Masacre de Tábano: Terror en Argentina
Masacre de Tábano: Terror en Argentina
ISBN 978-987-42-0669-5
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do, continúa imponiendo un verdadero desafío a
nuestra capacidad de entendimiento.
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Tábano, miércoles 23 de octubre de 1985
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capitular, que fui yo la que se tuvo que quedar. Y
sufro. Yo sufro una barbaridad, Susana. Vos no te das
una idea de lo que es estar sola (completamente sola)
en un lugar como éste. Aparte los vecinos preguntan.
Y a mí ya no se me ocurre qué inventarles. ¿Y si al-
guno se aviva y llama a la policía, ahí qué hago, de
qué me disfrazo? Por eso te repito: viajá cuanto antes.
Subite a un micro y vení. Si no, en un rapto de locura,
no sé qué voy a ser capaz de hacer, no sé cómo voy a
ser capaz de reaccionar. No sé…
Porfiria
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Porfiria Guzmán ingresó en la secta cuando ésta to-
davía no se había constituido como tal. Cuando ape-
nas se trataba de un pequeño grupo de vecinos que,
más por curiosidad que por fe (en los pueblos, las
novedades son siempre recibidas con beneplácito),
comenzó a acercarse a la quinta que alquilaban los
padres de esa misteriosa chica que decía recibir men-
sajes de María. La había escuchado nombrar en la
parroquia (donde ella ocupaba los cargos de secreta-
ria y catequista) y, desde entonces, había sentido de-
seos de visitarla. Porfiria atravesaba un momento
muy difícil, un momento de transición, y fue justa-
mente a raíz de su malestar que, un sábado (los sába-
dos eran los días de reunión), dejó de preguntarse
cuál sería la reacción del cura si se enterara de que
había ido y llamó un remís. Tardó veinte minutos en
llegar. Veinte minutos durante los cuales su respira-
ción se aceleró y perdió el dominio sobre su cuerpo.
¿Estaría haciendo lo correcto? Dudaba. E incluso es-
tuvo a punto de indicarle al chofer que pegara la
vuelta, que la llevara de nuevo a su casa. Pero no se
animó. Y lo bien que hice, se felicitaría después. Por-
que, al bajarse del auto, la invadió el olor a rosas. Y
sus dudas se disiparon en el acto. Sí, definitivamente,
estaba haciendo lo correcto. El olor a rosas era una
señal inequívoca de la presencia de María. Una prue-
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ba irrefutable. ¡Y ahí no había ningún rosal! Entonces
dejó de temblar y, con paso firme, avanzó. Resuelta,
se desprendió del miedo que la invadía y avanzó.
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Son casi las tres de la madrugada, pero ella no lo sa-
be. Madrugada del viernes 29 de diciembre de 1989.
El único que usa reloj en la casa es Lisandro, su pa-
dre, que duerme a tres habitaciones de distancia. Y ni
él ni su hermana han manifestado nunca haber escu-
chado los pasos. Es raro que su padre no lo haya
hecho. Él tiene un oído privilegiado. Salvo cuando
duerme la siesta. Lo que Violeta ignora, y la intriga
muchísimo saber, es si lo tuvo toda la vida o si lo
desarrolló a partir de su designación como encargado
del campo. Porque ella, por ejemplo, y de eso está
completamente segura, lo desarrolló a partir del mo-
mento en el que su madre se quedó postrada. O sea, a
partir del momento en el que se tuvo que hacer cargo
de su cuidado. De su atención. Antes no. Antes no lo
tenía. Se la pasaban gritándole porque nunca los es-
cuchaba.
—Parecías autista —le manifestó su padre en al-
guna oportunidad—. O sorda.
Hoy en día, en cambio, logra despertarla hasta un
discreto deambular de pasos en la habitación conti-
gua. Nefer no los escucha. No, imposible. Su herma-
na tiene un sueño muy pesado. Pesadísimo. Sin em-
bargo, los pasos están ahí. Cerca. Cada madrugada,
entre las tres menos diez y las tres menos cinco (claro
que a Violeta se le escapa el detalle de la hora), em-
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piezan. Y la despiertan. La angustian. La asustan.
¿Qué será?, se pregunta. ¿Una persona? ¿Algún ani-
mal? Baraja posibilidades hasta el cansancio.
Hace unos instantes se levantó, harta, decidida a
investigar. Ahora está detenida en el centro de la
habitación, temblorosa, esperando a que sus ojos se
acostumbren a la oscuridad. La invade el terror. Los
latidos de su corazón se aceleran. Le cuesta respirar.
Avanza, a paso lento, pero avanza. No quiere hacer
ruido. No le quiere advertir a eso (lo que sea) que va
camino a su encuentro. Avanza. Y, cuando por fin
llega, toma coraje, hunde la mano en el picaporte y
entra. Con los ojos bien abiertos, bien pero bien
abiertos, entra.
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Tábano, lunes 26 de enero de 1987
Querida Susana:
Hoy se cumplen tres meses desde
que me escribiste por última vez. ¿Qué pasa? ¿Ya te
olvidaste de que tenés una hermana? ¿Tan rápido te
acostumbraste a mi ausencia o es que acaso tanto me
odias? Yo sé que a vos no te simpatizó demasiado la
idea de que me radicara acá (por lo menos, así me lo
haces saber a través de tus actitudes), pero, al mismo
tiempo, te suplico que me entiendas: yo no puedo
abandonar al grupo. Ellos me apuntalaron en un mo-
mento muy difícil de mi vida. Estuvieron al lado mío
cuando más lo necesité. Y no se los puedo pagar con
semejante ingratitud. Al respecto, aprovecho para
volver a aclararte que, por supuesto, no saben nada de
lo de la tía. Nunca se los hubiera dicho. Ni se lo diré
a nadie. Ni siquiera a María Rosa. Y no porque no les
tenga confianza. No te confundas. Es que se trata de
un secreto entre nosotras. Y lo que hay entre nosotras
es sagrado para mí. Por eso me mortifica tanto tu re-
chazo, Susana. Porque, cuando por fin encuentro a un
grupo de gente entre la que me siento cómoda (vos,
mejor que nadie, sabés lo que siempre me costó con-
seguir amigos), te me ponés en contra. Yo entiendo
que para vos sea duro (a mí también, al principio, me
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resultó inconcebible la vida separadas), pero, por otro
lado, siento que llegó el momento de empezar a ser
un poquito egoísta. Siento que llegó el momento de
empezar a priorizarme. De pensar en mí. Y yo acá
estoy bien. Me siento contenida. Y espero que tengas
la generosidad de aceptarlo.
Te confieso que mi sueño es que te vengas a vivir
conmigo. Entonces mi felicidad sería completa. Aun-
que sé que eso es imposible, que nunca lo harías, y
me duele. Me duele tu silencio, Susana. Tu indiferen-
cia. Te suplico que, por lo menos, me des una señal
de vida. Me conformo con poco, ¿viste? Con migajas.
Con un par de líneas nada más. Aunque sean de com-
promiso. ¿Tan difícil será concederme ese deseo?
Te amo, nunca te lo olvides.
Porfiria
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Tábano, martes 14 de noviembre de 1989
Querida Susana:
Tan grande fue mi sorpresa de la se-
mana anterior por haber recibido tu carta que me ol-
vidé de contarte algo importante. Así que, sin esperar
respuesta, te vuelvo a escribir. No es nada sobre mí,
no te preocupes (ya sé que la última vez que te di una
noticia terminamos peleadas), pero te advierto que,
en algún punto, también me involucra.
Y mucho.
Por eso te lo quiero contar.
Resulta que, hace quince días, el cura cayó con la
novedad de que se iban a integrar dos nenas al cate-
cismo. “¿A esta altura del año?”, me extrañé yo.
¿Qué clase de locura era esa? “Sí”, me devolvió él,
hosco, tan seco como siempre. “¿Algún problema?”
Y se fue sin facilitarme ninguna explicación. Pero yo,
como te imaginarás, me quedé con la espina. Y me
puse a investigar. Y me encontré con una historia
terrible, Susana. Te juro que siento escalofríos de
solo sentarme a escribirla. Siento que la indignación
se apodera de todas y cada una de las fibras de mi
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cuerpo. Enseguida vas a saber por qué .
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A partir del siguiente párrafo, a causa de la humedad propia de la
zona en la que se encontró, el manuscrito se torna ilegible.
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18 de diciembre de 1984
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Jueves 20 de diciembre de 1984
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hacer. Ninguno de los dos está dispuesto. Además,
pienso, ella ya ha sentado posición al respecto.
Íbamos a paso de hombre. Las espinas y los po-
zos no me permitían ganar velocidad. Y a él se lo
notaba ansioso. Apurado. Tan apurado que, con el
auto todavía en marcha, y mientras yo buscaba un
lugar para estacionar, se bajó corriendo. Iba a liquidar
la tarea que lo ocupaba. No había tiempo que perder:
ayer los notificaron de que las iban a largar (la bebé
se recuperó y era inútil que su mujer permaneciera
internada) y todavía no se habían terminado de orga-
nizar.
Adentro, Violeta, sofocada, le armaba la cuna a
su hermana. Seguía con la misma cara de angustia
que la tarde en que la conocí. Y no era para menos.
No tardaría en entender que le sobraban los motivos.
A partir de ahora, ella se va a hacer cargo de la madre
y yo de Nefer, me informó Lisandro tras deshacerse
del destornillador con el que acababa de instalar una
puerta en el pasillo. Una puerta que aísla a su mujer
del resto de la casa. ¿Usted se podrá quedar?, me
preguntó después. Nosotros tenemos que ir a buscar a
la chiquita. Y a Margarita no la podemos dejar sola.
Cuatro y media tendría que estar saliendo, le devolví
yo. Sobra el tiempo, me aseguró él. Y me indicó el
camino.
Mejor que nos dejaran solos.
Mucho mejor.
Caminé con sigilo. No quería que me escuchara.
Y, al entrar, ni siquiera la saludé. Nos ponemos en
presencia del Señor, le ordené desde el dintel. Ella se
sobresaltó. Padre… ¿qué?, titubeó. ¡Nos ponemos en
presencia del Señor!, repetí. Y obedeció, aturdida.
Hablame de vos, le exigí a continuación. ¿Cómo?
¡Hablame de vos, carajo! ¿Sos sorda o medio estúpi-
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da? Entonces me clavó una mirada suplicante, pero
yo me mantuve firme, implacable, y resolvió ceder.
Me contó que le tiene miedo al gas. Que antes
revisaba siempre las hornallas. Que la obsesionaba
que las cinco ranuritas apuntaran hacia el mismo la-
do. Que incluso se agachaba y olía. Que las noches
en que, por algún motivo, no podía hacerlo, sentía
que se ahogaba. Que se sentía morir. Y que era un
secreto. Yo me senté en uno de los bordes de la cama
y le comenté que, a veces, los escapes son tan chiqui-
titos que se pierden entre los demás olores de la casa.
Sobre todo si se trata de una tan ventilada como ésta,
agregué. Y miré a mi alrededor: su nueva habitación
no tiene ventanas. A ella se le llenaron los ojos de
lágrimas. No llores, le dije. Llorar no te va a servir de
nada. E hizo lo posible por contenerlas.
Los cuarenta minutos restantes transcurrieron en
silencio. Decidí que por hoy era suficiente. En otras
palabras: dosifiqué la información. Cuatro y veinti-
cinco me levanté, aunque hubiera preferido quedarme
más tiempo, porque mi presencia la incomodaba. ¿De
verdad creíste que te ibas a salvar sin sufrimiento?,
me despedí. Y, sin darle tiempo a reaccionar, gané el
pasillo.
En la cocina, el paisano cambiaba pañales y Vio-
leta le preparaba la merienda a su madre. ¿Cómo le
fue?, se precipitó él. Excelente, le devolví yo. Le
hago una consulta: ¿a usted le molestaría que viniera
todas las tardes? La chiquita empalideció. ¿Cómo me
va a molestar?, me dijo. Al contrario: me alegraría.
Creo que ella lo necesita. Fue ella quien me lo pidió,
le mentí. ¿A la misma hora? A la hora que usted pue-
da. Nosotros estamos todo el día. A esta hora enton-
ces. Perfecto. Por ahí me encuentra durmiendo, pero
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lo recibe Violeta. Listo. Hasta mañana. Hasta maña-
na. Y gracias, eh. No tiene por qué.
Salí.
El cielo se había cargado de nubes. Se nota que
mañana llega el verano, pensé. Y me subí al auto.
Cinco menos cuarto. Me sobraba el tiempo. Claro, no
había calculado que me volvería a costar tanto abrir
la tranquera. Paisano de mierda, ¿para qué me la
habría cerrado? No me podía demorar. Hace unos
días, con las viejas, cubrí mi cuota de hostilidad para
todo el año. Y ellas no aceptan excusas. Les podés
decir que se te murió un hermano que igual te van a
hinchar las pelotas. Y yo no estaba dispuesto a escu-
char reproches. Mucho menos de parte de ellas.
Cuestión que, no sé cómo hice, pero cinco menos
cinco estaba sentado en la vereda de la parroquia.
¡Qué puntualidad!, destacó una. Así da gusto, deslizó
otra.
Yo sonreía, aunque, por dentro, me acordaba de
todos y cada uno de sus familiares.
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Martes 26 de agosto de 1987
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La aparición de los diarios del padre Levín constituyó
una verdadera revelación para mí.
Me fueron cedidos por un diácono que lo asistió
en sus últimos días, cuyo nombre, por obvias razones,
no será mencionado. Me limitaré a señalar que fue él
mismo quien me contactó al enterarse de que estaba
realizando un relevamiento sobre la “Masacre de
Tábano”.
—Quizá no le sirvan de nada —me adelantó por
teléfono—. Pero igual me gustaría que los leyera.
Y, sin dudarlo, me subí a un micro rumbo a Neu-
quén, donde el cura había sido trasladado en diciem-
bre de 1989.
—Era un hombre terrible —me recibió el diáco-
no, ahora a cargo de la parroquia—. Un auténtico
monstruo. Yo lo despreciaba. Es duro decirlo, no crea
que no, pero lo despreciaba con todas mis fuerzas. Él
me contó esta historia solo para torturarme, como
años atrás, había torturado a esa pobre mujer. Y lo
peor era que no manifestaba ningún sentimiento de
culpa. Lo contaba a modo de gracia. Se reía a carca-
jadas recordando sus canalladas. Su falta de escrúpu-
los. Y a mí me daban ganas de estrangularlo. Me da-
ban ganas de abalanzarme sobre él y apretarle el cue-
llo. Para que se callara. Porque no se callaba nunca.
Ese tipo sacó lo peor de mí —me confesó tras unos
instantes de silencio—. Y, aunque dudo de que esto
le sea de alguna utilidad, me sentí en la obligación de
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entregárselos. No me pregunte por qué. Fue un im-
pulso.
Efectivamente, a primera vista, esos diarios pare-
cían una simple anécdota. Sobre todo porque, al mo-
mento de la masacre, Levín llevaba ya tres meses
lejos de Tábano. Sin embargo, todavía faltaba que
apareciera otro documento clave (esta vez, una ser de
cartas), que, no solo los resignificaría, sino que,
además, demostraría su vínculo con el suceso que
desencadenó el suicidio. Un hecho que, hasta ahora,
permanecía en las sombras. Y que también me sería
confiado a los fines de la presente investigación.
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Lunes 30 de octubre de 1989
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Viernes 27 de octubre de 1989
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Viernes 15 de diciembre de 1989
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Los delirios de María Rosa Santos incrementaron
fuertemente durante el último trimestre de 1989 y
llegaron a su límite el lunes 1° de enero de 1990,
cuando, tras anunciarle a sus fieles que el fin estaba
cerca (la concesión definitiva del frigorífico a una
empresa privada era una prueba irrefutable: represen-
taba la completa corrupción del pueblo y, por exten-
sión, la del mundo entero), los convenció de que, ante
una nueva señal (ante una señal física, concreta, au-
dible, visible o palpable), deberían alcanzar el estado
de gracia, o sea, quitarse la vida para entrar en el Rei-
no de los Cielos. Solo ellos lo harían, los elegidos, los
que habían permanecido a su lado, ignorando las in-
justas acusaciones que recaían sobre el grupo. Por-
que, a pesar de que en algún momento el suyo había
sido un movimiento multitudinario, en los últimos
meses, las combis provenientes tanto de los alrededo-
res como de las provincias lejanas habían dejado de
llegar. Los únicos que continuaban asistiendo a las
reuniones (ya no de consejo, o de imposición, sino de
preparación para el tiempo de la entrega) eran los
vecinos de Tábano, a los que extorsionaba con el ar-
gumento de que, al haber elegido a su pueblo para
radicarse, no la podían abandonar.
Entretanto, a varios kilómetros de distancia, pero
en el mismo espacio geográfico, a Margarita Godino
se le presentaban los síntomas de lo que, el 20 de di-
ciembre de 1989, la arrancaría de este mundo: un ac-
cidente cerebrovascular isquémico. Y, como el padre
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Adrián Levín presentía que la muerte de su víctima
era inminente, todas las tardes, antes de perderse por
ese extenso pasillo, se aseguraba de que la pintura
que llevaba en la jeringa no se hubiera endurecido.
Acto seguido, hundía la mano en el picaporte y em-
pezaba con su rutina de tortura, dispuesto a hostigarla
hasta el último minuto.
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Miércoles 20 de diciembre de 1989
Espero el llamado.
Hoy es el día. Estoy seguro.
Esta tarde no se podía ni mover, respiraba con di-
ficultad, balbuceaba palabras inentendibles.
En cualquier momento va a sonar el teléfono y
me van a informar que la pesadilla terminó.
Lo sé. Lo presiento.
Violeta también. Y Luis.
La única que permanece ajena a semejante aje-
treo es la chiquita. Nefer. Pobre, me da lástima. Aun-
que, por otro lado, reconozco que es la menos perju-
dicada. La menos salpicada con mierda.
Es desesperante esperar un llamado. Sobre todo
si de ese llamado depende tu futuro.
Tiene que ser hoy. No puede ser otro día.
Ya está el escenario montado. Solo falta que
Margarita represente el acto final. Solo falta que, en
su último rapto de lucidez, levante la cabeza y vea a
la virgen llorando sangre. Solo falta que comprenda
que Dios no la perdonó. Que, a pesar de su esfuerzo,
la destinó al infierno. Y que eso la termine de matar.
Que la liquide.
Ensangrentar a esa virgen fue más complicado de
lo que creía. Aunque ya había practicado en la parro-
quia. El pulso me temblaba como nunca me tembló
en mi vida. Encima ella que no se dormía. Que daba
vueltas. Y la nena que iba y venía, jodiendo,
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hin-
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chando las pelotas. Hasta que lo conseguí. Me quedó
perfecta. Dos manchones de un rojo intenso que le
surcan la cara y que se convertirán en indicio de su
condena.
Juro que pagaría por estar presente cuando la
descubra. Pero implicaría un riesgo muy grande. Le-
vantaría demasiadas sospechas.
[Link] suena el teléfono.
Murió.
Por fin.
No me falló.
Confiaba en que no me iba a fallar.
Mañana temprano reconfirmo el traslado.
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Se agita. Se retuerce en la cama. Desde el mediodía
que no se le entiende lo que dice. Es… como si
hablara en otro idioma, piensa Violeta. Como… si
estuviera poseída. De repente, los ojos de su madre,
que no han dejado de moverse en toda la tarde, que
han errado de una dirección a otra, incansables, se
detienen en un punto fijo. Se detienen en la pared de
enfrente. Y se le llenan de lágrimas. Violeta mira.
No. No puede ser. La virgen. Esa virgen que le regaló
su abuela y que, hasta hace una semana, permaneció
guardada en un cajón (el viernes pasado, el cura trajo
una repisa y la colocó ahí), esa virgen de yeso,
minúscula, sin ninguna gracia y fabricada vaya uno a
saber dónde, tiene la cara manchada de rojo.
—Sangre —murmura su madre—. Sangre.
Y, lentamente, se empieza a apagar. Aunque su
mano izquierda, aferrada con fuerza a la pared de su
hija, demuestre que todavía no se siente preparada,
que todavía no se quiere ir, en silencio, y con los ojos
cerrados, Margarita exhala por última vez. Entonces
la nena la cubre con una sábana y se levanta a escon-
der la imagen. Va a ser mejor que su padre no la vea.
Definitivamente, va a ser lo mejor, piensa. E, in-
crédula, la toca. Está seca. Sangre. No. No puede ser.
Pero… ¿y si lo fuera? ¿Qué significará? En el velato-
rio lo va a consultar con Porfiria. Si va. Pero todavía
falta para eso. Por lo pronto, les transmitirá la noticia
a los demás. A Nefer ni siquiera le va a importar. Y
la intriga muchísimo saber cuál será la reacción de su
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padre. Además, tiene que llamar al cura. Él se lo pi-
dió.
Mientras desanda el pasillo, a Violeta la invaden
sensaciones contradictorias. Por un lado, siente un
inmenso alivio. Sin embargo, por el otro, una gran
incertidumbre. Su rutina, de lunes a lunes, se organi-
zaba en torno de su madre. ¿Y ahora qué? ¿Qué será
de ella? Tendrá que retomar la escuela. ¿Y si no lo
hiciera? Un universo de posibilidades se abre frente a
sus ojos. Violeta acaba de cumplir doce años, tiene
toda la vida por delante (o, al menos, eso supone),
pero, al mismo tiempo, no sabe qué hacer con ella.
Llega.
Respira profundo y abre la puerta. Lisandro está
tomando mate. Solo.
—¿Y? —le pregunta.
—Se murió —le contesta ella, con frialdad.
Por fin se murió, le dan ganas de agregar, pero se
contiene.
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Y ni siquiera había terminal. Uno se tenía que ir hasta
la ciudad cabecera o esperar en la ruta. Me acuerdo
clarito. ¿En serio no me creés que no le avisé a nadie
que viajaba? No hacía falta. La única persona que me
importaba ya no existía. Se había muerto. La había
enterrado un par de horas atrás. Bueno, la cuestión es
que el micro llevaba veinte minutos de retraso, o sea
que empezábamos mal. Mejor dicho: terminábamos
mal. No podíamos terminar de otra manera. ¿Y
querés que te diga otra cosa, pibe? La verdad es que
me compadezco del pobre colega al que hayan man-
dado allá. Debe sufrir como un condenado. Como un
mártir. Tábano es la representación más acabada de la
desolación. Si ni una garita tienen. O tenían. Porque
quizás ya desaparecieron. Ni una puta garita para re-
fugiarse de la lluvia. Decí que, cuando empezó a gra-
nizar, yo ya estaba arriba del micro, si no, todavía
seguiría puteando. Había elegido uno de los últimos
lugares, del lado de la ventanilla, y avanzábamos len-
tamente. El agua caía a baldazos. A pesar de eso, a lo
lejos, todavía se distinguía el cartel de la quinta de la
loca. “Santa Madre” le había puesto la muy cínica.
¿En qué andará ahora?, me acuerdo que pensé. Y, en
el acto, se me vino a la memoria la tarde que la saqué
cagando de la parroquia. Vine a pedirle autorización,
padre, me dijo apenas entró. Y yo, aunque había lo-
grado desconcertarme, me levanté, tranquilo, inmuta-
ble, y le pegué un grito que le voló el flequillo. Porfi-
ria escuchaba atrás de la puerta, impotente, sin ani-
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marse a entrar. Se conformó con consolarla a la sali-
da. Y con llamarle un remís. Esa tarde sí que se salvó
de que la echara. Se salvó raspando. Fue la vez que
más cerca estuve. Porque ella le concertó la reunión.
¿O acaso se creía que no me di cuenta? Si a mí ya me
habían puesto al tanto de que iba a lo de María Rosa.
Idiota. Se preocupaba por ocultarlo. Como si a mí me
interesara. A mí lo único que me interesaba era Mar-
garita. Hostigarla. Eso me importaba. ¿Entendés? Y
no sabés lo que lamento no haber podido encontrar
otra como ella. Era única. Irrepetible. ¿Qué? No te
escuché. Ah, las viejas decís vos. Todavía se me di-
buja una sonrisa al imaginarme su reacción ante mi
partida. Me deben haber insultado de arriba a abajo.
Te digo más: me parece verlas: enojadas, refunfu-
ñando, arriesgando hipótesis descabelladas. A falta
de un Club Social, me hinchaban las pelotas a mí.
¿En qué cabeza cabe? Cuántos años, carajo. Cada vez
que me pongo a analizar el tiempo que perdí en ese
pueblo de mierda, me entran ganas de rajarme un tiro.
¿Cómo? ¿Y qué más querés que te diga? Vos no te
conformás con nada, pibe. Sos insaciable. Es la
décima vez que te cuente lo mismo. ¿Qué querés, que
invente? Lo único que se me ocurre agregar es que,
cuando el micro frenó en la rotonda, a la espera de
que pasara un camión, atiné a sacar un espejito del
bolso, lo apoyé contra la ventanilla y, no sin asco,
miré lo que dejaba atrás.
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“¿Que si entendía la muerte? Desde luego. Era
cuando los
momentos se adueñaban
de uno.”
STEPHEN KING, La hora del
vampiro
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Tábano, miércoles 27 de diciembre de 1989
Querida Susana:
Te juro que me sigo felicitando por
haberme acercado a esa nena. Por haber logrado
romper la barrera que me imponía y haberme ganado
su confianza. Gracias a ella tengo una misión en la
vida. Y, al mismo tiempo, gracias a dicha misión, voy
a poder redimirme. Yo sé que a vos te molesta que te
hable del tema, yo sé que re irrita, pero entendé que
para mí representa una carga muy grande. Una mo-
chila demasiado pesada. Todavía me torturo por lo
que le hicimos a la tía. No me entra en la cabeza
haber sido capaz de tamaña salvajada. ¿Y todo para
qué? Para nada. Porque a la casa, culpa de ese frigorí-
fico mugriento, la tuvimos que vender por chirolas.
El precio se devaluó tanto que ni siquiera cubrió
nuestras expectativas. Que ni siquiera justificó el sa-
crificio y el esfuerzo que le dedicamos. Ni nuestra
sala (en especial la mía) contra la pobre vieja. Esa fue
la primera señal de que íbamos a recibir un castigo.
Yo la interpreté al vuelo. Fue la primera señal de que
no la íbamos a sacar barata. De que íbamos a pagar
por nuestro pecado.
Te confieso que no hay día en que no intente
convencerme de que fue otra la que obró así. En va-
no, intento despojarme de mi grado de culpa, de res-
ponsabilidad. Esta tortura forma parte de mi condena.
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Lo tengo claro. Aunque como contrapartida, Dios
tuvo la generosidad de cruzarme a Violeta (al igual
que, cinco años atrás, cuando paneaba tirarme a las
vías, me cruzó a María Rosa), para que me ayude. Y,
en definitiva, para que nos salvemos las dos. El Señor
me está poniendo a prueba, Susana. Me está dando
una oportunidad. Y no pienso desaprovecharla.
Te repito: yo sé que a vos no te gusta que te hable
sobre el tema, y te entiendo, pero, en esta época, a mí
me resulta inevitable acordarme de las fiestas que
padecí acá, sola. Más que en ningún otro momento
del año, vuelven a mi memoria el llano, los gritos y
los quejidos de la tía. Si hasta me parece escucharla.
De madrugada, me despierta el roce desesperado de
la soga contra el cubrecama. Y el chirriar de los ba-
rrotes. Y me desvelo. Ignoro si los ruidos salen de la
habitación contigua o si, en realidad, provienen de mi
mente. Pero me persiguen. Lo concreto es que me
persiguen. Por eso me resisto a dormir en casa. Si por
mí fuera, me iría definitivamente a la quinta. Me ins-
talaría ahí, con los demás compañeros que ya toma-
ron la decisión. Pero la nena, a raíz de la madre que
le tocó en suerte, a raíz de las pavadas que esa mujer
le decía, es renuente a todo lo que tenga que ver con
el grupo. Y, si me mudara, la perdería. La perdería
para siempre. Y ese es un precio que no estoy dis-
puesta a pagar.
Ayer vino. Yo estaba a punto de acostarme y me
sobresaltó el timbre. En los pueblos la siesta es sa-
grada, ¿quién me podía buscar a las dos de la tarde,
quién podía cometer semejante “herejía”? Era ella,
demacrada, bañada en lágrimas. “Viole —la recibí—,
¿qué pasó?” Y se me abalanzó con los brazos abier-
tos. Al principio me asusté, pero enseguida me di
cuenta de lo que la angustiaba y me empeñé en cal-
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marla. Costó. Me costó bastante. Pero lo terminé con-
siguiendo. Y, cuando te explique el motivo de su visi-
ta, se va a renovar tu desprecio por Margarita. Ese
monstruo dañó tanto a las hijas que se debe estar pu-
diendo en el infierno. No me cabe la menor duda de
que Satanás la debe estar obligando a sufrir el rigor
3
de sus llamas .
3
El resto de la cara no pudo localizarse.
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El agua. Durante seis años, durante los seis años que
duró la agonía de su madre (mejor dicho: de lo que
quedaba de ella, de aquel despojo que le demandaba
atención permanente), el agua fue lo único capaz de
sustraerla de su realidad. Violeta entraba a bañarse y,
al menos por unos minutos, las preocupaciones se
disipaban. Desaparecían. Se borraban. Aunque pro-
cedía con apuro, porque su presencia en la casa era
indispensable (era vital), disfrutaba de cada gota que
caía sobre su cuerpo. Ahora está parada de espaldas,
con la cabeza flexionada y el pelo corrido hacia los
costados. El agua le golpea la nuca. Eso la relaja. La
distiende. Lleva quince minutos en la misma posi-
ción. El vapor ya lo ha inundado todo. Ha empañado
los vidrios, se ha adherido a las paredes, ha humede-
cido los calzoncillos que se amontonan en el bidet.
Además, le ha abierto los pulmones. Y le nubla la
vista. Entonces voltea y extiende sus manos en direc-
ción a los grifos. Sin embargo, antes de cerrarlos,
decide enjabonarse nuevamente. Como le sobra tiem-
po, como no tienen ninguna obligación, lo puede
hacer. Se puede dar ese lujo. Empieza por la cara. Se
frota con fuerza y enfrenta a la lluvia. Las burbujas se
escurren por la rejilla, despacio, muy despacito. Si-
gue por el pecho. Hasta hace menos de un mes, su
pecho era tan chato, tan plano, que le cuesta recono-
cer como propias a esas dos enormes pelotas que le
brotan de él. Y que, por otro lado, y a pesar de su tur-
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6363
gencia, no la avergüenzan. En absoluto. Cuando to-
davía no las tenía, creyó que la iban a incomodar. Y
mucho. Pero no. Al contrario: le gustan. Porque la
distinguen. La diferencian del resto. A continuación,
se enjabona la panza, donde, desde el mediodía, sien-
te un ligero cosquilleo. Un cosquilleo que aumenta de
manera progresiva, implacable. Violeta abre la corti-
na y se sienta en el inodoro. Hace fuerza. No. No son
ganas de hacer pis. Ni de hacer caca. Vuelve a la du-
cha. Se enjabona las piernas. Sube y baja, rodeándo-
las. Primero la derecha, después la izquierda. Y, justo
cuando está a punto de devolver el jabón a su lugar,
descubre que se ha teñido de rijo. Sangre…, murmu-
ra. Sangre. Mira el suelo. Sangre. Mira la rejilla.
Sangre. Sangre que sale de… Imposible. Se asusta.
Cierra los grifos, temblando, y corre a limpiarse con
papel higiénico. Empecinada, la sangre no se detiene.
La toalla de mano le grita desde el soporte. Violeta la
agarra, la hunde entre sus piernas y se envuelve en la
grande. Se seca. Seca el baño. Borra las huella de
sangre, una a una, y sale. Se viste rápido, con las
mismas prendas que, media hora atrás, destino al ca-
nasto de la ropa sucia. Se asoma a la habitación de su
padre. Duerme. Su hermana también. Busca las llaves
de la camioneta vieja. La que usan adentro del cam-
po. Camina hasta el galpón. Cubre el asiento con la
toalla grande y se trepa. Siente la humedad entre sus
nalgas. En cualquier momento se le va a manchar el
pantalón. Lo sabe. Llora desconsoladamente. Tiene
miedo de desangrarse camino a lo de Porfiria. Tiene
miedo de morir desangrada arriba de la camioneta.
Suda. Es una suerte que sepa manejar. Aprendió sola.
A través de la observación. Cada domingo, cuando
salían a dar una vuelta, iba concentrada en el movi-
miento de los pies de Lisandro. Parecía fácil. Empe-
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zaba apretando fuerte el pedal de la izquierda. Des-
pués apoyaba su otro pie sobre el de la derecha y, a
medida que lo iba hundiendo, soltaba el primero.
Mucho más tarde se percató de que el movimiento de
los pies iba acompañado por el de las manos. Una
sobre el volante y la otra sobre la palanca de cambios.
Tan concentrada iba en el mecanismo de los pedales
que nunca había levantado los ojos. Hasta que, un
domingo, de casualidad, lo hizo. Y entendió que los
mecanismos se complementan. Y, una vez que los
integró, una vez que su mente los asimiló, se decidió
a probar. Aprovechó una tarde en que su padre se
había ido con Nefer y en que Margarita dormía la
siesta. Puso en marcha la camioneta (no le costó na-
da) y arrancó. Le bastó con recorrer los alrededores.
Unas pocas cuadras le bastaron para comprobar que
había aprendido. Y se alegró. Se puso contenta. Tam-
bién es una suerte que Porfiria, a la salida de la últi-
ma clase del catecismo, antes de que “se bautizaran”
(ella tenía una idea muy distinta acerca de lo que era
el bautismo, pero cómo iba a cuestionar al cura), le
haya indicado el camino a su casa.
—Por cualquier cosita —le dijo—. Lo que nece-
sites. Yo siempre voy a estar para ayudarte. Siempre.
Definitivamente, esa mujer era muy pesada. Pe-
sadísima. Como un moscardón. Como un tábano.
Desde el primer día que la había perseguido. Para
sacarle información, claro. De chusma nomás. Se
hacía la disimilada pero le salía mal. Era demasiado
obvia. Violeta trataba de esquivarla. La ignoraba. Y
ya no se le ocurría forma de demostrarle su irritación.
Su furia. Sin embargo, hoy, se convirtió en su única
alternativa. En su única opción. Acaba de cruzar las
vías. Todavía le faltan diez cuadras. Pero el olor a
podrido ya se hace notar. Desde el campo también se
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siente. Sobre todo a la mañana, bien temprano, o a la
nochecita, cerca de las nueve. Violeta desconoce el
motivo. Supone que a esa hora desagotarán. O que les
tirarán algún líquido a los desperdicios. O que los
removerán. Es un olor intenso, penetrante, que emana
de las cuatro cunetas que bordean la cuadra en la que
se levanta el edificio. Cuatro metros, en un departa-
mentito (pieza, cocina y baño) que alquila por unos
pocos pesos.
—No me pueden cobrar más —le comentó en al-
guna oportunidad—. Por el olor.
Y por las moscas, agrega ella mientras cierra las
ventanillas para que no se le metan a la camioneta.
Qué cantidad de moscas. Parece el basurero. “Frigorí-
fico SEK”, anuncia un cartel. “20 años de compromi-
so”. Y cinco clausurado, debería agregar. Tres em-
pleados ahogados en sangre y cinco años de clausura.
Violeta reduce la velocidad. La sorprende que haya
nenes jugando adentro, entre la mugre, entre los des-
perdicios. ¿Vivirán ahí? Capaz que el padre es el en-
cargado y trabaja por sueldo y techo, baraja. Igual
que el mío. Sigue de largo. Casi sin mirar, se aleja.
Apenas cien metros la separan de su destino. Pisa el
acelerador. El sonido de las ruedas estalla en la tarde
silenciosa. Levanta polvo. No anda un alma por la
calle. Mejor, se consuela. Llega. Estaciona a la som-
bra de un árbol, arranca las llaves y se baja. Avanza
con las piernas abiertas. Le arde. El trayecto hasta la
puerta se le torna interminable. La toalla de mano le
pesa sobre el pantalón. Le duele la panza, señal, su-
pone, de que va a volver a sangrar. La tierra se le me-
te entre los dedos de los pies. La quema. El timbre.
Hunde un dedo en el timbre y espera. Nada. ¿Y si no
está? ¿Habrá corrido un riesgo inútil? Se acuerda de
que Porfiria le contó que, muchas tardes, el cura la
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obligaba a quedarse durante la hora de la siesta. Para
adelantar trabajo, se justificaba. Y que ella no se po-
día negar. No tenía posibilidades de negarse.
—Por ejemplo, el día que conoció a tu mamá
—le había dicho—, yo atendí el teléfono.
Pero ahora hay un cura nuevo. ¿Cómo será?
Vuelve a tocar. Insiste. ¿Por qué se habrá ido Levín?
¿Por qué no le habrá avisado a nadie que se iba? Na-
da. Se desespera. ¿Y si no está? Suda. La ropa se le
pega al cuerpo. ¿Qué va a hacer? La temperatura
ronda los treinta y ocho grados. Los rayos del sol se
incrustan en su cabeza. Tiene miedo. Pánico. ¿Cuánto
tiempo podrá sobrevivir sin sangre? Dentro de unos
minutos perderá la poca que le queda. Está segura. Se
pisa los talones, ansiosa, nerviosa. Y, de repente, es-
cucha el chirriar de la mirilla. Y, a continuación, len-
tamente, se abre la puerta. Porfiria sonríe, pero, al
verla, la boca se le tuerce en una mueca de espanto.
—Viole —le dice—, ¿qué pasó?
Y ella se le abalanza con los brazos abiertos. La
abraza fuerte. Entonces la otra, tomando las riendas
de la situación, la hace entrar. No hace falta que la
nena le diga nada. Sobran las palabras. Porfiria en-
tiende, de inmediato, lo que la arrastró hasta su casa.
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No sé si voy a ser capaz de volver a mirarla a la cara.
Después del papelón que me acabo de mandar, la
próxima vez que me la cruce, o que la necesite, me
voy a poner roja de vergüenza. Me voy a poner
bordó.
¿Por qué mamá no me lo habrá dicho? ¿Por qué
no me lo habrá explicado? Ahora entiendo el motivo
por el cual, algunos días al mes, no me dejaba higie-
nizarla. Me pedía el trapito y la palangana y se lim-
piaba sola. Y se quedaba con un paquete de algodón.
Recién ahora lo entiendo. Y espero que, en algún la-
do, esté pagando todo el mal que nos hizo. Es lo úni-
co que me serviría de consuelo.
¿Ya se habrán despertado? No creo. Se acostaron
tarde. Le van a pegar derecho. Por lo menos hasta las
cinco. Me sobra el tiempo. Por suerte no manché el
asiento. Igual, la sangre no es difícil de sacar. No
hubiera sido mucho problema.
La virgen. Reconozco que lo primero en lo que
pensé cuando me vi la sangre fue en a virgen. En sus
lágrimas. ¿Estarían relacionadas? ¿Por qué habríamos
sangrado las dos? Y, de no haber sido por el apuro
con el que salí, la habría llevado. Se la habría mos-
trado. Pero ya va a haber tiempo para eso. Nuestro
próximo encuentro va a ser para mostrarle la imagen.
Y que ella me dé su opinión. Estoy decidida. Al prin-
cipio tenía mis dudas, pero, después de la demostra-
ción de hoy, desaparecieron.
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La culpa la tuvo el cura. La culpa de mi descon-
fianza. Porque, en una de sus visitas, lo escuché de-
cirle a mamá que Porfiria le había metido a María
Rosa en la parroquia. Que se la había metido de pre-
po. Pero que por suerte él había reaccionado a tiempo
y la había sacado cagando. Eso sí: le voy a exigir dis-
creción. Aunque le resulte difícil, esa va a ser la con-
dición que le voy a poner. Yo se lo voy a confiar solo
si ella me promete que no se lo va a contar a nadie.
Entro.
Guardo la camioneta.
Pensar que salí creyendo que no iba a volver, que
me iba a morir, y acá estoy. Sana y salva.
Todavía duermen.
Me voy a poner a lavar la ropa.
Urgente.
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Tábano, viernes 29 de diciembre de 1989
Querida Susana:
Te escribo medio a las apuradas por-
que si no despacho esta carta mañana mismo voy a
tener que esperar hasta el lunes. Y no me siento capaz
de poder resistir un fin de semana entero con seme-
jante opresión en el pecho. Desde ya, te pido perdón
por la letra. Es que me tiembla el pulso como nunca
me tembló en mi vida. Enseguida vas a entender por
qué.
Hoy volvió, Susana. Se fue hace quince minutos.
Y yo me tuve que tomar un tranquilizante para bajar
un poco las revoluciones. Llegó con una crisis peor
que la del otro día. Porque se trata de algo mucho
más grave. Algo a lo que yo, por el momento, no le
veo solución. Por eso me tomo el atrevimiento de
molestarte, de recurrir a vos, y de, en definitiva, invo-
lucrarte en esto.
Voy despacito, para que no te marees, porque el
asunto es delicado.
¿Te acordás que yo te dije que me había ido del
velorio de la madre con la sensación de que se había
quedado con ganas de contarme algo? Bueno, tenía
razón. Había algo que no se animaba a decirme. Has-
ta que explotó. Hasta que, anoche, pasó algo que la
hizo explotar.
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Te explico: resulta que, desde que se murió Mar-
garita, a Violeta la desvela un continuo deambular de
pasos en la habitación contigua. Sí, tal como lo estás
leyendo. Pasos. Dice que la despiertan a la madruga-
da y que no se detienen hasta el amanecer. ¿Cómo
puede ser?, se preguntaba. Si en esa casa no viven
más que ella, la hermana y el padre. Y la hermana
duerme en la cama de al lado y los ronquidos de Li-
sandro retumban hasta en el gallinero. Bueno, la cosa
es que anoche, harta, se decidió a investigar. Se le-
vantó despacito y, con el mismo cuidado, emprendió
la marcha. Su intención era no alertar a eso (lo que
fuera) de que iba caminando a su encuentro. Y, cuan-
do llegó, sin dudarlo, hundió la mano en el picaporte.
Y, para su sorpresa, del otro lado no había nada. Ni
una persona, ni un fantasma, ni algún animal. Nada.
Así que, aliviada, echó una última mirada y resolvió
irse. Pero, justo cuando estaba cerrando la puerta, con
los ojos todavía clavados en el interior, se coló una
ráfaga de viento que agitó la cortina de la ducha. Y
entonces pudo distinguir, claramente, dos pies en la
bañadera. Pies humanos, ¿entendés? Pies embarra-
dos. Como… si se hubieran escapado del cementerio
(viste que a los muertos, antes de enterrarlos, les ro-
ban los zapatos) y hubieran errado hasta ahí. Imagi-
nate la velocidad con la que volvió a la cama. Y, una
vez que estuvo acostada, los pasos reanudaron su
marcha, incansables. Y, esta mañana, apenas se des-
pertó, me lo vino a contar. Vino caminando. Calculá
su nivel de angustia que recorrió tantas cuadras a pa-
ta. Y lo peor es que a mí no se me ocurría qué decirle.
¿Cómo se reacciona ante un caso de esa naturaleza?
Te juro que, si no me hubiera hablado en el tono en el
que habló, habría pensado que me tomaba el pelo.
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7270
Pero no. Nada de eso. Me hablaba en serio. Muy en
serio.
En síntesis: me comprometí a averiguar. Le dije
que, ni bien tuviera una respuesta, se la iba a comuni-
car. Pero el problema es que no se me ocurre con
quién consultarlo. No se me ocurre a quién recurrir.
Yo sé que a vos no te simpatizan demasiado este
tipo de cosas, Susana, pero entendé que sos la única
persona a la que se lo puedo confiar. Violeta me ma-
taría si se lo dijera a alguien del grupo. Me lo dejó
bien en claro. “Te exijo discreción”, me dijo. Con
esas mismas palabras. Fue categórica. Y, por primera
vez en mucho tiempo, siento que estoy en un callejón
sin salida. Y vos sos la única persona que me puede
sacar. Vos allá contás con los medios. Con los recur-
sos. Andá a alguna biblioteca, comprate alguna revis-
ta, qué sé yo. Pero salvame. Necesito tu ayuda. Esa
nena dependerá de mí, pero yo, en este momento,
dependo de vos, de tu buena disposición.
Por último, no quiero cerrar esta carta sin desear-
te que empieces el año de la mejor manera. Yo pla-
neaba viajar pero, ante tantos inconvenientes, no pu-
de. Espero 1990 sea mejor que 1989, Susana. Lo de-
seo rotundamente. Aunque, el otro día, cuando le fui
a jugar un número a la quiniela al cura, vi algo que
me dejó bastante inquieta. Mientras hacía la cola, me
puse a chusmear el significado de los sueños. Y mis
ojos desembocaron derechito en el 90. ¿Sabés lo que
significa? El miedo. ¿Vos podés creer?
A propósito: ¿te has detenido a pensar en que,
por lo menos una vez al día, pronunciamos la palabra
miedo?
Porfiria
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7369
Se esconde detrás de un árbol para que no la vean.
Aunque se los nota tan acaramelados, tan entreteni-
dos, que es prácticamente imposible que se les ocurra
desviar los ojos el uno del otro.
Los espía.
Charlan.
Y, de repente, él la estruja.
La aprieta.
Con razón esta mañana no me lo crucé, piensa.
Se conoce que ha salido temprano. ¿Desde qué hora
estará en este rancho?
La besa.
Violeta no da crédito de lo que le toca presenciar.
La besa.
¿Quién será ella? ¿De dónde la habrá sacado?
Margarita se murió la semana pasada y él ya anda a
los besos con otra.
Y en público.
Sonríe.
Hace tiempo que no lo veía sonreír. Mucho.
Ella le habla al oído. Parece mayor que él. Debe
tener cuarenta y cinco años. Mínimo. Pero se viste
como una pendeja. Igual que la abuela. Violeta odia a
las mujeres así. Se las dan de lindas y quedan como
unas payasas. Pero se nota que a él le gusta.
Ahora, sin soltarla, Lisandro mira su reloj, la be-
sa nuevamente (la besa durante un rato largo) y se
sube a la camioneta. Deben ser las diez. Ella le agita
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las manos desde la vereda. Él arranca. Levanta tanto
polvo que, por unos instantes, la nena los pierde de
vista. Y, cuando por fin se disipa, ya no están.
Sale de su escondite.
Le queda un largo trayecto por delante.
Y todo un día para pensar.
Como si no tuviera suficientes preocupaciones en
la cabeza, él le acaba de agregar una más.
Para no perder la costumbre.
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4
General Pico, lunes 15 de enero de 1990
Porfiria:
Esto ya está pasando de castaño a oscuro.
Yo puedo aceptar que te involucres con esa gen-
te. Puedo aceptar que sigas a una pendeja que dice
que recibe mensajes de la virgen, porque, según lo
que me contás, no solo te hace bien sino que, además
(y esto era lo que a mí me quitaba el sueño), no te
sacan un peso. Puedo aceptar, aparte, que asumas el
rol de madre con estas nenas. Después de todo lo que
sufrieron, nadie te lo podría reprochar. Pero que te
creas cada una de las cosas que te dicen me parece
demasiado.
Violeta tiene un déficit de atención muy grande,
Porfiria. No hace falta ser psicólogo para darse cuen-
ta. En un instante pasó de ser la preferida de la casa a
oficiar de sirvienta. Durante años, para lo único que
la necesitaron fue para que le pusiera la chata a una
enferma, para que la atendiera. Y ahora que encontró
a alguien que la escucha, que la acompaña, que le
ofrece ayuda (o sea, vos), es obvio que se está apro-
vechando.
Sos una persona grande, ¿cómo te pueden hacer
tragar un cuento de aparecidos? Esa fue la gota que
4
Ni la firma ni el encabezado figuran en el original. La fecha y el
lugar de emisión fueron repuestos a partir del matasellos postal.
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rebalsó el vaso. En serio te digo que me tenés preo-
cupada. Yo entiendo que, al haber sido tan sobrepro-
tegida, al haber vivido siempre bajo mi ala, seas un
poco ingenua, pero tampoco para la boludez.
Te repito: hay que ponerle un límite a esta situa-
ción. Un corte. Vos no podés secundar a esta chiquiti-
ta en todas las pavadas que se le ocurra inventar. No
puede ser que te convenza con tanta facilidad. ¿Acaso
perdiste el juicio? Volvé a tu eje, Porfiria, te lo digo
de verdad. Caso contrario, no me va a quedar otra
salida que consultarlo con especialista. O meterte en
un psiquiátrico. Sabés que no me temblaría el pulso.
Así que calmate. Pensá en lo que estás haciendo. Re-
capacitá. Andá a esas reuniones, divertite, disfrutá,
pero no te metás en quilombos. Porque las conse-
cuencias pueden ser graves. Pueden ser gravísimas. Y
me vas a obligar a tomar decisiones drásticas. Te lo
advierto. Y tomalo como una amenaza si querés. Te
voy a estar vigilando de cerca. Muy de cerca.
Susana.
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¿De dónde me dijo que venía? Ah, Tábano, sí, por
supuesto, conozco. Un lugar precioso. Mi mamá na-
ció en Tábano. Pero se mudó después de la primera
inundación. En el 45. Es increíble que, a pesar de los
años que pasaron, todavía no hayan solucionado ese
problema, qué quiere que le diga. Caen dos gotas y
ya se quedan aislados del mundo. Pero, bueno, usted
no ha venido a hablar de obra pública. ¿Por qué no
me cuenta el motivo de su viaje? La escucho. Entien-
do. Una historia complicada. Difícil. Sí, sí, adelante,
adelante. Un espíritu, digaló con todas las letras. No
tiene de qué avergonzarse. Un espíritu. Bueno, le ex-
plico. Básicamente, nosotros distinguimos dos gran-
des grupos: los que han logrado ascender y los que
no. Los segundos, aunque le parezca mentira, son los
más numerosos. Se cruzan con nosotros de manera
permanente. Sin embargo, en muy pocas oportunida-
des nos percatamos de su presencia. Bien, dentro de
ese grupo, a su vez, hay otros dos: los residuales y los
conscientes. La terminología varía de un manual a
otro (todavía no hay demasiado consenso al respec-
to), pero, en cualquier caso, apunta hacia lo mismo.
Los residuales son aquellos espíritus que no interac-
túan con los vivos. Aquellos que permanecen en este
plano pero que, al mismo tiempo, se muestran ajenos
a él. Y también, por suerte, son los más numerosos.
¿Nunca ha visto una de esas fotos en las que se los ha
logrado registrar? La mayoría son residuales. Parecie-
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ra que están ahí de pura casualidad, que ignoran a los
seres humanos, que no los afectan. Los conscientes,
en cambio, son los que arrastran alguna antigua deu-
da que los mantiene atados a nuestro mundo. Y, por
lo que usted me dice, ése es el caso de la madre de
estas nenas. ¿Pero cómo, a ustedes les quedaba algu-
na duda de que se trata de ella? Yo se lo confirmo.
Los indicios lo demuestran claramente. ¿Quién más
podría ser? Disculpe, ¿se siente bien? Continúo. Es-
tos espíritus son destructivos, vengativos, dañinos,
pero, para llevar adelante sus planes, necesitan de un
cuerpo. Y la posesión solo se produce en aquellos
casos en que la persona se encuentra muy debilitada.
Así que lo primero que le puedo decir es que le acon-
seje a la mayor (que es a la que persigue) que se man-
tenga fuerte. Los espíritus son como las enfermeda-
des: si uno baja las defensas, ellos se aprovechan. De
ahí el porqué de los ruidos, los pasos, las apariciones.
Pretenden asustar para ganar terreno. El miedo es
paralizante, lo deja a uno sin capacidad de reacción, y
eso es justamente lo que ellos necesitan. Es el único
truco al que pueden recurrir. Y, por lo que usted me
dice, esta chiquita debe tener un temple de acero.
Claro que, después de todo lo que vivió, ya debe estar
curtida. Pero nunca hay que confiarse. Escúcheme
bien: nunca hay que confiarse. Y déjeme decirle otra
cosa: si logran ingresar al cuerpo, estamos ante un
verdadero problema, porque escapan a nuestro domi-
nio. Nosotros los podemos manejar mientras perma-
nezcan en lo que llamamos el bajo astral. Por eso es
una suerte que haya tomado las riendas de la situa-
ción y se haya decidido a consultarnos. A mucha gen-
te le da vergüenza, o miedo, y, cuando vienen, ya es
tarde. Lo que nosotros le podemos ofrecer es intentar
contactarla. De esa manera lograríamos que ascendie-
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ra. De hecho, usted podría participar de la sesión. No
me mire con esa cara, que no le estoy proponiendo
nada raro. Una sesión espiritista es muy distinta a lo
que gran parte de la gente supone. No se imagine una
película de terror ni nada por el estilo. Al contrario:
se crea un ambiente de paz, de serenidad, que es lo
que hay que transmitirles a las almas errantes. Pero,
bueno, no le quiero robar más tiempo. Yo le prometo
que, el miércoles, cuando sesionemos, haremos lo
posible por contactarla. Lo que le voy a pedir es un
teléfono, así… Ah, ¿no tiene? ¿Y su dirección?
Bárbaro. Así, ni bien tenga novedades, yo se las co-
munico. No tiene porqué. En serio. Hasta luego.
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A pesar de que al principio la chiquita lo había atri-
buido a la imaginación de Violeta, Lisandro se los
había terminado por confirmar, les había avisado que
la mujer se iba a ir a vivir con ellos. Y hasta les había
mostrado una foto. Lidia se llamaba. Tenía cuarenta y
dos años y era alta, flaca y rubia.
—Van a ver lo bien que se van a llevar —les
había adelantado, sonriente.
Y Nefer le había devuelto la sonrisa, pero Violeta
se había mantenido seria, lo cual era entendible. A
ella no le gustaba la idea. Se caía de maduro. Violeta
se resistía a verlo con otra mujer que no fuera su ma-
dre. Ella había tenido la posibilidad de disfrutarlos
juntos, felices, y extrañaba los buenos tiempos. Por
eso habría andado tan bajoneada los últimos días. Tan
esquiva. Y por eso también, al mediodía, después de
que el padre les comunicara la noticia, había empeza-
do con los mareos. Para llamar la atención, suponía
su hermana. Para hacerse notar. Se había instalado en
la habitación que pertenecía a Margarita, porque ahí,
según dijo, se iba a sentir más cómoda. Nefer la visi-
taba con bastante frecuencia. Pero, cada vez que lo
hacía, Violeta le clavaba una mirada fulminante. Te-
nía algo raro en los ojos. Algo que la asustaba. Así
que lo mejor sería dejarla descansar tranquila.
Cinco y media golpearon las manos: Porfiria.
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—Pasá —la autorizó la chiquita—. Está en el
fondo. —Y extendió un brazo en dirección al pasi- llo
—. Anda medio enferma.
Y a la otra se le transformó la cara.
Desde que se había levantado de la siesta, andaba
con ganas de tomar mate y, por suerte (porque no la
dejan prender las hornalla), había quedado un poco
de agua caliente en la pava. Nefer abrió el tarro de
yerba y, justo cuando se disponía a volcarla, el es-
truendo se la hizo desparramar por el suelo.
Porfiria estaba apoyada contra la puerta que aca-
baba de cerrar, ahogada, temblando.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
Y, desesperada, a lo único que la mujer atinó fue
a salir corriendo.
A huir.
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Querida Porfiria: te cuento que intentamos contactar-
la pero no hubo caso. Suponemos que debe haber
ascendido. Cualquier cosita, no dudes en acercarte.
Saludos,
Héctor.
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Tábano, jueves 18 de enero de 1990
Querida Patricia:
¿Quién diría que tu comadre iba a
terminar convertida en una mujer de campo? Ni yo
me la creo. A la mañana, apenas me despierto, y co-
mo una tonta, lo primero que hago es amagar a mano-
tear el control. Pero lo único que encuentro son los
pliegues del cubrecama. A esta zona no llega el canal.
La antena más próxima está a quince cuadras, del
otro lado de la vía, donde vivía antes. El gas tampo-
co. Compran tubos y garrafas, que les salen carísi-
mos, y, encima, no les duran nada. Lo único que hay
es luz. Y bichos, cantidad de bichos, de la clase que
se te ocurra. A la chimenea, por ejemplo, la tienen
clausurada porque han hecho nido las lechuzas y los
búhos. Y las tejas del fondo están plagadas de mur-
ciélagos. Me olvidaba de los mosquitos. Son una pes-
te. Lisandro planeaba fumigar, pero le dijeron que no
le conviene, porque en una o dos semanas va a empe-
zar a llover y se van a criar de vuelta. Lo único que
espero es que no crezca la laguna. Ahí sí que se nos
va a complicar. Estos campos son muy inundables y,
si no arregla pronto los caminos, nos vamos a quedar
encerrados hasta que pase el verano. Febrero es un
mes bravo para las tormentas, pero este año, andá a
saber por qué, parece que se adelantaron. Igual, a pe-
sar de que está nublado casi todos los días, el calor no
mengua. Yo me paso la tarde tirada abajo del ventila-
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dor. Las nenas se van a meter al tanque, pero a mí no
me gusta. Prefiero quedarme adentro, fresquita, que
estar al rayo del sol. Mantengo las ventabas cerradas
y las abro recién a la nochecita, para que se ventile la
casa, lo malo es que también se mete el olor a podri-
do del frigorífico y contra eso no hay ninguna solu-
ción.
Bueno, paso a contarte lo que te interesa. Llegué
el martes a la mañana, bien temprano. Lisandro me
pasó a buscar a las siete y media, cargamos las cosas,
le encargué las plantas a una vecina y salimos. Traje
poco. Unas mudas y un par de chucherías nomás. En
la entrada nos esperaba la más chiquita. Nefer se lla-
ma. ¿Viste qué nombre raro? El padre lo eligió. No sé
de dónde lo habrá sacado. Es divina. Tiene unos ojos
azules, bien saltones, que te dan ganas de comerla. Y
el pelo marroncito y enrulado. Se había puesto el me-
jor vestido que tenía (el mismo que usó para el vela-
torio de la madre) y andaba con una sonrisa de oreja a
oreja. Parecía un angelito. La otra nos esperaba aden-
tro. Estaba preparando una torta. “Es para vos”, me
dijo cuando entré. Y me estampó un beso. Lisandro
me había dicho que por ahí le iba a costar aceptarme,
pero, por suerte, se equivocaba. Es una nena retraída,
callada, casi ni habla, pero no sabés la mano que tie-
ne para los quehaceres. En un minuto te acomoda
todo. Claro, está tan acostumbrada que le resulta una
pavada. A mí, en cambio, me cuesta un trabajo bárba-
ro. Vos no te das una idea de lo que es esta casa. In-
mensa. Pero ella la mantiene como un palacio. Yo me
limito a lavar los platos y a barrer un poco. No me
quiero meter en su terreno. No la quiero invadir. Em-
pezamos tan bien que me daría lástima arruinarlo. Y,
de yapa, descanso. Así que no me quejo. Lo único,
Patricia, es que a esa nena se le distingue el dolor en
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88
la mirada. Ha sufrido tanto que tiene los ojos cansa-
dos, tristes, y a mí me parte el corazón. ¿A quién le
habrá hecho mal para pagarlo de esa manera? Pero
esos tiempos ya pasaron. Mejor no torturarse pensan-
do en el pasado. Mejor disfrutar del presente. Y mi
presente es muy bueno, Patricia. Es muy prometedor.
Por lo demás, no hay demasiadas novedades. Es-
cribime, no seas quedada, que acá no tengo nada que
hacer. Lo único que por ahí me retraso en contestarte
porque dependo de que Lisandro me lleve al correo.
¡Ni loca me voy caminando! Espero tu respuesta.
Ansiosa.
Besos,
Lidia.
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Se corta la luz. Hacía mucho que no se cortaba. Por
lo menos un año.
Lidia les pregunta si tienen velas. Violeta, sin
pronunciar palabra, se levanta y trae una. La ubica en
el centro de la mesa, encima de un plato de postre, e
intentan seguir jugando. Pero, como no ven ni los
números ni los palos, juntan las cartas y las guardan
en la caja.
Lidia les dice que es hora de dormir pero Nefer le
contesta que no tiene sueño y Violeta la acompaña.
—Yo tampoco —dice.
Lisandro ronca desde hace media hora. Ni bien
terminó de cenar, se levantó, se acostó y se durmió en
el acto.
—¿Quieren que les cuente una historia? —les
propone entonces. Y las nenas se entusiasman—.
¿Alguna vez escucharon hablar de la luz mala?
—Ellas niegan con la cabeza—. Es una luz que anun-
cia la presencia de un alma en pena —les explica—.
Es de un verde intenso y se aparece de noche. Solo de
noche. Y mata al que tiene la desgracia de cruzarse
con ella. Una vez, acá en Tábano, sin ir más lejos, un
paisano escuchó ruidos en la entrada. Y se levantó a
ver qué pasaba. Y, en el camino, se topó con a luz
mala. Al otro día lo encontraron muerto.
Nefer empalidece. Y se agita. Y empieza a tem-
blar.
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Lidia las mira, expectante, ansiosa por comprobar
si su relato les produjo alguna reacción.
Violeta se levanta.
—¿Adónde vas? —le pregunta.
—Ahora vuelvo —le contesta ella y se pierde por
el pasillo.
Nefer está muda. Ha perdido la capacidad de
reacción.
—¿Qué pasa? ¿Te asustaste? —indaga su ma-
drastra.
Y ella sacude la cabeza.
La otra vuelve a los cinco minutos.
—Nefer, andá a acostarte —le ordena a su her-
mana—. Yo enseguida voy.
La chiquita se resiste, pero, al final, cede.
—Te espero —le dice, con un hilo de voz. Y cie-
rra la puerta de su habitación.
Lidia no comprende su actitud.
—¿Vos querés ver algo que te va a dar miedo?
—la increpa Violeta—. ¿Querés ver algo que te va a
dar miedo de verdad?
Y le enseña la virgen ensangrentada.
—Mirá —le dice. Y se va a acostar ella también.
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9292
Tábano, jueves 15 de febrero de 1990
Querida Patricia:
Disculpá que haya tardado tanto en
contestarte. Es que no me he sentido muy bien estos
últimos días. Estoy en cama. Casi sin probar bocado.
Siento como si tuviera una pelota en el estómago.
Debo estar empachadísima, pero acá no hay nadie
que me lo cure, ni siquiera de nombre, así que me la
paso a efervescentes. Se ven que me han hecho mal
todas las cosas ricas que me ha preparado Violeta.
Vos no te das una idea de cómo me mima. El
martes, pasado, por ejemplo, me hizo una ambrosía.
¿Te acordás de la ambrosía? El postre de las yemas y
las vainillas. Complicadísimo. Y no sabés lo buena
que estaba. Tiene una mano bárbara para la cocina. Y
no deja que ni el padre ni la hermana metan cuchara.
Yo siempre les quiero dejar un poco pero ella me di-
ce que no, que es para mí, que la disfrute. Y yo, con
lo golosa que soy, tampoco me hago rogar demasia-
do. Y así terminé. Doblada de dolor.
Si no me controlo, voy a quedar hecha una balle-
na. Y Lisandro me va a largar. “Vos me querés hacer
perder mi figura —le digo a la chiquita—, para que tu
papi me eche.” Y ella se ríe a carcajadas. Por suerte
nos llevamos bárbaro. Pero es cierto, che: me tengo
que controlar un poco. Aunque, con lo bien que coci-
na, me va a resultar difícil. Le tengo que preguntar
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cuál es el secreto para que los postres le salgan tan
dulces, porque, por lo que he visto, azúcar casi no
usa. ¿Cuál será? ¡Qué intriga!
No hay nada que hacerle, che: hay algunos que se
dan maña para la cocina y otros que no. Yo pertenez-
5
co al segundo grupo .
5
El resto de la carta no se pudo localizar.
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9492
¿No le estará echando algo a la comida? Yo sé que
suena descabellado, pero es lo único que se me ocu-
rre. Es lo único que puedo pensar. No puede ser que
me sienta tan mal. Nunca me había pasado una cosa
así. Llevo casi un mes en cama. Y cada día me siento
peor. No mejoro. Encima el pesado de Lisandro insis-
te con llevarme al médico. Y yo no quiero ir al médi-
co. Ya no sé cómo decirle. Es insoportable. Una ver-
dadera pesadilla. Estoy segura de que si él hubiera
trabajado en el hospital y hubiera visto las cosas que
yo vi, ni se le ocurriría pisar un consultorio. Ni se le
pasaría por la cabeza. Y eso que yo trabajé de muca-
ma. Ni me imagino de las barbaridades que habrán
sido testigos las pobres enfermeras. Ni me lo quiero
imaginar. Esos hijos de puta son los únicos asesinos
que no van presos. Se mandan las peores cagadas y
siempre salen limpios. Dibujan los certificados como
quieren. Y, aparte, se cubren entre ellos. Más en un
pueblo como éste, en el que nadie investiga un soto.
Yo no se lo quise decir, pero la mujer de él no fue la
única que salió en una silla de ruedas de la sala de
partos. Hubo varias. Y hubo varias también que salie-
ron tapadas con una sábana. Yo cumplía horario el
día que nació Nefer. Justo estaba limpiando un pasi-
llo cuando se desató el quilombo. Y, al poco tiempo,
renuncié. Ya no aguantaba presenciar determinado
tipo de cosas. Me hacía mal. Volvía hecha un trapo a
mi casa. Y, por el mismo motivo, cada vez que veo
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9591
entrar a alguien que viene a atenderse, me dan ganas
de correr y frenarlo. Usted no sabe dónde se mete, me
dan ganas de decirle. Aunque, por suerte, cada vez
está viniendo menos gente. Parece que están tomando
consciencia. Parece que se están avivando.
Lo que a mí me extraña es que la medición no me
haya aliviado nada. Antes, ni bien me curaban el em-
pacho, ya me sentía otra. Ahora, en cambio, es lo
mismo que si no me lo hubieran curado. Claro que
por el nombre es distinto. El verdadero empacho se
cura personalmente, con la cinta en la panza. Patricia
dice que tengo que meter un hígado de vaca y la pri-
mera orina del día en una lata y enterrarla en el patio.
Que así se me va a pasar. Pero yo no creo. No voy a
perder el tiempo en semejante pavada.
¿No será algo grave?, me preguntó Lisandro esta
mañana. Qué alentador. Yo trato de no sugestionarme
y él viene y, con la mayor liviandad, me mete el dedo
en la llaga.
Todavía siento esa pelota en el estómago. No me
puedo ni levantar. Me muevo y vomito. ¿Qué me es-
tará pasando? Desde que llegué a este lugar inmundo
que no he parado de sufrir. Es como si estuviera mal-
dito. Es como si hubiera recaído una maldición sobre
las mujeres que se atreven a pisarlo. Primero Marga-
rita y ahora yo. Aunque yo no soy como ella. Yo me
quiero curar. Pero no puedo. Es inútil. Es de gusto.
Ahí viene con la bandejita. Te agradezco, Viole,
le digo. No tengo hambre. ¿Pero cómo vas a estar sin
comer?, me retruca. Es un tecito nada más. Y unas
tostaditas. Está bien, acepto. Y me incorporo.
Me duele. Me duele cada fibra de mi cuerpo.
Tomo.
Está riquísimo el té. Hasta el té le sale bien a esta
condenada. Le agregue unas gotitas de limón para
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9692
que se te pasen las náuseas, me dice. Y te hice una
jarra de limonada. ¿Te gusta? Sí, le contesto. Y me
concentro en el líquido que contiene la taza. Me in-
comoda que no me saque la mirada de encima. Está
rara últimamente. Tiene un brillo raro en los ojos. Y
yo tengo ganas de volverme a mi casa. Tengo ganas
de largar todo y volverme a mi casa. Aunque lo pier-
da. Aunque pierda a Lisandro. Es un precio que estoy
dispuesta a pagar. Porque ganaría en tranquilidad. Me
siento incómoda en este campo mugriento. No hablo
con nadie, no hago nada, me asustan los bichos, me
aburro y me duele. Sobre todo, me duele.
Como puedo, me trago el último sorbo y le entre-
go la bandejita. Listo, le digo. No te comiste las tos-
taditas, observa ella. No me entran. Bueno, en un rato
te traigo la sopa.
Sale.
Los rayos del sol se filtran por las hendijas de la
ventana.
Hace calor.
Las gotas me recorren la cara, incansables. El
cuerpo se me ha adherido a las sábanas. Estoy toda
pegoteada. Los párpados me pesan. Se me caen. Me
duermo pensando en que me quiero ir. Me quiero
ir…
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Dos cucharadas nomás.
Con dos cucharaditas alcanza y sobra.
La verdad es que en ningún momento barajó la
posibilidad de que, cuando el yeso hiciera efecto, Li-
dia fuera a dejar de comer los postres. Y al principio
se preocupó. Se preocupó mucho. Porque su plan es-
taba a punto de fracasar. De venirse abajo. Pero ense-
guida se dio cuenta de que se lo podía poner también
al té. Y al jugo. Y a prácticamente cualquier prepara-
ción. Siempre y cuando pusiera poco. Para que no se
note.
A la idea se la dio su hermana. Una tarde en la
que estaban en el tanque y vieron pasar un ratón, Ne-
fer le contó que su padre usaba un método muy senci-
llo y efectivo contra ellos: partía una cubierta y llena-
ba una mitad con agua y la otra con yeso. Después
apagaba las luces, se escondían (ellos compartían
infinidad de actividades juntos) y esperaban la llega-
da de los roedores. Le dijo que siempre pasaba lo
mismo: primero venía uno, probaba y, a continua-
ción, a través de un chillido, de un largo y agudo chi-
llido, llamaba al resto. Entonces sus compañeros sa-
lían de las cuevas y corrían a comerse el yeso.
—Comen con desesperación —le dijo—. Les en-
canta. Y, a cada ratito, van a tomar agua. Porque el
yeso es dulce. Y les da sed. Y, al otro día, aparecen
muertos. Con las patitas para arriba. Y la panza hin-
chada. Y papá los quema.
——————
9999
Y a ella le había venido como anillo al dedo.
Desde hacía un par de semanas (desde el día en
que Lisandro les comunicó que esa mujer se iba a
venir a vivir con ellos, más precisamente), Violeta se
siente distinta. Siente… como si fuera otra. No se
reconoce. Y lo más curioso, lo que más la intriga, es
que, desde ese día, no tolera la presencia de su her-
mana. La esquiva. Huye de ella. Sin embargo, en un
lugar tan chico, es difícil ignorar a otra persona. Es
muy difícil. Desde ese día, a Violeta la irrita cada
palabra que Nefer pronuncia. Y hasta hay veces en
las que siente que podría matarla. Sí, aunque le cueste
reconocerlo. Hay veces en la que la asaltan unos pro-
fundos y oscuros deseos de agarrar un martillo y
partírselo en la cabeza. O de ahogarla en la bañadera.
O de clavarle un cuchillo. O de agarrar un cuchillo y,
cuando ella menos lo espere, clavárselo en el pecho.
No sabe por qué. No entiende el motivo. Pero lo con-
creto es que lo haría. Sin dudarlo. Sin que le temblara
el pulso. Pero se contiene. Trata de contenerse. Y, en
ese sentido, Lidia le cayó del cielo. Con ella puede
canalizar su furia. Total, qué le importa. No es nada
suyo. Es una desconocida. Una completa desconoci-
da.
¿Cuánto le quedará?, se pregunta mientras le
agrega un poco de yeso a la sopa, solo un poquito,
para que quede bien dulce. No cree que mucho. Pe-
ro… ¿y cuando se muera? ¿Podrá controlarse? Ese
pensamiento la tortura. ¿Podrá controlarse? ¿Y si no?
¿Si no qué?
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100
Capital Federal, jueves 28 de febrero de 1990
Querido Luciano:
Estoy muy preocupada por tu
mamá. Últimamente la noto caída. Triste. Y, de
hecho, creo que no está en sus cabales. En la carta
que recibí ayer, me decía que en esa casa pasan cosas
raras. Que siente que la vigilan todo el tiempo, que a
veces la despierta la voz de una mujer, que escucha
lamentos y que hasta ha visto una virgen con la cara
manchada de rojo. Tal como lo estás leyendo: me
dijo que una de las nenas (me parece que la mayor) le
enseñó una virgen que llora sangre. Vos sabés mejor
que nadie que a mí nunca me terminó de convencer la
ida de que se mudara a ese campo, pero, claro, ¿cómo
se lo iba a impedir? Ella estaba tan contenta, tan en-
tusiasmada, que me dio no sé qué interponerle mis
objeciones. Y ahora estoy pagando las consecuencias.
Vivo con el corazón en la boca, Lucianito. Aparte, y
como si fuera poco, hace rato que está en cama. Dice
que la dobla una pelota en el estómago, que le duele
todo, que no se pude ni mover. Y la muy porfiada se
niega a ir al médico. Se resiste. Siempre con la mis-
ma pavada. No sé qué le estará pasando. La verdad es
que me desconcierta. ¿Vos qué opinás? Tu mami
nunca se comportó de esa manera. Al contrario: era
emprendedora, activa, polvorita. A mí me cuesta re-
conocerla. Y mirá lo que se me ocurrió: ¿no lo estará
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101
haciendo para llamarte la atención, para conseguir
justamente esto, que yo te escriba? Ella me confió
que hace mucho que no se hablan. Años. Que vos te
enojaste por no sé qué cosa y no le volviste a dirigir
la palabra. Y eso la mortifica un montón. Mirá, Lu-
cianito, yo no me quiero meter entre ustedes, pero tu
mamá no la está pasando bien. No la está pasando
nada bien. Así que me parece que es momento de
olvidar viejos rencores y, por lo menos, dedicarle
unas líneas. Escribile. Decile que te enteraste de las
novedades (no hay problema con que me mandes al
frente) y que querés volver a tener noticias de ella.
No hace falta que seas cariñoso. Con que le mandes
un papelito con tu firma va a ser suficiente. La va a
alegrar. Le va a cambiar el ánimo. Y vos sabés que el
estado de ánimo es fundamental a la hora de curarse.
En ese campo, ella no tiene ninguna actividad, está
todo el día maquinando. Y tu imagen debe ser lo pri-
mero que se le viene a la cabeza. ¿Qué fue lo que los
separó, Luciano? No creo que nada tan grave como
para no apiadarte de tu madre enferma. Por otro lado,
también soy consciente de que, antes de la carta que
te mandé el mes pasado, hacía mucho que no te es-
cribía. Y te pido perdón. En diciembre me diagnosti-
caron cáncer. Y me quiero morir en paz. Quiero ver
armonía a mi alrededor. Quiero respirar tranquilidad.
No se lo he dicho a tu madre porque no la quiero
preocupar, pero lo mío empezó igual que lo de ella.
Una descompostura que se extendió más de lo habi-
tual y que terminó siendo un tumor. Imaginate cómo
me puse. Estaba sola, desamparada, sin nadie a quién
recurrir. Sos la primera persona a la que se lo digo.
Así que te lo vuelvo a pedir: escribile, chiquito. Ro-
gale que no sea tan confiada, que vaya al médico, que
se haga ver. Y, sobre todo, tratá de limar asperezas.
——————
102
Eso es lo más importante. El hombre con el que se
fue a vivir parece muy bueno. Lisandro se llama.
Igual que tu nene. Y tiene dos chiquitas que se llevan
de diez con ella. Incluso, si se arreglan, la podrías ir a
visitar. No creo que él tenga ningún problema. Y le
darías una gran sorpresa. Y una inmensa felicidad.
Hasta yo podría ir. Si no se me complica demasiado
con el tratamiento, me podría tomar un micro y reen-
contrarnos los tres. ¿Cuánto hace que no nos vemos?
No me animo a decirlo. Bueno, Lucianito, yo cumplí
con mi obligación. Ahora sos vos el que decide, pero
Acordate de que, en resumidas cuentas, se trata de tu
madre. Y una madre nunca haría nada en contra de un
hijo.
¡Espero novedades!
Un besote,
Patricia
——————
103103
Bahía Blanca, martes 13 de marzo de 1990
Mamá:
Me escribió la madrina y me contó que estás
enferma. ¿Por qué no me avisaste que te habías mu-
dado? Yo te mandé una carta en diciembre y, como
no me contestaste, me volví a enojar. No me entraba
en la cabeza que tu orgullo (tu bendito orgullo) no te
permitiera dedicarme aunque sea unas líneas. Y me
enfurecí. Juré que nunca más te iba a volver a escri-
bir. Ni siquiera un renglón. Sin embargo, hace unos
días, Patricia consiguió preocuparme. Y mucho.
¿Cómo estás? Insisto: ¿por qué no me avisaste
que te habías mudado? Le tendrías que haber encar-
gado a alguna vecina que te recibiera la correspon-
dencia. Seguro que le encargaste a alguna las plantas,
pero ni se te debe haber ocurrido hablarle de la co-
rrespondencia. ¿No pensaste que te fuera a escribir?
Yo sé que hacía mucho que no manteníamos ningún
tipo de contacto y, quizás, eso te llevó a desechar la
idea. Pero en diciembre, por las fiestas, me decidí a
agarrar la lapicera. Joden tanto con esas fechas (con
que es una época de balances y de reencuentros) que
me sensibilicé y le planteé a Natalia que andaba con
ganas de escribirte. Y ella me alentó. “No seas terco”,
me dijo. “Escribile.” Y le hice caso. En esa carta te
decía que me parece una pavada que sigamos pelea-
dos. ¿Vos te has puesto a analizar cuál fue el motivo
——————
105105
de nuestro distanciamiento? ¿Te has puesto a pensar-
lo? La plata. Ni más ni menos que la plata. Vos te
empecinaste en que todo lo que había dejado papá te
pertenecía y te negaste a largarme un mango. Y yo
me quería ir a estudiar. Yo te estaba pidiendo unos
pesos para tratar de comprarme algo en Buenos Ai-
res. Para salir de ese pueblo inmundo y tratar de
construir un futuro. Pero vos que no y que no y en-
tonces nos dijimos las peores cosas. Nunca me voy a
olvidar que me gritaste en la cara que la plata te co-
rrespondía porque te habías aguantado a papá en una
silla de ruedas durante doce años. Y que había sido
un calvario. Un verdadero calvario. Salió lo peor de
nosotros. De los dos. Y te confieso que, en aquella
época, mucha gente, incluso conocidos tuyos (algu-
nos que, hasta el día de hoy, considerás amigos), me
alentaba para que pusiera un abogado. Y yo les decía
“¿Pero cómo le voy a hacer un juicio a mi propia ma-
dre?” La sola idea me resultaba inconcebible. No te-
nía sentido para mí. No tenía ningún sentido. Y, al
final, te saliste con la tuya. Te quedaste con todo. Y
así también lo perdiste. Menos la casa, jugando a la
quiniela, perdiste la herencia completa. “Se inundó el
pueblo, así que le voy a jugar al 01 y al 52. Soñé con
tu abuela, así que le voy a jugar al 48.” Siempre
igual. Si hasta a la fecha de muerte de papá le jugaste.
¿Te creés que no me enteré? Le jugaste a la fecha de
su muerte, a la edad que tenía cuando murió y al
número de lápida. Y te quedaste en la lona. Todavía
no entiendo cómo no te remataron la casa. Pero quie-
ro que sepas que no te guardo rencor. Ya pasaron
muchos años, yo tengo una familia, soy feliz y siento
que no me puedo seguir envenenando. Lo hice duran-
te mucho tiempo y no me sirvió de nada. Así que hoy
prefiero acercarme, dar el primer paso, tomar la ini-
——————
106106
ciativa. Cosa de la que vos nunca fuiste capaz. ¿Ni
siquiera te dio curiosidad conocer a tus nietos? Tengo
dos. Dos varones. Emilio y, aunque te parezca menti-
ra, Lisandro. Sí, se llama igual que el tipo con el que
te juntaste. El mayor tiene siete y el otro cinco. Nata-
lia consiguió trabajo en el Municipio y yo sigo firme
en la distribuidora. Hace quince años que estoy ahí,
descargando cajas y llevando los números. Es un tra-
bajo de mierda. Te la pasás peleando con la gente. Te
hacen renegar, te saturan, te vuelven medio loquito.
Está el que no te quiere pagar, el que te pide que le
acomodes la mercadería (como si vos fueras emplea-
do de él, como si vos fueras el repositor), el que te
mete en quilombos con el jefe, etc., etc., etc. Hay de
todo y para todos los gustos. Pero ningún trabajo es
distinto. Hay días en los que Natalia, sin ir más lejos,
viene llorando de la oficina. Dice que la gente la trata
mal, que le exige, que le grita. Y ella más no puede
hacer. Y te juro que yo, en esos momentos, no puedo
dejar de pensar en qué habría pasado si me hubiese
recibido. Porque al principio lo intenté, no vayas a
creer que no, pero la situación me superó. Yo sé qué
hay gente que lo hace. Yo sé que hay gente que traba-
ja y estudia. Y que hasta tiene trabajos peores que el
mío. Que por ahí trabaja de lavacopas y se recibe de
médico. Pero yo no pude. ¿Qué querés que te diga?
Sencillamente, no pude. Pero, bueno, no me quiero
enroscar. Las cosas se dieron así. Y punto. Es lo que
me toca vivir. Es mi realidad. No me pesa. Y estoy
resignado.
Te cambio de tema: me dijo la madrina que andás
medio enferma. ¿Por qué no vas al médico? ¿Por qué
no te hacés ver? ¡Qué ganas de andar sufriendo!
Andá al hospital y que te revisen. Debe ser una pava-
da. No seas porfiada.
——————
107105
¿Cómo anda el resto de tus cosas? Me enteré que
ahora vivís en el campo. ¿De dónde lo sacaste al tipo,
qué tal es, es cierto que tiene dos nenas, o son bola-
zos de Patricia?
***
***
Querida Mamá:
Te escribo porque me contó Patricia
que andás medio mal de salud. ¿Qué te pasa? Tam-
bién me contó que estás otra vez en pareja y que te
mudaste a un campo. Y la verdad es que me alegro
mucho. Me alegra que hayas vuelto a encontrar el
amor. Y espero que se trate de un hombre bueno, ge-
neroso, como vos te merecés.
Yo sé que hace mucho que no hablamos pero me
pareció una buena oportunidad para que retomemos
el diálogo. Y te hago una propuesta que me sugirió tu
comadre: ¿qué te parece si nos volvemos a ver? Si a
este hombre no le molesta yo me podría ir hasta allá.
Y te llevaría a los chicos para que los conozcas. Y a
Natalia. ¿Te gustaría? A mí me encantaría.
Espero tu respuesta.
Luciano
——————
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***
——————
109105
Apaga la luz del galpón y cierra la puerta con llave.
Las nenas se refrescan en el tanque.
—Salgan de ahí —les grita—. ¿Son ciegas? ¿No
ven que viene tormenta? Es un peligro estar en el
agua.
Y ellas, apuradas, obedecen.
Se secan en la galería y entran. Nefer se cambia
ahí mismo, adelante de él, pero Violeta se va para la
pieza. No hay nada que hacerle, che, piensa, ya está
grande, ha crecido, se ha convertido en toda una se-
ñorita, en toda una mujer. Y está idéntica a la madre.
La verdad es que lo sorprende el parecido. Lo asom-
bra. Hasta en los ojos se parece. Y, si Margarita no se
hubiera muerto hace cuatro meses, él juraría que se la
devolvieron. Juraría que es ella, de joven, cuando la
conoció.
Truena.
La luz del sol se disipa. Nefer se estremece. La
sacude un escalofrío.
—¿Qué te pasa? —le pregunta.
—No me gusta que oscurezca.
—¿Por? ¿Desde cuándo te da miedo? —Silen- cio
—. ¿Desde cuándo?
—Desde que me hablaron de la luz mala.
—¿Quién? ¿Quién te habló de eso? —Silencio—.
¿Fue tu hermana?
Nefer niega con la cabeza.
—Fue… ¿Lidia? —Silencio—. Hija, ¿fue Lidia?
——————
1111
—Sí —le contesta—. Pero no le digas nada.
Y, justo cuando está a punto de ponerse a expli-
carle de lo que en realidad se trata (son los gases que
emanan de los huesos de los animales y que brillan al
resplandor de la luna), escuchan el grito. Violeta vie-
ne corriendo por el pasillo (ahora duerme en la habi-
tación que perteneció a la madre) y se frena debajo
del dintel. Los tres se quedan helados.
Lisandro murmura el nombre de su mujer y se es-
fuma.
En la cama, muda, Lidia se retuerce de dolor.
Lisandro se acerca.
—Amor —le dice. E intenta levantarla, pero ella
grita más fuerte y, asustado, la suelta.
—Me duele, me duele —repite casi como una
súplica, pero él no atina a reaccionar. Está paralizado.
Duro.
Las nenas lo observan apoyadas contra el marco,
expectantes, atentas. Y, de repente, ella deja de mo-
verse. Se queda quieta. Quietita. Le toma el pulso.
Nada.
—Traeme un espejo —le ordena a Violeta.
—¿Para qué?
—¡Traeme un espejo, carajo!
Y se pierde de vista.
Nefer rompe en llanto.
—¿Se murió? —le pregunta—. ¿Se murió?
La llegada de la otra le ahorra la respuesta. Li-
sandro le pone el espejo debajo de la nariz. No se
empaña.
—Sí —le contesta, tajante—. Se murió.
Y cubre a Lidia con una sábana. Pobrecita. No se
merecía un final tan feo, piensa. Tan horrible. No se
lo merecía.
——————
112
Nefer llora desconsoladamente. Él se levanta y la
abraza.
—Quedate tranquila —le dice. Y se escucha que
alguien se ríe.
Van para la cocina.
Las carcajadas de Violeta son estruendosas.
El padre la increpa.
—¿Estás loca? —le dice.
Y ella redobla la apuesta. Entonces Lisandro se
acerca y le da vuelta la cara de una cachetada. Nunca
le había pegado. Es la primera vez que lo hace. Pero
siente que no le quedó opción. Que no tuvo alternati-
va.
La nena se cae al suelo. Se desploma. Él se aga-
cha, consciente del error que acaba de cometer, y la
ayuda a incorporarse.
—Perdoname —le dice—. Viole…, perdoname.
Pero ella le clava una mirada que lo fulmina, que
lo desarma, y corre a encerrarse.
Nefer, en cambio, lo acaricia, lo consuela, señal
de que está de su lado. Ella también la siente rara.
Desde hace rato. El otro día se lo dijo. Se lo planteó.
¿Qué le pasará? ¿Se querrá hacer notar? ¿O tendrá
algún problema? ¿O habrá algo que la angustia? De
cualquier forma, ahora no es tiempo de ponerse a
pensar en eso. Ahora es tiempo de hacerse cargo de
que, a pocos metros, yace un muerto. Mejor dicho:
una muerta.
—Yo te voy a ayudar —le dice la chiquita mien-
tras le seca las lágrimas.
Y lo abraza.
Por el momento, es todo lo que necesita.
——————
1131
“Yo seguía clavada a su lado. No podía
retroceder. Después ya fue demasiado tarde.
Durante una hora no hice más que defenderme.
Sin embargo, no podía gritar. Ni siquiera pensé en
gritar. Me defendí desesperadamente, sabiendo
de
antemano mi derrota.”
BEATRÍZ GUIDO, La casa del ángel
Mirá lo dura que tiene la panza. Vení. Tocá.
¿Qué dice el certificado?
Infarto.
Qué impresionante. Nunca había visto una cosa
así.
¿La abrimos?
Nos vamos a meter en un quilombo. Y de gusto.
Me da intriga.
Tendrá apendicitis. Andá a saber. O algo en los
ovarios.
¿No estaría embarazada?
Con más razón: nos vamos a meter en un qui-
lombazo. Aparte, ¿vos sabés qué impresión abrirla y
encontrarte con un pibe?
No seas animal.
En serio te digo. A mí me daría asco.
Dale que estamos con el tiempo justo. Apurate.
No hablés pavadas y apurá.
——————
117117
Llueve. Hace dos días que no para de llover. Dos días
enteros. Lisandro se da vuelta. Las tres menos cuarto.
No se puede dormir. A pesar de que se acostó a las
doce (cansado, exhausto, molido), todavía es incapaz
de conciliar el sueño. Sus ojos se resisten a cerrarse.
Su mente se resiste a detenerse. Piensa en Margarita.
Y en Lidia. No puede dejar de pensar en ellas. Las
dos se murieron en la casa. En su casa. Entre aquellas
paredes. Y en circunstancias parecidas. Lidia en esa
misma cama. Margarita en la que ahora ocupa Viole-
ta. Las dos agonizaron frente a sus propias narices.
¿Y él? ¿Qué hizo él por impedirlo?
Se desprecia. Se tortura. Se avergüenza.
Entretanto, las gotas golpean rítmicamente contra
las persianas.
En el pueblo le van a hacer mala fama. Está segu-
ro. Lo van a tildar de piedra, de yeta, de mufa. Inclu-
so le van a inventar algún sobrenombre. Si él estuvie-
ra del otro lado, haría lo mismo, así que no se extra-
ña.
Trueno.
Rayo.
En el campo no hay que tenerles miedo a los ra-
yos. A las centellas sí. Las centellas hacen desastres.
Entran en las casas y queman los electrodomésticos.
Y son un peligro para las personas. Un verdadero
peligro. A Mario, por ejemplo, su vecino (y amigo),
le gusta contar que, una tarde de tormenta, las cente-
——————
119119
llas iban de un enchufe a otro de su cocina. Y él esta-
ba en el medio, temblando. Sin embargo, a Lisandro
no lo asustan. No logran asustarlo. Lo que a él en
realidad lo aterra, le produce pánico, es el viento.
Desde chiquito. No sabe por qué. No guarda recuerdo
de haber vivido algún tornado ni nada por el estilo.
Pero le teme. Le teme más que a nada. En ese senti-
do, tiene la suerte de vivir en un lugar bajo, hundido,
donde los vientos pasan por arriba, siguen de largo.
Lo cual no quita que, de vez en cuando, muy de vez
en cuando, alguna ráfaga escurridiza lo obligue a en-
cerrarse, a trabar las ventanas y a, con un dedo en
cada oreja, esperar a que frene. Encima en el campo
las tormentas se viven con mayor intensidad. Lisan-
dro lo comprobó cuando estuvo en Buenos Aires. En
las ciudades grandes las tormentas pasan casi desa-
percibidas. Pero en el campo se sienten. Sí que se
sienten. Uno las sigue. Está atento. Contempla su
acercamiento. Y su marcha. Y las padece. Sobre todo
las padece. En Tábano, sin ir más lejos, las tormentas
hacen rebalsar la laguna.
Otro trueno.
Otro rayo.
Las tres menos cinco de la madrugada.
Harto de dar vueltas, de girar, Lisandro se levanta
al baño. Se está haciendo pis. Camina despacio para
no despertar a nadie. En dos horas ya tiene que arran-
car, ya tiene que volver a entrar en actividad, y no ha
descansado ni cinco minutos. No ha logrado cerrar
los ojos. Avanza. No ve la hora de que llegue el me-
diodía, para acostarse a dormir la siesta. ¿Podré?, se
pregunta. ¿Podré, aunque sea, dormir la siesta?
Trueno.
Y, justo cuando está por apoyar su mano en el pi-
caporte, desvía su mirada y, en el pasillo, debajo del
——————
120120
marco de la puesta que él mismo, seis años atrás, co-
locó, está….
—¿Margarita? —la interpela—. ¿Margarita?
Se olvida del baño y se dirige hacia ella. Su pri-
mera mujer lo espera con ansias. Le extiende los bra-
zos. Se abrazan.
—Margarita —le dice Lisandro—, sos vos. No lo
puedo creer. Sos vos.
Y la besa. La besa apasionadamente.
Los ojos. Sí, los ojos. Es ella.
—¿Dónde estabas? —le pregunta—. ¿Dónde te
habías metido?
Y la conduce a su habitación. Margarita se deja
guiar, liviana, y, al llegar, sin dudarlo, se tira en la
cama. Lisandro se queda parado. Quiere verla mejor.
—Te amo tanto —le dice—. Nunca te dejé de
amar. Y vos lo sabés. Pero yo te amo a vos. No a ese
despojo que estuvo tirado en una cama. ¿Dónde esta-
bas, Margarita? —le vuelve a preguntar. Y ella son-
ríe.
—No importa —le contesta—. Ya no importa.
Y, con un dedo, le indica que se acerque. Enton-
ces Lisandro se le tira encima y empieza a besarla.
Extrañaba esos labios. Los extrañaba mucho. Y, aho-
ra que los tiene, ahora que los recuperó, no los piensa
desaprovechar. Por nada del mundo.
No los piensa desaprovechar.
***
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121119
—Margarita —le dice—, cómo te extrañaba,
Margarita.
Y ella rompe en llanto. Lo golpea. Lo empuja
hacia atrás. Sin embargo eso, en lugar de frenarlo,
perece gustarle más. Mucho más. Y arremete. Su bo-
ca desciende y se detiene en los pechos de su hija.
Las manos le recorren todo el cuerpo, incansables,
inquietas. Y Violeta siente asco. Se le revuelve el
estómago. Le dan ganas de vomitar. Y llora. Y, de
repente, el dolor. El dolor más agudo que sufrió en
toda su vida. Más intenso. Y, en ese momento, com-
prende que no hay vuelta atrás. Comprende que cual-
quier esfuerzo será inútil. Y se desmaya. Pierde la
consciencia.
Afuera, empecinada, el agua no da tregua.
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122120
La luz mala. Tenía que ser ésa. Lidia le había dicho
que era una luz intensa, verde, y que anunciaba la
presencia de un alma en pena. ¿No sería la de ella?
¿No sería su fantasma que venía a buscarlas, a cobrar
venganza? La lluvia le enturbiaba un poco la vista,
pero sí, la podía distinguir, estaba ahí, cerca de la
tranquera. Los latidos de su corazón se aceleraron. La
luz mala. Le costaba creerlo. Y ella sola. Culpa de
que a Violeta le había agarrado la locura de irse a
dormir a la habitación de su madre, ella se había que-
dado sola. Y tenía miedo. Nefer, entonces, se levantó
y, a los tumbos, avanzó hacia la perilla de la luz.
Hundió el dedo. Nada. Se debe haber cortado, pensó.
Últimamente caen dos gotas y se cortan la luz.
Aprovechando que ya se había levantado, decidió
seguir camino rumbo a la habitación de su padre. Ella
había dormido ahí hasta los dos años, al lado de él,
abrazada. Los truenos y los rayos la obligaron a ganar
velocidad. Febrero es un mes bravo para las tormen-
tas, sin embargo, ese año, se habían adelantado, y se
habían extendido.
En marzo todavía seguían.
A dieciocho de marzo, todavía no se habían dete-
nido.
Llegó. Abrió despacito y, con el mismo cuidado,
hundió su cuerpo en el colchón, lo cual provocó que
Lisandro se despertara.
—¿Margarita? —le preguntó medio dormido.
——————
123119
—Soy Nefer —le contestó su hija—. Tengo mie-
do.
—Ah… —le devolvió él, decepcionado—. Acos-
tate.
Y la abrazó. Como en los viejos tiempos. Igual
que cuando era bebé.
Nefer se preguntó si, desde el cuarto de su padre,
también se vería la luz mala. Dudó. De cualquier
forma, no estaba dispuesta a comprobarlo. Según Li-
dia, si uno no se acerca, la luz mala no le puede hacer
nada, así que se tranquilizó. Respiró profundo y cerró
los ojos. El miedo fue menguando. De a poco, muy
de a poquito, fue menguando. Y, a los diez minutos,
ya se había dormido. Roncaba a la par de su padre.
Lo que ellos no sabían era que había dos ojos que
los escudriñaban en la oscuridad. Atentos, celosos,
enfurecidos.
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—Y llegó un momento en el que su mente y mi men-
te se convirtieron en una sola cosa. En una cosa com-
pacta. Y eso es lo que los herejes se resisten a creer.
Que la virgen y yo somos algo indivisible. Un único
cuerpo. Una única mente. Que, en definitiva, la vir-
gen reencarnó en mí. Que yo soy ella. Que soy María.
Y esos mismos herejes son los mismos que se van a
quedar en la puerta del Reino de los Cielos. Y noso-
tros vamos a entrar, triunfantes. Primero yo, después
los niños y, por último, el resto. El Señor nos va a
estar esperando, glorioso, feliz de que hayamos res-
pondido a sus preceptos. Y vamos a gobernar. A su
lado, vamos a gobernar con vara de acero a todas las
naciones. Solo falta la señal. Solo falta una señal cla-
ra y concreta de que ha llegado el momento de pro-
ceder. Y a ninguno de nosotros le va a temblar el pul-
so a la hora de hacerlo. ¿Escucharon? A ninguno.
—A ninguno, Madre —repiten los asistentes—.
Y gracias de nuevo por habernos elegido.
——————
125119
Porfiria ya ni siquiera asiste a los calqueos. No tiene
sentido. No le cree. No cree ninguna de las palabras
que repite María Rosa. Lo único que la mantiene en
la quinta es la espera de la pronta llegada de la bendi-
ta señal. Para poner fin a su vida. Porque, en definiti-
va, no se trata ni más ni menos que de eso. De suici-
darse. Porfiria lo sabe. Y resiste. De otro modo, nun-
ca reuniría el valor para hacerlo. Sabe que, cuando
llegue el momento, no le quedará opción. Y su calva-
rio terminará. Y arderá en el infierno.
Por los siglos de los siglos.
Sin embargo, todavía le queda un último recurso.
Duda de que sirva de algo (lo duda seriamente), pero,
aun así, se pone a escribir. “Lisandro”, empieza. Y,
apenas termina la carta, y ante la mirada azorada de
sus compañeros de comunidad, se dirige a dejarle el
sobre en la tranquera.
Va caminando.
Tal es su nivel de angustia, que se larga a cami-
nar.
——————
127127
Carmen de Patagones, viernes 30 de agosto de 1991
Querido David:
Te escribo aunque no del todo confia-
da. ¿Sabés lo que me pasó el otro día? Recibí una
carta equivocada. ¡Y con casi un año de retraso!
¿Cómo pueden ser tan irresponsables, tan ineficien-
tes, tan inoperantes? ¿Sabés adónde tendría que haber
llegado? A Tábano, o sea, a más de 300 kilómetros
de distancia. ¿Qué me contás? Así después surgen los
problemas. Los malentendidos. La gente supone que
el otro la recibió y se empieza a embroncar. A enro-
llarse. Y te voy a confesar una cosa, aunque me aver-
güence: la leí. No me aguanté y, sin romper el sobre,
despacito, lo abrí. Le escribía un hijo a la madre y,
por lo que decía, se ve que llevaban mucho tiempo
peleados. Yo sé que a vos te molestan este tipo de
cosas, pero fue más fuerte que yo. Total, no los co-
nocía. Si se hubiera tratado de alguien cercano no la
habría abierto ni loca, porque por ahí me enteraba de
algo que no me tenía que enterar. Pero. Al tratarse de
un desconocido, cecí a mi impulso. Y te juro que,
después de haberla leído, le agradezco al Señor que
seamos una familia tan unida. Vos no te das una idea
de las cosas que le decía ese chico a la madre. Cosas
terribles. Pero no te enojes. No te enojes que no te
cuento más. Una vez que sacié mi curiosidad, la volví
a meter en el sobre y la llevé al correo. Les dije que
——————
129129
se habían equivocado y me dijeron que no me pre-
ocupara, que ellos la iban a hacer llegar a destino. Lo
único que espero, David, es que no sea demasiado
tarde. Lo único que espero es que esa relación tenga
6
retorno. Que no llegue demasiado tarde .
6
Solo este fragmento de la carta nos fue cedido para su publicación.
——————
130
Hace dos días que no le dirige la palabra.
Ayer le preguntó qué le pasaba y ella le contestó
que nada.
—¿Qué me va a pasar? —la despachó. Y siguió
lavando los platos.
Lisandro le pidió que la entienda, que está cre-
ciendo, que por eso anda tan arisca.
Pero ella no le cree.
Seguro que le pasó algo. Que se ofendió. Que se
enojó.
Pero… ¿por qué?
¡¿Por qué?!
Aunque se esfuerza, no logra encontrar una res-
puesta.
No lo consigue.
Y sufre.
Sufre por las dos.
——————
131131
Los vi. Aunque se hagan los tontos, los disimulados,
los desentendidos, yo sé lo que estaban haciendo.
Justo me había levantado al baño y, cuando cruzaba
el pasillo, un rayo iluminó la casa. Y ahí estaban los
dos. Juntos. No me lo pueden negar.
Qué calor, comenta ella. Y se limpia el sudor.
¿Por qué no la llevás a la laguna?, me propone Lisan-
dro. Papá. Y a mí se me dibuja una sonrisa en los la-
bios. ¿Querés?, le pregunto. Sí, me contesta. Y me
devuelve el gesto. Entonces en un rato vamos, le di-
go. Y vuelvo a mi plato.
Ellos se miran. Cómplices.
Ya van a ver de lo que soy capaz.
Ya van a ver.
——————
133133
La toalla es la misma de aquel día. Del día de la san-
gre. Violeta la manoteó al voleo pero recién se acaba
de percatar del detalle. Y entonces no puede evitar
recordar el miedo que sintió. Y, al menos por un ins-
tante, vuelve a ser ella.
Nefer se ha adelantado bastante. Ya casi llega.
—Esperá —le grita su hermana. Y la chiquita se
detiene.
A pesar de que hoy empieza el otoño, hace un ca-
lor que no se aguanta. Nefer le sonríe a la distancia.
Y le pide que se apure.
—Dale —le dice—, que me quiero meter.
Son las tres y media de la tarde. Un grupo de
pájaros las observa con atención desde uno de los
alambrados. Como si supieran que van a ser testigos
de algo importante.
Violeta la alcanza y le extiende la mano.
—Vamos juntas —le dice.
Y, así, recorren los últimos metros que las sepa-
ran de su destino.
Nefer se mete con ropa y todo. Nefer, en cambio,
a la sombra de un árbol, y detenidamente (muy dete-
nidamente), se saca la remera y el pantalón. Gira y no
la encuentra. Pasan los segundos. No está. Y, de re-
pente, la otra emerge, medio ahogada.
—Quería ver cuánto aguantaba sin respirar —le
dice. Y le sonríe.
——————
135135
—No te alejes demasiado —le recomienda ella.
Y, a paso lento pero firme, empieza a internarse en el
agua.
—¿Viste qué linda está? —le pregunta la chiqui-
ta.
—Preciosa —le contesta ella—. Fresquita.
Y, cuando por fin la tiene enfrente, la cara se le
transforma y la tumba de una trompada. Nefer cae de
espaldas, pero enseguida se levanta, asustada.
—¿Qué hacés? —le dice. Y, llorando, amaga a
emprender la retirada, pero Violeta, sin perder el
tiempo, la agarra de un pie y la arrastra hacia ella.
—¿Creíste que te ibas a salvar? —le grita—. ¿De
verdad lo creíste?
Y, antes de que Nefer pueda reparar en el detalle
de sus ojos inyectados de sangre, Violeta le hunde la
cabeza en el agua. La tiene sujeta del cuello. La chi-
quita patalea. Se sacude. Y, tras casi un minuto y me-
dio de agonía, se detiene. Nefer siente que las manos
de su hermana han perdido fuerza, pero, de cualquier
forma, no junta la necesaria como para poder levan-
tarse. Y muere.
Varios tiros acaban de estallar en la tarde silen-
ciosa. Violeta recibió dos en su espalda, uno en la
nuca y dos en la cabeza.
El agua empieza a teñirse de rojo.
Y Lisandro llora.
Y el ruido de sus lágrimas al golpear contra el
agua es ahora lo único que se escucha.
Entretanto, a varios kilómetros de distancia, un
grupo de setenta y cuatro personas (las que viven en
comunidad) reparan en los tiros (la señal que espera-
ban) y corren a llenar los baldes con el veneno.
El momento ha llegado.
——————
136136
De: bettypatagones@[Link]
Para:
eloisaotarola@[Link]
Asunto: LIBRO
Querida Carmen:
El mes pasado se cumplieron vein-
tidós años desde que pasó lo que pasó (te juro que no
puedo dejar de pensar en cómo serían las nenas aho-
ra, en especial Violeta, la más parecida a la madre) y
todavía yo, a mis ochenta y tres inviernos, no encuen-
tro la tranquilidad. ¿Te enteraste de que se publicó un
libro sobre el caso de mis nietas? Estoy indignada. A
mí el tipo me llamó varias veces para pedirme que
prestara testimonio (andá a saber de dónde sacó mi
número), para pedirme que le contara mi versión de
los hechos, pero te imaginarás adónde lo mandé. Yo a
ese Quintana lo conozco bien. Es un sátrapa. No en
vano me paso el día mirando televisión. Es capaz de
cualquier cosa. De cualquier canallada. Y, cuando me
dijo que estaba investigando sobre el pueblo (sobre la
masacre de 1990, la que tuvo lugar el mismo día del
asesinato de las chiquitas), se me subió la sangre al
ojo. E intenté frenarlo. Si hasta puse un abogado. Pe-
ro igual se salió con la suya. Y ésa es la bronca que
yo tengo. Que igual se dio el gusto y la está juntando
en pala. Ahora, ¿sabés qué fue lo que más me enfure-
ció, tanto que casi me da un pico de presión? Que le
——————
137135
dio la cara como para dedicarme un ejemplar y man-
——————
138136
darmeló. “Espero que estas páginas la ayuden a cerrar
su duelo”, me puso. “Mi único objetivo fue llegar a la
verdad. Y lo conseguí.”
Y yo lo leí, Carmencita. Me avergüenza decirlo,
me avergüenza mucho, pero no me podía quedar con
la espina. Necesitaba enterarme de qué había escrito
sobre mis nietas. Y lo leí. Con el corazón destrozado,
con un nudo en la garganta, en menos de ocho horas
me devoré las 365 páginas que vomitó. ¿Y sabés cuál
fue mi mayor decepción? No las pavadas que dice
(porque ésas, por más hirientes que sean, se caen por
sí solas), sino la cantidad de vecinos que hablaron
con él. Y que, en definitiva, se prestaron a su juego.
Aunque, por otro lado, también pienso que también
los pudo haber falseado. Como falseó lo del diario
del cura. Te explico: dice que Levín hostigaba a
Margarita, que la martirizaba, que la enloquecía. Yo
no creo, Carmencita, qué querés que te diga. Me hija
estaba tan contenta con él, me hablaba tan bien, que
me cuesta creerlo. Aunque el punto culminante es
cuando dice que Violeta asesinó a la chiquita. ¿A
quién se le ocurriría que una nena de apenas doce
años (más allá de que improvisa una pavada para salir
del paso, para justificarse, tan tirada de los pelos que
hasta provoca risa) pueda matar a otra persona? Mu-
cho menos a su hermana. ¡A su propia hermana! Con
la relación que ellas tenían, con lo unidas que eran.
Se contaban todo. Eran cómplices. Compinches. Un
despropósito. Aunque, por otro lado, te confieso que
existe una cosa que fuera cierta: el final de él. Quin-
tana asegura que Lisandro no se murió de un infarto,
como figura en el certificado de defunción, sino que
lo mataron entre varios presos. Yo sé que suena
horrible, pero te juro que no puedo evitar tratar de
convencerme a mí misma de que fue cierto, de que
——————
139135
murió así. Y me alegro. Me pongo contenta. Porque
ese monstruo, después de la infancia que les hizo pa-
sar a mis pobres nietas, y de la manera en que las
mató, a sangre fría, no se merecía otro final. No se lo
merecía.
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—Lo que yo le puedo asegurar es que acá la pasó
muy mal —me confió uno de los presos—. Que se la
hicieron pagar. En la cárcel, no son bien vistos ni los
violadores ni los asesinos de chicos. Y Lisandro en-
seguida se convirtió en el centro de las agresiones.
Yo me acerqué a él por lástima, porque tenía pinta de
buen tipo, y me terminó confesando una cosa que
todavía no me puedo sacar de la cabeza —agregó—.
Me dijo que él había matado a una de las nenas, a una
sola, pero a la otra no. Me dijo que la mató porque, a
último momento, había recibido una carta de una per-
sona muy cercana a ella en la que le decía…
Silencio.
—¿Qué? —lo presioné. Aunque ya conocía la
respuesta.
—Que la nena había sido poseída por el espíritu
de la madre —me dijo—. Y ahí le terminó de cerrar
todo. Y se dio cuenta de que la más chiquita estaba
en peligro. Y la quiso proteger. Y, en el camino, llegó
a una conclusión todavía peor, que fue lo que lo con-
dujo a apretar el gatillo varias veces, de pura impo-
tencia. Y que fue, además, el motivo por el cual él se
dejaba humillar, para expiar sus culpas. Llegó a la
conclusión de que había abusado de su propia hija
—soltó, tajante, seco, sin que yo tuviera necesidad de
insistirle—. Tal como lo escucha: Lisandro llegó a la
conclusión de que, creyendo que se trataba de su
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primera esposa, que había vuelto, había abusado de
su hija mayor. Y no lo pudo soportar.
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