AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
CENTRO DE ESTUDIOS DE ASIA Y ÁFRICA
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Zhang Ailing
Traducción de
Liljana Arsovska
Chen Zhi
EL COLEGIO DE MÉXICO
895.13
A293a
Ailing, Zhang, 1920-1995
Amor en la ciudad en ruinas / Zhang Ailing ; traduc-
ción de Liljana Arsovska, Chen Zhi. --1a ed. -- México, D.F. :
El Colegio de México, Centro de Estudios de Asia y África,
2007.
73 p. ; 21 cm.
ISBN 968-12-1282-7
I. Arsovska, Liljana, tr. II. Zhi, Chen,tr.
Primera edición, 2007
D.R. © El Colegio de México, A. C.
Camino al Ajusco 20
Pedregal de Santa Teresa
10740 México, D. F.
[Link]
ISBN 968-12-1282-7
Impreso en México
ÍNDICE
Introducción 9
Periodo inicial 10
Frente unido 17
Etapa bipolar 19
La victoria del socialismo realista 21
Amor en la ciudad en ruinas 25
Amor en la ciudad en ruinas
Zhang Ailing
Traducción de
Liljana Arsovska
Chen Zhi
INTRODUCCIÓN
El movimiento estudiantil del 4 de mayo de 1919 ha sido un
parteaguas entre la literatura clásica china y la literatura mo-
derna. Ese suceso marcó la ruptura del feudalismo burocrático
perpetuado durante más de dos mil años en China. En aquel año
los estudiantes salieron a la calle a protestar contra los tratados
desiguales ratificados por el Congreso de Versalles en París y la
ineptitud del gobierno chino para oponerse a ellos, y con ello
quedó inaugurada la modernidad en China. Muchos de esos
jóvenes regresaban de estudiar en el extranjero, y vieron en la
modernidad la posibilidad de una profunda transformación
política, económica, social y cultural, ante el colapso total.
En poco tiempo la literatura y las artes fueron el arma para
lograr el cambio. Era necesario construir lo nuevo echando
abajo lo viejo, y pronto todos los círculos intelectuales de China
se dieron a la tarea de criticar el pasado. Los estudiosos de las
ciencias políticas criticaban las instituciones políticas que dieron
cimiento al imperio chino durante más de veinte siglos; los filóso-
fos criticaban a Confucio; los sociólogos, a la familia tradicional;
los abogados, la falta de un sistema legal; los lingüistas, al chino
clásico, y los escritores, a toda la literatura clásica china.
Los jóvenes intelectuales educados en Japón, Europa occi-
dental, Rusia e incluso Estados Unidos, al acercarse al conocimien-
to de las diversas corrientes políticas e ideológicas las absorbieron
y regresaron a China con el propósito de abrir diferentes frentes
de debate. Así, nuevamente como en el periodo de Primavera y
Otoño (770 a 476 a.C.), “las cien escuelas debatían al unísono”.
En el frente lingüístico y literario el enemigo a vencer era el chino
clásico y toda la literatura antigua representada en él.
9
10 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
En la literatura china de la primera mitad del siglo xx po-
demos distinguir grosso modo cuatro etapas: periodo inicial,
frente unido, etapa bipolar y el triunfo del realismo socialista
en la República Popular China.
Periodo inicial
Este periodo se ha distinguido por una gran pluralidad de ideas
y corrientes que debaten en condición de igualdad; ya ninguna
ideología tiene primacía sobre otras.
Proliferan las revistas, las asociaciones literarias y los di-
versos foros de discusión acerca de la situación y el futuro de
la literatura en China. Según Guo Moruo, entre la segunda y la
tercera década del siglo xx, en China había más de cien asocia-
ciones literarias que publicaban un número igual de revistas de
literatura y crítica literaria.1
Todas las corrientes en menor o mayor grado muestran
gran simpatía hacia Occidente. Inspirados en el Renacimiento
cultural europeo, los intelectuales proponen dos lemas: ciencia
y democracia. El ámbito de estas palabras es tan vasto que varias
tendencias ideológicas pueden cohabitar en sus espacios. El
elemento unificador para muchos intelectuales de este periodo
era la necesidad de criticar todas las expresiones del pasado de
China para poder construir su futuro.
Chen Duxiu (1889-1942), editor de la revista Nueva Juven-
tud, plantea la inminente necesidad de transformar la literatura
obsoleta, clasicista y decadente de China. Piensa que “el primer
paso es avanzar hacia el realismo y que basta con que la escritura
refleje la realidad y la pintura la cotidianidad para abandonar
el estilo decadente y ostentoso característico de la literatura y
el arte clásico de China”.2
1
Zhu Xueyong y Li Xiaohong, Zhongguo xiandangdai wenxue, Beijing, Kexue
chubanshe, 2000, p. 5.
2
Tang Tao, Zhongguo xiandai wenxue shi jianbian, Beijing, Wenxueaihaozhe-
conshu, 1984, p. 4.
INTRODUCCIÓN 11
Hu Shi (1891-1962) redacta ocho normas necesarias para
erradicar los vicios del pasado: “Abstenerse de decir palabras
sin contenido, no imitar a los antepasados, respetar las reglas
gramaticales, no gemir si no es necesario, no usar frases gastadas
y convencionales, no emplear alusiones literarias, no recurrir
a la antítesis y no enfocarse en los estereotipos y los caracteres
populares”.3 Evidentemente llega más lejos que Liang Qichao,4
el padre del movimiento reformista de 1898, quien limita la
transformación de la literatura a la sustitución del chino clásico
por el chino moderno, entendiendo por el chino moderno el
idioma vernáculo.5
Abundan artículos de muchos jóvenes chinos sobre el
sentido y la función de la literatura, sobre las técnicas litera-
rias europeas y la grandeza de Occidente ante un disminuido
Oriente.
Chen Duxiu en su artículo “Sobre la revolución literaria”,
publicado en febrero de 1917, formula tres principios de la
transformación de la literatura: 1) Echar abajo la ornamentada y
aduladora literatura de la nobleza y crear una literatura popular,
sencilla y lírica; 2) echar abajo la ostentosa y caduca literatura
clásica y crear una literatura realista, fresca y sincera; 3) echar
abajo la compleja e incomprensible literatura de montañas y
árboles y crear la literatura social, clara y comprensible.6
El eco de los ensayos y artículos publicados en Nueva
Juventud y otras revistas que deambulan entre los círculos in-
telectuales de China tiene enorme importancia. Traducciones
de novelas, poemas, dramas y otras expresiones literarias de
distintos idiomas europeos, difundidas en revistas, incitan la
mente y enriquecen el espíritu de la juventud pensante de China.
La novela rusa llega glorificando los éxitos de la revolución de
octubre de 1917, abanderados por los proletarios que poco a
3
Ibid., p. 3.
4
Ibid., p. 3.
5
Ibid., p. 3.
6
Ibid., p. 4.
12 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
poco se apoderan del escenario del siglo xx. China, donde casi
todos son proletarios sin siquiera darse cuenta de ello, es tierra
fértil para el marxismo.
Máximo Gorki, Pushkin, Tolstoi, Byron, Víctor Hugo,
Heine y otros tantos son los maestros de la nueva generación
de escritores chinos. Diversos tópicos, estilos y técnicas literarias
llegan a China a través del pincel y la tinta.
La nueva literatura, “escrita en el idioma hablado por 400
millones de chinos”,7 poco a poco nace como una poderosa arma
para despertar y guiar las conciencias. Despertar del sueño de
grandeza y superioridad por el solo hecho de ser chino y cami-
nar hacia el nuevo amanecer rojo. El naturalismo, el realismo,
el individualismo, el marxismo y otras corrientes europeas son
muy atractivas para la mente inquisitiva y hambrienta de conoci-
miento de los jóvenes estudiosos, pero finalmente es la doctrina
marxista que con la idea del bienestar colectivo logra imponerse
al malestar colectivo chino con eficacia.
La nueva literatura realista escrita en chino moderno es
una eficaz herramienta para el desengaño.
Lu Xun (1852-1924), considerado por los chinos como
el padre de la literatura moderna china, publica en 1918 en
la revista Nueva Juventud la novela El diario de un loco. Esta obra
describe detalladamente a un loco con delirio de persecución,
que tiene miedo a ser devorado por el prójimo y a su vez, sin
darse cuenta, le inspira ese mismo miedo al prójimo. A través
de su personaje, muy novedoso en la literatura china, preten-
de alarmar a la sociedad sumida en la desesperanza donde el
individuo y el colectivo que lo rodea son víctimas y victimarios
a la vez.
A-Q, por su parte, otro gran personaje de Lu Xun, es el
protagonista de la tragicomedia La verdadera historia de A-Q. Ese
pobre hombre tiene “todos los defectos” de la mentalidad china,
a la que hay que destruir de raíz. Lu Xun exhibe a un miserable
hombrecillo sin principios ni metas más allá de la sobrevivencia
7
Ibid., p. 8.
INTRODUCCIÓN 13
vil, expuesto al canibalismo de una sociedad sumergida en el
existencialismo sin cauce.
Las sociedades literarias van creciendo como hongos des-
pués de la lluvia en todas las urbes de China. El decreto emitido
en 1920 por el Ministerio de Educación del Gobierno de los
Caudillos del Norte, donde se reconoce el chino moderno como
idioma oficial y se fomenta su uso en todos los centros docentes
de China, impulsa con gran fuerza la creación literaria.
El Partido Comunista Chino se funda en 1921. Desde el
principio, sus líderes ven en los intelectuales y particularmente
en los escritores unos fieles y por demás útiles aliados para la
causa comunista.
En marzo de 1930 se crea la Liga de Escritores de Izquierda
de China, organismo que aglutina a un gran número de escrito-
res que comparten el mismo anhelo: “curar a la patria”. El ideal
de todos es el mismo, las rutas para alcanzarlo, distintas.
Grandes debates proliferan entre los reformistas radicales y
los reformistas moderados, entre los que niegan todo lo chino y
los que buscan el compromiso entre Oriente y Occidente, entre
los que dicen que el arte y la literatura deben servirle al pueblo
y aquellos que creen que es suficiente con servirle al individuo.
Proliferan también los nihilistas, que hundidos en el pesimismo
total no ven ninguna salida a la desolación.8
En los años veinte, bajo la influencia de la revolución
rusa, nace la literatura puluo, una abreviación de lo que en
trascripción fonética al chino sería “proletariado”. Esta ten-
dencia literaria tiene claros propósitos ideológicos, pues las
técnicas literarias sólo sirven para darle marco a personajes y
situaciones estereotipadas. Aparecen personajes en blanco y
negro, terratenientes llenos de defectos y campesinos repletos
de virtudes, burgueses a punto de expirar y obreros y soldados
que como el sol naciente anticipan un futuro brillante. Yang
Hansheng es un digno representante de esta corriente. Ma
Lingge, uno de sus personajes exitosos, es su títere. A través
8
Zhu Xueyong y Li Xiaohong, op. cit, p. 3.
14 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
suyo, el escritor plasmaba su ideología, sus posturas políticas,
sus frustraciones y esperanzas.9
Poco a poco las muchas y muy variadas tendencias e ideo-
logías se agrupan en dos vertientes principales: el ala inspirada
en la filosofía marxista y el ala liberal que aún conserva el lema
“ciencia y democracia”. La discusión entre estas tendencias
principales anuncia la ruptura inevitable entre dos posturas po-
líticas irreconciliables, representadas por el Partido Nacionalista
y el Partido Comunista, posturas que se extienden a todos los
ámbitos de la vida en China.
Jiang Guanchi10 argumenta que “es más que suficiente que
la literatura sea revolucionaria, y cuestiones como perfeccionar
el estilo y la técnica es asunto de los escritores del pasado”.11 Lu
Xun considera que “la literatura y el arte si bien son una forma
de propaganda, no toda la propaganda es literatura… La litera-
tura revolucionaria debe poseer, ante todo, un rico contenido
y un excelente estilo”.12
Qu Qiubai, jefe de pcch en 1927, exalta por encima de
todo “el estilo literario soviético hecho por y para los trabaja-
dores”.13 Guo Moruo, por su parte, aboga por “una revolución
proletaria fundada en la propiedad pública, cuyo fin es alcanzar
la libertad y la liberación de toda la humanidad en lo material
y en lo espiritual”.14
Hu Shi, por su lado, considera la libertad individual y la de-
mocracia como máximos ideales de todo individuo y sociedad.15
Grandes escritores se forjan en esta época. Desde su pers-
pectiva literaria, evidencian lo podrido en la vieja sociedad. Con
gran tinte realista describían la vida en las urbes y en el campo.
9
Feng Guangkang, Zhongguo jinbainian wenxue tishi liubianshi, Beijing,
Renmin wenxue chubanshe, p. 143.
10
Tang, Tao, op. cit., p. 25.
11
Ibid., p. 26.
12
Ibid., p. 27.
13
Ibid., p. 26.
14
Ibid., p. 28.
15
Ibid., p. 3.
INTRODUCCIÓN 15
Con mucha habilidad dibujan personajes de las diversas clases
sociales chinas.
Mao Dun (1896-1981) defiende en muchos de sus ensayos
“el arte que alienta la voluntad del pueblo y la literatura que
despierta a las masas y les da fuerza”.16
Este prolífero escritor, activo miembro del pcch, en su nove-
la Medianoche, dibuja magistralmente la China de los años treinta
a través de las peripecias de Wu Sunpu, industrial nacionalista y
Zhao Botao, capitalista comprador. Wu defiende el camino del
capitalismo en China, sin embargo su fracaso personal como
hombre de negocios amenazado por los intereses de los grandes
capitales internacionales le permite deducir que el capitalismo
no es la ruta para China.
Lao She (1899-1966) fue un gran escritor y dramaturgo
chino. En su artículo “Lo que me dio el 4 de mayo” se define
como partidario y producto del movimiento estudiantil, “que
me dio un lenguaje para escribir y me alentó a crear”.17 Lao She
nos ha dejado grandes obras, entre las que destacan El muchacho
del ricksha, La casa de té y Cuatro generaciones bajo un mismo techo.
El muchacho del ricksha es un joven diligente y entusiasta al que
la vida y el destino injusto lo empujan a la perdición. Lao She
lo defiende diciendo que “la pereza de los pobres es el lógico
resultado de sus esfuerzos estériles…”18
En su drama La casa de té fielmente narra el colapso de
una época a través de muchos personajes que confluyen en una
casa de té. Las historias que ahí se entrelazan son todas trági-
cas, a nadie le va bien y nadie tiene la esperanza de un mejor
amanecer. Los terratenientes pierden su poder e influencia,
los empresarios ven el fin de sus fábricas, los pobres venden a
sus hijas para sobrevivir y todos se hunden en la desolación. Al
final de la obra se vislumbra un rayo de luz cuando los jóvenes
16
Cheng Jihua, Zhongguo xiandangdai wenxue, Changsha, Hunan shefan
daxue chubanshe, p.98
17
Tang Tao, op. cit., p.274.
18
Ibid., p. 284.
16 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
se unen a la revolución liderada por el Partido Comunista, la
única promesa para un futuro mejor.19
Ba Jin, otro de los grandes escritores chinos, está profunda-
mente influido por el movimiento estudiantil. En su rica trayec-
toria literaria destacan muchas obras, como la trilogía Familia,
Primavera y Otoño. En esta trilogía, al describir detalladamente la
vida de la familia Gao, terratenientes con gran poder e influen-
cia, Ba Jin dibuja magistralmente el fin de la China antigua y
el comienzo de algo nuevo que por más desconocido que sea,
deberá ser mejor que antes. Jue Xin y Jue Min, dos personajes
que intervienen en la trilogía completa, a pesar de vivir un tor-
mento, eligen creer en un futuro mejor, expresado en una de
las últimas frases de Otoño, pronunciadas por Jue Min: “No existe
el otoño eterno. El otoño tal vez esté acabando”.20
Ding Ling (1904-1986), activo miembro de la Liga de Escri-
tores de Izquierda, es una de las más influyentes y renombradas
escritoras de su época. Convencida de la fuerza de la pluma en
el proceso de cambio, involucra a muy diversos personajes en
su obra, imprimiéndole a cada uno un importante papel en la
revolución. El diario de la señorita Sha Fei, obra representativa de
los albores en su actividad literaria, narra la vida de una joven
muchacha que se revela contra su vida pero no encuentra una
alternativa excepto la soledad.21 Los personajes de sus escritos
posteriores no sólo se revelan, sino que muestran gran claridad
visionaria hacia el futuro que esperan y los medios que emplea-
rán para conseguirlo. En la etapa de su madurez literaria, con
gran agudeza Ding Ling denuncia en sus escritos los crímenes
más atroces perpetrados por invasores extranjeros o déspotas
locales contra la población civil y las fuerzas de resistencia.
Wen Yiduo, versado en la poesía clásica china y formado en
Estados Unidos, “siempre fiel al arte”, solía decir que “la vida real
me traslada a menudo del mundo poético al del hombre”.22
19
Feng Guangkang, op. cit., p. 821.
20
Cheng Jihua, [Link]., p. 139.
21
Ibid., p. 111.
INTRODUCCIÓN 17
¡Ah, sol-Pájaro dorado que corre rápido-sol!
Déjame montar en ti para dar una vuelta cada día al globo
¡Y ver una vez al día, mi tierra natal!
(Canto del sol)23
Frente unido
La invasión japonesa a China en 1937 ayuda a despertar las
conciencias y deja a un lado, aunque sólo temporalmente, las
diferencias entre los escritores de izquierda, los liberales y todas
las demás corrientes.
En 1938 se forma la Asociación Nacional Antijaponesa de Arte
y Literatura en la ciudad de Wuhan. De 1938 a 1946, esta asociación
publica setenta y un números de su revista El Arte y la Literatura de
Resistencia. Sin graves diferencias ideológicas, los escritores abra-
zan lemas como “penetrar en el pueblo y en las masas”,24 toman
con gran seriedad la tarea de concientizar al pueblo, despertar
el patriotismo y levantar el ánimo y la dignidad del chino derro-
tado. El tema por excelencia en la prosa y la poesía es denunciar
la agresión japonesa. Abundan novelas, cuentos cortos, ensayos y
poemas que ponen al descubierto las atrocidades cometidas por
el invasor y exaltan el espíritu de lucha del pueblo.
Ding Ling,25 por ejemplo, en el cuento “Cuando estaba
en la aldea Xia”,26 dibuja a Zhen Zhen, como una heroína que
a pesar de haber sido deshonrada por el invasor japonés con-
serva intactas la pureza de su alma y la esperanza en un futuro
mejor, para el cual contribuye enviando información secreta a
las fuerzas de resistencia antijaponesa.
22
Tang Tao, op. cit., p. 229.
23
Ibid., p. 230.
24
Zhu Xueyong y Li Xiaohong., op. cit., p. 14.
25
Cheng Jihua, op. cit., p. 114.
26
Traducido por Liljana Arsovska y publicado en Estudios de Asia y África,
núm. 69, 1986.
18 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
También florece la novela histórica, donde al vindicar hé-
roes antiguos se exaltaban la grandeza y la valentía del pueblo
chino. Guo Moruo es el escritor más importante de este género.
Entre diciembre de 1941 y abril de 1943 escribe seis novelas
históricas. La más célebre es Qu Yuan, en la que alaba el heroís-
mo del gran poeta Qu Yuan, héroe nacional del pueblo chino,
quien prefirió morir antes de atestiguar la tragedia de su patria.27
En todas sus novelas el tema común es la lucha en contra del
invasor, la traición del país y las dictaduras de los señores de la
guerra. No escatima palabras para alabar el espíritu patriótico,
el autosacrificio y la valentía. Sus obras alientan al pueblo chino
en su justa lucha por la patria.
Cuando en noviembre de 1937 la ciudad de Shanghai es
tomada por los japoneses, los escritores en ese ambiente parti-
cular de las “colonias” agudizan su lucha antijaponesa. Las obras
literarias creadas en ese periodo se conocen como “literatura
de la isla”. Abundan obras teatrales y ensayos cortos. Yu Ling,
en su obra teatral El largo recorrido nocturno, refleja la realidad
oscura bajo la invasión japonesa. Las novelas Historia de los héroes
de la Dinastía Ming y Odio legado por el final de Ming, de A Ying
(Qian Xingcun), representantes del género de novela histórica,
alaban la valentía y el patriotismo del pueblo chino mediante
personajes que luchan incansablemente por resistir la invasión
de naciones extranjeras.
En resumen, la literatura china de esta etapa exalta la populari-
zación y el nacionalismo. La corriente más influyente es el realismo,
sin negar la influencia del romanticismo y el modernismo.
Etapa bipolar
El fin de la Segunda Guerra Mundial y la retirada de Japón
de China acaba con el romance entre las distintas corrientes e
ideologías literarias.
27
Tang Tao, op. cit., p. 167.
INTRODUCCIÓN 19
Con la invasión japonesa surge la resistencia china que une
en alianza a todo el pueblo, y al mismo tiempo inicia la guerra
civil entre el Partido Comunista y el Guomindang (partido
nacionalista) por el control de China. Esta bipolaridad política
penetra en todos los ámbitos e involucra a todos los sectores de la
sociedad china. La literatura no es la excepción. En 1946 en Chi-
na existen dos asociaciones literarias, una vinculada con la Liga
de Escritores de Izquierda y la otra, con el Guomindang.28
La primera representa a la izquierda china y tiene un
enorme soporte ideológico definido con claridad por Mao Ze-
dong en su discurso pronunciado en el Foro de Yan’an sobre
Arte y Literatura realizado en 1941 en Yanan, zona controlada
por el Partido Comunista durante la invasión japonesa. En ese
discurso, Mao diseña la estructura y la función de la literatura,
las cuales podemos resumir de la siguiente manera: la literatu-
ra debe escribirse en lengua coloquial para que la entiendan
todos, su propósito es servir a los obreros, campesinos y a los
soldados rojos.29
Orientados en esa dirección surgen varios estilos literarios
para servir al pueblo trabajador. Comienza la creación masiva
literaria de servicio al pueblo. Se insiste en “la creación de las
nuevas óperas”, “la creación de poesías de las masas” así como
de “novelas progresistas”.30
En la primera categoría, la obra más exitosa sin duda alguna
es la Joven canosa. Esta ópera describe la historia de una mucha-
cha campesina, quien reprimida por los terratenientes escapa a
una cueva. Debido a la falta de sol y el exceso de sal, su pelo se
torna totalmente blanco a pesar de su juventud. Gracias al VIII
Ejército revolucionario la joven logra la liberación.31
28
Zhang Zhong et al., Zhongguo dangdai wenxueshi, Beijing, Beijing daxue
chubanshe, p. 5.
29
Zhu Xueyong y Li Xiaohong., op. cit., p. 17.
30
Ibid., p. 17.
31
Cheng Jihua, op. cit., p. 427.
20 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
En la segunda categoría, se destaca la larga epopeya Wang
Gui y Li Xiangxiang escrita por Li Ji.32 Ese poema narrativo cuenta
la historia de amor de estos dos campesinos donde el trasfondo
principal es la revolución antiimperialista y antifeudalista. El estilo
literario llamado Xin Tian You es un canto folclórico de la zona
de Shanbei de China. Gracias a ese estilo tan popular entre las
masas, la obra llega a ganar grandes elogios y premios.
En la tercera categoría de novelas, las creaciones simple-
mente son abundantes. Entre éstas se cuentan El matrimonio de
Xiao Erhei de Zhao Shuli, El sol ilumina el río de Sang Gan de Ting
Ling, La tormenta de Zhou Libo.
La segunda asociación literaria agrupa a escritores que no
comulgan con la ideología marxista a la cual califican de “uni-
formadora de criterios”.33 En 1942, el ministro de Cultura Zhang
Daobo publica el ensayo “La política cultural que necesitamos”
en la revista Lo primordial en la cultura, donde aboga por abolir
por completo los criterios de clase y crear una nueva literatura
nacionalista.34 Chen Xuan, en esta misma tónica nutrida de
espíritu liberal, publica El significado de la literatura nacional.35
La literatura nacionalista ha tenido muchos seguidores en las
regiones controladas por el Guomindang.
Surgen grandes obras literarias que exaltan los valores del
pueblo chino, obras que critican la tradición confuciana y propo-
nen la liberación del hombre. La forma literaria que florece con
grandes brillos es la sátira que exhibe estereotipos decadentes y
resalta el espíritu progresista de personajes de diversos círculos
de China. Entre los escritores nacionalistas la ópera tiene gran
aceptación. Destacan obras como El dibujo de ascenso de Chen
Baichen, Trayectoria de una bella de Tian Han, entre otras.36
32
Ibid., p. 302.
33
Ibid. p. 173.
34
Zhu Xueyong y Li Xiaohong., op. cit., p. 16.
35
Ibid., p. 17.
36
Cheng Jihua, op. cit., p. 422.
INTRODUCCIÓN 21
Conforme se profundiza el conflicto político entre el Parti-
do Comunista y el Guomindang el debate entre los intelectuales,
seguidores de estas tendencias, se agudiza.
La victoria del socialismo realista
La guerra civil entre el Partido Comunista Chino y el Guomin-
dang termina en 1949 con el establecimiento de la República
Popular China y la retirada de los nacionalistas a la isla de Taiwan.
En gran medida, este suceso histórico marca el fin del pluralismo
cultural que caracteriza las décadas previas a los años cincuenta.
El afianzamiento de la filosofía marxista en China requiere del
esfuerzo de todos, especialmente de los intelectuales, que para el
presidente Mao debían estar en la vanguardia de la construcción
socialista. La ideología predominante forja los criterios de toda
la labor intelectual en China.
El discurso del presidente Mao de 1931 en el Foro de Yan’an
sobre Arte y Literatura funda las bases de la “literatura de los
obreros, campesinos y los soldados rojos”, creada por y para ellos.
Ese discurso de Mao deja muy poco campo para la especulación,
pues define con mucha precisión la función de la literatura en el
proceso de la construcción de la sociedad socialista.
Podemos concluir que el establecimiento de la República
Popular China marca el inicio de la literatura contemporánea
china.
Liljana Arsovska
22 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Zhang Ailing
(Eileen Chang: 1920-1995)
La vida es un vestido suntuoso y bello, repleto de gusanos…
(Zhang Ailing, 1941: “Mi sueño de genio”)
La familia en la que nace y crece Zhang Ailing es un fiel reflejo de
la sociedad china de ese entonces. Su abuela paterna era hija de
Li Hongzhang, ministro de la dinastía Qing, quien promovía la
occidentalización del Imperio Qing. Su padre, Zhang Tingliang,
como buen hijo de familia acaudalada de la época, era adicto
al opio y a la vida disipada en los prostíbulos de Shanghai. Su
madre, Huang Yifan, en cambio era culta y gran admiradora
de Occidente, empeñada en educar a su hija en el espíritu de
una doncella europea que habla inglés, toca piano, pinta, etc.
Entre pleitos conyugales, infidelidades, amores y desamores,
transcurre la niñez de Zhang Ailing. El divorcio de sus padres
marca su adolescencia, deambulando entre el hogar de su padre
“decadente” y de su madre “progresista”.37
Desde muy pequeña mostró gran talento para recitar poesía
clásica de la dinastía Tang así como frases y versos del Sueño del
pabellón rojo.
Cursó estudios universitarios en Hong Kong a principio de
los años cuarenta. Sin embargo, cuando los japoneses ocupan
Hong Kong en 1942, ella regresó a Shanghai para casarse con
un diplomático chino que más tarde será considerado traidor
de la patria.
Shanghai, donde nace y vive, es tal vez la ciudad más cos-
mopolita de China, es el espejo de aumento que muestra con
claridad las contradicciones de China, es la olla mongola38 en
constante ebullición donde cohabitan comunistas, nacionalistas,
anarquistas, conservadores y progresistas. La vida en Shanghai es
una inagotable fuente de inspiración para todas las tendencias
37
Ibid., p. 188.
38
Platillo típico de Beijing.
INTRODUCCIÓN 23
literarias. También es el pozo de donde surgen los personajes de
Zhang Ailing. Allí viven todas las señoras y señoritas de familias
burguesas y pequeño-burguesas que ella fielmente dibuja en sus
novelas. Allí en algún rincón estaban también Liusu y Liuyuan
tejiendo su telaraña de amor entre desamores.
Zhang Ailing se identifica con estas mujeres, que tal vez
antes de sentirse seres humanos se sienten mujeres. Mujeres
que además de democracia y ciencia también necesitan amor,
mujeres que lloran tanto por la tristeza que envuelve el mundo
con las finas líneas que amanecen alrededor de sus ojos después
de los treinta y tantos. Cree que la belleza y la astucia son armas
necesarias para asegurar la sobrevivencia de cualquier mujer.
Ella misma llamada por muchos “la dama”, crea su propio
vestuario con telas de la dinastía Qing con incrustaciones de un
elegante bordado europeo u otro detalle excéntrico que detiene
el paso de los caminantes para verla, criticarla o admirarla.39
Zhang Ailing no tiene preferencia política de derecha ni
de izquierda. De hecho, prefiere la soledad a la compañía: “Los
espacios de incomunicación entre la gente son donde encuentra
la alegría de la vida”.40 Ha dejado a un lado los grandes temas de
la patria para dedicarse a describir acerca de la vida cotidiana, de
la gente común, o como ella misma dice: “Mi fuerte es describir
el manejo cotidiano de las crisis”.41
Por cierto, ha sido muy criticada en su época, especialmente
por colegas de la Liga de Escritores de Izquierda. Sus escritos
llegaron a catalogarlos de poco patrióticos, inocentes reflejos
de la vida de la pequeña burguesía.
En 1952, unos años después de la liberación, regresa, ya di-
vorciada, a Hong Kong, y en 1955 zarpa a Estados Unidos, donde
pasó el resto de su vida unida en matrimonio con un íntimo ami-
39
Ibid., p. 189.
40
Ibid., p. 189.
41
Ming Baoyue, Reading Zhang‘s wartime Writings…., Manoa, University of
Hawaii, 2002.
24 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
go de Berthold Brecht.42 Su vida en Estados Unidos se distingue
por la reclusión, la soledad y el constante huir de las cámaras,
por lo cual la llaman “la Garbo de la literatura china”. Muere
en soledad a los 75 años de edad. Deja un legado literario que
permanecerá vigente mientras haya mujeres en el mundo.43
La actividad literaria de Zhang Ailing comienza en 1943
con algunos ensayos y diversas contribuciones literarias para
revistas en inglés, editadas en Shanghai. Posteriormente publica
varias novelas cortas y largas, entre las que destacan El candado
dorado (1943), El amor en la ciudad en ruinas (1943), Rosa roja,
rosa blanca (1944), La teja vidriada (1944), Dieciocho primaveras
(1951), El canto de los brotes de arroz (1955).
El candado dorado ha tenido el mayor elogio. Fu Lei, colega
contemporáneo, declara que “esta novela de la señora Zhang
es uno de los logros más bellos de la literatura china”.44 La his-
toria trata de la vida de una muchacha nacida en una familia
pequeñoburguesa. Por la voluntad de sus padres se casa con un
muchacho paralítico, hijo de una familia noble y rica. A partir
de la boda, ella se pone un candado dorado. El odio a sus pa-
dres que han forzado ese matrimonio y el odio a la familia de
su marido que siempre la humilla y desprecia, poco a poco la
deshumaniza hasta hacerla perder el último destello de bondad.
Jamás siente amor en toda su vida y hace hasta lo imposible para
impedir que sus hijos lo sientan. En este libro, de unas cincuenta
páginas, Zhang Ailing describe la vida triste y penosa de una
mujer marcada por el odio. La crueldad de la sociedad hace de
esta vigorosa mujer joven y bella, con muñecas tan llenas que
“casi no le cabe el brazalete”, en una anciana que “puede mover
el brazalete desde la muñeca hasta la axila”.
Liljana Arsovska
[Link]
42
ter/zhang_ailing.html
43
[Link]
44
Revista Wan Xiang, mayo de 1944.
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Zhang Ailing
Para aprovechar mejor la luz de día, en Shanghai adelantaron
todos los relojes una hora, pero en la casa de la familia Bai dije-
ron: “el nuestro es un reloj antiguo”. Las diez de su casa eran las
once para los demás; sus cantos discordantes no armonizaban
con los ritmos del laúd de la vida.
Las cuerdas de un laúd se oían en la noche iluminada por
miles de focos. Se estiraban y se aflojaban acompañando inter-
minables historias tan tristes que quitan las ganas de indagar….
¡Mejor que queden así! Esos cuentos que salen del laúd deberían
ser contados por elegantes actrices de mejillas polveadas con
talco rojizo entre las que sobresale una dulce nariz de jade…
Actrices que ríen, cantan y esconden la boca detrás de sus largas
mangas… Sin embargo, ahí únicamente estaba el señor Bai,
sentado solo en el balcón oscuro, tocando su laúd.
Y entonces sonó el timbre. Algo raro en la casa de los Bai.
Según las buenas costumbres, no era adecuado visitar de noche.
Si viene alguien en la noche o se recibe un telegrama, es que
ocurrió algo muy importante o urgente, lo más probable es que
alguien murió.
El cuarto señor se puso a oír con atención, en efecto, el
tercer señor, su señora y la cuarta señora subieron gritando en
tal desorden que nada se les entendía. En el salón principal
ubicado detrás de la terraza estaban sentadas la sexta, séptima
y octava señorita y los hijos de la tercera y cuarta señoras; todos
estaban algo confundidos. Desde la oscuridad de la terraza el
cuarto señor observaba vigilante. La puerta se abrió y el tercer
señor, vestido de playera y pantalón corto, se paró en el umbral
con las piernas entreabiertas. Con las manos se ahuyentaba los
25
26 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
mosquitos de las piernas. De pronto le gritó al cuarto hermano:
“Hermano, ¿sabes qué? Murió del que se divorció nuestra sexta
hermana. Dicen que de pulmonía”. El cuarto señor dejó el laúd
y mientras se dirigía hacia el interior preguntaba: “¿Quién trajo
la noticia?” “La señora Xu”. Al decir eso, el tercer señor empujó
a su señora de abanicazo: “¿Qué haces aquí? Nadie te llamó. La
señora Xu aún está abajo; como es tan gorda, no quiere subir,
¿por qué no vas a acompañarla?”
Cuando la tercera señora se fue, el cuarto hermano recor-
dó algo: “¿El muertito no es pariente de la señora Xu?” “Cómo
no, tal parece que su familia mandó a propósito a la señora Xu
para informarnos, seguro y tienen alguna intención”, contestó
el tercero. “¿Acaso quieren que la sexta vaya al funeral?”, pre-
guntó el cuarto. El tercero rascó su cabeza con el mango del
abanico: “Creo que realmente debería....” Los dos miraron a la
sexta señora. Bai Liusu estaba sentada en un rincón del cuarto,
bordando una zapatilla. Ya que durante la conversación sus
dos hermanos no la dejaban opinar, aprovechó su silencio y
dijo con tranquilidad: “Una divorciada no tiene por qué ser
viuda del ex esposo. Si ahora voy, todo el mundo se reirá hasta
perder los dientes”. Continuó bordando la zapatilla como si no
pasara nada, pero el sudor frío de sus dedos no le permitía jalar
la aguja áspera.
El tercer señor respondió: “Hermana, no tienes razón.
Sabemos que él fue muy injusto contigo, pero ya murió. ¿Acaso
aún le guardas rencor? Sus concubinas seguramente no le guar-
darán luto. Si tú ahora vuelves a la casa para guardar el luto y
encargarte del funeral, ¿quién se atrevería a reír? No tuvieron
hijos, pero tenían sobrinos de sobra. Escoge uno y adóptalo.
Aunque en su casa queda poca cosa de valor, era de una fami-
lia noble. Cuidarán el templo ancestral de su familia, y así no
pasarás hambre tú ni tu hijo”.
Liusu sonrió fríamente: “Mi hermano ha pensado ya todo
por mí. Lástima que es un poco tarde, me divorcié hace siete u
ocho años. ¿Acaso los trámites legales no cuentan? No debemos
jugar con las leyes”.
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 27
“No me asustes con las leyes”, dijo el tercero, “las leyes
cambian todos los días pero las costumbres y las tradiciones son
para siempre. Mientras vivas eres de su familia, cuando mueras
tu alma también les pertenece. Igual que las hojas de los árboles
de mil metros, siempre caen cerca de la raíz.”
Liusu se levantó: “¿Por qué no dijiste eso hace siete años?”
“Temía que fueras suspicaz y pensaras que no queríamos
aceptarte”, replicó el tercero.
“¿Ahora no temes que sea suspicaz? Gastaste todo mi dinero
y ya no temes, ¿verdad?”
El tercer señor le gritó a la cara: “¿Gasté tu dinero? ¿Cuánto
dinero tuyo gasté? Vives en mi casa, comes y bebes de lo mío.
Si fuera antes, no importaría, una persona más era un par de
palillos más en la mesa. Pero ahora, sal a preguntar el precio del
arroz. Tú empezaste a hablar del dinero, yo no quería, eh”.
La cuarta señora parada detrás del tercer señor, soltó una
carcajada: “son de la misma familia, no deberían hablar de
dinero. Si empiezan a hacerlo, nunca terminarán. Desde un
principio le dije a mi esposo que convenza a su tercer hermano
de no usar el dinero de la sexta en los negocios de oro ni en
acciones. Iba a traerles mala suerte. Después de casarse con ella,
su esposo empezó a despilfarrar el dinero. Cuando ella volvió a
la casa materna se arruinó todo: es un ave de mal agüero”.
El tercer señor, apurado, contestó: “Mi cuñada tiene razón,
si no nos hubiéramos asociado con ella, no habríamos perdido
todo”.
Liusu se indignó tanto que todo su cuerpo empezó a tem-
blar. Con la zapatilla a medio bordar, sostenía su mandíbula
temblorosa a punto de caer. Mientras tanto, el tercero seguía
hablando: “en aquel entonces, cuando volviste a casa llorando
e insistiendo en divorciarte, yo tuve la culpa por recibirte. Soy
un hombre que no puede quedarse indiferente cuando ve que
golpean a su hermana. Enfrenté la situación y dije: ‘bueno,
aunque pobres, en mi casa no le faltará un plato de arroz a mi
hermana’. Pensaba que eran una pareja joven. ¿Quién no tiene
problemas al principio? Pasarías unos cuantos años en la casa
28 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
materna y luego ambos se arrepentirían. Si hubiera sabido que lo
tomaban en serio, ¿crees que te hubiera ayudado a divorciarte?
El castigo de deshacer una familia es quedarse sin descendencia.
Tengo hijos y para mí es vital apoyarme en ellos de viejo”.
Liusu estaba tan colérica que se echó a reír como loca:
“¡Qué bien! Todo es mi culpa. Se quedaron pobres porque yo
me acabé su comida, hicieron malos negocios porque yo les traje
mala suerte, se les mueren los hijos porque les eché a perder
su destino”. La cuarta señora tomó a su hijo por el cuello y lo
aventó contra Liusu gritando: “¿Cómo puedes maldecir a un
niño? Si se me muere, serás la culpable por toda la eternidad”.
Liusu esquivó el ataque y se le abrazó al cuarto señor: “Mira
hermano, mira, tú juzga”. El cuarto hermano replicó: “No te
inquietes, habla tranquila, pensemos a largo plazo. Lo que tu
hermano tercero dice es para tu bien”. Liusu retiró las manos y
furiosa se dirigió hacia la habitación interior.
En la oscuridad de la habitación, detrás del mosquitero, su
madre acostada en la enorme cama de caoba movía lentamente
un abanico de plumas blancas. Liusu se acercó toda temblorosa
y apoyándose en el borde de la cama murmuró entre sollozos:
“Madre”. La anciana Bai todavía podía oír bien y había escuchado
toda la conversación. Tosió un poco, sacó a tientas del lado de la
almohada un escupidero, escupió y luego dijo: “Tu cuñada cuarta
es muy habladora, no seas como ella. Tú sabes que cada uno tiene
sus dificultades. Ella en todo quiere ser la primera. Por mucho
tiempo mandó en la casa. Por desgracia, tu hermano cuarto la
decepcionó, embriagado por las prostitutas y los juegos de azar,
no sólo contrajo enfermedades sino que malgastó el dinero de
la familia. Tu cuñada sintió tanta vergüenza que tuvo que dejarle
el mando a la tercera, pero nunca pudo tragar la humillación.
En cambio tu cuñada tercera, no es muy capaz y le cuesta mucho
trabajo manejar la casa. Por todo eso, debes ser más comprensiva
con ellas”. Al ver que su madre hablaba de todo menos del pro-
blema principal, Liusu se desilusionó y quedó en silencio.
La anciana Bai se volteó hacia la pared y continuó: “Hace
dos años aún había remedio, bastaba con vender algo de tierra
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 29
para alimentar a la familia. Pero ahora ya no se puede. Estoy
vieja, en cualquier rato moriré sin poder ocuparme de ustedes.
No hay banquetes interminables en este mundo. Vivir conmigo no
es una solución de largo plazo. Te conviene regresar y adoptar
a un niño, en unos diez años podrás levantar cabeza”.
En ese momento la anciana sintió que la cortina de la
puerta se movió: “¿Quién es?” La cuarta señora se asomó y dijo:
“Madre, la señora Xu aún está abajo esperando hablar del ca-
samiento de la séptima hermana”.
“Ya voy, enciende la lámpara”. La cuarta señora prendió
el foco y ayudó a la anciana a levantarse, vestirse y bajar de la
cama. La anciana preguntó: “¿La señora Xu encontró a alguien
adecuado?” “Según ella, es bastante bueno, sólo que es un poco
mayor”. La anciana tosió un poco y dijo: “Bai Luo ya tiene 24
años y es mi dolor de cabeza. En vano me he preocupado tanto
por ella si todos piensan que por no ser mi hija retraso intencio-
nalmente su matrimonio”. La cuarta señora llevó a la anciana del
brazo hasta la habitación exterior. “Saca mi nuevo té y prepara
una taza para la señora Xu. El té Longjin del canuto verde,
me lo trajo mi cuñada el año pasado, y el del frasco grande es
Biluochun, no te confundas”. La cuarta señora asentía con la
cabeza gritando: “¡Vengan! ¡Enciendan las luces!” Se oyó una
ráfaga de pasos. Unos muchachos robustos vinieron a ayudar a
la sirvienta a bajar a la anciana por la escalera.
La cuarta señora buscaba el té que la anciana había es-
condido, cuando de pronto sonrió: “Eh, séptima hermana, ¿de
dónde saliste? ¡Qué susto me has dado! Aún me pregunto por
qué hace un rato desapareciste de pronto”. “Estaba tomando aire
en la terraza”, respondió Baoluo en voz baja. La señora cuarta
rió sonoramente: “No seas tan tímida. Te voy a dar un consejo,
cuando te cases, ten cuidado de no hacer todo según tu antojo.
¿Acaso crees que el divorcio es cualquier cosa? ¡Te divorcias
cuando quieras y no pasa nada! Si fuera realmente tan fácil,
con lo inútil de tu hermano cuarto, yo ya debería divorciarme.
También tengo casa materna y tengo a dónde regresar. Pero en
estos años no puedo no pensar en ellos, tengo corazón y me
30 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
preocupan mis padres, no puedo exprimirlos y dejarlos aún más
pobres. No soy una sinvergüenza”.
Bai Liusu, sola y triste, estaba arrodillada al pie de la cama
de su madre. Al oír esas palabras apretó fuerte la zapatilla con-
tra el pecho. La aguja incrustada en la zapatilla se encajó en su
mano pero ella no sintió dolor. “Ya no podré vivir en esta casa,
ya no quepo aquí”, susurró. Su voz pálida y entrecortada flotaba
en el aire como polvo y ceniza. De pronto, sintió que sacos de
polvo y ceniza colgaban de su cabeza y cara. Creyendo apoyar
su cabeza en las rodillas de su madre se tiró en la cama; lloraba
mientras rogaba “Madre, madre, ampárame”. Su madre sonrió
inexpresiva sin decir palabra. Ella bañada en lágrimas, apretaba
y sacudía con fuerza los pies de su madre, suplicándole una y
otra vez: “Madre, madre”.
De pronto, retrocedieron los años. Aquel día cuando
salieron de la ópera, ella sólo tenía diez años. En la calle bajo
la fuerte lluvia su familia se dispersó. Parada en la banqueta,
estaba sola. Miraba a la gente y la gente la miraba. Los separaba
el ventanal empañado de los carruajes, una cortina de vidrio sin
forma... gente ajena. Cada uno estaba atrapado en su minúsculo
mundo, ella quería entrar pero no podía. Parecía embrujada. De
pronto oyó pasos a su espalda, pensó que era su madre. Procuró
reponerse sin decir una sola palabra. La madre que ella anhelaba
y la que le tocó eran dos personas muy diferentes.
La persona que se acercó a la cama, se sentó y empezó a
hablar era la señora Xu. Le aconsejó diciendo: “Niña, no te afli-
jas, levántate, levántate, qué calor hace”. Liusu, apoyándose en
la cama, logró levantarse: “Tía, yo... aquí ya no quepo. Siempre
sabía que no me querían, sólo faltaba que me lo dijeran. Hoy me
lo dijeron en la cara, lo dijeron y lo repitieron, ya no podré vivir
aquí”. La señora Xu la sostuvo y mientras se sentaban a la orilla
de la cama, decía: “Eres tan noble que no me extraña que tus
hermanos se aprovecharan de ti. Ellos movieron tu dinero aquí
y allá hasta que lo gastaron todo, ahora deberían mantenerte
durante toda tu vida”. Era tan difícil escuchar unas palabras de
aliento que Liusu ni siquiera se detuvo a pensar si eran since-
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 31
ras o falsas. Estaba conmovida desde el fondo del corazón; las
lágrimas brotaron:
“¿Por qué soy tan tonta? Por unos cuantos centavos, ahora
aunque quiera irme, ya no puedo.”
“La gente joven siempre tiene una salida”, dijo la señora
Xu.
“Si tuviera una salida ya me hubiera ido. No estudié, no
tengo hombros para cargar ni manos para trabajar, ¿para qué
sirvo?”
“Buscar trabajo es inútil, pero buscar un hombre sí que
sirve.”
“Temo que no es posible. Mi vida hace tiempo que acabó.”
“Sólo los ricos que no se preocupan por la comida y la
ropa pueden decir eso, los pobres aunque no quieran tienen
que seguir viviendo. Aunque te cortes los cabellos y te vayas a
un monasterio o te dediques a recolectar limosna, no dejarás
de ser mundana ni escaparás de la gente.”
Liusu permanecía en silencio con la cabeza agachada
mientras la señora Xu continuaba:
“Si me hubieras hablado de esto hace dos años, habría
sido más fácil.”
Esbozando una leve sonrisa Liusu comentó: “Claro que sí,
ahora ya tengo veintiocho”.
“Para una persona buena como tú veintiocho años no son
nada. Voy a pensar algo, pero no puedo no culparte. Te divor-
ciaste hace ya siete, ocho años; si me lo hubieras dicho antes,
¿desde cuándo te hubieras ido y cuánto sufrimiento te habrías
ahorrado?”
“Tía, conoces a mi familia. ¿Cómo crees que me hubieran
permitido salir a buscar a alguien? Esperar que ellos lo encuen-
tren, nunca lo aceptarán y aunque lo acepten, detrás de mí aún
quedan dos hermanas sin casarse; además, las hijas de mi tercer
hermano ya están en edad de merecer. Si ni para ellas encuen-
tran, ¿tú crees que alguien va a preocuparse por mí?
Sonriendo, la señora Xu dijo: “Hablando de tus hermanas,
aún estoy esperando su respuesta”. “¿Hay esperanzas para la
32 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
séptima hermana?” “Ay va, con intención de dejar a las mujeres
ponerse de acuerdo, les dije que iba a subir a verte y luego bajaba.
Ya es hora de bajar. ¿Puedes ayudarme a bajar?” A Liusu no le
quedó otra cosa que acompañarla. La sostenía del brazo mien-
tras bajaban la escalera. La vieja escalera rechinaba por el peso
de la gorda señora Xu. Cuando llegaron al pasillo, Liusu quería
prender la luz pero la señora Xu se adelantó: “No es necesario,
se ve bien. Están en el cuarto del Oriente. Ven conmigo, entre
risas y pláticas todo se va a olvidar. De lo contrario, mañana a
la hora de comer no podrás evitar verles la cara y sentirte mal”.
Liusu no podía escuchar la palabra “comer” sin sentir piquetes
en el corazón. Sonrió sin ganas y dijo: “Gracias tía, pero no me
siento como para estar con la gente. Temo perder el control y
decir cosas indebidas y de esa manera echar a perder su buena
intención”. Al darse cuenta de que no la iba a convencer, la
señora Xu desistió, empujó la puerta y entró sola.
La puerta se cerró y el salón se quedó en penumbras. Por
el cristal de la puerta entraban destellos de luz que caían sobre el
piso de ladrillos verdes. En la penumbra se divisaban libreros
altos y bajos, empotrados en la pared, hechos de sándalo rojo
y decorados con sellos verdes. Sobre la mesa del salón, dentro
de una caja de cristal, estaba el reloj de esmalte que anunciaba
las horas. Hacía tiempo que estaba averiado. A los costados del
salón colgaban cuadros rojos con inscripciones simétricas; flores
doradas formaban el carácter “ shou” (símbolo de larga vida).
Cada flor envolvía una palabra escrita con mucha tinta y mucho
entusiasmo. Con esa luz, las letras parecían flotar en el vacío
muy lejos del papel. Liusu sentía que era una de esas palabras
que flotaban sin poder aterrizar. La mansión de los Bai parecía
un palacio de los inmortales. Ahí apenas pasó un día pero en el
mundo han pasado mil años. En su casa daba igual un día que
mil años, puesto que todos los días eran igualmente planos y
aburridos. Con los brazos cruzados, Liusu apoyó su cuello. Siete,
ocho años transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos ¿Aún estás
joven? Descuida, en dos años ya te habrás puesto vieja. Aquí la
juventud no es apreciada; lo que sobra son jóvenes, los hijos
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 33
nacen uno tras otro, generación tras generación, nuevos ojos
brillantes, frescos labios, nueva sabiduría. Lenta y tímidamente
pasan los años uno tras otro, los ojos se paralizan, el hombre se
paraliza, pero la nueva generación ya nació. Los brillantes pa-
peles rojos y dorados, decorados con flores y caligrafía devoran
a los ancianos. Cada pedazo dorado es un destello de los ojos
asustados de los antepasados.
Liusu de repente soltó un grito, tapó sus ojos y tambaleán-
dose corrió por las escaleras. Subió y entró a su cuarto. Prendió
la luz y se arrojó frente al espejo de la cama para estudiar la
imagen que el espejo devolvía. Estaba bien, aún no se veía muy
vieja. Su cuerpo delgado y fino era de los que no envejecían
con facilidad, con aquella cintura diminuta y los pechos como
de una niña. Su cara, antes blanca como porcelana, ahora era
como el jade, un jade suave semitransparente. Los pómulos
antes eran redondos, con los años se agudizaron los huesos,
afilando su pequeño y bello rostro. Su cara era estrecha pero
el entrecejo era muy amplio. Tenía unos ojos frescos, tiernos y
muy femeninos. En la terraza el cuarto señor otra vez tocaba el
laúd. Siguiendo el ritmo de las cuerdas que se estiraban, Liusu
no pudo evitar mirar coqueta de reojo el espejo. Volteaba los
ojos mientras hacía movimientos con la mano.
Esos movimientos frente al espejo no parecían seguir el
ritmo de un instrumento de dos cuerdas, eran más bien de una
danza celestial al ritmo de una lejana orquesta. Bailaba dando
unos pasos a la izquierda y otros a la derecha. Cada paso seguía
una música antigua que hacía tiempo dejó de existir. De pronto
sonrió, fría y con malicia reía cuando la música en su cabeza se
detuvo. La bicuerda en la terraza aún recitaba cantos populares
que ya no tenían nada en común con Liusu.
Durante todo ese tiempo, el cuarto señor escondido en la
terraza siguió tocando el laúd porque sabía que no cabía en la
plática del salón principal. Cuando la señora Xu se fue, en el
palacete de los Bai todos se pusieron a discutir y analizar su pro-
puesta. La señora Xu pensaba presentarle a Baoluo a un señor
de apellido Fan. Ese hombre tenía relaciones con el señor Xu en
34 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
los negocios de las minas. La señora Xu conocía muy bien a la
familia de Fan y estaba segura de que era un excelente partido.
El padre de Fan Liuyuan era un conocido chino de ultramar que
poseía muchas propiedades en Ceilán, Malasia y otros lugares.
Fan Liuyuan tenía 33 años, sus padres ya eran difuntos. Los Bai
interrogaron a la señora Xu, ¿cómo era posible que un yerno
tan perfecto continuara soltero hasta ahora?
La respuesta no se hizo esperar. Cuando Fan Liuyuan regresó
de Inglaterra, todas las señoras llevaron a sus hijas a su puerta, se
las ofrecían de mil maneras, alabando sus virtudes y habilidades,
luchando y peleando entre sí. ¡Qué circo! Lo echaron a perder.
Desde entonces él veía a las mujeres como si fueran lodo en sus
zapatos. Debido a las vivencias de su juventud, tenía un carácter
raro, pues la unión de sus padres era ilegítima. Su padre de joven
fue a Londres a investigar el mercado, allá conoció a una china
cortesana con la que se casó en secreto. Su esposa original supo
del asunto a medias. La joven esposa tenía miedo de su vengan-
za y no se atrevía a regresar a China. Su hijo Liuyuan creció en
Inglaterra. Cuando el padre murió, aunque la esposa original
tenía sólo dos hijas, a Liuyuan no le fue fácil legitimar su estatus.
Varios años deambuló por Londres, pasando ratos difíciles. Pero
finalmente logró el derecho de heredar a su padre. El clan Fan
hasta ese momento no lo aceptaba muy bien por lo que él prefe-
ría vivir en Shanghai, pues le costaba trabajo regresar a Cantón
a la casa paterna. Desde joven vivió varios traumas. Poco a poco
se desvió y se dedicó a la vida alegre. Entre prostitutas, casinos,
banquetes y ropa elegante, probó de todo. Era un soltero feliz
que nunca pensó en una familia y menos en el matrimonio. La
cuarta señora comentó: “Este tipo de hombres exige demasiado.
Nuestra séptima hermana es hija de una concubina, ojalá él no
se fije en ello. De lo contrario, se perderá una excelente oportu-
nidad. ¡Qué pena!” “Él también es hijo de una concubina”, dijo
el tercer señor. “Pero él es un hombre tremendo. Quién sabe si
nuestra séptima hermana, con lo tonta que es, lo pueda atrapar.
Mi hija grande es más lista, aunque es pequeña, es muy madura,
entiende todo”, dijo la cuarta. “Pero la diferencia de edades es
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 35
enorme”, opinó la tercera. “Ay, no entiendes, para estos tipos,
entre más joven mejor. Si mi hija grande no lo logra, está la se-
gunda”, agregó la cuarta. La tercera burlándose dijo: “Tu segunda
hija es veinte años más joven que el señor Fan”. La cuarta señora
la jaló y en secreto la regañó: “Cuñada, no seas tonta, ¿acaso
estás a favor de la séptima hermana? ¿Qué es ella de nosotros?
Nos parieron distintas madres y eso no es poca cosa. Cuando se
case, ninguno de nosotros tendremos algún provecho de ella.
Lo digo por el bien de todos nosotros”. Sin embargo, la anciana
Bai tenía mucho miedo a los comentarios de los parientes y la
sociedad por haber descuidado a la séptima hermana, huérfana
de madre. Por eso decidió actuar conforme al plan original. La
señora Xu iba a escoger una fecha y organizar una reunión para
presentar a Baoluo al señor Fan.
La señora Xu, queriendo matar dos pájaros de un tiro,
encontró para Liusu a uno de apellido Jiang. Trabajaba en la
aduana. Se le murió la esposa dejando a cinco hijos y él buscaba
desesperadamente a una madre sustituta. La señora Xu reco-
mendó ocuparse primero de Baoluo y luego de Liusu, ya que
Fan Liuyuan pronto se iba a Singapur. Para los Bai el casorio
de Liusu era un chiste de mal gusto. Con tal de echarla de casa,
ni preguntaban ni oían, simplemente dejaban a la señora Xu
seguir empeñada en el asunto.
Estaban tan ocupados con el matrimonio de Baoluo que
todo se volteó de cabeza. Las dos eran hijas de la familia pero
con una mostraban entusiasmo de fuego y por la otra, de hielo.
Y la otra se sintió.
La anciana Bai sacó todo el oro, las perlas y los ajuares y
se los dio a la séptima hermana. Todo lo que había se lo colgó
a Baoluo. La abuela incluso obligó a la tercera señora a sacar
una tela de seda bordada con hilo dorado, que la tercera nieta
recibió de su madrina el día de su cumpleaños, y la usó para
hacer un qipao1 para Baoluo.
1
Vestido femenino y tradicional de China, con cuello cerrado y aberturas
laterales.
36 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Entre las cosas personales de la anciana, almacenadas du-
rante años, lo que abundaba eran pieles. Pero en el verano las
pieles no se podían usar, así que empeñó un manto de piel y
con ese dinero mandó a rediseñar sus alhajas viejas según mo-
delos recientes. Aretes de perlas, brazaletes de jade, anillos de
esmeralda, todo eso era obligatorio. Era importante presentar
a Baoluo como un arreglo floral, costara lo que costara.
Cuando llegó el gran día, la anciana, el señor tercero, su
esposa, el señor cuarto y su esposa naturalmente tenían que ir.
Baoluo sin querer oyó el plan secreto de la cuarta señora y la
aborreció. De ninguna manera quería ir junto con las dos hijas
de la cuarta, pero no sabía cómo negarse, así que le pidió a Liusu
que le hiciera compañía. En un carro se sentaron siete personas,
ya no podían estar más apretados, así que Jinzhi y Jinchan, las
hijas de la cuarta, tenían que quedarse en casa. Salieron a las
cinco de la tarde y regresaron hasta las once de la noche. Jinzhi
y Jinchan estaban muy ansiosas y no podían dormir. Con los
ojos abiertos, anhelaban su regreso. Pero cuando regresaron
nadie quería hablar. Con la cara larga, Baoluo entró al cuarto
de la anciana y con la rapidez del viento se despojó de todas las
alhajas y se las devolvió. Sin decir una sola palabra regresó a su
cuarto. Jinzhi y Jinchan jalaron a la cuarta señora hasta la terraza
y reiteradamente le preguntaron qué había pasado. Ella enojada
dijo: “Nunca he visto niñas como ustedes, si no es su casorio ¿por
qué están tan intrigadas?” La tercera señora las alcanzó y con
tono suave y gentil dijo: “No hables así, provocarás suspicacias.”
La cuarta señora mirando hacia la habitación de Liusu gritaba:
“Te digo a ti mi hija para que oiga la nuera, y ¿qué si la insultó
a ella? ¿Acaso tiene mil años de no haber visto a un hombre?,
¿huele a un macho y se vuelve loca?” Jinzhi y Jinchan estaban
sumamente confundidas, la tercera señora bien que mal consoló
a su madre y les dijo: “Primero fuimos a ver una película”. Jinzhi
replicó “¿Una película?”
“¿Qué les parece? ¡Que raro!, ¿verdad? Aquel señor vino a
ver a una persona pero terminamos sentados en la oscuridad sin
poder ver nada. Luego la señora Xu nos dijo que era idea del
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 37
señor Fan. Él tenía un plan macabro. Nos encerró ahí dos o tres
horas, tiempo suficiente para que se desvaneciera el maquillaje
y así él pudiera vernos a su gusto. La señora Xu adivinaba así.
Según yo, aquel Fan no tenía ninguna intención firme. Quería ir
al cine para no tener que ocuparse de nosotros. Cuando terminó
la función, ya se quería ir”. La cuarta señora sin poder aguantar
interrumpió: “Claro que no, las cosas iban muy bien al principio,
si no fuera porque alguien de nuestro propio nido se puso a
provocar el desorden, seguro habría un setenta u ochenta por
ciento de garantía”. Jinzhi y Jinchan desesperadas al unísono
dijeron: “¿Tía y luego?” La tercera continuó: “Luego la señora
Xu lo detuvo, para que todos fuéramos a comer. Él dijo que nos
invitaba”. La cuarta señora golpeando con las manos interrum-
pió nuevamente: “Está bien comer, pero claramente sabía que la
séptima hermana no sabe bailar, ir a un salón de baile para estar
sentados, ¿qué es eso? Yo no digo nada, pero la culpa la tiene
el tercer hermano. Él también es un hombre paseado, cuando
supo que Fan había ordenado al cochero ir a un salón de baile,
¿por qué no lo detuvo?” La tercera se metió: “Shanghai es muy
grande, cómo iba a saber él en qué hotel hay baile y en cuál
no hay. El cuarto señor es mucho más paseado que mi marido,
el tercer señor no tiene tiempo para ir a investigar esas cosas”.
Jinzhi y Jinchan querían saber qué pasó después. La tercera
señora al ser interrumpida varias veces por la cuarta, perdió
el interés de contar y sólo dijo: “Luego comimos, y al terminar
regresamos a casa”.
Jinzhi preguntó: “¿Aquel Fan Liuyuan cómo era?” La terce-
ra dijo: “¿Y yo qué sé? En todo el rato no le escuché ni siquiera
tres palabras”, pensó un instante y añadió: “Pero baila muy bien”.
Jinzhi sorprendida dijo: “¿Con quién bailó?” La cuarta no se
aguantó: “¿Con quién más? Claro que con la sexta tía. A nosotras
de familias decentes no se nos permite aprender a bailar, pero
ella después de casarse con aquel patán aprendió esos menes-
teres. No tiene vergüenza, si te preguntan si sabes bailar qué te
cuesta decir que no sabes, no saber no es pecado. Tu tía o yo
por ejemplo, venimos de familias nobles, hemos vivido mucho y
38 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
hemos visto de todo pero no sabemos bailar”. La tercera suspiró:
“Bailó una vez, según por cortesía, luego bailó de nuevo y otra
vez”. Jinzhi y Jinchan al oír eso, sin querer abrieron la boca. La
cuarta señora de nuevo soltaba insultos hacia la habitación: “A
ésa la manteca le tapó el corazón. Si piensas que echaste a per-
der el negocio de tu hermana y que te quedarás con el hombre,
estás equivocada, más te vale olvidar pronto esos pensamientos.
El hombre en tantísimas señoritas ni siquiera se ha fijado, ¿crees
que se va a fijar en una divorciada marchita como tú?”
Liusu y Baoluo dormían en la misma habitación. Baoluo
ya estaba en la cama. Liusu encendía incienso en cuclillas para
espantar a los mosquitos mientras escuchaba toda la conversa-
ción de la terraza, pero esta vez estaba muy tranquila. Encendió
un cerillo y veía cómo el fuego consumía el palo. El fuego rojo
parecía un banderín triangular que bailaba al son de su respira-
ción. Cuando el fuego se acercó a sus dedos, ella sopló y lo apagó
y el pedazo del banderín rojo que quedó, pronto se consumió
tomando la forma de un fantasma que al desmoronarse dejó
un montón de ceniza gris. Tiró en el cenicero el cerillo con
el cual prendió el fuego. Lo que hizo hoy no fue a propósito.
Pero como sea, les dio a todos una lección. Ellos piensan que
mi vida ya se acabó. ¡Falta aún! Sonrió. Baoluo seguramente
también la detestaba y odiaba incluso más que la cuarta señora,
pero aunque la odiara, al mismo tiempo la veía con otros ojos,
la respetaba. Una mujer, por buena que sea, si no logra el amor
del sexo opuesto menos logrará el respeto del mismo sexo. Eso
es el punto débil de las mujeres.
¿Fan Liuyuan de veras la quería? No necesariamente. Ella
no creía ni una palabra de las que él le dijo. Se dio cuenta de
que él estaba acostumbrado a mentir a las mujeres. No podía
dejar de preocuparse. Ella no tenía en quién apoyarse, sólo se
tenía a sí misma. En la cabecera de la cama colgaba el qipao de
satín blanco que acababa de quitarse. Se sentó en el suelo, abrazó
sus rodillas cubiertas por la bata y recargó su cabeza encima.
El humo verde del incienso que flotaba en el aire aturdía sus
pensamientos. En sus ojos brillaban las lágrimas.
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 39
Pasaron unos días y la señora Xu llegó de nuevo a la casa
de los Bai. La cuarta señora predijo: “El comportamiento inde-
cente de la sexta tía seguramente echó a perder el asunto de
Baoluo. La señora Xu tenía razón para estar molesta. Si culpaba
a la sexta tía ¿cómo le iba a presentar un novio? Ahora sí que
nos quedamos como el perro de las dos tortas”. La señora Xu
claro que no era tan entusiasta como antes. Esquivando el tema
central, primero explicó por qué no había venido esos días, el
esposo viajaría a Hong Kong por negocios y si todo salía bien,
planeaban rentar una casa y vivir un tiempo allá, estos días ella
estaba ocupada haciendo maletas, pues pensaba acompañarlo.
En cuanto a Baoluo, el señor Fan ya no estaba en Shanghai, así
que había que posponer el asunto. En cuanto al posible candi-
dato para Liusu, el señor Jiang, la señora Xu supo que él ya tenía
otra mujer y sería complicado separarlos, ese señor según ella
no era de fiar así que había que olvidarlo. La tercera y la cuarta
al escuchar estas palabras, se miraron y sonrieron.
La señora Xu, encogiendo las cejas, seguía hablando: “Mi
esposo tiene muchas amistades en Hong Kong, lo malo es que el
agua lejana no apaga el fuego cercano… Si la señorita Liu pudiera
ir allá seguramente tendría muchas oportunidades. En estos últi-
mos años, Hong Kong está lleno de shanghaineses prominentes.
Es obvio que los Sanghaineses prefieren a shanghainesas, así que
he oído decir que las paisanas son muy populares allá. Si la sexta
señorita va allá, le sobrarán candidatos adecuados”. Todos sentían
que la señora Xu era maestra de la diplomacia. Hace apenas dos
días la hacía de celestina, de pronto el humo desapareció y el
fuego se apagó, en lugar de salirse por la tangente, hablaba cosas
sin importancia. La anciana Bai suspirando comentó: “Dar una
vuelta a Hong Kong, ¡qué fácil se dice, eh!, pero...” Inesperada-
mente la señora Xu la interrumpió: “Si la señorita decide ir, yo
la invito, si prometí ayudarla, lo voy a hacer”. De pronto todos se
miraron boquiabiertos, hasta Liusu quedó perpleja. Pensó que
cuando al principio se ofreció a buscarle novio, era porque le
tenía compasión. Se descaminó por ella buscando al candidato
apropiado, incluso invitó al señor Jiang a un banquete, todo eso
40 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
se entendía, pero gastar dinero en llevarla a Hong Kong, eso sí era
demasiado. ¿Por qué la señora Xu sin más ni más quería gastar en
ella ese dinero? Aunque en el mundo hay mucha gente buena,
no hay muchos tontos que quieren ser caballeros con su propio
dinero. La señora Xu traía algo, ¿tal vez era maniobra de Fan
Liuyuan? La señora Xu había dicho que su esposo y Fan Liuyuan
tenían muchos negocios juntos, tal vez la pareja quería amarrar a
Fan Liuyuan. Sacrificar a una pariente desprotegida para quedar
bien con Fan, era posible, ¿por qué no? Mientras Liusu le daba
vueltas al asunto, la anciana Bai dijo: “No, cómo cree, no podemos
pedirle a usted...” La señora Xu carcajeándose dijo: “No importa,
es poco dinero, yo puedo cubrirlo. Además quisiera que la sexta
señorita me ayude. Cargo con dos hijos, tengo la presión alta lo
cual me cansa mucho, tenerla de compañía en el camino será de
gran ayuda. ¡No la tomo por alguien extraño, le voy a encargar
que me ayude!” La anciana Bai recitó varias frases de cortesía en
representación de Liusu. La señora Xu volteó la cabeza y pregun-
tó directamente: “Entonces qué señorita, irá con nosotros a Hong
Kong, aunque fuera una sola vuelta vale la pena”. Liusu agachó
la cabeza y sonriendo contestó: “Eres muy amable”. Rápidamente
hizo cálculos. El asunto de aquel Jiang ya no tenía esperanzas, si
aún despu és alguien le presentase otro candidato, seguro que
será más o menos parecido a Jiang, o hasta peor. El padre de
Liusu era un famoso apostador empedernido. Por jugar perdió
todos los bienes, fue el primero que los encaminó por la vereda
de la bancarrota. Las manos de Liusu no habían tocado ni baraja
ni dados, pero también le gustaba apostar. Decidió jugar con su
futuro. Si perdía, su reputación se caería al suelo y no tendría
la dignidad para ser madrastra de cinco hijos, si ganaba, podría
obtener a Fan Liuyuan, el premio mayor que muchas anhelaban,
y así arrancaría del pecho esa angustia.
Liusu aceptó acompañar a la señora Xu. La señora Xu
partía en una semana, así que Liusu se puso a ordenar su equi-
paje. Aunque en la casa no tenía gran cosa que ordenar, pero
de cualquier manera estaba ocupada varios días. Vendió algu-
nas piezas de joyería y añadió a su guardarropa algunos trapos
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 41
nuevos. Dentro de todas sus ocupaciones, la señora Xu buscó
algo de tiempo y fue a asesorarla. Las atenciones de la señora
Xu hacia Liusu llamaron la curiosidad de los Bai, quienes poco
a poco cambiaron su actitud hacia ella. Aparte de sospechas,
sentían algo de envidia, a sus espaldas rumoraban, pero ya no
la insultaban en su cara, de repente también se podía oír: “her-
mana, tía, señorita”. Y todo era por si de veras lograba casarse
con un rico hongkonés, tenían que dejar abierta la posibilidad
de cordialidad en el futuro, no podían hacerla enojar.
Los señores Xu y sus hijos llegaron en un carro y la llevaron
al barco. Tenían reservación en la primera clase de un navío
holandés. El barco era pequeño y se tambaleaba mucho. Los
señores Xu, tan pronto subieron al barco, se acostaron y no de-
jaron de vomitar todo el camino, los niños no paraban de llorar,
Liusu de veras tuvo que ayudar durante varios días, finalmente
cuando el barco se acercó a la orilla, por fin tuvo oportunidad
para salir a cubierta y mirar el paisaje. Era una tarde muy calu-
rosa, lo que más le llamó la atención eran los enormes anuncios
rojos, morados y rosados que rodeaban el muelle y se reflejaban
en el agua verdosa. Destellos brillantes de colores excitantes
subían, bajaban y se debatían vigorosamente en el agua.
Liusu pensaba que en esta ciudad tan exagerada en todo,
probablemente hasta los golpes dolían más que en otro lado.
Sintió temor cuando de pronto alguien se abrazó de sus pies
y estuvo a punto de tumbarla. Eran los hijos de la señora Xu.
Ordenó su mente y fue a ayudar. Quién se imaginaba que las
maletas y los hijos no querían estar juntos, de pronto las maletas
se apilaron pero faltaba un niño. Liusu estaba ocupadísima pero
no podía dejar de admirar el paisaje.
Al bajar a tierra firme llamaron dos carros y se dirigieron al
hotel Qianshuiwan. Los autos se alejaron del centro de la ciudad.
Viajaron mucho y en el camino sólo veían precipicios de tierra
amarilla y roja, entre los bosques de los precipicios se divisaba el
mar verde azuloso. Cerca del hotel también había precipicios y
bosques, pero ya era más luminoso. Muchos que fueron a pasear
en la montaña regresaban en carros llenos de flores.
42 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
El viento regaba las risas. Llegaron a la puerta del hotel
pero de tanta vegetación por ningún lado se veían edificios.
Bajaron del carro y se dirigieron hacia unas amplias escaleras
de piedra y llegaron a una explanada llena de flores y árboles
de donde se divisaron en lo más alto dos casas amarillas. El
señor Xu había reservado los cuartos con mucha anticipación,
los mozos los condujeron por un pasillo de mosaico hacia un
comedor amarillo, pasaron por unos corredores amarillos y su-
bieron al segundo piso, al dar la vuelta se veía una puerta que
miraba hacia un pequeño balcón con techo de bejuco tejido,
bañado por el sol del atardecer.
De pie en el balcón platicaban dos personas. Estaba una
mujer de espaldas cuyo largo pelo negro le llegaba a los tobillos.
De sus tobillos colgaban brazaletes entrecruzados de oro rojizo.
Sus pies estaban desnudos, no se veía claramente si traía o no
pantuflas. Se divisaban sus pantalones color rosa estilo hindú
de tela arrugada.
Un hombre tapado por aquella mujer de pronto llamó:
“¡Hey, señora Xu!” Se acercó y saludó a los señores Xu y luego
volteó y le sonrió a Liusu. Cuando Liusu se dio cuenta de que
era Fan Liuyuan, aunque hacía tiempo que lo sospechaba, su
corazón latió con mucha fuerza. La mujer del balcón de pronto
desapareció. Liuyuan los acompañó a subir, en el camino todo
el tiempo expresaban sorpresa y alegría como cuando los pai-
sanos se encuentran fuera del terruño por casualidad. Aquel
Fan Liuyuan no era precisamente un galán, sin embargo en su
aspecto tosco había algo atractivo.
Los Xu ordenaban a los mozos acomodar el equipaje. Liusu
y Fan Liuyuan caminaban adelante. Liusu preguntó sonriendo:
“Señor Fan, ¿usted no fue a Singapur?” Liuyuan respondió en voz
baja: “Te estaba esperando aquí”. Liusu no se imaginaba que él
sería tan directo, así que decidió no indagar más por el miedo de
que confesara que fue él y no la señora Xu quien la invitó a Hong
Kong. Así que le sonrió como si tomara el asunto en broma.
Liuyuan se enteró que su cuarto era el 130, se detuvo y dijo:
“Ya llegamos”. El mozo tomó la llave y abrió la puerta. Liusu tan
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 43
pronto entró instintivamente se dirigió hacia la ventana. Todo
el cuarto parecía un marco amarillo donde el paisaje fuera de la
ventana era el cuadro. Las olas alebrestadas salpicaban la cortina
pintando los bordes de azul.
Liuyuan le dijo al mozo: “Pon la maleta frente al ropero”.
Liusu, al oír su voz tan cerca de su oído, tembló sin querer, vol-
teó la cara y vio que el mozo ya se había ido, pero la puerta no
estaba bien cerrada. Liuyuan se acercó a la ventana, estiró una
mano y la puso en el barandal de la ventana. Le tapó la vista
mientras la miraba sonreír. Liusu bajó la cabeza. “¿Sabes que
tu fuerte es bajar la cabeza?” Liusu levantó la cabeza y sonrió:
“¿Qué? No te entiendo”. Liuyuan explicó: “Hay gente buena
para hablar, hay buenos para reír, otros son buenos para arre-
glar la casa y tú eres buena para bajar la cabeza”. “Yo no sirvo
para nada, soy una perfecta inútil”, dijo Liusu. “Las mujeres
inútiles son las más peligrosas”, sonreía Liuyuan. Liusu se alejó
sonriendo: ya no voy a hablar contigo, vamos a ver qué pasa al
lado”. “¿Al lado? ¿Te refieres a mi cuarto o a la habitación de los
Xu?” Liusu nuevamente tembló, “¿te alojas a mi lado?” Liuyuan
ya había abierto la puerta: “Mi cuarto está muy desordenado,
no es para visitas”.
Tocó en la habitación 131, la señora Xu abrió y los invitó
a pasar: “Vénganse a tomar té con nosotros, tenemos desayuna-
dor”. Luego tocó el timbre del servicio y pidió galletas y té. El
señor Xu salió de la recámara: “Acabo de hablar con el señor
Zhu, insiste en ofrecernos una cena de bienvenida, pidió que
fuéramos todos al hotel Hong Kong, precisamente hoy”. Miró
a Liuyuan y le dijo: “Tú también estás incluido”. La señora Xu
rezongó: “Qué bárbaro eres, nos mareamos tantos días en el
barco, hoy deberíamos descansar. Esta noche no hay que salir”.
Liuyuan sonrió: “El hotel Hong Kong es de lo más anticuado y
conservador que he visto, la decoración, la orquesta, todo es al
viejo estilo inglés, hace unos cuarenta o cincuenta años estaba
de moda, pero ahora ya no es tan emocionante. No hay nada
que valga la pena, excepto aquellos raros extranjeros que visten
pantalones abombados en días muy calurosos”. Liusu preguntó:
44 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
¿Por qué?” Liuyuan contestó: “Para imitar a los chinos”. El señor
Xu añadió: “Ya que estamos aquí deberíamos ir a ver ese lugar.
Sacrifícate y acompáñanos”. “No puedo asegurarles nada”, dijo
Liuyuan, “no me esperen”. Liusu se dio cuenta de que él no
tenía ganas de ir. El señor Xu, por su parte, no era alguien que
visitaba frecuentemente las pistas de baile, pero ahora estaba
muy contento y además parecía que quería presentarle a ella
algunas amistades, así que se sintió algo decepcionada.
Sin embargo, aquella noche los que les ofrecieron el ban-
quete de bienvenida en el hotel Hong Kong eran varias parejas de
gente mayor, los solteros eran apenas veinteañeros. Liusu estaba
bailando cuando Liuyuan apareció de pronto y se la quitó a un
hombre. En la tenue luz roja ella no pudo ver con claridad su
cara, sólo pudo darse cuenta de su silencio poco usual: “¿Por qué
no hablas?” Él contestó: “Todo lo que tenía que decirte de frente
ya lo dije”. Liusu rió de pronto: “¿Cuánto misterio? ¿Acaso tienes
algo que decirme de espaldas?” “Hay cosas que no sólo se dicen
de espaldas a otros sino incluso a mí mismo me da vergüenza
oírlas, por ejemplo, te amo, te amaré toda mi vida.”
Liusu mirando hacia otro lado dijo con coquetería: “¿Cómo
se te ocurren esas cosas?” Liuyuan rezongó: “Si no hablo, porque
no hablo, si hablo, porque digo tonterías.”
Liusu sonriendo le preguntó: “¿Por qué no te gusta que
yo vaya a bailar?” “Los hombres por lo general desean echar a
perder a las mujeres decentes, o bien transformar a las mujeres
malas en decentes. Yo no tengo ganas de trabajar de más, con-
sidero que la mujer entre más decente mejor”, dijo Liuyuan.
Liusu lo cortó con la mirada: “¿Crees ser diferente a los demás?
Eres un egoísta, igual que todos”.
“¿Por qué egoísta?” Liusu pensaba para ella: Tu máximo
ideal es una mujer pura como el jade pero, al mismo tiempo,
fogosa. Pura para los demás, fogosa para ti. Si yo fuera una mujer
simplemente decente y pura, jamás te fijarías en mí”. Inclinó la
cabeza y coquetamente le sonrió: “Quieres que sea una buena
mujer ante los demás y una mala para ti”. Liuyuan pensando dijo:
“No entiendo”. Liusu le explicó: “Lo que quieres es que sea mala
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 45
con los demás y buena contigo”. “¿Cómo es que tergiversaste lo
que dije?”, sonrió Liuyuan, “Lograste confundirme”. Reflexionó
y continuó: “No tienes razón”. “Así que entendiste, ¿eh?”, le dijo
Liusu mientras él seguía hablando: “Mala o buena no quisiera
que cambies, no es fácil encontrar una auténtica china como
tú”. Liusu suspiró: “Apenas soy una mujer pasada de moda.”
“Las verdaderas mujeres chinas son las más hermosas del
mundo, jamás pasan de moda.”
“Para alguien tan moderno como tú…” Liuyuan interrum-
pió: “Quieres decir tan occidentalizado, definitivamente no soy
un típico chino, es en los últimos años que me he hecho cada vez
más al estilo chino. Pero sabes que cuando un chino occidenta-
lizado se vuelve conservador es más testarudo que cualquiera”.
“Tú conservador, yo conservadora, además dijiste que la pista de
baile del hotel Hong Kong era la más conservadora de todas...”
Rieron los dos juntos al unísono cuando la música paró. Liuyuan
la acompañó hasta la mesa y sonriendo con amabilidad dijo:
“La señorita Bai tiene dolor de cabeza, la llevaré a descansar”.
Liusu no le había pedido hacer eso, de pronto no supo cómo
manejar el asunto, no quería hacerlo enojar, ya que la relación
aún no era tan profunda como para comenzar a pelear, así que
lo único que le quedó fue dejarse poner el abrigo, disculparse
y salir junto con él.
Se toparon de frente con unos caballeros occidentales que
rodeaban a una mujer. Liusu primero se fijó en sus hermosos
cabellos negros. Dos largas trenzas formaban en la cabeza un
chongo.
Aunque esta vez estaba vestida al estilo occidental, aquella
mujer hindú aún destilaba un espeso aire oriental. Debajo de
la finísima gasa negra se entreveía un dorado vestido ajustado
que tapaba sus bellas manos y sólo dejaba entrever sus brillan-
tes uñas. Su cuello V abría una vereda hasta la cintura, era el
último grito de la moda en París, este estilo tenía un nombre
en chino: “el camino al cielo”. Su cara amarilla y bien lubrica-
da la hacía ver como un Buda dorado, pero sus ojos grandes y
profundos escondían demonios. Tenía una nariz clásica, sólo
46 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
que algo filosa y delgada. Sus pequeños labios color rosa se
veían carnosos por el carmín. Liuyuan se detuvo y se inclinó
levemente ante ella mientras que Liusu la miraba parada al
lado. Ella también miraba a Liusu. Aquel par de ojos parecían
atravesarla desde un lugar muy distante. Liuyuan la presentó:
“Ella es la señorita Bai y ella es la princesa Sahainí”. Liusu
de pronto se sorprendió. La princesa sacó su mano y con sus
dedos apenas tocó la mano de Liusu mientras le preguntaba a
Liuyuan: “¿La señorita Bai también es de Shanghai?” Liuyuan
asintió con la cabeza. La princesa sonrió: “Ella no parece
shanghainesa”. “¿De dónde parece?”, preguntó Liuyuan. La
princesa puso el dedo en la mejilla, pensó un rato, movió sus
diez finos dedos como queriendo expresar algo sin poder ha-
cerlo, luego levantó los hombros, sonrió y caminó hacia la sala.
Liuyuan jalando a Liusu se dirigió hacia fuera. Aunque Liusu
no entendía muy bien el inglés, por los ademanes dedujo algo
y sonriendo dijo: “Así que soy campesina”. Liuyuan replicó: “Te
acabo de explicar que tú eres una típica china y claro que no
eres igual a las shanghainesas que ella conoce”.
Subieron al carro mientras Liuyuan seguía hablando:
“Aunque ella se vea tan distinguida no te asustes. Ella siem-
pre pregona ser hija legítima del soberano Krishna, su madre
por órdenes del rey se suicidó al ser desplazada. La hija fue
desterrada y desde entonces deambula sin poder regresar. En
realidad lo cierto es que no puede regresar a casa, lo demás
son puras conjeturas”. “¿Ha ido ella a Shanghai?”, preguntó
Liusu. “En Shanghai también es muy famosa. Después vino a
Hong Kong con un inglés. ¿Viste al viejito detrás de ella? Ahora
él la mantiene”. Liusu sonrió: “Así son ustedes los hombres, en
su cara son caballerosos pero a espaldas luego dicen que no
vale ni un centavo. Una mujer como yo de familia noble pero
en franca decadencia, que ni siquiera se le puede comparar
¿quién sabe lo que les dices a los demás sobre mí?” “¿Quién
se atreve a juntar de un aliento tu nombre con el suyo?”, res-
pondió Liuyuan. Liusu encogiendo los labios replicó: “Tal vez
porque su nombre es muy largo, y no se puede pronunciar en
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 47
un suspiro”. “No te preocupes, te trataré como te mereces, no
me voy a equivocar”, contestó Liuyuan. Liusu fingía calmarse,
se recargó en la ventana y dijo: “¿De veras?” Las palabras de
Liuyuan no parecían de burla, ella se había dado cuenta de
que a solas él se portaba como un caballero. No sabía por qué
él a solas con ella estaba tan serio y ante la gente le gustaba
parecer mujeriego. Será por su extraño carácter o tendría
alguna otra intención.
Al llegar a Qianshuiwan, él la ayudó a bajar, y señalando la
hilera de árboles al lado del camino dijo: “Mira aquel árbol, es
una especie que sólo existe en el Sur, los ingleses lo llaman flor
silvestre”. “¿Es rojo?”, preguntó Liusu. “Sí”, contestó Liuyuan. En
la noche ella no pudo ver lo rojo pero presentía que era rojo a
más no poder, un rojo como llama encendida en los copos de los
árboles cuyas chispas incandescentes contagiaban al cielo azul.
Levantó la mirada mientras Liuyuan decía: “Los cantoneses le
dicen ‘la sombra’. Mira las hojas”. Soplaba el aire y las oscuras
hojas delicadas y largas se meneaban suavemente y emitían un
sonido indefinido, como un canto incomprensible, como el
sonido de las campanillas en el cuello del ganado.
Liuyuan dijo: “Vamos a caminar por allá”. Liusu no se
opuso, él caminaba y ella lo seguía lentamente. De cualquier
manera, aún era temprano y había mucha gente paseando por
la calle, así que no había problema. Al alejarse un poco del hotel
Qianshuiwan, en el aire colgaba un puente, de aquel lado del
puente se veían montañas, de este lado, un muro de ladrillos
grises tapaba las montañas. Liuyuan se recargó en la pared,
Liusu también se recargó. A simple vista aquel muro era tan
alto que no se divisaba su fin. El muro estaba helado y rasposo,
tenía el color de la muerte. Su cara recargada en la pared en
contraste con el muro se veía real y verdadera, labios púrpuras,
ojos húmedos, era una cara inteligente. Liuyuan mirándola dijo:
“No sé por qué este muro me hace recordar aquel dicho que
reza: ‘el amor es eterno como el cielo y la tierra’. Un día cuando
esta civilización se extinga por completo, cuando todo se acabe,
desaparezca, se esfume, tal vez lo único que quedará será este
48 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
muro. Liusu, si en aquel entonces nos encontramos debajo de
este muro... Tal vez tú, Liusu, sentirás entonces algo verdadero
por mí y yo sentiré algo verdadero por ti”.
Liusu le reprochó: “Tú sólo confesaste que sueles fingir,
mas yo no soy así. ¿Cuándo me has descubierto mintiendo?”
Liuyuan rió: “Sí, cómo no, no hay nadie más ingenuo que tú.”
“No te burles, ¡eh!”, dijo Liusu.
Liuyuan permaneció callado un largo rato y lanzó un sus-
piro. “¿Qué penas tienes tú?”, le preguntó Liusu. “Ah, muchísi-
mas”, contestó Liuyuan. “Si alguien tan libre como tú se queja del
destino, desde hace cuándo debería haberme ahorcado yo.”
“Sé que no estás feliz, estás harta de todo lo malo y de todos
los patanes que nos rodean. Pero si fuera la primera vez que te
topas con esta realidad te daría mucho más asco. A mí me pasa
eso. Cuando regresé por primera vez a China, ya tenía veinti-
cuatro años. Tuve muchas ilusiones sobre mi terruño. Puedes
imaginar cuánto me decepcioné. No aguanté los golpes, sin
querer me resigné. Tú... si tú me hubieras conocido antes, tal
vez ahora me perdonarías más fácil.”
Liusu trató de imaginar que veía por primera vez a su cuarta
cuñada y de pronto gritó: “Cuando apenas los conoces aunque
sean malos y perversos, no tienen nada que ver contigo, son aje-
nos a ti, pero si tú creciste entre ellos, ¿cómo podrás distinguir
hasta dónde son ellos y desde dónde eres tú?”
Liuyuan estaba callado y después de un rato dijo: “Tal vez
tengas razón, tal vez es sólo un pretexto equivocado, me engaño
a mí mismo.” De pronto rió: “En realidad, yo no necesito un
pretexto, me gusta divertirme, tengo el dinero, tengo el tiempo
¿para qué necesito excusas?” Pensó un rato y nuevamente se puso
triste: “Ni yo me entiendo, pero quisiera que tú me entendieras.
¡Quiero que me entiendas!” Hablaba así aunque ya estaba des-
ilusionado. Pero aún no desistía y tiernamente rogaba: “¡Quiero
que tú me entiendas!”
Liusu estaba dispuesta a intentarlo. Hasta cierto límite ella
estaba dispuesta a todo. Ladeó la cara, lo miró y en voz baja le
dijo: “Te entiendo, te entiendo”. Lo consolaba, pero de pronto
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 49
recordó su propia cara iluminada por la luna, aquellas finas
facciones, cejas, ojos tan bellos y tan irreales.
Y agachó la cabeza. Liuyuan comenzó a reír y en otro tono
dijo: “Sí, no te olvides que tu especialidad es agachar la cabeza.
Pero algunos dicen que sólo a las niñas de diez años les queda
agachar la cabeza. A la mayoría de las que les queda agachar la ca-
beza por lo general la agachan. Pero si la agachan demasiado les
salen arrugas en el cuello”. Liusu se enfureció y sin querer alzó
las manos y se acarició el cuello. Liuyuan seguía riendo: “No te
preocupes, a ti nunca te saldrán. Si no me crees, cuando regreses
al cuarto desabrocha tu vestido y compruébalo tú misma”. Liusu
no contestó, se dio la vuelta y caminó. Liuyuan la siguió riendo:
“Déjame decirte por qué conservas tu belleza. Saheini en una
ocasión me dijo que ella no se quería casar, porque las mujeres
hindúes tan pronto se quedan en casa, sentadas todo el día, claro
que engordan. Le dije que las mujeres chinas no hacen nada, ni
siquiera engordan, porque hasta para engordar se necesita algo
de esfuerzo, la flojera también tiene sus ventajas”.
Liusu no le hacía caso. Él la seguía y mientras le pedía
perdón humildemente trataba de contentarla. Ella no se relajó
sino hasta llegar al hotel. Cada uno entró a su cuarto. Liusu re-
capitulaba, así que a Liuyuan le gustaba el amor platónico. Ella
también se inclinaba por ese tipo de amor, ya que el resultado
del amor espiritual siempre es el matrimonio y el amor carnal
casi siempre se detiene en algún punto y son pocas las esperan-
zas de matrimonio. El amor espiritual sólo tiene un defecto,
en el proceso amoroso la mujer no comprende las palabras
del hombre. Pero eso no importaba mucho ya que finalmente
llegará el matrimonio, luego buscar casa, amueblarla, contratar
servidumbre, en esas cosas la mujer regularmente es más capaz.
Pensaba así cuando decidió no preocuparse por el insignificante
malentendido de ese día.
Al otro día por la mañana no oyó ruidos en el cuarto de
la señora Xu, sabía que ellos se levantaban tarde. La señora Xu
le había dicho que la costumbre de acá era tomar el desayuno
en la habitación, pagarlo y además dejar algo de propina. Ella
50 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
decidió ahorrar un poco y bajar al comedor para desayunar. Se
lavó, se peinó y apenas cruzar el umbral un mozo que estaba
parado frente a la puerta la vio y tocó en el cuarto de Fan Liu-
yuan. Liuyuan salió de inmediato y sonriendo le dijo: “Vamos
a desayunar juntos”. Mientras caminaba bromeaba: “¿Los Xu
aún no levantan las velas?” Ella respondió sonriendo: “Seguro
que están cansados de tanta fiesta, ayer no los oí llegar, seguro
llegaron al amanecer”. Se sentaron en una mesa en el pasillo
del comedor. Fuera del barandal de piedra crecía una hilera de
palmeras. Sus hojas se meneaban suavemente bajo los rayos del
sol, parecía una enorme fuente brillante. Debajo de los árboles
había una fuente pero no tan bonita. Liuyuan preguntó: “¿Qué
planes tendrán los Xu hoy?” “Creo que buscarán casa”. “Bueno,
ellos que busquen su casa y nosotros iremos a divertirnos por
nuestra cuenta. ¿Quieres ir a la playa o pasear por la ciudad?”
Liusu el día anterior por la tarde observó la playa cercana con
unos binoculares. Muchas mujeres y hombres con ropa colorida,
un ambiente muy cálido, sólo que algo libertino para su gusto.
Quería evitar eso así que se decidió por el paseo en la ciudad.
Subieron al camión del hotel y llegaron al centro.
Liuyuan la llevó a comer a Dazhonghua. Cuando Liusu
oyó que todos los meseros hablaban el dialecto de Shanghai y
la música ambiental era de Shanghai sorprendida dijo: “¿Es un
restaurante shanghainés?”
“¿No tienes nostalgia?” “Pero... llegar a Hong Kong para co-
mer comida de Shanghai es algo tonto.” “Cuando estoy contigo
me gusta hacer cosas tontas, como subirnos a un tranvía y dar
vueltas o ver una película que he visto dos veces.” “¿Quieres decir
que te contagié mi estupidez?” “Entiéndelo como quieras”.
Cuando terminaron de comer Liuyuan tomó el vaso de
vidrio y acabó de un solo trago el té, luego levantó el vaso aún
más alto y se puso a mirarlo. “¿Qué es eso tan interesante?
Deja que yo también lo vea”, dijo Liusu. “Sigue la luz, lo que se
forma en el centro me hace recordar los bosques de Malaya”.
Las hojas verdes se pegaron por un lado de la copa, parecían
formar un plátano verde esmeralda. Las hojas amontonadas en
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 51
el fondo de la copa parecían herbáceos trepadores y pértigas
desordenadas.
Liusu se acercó para mirar la copa, Liuyuan le mostraba
con el dedo. De pronto ella sintió que él la miraba a través del
vidrio como sonriendo. Ella soltó el vaso y sonrió. Liuyuan dijo:
“¿Te acompaño a Malaya?”
“¿A hacer qué?”
“Retornar a la naturaleza”, dijo Liuyuan, pensó un poco y
luego añadió: “Sólo que no te puedo imaginar corriendo en el
bosque con qipao. Pero... tampoco te puedo imaginar sin qipao”.
Liusu alargó la cara: “No digas tonterías”.
“Lo digo en serio, desde que te vi por primera vez sentí
que aquel tipo de chaleco largo, moderno, sin mangas, no debe
tocar tu cuerpo, pero tampoco deberías vestir ropa occidental.
El qipao manchú tal vez es más apropiado pero sus líneas son
muy rígidas”.
”En una palabra, cuando alguien es feo no importa cómo
se vista, siempre se verá feo”, dijo Liusu.
“No me malinterpretes nuevamente, lo que pasa es que
no pareces de este planeta”, contestó Liuyuan riendo. Tus mo-
vimientos tienen un fuerte tono romántico, parece que estás
cantando ópera.”
Liusu levantó las cejas y sonrió con frialdad: “Hm, para la
ópera se necesita más de uno. No es que siempre quiera fingir,
es que me han obligado, la gente juega conmigo, si no entro al
juego me tratan como tonta y me humillan”. Liuyuan al escu-
char eso se desanimó un poco. Levantó la copa vacía, intentó
tomar, luego la bajó y suspiró: “Es mi culpa, si aprendí a fingir
es porque todos fingen conmigo. Sólo a ti te he dicho algunas
verdades. Pero no las captaste”. “No soy gusano en tu vientre”,
contestó Liusu.
“Sí, tienes razón, todo es mi culpa. Pero he hecho muchos
planes para nosotros. Cuando te vi por primera vez en Shanghai,
pensé que al salir de tu casa estarías menos tensa. Anhelaba
que vinieras a Hong Kong, ahora te quiero llevar a Malaya a la
selva de los aborígenes...” Se reía de sí mismo, su voz era áspera
52 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
y tosca. No terminaba de reír cuando pidió la cuenta, la pagó y
recuperó su postura de siempre, altanero pero con clase.
Diario la acompañaba a pasear por todos los lugares, vieron
todo, cine, ópera cantonesa, casinos, el hotel Glos, el hotel Sihao,
cafeterías, tiendas hindúes de seda, restaurantes de comida de
Sichuan de Jiulong…
Por la noche salían a pasear hasta muy tarde. Ella no lo
podía creer, él ni siquiera tocaba su mano. Ella siempre era muy
precavida, tenía miedo de que algún día se quitara la máscara, la
avasallara, sin embargo, los días pasaban y él seguía guardando
la postura de caballero. Ella estaba en guardia pero no pasaba
nada. En un principio se inquietó, se sintió algo incómoda como
cuando bajas escaleras y te falta un escalón, luego poco a poco
se acostumbró.
Salvo una vez en la playa. Esa vez ella logró conocer un
poco más a Liuyuan. Pensaba que ir a la playa no era peligroso,
así que pasaron allá toda la mañana.
Se sentaron juntos en la arena, uno al lado del otro pero
una miraba al Este y el otro al Oeste. Liusu gritaba: “Hay mos-
quitos”. Liuyuan la corregía: “No son mosquitos sino un tipo de
insectos que se llaman mosca de arena. Te muerden y se te hace
una roncha roja que parece lunar rojo”. Liusu decía: “El sol es in-
soportable”. Él replicaba: “Nos asoleamos un poco y luego vamos
a la sombra. Renté una sombrilla”. Aquel sol sediento tragaba el
agua del mar, se enjuagaba la boca y luego la escupía.
Tomaba todo el líquido de los cuerpos que como hojas secas
doradas flotaban en el aire. Liusu poco a poco sintió una extraña
marea de alegría, pero aún seguía gritando: “¡Hay mosquitos!”
Inclinó la cabeza y con la palma de las manos empezó a golpear
su espalda. Liuyuan sonriendo dijo: “Así es difícil, tú me pegarás
a mí y yo a ti”. Liusu, puso atención, de pronto espantando a
un mosquito del brazo de Liuyuan gritó: “¡Ay, escapó!” Liuyuan
también estaba atento, los dos se pegaban y reían. De pronto,
Liusu se enfadó, se levantó y se marchó hacia el hotel. Esa vez
Liuyuan no la siguió. Liusu caminó hasta una sombra, por un
pequeño empedrado entre dos sombrillas, se detuvo y empezó
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 53
a sacudir la arena de la falda corta, miró para atrás y vio a Liu-
yuan acostado en el sol con las dos manos debajo de la cabeza.
Evidentemente estaba soñando el sueño del sol, nuevamente se
veía como una hoja dorada.
Liusu regresó al hotel, miró por la ventana con binoculares,
esta vez a su lado yacía una mujer con una trenza en la nuca.
Aunque Saheini se quemara y sólo quedara su ceniza, Liusu
siempre la reconocerá.
Desde ese día Liuyuan se pasaba los días al lado de Saheini.
Al parecer decidió enfriar las cosas con Liusu. Ella por otro lado,
después de salir todos los días de pronto no tenía a dónde ir. No
sabía cómo explicárselo a la señora Xu, así que para quedarse
dos días en el cuarto había que tener gripe. Afortunadamente
el cielo se apiadó y mandó una lluvia continua, por lo cual ni
pretexto necesitaba para no salir. Un día cuando regresaba del
paseo por el jardín del hotel, empezaba a anochecer, pensó que
los Xu ya vendrían de regreso después de buscar casa todo el
día, así que se sentó a esperarlos. Colocó la sombrilla de papel
graso en el barandal de tal manera que tapó su cara. Las gotas
de agua se resbalaban por la sombrilla rosa pintada con motivos
de hojas verdes de loto.
La lluvia arreció entre el ruido de los carros. Un grupo de
hombres y mujeres empujando y jalándose subía las escaleras.
El hombre a la cabeza era Fan Liuyuan. Saheini, tapada por él
se veía algo triste. Sobre sus piernas desnudas había algunas
gotas de lodo.
Ella se quitó el sombrero de paja del cual salió un chorro
de agua. Liuyuan al ver la sombrilla de Liusu, le dijo algo a Sa-
heini, quien subió sola hacia las habitaciones. Liuyuan mientras
se acercaba sacaba un pañuelo y se limpiaba el agua de la cara
y el cuerpo. Liusu no tuvo más que decir algunas cortesías. Él
se sentó a su lado: “¿Te sentías mal estos días?”
“Un simple resfriado.”
“El clima sofoca mucho, hicimos un picnic en la lancha
de aquel inglés, fuimos hasta la isla Verde.” Liusu escuchó sin
demasiado interés acerca de la isla Verde. Mientras hablaban
54 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Saheini bajó por las escaleras, vestía ropa hindú. Su chal ama-
rillo decorado en ambos lados por una franja plateada de dos
centímetros de ancho, le colgaba hasta el piso.
Se sentó en una mesa lejana al lado del barandal recargan-
do una mano en la silla de al lado, sus uñas estaban barnizadas
de laca plateada.
Liusu sonriendo le dijo a Liuyuan: “¿No irás allá?”
“Ella tiene dueño.”
“Aquel anciano inglés ¿acaso la puede controlar?”
“Él no la controlará a ella pero tú sí me controlas a mí.”
“Ajá, aunque fuera yo el alcalde de Hong Kong, o el jefe
de la policía que controla a mil gentes, contigo no podría”, dijo
Liusu sonriendo.
“Una mujer que no siente nada de celos, seguro que no
está muy bien de la cabeza.”
Liusu sonrió y después de un rato preguntó: “¿Por qué
me miras?”
“Quiero saber si de hoy en adelante me podrías tratar
mejor.”
“Y ¿qué te importa si te trato mejor o peor?”
Liuyuan golpeando las palmas de sus manos dijo: “¡Así se
habla! Se me hace que en tu voz hay algo de celos”.
Liusu sin poder detenerse empezó a reír: “Jamás he visto a
alguien como tú que a toda costa quiere provocarme celos”.
Se conciliaron y cenaron juntos. Aunque en apariencias
Liusu estaba algo más cálida con él, pero su corazón albergaba
dudas: él le provocaba celos, eso sin duda era para que ella
automáticamente corriera a sus brazos. Ella ni antes ni después
estuvo con él ¿y justo ahora caerá? ¿Se sacrificará en vano? Él
seguramente sentiría que era fácil engañarla. Ella ni en sueños
se imaginaba que él la iba a desposar.
Era muy claro, él la quería pero no para esposa. Aunque la
situación de su familia iba en picada, alguna vez tuvo casta, vivió
en una sociedad donde todos se regían por ritos.
Y él no podrá con la culpa de algún acto indecente. Es por
eso que él adoptó las poses de rectitud. Ella por fin entendió
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 55
que todo era hipocresía. Él buscaba la manera de sacudirse
la responsabilidad. Si al rato la abandonaba ella no tendría a
quién culpar.
Pensando así, sin querer se mordió los labios suspirando,
pero en apariencia se mantenía cortés.
La señora Xu ya había rentado una casa en el hipódromo
y estaba a punto de mudarse. Liusu deseaba ir con ellos pero
por otro lado pensaba que ya tenía más de un mes causándoles
molestias, le daba pena seguir molestando. No estaba bien.
Proseguir o retroceder, ella no sabía qué hacer. Esa noche varias
horas después de acostarse aún no podía dormir y daba vueltas
en la cama. Justo cuando cayó en el primer sueño el teléfono al
lado de la cama sonó. Era la voz de Liuyuan: “Te amo”, y luego
colgó. El corazón de ella latía fuerte, confundida apretaba el
auricular y luego lentamente lo puso en su lugar. Apenas lo colgó
cuando de nuevo sonó. Tomó nuevamente el auricular. Luiyuan
en el otro lado decía: “Olvidé preguntar ¿tú me amas?” Liusu
tosió un poco y luego contestó con voz ronca: “Tú lo sabes. ¿Por
qué crees que vine a Hong Kong?”
Liuyuan suspiró: “Sí lo sé, pero me cuesta creer las cosas
que parecen muy claras. Liusu, tú no me amas”.
“¿Cómo lo sabes?”, dijo Liusu.
Liuyuan no hablaba, después de un largo rato dijo: “En el
Canon de poesía hay un poema...”
“Yo no entiendo eso”, replicó Liusu.
“Liuyuan algo molesto agregó: “Sé que no entiendes, si lo
supieras yo no tendría que decírtelo. Te lo voy a recitar:
“Vivo o muerto hay que trabajar. Nos amamos mutuamente,
tomo la mano y quedo a tu lado hasta la muerte.
“Mi chino no es bueno, no sé si me expliqué bien, pero sien-
to que es el poema más triste. La vida, la muerte, la despedida,
son cosas grandes que no dependen de nosotros. Comparados
con la fuerza de la naturaleza ¡nosotros los hombres somos
minúsculos! ¡Minúsculos! Y a pesar de eso debemos seguir di-
ciendo: ‘siempre estaré contigo, jamás nos separaremos’, como
si de veras dependiera de nosotros”.
56 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Liusu pensó un buen rato y de pronto se enfadó: “De una
buena vez dí que no me desposarás ¡y ya! ¡Por qué tienes que
dar tantas vueltas! ¡Qué es lo que no depende de ti! Hasta en mi
familia que somos tan anticuados pensamos que la primera vez
uno se casa por la familia y la segunda por su propia voluntad.
“Tú sin ningún compromiso ni atadura no puedes decidir,
¿quién tiene que decidir por ti?”
Liuyuan con frialdad respondió: “Tú a mí no me quieres,
¿qué puedes hacer? ¿Acaso lo puedes remediar?”.
“Si tú me quisieras, ¿te importaría eso?”
“No soy tan estúpido, gastar dinero para desposar y ama-
rrarme a una mujer que no me quiere. Sería muy injusto, hasta
para ti sería injusto. O, tal vez a ti no te importa, tal vez piensas
que el matrimonio es prostitución a largo plazo...”
Liusu sin esperar a que él terminara de hablar, azotó el
auricular. Su cara estaba rojísima.
¡Se atreve a insultarme de esa manera! ¡Cómo se atreve!
Estaba sentada en la cama, la oscuridad ferviente la envolvió
como un sarape color uva roja muy madura.
Empapada en sudor sentía comezón, el pelo del cuello y
la espalda le molestaban.
Puso las manos en las mejillas, las palmas estaban hela-
das.
El teléfono sonó otra vez, no lo levantó, dejó que sonara.
“Tin, tin...”. El sonar era particularmente estruendoso en este
cuarto silencioso, en este hotel silencioso, en esta bahía silen-
ciosa. De pronto ella reaccionó, ella no podía despertar a todo
el hotel, primero, la señora Xu estaba a lado. Temerosa, tomó
el auricular y lo puso entre las sábanas. Pero había demasiado
silencio, a pesar de la distancia ella podía oír la voz calmada de
Liuyuan: “Liusu ¿de tu ventana se ve la luna?” Liusu sin saber
por qué de pronto empezó a llorar. La luna entre las lágrimas
se veía grande y nublada, era plateada con brillo verde. Liuyuan
decía: “Aquí, arriba de mi ventana cuelga una rama de flor que
tapa la mitad de la luna. Tal vez es rosal o tal vez no”. Ya no
hablaba pero tampoco colgaba el teléfono. Pasó un largo rato.
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 57
Liusu pensó que él ya se había dormido.
Allá del otro lado colgaron lentamente al fin. Liusu con
manos temblorosas tomó el auricular y lo puso en su lugar. Tenía
miedo de que sonara por cuarta vez, pero ya no sonó. Todo era
un sueño, entre más pensó más parecía un sueño.
Al otro día por la mañana ella no se atrevía a preguntar, ya
que él seguro se burlaría de ella: “El sueño es reflejo del deseo”.
Ella lo extraña tanto que hasta en sus sueños él le hablaba por
teléfono para decirle ¡te quiero!
Su actitud estaba igual que siempre. Salieron todo el día
a pasear como antes, de pronto ella se dio cuenta de que eran
muchas muchísimas las personas que los consideraban marido
y mujer, los mozos del hotel y varias señoras conocidas. No era
de extrañarse, sus cuartos estaban pegados, salían y entraban
juntos. Tarde de noche salían a pasear a la playa sin ninguna
precaución. Una sirvienta que empujaba una carriola pasó de
lado y asentando con la cabeza saludó: “Señora Fan”. Liusu con-
fundida sin saber si reír o no, miró a Liuyuan y frunciendo las
cejas le dijo: “¡No sé lo que piensan!” Liuyuan sonriendo dijo:
“Los que te llaman señora Fan no te deben preocupar, pero los
que te llaman señorita Bai, ellos sí ¡quién sabe lo que piensan!”
Liusu enmudeció. Liuyuan con la mano acarició la barba y son-
riendo dijo: “No le hagas deshonor a ese título”.
Liusu sorprendida lo miró, no podía creer que ese hombre
fuera tan venenoso. Él con toda intención frente a la gente era
muy cariñoso, por lo que ella no tenía manera de demostrar
que entre ellos no ha pasado nada. Ella quedó sin armas para
defenderse.
No podía volver a su tierra, no tenía cara para mirar a su
familia, el único camino que le quedaba era ser su amante. Y sin
embargo si se entregaba ahora, todos sus esfuerzos anteriores
habrían sido en vano y sólo vendrían golpes de los cuales no
podría recuperarse. No hará eso de ninguna manera. Y aunque
deshonre el título de “señora Fan” sólo será un fracaso concep-
tual. Finalmente, él no la tuvo y por eso tal vez regresará algún
día a su lado con condiciones ventajosas.
58 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Ella ya decidió y le informó a Liuyuan que regresaría a
Shanghai. Liuyuan tampoco la detuvo con gran insistencia,
pero valientemente declaró que la llevaría de regreso. Liusu le
contestó: “No es necesario. Además, ¿tú no te ibas a Singapur?”
“Ya me tardé varios días en ir, tardar otros días más, da igual,
además en Shanghai también tengo varias cosas que arreglar”.
Liusu sabía que él tenía una estrategia, le daba miedo
que la gente dejara de hablar de ellos. Entre más argumentos
tenía la gente para hablar, Liusu tenía menos posibilidades de
defenderse y en Shanghai le costaría más trabajo estar tranquila.
Ella seguía sopesando la situación, y aunque él no la llevara de
regreso, le sería difícil engañar a su familia. Decidió exponerse,
que la lleve de una vez y ya.
La señora Xu, al ver que estaban calientes como el fuego
y de pronto decidían separarse, se sorprendió mucho. Le pre-
guntó a Liusu y luego a Liuyuan, y aunque ambos se empeñaron
en defenderse mutuamente, la señora Xu no era tan inocente
como para creerles.
En el barco tendrían muchas oportunidades para estar
juntos. Pero si Liuyuan pudo torear la luna en el hotel Qians-
huiwan, la luna de la cubierta ya era cualquier cosa.
Él no le dijo ni una palabra seria. Sin embargo, ella se dio
cuenta de que su actitud a pesar de parecer ligera, era muy
autocomplaciente. Él estaba seguro de tenerla en la palma de
su mano.
Al llegar a Shanghai, él la despidió hasta su casa, pero no
bajó del coche. En el palacete de los Bai el espíritu chismoso
había llegado hacía tiempo. Todos sabían que la señorita Liu-
su y Fan Liuyuan en Hong Kong habían vivido juntos. Hoy,
después de acompañar al señor más de un mes, regresa a casa
como si nada, con toda intención desea manchar el nombre
de los Bai.
Si Liusu había enganchado a Liuyuan seguro era por di-
nero. Y si hubiera juntado dinero, no regresaría a casa de esa
manera, era evidente que no obtuvo nada. De hecho, una mujer
que permita ser engañada por un hombre merece morir, una
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 59
mujer que logre engañar al hombre, es una prostituta, si una
mujer pretende engañar al hombre y falla y además cae en su
trampa entonces es una doble puta, aunque la maten, lástima
por la navaja.
Usualmente en el palacete de los Bai cuando alguien come-
tía alguna falta del tamaño de un grano de sésamo, todos explo-
taban. Ahora ante un asunto de esa magnitud los viejos estaban
tan escandalizados que ni siquiera podían abrir la boca.
Todos habían decidido: “la peste de la familia no se puede
extender hacia fuera”. Luego se dividieron y empezaron a visitar
a los parientes y amigos para obligarlos a guardar el secreto.
Después fueron a las casas de los amigos para ver si estaban en-
terados y cuánto sabían ellos. Finalmente se dieron cuenta de
que no podían controlar la situación y felizmente se pusieron a
hablar y chismear a los cuatro vientos lamentando los hechos.
Pasaron todo el otoño ocupados en esos trámites, habían
pospuesto las medidas radicales hacia Liusu. Liusu sabía que este
regreso no era como los de antes. Ella hace tiempo que cortó
los lazos con esta familia. Quería salir y buscar algún trabajo
para ganarse su plato de arroz. Aunque nada fácil, era mejor
que aguantar corajes en casa.
Por otro lado, si buscaba un trabajo humilde perdería el
estatus de dama noble. Ese estatus, aunque no daba de comer,
provocaba gran tristeza cuando se perdía. Especialmente ahora,
cuando aún tenía esperanzas con Fan Liuyuan, no podía deva-
luar su imagen y así darle pretexto a él para rechazar desposarla.
Por eso tenía que aguantar.
Por fin, en noviembre tal y como lo suponía, llegó un te-
legrama de Liuyuan de Hong Kong. Cuando el telegrama pasó
por las manos de todos los Bai, la anciana llamó a Liusu y se lo
dio. Sólo eran unas cuantas palabras: “Te invito a Hong Kong.
Recoge el boleto de barco en la agencia Tongjilong”.
La señora Bai suspiró largamente y dijo: “Si te llama, ¡pues
ve!” ¿Acaso ella era tan despreciable? De sus ojos rodaron lágri-
mas. Empezó a llorar y perdió el control, se dio cuenta de que ya
no podía más. En sólo un otoño envejeció dos años, ella no podía
60 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
permitirse envejecer, así que abandonó la casa por segunda vez
y fue a Hong Kong. Pero esa vez ya no tenía aquella agradable
sensación de riesgo de antes, ya había perdido. Teóricamente
a las mujeres les gusta ser conquistadas, pero sólo hasta cierto
grado. Si tan sólo fuera a Hong Kong atraída por la galantería y
porte de Fan Liuyuan, qué bueno sería, pero en medio de todo
estaba la presión de la familia, la parte más pesada.
Fan Liuyuan entre llovizna, la esperaba en el muelle. Dijo
que su impermeable verde parecía botella y luego agregó: “bo-
tellita medicinal”. Ella pensaba que él se burlaba de ella cuando
él de pronto susurró: “Tú eres la medicina que me va a curar”.
Ella se sonrojó y lo miró de reojo.
Él había reservado el mismo cuarto de antes. Esa noche
ella regresó al cuarto pasadas las dos de la madrugada. Después
de asearse en el baño, apagó la luz y en la oscuridad del cuarto
recordó que el apagador del cuarto estaba encima de la cabecera.
Tenía que encontrarlo tentando en la oscuridad.
Se tropezó con un zapato en el suelo, por poco y se caía.
Justo cuando se culpaba de haber acomodado mal sus zapatos, al-
guien sobre la cama sonrió: “No te espantes, son mis zapatos”.
Liusu se detuvo y preguntó: “¿A qué viniste?”
“Desde siempre he querido ver la luna desde tu cuarto, de
aquí se ve más clara.”
Fue él quien el otro día habló por teléfono, no era un
sueño, él la quiere, este hombre venenoso, la quiere, y sin em-
bargo la trata así. Ella de pronto se desilusionó, dio la vuelta y
se dirigió al tocador.
La luna de los últimos días de noviembre no es más que
un tenue arco blanco, parece escarcha sobre la ventana. Pero
en el mar sí había algo de luna, que entraba por la ventana y
se reflejaba en el espejo. Liusu lentamente quitaba los broches
de su pelo, sacudió la cabeza y sus cabellos se enredaron, los
pasadores cayeron al suelo.
Nuevamente se puso la red cubrepelo, con los dientes
mordió un extremo de la red y frunciendo las cejas se agachó y
recogió, uno por uno, todos los pasadores.
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 61
Liuyuan, descalzo, le llegó por la espalda, con la mano
tomó su cabeza, la hizo girar y le dio un beso en la boca. La red
cubrepelo se deslizó al piso. Era el primer beso que él le había
dado, sin embargo, los dos sentían que no era el primero, ya
que su imaginación estaba repleta de besos. En el pasado habían
tenido muchas oportunidades, ambientes y situaciones propi-
cias, él había pensado en ello, ella había sospechado aquello.
Pero los dos eran muy astutos, excelentes calculadores, nadie
estaba dispuesto a ceder. Y ahora de pronto todo era realidad,
los dos perdieron la cabeza. Liusu sintió que su cuerpo giraba
con soltura, se pegó al espejo con la espalda apoyada sobre el
vidrio gélido.
Sus labios no se apartaban de los de ella, él la empujaba
hacia el espejo, parecía que al fusionarse con el espejo entraban a
otro mundo, frío, hirviente, llamas que consumen el cuerpo.
Al otro día él le dijo que en una semana partía a Inglaterra.
Ella quería acompañarlo, pero él le dijo que no era posible, le
recomendó rentar una casa en Hong Kong en medio año o en
un año él regresaría. Si ella quería vivir en Shanghai, él no se
opondría. Claro que ella no quería volver a Shanghai, entre más
lejos de sus familiares, mejor. En Hong Kong se sentiría algo so-
litaria, pero ni modo. La pregunta era si de regreso la situación
cambiaría en algo. Pero todo dependía de él. ¿El amor de una
semana podrá amarrar su corazón?
Pero por otro lado Liuyuan era un hombre inestable. Los
constantes encuentros y desencuentros no le permitían aburrirse
de ella y eso tal vez era una ventaja.
Una semana frecuentemente se extraña más que un año…
Y si él regresa con buenos recuerdos y verdaderas intenciones, tal
vez ella ya no será la misma. Una mujer cercana a los treinta es
muy frágil, se quiebra en un abrir y cerrar de ojos. En resumen,
sin la garantía de matrimonio querer amarrar durante mucho
tiempo a un hombre es muy difícil, doloroso y hasta imposible.
¡Hm…, a quién le importa! Él es simpático, le proporciona
placer mágico, finalmente, lo que ella espera de él es seguridad
económica y en ese aspecto podía estar muy tranquila.
62 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
En la avenida Baerdundao encontraron una casa, ubicada
en las faldas de la colina. Terminaron de pintarla, contrataron
a una sirvienta de Cantón de nombre Ali, compraron algunos
pocos muebles indispensables. Liuyuan tenía que partir. Lo
demás le quedó a Liusu, arregló poco a poco la casa. Antes
de prender el fogón del hogar, en aquel atardecer invernal,
Liusu lo despidió hasta el barco. En el comedor de la nave co-
mieron sándwiches. Liusu estaba triste, así que tomó algunas
copas de más. Entre las copas y el aire del mar, regresó a casa
algo tomada. Ali hervía agua en la cocina y le lavaba los pies
a su hijo.
Liusu miró todos los rincones de la casa, llegaba a un cuar-
to y prendía la luz. La laca verde de la ventana de la sala aún
no estaba seca, metió el dedo índice y lo estampó en la pared
dejando una mancha verde. ¿Y por qué no? ¡No es contra la
ley! ¡Ésa es su casa! Sonrió y a su antojo sobre la pared amarilla
estampó una marca verde de tamaño de su palma.
Tambaleándose llegó al cuarto de al lado. Estaba vacío, los
demás también, era un mundo vacío. Sentía que podía volar
hasta el techo. Caminar por el piso vacío era como estar en el
techo impecable.
Los cuartos estaban muy vacíos, no podía más que llenarlos
con la luz de los focos, pero aún no era suficiente. Mañana debía
acordarse de comprar focos más potentes.
Subió por las escaleras. ¡Qué vacío! Necesitaba ese vacío
absoluto. Estaba demasiado cansada, salir al paso con Liuyuan
era demasiado agotador. De por sí era de carácter raro, ella le
había llegado a las cuerdas débiles así que hacia ella era aún
más raro, siempre se enojaba. Qué bueno que se fue, al fin po-
dría descansar de él. En ese momento ella no quería a nadie, a
nadie para odiar y tampoco para amar, simplemente no quería
nada. Desde niña su mundo se revolcaba entre empujones.
Empujando, jalando, pisando, cargando, abrazando, niños
y adultos, gente por doquier. Más de veinte personas y todos
viviendo en una misma casa, te cortas las uñas en tu recámara
y siempre alguien te espía por la ventana. Con gran esfuerzo
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 63
escapó lejos, llegando a estos lugares vacíos. Si de veras se hu-
biera convertido en la señora Fan, tendría muchas ocupaciones
y no podría alejarse de la gente. Ahora tan sólo era la amante
de Fan Liuyuan, por lo que le toca esconderse de la gente y la
gente también tiene que huirle.
¡Qué silencio! Pero desgraciadamente, aparte de la gente
ella no tiene otros pasatiempos. Los pocos conocimientos que
ha adquirido en la vida tan sólo servían para manejarse entre
la gente. Esas habilidades le podían permitir ser una dedicada
esposa y una cariñosa madre.
Sin embargo, allí ella parecía “valiente sin oportunidad para
mostrar su bravura”. Mantener la familia, no hay familia para
mantener, cuidar los hijos, a Liuyuan no le gustan los niños.
Podría dedicarse a pensar cómo matar el tiempo, al fin
que ella no necesitaba preocuparse por el dinero. ¿Qué hará
para matar los meses y años que vienen en camino? ¿Buscar a la
señora Xu para jugar baraja o ver la ópera? Luego poco a poco
buscar actores como amantes, fumar opio y ¿tomar el camino de
las Saheinis? De pronto se paró. Irguió el pecho con las manos
entrecruzadas fuertemente en la espalda.
¡No, no es para tanto, ella no es de esa clase! Ella puede
controlarse. Pero... ¿podrá evitar enloquecer?
Tres cuartos arriba y tres abajo, y todos los focos prendidos.
La madera recién barnizada brillaba como la nieve bajo el sol,
ni siquiera una sombra. Habitación tras habitación y en todas
sólo estaba el eco del silencio. Liusu se acostó en la cama, quería
bajar para apagar las luces pero su cuerpo no se movía. Luego
oyó a Ali subir por las escaleras y apagar una tras otra todas las
luces. Sus nervios sumamente contraídos empezaron a relajarse
lentamente.
Era el 7 de diciembre del año 1941. El 8 de diciembre se
oyeron cañones. Entre cañonazos, la neblina matutina del in-
vierno se dispersó. Los habitantes de toda la isla mirando hacia
la mar gritaban: “Empezó la batalla, empezó la guerra”. Nadie lo
podía creer, sin embargo la batalla sí había empezado. Liusu es-
taba recluida en la isla Baerdun. ¡Qué podría saber ella! Cuando
64 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Ali por fin se enteró de los acontecimientos y fue a contárselos,
afuera la guerra había entrado en la fase encarnizada.
Cerca de la isla Baerdun había un laboratorio científico.
En el techo había cañones. Las balas volaban sin cesar, silbando
largamente, rasgaban el cielo y destruían los nervios. El cielo
de color azul claro fue partido en ramas, que temblaban en el
viento glacial. A la vez en el viento flotaban innumerables puntas
de nervios destrozados.
La casa de Liusu estaba vacía, su corazón estaba vacío, y
ahora que no habían almacenado suficiente grano en casa, su
estómago también estaba vacío. La corriente de vacío general
la llenó de miedo y pánico. Le costó mucho poder comunicarse
por teléfono con los Xu en Paomadi.
Todos los que tenían teléfono instalado estaban pegados
al auricular preguntando cuál zona era más segura y haciendo
planes para refugiarse. Fue hasta la tarde cuando logró comuni-
carse, sin embargo, nadie contestaba el teléfono. De seguro que
los Xu ya habían salido de la casa y estaban en algún lugar seguro.
Liusu no sabía qué hacer cuando los cañonazos arreciaron.
Los cañones antiaéreos cercanos se convirtieron en el foco
de atención de los aviones que lentamente giraban en el cielo,
“fiu, fiu, fiu…” una vuelta tras otra, “...fiu, fiu,...”, como si fueran
aparatos electrónicos dentales, dolorosamente perforaban el
alma. Ali, con su niño llorando en brazos, se sentó en el umbral
de la sala. Parecía estar inconsciente. Se balanceaba de izquierda
a derecha, cantaba canciones como delirando y daba palmadi-
tas al niño para entretenerlo. Otra vez, pa, pa, pa... fuera de la
ventana: “¡Pum!”, una bomba destruyó una esquina del alero,
arena y rocas se desmoronaron. Ali soltó un grito asombroso,
saltó, abrazó al niño y se echó hacia fuera. Liusu la alcanzó en
la puerta, la detuvo y le preguntó: “¿A dónde vas?” Ali contestó:
“Aquí ya no podemos escondernos. Yo... yo lo llevaré a la alcan-
tarilla”. Liusu dijo: “¡Estás loca! ¡Vas a buscar la muerte!” Ali
chillaba sin parar: “¡Déjame ir! Mi niño... sólo tengo éste... él
no puede morir... vamos a la alcantarilla a ocultarnos”. Liusu la
agarró con todas sus fuerzas pero Ali la empujó. Cuando Liusu
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 65
cayó, Ali voló por la puerta. Justo entonces, un estruendo sacudió
la tierra, el mundo oscureció, parecía que la tapa de un baúl
enorme se había cerrado de pronto, clausurando innumerables
sufrimientos y penas.
Liusu creía estar muerta pero aún estaba viva. Al abrir
los ojos, vio pedazos de vidrio y sombra del sol por doquiera.
Forcejeó para levantarse y fue a buscar a Ali. En cuanto abrió
la puerta, vio a Ali. Ali, apretando al niño en los brazos, con la
cabeza recargada sobre el marco de la puerta, estaba desmaya-
da. Liusu la jalaba hacia dentro y oyó que alguien gritaba que
una bomba hizo un gran hoyo en el jardín de al lado. Con ese
estruendo, la tapa del baúl finalmente se selló pero la tranqui-
lidad aún no venía. Los continuos “bum, bum, pum” parecían
golpear la tapa con un martillo. Golpeaban y golpeaban sin cesar,
desde la madrugada hasta el anochecer y desde el anochecer
hasta la madrugada.
Liusu se acordó de Liuyuan. No sabía si su barco ya había
salido del puerto o si había sido hundido. Sin embargo, al pen-
sar en él, todo era incierto y vago, como si ambos estuvieran en
mundos separados. El momento actual no tenía nada que ver
con el pasado, tal como una canción de la radio, la oyes a la
mitad porque de repente hay interferencia por el mal tiempo.
Pasa la interrupción y la canción continúa, pero lo triste es que
al terminar la interferencia, también acaba la canción, entonces
ya no hay nada que oír.
Al día siguiente, Liusu, Ali y su hijo se repartieron unas
cuantas galletas. Los ánimos se debilitaron. Cada pedazo de bala
silbante parecía una bofetada en sus caras. Por la calle, tum, tum,
tum... se acercó un camión militar que se paró inesperadamente
frente a la puerta. Al oír el timbre, Liusu fue a abrir. Cuando vio a
Liuyuan, le agarró la mano, y apretaba con fuerza su brazo, como
cuando Ali abrazaba a su niño. Se lanzó hacia delante y su cabeza
chocó contra el marco de cemento de la puerta. Liuyuan, con
la otra mano, levantó su cabeza y dijo apresuradamente: “¿Estás
asustada? No te apures. No te apures. Recoge unas cuantas co-
sas necesarias. Vamos a Qianshuiwan. ¡Date prisa! ¡Date prisa!”
66 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Liusu corrió bamboleándose hacia dentro, mientras preguntaba:
“¿No hay peligro en Qianshuiwan?” Liuyuan contestó: “Todos
dicen que no van a llegar allá. Además, en un hotel nunca hay
problemas con la comida. Ellos almacenan muchas cosas”.
“¿Y tu barco?...”
“El barco no salió. Mandaron a los pasajeros de primera
clase al hotel Qianshuiwan. Ayer iba a venir por ti. Pero no pude
conseguir ningún carro y tampoco pude meterme en el auto-
bús. Hoy a duras penas encontré este camión”. Liusu no podía
calmarse para arreglar la maleta y no hizo más que preparar un
pequeño paquete desordenado. Liuyuan le dio a Ali el salario
de dos meses y le encargó cuidar la casa. Los dos subieron al
camión y se acostaron boca abajo en el cajón de mercancías,
cubierto por una lona de hule de color militar (verde musgo).
Los tumbos bruscos en el camino provocaban rozaduras en los
codos y las rodillas.
Liuyuan suspiró: “¿Cuántas historias se acabaron con este
estallido?” Liusu, contagiada de melancolía, dijo después de
un buen rato: “Si mueres tú, mi historia se termina ahí. Pero si
muero yo, tu historia seguirá durante mucho tiempo”. Liuyuan
dijo sonriendo: “¿Mantendrás la castidad por mí?” Ambos se
volvieron un poco locos y sin ton ni son reían a carcajadas sin
poder parar. Al dejar de reír, sólo sentían el temblor de sus
cuerpos.
El camión llegó a Qianshuiwan entre la lluvia de balas per-
didas, zum, zum, zum... En la planta baja del hotel se acantonó
el Ejército. Ellos se hospedaron en el mismo cuarto de arriba.
Después de alojarse, se dieron cuenta de que los depósitos de
comida, a pesar de ser abundantes, eran para los soldados. Ade-
más de la leche de vaca en latas, carne de res, carne de oveja y
frutas, había sacos y sacos de pan blanco y pan de salvado. Lo
que se repartía entre los huéspedes eran dos galletas saladas en
cada comida o dos cuadritos de azúcar. Todo el mundo tenía
tanta hambre que parecían estar en las últimas.
Los primeros dos días, en Qianshuiwan aún había tranquili-
dad. De repente la situación cambió y poco a poco se imponía el
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 67
miedo. En los cuartos no había cobertores. Los que no querían
estar solos en los cuartos, bajaban y se reunían en el comedor.
La puerta de cristal del comedor estaba completamente abierta.
Frente a la puerta había montones de sacos de arena. Justo allá
los soldados ingleses pusieron unos cañones y disparaban hacia
fuera. Los de los buques del golfo se dieron cuenta de dónde
venían los disparos y empezaron a atacar. Las balas iban y venían
sin cesar entre las palmeras y el estanque. Liuyuan y Liusu, junto
con otros, apoyaban la espalda contra la pared de la sala. Todo
el paisaje oscuro parecía una alfombra antigua de Persia, con
diversas clases de personajes tejidos encima: nobles, princesas,
genios y bellas doncellas. Parecía que la alfombra colgaba en
una caña de bambú, mientras el viento sacudía el polvo “pa, pa,
pa, pa” con tanta fuerza que hacía correr a los tristes personajes
sin lugar a dónde ir. Cuando las balas venían hacia acá, ellos
corrían hacia allá; cuando las balas iban para allá, ellos corrían
para acá. Al final, ese amplio salón quedó con miles y miles de
huecos y agujeros; una de las paredes se vino abajo. Ya no había
sitios para huir, lo único que les quedó era sentarse y esperar
los designios del destino.
En esos instantes Liusu se arrepintió de tener a Liuyuan a
su lado. Era como si una persona tuviera dos cuerpos y así co-
rriera doble riesgo. Si una bala no le atina a ella tal vez le atine
a él. Si él muere o queda inválido, la situación de ella será peor.
Si ella es herida, por temor a desgraciarlo buscaría la muerte.
Y aunque muriera no sería tan agradable como cuando uno
muere solo. Suponía que Liuyuan pensaba lo mismo. No sabía
otra cosa pero sí estaba segura de que en ese instante él sólo la
tenía a ella y ella sólo lo tenía a él.
La batalla cesó. Los hombres y mujeres encerrados en el
hotel Qianshuiwan salieron hacia el centro de la ciudad. Pa-
sando una colina de tierra amarilla, venía una de tierra roja.
Pasando la colina de tierra roja, venía otra de tierra amarilla.
Dudaban del camino y daban vuelta. Pero no estaban equivoca-
dos, lo que pasaba era que antes esos caminos no tenían hoyos
ni estaban llenos de grava. Liuyuan y Liusu hablaban poco.
68 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Antes apenas pasaban un ratito en el carro y tenían plática sin
fin, ahora ya llevaban andando decenas de millas y no tenían
nada que decirse. Ocasionalmente uno empezaba una oración
pero a la mitad, el otro le interrumpía terminando la idea, los
dos conocían sus pensamientos por lo que no hacía falta seguir
hablando. Liuyuan dijo: “Mira, en la playa”. Liusu contestó: “Sí,
en la playa”. En la playa había montones de redes de alambre
revueltas y reventadas. Más allá del alambre, el mar blanco y
espumoso acariciaba la arena amarilla clara. Un día despejado
en invierno era como el azul heliaco. La temporada de calor ya
había pasado. Liusu dijo: “Esa pared...” Liuyuan contestó: “No
fuimos a verla”. Liusu suspiró: “Bueno, olvídala”. Liuyuan sintió
calor con la caminata. Se quitó el abrigo y lo colgó en el hom-
bro, el hombro a poco rato empezó a sudar. Liusu dijo: “No te
gusta el calor. Déjame cargarlo”. En días pasados Liuyuan jamás
permitiría eso, pero ahora no le importaba ser muy caballeroso
así que le dio el abrigo. Caminaron un poco más y notaron que
la montaña enfrente crecía. ¿Quién sabe si era porque el viento
movía los árboles o porque las nubes flotaban? La pendiente
verde musgo de la montaña oscurecía. Al mirar mejor te dabas
cuenta de que no era ni el viento ni las nubes. Era el sol que se
movía lentamente por encima de la cumbre. En la colina unas
casas ardían en llamas. El humo de la ladera sombreada era
blanco y el de las casas negro. El sol simplemente atravesaba el
humo y se asomaba en la cima.
Llegaron a casa. Empujaron la puerta entreabierta. Un
montón de palomas salieron batiendo las alas. El salón estaba
lleno de polvo y excremento de palomas. Liusu, al acercarse a
la escalera, sin poder controlarse exclamó: “¡Ay!” En el segundo
piso, sus cofres y cajas recién compradas estaban tirados en el
suelo con las tapas abiertas. Dos de ellas cayeron a la escalera
y la cubrieron de sedas y otras telas preciosas. Liusu se agachó
y recogió un qipao de tela color miel con forro de franela. No
era suyo, olía a sudor y perfume barato y estaba perforado por
cigarrillos. Encontró otras cosas de mujeres desconocidas, re-
vistas rotas y latas de lichi abiertas, que aún goteaban encima
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 69
de su ropa. ¿En esta casa se acantonó algún ejército? ¿Soldados
británicos que llevaban mujeres? Al parecer, se fueron de prisa.
Humildes campesinos locales que saqueaban casa por casa aún
no habían venido, de otro modo, sus cosas ya no estarían allí.
Liuyuan le ayudó a llamar a Ali en voz alta. La última paloma
de pecho gris salió rasando el sol amarillo de la puerta y voló
hacia fuera.
¿Quién sabe a dónde había ido Ali? Pero los patrones de
la casa tenían que seguir viviendo allí aun sin ella. No tuvieron
tiempo para arreglar la casa. Antes que nada, fueron a abaste-
cerse de alimentos. Con mucho trabajo compraron un saco de
arroz a un precio alto. Aún había gas pero no así agua potable.
Liuyuan con una cubeta fue a la montaña para traer agua de
manantial y cocinaron el arroz. Todos los días sólo hacían de
comer y limpiaban la casa. Liuyuan podía hacer cualquier tra-
bajo. Barría el piso, fregaba, exprimía cobijas pesadas junto con
Liusu. Era la primera vez que Liusu se encargaba de cocinar,
curiosamente su comida tenía sabor a su pueblo natal. Como
Liuyuan no podía olvidar la gastronomía de Malaya, ella apren-
dió a preparar un pescado llamado “saco de arena”. Aunque
les gustaba comer bien, hacían el mayor esfuerzo por ahorrar
el dinero, porque Liuyuan ya no tenía mucho. Con el primer
barco tenían que regresar a Shanghai.
Después del desastre, seguir viviendo en Hong Kong no era
un plan a largo plazo. De día, como estaban ocupados, era fácil
matar el tiempo, pero al anochecer en esa ciudad muerta, sin
luces, sin ruido, sólo se oía ese viento glacial que sopla en tres
tonos: wooo..., heeee..., wuuuuu. Soplaba sin cesar. Cuando un
tono cesaba empezaba a sonar el otro. Eran como tres dragones
grises que volaban uno al lado del otro siguiendo una línea recta.
Sus cuerpos se extendían hasta el infinito así que nadie podía
ver sus colas. wooo..., heeee..., wuuuuu. Finalmente, hasta los
dragones desaparecieron y sólo quedaron tres alientos en el aire,
que como puentes imaginarios penetraban en la oscuridad, en
lo vacío del vacío. Allí todo se acabó ya. Sólo quedaban paredes
rotas, muros destrozados y hombres civilizados sin memoria que
70 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
bamboleándose tentaban en el crepúsculo como si estuvieran
buscando algo, pero en realidad todo ya se había acabado.
Liusu abrigada con un edredón estaba sentada escuchando
el soplo triste del viento. Ella estaba segura de que aquel muro
gris cercano a Qianshuiwan aún estaba erguido. Cuando paró
el viento los tres dragones grises posaban encima de esa pared.
Bajo la luna sus escamas plateadas brillaban. Sentía que estaba
soñando que se dirigía hacia la pared y encontraba a Liuyuan.
En ese mundo turbado, el dinero, las propiedades, todo lo que
debía ser perpetuo, ya no valía la pena. Lo único que era de fiar
era el aliento dentro de su cuerpo y la persona que dormía a su
lado. De repente ella se acercó a Liuyuan y lo abrazó por encima
del edredón, desde donde él extendió su mano y tomó la mano
de ella. Intercambiaron miradas transparentes y claras, y bastó
ese instante para perdonarse, para comprenderse y poder vivir
en armonía por el resto de los años.
Él tan sólo era un hombre egoísta y ella tan sólo era una
mujer egoísta. En esa época de caos, los individualistas no tenían
cabida pero siempre había espacio para una pareja ordinaria.
Un día mientras andaban de compras se toparon con la
princesa Saheini. Ella no traía maquillaje, con las trenzas des-
aliñadas se había hecho un chongo deforme, traía un abrigo
verde oscuro, sacado quién sabe de dónde, pero aún calzaba
aquellas sandalias de piel bordadas con piedras finas en forma
de flores, estilo hindú. Los saludó efusivamente, les preguntó
dónde vivían y muy ansiosa quería ir a visitar su nueva casa. Vio
que en el cesto de Liusu había pequeñas ostras sin cáscara e
inmediatamente dijo que quería aprender con Liusu a cocinar
al vapor la sopa de ostras. Liuyuan la invitó a comer en casa y
ella apresuradamente aceptó. Su novio inglés estaba recluido
en un campo de concentración. Ahora vivía en la casa de un
policía hindú, viejo amigo de ella que antes le hacía pequeños
favores. Hacía mucho tiempo que ella no llenaba el estómago.
Llamó a Liusu “señorita Bai”. Liuyuan sonrió y dijo: “Es mi es-
posa, debes felicitarme”. La princesa Saheini dijo: “¿De veras?
¿Cuándo se casaron?” Liuyuan contestó alzando los hombros:
AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS 71
“Nada más se publicó un aviso en un periódico chino. Tú sabes
que en las guerras las bodas son muy pobres”. Liusu no entendió
sus palabras. La princesa Saheini los besó a los dos. A pesar de
todo, los platillos eran muy simples, además Liuyuan con toda
claridad dijo que ellos pocas veces comían sopa de ostras. La
princesa Saheini jamás volvió a su casa.
Aquel día ellos la despidieron en la puerta. Liusu estaba
parada en el umbral. Liuyuan estaba detrás y mientras sostenía
su mano decía: “¿Oye, cuándo nos casamos?” Al oír estas pala-
bras, Liusu no dijo nada, sólo bajó la cabeza y empezó a llorar.
Liuyuan tomó su mano y dijo: “Venga, vamos a una oficina de
periódico a publicar un aviso hoy mismo. Pero tal vez quieres
esperar más tiempo. Cuando lleguemos a Shanghai ofrecere-
mos un banquete grande e invitaremos a los parientes”. Liusu
contestó: “¡Caramba! ¿Lo merecen?” Diciendo eso, esbozó una
sonrisa y se recargó en él. Liuyuan acarició su cara: “Ora lloras,
ora ríes”.
Fueron juntos al centro de la ciudad. Al dar la vuelta en
una esquina se dieron cuenta de que la calle estaba hundida,
delante sólo quedaba un vacío... el cielo negro y húmedo. Sobre
una pequeña puerta metálica se alzaba un letrero de cerámica:
“Dentista Zhao Xiangqing”. El viento al mover el letrero hacía
rechinar su gancho metálico, detrás estaba el cielo desolado.
Liuyuan detuvo sus pasos y se puso a mirar. Sintió horror
dentro del sosiego, de repente empezó a temblar y le dijo a Liusu:
“Ahora debes creer: separados en vida, unidos por la muerte,
¿cómo podemos ser dueños de nuestros destinos? Cuando caen
las bombas con un poco de mala suerte...” Liusu lo regañó: “¡A
estas alturas todavía dices eso!” Liuyuan sonrió: “No me estoy
echando para atrás. Lo que quiero decir es...” Pero al ver su
expresión, dijo sonriendo: “¡Olvídalo! ¡Olvídalo!” Continuaron
caminando. Liuyuan dijo: “Sin querer nos hemos enamorado”.
Liusu replicó: “Hace tiempo que me dijiste que me amabas”.
Liuyuan dijo sonriendo: “Eso no vale. En aquel momento está-
bamos tan ocupados en hablar de amor que no tuvimos tiempo
para enamorarnos”.
72 AMOR EN LA CIUDAD EN RUINAS
Se publicó el aviso en el periódico. Los señores Xu vinieron
a felicitarlos. Ellos, durante el cerco militar, nunca se preocupa-
ron por ella, Liusu estaba algo disgustada con ellos pero tenía
que sonreírles. Liuyuan ofreció un banquete e invitó a algunos
amigos. Poco después, se reestableció el tráfico entre Hong Kong
y Shanghai y ellos regresaron a Shanghai.
Liusu sólo volvió una vez a la casa de los Bai. Temía que con
tantos chismes y rumores causaría problemas. Sin embargo los
problemas eran inevitables. La cuarta señora decidió divorciarse
del cuarto señor. Todos le echaron la culpa a Liusu. Ya que ella
había logrado un éxito sin precedentes, todas querían seguir
su ejemplo. Bajo una luz tenue Liusu en cuclillas encendía
incienso para ahuyentar los mosquitos. Al pensar en la cuarta
señora, sonrió.
Liuyuan ya no bromeaba con ella, reservaba sus palabras
dulces para otras mujeres. Era una buena señal, pues significaba
que él ya la consideraba parte de su familia, era su esposa legíti-
ma. Sin embargo, Liusu de todos modos sentía tristeza.
El derrumbe de Hong Kong curiosamente a ella la favore-
ció. En ese mundo irracional ¿quién sabe cuál es el efecto y cuál
es la causa? ¿Quién sabe? Tal vez toda una metrópoli se derrum-
bó sólo para ayudarle a ella. Millones de personas murieron,
millones de personas sufrieron y luego siguieron cambios que
estremecieron la tierra.
Liusu no creía ocupar un puesto especial en la historia.
Tan sólo se levantó sonriendo y pateó el incienso debajo
de la mesa.
Los personajes legendarios que arruinan ciudades y países
son más o menos así.
Los mitos están por todas partes, pero no todos tienen un
desenlace tan feliz. Los sonidos del laúd se oyen en la noche
iluminada por miles de focos. Las cuerdas se estiran y se aflojan
acompañando interminables historias... tan tristes que es mejor
no conocerlas.
Septiembre de 1943
Amor en la ciudad en ruinas,
se terminó de imprimir en marzo de 2007
en los talleres de Formación Gráfica, S.A. de C.V.,
Matamoros 112, col. Raúl Romero, 57630,
Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México.
Portada de Irma Eugenia Alva Valencia.
Composición tipográfica y formación: Gabriela Oliva.
El cuidado de la edición estuvo a cargo
de la Dirección de Publicaciones
de El Colegio de México.