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Griselda

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Griselda

Hace mucho tiempo, vivió un príncipe. Era un joven muy apuesto, inteligente y fuerte. Le gustaba
tanto la caza, que no encontraba un momento para buscar mujer, y el tiempo pasaba. Así que en la
corte, comenzaban a ponerse nerviosos, porque necesitaban que el príncipe asegurara descendencia.
Los más cercanos al príncipe, consiguieron convencerle de la necesidad de encontrar una mujer,
aunque él les dijo:
– Mirad, no confío en las mujeres. Creo que todas te engañan, así que solo me casaré con
aquella que demuestre que me quiere de verdad y nunca será capaz de traicionarme.
Y todos parecieron estar de acuerdo.
Un día, el príncipe salió de caza por el bosque, como de costumbre. Pero ese día llevaba muchas
horas galopando y tenía mucha sed. Entonces, vio a una pastorcilla, que cuidaba sentada a su
rebaño, mientras hilaba con mucha paciencia. A su lado, había un arroyo, así que él se bajó del
caballo e intentó beber. Entonces, la pastorcilla, al ver que tenía sed, le dijo:
– Esperad, yo tengo agua, y os será más fácil beber de un cuenco. Y sin pensárselo más,
corrió al interior de su casa, y salió con un cuenco lleno de agua.
– Muchas gracias, pastorcilla- contestó entonces el príncipe- ¿Cómo te llamas?
– Griselda, señor- respondió ella.
El príncipe sintió entonces algo que jamás había sentido… Aquella pastora era tan amable y
hermosa…
Durante los días siguientes, el príncipe acudió a ver a la pastorcilla, y según la iba conociendo más,
quedaba más prendado de ella. Hasta que un día, le pidió que se casara con él. Y ella aceptó
encantada.
La boda se celebró en seguida, y la pastorcilla cambió sus ropas humildes por preciosos vestidos de
encaje y seda. Sin embargo, a pesar de los lujos, Griselda seguía siendo la misma, y no perdió nada
de su humildad.
Griselda era cada día más maravillosa y bondadosa, y el príncipe no podía creer que pudiera ser así.
Sobre todo después de tener su primera hija, a la que Griselda mimaba y cuidaba con exquisita
delicadeza y mucho amor.
– ¡No puede haber nadie tan bondadoso como ella! – pensaba el príncipe- ¡Esto
seguramente sea una trampa! No puedo dormirme… tengo que estar alerta. Ya lo
tengo: pondré a prueba a mi mujer.
El príncipe pensó que su mujer en realidad quería tenderle una trampa, así que, para ponerle a
prueba, le prohibió hablar con nadie en el palacio, y más tarde, la encerró en una habitación. Y sin
embargo ella, lejos de mostrar rencor, le continuaba tratando con cariño, a pesar del dolor y
humillación que suponía ese castigo.
– Seguramente quiera probar mi fidelidad y paciencia– pensaba ella.
Sin embargo, el golpe más duro llegó cuando el príncipe decidió arrebatarle lo que Griselda más
amaba: su hija. Él se llevó a la niña a un convento para que la cuidaran y más tarde, dijo a
Griselda que la pequeña había muerto.
La pobre pastorcilla sintió que su corazón se partía en dos, y su tristeza y dolor hicieron pensar al
príncipe que su mujer no tardaría en sentir odio y sed de venganza… Pero no fue así. Ella siguió
demostrándole amor y bondad.
Pasaron unos cuantos años, y la hija del príncipe y Griselda creció. Era bella y bondadosa como
su madre, y no tardó en captar las miradas de todos los jóvenes. De hecho, uno de ellos se enamoró y
le pidió matrimonio.
El príncipe decidió poner a prueba de nuevo a su mujer, y ante la falta de un nuevo heredero, le dijo
que debía buscar otra mujer. Y así fue cómo Griselda regresó a su humilde cabaña del bosque, y el
príncipe, dijo que se casaría con una bella dama criada en un convento… su hija. Pero también
llamó a Griselda y le dijo que tenía que instruir a la joven y prepararla para su nueva vida en
palacio.
Griselda regresó al palacio, y al conocer a la joven, sintió algo especial. Creía conocerla de algo,
pero no estaba segura. Lo que sí tenía claro es que no deseaba que su marido tratara a esa joven como
le había tratado a ella, y así se lo dijo:
– Yo he aguantado un trato cruel y humillante durante mucho tiempo. Pero esta joven no
lo soportará y morirá de pena.
El príncipe se dio cuenta de que Griselda seguía siendo la misma mujer bondadosa del primer día,
que quería proteger a una joven a la que ni siquiera conocía… Y de pronto entendió que su bondad
era auténtica. Entonces reveló la identidad de la joven y explicó que era una prueba para su
verdadera mujer… Dio el consentimiento para que su hija y el joven enamorado se casaran y pidió a
Griselda que regresara al palacio. Pero entonces ella, para asombro del príncipe, decidió rechazar
la oferta:
– Prefiero quedarme en mi humilde cabaña del bosque que volver a vivir tu crueldad.
Y así, el príncipe se quedó solo y la pastorcilla vivió feliz en su casa con la compañía de su hija.

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