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Tensión y deseo en un coche bajo la lluvia

Quere

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**Capítulo**

El sonido de la lluvia golpeaba el techo del coche llenando el incómodo silencio que se
había creado entre nosotros. Me recosté en el asiento y acaricie mis muslos para limpiarme
el sudor de las palmas de las manos. Estaba nerviosa porque sentía que cada vez que
respiraba el coche se hacía más pequeño. Spencer se peinaba con los dedos el pelo
enmarañado por sus rizos castaños, era una manía que tenía siempre, cada vez que
pensaba demasiado.

_ Igual esto se inunda y morimos como en la película esa_

_joder_ ¿Te refieres a Titanic? Esto es un coche jenn, no un barco, y en el caso que llueva
más como mucho nos mojaremos los tobillos.

_bueno yo solo te advierto que


Ella estaba a mi lado, con la mirada fija en la ventana empañada, sin realmente ver lo que
había afuera. Aún podía sentir la tensión en el aire, esa electricidad que había llenado el
espacio desde que comenzamos a discutir. Supe que si decía algo, cualquier cosa, la
chispa volvería a encenderse y estaríamos de nuevo en medio de una tormenta de palabras
afiladas.

"¿Por qué siempre tienes que ser tan... así?", solté finalmente, sin poder contenerlo más. Mi
voz sonó más fuerte de lo que pretendía, rebotando en las paredes cerradas del coche.

Ella giró la cabeza lentamente hacia mí, sus ojos chispeando con una mezcla de furia y algo
más, algo que no podía o no quería descifrar. "¿Así cómo? ¿Honesta? ¿Directa? Perdón
por no endulzarte las cosas."

"No es eso", repliqué, sintiendo cómo la frustración se apoderaba de mí. "Es que a veces
parece que te empeñas en llevarme la contraria, en sacarme de quicio."

Sus labios se fruncieron en una fina línea, y supe que estaba tratando de contener una
respuesta mordaz. Sus ojos, sin embargo, decían lo contrario. Podía ver el fuego ardiendo
detrás de su mirada, y no supe si eso me enfurecía más o me atraía más hacia ella.

"Quizás es porque me importa", murmuró finalmente, su voz cargada de una intensidad que
me dejó sin palabras por un segundo.

El aire dentro del coche se volvió más denso, cargado de algo mucho más pesado que la
simple discusión que estábamos teniendo. Sabía que estaba jugando con fuego, pero ya no
podía echarme atrás. No quería.

"¿Te importa, o simplemente te gusta discutir?", respondí, mi voz baja, casi un susurro.

Ella me miró fijamente, y durante un instante que pareció eterno, ninguno de los dos dijo
nada. La lluvia seguía golpeando el coche, el sonido amplificado en el silencio que ahora
nos rodeaba, cada gota como un tamborileo en el fondo de nuestras mentes.
Sin aviso, se movió. Se giró en su asiento y, en un movimiento fluido y decidido, se subió a
horcajadas sobre mí, sus rodillas apoyadas en el asiento a ambos lados de mis piernas. Su
rostro estaba ahora a solo unos centímetros del mío, su respiración agitada chocando
contra mi piel. La cercanía era tan abrumadora que sentí cómo mi corazón se aceleraba.

"¿De verdad crees que solo me gusta discutir?" Susurró, su voz cargada de una mezcla
peligrosa de desafío y deseo.

No tuve tiempo de responder antes de que sus labios encontraran los míos, reclamándome
en un beso que fue todo menos suave. Fue un choque de voluntades, de emociones
reprimidas, de todo lo que habíamos estado conteniendo durante tanto tiempo. Mis manos
se movieron instintivamente, deslizándose por su cintura hasta aferrarse a sus caderas,
acercándola más a mí mientras sentía su cuerpo presionarse contra el mío.

El calor entre nosotros era abrumador, casi sofocante, pero no me importaba. Mis dedos se
enredaron en su cabello, tirando suavemente para profundizar el beso, para sentirla más
cerca, más mía. Ella gimió contra mis labios, una vibración que recorrió mi piel y encendió
algo primitivo dentro de mí.

Sentí sus manos deslizarse por mi pecho, bajando lentamente, dejando un rastro de fuego a
su paso. Cada movimiento, cada roce, era una promesa de lo que estaba por venir. La
intensidad entre nosotros era casi insoportable, y supe en ese instante que no había vuelta
atrás.

Nos habíamos cruzado una línea, una línea que habíamos estado evitando durante tanto
tiempo, y ahora que lo habíamos hecho, no había nada que pudiera detenernos. Ella se
movió contra mí, su cuerpo encajando perfectamente con el mío, y sentí cómo todo mi ser
respondía a ella. No había nada más en el mundo en ese momento, solo ella, yo, y la
tormenta que habíamos desatado juntos.

El coche, la lluvia, la discusión, todo se desvaneció en el fondo. El único sonido que


importaba ahora era el de nuestra respiración entrecortada, el roce de nuestras pieles, y el
latido frenético de dos corazones que finalmente se habían encontrado.

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