehemencia.
¿Estoy sufriendo un ataque de ansiedad?
No. No es eso. Esto es distinto. Esto es un subidón. Por primera vez
desde que… bueno… eso, alguien se ha atrevido a contestarme y a
contradecirme. Alguien me ha hecho sentir algo; y he reaccionado. Nunca
me había puesto así con otra persona.
«¿Y en reanimación qué?», me recuerda una vocecita machacona que a
veces suena en mi cabeza. La ignoro, respiro hondo e intento ralentizar mi
corazón.
«Vuelve», quiero gritarle, a pesar de lo mucho que me ha dolido todo lo
que me ha dicho.
Todo lo que me ha dicho.
Vuelvo a coger aire despacio, intentando controlar el dolor de las
costillas, y miro a mi derecha.
Ahí, al lado del libro, el reloj, los pendientes que me quitaron en el
quirófano y varias gomas del pelo, tengo el teléfono, en silencio desde hace
días. Me lo dejó Eric en la mesa por si quería hablar con alguien. No he
sido capaz de enfrentarme a nadie. No he mirado mensajes.
No he mirado nada.
Alargo la mano e intento cogerlo. Me detengo y flexiono los dedos en el
aire porque me tiembla todo; estoy prácticamente acostado, si se me cae, no
podré recogerlo.
Con cuidado, lo desconecto del cargador y, cuando por fin lo sostengo
entre mis manos, lo aprieto contra mi hombro derecho e intento controlarme
porque todo el esfuerzo que había hecho, en lo que a ralentizar mi corazón
se refiere, no ha servido de nada. Suelto el aire despacio y lo levanto frente
a mi cara. La pantalla negra me devuelve mi reflejo. No me he lavado el
pelo en días, lo tengo hecho un desastre. Tal vez debería cortármelo, no es
práctico en esta… situación.
«No es el momento», me digo.
Lo enciendo.
En cuanto meto el código pin, empiezan a saltar avisos en la pantalla. No
puedo responder a nadie aún, no estoy preparado para las miles de
preguntas que querrán hacerme.
Abro Google y escribo: Neizan Serra accidente.
Tengo el corazón desbocado.
Abro la primera noticia.
«Neizan Serra ingresado en el Hospital Universitario de Barcelona
tras grave accidente de tráfico.
La noche del pasado 6 de abril, el patinador Neizan Serra,
ganador de un oro en los últimos mundiales de patinaje
artístico y clasificado para los Juegos Olímpicos de Invierno 2026,
sufría un grave accidente de tráfico en el centro de Barcelona.
En una rueda de prensa posterior, los especialistas médicos
que llevan su caso aseguraron que ahora mismo es difícil saber
si Neizan podrá volver a competir a nivel profesional.
El COE no se ha pronunciado todavía al respecto
de su participación en los Juegos Olímpicos».

Me detengo un segundo. Ahora mismo es mi corazón el que compite por


el oro olímpico.
«En ese mismo accidente, varias personas resultaron heridas
de diversa consideración y otras dos perdieron la vida;
el joven que conducía el vehículo que impactó con el de Neizan,
y una joven, Rocío Vals, al colisionar, inevitablemente,
contra el vehículo que impactó con el de Neizan
y recibir un segundo impacto posterior de otro vehículo.
Los testigos aseguran que el joven que conducía el vehículo
que impactó contra el de Neizan y el joven que conducía
el vehículo que lo hizo contra el vehículo de la joven Rocío,
circulaban a toda velocidad, ‘como si estuvieran echando una carrera’.
Esta información aún no ha sido contrastada ni verificada…».

No sigo leyendo. Debajo del artículo, hay un vídeo que reproduzco sin
pensarlo demasiado porque sé con certeza que no volveré a hacer esto.
En el vídeo, una reportera da la misma noticia que acabo de leer. Le
siguen imágenes del accidente en las que las palabras del doctor Ríos
cobran sentido de una forma muy dolorosa.
El vehículo de Rocío colisionó, ni un segundo después, contra el
vehículo que impactó conmigo. Unos segundos después, ella recibió un
segundo golpe que, de no haber estado ahí, habría recibido yo también. De
hecho, en las imágenes se ve que su coche y el mío llegaron a colisionar.
Voy a retirar la mirada para no volver a ver estas imágenes nunca más
cuando las imágenes de la colisión dan lugar a las imágenes de los servicios
de emergencias.
Por Dios, me grabaron dentro del coche mientras me atendían; mientras
me atendía Gabriel.
Empiezo a rellenar todos los huecos que tenía, producidos por las
pérdidas de consciencia, y lo veo trabajar dentro del coche con mucho
cuidado mientras los bomberos cortan hierros. Después de eso, me sujeta
para que mi cuerpo no se mueva mientras ellos terminan de arrancar la
puerta que quedó incrustada en mi pierna. De ese instante, el vídeo salta al
momento en que, ya sin puerta en el vehículo, me coloca el collarín por el
otro lado; recuerdo suplicarle que no quería morir. Sacarme del coche da
lugar a momentos de auténtica tensión, y que yo recuerdo muy dolorosos.
No puedo seguir viendo esto.
Ahora sí que creo que estoy sufriendo un ataque de ansiedad. Todo el
cuerpo me tiembla, tengo el corazón acelerado, náuseas y unas ganas
terribles de llorar.
Y en ese estado me encuentra Eric, al que no he oído entrar.
—Muchacho, ¿qué sucede? —pregunta con el rostro desencajado.
Se acerca a mí y yo dejo caer el teléfono, permitiéndole ver lo que me
está afectando tanto.
—Neizan…
Coge el teléfono y vuelve a dejarlo en la mesita, se sienta a mi lado y me
abraza con cuidado.
—Esa chica, Eric —lloro, devolviéndole el abrazo como puedo;
aferrándome a él.
—Lo que le sucedió a esa chica no fue culpa tuya, Neizan. Esa chica fue
una víctima, al igual que lo fuiste tú.
Tiene razón. La tiene. Pero yo no puedo dejar de pensar en ella.
En ella y en todo lo que me ha dicho Gabriel.
***
Está atardeciendo. Eric ha dejado la persiana levantada y la cálida luz del
sol inunda la habitación. Por primera vez en días, soy consciente de la
belleza a mi alrededor y me embriago de ella, del privilegio de poder ser
testigo de dicha belleza. Había olvidado los colores del cielo sobre el mar
Mediterráneo; los de otoño son mis favoritos, cuando parece fuego.
No vuelvo la mirada cuando la puerta se abre, sé quién es. Yo le he
pedido a Eric que le dijese que quería verlo.
—Neizan, siento lo que… —empieza mientras se aproxima.
—No —lo corto, no quiero escucharlo pedirme perdón.
Vuelvo la mirada hacia él y…
… hablando de belleza a mi alrededor.
Lo miro detenidamente por primera vez desde que lo conozco. Hasta
ahora había intentado fijarme solo en esos ojos tan fantásticos. Pero el
resto… Tiene el pelo rizado y negro, salpicado de alguna que otra cana, y
una barba de un par de días muy bien cuidada que enmarca unos labios…
—Soy yo el que le debe una disculpa, doctor Ríos —digo,
apresurándome a cortar mis propios pensamientos de raíz.
Se calla, pero no deja de mirarme con esos ojos suyos… tan verdes.
—Quiero que sepa que lamento mi…
—Neizan, detente —me corta—. Por favor.
Se acerca a los pies de la cama; parece incómodo, supongo que porque
empiezo a dar claras muestras de que estoy a punto de echarme a llorar. Por
eso, no quiero detenerme, tiene que dejarme hablar porque necesito explicar
por qué me he comportado como lo he hecho.
—Lo que me ha sucedido no es excusa para mi comportamiento. Estoy
seguro de que, en este mismo lugar, hay personas que están mucho peor que
yo. He sido un egoísta. Me he visto superado por… —Después de los días
que han pasado, aún me cuesta hablar de ello. Hay momentos en los que
todavía me cuesta creer que todo esto sea real.
—Neizan, es comprensible.
Trago saliva e intento organizar en mi cabeza lo que quiero decir.
—Quiero… pedirle disculpas por insultar a su madre aquel día. —Yo
adoraba a mi madre, y creo que es una de las cosas más rastreras que le he
dicho a nadie nunca. Me he arrepentido desde el momento en que esas
palabras salieron de mi boca—. Estoy seguro de que es una mujer
extraordinaria. También quiero… —Se me quiebra la voz—. Quiero darle
las gracias.
Y me rompo en mil pedazos.
De repente, empiezo a llorar y no puedo contenerme; ahora soy yo el que
se siente incómodo. Es como si hubiera entrado en una catarsis emocional y
me estuviera limpiando de algo. Entro en pánico cuando noto que se sienta
a mi lado en la cama y me coge la mano.
—Llora todo lo que necesites hacerlo. —Me sujeta esa mano, que yo
aprieto de repente con fuerza, y la envuelve con la otra también.
Y lloro.
Y así es como emprendo el camino hacia la aceptación.
13
Gabriel

C uando, hace poco más de una hora, Eric me ha escrito un mensaje


diciendo que Neizan quería hablar conmigo y que, por favor, no lo
dejase para mañana, pensaba que sería para cancelar nuestro acuerdo.
Por eso, y a pesar de que por la mañana dije que nadie iba a amargarme el
día, cuando he entrado por la puerta del hospital, reconozco que venía triste.
Me entristecía no haber conseguido que las cosas funcionasen entre él y yo.
Así que lo último que me esperaba era esto.
Verlo llorar me hace sentir muy impotente. Quiero decirle que todo irá
bien, pero no puedo porque podría ser mentira. Quiero decirle que tiene que
ser fuerte, pero no sé si ahora mismo es lo que quiere escuchar. Quiero
abrazarlo, pero no puedo porque eso no es lo que hace un médico, ¿no? No
podemos implicarnos emocionalmente.
Al final, lo único que hago es agarrarlo con fuerza con las dos manos y
dejarlo llorar.
No sé el tiempo que ha transcurrido cuando, por fin, vuelve a mirarme.
Tiene los ojos rojos y húmedos, pero también hay algo en ellos que no
había visto hasta ahora.
—¿Cuál es el plan? —pregunta con determinación.
Vale, no es una determinación férrea, hay miedo en su voz. Pero es lo
mejor que he visto hasta ahora en él, y no voy a dejar pasar la ocasión,
aunque sean casi las ocho de la tarde.
—A corto plazo —recalco—, que salgas de la cama ya.
—¿Cuándo?
—Ya —repito. No voy a darle la oportunidad de echarse atrás.
—De acuerdo.
Busco con la mirada, pero, entonces, me doy cuenta de que no voy a
encontrar lo que busco. Lo miro de nuevo antes de hablar.
—Tengo que ir a por el andador.
Traga saliva y asiente.
Me levanto de la cama decidido.
—Ahora vengo.
Cuando cierro la puerta de la habitación, me quedo un momento en
medio del pasillo con la mano sobre el tirador de la puerta. No me puedo
creer lo que acaba de pasar ahí dentro.
—¿Gabriel? —me pregunta Beth, sorprendida. Cuando he llegado, ella
no estaba en el control, y no me ha visto—. ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí
otra vez y a estas horas? —Sí, mi nivel de implicación en este caso está
muy muy fuera de lo normal.
—¿Y tú? ¿Cuántas horas te he visto aquí esta semana?
—Verás… —titubea—. Me caso, y estoy haciendo algún turno extra.
Me acerco a ella sonriendo.
—Vaya. Felicidades. Qué callado te lo tenías.
Se avergüenza, algo muy raro en ella.
—Sí, lo he anunciado esta semana. No te lo he dicho por… toda esta
situación. —Gesticula hacia la puerta de la habitación de Neizan.
Sí. Volviendo a esta situación…
—Guardasteis el andador, ¿verdad?
—Sí.
—Voy a buscarlo.
—Puedo traerlo, doctor Ríos —se ofrece Sierra.
—No. Voy yo.
No espero a que me contradiga. Decidido, voy a la habitación donde se
guardan los dispositivos y equipos de movilización para pacientes.
Hay cuatro andadores. Me entretengo un rato en elegir el que me parece
más estable. También, como Neizan medirá, como mucho, diez centímetros
menos que yo, le regulo las cuatro patas a una altura que creo que le irá
bien.
Regreso a la habitación con un ánimo distinto al que tenía cuando he
llegado al hospital. En el control vuelve a estar solo Sierra.
—¿Dónde está García?
—Ha ido a por un café.
—Os necesito a ambas. Y, por favor, traed un carro de curas.
—Por supuesto, doctor Ríos —me responde con amabilidad.
Ella abandona el control y yo me dirijo a la habitación. Suspiro en la
puerta.
—Por favor, que esto salga bien —murmuro antes de entrar.
El sol ya se puso hace rato y, ahora, la habitación está en penumbra.
Neizan tiene encendida solo la luz que hay por encima de su cabeza. La tele
también está encendida, pero no tiene sonido. Para mi sorpresa y deleite, me
lo encuentro leyendo. De una forma muy precaria, eso sí. Dado que no
puede sostener peso, tiene el libro apoyado sobre la pierna derecha
flexionada, sujeto con la mano; no sabía que necesitase gafas. Lee a
Stephen King. Me encanta King. Se sorprende cuando me ve y,
avergonzado (no entiendo el porqué), se quita las gafas enseguida.
Entonces su mirada se desvía a lo que traigo entre las manos. Mira el
andador con recelo; no puede ocultar el desasosiego que le produce.
—Neizan, sé que ahora mismo solo ves la parte negativa de todo esto —
intento tranquilizarlo—, pero es temporal.
—Estoy listo. —Su tono de voz delata que está tratando de controlar
todas esas emociones tan negativas.
—Vale.
Después de subirle la cama a una altura que le permita estar casi de pie a
la vez que sentado, la incorporo hasta casi el ángulo recto.
—¿Vas haciendo los ejercicios respiratorios que te enseñe? —le
pregunto para intentar distraerlo. Está muy asustado y yo quiero que se
enfrente a esto lo menos tenso posible.
—Sí —musita.
—Debido a las fracturas costales, esto será doloroso al principio, no voy
a mentirte. Pero lo harás tú solo antes de lo que crees —insisto—. Bien.
Voy a sujetarte al pierna izquierda y a traerla hacia mí. Con mucho cuidado,
y haciendo solo fuerza con el brazo derecho, acompaña tu cuerpo a mi
movimiento.
Asiente y traga saliva.
Con cuidado, sujeto su pierna izquierda y ambos comenzamos a
movernos, pero llega un punto en que se contrae por el dolor.
—Despacio —le digo—. Voy a bajarte las piernas, si el dolor es
demasiado, por favor, no lo ocultes. Tampoco ocultes si te estás mareando.
Asiente.
Poco a poco, le bajo la pierna hasta el suelo y se queda sentado en el
borde de la cama.
—Si estás solo y te es necesario moverte, este movimiento hazlo
cargando todo el peso de la pierna izquierda sobre la derecha —le explico
—. ¿Siguiente paso?
Asiente. No me dice nada porque, pese al dolor, seguro que esto ahora
mismo es un gran acontecimiento para él. Entre una cosa y otra, lleva
demasiados días postrado en la cama, cuando estaba acostumbrado a una
gran actividad deportiva diaria. No quiero ni imaginar lo que debe suponer
para él estar alejado del hielo.
Coloco el andador frente a él y me coloco a su izquierda. Me inclino y le
paso la mano por la cintura.
—Yo compenso el lado izquierdo. Arriba.
Una vez incorporado, durante unos segundos, su rostro y el mío se
quedan a escasos centímetros. Me tenso, no quiero hacerlo sentir incómodo,
pero su cara permanece imperturbable.
Carraspeo.
—El peso sobre la pierna derecha. ¿Dolor?
Niega. Estoy muy seguro de que no es cierto, pero, si lo soporta, el dolor
no le hará ningún mal, le hará sentir algo real, que está vivo.
—¿Puedes aguantar?
—Creo que sí.
—Neizan…
—Sí. Sí que puedo.
Y sonríe. Es una sonrisa tensa; pero, por primera vez, lo veo sonreír.
—Bien. ¿Ves el sillón?
—Sí.
—Ese es nuestro destino.
Conmigo a su lado, empieza a caminar. La fuerza con la que se sujeta al
andador y cómo traga saliva de forma compulsiva, dejan en evidencia que
está atemorizado, que cree que eso que lleva clavado al hueso le va a fallar
y se va a caer al suelo. Nada más lejos de la realidad; primero, porque yo no
dejaría que eso sucediera, y segundo, porque lleva el hueso bien sujeto.
—¿Dónde está Eric? —le pregunto para que no piense en el dolor.
—Lo he mandado al hotel. Ese sofá —jadea y hace un pequeño gesto
con la cabeza hacia el objeto en cuestión, pero sin desviar la mirada de lo
que tiene en frente— no parece muy cómodo.
—No lo es —corroboro.
—¿Y lo sabe porque…?
«He dormido en uno de ellos más de una noche».
—Porque soy muy listo.
Por la cara que ha puesto, sé que mi respuesta no responde su pregunta,
pero no insiste.
—Doctor Ríos… —se calla unos segundos y se detiene; apenas hemos
dado unos pasos—, cuénteme algo que me anime y que no tenga nada que
ver con todo esto que me rodea. Por favor —jadea.
Sorprendido, pienso en qué contarle; tiene que ser algo agradable. Y,
quizá porque ya estaba pensando en ella, me acuerdo de la noticia que he
recibido hoy. Tengo ganas de hablar de ello, pero Héctor no es una opción
porque debe ser la propia Thali la que se lo cuente a él y a Noelia. Pero a mí
me hace tan feliz que necesito contárselo a alguien. Además, va a vivir en
mi casa, acabará enterándose de todos modos.
—Voy a ser tío —le cuento, muy orgulloso—. Hoy me he enterado de
que mi pequeña hermana está embarazada. Y es una gran noticia. Les ha
costado mucho.
Neizan se detiene de nuevo, y yo con él. Nos miramos unos segundos…
hasta que sus ojos se desplazan ligeramente hacia abajo.
Carraspea y desvía la mirada al instante.
—Felicidades —me dice algo tenso, dándome a entender después que
quiere continuar—. Felicite a su hermana de mi parte.
Me hago el tonto. ¿Qué ha sido eso? No entiendo qué es lo que acaba de
suceder ahora mismo, pero ha sido algo raro.
—Se llama Nathalia. Thali para la familia; se lo puse yo de niños para
que su diminutivo y el mío sonasen igual. —No sé por qué le estoy
contando esto, la verdad. Quizá porque estoy contento—. Estoy seguro de
que no tardarás en conocerla. Podrás felicitarla tú.
Ha dado un par de pasos más cuando me atrevo a decirle lo que hace un
rato que me ronda por la cabeza.
—Voy a ser tu rehabilitador, pero vamos a vivir en la misma casa —le
comento—. ¿Qué tal si empiezas a llamarme Gabriel?
Nos detenemos otra vez, se gira despacio y me mira de nuevo. No soy
capaz de descifrar qué piensa, está muy serio.
—De acuerdo —acepta—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué lo haces?
No ha pronunciado mi nombre, pero me tutea. Bien.
—¿El qué?
—Abrirme las puertas de tu casa, rehabilitarme.
Pienso bien la respuesta, no quiero volver a hacerlo mal.
—Abrirte las puertas de mi casa porque, para ti, ahora mismo sería una
tortura y un riesgo viajar, y yo tengo espacio de sobra —respondo—. Y
rehabilitarte… Te diría que porque me lo ha pedido Eric…
—Será… —sisea—. Eso no me lo dijo.
—… pero no sería del todo cierto.
Dudo. No quiero darle falsas esperanzas, pero estoy dispuesto a ayudarlo
hasta donde él quiera llegar. Esa no fue una opción que yo pusiera sobre la
mesa, pero acepté sin dudar porque sé que yo le voy a poner la dedicación y
el esfuerzo que él necesita.
—Neizan, esto no se acaba aquí. Aún no sé qué puedes recuperar, pero
esto no se acaba en la cama del hospital.
Baja la mirada. Creo que lo hace de nuevo hacia el fijador.
—Siento mucho lo que te dije —se disculpa, pillándome por sorpresa—.
No era cierto. Y… prometo dar lo mejor de mí.
Sé que se refiere al momento en que me culpó de joderle la vida. No voy
a negarlo, cuando haces lo que crees mejor para un paciente y él reacciona
de ese modo, duele. Sabes que no es verdad y que te lo dicen a causa del
estado emocional en el que se encuentran, que, en ese momento, culpar a
alguien era lo que él necesitaba, pero cuesta aceptarlo.
Asiento, no quiero a hacerlo sentir peor con ningún tipo de comentario, y
continuamos caminando.
Justo cuando llegamos a la altura del sillón, entran las dos chicas en la
habitación con el carro de curas. Beth sonríe de oreja a oreja al verlo
levantado.
—Pero mira esto —exclama en tono jovial, a pesar de que les he pedido
algo que está fuera de la rutina del hospital—. Por fin lo tenemos de pie.
¡Serra, eres más alto de lo que parecía!
Es una de las razones por las que en este hospital se la quiere
muchísimo. Aparte de ser buena y poner una absoluta dedicación en lo que
hace, Beth es una persona maravillosa y positiva.
—Solo Neizan, por favor.
—Neizan, por si aún no lo sabes, ella es Beth, un dinosaurio del ala de
trauma —bromeo.
Ella abre mucho la boca y frunce —también mucho— el ceño.
—¡Eh! ¡Dinosaurio serás tú!
Y Neizan se ríe.
Se. Ríe.
—¿Y tú? —le pregunta a la nueva.
—Montse —responde ella un poco cohibida.
—Montse, siento mucho cómo te he tratado esta mañana.
—Disculpas aceptadas. —Creo que, aun así, Neizan la intimida mucho.
—¿Tú también haces turnos extras? —le pregunto yo.
—Yo estoy haciéndole un favor a una compañera.
Vuelvo a mirar a Neizan.
—¿Te atreves con algo más de acción?
—¿Qué significa eso? —pregunta, reacio.
—Si a estas chicas no les importa, tal vez puedas llegar al baño —tiene
la puerta al lado— y asearte un poco si quieres. Para cambiar un poco la
rutina.
—Será un placer —responde Beth.
—¿Qué me dices?
Sonríe de nuevo, y asiente.
Despacio, volvemos a caminar.
—Todo vuestro —les digo cuando ya está en el baño.
Salgo para no dejar el control vacío y, mientras, me dedico a mirar
informes. Cuando llego al de Neizan, me alegra ver que esta tarde ya no
había fiebre. Mi humor cambia radicalmente.
Veinte minutos después, la puerta de la habitación vuelve a abrirse.
—Está listo —me avisa Beth.
—¡Mírate! —exclamo cuando entro y lo veo con el cabello limpio, con
una bata que no está arrugada y de nuevo sentado al borde de la cama—.
Ahora pareces un ser humano.
—Estas dos chicas llaman «ir vestido» a cualquier cosa, y me sugieren
que no lleve ropa interior durante un tiempo —comenta, fingiendo
despreocupación.
—Bueno, es bastante incómodo ponerla y quitarla con el… —Me callo.
Y el silencio que he dejado se vuelve un poco incómodo.
—Fijador óseo, doctor Ríos. Dígalo. Este y yo vamos a tener que
llevarnos bien. Ignorarlo no me está funcionando. —Señala los hierros que
lleva clavados al hueso. Vuelve a querer sonar despreocupado, pero esta vez
no lo consigue—. Pesa bastante, por cierto.
No deja de sorprenderme su cambio de actitud. No ha cambiado nada,
está claro que le sigue afectando mucho, pero ahora parece decidido a que
esto no pueda con él.
—Te acostumbrarás. —No añado nada más—. Vamos a recostarte de
nuevo.
Repetimos maniobras a la inversa hasta que está de nuevo en la cama.
—Buenas noches, Neizan.
—Hasta mañana, doctor Ríos.
—¿No habíamos quedado en que me ibas a llamar Gabriel?
—Solo intentaba no socavar tu autoridad…, Gabriel.
Las chicas se echan a reír por el tono con el que ha dicho mi nombre;
recochineo puro.
—Ya me la socavo yo solito, créeme.
Cuando salimos por la puerta, me dirijo hacia Beth. Al ir a buscar el
andador, he estado pensado en una conversación que tuve con Eric sobre lo
que va a necesitar Neizan, y he pensado en ella.
—Beth, ¿tienes cinco minutos más?
—Claro, aún falta un rato para la ronda.
—¿Cuándo te casas? —le pregunto cuando tengo su atención.
Mi pregunta la descoloca un poco, pero sonríe.
—En seis meses. ¿Quieres venir a mi boda, jefe?
Pongo los ojos en blanco. Esta chica es de lo que no hay.
—Si me invitas, iré encantado. Pero lo que quiero es proponerte algo.
—Tú dirás.
—Has comentado que haces turnos extra. Para conseguir algo de dinero
extra, supongo.
Asiente.
—Verás, he pedido una excedencia.
Abre la boca sorprendida.
—¡No! Esto no será lo mismo sin ti —se lamenta—. ¿Se me va mi
partner de cotilleos?
Madre mía, si recursos humanos escuchase nuestras conversaciones…
—Creo que no te faltarán partners de cotilleos. Estoy seguro de que ya
estás poniendo al corriente de todo a Sierra —me burlo. Ella se ríe—. Verás,
Neizan no tiene familia aquí, y no quisimos que se tuviera que trasladar a
Canadá en su estado. Me ofrecí para darle alojamiento, y su entrenador
accedió si, además, lo rehabilitaba yo.
—¿Intentará competir de nuevo?
—Eso ya lo veremos.
—¿Y qué pinto yo en todo esto?
Allá voy.
—Queremos una enfermera para él. Se te pagaría muy bien.
—Pero ¿tú no puedes…?
—¿Yo? Por supuesto que no. Yo soy su médico y, cuando salga de aquí,
su rehabilitador. Queremos a alguien que cuide de él y de sus heridas hasta
que pueda hacerlo por sí mismo.
—¿Poniendo límites, por si acaso?
¿Límites?
—¿Por si acaso qué? —pregunto, porque no sé a qué se refiere.
—Síndrome de Florence Nightingale y esas cosas —bromea.
Porque está bromeando, ¿no?
Me quedo de piedra. Durante unos segundos no sé ni cómo reaccionar.
—Para empezar: no es un síndrome. Y no, repito, no soy su cuidador. Ni
quiero serlo. No quiero… Solo quiero… —Me he bloqueado—. Solo quiero
ayudarlo a recuperarse de… Joder, ¿por qué piensas…?
—Bueno, él es gay, todo el mundo lo sabe. Tú no tienes problemas con
una cosa u otra, y… —Se detiene al ver la cara que pongo. Si refleja lo que
siento, seguro que debo de ser un cuadro—. Estoy bromeando, Gabriel.
—¿Eso también lo sabe todo el mundo?
—¿El qué? ¿Qué eres bi? A ver, hay cosas que se notan. Y discreto no
eres. Tú mismo acabas de admitirlo delante de él.
Joder.
—¿Alguna vez has sentido que me extralimitaba contigo?
—¡¿Pero qué dices?! ¡No! No me refería al trato que tienes con la gente;
tú eres simpático con todo el mundo. Pero en las cenas de empresa hablas
mucho. Créeme, mucho.
—¡Madre mía! —exclamo, abochornado. No puedo seguir con esta
conversación—. De todas formas, no… ¡Por Dios, le saco más de diez
años! —«Y Neizan, si no me odia, le falta poco», añado en mi cabeza.
—¿Y? ¿En serio eso te supone un problema?
—Bueno… no lo sé. No… Ni siquiera me he planteado…
—No te imaginaba así.
—¿Así? ¿Así cómo? —pregunto, incrédulo.
Va a abrir la boca de nuevo, pero la corto.
—No. No me contestes. ¡No sé ni por qué te sigo el rollo en esta
conversación tan absurda! Para mí Neizan no es un pajarillo malherido al
que debo curar. Su cuerpo sanará por sí solo. Solo quiero ayudarlo para que
vuelva a subirse a unos patines.
Beth sonríe.
—Sí que quieres que vuelva a competir.
Joder, ha sido una conversación de lo más absurda. Pero, sí, esto último
es verdad: si él quiere, quiero que se suba de nuevo a los patines.
¿A qué nivel? Ya veremos.
14
Neizan

N ola puedo dormir. Y cuando uno no puede dormir en una situación como
mía, es desquiciante. Me gustaría poder caminar de arriba abajo;
moverme me ayuda a pensar, me relaja.
Pero. No. Puedo. Moverme.
Ha sido un día que difícilmente olvidaré, como estar subido en el
Dragon Khan de las emociones.
De buena mañana, el doctor Ríos me ha dado una buena dosis de
realidad. Lo necesitaba, he sido muy mezquino con la enfermera. También
tenía que darle las gracias por muchas razones, y lo he hecho. No
podría decir que con eso haya superado nada, ni muchísimo menos, pero es
como si hubiese despertado de un letargo. Y creo que voy en la dirección
correcta.
Ahora mismo, tampoco puedo decir que lo que tuve aquella noche fuese
suerte; ni Rocío ni yo, pero está claro que fui más afortunado que ella.
Me he lavado y he usado el retrete. ¡Oh, sí! Después de tantos días en
cama, es algo que te devuelve parte de esa dignidad que te roba la
dependencia que provoca la inmovilidad. Y he caminado un poco…
Sí, bueno… he(mos) caminado.
Y todas esas cosas deberían haberme dejado exhausto. Pero aquí estoy,
mirando al techo porque, mientras… caminábamos, no sé qué ha pasado.
Pero ha pasado algo; algo que me confunde mucho.
Gabriel.
Gabriel es el motivo de mi confusión.
Y digo «Gabriel», no «el doctor Ríos».
Desde que me desperté en este horrible lugar, he intentado reconciliarme
con el hecho de que él, el hombre que consiguió tranquilizarme con su voz
en el peor momento de mi vida —una voz que me hace estremecer cada vez
que la escucho—, es el mismo que me incrustó esta cosa metálica en la
pierna.
Los he separado. A esos dos hombres. Lo necesitaba. Lo sé, es injusto,
ilógico e irracional. Soy el primero que no entiende los sentimientos tan
negativos que tengo hacia una persona que solo quiere ayudarme: hacia el
médico.
Lo superaré. Creo que hoy he dado un paso muy importante, que estoy
empezando a aceptarlo; a aceptar que esta cosa me ayuda; que él quería
ayudarme.
La mente a veces se comporta de un modo extraño.
Porque, también hoy, ha sucedió otra cosa: me ha pedido que lo llame
Gabriel.
Solo Gabriel.
Y Gabriel —el hombre—, me ha hablado de su hermana con un amor
infinito. Esa voz ha vuelto a envolverme de algo que no puedo describir.
Nos hemos mirado…
Y… esos ojos verde fantasía hacen que…
Y tiene un lunar encima del labio superior que no había visto y que…
Y luego yo…
Joder, ¡qué voy a vivir en su casa!
Idiota. Idiota. IDIOTA.
Cojo el libro de la mesa y sigo leyendo, pero es incómodo leer así.
Además, a quién quiero engañar, no logro concentrarme.
Cierro los ojos e intento obligarme a dormir. En otras circunstancias
estaría dando vueltas en la cama.
Pero. Tampoco. Puedo. Dar. Vueltas. En. La. Cama.
Suspiro, dejando salir el aire despacio, y muevo la mano hasta que noto
el frío. Tanteo unos segundos los tornillos. El corazón empieza a
aporrearme el pecho y la mano comienza a temblarme.
No puedo. La ansiedad se apodera de nuevo de mí y los ojos se me
llenan de lágrimas.
«Neizan, es temporal», recuerdo que me ha dicho.
Ese. Ese es uno de los pocos momentos en los que el doctor Ríos y
Gabriel se fusionan y confluyen juntos. Uno de esos momentos que yo sé
que me ayudarán a reconciliarme con el médico.
Con los ojos anegados de lágrimas y la mano apretando con fuerza las
sábanas, me quedo dormido.
***
Me despierto de golpe, con el corazón acelerado y respirando con
dificultad, con los restos de mi último sueño aún en los límites de la
conciencia, antes de ser olvidado.
Y la noto.
Mierda.
Bajo la mirada y ahí está. Es la primera vez que me sucede desde el…
accidente; con esta palabra también voy a tener que reconciliarme. Tengo
una jodida erección mañanera, y me niego a rememorar lo que estaba
soñando. Porque lo recuerdo. ¡Oh, sí! Claro que lo recuerdo.
Nítidamente.
Esto es surrealista.
Intento pensar en cosas que me bajen el calentón, pero no hay manera;
llevo días sin masturbarme y estoy seguro de que la medicación que me
están metiendo tampoco ayuda. Así que, pasados unos minutos, esto sigue
como un jodido mástil.
Y su mirada vuelve a mi cabeza. Su mirada y ese… ¡Para!
Me planteo la posibilidad de intentar salir de la cama como él me enseñó
anoche. La descarto al instante; sería una absoluta insensatez por mi parte
tan solo intentarlo porque las costillas me duelen con tan solo respirar.
Tampoco tengo su fuerza para ayudarme a… ¡Qué pares!
«No pienses en él ni en su fuerza ni en ninguna otra puñetera cosa que
tenga que ver con él», me recrimino.
Pienso entonces en hacer lo que sea aquí mismo; tengo pañuelos encima
de la mesita. Pero, si lo hago, tiene que ser ya; en breve empezarán a entrar
enfermeras con termómetros, tensiómetros y medicación; las chicas con el
desayuno…
Y él.
¡Y esto no se baja!
A la mierda, necesito liberarme.
Bajo un poco la sábana —mancharla no es una opción— y meto la mano
bajo la bata. En cuanto me toco, sus labios y ese… jodido lunar que tiene
justo encima del arco de cupido vuelven a mi mente, y la polla me palpita
entre los dedos.
Esto sí que es horrible.
Y, aunque empiezo de una manera brusca y rápida, acabo deslizando la
mano por mi erección con una lentitud y suavidad absoluta. No tardo
mucho en correrme a lo grande. Aún siento las pulsaciones entre mis dedos
cuando él vuelve a ocupar su sitio en mi cabeza…
… y la puerta de la habitación se abre.
Giro la cabeza para ver a Beth paralizada, con la puerta abierta y una
cara que deja claro que es consciente de la situación en la que acaba de
pillarme.
Para mi sorpresa y mayor vergüenza, ella no parece en absoluto
avergonzada. Al contrario, me mira con una sonrisilla de lo más descarada.
—Vuelvo en diez minutos —me suelta. Y se larga.
¡Fantástico! ¡Esto es maravilloso!
Una enfermera acaba de pillarme haciéndome una paja, y, lo que es peor,
Gabriel, el hombre con el que voy a vivir —en su casa— y que va a
rehabilitarme, me pone.
Me pone mucho.
15
Gabriel

éctor:
H ¡Tío! ¡Qué vas a ser tío!

Me echo a reír al ver el mensaje. Thali ya ha hablado con él y con


Noelia.
Yo:
¿Te vienes a correr conmigo?

Héctor:
Me encanta que me digas guarradas a primera hora de la mañana.

Uf, que insoportable es a veces. Y luego en persona se tensa cuando sale


el tema de mi supuesto enamoramiento… Aunque, pensándolo bien… Es la
primera vez que bromea con esto.
—No voy a comentar nada al respecto, no vaya a ser que vuelva a
espantarse —murmuro al vacío de mi casa con una sonrisilla.
Yo:
Responde, imbécil.

Héctor:
¿Y tú tienes quince años de estudios universitarios?
Menudo vocabulario. Habla bien, idiota.
Estoy en tu puerta en diez minutos.

Qué tonto es. Vuelvo a reírme.


Aprovecho para sacar todas las cajas vacías que han quedado
desperdigadas por casa después de montar la habitación para Neizan. Ya
está todo listo. Espero que se sienta como en su propia casa.
***
Vivimos muy cerca uno del otro desde hace un par de años, así que, menos
de diez minutos después, Héctor me pilla al lado del contenedor pisoteando
cajas para reducir su tamaño.
—¿Le ayudo, doctor Ríos?
—Claro, De Los Reyes.
Se acerca a mí y me tiende la mano, no sé por qué. Cuando se la
estrecho, me abraza.
—Felicidades, futuro tío Gabi.
Me río, nervioso. Madre mía, qué vuelco me acaba de dar el corazón. Ni
lo había pensado.
—Tío Gabi —murmuro—. Qué fuerte, Héctor.
Cuando nos separamos, estoy emocionado. Qué subidón he sentido de la
nada. Ayer con mi hermana no llegué a hacerme a la idea, me alegré
muchísimo por ellos dos, pero no pensé en lo que significaría para mí.
Luego el día se me fue volando entre una cosa y otra, y ahora, de repente, la
realidad de esto me ha dado en toda la cara. O en todo el corazón.
De verdad voy a ser tío.
—Vas a ser un tío genial, ya lo verás.
—Voy a ser el mejor tío del mundo.
—Bueno, tampoco te pases.
Riéndonos, me ayuda a meter todos los cartones en el contenedor.
—¿Qué es todo esto? —pregunta, observando las fotografías de algunas
cajas.
—Hemos montado una habitación para Neizan.
—¿«Hemos»?
—Su entrenador y yo.
Héctor asiente. Echamos a caminar hacia el parque donde vamos a correr
siempre, a orillas del pantano. Hoy solo vamos él y yo; a Sandro hace días
que no lo veo. Es temprano, y la temperatura es agradable todavía, este año
hace calor ya en abril.
—¿Y cómo está el patinador?
Me río al oírlo referirse así a Neizan.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Thali me preguntó por él ayer, llamándolo del mismo modo.
Hemos llegado al parque, y empezamos a estirar. Pese a lo temprano que
es, ya hay gente corriendo y paseando, solos o acompañados de sus
mascotas. Algunos nos saludan al pasar, no porque nos conozcan, pero el
barrio no es muy grande y las caras por aquí suelen ser siempre las mismas.
Aunque tengo que admitir que han aumentado las miradas de curiosidad y
he pillado a algún que otro furtivo con el teléfono en la mano. Más de uno
sumaría dos más dos cuando me vio en la tele, en plan «¡eh, ese es el tío
con el que me cruzo en el parque por las mañanas cuando saco a pasear al
perro!». Además, mi familia siempre ha vivido aquí. «Sí, soy yo», me dan
ganas de decirles cuando los veo. Pero paso.
—Está mejor, pero no es un caso fácil. Su vida ha girado ciento ochenta
grados. No está gestionando bien el fijador externo y la inmovilidad de la
cama de un hospital no es fácil de llevar. Llevaba días bloqueado, sin
permitir que lo sacásemos de la cama, y antes de ayer le dije que no
podíamos darle el alta porque tenía picos de fiebre. Al día siguiente, estaba
muy desanimado y se comportó de forma muy desagradable con una de las
enfermeras. Le eché la bronca y me gritó otra vez. Al final del día
hablamos. Me pidió disculpas y me dio las gracias. Salió por fin de la cama
y pudo hacer algunas cosas que le hicieron sentir mejor. Una locura. Solo
espero que en casa se sienta relajado y tranquilo.
Héctor se echa a reír.
—Madre mía, el patinador ha puesto tu vida patas arriba.
—La vida del patinador se ha puesto patas arriba. Yo solo estoy más
entretenido desde que su vida se ha puesto patas arriba.
Héctor se acerca a mí y me acaricia el brazo para darme ánimos.
—Saldrá bien.
—Eso espero. Que deje de ser una vivencia negativa y empiece a sumar
ya. Creo que ya le han arrebatado demasiadas cosas.
—¿Sabes cómo va el caso?
Asiento mientras estiro el brazo por detrás de la cabeza. Obviamente,
formo parte del informe policial y me tomaron declaración.
—Lo van a procesar por homicidio imprudente. Con diecinueve años.
—¿Neizan tendrá que formar parte del juicio?
—Si se llegara a eso, sí. Recuerda el coche que se le echó encima, a mí y
a los bomberos. Poco más. Creo que Eric aún no ha hablado con él de nada
de esto. Y no creo que Neizan ahora mismo quiera recordar nada de eso ni
pensar en juicios o indemnizaciones. De todas formas, todo esto suele ir
despacio, y, en este momento, no le hace ningún bien pensar en eso.
—¿Y tú?
—Depende de lo serio que se ponga todo. Tal vez se llegue a algún
acuerdo antes. O no. Hay muchas víctimas, entre ellas una mortal y otra que
acabará con secuelas. Sé que las víctimas de un accidente de tráfico pueden
presionar mucho cuando se trata de que pague el seguro, pero, la verdad, es
que no controlo mucho este tema.
Héctor me mira; me evalúa durante unos segundos. Pero estoy bien. Las
cosas entre Neizan y yo han empezado a mejorar. Sí, estoy bien.
—Corramos. Necesitas despejarte un poco.
—Estoy de acuerdo.
Echamos a correr.
***
Cuando regreso a casa, me ducho, me cuelgo la mochila y salgo volando
para el hospital.
—¿Me dedicarás cinco minutos hoy? —me pregunta Beth cuando llego a
planta.
—Claro.
Ayer no me dijo ni sí ni no, solo que se lo pensaría. Imagino que querrá
saber qué opciones tiene, porque le planteé la oportunidad, pero no le hablé
de sus responsabilidades ni de horarios ni de sueldo.
Miro el informe de Neizan y sonrío; hoy tampoco hay fiebre. Bien.
Entró en la habitación y me lo vuelvo a encontrar leyendo. Sonrío de
nuevo.
—¿Cómo va Geralt?
Cierra el libro y me mira unos segundos.
—Muerto —responde, a secas, quitándose las gafas.
¿Qué le pasa? Parece molesto.
—Pues aún le queda algo peor que eso.
Me fulmina con la mirada.
—Odio los spoilers, doctor Ríos.
¿Doctor Ríos? De acuerdo.
En silencio, preparo todo y me pongo a su lado, y, despacio, empiezo a
masajearle la pierna izquierda para poder movilizársela después.
—Intenta hacer algo de fuerza —le pido cuando sostengo su pie con una
mano y con la otra la rodilla, por debajo; tenemos que evitar a toda costa
que se le atrofie.
No ha vuelto a abrir el libro, pero no me mira. No lo entiendo, ayer
parecía que habíamos avanzado algo, que las cosas empezaban a ir bien.
Insisto.
—¿Te gusta King o es un libro al azar?
Tensa el rostro y cierra los ojos cuando se la flexiono un poco.
—M-me gusta —gruñe.
—¿Cuál es tu libro favorito de él?
Tarda en responder, y, cuando lo hace, lo hace de un modo que no me
esperaba.
—No me apetece hablar, doctor Ríos.
Durante unos minutos ninguno habla. No sé qué ha podido suceder, pero
doy por hecho que yo no tengo nada que ver con lo que sea que haya
alterado de nuevo su estado de ánimo porque no nos hemos visto desde
ayer. Y como ha dicho «no me apetece hablar», seguiré hablando yo.
—El mío es precisamente el que te estas leyendo.
No responde, y yo continúo hablando de King.
—Vuelve a hacer un poco de fuerza —le pido poco después.
Me hace caso, pero sigue sin mirarme y veo cómo aprieta los puños.
—Neizan, mírame.
Abre los ojos y suspira. Gira la cabeza y me mira. Tiene el pelo suelto,
extendido sobre la cama. Al ser oscuro, enmarca su rostro, haciendo que se
vea más pálido y que las pecas que cubren su nariz resalten más. Aún lleva
un apósito en la frente y el hematoma, que le llega incluso bajo el ojo,
empieza a ser multicolor; necesita que le dé el sol. Tiene unos ojos marrón
avellana preciosos, que hoy muestran algo que soy incapaz de descifrar.
—Sé que no es fácil, pero intenta mirar cómo se mueve tu pierna. Intenta
visualizar el músculo que te pido que pongas en movimiento.
—D-de acuerdo.
No lo presiono más, no sé qué mosca le habrá picado hoy. Lo noto tenso
cuando nos dedicamos a su respiración, y así no vamos a poder evitar las
contracturas. Durante la hora restante, volvemos al silencio y a las órdenes
concisas.
Genial.
—Esta tarde vendré a dar un paseo contigo —le informo antes de irme.
No espero respuesta. Tampoco la obtengo. Al salir de la habitación, me
encuentro con Eric.
—Buenos días, Gabriel.
—Hola, Eric.
—¿Cómo va?
—Despacio. ¿Qué le sucede hoy?
Eric me mira con extrañeza.
—¿Hoy? Nada. Yo lo he visto mejor que ningún día.
—Perfecto, sí que tiene que ver conmigo —murmuro con fastidio.
—¿Qué sucede?
—Nada, no te preocupes.
Se va mañana, así que no voy a llenar su cabeza con tonterías. Tiene
suficiente con lo mal que se siente por dejar a Neizan aquí. Ya
solucionaremos Neizan y yo lo que sucede entre nosotros. Aunque yo hoy
no tenga ni idea de qué es lo que sucede entre nosotros.
El día pinta entretenido.
—¿Ya lo tienes todo preparado?
—Sí.
—¿A qué hora sale tu vuelo? ¿Te llevo al aeropuerto?
—Pues estaría bien. Te veo más tarde y te doy todos los detalles.
—De acuerdo.
Entra en la habitación y yo me dirijo a control.
—Beth, ¿tienes tiempo ahora para un café?
—Dame cinco minutos.
Mientras ella acaba lo que está haciendo, me dedico a mirar el correo.
El abogado de los dos chicos que provocaron el accidente intenta llegar a
un acuerdo. Las familias de ambos son adineradas, no quieren que siga
habiendo mala prensa. Pero el hecho de que Neizan esté implicado hace que
el caso sea más mediático, lo que hace que las víctimas se crezcan y
presionen más. No sé si Eric hablará hoy con él de esto. Ha tratado de
mantenerlo al margen estos días, pero, al final, tendrá que ponerlo al
corriente.
—Estoy lista.
Me sobresalto al ver que la tengo al lado.
—Lo siento.
—No te preocupes —sonrío—, estaba absorto en las noticias del caso de
Neizan.
—¿Va todo bien?
—Define bien. Un chico de dieciocho años murió y otro de diecinueve
irá a la cárcel porque no les enseñaron dónde están los límites. Por estar en
el lugar y momento equivocados, una chica murió, otro tendrá que luchar
por intentar volver a ser algo que tal vez no pueda volver a ser nunca y
otros cuatro resultaron heridos, aunque no fuese de gravedad. Todos tendrán
que vivir con las secuelas psicológicas. Ningún seguro puede cubrir eso.
Además, el dinero lo complica todo mucho.
***
La cafetería está muy concurrida hoy, es la hora en la que el equipo de la
limpieza pasa por las habitaciones, y se nota porque todos los familiares
aprovechan para bajar a desayunar.
—¿Qué horario tendría que hacer? —me pregunta Beth cuando ya
estamos sentados a una mesa con el café, en el mismo rincón que compartí
ayer con Eric.
—En principio, solo mañanas y una hora por la tarde. Pero, si por las
tardes no puedo contar contigo, intentaré ocuparme yo. Sobre todo, sería
estar cuando él despierte para que lo ayudes en lo que te pida y lo cures; no
quiero infecciones en los tornillos. También te quiero conmigo durante las
sesiones de rehabilitación, por si te necesito, y un rato después. Con las
curas no puedo darte una fecha exacta porque no tengo claro si
sustituiremos el fijador externo por uno interno.
—Eso no suele hacerse —comenta, con respecto a lo último que le he
explicado.
—No, dejar un fijador externo no es lo normal. Pero, en este caso, hay
que valorar muchas cosas.
Piensa en ello unos segundos; de hecho, creo que se siente cohibida por
algo. La Beth que yo conozco es directa, abierta y dicharachera, así que me
choca verla así.
—¿Hay algún problema?
—Ninguno —responde al instante—. Es que yo también me estoy
planteando pedir una excedencia. La boda me está volviendo loca, necesito
tiempo. No quiero parecer fría e interesada porque en otro momento te diría
que sí con los ojos cerrados, pero…
No la dejo acabar, sé el tipo de profesional que tengo en frente. Me saco
un bolígrafo del bolsillo de la bata y escribo en una servilleta de la cafetería
lo que va a cobrar por hora. La deslizo por la mesa y se la entrego.
—Eso es lo que hemos acordado su entrenador y yo.
Abre los ojos como platos; aunque solo trabajase con nosotros los dos
primeros meses, ganaría el doble que con seis meses aquí. Esto lo cubrirá el
seguro y Eric quiere ser generoso para que a Neizan se le trate bien.
—Venga ya —exclama por lo bajo—. ¡Esto es excesivo, Gabriel!
Tampoco necesito…
—¿Te interesa? —la corto. No voy a permitir que se menosprecie. Sé
que me llevo a la mejor. Como también sé que vive cerca del hospital y que
ir a mi casa le va a suponer un gasto económico y de tiempo en transporte.
Sonríe, y le brillan los ojos.
—¿Cuándo empiezo?
—No es el protocolo, pero, si la fiebre no reaparece, mañana mismo le
doy el alta. El domingo. Si tomas la decisión de una excedencia, habla ya
con Sofía. Creo que me va a odiar profundamente. —Eso si no hace algo
peor, como echarme una maldición o hacerme vudú.
Sonríe ante la mención de Sofía y sus cabreos; estoy seguro de que las
enfermeras le tienen puesto algún apodo por este motivo; de hecho, estoy
seguro de que a mí también me han puesto alguno.
—Creo que esto me va a venir muy bien también a mí. Organizar una
boda es una tortura.
—No te conozco fuera del ámbito del hospital, pero no te imaginaba
vestida de blanco.
—La gente hace muchas estupideces por amor. Y aquí somos una
excepción, es el novio el que quiere vestirse de príncipe conmigo.
Me carcajeo.
—Es bonito.
—Ya. Y caro. Muy caro.
Miro el reloj. Tengo que pasar consulta por última vez. Esta semana ya
no me han programado quirófanos no urgentes.
—¿Cuento contigo entonces?
—Sí, doctor Ríos. Cuenta conmigo.
***
La mañana se me pasa volando; aún no me he hecho a la idea de que voy a
dejar de hacer esto durante un año. No me asusta ni me entristece, llevaba
tiempo queriendo hacer un descanso. Entre estudios y trabajo, llevo veinte
años sin hacer un parón real, algo que de verdad me permita descansar.
Aparte de la recuperación de Neizan, tengo muchas ganas de dedicarme a
esas cuatro paredes, pasar más tiempo de calidad entre ellas para poder
empezar a llamarlas hogar. No he tenido tiempo, no las he tratado con
cariño, y hay rincones en los que creo que aún no he estado. Podré dedicar
tiempo a mi familia, a ayudar a Thali si me necesita. Recuperar el tiempo
con mi mejor amigo, con su familia. Llevo años corriendo, luchando por
algo que ya conseguí hace tiempo, pero, en el camino hacia la meta, no he
visto la vida pasar ante mis ojos.
Tengo treinta y siete años y he disfrutado la vida a medias.
Cuando cierro la puerta de la consulta, me siento bien. Por el pasillo, me
encuentro a Rafael, que me dice que se me echará de menos por aquí. Evito
a Sofía —si Beth ya le ha dicho algo, me voy a comer un marrón de los
épicos— y me voy a buscar a Eric.
Entro en la cafetería y me lo encuentro en el mismo rincón de ayer. Hoy
no quiero comer aquí, así que me voy directo hacia su mesa.
—Hola.
—Doctor Ríos.
Sonrío, es rarísimo que él me llame así. Sé que lo hace por respeto, pero
nosotros tenemos una historia laboral pasada en la que me llamaba «crío
sabelotodo» a menudo.
—¿Has solucionado todo?
—Más o menos. He hablado con Neizan del tema del accidente, pero no
quiere escucharme. Dice que no quiere dinero y que no se presentará en
ningún sitio, aunque sabe que esto último no podría evitarlo si se da el caso.
Así que, el abogado contactará solo conmigo. Si hubiese algún cambio
significativo, yo te llamaría a ti.
—De acuerdo.
—Cuídamelo.
—Eric…
—Lo sé, no eres la niñera de nadie.
—Es que Neizan no es un niño.
—No te rindas con él. Puede ser muy testarudo, pero es fuerte. Yo sé que
puede superarlo.
—¿Y si, aunque lo supere, decide que no quiere seguir compitiendo?
Eric asiente.
—Nació para ello. Ha renunciado a muchas cosas por esto. Pero, si no
quiere seguir compitiendo, tampoco lo presionaré. No me lo permitiría de
todas formas, suele hacer las cosas teniéndolas muy claras. Si al final
decide no continuar, tan solo me gustaría estar seguro de que lo hace porque
realmente es lo que quiere.
Quiero preguntarle a qué renunció Neizan en el camino hacia la gloria,
pero no es de mi incumbencia y no me atrevo.
—De todas formas, aún debemos esperar a ver su evolución —comento
en su lugar.
Ambos nos quedamos en silencio. Soy el primero —después del propio
Eric— que quiere ver a Neizan de nuevo en el hielo. Es de esos deportistas
que sabes que baten récords, que se dan una vez o dos en su generación… o
en la vida. Pero también sabemos ambos lo que puede significar una lesión.
—¿A qué hora te vas mañana?
—Mi avión sale a las diez de la mañana.
—¿Dónde te recojo?
—Aquí. Ya he abandonado el hotel. Esta noche la paso con él.
—De acuerdo. Aunque sea sábado, por si acaso hay tráfico, a las ocho
estaré en la puerta principal.
—Gracias, Gabriel.
Salgo de la cafetería con una sensación muy rara en mi interior. Ha sido
una conversación corta y confusa. Me hubiera encantado darle más
seguridad ahora que se va, pero yo no soy dueño de las decisiones de
Neizan y todo su futuro ahora mismo está en el aire.
***
Hace un día precioso, así que paso del autobús y me voy a buscar una bici.
Aunque en esta ciudad ir subido en una bici es tener que andar con mil ojos,
me encanta la sensación de libertad. Nunca me ha gustado conducir.
Cuando llego a mi destino y entro por la puerta, aspiro con fuerza; me
encanta el olor de este sitio. Su dueño me sonríe de oreja a oreja. Es una de
esas personas que al sonreír te envuelven de algo cálido y asombroso; como
su mujer.
—Hola, futuro papá.
Su sonrisa se ensancha, y ya le brillan los ojos.
—Hola, futuro tío.
Somos dos tíos grandes, así que el abrazo es enorme. Al separarnos uno
del otro, ambos estamos emocionados.
—Aún no me lo creo, Gabi. Ya nos habíamos dado por vencidos.
—Quizá ha sucedido por eso, porque os habéis relajado.
Aunque ambos sabemos que los nervios no eran la razón… o no la única
razón. Ni la más importante.
—Thali está muy asustada por el tema de la edad.
—Bueno, solo tendrá que cuidarse un poco más, pero su edad no es un
problema.
—Está a punto de llegar, ¿te vienes a comer con nosotros?
—Sí, tengo tiempo. Todo el tiempo del mundo.
—Ya me ha contado que vas a meter al patinador en tu casa.
Me río. Y, de repente, me acuerdo del patinador y del hecho de que
vuelve a llamarme «doctor Ríos».
Me encantaría saber qué narices le sucede al patinador.
16
Neizan

N oelpuedo volver hacer eso. Así no. Estamos en un entorno hospitalario en


que a mí me lo están permitiendo todo por ser quién soy y por lo que
me ha ocurrido, pero eso no me da ningún derecho.
A pesar de la bronca que me echó ayer y de mi respuesta a esa bronca; a
pesar de que luego hablamos y terminamos en buenos términos, aquí estoy
de nuevo: ignorándolo. E ignorarlo no es el modo.
Y no me ha dicho nada, no sé por qué. Bueno, sí lo sé, porque tiene más
sentido común que yo y la paciencia de un santo. Tiene lógica, es cirujano.
Y los cirujanos son tranquilos y pacientes… Y yo… Yo me estoy yendo por
las ramas.
Podría pedirle que no hable más de lo estrictamente necesario durante las
sesiones. Porque que me hable —con esa voz— de uno de mis escritores
favoritos —que también parece que es unos de los suyos; qué casualidad—
no me ayuda en absoluto. Ya de paso, podría pedirle que —además de la
boca— cierre los ojos, puesto que esa combinación de elementos moviliza
músculos que no debo visualizar y mucho menos movilizar.
¡Madre mía, ya no me voy por las ramas, directamente he cambiado de
árbol!
—¿Qué voy a hacer? —me lamento.
—¿Con qué?
Mierda, ¿lo he dicho en voz alta? Me había olvidado de que Eric está
aquí, a mi lado.
—Con nada —respondo, evasivo.
Me mira de forma inquisitiva.
—¿Tiene algo que ver con el hecho de que Gabriel me haya preguntado
si hoy te sucedía algo?
¿En serio? Chivato.
—No sé de qué me estás hablando. ¿Qué te ha dicho?
Frunce el ceño. Y lo frunce porque soy muuuy discreto.
—Nada. Solo me ha preguntado que qué te sucedía hoy.
Definitivamente, no puedo seguir comportándome así con él. Pensará
que soy un niñato. Por cierto, es la primera vez que me atrae un hombre de
su edad. Creo que nunca he superado una diferencia de cinco años; no
conscientemente, al menos.
Siento mariposas en la tripa.
—¿Qué edad tiene? —Ignoro el aleteo interior y la pregunta brota de mis
labios, sin más.
Eric vuelve a mirarme con esa cara. Madre mía, lo mío no es la
discreción.
—¿Gabriel?
—Sí… —carraspeo—, el doctor Ríos.
Sonríe. Mierda.
—Treinta y… siete, creo, o treinta y seis. No, son treinta y siete. De
hecho, cumple años dentro de poco. ¿Por qué?
—Por nada. —Porque no los aparenta en absoluto, pensaba que tendría
siete u ocho años más que yo.
Entonces tiene treinta y siete, una voz de infarto y unos ojos que no son
de este mundo. Y una boca que…
—¿Neizan?
Me giro y lo miro. Por su cara, creo que me he perdido algo.
—¿Sí?
—Nada, déjalo. Creo que hoy tienes la cabeza en otra parte.
¡Y vuelve a sonreír!
Vuelvo a coger el libro; tengo que intentar irme de este lugar. Lo mejor
sería de este mundo, pero para la segunda opción este libro no me sirve.
Echo de menos mi biblioteca.
Cuando llevo un rato leyendo, en la narración, aparece el momento del
que Gabriel me habló, aquello que le sucedía a uno de los protagonistas
después de morir.
—¡Pero qué asco! —exclamo, estoy seguro, poniendo cara de limón—.
¿Cómo puede ser este su libro favorito?
—¿El libro favorito de quién? —Me he vuelto a olvidar de que tengo a
Eric al lado.
Voy a responder qué de nadie, pero la puerta de la habitación se abre y
entra Beth.
Salvado por la campana… o no, porque vuelvo a morirme de vergüenza.
—Señor Serra, hora de la medicación.
—¿No habíamos quedado en que ya era Neizan? Ya hay confianza, ¿no?
Se ríe mientras me da el medicamento, y me lanza una mirada de lo más
reveladora.
—Más de la que he llegado a tener con pacientes que pasan aquí meses,
créeme.
Ja, ja.
La ignoro, pero sé que me he puesto rojo otra vez.
—¿Tienes vida fuera de estas paredes, García? ¿Acaso duermes?
Levanta una ceja y sonríe.
—¿No habíamos quedado en que ya era Beth? Ya hay confi, ¿no? —¡Y
me guiña un ojo!—. Además, nos vamos a ver a diario en un ambiente algo
más distendido.
Me sorprende.
—Ah, ¿sí?
—¿No te ha dicho Gabriel que voy a echaros una mano?
No, no me lo ha dicho. Y me molesta, pero esto es lo que obtengo por
ignorar a mi médico.
—¿Tú lo sabías? —interrogo a Eric.
—Habíamos acordado que buscaría ayuda al principio. Pero no sabía
quién sería. —Dirige la mirada hacia ella—. Me alegro mucho de que sea
usted, señorita García
—Beth. Vamos a tutearnos todos, ¿no?
Eric se echa a reír, encantado.
—Sí, por favor. Que yo me siento demasiado mayor si me tratas de
usted.
—Estás hecho un chaval aún —escuchamos tras Beth.
No necesito verlo para saber quién es. Me tenso al instante. Me he
comportado —de nuevo— como un energúmeno esta mañana, y voy a tener
que volver a pedir disculpas.
—Doctor Ríos, está chica tan guapa nos ha dicho que va a echaros una
mano —bromea Eric.
—Sí, porque, además de guapa y simpática, es tremendamente eficiente.
Y yo voy a callarme ya o al final recursos humanos nos abrirá un
expediente disciplinario. —Beth se ríe—. Señor Serra, hora de levantarse
—me informa.
Fantástico, hemos vuelto a las formalidades, yo solito me lo he buscado.
—¿Pero vosotros no os tuteabais también ya?
Que me trague la tierra, por favor. Ya, qué más da.
—El señor Serra prefiere seguir con las formalidades. Lo respeto. —Está
muy serio conmigo, nada que ver con la actitud que traía esta mañana.
Pero, qué decir, me lo merezco—. Eric, llévalo a dar una vuelta. Anoche
llegamos hasta el sillón y después al baño, a ver si hoy puede llegar un
poquito más lejos.
Tomo aire con fuerza y lo suelto despacio para no hacerme daño.
Hoy no vendrá conmigo. Fantástico. Supongo que esto también me lo he
ganado a pulso. No puedo negarlo, me decepciona que el doctor Ríos haya
apartado a un lado a Gabriel. Pero es mejor así.
—Beth, te espero fuera. Quiero hablar contigo.
—Ok, jefe.
Y él se ríe.
Se. Ríe.
Y yo acabo de descubrir que hay algo más que tiene precioso: la sonrisa.
Una sonrisa que nada tiene que ver con aquella con la que trató de
tranquilizarme aquella noche.
Vivir con él va a ser como estar entre el cielo y el infierno: una puta
tortura.
17
Neizan

—T e quiero, muchacho.
Me encuentro bajo el cuerpo de Eric, que me abraza como
puede. No voy a negarlo, estoy emocionado. He visto a este
hombre casi todos los días de mi vida desde hace casi siete años. Hemos
compartido sonrisas y lágrimas, frustraciones y alegrías, derrotas y triunfos.
Esta semana me ha demostrado con creces que no está conmigo solo por lo
que significo a nivel deportivo, y sé que el sentimiento que tiene ahora
mismo hacia mí es real: siente que me está abandonando.
Y no es verdad.
Puede que el doctor Ríos y yo aún no hayamos encontrado la armonía
juntos, pero sé que me ha buscado a una persona en la que él confía
plenamente. Yo también confío en él; de otro modo, no habría aceptado
quedarme en su casa.
—Estaré bien —susurro.
—Prométeme que lo estarás.
Está claro que no nos referimos a la misma forma de estar bien. Yo me
refiero al hecho de quedarme aquí, solo; él al hecho de que no quiere que
me rinda.
¿Puedo prometérselo?
—Te lo prometo. —Espero poder mantener mi promesa—. Dale muchos
besos a Lily y a las niñas.
—Sí. Están deseando verte.
Lo sé. Con ellas tampoco he podido hablar aún. A Abril le he mandado
algún mensaje, pero no quiero que me vean en la cama ni el hematoma de
mi cara. Además, necesito estar más fuerte emocionalmente. Para ellas sí.
No me suelta.
—Eric, estaré bien, de verdad.
Cuando se incorpora, se limpia los ojos y se frota las manos contra el
pantalón; suele hacerlo cuando no controla la situación y se siente
incómodo.
—Sí, te dejo en buenas manos.
Me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Y no porque quiera hacerlo sentir
bien, sino porque de verdad vuelvo a tener ganas de sonreír.
—¿Cómo vas al aeropuerto?
—Me lleva Gabriel.
Bum. ¿Eso ha sido mi corazón?
Ok, ahora parece que la sola mención de su nombre ya me afecta.
—No le hagas esperar.
—Vale.
Se inclina de nuevo hacia mí y me da un beso en la frente.
—Estaré de vuelva antes de que te des cuenta.
No respondo. Estando tan lejos, no quiero que esté pendiente de mí
constantemente ni condicionarlo para que vuelva. Pero, por otro lado, deseo
que sea verdad que va a volver pronto; Eric y su familia es lo más parecido
que tengo yo a una familia.
Cuando sale por la puerta, tengo unas inmensas ganas de llorar.
Ya no tengo que sujetarme, nadie me ve. Así que…
—Buenos días, Pingüino.
Me sobresalto y, avergonzado, me limpio los ojos como puedo.
—Elisabeth, en serio, ¿no tienes vida fuera de aquí? ¿Y a qué viene lo de
Pingüino?
—¿Y lo de Elisabeth? —Qué coraje me da cuando me contestan con otra
pregunta.
Me mira con ternura cuando se acerca; ha visto las lágrimas. Qué bien.
Esta mujer va a ser testigo de todas las facetas más vulnerables de mi
persona.
«¿Recuerdas que te viniste abajo con Gabriel?», me recuerda mi
vocecita. La ignoro.
—Venga ya, no me mires así, me haces sentir fatal.
Me mira unos segundos más, como si estuviera evaluándome,
comprobando si es verdad eso de que estoy bien. Imagino que da por hecho
que no miento porque me aprieta la mano con cariño y se aleja de la cama.
—Tengo vida. Una de la que huyo a menudo porque mi novio y mi
madre me sacan mucho de quicio —explica mientras abre con cuidado una
bolsa que ha dejado sobre el sillón al entrar—. Pero, aparte de eso, mi
madre, que cose en sus ratos libres, es una mujer maravillosa que ha hecho
esto para ti.
Me quedo de piedra cuando veo que saca dos pares de pantalones cortos
deportivos. Tienen una pata abierta para la fijación y una cremallera lateral,
que llega incluso al elástico, para poder abrir la pata completamente.
Además, llevan rejilla interior, por lo que no llevaré la polla colgando.
No sé qué decir, la verdad. Me he quedado estupefacto. No esperaba
semejante muestra de cariño.
—Beth, esto es... No sé qué decir.
—Algún día le darás las gracias. También te ha arreglado con velcro un
par de slips y te está arreglando un par más de pantalones. Largos, por si
quisieras salir arreglado a la calle. —Lo dudo—. Y lo de Pingüino, es
porque patinas sobre hielo.
Me río, esta chica es divertida. Su optimismo es contagioso.
—No te rías. No voy a mentirte, creo que soy la única de por aquí que no
era fan tuya; ni siquiera te conocía. Quería saber por qué levantas tantas
pasiones, así que, te he visto en vídeos. Pero sigo sin entender en que
consiste un axel o un sal…
—Salchow.
—Eso.
—Uno se realiza desde el filo externo del patín del pie contrario al de
aterrizaje y se inicia patinando hacia delante. El otro, al contrario, se
realiza… —Me detengo al darme cuenta de cómo me mira y me sonríe.—.
¿Qué?
—Nada —responde, evasiva.
Vale, creo que me he dejado llevar.
—Vi un vídeo en el que ibas con algo parecido a un frac —continúa
cuando ve que yo no lo hago—, parecías un pingüino.
Sí, gané el oro en esos europeos. Al ritmo del canon de Pachelbel
interpretado a violín, me convertí en director de orquesta. Conor se lució
con aquella coreografía.
Cierro los ojos al recordarlo. Y, por primera vez en una semana, me
permito recordar el hielo. Su olor. Su color. El viento frío en la cara que
provoca patinar a toda velocidad. Las esquirlas que salen disparadas cuando
saltas con las cuchillas, su sonido al chocar contra el hielo…
—Eh… —Me golpea con suavidad en el hombro, abro los ojos y trago el
nudo que empezaba a formarse en mi garganta—. Nada de tristezas, que ya
sonríes. El lema de Gabriel en este hospital es que los pasos se dan solo
hacia delante.
Ah, ¿sí?
—Voy a darte mucho la murga, que lo sepas —me avisa. ¿O es una
amenaza? Sonrío—. Puedes hablarme de patinaje todo lo que quieras. Voy a
ser toda vuestra mientras me necesitéis.
—Aquí también te necesitan.
—Tendrán que esperar, me he pedido una excedencia hasta después de la
boda. Me caso este año, por cierto — añade. Aunque, por el tono de
fastidio de su voz, no parece que le haga especial ilusión.
De nuevo, no salgo de mi asombro.
—No me mires así. Tú jefe y mi jefe me van a pagar muy bien, así que
no me lo pongas difícil. Mi jefe, además, tiene muy cabreada a su jefa.
Furia, la llamamos.
¿Por qué?
—¿Por qué?
—Porque se pone como una furia cuando se enfada. Y nos castiga, como
las criaturas mitológicas de la antigua Grecia.
Sonrío y pongo los ojos en blanco, esta mujer es de lo que no hay.
—¿Que por qué tiene cabreada a su jefa? Por cierto, Eric no es mi jefe.
—¿No te lo han dicho?
—¿Decirme qué?
—Gabriel también se ha pedido una excedencia.
¿Cómo que se…? ¿Por qué? ¿Por mí?
—Furia está que trina. Se queda sin su mejor cirujano de trauma y está
muy cabreada. Pero yo no te he dicho nada.
Fantástico. Entre la que lie en reanimación al gritarle a sus especialistas
y esto, estoy seguro de que me he ganado el odio de la directora médica del
hospital.
—Por eso me mira de ese modo —susurro.
—¿De qué modo?
—Creo que no le caigo bien.
—Sofía tiene una filosofía con respecto al paciente poco usual. Le dan
igual el dinero o la fama. Y Gabriel lleva cinco años dedicado en cuerpo y
alma a este hospital; más incluso, hizo aquí las prácticas. Sofía lo adora.
—Y yo, el patinador caprichoso, voy a robárselo —murmuro.
—No le caes mal. De hecho, juraría que te aprecia; valora mucho a las
personas que consiguen lo que quieren a base de esfuerzo y dedicación. Fue
ella la que exigió que se te pusiera en una habitación con vistas al mar. Y a
él… Bueno, esto le vendrá bien. Lleva muchos años sin parar, todo el
hospital lo sabe. Créeme que, si ha tomado la decisión, no ha sido solo por
ti. Y yo no creo que seas caprichoso, no tienes ni idea de lo que es un
paciente caprichoso.
Suspiro.
Así que no solo voy a vivir con él: voy a vivir con él veinticuatro horas
al día, siete días a la semana, durante al menos… ¿nueve meses? ¿Un año?
Sí. Si va bien, puede que Eric me pida incluso que alargue al máximo la
rehabilitación aquí.
—Así que no me libro de ti entonces.
—Ni en tus sueños.
De forma inesperada, se inclina sobre mí y me besa la mejilla.
—Tú sabes que soy gay, ¿verdad? —le pregunto para intentar tragar la
emoción que he sentido; el mundo entero sabe que soy gay.
—Aguafiestas — me dice con una sonrisa.
Y, cuando creo que se va a ir, abre la puerta del armario que hay en la
habitación y saca la bolsa de deporte que me trajo Eric con ropa limpia. La
deja sobre el sillón, mete uno de los pantalones y los slip que me ha cosido
su madre y el otro pantalón lo deja sobre el respaldo del sofá.
—Vale, vamos a empezar a guardar cosas.
—¿Cómo que a guardar cosas?
—Llevas casi tres días sin fiebre, Pingüino. Te vas a casa.
—¿Cómo que me…?
Estoy flipando. Mucho, además.
—Me ha llamado Gabriel. Va a darte el alta hoy.
Vale, el corazón se me ha disparado dentro del pecho. Esperaba poder
irme pronto, pero no tan pronto. No me ha dado tiempo a asimilarlo.
Después de la desilusión de hace tres días y sus consecuencias, no había
vuelto a pensar en lo de salir de aquí, y, desde luego, no imaginaba que
sería antes del lunes.
Me voy. Me voy a su casa.
—Pero es sábado. ¿Se dan altas los sábados?
—Tú tienes privilegios de patinador caprichoso.
La miro, molesto, y ella sonríe de nuevo.
—Sí, se dan altas los sábados —me tranquiliza—. En tu caso, dadas tus
lesiones, es más raro que lo haga cuando, hasta hace menos de dos días,
tenías fiebre. Pero te vas a casa de un médico y te controlaremos la
temperatura a diario. ¿Quieres asearte un poco?
Al decirme todo eso, algo se encoge dentro de mí. Recuerdo el día que
me dijo que no me iba a causa de la fiebre y cómo lo pagué con la
enfermera. Una sensación extraña me recorre el cuerpo, y no puedo evitar
pensar que lo hace en pro de mi estado de ánimo.
Sonrío; una tímida sonrisa.
—¿Pingüino?
—Sí. Sí, vale.
***
Mientras Beth me ayuda a lavarme, yo tengo la cabeza en otra parte y tiene
que repetirme indicaciones en más de una ocasión.
—El apósito de la cabeza ya no voy a ponértelo —me dice frente al
espejo.
—Vale. —Me toco los cuatro puntos que se han quedado escondidos
entre el cabello, bajo rozando el hematoma que me llega al ojo (que ya tiene
tonos amarillos en algunas zonas) y, de ahí, hasta las puntas del pelo que
rozan mis hombros—. Tal vez debería cortármelo.
—Ni se te ocurra. Perderías la fuerza como Sansón.
No puedo evitar echarme a reír, y las costillas protestan.
—Beth… —protesto yo, llevándome la mano al costado como me
enseñó Gabriel que debía hacerlo cuando me riera o tosiera.
—No lo hagas. —Se ha puesto muy seria—. A no ser que estés muy
seguro, no realices cambios asociados a tu personalidad a causa de lo que te
ha sucedido. Si lo cortas que sea porque te apetece el cambio, no porque
consideres que es práctico debido a la situación. A mí no me importará
ayudarte a lavártelo todos los días hasta que puedas levantar bien los dos
brazos.
Y de nuevo el nudo en la garganta; sé que lo dice porque otro cambio en
mi vida no deseado podría mermar aún más mi ánimo. La miró a través del
espejo.
—Gracias, Beth. Por todo.
Me devuelve la mirada; ella también se está emocionando.
—Eh, que parece que te estás despidiendo —me regaña—. Y ya te he
dicho que no te libras de mí ni en sueños.
Sonrío a medias.
—Lo último que imaginaba yo era que saldría del hospital con una
amiga.
Me agarra de los hombros con cuidado, se pone de puntillas y vuelve a
besarme la mejilla. Tiene los ojos brillantes.
—Ídem, Pingüino. Vamos a vestirte antes de que llegue mi jefe.
Miro hacia abajo, solo llevo la toalla liada a la cintura y entre los
pliegues sobresale el fijador. Sí, ya lo llamo por su nombre (a veces).
Acerco la mano y lo toco. Siento el frío del metal y el frío que me produce a
mí. También siento como el más leve movimiento me llega hasta el interior,
al hueso. Es un recordatorio visual de lo que le ha pasado a mi vida. Una
vida que se ha partido en dos y que ahora está sujeta con clavos esperando a
ser reconstruida.
—¿Quieres hablar de ello? ¿Explicarme qué sientes? ¿Qué te produce?
Detengo los dedos y los retiro. No. No quiero hablar de ello.
—No. No estoy preparado.
—Bien. —Coloca el andador delante de mí—. Vamos a curarte.
***
—¿Cuándo me quitarán los puntos? Me tiran. —Vuelvo a estar acostado
sobre la cama. Ya me ha curado la pierna y me está curando la cabeza.
—Van muy bien. Ninguno te ha dado problemas y yo me encargaré de
que eso siga siendo así. Imagino que Gabriel te quitará estos en unos días.
—¿Me traerá aquí de nuevo?
—Para los de la cabeza no será necesario, puede quitártelos él en casa.
Pero tendrás que venir a rayos para controlar las fracturas. Te van a tener
muy vigilado. No creo que tengas que volver a ver a Rafael, pero imagino
que la doctora Adams estará interesada en ver la evolución de tu pierna.
Me giro y la miro un poco desconcertado.
—¿Quién es la doctora Adams?
—Es cirujana de trauma y ortopedia, como Gabriel. Lo ayudó a
reconstruirte el traumatismo de la pierna. No trabaja en este hospital, así
que imagino que irás al suyo.
Esa información tampoco la tengo. ¿Por qué?
«¿Tal vez porque te pusiste a gritarles a todos cuando trataron de
explicártelo?», insiste la vocecita de mi cabeza.
Suelto el aire con fuerza. Qué frustrante todo.
—Eh, ¿qué pasa? —Se ha detenido y me mira con una gasa en la mano.
Chasqueo la lengua.
—El día que me explicaron todo lo que me habían hecho, tuve un
estallido de ira y los eché a todos del box.
—Me lo contaron mis compañeras —confiesa.
—Qué bien.
—Neizan, es una reacción normal.
—Ya…, bueno. El segundo paso para sobreponerse a la pérdida, ¿no?
Deja la gasa y me mira muy seria.
—Pues sí, es exactamente eso. —Me toca el hombro y lo aprieta
ligeramente—. ¿Qué quieres saber, Pingüino?
Sonrío. Está claro que ya me ha bautizado para mientras seamos amigos.
Espero que eso sea ya toda la vida, no tengo muchos. No se me da bien
hacer amigos.
—¿Por qué trajeron a una cirujana de otro hospital si ya estaba el doctor
Ríos?
—El doctor Ríos es muy bueno en su trabajo, pero, en tu caso, imagino
que él quería una muy buena reconstrucción, una con la que pudieras
recuperar la movilidad muscular al máximo y lo más rápido posible. La
doctora Adams está especializada en microcirugía en ortopedia y
traumatología. Ha reimplantado miembros amputados con éxito en más de
una ocasión. Es una eminencia en su campo y está considerada la mejor que
hay ahora mismo en nuestro país. Es una colega, y Gabriel no dudó en
llamarla. Trabaja en el mismo hospital que su hermana, que es neuro allí;
aunque aquí todo el mundo la conoce. A la doctora Ríos.
—Todo lo necesario para el patinador caprichoso, ¿no?
—Eso no lo pediste tú. Y tal vez no sea lo normal, pero eso no importa.
El doctor Ríos valoró lo que necesitabas y lo puso a tu disposición. Igual
que hizo con esto.
Acerca la mano y roza el fijador. No lo miro, la miro solo a ella, pero no
le digo nada.
—¿Quieres saber algo más que me contaron mis compañeras? —me
pregunta sin retirar los dedos de los hierros.
Por cómo me mira, no sé si quiero más confesiones. Pero asiento.
—Me contaron que creyeron ver a Gabriel llorar en silencio cuando te lo
puso.
Miro al techo y resoplo, intentando no emocionarme. Tomo aire varias
veces mientras pienso en todo lo que me ha dicho y lo archivo. Ya lo sacaré
más tarde del archivo y pensaré bien en ello. Ahora mismo no puedo
concentrarme en cosas tan intensas y complejas.
—Menuda familia de listillos, ¿no? —pregunto, evasivo.
Sonríe, me acaricia el hombro y no añade nada más.
—¿Lo dices por Nathalia?
Asiento.
—Su padre es neuro, como ella, pero, desde que se jubiló, está más
enfocado en la investigación. Es socio de una gran farmacéutica. Su madre
es investigadora científica, y conoció a su padre al entrar a trabajar en el
laboratorio de dicha farmacéutica. ¿Te ha hablado de ellos?
La miro un segundo. No sé si puedo contarle lo que Gabriel me contó de
Nathalia mientras caminábamos por la habitación; es muy personal y
parecía algo muy secreto aún. Pero confío en ella, me habla sin dudar de
todo lo que le pregunto.
—Me contó una cosa.
Me mira curiosa.
—¿Qué cosa?
—Si te la cuento, se queda entre tú y yo.
—¿Nuestro primer friendsecret? —cuchichea—. Me gusta.
Estallo en carcajadas que provocan que me lleve la mano al costado al
instante.
—Joder… —Me quedo sin respiración, pero no puedo dejar de reír—.
Beth, no me hagas esto, por favor.
Ella también se echa a reír.
Intento respirar con normalidad; las costillas duelen mucho cuando
vibro. Tomo respiraciones lentas e intento relajarme. Incluso me lloran los
ojos por el dolor.
—Malditas costillas. —Suelto el aire despacio hasta que consigo
tranquilizarme—. Si vuelves a hacerme esto te despido.
Sonríe, enseñándome todos los dientes en una mueca.
—Tú no eres mi jefe.
—Soy un patinador caprichoso. Si se lo pido a tu jefe, lo hace.
Me pone mala cara. No puedo evitar sonreír.
—Cuéntame el…
Chasqueo la lengua y la miro mal.
—… chiiisme.
Sonrío de nuevo.
—No sería nuestro primer… friendsecret, por cierto —subrayo, y estoy
seguro de que me pongo rojo al recodar el momento en que me pilló en
pleno clímax.
Ahora, la que se ríe a carcajadas es ella.
—Touché, Pingüino.
—Me dijo que su hermana está embarazada —le cuento cuando deja de
reírse.
Se detiene y me mira con sorpresa.
—¿En serio?
Asiento.
—¡Madre mía! —exclama y sonríe, emocionada—. Eso sí que es una
gran noticia. —Se saca un pañuelo del bolsillo y se limpia los ojos.
Imagino que un embarazo deseado es motivo de dicha, y entiendo que
Gabriel estuviese feliz, pero su reacción me parece algo exagerada.
—¿Por qué? —pregunto con curiosidad.
—Intuyo que no has leído nada sobre Gabriel.
No. Aunque ya estoy en la fase de aceptación, quedan restos de
negación. Me siento mal. Debería haber buscado algo sobre mi médico; ese
que va a meterme en su casa a pesar de lo mal que yo lo he tratado. Tiene
pinta de ser famoso en el mundo de la medicina.
—Eh, para —me regaña Beth—. Nadie supera algo como esto de la
noche a la mañana. Y la superación tiene cosas positivas y negativas. Para
ti, esto es algo negativo —señala de nuevo el fijador—, y, por extensión, lo
es el doctor Ríos, porque es el que te lo colocó. Date tiempo.
—Asustas, ¿sabes?
—Es psicología. Y no es un secreto, eso también lo sabe Gabriel.
—Eso no me ayuda. —Miro de nuevo al techo—. Porque no me gusta
que sea así. Porque la parte racional de mi cerebro entiende que… esto —
señalo los hierros sin mirarlos— tenía que ser así y que él eligió lo mejor
para mí.
—Y así es. Algún día la racional se impondrá a la irracional. Ese día,
habrás superado todo esto.
—¿Qué tiene que ver el embarazo de Nathalia con Gabriel? —pregunto,
intentando volver a cambiar el rumbo de esta conversación.
Me está colocando los apósitos cuando empieza a contarme la razón.
—Te lo cuento porque eres tú y porque, aunque podrías buscarlo tú
mismo en internet, yo voy a darte más información. Como, por ejemplo, la
razón por la que es tan sorprendente que Nathalia esté embarazada, ya que
eso no aparece. Pero creo que debería contártelo él. —Se toma unos
segundos antes de continuar—. Gabriel estuvo a punto de ir a la cárcel hace
años —suelta sin más.
La miro al instante.
—¿Por qué? —La sorpresa es evidente en mi voz, y supongo que
también en mi expresión.
Eso sí que no me lo esperaba. No puedo ni siquiera imaginar la razón por
la que alguien como él pudiera ser condenado.
—Por agredir a un chico. Aunque debería decir a un desalmado. Creo
que por entonces aún estudiaba fisioterapia. Su hermana salía con el
desgraciado ese y se quedó embarazada. El muy… miserable la destrozó.
—¿Qué quieres decir?
Tengo el corazón en la boca.
—No se las circunstancias de los hechos. Supongo que no le hizo gracia
saber que iba a ser padre; estaba loco. Le dio una paliza y acabó tirándola
por unas escaleras. Fue a Gabriel al que llamó la compañera de Nathalia
cuando comenzó la discusión, y el que encontró a su hermana maltratada e
inconsciente. Él no lo ha contado nunca, pero todos sabemos que Nathalia
estuvo ingresada en este hospital. Sofía ya trabajaba aquí cuando sucedió.
Estuvo días en coma. Le rompió un brazo y la pelvis, sufrió un traumatismo
craneal en la caída y, obviamente, sufrió un aborto que, debido a los golpes,
le dejó graves secuelas. Estando ella en coma, Gabriel fue a buscarlo. Dicen
que si no llega a ser porque su mejor amigo descubrió qué pensaba hacer y
lo detuvo, lo habría matado. Tendría unos veintidós o veintitrés años
entonces. Acabó yendo a juicio y su abogado alegó enajenación mental
transitoria. Lo declararon inocente. El tío que agredió a su hermana sí acabó
en la cárcel.
—¿Y sigue…? —No me sale la voz, la garganta se me ha quedado seca.
Y el corazón, aunque no lo hace deprisa, me late con mucha fuerza.
—No, salió hace tiempo. Pero creo que murió de sobredosis. Dicen que
fue un suicidio.
No sé cómo comenzar a gestionar lo que me acaba de contar. Por eso,
cuando Gabriel entra por la puerta con Sofía, me sobresalto, y creo que nota
algo.
No. No puede ser. Beth tiene los ojos irritados por la emoción y yo debo
de estar igual, así que se podría presuponer que estábamos hablando de mí.
Sí, es más lógico que piense que Beth y yo hablábamos de lo que me ha
pasado a mí que no de su hermana.
Intento disimular y lo miro con calma.
Y, de repente, es como si abriese los ojos a una nueva realidad. Una
realidad que hace que se me seque la boca.
—Señor Serra, se va a casa —me anuncia Sofía.
No respondo. No puedo. Acabo de ver a Gabriel y he sufrido un shock.
Hasta ahora solo lo había oído; visto en sus ojos verde fantasía, en su
cabello negro y en ese lunar que… Vale, ya paro.
Hoy lo tengo delante al completo.
Sin bata ni corbata.
Va vestido con una camiseta verde lima por fuera de unos pantalones de
color beige con bolsillos a los lados, que se ciñen a sus piernas y a… otras
cosas de manera harto escandalosa. Cierran el bonito conjunto unas
zapatillas deportivas blancas.
«¡Deja de mirarlo de ese modo!», me regaña mi subconsciente.
—¿Qué dice, señor Serra? ¿Quiere irse a casa? —me pregunta él.
—Sí —consigo articular, por fin, con la boca seca—. Sí quiero.
Beth empieza a reírse casi a carcajadas a mi lado. La mato. Cuando
estemos a solas me la cargo.
—Lo siento —musita cuando Sofía la asesina por mí con la mirada.
—García, ¿ha acabado?
—Sí. Ya está.
—Bien. Si no le importa, ayude al doctor Ríos con las cosas del señor
Serra, por favor.
—Por supuesto.
Se pone a recoger con celeridad todo lo que ha usado para curarme y,
después, ayuda con el resto de mis cosas.
—No voy a pedir ayuda —le dice Sofía a Gabriel—. Salid por urgencias.
—Sí, he dejado el coche al lado.
—¿Por qué hay que salir por detrás? —pregunto.
—Hay prensa fuera. Su entrenador me pidió que emitiera un comunicado
cuando usted ya hubiese salido de aquí.
—Bien —asiento. No imaginaba que la prensa estuviese aún fuera del
hospital, pero no quiero ver a nadie ni que me vean así.
No protesto ni pongo mala cara cuando Beth trae una silla de ruedas en
la que colocan una tabla para que pueda llevar la pierna estirada.
—¿Quieres una gorra? —me pregunta cuando entre ella y Gabriel
terminan de acomodarme en la silla.
—¿Hay posibilidad?
—Claro.
Vuelve a abrir la bolsa que trajo Eric y saca una gorra negra y una
chaqueta de chándal, que me echa con cuidado por encima del fijador. Con
una de las gomas que llevo siempre en la muñeca, me recojo el pelo y me
pongo la gorra. En caso de que me pillen saliendo de aquí, no tendrán una
exclusiva de esto.
—Gracias —susurro hacia ella.
—Dáselas a él —susurra, señalando a Gabriel.
Él está de espaldas a nosotros y no la ve.
—Vale, voy a bajar yo primero. —Se gira entonces hacia nosotros—. Me
bajo la bolsa. Dame unos minutos y baja tú después —le indica a Beth—.
Ya saben quién soy yo, si bajas tú con él, llamaréis menos la atención.
Beth asiente, y a mí me da un vuelco el corazón al recordar la razón por
la que saben quién es; al recordar aquella noche. Me pregunto cuántas cosas
han sucedido fuera de aquí de las que yo no soy consciente.
—Bueno, señor Serra —me dice Sofía cuando Gabriel ya ha salido por
la puerta con mis cosas—. Ya se marcha. Cuídese mucho y haga caso al
doctor Ríos, solo quiere lo mejor para usted.
Asiento, de eso no me cabe la menor duda.
—Le veo en unos días cuando venga a la primera radiografía de control.
—Gracias, doctora Ramos.
—Sofía.
—Gracias, Sofía.
—García, venga a verme antes de irse.
—De acuerdo.
Cuando ella también se va, mi corazón vuelve a acelerarse. No sé qué
me espera tras esas puertas, pero me voy. Y no pienso mirar atrás.
—¿Estás nervioso?
—Mucho.
Me aprieta el hombro, va a abrir la puerta, vuelve y se pone detrás de mí
otra vez.
—Comienza la misión «Sacar a Neizan Serra del hospital en modo
incógnito».
Vuelvo a reírme, y el cuerpo vuelve a vibrarme de arriba abajo por la
risa.
—Joder, García —me quejo con la mano en el costado—, habíamos
quedado en que no ibas a volver a hacerme esto.
Salimos con calma, como un paciente más al que un familiar pasea.
Cuando pasamos por control, Sierra me dice adiós con discreción y yo le
sonrío. Al acercarnos a los ascensores, Beth pasa del largo.
—¿Adónde vas? —susurro.
—Al de servicio, nos deja más cerca de donde está Gabriel. Ese no
puede usarlo personal no autorizado —responde ella, también susurrando
—. ¿Por qué susurramos?
La verdad es que no tengo ni idea. Así que me da la risa otra vez, y el
sigilo se va al cuerno porque yo vuelvo a quejarme de dolor y la gente me
mira. Menos mal que la gorra me cubre la cara y el fijador óseo no se ve.
—Ya hemos llegado —anuncia frente a otro ascensor algo más alejado
—. Este viene directamente de urgencias, quirófanos y la UCI.
Pasa por un lector la tarjeta que lleva colgada y, unos segundos después,
el ascensor se abre. Es enorme, tanto que seguro que caben dos camas. No
hay nadie dentro.
—Perfecto —susurra Beth.
Una vez dentro, pulsa el botón menos uno y descendemos. La tengo a mi
espalda y solo la veo en los reflejos difuminados de las paredes metalizadas
del ascensor.
—¿Pingüino?
—Dime.
—¿Te gusta Gabriel?
Me pilla tan desprevenido que me quedo callado y las manos empiezan a
sudarme de repente.
Madre mía, ¿tan evidente soy?
—Sí —confieso—. El doctor Ríos no, pero Gabriel sí —añado en voz
baja, justo antes de que las puertas del ascensor se abran y la mirada verde
de mis fantasías más eróticas aparezca al otro lado.
—¿Nos vamos? —me pregunta.
—Nos vamos.
SEGUNDA PARTE

Inflamación, producción,
consolidación, remodelación:
Curación.
18
Gabriel

—M isión «Sacar a Neizan Serra del hospital en modo incógnito»


cumplida —informa Beth cuando sale del ascensor con Neizan.
Me hace gracia. De repente me los imagino intentando pasar
desapercibidos por los pasillos. No es difícil; la prensa no puede subir a las
habitaciones y Neizan lleva la gorra con el cabello recogido. Además, creo
que todo el mundo se lo imagina en un estado más grave. Los partes
médicos de Eric están siendo bastante escuetos.
—Técnicamente, seguimos en el hospital —comento.
Neizan me mira con mala cara.
—Aguafiestas —me recrimina, arruga el gesto y niega con la cabeza;
todo muy teatral.
Beth se ríe.
—El resto de la misión depende de ti, doctor Ríos. Dame tu teléfono,
Pingüino —le pide a Neizan.
¿Pingüino? Eso es nuevo. Y Neizan, que parece bastante encantado con
el apodo, le entrega el terminal desbloqueado.
—Ese es mi número —le indica ella y le devuelve el teléfono después de
haberlo guardado—. Si quieres hablar, te escucho. O, mejor dicho, te leo.
—Vale.
Se sonríen. Ambas sonrisas destilan cariño por todas partes. Sé que estoy
siendo testigo del inicio de una bonita amistad.
—Te veo mañana. —Lo besa en la cabeza.
—Hasta mañana.
—Gabriel.
—Hasta mañana, Beth.
Tomo el relevo de la misión y me llevo a Neizan hasta el coche; espero
tener la misma suerte que ella en la parte de salir de incógnito. Despacio, lo
ayudo a sentarse y le coloco las piernas. Cuando está sentado, tiro de la
palanca para desplazarlo hacia atrás y que pueda estirarlas un poco más.
Una vez sentado en mi asiento, me acerco a él.
—Voy a abrocharte el cinturón, ¿vale?
No ha abierto la boca en ningún momento. Lo he visto arrugar el gesto
un par de veces, pero no se ha quejado.
—Vale —musita.
Agarro su cinturón. Él se quita la gorra para que la visera no entorpezca
lo que hago y algunos mechones de pelo mal recogidos caen por su cara y
su cuello, provocando que me llegue el olor a champú y a algo más. Huele
bien. Tiro del cinturón y se lo abrocho.
—Bonitos pantalones. ¿Invento de la madre de García?
Sonríe; una sonrisa algo tensa, pero bonita. Se va del hospital, y estoy
seguro de que eso lo emociona; aunque, por otro lado, supongo que también
lo embarga la incertidumbre.
—No es la primera vez que crea algo así para trauma. ¿Estás listo?
—Estoy listo.
—Vuelve a ponerte la gorra hasta que nos alejemos.
Me hace caso. Arranco y salimos del parking. En la calle está todo
despejado. En breve, Sofía emitirá el comunicado y el hospital volverá a la
normalidad. Nadie sabrá dónde está Neizan.
Suspiro; aún no puedo creer que no vaya a volver a trabajar aquí durante
un año, este lugar ha sido (casi) mi casa durante los últimos años. Unos
segundos después, suspira él también.
El trayecto en coche es corto, pero es sábado y casi la hora de comer, así
que Barcelona está activa y nos movemos despacio. Neizan no habla y yo
no quiero forzarlo a que lo haga, necesita tiempo. Voy a meterlo en mi casa
—la casa de un desconocido para él— en el momento más vulnerable de su
vida. Si las cosas estos días hubiesen ido de otro modo entre nosotros, quizá
ahora le preguntaría o lo distraería, pero voy a darle espacio.
Aun así, cada vez que paramos en algún semáforo, lo miro de soslayo
para intentar averiguar si va bien. Al final pongo la radio para distraerlo y
distraerme yo, y con el fin de no pensar demasiado en eso de que lo llevo a
mi casa.
Scorpions, con A Moment in a Million Years, llena el silencio del coche.
Me encanta esta canción, así que me dejo llevar y la tarareo. Pero creo que
Neizan no piensa lo mismo porque, después de volver a quitarse la gorra,
intenta acceder al volumen. Al hacerlo, emite un quejido que solo puede
significar que se ha hecho daño en las costillas; muy probablemente, con el
cinturón.
—Ya bajo el volumen —le digo—. O puedo apagarlo.
Gruñe entre dientes con la mano en el costado y los ojos apretados; se ha
hecho daño de verdad.
—Es tu coche —jadea con dificultad—, por qué ibas a apagarla. Quería
subir el volumen. Me gusta esta canción.
Subo el volumen de la música.
—Es triste —comento, poco después.
Durante unos segundos no parece que vaya a contestar; aún tiene los ojos
cerrados y la mano en las costillas.
—Depende de lo valioso e inolvidable que sea ese momento. Si ha
merecido la pena, no lo olvidará jamás.
—No se puede vivir en los recuerdos.
—Somos recuerdos. Construimos recuerdos constantemente; estamos
hechos de ellos. Sin ellos seríamos una cáscara vacía. Lo único que no
debemos permitir es… que nos hagan daño.
Vaya. No sé qué decir. No me ha dicho nada tan largo desde que lo
conozco. Ni mucho menos tan profundo. En otras circunstancias, le
preguntaría si alguien le ha roto alguna vez el corazón, pero no estamos a
ese nivel de confianza ni sé si llegaremos a ese punto en algún momento.
Además, tampoco es que quiera hablar de recuerdos que hacen daño, la
verdad.
—¿Te gusta solo esta canción o también Scorpions?
Error. Acabo de preguntarle cómo aquel día por el libro de King. No creo
que me responda a esto tampoco.
—Scorpions. Sobre todo las baladas.
No le digo nada, pero sonrió por dentro.
—También me gusta mucho Stephen King. La milla verde es mi favorito
—añade.
Vuelvo a sonreír, y, esta vez, no es solo por dentro. El resto del viaje lo
hago más animado.
Llegamos a casa y abro la puerta que lleva al garaje, pero en vez de
bajar, llevo el coche hasta la entrada, que está encarada hacia la montaña. A
lo lejos, sobre un cielo azul celeste lleno de nubes como el algodón, se ve
La torre de Collserola y más allá el Tibidabo.
Y repetimos maniobras. Le desabrocho el cinturón, despacio, tiro de la
palanca y desplazo su asiento hacia delante, le saco las piernas y lo
incorporo despacio. Cuando estamos de pie el uno frente a el otro, su rictus,
serio y algo contraído por el dolor, se transforma en sonrisa al mismo
tiempo que exhala el aire. Ha sido algo espontáneo, en cuanto el sol le ha
dado en la cara, su rostro se ha transformado por completo.
—Dime que hoy voy a dejar ya de contorsionar mi cuerpo —suplica—.
Me tiembla todo.
Sonrío yo también. Voy al maletero, saco la silla de ruedas y le pongo la
tabla.
—Ya no vamos a movernos de aquí en unos días. Se acabó el entrar y
salir de enfermeras, los pitidos de las máquinas, los ruidos al otro lado de la
puerta —lo animo mientras lo ayudo a sentarse.
—Eso me gusta.
Inhala y exhala despacio, como le enseñé. Cierra los ojos y levanta la
cabeza.
—¿Estás bien?
—Estoy genial —susurra—. No he pisado el exterior desde hace una
semana. La sensación es… No huele a hospital.
Sonrío, y cambio de opinión. Iba a llevarlo por la entrada principal, pero
voy a hacerlo por el exterior de la casa. Estoy seguro de que eso mejorará
aún más su estado de ánimo.
Lo ayudo de nuevo a sentarse en la silla de ruedas y, rodeando la casa,
llegamos hasta el jardín trasero.
—Cielos —susurra cuando lo ve.
Hace un día precioso de primavera. El sol está alto y calienta la piel,
corre la brisa entre los árboles y el agua de la piscina emite destellos
plateados, compitiendo con el Mediterráneo al fondo. Todo es verde
brillante y las abejas zumban de flor en flor.
—Tienes un jardín precioso —musita; creo notar fascinación en su voz.
Sí, creo que he conseguido el efecto deseado.
—Creo que es más de mi cuñado que mío —bromeo—. Pero sí, es
precioso.
—Son magníficos —susurra. Y ahora sé que se refiere al gran castaño
que hay cerca de nosotros, a la izquierda de la piscina, del que cuelga un
columpio que ya estaba ahí cuando compré la casa (y que no he quitado
porque a Thali le encanta), y al almendro que hay en el extremo contrario.
Al lado del castaño hay un tocón de otro castaño que estaba enfermo y que
Sergio tuvo que talar.
—Qué color tan bonito tiene el agua de la piscina —comenta al
acercarnos a la entrada trasera de la casa.
—Es por el color del material del fondo. Pacific Pearl —bromeo de
nuevo. Aunque el dato es real.
Nos detenemos frente a la cristalera que lleva al salón y Neizan recorre
todo el jardín con la mirada. Tiene una expresión serena.
Por primera vez desde que tomé la decisión de traerlo a casa, me alegro
profundamente de haberlo hecho.
—¿Quieres quedarte aquí un rato?
—Por favor —suplica—. ¿Puedo? —Su tono entusiasta (que no había
oído en él hasta ahora) hace que me entusiasme yo también.
Lleva siete días en cama, estar aquí un rato sentado no le hará ningún
daño.
—Vale.
Esboza una sonrisa, levanta el rostro hacia el sol y cierra los ojos.
—Pingüino, dame tu teléfono.
Sonriendo se saca el teléfono del bolsillo y me lo desbloquea.
Le escribo mi teléfono en contactos; tengo la osadía de poner «Doctor
Ríos», espero que se lo tome como la broma que es. Me hago una llamada
perdida a mí mismo y guardo yo también su contacto.
—Si necesitas algo, te escucho. O te leo —imito de nuevo a Beth—. Voy
a guardar el coche.
Sonríe de nuevo, pero no me responde. Ha vuelto a cerrar los ojos, así
que le dejo el teléfono sobre el regazo.
Cuando me voy, tiene una mano descolgada por el brazo de la silla y
acaricia una brizna de hierba que sale de entre las piedras del jardín lo
suficientemente alta como para que le roce las yemas de los dedos. Creo
que es la primera vez que lo veo relajado desde el accidente.
Bajo el coche al garaje y subo por las escaleras del interior. Voy a su
habitación y dejo la bolsa de viaje; Eric le compró más ropa y, junto al resto
de sus cosas, le colocó todo en el armario cuando montamos la cama. Subo
a mi habitación, la única de la planta de arriba aparte de un baño, una
terraza y un anexo de cara al mar que uso solo para leer y escuchar música.
Aquí arriba casi todas las paredes que dan al exterior son de cristal, y las
que no, están llenas de libros, es la parte de la casa de la que me enamoré
cuando la compré. Aún queda una parte que pertenece al banco, pero será
mía.
Me pongo cómodo y bajo de nuevo. Neizan sigue en el mismo sitio, solo
que ahora no mueve la mano sobre la hierba, sino que lo hace sobre la
cabeza de un gato negro con los ojos del color de los girasoles, que agacha
las orejas y me mira mal en cuanto me ve. Le saco la lengua.
Me dirijo al baño de la planta baja, que también hemos adaptado a
Neizan con barras y bandas antideslizantes, y saco crema solar de un cajón.
—Hola, Darkness, cuánto tiempo sin verte —saludo al felino cuando
salgo al jardín. Él se limita a mirarme mal de nuevo.
—Me habían dicho que vivías solo.
Eric, supongo. Aunque me gustaría saber en qué contexto le dieron esa
información.
—Y así es. Darkness no es mío. O lo es a ratos. En realidad, es el gato de
mi vecina Eva. Puede leer el futuro.
—¿El gato? —pregunta, incrédulo.
Me río y me arrodillo frente a él.
—No hombre, mi vecina. O eso dicen. —Sostengo su mano derecha,
porque aún no ha abierto los ojos, y le pongo crema en la palma. Noto un
cosquilleo agradable cuando lo hago—. Toma, no estrenes el jardín con una
quemadura solar, que tu piel es poco más oscura que un copo de nieve.
—Soy de piel clara, vivo en Canadá y soy patinador profesional. Me da
poco el sol.
Lo veo ponerse la crema en la cara y en los brazos.
—¿Te la pongo yo en las piernas?
—Por favor.
Me encantaría saber en qué piensa cuando le reparto la crema por la
pierna hasta las vendas que cubren la intervención. Y no por lo que le estoy
haciendo, sino porque no ha abierto los ojos en ningún momento, ha girado
de nuevo la cabeza hacia los rayos del sol y ha vuelto a sonreír. Yo también
sonrío al ver los pantalones made by Beth's mom[1]. No la conozco, pero
debe ser una gran mujer. Solo sé de ella que es enfermera, como su hija, y
que ha criado a tres hijos sola.
—Voy a hacer la comida. Por favor, no te quemes.
—Claro, doctor Ríos.
Sonrío mordaz. Lo ha dicho con un tonito que deja claro que ha visto
cómo he añadido mi contacto en su teléfono.
—Darkness, avísame si empieza a ponerse rojo, no te lo comas si se fríe.
—Ja. Qué gracioso.
Entro en casa y me voy hacia la cocina. La comida del hospital es un
asco, para qué vamos a negarlo, así que hoy quiero hacer algo especial para
él. Entre otras muchas cosas, le pregunté a Eric qué era lo que más le
gustaba comer, así que hoy voy a complacerlo; tiene que recuperar el
apetito para recuperar el peso y las fuerzas que ha perdido en el hospital.
Le preparo un filete a la plancha con verduras, que sé que le va a gustar,
mientras tarareo A moment in a million years. Cuando termino, precaliento
el horno a baja temperatura y lo dejo ahí para que no se enfríe. Pongo la
mesa y salgo a buscarlo. Sigue en la misma posición, por supuesto.
—Si sigues así vas a tener que volver a urgencias por una insolación.
Abre los ojos y me mira mal. Muy mal. Hasta Darkness, que no se ha
movido de su lado, agacha las ojeras y me bufa.
—¿Pretende ser gracioso, doctor Ríos?
Resoplo. Vale, he empezado yo, pero odio que siga llamándome así, y
más con el tono con el que lo ha hecho ahora mismo.
—Sí, Neizan, pretendo ser gracioso —enfatizo—. Si no lo he conseguido
y he herido tus sentimientos, discúlpame, no ha sido mi intención. —Estoy
cansado, aquí no quiero estar mal con él—. Por favor, aunque solo sea en
mi casa, podrías dejar de llamarme doctor Ríos. La comida está lista.
—¿Me ayudas a quitarme la sudadera… Gabriel? —me pregunta,
enfatizando al decir mi nombre—. Tengo calor.
—Claro.
Al inclinarme para ayudarlo, vuelve a suceder lo mismo de aquella
noche. Su mirada se desplaza ligeramente hacia abajo y se queda ahí,
enganchada unos segundos, antes de volver a mirarme a los ojos.
Estamos tan cerca que su aliento me roza la piel. Carraspeo.
Rompo el contacto visual con una sensación muy confusa. Le ayudo a
sacar con cuidado el brazo izquierdo por la manga de la sudadera y tiro
hacia arriba cuando él estira el brazo derecho. Su cara empieza a emerger
por el agujero del cuello junto una cascada de cabello castaño, que empieza
a caer, enmarañado, a ambos lados de su rostro. Al sacar toda la cabeza, son
mis ojos los que, de forma inconsciente, se desplazan unos centímetros
hacia abajo… hasta su boca…
… y sufro un latigazo de algo que me pilla totalmente por sorpresa y que
me niego a interpretar, pero que acaba en una zona muy concreta entre mis
piernas y la hace palpitar.
Aturdido por lo inesperado de lo sucedido, me retiro al instante y me
coloco a su espalda para guiar la silla.
Él no me dice nada, pero estoy seguro de que no le ha pasado
desapercibido, y de que ha sido muy consciente de adónde se ha desplazado
mi mirada, dado que creo que no me equivoco si digo que es el mismo lugar
que él me miraba a mí un minuto antes.
Mientras avanzamos, intento desterrar a algún rincón de mi cabeza,
profundo y oscuro, lo que acaba de suceder —sea lo que sea—, porque no
puede suceder.
Entramos en silencio y lo dejo observar la estancia. Es una zona amplia
en la que se encuentran la cocina y el salón en un solo ambiente. Casi frente
a nosotros, al otro lado, está el pasillo que lleva a la entrada principal, desde
la que puedes ir: en una dirección, a las tres habitaciones de la planta baja,
que comparten el baño y a mi despacho; y en otra dirección, a «El paraíso»
y al gimnasio, donde hay otro baño y la sauna.
Desde donde estamos se ve la escalera que lleva al piso de arriba. El
techo del salón, inclinado, es de doble altura, por lo que puedes asomarte
desde arriba.
—¿Qué hay arriba?
—A ese lado —señalo hacia la derecha con la mano—, mi habitación, un
baño y una terraza. Y, al otro lado—señalo hacia la izquierda—, una sala de
lectura y música.
—Que está claro que se te ha quedado pequeña. —Mira la pared de la
derecha, donde está la tele. Hay libros por todas partes.
—¿Sabes lo que decía Marco Tulio Cicerón?
—Que una habitación sin libros es como un cuerpo sin alma. Entre otras
muchas cosas.
Lo miro sorprendido y fascinado a partes iguales, es exactamente la frase
que iba a decirle.
—Debido a las copas de los árboles, el mar se ve mejor desde arriba que
desde aquí abajo —comento, sin saber qué otra cosa decir—. Podemos
subir cuando quieras y lo ves. ¿Quieres ver la tuya?
—Comamos primero, si no, se enfriará la comida. Huele muy bien, y
tengo hambre.
En la isla de la cocina hay dispuestas cuatro sillas que son más altas que
las de la mesa y que, de momento, a él le irán mejor. Le ofrezco mi ayuda
para que se siente en una de ellas, pero hay que decir que, en estos siete
días, su tono muscular no ha disminuido prácticamente nada y es capaz de
sentarse con solo la fuerza de la pierna derecha. En cuanto las costillas
dejen de dolerle, con las muletas, tendrá mucha más autonomía.
—Flexiona un poco la pierna, no la dejes totalmente rígida.
—De acuerdo.
Me acerco al horno, saco los dos platos de comida y pongo uno frente al
él, el otro lo pongo donde me sentaré yo.
—¿Qué bebes?
—Agua.
Me muevo por la cocina intentando no pensar demasiado en el cambio
que supone esto para mí. Tenerlo sentado ahí, observando, me provoca una
sensación extraña. Es muy raro. Sé que es un comentario muy manido, pero
hoy entiendo a la perfección eso de que si me hubieran dicho hace un mes
dónde estaría hoy y con quién, no me lo habría creído en absoluto.
—Tienes una casa preciosa. Al menos, lo que se ve.
—Gracias —digo sin dejar de hacer lo que estoy haciendo. Qué era…
ah, sí, aliñar la ensalada.
No lo miro. No puedo. Porque el cerebro no entiende de negativas, y si
lo hago, mis ojos irán donde no deben: al lugar en el que ahora no puedo
dejar de pensar.
Pongo los vasos, los cubiertos y una jarra de agua, y me siento a su lado.
—¿Bendices la mesa? —pegunto muy serio, pero tratando de bromear.
—No. Dios y yo no nos hablamos desde hace años. —Su tono también
es muy serio. Pero él parece que lo dice de verdad.
No esperaba esa respuesta, así que lo miro al instante.
—Deberías verte la cara —se burla. Me ha tomado bien el pelo—. Yo no
creo en lo que no puedo ver si la ciencia no tiene una explicación.
—Ahí entrarían en juego muchas más cosas aparte de Dios. Le vas a caer
bien a mi madre. ¿No tienes fe en nada?
—En mí mismo.
Estoy tentado de responder que hace unos días no era la impresión que
daba, pero no lo hago. Porque su respuesta a los acontecimientos de hace
unos días era la que cabía esperar. De hecho, hay quien tarda mucho más en
reponerse. Es fuerte.
—Comamos.
Guardamos silencio durante unos minutos. Él se afana en cortarse la
carne, pese a que debe resultarle incómodo por la postura tan rígida y las
molestias del lado izquierdo. Pero, si no veo que pueda hacerse daño, no lo
ayudaré a no ser que me lo pida.
Entonces lo veo inclinarse a un lado con un trozo de carne en la mano.
—Si le echas de comer, no se irá, y Eva se enfadará conmigo — le digo,
intentando que no suene a regañina.
—Calla, que ahora es mi amigo —protesta, como si fuese algo de vital
importancia—. Déjame hacer amigos.
Niego y me río. Mi vecina se va a cabrear mucho. Todo el mundo dice
que es una mujer con muy mal carácter. Aunque, las pocas veces que me he
cruzado con ella, ha sido cordial conmigo. Seria pero cordial. Tengo que
decir que, más allá de una conversación que mantuvimos al poco de
mudarme aquí, no hemos cruzado nunca nada más que los buenos días. En
aquella ocasión, vino a disculparse porque Darkness venía mucho a casa.
Me explicó que los dueños anteriores tenían un gato con el que Darkness se
llevaba muy bien. Le garanticé que no me importaba en absoluto, le
expliqué que, de hecho, trabajaba con animales en mis ratos libres, y ahí se
acabó nuestra conversación.
—Haz amigos humanos.
—Los humanos no se me dan bien —responde antes de meterse un trozo
de verdura en la boca.
—Permíteme que lo dude, Pingüino.
No se ríe, y yo pretendía ser gracioso.
—Beth me ha pillado… con la guardia baja —carraspea—, se ha
aprovechado de mi vulnerabilidad.
Supongo que, a pesar de haber sido testigo de dicha vulnerabilidad, yo
no he tenido tanta suerte; no se si llegará a considerarme su amigo en algún
momento. Entonces recuerdo la conversación que mantuve con ella la otra
noche, aquella en la que me habló del efecto Nightingale, y no puedo evitar
reírme en silencio: Neizan y yo estamos a años luz de encajar en semejante
descripción. Niego levemente y desecho ese pensamiento. Sigo comiendo;
no sé ni por qué he pensado en eso. Cuando acabamos, llevo los platos al
lavavajillas.
—Vamos, que te enseño el resto de la casa —le digo antes de ayudarle a
sentarse de nuevo en la silla de ruedas.
Me detengo al pie de la escalera cuando lo veo observar los tres cuadros
que hay colgados en la pared a distintas alturas.
—Sandro Robles —murmura.
No puedo evitar la sorpresa, y no porque Sandro sea malo, que no lo es,
si no porque él no ha vivido en España en los últimos años y Sandro hace
relativamente poco tiempo que destaca como artista.
—¿Conoces su obra?
—No mucho.
Pues cuesta creerlo, Sandro solo firma con sus iniciales.
—¿Te gusta?
—No sabría decirte. Son bonitos, pero yo no entiendo mucho de arte. Al
que sigo y encuentro guapísimo, y un bailarín excepcional, es a su pareja.
—¿Arek Ayala?
Asiente.
Eso tiene lógica. Me pregunto qué cara pondría si le dijera que Sandro es
mi amigo y que Arek fue paciente de mi padre hace años, cuando tuvo el
accidente de tráfico. Yo mismo estudié su caso; las fracturas de Arek siguen
siendo, cuando menos, curiosas para todos los traumatólogos que las hemos
visto.
Sonrío.
—¿Qué te hace gracia?
—Nada.
Si todo va bien, algún día…
—Continuemos con el tour.
—Bonito acuario.
—Sí, gracias a tu nuevo amigo —señalo al suelo, desde donde su nuevo
amigo nos observa pacientemente—, tendré que protegerlo si no me quiero
quedar sin peces.
Me ignora.
Continúo avanzando y lo llevo a la zona del gimnasio. El olor a piel,
metal y engrasante inunda la estancia; creo que hay cosas que ni he
estrenado. Tiene dos paredes de cristal que dan al jardín y que permiten que
la luz entre a raudales durante todo el día.
—No me extraña que Eric no haya dudado en dejarme aquí —murmura
cuando llegamos casi al centro de la estancia—. Menuda sala de tortura.
Tiene razón. A partir de mañana continuamos con la rehabilitación. Y,
cuando las costillas se lo permitan, la cosa se pondrá muy seria. Incluso
hemos alquilado dos máquinas exclusivamente para él; dos monstruos que
dan verdadero miedo de grandes que son.
—Sí, vas a sudar —comento en voz alta, no sé ni por qué.
Él levanta la cabeza y me mira, molesto.
—Y seguro que disfrutarás con ello.
Y vuelve a suceder.
«NO. Le. Mires. La. Boca», me digo a mí mismo. Pero, repito, el cerebro
no entiende de negativas y el «no» se lo pasa por el forro de las pelotas.
Y le miro la boca.
Ha sido breve, un parpadeo, pero lo he hecho.
En serio, ¿por qué lo hago?
Mi entrepierna vuelve a responder de forma muy concreta.
—Sigamos. —Desvío la mirada al instante.
Por mi bien, además, ignoro su último comentario.
—No te imagino haciendo Pole dance. —Señala la barra de acero que
hay clavada del techo al suelo, en un rincón, al lado del ventanal.
—Me la pidió mi ex —le explico—. Creo que nunca llegó a subirse a
ella. Al menos, yo nunca la vi.
El silencio que se instala entre nosotros es casi palpable. Creo que,
aparte del momento en que le hablé de mi hermana, es la primera vez que
mi vida personal sale a la palestra, y lo hace con un fantasma. Un fantasma
al que me doy cuenta de que no he echado nada de menos.
Volvemos a salir al pasillo.
—Esta sala es la favorita de mi amigo Héctor —explico antes de abrir la
puerta de la habitación.
Ante nosotros se abre otro capricho, pero ¿qué le voy a hacer? Esta casa
es enorme para mí solo, tenía que llenarla con algo.
Es la única estancia de la casa que no tiene ventanas. Bueno, y el cuarto
de la plancha y la despensa. Tiene una pantalla curva de casi tres metros por
casi un metro setenta y un sofá semicircular en el que han llegado a estar
sentadas doce personas. Hay una Play 4, una Play 5, una Switch y gafas de
realidad virtual. Hay altavoces por toda la sala, y, a la derecha, nada más
entrar, una diana electrónica; no hay billar porque ya no me cabía. También
hay una nevera pequeñita.
—No me extraña que a tu amigo le guste, es una pasada.
Parece cansado cuando vamos de vuelta por el pasillo hacia la que será
su habitación. Es normal, llevaba siete días prácticamente en cama, y el
primer día que sale del hospital lo estoy haciendo recorrer la casa casi
entera; aunque sea en silla de ruedas. No se ha quejado en ningún momento;
no sé si es porque, pese a todo, se encuentra a gusto o si, por el contrario,
está cohibido y no se atreve a quejarse.
Le abro la puerta del baño; es amplio y podrá moverse sin dificultad. La
ducha está a ras del suelo y no hay alfombras. De hecho, he quitado todas
las de la casa hasta que no haya riesgo de que tropiece.
No dice nada, pero no puede disimular la ligera tensión que se produce
en él cuando ve las barras. Cuando llegamos a su habitación —grande y
bien iluminada, con puerta directa al jardín— la tensión es innegable y la
destila incluso en la voz.
—¿Tenías que ponerme una cama de hospital? —pregunta al entrar.
—Sí. Fue una exigencia de Eric.
Bufa.
—Pero yo también habría elegido esta opción. Porque, como
traumatólogo, me parece la más sabia y porque, aunque no te dé la gana
verlo, para ti es lo mejor. Y también para Beth, que será la que te ayude a
levantarte al principio. —Al escuchar esto último, parece relajarse un poco
—. Te dará autonomía y evitaremos problemas innecesarios —continúo—.
Si te pongo una cama normal y no pides ayuda para levantarte, podríamos
empeorarlo todo. Así podrás ir a tu aire dentro de nada. Y puedes tomar
todo esto de forma negativa o como lo que es: algo que te ayudará a
mejorar. Es pasajero. En tres meses, como mucho, la mayoría de estas cosas
ya no las necesitarás.
No parece que quiera rebatirme cuando acabo mi… diatriba. Sí, creo que
he sido un poco acre con él ahora mismo. Necesito relajarme un poco yo
también; Neizan puede protestar y haber reaccionado mal en algunas
ocasiones, pero es un buen paciente.
—¿Y la caja?
Vale, la caja. Se refiere a una caja de cartón que hay encima de la cama.
Eso ha sido solo idea mía. Ponerle papel de regalo me pareció excesivo. Es
un… detalle práctico.
—Un regalo de bienvenida.
—Gracias. ¿Puedo acostarme un rato?
Pillo la indirecta.
—Por supuesto.
Lo acerco a la cama y lo ayudo a recostarse. No abre la caja. Me dirijo
hacia la puerta, pero, antes de salir, me giro de nuevo hacia él.
—Estas en tu casa, Neizan. Puedes ir a donde quieras.
—¿Menos al ala oeste? —pregunta sin un ápice de humor.
Qué gracioso. Sé perfectamente a qué está haciendo referencia con esa
pregunta. Yo no lo tengo encerrado, y espero, de corazón, que no sea así
como se siente. Joder, también espero que no me vea como a un monstruo.
Me marcho y lo dejo con Darkness, que lo ha seguido a todas partes.
19
Neizan

—¿C ómo va todo, Pingüino? —me pregunta Beth mientras me cura la


pierna. A su lado ya ha colocado de todo: gasas, tijeras, pinzas,
antiséptico.
Me pregunta cada día desde que llegué a esta casa —hace tres— porque
ese primer día fue muy confuso para mí, y le escribí por la tarde; era la
única persona con la que podía hablarlo.
Todo empezó en el coche antes de salir del hospital, cuando él se inclinó
hacia mí para abrocharme el cinturón de seguridad y su olor me inundó las
fosas nasales. ¡Qué olor, por el amor de Dios! Eso ya hizo estragos
conmigo, porque hasta ese momento no había olido a Gabriel; era un
sentido que el hospital me había bloqueado.
Durante el trayecto, me di cuenta de un detalle en el que no me había
fijado hasta entonces porque siempre llevaba bata y reloj. Y es que tiene un
tatuaje en la cara interna de la muñeca izquierda, que, de repente, no podía
dejar de mirar. Fui incapaz de averiguar qué era, y llegó un momento en el
que incluso renuncié a observarlo mientras conducía porque era algo
inhumano. Pero era como si se burlase de mí, de mis intentos por intentar
no sentirme atraído por él, por sus manos, por la forma tan suave y relajada
de moverse, de conducir. Era como si, al percibirlo con otro sentido, se
hubiera producido una reacción en cadena en mi organismo, que iba camino
del cataclismo.
No quería ni imaginar qué podría suponer añadir el tacto a la ecuación…
o peor —o mejor—, el gusto…
Me sentí tan abrumado, que, al llegar aquí, deseé encontrarme una casa
grande y fría que creara un contraste con lo que había sentido hacia él en el
coche.
Nada más lejos de la realidad.
La casa es grande pero no enorme, y es acogedora y preciosa. Y tiene un
jardín precioso, lleno de ardillas, que me encanta.
Ver el cielo abierto, oler los árboles y la hierba, sentir la libertad, sumado
a todo lo que había sucedido en el coche, ya me tenía extremadamente
sensible.
Y entonces comenzó a enviarme señales. Señales que hasta entonces no
había visto en ningún momento en el doctor Ríos, y que desaparecían nada
más aparecer. Miradas, gestos. Eran muy sutiles, pero estaban ahí.
Y el regalo.
¡Me regaló un libro electrónico y un soporte para anclarlo a la cama y no
tener que sujetarlo con las manos!
Confundido, empecé a mandarle mensajes a Beth contándole lo ocurrido.
Fue entonces cuando ella me dijo que Gabriel es bi.
Por la noche, durante la cena, busqué todas esas señales que había creído
ver. Pero nada, se limitó a ser correcto casi hasta la exageración. Y así ha
sido toda la semana. Gabriel «el correcto» en casa; Gabriel «Terminator» en
el gimnasio. Porque, aunque solo llevo aquí tres días y los ejercicios que
hacemos, de momento, son muy suaves, mi tolerancia al dolor es elevada y
no me da tregua.
No me gusta ninguno de los dos.
—Igual —respondo—. Y es mejor así. Estoy aquí a mejorar, no para
echar un polvo.
Estoy muy frustrado.
Quizá tenga mucho que ver precisamente eso: que hace mucho que no
echo un polvo. Y va a pasar mucho más hasta que esa situación cambie, así
que tengo que ir haciéndome a la idea. Y dejar de fijarme en él de ese modo.
Beth se parte de risa.
—¿Quieres que le diga algo?
La miro alarmado.
—¡¿A Gabriel?!
—No, a mi madre —bromea—. ¡¿A quién va a ser?!
—Ni se te ocurra —le advierto—. Y es una amenaza, por si el tono de mi
voz no te lo ha dejado claro.
Su risa se convierte en una risilla ahogada.
—Beth, te lo suplico. No lo hagas.
Termina de ponerme apósitos, recoge todo lo que me ha quitado, lo pone
en una bolsa y se sienta a mi lado.
—Tranquilo, estaba bromeando. Eres capaz de librar tus propias batallas.
—Es difícil luchar contra Terminator.
—¿Ese soy yo? —pregunta Gabriel, entrando por la puerta.
Me atasco con mis propias palabras, y estoy seguro de que me he puesto
del color de las amapolas a la velocidad de la luz.
—No, hablábamos de Darkness —salta Beth.
—Ya.
Por supuesto que no se lo cree, no es tan tonto.
Rodea la cama y mira los puntos de la sutura de la cabeza.
A un gesto, Beth se levanta de la silla y lo deja sentarse a él. Cuando está
a su espalda, me levanta los pulgares en señal de triunfo.
Gabriel se aproxima a mi rostro y me aparta con suavidad el cabello para
mirar bien los puntos, provocando que yo contenga el aliento; pero no antes
de que me llegue su olor a recién duchado y a ropa limpia. Siento un
escalofrío.
Su tatuaje se convierte de nuevo en mi objetivo. Sigo sin averiguar qué
es, pero consigue distraerme lo suficiente como para que me relaje un poco.
Con una destreza increíble, me quita, uno por uno, todos los puntos. El
alivio es instantáneo; el picor era insoportable y me tiraban mucho. Me pilla
por sorpresa cuando acaricia la cicatriz con suavidad. Me estremezco de
nuevo —y no porque tenga las manos frías, precisamente—, y, esta vez, mi
piel reacciona… y con ella mis pezones, que se marcan por encima de la
camiseta.
En serio, ¿qué más puede pasarme delante de él?
Vale, sé que es involuntario e incontrolable, pero ¿por qué mi piel me
hace esto? ¡Mi cuerpo entero reacciona ante su cercanía y me delata! ¡Es
injusto! Desvío la mirada hacia el techo, no quiero mirarlo, necesito
desconectar.
Por Dios, qué ojos tiene.
—¿Qué tal?
—De puta madre —respondo con más brusquedad de lo que realmente
era mi intención.
Otra reacción fuera de control.
Beth no puede contener la risa. La miraría mal si eso no fuese a
delatarme todavía más.
—Luego te doy un aceite para que te lo pongas en la cicatriz —me dice
muy serio, levantándose de la silla. Y, antes de salir, me guiña un ojo.
Flipo. Mucho.
—¡¿Has visto eso?! —exclamo por lo bajo.
Beth se tapa la boca con la mano para no volver a reírse.
***
Cuatro días después, la cosa no ha cambiado demasiado entre él y yo.
—¡Haz más fuerza, Serra!
Juro por Dios que le daría un puñetazo en la boca cuando me llama
Serra.
Me tiene tumbado en la camilla, haciendo presión con la pierna derecha
sobre su pecho desde hace un buen rato; va a acabar conmigo. No mentía
hace siete días cuando me dijo que en esta sala iba a hacerme sudar. Las
costillas me están matando, llevamos más de una hora, entre ejercicios de
respiración y fuerza, y el cuerpo me pide a gritos un respiro.
—Gabriel, por favor, dame cinco minutos —suplico.
Suplico. ¡Yo! Al que Eric tenía que frenar constantemente porque dice
que soy el culmen de la autoexigencia. Pero tengo en frente a alguien que
me exige más que yo mismo. Mucho más. Cuando salgo de las sesiones
estoy muerto.
—De acuerdo. Se acabó por hoy.
Estoy a punto protestar, porque tampoco quería esa reacción; solo
necesitaba descansar cinco míseros minutos. Estos últimos días estamos
llegando casi a las dos horas diarias entre mañana y tarde, pero hoy solo
llevamos cuarenta minutos.
—Beth, ¿cómo van los puntos? —pregunta antes de que yo pueda
protestar.
Beth, que se mantiene siempre a un lado por si la necesita, solo le hace
un gesto afirmativo con la cabeza.
—Vale, avísame cuando esté duchado y les echo un vistazo.
Y se va.
—Odio al Gabriel modo fisioterapeuta —murmuro—. Con todo mi ser.
Vale, no es cierto, no lo odio. Me lleva al límite día tras día, cuando
acabo estoy destrozado, pero con la sensación de que lo estoy dando todo.
Me hace sentir bien cuando los músculos dejan de gritar pidiendo auxilio.
Beth se ríe y se pone a mi lado.
—Vamos, Pingüino. Que ya verás como te los quita hoy.
Me ayuda a levantarme y me acerca las muletas.
Un rato después, estoy recostado en la cama con la incisión destapada y
Beth está a mi lado. Estamos esperando a que venga Gabriel.
—¿Te he dicho ya que me gusta mucho tu habitación?
Miro a mi alrededor. Aunque es una estancia preciosa, le faltan muchas
cosas para que pueda considerarla «mi habitación», pero eso no voy a
decírselo.
—Toda la casa es preciosa —respondo en su lugar.
En ese momento entra Gabriel. Se acerca a mí y me mira la pierna. La
manipula despacio y me pasa los dedos con suavidad por la sutura.
Yo no me he atrevido a mirarla aún. Como es Beth la que me la cura y
para ducharme me la cubre, no sé qué aspecto tiene. —Vístete, Pingüino —
me dice al incorporarse—. Te vienes con Terminator a ver a la doctora
Adams. Nos ha hecho un hueco dentro de un rato.
Me pongo nervioso al instante. No he salido de esta casa en una semana,
y ha sido algo voluntario porque no quiero que nadie me vea así. Aquí se
respira tranquilidad y me he sentido muy protegido.
También me preocupa lo que pueda decirme la doctora Adams; es la
única que aún no me ha expuesto el problema que ella arregló (quizá el más
importante de mi tándem), y no sé qué esperar. Aunque Gabriel ya me ha
dejado claro, en más de una ocasión, que la fractura de fémur era limpia y
no me dejará secuelas, de la musculatura no hemos hablado. Sé que aún es
muy pronto para determinar nada; llevo los puntos y el fijador, y noto
mucha tensión y me molesta.
Cuando él sale de la habitación, miro Beth con el corazón encogido. Ella
me sonríe.
***
Hace un día precioso y, durante el trayecto, intento no pensar demasiado en
mi destino. Me concentro en la ciudad, en el jaleo; dentro de tres días se
celebra mi fiesta favorita y, si me concentro, puedo evocar el olor a rosa y
libros.
El edificio, una clínica privada ubicada en una de las zonas más ricas de
Barcelona, es moderno; alto y acristalado, muy sobrio.
—Eh, Pingüino, ¿estás bien? —me pregunta Beth en voz baja, desde el
asiento de atrás, cuando entramos en el parking.
—Nervioso —admito, acariciándome la pierna por encima de los
apósitos.
Gabriel no me dice nada, pero noto (creo) cómo aprieta el volante entre
las manos.
—Irá bien. Lo estás haciendo genial —susurra ella. Se ha inclinado hacia
delante en su asiento y me aprieta el hombro con suavidad.
Alargo la mano derecha, cojo su mano y la presiono, en señal de
gratitud.
Desde el parking, accedemos a un vestíbulo grande, blanco y diáfano,
donde nos recibe una recepcionista muy seria, alta y bien vestida, que lleva
un auricular en el oído.
—Doctor Ríos. Señor Serra. —Mira a Beth.
—Enfermera García.
Asiente.
—Vengan conmigo, por favor. La doctora Adams ya os está esperando.
Nos conduce por unos pasillos, anchos e igual de diáfanos que el
vestíbulo, hasta una consulta con una placa fuera: Consulta 4. Dra. Adams.
Traumatología y Ortopedia. Cuando entramos, una mujer rubia —más
guapa de lo que había imaginado—, que no tendrá más de treinta y cinco
años, levanta la mirada de un montón de papeles y nos sonríe.
Bueno…, especifico: le sonríe a él.
—Gabriel, cuánto me alegro de verte por aquí —exclama con un
marcado acento americano mientras se levanta y sale de detrás del
escritorio.
—Adams.
Lo abraza como si fuesen íntimos amigos —que quizá lo sean—, y yo
siento una punzada en el pecho de algo que me es desconocido y que no me
gusta.
—Señor Serra. —Se dirige a mí, extendiéndome la mano—. Soy la
doctora Mia Adams.
—Es un placer conocerla, doctora Adams. —Estrecho su mano.
—Adams, ella es Elisabeth García, la enfermera contratada para Neizan
—la presenta Gabriel.
—Un placer, García.
—El placer es mío, doctora Adams —responde ella con educación.
—Hacía mucho que no te veía —le dice a Gabriel al mismo tiempo que
le aprieta el brazo con suavidad.
—He estado muy ocupado —se limita a contestar él.
—Thali me ha contado algo.
Él esboza una leve sonrisa. Todas sus reacciones con ella parecen
comedidas. No es el Gabriel que yo conozco.
—Por favor, túmbese en la camilla —me indica.
Beth se acerca a la camilla, la incorpora un poco para mí y me ayuda a
recostarme. Sin que nadie se lo pregunte o se lo pida, me quita todos los
apósitos de la pierna. Por primera vez, la observo cuando lo hace… y me
arrepiento al instante.
El impacto visual es tal, que siento como el mundo se desplaza de su eje
y empieza a girar sin control a mi alrededor. Creo que me estoy mareando y
los ojos se me están llenando de lágrimas.
Gabriel y Beth se dan cuenta enseguida, y acercan a mí.
—Neizan, ¿qué sucede? —me pregunta él, alarmado.
—Nada —respondo como puedo.
—¿Cómo que nada? Te has puesto blanco de repente.
—Creo que no la había visto hasta ahora —susurra Beth—. Doctora,
¿dónde puedo conseguir agua?
Joder, no.
—Estoy bien.
—Eh, Neizan, mírame. —Gabriel me pasa la mano por la frente y el
pelo; de repente, estoy sudando—. Vamos, parece peor de lo que realmente
es.
Cuando por fin consigo controlarlo y el mundo se detiene, me encuentro
de nuevo con sus fantásticos ojos verdes…
—Eh, ¿estás bien?
… y su voz.
—Creo… —digo con dificultad— que me he mareado.
—¿Crees?
Menudo déjà vu.
—¿Quieres agua? —me pregunta Beth, ofreciéndome un vaso.
—Sí. —Bebo un par de sorbos pequeños—. Genial, tengo que ir dando
el espectáculo por dónde voy —bromeo, tenso. No quiero volver a mirar
hacia abajo.
Me dan unos minutos más y la doctora Adams procede a examinarme
cuando les garantizo, al menos tres veces, que me encuentro bien. Aun así,
creo que he dejado de prestar atención en el momento en que ha empezado
a movilizarme la piel; un nubarrón enorme obnubila mi mente.
Mientras me quita los puntos, me habla de la rapidez de actuación del
equipo médico (indirectamente: de Gabriel), de desbridamiento de bordes
(no sé ni qué significa esa palabra), de femorales profundas, nervios y
músculos…
—Mia, por favor, háblale de una forma un poco menos técnica —le pide
Gabriel.
No me dice nada más hasta que termina.
—Quiero volver a verlo.
«¿A mí o a él?», estoy tentado de responder, mirando un instante a
Gabriel. «Idiota», me regaño a mí mismo.
Me coloco las muletas, me despido y salgo de la consulta.
—Estarás bien —me susurra Beth en el pasillo. Creo que es más que
evidente mi decepción.
Gabriel se ha quedado despidiéndose de la doctora.
No me gusta cómo se tratan, esa familiaridad.
***
La visita a la doctora Adams, lejos de mejorar mi estado de ánimo, lo que
provoca es que vuelva a sentirme muy vulnerable y perdido. En primer
lugar, porque no me aclaró nada y yo tengo mucho miedo de preguntar. Y,
en segundo lugar, porque me hizo entrever que siento algo por Gabriel, y
eso me asustó.
¿Por qué? Porque tengo mucho miedo de sentir; de ese tipo de
sentimientos.
Las siguientes dos semanas las paso encerrado en mí mismo,
concentrado en mi recuperación e intentando con todas mis fuerzas
alejarme de él.
20
Neizan

H ace un mes del accidente, y, durante las últimas dos semanas, mi


mejoría ha sido más que evidente. Las costillas ya casi no me duelen y
mi pierna va bien. Gabriel se ha centrado sobre todo en los ejercicios
respiratorios para mis pulmones, en evitar la pérdida de movilidad en la
rodilla y en mantener, en la medida de lo posible, mi tono muscular. No
perder nada de masa muscular era imposible dado las limitaciones que
tengo, pero me encuentro bien.
Vamos de camino al hospital y, antes de salir, me ha dicho que si mis
fracturas están consolidando de forma adecuada hoy lo veremos en las
radiografías.
No voy a negarlo, estoy nervioso.
Cuando entramos en el parking y detiene el coche, nos mira a Beth y a
mí.
—Entraremos por dónde salisteis la última vez e iremos por el interior
hacia rayos. Nadie, salvo Sofía y Rafael, sabe que estás aquí —se dirige a
mí—. Valoraremos los resultados y enseguida nos iremos. No verás a
Rafael si no es necesario.
Asiento, conforme con el plan. Tras la salida para ver a la doctora
Adams, no he vuelto a salir a la calle. Sigo sin querer que nadie me vea así
y él lo sabe. No he vuelto a mirar ni una noticia desde aquel día en el
hospital, y no sé qué se dice de mí en el exterior.
***
Tras cinco placas en distintas posiciones, Beth me ayuda a vestirme y una
enfermera nos acompaña a una sala en la que esperamos a que Gabriel le
diga si podemos salir. Parezco un famoso que intenta escapar de los
paparazzi, ¿verdad?
Ja. ¿Quién dice que no sé bromear?
—¿Sabías que es zurdo? —pregunto para matar el tiempo al pensar por
nonagésima vez en el tatuaje de Gabriel.
Lo de alejarme de él no está resultando una tarea fácil.
Beth sonríe.
—¿Sabes que hay material quirúrgico que no está adaptado a los zurdos?
Dicen que en el quirófano es ambidiestro. Es de conocimiento general que
usa igual de bien la derecha que la izquierda —añade con un tono de voz
tan descarado que la miro al instante—. Me han dicho que es la leche
verlo… operar. —Está conteniendo la risa—. Todos en el hospital se
preguntan si será tan versátil en otros aspectos de su vida. Es difícil saberlo
porque, que sepamos, no ha salido con nadie de aquí. El Reversible, lo
llaman.
¿Sabrá él el apodo que le tienen puesto?
Me mira traviesa y yo pongo los ojos en blanco, aunque por dentro me
resulte divertido. Las cosas entre él y yo están más bien frías, pero Beth se
burla de mí a menudo.
Voy a contestarle, pero le suena el teléfono.
Lo saca, mira la pantalla y frunce el ceño. Durante un par de minutos no
dice nada.
—Esto sí que es una sorpresa —murmura.
—¿Buena o mala?
—Rara.
Ella sí que es rara. Nunca había conocido a nadie como ella. Hay que
decir que no soy una persona muy predispuesta a conocer a otras. Nunca he
tenido relaciones serias… Bueno, nunca he tenido relaciones, a quién
quiero engañar. Mi círculo de amigos es extremadamente —por no decir
alarmantemente— reducido. Me cuesta confiar, me han hecho daño
demasiadas veces y con demasiada contundencia.
—Es Jana. Dirige una empresa de organización eventos junto a su
hermano; es la que está organizando mi boda. Ya era mi amiga en la
universidad. Éramos cuatro compañeras de piso, y ha formado un grupo con
todas llamado (cito textualmente): «Retomar aquello que se perdió en el
olvido». Está loca. —Se ríe—. Jolín, con Noelia contacté hace años. Bueno,
ella lo hizo conmigo porque me vio en la red social de un amigo suyo que
fue mi paciente, pero no hemos vuelto a saber mucho la una de la otra. A
Aina hace siglos que no la veo. Nos llevábamos genial. Nuestras fiestas
universitarias eran épicas —añade con nostalgia—. Mare de Déu[2], ya hace
diez años de aquello. Nos propone salir esta noche a tomar una copa.
—Irás, ¿no?
Me mira con ojos de cordero degollado.
—Va, tienes salir y tomarte una a mi salud.
Antes de que me diga nada, el teléfono vuelve a sonarle y lo guarda
después de leer el mensaje
—Volvemos al coche, Pingüino. Eso significa que todo va bien. Seguro
que te enseña las radiografías en casa. Vamos.
Llevamos diez minutos en el coche cuando aparece Gabriel. Se lo ve
contento, y yo exhalo cuando ni me había dado cuenta de que estaba
conteniendo el aliento.
—Todo va bien, Neizan —me informa—. En casa hablamos.
Arranca el coche, gira el cuerpo con una gracilidad antinatural en un
cuerpo como el suyo, pone la mano en mi reposacabezas, haciendo que su
olor me invada, y da marcha atrás. Nos ponemos en marcha, pero, quince
minutos después, me doy cuenta de que no vamos dónde yo creía que
íbamos.
—¿Tengo cita con la doctora Adams? ‫—؜‬pregunto al ver el edificio.
—No —responde él—. Con la doctora Ríos. Cuando vinimos la otra vez,
ella no estaba y era pronto.
¿Con la doctora Ríos? ¿Con su hermana? ¿Pronto para qué?
—Está deseando conocerte.
Nos vuelve a recibir la recepcionista de la última vez, que nos indica que
la doctora Ríos ya nos está esperando. Subimos hasta la cuarta planta en
ascensor y llegamos a un recibidor tan diáfano y bien iluminado como de la
consulta de la doctora Adams. Lo componen una planta, una sala de espera
con cuatro sillas y una mesa en un rincón, un mostrador de control y cuatro
puertas. Las dos chicas que hay detrás del mostrador sonríen de oreja a
oreja cuando ven a Gabriel.
—Hola, chicas.
Bueno, parece que no soy el único que se pone rojo delante de este
hombre. Ambas lo saludan con un tímido «Hola, doctor Ríos».
—¿Está ocupada?
—No. No tiene a nadie hasta dentro de veinticinco minutos.
—Genial. Gracias, chicas.
Gabriel se dirige a la puerta de otra consulta muy similar a la de la
doctora Adams, solo que en la placa de esta pone: Consulta 3. Dra. Ríos.
Neurocirugía. ¿Qué va a hacerme a mí una neurocirujana?
Llama dos veces y, sin esperar respuesta, abre la puerta y asoma la
cabeza.
—Doctora Ríos —lloriquea, lastimero—, necesito un trasplante.
Se oyen risas en el interior.
—¿De cerebro? —bromea ella también—. Desde que naciste, doctor
Ríos.
Gabriel abre la puerta del todo y entra en la consulta con una sonrisa
radiante. Beth y yo entramos tras él.
—Es que te llevaste toda la inteligencia.
Ambos se abrazan a mitad de camino.
—¿Dónde has estado estas dos últimas semanas? Te veo menos desde
que no trabajas.
Hasta hoy, no había conocido a nadie de su familia. Él sale de casa de
vez en cuando, pero a casa no ha venido nadie. Y estoy seguro de que es por
mí.
—¿Quién ha dicho que no trabajo? —replica él, fingiendo sentirse
ofendido. Se separa de ella y se gira hacia nosotros—. Thali, quiero
presentarte a Neizan Serra.
Y ahí están, una réplica exacta de los ojos verde fantasía de Gabriel, pero
con un brillo distinto; el mismo color de cabello, pero más largo; alta,
aunque no tanto como él, y más estilizada, porque Gabriel es más ancho de
hombros y más… grande en general. Ella no tiene el lunar sobre los labios,
pero sí una sonrisa más potente; de mil vatios.
Es guapísima y…
—Sois iguales —digo en voz baja.
En las fotografías que Gabriel tiene por casa, se les ve el parecido como
hermanos que son, pero no este nivel de parecido.
«O tú no te habías dado cuenta porque solo lo miras a él». Le saco el
dedo corazón a mi subconsciente.
—Eso no es verdad —protesta ella—. Yo soy más guapa, Neizan.
Permíteme que te tutee. Pero sí, por desgracia para mí, somos mellizos. ¿No
te lo había dicho mi hermano? —Y me abraza sin ceremonias.
—Me habla de su hermana pequeña —respondo al devolverle el abrazo.
Nathalia lo mira con una mezcla de diversión y disgusto.
—No se puede caer más bajo, Gabi —le regaña—. Soy once minutos
mayor que tú.
Y… Gabi se ríe; es difícil no ver la devoción que le profesa a su
hermana. Se pone entonces a su lado y, sonriendo, nos mira a Beth y a mí.
—Yo nunca he dicho «hermana pequeña», que conste. Y, ¿es o no es más
pequeña que yo? —nos pregunta con guasa, mirando desde arriba a su
hermana y señalándose a sí mismo y a ella con el dedo.
Ella lo empuja de broma, y nosotros nos reímos.
—No tienes remedio.
—También es más lista —la pelotea—. Thali, ella es Beth. —Ni
Elisabeth ni enfermera.
—Ayudante de dirección —bromea ella antes de acercarse y abrazarla
también.
Miro a Gabriel y alzo las cejas, interrogante. Asiente; me ha entendido a
la primera.
—Nathalia…
—Thali, por favor —me pide—. También hay quien me llama Nath.
—Thali, quiero darte mi más sincera enhorabuena.
Ella mira a su hermano con reprobación.
—Chivato.
—Tenía que contárselo a alguien.
—Muchísimas gracias, Neizan.
—¿Qué me he perdido? —finge Beth.
¡Es verdad! Se supone que ella no lo sabe.
—Estoy embarazada, Beth.
Gesto de sorpresa digno de Óscar de la Real Academia por parte de Beth.
Qué miedo da.
Sonrío.
—Enhorabuena, doctora Ríos.
—Thali, por Dios —insiste—. Cuando queráis podemos empezar.
Yo aún no sé qué es lo que vamos a empezar.
—Le he pedido a la doctora Ríos que te haga una prueba —me explica
Gabriel.
¿Una prueba? ¿Qué prueba?
—Se llama electromiograma —me informa ella—. Y nos dirá el estado
de tus nervios, Neizan.
El estado de mis nervios.
El corazón se me acelera de golpe, pero solo asiento.
—Ahora que tu inflamación ha disminuido —continúa—, tu
traumatólogo y fisioterapeuta quiere saber si tus nervios envían las señales
eléctricas a tus músculos correctamente.
—¿Si hay algún daño…?
—No pienses en eso ahora, Neizan. —Alarga la mano hacia mí y me
aprieta el brazo con suavidad—. Si sospechase de daño neurológico grave,
tu especialista lo habría notado. Él solo quiere estar seguro.
Miro a Gabriel, que asiente con la cabeza.
—Esta prueba puede resultar un tanto desagradable —me avisa—, y me
gustaría hacértela en ambas piernas para poder contrastar resultados.
Asiento de nuevo. Tampoco es que pueda negarme.
La prueba —que para cuando empieza ya no recuerdo cómo se llama—,
consiste en colocar dos pequeñas placas a ambos lados del músculo, entre
los que Thali inserta una aguja mientras me pide que haga fuerza con la
pierna y la relaje. Es una prueba molesta, y el sonido que hace el monitor
muy desagradable, pero Thali es una persona muy agradable y relajada que
te hace sentir bien mientras realiza su trabajo. Hasta tal punto, que me
sorprendo a mí mismo muy concentrado, observando con curiosidad real lo
que hace.
—En cuanto tenga los resultados te los envío —informa a su hermano
cuando acaba.
—Vale.
—Déjate ver un poco más, hermano —le lloriquea antes de abrazarlo—.
Que te vendes muy caro.
Él hace una mueca de culpabilidad.
—¿Por qué no venís…? —Se detiene, y pasa de mirarla a ella a mirarme
a mí—. ¿Te importa si los invito a cenar esta noche?
Me quedo de piedra. Literalmente.
¿En serio acaba de preguntarme a mí si puede invitar a cenar a su
hermana a su casa?
—¿Por qué me preguntas a mí? — No puedo evitar el tono de
incredulidad.
—Bueno, ahora mismo también vives en esa casa. Y si no te apetece…
—Por favor, di que sí, Neizan —me suplica Nathalia.
Beth, a la que sigo sujeto, me aprieta el brazo con discreción.
—Es que yo no tengo ningún derecho a decidir… —Jolín, no puedo con
esa mirada. Ahora tengo ojos verdes a pares, y no sé qué par me afecta más.
«Los de él», dice mi vocecita—. Por favor, Nathalia…
—Thali. O Nath —vuelve a insistir.
Me muero de vergüenza. Esto es ridículo.
—Por favor, Thali, venid a su casa a cenar esta noche.
—¡Sí! —exclama, entusiasmada.
Absurdo. Todo esto es absurdo.
21
Gabriel

—¿V es eso de ahí?


—¿Eso?
—Sí. Eso es la fractura.
Le estoy mostrando todas sus radiografías, y es la primera vez que lo veo
mostrar tanto interés por sus lesiones. Estamos en mi despacho, sentados
uno al lado del otro frente al ordenador.
—Fue una fractura limpia que evoluciona bien. Y aunque tú no notes la
diferencia entre estas dos imágenes —señalo una de las primeras
radiografías que le hicimos tras colocarle el fijador y la de hoy—, créeme,
la hay.
—Te creo.
Genial. Porque llega un momento crucial.
—Neizan —me giro hacia él, y nuestros rostros quedan frente a frente—,
no voy a quitarte el fijador externo.
Se tensa y coge aire, que luego exhala con calma.
—¿Por qué?
—Este tipo de fijación se puede poner cuando, como en tu caso, hay
heridas abiertas con alto riesgo de infección. De cambiarlo, deberíamos
haberlo hecho ya. La herida de tu pierna va muy bien, pero, aunque Adams
de su visto bueno en la próxima visita, no quiero volver a abrirte y tocar
más tu musculatura. —Miro de nuevo sus radiografías—. Es posible que
una fijación interna te molestase a la larga e incluso que la rechazases. En
cualquiera de esos casos, habría que volver a intervenir para quitártela. —
Suspiro—. Son demasiados riesgos, y este fijador cumplirá perfectamente
su función.
Lo veo tragar saliva. Tengo clarísimo que el fijador externo es un
calvario para él; un recuerdo constante, visual y tangible, de su situación.
—Confío en ti —me hace saber a escasos centímetros del oído. He
notado incluso su aliento en la piel.
Me bloqueo durante unos segundos. Llevo un mes intentando —no
siempre con éxito— mantener las distancias con él, y, ahora mismo, me
pone muy nervioso tenerlo tan cerca; hablar con él de este modo tan…
cercano (y no hablo solo de proximidad física).
Tengo casi treinta y ocho años, vamos a ser francos, sé cuándo alguien
me atrae. Y Neizan me atrae mucho. Pero esto no puede suceder. Por
muchas y diversas razones.
—Si no lo quito —miro la pantalla de nuevo y continúo, intentando
recomponerme—, puede que tengas que llevarlo hasta cinco meses, en el
mejor de los casos.
—Mi sueño siempre fue ir a las Olimpiadas —confiesa, inseguro. Y yo
vuelvo a mirarlo.
Sé lo que está buscando: apoyo. Es un luchador, me lo ha demostrado
este último mes a pesar de las limitaciones. Para los Juegos Olímpicos
faltan solo diez meses y quiere creer que puede hacerlo. Pero duda de sí
mismo y su cuerpo no está de su parte. Por eso ha hablado en pasado, como
si ya no soñara con ello o no se permitiera o atreviera a hacerlo.
—Podrías. —Porque sé que, si sigue evolucionando así y si quiere,
puede conseguirlo—. Yo sé que sí.
No salta de alegría, es comprensible, pero exhala el aire, como si le
acabase de quitar un gran peso de encima. Alguien más confía en sus
posibilidades, y eso lo relaja. Sé que echa de menos a Eric. No solo es su
primer entrenador y representante, también es su amigo y una persona en la
que se nota que confía mucho. También sé que echa de menos a las niñas.
—No será fácil —le hago saber, Pero sé que tengo delante un claro
ejemplo de perseverancia y tenacidad—. Y te garantizo que va a ser
doloroso. —Ya lo está siendo—. Pero puedes conseguirlo.
Me mira muy serio, y noto cómo, más abajo, gira una de las gomas
negras que lleva siempre en la muñeca izquierda.
—Vale. Sigue.
Lo observo unos segundos más, no quiere hacerse más ilusiones de las
estrictamente necesarias. Aún no lo tiene claro, pero soy consciente del
cambio que se ha producido hoy en él. Está enfrentando de verdad su
situación por primera vez en semanas, y a mí me tiene… fascinado.
Carraspeo y vuelvo a mirar el monitor.
—Serra, la espalda derecha —le regaño.
Por el rabillo del ojo, noto cómo se incorpora lo poco que se había
inclinado hacia mí. Sé que acabo de destrozar —como tantas otras veces
durante las últimas tres semanas— uno de esos momentos en los que
consigue confiar —tal y como acaba de decir— en mí como médico.
—Sí, doctor Ríos —responde, molesto.
Sí, sé perfectamente que le molesta, lo hago a propósito. Es el único
modo que he encontrado de alejarlo de mí. Porque, de verdad, que no puedo
permitir que esto vaya más lejos.
Le enseño entonces la radiografía de las costillas y le explico lo que he
hablado con Rafael, pero ya no me escucha. No sé por qué le molesta tanto
que lo llame por su apellido, pero funciona. Y lo lamento.
Tengo que acabar con esto ya. Hace rato que siento que las paredes del
despacho se contraen poco a poco, y que cada vez está más cerca de mí.
—Voy a empezar a hacer la cena —comento.
—¿Ya?
—El plato favorito de Thali es lento de hacer. ¿Quieres ayudarme?
***
Ha sido una mala idea, una muy mala, pésima. Tener a Neizan en mi cocina
no me ayuda… bueno, con la cena sí; el chico es eficiente cortando
ingredientes, pero también lo es descolocándome física y mentalmente. He
evitado estas situaciones desde el primer día que pisó esta casa y pasó lo
que pasó en el jardín y en el gimnasio. Pero, ahora mismo, en lo único que
puedo pensar es en esos mechones ondulados que caen por su cuello
después de que se haya recogido el cabello.
De verdad, qué puta tortura.
Fue desconcertante descubrir lo que me provoca fuera de las paredes del
hospital, y, durante todo el mes, he intentado no ver más allá del deportista.
Centrarme en ayudarlo a recuperarse y darle un lugar donde se sienta
seguro y tranquilo mientras lo hace. Lo he intentado con todas mis fuerzas,
de verdad que sí. Pero no he podido evitar lo que me hace sentir cuando lo
veo pasear despacio por casa, leer o alimentar ardillas en el jardín, hablar
con Eric y su familia, jugar con un gato que ni siquiera es mío o hacer yoga.
Es en esos momentos cuando más lo observo sin que él sea consciente de
que lo hago.
No puedo engañarme a mí mismo. A pesar de que casi no le he permitido
abrirse a mí en lo personal —ni yo lo he hecho con él—, sé que me
gustaría. Pero hay demasiadas diferencias entre nosotros; la edad es una de
ellas. Es demasiado joven. Tengo límites, y Neizan y yo nos llevamos casi
trece años; es la base de mis fundamentos para evitar arrojarme sobre él y
follármelo aquí mismo si él quisiera…
Y lo que está haciendo ahora mismo no me ayuda.
—Me estoy muriendo de calor —comenta mientras trata de sacarse la
camiseta.
No lo ayudo, aunque sé que aún le cuesta un poco levantar los brazos.
No puedo. No quiero. No quiero acercarme a él fuera de ese gimnasio.
—Hace calor con el fuego y el horno encendidos, y el sol calienta mucho
los cristales —comento como si nada.
Al final se queda solo con la camiseta de tirantes que lleva debajo. El ala
derecha de la mariposa que lleva tatuada en la espalda le asoma por la
curvatura del tirante. Sé que es conocido en el mundo deportivo como «la
Mariposa», pero no sé por qué lleva tatuada una; una mariposa de colores.
No me he atrevido a preguntarle, a pesar de que la he tenido en frente y la
he tocado casi a diario.
Me obligo a retirar la mirada y a seguir con la cena.
Qué larga va a ser esta recuperación.
—¿Por qué sonríes?
—¿Yo? —¿Estaba sonriendo?
Se gira y mira alrededor de una forma tan natural que yo también lo
hago, pensando que ha visto u oído algo; Darkness ya se pasea por aquí
como Pedro por su casa, así que no sería raro que fuese él.
—¿Ves a alguien más por aquí?
Me río.
—Sigue troceando, Pingüino.
—Como te gusta dar órdenes, Terminator.
Sonrío y me muerdo el labio. Lo peor de toda esta situación es que sé
que yo a él también le atraigo.
—Ni te imaginas —le digo.
Y le guiño un ojo. Algo que he hecho en más de una ocasión durante este
mes y que parece ser que no puedo controlar.
Mal. Lo sé. Muy mal.
***
Fuera ya anochece cuando acabamos de preparar la cena.
—Quiero ducharme antes de cenar —me dice.
Me quedo parado un segundo. A eso lo ayuda Beth. Ya sé que soy
médico y todo eso, y que no debería suponerme un problema…
—No necesito tu ayuda. —Corta el hilo de mis pensamientos de golpe,
como si supiera en qué estoy pensando—. Beth ya no está a mi lado cuando
lo hago, solo permanece cerca. Me enseñó a hacerlo solo con un brazo y a
evitar que se mojen las perforaciones del fijador. Puedo incluso curarme
solo. Ella lo hace todo más rápido y menos molesto, pero puedo hacerlo
solo por una vez.
—Ok. No cierres la puerta para que pueda oírte. Me quedaré por aquí,
poniendo la mesa… y eso. Si necesitas algo, llámame.
—De acuerdo —responde antes de coger la camiseta que se ha quitado,
las muletas y marcharse despacio hacia su habitación.
Lo persigo con la mirada hasta que se pierde al doblar la esquina, hacia
el pasillo.
Desde que está aquí, he evitado las reuniones de cualquier tipo en casa, y
no sé qué esperar de esta noche. Mi hermana y mi cuñado son dos personas
maravillosas, pero tal vez no debería haber planeado nada. Aunque hoy
parece distinto, quizá Neizan no tiene ánimo para cenas familiares y no me
lo dirá.
Por otro lado, no puedo negar que me encanta la idea. Normalmente no
tengo tiempo para nada de todo esto…
Lo que me hace recordar que soy el peor hijo del mundo. Desde que
Neizan llegó a casa, casi no he visto a mi familia; no me gusta dejarlo solo.
Mi madre me va a desheredar.
***
Regresa ya duchado, trae el pelo húmedo y se ha puesto un pantalón que no
le había hasta ahora. No es como los que le arregló la madre de Beth. Este
le cubre más de la mitad del fijador, y la tela va muy tensa. Se pone muy
serio cuando se da cuenta de lo que miro.
—Lo sé, molan más los otros, puedo ir sin ropa interior—comenta,
intentando bromear, cuando se acerca a mí.
Vale, intuyo que, aunque sepa curarse las perforaciones del fijador, es
algo que prefiere no tener que hacer él. Es evidente que aún lo hace sentir
muy inseguro, y supongo que lo ha dicho para intentar animarse.
—Fuera todo lo que estorbe —bromeo. Me arrepiento nada más decirlo.
Y, nervioso, desvío la mirada hacia la mesa que se supone que estoy
terminando de poner.
—¿Desnudo entonces?
Joooder.
Hemos pasado de cero a cien en unas horas.
Niego con la cabeza y sonrío, no se puede ser más descarado. Aunque la
estampa no tendría desperdicio ninguno, estoy seguro de ello; mi
entrepierna también lo está.
—Me gustaría que te sintieses como en tu casa. —Intento relajar la
situación sin hacerlo sentir peor—. No era necesario que lo cubrieras. Mi
hermana ya te ha visto. —«Y sabe perfectamente lo que se siente en tu
lugar», pienso—. Además, abre cerebros, verte con cuatro hierros no la hará
sentir incómoda. A Sergio tampoco, créeme.
—Solo quería… estar presentable —comenta, poniéndole un tono burlón
al «presentable», y sonríe de oreja a oreja.
Por dios, qué puta sonrisa. No puedo dejar de mirarle la boca.
Estoy a punto de responder con otra broma, pero me callo porque creo
que esto va de algo muy serio y porque hemos empezado una guerra de
indirectas que podría no llevarnos a buen puerto…
«O sí, según se mirase».
¡Qué frustrante!
Carraspeo.
—¿Y te sientes cómodo?
—No.
—Ve a cambiarte.
Duda durante unos segundos, pero, al final, me hace caso y se va de
nuevo hacia su habitación. Cuando regresa, lo hace con uno de los
pantalones tuneados.
Sonrío Y, entonces, pienso en lo que ha dicho antes, eso de que estos
molan más porque puede ir sin ropa interior; una imagen mental que NO
necesitaba, porque…
«No mires hacia abajo», me advierto cuando siento el impulso de mirarle
la zona en cuestión. «No le mires la entrepierna, joder».
¿Qué dije hace tres semanas de que el cerebro no registra una negativa?
Pues eso, que miro. Y estoy seguro de que se ha dado cuenta, porque
medio sonríe.
Genial.
—Voy a ducharme yo también, aún falta media hora para que lleguen
Thali y Sergio.
Necesito largarme de aquí.
—Yo descansaré un rato. —Señala el sofá del salón.
—Vale.
Cuando voy por la mitad de la escalera, él se está sentando en el sofá.
Entonces, levanta la mirada y, al ver que yo también lo miro a él, sonríe. Y
yo… le guiño un ojo.
Pero ¡¿por qué lo hago?!
Cuando llego arriba, el aire cambia. Aunque parezca una tontería, se nota
que es un lugar que él no ha invadido todavía, lo que me hace sentir bien y
mal a la vez. Y no voy a preguntarme el porqué.
Preparo la ropa sobre la cama y me meto en la ducha. Y en la intimidad
de ese espacio al que él aún no ha llegado, me toco con calma —y no puedo
decir que es la primera vez—. No puedo con esta tensión sexual que se ha
ido generando poco a poco, y que hoy parece haber rebasado el borde. Me
masturbo intentando que sea solo un alivio rápido, pero acabo pensando en
esos mechones sobre su cuello, en esa sonrisa pícara que empiezo a ver a
menudo, en la curva donde su espalda empieza a dar forma a su culo, en
cómo me gustaría agarrarme a esa curva…
… y me corro.
Me arrodillo jadeando y dejo que el agua y el jabón se lo lleven todo: el
deseo, la culpa, las ganas…
Todo.
***
Desde arriba veo que se ha quedado dormido con la televisión encendida.
No me extraña, el ajetreo de hoy ha sido intenso. No voy a despertarlo hasta
que lleguen Thali y Sergio. Bajo y me acerco al sofá, le bajo el volumen a la
televisión y me siento en el sofá de al lado. Me recuesto en el respaldo,
apoyo la cabeza en la mano y lo (ad)miro ahora que puedo.
Es guapo, muy guapo, es innegable. Tiene un cuerpo de vértigo y una
preciosa cara llena de pecas que acompaña a una personalidad desinhibida y
descarada cuando se atreve a ser él mismo. Me remuevo.
«Pero tiene veinticinco y vive en Canadá», me recuerdo por millonésima
vez.
Suena el timbre y se despierta. Y me pilla. Y, durante unos segundos,
ambos ignoramos el hecho de que hay que salir a abrir la puerta. Nos
miramos. Nos miramos sabiendo perfectamente lo que queremos expresar
con esa mirada.
Un mes.
Un mes intentando distanciarme, y en unas horas se ha ido todo a la
mierda.
Voy a abrir la puerta con una semierección de la hostia…
… y me llevo la sorpresa del siglo cuando me encuentro a Núria en la
entrada.
Se me baja todo de golpe.
—Hola, Gabi.
A pesar de que lo hizo durante casi dos años, ahora me incomoda que me
trate así, con familiaridad. No reacciono —el shock y eso— hasta que
intenta acercarse y, de forma automática, pongo la mano por delante y me
alejo.
—Núria, ¿qué…? ¿Qué haces aquí? —Sé que ha sonado fatal, pero es
que pensaba que no volvería a verla.
Durante un momento, duda, creo que no se esperaba esa reacción por mi
parte. Siempre fuimos muy pasionales, la verdad. Aunque no nos veíamos
mucho, el sexo no escaseó en nuestra relación, y creo que le sorprende que
no me haya mostrado más receptivo. Pero ¿qué esperaba? La última vez que
nos vimos, me dejó claro que, si me largaba, lo nuestro se acababa ahí
mismo.
—Bueno, hacía mucho que no sabía nada de ti…
«¿Tal vez porque me dejaste?».
—Solo quería…
Su mirada se desvía entonces hacia algún punto tras mi espalda. Sé lo
que ha visto, he oído las muletas.
—Vaya… No estás solo.
Miro hacia atrás y me encuentro a Neizan inmóvil a unos dos metros de
mí. No puede ocultar la sorpresa.
—Perdón, creí que eran… Yo no quería…
La incomodidad entre los tres es casi palpable.
—Vuelvo adentro.
No voy a impedírselo, no voy a presentarlos. De hecho, no me gusta
nada que Núria lo haya visto en mi casa.
Para rematar, llegan mi hermana y su marido.
—Hola, Núria —la saluda mi hermana. No parece que le vaya a decir ni
a hacer nada más, nunca han establecido ningún tipo de relación. Mi
hermana siempre la ha tratado con respeto, pero jamás he visto una
aproximación entre ellas.
—¡Thali! —¿«Thali»? ¿Desde cuándo?—. Cuánto tiempo sin verte.
Ya te digo.
Mi hermana también está un poco alucinada en este momento. Los
demás no se lo notarían (Sergio sí), pero para mí es más que evidente. Solo
la llama Thali la familia; para los amigos suele ser Nath. Pero Núria no la
llamó nunca de ninguna de las dos maneras. Nunca.
—Sí —se limita ella a contestar.
—Sergi.
¿Sergi?
Mare de deu, esto ya está a otro nivel. Nadie lo llama Sergi. No le gusta
que lo llamen así. No quiero ni mirar a mi hermana en este momento, debe
estar partiéndose de risa por dentro. Mi hermana y yo nos comunicamos con
la mirada, y, si la miro, no podré evitar reírme yo también.
Sergio es un tío de pocas palabras, y las pocas que tiene se las dedica a
su Dandelion[3], como llama a mi hermana a veces. Creo que no lo he visto
jamás cruzar más de dos palabras con Núria. Pero es educado. Mucho.
—Núria.
—¿Vienes a cenar con nosotros? —pregunta mi hermana en un tono tan
mordaz que es imposible no notarlo.
Se me abre la tierra bajo los pies.
«No, por favor».
—No —responde ella algo cohibida después de mirarme; creo que he
sido demasiado expresivo—. Perdonadme, no pensé que Gabi podría estar
acompañado. ¿Podemos vernos algún día? —me pide.
Menuda encerrona. Después de semejante movida, no puedo decirle que
no y hacerla sentir peor. Y, de todas formas, tal y como me fui aquella
noche —y visto lo visto—, creo que es necesario una última conversación.
—Claro. Mándame un mensaje.
—Vale. Adiós —se dirige a ellos, levantando la mano.
Cuando cierro la puerta tras de mí, no puedo creer que todo esto haya
pasado. No es que no pudiese venir a mi casa cuando estábamos juntos —
tampoco lo hacía mucho—, pero, después de cómo acabó todo la última vez
que nos vimos, no esperaba que se presentase así un mes después y, menos
aún, siendo miércoles por la noche.
—Hola, hermano —me saluda mi hermana con tonito y una sonrisilla.
Aunque sé que no me va a preguntar al respecto.
Nos abrazamos.
—Hola, hermana. —Entonces, recuerdo que lleva a otro ser dentro de
ella, y lo extraordinario que es eso, y la aprieto con más fuerza entre mis
brazos. Ya me da igual todo lo demás.
—Vale, no me estrujes tanto —protesta, dándome golpecitos en la
espalda.
Me aparto, sonriendo.
—Hola, Sergi —bromeo cuando me giro hacia mi cuñado. Ambos nos
echamos a reír y nos abrazamos.
—¿Dónde está el patinador? —pregunta por lo bajo.
Me río al recordar al patinador, la cara que tenía. Ha salido por patas.
—El patinador ha salido huyendo cuando ha visto que no erais vosotros
los que habíais llamado.
—No lo culpo, yo habría hecho lo mismo —suelta Thali.
En el salón, Neizan ha vuelto a sentarse en el sofá y se levanta cuando
nos ve entrar.
—Lo siento, no era mi intención interrumpir —se disculpa.
—No te preocupes —lo tranquilizo—. Neizan, te presento a mi cuñado
Sergio. Sergio, él es Neizan.
—Es un placer —le dice Sergio, tendiéndole la mano.
—Lo mismo digo. Y enhorabuena.
La sonrisa de Sergio es instantánea y genuina.
—Gracias.
—Neizan, me alegro de verte de nuevo.
—Lo mismo digo, Thali.
—¿Huele a calamares rellenos? —pregunta ella entonces, con un brillo
especial en los ojos.
Sonrío y miro a Neizan, que me devuelve la sonrisa.
***
La cena transcurre tranquila. A pesar de que Thali habla mucho con él,
Neizan se muestra muy cohibido y se limita a responder de forma muy
escueta la mayoría de las veces. Durante el postre nos enseñan la primera
ecografía del bebé; está de doce semanas, aún no saben el sexo y no tienen
claro si quieren saberlo. Yo me recreo en la felicidad que ambos desbordan.
Se merecían tanto esto…
—¿Habéis pensado nombres? —Sé que es pronto, pero seguro que han
hablado ya de ello.
—Hemos hablado más de vetos que de otra cosa —comenta Sergio, y
mira a su mujer con indulgencia.
Ella lo mira, molesta.
—Porque se empeña en ponerle nombre de flor si es una niña.
—¿Qué tienen de malo las flores?
Thali baja la mirada y dobla nerviosa la esquina de una servilleta.
—Que son frágiles, y mi hija será fuerte como una roca. —No nos mira a
ninguno.
Nos callamos todos de golpe. A Sergio se le ve muy afectado; está claro
que no se esperaba esa respuesta, y menos aún cómo lo ha dicho. Y yo me
doy cuenta de otra cosa: Neizan lo sabe. No ha reaccionado como si le
extrañase la reacción de mi hermana al simple hecho de que su hija lleve el
nombre de una flor y la mira con… compasión. Sabe qué le pasó. Me
pregunto cómo lo habrá descubierto; él y yo no hemos hablado
prácticamente de nada personal. Aunque tampoco es un secreto, salió en
todas partes, y si buscas el nombre de cualquier miembro de mi familia en
la web, la noticia sale por algún lado (sobre todo si buscas el mío). Lo que
no sé es qué cantidad de información posee, y, de repente, eso me aterra.
Es ella misma la que rompe el silencio.
—Tengo tu regalo de cumpleaños. —Quiere cambiar de tema.
Destierro los recuerdos y sonrío, intentando hacerlo con naturalidad.
Nosotros no nos regalamos cosas caras ni absurdas… Bueno, absurdas a
veces sí. Pero no absurdas en plan regalo caro, pomposo e inútil… Bueno,
inútiles a veces también. El dinero nunca ha sido un problema en casa,
nunca nos ha faltado de nada, así que nos regalamos cosas divertidas o que
sabemos que van a emocionarnos.
—Eres consciente de que aún faltan diez días, ¿verdad?
—¡No! ¿En serio? —se burla—. Pues no, no sabía qué día es mi
cumpleaños. —Me saca la lengua—. Esta cena me pareció una ocasión
excepcional para estrenarlo.
—Lo ha visto en una tienda de juguetes hoy, y ha pensado que sería
divertido jugar esta noche —se chiva Sergio, con la calma que lo
caracteriza.
Ella hace un mohín y le da un empujoncito.
—No puedo ir contigo a ningún lado.
El otro la mira con una devoción infinita y le lanza un beso. Son muy
pastelones. Me encantan.
—¿Qué hacíais en una tienda de juguetes?
—Comprar tu regalo de cumpleaños. —responde, como si fuese algo
obvio.
Mentirosa.
Se levanta, saca un paquete del bolso del tamaño de la palma de mi
mano y me lo entrega. Es rectangular y ligero, lo zarandeo y ella se ríe.
Neizan también. Lo abro y me encuentro una cajita que tiene un dibujo muy
divertido: un médico con cara de «la hemos liado muy parda» rodeado de
virus.
—Virus —leo—. ¿Me has comprado un juego que se llama Virus?
—Ajá.
—¿En serio? Porque te parece que nuestro día a día no es lo bastante
médico ya, ¿verdad?
Neizan y Sergio se ríen de mí.
—Se supone que esto debe ser divertido, Gabi, no te pongas
tiquismiquis. ¿Tú quieres jugar, Neizan?
—Claro.
—Venga, no puede ser tan complicado, Picahuesos.
La fulmino con la mirada.
—Odio que me llames así.
—¿Prefieres «Carpintero»?
Uf, me la cargo. Solo me llama Picahuesos o Carpintero —que me gusta
igual de poco— cuando quiere irritarme. Qué rabia me da.
Neizan vuelve a reírse, pero ahora lo hace por lo bajo. Lo miro porque
creo saber en qué está pensado, y me doy cuenta de que… ¡se ha puesto
colorado!
—Tú no abras la boca —lo amenazo.
—¿Por qué? ¿Por qué? —curiosea ella, divertida, y nos mira a ambos—.
Le has puesto un apodo, ¿a que sí? Dime cuál.
¿Por qué es tan lista? ¿Y yo tan bocazas?
—Neizan… —le advierto.
Me mira y levanta una ceja en plan «¿me estás amenazando?». Joder,
qué bien se le da, menuda cara de pillo que pone. Dios…
—Es Terminator, duro e inflexible —le responde a ella sin quitarme los
ojos de encima. Ni parpadea; me está retando—. Y su misión en ese
gimnasio es exterminarme.
Thali rompe a reír, y mi cuñado con ella.
—Vamos a jugar, Picahuesos, véngate del patinador.
Él y yo no hemos dejado de mirarnos.
—Juguemos —decimos los dos a la vez.
—Uy, mira, tienes carta propia. —Me enseña la primera carta que se ve
al abrir la caja, una en la que hay dibujado un hueso; uno muy parecido a un
fémur, en tonos amarillos.
Al instante, miro a Neizan.
—Qué oportuno —comenta él.
Thali se da cuenta entonces de la casualidad.
—Neizan, lo siento.
—¿Por qué? Solo es el dibujo de un hueso. —Coge la carta en cuestión,
la observa unos segundos y sonríe—. Podría mejorarlo. ¿Tienes un
bolígrafo? —me pregunta.
¿Lo dice en serio?
Asiente.
Lo dice en serio.
—Yo también tengo carta propia —comenta mi hermana, y nos enseña
un cerebro en tonos azules—. El objetivo del juego es acabar con cuatro
órganos sanos sobre la mesa —empieza a explicar mientras yo me acerco al
mueble del salón a por un bolígrafo.
Le acerco a Neizan un bote en el que hay de todo, él le quita el tapón a
un rotulador negro y se pone a pintarrajear la carta, así, sin más, sin estrenar
el juego. A mi hermana no le importa lo más mínimo que esté
pintarrajeando su (mi) juego; ya ha empezado a extender las cartas y a
explicarnos qué función tiene cada una. Cuando acaba, la cosa queda clara:
no es un juego pensado solo para ganar, es un juego diseñado también para
putear al resto durante el proceso.
Esto va a ser divertido.
—Yo acabo de hacer inmune este órgano sin necesidad de medicinas —
bromea Neizan, que, aunque parecía que no escuchaba a mi hermana, ha
entendido a la perfección las normas.
Desliza la carta para que la veamos todos, y creo que nos deja a los tres
igual de sorprendidos. Le ha dibujado una fractura y un fijador óseo.
No sé qué me sorprende más, sí que le haya dibujado el fijador o lo bien
que le ha quedado.
—Venga, no pasa nada —nos tranquiliza al ver que yo no reacciono—.
Hoy me he enterado de que este y yo —se señala la pierna— vamos a
convivir durante meses. Intento llevarlo con humor.
Thali, a la que sé que esto le afecta bastante, me mira interrogante. Sé
que me está preguntando si no voy a quitárselo.
«No», respondo, también con la mirada y negando apenas con la cabeza;
y sé que he tomado la decisión correcta.
Thali estira un brazo por encima de la mesa y sostiene su mano.
—Toma. Inmunízame el cerebro.
Sergio y yo nos miramos e intentamos sonreír sin éxito; es complicado.
No sé si Neizan sabe por qué mi hermana le ha pedido eso. No tiene nada
que ver con que sea neurocirujana: se está poniendo en su lugar.
Le pasa la carta en cuestión. Neizan la coge, además de los otros dos
órganos del juego; un corazón y un estómago.
—Chico de las flores, ¿a qué te dedicas?
Lo trata con tanta naturalidad…
—Jardinería. Tengo una floristería —responde el chico de las flores,
sonriendo, como si lo conociese desde hace años.
Neizan sonríe y mira a su alrededor. No dice nada más; se pone a
pintarrajear las cartas. Estoy seguro de que acaba de entender por qué mi
cuñado quiere ponerle a su primogénita el nombre de una flor, por qué en
mi casa hay plantas en cada rincón y por qué mi jardín es casi una selva.
—Hay dos cartas en blanco para personalizar. Id pensando mientras
jugamos —comenta Thali, mostrándonos dos cartas que no tienen dibujo.
—Aprovechemos que tenemos aquí a Dalí —bromeo.
Neizan sonríe a causa de mi comentario.
—Dalí no, dibujo fatal, pero se me da bien hacer garabatos. Por eso
estudié diseño gráfico.
Vale, me ha pillado. No sabía qué estudios tenía.
—Fue una condición obligatoria de Eric —comenta, supongo que debido
a mi cara de póker, sin dejar de dibujar—. Me entrenaba si no dejaba de
estudiar. Mi madre no pudo estar más de acuerdo. Tardé más que los demás
debido a los entrenamientos y las competiciones, pero me saqué la
especialidad en tipografía.
¿Por qué no me extraña?
—¿Puedo preguntar por qué te llaman «la Mariposa»? —pregunta mi
hermana. Yo se lo agradezco en silencio.
—Me lo puso mi madre cuando empecé a patinar. Decía que parecía que
tenía alas, y que volaba ligero como una mariposa por la pista. Lo comentó
hace años en una entrevista a un periódico local. Ellos lo pusieron en el
titular del artículo que escribieron sobre mí, y, a partir de ahí, todo el mundo
empezó a llamarme así.
—Por eso llevas una tatuada en la espalda —comento.
Mi hermana nos mira con curiosidad, pero no le pregunta ni le pide
verla. Él solo asiente sin mirarme; creo que es un tema demasiado personal.
—Tú llevas un diente de león. —Señala la muñeca izquierda de mi
hermana, que es zurda como yo.
Ella asiente, risueña; detrás de ese tatuaje hay una historia preciosa.
—Tiene pareja —le muestra ella al mismo tiempo que sostiene la
muñeca derecha de su marido y las coloca juntas sobre la mesa. Del diente
de león de su muñeca, las semillas vuelan hasta la muñeca de él.
—Es muy bonito —dice Neizan—. ¿Y tu pokemon?
Tardo unos segundos en darme cuenta de que me pregunta a mí.
—¿Mi qué?
—¿Eso que llevas en la muñeca no es un pokemon?
Giro la muñeca y me miro el tatuaje. Mi hermana se parte de risa.
—No. No es un pokemon —respondo, casi riendo yo también—. Es la
6C.
Neizan me mira interrogante.
—¿La qué…?
—La vértebra 6C. La vértebra sonriente —le explico—. La vértebra
positiva.
Y entonces hace algo totalmente inesperado.
—¿De verdad esto es un hueso? —pregunta, acariciando con suavidad
mi muñeca, donde tengo el tatuaje.
Mi piel reacciona estremeciéndose.
Más allá del contacto que acepta de mí como su médico, es la primera
vez que me toca. Y ha sido un roce tan sutil, que todo el vello se me ha
puesto de punta.
—Vista desde arriba —carraspeo con nerviosismo.
Él retira la mano con una leve sonrisa.
—Parece un pokemon.
Mi hermana, que nos observa, retira la mirada cuando la miro.
—Vale. —Ha terminado de dibujar, y sonríe como si no acabara de
destruirme entero; no puedo evitar acariciarme la piel ahí donde él la ha
tocado—. Os propongo una variante. Si este órgano me toca a mí. —
Arrastra el hueso tuneado de nuevo hacia él. Ok, el hueso no será mi
órgano, sino el suyo—. Este a ti. —Pone el cerebro frente a mi hermana; le
ha dibujado un casco de fútbol americano que nos hace gracia a los tres,
pero ha quedado claro que ha entendido por qué mi hermana le ha pedido
que le inmunice un cerebro—. Este a ti… —Sergio coge la carta que
extiende hacia él y se carcajea con su órgano; le ha dibujado al estómago
hojas por todas partes, setas, y hasta una flor.
—Es flora intestinal —dice mi hermana, riéndose con él.
Estoy fascinado. Es inevitable, me enamoro de este momento, la estampa
es tan…
No. Me niego a decirlo.
—Y este a ti… —Arrastra la última carta hacia mí: el corazón—. Ese
órgano, para esa persona en concreto, estará automáticamente inmunizado.
Pero solo para esa persona.
—¡Me encanta! —exclama mi hermana, entusiasmada, dando palmadas.
Y así es como creamos nuestras propias reglas sin haber empezado
siquiera a jugar.
Cojo mi carta de la mesa y la miro, confuso; no entiendo qué tiene que
ver conmigo y con mi corazón lo que ha dibujado en mi caso. Ha cubierto
el corazón de placas metálicas como si lo hubiera ¿blindado?
—Te admiro, Neizan, tienes un don —comenta Sergio en un tono de voz
que me mosquea, mirando de reojo mi carta.
—¿Por qué…?
—Juguemos —me corta mi hermana, y me quita la carta de la mano.
Vale, esto no se queda así, que conste.
***
Lo dicho, este juego está pensado para putear a los demás. No llevamos ni
diez minutos jugando cuando Sergio ya ha infectado a mi hermana, mi
hermana a Neizan, Neizan a mí y yo a él.
Durante varias rondas es un ir y venir. Después de burlarnos unos de
otros, de robarnos cartas, incluso de hacer trampas, llega un momento en
que parece que Neizan nos va a ganar. Pero nada más lejos de la realidad.
Al final, Sergio se proclama vencedor sin haber dicho una sola palabra.
—Tú y yo tenemos algo —le recrimina mi hermana, señalándose a sí
misma y a él con un dedo—. No puedes ganar a mi costa, Gardener[4].
Deberíamos ser aliados, no me quieres como tu enemiga.
Neizan y yo nos reímos. Pero, aunque es obvio que sabe significado de
la palabra, él no sabe que, siendo de la misma ciudad, el destino quiso que
mi hermana conociera a Sergio en un jardín en Baltimore, Estados unidos,
donde él trabajaba en aquel entonces y ella realizaba un fellowship[5] de
neurocirugía. No sabe que él prometió seguirla a cualquier parte y que,
desde entonces, ella lo llama así y él a ella Dandelion.
—Tengo una idea para una carta blanca —dice el gardener.
—Di que sí —lo adula mi hermana—. Demuéstrales que, además de
guapo, eres listo. —Apoya un codo sobre la mesa y la barbilla sobre la
mano, haciéndole ojitos.
—Qué pelota eres, doctora Ríos —se burla Neizan—. ¿Ya estás
buscando aliados?
Mi hermana le saca la lengua.
—Calla, patinador, no me estropees las negociaciones. Habla, mon
amour[6].
Pero qué lianta es.
—Un bote de panacea.
Vaya. Pues sí que es una buena idea.
—¿Y qué haría?
—Curar todos los males —argumenta él, como si fuese algo obvio—. Es
decir, puedes quitarte todos los virus que tengas. De una sola vez.
—Me gusta —lo apoya Neizan.
—Vale, pues yo acabo de tener otra idea —dice mi hermana—. Si
tenemos algo que cure todo, también algo que lo destruya. Un virus que se
cargue automáticamente cualquier cosa.
—¿Incluso inmunes?
—Incluso inmunes.
—Pero en este caso, solo uno —digo—. Fulminar todos los órganos
sería excesivo.
Thali se lo piensa, no parece muy convencida, pero al final accede.
Neizan sonríe y mueve la cabeza negativamente.
—Resulta que Terminator tiene por hermana a Armageddon, una
destructora total.
¡Oh, por dios! ¡La mirada de mi hermana!
Acaban de ponerle el apodo del siglo y lo fulmina con la mirada. Pero es
que ¡es verdad! Es una destructora, con solo mirarte te desarma, te
convence de todo y te destruye.
Sergio y yo nos partimos de risa.
—Patinador, tú y yo no creo que forjemos nunca una alianza.
El patinador sonríe, pícaro, vuelve a coger el rotulador y, con una
facilidad pasmosa, decora las dos cartas con lo que le han pedido. Cuando
acaba, empezamos una segunda ronda en la que las alianzas no sirven de
nada. Mi hermana, la de dichas alianzas, acaba ganando después de robarle
cartas a su propio marido y de tirarme a mí un bolígrafo a la cabeza después
de llamarla Frieneuronas; que le gusta tan poco como a mí que ella me
llame Picahuesos o Carpintero.
—Juegas al despiste, destructora —le recrimina Neizan cuando
acabamos, mientras mueve el cuello de un lado a otro, destensándose.
—¿Por qué no caminas un rato? —le propongo, centrando toda mi
atención en él.
—Sí, estoy entumecido de mantener una postura tan rígida.
—¿Necesitas ayuda? —le pregunta mi hermana cuando se levanta.
—No, ya voy controlando. —Mira las muletas y vuelve a mirar a mi
hermana—. Pero la compañía humana nunca viene mal.
Ella sonríe de oreja a oreja. Y yo… tampoco voy a pararme a buscarle
una explicación —como a tantas otras cosas— a por qué me encanta que
estos dos hayan encajado del modo en que lo han hecho.
—¿Has visto ya los cielos de los que goza el picahuesos? —le pregunta
cuando Neizan se ha colocado las muletas.
Bufo. Neizan se ríe y le dice que no con la cabeza.
—Los nocturnos no.
Ambos se van hacia el jardín.
—¿Quieres una copa, cuñado?
—No. Veníamos de casa de mis padres y traigo el coche.
—¿Un café, entonces?
—Eso sí.
Mientras la cafetera hace dos cafés, cargo el lavavajillas y pienso en el
día de hoy, el cual estamos estirando al máximo.
Ha sido un buen día. Aunque en la consulta de mi hermana temí que está
cena no fuese una buena idea, lo cierto es que creo que a Neizan le ha hecho
bien cambiar un poco la rutina.
Después de salir del hospital, hace tres semanas, me propuse que tuviera
tranquilidad. Han sido tres semanas de cura y adaptación. Ha mejorado
mucho y no ha tenido problemas derivados de su intervención; me alegra
mucho haber contratado a Beth. Sé que la consulta con la doctora Adams lo
dejó bastante tocado y ha estado muy distante, pero hoy, por primera vez,
ha querido saber de su lesión y me ha dejado claro que no ha perdido la
esperanza.
Vale, la parte de volver a ver a Núria ha sido rara. No sé qué intenciones
tiene en realidad, no me esperaba volver a verla, no de este modo. Supongo
que, si al final me dice algo, algún día de estos dejaremos todo claro.
Y, para acabar, esta cena; tranquila y divertida. Me siento bien esta
noche.
De forma inconsciente, vuelvo a acariciarme el tatuaje.
Al volver a la mesa con el café, busco a los caminantes. Han cogido dos
sillas de madera del jardín y las han puesto en el centro, donde no molestan
los árboles; supongo que a ver ese cielo nocturno del que ha hablado mi
hermana.
—Gracias —dice Sergio.
Nos quedamos un rato en silencio mientras nos tomamos el café; mi
cuñado es una persona que habla lo justo y necesario y no por ello te sientes
incómodo a su lado…
—¿Qué tal os va? —pregunta, de repente.
… por eso me sorprende que pregunte.
Nos llevamos muy bien, hemos salido de juerga y nos hemos
emborrachado juntos. Le he contado secretos y él a mí. Pero tiene una
filosofía de vida basada en el «vive y deja vivir», nunca pregunta. Te
escucha y, en raras ocasiones, si así lo quieres y está muy seguro de ello, te
da algún consejo.
—Bien. —Otro que me levanta la ceja—. Supongo. Ninguno somos
personas que nos abramos con facilidad a otros.
Desvío la mirada hacia el jardín. Hablan; me encantaría saber de qué. Se
le dan bien las mujeres.
—Intento que esté bien aquí, conmigo, pero creo que hay una parte de
mí que odia.
—¿La parte de ti que ha inmunizado su hueso? —pregunta con
escepticismo, levantando la carta del fémur con el fijador.
Miro la carta, y, como no digo nada, insiste.
—¿Realmente crees que alguien que piensa que has hecho su hueso
invulnerable, te odia?
Hubo ocasiones en las que no pude evitar pensar que es así. Aunque
reconozco que fue solo los primeros días. Durante estas tres últimas
semanas, las cosas han sido distintas. Hemos estado bien, manteniendo las
distancias… hasta hoy. Hoy, algo ha cambiado. Ahora…
—Ahora no sé realmente qué pensar —confieso.
—Estoy seguro de que le ha costado mucho empezar siquiera a asimilar
lo que le sucedió y sus consecuencias, que buscó a quién culpar para poder
aferrarse a algo, lo que fuese. Pero, lo que ese chico siente por ti, no es
odio.
—¿Qué quieres decir?
—Simplemente, que no utilices eso como escudo.
«¿Escudo contra qué?», quiero preguntar. ¿De qué se supone que me
estoy protegiendo? Pero no voy a preguntar nada más. Él ya remueve el
café y mira hacia el jardín; no me lo dirá.
Pensativo, hago lo mismo que él.
22
Neizan

E sdeprecioso. No hay casi contaminación lumínica y el cielo está cuajado


estrellas. Al acercarnos al lado de la piscina más alejado de la casa, el
que da al césped, me asomo por primera vez entre los árboles.
Impresionante.
A nuestros pies se extiende toda la ciudad de Barcelona y más allá el mar
Mediterráneo. Es una imagen nocturna digna de postal.
—Sergio tiene que venir a podarle estos árboles —comenta Thali.
Rodeado de tanta belleza, inhalo con fuerza y suelto el aire despacio,
esta noche me siento bien. Pese a que Gabriel ha decidido que no va a
quitarme la fijación externa, y después de lo decaído que he pasado las dos
últimas semanas, creo que hoy he empezado a hacer las paces con… ¿la
vida? ¿Mi destino? ¿Conmigo mismo?
Voy a dejar de lamentarme, de renegar, de culpar. Es hora de avanzar.
Hacia donde sea.
«Pasos solo hacia delante», me digo. Me gusta el lema.
—Ven —me indica Thali.
Se acerca a la mesa que hay rodeada de sillas, agarra dos y las lleva hasta
el centro del jardín.
—Gracias —le digo cuando ambos nos sentamos.
—Neizan, sé que nos hemos conocido hoy y que quizá esto te parezca
muy directo —me dice tras unos minutos de silencio mirando al cielo—,
pero mi madre dice que tengo un sexto sentido con las personas, y algo me
dice que no estás solo de paso por nuestras vidas. ¿Puedo preguntarte algo?
Acabo de sentir como me daba un vuelco el corazón. Y no puedo evitar
preguntarme por primera vez, cómo acabará todo esto. Cuando mi
recuperación con Gabriel acabe, ¿qué seré para todos ellos? Para él, que me
ha abierto las puertas de su vida sin reservas.
¿Y ellos para mí? ¿Él?
—Sí.
Me gusta Thali. Es verdad que nos hemos conocido hoy, pero se la ve
sincera y directa. Es difícil no ver que adora a su hermano y a su marido
tanto como ellos la adoran a ella.
—¿Te gusta mi hermano?
Joder, ¿es que llevo un cartel en la frente? Ha tardado incluso menos que
Beth en preguntar. Y yo creyendo habíamos puesto distancia con eficiencia.
«Hasta hoy», me recuerda mi vocecita. Hasta hoy.
Pero no sé si quiero hablar de lo que siento, porque creo que ni yo
mismo lo entiendo ahora mismo.
—Claro, es un buen hombre —respondo, evasivo, tratando de evitar una
respuesta más clara, una que me exponga más.
Durante un par de minutos, no me dice nada, pero sé que quiere
preguntar más.
—¿Sabes lo que me pasó hace años?
Vale, esa pregunta sí que no la esperaba. Esperaba algo que me expusiera
a mí, no a ella.
—Sí.
—¿Y las consecuencias?
¿Me pregunta por ella o por Gabriel?
No lo he buscado en internet, tuve bastante con la información que me
dio Beth. Pero podría haberlo hecho, supongo que no la voy a comprometer
a ella si soy sincero.
—Sí.
—¿Qué sabes?
Giro la cabeza hacia ella y ella hacia mí. Vuelve a ser impactante cuando
llevo un rato sin mirarlos, necesito saber de dónde han salido semejantes
ojos, son armas de destrucción masiva en ambos.
Bueno no, los de él son infinitamente peores.
—Que tuviste la mala fortuna de cruzarte con un animal que te destrozó.
De repente, los ojos le brillan mucho.
—No creas que voy contándole esto a cualquiera que se cruza en mi vida
—casi susurra—. De hecho, hace años que no hablo de ello tan
directamente con nadie, pero quiero que tú conozcas la historia.
Noto la tristeza en su voz.
—No es necesario que lo hagas. Es decir… Si quieres hablar de ello,
hazlo…
—Me destrozó en muchos sentidos. En el físico fue atroz, pero fue igual
o peor el emocional. Y no fui la única a la que destrozó de ese modo.
Se detiene unos segundos. Está llorando. Si no fuera porque no puedo
inclinarme y girarme, y porque las relaciones sociales se me dan fatal, ahora
mismo la abrazaría.
—Estuve en coma durante diez días, y, cuando desperté, mi hermano no
era el mismo. Hay quien cree, que, por ser hijo de quién es, su abogado
alegó enajenación mental transitoria para que lo declarasen inocente. Pero
fue verdad, mi hermano estaba enajenado. No comía, no dormía, sólo
hablaba conmigo, y, los primeros días tras despertarme, solo lo hacía para
repetirme una y otra vez cuánto sentía no haber estado allí para protegerme.
Se me encoge el corazón. Puedo imaginarlo, a Gabriel destrozado por no
haber podido impedir que hiciesen daño a su hermana. Es una imagen
desgarradora. No puedo evitar girar la cabeza hacia el interior de la casa,
donde ese hombre habla muy serio con su cuñado. Pero, a pesar de que aún
no lo conozco demasiado, lo que no puedo es imaginarlo perdiendo el
control. Supongo que hay un límite que todos podemos llegar a cruzar en
determinadas circunstancias.
—Si Héctor no lo conociera como lo conoce, habría sido inevitable. Y no
se lo merecía.
Giro la cabeza de nuevo hacia ella.
—Habría destrozado su vida. Y cuando hubiese recuperado la razón, no
se lo habría perdonado nunca; el haber destrozado a otro… ser humano. Y
yo no me hubiera perdonado que mi hermano acabase así.
—Hablas como si hubiese sido culpa tuya.
—Porque lo fue. Hubo señales, conductas por las que se excusaba y que
yo perdonaba. Pero nunca creí que…
Alargo la mano y sostengo la suya con fuerza cuando se detiene; no se
imagina lo bien que la entiendo. No la retira, al contrario, se sostiene en mí.
—No fue culpa tuya. —Intento hacerla sentir mejor—. A veces…
confiamos en la persona equivocada, perdonamos porque esa confianza nos
hace creer que pueden cambiar. Eso no nos hace culpables de sus actos.
Acaricia mis dedos en señal de gratitud; sabe que no la estoy juzgando.
—Me costó años volver a confiar en un hombre y en mí misma. Sobre
todo, en mí misma.
Se incorpora y mira hacia la casa. Tiene los ojos rojos y una mirada muy
triste.
—La chica que ha venido hoy, ¿sabes quién es?
—No —admito—. Aunque creo que no iría muy desencaminado si dijese
que creo que es una ex.
—Gabi y ella estuvieron juntos dos años.
Yo no he tenido ninguna relación que me durase ni siquiera dos meses.
—Dos absurdos e insustanciales años.
—¿Por qué dices eso? —Me choca. No veo a Thali como a alguien que
se entrometa en las relaciones de su hermano.
—Porque esa mujer no era para él. Nunca me he entrometido en su vida,
Neizan, era algo que se veía; todos lo veíamos. No tenían nada en común. Y
así han sido prácticamente todas sus relaciones desde mi agresión. Hace
años conoció a un chico, aquello fue distinto; por aquel entonces creo que
ni él sabía que podían llegar a gustarle los hombres. Por eso, lo pilló con la
guardia baja. Pero, aun así, no funcionó. Gabi no se esfuerza por mantener
una relación, no se implica emocionalmente. Él no lo ve. O no quiere verlo.
Yo dejé de creer sobre todo en mí, pero creo que él dejó de creer en el amor.
Empiezo a entender algunas cosas. Y dudo.
—¿Me estás advirtiendo?
Gira la cabeza hacia a mí.
—Mi hermano es una persona extraordinaria, que se merece lo mejor de
este mundo. —Sube los pies a la silla y se abraza las rodillas—. Pero está…
roto.
—Como tú, tal vez solo necesita encontrar a la persona que lo vuelva a
hacer sentir, que lo reconstruya.
—Tal vez… —Tiene la vista perdida en el agua de la piscina, como si
estuviese recordando. Mis propios recuerdos se cuelan en la conversación.
—Pero no creo que yo sea esa persona.
Vuelve a mirarme.
—¿Por qué dices eso?
—Supongo que has leído algo sobre mí.
—Sí.
—¿Sobre mi padre?
—Sí.
—Hizo muy infeliz a mi madre cuando nos abandonó; cuando me
rechazó. Yo tenía nueve años cuando, después de un ultimátum, se fue, y las
últimas palabras que me dijo fueron: «maricón de mierda, no te harás
respetar sobre unos patines».
—Neizan…
Baja los pies de la silla, se inclina y, con cuidado, me abraza ella a mí.
Esta mujer no deja de sorprenderme. Yo le devuelvo el abrazo como puedo,
ese que no he podido darle antes.
—Tú también eres extraordinario. Y el mundo te respeta por lo que has
conseguido.
—Me ha costado mucho conseguirlo. Me he esforzado día y noche
durante años para que mi madre se sintiese orgullosa de mí. Hubo un
tiempo que incluso quise demostrárselo a él, que sí merezco respeto. Él
también rompió algo en mí.
Algo que no solo no he logrado recomponer, sino que, años después, otro
se encargó de terminar de destrozar.
No quiero emocionarme, pero no lo consigo.
—Thali, no sé si yo creo en el amor… —«Y me cuesta mucho confiar»,
pienso.
***
Cuando Gabriel cierra la puerta después de despedirnos de Thali y Sergio,
estoy que no puedo más, ni física ni mentalmente. No creía que llegaría a
mantener una conversación tan profunda con nadie de aquí como la que he
mantenido con Thali. Y no he sacado nada en claro, solo más dudas… y
más miedo de esto que estoy sintiendo.
Por eso, no lo miro cuando me despido. No quiero quedarme a hablar
con él, no quiero que me pregunte. Sé que voy a dejar que recoja solo todo
lo de la cena, pero no puedo volver a enfrentarme esta noche a esa voz, y
mucho menos a esa mirada.
—Buenas noches, Gabriel.
No le doy tiempo a que me detenga. Apoyándome en las muletas, echo a
caminar hacia mi habitación sin mirar atrás. Él no intenta detenerme.
—Buenas noches, Neizan.
Una vez en el interior de la habitación en penumbra, me quedo apoyado
en la pared unos instantes. Suspiro. No puedo negar que estoy sintiendo
cosas que nunca he sentido antes. Cuando, antes de la cena, he abierto los
ojos en el sofá y me he tropezado con su mirada, sé que lo que he sentido
iba más allá del deseo de compartir una noche de sexo con una persona que
te gusta físicamente. Pero no sé sí podría ponerles nombre a esas
emociones.
Bueno… creo que sí lo sé.
Qué confuso me siento.
Me lavo los dientes, me cambio y me acuesto. Hoy ya no doy más de mí,
por eso me sobresalto cuando llama a la puerta.
—Neizan, ¿puedo entrar?
Levanto la cabeza de la almohada y miro hacia abajo. Estoy en ropa
interior y camiseta de tirantes.
Suspiro.
—Entra.
No estoy preparado para lo que veo. Creía que aún llevaría la ropa que
llevaba hoy, pero lleva una camiseta de tirantes igual que la que llevo yo —
que a él le queda más ajustada— y un pantalón largo de pijama, bajo el que
se intuye que no hay nada más.
«No le mires ahí».
Bajo la mirada a propósito y veo que va descalzo. Se acerca a mí; por su
expresión, creo que él tampoco esperaba encontrarme así ya. Alarga la
mano y me tiende el teléfono; mi teléfono. Cuando lo sostengo, mis dedos
rozan levemente los suyos y algo revolotea en mi interior, como cuando le
he tocado la muñeca esta noche, sin ser casi consciente de que lo hacía. A
pesar de que nos tocamos a menudo, ese roce ha sido distinto, más…
íntimo. Y estoy seguro de que él también lo ha notado.
—Te lo has dejado en el salón.
—G-gracias. —Joder, no me sale la voz.
Se marcha, pero antes de salir se gira con la mano sobre el canto de la
puerta y me mira. Sé que no ha venido solo para traerme el teléfono; no es
la primera vez que me lo dejo fuera, pero sí la primera vez que me lo trae.
—Sé que hoy no ha sido un buen día para ti. Aun así, no le has dicho que
no a mi hermana. Solo quiero darte las gracias por esta noche, ha sido…
divertida.
—Gabriel, soy yo el que debería daros las gracias a vosotros por
permitirme irrumpir así en vuestra vida. No me gustaría descubrir que no
has hecho esto antes por mí. —No me responde. Lo que me deja claro que
así es, que hasta hoy no había venido nadie salvo Beth porque él así lo ha
querido. Por mí. Por mi bienestar—. Thali es una mujer maravillosa, ha sido
un placer —concluyo.
Asiente con una leve sonrisa y se va.
Me llevo la mano derecha a la cabeza y me agarro el pelo con fuerza. No
sé ni por dónde empezar a asimilar el día de hoy.
¿Por el hecho de que voy a llevar la fijación a la vista durante meses?
¿Por lo que he sentido al decirle en voz alta que aún tengo algo similar a
la esperanza?
¿Por lo que he sentido al compartir con él una escena tan cotidiana como
cocinar?
¿Por los celos que he sentido de…? Ni siquiera sé su nombre, y tampoco
me importa.
Celos. Sí. Como los que sentí de la doctora Adams.
¿Por lo que he sentido al rozar su piel?
¿O por haber admitido, por segunda vez, que me gusta?
Y a su hermana, nada menos.
Me va a explotar la cabeza. No puedo ni pensar.
***
Me despierto cuando la luz del sol que entra por la cristalera ya está alta.
¿Qué hora es? Miro el teléfono. Las diez menos diez. ¿Qué hago aún en la
cama? ¿Por qué no ha venido Beth? ¿Y por qué no me ha sonado la alarma?
Me pongo un pantalón y salgo con las muletas hacia el salón, pero me
detengo en el pasillo al ver a una mujer pasando el aspirador mientras baila
al ritmo de una canción que solo oye ella a través de los auriculares que
lleva en los oídos. No tengo ni idea de quién es, pero, aunque Gabriel es
muy limpio y ordenado, no me sorprende que tenga servicio con una casa
tan grande. No me ha hablado de ella, así que huyo y me dirijo hacia la
música que sale del gimnasio.
Me lo encuentro corriendo en la cinta. Me acerco a él intentando ser
ruidoso, ya que corre de frente a la ventana. Pero da igual, me ha visto en el
reflejo del cristal.
—¿Por qué no me has despertado? ¿Dónde está Beth?
Detiene la cinta, se baja y se pasa por la frente la toalla que lleva colgada
al cuello. Joder, qué cuerpo.
«Neizan no mires hacia abajo», me suplica mi vocecita.
La canción que suena de fondo nos viene como anillo al dedo. Sólo
déjame creer que te gusta lo que estás viendo, dice la letra de STUD.
Gracias Troye, ayudas mucho.
«Vamos, Neizan, tú puedes».
—Buenos días.
—D-disculpa. Buenos días.
Sonríe.
«Mierda, no sonrías». Qué difícil me lo pone.
—Te he dejado dormir porque ayer le diste mucha caña al cuerpo.
¿Bromea?
Ja.
Tienes todos los músculos y las características que quiero, canta Troye,
justo en ese momento. Oh, sí, desde luego que los tiene.
«No lo mires con deseo».
—Solo entrené una hora y media —protesto, intentando no mirar
fijamente las gotas de sudor que le cubren el torso desnudo en este
momento.
Necesito huir de aquí. Con urgencia.
—Ya me entiendes. No me refiero solo al gimnasio. Beth vendrá más
tarde. No te has librado de la sesión, solo te la he pospuesto. Vamos, te he
esperado para desayunar.
Fantástico.
—¿Te importa si me doy una ducha rápida primero?
—En absoluto. —«Por favor, sí. Y que corra el aire entre nosotros». Que
desde ayer parece que nos lo comemos a bocados.
***
Se ducha en el baño del gimnasio mientras yo lo espero sentado en el banco
de abdominales. Por el pasillo, me dedica una sonrisilla burlona; sabe que
no he querido salir solo a conocer a la mujer del salón.
Tendrá unos cuarenta y cinco años y parece muy enérgica. Cuando
Gabriel le da un toque en la espalda para llamar su atención, no se
sobresalta. Muy al contrario, se gira con una sonrisa afable en el rostro y me
mira con curiosidad mientras se quita un auricular y se lo mete en el bolsillo
del pantalón.
—María, quiero presentarte a Neizan.
—Encantada, Neizan —hace una ligera inclinación de cabeza hacia mí.
—Igualmente.
—¿Te importa si limpia tu habitación?
Vuelvo a sorprenderme un poco, como ayer en la consulta de Thali; no
entiendo por qué me pregunta qué puede o no puede hacer en su propia
casa.
—En absoluto.
—Voy mientras desayunáis, y así no os molesto con el aspirador.
—Gracias, María.
—Gracias —repito yo.
Ella sonríe y se va. Cuando ha desaparecido por la esquina del pasillo,
Gabriel me mira.
—Viene un par de veces a la semana —me explica—. No la has visto
hasta ahora porque, al estar yo en casa, no la he necesitado.
Lo que refuerza mi teorías.
—Siéntate—me indica—, yo me encargo del desayuno.
—Déjame ayudar en algo.
—¿Quieres tostadas?
—Vale.
—Siéntate.
Vale, no insisto. Haré lo que me deje hacer hasta que sea un poco más
independiente. Me limitaré a alimentar el cerebro con la mirada antes que el
estómago con la boca.
Me pierdo en él moviéndose por la cocina, en la destreza de sus manos
cuando están activas, en su concentración cuando hace las cosas. Tiene unos
dedos largos y ágiles. Si lo hace todo con la misma…
—Toma —me pone delante el pan tostado, la mermelada y la margarina
—, haz algo, que te veo muy aburrido.
Aburridísimo, sí. Estoy tentado de contestar, pero mejor me callo. Yo a
lo mío, que ahora mismo es… ah, sí, untar tostadas.
—¿Te encuentras bien?
—¿Yo? —pregunto, afanado en mi labor.
—No, el gato.
—Oye, lleva dos días sin venir.
—¿En serio? —pregunta con guasa.
Lo miro. ¿Me está tomando el pelo?
—Sí, en serio.
Se ríe. Supongo que de mi contestación.
—¿Que si llevas en serio la cuenta de los días que el gato de la vecina no
viene a casa?
—Es mi amigo.
Vuelve a reírse y me mira con… Oh, joder, no. ¿Eso es ternura?
—No me mires de ese modo —protesto.
—Estás distinto —comenta mientras corta fruta.
—¿En serio? —me burlo, intentando imitar su voz.
Se ríe, pero no me dice nada más.
Anoche le di muchas vueltas a todo. Aun cansado, me quedé dormido
muy tarde, y hubo una cosa con la que decidí no pelearme más porque creo
que es muy importante para avanzar en mi fase de superación. Esa en la que
no había conseguido avanzar en las dos últimas semanas.
Pasos solo hacia delante.
—Anoche me acosté con la determinación de no dejarme intimidar por
la incertidumbre que me produce mi futuro —confieso—. Estoy
atravesando unas circunstancias de mi vida en las que no controlo
prácticamente nada. Y hacía años que no perdía el control.
Se ha detenido y me mira con atención.
—Me ha costado mucho aceptar que debo dejar que otros tomen algunas
decisiones por mí. He decidido… —Tomo aire y lo suelto despacio—. He
decidido confiar hasta que pueda volver a manejarlo.
—Confiar.
—En ti, por ejemplo —especifico, levantando la mirada y estrellándome
con esos ojos verde fantasía. Me quedo encallado en ellos, como un barco
en los bajíos.
—Buenos días, chicos —saluda Beth, entrando en el salón.
—Y en ella —añado, rompiendo el contacto visual con él.
Creo que lo he sorprendido un poco, porque carraspea antes de volver a
hablar.
—Buenos días, García. Traes mala cara. ¿Una noche intensa?
Ella, en vez de responder, hace una mueca. Lo que trae es una resaca de
la hostia. No puedo evitar reírme.
—¿Qué pasa conmigo?
—Que confío en ti.
Se acerca y me besa en la cabeza antes de dejarse caer a mi lado con
abandono.
—Me va a estallar la cabeza —se queja.
—¿Un café?
—Por favor.
Esconde la cara entre los brazos y gruñe.
—Sabes, Gabriel. —Lo mira—. Anoche descubrí que el mundo es un
pañuelo.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué? —pregunta él mientras le sirve el café. A mí
me pasa un zumo y coge una tostada de las que tan cuidadosamente he
preparado. Me obsequia con una sonrisa y un destello verde de gratitud. Yo
me lo comería a él, pero parece que no está por la labor.
«Mejor así», me repito.
—Una de mis amigas de la universidad, Noelia —Gabriel la mira con
interés con tan solo la mención del nombre—, es la mujer de tu mejor
amigo.
Él sonríe de oreja a oreja.
—¿Noelia es amiga tuya? —pregunta, sorprendido.
—Hacía años que no sabíamos nada las unas de las otras, pero
compartimos piso durante los años de universidad. No tenía ni idea de que
se había establecido en Barcelona.
—Al abrir la galería. Viven a menos de diez minutos de aquí.
—Me lo dijo. Dios —se lleva los dedos a las sienes—, voy a tener que
modificar la lista de invitados otra vez. Esta boda va a acabar conmigo.
Ambos la miramos con compasión. Yo incluso le acaricio el pelo como
muestra de afecto y apoyo. Ella me sonríe.
—Tengo al menos seis invitados más.
—¿Pero tus amigas no eran tres? —pregunto.
—Bueno, con Noelia vendrá… ¿Héctor? —Gabriel asiente—. Jana, ya
estaba invitada. Pero Aina tiene novia, y… —Nos mira a ambos y sonríe,
una sonrisa de resignación—. Y quizá es un buen momento para deciros que
sería un placer teneros en mi boda.
Miro al instante los hierros de mi pierna. Gabriel se da cuenta y niega.
—No estarán ahí para entonces. Ya lo verás —me tranquiliza.
¿Y yo? ¿Estaré yo aquí dentro de seis meses? Sí, supongo que sí. Pero
¿cómo estaré para entonces?
—Será un placer, Beth —acepto. Porque, sea como sea, estaré en su
boda.
—Sí, yo también me apunto. García de blanco —dice Gabriel con guasa
—. Eso no me lo pierdo.
García le enseña el dedo.
***
Se me va el resto la semana en un suspiro. Cuando quiero darme cuenta es
sábado y llevo viviendo en esta casa más de un mes. Mi ánimo ha cambiado
mucho desde la noche de la cena. Además, ya casi no tengo dolor y tomo
medicación solo cuando la pierna me duele mucho, que suele ser por la
noche y no siempre. Las costillas me molestan solo a ratos y ya me dejan
respirar —y reír— con cierta soltura. Gabriel ha mantenido suave la
intensidad de los ejercicios. Aparte de caminar con muletas, no me deja
hacer casi nada en vertical que implique poner peso sobre la pierna o forzar
mucho el lado izquierdo del torso, pero ya me rehabilito durante tres horas.
No corro —aún—, pero, despacio, ya voy de un lado a otro sin problema.
Me encuentro bien.
Además, Thali envío a Gabriel los resultados de la prueba que me hizo
—de la que nunca recuerdo el nombre—, y me explicó que no hay daños
graves en los nervios. Que, a la larga, recuperé la movilidad de los
músculos dañados. No quiero pensar en ese «a la larga»; que, en mi caso,
pueden ser meses. A ver qué me dice la estupenda de Adams la próxima
vez. Sea lo que sea, no dejaré que lo que me diga me afecte como la
primera vez.
—No, no te preocupes. Estoy bien. Ya me he hecho a la idea —le digo a
Eric, con el que estoy haciendo la tercera videollamada de esta semana
porque no ha dejado de preocuparse por mí desde que supo que Gabriel no
iba a sustituir el fijador externo—. Entiendo por qué ha tomado esa
decisión. Y, aunque no me guste verlo ahí y sea sumamente incómodo, sé
que es mejor opción que hurgar en mi pierna otra vez.
—¿Cuándo vas a dejar de insistirle? —le pregunta Lily, a la que no veo
en la pantalla.
—Solo quiero asegurarme de que está bien.
—¿Es Neizan? —pregunta de fondo una vocecita.
—Sí, cariño, ven a saludarlo —responde Lily.
—¡Hola, Neizan! —me saluda la diablilla rubia, cuyos ojos azules
acaban de llenar la pantalla entera.
—¡Pheebs! Como me alegro de verte.
Debido a la diferencia horaria y a sus horarios de colegio, casi no las
veo. Con Abril puedo hablar por mensajes, pero con ella casi no he
coincidido.
—¿Hace calor allí?
—Sí, cariño, mucho. Mira, el amiguito del que te hablé.
Giro la cámara del teléfono y le enseño a Darkness, que ahora mismo se
lava cuidadosamente el culo tirado en una tumbona. Es la primera vez que
coincide que él está en casa cuando hablo con ella.
—¡Qué bonito es! ¿Es de tu médico?
—No, de su vecina. Pero viene mucho a verme.
—¿Cómo se llama?
—Darkness.
—Neizan, te echo de menos.
Detengo mi paseo alrededor de la piscina y suspiro. No se imagina las
ganas que tengo yo de volver a verlas a ellas.
—Y yo a ti, Little Butterfly.
Cuelgo un rato después con pesadumbre; ojalá esta parte del proceso
fuese más fácil. Me pregunto qué habría pasado si hubiese decidido
arriesgarme a volver a Canadá en vez de quedarme aquí. Sé que es una
tontería, pero, en los momentos más duros, me hubiera gustado poder
tenerlas a mi lado. Recibir un abrazo suyo de vez en cuando habría sido
como chute de vitaminas. Aunque, prefiero que sucediera como sucedió,
que no vieran el estado en el que estaba al principio.
Vuelvo a pasear despacio de un lado a otro por las superficies más
estables del jardín cuando lo veo bajar. Va arreglado pero informal. No es
la primera vez que sale y me deja solo —a ver a sus padres, a su hermana o
con sus amigos a correr—, pero es la primera vez que lo veo salir así desde
que vivo con él... quiero decir, en su casa.
Algo se me encoge dentro.
No pasa nada. La noche de la cena, otra de las cosas que decidí, fue
empezar a hacerme a la idea de que no tengo nada que hacer con él. «Y es
mejor así», me repito una y otra vez, como una consigna para
autoconvencerme. Sé que yo también le atraigo, sé interpretar las señales
cuando le gusto a alguien, aunque solo sea para echar un polvo. Puede ser
que no se lance por la diferencia de edad. O por el rol que tenemos médico
barra paciente. O por lo que me contó Thali. En cualquier caso, que
sucediera algo entre nosotros, creo que solo traería problemas.
Sí, es mejor así…
—Neizan, me marcho, he quedado con Núria.
… y, entonces, ¿por qué me molesta tanto esa frase?
No necesito ni preguntar quién es Núria.
—Vale —contesto—. Aquí seguiré cuando vuelvas.
Frunce el ceño durante un instante.
Vale, quizá lo he dicho con un poco de acritud. Pero solo un poco, me ha
pillado en mal momento.
«Neizan, controla».
—Pásalo bien —añado en un tono más amable.
Cuando sale por la puerta, ofuscado, contabilizo cuantas horas llevo sin
tomar ni una pastilla.
Unas veintinueve.
Fantástico.
Soy idiota por sentirme atraído por quien no debo, la ocasión lo merece.
23
Gabriel

A parco y miro la hora. Voy bien; después quiero ir a casa de mis padres.
Cojo la chaqueta y la bolsa que he preparado y salgo del coche al
bullicio de la ciudad. Cuando entro en la cafetería, la veo en una mesa
al fondo, retirada de las demás. Muy íntimo todo.
Si tengo ganas de hacer esto, que venga Dios y lo vea. Pero debo
zanjarlo para impedir que se vuelvan a dar nuevas situaciones como la del
miércoles pasado.
Se levanta cuando me ve acercarme.
—Hola, Gabi —exclama toda sonrisa.
Sonrisa que se desvanece cuando giro la cara y la beso en la mejilla y no
en la boca. No entiendo su actitud. Después de cómo acabó todo aquella
noche, yo ya había dado por finalizada esta relación; puede que incluso
antes.
—Te veo bien —me dice una vez que estamos sentados. Aunque aún
sonríe, se la ve cortada y quizá algo triste.
—Yo a ti también.
—Ya. Aunque parece que no lo suficiente —añade en voz baja.
Voy a preguntarle qué ha querido decir con eso cuando aparece un
camarero.
—Buenas tardes, pareja. ¿Qué vais a tomar?
«Pareja». Qué bien.
Núria me mira durante una fracción de segundo, quizá buscando una
reacción en mí respecto a ese comentario.
—Yo quiero un café expreso —respondo con tranquilidad.
—Yo un té rojo.
—Marchando. —Y se va.
Durante unos segundos, un silencio incómodo se instala entre nosotros.
Supongo que no ha encontrado en mí la reacción que esperaba.
—Te vi en televisión ayudando a ese chico.
No digo nada. Puede que para la prensa sensacionalista sean las
imágenes del año, pero yo las odio. Son atroces. No entiendo el morbo que
produce ver a un ser humano sufrir. No me considero ningún héroe. Yo de
aquella noche solo recuerdo el caos, el miedo de Neizan a morir y mi propio
miedo a lo que pudiera haber bajo todas aquellas heridas, a no poder
ayudarlo, a las secuelas cuando descubrí quién era el que estaba atrapado
entre los amasijos de aquel coche.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
«Ya pasó», me digo.
—Fui a verte al hospital.
¿Al hospital? Jamás ha ido a verme al hospital.
—¿A qué? —No puedo ocultar la incredulidad.
—A desayunar contigo.
Todo esto no tiene ningún sentido.
—Núria, ¿qué quieres? Creía que había quedado todo claro aquella
noche.
—Me dijeron que te habías tomado un descanso. —Me ignora—. ¿Fue
para estar con él?
¿Cómo?
—¿Para estar con él?
—Con el chico. Lo vi en tu casa.
No me gusta el tono ni el rumbo que está tomando la conversación.
—Está en mi casa para reponerse y rehabilitarse. Su entrenador y yo
tomamos la decisión de hacerlo así para que no tuvieran que trasladarlo tal
y como estaba, y porque no tiene casa ni familia en España.
No sé ni por qué le estoy dando explicaciones. Supongo que para dejar
las cosas claras con ella de una vez por todas.
—¿Hay algo entre vosotros?
Vale, esto ya sí que no tiene ningún sentido. Es obvio que Neizan y yo
nos atraemos mutuamente, pero es imposible que nadie se haya dado cuenta
de eso, y mucho menos ella.
—No sé de dónde has sacado semejante idea, pero no…
—De su mirada —me corta.
¿De su mirada?
—¿De la mirada de quién?
—La del chico.
¡Pero si lo vio diez segundos!
Voy a preguntarle… ¿qué? Realmente no sé qué voy a preguntar porque
me ha dejado mudo.
¿A qué mirada se refiere?
El camarero nos interrumpe y deja nuestro pedido sobre la mesa con una
parsimonia increíble. Para cuando se va, ya no quiero preguntar nada.
—Te he traído las cosas que te dejaste en mi casa. —Señalo la bolsa que
he dejado en la silla de al lado.
—Jolín, Gabi. ¿Ni siquiera quieres hablarlo? ¿No han significado nada
para ti estos dos años?
Estoy a punto de empezar a tirarme del pelo, de verdad.
—Núria, no sé adónde quieres llegar con esto. Aquella noche venías
totalmente decidida dejarme; corrígeme si me equivoco.
No dice nada, tampoco me lo niega.
—Antes de irme me dejaste claro que, si te dejaba allí sola, se acababa.
No entiendo qué ha cambiado, pero…
—No entendía por qué tu trabajo era tan importante para ti hasta que te
vi en la televisión.
—Te hablé mil veces de mi trabajo, de los casos en los que trabajaba. De
todas formas, mi trabajo no es eso que viste. Solo acudí a ayudar en una
emergencia, como médico que soy.
—Luego me sentí mal por lo que te dije. Llevo semanas queriendo
volver a hablar contigo ¿No podríamos…?
—Núria —la corto; esto no nos lleva ninguna parte—, lo que sucedió
aquella noche no tiene nada que ver contigo y conmigo, y no cambia nada
entre nosotros. Tú y yo mantuvimos una relación basada en el sexo.
¿Llegamos siquiera a ser amigos? —Lo veo. El daño que le hacen mis
palabras. Porque la verdad duele—. En contadas ocasiones tu mundo y el
mío han estado en el mismo sitio —continúo—. Y fue breve e incómodo.
—No te estás cortando ni un pelo, ¿eh?
—Porque cortarme no va a servir de nada. Asumo mi parte de culpa.
Tengo un trabajo que me encanta y me absorbe, lo que hace que tenga poco
tiempo para otros. Soy una persona reservada y hogareña mientras que tú
eres más de estar fuera de casa, de fiesta. Y eso no cambiaría aunque
volviésemos a intentarlo. Ni tú debes adaptarte a mí, privándote de aquello
que te gusta hacer, ni yo debería tener que hacerlo por ti. Se acabó, Núria.
Nos quedamos en silencio. Creo que ya está todo dicho. Ninguno ha
probado lo que tiene en la taza. Solo falta por ver quién da el primer paso
para marcharse. Y voy a ser yo.
Baja la cabeza y rompe el contacto visual conmigo.
—Siento si te hice daño en algún momento, nunca fue mi intención —
añado, al verla así—. Fue un placer… —Dejo la frase a medias cuando
levanta la cabeza de golpe y veo su cara.
—¡Venga, no me jodas, Gabriel! —casi me grita.
Ya está. He conseguido que se enfade.
No sé ni por qué lo he dicho. Son esas frases que sueltas para quedar
bien, pero que sabes que no debes decirlas porque a la otra persona no le
gusta oírlas, aunque sean verdad. Salen solas.
Se levanta y coge la bolsa de la silla con tanta violencia que mi chaqueta
cae al suelo. Pero, aunque la ve, no parece importarle.
—Vale, sí, aquella noche quería romper contigo. Pero ¿«fue un placer»?
¿Qué? ¿Follar conmigo? ¡Te puedes ir mucho a la mierda!
Al final, es ella la primera en marcharse.
A veces me salgo de bocazas.
Apoyo los codos en la mesa y me meto los dedos entre el pelo.
—Joder —susurro.
En fin, si hay una fórmula mágica para hacer que estas cosas salgan bien,
yo la desconozco. Solo espero que me perdone algún día. Aunque no
fuésemos muy románticos y divertidos, lo cierto es que Núria y yo
discutíamos muy poco; a lo grande, pero poco. Siempre lo resolvíamos en
la cama. Pero solo el sexo, por muy explosivo que sea, no mantiene viva
una relación. Tiene que haber algo más.
Debí cortar esto hace tiempo.
***
Ya es casi de noche cuando llego a casa de mis padres. Antes de meter la
llave en la cerradura, cojo aire con fuerza; la que me va a caer aquí va a ser
monumental. Hace más de un mes que no veo a mi madre, y vivimos a
menos de quince minutos caminando —lo sé, cómo hijo no tengo perdón—;
la última vez que vine fue hace más de dos semanas y estaba solo mi padre.
Fue antes de la visita con Adams. Neizan se quedó tan abatido después, que
he procurado no dejarlo solo demasiado tiempo.
Cuando entro, me encuentro el salón vacío y oigo ruido y música en la
cocina.
—¿Hola?
El ruido se detiene.
—Aquí, seas quién seas.
Entro y me encuentro a mi madre con las manos en la masa, literalmente.
La repostería es su primera especialidad, la química es la segunda. Verla así
me trae muchos recuerdos de mi infancia, y son todos muy bonitos. Las
tardes de «domingo pastelero» son un tesoro que Thali y yo guardaremos
para siempre en nuestra memoria. Y estoy segurísimo de que es una
tradición que ella también llevará a cabo con su hija.
Por lo visto, ahora yo también doy por hecho que será una niña.
—Hola, mamá.
—¿Mamá? —frunce el ceño—. ¿Yo tengo un hijo? —Sonrío, culpable
—. Debe ser que lo he olvidado después de tanto tiempo sin verlo.
Me acerco a ella con un mohín para ver si consigo darle pena.
Funciona.
—Hola, grandullón —me saluda cuando me abraza.
No es que yo sea enorme, mido un metro ochenta y seis centímetros.
Vale, tampoco soy pequeño. Pero es que ella no es muy alta. En eso hemos
salido a nuestro padre, porque Thali también es más alta que ella.
—Ven. —Deshace el abrazo y tira de mi para que me siente en una silla
de las de la isla de la cocina, frente a ella—. Siéntate ahí y cuéntamelo todo.
Mientras amasa y prepara lo que sea que esté haciendo, yo le cuento
(casi) todo desde aquel mediodía en el que le conté a Héctor que Núria iba a
dejarme.
—¿Te gusta ese chico? —me pregunta cuando acabo.
¡¿QUÉ?! ¿Esto va en serio?
¡¿Pero qué narices le pasa a todo el mundo?!
—No puedo creerlo —gimo, escondiendo la cara otra vez entre las
manos.
—¿El qué? —pregunta ella, toda ignorancia.
—¿Por qué me preguntas que si me gusta?
—Curiosidad materna.
—¿Y qué has visto u oído que te haya llevado a sentir esa curiosidad?
Mi madre me mira inquisitiva. Odio que me mire así, me siento
escaneado. Y las madres escanean muy a fondo y llegan a la raíz.
—Da igual, déjalo. No te veo receptivo, y no te va a gustar lo que te
diga.
Qué desquiciante.
—Por todos los dioses, mamá. Tengo treinta y siete años, podré con ello.
—Vale —me dice antes de meter la masa en el horno. Se gira hacia mí al
mismo tiempo que se echa el paño de cocina en el hombro—. Te lo
pregunto por el brillo de tus ojos.
¿Por el brillo de mis… qué?
Genial. Me estoy arrepintiendo mucho de haber venido. Hubiera
preferido que me desheredase.
Bufo.
—Te he dicho que no estás receptivo. Piensa en ello mientras me ayudas
a poner la mesa. ¿Te quedas a cenar conmigo?
—¿Y papá?
—De partida con el tío.
Dudo un segundo. Neizan está solo en casa, pero llevaba un mes sin ver
a mi madre.
—Déjame avisar a Neizan.
Mi madre se limita a sonreír. Y no, no voy a preguntarle por qué lo hace.
Yo:
Neizan, no me esperes para cenar.
Tienes cena en la nevera.

Veo el doble check ponerse azul, pero tarda en ponerse a escribir.


Neizan:
K

¿«K»? ¿Qué significa «k»?


Yo:
¿Estás bien?

Vuelve a tardar en contestar. Tanto, que estoy a punto de llamarlo.


Neizan:
Sí. Era n ok

¿«Era n ok»? Supongo que quiere decir que esa «K» era un «ok». Debe
estar ocupado mientras escribe. Vale, ya es mayorcito y un paciente muy
responsable. Esta semana se le nota que está más animado y ya casi no tiene
dolor. Hoy puede cenar solo, le vendrá bien.
—¿Qué?
—Cenamos —respondo.
—¿Estará bien solo?
Mi madre hace que dude de nuevo. Miro el teléfono.
—Sí. Es un chico muy responsable —respondo con convicción.
Y yo necesito ayuda con mi dilema.
Mi madre es científica, una mujer muy abierta de mente, para ella todo
problema es estudiable y solucionable si se buscan respuestas (hablo como
si yo fuese un ratón de laboratorio). Por eso, cuando nos sentamos a la
mesa, lo primero que hago es pedirle opinión.
—Mamá, ¿para ti la edad es un problema?
Levanta las cejas y me mira en plan «¿lo preguntas en serio?».
—A ver, Gabriel… —Madre mía (nunca mejor dicho), «Gabriel». ¿Qué
he preguntado para que esto se ponga tan serio?—. La edad solo es un
número. Sé que es una frase de lo más manida, pero es así. Si tú tuvieras
veintitrés y él once la cosa cambiaría. Cambiaría por la madurez, tanto
física como mental. Ahora mismo, sois dos hombres.
¿Ha mirado la edad de Neizan? Bueno, la verdad es que en las noticias
salió por todas partes. Y… ¡¿por qué damos por hecho que me refiero a
Neizan?!
—He preguntado en genérico, mamá. No he puesto nombres.
—Ya lo sé, pero, a veces, es mejor tirar de ejemplos. —Ya—. Por
ejemplo: tu padre y yo nos llevamos nueve años de diferencia. Cuando él ya
podía votar, yo aún experimentaba con mis propios mocos. —Sonrío—. Y
henos aquí, treinta y siete años juntos y con dos hijos. A cierta edad, la edad
ya no es un problema.
Suspiro.
No sé ni por qué he preguntado. Tengo en frente un claro ejemplo de
«me importa una mierda lo que diga la gente». Mi madre se quedó
embarazada con veintidós años —a punto de acabar su carrera— de un
hombre de treinta y uno. Nos han contado muchas veces lo mucho que se
opusieron sus padres a ese matrimonio. De hecho, se casaron cuando Thali
y yo ya teníamos cuatro años. Primero tuvieron que demostrar a todos que
no era un capricho, que se amaban de verdad. Nunca dejó de perseguir sus
sueños profesionales y personales hasta cumplirlos, y nos enseñó a
perseguir con ahínco nuestros propios sueños.
—Me han dicho que es más guapo aún en persona —me provoca.
Pongo los ojos en blanco y suspiro con crispación.
—Thali, supongo. O María. Son igual de chafarderas. —Entonces pienso
en él—. Sí que es más guapo en persona —admito—. Mucho más.
Mi madre me sonríe con cariño y me revuelve el pelo como a un niño; su
niño.
—Hablando de edad… —cambia de tema. No va a hurgar más—. ¿Qué
vais a hacer con el cumpleaños este año? Lo celebraréis juntos.
—Aún no le he preguntado a Thali, pero, como es el primer año que
puedo hacerlo, me gustaría celebrarlo en mi casa.
***
Estoy lleno, y subo las escaleras del garaje palmeándome la barriga. Ir a
comer o cenar a casa de mis padres es volver a casa casi rodando como una
pelota. No voy a poder dormir. Y, además, traigo sobras.
Cuando subo y entro al salón, me encuentro las luces encendidas, pero
está vacío. Qué raro. Me voy directamente a la habitación de Neizan. Vacía.
Y el baño está abierto y a oscuras. Me voy hacia el gimnasio; espero que no
se le haya ocurrido hacer ejercicio estando solo. Al pasar al lado de la sala
de juegos, veo luz y la puerta entreabierta. Me asomo con curiosidad. En la
pantalla se proyecta Matrix, pero no veo a Neizan. Voy a salir cuando algo
llama mi atención: una botella de vino encima de la mesa.
Estoy empezando a ponerme nervioso.
Me acerco al sofá y me lo encuentro tirado boca arriba, totalmente
dormido y con un hilillo de saliva cayéndole por la comisura de la boca. No
puedo evitar sonreír.
¿Ha bebido?
Aún sigue con medicación, aunque solo analgésicos suaves y no de
forma continua, solo cuando los necesita.
Rodeo el sofá, me acerco a él y…
… pero ¿qué coj…?
¡Ay, mi madre! Pero ¿qué me he perdido?
Me pongo en cuclillas a su lado, sostengo el cordón de una zapatilla que
se ha atado a la muñeca y deslizo los dedos hasta el otro extremo, atado a la
pata de la mesa. Me doy cuenta entonces de que lleva puesta solo la
zapatilla izquierda, la derecha está en el suelo. Sin cordón.
No creí que Neizan fuese a sorprenderme de este modo nunca, pero lo ha
hecho. Vaya si lo ha hecho. Estoy a nada de echarme a reír a carcajadas,
pero me tapo la boca y me contengo.
En circunstancias normales lo dejaría aquí toda la noche, pero la suya no
es una circunstancia normal. Con todo el dolor de mi corazón, tengo que
despertarlo y llevarlo a su cama.
Apoyo las rodillas en el suelo y me quedo un momento observándolo.
Tiene un rostro precioso. El pelo, suelto y alborotado, le cae por todas
partes. Le retiro un mechón que tiene casi metido en la boca.
Las de cosas que le haría a esa boca…
—Doctor Ríos… —murmura entreabriendo los ojos.
No me gusta que me llame así, pero he de admitir que ha sonado
divertido. Creo que está ebrio.
—Neizan, ¿cuánto hace que te tomaste el último analgésico?
Resopla, intentando en vano retirarse el pelo de la cara. Entonces se
remueve y se lo retira con la mano que no tiene atada. Y cuenta. O lo
intenta.
—Hace… ve-veintiocho horas… ¿O eran veintisiete? —Se detiene y
vuelve a cerrar los ojos; aunque no es que haya llegado a abrirlos del todo
en ningún momento.
—Neizan…
—¿Mmm?
—¿Cuánto has bebido?
Gira la cabeza y trata de enfocar la mirada en la mesa.
—U-una… o dos c-copas.
Me giro hacia la mesa. No hay copa por ningún lado. Sostengo la botella
—un Cabernet Suavignon del 2017— y miro a través del cristal verde
oscuro. Me gustaría saber qué celebraba para beberse de este modo un vino
de más de doscientos euros.
—Aquí faltan más de dos copas —murmuro, más para mí mismo que
para él.
Una sonrisilla floja aparece en su rostro.
Joder, que preciosidad de cara.
—Es… la p-primera vez en mi vida —balbucea.
Entonces, se gira de repente, y le pongo la mano en la cadera porque lo
ha hecho muy rápido y casi se cae del sofá.
—Hola, doctor Ríos —vuelve a saludarme, risueño, y a mí me revolotea
algo dentro del estómago.
—¿No habías bebido nunca?
—Hasta e-embriagarme no… Qué y-yo recuerde.
¿Sí? Pues menudo pelotazo lleva para ser la primera vez.
—¿Has cenado?
Ensancha la sonrisa y no me responde. Genial. Tolerancia cero al alcohol
y el estómago vacío.
—¿Y el cordón a qué se debe?
Curioso, gira la cabeza en la dirección que le señalo. Cuando lo ve,
levanta la mano con dificultad, frunce el ceño y, de pronto, sonríe de nuevo.
Señor, dame paciencia.
—Era una prueba de fu-fuego —balbucea—. Para e-evitar más… a-
accidentes.
¿Y de qué modo?
—S-si no podía… —Hipa—. Si no era capaz de desatar el nudo… no
sería capaz de llegar hasta l-la cama.
Habría que poner esto en las barras de los bares y discotecas. Pero no
cordones de zapatilla. Mejor esposas. La de desgracias que dejarían de
pasar por los quirófanos. Él no habría pasado por mi quirófano y Rocío y
ese chico seguirían vivos.
Ha vuelto a cerrar los ojos.
—Mariposa, hay que irse a la cama —le digo tras retirarle de nuevo el
pelo de la cara.
Entonces abre los ojos. Al principio le cuesta mantenerlos abiertos, pero,
al final, consigue fijar la vista fija en mí.
—Tus ojos s-son del verde más fantástico y bonito… que he visto en mi
vida —susurra con dificultad—, y atormentan mis sueños por las noches.
Cierra los ojos, y yo… trago saliva.
¿Sueña conmigo?
—Y tu voz… —murmura. No puedo apartar la mirada de su boca—. Tu
voz fue como… un faro en la oscuridad de aquella noche.
Se me corta la respiración y, durante unos segundos, no puedo hacer otra
cosa que mirarlo.
Me cuesta reaccionar, pero es hora de salir de aquí. No sé si puedo
soportar más confesiones, y menos aún de este calibre.
Desato el nudo del cordón por el extremo de la mesa. El otro no; mañana
tendrá un recordatorio atado a la muñeca.
—Hora de irse a la cama. —Las manos no son lo único que me tiembla
cuando me incorporo —. Vamos.
Tiro de él con suavidad hasta que consigo que se ponga de pie.
—¿Como estás? —Lo sujeto con cuidado por la cintura.
Joder, qué cerca está.
—Bien… Cr-creo.
Se tambalea.
—Genial. Agárrate a mí. No creo que estés en condiciones de conducir
muletas —añado, murmurando.
—Hueles a perfume d-de mujer —comenta en el tono más neutro que le
he oído en todo el rato al echar su brazo derecho por encima de mi cuello.
Debe ser el de mi madre, no me he acercado tanto a Núria como para
oler a ella y la vi hace horas. Yo no lo noto.
—Puede ser. Tú hueles a alcohol —contesto.
No vuelve a decir nada hasta que llegamos a su habitación. Cuando lo
dejo frente a la cama, vuelve a tambalearse.
—Quieto ahí —lo freno.
No me da tiempo a reaccionar cuando echa su mano por encima de mi
hombro y nos quedamos frente a frente, tan cerca uno del otro que nos
respiramos mutuamente. Basta con que se ponga un poco de puntillas o tire
de mi cabeza un poco hacia abajo…
Me acaricia los rizos de la nuca, provocándome un escalofrío. Entonces,
me mira la boca y se pega a mi cuerpo al mismo tiempo que se alza sobre
los pies hasta estar a mi altura.
—Gab… —susurra.
Me quedo rígido, y mi cuerpo sufre un latigazo de algo muy intenso.
Jamás me habían acortado tanto el nombre ni había sonado tan bonito y
sensual. No sé si se ha quedado a medias o lo ha dicho así a propósito, pero
me ha dejado fuera de juego. Mi cuerpo reacciona e, incluso bebido, el suyo
también. Pero saber que lo pongo tan cachondo como él me pone a mí no
me ayuda en absoluto. Y entonces…
…se pone de puntillas y se inclina hacia mí.
«Así no», suplico.
—Neizan, no lo hagas —susurro. Si va a suceder algo entre nosotros,
que no sea estando ebrio, por favor.
A pesar del estado en el que está, veo la decepción en su cara. Afloja la
fuerza de su brazo alrededor de mi cuello, y el momento se rompe como
una copa de cristal contra el suelo, haciéndose añicos.
Aparta la mirada y vuelve a poner los pies sobre el suelo. Al separarse de
mí, vuelve a tambalearse. Lo ayudo a acostarse sin que ninguno vuelva a
decir una palabra. Cuando ya está en la cama, se gira hacia la ventana.
Necesito huir de esta habitación.
Pongo rumbo a la planta de arriba sin ni siquiera guardar en la nevera lo
que he traído de casa de mis padres. Y, otra vez, acabo en la ducha con la
polla entre mis dedos. Pero esta vez no soy suave ni atento; estoy muy
cabreado conmigo mismo por destrozar un momento que no sé si se
repetirá. Sé que he hecho lo correcto, pero eso no me hace sentir mejor.
Me corro con la frente pegada al mármol de la pared, los ojos apretados
y los dedos de la mano que no rodea mi polla cerrados en un puño. Como
remate, alargo esa mano y giro totalmente el mando del grifo hacia el agua
fría. Se me corta la respiración unos segundos y se me eriza todo el vello
del cuerpo; qué contraste.
Bien.
Algo más relajado, bajo a guardar las sobras en la nevera y vuelvo a la
sala de juegos a apagar la televisión. Recojo la botella, las muletas y la
zapatilla y las llevo a la cocina y a su habitación.
Al dejarlo todo al lado de la cama, me quedo observándolo. No se ha
movido, tal como se ha girado, así se ha quedado dormido. El pelo le cae
sobre la cara, tapándole prácticamente los ojos y dejando al descubierto
solo su boca… «Tu voz fue como un faro en la oscuridad de aquella
noche», me ha dicho esa boca.
Me estremezco.
No voy a ocultarlo, me da miedo lo que pueda suceder entre nosotros.
Debería poner distancia con más ganas.
24
Neizan

M e despierto con la boca seca y un dolor de cabeza terrible.


¿Por qué me duele de este modo la cabeza?
Intento abrir los ojos, pero la luz me molesta mucho. Cuando me
llevo la mano a la cara para cubrírmelos, algo me roza los labios y la
barbilla. Levanto la mano y veo el cordón de una zapatilla atado a mi
muñeca.
Pero ¿qué…?
Y recuerdo.
Recuerdo que un ataque irracional de celos me llevó a la nevera a coger
una cerveza por primera vez en mi vida; que, ya frente a la cerveza, en vez
de eso, cerré esa nevera y abrí la que tiene al lado, una más pequeña, con
botellas de vino, y cogí la primera botella que pillé; que me fui a la pantalla
grande a recrearme en Keanu y en mi propia miseria; que el alcohol me
tumbó antes de lo deseado (por lo visto; eso no lo recuerdo muy bien); que
me desperté con esos ojos verde fantasía y esa voz susurrándome sobre la
piel; que le dije… ¿Qué le dije? Y después…
«Neizan, no lo hagas», recuerdo de repente.
¡Oh, joder! ¡Nooo!
Algo se retuerce en mi interior y me tapo la boca para ahogar un grito;
me quiero morir. Me lamento y un escalofrío recorre mi cuerpo cuando otro
recuerdo me viene a la mente.
Por Dios, ¡¿qué hice?!
«Echarle huevos», se jacta mi subconsciente.
—Sí, y salió de pena —me lamento en voz baja, tapándome los ojos con
el brazo. El cordón de la zapatilla vuelve a rozarme la cara—.¿Y ahora qué
hago?
«Echarle huevos».
Me tomo con calma lo de salir de esta habitación que me protege. Pero,
por mucho que intente prolongarlo, no puedo quedarme aquí eternamente.
Además, anoche no cené y me rugen las tripas.
«Idiota, por eso el alcohol te tumbó enseguida».
No sé qué hora es. Mi teléfono está desaparecido en combate y en la
habitación no hay ningún reloj, solo sé que es domingo.
Tomo aire y lo suelto, he tomado una decisión.
***
Me lo encuentro leyendo fuera. Miro reloj de la cocina. Son las once y
veinticinco minutos. Continúo caminando con las muletas hasta llegar a él,
que me da los buenos días con una sonrisa que no llega a sus ojos; en
realidad, se le ve tenso.
Qué de fábula salió todo, sí.
—¿Qué tal la cabeza?
—¿La cabeza? ¿Y las náuseas? Estoy hecho polvo. ¿Se puede saber qué
significa esto? —pregunto, levantando la mano en la que llevo atado el
cordón.
Sí, voy a fingir que no recuerdo nada. Es lo mejor para no liar más las
cosas, para que no se sienta tenso a mi lado, y, por qué no, para proteger mi
autoestima: anoche me rechazaron por primera vez en mi vida.
Parece… ¿decepcionado?
—¿No recuerdas nada?
Venga, hagamos grande y creíble la mentira.
—Recuerdo estar aburrido. Se me ocurrió ver una película. Cogí —me
giro y señalo el electrodoméstico en cuestión— un botella de vino de la
nevera y una copa…
—Sin copa —me corrige.
—Sin… copa. —Vale, de eso sí que no me acuerdo—. Fantástico. Me fui
a la sala de juegos… —Finjo que, de repente, algo me asombra—.Vale,
acabo de recordar que me até a la mesa de la sala de juegos para no poner
en riesgo mi vida de nuevo. —Al decirlo en voz alta, pienso de verdad en
ello—. Joder, qué idea más estúpida. Y… —Y me quedo callado, como si
estuviese intentando hurgar en mi memoria. No tenía ni idea de que podía
llegar a mentir de este modo; nunca me han gustado las mentiras, destruyen
las relaciones. Se me hace un nudo en la garganta—. A partir de ahí, todo
está en blanco.
Me mira… ¿o me escruta?
—Llegué y te encontré ebrio y atado a una mesa. Por cierto, la idea es
estúpida, pero es mejor que andar por ahí con un fijador óseo y muletas,
dependiendo del grado de alcoholismo en tu cuerpo para llegar de una pieza
a la cama. He visto cosas peores, créeme. No deberías volver a beber con el
estómago vacío, al alcohol hay que ponerle un colchón —me sermonea (no
sin motivo)—. Hay sobras de pastel en la nevera. Te gustará, mi madre es
buena repostera. —Retoma la lectura.
¿Eso es todo?
Vale, no soy el único que miente.
«No te ha mentido», me hace saber mi vocecita.
Vale, si él no quiere sacar a relucir lo que ocurrió, es mejor que todo se
quede así. Volver a lo que hemos estamos haciendo desde que vine: poner
distancia. Aún me quedan por pasar meses en esta casa, creo que debo dejar
de hacer estupideces y volver a centrarme en lo que de verdad importa.
***
El resto de la mañana, cada uno la pasa por su lado. La comida es
silenciosa, yo finjo que tengo resaca y él no me presiona. Por la noche
volvemos a coincidir en la cocina y cenamos casi en silencio. Bravo por mí,
he conseguido enrarecer el ambiente a lo grande. He conseguido que
Gabriel se sienta incómodo en su propia casa.
No puedo más. Necesito dormir, que este día pase a ser ayer para
enfrentarme a uno nuevo.
—Neizan —me llama cuando ya me voy a marchar a mi habitación; más
temprano que cualquier otro domingo de los que hemos compartido hasta
ahora.
—¿Sí?
—¿Puedo hablar contigo un segundo?
Me da un vuelco el corazón, y me giro hacia él con todo el cuerpo como
gelatina.
—Claro —digo a duras penas.
Qué ojos tiene, en serio, me miran con una intensidad que me desarma
por completo.
Parece que va a hablar, pero no lo hace. Agacha la cabeza y, tras unos
instantes de vacilación, me mira de nuevo.
—La semana que viene es mi cumpleaños.
Ya lo sabía, lo comentó con su hermana el día de la cena, pero estoy
seguro de que eso no era lo que iba a decirme, o, al menos, no lo primero.
Intento sonreír.
—Es el primer año que dispongo de tiempo para celebrarlo aquí. ¿Te
importaría?
Sigo sin entender la razón por la que me pregunta si puede o no celebrar
algo en su propia casa.
—¿Por qué habría de importarme? —Qué mal ha sonado eso, como si su
cumpleaños me diese igual—. Quiero decir… —intento rectificar—. Es tu
casa, Gabriel, no sé qué derecho tendría yo para imponerte cualquier cosa.
—Al abrirte las puertas, te otorgué ese derecho. Vives aquí y eres una
persona convaleciente. Si no te sientes con ganas…
—Para, por favor —suplico. No necesito que me recuerde la razón por la
que estoy aquí invadiendo su espacio y su vida—. Ya te dije que no me
gusta pensar que tu familia no viene a verte por mí. Celebra tu cumpleaños
con ellos aquí, Gabriel. No me supone ningún problema. Por favor.
Asiente. Y yo me quedo parado como un idiota, sin saber qué más
decirle. Qué mierda de día, de verdad.
—Me voy a la cama. No ha dejado de dolerme la cabeza en todo el día.
—Es cierto, pero no creo que la resaca sea la única culpable.
—De acuerdo.
—Hasta mañana, Gabriel.
—Hasta mañana, Neizan.
***
Al día siguiente el ambiente está más enrarecido que el anterior, y la
rehabilitación se convierte en algo frío y distante; él ordena y yo obedezco.
Es una sesión corta.
—En cuarenta minutos nos vamos a ver a la doctora Adams —es lo
único que dice antes de salir del gimnasio.
—¿Se puede saber qué os ocurre? —me pregunta Beth cuando me está
curando la cicatriz de la pierna en mi habitación. Aunque ya no hay puntos,
sigue tratándola con mucho mimo y me moviliza la piel a diario para evitar
adherencias; no tenía ni idea de qué era eso hasta que me lo explicó.
Suspiro.
—Me emborraché el sábado por la noche.
Consigo toda su atención al instante.
—Perdona, ¿qué? —Su tono de voz es reprobatorio.
—No había tomado medicación desde hacía más de un día.
La noto relajarse.
—Se fue a ver a su ex, y yo… —Madre mía, esto va a sonar muy
estúpido—. Yo…
—Te pusiste celoso.
Me llevo las manos a la cara.
—Sí —musito.
—¿Te emborrachaste por celos? —se burla.
—Beth… —suplico.
—¿Y cuál es el problema? Todo el mundo hace alguna tontería de este
tipo. Pero sigo sin entender por qué estáis así. ¿Gabriel se enfadó por eso?
¿No se te ocurriría deambular por ahí con un fijador óseo, muletas y
borracho?
Lloriqueo.
—No, jolín, tomé medidas.
—¿Medidas?
—Me até a la pata de la mesa con el cordón de una zapatilla, por si
perdía totalmente la razón con el alcohol. Era la primera vez en mi vida que
me emborrachaba.
Estalla en carcajadas.
Lo sé, soy un chiste. No me he salido de la maldita línea recta en toda mi
maravillosa y disciplinada vida. Pero tampoco es algo que necesitase, la
verdad. Pensé que la experiencia sería diferente, más divertida.
—Ay, Pingüino, eres de lo que no hay —Tiene ojos vidriosos y aún
sonríe—. Suena divertido. ¿Por qué estáis así entonces?
—Porque intenté besarlo.
Me mira sorprendida. Mierda, ahora que yo quiero que lo haga, no se ríe.
—¿Intentaste? ¿Por qué no lo hiciste?
—Me pidió que no lo hiciera.
Se queda callada durante demasiado tiempo, y yo me pongo nervioso.
Quiero que me trague la tierra. Qué deprimente suena todo dicho en voz
alta.
—Beth, dime algo.
—Bueno…, tal vez no estaba preparado.
—Quizá ha vuelto con ella.
—¿Te ha dado esa impresión?
—Casi ni he estado con él. He estado evitándolo.
—¿No habéis hablado de ello?
—Fingí no acordarme.
—Neizan… —Ahora suena decepcionada.
—Al día siguiente él tampoco me dijo lo que ocurrió —intento
defenderme. Ella me mira de un modo que no me gusta—. Parece que te
estés apiadando de mí.
No me lo niega.
—Neizan, tal vez no quiso hacerlo porque estabas bebido. ¿Lo has
pensado?
No.
—Puede que pensase que era un abuso debido a tu estado de incapacidad
mental en ese momento. —Vuelve a reírse, y yo le tiro un trozo de gasa que
ella evita y que cae al suelo.
Aunque lo cierto es que a mí ese punto de vista me hace sentir un poco
mejor.
Pero, en ese caso, ¿por qué no me dijo nada ayer?
«Empezaste tú, mintiendo, ¿recuerdas?», me recalca mi vocecita interior.
Me lamento de nuevo.
***
Al final, Beth no viene con nosotros hoy. La han llamado con urgencia por
algo relacionado con las flores de la boda y Gabriel le ha dicho que se
marchase a solucionarlo. Así que vamos los dos en silencio en el coche.
Odio esta situación.
Me encantaría preguntarle si hay algún problema entre nosotros, pero
podría dar lugar a que me hable de eso que yo finjo no recordar. Creo que,
si no me lo ha contado, es porque no está tan interesado en mí como yo
creía. Que.…
—Te oigo pensar desde aquí. Suéltalo —me dice de repente.
Vale, pues lo suelto.
—¿Estamos bien? Tú y yo. —Voy a tentar a mi suerte—. ¿He hecho algo
que te haya molestado?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Desde el domingo estás muy raro conmigo. —Y yo con él, pero eso no
voy a admitirlo.
«Cobarde», me dice mi vocecita.
Veo como aprieta el volante entre los dedos.
—Hablaremos de ello después, ¿de acuerdo?
Sí, es mejor que lo afrontemos cuanto antes.
«Y que seas sincero», me regaño a mí mismo.
—De acuerdo.
***
—Haga algo de fuerza, señor Serra.
La doctora Adams me está realizando una serie de ejercicios y pruebas
de fuerza, reflejos y respuesta muscular. En este momento, tiene mi pierna
entre sus manos y la flexiona y la extiende una y otra vez. Es el aspecto en
el que más he trabajado con Gabriel este mes: evitar la atrofia de la rodilla.
—El músculo parece responder, señor Serra. Su desarrollo muscular
juega a su favor. La decisión de su cirujano de no volver a intervenir me
parece la más acertada. —Pelota—. Puede que haya dolor neuropático —
hay dolor, no sé de qué tipo, pero es soportable cuando no me mueven la
pierna del modo que lo está haciendo ella—, espasmos —no los hay—,
calambres —los hay a veces—, sentirá la zona como si estuviera
adormecida durante un tiempo —siempre—. Su pierna es funcional.
¿Funcional? ¿Qué significa eso exactamente?
—¿Podré volver a patinar? —pregunto sin más, por primera vez desde
que sufrí el accidente.
Me mira unos segundos. Sabe que toda la parafernalia médica que me
acaba de contar, para mí, se reduce a esa pregunta.
—Es pronto. Los límites los irá poniendo su traumatólogo y usted
mismo, señor Serra. He visto a la naturaleza seguir cursos inesperados y a la
gente sorprenderme a menudo.
Ambigua. Fantástico.
Cada vez tengo más claro que esta visita ha sido absurda, que Gabriel ya
tenía muy claro el camino a seguir conmigo y que hemos venido para nada.
Supongo que hemos venido porque, después de pedirle ayuda, era lo
mínimo que él debía hacer.
—De acuerdo.
—Mi intervención llega hasta aquí. —Me parece bien—. No le digo
nada más porque tengo aquí los resultados de la doctora Ríos y porque sé
que las personas que se hacen cargo de usted saben cómo deben tratar esta
cicatriz. —Mira a Gabriel y le sonríe.
¿Las personas que se hacen cargo de mí?
Me dan ganas de decirle que tengo veinticinco años y que sí debería
explicarme cómo debo tratar mi cicatriz.
«Vamos, Neizan, proyectas negatividad hacia ella porque quiere lo
mismo que tú», me digo. Y no puedo evitar mirar lo que ambos queremos.
Sus ojos verde fantasía me devuelven la mirada.
Definitivamente, soy idiota.
—De acuerdo, dejaré que se hagan cargo de todo —le digo a ella sin
dejar de mirarlo a él. No he podido evitar ponerle cierto tono de desprecio a
mi voz.
Será muy buena en su trabajo, pero a mí me está tratando como a un crío
solo porque quiere adular a Gabriel.
Y todo eso deja de importarme cuando deja mi pierna en paz y mi
atención se desplaza a la cicatriz. El corazón empieza a latirme con mucha
fuerza. La imagen no ha mejorado demasiado desde que me quitó los
puntos. Sé que, con el tiempo, cambiará de color y se suavizará, pero es que
es horrible. Una horrible depresión en mi piel que tiene forma curva.
Levanto la mano y paso los dedos temblorosos por encima, aún no la
había tocado. No directamente.
—Neizan.
Tiene una textura extraña y no tengo apenas sensibilidad; es como si
tocase algo acorchado.
—¿Neizan?
—¿Qué? —contesto de forma casi inaudible.
—Neizan, mírame.
Levanto la cabeza hacia su voz, esa voz capaz de traerme de las zonas
más oscuras hacia el verde más vibrante y fantástico.
—Solo es una cicatriz.
Las noto, traicioneras, en mis ojos, haciéndome parecer frágil. Y odio
parecer frágil. No soy frágil. Quiero arrastrarlas, pero no lo hago; me
delataría aún más. Tengo que tragarme lo que siento antes de asentir varias
veces.
—¿Eso es todo, Adams? —pregunta él sin dejar de mirarme a mí.
—Es todo, Gabriel.
Él se acerca y me ayuda a incorporarme antes de tenderme las muletas.
—Adiós, doctora Adams. —Me encantaría pasar de ella, comportarme
como el crío que cree que soy (creo que hoy me lo he ganado), pero sé que,
con independencia de la razón por la que lo hiciera, está mujer me ayudó.
Usó su don para que yo me curase—. Muchísimas gracias por todo. —
Extiendo la mano hacia ella.
—Adiós, señor Serra. —Me devuelve el saludo.
Me dirijo hacia la puerta.
—Gracias por todo, Adams. Nos vemos.
—Un placer, Ríos. —Es la primera vez que la escucho llamarlo por su
apellido, y creo notar cierto cambio en el tono de su voz. Quizá porque
Gabriel no parece muy interesado en ella.
Salimos al pasillo y, entonces, me olvido de lo que ha pasado en esa
consulta y recuerdo que tenemos que hablar. Empiezo a ponerme nervioso.
¿Qué me dirá? ¿Me contará todo lo que sucedió, eso de lo que yo, en teoría,
no me acuerdo?
—Vamos.
Nos dirigimos hacia los ascensores, y, una vez dentro y por primera vez,
me pongo realmente nervioso en su presencia.
Entonces le da al botón del parking.
—¿No subes a ver a tu hermana? —pregunto, sorprendido.
Duda un segundo.
—¿Te apetece?
—¿A mí?
—Sí. Estamos aquí en calidad de paciente y médico.
Tenemos que hablar también de esto, es ridículo que no pase ni a
saludarla.
—Gabriel, será un placer ver a Thali.
Aprieta entonces el botón de la cuarta planta.
Eso me dará más tiempo para pensar.
25
Gabriel

E sdoynecesario que hablemos. Desde el sábado por la noche estoy que no


pie con bola y se me nota mucho. Que ayer me evitase me vino de
perlas, pero hoy no rijo. Durante la rehabilitación creo que he estado
demasiado ausente, y ahora había decidido irnos ya a casa, cuando ya
conoce a mi hermana y se llevan bien.
Pero es que estoy muy nervioso.
No consigo sacarme de la cabeza todo lo que me dijo ayer ni la imagen
de su boca cuando quiso besarme. Y cuando me ha preguntado en el coche,
no sabía qué decirle. Dado que no se acuerda de nada, tendré que contarle
todo lo que pasó, y no sé adónde nos llevará esa confesión.
Las chicas de recepción nos saludan a ambos con una sonrisa cuando
salimos al vestíbulo de la cuarta planta.
—¿Está mi hermana?
—Sí, doctor Ríos. No ha salido desde que volvió de almorzar, decía que
estaba un poco mareada.
Qué fastidio, antes de ayer me dijo mi madre que lo estaba pasando muy
mal esta semana con los vómitos.
Pero, cuando abro la puerta, dispuesto a bromear para animarla, lo que
me encuentro hace que me tambalee.
—¿Thali? ¡Llamad a ginecología! —les grito antes de echar a correr
hacia ella.
Está tirada en el suelo con la espalda apoyada en la pared y tiene la cara
desencajada ante la vista de sus propios dedos manchados de sangre. No
tengo que preguntarle, tiene el botón del pantalón desabrochado y la
cremallera bajada.
—Eh, Thali, mírame.
No me hace caso. La sujeto por la cara e insisto.
—Thali, escúchame.
Me mira. Tiene los ojos anegados de lágrimas. Yo también. Y sé que eso
no la ayuda en absoluto, pero no puedo evitarlo; si ella sufre, yo sufro. Y no
porque seamos mellizos, sino porque es mi hermana y la quiero.
—Todo irá bien, ¿vale? —Le agarro la muñeca de la mano manchada de
sangre y se la retiro de la vista—. Mírame a mí.
Asiente. Le doy un beso en la frente.
—Concéntrate en mí.
—Gabi, no quiero perderlo —llora.
—Lo sé, Thali. Ya vienen a ayudarte. —Clavo una rodilla en el suelo y la
abrazo.
La consulta se llena enseguida de gente con bata blanca. Cuando levanto
a mi hermana en brazos para sentarla en la silla de ruedas, los recuerdos me
golpean y me hacen perder las fuerzas de nuevo.
Se la llevan.
Al salir al pasillo, me encuentro a Neizan apartado en un rincón. Está
lívido.
—Neizan…
—Ve con ella —me pide—. Yo pediré a alguien que me acompañe o te
esperaré aquí.
No quiero dejarlo solo, pero…
—Ve, Gab —me suplica.
Echo a correr tras ella.
***
—Todo parece estar bien —nos informa la ginecóloga mientras mueve el
ecógrafo sobre su vientre—. Se mueve y el latido es fuerte.
¿Fuerte? Va a toda leche. Incluso supera al mío, que ahora mismo me
golpea el pecho con fuerza; los nervios y la emoción tienen ahora mismo mi
corazón a mil. Estoy viendo a mi sobrina. O sobrino.
—¿No te duele nada? ¿No tienes calambres?
—No, ninguna de las dos cosas —responde mi hermana, que parece
haberse tranquilizado un poco.
La ginecóloga sigue moviendo el ecógrafo de un lado a otro.
—Durante la gestación hay mayor riego sanguíneo hacia los vasos del
cuello del útero, así que un sangrado es más probable y se puede producir
por muchas causas. ¿Has mantenido relaciones sexuales en las últimas
horas?
—Sí, anoche.
—Esa puede ser una causa. También por inflamación o infección. Vamos
a hacer analíticas y esta noche te quedas aquí.
—Anna… —protesta.
—Nathalia… —responde ella en el mismo tono. Mi hermana sonríe, y
yo sonrío involuntariamente con ella—. No quiero protestas, que yo me voy
a quedar también. Y ve pensando con qué vas a llenar el tiempo libre,
porque este ha sido tu último día de trabajo —añade, coloca el ecógrafo en
su sitio y le da un trozo de papel para que se limpie el gel del abdomen—.
Debí haberte obligado en el momento en que me dijiste que estabas
embarazada.
Thali no protesta, esta vez no. Se juega mucho.
Sergio aparece en ese momento por la puerta. Lo he avisado yo.
—¿Nath?
Busca una respuesta instantánea en el rostro de su mujer. Está
descompuesto, pálido y parece muy asustado.
—Cariño. —susurra mi hermana, y le regala una sonrisa brillante, al
mismo tiempo que extiende una mano hacia él.
Ahí tiene su respuesta.
Corre a abrazarla y se echa a llorar.
Anna abandona la consulta con discreción. Y creo que yo debería hacer
lo mismo.
—No llores. —Mi hermana lo acaricia con devoción—. Ha sido una
falsa alarma.
Él ha escondido la cabeza entre su cara y su cuello y no la levanta. Solo
lo oigo sollozar mientras la envuelve con fuerza entre sus brazos. Puede ser
un hombre muy grande, pero con respecto a mi hermana se vuelve pequeño
y vulnerable.
Voy a salir de la habitación cuando ella me llama.
—Gabi.
Me giro.
—¿Qué?
—Gracias.
Me sobrecoge el tono con el que me lo dice.
—Soy tu hermano, no hay nada que agradecer.
—¿Puedo pedirte un favor?
—Por supuesto.
—Iba a ir a ver a papá y a mamá esta tarde, pero no quiero contarles esto
por teléfono.
—No te preocupes, voy a por ellos. Mamá querrá verte.
—Gracias.
El color ha vuelto a sus mejillas y los ojos vuelven a brillarle de un
modo bonito.
—Luego vengo otra vez.
Asiente y besa a su marido en la cabeza.
Me encuentro a Neizan sentado fuera, esperando. Impaciente, me
interroga con la mirada. Yo sonrío, pero, no parece que eso lo relaje.
—Todo está bien —lo tranquilizo—. Parece que solo ha sido un susto.
Van a hacerle analíticas y esta noche se queda en observación. Vamos.
Ya en el coche, de camino a casa de mis padres, entre todo el caos que es
ahora mismo mi mente, pienso que tal vez para él esto sea demasiado
ajetreo. No debería estar llevándolo de un lado a otro de esta manera.
—Neizan, tengo que ir a avisar a mis padres, mi hermana no ha querido
contarles nada por teléfono. Después tendré que volver al hospital. ¿Quieres
venirte conmigo?
Se lo piensa unos segundos.
—Creo que no es el momento de conocer a tus padres.
Madre mía, si la situación fuese otra, ahora mismo me habría echado a
reír con ganas.
«A mi madre le vas a encantar», pienso. Ya lo adora y no lo conoce.
Resulta que ha seguido toda su trayectoria deportiva. Yo sabía quién era por
Eric, pero al parecer toda mi familia es fan suya desde hace años.
—¿Te dejo en casa entonces?
—Sí.
No me entusiasma la idea, para qué me voy a engañar. Lo dejé solo el
otro día y mira cómo acabó…
«Ve, Gab…», recuerdo entonces, y el estómago me da un vuelco. Ha
vuelto a llamarme Gab. Ahora estoy seguro de que lo hace de forma
involuntaria cuando no tiene toda su atención puesta en controlarse.
¿Será así como le gustaría llamarme?
Sufro otro vuelco en el cuerpo; me gusta. Joder, me gusta mucho.
Y ahora mismo no podemos hablar.
—Hoy no hay comida preparada.
—No te preocupes, la pediré. Y prometo no asaltar el frigorífico de
ningún otro modo. Me portaré bien.
Genial, hoy no necesito más sustos, con este he cubierto el cupo para
mucho tiempo.
—Toma. —Le entrego las llaves de casa, sosteniendo una en concreto
entre los dedos—. Esta es la de la puerta principal. El código de la alarma
es 5813.
Las coge y se baja del coche despacio. E, igual de despacio, lo veo
alejarse hacia la entrada.
Arranco y, a partir de ahí, mi día se desdibuja.
Voy a ver a mi madre al laboratorio en el que trabaja, le cuento lo
ocurrido y se pide el resto del día libre. Lo mismo sucede con mi padre.
Más tarde llegan a los padres de Sergio y su hermana. Pasamos todos el día
en el hospital. Thali y el bebé están bien. Pasarán la noche en observación,
y luego a casa a estar tranquila hasta que dé a luz; en un caso como este
ningún médico se la jugaría.
Cuando vuelvo a casa, son casi las doce de la noche. No llevo llaves de
la puerta principal, pero en el mando remoto del garaje tengo llaves de la de
abajo. Arriba, todo está en silencio y las luces apagadas. Voy directamente
hacia su habitación. Tiene la puerta entreabierta y se ve una fina línea de
tenue luz.
—Neizan, ¿estás despierto? —pregunto en voz baja.
—Sí, entra.
Está acostado, pero tiene el ebook que le regalé en la mano, sobre el
abdomen. Qué interesante se le ve con gafas.
—¿Todo bien?
—Sí. Esta noche se queda a dormir en el hospital, pero todo bien.
—Me alegro mucho. ¿Tú estás bien?
¿Yo?
Me duele la cabeza.
—Lo estaré —respondo. Todo está bien, solo necesito descansar—.
¿Qué has comido?
—Beth me ha traído comida. Para cenar me he hecho una ensalada.
Nos quedamos en silencio sin saber qué decir. Ambos sabemos que hay
una conversación pendiente, pero él ya está en la cama y es muy tarde.
Además, para mí ha sido un día muy tenso y tengo ganas de irme a dormir.
Hoy no doy más de mí, estoy agotado.
—Siento haberte dejado solo todo el día.
—No he estado solo. Y hoy tu hermana te necesitaba muchísimo más
que yo.
Quiero decirle tantas cosas…
—Buenas noches, Neizan.
—Buenas noches, Gabriel.
«Preferiría que volvieses a llamarme Gab», es una de las cosas que me
encantaría decirle.
Pero me voy.
Después de tomarme una pastilla para el dolor de cabeza, me lavo los
dientes y me pongo el pijama. Cuando caigo en la cama, mi cuerpo intenta
liberarse de la tensión acumulada durante todo el día, pero, cuando cierro
los ojos, la imagen de mi hermana mirando sus dedos manchados de sangre
me atormenta de nuevo.
Se me acelera el corazón.
«Ya pasó», me digo como un mantra. Un mantra que me he repetido
durante años cuando los recuerdos me impiden dormir y amenazan con que
el dolor de cabeza se convierta en una tortura.
Cojo el teléfono de la mesita de noche. Sé que es muy tarde, pero
necesito hacerlo.
Yo:
Buenas noches. No pienses. Duerme. Todo está bien.

Mi otra mitad:
Aplícate el cuento, hermanito.
Gracias por estar en mi vida. Te queremos.

En plural. Vuelvo a emocionarme.


Yo:
Os quiero.

Por fin me quedo dormido. Duermo fatal, tengo pesadillas con lo que
sucedió hace años; de vez en cuando me atormentan.
***
A la mañana siguiente, la noticia está por todas partes.
26
Neizan

engo un horario de «No molestar» establecido en el teléfono para no oír


T los avisos del teléfono durante la noche. Por eso, a las siete en punto de
la mañana, empiezo a recibir notificaciones de redes y noticias que no
están dentro de lo habitual.
Confuso, cojo el teléfono de la mesita de noche y lo sujeto en el aire,
frente a mí. Me pongo las gafas y veo que tengo tres llamadas perdidas de
Eric.
Me incorporo. Estoy empezando a ponerme nervioso.
También tengo un mensaje de mi segundo entrenador, Mike: «Ignora las
noticias». El último es de Abril, y es el que me pone en tensión de verdad:
«¡Me engañasteis! ¡Es peor de lo que me habíais hecho creer!».
No hago caso a mi segundo entrenador, necesito saber qué ha pasado.
Me da un vuelco el corazón cuando veo la fotografía.
Soy yo saliendo del coche de Gabriel para entrar en casa. A esa
fotografía la acompaña otra: un zoom en HD de la fijación ósea. Iba en
pantalón corto y la doctora Adams dijo que no tapase más la cicatriz, por lo
que también asoma parte de la misma en la imagen.
«Neizan Serra sigue en España», reza el titular.
Se me acelera el corazón y comienza a faltarme el aire. Sigo leyendo :
«Localizamos a Neizan en casa de uno de los cirujanos que lo operaron, el doctor Gabriel
Ríos », dice la entrada.
«El pasado día 6 de abril, el patinador Neizan Serra,
conocido por todos como la Mariposa, sufría un grave
accidente de tráfico en la ciudad de Barcelona.
Sufrió varias heridas y fracturas de diversa consideración,
por lo que no está claro que pueda volver a competir.
Hoy sabemos que sigue en España y
que no es una visita rutinaria,
que Neizan no llegó a marcharse del país.
También sabemos que lo está rehabilitando ese mismo cirujano,
el que le colocó la fijación ósea en el fémur.
¿Cómo de graves fueron sus lesiones?
¿Podrá ir a los Juegos Olímpicos?».

Lo que me pregunto yo es cómo se han enterado de todo esto.


Llegados a este punto, debería hacer caso a mi segundo entrenador e
ignorar las noticias. Pero sigo leyendo…
… y llego a los comentarios de la gente.
«Parece que a la mariposa le han roto un ala», es el primero de todos los
que leo que me hace estremecer y que consigue que ya no vea nada desde
un punto de vista positivo. Porque, a pesar de la crudeza del comentario, sé
que tiene razón: estoy roto.
«A eso se le llama taxidermia», dice otro. El escalofrío que me produce
este es brutal.
No lo entiendo. No entiendo qué lleva a una persona que no me conoce
en absoluto a decir semejante atrocidad.
«Bua, yo llevé una cosa de esas clavada en la tibia y el peroné durante
más de un año, no creo que pueda volver a competir. Está acabado». Este lo
veo ya borroso.
Y el que me hunde totalmente:
«Bueno, ahora tendrá tiempo para dedicarse a hacer cosas de hombres».
No puedo evitar pensar que este podría haberlo escrito mi propio padre.
Gabriel irrumpe en mi habitación sin llamar.
Y lo veo. Veo la culpabilidad en su mirada cuando me dice:
—No les hagas caso, apaga eso.
***
—¡¿Por qué?! —le grito—. ¿¡Por qué se lo dijiste?!
—Porque te vio —responde—. Y estaba sacando las cosas de contexto.
Resulta que todo el mundo lo sabe porque Gabriel no supo mantener la
boca cerrada con su ex. A la que deben haber pagado por la información, no
me cabe la menor duda.
Hija de…
—¿Qué contexto, Gabriel? —Estoy muy enfadado—. ¡No tenías ningún
derecho!
—Lo sé —me responde en voz baja.
Se le ve muy afectado, pero me da igual. Va a volver a pagar las
consecuencias de mi estado de ánimo, solo que esta vez será con razón.
¿O no?
—Lo siento.
—¿Que lo sientes? —pregunto con rabia.
Quiero decirle muchas de cosas que no debo, porque yo, en caliente, es
mejor que mantenga la boca cerrada. Porque, a pesar de todo, este hombre
me ha acogido en su casa y en su vida. Y creo que no me equivoco al decir
que sin pararse a pensar demasiado en lo que traía: a una persona rota, en
muchos sentidos. Ha detenido su vida por mí y se está portando conmigo de
manera excepcional…
—Que te den, Gabriel.
…pero esto soy incapaz de sujetarlo en mi boca antes de irme del salón a
mi habitación.
No me detiene. Con una frase —que tampoco sé si se merece realmente
—, sé que acabo de hacerle mucho daño.
Cierro la puerta con un portazo.
***
Una semana después, apenas hablamos, y yo… Yo he dado un paso hacia
atrás.
Me encuentro de nuevo entre la aceptación y la depresión.
27
Gabriel

—S -suelta… —digo a duras penas, intentando liberarme de las piernas


que me rodean con fuerza el cuello y parte del torso.
—¿Te rindes?
Lo golpeo una y otra vez en el gemelo, pero no surte efecto, no puedo
soltarme y me falta el aire. Me doy por vencido.
—S-sí.
—Dilo. —Y tensa.
Es despiadado.
—M-me… r-rindo.
Me suelta. Y yo me arrastro por el tatami.
—Joder… —exclamo con dificultad—, ¿quién… te ha enseñado a luchar
de este modo?
Héctor se ríe.
—Tengo una entrenadora muy buena. También entreno con Sandro. A él
ya no le gano nunca.
—Pues… —aún me cuesta respirar—, si tú no puedes con él, yo le
duraría un segundo.
Me quedo boca arriba intentando recobrar el aliento. Me arden los
músculos y los pulmones. Yo se lo he pedido, que no fuese clemente
conmigo. Ha sido una semana de mierda, en la que lo único que he hecho
ha sido acumular tensión. Necesitaba que me llevase al límite, soltar esa
tensión.
Tengo a la maldita prensa en mi puerta desde el martes y Neizan no
habla.
Bueno, rectifico: Neizan no me habla. A mí.
Con Beth, Eric y su familia y con mi hermana —con la que ahora
intercambia mensajes— habla un poco más; conmigo se limita a
monosílabos y frases cortas.
A Abril, a la que nadie le había hablado de la gravedad real de la lesión,
le afectó mucho ver en las noticias el estado real de Neizan. Lo oí hablar
con ella ese mismo día; ambos llorando al teléfono. Me costó muchos
mensajes y una videollamada muy tensa convencer a Eric para que no
cogiera el primer avión disponible con destino a España, que yo me haría
cargo de la situación.
La crueldad en redes sociales por parte de algunas personas no conoce
límites —bien lo sé yo— y a Neizan le ha afectado mucho. Mucha gente se
ha volcado con él, pero el daño ya está hecho. Y, aunque se lo hemos
sugerido, se ha negado a buscar ayuda psicológica.
Y yo soy el único responsable.
No fui a ver a Núria ni le he pedido explicaciones, pero sé que fue ella.
Solo le envié un mensaje. «No creí que pudieses caer tan bajo», le escribí,
presa de la impotencia y la rabia.
No sé si me respondió, la bloqueé al instante.
—Eh, ¿en qué piensas?
—No pienso, me torturo.
—Para eso he venido yo, si quieres, puedo continuar. —Se ríe.
—Idiota —lo insulto antes de darle un puñetazo en el hombro—. Tú has
venido a cocinar.
—También.
Me levanto y le tiendo una mano.
—Vamos —le digo cuando ya se ha incorporado—, a la ducha.
—¿Juntos?
—Payaso.
Él se queda en la ducha del gimnasio y yo subo a la de mi habitación. Al
pasar por el salón, veo que sigue desierto, Neizan aún no se ha despertado o
simplemente no ha salido de la habitación, que es lo más probable. Y una de
las razones podría ser que no quiere verme. La otra razón me da más miedo:
que esté deprimido.
No quiero ni pensar que pueda ser por ambas.
***
Héctor ya pulula por la cocina cuando vuelvo a bajar, media hora después.
Le he pedido ayuda porque, al final, celebraremos el cumpleaños aquí.
Dado que en realidad es mañana, la fiesta comenzará a la hora de comer y
se prolongará por lo menos hasta las doce de la noche, así que no puede
faltar comida: voy a esclavizarlo.
Decidido, me voy a la habitación de Neizan. Llamo antes de entrar.
—Pasa —me dice.
Me lo encuentro hecho un ovillo en la cama, mirando hacia la ventana,
viendo la lluvia caer. Pese a que es una vista bonita, no quiero dejarlo aquí
así; si quiere, que la vea con nosotros desde el salón.
—Tengo a Héctor encadenado en la cocina —intento bromear—.
¿Quieres venir a echarnos una mano?
Durante unos instantes, no reacciona. Creo que no quiere, y tampoco
quiero obligarlo a hacer las cosas porque viva aquí, por mucho que no me
guste la idea dejarlo solo. Así que, cuando empieza a girarse, y veo el
esfuerzo que le supone siquiera mirarme, me siento mal. No es un esfuerzo
físico, es psicológico.
Siento el impulso de ser sincero.
—No soporto verte así. Jamás he querido hacerte daño de forma
intencionada. Si pudiera echar el tiempo atrás…
—Lo siento —me corta, mirándome a los ojos por primera vez en días.
—¿El qué? —pregunto con miedo de que ese «lo siento» sea porque ha
tomado cualquier decisión al respecto de su estancia aquí. Ahora ya podría
viajar sin problemas.
—Todo lo que te dije el otro día.
Respiro, aliviado.
—Me lo merecía.
—No, no te lo merecías. —Se detiene y suspira—. ¿Podemos hablar de
esto en otro momento?
Claro, ya hemos pospuesto como un millón de conversaciones, qué más
da una más.
—Sí. —Suelto el aire despacio—. Te dejo entonces.
Me giro para salir de su habitación.
—Ahora voy.
Lo miro y asiento.
En la cocina, Héctor ya lo ha puesto todo patas arriba. Tiene comida y
utensilios extendidos por todas partes.
—¿En qué puedo ayudarte?
Me escruta con la mirada. Lo odio, es como mi madre —o peor—, noto
como hurga en mi interior como un sabueso. Sé que no va a tardar en
hacerme alguna pregunta comprometida.
—¿Estás bien? —Pero no es esta. Esto solo es la antesala.
Tengo que huir.
—Ajá —respondo, evasivo—. ¿Qué hay de menú, por cierto?
—Arroz marinero de primero y lomo Stroganoff de segundo. Además,
hay que sazonar la carne para la barbacoa y el picoteo de la noche. ¿El
postre y el pastel los hace tu madre?
—Sí. Dame algo que hacer.
—¿Qué pasa, Gabi? Aparte del lío con la prensa. Y no me digas que
nada.
Ahí está. Directo como una flecha.
No puedo contárselo, Neizan está a metros de distancia. Además, no sé
ni por dónde empezar a…
—¿Te gusta ese chico?
… pero él sí, por supuesto. Por dónde empiezan todos.
Soy un libro abierto, ¿o qué?
—¿Lo llevo escrito en la frente?
—Sí.
Genial.
—No importa, no puede ser.
Héctor arquea las cejas.
—¿Qué?
—¿Puedo saber la razón por la que crees que no puede ser?
¿La razón?
No sé si quiero hablar de esto. Además, esta conversación, con Héctor,
puede ser totalmente distinta a la que mantuve con mi madre. No me gusta
la idea. Y a pesar de eso…
—La edad —respondo—. Trece años son muchos años, podemos querer
cosas distintas. La distancia; vive en Canadá y está centrado en su carrera,
que es en lo que debe centrarse ahora más que nunca.
Yo hablo mientras él trocea champiñones como si no fuese con él, pero
sé que está catalogando cada cosa que le digo —como sus obras de arte—
para luego echarme un…
—De acuerdo.
… discurso.
Lo miro, confuso.
¿En serio? ¿Eso es todo?
Esperaba una respuesta en plan «eso no son razones de peso», «en una
relación hay que esforzarse». No sé, algo más.
—¿De acuerdo?
—Sí.
—¿Y ya está? —pregunto, exasperado.
Se detiene y me mira muy serio.
—¿Y qué esperabas que te dijese? ¿Que son razones absurdas? ¿Que las
relaciones se construyen a base de esfuerzo? Perdona por lo que te voy a
decir, pero tú no te has esforzado en una relación desde hace muchos años.
¡Zasca!
—Eso ha dolido. —Mucho, de hecho.
Ha dejado de trocear verdura y ha apretado los ojos en cuanto me lo ha
dicho. Me mira arrepentido al ver el efecto que sus palabras han causado en
mí.
—Ya he vuelto a hacerlo —murmura. Suelta el cuchillo que tiene en la
mano—. Lo siento. Mi intención no es hacerte daño. Así que, si quieres que
sigamos con esta conversación, vas a tener que dejármelo claro, porque
parece ser que tengo una tendencia natural a dar por hecho muchas cosas
con mis amigos.
¿Quiero que siga?
Al parecer, tiene una opinión de mí de la que yo no tenía ni la más
remota idea. Es mi mejor amigo, así que voy a dar por supuesto que todo lo
que me diga lo dirá por mi bien, y que, como él mismo ha dicho, no intenta
hacerme daño.
—Sigue.
Se apoya en la isla de la cocina y cruza los brazos sobre el pecho. Yo lo
hago frente a él, en la encimera.
—No lo conozco todavía, pero si te tiene tan… afectado, es porque es
diferente.
—¿Diferente?
—A la arpía que lo ha vendido, por ejemplo. Nunca te esforzaste mucho
con ella. Ni ella contigo, dicho sea de paso. Las cosas estaban claras entre
vosotros: os gustaba follar juntos.
Joder. Miro nervioso hacia el pasillo que lleva a las habitaciones. Estaba
claro que esta conversación, con Héctor, no iba a ser como la que mantuve
con mi madre. Héctor es mi mejor amigo, hay confianza y con él no hay
filtros.
—Nunca os comprometisteis a nada, vuestra relación era simple. Y está
bien mientras ambas partes lo tengan claro. Que conste que, pese a lo que
os ha hecho, sigo pensando que le importabas más bien poco, que para ella
eras poco más que un adorno del que presumir, y que lo que le ha ocurrido
es que no sabe perder.
¿Perder? ¿Contra quién? ¿Contra Neizan?
—Antes fue… ¿Jose?
Asiento.
—De la anterior, no me acuerdo ni del nombre.
—Rebeca.
—Esa. ¿Cuánto estuvisteis juntos? ¿Un año?
No respondo, es una pregunta retórica. Menudo repaso a mi vida
sentimental.
—¿Alguno de ellos sabía siquiera el día de tu cumpleaños?
Estoy flipando mucho en este momento. Intento abrir la boca y opinar,
pero no me salen las palabras.
—Antes de Núria, Jose o Rebeca, hubo otros. Y a algunos no les fuiste
indiferente; como a Mónica o al chico con el que descubriste que eras
bisexual.
—Marco —susurro. Lo recuerdo. Como también recuerdo el daño que le
hice.
—Eres para todos ellos como un desierto, Gabriel. Cálido para quien se
mueve por tus límites. Árido, vacío e impenetrable para los que se
aventuran más adentro; esos acaban muertos de sed. —Qué poético. Y qué
triste—. La diferencia entre Núria y Marco es simple: Núria no quería nada
de ti, solo divertirse; Marco sí, por eso a él le hiciste daño. Y, aun así, él
nunca habría buscado venganza, porque lo que sentía por ti era auténtico.
Bajo las manos y aprieto con fuerza el borde de la encimera entre mis
dedos.
—¿Es así como me ves? —Ni siquiera me he imaginado formulando la
pregunta. Solo necesitaba hacerla. Cuando tu mejor amigo te habla así,
necesitas que sea claro, sí.
—¿Con sinceridad? Sí. Y pese a todo eso, te quiero muchísimo y no me
cabe la menor duda de que eres una persona extraordinaria. También sé que
ninguno de ellos te merecía si no trataron de llegar a ti.
Agacho la cabeza, esto me ha pillado por sorpresa, pero, en el fondo, sé
que tiene razón. Que no estamos hablando de mi vida sentimental, de eso yo
no he tenido. Estamos hablando de mi vida sexual.
—¿A qué le tienes miedo? —me pregunta—. ¿A que te rompan el
corazón? ¿Por lo que le sucedió a Thali? No has aprendido nada de ella si es
así. Es una de las mujeres más fuertes y valientes que yo haya conocido
nunca.
Eso también duele mucho. Y, viniendo de él, mucho más.
—Tengo miedo de mí mismo.
—¿Por lo que hubiera podido suceder si yo no te hubiera detenido?
—Sí.
—No eres malo ni violento. Habla con cualquier persona de este mundo,
la mayoría te dirá que sería capaz de destrozar a quien hiciese daño a sus
seres queridos. Y no sucedió nada, ¿no? Narices y cejas rotas a puñetazos
las hay todos los días.
—Los dos sabemos que no fue solo eso.
—Fue una conmoción leve. Y, aun con lo que le hiciste, tu hermana
acabó mucho peor. No era nada que ese cabrón no se mereciese. Yo también
quise destrozarlo.
Es la primera vez en años que Héctor y yo hablamos con detenimiento
de esto; yo nunca he querido, es un tema del que he rehuido siempre. Nunca
hemos mantenido una conversación profunda sobre sentimientos ni siquiera
cuando lo besé. Pero siempre ha estado ahí para mí, bastaba con un SOS.
—Los hombres somos idiotas y no hablamos de sentimientos —parece
que me estuviera leyendo el pensamiento—, lo que hace que, a menudo, lo
liemos todo. Eres mi amigo y te quiero, Gabi. Siempre he respetado tus
límites, pero hace años que tú y yo debimos tener esta conversación. Tal vez
si lo hubiésemos hecho, no habríamos llegado a este extremo. Y tienes a tu
familia preocupada.
¿A mi familia? ¿Qué pinta mi familia en todo esto?
—Así que, teniendo en cuenta que es la primera persona por la que
pareces de verdad interesado, y que soy el único que parece no tener miedo
a decirte lo que pienso, voy a ser sincero contigo.
—¿Más todavía? —bromeo para rebajar la tensión.
—Más todavía.
Él no se ríe.
—Debe de tener algo diferente, algo muy bueno, para que haya calado
así en ti. La edad no tiene ningún sentido como excusa, y lo sabes; tienes a
tus padres como ejemplo. Vive en Canadá, pero ahora está aquí; hasta hace
dos años, incluso tenía residencia en esta misma ciudad. Sí, supongo que
viaja mucho, pero es patinador, su carrera deportiva, aunque se recupere, se
acabará. Y, en todo caso, todo se puede hablar. Pero, si no piensas acercarte
a él con algo más que la idea de pasarlo bien en la cama, déjalo marchar; a
Canadá, a su carrera. No trastoques su vida si no piensas esforzarte. Porque,
Gabriel, ese chico no es como Núria, a ese chico le harías daño. Daño real.
Él no conoce a Neizan en persona y yo no le he explicado nada más allá
de su estado como mi paciente, así que está claro que mi hermana sí les ha
hablado de él en otros términos. Dado que ha nombrado a mi familia, tal
vez incluso mi madre.
Me quedo en blanco y trago saliva con fuerza. Este no era el discurso
que me esperaba, y mucho menos de él. No sé qué responder. Pero ya da
igual, estoy oyendo las muletas por el pasillo. Se lo hago saber con un
gesto.
Esta conversación ha terminado.
—Hola —saluda con timidez cuando entra en el espacio de la cocina.
Otra vez se ha cubierto la fijación con un pantalón corto, seguro que a
causa de la inseguridad que vuelven a producirle los hierros.
Cómo odio a Núria en este momento.
—Tú debes de ser Héctor.
—El mismo —afirma él, acercándose a estrecharle la mano—. Tú no
necesitas presentación, mi hija tiene un póster tuyo en su habitación. Es un
placer, Neizan.
Asiente, cohibido, cuando le devuelve el saludo; creo que Héctor lo
intimida. No me extraña, en este momento hasta yo le tengo mucho miedo.
—Lo mismo digo.
Se queda unos segundos inmóvil, incómodo, observando todo lo que hay
por la cocina; teniendo en cuenta que la isla es grande, hay mucha comida.
—¿Puedo echar una mano en algo?
—¿Eres asqueroso?
Neizan se echa a reír de forma espontánea, creo que es porque no se
esperaba en absoluto esa pregunta, y yo sonrío de igual forma; hacía días
que no lo veía reír, ni siquiera con Beth.
—¿Y eso qué significa?
—Si no eres asqueroso te pongo a pelar langostinos.
—No soy asqueroso. —Aún sonríe.
Nos pasamos la mañana entretenidos en la cocina, manteniendo
conversaciones triviales y contando anécdotas divertidas de nuestra vida. Le
doy gracias a Héctor en silencio por preguntarle sin temor por cosas que yo
deseaba saber y por las que no me atrevía a preguntar.
Por otro lado, Héctor le cuenta cosas de mí con las que me deja en
evidencia una y otra vez, pero que a Neizan parecen divertirle sobremanera.
Noelia y Elle son las primeras en llegar.
—Neizan, ella es mi mujer, Noelia; y ella mi hija, Nirelle.
—Solo Elle —se apresura ella a decir. Le brillan los ojos de un modo
especial—. Soy una gran admiradora tuya.
Se acerca emocionada a él y lo abraza. A Neizan se le ve muy cohibido.
La pista de hielo se la come en cuanto sale, pero las personas son más
complicadas para él. Supongo que es una cuestión de confianza, porque
conmigo no se comporta así.
—Neizan, es un placer. —Noelia se controla más.
—No te lo dirá, pero ella también es admiradora tuya —se chiva Héctor.
Noelia sonríe con timidez.
—Es un placer —dice Neizan.
Noelia se mete en la cocina con nosotros y Elle sale al jardín; estoy
seguro de que en busca de Darkness, ahora que la lluvia parece haber dado
una tregua. Retomamos las burlas y las anécdotas ridículas, en las que
vuelvo a ser la diana de Héctor. Sé lo que intenta.
Y sus palabras no dejan de resonar en mi cabeza.
Cuando el arroz ya bulle, llegan mis padres con mi hermana y Sergio.
Aquí empieza mi prueba de fuego.
Mi hermana no me ha hecho nada más que insinuaciones, pero todos los
aquí presentes saben que me gusta Neizan; incluso él, estoy seguro. Sé que
nos van a analizar con lupa, especialmente mi madre. A raíz de la
conversación con Héctor, ahora soy consciente de otra cosa: el otro día,
cuando fui a casa, ella ni siquiera me preguntó por Núria más allá de lo que
yo quise contarle. En Neizan, en cambio, pareció muy interesada desde el
primer momento. Es como si todos hubiesen visto ese cambio en mí del que
Héctor me ha hablado, ese cambio que marca la diferencia y del que no
soy… o, más bien, no era consciente.
—Neizan, te presento a mis padres, Ismael y Julia.
Mi padre le estrecha la mano y Neizan se pone rojo como un tomate.
Héctor, a mi espalda, me da un pequeño empujón. Me lo cargo.
Lo que sucede con mi madre hace que se me haga un nudo en la
garganta.
Mi madre lo abraza y no lo suelta, lo mantiene entre sus brazos hasta que
Neizan le corresponde con la misma intensidad. No solo le corresponde, mi
madre consigue que se venga abajo y acabe llorando. Lejos de sentirse
incómodo, cuando se apartan uno del otro, Neizan le sonríe.
—Es un placer conocerte, Julia —dice entre la sonrisa y las lágrimas.
—Lo mismo digo, cariño.
Me siento mal. Tal vez era eso lo que él necesitaba y lo que yo no he
sabido darle: un abrazo.
«Eres como un desierto…», recuerdo, y trago saliva. Entonces, como si
supiera interpretar mis emociones, Héctor me frota los brazos con cariño y
mucha discreción.
—Neizan, si necesitas que te libere de la intensa de mi madre, dímelo —
bromea Thali—. ¿Necesitas caminar?
—No me importaría. Héctor me tiene esclavizado desde hace horas.
Estoy entumecido.
Todos nos reímos menos el aludido, que lo mira con sorpresa.
—¿Será posible?
—Es posible. A mí también me tienes igual —comento yo.
Thali se lleva a Neizan a pasear y los demás seguimos con la comida y
ponemos la mesa.
Poco después llegan Beth y su novio.
—¡Hola! —saluda, entusiasmada, al ver a tanta gente—. Madre mía,
¿cómo hacemos las presentaciones? A ver, yo soy Beth y él es Joan.
—Joan, es un placer —me adelanto yo.
—Lo mismo digo.
—Ellos son mis padres, Ismael y Julia. Y ellos mis amigos, Héctor y su
mujer, Noelia; estoy seguro de que Beth te ha hablado ya de ella.
—¡Eh, yo a ti te conozco! —exclama Beth, señalando a Héctor cunado
repara en él. Él la mira confuso.
—Pues yo a ti no. —Mira a Noelia—. En serio —le asegura.
—Eres el Guenorro Numero nº 2.
—¿Disculpa? —La confusión de Héctor crece por momentos. Noelia se
parte de risa.
—Eres amigo de Sandro y Arek.
—Sí.
—Arek fue paciente mío. Te vi con Gabriel un día que fuisteis a verlo.
—Me lo dijo Noelia. Que conocías a Arek —explica él más relajado—.
Es un placer conocerte.
—El que se esconde para que nadie le dé qué hacer —continúo yo— es
mi cuñado, Sergio. La chica del gato es Elle —señalo al jardín—, la hija de
Héctor y Noelia. Y a los otros dos que te los presente Beth —le digo a Joan
—, que ya los conoce.
—Perdonadme si luego tengo que volver a preguntar —se disculpa Joan.
Parece un poco abrumado—. Sois muchos.
Besos y manos estrechadas por todas partes, y se van fuera a conocer a
los del jardín.
Media hora después, la mesa del salón de mi casa se llena de bullicio y
conversaciones. Nunca había estado tan llena, así que hay momentos en los
que ni como ni hablo, solo observo; creo recuerdos.
Beth habla muy animada con Sergio, al que se le ve bastante metido en
la conversación; lo que no consiga ella… Para no variar, mi hermana
maquina con Noelia; en cuanto se juntan estoy seguro de que empiezan a
pitar oídos por doquier. Mi padre, Héctor y Elle hablan con Joan de series;
en esta familia rara vez intentamos arreglar el mundo en las reuniones
familiares. Y, a mi lado, Neizan habla con mi madre. Es la conversación
más discreta de la mesa, pero estoy seguro de que la más trascendental.
«Debe de tener algo diferente, algo muy bueno…», recuerdo, y levanto
la mirada hacia Héctor. Él también me mira, y me sonríe.
Pillado.
Después del postre, las conversaciones nos llevan a distribuirnos en
grupos más pequeños por todas partes.
Thali y Neizan han acabado estirados en el sofá, guardando reposo.
Cabeza con cabeza, ambos cuchichean con Beth y Noelia, que se han
sentado a su lado en el suelo. De vez en cuando, se hacen alguna foto
absurda. Se ríen mucho.
Lo dicho, aunque le cueste relacionarse, con las mujeres acaba teniendo
una conexión especial.
Darkness los observa desde lo alto del respaldo. No sé lo que le ha dado
a este gato con él: lo adora.
Joan, Sergio y mi padre vuelven a hablar de series.
Mi madre y Elle hablan a mi lado, aún a la mesa. Héctor se limita a
observar; igual que yo.
—Saca el Trivial —me dice de repente—. Si no, voy a echarme la siesta.
—Saco el Trivial —me levanto.
Elle se incorpora de golpe.
—¡No, mejor el Pictionary!
Miro a Héctor y sonrío. Héctor se encoge de hombros, en plan «allá
vosotros». Esto puede ser interesante.
—Bien, cada oveja con su pareja —nos anima Elle.
—Yo no juego —dice Sergio—. Si juego estáis impares.
—Contábamos con tus excusas —se burla Elle—. Ya voy yo con tu
mujer.
Lo que nos deja a Neizan y a mí juntos. Algo revolotea en mi interior,
algo… diferente. Está claro que la conversación con Héctor me ha
removido algo por dentro.
Nos disponemos todos en torno a la mesa del centro del salón; yo me
siento en el suelo, en el lugar que ocupaba Beth, al lado de Neizan, que se
inclina y se acerca a mí.
—¿Quién es la pareja más fuerte? —me pregunta por lo bajo.
Sonrío. Parece que quiera confabular contra ellos. Le sigo el juego y
miro a nuestros oponentes.
—¿Joan, a qué te dedicas?
Beth se ha sentado a su lado.
—Soy profesor de matemáticas de secundaria —responde.
—Él no cuenta como rival fuerte. A no ser que tenga una afición paralela
a las mates, la imaginación artística no entra en su ecuación.
—¡Eh! —protesta Beth.
—Cariño, tiene razón, no sé ni hacer la o con un canuto. Cuando se trata
de dibujar, tengo una imaginación nula.
—Pero creo que no te he dicho nunca a qué se dedican Héctor y Noelia,
¿verdad? —ignoro la cara de Beth.
—No.
Miro a mi amigo, que se ríe.
—Engreído —le suelto antes de lanzarle a la cara el primer cojín que
pillo, que él detiene con facilidad—. Héctor es marchante de arte —aviso a
Neizan— y Noelia galerista. Ambos han estudiado historia del arte.
Neizan gira la cabeza sobre el sofá y los mira.
—Pero ¿saben dibujar?
Ambos sonríen con suficiencia.
—Y el problema no son solo ellos dos —continúo—. Mi hermana
controla bastante bien este juego, aunque no sepa dibujar como ellos. Y
Elle… bueno…
—¿Qué?
—Es obvio que lo lleva en la sangre, pero quizá deberías saber también
que una de sus niñeras durante la infancia fue Sandro Robles, el otro mejor
amigo de Héctor. Noelia es su galerista.
Me mira con sorpresa, eso no se lo esperaba en absoluto.
—Vale, Picahuesos. Pues más te vale esforzarte que tengo muy mal
perder.
Todos nos reímos menos Héctor, que me mira interrogante. En plan
«¿Picahuesos? ¿En serio?». Es algo muy personal que sabe que me molesta,
pero creo que le ha quedado claro que cuando me lo dice Neizan no
reacciono del mismo modo.
***
Empiezan Joan y Beth; y no lo hacen mal, les toca dibujar una guitarra y
una estrella, dos cosas facilitas. Pero la partida se complica cuando jugamos
todos con la palabra y de mi equipo dibuja Neizan.
Acierto yo la palabra «burbujas». La suerte se pone de nuestra parte y
acertamos tres palabras que no tenemos que compartir con nadie. Hasta que
me toca dibujar y me sale la palabra «abuelo» en Todos juegan y Héctor y
Noelia la aciertan antes que nosotros.
—Tío, ¿qué es eso? —exclama Neizan, cabreado.
—Un señor con su bastón.
—Eso parece una caña de pescar.
Me echo a reír.
—¿Y qué quieres? Yo me dedico a recolocar huesos.
—Hoy eres dibujante profesional. Como perdamos no te doy tu regalo
—me amenaza muy mosqueado.
Lo miro sorprendido. Es verdad que tiene mal perder. ¡Qué carácter!
Pero lo que me ha sorprendido no es eso.
—¿Me has comprado un regalo?
Nos miramos unos segundos, y noto cómo la nuez de la garganta le sube
y le baja despacio.
—Pues claro, es tu cumpleaños.
Algo cálido me recorre el cuerpo. ¿Aun encerrado en casa me ha
conseguido un regalo? ¿Cómo? ¿Cuándo?
—Bueno, en ese caso, tendré que ganármelo. —Sonrío.
Él se sonroja.
Ahora que sé el efecto que mi mirada tiene en él, me gusta mantenérsela
a menudo, ponerlo nervioso. Porque, a pesar de eso, casi nunca la retira.
Sus ojos, cargados de picardía, me retan.
Y entonces me doy cuenta de que todos nos observan en silencio.
Carraspeo.
—Va, que tengo que ganarme mi regalo.
Y ganamos.
28
Neizan

M eenespabilo cuando oigo el timbre de la puerta; me he quedado dormido


el sofá. Desorientado, miro el reloj del salón. Son las ocho y veinte.
¿Esperamos a alguien más?
Thali sigue a mi lado.
—¿Thali?
—Mmm…
—¿A quién más esperamos?
—Mmm… Creo que… —Se detiene y parece que se despereza—.
Supongo que a Sandro y a Arek, no podían venir a comer —murmura, aún
adormecida.
Me quedo de piedra.
—¿A Arek Ayala? ¿El bailarín?
Gira la cabeza hacia mí un poco más espabilada.
—Sí. ¿Mi hermano no te ha dicho que es amigo de Sandro?
—No —respondo, nervioso.
—El nexo común entre ellos es Héctor. Los tres se llevan muy bien. ¿Te
gusta Arek?
Antes de jugar al Pictionary dijo «el otro mejor amigo de Héctor», lo
recuerdo perfectamente. Pero es lógico que también él sea su amigo.
Qué corte.
—¿A quién, que sepa un mínimo de baile, no le gusta Arek Ayala?
Sonríe.
—Sabes que tuvo un accidente, ¿no?
—Sí.
Empatizo con él en ese aspecto. Nuestras circunstancias fueron distintas,
pero ambos hemos vivido algo similar. Aunque Arek se quemó la espalda y
perdió la memoria durante un año entero. Se comentó mucho entre
bailarines y coreógrafos. Mi coreógrafo, de hecho, también es un gran
admirador suyo.
—Mi padre aún trabajaba en el hospital por aquel entonces —me
comenta—. Cuando conoció a Sandro, sufría ataques en los que se quedaba
inconsciente. Y, aunque en principio no fue su neurólogo, fue mi padre el
que lo trató en aquella época.
Giro la cabeza para verlos a los dos aparecer por el arco que da al
espacio del salón y la cocina. Junto a ellos viene una chica de unos
diecinueve años, a la que Elle intercepta en cuanto la ve.
—¿Te ayudo a incorporarte?
—Por favor —suplico.
Cuando me pongo en pie, veo como abrazan a Gabriel; primero Sandro y
después de Arek.
Por Dios, son guapísimos los dos.
Me avergüenzo de repente; la inseguridad hace presa de mí. Me he
levantado el pantalón por encima del fijador para estar más cómodo y se ve
entero, pero ya no puedo a hacer nada al respecto.
Suspiro.
Al cuerno, el mundo entero me ha visto ya.
—Chicos, os…
—¿Charlie? —pregunta Beth, que acaba de volver del lavabo, mirando a
Arek muy sorprendida.
—¡Beth!
Beth se aproxima a él y se abrazan. Un abrazo entre dos personas que se
nota que se aprecian mucho.
—¿«Charlie»? —inquiere Gabriel, confuso; como casi todos los demás.
—Es una broma nuestra. Ya he explicado que fue paciente mío.
Ah, ¿sí? Arek le sonríe. Y hay mucho cariño en esa sonrisa.
—Es verdad que lo has dicho a mediodía. Así que, no os presento a nadie
—dice Gabriel cuando ve que ya se conocen.
Yo debía estar en el jardín con Thali cuando sucedió eso, porque no tenía
ni idea.
—Él es mi novio, Joan —explica Beth.
—Es un placer —le dice Arek a Joan. Sandro también lo saluda—. Él
también es el mío —le dice él a Beth con cierta timidez, señalando a
Sandro.
—Ya lo sabía, he seguido tu trayectoria. Bien hecho, Guenorro Moreno
nº1 —bromea Beth con Sandro, al tiempo que le da un golpecito en el
hombro.
Sandro se echa a reír.
Estoy seguro de que detrás de ese intercambio de bromas hay una larga
historia, que pienso sonsacarle a Beth.
Cuando se apartan de ella, los tres se acercan a mí. El corazón me va a
mil por hora.
—Arek, quiero presentarte a un admirador —dice Gabriel, señalándome.
—No necesita presentación, su fama le precede. —Me sonríe al mismo
tiempo que me tiende la mano—. Es un auténtico placer, Neizan. Yo
también soy tu admirador.
Una sensación increíble me recorre el cuerpo cuando estrecho su mano.
Interpreto que es por el hecho de conocer a alguien a quien admiro mucho,
pero me sucede exactamente lo mismo cuando estrecho la mano de Sandro.
—No me dijiste que los conocías cuando hablamos de ellos —le
recrimino a Gabriel.
Él sonríe con picardía, como si se hubiera estado conteniendo hasta
llegar a este momento.
—Bueno, recuerdo una conversación frente a unos cuadros. —Dirige la
mirada hacia los cuadros en cuestión—. Recuerdo que conocías la obra de
Sandro y que te pregunté si te gustaba. — « No, por favor » , suplico—. Y
recuerdo que me dijiste que te gustaba más su pareja. No recuerdo que me
preguntases nada más.
Qué vergüenza. Quiero que me trague la tierra.
—No te culpo, a mí también me gusta más mi pareja —bromea Sandro.
Noto cómo el calor me sube al rostro al instante. No puedo contenerme,
le doy un pellizco a Gabriel a la altura de la cintura.
—¡Au!
—Estabas deseando que llegase este momento, ¿verdad?
—Sí —admite, riendo.
Arek y Sandro también se ríen.
—¿Y tú? —le recrimino a Beth—. ¿En qué momento pensabas decirme
que conocías a Arek Ayala?
—Y yo que iba a saber que tú estabas interesado en un bailarín.
—No se lo lleves a mal —comenta Arek—. No todo el mundo entiende
que tras tu trabajo y el mío hay un nexo común: la coreografía.
—Ja, ja —ironiza Beth, molesta.
Entonces Elle se acerca a mí.
—Neizan, ¿puedo presentarte a mi mejor amiga?
—Claro.
—Ella es Ashlyn. Y también es una gran admiradora tuya.
—Hola —me saluda tímidamente—. Es un placer.
—El placer es mío, Ashlyn.
—Solo Ash —añade.
—Ash, entonces.
No me dicen ni me preguntan nada más. Cuando se alejan las oigo
cuchichear.
—Jo, tía, gracias por llamarme —le susurra Ash a Elle—. Qué guapo es.
Yo quiero tu vida. Conoces a un montón de gente famosa.
Sonrío con tristeza. Acaban de recordarme mucho a dos personas a las
que vi una vez, caminando por la calle, una fría y nevada tarde de febrero.
***
La cena es barbacoa que han preparado entre Héctor y Sandro en el jardín;
la lluvia nos ha dado un ratito después de estar lloviendo casi toda la tarde.
Creo que solo hoy he ganado cinco kilos; qué manera de comer.
Tras la cena, jugamos a las películas. Por grupos esta vez. Gabriel y yo
volvemos a ir juntos. No puedo explicar lo divertido que es ver a Sergio —
que no ha podido escaquearse esta vez— hacer mímica. A mí, al principio,
me cuesta mucho salir frente a todos a actuar, y más teniendo en cuenta que
tengo en frente a una persona a la que admiro profundamente a nivel
profesional y a un montón de admiradoras. Pero, al final, consigo relajarme
y termino riéndome mucho; tanto de mí mismo, como con los demás. He
llegado incluso a olvidarme de todos los hierros que sujetan mi cuerpo.
A las doce en punto, Gabriel y Nathalia soplan juntos las velas de
cumpleaños. Me entero entonces, por la llorosa madre de las dos criaturas,
que no hemos llegado a estas horas con la celebración porque hoy sea
sábado, sino porque Thali nació a las doce y un minuto y Gabriel a las doce
y doce minutos, y siempre lo han celebrado así.
—Felicidades —le digo yo a ella.
Me abraza, y su perfume me envuelve de nuevo. Un perfume que huele a
cítricos y a algo familiar, el mismo perfume al que olía su hijo cuando me
llevó a mi habitación el otro día. Recuerdo lo mal que me sentí al creer que
Gabriel pudiese estar con alguien que oliese de una forma tan maravillosa.
—Gracias, cariño.
Me siento bien entre sus brazos. Hacía dos años que no me abrazaban
así. Lily me abraza constantemente, pero es la primera vez que yo me dejo
abrazar, que me permito recordar, porque su recuerdo es doloroso.
Carraspeo y me separo, avergonzado, creo que las lágrimas me están
traicionando de nuevo.
Levanta la mano y me acaricia el pelo.
—Nadie podrá llenar ya su espacio —me consuela en voz muy baja—,
pero si necesitas hablar, puedes venir a verme cuando quieras.
Asiento, no puedo hacer otra cosa. A estas horas ya me siento muy
abrumado por el modo en que esta familia y sus amigos me han acogido. El
día de hoy creo que ha sido más significativo para mí que para cualquiera
de los presentes.
Y, ahora mismo, ya no puedo dejar de buscarlo a él entre todos ellos, y
de perseguirlo con la mirada cuando lo encuentro.
Cuando llega el momento de dar regalos, resulta que él y yo nos hemos
puesto de acuerdo con el de su hermana, salvo en una pequeña —o gran—
diferencia. Ambos le hemos regalado un ejemplar de El principito, solo que
él le ha regalado una edición de coleccionista que debe medir unos cuarenta
centímetros —es enorme—, mientras que yo le he regalado la versión más
pequeña que he encontrado, y que mide unos cinco centímetros. A Thali le
ha parecido muy divertido. También le he regalado un llamador de ángeles
plateado con una esfera verde en su interior, con el que se ha emocionado
mucho.
Le entrego a él mi regalo un poco agobiado, no sé si le va a gustar. Aún
no lo conozco como me gustaría y me he dejado llevar por los consejos de
Thali. Parece emocionado cuando rompe el papel. Y su emoción se
transforma en sorpresa cuando ve lo que es.
—Pero esto es…
El libro número doce de una colección ya descatalogada de veintiún
libros. Thali me dijo que llevaba años intentado conseguirlos todos y que
solo le faltaba ese. Solo Dios sabe lo que me ha costado encontrarlo en tan
poco tiempo.
Me mira y sonríe.
—Vaya —susurra—. Gracias, Neizan. Esto te debe haber costado…
—Si te gusta, no importa nada más —lo corto—. Felicidades.
—Me encanta.
Y me abraza.
Por primera vez desde que nos conocemos, Gabriel y yo nos abrazamos.
Y lo hacemos delante de su familia y amigos.
Siento la presión de sus brazos —y la de todas las miradas— a mi
alrededor, fuerte y segura, y me pongo rojo de vergüenza de nuevo, como
un puñetero adolescente. No sé si cabe la posibilidad de exponerme más
todavía delante de su familia y amigos. Si no tenían claro que Gabriel me
gusta, ya me he encargado yo de aclarárselo en este instante.
***
Casi a las dos de la madrugada, empiezan a marcharse todos. Thali y Noelia
se despiden con la promesa de sacarme de aquí algún día para que me dé el
aire; esta noche he empezado a pensar que no es una mala idea lo de salir.
Su madre vuelve a abrazarme y su padre me sonríe. Elle me abraza otra vez,
y tras ella Beth y Ash. Y Arek y Sandro se despiden con un «nos vemos» y
un apretón en el hombro por parte de Arek. Cuando todos se han marchado
tengo una sobredosis de cariño descomunal y estoy eufórico.
Y nos quedamos solos.
Cuando volvemos al salón, le ayudo a recoger lo poco que ha quedado
por limpiar; hemos estado todo el día de celebración, y ahora mismo por
aquí no parece que haya pasado un cumpleaños y trece personas. Al acabar,
recoge de encima de la mesa el libro que le he regalado y extiende su mano
hacia mí.
—Ven.
—¿Adónde? —pregunto; más por curiosidad que por desconfianza, y
extendiendo la mano hacia la de él.
Durante el último mes, Gabriel me ha tocado el cuerpo muchas veces;
para ayudarme a realizar algún ejercicio; para masajear y movilizar mis
músculos, pero esto… Esto es otra cosa. Ha entrelazado sus dedos a los
míos con naturalidad y yo me he quedado sin aliento.
—Aún no has visto la planta de arriba.
El corazón me da un vuelco. Si no recuerdo mal, arriba solo está su
habitación y una zona de lectura.
—¿Y las muletas?
—Déjalas ahí.
Asiento, y me agarro también a su brazo.
—Primero derecha y luego izquierda, escalón por escalón —me indica
frente a las escaleras—. Pasos solo hacia delante. —Sonrío; es la primera
vez que se lo oigo decir a él—. No cargues el peso en la izquierda para
impulsarte.
—Vale.
Dejo de pensar en sus manos y las mías entrelazadas —en la cantidad de
cosas que pueden expresar— y en lo que hay arriba, y me concentro en
subir.
Se hace largo. He contado veintiún escalones. Al llegar arriba, me deja
recobrar el aliento —aún me cuesta—, y, durante un segundo, me lamento
por toda la fuerza y resistencia física que estoy perdiendo.
«Las recuperaré», me digo con convicción.
—Esta es mi habitación —me indica al atravesar la puerta de madera
hacia el dormitorio más bonito que he visto en mi vida.
Tiene una enorme pared de cristal en el lado derecho de la cama,
orientada al noreste, por donde debe verse nacer el sol sobre el mar por las
mañanas. Unas vistas que deben ser tan espectaculares como las de la
noche. Porque, ahora mismo, más allá de la terraza, se ve toda la iluminada
ciudad de Barcelona bajo un cielo cuajado de nubarrones, entre los que se
entrevé la luna intentando colarse a través de algún hueco.
Impresionante.
La fascinación se me escapa en forma de jadeo.
Me fijo en la pared de la cama y el cabecero, todo lleno de libros.
También hay plantas por todas partes. Mi mirada se enfoca entonces en la
cama, y reparo también en él a mi lado. De repente me siento muy cohibido.
Y creo que no soy el único afectado.
Carraspea.
—Ven.
Me guía por el pasillo abierto al salón —cuya pared interior contiene
más libros— hasta otra estancia, que también se ve desde el salón. En esta
también una pared y media de cristal. El horizonte sigue siendo Barcelona y
la montaña de Montjuïc situada al fondo. Y, como en casi todas las paredes
de su casa, la otra pared está cubierta de libros.
—«Montones de libros. Montañas de libros. Bosques de libros.
Cascadas. Chaparrones. Inundaciones de libros» —me veo susurrando y
acordándome de Pheebs.
—«Pues son tuyos» —añade él.
Nos miramos. Él me mantiene la mirada hasta que yo, avergonzado,
carraspeo y la retiro. ¿Los culpables? Sus ojos verde fantasía, para no
variar. Son los únicos que, a veces, dependiendo de la intensidad con la que
me miran —y de mi estado emocional—, me hacen claudicar. Y su mano,
que sigue agarrada a la mía.
«Joder, Neizan, acuérdate de respirar. Es necesario para vivir».
Me suelta entonces y se acerca a un lugar en concreto. Empuja dos
libros, dejando un hueco para el que le he regalado yo, y lo mete
entremedias. Sonríe con satisfacción cuando el libro está en su sitio.
—Creí que nunca los tendría todos. —Me mira—. Debe de haberte
costado mucho conseguirlo.
—Tengo mis contactos —bromeo—. Recuerda que esta también es mi
ciudad, conozco sitios.
Se hace el silencio y el aire se densifica. La mirada que nos dedicamos
es intensa y larga. Esta vez no pienso rendirme.
—Tenemos que hablar —me dice…
…al mismo tiempo que yo le digo a él:
—Quiero hablar contigo.
Miro a mi alrededor con inquietud. Ha llegado el momento y en esta sala
no hay ningún lugar en el que poder sentarse que no implique confort y
acercamiento. Y para hablar de nosotros, ahora mismo, necesitamos cierta
distancia.
Creo que él lo ve del mismo modo porque me dice:
—Volvamos abajo.
***
—¿Puedo hablar yo primero? —pregunto, sentado frente a él en el salón.
Estoy muy nervioso y necesito empezar a expresarme.
—Claro. Empieza.
Empiezo.
Vale. ¿Por dónde?
Ahora que sé que puedo hablar, que quiero hablar, no me salen las
palabras. Giro la goma de mi muñeca una y otra vez.
—Neizan, no…
—Me gustas —suelto a bocajarro. Levanto la mirada y me estrello
contra esos ojos verde fantasía.
Noto cómo su nuez sube y baja.
—Y tú a mí.
El corazón se me acelera, pero solo asiento. No puedo dejarme llevar por
la puta emoción que me invade en este momento. Le gusto. No lo he
imaginado, le gusto de verdad. Sonrío por dentro, ya que esta conversación
no será una conversación con la que me delataré y generaré más tensión.
Bueno, sí, pero será un tipo de tensión muy diferente a la que podría
generar si yo no le gustase a él… Vale, que me disperso…
—Pero es mejor que no intente nada contigo estando… tan confuso
como estoy —consigo decir a duras penas.
Ahora asiente él.
—Y vivir aquí lo complica todo bastante.
Se remueve, incómodo, como si temiera que fuese a marcharme. No
tiene ni idea de cómo me siento entre estas paredes, de los recuerdos que
estoy creando entre ellas.
—No me planteo irme, Gabriel. A no ser que tú quieras que lo haga. —
No dice nada al respecto, pero esos ojos verde fantasía me taladran—. Pero
no puedo seguir así. Tenso cada vez que te acercas a mí. Necesito que todo
quede claro entre nosotros. —Me froto los dedos, nervioso—. Gabriel,
recuerdo que intenté besarte. —Lo veo tragar saliva—. Después de asaltarte
de aquel modo, es absurdo que te diga lo que voy a decirte. Más aún,
cuando entre tú y yo todavía no ha pasado nada. Pero me has dicho que te
gusto, así que seré claro. Yo necesito tiempo. —He soltado todo eso de
forma rápida y atropellada—. Psicológicamente soy una montaña rusa de
emociones. Mis primeros sentimientos hacia ti fueron muy…
contradictorios —«y negativos», pienso—, y he llegado a la conclusión de
que primero necesito aceptar lo que me sucedió. Creo que es más que
suficiente para ti que me hayas acogido en tu casa, no es necesario que
también tengas que lidiar con mis problemas psicológicos.
—Al traerte aquí sabía que no estabas bien, y que la cosa podía llegar a
empeorar, incluso. No me importaba. Si podía ayudarte de cualquier modo,
estaba bien.
—Me estás… Me estáis ayudando mucho, no imaginas cuánto. Pero
necesito… unir y entender mis propios sentimientos.
No sé cómo explicarle que lo fragmenté. Que, mientras a Gabriel
deseaba tenerlo desnudo a mi lado —o dentro de mí— en cualquier
superficie —vertical, inclinada u horizontal—, a su otro «yo», al doctor
Ríos, deseaba darle un puñetazo con todas mis fuerzas. Así que, de
momento, eso no voy a intentar aclararlo.
—Necesito no sentirme tan vulnerable y dependiente. Volver a ser un
poco más yo mismo. Y no quiero ayuda… Bueno, ayuda sí, pero también
quiero sentir que lo logro por mí mismo.
—Lo entiendo.
Se instaura el silencio entre nosotros.
—Básicamente es eso. Que me gustas… Mucho, de hecho. —El corazón
me aporrea el pecho, nunca en mí vida me había sentido así con respecto a
otra persona. Ni siquiera… No. No quiero pensar en eso ahora—. Pero
primero necesito recomponer quién soy.
Sonrío con timidez.
—Vale, supongo que me toca —dice, dubitativo—. Empezaré por pedir
disculpas por lo del otro día. Por no decirte, cuando supuestamente no
recordabas, que te pedí que no me besaras. Me he arrepentido muchas
veces, créeme —añade con una media sonrisa que a mí me calienta el alma
—. En ese momento te pedí que no lo hicieras porque estabas ebrio y no
quería que sucediera así; que tú pudieras no recordarlo al día siguiente no
resultaba muy alentador.
Ahora sonrío yo, tiene toda la razón, pero el alcohol me envalentonó
mucho. Estando sobrio estoy seguro de que no lo habría intentado. O tal vez
sí, quién sabe.
—Pero yo tampoco soy una persona fácil. No eres el único que está
confuso con todo esto. Hoy… bueno, ya ayer. Tuve una conversación
muy… reveladora. —Parece que duda—. ¿Te he enviado señales
contradictorias?
—Sí —admito—, desde el primer día que llegué. Pero lo entiendo. Al fin
y al cabo, eres mi médico.
—Sí, supongo que yo también pensaba que lo hacía por esa razón —
admite bajando la mirada—. Pero no es tan sencillo. Yo…
No me gusta verlo tan confuso como lo veo en este momento, así que
decido ser sincero para ponérselo más fácil.
—Gabriel, yo… —Me mira. Creo que nunca me acostumbraré a lo que
me provoca su mirada—. Escuché tu conversación con Héctor.
Ahora es él el que se frota las manos, nervioso.
Sin pensarlo demasiado, alargo una mano y sujeto las suyas. No las
retira.
—Te juro que no era mi intención, pero no quería interrumpiros. Y
volver a mi habitación no…
—No importa. En realidad, me lo pones más fácil. Como ves, no eres el
único que necesita aclararse. Creo que en el fondo siempre he sido
consciente de mi situación, y de que me negaba a admitirlo. —Empieza a
acariciarme la mano con el pulgar—. Hay una cosa en la que Héctor tenía
mucha razón.
Trago saliva.
—Eres diferente. Y lo que siento por ti no se parece a nada que haya
sentido nunca hacia ninguna otra persona. Y no quiero hacerte daño. No me
lo perdonaría.
El corazón vuelve a aporrearme el pecho, y creo que estoy conteniendo
el aire en los pulmones. Si sigo así, acabaré mareado.
—Y tienes razón —continúa—. Tenerte en casa lo complica todo mucho.
Necesito tener las cosas claras. Superar… —Parece agobiado—. Hace
tantos años, que no sé ni cómo empezar a hacerlo.
Alargo la otra mano también y le sujeto ambas.
—Lo haremos juntos. —Entrelazo sus dedos a los míos—. Si quieres,
empezaremos por buscar ayuda. —Esa ayuda a la que me negué hace unos
días, pero que sé que necesito.
Asiente y me sonríe como si estuviera orgulloso de mí, de mi decisión.
—Gabriel, ¿realmente te importa la diferencia de edad?
Suspira. Me atrae hacia él y apoya su frente sobre la mía. Permanecemos
así unos segundos, sintiéndonos el uno al otro.
—No. No me importa la diferencia de edad, eres un hombre. Y he
deseado…
Se detiene unos segundos, vuelve a suspirar y se endereza de golpe.
—Vámonos a la cama.
Algo palpita en mi interior. Algo que estoy seguro de que ha hecho
cambiar radicalmente mi expresión. Él sonríe, nervioso, cuando es
consciente de mi reacción.
—A dormir… —aclara—. A la cama, a dormir. Tú a la tuya y yo a la mía
—recalca—. O no respondo de mí mismo.
Tal vez debería haber sonreído ante esa última frase, pero lo que he
sentido es bien distinto a la diversión… aunque puede entrañar mucha…
mucha diversión.
Me tiende la mano y me ayuda a levantarme. Al hacerlo, nos quedamos
frente. Nos mantenemos la mirada durante unos segundos más hasta que, de
la otra mano, lleva sus dedos a mi boca.
—… tanto…
«Hazlo», estoy a punto de suplicarle cuando me roza el labio inferior con
el pulgar. Pero no es necesario, se inclina y sus labios rozan los míos con
suavidad. Su aliento es abrasador.
—Neizan…
—¿Qué? —susurro, preso de su boca.
Ese roce sutil está haciendo que todo el vello del cuerpo se me ponga de
punta por el placer.
—Detenme, por favor…
«No quiero», quiero decir. Pero uno de los dos debe echar el freno o
acabaremos… Dios, no quiero ni imaginarlo. No podré ni querré detenerlo
entonces.
Me retiro y le pongo los dedos sobre los labios con suavidad.
Qué suaves.
—Vale… —suspiro, rozando su lunar—. Vámonos… a dormir.
Pero ninguno da el primer paso. Nuestros cuerpos están a escasos
milímetros uno del otro. Me deleito en su olor. Un olor que despierta mis
cinco sentidos, aunque solo lo perciba con el del olfato; vibrante y
fantástico, como sus ojos. Soy yo el que hago desaparecer la poca distancia
que nos separa, y el corazón empieza a golpearme las costillas cuando noto
su erección pegada a la mía y oigo un jadeo.
¡Madre mía!
Por mi bien y el de mis costillas, me separo con un calor súbito
tremendo. No me atrevo ni a mirarlo. Carraspeo, pero no pienso volver a
abrir la boca. Como buenamente puedo —debido al temblor de manos que
tengo—, me coloco las muletas alrededor de los brazos y me voy hacia mi
habitación.
No me detiene.
«Es mejor así», me repito. Sé que es cierto, pero mi cuerpo no está nada
de acuerdo. Nada en absoluto.
Necesito hacer algo al respecto.
29
Neizan

M enecesitado
despierto al día siguiente con un ánimo diferente, renovado; no he
ni el despertador. Sonrío al recordar todo lo que sucedió el
día y la noche anterior… y el orgasmo con el que cerré el día, que hizo
que me temblasen hasta las rodillas. Los nervios se disparan cuando me
pregunto cómo serán las cosas entre nosotros a partir de ahora.
Cojo el teléfono de la mesita y veo que tengo un par de mensajes de Eric
y uno de Thali.
Abro los de Eric. Son del día anterior, aproximadamente de las diez de la
noche para él.
Eric:
Hola, muchacho.
¿Qué tal va todo?

Sé que no voy a despertarlo porque también insonoriza el teléfono por


las noches, así que le contesto.
Yo:
Todo genial.
Ayer celebramos el cumpleaños de Gabriel y Thali.
Hice nuevos amigos.

Voy a la galería y le envío dos fotografías. En una de ellas salimos Thali,


Noelia, Beth y yo haciendo el payaso. En otra, que nos hizo Thali, salgo yo
hablando con Arek.
Yo:
Enséñale la última a Conor, se va a morir de envidia.
Y dile que la realidad supera, y mucho, a la ficción.

Sonrío.
Conor va a flipar; yo aún no puedo creerme que ayer conociese a Arek
Ayala.
Abro el mensaje de Thali. Es de anoche. Supongo que me lo escribió ya
en casa.
Armageddon:
¿Qué? ¿Hubo beso de felicitación?

Me río. Y sé que me pongo colorado al recordar el roce de sus labios


sobre los míos; noto el calor. Inconscientemente, los rozo con la yema de
los dedos.
Yo:
No. Pero no sería por falta de ganas.
Estuvimos hablando. Ya te contaré.

Con una emoción distinta a la de cualquier otro día, me pongo un


pantalón y salgo de la habitación.
Me encuentro a Gabriel exprimiendo naranjas mientras canturrea.
Sonrío al verlo tan alegre.
—Pareces contento —digo tras él.
Se da la vuelta y me ve…
… y la sonrisa más alucinante que le he visto hasta ahora ilumina su
rostro y me golpea con la fuerza de un ariete.
—Buenos días —me saluda como si nada, como si no acabase de
provocar que mi estabilidad se haya tambaleado con violencia.
—H-hola.
—¿Qué quieres desayunar?
«A ti».
—No te relamas, que yo no estoy en el menú.
Noto como el calor me sube hasta las orejas.
¿Bromeamos con el tema?
Eso me gusta. Mucho.
—¿Tostadas?
—Tostadas pues. —Acepta mi petición y se gira hacia la encimera. Yo
me siento en una de las sillas de la isla, frente a él. Mientras él trajina,
vuelvo a recordar todo lo acontecido el día de ayer y me detengo en un
recuerdo, en la sensación que me produjo: él y yo subiendo las escaleras.
—¿Gabriel?
—Dime.
—¿Cuándo podré soltar las muletas?
Deja lo que está haciendo y me mira como si estuviera evaluando mi
pregunta.
—¿Qué tal hoy?
Me tenso y el corazón empieza a latirme más rápido; no me esperaba esa
respuesta. No voy a negar que lo deseo con fervor, pero…
—¿Estoy listo? —Pongo mis temores al descubierto.
—Dímelo tú.
Intento sonreír, pero no puedo ocultar que estoy nervioso.
—¿No se supone que el médico eres tú?
Sonríe.
—Bueno, como médico te diría que ya no hay inflamación. Tus huesos,
que están consolidado bien, seguirán bien sujetos. Aunque aún haya un
poco de rigidez y cojees, tu tono muscular sigue siendo óptimo. Además, sé
que eres muy cuidadoso y responsable, y no cargarás peso más allá de el de
tu propio cuerpo. —No puedo evitar acordarme de la noche de la borrachera
cuando me dice eso, y sonrío. Él también lo hace, es obvio que también se
acuerda—. Eres muy responsable —repite—. Dime tú si estás preparado.
—¿Quieres decir, a nivel psicológico?
Asiente.
—Estoy deseando tirarlas a la basura —respondo de manera espontánea.
Me mira durante unos segundos de una forma muy extraña y, sonriendo,
se dirige hacia la encimera. Abre una puerta doble y saca el cubo de la
basura. Se acerca y lo deja a mi lado.
Trago saliva.
—¿Va en serio?
—¿Tú qué crees?
Me lo pienso unos segundos.
—Podría donarlas o algo así.
—O algo así. O podrías simplemente tirarlas a la basura y sentirte muy
bien al hacerlo.
Sonrío mucho. Las miro unos segundos...
«Adiós y muchas gracias». Las cojo y las meto en el cubo por la zona de
las empuñaduras. Es obvio que no caben, pero el simbolismo de la acción…
Me echo a reír.
—¿Ves? —pregunta, señalándome a mí—, eso no tiene precio.
Levanto la mirada y me estrello con sus ojos verde fantasía, que me
miran divertidos y orgullosos. Entonces, coge un vaso de zumo de naranja,
se inclina y se apoya sobre los codos, frente a mí, ofreciéndomelo. Cuando
voy a cogerlo, lo retira hacia él y su mirada cambia.
—También podrías... no sé... ¿empezar a llamarme Gab?
Me da un vuelco el corazón.
Lo recuerda.
Empecé a llamarlo así en sueños. Un día desperté con su nombre en los
labios; ese nombre. También recuerdo el sueño. Algún día se lo contaré.
—T-te empecé a llamar así en mis sueños —confieso. Esos ojos me
hipnotizan. Los tengo tan cerca de mí que puedo ver con nitidez los aros en
tonos ocres y amarillos que rodean sus pupilas.
—Ahora lo deseo con más ganas —me susurra.
Pero se supone que aún no hemos llegado a ese punto. Trago saliva y
cojo el vaso de su mano, nuestros dedos se rozan y yo siento hormiguear mi
piel.
Me sonríe. Creo que nota mis dudas.
—¿Solo cuando estemos a solas? —negocia.
A solas.
—Vale.
Y se separa de mí.
Joder. Con esos ojos y esa voz, conseguirá de mí lo que le dé la gana.
—¡Buenos días! —exclama Beth, entrando por el pasillo.
Gabriel me guiña un ojo y se aleja.
—Buenos días, García.
—Buenos días, doctor Ríos.
Gabri… Gab se ríe.
—Pingüino—me saluda. Y me besa la cabeza como todos los días.
—Buenos días, Beth.
—¿Por qué a mí nunca me das un beso en la cabeza?
Sonrío ante la expresión de extrañeza de Beth.
—¿Abuso de poder? Y te di dos besos ayer.
—Ayer era mi cumpleaños, y no fueron como los que le das a él.
¿Cuándo he abusado yo de mi poder contigo?
—¿Celoso, doctor Ríos?
—Sí, pero no por lo que tú crees.
Me atraganto con el zumo de naranja que me había llevado a la boca y
me da la tos.
¿Está celoso por el beso que Beth me ha dado?
—¿Qué hacen las muletas en la basura?
***
Estoy roto.
Hoy Gab —llamarlo así, aunque sea en mi cabeza, me produce
cosquillas en la tripa— me ha hecho sudar todo lo que comí ayer. Cada vez
que entro en esa sala de tortura a la que él llama gimnasio, pienso en lo
acertado que es el apodo que le puse; no me da tregua. Tiene cero
compasión de mi persona. No me siento el cuerpo cuando, ya duchado, me
recuesto sobre la cama despacio y gruñendo.
—Os noto distintos a los dos —comenta Beth cuando empieza a curarme
las perforaciones de la fijación—. ¿Pasó algo reseñable cuando nos
marchamos?
Sonrío de oreja a oreja. Creo que es más que obvia mi felicidad, y no
puedo sujetarla.
—Cuenta, cuenta.
—No es nada de lo que crees. Podría haber pasado, pero ninguno de los
dos queremos que pase nada ahora mismo.
—¿Y eso qué significa? —parece algo confusa.
—Estuvimos hablando. Le dije que me gustaba y él me dijo que yo a él
también.
Sonríe, radiante.
—Vamos por buen camino. ¿Cuál es el «pero»?
—Pero, ahora mismo, ambos necesitamos arreglar cosas. Yo necesito
sentirme más «yo», y él necesita… empezar a quererse a sí mismo para
aprender a querer a otros.
Me mira con extrañeza, creo que no entiende a qué me refiero. Supongo
que es algo que solo notas cuando lo conoces de verdad.
—Gabriel quiere mucho a su familia. Eso se nota.
—Hablo de querer para llegar a compartir una vida. No deja entrar a
nadie en ese círculo del que hablas. Ha tenido varias relaciones, pero
ninguna con vistas al futuro. Su hermana me dijo que Gabriel está roto. Esa
fue la palabra exacta.
—¿Tiene algo que ver con lo que le pasó a ella?
—Sí. Y con lo que él hizo después. Se castiga mucho por ello.
—Bueno, si le hubieran hecho algo así a alguno de mis hermanos, yo
habría reaccionado igual.
—Héctor le dijo algo así.
—A ver, a ver. Anem a pams[7]. ¿Hubo conversación a tres? ¿Cuándo?
Siempre que utiliza esas expresiones tan catalanas, me da la risa.
—Conversación entre ellos y yo escondido tras la pared —admito.
—¡Pingüino! —exclama—. No te imaginaba de espía.
—Fue un accidente. No me puse a escuchar a propósito.
Mientras hablo, ella sigue con la movilización de la piel de la cicatriz del
muslo. Me obligo a mirarla, va a estar ahí el resto de mi vida, debo
acostumbrarme a ella. Y aprender a masajearla, ya de paso, para cuando me
duele.
—Entonces, ¿es una especie de tregua?
Miro al techo y pienso en el significado de la palabra «tregua». No es
que se adapte del todo a las circunstancias, pero podría servir.
—Más o menos. Al vivir juntos, queremos que lo que nos sucede a nivel
personal no influya en el hecho de querer mantener una relación, debido a
las horas que pasamos juntos.
—¿Sois conscientes de lo difícil que va a ser eso viviendo en la misma
casa?
—Sí. Anoche ya tuve sus labios pegados a los míos. —«Y su
erección…», pienso.
Me estremezco.
—¡No fotis![8] Pero si has dicho que no pasó nada.
—Y no pasó nada.
Me mira con los ojos como platos.
—Mare de deu, qué tensión sexual, ¿no? —exclama.
Suspiro y miro de nuevo al techo de la habitación. Esta vez, lo hago
sonriendo.
«Como la goma de un tirachinas», pienso. Ya verás tú cuando la
soltemos para que la piedrecita vuele.
—Ni te lo imaginas.
***
Estoy sentado con las piernas abiertas sobre el tocón del jardín, y hay una
ardilla en el borde, frente a mí. Es la primera vez que consigo que se
acerque tanto. Me ha costado mucha paciencia que se haga amiga mía. Es
divertidísimo verla abrir cacahuetes con los dientes.
—¿No tienes bastante con el gato? —me pregunta Gab en voz baja. No
lo he oído acercarse.
—Shhh… —le chisto.
—¿Tiene nombre?
Ni lo había pensado, no imaginaba que nuestra amistad llegaría tan lejos.
—Glotona. —Me sale de forma espontánea.
Gab suelta una carcajada y Glotona sale corriendo, asustada.
Sonrío.
—Vamos a comer, anda. —Me muestra el codo flexionado para que me
agarre.
Dejo el resto de los cacahuetes sobre el tocón y me aproximo despacio a
él.
Voy con miedo, no puedo negarlo. Aún me veo a veces haciendo el
gesto de echar los brazos hacia delante para buscar el apoyo del suelo,
como si todavía llevase las muletas. Tal vez he tomado una decisión muy
precipitada. Tengo la sensación de que todo se tambalea o de que las
superficies están muy inclinadas, que en alguna raya del suelo voy a
tropezar y me voy a caer de bruces.
—Es psicológico.
—Si tú lo dices —contesto con un gesto de la cabeza, sin perder la
concentración.
—Crean una falsa sensación de seguridad —insiste, refiriéndose a las
muletas que ya echo de menos—. Como lo hace una escayola o eso —
añade mientras se aproxima a mí, señalando el fijador—. El riesgo de caerte
también estaba con las muletas. Era menor, pero estaba.
—Lo que tú digas —insisto en darle la razón mientras miro al suelo,
atento a cada centímetro que pisan mis pies.
Lleno los pulmones de aire cuando llego a su lado. Él sonríe.
—He hecho un par de llamadas —comenta de camino a la cocina—. Nos
he buscado ayuda.
No digo nada porque sé que va a continuar explicándomelo.
—Dado que vivimos juntos y queremos llegar a una meta común, por
separado, nos verá la misma profesional. La doctora Aguilar.
—Vale. ¿Cuándo?
—Hoy. Esta tarde.
Lo hago detenerse.
—¿Después irás a correr con Héctor?
—Y con Sandro, sí.
Me aclaro la garganta y trago con fuerza. Solo es una idea y ya se me ha
acelerado el corazón. Pero estoy decidido, quiero y tengo que hacerlo. Dejar
las muletas me ha dado el valor para tomar esta decisión. Si vuelven a
fotografiarme, no permitiré que me hundan de ese modo otra vez.
—¿Podría ir con vosotros?
Su cara de susto hace que yo sonría.
—A correr no, es obvio —aclaro.
—Es obvio.
—Vosotros a correr, yo a respirar la libertad.
La preocupación se refleja en su cara. No lo culpo, después de lo
sucedido con la foto de la semana pasada y mi reacción a los comentarios
de las redes sociales, no me extraña que se preocupe. Pero no pienso dejar
que esta cosa ni ellos me anulen; ya me he anulado bastante yo mismo.
—Hay prensa fuera a diario.
—No me importa.
Está valorando lo que le pido, empiezo a conocer sus expresiones.
—En todo momento habrá uno de nosotros contigo.
No me gusta, pero lo entiendo. No quiere que me avasallen. Y ya asumí
que habría momentos en los que tendría que dejar que otros tomasen las
riendas. Lo acepto.
—Vale.
***
La sesión con la doctora Aguilar me sorprende para bien. Me hace sentir tan
cómodo que acabo hablándole de cosas que no había expresado nunca en
voz alta; le he hablado incluso de mi madre. Me gusta. Una persona con la
que poder hablar de mis miedos e inquietudes, y que me da pautas para
poder enfrentarme a ellos. De hecho, le he comentado mi idea de salir a la
calle.
Cuando volvemos, ambos nos vamos a nuestra habitación a ponernos
ropa deportiva; en veinte minutos Héctor y Sandro pasarán a recogernos.
No me gusta la idea de involucrarlos en esta situación, pero la psicóloga me
ha dicho que, si estoy listo, es un gran paso y que tenerlos a mi lado será
bueno para mí. Se lo he explicado a Eric porque no deseo que se entere otra
vez por las noticias. A miles de kilómetros de distancia, se ha puesto muy
nervioso y me ha preguntado cómo un millón de veces si estaba seguro.
Sí.
Necesito reforzar mi confianza. Estos hierros no pueden inmovilizarme
de este modo, y ahora no me refiero su función con respecto a la fractura
femoral.
Cuando llaman a timbre y abro, mi sorpresa es monumental. Con Héctor
y Sandro también vienen Noelia y Arek. Las fuerzas me flaquean por un
momento. Sé que ellos están muy unidos, pero…
—¿Por qué…? —me detengo, no sé ni qué quiero preguntar.
—¡Ya vas sin muletas! —exclama Noelia con una sonrisa cuando me ve.
—La unión hace la fuerza —bromea Arek.
—No… no sé cómo daros las gracias —estoy un poco abrumado.
Noelia se agarra a mi brazo.
—No las des. ¿Estás listo? —me pregunta.
—Todo lo que puedo estarlo.
—Pues vamos a comernos al mundo.
Suspiro, y atravieso la puerta de casa aterrado pero decidido.
Es instantáneo, nada más pisar calle, dos periodistas se acercan a
nosotros.
—Ni se te ocurra —le advierte Héctor, de muy malas pulgas, a uno de
ellos, que quiere acercarme el teléfono a la cara. Con la altura que tiene y la
cara que le ha puesto, no hace falta que explique la cara que se le ha
quedado al periodista.
—¿Cómo te encuentras, Neizan?
—Neizan, ¿cómo van tus lesiones?
—Neizan, ¿crees que podrás volver a competir?
Gab se gira entonces hacia el chico que me ha hecho esa última pregunta
con una cara que deja claro que, de haber podido, se lo habría comido ahora
mismo.
—Gab, no —le pido, sujetándolo por el brazo—. No importa. Déjalos
hacer su trabajo.
«La prensa es como un grano en el culo, muchacho. No puedes tocarlo
porque corres el riesgo de que explote. Y no quieres ver a la prensa
explotarte en la cara», me dijo Eric una vez.
Después de eso, vienen tras nosotros a una distancia prudencial; ninguno
vuelve a hacer preguntas.
Caminamos hasta el parque, pero yo —iluso de mí— llego un poco
exhausto. Hago tres horas y media de rehabilitación, pero caminar después
de una lesión costal, sin muletas, cojeando con esta cosa clavada y en un
terreno irregular, es otra historia. Así que, Noelia y Arek me llevan a una
cafetería cercana mientras Gab, Sandro y Héctor corren.
Me resigno, también es un buen plan.
—¿Estás bien? —quiere saber Arek una vez sentados.
—Sí. —Sonrío. No he podido caminar casi nada al aire libre, pero esto
también es liberador. Por algún sitio había que empezar.
Él responde a mi sonrisa con otra sonrisa.
—Gracias, de verdad —les digo a ambos.
—Es un placer —me dice Noelia—. Pero ahora, centrémonos en lo
realmente importante.
La miro interrogante.
—¿Que es…?
—Lo que está pasando entre… Gab y tú. —Sonríe pícara al decirlo.
Sí. Primera salida en compañía, y ya lo he llamado Gab.
Y qué bonito ha sonado.
***
Por la noche, después de cenar, ambos leemos en el salón; yo tirado en el
sofá con un cojín metido bajo mis rodillas, él sentado al lado de mis pies,
inclinado hacia mí.
Se le ve muy concentrado, y yo… yo siento el impulso irrefrenable de
molestarlo.
—¿Gab? —Le pincho con el pulgar en el muslo.
—¿Mmm? —No levanta la mirada del libro, y yo quiero que esos ojos
verdes fantasía me destruyan una vez más. Y otra. Y otra.
—¿Qué lees?
—Poesía —responde, de nuevo sin mirarme—. ¿Y tú?
Ni idea. No logro concentrarme en la lectura, ha sido un día
emocionante. Sé que mañana volveré a llenar titulares, pero esta vez será
porque yo lo he querido así, y estoy preparado.
—¿Te gusta la poesía? —insisto.
—Sí.
Odio que no me mire cuando yo quiero que lo haga, que es siempre.
Quiero que me mire cuando yo lo miro, que esos ojos verde fantasía me
taladren, que me hagan suspirar, que me roben el aliento, que me sonrían,
que me desestabilicen, que me desnuden…
Qué calor tengo de repente.
—Léeme algo —le pido; esta vez tirando de su camiseta, la cual he
pillado entre el índice y el pulgar de mi pie derecho.
Y lo consigo.
Sus fantásticos ojos verdes me miran, y yo sufro un cortocircuito.
—¿Te han dicho alguna vez que tienes unos ojos que no son de este
mundo?
Ayer descubrí de quién los han heredado: de su padre. Pero los de Gab
son infinitamente más verdes y brillantes.
Sonríe, travieso.
—No sigas por ese camino, Mariposa.
Algo se remueve en mi interior cuando dice esa palabra y en el tono con
el que la ha dicho.
—Es la primera vez que me llamas así.
—No lo es. —Sus ojos verde fantástico están fijos en mí—. Pero la
primera no la recuerdas.
—¿Que no la recu…?
Solo se me ocurre una ocasión en la que pude olvidar tal cosa. ¿Me
llamó así la noche que me embriagué?
—Repítelo.
—¿Mariposa?
Sí… pero no. No ha sonado igual.
—No lo has dicho del mismo modo.
Me mira como si buscara una respuesta en mi rostro y luego desvía la
mirada.
—A ver si puedo mejorarlo.
Hojea el libro en busca de algo, y a mí el corazón se me acelera.
Carraspea para aclararse la voz.
—«¿No eres tú, Mariposa, el alma de estas sierras solitarias, de sus
barrancos hondos y de sus cumbres agrias? Para que tú nacieras, con su
varita mágica a las tormentas de la piedra, un día, mandó callar un hada, y
encadenó los montes para que tú volaras…». [9]
No presto atención al resto del poema; me he perdido en su voz, en sus
labios, que pronuncian cada palabra con una pasión que me hipnotiza, y en
sus ojos verde fantástico, que me cuentan secretos en silencio. Las ganas
que tengo de que me bese se descontrolan y mi cuerpo responde por su
cuenta. Escuchar a Gab recitar poesía… recitarme poesía, es una orgía de
sentimientos.
Sin dar explicaciones, acabo levantándome. Le doy las buenas noches.
Me responde con una sonrisa burlona.
***
Y así llegamos casi a finales de junio, coqueteando e intentando mantener
las distancias al mismo tiempo, controlando las ganas a duras penas,
conociéndonos y aprendiendo a querernos de nuevo a nosotros mismos.
TERCERA PARTE

Atracción, cita,
enamoramiento, comienzo de una relación,
decepción, superación,
cambiar el mundo:
Amor.

30
Gabriel
C ada relación, ya sea amistosa, familiar o sentimental, es distinta, como
una huella dactilar. Pero, según un estudio realizado por el
psicoterapeuta Jed Diamond, especialista en relaciones sentimentales,
todos pasamos por cinco fases cuando se trata de amor romántico.
La primera es el enamoramiento, un estado en el que perdemos la
capacidad de pensar y todo lo relacionado con la otra persona nos parece
maravilloso. Nos convertimos en poco más que títeres de esa persona.
Pero hay investigadores que creen que hay dos fases previas sin las que
no se llegaría al enamoramiento.
Una de ellas es la atracción.
Que Neizan y yo nos atraemos, está más que claro. Nuestros cuerpos
reaccionan en cuanto estamos juntos: nos da calor, se nos acelera el pulso,
se nos seca la boca, se nos dilatan las pupilas; nuestro cuerpo juega él solito
con la gravedad.
Hay atracción. Mucha. Y muy difícil de controlar.
Desde aquella conversación, llevamos más un mes conociéndonos y
acercándonos el uno al otro. Tengo muy claro que me gusta, no solo a nivel
físico; la atracción sexual es innegable. También me gusta mucho a nivel
intelectual.
Quiero dar el siguiente paso.
A ese paso se le conoce como «Cita». Y aunque no se corresponde con la
definición de la palabra «cita» en sí misma en lo que al amor se refiere, yo
voy a empezar precisamente por ahí.
Está en el jardín con Darkness, haciendo yoga ahora que todavía no hace
demasiado calor; estamos casi a finales de junio y ya es insoportable estar
fuera a ciertas horas.
La fuerza y estabilidad que ha conseguido en el último mes es
asombrosa. Tiene más seguridad en sí mismo y se le ve relajado. Pero, dada
la combinación de huesos rotos que sufrió, le he limitado mucho el cargar
peso hasta hoy.
Esta mañana le hemos vuelto a hacer radiografías. Va muy bien. Rafael
le dio el alta por la contusión hace semanas y hoy se la he dado yo por las
costillas. Cuando se lo he dicho, ha cogido aire y lo ha soltado despacio. No
ha hecho una gran celebración, sabíamos que estaban consolidadas hace
semanas, y esto solo es un primer paso.
—Vale. —Ha sonreído y me ha abrazado. Es sumamente consciente de
su situación.
Creo que no me equivoco si digo que Marta, la psicóloga, lo está
ayudando mucho; a ambos. Yo me estoy enfrentado a cosas que no sabía ni
que estaban ahí; me estoy enfrentando a mí mismo, al blindaje que durante
años había ido soldando a mi alrededor; a mi corazón. Ahora entiendo la
interpretación que hizo Neizan de mis sentimientos en aquella carta. Hasta
él, sin apenas conocerme, me caló antes que yo mismo.
A partir de la tarde que salió a la calle por primera vez, algo cambió
realmente en su aceptación del fijador. Las chicas vienen a buscarlo casi a
diario desde entonces. Sobre todo mi hermana, que, desde que Anna le
levantó restricciones y prohibiciones, se aburre mucho.
Recuerdo el titular de uno de los periódicos al día siguiente de esa
primera salida y su sonrisa cuando lo vio.
«Neizan Serra se recupera de sus lesiones junto a sus amigos,
entre ellos, el famoso bailarín, Arek Ayala».

Creo que el periódico intentaba devolverle la seguridad que le había


quitado la noticia anterior (de otro periódico) porque escribieron un artículo
realmente bonito sobre él y Arek, en el que, más allá del titular, no hablaron
ni de lesiones ni de si podría o no volver a competir. Eso, y ver su nombre y
el de bailarín en el mismo titular, creo que influyó muy positivamente en su
cambio. De hecho, estuvo presumiendo un buen rato con su amigo Conor a
través del teléfono y, dos días después, él mismo subió una foto de la
fijación explicando su lesión. Desde entonces, sube incluso los avances de
su recuperación. Siempre habrá gente infeliz con ganas de hacer daño, pero
él ya no se deja influenciar por los comentarios negativos, se centra en
aquellos que lo animan y que lo consideran un ejemplo a seguir de fuerza y
superación.
Me gusta, ya se lo dije la noche de mi cumpleaños. Me gusta mucho.
Y quiero más.
Salgo al jardín a buscarlo. Antes de acercarme, me deleito unos segundos
en él. En como la brisa juega con su cabello, en sus ojos cerrados, en su
gesto relajado, en su boca…
—Buenos días, Darkness.
Me bufa.
—Sí, grandísimo hijo de… —me contengo—, yo también te quiero.
Neizan se ríe.
—No has hecho nada para ganarte su cariño y confianza desde que vivo
aquí.
—¿Y quién dice que quiera hacer tal cosa? No es mío.
—Ser simpático es gratis.
—A mí no me sale gratis ser amigo de este bichejo.
Sonríe de nuevo y abre los ojos.
—¿Quieres desayunar, Darkness?
—Lo que yo te digo.
Lo ayudo a levantarse, y echa a andar hacia la casa mientras se recoge el
cabello con la goma que siempre lleva en la muñeca; el gato va tras él a
comerse mi comida. Los sigo a ambos, recreándome en la vista que tengo
delante. Ese cuello largo, que, al recogerse el cabello, observo sin problema
y con fascinación. Esa espalda no demasiado ancha, pero con una
musculatura perfectamente desarrollada. Por el arco de los tirantes de la
camiseta asoman las alas de la mariposa. Las toco casi a diario cuando lo
rehabilito, pero quiero tocarlas de otro modo. Bajar mis manos por esa
cintura hasta esas nalgas tan redondeadas y apretadas que tiene y pegarlo a
mi cuerpo mientras me lo como entero.
Dios, desde nuestra mutua confesión y aquel roce, he fantaseado tanto
con él que voy a volverme loco.
Se mueve despacio por la cocina ayudándome a preparar el desayuno. Es
sorprendente la sincronía que hemos alcanzado cuando nos movemos juntos
para que los hierros del fijador no se choquen ni enganchen en ningún sitio.
No puedo explicar lo que siento teniéndolo en la cocina… en casa.
—Gab, ¿quieres kiwi?
Gab. Cada vez que pronuncia mi nombre de ese modo, algo precioso se
expande por mi cuerpo, algo cálido y acogedor. Y ha sido así desde el día
que salió a la calle y me frenó de decirle cuatro cosas a aquel idiota; el
mismo que hizo la publicación con la fotografía del fijador y la cicatriz de
su pierna. A pesar de que dijo que solo lo haría en privado, no ha podido
evitar llamarme así también en público desde el principio. La cara de mi
familia fue épica —la de todos ellos— cuando lo hizo por primera vez en su
presencia. Y creo que a él le gusta llamarme así tanto como me gusta a mí
que lo haga.
Es obvio que también me gusta a nivel sentimental.
—Sí —respondo mientras preparo el zumo.
Estamos ya sentados, desayunando, cuando me armo de valor. Tal vez
para él no sea todavía el momento, pero ¿no dicen que el que no se arriesga
no gana?
Además, el primer paso lo dio él y yo lo frené.
Me toca.
—¿Mariposa?
Es instantánea su respuesta a ese modo de llamarlo. Pero no me
responde, solo me mira con curiosidad.
—Quiero pedirte una cita.
Solo por lo tenso que se ha puesto y el cambio que se ha producido en su
expresión, sé que su corazón se ha acelerado.
—¿Una cita? —repite, intentando recomponerse de la sorpresa.
Sí, lo he puesto nervioso.
—Una cita. Tú y yo. Cena, cine y una copa. En casa.
Creo que el hecho de hacerlo en casa lo pone aún más nervioso, porque
le cuesta tragar lo que se había metido en la boca. Tendremos más
intimidad, y eso lo hará más… íntimo, valga la redundancia. Pero creo que,
tratándose de quién se trata, considerando que tenemos a la prensa siempre
al acecho, y que para el mundo solo soy su médico, de momento, es mejor
así.
Carraspea.
—Vale. ¿Cuándo?
Hoy es viernes, la semana ha sido muy buena, así que, si mañana no
madruga, e incluso si no se rehabilita, no pasará nada. Un fin de semana de
vacaciones, después de los dos meses y medio que lleva, le vendrá muy
bien.
—Hoy. Esta noche. Nueve y media.
Una chispa brilla en sus ojos marrones y, con un descaro impresionante,
se muerde el labio inferior.
—Habrá que ponernos guapos, ¿no?
Conque esas tenemos, ¿eh? Está bien, él solito ha abierto la veda de la
provocación. Me gusta este juego con él.
Lo miro de arriba abajo y lo desnudo con la mirada lo más
descaradamente que puedo.
—Habrá. Aunque… no es que tú lo necesites mucho. Eres guapo
siempre, aunque no te lo propongas. Si te vistieras con un saco, el efecto
sería el mismo. —Le guiño un ojo; sé que le encanta.
Veo con regocijo cómo sonríe con picardía, y cómo, a pesar de eso, el
rubor le sube hasta las orejas. Al final, asiente.
***
No le tenía que haber dicho nada de la cita hasta la hora de comer, creo que
no lo había visto tan descentrado ningún día. Hasta Beth lo mira extrañada
en más de una ocasión.
—Haz más fuerza, Serra —le exijo mientras ofrezco resistencia a la
fuerza que hace con el pie sobre mi pecho.
Veo como aprieta los dientes e intenta empujarme con más ganas.
—Vamos, Serra, sin miedo, que esta pierna está sana —lo provoco.
Resopla. Se cabrea. Bien. No le gusta que le recuerde que hay una parte
de él que no responde como él quiere que lo haga. Cuando empezamos con
la pierna izquierda, desvía la mirada. Esta es más delicada, por lo que mis
manos entran en contacto con su cuerpo para controlar la fuerza.
No pretendía que pasara nada de eso, aquí dentro quiero que nos
limitemos a una relación estrictamente médica. Pero supongo que es
inevitable. Cuando uno tiene una cita está nervioso, y los nervios se reflejan
en nuestra vida en general. Si, además, tu cita es con tu rehabilitador,
supongo que la cosa se complica un poco.
El resto de la sesión le pongo ejercicios que pueda hacer solo hasta el
momento de manipularlo; donde vuelve a suceder. Otros días me hace
preguntas relacionadas con lo que hago y por qué lo hago, hoy no dice ni
mu.
—Se acabó —le digo tres horas y media después, que creo que para él
han sido una tortura—. Beth, magnetoterapia y a la ducha.
No me dice ni adiós cuando me voy.
Al salir echo la vista atrás, él me ignora y Beth me mira confusa. Yo me
limito a sonreír, ella responde con otra sonrisa, una más traviesa que la mía.
Lo ha pillado.
***
Durante la comida no me habla —creo que está cabreado por el hecho de
que él se haya visto más afectado que yo por el tema de la cita—y, tras
recoger la cocina, se esconde en su habitación. No sale hasta que mi
hermana viene a buscarlo.
—No llegues tarde, Mariposa.
Me sonríe antes de salir. Mi hermana me guiña un ojo. Es mi cómplice,
no lo dejará volver hasta que solo tenga tiempo para ponerse guapo.
Tengo tres horas.
Me organizo todo y me pongo a preparar el salón y la sala de cine.
Media hora después me lío con la cena. Cuando acabo me quedan cuarenta
y cinco minutos, así que me voy a la ducha, a ponerme guapo yo también.
Es la primera vez en mi vida que preparo algo así, tan romántico. No
puedo negarlo, yo también estoy nervioso. Las ganas de que todo salga bien
me tienen con los nervios a flor de piel.
***
Justo cuando estoy bajando las escaleras, lo oigo despedirse de Thali en la
puerta. Me detengo y escucho en silencio. Lo ha traído tan justo de tiempo
que no pasa ni a saludar, se va directamente a su habitación. Mientras se
ducha, yo termino de prepararlo todo y, al acabar, me apoyo en el sofá a
esperarlo.
Todo esto ha merecido la pena solo por ver la cara que pone cuando
entra en el espacio del salón. Y supongo que la mía no puede ser muy
distinta porque… joder, es la imagen misma de la sensualidad.
Lleva una camisa negra por fuera del pantalón, es vaporosa y la lleva
abierta por el cuello hasta el tercer botón. El pantalón vaquero tiene una
cremallera que va desde el tobillo hasta el primer tornillo de acero de la
fijación que, a juego con su cara de pillo, le da un toque de macarrilla.
Lleva el pelo suelto y salvaje. Para mi sorpresa y deleite, se ha puesto el
piercing de la nariz —un brillante minúsculo— y el aro de la oreja; no se
los ponía desde que tuvo el accidente. Yo mismo se los quité en quirófano.
Además, va descalzo.
—Estás guapísimo —digo con la boca seca, antes de acercarme a darle
un beso en la mejilla.
Se ruboriza.
—Tú también —dice, avergonzado.
Echa un vistazo a su alrededor; creo que lo he sorprendido mucho.
—¿Cuándo has preparado todo esto?
No hay prácticamente luces encendidas, son casi todo velas. Y las pocas
luces que hay son guirnaldas de lucecitas pequeñas. El ambiente es muy
íntimo y acogedor; espero no haberme pasado.
—Esta tarde.
—Está precioso. —Me mira con los ojos cargados de picardía—.
Gracias.
—¿Cenamos?
—Sí.
Nos sentamos y, para evitar mirarlo y quedarme embobado de nuevo,
levanto los cubreplatos, que dejo con cuidado a un lado de la mesa.
—¿Qué tal esta tarde con mi hermana? —pregunto para romper el hielo.
—¿Cómo sabías…? —Parece sorprendido al ver el contenido del plato.
Le he preparado de cena el plato que más le gusta de los que hacía su
madre. Algo tan sencillo como unos canelones de atún. Por suerte, Lily, la
mujer de Eric, conoce la receta. Creo que lo estoy sorprendiendo
demasiado. Quizá me estoy poniendo el listón muy alto yo solito.
Me inclino un poco hacia él y pongo una mano al lado de mi boca, como
si quisiera evitar que nos escuchase nadie más.
—De postre hay tiramisú —susurro.
—¿Qué pretendes conseguir de mí esta noche? —me pregunta con los
ojos muy brillantes.
—Conquistarte, empezando por el estómago. —Sonríe, y se ha
sonrojado—. Y, si me dejas, robarte un beso.
Me dedica una sonrisa tímida antes de colocarse la servilleta sobre la
pierna derecha y empezar a comer. Madre mía, que noche más larga —en
cuanto a autocontrol— me espera.
—Hemos ido a ver ropa de bebé —me cuenta, respondiendo a mi
primera pregunta, esa que su sonrisa ha hecho que olvidase por completo.
Me hace gracia. Lo que no consiga la destructora…
—Se va a aprovechar mucho de ti.
—No me importa, es divertido.
—¿Es divertido ver ropa de bebé?
—Más de lo que imaginas. Y la compañía también.
—En ese caso, me alegro de que lo paséis bien juntos.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Lo que es normal en nosotros
porque, aunque esto es especial, la verdad es que comemos juntos cuatro
veces al día.
—Están muy buenos —me alaba—. Casi como los de mi madre.
Sonrío ante ese «casi».
—Me alegra estar casi a la altura —bromeo. Sé que no me lo ha dicho
con maldad. Es obvio que, aunque la receta sea la misma, cada uno le da su
toque personal a la comida. Tampoco pretendía que fuesen idénticos—.
¿Me hablarás de ella alguna vez?
Detiene los cubiertos, pero no levanta la cabeza. Está claro que es una
fibra sensible, pero tengo muchas ganas de saber de su vida a un nivel
mucho más personal, de conocerla a ella a través de él; solo por lo que hizo
de su hijo, tiene todo mi respeto y admiración.
—Se llamaba Victoria —no levanta la mirada—, y era una mujer
extraordinaria. Por ella me tatué la mariposa en la espalda el año que murió.
Pese a que nunca tuvimos muchas comodidades, luchó por darme lo que
quería… —Noto como se tensa y aprieta los dedos en torno a la servilleta
—. Aun a riesgo de sacrificar su propia felicidad.
Extiendo la mano y sujeto sus dedos entre los míos.
—Sabes que no fue culpa tuya, ¿verdad? No sé qué pudo pasar en tu
familia, pero los adultos no podemos cargar a nuestros hijos con la culpa de
nuestras decisiones ni hacer que ellos se sientan culpables por esas
decisiones.
Entrelaza su mano a la mía y me mira.
—Ella nunca hizo tal cosa.
—No he querido decir…
—Lo sé. Sé lo que has querido decir —me corta con amabilidad,
presionando suavemente mi mano—. Tenía nueve años cuando mi padre
nos abandonó. Los escuché discutir muchas veces sobre el tema. Él no
quería que yo me dedicase a lo que me dedico, pero mi madre sabía que era
mi sueño, que con nueve años ya sabía qué quería ser de mayor. También
sabía ya que no me atraerían nunca las mujeres; supongo que para mi madre
fue fácil verlo incluso a esa edad. Mi padre intentó disuadirla, pero mi
madre no cedió; no estaban casados. De hecho, por aquel entonces, mi
padre estaba con otra mujer con la que se había casado por conveniencia.
Iba y venía a casa, y prometía a mi madre una y otra vez que la abandonaría
por ella. La herencia familiar pesó más que nosotros, y no tuvo problemas
en abandonarnos. Lo último que me dijo antes de salir por la puerta fue que
era un maricón de mierda y que no me haría respetar sobre unos patines.
Inconscientemente, aprieto su mano. ¿Cómo se le puede decir algo así a
un niño? A tu hijo. El daño que se puede causar con esas palabras, a esa
edad, puede ser terrible.
—Menos de un año después, se separó y se casó con otra mujer que ya
estaba embarazada. Entonces entendí que, lo que yo era o quería ser, solo
eran las excusas que puso para salir corriendo. Porque, aparte de un
homófobo, era un cobarde y un mentiroso; nunca se habría casado con mi
madre. Había cosas más importantes para él. Pero el daño ya estaba hecho.
Y, aunque dejé de culparme, durante unos años, hubo… aspectos que
intenté cambiar.
Pensativo, acaricia mi mano con el pulgar. No sé si está pensando cómo
continuar o dudando de si quiere continuar.
—Supongo que has leído u oído teorías.
Sí, ya he leído algo sobre él en internet.
Asiento.
—Pues son ciertas.
Algo se me encoge dentro. Las teorías dicen que el padre de Neizan es el
dueño de una multinacional muy conocida en el país. Aunque no vive aquí
con su familia, tiene una sede en Barcelona. Y una cosa es presuponerlo, y
otra muy distinta es saberlo con certeza.
—Entonces…
—Tengo dos hermanas de su segundo matrimonio, sí. —Su voz no ha
sonado como si eso le provocase sentimientos negativos. Al contrario.
—¿Y no quieres conocerlas y que te conozcan?
—No puedo hacer nada. Legalmente no soy nada de él. Nunca me
reconoció como hijo suyo, y te garantizo que no voy a ir a llamar a su
puerta para pedirle una prueba de paternidad. Está ahí, ellas pueden leerlo
igual que tú. Cuando ambas sean mayores de edad, si alguna lo desea, yo no
tendré ningún inconveniente.
—¿Las has visto alguna vez?
Se remueve incómodo. Yo, que he tenido una infancia maravillosa, no
puedo ni imaginarme cómo debe ser crecer así.
—Hace un par de años estuve en su ciudad y sentí curiosidad. Conseguí
una dirección. Deambulé una tarde por allí y las vi con su madre. Después
me sentí patético. No volví.
—¿Patético por qué?
—Por ser yo el que… —Le tiembla la voz y sus dedos vuelven a retorcer
la servilleta.
—Eh, Neizan… —Me levanto y me arrodillo a su lado. Hacerlo llorar
era lo último que yo quería—. Lo siento. No debería haberte preguntado por
esto —me disculpo, y le retiro el pelo de la cara para colocárselo detrás de
la oreja.
—No importa. Ya lo hablé con la psicóloga y me dijo que debía hablar
del tema si me hacía sentir bien.
—¿Y te ha hecho sentir bien?
—No. —Sonríe entre lágrimas—. Me ha hecho sentir bien contártelo a
ti.
Sonrío yo también y le acaricio las mejillas, arrastrando esas lágrimas
con la yema de mis dedos.
—No sé si esto se acerca mucho a la idea que yo tenía de nuestra
primera cita —me disculpo cuando está más calmado y vuelvo a sentarme
en mi silla—, pero supongo que es justo que me preguntes lo que quieras.
Acaricia el tenedor con las yemas de los dedos.
—¿Puedo preguntarte por qué tienes miedo de ti mismo?
Se me hace un nudo en la garganta. Eso fue lo que le dije a Héctor el día
de la celebración del cumpleaños. No sé qué sabe de lo que pasó realmente
con mi hermana, en ninguna noticia de las que circulan por ahí desde hace
años está toda la información.
—¿Sabes lo que pasó?
—Me lo contó Beth. Después me contó algo Thali la primera noche que
cenamos los cuatro, y hemos vuelto a hablar de ello en alguna ocasión.
Tiene datos totalmente fidedignos, pero no sé si mi hermana es
realmente consciente de hasta qué punto perdí la razón. Cuando ella
despertó yo ya era otra persona.
—Mis recuerdos de aquellos días son muy confusos. Pero recuerdo con
nitidez cuando el médico les dijo a mis padres que había que esperar a que
despertase para saber si había daños neurológicos y que tal vez no podría
tener hijos. En ese momento perdí la poca razón que me quedaba y la
sustituí por un odio atroz. Lo esperé a que saliera de la residencia en la
vivía. Pero tardó mucho y, al no dar conmigo, Héctor supo dónde había ido.
No fui muy discreto, creo que le dije que iba a matarlo por lo que le había
hecho a mi hermana. Cuando lo vi en la calle, riendo, como si no hubiese
pasado nada…
Ahora es él el que me aprieta la mano cuando ve que no puedo continuar.
—Dicen que cuando una persona avisa de lo que quiere hacer en relación
a hacer daño a otra o así mismo es porque realmente no quiere hacerlo.
Que, de forma inconsciente, desea que alguien lo detenga.
—Puede ser. —No es el primero que me dice eso—. Cuando Héctor me
incorporó del suelo a la fuerza, y vi la sangre y a él inconsciente en el
suelo… Fue como si despertase de una pesadilla para meterme en otra peor.
Quería ser médico y acababa de agredir a un ser humano. —Veo el cambio
en su expresión cuando digo «ser humano»—. Era un ser humano. Sin
escrúpulos ni alma, pero lo era.
Me levanto de la silla con la excusa de ir a por el postre, pero lo cierto es
que necesito desconectar un momento; hacía años que no hablaba de este
tema con nadie. He vuelto a hacerlo con la psicóloga, pero con Neizan es
otra cosa muy distinta. Es el hombre con el que quiero tener algo, y hablarle
a él de la parte más monstruosa de mi persona no es nada fácil.
—Entonces, ¿no te hiciste traumatólogo por lo que le sucedió a tu
hermana? —me pregunta cuando ya he servido el postre. Le agradezco en
silencio que redirija el tema con esa sutileza.
—No. Eso solo me infundió más ganas. Cuando acabé fisioterapia ya
llevaba un tiempo en un centro en el que se rehabilitaba sobre todo a
deportistas. Eric estaba allí también. Había casos en los que sentía que ya
era demasiado tarde, y era muy frustrante; yo quería intentar evitar todo
aquello. Por desgracia, con los años entendí que hay cosas que son
inevitables —admito mientras acaricio su mano y recuerdo los días
posteriores a su accidente—. Cuando empecé a estudiar medicina me fui
desvinculando; Eric ya había empezado a ser entrenador. Lo último que
supe de él era que estaba con un patinador muy joven y guapo que prometía
mucho.
Sonríe.
—Guapo, ¿eh? —pregunta, travieso.
—Ni se imagina cuánto. Y listo. Y obediente. E inteligente.
Su sonrisa se va ensanchando a medida que le voy diciendo cosas
bonitas.
—Y afortunado —añade él.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
—Porque una chica llamada Rocío se cruzó en mi camino una noche y,
muy probablemente, salvo mi vida a costa de la suya.
Me sorprende. Mucho. Después de lo que sucedió en el hospital el día
que discutimos, no creí que volviese a salir este tema. Y menos aún que
saliese diciéndome la suerte que tuvo.
—Porque, esa misma noche, conocí a un hombre con la voz más
tranquilizadora y bonita que he escuchado jamás. Tiene unos ojos verde
fantasía que me roban el aliento cada vez que me miran, una paciencia
infinita y un corazón enorme, aunque él dude de ello…
No aguanto más.
Me inclino hacia él y se calla. Nos sostenemos la mirada y nuestro
aliento se cruza en el camino a un destino al que ambos estamos deseando
llegar. Levanto la mano, le retiro el cabello de la cara, le acaricio el rostro y
bajo hasta su mandíbula. Con el pulgar, rozo sus labios; esos labios que
llevo tanto tiempo queriendo probar, donde mis ojos ya se han perdido y
que se abren ligeramente, invitándome a entrar. Deslizo los dedos bajo su
barbilla y tiro de él con suavidad hacia mí.
Y lo beso.
31
Neizan

E s unUnbeso que sabe a chocolate, queso, café y licor.


beso que sabe a gloria.
Siento que todo el cuerpo me reverbera de placer cuando sus labios
rozan los míos, y mi corazón se descontrola cuando noto cómo mete los
dedos entre mi cabello hasta mi nuca y tira de mí hacia él.
No es un beso largo ni profundo, es poco más que un roce. Y antes de
empezar siquiera a dejarme llevar por la calidez de su tacto, se detiene. Me
roza los labios de nuevo con el pulgar y sus ojos verde fantasía me
prometen más. Mucho más. «Solo es el preludio», me dicen.
Se levanta de la silla y me tiende la mano.
—Ven, que nos vamos a perder la película. —Como si realmente
tuviésemos un horario de cine.
Sonrío y me dejo llevar de la mano hasta la sala.
Cuando entramos, vuelvo a alucinar mucho. Aquí dentro también hay
varias guirnaldas de lucecitas, que, al igual que en el salón, hace que la sala
tenga un toque muy romántico y acogedor. Me lleva hasta el sofá, donde me
deja sentado para desaparecer de nuevo de la habitación. Cuando regresa, lo
hace con un bol de palomitas y dos refrescos.
—¿Puedo saber qué vamos a ver? —pregunto, emocionado.
—Si mi pajarito me ha dado bien la información, la película que está
inspirada en tu libro favorito. Si no te importa; yo no la he visto.
Voy a tener una conversación muy seria con Lily.
Miro de nuevo a mi alrededor. El ambiente es ideal para una película de
vampiros con un alto nivel de romanticismo. Sonrío y, bajo la luz
anaranjada de las lucecitas, me sonrojo.
—No dudes en pedirme que la quite si la has visto ya tantas veces que te
aburre —me dice cuando se sienta a mi lado con el mando de la tele en la
mano—. No soy partidario de ver algo por la fuerza.
Asiento. Si él supiera a qué número equivale ese «tantas veces»…
—¿Versión original o castellano?
—Versión original.
Nada más iluminarse la pantalla, tira de mí hacia él y me rodea con el
brazo, dejándome en una postura más relajada y cómoda.
—Yo te protejo —susurra al lado de mi oído, haciendo que me
estremezca.
Su beso aún me hormiguea en los labios.
«The year, 1462.
Constantinople had fallen.
Moslen Turks swept with into Europe with a vast, superior force…»[10],
comienza el narrador, yo me sumerjo en la película…
… y, antes de darme cuenta, acaba y estoy prácticamente sobre su
regazo. Giro la cabeza hacia él, que está enmarcado cientos de lucecitas, y
me sonríe.
—Qué final más trágico —se lamenta antes de que pueda preguntarle si
le ha gustado.
Sonrío al escuchar la decepción en su voz.
—Sigue siendo una gran historia de amor para una cita. —Y lo digo con
sinceridad. Cabe añadir que mi opinión está motivada por lo mucho que me
gusta el actor—. En la novela no existe ese trasfondo de amor trágico, pero
es la versión más fiel que exist…
No acabo.
Mete su mano bajo mi cabeza y me atrae hasta su boca. Despacio, atrapa
mi labio inferior entre los suyos. Sabe a la sal de las palomitas. Al principio
vuelve a ser suave y delicado… hasta que deja de serlo y su lengua busca
con destreza un hueco entre mis labios y se cuela en mi interior. Cuando
roza la mía, pierdo toda capacidad de razonamiento y algo parecido a la
lava empieza a extenderse por mi cuerpo; lento y ardiente.
No hay copa en la cita porque cuando sus labios se separan de los míos
ya estoy ebrio. Ebrio de dopamina, oxitocina y cualquier otra cosa química
que se dispare en el cuerpo en estos casos.
No sé durante cuánto tiempo nos hemos besado, pero es, con seguridad,
el beso más largo que me han dado en toda mi vida. Y repetiría con los ojos
cerrados hasta el coma pseudoetílico.
—Vamos —susurra sobre mi boca—. Te llevo a casa.
Mareado, y seguro que tan sonrojado como si hubiera bebido alcohol,
sonrío como un tonto.
De la mano de nuevo, me acompaña hasta la puerta de mi habitación, y,
agarrados de los dedos, nos miramos fijamente durante unos interminables
segundos; no me cansaré nunca de mirar sus ojos. Pero ahora, desciendo
con la mirada hasta su boca, hasta ese lunar que me vuelve loco y que he
deseado besar con locura, y el que arremete ahora contra él soy yo. Nuestras
lenguas se retuercen juntas en un beso voraz, y un escalofrío me recorre el
cuerpo cuando noto como mete la mano bajo mi camisa y me acaricia la
espalda. Desciende y, al llegar a la curva de mi cintura, me aprieta contra su
cuerpo.
Madre mía, está tan duro como yo.
Un gemido de placer se me escapa de forma involuntaria.
—Joder —susurra sobre mis labios, deteniéndose—. Entra ya o te
devoro entero en la puerta.
Elevo las manos hasta su rostro y acaricio el vello de su barba hasta
llegar con los pulgares a sus labios.
—Buenas noches, Gab. Ha sido una cita maravillosa. Gracias.
Despacio, me chupa uno de los pulgares, enviando un latigazo de placer
directo al centro de mi entrepierna. Estoy seguro de que ha notado la
palpitación de mi polla, porque sonríe con suficiencia.
—Engreído.
Su sonrisa se ensancha todavía más.
—Buenas noches, Mariposa.
Se aleja de mí despacio, caminado de espaldas y sin dejar de mirarme. Y,
antes de perderse por la esquina del pasillo, me guiña un ojo.
Ha sido mi primera cita.
32
Neizan

L alasonrisa que debo tener ahora mismo en la cara debe ser del tamaño de
Sagrada Familia. Si pudiera saltar, estaría dando saltitos por la
habitación.
Ya dije en su día que cuando pudiese saborearlo sufriría una reacción en
cadena que acabaría en cataclismo.
¡Y qué reacción en cadena! ¡Tengo una erección enorme!
Voy al baño a por una toalla. No voy a ducharme; no tengo ninguna
intención de quitarme su olor del cuerpo; de hecho, pienso dormir con la
camisa que llevo puesta. Me quito el pantalón, me acuesto en la cama y
echo una camiseta oscura por encima de la lámpara para atenuar la luz.
Comienzo a tocarme recordando el momento en el que he llegado al salón y
me lo he encontrado con esa postura tan insolente apoyado en el sofá.
Pienso en cómo se ceñían a su cuerpo esos pantalones tobilleros y esa
simple camiseta blanca que le queda como un guante. Ninguna de las dos
prendas dejaba mucho para la imaginación. Y «mucho» es la palabra exacta
para él.
Mi polla está completamente de acuerdo, ya noto el calor y la humedad
previos.
Subo y bajo con suavidad, pero basta con que piense en la calidez y
humedad de sus labios sobre los míos para que mi cuerpo llegue al límite en
un abrir y cerrar de ojos. Muevo la mano con rapidez cuando recuerdo ese
último beso, y el orgasmo me llega espontáneo e intenso. Respiro con
fuerza mirando al techo hasta que mi cuerpo se relaja poco a poco.
—Quiero las guirnaldas de lucecitas —susurro al vacío, sonriendo
pletórico.
Acostado, ya con la intención de (intentar) dormir, cojo el teléfono de
donde lo dejé antes de la cita y miro los mensajes. Todos son del grupo
«Medias Naranjas». Sí, es un grupo formado por Thali, Noelia, Arek, Beth
y yo. Le pusieron ese nombre porque lo forman solo mitades de otra pareja.
¿De quién fue la idea? De Beth, por supuesto.
Lo sé, es fantástico, aunque Gab no sea mi pareja.
¿O sí que lo es?
Armageddon:
Queremos todos los detalles de esa cita en cuanto se acabe, patinador.

Noelia:
¿Cita? ¿Qué cita?!

Beth:
Hoy Gabriel le ha pedido una cita al pingüino.

Noelia:
¡¡¡Pero eso es genial!!!

Arek:
Pero qué cotillas sois.

Armageddon:
Bailarín, yo sé que tú también quieres saber cómo le ha ido, no vayas de niño bueno.

Arek:
Ja, ja, ja.
Beth:
Tic.

Armageddon:
Tac.

Noelia:
Tic.

Arek:
Venga, vale.
Tac.

Beth:
Pasan de las doce.
Va a llegar más tarde que la Cenicienta.

Armageddon:
Eso si llega

Noelia:
Ja, ja, ja.
Beth:
Tal vez se olvidó de cambiar la hora en marzo.

Noelia:
Muy buena esa, Beth.

Armageddon:
JA, JA, JA
Arek:
¿En serio estáis despiertas para ver cómo le ha ido?

Noelia:
Por supuesto.

Armageddon:
[11]
I tant . Yo tengo los ojos abiertos sujetos con palillos.
Recordad que mi nivel de sueño no es como el vuestro.

Beth:
Tía, eso es tortura.
Y no, no podemos quedarnos toda la noche.

Armageddon:
Y tú, Arek, ¿qué haces despierto?
No lo niegues, te pica la curiosidad.

Arek:
Yo tengo el sueño cambiado.

Noelia:
Ja, ja, ja. El sueño cambiado ja, ja, ja.

Arek:
No te rías, bruja.

No puedo dejar de sonreír con sus mensajes. De verdad se han quedado


despiertos para ver cómo me ha ido. Hoy no quepo dentro de mi cuerpo.
Yo:
No puedo ser Cenicienta, porque he ido descalzo al baile.
No se hacen esperar.
Beth:
[12]
No fotis , qué morbazo, ¿no?
¿Te los ha chupado?
A los pies, me refiero.

Me echo a reír.
Doctor Ríos:
¿Aún despierto?

Me da un vuelco el corazón cuando veo su mensaje. ¿Por qué sabe que


estoy despierto? ¿Me ha oído?
Con las manos temblando vuelvo a el chat «Medias Naranjas»…
Yo:
Qué bruta, tía. No, no me los ha chupado.

Doctor Ríos:
¿El qué?
Porque todavía estamos a tiempo.
Puedo chuparte lo que quieras.

… o eso creía yo, que había vuelto al chat «Medias Naranjas».


Me congelo.
¿Qué he hecho?
¿Qué. Narices. He. Hecho?
Me incorporo y busco las gafas. Si las manos me temblaban, ahora ya
vibran. Cuando el texto se enfoca como es debido, corroboro algo que ya
estaba claro: ¡me he equivocado de chat!
¡¿Cómo arreglo esto?!
Yo:
Perdón. Ese mensaje no era para ti.

Obvio.
Doctor Ríos:
Ha quedado claro, no soy una tía.
Pero no me has respondido .

—Oh, mierda… no —me lamento.


Noelia:
Madre mía, Beth, qué bruta.
No vas a cambiar nunca Ja, ja, ja.

Ya no sé ni qué responder a nadie.


Lo pienso unos segundos. No tengo sueño. Al contrario, tengo un
subidón de la leche.
Podría…
A la porra.
Yo:
¿Qué haces?

Doctor Ríos:
Leer.

Estoy loco por lo que estoy a punto de hacer. Muy loco. Pero ha dicho
«todavía estamos a tiempo». Ha empezado él.
Yo:
¿Puedo subir?

No me hace esperar.
Doctor Ríos:
Por supuesto.

Y allá que voy. Con la camisa con la que he ido a cenar. Y en ropa
interior; ponerme los pantalones vaqueros con el fijador, aunque tengan
cremallera, es un rollo.
«Sí, majo, las excusas a otro», me dice mi vocecita.
Con un par.
33
Gabriel

e verdad va a subir?
¿D Y yo que pensaba que la noche se había acabado.
He salido a leer porque, a pesar de la paja y la ducha fría, era
incapaz de sacar sus labios de mi cabeza. Las imágenes de la cita volvían a
mí una y otra vez, y se convertían en una y otra vuelta en la cama. Al ver
que la luz de su habitación seguía encendida, me he hecho ilusiones de que
quizás no podía dormir por las mismas razones que yo. Pero al enviarle el
mensaje, no imaginaba que acabaría así.
Cuando lo veo aparecer con la camisa que ha llevado a la cita… solo con
la camisa, y en ropa interior…
—Hola. —Se le ve algo cohibido.
—Hola.
… creo que el corazón me va a explotar. Y yo ya tengo una edad para
todas estas emociones.
Se ha quedado quieto frente al enorme sofá en el que leo —y en el que
caben sin problema dos personas—, y se tira de la camisa con nerviosismo.
—¿Puedo sentarme contigo?
No es que sentarse sea la palabra exacta. Es una superficie amplia y
mullida, llena de cojines con la ventana como respaldo, pensada única y
exclusivamente para la comodidad, y que invita a todo menos a sentarse.
—Por favor. —Le hago el gesto de dejarle un hueco (que ya le había
hecho antes de que subiera).
Su olor —que empieza a impregnar ya la estancia; un olor a algo fresco,
que inunda casi toda la casa— me llena las fosas nasales en cuanto se pone
a mi lado.
—¿Aún vestido? —le pregunto para romper el hielo. Todavía no he
soltado el libro, pero ya lo he cerrado.
Me mira, provocador, como si estuviera decidiendo si responder o no lo
que tiene en mente. No puedo culparlo, la pregunta se precia a una
contestación igual de descarada. Y él es descarado.
«Por Dios, no te cortes».
—No pensaba quitármela en toda la noche… Huele a ti.
Di que sí.
Me arrojo a su boca; esa respuesta solo puede tener una réplica. Cuando
vuelvo a saborearlo, mi cuerpo despierta de golpe otra vez. Le meto la
mano bajo la camisa, como he hecho abajo, y su respuesta es la misma: un
ligero gemido de placer.
Voy a volverme loco.
Deslizo los dedos por su piel mientras nuestras lenguas juegan juntas a
algo muy lascivo y peligroso. Joder, tiene el vello muy fino y su cuerpo es
tan suave…
Intento controlarme porque, si seguimos así, acabaré perdiendo la razón;
mi polla me anima a ello con fervor. Me separo de él un poco y nos
miramos. Tiene las manos alrededor de mi cabeza y juega con mi cabello, la
sensación es asombrosa.
—¿Qué es eso que no te he chupado? —pregunto sobre sus labios.
Sí, lo sé, no es el mejor camino para evitar nada. Esta noche parece que
esos caminos los evitamos los dos, que nos gustan más los desvíos.
Me sonríe, algo cohibido.
—Me han comparado con Cenicienta. Y yo les he dicho que he ido
descalzo al baile.
Sonrío, divertido. Cómo me encantaría echar una ojeada a ese chat.
—¿Y?
—Alguien ha insinuado que era muy morboso. —Carraspea—. Y me ha
preguntado…
—Si te he chupado los pies. —No es difícil de adivinar.
No necesito que me lo afirme, porque se pone rojo. La luz es muy suave,
pero salta a la vista.
—¿Quieres? —lo tiento. Me encanta la idea.
El rojo aumenta. Pero asiente.
—No he hecho nunca una cosa así —confiesa en voz baja.
Lo animo a que se recueste y lo miro de arriba abajo; qué puta
preciosidad.
Alargo la mano hasta el hueso de la cadera que tiene al descubierto y,
pasando sobre su ropa interior, desciendo en una caricia por sus muslos
hasta uno de los calcetines antideslizantes que yo le obligué a llevar por
casa cuando me di cuenta de que siempre iba descalzo. Se lo saco despacio
y le acaricio el empeine.
Se estremece.
Nos muevo hasta quedarme de rodillas frente a él, que se ha quedado
medio recostado sobre los cojines, le agarro la pierna derecha por el tobillo
y apoyo su pie sobre mi pecho mientras le acaricio la pierna despacio.
—Quítatela —me pide—. Quiero sentir tu piel.
Cómo me gusta que, a pesar de lo cohibido que parece, no le dé
vergüenza pedirme lo que desea.
Me quito la camisa del pijama y me quedo solo con el pantalón. Su pie
vuelve a estar sobre mi pecho. Lo agarro por el tobillo y, despacio, me meto
sus dedos en la boca. Y succiono… y él abre la boca como respuesta… y
jadea.
Y vuelvo a succionar. Y él vuelve a jadear.
Mi cuerpo palpita cuando veo la mancha de humedad que se está
formando en su ropa interior.
—Déjame ir más allá —ruego, creo que un poco ansioso.
Mueve la cabeza levemente, arriba y abajo.
—Sí… —gime bajito.
Es tan receptivo que me está volviendo loco con sus reacciones.
Me recoloco, esta vez entre sus piernas, y, con cuidado, pongo sus pies
sobre mi pecho. Sin dejar de mirarlo, alterno el chuparle los pies con
recorrer sus muslos con los dedos hasta la frontera con su ropa interior.
—Me estás matando —me dice.
Sonrío.
—¿De placer? —Nada me complacería más.
—Engreído —contesta—. Sí, de placer.
Me echo hacia delante hasta que mi polla, bajo el pijama, se queda casi
pegada a su culo.
Esta vez parece un poco tenso, pero vuelve a relajarse enseguida.
Desabrocho los botones de su camisa con deliberada lentitud, uno a uno.
Lo he visto sin camiseta infinidad de veces, y no voy a negar que
siempre pienso que tiene un cuerpo precioso, pero esta noche… Esta noche
es distinto. Esta noche puedo tocarlo como tanto he deseado hacerlo,
recrearme, disfrutar de él.
Desciendo con las yemas de los dedos por su abdomen, y veo cómo su
piel se estremece.
No me hago de rogar, ya estoy salivando.
Agarro el elástico de su ropa interior, tiro del velcro y se la quito
despacio mientras él me mira intensamente.
Equilibrio.
Es la palabra que define a la perfección el cuerpo de Neizan.
Todo su cuerpo está equilibrado.
Tiene una altura perfecta, una musculatura desarrollada en perfecta
armonía con esa altura y una espalda recta que se curva de manera preciosa
en su cintura, para dar paso a un culo que… Mejor dejarlo ahí. Las piernas
fuertes, pero sin llegar a la exageración; no en vano es la parte de su cuerpo
que más trabaja, porque es a la que más le exige. Y su miembro, como no
podía ser de otro modo, encaja a la perfección dentro del marco que lo
rodea. Rosado, erecto y precioso, brilla de placer.
Descubro extasiado que tiene un lunar en la ingle y otro en el perineo.
—Joder —susurro. Lo tengo totalmente expuesto a mí (incluido ese
agujero en el que quiero perderme algún día) y aun así me mira con descaro
—. Eres lo más hermoso y perfecto que he visto en mi vida.
Mis palabras hacen que su mirada se desplace al objeto que ha
conseguido desequilibrarlo.
—Olvídalo. Esta noche, aquí, no hay sitio para él. —Acaricio la
humedad de la punta de su polla, haciendo que se centre de nuevo en mí.
Le bajo los pies y me inclino sobre él, provocando que mi polla se
apriete contra él y se tense contra la ropa.
Se estremece cuando mis labios rozan sus pezones; los dos. Desciendo
por su abdomen y levanto la mirada cuando mi lengua juega con su
ombligo. Me deleito en su mirada —cuyas pupilas están totalmente
dilatadas—, en el rubor de sus mejillas y en esa boca entreabierta que sujeta
el aire mientras me observa.
Pierdo toda conexión con el mundo real cuando me meto su erección en
la boca. Su calidez, su textura aterciopelada y su sabor, forman el cóctel que
me hace perder la razón. Subo con los labios y acaricio su hendidura con la
punta de la lengua, provocando un gemido gutural en él. Y bajo, y él gime
más fuerte.
Es música para mis oídos.
—Dime cómo te gusta.
—Lo… ahhh… lo haces perfectamente —responde, a duras penas, antes
de tragar saliva con fuerza.
Y vuelvo a bajar. Y a subir. Y a bajar.
Y me atrevo a acariciar la abertura entre sus nalgas.
—Eso no, por favor —suplica, deteniendo mi mano.
Vale, aún no desea llegar ahí, así que no insisto. Y marco un ritmo
frenético hasta que empieza a gemir sin control, retorciendo los cojines con
fuerza.
Va a correrse en mi boca.
Me aparto; no porque no quiera tragármelo, sino porque quiero hacer una
cosa si él me deja. Le he frenado el orgasmo y me mira interrogante, algo
frustrado y con la respiración acelerada.
—¿Me dejas hacer una cosa? —le pregunto cuando aún está bajo los
efectos del clímax.
—Sí… —jadea.
Me incorporo sobre las rodillas y me bajo el pantalón hasta donde puedo,
me dejo caer sobre él, sin llegar a cargarlo con mi peso, hasta que su polla y
la mía están juntas.
—Joder, sí —jadea.
Empiezo a moverme sobre él, que vuelve a gemir; ahora gime conmigo.
No necesitamos mucho. Estamos ambos tan al límite, que, cuando me
aprieta el culo para que haga más fuerza sobre él, nos corremos y su semen
y el mío se mezclan entre nuestros cuerpos mientras me mira destilando
placer y su boca y la mía emiten los sonidos más bonitos del planeta.
Exhausto, me dejo caer a su lado.
Es la cosa más sucia e íntima que he hecho en mi vida con un hombre.
Cuando nuestras respiraciones se ralentizan, ambos nos miramos… y nos
echamos a reír.
—¿Puedo ducharme en tu baño?
—Con una condición. —Alargo la mano para retirarle el cabello de la
cara.
Sonríe; sabe lo que voy a pedirle. Se incorpora y me tiende la mano.
—Vamos.
***
La ducha se convierte en algo también muy íntimo, lleno de caricias y risas.
Algo precioso que hace que, por primera vez esta noche, me pregunte si no
estamos yendo demasiado deprisa. Pero no me detengo a pensar mucho en
ello al recordar que ha sabido marcarme los límites a los que está dispuesto
a llegar de momento.
Al salir, lo obligo a sentarse en la cama. Bajo a la habitación de la
plancha y le subo ropa interior limpia.
—Podía haber bajado yo —se queja cuando ve lo que traigo en la mano.
Lo ignoro y vuelvo al baño a por lo necesario para curarle (yo) —por
primera vez— las perforaciones de la fijación.
—¿Esto es realmente necesario? —pregunta, incómodo.
Hay que ver lo mucho que le cuesta permitir que lo ayuden.
Recuerdo entonces su actitud conmigo en el hospital, y me pregunto si lo
que pasa es que no quiere que lo ayude yo. Que no le gusta mostrarse
vulnerable o herido conmigo. Porque en las horas de rehabilitación, si hay
algo que no muestra, es vulnerabilidad.
—Sí —respondo, tajante—. Hemos llegado hasta aquí sin infecciones, y
esa circunstancia no va a cambiar ahora.
Se calla y me deja continuar.
Me encanta que no le suponga ningún problema seguir prácticamente
desnudo a mi lado; solo lleva la toalla liada a la cintura y tengo unas buenas
vistas desde mi posición. De hecho, parece bastante cómodo con su
desnudez.
No es para menos.
—¿Qué miras? —Pillado—. ¿Quieres más? —Separa las piernas con
descaro.
Me río e intento no hacer caso a su provocación. Me incorporo y le tiro
el slip a la cara. Él se carcajea. Voy al baño a dejar todo lo que he sacado y,
cuando regreso, me lo encuentro de pie, esperando. Ahora sí que se le ve
incómodo, pero es porque no sabe qué hacer.
Yo sí.
—Quédate —le pido.
Me mira muy serio, y me doy cuenta de que, como yo, probablemente
también duda de la velocidad a la que vamos.
—Finjamos que esta es mi casa —señalo la habitación—, que esta noche
hemos bebido, y que ya es tarde para que vuelvas a tu casa. Duerme aquí.
Es viernes, mañana podemos tomarnos el día libre.
—¿Podré invitarte a la mía algún día? —pregunta, más relajado,
siguiéndome el juego. Un juego al que, en una casa tan grande, podremos
jugar a la perfección.
—Lo estoy deseando.
Alargo la mano hacia él y lo arrastro hasta la cama.
—Buenas noches, Mariposa —le digo cuando ya estamos acostados uno
frente al otro.
Se limita a sonreír.
Contando sus pecas, me quedo dormido.
***
Amanecemos enredados el uno en el otro, aunque nos estemos dando
muchísimo calor. Lo observo unos minutos a la luz del amanecer y me
empapo de las mil sensaciones que me produce el tenerlo aquí, a mi lado, al
despertar; muy pocas veces he amanecido con otra persona, y menos aún en
mi cama.
Es una montaña rusa.
El futuro se dibuja ante mí, y la alegría se convierte en euforia. Pero, de
repente, también siento miedo y dudas.
Salgo de la cama con el corazón desbocado.
Necesito moverme.
Acabo de asomarme a un precipicio y creo que he sentido vértigo. Y no
del bueno. De ese que te retuerce las tripas y te provoca náuseas.
34
Neizan

M eanoche.
despierto y sonrío al ver dónde estoy y recordar lo que sucedió
Pero mi sonrisa se desinfla un poco cuando veo que él no está
a mi lado. Acaricio las sábanas. Están frías.
Me giro y me quedo embobado con la pared de cristal, en las vistas más
allá.
El sol está ya muy separado del horizonte sobre un cielo azul intenso.
Durante unos minutos, me recreo en los recuerdos de la noche anterior.
En sus manos sobre mi piel, en esos ojos que me miraron con tanto deseo,
en su boca sobre la mía y en sus labios rodeando mi erección…
Fue increíble. Mi cuerpo me da la razón.
Sonrío, feliz.
Me estiro y retozo sobre sus sábanas; quiero su olor por todas partes.
Qué obsceno.
Salgo de la cama y bajo en ropa interior al salón. Casi al final de la
escalera oigo el chapoteo de la piscina. Salgo al jardín; hace un día
precioso. Está nadando. Me acerco despacio y me deleito en el movimiento
de su cuerpo sobre el agua. Me siento en el borde de la piscina y meto los
pies. No es consciente de mi presencia hasta el cuarto largo que hace
delante de mí. Se acerca nadando.
—No estabas cuando he despertado —me quejo cuando llega a mi lado.
Impulsa entonces el cuerpo para darme un beso. Un beso húmedo que
me sabe a cloro y a… otra cosa que no me gusta.
—Perdóname —se disculpa—. Me he despertado muy temprano y quería
hacer ejercicio.
Hay algo en el tono de su voz que tampoco me gusta, que suena a
excusa.
—Podríamos haberlo hecho juntos.
Me mete la mano bajo el gemelo y me da un beso en el muslo.
—Perdona —repite.
Le paso la mano por la cabeza mojada hasta la nuca y tiro de él para que
vuelva a besarme.
No lo hace como lo hacía ayer. Noto tensión, cierta reticencia.
—No puedo meterme contigo, ¿verdad? —pregunto por preguntar; sé
que no debo.
Está raro, casi no me mira…
—El agua de una piscina puede contener bacterias.
… y cuando lo hace cómo acaba de hacerlo, no me gusta.
—Vale, déjalo. Odio que me mires así —murmuro. No sé por qué, de
repente, me siento tan molesto—. ¿Desayunamos?
Esa mirada que oscila entre la culpa y la disculpa se intensifica.
—Yo…
—Ya has desayunado.
—Sí.
Fantástico. Llevo dos meses aquí y, salvo el día de la resaca, no había
desayunado sin mí ni una sola vez. No sé qué narices le pasa, pero es obvio
que algo va mal.
—Vale. —No puedo ocultar la decepción que destila mi voz.
Me levanto despacio.
—Neizan…
No me detengo ni miro hacia atrás, no quiero contestarle de mala
manera.
—Voy a desayunar.
Al entrar me encuentro a María, que viene del pasillo que da a las
habitaciones. Esto mejora por momentos. Estoy seguro de que se pregunta
que de dónde he salido yo, y tan ligero de ropa.
—Buenos días, María —saludo, avergonzado.
—Buenos días, Neizan.
Sí intuye algo, su mirada no la delata. Vuelve a desaparecer, esta vez en
dirección al gimnasio. Yo voy a ponerme algo de ropa. La puerta de mi
habitación está cerrada y la cama sigue sin hacer, así que imagino que
María no ha entrado aquí aún, tal vez creyendo que estaba dentro. Cuando
regreso a la cocina, él sigue nadando; lo observo hacerlo mientras
desayuno. Está tenso. Está claro que anoche dimos un paso demasiado
grande. Me cabreo. Me cabreo porque pienso que puede hablarlo conmigo.
Pero si espacio es lo que quiere…
… voy a dárselo.
Vuelvo a mi habitación. Por primera vez, me dedico a limpiarla poco a
poco, aunque esté María; necesito pensar. Y no quiero estar fuera. Es lo
malo de vivir en la misma casa; por muy grande que sea, hay áreas
comunes. Cuando termino, me siento en el borde de la cama. Dios, estoy
tan molesto… No debí haber subido anoche, la velada debió acabar en la
puerta de mi casa.
Cojo el teléfono y miro si tengo mensajes. Tengo uno de Eric que me
dice que está pensando en pasar dos semanas en España durante el mes de
julio y que se traería a su familia. Eso me anima al instante. Me encanta la
idea, hace tres meses que no veo a las chicas.
Yo:
[Link] Eso me encantaría.
Tengo muchas ganas de ver a las chicas.

El resto de mensajes son de las Medias Naranjas. Estuvieron riéndose del


comentario de Beth durante un buen rato. Hasta que Arek envió uno en el
que insinuaba que quizás yo estaría de nuevo acompañado y que se fueran a
dormir.
Qué razón… y qué error.
No. Basta.
No quiero que la noche de ayer se convierta en algo que no quiero
recordar, fue maravillosa. Nunca había vivido ni sentido algo así, y me
niego a negativizarlo.
Una sensación amarga me recorre la garganta.
¿Se convertirá en eso? ¿En un momento que no olvidaré jamás… y nada
más?
Angustiado, decido que, más que espacio, yo necesito poner distancia.
Voy a mandar un mensaje. Y la elijo a ella y no a Beth —aunque sé que se
lo contaré— porque ella es la que mejor entiende nuestra situación, a
nosotros dos como personas y nuestros problemas. Y yo, hoy, ahora mismo,
necesito ser sincero y que me entiendan.
Yo:
Thali, ¿podemos vernos?

Armageddon:
¿Quieres que vaya?
Yo:
No, voy yo.
Dime dónde vives.
O quedamos en algún sitio.

Me manda su dirección.
Salgo cuando oigo el pitido del taxi. Miro hacia el jardín antes de salir.
Gab ya no está en la piscina y no lo veo por ningún lado. María trajina en la
cocina.
No voy a decirle que me voy, creo que los dos somos conscientes de la
tensión con la que hemos amanecido… Bueno, él. Dudo que quiera verme.
Tardo tres minutos en llegar a casa de Thali. Vive muy cerca, pero no
quería venir hasta aquí caminado.
—¡Neizan, qué sorpresa! —exclama cuando me abre la puerta.
—Buenos días.
Su expresión cambia al instante, creo que hoy soy muy expresivo.
—¿Estás bien?
***
—Lo siento —se disculpa cuando acabo de contarle lo que sucedió anoche
(por supuesto, sin detalles sexuales) y lo que ha pasado esta mañana.
—Tengo miedo.
—Te gusta mucho, ¿eh?
¿Es solo eso? ¿Que me gusta?
Sí, me gusta todo de él.
Me gusta su forma de ser. Creo que es un hombre maravilloso a pesar de
la imagen tan poco objetiva que tiene de sí mismo.
Me perdería en su cuerpo. Solo verlo ya hace que el mío se ofrezca de
forma voluntaria a él, cual dios al que le haces una ofrenda.
Estaría escuchándolo eternamente. Creo que no tengo que volver a decir
lo que su voz me provoca.
Y desearía despertar cada día mirando sus ojos.
En cualquier otra circunstancia —o con cualquier otra persona—,
levantarme hoy, solo, habría sido un alivio, pero con él he experimentado la
decepción.
Así que no es solo que me gusta.
—No, Thali. Creo que me estoy enamorando. —Quién me lo iba a decir
—. Lo siento. Siento haber venido a ti, que eres su hermana. Pero…
—No, no lo sientas. Es mi hermano y le quiero mucho, pero te entiendo.
—Sujeta mis manos entre las suyas y me las acaricia con los pulgares—.
Me entristece tanto esto.
Nos quedamos callados hasta que me suena el teléfono.
Doctor Ríos:
Neizan, ¿dónde estás?
¿Te has ido?

Suspiro.
Yo:
Sí.

No voy a decirle dónde estoy, porque en el fondo siento que lo estoy


traicionando al venir a hablar con su hermana. Tarda en responder, aunque
veo el «escribiendo» durante un rato.
Doctor Ríos:
¿Estás bien?

No. No estoy bien. Y ya no voy a mentir.


Yo:
No .

Vuelvo a ver el «escribiendo» durante un rato largo, que luego no se


corresponde con la longitud de su respuesta.
Doctor Ríos:
Lo siento.

Cómo duele ese «lo siento». Deja en evidencia que no me he imaginado


nada. No voy a responderle.
Thali, que ha leído nuestro intercambio de mensajes, me besa en la
cabeza. La miro. Necesito hacer algo para despejarme, y ella es la persona
ideal; hará que sea, si no divertido, sí algo que me ayude a dejar de pensar.
—¿Me acompañas a comprar una cama? Estoy harto del montacargas.
Sonríe y asiente.
—Claro. Preguntemos a las Medias Naranjas si se apuntan. Luego nos
iremos a comer.
—Vale.
Beth y Noelia aceptan; Arek no puede. De hecho, Beth nos dice que está
en una prueba del vestido, que vayamos a verla, y que después nos vamos a
comer. En la prueba nos invitan a champagne, y desde allí nos vamos todos
a probar camas bajo los efectos del alcohol, convirtiéndose en algo
realmente divertido. Espero no salir así mañana en las noticias, sería
bochornoso.
Al final me paso todo el día fuera de casa; él no vuelve a enviarme más
mensajes. Cuando regreso ya es tarde y toda la casa está a oscuras y en
silencio; la única luz proviene del acuario. Me voy a mi habitación, apago el
teléfono, me ducho, me acuesto e intento no pensar en este día.
No lo consigo.
35
Gabriel

o oigo llegar, pero no voy a ir a buscarlo. Y no voy a ir porque sé que no


L querrá verme y estoy acojonado. Sé que él tampoco vendrá aquí;
razones no le faltan. Me he comportado como un cretino. No se las
veces que me he arrepentido hoy de no haberme quedado en la cama.
Estaba muy asustado. Tanto que, cuando he visto que se había marchado
de casa sin decírmelo, le he pedido a Marta, nuestra psicóloga, que por
favor me permitiese ir hoy a verla.
Al volver de la sesión, la casa seguía vacía, lo que me ha afectado
mucho. Entonces, Thali me ha mandado un mensaje:
Mi otra mitad:
Está conmigo. Pero si se te ocurre decirle que te lo he dicho,
no confiaré nunca más en ti.
Lo único que quiero es que no te preocupes.

Yo:
¿Cómo está?

Mi otra mitad:
¿Tú qué crees, genio?
Le das la primera cita de su vida más maravillosa que
uno pueda soñar, y a la mañana siguiente desapareces de
tu propia cama como una puta.
Solo los dioses saben lo mucho que te quiero,
Gabriel, pero como le hagas daño a Neizan te cuelgo
por los huevos del dedo de Colón.

Puede parecer gracioso, pero no lo es. En una sola frase, mi propia


hermana —que nunca me ha insultado y, mucho menos, amenazado— me
ha llamado Gabriel y puta y me ha amenazado con algo sumamente
doloroso y desagradable. Y yo no he podido quitarme de la cabeza durante
el resto del día eso de que la cita que Neizan tuvo conmigo fue su primera
cita, que estuvo nervioso todo el día por mí, que se arregló para mí.
¿He podido cagarla más?
Sí, supongo que sí, pero es obvio que la he cagado mucho.
Me he pasado el día solo, y he tenido un pequeño atisbo de lo que sería
mi casa otra vez sin él.
No me ha gustado.
Y el vértigo que eso me ha provocado ha sido peor que el que sentí al
despertar.
Y ahora me encuentro mirando al techo, sin poder dormir y
devanándome los sesos, pensando en qué le diré mañana cuando volvamos
a encontrarnos.
«La verdad», pienso.
Me quedo dormido.
***
Vuelvo a despertarme de madrugada con los restos de una pesadilla aún
muy viva en mi cabeza. Tengo el corazón acelerado y estoy sudando.
No quiero; no puedo dejar que se haga realidad.
Me incorporo, asustado, y empiezo a pasear de un lado a otro de la
habitación; me siento como un león enjaulado. La luna está en cuarto
menguante y su luz es muy escasa, pero me da igual. Antes de darme
cuenta, estoy de nuevo haciendo largos, pero es imposible dejar de pensar.
Lo único que espero conseguir entonces es acabar exhausto para que mi
cuerpo no pueda más cuando regrese a la habitación.
Son casi las cuatro de la madrugada cuando salgo de la ducha y me
quedo pensativo frente a la cama.
« No estabas cuando me he despertado», se quejó.
A la porra.
Hay dos posibilidades: que esté despierto y tenga que dar explicaciones
esta misma noche, o que esté dormido y tenga que darlas mañana.
Entro en su habitación en silencio. Si está dormido no me oirá, tiene el
sueño muy profundo. He entrado en varias ocasiones a apagarle la alarma
para que sonase al día siguiente y nunca se ha enterado; curioso, además,
que nunca me ha preguntado al respecto. Duerme mirando a la ventana, ya
que del lado izquierdo no puede. Rodeo la cama y me acerco con cuidado;
la escasa luz que entra de las luces solares del jardín me deja ver su cara en
la oscuridad.
Está dormido.
Y precioso.
Me acerco más y me acuesto a su lado con mucho cuidado. Aun a riesgo
de despertarlo, acaricio su mejilla con suavidad… y, entonces sí, me quedo
dormido.
***
Vuelvo a despertarme muy temprano, él sigue dormido y en la misma
posición. Hoy no voy a marcharme, ya tengo claro lo que me sucede.
Solo puede ser una cosa.
Me estoy enamorando.
Por primera vez en mi vida, tengo a alguien a mi lado con quien la idea
de compartirla me gusta mucho. Ayer me asomé a esa realidad y me dio un
miedo atroz. Y no me dio miedo descubrirlo, me dieron miedo otras cosas.
Cosas que podrían hacerle daño a él. Pero, al asustarme por el riesgo de que
él sufra, fui yo quien le hizo daño.
Por eso, hoy, a no ser que él me lo pida, no pienso irme a ninguna parte.
Me entretengo en dibujar constelaciones con las pecas de su rostro hasta
que la claridad de la mañana le molesta y abre los ojos.
36
Neizan

A bro los ojos a la luz de su mirada verde fantasía. Pero está enmarcada
por un rostro ojeroso y triste.
Odio verlo triste.
Recuerdo el día que se encontró a su hermana en el suelo con los dedos
manchados de sangre, recuerdo su impotencia, el daño que le hacía ver a su
hermana sufrir. Al día siguiente su rostro estaba igual que hoy.
Sé que su intención no es hacerme daño, que lo que tiene es miedo. Yo
también. Sea lo que sea que estamos construyendo juntos, no lo estamos
haciendo de un modo convencional. Somos dos personas complicadas que
se han conocido en una situación más complicada todavía. Pero la vida en sí
misma no es sencilla.
Estira el brazo para sostener la mano que tengo sobre la almohada y
llevársela a los labios.
—Lo siento.
37
Gabriel

P odría retirar la mano, o mandarme a la porra, o gritarme, o echarme de


su habitación. O, sencilla y llanamente, todas y cada una de esas cosas.
Pero lo que hace —como la criatura extraordinaria que es— es acercarse
a mí, con cuidado del fijador, y abrazarme.
—Neizan, perdóname —le suplico. Sé que se lo he pedido ya muchas
veces, pero necesito disculparme.
—No hay nada que perdonar —me susurra al oído.
Pasados unos minutos, echa el cuerpo hacia atrás y vuelve a poner la
cabeza sobre la almohada.
—Necesito preguntarlo —susurra—. Después de esto, ¿aún sigues
queriendo intentar que tú y yo…?
Odio la duda que he sembrado en él.
—Más que en cualquier otro momento.
—En ese caso, demos un paso hacia atrás. Olvidemos…
—Yo no quiero olvidar nada —lo corto—. Pasé una noche maravillosa a
tu lado. Tuve miedo al día siguiente, sí. Pero no fue de lo que hice contigo
ni de lo que eso me hizo sentir después.
No me pregunta de qué tuve miedo entonces, pero, aun así, voy a tratar
de explicarme.
—Me desperté y te vi durmiendo a mi lado. Durante un instante, imaginé
el resto de mi vida así y me gustó. Me gustó mucho. Pero luego temí
hacerte daño, que sufrieras por estar conmigo.
—Pero eso puede sucederte a ti también. Yo también puedo hacerte daño
a ti.
—No. No del mismo modo.
Se remueve incómodo.
—¿Es por lo que le hiciste a él?
Él.
Él destrozo a mi hermana y me destrozó a mí, y después yo me destrocé
a mí mismo con más contundencia. Y me está costando años recuperar a
quién fui antes de aquello. No creo que lo consiga nunca, de hecho. Para
eso debería tener la capacidad de olvidar el cuerpo destrozado de mi
hermana entre mis brazos y los golpes que le di a él cuando lo tuve a mi
alcance. Y son dos cosas que tengo grabadas a fuego en la memoria.
—Sí. Pero no del modo que tú crees. El chico que hizo aquello no era yo.
Era una versión de mí deformada por el sufrimiento de mi hermana, que
llevaba días sin dormir y alimentándose de rabia y odio. No es eso lo que
temo.
—Entonces, ¿qué es?
—Cómo aquello pueda llegar a afectarte a ti.
Frunce el ceño. Sé que aún no lo entiende, y espero que no tenga que
llegar a entenderlo nunca.
Me acerco a él y lo beso en la frente.
—Permíteme recuperarte.
***
No olvidamos, pero, en contra de aquello que predico como traumatólogo y
fisioterapeuta de que los pasos solo se dan hacia delante, hago caso a
Neizan y damos un paso atrás. Volvemos a los días en los que nos
estábamos conociendo; el uno al otro y a nosotros mismos. Bien es cierto
que yo necesito esto más que él. Neizan es de esas personas que, con mayor
o menor temor, cuando se deciden a hacer algo, lo hacen.
Así que el mes siguiente lo pasamos sobre todo centrados en su
rehabilitación. Leemos juntos en el salón cada noche. Sale a menudo con mi
hermana y Beth. Héctor se ha ido de viaje con Noelia y Elle para celebrar el
vigésimo cumpleaños de Elle y Sandro está haciendo de mecenas para una
joven artista que ha descubierto Noelia, así que yo aprovecho que están
ausentes para empezar un artículo sobre la colocación de fijaciones óseas
que la marca que usamos me ha pedido a raíz de realizar la operación de
Neizan. A mediados de mes le hacemos radiografías de nuevo a Neizan.
Evoluciona bien.
Todo eso… y nada más.
Me prometí recuperar su confianza, y no voy a volver a intentar nada
hasta que él así lo desee.
38
Gabriel

E s jueves, veinticuatro de julio, creo.


Miro la fecha en el ordenador.
Sí.
El día, bochornoso desde primera hora de la mañana, se ha ido cargando
hasta ahora y se está oscureciendo antes de tiempo. Me encuentro en mi
despacho trabajando en el artículo sobre la colocación de fijaciones óseas
mientras veo como se acerca una tormenta impresionante desde la costa de
El Maresme. Guardo mi avance, por si acaso.
No han pasado ni diez minutos cuando se va la luz y me quedo sin
ordenador.
Salgo del despacho y me asomo a la habitación de Neizan. Me lo
encuentro tirado en la cama en una postura de lo más extraña; cama que
compró con el trío calavera, y de lo que yo me enteré a través de internet
porque los fotografiaron en la tienda muertos de risa y él —que se lo tomó
con mucha filosofía— dio las gracias en sus stories a la persona que publicó
la fotografía etiquetándolo.
Tardo unos segundos en comprobar que lo que busca es la poca luz que
entra por el cristal para poder seguir leyendo.
—¿Sabes que estás muy sexi con gafas? ¿Te lo he dicho alguna vez?
Levanta la cabeza del libro y me sonríe.
—No, pero soy guapo, lo doy por hecho.
Me río. Me río porque no ha vuelto a pasar nada entre nosotros, pero
coquetear, descaradamente; más que al principio, cual dos adolescentes
enamorados, descontrolados por las hormonas.
—Guapo, no puedo seguir trabajando, merienda conmigo.
Vuelve a mirarme durante unos segundos.
—Ve a por la merienda y ven a mi casa a merendar.
Durante unos segundos no reacciono, ambos sabemos lo que esa
invitación puede implicar, porque tampoco hemos vuelto a la casa del otro
desde aquella noche. Ni siquiera habíamos vuelto a bromear con ello.
—¿Quieres algo en particular para merendar o me dejas sorprenderte? —
pregunto sin más.
—Sorpréndeme. —Sonríe.
Bien. Esto se merece algo especial.
***
Vuelvo casi una hora después con una bandeja que lleva tortitas recién
hechas, cubiertas con chocolate caliente y fresas, y café. Se incorpora «al
olor de las sardinas» y sonríe de oreja a oreja.
—Pues sí que me has sorprendido.
—Me alegro. —Dejo la bandeja sobre la cama, y me siento a su lado—.
Pero cuenta con que mañana vas a quemar todo esto sí o sí.
—Acepto. —Se relame y se frota las manos.
—Al lío —lo animo.
Durante los siguientes casi veinte minutos, casi no hablamos, devoramos
tortitas y nos ponemos perdidos con el chocolate mientras fuera se hace de
noche antes de tiempo y empieza a llover. En más de una ocasión, siento el
impulso de limpiarle yo la boca, pero estamos en su casa, él decide; aunque
también decidiría en la mía. Es consciente de ello, creo que quiere ponerme
a prueba. O torturarme como forma de coqueteo, porque se relame en más
de una ocasión, provocándome.
La luz no ha vuelto cuando acabamos y fuera ya llueve como si no
hubiera un mañana.
Retiro la bandeja y ambos nos recostamos en la cama. De vez en cuando,
un relámpago ilumina el cielo sobre el Mediterráneo; una vista siempre
extraordinaria.
—¿Qué se hace en una tarde así? —me pregunta.
Se me ocurren mil respuestas a esa pregunta que no sé si debo dar.
¿O sí lo sé?
Al fin y al cabo, el que tiene miedo aquí soy yo.
—Contar historias de miedo —sugiero, y él se ríe— Aunque tú eres más
fan que yo. Hablar. Besarnos.
Se gira y me mira. Sus ojos contienen mil preguntas.
—¿A qué edad diste tu primer beso?
Me echo a reír. No ha colado, quiere hablar. Me parece perfecto, pero
casi no le veo ya la cara.
—¿Me das un minuto?
Parece confuso.
—Claro.
Me levanto de la cama y, prácticamente a oscuras, voy a la sala de
juegos. Cuando todo se ilumina con los relámpagos, mil sombras se
proyectan por todas partes; me tenía que haber traído el teléfono. Entro y, a
tientas, encuentro la razón de mi viaje por la oscuridad. La cojo y regreso a
la habitación.
—¿Adónde…?
Antes de que termine la pregunta la habitación se ilumina con las cientos
de lucecitas que traigo enredadas en los brazos.
—Ohhh… —exclama, emocionado—. ¿Cómo es posible?
—Tienen enchufe, pero también batería.
Las coloco estratégicamente por encima del cabecero de la cama y
vuelvo a recostarme a su lado.
—A ver… ¿Por dónde íbamos? Mi primer beso…
Sonríe y se gira hacia mí. Lo pienso y sonrío; tengo que remontarme
mucho en el tiempo.
—Lorena, una niña morena con trenzas, que parecía no haber roto un
plato en su vida, en primero de primaria…
—¡¿Qué dices?! ¡¿Con seis años?!
—En los baños de la segunda planta —confieso—, en mitad de la clase
de matemáticas. Me besó ella, eh. Me siguió hasta el baño de chicos y me
acorraló.
—¡Corruptora!
—¿Y tú?
—Luca, segundo de la ESO. Estaba de paso por España por motivos de
trabajo de su padre; solo se quedaría ese año. Nos lo notamos mutuamente,
y yo quería poner a prueba lo que ya llevaba un tiempo queriendo
demostrarme: que no me llamaban nada la atención las chicas. Llegamos
incluso a tocarnos en los baños del MNAC en una excursión.
Me río, me hace gracia cómo habla de su comportamiento ilícito con
trece años.
—¿Lo intentaste con alguna chica?
Se incomoda y gira la mirada hacia el techo.
—Sí. Durante el tiempo que intenté… ser diferente. A pesar de que Luca
me dio una clara perspectiva, en el instituto llegué a intentarlo con alguna.
¿Tú siempre has sabido que eras bi?
—No. No lo descubrí hasta la universidad, con un chico de intercambio.
Me destrozó los esquemas totalmente. Generó en mí mucho desconcierto y
confusión. —Suspiro—. Temiendo el rechazo de mi familia y amigos, no
fui bueno con él. Al final fue Héctor quien me ayudó a echarle un par de
huevos. A mi familia no le importó en absoluto.
—Me alegro —susurra.
—Y entonces, lo malinterpreté todo con Héctor y lo besé.
Abre los ojos como platos y me mira.
—Me mandó al cuerno y me dijo que, cuando entrase en razón, lo
buscase.
—¿Te gustaba de verdad?
—Qué va, Héctor es como un hermano para mí. ¿Que podría haberse
dado el caso de todos modos? Sí. Pero no. Solo necesité ese beso e
imaginarme después haciendo ciertas cosas con él para arrepentirme por
haberlo intentado siquiera. Pero enrarecí mucho nuestra amistad durante un
tiempo. Hasta hace muy poco, era una conversación que lo incomodaba
mucho. Creo que él temía que el sentimiento fuese real y yo no pudiese
seguir siendo su amigo.
Vuelve a mirar al techo.
—¿Y la virginidad?
Sonrío al recordar aquel día. Fue incómodo y divertido. También
transgresor; para enrollarnos, nos fuimos a escondidas del grupo con el que
estábamos sin que se dieran cuenta los profesores.
—Tessa, quince años. Viaje de fin de curso en Portugal, en su habitación
del hotel. Nos reímos bastante. Y Marco, en la universidad. El chico con el
que no me porté bien.
—Yo no lo hice hasta los diecinueve, pero fue bonito. Era la primera vez
para ambos, y, aunque fue doloroso, nos tratamos bien.
—¿Pasivo, activo, versátil?
—Odio las etiquetas, pero supongo que debo etiquetarme como pasivo.
Siempre. ¿Y tú?
—Solo he estado con tres chicos. Y con los tres fui siempre yo el que…
—Solo he estado con tres chicos —me imita de forma muy precaria, y
no es la primera vez—. Engreído.
Se gira de nuevo hacia mí, apoyando la cabeza sobre la mano con el
brazo flexionado, y me mira con picardía; esta conversación hace rato que
peca de todo menos de decorosa.
—¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí?
Lo dicho.
—Sí. Muchas veces —confieso al instante.
Se acerca a mí con cuidado y pone su pierna izquierda sobre las mías, de
forma que su entrepierna se pega a mi cadera y su torso a mi costado. Lo
dejo colocarse, me giro un poco hacia él y nos miramos durante unos
minutos interminables. En algún momento del final de esos minutos, su
mano viaja hasta mi rostro y me acaricia antes de besarme. Del mismo
modo que él debe notar como mi polla se endurece contra su pierna, yo noto
como la suya se endurece contra mi cadera cuando el beso se vuelve más
intenso y húmedo.
Ninguno hace nada por ir más allá.
Al final hemos hablado y nos estamos besando.
La luz no ha vuelto cuando nos quedamos dormidos.
Ni falta que ha hecho.
39
Neizan

e despierto agarrado a su cintura, él lo está a la mía. Tal como nos


M quedamos dormidos, así hemos amanecido; porque está amaneciendo.
Las estrellas ya no brillan; en algún momento de la noche se acabó la
batería. Me remuevo con cuidado y me pego más a él. No quiero
despertarlo. No quiero que se acabe este momento.
Supongo que no llego a espabilarme del todo, porque, observándolo, con
la escasa luz proveniente de un amanecer aun por despuntar, vuelvo a
quedarme dormido.
***
Me despierto de nuevo cuando siento que se mueve a mi lado; hay algo más
de claridad. Por un momento, en ese estado de semiincosciencia, creo que
va a volver a marcharse, pero lo que hace es sujetarme la pierna con
cuidado para girase hacia mí y apretarme contra su cuerpo. No ha abierto
los ojos.
Sonrío, pletórico.
Lo acaricio despacio y me inclino hacia él para besarlo. Reparto besos
por su rostro hasta llegar a la comisura de su boca. Sé cuándo despierta
porque aumenta la fuerza con la que me agarra.
—Buenos días —susurra.
Cuando abre esos ojos verdes tan fantásticos que tiene, lo acerco a mi
boca y retomamos lo que anoche nos arrebató el sueño y mi cobardía.
Nos besamos despacio, no tenemos prisa. Nuestros cuerpos reaccionan
por el placer como lo hicieron la noche anterior.
Ya hace un mes de aquella primera cita y de todo lo que sucedió después,
y sé que en algún momento tengo que hablar con él de lo que he hablado
con Marta en las últimas sesiones. Él cree que estoy dejando pasar el
tiempo por lo que pasó aquella noche, pero no es así, no es solo por eso.
Agradezco que me otorgase el poder de decidir, pero ha llegado el momento
de dar el siguiente paso hacia delante.
«Déjame recuperarte», recuerdo que me dijo a la mañana siguiente. Pero
la verdad es que no me había perdido. Estaba muerto de miedo aquella
noche y sigo estándolo ahora. Pero con Gab… lo quiero todo.
No pido permiso.
Desciendo con mis dedos por su espalda hasta el elástico de su pantalón,
meto el pulgar entre los dos elásticos y su piel, y tiro hacia abajo de las dos
prendas que lleva. Sin que su lengua y la mía dejen de someterse la una a la
otra, me ayuda a bajarle la ropa hasta casi las rodillas. En mi caso, la cosa
se vuelve un poco más compleja. A pesar de que llevo uno de los pantalones
tuneados, tenemos que romper el beso. Con su ayuda, consigo
desabrocharlo de una pierna y bajarlo de la otra, también hasta casi las
rodillas. No contentos con eso, y para que nuestros cuerpos se rocen allá
donde estamos deseando que lo hagan, tira de mi ropa con un pie hacia bajo
hasta quitármela del todo. Con cuidado, yo hago lo mismo con la suya.
Entonces mete una pierna entre las mías.
Nos miramos. No hemos dejado de hacerlo salvo para besarnos.
Tampoco hemos dicho ni una palabra en ningún momento; nos entendemos
a la perfección.
Meto las manos bajo su camiseta y tiro hacia arriba hasta que se la saco,
él hace lo mismo conmigo. Ya desnudos y en la postura que queremos,
volvemos a besarnos con pasión. Nos recreamos con las caricias y
movemos las caderas al compás de la música que crean nuestros labios;
creo que me pasaría la vida en este instante. He deseado volver a tener sus
manos sobre mi cuerpo cada segundo de cada día desde aquella primera
vez.
Los jadeos se convierten en gemidos cuando su mano rodea nuestras
erecciones y vuelve más intensa esa caricia. Pero no la desliza arriba y
abajo, la deja quieta y nos la follamos juntos a un ritmo suave y cadencioso.
Soy incapaz siquiera de aproximar el tiempo que lo hacemos, solo siento
como el placer se va extendiendo por mi cuerpo como las raíces de un árbol
en la tierra. Inexorable. Y con la misma suavidad, alcanzamos el orgasmo
juntos. Solo en ese momento dejamos de besarnos para intercambiar
quejidos y gemidos de placer.
Ha sido lento y ardiente, casi místico.
Jadeantes, sudorosos y muy pegajosos, retomamos los besos hasta volver
a caer dormidos.
***
Cuando vuelvo a despertar, no está, o eso creo. Alargo la mano hacia el
lugar que su cuerpo ocupaba en la cama; la sábana todavía está caliente, y
me doy cuenta entonces de que estoy limpio. Noto cómo la cama se mueve
por el cambio de peso y cómo se acerca a mí por detrás, me rodea por la
cintura y me besa la espalda.
Me tenso durante unos segundos, deseando que él no lo haya notado.
—Perdona, he ido a por una toalla húmeda para limpiarnos —me susurra
al oído.
Me agarro a sus brazos y me giro todo lo que el fijador me permite para
que me bese. Es como una puta droga. Me quedaría a vivir en su boca.
—¿No quieres desayunar? —me pregunta, insinuándose con un
movimiento de cadera.
Me río con descaro.
—Te comería entero a ti.
Me agarra de la mandíbula y vuelve a besarme. Y así pasamos otro rato.
—Uno de los dos deberá hacer uso de la razón en algún momento —me
susurra al oído—. ¿O nos quedaremos aquí hasta morir de inanición? Los
besos no alimentan.
—El espíritu sí. El mío hoy está henchido y gozoso como nunca lo había
estado.
—Tienes muchas cosas henchidas y gozosas ahora mismo —me acaricia
la entrepierna. Sí, vuelvo a tener la polla como una piedra.
Me gira hasta ponerme boca arriba. Se mueve por encima de mi pierna
con cuidado y se coloca con la cabeza sobre mi abdomen antes de comenzar
a besarme cerca del ombligo; me hace cosquillas. Desde aquí tengo una
vista perfecta de su espalda y su culo. Tiene un cuerpo que te quita el hipo.
Alargo la mano y le acaricio el pelo.
—Para tener treinta y ocho, estás perfecto —bromeo.
Me sonríe con ironía, se medio incorpora y viene hacia mí como un
depredador.
—¿Me estás llamando viejo?
—Te estoy llamando tío bueno.
—Te voy a demostrar de lo que este tío bueno de treinta y ocho es capaz
de hacer.
Desciende besándome desde el cuello hasta un pezón, que castiga sin
compasión, consiguiendo hacerme gemir, y me obsequia con la segunda
mejor mamada que me han hecho en la vida. La primera también es de su
autoría.
Maravillosa manera de empezar el día.
***
Salimos de la habitación a la hora de comer. Conmigo sentado en la
encimera, y sin que sea de demasiada ayuda, prepara la comida y comemos
bajo la pérgola del jardín.
Es entonces cuando me doy cuenta de que hoy no ha venido Beth.
—¿Por qué no ha venido Beth?
—Le mandé un mensaje diciéndole que no te encontrabas bien.
Lo miro, sorprendido.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Pero si estoy genial. Nunca he estado mejor.
—Ah, ¿sí? —pregunta, travieso.
Me rodea el pecho y me recuesta sobre él.
—¿Cómo de bien? —pregunta, pegado a mi boca.
—Engreído.
Me besa.
Hace calor, así que, recién comidos y con el bochorno, acabamos
dormitando de nuevo. Qué pereza de viernes. Creo que nunca había pasado
uno tan ocioso en mi vida. Cuando despierto, me lo encuentro nadando en
la piscina; qué envidia me da.
«Ya queda menos», me dice la vocecita. Y, para mi sorpresa, me
encuentro sonriendo al mismo tiempo que toco y observo los hierros del
fijador.
Lo veo salir del agua y sentarse en el borde de la piscina. Me acerco a él,
me siento a su lado y meto los pies en el agua.
—Puedes meterte más a menudo, aunque yo esté aquí, ¿sabes? Tienes
pinta de que te gusta nadar, y no creo que tengas piscina solo para usarla
dos veces en todo el año.
Se acerca a mí; está deliciosamente frío y húmedo. Le paso la mano por
el pelo mojado y él me pellizca la barbilla para atraerme hacia su boca. El
beso sabe a cloro y a «hola otra vez». De una forma natural, hemos vuelto a
besarnos, a ser nosotros, los de aquella primera cita.
—No quiero darte envidia, también tienes pinta de que te gusta nadar.
—Practico natación desde que tengo uso de razón.
—Ya te queda menos —susurra antes de darme un beso en la mejilla.
Se tumba en el suelo y yo me apoyo sobre las manos, levantando el
rostro hacia el calor del sol.
—¿Hay fecha?
Levanta el brazo y me recorre la mariposa con las yemas de los dedos
fríos. Me provoca un escalofrío.
—Quiero ver la siguiente radiografía antes de decidirlo. El fémur tarda
entre cuatro y seis meses en recuperarse. En tu caso no serán más de cinco
—Desciende con la mano y me acaricia la cicatriz. Me estremezco—. Pero
necesito estar seguro de que no me precipito.
Vuelve a parecer vulnerable. Doblo los codos, me tumbo a su lado y
entrelazo sus dedos con los míos.
—Vale, confío plenamente en ti. —No quiero verlo dudar. Mi
rehabilitación va muy bien. En el último mes he recuperado mucha fuerza.
Y hace un par de semanas me subí a la cinta por primera vez y ya soy capaz
de ir al trote. Él manda.
Se incorpora hacia mí y se apoya sobre el codo doblado en el suelo.
Observo cómo cientos de gotas recorren su cuerpo, uniéndose unas a otras
hasta caer al suelo.
Quiero lamerlas una a una.
—¿Qué te parece si…?
Suena el timbre de la puerta.
—Si nada.
Sorprendido, me llevo las manos a la cabeza y de ahí a la cara.
—¿Qué has hecho?
—Olvidar por completo que había invitado a Thali y a Sergio a tomar
café. Vienen a traernos el coche grande para ir mañana al aeropuerto.
Sonríe, travieso.
—Pues creo que vamos a hacerlos esperar un poquito más.
Se inclina sobre mí y vuelve a besarme. Yo me enrollo a su cuerpo
fresquito como las enredaderas a los árboles del jardín.
Al final, sí que me llevo alguna que otra gota entre los labios.
***
Me dirijo a la habitación y él, con una toalla alrededor de la cintura, se va a
abrir la puerta. Cuando entro en la habitación, me estremezco: huele a sexo
y a él. Mucho, además. Me planteo si abrir o no la puerta que da al jardín
para ventilar un poco.
«No seas cerdo», me regaña mi vocecita.
Sonrío, feliz.
***
Salgo duchado y me encuentro a Thali y a Sergio, solos, magreándose en el
sofá del salón.
—¿Es que no tenéis casa?
Ella se ríe.
—Te recuerdo que nos has invitado tú. Hola, por cierto.
—Para que os metáis mano aquí, no. ¿Y Gab?
Saludo a Sergio con la mano y él hace lo mismo. No parece
avergonzado, más bien todo lo contrario. Me sorprende, creo que con su
mujer se olvida por completo de esa fama de callado y reservado que tiene.
—Gab está, como tú, supongo que duchándose —se burla ella con una
sonrisilla.
Niego, sonriendo, y me dirijo hacia la cocina a encender la cafetera.
Thali se acerca a echarme una mano.
—Habéis hecho pellas. ¿Todo bien? —indaga mientras preparamos las
tazas en una bandeja.
Joder, las noticias vuelan.
«Todo fantástico», estoy a punto de responder. Pero no lo hago. Desde lo
sucedido hace casi un mes, Gab y yo mantenemos un perfil muy bajo de
cara al exterior; forma parte del «no precipitarse». Tan solo me río, ya que,
según la Real Academia Española, hacer pellas es unirse y apretarse
regularmente. Podría decirse que hemos hecho pellas, sí.
—Sí —comento.
—Ya.
—Ya, ¿qué?
Sonríe, enigmática, y sigue con las tazas, poniendo el azúcar y servilletas
en la bandeja.
—Que brillas, patinador.
«Como las lucecitas de la habitación». Recuerdo la noche anterior y
vuelvo a sonreír.
—Ahí está.
—¿El qué?
—Tú. Brillando.
Recuerdo también aquella noche, la de nuestra primera cita. Fue una
noche inolvidable, y lo que pasó después… ya forma parte de nuestra
historia.
Me pongo nervioso cuando Gab entra en mi radar. Viene siendo la tónica
general cuando estamos con gente. Intento controlarlo porque tengo miedo
de hacer algo indebido, pero mi cuerpo, traicionero, solo me pide acercarme
a él. Durante el último mes ha sido relativamente fácil ya que entre nosotros
solo había coqueteo, pero hoy tengo la sensación de que ese mes se
desvanece, como si no hubiese pasado nada, como si nunca hubiese
existido.
Nos sentamos los cuatro en los sofás, en torno a la mesa del salón, y yo
intento mantener una conversación animada y relajarme.
Pero no lo consigo.
La primera vez, me pillo a mí mismo mirando a Gab como una polilla
miraría la luz: sin miedo a la destrucción. La segunda, me detengo cuando
ya tengo casi mi mano sobre su pierna; él se limita a sonreír. La tercera, es
desplazarme en el sofá cuando me doy cuenta de que entre su cuerpo y el
mío hay apenas nanómetros de distancia.
—¿Por qué no dejáis de hacer eso? —nos pregunta entonces Thali a los
dos.
—¿De hacer qué? —pregunta Gab, disimulando de pena.
—Tratar de fingir que entre vosotros no pasa nada —argumenta Sergio
como si tal cosa—. Lo hacéis fatal, hasta un ciego se daría cuenta. Y hoy
más que ningún otro día.
Más que ningún otro día. Es decir, que ha habido más días en los que
hemos sido poco discretos.
Gab y yo nos miramos, y sus ojos verdes fantasía me atraviesan hasta el
alma.
Me sonríe.
Y le devuelvo la sonrisa.
No sabría decir cuál de los dos se inclina primero hacia el otro para unir
nuestros labios en un casto beso.
Las palmadas nada disimuladas de Thali nos devuelven a La Tierra.
—Y ahora, juguemos a algo, parejita.
***
Volvemos a jugar al juego que Thali le regaló a Gab por su cumpleaños,
pero con una clara diferencia: no tarda mucho en convertirse en un
«nosotros contra ellos».
Ya de entrada, la partida empieza intensa, y en la tercera ronda ya hemos
hecho estragos.
—¿Eres consciente de que el de tu mujer es más llamativo? —Señalando
el órgano multicolor que Thali tiene sobre la mesa cuando Sergio me roba a
mí otro órgano.
—¿Qué te hace pensar que yo querría robarle nada a mi mujer?
Conque esas tenemos, ¿no? Vale.
—Vamos, cariño, que tú puedes —me sorprendo diciendo cuando Gab
pone un segundo órgano sobre la mesa.
Y me tenso.
El haber estado ocultándonos de los demás hace que me quede un
segundo parado, esperando una reacción que ya no va a llegar. No sucede
nada. Bueno, sí, que he dejado a Gab de una pieza al llamarlo «cariño» y
que Sergio le infecta ese órgano en cuanto puede.
—Vamos, cariño, que tú puedes —lo anima Thali. Entonces me mira a
mí y me guiña un ojo. Me pongo rojo como los corazones de las cartas del
juego, estoy seguro.
Acto seguido me infecta ella uno a mí.
—Vamos, cariño, que tú puedes —se recochinea Sergio.
—Ja, ja —me burlo yo—. Ah, ¿sí? Pues mira.
Y le robo un órgano yo a él.
—Vamos, cariño, que tú puedes —me anima Gab a mí. Y me guiña un
ojo antes de vacunar otro de sus órganos.
Le sonrío, embobado.
Tras un par de rondas más, ya tengo tres órganos sobre la mesa y ellos
siguen igual; uno de esos órganos es el corazón blindado.
—Hay que echarle la zancadilla al patinador, cielo, que corre mucho.
No consiguen nada. De hecho, dos rondas después me cargo su órgano
multicolor.
Ofuscada, mira a su marido.
—¿Qué? —exclama él—. No me mires así, no me sale nada.
—A mí sí —comento yo.
Les enseño una carta de trasplante.
—¿Y qué quieres trasplantar? —se burla—. No puedes querer nada de lo
que tenemos nosotros.
—Tú lo has dicho: de vosotros.
Cuando me toca, cojo el corazón blindado y se lo trasplanto a Gab por
un corazón normal. Ya tiene dos órganos inmunizados.
—¿Se puede hacer eso? —pregunta, estupefacta.
—Claro que se puede. Gab y yo jugamos partidas separadas y en las
instrucciones solo dice que no se pueden trasplantar órganos inmunes, y,
para mí, este, es un órgano normal.
La dejo sin palabras.
—Esto es la guerra —nos dice a ambos, muy digna ella.
—La guerra empezó hace rato —me burlo—. Y la inició tu marido.
Su siguiente jugada es destruirme un hueso y reírse.
—¿Sabes eso que dicen de que el que ríe el último ríe mejor? —le
pregunto.
Y pongo mi hueso sobre la mesa.
—¡Venga ya! Habéis trucado las cartas.
Hasta su marido se ríe de su comentario de mal perder.
La cosa se pone fea cuando ella pone el órgano de Sergio sobre la mesa.
—Dime que tienes un trasplante.
—Tengo un trasplante.
Sonríe, malévola, la muy bellaca. Sergio, en este momento, y para no
variar, nos va ganando.
Gab me mira con cara de circunstancia.
—Dime que puedes hacer algo —suplica.
Puedo hacer algo. Voy a dar por hecho que él no puede hacer nada si me
ha preguntado, y me sacrifico en aras de nuestra alianza romántica,
provocando que gane él.
Levanto los brazos al cielo en señal de triunfo.
—Pero si no has ganado tú —me provoca ella.
—Pero ha ganado… —Lo miro y él me devuelve la mirada—. Ha
ganado mi chico.
Y lo beso.
Un beso que me eriza la piel de intenso que se vuelve cuando él toma el
control y mete su lengua en mi boca.
—Marchaos a un hotel.
—Cariño, están en su casa.
Me aparto y carraspeo, nervioso, creo que estoy mareado. Esto, delante
de la gente, ha estado a otro nivel.
—Creo que necesito estirar la pierna —me excuso.
Gab y sus ojos verde fantasía se burlan de mí.
Me levanto a la cocina para traer algo de picoteo y Thali viene conmigo
a ayudarme. Preparamos boles con patatas fritas, frutos secos, palomitas y
galletitas saladas.
—Hay una cosa más para ti —recuerdo.
Vuelvo a la despensa y salgo con una bolsa que ella reconoce al instante.
—Ohhh… —Se le hace la boca agua—. ¡Y de mi marca favorita!
Me quita la bolsa de higos secos de las manos casi con violencia.
—Relaja, monstruo, que nadie te los va a quitar. Son todos para ti.
Es su antojo recurrente. Esa criatura que lleva dentro va a nacer
aborreciendo los higos sin haberlos probado en su vida.
—Los comparto contigo, toma. —Y me da tres higos.
—Me siento muy muy afortunado —bromeo.
—Son buenos para los huesos. Aportan ciento ochenta miligramos de
calcio por cada cien gramos.
Ahora sí que me siento afortunado. Y cuidado.
Me agarra de la cara y me da un beso en la mejilla.
—Te quiero, patinador.
Sonrío, cohibido.
—¿O debería empezar a llamarte cuñado? —me susurra antes de darme
un pequeño empujocito.
Me da un vuelco el corazón. «Cuñado». Una palabra que implica
familia; que Thali sea mi familia. Le sonrío, abrumado, y levanto la mirada
con nerviosismo hacia dónde está Gab, aun sabiendo que no puede haberlo
oído. Me está mirando, a ambos, y me guiña un ojo. Me pongo rojo otra
vez. Ella sonríe, traviesa, mientras se lleva un higo a la boca.
—Lo miras como si fuese una piedra preciosa.
—Dos esmeraldas, sí —contesto de forma espontánea.
Se carcajea.
—Y él… No lo he visto comportarse así con nadie jamás. Oscila a tu
alrededor como si tuvierais magnetismo.
Me río y lo miro de nuevo. Está hablando con Sergio. Qué guapo es.
—Tal vez tú no lo notas, pero se mueve en torno a ti con mucho cuidado,
protegiéndote.
Cuando me dice eso, recuerdo momentos como el de esta mañana en la
cama o las cientos de veces que hemos cocinado juntos y se ha apartado
para no chocarse conmigo o dejarme sitio. Lo hace desde el principio;
incluso en el gimnasio.
—Supongo que tienes razón. Anoche volvimos a dormir juntos —le
cuento.
—Se os nota —responde como si fuese algo que ya esperaba—. ¿Y hubo
confeti?
—No.
Parece decepcionada.
—Pero esta mañana sí.
Emite un pequeño chillido y casi salta.
—Thali, por Dios, disimula —le regaño, mirando a su hermano, que
vuelve a mirarme; esta vez parece intrigado.
—Sí. Tienes razón. Seriedad.
Me río, esta mujer es de todo menos seria. Tal vez lo sea en la consulta y
en el quirófano, pero en su vida personal es un torbellino. Sergio, con todo
lo poco divertido que parece, se lo debe pasar genial con ella. Son una de
las parejas más curiosas que he visto en mi vida. Estoy seguro de que tiene
una cara oculta que solo dejan ver estando a solas.
***
Nos despedimos de ellos y, nada más cerrar la puerta, Gab me agarra la cara
y me besa como si le faltase le aire y yo fuese el oxígeno que necesita para
respirar. Me agarro a su cuello y él lo hace a mi cintura.
Pienso en eso que ha dicho Thali cuando noto cómo se desplaza hacia el
lado derecho para no darme en la pierna y unir su cuerpo al mío.
—Quédate a leer un rato conmigo —Me retira el pelo de la cara y me
mira con esas dos fantásticas esmeraldas como si fuese de vital importancia
lo que me está pidiendo.
—¿A leer?
—Bueno… Quien dice leer, dice besarnos, meternos mano.
Me río, siempre me las deja caer como si tal cosa.
—¿Recuerdas que mañana temprano tenemos que ir a por Eric y las
chicas al aeropuerto?
—Sí, pero no quiero irme a dormir aún.
Lo agarro de una mano y echamos a andar hacia el salón. Al pie de la
escalera, tiro de él hacia arriba.
—Llévame a leer a tu casa —le pido cuando lo veo sorprenderse—. Me
gusta hablar contigo antes de dormir.
Creo que no es consciente de hasta qué punto me gustó escucharlo hablar
anoche hasta quedarnos dormidos. Su voz. Su voz consigue que yo me
olvide de lo que tengo por delante o de que lo vea todo como algo que
conseguiré superar.
Su voz es mi panacea.
40
Gabriel

S ubimos las escaleras agarrados de la mano y en silencio; el día de hoy ha


sido transcendental para nosotros, y ambos tenemos en qué pensar.
Una cosa es que la gente de nuestro alrededor intuya que nos
gustamos y otra muy distinta dar a conocer que estamos juntos.
Juntos.
No deja de sorprenderme lo que esa palabra me hace sentir con respecto
a Neizan. Es increíble. Y ha sucedido de nuevo de una forma tan natural…
Aún hay cosas que me dan miedo, eso no ha cambiado, pero tengo claro
que quiero a Neizan en mi vida.
Supongo que aquí podríamos trazar la línea que marca el paso a la
siguiente fase del amor: el inicio de la relación.
***
Una vez en la habitación, y a pesar de que me ha pedido leer, empiezo a
comérmelo a besos otra vez. Tengo que obligarme a parar porque, si no,
esto volverá a precipitarse y no quiero volver a cagarla.
Me retiro de él y le acaricio la mejilla con el pulgar.
—Vamos a leer o no dejaré de ti ni las sobras.
Sonríe, aunque, de repente, parece algo tenso.
«Gabriel, baja el ritmo», me digo cuando lo noto.
—Tengo que volver a bajar. —Creo que intenta poner distancia—. No he
traído cepillo de dientes ni pijama.
No puedo evitar la punzada de dolor que me provoca que pueda ser así,
que quiera alejarse de mí por miedo a que nos estemos precipitando de
nuevo.
—No es necesario. Tengo cepillos de dientes nuevos y te dejaré un slip.
No necesitas nada más.
—Cierto —susurra.
Parece que va a decir algo más, pero se calla.
—¿Puedo ducharme? —Me tranquilizo al escuchar esa pregunta.
—Claro.
—¿Te duchas conmigo? —me pregunta, cohibido—. Solo ducharnos.
—Por Dios, sí.
Sonríe con timidez.
—¿Neizan, estás bien?
Titubea. Se acerca a la cama y se sienta en el borde. Hay veces en las
que es tan evidente que se está devanando los sesos, que creo que puedo
escuchar sus pensamientos. Me siento a su lado y me mira intensamente
mientras se frota las manos con nerviosismo; se va a arrancar la piel debido
a la fuerza con la que aprieta.
No puedo más. No sé qué le ocurre, y me está poniendo muy nervioso.
Le sujeto las manos y sonrío, intentando tranquilizarlo.
—Suéltalo.
Puede ser cohibido. Puede que le cueste dar el paso. Pero cuando Neizan
se decide… lo suelta.
—¿Quieres hacer el amor conmigo? —pregunta.
Vale, esto no me lo esperaba. Está claro que he malinterpretado todo su
lenguaje corporal. Pero él pregunta porque quiere saber, y este no es un
tema para andarse por las ramas. Además, me he dado cuenta de que hay
ocasiones en las que se pone muy tenso cuando lo toco.
—Neizan, tú y yo ya hemos hecho el amor.
Baja la mirada y mira nuestras manos unidas.
—Sabes que no me refiero a eso. Pero, si lo prefieres, llámalo follar.
—Sé a qué te refieres. Y sí, claro que quiero. Cuando tú también quieras.
Se deshace de mí y se pasa las palmas de las manos por encima de las
piernas, limpiándose el sudor. No me gusta. Sea lo que sea lo que le ocurre,
nunca lo había visto así.
—¿Me quieres explicar qué te hace pensar que yo tengo prisa por…
metértela? Perdón por la expresión —me disculpo—, pero necesito ser
claro. No entiendo a qué viene esto.
—En la conversación que mantuviste con Héctor, escuché que tu ex y tú
erais… muy… —Vuelve a cohibirse—. Tienes treinta y ocho años y eres
increíble, no quiero pensar que… no te doy lo que necesitas.
—¿Lo que neces…? —La pregunta muere en mis labios cuando entiendo
lo que quiere decir.
Madre mía, no puedo creer que aquello lo tenga así de angustiado.
¿Teme que quiera ir más rápido de lo que está dispuesto a ir él?
—Neizan, escúchame.
Exhala con fuerza y me mira.
—Perdóname, pero voy a ser poco caballeroso con mi ex en este
momento, no me lo tengas en cuenta —le suplico. Voy a ser muy mezquino
con alguien que no está presente—. Entre Núria y yo solo hubo sexo. Le
apetecía follar y me llamaba. —Se tensa al escucharme hablar de ella así—.
Lo siento, ya te he dicho que iba a ser poco caballeroso, pero necesito que
lo entiendas. Del mismo modo —continúo—, yo la llamaba a ella si me
apetecía a mí. Sexo sin compromiso, nos venía bien a los dos. En tres años
de sexo, jamás compartí la complicidad que compartí contigo ayer y esta
mañana. ¿Lo entiendes? Me encanta lo que tú y yo hacemos juntos. Y me
parece perfecto que tengas límites establecidos, eso dice mucho de ti. Me
encantará que los alcancemos juntos cuando estés preparado.
—¿Pero?
No puedo negarlo, me sorprende estar manteniendo esta conversación
con un hombre de veinticinco años que, por su forma de ser y de
comportarse, parece haber tenido una vida sexual activa y plena antes de
mí.
—¿Pero? Pero nada. El fin último del sexo debe ser la penetración solo
si quieres y estás preparado para que así sea.
—No estoy preparado. Y tal vez pensarás que es ridículo, que con la
edad que tengo ya debería… —Toma aire y lo suelta, está muy nervioso—.
Para mí no es un paso sencillo de dar. Necesito tener una confianza plena
para… Por eso no quiero que pienses…
—Neizan, Neizan, para —suplico. Giro el cuerpo hacia él y lo obligo a
que él se gire hacia mí—. Yo no pienso nada. Sucederá si tiene que suceder
y cuando tú quieras que suceda. Cuando los dos queramos. La edad que
tengas no tiene nada que ver con tu forma de llevar a cabo el sexo.
Vuelve a asentir. Pero no lo veo más relajado, y su expresión… muestra
algo que…
Joder…
Algo que ya he visto antes.
De repente, me saltan las alarmas y tengo un mal presentimiento, quizá
por la puta experiencia. Se me hace un nudo en la garganta. Tal vez soy un
exagerado, pero necesito preguntar.
—Neizan, ¿alguien te ha hecho daño alguna vez?
Se incorpora de golpe de la cama y evita mirarme.
—Vamos a ducharnos, por favor.
Joder, no. Me incorporo y tiro de él para que me mire.
—Cuéntamelo.
—No hay nada que contar —responde, evasivo.
Miente.
—Neizan —insisto, tratando de que me mire—. Por favor. Si vamos a
llegar a ese punto juntos, y te sucedió algo que te lo hace pasar mal, creo
que es justo y necesario que conozca las razones para que pueda ayudarte
llegado el momento. Hoy me has dicho que confías en mí. No podemos
permitir que tus experiencias sexuales conmigo se conviertan en algo
negativo porque no te atrevas a contarme qué te pasó. Lo nuestro podría no
funcionar si eso es así. —Estoy jugando con su psicología, lo sé, pero el
nudo cada vez me deja menos espacio para respirar.
Me mira casi con culpabilidad.
—La psicóloga me dijo lo mismo —dice en voz baja.
Algo se rompe en mi interior y mi corazón se acelera.
No puede ser.
—¿Qué pasó? —pregunto con toda la calma que puedo.
—Fue hace… —Se detiene y me mira.
Creo que nota cómo me siento, porque me agarra de la mano y me obliga
a sentarme de nuevo junto a él.
—Gab, mírame.
Lo miro, no puedo dejar de hacerlo. Pero no lo veo. Estoy empezando a
ver a mi hermana.
—Gabriel, por favor —me suplica mientras me sujeta la cara con ambas
manos.
—¿Qué pasó? —insisto. Estoy al borde de emociones que me está
costando mucho controlar.
—Hace cuatro años estuve con un chico. —Vuelve a desviar la mirada
—. Era mi primera relación relativamente seria después de aceptar que no
podría cambiarme a mí mismo intentase lo que intentase. Al principio todo
fue bien, era agradable conmigo… —Se detiene y vuelve a frotarse las
manos.
—Neizan, por favor, dímelo. ¿Te…? —Joder, no lo soporto—. ¿Te
forzó?
—La primera noche que lo hicimos su actitud cambió mucho conmigo.
Se volvió muy agresivo, no me preparó bien, me hizo daño y me resultó
muy desagradable. Me sometió. En un ambiente menos íntimo se volvía una
persona completamente distinta, así que intenté no darle importancia. Pero
cuando, días después, vio que no quería volver a hacerlo, me preguntó y le
expliqué cómo me sentía. Me pidió disculpas, me dijo que se había dejado
llevar y que no se repetiría.
Estoy teniendo un jodido déjà vu, aunque sus casos sean distintos.
Alguien que me habla de un lobo con piel de cordero.
«La culpa fue mía». «Fui yo la que no tuvo cuidado». La voz de mi
hermana irrumpe en mi cabeza haciendo que se me hiele la sangre en las
venas.
—Volvimos a hacerlo, pero… fue peor. Y yo… estaba muy tenso… Él
tenía mucha fuerza. —Se detiene—. Por aquel entonces llevaba ya cinco
meses entrenando con Eric y confiaba en él. Lo… llamé para que me
acompañase al hospital porque no me atreví a llamar a mi madre. Me… Me
había hecho… hematomas en los brazos, y me… Me…
Las noto. Incontrolables, en el borde de mis ojos. Y la puta rabia que
contienen.
—¿Lo denunciaste? —pregunto como puedo.
—No. Fue consentido.
No me lo puedo creer.
Me llevo las manos a la cabeza y me froto el cuero cabelludo con
frustración.
¡Lo está justificando!
—¿Le pediste que parase?
No me responde.
—Neizan, ¿le pediste que pararse? —He subido el tono de voz, me estoy
controlando a duras penas.
—Sí.
—¡Entonces no fue consentido, joder! —grito, levantándome de la cama
con brusquedad.
—Acababa de ganar mi primer nacional —me explica con desesperación
—. Por fin estaba donde quería y tanto me había costado estar. Temí…
decepcionar a mi madre.
No es verdad. O tal vez sí. Pero no me está diciendo toda la verdad.
—Temiste que algún día se supiera y que se enterase tu padre.
Toda mi ansiedad y mi rabia se desvanecen cuando veo una lágrima caer
sobre sus manos.
—Neizan… —susurro, arrodillándome frente a él.
Lo abrazo y él me devuelve el abrazo al instante.
—No llores, por favor. Perdona mi reacción. No tenía ningún derecho a
hablarte así.
Hunde la cabeza en mi cuello y empieza a sollozar.
—Vale, suéltalo. —Lo abrazo más fuerte.
No me lo puedo creer. ¿Por qué? Es tan injusto…
En silencio, tratando de que no se dé cuenta, acabo llorando con él.
Permanecemos un rato así hasta que noto que ambos nos tranquilizamos
Pero no puedo dejarlo estar.
—¿Puedo saber qué más te ha dicho Marta?
Se queda en silencio unos segundos y asiente con la cabeza.
—Que el delito aún no ha prescrito.
Bien. Sabe que aún puede tomar medidas, no insistiré más. Me levanto y
tiro de él. Le meto la mano bajo la barbilla y lo obligo a mirarme.
—¿Sucedió en España? —Es lo único que le pregunto.
—Sí. Durante unas vacaciones, tras los nacionales.
Incluso triste y con los ojos rojos, tiene un rostro precioso.
—Solo voy a decirte que, aunque no me guste, te apoyaré en lo que
decidas. ¿Vamos a la ducha?
Asiente.
Nos duchamos, al principio en silencio, pero eso de lo que le he hablado
vuelve a hacerse sentir entre nosotros: la complicidad. A base de tonterías,
consigo hacer que vuelva a sonreír y acabamos besándonos y
acariciándonos con el cuerpo entero.
En la cama, abrazados, le leo en voz alta un libro que previamente ha
elegido él. Uno de mis favoritos: Las rimas y leyendas de Bécquer.
Hasta que se queda dormido.
«Tu voz fue como un faro en la oscuridad de aquella noche». Se me eriza
el vello de todo el cuerpo pese al calor que hace.
Lo aprieto fuerte contra mi cuerpo.
—No dejaré que nadie vuelva a hacerte daño —susurro.
41
Neizan

M epesar
despierto sudando, de cara a la ventana y envuelto por su cuerpo. Y a
de la postura, algo acogedor me invade de arriba abajo.
Miro el reloj que hay en la mesita; aún faltan más de dos horas para
ir a por Eric y las chicas. Sonrío y me acurruco contra él.
El recuerdo de lo que sucedió ayer a estas mismas horas hace que sienta
más calor. También pienso en la noche anterior. Es la cuarta persona que
sabe lo que me sucedió; sé que Eric se lo contó a Lily. Lo cierto es que
Marta, aparte de decirme que debía contárselo a Gab si consideraba seria
nuestra relación, me insistió en que debo denunciar, en que no debo permitir
que se lo haga a nadie más. Pienso en si estoy preparado para que lo sepan
otras personas, y, aunque anoche Gab dio de lleno en la diana, la verdad es
que, hoy por hoy, que lo sepa mi padre me da igual. De hecho, me
arrepiento mucho de no haber buscado el apoyo de mi madre en aquel
momento tan difícil para mí.
Hace bien hablarlo. Marta me está ayudando mucho con este tema.
Aquella noche me sentía sucio y tan mal conmigo mismo por haberle dado
una segunda oportunidad, que mentí a la doctora que me atendió. No
funcionó, sabía lo que me había sucedido porque me hizo preguntas propias
de un protocolo de agresión. Me preguntó directamente, pero mentí. Llegue
a temer incluso que llamase a la policía.
Me invaden las ganas de acurrucarme frente a él, pero no puedo. ¿Se
enfadará si lo despierto?
—Gab… —susurro.
Nada.
—Gab… —insisto.
Se remueve.
—Mmm…
—Por favor, ponte frente a mí —le pido bajito.
Se espabila un poco, me mira un segundo por encima del hombro y, sin
decirme nada, pasa por encima de mí con cuidado, me levanta la pierna con
más cuidado aún y nos enrolla el uno al otro.
—¿Estás bien? —pregunta adormilado.
—Ahora mejor —susurro, acurrucándome contra él. No sé si me oye,
pero me besa la cabeza.
Al ritmo de los latidos de su corazón, vuelvo a quedarme dormido.
***
—Neizan.
—Mmm…
—Neizan —canturrea.
Abro los ojos con dificultad y me encuentro con sus ojos verde fantasía y
una sonrisa enorme y resplandeciente.
—Buenos días, Mariposa.
Sonrío y mi vista se va a ese lunar que tanto me gusta besar. Lo rodeo
con los brazos, se lo acaricio con los labios y rozo su nariz con la mía.
—Buenos días —susurro.
Hay más luz que cuando desperté la primera vez.
—¿Qué hora es?
—Las nueve —me susurra al oído.
Me restriego contra él; me da igual el bochorno que hace desde por la
mañana.
—Aún hay tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Lo empujo y me subo a horcajadas sobre sus caderas. Sin titubear, tiro
hacia abajo de la goma de su ropa interior hasta dejar a la vista el objeto de
mi deseo.
—Para celebrar un nuevo día.
Se ríe.
***
Al final salimos de casa con el tiempo justo y sin desayunar. Pero no
importa, la mirada de complicidad que compartimos hace que merezca la
pena.
La intimidad con Gab no se parece a nada que haya tenido jamás con
nadie. Es el primer hombre que me ha hecho sentir seguro. Gab rezuma
masculinidad; cualquiera que lo mire tendría claro que se encuentra ante la
definición misma de lo que sería un alfa. Pero su comportamiento hacia la
otra persona, tanto dentro como fuera de la intimidad de un dormitorio, no
deja de sorprenderme. Si buscase una palabra que definiera ese
comportamiento, sería «respeto».
«Neizan, tú y yo ya hemos hecho el amor», me dijo. Me estremezco.
Estamos detenidos en un semáforo y él tiene la mano derecha sobre la
palanca de cambios. Me encantan sus manos, tengo un fetiche tremendo con
ellas; son mágicas. Estiro mi mano izquierda y acaricio sus nudillos y sus
dedos con suavidad; estas manos hacen maravillas.
Levanto la mirada para comprobar lo que ya sentía: su mirada sobre mí.
Y cómo me mira… Lo que me dicen sus fantásticos ojos verdes ahora
mismo mientras yo sigo prodigando caricias a su mano. Tenía razón, es
cierto que hay muchas formas de hacer el amor. Con una intensa mirada o
un simple roce en la piel, por ejemplo. Como ahora mismo.
El momento se rompe cuando el semáforo se pone en verde y él tiene
que meter primera y mirar al frente. Pero cambiar de nuevo de marcha,
enreda sus dedos a los míos, besa mis nudillos y deja ambas manos
entrelazadas sobre su pierna.
—Tienes que enseñarme a hacer eso que haces con la lengua —me dice
con una sonrisilla.
No sé si lo pregunta para tratar de recuperarse de este breve momento de
intensa intimidad, porque se ha removido en el asiento, como si tratase de
reacomodársela.
Asiento, divertido.
—¿Dónde aprendiste a hacer algo así? —La curiosidad baila en sus ojos
verde fantasía—. Da igual, no me lo digas —añade antes de que me dé
tiempo a responderle—. En realidad, no sé si quiero saberlo.
—Pues creo que te sorprendería. —Sonrío de forma muy elocuente.
Me mira entrecerrando los ojos, no sé qué ve en mi expresión que parece
divertirle a él también.
—Vale, ahora me intriga.
—Me enseñó una mujer.
Levanta las cejas y abre ligeramente la boca.
—Vale, sí, me has sorprendido.
—No todo en esa fase en la que intenté cambiarme a mí mismo fue
malo.
—¿Ella lo sabía? ¿Qué edad tenía? ¿No sería…?
—Sí, y no le importaba. Aunque me dejó clara su postura: le parecía una
absoluta gilipollez