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Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639)

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Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639)

Es considerado uno de los más importantes dramaturgos del Siglo de Oro debido

a que muchos prefieren incluirlo en la literatura española. Efectivamente, escribió la

totalidad de sus obras en España, de tremendo éxito en la madre patria. Desde este punto

de vista, su importancia yace en el hecho de que fue el primer escritor criollo, oriundo del

Nuevo Mundo, que obtuvo un lugar importante en la península.

No se sabe con certeza si Juan Ruiz de Alarcón nació en Taxco o en México. Lo

que sí es cierto es que nació en el seno de una familia importante y de un considerable

nivel intelectual. Su madre Leonor de Mendoza era nieta de conquistadores y su padre

era dueño de minas.

Ruiz de Alarcón realizó sus estudios de bachillerato en la Real y Pontífica

Universidad de México. En 1600 se fue a España por primera vez, estudió en Salamanca

y también residió y trabajó un tiempo en Sevilla hasta el año 1608. En 1608 regresó a

Nueva España y continuó sus estudios en Derecho. En 1613 volvió a España y obtuvo

una plaza en el Consejo de Indias. Fue entonces cuando dedicó su vida al mundo del

teatro. Después de ocupar el cargo de “relator” en el Consejo de Indias, empezó a publicar

sus comedias, que son más de veinte en total. Tuvo una hija natural con la actriz Ángela

de Cervantes. El dramaturgo murió en 1639.

Ya mencionamos que en aquel momento España vivía su Siglo de Oro. En el

ámbito literario brillaban los nombres de Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Tirso de

Molina, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora y otros. Este

novohispano, pelirrojo, arqueado de piernas y probablemente jorobado de pecho y

espalda, fue difícilmente aceptado en los ambientes literarios; todo lo contrario, llovieron
las ofensas contra él y tuvo que soportar crueles burlas. Esta serie de ofensas y burlas

continuaron lamentablemente hasta el día de su muerte. El historiador José Pellicer de

Ossau (1602-1679) llegó a burlarse de él al dar la noticia de su muerte en 1639 de la

siguiente manera: “Murió don Juan de Alarcón, poeta famoso, así por sus comedias como

por sus corcovas”1. Parece que uno de los acontecimientos más tristes de este tipo durante

su vida fue el realizado por dos importantes nombres de la época. Por lo visto, Lope de

Vega y Mira de Amescua prepararon un atentado contra el local donde se iba a representar

una obra suya y llenaron con aceite pestilente las lámparas del corral donde se

representaba ‘El Anticristo’. Naturalmente la función fracasó porque el humo y el olor

intoxicaron a algunos asistentes y asustaron a todos los presentes.2

Es muy posible que todas las penalidades por las que tuvo que pasar dejaran

huellas importantes en su carácter y se reflejaran en sus obras. En el contenido de muchas

de ellas se destaca la importancia y superioridad de la belleza interior, la de la moral sobre

la belleza física. Su obra literaria, a pesar de no ser muy numerosa, goza de una gran

variedad. Las comedias de Alarcón se pueden agrupar de la siguiente forma:

1) Comedias históricas

2) Comedias de intención didáctica y moralizadora

3) Comedias de enredo

4) Comedias religiosas

Entre sus comedias, las más conocidas son: La verdad sospechosa, Las paredes

oyen, El Anticristo, El dueño de las estrellas, El tejedor de Segovia, Quien mal anda mal

acaba y No hay mal que por bien no venga. A continuación se presenta el argumento de

1
Diccionario de Literatura Universal, p. 463.
2
Eva Lydia Oseguera de Chávez, Op. cit., p. 78.

1
la comedia titulada Las paredes oyen. Esta comedia tiene claras referencias

autobiográficas. En ella, el personaje principal es un personaje “pobre y feo” pero al final

de la obra triunfa contra su rival “rico y guapo”. El argumento de la obra es el siguiente:

“Ana de Contreras, la hermosa viuda a quien pretende Juan, va a casarse después

de la noche de San Juan con su guapo prometido, don Mendo de Guzmán. Este, un

vanidoso sujeto, reniega de Lucrecia —prima de su futura esposa— cuya empalagosa

pasión lo tiene harto. El conde, pretendiente de Lucrecia, conoce los descometidos alardes

y se los cuenta para desencantarla.

La noche de San Juan, Ana oye a escondidas cómo Juan la alaba frente al duque

de Urbino, mientras Mendo la critica. Ana se enfría y rompe el compromiso pero,

despechado, Mendo se propone violarla; para lograrlo, soborna a los cocheros que la

conducirán de Alcalá a Madrid, sólo que Juan y el duque, sospechando la vileza, los

suplantan y, disfrazados, aparentan convenir en el terrible engaño. En el momento crucial,

la defienden y hieren a Mendo. Ana, entonces, descubre la devoción de su enamorado y

se casa con él. El conde conquista a Lucrecia demostrándole la perfidia de Mendo”3.

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700)

Se considera uno de los criollos más ilustres de Nueva España, era pariente lejano

de Luis de Góngora y Argote por parte de su madre. Utilizó como segundo apellido el de

Góngora y debemos suponer que este nombre le facilitaría la aceptación en los ámbitos

literarios de la época. Nació y vivió hasta su muerte en México. A una edad temprana

3
Ibid., p. 80.

2
empezó sus estudios en el seminario de la Compañía de Jesús pero fue expulsado debido

a actuaciones “indebidas”. Por lo visto, el joven Carlos se escapaba del centro por las

noches para entregarse a la vida nocturna y sus deleites. Las historias que hacía de sus

vivencias causaron su expulsión.

Se graduó de la Real y Pontíficia Universidad y más tarde volvió a la vida

religiosa, ordenándose sacerdote. En cuanto a su vida profesional, debe decirse que ocupó

puestos bastante importantes. Fue contable de la Universidad de donde se había graduado,

capellán del Hospital del Amor de Dios, cosmógrafo del virrey, entre otros. Mediante sus

actividades religiosas, sus estudios y creación literaria, intentó continuamente que los

Jesuitas le perdonaran y le admitieran de nuevo entre ellos. Logró ser absuelto de su

castigo poco antes de su muerte y fue de nuevo acogido en la orden.

Obras literarias

Carlos de Sigüenza y Góngora, gracias a su buena preparación intelectual y su

esfuerzo, creó obras en distintas ramas como la filosofía, la historia, ciencias y —cómo

no— la literatura. Debido a que nuestro interés principal es la literatura, nos limitaremos

a brindar información breve acerca de su creación literaria.

Entre sus obras literarias se encuentran obras en verso, prosa y también obras de

crítica literaria. Un buen ejemplo de su creación poética podría ser “La primavera

indiana”. Este poema fue escrito cuando el autor tenía apenas diecisiete años, y narra el

milagro de Tepeyac, según el cual la virgen María había aparecido en la localidad

mencionada. A continuación se muestra un fragmento de este poema:

Estas, le dice, son éstas las claras

divinas señas de mi dulce imperio,

3
por ellas se me erijan cultas aras

en este vasto rígido Hemisferio.

No hagas patente a las profanas caras

tan prodigioso plácido misterio:

sólo al Sacro Pastor, que ya te espera

muéstrale esta portátil Primavera.

Hácelo así; y al descorrer la Manta,

fragante lluvia de pintadas rosas

el suelo inunda, y lo que más espanta

(¡Oh maravillas del Amor gloriosas!)

es ver lucida entre floresta tanta,

a espensas de unas líneas prodigiosas

una Copia, una Imagen, un Traslado

de la Reina del Cielo más volado4.

A pesar de que anteriormente habíamos mencionado que, de la vasta creación de

Sigüenza, nos concentraremos en la literaria, veremos como ejemplo de prosa una crónica

de gran importancia histórica. Este ejemplo representativo de su creación en prosa se

titula Relaciones históricas. En esta obra se relatan con precisión los sucesos ocurridos

durante el motín del año 1692. Habíamos nombrado previamente al virrey Don Gaspar

de Sandoval y Mendoza, y también habíamos subrayado que su época se consideraba una

época de desastres e inquietudes. A continuación se presentan algunos párrafos de las

Relaciones históricas:

4
Eva Lydia Oseguera de Chávez, Op. cit., p. 84.

4
(…) No hubo más causa, que haberse publicado aquel día en la iglesia Catedral y

en presencia del señor Virrey (…) no lo que se debía para consolidar al pueblo de

la carestía, sino que se dictó por la imprudencia para irritarlo (…)

Los que más instaban a estas quejas eran los indios, gente la más ingrata,

desconocida, quejumbrosa e inquieta, que Dios creo (…) mancomunándose con

(…) unos cuantos mulatos, negros, chinos, mestizos, lobos y vilísimos españoles,

así gachupines como criollos que allí estaban, cayeron de golpe sobre los cajones

donde había hierro y lo que del se hace, así como tener hachas y barretas con que

romper los restantes como para armarse de machetes y cuchillos que no tenían

(…)

No se oía otra cosa en toda la plaza sino ¡Viva el Santísimo Sacramento! ¡Viva

la Virgen del Rosario! ¡Viva el Rey! ¡Vivan los santiagueños! ¡Viva el pulque!,

pero a cada una de estas aclamaciones —así acaso no eran contraseñas para

conocerse— añadían: ¡Muera el Virrey! ¡Muera la virreina! ¡Muera el corregidor!

¡Mueran los españoles! ¡Muera el mal gobierno! (…)5

En el relato de Sigüenza se refleja claramente el ambiente de la insurrección y la

mentalidad de los rebeldes. Se puede observar que el alzamiento carece de un ideal

independentista, pues los rebeldes quieren que muera el virrey pero no el mismo rey. Sí

que existe una protesta contra los españoles pero se entiende que esta protesta es contra

los españoles que viven en América y, más que a su identidad nacional, se debe a su

situación socio-económica privilegiada.

5
Eva Lydia Oseguera de Chávez, Op. cit., p. 85.

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